© Libro N° 14794. La Medida De La Tierra. Ferreiro, Larrie D. Emancipación. Febrero 7 de 2026
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LA
MEDIDA DE LA TIERRA
Larrie D.
Ferreiro
La Medida De La Tierra
Larrie D. Ferreiro
A principios del siglo XVIII, en pleno auge de la Ilustración, un insólito equipo de científicos franceses y oficiales de marina españoles –entre ellos Jorge Juan y Antonio de Ulloa– y franceses emprendió la primera expedición científica internacional del mundo, con la intención de realizar mediciones astronómicas precisas en el ecuador y resolver así uno de los misterios más antiguos de la humanidad: la verdadera forma de la Tierra. En su libro La medida de la Tierra. La expedición científica ilustrada que cambió nuestro mundo, el galardonado Larrie D. Ferreiro, autor de Hermanos de armas, narra por primera vez la historia completa de la Misión Geodésica al ecuador, en una época en la que Europa se debatía entre dos concepciones opuestas del mundo: los seguidores de René Descartes sostenían que la Tierra se alargaba hacia los polos, mientras que Isaac Newton defendía que era achatada. Una nación que pudiera determinar con precisión la forma del planeta podría navegar con seguridad por sus océanos y proporcionar enormes ventajas militares –con su consiguiente proyección imperial.
Conscientes de ello, Francia y España organizaron una expedición conjunta al virreinato de Perú, provista de los más avanzados equipos topográficos y astronómicos, con el fin de medir un grado de latitud en el ecuador que, comparado con otras mediciones, revelaría la forma de la Tierra. Sin embargo, lo que desde los lejanos gabinetes científicos de París y Madrid parecía un sencillo ejercicio científico, se vio casi inmediatamente empañado por una serie de catástrofes imprevistas, y los expedicionarios vieron su misión amenazada por un terreno tan exigente como son la cordillera de los Andes o las selvas ecuatoriales, una población nativa profundamente recelosa y su propia arrogancia. La medida de la Tierra es un apasionante relato que entreteje aventura, historia política y ciencia, para narrar la mayor expedición científica de la Ilustración a través de los ojos de los hombres que la llevaron a cabo, pioneros que superaron tremendas adversidades con el objetivo de discernir la forma de nuestro mundo y sentar, además, los cimientos para la cooperación científica a escala mundial.
Larrie D. Ferreiro
La medida de la Tierra
La expedición científica ilustrada que cambió nuestro mundo
ePub r1.0
Titivillus 24.01.2026
Título original: Measure of the Earth. The Enlightenment Expedition That Reshaped Our World
Larrie D. Ferreiro, 2011
Traducción: Joaquín Mejía Alberdi, 2024
Editor digital: Titivillus
ePub base r3.0 (ePub 3)
A mi esposa, Mirna,
y a nuestros hijos, Marcel y Gabriel.
Este es un libro sobre el pasado,
pero ellos son el presente y el futuro.
«Deliciosa y perspicaz […]. La historia científica raras veces ha llegado a ser tan entretenida o nos ha parecido más relevante». Physics World , Best Books of 2011
«Ferreiro […] describe maravillosamente una expedición geodésica a
Sudamérica emprendida en el siglo XVIII con el fin de establecer la forma de la Tierra y que estuvo a punto de fracasar. Las dotes de Ferreiro como narrador y como estudioso se manifiestan con pleno vigor. El libro, de fácil lectura y entretenido, a menudo emociona […]. No es habitual que un volumen de historia de la ciencia trate sucesos de esta naturaleza, y pocas veces encontramos un autor que los ofrezca tan bien. Ferreiro fusiona también con maestría la historia política y la científica, esforzándose para situar a los miembros de la expedición y los hechos en su contexto». Library Journal
«Traer de nuevo a la vida la primera mitad del siglo XVIII es un propósito ambicioso, pero el historiador e ingeniero naval Ferreiro lo ha conseguido
[…]. Muy recomendado». Choice
«Es imposible que no nos impresione el logro técnico de la expedición durante la lectura del fascinante y diáfano relato […]. Impresionante […]. Ferreiro narra con auténtico entusiasmo».
Publishers Weekly
«La medida de la Tierra de Ferreiro refleja con habilidad la complejidad científica y la dificultad física de esta extraordinaria expedición. El autor ofrece, al mismo tiempo, retratos finamente matizados de los protagonistas, cuyas debilidades y rivalidades coartaron en ocasiones sus capacidades profesionales. Es un relato convincente de política internacional, ciencia ilustrada y drama humano vivido a ambos lados del Atlántico».
Carla Rahn Phillips, University of Minnesota, Twin Cities
«Un trabajo inteligente sobre la ardua expedición internacional enviada al ecuador latinoamericano a mediados del siglo XVIII para establecer la “forma de la tierra” […]. Un viaje fascinante y absorbente».
Kirkus Reviews
«En La medida de la Tierra , el autor, Larrie Ferreiro, transporta a los lectores a un sugerente mundo de política colonial y competición científica, de incompetencia garrafal, dedicación y dificultades». Prism
«La misión, en último término exitosa pese a sus divisiones y los desastres que la acompañaron, se desvela con un detalle concienzudo. Ferreiro da vida a su relato con el fruto de los años que ha empleado en la traducción de las cartas y memorias que la misión produjo en francés y en español». Literary Review
«Ferreiro da fe cabalmente del avance científico […], pero acierta al poner
el énfasis en la aventura».
Maclean’s
«Ferreiro consigue unir la narración emocionante con la ciencia erudita, incluye una de las descripciones más concisas y claras de la técnica de medición por triangulación que me haya encontrado y deja al lector informado y entretenido».
EHistory
«Ferreiro da vida a tres científicos franceses y a su misión geodésica al
ecuador en 1736».
Science News
Agradecimientos
En primer lugar y, ante todo, a mi agente Michelle Tessler, que fue la primera que advirtió las posibilidades del material en bruto y sin desbastar; mi editora Lara Heimert en Basic Books, que le dio una forma apropiada, y Alex Littlefield, editor asociado en Basic, que lo acabó de afinar.
Gracias en especial a Robert Whitaker, autor de The Mapmaker’s Wife, quien literalmente, y también en sentido figurado, viajó por muchos de los mismos senderos que yo y me ayudó a orientarme en ellos.
Un número de personas mayor del que aquí puedo mencionar me ayudó en mi investigación en bibliotecas, archivos y museos repartidos por el mundo. Sin embargo, debo dar las gracias personalmente a unos pocos cuya asistencia fue indispensable para la creación de esta obra, y que aquí enumero en orden alfabético y por países:
Ecuador: Diego Brito, Cristóbal Cobo, José Luis Espinoza, Luis Gallegos, Nelson Gilberto Gómez Espinosa, Lorenzo Saa Bernstein y María Antonieta Vásquez Hahn.
España: Jorge Juan Guillén Salvetti y Antonio Lafuente García.
Estados Unidos: Tamar Herzog, Jay Menaker, Elaine Protzman, David A. Taylor y Mary Terrall.
Francia: Laurence Bobis, Jean-François Caraës, René y Ghislaine Chesnais, Suzanne Débarbat, Patrick Drevet, Danielle Fauque, Florence Greffe, Pascale Heurtel, Alexandre Sheldon-Duplaix y Florence Trystram.
Gran Bretaña: Annabel Gillings, Michael Rand Hoare, Nicola Lees, Paul Rose, Caroline Sellon y James R. Smith.
Perú: Raúl Hernández Asensio, Jorge Ortíz-Sotelo y Eliecer Vilchez Ortega.
Aunque estoy en deuda con muchos por su ayuda, soy el único responsable de cualquier error factual, de traducción o de interpretación.
Observaciones sobre el lenguaje empleado por el autor
He empleado a propósito varios términos que facilitan la lectura, pero que son algo imprecisos. El nombre oficial de la Academia de las Ciencias de Francia era, en realidad, Real Academia de las Ciencias de París. Suelo llamar científicos a los académicos, pero ellos se autodenominaban sabios, académicos y astrónomos, puesto que el término «científico» no se popularizó hasta finales del ochocientos. Me refiero a la región en la que trabajaron como Perú. Ese era entonces su nombre y, además, fue la notoriedad de la misión geodésica la que llevó a que aquel país acabara siendo conocido como Ecuador. Por último, llamo indios a los pueblos indígenas de Sudamérica por la misma razón que Charles Mann explica en su prólogo a 1491: ellos se llamaban a sí mismos indios[*].
Unidades de medida y monetarias
Para que el lector pueda comprender de forma más natural la acción, y en línea con el principio observado en la edición original inglesa, en esta edición española las distancias terrestres se han trasladado, salvo casos contados, al sistema métrico decimal. En las distancias marinas se conservan las millas náuticas del original. MEDIDAS DE LONGITUD
Ligne (línea francesa) = 2,25 mm
Pouce (pulgada francesa) = 12 lignes = 2,707 cm
Pied (pie de París) = 12 pouces = 32,48 cm
Toise (toesa) = 6 pieds = 1,949 m
Pulgada castellana = 2,78 cm
Vara castellana = 83,59 cm
MEDIDAS ANGULARES
1° = un grado = 1/360 de la circunferencia = 27,43 m desde 1,6 km de distancia
1’ = un minuto = 1/60 de un grado = 0,45 m desde 1,6 km de distancia
1” = un segundo = 1/3600 de un grado = 0,84 cm desde 1,6 km de
distancia
MONEDAS
Es complicado convertir el dinero de hace tres siglos a valores actuales; no solo las mercancías eran distintas (un ejemplo: caballos en lugar de coches). Las proporciones de los salarios que se empleaban en, pongamos, vivienda o comida, están a años luz de las actuales. De todos modos, los economistas han desarrollado estimaciones sobre la inflación que permiten una comparación aproximada del valor de las monedas a través de las épocas. Las monedas principales que se citan en este libro son la livre (libra) francesa, el peso español y la libra esterlina británica. Empleando
varias fuentes, he llegado a las siguientes equivalencias para convertir los valores de esas monedas en 1740 (el punto medio del periodo en que se desarrolló la expedición) al dólar estadounidense del año 2010.
El primer paso fue convertir la livre y el peso a la libra esterlina británica empleando las tablas de McCusker, J. J., 1978, 96-105. Los valores de conversión en 1740 eran: 1 £ = 22,3 livres o 4,3 pesos.
El paso siguiente fue utilizar la página web de los Economic History Services, [http://eh.net/hmit/] [última consulta: mayo de 2010], la cual contiene calculadoras indexadas a la inflación que sirven para convertir los valores monetarios del pasado en valores modernos; el poder adquisitivo de 1 £ de 1740 es equivalente a 125 £ del año 2010.
Por último, hemos convertido las libras esterlinas en dólares estadounidenses siguiendo el valor de cambio por paridad de poder adquisitivo (PPA) establecido por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) para 2010.
Dramatis personae
MIEMBROS DE LA MISIÓN GEODÉSICA AL ECUADOR
Louis Godin (1704-1760): astrónomo y jefe original de la misión.
Pierre Bouguer (1698-1758): astrónomo, matemático e hidrógrafo; jefe de facto tras la pérdida de autoridad de Godin.
Charles-Marie de la Condamine (1701-1774): científico y aventurero.
Jorge Juan y Santacilia (1713-1773): oficial naval y astrónomo español.
Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral (1716-1795): oficial naval y astrónomo español.
Joseph de Jussieu (1704-1779): doctor y botánico.
JEan Seniergues (1704-1739): cirujano.
Jean-Joseph Verguin (1701-1777): ingeniero y cartógrafo.
Jean-Louis de Morainville (1707-ca. 1765): dibujante y artista.
Théodore Hugo (fallecido ca. 1781): constructor de instrumental científico.
Jean-Baptiste Godin des Odonais (1713-1792): ayudante.
Jacques Couplet-Viguier (ca. 1718-1736): ayudante.
FIGURAS POLÍTICAS
Jean-Frédéric Philippe Phélypeaux, conde de Maurepas (1701-1781): ministro francés de la Marina y promotor de la Misión Geodésica.
José Antonio De Mendoza Caamaño y Sotomayor, marqués de Villagarcía de Arousa (1667-1746): virrey español del Perú en la época de la misión.
Dionisio de Alsedo (o Alcedo) y Herrera (1690-1777): presidente de la Real Audiencia de Quito cuando llegó la misión.
José De Araujo y Río (fallecido en 1754): sucesor de Alsedo en la presidencia de Quito durante la misión.
OTROS
Voltaire (o François-Marie Arouet) (1694-1778): autor, amigo de La Condamine.
Pierre-Louis Moreau de Maupertuis (1698-1759): astrónomo, adversario de Bouguer.
Pedro Vicente Maldonado (1704-1748): político y geógrafo, acompañó a La Condamine por el Amazonas.
Isabel Godin des Odonais (1728-1792): esposa de Jean Godin des Odonais; su viaje por el Amazonas fue terrible.
Introducción
La base fundamental de Yaruquí
Al alba de cada jornada, mucho antes de que el sol se asomara por la cordillera oriental de los Andes, los dos científicos ya habían comenzado el trabajo en la llanura y ajustaban las cuñas y los tablones bajo las barras de medición (también llamadas «perchas») para mantenerlas a nivel. Las tres perchas de madera —cada una de veinte pies franceses de largo, pintada de un color particular y rematada en cada extremo con una pieza de cobre a modo de espiga— se iban colocando en el suelo, una a continuación de otra y formando una misma línea. Iban siguiendo la base fundamental[*] que se había raspado en el paisaje algunas semanas antes: una banda marrón arenosa de tierra pelada, recta como una flecha y del ancho aproximado de un antebrazo, que corría de una punta a otra del horizonte. Una cuerda fina de algodón, tensada entre dos estacas y nivelada por tres ayudantes, guiaba a los hombres cada vez que recogían una percha y avanzaban su posición. La percha recién adelantada se colocaba con gran cuidado, tocando apenas la que quedaba detrás de ella para que el movimiento no perturbara la exactitud de su posicionamiento. Después de colocar las cuñas necesarias para nivelar las barras, ambos individuos anotaban con meticulosidad la medición en sus pequeñas libretas. Según la longitud de las perchas se expandía por el calor ecuatorial a medida que avanzaba el día, era necesario establecer su dilatación comparándolas con una toesa[*] de hierro calibrada con precisión y aplicar las correcciones a las mediciones. Durante el mes de octubre de 1736 repitieron estos pasos miles de veces y con algo de prisa para llegar a mensurar la línea de la base fundamental de norte a sur antes de que comenzaran las lluvias[1]. Pierre Bouguer, el más veterano de los dos científicos y, a sus treinta y ocho años, el miembro de más edad del grupo, trabajaba extenuado por el desacostumbrado esfuerzo físico. A los tres kilómetros de altitud en que se encontraban, la fina atmósfera, que proporcionaba escaso oxígeno y todavía menos protección frente al sol, le privaba rápidamente de energías. No es probable que estuvieran contentos con aquella circunstancia; unos pocos kilómetros al sur había una cobertura de nubes, en apariencia perpetua, que oscurecía las montañas y enfriaba las verdes tierras montuosas bajo su abrigo.
Los científicos habían elegido, para trazar la base fundamental de sus mediciones, la meseta de Yaruquí —a casi veinte kilómetros de Quito, capital provincial del norte del Perú—, por razón de su relativa llanura y las vistas despejadas hasta las cumbres de su entorno. Sin embargo, la meseta estaba más baja que los montes circundantes y no tardaron en descubrir que tenía un microclima propio que iba a dificultar los trabajos: aunque fría en las noches, llegaba a ser muy cálida por el día y estaba expuesta a vientos fuertes que a veces generaban enormes torbellinos de arena y polvo. Uno de estos había matado, poco antes, a un indio de los alrededores.
Esta dicotomía entre las expectativas y la realidad ya se estaba convirtiendo en un rasgo alarmante de la misión. Planes que habían parecido ideales en un primer análisis se veían azotados por problemas insuperables cuando llegaba el momento de ejecutarlos. Estos problemas iban mucho más allá de los reveses normales previsibles en cualquier expedición científica. Era casi como si la propia Tierra se negara a revelar su auténtica medida.
Sin embargo, descubrir la medida de la Tierra era la razón por la que habían viajado miles de kilómetros. Bouguer era uno de los tres miembros de la Academia de las Ciencias de Francia que, con el acuerdo y la protección del rey de España, habían sido enviados al virreinato del Perú con vistas a efectuar mediciones precisas de la Tierra. Viajando con varios ayudantes y dos médicos, y acompañados por dos jóvenes oficiales de la Armada española, los científicos habían llegado a Quito en mayo de 1736, tras dos años de planificación y otro de viaje desde Europa. Sus órdenes eran determinar la medida de un grado de latitud en el ecuador para luego compararla con el grado de latitud que ya se había medido en Francia. Esta comparación permitiría conocer con certidumbre, por vez primera, la forma y las dimensiones de la Tierra.
La verdadera forma y las dimensiones exactas del globo —lo que llamaban «la figura de la Tierra»— venían siendo objeto de debate desde hacía unos años. No mucho antes había resultado patente que nuestro planeta no es una esfera perfecta. Según algunos científicos, el centenario sistema del filósofo francés René Descartes implicaba que la Tierra se alargaba hacia los polos como un huevo. Respaldaban esta afirmación con los resultados de algunas observaciones que parecían demostrar un claro alargamiento del planeta a lo largo de su eje. En contra, las teorías más recientes desarrolladas por el matemático británico Isaac Newton sugerían que la rotación de la Tierra causaba su abultamiento en el ecuador y el aplanamiento de los polos, como una bola de pan que una mano gigante hubiera presionado desde arriba. Esta teoría explicaba por qué algunos experimentos de gran precisión mostraban que la fuerza de la gravedad parecía reducirse cerca del ecuador.
La Academia de las Ciencias de Francia se encontraba en el centro del debate sobre la forma de la Tierra. En el continente, científicos como Johann Bernoulli apoyaban la teoría cartesiana y la forma alargada de la Tierra. Al otro lado del canal de la Mancha, junto a la Fleet Street londinense, los miembros de la Royal Society defendían con vigor la Tierra achatada de Newton. La Academia francesa, dividida más o menos por igual entre cartesianos y newtonianos, era el refugio para la conversación entre ambas comunidades polarizadas. Los académicos protagonizaban encendidas discusiones en su sede (sita en el interior del palacio del Louvre) y fuera de ella, en los cafés y salones parisinos. Si la cuestión iba a tener una solución, parecía garantizado que tendría que ser allí.
El debate sobre la forma de la Tierra no habría pasado de ser un oscuro debate científico de no haber entrado en escena el creciente interés de Jean-Frédéric Philippe Phélypeaux, conde de Maurepas, un joven, aunque poderoso, ministro de la corte de Luis XV. Maurepas había sido presidente y vicepresidente de la Academia de las Ciencias y continuaba siendo su principal apoyo, pero su interés en este debate obedecía a razones prácticas. Como ministro de Marina y de las Colonias sabía que, sin un conocimiento exacto del tamaño y forma de la Tierra, la navegación en alta mar continuaría siendo siempre algo impreciso. Maurepas comprendía el alcance de las consecuencias políticas y militares de este conocimiento geodésico: la nación que pudiera localizar la posición de sus barcos en el mar con precisión sería capaz de controlar un imperio.
Para Francia y Gran Bretaña, las razones de la expansión imperial tenían tanto que ver con la seguridad como con la economía. Aunque ambas naciones se encontraban entonces en un periodo de relativa paz, estaba claro que no duraría; su centenario conflicto por la expansión imperial iba entonces al ralentí, eso era todo. Mientras los científicos de la Academia debatían sobre los detalles de la geodesia, Maurepas se preparaba ya para batallas futuras con los británicos. En Gran Bretaña, los científicos también estaban intentando resolver cuestiones relacionadas con la navegación por ver en ella un elemento necesario para la dominación global. Durante los veinte últimos años, Gran Bretaña había patrocinado el célebre Premio de la Longitud, dotado con 20 000 libras esterlinas, pero que todavía permanecía desierto. La guerra por el conocimiento se libraría en los salones del Louvre, en las salas de reunión aledañas a Fleet Street y también a través de los océanos.
Preocupado por sus adversarios del otro lado del canal, Maurepas había acogido con entusiasmo las propuestas que la Academia presentó en 1734 para enviar una misión científica a medir un grado de latitud en el ecuador. Sin embargo, la costa ecuatorial africana era todavía hostil y las islas tropicales asiáticas estaban demasiado lejos. Así pues, el único lugar accesible en el ecuador era Perú, la principal fuente de riqueza del imperio español, y España estaba estrechamente ligada a Francia por la alianza de la familia Borbón. Además de la promesa de revelar la verdadera forma de la Tierra, la misión también serviría a dos propósitos estratégicos de Maurepas: como ministro de Marina deseaba reforzar la alianza militar con España que servía de contrapeso a Gran Bretaña, y como ministro de las Colonias ansiaba, con afán parejo, inspeccionar de cerca las famosas riquezas de la América española, tal vez incluso con vistas a una apertura del comercio entre las colonias hispanas en ese continente y Francia.
La que vino a llamarse Misión Geodésica al Ecuador era algo completamente nuevo: fue la primera expedición científica internacional de la historia, necesitó de la cooperación oficial de dos naciones y contó con la participación de miembros de ambas. Maurepas se había entregado a fondo a la planificación de la misión: consiguió el transporte y las provisiones de la Marina francesa y el dinero del Tesoro, obtuvo del rey de España los pasaportes y eligió personalmente a los integrantes franceses de la empresa, entre ellos a Bouguer, quien ahora, mientras padecía el sol ecuatorial, tal vez se preguntaba por qué Maurepas lo había elegido a él y por qué había aceptado.
El científico que ahora trabajaba junto a Bouguer no podía ser más distinto de este. Charles-Marie de La Condamine era un relativo recién llegado al mundo científico y uno de los miembros más noveles de la Academia de las Ciencias. Ya se había labrado un nombre, pero como aventurero y no como científico. Antes había luchado contra España como soldado y, más recientemente, había sido corsario y explorador en el Mediterráneo. La Condamine era el polo opuesto del estudioso Bouguer, un antiguo niño prodigio que había llegado a profesor titulado de navegación con dieciséis años y cuya vida había consistido en trabajar sin descanso en el ámbito científico y matemático en un rincón solitario de Francia.
Partiendo del extremo sur de la línea de base fundamental, un segundo grupo de científicos medía la misma línea que Bouguer y La Condamine, pero en dirección opuesta. Los encabezaba Louis Godin, el académico que había propuesto originalmente la misión y que formalmente era su jefe global. Al ser Godin el miembro con más años en el seno de la Academia de las Ciencias, la antigüedad le aseguraba el mando, por más penosamente obvias que fueran su inexperiencia y su carencia de la habilidad necesaria para dirigir a otros hombres. En contraste, La Condamine era un hombre de la milicia y Bouguer había tenido muchas veces bajo su cargo a estudiantes que lo doblaban en edad; ambos sabían que el liderazgo era algo más que limitarse a dar órdenes y a los dos les escocía la inepta autoridad de Godin.
A pesar de sus diferencias, los tres hombres tendrían que trabajar juntos para que su tarea pudiera llegar a buen puerto. En teoría, medir el arco de un grado de latitud parecía una labor sencilla (recordemos que la latitud indica la posición angular en la esfera terrestre y que se indica en grados al norte o al sur del ecuador: París, por ejemplo, está a unos 49° N; el polo norte está en 90° N). Sin embargo, en la práctica entrañaba una enorme complejidad. Se hacía con mediciones topográficas de larga distancia a través de triangulaciones, una técnica cuyos principios se habían formulado un siglo antes y que se había usado para levantar los primeros mapas exactos de Francia. La premisa se remontaba a Euclides: dada la longitud de un lado de un triángulo (la línea de base o simplemente base) y la medida de dos ángulos, es posible reconstruir la totalidad del triángulo empleando fórmulas de trigonometría.
Esto significaba que era posible conseguir una medición topográfica sobre una gran distancia construyendo una «cadena» de triángulos que podía llegar a medir docenas o incluso cientos de kilómetros de largo. Proyectando estos triángulos en el terreno y midiendo sus ángulos con un instrumento preciso llamado cuadrante o cuarto de círculo, gracias a señales visibles de gran tamaño situadas en cada uno de los vértices, los agrimensores o topógrafos podían luego calcular la medida global (en toesas) de la cadena de triángulos. Los miembros de la expedición, una vez hubieran efectuado ese género de mediciones, realizarían observaciones astronómicas para determinar la latitud en la que se encontraba cada extremo de la cadena. La diferencia entre las dos latitudes daría la medida angular (en grados) de la cadena. Entonces, dividiendo la distancia lineal entre el número de grados, obtendrían la distancia comprendida en un grado de latitud.
El plan concebido en la Academia de las Ciencias francesa era utilizar las cumbres de los Andes, la doble cadena de montes volcánicos del Perú, como vértices principales de los triángulos, y trazar al menos una línea de base fundamental en una llanura. Una vez llegaron al país, los miembros de la expedición decidieron que la meseta de Yaruquí era el lugar más apropiado para trazar la línea de base fundamental de doce kilómetros de longitud, y ahora se encontraban midiéndola laboriosamente para poder proyectar la enorme serie de triángulos que acabaría extendiéndose por más de trescientos kilómetros hacia el sur, siguiendo los Andes. La medición exacta de la citada base fundamental era crucial; en esta triangulación, los científicos buscaban un nivel de precisión nunca alcanzado antes.
Godin, Bouguer y La Condamine se habían preparado para el viaje en calidad de científicos, no como exploradores; este planteamiento casi iba a llevarlos al desastre. Eran capaces de prever los problemas que podrían tener sus instrumentos, los rigurosos cálculos, los esfuerzos físicos de la misión; todo esto era conocible, calculable y soluble por la razón y la aplicación del método científico. Pero también estaban totalmente desprevenidos ante las catástrofes aleatorias y a menudo crueles que los iban a acosar a cada paso.
Los expedicionarios llegaron al Perú sin llegar a comprender que, incluso después de dos siglos de dominio español, aquel era un territorio hostil y potencialmente peligroso. Los forasteros fueron recibidos con tanta inquietud como fascinación. La población del país, acostumbrada a ahuyentar contrabandistas y piratas, prestó oídos sordos a las protestas francesas sobre el objeto puramente científico de la misión y, pensando que los extranjeros iban en realidad en busca de un tesoro, convirtió el acto más sencillo en una pesadilla burocrática. Esta hostilidad podía deslizarse con celeridad, de una mera obstrucción, hacia la brutalidad más cruda: los científicos llegaron allí con armas para defenderse de los ataques de las bestias y los bandidos, pero acabarían usándolas contra una turba que trató de matarlos. El propio territorio les arrojó sin cesar obstáculos a su paso; habían previsto junglas ardientes y acabaron ateridos en las cumbres de las montañas.
Muchos de los escollos encontrados por los viajeros los prepararon ellos mismos a través de su inepto liderazgo, su codicia, su deseo de venganza y un desprecio apenas disimulado hacia los lugareños y sus costumbres. Los europeos no vieron necesidad de adaptarse al territorio ni a su cultura. Pensaban que, como mucho, la misión duraría tres años: seis meses de ida, dos años para la medición y seis meses de viaje de vuelta. No podían prever que la misión geodésica los retendría en el Perú casi una década, que algunos de ellos no volverían en casi cuarenta años y que otros no lo harían nunca.
En octubre de 1736, dieciocho meses después de su partida, los científicos estaban todavía midiendo la línea de base fundamental. Según los planes iniciales, para entonces ya tenían que haber llegado a la mitad del recorrido previsto por el bulevar de volcanes que se extendía ante ellos. Mirando hacia el sur, cuando se despejaban las nubes, sin duda observaban admirados aquellos viejos volcanes de nombres antiguos: el Pichincha, el Pambamarca, el Guamaní y el majestuoso Cotopaxi, con su perfecto cono de nieve que se alzaba a cincuenta kilómetros del suelo que pisaban. Sin embargo, para poder completar la gran cadena de triángulos que iba a revelar la verdadera forma de la Tierra, todavía tendrían que ascender, junto con sus ayudantes, a cada una de esas montañas y volver de cada cima con mediciones perfectas. La distancia hasta el Cotopaxi les debía parecer de una lejanía terrible, pero no se les ocultaba que habrían de cubrir un recorrido ocho veces mayor antes de acabar la labor, e incluso esa distancia palidecía si se comparaba con el largo viaje de vuelta. De todos modos, también sabían que ahora iban a ser los primeros en completar la medición de la línea de base fundamental de Yaruquí, sus más de doce kilómetros, avanzando a pasitos de veinte pies una y otra vez. De momento seguían en su pequeño mundo de perchas de medición y tocaba colocar la siguiente en su lugar.
CAPÍTULO 1
El problema de la forma de la Tierra
La Misión Geodésica al Ecuador fue la culminación de dos mil años de esfuerzos para determinar la medida exacta de la Tierra. Desde los primeros días de Grecia y Roma, las ciencias gemelas de la astronomía (la medida del sol, las estrellas y el cielo) y la geodesia (la medida de la Tierra) habían estado al servicio de la geografía de los imperios. A medida que las conquistas ampliaban el poder de los soberanos en tierras lejanas, les era necesario un conocimiento físico preciso de sus territorios que posibilitara su explotación. Asimismo, necesitaban un arte de navegación precisa a larga distancia que les permitiera despachar fuerzas militares donde fuera necesario y asegurar un comercio marítimo ininterrumpido.
Las mediciones más tempranas de la Tierra se utilizaron para la cartografía y la navegación de los imperios. En el 240 a. C., el matemático griego Eratóstenes ya había estimado el tamaño del globo y utilizado sus hallazgos para crear un atlas detallado del imperio heleno construido por Alejandro Magno y sus sucesores. Los filósofos griegos tempranos ya sabían que la Tierra era esférica (puesto que siempre proyecta una sombra circular sobre la luna durante los eclipses lunares), pero sus estimaciones acerca de su tamaño no pasaban de la especulación. Los métodos que Eratóstenes empleó para calcular el tamaño del planeta fueron rudimentarios, pero de una lógica sagaz. Sabía que, durante el solsticio de junio, la imagen del sol llegaba al fondo de un pozo que se encontraba en la actual Asuán, en Egipto. Ese mismo día, él podía observar que, en su casa de Alejandría, un palo vertical proyectaba una sombra que medía alrededor de 7° (la quincuagésima parte de un círculo). Como sabía que la distancia entre ambas ciudades era de unos novecientos kilómetros, calculó la circunferencia de la Tierra en unos cuarenta mil kilómetros, acercándose mucho a la cifra real. En el siglo II, el geógrafo romano
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Claudio Ptolomeo amplió los cálculos de Eratóstenes y sus sucesores para confeccionar un atlas actualizado que tituló Geografía y en el que daba un paso más: incorporó líneas de latitud y de longitud para localizar concretamente las rutas de navegación romanas y los depósitos comerciales, llegando hasta China[1].
Cuando el Imperio romano se extinguió en el 476, lo mismo sucedió con los avances europeos en geografía y navegación. El interés europeo en la navegación a larga distancia tuvo que esperar hasta el siglo XV para despertar de nuevo, estimulado por el progresivo estrangulamiento de las Rutas de la Seda terrestres que durante siglos habían conectado Europa con las riquezas de Asia. Al convertirse el viaje en algo peligroso por la desintegración del Imperio mongol y el fin del orden que este había impuesto a lo largo de las rutas comerciales, los mercaderes necesitaron llegar a Asia por mar. Exploradores con bandera portuguesa se abrieron camino poco a poco, primero hacia el sur y luego hacia el este, rodeando África para llegar al océano Índico. Cristóbal Colón, bajo bandera española (y con una confusión tan grande como el tamaño de la Tierra, que era mucho más grande de lo que él pensaba), optó por una solución nueva: navegar hacia el oeste para llegar a Asia. Pero llegó a América. Los viajes oceánicos europeos del siglo XV contaron con la ayuda y el estímulo del renacimiento intelectual y de las ciencias. La Geografía ptolemaica, copiada una y otra vez a lo largo de los siglos, se convirtió en la piedra de toque de los cartógrafos de la Edad Moderna, que poco a poco llenaron sus cartas con los relatos de los exploradores para crear un retrato más preciso del mundo conocido. A la vez que los mapas se hacían más sofisticados, las técnicas astronómicas de navegación iban mejorando. Es sabido que Colón, por ejemplo, llevó consigo un novedoso cuadrante marítimo para observar el sol o las estrellas. El cuadrante, precursor del moderno sextante, permitía al navegante establecer con seguridad la latitud al medir el ángulo entre Polaris y el horizonte. Como esa estrella está casi directamente sobre el polo norte, el citado ángulo es, en la práctica, el mismo que la latitud del observador al norte del ecuador. Sin embargo, no era fácil tomar mediciones precisas de pie en un barco que se balanceaba y cabeceaba. El propio Colón recurría a métodos de navegación más tradicionales, leyendo la latitud en una tabla que la indicaba según variara
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el número de horas diarias de luz a lo largo del año. De todos modos, tener el cuadrante a bordo les daba a su tripulación y a sus monarcas patrocinadores la confianza de que Colón llegaría a su destino y volvería a salvo[2].
La exploración no tardó en ceder el paso al imperio. Después de que Colón regresara de explorar el área en 1493, España comenzó a instalarse sin pérdida de tiempo en la cuenca del Caribe. En 1494, el Tratado de Tordesillas separó el globo en dos mitades, una española y otra portuguesa, «entregando» en la práctica la mayor parte de América a España, donde continuó la colonización de enormes franjas de territorio. En 1503, España creó la Casa de Contratación para regular la totalidad del tráfico marítimo y el comercio con sus colonias. Los nuevos territorios, en un primer momento, solo proporcionaron una modesta producción de algodón y tabaco, pero no tardaron en aportar al reino riquezas inauditas. El descubrimiento de enormes yacimientos de plata en México y Perú, a mediados del siglo XVI, convirtió con celeridad el imperio colonial hispano en una empresa de enormes beneficios, llegando a aportar, en su momento de apogeo, un cuarto de los ingresos del Estado. El éxito de España en el Nuevo Mundo despertó pronto la envidia de otras potencias europeas, algunas de ellas, por entonces, en la fase inicial del establecimiento de sus propios imperios coloniales marítimos. Las primeras colonias americanas de Inglaterra, Francia y los Países Bajos no producían oro ni plata, pero para el siglo XVII las tres naciones ya habían hallado el modo de lucrarse en el Caribe, donde crearon plantaciones de caña de azúcar que reponían sus respectivas arcas a costa del trabajo de millones de africanos esclavizados. Estos competidores europeos también atacaban las flotas de galeones españoles que de forma regular zarpaban de México y Panamá con minerales preciosos hacia Sevilla y Cádiz en convoyes escoltados[3].
Además de poner de manifiesto las riquezas del continente americano, la expansión ultramarina de las potencias europeas transformó la guerra naval. Grandes buques de guerra oceánicos reemplazaron a las embarcaciones de cabotaje y se crearon Marinas de Guerra permanentes para proteger las rutas marítimas y los territorios coloniales, así como para escoltar a los buques de carga que transportaban mercancías y metales
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preciosos hacia y desde las colonias. El control de las rutas comerciales lejanas adquirió una importancia capital para las naciones cuyos ingresos tenían una dependencia creciente de las importaciones y exportaciones coloniales, y las batallas por esas rutas se ganaban o se perdían, a menudo, en el mar. Francia, dándose cuenta de que el océano Atlántico se había convertido en el campo de batalla principal, estableció la fortaleza naval de Luisburgo en Nueva Escocia para proteger sus pesquerías y disponer de una base desde la que atacar los intereses ingleses. Por su parte, Inglaterra convirtió Jamaica en una base de operaciones análoga en el Caribe.
El conflicto naval entre Francia e Inglaterra fue la tónica durante este periodo, aunque en un contexto volátil: el Atlántico, los aliados y los adversarios podían cambiar de bando de un año para otro. En 1672, por ejemplo, la Marina francesa de Luis XIV colaboró con la flota inglesa en la Tercera Guerra Anglo-Holandesa, librada, en parte, por disputas de acceso a mercados. En 1689, en cambio, Francia fue a la guerra contra la alianza de las fuerzas inglesas y holandesas e intentó organizar una invasión de Irlanda, pero no lo consiguió. De 1701 a 1714, Francia combatió de nuevo a Inglaterra y Holanda en la Guerra de Sucesión española, cuyo fin fue favorable a Francia y por la que Felipe V, nieto de Luis XIV, conservó el trono de España. En 1716, Francia e Inglaterra, exhaustas de luchar una contra la otra, resolvieron crear una alianza para mantener a raya a una España resurgente que reclamaba territorios perdidos en el conflicto anterior. Esta alianza entre las dos superpotencias consiguió casi dos décadas de relativa paz.
La Marina francesa, tanto en tiempo de guerra como de paz, se encontraba generalmente en inferioridad numérica. Francia era sobre todo una potencia terrestre, con adversarios en todas sus fronteras que la obligaban a mantener un Ejército numeroso y oneroso a costa de sus fuerzas navales. En cambio, Inglaterra (luego Gran Bretaña, a partir de la unión con Escocia en 1707), rodeada de agua, dedicaba casi todo su presupuesto a las «murallas de madera» de sus buques de guerra para estar protegida. La Marina francesa, para contrarrestar esa desventaja numérica, buscó en la ciencia un multiplicador de la fuerza militar, un modo de aumentar el poder combativo de cada buque. Igual que en el pasado, las ciencias gemelas de la astronomía y la geodesia se convocaron para
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mejorar la navegación oceánica y garantizar que todos los barcos llegaran a su destino más rápido y con menor posibilidad de extraviarse. La ciencia se había convertido, como la guerra, en la continuación de la política por otros medios.
La ciencia era la piedra de toque de la Ilustración, que había comenzado en el siglo XVII como un movimiento general que buscaba en la razón, no en la fe, la vía de acceso al conocimiento. Hubo un estadista francés que vio en la búsqueda del conocimiento científico un componente más de la competición despiadada que se libraba con los ingleses por el comercio, los territorios y la influencia alrededor del mundo. Jean-Baptiste Colbert, el hiperactivo ministro de Finanzas y también de Marina de Luis XIV, observaba con envidia los avances científicos del otro lado del canal de la Mancha, fijándose mucho en la Real Sociedad Londinense para Mejorar el Conocimiento de la Naturaleza (Royal Society of London for Improving Natural Knowledge), fundada en 1660. Esta sociedad era «Real» solo en el nombre, puesto que no recibía apoyo directo de la Corona. Sus miembros, en su mayoría ricos, algunos de ellos más bien aficionados entusiastas, pagaban cuotas para el alquiler de la sede y la publicación de libros y de una revista científica, Philosophical Transactions. Colbert no tardó en enmendarles la plana a los británicos y en 1666 fundó —con una generosa financiación gubernamental— la Real Academia de las Ciencias de París, más comúnmente conocida como Academia de las Ciencias de Francia.
Con la fundación de la Academia, Colbert elevó la ciencia a la categoría de brazo institucional del Estado francés, pero su proyecto iba más allá de las necesidades básicas de las fuerzas armadas y la industria. Colbert buscaba atar la ciencia al Estado
por sólidas razones políticas […]. Sabía que las ciencias y las artes bastan para dar gloria a un reino, que extienden la lengua de una nación, tal vez, incluso más que las conquistas, que le otorgan el imperio del espíritu y de la industria, tan prestigioso como útil, [y] que atraen al país a multitud de extranjeros que lo enriquecen con su curiosidad, adoptan su carácter y se sienten ligados a sus intereses[4].
Para Colbert, la Academia francesa sería un multiplicador de la fuerza política, un modo de garantizar que las inversiones científicas
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beneficiarían al Gobierno en el ámbito nacional y también en el internacional.
El ministro no escatimó gastos para cubrir los puestos de su nueva Academia. En un rechazo declarado del modelo inglés, que en su opinión era un grupo disperso de aficionados entusiastas, quería —y estaba dispuesto a pagar— científicos del máximo nivel, capaces de conseguir descubrimientos concretos en astronomía, matemáticas y física en pro de la navegación, las artes militares y el comercio. Su prioridad principal fue construir un observatorio astronómico con los últimos avances en las afueras de París, sin madera que pudiera alimentar un incendio, ni metales que pudieran provocar perturbaciones magnéticas. También gastó grandes sumas para atraer talento del extranjero, entre otros el renombrado astrónomo italiano Giovanni Domenico Cassini y su colega holandés Christiaan Huygens, que dieron lustre a la Academia[5].
A los pocos años de su fundación, la Academia ya había comenzado a patrocinar misiones científicas internacionales dirigidas a la mejora de las técnicas de navegación francesas. En 1671, Colbert envió al joven astrónomo Jean Richer a Cayenne, en la colonia gala de Guayana, cerca del ecuador sudamericano. Se le ordenó llevar a cabo un repertorio completo de observaciones astronómicas que incluían el trazado de un mapa exacto del cielo en el sur, cada vez más importante a medida que los barcos de guerra y los mercantes franceses ampliaban sus viajes por el globo y dependían más de las estrellas para guiarse. Richer estuvo en Cayenne dos años realizando observaciones astronómicas y experimentos de refracción atmosférica. Contó al efecto con algunos de los instrumentos más precisos de entonces, entre ellos dos relojes de péndulo afinados con precisión, un invento bastante reciente de Christiaan Huygens[6].
Los relojes de péndulo que Richer se llevó debían ayudarle en sus observaciones astronómicas, pero acabaron revolucionando el debate sobre la forma de la Tierra. Un reloj de péndulo puede medir el tiempo con precisión porque el brazo de su péndulo está ajustado para desplazarse un pulso (un movimiento individual de derecha a izquierda) en un intervalo preciso, en general de un segundo. Ese intervalo tiene una relación directa con la longitud del péndulo. Como sabe cualquier pianista, el metrónomo va más rápido según se reduce la longitud práctica del péndulo al mover
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hacia el eje el peso corredizo. Los relojes de péndulo de Richer habían sido calibrados finamente en París haciéndolos coincidir con el paso de estrellas concretas a lo largo de muchas noches. Al llegar a Cayenne, Richer puso en funcionamiento los relojes como un preludio necesario a sus investigaciones, pero descubrió con horror que, en comparación con un reloj confeccionado en la región, se retrasaban alrededor de dos minutos y veintiocho segundos al día, una desviación que después corroboró observando las estrellas. Para que su «reloj de segundos» midiera correctamente el tiempo, tenía que acelerar su oscilación acortándole el péndulo —que medía alrededor de 90 cm— en aproximadamente dos milímetros[7].
Cuando Richer volvió a París en 1673, ningún científico de la Academia francesa fue capaz de explicar la discrepancia entre el comportamiento de los relojes de péndulo en la Guayana y en Francia. La diferencia era demasiado grande para achacarla a la dilatación del péndulo por el calor y, aunque se sabía que la fuerza de la gravedad podía afectar a la oscilación del péndulo —ya Huygens había descrito que, si la gravedad era inferior, la oscilación se ralentizaba—, no parecía lógico que la gravedad fuera en Cayenne distinta de la parisina[8].
Al otro lado del canal de la Mancha, un científico inglés llamado Isaac Newton tuvo una reacción muy diferente a la noticia del descubrimiento de Richer. Newton, profesor de matemáticas en la Universidad de Cambridge, pensaba que la oscilación retardada del péndulo se debía, de hecho, a que la fuerza de la gravedad era menor en París que en el ecuador. También postuló que esa gravedad disminuida era resultado directo de la fuerza centrífuga de rotación que provoca que la Tierra se ensanche en el ecuador. Una anomalía científica relativamente menor generaba así una concepción completamente nueva de la forma de la Tierra. Cuando Newton se enteró de los descubrimientos de Richer, llevaba cavilando sobre la gravitación una década. Había deducido, como es sabido, que la caída de una manzana se debe al mismo principio de atracción universal que mantiene a la luna en su órbita. La gravedad, pensaba, es una propiedad intrínseca de todo objeto, que atrae a los demás objetos con una fuerza proporcional a sus masas, y esa fuerza se reduce por el cuadrado de la distancia que los separa. La Tierra y la manzana se atraen una a otra:
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esto provoca que parezca que la manzana cae a la tierra (en realidad, ambas se precipitan una contra la otra). De acuerdo con ese mismo mecanismo, la atracción de la gravedad mantiene a la luna en su órbita alrededor de la Tierra; sin esa atracción, la inercia de la luna la arrojaría en línea recta por efecto de la fuerza centrífuga. El principio de la atracción universal era para Newton su Teoría del Todo, y el inglés esgrimió los descubrimientos de Richer como una prueba adicional que venía a corroborar sus ideas[9].
Aunque Newton se diera por contento con su propia explicación de la gravedad, otros no lo veían tan claro. Cuando publicó los tres volúmenes de su enorme Principia mathematica en 1687, la obra fue recibida, en palabras del historiador de la ciencia I. Bernard Cohen, por «un público al que pilló por sorpresa, que no estaba preparado y que, de hecho, durante algún tiempo no supo cómo interpretarla o qué uso darle»[10]. En concreto, el principio de atracción universal de Newton exigía un considerable acto de fe que muchos de los grandes físicos de la época no aceptaron. Según las ideas predominantes en la física, todo movimiento tenía que ser resultado del contacto entre cuerpos distintos. Muchos científicos no podían admitir la idea de la existencia de una fuerza fantasmagórica e invisible que ni siquiera Newton era capaz de definir y que atraía a cuerpos distantes sin medios de comunicación visibles. El matemático suizo Johann Bernoulli, uno de los pocos que podía rivalizar entonces con el genio matemático de Newton, tachó el principio de la atracción universal de «incomprensible»[11].
En Principia mathematica, Newton desveló su tesis sobre la forma de la Tierra. Situó los resultados anómalos de Richer en un lugar preeminente del primer volumen, los presentó como la demostración más clara de su teoría de la atracción universal y proclamó que esa atracción le había dado al planeta una forma esférica. La esfera, sin embargo, no era perfecta. Newton calculó meticulosamente que la rotación de la Tierra generaba una fuerza centrífuga que provocaba un ligero abultamiento en el ecuador, de modo que su diámetro medía 3984 millas en el ecuador y solo 3966 a través de los polos. Es decir, estaba aplanada por los polos en una proporción de 1 parte de 230 (1/230). La fuerza centrífuga, al actuar en sentido opuesto a la atracción de la Tierra, también provocaría que la
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gravedad fuera mensurablemente inferior en el ecuador, según había demostrado Richer[12].
Los colegas de Newton en la Royal Society fueron receptivos desde el principio a la filosofía de base matemática que desprendía la obra, aunque a veces no lograran comprender las fórmulas. Los científicos británicos abrazaron en especial el concepto de la atracción como guía para el estudio general de la materia. Trabajando con obstinación en la complejidad de las densas matemáticas de Newton, trataron de hallar aplicaciones prácticas a las leyes de la atracción[13].
En cambio, gran parte de la comunidad científica del continente europeo recibió con escepticismo las tesis de Newton, sobre todo en Francia. Allí, los científicos vieron en este novedoso concepto de la atracción —y en su corolario, una Tierra aplanada con gravedad variable
— la negación del modelo derivado del sentido común que había expuesto medio siglo antes su compatriota René Descartes. Según su monumental trabajo, sus Principia philosophiae de 1644, la Tierra, su luna, los planetas y las estrellas están inmersos en un vasto fluido invisible que llamó «éter», cuyo movimiento circular fue puesto en marcha por Dios durante la Creación y cuyos grandes vórtices o remolinos continúan girando. En el sistema de Descartes, los planetas se mueven por estos vórtices cósmicos, los cuales también causan la gravedad al empujar los objetos hacia la tierra (vid. figura pág. 9). Descartes evitó cuidadosamente ofrecer cualquier justificación matemática detallada de su razonamiento y optó por emplear una serie de analogías con los remolinos acuáticos y el magnetismo para explicar su teoría.
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Vórtices planetarios de Descartes (S = Sol). Tomada de René Descartes, Principia philosophiae (1685). © Wellcome Collection
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[https://wellcomecollection.org/works/rxrrnkkv].
Dos generaciones antes de Newton, Descartes había aportado su propia Teoría del Todo. Esta se basaba en el contacto entre los objetos y en la transferencia de momento para explicar tanto la órbita de la luna como la caída de la manzana. Era una idea sensata, tanto desde el punto de vista de la mecánica como de la teología: el universo, puesto en movimiento en un primer momento por la mano de Dios, continuaba girando de modo predeterminado. Y, sobre todo, Descartes no violaba la doctrina de la Iglesia acerca de la inmutabilidad del universo, puesto que sus vórtices no eran más que los movimientos originales de Dios continuados en el tiempo[14]. El propio Descartes no propuso para la Tierra otra forma que la esférica, pero científicos franceses y del resto del continente utilizaron después su teoría para asignarle al globo una forma alargada en un intento de contraponerse a las ideas de Newton.
La teoría cartesiana de los vórtices tuvo muy buena acogida en los años posteriores a la publicación de sus Principia philosophiae. Contribuyó mucho a su difusión la labor del dramaturgo Bernard de Fontenelle, quien llegaría a ser secretario de la Academia de las Ciencias de Francia y a tener un papel fundamental en el debate entre cartesianos y newtonianos. En 1686, justo cuando se preparaba la publicación de los Principia newtonianos, Fontenelle salió a la palestra con su novela dialógica Conversaciones acerca de la pluralidad de los mundos, en la que exponía los descubrimientos científicos recientes con un lenguaje sencillo. Desde una visión teatral de la astronomía, describía los vórtices cartesianos como las máquinas que mueven los decorados por el escenario del universo. Incluso las estrellas, decía Fontenelle, demostraban la teoría de Descartes. «Los habitantes de un planeta de uno de estos vórtices infinitos —explicaba— ven, en todas direcciones, los soles de los vórtices que los rodean»[15].
Gracias a defensores como Fontenelle, la teoría de Descartes había penetrado en la opinión pública mayoritaria en ambas orillas del canal, cosa que dificultaba bastante la aceptación de las ideas de Newton. En tanto que una de las primeras obras de divulgación científica de la historia, las Conversaciones tuvieron un éxito inmediato y se tradujeron con rapidez a todas las lenguas europeas principales. Los vórtices estaban en el
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programa de cada tertulia de salón y de cada lección vespertina de París a Ámsterdam. La falta de rigor matemático de Descartes venía de perlas, ya que ni los aristócratas ni los comerciantes ricos querían que las ecuaciones y los números les estorbaran su acercamiento a la física. Además, cuando el sistema de la física newtoniana (basado en las matemáticas y llamativamente secular), en especial su teoría de la Tierra abultada y achatada en los polos, surgía en las conversaciones de esos mismos salones, era recibida con un escepticismo generalizado, indignación religiosa e incluso abierta hostilidad. El dogmatismo intelectual y espiritual no era la única razón por la que las ideas de Newton recibieron una acogida tan fría en Francia y otros lugares del continente europeo. En el preciso momento en que Newton presentaba su teoría en sus Principia, la Academia de las Ciencias francesa encabezaba una nueva línea de investigación que no tardaría en suponer un nuevo reto para Newton. La Academia, además de apoyar la astronomía para el progreso de la navegación oceánica, había efectuado mediciones geodésicas de Francia para levantar mapas de más calidad, de gran utilidad para el Ejército y los tasadores fiscales. Estas mediciones pretendían demostrar que la Tierra estaba alargada en los polos, en contradicción directa con la Tierra achatada de Newton. Las primeras mediciones, efectuadas en 1670 por el astrónomo Jean Picard, fueron de un alcance demasiado limitado para poder demostrar esta idea. Después, una serie de guerras y hambrunas asoló el país e impidió que la Academia, desprovista de fondos y desarbolada, pudiera emprender trabajos más completos durante más de veinte años.
A mediados de la década de 1690, la situación política y económica de Francia había mejorado y la fortuna de la Academia volvía a brillar. La poderosa familia Phélypeaux tomó el control de la institución y puso fin a su prolongada decadencia. Uno de los miembros de la citada familia, Jean-Paul Bignon, se convirtió en su presidente, mientras que Fontenelle era nombrado secretario por su habilidad para explicar la ciencia con claridad a un público cada vez más leído e interesado, y que incluía nada menos que a los miembros de la corte real. Mientras que científicos y matemáticos se escribían unos a otros prolijos y densos artículos en las Memoirs anuales de la Academia, Fontenelle redactaba sumarios de fácil
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comprensión en la sección de historia de esa misma publicación. También escribía elegías dedicadas a los académicos fallecidos recientemente, las cuales se convirtieron en una especie de tesoro nacional por los retratos cálidos y a menudo ingeniosos que ofrecían de los homenajeados.
La Academia francesa, ahora bajo una jefatura fuerte y popular, también se benefició de un cambio de decorado antes del cambio de siglo. En 1699 la Academia se mudó desde la pequeña casa que la albergaba al palacio del Louvre. Este ya había dejado de ser una residencia real — Luis XIV se había trasladado a Versalles veinte años antes— y se parecía más bien a un enorme taller, lleno del polvo de mármol, las virutas de madera y el olor de la pintura de la Real Academia de Pintura, de la Academia de Arquitectura y de las Reales Fábricas que también albergaba. La Academia de las Ciencias estaba situada en la pequeña antecámara de un dormitorio —hoy la sala 33 del ala Sully— y sus sesiones estaban a menudo atestadas de público[16].
Ahora que la Academia había recobrado fuerzas, se propuso ampliar las mediciones de Picard empleando las mismas técnicas geométricas, aunque con instrumentos más modernos. El método que se usaba para efectuar las mediciones de grandes distancias tenía ya varios siglos y partía de un principio euclidiano básico: dados dos ángulos de un triángulo y el largo de uno de los lados de este, es posible calcular la longitud de los otros lados y el tercer ángulo. Esto podía emplearse para medir grandes distancias estableciendo una cadena geodésica entre dos puntos prefijados (vid. figura pág. 13). Un equipo de agrimensores, partiendo de un extremo de la citada cadena, debía trazar una línea de base (AB) de varios kilómetros de longitud y medirla con exactitud utilizando largos listones o perchas de medir. Como la línea base tenía que ser perfectamente rectilínea, debía trazarse sobre un terreno despejado y lo más llano posible. A continuación, utilizarían un cuarto de círculo de agrimensor (de mayor tamaño y más preciso que los cuadrantes marítimos) para medir los ángulos que se formaban desde cada extremo de la línea de base con el vértice (C) del triángulo, el cual era una señal visible situada a muchos kilómetros de distancia, tal que un peñasco, un árbol o la aguja de una iglesia. Entonces se servían de la trigonometría para calcular cuánto medían las patas del triángulo. Después de haber empleado las medidas de
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los ángulos para calcular el largo de cada lado del triángulo, el equipo de agrimensores repetía el proceso hasta tener una cadena de triángulos que abarcara la distancia total que deseaban medir. Trabajando a partir del primer triángulo, elegían otra señal visible para que fuera el vértice (D) de un segundo triángulo. Medían entonces los ángulos que se formaran desde los puntos B y C al mirar hacia D, luego desde los puntos C y D hacia el vértice E del triángulo siguiente, y así sucesivamente ampliaban la cadena de ángulos. Cuando los agrimensores llegaban al final de la cadena, a veces medían también físicamente la línea de base del triángulo final para cerciorarse de la precisión del trabajo efectuado. De este modo, empleando sucesivos cálculos trigonométricos, podían calcular la distancia que separaba los extremos de la cadena de triángulos (C y L).
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Esquema del método de triangulación, usado para determinar la distancia entre dos puntos.
Además de medir la distancia entre dos puntos, la triangulación geodésica también se empleaba para determinar la latitud de cualquier
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lugar, una información esencial para situar su posición correctamente en un mapa. Con este fin, los agrimensores de entonces ladeaban sus grandes cuadrantes o cuartos de círculo, emplazándolos en vertical, para medir la distancia entre Polaris y el horizonte. Era un método más fácil y preciso que usar los pequeños cuadrantes marítimos, puesto que el terreno no cabecea ni se balancea. Esto también permitía determinar la distancia abarcada por un grado de latitud en cualquier lugar concreto, dividiendo la medida total de la cadena de triángulos entre la diferencia angular existente entre las latitudes de sus dos extremos.
El afamado astrónomo italiano Giovanni Domenico Cassini, que Colbert había atraído a la Academia cuando se fundó, pero que ahora ya contaba casi setenta años, dirigió la nueva medición. Le fueron de gran ayuda su hijo, Jacques Cassini, y Claude-Antoine Couplet, ingeniero y miembro fundador de la Academia de las Ciencias. Los tres efectuaron sus triangulaciones siguiendo el meridiano de París, empezando en la capital y avanzando hacia el sur, hasta los Pirineos, a lo largo de más de seiscientos kilómetros. En 1701 reportaron a la Academia sus resultados. Al acabar las mediciones y comenzar los cálculos, descubrieron que el largo del grado de latitud que habían medido, situado en el sur de Francia, parecía sensiblemente mayor que el medido por Picard en el norte en 1670. Cassini informó sobre este hecho sin darle mucha importancia[17].
Bernard de Fontenelle, veterano partidario de Descartes, esgrimió el mayor tamaño del grado de latitud de Cassini contra la Tierra achatada de Newton. En su opinión, Cassini había demostrado con claridad que la Tierra se alargaba hacia los polos. Fontenelle basaba su argumento en el reconocido principio de que, para determinar si la figura de la Tierra es alargada o achatada, basta comparar qué distancia abarca un grado de latitud en dos puntos muy separados del globo, uno cerca del ecuador y el otro más cercano a los polos (vid. figura pág. 15). Si la Tierra fuera achatada, el largo de un grado de latitud sería mayor en los polos; si la forma del globo fuera alargada, un grado de latitud mediría más en el ecuador y menos hacia los polos. Según Fontenelle, como Cassini había demostrado que la medida septentrional de la latitud era menor que la meridional, la Tierra tenía que ser alargada y Newton estaba equivocado[18].
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Jacques Cassini, que se hizo cargo del observatorio de París a la muerte de su padre en 1712, reforzó el argumento de Fontenelle con un beligerante examen histórico de las ideas sobre la figura de la Tierra. Señaló que diversas mediciones de la latitud tomadas desde la Antigüedad mostraban un patrón decreciente hacia el norte, lo cual probaba con claridad el alargamiento de la Tierra. En 1718, Cassini recibió de la Academia el encargo de ampliar la cadena de triángulos original en dirección norte hasta Dunkerque, en la costa, y completar así la primera medición geodésica completa de Francia. Cuando se dispuso de todas las mediciones, Jacques Cassini anunció que, en Dunkerque, en el norte del país, un grado de latitud era unos 275 metros más corto que en los Pirineos (1300 kilómetros al sur), lo que establecía con firmeza (y en su opinión, ya sin discusión posible) la figura significativamente alargada de la Tierra[19].
Mediciones comparadas de los arcos de un grado de latitud en una Tierra alargada y en una Tierra achatada, según James R. Smith, From Plane to Spheroid, 1986.
En este tiempo, la opinión en Gran Bretaña se estaba desplazando desde el cartesianismo hacia posiciones newtonianas. Muchas de las ideas originales de Descartes no aguantaban un análisis riguroso. Su teoría de los vórtices, como Newton había señalado, predecía que los planetas más alejados del sol debían girar en sus órbitas a una velocidad mucho mayor de la que se observaba. La Royal Society llegó a poner en duda la Tierra
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alargada de los Cassini. Apuntó que sus instrumentos de medición no tenían, ni mucho menos, la precisión necesaria para fiarse de una diferencia de 275 metros por grado de latitud en una medición de 1300 kilómetros, una diferencia equivalente al ancho de un pelo humano en el visor del cuadrante[20].
En 1720 ya estaba claro que había surgido una fisura entre la ciencia británica y la francesa. A un lado del canal de la Mancha, donde imperaba la teoría de la atracción universal de Newton, la Tierra estaba achatada en los polos. Al otro lado, donde los vórtices de Descartes no dejaban de girar, parecía que la Academia francesa había demostrado que su compatriota tenía razón: a partir de las pruebas físicas objetivas obtenidas en las mediciones, los académicos habían establecido que la Tierra parecía, en efecto, alargada. Aunque había científicos franceses en la Academia que continuaban debatiendo la cuestión, la investigación de sus colegas —y los vociferantes argumentos de defensores de Descartes como Jacques Cassini y Fontenelle— parecían más convincentes que las extrañas teorías que emanaban en Cambridge de un solitario profesor.
De todos modos, aunque gravitaran hacia conceptos opuestos de la forma de la Tierra, los bandos británico y francés todavía no habían demostrado con seguridad un sistema ni el otro. El problema al que se enfrentaba la ciencia británica era la ausencia de observaciones que pudieran demostrar la teoría de Newton. El problema de los científicos franceses era que no había nada en la teoría de Descartes que sugiriera una Tierra alargada. De hecho, Christiaan Huygens, empleando solo la mecánica cartesiana, había predicho por su cuenta una Tierra achatada para poder explicar los resultados del péndulo de Richer[21]. Carentes de pruebas que zanjaran el asunto de una vez por todas, ambos bandos se miraban con recelo a través del canal.
Justo cuando el debate sobre la forma del planeta parecía llegar a un punto muerto, un cambio de marea político ofreció nuevas esperanzas a los científicos de ambos países. La alianza anglo-francesa, que había comenzado en 1716 en tanto que tratado militar y político dirigido a evitar la continuación de la onerosa lucha entre ambas naciones, además de para poner coto a la ambición resurgente de España, estaba dando como fruto una détente cultural más amplia entre ambas superpotencias. Esta
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relajación permitió un trajín sin precedentes de personas e ideas y fomentó la cooperación científica entre los antes enemigos. Los viajeros cruzaban sin parar el canal en ambas direcciones para pasar largas temporadas en la otra orilla, y el intercambio epistolar entre la Royal Society y la Academia francesa era cada vez más cálido y frecuente[22].
Aunque la détente entre Gran Bretaña y Francia permitió a los científicos de ambas naciones comparar sus observaciones acerca de lo que se había descubierto en relación con la figura de la Tierra, esto no supuso, en modo alguno, que llegaran a un acuerdo en este debate. Durante los primeros años de la alianza anglo-francesa, los científicos de ambas orillas del Canal se intercambiaron andanadas en torno a las discrepancias que separaban los argumentos de Cassini en pro de una Tierra alargada y los experimentos del reloj de péndulo de Richer que, según Newton y Huygens, demostraban el achatamiento de la Tierra. La primera andanada, una memoria de Jean-Jacques de Mairan presentada ante la Academia de las Ciencias gala, utilizó argumentos de ambos bandos del debate: sugería que la Tierra era de forma algo alargada, como había dicho Cassini, pero también que antes de comenzar a moverse debió ser incluso más alargada de lo que indicaba Cassini, y que luego se había aplastado, en cierto grado, hasta alcanzar una forma similar a un huevo por efecto de la presión del vórtice celestial. Mairan también afirmaba que los resultados de Richer se debían a la fuerza centrífuga causada por la rotación de la Tierra. La Royal Society devolvió el disparo, unos años más tarde, con un artículo que rebatía con vigor este razonamiento. John Desaguliers, emigré francés residente en Londres, defendió que la Tierra estacionaria debió ser esférica como una gota de agua y presentó una máquina compuesta de aros que rotaban para demostrar que la rotación del globo era la que provocaba su ensanchamiento en el ecuador y su achatamiento en los polos[23].
Hasta mediados de la década de 1720, los partidarios de Descartes parecieron llevar las de ganar en la guerra cultural que se arremolinaba en torno al debate científico. Bernard de Fontenelle, entonces el apologeta principal del cartesianismo en la Academia francesa, fue más allá de la mera comparación de los dos conjuntos de observaciones físicas. Puso en duda la teoría de Newton con argumentos físicos y también filosóficos y
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cuestionó toda la idea de la atracción. «Si la Gravedad —inquiría— es una atracción, si en el centro de la Tierra hay alguna virtud [propiedad física] que atrae los cuerpos […], ¿entonces cuál es esa virtud? ¿Qué es la atracción?». El hecho de que la teoría de la atracción universal condujera a la idea de una «gravedad variable» era, en su opinión, algo que se salía de lo «inteligible»[24]. Fontenelle continuó adornando su pluma retórica en las páginas de las memorias anuales de la Academia, defendiendo a Descartes y borrando suavemente cualquier toma en consideración seria de la «atracción» en sus vivaces sumarios de los artículos científicos. El ingenio y el estilo de Fontenelle parecían haber ganado la batalla.
En mayo de 1726 surgió un aliado inesperado en el campo newtoniano. A la manera de Fontenelle, también iba a desplegar sus pulidas habilidades literarias en defensa de una teoría científica desconcertante. François-Marie Arouet, un poeta y dramaturgo francés que había hecho una gran carrera a base de meterle el dedo en el ojo a la aristocracia, había insultado sin contemplaciones a un número ya excesivo de miembros de la nobleza. En lugar de cumplir otra sentencia carcelaria más, Arouet se escabulló a Londres. La noticia de su nuevo drama, Edipo, ya había llegado a la capital británica, así que Arouet fue recibido a su llegada por su nom de plume, Voltaire[25].
Durante sus casi dos años de exilio en Inglaterra, Voltaire se empapó del inglés. Además de llegar a manejarse con fluidez en la lengua, también se sumergió en su forma de pensar. No dejaban de asombrarle la libertad religiosa y comercial del país, ambas vigiladas de cerca en Francia. Le asombró la franqueza del debate científico en la Royal Society, que, a diferencia de la Academia francesa, no era una institución gubernamental. En Londres, las cuestiones y los desacuerdos científicos se debatían abiertamente en foros públicos. En cambio, en París, el antes dramaturgo Fontenelle dirigía con cuidado la puesta en escena de las disputas: permitía los debates de puertas adentro, pero controlaba con mano de hierro cualquier espectáculo público y editaba los artículos para eliminar toda apariencia de desacuerdo. Voltaire estaba asombrado por los halagos de los que era objeto Isaac Newton, sobre todo porque este no frecuentaba los cafés y los salones como estaban obligados los científicos franceses para mantener la atención de la opinión pública. De hecho, aunque no llegaron
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nunca a entrevistarse, Voltaire fue el primero que contó la historia de la manzana que al caer del árbol inspiró las ideas del científico sobre la gravedad. Cuando este último falleció, en marzo de 1727, Voltaire todavía permanecía instalado en el ambiente cultural londinense y presenció en persona las alabanzas que le dedicaron al célebre científico, comparables a las que normalmente se reservaban a los reyes.
Voltaire se convertiría pronto en el nuevo vocal de los newtonianos, tal como Fontenelle lo era de los cartesianos. Además, se dio cuenta de que, al igual que el dramaturgo, también era capaz de traducir la jerga técnica a una prosa que fuera accesible a todo el mundo. Al ir en aumento su interés en este sentido, se aplicó a la explicación de la ciencia y las matemáticas de Newton. A su regreso a Francia en 1728, el año posterior a la muerte del científico, Voltaire no solo rebosaba de nuevas ideas para dramas y poemas, sino que también pensaba que era posible describir el universo con precisión, incluso de forma matemática. Se trataba, respecto de la vacua filosofía de Descartes, de un gran salto que iba a resultar difícil de explicar a la conservadora audiencia francesa. Por esta razón, cuando cinco años más tarde el poeta publicó por fin su exposición de estas nuevas ideas británicas, no lo hizo en su francés nativo, sino en inglés. En 1733 publicó en Londres un volumen breve, pero de mucho éxito, titulado Letters Concerning the English Nation (Cartas inglesas). En esta serie de ensayos que desarrollaban sus impresiones sobre esa nación, sus gentes y sus ideas, Voltaire admiraba abiertamente el pensamiento británico que tan distinto le parecía del francés. Como es natural, su obra recibió elogios en Londres.
Cuando las Cartas se publicaron en francés al año siguiente, en 1734, tuvieron el efecto opuesto. Voltaire volvía a despertar la ira de la élite parisina que le había expulsado del país ocho años antes. De todos modos, para muchos de aquellos intelectuales franceses, esta fue la primera exposición reflexiva que les llegaba de la nueva física de Newton.
Un francés [escribió Voltaire] que llega a Londres encuentra todo distinto, en la filosofía y en todo lo demás. Atrás ha dejado un mundo que estaba lleno; aquí lo encuentra vacío. En París, uno ve el universo compuesto de vórtices de materia sutil; en Londres no se ve nada de eso
[…]. Para nuestros cartesianos, todo es fruto de impulsos que apenas comprenden; para el señor Newton, es de una atracción cuya causa se desconoce igualmente. En París te imaginas la Tierra con forma de melón; en Londres está aplanada en ambos lados.
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Voltaire, con su apoyo público a las ideas de Newton, volvía a meterle el dedo en el ojo a la élite parisina[26].
El poeta sabía reconocer una apuesta ganadora y Newton era, claramente, el hombre a seguir. Si conseguía explicar las arcanas filosofías del inglés a los franceses, Voltaire podría recoger de Fontenelle la corona del más notable de los divulgadores científicos en los cafés y los salones de París. Al fin y al cabo, Fontenelle ya tenía setenta y cinco años y las ideas de Descartes eran aún más viejas; hacía falta un cambio y no solo del mensajero, también del mensaje. Pero Voltaire sabía que no podía hacerlo solo, necesitaba expandir su círculo de amistades y conocidos más allá del mundo literario y llegar al ámbito científico. En busca de alguien que pudiera reforzar su defensa de las ideas de Newton, Voltaire comenzó a cultivar la amistad de Pierre-Louis Moreau de Maupertuis. Este, un matemático en ascenso, había sido un consumado músico antes de dedicarse a las matemáticas e ingresó en la Academia de las Ciencias en 1723. Dentro de su creciente interés por las ciencias físicas, había acudido a Londres varios meses mientras Voltaire estuvo exiliado, aunque no parece que se encontraran en aquella época. Maupertuis, igual que Voltaire, había ido a Gran Bretaña en busca de la aventura intelectual, deseoso de conocer otra forma de hacer las cosas. También, como Voltaire, se había dado de bruces con el sistema de Newton y no pudo escapar a su atracción. A su regreso al continente, había viajado a Basilea a estudiar con el gran matemático helvético Johann Bernoulli, quien, aunque se oponía con vigor a muchas de las ideas de Newton, proporcionó a Maupertuis las herramientas matemáticas adecuadas para que él mismo pudiera valorarlas[27]. Maupertuis necesitó varios años, pero al final acabó convenciéndose de que Newton tenía razón. En 1732, después de avisar a Bernoulli, expuso sus puntos de vista sobre el efecto de la gravedad y la fuerza centrífuga sobre los cuerpos en rotación en un artículo que envió para su publicación a la Royal Society y no a la Academia francesa, ya que, como le reconoció a su mentor, «tendría mejor acogida en Inglaterra que aquí». Unos pocos meses después, Maupertuis era consciente de que podía escribir, con una razonable libertad, un volumen acerca de las teorías de Newton, mientras que si redactaba una memoria para la Academia francesa tendría que someterse a la supervisión de Fontenelle. Así pues,
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decidió explicar a sus compatriotas las teorías newtonianas en una obra que publicó por su cuenta en Francia, Discurso sobre las diferentes figuras de los astros[28].
Este libro concedió a Maupertuis una celebridad científica que llamó de inmediato la atención de Voltaire. A finales de 1732, mientras redactaba sus Cartas inglesas, Voltaire escribió a Maupertuis para que le resolviera dudas sobre el concepto de la atracción gravitacional, y este le contestó explicándole con paciencia las partes relevantes de los Principia newtonianos. Voltaire, que sabía cómo halagar a un colega artista, comparó a Maupertuis con Newton y le agasajó: «… vuestra primera carta me bautizó en la religión newtoniana, la segunda me ha dado la confirmación. Os agradezco vuestros sacramentos»[29]. Su amistad en aumento era beneficiosa para ambos; Voltaire contaba de este modo con un colega versado en la ciencia, capaz de interpretarle a Newton, y Maupertuis ganaba un escritor que podía popularizar sus ideas. Los dos se convirtieron, junto con su mutua amiga y amante, la brillante Émilie du Châtelet —quien más tarde escribiría la traducción estándar de los Principia—, en la mayor fuerza impulsora de la divulgación y posterior aceptación del newtonianismo en el continente[30].
Fue necesaria la fuerza combinada de Voltaire y Maupertuis para mantener vivas las ideas de Newton en Francia: la relación política entre esta y Gran Bretaña había cambiado de un modo considerable desde la estancia de los dos en Londres en la década de 1720. Durante casi diez años, la alianza anglo-francesa había propiciado un crecimiento casi inaudito de la cordialidad entre sus élites científicas. Aunque Fontenelle continuó desdeñando muchas de las ideas de Newton cuando escribió la elegía de este, en 1727, también puso al inglés a la altura de Descartes, el máximo cumplido que podía hacerle. En pocos años, sin embargo, se abrió una grieta política entre ambas naciones y Gran Bretaña entró en una nueva alianza con Austria, viejo adversario de Francia. La alianza anglo-francesa se vino abajo en 1731, poniendo fin a la détente cultural y, en pocos años, también a una paz de varias décadas[31].
Las tensiones de la ruptura política entre Francia y Gran Bretaña no tardaron en irrumpir en el debate sobre la figura de la Tierra. La correspondencia entre los científicos de ambas naciones decayó y el debate
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científico entre los partidarios de Descartes y Newton en la Academia de las Ciencias francesa fue tomando un cariz cada vez más tenso. Fontenelle alteró sus directrices dramáticas: de esconder la disputa debajo de la alfombra, pasó a envolverla en la blanca bandera con la flor de lis de la monarquía. La guerra de las palabras se había dirigido antes contra sistemas conceptuales y matemáticos distintos, pero ahora cobraba un sesgo político muy claro, un cambio que enrareció la discusión científica. En 1731, Maupertuis se refirió de forma explícita a la «disputa entre los ingleses y los franceses» al exponerle el contenido de un artículo anterior de Mairan a Bernoulli. Fontenelle puso en duda el patriotismo de Maupertuis y se preguntaba si le importaba «reivindicar una gloria para su patria, o [si prefería] justificar un poco a los ingleses a nuestra costa»[32].
Voltaire dejó abundantes comentarios acerca del debate entre newtonianos y cartesianos en su correspondencia con amigos influyentes en la opinión pública. No tardó en darse cuenta de que el lenguaje nacionalista se había introducido en el debate. Advirtió que hasta la propia palabra «atracción» tenía un cariz político: como había surgido en Londres, decía, ahora se la consideraba «una idea ridícula en París»[33]. Al sentir que estaba emergiendo una buena línea argumental, planteó el debate como un conflicto entre los viejos cartesianos (representados por Fontenelle) y los jóvenes newtonianos encabezados por Maupertuis. Tuvo la inteligencia de limitar el debate a la discusión sobre la figura de la Tierra, consciente de que, para la mayoría de la gente, las matemáticas de los movimientos planetarios eran demasiado arcanas. Había una tara obvia en el retrato volteriano de la controversia —caracterizado, por lo demás, por su lucidez—: nadie había podido exponer todavía con claridad por qué el debate newtoniano-cartesiano tenía relación alguna con el problema de la forma de la Tierra. Aunque las teorías de Newton apuntaban con claridad hacia una Tierra achatada, la verdad es que se daba un salto lógico al afirmar que el sistema cartesiano de los vórtices implicaba que su forma debía ser alargada.
Fue el mentor de Maupertuis, Johann Bernoulli, quien aportó por fin la «prueba» matemática a la extendida conjetura de que los vórtices cartesianos implicaban una Tierra alargada. En un ensayo de 1734 que fue premiado por la Academia de las Ciencias de Francia, Bernoulli asimiló la
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figura de nuestro planeta a la forma alargada de un buque de vela y defendió que la Tierra, empujada por los vórtices de Descartes, está inclinada y que su órbita forma un ángulo respecto del plano del ecuador solar por la misma razón que un barco de vela sufre cierta deriva cuando es empujado por el viento. Bernoulli calculó que la desviación de la órbita de la Tierra confirmaba el alargamiento del planeta en los polos y no en el ecuador. De este modo, el matemático vivo más importante de Europa daba apoyo a la «Tierra ahuevada» que indicaban las mediciones geodésicas de Cassini y ligaba sus resultados directamente con la física cartesiana[34]. La fisura entre newtonianos y cartesianos se agrandaba hasta formar una sima.
Había, tal vez, un solo individuo en toda la Academia francesa que seguía sin estar convencido por ninguno de los dos bandos, Pierre Bouguer. Este matemático joven y ambicioso, cuya confianza en sí mismo era infinita, venía de Bretaña (y por esto pronunciaba su nombre «bu-gair», a la manera bretona). Era hijo de Jean Bouguer, antiguo piloto que había perdido una pierna durante la abortada invasión francesa de Irlanda de 1689 y que más tarde se convirtió en profesor de hidrografía, del arte de la navegación y de pilotaje. Pierre nació en la agradable población costera de Le Croisic, en Bretaña, el 16 de febrero de 1698, y desde edad temprana estuvo rodeado por los estudiantes de su padre —la «escuela» de Jean no era más que una habitación en su modesto hogar— y por sus instrumentos astronómicos y náuticos, que le servían de juguetes. Su amigo de la infancia y de toda la vida, Paul Desforges-Maillard (que vivía muy cerca de allí), llegaría a ser un poeta célebre y a engañar a Voltaire por el camino[35].
Desde un primer momento se reconoció en Bouguer un niño prodigio. Aunque asistió al colegio de los jesuitas de la cercana Vannes, su padre también le enseñó muchas matemáticas, hidrografía y astronomía. Pierre no iba a tardar en sacar partido de este conocimiento. En 1714 Jean Bouguer murió, dejando a su familia sin ingresos. Pierre, con solo dieciséis años, solicitó el puesto que había dejado vacante su padre y, tras superar un examen riguroso, ganó la plaza de real profesor de hidrografía en Le Croisic, donde enseñó a cientos de estudiantes —que a menudo le
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doblaban la edad— los fundamentos de la navegación, la astronomía y el pilotaje.
Pierre Bouguer con cincuenta y cinco años. Pastel (1753) de Jean-Baptiste Perroneau, Museo del Louvre, París.
Aunque todavía con veintipocos años, Bouguer fue presentado en la Academia de las Ciencias tras impresionar a un profesor de matemáticas con sus conocimientos autodidactas de cálculo. Le presentaron al
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académico Jean-Jacques de Mairan, que acababa de terminar un artículo donde intentaba reconciliar las mediciones geodésicas de Cassini con los experimentos pendulares de Richer. Aunque Bouguer todavía enseñaba en Le Croisic, Mairan reclutó con entusiasmo al joven profesor para trabajar en cuestiones navales como el emplazamiento óptimo de los mástiles y las velas, labores que le granjearon un importante premio de la Academia en 1727. Su esfuerzo le granjeó un nuevo puesto de más prestigio en Le Havre y dejó a su hermano al frente de la escuela familiar en Le Croisic. Pierre Bouguer siguió ganando premios y en 1731 obtuvo en la Academia un puesto intermedio, matemático asociado, en el que reemplazó a Maupertuis, este había sido ascendido a la categoría más elevada, la de pensionado.
Bouguer entró en una Academia gala dividida entre las teorías newtonianas y cartesianas y no tardó en darse cuenta de que no ascendería en su seno si se limitaba a engrosar las filas de los acólitos newtonianos de Maupertuis. También percibió que el bando cartesiano estaba perdiendo fuelle. Bouguer trató entonces de alcanzar mayor prestigio —y más movilidad ascendente— presentándose en el debate newtoniano-cartesiano como un neutral escéptico. Abordó la cuestión en dos artículos que se publicaron en 1734, en el momento crítico del conflicto. El primero de ellos analizaba la ruta de la órbita de la Tierra y compitió por un premio de la Academia que acabó entregándose a Bernoulli por relacionar los vórtices y la forma alargada de la Tierra. El segundo artículo modelaba la forma de nuestro planeta asemejándolo a una esfera de fluido que da vueltas en torno a sí misma. En ambos artículos, Bouguer ofrecía nuevas y audaces líneas de razonamiento que, concediendo igual consideración a Newton y a Descartes, señalaron a su autor como un observador inteligente y objetivo, el hombre de quien había que estar pendiente en el debate en curso.
Su prometedora entrada en la Academia le ganó a Bouguer la admiración de muchos de sus miembros, pero no de todos. Maupertuis detestaba sin ambages al joven recién llegado que había ocupado su antigua posición y que parecía amenazar su prestigio en la institución. De modo que el matemático intentó socavar a Bouguer cogiendo sus resultados y reformulándolos como propios sin concederle crédito.
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Bouguer le correspondió con sentimientos similares, pero no en sus actos[36]. Maupertuis, aunque sin duda rápido en socavar a sus posibles rivales como Bouguer, era el decidido líder de los newtonianos de la Academia y no descuidaba a sus protégés, a los que invitaba a animadas cenas en las que planificaban cómo hacer frente a Fontenelle y sus cartesianos de la vieja guardia[37].
Uno de los amigos más allegados de Maupertuis en su círculo de protégés no era matemático ni astrónomo, pero no hay duda de que era uno de los miembros más interesantes y carismáticos del conjunto de la Academia. Charles-Marie de La Condamine tenía algunos años menos que Bouguer y venía de una familia considerablemente más acomodada. La Condamine, producto de un feliz matrimonio disparejo en edad, nació en París el 27 de enero de 1701. Hijo de un próspero recaudador de impuestos, tuvo todo a su alcance. Charles-Marie tuvo una relación de una cercanía inusual con su hermana más joven, Anne-Marie; con el paso de los años se casaría con la hija de esta, su sobrina, algo que por entonces no se consideraba censurable. Criado en una familia que lo mimaba, no lo condujeron hacia la excelencia ni estudió con atención materia alguna en el Louis-le-Grand, el elitista colegio jesuita al que asistió (equivalente a una escuela preparatoria moderna), y prefirió atender en cada momento lo que despertara su interés.
La carrera profesional de La Condamine siguió el mismo caprichoso camino que sus primeros años. A los diecisiete se había reunido con su tío en el Ejército del Rosellón, en el sudoeste de Francia. Gran Bretaña y Francia se aliaron para hacerle la guerra a España poco después, así que, en agosto de 1719, La Condamine y sus camaradas cruzaron los Pirineos para asediar la plaza catalana de Rosas. Durante el asedio demostró la mezcla de curiosidad, valor y pura estupidez que marcarían toda su carrera. Mientras se libraba el asalto combinado por tierra y por mar, escaló a un punto elevado para divertirse «viendo [al enemigo] disparar desde una batería cuyas balas caían a mi alrededor», sin advertir que su llamativo capote morado destacaba contra el paisaje y hacía de él un blanco obvio. A pesar del bombardeo, La Condamine no bajó de allí hasta que se lo ordenaron[38].
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Aunque no se conserva registro de la fecha exacta, La Condamine renunció a su empleo militar. La vida reglada de un oficial no podía retener su interés durante mucho tiempo, así que parece que regresó a París después de que se declarara la paz en 1720. Parece que contrajo sarampión durante la epidemia que padeció la ciudad en 1723 y que la enfermedad le dejó cicatrices que endurecieron sus alegres y delicadas facciones. Fue víctima, junto con su padre, de la estafa de la Compañía del Misisipi diseñada por el economista escocés John Law, nombrado controlador general de las finanzas por el quebrado gobierno francés durante el periodo de mejora de las relaciones con una Gran Bretaña que había ampliado de nuevo sus dominios. Al final, el nombramiento de Law fue una de las consecuencias más desafortunadas de la alianza anglofrancesa. Law creó, sirviéndose del respaldo del gobierno, un fraude que se basaba en la atracción de inversiones en los recursos, en apariencia ilimitados, de la Luisiana francesa. El resultado fue que muchos especuladores galos, entre ellos los Condamine, perdieron hasta la camisa cuando la burbuja estalló en 1720.
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Charles-Marie de La Condamine a los cincuenta y dos años. Pastel de Maurice Quentin de la Tour (1753). The Frick Pittsburgh Museums and Gardens, Pittsburgh.
A pesar del fracaso de la Compañía del Misisipi, las empresas especulativas infrafinanciadas, pero con respaldo gubernamental, eran irresistibles para La Condamine: con la siguiente recuperó su fortuna con creces y además se ganó un llamativo nuevo aliado. En 1728, el municipio de París dejó de responder por los bonos municipales que había emitido para cubrir las deudas contraídas por el Estado por culpa de la Compañía del Misisipi, y muchos parisinos ricos que habían adquirido los bonos se
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encontraron en posesión de montones de papel sin valor. La ciudad instauró una nueva lotería para los propietarios de aquellos bonos y prometió una gran recompensa para los ganadores, con el objetivo de subir el valor de dichos bonos y aumentar la inversión en ellos. En algún momento cercano al fin de 1728, una idea sacudió a La Condamine: si compraba todos los bonos a sus precios deflactados, sería el ganador seguro de aquella lotería que prometía pagar mucho más de lo que valían los mencionados bonos. En una cena en la casa de Charles du Fay, químico de la Academia, La Condamine se encontró con Voltaire, que había regresado de Gran Bretaña poco antes. Ambos se habían graduado en el liceo Louis-le-Grand, aunque Voltaire era seis años mayor que La Condamine y es probable que en aquel momento no se conocieran bien. De todos modos, aquella experiencia mutua los unía y La Condamine le comentó a Voltaire su idea acerca de la citada lotería. Entre febrero de 1729 y junio de 1730, los dos compraron todos los bonos disponibles y ganaron con facilidad los premios, obteniendo unas ganancias netas de alrededor de medio millón de livres, más o menos una suma equivalente a unos dos millones de dólares actuales para las arcas de cada uno. La Condamine y Voltaire se hicieron inseparables y el segundo encontraría a menudo inspiración para sus obras teatrales y escritos en las hazañas de su amigo[39].
El círculo de amistades de La Condamine no solo lo introdujo en la obra de Voltaire, también en la propia Academia de las Ciencias francesa. Gracias a su amistad con Du Fay, La Condamine ingresó en la Academia en calidad de químico adjunto en 1730. Por supuesto, no hizo nada en el campo de la química y prefirió convencer a la Academia para que patrocinara una expedición en la que planeaba acompañar al famoso corsario René Duguay-Trouin, ocupado entonces en escoltar buques mercantes franceses por el Mediterráneo. De mayo de 1731 a junio de 1732, La Condamine compartió con Duguay-Trouin el que sería el último viaje del corsario. Visitaron los conjuntos históricos de Cartago, Alejandría, Jerusalén y Constantinopla (Voltaire inmortalizó el viaje de su amigo situando su nuevo drama, Zaïre, en Constantinopla). La Condamine no presenció ninguna acción militar durante su periplo, pero sí realizó mediciones astronómicas, tomó abundantes notas sobre la geografía, la
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botánica y la fauna de las regiones y a su vuelta informó debidamente de todas ellas a la Academia[40]. Poco después del retorno de La Condamine a París, Du Fay y Voltaire le presentaron a Maupertuis. La Condamine sintió, casi de inmediato, que el debate sobre la figura de la Tierra iba a convertirse en su próxima gran aventura.
Además de La Condamine, Maupertuis también reclutó a otro joven académico para su cada vez más amplio círculo de acólitos. Louis Godin fue una especie de fenómeno en la Academia de las Ciencias. A sus veintinueve años había ascendido hasta llegar al nivel máximo, astrónomo pensionado, en solo ocho años. Nacido en París en 1704, fue criado para convertirse en abogado y continuar la tradición familiar, pero sus planes eran otros. En su elogio fúnebre, muchos años después, se recordaría que decidió estudiar astronomía en el Collège Royal «a pesar de las protestas de su padre […], sacrificando todas sus ocupaciones en aras de su estudio favorito, al que se dedica enteramente y sin reservas». El Collège Royal ofrecía, además, mucho más que mera instrucción. Gran número de sus profesores eran miembros de la Academia de las Ciencias y podían seleccionar a los mejores alumnos para su ingreso en aquel cuerpo privilegiado. Godin, pese a su juventud, estaba poseído por «el fuego de la imaginación […] avenido con la justeza del razonamiento» y desde temprano fue señalado para su admisión[41].
Godin había demostrado una ambición extraordinaria con su ingreso en la Academia en 1725 y había ascendido con rapidez entre sus filas. Desde su primer puesto de astrónomo adjunto —en el peldaño más bajo de la jerarquía académica—, no tardó en ser ascendido a editor jefe de los memoriales históricos de la Academia de 1666 a 1669, que llevaban una generación cogiendo polvo sin ver la luz. A pesar de esta carga de trabajo administrativo, continuó sus observaciones astronómicas: informaba meticulosamente acerca de distintos eclipses y meteoros y actualizaba las tablas astronómicas que se empleaban en la navegación. Godin se reveló un práctico competente y llegó a inventar varios instrumentos para observar el sol y las estrellas. No solo vivía para la ciencia, también era bastante mujeriego. Alto y atractivo, de facciones bien cinceladas y mirada penetrante, cortejó a la enérgica Rose Angélique Le Moine y se casó con ella en 1728, poco después de ser admitido en la Academia. Juntos
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tuvieron pronto una pareja de vástagos. La familia residía en la rue des Postes del acomodado distrito de la Orilla Izquierda, cerca de la Universidad de la Sorbona, una dirección de moda entre la comunidad científica parisina. La cuna privilegiada de Godin y la rapidez con la que alcanzó una posición confortable en la Academia le libraron de tener que salir del observatorio a efectuar labores astronómicas de campo, y también, en realidad, de cualquier trabajo en equipo. Estaba acostumbrado a planificar y ejecutar su propia agenda y no toleraba que nadie cuestionara su criterio.
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Louis Godin con alrededor de cincuenta y dos años. Óleo de Nicolas Henri Jeaurat de Bertry (ca. 1756), Bibliothèque de l’Observatoire de París.
En la época en que Godin, La Condamine y Bouguer comenzaban sus carreras en la Academia gala, los newtonianos y los cartesianos habían llegado a un punto muerto en sus discusiones sobre las diferentes teorías de la gravedad. El problema no se limitaba a que los bandos enfrentados se hubieran agotado mutuamente; el propio Bouguer, en su examen equilibrado de la cuestión, no había llegado a conclusiones definitivas.
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Maupertuis, sin embargo, estaba decidido a que los newtonianos ganaran la discusión y resolvió que podían ponerse por delante si cambiaban los términos del debate.
Para probar la validez del conjunto del sistema newtoniano, Maupertuis desplazó su argumentación a la geodesia, la forma de la Tierra. Si era capaz de demostrar que, en contra de las conclusiones de los Cassini, la medida de un grado de latitud en realidad aumentaba a medida que uno se movía hacia el norte, podría evidenciar el ligero achatamiento de la Tierra, una forma explicable según la teoría de la gravedad newtoniana. La estrategia consistió en sembrar dudas acerca de la triangulación que los Cassini habían efectuado desde Dunkerque hasta los Pirineos. Esta se había completado en 1719 e indicaba un acortamiento minúsculo en la medida de un grado de latitud según se ascendía en dirección norte por el meridiano. Sin embargo, a Maupertuis no le bastaba con volver a medir el meridiano de París: las propias conclusiones de los Cassini habían sido muy criticadas por haber dado por sentado que era posible detectar el achatamiento de la Tierra a lo largo de una distancia tan pequeña.
Los newtonianos sabían que la mejor forma de refutar la medición de los Cassini era medir el valor de un grado de latitud en alguna parte lejana del globo y compararlo con lo que medía en Francia. El lugar ideal para hacerlo era el ecuador: allí era donde (en teoría) la diferencia sería más pronunciada. De primeras, aquel viaje tan lejano parecía imposible; la única posesión francesa cercana al ecuador era la Guayana, donde Richer había tomado sus mediciones, pero su jungla parecía impenetrable. Además, estaba varios grados al norte de la línea ecuatorial, y los rigurosos académicos preferían que las mediciones se tomaran justo en ella. España y Portugal parecían demasiado celosas de sus colonias sudamericanas (Perú y Brasil) como para permitir allí una expedición francesa. La costa ecuatorial africana era bien conocida para los franceses por el comercio de esclavos, pero aparte de algunas fortificaciones muy dispersas, era un territorio misterioso y hostil. Las islas asiáticas de Borneo y Sumatra no habían sido visitadas apenas por los europeos. El ecuador parecía, sin remedio, fuera del alcance de los académicos.
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Bloqueada para los científicos franceses la ruta de medición ideal, parecía que la mejor opción que Maupertuis tenía para determinar la verdadera figura de la Tierra iba a ser una medición en la propia Francia. Como los Cassini habían agotado las mediciones de latitud, Maupertuis y sus discípulos más brillantes, Godin y La Condamine, crearon juntos un plan para medir el largo de un grado de longitud en una línea que iba de este a oeste pasando por París. Se presentaron ante la Academia de las Ciencias gala, en junio de 1733, con tres ensayos que leyeron en rápida sucesión y que exponían las cuestiones prácticas del método elegido. Empleando los mismos principios que se solían usar para demostrar la correlación entre la latitud y las diversas formas esféricas, adujeron que, si la Tierra tenía forma de huevo, el largo de un grado de longitud sería más corto que si la Tierra fuera una esfera perfecta; y si la Tierra era achatada, el mismo grado mediría más.
Maupertuis, Godin y La Condamine sabían que Jacques Cassini ya había comenzado una medición longitudinal este-oeste de Francia cuando presentaron sus artículos, pero pensaban que les sería posible completar su propio procedimiento antes que él. Por desgracia para ellos, en noviembre de 1733 Cassini ya había terminado sus mediciones y establecido que un grado de longitud a la altura de París era, en efecto, más corto de lo que correspondía en el caso de que la Tierra fuera una esfera perfecta, una conclusión nada sorprendente, puesto que confirmaba sus cálculos previos, donde ya le había adjudicado al globo una forma ahuevada. Esta respuesta no era, en absoluto, la que Maupertuis y sus cohortes buscaban, y lo normal era que hubiera pulverizado sus esperanzas de emprender mediciones geodésicas ulteriores que pudieran darle la razón a Newton[42].
Justo cuando los resultados de Cassini se debatían en París —en el momento en que parecía que los cartesianos habían hallado nuevas evidencias empíricas para reforzar su posición—, surgió un aliado nuevo e inesperado en el campo newtoniano del debate. El nuevo actor, el ministro de Marina y conde de Maurepas, proporcionaría a los científicos el apoyo crucial que necesitaban para cumplir su sueño de ir al ecuador a efectuar una medición geodésica distinta de cualquiera anterior. Mientras que las mediciones realizadas hasta el momento en Francia parecían haber provocado más dudas sobre la forma de la Tierra de las que habían
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resuelto, este nuevo estudio geodésico tenía el potencial de resolver el debate de una vez por todas.
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Capítulo 2
Los preparativos de la misión
Con el colapso de la alianza anglo-francesa en 1731, Francia se había quedado sin un poderoso aliado ante un mundo de nuevo hostil. El rey Luis XV sabía que su posición era insostenible. Al otro lado del canal de la Mancha, Gran Bretaña acababa de entrar en una alianza con Austria con la intención de poner freno al poder de Francia en el continente europeo. España, el vecino meridional de Francia, había visto coartadas sus propias ambiciones una y otra vez por esas mismas potencias. Tal vez era inevitable que ambas naciones, que compartían una frontera y estaban unidas por un adversario común y lazos familiares (el rey Felipe V de España era tío de Luis XV, y ambos eran miembros de la casa de Borbón y descendían de Luis XIV), unieran sus fuerzas.
El 7 de noviembre de 1733 se firmó en el palacio de El Escorial, a las afueras de Madrid, el pacto de familia borbónico entre ambas naciones. El acuerdo sería el primero de los tres pactos de familia que Francia llegaría a firmar con España y permitió a las dos ganar territorios: el ducado de Lorena la primera y los reinos de Nápoles y Sicilia la segunda. El Tratado de El Escorial (nombre oficial del primer pacto) tenía un alcance considerable. Disponía, entre otras cosas, que Francia apoyaría la pretensión española sobre Gibraltar en caso de guerra con Gran Bretaña. Esta cuestión era especialmente sensible para los británicos y señaló el claro distanciamiento de Francia de su anterior aliado. También significaba que todos los buques galos que navegaran por el Atlántico tendrían ahora que mantenerse alerta ante el posible estallido de hostilidades con Gran Bretaña. De todos modos, el acuerdo tuvo consecuencias mucho más inmediatas para los científicos de ambas naciones, todavía enredados en el debate sobre la figura de la Tierra.
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A finales de noviembre de 1733, el mismo mes en que la medición este-oeste de Jacques Cassini había vuelto a indicar que la Tierra tenía forma ahuevada, la noticia del pacto de familia llegó a París. Los científicos de la Academia percibieron al instante las implicaciones del tratado. Hacía tiempo que estaba claro que, para averiguar con la máxima seguridad la verdadera forma del globo, la Academia iba a necesitar una medición latitudinal en el ecuador y compararla con las que se habían hecho en Francia. España disponía de terreno de primera calidad justo en el ecuador: el virreinato del Perú, largo tiempo afamado por sus riquezas, estaba a horcajadas de la línea ecuatorial. Mientras Francia y Gran Bretaña estuvieron aliadas contra España, el Perú había sido inaccesible para la Academia y ninguna otra de las localizaciones ecuatoriales —en África, Brasil o Asia— se consideró factible. Por consiguiente, la mayoría de los científicos franceses no habían visto hasta entonces en la idea de la expedición ecuatorial más que castillos en el aire. Ahora, con la drástica alteración que había sufrido el panorama internacional, organizar una expedición al ecuador se había convertido, de repente, en una posibilidad real.
Un pequeño grupo de científicos franceses comenzó, sin pérdida de tiempo, a planificar una misión geodésica al legendario reino del centro del mundo. Los newtonianos eran los que sentían más urgencia por la expedición ecuatorial. La vieja guardia cartesiana parecía ir ganando la partida; tenían el apoyo de las autoridades de la Academia, de los resultados geodésicos de los Cassini y de una teoría de Bernoulli, el más grande matemático vivo de Europa. En cambio, la generación de los jóvenes newtonianos defendía una controvertida teoría de procedencia extranjera que no estaba apoyada por pruebas empíricas. Su única esperanza era una carta ganadora que pudiera salvar su floja jugada.
Una misión geodésica para establecer la medida exacta de un grado de latitud en el ecuador ofrecía, a los newtonianos, la oportunidad de desacreditar a sus adversarios, pero la verdad es que ambos bandos veían bondades en el proyecto. Era obvio para los dos contendientes que se abría la posibilidad de ganar una ventaja en alta mar para la Marina francesa y de promover a la vez la gloire de France. Desde la perspectiva de la vieja guardia, convencida como estaba de que una misión al ecuador
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demostraría, sin duda, el acierto de Descartes, la empresa confirmaría la primacía de la ciencia francesa. La generación más joven también tenía motivaciones nacionalistas; pretendía robarle una jornada de marcha a Gran Bretaña, puesto que «ejecutando la medida de un grado de meridiano, los franceses harían a su patria merecedora de un honor con el que esta podría elevarse con más justicia que Inglaterra se enorgullecía por los descubrimientos de Newton»[1].
Louis Godin, newtoniano convencido, se apresuró a aprovechar la nueva oportunidad que se abría para proponer una misión al Perú ecuatorial. Aunque Maupertuis y La Condamine sí que lo habían incluido a él en sus planes originales para una medición geodésica de Francia de este a oeste, Godin optó por maniobrar a espaldas de su mentor y del colega que este también apadrinaba y excluirlos de la planificación de su propia expedición al Perú. Recurrió a su amigo Jean-Paul Grandjean de Fouchy, también académico, con quien había compartido estudios astronómicos en el Collège Royal. Los dos eran también vecinos de la glamurosa rue des Postes parisina, así que, naturalmente, se llevaron el trabajo a casa para conversar con más tranquilidad.
De las deliberaciones de Godin y Granjean de Fouchy no tardó en emerger un plan para una medición geodésica a lo largo de los Andes. El virreinato del Perú era frecuentado por los buques españoles, así que viajar desde Europa no ofrecía ningún problema. Al examinar los escasos mapas disponibles de la región, Godin observó que la cadena doble de montañas que se extendía hacia el sur desde el ecuador —las cordilleras occidental y oriental de los Andes, separadas por un ancho y llano valle— podría ofrecer unos puntos de observación excelentes para las triangulaciones. Por este valle les sería posible proyectar una cadena de triángulos que abarcara hasta tres grados de latitud (alrededor de 350 km), una longitud suficiente para lograr la precisión necesaria para el cálculo de la medida exacta de un grado de latitud en el ecuador. En este tipo de expediciones, la logística era siempre un problema considerable, pero habría disponibilidad de suministros y de recursos humanos en las dos ciudades, Quito y Cuenca, que marcarían los dos extremos de la cadena de triángulos. También había una tercera ciudad, Riobamba, situada convenientemente entre las dos anteriores.
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Mientras Godin y Grandjean de Fouchy debatían las ideas del primero para la expedición, uno de sus vecinos comenzó a sentir interés por el proyecto. Jean-Nicolas, chevalier de Pimodan, que no era académico ni científico, pero había estudiado ciencia en la Sorbona y tenía otras razones para interesarse en aquella misión científica. Era un oficial de los guardias suizos al cargo de la escolta de Luisa Isabel de Orleans, quien por breve tiempo fue reina de España (hasta el fallecimiento de su marido, el hijo de Felipe V) y luego se había escabullido para volver a París. La protección de una reina desposeída, deprimida y a la que se le escapaban en público las flatulencias no era, desde luego, una ocupación glamurosa, y Pimodan se agarró con ansia al audaz proyecto que estaban ideando sus dos vecinos[2].
A lo largo de diciembre los tres vecinos afinaron los planes de Godin, en los que buscaron fallos y no descubrieron ninguno. «[Los planes nos] parecían tan sólidos que no dudamos un momento en aprobarlos y los dos nos ofrecimos a colaborar en su ejecución», recordaría más tarde Grandjean de Fouchy. El 23 de diciembre de 1733, la Academia de las Ciencias acudió al Louvre a una de sus dos reuniones semanales regulares. Se encontraban allí treinta y siete miembros, entre ellos Godin, Fontenelle, Jacques Cassini, Maupertuis, La Condamine y Grandjean de Fouchy. Lo más probable es que Bouguer se encontrara lejos, en su puesto de enseñanza en Le Havre, y es obvio que Pimodan fue excluido por no ser académico. Primero se abordaron cuestiones administrativas, a las que siguió un discurso de Maupertuis acerca de los cometas. Entonces Godin se puso de pie y comenzó a leer el texto que tenía preparado. Debió encantar a todos los presentes porque el amanuense, en general bastante prolijo en sus actas de las reuniones, se limitó a escribir una frase en lo alto de una página que quedó, por lo demás, vacía: «El Sr. Godin comenzó a leer un escrito acerca de la utilidad de un viaje al ecuador»[3].
La propuesta de Godin tuvo, a pesar de la fiesta de Navidad, un efecto electrizante e inmediato. El 2 de enero de 1734, una semana después de la alocución de Godin a la Academia, Maupertuis informaba a Bernoulli: «A propósito del Sr. Godin, en la Academia se habla de enviarlo al Perú a medir varios grados del ecuador»[4]. Godin comenzó sin tardanza los preparativos de la que se conocería como Misión Geodésica al Ecuador.
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En enero y febrero escribió a la Royal Society londinense para consultar acerca de la compra de varios instrumentos astronómicos de precisión. A pesar de las diferencias diplomáticas entre ambos países, la Academia gala sabía que tenía que recurrir a su contraparte británica, la cual podría poner a los franceses en contacto con algunos constructores londinenses de instrumentos de medición, entonces los más afamados de toda Europa. Para que la expedición tuviera éxito, iban a necesitar herramientas astronómicas de la máxima calidad[5].
Inmediatamente después de la carta de Godin a la Royal Society, el registro oficial sobre los preparativos de la misión enmudece. En todo 1734, el tema de la Misión Geodésica no surge ni una vez en las actas (ni en los memoriales) de la Academia de las Ciencias. Sin embargo, entre bambalinas, un poderoso y nuevo actor había tomado las riendas del proceso de planificación y puesto en movimiento los engranajes de la diplomacia y la burocracia para organizar la salida de la expedición.
El ministro de Marina y conde de Maurepas se había unido a los preparativos de la Academia justo en el momento adecuado. Había resultado obvio, desde el principio, que la Academia no contaba, ni remotamente, con los recursos diplomáticos y financieros que exigía una misión lejana como la propuesta por Godin. La institución iba a necesitar que el gobierno de Luis XV efectuara las solicitudes adecuadas a España y que se encargara de reunir el equipo, los medios de transporte y el dinero necesarios. La Academia, como era natural, acudió a Maurepas en busca de este apoyo, puesto que el proyecto caía en el ámbito de su competencia. El conde, vástago de la extremadamente rica y poderosa familia Phélypeaux —dueña de los inmensos dominios de Ponchartrain y de Maurepas, cerca de Versalles—, había heredado de su padre y de su abuelo los puestos de ministro de Marina y de las Colonias, además de otros cargos (entre ellos el de secretario de Estado, bajo cuyo control caía la Academia de las Ciencias). Maurepas había asumido estos títulos a los quince años, al morir Luis XIV y crearse un gobierno interino para la minoría de edad Luis XV, que entonces solo tenía dos años. Sin embargo, el conde no asumió con plenitud el cargo de ministro de Marina —la posición en tiempos ostentada por Jean-Baptiste Colbert— hasta que tuvo veintidós años, cuando Luis XV alcanzó la mayoría de edad[6].
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A lo largo de su vida, Maurepas a menudo se divertía haciéndose el tonto o el simplón, pero no lo era en absoluto. Sorprendían a la corte sus burlas y sus sátiras, a menudo escritas contra sus adversarios oculto en el anonimato. Estos últimos, por su parte, arremetían contra su inexperiencia y le acusaban, siendo ministro de Marina, de que «no sabía ni de qué color es el mar»[7]. En realidad, Maurepas era capaz de calar a la gente igual que los grandes navegantes leen los vientos y las corrientes, de trazar un rumbo seguro en medio de las intrigas cortesanas, de distinguir las debilidades en la posición del adversario y de planificar sus propios subterfugios, y todo ello manteniéndose siempre a flote en cada cambio de la marea política. Estos instintos le guiaban a la hora de decidir en qué individuos confiar y, como vicepresidente honorario de la Academia de las Ciencias, contaba con un amplio panel de expertos entre los que elegir para asegurarse de que la ciencia sirviera a los intereses del Estado. Este mandato se veía facilitado, obviamente, por la circunstancia de que su primo, Jean-Paul Bignon, era el presidente de la Academia.
Sabedora de la importancia de tener de su lado a Maurepas, la Academia se puso manos a la obra informando a este de los beneficios que reportaría una misión geodésica al ecuador. El avance en la navegación era una cuestión prioritaria para el conde. Como antes le había sucedido a Colbert, Maurepas se enfrentaba a una Marina británica superior, y el limitado presupuesto exigía obtener el máximo rendimiento de cada buque. Era frecuente que los barcos se extraviaran, que sufrieran retrasos en sus travesías o que se vieran arrojados contra alguna costa mal cartografiada. Si Maurepas conseguía reducir esos incidentes, el resultado sería similar a haber construido más barcos, pero sin los gastos consiguientes. El químico Charles du Fay, consciente de que el asunto de la navegación era la mejor vía para convencer al ministro, escribió, pensando en que este la leyera, una memoria donde presentaba la empresa como una vía para mejorar la navegación oceánica. Explicaba por qué el Perú era la mejor elección para las mediciones geodésicas y sugería que se pidiera a la corte española su protección para la misión.
Maurepas advirtió de inmediato los réditos que la organización de una expedición geodésica podía deparar a las flotas militares y comerciales francesas, pero también se daba cuenta de que pedirle a la corte española
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que permitiera la entrada de súbditos franceses en el Perú era una cuestión delicada. Tras dos siglos ya de ocupación española y de una continua procesión de galeones cargados de tesoros, las minas de oro y plata del Perú seguían siendo una fuente primordial de ingresos para España y el principal imán de los piratas y contrabandistas europeos. Desde comienzos del siglo XVIII, comerciantes de varias nacionalidades venían empleando la ruta del cabo de Hornos y el sur del Pacífico para acceder a la costa oeste de Sudamérica y al Perú. Solo Francia había enviado al Perú, ida y vuelta, más de ciento cuarenta buques, lo que había aportado a las arcas francesas el equivalente a casi dos mil millones de dólares[8].
Desde la perspectiva española, aquella actividad comercial era un desastre. Dos buenos tercios del tráfico marítimo comercial del Pacífico sur —protagonizados por buques franceses o de otras nacionalidades— eran ilícitos, lo que significaba que el gobierno colonial no lograba controlarlos ni obtener de ellos ingresos fiscales. Los buques extranjeros introducían de contrabando mercancías que escaseaban en la región y que iban desde la cuerda a la harina, pasando por las municiones, a cambio de oro y plata. Los productos eran desembarcados en lugares remotos, con permiso tácito de las autoridades locales, a cambio de una parte de las ganancias. Tras varias iniciativas para detener el contrabando por parte de la monarquía española, en 1726 la mayoría de los países europeos acabaron por acceder a las demandas hispanas y prohibieron la realización de más viajes, lo que convirtió el Pacífico Sur en un lago español[9]. Los virreyes españoles, además, vigilaban con celo sus costas y rutas comerciales. Maurepas sabía que, para tener la mínima posibilidad de conseguir la entrada de científicos franceses en el Perú, iba a tener que aproximarse a la corte de Madrid portando regalos.
El 27 de febrero de 1734 Maurepas hizo su primera propuesta al Gobierno español. Envió un paquete a Madrid con una copia del ensayo de Charles du Fay y una carta adjunta. Esta explicaba la importancia de los últimos descubrimientos geodésicos y señalaba que, si los científicos tenían razón y el mundo no era una esfera perfecta, los navegantes podían estar cometiendo errores de trescientas millas o más en los viajes entre Europa y América. El envío de una misión al ecuador era vital para remediar estos errores, decía Maurepas, antes de pasar al punto crucial:
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«Varios académicos proponen ir al Perú para hacer observaciones astronómicas cuya utilidad sería muy provechosa para los españoles». Maurepas endulzó la propuesta sugiriendo que sus astrónomos determinaran, durante el tiempo que pasaran en la región, la posición exacta de la costa del Perú, un conocimiento que luego sería de ayuda a los navegantes españoles. Para ahuyentar los temores de contrabando, ofreció que se registrara el equipaje de los astrónomos a su entrada al Perú y así pudiera comprobarse que solo llevaban instrumental científico y ninguna mercancía de contrabando.
El 28 de marzo, el paquete de Maurepas llegó a José Patiño Rosales, ministro de Marina y de las Colonias como aquel y, en la práctica, primer ministro de España. Tal como el conde había previsto, Patiño reconoció al segundo los beneficios aparejados a la mejora de la navegación de su propia flota. Como muñidor de la firma del pacto de familia, al español no se le escapó aquella oportunidad de poner en evidencia la recién ganada confianza entre Francia y España. Sin dilación, trasladó la solicitud a través de la burocracia que conectaba el Palacio Real madrileño, donde trabajaba el Gobierno, con la residencia del monarca en El Escorial, situado a cincuenta kilómetros de distancia. En cuestión de días, Patiño recibió una aprobación preliminar del rey y al día siguiente trasladó la petición al Consejo de Indias, el órgano legislativo y judicial que supervisaba las colonias españolas[10].
El Consejo de Indias español deliberó acerca de la propuesta francesa durante un mes y al final contestó con un tímido sí, junto con varios añadidos y restricciones al plan. A pesar de la alianza con los franceses, parecía que en España las suspicacias sobre sus intenciones todavía perduraban. El principal astrónomo del «Consejo propuso que podían ir en compañía de dichos científicos dos españoles inteligentes para que aprendiesen y se estuviesen a su enseñanza», asegurándose así de que cualquier conocimiento científico que obtuviera la expedición se incorporaría a la navegación española[11]. Una nota al margen de la propuesta subrayaba que estos oficiales también vigilarían a los franceses para evitar el posible contrabando. El consejo pedía salvaguardas adicionales en este último sentido como, por ejemplo, que los funcionarios
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coloniales pudieran abrir el equipaje de los astrónomos en cada puerto y en cada ciudad.
El 3 de mayo la carta ya iba camino de Maurepas desde Madrid. Señalaba que, aparte de algunos detalles administrativos pendientes de resolución, el consejo había accedido a la petición francesa y pedía los nombres de los viajeros que iban a necesitar pasaporte para ir al Perú.
La lista de miembros de la expedición fue objeto de debate incluso antes de que llegara a Francia la noticia de la aceptación española. En París bullían las especulaciones sobre quiénes serían los elegidos de Maurepas para contemplar las riquezas del Perú. Aunque Francia había tenido vedado el acceso a la colonia española, su simple nombre había llegado a ser sinónimo de riqueza: la expresión Il vaut le Pérou («vale un Perú») se decía de alguien que había ganado una enorme fortuna. Incluso se rumoreaba que Cuenca, el punto más meridional de la proyectada triangulación, había sido en tiempos la mítica ciudad de El Dorado. Aunque no hubo deliberaciones en la propia Academia gala en la primavera de 1734, seguramente los académicos conversaron sobre este viaje de fábula. El Café Gradot, en el Quai d’École, era el lugar favorito de los académicos para reunirse a chismorrear, al estar a solo una manzana del Louvre, cerca del Pont Neuf. Las conversaciones eran una mezcla de opiniones científicas, debates sobre la coyuntura de las relaciones entre Francia, España y Gran Bretaña y coloquios sobre las últimas obras teatrales de Voltaire, asiduo del Gradot.
En el café, los científicos seguramente conversaban sobre las mediciones que iban a hacerse en el ecuador y es probable que se burlaran de la propuesta, procedente de un astrónomo francés residente en Rusia, de extender las mediciones a lo largo de miles de kilómetros, hasta la Tierra de Fuego (esta idea al final fue rechazada)[12]. Tal vez hablaron sobre los méritos o los deméritos de los posibles miembros de la expedición. Los fundadores del proyecto, Godin y Grandjean de Fouchy, no tenían experiencia astronómica de campo, y Pimodan no era tan siquiera académico. Uno de los elegidos parecía una elección obvia: Jean de La Grive, el matemático y geógrafo que en aquel momento estaba realizando una nueva medición de Francia junto con Jacques Cassini. En cambio, la elección de La Condamine, otro habitual del Gradot, tal vez fuera recibida
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con estupor generalizado: a fin de cuentas, no era astrónomo ni tenía una verdadera formación matemática.
Maurepas, en su selección de los hombres que irían al Perú, seguramente tuvo que sopesar muchos otros factores aparte de la mera habilidad matemática. El virreinato español, un destino poco conocido y potencialmente peligroso, requería un hombre con la cabeza fría y prudente. La Condamine, veterano de guerra y de una expedición corsaria, había demostrado ser intrépido y audaz. Sus detallados informes desde Jerusalén y Constantinopla habían puesto en evidencia su curiosidad científica y agudas dotes de observación. En tanto que militar, sabía mandar igual que obedecer; era lo contrario y el contrapeso necesario de Godin, quien jamás había emprendido una operación a gran escala en su vida. Por último, reflexionando sobre el coqueteo de La Condamine con la muerte en el asedio de Rosas y sus notables ganancias con la lotería parisina, tal vez Maurepas decidiera que estaba dotado de suerte, el atributo que, más adelante, Napoleón valoraría en un jefe por encima de cualquier otro. No se equivocaba.
Voltaire estaba absolutamente embelesado con la misión de su amigo La Condamine al Perú. Ahora que vivía feliz con Émilie du Châtelet en las suaves colinas de la Champaña, había comenzado a trabajar en un nuevo drama titulado Alzire, ou Les américains, una tragedia religiosa y moral vagamente inspirada en Zaïre, pero situada en el Perú de la época de los conquistadores. Alzire cuenta la historia de Gusmán, un malvado gobernante español que quiere casarse con la princesa peruana Alzira. Esta se niega a cooperar con los invasores y apoya a su amante peruano en un alzamiento fallido contra ellos. Gusmán ordena matar a la pareja, pero, herido de muerte, se retrae y les pide a Alzira y a su amante que gobiernen el país. Gracias a su súbito arrepentimiento, los peruanos empiezan a pensar en convertirse al cristianismo[13]. Cuando la obra se puso por fin en cartel, en 1736, fue un éxito instantáneo y, tal como Voltaire deseaba, mantuvo la atención de la sociedad parisina enfocada en sus científicos enviados al Perú.
Para finales de junio de 1734, los planes de la misión geodésica ya estaban bastante avanzados. Maurepas incluyó un botánico en el grupo para que catalogara y trajera de vuelta a Francia muestras de la
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asombrosamente variada flora sudamericana. Tal vez Maurepas tomó esta decisión a instancias de Du Fay, cuyo segundo empleo era el de intendente del Jardín Real. Este jardín funcionaba, en la práctica, como un apéndice de la Academia de las Ciencias, ambos se encontraban bajo la autoridad de Maurepas. Era el centro gubernamental para la investigación de las plantas medicinales y de las plagas, así como para la identificación y cultivo de nuevas especies para su uso comercial[14]. Los viajeros que iban a las colonias francesas o los que se dirigían a explorar nuevos mundos solían recibir del Jardín Real el encargo de «herborizar», es decir, conseguir y traer de vuelta semillas y plantas enteras para someterlas a un estudio profundo. Jean Richer, por ejemplo, había traído a Francia muestras de plantas al regresar de su expedición a Cayenne.
La familia lionesa Jussieu se estaba convirtiendo en una dinastía en el seno del Jardín Real y, dada su amistad con Godin, era previsible que aportara un botánico a la expedición. Antoine-Laurent de Jussieu y Bernard de Jussieu, dos de los hermanos de más edad, se habían hecho famosos herborizando por toda Europa, una labor de cuyos resultados informaban en unos volúmenes de gran formato que tuvieron muy buenas ventas. Su hermano Joseph, más joven, apenas comenzaba entonces su carrera de botánico, y no había duda de que viajar al Perú le reportaría la fama y el futuro asegurado que sus hermanos ya disfrutaban. Sin embargo, hasta aquel momento de su errática carrera, Joseph de Jussieu no había mostrado ningún interés por la fama o la riqueza. Primero, siguiendo los pasos de sus hermanos, pensó dedicarse a la medicina (como la mayoría de las medicinas eran hierbas, los botánicos de entonces se formaban primero como médicos y muchos ejercían ambas profesiones), pero luego cambió de parecer y estudió física e ingeniería. Al final volvió a la medicina y obtuvo un doctorado en la Universidad de Reims en 1729. Tres años después se incorporó a la facultad de medicina de la Universidad de París, a la vez que cooperaba en los estudios botánicos de sus hermanos. Joseph, con veintinueve años en aquel momento, tímido, sensible y a menudo melancólico, parecía buscar su camino en la vida cuando quedó disponible la plaza mencionada en la misión geodésica. Tal vez empujado por sus hermanos, o motu proprio, Joseph se ofreció para el puesto de botánico y médico y fue aceptado[15].
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Con la incorporación de Joseph de Jussieu, la participación francesa en la misión geodésica quedaba cubierta. En julio, Maurepas envió a la corte española la lista que detallaba el nombre y el título de cada participante: Godin, Grandjean de Fouchy y La Condamine, astrónomos; La Grive, Pimodan y Jussieu, matemáticos y botánicos; más sirvientes.
A pesar de algunas dudas en el último minuto por parte del Consejo de Indias, todavía receloso de la entrada de extranjeros en suelo hispano, la corte española emitió dos reales cédulas, el 14 y el 20 de agosto de 1734, que autorizaban el pasaje de los científicos galos al Perú para llevar a cabo observaciones astronómicas y físicas. Los decretos aceptaban la oferta de los científicos franceses para establecer la localización exacta de la costa del Perú y también fijaban las condiciones de su pasaje. El Gobierno español ordenaba que se registrara detenidamente todo el equipaje e instrumental de los franceses, pero también indicaba a las colonias y bancos españoles que abrieran sus arcas a los científicos para sufragar los posibles gastos extraordinarios, bajo la asunción de que serían reembolsados por el Gobierno francés.
Al poco de emitidas las reales cédulas, se les añadió una nota al margen que establecía que uno o dos oficiales españoles acompañarían a los científicos para ayudarlos a encontrar plantas medicinales. Este añadido de última hora, aunque fundamentado en la recomendación primera del Consejo de Indias, sorprendió a los franceses, pero de todos modos lo aceptaron de buena gana[16]. La selección de estos dos oficiales iba a tener efectos profundos y de largo recorrido, tanto para la misión como para la propia corte española.
Al llegarle noticia del decreto y de la línea de crédito que España había puesto a disposición de la misión, Maurepas comenzó a negociar los aspectos financieros de la empresa, una ocupación a la que dedicaría la mayor parte de sus esfuerzos durante el otoño de 1734. El conde no dejó al azar ningún detalle e hizo todo lo que estuvo en su mano para facilitar la travesía de los científicos al Perú. Envió instrucciones al cónsul francés en Cádiz, centro financiero de la empresa colonial hispana y sede de la poderosa Casa de la Contratación. Alrededor de esta se arracimaba una multitud de bancos y compañías de transporte marítimo, más del cuarenta por ciento de ellas extranjeras (en su mayor parte francesas) y todas
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dedicadas a comprar y vender cargamentos que eran transportados por buques españoles hacia y desde América.
Como precaución ante eventuales problemas de última hora con las autoridades españolas, Maurepas le indicó al cónsul francés que preparara un crédito de 4000 pesos (alrededor de 20 000 livres, o unos 180 000 dólares actuales) con la firma comercial francesa Casaubon, Béhic et Compagnie, que podría hacerse efectivo a través de sus agentes en las colonias españolas. Maurepas también envió despachos a los gobernadores e intendentes de las colonias francesas del Caribe donde primero desembarcarían los científicos al finalizar su travesía transatlántica. Ordenó a los administradores coloniales que sufragaran cualquier gasto imprevisto de la expedición, además del pasaje de los científicos a Panamá, desde donde tendrían que viajar por tierra para llegar al Perú[17].
Aunque el conde estaba tomando amplias medidas para la salud financiera de la expedición, La Condamine no iba a dejar su fortuna de nuevo en manos del Gobierno francés, pues ya se había arruinado una vez por esa precisa razón. Su amigo Philibert Orry, ministro galo de Finanzas que había pasado su juventud en España, le había confirmado sus recelos y avisado de que los costes de la expedición podrían superar con creces el presupuesto original, habida cuenta de que, en las colonias, «hasta los artículos más necesarios tienen un coste excesivo». La Condamine, inquieto porque a la expedición se le pudiera acabar el dinero, se previno contra esta eventualidad preparando cartas de crédito personales por un valor total de cien mil livres (casi un millón de dólares), convertibles en efectivo en varias ciudades del Caribe y de Sudamérica a través del potente Banco Castanier de París, que, asociado al financiero Samuel Bernard, tenía acuerdos con compañías financieras y comerciales por todo el mundo[18]. La Condamine no se arrepentiría de su previsión.
Cuando los preparativos diplomáticos y financieros de la misión geodésica iban concluyendo, tuvo lugar el primer revés: varios de los miembros del grupo original se retiraron de modo inesperado. Las bajas dejaban a la empresa falta de personal, pero eran en su mayor parte inevitables. El cartógrafo La Grive estaba todavía levantando un mapa de Francia con Jacques Cassini y no podía ausentarse de aquella tarea; Maurepas sugirió que en su lugar fuera el hijo del segundo, César-François
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Cassini, pero este tampoco podía dejar la medición en marcha. Pimodan, en el ínterin, había ascendido a comandante de los guardias suizos que protegían a la cada vez más abatida Luisa Isabel de Orleans; por muchas dudas personales que pudiera tener, se trataba de un honor que no podía perderse, así que (probablemente lamentándolo) se despidió de la expedición. Grandjean de Fouchy padecía molestias cada vez mayores por piedras en el riñón o la vejiga y sus doctores le obligaron a abandonar la misión que había ayudado a proponer[19].
La expedición había quedado reducida a solo tres individuos y había que encontrar sustitutos rápido. Para reemplazar a La Grive, Maurepas nombró a dos individuos: un dibujante y un ingeniero naval. Del dibujante Jean-Louis de Morainville sabemos poco, salvo que nació en 1707, que era un artista de talento y que estaba casado; se desconoce su lugar de nacimiento, aunque su apellido era común en Normandía. Algo más se ha descubierto de Jean-Joseph Verguin, el ingeniero y agrimensor principal de la misión. Nacido en Tolón en 1701, casado y con varios hijos de corta edad, había estudiado astronomía y cartografía, disciplinas que ya había empleado en el Nuevo Mundo. En 1720 había acompañado a una flota para cartografiar el Caribe y la Luisiana francesa: trazó planos para la ciudad colonial hispana de Cartagena de Indias (en la actual Colombia) y del delta del Misisipi. A su regreso había trabajado como arquitecto, dibujante e ingeniero civil en el arsenal de Tolón. En 1731 había participado como cartógrafo, en compañía del chevalier de Caylus, en un viaje en busca de piratas por la costa de Berbería (actual Túnez), justo en la misma época del periplo mediterráneo de La Condamine. Los estratégicos mapas que Verguin había elaborado, en tiempo de guerra, de los puertos y fondeaderos del enemigo habían impresionado mucho a Maurepas: «Los mapas me han parecido muy precisos y doy gracias al Sr. Verguin por la atención que ha prestado a lo que le habíais indicado», le escribió a Caylus. Maurepas se aseguraría de aprovechar las habilidades de Verguin encargándole la confección de los planos de las mediciones de la expedición a lo largo de los Andes[20].
La expedición obtuvo sus dos miembros más jóvenes después de que Pimodan se despidiera. Ambos, pensados para ocupar su lugar, fueron elegidos por Louis Godin como un favor a su familia y amigos, y tal vez
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estaban incluso menos cualificados para el puesto que Pimodan. Jean-Baptiste Godin des Odonais era primo carnal de Louis e hijo de un abogado, pero estaba más interesado en la ciencia que en las leyes. A diferencia de su laborioso primo, Odonais era más bien un soñador. Nacido en 1713 en Saint-Amand-Montrond, en el corazón de Francia, había pasado sus veintiún años vagando por los campos de la finca que la familia Odonais tenía junto a la orilla del río Cher mientras pensaba en lugares lejanos. Su papel en la expedición revelaba esa juventud sin rumbo; carente de experiencia en astronomía, agrimensura o botánica, se esperaba de él que aprendiera con rapidez los detalles de esas profesiones sirviendo de ayudante en las tareas que le fueran encomendadas. Su propio plan era estudiar las lenguas indígenas de Sudamérica (sobre todo el quechua) y escribir una gramática a su regreso[21].
El segundo reemplazo de Pimodan tenía un pedigrí ilustre, pero en realidad no estaba mejor preparado para su función que Odonais. Jacques Couplet-Viguier era nieto de Claude-Antoine Couplet, que había ayudado en las mediciones de Cassini en Francia, y sobrino del tesorero de la Academia de las Ciencias, Nicolas (Pierre) Couplet de Tartreaux, un veterano explorador y astrónomo que viajó a Brasil en el siglo precedente a efectuar observaciones astronómicas y de péndulos análogas, en buena medida, a las de Jean Richer. Nicolas Couplet estaba muy unido a Louis Godin y a su familia; la mujer de Godin, Rose Angelique, sería más adelante la principal beneficiaria de su testamento[22]. Es posible que Nicolas se viera reflejado en su sobrino Jacques y que persuadiera a su padre para que lo enviara, aunque probablemente no pasaba de diecisiete o dieciocho años, a este viaje al Perú.
Maurepas decidió sumar dos miembros más a la expedición, tal vez a instancias de la familia Jussieu, que parecía conocer bien a ambos: el constructor de instrumentos Théodore Hugo (a veces escrito Hugot) y el cirujano Jean Seniergues. Sabemos poco del primero, ni siquiera su edad, pero su tarea era crucial. Tenía que mantener en buen estado los diversos instrumentos astronómicos y topográficos, además de construir otros nuevos cuando fuera necesario. Sin embargo, no estaba especialmente cualificado para aquel puesto: antes había sido relojero, pero no había confeccionado nunca un telescopio ni un cuadrante. Seniergues era
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originario de una aldea llamada Bonneval, en la provincia de Quercy del sudoeste de Francia. Era de la misma edad que su amigo Joseph de Jussieu, pero, aunque cirujano, carecía de la educación y la experiencia de aquel y se le consideraba más un trabajador manual (no hacía mucho todavía que los cirujanos habían separado su oficio del de los barberos) que un miembro de la elitista profesión médica. Tanto Hugo como Seniergues estaban solteros y ambos se sintieron atraídos por las riquezas que prometía el Perú. Las aspiraciones de Hugo eran modestas, tal vez una pensión o una recompensa por sus servicios. La codicia de Seniergues resultaba obvia a todos; más adelante se jactaría de que, en tanto que hombres de medicina muy solicitados, él y Jussieu ganaban dinero doquiera que fueran. Confiaba en encontrar su primera mina de oro y le aconsejaba a su amigo, menos ambicioso, que siempre «hay que preferir un doblón a una concha marina»[23]. A pesar de su sesgo mercenario, Seniergues actuó a modo de protector del todavía inmaduro Jussieu, convirtiéndose en un compañero útil para la misión.
El último elegido para la misión geodésica debía ocupar el puesto de astrónomo de Grandjean de Fouchy, pero acabaría por tener un papel desmedido en la expedición. Seleccionado por el propio Maurepas, se convertiría en el jefe de facto de la empresa y en el responsable de la increíble precisión de sus observaciones. Pierre Bouguer, el profesor y astrónomo que no se inclinaba por los vórtices ni por las atracciones, era la elección lógica para contrapesar a los newtonianos Godin y La Condamine. También fue, en un primer momento, el miembro más reacio a unirse a la misión.
Bouguer había llegado a ser uno de los consejeros más valorados por Maurepas y disfrutaba de su apoyo tras las bambalinas en la Academia de las Ciencias, a pesar de su juventud y de la oposición que despertó en el archinewtoniano Maupertuis. Bouguer había llamado la atención de Maurepas, al comienzo de su carrera, como alguien capaz de enfocar la ciencia práctica hacia la resolución de los problemas más acuciantes de la Marina. Además de su trabajo en la Academia sobre matemáticas y astronomía, que continuó mientras seguía enseñando navegación en la escuela de hidrografía de Le Havre, Bouguer estaba creando, sin ayuda de nadie, una nueva ciencia para el diseño de los barcos que no descansaba en
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principios aproximativos, sino en el cálculo del desplazamiento, la estabilidad y la velocidad de un buque incluso antes de su construcción[24].
Estaba claro que la figura de Bouguer iba en ascenso, pero continuaba siendo un misterio para muchos de sus colegas. Igual que algunos otros académicos, rehuía el matrimonio e incluso las relaciones sexuales para centrarse en las pasiones intelectuales[25]. Era amable con sus amigos, pero, como nos sugiere su severo retrato, valoraba con una vanidad feroz su intelecto, a menudo se mostraba arrogante y condescendiente y no soportaba con buen humor la ignorancia. En aquel momento de su carrera, Bouguer ya había dejado atrás su inmaduro papel de niño prodigio, pero todavía no había sido coronado como un genio maduro. Este título no podía conseguirlo solo sobre el papel. En el ambiente parisino uno tenía que brillar en persona, algo casi imposible para él. Se encontraba en desventaja pues no estaba en el centro de la acción: vivía a una distancia de la capital de tres días de oneroso viaje en coche de caballos y siempre andaba corto de dinero.
Incluso cuando estaba en París, se sumergía en su trabajo en lugar de dilapidar las horas en el Café Gradot o en alguno de los salones de moda de mujeres tan poderosas como Françoise de Graffigny (amiga cercana de La Condamine y Voltaire). Aunque Bouguer era astuto en cuestiones políticas, no comprendió nunca del todo la importancia de los complicados rituales sociales de la Academia, convencido de que el razonamiento científico se sostendría por sus propios méritos. En la liza por el reconocimiento, tenía además que competir con su adversario, Maupertuis, quien en más de una ocasión había intentado robarle la luz de los focos.
Maurepas sabía que convencer a Bouguer para que se uniera a la misión geodésica le iba a resultar difícil. El astrónomo, que había enseñado a centenares de marinos a navegar en alta mar, era reacio a viajar fuera de su amada Francia. Como escribiría más tarde, «nunca pensé participar en esta empresa» por la «repulsión que siempre he tenido por los viajes oceánicos a causa de mi débil constitución». De todos modos, Maurepas no desconocía que Bouguer anhelaba que lo reconocieran como un científico de primer orden y supo aprovecharse con inteligencia de esas aspiraciones. Comenzó por tentarlo ordenando a la Academia que enviara al pobre astrónomo cuatro cajas llenas de caros instrumentos astronómicos
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que él no habría podido adquirir. Maurepas le pidió entonces a Bignon, su primo, que le dejara caer a Bouguer la promesa de que sería ascendido a astrónomo pensionado si se unía a la misión, sabedor de que este competía por ese título frente a dos astrónomos con mayor experiencia. Maurepas le hizo la oferta aún más atractiva al asegurarle que todos sus gastos estarían pagados y que conservaría su salario de profesor.
En otras circunstancias, el cauto astrónomo tal vez se habría negado a que le distrajeran de su imparable ascenso en el seno de la Academia. Sin embargo, se dio cuenta de que la misión geodésica asentaría su reputación y lo catapultaría a los círculos más elevados de la élite científica, y esto cambiaba por completo el cariz de aquella oportunidad. Justo antes de Navidad, Maurepas lo invitó a París para conversar con Bignon sobre la misión. El 29 de diciembre de 1734, Bignon informaba a Maurepas: «Ayer llegó aquí el Sr. Bouguer y vi en él la mayor de las resoluciones para hacer el viaje con el más maravilloso de los entusiasmos. Sería difícil encontrar un viajero más decidido». Con el fichaje del astrónomo, la parte francesa de la plantilla estaba completa[26].
En España, la otra parte de la lista se estaba completando al mismo tiempo que los franceses ajustaban sus elecciones. El Consejo de Indias había insistido en que un par de oficiales españoles acompañaran a los franceses al Perú, pero había dejado la selección en manos del ministro de Marina, Patiño. A sugerencia del aristócrata limeño José Agustín Pardo de Figueroa, Patiño le pidió a la Academia de Guardias Marinas de Cádiz que nombrara dos cadetes para la misión geodésica[27].
En su empeño por que los miembros españoles de la expedición procedieran de la Academia de Guardias Marinas, Patiño se estaba asegurando de que los franceses estarían acompañados por lo más selecto de las fuerzas armadas. El ministro había creado en los guardiamarinas un cuerpo de oficiales navales de élite cuya formación de cadetes no solo comprendía cruceros de instrucción, sino un año en la academia de intensos estudios de matemáticas, navegación, ingeniería, construcción naval y ciencias. Como eran cadetes y no oficiales maduros, su juventud les permitiría recibir órdenes de sus colegas franceses, y además contaban con los conocimientos necesarios para ayudar a los científicos galos en sus observaciones astronómicas. También eran jóvenes vigorosos y, por tanto,
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capaces de soportar las penalidades de la expedición; asimismo, como Patiño disponía en sus proféticas órdenes, podría ser que, «en caso necesario, supliesen el lugar y veces de cualquier académico que faltase o muriese»[28].
Patiño puso la elección de los cadetes en manos del comandante de los guardiamarinas —un oficial veterano y curtido en combate— y del sesudo director de la Academia de Guardias Marinas. La elección de ambos, que intentó aunar competencia militar y distinción académica, fue mucho mejor de lo que pudieron imaginar. El primer elegido fue Jorge Juan y Santacilia, entonces con solo veintiún años, pero al que sus compañeros llamaban Euclides por su brillantez matemática. Nacido en la mediterránea Novelda en 1713, había quedado huérfano de padre a los tres años y fue criado por sus tíos paternos, que fueron sufragando sus gastos contabilizándolos como préstamos. Con doce años fue enviado a Malta para convertirse en caballero de la Orden de San Juan, la cual exigía a sus miembros celibato de por vida. En 1729, a los dieciséis años, entró en la Academia de Guardias Marinas, pero sus estudios se vieron interrumpidos por varios años de servicio en el mar en persecución de corsarios, época en la que afinó, sin duda, su reputada habilidad con la espada. En 1732 participó en la invasión de Orán, ciudad de la actual Argelia y entonces en poder del Imperio otomano, que fue tomada por la fuerza de desembarco española comandada por el temible almirante Blas de Lezo y Olavarrieta. Jorge Juan, aunque herido en combate, no tardó en retornar a la academia a fin de completar sus estudios. Carecía de rasgos físicos notorios, aparte de una sólida mandíbula, y era de complexión mediana y trato fácil. A menudo hacía largas pausas en la conversación para reflexionar sobre las cuestiones que se estuvieran tratando. Este exterior apacible escondía un intelecto agudo, un coraje sin límites y la máxima autoconfianza, unas cualidades que habían llamado la atención de sus oficiales superiores.
El compañero de Jorge Juan en esta expedición sería Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, nacido en el seno de la aristocracia sevillana en 1716. Su padre, Bernardo de Ulloa, era un notable economista que asesoró al rey para revitalizar las manufacturas y el comercio y que instiló en el joven Antonio la pasión por la reforma de las instituciones caducas. Bernardo se sirvió de sus contactos cortesanos para enviar a Antonio, con trece años, de
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«aventurero» (adjetivo que el propio Antonio utilizaría después para sí mismo) en la Flota del Tesoro, con la que hizo varios viajes por el Caribe y a Cartagena de Indias. Ulloa ingresó en la Real Academia de Guardias Marinas en 1733 y tuvo su bautismo de fuego en combate, contra fuerzas austriacas, a principios de 1734, poco después de ser seleccionado para la misión geodésica. Su retrato al óleo nos muestra a un oficial naval que recuerda a un maestro, siempre alerta para descubrir el más mínimo error. De hecho, el buen ojo de Ulloa y su habilidad para valorar con rapidez las situaciones se complementaba a la perfección con el carácter más analítico y minucioso de Jorge Juan. Los dos oficiales españoles llegarían a hacerse grandes amigos durante la misión.
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Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral con sesenta y nueve años, óleo de José Roldán y Martínez (ca. 1840). Museo Naval de Madrid.
En enero de 1735, Ulloa y Juan fueron ascendidos de golpe cuatro grados, hasta el empleo de tenientes de navío, y pasaron a recibir el salario aparejado, 60 escudos mensuales (alrededor de 54 000 dólares anuales). Sus órdenes para la misión eran asistir a los científicos franceses en las observaciones astronómicas, levantar mapas de los puertos y ciudades que fueran necesarios y establecer la posición exacta de las poblaciones
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costeras para mejorar la navegación. Se confiaba en que los jóvenes oficiales, después de trabajar junto a los astrónomos, pusieran al servicio de España los conocimientos y la experiencia que con tanto esfuerzo iban a obtener[29].
Jorge Juan y Santacilia, óleo de Rafael Tejeo (1828) creado a partir de su máscara mortuoria. Museo Naval de Madrid.
Los cadetes españoles no tardaron en saber que, por un golpe de fortuna, iban a navegar rumbo a la reunión con los científicos galos a
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bordo del convoy naval que llevaría al nuevo virrey del Perú hasta su reino. A la edad de sesenta y ocho años, José Antonio de Mendoza Caamaño y Sotomayor, marqués de Villagarcía de Arousa, estaba bien preparado para el puesto, tras sobrevivir a numerosas convulsiones de la política española y de haber sido virrey de Cataluña y embajador en Venecia. Su mandato en el Perú coincidió exactamente con la misión geodésica. Los tenientes españoles eran conscientes de que debían establecer una buena relación con el virrey para garantizar que los científicos franceses pudieran cumplir su misión sin trabas. Aunque los funcionarios locales del Perú tenían órdenes del rey de proteger a los franceses y de proporcionarles toda la ayuda posible, era frecuente que se atuvieran a la máxima colonial del «obedezco, pero no cumplo». Los dos oficiales navales iban a tener que preparar el terreno casi a cada paso.
Jorge Juan, por ser de los dos militares el de más edad —y por ello, superior jerárquico—, acompañaría al virrey a bordo de un navío de 64 cañones, el Nuevo Conquistador; Ulloa viajaría en el Incendio, de solo 50. Una vez la flota arribara a Cartagena de Indias (en la costa caribeña de la actual Colombia), Juan y Ulloa esperarían a los científicos franceses y luego cruzarían con ellos Panamá y bajarían en barco por el Pacífico hasta la costa del Perú (actual Ecuador), desde donde llegarían por tierra a Quito para comenzar las mediciones.
Aquel invierno, mientras los españoles seleccionaban a los miembros de su grupo, los científicos franceses estuvieron ocupados en el equipamiento para la misión y en afinar su metodología. En diciembre de 1734 Louis Godin escribió a la Royal Society londinense para avisarla de su próxima visita, en los primeros días de enero de 1735, con la intención de adquirir instrumentos astronómicos cruciales para la expedición. Entre estos se contaban varios telescopios, un octante (un precursor del sextante) construido por el artesano John Hadley y, lo más importante, un reloj de péndulo y un telescopio o sector cenital[*] de 12 pies (casi 4 metros) para medir ángulos astronómicos, obra de otro afamado técnico, George Graham[30].
En Londres, Godin también se reunió con Edmond Halley, el real astrónomo de Greenwich. Aunque no ha sobrevivido ningún registro de su reunión, es probable que conversaran sobre detalles técnicos relacionados
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con la realización de observaciones astronómicas y físicas en tierras lejanas. Al fin y al cabo, Halley era veterano de varias expediciones científicas, entre ellas un famoso viaje alrededor del Atlántico Sur efectuado en 1698 para medir las variaciones magnéticas, en el cual estuvo al mando del buque Paramour de la Marina británica. Hablarían en francés, lengua que todo hombre educado —y más un funcionario de la Royal Society como Halley— dominaba al menos para hacerse entender; Halley incluso había vivido en París medio año y lo hablaba con bastante fluidez. A pesar de las tensiones políticas en aumento entre Francia y Gran Bretaña, la Royal Society aprobó el ingreso de Godin en sus filas[31].
Ya de vuelta en París, Bouguer y La Condamine prepararon diligentes los instrumentos y los procedimientos de la misión. No cabe duda de que consultaron a fondo a Jacques Cassini acerca de las cuestiones prácticas relativas a la ejecución de una medición tan extensa, dado que él ya había realizado seis mediciones distintas en Francia. ¿Cuán larga debía ser la base fundamental para la triangulación? (las de Cassini habían medido entre 10 y 15 kilómetros). Además: ¿Cómo habría que medir la base fundamental? (Cassini había empleado dos largos listones de madera, también llamados perchas, de 24 pies de largo que se alineaban uno a continuación del otro). Mientras tanto, Cassini escribía extensos ensayos para las actas de la Academia en los que abordaba las observaciones astronómicas adicionales que sería necesario efectuar durante la estancia en el Perú[32].
Incluso después de las exitosas compras de Godin en Londres, todavía había que adquirir o construir varios instrumentos más de agrimensura y de astronomía. Los instrumentos básicos de trabajo serían los cuartos de círculo portátiles, unos voluminosos cuadrantes que solían tener entre 60 y 90 centímetros de radio y que se empleaban para medir ángulos. La Condamine compró uno restaurado que había pertenecido a un astrónomo y se encargaron otros tres al constructor de instrumentos Claude Langlois por un coste de alrededor de 1500 livres (14 000 dólares) la unidad. Langlois también forjó y pulió, con el mayor esmero, una barra de hierro de una toesa (la unidad de medida de longitud de la Francia dieciochesca) que serviría para calibrar cada medición durante la misión[33]. A medida que estos instrumentos se fueron entregando, se guardaron con cuidado en
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cajas de madera que se sellaron junto con el cúmulo, cada vez mayor, de los suministros necesarios para el largo viaje al Nuevo Mundo.
La misión geodésica iba a ser el primer viaje de súbditos franceses a Sudamérica en más de una década, y el primer viaje extenso al interior del Perú llevado a cabo por observadores científicos de cualquier nacionalidad. Los franceses sí habían visitado con frecuencia las aguas del sur del Pacífico desde el comienzo del siglo, a menudo con gran preocupación del Gobierno español, que veía en ellos un intento de usurpación. Sin embargo, no todos los viajes franceses habían estado dedicados al comercio y al contrabando. Los académicos estaban bien informados de dos expediciones concretas por lo que estas habían aportado a los conocimientos científicos y geográficos sobre el Perú.
La primera incursión en Sudamérica de un científico francés la protagonizó, entre 1707 y 1711, el sacerdote y astrónomo Louis Éconches Feuillée, discípulo de Giovanni Cassini. Partiendo del sur de Francia, Feuillée rodeó el cabo de Hornos y exploró las costas de Chile y Perú. Hizo varios viajes a Lima, calculó la longitud y la latitud de la ciudad, efectuó varias observaciones astronómicas y confeccionó mapas de la urbe y sus alrededores. Recolectó plantas y tomó anotaciones sobre la vida salvaje en las que no se olvidó del espectacular cóndor. A su vuelta a Francia, publicó sus observaciones en una densa y extensa obra en dos volúmenes repleta de mapas, de tablas de observaciones de planetas y estrellas y de dibujos de plantas. Feuillée había muerto en 1732, así que los miembros de la misión geodésica no pudieron obtener detalles adicionales de primera mano[34].
A diferencia de Feuillée, el otro francés que había explorado sistemáticamente Sudamérica vivía todavía, y su visión del Perú era muy distinta de la del ajado y abstemio Feuillée. Amedée-François Frézier era un ingeniero militar de veintinueve años cuando lo seleccionaron para investigar la costa sur del Pacífico, entre 1712 y 1714, en la estela del viaje de Feuillée. El objetivo de la misión de Frézier era favorecer el comercio francés reuniendo información militar y comercial: debía elaborar mapas de la costa, del entorno oceánico y, sobre todo, de las fortificaciones, puertos y muelles de las ciudades del Perú y de Chile. Además de estas observaciones y mapas meticulosos, tomó abundantes notas sobre las
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plantas, los animales, las gentes y sus costumbres. Frézier, que sabía a la perfección que (igual entonces que hoy) el sexo vende, expuso con detalle, en el libro de enorme éxito que publicó dos años después de su regreso, los hábitos sexuales de las mujeres peruanas, destacando el contraste entre su diurna apariencia de castidad y virtud con las supuestas excursiones nocturnas en las que visitaban a sus amantes. «En cuestiones de amor no le van a la zaga a ninguna otra nación —escribió—, sacrifican libremente a esa pasión casi cualquier bienestar». Frézier sostenía que, en la cultura peruana, el sexo premarital y el adulterio eran la norma, no la excepción, una pretensión que tal vez influyera, con trágicas consecuencias, en la percepción de al menos uno de los miembros de la misión geodésica[35].
Frézier regresó a Francia, en 1714, con algo más que indicaciones relativas a la superación de las defensas de las ciudades peruanas o acerca de sus mujeres. En una rara coincidencia histórica, Frézier iba a ganar más tarde celebridad por llevar en su regreso a Europa especímenes de la variedad chilena de la fresa (hoy también llamada «frutilla blanca»). Estas frutas sudamericanas, mucho más grandes y suculentas que las raquíticas variedades europeas de entonces, se convirtieron en el punto de partida principal de las fresas que hoy conocemos. Frézier llevaba consigo varios ejemplares cuando regresó a su casa de Bretaña, donde lograron crecer en el clima marítimo, y regaló otras a Antoine de Jussieu para que las cultivara en el Jardín Real parisino. No iban a tardar en convertirse en un adorno imprescindible de los jardines europeos. Debido a sus contactos con el Jardín Real, es probable que, una vez se aprobó la misión, Jussieu, Godin y La Condamine (y tal vez también Bouguer) hablasen o se carteasen con Frézier para aprender todo lo posible sobre el Perú[36].
El inconveniente de la información obtenida por Feuillée y Frézier era que los dos habían llegado nada más que hasta la ciudad costera de Lima, mientras que los científicos de la misión geodésica iban a trabajar cerca de Quito, mil trescientos kilómetros al norte y tierra adentro. Por tanto, las observaciones de los dos viajeros solo podrían ser un punto de partida para la comprensión del país. De todos modos, Frézier había conocido a Pedro de Peralta y Barnuevo, notable escritor, matemático y astrónomo de la limeña Universidad de San Marcos, quien más tarde envió copias de sus observaciones astronómicas a la Academia francesa. Peralta llegaría a ser
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un estrecho confidente y correspondiente de los miembros de la misión geodésica una vez que estos llegaron al Perú.
En la primavera de 1735, los preparativos de la misión geodésica estaban ya muy avanzados. Los contingentes francés y español se estaban alistando para salir a mediados o finales de mayo, con la previsión de reunirse en Cartagena de Indias al final del verano. Mientras que los dos españoles iban a viajar directamente a la colonia con la flota que llevaba al nuevo virrey del Perú, los científicos galos harían varias paradas en su viaje marítimo.
El acuerdo con España exigía que la misión geodésica desembarcara en las colonias francesas del Caribe antes de pasar a territorios españoles. Maurepas dio órdenes para que el buque de guerra de 44 cañones Le Portefaix transportara a los científicos desde el puerto militar de Rochefort, en la costa sudoeste de Francia, hasta Martinica, en el oriente del Caribe, y de ahí al Santo Domingo francés (o Saint-Domingue, actual Haití). Allí tendrían que encontrar un buque español que los llevara a Cartagena de Indias, puesto que el acceso a las colonias españolas estaba vedado a los barcos extranjeros. Sin embargo, Maurepas, por lo general prudente, cometió su primer gran fallo al ordenarle al gobernador-general de la colonia francesa de Santo Domingo, Pierre, el marqués de Fayet, que persuadiera a las autoridades españolas para que permitieran que los llevara un buque francés.
Maurepas le indicó al marqués de Fayet que adujera que los científicos podrían llegar más rápido a Cartagena de Indias en un buque francés, sin tener que esperar a uno español, pero la treta escondía las intenciones predatorias del ministro. El verdadero motivo para que la expedición usara un buque francés era, según le confesó a Fayet, «intentar establecer algún comercio con los españoles, o poner las bases de este, para lo cual es necesario que un hombre con cabeza quede al cargo del procedimiento». Maurepas conocía los riesgos que corría si España descubría este comercio ilícito, pero la tentación de la riqueza era tan grande que estaba dispuesto a romper las promesas explícitas que le había hecho a Patiño y a poner en peligro la misión geodésica y la incipiente relación con España a cambio
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de la posibilidad de abrir —o al menos entornar— la puerta de sus colonias[37].
Mientras Maurepas soñaba con comerciar a escondidas con el Perú, los preparativos de la expedición se ultimaban en Rochefort según lo planeado. El buque de guerra Le Portefaix arribó a su puerto, el 23 de marzo de 1735, para esperar la llegada de la expedición. Este buque era un tipo de barco conocido como flûte (filibote), similar a una fragata, pero pensado para el transporte de carga y de tropas. Llevaba en servicio dieciocho años, una edad avanzada para un buque de guerra de madera, y este acabaría por ser su último viaje. Su comandante, el teniente Guillaume de Meschin, solo le sacaba seis años. Meschin se encargó de supervisar, sin perder detalle, la subida a bordo del cargamento — principalmente cañones y grano—, cuyo destino eran las colonias de Martinica y el Santo Domingo francés y la fortaleza de Luisburgo[38].
El intendente de Rochefort, François de Beauharnais, se ocupó de los preparativos para la llegada de los científicos, de sus ayudantes y de cuatro sirvientes. Beauharnais les proporcionaría a todos armas y espadas, además de munición, pólvora, tiendas, sábanas e instrumentos quirúrgicos, así como utensilios para su cocinero, un individuo llamado Saint-Laurent que, según Godin, había vivido cinco o seis años en el Perú y podía pasar por español. Beauharnais también dispuso el alojamiento de los expedicionarios en uno de los mejores auberges de Rochefort, el Trois Marchands, que se había hecho popular entre la gente de la Marina por su impresionante bodega y precios asequibles[39].
Los integrantes de la misión geodésica llegaron a Rochefort, en un goteo continuo, desde mediados de abril a primeros de mayo de 1735. Como venían de distintas regiones de Francia, no fue posible concentrar sus llegadas en un lapso menor. Bouguer y La Condamine salieron de París a finales de marzo y tardaron tres semanas en cubrir una ruta que las lluvias primaverales habían convertido en un caldo fangoso. Llegaron a Rochefort a mediados de abril, una semana antes que Jussieu y Seniergues. Es probable que el viaje de Verguin desde Tolón le llevara un mes. Godin (suponemos que con Godin des Odonais y Couplet) no abandonó París hasta el 14 de abril y llegó en coche exprés el 7 de mayo. Maurepas, deseoso de poner en marcha la expedición, escribió a primeros de abril a la
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corte española para comunicar que la parte francesa de la misión ya estaba en el puerto y lista para zarpar; no era verdad, pero sí un paso necesario para que el componente español se hiciera a la mar[40].
Tal vez fue la impaciencia de Maurepas, junto con su falta de experiencia en aquella clase de aventuras científicas, lo que le llevó a cometer su segunda y más catastrófica torpeza, relacionada con la jefatura de la misión. Maurepas había nombrado a Godin jefe único de la misión geodésica y le había otorgado un poder absoluto sobre los demás miembros de la empresa. Es verdad que, hasta cierto punto, el ministro tuvo las manos atadas en esta cuestión; Godin era quien había propuesto la expedición original y, de los tres científicos, era el académico de mayor grado. Sin embargo, no era el miembro de más edad ni el más experimentado del grupo, ni había dirigido nunca equipo alguno. Aun así, su elección no era, por sí misma, causa de alarma. Al fin y al cabo, Godin podía haberse apoyado en el saber de Bouguer, que había ejercido como profesor desde su adolescencia, cuando se acostumbró a dirigir a individuos que le doblaban la edad. Godin también podía haber confiado en la experiencia militar de La Condamine para conseguir que los expedicionarios cumplieran las órdenes. En realidad, una vez comenzó la misión, el astrónomo iba a asumir, con la mayor arrogancia, que tenía derecho de acometer, sin consultar, toda acción que juzgara necesaria y de dar cualquier orden sin que esta fuera cuestionada. Su estilo de liderazgo impositivo iba a tener consecuencias desastrosas para el conjunto de la empresa.
Tal vez pueda disculparse el hecho de que Maurepas concediera a Godin un poder sin control, aunque solo fuera porque, hasta entonces, nunca se había intentado nada similar a la misión geodésica. Esta iba a tener el mayor número de científicos y observadores jamás enrolados con el único propósito de efectuar mediciones científicas e iba a ser la primera misión científica internacional de la historia, una empresa que implicaba acuerdos diplomáticos entre dos naciones y la participación de individuos de ambas. Ninguna expedición científica anterior de ningún país había conllevado una colaboración internacional, ni tan siquiera una colaboración amplia de cualquier tipo. Todas las expediciones anteriores auspiciadas por la Academia de las Ciencias francesa habían sido
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realizadas por científicos individuales, a menudo por iniciativa propia. Los viajes astronómicos de Nicolas Couplet, Jean Richer, Louis Feuillée y Amedée Frézier (y las expediciones botánicas al Caribe de Charles Plumier, en la última década del siglo anterior) habían sido empresas individuales con un mínimo de apoyo y de planificación logística, y cuyas observaciones se llevaron a cabo, a menudo, en suelo colonial francés[41].
En cualquier expedición compleja y novedosa como la que pronto intentaría la misión geodésica, contar con un liderazgo sólido era un ingrediente crucial. El éxito de la empresa no iba a depender de la brillantez de sus individuos, sino de la estrecha colaboración de todo el equipo; todos iban a ser necesarios para llevar a buen término aquella vasta medición de grandes distancias. Iban a necesitarse tanto dotes de mando personales como astucia diplomática, unas cualidades que, por cierto, los usos de la Academia francesa no fomentaban especialmente. Maurepas, acostumbrado a que sus órdenes fueran obedecidas por militares, es probable que esperara de sus científicos —incluido Godin— que actuaran movidos por el interés de la ciencia y de su nación y que dejaran a un lado posibles aspiraciones personales en aras del bien común.
Si Maurepas confiaba en la capacidad de mando de Godin, lo era a pesar de dos avisos que recibió antes del comienzo de la misión. El primero fue un incidente que invitaba a pensar en una gestión fraudulenta del dinero por parte del astrónomo. Este, como jefe de la expedición, era responsable de la retirada y el desembolso de los fondos de la tesorería. Ya había recibido cartas de crédito para cubrir los gastos previstos a la llegada a la América española, y todos los gastos que se hicieran en suelo francés debían haber estado cubiertos por las autoridades galas. Sin embargo, Godin, sin explicación posible, le pidió 2300 livres (unos 20 000 dólares actuales) adicionales a Beauharnais, el intendente de Rochefort, justo antes de zarpar. Cuando el intendente se quejó a Maurepas, el ministro no dio importancia al asunto y le indicó a Beauharnais que debía entregar a Godin cualquier suma que le pidiera.
Varias semanas antes del comienzo de la expedición, Maurepas había recibido de Bouguer un aviso más obvio acerca del comportamiento de Godin. En esa ocasión el problema estuvo en el trato que Godin les daba a sus camaradas científicos, una queja que muchos miembros del equipo
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acabarían por compartir. Aunque no se conocen las protestas concretas de
Bouguer, la respuesta impaciente de Maurepas sugiere en qué consistían:
Versalles, 30 de abril de 1735
La inquietud que parecéis tener, Señor, sobre el modo en que el Sr. Godin os trata, no tiene fundamento y, por otro lado, me parece que él tiene sentimientos de estima y amistad por vos. Le he recomendado que esté en buena inteligencia con vos y con todos los que le acompañan y estoy seguro de que haréis todo lo que esté en vuestra mano para mantener una unión que es absolutamente vital para alcanzar el objeto de vuestra empresa. Era inevitable que Godin, por razón de su edad, quedara al cargo de su dirección; pero, en lo relativo a la tarea, él no podría negarse a comunicaros [los resultados de] sus observaciones ni pienso que jamás haya tenido esa intención, del mismo modo que es indispensable que le comuniquéis las vuestras a fin de que esté informado durante el transcurso de los trabajos. Aunque Su Majestad desea que economicéis, el Sr. Godin tiene orden de respaldar todos los gastos necesarios y no deberíais preocuparos sobre ese tema…
Firmado, Maurepas[42]
Bouguer ya estaba poniendo en duda que Godin tuviera intención de compartir información con sus colegas científicos y cuestionando su competencia para manejar el dinero de la expedición. La ineptitud del liderazgo del astrónomo no iba a tardar en escocer a los demás miembros del equipo.
Estas divisiones en el grupo francés se pusieron de manifiesto cuando el cargamento de los científicos llegó a Rochefort en barco desde La Rochelle, el 10 de mayo. Además de diverso instrumental científico, habían empacado ropa, libros, sables, municiones, tiendas, utensilios de cocina y otros artículos necesarios para la estadía en el Perú. El teniente Meschin contabilizó en el muelle, irritado, más de sesenta cajones para los que había que hacer sitio, del modo que fuera, a bordo de Le Portefaix. «Me vi obligado a descargar 140 barriles de grano destinado a las colonias para poder cargarlos», anotó con petulancia en su bitácora.
El 12 de mayo, dos días después de la llegada de la carga a Rochefort, el equipo francés partió a bordo de Le Portefaix. El viento se elevó en las horas previas al amanecer y, a las diez de la mañana, el buque dejaba atrás Rochefort y doblaba el río Charente para entrar en la bahía de La Rochelle. Poco después del mediodía el viento se abatió, para mayor irritación de Meschin, y el barco tuvo que permanecer fondeado frente a la isla de Aix varios días. A las diez de la mañana del 16 de mayo el viento surgió de nuevo y, con la asistencia profesional de Bouguer, el Portefaix salió de la
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bahía de La Rochelle para adentrarse en el Atlántico, anónimo entre las docenas de barcos que, por todo el globo, se dirigían a sus puertos de destino. A las seis de la tarde, con el filibote ya veinticuatro millas mar adentro, los miembros de la tripulación avistaron una ballena, su primer buen presagio en varias semanas[43].
Mientras los integrantes franceses de la expedición se hacían a la mar, los españoles todavía se estaban preparando para el viaje en Cádiz. La partida inminente del nuevo virrey del Perú convirtió los buques de guerra en los que iban a viajar, el Nuevo Conquistador y el Incendio, en el centro de la atención y la actividad de la ciudad portuaria. Al marqués de Villagarcía lo acompañaba su hijo, Mauro de Mendoza, más un séquito de cuarenta individuos, y había que acomodarlos a todos con la dignidad necesaria. Los flamantes tenientes Jorge Juan y Antonio Ulloa, mientras tanto, estaban reuniendo la ropa, el instrumental y otros artículos para el viaje, además de los sirvientes que iban a necesitar. A diferencia de Ulloa, que venía de una familia acomodada, Juan era de medios limitados y tomó de sus tíos un nuevo préstamo para pagar estos avíos, lo que incrementó su deuda hasta un total de casi 1600 pesos (alrededor de 72 000 dólares actuales) que confiaba devolver íntegramente a su regreso.
El 26 de mayo de 1735, temprano, justo cuando Le Portefaix pasaba por las islas portuguesas de Madeira, al sudoeste de Portugal, Juan y Ulloa abordaron los dos buques de guerra, entonces anclados sobre un fondo arenoso de la bahía de Cádiz. Juan subió al Nuevo Conquistador, donde viajaban Villagarcía y su séquito; Ulloa fue asignado al Incendio, de menor porte. La partida del virrey y su corte se celebró con la pompa y dignidad exigida, según Ulloa anotó en su diario: «A las 9 se embarcó el marqués de Villagarcía, virrey del Perú, en el Conquistador, y al salir de la plaza le saludó con 21 cañonazos. A las 9 y media hizo una salva el navío Conquistador, comandante, con 10 cañonazos […]. A las 11 se levó la fragata con viento por el sur sudoeste». Ambos barcos emplearon aquel día y el siguiente maniobrando por la bahía de Cádiz, hasta que el día 28 se elevó un viento del noroeste que les permitió poner proa al sudoeste, hacia América[44].
En la primavera de 1735, tres buques de guerra navegaban por el Atlántico, en dirección oeste. Transportaban a los miembros de la misión
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geodésica a su punto de reunión en Cartagena de Indias. Seguramente, Godin, Morainville y Verguin habían consolado a sus esposas e hijos diciéndoles que solo iban a ausentarse tres años, cuatro a más tardar; y es muy probable que los demás se dijeran lo mismo unos a otros. Los peligros, pensaban, eran escasos. Perú debía ser un lugar civilizado. Al fin y al cabo, los españoles llevaban allí doscientos años exactos. Los científicos sabían que su labor sería ardua, pero no preveían impedimentos considerables en el desempeño de su medición y contaban con volver a casa con la única cifra que buscaban: la medida de un grado de latitud en el ecuador. Que los miembros de la expedición fueran bien armados y que hubieran zarpado en buques de guerra lo veían como una prueba de prudencia; en realidad, era un presagio de lo que les tenía preparado el destino.
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Capítulo 3
El descubrimiento de Quito
Durante milenios los marinos han oído la llamada del mar, sabedores de que cada uno responde a ella de modo distinto. Jorge Juan y Santacilia y Antonio de Ulloa habían atendido la llamada en su primera juventud, incluso antes de ser cadetes de la Armada. El mar se había convertido en su hogar, su escuela, su iglesia y su lugar de trabajo. A lo largo de numerosas travesías, bajo la supervisión de experimentados oficiales de navegación, habían aprendido sus ritmos, sus sutiles humores y sus arrebatos repentinos. A pesar de su juventud, eran ya tenientes de navío, un rango bastante elevado en los buques de guerra españoles, y les tocaba a ellos guiar a marinos menos duchos en los asuntos del mar.
Las obligaciones oficiales de Jorge Juan y de Antonio de Ulloa les ocupaban todo su tiempo a bordo del Nuevo Conquistador y del Incendio: supervisaban las velas y el timón y ordenaban, a todas horas, nuevos ajustes para mantener el rumbo y la velocidad. Ulloa había hecho el viaje a Cartagena de Indias hacía poco y conocía bien aquellas aguas; Juan y él eran ya unos hábiles navegantes que efectuaban a diario observaciones del sol y las estrellas para establecer la latitud, usaban una mezcla de astronomía y de estima para determinar la longitud y anotaban ambas a diario en los cuadernos de bitácora de sus barcos. Por un capricho del destino, su formación para la vida en el mar fue el desencadenante de su elección para una misión en los Andes, a centenares de kilómetros del océano.
A diferencia de Juan y de Ulloa, los científicos a bordo de Le Portefaix eran meros pasajeros sin tareas oficiales y el mar los afectó de modos inesperados. La Condamine y Verguin eran marinos veteranos, hechos a la vida a bordo de un buque de guerra. De hecho, Verguin había cartografiado el Caribe quince años antes y conocía bien la ruta. Los dos
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supieron mantenerse ocupados con la rutina regular del buque y cada uno llevaba un diario personal de sus posiciones y de los vientos. En cuanto a los demás miembros de la expedición, para quienes un viaje marítimo de larga distancia era una novedad, aquella combinación de hacinamiento, movimiento constante y puro aburrimiento no tardó en pasarles factura. Le Portefaix no era un buque grande —con sus 36 metros de eslora por 9 de manga, no llegaba al tamaño de una iglesia mediana—, pero de todos modos transportaba cinco oficiales y otros ciento treinta tripulantes, más de un centenar de pasajeros y un pesado cargamento, así que apenas había espacio para moverse. Los pasajeros dormían bajo cubierta, por turnos, en camastros pequeños y duros que aprovechaban cada rincón y hasta el último recoveco (las hamacas estaban reservadas para la tripulación).
La primera jornada en el mar fue bastante placentera, con la tierra todavía a la vista y apenas un ligero balance que mecía a los pasajeros. Sin embargo, tan pronto el barco se adentró en el océano, el incesante sube y baja los iba a llevar a menudo bajo cubierta, donde los envolvía una atmósfera fétida y el continuo gemido de los maderos del barco y de los pasajeros enfermos. El mareo le afectó sobre todo a Bouguer. Aunque era uno de los profesores de hidrografía más afamados de su país, no había hecho hasta entonces ningún viaje transatlántico. De todos modos, puso al mal tiempo buena cara e hizo lo posible por distraerse durante el mes de viaje. Él, Godin y La Condamine pasaban gran parte de su tiempo entre una variedad de instrumentos náuticos que la Academia de las Ciencias les había entregado para que los probaran. El octante de Hadley —comprado por Godin en Londres— fue objeto de una atención especial por los tres. Al permitir la observación del sol a través de unos espejos finamente esmerilados empleando unos ajustes metálicos calibrados con precisión, lograba resultados considerablemente más exactos y repetibles en el cálculo de la latitud que la tradicional ballestilla, que era poco más que una cruz de madera que marcaba la sombra del sol sobre una serie de marcas talladas. Bouguer, que no dejaba de ser profesor, también pasó el tiempo formando a un vicealmirante que viajaba en el buque para que pudiera obtener el certificado de piloto[1].
Jussieu, el manso y melancólico doctor, descubrió en el aire marino una potente medicina que le daba vigor y que mejoraba su humor
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notablemente. Antes de embarcar, en Rochefort, el malhumor lo había invadido mientras esperaba cartas de sus hermanos mayores, a los que estaba muy unido. Ahora que la tierra ya no se divisaba, el benjamín de la familia experimentó una especie de liberación, propia de quien comienza a labrarse un camino propio en la vida. Tenía consigo a su íntimo amigo Seniergues y ni siquiera le turbó que el perro de este le mordiera la mano y que esta se le enrojeciera e inflamara. Se aplicó una compresa humedecida con una mezcla de agua, alcohol y hierbas medicinales, y observó: «… en menos de tres días, gracias a Dios, mi mano ha mejorado y me siento muy bien»[2].
El largo viaje dio tiempo para que los expedicionarios se tomaran la medida unos a otros. Los más jóvenes hicieron piña contra la condescendencia de Godin, quien, según Seniergues, «deseaba erigirse gran señor»[3]. Bouguer y La Condamine, que ya recelaban de Godin, también se agruparon en una amistad inesperada. En la Academia de las Ciencia apenas se habían conocido el uno al otro y eran extremos opuestos en casi cualquier aspecto imaginable. Bouguer era un hombre serio, casi sombrío, apasionado por la ciencia y las matemáticas, pero con una visión del mundo limitada y cuya vida había estado circunscrita a la enseñanza de la hidrografía en una pequeña población costera. La Condamine, que había viajado por el mundo de la Antigüedad y por los círculos intelectuales parisinos, veía las matemáticas y la ciencia dentro de un tapiz mucho más amplio, no las asumía sin más y siempre estaba atento a la repercusión de las cuestiones científicas en los hombres.
Aunque ni Bouguer ni La Condamine lo mencionan en sus diarios, es probable que intercambiaran pareceres sobre un escándalo reciente relacionado con sus amigos dramaturgos Paul Desforges-Maillard y Voltaire, una peripecia que se estaba resolviendo justo cuando zarparon de Rochefort. Desforges-Maillard, amigo de la infancia de Bouguer, había intentado irrumpir en la escena literaria después de una carrera en leyes, pero sus poemas no conseguían reconocimiento y ni siquiera lograba publicarlos, así que comenzó a enviarlos a los periódicos bajo el seudónimo de mademoiselle Malcrais de La Vigne. En poco tiempo, esta se popularizó como «la Musa bretona» y recibió el aplauso generalizado del hemisferio literario, en especial de Voltaire, buen amigo de La
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Condamine. Más tarde, la revelación de la identidad de la Musa fue causa de gran embarazo entre los que antes habían menospreciado a Desforges-Maillard. El astuto engaño, en cambio, le hizo gracia a Voltaire, que se tomó todo aquello a bien e incluso tuvo la generosidad de ofrecerle a Desforges-Maillard ayuda en relación con las autoridades fiscales[4]. Si ambos dramaturgos fueron capaces de dejar atrás sus diferencias, tal vez sus amigos Bouguer y La Condamine podrían hacer lo propio.
El pasaje del Atlántico no tuvo sobresaltos. El buque de guerra solo perdió unos pocos días por la ausencia de viento, y quienes iban a bordo apenas avistaron unos pocos barcos durante el viaje. El 11 de junio Le Portefaix cruzó el trópico de Cáncer, donde los científicos fueron sometidos al tradicional ritual del bautismo del cruce del ecuador, por el que los miembros veteranos de la tripulación introducían a los bisoños en el restringido mundo de los auténticos marinos. En realidad, aunque los científicos no habían llegado aún al ecuador, dieron por bueno aquello puesto que estaban «destinados a hacerlo»[5]. El 20 de junio, la tripulación divisó en el cielo numerosas fragatas, heraldo seguro de recalada. A las cuatro y media de la mañana del 22 de junio, cuando la isla de Martinica se puso a la vista entre la neblina del alba, los aliviados pasajeros seguro evocaron la primera visión que, a la luz de la luna, Colón tuvo del Nuevo Mundo.
El buque de guerra rodeó la isla para llegar a su capital, Fort Royal, donde fondearía por dos semanas mientras el teniente Meschin descargaba y se aprovisionaba. Durante este lapso en el que Le Portefaix se aprestaba para la nueva etapa del viaje, los miembros de la expedición se alojaron en varios lugares de la isla según su rango. Bouguer se instaló en la gran casa del intendente de Martinica; Jussieu, en cambio, optó por permanecer con los frères de la charité [*] en el hospital en el que atendían a los pobres y donde puso en práctica sus conocimientos médicos[6].
Los científicos no tenían obligaciones oficiales durante su permanencia en la isla, así que aprovecharon la oportunidad para adaptarse al clima del Nuevo Mundo y hacer turismo. Martinica era una de las colonias más antiguas de Francia, fundada justo un siglo antes para el cultivo del café y el azúcar que abastecían la floreciente afición gala por las cafeterías. Bouguer y La Condamine inspeccionaron la industria azucarera y las
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plantaciones de café isleñas. Las segundas debían su existencia a varias plantas de café que Antoine de Jussieu, hermano de Joseph, había enviado a Martinica en 1722. Joseph de Jussieu, por su parte, estaba maravillado ante aquella copiosa variedad de frutas y plantas tropicales en su propio medio nativo, fuera ya de los estériles confines del Jardín Real. También se sintió reconfortado al comprobar el nulo efecto que le causaba el opresivo calor por el que los demás se quejaban y desfallecían: «El calor de este país, aunque bastante intenso, no me es en absoluto intolerable, y creo que me acostumbraría con facilidad al clima tropical», le escribió a su hermano Antoine. Una vez cansados de las visitas turísticas, los científicos comenzaron a crear sus propios proyectos de trabajo: ascendieron y midieron el ya mensurado monte Pelée, volvieron a calcular las ya bien establecidas latitud y longitud de Fort Royal y enviaron a Francia muestras de plantas que el Jardín Real ya poseía[7].
A finales de junio, Meschin ya estaba listo para partir de Martinica al Santo Domingo francés, donde la expedición tendría que buscar otro barco que la llevara a la costa sudamericana. Sin embargo, la salida de los científicos de Martinica no iba a transcurrir tan plácida como su llegada. Godin, de un modo que iba a ser cada vez más habitual e irritante, le pidió 600 livres adicionales al intendente para el pago de «gastos». Entonces, en la víspera de la partida, uno de los pasajeros de Le Portefaix, un guardia suizo, cayó enfermo de fiebre amarilla y, al día siguiente, La Condamine también presentó los síntomas. El buque no podía aguardar hasta su recuperación completa, así que La Condamine fue «sangrado, purgado, curado y embarcado en veinticuatro horas».
Le Portefaix salió de Fort Royal en la tarde del 4 de julio, con rumbo noroeste, para dar el pequeño salto que lo separaba de la parte francesa de la isla de Santo Domingo (La Española). Unos pocos días después, Meschin anotaba: «Me hallé en la costa de Santo Domingo, que estaba cubierta de niebla». Esta niebla no permitía divisar los puertos ni los peligros para la navegación. El barco costeó tres días hasta que se allegó a tierra el día 11, en Fort Saint Louis. No era el destino último de los científicos en la isla; ese iba a ser Petit-Goâve, entonces capital de la colonia francesa de la isla, en la costa opuesta de la península meridional que hay al oeste de La Española.
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Mientras Le Portefaix esperaba que se disipara la inusual niebla veraniega en Fort Saint Louis, los miembros de la expedición inauguraron una costumbre que se iba a demostrar arriesgada: dividirse, incluso ante el peligro, por el mero deseo de satisfacer caprichos individuales. Le Portefaix dejó atrás su puerto transitorio, el día 21, sin Godin y sin La Condamine, que habían decidido cruzar a pie la península para realizar observaciones astronómicas[8]. Era una excursión menor a través de un territorio ya bien batido por los viajeros, pero puso en evidencia el volátil liderazgo de Godin: llegados a una nueva tierra extraña, sacrificaba la cohesión de su equipo en pos de un objetivo superfluo.
Godin y La Condamine se reunieron con los demás miembros de la expedición gala en Petit-Goâve, el 29 de julio, para esperar un barco que los llevara al encuentro previsto en Cartagena de Indias. El gobernador del Santo Domingo francés, el marqués de Fayet, los había estado esperando desde que recibió órdenes de Maurepas para que les prestara toda la ayuda posible. Fayet dio orden de descargar los efectos de los científicos, de encontrarles alojamientos apropiados y de proporcionarles sirvientes, esclavos y equipo adicional para el resto de su viaje.
Mientras Fayet aprestaba la expedición para su llegada al continente, también se ocupó de buscar un barco que la llevara allí. Escribió al capitán general de la mitad española de la isla pidiéndole un barco que pudiera transportar a los científicos a Cartagena. El capitán general le contestó que no tenía ninguno disponible, pero que daría permiso para que los pudiera llevar un barco francés. Esto se adaptaba perfectamente a las instrucciones de Maurepas de tratar de comerciar con los españoles utilizando un buque francés, pero Fayet no tardó en descubrir que no había ningún barco del tamaño requerido para transportar a los científicos y su equipamiento. «A pesar de todas las medidas que he tomado para su viaje —se quejaba a Maurepas—, no hay nada más difícil que encontrar un buque lo bastante grande para que quepan todos sus equipajes»[9]. No se podía poner a Le Portefaix de nuevo al servicio de la expedición, ya que debía partir el 11 de agosto hacia Luisburgo, y los demás barcos presentes en el puerto eran demasiado pequeños. Los científicos iban a tener que esperar.
Durante la estancia forzosa de los científicos en el Santo Domingo francés, emprendieron la selección de los sirvientes y esclavos que los
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acompañarían al continente. Bouguer, acostumbrado, como todos los caballeros de la época, a contar con servicio, había perdido a su sirviente por una enfermedad, así que para ocupar su lugar contrató a un inteligente individuo llamado Grangier, a quien enseñaría agrimensura y que, más adelante, volvería a la colonia francesa de Santo Domingo como agrimensor real. Los científicos también compraron tres esclavos para transportar sus equipajes y desempeñar otras labores. En la época, la compra de seres humanos no difería mucho de comprar ganado. En el Santo Domingo francés, el procedimiento era especialmente sencillo, ya que la colonia contaba con la mayor población esclava de todo el Caribe, mucho más numerosa que los blancos de la isla. En Petit-Goâve había seiscientos blancos y dos mil esclavos[10]. Después de un siglo de explotación agrícola, Francia todavía tenía que importar cada año enormes cantidades de esclavos del África occidental porque en las plantaciones estos morían —por enfermedades, sobrecarga de trabajo o palizas— a un ritmo muy superior a su natalidad.
Ninguno de los científicos dejó registrada su opinión sobre la inenarrable crueldad con que los dueños de las plantaciones reaccionaban a la menor de las infracciones. Podemos estar seguros de que no habían presenciado, hasta entonces, un nivel de brutalidad semejante; de hecho, es probable que en Francia nunca hubieran sido testigos, en persona, de la esclavitud. En teoría, todo esclavo que llegase de las colonias a la Francia metropolitana era puesto en libertad de inmediato: «en Francia no hay esclavos», se decía. Sin embargo, algunos esclavos transportados a los grandes puertos esclavistas de Nantes y Burdeos no quedaban libres, sino que les ponían a trabajar, de puertas adentro, como sirvientes domésticos. En general, el Gobierno francés prefería mantener a los negros en las colonias y lejos de la mirada del pueblo francés, escamoteándole de la vista la verdadera fuente de la riqueza y el poder de su país[11].
No todos los africanos del Santo Domingo francés eran esclavos. Uno en concreto, una mujer libre de nombre Bastienne Josèphe, era la propietaria de un burdel del que Godin no tardó en convertirse en un visitante privilegiado. Tenía inclinación por una prostituta llamada Guzan, cuyos gustos rayaban la extravagancia. No es de extrañar que Godin aprovechara la primera oportunidad para caer en el adulterio; una de cada
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siete mujeres no esclavas de la isla era prostituta y, en palabras de un testigo contemporáneo, por toda la isla «uno está rodeado por la más peligrosa de las seducciones, la que no rechaza al deseo»[12].
En sí mismo, el adulterio de Godin no era una razón auténtica para alarmarse, pero al poco comenzó a gastarse el dinero de la expedición en sus galanteos. Contribuyó al sostén económico de Guzan e incluso llegó a ordenarle a su dibujante, Morainville, que le pintara retratos de Guzan y de Bastienne Josèphe. La gota que colmó el vaso fue cuando Godin empleó los fondos cada vez más exiguos de la expedición para comprarle a su amante un diamante valorado en 1000 escudos (3000 livres o 27 000 dólares actuales). Aquello impactó incluso al apacible Jussieu, quien hasta entonces había tenido una disposición algo favorable hacia Godin. En una carta a su hermano Antoine, Jussieu escribía:
El Sr. Godin, nuestro jefe […], desde hace algún tiempo ha dejado a un lado la astronomía para ocuparse de un asunto más urgente. Está completamente dedicado al amor; espero que su mujer no se entere de la infidelidad de su Adonis, ya que podría pensar en tomar venganza
[…]. Un montón de dinero está siendo gastado en la satisfacción del apetito de la joven dama y su galán no le niega nada […]. Nosotros lo vemos y lo sufrimos; yo me encojo de hombros y pienso en cosas de botánica[13].
Godin negaría más tarde la compra del diamante y aduciría que los mil escudos eran solo el dinero que manejaba directamente y que utilizaba para pagar el alojamiento de la expedición. Era una mentira patente, pero para entonces los demás ya sabían lo que podían esperar de él.
El comportamiento de Godin, cada vez más excéntrico desde la llegada de la expedición al Nuevo Mundo, había llegado a crear una tensión incluso mayor que durante el cruce del Atlántico. Cuando todavía estaban en Martinica, Seniergues había escrito a Francia afirmando que él mismo, Couplet, Morainville y Hugo estaban ya al borde de abandonar la empresa por cómo los maltrataba. El cabeza de la expedición también les negaba a los miembros subordinados el dinero que necesitaban para sus gastos básicos, de manera que los obligaba a recurrir a sus oficios para ganarse la vida en lugar de atender a la misión. Verguin, oficial militar experimentado, fue el único entre los subordinados que plantó cara a Godin y no actuó al dictado de sus caprichos. La Condamine y Bouguer, obviamente en el mismo nivel que Godin, se daban cuenta de lo que estaba pasando, pero no hicieron nada para remediar la situación[14].
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En lugar de tomar medidas para evitar que la animadversión se extendiera entre su equipo, Godin les devolvía las acusaciones a sus subordinados. En las cartas que enviaba a Francia defendiéndose, afirmaba que sus acciones tenían buenos motivos, pero sin explicarlos en ningún momento. También se quejaba, con petulancia, de que las suspicacias y los rumores eran para él un insulto.
A la vez que se ve privado de la simpatía de los demás expedicionarios, Godin dejaba también entre los gobernantes de las colonias una triste impresión. Un aristócrata comentó: «… [los científicos] llevan mucho dinero con ellos a la América Meridional [y] han gastado algo en Cap François antes de su partida […]. Si no abandonan sus aires altaneros, corren el peligro de verse en situaciones incómodas»[15].
Cerca del final de su estancia de tres meses en el Santo Domingo francés, el propio Fayet se quejaba a Maurepas. Le dijo al ministro que la colonia se había gastado casi 30 000 livres en la expedición, de ellas 17 000 pagadas directamente a Godin, y que, si se contabilizaba la alimentación, el alojamiento y demás, el gobierno del Santo Domingo francés había empleado más de 150 000 livres, más de un millón de dólares actuales. A medida que iba recibiendo estas cartas y otras noticias sobre las cosas que le acontecían a la expedición, Maurepas se fue dando cuenta de que medir la Tierra iba a costar una fortuna. Tal vez entonces comprendió que aquello se debía a su decisión de otorgar a Godin un poder sin restricciones, unida al error concomitante de no haber tomado la sencilla precaución de que una persona guardara el dinero en calidad de tesorero y que otro individuo fuera responsable de los gastos. Sin embargo, ya era demasiado tarde para poner remedio; Maurepas tendría que confiar en que la providencia evitara que la expedición acabara en un fiasco[16].
Los miembros de la misión geodésica hicieron lo que pudieron para entretenerse mientras esperaban a que su barco estuviera listo. Godin, La Condamine y Bouguer enviaron por separado cartas a Francia acerca de sus experimentos con el péndulo de Graham, unos informes que se publicaron en las memorias de la Academia del año 1735. Jussieu conseguía y clasificaba semillas para enviarlas a sus hermanos. Su estado de ánimo, que había mejorado mucho durante el viaje oceánico y el tiempo
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en Martinica, luego se había sumido en la depresión. Godin escribió que Jussieu estaba de un «humor algo negro» y Seniergues, cada vez más preocupado por su amigo, temía que se hubiera sumido «en la melancolía»[17]. Es probable que hoy a Jussieau le diagnosticasen desorden bipolar, una enfermedad mental grave marcada por caídas en la depresión y la ansiedad. Las fluctuaciones del estado de ánimo pueden ser provocadas por cambios ambientales, estrés o causas desconocidas; en este caso, la depresión de Jussieu bien pudo ser producto de las crecientes fricciones con Godin, compartidas con el resto de la expedición. Para Jussieu y los demás, la estancia en Santo Domingo, en un primer momento placentera, se estaba convirtiendo en una ordalía que no parecía tener fin.
El socorro de los tensionados expedicionarios llegó el 30 de septiembre, cuando el bergantín Vautour de 16 cañones llegó de Rochefort bajo el mando del teniente Louis du Trousset, conde d’Héricourt. Sus servicios fueron contratados sin pérdida de tiempo para el viaje de los científicos. En tamaño, el Vautour, un buque construido para emplearse en el Santo Domingo francés, era la mitad de grande que Le Portefaix, justo lo suficiente para transportar a los científicos y su equipo junto a una docena de pasajeros y una guarnición de soldados suizos, pero, dadas las circunstancias, tendría que servir. Héricourt, obedeciendo instrucciones confidenciales de Fayet, pasó el mes de octubre cargando en el Vautour, además del equipaje de los científicos, productos textiles y otras mercancías de contrabando que almacenó en secreto en las bodegas inferiores para venderlas en la América española.
El 31 de octubre la expedición partió de Petit-Goâve e inició el que vendría a ser un viaje tedioso de dos semanas hasta Cartagena de Indias. Allí se reunirían con los tenientes españoles Juan y Ulloa, que llevaban esperándolos desde julio. La Condamine logró escapar de la monotonía desde que reconoció al segundo oficial del buque, Jean-Baptiste Sinetti. Este era un poeta aficionado de cierto renombre y amigo mutuo de Voltaire. La Condamine le escribió más tarde a este último: «… hablamos sin cesar de vos durante el viaje. Era nuestro único pasatiempo, aparte de recitar pasajes de [vuestros dramas], y el único modo de engañar al aburrimiento»[18].
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A diferencia de las hazañas propias de aficionados de los científicos franceses, el viaje de los dos oficiales españoles había sido profesional, eficiente y sin sobresaltos. El Nuevo Conquistador y el Incendio habían navegado en estrecha compañía a través del Atlántico con una velocidad media de cinco nudos, alrededor de ciento veinte millas náuticas diarias. Tuvieron varias jornadas con el viento en calma; Ulloa anotó el 7 de junio que solo habían viajado dieciséis millas en veinticuatro horas, un ritmo propio de un paseo de placer. El 2 de julio, el azul del océano abierto mudó en el verde esmeralda de las aguas costeras, y el 7 de julio ambos barcos pasaron por la entrada de Boca Chica a la bahía de Cartagena, la rada de la gran ciudad de Cartagena de Indias[19].
El Nuevo Conquistador y el Incendio permanecieron anclados dos días mientras el gobierno local preparaba el recibimiento oficial del nuevo virrey del Perú. Por fin, el 9 de julio estuvo ya todo listo en tierra. En primer lugar, a las seis de la mañana, el comandante de la ciudad disparó una salva de nueve cañones a la que contestó el saludo de siete cañones del Nuevo Conquistador. Los navíos se amarraron despacio al muelle y comenzó el desembarco de los oficiales, la tripulación y el equipaje. A las cuatro de la tarde, el marqués de Villagarcía puso pie, majestuosamente, en el suelo de su nuevo reino, entre vivas al rey y cañonazos de la ciudad y de los dos barcos[20].
Mientras se mostraban a Villagarcía y a su séquito sus alojamientos, Juan y Ulloa buscaron al gobernador de la ciudad y le preguntaron si tenía alguna noticia «de los científicos parisienses». Como todavía no se sabía nada de ellos, los dos oficiales se ofrecieron para cartografiar la ciudad y establecer su longitud, tal como les había indicado Patiño. Una vez alojados en una espléndida casa frente al mar, se pusieron a trabajar realizando mediciones de la urbe durante las horas diurnas y observaciones astronómicas de noche[21].
Ulloa, ayudado por el recuerdo de su visita en 1730 a la magnífica ciudad amurallada, le sirvió a Juan de guía. Entonces tenía más de doscientos años y había sido fortificada y reconstruida varias veces gastando enormes sumas. Según la leyenda, en la década de 1580 el rey
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Felipe II había llegado a decir que las murallas de la ciudad tendrían que poder verse desde la propia España, habida cuenta de lo que habían costado. En el momento de su máximo esplendor, Cartagena había estado en el cogollo del paso del oro y la plata del Perú hacia España, pero desde 1700 el ritmo de llegada de los galeones del tesoro había decaído algo por el agotamiento de las minas. Aunque continuaba siendo el intercambiador caribeño del virreinato del Perú, la reducción del comercio oficial de la colonia, es decir, del número de buques que transportaban metales preciosos y otras mercancías, se debía a que gran parte se hacía ahora de contrabando, lo que provocaba un choque continuo entre los contrabandistas y las autoridades locales[22]. De todos modos, la importancia estratégica y comercial de la ciudad la convertían todavía en un objetivo apetecible para una invasión. El último gran ataque había sucedido en 1697, por unos corsarios franceses con base en el Santo Domingo francés, y todavía se miraba con recelo a los buques de guerra extranjeros que pudieran entrar al puerto.
El amenazado pasado de Cartagena era bien conocido por Villagarcía, a quien no se le ocultaba que sus principales obligaciones como nuevo virrey eran reducir el contrabando y defender el virreinato que tenía encomendado frente a posibles invasores. Su estancia en Cartagena iba a ser necesariamente breve, pero de la máxima importancia. La ciudad venía a ser la capital de la región septentrional del Perú, que abarcaba las actuales Colombia y Venezuela, y el control que de ella se ejercía desde Lima era tenue (de hecho, de 1717 a 1723, la Corona española había desgajado esa región para formar, de modo transitorio, el virreinato de Nueva Granada). Por razón de la distancia y los peligros del viaje, Villagarcía no estaba seguro de que fuera a volver a la ciudad, así que la visita le dio la oportunidad de tomar contacto directo con su circunstancia y de asentar su autoridad personal en las mentes de los funcionarios del gobierno local. Pasadas dos semanas, Villagarcía y su flota estaban ya listos para la siguiente fase de su viaje a Lima. El 25 de julio, el virrey abordó el Nuevo Conquistador, que lo llevaría a Portobelo para cruzar el istmo de Panamá y luego bajar por la costa del virreinato haciendo parada en varios puertos, tras lo cual llegaría por tierra a la capital, Lima. El viaje le iba a llevar un semestre. Mientras el Nuevo Conquistador se preparaba
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para partir, Juan y Ulloa subieron a bordo una última vez a presentar sus respetos al virrey. Era evidente que ambos marinos habían creado un estrecho vínculo con este durante el largo viaje y la breve estadía en Cartagena, y que habían conseguido ganarse su apoyo para la misión. No sabían si volverían a verlo de nuevo —viajar a Lima no estaba en sus planes—, así que se despidieron de él de forma definitiva[23].
En septiembre Juan y Ulloa ultimaron sus mediciones de Cartagena y presentaron los mapas a los ingenieros de la ciudad. Habían pasado dos meses sin noticias de los científicos franceses y los españoles ya no tenían ninguna tarea oficial que cumplir, aparte de redactar alguna carta ocasional a Patiño para mantenerlo informado de la espera[24].
Fue por entonces cuando Juan y Ulloa comenzaron a llevar sendos diarios personales de su viaje por el Nuevo Mundo. Las instrucciones originales de Patiño solo pedían «[in]formar a diario de todo lo que acaeciere en el discurso de su navegación […]. Levantarán planos de las ciudades y puertos […]». También les ordenaba determinar las latitudes y longitudes de las ciudades y los puertos y el examen de «plantas o yerbas». Sin embargo, los oficiales decidieron pronto anotar también «descripciones de las ciudades, reinos y provincias, las costumbres de sus moradores, las utilidades de sus comercios y el estado de sus fortificaciones»; «los apuntes necesarios para formar la descripción del gobierno civil y político de aquellos parajes, con lo concerniente a los indios o naturales», y en «general qué se hace con los efectos que se llevan desde Europa, con la distinción del comercio lícito y del ilícito»[25].
Las notas de Juan y de Ulloa iban a ser mucho más que unos diarios de viaje al uso. Ambos tenientes demostraron dotes de observación excepcionales y una lucidez insospechada para su edad. Esto no significa, de todos modos, que fueran neutrales. Se habían formado como oficiales navales en la Academia de Guardias Marinas, una de las instituciones educativas más sobresalientes de la Ilustración, y les habían inculcado que el pensamiento científico y racional era el medio de resolver los problemas, tanto en el ámbito social como en el matemático. Además, habían crecido en una era en la que la necesidad de reformas políticas podía mascarse en el aire, en especial en lo que concernía a las colonias, donde las poblaciones indias estaban sojuzgadas por la Iglesia y los
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terratenientes. El padre de Antonio, Bernardo de Ulloa, fue uno de los partidarios más reconocidos de la reforma del sistema, y esto, obviamente, repercutió en los puntos de vista de su hijo[26]. Así pues, mientras disfrutaban de las vistas de Cartagena, los dos oficiales no apartaron tampoco la vista de la corrupción, los comportamientos deshonestos y la opresión de los indígenas.
El ocio forzoso de los oficiales hispanos en Cartagena les permitió observar de cerca a los habitantes del virreinato. Lo que descubrieron les sorprendió. Aunque gobernada por la Corona española, la población del Perú había tenido doscientos años de una evolución cultural que la hacía tan distinta de los españoles como los estadounidenses actuales lo son de sus antiguos gobernantes británicos. Lo primero que Ulloa y Juan advirtieron fue la compleja jerarquía social que se había creado entre los distintos grupos raciales, entreverada con las habituales diferencias por nobleza, origen regional o profesión.
Las diferencias entre blancos, negros e indios estaban finamente matizadas en el Perú colonial. Los blancos estaban en el estrato superior coronado por los «españoles de España» o «chapetones», llegados de la madre patria, en general, para cubrir algún puesto en la administración o con la intención de reunir una pequeña fortuna y volver a España, según observó Ulloa. También eran los menos numerosos[27].
El escalón inmediatamente inferior lo formaban los criollos, los españoles nacidos en América, las familias «que poseen los bienes de tierras y haciendas, y entre estas hay algunas de mucha distinción porque sus ascendientes pasaron a aquellos parajes con empleos honoríficos»[28]. Estos se pensaban superiores a los chapetones, aunque a simple vista solo se diferenciaban por sus acentos. Los criollos, a menudo muy instruidos y de un orgullo extremado, sentían hacia los llegados de España una mezcla de admiración, celos y desdén. Aunque los criollos tuvieran una sólida formación clásica y conocieran las peculiaridades del territorio, la Corona casi siempre elegía chapetones para los cargos de mayor responsabilidad.
Los negros estaban por debajo de los blancos en la jerarquía social del Perú colonial. La mayoría (aunque no todos) eran esclavos y su presencia debió resultarles familiar a Juan y a Ulloa. A diferencia de lo que sucedía en Francia, en España la esclavitud se practicaba abiertamente,
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especialmente en la región de origen de Ulloa, Andalucía. Aunque el matrimonio entre negros y blancos era algo desconocido en la Península, sí tenía lugar ocasionalmente en la América española, en la que los esclavos no trabajaban necesariamente en las plantaciones, sino que formaban parte del servicio doméstico de los blancos. Se llamaba mulatos a los niños fruto de esas uniones, y existían denominaciones específicas según el porcentaje aparente de «sangre africana» que fluyera por sus venas.
Ulloa y Jorge Juan también dejaron testimonio de la posición de subordinación que ocupaban los indios en la jerarquía social del Perú. Aunque no eran formalmente esclavos, muchos de ellos eran forzados por los blancos a trabajar en minas, manufacturas y plantaciones, a menudo en condiciones infrahumanas y siendo víctimas de abusos físicos horrendos. Los cholos o mestizos, mezcla de blanco e indio, estaban algo más arriba en la escala social que los indios puros, pero también eran discriminados por los blancos. En la época en que la misión geodésica se encontró en el Perú, formaban un tercio de la población y ya eran mayoría en muchas áreas urbanas[29].
La estratificación social de las etnias del Perú colonial era casi incomprensible a ojos de los forasteros. Para los primeros conquistadores que iban en busca de fortuna, los indios fueron ayudas o impedimentos en sus empresas, indistintos de los animales domésticos. Privar de alimento o golpear a un indio para que obedeciera era igual que domar un caballo o adiestrar un perro. En el Quinientos, el fraile dominico Bartolomé de las Casas, que trabajó en el área del Caribe, México y la actual Centroamérica, había sido el crítico más destacado del trato que se daba a los indios. Su denuncia dio pie a una investigación de la Corona que evidenció la destrucción de los pueblos indígenas y la esclavización de sus gentes. En 1552 publicó un afamado libro que fue traducido a muchas lenguas, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en el que publicaba los horrores —en su mayor parte ciertos, algunos imaginados— que acompañaron el gobierno de los conquistadores en la región, desde México a Chile. Tanto sus testimonios personales como sus crónicas impresas (ilustradas con representaciones gráficas de indios siendo golpeados, cazados o asesinados) fueron decisivas para poner límite a la esclavitud de los indios[30]. Sin duda, Juan y Ulloa se veían a sí mismos,
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en su afán apasionado por la reforma, como los continuadores naturales de Las Casas, un impulso que los llevaría a escribir las críticas más mordaces de la cultura de la América española.
Las observaciones sociales de Juan y de Ulloa se vieron interrumpidas en la noche del 15 de noviembre de 1735, cuando los miembros franceses de la expedición llegaron por fin en el Vautour, que quedó fondeado en el exterior de la Boca Chica. A la mañana siguiente, los oficiales acudieron al barco a dar la bienvenida a sus nuevos compañeros. Al subir a bordo se encontraron con un grupo completamente distinto del esperado. La lista que el gobierno español les había entregado, lamentablemente desfasada, solo incluía a cinco individuos: Godin, La Condamine, Grandjean de Fouchy, La Grive y Pimodan. Solo dos de estos se encontraban allí y el número total se había duplicado. No había problema, las autoridades tendrían que solventar la confusión. Aquel era un momento para la ciencia, no para la burocracia. Una vez reunido todo el personal de la expedición, se hicieron las presentaciones.
Las primeras impresiones sobre los españoles fueron diversas. Juan y Ulloa hablaban un francés pasable, el que podía esperarse de cualquier europeo con educación, y Jussieu vio en ellos a dos «caballeros amistosos de carácter en extremo dulce, muy sociables, bien criados y muy duchos en matemáticas». La Condamine, que de soldado había luchado contra los españoles, fue más condescendiente: «Así se empieza en España, con gentes que solo llevan de pacotilla al Perú su amor por la física»[*]. En cuanto a Jorge Juan y Ulloa, no dejaron registro de sus impresiones y se limitaron a anunciar la llegada de los franceses en una carta a Patiño[31].
Ahora que estaba reunida toda la compañía, sus integrantes debatieron sobre la fase siguiente del viaje. No estaba del todo claro si, de acuerdo con el plan original, tomarían la ruta marítima hasta Quito. Había abundantes argumentos a favor de la ruta terrestre, bajando por los Andes. Al final, el grupo decidió atenerse al primer plan y proveerse de los fondos adicionales necesarios para el viaje. Godin buscó al corresponsal en Cartagena de la firma bancaria francesa Casaubon, Béhic et Compagnie, con la que Maurepas había arreglado una línea de crédito de 4000 pesos. Después de los derroches de Godin en Santo Domingo, a la expedición solo le quedaban 9000 livres, así que las nuevas cartas de crédito
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incrementarían sus fondos en lo que hoy serían unos 260 000 dólares, una cantidad que debía bastar para los gastos previsibles. Juan y Ulloa, por su parte, recibieron de la tesorería española sus pagas atrasadas.
El grupo se volvió a reunir en el Vautour el 24 de noviembre, ocho días después de la llegada de los científicos, y partió hacia Panamá, donde recaló en Portobelo el día 29. Desde allí cruzarían el istmo a pie y luego bajarían hacia el sur por la costa oeste del continente. Habían pasado seis meses desde la salida de Europa y todavía no estaban siquiera en el Pacífico[32].
Una vez llegada a Panamá, la expedición necesitó más tiempo para preparar el siguiente tramo del viaje. El Atlántico y el Pacífico están separados por solo 70 kilómetros en la parte más estrecha del istmo de Panamá, pero las empinadas montañas y la increíble espesura de la jungla convertían el paso entre los océanos en un penoso viaje en bote fluvial y en mula. Una vez desembarcado el equipaje en Portobelo, el grupo empleó varias semanas en conseguir los botes necesarios y cargarlos. Las autoridades de Panamá, obedeciendo al pie de la letra las instrucciones originales de la corte española, midieron las varas y las pulgadas exactas de cada cajón, desempacaron el contenido e inventariaron el lote completo. Después de buscar el posible contrabando, anotaron la presencia de seis esclavos y siete sirvientes: cinco de los científicos franceses, dos de los oficiales españoles[33].
En ese lapso de espera para iniciar el cruce del istmo, los científicos no encontraron en aquella mísera población portuaria gran cosa que los entretuviera. Es cierto que Portobelo tenía fama merecida por las espectaculares ferias comerciales que celebraba cada pocos años, cuando llegaba la Flota del Tesoro para transportar oro y plata a España. Durante dos meses la ciudad se llenaba de comerciantes españoles, británicos y holandeses que vendían lo último en ropas europeas, telas, alimentos y otros artículos a ávidos compradores que luego los revendían, con pingües ganancias, a los colonos del Perú, siempre atentos a la moda. Sin embargo, el resto del tiempo, Portobelo era solo un escuálido pueblo con mercado al borde de la jungla en el que las serpientes, los cerdos e incluso alguna pantera vagaban por las calles. Jussieu se quejaba de la interminable espera y aducía que, aunque la ciudad tenía un buen puerto, era el «lugar
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más indigno y malsano del universo». Por otro lado, Morainville cayó enfermo, la comida era terrible y el grupo gastaba cada día para subsistir una suma equivalente a mil dólares actuales[34].
Un mes después de la llegada, localizaron por fin dos barcas grandes de fondo plano y comenzó el viaje remontando el río Chagres, siguiendo en parte la ruta del actual canal de Panamá. En la ciudad de Las Cruces mudaron las barcas por el transitado sendero que se usaba para transportar la plata y el oro del Perú desde el Pacífico hasta la Flota del Tesoro que aguardaba en el Caribe. Cuando el 29 de diciembre llegaron a Panamá, situada en la costa del Pacífico y capital de la colonia, descubrieron que sería necesaria otra espera, esta vez a un barco que pudiera llevarlos al Perú. Mientras tanto, los franceses comenzaron a aprender español. Jussieu lo aprendió con especial rapidez y pronto supo «hablarlo con fluidez suficiente para hacerse entender»[35].
Durante la espera al pasaje para bajar por la costa oeste de Sudamérica, una torpeza de Maurepas —esta vez, más por codicia que por precipitación
— volvió a acercar la misión geodésica al borde del desastre. Aunque los científicos franceses no lo sabían, el Vautour continuaba aún en Portobelo y Héricourt había enviado a un grupo de hombres a tierra a vender el valioso cargamento textil que transportaba de contrabando. El grupo fue rápidamente detectado y apresado, y Héricourt tuvo que recurrir a la represalia de apresar a varios marineros españoles. Después de un apresurado intercambio de prisioneros, Héricourt abandonó Portobelo y puso rumbo a Cartagena de Indias, donde comenzó a vender su mercancía a los indios lugareños. Sin embargo, las autoridades no le creyeron cuando les dijo que las cajas y cajones que transportaba no eran más que equipaje destinado a los científicos, y mandaron a Quito el encargo de que se interceptara a los miembros de la expedición por el camino para comprobar que su bagaje no contuviera mercancía de contrabando.
Los científicos sabían hasta qué punto era crucial tener una buena relación con las autoridades de la colonia, pero en aquel momento los funcionarios de Quito ya sospechaban que los franceses hacían contrabando antes de que llegaran a la ciudad. La expedición tenía sobre sí, de pronto, una enorme tacha negra, sin que sus miembros sospecharan siquiera qué había sucedido. Héricourt era perfectamente ignorante del
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daño que había causado. Regresó al Santo Domingo francés, donde el comisionado de la colonia envió noticia del éxito de su misión a Maurepas:
Si los británicos o los holandeses se vieran en una posición similar, no hay duda de que habrían aprovechado la oportunidad de procurarse un acceso tan fácil a un territorio que puede llegar a ser tan rico por las minas y su comercio como puedan serlo las demás provincias de América. Los valientes indios que hasta hoy no han podido ser subyugados por los españoles y que son sus enemigos irreconciliables desean y apoyarían un establecimiento tan ventajoso para Francia[36].
Los científicos aguardaron en Panamá dos meses hasta que encontraron un buque mercante que podía llevarlos a Guayaquil, la única puerta de entrada costera hacia su destino final en el interior, Quito. El 22 de febrero de 1736 zarparon en el San Cristóbal, capitaneado por un tal Juan Manuel Morel. Para entonces, cada uno de los expedicionarios era ya un veterano matelot (en francés, marinero; originalmente, «compañero de cama», puesto que cada camastro era compartido por dos hombres: uno de servicio en cubierta mientras el otro dormía). Advirtieron que el capitán del buque, aunque experimentado, apenas sabía observar las estrellas y era descuidado en el manejo de la nave. Temiendo por su seguridad, decidieron tomar cartas en el asunto. Según indica Ulloa, hicieron «guardia de babor y estribor, y nuestros criados hacían lo mismo cuidando el timón ínterin que el timonero dormía»[37].
La inquietud a bordo del San Cristóbal se multiplicaba por las tensiones entre Godin y el resto del equipo, que no habían hecho más que empeorar desde Santo Domingo. Las discusiones sobre cómo realizarían la misión eran interminables. En concreto, La Condamine y Bouguer insistían, a pesar de las objeciones de Godin, en tomar tierra en el puerto de Manta, en el norte de la costa del Pacífico del virreinato y cerca de la línea ecuatorial, para efectuar observaciones astronómicas. Godin, en cambio, quería continuar sin paradas hasta Guayaquil, el principal puerto de la costa norte del Perú y la vía de entrada a la única ruta accesible hasta Quito. En una carta que envió a los hermanos de Jussieu, Antoine y Bernard, Seniergues les transmitió el citado plan de La Condamine y Bouguer —hacer una parada en Manta— y llegó a revelar el estado desastroso al que habían llegado las relaciones.
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El Sr. La Condamine ya ha dicho delante de todos que, si nadie más quiere detenerse allí, él lo hará por su cuenta y seguramente el Sr. Bouguer lo acompañará. El Sr. Godin y los demás no se hablan desde hace algún tiempo. Pelean como perros y gatos y se esconden mutuamente [los apuntes de] sus observaciones. No es posible que puedan terminar este viaje juntos.
Antes de que la misión propiamente dicha hubiera comenzado, las costuras parecían ya a punto de estallar[38].
Las riñas continuaron mientras el San Cristóbal proseguía su navegación por la costa en dirección sur, hacia Manta. El barco cruzó el ecuador en la noche del 7 al 8 de marzo y, en la tarde del día 10, echó el ancla en el puerto de Manta. En aquel punto la tripulación se rompió en dos, una escisión de la que no llegaría a recuperarse nunca.
Al llegar a Manta, La Condamine y Bouguer insistieron en permanecer en la región durante un periodo prolongado, mientras que Godin —que solo había accedido a la escala a su pesar— estaba resuelto a zarpar de inmediato hacia Guayaquil, donde debían tomar la única ruta accesible hasta Quito. Bouguer y La Condamine pensaban que la estancia que proponían era necesaria para cumplir con las órdenes acordadas con el Gobierno español: «… determinarán la posición exacta de la costa del Perú», una labor que confiaban poder llevar a cabo en el lugar más cercano al ecuador que fuera posible[39]. También estaban convencidos de que toda la medición geodésica —el trazado de la larga base fundamental y la triangulación subsiguiente a lo largo de más de trescientos kilómetros— sería más fácil en la costa que en las montañas. Godin, en cambio, no quería desviarse del itinerario que todos los expedicionarios, además de los gobiernos de Francia y España, habían acordado en origen.
La división entre Godin por un lado y Bouguer y La Condamine por el otro llevaba largo tiempo fraguándose. Cuando todavía no habían salido de Francia, ya era palmario que la expedición no podría funcionar bajo el incompetente liderazgo de Godin y que su falta de tacto hacia los demás era inaceptable. En Martinica casi se habían sublevado, y en el Santo Domingo francés las escapadas de Godin, en especial sus dispendios con Guzan a costa de la expedición, le privaron de cualquier traza de credibilidad. Ahora, el problema de las observaciones costeras no era más que una última cuña en la fisura.
Los demás miembros de la expedición tuvieron que decidirse entre Godin y sus dos colegas académicos. Ahora que habían llegado al Perú, los
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expedicionarios subalternos no tenían más opción que seguir a Godin (era su nombre el que figuraba en los pasaportes, no el de ellos, y todavía manejaba el dinero de la expedición), pero Bouguer y La Condamine pensaron que podían separarse del grupo y seguir por su cuenta. Juan y Ulloa, sin duda estupefactos ante el comportamiento propio de aficionados de aquellos distinguidos científicos, intentaron sanar las diferencias entre los tres. Aunque la intervención de los españoles fracasó, su imparcialidad les ganó el respeto de los miembros franceses de la expedición.
El enojo entre los tres científicos galos había llegado a tal punto que solo podían comunicarse por carta. Después de solo dos días de reconocimiento del área en torno a Manta, Bouguer le escribió a Godin una memoria en la que le enumeraba las ventajas de efectuar la medición geodésica en la costa y no en los Andes. El terreno era llano y fácil de atravesar, aducía, y el empleo de botes en lugar de mulas les abría la puerta a que el trabajo fuera más sencillo y, en concreto, el transporte mucho más fácil. La valoración de Bouguer parece demasiado optimista y tal vez puede interpretarse más como una rebelión contra Godin que como un diagnóstico objetivo de las opciones del equipo. Juan y Ulloa, más neutrales sobre el asunto en cuestión, reconocieron el mismo territorio y concluyeron que no era posible «practicar allí las operaciones geométricas que serían necesarias, por ser todo el país sumamente montuoso y pobladas sus montañas de árboles tan espesos y corpulentos que, sin otro embarazo más que ellos, hacían impracticable la empresa»[40].
En realidad, no importaba si la idea era buena o no; la insubordinación de Bouguer y La Condamine era de por sí elocuente. Jorge Juan y Antonio de Ulloa entregaron el mensaje de Bouguer a Godin, que no había desembarcado. Este se puso furioso y de inmediato expuso sus planes en una misiva de dos páginas que entregó a los oficiales españoles para que la llevaran a tierra. «Viendo como los señores Bouguer y La Condamine desean permanecer en el puerto de Manta sin mi consentimiento, y habiéndose negado a obedecer las órdenes […], me veo obligado a ir a Guayaquil tan pronto como sea posible». Godin les ofreció a los oficiales españoles la opción de quedarse allí, pero, como es obvio, estos atendieron el deber de seguir al jefe de la expedición. Al día siguiente, el 13 de marzo, Juan Manuel Morel levó el ancla y el San Cristóbal partió hacia el sur.
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Bouguer y La Condamine, según señalaron ambos oficiales en una carta a las autoridades españolas, resolvieron desembarcar «con algunos instrumentos suyos», un sirviente y dos esclavos[41]. Los dos científicos quedaban de este modo separados de la expedición y tendrían que llegar por su cuenta a Quito.
Abandonar a toda prisa Manta sin dos de los miembros del equipo fue la peor decisión que Godin pudo tomar, pero la verdad es que se limitaba a continuar la costumbre que había inaugurado en Santo Domingo, cuando se separó del grupo para viajar por tierra. Por su parte, la resolución de Bouguer y La Condamine de quedarse allí, había sido igual de deplorable: sin guías, no podrían saber qué plantas o animales eran peligrosos o venenosos, o cuáles eran comestibles. Los dos grupos iban a tomar cada uno su propia ruta por la costa occidental del virreinato, un territorio completamente extraño, potencialmente hostil y del que desconocían la geografía, las gentes o las numerosas lenguas. Al permitir que el equipo se dividiera ante estas importantes incógnitas, los tres científicos habían debilitado, arriesgándose a lo peor, su capacidad de supervivencia en aquel viaje y, sobre todo, de cumplir con la misión. Llegar a Quito se había convertido en un riesgo mucho mayor del que habían imaginado.
El San Cristóbal, aligerado por la ausencia de esos cinco hombres, continuó hacia el sur por la costa, en dirección a Guayaquil. Godin tenía prisa por llegar a la ciudad portuaria a tiempo para el eclipse lunar del 26 de marzo. En aquella época anterior al perfeccionamiento del cronómetro marino que iba a poder indicar con exactitud la hora en cualquier lugar durante las largas travesías oceánicas, los astrónomos determinaban la longitud de un lugar lejano anotando con precisión la hora local en que sucedía un evento astronómico —un eclipse lunar o solar, o el paso de las lunas de Júpiter por detrás de este— empleando un reloj situado en tierra y ajustado para ese lugar, tal como Richer había hecho en Cayenne. Entonces comparaban esa hora con la hora exacta en que se había registrado el mismo fenómeno en un observatorio situado, por ejemplo, en París o en Cádiz. Cada hora de diferencia entre la hora local y la hora del observatorio significaba una diferencia de quince grados de longitud entre ambos lugares. La expedición esperaba poder observar la hora, los minutos
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y los segundos precisos del comienzo y el final del eclipse, de modo que cuando volvieran a Europa podrían compararlos con los registrados en París y en Cádiz y conocer así la longitud exacta en la que se encontraba la costa del Perú. Por desgracia, aunque el San Cristóbal se dio prisa y llegó a la bahía de Guayaquil a tiempo para presenciar el eclipse, Godin la encontró cubierta de nubes y envuelta en neblina, de modo que fue imposible llevar a cabo observación alguna[42].
Los cielos encapotados habían arruinado las anheladas observaciones, pero la verdad es que la meteorología causó problemas más inmediatos a la expedición. Las lluvias aparejadas a aquellas nubes habían convertido la ciudad en un pantano, y el río Guayas[*] bajaba tan crecido que era impracticable para las grandes canoas que se iban a necesitar para el transporte del equipaje de los científicos durante la primera etapa de su viaje a Quito. Después de un ascenso de ciento treinta kilómetros por el río a base de paladas y a través de la selva para llegar a Caracol, tendrían que avanzar sesenta kilómetros por senderos de mulas a través de la cordillera occidental de los Andes para arribar a Guaranda, en las faldas del otro costado de la citada cordillera. A partir de allí, el terreno se allanaba en el amplio valle que separa las cordilleras oriental y occidental. Por ese valle transcurría una carretera que iba hacia el norte durante doscientos kilómetros más, bordeando el volcán Chimborazo y acabando en Quito. La ruta entre Guayaquil y Quito tenía mucho tránsito de personas y mercancías, y un viajero veterano ligero de equipaje podía cubrirla en poco más de una semana. En cambio, a aquellos científicos sobrecargados y carentes de experiencia, podría llevarles perfectamente un mes[43]. O algo todavía peor: antes de partir hacia Quito, iban a tener que esperar varias semanas hasta que el río fuera transitable.
Lo primero que tuvo que hacer la expedición en Guayaquil fue obtener fondos de la tesorería local, la Caja Real, usando las cartas de crédito que Godin había recibido en Cartagena de Indias. Las autoridades anotaron meticulosamente los pagos a Godin por separado de los que hicieron a Juan y a Ulloa; los primeros se consideraban préstamos que el gobierno colonial remitiría a Francia para su reembolso, los últimos serían sufragados por la tesorería española. Godin recibió 2128 pesos que se sumaban a los 1500 que había recibido en Panamá, un total equivalente a
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160 000 dólares actuales, de los que pagó 68 000 dólares a Morel por el flete del San Cristóbal. Juan y Ulloa recibieron sus salarios atrasados más gastos. Seniergues también repuso sus arcas gracias a una feliz operación de cataratas a un vecino acaudalado de la ciudad portuaria[44].
Hasta el final del mes de abril los europeos permanecieron en la anegada ciudad, consumiendo el dinero de que disponían mientras esperaban a que la crecida remitiera y fuera posible partir. El gobernador de Guayaquil, mientras tanto, envió noticia a su análogo de Guaranda pidiéndole que se bajara hasta Caracol una recua de ochenta mulas, y también envió una misiva al presidente de la audiencia de Quito en la que le informaba de la inminente llegada de la expedición. Una vez que por fin el cielo se despejó y bajó el nivel del río, la expedición seguramente ganó ánimos cuando le fue posible contemplar, desde la ciudad portuaria, las claras cumbres nevadas de los Andes que confiaba empezar a mensurar pronto.
El 3 de mayo, todavía ausentes La Condamine y Bouguer, la expedición comenzó la última etapa del viaje a Quito. Las posibles ilusiones renovadas tal vez se desvanecieron entre las nubes de mosquitos que acosaban a los expedicionarios día y noche en las barcas fluviales que los llevaban tierra adentro, hacia Caracol. Ulloa escribió quejoso en su diario:
En fin, ninguna diligencia quedó sin practicar: la humareda que se hizo allí toda la noche quemando varios árboles nos ahogaba por una parte y, por otra, no disminuía aquellos infernales avechuchos, que cada vez parecía [que] se acrecentaban. Pero luego que comenzó a amanecer se fue reconociendo recíprocamente, de unos a otros, el efecto de tales compañeros, pues las caras hinchadas y las manos ardiendo y llenas de gruesas ronchas daban muestra de la conformidad en que estaba lo demás del cuerpo adonde habían llegado.
Los porteadores se mantenían a base de plátanos y se entretenían con el juego, evitando con cuidado «las cantidades prodigiosas de caimanes, de hasta 18 y 20 pies de largo y un grosor proporcional» que tomaban el sol en las orillas[45].
Tras ocho días de batallar con las corrientes del río Babahoyo, la expedición llegó a Caracol. Los hombres cargaron laboriosamente en las mulas los cajones, cajas y barriles, pero se vieron obligados a dejar atrás una docena de cajas hasta que fuera posible conseguir una docena más de
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mulas. El sector cenital de 12 pies, cuidadosamente embalado por su fragilidad, tendría que ser llevado a mano todo el trayecto por seis indios.
La carretera de Caracol a Guaranda iba a ser la parte más traicionera del viaje de Guayaquil a Quito. La ruta por la cordillera occidental era estrecha en extremo (a veces no llegaba a 20 centímetros de anchura), empinada y fangosa; un paso en falso de las mulas podía precipitar a un jinete o una valiosa caja de instrumental astronómico por un barranco profundo. La verdad es que las mulas tenían una seguridad sorprendente en su andar y habían aprendido a deslizarse por pendientes pronunciadas mientras el jinete se limitaba a asirse a la albarda. En cualquier caso, los viajeros también tenían que hacer su parte; el camino se encontraba bloqueado a menudo por árboles caídos que no era posible cortar y empujar a un lado con facilidad, y en cada ocasión había que descargar las mulas para que estas pudieran pasar por encima de los troncos. Por la noche el grupo dormía al raso, aunque las nubes de mosquitos no habían aminorado[46].
Al cabo de cinco días caminando por los escarpados senderos de la montaña, el grupo llegó a Guaranda, capital provincial de Chimbo. Esta modesta población de alrededor de un millar de habitantes situada en las alturas de la cordillera occidental de los Andes era, de todos modos, una importante estación de parada en la ruta entre Guayaquil y Quito. La llegada de los científicos franceses, de la que los lugareños ya tenían amplia noticia, permitió que estos salieran al encuentro de la expedición cuando esta todavía se encontraba en la carretera. Verguin, consumido por tantos meses de penurias, confesó:
Continuamos la marcha hacia el pueblo con una docena de jinetes que se pusieron en cabeza de nuestra procesión para cumplimentarnos. Cuatro indios jóvenes se nos acercaron, vestidos de azul con fajas blancas, dando voces de alegría mientras oíamos las campanas y una especie de trompetas. Así fuimos conducidos a la casa del corregidor, donde tomamos bebidas con hielo, y durante la cena hubo una sinfonía compuesta de arpas y violines.
Ulloa, sorprendido, le preguntó al gobernador el motivo de aquel honor, a lo «que respondió que en aquello no había particularidad alguna, porque era estilo ejecutarlo con las personas de algunas circunstancias, y lo mismo en todo el país, no estimándose en menos para practicar este urbano cortejo unos pueblos que otros»[47].
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El 21 de mayo, el equipo comenzó su avance final hacia el norte con destino a Quito. Hasta entonces no habían visto otra cosa que llanuras costeras, escarpados senderos de montaña y espesos bosques, pero, al descender ahora de la cordillera occidental, una vista dolorosamente familiar se extendió ante ellos evocándoles el recuerdo de los bucólicos paisajes que habían dejado atrás en Europa. Verguin recordaría en una carta:
Nos pareció que estábamos en un mundo nuevo por el agradable aspecto de la campiña, en la que en un lugar se distinguía la verdura del cereal nuevo, en otro los rastrojos y la tierra lista para la siembra, las hortalizas en flor […], los rebaños de ovejas que pacían en las laderas, las vacas y otras bestias en las sabanas, y viviendas esparcidas de uno a otro extremo del horizonte[48].
La expedición continuó por una larga carretera que dejó las fértiles llanuras y ascendió a los fríos y secos páramos (praderas de alta montaña) que rodean el gran volcán Chimborazo. Los europeos tomaron nota precisa de su paso por el lugar, ya que pronto tendrían que medir aquel territorio en sus labores geodésicas. Lejos, a una buena distancia, se encontraba la ciudad de Riobamba, que se situaría en el punto intermedio de la medición, a medio camino entre Quito y el extremo sur, Cuenca. Los expedicionarios se detenían en granjas y pueblos a descansar, lugares como la hacienda San Agustín de Callo, cercana a Cotopaxi, que se había construido en lo alto de las ruinas de un palacio inca que los viajeros examinaron, con algo de prisa, antes de reanudar la marcha.
En la tarde del 29 de mayo, llegados a las afueras de Quito, los viajeros fueron recibidos por dos guardias montados que los acompañaron a la ciudad y hasta el palacio presidencial. De nuevo, fueron agasajados con una gran cena a la que asistieron los funcionarios locales, aunque, para decepción de los recién llegados, no se permitió la presencia de ninguna de las «muy jóvenes y muy agradables» mujeres del palacio. Los vecinos observaban por las ventanas cómo cenaban los extranjeros. Mientras tanto, las autoridades contabilizaron concienzudamente su equipaje, lo contrastaron con el inventario que traían desde Portobelo y registraron la presencia de seis sirvientes y cuatro esclavos. Entonces los visitantes fueron llevados a sus habitaciones en el palacio, donde quedarían alojados hasta encontrarles mejor acomodo en la ciudad[49].
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Muy lejos de Quito, al oeste, Bouguer y La Condamine iban ya por fin camino de reintegrarse a la expedición. Los dos meses últimos habían sido gratificantes para ambos científicos, mas también agotadores, y estaba claro que tenían que reunirse con la tropa de Godin si querían llevar a término el objetivo más importante de su misión, la medida precisa de un grado de latitud.
Desde que dos meses antes vieron marchar, aliviados, al San Cristóbal desde Manta, Bouguer y La Condamine habían estado ocupados en trabajos astronómicos por la costa del virreinato. El 21 de marzo habían tomado mediciones del equinoccio solar y el 26 de marzo del eclipse lunar, una labor que a Godin le había sido imposible. Esta última observación la habían practicado cerca del cabo San Lorenzo con la intención de fijar la longitud del que pensaban era el punto más occidental de Sudamérica[50]. Esto les permitiría establecer con precisión la posición de la costa del Perú (actual Ecuador), un objetivo crucial de la misión que sin duda les congraciaría con las autoridades peruanas.
En canoa y a caballo, Bouguer y La Condamine habían proseguido sus excursiones subiendo y bajando por la costa durante otro mes, trabajando codo con codo para dilucidar si la región podía ser válida para el trabajo geodésico. Una de las cuestiones que estudiaron fue la refracción atmosférica cerca del ecuador, una región donde la desviación de la luz altera la posición aparente de los objetos lejanos y las estrellas. Los científicos iban a tener que corregir el efecto de esa refracción en los Andes, tanto durante sus mediciones geodésicas como en las observaciones astronómicas[51]. El 13 de abril, Bouguer presenció un fenómeno inusual derivado de esa refracción: un raro «espejismo inferior» de dos soles que descendían al ocaso, uno encima del otro. Los dos siguieron observando el sol y las estrellas con el cuarto de círculo hasta que establecieron el punto en que el ecuador cruzaba la línea de la costa, un promontorio llamado Palmar.
La Condamine dejó testimonio de lo que había descubierto con Bouguer en Palmar en un texto que labró con esmero en una peña. En su diario anotó la inscripción:
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observationibus astronomicis
regie paris scientiar academica
hocce promontorium palmar
ad aequateori subjacere
compertum est.
ann. chr. 1736
Es decir: «Queda confirmado por observaciones astronómicas de la Real Academia de Ciencias de París, en el año de Nuestro Señor de 1736, que el ecuador está situado en este promontorio [llamado] Palmar». La inscripción era mucho más que un mero marcador astronómico; se trataba de una declaración política deliberada. La Condamine, que había sido un hombre de armas, conocía el concepto militar y político de la «presencia» de una nación en una tierra extranjera. Sabía que la expedición solo estaría en territorio español por un tiempo breve, pero el texto grabado, que apuntaba a la Academia de las Ciencias francesa como fuente de conocimiento geográfico, perviviría, a modo de recordatorio permanente, para que todos supieran allí que los franceses ya habían estado en el Perú y que podrían volver[52].
Aliviados del yugo de Godin, los dos científicos habían disfrutado de aquel periodo de relajación en los alrededores de Manta. Aprovecharon también el tiempo para explorar el área, visitar los pueblos cercanos y aprender algo de la historia de los incas y los colonizadores españoles. Aunque Bouguer y La Condamine habían acabado juntos sobre todo por su mutua oposición a Godin, trabajaron muy estrechamente durante su temporada en la costa.
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Inscripción ecuatorial de La Condamine en el Palmar. Ilustración tomada de la obra de Charles-Marie de La Condamine, Journal du voyage fait à l’Équateur (Diario del viaje al ecuador), de 1751.
Llegados los últimos días de abril, era ya obvio que los dos científicos franceses tenían que emprender el viaje a Quito. La salud de Bouguer flaqueaba y el dinero comenzaba a acabarse. Al no haber llegado de Godin la promesa de que los esperaría en Guayaquil para viajar juntos a Quito, comprendieron que tendrían que llegar por su cuenta a la capital. El procedimiento más seguro habría sido viajar los dos juntos a Guayaquil por vía terrestre y luego continuar hacia Quito. Sin embargo, en aquel punto, La Condamine volvió a poner en evidencia la mezcla de curiosidad, valor e idiocia palmaria que había demostrado en el asedio de Rosas. En lugar de acompañar a Bouguer, decidió aventurarse en solitario por una jungla no cartografiada y, sin la seguridad de un guía ni conocimiento alguno de la región, decidió abandonar a su debilitado amigo y colega para abrirse camino, por su cuenta, en lo desconocido.
El 23 de abril, Bouguer y un único esclavo partieron a caballo hacia Guayaquil por caminos costeros y playas. Llegaron el 19 de mayo y, al enterarse de que Godin había partido algunas semanas antes, continuaron su camino aquel mismo día subiendo por el río Babahoyo. Después de tener que parar en Caracol por el agotamiento y la falta de mulas —Godin se había llevado casi todas las bestias de la provincia y solo pudieron tomar prestadas las suficientes para transportar unos pocos cajones—,
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tomaron la ruta que iba a Guaranda, rodearon las laderas del Chimborazo hasta Riobamba y luego torcieron hacia el norte. Llegaron a Quito el 10 de junio; fueron los últimos miembros de la expedición en aparecer[53]. Es probable que Bouguer se sintiera aliviado al comprobar que La Condamine también había llegado a salvo y sin duda escuchó atento su sorprendente relato.
Este no había logrado encontrar un guía que lo llevara por la ruta directa a Quito a través de la jungla, así que, en compañía de su sirviente y de su esclavo, había costeado en canoa doscientos cuarenta kilómetros en dirección norte, hasta la desembocadura del río Esmeraldas, continuando luego por varios tramos fluviales hasta desembarcar y localizar otros guías y porteadores indios que lo condujeron por tierra subiendo por el curso del río. Fue una dura travesía por la espesa jungla tropical, agravada por el aparatoso equipaje de La Condamine que incluía, según escribió el científico, «varios instrumentos y un gran cuadrante que transportaron dos indios con gran dificultad». Por diversos caminos se fueron abriendo paso en dirección sudeste, hacia Quito[54].
Mientras avanzaban por la jungla, La Condamine observó un hecho curioso: los indios extraían de unos árboles de la región, mediante punciones, una savia resinosa que guardaban en hojas de plátano. Después confeccionaban con la savia unas antorchas de combustión prolongada que la lluvia no era capaz de extinguir. La sustancia, al endurecerse, se tornaba marrón y elástica, y los indios moldeaban con ella botellas irrompibles para llevar agua u otros líquidos. En un primer momento La Condamine se limitó a iluminar con la savia su avance por el sendero, pero también advirtió que, si una bola de aquella caía al suelo, rebotaba con elasticidad. Al poco de llegar a Quito envió una descripción y algunas muestras del material endurecido a su amigo Charles du Fay, del Jardín Real, lo que contribuyó al conocimiento del caucho en el conjunto de Europa. Durante su residencia en el Perú, los científicos descubrirían muchos más usos para el caucho: aplicaron, por ejemplo, la resina líquida a la tela de sus capotes y toldos, impermeabilizando ambos y protegiéndose ellos mismos y a sus instrumentos[55].
En poco tiempo, la fascinación que La Condamine sentía ante el descubrimiento de aquella nueva y extraña savia iba a dar paso al temor a
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perder la propia vida. Los guías lo abandonaron con sus acompañantes en medio del sendero y durante ocho días se orientaron como pudieron, guiados solo por la brújula del francés. La pólvora no tardó en acabarse, así que subsistieron a base de plátanos y de las escasas frutas que lograban identificar. La Condamine padeció una fiebre que, según él, logró curar con una dieta, aunque esta pretensión debe ser tomada con cierto escepticismo, puesto que no es probable que tuviera gran conocimiento de las plantas medicinales de la región[56]. Ausentes los porteadores indios, el sirviente y el esclavo de La Condamine no tendrían más remedio que turnarse en el transporte del engorroso instrumental y bagaje que el científico había querido llevar consigo en aquel viaje.
La Condamine, su esclavo y su sirviente emergieron de la selva, por fin, siguiendo la cresta de una montaña, y cuatro días más tarde se encontraban ya en el pueblo indio de Niguas, donde los vecinos les indicaron la ruta hacia Quito. En otro pueblo los viajeros alquilaron mulas y contrataron un guía indio, dejando como garantía de pago el cuarto de círculo y parte del equipaje. En el pueblo de Nono, a solo unos veinticinco kilómetros de Quito, un monje franciscano proporcionó a La Condamine ropa y otras mercancías a crédito.
Para llegar a Quito, el científico y sus compañeros tenían que ascender el volcán Rucu Pichincha, en cuyas laderas orientales se extiende la ciudad. El científico fue escribiendo sus sensaciones durante el ascenso con una memorable mezcla de narración científica y poesía que habría enorgullecido a su amigo Voltaire:
Cuanto más subía, más clareaba el bosque; no tardé en ver solo arena y, más arriba, las peñas desnudas y calcinadas que se alineaban en la ladera septentrional del volcán de Pichincha. Llegado a lo alto de la cuesta, me invadió una sorpresa mezclada con admiración a la vista de un gran valle de cinco a seis leguas de ancho y jalonado por arroyos que confluían para formar un río: contemplé, hasta donde alcanzaba la vista, tierras de cultivo que se dividían en llanuras y praderas, lomas verdes, pueblos, caseríos rodeados por setos y jardines; la ciudad de Quito, en lontananza, cerraba este feliz panorama. Me creí transportado a nuestras más bellas provincias de Francia: a medida que descendía, cambiaba sin darme cuenta de clima, pasando gradualmente de un frío extremo a la temperatura de nuestros hermosos días en el mes de mayo. Pronto comencé a percibir aquellos objetos con cada vez mayor claridad. A cada instante aumentaba mi sorpresa: vi, por primera vez, flores, brotes y frutas en plena temporada por todos los árboles; vi sembrar, trabajar y recolectar, todo ello el mismo día y en el mismo lugar. Me he dejado llevar por el recuerdo de la primera impresión que entonces
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tuve; olvido que aquí [en este diario] no se deben tratar más cuestiones que las relacionadas con nuestras labores académicas[57].
Bajando por el borde oriental del Pichincha, La Condamine y sus compañeros llegaron por fin a Quito el 4 de junio, tras seis semanas de un viaje arduo y en ocasiones sin rumbo. Allí encontraron a Godin y a los demás que lo habían acompañado por los Andes. Seis días después Bouguer entraba en Quito: el grupo volvía a estar completo.
Después de más de un año de viaje inesperadamente complicado, de casi llegar al motín y a la rebelión, la expedición estaba unida de nuevo. La posible alegría por la reunión, sin embargo, iba a durar poco. El equipo estaba a punto de despertar de su ensoñación. Habían llegado al Perú con, por más que pueda sorprendernos, muy pocos recursos propios, confiados de que la autoridad colonial se ocuparía de su subsistencia. A pesar de su aparente riqueza, Perú iba a demostrar pronto que no podía —o que no deseaba— cubrir ni siquiera las necesidades más básicas de la misión geodésica.
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Capítulo 4
Grados de dificultad
Dionisio de Alsedo y Herrera no tuvo una buena impresión del abigarrado grupo de franceses que se presentaron ante él, en especial habida cuenta de su reputación de sabios científicos. En el desempeño de la presidencia de la audiencia de Quito, una de las provincias más importantes del virreinato del Perú, Alsedo era un administrador formidable y eficiente. Esto se debía, en buena parte, a su profunda desconfianza hacia los extranjeros, adquirida cuando, con solo quince años, fue hecho prisionero de guerra por los británicos. Una vez liberado, Alsedo había ascendido con rapidez por la escala gubernamental en España y sus colonias, adquiriendo notoriedad por reprimir con dureza las importaciones ilícitas y el contrabando extranjero. Había sido nombrado presidente en 1728; para cuando la misión geodésica llegó a Quito, ocho años más tarde, su mandato se acercaba ya a su conclusión[1].
La audiencia de Quito era uno de los seis departamentos administrativos del virreinato del Perú, la enorme jurisdicción española que se extendía desde Panamá hasta los actuales Chile y Argentina y que abarcaba casi la totalidad de Sudamérica excepto el oriente de Brasil. Cada audiencia —también denominada «presidencia»— tenía su propia corte judicial y un presidente que gobernaba con más o menos independencia respecto del virrey, el cual estaba encargado de supervisar los impuestos, las salidas de plata y la defensa del territorio[*].
La audiencia de Quito, que cubría todo el actual Ecuador y grandes tractos del Perú y del occidente de Brasil, había sido establecida por los españoles treinta años después de que estos sometieran a los incas y se apoderaran de sus tierras. Los españoles habían llegado justo cuando el jefe de los incas, el emperador Atahualpa, emergía victorioso de una destructiva y costosa guerra civil contra su hermano. En una batalla,
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Atahualpa saqueó y arrasó la ciudad dorada de Tomebamba, situada donde hoy se encuentra la actual Cuenca, urbe de la que se decía que rivalizaba en esplendor con Cuzco; de hecho, esta fama daría lugar a una de las numerosas leyendas sobre El Dorado. Los españoles, al escuchar estas fábulas, montaron una campaña feroz para rendir a los incas y expoliar su oro[2].
La conquista española del Perú fue rápida y violenta. De 1532 a 1534, los conquistadores Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Sebastián de Benálcazar (o Belálcazar) dirigieron un ataque en dos direcciones. Pizarro, en su avance hacia el sur, en dirección a Cuzco, capturó y mató a Atahualpa con bastante prontitud, mientras que Almagro y Benalcázar fueron hacia el norte a tomar la ciudad inca de Quito, hogar ancestral de Atahualpa. Aunque los españoles derrotaron con facilidad a las fuerzas incas, los supervivientes se retiraron a Quito y la quemaron hasta los cimientos para evitar el saqueo de los conquistadores. Sobre las cenizas del bastión inca, Benalcázar fundó en 1534 la ciudad española de San Francisco de Quito, que se convirtió en sede de la real audiencia cuando esta se estableció en 1563[3].
A primera vista, Quito no parecía el lugar ideal para instituir una capital, fuera esta inca o española. Estaba encajonada precariamente en un estrecho e inaccesible risco a los pies de un volcán activo que se alzaba amenazador sobre ella. Las colinas circundantes cercenaban todavía más su crecimiento y los arriscados desfiladeros y torrenteras o «quebradas» que cortan el paisaje dificultaban en extremo el movimiento por la ciudad. De todos modos, los incas, devotos del sol, habían establecido en aquel lugar su capital norteña —el nombre de «Quito» venía de la tribu de los quitus, pobladores originales del lugar—, en parte, por su posición en el ecuador, el lugar donde el sol no proyecta sombra alguna durante los equinoccios, pero también porque su inaccesibilidad la convertía en un reducto de fácil defensa sin necesidad de fortificaciones amuralladas. Sus protecciones naturales, de todos modos, no la salvaron de perecer arrasada por sus propios defensores antes incluso de que fuera atacada.
El clima de Quito era ideal, con temperaturas suaves que variaban poco a lo largo del año. Solo tenía dos estaciones, la húmeda (de noviembre a mayo) y la seca (de junio a octubre). El fértil suelo volcánico,
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resultado de la actividad ininterrumpida del monte Pichincha, garantizaba que las fincas no quedaran casi nunca en barbecho e inspiró el sobrenombre que le dieron los españoles, «Quito siempre verde». Sin embargo, estos también se lamentaban de lo «muy accidentado» que era, de las calles que se elevaban o caían en cuestas abruptas y de las grandes fisuras del terreno que escindían edificios e incluso vecindarios enteros, fruto todo ello de la acumulación constante de desastres naturales que iban dejando su marca en el paisaje de la ciudad. Además de las ocasionales erupciones y coladas del Pichincha y otros volcanes cercanos, la ciudad padecía con frecuencia terremotos que levantaban las carreteras y destruían las edificaciones, así como lluvias torrenciales que provocaban grandes huaicos (enormes desprendimientos de lodo y peñas) que bajaban por las faldas de la montaña y atravesaban las quebradas destruyendo los puentes a su paso. Los treinta mil habitantes de Quito —a pesar de su capitalidad, era una urbe relativamente pequeña— asumían todo aquello con tranquilidad y sin interrumpir sus quehaceres, convencidos de que vivían en el Edén del Nuevo Mundo[4].
Godin y su expedición habían llegado a Quito escoltados por guardias ceremoniales, en lo que parecía el recibimiento de unos héroes, pero, mientras entraban a la capital, el presidente Alsedo los escudriñó sin perder detalle, intentando cuadrar lo que veía con las noticias que le habían llegado. Las instrucciones recibidas del rey el septiembre anterior, en 1735, le indicaban que los astrónomos franceses realizarían observaciones en su dominio y le ordenaban prestarles toda la ayuda que pudieran necesitar para su labor.
Alsedo estaba ilusionado con la expectativa de que estos hombres pudieran ayudar a cartografiar su territorio: era consciente de la importancia estratégica y económica de disponer de una cartografía precisa y él mismo había encargado, recientemente, uno de los primeros mapas detallados de Quito para mejorar la planificación militar y la recaudación de impuestos. Sin embargo, al mismo tiempo, recelaba de los extranjeros y los posibles contrabandistas, así que escribió al virrey pidiéndole «se sirva instruirme de lo demás que el superior dictamen de Vuexcelencia tuviere por conveniente». Villagarcía respondió en enero de 1736, al poco de su llegada a Lima, diciéndole a Alsedo lo que el
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presidente ya sabía, que se encargara «… de invigilar que los expresados astrónomos mencionados en él no se sirvan de la real licencia para otros fines menos convenientes»[5]. Es decir, lo dejaba en sus manos.
A mediados de abril de 1736 había llegado noticia a Guayaquil del desembarco de los astrónomos y de que estaban solicitando mulas para su viaje por tierra a Quito. Alsedo, siguiendo las órdenes reales de prestar toda la asistencia posible a la expedición, atendió la petición con prontitud. Mientras esperaba paciente la llegada del grupo recibió, el 22 de mayo, noticias alarmantes de Cartagena de Indias. El buque de guerra francés Vautour había vuelto de Panamá con, al parecer, equipaje adicional de los científicos que debía ser transportado a Quito directamente por tierra, siguiendo un sendero de casi mil quinientos kilómetros por los Andes. En realidad, la tripulación y su capitán, Héricourt, «la sombra [el interior del buque] habían conducido una copiosa porción de géneros preciosos, de que se habían andado buscando compradores en aquel puerto».
La noticia de que los científicos galos pudieran estar involucrados en una trama de contrabando planteaba a Alsedo un problema inextricable. Gran parte de su carrera la había empleado en combatir a los comerciantes británicos y holandeses que, a la vez que operaban legalmente en las ferias regulares de Portobelo que coincidían con la llegada de las flotas del tesoro españolas, también se dedicaban abiertamente al contrabando por la costa del virreino peruano. Ahora Alsedo se enfrentaba a una posible incursión francesa, en el mismo centro de su territorio, complicada por la circunstancia de que el grupo sospechoso tenía permiso del rey para viajar a cualquier lugar de su jurisdicción. Tendría que dilucidar qué tipo de amenaza suponían aquellos hombres para el frágil orden que había impuesto en su dominio[6]. Los científicos franceses no solo iban a estar bajo el escrutinio del presidente, también habían elegido para llegar, sin darse cuenta, el peor de los momentos posibles para Alsedo. Ahora que iba a dejar su cargo y que su futuro político era incierto, estaba intentando, para optar al mejor cargo posible en la estructura gubernamental hispana, mantener cohesionado al grupo que representaba la base de su poder, un grupo amenazado por tensiones económicas y políticas. Durante los dos últimos siglos, los chapetones que llegaban al Perú desde España habían prevalecido sobre los criollos. El madrileño Alsedo se había aliado, desde
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el comienzo de su mandato de presidente, con la jerarquía política chapetona integrada por la mayoría de los funcionarios locales y por los jesuitas, ya que estos eran, con diferencia, la orden religiosa más poderosa del país. Alsedo se bruñó una imagen de político adalid de la ley y el orden mediante la estudiada puesta en escena de varios destierros y ejecuciones de criminales. De todas maneras, a pesar de su temible (aunque exagerada) reputación, no había logrado reducir de forma significativa el flujo de mercancías de contrabando que entraban en su provincia.
Bajo la autoridad de Alsedo, el contrabando había ido erosionando el poder del grupo chapetón. El pilar económico de la provincia —y la fuente del poder político de los chapetones— se encontraba en las centenarias manufacturas textiles que producían una bella tela de lana conocida como paño azul, la cual suponía una porción considerable de las ventas de Quito al resto del virreinato. Estos talleres textiles eran la fuente fundamental de ingresos de sus propietarios —un puñado de poderosas familias españolas y los jesuitas—, pero el comercio del paño azul había entrado en decadencia desde el siglo precedente por culpa de las baratas telas europeas que se introducían de contrabando en el virreinato en cantidades cada vez mayores. El problema entonces era que, a causa del descenso de la producción de paño azul, los beneficios de los telares eran cada vez más reducidos y, por vez primera, los peninsulares eran vulnerables a un posible desplazamiento del poder político[7]. La primera prueba de ese desplazamiento había sucedido el año anterior, en 1735, cuando el cabildo de la ciudad quedó bajo el control de un adversario del presidente. El tesorero criollo de la Caja Real de Quito, Fernando García Aguado, se había apresurado a colocar a su familia y a sus partidarios en el cabildo nada más conseguir su puesto. Este desafío a la base del poder chapetón había sido breve: a principios de 1736, un grupo de partidarios de Alsedo encabezados por su yerno (además de fiscal), Juan Valparda, y por el jefe del gremio de comerciantes, Lorenzo de Nates, recuperaron el concejo municipal. Su autoridad, sin embargo, era débil porque García Aguado controlaba todavía la tesorería[8]. Ahora que la misión geodésica entraba en Quito, el equilibrio de poder estaba listo para mudar de nuevo.
Como Alsedo iba a abandonar pronto su cargo, un nuevo presidente proveniente del partido criollo estaba ya preparado para asumir el poder,
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un cambio inminente que parecía privar al primero de cualquier resto de la autoridad que todavía ostentaba. José de Araujo y Río, un rico comerciante limeño, había sido seleccionado para ser el siguiente presidente de la audiencia y, con él, la facción criolla gobernaría Quito y pondría en peligro la estructura política que Alsedo había construido con tanto esmero, la base social chapetona tan crucial para su futuro político. La aparición de un grupo de científicos franceses, posiblemente con mercancías de contrabando, suponía una amenaza adicional a la élite nacida en España: cualquier paso en falso de los franceses podía agitar la larvada hostilidad de la población local hacia los europeos en conjunto (incluidos los españoles) y amenazar aún más la posición del propio Alsedo.
Las sospechas de este sobre los franceses se disiparon con rapidez una vez que estos llegaron a la capital. Ahora que podía examinar cara a cara a Godin y a su expedición, era obvio que aquella banda desanimada y fraccionada no suponía ninguna amenaza de contrabando y, hasta el momento, sus acciones solo invitaban a pensar que eran incapaces de actividad organizada alguna. Se registró su equipaje a conciencia y no se encontraron mercancías ilícitas. ¿Sabían algo del contrabando que había tenido lugar en Cartagena de Indias? No: cuando les informaron del caso se quedaron atónitos y, más tarde, Bouguer afirmaría que, durante la expedición, ni se les «pasó por la cabeza la introducción ilícita de mercancías»[9].
Alsedo no tardó en descubrir que los franceses no habían puesto mucho cuidado en sus finanzas. El cada vez más perplejo presidente supo que, salvo 372 pesos que les quedaban por solicitar, los científicos ya se habían gastado el resto de los 4000 pesos de que disponían a crédito, más los otros fondos que habían recibido de las autoridades francesas. En un año la expedición se había fundido el equivalente de un cuarto de millón de dólares, solo para llegar a Quito, y ahora estaba casi sin blanca. Por si el presidente no se hubiera hecho una idea lo bastante lúgubre de aquella empresa, Godin empeoró la situación y le exigió a Alsedo carte blanche de modo nada diplomático, mostrándole a la cara las instrucciones del monarca español. «El referido Monsiur Godin me hizo presentación de otro real despacho de su Majestad en que sirve ordenar a Vuexcelencia y a los Presidentes de las Audiencias asistan a los mencionados astrónomos
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con todas las comodidades que pidieren». Godin requirió caballos, casas y dinero para gastos, todo por cuenta de la tesorería de Quito, bajo la frágil promesa de que el Gobierno francés se encargaría de su reembolso. Desde luego, el tosco comportamiento de Godin no contribuyó nada a que Alsedo moviera un dedo por los franceses. A pesar de ello, el presidente pidió ayuda al virrey para sufragar lo que solicitaban los científicos, alegando que Quito carecía de los recursos necesarios para su sustento. Lo más que él podía hacer era alojarlos en el palacio presidencial unos pocos días, hasta que hallaran lugares más apropiados para hospedarse, entregarles los últimos 372 pesos del crédito restante y esperar la respuesta de Villagarcía[10]. Entre tanto, se quedó preguntándose cómo era posible que aquellos científicos, tan cultivados y a la vez tan desorganizados, pudieran confiar en llevar a término su real misión de medir la Tierra.
Es indudable que, cuando les mostraron sus alojamientos temporales, la moral se les cayó a los pies a los científicos. La baja y elegante fachada del palacio presidencial, situada en el lado occidental de la plaza principal, escondía el calamitoso estado del que había sido un edificio suntuoso. El palacio estaba dañado por una acumulación de terremotos recientes e incesantes goteras fruto de una construcción deficiente, pero además había sido víctima del robo continuado de muebles y ornamentaciones por parte de funcionarios corruptos como el tesorero García Aguado. A pesar de las reparaciones, el edificio era entonces casi inhabitable; el propio Alsedo se había mudado de allí hacía no mucho y ya solo utilizaba sus dependencias oficiales[11]. Los científicos permanecieron en el destartalado palacio tres días, hasta que encontraron una casa que pudo albergarlos a todos. Sin embargo, solo seis días más tarde esta vivienda también se demostró inapropiada para las labores astronómicas. Entonces pidieron y les concedieron dos casas del barrio de la parroquia de Santa Bárbara, justo al norte de la plaza principal, cada una con un jardín desde el que era posible llevar a cabo las observaciones astronómicas. Allí fue donde Bouguer se reunió con el grupo a su llegada. La Condamine, por su parte, había conseguido un acomodo alternativo. Tras dejar la mayor parte de su equipaje en Nono, llegó a Quito con poco más que la ropa que cargaba a la espalda. De inmediato buscó a los jesuitas, que, además de ser la orden eclesiástica de la región, también tenían fama de ser los más cultivados.
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Los clérigos del colegio seminario colindante al palacio presidencial lo recibieron con generosidad y le proporcionaron ropas y alojamiento[12].
Reunida ya toda la expedición en Quito, había llegado la hora de ponerse a trabajar. Los dos meses de separación parecían haber sanado la falla entre Godin y los otros dos científicos; todos volvían, más o menos, a hablarse de nuevo. Por el momento, el mayor reto iba a ser de orden práctico. El grueso del equipaje del grupo todavía no había llegado de Caracol, así que tendrían que apañárselas con los pocos instrumentos que tenían a mano. Hugo comenzó a calibrarlos para las futuras observaciones.
La primera tarea de la expedición era verificar la posición exacta de Quito y levantar un plano de la ciudad, un trabajo que contribuiría a complacer a Alsedo. Era una labor bastante sencilla. Bouguer, Godin y los oficiales españoles establecieron la latitud de la ciudad fijando las alturas de varias estrellas y determinaron su longitud observando varios eclipses de las lunas de Júpiter. Una vez logrado lo anterior y aplacado — esperaban— el presidente, el equipo pudo pasar al trabajo para el que habían viajado desde tan lejos.
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Mapa de Quito de Jean-Louis de Morainville, llamado «Plan de Quito Capitale de la Province de même nom dans le Royaume de Pérou», extraído de La Condamine, C.-M. de, Journal du voyage fait à l’Équateur…, 1751. Procedente de The New York Public Library Digital Collections.
Para conseguir trazar la base fundamental de la triangulación y comenzar el trabajo geodésico, el equipo buscó una gran llanura situada justo en el ecuador. El ingeniero Verguin, con el joven Couplet a remolque, estuvo dos semanas reconociendo el terreno. «El día 11 salieron Cuplet y Verguin […] para reconocer las llanuras de Malchingui [a 30 kilómetros de Quito] y Cayambe [a 50 kilómetros], que se hallan inmediatas a la equinoccial, y ver si son capaces de medir en ellas una base de hasta cuatro mil toesas [8 kilómetros] a lo menos», reportaron Juan y Ulloa. «El día 22 trujieron la noticia de que no era ninguna de ellas desagradable del todo por ser llanas y al propósito, pero tenían el defecto de ser cortas»[13].
Mientras la expedición estuvo entretenida en la búsqueda de un lugar para medir la base fundamental, La Condamine brilló por su ausencia. Permaneció en el seminario de los jesuitas —por un tiempo que más tarde
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recordaría como el más feliz de toda su estancia— transcribiendo las observaciones de su viaje a través de la jungla, construyendo un reloj solar en el patio y recibiendo a invitados muy diversos. El afable francés hizo amistad al poco tiempo con Ramón Joaquín Maldonado y Soto Mayor, magistrado criollo de una de las familias más ricas y poderosas de la provincia. Maldonado, cuando supo del viaje de La Condamine por el río Esmeraldas, le informó entusiasmado de que aquella era, precisamente, la ruta que él estaba proponiendo para una nueva carretera septentrional entre Quito y el Pacífico. El 21 de junio, Maldonado llevó a La Condamine a la villa de Nono, a unos kilómetros de Quito y casi directamente en el ecuador, a que examinara su proyecto en persona[14].
Durante este torbellino social, La Condamine, con muy poco tacto, había desatendido su obligación de ir a presentarle sus respetos a Alsedo, pese a que el palacio presidencial estaba adyacente al seminario. Este se molestó por el desaire, pero aceptó la excusa de La Condamine, quien adujo «estar sin vestido decente» para presentarse ante él porque su equipaje todavía estaba de camino. El presidente se puso furioso, no obstante, cuando supo que La Condamine se había separado de sus colegas y tomado otra ruta para atravesar sus dominios sin autorización. Y para empeorarlo todo, el francés seguía viviendo separado de sus compatriotas después de llegar a Quito. Alsedo le regañó, preocupado porque aquello pudiera «extenderse a vivir desunidos en lo principal del encargo y comisiones […] a que se infiera la forma exacta de la Tierra»[15]. La Condamine, escarmentado, pidió disculpas por escrito y se mudó con sus colegas, lo que fue suficiente para volver a congraciarle con el presidente.
La Condamine no fue el único miembro de la expedición que dejó en un segundo plano la medición de la Tierra mientras se alargaba la residencia en Quito. A finales de junio, solo tres semanas después de que el grupo hubiera comenzado a buscar un lugar adecuado para medir la base fundamental, todo el trabajo geodésico se encontraba ya detenido; el dinero para pagar las mulas, la comida y los cobijos necesarios para efectuar el trabajo de campo se había terminado. La solicitud de fondos adicionales enviada por Alsedo iba camino de Lima, pero harían falta al menos dos meses para que la respuesta de Villagarcía pudiera retornar a su vez hasta Quito.
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Ante el largo periodo de inactividad astronómica que les esperaba, los científicos franceses dirigieron sus capacidades de observación hacia el que iba a ser su hogar durante los próximos años. Igual que cualquier viajero, los miembros de la misión experimentaron el nuevo país a través del estómago. En los más de doscientos años transcurridos desde el viaje de Colón, una variedad asombrosa de alimentos había cruzado el océano que separa el Viejo Mundo del Nuevo y enriquecido sobremanera las vidas y las dietas de las gentes de ambos continentes. Los tomates, las habas, las patatas y el maíz viajaron hacia oriente desde América, mientras que el arroz africano y cereales europeos como el trigo y la cebada se incorporaban con primor a la deliciosa cocina peruana, una mezcla que recibió el nombre de «comida criolla». Las gallinas y el ganado tuvieron que ser trasplantados de España para abastecer de carne a la población española, pero los indios preferían todavía el cuy, un conejillo de indias domesticado que podía llegar a alcanzar el tamaño de un conejo pequeño. En el Perú y en Chile se producían vinos de cepas francesas, pero La Condamine puntualizó que los vinos de Lima eran «transportados en unas tinajas recubiertas de una brea que transmite al vino un sabor que me hizo repudiarlo […]. Los españoles criollos más adinerados lo beben muy poco y huyen de él; los españoles de Europa lo aceptan mejor». Los exploradores se maravillaban de la cornucopia de frutas disponibles en el Nuevo Mundo: «Abundan los guisantes, las manzanas, los melocotones, los albaricoques, las fresas […]. Una continua primavera unida a un otoño sin fin permite que las flores, los brotes y las frutas crezcan todos a la vez en los árboles», escribió Bouguer en una carta que envió a Francia a su amigo Bignon. Los viajeros se reservaron las alabanzas más efusivas para la chirimoya, una fruta tentadora, casi empalagosa, que no se daba en ninguna otra parte del mundo. «La chirimoya es, según el común sentir, la fruta más gustosa y delicada, no solamente de las que se conocen en las Indias, pero aun de todas aquellas de que se tiene noticia en Europa», escribía Ulloa entusiasmado. Bouguer fue algo más moderado: «No puedo compararla a nuestras demás frutas y estoy tentado a situarla por encima de ellas»[16].
Las gentes del Perú, igual que su dieta, fascinaron en extremo a los viajeros. Tanto en su forma de vestir como en sus costumbres, los
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peruanos les parecían atrasados en casi un siglo. El choque cultural fue tangible para ambas partes; era como si un grupo de estadounidenses del siglo XX hubiera aparecido de repente en la Inglaterra victoriana. Ulloa observó: «… la gente […] viste ostentosamente, y no son entre ella menos comunes las telas de oro y plata que los paños muy finos y otros géneros de seda y lana»[17]. Los vestidos de las mujeres estaban tan ornamentados y eran tan complicados como no se habían visto en Francia desde principios del seiscientos. Las faldas llevaban bordadas varias bandas de puntillas de seda, y en la parte alta del cuerpo vestían un jubón (una chaquetilla corta y ajustada) de brocado dorado o de lino del que salían unas mangas abultadas y todavía más encajes. Era tradición que llevaran la cabeza y los hombros cubiertos con una mantilla de bordado negro. Al ir al mercado o a la iglesia, las mujeres cubrían sus vestidos con una saya o basquiña y con un manto o rebozo de seda negra que les velaba el rostro con recato. Las ropas de los hombres estaban también muy adornadas; vestían largas casacas y calzones de terciopelo, a menudo salpicados de numerosos botones y otros elementos, una capa de felpa azul y medias de seda.
Los científicos galos, en contraste con lo anterior, iban vestidos con casacas plisadas relativamente sencillas y calzones de lino, pero esta no era, ni mucho menos, la única diferencia entre la moda francesa y la española colonial. Los franceses explicaron a los peruanos estas diferencias, con la intención de que «conocieran algo nuestro mundo, nuestros usos franceses, tan distintos de los españoles […], [y] la moda actual de las damas y los caballeros franceses», según Bouguer le contó a Bignon[18]. En París la seda estaba ya algo passé, y es probable que los franceses les explicaran a los atentos nativos que las mujeres francesas vestían ahora faldas menos elaboradas y con cancán, mangas largas y puños plisados según la moda de Gran Bretaña. Los peinados de las mujeres francesas eran también mucho más sencillos: el pelo se llevaba en general más corto, fijado cerca del cuero cabelludo y adornado con cintas. Ulloa observó sobre las mujeres: «El peinado que acostumbran es en trenzas, de las cuales forman una especie de rodete haciendo cruzado con ellas en la parte posterior y baja de la cabeza; después dan dos vueltas con una cinta de tela que llaman balaca alrededor de ella por las sienes,
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formando un lazo de sus puntas en uno de los lados, el cual acompañan con diamantes y flores, y queda muy airoso el tocado»[19]. Es obvio que las labores científicas no lograron ocultar a los jóvenes solteros de la expedición los encantos de las peruanas.
Las actitudes de los peruanos hacia las mujeres debieron parecerles, sobre todo a los franceses que formaban la expedición, ancladas en el siglo anterior. En el Perú las mujeres recibían poca formación más allá del catecismo; el grueso de su educación estaba centrado en el aprendizaje de labores manuales como la costura y otras tareas domésticas. Además de la belleza y una dote apropiada, aquellas eran todas las habilidades que se pensaban necesarias para que una mujer atrapara a un hombre. Aunque la sociedad francesa de mediados del siglo XVIII distaba mucho de ser un modelo de igualdad entre ambos sexos, la educación formal de las mujeres ya era considerada una parte importante de su crianza y las buenas familias hacían todo lo posible para que sus hijas tuvieran un conocimiento del mundo[20]. Estas mujeres de elevada educación habían adquirido un papel de liderazgo en la sociedad del París ilustrado; eran ellas las que dirigían los salones vespertinos en los que se cocinaba la opinión pública, y fue en esos mismos salones donde se debatió por vez primera la solución al problema de la forma de la Tierra.
El progreso francés en el estatus social de las mujeres se había traducido en una actitud más relajada hacia el sexo y el matrimonio. Las jóvenes ya no estaban separadas rígidamente de los varones en los hogares o en la iglesia, de modo que era posible el cortejo más o menos en público. El sexo premarital o extramarital todavía estaba mal visto, pero en Francia la tendencia era ya mirar hacia otro lado. En el Perú, en cambio, las chicas se mantenían estrictamente separadas de cualquier joven que no fuera de la familia, y la «honra» de las mujeres jóvenes era protegida con celo por hermanos, tíos y padres. Esto había conducido al desarrollo de una compleja serie de rituales destinados a la preservación de esa honra. No era posible que una mujer soltera se quedara a solas con un hombre soltero, ni tampoco que flirteara abiertamente. También era del todo impensable, por supuesto, que una mujer soltera se dejara ver en público con un hombre como podría suceder en las calles de París. Frézier, el último francés que había visitado oficialmente el Perú, no se equivocaba
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en que el sexo prematrimonial y el adulterio eran bastante comunes en la sociedad peruana, pero ambas actividades se hacían siempre lejos de la mirada pública. Las mujeres peruanas habían aprendido a sacar el máximo partido de sus mantos; si descubrían uno o ambos ojos de cierta manera, era señal para pasar una nota secreta o encontrarse aquella noche. Estos rituales no habrían pasado de curiosidad pintoresca para los franceses, de no haber estado insertos en el muy serio código de honor que los hombres continuaban obedeciendo[21].
La fascinación mutua entre los franceses y los peruanos también estuvo impregnada de serios recelos que no se limitaban a la constante preocupación de Alsedo por el contrabando, sino que llegaban a la sospecha generalizada de que los contrabandistas eran también judíos. Los colonos españoles habían mezclado ambos conceptos desde hacía mucho, convencidos de que los comerciantes portugueses y holandeses que recorrían el Caribe y el Pacífico vendiendo sus mercancías de contrabando a los incautos nativos eran en secreto judíos. Desde la culminación de la reconquista de España frente a los moros en 1492 y la expulsión simultánea de los judíos, la Corona española había perseguido sin descanso a los que sospechaba judíos como una forma de mantener el control económico y religioso sobre el reino. Más adelante, la Inquisición se llevó también a las colonias españolas, donde las persecuciones tuvieron un fervor similar. «Judaizar» (practicar el judaísmo en secreto) era una acusación de la máxima gravedad ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima, el cual había perseguido a más de 1400 sospechosos de herejía y ejecutado a 32 desde su creación en 1570.
En 1736, el mismo año en que la misión geodésica llegó al Perú, una mujer sospechosa de ser judía llamada María Francisca Ana de Castro fue quemada en una estaca en un auto de fe celebrado en presencia del virrey Villagarcía. Todo aquel que no acostumbrara a llevar un rosario era tachado de hereje y quedaba bajo inmediata sospecha. Los científicos franceses, de fe no especialmente manifiesta, fueron objeto de un atento escrutinio por parte del Tribunal. Bouguer describió la gravedad de la amenaza en la misma carta en la que le ensalzaba las frutas locales a Bignon: «Nos tomaron por judíos, lo que movió a la Inquisición a exigir firmeza para arrestarnos, pero inútilmente porque somos súbditos de un
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gran rey. Fuimos absueltos con facilidad de la acusación. Nos bastó decirle al inquisidor que, si deseaba cenar con nosotros, solo serviríamos cerdo con toda suerte de salsas. A esto no hubo respuesta, así que nos debe considerar católicos»[22].
A mediados de agosto de 1736, Alsedo recibió respuesta de Lima. No era positiva. En una nota breve, Villagarcía le decía: «… he mandado que junto todo pase a la del Fiscal [de la Real Audiencia de Quito] para con lo que dijere resolver lo que tuviere por más conveniente», y que no habría ningún desembolso de las arcas del virrey[23]. Villagarcía le estaba diciendo a Alsedo, otra vez, que se las apañara por su cuenta. Pero el fiscal no tenía dinero y estaba claro que el presidente no iba a mover cielo y tierra para encontrar más; los científicos también tendrían que apañárselas.
Sin dinero que fuera a llegar de las autoridades de la colonia, La Condamine salió al rescate. El científico francés, que desde el principio había previsto dificultades de aquel género, les reveló a los demás expedicionarios que se había provisto de cartas de crédito personales emitidas por el banco Castanier por valor de unos 20 000 pesos al cambio, suma que bastaría para sacar al grupo del apuro hasta que fuera posible recibir más dinero de Francia. El 17 de agosto, los tres científicos firmaron un «tratado» (en sus propias palabras) que disponía que La Condamine emplearía su dinero personal para financiar la expedición con la expectativa de que, más adelante, la Corona francesa se lo reembolsaría. La Condamine les propuso, una vez terminasen de medir la base fundamental, ir él mismo a Lima a canjear las cartas de crédito por dinero efectivo. Como el viaje le llevaría muchos meses, los científicos galos, según los oficiales reportaron a Patiño, buscaron «entre todos los hombres de comercio […] algunos caudales, lo que les fue imposible conseguir, pues no hallaron quien les diese más de dos mil pesos», parece que de un doctor francés que residía en Quito[24]. Con este préstamo (de un valor de alrededor de 90 000 dólares actuales) el equipo podía comenzar por fin la medición. De primeras, tendrían que darse prisa en establecer la base fundamental de la triangulación antes de que llegaran las lluvias de noviembre.
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Antes, en junio, Verguin y Couplet ya habían informado de que ni las llanuras de Malguinchi ni las de Cayambe eran aptas para la base fundamental. Esas mediciones, sin embargo, no habían contado con el aprovechamiento de varios de los instrumentos de medición más importantes, cuyo viaje desde Caracol había estado detenido por falta de mulas. Ahora, por fin, habían llegado nuevas recuas con el ansiado instrumental. Aunque se acercaba cada vez más el final de la estación seca, los científicos decidieron volver a examinar el área cercana a Cayambe. El 10 de septiembre salieron de Quito, pero La Condamine, por no romper su hábito cada vez más frecuente, tomó una ruta distinta al resto, un camino más oriental que pasaba por Puembo y Yaruquí. El día 12 el grupo principal llegó a la hacienda de Guachalá, una extensa propiedad agraria situada en el borde de la llanura, donde se quedó varios días. No tardaron en hacerse amigos del dueño, Antonio de Ormaza, con quien varios de los expedicionarios mantendrían el contacto hasta el final de sus días.
Mientras La Condamine trataba todavía de llegar por su cuenta y reencontrarse con el grupo principal, Bouguer y Godin comenzaron a medir la llanura, pero, antes incluso de completar el trabajo, no tuvieron más remedio que coincidir con la primera conclusión de Verguin. Si bien la planicie estaba justo en el ecuador, la desigualdad del terreno atravesado por el desfiladero del río Pisque —cuya anchura casi llegaba a doscientos metros— la convertía en un lugar inadecuado para el trazado de la base fundamental. De nuevo la expedición tendría que reconsiderar sus planes.
El día después de que los científicos desecharan Cayambe para trazar la base fundamental, La Condamine se reincorporó al grupo. Traía buenas noticias. Les habló a sus colegas de la meseta de Yaruquí, que acababa de atravesar, y les indicó que podría ser más apropiada para la base fundamental que Cayambe. Aunque Yaruquí estaba unos kilómetros al sur de la línea ecuatorial, caía mucho más cerca de Quito que Cayambe y, por lo visto, también era mucho más llana. Bouguer, La Condamine y Jorge Juan partieron aquel mismo día a examinar la meseta y dejaron a Godin, Ulloa, Hugo, Verguin, Godin des Odonais y Couplet la tarea de completar la valoración de Cayambe[25].
Mientras los tres primeros estaban fuera, reconociendo Yaruquí, una tragedia sacudió al grupo principal. El 17 de septiembre, el joven Couplet,
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que había salido de Quito sintiéndose «con algún quebranto» de salud, se vio asaltado por una «fiebre maligna» que nadie en Cayambe pudo identificar. Los informes sobre la enfermedad de Couplet nos llevan a pensar que padecía la malaria, cuyos síntomas (fiebre, sudores) aparecen, remiten y luego empeoran en un proceso que se repite a los pocos días, a medida que el plasmodium, un parásito, invade los glóbulos rojos y se libera en cantidades cada vez mayores por el flujo sanguíneo. Jussieu y Seniergues no se encontraban en Cayambe —seguramente estaban en Quito—, así que no tuvieron oportunidad de diagnosticar la enfermedad y curarla[26].
En la época de la misión geodésica, la única cura de la malaria era un producto en polvo, la quina, que se obtenía de la corteza del quino (cinchona officinalis), árbol originario del Perú. Hoy la ciencia sabe que esa corteza provoca el autoenvenenamiento del plasmodium. Los poderes curativos de la corteza hacía mucho que eran conocidos por pequeños grupos de indios de la región, quienes enseñaron las propiedades de la quinina a los misioneros jesuitas en la década de 1620. El propio Jussieu había planeado ampliar sus conocimientos sobre el árbol de la quina para mejorar la eficacia del medicamento. La Condamine había traído consigo algo de quina de Europa y, de hecho, la utilizó para curar a un criollo de unas fiebres recurrentes durante su estancia en la costa, en Portoviejo, donde le llamó la atención que aquel hombre no conociera este remedio que provenía de su propio país. En realidad, aunque la quina era conocida por los peruanos hispanos, muchos no pensaban que fuera útil para curar la malaria[27]. Si La Condamine se hubiera encontrado en Cayambe, tal vez podría haber curado a Couplet.
El 19 de septiembre, después de estar postrado en «cama los dos días», Jacques Couplet murió. Fue enterrado en una iglesia de Cayambe y su tumba se cubrió con una lápida con un epitafio en latín[28]. Aquella tarde los integrantes de la misión geodésica se reunieron en dos lugares distintos de Cayambe y de Yaruquí para observar un eclipse lunar y determinar la longitud de ambas ubicaciones. Una serie de terremotos interrumpió, amenazadora, las observaciones. Ese mismo eclipse observado por los científicos de la misión geodésica también fue registrado por Jacques Cassini en su hacienda de Thury, en las afueras de París, donde estuvo en
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la mañana del 20 de septiembre. También fue seguido, probablemente, por la mayoría de la élite intelectual francesa, incluyendo de seguro a la familia de Couplet, que tal vez asistió al oscurecimiento de la luna con cierto temor premonitorio por su joven vástago. Se lo habían confiado a Godin, en quien ahora recaía la carga de tener que informarles de su muerte[29]. Este también tuvo que afrontar el reto de continuar la misión con un hombre de menos. De momento había determinado que Cayambe no era un lugar apto para el propósito de la expedición, así que, después de enterrar a Couplet y de algunas observaciones astronómicas el 23 de septiembre, Godin y los demás partieron hacia Yaruquí.
Mientras Couplet estuvo en cama moribundo, Bouguer, La Condamine y Juan se habían dedicado al reconocimiento de Yaruquí. La alargada meseta, con forma de pulgar y terreno cubierto de pastos, estaba orientada más o menos de norte a sur, cerca del pequeño pueblo de Yaruquí del que toma el nombre. La meseta ofrecía a la expedición más de once kilómetros de terreno despejado para la base fundamental, unas condiciones superiores a los menos de diez kilómetros que Jacques Cassini había empleado en sus mediciones en Francia. En el extremo sur, cerca de la hacienda situada en Oyambaro, el terreno ascendía hasta una amplia terraza, un lugar perfecto para situar uno de los extremos de la base fundamental y desde el que podía contemplarse sin dificultad la meseta. En el extremo norte, cerca de la hacienda de Caraburo, el terreno descendía de modo abrupto al profundo valle de Guayllabamba creando un precipicio de más de seiscientos metros, en cuyo borde el grupo podría emplazar el segundo extremo de la base. Entre ambos puntos, lo que más abundaba eran pastos para el ganado vacuno y las ovejas salteados por pequeñas granjas, iglesias y un complejo de edificaciones de una manufactura lanar.
La expedición había estado buscando una extensión llana en la que medir la base fundamental, pero, en el paisaje andino, moldeado por los volcanes, las inundaciones y los terremotos, la palabra «llano» tiene un significado relativo. El nivel de altura de la superficie de Yaruquí descendía casi doscientos cincuenta metros desde el extremo sur al extremo norte de la meseta, además de que había abundantes terrazas y ondulaciones que los científicos también deberían tener en cuenta. La
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meseta estaba rasgada por cañadas —la que había cerca de Oyambaro tenía casi quince metros de ancho— y salteada de montículos provocados por huaicos que habían desplazado toneladas de tierra, rocas y barro. Los abundantes terremotos habían retorcido aquellos accidentes del terreno dándoles formas irregulares que a su vez se habían pronunciado por las terrazas agrícolas excavadas allí desde antes que llegaran los primeros incas. La expedición iba a tener que despejar, excavar o puentear cada uno de estos obstáculos para poder medir la base fundamental con la máxima precisión. De todos modos, a diferencia de las calamidades organizativas y dinerarias que habían perseguido al grupo durante el último año, ese era justo el género de dificultades para el que los científicos se habían preparado.
A su llegada a Yaruquí, Bouguer, La Condamine y Juan habían pasado varios días caminando de una punta a otra de la meseta para establecer el trazado de la planeada base fundamental. Con el fin de señalar sus extremos enterraron, cerca de Caraburo y de Oyambaro, sendas piedras de molino circulares de gran tamaño sobre las que erigieron unas altas pirámides de madera y paja que podían verse con facilidad desde gran distancia. Entonces fueron plantando, entre los dos puntos indicados, una serie de señales de buena altura y forma de cruz, a cada kilómetro y medio más o menos, para asegurar la rectitud de la línea a medir.
Justo cuando los tres completaban esta alineación para la base fundamental, el resto de la expedición llegó al lugar, a tiempo para la fase más complicada de la operación. Para poder crear la mencionada base fundamental, se hacía necesario excavar, rasgar o escarbar en el paisaje un sendero completamente rectilíneo de once kilómetros de largo y apenas veinte centímetros de ancho. Esto iba a llevar a los científicos, acostumbrados en Europa a una vida más bien sedentaria, ocho días de trabajo agotadores tratando de no perder el aliento en aquel enrarecido ambiente. «Trabajamos abatiendo árboles —le explicó Bouguer en una carta a Bignon—, rompiendo muros y rellenando cañadas para conseguir un trazado de más de dos leguas». Contrataron a varios indios para que les ayudaran a transportar el equipo, aunque según Bouguer era necesario que alguien «los vigilara»[30].
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Los indios también observaban a los científicos, aunque para los primeros todo lo relacionado con los motivos del arduo trabajo de los segundos «era confuso». La prolongada línea recta que habían raspado en el suelo se parecía, desde luego, a los sagrados senderos lineales que las culturas peruanas habían ido construyendo desde mucho antes que los incas. Estas sendas, llamadas ceques, conectaban lugares remotos de importancia religiosa o ceremonial. Los indios todavía solían caminar por los ceques realizando ofrendas en los lugares sagrados situados por el camino. A lo largo del paisaje andino había centenares de ceques que corrían en línea perfectamente recta durante docenas de kilómetros, subiendo derechos por empinadas colinas o cayendo a valles profundos sin que a sus constructores les hubieran importado, lo más mínimo, los cambios del terreno. Mil seiscientos kilómetros al sur, sus ancestros habían creado los intrincados ceques que se extendían entre las gigantescas figuras de animales que hoy apenas son visibles en las desoladas llanuras de Nazca[31]. La línea relativamente corta que los científicos estaban creando trabajosamente en un terreno nivelado habría sido poco más que un juego de niños para los indios que crearon los ceques.
Vista panorámica de la base fundamental de Yaruquí, por Jean-Louis de Morainville.
Extraída de La Condamine, C.-M. de, Journal du voyage fait à l’Équateur, 1751.
Bibliothèque nationale de France.
A finales de septiembre, la base fundamental estuvo completada. Era una estrecha cinta de color marrón pardo que se extendía por la llanura,
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invisible en la distancia excepto por la ordenada hilera de cruces que la jalonaban. La siguiente tarea de los científicos era medir esta línea que sería el primer lado del primer triángulo de su medición.
Para asegurarse de que ambos extremos de la base fundamental fueran visibles desde el lugar planeado para situar el vértice del triángulo, La Condamine y Verguin regresaron a la cumbre del Rucu Pichincha, a unos veinticinco kilómetros de distancia. Allí, en la altura donde La Condamine había divisado Quito por vez primera, erigieron una señal de piedra encalada, la primera de muchas señales de vértice similares que iban a elevar a lo largo de la medición. Ambos construyeron también una cabaña para protegerse durante las observaciones. Mientras tanto, en Yaruquí, los demás preparaban las perchas (listones) de medición y hacían los últimos ajustes en los instrumentos[32].
Godin y Bouguer acordaron efectuar la medición de la base fundamental por duplicado, con dos equipos. Los cuatro individuos que formaban el equipo de Godin comenzarían en el extremo sur, cerca de Oyambaro, y el grupo de cinco hombres de Bouguer empezaría en el extremo norte, cerca de Caraburo. Los científicos estaban persuadidos de que esa duplicación era necesaria para obtener la precisión extrema a la que aspiraban. Al fin y al cabo, Cassini había deducido que la Tierra tenía forma alargada basándose en una diferencia perceptual de solo 275 metros entre los alrededor de 100 kilómetros del grado de latitud que había medido en el sur de Francia y los del grado que había medido en el norte del país. La división en dos grupos ayudaría a garantizar la precisión de la medición de la crucial base fundamental a partir de la cual se calcularían las dimensiones del resto de la cadena de triángulos. Esta separación también resolvía el problema de las continuas fricciones entre Bouguer y Godin, cuyas relaciones no se habían llegado a recuperar nunca del todo desde su rencilla en la costa del Pacífico unos meses antes. Una vez regresaron de la cima del Pichincha, La Condamine y Verguin, que tampoco se habían reconciliado del todo con Godin, fueron con Bouguer, quien también se llevó con él a su sirviente Grangier como sustituto de Couplet. Los dos oficiales españoles se separaron entonces por vez primera en su viaje, Juan iría con Godin y Ulloa con Bouguer.
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El equipo de Bouguer fue el que comenzó primero sus mediciones. El 3 de octubre iniciaron el trabajo en el extremo norte de la base fundamental. Godin y Juan, con la asistencia de Godin des Odonais y Hugo, comenzaron cinco días más tarde. Para evitar las imprecisiones que pudiera provocar la desigualdad del terreno, los equipos dividieron sus mediciones en siete secciones, cada una delimitada por dos de las cruces de alineación. En la ejecución de las mediciones, cada equipo empleó tres barras de madera seca de 20 pies de largo y 3 pulgadas de sección cuadrada que estaban rematadas con planchas de cobre. Dos hombres cogían la percha más atrasada y la emplazaban con cuidado delante de la más adelantada (un tercero se encargaba de que la posición de esta última no se alterara), formándose así una cadena que avanzaba con lentitud por la parda banda de tierra. El equipo de Bouguer tomó la precaución de pintar de un color diferenciado cada percha para que siempre se fueran colocando en el mismo orden.
Cada equipo verificaba periódicamente la longitud de las perchas con una toesa de hierro; Godin conservaba una fabricada en París y el equipo de Bouguer empleaba una copia que La Condamine había encargado a Hugo. Ambos equipos alineaban la dirección de las perchas con una cuerda horizontal (también comprobaban el nivel con una plomada y una escuadra), pero usaron métodos algo distintos para sostenerlas durante la ejecución de las mediciones. Godin y Juan siguieron la práctica de Cassini y usaron caballetes ajustables para sostener las perchas; Bouguer pensaba que los caballetes eran demasiado sensibles a las ráfagas de viento y optó por posar las perchas sobre el terreno y usar cuñas de madera para nivelarlas. Bouguer estuvo al frente de las operaciones de su equipo durante la primera semana, pero una vez tuvo confianza en Verguin lo dejó al cargo.
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Medición de la base fundamental empleando barras de madera. Lámina extraída de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Observaciones astronómicas, 1748. Imagen procedente de los fondos de la Biblioteca Nacional de España.
Los dos grupos comenzaron con bastante lentitud, no llegaron a medir 250 pies en el primer día. A medida que pasaron las semanas, los hombres fueron ganando cada vez más celeridad en el trabajo y llegaron a cubrir alrededor de ochocientos metros diarios en las etapas finales del proceso. Dormían cerca de la base fundamental para no desperdiciar las horas más frescas de la mañana y del final de la tarde, y cada día levantaban una
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tienda en la que resguardaban la toesa —y a ellos mismos— del agobiante calor del mediodía[33]. Los equipos se cruzaron uno con otro a mediados de octubre, ocasión que aprovecharon para comparar las mediciones que con esmero habían anotado en unos pequeños cuadernos de 12 por 17 cm repletos de cifras de principio a fin para aprovechar al máximo el papel, a menudo difícil de conseguir.
El equipo de Bouguer fue el primero en completar sus mediciones, el 3 de noviembre. Godin lo hizo dos días más tarde. Después de retirarse a los alojamientos que tenían en la hacienda de Tababela, cerca de Oyambaro — en el extremo sur de la base fundamental—, cada equipo comenzó a sumar sus mediciones para calcular la distancia total entre los extremos. Pronto les llamó la atención hasta qué punto los resultados de ambos equipos coincidían: en los alrededor de once kilómetros que habían medido, la diferencia no llegaba a ocho centímetros. Los científicos resolvieron la diferencia y dieron por buena una distancia de 6272 toesas, 4 pieds, 3 puces (pulgadas) y 7 lignes (líneas). Después comenzaron los arduos y complejos cálculos para limitar la base fundamental a una única altura y eliminar así el factor de la inclinación del terreno. Para esto ajustaron todas las mediciones como si las hubieran tomado en el punto más bajo de la base fundamental, su extremo norte. Cada uno de los tres científicos empleó un método de cálculo distinto, pero en los últimos días de octubre se pusieron de acuerdo en que la medida horizontal de la base fundamental era de 6274 toesas (40 154 pies), una cifra que emplearían en todos los cálculos trigonométricos siguientes[34]. Fue un momento de regocijo: con el establecimiento y la medición de la base fundamental, habían conseguido el primer y crucial paso de la triangulación, y lo habían logrado con una precisión extraordinaria y apenas sin conflicto alguno. Sin embargo, casi un instante después de aquel éxito, recibieron una noticia que cernía la sombra de la duda sobre el futuro de la expedición.
El 21 de noviembre les llegó, cuando estaba cerca de cumplirse un año desde su partida, un primer paquete de Francia. No contenía más cartas de crédito remitidas por su patrocinador, Maurepas, pero sí una carta descorazonadora dirigida a La Condamine de su amigo Maupertuis (también enemigo de Bouguer), el líder de los newtonianos de la Academia de París. Maupertuis informaba a La Condamine de que iba a
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emprender su propia expedición para determinar la forma de la Tierra. Sin embargo, este viaje iría en dirección contraria: al golfo de Botnia y Laponia, en el círculo polar ártico, donde hoy está la frontera entre Rusia y Finlandia[35].
En Francia, el 25 de mayo de 1735 —solo diez días después de que Le Portefaix hubiera salido de La Rochelle y se internara en el Atlántico—, Maupertuis había leído ante la Academia de las Ciencias un ensayo acerca de la forma de la Tierra con un análisis matemático nuevo. Esta primera presentación tuvo pronta continuación en una segunda en la que Maupertuis volvió a exponer las ventajas de realizar mediciones geodésicas lejos de París, justo la razón por la que se había organizado la misión al Perú. El plan de Maupertuis, sin embargo, era conseguir apoyos para una segunda misión geodésica dirigida al círculo polar ártico. Sería mucho más breve y lograría resultados mucho antes que la misión al Perú, aunque comenzara un año después. Las memorias de Maupertuis y sus conversaciones privadas con amigos dejan claro que el celebrado científico —poseído de la misma pasión viajera que su discípulo La Condamine— deseaba encabezar aquella expedición al lejano norte. Cuenta la historia que acabó por convencer a Maurepas tocando la guitarra y cantándole al ministro cuando este convalecía de una enfermedad.
Al final del verano ya contaban con los permisos necesarios. Maupertuis iría acompañado por el matemático Alexis-Claude de Clairaut, que, aunque era un genio desde niño y solo tenía veintidós años, también era miope, un rasgo que, a decir verdad, no se antoja deseable en un astrónomo. Maupertuis y Clairaut se encerraron en la finca de Jacques Cassini en Thury a aprender agrimensura y astronomía, un conjunto de habilidades que aquellos matemáticos que solían estar encadenados a un escritorio todavía no habían adquirido. El 8 de septiembre de 1735, mientras la primera expedición esperaba todavía en Santo Domingo un barco en el que poder viajar, Maupertuis había escrito las líneas que La Condamine leería un año más tarde en Oyambaro:
Tal vez os sorprenda saber que habrá un viaje al Norte para que nada quede sin comprobar en la determinación de la forma de la Tierra. Francia, con sus dos viajes, conseguirá la mayor hazaña jamás lograda en aras de las ciencias. Contamos (yo también voy en este viaje) salir el próximo marzo a Botnia, donde nos moriremos de frío mientras vos morís de calor. A pesar de todo el oro del Perú, lamento que no vayáis a estar en nuestra caravana. […] si se os ocurre
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algo sobre esta cuestión, os pedimos que nos la comuniquéis. Basta con que dirijáis vuestras cartas a París, donde se encargarán de reenviarlas al círculo polar[36].
Maupertuis, embarcado ahora en su propia misión geodésica al círculo polar ártico, iba a ser, casi con total seguridad, el primero en establecer la forma de la Tierra.
Aquella carta llenaba de dudas el futuro de la expedición al Perú. Era como si hubieran librado y perdido una gran batalla antes de llegar a saber que estaban en guerra. El círculo polar ártico dista solo dos mil kilómetros de París, poco más de un mes de viaje por tierra y por aguas europeas. El aviso de la partida inminente de Maupertuis tenía entonces un año de antigüedad: lo más probable es que ya hubiera efectuado las mediciones y regresado a París cubierto de gloria. Ante la seguridad de que Maupertuis tendría éxito en su tarea, surgía la posibilidad de que la expedición peruana se viera como algo redundante y que les ordenaran regresar antes de terminar el trabajo. Ya habían agotado los fondos con que contaban, no había llegado más dinero de Francia y nadie podía saber si La Condamine conseguiría canjear por efectivo sus cartas de crédito en Lima. En resumen, no sabían si la misión podría continuar o si tan siquiera tendrían dinero para volver a casa. Los oficiales españoles, Juan y Ulloa, se encontraban igual de taciturnos que los viajeros franceses, aunque por razones distintas. Desde su llegada a Cartagena de Indias, un año antes, por su propia iniciativa habían sumado a sus labores astronómicas el empeño de descubrir y relatar la situación de opresión de los indios, una circunstancia que había cambiado poco desde la época de los conquistadores, doscientos años antes. En el tiempo que llevaban en la expedición, no les había resultado difícil llenar sus libros de notas con ejemplos de opresión y brutalidad. A su llegada a la hacienda de Guachalá, cercana a Cayambe, habían sido testigos de cómo el propietario, Antonio de Ormaza, embaucaba a un indio vecino para que le vendiera sus tierras por una miseria. El propio Ormaza les contó «cómo había mucho tiempo que solicitaba que el indio se las vendiese», aunque hasta entonces no lo había conseguido. Cuando los científicos franceses llegaron a su hacienda, Ormaza le dijo al indio que aquellos hombres habían llegado con orden de «reconocer todas las tierras que tenían usurpadas los indios a los españoles para despojarlos de ellas y volverlas a sus dueños […], y que así tratase de
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dejarlas buenamente, y le daría de caridad alguna cosa por cuenta de su valor […]. El indio […], creyendo ser cierta toda la artificiosa fábula, no se detuvo en cedérselas y dejárselas desembarazadas»[37]. Esta falsía, comentaron Juan y Ulloa, era una triste característica de las relaciones entre los terratenientes españoles y los indios.
Juan y Ulloa habían sido testigos, desde que salieron de Quito, no solo de engaños. Su crítica más severa la reservaron para la siniestra mita, que había reemplazado la pura esclavitud con un sistema de trabajo forzado de los indios. Su origen era un sistema incaico de trabajo comunitario (que se utilizaba, por ejemplo, para la reparación de puentes), el cual se había pervertido bajo la ley colonial española y exigía a los poblados indios proporcionar fuerza de trabajo, básicamente gratuita y desde el alba al anochecer, a cualquier español que lo solicitara.
Mientras medían la base fundamental en Yaruquí, los oficiales habían sido testigos directos de las crueles condiciones de trabajo de la mita. Cerca del punto intermedio de la base fundamental había una gran manufactura de lana que ambos investigaron a conciencia. Estos complejos textiles integrales, llamados «obrajes», eran la espina dorsal económica de la audiencia por su producción de paño azul para la venta al exterior. El de Yaruquí era uno de los mayores: contaba con diez mil cabezas de ganado ovino y empleaba a más de doscientos indios. En estas instalaciones se esquilaban las ovejas y luego la lana se lavaba, cardaba, hilaba y sumergía en grandes calderas calientes de cobre llenas de tinte añil, para después secarla extendida al sol antes de que se tejiera en largos rollos de tela azul[38]. Cada parte del proceso necesitaba un buen número de operarios indios, los cuales eran reunidos antes del amanecer y encerrados en lúgubres talleres sin ventilación y muy poca luz. Los que trabajaban en los tanques de tinte tenían la situación más penosa, puesto que a las condiciones de trabajo embrutecedoras se añadían el padecimiento del calor y el mal olor.
Los oficiales españoles clamaron contra las condiciones brutales de los indios en Yaruquí: «… a la noche, cuando ya la oscuridad no da lugar a que puedan trabajar, entra el maestro del obraje a recoger las tareas. Aquellos que no las han podido concluir son castigados con tanta crueldad que no es comprensible, y hechos verdugos aquellos hombres impíos,
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descargan a cientos los azotes sobre los miserables indios». Después registraron que los dueños, «para no desperdiciar nada», alimentaban a los trabajadores con el grano que se les hubiera deteriorado y la carne de las reses que se les morían infectadas, con el resultado de que «aquellos indios se enfermen a poco tiempo», toda vez que ya estuvieran debilitados por las terribles condiciones de la fábrica. «Y la mayor parte de estos mueren en los mismos obrajes con las tareas en las manos», escribieron los oficiales[39]. Estas atrocidades eran el coste humano del bello paño azul que vestían a diario los hombres y mujeres de Quito. Aunque los oficiales pudieron ser testigos de la deprimente realidad de aquella industria, poco podían hacer para paliar el sufrimiento de los indios que encontraban.
Así pues, llenos de melancolía, científicos y oficiales acabaron las observaciones y recalibraron los instrumentos; para ajustar sus marcas angulares utilizaron como referencia los extremos de la base fundamental y otros puntos de referencia. El 5 de diciembre comenzaron el viaje de dos jornadas de vuelta a Quito. Esa noche, entre la medianoche y la una de la madrugada, un fuerte temblor sacudió la tierra durante casi un minuto antes de extinguirse, derribando casas e iglesias incluso a ochenta kilómetros de la capital[40]. Parecía que los presagios siniestros no dejaban de sucederse uno tras otro.
Mientras La Condamine se preparaba en Quito para viajar a Lima e intentar canjear sus cartas de crédito, los científicos tenían pendiente efectuar una última observación astronómica. Al ser los primeros astrónomos europeos que trabajaban en el ecuador con instrumental moderno, la circunstancia era óptima para medir con precisión la proyección vertical del ecuador en el firmamento, la llamada oblicuidad de la eclíptica, es decir, el ángulo de inclinación de la Tierra en relación con su órbita alrededor del sol. Esta inclinación es la causa de las estaciones. Las técnicas modernas han revelado que la oblicuidad o inclinación de la eclíptica es de 23° 26’, pero en 1736 todavía no se había medido este ángulo con precisión porque, en palabras de Bouguer, «la oblicuidad de la eclíptica solo puede observarse con suficiente exactitud en la zona tórrida y cerca del ecuador»[41].
La medición precisa de la oblicuidad de la eclíptica, además de tener una importancia inmediata para la misión de los científicos franceses,
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también les serviría después a todos los astrónomos del mundo para ajustar mejor sus observaciones de las estrellas. Durante el solsticio del 21 de diciembre (la fecha en la que el hemisferio norte terrestre está más inclinado en dirección opuesta al sol), utilizaron el sector para medir las posiciones de varias estrellas, a partir de las cuales obtuvieron el ángulo exacto de la eclíptica. Días más tarde repitieron estas observaciones, y de nuevo en el solsticio de 1737. Fueron mediciones de una precisión considerable, a solo dos minutos de diferencia (1/30 de grado) de la cifra aceptada hoy día. Bouguer y La Condamine enviaron los resultados a París para asegurarse de que aquel descubrimiento quedara a disposición de todos los astrónomos. También enviaron una copia de todas sus observaciones de la eclíptica a Edmon Halley, quien más tarde se encargó de que se publicaran en inglés[42].
La carta de presentación a Halley que acompañaba a los resultados de Bouguer y La Condamine revelaba la frustración de ambos por la inesperada dificultad de la tarea emprendida. Los dos científicos le explicaban que no habían «visto el trabajo de Godin», puesto que este no se lo había entregado para incluirlo en aquella correspondencia, a pesar de que Godin conocía a Halley personalmente. Tal como Bouguer había temido desde antes de que comenzara la expedición, Godin había empezado a actuar independientemente de sus colegas y les dejaba que hicieran su trabajo por libre.
También especulaban, dolidos, que lo más probable era que Maupertuis ya hubiera regresado de su expedición al círculo polar ártico —en su opinión, mucho más fácil que la suya—, donde no habría «encontrado los obstáculos de la ignorancia, el prejuicio, la barbarie y la imposibilidad de conseguir que se cumplan las órdenes del monarca que surgen a cada paso»[43]. Dice mucho el hecho de que eligieran para confidente de su irritación a un astrónomo británico, a pesar de la creciente tensión entre ambas naciones. Privados de cualquier ayuda proveniente de Francia, les preocupaba que sus arduos esfuerzos acabaran pareciendo irrelevantes por razón del seguro éxito de Maupertuis. Su situación parecía desesperada, pero estaba a punto de empeorar, de empeorar mucho.
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Capítulo 5
La Ciudad de los Reyes
El advenimiento del solsticio de 1737 coincidió con otro suceso estelar: la llegada del nuevo presidente de la Real Audiencia de Quito, José de Araujo y Río. Este era un abogado de una rica familia de comerciantes limeños y formaba parte de un estrecho círculo de nobles criollos que habían asistido a las mejores escuelas de la capital y que se servían de sus conexiones sociales para incrementar su poder político en la corte española. En 1732, Araujo había comprado por 26 000 pesos la presidencia de la audiencia de Quito; incluso había viajado a Madrid para asegurarse de que su petición fuera atendida. Aunque la mayoría de los solicitantes pagaba a la corte un «beneficio» para llegar a presidentes, Araujo había desembolsado un precio muy alto (más de un millón de dólares actuales) por esta real audiencia que le permitiría controlar el muy lucrativo comercio existente entre Quito y otras partes del imperio colonial español. Su extensa familia y sus amigos de la infancia controlaban otros puertos de entrada a la América española, desde el Perú septentrional hasta Nueva España. Formaban una red capaz de controlar, en la práctica, el grueso del comercio de contrabando (y, por consiguiente, los enormes beneficios asociados a este) que pasaba al Pacífico gracias a las ferias comerciales de Portobelo, la siguiente estaba prevista para 1739. La compra de la presidencia era una inversión excelente[1].
Araujo y varios de sus colegas viajaron de Madrid a Nueva España a principios de 1736 y luego se embarcaron en el buque de guerra San Fermín, en Acapulco, con rumbo al puerto de Paita, al norte del Perú. Una vez allí, Araujo inició una larga marcha en dirección norte, hacia Quito, con una prolongada escala en Riobamba. Cuando entró por fin en la capital, el 26 de diciembre, la razón de su retraso saltaba a la vista. Seguía los pasos del nuevo presidente una recua de mulas que transportaban más
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de treinta cajones con vinos, vajillas de plata, sedas chinas y porcelana. No se trataba de los efectos personales de Araujo. A su paso por Acapulco, había comprado un gran cargamento de mercancías asiáticas del anual Galeón de Manila con el propósito de venderlas en Quito. No tuvo ninguna dificultad para introducirlas ilegalmente en un buque de guerra del rey, puesto que el barco estaba bajo la autoridad de sus amigos en Lima. Tampoco tuvo que afrontar tasas aduaneras, ya que el puerto de Paita lo controlaba su cuñado. Araujo utilizó además la parada en Riobamba para descargar sesenta y seis cajones de mercancías adicionales que sus colaboradores en el lugar se encargarían de vender[2].
El 28 de diciembre Araujo asumió el título de capitán general de Quito, es decir, el mando de su milicia. Al día siguiente recibió la presidencia de Alsedo, quien, junto con sus partidarios chapetones, llevaba tiempo temiendo la entrada de Araujo y la toma del poder por la facción criolla. No les faltaban entonces motivos para estar furiosos: era indudable que el enorme cargamento de mercancías de contrabando de Araujo iba a bajar los precios y a arruinar los negocios de los comerciantes locales, muchos de ellos pertenecientes al gremio encabezado por un amigo de Alsedo, Lorenzo Nates. El 29 de diciembre, el día que Araujo asumió el poder, Alsedo escribió airadas cartas al rey y al Consejo de Indias en las que exigía su deposición por haber comprado de forma ilícita la presidencia e introducir mercancías de contrabando en la capital[3].
En cuestión de días, el conflicto entre las dos facciones se agravó todavía más. Se acercaba la elección del cabildo de la ciudad y Araujo colaboró con el tesorero criollo Fernando García Aguado para situar a sus candidatos en él. Sin embargo, la votación, celebrada el 1 de enero de 1737, favoreció a la facción chapetona encabezada por Juan Valparda. Una semana más tarde Araujo declaraba nulos los resultados para «quitar quimeras y establecer la paz y buen ejemplo», lo que le permitió colocar a sus candidatos criollos en el cabildo. Esto provocó amargas quejas en el bando chapetón. En aquel impasse, ambos bandos se apresuraron a escribir al virrey en busca de su apoyo[4]. Los científicos franceses y los oficiales españoles habían presenciado impertérritos estos sucesos mientras completaban las observaciones del solsticio de diciembre. No imaginaban
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que ellos también acabarían pronto envueltos en el torbellino de aquella lucha por el poder político.
La expedición había conocido a Araujo alrededor del 30 de diciembre, poco antes de las conflictivas elecciones al cabildo, y su disgusto hacia el nuevo presidente no fue menor que el que sentían los chapetones. El encuentro había sido un desastre total debido a varios errores graves de ambas partes. Desde el primer momento, el nuevo presidente había tratado a los científicos y oficiales «con notable desprecio», según relató más tarde un testigo. Aquella fue una de las primeras ocasiones que tuvo para demostrar a la forastera facción chapetona que se había instaurado un nuevo orden y que había que tratar a aquellos europeos como intrusos. Los científicos y los oficiales, por su parte, habían empleado con Araujo el «vuesa merced», la fórmula de tratamiento habitual entre iguales, en lugar del «vuesa señoría» apropiado para dirigirse a un interlocutor de rango más elevado. Tal vez tenían ganas de conflicto con Araujo: en un primer momento le habían tratado de «vuesa señoría», pero pasaron al «vuesa merced» cuando el nuevo presidente no empleó con ellos el mismo tratamiento. No obraron así por ignorancia; la verdad es que conocían a la perfección la jerarquía de los tratamientos españoles y querían dejar claro que, puesto que se veían a sí mismos como delegados —ministros— del rey Felipe, exigían que los trataran con igual dignidad. Araujo soportó en silencio esta violación del protocolo durante toda la entrevista y faltó a su vez al protocolo al no devolver la visita al grupo poco después, a diferencia de lo que había hecho con otros altos funcionarios. Afrentados, los miembros de la expedición acordaron no visitarlo de nuevo[5].
Quedó descartada entonces la posibilidad de que Araujo proveyera a la expedición de recursos económicos adicionales; era una puerta que se había cerrado de un golpe. La Condamine ultimaba los preparativos de su viaje a Lima para canjear por efectivo sus cartas de crédito. Durante su estadía en Quito había tenido que recurrir, como sus colegas, a la venta de efectos personales para mantenerse a flote. Tenía además que asumir la carga extra de reunir dinero suficiente para el pago de las mulas, la comida y el alojamiento durante el viaje. La Condamine era, con mucha diferencia, el individuo más rico de la expedición, y había traído consigo —sin motivo alguno, pero por fortuna— muchos objetos caros y
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superfluos como botones, sedas y joyas. A través de un intermediario, había instalado una pequeña tienda en el seminario jesuita donde se había hospedado en un primer momento y vendía aquellos artículos a miembros de la élite quiteña ávidos de objetos a la moda. Alsedo compró finas telas de lino; Ramón Maldonado, diamantes y esmeraldas para su mujer, además de una colección de Memoirs de la Academia de las Ciencias para sí; su hermano, Pedro Vicente Maldonado, adquirió un juego de cucharas de oro y plata[6]. El 18 de enero La Condamine había conseguido reunir ya los fondos necesarios para el viaje, así que dio comienzo a su jornada por tierra hacia Lima, seguramente en compañía de su sirviente y de un esclavo.
Para llegar a Lima, el acaudalado científico optó por la ruta terrestre y no por la más rápida que se embarcaba en Guayaquil. Había decidido reconocer el extremo sur de la proyectada cadena de triángulos que la expedición esperaba concluir en Cuenca, así como investigar algunas ruinas incas y —lo más importante de todo— pasar por la región de Loja, donde crecía el árbol de la quina. Joseph de Jussieu deseaba estudiar en concreto esta planta, cuya corteza era la fuente de la quinina, y había entregado a La Condamine un listado con la información botánica necesaria para efectuar un análisis apropiado. Este pasó tres días de principios de febrero obteniendo información de los recolectores locales del llamado árbol de la fiebre y luego continuó la marcha hacia el sur[7].
El 28 de febrero, llegó a Lima bajo la espesa neblina costera que los lugareños llaman garúa y que cubre la región durante varios meses. La seca y polvorienta ciudad —no llovía casi nunca— había sido fundada por Francisco Pizarro en 1535, en una llanura despejada a orillas del río Rimac, 8 kilómetros tierra adentro, y estaba protegida por murallas. La falta de un paisaje natural se compensaba con la adornada arquitectura de sus edificios y las interminables exhibiciones de riqueza de sus pobladores más acaudalados por las estrechas calles. Hasta el artesano más humilde de Lima vestía ropas con bordados de oro y plata. En lugar de ir a pie, la mayor parte de la gente circulaba en coches tirados por mulas. De estos, incluso los más sencillos iban chapados de oro y lucían ricos ornamentos. Los comerciantes de la ciudad habían llegado en una ocasión a pavimentar, literalmente, varias calles con oro para evidenciar su riqueza y
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poder. En tanto que sede del virreinato, Lima era la principal beneficiaria de las riquezas que llegaban de las minas de Potosí y otros lugares del Perú. Todo este metal precioso fluía hacia la Ciudad de los Reyes para acuñar la moneda que luego se enviaba a España y a las demás colonias[8].
La Condamine confiaba en que podría canjear con rapidez sus cartas de crédito por ese metálico que tanto parecía abundar en Lima. Sin embargo, cuando acudió a los hombres de negocios españoles a los que el banco Castanier le había remitido, le informaron de que todo el dinero de las operaciones mineras de aquel año se estaba cargando en aquel momento en una fragata, en el cercano puerto del Callao, para su envío a Panamá. En toda la ciudad no se podía conseguir ni un peso. Por suerte, La Condamine se topó con Thomas Blechynden, el agente principal en Panamá de la South Sea Company, que disfrutaba del monopolio del comercio británico con la América española. Blechynden había acudido a Lima a recaudar varias deudas, pero, aunque ahora tenía abundante metálico, no podía enviar la moneda a Europa por miedo a la piratería y al riesgo perenne de que estallara la guerra sin previo aviso. La Condamine y Blechynden no tardaron en llegar a un acuerdo. El francés le endosó al comerciante británico 60 000 livres de crédito (de las 100 000 que traía consigo), convertibles por Blechynden más adelante. La Condamine consiguió así 12 000 pesos, una cantidad equivalente a medio millón de dólares actuales, para sostener la expedición hasta que pudieran llegar más fondos de Francia[9].
La siguiente parada del científico era el palacio del propio virrey. La Condamine traía cartas de presentación de Marguerite-Thérèse Colbert de Croissy, duquesa de Saint-Pierre, cuyo hermano, el ministro de Exteriores de Francia, conocía a Villagarcía en persona. (Marguerite-Thérèse era también la mujer que había presentado a Voltaire a Émilie du Châtelet, la amiga y amante que compartía con Maupertuis). Villagarcía estuvo encantado de alojar a La Condamine en su palacio, pero se intranquilizó cuando el científico le pidió la ampliación del crédito que el Gobierno español les había concedido. El virrey, aunque ya le había dicho que no a Alsedo, aceptó con desgana presentar el asunto al Tribunal de Cuentas, la institución encargada de decidir ese género de cuestiones.
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En la presentación de su petición al citado organismo, La Condamine tuvo que actuar como su propio abogado, y, además, en una lengua extranjera. El tribunal oyó su caso y luego deliberó durante varias semanas, en el transcurso de las cuales La Condamine se entretuvo con experimentos astronómicos y de péndulo. Es muy probable que lo acompañara Pedro de Peralta y Barnuevo, célebre astrónomo y erudito de la Universidad de San Marcos que había conocido a un colega de los expedicionarios, Amadée Frézier, en la visita de este al Perú veinte años antes. La Condamine fue finalmente informado de que el tribunal rechazaba su petición de fondos ilimitados, pero sí le concedía 4000 pesos a crédito adicionales[10].
La Condamine no tuvo mucho tiempo para lamentarse de la decisión del tribunal: había surgido un nuevo problema por un flanco inesperado. En los días en los que aguardaba la resolución del tribunal, La Condamine se enteró, con sorpresa mayúscula, de la llegada de Jorge Juan y Santacilia al palacio del virrey. Los apuros de la expedición con Araujo se habían agravado de un modo considerable al poco de la partida de La Condamine y el joven oficial español había ido corriendo a Lima a defender la posición de los expedicionarios ante el propio Villagarcía[11].
En ausencia de La Condamine, habían llegado a Quito cuatro grandes cajones con instrumental astronómico, incluyendo cuartos de círculo de importancia crucial para la labor de triangulación de la misión. Los habían remitido a Cádiz desde París en 1735, demasiado tarde para llegar antes de la partida de Juan y Ulloa, pero fueron embarcados en el siguiente viaje oceánico y luego trasladados a Quito a través de Panamá. Cuando los cajones llegaron a Quito surgieron problemas. Un funcionario había exigido veinte pesos por el transporte en mulas efectuado desde Guayaquil, pero el tesorero García Aguado, siguiendo órdenes de Araujo, se había negado a pagarlos. Temprano en la mañana del 30 de enero, Ulloa despachó a su esclavo con una nota para Araujo, en la cual le exigía al presidente que ordenara al tesorero el pago de la tarifa. Araujo contestó al instante y le insistió al teniente que empleara con él, en las cartas que le dirigiera, el «vuesa señoría» que le correspondía.
Al recibir este desaire de Araujo, Ulloa decidió enfrentarse a él en persona. Según todos los indicios, el fiscal Juan de Valparda fue el
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instigador de este error de cálculo. Valparda había sido el anfitrión y confidente de los oficiales españoles desde su llegada y, en tanto que jefe del partido chapetón, libraba entonces una enconada batalla con Aguado y Araujo por el control del cabildo de la ciudad. Como la expedición estaba bajo la protección del rey, es probable que Valparda pensara que podría utilizar a sus miembros contra el partido criollo sin miedo a represalias. El ardoroso Ulloa debió parecerle a Valparda pintiparado para embestir al presidente, aprovechando que su amigo Juan, más reflexivo —y capaz, además, de sujetar al primero—, estaba fuera de la ciudad. Ulloa irrumpió en la casa de Araujo en torno a las once de la mañana del 30 de enero, el mismo día en que había recibido la carta del presidente, y exigió audiencia. El secretario de Araujo le explicó que el presidente convalecía en cama de una reciente enfermedad. Ulloa trató de apartarlo, pero un sirviente de Araujo de raza mezclada le cerró el camino. Horrorizado de que «un mulato» le pusiera «la mano en los pechos», Ulloa lo empujó diciéndole: «¿Qué me vienes con esos modos a impedirme la entrada?». Según entró en el dormitorio de Araujo, la mujer del presidente trató de calmar a Ulloa, pero este se enfureció todavía más. «Señora —le replicó —, vuestra merced no se meta en hablar de esta materia, porque no es cosa en que debe tener voto; si vuestra merced fuera hombre como yo, [yo] sabría responder a lo que me dijese como lo hago con todos los demás».
Volviéndose a Araujo, Ulloa le soltó una diatriba que pudieron oír todos los que estaban en la residencia del presidente e incluso fuera, en la plaza. No utilizaba el «señoría», le espetó Ulloa, porque no reconocía en Araujo a un superior. En tanto que enviado del rey, solo el virrey estaba por encima de él. Además, como oficial de la Armada, Ulloa no formaba parte de las milicias de la audiencia, de modo que, aunque Araujo fuera capitán general de Quito, no tenía autoridad sobre él. El teniente señaló entonces el bastón de mando de Araujo y le dijo con acritud que «su bastón de capitán general era comprado por 26 000 pesos y que expiraba a los ocho años de la presidencia», mientras que él había obtenido su empleo por méritos. Después de aquella última estocada, el oficial se dio media vuelta y salió de forma intempestiva a la plaza principal lanzando maldiciones propias del marino que era. Es posible que Araujo sospechase, por el comentario de los «26 000 pesos», que Juan Valparda se encontraba
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detrás del ataque de Ulloa, pero en aquel momento el presidente tenía que atender un problema más grave que la denuncia de su corrupción. Aquellos forasteros no solo se habían alineado con los chapetones y contra el partido criollo al que pertenecía, ahora también parecían situarse por encima de cualquier autoridad que no fuera el virrey. Era más de lo que Araujo podía soportar. Convocó de inmediato un consejo de justicia («real acuerdo») para poner a Ulloa bajo arresto, pero el fiscal Valparda se opuso. Ulloa envió aviso a Jorge Juan del lance en que se encontraba. El segundo regresó de inmediato a la ciudad y al día siguiente, el 31 de enero, fue llamado a la casa de Araujo. Tras una breve entrevista en la que Jorge Juan apoyó por entero la posición de su amigo, Juan localizó a Ulloa y ambos regresaron a su alojamiento en la casa de Valparda, aneja a la residencia de Araujo, para decidir qué pasos seguir. Juan y Ulloa salieron de la casa alrededor de las dos y media de la tarde de aquel día y, mientras caminaban por la plaza principal, les cerró el paso una abigarrada banda de milicias armada con espadas y pistolas. El grupo tenía órdenes de arrestar a Ulloa. Entre los milicianos se encontraban el secretario de Araujo y un criado de este que agarró con rapidez a Ulloa por detrás y lo lanzó contra una pared, según relataría más tarde el oficial. Entonces, según cuenta Ulloa, se acercó «el Secretario del Presidente con una pistola de faldriquera montada y, poniéndome las bocas en el pecho, me dijeron que al menor movimiento me disparaban, que mirara lo que hacía porque traían tal orden». Jorge Juan, avezado combatiente que se había batido en numerosas batallas contra hordas de corsarios, sacó la espada y la pistola. La milicia, carente de adiestramiento y bisoña, no tenía contra él ninguna posibilidad. Jorge Juan hirió a dos hombres, uno de ellos el secretario de Araujo, que moriría más tarde por esta causa. Los dos oficiales corrieron entonces al otro lado de la plaza, a buscar refugio en el colegio de los jesuitas donde se había hospedado La Condamine unos meses antes.
Ambos bandos se encontraban en una situación comprometida. La milicia de Araujo no podía violar el santuario del seminario jesuita, y Juan y Ulloa no podían ni siquiera enviar una carta al virrey por miedo a que fuera interceptada. El punto muerto se alargó una semana, hasta que, a las dos de la madrugada del 7 de febrero, Juan se escabulló por un ventanuco del seminario y huyó a la ciudad. Fue directo a Lima, a pedirle ayuda al
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virrey. Al fin y al cabo, habían sido compañeros de viaje a bordo del Nuevo Conquistador, un vínculo que trascendía el rango o los privilegios. Mientras Juan iba a Lima y Ulloa permanecía encerrado en el seminario jesuita, los miembros franceses de la expedición que se habían quedado en Quito abogaron ante las autoridades en favor de los oficiales españoles. Como todavía no tenían suficiente dominio del español, los testimonios que enviaron al virrey se escribieron en francés. La primera carta, redactada por Godin el 11 de febrero y firmada por Seniergues, Jussieu, Verguin, Morainville, Hugo y Godin des Odonais, declaraba que los oficiales habían «compartido con nosotros el trabajo, mediciones y cálculos y las mismas fatigas y peligros» para el cumplimiento de la misión geodésica. Una carta adicional, escrita por Bouguer el 17 de febrero, añadía que los españoles «nos han ayudado con sus luces y han aportado toda la viveza posible» a la misión. El grupo de partidarios de los oficiales, cada vez mayor entre la élite quiteña, también acudió al rescate: José de Zenitagoya, un juez local, escribió a la corte española afirmando que Juan y Ulloa asistían a los científicos franceses con tanta dedicación y afán que «solamente una pluma teñida de odio y malicia pudiera minar algo el buen nombre de los caballeros fieles»[12].
Araujo intentó, para contrarrestar estos testimonios, desacreditar al conjunto de la expedición acusándoles de vender mercancías de contrabando. Este cargo fue refutado con facilidad por los que se encontraban en Quito, pero La Condamine no estaba en la ciudad para defenderse. Cuando la noticia del incidente llegó a Lima, a finales de marzo, arribaron al mismo tiempo órdenes de Araujo para que el fiscal de Lima registrara las pertenencias del científico en busca de artículos de contrabando. No se encontró nada ilegal. Este estaba más atónito que molesto, porque para entonces tanto él como Jorge Juan ya habían podido hablar con Villagarcía sobre las dificultades que tenían con Araujo. El virrey envió órdenes específicas al presidente para que los problemas desaparecieran y para que permitiera a la expedición retomar su labor[13].
En los primeros días de mayo de 1737, concluido su quehacer en Lima, Juan y La Condamine embarcaron en el Callao en una fragata cuyo destino final era Panamá. La travesía hacia el norte, por la costa, discurrió placentera. Hicieron parada en Paita, llegaron a Guayaquil el 29 de mayo y
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siguieron luego por tierra hasta Quito. Ambos individuos llegaron a la capital de la audiencia en la mañana del 20 de junio, justo a tiempo de encontrar a Bouguer y Godin observando el solsticio para confirmar la eclíptica que habían medido por primera vez en diciembre. Durante los seis meses que La Condamine estuvo fuera de Quito, esa fue toda la labor astronómica que habían realizado. La expedición llevaba ya más de dos años fuera y todavía no había completado ni un grado de la triangulación.
Aunque el grupo se había ganado algunos enemigos poderosos en Quito y el progreso científico había sido lento, el regreso de La Condamine trajo buenas noticias a sus colegas. Su viaje había dado buen fruto: traía 12 000 pesos en metálico para la expedición, un crédito adicional de 4000 pesos y la bendición explícita del virrey. Ya tenían tanto el dinero como el respaldo político para comenzar de pleno su labor geodésica. El apuro de Ulloa parecía haberse resuelto; en marzo había abandonado el seminario jesuita y ahora circulaba por la ciudad sin miedo de que lo apresaran. Incluso les habían entregado, por fin, el cargamento inmovilizado de instrumental científico (y eso que el insistente funcionario no llegó a recibir nunca el pago que reclamaba por el transporte). Araujo, por orden de Villagarcía, retiró los cargos de contrabando contra La Condamine y, de hecho, parecía confiar en que todos se olvidaran del incidente como si este no hubiera sucedido. Además de llegar a aquella frágil paz con el nuevo presidente, los científicos galos y los oficiales españoles también observaron que se habían ganado el respeto de los vecinos de Quito, en parte por plantar cara al envanecido presidente y a sus colaboradores. El equipo se había instalado con firmeza en la élite social, política e intelectual de la audiencia. Juan y Ulloa continuaron viviendo en la casa del fiscal Valparda, mientras que Bouguer estaba instalado en la del notable abogado e inquisidor de Quito José Dionisio Sánchez de Orellana, tío del futuro presidente de la audiencia y el mismo funcionario que había puesto en cuestión el catolicismo de los científicos antes de que lo invitaran a cenar cerdo. La Condamine prefirió vivir por su cuenta y se compró una casa en la calle Imbabura, cerca de la iglesia de la Merced, cuya torre iba a ser empleada por el equipo en las mediciones de larga distancia. Otros miembros encontraron hospedaje un poco más al norte, en el contiguo y próspero distrito de Santa Bárbara. El principal
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comerciante de Quito, Lorenzo Nates, sirvió de banquero a la expedición, y los miembros de esta contaban con la confianza de los jesuitas y eran bienvenidos por los miembros de la Compañía dondequiera que viajaran[14].
El respeto que la expedición estaba disfrutando en Quito se debía, en parte, a su peculiar dedicación a la misión que tenía encomendada, la cual seguía siendo una especie de misterio para la mayor parte de los habitantes de la ciudad. De hecho, esta falta de comprensión les granjeó a los visitantes el sobrenombre de «los caballeros del punto fijo». José de Zenitagoya, juez local, había indicado en su testimonio a la corte española que sabía que los científicos habían sido enviados de París «para las averiguaciones matemáticas del punto fijo del ecuador». Los habitantes del Perú pensaban, bastante desencaminados, que al establecer ese punto fijo los científicos podrían determinar el tamaño y la figura exactos de la Tierra. Las habladurías llegaban a decir que, a cambio de un dinero, la expedición podía incluso acercar el ecuador hasta Lima. De hecho, el sobrenombre de «los caballeros del punto fijo» o su equivalente, «los caballeros de la exactitud», nos trae reminiscencias cervantinas. Los científicos, en pie en la meseta de Quito mientras observaban el bulevar de volcanes que les aguardaba, bien podían haber imaginado que aquellas cumbres eran los enormes gigantes que don Quijote imaginaba a la vista de los grandes molinos. A estos gigantes, sin embargo, no se les podía vencer con la espada y la lanza, sino con plumas, cuartos de círculo y ciencia[15].
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Capítulo 6
Los triángulos del Perú
Bouguer y Godin no desperdiciaron el tiempo que La Condamine y Jorge Juan pasaron en Lima. Las instrucciones de la Academia de las Ciencias a la expedición no especificaban qué método geodésico habrían de emplear los científicos para establecer la forma de la Tierra, así que Bouguer y Godin habían comenzado el año de 1737 riñendo por las opciones posibles: Bouguer quería medir varios grados de latitud siguiendo el meridiano norte-sur de Quito, pero Godin proponía medir varios grados de longitud este-oeste a lo largo del ecuador, desde Quito a la costa. Los planes originales de la expedición habían previsto comparar la medida de un grado de latitud en el ecuador con uno medido en Francia, pero la geodesia era aún una ciencia bastante joven y no había llegado a una metodología óptima consensuada. También era posible determinar el tamaño y la forma de la Tierra comparando mediciones de grados de longitud en distintos puntos del planeta. Godin aducía que calcular la medida de un grado de longitud en el ecuador les daría una referencia estándar que luego podría ser usada por cualquier otro científico para medir la Tierra en cualquier otro punto del globo. Bouguer se oponía al plan de Godin y defendía que medir la longitud no era tan exacto como medir la latitud; además, el terreno desde Quito hasta la costa era una jungla densa y llana, con muy escasas vistas a larga distancia como las que se necesitaban para una medición geodésica.
El debate entre Bouguer y Godin se prolongó varios meses. El primero, llevado al límite de su paciencia, amenazó con abandonar si la disputa continuaba, y entonces el segundo reculó y se avino a medir la latitud. Bouguer desconocía que Godin había recibido una carta de Maurepas, el 9 de marzo, en la que le indicaba que empleara el método de la latitud, puesto que Maupertuis y Clairaut habían establecido que medir
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la longitud no sería exacto. La carta de Maurepas había sido escrita un año antes, pero llegó en el momento preciso para poner fin a una discusión potencialmente desastrosa. De todos modos, Godin mantuvo oculta su existencia a Bouguer. El jefe de la expedición volvía a actuar independientemente del resto de la expedición[1].
Una vez acordado el método de la latitud, era necesario que los científicos planificaran los puntos concretos de la triangulación para ultimar la ruta a seguir. En marzo, mientras La Condamine y Juan pedían ayuda al virrey en Lima, Bouguer tomó la carretera que sale al norte desde Quito y cartografió, hasta su regreso en mayo, alrededor de cien kilómetros de aquel denso terreno boscoso. Verguin fue entonces en dirección contraria, en paralelo a la cordillera, y regresó en junio con un mapa de posibles puntos de medición que llegaba, en dirección sur, hasta Riobamba. A su vuelta a Quito a finales de junio, La Condamine le mostró al grupo el mapa que había levantado del área entre Riobamba y Cuenca, así como un estudio de la región en torno a esta última ciudad, la cual podría servir como segunda base de comprobación. Los mapas iniciales incluían las posiciones estimadas de los triángulos, dado que la medida aproximada del arco de un grado de latitud en el ecuador ya se conocía con una incertidumbre de alrededor de un kilómetro y medio. Gracias a sus trabajos, llegarían a reducir la incógnita a menos de un metro[2].
Según el grupo iba reuniendo toda esta información, fue tomando forma un plan detallado. La doble hilera de volcanes al sur de Quito ofrecía los puntos de triangulación más prometedores: llegaba a extenderse en torno a tres grados de meridiano (algo más de trescientos kilómetros) hasta la ciudad de Cuenca. Tendrían que comenzar la labor geodésica cerca de Quito y usar como vértices de los primeros triángulos los volcanes Pichincha y Pambamarca, gracias a la vista despejada que desde ambos se disfrutaba hasta la base fundamental de Yaruquí. Después irían moviéndose hacia el sur, entre las parejas de volcanes que se alternan a uno y otro lado del gran valle, estableciendo bases cerca de la cima de cada uno de ellos. En aras de la precisión, los triángulos de la medición se proyectaron para que fueran prácticamente equiláteros, de forma que todos los ángulos a medir fueran de alrededor de 60°. Además, las estaciones[*] se emplazarían en alturas más o menos equivalentes para reducir al
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mínimo las correcciones por la distancia vertical entre los puntos de la observación.
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Los triángulos del estudio de la misión geodésica siguiendo los Andes. Ilustración extraída de Pierre Bouguer, La figure de la Terre, déterminée par les observations de Messieurs Bouguer, & de la Condamine, de l’Académie Royale des Sciences, envoyés par ordre du Roy au Pérou, pour observer aux environs de l’Equateur. Avec une Relation abrégée de ce Voyage, qui contient la description du Pays dans lequel les Opérations ont été faites, Paris, Charles-Antoine Jombert, 1749.
Con la misma motivación que en la base fundamental, la medición se dividiría en dos grupos para conseguir a un tiempo redundancia y velocidad. Bouguer, La Condamine y Ulloa formarían el primer grupo, mientras que Godin y Juan estarían en el segundo. Cada grupo contaría con una avanzada de subordinados (Verguin y Grangier el primero, Godin des Odonais y Hugo el segundo) que se adelantaría a los jefes para establecer las estaciones y transportar las tiendas, el material y el equipo hasta lo alto de las montañas. Varios indios, además de esclavos y sirvientes personales, ayudarían al acarreo de estos objetos vitales y a su mantenimiento. Los dos grupos de medición seguirían rutas diseñadas para no estorbarse: cuando uno se situase en una de las cordilleras, el otro se encontraría en la cordillera opuesta[3].
Desde los puestos de observación, ambos grupos medirían los ángulos que les permitirían proyectar, poco a poco, pero sin pausa, una cadena enorme de triángulos en dirección sur y en paralelo a los Andes. La base fundamental que habían medido en Yaruquí formaría la base del primer triángulo que tendría su vértice en Pichincha, al oeste, y también de un segundo triángulo hacia el este que acababa en el Pambamarca. A partir de la medida de la base fundamental y los ángulos que se formaran entre ella y las estaciones situadas en ambas montañas, los científicos hallarían las dimensiones de esos dos primeros triángulos y cada uno de estos les proporcionaría uno de los lados de los siguientes triángulos de la cadena. Los grupos ascenderían al Pichincha y al Pambamarca y medirían el ángulo visible entre dos estaciones muy alejadas entre sí y situadas en el siguiente grupo de montañas. Entonces, valiéndose de la geometría euclidiana, obtendrían los lados y los ángulos faltantes de cada triángulo, es decir, los irían «cerrando». Cada vez que cerraran un grupo de
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triángulos, ambos equipos recogerían sus bártulos y pasarían a la montaña siguiente, ampliando poco a poco la cadena trigonométrica hacia el sur. Si se coordinaban con habilidad, los dos equipos podrían completar los treinta triángulos previstos con el mínimo de observaciones y llegarían finalmente a Cuenca, donde podrían crear y medir una segunda base, esta de verificación, para cerciorarse de la exactitud de su trabajo.
Después de que la expedición confirmara la medida de la cadena trigonométrica, solo restarían unas observaciones astronómicas y matemáticas rutinarias para establecer la medida de un grado de latitud en el ecuador. La comparación de esta medida con la de un grado de latitud en Francia les permitiría conocer, por vez primera, la verdadera figura de la Tierra. El proceso se presentaba laborioso, pero no complicado, así que esperaban acabarlo y haber emprendido ya el camino a casa en mayo del año siguiente, 1738[4].
Durante julio y principios de agosto, los científicos ajustaron los cuartos de círculo que iban a ser el instrumento básico de sus mediciones. Ahora que se habían resuelto los problemas con Araujo y que se había desembargado el envío procedente de España, cada uno de los científicos contaba con su propio cuadrante. Con un radio aproximado de 60 a 90 centímetros y construido de sólido hierro para asegurar su rigidez, el cuadrante o cuarto de círculo medía hasta 90° con un brazo fijo y otro móvil que estaba sujeto al centro y se deslizaba a lo largo de un limbo (una placa que lleva grabada una escala de grados). Para medir el ángulo entre dos estaciones geodésicas, el brazo fijo apuntaba a una de ellas y el brazo móvil se giraba hasta alinearlo con la segunda: el ángulo entre ambas estaciones podía entonces leerse en el limbo. Ambos brazos estaban dotados de telescopios para que la exactitud fuera la mayor posible. En buenas condiciones, su precisión angular era de alrededor de veinte segundos, en torno a 15 centímetros a una distancia de kilómetro y medio[5].
Los cuartos de círculo habían sufrido daños y distorsiones durante su travesía de once mil kilómetros y fue necesario recalibrarlos antes de usarlos. Un método habitual para recalibrar la medida angular era primero trazar, con una cuerda muy larga, un semicírculo de unos tres kilómetros de diámetro, con el cuadrante en el centro, y después proceder a señalar
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divisiones iguales a lo largo de la circunferencia de ese semicírculo. Entonces, observando cuidosamente los ángulos de referencia establecidos por las señales del gran semicírculo, era posible grabar en el limbo del cuadrante las gradaciones correctas (separadas por entre medio grado y dos grados)[6].
Mientras los hombres alistaban los instrumentos con el mayor esmero, La Condamine también tomaba medidas para asegurarse de que las disposiciones financieras para el estudio tuvieran un nivel similar de atención al detalle, en contraste con el anterior gasto incontrolado de Godin. La Condamine, de momento y hasta donde podía preverse, iba a financiar la expedición con su fortuna personal, aunque no estuviera en absoluto seguro de que después le fueran a pagar. A finales de julio, según llevaba registrado al dedillo, había adelantado ya un total de 7988 pesos (es decir, alrededor de la mitad del total de que disponía) a miembros de la expedición para llevar a cabo la siguiente fase del trabajo[7].
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Cuarto de círculo de 2 pies de radio construido por Claude Langlois (1730).
Encyclopédie, planches de l’astronomie de Diderot y D’Alembert.
El 14 de agosto los dos grupos partieron de Quito para medir los primeros ángulos de la triangulación. Los ángulos iniciales se tomarían desde los extremos de la base fundamental de Yaruquí. El primer vértice sería la cima del Rucu Pichincha, algunos kilómetros al oeste de Quito, donde acamparía el grupo de Bouguer, y el segundo sería el monte Pambamarca, 40 kilómetros al este de la capital de la audiencia, donde iría el grupo de Godin.
El grupo de Bouguer, tras escalar más de un kilómetro y medio por nieve y roca para acceder a la cumbre del Rucu Pichincha, se instaló en el refugio preparado el año anterior por La Condamine y Verguin. Este consistía en unos cuantos postes de madera cubiertos de cañas y pieles, de modo que era muy poca la protección que ofrecía en el inhóspito medio alpino.
A pesar de las comodidades espartanas, los dos grupos se pusieron a trabajar y elevaron sendos amontonamientos piramidales de madera, ramas y tela blanqueados con cal y lejía para crear señales que pudieran verse con claridad a través de un telescopio hasta a 50 kilómetros de distancia. Ambos grupos lograron llevar a cabo algunas observaciones científicas en el tiempo que estuvieron en lo alto de los volcanes, pero ninguno consiguió las mediciones más preciadas. Sí les fue posible medir la altitud y la temperatura de sus estaciones utilizando el instrumental más moderno: barómetros de precisión para registrar las alturas y nuevos termómetros desarrollados por un amigo de la Academia de las Ciencias, René Antoine de Réaumur, para registrar las temperaturas. Estas últimas caían de noche a —5 grados Réaumur (—6° C) y cualquier calor se disipaba con rapidez en el aire ligero de la montaña. Según comentó Bouguer, «teníamos en el centro una olla calentada al fuego y varias velas encendidas, pero el agua se nos congelaba en los propios vasos». La niebla o la neblina cubrían a menudo la montaña, o lo que es peor aún: cuando el aire se despejaba algunos minutos, el grupo de Bouguer no conseguía divisar a la par los extremos de la base fundamental de Yaruquí y el Pambamarca; siempre alguna de las dos zonas se encontraba oculta por las nubes. Godin y Juan
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experimentaron penalidades similares en su montaña. Durante veintitrés días soportaron el enconado frío y los cortantes vientos sin lograr medir un ángulo. A finales de septiembre, ambos grupos regresaron a Quito[8].
El tiempo que habían pasado en el Pichincha y el Pambamarca, como se darían cuenta más adelante, había sido el bautizo de lo que iban a ser los siguientes años de su existencia. La escalada a las montañas había sido traicionera; el viento, el frío y las súbitas nieblas que oscurecían los estrechos senderos rocosos la habían complicado, y tanto Jorge Juan como Godin habían sufrido caídas peligrosas. Sin embargo, el verdadero peligro era mucho más insidioso: sufrieron un padecimiento que pocos europeos habían experimentado, el mal de montaña. Este se conocía en la región como «soroche», en referencia al mineral de plata que, según pensaban los lugareños, emitía unos vapores tóxicos a los que achacaban aquel padecimiento. Hoy se sabe que el mal de montaña es resultado del menor nivel de oxígeno a gran altura; en los parajes en que anduvo la expedición, alrededor de la mitad del que se encuentra al nivel del mar. Un nivel de oxígeno reducido puede producir inflamación cerebral, pero afecta a los individuos de manera impredecible; es posible que alguien joven y saludable tenga que acostarse o que una persona de edad avanzada no presente síntomas. Ulloa, que acababa de cumplir veintiún años, cayó inconsciente durante un tramo de la escalada; a La Condamine, de treinta y seis años, le sangraron las encías; otros vomitaron. En cambio, Bouguer, que se acercaba ya a los cuarenta, que enfermaba con frecuencia y que en los viajes marítimos padecía los peores mareos, no se vio afectado por la altura[9].
Los indios que acompañaron a los científicos europeos a las cumbres del Pichincha, el Pambamarca y cimas posteriores no lo pasaron, ni mucho menos, tan mal como ellos. Por un lado, sus ancestros llevaban viviendo en los Andes varios milenios, así que habían desarrollado unos pulmones enormes y un sistema circulatorio de una eficiencia extraordinaria que les permitía soportar la altura y el frío sin gran esfuerzo aparente. Sin embargo, ni siquiera ellos se quedaban en las cumbres de las montañas a dormir y preferían, con gran sensatez, descender a menor altura y volver por la mañana a limpiar la nieve de las chozas y tiendas de los científicos. Los indios también habían aprendido a mascar hojas de coca y a beber una
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infusión o mate de esa misma planta, dos remedios que aliviaban los síntomas del mal de altura. Esas costumbres todavía las siguen quienes hoy día visitan la región. Aunque no aparece indicado en sus diarios, es posible que los miembros de la expedición adoptaran esas prácticas a medida que se fueron convirtiendo en montañeros más avezados. Estaban convencidos, como todos los europeos antes de que se explorara la cordillera del Himalaya, de que los Andes eran las montañas más altas del mundo. De hecho, los expedicionarios habían ascendido a una altura mayor que cualquier otro explorador europeo; con sus más de 4500 metros, el Pichincha es tan alto como la montaña más alta de Europa occidental, el Mont Blanc, que no llegaría a coronarse hasta cincuenta años más tarde. Sin embargo, todavía tendrían que escalar más alto y soportar mayores penalidades antes de ultimar los triángulos del Perú.
Después de recuperarse en Quito unos pocos días, los equipos reevaluaron sus planes. Su primera acción fue levantar, en los alrededores de la ciudad, señales nuevas que aprovecharan los ángulos de visión más despejados que se podían tener desde el Pichincha y el Pambamarca: una señal estaría en la llanura de Shangalli (actual Sangolquí), al sudeste; otra en la hacienda de Cochasquí, al nordeste, y una tercera en la traicionera cumbre del Tanlagua, 30 kilómetros al norte. Después los hombres trasladaron la estación situada en el Pichincha; para entonces, estaba claro que la niebla la ocultaba con demasiada frecuencia, así que a mediados de septiembre el grupo de Bouguer estableció un nuevo emplazamiento unos cuatrocientos metros más abajo. Allí permanecieron dos meses, pero de nuevo no consiguieron avistar el Pambamarca, ni la base fundamental, ni las nuevas señales. Fue en la nueva estación de Pichincha donde Bouguer supo por qué Godin había accedido, de improviso, a realizar mediciones latitudinales en lugar de longitudinales. El 27 de septiembre Bouguer recibió, después de un retraso del que se desconocen las causas, su propia copia de la carta remitida por Maurepas en la que le ordenaba a Godin abandonar la medición de la longitud. Bouguer y La Condamine, cuando se dieron cuenta de que Godin les había ocultado aquellas instrucciones desde marzo, seguramente echarían chispas por el subterfugio de Godin, pero poco podían hacer, el blanco de su ira se encontraba reajustando su
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cuarto de círculo de vuelta en Quito, la urbe que podían divisar allá abajo, en la distancia, a través de sus telescopios[10].
Ambos grupos regresaron a Quito el 7 de noviembre, sin haber logrado aún obtener las mediciones necesarias. Pasaron el resto de noviembre y la mayor parte de diciembre intentando, en vano, efectuar observaciones en Tanlagua y en la base fundamental de Yaruquí. Entonces, por fin, a finales de diciembre, el tiempo clareó lo suficiente para que el equipo de Bouguer pudiera medir los primeros ángulos desde el Pichincha. La obtención de estas mediciones preliminares les había llevado más de cuatro meses.
Ahora que 1737 llegaba a su fin y los expedicionarios echaban la vista atrás sobre lo avanzado aquel año, comprobaron compungidos los magros resultados. De todos modos, sí que hubo algunos progresos: el viaje de La Condamine a Lima había reforzado los pilares financieros y políticos de la empresa; Jorge Juan y Antonio de Ulloa estaban logrando, de alguna manera, mantener juntos a los volátiles científicos galos, y toda la expedición estaba trabajando por un fin común. Podían encarar el nuevo año con cierta esperanza.
El año 1738 comenzó con una chispa de inspiración de alguien, por lo general, poco colaborador, Godin. Uno de los problemas más peliagudos de la expedición era que las señales de madera y tela que usaban como referencia en las mediciones eran, a menudo, derribadas por el viento o desmontadas por los indios lugareños, para quienes la madera, en aquellas alturas peladas, era un bien precioso. La señal de Pambamarca se había reparado ya siete veces. El proceso completo —los científicos se daban cuenta del daño, iban caminando hasta el lugar, volvían a levantar la señal y regresaban a intentar una observación— podía llevar más de una semana. Godin tuvo entonces una idea sencilla, utilizar las tiendas de campaña como señales, puesto que eran de construcción muy robusta y los lugareños sabían bien que eran propiedad de los científicos. A finales de enero, el grupo de Bouguer ascendió al Pambamarca, donde esta vez logró avistar las nuevas señales levantadas en torno a Quito y, por fin, cerrar el primer triángulo de su serie[11].
En los días en los que completaron la primera pareja de triángulos, los expedicionarios pudieron, asimismo, disfrutar de la visión de un fenómeno atmosférico muy raro entonces, una gloria o arcoíris de niebla. También
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conocido como «anillo de Ulloa» o «halo de Bouguer», hoy los pasajeros de los aviones pueden ver este fenómeno con frecuencia y sucede cuando el sol está a espaldas del observador y se proyecta una sombra sobre una nube o un banco de niebla. Tanto Ulloa como Bouguer señalaron su belleza sobrenatural: «… se veía, como en un espejo, representada la imagen de cada uno de nosotros y, haciendo centro en su cabeza, tres iris concéntricos […] y así como el sujeto se movía de un lado para otro, el fenómeno le acompañaba enteramente […]; pero lo más reparable era que, hallándonos allí casi juntos seis o siete personas, cada uno veía el fenómeno en sí y no lo percibía en los otros», observó Ulloa. Bouguer escribió que la cercanía permitía «distinguir todas las partes de la sombra, se veían los brazos, las piernas, la cabeza y el cuerpo entero»[12].
Las glorias fueron un agradable interludio en lo que se estaba convirtiendo en un trabajo de una lentitud exasperante. Los científicos habían planeado proyectar una cadena de treinta triángulos, pero al acabar enero de 1738 habían conseguido cerrar dos y ni uno más. Durante los tres meses siguientes, los dos equipos lograron cerrar otros cuatro ascendiendo, uno tras otro, los volcanes Guamaní, Corazón y Cotopaxi. Aunque cada vez eran más hábiles defendiéndose del medio, los elementos todavía conspiraban en su contra. Los distintos relatos de los expedicionarios coinciden. Allí, en el ecuador, lo que más les afectaba no era el calor, sino el frío. Las noches eran duras y a menudo caían sobre ellos granizadas y ventiscas de una furia desconocida en Europa. Ulloa recordaría sus padecimientos:
Nuestra común residencia era dentro de la choza, así porque el exceso del frío y la violencia de los vientos no permitían otra cosa […]. Entonces percibíamos, en la furia de las tormentas que descargaban no menos sobre Quito que sobre los otros parajes de aquel extendido país, con el oído el efecto de las nubes que rompían por la parte inferior, y con la vista la intrépida claridad que arrojaban las que por la superior […].
Ya se deja entender de qué conformidad estarían los cuerpos de los que por necesidad habíamos de sufrir la aspereza de tal clima: por una parte, los pies tan hinchados y doloridos que ni el calor era soportable en ellos ni posible el pisar sin una gran penalidad; las manos, por lo consiguiente, casi heladas, y los labios hinchados, encogidos y rajados [tal] que, al movimiento de hablar u otro semejante, empezaban a verter sangre por donde se abrían […].
El alimento más común de que allí usábamos era un poco de arroz cocido con alguna carne o ave que se hacía llevar de Quito. En lugar de agua, para cocerlo se llenaba la olla en que se hacía de hielo, porque no había ninguna que corriera o estuviese líquida, y lo mismo se
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practicaba para beber; pero al tiempo de comer era forzoso conservar cada uno la comida sobre el brasero porque, en apartándola, se coagulaba. Lo mismo sucedía con el agua[13].
Es improbable que los científicos, allá cuando planificaron la expedición en el confortable entorno del palacio del Louvre, llegaran a imaginarse el penetrante frío y los cortantes vientos que ahora padecían. Las semanas transcurridas en la base fundamental de Yaruquí, trabajando desde el alba al anochecer bajo el sol ecuatorial, debían parecerles un recuerdo casi placentero.
Las condiciones climáticas extremas también obstaculizaban las observaciones. Los cielos ecuatoriales, se daban cuenta ahora, estaban cubiertos de nubes de forma casi ininterrumpida, un fenómeno (no explicado hasta el siglo XIX) causado por la convergencia de los vientos alisios de los hemisferios norte y sur, unida a la intensa convección del húmedo aire tropical. La expedición, que no había contado con semejante persistencia del techo de nubes, había supuesto el año anterior que para mayo de 1738 habrían acabado la tarea. La fecha estaba cada vez más cerca y no habían terminado ni una cuarta parte de la labor.
El tiempo se hacía interminable en las frías estaciones de montaña, donde los equipos tenían que esperar periodos impredecibles, de una semana a un mes, a que el cielo volviera a abrirse durante los minutos necesarios para efectuar una única observación. Es probable que la mayor parte de los integrantes del estudio se centraran en sus diarios para pasar el tiempo, pero Bouguer, que oficialmente todavía era real profesor de hidrografía, había traído consigo el manuscrito que ya había comenzado, a instancia de Maurepas, antes incluso de que se planificara la expedición. Estaba desarrollando una idea innovadora en la arquitectura naval, que los barcos pudieran diseñarse empleando reglas basadas en la física y ya no en los principios habituales derivados de la tradición. Cuando Bouguer fue llamado a unirse a la misión geodésica, se llevó consigo el manuscrito para acabarlo durante aquella prolongada ausencia. En los largos intervalos en las montañas cuando las observaciones eran imposibles, según le explicaba a su amigo Réamur, pasaba el tiempo «meditando sobre la construcción de embarcaciones y escribiendo un tratado [de arquitectura naval]. Intentaré terminarlo aquí para luego poder sopesar las reglas con tranquilidad durante el viaje que nos devolverá a Francia»[14]. En lo alto de los Andes y
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a kilómetros del océano, una nueva ciencia para el diseño de los barcos estaba naciendo; fue uno de los numerosos frutos inesperados de la Misión Geodésica al Ecuador.
En abril, tras conseguir cerrar seis triángulos, la totalidad de la expedición se vio obligada a volver a Quito para la Semana Santa con el fin de no despertar la suspicacia del anfitrión de Bouguer y jefe de la Inquisición. La ciudad estaba, entonces, mucho más tranquila que el año anterior, cuando Ulloa tuvo su altercado con Araujo, y la agitación política de 1736 estaba prácticamente olvidada. El presidente había llegado a una tregua con el partido chapetón y Alsedo había partido de Quito a Cartagena de Indias el mes de octubre anterior, de forma que uno de los principales instigadores del conflicto había quedado fuera de escena.
A pesar de su apariencia tranquila, Quito era todavía un lugar peligroso. Los duelos eran sucesos habituales, la mayor parte del común llevaba dagas y la clase alta portaba espadas y pistolas. El pequeño ejército permanente que Araujo había organizado al poco de la audaz escapada de Jorge Juan se había disuelto. Más que como un auténtico cuerpo militar, había servido de guardia personal de Araujo, pero sin él la ciudad volvía a estar sin más fuerza policial que un puñado de vigilantes nocturnos voluntarios[15]. Con esta falta de policía en Quito, no es de extrañar que, a primeros de mayo, cuando el esclavo de Bouguer fue apuñalado de muerte por un mestizo, el culpable no fuera procesado ni perseguido. Los asesinatos sucedían a veces casi con frecuencia semanal. De hecho, el asesinato de miembros de las clases más bajas por blancos y mestizos había llegado al punto de adquirir una dimensión mítica en la leyenda del pishtaco, surgida al poco de la colonización española del país. El terrorífico pishtaco era, en todos los casos, un varón blanco o mestizo, a menudo atractivo y bien vestido, que cazaba indios y negros por la noche y los mataba para, después de hervir sus cuerpos, extraerles la grasa y venderla para el funcionamiento de los ingenios de lana o de azúcar, o para los moldes que se empleaban en la fundición de las campanas de las iglesias. Los padres solían corregir a los niños desobedientes advirtiéndoles de que el pishtaco vendría a por ellos, una costumbre que todavía hoy perdura[16]. Los franceses, de todos modos, eran hombres de
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ciencia; para ellos las historias de los pishtacos no tenían más credibilidad que el cuento de Cenicienta, alumbrado por su compatriota Charles Perrault.
Las leyendas y los rumores abundaban en Quito, y no solo sobre los pishtacos. Muchos lugareños no acababan de creerse la historia de que aquellos «caballeros del punto fijo» hubieran viajado hasta allí solo para medir la Tierra. Un día en que Ulloa, vestido con la ropa del común que los expedicionarios empleaban durante sus trabajos, acudía caminando a una cita, un caballero lo detuvo y, pensando que era un sirviente, le dijo que no le convencía la explicación de que estuvieran en el Perú por razones científicas. Según refiere Ulloa, «él y todos estaban persuadidos [de] no ser bastante asunto el que decíamos de averiguar la figura y magnitud de la Tierra para reducirnos a aquella vida, y que no podíamos dejar de haber descubierto muchos minerales en los páramos»[17]. Aquel comentario, a la vista de las continuas dificultades económicas que sufría la empresa, no debió de dejar de resultarle irónico a Ulloa.
El equipo estaba planificando la siguiente etapa del estudio, una marcha de un año para continuar las triangulaciones hasta su punto final en Cuenca, pero para aprovechar al máximo cada peso iban a tener que trabajar rápido. Según comentó Bouguer, «nuestros gastos se han doblado cuando tenían que haberse reducido a la mitad o a un tercio; los pesos que el señor La Condamine nos ha prestado ya se han gastado; los cuatro mil pesos que nos ha concedido la Audiencia de Lima nos llegan con cuentagotas». Antes, en abril, la expedición había recibido de Francia 4000 pesos con la promesa de 8000 ulteriores, pero con esta ayuda llegó una dura advertencia de Maurepas: «Deberéis llevar las cuentas al día para poder explicarle al rey con detalle las causas de vuestros gastos […]. Estamos convencidos de que esta suma bastará para todos los gastos y […] necesidades ulteriores». La chequera real quedaba en ese momento cerrada. Para evitar caer en más deudas, Godin tomó 3400 prestados de Pedro Vicente Maldonado, hermano menor de Ramón Maldonado, el acaudalado magistrado que había hecho amistad con La Condamine al poco de su llegada a Quito, en 1736. El préstamo de Pedro Vicente fue uno de los numerosos actos de amabilidad y apoyo provenientes de la familia
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Maldonado, que ayudó a la continuidad de la misión en sus días más apurados[18].
Pedro Vicente nació en 1704 y era uno de los nueve hijos de la rica y bien relacionada familia Maldonado de Riobamba. En la época en que estudió para profesor recibió de los jesuitas la mejor educación universitaria. Después, se embarcó, en 1734, en un proyecto para construir una nueva carretera desde Quito hasta la costa del Pacífico siguiendo el río Esmeraldas, el mismo proyecto que su hermano Ramón le había descrito a La Condamine a la llegada del francés a Quito. En 1737, Pedro Vicente fue nombrado gobernador de la provincia de Esmeraldas. Y, en 1738, se encontraba, por una afortunada casualidad, justo en Quito para presentarle al presidente Araujo su plan para la carretera de Esmeraldas cuando tuvo noticia de los problemas de la expedición y al instante le ofreció el citado préstamo a Godin[19]. Para los miembros de la expedición, Ramón, Pedro Vicente y el extenso clan de los Maldonado llegarían a ser, además de anfitriones, una segunda familia en el tiempo que pasaron en la provincia.
Con el dinero de Francia y el préstamo de Maldonado, los científicos podían ahora proveerse los medios de transporte necesarios para sus trabajos. Durante la estancia de tres meses en Quito compraron mulas, albardas y otros suministros con vistas a la prolongada triangulación. También llevaron a cabo varios experimentos como, por ejemplo, uno sobre la velocidad del sonido a gran altura, para el que empujaron un par de cañones de pequeño tamaño hasta unas colinas situadas en extremos opuestos de la ciudad y midieron el intervalo que transcurría entre la llamarada y el tronar de la descarga[20].
El 9 de julio de 1738, el conjunto de la expedición salía de Quito por el sur, siguiendo la misma carretera que les había servido para entrar a la ciudad dos años antes. Tres días más tarde llegaban al volcán Corazón, donde hicieron varias observaciones conjuntas antes de dividirse en los dos grupos prefijados y de que estos comenzaran a entrecruzar sus caminos en el progreso hacia el sur[21]. Los dos grupos fueron zigzagueando entre la cordillera oriental y la occidental en direcciones opuestas. Siempre que Bouguer estaba en un lado del valle, Godin se encontraba en el otro, un arreglo que, sin duda, complacía a ambos. Bouguer y sus colegas tardaron un mes en medir ángulos desde el Corazón
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y luego cruzaron el ancho valle hasta el Papa-Urco, una estación mucho menos complicada en la que completaron sus observaciones en solo tres días.
El 16 de agosto Bouguer y La Condamine partieron de una hacienda cercana hacia las faldas del Cotopaxi, donde iban a hacer sus siguientes observaciones. Ulloa ya había salido antes, con la avanzadilla, a emplazar los instrumentos y las señales. Aquel día, la llegada de la noche sorprendió a ambos científicos en campo abierto, sin un refugio a la vista donde protegerse del frío. La Condamine explicaría más tarde: «Las albardas nos sirvieron de almohadas y el abrigo del señor Bouguer nos sirvió de colchón y de manta; una capa de tafetán barnizado que por suerte llevaba conmigo se convirtió, fijada [al terreno] con nuestros cuchillos de caza, en nuestra tienda y nos protegió de la helada que cayó toda la noche». Con el amanecer los sorprendió una espesa niebla que los dejó desorientados. Las mulas desaparecieron y solo La Condamine acertó a encontrar la suya. Al despejarse la niebla, este último avistó al porteador indio de ambos, que llevaba a cuestas los postes de la tienda y un poco de pan:
Le dije que volviera por el camino para que compartiera las provisiones con el señor Bouguer y lo ayudara a encontrar su montura. Poco después llegué a nuestro antiguo emplazamiento, donde encontré a los demás ya acampados. […] Lo primero que hice fue enviar una mula y algo de comida al señor Bouguer y preparar mi cuarto de círculo para aprovechar el buen tiempo[22].
Este relato casi enternecedor de cómo sobrevivieron demuestra hasta qué punto La Condamine y Bouguer habían llegado a depender el uno del otro.
Ambos científicos compartieron penalidades y experiencias que hicieron que se estrechara el vínculo entre estos dos dispares hombres, un vínculo que se estaba convirtiendo en la fuerza nuclear que impulsaba la expedición. La influencia de Godin en el conjunto del grupo se había ido desvaneciendo hasta la insignificancia —para entonces ya solo hablaba con los dos oficiales españoles—, y su indiferencia previa se estaba degradando y tomando tintes de hostilidad. «Las otras cosas van de mal en peor con el señor Godin, se quejaba Bouguer. No le he visto en más de cuatro meses y solo nos escribimos cuando no hay más remedio […]. No comprendo su enojo ni su rabia»[23].
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Ante el abandono cada vez mayor de Godin, Bouguer pasó a asumir el liderazgo de la expedición y a emitir las órdenes para llevar adelante el resto de los trabajos. Hasta el propio banquero de la expedición, Lorenzo Nates, «ya no quería darle dinero [a Godin] sin mi intervención», explicaba Bouguer en una carta remitida a casa[24]. El resultado global de la misión geodésica descansaba ahora, al parecer, en las espaldas del individuo que menos deseos había tenido de participar en ella.
A pesar de la perenne intransigencia de Godin, los dos equipos trabajaron con presteza en los meses de septiembre a diciembre y cerraron otros siete triángulos. El buen tiempo, aunado a las órdenes de Bouguer para que cada equipo midiera solo dos ángulos de cada triángulo dado, y ya no tres (una medida que reducía la redundancia, pero que ahorraba tiempo), posibilitaron esta aceleración. En un caso, en el monte Nabuso, el equipo de Bouguer consiguió instalar su estación, medir todos los ángulos y descender en el espacio de veinticuatro horas. El 8 de noviembre de 1738 los dos grupos llegaron a Riobamba, a medio camino de su destino final en Cuenca, llevando medido un grado y medio de latitud.
Una vez la expedición hubo alcanzado el punto intermedio del estudio, Godin regresó a Quito con Jorge Juan para resolver algunas cuestiones financieras que no concretó. Mientras se encontraba ausente, Godin cayó enfermo de algún tipo de fiebre de malaria que retrasaría su regreso. Ulloa también estuvo grave de un mal desconocido y permaneció en Riobamba. El resto de los expedicionarios aprovecharon la invitación de José Dávalos (cuñado de Pedro Vicente Maldonado) y se quedaron en su amplia hacienda de Elén, donde convalecerían de sus dolencias y repondrían fuerzas en las cercanas aguas termales durante los tres meses siguientes[25]. (Aunque la hacienda ya no existe, los turistas todavía acuden en gran número a Los Elenes, según es conocido hoy el lugar, a tomar las aguas curativas).
Godin, en el tiempo que pasó en Quito, seguramente fue tratado de la malaria por el doctor de la expedición, Joseph de Jussieu. Lo cierto es que, curiosamente, por esta época, el nombre de Jussieu desaparece de los relatos publicados, y lo mismo sucede con sus asistentes botánicos, el cirujano Jean Seniergues y el dibujante Jean-Louis de Morainville. En realidad, desde la llegada de la expedición a Quito a mediados de 1736
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hasta principios de 1739 hay muy poca información sobre su paradero. Lo poco que se sabe apunta a que la atenazante falta de dinero de la expedición y el intenso escrutinio de las autoridades españolas los tuvieron confinados en Quito durante muchos meses o, en el caso de Jussieu, varios años[26].
Un informe oficial de Alsedo, quien había partido de Quito hacia Cartagena de Indias en octubre de 1737 y se había encontrado con Seniergues cuando el cirujano llegó allí en 1738, nos da cierta noticia sobre las actividades de los botánicos en Quito[27]. Según el testimonio de Alsedo, no estuvieron dedicados solo en «la asistencia de sus compañeros, sino en la de los enfermos vecinos de la ciudad». De hecho, Seniergues había acudido a Cartagena concretamente a reabastecerse de las medicinas que el grupo necesitaba por haberlas agotado en sus afanes humanitarios.
Habida cuenta del reducido número de doctores o cirujanos formados en Europa presentes en Quito, los servicios de los franceses debieron tener gran demanda. En compañía de su amigo, el doctor francés émigré Raimundo Dablanc (quien en 1736 había prestado dinero a la expedición para la ejecución de sus primeras observaciones geodésicas), lo más seguro es que se pasearan vestidos con el tricornio, la casaca roja, los zapatos con hebilla de plata y la capa de paño azul que distinguían a los doctores del lugar con tanta facilidad como los bastones de paseo con empuñadura de oro que lucían[28]. Seguro que no les faltaría trabajo, puesto que los hospitales gestionados por la Iglesia estaban a menudo atestados, faltos de personal y deteriorados. La enfermedad y la muerte eran, en el siglo XVIII, vecinos constantes dondequiera que uno se encontrara. Las tasas de mortalidad en el «atrasado» Perú eran, en realidad, bastante similares a las de la «avanzada» Europa. Los padres sabían, en ambos continentes, que uno de cada cuatro recién nacidos moriría en el primer año y que la mitad de sus hijos no llegaría a la edad adulta[29]. Este conocimiento, empero, no reducía el dolor por la pérdida, y en los vecindarios europeos y americanos resonaban con frecuencia los lamentos de los desconsolados padres y madres.
Las enfermedades infecciosas eran la causa principal de este sufrimiento. En el siglo XVIII recorrían el mundo en ciclos epidémicos que se transmitían entre Europa y regiones remotas como el Perú a través de
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las caravanas y de los buques que transportaban las mercancías de una economía ya globalizada. Ninguna de la docena aproximada de grandes enfermedades asesinas —entre ellas el sarampión, la fiebre amarilla, la viruela, la malaria o la difteria— tuvieron su origen en Sudamérica. Muchas de ellas se incuban en animales de rebaño domesticados que viven en estrecha cercanía con los humanos (sobre todo en los cerdos), pero los indios no habían tenido, en la mayor parte de su historia, otra cosa que conejillos de indias y llamas, los cuales no son huéspedes propicios. Las enfermedades llegaron con los conquistadores, se extendieron con rapidez mucho más allá de su contacto original con los pueblos indígenas de América y devastaron las poblaciones de estos bastante antes de que la mayoría de las víctimas hubieran llegado a ver a un europeo. La viruela, por ejemplo, es probable que acabara con gran parte de la población inca a finales de la década de 1520, incluido su gran soberano, Huayna Cápac, quedando el reino en desorden y listo para que Pizarro y sus conquistadores recogieran la fruta madura cuando llegaran unos años después. Para la primera década del seiscientos la población indígena en el área de Quito se había reducido en casi un noventa por ciento y solo comenzaba a reponerse con lentitud. Una vez por década, aproximadamente, alguna epidemia reducía el número de individuos. La gran epidemia más reciente, posiblemente de gripe, había acabado, en 1718-1723, con alrededor de un cuarto de la población india del Perú antes de remitir[30].
Los dos médicos que acompañaron a la misión geodésica debieron verse desbordados atendiendo a los enfermos y moribundos de la ciudad mientras sus compatriotas estaban fuera midiendo la Tierra. En cualquier caso, los planteamientos de ambos en cuanto a la remuneración de sus servicios fueron diversos. Jussieu, a menudo deprimido por no haber logrado herborizar las plantas medicinales para las que había venido desde tan lejos, sacó escaso provecho monetario de su pericia médica. Por las cartas y las descripciones que escribió a su familia y colegas, parece haber sido un hombre bastante humilde, poco interesado en hacer fortuna y, con frecuencia, dependiente de la caridad de su creciente círculo de amigos en el Perú para conseguir alojamiento y manutención.
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Seniergues, por el contrario, obtuvo pingües beneficios de sus habilidades quirúrgicas. Ya desde el primer momento, cuando la compañía llegó por vez primera a Guayaquil, había multiplicado su fortuna tratando las cataratas de un rico vecino de la ciudad portuaria. La práctica de la medicina le proporcionó dinero suficiente para asistir a Jussieu y sufragarse su propio viaje por tierra a Cartagena de Indias, donde, además de hacerse con provisiones médicas y algunos instrumentos científicos para la expedición, el cirujano compró ropas españolas y otras mercancías para revenderlas, aparte de dos esclavos para su servicio personal. En el tiempo que pasó en Cartagena también hizo amistad con el almirante Blas de Lezo, quien había llegado en marzo de 1737 a asumir el mando de las defensas de la ciudad, cada vez más amenazadas por la resurgente Marina británica. De Lezo, que había estado al mando de Jorge Juan cuando este era guardiamarina y es probable que tuviera mano en su elección para la misión geodésica, se quedó escandalizado al conocer por el cirujano los apuros económicos de la expedición y no tardó en prestarle al grupo 4000 pesos[31].
El regreso de Seniergues a Quito a principios de 1739 pareció sacar a Jussieu de su melancolía. El doctor en medicina decidió que había llegado el momento de ver con sus propios ojos el famoso árbol de la chinchona que hasta entonces solo conocía por las descripciones entusiastas, pero no botánicas, de La Condamine. Acompañados por Morainville, Jussieu y el mismo La Condamine planearon su primera expedición herborizadora a la montañosa región de Loja. Seniergues, con dinero de sobra tras su rentable viaje a Cartagena, sufragaría la expedición botánica y proporcionaría a Godin un sustancioso préstamo para continuar los trabajos de la triangulación[32].
Jussieu, Seniergues y Morainville partieron de Quito para un primer reencuentro con el resto de la compañía en Riobamba en febrero de 1739. Dejaron a sus compañeros el 22 de marzo y viajaron durante varias semanas antes de llegar a los bosques de Loja. Pasaron tres meses herborizando en la región y realizando, por fin, observaciones detalladas sobre la única fuente conocida de la quinina, el árbol de la quina, también llamado quino o chinchona (cinchona officinalis). No eran los primeros europeos que investigaban las propiedades curativas de este árbol. La
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quina, de hecho, se conocía como «cascarilla (o corteza) de los jesuitas»; los clérigos de esa orden habían sido los primeros en saber de ella —a través de los indios del país— y, por entonces, controlaban su venta al exterior. Los importadores europeos aguardaban cada cargamento de esta corteza desecada y pulverizada con un ansia similar a la que despertaba el oro o la plata. La comprensión científica del valor medicinal del árbol, sin embargo, era todavía muy limitada en comparación con la extensión de su aplicación. Aunque el empleo de la quina ya se había generalizado, su eficacia era impredecible; unas veces el polvo amargo curaba la malaria y otras no. Existía una sospecha generalizada de fraude (de que, por ejemplo, se mezclara la corteza de chinchona con la de otros árboles), pero como ningún botánico había estudiado el árbol en su estado natural, nadie sabía cómo detectar su imitación[33].
Las observaciones previas de La Condamine sobre el árbol de la quina habían supuesto un hito en el estudio de esta corteza, pero no habían destacado por su precisión. Cuando La Condamine pasó por Loja camino de Lima, en 1737, solo vio unos pocos árboles en su estado natural y la mayor parte de la información la obtuvo, de forma indirecta, de los recolectores de su corteza. En su estancia en la capital y en el viaje de vuelta a Quito compuso, con sus observaciones, un breve estudio que después mandó enviar a la Academia de las Ciencias parisina. El trabajo, que se leyó ante la Academia en 1738, fue el primer informe de primera mano que llegaba a Europa sobre el milagroso árbol de la fiebre[34].
El breve ensayo de La Condamine sobre el quino prácticamente lo convirtió en uno de los exploradores más celebrados de Francia, pero los detalles que refería dejaban bastante que desear. Decía que la planta era conocida en el país como «quinquina» y que existían tres variedades diferenciadas por el color del interior de la corteza. La roja, sostenía La Condamine, era la más potente, seguida de la amarilla y luego la blanca. Una vez secadas, el aspecto de las tres era muy similar, lo que explicaba en parte la desigual eficacia de la medicina. Después de una exposición sobre el uso histórico del quino, La Condamine explicaba que los indios recogían y secaban la corteza y luego pasaba a la descripción física del árbol con unos bocetos groseros de sus hojas y su fruto. Sus observaciones estaban plagadas de errores, pero tuvieron de todos modos gran eco en
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Europa. El botánico sueco Carlos Linneo usó la deficiente información de La Condamine para describir el árbol en su célebre taxonomía de las plantas, Genera plantarum, donde le dio el nombre de cinchona en alusión a la leyenda (que más tarde se demostraría falsa) de que la condesa de Chinchón, mujer del virrey del Perú en la década de 1630, se había curado de la malaria con su corteza pulverizada.
Joseph de Jussieu, por fin revigorizado y con disponibilidad de fondos, se propuso mejorar el defectuoso informe de La Condamine estudiando a fondo los árboles en su hábitat. Pasó los meses de abril a junio de 1739 viajando por las tierras de Loja con su pequeño equipo. Seniergues y él recolectaban y catalogaban las plantas, mientras que Morainville dibujaba bocetos y pintaba bellas acuarelas de las hojas y las flores, así como de los pájaros y la vida salvaje de la región.
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Árbol de la quina. Acuarela (1739) de Jean-Louis de Morainville. Cortesía de la
Bibliotheque Centrale du Muséum National d’histoire Naturelle, París.
El grupo plasmó con esmero el fruto de su labor en una memoria de dieciocho páginas escrita a mano y en latín, Descripto arboris Kina Kina. En comparación con el informe casi anecdótico de La Condamine, este sí era, claramente, el trabajo de un botánico bien preparado. Jussieu perfilaba con precisión las diferencias entre las diversas especies del quino (llegó a identificar siete) y explicaba el peculiar mecanismo de propagación de la planta: el fruto se hincha hasta explosionar y arroja las semillas a gran distancia por la jungla circundante. También, y esto era de gran importancia, describía de qué modo podía una persona avisada distinguir los distintos tipos de cortezas por el sabor y el olor para asegurarse de que solo se usaba la variedad más potente. Descripto arboris Kina Kina era una obra de una categoría seminal, un trabajo que habría elevado a Jussieu a la altura de sus célebres hermanos. Una vez el grupo terminó las observaciones, Jussieu estaba deseoso de enviar muestras de la planta a sus hermanos al Jardín Real de París y de remitir el manuscrito y los dibujos anejos de Morainville a la Academia de las Ciencias para su publicación. No podían sospechar que no verían publicado su trabajo en vida y que tendrían que pasar casi doscientos años[35].
Mientras Jussieu y su equipo catalogaban sus hallazgos sobre el quino, los astrónomos habían estado recuperándose de sus fatigas y se preparaban para la fase final del estudio. Bouguer, La Condamine y Ulloa permanecieron en la hacienda de Elén hasta primeros de 1739, disfrutando de la hospitalidad de la familia Dávalos como volverían a hacer en repetidas ocasiones. Sin duda, las aguas termales cerca del río les ayudaron a reponerse, pero la casa en sí misma también les ofreció una diversión de la que andaban muy necesitados y que encarnaban las tres hijas de la familia, María Estefanía, Magdalena (casada el año anterior) y Josefa. Esta última, aunque solo tenía diez años, ya hablaba francés con soltura y podía traducir la enciclopedia francesa de la familia al español tan rápido como si estuviera leyendo en su lengua materna. La Condamine estaba embelesado con la hija mayor, la soltera María Estefanía: «… tocaba todos los instrumentos que conocía y pintaba miniaturas y al óleo sin haber tenido profesor». También se lamentaba, melancólico, de que
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María, a pesar de todos sus talentos, no deseaba otra cosa que hacerse monja carmelita[36].
El trimestre que los científicos pasaron distraídos de la geodesia no pudo venirles mejor. Antes, en septiembre de 1738, habían recibido de Francia la noticia que tanto habían temido: Maupertuis y su equipo habían concluido las mediciones en el círculo polar ártico y habían regresado triunfantes a Francia con sus descubrimientos.
Las cartas de Europa relataban la historia de la segunda misión geodésica hasta el más mínimo detalle. Maupertuis y Clairaut habían estado acompañados en su expedición por otros dos académicos y por el joven científico sueco Anders Celsius, más adelante célebre por su escala de temperatura epónima. En mayo de 1736 habían partido de Francia hacia Estocolmo, donde fueron agasajados por el rey de Suecia antes de viajar en dirección norte, al golfo de Botnia. En julio de 1736 comenzaron las mediciones y triangulaciones por el extremo norte y siguiendo el río Torne. A diferencia de la misión del ecuador, Maupertuis había decidido dejar la medición de la base fundamental hasta acabadas las observaciones; entonces, el río ya se habría congelado y se podría completar la tarea en su helada y plana superficie. Los científicos habían decidido medir alrededor de noventa kilómetros en total, algo menos de un grado de latitud, mientras que Godin, Bouguer y La Condamine estaban trazando un arco de más de trescientos kilómetros. Bajo el firme liderazgo de Maupertuis y asistidos por un pelotón de soldados suecos, necesitaron solo tres meses para establecer los triángulos. En diciembre midieron una base fundamental de catorce kilómetros en el río helado y llevaron a cabo las observaciones astronómicas necesarias en los extremos de la cadena de triángulos. En la primavera siguiente hicieron observaciones adicionales.
En agosto de 1737, Maupertuis, tras una ausencia de poco más de un año, estaba ya de vuelta en París, pero pudo proclamar, oficialmente, que la Tierra era achatada. Informó a la Academia de las Ciencias de que su equipo había establecido la medida de un grado de latitud en el círculo polar ártico en 57 437 toesas, bastantes más que las 57 060 medidas por Picard y Cassini en París. Para la mayoría de los científicos y para el público general, esta era la prueba irrefutable del achatamiento de la Tierra en los polos y de que los científicos acólitos de Descartes habían estado
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errados. Voltaire calificó a su amigo Maupertuis de «aplanador del mundo y de Cassini».
Aunque es probable que los cartesianos se sintieran noqueados por Maupertuis y su equipo, la Misión Geodésica al Ecuador todavía tenía un papel que desempeñar en el debate sobre la forma de la Tierra. A Jacques Cassini, por ejemplo, le resbalaban los dardos de Voltaire: después de criticar los abundantes errores que había detectado en las mediciones de la expedición polar, proclamó que la cuestión no se resolvería hasta la vuelta de la misión ecuatorial[37]. Para los cartesianos de la Academia francesa, la expedición que entonces se afanaba en Sudamérica era la última esperanza de vindicar la teoría de la Tierra alargada en los polos. Desde la perspectiva de Maurepas, patrocinador de las misiones al círculo polar ártico y al ecuador, el problema principal, el relacionado con la navegación, todavía no se había resuelto: ambos conjuntos de mediciones eran necesarios para determinar con precisión las dimensiones exactas del planeta.
En cuanto a los científicos que estaban trabajando en el lejano Perú, la situación debió parecerles todavía más lúgubre. Sabían que su tarea era todavía importante, pero seguramente les preocupaba que su repercusión quedase empequeñecida a ojos de sus colegas académicos por culpa de los resultados obtenidos en el círculo polar. La noticia del triunfo de Maupertuis debió impactar sobremanera a Bouguer. Maupertuis era la única figura de la Academia que había tratado repetidamente de socavarlo y de descarrilar su ascenso a la élite científica. Bouguer había accedido a unirse a la expedición al Perú con el anhelo de forjarse una reputación científica de primer orden, pero ahora parecía que la victoria de Maupertuis volvía a desacreditarlo de nuevo.
Mientras las aguas termales de la hacienda le sanaban las heridas y las decepciones, el incansable Bouguer se centró en un experimento que podría, tal vez, catapultarlo al centro de la escena científica. Llevaba mucho tiempo elucubrando una forma de medir de forma directa, y por consiguiente también validar, la fuerza gravitacional o de atracción newtoniana. Aunque los Principia ya tenían cincuenta años, nadie había ideado todavía un método que pudiera demostrar la teoría de que la gravedad atrae los cuerpos proporcionalmente a su masa y que se reduce
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por el cuadrado de la distancia que los separa. La gran idea de Bouguer, que ya lo acompañaba desde Francia, era comprender que, si una montaña fuera lo bastante grande, su masa tendría que ejercer una fuerza gravitacional suficiente para desplazar un peso de alguna forma mensurable. Ninguna montaña europea tenía las dimensiones requeridas para facilitar un experimento de esa índole, pero allí en el ecuador, rodeado por las que se pensaba que eran las montañas más altas del mundo, Bouguer soñaba encontrar una con la masa necesaria para probar su teoría.
El candidato obvio para el experimento de Bouguer se alzaba hasta el cielo a solo 25 kilómetros al noroeste de la hacienda de Elén. El Chimborazo, que entonces se consideraba la montaña más alta del mundo, fue el único de los grandes volcanes de la región que la expedición no utilizó en sus triangulaciones: era un cono colosal y aislado con una base de unos veinte kilómetros de diámetro. Su cima, de más de seis kilómetros y medio de altura, dominaba el paisaje a centenares de kilómetros a la redonda. Según los cálculos de Bouguer, la masa de la montaña era insignificante en comparación con la Tierra (alrededor de siete mil millones de veces menor), pero de todos modos se propuso llevar un péndulo de gran precisión a unos pocos miles de metros de su centro, donde la atracción gravitacional de la montaña debería ser suficiente para desviar, de forma mensurable, el péndulo respecto de la vertical.
El experimento gravitacional de Bouguer era de una sencillez admirable. Para establecer la vertical se colocaría lejos de la montaña y emplearía un sector para medir el ángulo de la plomada respecto de las estrellas fijas del cielo. Luego, más cerca de la montaña, mediría de nuevo el ángulo de esas estrellas con la plomada, la cual, predecía, se desviaría algo hacia la montaña. La diferencia de las dos mediciones angulares proporcionaría a Bouguer la desviación angular provocada por la gravedad de la montaña, y esta le bastaría para calcular directamente la fuerza de Newton.
En diciembre de 1738, Bouguer, La Condamine y Ulloa plantaron un campamento en la falda del Chimborazo para ejecutar el experimento. Allí observaron el ángulo de la plomada respecto de diez estrellas, entre ellas Sirio y Aldebarán. Entonces se desplazaron 6 kilómetros al oeste, lejos de
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la fuerza gravitatoria de la montaña, y volvieron a medir los ángulos de la plomada con las mismas diez estrellas para establecer la vertical correcta. Por desgracia, a causa del frío extremo, el mal tiempo y problemas con los instrumentos, los científicos no alcanzaron la precisión que habían esperado. Bouguer había estimado al inicio que la desviación de la plomada sería de 1′ 43″, pero la que observó solo fue de alrededor de 7’’, que juzgaron demasiado limitada en comparación con la atracción que el enorme tamaño del Chimborazo debía ejercer. Aunque los resultados quedaron lejos de la predicción de Bouguer, al menos sugerían que la masa del volcán sí que ejercía cierta influencia gravitacional sobre el péndulo; fue el primer resultado de este género en relación con la teoría de la atracción newtoniana.
Bouguer se quedó desconcertado con el resultado de su experimento (llegó a sugerir que el volcán estaba vacío), pero de todos modos le alegró ser el primero en demostrar que Newton tenía razón. No tardó en enviar a París una memoria que sería leída ante los miembros de la Academia en octubre de 1739. Sus hallazgos no tuvieron el efecto anhelado; parece que su ensayo provocó los bostezos de sus colegas de la Academia. Es posible que estos, una vez retornado Maupertuis, tal vez incluso olvidaran, por un momento, que Bouguer se encontraba en el Perú. Los hallazgos de Bouguer ni siquiera se publicaron en la colección de artículos anual de la Academia, así que el científico no tuvo más remedio que añadirlos como apéndice a su propio relato de la expedición unos años más tarde[38].
Ni Bouguer ni ningún otro científico repitió el experimento del péndulo hasta la muerte de aquel, pero tampoco llegó a olvidarse. En 1774, el astrónomo británico Nevil Maskelyne llevó a cabo, con la intención de averiguar la masa de la Tierra, un experimento similar en la montaña escocesa de Schiehallion, haciendo un guiño a Bouguer, pero sin mencionar su nombre. Hubo otros científicos que sí manifestaron abiertamente su reconocimiento a la importancia de los descubrimientos iniciales de Bouguer en el Chimborazo. A medida que los científicos posteriores fueron efectuando mediciones más completas del planeta, se fue descubriendo que la Tierra no es un bloque uniforme, sino más bien una estructura muy compleja plagada de áreas de mayor o menor densidad, tal que pasas y huecos en una hogaza de pan. A principios del siglo XIX,
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esas variaciones de densidad —que, entre otras cosas, hoy los geólogos utilizan para localizar petróleo o minerales— recibieron el nombre de anomalías gravitacionales de Bouguer o, simplemente, anomalías de Bouguer, en honor al primer hombre que intentó mensurar directamente la gravedad.
En febrero de 1739, mientras Bouguer se quebraba la cabeza con los resultados de sus experimentos gravitacionales, Godin y Juan regresaron por fin a Riobamba. Los acompañaban Jussieu, Seniergues y Morainville, que al poco partirían a la innovadora expedición botánica que iban a emprender en Loja. Los demás, en cambio, continuarían el proyecto geodésico por las cimas de los Andes. Godin, que había convalecido en Quito desde noviembre, se encontraba por fin lo bastante repuesto como para continuar la tarea. Ahora que ambos grupos geodésicos habían recuperado la totalidad de sus efectivos, podrían completar la cadena de triángulos hasta llegar a Cuenca, a solo 150 kilómetros de allí.
Un testigo que entonces presenciara el recorrido de los dos grupos geodésicos de cada montaña a la siguiente habría tenido dificultad para distinguirlos de la multitud de chapetones, criollos e indios que usaban las mismas carreteras. Los científicos franceses y los oficiales españoles, montados a caballo por delante de la recua de mulas que transportaba los instrumentos y los suministros, hacía tiempo que habían prescindido de sus casacas y calzones y había adoptado el atuendo del país: blusas y pantalones amplios y ponchos oscuros de todo tiempo. Sus sirvientes y esclavos, vestidos del mismo modo, iban a pie o a lomo de mula. Los trabajadores indios llevaban ropa de una tela más basta y sandalias y siempre iban a pie.
A menudo, los indios que trabajaban para los astrónomos lo hacían obligados por el sistema de la mita: los clérigos jesuitas o los dueños de las haciendas los contrataban por breves periodos de tiempo por encargo de los astrónomos. De estatura algo menor, de media, que los miembros de la expedición —los varones indios solían medir alrededor de 1,55 metros, mientras que la estatura media de los varones europeos era entonces de 1,62—, poseían, sin embargo, una fuerza y resistencia enormes. Eran capaces de subir a las montañas con unas cargas de un peso sorprendente,
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llegando incluso donde las mulas no podían. Acarreaban el instrumental y los bastimentos, guiaban a los equipos geodésicos por el país, despejaban el terreno para colocar los puestos de observación, llevaban mensajes y se encargaban de una infinidad de tareas menores sin las cuales la expedición habría fracasado desde el principio. La mayoría de los indios solo hablaban un dialecto del quechua, la lengua original de los incas, pero lo habitual era que estuvieran bajo la dirección de un jefe de cuadrilla que hablaba español y que transmitía las órdenes de los astrónomos. Las mujeres y niños de los indios solían adelantarse a los equipos geodésicos para preparar los campamentos y cocinar la cena[39].
A pesar del grado en que dependían de los trabajadores indios, los informes europeos de la expedición no nos dicen prácticamente nada de su contribución. De hecho, las pocas palabras que los científicos dedicaron a sus valiosísimos asistentes fueron invariablemente despectivas. La Condamine sostenía que eran «apenas distinguibles de las bestias» y los acusaba de robar una y otra vez suministros y equipo. Bouguer pensaba que los indios estaban desprovistos de imaginación, que eran «solo capaces de una imitación servil e incapaces de crear nada nuevo». Hasta los presuntos herederos de Bartolomé de las Casas, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, escribían con desprecio de la misma gente cuyo maltrato anotaban con tanto esmero:
Son por lo general todos los indios de un natural pausado […].
[…] ni la conveniencia propia ni la obligación de atender a los encargos de sus amos los mueve a cumplir con ellos o los instiga a trabajo […]. [El marido] se está en cuclillas, que es la postura regular de todos, viendo trabajar a la mujer, bebiendo o arrimado a un fogoncillo, sin moverse hasta que la necesidad le insta a hacerlo para comer[40].
Es posible que los prejuicios de los académicos contribuyeran también al peculiar comportamiento de los indios que los rodeaban. Estos calibraban su conducta en función de las ideas preconcebidas de los europeos. Juan de Velasco, quien llegaría a ser uno de los grandes historiadores de la Sudamérica colonial, era un muchacho de doce años que vivía en Riobamba cuando La Condamine llegó a la ciudad. Muchos años más tarde, Velasco relató lo que sucedió durante la visita del académico a la casa de su familia:
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Se pone una persona inteligente, supongamos un académico, a examinar el fondo de su capacidad y ver hasta donde arriba el ejercicio de sus limitadas potencias. El indiano [indio] entra luego en malicia de que su examinador tiene algún fin que pueda serle perjudicial. ¿Y qué hace? Sí él es bobo y estúpido como cuatro, se hace estúpido y bobo como veinte. ¿Y qué sucede? Que mientras el académico forma su juicio y decide que es poco menos que bestia y lo apunta en el libro de su viaje, el indiano va a reírse con sus compañeros, tratando a su examinador de poco advertido y de bobo, puesto que lo deja engañado. Este es un hecho cierto de que pueda yo dar fe por haber sucedido en la misma casa donde estuvieron hospedados los académicos que he citado varias veces[41].
Los en teoría meticulosos científicos europeos, que llegaban a tantos extremos para medir con precisión las tierras ecuatoriales, parecían aherrojados a tomar una medida extraviada de las gentes que allí vivían.
A pesar de su desprecio declarado hacia los nativos con los que se encontraron, los científicos algunas veces se admiraron ante los hitos históricos de los indios. En mayo de 1739, mientras intentaban llevar a cabo observaciones en la cima del Buerán, La Condamine le propuso a Bouguer aprovechar que el cielo estaba cubierto para visitar una antigua «fortaleza» situada a unos kilómetros al este, cerca del pueblo de Cañar. Bouguer y La Condamine no traslucieron ni una pizca de ironía en su admiración de las ruinas de este imponente complejo arquitectónico construido por la misma cultura de la que Bouguer había escrito que era «incapaz de crear nada nuevo».
Aunque la arqueología era para La Condamine una pasión, no le sucedía lo mismo a Bouguer, que de todos modos complació a su buen amigo (tal vez en pago a la ayuda que le había prestado en sus experimentos gravitacionales). Juntos pasaron una semana inspeccionando las hoy famosas ruinas de Ingapirca, haciendo mediciones y levantando planos detallados del lugar. Dieron por seguro que la enorme estructura — casi cinco hectáreas de cantería— había sido en tiempos una fortaleza inca (su nombre significa «muralla inca»), pero las excavaciones modernas indican que en realidad comenzó siendo un templo. Ya tenía mil años cuando los incas sometieron a sus constructores, los cañaris, y después acometieron una gran ampliación del emplazamiento. La Condamine, cuando más tarde redactó la primera descripción arqueológica detallada de esta ruina inca, se declaró asombrado ante la pericia de los constructores de la estructura, que ni siquiera habían contado con herramientas de hierro. Igual que en otros enclaves incas, los gigantescos bloques de piedra (de
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hasta cinco por diez metros) de Ingapirca encajaban unos con otros sin mortero. El frente de los bloques era de una lisura sin mácula y encajaban con tal perfección que apenas se acertaban a ver las juntas. La Condamine explicó: «… la descripción que voy a hacer de las ruinas puede dar una idea de la materia, la forma y tal vez la solidez de los palacios y los templos construidos por los incas, pero no de su magnificencia ni de su alcance»[42]. Los científicos, asombrados por la pujanza arquitectónica de los incas, no parece que llegaran a darse cuenta de que los indios que trataban de «bestias» eran, de hecho, los herederos de aquellos grandes ingenieros.
Según progresaba el año 1739, los dos grupos —ayudados por numerosos trabajadores indios cuyos nombres la historia ha perdido— avanzaban con rapidez en dirección sur. Entre febrero y julio completaron quince triángulos. Ambos equipos padecían el mismo género de problemas que ya habían encontrado, tal que nubes, hielos o vientos cortantes. Una noche de marzo los expedicionarios fueron testigos de la erupción del Sangay, uno de los volcanes más activos de la cordillera; la brillante colada iluminó la falda de la montaña entera. A finales de abril ambos grupos llegaron a la cima del Sinasaguán, donde emplazarían la estación de observación a más altura de toda la serie de triángulos.
Las primeras luces del alba en lo alto del Sinasaguán parecían prometer una rápida culminación del trabajo. Al salir el sol, La Condamine llegó a ver el Cotopaxi, a centenares de kilómetros de distancia: «Las montañas intermedias y sobre todo los valles vecinos se ofrecían a mi vista de pájaro como un mapa». Sin embargo, según avanzaba la mañana, las nubes ascendieron desde el valle y el viento se elevó, acabando con cualquier esperanza de llevar a cabo las observaciones. Los días fueron pasando y las condiciones meteorológicas no hicieron más que empeorar. A partir de la tercera noche y durante varios días, la peor serie de tormentas jamás vivida por los científicos sacudió la cima con vientos de fuerza huracanada, granizo, nieve y rayos que rajaron las tiendas, acabaron de súbito con la vida de uno de los caballos y provocaron la huida de los animales de transporte más sensatos a buscar refugio en desfiladeros situados a menor altura que el campamento. Mucho más abajo, el cura de la parroquia de Cañar, consciente de que los científicos se encontraban en
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aquel momento en la montaña envuelta por las negras nubes, celebró una misa por su salvaguarda[43].
Por fin, en la mañana del 7 de mayo, el cielo se despejó. Los científicos midieron los ángulos que necesitaban en unas pocas horas y acabaron los trabajos antes del mediodía. Ya podían abandonar el Sinasaguán y pasar a la siguiente etapa. La Condamine conservó una anécdota peculiar de la espeluznante temporada en la montaña: mientras estaba acurrucado en la cima, recibió un paquete de cartas de Francia en las que sus amigos le manifestaban su temor de que el calor ecuatorial le produjera graves padecimientos.
Aunque habían completado las observaciones previstas en la montaña más alta de toda la medición, los científicos no tardaron en comprobar que el futuro les reservaba otras penalidades. A mediados de julio de 1739, con ambos grupos ya a la vista de Cuenca y de la conclusión del proceso de triangulación, la profunda falla existente entre Godin y los demás miembros de la expedición volvió a aflorar. Ambos grupos habían acordado en un principio que sería necesario medir una segunda base, esta de verificación, en el extremo meridional de la cadena de triángulos. Esta base les permitiría comprobar la precisión global de toda la serie de triangulaciones. Para esto compararían la medida que la base de verificación debía tener según las triangulaciones (puesto que sería el último lado del último triángulo) con la distancia que se obtuviera al medirla físicamente. En origen, La Condamine había propuesto que la cadena acabara en la llanura de Tarqui, unos diez kilómetros al sur de la ciudad, y Bouguer había aceptado ese plan. Al llegar al lugar, sin embargo, Godin se apresuró a optar por otro llamado Baños, más cercano a Cuenca. A pesar de las protestas de sus colegas, no se avendría a la decisión de estos. Que ambos grupos compartieran una base era crucial para garantizar la precisión de las triangulaciones. También era inconcebible que, después de haber llegado hasta allí, ahora no pudieran ponerse de acuerdo sobre esa última medición, sin embargo, esto es justo lo que sucedía ahora que ambos grupos se acercaban a Cuenca. Aunque Bouguer era entonces el verdadero jefe, no podía hacer otra cosa que escribirle fútiles misivas a Godin en las que lo reprendía por el tiempo que estaban perdiendo y por poner en peligro el conjunto de la misión. En cuanto a Godin, simplemente
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se negó a trabajar con sus colegas y añadió que no lo haría aunque se lo ordenara la propia Academia de las Ciencias[44].
Los dos grupos tomaron de nuevo caminos separados. A finales de julio, Godin y Jorge Juan, ayudados por Godin des Odonais, midieron la base de verificación de 11 kilómetros de Baños, una operación difícil por los tres ríos que cruzaban la llanura y por la pronunciada caída de esta entre uno y otro de sus extremos. En agosto, Bouguer y La Condamine, con la ayuda de Ulloa y Verguin (y posiblemente también de un sirviente de Bouguer, Grangier, a quien había enseñado el oficio de agrimensor), midieron los 9,5 kilómetros de la base de verificación de Tarqui. Parte de esa base estaba cubierta por un pantano de aguas cálidas y poca profundidad, así que para medirla los hombres tuvieron que vadearlo con el agua hasta las rodillas y dejando flotar las perchas de medición en la superficie. Cada grupo contrastó entonces la medida prevista de su base de verificación con la que había medido físicamente. La base de Baños reveló una diferencia de seis pies, pero la de Tarqui era solo un pie más larga de lo previsto. Satisfechos con los resultados, los científicos señalaron ambos extremos de cada base de verificación con grandes piedras de molino, igual que habían hecho en Yaruquí, por si surgía la necesidad de tener que medirlas de nuevo[45].
Completadas las observaciones geodésicas, los científicos comenzaron entonces el tedioso pero sencillo proceso de computar la medida global de la cadena de triángulos con sucesivos cálculos trigonométricos. Los dos grupos retornaron a Cuenca el 23 de agosto, donde se encerraron a hacer sus cálculos por separado. Los astrónomos habían ido actualizando sus cálculos sobre el terreno mientras la labor geodésica progresaba hacia el sur, así que ahora solo tenían que concluir los resultados y comparar las cifras obtenidas[46]. Este proceso no había consistido solo en proyectar los triángulos y calcular la longitud de sus lados. En cada triángulo tuvieron también que aplicar un conjunto de correcciones para tener en cuenta las distintas alturas de los puntos de observación, otro para cerrar los triángulos y un tercero por las divergencias respecto del meridiano norte-sur.
Ambos equipos ya habían tomado medidas para poder ajustar ahora los cálculos teniendo en cuenta las diferencias de altura entre los distintos
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puntos de observación. Los científicos habían medido los ángulos verticales en cada punto geodésico utilizando las plomadas de los cuartos de círculo para fijar la vertical de cada lugar. A causa de la curvatura de la Tierra, la vertical de cada estación tenía una diferencia minúscula con la vertical de las demás estaciones. Este factor lo corrigieron utilizando la geometría esférica (era la primera vez que esta se empleaba en una labor geodésica). Los científicos, para poder calcular la distancia horizontal corregida entre dos puntos geodésicos, «reducían» cada ángulo que observaban a su medición horizontal equivalente (llevándolo a la altura menor). Después redujeron la totalidad de la cadena trigonométrica a una misma altura, la correspondiente al extremo de la base fundamental de Yaruquí situado en Caraburo. Como esta se encontraba muy por encima de la curvatura de la superficie de la Tierra, fue necesario, más tarde, reducir la totalidad de la cadena trigonométrica al nivel del mar, de cara a que las mediciones pudieran tener aplicación en la propia superficie terrestre.
Tras reducir la cadena de triángulos a un único nivel horizontal, los científicos tuvieron que corregir los ángulos observados en cada triángulo de sus trabajos. Debieron hacer ajustes minúsculos a los ángulos observados para que estos sumaran exactamente 180°, la suma de los ángulos de todo triángulo. Estas correcciones eran necesarias para solventar las imprecisiones del instrumental, así como los efectos de la refracción, la desviación de la luz que altera la posición aparente de los objetos lejanos, un fenómeno que fue investigado laboriosamente por Bouguer durante su estancia en la costa del Perú.
Por último, tuvieron que efectuar los ajustes necesarios para contemplar que el conjunto de la cadena trigonométrica no estaba alineado en dirección norte-sur exacta, sino que tenía una inclinación de alrededor de 14° hacia el oeste respecto del meridiano que habían fijado que pasaba por la torre de la iglesia de la Merced de Quito. Esto les obligó a resolver varios cálculos trigonométricos adicionales destinados a establecer con exactitud la distancia norte-sur entre las latitudes de las bases fundamental y de comprobación situadas a lo largo del meridiano.
La serie completa de cálculos comprendía numerosos pasos reiterativos, cada uno de ellos sujeto a posibles errores aritméticos o trigonométricos que podían pasar desapercibidos hasta llegar a los
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resultados finales. Bouguer y La Condamine efectuaron sus cálculos de modo independiente para luego contrastarlos. Cuando compararon sus resultados iniciales en septiembre de 1739, la proximidad entre ambos fue extraordinaria: según el cálculo de Bouguer, la distancia norte-sur desde la base fundamental a la de comprobación era de 162 965 toesas, mientras que La Condamine computó 162 995 toesas. Sobre una distancia de 346 kilómetros, solo divergían en 30 toesas, menos de 59 metros. Ambos debieron sentirse aliviados al comprobar que los dos años que habían pasado en las montañas habían producido unos resultados tan exactos. Seguramente Godin y Jorge Juan hicieron también sus cálculos de forma independiente, pero no lo dejaron registrado[47].
Mientras los científicos comparaban la milagrosa concordancia de sus cálculos, recibieron noticias todavía más positivas. Seniergues ya había regresado de Loja a Cuenca en julio, y Jussieu y Morainville llegaron a la ciudad el 22 de agosto pertrechados con una panoplia de notas, dibujos y muestras del árbol de la quina. Por primera vez en muchos meses, todos los miembros de la expedición estaban reunidos. Contaban entonces con pasar unos días de descanso en Cuenca y luego comenzar la última fase de la empresa, las observaciones astronómicas destinadas a establecer la latitud exacta de cada extremo de la serie trigonométrica: una serie de procedimientos sencillos que, en poco tiempo, debían proporcionarles la auténtica figura de la Tierra.
Con la meta al alcance de la mano, los miembros de la expedición ya podían comenzar a pensar en el regreso a Europa para presentar sus descubrimientos. En una carta remitida a España, Juan y Ulloa predecían con optimismo el calendario de su partida: «Según nos parece, podríamos acabar […] y salir para Cartagena en todo enero o febrero del año próximo, [si] no sobreviene algún accidente que lo impida»[48]. La misión parecía casi acabada.
Aunque la expedición había culminado una etapa clave, en París, donde las noticias del Perú tardaban en llegar de seis a dieciocho meses, no había noticia de ninguno de sus logros. Además del habitual azar de los envíos que partían desde el océano Pacífico, cuyos paquetes tenían que cruzar Panamá para acceder al Caribe y luego atravesar el Atlántico (una serie de etapas en las que no era raro que la carga se cayera de las mulas o
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que se perdiera por robos o naufragios), las intermitentes hostilidades entre Gran Bretaña, Francia y España también sembraban el caos en las comunicaciones entre los dos continentes. Varios de los envíos de La Condamine que contenían ídolos de plata antiguos, vasijas, animales disecados y huesos fosilizados se extraviaron, fueron destruidos en alguna batalla o acabaron arrojados por la borda por marineros suspicaces. En una ocasión, los británicos se hicieron con sus trabajos sobre las ruinas de Ingapirca, después de apresar el buque que los transportaba, pero cuando el secretario de la Royal Society descubrió su contenido los envió amablemente a Francia[49].
A causa de la extrema y arriesgada distancia que separaba el Viejo Mundo del Nuevo, la prensa popular europea tenía muy poca información sobre lo que le pasaba a la expedición del Perú. A principios de 1738 habían llegado a Francia algunos paquetes de cartas que permitieron al Mercure de France y a la Gazette d’Amsterdam publicar un puñado de artículos que informaban del lento avance de las observaciones de la expedición a causa de las demasiadas nubes, la niebla y la falta de dinero. Los editores de la Gazette llegaron a predecir, sin un fundamento sólido, que los astrónomos pronto volverían a casa y dejarían atrás sus penurias en el Perú[50]. Lo cierto es que las elucubraciones sobre la suerte de la expedición campaban por igual en los círculos académicos y políticos, pero nadie, ni siquiera Maurepas, cuyo excelente oído para las noticias y cuya astucia para radiografiar las personalidades le concedían una habilidad casi sobrenatural para predecir los acontecimientos, tenía la más mínima idea acerca del posible éxito o fracaso de la misión.
En diciembre de 1738 llegó otro paquete de Quito a la Academia de las Ciencias. Maupertuis, quien desde su vuelta del círculo polar ártico aguardaba una corroboración de las pruebas que había obtenido sobre el achatamiento de la Tierra, se quedó consternado con lo que leyó. En una carta que remitió a Anders Celsius, entonces ya otra vez en Suecia, comentaba: «La lucha que tienen entre ellos me impide confiar en que puedan acabar nada. Después de algunas escenas terribles, llevaban seis meses sin hablarse cuando han escrito […]. Las disensiones son tales que no se ponen de acuerdo en nada. Casi parece posible que acabarán degollándose unos a otros»[51]. Maupertuis, por lo general fino observador,
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no podía imaginar hasta qué punto sus palabras iban a ser proféticas, ni cuán lejos estaba de poder concebir las razones de la muerte de uno de los integrantes de la empresa.
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Capítulo 7
La muerte y el cirujano
El cirujano de la expedición, Jean de Seniergues, se estaba comportando de forma extraña. Desde su vuelta a la jurisdicción de la Real Audiencia de Quito desde Cartagena de Indias, a principios de 1739, se había hecho evidente que ya no era el mismo hombre que había zarpado hacia el Caribe casi dos años antes. Parecía, en resumidas cuentas, que había dejado atrás su personalidad anterior[1].
Mientras que la expedición llevaba dando trompicones desde su llegada al Perú, Seniergues se había dedicado a prosperar. Atendiendo a vecinos acaudalados de las poblaciones por las que pasaba la expedición, el cirujano había hecho dinero al tiempo que los demás lo iban perdiendo. Sus negocios en la Cartagena caribeña le habían embolsado una fortuna aún más considerable. Seniergues había regresado de sus últimos viajes con dos esclavos originarios de las colonias francesas del Caribe, Joseph Cujidón (ahora su cocinero) y Agustín Congo. Hasta ese momento, solo los jefes de la expedición habían tenido esclavos, así que aquella era una forma velada de presentarse ahora como su igual, como uno de los superiores de la misión geodésica.
La reciente e inesperada arrogancia de Seniergues tal vez tuvo algo que ver con lo bien que le había tratado la fortuna hasta aquel estadio de la misión. Si en un momento había trabajado codo con codo con Joseph de Jussieu en la cura de los enfermos y heridos que encontraban, ahora se había vuelto imperioso e incluso agresivo en el trato con los lugareños. También comenzó a apartarse de los demás. Había abandonado los bosques de Loja sin justificación alguna y marchado a Cuenca dejando atrás a su buen amigo Jussieu mientras este ultimaba sus investigaciones sobre el árbol de la quina. Seniergues llegó a Cuenca en julio de 1739, más
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o menos cuando los astrónomos también alcanzaron la ciudad para iniciar las mediciones de las bases de verificación de las cercanas Tarqui y Baños.
Seniergues venía de orígenes humildes —en Francia, los cirujanos se consideraban todavía trabajadores manuales y era habitual que tuvieran también otros trabajos para ganarse la vida[2]—, así que su enriquecimiento súbito y el estatus que este llevaba asociado tal vez le provocaron la fatal arrogancia tan común en los nuevos ricos. También es posible que su comportamiento ulterior —distanciamiento social, manía persecutoria y aires de grandeza— fueran los primeros síntomas de una enfermedad mental como la esquizofrenia paranoide, que a menudo no surge hasta la madurez. La distancia de tres siglos no nos permite ver más claro.
El primer registro de agresividad de Seniergues proviene de un informe del corregidor de Cuenca con fecha del 12 de julio de 1739. El cirujano se encontraba con Antonio de Ulloa, cerca de la base de comprobación de Tarqui, cuando el español fue atacado y herido, sin previo aviso, por un joven mestizo. Seniergues y Ulloa presentaron queja al corregidor Matías Dávila y Orduña, quien ordenó a su alguacil que pusiera a aquel hombre entre rejas. El alguacil siguió la pista del agresor hasta una vivienda en Tarqui, pero, antes de que pudiera arrestarlo, Seniergues y Ulloa —que habían ido siguiendo al alguacil— irrumpieron en la casa y lo sacaron de su escondite en el ático. Los dos llevaron al mestizo hasta la casa de Seniergues, donde el cirujano le ordenó a su esclavo Cujidón que le diera doscientos azotes, que luego le untara grasa de cerdo en las heridas y que por último lo entregara al alguacil[3].
El trato brutal de Seniergues al atacante de Ulloa fue solo la primera de una cadena de controversias en las que se fue enredando el cirujano. Aunque los habitantes del Perú colonial se tomaban a veces la justicia por su mano, no podían tolerar que dos forasteros violaran la ley sin miramientos y castigaran con violencia a un miembro de la comunidad. Comenzaron a circular rumores de nuevos ataques. Uno muy repetido decía que Seniergues había golpeado a un vecino con una de las varas de medición empleadas en la base de verificación de Baños, una acusación muy dudosa, puesto que aquellas varas calibradas eran valiosas en extremo para los científicos. Sin embargo, el comportamiento real de Seniergues no
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distaba mucho de lo que se contaba. Tuvo un altercado tumultuoso y muy público con un indio prominente del lugar y otro con un funcionario de la ciudad al que amenazó con «quitar las orejas»[4]. La paciencia de las autoridades locales se estaba acabando y el propio Godin fue informado lacónicamente de que la expedición ya no contaba con el respeto del alcalde de Cuenca, Sebastián Serrano de Mora y Morillo de Montalbán.
A pesar de la cada vez mayor impopularidad de Seniergues entre muchos vecinos y funcionarios de Cuenca, logró conservar una buena relación con varias de las figuras más importantes de la ciudad. A menudo cenaba con Matías Dávila y Orduña, a quien le vendió ropas españolas traídas de Cartagena por un valor equivalente a 30 000 dólares actuales, y también hizo amistad con Nicolás de Neira y Pérez de Villamar, capitán de la milicia. Además, los servicios de Seniergues como cirujano todavía tenían una demanda muy alta y, aunque muchos vecinos recibían de él un trato hiriente, continuaba atendiendo a los enfermos y heridos sin importarle cuánto podrían pagarle.
De hecho, fueron las actividades humanitarias de Seniergues las que condujeron al suceso más violento de la misión geodésica. Uno de los pacientes menos adinerados de Seniergues, Francisco de Quesada, llevaba padeciendo accesos cada vez más graves de malaria. A mediados de agosto, Seniergues acudió a tratarlo. Quiso la buena fortuna que el cirujano llevara consigo cierta cantidad de quina que había traído de Loja, y en cuestión de días la medicina hizo efecto. Francisco comenzó a recuperar la salud, con gran alivio de su esposa, Gertrudis, y de su única hija, Manuela. Eran demasiado pobres para pagar a Seniergues, pero Francisco, que no había dejado de advertir la atracción que había surgido entre el acaudalado cirujano y su joven y bella hija, ideó un plan para compensar a Seniergues y al mismo tiempo saldar una vieja cuenta.
Seniergues no era el primer hombre de Cuenca que se había fijado en Manuela. El año anterior había estado comprometida formalmente con Diego de León y Román, capitán (seguramente de la milicia), procurador y regidor del ayuntamiento de Cuenca. De haberse cumplido el compromiso, aquel habría sido el segundo matrimonio de Diego de León. La que había sido su primera esposa, Isabel, hermana de un amigo de Seniergues, Nicolás de Neira, había fallecido recientemente, y León había quedado él
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solo al cargo de su joven hija. Aunque León había encontrado en Manuela una agradable distracción por un tiempo (su apodo procedente del quechua, la Cusinga, equivale a «la Feliz»), la dejó plantada por la hermana menor del alcalde de Cuenca, Josefa Serrano de Mora, con la que se desposó al poco tiempo[5].
Francisco y Manuela se enfurecieron con León. Como era de conocimiento público que se había llevado la virginidad de Manuela, sus posibilidades de lograr otro casamiento eran muy inciertas. En un primer momento, León prometió pagar a la familia (parece que aumentando la dote de Manuela para que le fuera más fácil contraer matrimonio), pero, una vez casado, renegó del trato. Ahora que Seniergues se mostraba interesado en Manuela, Francisco vislumbró un modo de conseguir que León pagara lo que debía y, al mismo tiempo, que el cirujano quedara pagado. El plan de Francisco era que Seniergues le pidiera a León el dinero con la excusa de que era para liquidar la factura de su tratamiento, un proyecto al que no se opuso el insensato cirujano. Seniergues le hizo saber al capitán que estaba esperando el pago. Unos días más tarde, el lunes 24 de agosto, León envió una esclava mulata a la casa de Quesada con su respuesta. Iba acompañada y protegida por Nicolás de Molina, buen amigo de León y primo de Francisco. Al entrar en la casa de Quesada, la esclava indicó primero que tenía recado de llevarse algunas ropas que León se había dejado allí. Un momento después, sin embargo, la esclava se aproximó a Manuela y le dio varias bofetadas «diciéndole que se las daba», según relató un testigo, «para que se las quitara el francés». Sufrir golpes de un esclavo era un insulto inaudito que agravaba la respuesta que León daba a Seniergues y la familia Quesada: no tenía intención de pagar la cantidad que le pedían, sino que prefería que del herido honor de Manuela se encargara su nuevo amante. Seniergues, atrapado en el incidente, golpeó a la esclava con un palo y la mandó de vuelta a su amo con el mensaje de que «le debía dar satisfacción, porque él no había ido a dicha casa por tal mujer sino por curar a […] Francisco de Quesada»[6]. En resumidas cuentas, Seniergues había retado a León a un duelo.
Desafiar a un funcionario a un duelo era, con mucho, la decisión más pendenciera —e irracional— del cirujano hasta entonces. En Francia los duelos habían sido prohibidos hacía un siglo y estaban pasados de moda.
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Podríamos asegurar que el cirujano no comprendía los rituales que todo aquello implicaba. No hacía todavía dos semanas que conocía a la familia y, a juzgar por sus acciones posteriores, Manuela y él no estaban profundamente enamorados, en contra de lo que el desafío parecía indicar. Además, no hay duda de que no necesitaba el dinero de León, y nada le hubiera sido más fácil que perdonarles la factura a los Quesada. Seniergues se estaba metiendo en una disputa familiar que le era ajena y, además, como extranjero no había demostrado el menor respeto por la sociedad peruana ni por sus costumbres. Ya eran demasiadas las peleas que se había buscado el alocado francés.
La posición de Seniergues en Cuenca no había sido nunca tan frágil. Para cuando entregó a León su desafío, era ya objeto de un escrutinio casi constante por parte de los vecinos de la ciudad. Rara vez salía de casa sin sus dos esclavos, ambos armados. Esto lo hacía, en parte, por miedo a que lo apresaran. El vicario de Cuenca, Juan Bernardino Jiménez Crespo, había pedido a los alguaciles que arrestaran a Seniergues acusándolo de mantener una relación ilícita con Manuela de Quesada. Crespo, un sacerdote agrio y sombrío que años más tarde presentaría cargos contra cualquier pareja que bailara arrimada[7], no se limitaba a embestir contra las relaciones sexuales extramaritales con un extranjero. La amistad que tenía con las familias León y Serrano, ahora unidas —y ambas prominentes en los asuntos eclesiásticos y de gobierno—, reforzaba su propio estatus político, y, en aquel momento, Seniergues estaba amenazando directamente a ambas familias.
A media tarde del miércoles 26 de agosto, dos días después de que Seniergues hubiera retado al funcionario, el cirujano y sus dos esclavos se encontraban en la plaza principal cuando advirtieron la presencia de Diego de León y su mujer. La pareja iba en compañía de un amigo de Seniergues, Nicolás de Neira, y de otras personas. El cirujano, ocultándose detrás de un pilar, esperó hasta que el grupo estuvo cerca y surgió de improviso ante el sorprendido León, exigiéndole que desenvainara la espada. Este prefirió echar la mano bajo la capa y sacar la pistola, pero la llave de pedernal falló. Seniergues desenvainó su chafarote[*] y atacó, pero tropezó y cayó al canal de desagüe que bajaba por el medio de la plaza. Neira y sus compañeros agarraron al cirujano y separaron a los dos contendientes.
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Apareció entonces otro oficial de la milicia y entre todos empujaron a Seniergues hasta su casa, mientras el francés no paraba de maldecir y de amenazar: «… si no le daba satisfacción dicho don Diego, lo había de matar o cortarle las orejas»[8].
Neira no podía prolongar la situación en que se encontraba. Seniergues era su amigo, pero como oficial de la milicia no podía permitir que la agresividad de aquel hombre continuara, y menos contra León, que había sido su cuñado. El comportamiento del francés suponía un problema todavía mayor para los miembros de la misión geodésica. La cada vez mayor animadversión pública hacia el cirujano amenazaba con descontrolarse e interferir las observaciones astronómicas que eran ya lo único que se interponía entre ellos y la verdadera forma de la Tierra.
Jussieu, el amigo de Seniergues, acababa de llegar a Cuenca unos pocos días antes, pero no parece que lograra apartar al cirujano del rumbo que tenía marcado. Un clérigo jesuita del lugar intentó reconciliar a León y a Seniergues arreglando una reunión en su residencia dos días después, en la tarde del 28 de agosto. Cuando llegó la hora de la cita, Jorge Juan llevó a un reacio Seniergues ante el sacerdote, pero Neira y León no se presentaron. Para el último, aquella cuestión ya no podía resolverse con palabras, y parecía que Neira también iba haciéndose a la idea.
El drama entre Seniergues y León tuvo lugar con el trasfondo de la celebración en que estaba enfrascada la ciudad de Cuenca. Las fiestas de Nuestra Señora de las Nieves conmemoraban la aparición de la Virgen María a un grupo de viajeros que había quedado atrapado en la nieve y a los que ella había salvado de una muerte segura. Los cinco días de fiesta habían comenzado el 25 de agosto, tres días antes de la fallida reunión entre Seniergues y León. Los festejos estaban marcados por el copioso consumo de aguardiente y los desfiles con atuendos llamativos, y cada tarde culminaba con una corrida de toros.
Las fiestas taurinas que acompañaban las fiestas de Nuestra Señora de las Nieves eran una parte imprescindible de la cultura española que dominaba Perú. Según la leyenda, Francisco Pizarro había hecho traer toros al Perú casi en cuanto fundó la ciudad de Lima, en 1535. En 1739, la ceremonia había evolucionado hasta adquirir una forma más o menos parecida a la actual: el toro, debilitado primero por hombres a pie y a
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caballo armados con garrochas y lanzas, se encontraba después cara a cara con el matador que, capote en mano, iba acercándose a él más y más hasta que lo despachaba con una profunda estocada en el corazón. Si el toro no moría de inmediato, el matador le clavaba en la nuca una espada pequeña y afiladísima llamada verduguillo que le seccionaba el espinazo y acababa con su vida al instante.
Las corridas de toros dieciochescas eran espectáculos que ocupaban los espacios públicos de las villas donde se celebraban. Se construía un coso taurino temporal en el centro de la plaza. En Cuenca, esto se hacía cerca del río Tomebamba, en la pequeña plaza de San Sebastián que tomaba su nombre de la pequeña iglesia edificada en su lado norte. Sobre los adoquines se esparcía arena y en la plaza se levantaban tablados que, junto con los balcones circundantes, permitían que hasta cuatro mil personas presenciaran el espectáculo.
El quinto y último día de los festejos de Nuestra Señora de las Nieves, el 29 de agosto, todos los miembros de la misión geodésica fueron invitados a asistir a la corrida. No se sentaron juntos, sino que se dividieron por facciones. Godin y Godin des Odonais se colocaron en el balcón de la casa de Tomás Melgar, en la esquina sudeste de la plaza, donde los acompañaban Jorge Juan y Antonio de Ulloa, quienes así podrían explicarles el funcionamiento del festejo. En el lado oeste, a invitación del párroco Gregorio Vicuña, estaban Bouguer, La Condamine, Morainville, Hugo y Verguin. No había rastro de Jussieu ni de Seniergues. Lo más seguro es que los franceses no hubieran visto nunca cómo se desarrollaba la lidia del toro, a excepción tal vez del ingeniero tolonés Verguin, quien pudo haber asistido a las incruentas corridas que se celebraban en el sur de Francia. Allí el objetivo era arrancar una cinta de entre los cuernos del toro. El evento que había reunido esta vez a los franceses iba a ser, con toda seguridad, mucho más sangriento.
Poco antes de que el espectáculo comenzara, como estaba previsto, a las cuatro de la tarde, Seniergues irrumpió en la plaza, ebrio, como la mayor parte de los asistentes, debido al aguardiente que llevaba bebiendo toda la tarde. Se fue directo hacia el tablado del lado oriental de la plaza, donde Francisco de Quesada, que jugaba a disfrazarse con un capote rojo de matador, estaba sentado con su hija Manuela y su sobrina Antonia
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Domínguez. Para entonces, toda la ciudad conocía la historia de Seniergues y Manuela y también que el primero había retado a Diego de León. Pero no estaban en París. Era un escándalo que Seniergues se dejara ver con su «concubina», un escándalo que el patente consentimiento de su padre por aquella relación ilícita no hacía más que agravar.
Diego de León y Juan Jiménez Crespo, sentados juntos cerca de la iglesia, se limitaron a observar la exhibición de Seniergues con una furia impotente. En cambio, Nicolás de Molina, que unos días antes había presenciado cómo Seniergues golpeaba a la esclava de su amigo, se puso lívido al ver a su primo, Francisco de Quesada, agasajar al cirujano. Molina detuvo a Quesada cuando este se bajó de su tablado para entrar a la plaza. Blandiendo su espada, comenzó a arrastrar a su primo hacia un magistrado. Manuela, al ver a Molina acosar a su padre, le gritó a Seniergues que «lo llevaban preso». Este sacó el chafarote y la pistola y, acompañado de cerca por su esclavo Cujidón, saltó de la grada dando voces: «… vaya el pícaro, que a él y a toda su generación los he de matar». Girándose hacia Cujidón, le ordenó que los matara a todos. Molina, entonces, se retiró y Seniergues consiguió traer a Quesada de vuelta al tablado donde Manuela, inquieta, trató de tranquilizar a su amante riéndose de lo que había sucedido, como si se hubiera tratado de una broma[9].
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El ataque a Seniergues en la plaza de San Sebastián, Cuenca, el sábado 29 de agosto de 1739, sobre las 16:30 h, en Lettre a Madame *** sur l’emeute populaire excitee en la ville de Cuenca su Perou, le 29 d’aôut 1739 contre les Académiciens des Sciences, envoyés pour la mesure de la terre. © Wellcome Collection.
Durante el enfrentamiento, Nicolás de Neira, uno de los organizadores de la corrida, había entrado a la plaza a lomos de su engalanado caballo, dispuesto a dar comienzo a las ceremonias. Al ver lo que acababa de suceder, se fue trotando hacia el balcón donde Godin, Ulloa y Juan estaban sentados y les pidió que calmaran a Seniergues y que lo mantuvieran sentado. Los oficiales españoles le contestaron que se harían cargo. Neira dio entonces media vuelta y, deteniéndose ante el tablado de Seniergues, le dijo que no se preocupara y que nadie lo estaba amenazando. Este, cada vez más airado, le espetó que lo mataría. Neira, exasperado ante las amenazas del que había sido su amigo, pero también consciente de sus explosiones repentinas de violencia, le preguntó la razón de su amenaza mientras daba la vuelta a su caballo para salir de la plaza. «¡Espérese y lo verá!», gritó el francés, levantándose ante las atónitas mujeres del tablado.
Era la gota que colmó el vaso. Neira descabalgó en la barrera norte, por donde solían entrar los toros a la plaza, y anunció con enfado que,
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como Seniergues lo había amenazado de muerte, declaraba cancelada la corrida y se iba a casa. Entonces salió a toda prisa de la plaza en busca del alcalde, Sebastián Serrano, con la intención de que este ordenara el apresamiento del cirujano[10]. La muchedumbre estaba furiosa y comenzaba a murmurar contra los franceses. Juan y Godin bajaron de su balcón a hablar con Seniergues, pero, no advirtiendo en él ninguna amenaza inmediata, se dirigieron otra vez hacia su balcón. Justo entonces se oyó un alboroto por la puerta norte y la multitud, pensando que eran los toros que ya se acercaban, empezó a dar voces para celebrarlo. En realidad, el ruido anunciaba la llegada de Serrano y Neira a la cabeza de más de un centenar de hombres armados con las garrochas, lanzas y espadas destinadas a los toros.
Serrano, acercándose al palco de Seniergues, señaló al cirujano y le conminó a que rindiera las armas. Este saltó a la plaza agitando su chafarote sobre la cabeza y apuntando con la pistola a Serrano. El francés le descerrajó el arma dos veces, pero en las dos falló la llave de chispa. Lo atacó entonces con el chafarote, pero el tajo fue interceptado por un individuo llamado Manuel Armijos. Neira, de pie a la izquierda de Seniergues, le clavó el estoque en la mano izquierda y el cirujano tuvo que soltar la pistola. Serrano gritó: «¡Aquí del rey[*], agárrenlo!»[11].
Pese a los esfuerzos de un vecino, oficial del ejército, por contener el tumulto, este se extendió con rapidez por la plaza, rodeando a Seniergues y empujándolo hacia el tablado. Serrano pidió de nuevo ayuda a la multitud para atrapar al cirujano, pero otras voces comenzaron a alzarse: «¡Mueran los gabachos! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Viva el rey!». Algunos empezaron a arrancar los adoquines de la plaza y a lanzárselos a Seniergues, que intentaba repeler el embate con el brazo herido a la par que blandía su alfanje en la otra. Una piedra certera le impactó en el brazo derecho, derribándolo, y su arma cayó al suelo repiqueteando. Poniéndose de pie a duras penas, retrocedió hacia la barrera sudeste en un esfuerzo desesperado por escapar de la turba.
Los demás miembros de la compañía geodésica se movilizaron con rapidez en defensa de Seniergues. La Condamine, con sus reflejos de soldado, descendió a toda prisa la escalera para ayudar a su compañero. Bouguer, profesor desde los dieciséis años, no conocía el oficio de las
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armas y debió sentirse superado por el repentino caos, pero no titubeó y siguió a su amigo. Jorge Juan, espadachín consumado, ya estaba en la plaza, pero cada vez que el oficial naval intentaba abrirse paso a través de la masa para defender a Seniergues, lo sujetaban para que no se convirtiera él también en un objetivo. En todo caso, era demasiado tarde: la presión del tumulto ya no le permitía ver al francés.
En aquel momento, en la barrera, el gentío pinchaba una y otra vez al cirujano con lanzadas que le producían heridas no fatales, igual que se debilita al toro antes de que entre en escena el matador. Seniergues, que suplicaba por su vida, había comenzado a salir con gran esfuerzo a través de la puerta, dejando su torso expuesto a la muchedumbre.
Nicolás de Neira se encontraba en el meollo de aquella melé, junto al cirujano, mientras este intentaba escapar de la plaza. El capitán de la milicia, al no poder utilizar su largo estoque por la excesiva proximidad, le cogió a un joven una espada pequeña que llevaba y, con la izquierda, la clavó en el expuesto costado izquierdo de Seniergues. El arma era un verduguillo, una fina hoja diseñada para pasar entre las enormes vértebras del cuello de un toro, así que penetró con facilidad entre las costillas de la víctima, entró en el abdomen y perforó el bazo.
En un primer momento, lo más probable es que Seniergues no advirtiera lo que acababa de suceder. Golpeado una y otra vez por piedras y lanzas, no debió percibir, entre las heridas que recibía, aquel pequeño corte en la casaca. Después de zafarse por fin de la puerta, se fue tambaleando por la calle y giró en la esquina que daba a la casa de Tomás Melgar. En el piso de arriba de la vivienda, Ulloa y los Godin estaban todavía en el balcón, intentando discernir qué sucedía. Después de franquear la entrada próxima a la escalera por la que se accedía al balcón, Seniergues se desplomó inconsciente en el patio central de la casa.
Los demás miembros de la compañía estaban todavía intentando abrirse paso para llegar hasta el cirujano herido. La Condamine y Bouguer se reunieron con los demás en la plaza y trataron de cruzarla para rescatar a su colega, aunque al poco les dijeron que Seniergues había sido asesinado. Todavía determinados a encontrarlo, pero con el paso bloqueado por la multitud en la barrera sudeste, volvieron hacia la puerta norte. Salieron de la plaza y corrieron por una calle lateral hacia la casa de
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Melgar, aunque solo para volver a toparse con la muchedumbre que había atacado al cirujano y que ahora se disponía a acabar con él.
La turba armada avanzaba hacia el francés gritando: «¡Mueran los gabachos!». Los científicos retrocedieron, dieron la vuelta a la esquina y corrieron, tratando de salvar el pellejo perseguidos por una lluvia de piedras y de vivas al rey. Bouguer, alcanzado por una piedra, perdió suficiente velocidad como para que un perseguidor le asestara con su espada un tajo que le traspasó la casaca y le llegó hasta la parte central de la espalda. En un abrir y cerrar de ojos, un sacerdote llamado Félix Moreno lo agarró y lo introdujo en la casa de Gregorio Vicuña, quien trancó entonces la puerta. El resto de la compañía se dispersó hacia sus casas respectivas y esperó a que la turba se diseminara. La familia Quesada, mientras tanto, se escondió en la iglesia de San Sebastián temiendo por sus vidas.
Mientras Seniergues yacía medio muerto en el suelo del patio de Tomás Melgar y la sangre rezumaba de sus heridas, la multitud de afuera comenzó a abrirse camino por la entrada de la casa y hasta el patio. Sebastián Serrano accedió a este y trató de calmar a la gente, enviando también a uno de los sirvientes franceses a que buscara un cura. Seniergues, mientras tanto, fue llevado a otra estancia y tendido en una cama, donde un doctor conquense lo atendió.
En un primer momento, hasta la propia clerecía de la ciudad parecía remisa a atender al francés herido. Cuando el sirviente de la compañía llegó a una iglesia cercana a pedir un confesor, Crespo —que recientemente había solicitado el arresto de Seniergues por su amorío con Manuela de Quesada—, sin una pizca de arrepentimiento, le espetó: «¿De qué les sirven los Sacramentos a los herejes?»[12]. El criado francés localizó a otro sacerdote y volvió con él a la casa de Melgar, donde encontraron a Joseph de Jussieu parado y nervioso en la entrada, sin atreverse a entrar por la muchedumbre que todavía merodeaba el patio. Una vez le aseguraron que no había peligro, Jussieu fue escoltado hasta el cuarto donde Seniergues acababa de recuperar la conciencia y comenzó a examinar las heridas del cirujano. La mayoría eran superficiales, pero Jussieu detectó pronto el estrecho y profundo corte en el abdomen. Al examinarlo con más atención, descubrió que su amigo estaba sufriendo
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una hemorragia interna. Seniergues comprendió al instante su destino y exclamó: «En mala parte está, ¡soy perdido!»[13].
A pesar de los temores de Seniergues, sus expectativas —y las del resto de los integrantes de la expedición— parecían, en un primer momento, esperanzadoras. Mientras Jussieu examinaba a Seniergues, las autoridades habían conseguido dispersar a la muchedumbre, de modo que el resto de la compañía pudo entrar en la casa de Melgar. Llevaron después a Seniergues a su casa, donde Jussieu y un vecino barbero (que, como muchos de su oficio en aquella época, ejercía también de cirujano) cuidaron noche y día del francés. La herida de Bouguer era importante, pero su vida no corría peligro y le bastarían unos días de convalecencia. Durante ese periodo, la herida de Seniergues tampoco pareció mortal. De hecho, Serrano y Crespo incluso pidieron el encarcelamiento del cirujano por haberse resistido al arresto, pero el corregidor y justicia mayor, Matías Dávila y Orduña, no lo autorizó.
Los funcionarios de Cuenca tomaron medidas inmediatas para evitar cualquier tipo de violencia después del ataque contra Seniergues y sus camaradas. Se organizaron patrullas callejeras para impedir la formación de otro tumulto y se promulgó un edicto que prohibía las reuniones de más de dos personas bajo pena de cien latigazos. La salvaguarda de la expedición no fue la motivación principal de estas medidas. Las autoridades temían, más bien, que el motín contra los franceses se convirtiera en una rebelión general contra el dominio español; los gritos de «¡Viva el rey!» y «¡Muera el mal gobierno!» ya se habían oído muchas veces en el Perú. Casi no había habido ni una década sin levantamientos violentos desde la conquista de Pizarro, unas veces contra la mita, otras contra los impuestos y otras contra la opresión general del régimen español. Dos años antes, en 1737, un jefe indio llamado Ignacio Torote había encabezado una rebelión violenta contra las misiones franciscanas que fue sofocada con rapidez y brutalidad por los españoles[14].
La herida de Seniergues no pareció, en un primer momento, mortal, pero a medida que pasaban los días su estado fue empeorando. El bazo no es en sí mismo un órgano vital, pero como Jussieu y sus colegas carecían de forma alguna de prevenir la infección o de controlar la hemorragia interna, poco podían hacer más allá de aplicar sanguijuelas al abdomen del
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cirujano —que estaba en un proceso de lenta distensión, a medida que la sangre salía de los tejidos dañados— y paños fríos en la herida mientras el dolor, la fiebre y los vómitos iban en aumento. Estos síntomas eran los heraldos de la muerte; sin duda, el cirujano ya reconocía que todas las habilidades de Jussieu no bastarían para salvarlo.
El 31 de agosto Jussieu escribió a sus hermanos para comunicarles la dificultad de su situación. «Me he visto distraído por el padecimiento de Seniergues, que ha sido herido de gravedad por un fino corte en la parte inferior izquierda del torso», escribió, justificándose por no haberles informado antes de su viaje a Loja. Luego continuaba: «Nosotros los franceses casi sucumbimos en el motín del populacho, fue una suerte que no llevara a término su designio de exterminarnos a todos. Seniergues ha pagado él solo por todos nosotros. Su estado no me concede un momento de descanso y hago a la vez de boticario, cirujano y doctor»[15].
Consciente de que el final estaba cerca, Seniergues dictó una declaración judicial y también su última voluntad y testamento. En este último nombraba a Jussieu y a La Condamine albaceas de su patrimonio, pedía ser enterrado en la catedral matriz de la ciudad y enumeraba una serie de obras de caridad y de deudas a pagar. También dispuso que sus esclavos quedaran al cuidado de La Condamine y legaba el resto de su considerable fortuna a sus padres, Guillaume y Françoise Seniergues. Su testamento no mencionaba ni una vez a Manuela de Quesada; si en algún momento fue el centro de sus pensamientos, ahora se encontraba muy lejos de ellos. En su declaración judicial, Seniergues intentó presentarse como víctima. No acusó a Diego de León de ser el instigador, sino que echaba la culpa del ataque a Serrano y a Neira. También afirmaba que, aunque empuñó con una mano un chafalote y con la otra una pistola, con dichas armas no había ofendido ni herido a nadie y solo las había sacado en defensa de su persona[16].
Seniergues aguantó todavía cuatro días tras dictar el testamento y la deposición, pero al final la infección y la pérdida de sangre se impusieron. Murió el miércoles 2 de septiembre de 1739 a las diez y media de la noche, justo a la semana de haber comenzado todo el incidente.
Antes de que Seniergues falleciera, el magistrado Matías Dávila y el alcalde, Sebastián Serrano, ya habían incoado un procedimiento judicial
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contra sus agresores. Los dos funcionarios tomaron declaración a los primeros testigos al día siguiente del ataque, sin importar que fuera domingo. La Condamine y Bouguer presentaron ante los jueces una demanda criminal dos días más tarde. En realidad, pronto resultó obvio que uno de los jueces era también uno de los acusados: la querella de los franceses presentaba a Serrano, junto con Neira y León, como uno de los actores principales del ataque a Seniergues. La causa contra los atacantes del cirujano siguió unas vías que difieren considerablemente de los procedimientos judiciales modernos. Los trámites legales en el Perú colonial comenzaban con la deposición de los testigos ante unos escribanos oficiales que también tomaban declaración a los acusados, los cuales podían estar representados, o no, por un abogado. Estos testimonios se reunían entonces en un sumario que componían los notarios del juzgado y que estos remitían al juez. Este, a menudo no era una autoridad judicial independiente, sino que podía ser simultáneamente una figura política como, por ejemplo, el alcalde de la ciudad. El juez llegaba entonces a un veredicto y dictaba la sentencia[17].
En el caso del juicio de Seniergues, los engranajes de la justicia colonial demostraron una eficiencia razonable, a pesar de algunos contratiempos iniciales. Los registros judiciales documentan las disputas políticas entre Serrano, que como alcalde presidía la causa en un primer momento, y Dávila, que le arrebató el control del proceso sobre la base de que Serrano era uno de los acusados. Dávila llegó más tarde a nombrar un juez independiente[18]. Este dictó sus veredictos en agosto de 1740, un año después del asesinato de Seniergues. Diego de León recibió una condena de seis años en prisión y una multa de mil pesos por haber provocado el ataque contra Seniergues movido por la venganza; a Sebastián Serrano y a Nicolás de Neira les cayeron condenas de ocho años y multas de dos mil pesos por encabezar el ataque; otros dos individuos fueron objeto de sentencias de prisión menores por herir a Seniergues durante la agresión.
Los veredictos iniciales no pusieron fin a la causa. El procedimiento se complicó cuando el control de la Real Audiencia de Quito se transfirió del virreinato del Perú al recién creado virreinato de Nueva Granada. Aunque este último se estableció justo antes de que comenzara el proceso, en agosto de 1739, su virrey no llegó hasta 1740, lo que provocó que los
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virreyes de ambos territorios se pretendieran competentes sobre la causa y tuvieran que aprobar los procedimientos. La causa contra los agresores de Seniergues acabaría alargándose cinco años por el recurso que se presentó contra el veredicto del juez y por el traspaso del procedimiento de una jurisdicción a otra. De los cinco acusados, Serrano fue el único que recurrió su sentencia. Su abogado protestó porque no se le permitiera salir de la cárcel ni para asistir al funeral de su esposa —esta había muerto mientras estuvo encarcelado durante el juicio— y porque la sentencia dejaba a sus tres hijos pequeños sin nadie que los cuidara. Estas súplicas fueron rebatidas con vigor por La Condamine —quien reveló su erudición y también notable eficacia como abogado— y más tarde también por Joseph de Jussieu. De todos modos, Serrano fue puesto en libertad en 1744, después de que su culpa quedara circunscrita a «no haber perseguido a los culpables con ardor suficiente», y la multa se le redujo a cuatrocientos pesos que abonó a los herederos de Seniergues. Diego de León escapó de prisión en 1742, Nicolás de Neira murió en ella y ninguno de los otros dos agresores cumplió la totalidad de su condena[19].
Antes de que se promulgaran las primeras sentencias en el Perú, el incidente de Seniergues ya había creado un pequeño escándalo en Europa. Cuando las primeras cartas que relataban el ataque llegaron a Francia, en junio de 1740, la secuencia de los acontecimientos no tardó en embrollarse: los científicos habían intentado seducir a mujeres peruanas casadas; sus sirvientes habían sido asesinados y les habían destruido los instrumentos científicos y los papeles. En agosto, Voltaire enmendó algo las noticias: «Los caballeros de Perú no han salido tan mal parados como se había dicho. Solo ha muerto el cirujano. El instrumental y sus papeles están a salvo, y parece que todo fue una disputa privada del cirujano»[20].
Más adelante, La Condamine trataría de blanquear las circunstancias que rodearon el asesinato de Seniergues. Cuando por fin regresó a Francia, su primer propósito fue reescribir la peripecia convirtiéndola en un triángulo amoroso que había acabado de la peor manera posible. En la narración que publicó en 1745 con el provocativo título de Lettre à Mme
*** sur l’emeute populaire excitée en la ville de Cuenca au Peru, le 29 Août 1739, contre les Académiciens des sciences [Carta a la señora ***
sobre el motín en la ciudad de Cuenca contra los científicos de la
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Academia] echaba toda la culpa del ataque a los vecinos de la ciudad, acusaba de incompetencia a los jueces de esta y presentaba a los miembros de la expedición como héroes desinteresados. También borraba cualquier prueba que incriminara a Seniergues —por ejemplo, los doscientos latigazos que recibió el joven mestizo fueron para él una «acción de la que no se puede culpar a nadie»— y pretendía que el peor delito del cirujano había sido no mantener en secreto su amorío con Manuela de Quesada[21].
No hay duda de que La Condamine comprendía a la perfección la importancia de la discreción, una regla que aplicó con inteligencia en asuntos muy distintos del incidente de Seniergues. No encontramos ni una sola mención en sus diarios, ni en las historias del lugar, sobre las dos hijas que tuvo durante su etapa en Cuenca. Estas mujeres, que acabarían siendo prostitutas como su madre, todavía vivían en la ciudad cuando el explorador Alexander von Humboldt pasó por allí en 1802[22].
En cuanto a Manuela de Quesada, el incidente no le dejó un estigma indeleble, ni ella tampoco guardó luto prolongado por el cirujano francés. Antes de pasado un año de su muerte se casó con Lucas de Ullauri y Ortiz de Zúñiga. Según Humboldt, vivió hasta una edad muy avanzada[23].
La tumba de Seniergues, como la de muchos otros vecinos de la Cuenca colonial, se perdió con el paso del tiempo. No fue enterrado en la catedral matriz, según deseaba, sino al otro lado de la plaza, en la iglesia de los jesuitas, que fue demolida hace mucho[24]. El mayor deseo de Seniergues, la esperanza de hacer fortuna que le había llevado al Perú, tal vez lo alcanzó sin saberlo: acabó sus días en Cuenca, una ciudad que, según algunos, había sido el mismísimo El Dorado.
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Capítulo 8
La Guerra de la Oreja de Jenkins[*]
En septiembre de 1739, mientras Bouguer todavía convalecía de su herida y el resto de la compañía aún no se había repuesto de la impresión de los ataques sufridos solo unas semanas antes, la expedición retomó su misión de medir la Tierra. De momento, los astrónomos habían logrado determinar con éxito la medida exacta de la serie de triángulos que habían proyectado por los Andes. Ahora tendrían que fijar la posición celeste de ambos extremos de la cadena y determinar su posición latitudinal exacta, para luego utilizar esa información en el cálculo de la medida del arco de un grado de latitud o de meridiano en el ecuador. Entonces, y solo entonces, podrían partir del Perú con la respuesta que buscaban.
Los científicos fijarían la posición celeste de la cadena de triángulos observando meticulosamente una de las estrellas más brillantes y fáciles de identificar del cielo nocturno. Alnilam (Épsilon Orión), una gigante azul situada a mil trescientos años luz de la Tierra, en el ecuador se divisa en lo más alto del cielo y también es visible desde todo el hemisferio norte y todo el hemisferio sur. Reconocible al instante como la estrella central del cinturón de Orión, los indios preincaicos chimúes decían de ella que era un ladrón que, apresado por las dos estrellas adyacentes, estaba a punto de ser sacrificado a los demás astros de la constelación que eran, según estos indios preincaicos, buitres que volaban a su alrededor en círculos. Esa posición y brillo únicos de Alnilam, que tanta relevancia le otorgaron en la cultura chimú, también la convirtieron en la candidata obvia para que los astrónomos franceses la utilizaran, en la etapa final del plan, en la medición de un grado de latitud. Unos años antes, todavía en la fase de planificación, los astrónomos galos ya habían establecido un procedimiento para fijar los extremos latitudinales de la serie trigonométrica mediante la observación de aquella estrella. Los científicos
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sabían que podrían, con un sector, medir el ángulo exacto de la estrella respecto de la vertical de cualquier emplazamiento dado. Medirían ese ángulo en los extremos norte y sur de la serie de triángulos y luego compararían los resultados. La diferencia de esos dos ángulos proporcionaría la medida angular o arco de la cadena de triángulos (es decir, la diferencia entre las latitudes de los extremos norte y sur, medida en grados, minutos y segundos). La división de la distancia medida previamente entre ambos extremos por el arco así obtenido proporcionaría la medida exacta de un grado de latitud en el ecuador. La culminación de los años de trabajo, las penalidades y la sangre derramada por los miembros del equipo sería esta única cifra que les entregaría la verdadera forma de la Tierra.
Igual que en el estadio previo dedicado a la medición geodésica, la expedición volvería a trabajar en dos grupos separados. Estos efectuarían primero las observaciones astronómicas en el extremo sur de la cadena y después en el extremo norte. Como ambos grupos iban a realizar sus observaciones de forma simultánea, hacía falta un segundo sector, así que Godin le encargó al constructor de instrumentos de la expedición, Théodore Hugo, uno nuevo con un radio de 18 pies (casi seis metros). Esta sería la primera vez que Hugo tuvo que construir un instrumento astronómico desde cero, un trabajo que exigía una delicada elaboración de las lentes y los montajes telescópicos, junto con la fabricación de precisos tornillos micrómetros para ajustar el instrumento. Todos estos procesos necesitarían herramientas y materiales que, desde luego, no eran fáciles de encontrar en el Quito colonial, así que Hugo iba a tener que improvisar. Godin también le encomendó a Hugo la reparación de varios fallos que habían detectado en el sector más pequeño —de 12 pies— adquirido al artesano británico George Graham. Bouguer utilizaría este sector en sus observaciones[1].
Una vez listo el nuevo sector, ambos grupos (el de Godin y el de Bouguer) pudieron proceder a la medición del ángulo a Alnilam desde el extremo sur de la cadena de triángulos. Igual que cada equipo ya había medido un punto final distinto para su propia cadena de triángulos, ahora también eligieron emplazamientos distintos para medir el ángulo meridional; un procedimiento que se repetiría en el extremo norte de la
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serie trigonométrica. Así pues, los dos grupos iban a medir ahora los arcos de dos cadenas de triángulos distintas (aunque ambas compartían la mayor parte de sus triángulos). Cuando terminaran, sus observaciones y cálculos separados tendrían que coincidir, en el caso de que todas las mediciones fueran correctas, en una misma cifra indicativa de la medida de un grado de latitud.
Como Godin había medido una base de verificación en Baños, un lugar un poco más cercano a Cuenca que Tarqui, él y su equipo —entonces completado por Juan y Ulloa, que se habían separado de Bouguer para ayudar al sobrecargado Godin— efectuarían las observaciones de las estrellas desde el interior de la propia Cuenca. Instalaron el nuevo sector de 18 pies en una casa del centro de la ciudad, convirtiendo su domicilio provisional en un observatorio. Cuenca no era, desde luego, un emplazamiento ideal; las emociones todavía bullían en la ciudad y la persistente animosidad hacia los extranjeros no los dejaba salir de casa más que de noche. Una tarde en la que estaban intentando fijar la posición de su observatorio calculando los pasos que separaban este de la catedral matriz (cuyo campanario había sido uno de los puntos de triangulación finales de la base de Baños), fueron reconocidos por varias lugareñas que, pensando que estaban maquinando «alguna traición contra la ciudad», dieron la alarma y los persiguieron hasta la casa con palos y piedras[2].
Mientras el grupo de Godin se encontraba acorralado en su observatorio de Cuenca, Bouguer y La Condamine, con la asistencia de Verguin, hacían sus propias observaciones en un entorno algo más plácido. Su observatorio fue una capilla a medio construir en la hacienda Mama Tarqui de Pedro José de Sempértegui y Gómez del Pozo, un político local que había actuado como notario en varios testimonios del proceso de Seniergues. Para finales de septiembre el segundo grupo ya tenía establecida la posición exacta de la capilla en relación con la base de verificación de Tarqui. Bouguer y Verguin comenzaron entonces a construir un techo para el observatorio mientras que La Condamine volvía a Cuenca, donde el juicio de Seniergues estaba en pleno desarrollo.
De octubre a diciembre de 1739 los dos grupos pasaron largas noches ajustando y reajustando sus sectores cenitales, aguardando el cielo despejado necesario para las cruciales observaciones de Alnilam. A finales
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de 1739, el grupo de Godin, una vez terminado su trabajo, empacó sus bártulos y partió en dirección norte, a Quito. El grupo de Bouguer no concluyó sus observaciones hasta mediados de enero de 1740. Los resultados fueron registrados con meticulosidad en un documento escrito en francés, lleno de símbolos y cálculos astronómicos que llevaron a certificar a un notario probablemente perplejo[3].
Los dos grupos efectuaron las citadas observaciones todavía acongojados por la muerte de Seniergues, pero alrededor de la Navidad el grupo de Bouguer fue testigo de algo que consiguió elevarles el ánimo. En Tarqui se celebraba una fiesta india y, entre las carreras ecuestres y las demostraciones de doma, algunos jóvenes mestizos que se habían fijado con gran atención en los astrónomos durante sus trabajos salieron a escena con unos cuadrantes de papel y cartón y comenzaron a imitar su comportamiento. Según relató La Condamine, «esto se hizo de un modo tan cómico que debo admitir que no vi nada tan placentero en los diez años del viaje. Me invadieron unas ganas de reír tan fuertes que, por unos instantes, logré olvidarme hasta de los asuntos más graves que me preocupaban»[4]. Era justo el desahogo que todos necesitaban para quitarse de encima el peso de la reciente tragedia.
El 16 de enero de 1740, Bouguer, La Condamine y Verguin pusieron por fin camino hacia Quito, a comenzar la segunda tanda de observaciones en el extremo septentrional de la serie trigonométrica. Habían empaquetado cuidadosamente su sector y dispuesto que fuera llevado a mano por porteadores, lo que significaba que tardaría varias semanas en llegar a Quito. Mientras el instrumental avanzaba a paso de tortuga hacia la capital, los científicos aprovecharon la ocasión para pasar varios días con sus amigos Pedro Vicente Maldonado y José Dávalos en la hacienda de San Andrés, cerca de Riobamba. Los franceses asistieron a la boda de una sobrina de uno de sus amigos, un evento del que La Condamine escribiría más tarde que fue «la fiesta más magnífica y brillante que vi durante mi estancia en Perú»[5].
En febrero, el sector de Bouguer llegó a Quito tras su parsimonioso viaje por tierra. Hugo le reforzó el armazón de hierro y lo transportó a la casa de campo de Emanuel Frayré (Manuel Freire) en Cochasquí, al nordeste de la ciudad y en las faldas del monte Mojanda, un lugar que
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disfrutaba de una perspectiva excelente de la base fundamental de Yaruquí. Bouguer y La Condamine pasaron dos meses observando Alnilam desde la casa de Frayré, tras lo cual proyectaron un triángulo adicional para fijar la posición del observatorio en el extremo norte de la cadena. Una vez medidos los ángulos de Alnilam desde ambos extremos de la cadena de triángulos, el equipo de Bouguer se puso a calcular la medida del arco norte-sur. Para aquellos científicos, era el momento cumbre de varios años de trabajo. En Cochasquí habían determinado que Alnilam estaba 1° 26′ 8″ al sur del cénit local, y el ángulo medido en Tarqui había sido de 1° 40′ 35″ norte. Ambos resultados desembocaban en un arco de 3° 6′ 43″. Bouguer y La Condamine tenían todavía que efectuar algunos cálculos adicionales y varias observaciones finales para poder precisar la medida de un grado de latitud en el ecuador, pero a efectos prácticos estaban persuadidos de que el trabajo estaba hecho. Bouguer indicó en un segundo documento notarial, sin duda con cierto alivio:
… pensamos que teníamos que dar fin a nuestras operaciones en el Perú y considerar el objeto de nuestra misión totalmente cumplido. En Quito, el 6 de mayo de 1740.
Firmado: Bouguer [refrendado por La Condamine y Verguin][6]
Puede que Bouguer y La Condamine estuvieran ya listos para hacer las maletas y salir para Francia, pero, en opinión de Godin, todavía faltaba trabajo por hacer. Godin había advertido, igual que el equipo de Bouguer, que el ángulo desde cada uno de los puntos de observación a Alnilam variaba cada día, pese a que, en teoría, la estrella debía permanecer fija en el cielo. Esto invitaba a pensar que había algún fallo en los métodos de medición de la compañía. Bouguer pensaba que la variación se debía a la expansión y contracción de los edificios en los que se habían montado los sectores cenitales y no pareció darle más importancia. Godin sospechaba que las inexactitudes tenían su causa en el sector de 18 pies que Hugo había improvisado. Una vez de vuelta en Quito, no tardó nada en ordenarle a Hugo la construcción de un tercer sector astronómico, este con un radio de 20 pies (casi seis metros y medio). Godin también pensaba que había detectado un patrón en la variación y, para confirmar sus sospechas, le indicó a Verguin que hiciera observaciones adicionales de la estrella[7].
Mientras Godin trataba de corregir los datos de sus observaciones astronómicas, Bouguer abordó un fleco matemático de la etapa
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agrimensora de la misión: el establecimiento de la altura absoluta de la cadena de triángulos. Solo trayendo los puntos de observación a un mismo plano horizontal y después reduciendo toda la cadena a su valor al nivel del mar podrían los científicos utilizar los resultados de las mediciones de forma que proporcionasen la figura precisa de la Tierra. Aunque ambos grupos habían utilizado profusamente el barómetro para estimar la altitud de las distintas estaciones, hacía mucho que Bouguer había decidido que, para conseguir el nivel de precisión extremado que se habían impuesto, era necesaria una medición directa de la altura, así que este se preparó de nuevo para dejar Quito en aras de la misión geodésica.
Con el fin de determinar con precisión la altitud sobre el nivel del mar de la cadena de triángulos, Bouguer tendría primero que viajar hasta la costa y desde allí tomar mediciones de una montaña que también fuera visible desde las estaciones geodésicas. Una vez averiguada la altitud sobre el nivel del mar de aquella montaña, volvería a la cordillera y, mediante observaciones, determinaría su altura respecto del punto más bajo de la serie trigonométrica, es decir, el extremo norte de la base fundamental, próximo a Caraburo. Después, restando la altura de la montaña por encima de Caraburo a su altura sobre el nivel del mar, se obtendría la altitud exacta de la cadena de triángulos. Esto permitiría reducir todas las medidas al nivel del mar.
En lugar de tomar el arduo camino de vuelta a Guayaquil para llegar a la costa del Pacífico, Bouguer optó por seguir una carretera más al norte que transcurría junto al río Esmeraldas, una ruta que parecía prometer un viaje menos penoso. La Condamine la había usado en 1736, cuando se abrió camino por la densa jungla desde la costa de Esmeraldas para llegar a Quito. En los años que habían transcurrido, esta vía había sido objeto de una transformación radical. Pedro Vicente Maldonado, en tanto que gobernador de la provincia de Esmeraldas, había conseguido que la Real Audiencia de Quito aprobara su proyecto para una nueva carretera entre las mencionadas, Quito y Esmeraldas. Ahora, bajo la supervisión de un ingeniero español —y el trabajo de muchos, muchos trabajadores indios reclutados mediante el sistema de la mita—, las obras de la carretera estaban cerca de concluir. Esta nueva carretera, con ancho suficiente como para permitir el paso simultáneo de una recua de mulas en cada sentido,
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facilitaría en grado sumo el viaje de Bouguer, que había contado con acompañar a Maldonado en el primer viaje del gobernador para supervisar la etapa final de la construcción de la carretera. Sin embargo, Maldonado acababa de perder a su mujer, Josefa, y el duelo lo retenía cerca del hogar[8]. Por tanto, Bouguer tendría que hacer el viaje sin un acompañante oficial.
Este, se puso en marcha a mediados de junio de 1740, presumiblemente acompañado por su criado Grangier. El científico pasó por el pueblo de Niguas, a unos cincuenta kilómetros de Quito, donde llevó a cabo observaciones en el Illiniza, un raro volcán de dos picos a medio camino entre el Pichincha y el Corazón. Siguiendo hacia el norte por la carretera desierta atravesó varios pueblos, todos ellos extrañamente vacíos, hasta que llegó al puerto fluvial de Esmeraldas. Allí descubrió que todos los vecinos de los pueblos del camino se habían reunido en el puerto para festejar la llegada de Pedro Maldonado. Como el gobernador no había venido y no hubo ocasión para la celebración, Bouguer pudo elegir los ayudantes que le parecieron mejor. Eligió tres guías indios para que lo llevaran río abajo, con la esperanza de encontrar algún punto de observación con mejores vistas de los Andes.
En el delta del río Esmeraldas, Bouguer y su séquito hicieron campamento en una pequeña isla llamada Linga, donde el científico trató de observar las montañas de la cordillera durante seis semanas, pero con poco éxito. El 18 de julio le envió una nota a La Condamine donde se quejaba: «… el Pichincha solo se ha dejado ver una vez, pero apenas por tres minutos y no tuve tiempo de examinar los distintos puntos [de la montaña]». Sus hombres y él habían tenido que subsistir a base de frutas y pescado porque, según contaba, «una parte de mis provisiones se había echado a perder y la otra se la llevaron los tigres» (más bien jaguares).
Bouguer aprovechó una mejora en las condiciones atmosféricas para conseguir efectuar observaciones del Illiniza y determinar su altura por encima del nivel del mar. El 10 de agosto toda la compañía de Bouguer levantó el campamento y comenzó la marcha de vuelta por la carretera de Esmeraldas hacia Quito. Estaba agotado, pero sin duda también aliviado por haber finalizado aquella importante labor. Ya solo faltaba una medición bastante sencilla, determinar la altura del Illiniza respecto de la
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base fundamental, la cual permitiría establecer la altura relativa de la cadena de triángulos. Los cálculos adicionales para reducir la cadena al nivel del mar podrían hacerse después, sin prisas. Bouguer todavía tenía algunas pequeñas dudas persistentes sobre la variación que Godin había detectado en las posiciones de las estrellas, pero no veía ningún motivo para retrasar la rápida vuelta de la expedición a casa[9].
Bouguer llegó a Quito en la tarde del 27 de agosto de 1740 y se encontró la ciudad en pie de guerra. La milicia había sido movilizada, aunque muchos de los soldados eran, en realidad, presos sacados de las cárceles de la ciudad y alistados a la fuerza. Además de aquella militarización, Quito también se había llenado de centenares de mulas y de muleros; Bouguer no iba a tardar en averiguar la causa.
Algunas semanas antes había llegado a la ciudad, desde Guayaquil, una enorme recua de mulas cargada con seiscientos cofres de oro y plata procedentes de Lima. Su destino original había sido la próspera feria de Portobelo, prevista para 1739, pero esta había sido cancelada y el tesoro se había detenido a medio camino. El presidente Araujo había viajado en persona a Guayaquil, en mayo, a supervisar el traslado del tesoro hasta su capital, donde, lejos del océano y resguardado en la Caja Real de la ciudad, estaría a salvo de incursiones piratas y de armadas hostiles[10].
La feria comercial de Portobelo se había cancelado porque la localidad había caído en poder de los británicos. El año anterior, 1739, había estallado la guerra entre Gran Bretaña y España. Ambas naciones se encontraban en un conflicto intermitente desde el fin de la Guerra de Sucesión española en 1714. El contrabando y las operaciones de piratería por parte de buques británicos en las posesiones españolas del Caribe eran una fuente de tensión recurrente entre las dos naciones. Los corsarios británicos abordaban a menudo buques del tesoro español, mientras que los buques de la Armada española detenían y abordaban con frecuencia a los buques británicos sospechosos de contrabando y les confiscaban el cargamento. Uno de estos últimos buques británicos, el bergantín comercial Rebecca, comandado por Robert Jenkins, había sido abordado frente a La Habana en 1731. Según cuenta la historia, Jenkins insultó a un oficial español, el cual reaccionó cortándole una oreja al capitán británico
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y amenazando con obrar igual con el mismísimo rey Jorge II si también violaba la ley metiendo contrabando en los territorios españoles.
En un primer momento la anécdota no provocó gran revuelo en Gran Bretaña, pero unos años más tarde las disputas sobre el comercio en el Caribe encendieron a la opinión pública británica contra los españoles y las llamas de la indignación se avivaron con la reelaboración del relato de la mutilación de Robert Jenkins. El Gobierno británico, presionado por el sentimiento popular antiespañol, acabó declarando la guerra a España en octubre de 1739, un conflicto que más tarde sería conocido en Gran Bretaña como la Guerra de la Oreja de Jenkins. El escuadrón británico del vicealmirante Edward Vernon, que ya estaba en el Caribe cuando llegó la noticia, supo aprovechar el factor sorpresa pues, en noviembre de 1739, en un lapso de veinticuatro horas, bombardeó y se apoderó de la desprevenida Portobelo.
La toma de este puerto había sido un mazazo para Araujo, pero pronto vio en ella una oportunidad de negocio. Con la caída en manos británicas del único punto de transbordo de las riquezas del Perú, los comerciantes de Lima tomaron la decisión de desviar los envíos de oro y plata destinados a Portobelo muy al interior, hacia Quito, donde estarían a salvo. Por desgracia, al no celebrarse la feria comercial, los comerciantes no podrían obtener beneficios y el tesoro languidecería en Quito. Araujo también estaba descorazonado: había contado con recuperar, por medio del comercio de contrabando que la feria posibilitaba, los 26 000 pesos que había invertido en obtener la presidencia. Por consiguiente, comenzó a exigirles sobornos a los comerciantes por el traslado del metálico al interior y por otros servicios[11]. Al parecer, a Araujo no le preocupaba la posibilidad de que el gobierno investigara los sobornos. La Real Audiencia que presidía acababa de ser transferida del virreinato del Perú al de Nueva Granada, que había sido restablecido por un decreto real en 1739. El nuevo virrey, Sebastián de Eslava y Lazaga, apenas acababa de llegar a Cartagena de Indias el pasado mes de abril; lo más probable es que estuviera enfrascado en el refuerzo de las defensas del Caribe ante la amenaza de un nuevo envite británico y que no tuviera tiempo de preocuparse por irregularidades menores en el lejano interior.
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Aunque Araujo se felicitara del provecho que le sacaba al caos de la guerra, lo cierto es que no podía descuidar mucho tiempo el cumplimiento de sus deberes. Quito estaba ahora bajo la jurisdicción de Nueva Granada, pero el virrey del Perú y marqués de Villagarcía no dudó ni un instante ordenarle a Araujo que reforzara las defensas de Guayaquil, el principal puerto de entrada a su provincia y el punto más vulnerable a un asalto británico. De hecho, los españoles ya tenían noticia de que el ataque a Portobelo era solo parte de un plan británico más amplio para saquear las posesiones españolas en el Nuevo Mundo, atacar las flotas del tesoro español y, con suerte, llevarse por delante los virreinatos del Perú y de Nueva España.
La fase siguiente de la embestida británica a las posesiones de España en el Nuevo Mundo se había puesto en marcha en diciembre de 1739, solo un mes después del ataque a Portobelo. En diciembre, el comodoro George Anson había recibido el mando de un escuadrón con órdenes de entrar en el Pacífico por el cabo de Hornos, atacar el Perú y Panamá, destruir la flota española del Pacífico y apoderarse de las inmensas riquezas del Galeón de Manila. Sin embargo, la noticia del plan británico no tardó en llegar a los oídos de los dirigentes españoles, gracias a la eficaz red de inteligencia española y a la ayuda de los franceses, aunque estos de momento se mantenían neutrales en aquel conflicto.
A principios de enero de 1740 el primer ministro español conoció los detalles del audaz plan británico —incluyendo el nombre del comodoro Anson y el de los buques a sus órdenes—, y al momento envió varios despachos a los virreinatos americanos. Cuando los avisos llegaron, a finales de febrero, Villagarcía reunió su consejo de guerra y puso en marcha unos planes defensivos que comprendían el aprestamiento de cuatro grandes buques de guerra para patrullar el mar, la construcción de cuatro galeras de guerra para la defensa de costa y el refuerzo de las ciudades portuarias de Guayaquil y Callao en el norte y de Concepción, en Chile (por entonces una audiencia de su virreinato), en el sur. Una flota de mayor tamaño, a las órdenes del almirante José Alfonso Pizarro, se estaba aprestando también en Santander, en el norte de España, pero no estaría lista para zarpar hasta octubre y probablemente no podría llegar hasta el año siguiente, tal vez demasiado tarde[12]. Los españoles tenían que
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prepararse para la posibilidad de tener que rechazar ellos mismos un ataque británico.
Mientras las colonias se preparaban para la guerra, los científicos de la misión geodésica continuaron sus actividades habituales. En noviembre de 1740, Bouguer viajó al sur, al pequeño monte Papa-Urco, el cual se encuentra al otro lado del valle que domina el volcán Illiniza —este ya había sido observado por Bouguer desde la costa—, con la intención de medir su altura respecto de las estaciones geodésicas. Una vez establecida la altura relativa del Papa-Urco respecto de Caraburo, bastaba con sumarle a esa cifra la altura relativa del Illiniza sobre el Papa-Urco para obtener la distancia vertical total desde la base fundamental hasta la cima del Illiniza. Después Bouguer solo tuvo que restarle esa distancia vertical a la altitud del Illiniza sobre el nivel del mar y obtuvo la altitud del extremo de la base fundamental de Caraburo, 1226 toesas sobre el nivel del mar, una cifra que luego le serviría para ajustar toda la cadena de triángulos al nivel del mar.
Mientras su amigo continuaba el trabajo de campo, La Condamine, todavía en Quito, preparaba una extensa declaración judicial para el proceso de Seniergues —entonces cercano a su final— en la que rechazaba, punto por punto, las diversas reclamaciones de los defensores. Hugo también se encontraba en Quito, donde había terminado el sector de 20 pies que sería transportado a Cuenca. Allí Godin, Juan y Ulloa hacían nuevas observaciones de Alnilam para resolver las incongruencias que habían advertido en sus mediciones anteriores. Joseph de Jussieu estaba también en Quito, tratando a pacientes de los brotes de fiebre amarilla y difteria que continuaban campando a sus anchas. En diciembre de 1740 el propio Jussieu sufrió un acceso de malaria tan extremo que, en previsión de su propia muerte, tuvo que «poner sus cosas y su conciencia en orden» antes de lograr curarse a sí mismo, sin duda, con corteza de quino[13].
En medio de aquella etapa industriosa de la expedición, la guerra alcanzó por fin a los científicos. El 24 de septiembre de 1740 Jorge Juan y Antonio de Ulloa recibieron un despacho urgente del virrey Villagarcía que les ordenaba acudir a Lima con una urgencia que «no admitía dilación». Eran unas convocatorias esperadas, habida cuenta de los preparativos para la guerra por todo el país. Los dos eran, ante todo y sobre todo, oficiales navales españoles, por mucho que hubieran recibido
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el encargo de ayudar a los astrónomos galos. De todos modos, esto tuvo que ser un golpe para Godin, que se quedaba sin ningún ayudante solícito para acometer las importantes observaciones astronómicas del extremo norte de la cadena. Ya había perdido, por la enfermedad y el asesinato, dos hombres, y ahora la marcha de los dos oficiales hispanos a la guerra ponía en cuestión si iba a ser capaz de finalizar el trabajo. Como en otras ocasiones, lo que entonces amenazaba embarrancar la misión geodésica no fueron los conocidos problemas científicos, sino catástrofes imprevistas y aleatorias[14].
En lugar de ir directamente de Cuenca a la costa siguiendo las órdenes del virrey, Juan y Ulloa acompañaron a Godin con su sector astronómico de vuelta hasta Quito, donde dejaron resueltos sus asuntos y cada uno recibió el equivalente a unos 20 000 dólares actuales de pagas atrasadas, una suma que serviría para cubrir los costes del viaje. Los oficiales partieron el 21 de octubre y llegaron a Lima en diciembre de 1740.
Los dos oficiales habían recibido, en la Academia de Guardias Marinas, una buena formación que, además de navegación, táctica y artes marineras, también comprendía ingeniería civil y naval, así que una vez llegaron a Lima los pusieron a trabajar en el refuerzo de las defensas de la colonia. Durante su estancia de dieciocho meses en la capital, Jorge Juan tuvo la responsabilidad de construir dos galeras de guerra ligeras, mientras que Antonio de Ulloa estuvo encargado de levantar planos del Callao (el puerto principal de Lima), de reconstruir sus fortificaciones y de reparar los cañones. Como el año 1741 iba transcurriendo sin noticia de que la flota de Anson hubiera entrado al Pacífico, Juan y Ulloa comenzaron a impacientarse por retomar su labor astronómica. Le solicitaron a su antiguo compañero de viaje, el virrey Villagarcía, que les dejara marchar, a lo que accedió a su pesar firmando unas órdenes en las que, aunque permitía a los oficiales reincorporarse a la expedición, también advertía expresamente que podría llamarlos de nuevo en cualquier momento. A primeros de agosto salieron del Callao, en un buque mercante, para reencontrarse con sus camaradas galos.
A la llegada de Jorge Juan y de Antonio de Ulloa a Quito, el 5 de septiembre de 1741, dispuestos a ayudar a Louis Godin en sus observaciones astronómicas, otro miembro de la expedición también
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volvía del frente de la guerra. En octubre de 1740, Jean-Baptiste Godin des Odonais había decidido viajar a Cartagena de Indias a vender telas, igual que Seniergues había hecho unos años antes con gran éxito económico. Godin des Odonais había servido de «cadenero»[*] a su primo mayor, para quien había transportado y colocado señales geodésicas durante la triangulación, pero esas labores habían concluido y Jean no había logrado gran cosa para sí mismo en los cuatro años que llevaba en el Perú. Así que, decidido a labrarse una fortuna, comenzó la marcha de mil quinientos kilómetros por tierra llevando, entre su carga, un cofre de La Condamine lleno de «curiosidades naturales» que debía enviar a Fracia[15].
Godin des Odonais llegó a Cartagena de Indias en marzo de 1741, cinco meses después de su partida, pero tuvo la mala suerte de llegar en la víspera de un gigantesco ataque británico. El almirante Vernon, envalentonado por la facilidad con la que había tomado Portobelo, había puesto sus miras en Cartagena. Después de varios meses de bombardeo intermitente, Vernon había reunido una fuerza de 186 buques con 31 000 hombres a bordo, entre ellos los soldados de un regimiento de infantería de marina norteamericano al que pertenecía Lawrence Washington, medio hermano mayor de George Washington. Lanzándose contra un contingente español de menos de cuatro mil soldados apostado en las enormes fortificaciones de piedra que el virrey Eslava y Lazaga había reforzado, la fuerza de Vernon iba a intentar la mayor operación anfibia de la historia hasta el desembarco del Día-D en la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, Cartagena contaba con una ventaja: Blas de Lezo y Olavarrieta, uno de los más brillantes estrategas navales de España. Una generación antes de que naciera Horatio Nelson, Blas de Lezo, también con un solo ojo y más de un miembro amputado en combate, era el almirante más temido del Atlántico. Conocía la guerra de asedio desde la perspectiva defensiva igual que la ofensiva: en 1732 había encabezado la invasión de Orán, plaza que asedió y tomó a los otomanos. Ahora que estaba encargado de la protección de Cartagena, su plan consistía en librar una batalla defensiva contra la muy superior fuerza británica y confiar en que la estación lluviosa que comenzaba en abril obligaría a los atacantes a retirarse.
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La batalla había comenzado el 15 de marzo de 1741. La flota británica se había logrado adentrar en el puerto y puso fuego a varios buques allí presentes (entre ellos, el que contenía las curiosidades de La Condamine), pero los asaltantes no tardaron en ver cómo cambiaban las tornas. Gracias a un hábil aprovechamiento de la topografía de la ciudad y de las estructuras defensivas para atacar, retirarse y reagruparse, las fuerzas de Lezo lograron detener a los británicos cobrándose diez hombres por cada baja española. Al mediodía, Vernon, con 18 000 bajas, ya se había retirado con rumbo a Jamaica. Lawrence Washington, a pesar de la derrota, quedó tan impresionado con su comandante que, más adelante, le puso a su plantación virginiana el nombre de Mount Vernon, un nombre que George Washington conservaría cuando la heredó. En cuanto a Blas de Lezo, su triunfo duró poco; el almirante falleció por la enfermedad unos meses después.
Jean Godin des Odonais, recluido durante los dos meses del asedio de Cartagena de Indias, se hizo amigo de Blas de Lezo e incluso logró cerrar algún negocio en medio del pánico[16]. A finales de 1741, una vez levantado el asedio, Godin des Odonais cogió el camino de vuelta a Quito con una de las grandes recuas de mulas que llevaban oro y plata de Cartagena para su salvaguarda[17]. Su llegada fue aguardada con impaciencia por su prometida, María Isabel de Jesús Gramesón, de solo catorce años (justo la mitad de los que tenía Jean), pero que ya era una atractiva joven de vivo intelecto y que dominaba, además de su español nativo, el francés y el quechua. Desde los seis años había vivido en un convento, un lugar en el que la posibilidad de que conociera casualmente a Jean se antoja remota. Lo más probable es que la boda fuera arreglada por el tío de Isabel, José Agustín Pardo de Figueroa, el oficial español que había sido el primero en sugerir que dos guardias marinas acompañaran a la expedición francesa al Perú. En el ínterin, Figueroa había recibido el título de marqués de San Lorenzo de Valle Umbroso y continuaba siendo un sólido apoyo político de la misión geodésica.
El 29 de diciembre de 1741, Jean e Isabel fueron desposados en Quito, en el Colegio de San Fernando de la orden de los dominicos, por el hermano Domingo Terol. Fue, según cuentan, una boda espectacular, con baile, gran festín y hielo que se trajo desde el Pichincha para enfriar las
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bebidas. Asistió la élite de Quito y varios miembros de la expedición[18]. Hubo dos ausencias notorias, los oficiales españoles que le debían al tío de la novia su participación en la misión.
El 16 de diciembre, solo tres meses después de regresar a Quito, Juan y Ulloa habían sido llamados a la guerra por segunda vez. La escuadra del comodoro Anson, tras un largo retraso a causa del pasaje del cabo de Hornos, se había presentado de improviso en el Pacífico y saqueado la ciudad de Paita, en la costa del virreinato. La travesía de Anson se había alargado porque por entonces era habitual que los navegantes no fueran capaces de determinar con precisión la longitud en que se encontraban: este era, aparte de las imprecisiones en la latitud, el otro gran problema de la navegación en las primeras décadas del siglo XVIII. Mientras que la Academia de las Ciencias gala estaba ocupaba en comparar grados de latitud para determinar la figura de la Tierra, su equivalente británica, la Royal Society londinense, ayudaba a supervisar el entonces célebre Premio de la Longitud, dotado con veinte mil libras esterlinas (cuatro millones de dólares actuales) destinadas a quien descubriera un método para establecer la longitud en el mar con una precisión de medio grado.
Entre los muchos aspirantes al Premio de la Longitud hubo un relojero de Yorkshire, John Harrison, que tuvo la peculiar idea de construir un cronómetro marino impulsado por muelles en lugar de péndulos, con diversos mecanismos que compensaban los cambios de temperatura y el movimiento del mar. En 1730 presentó su idea a un constructor de instrumentos científicos, George Graham, el mismo individuo que había proporcionado a la misión geodésica su primer sector astronómico. Graham quedó muy impresionado y le dio a Harrison dinero y ánimos para que continuara su trabajo. En 1736, justo cuando los académicos franceses ponían el pie en el Perú, Harrison subió a bordo del navío de 60 cañones Centurion su recién terminado reloj H-1 para un viaje de prueba hasta Lisboa. Aunque el reloj se demostró bastante útil, Harrison lo sacó del barco y lo llevó ante los comisionados de la Royal Society con la solicitud de acometer unas mejoras que estos aprobaron (de hecho, las optimizaciones continuarían hasta que Harrison acabó por recibir el premio íntegro en 1773)[19].
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El comodoro Anson se lamentaba de que el cronómetro de Harrison no se hubiera quedado a bordo del Centurion, puesto que ese navío era ahora el buque insignia de su escuadra de ocho naves, y esta echó mucho en falta aquel instrumento en su ruta hacia el campo de batalla del Pacífico. La escuadra de Anson había partido de Gran Bretaña a finales de 1740 y desde marzo de 1741 había tratado de cruzar el cabo de Hornos entre temibles galernas y fuertes corrientes. Anson navegó durante varias semanas por estima (un cálculo digamos «a ojo de buen cubero», basado en la lectura del compás y en la velocidad de avance estimada) hasta un punto en el que calculó que ya se habían adentrado trescientas millas en el Pacífico. Cuando viró al norte, a lo que esperaba que fueran aguas tranquilas, se quedó atónito al comprobar que tenía delante la Tierra de Fuego. Sin un método válido para determinar la longitud, había calculado erróneamente su posición y no se dio cuenta hasta que ya era demasiado tarde y el viento y las corrientes le habían devuelto al punto de partida.
Después de unas cuantas semanas más, la fuerza británica había conseguido ascender en dirección norte por el Pacífico, pero en el proceso los barcos se habían dispersado y unos cuantos se habían perdido. Un buque, el Wager, embarrancó en la costa chilena, donde varios miembros de su tripulación fueron hechos prisioneros. El Centurion llegó por fin a latitud de la deshabitada isla de Juan Fernández, frente a la costa de Chile, un lugar entonces célebre por haber sido el hogar extraviado del verdadero Robinson Crusoe, Alexander Selkirk. La isla fue el lugar acordado por los buques de la escuadra británica para su reunión, pero Anson, de nuevo sin una idea exacta de su longitud, perdió varias semanas trazando y volviendo a trazar su curso antes de llegar a la isla el 9 de junio. Para cuando la escuadra logró estar de nuevo reunida, aguada y reparada en Juan Fernández, en septiembre de 1741, Anson ya solo contaba con 3 barcos y 330 hombres de los 1900 originales, la mayoría habían muerto de escorbuto.
Mientras Anson andaba a tientas por el Pacífico, el propio escuadrón del Perú, formado por cuatro buques de guerra, llevaba ya algún tiempo buscándolo, pero se les escapó por los pelos. Después de patrullar el océano desde enero de 1741 y de recalar en Juan Fernández en mayo, los buques estaban en mal estado y necesitaban más reparaciones. El 7 de
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junio abandonaron Chile para retornar al Callao, justo dos días antes de que Anson arribara a Juan Fernández. Las autoridades del virreinato peruano, al conocer que la escuadra española que trataba de dar caza a Anson no había podido virar el cabo de Hornos y estaba atascada en Buenos Aires, se persuadieron de que Anson habría corrido una suerte similar. Su sorpresa debió ser mayúscula cuando se enteraron de su aparición frente a Paita en noviembre, donde saqueó e incendió la ciudad para después desaparecer en el horizonte. Esas mismas autoridades, desconocedoras del estado de debilitamiento del escuadrón británico, dieron por hecho que Anson atacaría a continuación Callao, Guayaquil y Panamá. No podían saber que ahora había puesto rumbo al norte, alejándose de las aguas peruanas en dirección a Acapulco, en Nueva España, donde anhelaba apresar el Galeón de Manila que debía zarpar a las Filipinas cargado de tesoros.
Cuando Jorge Juan y Antonio de Ulloa recibieron su segunda llamada a la acción, fueron algo reacios a obedecerla. Además del escepticismo de los oficiales en relación con la inteligencia militar (la información previa sobre Anson se había demostrado errada del todo), las convocatorias fueron menos solemnes de lo que les habría gustado. Esta vez la llamada no venía del propio virrey, sino del corregidor de Guayaquil, quien ofreció a la pareja que fueran los segundos al mando de la milicia de la ciudad, un puesto que los oficiales navales rechazaron. Las órdenes se cambiaron entonces apresuradamente para concederles el mando de la milicia y, en la noche de Navidad del 1741 —solo cinco días antes de la boda de Jean Godin des Odonais e Isabel Gramesón—, Juan y Ulloa llegaron a Guayaquil a la cabeza de trescientos soldados que habían ido obteniendo de varias ciudades a lo largo de su viaje desde Quito. Durante algunas semanas, los oficiales reforzaron las baterías terrestres y supervisaron la construcción de varias galeras, pero al final acabaron por convencerse de que el peligro había pasado. Ulloa, deseoso de concluir las observaciones astronómicas, regresó a Quito, mientras que Juan permaneció en Guayaquil cubriendo el peligro de un eventual ataque. Los oficiales españoles, aunque pensaban que las dos convocatorias habían sido falsas alarmas, no habían concluido todavía sus afanes. Ulloa, a su llegada a Quito el 19 de enero de 1742, visitó sin pérdida de tiempo al presidente
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Araujo, quien le mostró una carta del virrey Villagarcía que ordenaba la presencia de los dos oficiales en «Lima con toda celeridad». Ulloa, aunque agotado por un viaje casi imposible a causa de las incesantes lluvias, se volvió tres días más tarde por donde había venido y regresó a Guayaquil. Allí recogió a Juan el 1 de febrero de 1742 y partieron en barco, haciendo parada en Paita para obtener un relato de primera mano de la incursión de Anson. Llegaron a Lima al acabar febrero[20].
Juan y Ulloa llegaron a Lima varias semanas después de que el escuadrón en que pensaban embarcarse hubiera partido hacia Panamá en busca de Anson. En realidad, el comodoro británico se encontraba entonces frente a Acapulco. Sin embargo, la salida de la escuadra añadía un nuevo problema a Villagarcía: toda la costa del Pacífico del territorio español en Sudamérica estaba en ese momento desprotegida. La escuadra española del almirante José Pizarro, que había tratado de acudir en refuerzo de los buques de guerra del Pacífico, había fracasado su segundo intento de superar el cabo de Hornos y, en cualquier caso, de sus cinco barcos solo quedaba uno operativo, el Esperanza, de 50 cañones. Las autoridades del Perú, convencidas de que una fuerza británica considerable todavía operaba en el Pacífico, estaban comprensiblemente alarmadas por la carencia de una flota defensiva.
Aunque todos los buques de guerra operativos del virreinato hubieran salido a cazar al comodoro Anson, la armada de la colonia tenía todavía algunas cartas en la manga. En el puerto del Callao se encontraban dos grandes mercantes, el Nuestra Señora de Belén y el Rosa del Comercio. En aquella época no era raro convertir un buque mercante en uno de guerra o viceversa, puesto que ambos tipos eran a menudo de un diseño y construcción similares. Así pues, los dos tenientes recibieron entonces la orden de reparar los dos barcos, armarlos como fragatas y después ponerse a su mando para proteger la costa del Perú[21].
Durante el año 1742, los oficiales españoles pusieron ambos mercantes a servir como buques de guerra. Armaron a cada uno con 30 cañones y aprestaron a los seiscientos hombres que iban a navegar y luchar en él. A finales de año llegó el aviso de que Pizarro había ordenado al Esperanza, por tercera vez, doblar el cabo de Hornos, y que la infantería de marina de la escuadra española marchaba por tierra hacia Chile, donde ambas fuerzas
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se reunirían. El plan de Villagarcía prescribía que Juan —al mando de la fragata Belén— y Ulloa —al mando de la Rosa— unieran sus fuerzas con las de Pizarro y formaran un escuadrón de tres buques para patrullar el sur del Pacífico.
Después de partir del Callao a principios de diciembre de 1742, los dos oficiales españoles se encontraban en febrero de 1743 ya en el puerto chileno de Valparaíso. Allí se reunieron con Pizarro, que había logrado doblar el cabo de Hornos. Desde febrero a junio, el escuadrón de tres barcos patrulló un área más o menos triangular del océano entre Valdivia, Valparaíso y la isla de Juan Fernández sin avistar una sola vela enemiga. En abril, Ulloa se dio de bruces con un temporal terrorífico que casi echó a pique a la Rosa y que lo obligó a poner rumbo a Concepción para las necesarias reparaciones. En junio Anson ya había cruzado el Pacífico y capturado el Galeón de Manila, una presa que le reportaría el equivalente a sesenta millones de dólares cuando completó su vuelta al mundo en la primavera siguiente. En julio de 1743, el escuadrón del Perú ya estaba de vuelta en el Callao, donde su presencia proporcionó al virrey y a los vecinos de la capital tranquilidad ante cualquier posible amenaza británica ulterior.
Aunque los oficiales estaban ansiosos por volver a Quito, las instrucciones de Villagarcía los obligaron a quedarse en Lima. En la capital, Juan y Ulloa instruyeron a otros oficiales, supervisaron las defensas de costa y ultimaron la construcción de las galeras de guerra que habían comenzado en su primera estancia en el Callao, a finales de 1741. Los dos oficiales, aunque ahora con base en tierra, continuaron siendo comandantes de sus buques, lo que les proporcionó 75 pesos mensuales adicionales a sus salarios normales[22].
Por fin, a finales de 1743, Villagarcía consideró que el servicio prestado por los dos oficiales era suficiente y les permitió regresar a Quito. Llegaron a la ciudad por separado, en enero de 1744, tras una ausencia de las labores astronómicas de algo más de tres años. En todo aquel tiempo solo habían podido regresar a retomar su misión principal, la medición de la Tierra, durante un breve lapso de tres meses a finales de 1741. Ahora que se habían reincorporado a la expedición, se enteraron de que ya no era la Tierra la que no quería que la midieran, ahora eran las estrellas.
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Capítulo 9
La danza de las estrellas
«Soy tan constante como la estrella polar», escribió Shakespeare, unas palabras que Voltaire podía haberle repetido a su amigo La Condamine en 1735, mientras modificaba el Julio César del inglés para la escena francesa. Por supuesto, La Condamine sabía que las estrellas eran todo menos constantes, que se movían por el cielo siguiendo unos patrones limitados, pero detectables, por razón de la rotación de la Tierra alrededor del sol, un hecho que solo se había revelado a los astrónomos dieciochescos hacía unos años. Cuando Picard y Cassini llevaron a cabo sus mediciones geodésicas en Francia, unas décadas antes, sus sectores astronómicos no tenían la precisión necesaria para detectar esas minúsculas variaciones, así que las posiciones de las estrellas les habían parecido inmutables. Los nuevos sectores que empleó la misión geodésica eran mucho más precisos. Por una ironía del destino, esta precisión había revelado errores que ahora los científicos trataron de corregir a toda costa.
Si el cuadrante o cuarto de círculo había sido el fiable percherón de la misión geodésica, el sector fue su pura sangre, una herramienta ajustada para obtener el máximo rendimiento, pero temperamental y proclive a complicaciones. El propósito del instrumento era determinar la latitud de su posición. Su manejo era, en principio, sencillo: un largo telescopio montado en una base móvil pendía de una articulación, de forma que oscilaba a lo largo de un pequeño arco en un eje norte-sur muy preciso siguiendo el meridiano, y se apuntaba a una pequeña área del firmamento casi directamente en vertical. El astrónomo se reclinaba en el suelo, con bastante incomodidad, y estiraba el cuello para llegar al visor. Esperaba a que una estrella en particular —en este caso, Alnilam— alcanzara su altitud máxima según la Tierra giraba lentamente debajo de ella. A medida que la estrella entraba en su campo de visión de izquierda a derecha —
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invertida, por razón de las lentes convexas—, el astrónomo ajustaba sutilmente la posición del telescopio de modo que la marca horizontal de la retícula se alineara con el recorrido de la estrella. Después, en el momento en que la estrella cruzaba la marca vertical de la retícula (la del meridiano), el astrónomo lo anunciaba a su asistente y este registraba la hora observando un reloj de péndulo de pared. El ángulo norte o sur exacto de la estrella respecto de la vertical (establecida con una plomada) se leía en el preciso limbo del instrumento y permitía a los científicos calcular la latitud de su posición. En condiciones ideales, el momento del cruce y el ángulo debían ser idénticos todas las noches, pero, para promediar los posibles errores del telescopio o del montaje, el astrónomo efectuaba la misma observación a lo largo de numerosas noches sucesivas.
Utilización del sector. Ilustración extraída de Charles-Marie de La Condamine, Mesure des trois premiers degrés du méridien, 1751.
El cénit de 12 pies que Godin le había comprado a George Graham era la maravilla tecnológica del momento y dejaba muy atrás al empleado por Picard y Cassini. Aquellos sectores más antiguos solo poseían unas pequeñas escalas labradas para leer las mediciones, de modo que su precisión angular era relativamente pobre para los estudios astronómicos, tal vez de unos 20 segundos de arco, es decir, alrededor de quince centímetros a una distancia de kilómetro y medio. Graham, ampliamente
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reconocido como el mejor constructor de instrumentos astronómicos de Europa, había introducido varias mejoras al aparato, por ejemplo, un micrómetro de precisión en el extremo inferior del tubo que permitía al astrónomo un ajuste fino del movimiento del telescopio y le otorgaba una exactitud de alrededor de 7 segundos de arco (unos cinco centímetros a kilómetro y medio). El sector era, con diferencia, el artilugio más caro empleado por la misión; el sector más pequeño que Maupertuis había usado en Laponia le había costado 130 libras esterlinas, unos 26 000 dólares actuales[1].
La precisión del sector de Graham permitía al usuario detectar movimientos minúsculos de las estrellas sobre el fondo del cielo nocturno. Graham había confeccionado su sector originalmente para detectar un movimiento de ese tipo, el paralaje estelar: este es el desplazamiento aparente de las posiciones de las estrellas según la Tierra va girando de un lado de su órbita al otro, un fenómeno similar al desplazamiento de los objetos lejanos según cerremos el ojo derecho o el izquierdo. Esta discrepancia, en un primer momento, se pensó que iba a permitir a los astrónomos determinar la distancia a la que están las estrellas. En realidad, el paralaje que se experimenta al observar incluso la estrella más próxima es inferior a un segundo de arco, una diferencia no apreciable con la resolución que podía obtenerse con el sector de Graham (de hecho, las distancias estelares no pudieron determinarse con precisión mediante el paralaje hasta un siglo más tarde). En 1727, el astrónomo británico James Bradley estaba intentando medir el paralaje, infructuosamente, cuando descubrió un nuevo fenómeno que llamamos aberración estelar. Este fenómeno iba a revelarse como el verdadero origen de los errores que asolaban a la misión geodésica. Suele compararse con el recorrido aparente de las gotas de lluvia ante los faros de un coche en marcha; aunque las gotas estén cayendo de forma totalmente vertical, parece que van hacia el coche según este avanza y que vienen de algún lugar enfrente de los faros y no directamente de encima de ellos. De forma análoga, en astronomía, la velocidad finita de la luz que cae sobre la Tierra provoca que la posición aparente de una estrella se desplace hacia atrás o hacia adelante según la Tierra se acerca o se aleja de la estrella al irse desplazando por su órbita. Este cambio de la posición aparente es de unos
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20 segundos de arco al año, una variación perfectamente detectable con el sector de Graham, pero casi invisible a los instrumentos más primitivos de Picard y Cassini.
Aunque el fenómeno de la aberración estelar o de la luz ya se había notificado cuando la misión geodésica partió de Francia, sus detalles todavía no se comprendían bien. Bradley no había informado de ella hasta 1729 y, aunque se debatió sobre la cuestión en ambas orillas del canal de la Mancha, lo cierto es que, pasados unos años, cuando los científicos franceses partieron hacia el ecuador, todavía no se había resuelto nada sustancial sobre el fenómeno. Además, el hecho de que la variación de la posición de una estrella sucediera de forma gradual, a lo largo de todo un año, facilitó que la aberración estelar, en un primer momento, pasara desapercibida entre el resto de las posibles fuentes de errores que los astrónomos de la expedición ya conocían y habían tratado de evitar durante sus periodos bimensuales de observación en 1739 y en 1740.
Los astrónomos debieron tener en cuenta distintas variables en sus observaciones astronómicas. Una fuente considerable de errores era el conocido fenómeno de la refracción atmosférica, que Bouguer había tratado de corregir con las observaciones que llevó a cabo en la costa del Pacífico en 1736. Otra eran los propios astrónomos. Ninguno de ellos tenía una experiencia astronómica de campo importante, salvo Godin, e incluso él había pasado más tiempo en la Academia de las Ciencias atendiendo quehaceres burocráticos que en observaciones astronómicas. Los académicos tuvieron que aprender las minucias prácticas de la observación de las estrellas a base de pruebas y errores, colocándose a menudo en posiciones en extremo fatigosas por largos periodos de tiempo; unas circunstancias que podían afectar a la precisión de sus mediciones. En dos ocasiones La Condamine se desmayó de tanto estirar el cuello durante las observaciones[2].
A pesar de los problemas relacionados con las estrellas y con los propios astrónomos, el origen mayor de los errores conocidos era el propio sector o telescopio cenital. A causa de su extrema precisión, cualquier variación minúscula en el montaje del instrumento o en su posicionamiento podía traducirse en grandes discrepancias al determinar la posición de las estrellas. El primer sector de 12 pies de la Academia,
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fabricado por Graham, había sufrido bastantes golpes durante los años de la misión. Se había transportado en condiciones atmosféricas extremas a lo largo de miles de kilómetros y sufrido daños frecuentes por un manejo inadecuado. Hugo había tenido que reconstruirlo repetidas veces. También fabricó varios sectores de distintos tamaños basados en el diseño de Graham, pero los materiales eran de calidad desigual. Además, la estabilidad estructural de los sectores cenitales se puso en cuestión en repetidas ocasiones. Aunque los sectores se fijaran a las gruesas vigas estructurales de una casa, la expansión y contracción naturales del edificio por el calor y la humedad, unidos a los habituales terremotos, afectaban las lecturas de aquellos instrumentos. Por último, era necesario alinearlos exactamente con el meridiano norte-sur, una labor que a menudo no resultaba sencilla por hacerse en casas cerradas que solo tenían una pequeña abertura en el tejado para llevar a cabo las observaciones[3].
A causa de todos los posibles errores debidos al empleo de los telescopios cenitales, las observaciones astronómicas de los científicos, que en un primer momento se antojaban sencillas y rápidas de resolver, en realidad iban a prolongar la misión geodésica otros tres años. Como los sectores cenitales estaban hechos con tanta precisión y calibrados tan finamente, cualquier error que desarrollaran, por pequeño que fuera, al instante se colaba en el conjunto de los datos de las observaciones. Los astrónomos necesitaban mucho tiempo para detectarlos y luego eliminarlos: constantemente tuvieron que reconstruir, recalibrar y recolocar los telescopios al haber descubierto alguna incongruencia. En la corrección de un error, el primer paso de los astrónomos era calibrar los ángulos del micrómetro del sector poniendo este en sentido horizontal y observando los ángulos que indicaba entre objetivos situados a varios kilómetros de distancia y de los que se conocía la distancia que había entre ellos (y, por tanto, también el ángulo exacto que los separaba). Después colocaban el sector en un meridiano norte-sur establecido con un reloj de sol (puesto que la sombra del sol apuntaba al norte exacto a la hora del mediodía). Dicho alineamiento se verificaba después en varias noches sucesivas en las que se invertía el telescopio sobre su cardán 180° y luego se apuntaba la hora exacta del paso de las estrellas: el momento del cruce tenía que ser idéntico todas las noches, fuera cual fuera la forma en que se
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hubiera montado el sector. Cada uno de estos pasos preparatorios podía llevar días o semanas, lo que unido a que el cielo solía estar cubierto significaba que los científicos podían necesitar dos meses para lograr un único conjunto de observaciones útiles.
Los problemas con los sectores cenitales de la expedición se revelaron por vez primera a mediados de 1740. Mientras que Bouguer y La Condamine acababan de terminar sus observaciones con el sector de 12 pies y estaban convencidos de que habían logrado medir con éxito un grado de latitud, Godin no compartía su optimismo. Dudando de la fiabilidad de sus dos sectores de 18 y 20 pies, le ordenó a Verguin que trazara meticulosamente la progresión de la aberración estelar para verificar si aquella podía ser la fuente de los errores que había advertido. Mientras tanto, decidió repetir las observaciones que había hecho en Cuenca. En septiembre de 1740 ya estaba convencido de que había descubierto una variación hasta entonces desapercibida, pero de notable entidad, en la posición de Alnilam, una diferencia de casi 50 segundos de arco a lo largo de un periodo de nueve días, mucho mayor que la aberración estelar de 16 segundos anuales observada por Verguin. Una variación tan enorme tendría que haber sido detectada con facilidad con los telescopios de entonces, pero antes de la expedición no había sido notificada todavía por ninguno de los numerosos y reputados astrónomos que los usaban. Bouguer, que tuvo conocimiento a través de Verguin de las observaciones de Godin y que todavía atribuía las variaciones a los edificios en que se llevaban a cabo las observaciones, en un primer momento desdeñó aquel hallazgo. «Me tuve que frotar los ojos —escribió —, nunca había visto algo igual»[4].
Aunque Godin había insistido en hacer sus observaciones en solitario y había rechazado la petición de Bouguer de que le comunicara sus descubrimientos, las revelaciones de Verguin despertaron una inquietud creciente en Bouguer. Una vez regresó de su viaje a la costa Esmeraldas (hecho con la intención de establecer la altitud de la cadena de triángulos sobre el nivel del mar), volvió a examinar sus propios cálculos astronómicos y quedó convencido de la falta de fiabilidad de las observaciones de los equipos. Sus hallazgos sugerían que la expedición iba a tener que prolongar su ya interminable residencia en el Perú para realizar
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más observaciones, algo que, en aquel momento, ya parecía casi impensable. No queriendo alarmar a los demás, Bouguer consiguió una casa en las afueras de Quito para usarla como observatorio, montó allí el sector reparado de 12 pies y se puso a trabajar, con su sirviente Grangier, para verificar sus datos[5].
Seis semanas mirando por el visor de su sector no consiguieron mejorar sus resultados. Si Bouguer hubiera conocido la leyenda chimú que contaba que Alnilam era un ladrón que las demás estrellas tenían preso, ahora habría torcido el gesto ante la ironía de lo que veía: aquella estrella no estaba, desde luego, confinada en un lugar, y más bien parecía que se movía por el cielo con bastante libertad. Una por una, Bouguer fue probando y descartando varias teorías que trataban de explicar los movimientos de Alnilam. Tal vez, pensó, la estrella se bambolea en un sentido y en el inverso por efecto de la atracción de sus propios planetas, una observación de una clarividencia asombrosa, puesto que el bamboleo planetario no se definió hasta mediados del siglo XIX y solo se pudo utilizar para detectar planetas extrasolares a partir de finales del siglo XX. O tal vez la culpa la tenía el paralaje estelar. Bouguer trató incluso de corregir en sus observaciones el efecto de la precesión, el desplazamiento gradual del ángulo de rotación del ángulo de la Tierra, similar al bamboleo de una peonza que gira. Pero ninguno de estos factores parecía explicar la danza de las estrellas que se presenciaba en el oscuro firmamento[6].
Bouguer había llegado a un punto muerto que desquiciaba los ya delicados nervios del astrónomo. Llevaba seis años en el Perú y no veía el fin de aquello. Incluso su vieja amistad con La Condamine se había amargado; ambos reñían ahora como un viejo matrimonio. La causa inmediata de la fricción entre Bouguer y La Condamine fue una discusión sobre la utilización del nuevo observatorio del primero. Este no había completado todavía sus observaciones astronómicas cuando, a primeros de noviembre de 1740, partió hacia el monte Papa-Urco a terminar las mediciones de altitud que había comenzado en Esmeraldas. Antes de emprender el camino, Bouguer había llevado a La Condamine a su observatorio hasta entonces secreto y, tras exponerle lo que llevaba averiguado sobre la variación estelar, le pidió a su amigo que continuara observando Alnilam en su ausencia. La Condamine, halagado por la
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prueba de confianza de Bouguer, aceptó de buen grado las llaves de la casa.
La Condamine estuvo trabajando varias semanas, pero tampoco fue capaz de llegar a resultados positivos que pudieran explicar la variación en las observaciones estelares de la expedición. A la vuelta de Bouguer, ya cerca de acabar el mes de noviembre, La Condamine le pidió más tiempo en el observatorio. Bouguer se negó de plano y le exigió que le devolviera las llaves, señalándole que no actuaba por secretismo, como Godin, sino que quería estar seguro de sus resultados antes de comunicárselos. La Condamine se quejó con amargura de aquel tratamiento y Bouguer acabó aceptando, renuente, la prórroga que le pedía. También le concedió la ayuda de su propio sirviente, Grangier, para acelerar la tarea. La Condamine, sin embargo, volvió a atascarse. Se quejaba por tener que trabajar «en un país donde a veces pasan quince días sin que se vea el cénit». Bouguer le señaló, agriado, que durante aquel mismo periodo Verguin había conseguido trece o catorce observaciones exitosas. El último día de diciembre de 1740, Bouguer le exigió con firmeza las llaves a su avergonzado y resentido amigo[7].
A finales de 1740, ya todos los miembros de la expedición tenían claro que, en lugar de volver a casa como pensaban, los dos equipos tendrían que quedarse en el Perú a repetir las observaciones. Justo en aquel momento aciago Godin salió de su aislamiento, sin duda por haberse quedado sin los otros dos miembros de su equipo, Juan y Ulloa, que habían partido hacia Lima unas semanas antes a enfrentarse a la amenaza de la flota de Anson. El 11 de enero de 1741 Godin escribió a Bouguer y a La Condamine: les planteó que él también estaba confundido por las variaciones y les sugirió un plan de cooperación para resolver el problema.
El plan de Godin para establecer la causa de las variaciones estelares era sencillo pero eficaz. Dos de los astrónomos volverían a los extremos norte y sur de la cadena de triángulos, mientras que el tercero permanecería en Quito. Los tres intentarían entonces obtener observaciones de Alnilam en noches simultáneas. Esta simultaneidad de las observaciones podría contrarrestar, de un plumazo, las variaciones diarias que cada día provocaba la aberración estelar, así como la variación fantasma de Godin.
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La propuesta de cooperación de Godin no podía ser más extraña a su carácter, pero Bouguer y La Condamine la abrazaron cordialmente. Después de tantos años de luchas internas y de obstruccionismo por parte de Godin, debieron sentirse aliviados de que fuera posible, por fin, la colaboración. Los científicos acordaron que Bouguer y Morainville irían al sur, a Cuenca, con el sector cenital de 12 pies que había sido reparado, y que volverían a instalarse en el observatorio del Mama Tarqui. Godin, junto con Verguin y Hugo, se llevaría el telescopio de 20 pies al extremo norte de la cadena. En vez de aprovechar el observatorio que había usado Bouguer, trabajaría desde la hacienda de Pueblo Viejo, propiedad de Ignacio Páez y situada bastante más al norte, cerca del pueblo de Mira. La Condamine se quedaría en Quito para llevar a cabo su tarea con un telescopio fijo de 15 pies (casi cinco metros) que fue apuntado de forma permanente para detectar el cruce de una estrella individual[8].
En abril de 1741, los tres astrónomos ya estaban emplazados en sus destinos. Después del tedioso proceso de recalibración de los instrumentos, comenzaron las observaciones. Durante los meses de mayo, junio, julio y agosto los astrónomos escudriñaron el cielo y efectuaron mediciones cada vez que les fue posible, con la esperanza de que, en alguna de esas noches, los tres coincidieran en observar la misma estrella y así, más adelante, poder comparar los resultados. Como de costumbre, salieron obstáculos inesperados al paso de este sencillo plan. Los temblores de tierra interrumpían a menudo el trabajo y los daños que sufrían las estructuras de los observatorios eran suficientes para tener que pasar varios días arreglando los montajes y realineando los telescopios. El terremoto del 14 de junio, cercano a Quito, fue especialmente dañino. Aunque la temporada de lluvias ya había pasado, las nubes oscurecían muchas noches el cielo, de modo que, cuando Mira y Quito estaban despejadas, Cuenca estaba cubierta, o viceversa.
A finales de agosto de 1741 Godin detuvo sus observaciones y regresó a Quito al conocer la vuelta inminente de Jorge Juan y de Antonio de Ulloa. El virrey había dado por fin permiso a los dos oficiales para abandonar Lima, puesto que la escuadra de Anson no acababa de aparecer en el Pacífico. El primer plan de los españoles fue regresar a Quito a continuar las observaciones astronómicas con Godin. Sin embargo, los
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problemas persistentes del sector cenital de 20 pies les impidieron reanudar esa labor y, tres meses más tarde, el cumplimiento del deber volvió a llamarlos. Aunque la retirada de Godin imposibilitaba conseguir observaciones simultáneas, Bouguer se mantuvo trabajando hasta el final de 1741 para intentar reconciliar sus primeras observaciones con las nuevas[9].
A mediados de diciembre Bouguer había llegado a una conclusión ineludible: no solo las observaciones de los seis meses previos eran completamente inservibles, sino que los astrónomos iban a tener que tirar a la papelera todas las de los últimos dos años. El tantas veces reparado sector cenital de 12 pies, que por entonces los científicos ya habían usado en ambos extremos de la cadena de triángulos, tenía, en dos palabras, demasiados problemas. Iba a ser necesario construir uno nuevo y comenzar, otra vez, a intentar observaciones simultáneas de Alnilam desde cada extremo de la cadena. Bouguer, desfondado, escribía a un colega: «Nos estamos consumiendo en un auténtico exilio, sin que yo pueda hacer nada, y con una carencia absoluta de todo, de libros, de instrumentos, de ropa»[10].
Cuando La Condamine se enteró de que la última ronda de observaciones había fracasado, la amargura debió dolerle especialmente. Hacía poco había llegado a Quito, procedente de París, un paquete con periódicos viejos que anunciaban que la expedición ya había partido de Quito y que llegaría a casa en una fecha que ya se había cumplido hacía dieciocho meses. En su diario se lamentaba: «En aquella fecha me felicitaba de que todos los obstáculos que nos habían estado reteniendo por tanto tiempo iban a ser eliminados y de que por fin podría empezar el viaje de vuelta a Francia». Ahora La Condamine iba a tener que comenzar de nuevo sus observaciones «para no regresar con resultados dudosos o inciertos, en lugar del esclarecimiento que habíamos ido a buscar tan lejos»[11].
Dos semanas después, reunidos los miembros de la misión geodésica en Quito para la boda de Jean Godin des Odonais e Isabel, seguramente debatieron las implicaciones de los reveses astronómicos. Entre la alegría y las celebraciones con las que habían confiado coronar su gran éxito,
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albergaban el convencimiento de que su «auténtico exilio» iba a continuar, al menos seis meses más, tal vez incluso un año.
Los dos años precedentes, 1740 y 1741, tal vez fueron estériles en el aspecto astronómico, pero La Condamine no los había desperdiciado. Había estado enfrascado, con gran entusiasmo, en varias actividades que no tenían nada que ver con la medición de la Tierra, y lo cierto es que no parecía importarle un ápice que sus proyectos retrasaran la labor astronómica de la expedición o que estuviesen agotando el dinero de esta a una velocidad preocupante.
Con cuatro juicios separados que le absorbían el tiempo, la dedicación y el dinero, La Condamine se estaba volviendo más experto en el campo de la abogacía que en el de la astronomía, por mucho que manifestara que «el juicio de las estrellas [le procès avec les étoiles ] era el más cercano a mi corazón». El francés había empleado buena parte de 1740 en la preparación de un voluminoso testimonio para el proceso judicial de los asesinos de Seniergues. Además, cuando salieron las sentencias en agosto de ese año, contraatacó con energía las apelaciones del exalcalde de Cuenca, Sebastián Serrano. Aunque es posible que La Condamine se sintiera obligado a proteger «el honor de la nación [Francia] y el de la Academia», la verdad es que también pasó a la ofensiva: presentó otras tres querellas contra varios individuos implicados en el caso —entre los que estaba Juan Crespo, vicario de Cuenca—, ganándose la enemistad de las mismas autoridades que le permitían permanecer en territorio español[12].
Mientras continuaba su cruzada en el seno del sistema legal del Perú, La Condamine también persistió en una misión particular suya comenzada en el promontorio del Palmar, en la línea del ecuador: dejar en el Perú hispano monumentos permanentes que ensalzaran la presencia de la Academia francesa. De nuevo, como en la indicación del ecuador del Palmar, estos monumentos no tenían una relación clara con los objetivos de la misión. En realidad, sustrajeron a esta tiempo, esfuerzos y dinero.
En 1741, La Condamine comenzó la siguiente colección de monumentos conmemorativos de la misión geodésica. Ordenó excavar una «gran losa» de mármol blanco de una cantera cercana a la base de
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verificación de Tarqui y transportarla a Quito. Allí se cortó en tres lápidas que fueron preparadas y labradas para conmemorar los puntos cruciales de la triangulación: la base fundamental de Yaruquí y los extremos norte y sur de la cadena en, respectivamente, Cochasquí y Tarqui. Cada una de las lápidas describía, en latín, las mediciones geodésicas que los miembros de la expedición habían llevado a cabo y, llamativamente, señalaba a la Academia de las Ciencias francesa como la única responsable de los descubrimientos. Para completar las lápidas, La Condamine mantuvo a un cantero indio encerrado seis meses bajo llave, en condiciones similares a las que los expedicionarios habían visto en el obraje de Yaruquí. Cuando las piezas conmemorativas estuvieron terminadas, La Condamine las distribuyó por la región. La lápida de Yaruquí la entregó a los jesuitas que le habían acogido cuando llegó a Quito, los cuales la montaron en la pared del patio de su colegio. Hizo que colgaran la lápida de Tarqui en la pared de la hacienda de Sempértegui que había servido de observatorio meridional a la expedición, y la lápida de Cochasquí acabó en la cercana iglesia de Quinche, cuyo párroco, José Antonio Maldonado, era amigo de los astrónomos y hermano de Ramón y de Pedro Vicente Maldonado[13].
De todos modos, el gasto más escandaloso de La Condamine no fueron las lápidas conmemorativas, sino un monumento a la presencia de la Academia en la audiencia mucho más visible: dos señales piramidales de casi cuatro metros de altura. Estas señales, en un primer momento pensadas solo para indicar los extremos de la base fundamental de Yaruquí, acabaron convirtiéndose en un manifiesto político explícito sobre la jerarquía de la autoridad real que, sin ninguna necesidad, enfrentó a los miembros franceses de la expedición con sus camaradas españoles y que les granjeó a los científicos la enemistad de las autoridades bajo cuya jurisdicción habían recibido el permiso de entrar al Perú. En varios aspectos, la anécdota de las pirámides de Quito fue un reflejo de los problemas que plagaron al conjunto de la expedición: las pirámides, fruto de una planificación rigurosa, un propósito excelso y un trabajo agotador, evidenciaron también la increíble arrogancia de los expedicionarios, una arrogancia que, de nuevo, volvió a engendrar retrasos y rencillas que casi iban a descarrilar toda la misión geodésica[14].
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El inicio de la historia de las pirámides se remonta a Francia, a los primeros meses de 1735, cuando se estaba preparando la misión. La Condamine les había señalado a sus colegas de la Academia de las Ciencias que ya no quedaban vestigios de la primera medición geodésica de Francia, completada en 1670 por Jean Picard, y que esa falta de señales había sido una fuente de problemas para los Cassini cuando estos intentaron volver a medir el territorio treinta años después. La Condamine propuso prevenir este problema señalando los extremos de la base fundamental del Perú con algún tipo de monumento —él, como antiguo explorador de Egipto, se inclinaba por la eficacia demostrada de la pirámide— en el que se colocaría una inscripción sencilla en latín que conmemorara la expedición. La idea fue recibida con entusiasmo, así que La Condamine le pidió un texto apropiado a la Academia de Inscripciones y Bellas Letras francesa, que era la encargada de componer todas las inscripciones oficiales y estaba situada, muy oportunamente, en el propio Louvre, en el piso inferior a la Academia de las Ciencias. El texto latino que se aprobó para el monumento de La Condamine era directo y modesto. Señalaba al monarca francés Luis XV como patrocinador de la misión, reconocía el apoyo del monarca español Felipe V, daba los nombres de los académicos galos, se refería de paso a los oficiales españoles que los acompañaron e indicaba las medidas de la base fundamental y la fecha en que se completó. Igual que los demás aspectos de la misión, entonces en su etapa de planificación, la inscripción recibió una atención bastante amplia en Francia, incluyendo algunas objeciones de última hora por parte de la prensa, que defendió que también debía estar escrita en español y en «peruano» para que la gente del país pudiera comprender su mensaje.
La Condamine convirtió el proyecto de las pirámides en una tarea especial propia que en un primer momento no interfirió con sus otras labores. Una vez estuvo medida la base fundamental de Yaruquí a finales de 1736, consiguió dos piedras de moler de un molino vecino, las enterró en los extremos exactos de la línea y tomó la precaución de cortarles una porción a cada una para dejarlas inservibles y menos interesantes para los ladrones. Juan y Ulloa, conocedores de los motivos para dejar señalada la posición de la base fundamental, fueron testigos de esto sin presentar la más mínima objeción. La falta de dinero y los prolongados trabajos de
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triangulación aplazaron después el proyecto varios años hasta que, en abril de 1740, la labor geodésica estuvo prácticamente completada y la construcción de las pirámides pudo comenzar. La Condamine regresó a la meseta de Yaruquí a tomar algunas mediciones geodésicas finales para los monumentos. Igual que antes, su trabajo no pareció molestar a los observadores españoles. José Antonio Maldonado, cuya parroquia de Quinche estaba cerca de la base fundamental, incluso acordó proporcionar los materiales y la fuerza de trabajo necesarios para el proyecto. El dibujante de la expedición, Jean-Louis de Morainville, había sido contratado antes por Maldonado para supervisar la reconstrucción de la torre de la iglesia de Quinche. Como Morainville vivía ahora en la parroquia, pudo supervisar la obra de las pirámides mientras La Condamine volvía a Cuenca a atender el proceso de Seniergues.
Las pirámides de Oyambaro y Caraburo, por Jean-Louis de Morainville. Lámina extraída de Charles-Marie de La Condamine, Journal du voyage fait à l’Équateur, 1751.
La construcción de los monumentos comenzó a finales de 1740. Las pirámides cuadradas se construyeron directamente encima de las piedras de molino de Yaruquí, que no se habían movido de donde las habían
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dejado. El suelo que iba a sostener los monumentos exigió un tratamiento especial en ambos casos. La pirámide meridional que se colocaría en Oyambaro gozaría de una sólida cimentación en un montículo rocoso, pero la septentrional de Caraburo tuvo que construirse en un zócalo arenoso y fue necesario insertar profundos pilotes de madera en el suelo que había por debajo de aquel. Los dos monumentos medían 2 toesas (casi cuatro metros) de lado y también de altura, estaban revestidos de ladrillo y rellenos de mampostería. Las piedras tuvieron que ser acarreadas más de cien metros, desde la quebrada de Guayllabamba, y fue necesario excavar un canal de 10 kilómetros para traer, desde un estanque, el agua necesaria para la mezcla del mortero. La Condamine dispuso que los moldes de los ladrillos tuvieran un tamaño inusual para evitar que fueran robados y luego pidió que se dejara un pequeño hueco dentro de cada pirámide para albergar una pequeña placa de plata labrada con las mediciones geodésicas. Por último, ordenó coronar cada pirámide con una flor de lis, el símbolo de Francia, cincelada en piedra.
La intención original había sido que las pirámides fueran unas «estructuras sencillas», pero el conjunto de las modificaciones introducidas en su construcción requirió más tiempo y dinero del que nadie hubiera previsto en Francia. La edificación llevó más de un año y el coste se elevó hasta una suma pasmosa, 15 000 livres (135 000 dólares), más que todos los instrumentos astronómicos y geodésicos de la expedición juntos[15].
Los monumentos de ladrillo no fueron los únicos testimonios del paso de la misión cuyo coste se disparó respecto de lo previsto. Las lápidas grabadas que se colocaron en cada pirámide, que en un principio iban a ser unas pequeñas placas de ocho líneas, habían crecido hasta convertirse en dos grandes monolitos con treinta líneas dedicadas al texto que la Academia de Inscripciones y Bellas Letras había entregado a la misión. La Condamine insistió en que las lápidas se cortaran de la piedra más dura posible para que sobrevivieran al paso del tiempo, una estipulación que condujo a otros seis meses de cantería, preparación y labrado.
Las lápidas de las pirámides ya costaron más de lo previsto, pero el propio labrado costó todavía más. La primera indicación del desastre había sucedido en los inicios del proyecto, cuando, en agosto de 1740, La
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Condamine les mostró una copia de la inscripción propuesta a Antonio de Ulloa y a Jorge Juan. A estos no les gustó el término latino empleado para describir su participación, auxiliantibus (asistidos por), pero en aquel momento tuvieron poco tiempo para protestar, puesto que unas semanas más tarde recibieron órdenes de dirigirse a Lima para fortalecer las defensas de la ciudad ante la amenaza de la escuadra de Anson. Durante el tiempo que duró la ausencia de los oficiales españoles, La Condamine y Morainville, sin inmutarse por las protestas de estos compañeros de la misión, continuaron la construcción de las pirámides sin cambiar la inscripción.
En septiembre de 1741 Juan y Ulloa regresaron a Quito con la intención de retomar sus observaciones astronómicas con Godin. Sin embargo, una contemplación más detenida de las pirámides de Yaruquí les cambio los planes: la inscripción que vieron era idéntica a la que La Condamine les había enseñado, una circunstancia que enfureció hasta al habitualmente templado Jorge Juan. En lugar de hablar directamente con La Condamine, los oficiales elevaron un procedimiento legal («petición») contra él, y contra nadie más; al fin y al cabo, ninguno de los otros académicos estaba tan estrechamente ligado a aquel proyecto como La Condamine.
La disputa en torno a las pirámides se había convertido en un asunto personal. Los oficiales españoles no objetaban la construcción de los monumentos, sino la insistencia de La Condamine en emplear aquel texto condescendiente y abiertamente político que, desde su punto de vista, era un insulto a la Corona española. Aducían que, por una parte, el término auxiliantibus devaluaba su papel de ministros del rey, y, además, la flor de lis francesa que coronaba las pirámides era una añagaza obvia para eclipsar al propio rey de España. Juan y Ulloa exigieron que las lápidas fueran sustituidas por otras nuevas y que se colocara una corona española en la cima de cada pirámide.
La Condamine estaba decidido a plantar la bandera francesa en suelo español y los oficiales hispanos estaban igual de resueltos a impedírselo. Llegados a aquel punto, la vanidad y el celo patriótico del antiguo soldado francés se habían apoderado de él. En lugar de ceder a las peticiones de los oficiales, que habrían dejado unos monumentos intactos que cumplirían
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con el propósito original de señalar los extremos de la base fundamental, La Condamine decidió jugar a la abogacía con un quinto pleito, enzarzándose en una prolongada batalla legal con los oficiales y con los jefes de la propia audiencia. En su argumentación jurídica, el francés rechazó con terquedad cada planteamiento de la citada queja empleando conceptos cada vez más arcanos y ofreció como alternativas currentibus, cooperantibus, assistentibus y otros términos latinos que solo denotaban diversos grados de asistencia, nunca igualdad en la tarea. Los oficiales españoles contraatacaron con un escrito propio. Louis Godin, cuyo sector cenital estaba todavía siendo reparado, entró entonces a la refriega y propuso una inscripción de su cosecha que embarró todavía más el debate. La Condamine, probando un nuevo enfoque, adujo que la flor de lis podía referirse igualmente al monarca español, puesto que era nieto de Luis XIV. Todas las pretensiones de los franceses fueron rechazadas. En aquel momento, el único astrónomo que entonces estaba dedicado a labores astronómicas era Bouguer, a 300 kilómetros de allí, en Cuenca, donde todavía intentaba encontrar un sentido a los caóticos datos estelares de los dos últimos años.
El debate sobre las pirámides acabó cobrando vida propia. Las discusiones se interrumpieron en diciembre de 1741, a los tres meses de iniciados, cuando Juan y Ulloa fueron reclamados en Guayaquil por la súbita irrupción de Anson en el Pacífico. De todos modos, para entonces el gobierno colonial ya respaldaba los argumentos de los oficiales y la Real Audiencia continuó el proceso judicial en su ausencia. En abril de 1742, mientras los españoles transformaban los dos mercantes que se encontraban en el Callao en buques de guerra, la corte entregó su veredicto: la petición de Juan y Ulloa era legítima, así que ordenaba a La Condamine que eliminara la flor de lis y que cambiara la inscripción para que los oficiales españoles figuraran como concurrentibus, es decir, en el auténtico pie de igualdad que habían tenido en la ejecución de la misión.
Tras meses de resistencia, La Condamine no tuvo más remedio que modificar su querido monumento, aunque la sentencia no debió sorprender a nadie. El fiscal del caso no había sido otro que Juan de Valparda, anfitrión y confidente de Juan y de Ulloa desde su llegada a Quito seis años antes. La Condamine se vio abocado a colocar una corona española
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de bronce encima de la flor de lis, es decir, a reconocer la supremacía del rey de España sobre el suyo. Sin embargo, se empeñó en no conceder una inscripción apropiada a los oficiales españoles y alargó las argumentaciones legales durante seis meses más. De hecho, fuera por cabezonería o por deferencia a la orden real que había sancionado el texto original, La Condamine no llegó a cambiar nunca el texto de las lápidas, dejando que las autoridades españolas decidieran si aquel desafío merecía el derribo de ambos monumentos. Para entonces, La Condamine, Jorge Juan y Antonio de Ulloa estarían ya muy lejos de allí.
El 3 de enero de 1742 Bouguer volvió a Quito con vistas a decidir con La Condamine en qué modo repetir sus observaciones astronómicas. Aunque todavía no estaban seguros de los efectos exactos de la aberración estelar en las mediciones, los dos seguían pensando que la observación simultánea de Alnilam desde los dos extremos de la triangulación era la mejor forma de obviar el fenómeno. Para la nueva tanda de observaciones dispondrían, al menos, de instrumentos más fiables, además de las enseñanzas que habían aprendido con tanto esfuerzo en los dos últimos años.
Los astrónomos planearon ejecutar la siguiente tanda de observaciones empleando un sector cenital reacondicionado y otro completamente nuevo. Abandonarían el viejo sector de 12 pies y encargarían a Hugo la construcción de uno nuevo de 8 pies (más de dos metros y medio) de radio para que lo utilizara Bouguer en su observatorio de Tarqui. Para las mediciones del extremo norte, La Condamine le pidió a Godin que trasladara el sector de 20 pies que estaba en su observatorio de Mira, y que Hugo había por fin reparado, al observatorio que el propio La Condamine tenía en Cochasquí. Este aceptó de buen grado, puesto que no podría emprender observaciones mientras durara la ausencia de los dos oficiales, que habían partido hacia Guayaquil el mes anterior.
El 19 de enero uno de los dos españoles regresó de la guerra, justo a tiempo para provocar la parálisis de los científicos galos. Ulloa, que se había perdido la reciente boda de Godin des Odonais e Isabel cuando Juan y él fueron reclamados por el deber, reapareció de improviso después de un penoso viaje bajo la lluvia desde Guayaquil. Sin embargo, en lugar de
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ayudar a Godin, lanzó una andanada a los franceses que detuvo en seco los planes de los científicos[16].
El asunto reciente de las pirámides había enfriado las hasta entonces buenas relaciones entre los españoles y los franceses, y ahora parecía que la rencilla iba a descarrilar también la misión geodésica. Juan y Ulloa, antes la fuerza moderadora de la expedición, ya no se fiaban de sus camaradas galos, y mucho menos de La Condamine, cuya intransigencia les enojaba especialmente. Ahora, al saber que Godin planeaba entregar a La Condamine el sector cenital de 20 pies, Ulloa le pidió a su viejo amigo Valparda que inmovilizara el instrumento en Mira. Una de las razones que arguyó para justificar la incautación fue el reciente altercado acerca de la inscripción. Como Ulloa fue llamado de vuelta a la costa nada más llegar a Quito, pidió antes «que por ningún motivo ni caso» se entregara el sector cenital, incluso aunque el francés se presentara en persona, hasta que Jorge Juan y él volvieran. Valparda, igual de ofendido que Ulloa por las últimas acciones de La Condamine y deseoso de administrarle una represalia, asintió encantado[17].
La venganza de los españoles era ya completa. Sin un segundo sector cenital, los científicos franceses no podrían efectuar las observaciones simultáneas necesarias para medir con precisión la longitud de un grado de latitud y la misión geodésica quedaría varada. La única esperanza de los científicos era que Hugo reparara el primer y defectuoso sector a la vez que construía otro.
Hugo ya había construido un sector cenital para Godin, pero ahora su pericia iba a tener que superar una prueba mucho más exigente. Tendría que construir desde cero el nuevo sector de 8 pies siguiendo un diseño de Bouguer. Esto habría necesitado, en circunstancias óptimas, varias semanas, pero Hugo también tuvo que afrontar otro obstáculo: la dificultad de conseguir algunos materiales imprescindibles, en especial el latón que se necesitaba para el micrómetro[18]. También tendría que desmontar y reparar, otra vez, el deteriorado sector de 12 pies para cumplir la función del instrumento de 20 pies que estaba incautado.
Los instrumentos no eran lo único que se estaba deteriorando; Bouguer y La Condamine se criticaban mutuamente casi sin solución de continuidad. A Bouguer le irritaban sobre todo las actividades
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extracurriculares de La Condamine durante el último año; las pirámides y, ahora, cinco procesos judiciales, habían retrasado la expedición, en opinión de Bouguer, más que los problemas astronómicos. Le exigió conocer «la razón por la que escondéis la verdadera intención de vuestros viajes a Cuenca», insinuando tal vez que, en realidad, era para visitar a una prostituta con la que había tenido dos hijas. La Condamine, por su parte, acusó a Bouguer de no respetar el acuerdo de compartir la información y de «esconder los resultados». En cuanto a Godin, volvió a retraerse. Indicó que no tenía «ninguna obligación de cumplir» su papel en la tarea conjunta que él mismo había propuesto. Solo aceptó comunicarles los resultados que había obtenido en forma cifrada. Les envió una carta con su estimación inicial de la longitud de un grado de latitud que comenzaba en código: «aabcccdeefff». Las acciones de Godin dejaron abocados a Bouguer y a La Condamine a resolver por su cuenta los problemas de los movimientos estelares no explicados[19].
Como la astronomía no iba a ser posible durante los al menos cuatro o cinco meses que Hugo necesitaría para tener listos los sectores, los expedicionarios se encontraron de nuevo sin nada más que hacer que esperar. Esta pausa no deseada en el trabajo sucedió, en realidad, en un momento oportuno. Por un lado, la temporada de lluvias de 1741-1742 fue una de las peores de las que se tenía registro, con una cobertura de nubes constante que prácticamente impedía cualquier observación. Esto se debió, con toda probabilidad, a una temporada especialmente virulenta de El Niño, un fenómeno que produce la entrada de corrientes cálidas en el océano Pacífico oriental causando lluvias torrenciales en las regiones andinas y la ruina de las cosechas. «La hambruna multiplicó por ocho o por nueve el precio del trigo, el maíz y los demás granos», explicaba Bouguer. Además, la subida de los precios redujo todavía más la escasa reserva de metálico de los científicos[20].
Louis Godin trató de reponer sus arcas cazando un tesoro que se había perdido el año anterior. Cuando su primo Jean Godin des Odonais viajó en compañía de las grandes recuas de mulas que llevaban oro y plata desde la ciudad de Cartagena, azotada por la guerra, a Quito para su salvaguarda, algunas de las mulas habían perdido pie mientras cruzaban un puente sobre el río Pisque, a unos cincuenta kilómetros al nordeste de Quito, y
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habían caído al río con ochenta mil pesos (3,6 millones de dólares) de tesoro. Cuando Godin se enteró del suceso, reunió un equipo de indios e intentó desviar el cauce del río para encontrar el tesoro. A pesar de esfuerzos considerables, los tres intentos que acometió a lo largo de muchos meses no dieron ningún fruto[21].
En mayo de 1742, la estación lluviosa ya se estaba extinguiendo, pero los sectores cenitales no estaban todavía terminados y los tres académicos seguían distanciados. Los jesuitas de la quiteña Universidad de Santo Tomás proporcionaron a los científicos la oportunidad de volver a reunirse en terreno neutral cuando los invitaron a la lectura de una tesis dedicada a la Academia de las Ciencias francesa. Louis Godin examinó al joven estudioso y los jesuitas entregaron a los científicos, a modo de presente conmemorativo, una placa de plata labrada que acabaría en la Academia de las Ciencias gala[22]. Aunque no lo sabían por entonces, aquella presentación universitaria iba a ser la última ocasión en que los tres científicos estuvieron juntos en el Perú.
La iniciativa de los jesuitas parece que redujo las rencillas entre La Condamine y Bouguer, y el primero ofreció una rama de olivo a su viejo amigo. En junio, bajo un cielo despejado que debió desquiciar a ambos por no disponer todavía de los sectores, ascendieron al volcán activo de Guagua Pichincha, también conocido como el Vesubio de Quito. Antes habían preparado una estación de triangulación en la rocosa cima del dormido Rucu Pichincha, a unos cinco kilómetros del Guagua Pichincha, pero no habían cruzado nunca el paisaje lunar que llevaba a la propia caldera. En la preparación para el ascenso, un cura del lugar les habló «con mucho misterio» acerca de una mina de oro que se suponía oculta en las montañas y de la cuál él pensaba, como tantos otros, que era el auténtico objetivo de la expedición al Perú.
Los dos científicos iniciaron la subida al Guagua Pichincha. Bouguer fue por delante y La Condamine se quedó atrás a esperar la llegada de sus guías. La nevada de la tarde anterior había borrado el sendero y La Condamine —todavía sin los guías, y para entonces completamente extraviado— no tuvo más remedio que padecer a campo abierto el frío extremo de la nublada noche. Un día más tarde logró orientarse y alcanzar
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a Bouguer, tras lo cual los dos pasaron varios días abriéndose paso por el espeso polvo de nieve en busca de un camino hasta el cráter.
La Condamine y Bouguer llegaron al borde occidental del volcán el 17 de junio de 1742. Juntos se asomaron, con precaución, al otro lado. El Pichincha, uno de los volcanes más activos de los Andes, dormitaba en aquella época. Los científicos pudieron ver que su interior estaba «ennegrecido y carbonizado», según relató La Condamine, por efecto de la última erupción acaecida ochenta años antes, cuando el volcán había cubierto Quito bajo un palmo de cenizas. «Todo lo que vi —escribió más tarde— no me pareció otra cosa que los escombros de la cima derrumbada de la montaña cuando esta ardió: una masa confusa de rocas enormes, machacadas y apiladas irregularmente unas sobre otras, ofrecía a mis ojos la viva imagen del caos de los Poetas»[23]. Si había un inframundo, debía parecerse mucho a aquello.
El 19 de junio, mientras descendían del Pichincha, los dos hombres advirtieron el humo que se elevaba desde la cumbre del Cotopaxi, a unos cincuenta kilómetros de allí. A pesar de la distancia, llegaban a oír el tronar de lo que pronto comprendieron era una súbita e inesperada erupción. Iba a ser el comienzo de una secuencia de violentas explosiones que se prolongarían a lo largo de dos años. La campiña se cubrió de cenizas y se derritieron cientos de años de nieve acumulada. Esta inundó, a la carrera, los valles y asoló las poblaciones cercanas de Latacunga y Napo. La Condamine anotó: «Vimos cataratas de fuego abrir nuevos caminos descendiendo por las laderas de la montaña, avalanchas de nieve medio derretida precipitarse a la llanura; un mar de agua hirviendo que cubrió, en cuestión de minutos, el terreno en varias leguas a la redonda, y en sus ondas rodaba un revoltijo de masas ígneas, bloques de hielo y fragmentos de roca»[24]. Sin duda, los dos científicos debieron estremecerse al recordar que, unos pocos años antes, habían pasado dos semanas acampados cerca de la cumbre del volcán ahora enfurecido.
De vuelta en Quito, La Condamine y Bouguer fueron recibidos por Hugo, quien les informó de que ya tenía listo el nuevo sector cenital de 8 pies y reconstruido el sector original de 12 pies. Ya contaban, pues, con dos sectores para terminar las observaciones simultáneas de Alnilam desde los extremos norte y sur de la cadena de triángulos.
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Bouguer y La Condamine sabían que, si todo iba según los planes, la nueva serie de observaciones simultáneas sería la última que harían en el Perú. Una vez ultimadas estas mediciones y completados los cálculos, desembocarían en el número que llevaban casi una década tratando de establecer, la medida exacta de un grado de latitud en el ecuador. Con ese único número en el morral podrían, por fin, volver a casa.
A la vista ya del final de la misión, Bouguer y La Condamine se prepararon para tomar cada uno su camino. Desde hacía algún tiempo, ambos sabían que la misión geodésica no volvería a Europa en un solo grupo. La mayor parte de los miembros supervivientes ya se habían dispersado; los numerosos problemas —empezando por el liderazgo tóxico de Godin— habían conducido a rupturas irreparables en el seno de la compañía. Los oficiales españoles parecían haber roto por completo con los franceses, mientras que Verguin, a quien La Condamine había encargado arreglar varios errores cometidos por Morainville en las pirámides, se quejaba de que este último era «un hombre extraño en varios sentidos»[25]. Incluso Bouguer y La Condamine, con lo amigos que habían llegado a ser, tuvieron objetivos distintos para su regreso.
Ambos científicos iban a viajar de vuelta a Francia por rutas distintas y sus puestos de observación finales iban a estar influidos por sus distintas prioridades. Bouguer estaba ansioso por volver a su amada Academia de las Ciencias a presentar los hallazgos de la expedición. Por esta razón decidió llevar el sector de 8 pies al observatorio septentrional de Cochasquí. Desde allí podría volver a Europa por la ruta más corta posible: viajaría primero hacia el norte, por los Andes, hasta Cartagena de Indias, donde tomaría alguna embarcación española al Santo Domingo francés para allí buscar un buque galo que lo llevara a casa. «La Condamine el curioso», como más tarde se le apodó, optó por una ruta más aventurera que Bouguer rechazó: bajar por el Amazonas —en gran medida, todavía pendiente de explorar— hasta el Atlántico y desde allí a Europa[26]. De acuerdo con su plan, partió en dirección sur con el sector cenital de 12 pies, hacia el observatorio de Tarqui, que le pillaba de camino en la ruta hacia el puerto fluvial de Lagunas, en el río Amazonas. Por fortuna, todavía quedaba dinero suficiente de las cartas de crédito de La Condamine, así como de la herencia de Seniergues (que La Condamine
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y Jussieu administraban conjuntamente), para sufragar los gastos de viaje de los dos científicos.
A diferencia de La Condamine y Bouguer, Godin no tenía planes inmediatos de volver a Europa para cuando la expedición concluyera. Ya había señalado que se quedaría algún tiempo en el Perú, e incluso era posible que se dirigiera a Chile a efectuar otras observaciones. Estaba claro que no podía volver a Francia después de que su desastrosa dirección de la misión geodésica dejara su nombre por los suelos ante la Academia de las Ciencias. Los demás miembros del grupo francés —Jussieu, Verguin, Morainville y Hugo— tendrían que apañárselas como pudieran. Desde 1738 no había llegado dinero de Francia y no parecía que fuera a llegar más. Maurepas, sin inmutarse, había dejado la expedición a la deriva en el Perú, y cada uno tendría que procurarse por su cuenta la forma de regresar[27].
Los meses de julio y agosto fueron agridulces para Bouguer y La Condamine. Iban a dejar atrás, ya de forma definitiva, Quito, que había sido su hogar durante los seis últimos años. Aunque ansiaban volver a Francia, también quedarían atrás muchos amigos y colegas. Las cartas que les llegaron desde todos los rincones del virreinato, escritas por colegas que vivían desde los alrededores de Quito hasta lugares tan lejanos como Arequipa, en el sur del Perú, dan fe del aprecio que los franceses se habían ganado[28].
A Bouguer, ligero de equipaje, no le demoró mucho dejar resueltos sus asuntos ni la preparación del largo viaje a casa. Consciente de los peligros que le esperaban, había hecho una copia de su gran obra, el tratado de arquitectura naval escrito durante los prolongados periodos de mal tiempo en las cumbres andinas, y la dejó «en manos de una persona de fiar» por si le sucedía algo durante el regreso. El 17 de julio, una vez empaquetado el lecho y el equipaje, partió hacia el observatorio de Cochasquí con Hugo y Grangier como ayudantes[29].
La Condamine, como de costumbre, necesitó bastante más tiempo para ponerse en marcha. Tenía que dejar arreglados sus asuntos personales y resolver los distintos procesos judiciales en que estaba inmerso. Sin embargo, como ya no iba a efectuar más triangulaciones de campo, le vendió la tienda de campaña a un funcionario del país, el cuarto de círculo
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a un cura y el reloj de péndulo de Graham a Domingo Terol, el fraile que había oficiado la boda de Isabel y Jean Godin des Odonais. El científico metió su sector cenital parcialmente reparado en un gran cajón y lo envió por delante «al habilidoso Morainville» con una docena de porteadores indios que debían llevarlo a Tarqui. Los libros, otros instrumentos y la ropa fueron cargados en mulas. A finales de agosto hizo un último viaje antes de su partida, en el que primero se desplazó a Yaruquí, a inspeccionar las pirámides, y luego se detuvo en la casa de José Antonio Maldonado, en Quinche, para una última deliberación con Bouguer, quien se había acercado desde el próximo Cochasquí[30].
En el transcurso de varios días, La Condamine y Bouguer planificaron su operación igual que una campaña militar. Esta vez no dejarían escapar a la escurridiza Alnilam y establecerían su posición de una vez por todas. La extensa familia de Maldonado tendría un papel fundamental en esta operación, porque para que los dos científicos estuvieran seguros de que iban a lograr observaciones simultáneas de la misma estrella en la misma noche tendrían que confirmarse uno a otro las observaciones mediante el envío rápido de mensajes de un extremo a otro de la cadena de triangulación. Las casas de José Antonio de Maldonado en Quinche y de su primo José Dávalos cerca de Riobamba servirían de estaciones de retransmisión. La Condamine enviaría un «mensajero urgente fiable» a Riobamba, a medio camino entre los dos observatorios, y desde allí Dávalos mandaría un par de corredores a Quinche. Entonces Maldonado se encargaría de los últimos quince kilómetros que faltaban para que el mensaje llegara a Cochasquí. La respuesta de Bouguer usaría la ruta inversa. De esta forma, un mensaje y su respuesta podrían hacer el viaje de ida y vuelta en menos de dos semanas[31].
El 27 de agosto de 1742, los dos amigos se separaron después de rememorar las aventuras y tribulaciones que habían compartido. No volverían a verse de nuevo hasta que se encontraran en las salas de la Academia de las Ciencias, el lugar donde se había concebido el proyecto. La posible tristeza por la marcha de Bouguer fue, en cualquier caso, barrida con rapidez por el robo de algunas posesiones de La Condamine. Según leemos en su diario acerca del incidente, sus sentimientos acerca de los años que había pasado en el Perú eran de una ambivalencia patente:
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«Es fácil imaginar que este suceso, después de todas las cuestiones desagradables que había tenido que soportar en Quito durante los últimos dos años, fue muy útil para moderar cualquier duda que pudiera tener para abandonar un lugar de clima tan maravillosamente plácido y donde me halaga pensar que dejé algunos amigos»[32].
Aunque la etapa final de la misión ya podía acariciarse con los dedos, La Condamine no tenía prisa por ponerse a trabajar. En una parada que hizo en Ambato, al norte de Riobamba, visitó a su amigo Pedro Vicente Maldonado, quien había terminado hacía poco su labor en la carretera de Esmeraldas —una tarea de la que Bouguer había sido testigo—, pero que todavía estaba muy afectado por la muerte de su esposa. Ahora que la estadía de La Condamine en el Perú llegaba a su fin, los dos acordaron un proyecto que llevaban valorando desde hacía varios meses: Maldonado acompañaría a La Condamine en su descenso por el Amazonas y luego viajaría a Europa, donde podría presentar al monarca español y al Consejo de Indias las bondades de la carretera que había proyectado y les pediría su apoyo para nuevas obras en Esmeraldas. Muerta su esposa, no quedaba mucho que retuviera a Maldonado en el Perú, pero, influido por su familia, todavía dudaba. Antes de despedirse, los dos amigos acordaron que, si Maldonado decidía ir, se encontrarían en la población portuaria de Lagunas al año siguiente[33]. Por último, La Condamine hizo una visita rápida a la hacienda de Elén de José Dávalos, donde, además de confirmar el sistema de mensajería que iba a emplear para comunicarse con Bouguer, tuvo una última reunión con la hija mayor, María, a quien melancólicamente apelaba «la musa francesa de la provincia de Quito». Perú y sus habitantes, al parecer, no habían perdido toda su atracción para el francés.
La Condamine llegó a Cuenca dos meses antes de que Bouguer diera comienzo a su tarea en el norte. Allí se reunió con Morainville, que había acompañado al sector cenital que La Condamine iba a emplear en sus observaciones. Los dos no tardaron en descubrir que Pedro de Sempértegui, dueño de la hacienda del cercano Tarqui en la que estaba instalado el observatorio, había cerrado con llave la capilla después de que los miembros de la compañía se negasen a pagarle las rentas atrasadas, así que para continuar los trabajos los franceses tendrían que entrar al edificio
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por la fuerza. Por suerte, La Condamine vio a Sempértegui en la boda de su hija (el francés era amigo de la familia del novio) y no tardó en volver a congraciarse con el propietario que, sin duda, se dejó influir por el doblón de a dieciséis (alrededor de 3000 dólares actuales) que La Condamine regaló a los recién casados[34].
Una vez instalado en su puesto de observación en Tarqui, La Condamine se puso a trabajar. Volvió a montar el sector cenital de 12 pies, que había sufrido daños en el camino. En el proceso lo reforzó y le instaló pínulas (miras) nuevas en el visor para eliminar los problemas de paralaje. Completado lo anterior, otra dilación esperaba su turno. De nuevo, la meteorología se puso en contra de La Condamine y Bouguer. Durante el mes de noviembre de 1742 no cesó de llover y los frecuentes terremotos convertían la regulación de los instrumentos en una labor casi imposible. A medida que el año iba acercándose a su fin, los dos astrónomos se fueron agriando. Escribían cartas prolijas, repletas de padecimientos reales o imaginarios, en las que ambos se acusaban de reservarse información vital relacionada con las observaciones.
A pesar de sus frustraciones, La Condamine y Bouguer perseveraron por igual. Continuaron escudriñando los cielos y, aunque en aquel momento no lo supieron, hicieron sus primeras observaciones simultáneas de Alnilam en la noche del 29 de noviembre de 1742. Lo repitieron la noche siguiente y varias veces más en los meses de diciembre y enero. A lo largo de ese periodo, las cartas con los datos de las observaciones no pararon de circular en ambos sentidos por los relevos de la red de Maldonado.
Una vez observada y medida Alnilam desde ambos observatorios simultáneamente, los científicos pudieron iniciar los cálculos finales que restaban para completar la misión. El recorrido aparente de la estrella por el cénit estaba, de hecho, entre medias de los dos observatorios (es decir, cruzaba el cielo al sur de Cochasquí y al norte de Tarqui). Bastaría, por tanto, con sumar los ángulos cenitales y se obtendría el arco de meridiano que los separaba. Bouguer, tomando la media de varias observaciones simultáneas, calculó que el ángulo de Alnilam era de 1° 25’ 48,3″ al sur respecto de su cénit local; La Condamine lo estableció en 1° 41’ 10,7″ al norte del suyo. Sumando ambos ángulos y ajustando el resultado por la
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refracción, los dos astrónomos coincidieron en que el arco de latitud que los separaba era de 3° 7′ 1″. Tomando entonces la distancia norte-sur entre las bases fundamental y de verificación, establecida inicialmente por Bouguer en 162 965 toesas, y ajustándola para tener en cuenta las posiciones de los dos observatorios, se llegaba a una nueva medida de meridiano de 176 940 toesas (la distancia ajustada por La Condamine venía a ser prácticamente idéntica). Para determinar la medida del primer grado de latitud en el ecuador ya solo faltaba una división larga y varios ajustes más para reducir la base al nivel del mar.
Bouguer recibió primero los resultados de La Condamine, de modo que a finales de enero de 1742 ya tenía la respuesta que estaban buscando. La culminación de años de trabajo, de reveses sin cuento y de innumerables tragedias se reducía a un único número: 56 753 toesas era la medida de un grado de latitud en el ecuador. Llama la atención que el número al que llegó la misión geodésica no dista más de 45 metros del valor aceptado en la actualidad; la exactitud de las mediciones y los cálculos de los científicos es todavía hoy asombrosa[35]. La verdadera figura de la tierra estaba encapsulada en esta única medición equivalente a 110 611,6 metros. Al compararla con las medidas obtenidas en el círculo polar ártico (57 437 toesas) y en París (57 067 toesas), venía a demostrarse que la medida de un grado de latitud se acortaba considerablemente hacia el ecuador por efecto de su abultamiento respecto del eje. Bouguer y La Condamine habían confirmado que el planeta era en efecto achatado y que Newton tenía razón.
La Condamine tuvo noticia de los resultados de Bouguer a mediados de febrero. Entusiasmado, le escribió una extensa carta a Bouguer el 9 de marzo de 1743 en la que recapitulaba, además del trabajo reciente de ambos, el de los años anteriores. Era su intención que la carta se convirtiera en parte del archivo permanente de la expedición, pero la misiva no pudo alcanzar a Bouguer, que el 20 de febrero había empaquetado sus bártulos y papeles y emprendido el camino a Cartagena en compañía de su sirviente Grangier y de un esclavo. La Condamine no supo esto hasta abril, aunque para entonces ya había recibido otra carta: Pedro Vicente Maldonado se reuniría con él en Lagunas para descender juntos por el Amazonas y, de hecho, en ese momento estaba a punto de
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partir hacia aquel encuentro. Si La Condamine quería llegar a tiempo para hacer con su amigo el viaje de sus vidas, no tenía un segundo que perder. El 11 de mayo de 1743, abandonó con su esclavo la llanura de Tarqui e inició el camino al este, hacia el Amazonas. La Misión Geodésica del Ecuador había llegado a su fin, pero la expedición distaba de haber terminado.
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Capítulo 10
El imposible regreso
La diáspora de los integrantes de la misión geodésica comenzó en la primavera de 1743, casi en cuanto Bouguer y La Condamine completaron sus observaciones. Unas semanas más tarde ambos individuos, que habían trabajado casi como un solo hombre durante los últimos siete años, volvían ya a casa por caminos separados. Era el inevitable fin de una expedición que se había ido desintegrando desde el momento en que había dejado el suelo francés. Los demás integrantes tomarían poco a poco caminos separados, algunos de vuelta a Europa, y otros se quedarían en el Perú, sin esperanza de regreso.
De todos modos, ni siquiera los dos científicos tenían garantizada la vuelta a casa. El océano Atlántico era ahora mucho más peligroso que durante la primera travesía de la expedición, hacía casi una década. Tras el fracasado asalto de Vernon a Cartagena de Indias, Gran Bretaña había reducido sus ataques marítimos contra España, pero podía haber un recrudecimiento naval en cualquier momento. De hecho, en 1742, la Guerra del Asiento —en la que habían tenido lugar varios embates británicos sobre las costas de la América española— había confluido con la mucho más amplia Guerra de Sucesión austriaca. Este último conflicto comenzó como una disputa territorial entre Prusia y Baviera por un pedazo del Imperio austriaco, pero la lucha no tardó en extenderse por Europa y en polarizar a todas las grandes potencias; Gran Bretaña apoyó a Austria, pero Francia y España se pusieron de parte de la coalición germánica. Francia, a pesar de esta alianza y de su pacto de Familia borbónico con España, no deseaba entablar una guerra ruinosa con Gran Bretaña, así de que de momento permanecía neutral en lo que se refería a la vertiente hispano-británica de la conflagración. Con todo, esa neutralidad era precaria y podía acabar en cualquier momento, así que los científicos
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corrían el riesgo de ser apresados o muertos, tanto si se embarcaban en un buque francés como en uno español, o incluso en uno neutral. Al tardar las noticias hasta un año en llegar a las costas del Perú, cualquier barco que zarpara de América podía adentrarse, sin saberlo, en una tormenta de fuego.
Los peligros de los científicos no se circunscribían a alta mar. La ruta de vuelta al Caribe más directa y transitada, la que Bouguer, su sirviente Grangier y un esclavo habían usado en febrero de 1743, solo llegaba al puerto de Cartagena de Indias después de un arduo viaje terrestre de siete meses por casi mil quinientos kilómetros de montañas, ríos y jungla. La minúscula compañía de Bouguer podía ser presa fácil de los jaguares o de los bandoleros, o incluso de infecciones letales capaces de desarrollarse a partir de un simple rasguño. Tras la partida de Cochasquí en dirección norte el 20 de febrero, Bouguer y sus compañeros optaron por la ruta que Seniergues y Godin des Odonais eligieron cuando viajaron a Cartagena a buscar fortuna unos años antes. Siguiendo el valle entre las dos cordilleras andinas, en julio el grupo ya estaba en Popayán, la que por el color de sus bonitas casas llamaban la Ciudad Blanca. Desde allí cruzaron la cordillera oriental hacia la cabecera del río Magdalena, cuyo curso seguirían hasta el Caribe.
El paso que cruzaba la cordillera oriental de los Andes era tan grandioso como peligroso. El sendero se veía interrumpido por grandes simas que se salvaban mediante enormes puentes de cuerda cuyos orígenes eran más antiguos que los incas. Esos puentes, aunque construidos nada más que con cañas y hierbas tejidas, eran capaces de soportar el peso de bestias como las llamas o las mulas a plena carga, e incluso a un caballo con su jinete. Bouguer, siempre fascinado por las grandes proezas ingenieriles, escribió: «El puente […] más extraordinario es el de La Plata [allí el río tiene 36 metros de ancho]: no es posible construir tan rápido un puente tan sólido con materiales tan frágiles». Bouguer relataba cómo los lugareños retorcían las cañas en gruesas cuerdas que salvaban el río formando un gran arco invertido. Le impresionó la atención a los detalles, el modo en que los puentes estaban afianzados a la orilla del río para evitar que el viento pudiera volcarlos[1].
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Tras superar la cadena oriental de los Andes, Bouguer y sus compañeros fueron por la orilla del Magdalena hasta que llegaron al puerto fluvial de Honda, a escasa distancia de Bogotá, donde el río empezaba a ser navegable en barca. Una vez embarcados, las dos semanas siguientes fueron de descanso flotando río abajo. Ahora que la labor de la misión geodésica había culminado, Bouguer podía dedicarse a disfrutar del paisaje que se deslizaba ante sus ojos, intercalando en su ensueño alguna lectura ocasional de la brújula y algún examen de las estrellas para verificar la longitud y latitud en que se encontraban. El 30 de septiembre ya estaban en Cartagena de Indias, donde debían buscar un barco que los llevara al Santo Domingo francés.
No nos han llegado registros de cómo o cuándo hizo Bouguer el viaje al Santo Domingo francés, pero algunas cartas de la colonia indican que en enero de 1744 ya estaba en la ciudad portuaria de Léogane, sin dinero (consiguió 2000 livres prestadas del intendente) y volviendo a copiar sus memorias mientras buscaba un pasaje al otro lado del Atlántico. En el tiempo que pasó en la isla, Bouguer también dejó marchar a su sirviente Grangier, justo en la misma colonia donde el científico había contratado sus servicios originalmente. El vasto aprendizaje y la experiencia adquiridos por Grangier con la misión geodésica le ganaron pronto el puesto de agrimensor real de Saint Domingue[2].
Suponemos que Bouguer vendió a su esclavo en la colonia, ya que la esclavitud, aunque permitida en las colonias francesas, estaba prohibida en la metrópoli; el científico no tendría más remedio que dejar al esclavo en el Nuevo Mundo. Por lo que parecía, la economía de plantaciones que sustentaba la isla no había cambiado gran cosa desde la primera visita de Bouguer una década antes. Aunque ni él ni Grangier lo sabían, las semillas de la destrucción de esa economía ya se habían sembrado. El año previo, 1743, nació en una plantación un esclavo llamado François-Dominique Toussaint-Louverture que se convertiría en el jefe de la Revolución haitiana de 1794-1804, que derrocaría al Gobierno colonial francés y desembocaría en la primera república negra del mundo. La subsiguiente pérdida de ingresos azucareros obligaría a Napoleón a entregar la Luisiana a los emergentes Estados Unidos, y las repercusiones de la rebelión ayudarían a romper el espinazo del comercio de esclavos europeo.
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Aunque el final de la esclavitud ya estaba en lontananza cuando Bouguer llegó a la colonia, fue el tráfico de esclavos lo que le llevaría finalmente a casa. De hecho, Bouguer conocía muy de cerca este comercio, y no solo por haber sido propietario de un esclavo recientemente. La familia Bouguer —el padre, Jean, y los hijos, Pierre y Jan— habían instruido a centenares de patrones y pilotos provenientes de Nantes, el mayor puerto de esclavos de Francia, no lejos de la escuela de hidrografía que la familia tenía en Le Croisic. Los tenían en tan alta estima que la familia Montaudouin, dueña de una prominente naviera, le puso a uno de sus barcos negreros el nombre de Le Bouguer. En sus paseos por el muelle de Léogane, seguro que Bouguer reconoció a muchos rostros familiares en el torbellino de la actividad portuaria[3]. Alguno de ellos, debió pensar, le conseguiría el viaje de vuelta a Europa.
Sin gran dilación, Bouguer localizó un barco de esclavos en el que cruzar el Atlántico. El Triton, de dos mástiles, había llegado en noviembre de 1743 cargado hasta los topes con cuatrocientos esclavos de la Costa de Marfil. Igual que muchos otros tratantes de esclavos de Nantes, los dueños del Triton eran irlandeses, lo mismo que su patrón, Jack Shaughnessy, quien se iba a quedar en Saint Domingue para obtener aportaciones financieras adicionales. Así pues, dejó a su segundo, Pierre Fouré, miembro de una reconocida familia de marinos, encargado de pilotar la vuelta del Triton a Europa. Este viaje sería el tercer tramo del que se conocía como el triángulo del tráfico: los barcos llevaban manufacturas europeas a África, luego transportaban su cargamento humano cruzando el Atlántico hacia las colonias esclavistas y, por último, llevaban productos coloniales en su regreso a Europa, donde el proceso volvía a comenzar. Antes de que el Triton regresara a Francia, el buque negrero debía primero limpiar de su interior cualquier traza del cargamento humano y adaptarse para transportar su nuevo cargamento de azúcar molido, algodón y seis pasajeros (entre ellos Bouguer) a Francia. Primero se refregó con calderos de agua de mar que se llevaban el detritus de los africanos esclavizados que habían estado allí presos con grilletes; luego el barco fue tratado con vinagre y humo, en un vano intento de eliminar la pestilencia de las treinta y dos muertes que habían acaecido durante su horrible viaje. Las barreras de madera que habían separado a los esclavos varones de las mujeres se
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desmontaron, igual que las plataformas que habían dividido los ya atestados puentes en dos niveles para meter, como fuera, el mayor número de esclavos. Se repasó el aparejo, se volvieron a calafatear los tablones y se rellenaron las bodegas para el largo viaje de regreso a casa[4].
El 18 de marzo de 1744 el Triton dejó atrás el puerto de Léogane y bordeó la isla de Santo Domingo para tomar un curso en dirección este, hacia Francia. Fouré iba escaso de personal; once de sus treinta y seis tripulantes se habían ahogado en la costa africana o fallecido en el mar. Bouguer ayudó a la navegación del Triton y le enseñó a Fouré conocimientos adicionales para el pilotaje a través de grandes distancias. Al mismo tiempo, aprovechó la travesía marítima y observó el comportamiento del buque con el fin de verificar los conceptos del tratado de arquitectura naval que había escrito en las montañas del Perú.
El barco hizo el viaje a Europa en poco más de dos meses, sin interferencia alguna de los británicos, aunque la Guerra de Sucesión austriaca se había ampliado en enero de 1744 con la declaración de guerra oficial entre Francia y Gran Bretaña. El pasaje no estuvo del todo desprovisto de preocupaciones: dos miembros de la tripulación del Triton murieron en el mar, antes del amarre del buque. Fue el 28 de mayo de 1744, en Paimboeuf, aguas abajo de Nantes y en la desembocadura del Loira. Tras un periplo que había abarcado nueve años y más de 22 000 kilómetros, Bouguer fue el primer miembro de la misión geodésica que puso de nuevo el pie en Europa.
Una vez en su tierra natal, Bouguer no acudió de inmediato a la Academia a entregar sus hallazgos. Primero pasó una semana en Nantes hospedado con amigos y, posiblemente, visitando a su hermano en la cercana Le Croisic. Después emprendió el tramo final de su viaje tomando la diligencia a París, donde los demás miembros de la Academia francesa lo esperaban[5]. El viaje por las carreteras enfangadas por la lluvia tuvo que ser incómodo en varios sentidos; hacía ya varios años que Bouguer no había recibido ninguna noticia de París, y no tenía forma de saber si iba entrar en la Academia de las Ciencias con los laureles de la gloria por su trabajo en el ecuador o si le iban a relegar a mero continuador del triunfo de Maupertuis en el círculo polar ártico.
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Si Bouguer dudaba, nervioso, del recibimiento que tendría en París, La Condamine, en cambio, no había sentido ese género de temores desde que emprendió el viaje de regreso a Europa. El descenso del Amazonas iba a ser, con toda seguridad, la aventura de su vida. Solo un puñado de europeos habían navegado hasta entonces el gran río. El primero, Francisco de Orellana, había propagado el mito de las mujeres guerreras que dieron nombre al río; Pedro Texeira, un explorador portugués, había intentado marcar la frontera entre los territorios españoles y portugueses en él; y Samuel Fritz, un jesuita, publicó el primer mapa del Amazonas en 1707[6]. Sin duda, ahora La Condamine confiaba en que colocaría su nombre, junto al de ellos, en los anales de la historia.
El plan de su viaje por el Amazonas lo venía meditando desde hacía mucho tiempo y la planificación le había exigido un esfuerzo considerable, a pesar de que también había estado ocupado en otras actividades externas. Aunque el Amazonas transcurría por territorio portugués, Portugal estaba en paz con Francia y ligado a España por un matrimonio real, así que los visitantes franceses provenientes del Perú serían recibidos, en el peor de los casos, como no beligerantes. Louis Godin había sugerido, en un primer momento, que toda la expedición regresara por el gran río, pero cuando se hizo patente que Godin iba a quedarse en el Perú y que Bouguer quería volver cuanto antes, La Condamine comprendió que tendría que hacer el viaje en solitario. Escribió entonces a las autoridades francesas para solicitarles el permiso y los pasaportes necesarios para viajar por los territorios portugueses. Cuando los documentos llegaron, en 1742, La Condamine informó a su amigo José Pardo de Figueroa —tío de Isabel, la mujer de Jean Godin, y para entonces también ya marqués de San Lorenzo de Valle Umbroso— de su próximo viaje y le pidió información sobre el Amazonas.
Pardo de Figueroa, sobrino nieto del geógrafo de Texeira, aportó entusiasmado a Godin datos sobre el río, pero también le encargó una tarea colosal. Le entregó al francés una copia del mapa de Samuel Fritz, junto con observaciones más actualizadas provenientes de otros misioneros jesuitas que vivían a lo largo del río, pero advirtió a La Condamine que se tomara aquella información con cautela y le instó a que efectuara un estudio topográfico científico y completo de la geografía del Amazonas.
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Que un solo hombre cartografiara con precisión el río más grande del mundo en una rápida pasada habría sido una hazaña espectacular, pero La Condamine aceptó de buen grado la sugerencia de Pardo de Figueroa. Como en tantas otras ocasiones de la abigarrada carrera del francés, su peculiar mezcla de curiosidad, valor, insensatez y buena suerte no se iba a separar de él a lo largo de su nueva aventura[7].
No hay duda de que la fortuna acompañaba a La Condamine cuando inició el viaje, en mayo de 1743, acompañado por uno de los dos esclavos que antes habían pertenecido a Seniergues (no está claro cuál de los dos lo acompañó ni qué le sucedió al otro). Partieron de Tarqui en dirección sur, con la intención de recoger algunas plántulas de cinchona en Loja y ver las minas de oro de Zaruma. Si La Condamine hubiera elegido unas escalas distintas a aquellas en las que se detuvo, habría perdido la vida. Uno de los barqueros que conoció por el camino se dio cuenta de que el francés era el responsable del apresamiento del alcalde de Cuenca, Sebastián Serrano, durante el juicio por la muerte de Seniergues, y le informó de que los esbirros del alcalde lo habían estado aguardando en otra carretera más frecuentada. Según aquel hombre, La Condamine «había tenido mucha suerte eligiendo esta ruta en lugar de la otra»[8].
Aunque el francés había logrado esquivar a los salteadores de Serrano, la ruta de la jungla estaba todavía llena de peligros. Cruzando profundos valles de montaña por el mismo tipo de puentes de cuerda que Bouguer encontraba por entonces en su viaje a Cartagena, La Condamine y su esclavo llegaron en los últimos días de junio al puerto de Jaén, a orillas de un pequeño río que vierte sus aguas en el río Marañón, uno de los afluentes principales del propio Amazonas. El científico francés pasó la semana que fue necesaria para la construcción de una balsa de maderos y bejucos copiando sus notas y enviándolas a un misionero jesuita «por si moría en el camino»[9]. El 4 de julio de 1744 se embarcó en la balsa con su esclavo y partieron río abajo, sin guías, hacia el Amazonas. Durante el viaje, La Condamine fue anotando con detalle las dimensiones y la dirección del río con la ayuda de su reloj, su brújula y su cuadrante, y cada vez que atracaban tomaba lecturas barométricas y efectuaba observaciones solares y astronómicas.
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Para el 12 de julio, La Condamine había llegado ya a las áreas más altas de la cuenca del Amazonas, el llamativo Pongo de Manseriche, un tramo de 10 kilómetros de rápidos espumosos donde el Marañón corre por un alto y estrecho barranco antes de abandonar la última estribación de los Andes y extenderse por la vasta llanura amazónica. La balsa, de aspecto frágil y cargada con cestas forradas de piel que contenían los diarios y los libros (ya empapados por el viaje), se vio arrojada una y otra vez contra las rocas en el descenso por los rápidos. A pesar de todo, su construcción elástica absorbió los impactos y, en menos de una hora, La Condamine y su esclavo se hallaron «en un mundo nuevo, lejos de todo comercio humano, en un mar interior en medio de un laberinto de lagos, ríos y canales que se ocultaban por doquier en el inmenso bosque»[10]. Tras años de preparativos, La Condamine había llegado por fin a la mítica jungla del Amazonas.
Aunque en él abundaba gran variedad de culturas indias, el Amazonas no estaba completamente desprovisto de civilización occidental, como La Condamine no iba a tardar en comprobar. Justo pasados los rápidos del Pongo de Manseriche, en el pueblo de Borja, La Condamine se encontró con un jesuita de mentalidad científica, Juan Magnin, que gustoso compartió sus enciclopédicos conocimientos sobre el río con el viajero. Una semana después, el francés llegó al puerto de Lagunas, donde su amigo Pedro Vicente Maldonado lo llevaba esperando más de un mes. A Maldonado, viudo reciente, le había costado mucho tomar la decisión de distanciarse de su país y su familia, pero al final había decidido acompañar a su amigo a Europa. Una vez allí, pediría a la corte española apoyo para un ulterior desarrollo de su carretera de Esmeraldas y para que Riobamba adquiriera el estatus de ciudad. Desde el primer momento, sin embargo, Maldonado sabía que lo más probable era que su viaje fuera de ida nada más: dos meses antes de partir de Riobamba, se volvió a casar a toda prisa para que su única hija tuviera una madre que la criara[11].
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Mapa del Amazonas de La Condamine. Extraído de Charles-Marie de La Condamine, Relation abrégée d’un Voyage fait dans l’intérieur de l’Amérique Méridionale, 1778.
Juntos, La Condamine y Maldonado alquilaron un par de canoas de más de doce metros de largo, cada una con una tripulación de ocho remeros, y comenzaron el viaje río abajo a buen ritmo. Las canoas navegaron de día y de noche para poder llegar a la desembocadura del río Napo, el límite entre los territorios españoles y portugueses, a tiempo de llevar a cabo unas observaciones cruciales para el mapa amazónico de La Condamine. En la noche del 31 de julio, una de las lunas de Júpiter iba a situarse detrás de este; La Condamine deseaba observarlo con su telescopio para determinar el momento exacto del ocultamiento. Cuando más adelante pudiera comparar esa observación con las que se habrían hecho en Europa, le sería posible establecer la longitud en la que está situado el río Napo y delimitar con claridad ambos territorios. En cualquier caso, las condiciones de la noche del 31 de julio no fueron buenas para la astronomía y la única observación que La Condamine logró de la luna de Júpiter le dio una posición del río incorrecta. Más adelante, cuando en 1750 se firmó el Tratado de Madrid que estableció la frontera entre ambos territorios, sus datos erróneos desplazaron esa frontera trescientos kilómetros a favor de España[12].
Después de la carrera hasta la frontera, redujeron bastante el paso. La Condamine, Maldonado y su séquito dejaron atrás el Napo y se adentraron en el territorio portugués de Brasil. Durante dos meses se dejaron arrastrar, a veces remando a favor de la corriente del Amazonas, a la velocidad de
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una caminata lenta, concediéndose tiempo sobrado para llevar a cabo mediciones geográficas y observar la naturaleza de la región. Algunos aspectos del territorio amazónico asombraban a La Condamine y otros no le inspiraban el menor interés. El colosal río le despertaba una admiración perenne; a veces los viajeros no alcanzaban a ver desde una orilla la opuesta y, en ocasiones, la sonda de plomo de La Condamine se hundía noventa metros y todavía no tocaba el fondo. En las paradas que hacían en misiones y pueblos, preguntaban por leyendas como la de la tribu de las mujeres amazonas o la ciudad de El Dorado, pero las verdaderas poblaciones humanas que encontraron les causaron una impresión muy pobre.
Para La Condamine, los indios que habitaban el Amazonas no eran ni siquiera humanos, más bien «animales silvestres» que subsistían cazando y recolectando como los demás primates de la jungla[13]. Maldonado y él miraban con desprecio a los indios que acampaban en las orillas del río, en asentamientos minúsculos y muy distantes entre sí, un alejamiento que se veía además agravado por la diversidad de lenguas y culturas. El francés no era capaz de comprender que la diversidad biológica de la región amazónica era, en realidad, producto de esas gentes: miles de años de civilizaciones indígenas habían transformado la selva tropical en una gigantesca granja en la que había centenares de variedades domesticadas de árboles y cultivos. Los indios habían sembrado con mimo estas plantas con avanzadas técnicas agrícolas que enriquecieron sin pausa un suelo pobre en nutrientes y posibilitaron la milagrosa flora que La Condamine ahora presenciaba en su jornada.
Así como el francés no se dio cuenta de que la Amazonia le debía su abundancia a los indios que en tiempos la habían poblado, también se le pasó por alto que su estado de desarrollo, por entonces bastante primitivo, no tenía más de doscientos años. Los primeros exploradores europeos habían escrito acerca de enormes ciudades que albergaban a decenas de miles de habitantes, pero la audiencia europea pasó pronto a burlarse de aquellas ideas, puesto que los viajeros que acudieron después no vieron más que pequeñas tribus que se escabullían en la densa y abandonada jungla. En el intervalo transcurrido entre esos dos grupos de exploradores, las enfermedades europeas se habían difundido por la Amazonía y, en
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menos de una generación, habían barrido a, tal vez, el noventa por ciento de la población india. Esto había devuelto a la Edad de Piedra a algunas de las civilizaciones más avanzadas del globo. La jungla se había encargado del resto, engullendo las ruinas de las que fueron grandes ciudades. Ahora, paseándose en sus canoas, La Condamine y Maldonado ignoraban por completo la destrucción de las civilizaciones, otrora prósperas, que habían existido durante siglos en las orillas del Amazonas[14].
El 19 de septiembre de 1744, cuatro meses después de que La Condamine dejara Tarqui, el francés y Maldonado llegaron a Belén, la puerta atlántica al Amazonas. Era el fin de un viaje y el comienzo de otro. Los dos amigos tendrían que viajar por separado a sus distintos destinos europeos. En diciembre, Maldonado obtuvo un pasaje en una flota portuguesa con destino a Lisboa, desde donde viajaría a Madrid para solicitar el desarrollo de la carretera de Esmeraldas y el título de ciudad para Riobamba.
La Condamine, por su parte, pensó en volver a Francia por vía directa, pero algunos acontecimientos fuera de su control iban a complicar sobremanera su jornada transatlántica. Con la intención de navegar a Francia desde la ciudad colonial francesa de Cayenne, permaneció en Belén el tiempo que tardó en conseguir un pasaje de cabotaje en canoa hasta allí. Durante su estancia en Belén, su mirada, siempre curiosa, se fijó en cómo los misioneros carmelitas inoculaban con éxito a los indios contra la viruela, un procedimiento que se había introducido hacía muy poco tiempo en Europa, y tomó buena nota de ello para el futuro. En febrero de 1744 ya estaba en Cayenne, donde repitió los experimentos de péndulo de Jean Richer mientras esperaba la llegada del buque de guerra anual francés que debía llevarlo a casa.
Así distraído, La Condamine tuvo noticia de la declaración de guerra entre Francia y Gran Bretaña y decidió que, en lugar de embarcarse en un buque francés, que tendría más probabilidades de ser atacado, lo más sensato era optar por un barco neutral holandés en la vecina colonia de la Guayana Neerlandesa. El gobernador francés le proporcionó una canoa oficial para el corto viaje costero hasta el pequeño territorio holandés y el francés reanudó el viaje.
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Para septiembre de 1744, La Condamine iba ya a bordo de un mercante holandés que llevaba una carga de café a los Países Bajos. Tras un terrible viaje de dos meses en el que esquivaron por poco a los piratas, llegaron al anochecer del 30 de noviembre: «… desembarqué en Ámsterdam y, puestos los pies en tierra, me olvidé de todo lo demás»[15]. Seis meses después de la llegada de Bouguer a Francia, el segundo miembro de la expedición se encontraba de vuelta en Europa y a salvo. A los demás que se habían quedado atrás, en el Perú, el retorno les iba a llevar mucho más tiempo.
En enero de 1744, cuando La Condamine y Bouguer se encontraban en las costas del Atlántico esperando por separado el pasaje de vuelta, Jorge Juan y Santacilia y Antonio de Ulloa acababan de volver a Quito, provenientes de la costa del Pacífico, después de una caza fútil de tres años en busca de la flota de Anson. De vuelta en la capital, hallaron a Godin preparando su propia salida, aunque no hacia Francia: acababan de ofrecerle la cátedra de matemáticas de la limeña Universidad de San Marcos tras la muerte de quien había sido su titular, Pedro de Peralta y Barnuevo, viejo amigo y corresponsal de la expedición.
La oferta de un puesto universitario en Sudamérica tuvo que ser un alivio para el antes jefe de la expedición. Godin había decidido, hacía tiempo, que en París no había futuro para él, y, desde el breve regreso y la segunda partida de Juan y Ulloa a finales de 1741, había abandonado toda su labor geodésica. Este nombramiento le ponía en bandeja el pretexto ideal para quedarse en Sudamérica. Además, le proporcionaría los ingresos regulares de que había carecido durante muchos años. Godin estaba tan endeudado que no había podido devolverle a Pedro Vicente Maldonado los 3400 pesos que este le había prestado en 1737 con un cinco por ciento de interés anual. De hecho, le había pedido a Maldonado que cuando fuera a París, viaje que este planeaba hacer después de presentar sus solicitudes al monarca español en Madrid, le pidiera a su mujer, Rose Angélique, que le saldara la deuda[16].
Godin estaba listo para salir hacia Lima sin tardanza, pero, cuando Jorge Juan y Antonio de Ulloa llegaron a Quito, convencieron al que había sido su jefe de que retrasara la partida. Los dos estarían encantados de
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acompañarlo a Lima —de hecho, confiaban embarcarse en una pequeña flota que tenía previsto zarpar de Lima hacia Europa unos meses más tarde, aquel mismo año—, pero en aquel momento no podían abandonar las tareas geodésicas por las que habían trabajado tanto. No nos ha llegado registro de si por entonces sabían que Bouguer y La Condamine ya habían ultimado sus observaciones, pero parece que los dos oficiales consideraron que completar sus propias mediciones era imprescindible para cumplir con las órdenes que habían recibido de la Corona española, además de para aportar otra medición independiente del arco de un grado de meridiano. Así pues, convencieron a Godin de la necesidad de terminar con rapidez la tarea antes de partir.
Juntos, Godin, Juan y Ulloa completarían sus propias mediciones, aunque empleando un método algo menos preciso que el usado por Bouguer y La Condamine. El grupo de Godin, en primer lugar, extendió la cadena de triángulos hasta su nuevo observatorio norteño, situado en la hacienda de Pueblo Viejo cercana a Mira. Allí estudiarían las estrellas con el sector cenital de veinte pies que Ulloa había ordenado confiscar para que no pudieran emplearlo los científicos franceses. Como solo tenían un sector, les era imposible efectuar observaciones simultáneas de Alnilam desde ambos extremos de la serie trigonométrica, según habían hecho Bouguer y La Condamine para eliminar los errores causados por la aberración estelar. En vez de esto, la metodología escogida por Godin, Juan y Ulloa consistió en añadir los ángulos septentrionales que esperaban obtener en Mira a los meridionales que habían medido cuatro años antes en Cuenca. A finales del mes de mayo el trabajo ya estaba hecho y, tras aplicar varias correcciones, determinaron que la medida de un grado de latitud era de 57 767,8 toesas, una medida que solo difería 27 metros de la establecida por Bouguer y La Condamine[17].
Completadas las mediciones, los tres pudieron comenzar, por fin, a despedirse de Quito. Godin seguramente le dijo adiós a su primo Jean Godin des Odonais, ahora metido a comerciante textil en la capital, y a su mujer, Isabel, por entonces de nuevo embarazada. Juan y Ulloa hicieron una visita final al tesorero de Quito, su antiguo adversario Fernando García Aguado, quien por última vez abonó a los oficiales el salario atrasado y los gastos efectuados. Según sus minuciosas cuentas, la misión
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geodésica había privado a la Real Caja de Quito de 13 125 pesos, medio millón de dólares actuales. A finales de junio los tres ya iban camino de Lima, pero, a su paso por Guayaquil, Jorge Juan recibió una carta enviada por el virrey con una última misión. Villagarcía había quedado tan impresionado durante la campaña del Pacífico con la maestría del joven oficial en la construcción de barcos que ahora le pedía que preparara el proyecto y el presupuesto de un nuevo buque de guerra de 60 cañones. El diseño de Jorge Juan tomaría forma, más adelante, en el San José el Peruano. El retraso fue bastante breve. En septiembre de 1744 los tres ya estaban en Lima, donde Godin asumió su puesto en la Universidad de San Marcos mientras los dos oficiales se preparaban para el viaje a casa[18]. Los oficiales no tardaron mucho en localizar los barcos que los debían llevar de vuelta a España. En el cercano puerto del Callao estaban fondeados tres mercantes franceses que, unos años antes, habían sido fletados en Cádiz para llevar un cargamento español al Perú bajo una bandera neutral que evitara la hostilidad de los buques de guerra británicos; en aquel momento, España y Gran Bretaña estaban en guerra. Juan y Ulloa se habían fijado en aquellos barcos cuando buscaron sin éxito la flota de Anson en Chile. Como por entonces los tres buques iban con rumbo al Callao, donde tenían previsto pasar muchos meses a la espera de la carga con la que planeaban volver a Europa, los oficiales habían planeado volver a casa a bordo de ellos. Ahora, como la noticia del estallido de la guerra entre Francia y Gran Bretaña no había llegado todavía a Lima, estaban convencidos de que podrían viajar seguros amparados por la bandera neutral francesa. El 2 de octubre de 1744 Jorge Juan abordó el Lys y Antonio de Ulloa lo hizo en el Notre Dame de la Délivrance, de menor tamaño. Se separaron —igual que en el primer viaje
— para asegurarse de que al menos uno de los dos llegara a salvo a España con su copia de los informes. El viaje en torno al cabo de Hornos era peligroso incluso en verano, cuando los vientos del oeste que entraban por popa podían ayudarlos a doblar el cabo.
El regreso de Jorge Juan a Europa fue bastante rápido. Poco después de abandonar el puerto, el Lys se separó de los otros barcos y puso rumbo a Valparaíso, en Chile, donde la tripulación se enteró del inicio de la guerra entre Francia y Gran Bretaña. Juan no tardaría en recibir otra
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sorpresa cuando el Lys recibió un complemento adicional de pasajeros: era la tripulación apresada de la naufragada fragata Wager, uno de los buques de Anson que Juan había perseguido por el Pacífico. Prisioneros o no, adversarios o no, el caso es que ahora eran compañeros de buque, y el capitán del Wager, John Byron, estableció una amistad duradera con Jorge Juan, a quien más tarde describió como «un hombre de talentos muy superiores»[19]. En julio de 1745, tras un mes de pausa para reparar una súbita y enorme grieta en el casco, el Lys accedió al Caribe, donde se unió a un convoy francés con destino a Brest. Juan llegaría al puerto bretón en octubre de 1744, convirtiéndose en el tercer miembro de la expedición que llegaba a Europa. En el camino de regreso a España visitó París, donde se reunió con Bouguer y acabó de reconciliarse con La Condamine, quien lo nombró miembro correspondiente de la Academia de las Ciencias. A primeros de 1746 ya estaba en Madrid.
La travesía de regreso de Antonio de Ulloa en el Délivrance fue, sin duda alguna, mucho más angustiosa. Después de que el capitán y la tripulación del mercante se enteraran de la entrada de Francia en la guerra durante una escala en Concepción, Chile, el Délivrance dobló el cabo de Hornos en enero de 1745 y puso rumbo al norte evitando todos los puertos atlánticos por miedo a ser capturado por las fuerzas británicas. Este peligro se vio confirmado en la ocasión en que el buque estuvo a punto de caer en poder de un par de corsarios británicos tras una aguada en un archipiélago frente a la punta de Brasil. El mercante iba escaso de tripulación y su armamento era demasiado ligero para protegerlo del decidido ataque de un buque de guerra bien armado, así que el capitán tomó la determinación de poner rumbo a Luisburgo, el puerto fortificado del Canadá francés. Desconocedor de que fuerzas británicas provenientes de las colonias norteamericanas se habían apoderado de aquella población, el 6 de agosto fue directo hacia aquellos brazos que lo estaban esperando. Ulloa, desesperado, arrojó por la borda la mayoría de sus papeles, excepto los relacionados directamente con las mediciones geodésicas, antes de ser apresado por los británicos.
Al ser un oficial de un Estado enemigo, Ulloa se convirtió en prisionero de guerra de los británicos, pero su pertenencia a la misión geodésica iba a salvarlo. Tras ser capturado en Luisburgo, le confiscaron
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los papeles que habían sobrevivido y fue llevado a bordo de la fragata Sunderland, que debía partir hacia Gran Bretaña. Después de llegar allí justo antes de Navidad, Ulloa pasó varios meses en prisión cerca de Portsmouth hasta que, a instancias de la Royal Society, se le concedió un tratamiento preferente y le permitieron viajar a Londres. Martin Folkes, presidente de la Royal Society, estaba perfectamente al corriente de la Misión Geodésica al Ecuador y no cupo en sí de gozo al toparse así con uno de sus integrantes. Leyó con rapidez los papeles sobre la misión confiscados a Ulloa, redactó un resumen de estos y después se los devolvió al oficial español, cuya liberación también arregló. A continuación, presentó ante la Royal Society una exposición de las recientes proezas geodésicas de Ulloa, invitó a este a varias reuniones y se aseguró de que la sociedad le concediera la membresía por su labor científica[20]. Una vez que los científicos británicos estuvieron debidamente informados, el Almirantazgo proporcionó a Ulloa pasaporte y pasaje a Lisboa, territorio neutral desde el que podría llegar a España.
El 25 de julio de 1746 Ulloa llegaba a Madrid, ciudad que encontró sumida en el duelo por el repentino fallecimiento, dos semanas antes, del rey Felipe V. Tanto Juan como Ulloa llevaban ausentes una década, y ahora que había muerto el monarca que había autorizado su partida, no parecía probable que, en aquel momento, fueran a recibir un reconocimiento regio ni un impulso a sus carreras navales. La única esperanza de los oficiales era que su década de servicio a la Corona no se olvidara por completo.
Si Juan y Ulloa estaban preocupados por su futuro en España, no cabe duda de que la carrera de Godin en Francia estaba acabada y enterrada. En diciembre de 1745 le habían privado, sin contemplaciones, del cargo de astrónomo pensionado y lo habían borrado de la Academia de las Ciencias. César-François, hijo de Jacques Cassini y conocido como Cassini de Thury, ocupó su lugar. La justificación oficial de la destitución de Godin era que había roto las normas de la Academia al aceptar un empleo en una institución extranjera (la Universidad de San Marcos), pero esto no era más que una excusa fácil. La razón verdadera, según explicó Maupertuis, era que Godin había «caído en deshonra por todas las malversaciones que
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se le atribuían. Había prolongado diez años una operación similar a la que a mí me llevó seis meses. Había sembrado el odio y la discordia más implacable entre sus colegas. Por último, avergonzado y temeroso, se había quedado en el Perú»[21].
Al parecer, el matrimonio de Godin estaba tan muerto como su carrera en Francia. Para entonces, su esposa Rose Angélique ya estaba cansada de las noticias que le habían ido llegando sobre las relaciones y desgracias de su marido en ultramar, y la inhabilitación de este en la Academia de las Ciencias la había dejado sin blanca, así que, cuando Pedro Vicente Maldonado llegó a su puerta a pedirle que saldara la deuda de 3400 pesos más intereses que Godin había contraído con él, aquella fue la gota que colmó el vaso. La señora le contestó que bien podía su marido volver a Francia y pagar él mismo todas sus deudas[22].
Aunque caído en desgracia en Europa, Godin se labró una buena posición en Sudamérica. Una vez instalado en Lima, donde llegó en 1744, su carrera despegó. Su cátedra de matemáticas en la prestigiosa Universidad de San Marcos, la más antigua del Nuevo Mundo, que llevaba adjuntos el título de «astrónomo real» y la publicación del almanaque náutico, le garantizaba unos ingresos equivalentes a 200 000 dólares actuales, un salario generoso que, al parecer, Godin dilapidaba igual que antes los fondos de la expedición. Aquel puesto lo convirtió en la mano derecha del nuevo virrey, José Manso de Velasco, quien había reemplazado al saliente Villagarcía en 1745. Godin actuaba como cartógrafo, agrimensor y arquitecto de la capital y sus alrededores. También examinaba a los pilotos en cuestiones de navegación[23]. Durante dos años todo pareció salir a pedir de boca, aunque en realidad solo fue la calma que precede al cataclismo.
A las diez y media de la noche del 28 de octubre de 1746, algunas familias limeñas cenaban tarde y muchas otras habían salido a pasear por las calles de la ciudad en aquel momento iluminada por una luna llena de extraordinaria luminosidad que alumbraba hasta las esquinas más oscuras. La noche parecía una más de tantas en la Ciudad de los Reyes.
De primeras, el sordo tronar no provocó la alarma, puesto que toda la costa del Perú era objeto habitual de los terremotos que sacudían la región y que en general no duraban más que unos segundos y no producían
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grandes daños. Entonces llegaron unas primeras conmociones que tiraron a la gente al suelo. Algunos pudieron incorporarse, correr a los patios centrales de sus edificios y esconderse en los refugios preparados para los seísmos, unos abrigos construidos exprofeso con cañas flexibles para soportar las vibraciones y escudarse de los cascotes que pudieran desprenderse y caer a los patios. Allí esperaron a que el terremoto terminara, pero este continuó. Durante cuatro minutos, toda la tierra se estremeció «a el modo que una bestia robusta se sacude el polvo de su lomo», según recordaría un testigo. Las campanas de la catedral repicaron y sonaron con frenesí hasta que las torres colapsaron sobre la nave. Los edificios se agitaron con una velocidad impensable, desplazando por su interior a sus ocupantes como si fueran marineros de buques sacudidos por la tormenta, hasta que el adobe y la piedra se resquebrajaron y se hundieron, enterrando a docenas de personas en los escombros. A 13 kilómetros de Lima, en el puerto del Callao, el suelo arenoso se había licuado y la mayor parte de las construcciones se habían derrumbado en las arenas movedizas[24].
Entonces, tan de improviso como había comenzado, el temblor se detuvo. El ruido no. Los estruendos y rugidos de la tierra devastada fueron reemplazados, sin solución de continuidad, por los chasquidos de la mampostería que se desmoronaba y los gritos de terror y dolor que invadían la ciudad. Pero la destrucción solo había empezado.
En la costa, algunos tuvieron coraje suficiente para subir, al poco del último temblor, a las murallas todavía intactas de Callao, y lo que vieron les heló el corazón: el océano se estaba retirando a ojos vista. Era el anuncio del inminente maremoto o tsunami. A las once de la noche alcanzaron a ver, a la luz de la luna, los destellos de la primera gran ola que venía del noroeste: un acantilado oceánico de 15 metros de altura al que seguía una meseta gigante de agua. Los cabos de las anclas de los barcos del puerto se quebraron como hilos y los buques fueron arrastrados hacia el interior con la marea que pasó por encima de las murallas y sumergió la villa de Callao. Un buque de guerra, el San Fermín, fue empujado kilómetro y medio tierra adentro; otro barco, un mercante con el providencial nombre de Socorro, que llevaba una carga completa de grano, acabó depositado delicadamente en la playa. Al arrollar el océano la
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estrecha península del Callao, la iglesia de San Agustín fue arrancada de sus cimientos y arrastrada por el mar. Fue a parar a la isla de San Lorenzo, a unas tres millas náuticas de la costa.
Los daños conjuntos del terremoto y el tsunami fueron, en una palabra, apocalípticos. El terremoto, cuya magnitud se ha estimado más tarde en 8,5 puntos en la escala de Richter, fue provocado por un desplazamiento vertical súbito y masivo de una falla en la placa de Nazca, a unas sesenta millas náuticas de la costa. Al despejarse el polvo de los derrumbamientos, la escala de los daños se hizo palpable. No había casa o edificio en Lima que no se hubiera destruido o sufrido daños, en su mayor parte imposibles de reparar. Callao había dejado de existir. Las víctimas mortales se contaban por millares y el valor de los daños se estimó en una cifra equivalente a 30 000 millones de dólares actuales. La mayor parte de la fuerza naval también había sido barrida, con lo que la costa quedó indefensa.
Tras la desgracia, el virrey Manso de Velasco procedió con rapidez a evaluar los daños y a comenzar las tareas de socorro necesarias. Velasco ya había presenciado antes un desastre natural semejante. En el tiempo en que fue gobernador de Chile, había reconstruido Valdivia después de que fuera destruida a causa de un terremoto en 1737. Una vez hubo inspeccionado a caballo las calles cubiertas de escombros de Lima, comprendió que lo prioritario era garantizar el suministro alimentario de la ciudad y cobijar a sus vecinos. De inmediato ordenó la reconstrucción de los hornos de pan, envió mensajeros a las provincias para obtener grano adicional, levantó tiendas de campaña y puso guardias por la ciudad para evitar saqueos. Los almacenes de grano del puerto del Callao habían sido barridos con el resto de la ciudad, pero el grano del mercante Socorro iba a proporcionar cierto alivio hasta que se pudiera traer más. Manso de Velasco no desperdició el tiempo y se puso al frente de la reconstrucción de las ciudades y sus defensas (más tarde, su comportamiento le ganaría el título de conde de Superunda, es decir, conde «dominador de las olas»). Era una empresa gigantesca para la cual recurrió a su mano derecha, Louis Godin.
La experiencia agrimensora de este durante la misión geodésica iba a ser en extremo valiosa para reconstruir las ciudades derruidas de Callao y
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Lima, así como de sus fortificaciones. Tras sopesar y desechar la idea de mover la capital 50 kilómetros al este, cerca de la actual Chosica, Godin procedió a medir el asentamiento ya existente y a levantar planos de un nuevo diseño urbanístico que iba a insuflar de nueva vida a ambas poblaciones. Los planes del astrónomo preveían la reconstrucción de las dos urbes con edificios de mucha menor altura para limitar los daños de los terremotos futuros, así como calles y plazas de mayor amplitud que sirvieran de refugio y permitieran el paso incluso si los edificios se derrumbaban. El virrey aceptó con celeridad este proyecto de capital «más humilde» y encargó a Godin el diseño y la supervisión de su renacimiento.
Bajo la dirección de Godin, Lima se transformó en una de las ciudades más elegantes de Sudamérica. La nueva Ciudad de los Reyes iba a disfrutar de espaciosos bulevares, de plazas abiertas y agradables, y de un refinado sentido de las proporciones del que había carecido en su anterior encarnación. La arquitectura de la ciudad también se volvió más moderna y secular, y las iglesias y los monasterios dieron paso a edificios cívicos como teatros, mientras que, en las casas particulares, las salas de oración se convertían en salones de estilo francés. En Godin también recayó el encargo de erigir una nueva fortaleza, más fuerte que la anterior, para la protección del puerto del Callao, de tanta importancia estratégica. Su diseño para la enorme fortaleza pentagonal del Real Felipe desplegó los conceptos más avanzados en el arte de la defensa de las plazas fuertes, unos principios tomados de un célebre compatriota suyo, el gran ingeniero militar Vauban.
En muchos sentidos, la reconstrucción de Lima y de Callao fue una redención para Godin, aunque lo cierto es que, por mucho que aquello enmendara sus errores anteriores, el propio proceso volvió a mostrar que la arrogancia del francés no había disminuido un ápice. En su afán por mejorar la seguridad de los habitantes de la ciudad, el francés ordenó imperiosamente que todas las casas se reconstruyeran sin los pisos superiores ni las ornamentadas fachadas que la gente adinerada gustaba, pero cuyo derrumbamiento durante el terremoto había matado o herido a miles de personas. Cuando los vecinos de las clases acomodadas se rebelaron contra estos cambios que iban a reducir el espacio habitable de sus residencias, Godin los despreció, tachó sus pretensiones de vanas y
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ostentosas, y trató de imponer sus planes sin hacer caso de las objeciones. Al final, aunque algunas de las recomendaciones de Godin fueron rechazadas, su visión global para una ciudad moderna arraigó y todavía hoy puede percibirse en el centro colonial de Lima[25].
Mucho más al norte, en Quito, Joseph de Jussieu había tenido que hacer frente a sus propios desastres naturales. En marzo de 1745, mientras el doctor se preparaba para descender por el Amazonas siguiendo la estela de La Condamine, se declaró en la ciudad una epidemia de viruela. El presidente de la Real Audiencia le ordenó que permaneciera en Quito hasta que fuera posible traer más doctores. La incesante concatenación de epidemias mantuvo al francés ocupado y bien remunerado, pero parece que aquella inmovilización lo fue sumiendo en una depresión cada vez más profunda.
En septiembre de 1747, las noticias atrasadas de Francia ayudaron a elevar el ánimo de Jussieu: lo habían aceptado en la Academia de las Ciencias y ahora era un botánico asociado. Esta promoción tuvo continuación con una primera encomienda en calidad de académico: Maurepas le ordenaba localizar a Louis Godin, que había dejado de ser académico, y quitarle de encima la carga de los instrumentos geodésicos que eran propiedad de la Academia. Maurepas no había adjuntado cartas de crédito con las que Jussieu pudiera pagarse el pasaje de vuelta a Francia, ni tan siquiera una pensión adjunta a su nuevo cargo, pero la verdad es que el encargo sí conllevaba un beneficio innegable: le daba a Jussieu la justificación que necesitaba para anular la restrictiva orden del presidente de la Audiencia y, lo que era todavía más importante, para planear su viaje de regreso a Francia[26].
Liberado de sus obligaciones en Quito, el nuevo botánico asociado se propuso una expedición personal antes de partir en busca de Godin. Jussieu deseaba visitar la afamada región de Canelos, así llamada por sus abundantes árboles de canela. Era un área de frondosa vegetación, célebre por sus tesoros botánicos y, como tantas otras, porque en algún momento se había supuesto que albergaba el mítico El Dorado. En diciembre de 1747 salió de Quito en compañía de José Antonio Maldonado, el sacerdote que había ayudado a La Condamine en el proyecto de sus pirámides (y
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cuyo hermano, Pedro Vicente, había bajado con éxito hasta la desembocadura del Amazonas y por entonces se encontraba viajando hacia Europa). Las propiedades que la familia Maldonado tenía cerca de la población de Baños permitieron a ambos acceder con facilidad al río Pastaza, la ruta más directa hacia el centro de Canelos. Durante largas semanas los dos herborizaron la región, tomaron copiosas notas sobre las variedades de canela y bambú que encontraron y recogieron semillas que más tarde Jussieu enviaría a sus hermanos en París. Fue una temporada feliz y casi despreocupada para el tan a menudo doliente doctor. Después descansó varias semanas en Elén, la hacienda de Dávalos cercana a Riobamba, donde redactó un torrente de cartas que revelaban un humor considerablemente aliviado y evidenciaban la ilusión con que encaraba el viaje a casa.
Con el ánimo aliviado tras el recorrido por Canelos, Jussieu partió por fin hacia el sur, en busca de Godin, siguiendo las carreteras de la costa. Llegó a Lima a mediados de agosto de 1748. Es indudable que debió tener noticia del terremoto, que pudo sentirse a 1300 kilómetros de Quito, pero no había forma de que estuviera preparado para la devastación que todavía era patente, ni tampoco para la rapidez con que se ejecutaban las obras de reconstrucción que pudo presenciar. Jussieu debió quedarse pasmado ante la transformación de Godin. En Quito el científico había vivido retirado, casi como un vegetal, pero aquí en Lima era un torbellino: supervisaba las obras de edificación, hacía cálculos, redactaba listados de materiales y dirigía la construcción del fuerte Real Felipe, cuya primera piedra había colocado el año anterior.
Aunque el comportamiento de Godin debió llamarle la atención, el científico tenía otra sorpresa reservada a Jussieu: estaba a punto de partir hacia España. Si Jussieu hubiera llegado una semana más tarde, ya no lo habría encontrado. Jorge Juan y Antonio de Ulloa habían recomendado al repudiado francés para dos puestos de nueva creación en el ámbito científico español.
Las carreras de los dos oficiales navales no se habían resentido por largo tiempo desde su llegada a España. El nuevo monarca, Fernando VI, y su ministro de Marina, Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, estaban resueltos a remodelar la Armada según los nuevos principios
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ilustrados. Juan y Ulloa eran precisamente la clase de «oficiales científicos» que los nuevos responsables de la nación estaban buscando. Entre las reformas propuestas por Juan y Ulloa —y aceptadas por Ensenada— se encontraba la modernización de la Academia de Guardias Marinas, que debía adoptar un currículum más científico, y el establecimiento de un observatorio real en Cádiz al modo de los ya existentes en Greenwich y en París. Los oficiales recomendaron a Godin para que encabezara ambas instituciones, una propuesta que Ensenada también aceptó.
En abril de 1748, Godin, todavía en Lima, recibió de Ensenada la oferta de ir a Cádiz. El francés, pretendiéndose insolvente a pesar de su abultado salario, aceptó con la condición de que se le dispensara la deuda de 3400 pesos que tenía con Maldonado (cosa que, en cierto modo, vio cumplida: el virrey ordenó el pago a su tesorero). El astrónomo estaba, literalmente, preparando las maletas cuando Jussieu llegó a Lima para confiscarle, en nombre de la Academia francesa, los instrumentos geodésicos que tenía en su poder. Ante la inminente marcha de Godin a España, Jussieu se encontró en una posición complicada. Ahora él era el académico y, por tanto, tenía autoridad sobre quien había sido su superior. Sin embargo, cuando le pidió a Godin que le entregara los instrumentos de la Academia, este se negó. A decir verdad, para entonces no quedaba casi nada de valor. La Condamine había vendido su reloj de péndulo y su cuarto de círculo (este acabó siendo comprado por el sacerdote jesuita Jean Magnin, que había ayudado a La Condamine en la navegación por un pequeño tramo del Amazonas)[27]. El caro sector cenital londinense de 12 pies se había reconstruido ya demasiadas veces. El único instrumento que le quedaba a Godin con cierto valor era la toesa de 6 pies de hierro fabricada con precisión por Claude Langlois para validar las mediciones geodésicas. Godin no estaba dispuesto a renunciar a la toesa poniéndola en manos de Jussieu. Prefería llevarla de vuelta a Europa él mismo, entregarla la Academia de las Ciencias gala y, tal vez, recuperar el favor de esta.
En consonancia con las órdenes de Maurepas, que buscaban garantizar que la toesa volviera sin daños, Jussieu tomó la única opción responsable que le quedaba: decidió viajar con Godin a Europa para asegurarse de que este llevaba el instrumento a París. Como no sabían con seguridad cuándo
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zarparía de nuevo un barco con el plan de doblar el complicado cabo de Hornos, resolvieron viajar por tierra hasta Buenos Aires, capital de la audiencia de la Plata y principal puerto del virreinato del Perú en el Atlántico Sur. Estaban seguros de que allí conseguirían un pasaje de regreso a Europa[28].
Godin y Jussieu salieron de Lima el 27 de agosto, solo unos días después de la llegada del doctor, y se dirigieron hacia Buenos Aires. Primero tomaron la carretera que cruzaba la cordillera occidental hasta Cuzco, la antigua sede del Imperio inca. Era una jornada ardua, pero los franceses no tenían ninguna prisa, en especial Jussieu. La herborización le mantuvo entretenido durante la marcha. Tomó abundantes notas y muestras por el camino, y también demostró un interés muy vivo por los lugares que iba atravesando con Godin. Al llegar a Cuzco, a comienzos de 1749, a Jussieu le asombraron las enormes estructuras incas que rodeaban la ciudad y la fortaleza de Ollantaytambo, cerca del emplazamiento de Machu Picchu que, por entonces, permanecía sin descubrir a solo unos kilómetros de distancia. Reanudada la marcha, los dos hombres rodearon el lago Titicaca, atravesaron el altiplano, tan frío como seco, y llegaron a La Paz en mayo de 1749.
Ahí, Jussieu decidió desviarse de la ruta para llevar a cabo una herborización largamente ansiada en los Andes, pero le prometió a Godin reunirse con él en Buenos Aires. Tras tantos años de rencillas entre ambos, habían llegado a una reconciliación y se separaron amigablemente. Jussieu parecía incluso decidido a restablecer la posición de Godin en Francia: en una caja que envió a sus hermanos con las semillas que había recolectado, adjuntó una nota en la que les pedía su ayuda para que Godin volviera a ser aceptado por la Academia[29].
El astrónomo, después de prometer esperar a Jussieu en Buenos Aires todo el tiempo que le fuera posible, reanudó el camino hacia el este, llegando por fin a la ciudad porteña en diciembre de 1749. El tráfico marítimo todavía no se había recobrado de la reciente Guerra de Sucesión austriaca (concluida en 1748), así que el francés tuvo que esperar seis meses hasta que apareció un buque portugués. En julio de 1750, tras enviarle a Jussieu una misiva en la que le avisaba de su partida, se embarcó para Lisboa.
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Aunque cruzar el Atlántico solo tenía que llevarle dos meses, su viaje de regreso a Europa se prolongó, de forma intermitente, casi un año. Sucedió que el barco portugués en el que había zarpado de Buenos Aires solo llegó hasta Río de Janeiro, donde procedió a languidecer en el puerto sin explicación plausible. No llegaron más barcos allí hasta que en enero de 1751 arribó un mercante armado francés. A bordo se encontraba, seguro que con gran sorpresa de Godin, su viejo amigo y colega astrónomo Nicolas-Louis de La Caille, que iba con la misión de medir y cartografiar los cielos meridionales. Los dos pudieron conversar de muchas cuestiones durante el mes que duró la parada de La Caille, pero, como este se iba a quedar en el Atlántico Sur, su buque no iba a poder llevar a Godin a Europa, al menos no en un plazo razonable.
Por fin, a los pocos meses de la partida de La Caille —y tras casi un año de espera—, el barco portugués en que Godin había llegado zarpó de Río de Janeiro. El francés llegó a Lisboa en julio de 1751, después de un viaje de casi tres años. La parte más dura estaba todavía por venir: ahora Godin tenía que volver a Francia a encarar a la Academia, y a su esposa[30].
Godin no solo había traicionado a su mujer y a la Academia de las Ciencias. Después de casi quebrar las cuentas de la misión, de alienarse el favor de las autoridades políticas en cada oportunidad y de distanciarse de sus colegas, había abandonado a sus subordinados a su suerte, dejándolos que se valieran por sus propios medios. De todas maneras, Bouguer y La Condamine, entonces de nuevo a salvo en Francia, también habían traicionado a sus colegas; nunca habían llegado a asumir por completo la autoridad de la que tanto había adolecido la misión. Excepto cuando necesitaron los servicios de sus compatriotas, ninguno de los dos se había preocupado gran cosa por el bienestar de estos. Y cuando llegó el momento de volver a Francia, los científicos dejaron en el Perú, sin una justificación válida, a sus asistentes: Verguin, Morainville y Hugo. Para dos de estos últimos, el viaje de vuelta a Francia iba a demostrarse un regreso imposible.
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Capítulo 11
La revelación de un mundo
Cuando Bouguer llegó desde Nantes a las murallas de París, en junio de 1744, la gran ciudad se aprestaba para la guerra. La Guerra de Sucesión austriaca se había ido ensanchando hasta llegar a incluir, en aquel punto, a la mayoría de las grandes potencias europeas. Francia, que se había aliado con España y varios Estados alemanes contra la coalición encabezada por Austria, en una primera etapa había permanecido neutral respecto de Gran Bretaña por temor a un conflicto de consecuencias tal vez catastróficas con su adversaria de la otra orilla del canal de la Mancha. Esta tregua no duró mucho. Las tropas francesas, en apoyo de la alianza germánica, ya habían chocado en 1743 con efectivos británicos que apoyaban a Austria. Los puertos franceses también habían proporcionado refugio a varios escuadrones navales españoles que se habían topado con buques de guerra británicos en el Mediterráneo. En enero de 1744, la declaración de guerra francesa a Gran Bretaña no se hizo esperar más. En marzo, el Ejército francés reavivó su plan de invadir los Países Bajos austriacos, a la vista de que las tropas británicas allí emplazadas suponían una amenaza existencial directa para las fronteras septentrionales de Francia. Justo en el momento en que Bouguer entraba en la capital, a mediados de junio de 1744, el conjunto de los parisinos se lanzaba a la calle a vitorear al rey Luis XV, que partía al frente a conducir en persona las tropas a la batalla.
Ahora que había llegado a París, Bouguer estaba a punto de comenzar su propia batalla. Si quería recibir el reconocimiento que tanto anhelaba, tendría que luchar por él; sus colegas académicos ya habían comenzado a descartar su papel en el debate sobre la forma de la Tierra. Después de que la expedición de Maupertuis regresara con pruebas del achatamiento de la Tierra en los polos, los escépticos habían continuado defendiendo la idea de la Tierra alargada hasta 1740, cuando Cassini de Thury repitió la
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medición de Francia efectuada por su padre y anunció que los nuevos resultados confirmaban el achatamiento. Con Bouguer todavía en los Andes, Maupertuis, entonces director de la Academia, y su colega Alexis Clairaut comenzaron a reescribir la historia de la polémica cartesiano-newtoniana para reflejar los últimos avances. El trabajo de Clairaut omitió, llamativamente, las contribuciones previas de Bouguer a la determinación de la forma de la Tierra —tan influida por su movimiento de rotación—, a pesar de que estas constituían la base de su propia explicación física del grado de achatamiento del planeta en los polos[1]. Ahora Bouguer estaba decidido a recuperar el protagonismo en la Academia.
Aunque nueve años antes el debate cartesiano-newtoniano se hallaba en su mayor auge, la posición de Bouguer en la Academia había sido la de un escéptico neutral. En los años posteriores, una vez que la expedición de Maupertuis zanjara el debate, las ideas de Newton se habían convertido en la comidilla de París. El nuevo tema de los salones vespertinos era ahora esta nueva teoría que había desplazado a los vórtices cartesianos. Los ajados ejemplares de las Conversaciones de Fontenelle fueron reemplazados en los estantes por Il newtonianismo per le dame de Francesco Algarotti y, más tarde, por la traducción de los Principia newtonianos de Émilie du Châtelet. Bouguer volvía a Francia con hallazgos que, sin duda, lo congraciarían con los newtonianos. Volvía a la Academia armado no solo con los resultados de sus observaciones geodésicas, también con los frutos de sus experimentos gravitatorios en Chimborazo, la primera confirmación directa de la teoría de la atracción universal[2]. Bouguer iba a ganar en newtonianismo al propio Maupertuis, pero para ello necesitaba llamar la atención sobre su labor.
Bouguer pisó de nuevo la Academia de las Ciencias el 27 de junio de 1744. No tardó en advertir que sus observaciones geodésicas despertaban gran interés y que no eran vistas como una mera repetición de las de Maupertuis. La expedición al círculo polar ártico había zanjado el debate sobre la forma de la Tierra, pero no había respondido con precisión suficiente a la incógnita de las verdaderas dimensiones del globo. Esta medida —el grado preciso de achatamiento de la Tierra— era lo que la Marina francesa consideraba crucial para la navegación oceánica de larga distancia y justo la razón por la que Maurepas había financiado las
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expediciones. Cuando los datos de Maupertuis se analizaron y compararon con la anterior medición de Francia, indicaron que el diámetro de la Tierra en los polos era más pequeño que su diámetro ecuatorial (es decir, el achatamiento polar) en una proporción de una parte por 178 (1/178). Esto era un achatamiento mucho mayor que el predicho por Newton (1/230) o que el apuntado por las ecuaciones actualizadas de Clairaut (entre 1/573 y 1/230). La sombra de la duda se cernió de inmediato sobre la validez de las observaciones de Maupertuis. Los críticos atacaron la longitud insuficiente de su cadena de triángulos y su carencia de una base de verificación, y además pusieron en duda que Maupertuis hubiera empleado correctamente los instrumentos «ingleses»[3]. También se puso en entredicho, entre los cartesianos acérrimos, toda la premisa del achatamiento de la Tierra. La Academia tenía la esperanza de que las observaciones de Bouguer dejaran resuelta para siempre la cuestión de la verdadera forma de la Tierra. El 29 de julio, algo más de un mes después de su vuelta a la Academia gala, Bouguer comenzó a leer su narración de la misión geodésica ante una audiencia entusiasmada de académicos. Ya no temía que su trabajo no fuera reconocido. Los dudosos resultados de Maupertuis habían creado una fuerte demanda de nuevos datos sobre la forma de la Tierra: no había duda de que el informe de Bouguer iba a eclipsar al de su viejo enemigo y que, además, lo catapultaría a él a las esferas más elevadas de la Academia. El relato de Maupertuis fue como una historia de aventuras en la que un invitado revela la respuesta de un misterio que se ha mantenido oculto por largo tiempo. El relato de Bouguer, en cambio, sería como un drama griego: la conclusión, que la Tierra es achatada en los polos, ya se sabía, pero lo que mantuvo la atención del público fue el viaje a través de las adversidades para llegar a ese conocimiento[4]. Destacaba en la audiencia la presencia de Maurepas, especialmente significativa en un momento en que el ministro se preparaba para una guerra, tal vez decisiva, con Gran Bretaña. En ocasiones magnánimo y en otras sin entrañas, Maurepas había patrocinado la misión geodésica y también el rápido ascenso de Bouguer en la Academia. Ahora, su aparición en esta favorecía sobre todo a Bouguer. Sin embargo, era el mismo ministro quien había cortado toda la financiación cuando la expedición polar volvió con sus resultados y había dejado a varios compañeros de Bouguer todavía varados en el Perú.
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Bouguer fue leyendo su narración de la expedición en intervalos esporádicos durante los siete meses siguientes, tanto a la Academia de las Ciencias como a un público más amplio. Comenzó su narración rememorando las dificultades y peligros a los que se enfrentó la expedición solo para llegar al Perú, a lo que siguió una descripción del país que sería su hogar durante los siete años siguientes. En el relato intercalaba comentarios históricos y culturales sobre el Perú y sus gentes, ofreciendo a las audiencias europeas la primera mirada científica sobre el hasta entonces hermético reino del medio del mundo[5].
La segunda mitad de la narración de Bouguer precisaba los rigurosos procedimientos que siguieron para medir la base fundamental, establecer la cadena de triángulos y reducir estos al nivel del mar. Explicaba las dificultades que soportaron para corregir los diversos errores astronómicos hasta llegar, por fin, a la medición angular buscada que les permitió determinar la medida exacta de un grado de latitud en el ecuador. Concluía la exposición con la sencilla afirmación de que, con tres datos acerca del globo terráqueo —las medidas de un grado de latitud en el círculo polar ártico, en Francia y en el ecuador—, le era posible definir matemáticamente la curva precisa de la forma de la Tierra e informar, con total confianza, de su achatamiento en una parte por 179 (1/179). Esto confirmaba los datos de Maupertuis y despejaba el mar de dudas que había cubierto todo el proyecto de medición de la Tierra.
La Misión Geodésica al Ecuador fue, junto con la Misión Geodésica al Círculo Polar Ártico, un hito decisivo en el avance de la Ilustración. Juntas ampliaron el marco científico desde la escala nacional a la global, coordinando de forma deliberada la obtención de datos en partes del globo extremadamente distanciadas y analizándolos para proporcionar una medición completa del planeta. La ciencia de la navegación no tendría que volver a expandirse de forma fragmentaria y local; las dos misiones geodésicas habían enseñado a las naciones cómo cooperar a lo largo de distancias enormes con el fin de obtener el alto grado de conocimiento y precisión que la navegación requería en un mundo cada vez más interconectado.
La memoria de Bouguer se convertiría en el informe oficial de la Misión Geodésica al Ecuador. Era una narración heroica, aunque también
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interesada, de arduos esfuerzos en condiciones penosas por la noble causa de la ciencia. En una pulla a su viejo adversario, Maupertuis, Bouguer comentaba que la expedición del Perú fue mucho más difícil que la del círculo polar ártico y que midió una distancia tres veces mayor. El protagonismo de Bouguer se vio además intensificado por la reciente marcha de Francia de Maupertuis. Todavía dolido por las críticas que había recibido su trabajo geodésico y ofendido por la irrisoria pensión de 1200 livres que le había concedido Maurepas, Maupertuis había aceptado la invitación de Federico II (el Grande) de Prusia y ya iba de viaje a asumir la presidencia de la Academia de Ciencias de Berlín, la rival más joven de la Academia gala[6].
Bouguer, en la citada memoria, no dejó de reconocer las contribuciones de sus colegas, pero su empleo del plural «nos» de modestia no engañaba a nadie: para cuando el verano y el otoño dieron paso al invierno, nadie dudaba ya, en el Louvre, quién había remontado la misión geodésica desde una derrota segura hasta una victoria rotunda. En noviembre, el periódico Mercure de France publicó una valoración rutilante del discurso de Bouguer acompañada de un poema conmemorativo redactado por un amigo de su infancia, Paul Desforges-Maillard. El poeta hablaba de los sacrificios que había hecho su amigo y de las penalidades que había soportado para llevar a término la misión: «Dejas atrás, para complacer los deseos del rey, / tus días puros y serenos, ardiendo por exponerte, desafiando a la Parca. / Pasando de tu nave las lúgubres, terribles montañas de América, altísimas, donde el frío en la noche es excesivo. / […] En aquellas montañas escarpadas, asilos formidables / de un invierno eterno». Desde la perspectiva del homenajeado, quien solo había accedido a unirse a la misión con grandes reservas, al menos aquellos trabajos habían dado fruto. En efecto, había vuelto a la Academia triunfante, como indicó el poeta, con «honor inmortal y ceñido de laureles» otorgados por su rey, su nación y sus pares[7].
Los logros científicos de Bouguer lo convirtieron, en poco tiempo, en uno de los científicos más valorados de Francia. Gracias a Maurepas, que le coronó el salario con una pensión anual de 1000 ecus (3000 livres, casi el triple de la concedida a Maupertuis), se mudó de Le Havre a París, a una casa de la rue des Postes, un vecindario prestigioso entre los astrónomos
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en el que Godin había residido. No tardó en llegar a ser el científico favorito de Maurepas, que continuó ascendiéndolo por la escala política de la Academia. Después de la deserción berlinesa de Maupertuis, Bouguer pasó a ser, en lo que suponía una victoria doblemente dulce, el nuevo director de la Academia. Pronto era ya su autor más prolífico, dando a luz un torrente de obras de astronomía, física, matemáticas, navegación y teoría de construcción naval, sin olvidar el fruto de sus momentos de tedio en las montañas del Perú, el Traité du navire (Tratado del navío), el primer tratado de arquitectura naval[8].
Bouguer publicaría después sus hallazgos geodésicos peruanos en La figure de la Terre y, más tarde, en su leidísimo Nouveau Traité de navegation. Los libros de Bouguer pusieron en manos de los pilotos el primer conjunto de herramientas completo para tener en cuenta la esfericidad imperfecta de la Tierra al efectuar cálculos de longitud y de latitud en el mar. El efecto del achatamiento del globo era, «por suerte, no muy grande» según admitía el propio Bouguer (en un viaje transatlántico, suponía una diferencia de unas veinte millas náuticas). Además, esa precisión pudo alcanzarse con cada vez más seguridad gracias a las recientes mejoras en instrumentos de navegación como el sextante y el cronómetro. La metodología de Bouguer se convirtió en la norma en toda Europa y en América. El texto de navegación más leído de la época, Elements of Navigation de John Robertson, que no dejó de emplearse hasta bien entrado el siglo XIX, subrayaba la importancia del trabajo de Bouguer[9].
La inversión empleada en Bouguer y en la misión geodésica había rendido valiosos dividendos no solo en el plano científico, sino también en el ámbito más amplio de la política internacional. Gran Bretaña y Francia se habían propuesto resolver los grandes problemas de la navegación de la época: el objetivo de Gran Bretaña fue la longitud; el de Francia la forma de la Tierra. Los medios que cada una empleó para resolver su problema respectivo no podían ser más opuestos, eran tan dispares como la Royal Society y la Academia francesa. El Premio de la Longitud británico, que buscaba estimular el emprendimiento individual, todavía seguía desierto; habían pasado treinta años y el cronómetro marino de John Harrison seguía sin ser aceptado (ni lo sería durante veinte años más). Francia, en
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cambio, había aplicado a su problema toda la fuerza de la ciencia respaldada por el Estado y lo resolvió en solo diez años y por un coste de dos millones de dólares actuales, la mitad del Premio de la Longitud. Aparte de resaltar el poder institucional de la ciencia gala, Maurepas había demostrado a sus aliados potenciales que Francia podía llevar a cabo misiones de gran escala bajo la bandera de la cooperación internacional. En los años siguientes, la Marina francesa destacaría científicos en navegaciones de larga distancia para, en colaboración con las autoridades portuguesas y españolas, cartografiar con precisión las costas y los cielos de diversas regiones del globo. Mientras tanto, seguro que Maurepas se felicitaba de que sus adversarios británicos todavía no hicieran otra cosa que despachar científicos solitarios a misiones irrisorias. La inversión global de Francia en ciencia también le reportaría pingües ganancias en el comercio colonial y en la geopolítica internacional. Gracias a las mejoras en la navegación que fueron posibles, en parte, por un conocimiento más preciso de la figura de la Tierra, el crecido comercio marítimo en América y en regiones remotas como los océanos Pacífico e Índico consiguió millones de livres para las arcas francesas. Además, la presencia naval militar gala en esas regiones introdujo un eficaz contrapeso a la influencia británica[10].
La lectura pública del informe de Bouguer, que se prolongó siete meses, tuvo que competir con una serie de espectáculos públicos que tenían a París encandilado. El ánimo popular fue pasando del profundo duelo en que lo sumió la noticia de que Luis XV había sido herido de gravedad en el frente y de que le habían administrado la extremaunción al alivio por su súbita recuperación, otra vez al duelo por la muerte de su amante favorita, y por último al júbilo por el desposorio de su hijo Luis, el delfín de Francia. El 27 de febrero de 1745 Bouguer se presentó de nuevo ante la Academia y, de modo triunfal, concluyó su relato de la Misión Geodésica al Ecuador. Cuando salió caminando a las calles de París en el gélido crepúsculo, la ciudad entera estaba bañada en la luz de las velas de los torrentes de personas que acudían a los bailes de máscaras que se iban a celebrar en el Hôtel de Ville en honor del casamiento del delfín, celebrado unos días antes. Bouguer, embriagado por la admiración de la
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Academia y el brillo de las velas, tal vez siguió a la multitud imaginando que esta también festejaba el mayor logro de su carrera[11].
Uno de los asistentes a la intervención final de Bouguer no estaba realmente para celebraciones. Charles-Marie de La Condamine había llegado a París solo dos días antes, tras pasar los dos meses anteriores encerrado en Ámsterdam mientras esperaba los pasaportes y leía informes de la triunfal exposición de Bouguer. Privado de su parte de la gloria científica, La Condamine adoptó un enfoque distinto cuando le llegó el turno en una sesión pública de la Academia, el 28 de abril de 1745. Se limitó a exponer un diario de viaje de sus aventuras en el Amazonas, sus encuentros con la vida salvaje, los indios y las amenazas de los piratas en alta mar. Sin embargo, si la audiencia olvidó con rapidez la intervención apergaminada y funcionarial de Bouguer, la narración locuaz y casi poética de La Condamine atrapó de inmediato la atención de Europa. Si bien nunca obtuvo una reputación de científico de primer nivel, sus descripciones del Nuevo Mundo lo catapultaron como uno de los grandes divulgadores de la ciencia y de la historia natural de la Ilustración[12].
Mientras Bouguer bruñía sus credenciales en la comunidad científica con densos ensayos matemáticos, La Condamine optó por un sendero público hacia la fama insuflando vida nueva en la visión europea de Sudamérica. Las audiencias europeas estaban cada vez más conscientes de que su idea del continente procedía de informaciones distorsionadas. España había mantenido sus territorios americanos vetados a los extranjeros y la Inquisición había fijado controles estrictos sobre lo que podían publicar los autores españoles. Para cuando comenzó la era de la Ilustración, los estudiosos estaban ya poniendo en duda la fiabilidad y la exactitud de las crónicas que habían dejado los conquistadores y los misioneros españoles, los cuales habían utilizado la Biblia para apoyar su visión del continente y de sus pueblos como algo primitivo que era urgente civilizar[13]. Los escasos viajeros extranjeros que lograron penetrar el velo que rodeaba el Perú, como por ejemplo los científicos franceses Feuillée y Frézier, habían dado ejemplo de cómo escribir informes críticos y científicos del Nuevo Mundo.
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La Condamine supo aprovechar la sed de información sobre Sudamérica y embelleció su relato científico con sus dotes para narrar historias extraordinarias y con su ojo de novelista para el detalle expresivo. Convirtió la memoria del descenso por el Amazonas que redactó para la Academia de las Ciencias en un superventas, Relación abreviada de un viaje hecho al interior de la América meridional. Esta obra, además de ufanarse de la precisión matemática de su navegación, incluía, entre otros aspectos emocionantes, un apasionante diario de viaje colmado de peligros como el descenso del río por cañones de aguas espumosas, o historias como la del valeroso monje que fue el primero en inocular a los habitantes de su misión contra la viruela. La Condamine acompañaba el volumen con el primer mapa detallado de la cuenca del Amazonas, una carta que llenaba muchos de los huecos de las expediciones anteriores. También adjuntó a su memoria el fascinante relato del asesinato de Seniergues, titulado Carta a la Sra.*** sobre el motín popular en la ciudad de Cuenca[14]. Con la publicación de estos informes menos científicos y más populares, La Condamine también comenzaba a retirar la cortina que hasta entonces había ocultado al virreinato del Perú. Por esa época en la que fue transformando los viajes de la expedición en un apasionante relato de aventuras, La Condamine también dedicó esfuerzos considerables a la confección de un atlas completo de la provincia de Quito. Su amigo Pedro Vicente Maldonado había comenzado este proyecto en América, pero su inesperada muerte por sarampión en Londres, en noviembre de 1748, dejó en manos de La Condamine la finalización del trabajo. Una vez terminado, el atlas tuvo, en ese momento en el que la sociedad europea estaba fascinada por todo lo relativo al Perú, una acogida excelente. Comenzaron a brotar obras de teatro, óperas, balés y novelas con temas incas y peruanos. Françoise de Graffigny, la poderosa creadora de opinión (además de estrecha amiga de La Condamine) que dirigía el salón más prestigioso de París, escribió una novela satírica titulada Cartas de una peruana que, igual que la Alzire de Voltaire, presentaba a una princesa peruana. Graffigny se sirvió de ese estatus principesco de un modo muy distinto a Voltaire. En su obra, el viaje de la princesa a Francia sirve para plantear una ácida crítica social sobre la situación de las mujeres francesas.
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Cartas de una peruana se convirtió en uno de los libros más leídos del siglo XVIII[15].
Aunque La Condamine había logrado ganarse buena parte de los focos, la estela de Bouguer iba en ascenso y su amigo lo sabía. Bouguer se había llevado todo el mérito del éxito de la misión geodésica y había relegado a La Condamine, acostumbrado a estar en el centro de la intriga política parisina, a un impotente lugar secundario. «Os doy mis cumplidos sobre la posición que habéis alcanzado en el Observatorio», escribía La Condamine a Bouguer servilmente, a la vez que le pedía que solicitara «al rey el dinero que adelanté» a la expedición en el Perú. Gracias a la intervención de Bouguer, La Condamine acabaría recibiendo todo el dinero que se le debía[16].
Ambos continuaron siendo íntimos amigos mientras sus distintas visiones del Perú no entraron en conflicto, pero, dado el gran éxito de sus dos relatos, la competencia entre los dos egocéntricos científicos no tardaría en eclosionar en una guerra abierta. La ruptura llegó en noviembre de 1748, cuando ambos se encontraban en la casa de Maupertuis. El anterior director de la Academia había vuelto a París durante unas vacaciones de su nuevo cargo en Berlín. Como Bouguer y él estaban en instituciones distintas y ya no eran una amenaza el uno para el otro, habían entablado una suerte de amistad. Por entonces Bouguer preparaba la publicación, en un volumen, de la memoria que ya había presentado a la Academia de las Ciencias sobre la misión. De improviso, La Condamine anunció a sus colegas que planeaba publicar su propio informe acerca de los resultados geodésicos. Aquello horrorizó a Bouguer. No había ningún problema en que La Condamine tejiera cuentos fascinantes sobre sus aventuras en el Amazonas. Otra cosa muy distinta era imprimir una versión, posiblemente dispar, de la ciencia que, en opinión de Bouguer, solo él, en tanto que jefe de facto de la expedición, estaba autorizado a exponer[17].
Las tensiones entre ambos científicos escalaron en abril. Por entonces, el mentor de Bouguer, Maurepas, había sido despedido bruscamente de Versalles tras perder su sentido de la orientación sobre la coyuntura política y escribir demasiadas sátiras sobre madame de Pompadour, la nueva amante de Luis XV. El carro de Bouguer, hasta entonces
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sólidamente enganchado a la estrella de Maurepas, iba camino de caer a una zanja. En aquel momento delicado, la salida del libro de La Condamine suponía algo más que una mera molestia para Bouguer, era una amenaza a su posición en la Academia. Cada uno de los dos trató, con amenazas, de parar la publicación del libro del otro. Ambos intentaron obtener el apoyo de varios colegas académicos. En 1749, a pesar de las objeciones de La Condamine, Bouguer publicó La figure de la Terre, su relato de la misión y de sus resultados científicos. La versión de La Condamine, Medición de los primeros tres grados del meridiano, tenía su publicación prevista al mismo tiempo que la de Bouguer, pero al final se retrasó dos años más por las protestas de este último. Aunque tirado en la lona como un boxeador en el ámbito de los hallazgos científicos, La Condamine empleó aquella interrupción forzosa para pulir el relato del día a día de la misión, su Journal du voyage fait à l’Équateur, que se publicó al mismo tiempo que la Mesure des trois premiers degrés du méridien (Medición de los primeros tres grados del meridiano) en 1751.
La disputa de los dos amigos trascendió en poco tiempo los confines del Louvre y se hizo pública. Ambos imprimieron pasquines para atacarse el uno al otro. La prensa siguió de cerca la confrontación; periódicos como el Mercure de France proporcionaban a sus lectores los últimos eventos sobre la cuestión y le dedicaban editoriales. Unos pocos se inclinaron por alguno de los dos bandos, pero la mayor parte ofrecía informes de una imparcialidad razonable y a la vez se lamentaba de la mezquindad de todo aquello[18].
La prensa tenía buenas razones para criticar a las dos partes. En realidad, los puntos principales de la disputa entre La Condamine y Bouguer eran insignificantes e indignos de ambos. Una de las polémicas concernía la elección de las operaciones: era la rencilla que había enfrentado a los científicos, en la primera etapa de la misión, sobre la conveniencia de medir la longitud u optar por la latitud. Bouguer acusaba a La Condamine de ponerse del lado de Godin al proponer el enfoque de la longitud, algo que podía haber descarrilado el conjunto de la expedición. La Condamine lo negaba y acusaba a Bouguer de haberse resistido, en un primer momento, a la repetición de las observaciones estelares, esa segunda vez de forma simultánea, que fue tan crucial para el éxito de la
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misión. Cada uno se dedicó también a buscar pegas en pequeños detalles editoriales del informe del otro sobre la expedición[19].
Toda aquella trifulca, además de innecesaria, también desconcertaba a los que la presenciaban. Bouguer, en su obra inicial, había reconocido suficientemente el mérito de La Condamine, y los propios libros de este no ponían en duda ninguna de las conclusiones de Bouguer. Historiadores posteriores aventuraron numerosos motivos para la pelea, pero a fin de cuentas ha continuado sin explicación, tal como observó el marqués de Condorcet en su elegía de La Condamine: «Uno se pregunta cuáles fueron los objetos de la disputa que surgió entre Bouguer y La Condamine, entre dos hombres que durante varios años habían dormido en el mismo cuarto, en la misma tienda de campaña y a menudo en el suelo, arropados con una misma manta, y que, en todo ese tiempo, siempre dieron muestras públicas de una estima recíproca»[20].
Para 1754, el fuego de la trifulca se había autoconsumido, pero el estrago era considerable. La Condamine, mucho mejor conectado socialmente y de pluma más ingeniosa que Bouguer, se había impuesto en el escenario público a su antiguo amigo, quien todavía seguía ingenuamente convencido de que el razonamiento científico debía triunfar sobre los argumentos fáciles y elocuentes de su adversario. En cuanto a la percepción pública, un astrónomo comentó más tarde: «Se dio por sentado que La Condamine lo había hecho todo y que Bouguer había estado allí nada más que para ayudar». La reputación de Bouguer en el seno de la Academia también quedó dañada por el incidente. Carente de un padrino tan poderoso como Maurepas que pudiera intervenir, no llegaría a alcanzar nunca la elevada posición de otros científicos, una promoción que había llegado a dar por hecha[21].
Aunque Bouguer vio cómo se debilitaba su posición en la Academia tras la trifulca con La Condamine, este menoscabo no le impidió ascender a grandes alturas en otros campos en Francia. Sus obras sobre arquitectura naval y navegación lo mantuvieron conectado estrechamente a la Marina gala, que lo tenía en gran estima. Bouguer daría clases en la primera escuela para diseñadores de barcos de París y sería miembro fundador de la nueva Academia de Marina francesa, la cual pondría a oficiales con gran formación científica en estrecho contacto con matemáticos y políticos.
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Aunque Bouguer prestara asistencia a la Marina, no por esto descuidó sus tareas científicas. Estuvo al frente de una publicación académica periódica y escribió tantos libros y ensayos que ocho de sus obras tuvieron que ser publicadas de forma póstuma. La amplitud de sus inquietudes era notable; en la etapa final de su vida llegó a ser reconocido como el padre fundador de la arquitectura naval, de la fotometría (el estudio de la luz) y de la gravimetría (el estudio de las anomalías gravitacionales).
No obstante, Bouguer no volvió a encontrar la profunda camaradería que, gracias a haber compartido penurias y un objetivo común, llegó a desarrollar con La Condamine. A lo largo de su existencia, mantuvo buenas relaciones con numerosos colegas, pero pocos le eran cercanos aparte de su hermano y de Paul Desforges-Maillard, amigo de la infancia. No se casó, ni parece que llegase a tener ningún interés amoroso. Pasó sus últimos años en París, trabajando en su amada ciencia.
Al final, sin embargo, París lo mató. Bouguer, que había sobrevivido una década en las ásperas montañas del Perú, había acabado viviendo en la mayor ciudad de Europa, con todas las comodidades de la civilización, pero también con todos sus riesgos. París, igual que la mayor parte de las urbes de la época, carecía de un suministro adecuado de agua potable. Sus depósitos se contaminaban repetidamente con las aguas residuales y se convertían en criaderos de la entamoeba histolytica, un tipo de ameba letal que provoca disentería e infección del hígado. Este patógeno atacó a Bouguer en la primavera de 1758 y lo fue debilitando durante varios meses. En el lecho consiguió acabar su obra seminal sobre la fotometría, antes de sucumbir el 15 de agosto de 1758. Lo enterraron en la ciudad, pero cuando en la década de 1780 se vaciaron los cementerios, sus huesos se trasladaron a las hoy famosas catacumbas. Los restos mortales de Bouguer se hallan en la actualidad dispersos en algún lugar bajo las calles de París[22].
Al final, La Condamine iba a disfrutar de un reconocimiento mayor que el dispensado al que fue su amigo. Su Journal du voyage fait à l’Équateur fue un éxito instantáneo cuando por fin salió a la luz. Se trata de un relato entretenido, perspicaz y a menudo ocurrente de los diez años que pasó en el virreinato del Perú y del viaje de regreso: pronto se convirtió en la narración más conocida sobre la misión geodésica.
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Ampliamente reseñada y citada en la prensa popular, llegó a ser la fuente de información principal sobre Sudamérica para la escritura de dos superventas dieciochescos: la Historia general de los viajes de Antoine Prévost y la monumental Enciclopedia de Diderot y D’Alembert[23].
Las obras de La Condamine cambiaron muchas ideas erróneas de los europeos sobre Sudamérica, aunque no todas. En menos de una década desde el regreso de La Condamine, la imagen popular del Perú se transformó de un lugar de riquezas materiales e inefable crueldad a un mundo en el que se descubrían tesoros botánicos y naturales. El Diario de La Condamine, en todo caso, también reforzaba la perspectiva europea de la inferioridad del indio, la cual influyó en autores como el naturalista conde de Buffon (entonces intendente del Jardín Real parisino) hasta el punto de que llegó a afirmar que las plantas, los animales y las gentes del Nuevo Mundo eran más pequeños, débiles y, en conjunto, inferiores a los de Europa por efecto del clima más cálido en que se desarrollaban. Muchas frases de Buffon están tomadas directamente de La Condamine o de Ulloa, como por ejemplo acusar a los indios varones de «descansar estúpidamente en cuclillas o echados todo el día» en vez de trabajar[24]. Harían falta varias generaciones de exploradores, culminando con los grandes viajes de Humboldt, para que la mayor parte de esas ideas perniciosas sobre Sudamérica y sus pueblos nativos se desecharan.
Aunque La Condamine fue un gran divulgador de la ciencia, los logros que obtuvo en la investigación directa de cualquier disciplina fueron mucho más limitados. Fue uno de los primeros en proponer la creación de una unidad de medida de longitud estandarizada para todos los países. La medida que propuso estaba basada en la longitud de un péndulo de un segundo en el ecuador, un plan de considerable astucia política que habría relacionado a Francia con Sudamérica y que habría ampliado la influencia francesa en el plano internacional. El concepto de un estándar internacional iba a fructificar, con el tiempo, en el sistema métrico decimal. Más célebre fue su participación en la controversia sobre la vacunación contra la viruela, medida que defendió apoyándose en la exitosa inoculación de los indios en Belén. Sus argumentos matemáticos, en los que demostraba que el peligro de contraer la enfermedad por contagio era mucho mayor que el derivado de la vacunación, influyeron a
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muchas familias de la alta sociedad y de la realeza para que estas inocularan a sus propios hijos, allanando el terreno para que el procedimiento tuviera una aceptación generalizada[25].
Mientras que Bouguer pasó su vida en una relativa soledad, La Condamine se rodeó de amigos y familiares. En la misma vena que su buen amigo Voltaire, este se enamoró de su sobrina, la mucho más joven Charlotte Bouzier d’Estouilly. A diferencia del dramaturgo, La Condamine se casó con su sobrina tras viajar a Roma a pedir la dispensa papal para el desposorio. La pareja no tuvo hijos, pero vivieron felices en su casa cercana al palacio del Louvre.
La Condamine, igual que Bouguer, recibió en la última etapa de su vida reconocimientos que no estaban ligados materialmente a su labor en la misión geodésica. En 1760 lo admitieron entre los «cuarenta inmortales» de la Academia Francesa. Su elección lo convirtió en uno de los pocos científicos encargados de la supervisión de la lengua y la cultura francesas. Uno de sus colegas, Alexis Piron, compuso este gracioso epigrama:
La Condamine es hoy
recibido por la tropa inmortal.
Está sordo, tanto mejor para él,
pero no mudo, tanto peor para ella[26].
La profunda sordera de La Condamine estuvo acompañada por un creciente adormecimiento de las extremidades, que llegó hasta el punto de no poder sentir si llevaba los zapatos puestos o no. Él achacaba estas aflicciones a sus esfuerzos en el Perú, pero es mucho más probable que padeciera de un tipo poco común de diabetes heredado de su madre. No parece, sin embargo, que esto fuera lo que acabó con su vida. En 1774, a los setenta y tres años, llamó a su casa a un joven médico para que lo operase de una hernia. Era una intervención novedosa y quiso permanecer despierto durante toda ella para poder, más tarde, redactar un informe. Sin embargo, dos días después, el 4 de febrero, falleció, tal vez a causa de una infección o, lo que es más probable, por una sobredosis de curiosidad insaciable[27].
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El tiempo en Cádiz, en la costa española, era tranquilo y despejado en la mañana del 1 de noviembre de 1775, solo un año después de que estallara la disputa final entre Bouguer y La Condamine. Mucho antes que la mayor parte de los vecinos de la gran ciudad portuaria, Louis Godin sintió los sordos rumores que anunciaban un gran temblor de tierra. De primeras, tal vez dijera para sí «¡terremoto!» y no «tremblement de terre!»: para entonces llevaba veinte años fuera de Francia y ya pensaba en español en vez de en su francés nativo. Aunque era una mañana de domingo, no estaba en casa con su mujer y su hija, sino en su oficina del observatorio, rodeado por sus instrumentos científicos. Al comenzar los temblores, su mirada se dirigió por instinto al reloj de pared: eran exactamente las 9.52 de la mañana. Más tarde escribiría: «Comencé a sentir un movimiento de la tierra muy ligero y muy suave. Este movimiento fue sentido, más tarde, por varias personas que no estaban acostumbradas a aquello, pero yo, que lo había sentido tantas veces en el Perú, me aseguré de encontrarme en la circunstancia más propicia para prestar más atención». Godin, veterano del horrendo terremoto de Lima nueve años antes, se dio cuenta al momento del peligro. El estruendo fue cada vez más intenso hasta desembocar en una violenta sacudida que duró tres minutos y a la que siguió una remisión gradual.
De milagro, el terremoto dejó en pie la mayor parte de los edificios de Cádiz. La ciudad se salvó también del horror que, en 1746 y a consecuencia de otro terremoto, había arrasado Callao. Igual que esta última población, Cádiz estaba situada en una lengua de tierra y podría haber sido inundada por el maremoto que la acometió una hora más tarde, pero las olas fueron de solo 6 metros de altura y apenas rebasaron el malecón. Otras ciudades no tuvieron tanta suerte. Trescientos kilómetros al noroeste de Cádiz, la urbe lisboeta fue arrasada por un maremoto en la peor catástrofe natural de la historia europea reciente. Una falla situada muy mar adentro, al oeste de Gibraltar, se había deslizado, y los patrones del desplazamiento sísmico y del oleaje oceánico resultantes condujeron a la destrucción de Lisboa y la salvación de Cádiz[28].
Godin llevaba menos de un año dirigiendo el observatorio y la
Academia de Guardias Marinas de Cádiz cuando sucedió el terremoto.
Había pasado un año en París, de 1751 a 1752, en el que había conseguido
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seducir de nuevo a su esposa y reunirse con su familia. No tuvo tanto éxito su solicitud para que la Academia lo volviera a aceptar, aunque se reconcilió con Bouguer y La Condamine e incluso devolvió, para congraciarse, la célebre toesa del Perú. Jussieu no había llegado a reunirse con él en París para asegurarse de la devolución del poste según había planeado. Cuando estuvo claro que Godin no tenía futuro en París, la familia partió hacia Madrid, donde perdió al poco tiempo un hijo por la viruela antes de mudarse por fin a Cádiz. Allí Godin asumió el puesto doble que, seis años antes, le había ofrecido Ensenada, ministro de Marina. La labor de Godin en Cádiz fue provechosa pero breve. En su estancia creó nuevos cursos de matemáticas para los cadetes guardias marinas y llevó al observatorio los instrumentos y técnicas de astronomía más modernos. Solo ejerció el cargo tres años. Un año después del terremoto, en 1756, viajó a París, donde por fin la Academia de las Ciencias lo readmitió como pensionado veterano.
Al regresar a Cádiz estuvo enfermo de gravedad muchos meses. En 1760 murió su hija, el último vástago que le quedaba. Godin no se repondría del golpe. El 11 de septiembre de 1760, con solo cincuenta y seis años, sufrió una embolia mortal[29].
Para entonces, Juan y Ulloa —que habían recomendado al francés a Ensenada cuando se encontraba caído en desgracia, antes de su rehabilitación— habían pasado de asistentes bisoños a funcionarios influyentes de la Corona española. La misión geodésica había impulsado sus carreras; en ella habían demostrado su valía operando independientemente, lejos de casa, tanto en el frente político como en el militar. Los informes que entregaron, en público y en privado, los habían convertido en personajes conocidos por toda Europa y en los solucionadores de problemas favoritos del monarca español. Después de lo que ambos habían pasado nada más regresar a España, aquel reconocimiento debió ser para ellos un alivio considerable.
Cuando los oficiales españoles llegaron a Madrid, en 1746, el futuro no se prometía tan halagüeño. El patrocinador original de la misión, José Patiño, había muerto al poco de su llegada al virreinato del Perú, y los informes gubernativos que se remitían desde Lima y desde Quito a España apenas mencionaban la existencia de los dos oficiales. Así pues, durante
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diez años, no se supo nada de ellos en la corte del rey. Cuando los oficiales se presentaron ante Ensenada y le contaron su historia, sin prueba escrita alguna, en un primer momento fueron despachados como meros buscadores de favores. Sin embargo, el almirante Pizarro, que había estado al mando de la escuadra en la que Juan y Ulloa trataron de dar caza a Anson, también acababa de volver a Madrid y dio fe de sus hazañas. Ensenada, intrigado, ordenó a los dos oficiales que escribieran sus experiencias para su publicación por la Corona.
Después de ganarse el crédito del ministro de Marina, los dos oficiales no tardaron en planear la producción de tres libros distintos. Tras reunir las notas que habían conservado (muchas habían sido arrojadas al mar en la ocasión en que Ulloa fue capturado), pasaron los dos años siguientes preparando los tres textos, cada uno destinado a un público determinado, general o restringido. El primero se convirtió en la Relación histórica del viaje a la América meridional, una especie de directorio geográfico, compuesto sobre todo por Ulloa, que describía sus viajes y los lugares que visitaron. El segundo fueron las Observaciones astronómicas y físicas de Jorge Juan, el informe detallado de las operaciones geodésicas a lo largo de su estancia de diez años en Sudamérica. El tercer trabajo, un manuscrito escrito por ambos titulado Discurso y reflexiones políticas sobre el estado de los reinos del Perú, era una crítica mordaz de la corrupción política en aquellos territorios que solo circuló en el seno de la corte y que no estuvo nunca pensado para su publicación[30].
Los escritos públicos de los oficiales, editados bajo los auspicios de la Corona española, ayudaron a presentar las maravillas del Perú a los europeos en un grado tan alto como las posteriores publicaciones de La Condamine. La Relación histórica del viaje a la América meridional, publicada en 1748 junto con las Observaciones (bastante antes que vieran la luz los informes de La Condamine y de Bouguer), marcaba un cambio radical en la política española. Hasta entonces, la Corona había mantenido el virreinato del Perú oculto bajo un envoltorio, temerosa de que pudiera salir a la luz alguna vulnerabilidad militar o de reforzar lo que más tarde se llamaría la «leyenda negra» de la conquista y la opresión violenta de los pueblos indígenas por los españoles. Ahora, una nueva generación de administradores criados a los pechos de la filosofía ilustrada, partidaria de
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un gobierno más transparente, exhibía con orgullo la joya de su corona. Se imprimieron un total de dos mil quinientas copias de los dos libros en un pergamino muy costoso (con una inversión aproximada de un millón de dólares actuales) y se distribuyeron por Europa. Como el español no era una lengua de gran difusión en el continente, no tardaron en aparecer traducciones al francés, al inglés y al alemán que fueron adquiridas por un público ávido de información sobre el Nuevo Mundo. Las Observaciones eran un denso tratado lleno de tablas de mediciones y ecuaciones para calcular la forma de la Tierra. La mucho más popular Relación se atuvo a una fórmula bastante convencional: cada sección proporcionaba un relato breve de las actividades de los dos oficiales en una región particular, seguida de descripciones de sus ciudades, habitantes, clima y actividades económicas, a menudo acompañadas de mapas detallados de la zona. En estos textos públicos, los autores evitaron cualquier mención a la corrupción o al maltrato de los indios nativos, tratando todavía —a pesar de la aparente pretensión de la Corona de abandonar el secretismo— de pintar a España y a sus colonias del modo más favorecedor posible.
Ulloa y Juan no se contuvieron del mismo modo en su Discurso de circulación restringida. En tanto que continuadores del movimiento reformista «ilustrado» español (en el que había participado el padre de Ulloa), mientras viajaron por Sudamérica estuvieron atentos a detectar cualquier señal de mal gobierno de las autoridades coloniales. A lo largo de sus viajes acumularon, además de sus propias observaciones, informes indirectos que fueron recopilando. Juan y Ulloa no eran los únicos individuos sensibles al sufrimiento de los pueblos indígenas del continente. De vuelta en Madrid, los oficiales comprobaron que, en torno a la corte, ya circulaban numerosos opúsculos políticos que denunciaban los abusos de los virreinatos españoles en América. Su Discurso sintetizaba esas ideas en dos temas principales: cómo reformar las fuerzas navales y terrestres de las colonias y cómo reformar el gobierno colonial para evitar los peores excesos de sistemas como la mita. El documento fue uno entre muchos que influyeron en el transcurso de las reformas de las colonias. Sin embargo, como ya habían advertido numerosos responsables políticos anteriores, llevar a término esas reformas, que iban en contra de intereses establecidos, era una cuestión completamente distinta[31].
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Estampa de la tierra achatada. Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Relación histórica del viaje a la América meridional, 1748. © Biblioteca Virtual de Defensa.
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Antonio de Ulloa no fue el primero ni el último en tratar de reformar los gobiernos coloniales y, como sus predecesores y sucesores, en gran medida fracasó. Su primera incursión en la administración colonial aconteció en 1758, cuando renunció a su comisión naval para asumir el puesto de gobernador de Huancavelica y superintendente de su declinante mina de mercurio, en el Perú. El mercurio era un componente fundamental en la industria de la plata. Se mezclaba con el mineral de plata para que, al adherirse a este, fuera posible lavarlo de piedras y tierra. Después, al calentar la amalgama resultante, el mercurio se evaporaba y solo quedaba la plata. La actividad de la mina había sufrido un descenso de la producción por problemas técnicos en la extracción, debido a las laxas condiciones de seguridad que conducían a lesiones o muertes entre los trabajadores y por el hurto generalizado del precioso material. La anterior experiencia de Ulloa en el Perú, su pasión reformista y sus profundos conocimientos metalúrgicos (fue el primero en describir científicamente el platino) parecían convertirlo en el candidato ideal para remediar aquellos problemas. Sin embargo, no logró aunar los apoyos políticos necesarios para establecer una autoridad gubernamental firme sobre el gremio de mineros y poner fin a los numerosos abusos de los trabajadores nativos en las minas. Después de seis años de frustraciones, Ulloa estaba tan agotado que pidió el relevo.
El traslado no tardó en llegar. En 1765 fue nombrado gobernador de Luisiana, colonia francesa en Norteamérica que acababa de ser cedida a España según lo pactado al concluir la Guerra de los Siete Años. De nuevo, Ulloa no logró concitar apoyo político y militar suficiente para mantener la colonia bajo firme control español. En 1768 estalló un alzamiento popular que puso en peligro su vida y Ulloa dejó la región con la sombra del fracaso. Volvió a la Armada y, durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, comandaría una escuadra contra los británicos. Más tarde fue ascendido a vicealmirante[32].
Si los esfuerzos reformistas de Ulloa acabaron en catástrofe, su vida personal fue mucho más fructífera. Ulloa se casó con una joven peruana, Francisca Ramírez de Laredo, durante su etapa en Luisiana, y aunque el marino ya no era joven, tuvieron nueve hijos que serían su mayor felicidad. Uno de ellos, Francisco Javier de Ulloa, alcanzaría el puesto de
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secretario de la Armada. El propio Ulloa se mantuvo activo en la Armada y no cesó en sus investigaciones relacionadas con la historia natural hasta su muerte en Cádiz, el 6 de julio de 1795. Tenía setenta y nueve años. Falleció rodeado por su familia y su inmensa colección de instrumentos científicos, muestras minerales y objetos indios, testimonios que recordaban los sabores y sinsabores de su notable periplo vital[33].
Jorge Juan y Santacilia siguió un camino muy distinto del elegido por su colega. Se quedó en Europa y se dedicó, sobre todo, a las fuerzas armadas españolas. En 1749, Ensenada, consciente del talento de Jorge Juan para la construcción de barcos y de sus dotes de observación, lo envió a Gran Bretaña en una misión de espionaje. Debía robar planos de barcos y de equipo naval, así como sobornar a diversos profesionales del sector para traerlos a España. En un año, el oficial consiguió enrolar a más de ochenta profesionales para trabajar en los astilleros españoles. Muchos de estos especialistas llegarían a construir los propios barcos que más tarde se enfrentaron a la escuadra británica en Trafalgar. Los británicos, haciendo la vista gorda ante aquellos actos de traición, nombraron a Juan miembro de la Royal Society por sus trabajos astronómicos, igual que habían hecho con Ulloa.
En 1752, Jorge Juan fue nombrado jefe general de la construcción naval militar española. En aquella época también colaboró con Godin en la creación del nuevo Real Observatorio de Cádiz. No llegó a casarse y dedicó todas sus energías a su muy variada carrera naval, subiendo por el escalafón mientras el rey lo iba enviando de un lugar a otro para resolver problemas cada vez más complejos. Siguió los pasos de Bouguer con la escritura de tratados de arquitectura naval y navegación que tuvieron gran repercusión. Su única incursión en el área diplomática sucedió en 1767, año en que negoció con éxito un tratado de paz entre España y Marruecos.
Los dos oficiales españoles no se separaron durante la misión geodésica, pero Ulloa acabaría viviendo veinte años más que Juan. Las deambulaciones de Jorge Juan se veían interrumpidas a menudo por agudos dolores intestinales que siempre trataba de aliviar volviendo a las aguas termales cercanas a su hogar, en Alicante. En una de esas visitas, parece que se infectó de un raro parásito amebiano comecerebros que se
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cría en aguas calientes y que provocó su muerte inesperada el 21 de junio de 1774[34].
Los legados de Juan y de Ulloa han permanecido ligados el uno al otro de una forma indisoluble, y ambos individuos son todavía venerados por la Armada española a la que tan bien sirvieron. Desde 1851 hasta el día de hoy, tres pares de buques de guerra han llevado sus nombres. Jorge Juan está enterrado en el Panteón de Marinos Ilustres de Cádiz, cerca de la placa de homenaje a su amigo de toda la vida, Antonio de Ulloa, cuyos restos están en la iglesia de San Francisco de Cádiz. Los dos oficiales son los dos únicos miembros de la misión geodésica de los que hoy sabemos dónde están sepultados.
Dos años antes de la prematura muerte de Jorge Juan, otro miembro de la misión geodésica regresó por fin a su tierra natal. De todos los miembros de la compañía que habían quedado en el Perú tras la salida de los científicos, veinte años antes, Jussieu —quien en su momento había planeado encontrarse con Godin en Buenos Aires— era el que aparentaba tener más probabilidades de conseguir volver a Francia. Al fin y al cabo, había recibido de Maurepas la orden de encargarse de que la toesa de la misión regresara a Francia sin daños. Aquella orden suponía un mandato para que el doctor volviera a su país de origen, pero no incluyó el dinero necesario para el viaje. Él mismo tendría que sufragarlo.
No sabemos qué razones imaginó Godin para el retraso de Jussieu, pero no hay duda de que era imposible que conociera la verdadera razón. A pesar de todo su interés por la botánica, Jussieu todavía conservaba los impulsos humanitarios de un médico y, cuando se topó con una de las situaciones humanitarias más terribles del Perú colonial, no pudo sustraerse. Aunque ansiara volver a París, permaneció en el virreinato dos décadas más.
En 1749, el médico se había separado de Godin en La Paz y estuvo herborizando la campiña peruana durante más de un año, reuniendo baúles de muestras y copiosas notas que habrían compuesto una investigación sin precedentes sobre la botánica sudamericana. En julio de 1750 llegó a las
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infaustas minas de Potosí. El Cerro Rico había sido la fuente principal de la riqueza española durante doscientos años, llegando en una ocasión a suponer más del noventa por ciento de la producción de plata de los dominios hispanos. Su producción, sin embargo, llevaba decreciendo de un modo notable desde hacía un siglo. Los españoles habían intentado revertir la tendencia declinante con el sobreesfuerzo de los mineros adultos que reclutaban para trabajar en la explotación y recurriendo, además, al trabajo infantil forzoso en las minas[35].
En Potosí, Jussieu fue testigo de los estragos que producía una modalidad de la mita todavía peor que la que se habían encontrado en Quito. Trabajar en las minas de plata era una lenta sentencia de muerte en el Perú colonial, puesto que la extracción del metal necesitaba que los trabajadores mezclaran mercurio con el mineral empleando las manos desnudas. Después, como era necesario calentar la amalgama para separar la plata, los trabajadores inhalaban el vapor tóxico de mercurio que se liberaba. La visión y la coordinación eran las facultades que solían deteriorarse primero, lo que facilitaba, además, los accidentes. A continuación, aparecían el entumecimiento y la pérdida de memoria. Los niños, en particular, sufrían horribles erupciones y fallos renales.
Jussieu solo había planeado hacer una parada en Potosí de camino a Buenos Aires, donde planeaba reunirse con Godin y volver a Europa, pero el doctor se quedó traumatizado ante las deplorables condiciones de vida en las minas y no tuvo corazón para marcharse de allí. Pasaría los cinco años siguientes atendiendo a los enfermos y heridos y sirviendo como una especie de ingeniero técnico para la reparación y reconstrucción de presas, puentes y bombas de agua. Su intervención caritativa no iba a salirle gratis. En 1755, ya era víctima de intoxicación por mercurio y, aunque a veces estaba lúcido, en otras tenía pérdidas de memoria tan profundas que era incapaz de escribir hasta en su francés nativo. Sus amigos lo llevaron a que se recuperara en Lima, donde pasó los catorce años siguientes atendiendo a los vecinos más desamparados y dejando pasar varias oportunidades de volver a Francia.
Incluso cuando Antonio de Ulloa apareció en Lima en 1758, camino de asumir la gobernación de Huancavelica y su mina de azogue, Jussieu no cambió de parecer cuando el español le ofreció un puesto en su
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gobernación[36]. Mientras atendía a los vecinos de Lima, la salud mental y física de Jussieu continuó deteriorándose; al final no tuvo más remedio que dejar el Nuevo Mundo. En octubre de 1770 sus amigos prepararon su regreso a Francia. Le prometieron cuidar de su colección botánica y de sus papeles, los cuales, en aquel estado de debilidad, no iba a poder llevarse con él. Acompañado por dos franceses que también partieron de Lima, su viaje pasó por Panamá, Cuba y España, y llegó a París en julio de 1771. Había estado ausente treinta y seis años. Sin embargo, ni Francia ni su familia podían curar los efectos tóxicos del mercurio. Se hundió en un silencio y en un adormecimiento cada vez mayor y sufría alucinaciones periódicas en las que estaba de nuevo en el Caribe, donde había vivido por vez primera la libertad de herborizar en un mundo nuevo. No se dio cuenta de la muerte de sus hermanos, ni de las noticias que llegaron del Perú sobre la destrucción de la mayor parte de sus papeles y colecciones, un verdadero tesoro de conocimiento botánico. Los descendientes de sus ya fallecidos amigos no habían reconocido su valor y los habían arrojado al fuego. Al final, el 10 de abril de 1779, en su casa familiar de París, Joseph de Jussieu falleció de una infección a los setenta y cinco años[37].
Los científicos de la Academia de las Ciencias pudieron todos volver a ver Francia en vida, pero los miembros secundarios de la expedición, los que no eran académicos, no tuvieron todos tanta suerte. Verguin, Hugo, Morainville e incluso el primo de Godin, Godin des Odonais, fueron todos olvidados al poco tiempo por los científicos y los políticos que los habían enviado al Perú y que se habían beneficiado de su trabajo en aras de la expedición. Bouguer y La Condamine habían salido del virreinato con sus sirvientes y sus esclavos, ya que a estos se les consideraba propiedades personales, pero no les pareció oportuno incluir a sus compatriotas en sus viajes de regreso. Maurepas, que tenía la mayor responsabilidad sobre el destino de estos hombres, se había dado por contento dejándolos tirados en el Perú, e incluso le exigió a Jussieu viajar 1300 kilómetros para recoger una barra de hierro. Aun así, llama la atención que dos de aquellos individuos lograran, para bien o para mal, regresar a casa.
Para Jean-Joseph Verguin, cuyas decisivas observaciones astronómicas casi no habían sido mencionadas por Bouguer ni por La Condamine, la
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vuelta a casa resultó mucho más dolorosa que todas las penalidades padecidas en las montañas de los Andes. Retrasado por una prolongada enfermedad, abandonó Quito por fin en el verano de 1745 y llegó a Tolón, Francia, a finales de 1746, donde se enteró de que su mujer había muerto y de que sus dos hijos, a los que no había visto desde que eran niños, vivían con su abuela. Su nombramiento como miembro correspondiente de la Academia de las Ciencias no debió mitigar gran cosa el dolor por la pérdida. De todos modos, Verguin volvió a casarse y recuperó su ocupación anterior de ingeniero civil para el puerto de Tolón, donde construyó edificios y defensas portuarias hasta su muerte, el 29 de abril de 1777[38].
Para Théodore Hugo y para Jean-Louis de Morainville no habría vuelta a casa. Ambos trataron, en vano, de recibir una compensación de Maurepas, pero al final tuvieron que hacerse a la idea de vivir en la colonia española. Hugo, el hombre que había confeccionado y se había encargado del mantenimiento de los instrumentos de la expedición, estaba particularmente resentido con Godin y Maurepas, a los que acusaba de haberlo abandonado a su suerte, sin concederle tan siquiera el reconocimiento de la Academia de las Ciencias: «Estoy, por consiguiente, atascado aquí en Quito, donde paso la vida trabajando para pagar mis deudas con el sudor de mi frente». Abandonada su anterior carrera de constructor de instrumentos, creó un negocio de azulejos y terminó por casarse con una lugareña. Morainville, por su parte, recibía cartas ocasionales de su mujer hasta que le llegó la noticia de su muerte. Se convirtió en un artista itinerante que se desplazaba por el territorio de la audiencia para cumplir diversos encargos de la Iglesia en calidad de arquitecto o de pintor. Dejó varias obras que todavía hoy pueden verse[39].
Los dos franceses continuaron ahorrando dinero para volver a casa, pero acabarían sus días en el Perú. En 1753 se reunieron con Antonio de Ormaza, el poco escrupuloso dueño de la hacienda Guachalá donde se habían alojado por vez primera cuando midieron la llanura de Cayambe, con la intención de abrir una mina de plata en lo alto del monte Pichincha. El proyecto acabó dos años más tarde entre recriminaciones y pleitos mutuos, pero sin plata[40]. Hugo falleció en Quito en 1781. Dejó una familia de ocho miembros, entre ellos un hijo, Luis Hugo, quien más
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adelante sería parte del incipiente movimiento por la independencia en Quito. Morainville, que al parecer no se casó, se había mudado entre tanto de Quito a Riobamba, donde en 1764 presenció una gran rebelión india contra la mita, uno de los numerosos alzamientos indígenas que surgían esporádicamente en distintas regiones del virreinato. Morainville colaboró, en calidad de ingeniero, en las defensas de la ciudad durante el asedio de dos meses, en el cual parece que la iglesia de Nuestra Señora de Sicalpa sufrió daños. Morainville murió, durante las reparaciones, al caer del andamiaje[41].
El último integrante de la misión geodésica que volvió a Francia fue Jean-Baptiste Godin des Odonais, que hizo el viaje por la ruta del Amazonas. Sin embargo, fue la historia del espeluznante descenso del río por su esposa, Isabel Godin, la que cautivó al público cuando la pareja llegó por fin a Francia, alrededor de treinta años después de que los primeros miembros de la misión abandonaran Perú[42].
Isabel y Jean se habían mudado de Quito a Riobamba en 1744. Los había acompañado la familia de Isabel, pero también una deuda cada vez mayor por el escaso resultado de los proyectos de negocio de Jean. Tuvieron numerosas oportunidades de regresar a Francia juntos, pero en cada ocasión Isabel se quedaba embarazada y no podía viajar. La pareja había pensado, en un primer momento, unirse al viaje de La Condamine por el Amazonas, pero un embarazo de Isabel había volatilizado esa esperanza. Para empeorar las cosas, aquel embarazo y los dos siguientes acabaron con la muerte de las criaturas. En 1749, Jean fue reclamado desde Francia para hacerse cargo de la herencia de su familia, pero Isabel estaba otra vez embarazada y no podía viajar. Jean ideó un plan extravagante: reconocer el Amazonas y luego, de algún modo, volver río arriba a recoger a su mujer cuando hubiera determinado que el viaje era seguro.
Jean bajó por el Amazonas sin problemas y llegó hasta el puerto francés de Cayenne. Cuando trató de volver a recoger a su esposa, no tardaron en surgir barreras físicas y burocráticas. Las autoridades portuguesas, que controlaban gran parte del río, se negaban a concederle un pasaporte para su viaje de regreso; no podía circunnavegar el continente
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para volver al Perú porque ningún buque zarpaba desde Cayenne en esa dirección; y tampoco podía enviarle mensajes a su mujer ni recibirlos de ella. Se quedó atascado en Cayenne, desde donde escribía a las autoridades de París pidiéndoles su ayuda para obtener un pasaporte portugués que le permitiera subir por el Amazonas. La posibilidad de tomar uno de los barcos que partían hacia Francia sin su mujer y su hijo no se le pasaba por la cabeza. Uno de esos buques fue el que llegó en 1753 con el astrónomo La Caille, este todavía dedicado a su expedición del Atlántico Sur y con noticias del primo de Jean, Louis Godin[43].
Pasados quince años, el gobierno portugués accedió por fin a una solicitud oficial francesa y permitió el envío de un mensaje a Isabel, junto con una galeota que la esperaría en la cabecera del Amazonas. Cuando Isabel recibió el mensaje de Jean, su único hijo había fallecido hacía poco. Desconsolada y sin nada que perder, Isabel decidió bajar el Amazonas para reunirse con Jean, el único lazo que todavía la unía a lo que había sido su vida anterior. Tras vender sus propiedades y reunir a cuarenta familiares y sirvientes para que la acompañaran en el viaje, en 1760 se dispuso a seguir los diversos ríos que conducían al Amazonas y al barco que la llevaría hasta su esposo.
El viaje de Isabel no tardó en descabalarse. Abandonados por los guías en medio de la jungla, decidieron dividirse en dos grupos. El más pequeño bajaría por el río a buscar ayuda mientras el de mayor tamaño, encabezado por Isabel, se refugiaba en una barra de arena a esperar. Después de pasado un mes de espera, estaba claro que nadie vendría a rescatarlos. Mientras que Jean había retrasado una y otra vez sus planes de remontar el río, Isabel demostró entonces una resolución inexorable. Después de reunir sus pertenencias, el grupo comenzó el viaje a pie por la orilla, siguiendo la dirección de la corriente, hacia su única esperanza de salvación. El calor, la sed y el hambre se fueron cobrando vidas hasta que solo quedó Isabel.
Después de dar tumbos sola por la selva varias semanas, entre delirios, Isabel vio un grupo de indios que bajaban en canoa por el río. En un primer momento pensó que se trataba de otra alucinación, pero, saliendo de la maleza y casi sin fuerzas, les preguntó en quechua a los sorprendidos indios si la podían llevar río abajo. Le curaron las heridas y la llevaron a la nave portuguesa que todavía la esperaba para transportarla hasta el esposo
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que no había visto en veinte años. Se reencontraron por fin, a bordo de una pequeña embarcación, en la desembocadura del Amazonas. La felicidad de la reunión casi logró que olvidaran el dolor y las desventuras que habían padecido durante tanto tiempo.
No fue hasta 1773, treinta y ocho años después de que un viento refrescante llevara a Le Portefaix y a los miembros de la misión geodésica al Atlántico, que Isabel y Jean partieron de Cayenne y llegaron a la casa ancestral de los Godin en Saint-Amand-Montrond. Jean recibió una pensión real por su labor en Sudamérica y se instaló a vivir plácidamente con Isabel, sin hijos, pero rodeado de familiares. Isabel y Jean, después de tantos años de separación, no consentirían que esta se repitiera al final del camino; en 1792 murieron ambos en un plazo de seis meses.
A la muerte de Isabel y Jean, el siglo XVIII se acercaba a su fin. El mundo se había transformado por completo desde que los expedicionarios habían partido a medir la Tierra. La ciencia estaba en alza: no solo se informaba de nuevos descubrimientos e inventos por todas las regiones del mundo, tampoco paraba de crecer el número de personas educadas y receptivas a sus efectos en el día a día. Las monarquías iban de capa caída: una nación independiente, Estados Unidos, se había forjado a partir de la Norteamérica británica, y la Revolución francesa comenzaba ahora a mudar el paisaje político europeo. Los miembros de la misión geodésica habían vivido bastante para ver el impacto que su empresa había tenido en el auge de la ciencia, pero no pudieron nunca imaginar el impacto mucho mayor que la misión tendría en el derrocamiento del gobierno colonial en Sudamérica.
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Epílogo
Los hijos del Ecuador
Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt; seguilas audaz, nada me detuvo; […].
Simón Bolívar, fragmento de Mi delirio sobre el Chimborazo, 1822[1]
Casi un siglo después de que la misión geodésica zarpara de Europa, un aristócrata venezolano llamado Simón Bolívar se ponía a la cabeza de un ejército para liberar gran parte de Sudamérica de las fuerzas realistas españolas. Su misión era crear una nación sudamericana y no iba a tardar en conseguirlo. En 1822 había liberado ya el virreinato de Nueva Granada, incluido Quito. El llamado Libertador, Bolívar, fue —junto con el Protector, el general argentino José de San Martín— el impulsor de la lucha de Sudamérica para independizarse de España.
El épico Delirio de Bolívar sobre el Chimborazo, escrito poco después de que liberara Quito, relata un sueño febril en el que el revolucionario volvía por los pasos de grandes exploradores y científicos europeos. Llama la atención por dos razones: hasta qué punto se había llegado a imbricar la misión geodésica con la idea de Sudamérica como un ente independiente, ya no mera parte del Imperio español, y hasta qué extremo La Condamine había llegado a suplantar a los demás miembros de la expedición y a convertirse en su símbolo. Los dos hechos eran inseparables uno del otro. Aunque los informes de Bouguer, Juan y Ulloa tuvieron una buena acogida, fue el Diario de La Condamine el que encandiló a los lectores. Viajeros posteriores como Alexander von Humboldt señalaron en concreto a La Condamine como su fuente de inspiración para la exploración de Sudamérica. Este patrón culminaría con el célebre viaje de Charles Darwin a las islas Galápagos.
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La Misión Geodésica al Ecuador cumplió la meta original establecida por los gobiernos francés y español, pero su legado histórico es mucho mayor. Los efectos inmediatos de su redefinición de la forma de la Tierra para la mejora de la navegación marítima fueron bastante menores: un ahorro de alrededor de doce millas náuticas en un viaje oceánico típico y bruñir la reputación científica de las naciones patrocinadoras de la misión, Francia y España.
El verdadero impacto de la expedición fue el modo en que alteró nuestro mundo en modos que sus fundadores no pudieron haber imaginado. La misión geodésica inauguró una oleada de expediciones científicas internacionales a gran escala que reformularon nuestra idea del planeta. También nos dio el concepto de Sudamérica como un lugar singular, separado de su madre patria española, que acabaría por dar a luz muchas de las nuevas naciones de Latinoamérica.
Los científicos de toda Europa vieron en esta misión un modelo para las futuras expediciones científicas. Estas ya no serían meros viajes de descubrimiento geográfico; la edad heroica en la que Colón y Magallanes cartografiaban mares ignotos y proclamaban la posesión de nuevos territorios quedaba muy lejos. Tampoco serían una labor de observadores solitarios esforzándose en alguna esquina distante del globo. La ciencia, empleada en el nombre del imperio, sería ahora la fuerza que iba a impulsar unas empresas, por lo general financiadas por los gobiernos, que necesitarían hasta diez o incluso más años de trabajos. Igual que el objetivo de la misión geodésica no fue solo cartografiar el ecuador, sino determinar con precisión la forma de la Tierra, estas nuevas expediciones estuvieron dirigidas a mejorar las herramientas fundamentales de la navegación oceánica —mediante la cartografía, el geomagnetismo y la astronomía— y también a la búsqueda de nuevas plantas que pudieran alimentar, vestir y curar a la cada vez más numerosa población europea[2].
Las más célebres de estas empresas científicas fueron los viajes cooperativos de 1761 a 1769 para observar el tránsito de Venus y establecer su distancia respecto del sol con el fin de mejorar la precisión de los cálculos de la astronomía planetaria. Científicos de Gran Bretaña, Francia, Rusia y Austria coordinaron observaciones que llevaron a cabo en lugares muy distantes del globo y compartieron los resultados pese a la
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simultánea Guerra de los Siete Años (1756-1763) que enfrentó a sus naciones.
La colaboración entre académicos de distintos países no redujo el valor del conocimiento científico como potente arma política y militar. Los viajes científicos fueron acometidos, en la mayor parte de las ocasiones, por las propias Marinas de Guerra. Las circunnavegaciones de marinos-científicos como Louis Antoine de Bougainville, James Cook y Alejandro Malaspina fueron ejecutadas, respectivamente, por Francia, Gran Bretaña y España para expandir el conocimiento cartográfico de sus naciones. Incluso el célebre viaje de William Bligh a bordo del buque de guerra Bounty se hizo con el fin expreso de realizar experimentos botánicos con árboles del pan.
España tenía un interés especial en los tesoros naturales de Sudamérica, pero ahora recurriría a Francia para que la ayudara a montar una expedición. Los libros y artículos de La Condamine y Ulloa, repletos de descripciones científicas del quino, la goma, el caucho, la canela y docenas de plantas y hierbas más, impulsaron varias expediciones botánicas patrocinadas por la Corona española para acometer estudios minuciosos y conseguir muestras naturales que pudieran mejorar la ciencia y el comercio. La Real Expedición Botánica al Virreinato del Perú y Chile (1777-1778), encabezada por Hipólito Ruiz y José Pavón, incluía a un doctor francés, Joseph Dombey (discípulo de los hermanos mayores de Jussieu), enviado por la corte francesa con la esperanza de que cumpliera la tarea botánica que Joseph de Jussieu no había conseguido terminar. La expedición fue un éxito extraordinario. A lo largo de una década, sus miembros remitieron centenares de muestras e ilustraciones a los jardines botánicos de Madrid y París. El árbol de la quina continuaba despertando un interés notable y Dombey, además de describirlo en su estado natural y de analizar la composición química de la corteza, recuperó los manuscritos sobre el quino que Joseph de Jussieu había dejado en Lima y que se habían librado de la destrucción de puro milagro[3].
La Real Expedición Botánica al Virreinato del Perú y Chile no tardó en tener continuación en otra expedición botánica por la actual Colombia. Esta se desarrolló a lo largo de un periodo de veinticinco años que principió, en 1783, el doctor español José Celestino Mutis, entonces
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residente en Bogotá, quien también fundó el primer observatorio astronómico de Sudamérica. A la labor de Mutis en el observatorio se incorporó más tarde Francisco José de Caldas, un joven abogado que, movido por los relatos de La Condamine y su «compañero» Bouguer, decidió convertirse en naturalista. Llama la atención que, ya por entonces, era el nombre de La Condamine el que surgía al hablar de la Misión Geodésica al Ecuador[4].
La expedición científica a Sudamérica más influyente no la protagonizó un científico español, sino un voluntarioso burócrata alemán, Humboldt. Este ya había, literalmente, perdido el barco de dos expediciones previas antes de emprender, en compañía del doctor y botánico francés Aimée Bonpland, un periplo de cinco años por Latinoamérica. Este viaje se convirtió en la base de unas obras innovadoras en las que Humboldt intentó aunar disciplinas como la meteorología, la biología y la geografía en una visión científica unificada del mundo. Humboldt y Bonpland estaban al corriente de los últimos descubrimientos e ideas europeos en ciencias naturales como la biología, la botánica, la geografía y la meteorología, un conocimiento que proyectaron sobre el mundo, todavía bastante desconocido, al sur del ecuador.
El recorrido de Humboldt contuvo ecos explícitos de la misión geodésica. En 1801, después de varios descubrimientos de importancia en la Amazonia, Humboldt y Bonpland llegaron a Bogotá, donde trabajaron en cuestiones botánicas con Mutis y Caldas durante varios meses para luego viajar a Quito acompañados por el segundo. Humboldt, como Caldas, se había inspirado en las narraciones de la misión geodésica y no paraba de comparar sus observaciones científicas con las de La Condamine. Se desvió varias veces de la ruta para visitar lugares que habían sido importantes en la anterior expedición, como por ejemplo Yaruquí y Pichincha, que eran para él «terreno sagrado»[5].
Además de los últimos descubrimientos europeos, Humboldt llevó a sus colegas sudamericanos algunas ideas y convicciones nuevas. La Guerra de Independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa habían despertado el descontento político por doquier, y Humboldt era una fuente de conocimientos y de apoyo para las ideas liberales de
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independencia y de emancipación de la tiranía monárquica. De todos modos, sería demasiado simple afirmar que Humboldt fue el catalizador de los nacientes movimientos de independencia de Sudamérica. Ese proceso ya había comenzado antes, con el despertar del sentimiento —en parte inspirado por la misión geodésica— de que Sudamérica era un lugar particular de la Tierra con su propia identidad única.
Algunas de las primeras emociones de la identidad propia de Sudamérica fueron resultado directo de la misión geodésica. Los astrónomos franceses galvanizaron a muchos de los lugareños que conocieron, tanto en sentido positivo como negativo. Los jesuitas de Quito, que primero habían hospedado a La Condamine, emularon a la Academia de las Ciencias de Francia creando la Academia Pichinchense. Esta promovía el aprendizaje científico y obtuvo renombre por la reconstrucción del deteriorado reloj solar que La Condamine había erigido en el patio de su iglesia. El célebre mapa de la audiencia de Quito confeccionado por Maldonado, completado tras su fallecimiento, fue el primero que reflejó con precisión la geografía de la región y el motivo por el que, para algunos historiadores, él fue el «primer científico de Quito». El anterior presidente de Quito, Dionisio Alsedo y Herrera, encontró en la misión francesa la motivación para escribir las primeras historias generales del virreinato. Juan de Velasco, que de niño fue testigo de cómo La Condamine trató de pintar a los indios como subhumanos, más tarde escribió una historia de la provincia de Quito en la que trató de refutar justamente esos errores[6].
Las corrientes de independencia en Sudamérica desbordaron el ámbito de los conceptos y llegaron a arrojar más que palabras. Los levantamientos de 1739 en Cuenca y de 1764 en Riobamba, seguidos por una gran revuelta en Quito a comienzos de 1765, señalaron los albores de las revoluciones patrióticas contra la dominación española. Cuando Humboldt, Bonpland y Caldas llegaron a Quito a primeros de 1802, hallaron una floreciente comunidad de reformistas de mentalidad liberal, la Sociedad Patriótica de Amigos del País, que había sido fundada en Quito en 1791 por un doctor reconvertido en polemista, Eugenio Espejo. Esta sociedad, como docenas de otras similares por la América española, tuvo el propósito original de estimular el crecimiento económico, pero para
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entonces se estaba convirtiendo, cada vez más, en el centro de un movimiento separatista que promovía la emancipación de las colonias de España y el establecimiento de gobiernos republicanos en ellas. Entre sus miembros se encontraba Luis Hugo, párroco en Riobamba e hijo de Théodore Hugo, el constructor de instrumentos de la misión geodésica[7].
Humboldt llegó a Quito en el momento decisivo en que los sentimientos que habían estimulado numerosas rebeliones menores se estaban destilando en un único movimiento organizado. El alemán y sus colegas se quedaron seis meses en Quito en casa de Juan Pío Montúfar, uno de los fundadores de la sociedad antes citada y su impulsor intelectual. Sus conversaciones es probable que giraran en torno a las ideas manifestadas en las recientes revoluciones estadounidense y francesa, y seguramente compararon estos conceptos con el movimiento separatista que iba ganando fuerza en Quito. Humboldt pronto se iría de allí con el hijo de Juan Pío, Carlos Montúfar, quien lo acompañaría durante el resto de sus viajes, pero las ideas revolucionarias se quedaron y continuaron madurando en Quito. El 10 de agosto de 1809 un grupo de patriotas se reunió para derrocar el poder de la monarquía española y organizar un nuevo gobierno del que Juan Pío Montúfar sería su presidente. Su declaración de independencia y posterior Constitución tuvieron como modelo los documentos fundadores de los Estados Unidos de América. Durante tres años intentaron despertar la llama de las revueltas populares contra la monarquía para lograr la independencia de Quito, pero siempre fueron aplastados por las fuerzas realistas.
El movimiento separatista nacido en Quito tendría que aguardar a que los revolucionarios profesionales rompieran las cadenas del poder imperial. En 1813, Simón Bolívar comenzó su campaña de liberación de Nueva Granada, mientras que en el sur José de San Martín lograba poner en fuga a las fuerzas españolas en San Lorenzo, Santiago y Lima, abriendo la puerta a las nuevas naciones de Argentina, Chile y Perú. La lucha se alargó durante una década, hasta que las batallas finales de mayo de 1822, en la falda del Pichincha, liberaron Quito y pusieron fin al poder español en Nueva Granada. Poco después de esta batalla y de la liberación de Quito, Bolívar, camino de Guayaquil a celebrar una conferencia estratégica con San Martín, subió al monte Chimborazo en pos de «las
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huellas de La Condamine y Humboldt», con el anhelo de crear la nación de la Gran Colombia y expulsar a los ejércitos españoles que quedaban en el Perú.
Durante los ocho años posteriores a la batalla de Pichincha, la antigua audiencia de Quito formó parte de la Gran Colombia, pero desde el primer momento hubo señales de incomodidad con aquel ordenamiento y la sensación de que los antiguos nombres de «Quito» y «Colombia» habían dejado de servir. Hacía falta una denominación nueva, más moderna, que situara al país geográficamente y que lo distinguiera de sus antiguos señores coloniales. La Condamine había empleado a menudo el término «ecuador» para describir, además de la línea ecuatorial, la región en que la misión geodésica efectuó sus observaciones. Aquella era la denominación que la gente de la región empleaba entonces para hablar de su tierra natal: no Quito, sino Ecuador. En 1821, el propio Bolívar se refería a los lugareños de Quito como «los hijos del ecuador». La declaración de independencia para proclamar la integración de la antigua audiencia en la Gran Colombia, firmada en julio de 1822, empleaba la palabra «ecuador» para denominar la región, y la Constitución de 1824 hablaba del «Estado del Ecuador en la Gran Colombia»[8].
El nacimiento de toda nación es convulso y el de Ecuador no fue un caso aparte. En 1828, un ejército peruano invadió la región, pero fue derrotado en la batalla de Tarqui, a la vista del antiguo observatorio de los astrónomos franceses. Para entonces, las rivalidades internas ya tensionaban la Gran Colombia y Venezuela se separó en 1829. De los restos de la Gran Colombia iba a emerger, el 30 de mayo de 1830, una segunda nueva nación que declaró su independencia identificándose como la República del Ecuador, un nombre que da fe de la importancia de la misión geodésica.
Dos años después el presidente de Ecuador, Juan José Flores, anexionaba a su país las islas Galápagos llamándolas archipiélago del Ecuador. En septiembre de 1835, un pequeño buque de guerra británico, el HMS Beagle, recorrió el archipiélago durante un mes antes de continuar su vuelta al mundo con fines científicos. A bordo iba un joven naturalista llamado Charles Darwin, en quien se había desarrollado una «ardiente pasión» por la exploración de la naturaleza en su estado original, tras leer
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los relatos que Humboldt había escrito sobre sus viajes sudamericanos[9]. Exactamente un siglo después de que la misión geodésica se pusiera en marcha para cambiar nuestro conocimiento de la Tierra, el viaje de Darwin al ecuador —espoleado, hasta cierto punto, por la influencia seminal de Bouguer, La Condamine y sus cohortes— revolucionaría nuestra comprensión de la humanidad.
La Misión Geodésica al Ecuador nos permitió entender nuestro planeta como nunca, pero solo fue el comienzo de un conjunto de investigaciones que continúa hasta hoy. La expedición inauguró un esfuerzo por determinar la forma de la Tierra con mayor precisión y para situar con exactitud cualquier posición en su esfera; una odisea científica todavía en marcha y en la que hoy participan todos los países del globo. A partir de los primeros resultados en el Perú, Laponia y Francia, las mediciones geodésicas de otras naciones no pararon de acumularse para confeccionar un retrato cada vez más preciso del planeta. A lo largo del medio siglo posterior, las observaciones geodésicas de La Caille en el África meridional, las de Mason y Dixon en Norteamérica, y otras más, demostraron que el achatamiento de la Tierra estimado por Bouguer (1/179) era excesivo y que, en realidad, se acerca más a 1/298. En 1784, los astrónomos franceses y británicos trazaron una base fundamental geodésica y efectuaron mediciones a través y en ambas orillas del canal de la Mancha con el fin de relacionar con precisión las posiciones de los observatorios de Londres y París; esto permitió que cada uno de los dos observatorios pudiera, desde ese momento, incorporar a sus cálculos, directamente, los resultados obtenidos por el otro[10].
Uno de los pasos más importantes en los esfuerzos de los científicos por aunar sus estudios acerca de la forma de la Tierra fue crear un conjunto de medidas (longitud, peso, etc.) uniforme que pudiera utilizarse internacionalmente. En 1790, la Asamblea Nacional Constituyente francesa —creada a resultas de la revolución iniciada el año anterior— autorizó a la Academia de las Ciencias a desarrollar un sistema de medidas con base científica para suplantar las del Antiguo Régimen. La propuesta original de La Condamine, basada en la longitud de un péndulo de un
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segundo, se rechazó a favor de un «metro» que midiera una diezmillonésima parte de la distancia entre el polo norte y el ecuador.
De cara a posibilitar este sistema métrico internacional, era necesario organizar otra expedición geodésica. Se encomendó a dos astrónomos una nueva y más precisa medición ampliada de Francia, desde Dunkerque a Barcelona, que debía reemplazar a las antiguas hechas por los Cassini. Al combinar esta con otros resultados obtenidos en distintas partes del mundo (incluidos los de Bouguer y Maupertuis), podría determinarse la curvatura exacta de la Tierra y calcularse el valor exacto de la nueva unidad de medida. La medición, que comenzó en 1792, mientras Francia se hundía en la guerra y el caos, acabó necesitando siete años para completarse, el mismo tiempo que la Misión Geodésica del Ecuador precisó en un terreno de dificultad considerablemente mayor. En 1799, el metro fue confirmado por una comisión internacional y, a lo largo de los dos siglos siguientes, el sistema métrico fue adoptado por casi todos los países del mundo[11].
Las mediciones geodésicas fueron también abarcando cada vez más territorios e integrándose mejor a escala internacional, puesto que las triangulaciones que se hacían en cada país se iban enlazando poco a poco con las demás para elaborar mapas cada vez más exactos de la Tierra. Dos de las mediciones más afamadas se ejecutaron a principios del siglo XIX: la Gran Medición de la India encabezada por George Everest, que fue la primera en establecer que las montañas del Himalaya eran las más altas del mundo, y el Arco de Struve, que abarcó desde Noruega hasta el mar Negro y que, entre otros hitos, volvió a medir el arco del círculo polar con mucha más exactitud que Maupertuis[12]. En 1864 se formó un nuevo organismo científico, la Asociación Geodésica Internacional, para coordinar y estandarizar las mediciones geodésicas por todo el planeta. Después de varias peticiones en el seno de esta asociación para volver a medir el arco ecuatorial con instrumentos de precisión más modernos, en 1899 la Academia de las Ciencias francesa y el Gobierno de Ecuador acordaron una nueva Misión Geodésica al Ecuador.
La Segunda Misión Geodésica estuvo dirigida por un oficial del Ejército francés, Georges Perrier, y en ella participó el joven antropólogo Paul Rivet, quien más tarde fundaría el Museo del Hombre en París. El equipo contó con la asistencia del Ejército ecuatoriano y los instrumentos
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más avanzados, por ejemplo, el teodolito, capaz de medir simultáneamente ángulos en los planos vertical y horizontal, a diferencia del cuarto de círculo empleado por la primera misión, que solo podía medir ángulos horizontales.
A su llegada a Ecuador al comenzar el siglo XX, justo cuando los hermanos Wright se preparaban para su primer vuelo, la expedición se encontró en exactamente los mismos apuros que sus predecesores de dos siglos antes. Las vías férreas ecuatorianas todavía no se habían construido y no había automóviles disponibles, así que los científicos utilizaron mulas y porteadores indios para transportar toneladas de equipo hasta los emplazamientos de medición. Fue habitual que los modernos teodolitos no sirvieran de nada por quedar las estaciones de observación de las montañas ocultas durante meses por la niebla, las nubes o la lluvia. Vientos de gran violencia y neviscas zarandeaban los campamentos y arrancaban las tiendas de los científicos. Los indios del país arramblaban con las señales que aquellos colocaban, convencidos —igual que sus ancestros— de que la expedición iba, en realidad, en busca de oro. Esto obligó a los científicos a repetir las mediciones de centenares de ángulos. También padecieron de fiebre amarilla y otras enfermedades. Al final, la medición de Perrier necesitó para completarse siete trabajosos años —los mismos que la primera Misión Geodésica al Ecuador—, y el arco de latitud o de meridiano que midió no fue mucho mayor que el abarcado por Godin, Bouguer y La Condamine[13].
Las reliquias físicas de la misión geodésica original que han sobrevivido hasta hoy son muy escasas. Una de ellas es la toesa del Perú, que fue devuelta a Francia por Godin y que hoy se encuentra en el Observatorio de París. Otra es una acuarela original de 1742 en la que Morainville mostraba las pirámides y la meseta de Yaruquí, una obra que hoy se exhibe en el Museo del Banco Central del Ecuador, en Quito. Las acuarelas de plantas y pájaros que también pintó Morainville están en el Museo de Historia Natural parisino. El reloj de péndulo de Graham que La Condamine le vendió a Domingo Terol fue más tarde comprado por
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Francisco José de Caldas y llevado a su observatorio de Bogotá. Un químico viajero francés, Jean-Baptiste Boussingault, lo encontró en estado de abandono cuando visitó el lugar en 1823, y desde entonces no ha vuelto a saberse más de él[14].
Pirámide reconstruida de Oyambaro (edificada en 1836). © Cayambe.
Dos de las tres lápidas de mármol que La Condamine había labrado para conmemorar los extremos de la triangulación han sobrevivido. La de la base fundamental de Yaruquí permaneció fijada muchos años al muro del patio del colegio seminario jesuita de Quito, según indicaron numerosos visitantes como Humboldt. Esta lápida está hoy en el observatorio de Quito, montada en la escalera de la base del domo principal. La de Tarqui se localizó cuando Caldas leyó, en 1804, una noticia de ella en el Mercurio Peruano. La indignación que lo asaltó al verla empleada en «usos bárbaros y miserables» —servía de pasarela en una acequia— lo movió a «tomar la determinación de apoderarme de ella y trasladarla a Bogotá», donde quedó expuesta en su observatorio. En
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1886, la lápida de Tarqui fue devuelta a la cercana Cuenca y, aunque luego se dio por perdida durante varias décadas, hoy se exhibe en el Museo Municipal Remigio Crespo Toral. No ha quedado ningún rastro de la lápida de Quinche[15].
Igual que se han esfumado la mayor parte de los vestigios de la misión geodésica, su rastro en la población y en el paisaje prácticamente ha desaparecido. La mayoría de los expedicionarios fallecieron sin noticia, o su linaje fue muy breve. Antonio de Ulloa es el único del que sabemos que su descendencia ha llegado a nuestros días, a través de la familia española de los marqueses de Torre-Milanos.
Unos pocos hitos evocan aún, en Ecuador, la presencia de la misión. Dos montañas separadas, el Pambamarca (donde se situó una estación), cerca de Quito, y el Puguín, próximo a la base fundamental de Tarqui, reciben la denominación hispanoquechua de «Francés-Urcu», es decir, Monte Francés. Varias haciendas en las que se alojaron y trabajaron los miembros de la compañía —San Agustín de Callo cerca de Cotopaxi, Guachalá en Cayambe, Pueblo Viejo en Mira— no han cambiado mucho desde los días de la colonia. Otros lugares han mudado con el tiempo. En Quito, una de las casas habitadas por los expedicionarios (en la esquina de las calles de Benalcázar y de Manabí) fue conocida como el «Observatorio de Santa Bárbara» hasta que, en 1930, se elevó en el lugar un nuevo edificio[16]. En Cuenca, la plaza de San Sebastián, que fue escenario del mortal tumulto contra Seniergues, es hoy un bello parque con árboles y una fuente. Los hitos más emblemáticos de la misión geodésica, las pirámides que señalaban los extremos de la base fundamental en Oyambaro y Caraburo, se fueron desmoronando poco a poco con el paso del tiempo. Solo permanece una de sus lápidas de piedra y su polémica inscripción hace mucho que se borró. En 1751, cuando La Condamine escribió su agria historia de las pirámides, la encabezó, pensando que estas ya habían sido demolidas por las mezquinas autoridades españolas, con el epigrama Etiam perire ruinae (Hasta las ruinas fueron destruidas). Se equivocaba. La orden original de 1746, que ordenaba la destrucción de las pirámides en respuesta al desafío de La Condamine a la disposición gubernamental relativa al texto de las inscripciones, se había anulado sin dar tiempo a su ejecución. Fue reemplazada por otra que dictaba el
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borrado de los textos ofensivos, pero dejaba las pirámides intactas. Estas instrucciones las ejecutó, en 1747, un magistrado de atinado apellido, Francisco Javier de Piedrahita, quien ordenó a un albañil de nombre Juan Chahuagna borrar con el cincel las inscripciones y eliminar, con cuidado, la flor de lis que coronaba cada pirámide[17].
Cincuenta años después, las pirámides estaban casi irreconocibles. Cuando Humboldt visitó el «terreno venerado» de Yaruquí, en marzo de 1802, encontró el recubrimiento de ladrillos desprendido por el suelo, aunque la cimentación estaba intacta y las piedras de molino circulares que señalaban los extremos de la base fundamental permanecían en su lugar (hoy nos llama la atención que el alemán no dudara en violar el santuario robando un pedazo de la flor de lis). Encontró las dos lápidas labradas en la hacienda cercana a Oyambaro. La losa norte (la de la pirámide de Caraburo) estaba rota en tres pedazos, mientras que la sur (la de Oyambaro), aunque conservada entera, apenas era legible y estaba tirada en el patio, por donde solían pasar los caballos. Veinte años más tarde, el químico Boussingault vio esa misma piedra, pero entonces la habían elevado y servía de soporte para facilitar la monta en las caballerías[18].
La idea de reconstruir las pirámides, lanzada primero por Juan Pío Montúfar, recibió el entusiasta respaldo de Humboldt, pero el siguiente movimiento por la independencia la hizo descarrilar. El propio Simón Bolívar había valorado reconstruir las pirámides en 1829, pero estaba demasiado enredado en la revolución como para que el proyecto llegara a ser algo más que una idea pasajera. Varios años después de la fundación de la República del Ecuador, su segundo presidente, Vicente Rocafuerte, decidió levantar un nuevo par de pirámides para conmemorar el centenario de la finalización de la base fundamental. Francia fue una de las primeras naciones que reconoció a Ecuador y su nuevo embajador, Jean-Baptiste-Washington de Mendeville, el cual se convirtió en uno de los principales impulsores de aquel proyecto de restauración. Con este fin puso a disposición del gobierno ecuatoriano a un ingeniero naval francés, Jean-Hippolyte Soulin.
El 25 de noviembre de 1836, el presidente Rocafuerte colocó ceremoniosamente la primera piedra del proyecto. Para entonces, los restos de las antiguas pirámides casi habían desaparecido. Soulin excavó,
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con gran cuidado, en torno a los restos de los cimientos, respetando las dimensiones y alineaciones de los monumentos registradas en los diarios de La Condamine. Ocho meses después finalizó el trabajo e indicó con tristeza que, puesto que las piedras de molino se habían manipulado, ahora las pirámides ya solo podrían servir como señales históricas, no geodésicas. De hecho, esta fue la razón por la que, en 1899, Georges Perrier optó por no usarlas para el trazado de su propia base fundamental. Hoy los visitantes pueden ascender una pequeña colina a ver la réplica de la pirámide de Oyambaro, desde la que se avistan las docenas de invernaderos que han convertido a Ecuador en uno de los principales exportadores mundiales de flores. La réplica de la pirámide de Caraburo se alza en los terrenos del nuevo aeropuerto internacional de Quito, a casi un kilómetro de la pista situada al borde de un barranco, y es perfectamente visible para los pasajeros en los despegues y aterrizajes.
Lápida de Oyambaro en el observatorio de Quito. Observatorio Astronómico de Quito.
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La única losa que ha sobrevivido de las dos pirámides, la que La Condamine había montado en la pirámide de Oyambaro, permaneció en la hacienda cercana durante años. Seguía sirviendo de ayuda para subirse a las monturas, según indicó el montañero británico Edward Whymper cuando pasó por la región en 1880. En torno al cambio de siglo, la losa se trasladó desde Oyambaro, sin que se conozca el motivo, a la hacienda de Guachalá, donde estuvo al cuidado de su dueño, Neptalí Bonifaz. En 1913, el breve comité francoecuatoriano la llevó a su localización actual, el jardín del Observatorio Astronómico de Quito que está en el parque de la Alameda[19].
El texto que no fue borrado por el cincel se ha desgastado hasta casi desaparecer. Apenas se adivinan las palabras meta australis (señal meridional) en la base de la piedra. Hoy tiene un lugar prominente en la entrada del observatorio, junto con una copia del texto original grabada en una protección transparente superpuesta.
En la actualidad, el monumento más conocido y visitado de la Misión Geodésica al Ecuador no tiene nada que ver con la expedición original. El primer monumento a la mitad del mundo fue una piedra de diez metros de altura que se erigió, en 1936, bajo la dirección del gran geógrafo ecuatoriano Luis Tufiño. Este la colocó en la población de San Antonio de Pichincha por la sencilla razón de que es el lugar más cercano a Quito por el que pasa la línea ecuatorial. Tufiño, que era un historiador concienzudo, nunca pretendió que los miembros de la expedición hubieran viajado a esa región a determinar la localización del ecuador, como tantos de sus compatriotas han repetido. En lugar de ello, labró en las paredes del monumento dedicatorias a los tres países —Ecuador, Francia y España— y a los logros científicos de los hombres que «midiendo el arco del meridiano ecuatorial dedujeron la forma de la Tierra».
En 1979, el gobierno de la provincia de Pichincha emprendió un gran proyecto de ampliación para convertir la Mitad del Mundo en un gran complejo de atracción turística con museos y un planetario. La torre original se desmontó y trasladó 7 kilómetros hacia el oeste, a la ciudad de Calacalí. En el emplazamiento original se colocó una enorme estructura de piedra de 30 metros de altura, situada justo en el ecuador, en la que los turistas pueden hoy ponerse sobre la línea que separa los dos hemisferios.
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A ambos lados de la avenida principal del complejo hay sendas hileras de bustos que representan a cada uno de los miembros de la misión geodésica[20]. Las estatuas están orientadas hacia el sur, con la mirada fija en la avenida de volcanes que marcó la ruta de la gran medición emprendida en 1736.
Cada día, con las primeras luces del alba, mucho antes de que el sol se asomara por la cordillera oriental de los Andes, hombres y mujeres ya habían comenzado la jornada laboral a campo abierto: ajustaban sus instrumentos para llevar a cabo las delicadas mediciones del nuevo proyecto en marcha. Allí, en la meseta de Yaruquí, en los albores del siglo XXI, el modernísimo aeropuerto internacional de Quito estaba siendo construido a horcajadas de la antigua base fundamental trazada por Godin, Bouguer y La Condamine casi trescientos años antes. En vez de perchas (listones) de medición, los proyectistas de la pista aérea de Yaruquí empleaban teodolitos electrónicos y un sistema de posicionamiento global (GPS). El proyecto llevaba mucho tiempo preparándose. El primer aeropuerto de Quito había quedado encajonado por el crecimiento de la ciudad, y la necesidad de una nueva instalación era urgente desde hacía años[21]. Tal vez fuera inevitable que el nuevo aeropuerto se construyese encima de la base fundamental de la misión geodésica, por la sencilla razón de que las bases geodésicas necesitan, igual que los aeropuertos, una larga extensión de terreno llano y despejado. La base fundamental de Yaruquí no fue, desde luego, la primera de su género que después se ha utilizado con un propósito semejante; la base fundamental de Hounslow Heath, trazada para conectar los observatorios de Londres y París, acabó también cubierta por el aeropuerto de Heathrow.
La base fundamental de Yaruquí y el aeropuerto que ha surgido sobre ella son dos manifestaciones del impulso de la humanidad por comprender mejor el planeta en que vivimos. El GPS que hoy utilizan los agrimensores o los sistemas de navegación que portan las aeronaves están todos basados en el conocimiento de las órbitas precisas de una constelación de satélites. Este saber, a su vez, depende de modelos muy precisos sobre la forma de
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la Tierra y su conformación gravitacional. Estos modelos fueron alumbrados, en aquel mismo lugar, por la misión geodésica que entregó al mundo un cálculo preciso de la medida de un grado de latitud, así como por la revelación que Bouguer obtuvo sobre las anomalías gravitacionales en el Chimborazo.
Bajo la superficie de la historia de la ciencia y los avances tecnológicos, es posible percibir una persistente conexión humana entre el emplazamiento de Yaruquí y los eventos que allí acontecieron en el pasado que se aleja. De pie en los terrenos del aeropuerto, uno puede ver el perfecto cono cubierto de nieve del Cotopaxi elevarse en la distancia, igual que cuando los miembros de la misión geodésica se plantaron en aquel mismo lugar para trazar la base fundamental. Sin embargo, la montaña hoy nos parece mucho más cercana, como el resto del mundo, por lo que aquellos hombres hicieron hace tres siglos.
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Consideraciones finales
La Misión Geodésica al Ecuador fue, desde cualquier punto de vista, uno de los relatos de ciencia, viajes y aventuras más célebres y de mayor difusión del siglo XVIII y principios del XIX. Los nombres de sus personajes principales —Pierre Bouguer, Charles Marie de La Condamine, Jorge Juan y Antonio de Ulloa— llegaron a ser reconocidos por cualquier persona culta en Europa y en América. Sin embargo, al llegar el siglo XX, aquellos nombres y aquella expedición habían desaparecido del mapa. Incluso en la propia Francia, el país que la originó, o en Ecuador, donde tuvo lugar, habría sido difícil, por entonces, encontrar un erudito que conociera siquiera de la existencia de la expedición.
¿Por qué se ha olvidado la historia de la misión geodésica? La explicación más sencilla es que fue víctima de su propio éxito. Al abrir los ojos de Europa al Nuevo Mundo, la misión preparó el terreno para que eminencias como Humboldt y Darwin hicieran sus propios viajes de descubrimiento científico a Sudamérica y que sus relatos eclipsaran los de la misión, condenándolos a un relativo ostracismo. Tampoco ayudó que la misión geodésica no fuera objeto de un análisis serio hasta finales del siglo XX. La mayor parte de las historias de la expedición bebieron de los populares reportes de La Condamine y Ulloa, unas memorias, con harta frecuencia, sesgadas e incompletas. En la década de 1870, el ingeniero y matemático francés Jules Maillard de La Gournerie comenzó a recopilar cartas y memorias originales de los archivos franceses y españoles con la intención de escribir una historia completa de la expedición, pero murió antes de pasar del estadio preparatorio. Aquella tarea la retomó en 1955 Robert Finn Erickson, quien utilizó las notas inéditas de La Gournerie para crear una tesis doctoral magistral sobre la expedición, una obra que, por desgracia, permanece inédita[1].
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El público moderno tuvo nuevo conocimiento de la expedición gracias al libro South America Called Them que, en 1945, publicó el explorador y antropólogo Victor Wolfgang von Hagen. Era una típica historia de fantasía, llena de aventuras y retratos cautivadores, pero también repleta de errores de bulto y de sucesos completamente inventados que, desde entonces, se han propagado en docenas de libros posteriores[2]. En 1979 se publicaba una novela fascinante de Florence Trystram acerca de la expedición, Le Procès des Étoiles, que se tradujo al español con el título de El proceso con las estrellas, pero que no ha visto la luz en inglés[3]. En 1987 salía un estudio bien fundamentado en las fuentes y de amena lectura, Los caballeros del punto fijo, de Antonio Lafuente y Antonio Mazuecos. En 1997 apareció la inolvidable novela de Patrick Drevet, Le Corps du Monde, sobre las tribulaciones de Joseph de Jussieu. En fecha más reciente, The Mapmaker’s Wife, de Robert Whitaker, cuenta con dramatismo la historia de la supervivencia de Isabel de Godin en el Amazonas con el trasfondo de la misión geodésica. Otras obras de James R. Smith (From Plane to Spheroid, 1986) y Michael Hoare (The Quest for the True Figure of the Earth, 2005) enmarcan con solvencia la misión dentro de la odisea histórica más amplia para la determinación de la forma de la Tierra. Varias conferencias académicas y exhibiciones museísticas han atraído también la atención internacional hacia la misión[4].
Yo me crucé con la misión geodésica hace casi veinte años, durante la investigación para Ships and Science, mi libro sobre la historia de la arquitectura naval, una disciplina que Pierre Bouguer inventó, sin ayuda de nadie, durante sus ratos de inactividad en las montañas del Perú. La épica saga me atrapó casi de inmediato y hace ya dos décadas que no me suelta. Encontré también grupos de individuos, escasos en número pero muy dinámicos, también fascinados por esta expedición tan poco conocida. Tuve la fortuna de trabajar, en la BBC, con un equipo especial que produjo un documental televisivo sobre la misión geodésica para la serie Voyages of Discovery, el cual me concedió la maravillosa oportunidad de ver la expedición como una audaz aventura, además de como un gran logro científico[5].
Mis primeras investigaciones sobre el material disponible me hicieron comprender que había muchos huecos e incongruencias en los distintos
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relatos; todavía no se había escrito una historia completa de la misión geodésica. Para ser fiel a la historia, busqué las cartas y memorias de los integrantes de la misión y de sus contemporáneos con el deseo de llegar a entender lo que pensaban y sentían en aquel momento —no tanto lo que publicaron de modo retrospectivo— y, sobre todo, para ver la misión a través de los ojos de la población local. También decidí enmarcar sólidamente la ciencia de la expedición en el entorno político de la época y subrayar el impacto que la misión tuvo en la visión europea de Sudamérica y en el propio autodespertar de sus habitantes. A menudo fue complicado conseguir los documentos. Aunque exploré archivos y bibliotecas en Francia, España, Ecuador, Perú, Chile, Gran Bretaña y Estados Unidos, descubrí que gran parte de los materiales originales se han perdido. Por ejemplo, la Biblioteca Nacional del Perú ha sufrido varios desastres, incluido algún incendio (varios documentos originales se quemaron bastante y apenas son legibles), y numerosos libros y manuscritos se trasladaron a Chile, como botín de guerra, tras la Guerra del Pacífico (1879-1884). También conocemos la existencia de documentos importantes que se encontraban en propiedades y bibliotecas europeas, pero que se vendieron en subastas entre 1844 y 1991 y han quedado fuera del alcance de los investigadores[6].
Para completar esta obra he utilizado varios archivos que hasta ahora no se habían aprovechado, en especial los de Ecuador y Chile. Fueron de especial importancia los relativos al incidente de Seniergues. Todos los relatos sobre los sucesos de Cuenca se han basado, hasta ahora, en la narración sesgada e interesada de La Condamine. Sirviéndome de los auténticos testimonios judiciales he reconstruido, por vez primera, los sucesos dramáticos que rodearon el asesinato del cirujano.
Durante mi investigación fui recorriendo los lugares donde puso pie la expedición. Me he reunido, he conversado y carteado con numerosos autores y expertos de las diversas disciplinas abarcadas por la expedición. Les estoy muy agradecido. Los lectores más avezados habrán advertido que homenajeo a algunos de ellos en los títulos de los capítulos. «Grados de dificultad» viene de un artículo de David A. Taylor[7], «La danza de las estrellas» de Los caballeros del punto fijo de Lafuente y Mazuecos, y «El imposible regreso» de Le Procès des Étoiles de Florence Trystram.
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Balsa de Guayaquil, ilustración realizada por Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en Relacion historica del viage hecho de orden de S. Mag. a la América Meridional , Libro IV, capítulo IX, Madrid, Antonio Marín, 1748. John Carter Brown Library.
«Dejas atrás, para complacer los deseos del rey,
tus días puros y serenos, ardiendo por exponerte, desafiando a la Parca.
Pasando de tu nave las lúgubres, terribles montañas de América, altísimas, donde el frío en la noche es excesivo.
[…] En aquellas montañas escarpadas, asilos formidables de un invierno eterno».
Paul Desforges-Maillard
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«¿Quién habría imaginado que un libro sobre una oscura expedición topográfica dieciochesca podría ser una buena lectura? El autor es un consumado contador de historias y un diligente investigador, y este libro es claramente fruto de su afición. Pienso que Ferreiro convencerá a los lectores de la dimensión perdurable de algunos hombres muy ingeniosos y tenaces».
Earth Island Journal
«Un gran relato sobre un importante logro científico y el inmenso esfuerzo que necesitó por el mero propósito de satisfacer la curiosidad científica».
Commercial Dispatch
«El ámbito de la ciencia y el de la historia por igual deberían considerar
esta obra “imprescindible”».
Bookwatch
«Larrie D. Ferreiro nos dice que Voltaire podía convertir las cuestiones difíciles en accesibles a todo el mundo. En La medida de la Tierra , Ferreiro demuestra que él también lo puede hacer gracias a sus dotes volterianas, el dominio de lo que trata y la fluidez de su prosa». Felipe Fernández-Armesto
«El mayor logro del maravilloso libro de Larrie D. Ferreiro es cómo nos lleva sin dificultad alguna por lugares remotos y cuestiones de difícil comprensión. El Sr. Ferreiro parece tan cómodo en Guayaquil como en París o en Londres, y tan claro explicando los debates sobre la forma de la Tierra entre los newtonianos y los cartesianos como al describir las intrigas que rodeaban a la Academia francesa o los atroces problemas logísticos sufridos por una misión científica en la Sudamérica colonial». Andrés Reséndez, autor de A Land So Strange
«Hacer ciencia en el siglo XVIII exigía sacrificios casi insoportables a cambio de recompensas remotas. Solo los más comprometidos podían
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afrontar los retos. La profunda investigación de Larrie Ferreiro ha producido un relato de lectura muy agradable sobre una de las grandes expediciones científicas de la era de la Ilustración, una aventura tanto más fascinante en cuanto que se desarrolló entre competencias imperiales y tragedias devastadoras, y que puso a prueba las limitaciones psicológicas y físicas de quienes deseaban aumentar el conocimiento sobre la forma de la Tierra».
Peter C. Mancall, autor de Fatal Journey: The Final Expedition of Henry Hudson
«La historia de la carrera para establecer la forma de la Tierra es una de las más emocionantes y menos conocidas de la historia. En La medida de la Tierra , Larrie Ferreiro nos introduce en la expedición científica que partió de Francia hacia Sudamérica en el siglo XVIII para descubrir la respuesta. Ferreiro no solo da vida al grupo de personajes que se embarcaron en este viaje y a todas sus intrigas y rivalidades, también nos explica la enorme importancia de lo que estaba en juego. El país que descubriera la forma correcta de la Tierra daría un paso de gigante para mejorar su poder militar y económico. Una narración fascinante de investigación científica completamente imbricada en la carrera por el poder y el imperio». Kim MacQuarrie, autor de The Last Days of the Incas
«En La medida de la Tierra , Larrie Ferreiro cuenta la dramática historia de la primera expedición científica internacional a Sudamérica dirigida a determinar las medidas precisas del globo. Los científicos franceses que encabezaron la expedición a los Andes superaron adversidades increíbles en su viaje por las junglas y el altiplano ecuatorial del Perú, sobrevivieron a la amenaza del motín, a ataques de habitantes de la región, a la guerra, al asedio y al escepticismo de colegas académicos para completar su misión y ganar fama eterna. Bellamente escrito, el libro de Ferreiro proporciona un relato solvente y apasionante de uno de los mayores avances científicos de la Ilustración».
James Horn, autor de A Kingdom Strange y A Land as God Made It
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Arriba, nivel geodésico (ca . 1733) utilizado en las operaciones de las mediciones terrestres. © Biblioteca Virtual de Defensa.
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Arriba a la derecha, cronómetro marino H1, ideado y construido por John Harrison, que
impulsado por muelles en lugar de péndulos, y otros mecanismos, compensaba los cambios de temperatura y el movimiento del mar. Deluxe, M., 2023 (March 13):
Harrison’s H1 Timepiece. World History Encyclopedia , disponible en [https://www.worldhistory.org/image/17195/harrisons-h1-timepiece/].
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A la derecha, octante fabricado por John Hadley, que permite observar el sol a través de unos espejos finamente esmerilados mediante unos ajustes metálicos calibrados con precisión.
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Monstruo pintado por Louis Éconches Feuillée, sacerdote, explorador, botánico, geógrafo
y astrónomo francés, que realizó una expedición a Sudamérica en la que describió científicamente numerosas especies sudamericanas por primera vez. Journal des observations physiques, mathematiques et botaniques, Faites par l’ordre du Roy sur les Côtes Orientales de l’Amerique Meridionale, & dans les Indes Occidentales, depuis l’année 1707, jusques en 1712 (1714).
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Vista del Jardín Real de París (1636), acuarela de Frédéric Scalberge. Centro encargado de investigar plantas medicinales y plagas e identificar y cultivar nuevas especies, que formaba parte de la Academia de las Ciencias, dirigida por Maurepas. A ella pertenecía uno de los enviados a la Misión Geodésica al Ecuador, el botánico y médico Joseph de Jussieu.
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A la derecha, grabado para la Revista Universal según la Ley del Parlamento de 1749, que muestra a los esclavos trabajando en el proceso de cortar la caña de azúcar. Un capataz blanco dirige la tarea. Plancha IV de la serie «Diez vistas de la isla de Antigua» de William Clark, Londres, 1823. © Library of Congress.
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«Cerro de Cotopaxi nevado como pareció en la rebentazon que hizo el año de 1743», ilustración recogida en Relacion historica del viage a la America meridional: hecho de orden de S. Mag. para medir algunos grados de meridiano terrestre de Jorge Juan y Antonio de Ulloa.
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A la izquierda, plano de Quito creado por Dionisio Alsedo y Herrera, que desempeñó los cargos de presidente de la Real Audiencia de Quito y gobernador y capitán general de Quito has-ta 1736. El presidente dedicó mucha atención a la capital y acometió numerosas obras civiles. Asimismo, elaboró este primer plano de Quito en perspectiva aérea, a mano y en color, que se conserva en el Archivo General de Indias, Sevilla.
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Pintura anónima que recoge dieciséis castas (s. XVIII), clasificaciones raciales en las colonias españolas de América. Museo Nacional del Virreinato, Tepotzotlán, México.
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Mapa de la costa occidental de la Real Audiencia de Quito que data de 1750, elaborado por Pedro Vicente Maldonado. Fondos Bibliográficos y Cartográficos, Sección Siglo XVIII o Etapa Colonial, Archivo Histórico del Guayas, Guayaquil, Ecuador. © Jojagal.
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Acuarela de Jean-Louis de Morainville, dibujante de la expedición, que representa el cactus cylindricus , que es probable que se correspondiera con el Austrocylindropuntia cylindrica , un cactus alto, arbolado y cilíndrico que crece en la zona de Ecuador. Cortesía del Muséum National d’histoire Naturelle, París, Ms. 111.
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Acuarela que representa dos aves, macho y hembra, pintadas por Jean-Louis de Morainville, cortesía del Muséum National d’histoire Naturelle, París, Ms. 111.
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Español, Yndia serrana o cafeyada. Produce mestiso (entre 1771 y 1776), atribuido a Cristóbal Lozano. Museo Nacional de Antropología, Madrid.
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Notas del traductor
[*] N. del T.: En agrimensura y topografía, línea recta medida con toda exactitud sobre el terreno, la cual se toma como base para las operaciones de triangulación.
[*] N. del T.: La toesa era una unidad de medida francesa equivalente a 1,946 m. Las tres «perchas» o listones de medición puestos en fila debían medir, teóricamente, 10 toesas (60 pies franceses).
[*] N. del T.: El sector cenital es un antiguo instrumento de medición angular con un rango de uso de unos pocos grados. Se utilizó principalmente en el campo de la geodesia, en los siglos XVII y XVIII, para medir con precisión la distancia cenital de las estrellas. También se conoce como telescopio cenital clásico. <<
[*] N. del T.: Denominación habitual, en la época del Antiguo Régimen, de los miembros de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (conocidos en español como juaninos o hermanos de san Juan).
[*] N. del T.: Recordemos que la pacotilla era la mercadería que se permitía embarcar a los oficiales, marineros o pasajeros de un barco y que estos podían comerciar libremente.
[*] N. del T.: El actual río Guayas se convierte, al norte de la ciudad de Guayaquil, en el río Babahoyo. En el relato de Jorge Juan, ambos tramos se presentan como un único río Guayaquil.
[*] N. del T.: Era costumbre llamar «audiencia» al territorio sometido a la jurisdicción de una real audiencia, en este caso la Real Audiencia de Quito.
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Al estar este organismo encabezado por un presidente, también era posible denominar «presidencia» al territorio.
[*] N. del T.: En topografía, se llaman estaciones a cada uno de los puntos en que se observan o se miden los ángulos de una red trigonométrica.
[*] N. del T.: Alfanje corto y ancho que suele ser corvo hacia la punta.
[*] N. del T.: «Aquí del rey» es una locución interjectiva que usaba la justicia para pedir ayuda.
[*] N. del T.: Conocida en la historiografía española como la Guerra del Asiento.
[*] N. del T.: Persona encargada de manejar la cadena usada por el agrimensor para las mediciones topográficas. En este caso, entendemos que equivale a «asistente».
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Notas
[*] En inglés, «geodesic» hace hoy referencia a una curva particular a lo largo de la superficie de la Tierra. En cambio, «geodetic» se refiere a la imagen tridimensional global. Se ofrece una introducción excelente a este tema en Smith, J. R., 1997.
El comentario de que los indígenas se llamaban a sí mismos indios proviene de Mann, C. C., 2005, xi. <<
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Notas
[1] Las descripciones de las operaciones en Yaruquí provienen de los informes publicados por los miembros de la Misión Geodésica: Bouguer, P., 1748-1751, 279-282; Bouguer, P., 1749, 37-44; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, vol. 1, 302-305; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748b, 144-155; La Condamine, C.-M. de, 1751, 19-20; La Condamine, C.-M. de, 1751b, 80-85. Vid . también Bouguer, P., 1752, 8; La Condamine, C.-M. de, 1752-1754, vol. 1, 36; Bouguer, P., 1754, 3. <<
Página 379
[1] Vid . Roller, D. W. (ed.), 2010 y Berggren, J. L. y Jones, A. (eds.), 2001. Téngase en cuenta que Eratóstenes y Ptolomeo emplearon una medida de 252 000 estadios para la circunferencia, pero la longitud exacta de un estadio en aquellas épocas es todavía hoy objeto de debate.
[2] Fernández-Armesto, F., 2006, 246.
[3] Entre las numerosas historias de los imperios marítimos europeos destacan algunas: Glete, J., 1993 y 2000; Elliot, J. H., 2006; McNeill, J. R., 1985.
[4] Fontenelle, B. de, 1708, 178.
[5] Acerca de la formación de la Academia de las Ciencias francesa, vid ., sobre todo, Hahn, R., 1971, 1-15 y Sturdy, D. J., 1995, 63-79 y 182.
[6] Richer, J., 1729; Olmsted, J., 1942.
[7] Más exactamente, el péndulo de un segundo medía en París 3 pieds y
8,6 lignes , y en Cayenne fue necesario recortarlo en 1,25 lignes para que marcara intervalos exactos de un segundo. Sobre la teoría de Huygens acerca del comportamiento del péndulo con menor gravedad, vid . Greenberg, J., 1995, 16. <<
[8] Cassini, G.-D., 1730.
[9] Newton, I., 1999.
[10] Cohen, I. B., 1985, 127.
[11] Citado en Aiton, E. J., 1972, 228.
[12] Greenberg, J., op. cit ., 1-14 ofrece una descripción sucinta, pero matemáticamente exacta, de la explicación newtoniana de la Tierra como una esfera achatada.
[13] Shank, J. B., 2008, 114-115.
Página 380
[14] Descartes, R., 1991. Para una explicación completa de las teorías de los remolinos cartesianos, vid . Aiton, E. J., op. cit . y Fauque, D., 1992.
[15] Fontenelle, B. de, 1990, 63.
[16] King, J. E., 1949, 282-283; Aulaner, C., 1947-1971, vol. 3, 51-53, vol. 7, 78; Sturdy, D. J., op. cit ., 283-285; Terrall, M., 2002, 29-31.
[17] Cassini, G.-D., 1743.
[18] Fontenelle, B. de, 1743.
[19] Las medidas finales del arco de Jacques Cassini se reportaron en Cassini, J., 1720. Su examen histórico sobre las medidas de un grado de latitud apareció en Cassini, J., 1739. Sumario de su longitud decreciente de sur a norte:.
Eratóstenes 230 a. C. Egipto 129 km
Riccioli 1645 Italia 122 km
Fernel, Picard 1525, 1670 Francia 111 km
Norwood 1635 Gran Bretaña 111 km
Snellius 1615 Holanda 108 km
Se incluyen historias en profundidad sobre la determinación de la forma de la Tierra en Jones, T. B., 1967; Smith, J. R., 1986 y Hoare, M. R., 2005.
[20] Aiton, E. J., op. cit ., 71-72, 84; Hoare, M. R., op. cit ., 41.
[21] Greenberg, J., op. cit ., 51.
[22] Acerca de la alianza anglo-francesa, vid . Black, J., 1997. Sobre el intercambio epistolar entre la Royal Society y la Academia francesa, vid . Beer, G. de, 1960; y Sturdy, D. J., 2010, 81-97.
[23] d’Ourtous de Mairan, J.-J., 1722; Desaguliers, J. T., 1725. Encontramos análisis detallados sobre los artículos en Greenberg, J., op. cit ., 15-77.
[24] Fontenelle, B. de, 1722, 77.
Página 381
[25] El exilio de Voltaire a Londres se relata en Besterman, T., 1969, 108-
120.
[26] Voltaire, 1733, 139-140. La edición francesa se publicó en Ámsterdam en 1734 con el título de Lettres philosophiques . Vid . también Johnson, W. y Chandrasekar, S., 1990, 423-453.
[27] Terrall, M., op. cit ., 41-47.
[28] Maupertuis, P.-L. M. de, 1732 y 1733. Vid . también Iliffe, R., 1993 (cita de Maupertuis en 339); y Terrall, M., op. cit ., 53-71.
[29] Terrall, M., op. cit ., 83.
[30] Vid . Johnson, W. y Chandrasekar, S., op. cit ., 423-453 y 521-546; y Bodanis, D., 2006.
[31] Vid . Black, J., op. cit . Newton fue elevado al nivel de Descartes en Fontenelle, B. de, 1729, 165.
[32] Cese de la correspondencia entre los científicos franceses y británicos: Sturdy, D. J., op. cit ., 96. Citas: Greenberg, J., op. cit ., 86-87.
[33] Voltaire a La Condamine, París, 22 de junio de 1734, en Voltaire,
1968-, vol. 87, 37.
[34] Bernoulli, J., 1752; reimpreso en Bernoulli, J., 1742. Acerca de la prueba de Bernoulli, vid . Aiton, E. J., op. cit ., 228-235. Bernoulli había abordado el problema de la deriva de los barcos antes, en 1714, cuando se vio envuelto en una disputa muy publicitada con un oficial naval galo acerca de la forma correcta de analizar el curso y la velocidad de los barcos de vela. Un buque de forma alargada que recibiera el viento oblicuamente no se movería exactamente en la dirección del viento ni tampoco en línea recta, en la dirección de su quilla, sino más bien en un ángulo (llamado deriva) intermedio entre la dirección del viento y la línea de su quilla. Bernoulli sostenía que si la Tierra fuera alargada se comportaría igual. Vid . Ferreiro, L. D., 2007, 92-94. <<
Página 382
[35] Sobre la biografía de Bouguer, vid . Fouchy, J.-P. G. de, 1763; Lamontagne, R., 1964; Fauque, D., 2001; Chesnais, R., 2002; y DSB , vol. 2, 343-344.
[36] Bouguer, P., 1734 y 1736; Greenberg, J., op. cit ., 89-106, 108 y 113.
[37] Terrall, M., op. cit ., 83-84.
[38] Los detalles biográficos sobre La Condamine vienen de Caritat, M. J. A. N. de, marqués de Condorcet, 1778, cita en p. 87; Le Sueur, A., 1911; y DSB , vol. 15, 269-273.
[39] Duvernet, T.- I., 1786, 76; Donvez, J., 1949, 37-55.
[40] La Condamine, C.-M. de, 1735.
[41] La información biográfica de Louis Godin puede encontrarse en Fouchy, J.-P. G. de, 1766, citas en 181-182; AARS, Dosier biográfico Louis Godin; y DSB , vol. 5, 434-436. El Colegio Real (Collège Royal, actual Collège de France) era un instituto independiente de enseñanza e investigación localizado en París, no formaba parte del sistema de universidades tradicional francés. Vid . Sturdy, D. J., 1995, 10. <<
[42] Maupertuis, P.-L. M. de, 1735; Godin, L., 1735; La Condamine, C.-M. de, 1735b. Vid . también Greenberg, J., op. cit ., 79-88 y Terrall, M., op. cit ., 90-94.
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[1] Caritat, M. J. A. N. de, 1778, 92. Vid . también Badinter, E., 1999, 72-
73. Mi agradecimiento a Mary Terrall por sus observaciones acerca de la vertiente política de esta disputa.
[2] Grandjean de Fouchy, J.-P., 1766, 187. Sobre Jean-Nicolas de Rarécourt de La Vallée, caballero de Pimodan (ese era su nombre completo), vid . Roserot, A., 1903, 259. Florence Greffe, de la Academia de las Ciencias francesa, ha tenido la amabilidad de indicarme la dirección de las residencias de Godin y Grandjean de Fouchy. <<
[3] Grandjean de Fouchy, J.-P., op. cit ., 187; PVARS , 23 de diciembre de 1733, 237. Las actas no eran de la reconocible mano de Fontenelle.
[4] Cita tomada de Terrall, M., 2002, 93.
[5] Royal Society of London Archives EL/G2/22, Letters from Louis Godin, Jan.-Feb. 1734.
[6] Información biográfica sobre Maurepas proveniente de Condorcet, 1784; Filion, M., 1967; Piccola, A., 1999.
[7] Cita en Piccola, A., op. cit ., 153.
[8] Malamud Rikles, C. D., 1986, 62-67.
[9] Dahlgren, E., 1909.
[10] La correspondencia entre Maurepas y Patiño fue canalizada por el jefe de la embajada francesa en Madrid, Gérard Lévesque de Champeaux, y el embajador galo en la corte española, Conrad Alexandre, conde de Rottembourg. Este era un personaje muy respetado en Madrid. Había negociado personalmente el Tratado de El Escorial entre los dos países y fue decisivo para conseguir que las dos naciones acordaran las condiciones de la misión geodésica. Cita tomada de Lafuente García, A., 1983, 555. Vid . también Erickson, R. F., 1955, 70-72; Ramos Gómez, L. J., 1985, vol. 1, 5-11; Lafuente García, A. y Mazuecos, A., 1987, 84-88. <<
Página 384
[11] Lafuente García, A., 1983, 558.
[12] Ibid ., 560.
[13] Voltaire, 1736; Besterman, T., 1969, 187-189.
[14] McClellan III, J. E. y Regourd, F., 2000, 40-44.
[15] La información biográfica sobre Joseph de Jussieu viene de tres fuentes primarias: la elegía que le escribió Condorcet, 1782; los comentarios póstumos de su sobrino Antoine-Laurent de Jussieu en la Academia de las Ciencias francesa (AARS, dosier biográfico de Joseph de Jussieu); y, el artículo enciclopédico «Jussieu» redactado por Antoine-Laurent de Jussieu en Agasse, H. (ed.), 1798, vol. 7, 765-772. Vid . también Lehir, G., 1976 y 1995. La novela de Patrick Drevet de 1997, Le Corps du Monde , ofrece un retrato íntimo de Jussieu basado en su correspondencia. <<
[16] Erickson, R. F., op. cit ., 72. Los decretos originales están en AGI, Indiferente General, legajos 333 y 956. La Condamine se refiere a ellos como «pasaportes» en La Condamine, C.-M. de, 1751, 272-274.
[17] Acerca del comercio francés con las colonias españolas, vid . Malamud Rikles, C. D., op. cit ., 104-105; y Sánchez Rodríguez, S., 2005. Sobre los acuerdos financieros negociados a través del cónsul francés en Cádiz (Jean Partyet), vid . Maillard de La Gournerie, J. A. R., 1877, 424; y Erickson, R. F., op. cit ., 73-78. <<
[18] Jorge Juan y Ulloa a Patiño, Tababela (Puembo), 18 de noviembre de 1736, BNCBA 4/19, 152-166; La Condamine, C.-M. de, 1752-1754, vol. 2, 193; Correspondance littéraire, philosophique et critique de Grimm et de Diderot …, 1772-1776, t. 8, 285.
[19] Acerca de la retirada de La Grive: Erickson, R. F., op. cit ., 68. Sobre la retirada de Pimodan: Pimodan, C.-E.-H., conde de, 1923, 320. Grandjean de Fouchy afirmó que su renuncia se debió a una «prolongada y peligrosa enfermedad»; Grandjean de Fouchy, J.-P., 1763, 131. Su hijo
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identificó esta dolencia como «obstrucciones», que por entonces solía referirse al sistema urinario: Grandjean de Fouchy, C. J. L. T., 1788. Badinter, E., op. cit ., 74, sin embargo, sostiene que la verdad es que Grandjean de Fouchy era reacio a abandonar a su prometida. <<
[20] La fecha de nacimiento de Morainville proviene de su testimonio en el proceso de Seniergues, BNF, Cotes Espagnols 51, f.o 41. El estado civil de Morainville proviene de una noticia de cartas vendidas en subasta en julio de 1991 en la que se alude a un certificado de defunción sin fecha de «Mme. de Morainville» (AARS, dosier biográfico La Condamine, 50J). En cuanto a Verguin, vid . Cros, B., 2008, 29-38. Carta de Maurepas a Caylus, vid. Report on the Manuscripts of Lady Du Cane… , 1905, 254. <<
[21] Whitaker, R., 2004, 52-53.
[22] El nombre completo de Couplet no se ha indicado nunca en los libros habituales sobre la misión geodésica. Lo reconstruimos a partir de La Condamine, C.-M. de, 1751, 272 (los pasaportes oficiales lo llaman «Couplet-Viguier») y de Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, vol. 2, 652 (en la entrada del índice correspondiente a Couplet, su nombre de pila es «Santiago», equivalente español del francés «Jacques»). El nombre del tesorero de la Academia era Nicolas Couplet, aunque, por alguna razón desconocida, en los registros de la Academia el nombre de pila que aparece es «Pierre». Acerca del padre de Couplet, también de nombre Jacques Couplet (y que fue un ingeniero militar), vid . Sturdy, D. J., 1995, 134-135 y 242. Rose Godin como heredera de Nicolas Couplet (AARS, dosier biográfico de Pierre Couplet de Tartreaux, alias Tartereaux). <<
[23] El dato de la falta de experiencia de Hugo en la fabricación de instrumentos astronómicos viene de La Condamine, C.-M. de, 1752-1754, vol. 2, 254. El nacimiento de Seniergues en Bonneval, Quercy, lo conocemos por la última voluntad de Jean Seniergues citada en Cordero Palacios, O. 1924-1928. «Bonneval» puede haber sido una de las aldeas de ese nombre que hay en la antigua provincia de Quercy (que hoy
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comprende los departamentos de Lot y Tarn-et-Garonne), pero los escasos registros archivísticos que han sobrevivido no llegan a especificar cuál. Hugo, en una carta a Joseph de Jussieu escrita muchos años después, mencionaba, con tristeza, sus primeros anhelos de recompensa, que no llegarían a convertirse en realidad (Quito, 21 de noviembre de 1749, MNHN, Ms. 179, n.º 47). Los comentarios de Seniergues están tomados de su carta a Antoine y Bernard Jussieu, 18 de febrero de 1736, MNHN, Ms. 179, f.o 21. La correspondencia entre Joseph y sus hermanos indica que conocían a Seniergues y a Hugo antes de la misión. <<
[24] Para una relación completa de estas novedades en el diseño de los barcos, vid . Ferreiro, L. D., 2007.
[25] La aversión de algunos (aunque desde luego, no de la mayoría) de los académicos al matrimonio o incluso al sexo se aborda en Badinter, E., op. cit ., vol. 1, 30.
[26] Sobre la renuencia inicial de Bouguer a ir en la misión y su aversión a los viajes oceánicos: Bouguer, P., 1749, iv. Sobre Bouguer y los instrumentos astronómicos: Bouguer a Nicolas Couplet, Le Havre, 12 de septiembre de 1734 y 25 de febrero de 1735, BCIU, Ms. 337, f.os 94-97; carta de Bouguer a Maurepas, Le Havre, 21 de noviembre de 1734, ANF, Marine C7 40 Dossier Bouguer, f.os 18-19. Sobre la elección de Bouguer para la misión geodésica: Bignon a Maurepas, París, 18-29 de diciembre de 1734, BNF, Manuscrits occidentaux, 22235, f.os 289-292 (cita del f.o 292, 29 de diciembre de 1734). <<
[27] José Agustín Pardo de Figueroa (que más tarde sería marqués de San Lorenzo de Valle Umbroso), después de haber vivido en España y en el Perú, conocía muy de cerca las intrigas políticas tanto de la madre patria como de sus colonias; en concreto, tenía una estrecha amistad con el recién nombrado presidente de Quito, José Araujo y Rio. Vid . La Condamine, C.-M. de, 1751, 268-269. <<
[28] BNE, Ms. 8428, f.o 38.
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[29] Ulloa no fue su primera elección; fue elegido después de que otro cadete, Juan García del Postigo, no regresara a tiempo de un periodo de servicio en el mar. Las órdenes reales que asignaban a Juan y a Ulloa a la misión geodésica, fechadas el 4 de enero y el 1 de abril de 1735, se encuentran, respectivamente, en AGI, Lima 590, f.os 68 y 48-50. Los detalles biográficos de Juan y Ulloa están tomados de Whitaker, A. P., 1935; Guillén Tato, J. F., 1936; Losada, M. y Losada, C. (eds.), 1995; Solano Pérez-Lila, F., 1999 (cita del «aventurero» en página 43); y Soler Pascual, E., 2002. En cuanto a Juan del Postigo, tuvo una carrera naval distinguida en la que llegó a almirante de la Armada. <<
[30] Informe de una propuesta de expedición al ecuador por Louis Godin, 19 de diciembre de 1734, Royal Society of London Archives, MM/20/29; Grandjean de Fouchy, J.-P., 1766, 187-188.
[31] Dominio del francés por Halley: Cook, A., 1998, 17, 152. AARS, dosier biográfico Louis Godin: contiene dos notas de un tal David A. Taylor (con fecha de noviembre de 1965 y de marzo de 1966) que indican que en ninguno de los registros personales de Halley se describe una reunión con Godin. Ingreso de Godin en la Royal Society: fue nominado el 9 de enero de 1735 y elegido el 27 de marzo de ese año; Royal Society of London Archives EC/1735/02. <<
[32] PVARS , enero de 1735, 1, 9, 17 y 56; Smith, J. R., 1986, 78-79.
[33] Bouguer, P., 1749, 60-61; La Condamine, C.-M. de, 1751b, 75-76; Lafuente García, A., op. cit ., 583; Turner, A. J., 2002, 381.
[34] Feuillée, L. E., 1714. Disponemos de un análisis del viaje de Feuillée en Kellman, J., 1998, 209-253.
[35] Frézier, F. A., 1716, 230; Kellman, J., op. cit ., 264-284.
[36] La posible conexión de Bouguer con Frézier no tenía nada que ver con la botánica. A principios de 1734, Bouguer (como matemático) y Frézier (por su labor de ingeniero militar) se interesaron en la estabilidad de las bóvedas de piedra y desarrollaron, de forma simultánea, una nueva
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«técnica de rebanado» para sus análisis a la cual llegaron, probablemente, por una estrecha comunicación. Como esta no fue la única incursión de Bouguer en la ingeniería civil, es probable que debatiera el problema directamente con Frézier. Vid . Huerta, S., 2001, 58. <<
[37] Maurepas a Fayet, Versalles, 25 de enero de 1735, ANF, Colonies
B63 f.os 366-377. Vid . también Erickson, R. F., op. cit ., 77; Lafuente García, A., op. cit ., 568-569.
[38] Vid . Meschin, G. de, 1736. Le Portefaix se botó en Tolón en 1717. Vid . también Demerliac, A., 1995, 90.
[39] El cocinero Saint-Laurent: lista de pasajeros obtenida en AARS, dosier biográfico La Condamine, 50J f.o 14/15. Para una descripción del Trois Marchands, vid . Duprat, P. y Fontaine, R., 1995, 351-356.
[40] Maurepas a Champeaux, Versalles, 2 de abril de 1735, ANF, Marine B7 150 f.o 565; Joseph de Jussieu a Antoine de Jussieu, Rochefort, 22 de abril de 1735, MNHN, Ms. 179-3.
[41] Vid . Kellman, J., op. cit ., para obtener una descripción de los viajes científicos franceses durante los siglos XVII y XVIII.
[42] La contestación de Maurepas a Beauharnais está tomada de Erickson, R. F., op. cit ., 82. Su respuesta a Bouguer está citada en Levallois, J.-J., 1988, 36.
[43] Meschin, G. de, op. cit ., entrada del 10 de mayo de 1735; Bouguer, P., 1747; Lafuente García, A., op. cit ., 575.
[44] Ulloa y de la Torre-Guiral, A., 1735, entrada del 26 de mayo de 1735; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, vol. 1, 10.
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[1] Bouguer, P., 1749, vi; La Condamine, C.-M. de, 1751, 8-9. Sobre el octante de Hadley, vid . Fauque, D., 2005, 95-98.
[2] Joseph de Jussieu a Antoine de Jussieu, Fort Royal, Martinica, 8 de julio de 1735, MNHN, Ms. 179/6.
[3] Seniergues a Antoine de Jussieu, Fort Royal, Martinica, 4 de julio de 1735, MNHN, Ms. 179/5.
[4] Desnoiresterres, G., 1867-1876, vol. 2, 141-144.
[5] Bouguer, P., 1747, AOP, A. C. 2.7.
[6] Meschin, G. de, 1736, entradas de 11 a 22 de junio de 1735. Alojamiento de Bouguer, en Bouguer, P., op. cit .; alojamiento de Jussieu, en Lehir, G., 1976, 63.
[7] Joseph de Jussieu a Antoine de Jussieu, Fort Royal, Martinica, 8 de julio de 1735; Bouguer, P., op. cit .
[8] Meschin, G. de, op. cit ., entradas de 9 a 21 de julio de 1735; La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 3-4. Como es evidente, las «curas» (sangrados y purgas) para la fiebre amarilla no consiguieron nada; un alto porcentaje de las víctimas de la fiebre amarilla se recuperaba de forma espontánea, como le sucedió a La Condamine. <<
[9] Cita tomada de Lafuente García, A., 1983, 569.
[10] Bouguer, P., 1749, 56-57; La Condamine, C.-M. de, 1751b, 14. Estos testimonios muestran a las claras que Grangier trabajaba bajo la tutela de Bouguer. Acerca de la población esclava, vid . McClellan III, J. E., 1992, 120.
[11] Para una información más completa sobre el comercio de esclavos francés, vid . Peabody, S., 1996 y Harms, R., 2002.
[12] Cita de McClellan III, J. E., op. cit ., 60.
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[13] Joseph de Jussieu a Antoine de Jussieu, Petit-Goâve, 27 de octubre de 1735, MNHN, Ms. 179/15.
[14] Godin a Antoine de Jussieu, Guayaquil, 20 de abril de 1736, MNHN, Ms. 179/22; Seniergues a Antoine de Jussieu, Fort Royal, Martinica, 4 de julio de 1735, MNHN, Ms. 179/5.
[15] Cita de McClellan III, J. E., op. cit ., 121.
[16] Erickson, R. F., 1955, 85-87.
[17] Godin a Antoine de Jussieu, Petit-Goâve, 11 de agosto de 1735, MNHN, Ms. 179/9; Seniergues a Antoine y Bernard de Jussieu, ciudad de Panamá, 18 de febrero de 1736, MNHN, Ms. 179/21.
[18] Acerca del Vautour, vid . Demerliac, A., 1995, 93. Acerca de la travesía, vid . La Condamine, C.-M. de, 1751, 7; La Condamine a Voltaire, Portobelo, 15 de diciembre de 1735, en Voltaire, 1968-, vol. 87, 275-277 (cita en 276).
[19] Ulloa y de la Torre-Guiral, A., 1735, entradas del 7 y 21 de junio y del 2 al 7 de julio de 1735.
[20] Ibid ., entrada del 9 de julio de 1735.
[21] Id., 1735b.
[22] Vid . Grahn, L., 1995.
[23] Vargas Ugarte, R., 1956, 182-183.
[24] Jorge Juan y Antonio de Ulloa a Patiño, Cartagena de Indias, 25 de octubre y 4 de noviembre de 1735, BNCBA 4/31 f.os 140-143 y 4/17 f.os 332-335.
[25] Ramos Gómez, L. J., 1985, 23-24, 30.
[26] Andrien, K. J., 1988, 184-185.
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[27] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, vol. 1,
40.
[28] Ibid.
[29] Descola, J., 1968, 25-34; Defourneaux, M., 1970, 83-84; Ayala Mora, E. (ed.), 1983-1995, vol. 5, 45.
[30] Bartolomé de las Casas, A Short Account… , 1999.
[31] Joseph de Jussieu a Antoine de Jussieu, Portobelo, 16 de diciembre de 1735, MNHN, Ms. 179/16; La Condamine a Voltaire, Portobelo, 15 de diciembre de 1735, en Voltaire, op. cit ., 275-277; Jorge Juan y Ulloa a Patiño, Portobelo, 17 de diciembre de 1735, BNCBA 4/32 f.os 148-151.
[32] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 6-7; Ramos Gómez, L. J., op. cit ., vol. 1, 34.
[33] El inventario completo registrado por las autoridades de Panamá fue llevado por la expedición hasta Quito, donde volvió a comprobarse meticulosamente. El listado del personal indica que habían comprado tres esclavos más, bien en Cartagena, bien en Portobelo, que se sumaban a los tres que habían adquirido en Santo Domingo. Vid . Inventario y reconocimiento del equipaje de los Académicos Franceses, Quito, 1 de junio de 1736, AGI Quito 134, f.os 397-400 y DHAQ vol. 6, 17-23. <<
[34] Joseph de Jussieu a Antoine de Jussieu, Portobelo, 16 de diciembre de 1735, MNHN, Ms. 179/16.
[35] Joseph de Jussieu a Antoine de Jussieu, ciudad de Panamá, 5 de febrero de 1736, MNHN, Ms. 179/18; La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 8-9.
[36] Vid . Informe de Dionisio de Alsedo y Herrera, Madrid, 18 de noviembre de 1740, AGI Quito 134, f.os 379-380; DHAQ vol. 6, 49-50; y Ramos Gómez, L. J., op. cit ., vol. 1, 38. Cita extraída de Lafuente García, A., op. cit ., 569-570.
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[37] Ramos Gómez, L. J., op. cit ., vol. 1, 34.
[38] Seniergues a Antoine y Bernard de Jussieu, ciudad de Panamá, 18 de febrero de 1736, MNHN, Ms. 179/21.
[39] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 274.
[40] Bouguer, P., 1736b; Id ., 1747; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 190; La Condamine, C.-M. de, op. cit
., 12.
[41] Godin a Jorge Juan y Ulloa, Manta, 12 de marzo de 1736, BNCBA 4/16 f.os 178-183; Jorge Juan y Ulloa a Patiño, Guayaquil, 12 de abril de 1736, BNCBA 4/20 f.os 168-176. Parece que Bouguer y La Condamine conservaron dos esclavos y un sirviente, ya que esta es la diferencia numérica entre el listado de diciembre, tomado en Portobelo, y el registro de la llegada del grupo de Godin a Quito el 29 de mayo. <<
[42] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 219.
[43] El relato de la ruta de Guayaquil a Quito se basa en Bermeo, A., 1983.
[44] Razón de los pagos hechos a Jorge Juan y Antonio de Ulloa por los gastos ocasionados en el traslado de sus tiendas al Virreynato en cumplimiento de su cometido científico, Quito, 18 de agosto de 1736, BNP C77; Comunicación que ordena a la Real Tesorería de Guayaquil prestar la ayuda necesaria a los académicos Franceses que vienen a hacer estudios astronómicos en Indias, BNP C100. Cirugía de Seniergues: La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 76. <<
[45] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 281.
[46] Bermeo, A., op. cit ., 17-34.
[47] «Lettre de M. Verguin, datée de Quito, le 20 Juillet 1736», Mercure de France , marzo de 1737, 551-552; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la
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Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 293-294.
[48] «Lettre de M. Verguin, datée de Quito, le 20 Juillet 1736», Mercure de France , marzo de 1737, 552.
[49] Ibid . El documento que registra su llegada a Quito (AGI Quito 134 f.o 1) contiene dos errores importantes que hasta entonces no se han podido explicar. En primer lugar, hay una entrada para un tal «M. Couplet Desordonays, capitán de fragata, dibujante», claramente una mezcla de Couplet y de Godin des Odonais. Por razones desconocidas, esta persona figura como dibujante (ese era el oficio de Morainville) y como capitán de fragata, un alto rango naval que ninguno de los dos ostentaba. Eran, además, demasiado jóvenes para esa graduación, y ninguno de los dos aparece en ningún registro contemporáneo de oficiales navales de la Marina francesa ni de la Compagnie de L’Orient. El segundo error es que el nombre de Théodore Hugo no aparece en el listado, ni tampoco aparecía en los registros tomados en Cartagena y en Portobelo. En Francia figuraba en el listado de pasajeros de Le Portefaix, y su nombre es mencionado en una carta de Seniergues fechada en Martinique; no parece probable que se quedara en Saint Domingue. Su puesto como fabricante de instrumentos era de una importancia vital para la expedición; era necesario para reparar el equipamiento que resultara dañado por el largo viaje. No está claro si es que se hizo pasar por un sirviente o, lo que es más improbable, si es que tomó una ruta distinta que los demás (tal vez para escapar de Godin) para llegar a Quito. <<
[50] Bouguer, P., 1748-1751, 253. En realidad, el punto más occidental de Sudamérica es Punta Pariñas, 240 kilómetros al sur de Guayaquil.
[51] Bouguer remitió sus observaciones a París, donde se publicaron en «Sur les Réfractions Astronomiques dans la Zone Torride», HMARS 1737 (1739), 407-422.
[52] La estancia de Bouguer y La Condamine en la costa se relata en Bouguer, P., 1749, viii-xxv; La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 11-13. La roca del Palmar que fue grabada por La Condamine hace tiempo que cayó
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en el océano por la erosión. En 1985 un grupo de historiadores trató, sin éxito, de fijar con exactitud el lugar del promontorio descrito por La Condamine. Este pudo ser uno de los numerosos salientes que se extienden a lo largo de ese tramo de la línea costera. La cercana Pedernales elevó en su plaza central una réplica del peñasco grabado por La Condamine. Vid . Olivares, P., 1989. <<
[53] Bouguer, P., 1747 y 1749, xxvi-xxxi.
[54] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 13.
[55] Ibid ., 1755.
[56] Ibid ., 1751, 14.
[57] Ibid ., 14-15.
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[1] Podemos consultar una breve biografía de Alsedo (esta es la forma en que él escribía su nombre en sus propias cartas y libros, aunque muchas obras posteriores usan la forma «Alcedo») en Larrea, C. M., 1961. Vid . también Peralta Ruiz, V., 2003.
[2] La mayoría de las leyendas sobre El Dorado se centraban en un jefe recubierto de oro en el lago Guatavita, cerca de la actual Bogotá, o en la región de Canelos, al sudeste de Quito, que se suponía rica en canela y oro. Sin embargo, según la historiadora ecuatoriana Tamara Estupiñán Viteri, varias ciudades incas como Tomebamba (actual Cuenca), que según el conquistador español Cieza de León estaba bañada en oro, eran el verdadero origen de la leyenda de El Dorado. Vid . Estupiñán Viteri, T., 2006, 174; y Cieza de León, P. de, 1998, 270-273, 392. <<
[3] La historia de Quito se cuenta en Enríquez Bermeo, E., 1938 y Romero, X., 2000.
[4] Minchom, M., 1994, 17-18, 45-47, 135.
[5] Real Cédula, San Ildefonso, 14 de agosto de 1734, AGI Quito 134, f.o 1; Alsedo a Villagarcía, Quito, 29 de octubre de 1735; Villagarcía a Alsedo, Lima, 20 de enero de 1736, AGI, Quito 134, f.o 394. Vid . también DHAQ vol. 6, 8-13.
[6] Informe de Dionisio de Alsedo y Herrera, Madrid, 18 de noviembre de 1740, AGI Quito 134, f.os 379-380; vid . también DHAQ vol. 6, 49-50.
[7] Andrien, K. J., 1995, 29-30 y 56-59; Herzog, T., 2004, 131, 232-235.
[8] Vid . Ramos Gómez, L. J., 2005.
[9] Bouguer, P., 1747.
[10] Alsedo a Villagarcía, Quito, 18 de junio de 1735, AGI Quito 134, f. o 401; vid . también DHAQ vol. 6, 28-32.
[11] Herzog, T., op. cit ., 182-187.
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[12] La Condamine, C.-M. de, 1751, 15-16.
[13] Juan y Ulloa a Patiño, Quito, 15 de julio de 1736, BNCBA 4/18, f.os 250-265.
[14] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 16-17.
[15] Cartas entre La Condamine y Alsedo, Quito, 14 y 15 de junio de 1735, AGI Quito 134, f.os 401-402; vid . también DHAQ vol. 6, 28-32.
[16] Las citas, por orden, provienen de La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 114-115; Bouguer a Bignon, Quito, 10 de febrero de 1737, BNF Collection Bréquigny 62, f.o 94; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, 392; Bouguer, P., 1749, LXIII.
[17] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 366-367.
[18] Bouguer a Bignon, Quito, 10 de febrero de 1737, BNF Collection Bréquigny 62, f.o 94.
[19] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 366-367. Acerca de las modas de vestir peruanas, vid . Descola, J., 1968, 133-146. Las modas francesas se describen en Delpierre, M., 1998.
[20] Acerca de la educación de las mujeres peruanas, vid . Ayala Mora, E. (ed.), 1983-1995, vol. 5, 196-197; en cuanto a las mujeres francesas, vid . Chaussinand-Nogaret, G., 1976, 68-69.
[21] Sobre la sexualidad de las mujeres en Francia, vid . Chaussinand-Nogaret, G., 1979, 124-127. El empleo del manto se aborda en Descola, J., op. cit ., 138-139.
[22] Bouguer a Bignon, Quito, 10 de febrero de 1737, BNF Collection Bréquigny 62, f.o 94. Sobre la Inquisición, vid . Williams, J. M., 2010.
[23] Villagarcía a Alsedo, Lima, 21 de julio de 1736, BNCBA 4/25, f.os 328-331. El fiscal era responsable de todos los asuntos financieros
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relacionados con incidentes legales.
[24] Sobre el tratado, vid . La Gournerie, 1877. Cita tomada de carta de Juan y Ulloa a Patiño, Tababela (Puembo), 18 de noviembre de 1736, BNCBA 4/19, f.os 152-166. La Condamine mencionó que el préstamo era de un «francés instalado en Quito»; dicho francés era, casi con total seguridad, el doctor y cirujano Raimundo Dablanc, que se había hecho un buen amigo de la expedición; La Condamine, C.-M. de, 1752-1754, vol. 2, 193-194. <<
[25] Juan y Ulloa a Patiño, 18 de noviembre de 1736, BNCBA 4/19, f.os 152-166; La Condamine, C.-M. de, 1751, 18-19; Bonifaz Andrade, D., 1995, 15-18.
[26] Juan y Ulloa a Patiño, 18 de noviembre de 1736, BNCBA 4/19, f.os 152-166; La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 19; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., 304.
[27] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 12. Acerca de la quinina: por entonces, numerosos peruanos hispanos pensaban que las enfermedades de ciertas cualidades se curaban con medicinas de cualidades opuestas. Consideraban que la malaria era una enfermedad «caliente», así que una medicina también «caliente» como la quinina no era adecuada. Vid . Estrella, E., 1995, 49-50. <<
[28] Informe de Dionisio de Alsedo y Herrera, Madrid, 18 de noviembre de 1740, AGI Quito 134, f.os 379-380. Alsedo afirmaba que Couplet fue «enterrado en la iglesia de aquel pueblo [Cayambé]». Sin embargo, en mayo de 2006 me reuní con el cura de Cayambe, Diego Brito, quien me indicó que la iglesia parroquial no se había construido hasta alrededor de 1850, y que antes de esa fecha los enterramientos se hacían en capillas del vecindario, así que no está claro dónde pudo haber sido enterrado Couplet. Su tumba no se ha descubierto hasta hoy. <<
[29] Juan y Ulloa a Patiño, 18 de noviembre de 1736, BNCBA 4/19, f.os 152-166; Bouguer a Bignon, Quito, 10 de febrero de 1737, BNF Collection Bréquigny 62, f.o 94; Cassini, J., 1739b. Godin comunicó la
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muerte de Couplet en una carta a Maurepas de febrero de 1737; Bouguer, P., 1752, 12-13. Es de suponer que entonces Maurepas informase a la familia de Couplet. <<
[30] La descripción de la meseta de Yaruquí y la subsiguiente creación y medición de la base fundamental están tomadas de Bouguer, P., 1748-1751, 279-282 y 1749, 37-44 y 56-57; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 302-305; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748b, 144-155; La Condamine, C.-M. de, 1751, 19-20; La Condamine, C.-M. de, 1751b, 4-10 y 80-85. Citas de Bouguer a Bignon, Quito, 10 de febrero de 1737, BNF Collection Bréquigny 62, f.o 94; y Bouguer, P., op. cit ., 57. <<
[31] Cita: Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, vol. 1, 317. La información sobre los ceques viene de Bauer, B. S., 1998.
[32] La Condamine, C.-M. de, 1751, 20. Una carta de Verguin con fecha de 2 de octubre de 1736 también menciona la construcción de un refugio en la cumbre (AARS, dosier biográfico La Condamine, 50J, en una noticia de las cartas vendidas en subasta en julio de 1991).
[33] Bouguer, P., op. cit ., 39-40.
[34] Se ofrece una explicación completa del cálculo y reducción de la base fundamental a un mismo nivel en Lafuente García, A. y Delgado, A. J., 1984, 66-86.
[35] Acerca de la expedición de Maupertuis, vid . Iliffe, R., 1993; Terrall, M., 2002.
[36] Maupertuis a La Condamine, Thury, 8 de septiembre de 1735, AARS, Dosier biográfico La Condamine 50J, f.o 91; La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 44. La nota que La Condamine añadió apresuradamente en la carta muestra con claridad que la recibió el 21 de noviembre de 1736, aunque su Journal indica que la llegada fue en octubre. <<
[37] Ramos Gómez, L. J., 1985, vol. 2, 245.
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[38] Las descripciones de los obrajes de Yaruquí y las duras condiciones de la mita provienen de Cushner, N. P., 1982, 89-123; Ramos Gómez, L. J., 1997.
[39] Ramos Gómez, L. J., 1985, vol. 2, 219-221.
[40] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 21–22.
[41] Bouguer, P., op. cit ., 230-231.
[42] Bouguer, P.: «Relation des observations faites à Quito de l’obliquité
de l’Ecliptique», AOP A.A. 2.4, disponible en <https://calames.abes.fr/pub/#details?id=FR751142302-M000381>; Bouguer, P., 1738.
[43] Citas provenientes de Rigaud, S. P. y Rigaud, S. J. (eds.), 1841, vol. 2, 333-335.
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[1] Hill, R., 2005, 34-135; Sanz Tapia, Á., 2006, 49-73.
[2] Ramos Gómez, L. J., 1985, vol. 1, 55-60; Hill, R., op. cit ., 134-135.
[3] Por desgracia para Alsedo, al denunciar a Araujo se entrampó a sí mismo. Durante los tres días que todavía había sido presidente, su autoridad le habría permitido arrestar a Araujo y confiscar los bienes de contrabando. Al no hacerlo, había quebrantado la ley. Estas denuncias irían urdiendo a lo largo del sistema judicial español hasta que en último término se resolvieron en contra de Alsedo y también de Araujo. Vid . Ramos Gómez, L. J., 1992. <<
[4] Ramos Gómez, L. J., 2005, cita en 62.
[5] Cita tomada de Ramos Gómez, L. J., 1985, vol. 1, 71. Acerca de la jerarquía de los tratamientos, debe tenerse en cuenta que, en el intercambio de cartas entre La Condamine y Alsedo en junio de 1736 descrito en el capítulo 4, La Condamine se dirigía a Alsedo como «vuesa señoría» y Alsedo llamaba a La Condamine «vuesa merced», lo que demuestra una clara comprensión de quién era el superior. <<
[6] La Condamine, C.-M. de, 1751, 27; Zúñiga, N., 1986, 30-31.
[7] La Condamine, C.-M. de, op. cit., 22.
[8] Descola, J., 1968, 79-80, 114, 224.
[9] La Condamine, C.-M. de, op. cit., 22-25.
[10] Ibid., 25-27.
[11] Ulloa relató el incidente a Patiño, aunque dejando de mencionar varios detalles cruciales, en una carta con fecha de 12 de febrero de 1737 (AGI, Quito 133, f.os 206-223). El procedimiento judicial subsiguiente está documentado en AGI, Quito 193, Expediente sobre las quejas que dio el Presidente de Quito don José Araujo Río de haberle perdido el respeto don Antonio de Ulloa y don Jorge Juan , el cual se reproduce en Montoto,
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S., 1948. Obviamente, este incidente fue ignorado en los relatos que se publicaron de la expedición. Es objeto de un análisis crítico en Herzog, T., 2004, 221-225; y en Ramos Gómez, L. J., op. cit ., vol. 1, 70-81 (Ramos Gómez aduce, con solidez, que Valparda estuvo detrás de todo el incidente). <<
[12] Certificado de Godin et al ., Quito, 11 de febrero de 1737, BNCBA 4/7, f.o 398-401; certificado de Bouguer, Quito, 17 de febrero de 1737, AGI, Quito 133, f.os 224-225; José de Zenitagoya a Patiño, Quito, 2 de marzo de 1737, AGI, Quito 133, f.o 167.
[13] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 26-27.
[14] La casa de La Condamine (cercana a la esquina de Imbabura y Mideros) es todavía hoy conocida como el «Observatorio de los académicos franceses»; Jurado Noboa, F., 2004-2009, vol. 5, 177-179. Lorenzo Nates fue identificado como el banquero de la expedición en una carta de Bouguer: Bouguer a destinatario desconocido, Quito, ¿abril? De 1738, BNF, Nouvelles acquisitions francaises 6197, f.os 33-36. La Condamine afirmó (op. cit ., 127) que Bouguer vivía con el «abogado más famoso de Quito», también comisionado de la Inquisición, del que más tarde explicó que era «Joseph Sánchez» (Supplément 2, xv). Disponemos de una biografía breve de José Sánchez de Orellana en Anda Aguirre, A. 1971, 57-58. <<
[15] Zenitagoya a Patiño, Quito, 2 de marzo de 1737. Ricardo Palma, gran escritor e historiador peruano, explica que la leyenda de los caballeros del punto fijo proviene de un manuscrito, hoy perdido, que se encontraba en la Biblioteca Nacional del Perú y se titulaba Viaje al globo de la luna . Esta obra, escrita alrededor de 1790 y de autor anónimo, trataba diversas cuestiones técnicas y científicas relacionadas con el Perú, entre ellas una descripción de una máquina voladora. Vid . Palma, R., 1966-1967, vol. 1, 286, vol. 2, 87. La denominación «caballeros de la exactitud» («Knights of the exact») está tomada de Whitaker, R., 2004, 112. <<
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[1] La disputa entre Bouguer y Godin sobre la medición a usar se aborda con detalle en Erickson, R. F., 1955, 104-109; y en Lafuente García, A. y Delgado, A. J., 1984, 45-51.
[2] Ejemplos de estos mapas iniciales se encuentran en MNHN, ms. 111.
[3] La Condamine, C.-M. de, 1751, 30-31; Erickson, R. F., op. cit ., 118-
119 y 184-185.
[4] Seniergues, durante su residencia en Cartagena de 1737 a 1738, le había explicado a Alsedo que el grupo esperaba concluir la labor para mayo de 1738; vid . Informe de Dionisio de Alsedo …, 1740, AGI, Quito 134, f.os 379-380.
[5] Sobre la fabricación y empleo del cuarto de círculo, vid . Fauque, D., 1988.
[6] Smith, J. R., 1986, 151.
[7] Erickson, R. F., op. cit ., 110.
[8] Cita extraída de Bouguer, P., 1749, 262. Vid . también La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 34-37; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, vol. 1, 305-306.
[9] Bouguer, P., op. cit ., XXXVI-XXXVII.
[10] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 45-46.
[11] Ibid., 52.
[12] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 592-593; Bouguer, P., op. cit ., XLIII-XLIV. Para una explicación de este fenómeno, vid . Lynch, D. K. y Futterman, S. N., 1991.
[13] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 308-311.
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[14] Bouguer a Réaumur, Quito, 12 de abril de 1738, AARS, Dosier Pierre Bouguer. Para un relato completo de estos desarrollos en la arquitectura naval, vid . Ferreiro, L. D., 2007.
[15] Herzog, T., 2004, 113 y 174-175.
[16] Sobre el asesinato del esclavo de Bouguer, vid . La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 55-56. Acerca de los pishtacos , vid . Weismantel, M. J., 2001. Las historias de los pishtacos continuaron incluso durante el siglo XX. La abuela de mi esposa, María Maraví Olivos, quien se crio en las décadas de 1910 y 1920 en la región de Junín, en el altiplano peruano, contaba que su padre, Ricardo Maraví Peña, tenía buenas relaciones con un pishtaco que, al parecer, vendía grasa humana a los ferrocarriles para la lubricación de las locomotoras. Ella decía que se escondían debajo de las camas cada vez que aquel hombre iba a su casa, pero que su padre, con muy buen juicio, sabía que era mejor tener al pishtaco como amigo que como enemigo. <<
[17] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 319-320.
[18] Bouguer a destinatario desconocido, Quito, ¿abril? de 1738. La advertencia de Maurepas, vid . Lafuente García, A., 1983, 580. Sobre el préstamo de Maldonado, vid . Zúñiga, N., 1986, 39.
[19] Algunas biografías excelentes de Pedro Vicente Maldonado y su familia extensa son las de Zúñiga, N., 1951; Costales, P. y Costales, A., 1987; y Ortiz Arellano, C., 2004.
[20] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748b, 132-
143. Para una aproximación moderna a estos experimentos, vid . Vaquero-Martínez, J. M., Vílchez-Gómez, R., Méndez-Sierra, J. A. y Barrigón Morillas, J. M., 2004.
[21] Varios autores ofrecen itinerarios de la triangulación muy detallados, compilados a partir de las distintas fuentes primarias: Lafuente García, A. y Delgado, A. J., op. cit ., 119-123; Ramos Gómez, L. J., 1985, vol. 1, 91-98; y Smith, J. R., op. cit ., 111-117.
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[22] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 59-60.
[23] Bouguer a destinatario desconocido, Quito, ¿abril? de 1738.
[24] Ibid.
[25] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 65-71.
[26] Lo que sabemos de los paraderos de Jussieu, Seniergues y Morainville es lo siguiente. No se encontraban en Cayambe en septiembre de 1736, cuando Couplet cayó enfermo y murió de malaria. En enero de 1737, Jussieu no acompañó a La Condamine en su viaje al sur para observar el importantísimo árbol de la quina; prefirió darle instrucciones detalladas de lo que tenía que buscar. En febrero de 1737 Jussieu, Seniergues y Morainville estuvieron en Quito, donde firmaron el testimonio que apoyaba a Juan y a Ulloa contra Araujo. En julio de ese año, Jussieu, todavía en Quito, redactó un ensayo de cuatro páginas sobre el quino, basado en las observaciones de La Condamine, recién regresado este de Lima (Joseph de Jussieu, notas sin título sobre el quino, Quito, 20 de julio de 1737, MNHN, ms. 1626-2). En 1737 Seniergues viajó por tierra, en solitario, hasta Cartagena de Indias, y regresó a Quito a comienzos de 1739. Aparte de estos pocos hechos, desconocemos totalmente sus actividades. <<
[27] Informe de Dionisio de Alsedo y Herrera , 1740. Alsedo vivió en Cartagena de Indias de 1737 a 1739 y luego volvió a España.
[28] Zúñiga, N., 1986, 31; Ayala Mora, E. (ed.), 1983-1995, vol. 5, 207.
[29] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, vol. 1,
433. Tasas de mortalidad comparadas tomadas de Malanima, P., 2009, 39 y Bulmer-Thomas, V., Coatsworth, J. y Cortes-Conde, R. (eds.), 2006, 170.
[30] La influencia de la transmisión de enfermedades de Europa a América ha sido resaltada en dos trabajos recientes: Jared, D., 2005 y Mann, C. C., 2005. Para un examen a fondo del impacto de la enfermedad, vid . Alchon,
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S., 1991. Los datos sobre la epidemia de gripe de 1718-1723 provienen de Pearce, A. J., 2001, 70. <<
[31] Seniergues entregó a Jussieu 1120 pesos (alrededor de 50 000 dólares) antes de partir hacia Cartagena de Indias. Vid . el «Testamento de don Juan Seniergues» en Cordero Palacios, O., 1924-1928, n.º 12, 254-259. Su operación de cataratas y su visita a Cartagena están relatadas en La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 59, 76 y 131, y en el Informe de Dionisio de Alsedo y Herrera , 1740. Su compra de esclavos se infiere de que no tuviera ninguno cuando entró en Quito en 1736, mientras que sí tenía dos esclavos en Cuenca en 1739. <<
[32] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 76; Cordero Palacios, O., op. cit ., 254-259.
[33] Disponemos de una historia completa de la quinina en Rocco, F., 2003.
[34] La Condamine, C.-M. de, 1742.
[35] Jussieu, J. de, ca . 1739. Fue publicado traducido casi doscientos años más tarde como Description de l’Arbre a Quinquina… Los dibujos y acuarelas de Morainville se encuentran en dos carpetas distintas, MNHN, ms. 111 y ms. 1626. Vid . también Lehir, G., 1976, 102-108 y Rodas Chaves, G., 2003. <<
[36] La Condamine, C.-M. de, 1751, 66-67. Sobre la familia Dávalos, vid . Carvajal, E., 1999, 32-37.
[37] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 62. La expedición de Maupertuis se detalla en Iliffe, R., 1993; y Terrall, M., 2002.
[38] La memoria de Bouguer acerca de su experimento gravitatorio se encuentra en su La Figure de la terre , 367-394. Algunos detalles provienen de La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 68-70. Una reevaluación reciente de sus resultados demuestra que la anomalía de sus resultados
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estuvo causada por las características de la corteza profunda. Vid . Smallwood, J. R., 2010. <<
[39] Datos de comparación de las alturas provenientes de Poole, D., 1997, 59 y Steckel, R., 2005, 237. Mi agradecimiento a Nelson Gómez Espinoza por detallarme las contribuciones de los indios de la región a la misión geodésica.
[40] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 52; Bouguer, P., op. cit ., XCIX. Cita extraída de Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 1, 544-545.
[41] Velasco, J. de, 1977, vol. 1, 342.
[42] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 81; La Condamine, C.-M. de, 1748, cita en 441. Vid . también Barnes, M. y Fleming, D., 1989.
[43] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 76-80, cita en 78.
[44] Erickson, R. F., op. cit ., 125-128.
[45] La Condamine, C.-M. de, 1751b, 71-75; Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748b, 166-167.
[46] Encontramos ejemplos de los cálculos de campo efectuados por La Condamine en AARS, Dosier biográfico La Condamine, 50J, f.os 17 y 18.
[47] Smith, J. R., op. cit ., 118-148 ofrece un registro completo de la triangulación y una meticulosa revisión de su cálculo, incluyendo explicaciones sobre los errores. Godin no dejó notas sobre sus mediciones iniciales y Jorge Juan no aportó ninguna información sobre ellas en los informes que publicó. <<
[48] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 85; Juan y Ulloa a Mateo Pablo Díaz de Lavandero, marqués de Torrenueva, Cuenca, 26 de agosto de 1739, BNCBA 4/5 f.os 430-437. Torrenueva había asumido la cartera de Marina a la muerte de Patiño en 1736.
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[49] La Condamine, C.-M. de, 1748, 439; La Condamine, C.-M. de, 1751, 32, 97 y 104.
[50] Extractos de la Gazette d’Amsterdam con fecha de 14 de enero, 1 de abril y 8 de julio de 1738, en AOP A.A. 7.7. Vid . también Chouillet, A.-M., 1988, 174.
[51] Cita extraída de Hoare, M. R., 2005, 165.
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[1] La información de este capítulo proviene sobre todo de dos fuentes: en primer lugar, las deposiciones de testigos registradas en dos grupos manuscritos de documentos judiciales que se encuentran en los archivos de Quito y de Cuenca; en segundo lugar, un informe muy conocido que publicó Charles-Marie de La Condamine en París siete años después de los sucesos. El primer grupo de documentos judiciales está localizado en Quito: Autos criminales seguidos para descubrir autores, cómplices y encubridores del asesinato de Senierges , 30 de agosto a 2 de septiembre de 1768, ANEC, Criminales 14, 30, n.º 5. (Mi agradecimiento a María Antonieta Vásquez Hahn y José Lorenzo Saa Bernstein por proporcionarme una copia de los originales y una transcripción). El segundo grupo está en Cuenca: Documentos sobre la muerte de Seniergues , 2 de septiembre de 1739 a 10 de noviembre de 1744, Universidad de Cuenca, Biblioteca Juan Bautista Vazquez, Código 340.986.6. Estos últimos documentos fueron transcritos en su mayoría por el gran historiador ecuatoriano Octavio Cordero Palacios en una serie de artículos (Cordero Palacios, O., 1924-1928). El Dr. Cordero murió antes de poder aportar su prometido análisis sobre el incidente. El reporte de La Condamine, Lettre à Mme *** […], 1745, se publicó primero como apéndice al relato de su descenso por el Amazonas y más tarde se incluyó en la segunda edición de su Journal du voyage fait à l’Équateur […]. Sus documentos transcritos del proceso judicial original, Copie authentique du procès introduit à l’audience de Quito, à l’occasion de l’assassinat commis sur la personne de Jean Seniergues, à Quito 7 Septembre 1742 , se encuentran en la BNF, cotes Espagnols 51. En la reconstrucción de estos sucesos, he empleado solo las informaciones que fueran corroboradas por varios testigos. Todas las citas están tomadas directamente de los testimonios. Mi agradecimiento a Raúl Hernández Asensio, que me proporcionó su análisis inédito sobre las circunstancias políticas que rodeaban los acontecimientos. <<
[2] Taton, R. (ed.), 1964, 190.
[3] Testimonio de Manuel Astudillo, Autos criminales seguidos …, f.o 6v; testimonio de Andrés Cubillus, Documentos sobre la muerte , f.os 53-54, y
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Cordero Palacios, O., op. cit ., 246-247.
[4] Testimonio de Nicolás de Neyra, Autos criminales seguidos …, f.o 9v.
[5] Borrero Crespo, M., 1962, vol. 2, 18, 104 y 238-239. La Condamine pensó por error que la mujer de León, por quien este dejó plantada a Manuela, era hija de Serrano (La Condamine, C.-M. de, 1754, 6 y 10). Este error lo han repetido, desde entonces, los historiadores. Serrano, sin embargo, solo tenía treinta y cinco años por entonces, estaba casado y tenía tres hijos, el mayor de los cuales tenía seis años. <<
[6] Testimonio de Tomas Nugent, Documentos sobre la muerte …, f.o 7v; Cordero Palacios, O., op. cit ., 179.
[7] Romero, X., 2000, 192.
[8] Testimonio de Nicolás de Neyra, Autos criminales seguidos …, f.o 9v.
[9] Testimonios de Sebastián Serrano, Autos criminales seguidos… , f.o 6, y Nicolás de Neyra, Autos criminales seguidos , f.o 8v.
[10] Testimonio de Nicolás de Neyra, Autos criminales seguidos , f.o 9.
[11] Testimonio de Sebastián Serrano, Documentos sobre la muerte …, f.o 14; Cordero Palacios, O., op. cit ., 162-163.
[12] La Condamine, C.-M. de, 1745, 28.
[13] Testimonio de Sebastián de la Madrís y Cosío, Documentos sobre la muerte …, f.o 3v; Cordero Palacios, O., op. cit ., 172.
[14] Vid . Brown, M. F. y Fernández, E., 1993. El más célebre Juan Santos Atahualpa encabezó su rebelión solo unos años después que Torote, en 1742.
[15] Joseph de Jussieu a Antoine de Jussieu, Cuenca, 31 de agosto de 1739, MNHN, ms. 179/25. Querría dar las gracias al Dr. Jay Menaker, del
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R. Adams Cowley Shock Trauma Center de Baltimore, por explicarme la evolución de heridas como las que sufrió Seniergues.
[16] «Declaration et Testamento de don Juan Seniergues» en Cordero Palacios, O., op. cit ., 244 y 254-259.
[17] Vid . en Herzog, T., 2004 una aproximación fascinante y detallada al sistema legal del Quito colonial.
[18] Las acciones de los magistrados son analizadas en Chacón Zhapán, J., 1990, 320-325.
[19] Autos criminales enviados desde Cuenca al tribunal de la Audiencia contra el capitán Diego de León, quien huyó de la cárcel en donde se hallaba desde hace unos dos años atrás implicado en el tumulto que se originó en dicha ciudad y causó la muerte del francés Juan Sénierges , 6 de abril de 1742, ANEC, Criminales 14, 31, n.º 12. Gracias a Raúl Hernández Asensio por dirigir mi atención a esta fuente. <<
[20] Voltaire, 1968-, vol. 130, 82.
[21] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 46. Dos trabajos de ficción continúan la leyenda de un triángulo amoroso indiscreto y fatal: Coronel, M., 1906 y Humberto Mata, G., 1944.
[22] Humboldt, A. von, 1986, vol. 1, 234.
[23] Borrero Crespo, M., op. cit ., vol. 2, 163. Humboldt sostuvo que la mujer que estuvo en el centro de la disputa de Seniergues había muerto poco antes de que él llegara, en 1802, en Cuenca (Humboldt, A. von, op. cit ., vol. 1, 234).
[24] En 1866 se construyó la catedral de la Inmaculada Concepción donde había estado la iglesia de los jesuitas. Vid . Jamieson, R., 2000, 46. Gracias a Patrick Drevet por señalar la conexión con El Dorado.
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[1] Lafuente García, A. y Delgado, A. J., 1984, 213-216.
[2] Velasco, J. de, 1981, 397. Velasco pensó por error que estaban levantando un mapa de la ciudad de Cuenca.
[3] Procès-verbal des observations astronomiques à Tarqui, Cuenca, 13 de enero de 1740, AARS, Dosier biográfico La Condamine, 50J, f.o 19. Vid . también Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748b, 270-283; La Condamine, C.-M. de, 1751b, 128-158.
[4] La Condamine, C.-M. de, 1751, 88.
[5] Ibid ., 90-91. El matrimonio fue, probablemente, de Liberata o de Mariana, las hijas de los dueños de la hacienda, Julián Mancheno y Rosa Maldonado; Ortiz Arellano, C., 2004, 204.
[6] La Condamine, C.-M. de, 1751b, 159-167, cita en 165, el énfasis es del original. Vid . también Bouguer, P., 1749, 114-115.
[7] La Condamine, C.-M. de, 1751, 99.
[8] Ortiz Arellano, C., op. cit ., 199. En relación con la construcción y el impacto de la carretera de Esmeraldas, vid . Zúñiga, N., 1951, 149-200.
[9] Bouguer a La Condamine, isla de Linga, 18 de julio de 1740, AARS, Dosier biográfico La Condamine, 50J, f.o 39; Bouguer, P., Relation du Voyage fait à la rivière des Emeraudes pour déterminer au dessus du niveau de la mer la hauteur absolue des Montagnes qui ont servi à la Méridienne , s. f., AOP, A.C 2.7. Citas extraídas de Bouguer, P., 1748-1751, 290. Para un examen de la observación de Illiniza por Bouguer, vid . Bouguer, P., 1749, 159-163; y Smith, J. R., 1986, 139-141. <<
[10] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 95; Ramos Gómez, L. J., 1985, vol. 1, 130-133.
[11] Andrien, K. J., 1995, 177-178.
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[12] El viaje de Anson es relatado de modo memorable en Williams, G., 1999. Se ofrece una exposición muy detallada de los planes defensivos españoles en Ramos Gómez, L. J., op. cit ., vol. 1, 103-181.
[13] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 95-103 (cita en 103).
[14] Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748, vol. 2, 2-35 (cita en 4).
[15] Whitaker, R., 2004, 157-158.
[16] Godin des Odonais a Matías Dávila, Cartagena, 2 de mayo de 1741, Documentos sobre la muerte …, f.o 19v.
[17] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 138.
[18] Whitaker, R., op. cit ., 31-32 y 160-161.
[19] La historia del reloj de Harrison se relata con brillantez en Sobel, D., 1995.
[20] Los detalles de los viajes de Jorge Juan y de Antonio de Ulloa a Guayaquil, a Lima y por el océano se encuentran en Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, op. cit ., vol. 2, 257-380 (cita en 267); y se analizan en Ramos Gómez, L. J., op. cit ., vol. 1, 206-260.
[21] Clayton, L., 1980, 64.
[22] Ulloa, A. de: Informen los oficios del sueldo , Lima, 28 de noviembre de 1743, Indiana University, Lilly Library, Manuscripts Department, Latin America-Peru Mss.
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[1] Sobre Graham y el sector cenital, vid . Chapman, A., 1990, 66-71, 87-89, 96-100 y 144. El coste del sector de Maupertuis está tomado de Terrall, M., 2002, 103.
[2] La Condamine, C.-M. de, 1751, 102.
[3] Las causas conocidas del error astronómico y sus correcciones se detallan en Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748b, 270-286 (donde describen las correcciones efectuadas por Godin, puesto que él no dejó un registro escrito); Bouguer, P., 1749, 172-226 y La Condamine, C.-M. de, 1751b, 105-120. Estos errores y correcciones son analizados en Lafuente García, A. y Delgado, A. J., 1984, 173-247, y en Smith, J. R., 1986, 151-152. <<
[4] Bouguer a destinatario desconocido, Quito, 14 de enero y 15 de abril de 1742, AARS, Dosier biográfico Bouguer, sin paginar.
[5] Diversos documentos de Pierre Bouguer, AOP, A.C. 2.8, sin paginar; La Condamine, C.-M. de, 1751, 101.
[6] Bouguer, P., 1748-1751, 291-293.
[7] La Condamine a Maupertuis, Quito, 20 de enero de 1741, en PVARS 61 (1742), 2-9 (cita en 6); Bouguer, P., 1752, 41-42; La Condamine, C.-M. de, 1752-1754, vol. 2, 121-122; Erickson, R. F., 1955, 140-141.
[8] La Condamine a Maupertuis, Quito, 20 de enero de 1741; La Condamine, C.-M. de, 1751, 106-107.
[9] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 105-132. Este primer intento de observaciones simultáneas es analizado en Lafuente García, A. y Delgado, A. J., op. cit ., 235-243.
[10] Bouguer a destinatario desconocido, Quito, 14 de enero de 1742.
[11] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 123 y 131.
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[12] Ibid ., 127-130.
[13] La Condamine mencionaba en sus escritos solo la losa de Yaruquí, la cual se encuentra hoy en el Observatorio de Quito (La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 99, 109, 124, 162 y 173). La lápida de Tarqui se encontró muchos años más tarde en la antigua propiedad de Pedro Sempértegui que hoy está en el Museo Remigio Crespo Toral, en Cuenca; vid . Iglesias, A., 1928 y Díaz Cueva, M., 1988. La existencia de la lápida de Cochesqui (que no ha sido localizada) solo se ha conocido, hace poco, por una carta de Bouguer de nueva adquisición (La Condamine a Bouguer, Cuenca, 24 de enero de 1743 y Bouguer a La Condamine, s. f., AOP, ms. 1113). <<
[14] La versión de la historia de las pirámides que cuenta La Condamine se encuentra en «Histoire des Pyramides de Quito», en La Condamine, C.-M. de, 1751, 219-271; y en Copie authentique des pièces du procès soutenu devant l’audience royale de Quito par Charles-Marie de La Condamine contre D. Jorge Juan et D. Antonio de Ulloa […] à propos de l’inscription à graver sur les pyramides de Yaruqui , BNF, Cotes Espagnol, 50. La perspectiva española de la historia está documentada principalmente en Autos sobre las pirámides de Yaruquí, AGI, Quito 374, DHAQ , vol. 5, 393-537. Disponemos de un extenso comentario acerca de las pirámides en Erickson, R. F., op. cit ., 320-326; Ramos Gómez, L. J., 1985, vol. 1, 183-203; Safier, N., 2008, 23-56 y Hernández Asensio, R., 2008. <<
[15] La Condamine, C.-M. de, 1752-1754, vol. 2, 194.
[16] Id ., 1751, 133-137.
[17] Ramos Gómez, L. J., op. cit ., vol. 1, 214-219.
[18] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 147.
[19] Bouguer a La Condamine, Quito, 1 de febrero de 1742, BNF, Nouvelles acquisitions françaises, 6197 f.os 20-21; La Condamine a Bouguer, Quito, 3 de diciembre de 1742, AOP, AC 2.7. La cifra se
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encuentra en Godin a Bouguer, Quito, 28 de marzo de 1742, AARS, Dosier biográfico La Condamine, 50J. <<
[20] Bouguer, P., 1749, XXXIV; La Condamine, C.-M. de, 1751, 142. Se han llevado a cabo ya muchos estudios para identificar iteraciones de El Niño en el pasado; vid . por ejemplo Quinn, W. H. y Neal, V. T., 1992.
[21] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 138.
[22] Ibid ., 146-147. Los diversos inventarios de colecciones pertenecientes a la Academia de las Ciencias francesa no registran la existencia de la placa de plata de los jesuitas en la actualidad. Mi agradecimiento a Florence Greffe por esta información.
[23] Ibid., 155.
[24] Ibid., 157.
[25] La Condamine a Bouguer, Cuenca, 24 de enero de 1743, AOP, ms. 1113.
[26] Conlon, P. M., 1967.
[27] Bouguer, P., 1748-1751, 293; La Condamine, C.-M. de, 1751, 122-123 y 165.
[28] Varias menciones a la correspondencia entre los científicos y colegas jesuitas, que llega incluso hasta Arequipa, aparecen en Bouguer a La Condamine (s. f.), AOP, ms. 1113.
[29] Bouguer, P., 1746, XXIV.
[30] La Condamine, C.-M. de, 1751, 165-172; La Gournerie, 1877, D16 y
D25-D26.
[31] La Condamine a Bouguer, Tarqui, 15 de enero de 1743, BNF, Nouvelles acquisitions françaises 6197, f.os 31-32; cita de La Condamine a Bouguer, Cuenca, 24 de enero de 1743, AOP, ms. 1113.
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[32] La Condamine, C.-M. de, 1751, 173.
[33] Ortiz Arellano, C., 2004, 207-209.
[34] La Condamine, C.-M. de, op. cit ., 175-177; La Condamine a Bouguer, Cuenca, 24 de enero de 1743, AOP, ms. 1113.
[35] La medida aceptada provino de los cálculos de Bouguer; el resultado de La Condamine difirió levemente. Vid . Bouguer, P., 1749, 267-274; La Condamine, C.-M. de, 1751b, 213-222. El moderno World Geodetic System 1984 (WGS84) da una medida del primer grado de latitud en el ecuador de 110 574 metros, mientras que Bouguer lo fijó en 110 611,6 metros. <<
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[1] Bouguer, P., 1749, LXXIX-XCVII (cita en XCIII).
[2] Ibid ., 57; PVARS , 24 de marzo de 1744, 169; Erickson, R. F., 1955, 284.
[3] «Mémoire sur feu M. [Daniel-René] Montaudouin», Mercure de France , octubre de 1755, 36-44. Acerca de la posición de la familia Bouguer en la formación de patrones para los barcos de esclavos, vid . Harms, R., 2002, 89-95.
[4] Mettas, J., 1978, vol. 1, 276-277; certificación del piloto de Pierre Fouré emitida por Bouguer, 3 de junio de 1744, Smithsonian Institution, Dibner Collection, National Museum of American History, Washington DC, MSS 155A RB; Rôle de désarmement du Triton , 1744, ADLA, Séries anciennes B (Cours et juridictions), Admiralties of Nantes and Guérande (1613-1791), 120 J 378/B. Acerca del periplo de los buques de esclavos franceses, vid . Harms, R., op. cit ., 369-375. <<
[5] Expilly, J.-J., 1764, vol. 5, 90-91.
[6] La Condamine, C.-M. de, 1751, 122-123. Las descripciones de los viajes anteriores se encuentran en Smith, A., 1990.
[7] Los informes de La Condamine sobre su viaje por el Amazonas están en La Condamine, C.-M. de, 1749. Una versión española simultánea vio la luz en 1745 como Extracto del diario de observaciones hechas en el viaje de la Provincia de Quito al Pará por el Río de las Amazonas y del Pará a Cayenne, Surinam y Ámsterdam . Contamos con un análisis crítico del viaje de La Condamine en McConnell, A., 2009 y Safier, N., 2008, 57-92. <<
[8] La Condamine, C.-M. de, 1751, 184.
[9] Ibid., 187.
[10] La Condamine, C.-M. de, 1749, 46.
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[11] Los preparativos de Maldonado para su viaje y residencia en Europa se relatan en Ortiz Arellano, C., 2004 y Safier, N., op. cit .
[12] Cintra, J. P. y Freitas, J. C., 2011.
[13] La Condamine, C.-M. de, 1745, 43.
[14] Los descubrimientos e ideas más recientes sobre la Amazonia preeuropea se exponen en Mann, C. C., 2005.
[15] La Condamine, C.-M. de, 1751, 206.
[16] Zúñiga, N., 1986, 39.
[17] Lafuente García, A. y Delgado, A. J., 1984, 247-257.
[18] Sobre Jean e Isabel Godin des Odonais, vid . Whitaker, R., 2004, 170. Los viajes de regreso de Jorge Juan y de Antonio de Ulloa están meticulosamente documentados en Whitaker, A. P., 1966. La entrada de Godin a la Universidad de San Marcos se anunció en la Gaceta de Lima n.º 8, 17 de noviembre de 1744. Sobre el buque de guerra San José el Peruano, construido en 1752 después de que la armada de la colonia fuera destruida por el tsunami de 1746, vid . Colección documental de la independencia del Perú , 1971, vol. 7, n.º 1, La marina, 1780-1822 , 5-125. <<
[19] Byron, J., 2004, 225-226.
[20] Elección de Antonio de Ulloa para su ingreso en la Royal Society, nominado el 15 de mayo de 1746, elegido el 15 de diciembre de 1746, Royal Society archives EC/1746/13.
[21] Cita extraída de Badinter, E., 1999, 292.
[22] Rose-Angelique Godin a Louis Godin y Pedro Vicente Maldonado, París, 2 de enero de 1747 (resumen tomado de un aviso de cartas vendidas en subasta en julio de 1991), AARS, Dosier biográfico La Condamine, 50J.
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[23] Badinter, E., op. cit ., 292 (señala que la cátedra de Godin le reportaba 22 000 livres anuales); Ortiz Sotelo, J., 1999. El marqués de Villagarcía, cuyo mandato como virrey coincidió enteramente con la misión geodésica, dejó el puesto en diciembre de 1745 y murió el 17 de diciembre de 1746, frente al cabo de Hornos, a bordo de un buque que regresaba a España. <<
[24] Varios relatos sobrecogedores de primera mano del terremoto y del tsunami que arrasaron Lima y Callao se encuentran en las fuentes siguientes: A True and Particular Relation of the Dreadful Earthquake …, 1748 y Odriozola, M. de (ed.), 1863, cita en 48.
[25] El papel de Godin en la reconstrucción de Lima, con las correspondientes tribulaciones ligadas a la superación de la resistencia de la élite de la ciudad, recibe un análisis crítico en Pérez-Mallaina Bueno, P. E., 2001 y Walker, C. F., 2008.
[26] Los viajes de Joseph de Jussieu por Sudamérica se abordan en Jussieu, A.-L. de, 1798, vol. 7, 765-772 y Lehir, G., 1976. El fascinante relato de ficción de Patrick Drevet, Le Corps du Monde , revela detalles de sus viajes fundamentados en una amplia investigación archivística.
[27] Lafuente García, A. y Mazuecos, A., 1987, 124.
[28] Lafuente García, A. y Sellés, M., 1988, 148-151.
[29] Lafuente García, A. y Mazuecos, A., op. cit ., 150-151.
[30] La Caille, N. L. de, 1763, 121.
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[1] Sobre cómo Clairaut no incluyó a Bouguer en su obra fundamental, Théorie de la figure de la terre , vid . Greenberg, J., 1995, 441.
[2] Fauque, D., 2005, 224-225. Sobre las consecuencias de la expedición de Maupertuis y la aceptación del newtonianismo en Francia, vid . Terrall, M., 2002, 130-172 y Shank, J. B., 2008, 343-506.
[3] Maupertuis, P.-L. M. de, 1738, 130; Clairaut, A. C., 1743, 299; PVARS , 27 de junio de 1744, 333; Montucla, J. É. y Laland, J., 1802, vol. 4, 159-160; Lafuente García, A. y Delgado, A. J., 1984, 259-268.
[4] Terrall, M., 1998 y 2006.
[5] PVARS , 29 de julio de 1744, 418; PVARS , 27 de febrero de 1745, 40; Bouguer, P., 1748-1751.
[6] Badinter, E., 1999, 97.
[7] Mercure de France , noviembre de 1744, 47-85 (citas en 82-83); Chouillet, A.-M., 1988, 177.
[8] Sobre la pensión de Bouguer, vid . Grandjean de Fouchy, J.-P. G. de, 1765, 383. Bouguer, P., 1746 se trata en Ferreiro, L. D., 2007. «Rue des Postes» aparece en toda la correspondencia de Bouguer a partir de 1744 (su casa también se identificaba como «en el cul-de-sac cerca de la rue l’Estrapade»). Gracias a René Ghislaine por identificar la rue Lhomond como la antigua rue des Postes, como todavía puede observarse en las fachadas de piedra de los edificios. <<
[9] Bouguer, P., 1753, 377-378 y 434-442 (cita en 435); Robertson, J., 1764, vol. 2, 203-215.
[10] Sobre las expediciones científicas con España y Portugal: Pritchard, J., 1987, 27. Sobre las repercusiones coloniales de la ciencia institucional en Francia, vid . McClellan III, J. E. y Regourd, F., 2000, 31-50.
[11] Bernier, O., 1984, 125-133.
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[12] La Condamine, C.-M. de, 1752-1754, vol. 2, 209-210.
[13] Cañizares-Esguerra, J., 2001, 1.
[14] La Condamine, C.-M. de, 1745 y 1749.
[15] La historia de La Condamine y el mapa de Maldonado se cuenta en Safier, N., 2008. Acerca de Graffigny, F. de, 1747 y otras obras populares sobre el Perú, vid . Poole, D., 1997, 25-57.
[16] La Condamine a Bouguer, 28 de septiembre de 1745, AARS, Dosier biográfico La Condamine, 50J; La Condamine, C.-M. de, 1751, 208.
[17] Badinter, E., op. cit ., 364-365.
[18] Los panfletos sobre el ataque fueron, en orden de publicación: Bouguer, P., 1752; La Condamine, C.-M. de, 1752-1754 y Bouguer, P., 1754. La disputa y el papel de la prensa se analizan en Marcil, Y., 1999.
[19] Erickson, R. F., 1955, 314-318.
[20] Caritat, M. J. A. N. de, marqués de Condorcet, 1778, 108.
[21] Delambre, J.-B., 1827, 367.
[22] Para un examen más en detalle de Bouguer y su obra, vid . Ferreiro, L. D., op. cit .
[23] El Journal de La Condamine es citado profusamente en Prévost, A. F., 1746-1759, vol. 13, 470-653 y vol. 14, 24-54. Sus descripciones del Amazonas y de su variada flora y fauna fueron la base de numerosas entradas de la Encyclopédie de Denis Diderot y Jean Le Rond D’Alembert.
[24] Leclerc, G. L., conde de Buffon, 1749-1767, vol. 9, 104-105.
[25] La Condamine, C.-M. de, 1752 y 1773. Para un examen del papel de La Condamine en la aceptación de la inoculación, vid . Rusnock, A., 2002, 71-95.
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[26] Piron, A., 1777, 167-168.
[27] La enfermedad y muerte de La Condamine fueron relatadas por Grimm y Diderot, en Correspondance littéraire, philosophique et critique …, 1829-1831, vol. 5 (1766), 209-210 y vol. 8 (1774), 284-286. Sus síntomas coincidían a la perfección con una variedad rara de diabetes llamada diabetes y sordera de herencia materna. <<
[28] Godin, L, 1755. Esta carta fue escrita en español y traducida por Bouguer, lo que demuestra que para entonces ya pensaba en español y no en su francés nativo. Vid . también Blanc, P.-L., 2008.
[29] Grandjean de Fouchy, J.-P. G. de, 1766, 192-193; Lafuente García, A. y Sellés, M., 1988, 151-160.
[30] La guía geográfica fue Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748; volumen que I. Leonard tradujo en forma abreviada al inglés en 1964. La obra científica fue Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1748b. La introducción de la edición de 1978 de la Relación histórica … contiene un análisis detallado de cómo se produjeron los documentos, y lo mismo sucede con el primer volumen (351-397) de Ramos Gómez, L. J., 1985. <<
[31] En 1826 se sacó de España, de contrabando, una copia del Discurso y se publicó en Gran Bretaña con el título de Noticias Secretas de América . Fue reimpresa y traducida en numerosas ocasiones. La edición más detallada es la de Ramos Gómez, L. J., op. cit . Una traducción abreviada reciente al inglés es Juan y Santacilia, J. y Ulloa y de la Torre-Guiral, A. de, 1978. Encontramos un análisis crítico de las obras de Jorge Juan y Antonio de Ulloa en Hanke, L., 1936; Merino, L., 1956 y Andrien, K. J., 1988. <<
[32] Krousel, H., 1983.
[33] La carrera de Ulloa se analiza en numerosos artículos presentados en un simposio celebrado en 1995: Losada, M. y Losada, C. (eds.), 1995.
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[34] Acerca de la carrera de Jorge Juan en la Armada y su misión de espionaje, vid . Ferreiro, L. D., op. cit. Los síntomas de Jorge Juan en el momento de su muerte (parálisis, convulsiones y coma) son compatibles con meningoencefalitis amebiana primaria provocada por la naegleria fowleri , que solo se encuentra en aguas cálidas corrientes como las de los manantiales termales. La enfermedad no se estableció hasta 1965, así que tal vez Jorge Juan fuera la primera víctima registrada de este raro parásito. Vid . Die Maculet, R. y Alberola Romá, A., 2002. <<
[35] Vid . Garner, R. L., 1997.
[36] Lehir, G., 1976, 158-167; Whitaker, R., 2004, 288; Safier, N., 2008b.
[37] Lehir, G., op. cit ., 194-200.
[38] AARS, Dosier biográfico Verguin; Cros, B., 2008, 29-38.
[39] Cita: Hugo a Joseph de Jussieu, Quito, 21 de noviembre de 1749, MNHN, ms. 179 n.º 47. Una carta de Hugo a La Condamine, Quito, 25 de octubre de 1753 aparece listada en un registro de cartas vendidas en subasta en julio de 1991, AARS, dosier biográfico La Condamine, 50J. En la misma noticia figura una carta que menciona un «Acte mortuaire de Mme. De Morainville» (Certificado de defunción de la Sra. de Morainville). El negocio de losas de Hugo y su residencia familiar estaban situados en la calle de la Virgen de Urcu, hoy llamada calle Cotopaxi, cerca de la esquina de Manabí, vid . Jurado Noboa, F., 2004-2009, vol. 5, 281-283. Morainville construyó las torres de la iglesia de José Antonio Maldonado en Quinche en 1748, pero al comenzar el siglo XX fueron demolidas y se levantaron otras en su lugar. Las obras plásticas de Morainville que han sobrevivido son Las pirámides de Yaruquí y vista de la base fundamental (acuarela sobre lino, 1742, Museo del Banco Central del Ecuador, n.º de inventario 17-1-83); San José (óleo, 1747), pintado para la iglesia de la Inmaculada Concepción de Cuenca, hoy en el Museo del Monasterio de las Conceptas de Cuenca; y dos óleos, San Ignacio y San Francisco de Borja , pintados en 1757 para el seminario de los
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jesuitas de Quito y actualmente en la iglesia de la Compañía de Jesús de la misma ciudad. <<
[40] «Autos de Dn. Julio Salvador contra Dn. Antonio Ormasa, y Bernabé Chacón sobre cantidad de pesos», Quito, 10 de diciembre de 1755, ANEC, Minas, caja 2, expediente n.º 2; Rodas Chaves, G., 2003.
[41] Poco antes de su muerte, La Condamine redactó un breve resumen sobre la suerte de los miembros de la misión [Lettre de Monsieur de La Condamine à M. *** sur le sort des astronomes qui ont eu part aux dernières mesures de la terre, depuis 1735 ] publicada en París en 1773, y reimpresa en La Condamine, C.-M. de, 1778. Sobre la participación de Morainville en la defensa de Riobamba, vid . Moreno Yánez, E. S. G., 1985, 60-63 y 90-93. <<
[42] La historia de Isabel de Godin se relata maravillosamente en Whitaker, R., op. cit . Tenemos también otros relatos modernos como Wakefield, C., 1999; Ortiz Arellano, C., 2000; Smith, A., 2003. También ha inspirado una novela: Velasco MacKenzie, J., 1996.
[43] La Caille, N. L. de, 1763, 205-210.
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[1] Mi delirio … fue escrito en Loja el 13 de octubre de 1822. Fue publicado de forma póstuma en 1833 (Bolívar, S., 1826-1833, vol. 21, 248).
[2] Dos antologías recientes tratan la relación entre la ciencia y el imperio: Schiebinger, L. y Swan, C. (eds.), 2005 y Delbourgo, J. y Dew, N. (eds.), 2008.
[3] Lehir, G., op. cit ., 108.
[4] Appel, J. W., 1994, 6-8 y 52-56.
[5] Humboldt, A. von, 1993, 200.
[6] Velasco, J. de, 1977(1981); Alsedo y Herrera, D., 1740. Sobre el reloj solar reconstruido, vid . la historia bellamente ilustrada sobre la iglesia de los jesuitas de Quito en Vásquez Hahn, M. A., 2005, 36-37.
[7] Para una mirada reveladora sobre la influencia de la ciencia y la filosofía ilustradas (incluidos los impactos de la misión geodésica y de la Sociedad de Amigos del País) en el movimiento independentista en Quito, vid . Keeding, E., 2005.
[8] La adopción de «Ecuador» como nombre para el país se detalla en Buriano, A., 2008.
[9] Darwin, C. y Darwin, F., 1887, 18.
[10] Disponemos de una historia crítica de la geodésica en Todhunter, I., 1873.
[11] La expedición que respaldó el sistema métrico se aborda en Alder, K., 2002.
[12] Obsérvese que el Arco de Struve fue el primer arco geodésico calificado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 2005.
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[13] Perrier, G., 1907 y 1908.
[14] La toesa del Perú: Observatorio de París, n.º de inventario 88. Acuarelas de Morainville: Museo del Banco Central del Ecuador, n.º de inventario 17-1-83 y MNHN, mss. 111 y 1627. Acerca del reloj de péndulo de Graham, vid . Boussingault, J.-B. J. D., 1892-1903, vol. 3, 113-114.
[15] Caldas relata cómo robó la placa de Tarqui en Caldas, F. J. de, 1849, 500-502. El regreso de la placa a Cuenca se describe en Díaz Cueva, M., 1988 y Vargas, J. M, 1988, 88. La losa recuperada se fijó primero en la pared de la antigua catedral de Cuenca, hasta que se transfirió al Museo Municipal Remigio Crespo Toral a principios del siglo XX. Parece que estuvo extraviada varias décadas, hasta que se recuperó, durante un inventario, en agosto de 2012 (Diego Cáceres, «Se encontró placa de la Misión Geodésica», en El Tiempo , Cuenca, 29 de agosto de 2012). <<
[16] Enríquez Bermeo, E., 1938, 128-129.
[17] La historia de la degradación gradual de las pirámides y su reconstrucción se cuenta en Perrier, G., 1943; Judde, G., 1990.
[18] Humboldt, A. von, 1986, vol. 1, 184-189; Boussingault, J.-B. J. D., op. cit ., vol. 5, 232.
[19] Whymper, E., 1882, 291; Vera Herrera, H., 1972, 9-11.
[20] Ibid ., 1990. Los monumentos se situaron en el ecuador según las coordenadas antiguas del Sistema Geodésico Mundial (World Geodetic System: WGS); los turistas modernos, con sus modernos GPS portátiles (codificados para las coordenadas WGS84 o posteriores), observarán que el monumento ecuatorial está a unos doscientos cincuenta metros al sur de la línea. <<
[21] El trazado de la base fundamental original cruza la pista justo al este de la terminal de pasajeros. Mi agradecimiento al personal de la autoridad del aeropuerto de Quito por la información que me ha proporcionado acerca del nuevo aeropuerto internacional de Quito.
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[1] BIF, ms. 2118, documentos de Jules Antoine René Maillard de La Gournerie acerca de la misión geodésica; Erickson, R. F., 1955; comunicación enviada al que escribe por Robert Erickson el 30 de mayo de 2004.
[2] Hagen, V. W. von, 1945. Entre los errores de Hagen se encuentra su insistencia en que Maldonado se reunió con La Condamine en la costa del virreinato y que viajó a través de la selva de Esmeraldas hasta Quito (30-42), cuando de hecho no se vieron hasta bastante después de que el francés llegara a Quito. Hagen también inventa un personaje que añade a la expedición, Mabillon (11 y 62), de quien dice que se volvió loco. En ambos extremos, Hagen malinterpretó por completo los informes escritos por La Condamine en francés. En el primer caso, La Condamine solo había afirmado que cogió, a través de Esmeraldas, la misma ruta que seguiría la posterior carretera de Maldonado; en el segundo caso, La Condamine había comparado la enfermedad mental de Jussieu con la del erudito benedictino Jean Mabillon, que sufrió un colapso nervioso y perdió el habla durante seis años. Las notas que el Dr. Hagen tomó para la elaboración de su libro hace mucho que han desaparecido (información proporcionada directamente por su hija Adriana von Hagen, 21 de diciembre de 2006). <<
[3] Trystram, F., 1979.
[4] Las conferencias y exhibiciones incluyen: Gómez Espinoza, N. G. (ed.), 1986; Colloque International «La Condamine»… , 1987; Cerezo Martínez, R. (ed.), 1987; Pottier J. Le y Heusse, M.-D. (eds.), 2001.
[5] «Figure of the Earth», 2006.
[6] Varias cartas e informes vendidos en subasta en 1844 aparecen enumerados en Lalanne, L., 1851, 75 y 177. AARS, Dosier biográfico La Condamine, 50J, contiene un aviso de cartas vendidas en subasta en Louviers, Francia, en julio de 1991, muchas de las cuales acabaron en manos privadas.
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[7] Taylor, D. A., 1999.
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Índice de contenido
Agradecimientos
Observaciones sobre el lenguaje empleado por el autor
Unidades de medida y monetarias
Dramatis personae
Introducción. La base fundamental del Yaruquí
Capítulo 1. El problema de la forma de la Tierra
Capítulo 2. Los preparativos de la misión
Capítulo 3. El descubrimiento de Quito
Capítulo 4. Grados de dificultad
Capítulo 5. La Ciudad de los Reyes
Capítulo 6. Los triángulos del Perú
Capítulo 7. La muerte y el cirujano
Capítulo 8. La Guerra de la Oreja de Jenkins
Capítulo 9. La danza de las estrellas
Capítulo 10. El imposible regreso
Capítulo 11. La revelación de un mundo
Epílogo. Los hijos del Ecuador
Consideraciones finales
Bibliografía
Láminas
Notas del traductor
Notas
Notas
FIN

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