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Libro N° 14895. Agatha Christie: La Biografía Definitiva De La Reina Del Crimen. Caamaño, J. Eduardo


© Libro N° 14895. Agatha Christie: La Biografía Definitiva De La Reina Del Crimen. Caamaño, J. Eduardo. Emancipación. Marzo 7 de 2026

 

Título Original: © Agatha Christie: La Biografía Definitiva De La Reina Del Crimen. J. Eduardo Caamaño

 

Versión Original: © Agatha Christie: La Biografía Definitiva De La Reina Del Crimen. J. Eduardo Caamaño

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/agatha-christie-la-biografia-definitiva-de-la-reina-del-crimen/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

AGATHA CHRISTIE:

La Biografía Definitiva De La Reina Del Crimen

J. Eduardo Caamaño


Agatha Christie: 

La Biografía Definitiva De La Reina Del Crimen

J. Eduardo Caamaño

Innovadora, curiosa, polifacética y extremadamente aventurera, Agatha Christie se lanzó sin complejos a conquistar con entusiasmo cada uno de los intereses con los que se cruzó, amoldando la vida a su gusto en lugar de encajar en los estándares de su época. Se dice de ella que fue una de las primeras mujeres en volar en avión, y posiblemente la primera británica que montó en una tabla de surf; conducía con increíble destreza en una época en que la mayoría de hombres no poseía coche, y emprendió viajes sin más compañía que su máquina de escribir a lugares tan lejanos que pocas mujeres se hubieran atrevido a ir. En esta amena biografía, el lector emprenderá una profunda inmersión en la vida de una autora cuya trayectoria se escribió con la tinta de los acontecimientos mundiales del siglo XX. También conocerá deliciosas anécdotas, el origen de sus obras más conocidas y los entresijos de su extraña desaparición en 1926, un suceso sobre el que la autora y su familia jamás se pronunciaron.

Conocida por sus seguidores más incondicionales como la Reina del Crimen, Agatha Christie es un nombre que no requiere presentaciones; la conocemos todos de una u otra manera. Sin ir más lejos, se trata de la autora más leída, traducida y publicada de todos los tiempos, solo superada por Shakespeare y la Biblia. Las cifras de su éxito alcanzan niveles estratosféricos, con más de cuatro mil millones de ejemplares vendidos desde que se llevan cuentas, y con ediciones traducidas a más de cien idiomas. Su exuberante catálogo literario incluye ochenta novelas, numerosos relatos cortos, seis novelas románticas, cuatro obras de teatro radiofónico, tres libros de poemas e historias para niños y veintitrés obras de teatro —la más famosa, La ratonera, tiene el récord de permanencia en cartelera en Londres, con más de veinticinco mil representaciones y siete millones de espectadores desde su estreno en 1952—. Escribió su primera novela como respuesta a un reto lanzado por su hermana y, sin tener la más mínima pretensión, alcanzó la fama en poco menos de una década con una obra que rompió con todas las reglas de la novela policíaca: El asesinato de Roger Ackroyd. Más adelante, su carrera tomaría vuelo como una voz importante en el género policiaco, del que sería una de sus más

grandes exponentes con clásicos como Diez negritos, Asesinato en el Orient Express o La casa torcida.

Con su prosa atemporal y entretenida, Agatha Christie sigue siendo, casi medio siglo después de su muerte, un icono mundial para los amantes del género policiaco.

J. Eduardo Caamaño

Agatha Christie: La Biografía Definitiva De La Reina Del Crimen

ePub r1.0

Titivillus 22.02.2026

J. Eduardo Caamaño, 2020

Editor digital: Titivillus

ePub base r3.0 (ePub 3)

Por la naturaleza de la red, puede que algunos de los vínculos a páginas web en el libro ya no sean accesibles.

Índice de contenido

Agatha Christie: La biografía definitiva de la Reina del Crimen

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE

I

FREDERICK

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

Nota del Autor

II

CLARA

Nota del autor

Nota del autor

Nota del Autor

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

III

ARCHIE

SEGUNDA PARTE

IV

MADGE

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

V

HÉRCULES POIROT

Nota del autor

HÉRCULES POIROT

Nota del autor

VI

ROSALIND

Nota del autor

EL GRAN TOUR

Nota del autor

Nota del autor

VII

EDMUND CORK

Nota del autor

Nota del autor

VIII

TERESA NEELE

Nota del autor

El otro lado de la historia

IX

MARY WESTMACOTT

Nota del Autor

Mary Westmacott

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

TERCERA PARTE

X

MAX MALLOWAN

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

XI

GREENWAY

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

XII

MATHEW

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

XIII

PETER SAUNDERS

Nota del Autor

Nota del autor

Nota del autor

XIV

HAROLD OBER

Nota del autor

Nota del autor

Nota del autor

XV

ISABEL II

Nota del autor

Nota del autor

EPÍLOGO

Árbol genealógico

Apéndice A

Nota del autor

Acónito

Ántrax

Arsénico

Belladona

Boomslang

Cianuro

Cicuta

Cocaína

Curare

Digitalina

Eserina

Estricnina

Fósforo

Hidrato de cloral

Morfina

Nicotina

Ricina

Talio

Taxina

Verde de Scheele

Veronal

Apéndice B

Reglas de oro de la novela detectivesca y policíaca Edgar Allan Poe: el inventor de los relatos detectivescos

Las veinte reglas para escribir relatos detectivescos de S. S. Van Dine

Decálogo de Knox

Apéndice C

Obras completas y principales personajes Novelas

Recopilaciones de relatos

Recopilaciones de relatos publicados tras su fallecimiento Novelas escritas bajo el seudónimo de Mary Westmacott Obras de teatro adaptadas por ella misma o escritas expresamente para la escena

Adaptadas de las obras de Christie por otros escritores Obras para radio

Poesías, memorias, cuentos infantiles

Trabajos realizados para el detection club

Principales personajes

Bibliografía - Otras referencias

Sobre el autor

Notas

« Las personas que imaginaba eran siempre más reales para mí

que las de carne y hueso con quienes me relacionaba».

AGATHA CHRISTIE

Eduardo Caamaño

Agatha Christie

La biografía definitiva de la Reina del Crimen

INTRODUCCIÓN

El épico viaje que emprenderemos juntos por el universo de Agatha Christie comienza en el seno de una familia inglesa de clase media conocida entre sus vecinos como los Young, protagonistas de uno de los sucesos más espeluznantes de las últimas décadas del siglo XX en Inglaterra. Todo arranca en el verano de 1961, cuando la hija del matrimonio, Winifred, empezó a notar un extraño mareo al llegar a la oficina en la que trabajaba, tanto que la tuvieron que sostener para que no se desplomara. Alarmados, sus compañeros la llevaron a un hospital cercano, donde fue sometida a una serie de pruebas que detectaron vestigios de belladona en su organismo, un veneno mortífero que se extrae de la planta del mismo nombre.

Pocas semanas después de lo sucedido, la madrastra de Winifred, Molly Young, se despertó con rigidez en el cuello y unas extrañas erupciones en las manos y en los pies. Los síntomas fueron a peor, y con el paso del tiempo, Molly comenzó a perder peso de una forma tan alarmante que un amigo suyo llegó a decir que «parecía que se estaba consumiendo poco a poco». El 21 de abril de 1962, sábado de Pascua, su marido volvía a casa a la hora de comer cuando la encontró en el jardín, retorciéndose de dolor. La llevaron de inmediato al hospital, pero los médicos apenas tuvieron tiempo para tratarla, pues Molly falleció aquella misma tarde. La muerte se atribuyó a causas naturales, y su funeral tuvo lugar en el cementerio de Green Golders, donde había un salón acondicionado con un bufé para que los invitados pudieran servirse. Al cabo de pocas horas, varios de los presentes se quejaron de náuseas y dolores musculares. Se

analizó una muestra de cada uno de los alimentos allí servidos, pero no se encontró nada extraño.

Pasó el tiempo, y cuando la vida de la familia Young parecía volver a la normalidad, el patriarca enfermó. Una vez más, los doctores fueron incapaces de explicar su enfermedad y decidieron mantenerle en observación. Su hijo iba a visitarlo todos los días, y antes de marchar le describía los síntomas que tendría al día siguiente. Para asombro de su padre, sus predicciones eran siempre correctas, por lo que suplicó a su hija que no volviera a traer su hermano. Como tampoco había ninguna evidencia de que aquel joven hubiera envenenado a su padre, no se tomó ninguna medida contra él, sobre todo porque a veces sufría las mismas náuseas y síntomas que sus familiares.

En el instituto en el que estudiaba, Graham Young no hacía más que llamar la atención de sus profesores por su obsesión con la química, la única asignatura en la que siempre sobresalía. Su fascinación por los venenos era tal que llegó a preocupar a sus tutores, que empezaron a hacerse preguntas sobre las causas de la extraña enfermedad de un compañero de clase llamado Chris Williams, un chico de trece años aquejado de palpitaciones, de calambres en las piernas y de fuertes dolores de cabeza. El dolor era insoportable, luego disminuía y volvía a aparecer pocos días después. Llamaron a una psiquiatra, que se entrevistó con Graham con el pretexto de orientarle en sus estudios. Al verse convertido en el centro de atención, el joven hizo todo lo posible para impresionarla con sus conocimientos de química y le aseguró que era una verdadera autoridad en la materia. La psiquiatra no tuvo dudas de que estaba ante un psicópata, por lo que recomendó a la dirección de la escuela que Graham fuese conducido a un juzgado de menores, donde le interrogaron durante horas, pero una y otra vez negó haber envenenado a su familia. Finalmente, se decidió que sería prudente enviarle al hospital psiquiátrico de Broadmoor para someterse a pruebas exhaustivas y poder emitir un diagnóstico correcto. Young se mostró dócil y libre de cualquier sospecha, a pesar de los extraños incidentes que tuvieron lugar en el hospital durante el tiempo en el que estuvo ingresado, como el suicidio de un paciente cuando se cumplía tan solo un mes de su llegada. Aunque nunca se pudo probar nada contra él, sus compañeros creían que el joven pudo haber

conseguido una pequeña cantidad de cianuro de los matorrales de laurel que rodeaban el edificio. También creían que Young estaba detrás de la adulteración del té de las enfermeras. Por suerte, el intento se descubrió antes de que alguien diera el primer sorbo. Varios presos se declararon culpables de haber envenenado al paciente y de haber adulterado el té de las enfermeras, pero, como a menudo los enfermos mentales confiesan crímenes que no han cometido, estudiaron cada caso en particular y llegaron a la conclusión de que ninguna de las confesiones era cierta. Con respecto a Young, su culpabilidad nunca fue probada, y como su comportamiento era considerado modélico, el jefe de psiquiatría envió un informe en el que recomendaba su alta tras años de internamiento. El Ministerio del Interior se mostró de acuerdo, con la condición de que aceptara seguir bajo tratamiento y de que se le pudiera localizar en una única dirección.

Dispuesto a rehacer su vida tras una reclusión forzosa que consideraba injusta, Young consiguió un puesto de trabajo como encargado de almacén de una empresa especializada en equipos fotográficos y ópticos llamada Hadland’s. En lo que resultó ser toda una coincidencia, en el almacén abundaban compuestos químicos utilizados para la limpieza de los objetivos fotográficos que allí se fabricaban.

La jornada laboral en Hadland’s se interrumpía un cuarto de hora por la tarde para que los trabajadores pudiesen tomar el tradicional té de las cinco; como Young era el recién llegado y el más joven del grupo, le asignaron la tarea de prepararlo. Se encargó, haciendo hincapié en los beneficios de las hierbas aromáticas para la salud. Pocas horas más tarde, ocho empleados tuvieron que ser trasladados rápidamente a urgencias y dos acabaron muriendo. Una de las muertes fue achacada a una bronconeumonía, complicada por el síndrome de Guillain-Barré, una enfermedad nerviosa tan rara en aquella época que los médicos decidieron analizar uno de los riñones de la víctima. El resto del cuerpo fue incinerado, pero un análisis posterior de las cenizas y del riñón reveló una cantidad de trazas de talio suficiente como para causar su muerte. El otro compañero aún sobrevivió veinte días antes de acabar sucumbiendo al veneno. En esta ocasión, se ordenó una autopsia completa, pero no fueron capaces de detectar ningún rastro de talio en el cadáver. Días después, sin

embargo, tras un exhaustivo análisis de los tejidos del cuerpo, encontraron la sustancia.

Ante el pánico general que cundió entre los empleados, la dirección de la empresa se vio obligada a convocar una reunión extraordinaria. Algunos creían que la causa de aquellas extrañas enfermedades se debía a unos experimentos radiactivos que se estaban llevando a cabo en una pista de aterrizaje cercana, pero el propietario trató de tranquilizar a la plantilla diciendo que las autoridades sanitarias sospechaban del brote violento de un virus que se había extendido por los alrededores, y que se estaban haciendo grandes esfuerzos para identificarlo. En este momento, Young pidió la palabra y empezó a alardear de sus conocimientos de toxicología delante de todo el mundo. Explicó de forma pormenorizada las propiedades del talio y sostuvo que esta sustancia era la que mejor casaba con los síntomas que reprodujeron las víctimas. Sus explicaciones resultaron muy sospechosas, sobre todo por un detalle que no pasó desapercibido para muchos de los que estaban a su alrededor: Young era uno de los pocos trabajadores a los que no les había afectado la misteriosa enfermedad. Se investigó a fondo sobre su vida hasta que se hallaron los casos de envenenamiento que afectaron a su familia y a sus compañeros de escuela. Alarmado, su jefe decidió llamar a la policía para que le interrogaran en comisaría. Allí, una sombría historia comenzó a salir a la luz: Graham reveló que desde su infancia estaba obsesionado con los venenos, pero el punto de inflexión de su prolífica carrera como envenenador ocurrió en el momento en que su padre le regaló un juego de química como premio por aprobar sus exámenes, cuando tenía once años. Fascinado por todo aquel universo, Young estudió de forma obsesiva el mundo de los venenos y sus efectos en el cuerpo humano hasta que se convirtió en un verdadero especialista con tan solo trece años de edad —se dice que mentía sobre su edad para poder comprar sustancias peligrosas en las farmacias de su barrio—. Ansioso por poner sus conocimientos en práctica, decidió probar los efectos de algunos venenos en las personas de su entorno; primero con su familia y luego con su amigo de la escuela (parece ser que fueron elegidos por ser las personas más accesibles, no por inquina de ningún tipo). Para llevar a cabo su macabro plan, adulteró los alimentos de casa, mezclando compuestos de belladona y antimonio en la

tetera y en los botes de salsa que su madrastra conservaba en la nevera. En su habitación, la policía encontró numerosos frascos con polvos de diferentes colores sobre las mesas, estanterías y hasta en la repisa de la ventana. También había varios dibujos de calaveras, tumbas y figuras demacradas que se llevaban las manos a la garganta o que portaban en las manos botellas de veneno. Sin embargo, fue bajo su cama donde se encontraba la prueba más reveladora: un diario en el que Young llevaba la cuenta de a quién había envenenado, con qué veneno, así como los resultados de su experimento. En el banquillo, Young se declaró inocente y alegó que en su diario acumulaba apuntes para una novela que pensaba escribir, pero tantas eran las evidencias en su contra que el juez no tuvo duda ninguna y lo condenó a cadena perpetua. También se descubrió la razón por la que Graham a veces sufría los mismos síntomas que sus familiares: en ocasiones, no recordaba los alimentos en los que había mezclado los compuestos tóxicos, por lo que, de vez en cuando, él mismo los ingería. El joven envenenador empleaba indistintamente tartrato de antimonio y potasio y acetato de talio en sus fechorías, e incluso atropina, comprados en la farmacia de su barrio. Murió en 1990 en su celda de la prisión de Parkhurst a los cuarenta y dos años. Oficialmente, se determinó que había muerto por un infarto agudo de miocardio, aunque hay quien apunta que otros presos fueron los responsables de su muerte.

Este espeluznante caso, que fue conocido como el del «Envenenador de la Taza de Té», tuvo sus orígenes en Gran Bretaña en 1962, solo unos meses después de la publicación de El misterio de Pale Horse, una novela de Agatha Christie en la que el envenenador utiliza las mismas sustancias usadas por Graham Young para despachar a sus víctimas. La novelista recibió algunas críticas por la obra y hubo quien llegó incluso a calificar sus libros como un «manual para asesinos», dada la precisión con la que describía los venenos en sus historias. Graham Young, por su parte, negó haber leído dicha novela; y puede que sea cierto, porque hubiera sido muy difícil que le enseñara algo que ya no supiera. Por otro lado, las descripciones de Christie acerca del talio y sus efectos eran muy detalladas, y como la información sobre este veneno no abundaba, se dice que incluso el patólogo que examinaba a una de las víctimas llegó a consultar el libro para aclarar algunas cuestiones relacionadas con el caso.

Agatha Christie es la autora más leída de todos los tiempos (solo por detrás de la Biblia y, según algunas fuentes, también de Shakespeare) con cuatro mil millones de novelas vendidas en ciento tres idiomas, donde pudo tejer, con notable maestría, las mejores historias de misterio de la literatura de nuestro tiempo. Su monumental trabajo se compone de ochenta novelas, aproximadamente ciento cincuenta relatos cortos y cuatro libros de no ficción. También se atrevió con el género rosa, ya que publicó seis obras bajo el seudónimo de Mary Westmacott, e hizo sus pinitos como autora teatral con veintiuna adaptaciones. Su novela por excelencia es Diez negritos, publicada en 1939, y forma parte de esa restringida selección de obras que han vendido más de cien millones de ejemplares en todo el mundo desde que se contabiliza; El asesinato de Roger Ackroyd (otro de sus best sellers) se consideró la mejor novela policial de todos los tiempos, y La ratonera es la obra de teatro que lleva más tiempo ininterrumpido en escena desde su estreno con más de veinticinco mil representaciones y siete millones y medio de espectadores. Entre los diferentes reconocimientos que ha recibido, destacan el primer puesto en los autores más traducidos según el Index Translationum de la UNESCO, su triunfo en el primer Grand Máster Award concedido por la Asociación Británica de Escritores de Misterio o cuando fue investida doctor honoris causa por la Universidad de Exeter, al tiempo que, en 1971, la reina Isabel II, gran admiradora suya, le concedió el título de Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico, distinción que solo ostentan unos pocos privilegiados —en especial, en su gremio—.[N1]

Agatha Christie fue una niña dotada de una imaginación extraordinaria. Buscaba con avidez tiempo para quedarse a solas; así, creaba familias enteras de personajes invisibles y aprovechaba para dar rienda suelta a su fantasía y completar las historias que le contaba su madre, una mujer con una facilidad innata para la narración. Nunca tuvo la ambición de ser escritora profesional, aunque hiciera su «debut» en un periódico local a la temprana edad de once años con la publicación de un poema. Así que nadie sabrá nunca con certeza qué fue lo que empujó a una típica lady inglesa a escribir sobre siniestras historias de asesinatos y crímenes. Quizá la Primera Guerra Mundial. Christie trabajó como enfermera voluntaria durante el conflicto y fue así como entró en contacto

con los preparados químicos, las fórmulas magistrales y los productos de laboratorio. Siempre se sintió fascinada por ellos y nunca ocultó que, de todos los métodos para cometer un asesinato, el veneno era su favorito. Sin embargo, no fueron únicamente los venenos los que convirtieron a Agatha Christie en una autora consagrada de misterio.[N2] Ella disfrutaba enormemente observando a la gente, analizando su forma de comportarse y sus relaciones con los demás. Hoy en día, casi medio siglo después de su muerte, existe un consenso general que atribuye el tirón universal de sus novelas a una ingeniosa combinación que incluía una ambientación adecuada, un minucioso desarrollo de sus personajes, una cuidadosa caracterización de sus detectives y, quizá lo más importante, un claro reto al lector. Y aunque sus novelas se ajustan a la estructura del Who do it? (¿Quién lo hizo?), la escritora británica despierta la curiosidad del lector más allá del descubrimiento del asesino. Lo que el lector quiere saber, en realidad, es por qué lo hizo, qué hay detrás de ese crimen y qué lleva a una persona en apariencia corriente a querer acabar con la vida de alguien.[N3] De esta forma, los lectores se identifican con los personajes y los reconocen como gentes de su propio entorno, aunque sus historias describan una forma de vida típicamente inglesa bastante pasada de moda. (Lo que para muchos supone un encanto añadido). En una entrevista concedida a un periódico británico, su nieto Mathew Pritchard consideraba primordial la preferencia de su abuela por las historias cortas. «Parece una tontería, pero no lo es, porque significa que se pueden leer en un viaje o durante breves momentos de descanso. Mi abuela jamás pretendió que sus novelas fuesen educativas; son tan solo pequeñas obras de entretenimiento impecablemente construidas, y si uno pone todos estos ingredientes en una olla y los agita vigorosamente durante unos minutos, lo que obtiene son algunas de las mejores historias de detectives del siglo XX». Tal es la magnitud de su catálogo literario que se ha calculado que si pudiéramos leer un libro de Agatha Christie al mes, tardaríamos alrededor de siete años en conocer toda su obra.[N4]

El objetivo de esta biografía es acercarse a lo que tan solo unos pocos integrantes de su círculo más cercano pudieron conocer acerca de la figura de Agatha Christie, puesto que ella trató de eliminar todas las pistas que podrían haber hecho posible reconstruir su trayectoria. Y lo hizo a

propósito, ya que no quería que la gente supiera cómo era en realidad su vida. Para un lector experimentado, sin embargo, es posible descubrir mucho de su esencia leyendo entre líneas, y no en las palabras propiamente escritas. Esta es la razón por la que la estructura de este libro ha sido desarrollada fundamentalmente a partir de los escritos de la propia novelista, sobre todo sus memorias en Siria (Ven y dime cómo vives), su autobiografía (publicada en 1976, después de su muerte), las obras que publicó con el seudónimo de Mary Westmacott (que se encontraban a medio camino entre los subgéneros autobiográfico, psicológico y sentimental) y, por último, aunque no menos importantes, las reflexiones que su segundo marido publicó en una obra titulada Mallowan’s Memories. La autora también trazó en algunos de sus personajes un retrato de sí misma —a veces parecen sentir lo mismo que ella—, lo que me lleva a creer que, en muchas de sus obras, Christie se valió de Poirot y de Miss Marple para decirnos lo que piensa. Por todo ello, no es descabellado pensar que el conjunto de su obra, leída con perspectiva, nos puede proporcionar numerosas claves para comprender la personalidad y la vida de la Reina del Crimen.

También debo hacer merecida mención de las obras de otros biógrafos como Laura Thompson, John Curran o Anne Hart. Durante la vida de Agatha Christie, hubo muy poca información acerca de ella, y casi todos los relatos de su vida publicados con anterioridad a la fecha de su muerte han de ser tratados con cierta cautela. En 1984, la autora inglesa Janet Morgan publicó una biografía autorizada en la que trató de aclarar muchos hechos de la vida de la novelista, sobre todo los ocurridos después de 1966, año en el que la Reina del Crimen se detuvo en su autobiografía. Morgan fue la única persona ajena a la familia que pudo acceder a los numerosos documentos inéditos y cartas privadas de Agatha Christie, una labor inestimable que me obliga a reconocer su gran valía y que ha servido de base para que muchos biógrafos de mi generación pudiesen desarrollar un texto más completo y actualizado. Y, aunque me haya atrevido a opinar acerca de algunas de sus novelas más emblemáticas, he preferido no extenderme demasiado para no entrar en un terreno ya muy trillado por expertos que han plasmado sus valiosos conocimientos en numerosos apéndices y reseñas de las ediciones españolas dedicadas a sus obras. Mi

intención es, simplemente, proporcionar al lector una biografía moderna, completa, pero sobre todo precisa, sobre la trayectoria de una joven y soñadora inglesa de clase media que acabó siendo protagonista de una extraordinaria y apasionante vida.

Debo resaltar, además, que este trabajo no habría sido posible sin la alentadora colaboración, consciente o inconsciente, de muchas personas que me enviaron libros y artículos, me facilitaron el acceso a archivos y bibliotecas, me ofrecieron testimonios y consejos y, sobre todo, su ánimo y su amistad cuando me sentía desfallecer ante las dificultades de un proyecto cuya envergadura supone un auténtico desafío. Entre ellas, quiero destacar a mi esposa, Eleonora, que me animó a escribir este libro desde el principio, leyó distintos capítulos, ofreció sugerencias desde muy distintas perspectivas y me instó a continuar. También quisiera dar las gracias especialmente a mi lector número uno, Víctor Sánchez, por su incalculable ayuda en la preparación de este manuscrito; a mi viejo amigo José Luis López Lavandeira, el mejor «cazador de erratas» que he conocido; gracias a su inestimable colaboración fue posible llegar a una versión final limpia y pulida; a mi revisor Uriel Pascual, que ha estado conmigo desde mi debut como escritor, demostrando siempre ser capaz de ver el bosque tras los árboles; al experto en restauración fotográfica y encargado del arte final de la cubierta que ilustra este libro, Jaime Gea Ortigas, que siempre logra obtener resultados más allá de las expectativas; a Lucinda Gosling, autora del delicioso libro Holidays & High Society, por sus orientaciones sobre el uso legal de algunas de las imágenes elegidas para esta obra, que nos ayudan a comprender de forma muy ilustrativa el trasfondo histórico de los hechos aquí narrados, y a los administradores de la página web oficial de Agatha Christie, una fuente de inagotable información fiable y precisa sobre su vida y obra. Por último, pero no menos importante, quisiera agradecer el estímulo de mi editor, Antonio Cuesta, y de todo el

equipo de la editorial Almuzara —indudablemente, este trabajo no hubiese sido posible sin su apoyo—. Juntos, nos proponemos presentar una biografía ricamente ilustrada, que se lee como una novela, con un detallado recorrido por su vida y obra; todo ello acompañado de divertidas anécdotas, curiosidades de la época y facetas de su vida expuestas por

primera vez en nuestro idioma; todo a través de una profunda y amena inmersión en los años más seductores de la ficción detectivesca.

EDUARDO CAAMAÑO

Diciembre de 2020

PRIMERA PARTE

Agatha Miller,

la niña que jugaba

con amigos invisibles

(1890-1913)

Página 21

I

FREDERICK

«Si un hecho no encaja en la teoría, abandone la teoría».

HÉRCULES POIROT

Hay dos misterios centrales en la vida de Agatha Christie: el más notorio fue su extraña desaparición en diciembre de 1926, un suceso que trataremos en un capítulo específico. El otro misterio, este más trascendental, es la razón por la cual he decidido escribir este libro: intentar comprender cómo una niña con tan pocas pretensiones —en la época victoriana, las mujeres pertenecían a la esfera doméstica y en ella deberían permanecer inertes, como si de una casta se tratara— pudo convertirse en la autora más leída de todos los tiempos.

Pero antes de comenzar a relatar la increíble trayectoria de nuestra protagonista, tenemos que retroceder a 1854, año en el que vino al mundo su madre, Clarisa Boehmer (más conocida como Clara), nacida en Belfast e hija del capitán del ejército Frederick Boehmer, quien, a la edad de treinta y seis años, se enamoró perdidamente de la que sería abuela de

Página 22

Agatha Christie, una hermosa joven de dieciséis, Mary Ann West

—conocida como Polly, algo habitual en la época victoriana—. El enlace no tardó en concretarse y en pocos años tuvieron cinco hijos (aunque uno falleció a edad muy temprana). Tras doce años de un matrimonio feliz y estable, su padre se trasladó junto con su familia a la isla de Jersey, una dependencia de la corona británica ubicada en el canal de la Mancha, donde murió poco tiempo después, en abril de 1863, al caer de su caballo durante unas maniobras militares; su mujer quedó viuda con tan solo veintisiete años. En un cuaderno familiar conocido como Las confesiones, en el que apuntaba sus pensamientos y reflexiones, Agatha describió que el estado de ánimo de su abuela por aquel entonces era «preocupante». [N1]

Mi abuela se casó a los dieciséis años con un apuesto oficial del Ejército veinte años mayor que ella. Era tan bella que había quien se detenía en la calle solo para mirarla pasar. Desgraciadamente, se quedó viuda muy joven con cuatro hijos y tuvo que volver a comenzar casi de la nada, y a pesar de verse rodeada de terribles dificultades económicas, y acuciada por las deudas, rechazó la petición de matrimonio de por lo menos tres oficiales acaudalados. Comprendía que hubiera sido conveniente para ella, sobre todo por el bienestar de su prole, pero prefirió seguir viviendo sola y, según dicen, jamás volvió a relacionarse con ningún hombre. Cuando cumplió los setenta años, redactó sus últimas voluntades, pidiendo que la enterrasen al lado de su esposo en la isla de Jersey.

Agatha Christie [N2]

Debido a la mala situación financiera en que se encontraba —su marido había perdidos los ahorros familiares en una «aventura especulativa»—, Polly pasó a bordar zapatillas, gorros y telas de toda clase con el fin de incrementar la pensión exigua que cobraba por su viudez, pero llegó un momento en el que se vio obligada a recurrir a la ayuda de su hermana mayor, Margaret, que estaba casada con un adinerado viudo americano mucho mayor que ella, Nathaniel Frary Miller. Como Margaret sabía que cualquier ayuda económica a su hermana solo serviría para

Página 23

cubrir gastos de forma momentánea, se le ocurrió la idea de adoptar a uno de sus hijos, una solución pragmática y duradera, pero, evidentemente, muy dolorosa para Polly. Tras una prolongada reunión en la que no faltaron lágrimas y sollozos, Polly decidió entregarle a su hija de nueve años, Clara, que se trasladó a vivir con su nueva familia en Cheshire, un pequeño condado al norte de Inglaterra, cerca de Manchester —en 1865, el condado ganaría cierto protagonismo con la publicación de la novela infantil Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, que tenía entre sus personajes principales al Gato de Cheshire—.

Aunque sus padres adoptivos la trataban con mucho cariño y le ofrecían todo el confort propio de su clase, Clara creció lejos de sus hermanos y sin el amor de su verdadera madre, a la que veía en contadísimas ocasiones. Clara nunca llegó a entender las razones que llevaron a su madre a elegirla para vivir lejos de sus hermanos, aunque Agatha nos aporta una respuesta pragmática en su autobiografía: «Nadie puede culpar a Polly por lo que hizo, puesto que la decisión de dejar a su hija con su hermana se basó fundamentalmente en la creencia de que una niña indefensa necesita de toda la ayuda posible, mientras que sus hijos varones estaban mejor preparados para enfrentarse a su destino». Clara, sin embargo, entendía las cosas de una manera muy distinta. Su madre, simplemente, la amaba menos que a los demás hermanos, y ese sentimiento de rechazo y abandono estaría muy presente durante toda su infancia.

Fue ese resentimiento y el profundo dolor por no sentirse querida lo que moldeó el tono de su actitud hacia la vida. Le hacía desconfiar de sí misma e incluso llegó a sospechar del afecto de la gente. Su tía era una mujer amable, de buen humor y generosa, pero era incapaz de comprender los sentimientos de una niña pequeña. Mi madre, por su parte, tenía todas las ventajas de un hogar cómodo y de una buena educación, pero perdió (y nunca pudo recuperar) la vida despreocupada junto a sus hermanos en su propio hogar. De vez en cuando, recibo cartas de lectores que me preguntan si deberían dejar que sus hijas vayan a vivir con alguien que pueda ofrecerles lo que ellos no pueden. Y cuando me hacen planteamientos como esos, siempre me entran ganas de gritar:

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«¡¡No la dejéis marchar!! ¿De qué vale la mejor educación del mundo comparada con el hogar de la propia familia y la seguridad de sentirse en su sitio?»

Agatha Christie [N3]

Clara nunca perdonó del todo a su madre haberla dado en adopción, y es muy probable que su profunda melancolía y poca autoestima se debieran a esta precoz experiencia de abandono y falta de perspectivas. Las primeras noches en la casa de su tía fueron muy duras; Clara lloraba hasta quedarse dormida, apenas tenía ganas de comer y llegó a ponerse tan mala que su tía tuvo que llamar a un médico, quien, después de hablar con la criatura, sentenció: «La niña tiene nostalgia de su casa».

En la obra Vida y misterio, la autora Gillian Gill hace referencia a Maureen Summerhayes, la protagonista de la novela de Agatha Christie, La señora McGinty ha muerto (1953). En un determinado momento, Maureen expresa de forma contundente las dudas que la autora tiene acerca de la adopción por motivos de necesidad vital: «Mi madre me dio en adopción y para mí todo fueron ventajas, como se suele decir. Y siempre me dolió, siempre, siempre, saber que no me querían, que mi madre era capaz de dejarme marchar». La intensidad con la que Agatha refleja esta terrible experiencia de la vida de Clara indica que semejante rechazo por parte de su madre habría sido, sin lugar a dudas, insoportable. Durante mucho tiempo, el único consuelo de Clara fue la compañía de su libro predilecto, El rey del río Dorado, escrito por John Ruskin (e ilustrado por Richard Doyle, tío de Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes), que ella se había traído consigo desde Jersey. [N4]

La vida de Clara con sus padres adoptivos solo se endulzaba con las fugaces visitas de su primo, también llamado Frederick —hijo de un matrimonio anterior de Nathaniel—, que residía con sus abuelos en Estados Unidos y disfrutaba —según sus propias palabras— «de una vida mundana y excitante», muy distinta de su rutina tranquila, hogareña —y

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casi aburrida— en Inglaterra. Ocho años mayor que ella, y heredero de una fábrica de harina, Frederick era el típico bon vivant en el sentido pleno de la palabra: esnob, despreocupado, con un gran don de gentes, amante del deporte y de la buena vida. Laura Thompson, una de las más célebres biógrafas de Agatha Christie, hace una descripción pormenorizada y bastante curiosa del carácter errático de Frederick: «Un neoyorquino de pura cepa, aunque embebido de la educación suiza, de la mundanidad francesa y del estricto protocolo británico».[N5] En sus memorias, Christie defiende la postura de este impredecible joven, que llegaría a ser su padre, alegando que «eran tiempos en que había rentas que bastaban para vivir, y si uno gozaba de una así, no trabajaba ni nadie esperaba que lo hiciera».[N6] Para Clara, sin embargo, Frederick era la personificación de la juventud cosmopolita, un aliento de frescura que reanimaba su pequeña existencia en un pueblo melancólico. Un día que Clara pasaba por el pasillo que daba acceso al salón de la casa, percibió que su primo entablaba una conversación con su madre. En aquel exacto momento, le escuchó decir: «¡Qué ojos más bonitos tiene mi prima Clara!». Fue lo suficiente para enamorarse perdidamente de él.

(Mi padre) derrochaba su juventud en incesantes correrías entre Nueva York y el sur de Francia, mientras que mi madre, que era una niña tímida y silenciosa, permanecía sentada en casa pensando en él y escribiendo alguna que otra poesía en su álbum.[N7]

Tras algunos años intercambiando cartas románticas, poesías edulcoradas e idílicos recuerdos, el joven playboy decidió irse a Inglaterra para pedir la mano de su prima pequeña y empezar una vida juntos en el nuevo continente. Al enamorarse del romántico hijo de su hogar adoptivo, Clara acabó trazando un asombroso paralelismo con la historia de Fanny Price, protagonista de la tercera novela de Jane Austen, Mansfield Park, publicada en 1814. Segunda hija de la hermana menor de las Ward (quien a causa de un mal matrimonio vive casi en la pobreza), Fanny es adoptada por su tía y por su esposo, sir Thomas Bertram, y se va a vivir con ellos a la mansión de Mansfield Park. El único reparo de sir Thomas era que quizá alguno de sus hijos (Tom o Edmund) se enamoraría de Fanny, pero este temor fue desechado debido a que, si crecían juntos, su vínculo sería

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fraternal. Lo que no sabe ninguno, salvo la narradora, que juega con el secreto, es que Fanny se enamora de Edmund, pero no lo manifiesta nunca, porque, después de todo, ella no tiene voz ni voto en la familia; su deber es, como se lo recuerdan siempre, ayudar a todos y agradecer el esfuerzo que sus tíos hacen por criarla. Como el amor de Fanny, el de Clara era casi imposible, y cuando su apuesto primo decidió proponerle matrimonio, ella le rechazó solo porque «era regordeta», un motivo irrelevante pero incuestionablemente válido para ella, que no se consideraba lo suficientemente atractiva para él. Educada como muchas jóvenes de su época para no tener ninguna confianza en sí misma, Clara estuvo a punto de dejar pasar la oportunidad si no hubiera sido por la insistencia de Frederick. [N8]

Se casaron en abril de 1878, y sus nombres empezaron a sonar como una pareja sacada de un cuento de hadas. (Decían algunos de los compañeros más cercanos de Frederick que su matrimonio le ayudó a sepultar un pasado de flirteos con diferentes damas de la alta sociedad neoyorquina, incluida Jennie Jerome, quien años más tarde se convertiría en lady Randolph Churchill, la futura madre del mismísimo Winston Churchill).[N9] Al casarse, Margaret Miller se convirtió automáticamente en la madrastra política de Clara, a la vez que era su tía y madre adoptiva. Esta tan complicada relación entre las dos mujeres se vería reflejada en el título de Auntie-Grannie que Agatha emplearía al referirse a Margaret — término que podría traducirse como «tita-abuelita»—. Su abuela biológica, Polly, recibiría el apelativo de Grannie (abuelita). A causa de las circunstancias de la vida de Polly, el papel que desempeñaría en la vida de sus nietos sería mucho menor que el que tuvo su hermana.[N10]

Después de una luna de miel de ensueño en Suiza, los recién casados Frederick y Clara Miller decidieron establecerse en Torquay, un centro turístico costero en Devon, que se extiende a lo largo de la costa de Torbay, conocido por aquel entonces como la Riviera inglesa por su clima estable y sumamente ameno (según los estándares británicos, significa que allí llovía un par de días menos al año que en el resto de Inglaterra), y por ello luego se convirtió en un atractivo para muchos ciudadanos de las islas británicas, sobre todo los convalecientes que provenían de las frías regiones del norte. Entre los ilustres visitantes que pasaron sus vacaciones

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en ese bucólico rincón británico figuran el político y aristócrata Benjamin Disraeli, el emperador francés Napoleón III y el rey Eduardo VII. También fue la ciudad natal de sir Francis Drake y de sir Walter Raleigh.

La ciudad de Torquay en 1890, año en el que nació Agatha Christie. En el siglo XIX era conocida como la Riviera inglesa por su clima saludable.

En enero de 1879, nació la primera hija del matrimonio, Margaret Frary Miller (Madge), y al año siguiente, durante una visita a Nueva York, vino al mundo su único varón, al que pusieron el nombre del mejor amigo de Frederick, Louis Montant (Monty). Pocos meses después, la familia embarcó de regreso rumbo a Inglaterra para una breve estancia, pues ya habían decidido instalarse definitivamente en Nueva York; pero nada más pisar suelo británico, una serie de problemas económicos empujó a Frederick Miller de vuelta al continente americano. Clara, por su parte, permaneció en Inglaterra con la misión de alquilar una casa amueblada en Torquay para la familia durante la ausencia de su marido. Con la ayuda de su tía Margaret, ahora viuda, Clara visitó más de veinte inmuebles — ninguno de su gusto— hasta que encontró lo que buscaba en Barton Road, cerca de una de las siete colinas a las afueras de Torquay. Era una casa corriente, que no estaba situada en una zona elegante, como Warberries o Lincombe, sino al otro extremo de la ciudad, en la parte más antigua de

Tor Mohun. Movida por un «irrefrenable impulso» —alejado de su carácter cauteloso y ordenado—, Clara decidió comprar el inmueble empleando para ello las dos mil libras heredadas de su tío Nathaniel. Como era de esperar, Frederick quedó desconcertado con la inesperada

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audacia de su mujer, pero, siempre complaciente, decidió no ir en contra de su voluntad, aunque por aquel entonces todavía pensaba en establecerse en Estados Unidos; el sexto sentido de Clara, no obstante, le decía que vivirían en esa casa muchos años.[N11] En este punto, hay ciertas controversias. Según algunos biógrafos, Clara decidió comprar el inmueble para impedir que la familia se trasladara a Estados Unidos y conseguir así que su marido se integrara definitivamente en la cultura y sociedad inglesas. Sea como fuere, Frederick ya estaba enamorado de la Riviera inglesa, más que por la belleza en sí, por su ambiente bucólico y veraniego, que hacía de la región una de las más demandadas de Inglaterra en los meses estivales. A su nuevo hogar le pusieron el nombre de Ashfield, una gran casa de campo de estilo italiano, rodeada por un hermoso jardín con pinos y robles. No era extremadamente lujosa, pero tampoco desentonaba entre los muchos caserones de clase media-alta que abundaban en la zona.

Con el paso del tiempo, Frederick decidió olvidarse de Estados Unidos, encantado con el estilo de vida que llevaban los habitantes de Torquay y la oferta cultural que la ciudad ofrecía. Frederick era un jugador de cartas incorregible, de esos que salían todos los días para ir al club y volvían a casa con el tiempo justo para la cena. También era un coleccionista nato, y cuando no estaba con sus compañeros en el club (del que era presidente), dedicaba su tiempo libre a recorrer los elegantes anticuarios de Torquay para hacerse con todo tipo de objetos, sobre todo elementos decorativos y pequeños muebles auxiliares —muchas de estas piezas, incluidas lámparas, biombos y apliques, servirían para amueblar las diferentes viviendas que Agatha adquiriría a lo largo de su vida—. En aquella época, estaba de moda en las familias de clase media colgar la

mayor cantidad posible de cuadros en cualquier pared —para intentar, quizás, emular el resplandor de las grandes casas de la aristocracia inglesa

— y a ello se dedicó Frederick, con una notable desenvoltura, atestando su casa de óleos de diferentes estilos, grabados japoneses y un sinfín de láminas, entre las que sobresalía una denominada Pesando al ciervo por la que sentía especial agrado. Otras piezas fueron asignadas a los diferentes miembros de la familia que con el tiempo las heredarían. Para evitar eventuales e innecesarias disputas, Margaret, la tía de Clara, solía escribir

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el nombre de los futuros beneficiarios en el reverso de las telas. El adjudicado a Agatha fue Atrapado, un lienzo que representaba a una mujer atrapando a un niño con una red de pescar, adquirido por Frederick por la cantidad de cuarenta libras esterlinas. En Ashfield, todo estaba impregnado de una aureola victoriana, aunque la novelista no tuvo reparos en escribir en sus memorias que su padre tenía un gusto artístico «muy dudoso» y que todos los integrantes de su familia eran adictos al coleccionismo.

La nueva casa familiar de los Miller, que recibió el nombre de Ashfield, se convertiría en uno de los iconos emblemáticos de la infancia de Agatha Christie.

«Cuando regreso a casa con pocas compras es simplemente porque el lugar en el que me encontraba no satisfacía mi natural e inagotable capacidad derrochadora».[N12]

A mi madre le apasionaban los muebles antiguos, las mesas Sheraton y las sillas Chippendale; adquiridas con frecuencia a un precio irrisorio por llevarse muchísimo entonces el bambú. (…) Mi abuela, por su parte, sentía verdadera pasión por la colección de porcelanas. Cuando, más adelante, se vino a vivir con nosotros, se trajo su colección de Dresden y Capo di Monte con la que se llenaron innumerables armarios. Es más, hubo que hacer otros nuevos para colocarlo todo. No hay duda de que éramos una

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familia de coleccionistas, y yo he heredado esa afición. Lo malo es que si uno hereda una buena colección de porcelanas o de muebles, no tiene ya la excusa para comenzar una colección propia. No obstante, hay que satisfacer la pasión del coleccionista; en mi caso, acumulé una buena cantidad de muebles de papel maché y de pequeños objetos que no habían figurado en las colecciones de mis padres.

Agatha Christie. Autobiografía.[N13]

Teniendo en cuenta el uso irresponsable que hacía de su dinero, no quedaba la más mínima duda de que la adquisición de aquella casa fue la mejor inversión que la pareja podría haber hecho. También fue una acción atrevida que acabó proporcionándole a Clara un ascenso en su estatus social: de esposa sumisa a mujer emprendedora y organizadora de suntuosas cenas, entre cuyos invitados recurrentes figuraban grandes nombres de la literatura, como el estadounidense Henry James. «Esos hombres —lo recordó Agatha en sus memorias— se sentían especialmente a gusto porque sabían que eran apreciados como expertos y, como tales, tenían un halo misterioso de prestigio». Ashfield era una casa tan grande y con estancias tan espaciosas que Frederick no ahorró esfuerzos en atiborrarla de muebles y de los más variados objetos con el único fin de exhibirlos ante las visitas. En total, el inmueble contaba con tres pisos y grandes ventanas. A través de las de la planta baja, se veía un precioso jardín bordeado por un sendero de grava. Contaba, además, con muchas chimeneas, y las paredes, dotadas de enrejado de madera, estaban cubiertas de enredaderas, al igual que el porche, amplio y coronado por una multitud de maceteros de todos los tamaños con jacintos, tulipanes y otras plantas que variaban según la estación del año. Unido a la casa había un gran invernadero decorado con sillones de mimbre, palmas, cactus y otras plantas tropicales, y otro más pequeño, empleado para almacenar muebles en desuso y otros trastos. Años más tarde, Agatha describiría este invernadero en la obra La puerta del destino. No por casualidad, casas con características tan fabulosas como Ashfield acabarían, inevitablemente, convirtiéndose en escenario de muchas de sus novelas, con habitantes y

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visitantes aparentemente pacíficos, pero capaces de cometer los crímenes más atroces con tal de obtener un beneficio pecuniario o conquistar un estatus social inalcanzable.

Nota del autor

Uno de los visitantes más célebres que la familia Miller recibió en Ashfield fue Rudyard Kipling, premio Nobel de Literatura y autor del clásico infantil El libro de la selva. Curiosamente, el único recuerdo que la joven Agatha conservó del paso de este célebre autor por su casa fueron los despectivos comentarios hechos por una amiga de su madre acerca del autor y de su mujer Caroline. Cuando Kipling se estableció en Torquay, era un hombre famoso que ya había rechazado importantes galardones, como el Premio Nacional de Poesía, la Orden de Mérito del Reino Unido y el título de Caballero de la Orden del Imperio Británico en tres ocasiones. Sin embargo, aceptó el Premio Nobel de Literatura de 1907, lo que le convirtió en el primer escritor británico en recibir este galardón y el más joven hasta la fecha.[N14] Durante la Primera Guerra Mundial, Kipling sufrió un duro revés con la muerte de su único hijo varón, John Kipling; el joven de dieciocho años fue abatido en la batalla de Loos, en el frente occidental. El autor se sintió inmensamente culpable por haber sido él quien le animó a alistarse cuando podría haber obtenido una dispensa por su miopía. Es conocida la curiosa anécdota de un soldado francés que se salvó gracias a un ejemplar de su novela Kim: la guardaba en el bolsillo del pecho y amortiguó el impacto de un proyectil durante un combate. Este soldado, después de terminada la guerra, le ofreció al escritor el libro con la bala dentro y la cruz de guerra que había recibido. Kipling y el veterano entablaron una bonita amistad y, cuando nació el hijo del soldado francés, el autor insistió en devolverle el libro y la cruz.[N15]

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Clara Boehmer y Frederick Miller el día de su boda. Considerados como unos bons vivants por la sociedad de Torquay, los padres de Agatha Christie se hicieron famosos en la ciudad por sus grandes y generosos banquetes.

Nuestra protagonista nació en Torquay el 15 de septiembre de 1890 a las 14:14 de la tarde; por lo tanto, fue virgo en términos astrológicos. Sexto signo del zodíaco, regido por el planeta Mercurio, dota a sus nativos de unas condiciones mentales sobresalientes. En ocasiones, Virgo puede centrarse demasiado en los detalles, sin ver más allá, y a veces le resulta difícil entender otros puntos de vista distintos al suyo, volviéndose exigente y de mente cerrada. Llegó al mundo con una importante diferencia de edad con respecto a sus hermanos mayores; Madge estaba a punto de cumplir once años, y Monty, diez, y hay quien dice que su concepción fue un «accidente», aunque la mayor parte de sus biógrafos «serios» no considera esta hipótesis como factible. La niña fue bautizada como Agatha —un nombre que ya no era tan popular como había sido, según un libro de nombres ingleses de 1880, aunque en el norte de Inglaterra se daba con más frecuencia que en el sur—. Según el relato de

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la propia escritora, el nombre fue escogido por sus padres al azar y fue sugerido en el último momento por una de las mejores amigas de Clara. Sin embargo, existe un rumor que dice que el nombre vino inspirado por el título de una de las novelas favoritas de Clara, El esposo de Agatha, de Dinah Maria Mulock, una prolífica y popular escritora inglesa que gozó de una gran popularidad en su época.

Como era costumbre en muchas familias victorianas, Agatha recibió, además, otros dos nombres de pila: Mary y Clarissa —que son, respectivamente, los nombres de su abuela materna, Mary Ann West, y de su madre, Clarissa—. Cuando ya era una autora conocida, Christie combinaría el nombre de Mary con los apellidos de soltera de su abuela (West) y de una de las autoras más populares de la época (Louisa May Alcott) y formaría el seudónimo Mary Westmacott, que sería utilizado para las obras que la apartaban del género policiaco, novelas que tendrían una extraordinaria importancia en su vida y servirían como fuente de consulta para muchos de sus biógrafos por su explícito contenido autobiográfico. Y con respecto a sus apellidos, la escritora tuvo tres a lo largo de su vida (Miller, Christie y Mallowan). Nacida Agatha Miller, cambió su nombre por el de Agatha Christie con motivo de su matrimonio con Archibald Christie, y lo conservaría muy a su pesar después del divorcio porque era el nombre que aparecía impreso en el lomo de sus obras. Ironías del destino: Agatha acabaría popularizando el apellido Christie, e incluso las iniciales, perteneciente a la persona que más decepciones le causaría en la vida.

Curiosamente, su llegada al mundo coincidió con la publicación de la segunda novela de Sherlock Holmes, El signo de los cuatro, cuyo origen se remonta un año antes en el tiempo, en agosto de 1899, cuando el prestigioso editor de la revista americana Lippincott’s Monthly Magazine, Joseph Marshall Stoddart, llegó a Londres con el objetivo de crear una edición británica que ofreciera a los lectores textos inéditos de jóvenes autores nativos. Para este cometido, se reunió con Arthur Conan Doyle (por aquel entonces, un ilustre desconocido) y con Oscar Wilde, una figura prominente en la sociedad londinense que ya se había hecho cierto nombre como autor de poesías y ensayos como La decadencia de la mentira, Pluma, lápiz y veneno, El crítico artista y La verdad sobre las máscaras.

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La velada, que tuvo lugar en el suntuoso hotel Langham, suele citarse como el punto de partida de una prometedora relación entre ambos escritores, aunque sus estilos provenían de polos opuestos: exponente del esteticismo, Oscar Wilde defendía que el artista debía dedicar sus esfuerzos únicamente a crear belleza, mientras que Conan Doyle era el ejemplo de la narración a la vieja usanza, con personajes y escenarios que podrían ser tan oscuros y siniestros como románticos y agradables. La cena concluyó con el compromiso de ambos autores de escribir una novela para la Lippincott. La obra no podría exceder las cuarenta mil palabras; a cambio, les pagarían cien libras. En un primer momento, Wilde demostró cierta reticencia a la propuesta ofrecida por el editor (alegó —a su manera

— que se trataba de un proyecto complicado porque no existían cuarenta mil palabras bellas en inglés), pero al final de la cena se logró romper la resistencia del esnob y perfeccionista autor y, un año más tarde, en julio de 1890, publicó su obra, titulada El retrato de Dorian Gray (su primera y única novela), una dramática historia de decadencia moral basada en el mito de Fausto, paradigma de la lucha del alma humana entre el bien y el mal. Por su parte, Arthur entregó a Stoddart El signo de los cuatro, en el que Holmes hace su segunda aparición en un canon que llegaría a alcanzar cuatro novelas y cincuenta y seis relatos cortos. En este nuevo y espeluznante caso, Watson narraba la historia de Mary Morstan, una hermosa joven con un pasado oscuro. El tema del colonialismo inglés y su impacto sobre el mundo victoriano aparece durante los últimos tramos de la novela, que también ofrece al lector un misterio de cuarto cerrado, un formato que Agatha Christie perfeccionaría, aunque la autora demostró en incontables ocasiones que también era posible limitar el número de los sospechosos en un lugar público gracias a alguna circunstancia fortuita.[N16]

Al contrario de lo que dice la creencia popular, Agatha Christie no nació en el seno de una familia rica y aristocrática, aunque contaban con algunos empleados y vivían en una casa cómoda y muy amplia. Para los estándares de la época, ser rico significaba contar con un gran equipo de sirvientes, comenzando por un mayordomo encargado de la casa, un ama de llaves responsable de las criadas, un equipo de doncellas y ayudas de cámara

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para atender las necesidades básicas de la señora y del señor de la casa, así como la de sus hijos, una cocinera jefa y sus asistentas, una institutriz encargada de la educación y cuidado de los niños y, en el último eslabón, el tweeny, una especie de aprendiz que se encargaba de recoger y limpiar todos los desperdicios, desde basura a heces. En su autobiografía, la autora hace una descripción bastante precisa y fidedigna de la clase social a la que pertenecía su clan:

Muchos pensaban que éramos ricos y nadábamos en la abundancia simplemente porque mi padre era americano, pero, en realidad, solo éramos una clase media acomodada. No teníamos mayordomo ni criados como otras familias de la región; carecíamos de coche, caballos y cochero, y solo teníamos tres sirvientas, que era lo mínimo entonces. Y si había una ocasión en la que uno podía comprobar a qué clase social pertenecíamos, era en los días de lluvia: si íbamos a tomar el té a casa de unos amigos, teníamos que andar un buen trecho bajo la lluvia con el impermeable y los chanclos. Nunca se pedía un coche para una chica, a menos que tuviera que ir a una verdadera fiesta, y eso para que no se le estropeara el vestido.[N17]

Criada entre creencias cristianas y esotéricas (puesto que su madre era muy aficionada a temas tan dispares como la teosofía o la parapsicología), Agatha fue la única de los tres hermanos en recibir una educación según los cánones victorianos, y no asistió de forma permanente a ningún colegio hasta bien llegada la adolescencia, puesto que el papel de una joven burguesa en la Inglaterra de la época era, inevitablemente, convertirse en una esposa dedicada, aunque no se le aplicó el mismo razonamiento a su hermana mayor, Madge, que estudiaba en el Roedan School, un colegio privado con internado para niñas en Brighton. Esta anticuada escolarización tenía ventajas e inconvenientes: una gran ventaja fue que, a falta de otros niños de su edad con los que compartir juegos, la pequeña Agatha desarrolló una portentosa y creativa imaginación; pasaba incontables horas fantaseando con un amplio «catálogo» de amigos

imaginarios con los que hablaba y ensayaba pequeñas —pero muy ingeniosas— obras de teatro que luego eran presentadas a su familia. «Mis

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funciones teatrales eran muy graciosas, al menos mi padre disfrutó mucho con ellas, pero luego supongo que se harían aburridísimas. No obstante, jamás me dijeron con franqueza que era una molestia presenciarlas todas las noches. A veces se disculpaban por tener invitados a cenar, pero generalmente no faltaban, y por lo menos yo me divertía». A veces, Madge la reñía, diciéndole que parecía una «loca hablando sola por los pasillos», y cuando nadie tenía tiempo para prestarle atención, Agatha se entretenía ella sola en el invernadero de plantas exóticas, que se convirtió en su particular refugio.[N18]

Por eso, creé mi propio mundo y mis compañeros de juego. Creo que fue muy positivo. A lo largo de mi vida, jamás he sufrido por no tener nada que hacer y me resulta increíble la cantidad de mujeres que padecen de soledad y aburrimiento. Si uno solo sabe entretenerse a costa de los demás, se sentirá inevitablemente perdido el día en que se encuentre solo.[N19]

De algún modo, era exactamente lo que Clara deseaba para su hija más pequeña: que la dejasen tranquila. En su biografía, la autora recuerda el día en que su padre le regaló un perro por su cumpleaños. Tal era la sensación de felicidad que sintió que fue incapaz de reaccionar, y en lugar de abrazar a su padre, como era lo esperado, la niña salió corriendo y se encerró en su habitación. Frederick quedó decepcionado por la fría acogida dispensada por su hija; al comentárselo a Clara, que conocía a la niña mejor que nadie, le contestó: «Le gustó tanto que tuvo que aislarse para poder entender mejor su emoción». Y tenía toda la razón. Al recordar el episodio en sus memorias, Agatha explica con exactitud lo que sintió aquel día: «Necesitaba estar sola para asimilar esa increíble felicidad. Bajé la pesada tapadera rectangular de caoba, me senté en ella y, con la mirada perdida frente a un mapa de Torquay colgado de la pared, me puse a considerar lo que significaba aquello. “Tengo un perro, un perro. Es mío… mi propio perro… un terrier de Yorkshire…, mi perro…, mi propio perro…”».

Esta constante soledad, sin embargo, la acabó convirtiendo en una persona extremadamente tímida y demasiado apegada a su entorno afectivo, sobre todo a su madre, aunque la omnipresente compañía de los adultos que componían su universo, todos amables y respetuosos, permitió

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que su infancia fuera muy feliz y amena. Sus padres apenas discutían, sus abuelas eran afectuosas y las criadas muy cariñosas. En su autobiografía, la escritora recuerda que después de la hora del té, su institutriz la conducía al salón para jugar un rato con su madre y escuchar algunos de esos cuentos que tanto la fascinaban y que la motivaron a aprender a leer sola a los cinco años, simplemente porque no quería esperar hasta los ocho, según el plan ideado por Clara, que creía que «retrasar la lectura era beneficioso para los ojos y el buen desarrollo del cerebro». Por otro lado, su madre la motivaba para que practicara toda clase de deporte, desde caminatas por los senderos de los alrededores hasta extenuantes sesiones de natación en las gélidas aguas de la bahía de Torquay. «Una de las mejores cosas que le pueden tocar a uno en la vida es una infancia feliz. La

mía lo fue —escribió la novelista en sus memorias—. Tenía una casa y un jardín que me gustaban mucho, una juiciosa y paciente institutriz, y por padres a dos personas que se amaban tiernamente y cuyo matrimonio y paternidad fueron todo un éxito».[N20]

Mi madre siempre me leía cuentos nuevos y apenas los repetía. Un día, me estaba contando una especie de historia policíaca cuando fue interrumpida por alguien que llamó a la puerta. Una vez que se fue la visita y quise conocer el final del cuento, interrumpido en el momento más emocionante, cuando el malo estaba instilando veneno en la vela, mi madre, simplemente, no lo supo terminar. Todavía me obsesiona aquel serial inacabado.

Agatha Christie.[N21]

Muy curiosa y preguntona, Agatha comenzó a transgredir, con llamativa naturalidad, los parámetros que la educación de su época quiso imponerle, invirtiendo buena parte de su tiempo en los libros infantiles de sus hermanos, sobre todo las obras de Mary Louisa Molesworth, una autora holandesa que se había convertido en un auténtico fenómeno de la literatura infantil de finales del siglo XIX. Entre sus libros más famosos se encuentran Las aventuras de Herr Baby (1881), La tierra del árbol de Navidad (1886) y Las nueces mágicas (1898). «Desde luego, a los chicos

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de hoy les parecerían anticuados, pero la redacción es buena y los personajes están bien caracterizados», escribió la novelista en sus memorias.

La joven Agatha también tenía a su alcance las lecturas de infancia de su madre, traídas de Nueva York, libros emocionantes, escritos con sencillez y provistos de ilustraciones, y otras obras que le habían regalado con posterioridad. Con el paso del tiempo, fue poco a poco reconociendo las formas de las palabras en lugar de deletrearlas, y con esto aprendió a leer. Agatha también preguntaba a su institutriz Nursie (nunca se supo su verdadero nombre) por el significado de todo aquello que encontraba escrito en las etiquetas de las medicinas, en las vallas y en los carteles de las tiendas, y ella le recitaba todos los títulos y letreros que se encontraban a su paso. Llegó un día en el que tomó entre sus manos un libro titulado El ángel de amor, de L. T. Meade, y se dio cuenta de que podía leerlo entero —a su madre no le gustaba este libro porque las niñas que describía eran ordinarias y no pensaban más que en ser ricas y tener vestidos elegantes—. [N22] «A mí, en secreto, me gustaban, pero con un vago sentimiento de culpabilidad por tener gustos vulgares». Cuando lo terminó (a duras penas, pero sin la ayuda de nadie), Nursie se presentó ante su madre con aire consternado y le dijo: «Siento mucho decírselo, señora, pero la señorita Agatha ya sabe leer».[N23] Clara quedó muy afligida, pero ya no tenía remedio. Sin haber cumplido los cinco años, el mundo de los libros se abría ante su hija pequeña y, desde entonces, sus regalos favoritos en Navidad y en los cumpleaños eran los cuentos infantiles; también le gustaba leer la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, cuyos textos consideraba perfectos para entretener a los niños. «Me parecen cuentos de primera categoría: tienen la causa y el efecto dramático que exige la mente infantil: José y sus hermanos con la túnica multicolor, la subida al poder en Egipto y el dramático final con el perdón de sus hermanos. Moisés y la zarza ardiente era otro de mis relatos preferidos. El de David y Goliat también me resultaba sumamente atractivo».[N24]

Nota del autor

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Agatha Christie nunca se consideró una persona erudita, y cuando era tan solo una joven adolescente, sus autores favoritos eran los habituales para una muchacha de su época (Charles Dickens, Julio Verne, Ellen Wood o las hermanas Brontë). Su poca formación, sin embargo, fue compensada, con creces, por su insistencia en escribir de forma exhaustiva, probando fórmulas narrativas que luego acabarían cuajando y servirían de inspiración o serían incluso emuladas por las nuevas generaciones de autores de misterio. Si en los comienzos su forma de escribir era poco fluida, perdiéndose a veces en largas parrafadas, lo cierto es que fue librándose de forma gradual de estos defectos hasta alcanzar una extraordinaria soltura en su forma de expresarse.[N25] Esto es un logro que solo se consigue a costa de muchas páginas escritas, decenas de folios tirados a la papelera e incontables horas de trabajo; en este aspecto, Agatha Christie no es un caso aislado. George Bernard Shaw abandonó el colegio, porque creía que la educación formal valía para muy poco, y en vez de asistir a las clases que le correspondía, pasaba horas en la biblioteca leyendo sobre arte, historia y literatura, plasmando en el papel todo lo que se le ocurría de estas lecturas; Charles Dickens tuvo que trabajar desde muy pequeño en una fábrica de betún, donde pasaba diez horas diarias, y apenas pudo acudir al colegio; José Saramago comenzó a estudiar para ser mecánico con tan solo doce años de edad, y como en aquella época los estudios técnicos en Portugal incluían asignaturas de humanidades, fue así donde conoció los grandes clásicos. Aunque era buen alumno, tuvo que dejarlo poco después porque sus padres no podían pagarle la escuela, así que se puso a trabajar como cerrajero; Maksim Gorki quedó huérfano de padre con solo cinco años, y a los ocho, su abuelo le obligó a dejar la escuela para empezar a trabajar como aprendiz. Sería su abuela quien engendraría su amor por la literatura a través de los cuentos que le relataba antes de dormir.[N26]

A principios del siglo XX, la variedad de libros para niños y adolescentes aumentó considerablemente gracias a la corriente del romanticismo, que propició el auge de la fantasía a finales del siglo XIX. De esta época datan dos iconos de la literatura infantil: por un lado, los hermanos Grimm, que,

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desde Blancanieves hasta la bella durmiente, popularizaron muchos de los personajes más famosos hoy en día gracias a sus Cuentos para la infancia y el hogar (1812-1815). No fue menos trascendental la aportación de Hans Christian Andersen en Cuentos para niños (1835), obra caracterizada por su sensibilidad a la hora de esculpir a personajes tan dispares como la sirenita, el soldadito de plomo y el patito feo. La editorial Saturnino Calleja, creada en 1876, fue la que divulgó las mejores piezas de literatura infantil en España gracias a los denominados «cuentos de Calleja», que contaban con la colaboración de los ilustradores más reconocidos de la época bajo la dirección artística de Salvador Bartolozzi. Estos cuentos estaban presentes en la mesita de noche de la mayoría de niños españoles que vivieron en las primeras décadas del siglo XX. Eran cuentos con letra pequeña, con algunas ilustraciones en blanco y negro y con un contenido divertido; su lectura era amena y rápida.

La idílica infancia de Agatha Christie coincidió con una época de transición cultural en la que la literatura infantil alcanzó una completa autonomía y patente madurez. La psicología y los intereses del niño empezaban a ser tenidos en cuenta, y los autores decidieron trazar tramas y personajes mucho más elaborados, que incluían lugares exóticos, villanos tiránicos, jardines secretos y objetos que constituían una equilibrada mezcla de lo cotidiano y lo fantástico, lo que desempeñaba un papel significativo en el desarrollo del lenguaje, ya que los niños que escuchan diferentes narraciones de cuentos desde temprana edad desarrollan un vocabulario más amplio y tienen un mejor manejo del lenguaje oral. Además, desarrolla la imaginación, un aspecto que se hizo muy presente en Agatha desde temprana edad. Entre sus lecturas favoritas estaban los cuentos de hadas y una colección de cuentos de animales escritos por Andrew Lang.

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La lista de clásicos infantiles publicados durante todo el siglo XIX es incalculable, pero entre los más conocidos podemos destacar Caperucita Roja, adaptación de los hermanos Grimm (1812); Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi (1883), y Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll (1865).

Pese a la creencia de Clara de que la lectura prematura podría ser sumamente perniciosa, a su hija le regalaron libros desde muy temprana edad. Agatha tuvo, además, la oportunidad de consultar una infinidad de palabras o referencias desconocidas, pues el hogar de los Miller estaba abarrotado de libros y ediciones especiales, como los cuarenta y siete volúmenes de la Cornhill Magazine, las obras completas de George Eliot y diferentes clásicos de la literatura francesa. Es incomprensible que una niña tan curiosa como Agatha permaneciera apartada de este universo, pero fue comprendiendo los textos que leía y comenzó a acceder a obras más complejas. Su padre, por su parte, decidió que si su hija ya sabía leer, ahora le tocaba aprender a escribir, y tal y como recuerda la propia autora en su autobiografía, este proceso no resultó «ni de lejos tan placentero», pero la pequeña no claudicó. Empezó garabateando sus primeras palabras a lápiz y, para cuando hubo cumplido los siete años, ascendió de categoría. Pasó a usar tinta y plumilla, realizando una letra de ancho trazo y claramente legible, aunque su caligrafía se fue volviendo más enrevesada a medida que iba creciendo. «Todavía aparecen por los cajones algunos cuadernos llenos de palotes y garabatos o líneas de bes y pes temblorosas, que distinguía con dificultad, pues había aprendido a leer por la apariencia

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de las palabras y no por las letras», recordó años más tarde la novelista.[N27] A pesar de no haber recibido ningún tipo de instrucción profesional, su educación fue tan esmerada o incluso superior a la que recibían las jóvenes de su época en las escuelas de Torquay. Debido a que no fue al colegio, quizá pensara de forma diferente a los demás al no estar «sometida» a un sistema de enseñanza vicioso, pues pensaba que la mejor forma de educar a una niña era dejarla lo más libre posible, darle aire fresco y no forzar su mente de ningún modo, lo cual contribuyó a su forma de crear historias. Agatha, en definitiva, no pensaba en líneas rectas, como casi todo el mundo, sino de forma lateral. Su padre, muy complacido con los progresos de su hija pequeña, le empezó a enseñar problemas matemáticos. A Agatha le encantaban; aunque se trataba solo de números disfrazados, tenían un sabor que a ella le intrigaba. «Juan tiene cinco manzanas, Jorge tiene seis; si Juan le quita dos manzanas a Jorge, ¿cuántas tendrá Jorge al cabo del día? Hoy, pensando en el problema, me dan ganas de responder: “Depende de lo que le gusten a Jorge las manzanas”».[N28]

A veces me pregunto qué habría sido de mí si hubiera prolongado los estudios. Supongo que me habrían apresado las matemáticas que tanto me gustaban. En ese caso, mi vida habría sido muy distinta; quizá sería una matemática de tercera o cuarta categoría y habría pasado por el mundo sin pena ni gloria, y, probablemente, sin haber escrito ningún libro. Las matemáticas y la música me habrían llenado lo suficiente, pero me habrían cerrado las puertas de la imaginación. Sin embargo, después de reflexionar un poco, creo que soy lo que tenía que ser.

Agatha Christie

Nota del autor

Se dice que la pequeña Agatha era considerada la «lenta» de la familia y, durante muchos años, circularon rumores acerca de que la novelista podría

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ser disléxica y adolecer de disgrafia, una descoordinación muscular que provoca una escritura tan ilegible que solo su autor es capaz de entenderla; razón por la que solía dictar sus historias y grabarlas con un dictáfono para que, posteriormente, su secretaria pudiera transcribirlas.[N29] «Mi madre y mi hermana solían reaccionar ante determinadas circunstancias, pero yo apenas era capaz de seguirlas. Además, en ocasiones me costaba hallar las

palabras correctas para expresar lo que sentía —confesó la novelista en su autobiografía—. Era una realidad que yo simplemente aceptaba y trataba de no afligirme».

La dislexia es un trastorno del aprendizaje que dificulta la lectura a causa de problemas para identificar los sonidos del habla y para comprender cómo estos se relacionan con las letras y las palabras. La disgrafia, por su parte, es un trastorno que dificulta la coordinación de los músculos de la mano y del brazo, lo que impide a afectados dominar y dirigir el instrumento de escritura de la forma adecuada para escribir de forma legible y ordenada. Al padecer (supuestamente) trastornos tan graves, sorprende sobremanera que fuera capaz de redactar tramas tan intrincadas y complejas. Hay una curiosa anécdota en torno a su disgrafia: se cuenta que, tras su muerte, apareció entre sus pertenencias una voluminosa pila de más de setenta cuadernos escritos a mano. Como nadie podía entender su letra, fueron prácticamente ignorados durante mucho tiempo, hasta que el autor John Curran se atrevió a descifrarlos y descubrió que en ellos había dos novelas inéditas de Hércules Poirot, publicadas bajo el título Los cuadernos secretos de Agatha Christie.[N30] A falta de un diagnóstico preciso, jamás sabremos la verdad; sin embargo, es un hecho comprobado que un disléxico tiene habilidades visuales muy desarrolladas, una imaginación vívida, habilidades prácticas, innovación y una inteligencia por encima de la media. Curran, sin embargo, trató de desmentir en el capítulo 2 de esta misma obra cualquier patología que la novelista pudiese padecer: «Durante algunos años, se ha sostenido una teoría, sobre todo en la prensa popular, según la cual Agatha Christie padecía dislexia. No tengo ni idea de cuál es el origen de esta conjetura, pero basta con echar un vistazo somero a los cuadernos para desmentir esta presunción. El único ejemplo que se podría aportar es la vacilación que hay entre Caribbean y Carribean a lo largo de las notas que tomó para

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Misterio en el Caribe. Y no creo que sea ella la única persona en tener esa duda».[N31] A falta de un diagnóstico preciso, jamás sabremos la verdad; sin embargo, es un hecho comprobado que un disléxico tiene habilidades visuales muy desarrolladas, una imaginación vívida, habilidades prácticas, innovación y una inteligencia por encima de la media.

Antes de cumplir los diez años, la joven Agatha ya había devorado los títulos de algunos de los autores más populares de su época —George Eliot, Ellen Wood, Walter Scott, Edith Nesbit, las hermanas Brontë, Charles Dickens (de cuya obra se enamoró perdidamente) y Julio Verne (cuyas novelas leyó en francés)—. Al tiempo que crecía, fue ampliando su catálogo de autores y estilos preferidos, pasando de los libros juveniles a la poesía de Edward Lear o autores más complejos como Balzac y Zola. La biblioteca de Ashfield contaba además con compendios de información general y enciclopedias, que eran la gran moda de la época, y que siguieron cobrando un protagonismo absoluto hasta que entró en decadencia a finales del siglo XX con la aparición de Internet. Una de las colecciones favoritas de Agatha era La Guía del conocimiento científico de las cosas familiares, de E. Cobham Brewer, que ofrecía toda clase de información acerca de asuntos tan dispares como «las veinticuatro clases de Carlos Linneo», «principios básicos de la fotografía», «la clasificación de las conchas» y demás. Tales libros contenían también diferentes juegos de cifras y palabras como crucigramas y numerogramas, dameros, puzzles y otros pasatiempos que no solo entretenían, sino que además adiestraban la mente. A su interés por el orden y la proporción, se unía un enorme placer por jugar con letras y números, interpretar códigos cifrados y jugar con secuencias y disposiciones que encubrieran o revelasen un significado distinto.[N32] Con este amplio abanico de opciones al que Agatha tuvo acceso durante toda su infancia, hay quien afirmaba que la joven que un día se convertiría en la autora más popular de todos los tiempos no llegaría a ser capaz de dominar por completo la ortografía y la gramática por haberse alfabetizado por cuenta propia sin la debida asistencia de un tutor, una tesis considerada por muchos críticos literarios de la época como una exageración. Pese a no haber asistido jamás a la escuela ni haber recibido

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clases a domicilio, Agatha aprendió algo de gramática y álgebra en una academia femenina de Torquay dirigida por una tal señorita Guyer, donde se matriculó cuando cumplió los trece años de edad. Con un perfil intelectualmente caprichoso, demostraba cierta resistencia en el aprendizaje de temas que la aburrían y, como consecuencia, tenía cierta dificultad para desarrollar un razonamiento lógico o las normas más elementales de la gramática. Estas carencias, sin embargo, no constituyeron un obstáculo significativo, sobre todo porque sus talentos

innatos —como el ingenio, la creatividad y la capacidad imaginativa— compensaban con creces sus carencias educativas de base.

De todos los juegos que ideaba de niña, mi favorito era los Kitten. La señora Benson, la madre de todos, era muy pobre y estaba muy triste. Su padre, el capitán Benson, había sido marino, pero su barco se había ido a pique, lo que había dejado a la familia sumida en la miseria. Esa era la saga de los Kitten. Tenía un final feliz ya borroso en mi mente: el capitán no había muerto; un día, reapareció con una riqueza inmensa, precisamente cuando la situación de los suyos se había vuelto desesperada. De ahí pasé a la señora Green. Tenía cien hijos; los más importantes eran Lanudo, Ardilla y Árbol, que me acompañaban en todas las expediciones que yo hacía por el jardín. Un día me regalaron un canario, al que puse el nombre de Doradín. Desde el primer momento, no lo consideré tan solo un pájaro, sino el inicio de una nueva saga secreta. Los personajes principales eran Dickie y su amada. Cabalgaban en briosos corceles por todo el país (el jardín) y corrían grandes aventuras, escapando a duras penas de las garras de los bandidos.

Agatha Christie.[N33]

Años más tarde, cuando ya era una escritora de éxito, Agatha Christie oscilaría entre dos actitudes, aparentemente contradictorias, acerca de los beneficios de recibir una educación superior. Por un lado, era constatable su desdén por las excelencias de la educación formal y un cierto desprecio por la formación universitaria en general. Pero, por otro lado, solía

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demostrar, aunque de forma inconsciente, un cierto complejo de inferioridad. Le gustaba referirse a sí misma como una «inculta» (de hecho, le dedicó con júbilo «¡a los incultos!» el título de Dama del Imperio Británico que recibió de las manos de la mismísima reina Isabel II) y siempre demostró un profundo respeto por la erudición de Max Mallowan, su segundo marido, que se movía con extrema naturalidad entre los estudios clásicos. Max llegó a estudiar en el selecto All Souls College de Oxford, de donde han salido reyes, primeros ministros, premios nobel y hasta un papa. Si se observan las cosas con cierta perspectiva, es justo afirmar que Agatha fue una «víctima» del sistema de valores educativo de su generación.[N34]

Otra característica de su infancia fue su irremediable timidez y su carácter introvertido. Agatha Christie fue una niña pura e inocente que vivió toda su vida en una burbuja creada escrupulosamente por su madre para alejarla no solo del peligro, sino también de la dura realidad. Clara sabía mejor que nadie lo que era carecer de confianza en uno mismo, y por ello trataba de actuar casi como la intérprete de su hija pequeña frente al mundo. Pero al llegar a la fase adulta, Agatha Christie comprendió que el sistema de protección ideado por su madre acabó siendo desventajoso. «El ambiente entre algodones en el que había crecido acabaría convirtiéndome en una persona demasiado frágil para afrontar los inevitables reveses de la vida».[N35] Y uno de esos reveses ilustra a la perfección este fuerte vínculo de comunicación entre Clara y su hija. Cuando vivían en Pau, Frederick organizó una excursión familiar en mula a los Pirineos. Al principio, la pequeña Agatha se mostró muy motivada, interesada y en absoluto asustada por las «demostraciones de osadía» de su mula, que se empeñaba en caminar por el borde del abismo parándose para comer hierba en lugares peligrosos. Todo iba según lo planificado hasta que llegó el almuerzo y el guía francés de la familia, creyendo que iba a agradar a la niña, atrapó una mariposa viva y la clavó con un alfiler en su sombrero. Atormentada al ver el desesperado aleteo del agonizante insecto, Agatha se echó a llorar con desconsuelo. Además, tenía sentimientos contrapuestos. Era consciente de que se trataba de una gentileza por parte del guía, que se la había ofrecido como un regalo especial, y, por lo tanto, tenía miedo de herir su sensibilidad diciendo que no le gustaba, pero a la vez deseaba

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desesperadamente que se la quitara de encima. En tales circunstancias, a una niña no le queda más que una alternativa: echarse a llorar. Irritados, su padre y su hermana llegaron al hotel quejándose no solo por el «espectáculo» que Agatha había montado, sino sobre todo por su terca negativa a explicar qué le pasaba, un claro ejemplo de su absoluta incapacidad para expresar el cúmulo de sentimientos que la invadían. Tan solo su madre pudo comprender la causa de sus lágrimas. «Agatha está llorando por la mariposa. Estaba viva y pensaba que sufría». Años más tarde, la escritora recordaría el «extraordinario alivio» que sintió al verse liberada de «aquella dolorosa esclavitud de silencio».[N36]

De hecho, este recurrente silencio, o como lo solía definir irónicamente su padre, «esta extraña aversión casi patológica a compartir información», era lo que mejor definía la esencia de su naturaleza. A los tres años, tomó la decisión de no volver jamás a hablar en alto al enterarse de que su niñera la había estado escuchando cuando hablaba con los Kitten —sus amigos imaginarios y compañeros secretos de juegos—. «¡Los Kitten son míos y solo míos! —exclamó furiosamente—. Y nadie debe saber nada acerca de su existencia». Aparte de esta drástica decisión, tomada prematuramente en la infancia, de impedir que nadie supiera lo que pensaba, destacaba su predilección por buscar refugios como forma de protegerse donde quiera que fuese. Y Ashfield era, sin lugar a dudas, su refugio predilecto; y aunque a lo largo de su vida compraría un buen

número de inmuebles —once en total—, ninguno ocuparía un lugar en su corazón como esta villa cerca del mar en la que creció rodeada por un exuberante jardín. Se decía en la prensa rosa de la época que la novelista amaba las casas casi más de lo que amaba a la gente. «En mis sueños, casi nunca aparecen Greenway o Winterbrook; es siempre Ashfield, el viejo hogar de mi familia, donde vi la luz por vez primera, aunque las personas que vea sean de hoy», confesaría en sus memorias.[N37]

Las casas han sido siempre mi gran pasión, y hubo un momento en mi vida en que era la orgullosa propietaria de ocho inmuebles. Me había aficionado a buscar por Londres casas medio derruidas para hacer cambios en la estructura, decorarlas y amueblarlas. Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, me hicieron pagar seguros por daños de guerra para todas ellas, y ya no fue tan divertido. No

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obstante, cuando al final las vendí, me dejaron un buen beneficio. Fue un distraído pasatiempo mientras duró; siempre me ha gustado pasar por una de «mis» casas para ver cómo las conservan y adivinar qué clase de gente vive ahora en ellas.

Agatha Christie.[N38]

Para el ensayista británico W. H. Auden, la estricta rutina de Ashfield, con su disciplinado y siempre atento equipo, se convertiría para Agatha en una fuente de inspiración infinita para la ficción detectivesca. Sin la presencia de Nursie, la cocinera Jane o el equipo casi omnipresente de doncellas, Ashfield jamás habría logrado la atmósfera de ocio ordenado que tanto admiraba. De todos los criados de Ashfield, Jane era su referente. «Majestuosa, olímpica, de amplio busto, caderas colosales y una faja almidonada que ceñía su cintura», solía preparar almuerzos diarios de cinco platos y cenas para ocho o más invitados con regularidad sin quejarse o demostrar un solo signo de agitación, incluso cuando la pequeña Agatha se acercaba acosándola por un puñado de pasas o uno de los pasteles de rocas que salían siempre crujientes y humeantes del horno. «Jamás volví a comer un pastel de roca tan bueno como los que hacía nuestra cocinera», reveló cierta vez. Jane fue quien le enseñó a la pequeña Agatha a elaborar pasteles de bizcocho, «algunos con pasas sultanas, otros con jengibre», como le escribió orgullosa a su padre a los once años. Aunque le gustaban todo tipo de pasteles, dulces y tartas, lo que en realidad le fascinaba era la crema de Devonshire, que tomaba a cucharadas. Estaba compuesta por una gruesa y rica crema amarillenta que se obtenía calentando la leche no pasteurizada hasta conseguir una gruesa capa en su superficie. La leche se enfriaba a continuación, y la capa de crema se desnataba. Era ideal para acompañar pastas y tés; era la clase de golosina que cualquier niña solitaria anhelaría. «Con todo lo que comía, lo lógico hubiera sido estar gorda y tener los ojos diminutos como un cerdo; en cambio, tenía un tipo etéreo, frágil y delgado y unos enormes ojos soñadores. Al verme, se me podía augurar una muerte prematura en estado de éxtasis, como a los niños de los relatos victorianos».[N39]

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La comida se tomaba muy en serio en Ashfield; era, sin lugar a dudas, el ancla que mantenía la vida cotidiana del lugar y el objeto de las incontables facturas que se acumulaban sobre el escritorio de Frederick. Un almuerzo familiar de domingo, por ejemplo, se convertía en una abundante comilona regada con los mejores vinos franceses y porciones generosas de los más variados postres; en las grandes ocasiones, incluso se contrataba a varios mayordomos para atender la mesa y un cocinero profesional que elaboraba copiosos menús que no podían tener menos de cinco platos diferentes, siempre abundantes, para satisfacer a cualquier gourmet, que podía elegir entre un filete de lenguado y ostras a la plancha o un jarrete de cordero estofado; una tartaleta de limón con fresas salvajes y nata o macedonia de frutas macerada en zumo de naranja con queso mascarpone. En el libro de recetas personal de Clara, solo había una receta verdaderamente económica: la de los macarrones con queso, cuyos ingredientes, según Clara, solo podrían ser adquiridos «en una tienda de un italiano en Greek Street». Al final de la receta, había un escueto comentario que decía «plato pasable».[N40] Era necesario almacenar muchos utensilios, desde ollas hasta recipientes, para conservas, y no solo calderas para el pescado en general, sino específicas para el salmón y el rodaballo. Se utilizaban moldes de distintos tamaños para primeros platos fríos, como muselina de gelatina, compotas de frutas y púdines, todos presentados magníficamente. Décadas más tarde, siendo la autora una persona ya mayor, le venían a la mente los recuerdos de los platos de carne que le daba su niñera por la noche; las pastas crujientes, finas, llenas de pasas de Corinto y horneadas que le hacía Jane y el suave sabor de las ciruelas francesas que Auntie-Grannie guardaba en un bote en el armario de su casa de Ealing.

Otro factor que atraía la atención de la pequeña Agatha era la estructura social de las personas de su entorno y sus delicadas graduaciones jerárquicas. El primer atisbo de esta organización se lo proporcionó el servicio doméstico de su hogar, donde pudo captar las distintas formas de tratamiento. «A las cocineras de cierta antigüedad en Ashfield las tratábamos como “señoras” —explica la novelista en sus memorias—. Las sirvientas y camareras debían tener nombres apropiados, por ejemplo, Jane, María, Edith, etc. Nombres como Violeta, Muriel,

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Rosamunda y semejantes no eran considerados tales, y recibían de inmediato uno más aceptable, y se le decía con firmeza a la chica: “Mientras estés a mi servicio, te llamarás María”. A las camareras con suficiente antigüedad se las llamaba muchas veces por apelativos que sonaban vagamente a apellidos». Las obligaciones, por supuesto, se hallaban claramente delimitadas, e incluso el atuendo reflejaba su rango. En Ashfield solían darse muy pocas fricciones entre el personal, puesto que se componía de tan solo tres personas —al contrario que muchas casas de familias más acomodadas de Torquay, donde podría llegar a haber hasta diez criadas, cuyo rango se distinguía por las cofias que llevaban (más elaboradas cuanto mayor era la categoría), mientras que el ama de llaves podía prescindir del delantal—. En el otro extremo de la jerarquía se encontraba la señora de la limpieza, que solo disponía de un atuendo de trabajo y de innumerables delantales para cambiarse constantemente.[N41] Agatha era profunda conocedora del mundo del servicio, sobre todo porque pasaba buena parte del tiempo con las criadas, y de ellas obtenía toda la atención y las golosinas que necesitaba. Gracias a esta convivencia diaria, la niña siempre sintió un gran respeto por los esfuerzos emprendidos por los empleados de la casa a la hora de ejecutar sus tareas, sensación que aumentó por la insistencia de su madre en inculcarle la idea de que los criados eran profesionales comprometidos con las obligaciones que tenían encomendadas a su cargo y en el arte de manejar con delicadeza las relaciones existentes entre ellos y las personas para quienes trabajaban. Agatha hizo hincapié en todas estas cuestiones en su autobiografía, consciente de que el mundo que en ella describía era distinto del de la mayoría de sus lectores, y que estos podían sorprenderse ante los profusos y delicados matices de unas relaciones domésticas que con el tiempo dejaron de existir. [N42]

Una de las cosas que más añoraría hoy, si fuera pequeña, sería la falta de sirvientas. Para una niña constituían la parte más pintoresca de la vida diaria. Las institutrices ponían lo ordinario; las sirvientas, el drama, la diversión y toda clase de conocimientos no específicos pero interesantes. Lejos de ser esclavas, eran tiranas muchas veces. «Sabían cuál era su puesto», como se decía, lo que no significaba sometimiento, sino orgullo, orgullo profesional.

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Agatha Christie.[N43]

Para Agatha, un buen criado era una persona de reputación incuestionable. «Siempre me pregunto por qué la gente considera humillante “entrar y servir” y cree que es una ganga trabajar en una tienda. Hay que aguantar más insolencias en una tienda que las que soportan cualquier criado decente», dice Midge, uno de los personajes de su novela Sangre en la piscina (1946), que se gana la vida vendiendo ropa. En otra obra, titulada El tren de las 4:50 (1957), la autora creó un personaje llamado Lucy Eyesbarrow, una graduada de Oxford que había hecho fortuna trabajando como sirvienta, pero no una cualquiera, pues se había ganado la fama entre las familias apoderadas del lugar como la criada perfecta: «Lucy, que tenía tiempo de sobra, se puso a fregar la mesa de la cocina, cosa que deseaba hacer, pero que no había hecho antes porque no deseaba ofender a Mrs. Kidder, a quien correspondía esta tarea. Luego, limpió la plata hasta dejarla deslumbrante. Preparó el almuerzo, recogió la mesa, limpió el servicio y, a las dos y media, quedó libre (…) Había dejado el servicio del té preparado en una bandeja, con sándwiches, pan y mantequilla, todo cubierto con una servilleta húmeda, para que no se resecase».[N44]No fueron pocas las veces que Agatha expresó sus alabanzas por la eficacia y la profesionalidad de las criadas (varios de sus personajes trabajan como asistentas) y llegó a declarar que, si se hubiera llegado a una situación financiera insostenible, podría haberse ganado la vida perfectamente como camarera de salón. «Sabía qué clase de vajilla había que poner en la mesa, limpiaba muy bien la plata y servía la mesa razonablemente bien».[N45] De ahí que, en no pocas de sus novelas, mayordomos, cocineras, doncellas, amas de llaves, jardineros, chóferes y demás nómina de fámulas y criados pululen a sus anchas y se mezclen en sus tramas como parte indeleble de las mismas.[N46]

Otro colectivo por el que Agatha sentía especial admiración era el de las mujeres, omnipresentes durante toda su infancia y juventud, y que ejercerían sobre ella una gran influencia: su madre Clara, por quien profesaba auténtica devoción; Madge, su extrovertida e inteligentísima hermana; Jane, que reinaba en sus dominios de la cocina; y su paciente y

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omnipresente institutriz Nancy, descrita por la escritora en su autobiografía como una mujer «de expresión serena, rostro arrugado y ojos hundidos». Las creencias religiosas de Nursie eran muy firmes. Profesaba la fe de la Biblia cristiana y dedicaba piadosamente el sábado a leer pasajes de la Biblia sin salir de casa. (Es muy probable que Nursie ejerciera una importante influencia sobre las creencias de la novelista, quien, años más tarde, acabaría convirtiéndose en una anglicana devota). Cuando Nursie abandonó Ashfield para regresar a su Somerset natal, Agatha, entonces con tan solo cinco años, la echó desesperadamente de menos porque había constituido el centro del orden, la calma y la estabilidad de su vida.[N47]La echaba tanto de menos que pasó a escribirle todos los días, hasta que su madre, cansada de tener que ir a la oficina de correos a diario, le sugirió que pasara a escribirle una vez por semana. Espantada con semejante propuesta, la pequeña Agatha le contestó: «¡¡Pero si pienso en ella todos los días!! Tenía que escribirle».[N48]

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Retrato de Nursie, la inseparable institutriz de Agatha Christie, por N. H. J. Baird, el mismo artista que pintó al resto de su familia, cuyo estilo nunca convenció del todo a Clara, que tenía la sensación de que los retratados «aparecían muy poco favorecidos». En sus memorias, Christie ratificó sus impresiones. «Tenía algo de razón. El azul cargado y las sombras verdes en la tez de mi hermano sugerían que no era un apasionado del agua y del jabón, y en mi retrato de cuando tenía dieciséis años se adivina un incipiente bigote, mácula que nunca he padecido. En cambio, el retrato de mi padre tiene unos tintes tan rosados, blancos y resplandecientes que parece un anuncio».

El hecho de pasar gran parte del tiempo sola, jugando con amigos imaginarios y con escaso contacto con el mundo exterior, propició que la pequeña Agatha se amedrentara más fácilmente que otros niños de su edad. Madge, por su parte, la atemorizaba haciéndose pasar por otra persona (como si hubiese sido poseída por un espíritu), cambiando de voz

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y mirándola de forma amenazadora. Agatha odiaba cuando su hermana hacía eso y, aunque sabía que se trataba de una broma pesada, se quedaba con mala sensación en el cuerpo. Un día, cuando estaba recogiendo flores en compañía de Nursie en un terreno colindante con Ashfield, surgió un hombre advirtiéndoles que se encontraban en una propiedad privada, y para aterrorizar a la niña le dijo: «Si te pillo otra vez deambulando por aquí, te cocinaré viva». La pequeña Agatha, que debía de tener menos de cinco años, se quedó paralizada de miedo. De regreso a casa, Nursie se dio cuenta de que la niña se había tomado la amenaza en serio y le explicó que el hombre estaba hablando en sentido figurado, un concepto que Agatha todavía no acababa de entender. Fue en esta época cuando empezó a sufrir con una pesadilla que se repetía con indeseable frecuencia y pocas variantes, y tenía como protagonista al «hombre del revólver», un militar francés de uniforme azul grisáceo con el pelo empolvado que aparecía inesperadamente en los momentos más cotidianos —durante un pícnic, tomando el té o en un festejo familiar al aire libre—. Esta indeseable presencia le causaba un pavor escalofriante, no porque llevase un arma colgada de la cintura, sino a causa de su horripilante forma de mirarla con esos pálidos ojos azules y su escalofriante capacidad de ocultarse tras la apariencia de la gente que más adoraba, como su madre o su hermana. A pesar de reflexionar a lo largo de su vida, la novelista jamás logró descubrir el origen de semejante pesadilla, y siempre que hablaba de ella afirmaba ser incapaz de relacionarla con nada que hubiese leído, escrito o escuchado. Algunos de sus biógrafos creen que la pesadilla del pistolero pudo haber sido una de las claves de su extraordinario éxito como escritora de misterio, puesto que en sus novelas cualquiera —absolutamente cualquiera— puede ser el asesino… un niño inocente, un prometido encantador o una anciana aparentemente tonta. El sueño del pistolero nos podría indicar, por lo tanto, que las historias creadas por Agatha en sus obras no provenían de una presunción intelectual o de un juego literario, sino de un hecho estructural elemental de su creativo inconsciente.[N49]

Al llegar el año de 1896, Frederick comenzó a darse cuenta de sus malas inversiones y para suavizar sus acuciantes problemas financieros decidió

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alquilar Ashfield durante el invierno, con la servidumbre incluida, y trasladarse con su familia a la ciudad francesa de Pau, en los Pirineos Atlánticos, donde la vida resultaba más asequible y el clima era más ameno y saludable —Torquay aún era un lugar de moda y a la gente no le importaba pagar altos alquileres por pasar allí una temporada—. Tras una estancia de seis meses en el hotel Beausejour de Pau, los Miller se trasladaron a Cauterets, también en los Pirineos, luego a París y finalmente a Bretaña, donde, según las memorias de la escritora, aprendió a nadar. «Revivo aún en mí el orgullo y el incrédulo gozo de ver que podía chapotear un poco sin hundirme».[N50] Fueron tantas y tan diferentes las experiencias vividas que ella no tuvo ni siquiera la oportunidad de echar de menos Ashfield, sobre todo en Francia, donde la pequeña niña de los Miller dejó atrás la soledad para vivir rodeada de nuevas —y traviesas— amigas de su edad, que pronto se convirtieron en compañeras de juegos y exploraciones. Su «pandilla» corría por los largos pasillos del hotel timbrando en las habitaciones y escondiéndose debajo de las escaleras del gran salón con una pluma de pavo real para hacer cosquillas en las piernas de los huéspedes que circulaban por el recinto. Ese verano, Agatha se dedicó, en compañía de sus compinches, a imaginar todo tipo de diabluras. «Estando sola era una niña buena y obediente, pero en compañía de otras niñas estaba siempre dispuesta a tomar parte en cualquier travesura», confesó la novelista en sus memorias, que empezaba a darse cuenta de que jugar con otras niñas podría ser mucho más interesante y divertido que jugar sola.

«Pronto nos convertimos en una verdadera plaga para los pobres camareros que atendían la table d’hôtel. Una noche, cambiamos por azúcar la sal de todos los saleros. Otra vez hicimos cerditos con cáscaras de naranjas y los pusimos en todos los platos un instante antes de que sonara el timbre del comedor».[N51] Para frenar la excitación de su traviesa hija, Clara contrató a una chica que trabajaba como asistenta de una modista llamada Marie Sijé, una muchacha cariñosa y muy responsable, la tercera de una familia de cinco hermanos. Como Marie no hablaba una sola palabra de inglés, Agatha tuvo que esforzarse para intentar entenderla y, con el tiempo, ya era capaz de comunicarse con un vocabulario básico. Fue con Marie con quien Agatha aprendió el francés (aunque nunca fue del

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todo correcto cuando lo escribía, era bastante preciso cuando lo hablaba). Ambas se hicieron grandes amigas, se dieron mutuamente confianza y cariño, sobre todo porque, a la vista de otros empleados, Marie era una persona rara que vestía siempre con sencillez y enviaba casi todo su sueldo a su familia, solo ahorraba un pequeño porcentaje para su dote, «esa preciosa suma de dinero que acumulaban todas las chicas francesas de aquella época, ya que sin ella era muy posible que no se casaran». Percibiendo una cierta mirada de tristeza y nostalgia en la mirada de Marie, Clara la animaba elogiando su dedicación y fuerza de voluntad, diciéndole que era una chica lista, que estaba haciendo lo que debía y que las muchachas inglesas no eran tan previsoras y prudentes como las francesas. Marie siguió en Ashfield un par de años más, hasta que se dio cuenta de que ya era hora de pensar con seriedad en el matrimonio. «Había ahorrado una buena dote y así, llorando, después de besar repetidas veces a su querida “señorita”, se fue, dejándome muy triste». Años más tarde, la escritora haría un homenaje a las muchachas de pocos recursos pero decididas en la novela Sangre en la piscina (The Hollow), donde aparece una chica que trabaja para una agria modista.

Nota del Autor

Según su autobiografía, cuando pisó París por primera vez con tan solo seis años de edad, Agatha Christie se dio cuenta de que la Ciudad de la Luz no era exactamente como la imaginaba, y sintió una cierta desilusión al comprobar que «se trataba de un lugar como otro cualquiera». Algunos de los millones de turistas que visitan París anualmente comparten esta misma sensación porque idealizan la idílica capital francesa. Conocida como una ciudad romántica y mágica, París es vista desde el extranjero a través de una perspectiva pintoresca, bohemia y encantadora; y aquellos que están a punto de conocerla, esperan encontrarse belleza por todas las esquinas y decorados de ensueño en cada fachada, cuando en realidad es una ciudad que respira bullicio, estrés y polución, características que no difieren en nada a la rutina habitual de otras capitales europeas como Londres, Berlín o Madrid. Sin embargo, la idealización de la ciudad

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francesa es tal que puede afectar sobremanera (y muy específicamente a los viajeros japoneses) y, en los casos más graves, producir síntomas como taquicardia, vértigo, ansiedad, sudores fríos y tensión en la región gástrica. Se trata de un trastorno que el psiquiatra japonés Hiroaki Ota dio a conocer hace ya seis lustros y que denominó «síndrome de París», que se manifiesta cuando se produce un fuerte contraste entre las expectativas de los nipones y la realidad parisina, mezclados con el cansancio de las inmensas colas, las horas interminables en el metro y las extenuantes visitas guiadas. También suele suceder que su sorpresa sea el trato de los parisinos, que dista mucho de lo educados, serviciales y silenciosos que suelen ser los japoneses. Un fenómeno a la inversa fue documentado en la obra titulada A Journey from Milan to Reggio, de Marie-Henri Beyle, más conocido como Stendhal, quien, tras visitar Florencia en 1817 y verse expuesto a tal cantidad de obras de gran belleza en un corto espacio de tiempo, empezó a sentirse mal (en otras palabras, Stendhal sufrió una «sobredosis» de obras de arte). «Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». Stendhal describía exactamente los síntomas que desarrollan los japoneses diagnosticados con el síndrome de París: problemas nerviosos y de agitación, pero por una causa distinta. Es tal la gravedad de esta enfermedad que la embajada de Japón en París tiene habilitada una línea de atención telefónica las veinticuatro horas para aquellos conciudadanos que necesiten de hospitalización de urgencia o incluso la repatriación.

La breve estancia en suelo francés no sirvió de demasiada ayuda a Frederick, cuya situación no cambió en absoluto. Las inversiones inmobiliarias en la ciudad de Nueva York proporcionaban rentas muy escasas, y una buena parte se las llevaba la Hacienda inglesa (quien años más tarde también acosaría a su hija sin piedad). El gestor de Frederick, que solo le escribía para transmitir noticias cada vez más alarmantes, acabó por quitarse la vida de un tiro, y las cosas llegaron a tal punto que Frederick se vio obligado a coger el primer navío rumbo a Nueva York

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para tratar de apaciguar la situación, sin éxito alguno. Como es lógico en una niña pequeña, Agatha nunca supo explicar las fuentes de ingresos de sus padres; y como Frederick no se marchaba de casa cada día a trabajar, tal y como lo hacían los padres de sus amiguitas, la relación entre lo que gastaban y lo que ingresaban constituía para ella un concepto difícil de comprender. Las propinas que ella misma recibía fluctuaban cada semana; no se seguía un principio lógico o coherente, como la edad o su buen comportamiento, sino que consistía básicamente en la cantidad de monedas que Frederick llevase consigo en los bolsillos. «Todos los días, me acercaba a su vestidor para darle los buenos días y luego me acercaba a su mesita para saber lo que el “destino” me había reservado. A veces eran dos peniques; a veces eran cinco. ¡Una vez fueron once peniques! Y en muchas ocasiones me fui con las manos vacías. La incertidumbre que me invadía al entrar en aquel vestidor cada mañana me resultaba emocionante». Así como el dinero llegaba de forma inexplicable, podía igualmente desvanecerse de repente; por esta razón, en la casa de los Miller, los conceptos de prosperidad o penuria no dependían del esfuerzo, sino más bien del «destino», como bien lo definió la pequeña Agatha, quien años más tarde, ya siendo adulta, explicó con más precisión que las fluctuaciones financieras de su familia se debían «a la excesiva confianza que mi padre depositaba en el prójimo».

Con el paso del tiempo, Agatha Christie comenzó a sentir un halo de extraña tensión en el seno de su familia, lo que empezaba a minar la salud de su padre. En cierta ocasión, cuando se encontraba en Francia, tuvo que acudir a un médico de urgencias, que le diagnosticó una dolencia renal. De vuelta a Torquay, y siguiendo el consejo de su médico de cabecera, quien mostró su desacuerdo con el veredicto de sus colegas franceses, visitó a varios especialistas, pero tampoco fueron capaces de proporcionarle un diagnóstico preciso. Sus síntomas variaban entre ataques agudos de dolor y crisis de asfixia, exacerbadas por la ansiedad y el estrés provocado por su delicada situación financiera. Como ningún tratamiento surtía el menor efecto, Frederick escribió en su diario personal que su concepción de miseria no estaba relacionada con una enfermedad específica, sino con el «sentimiento de culpa» por haber dejado a su amada familia con tan poco dinero que hasta Ashfield podría estar en riesgo; aunque también se sentía

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consolado por el hecho de que no había ningún reproche por parte de su mujer, puesto que ella anteponía la felicidad de su familia a cualquier patrimonio (aunque a veces una cosa depende de la otra). Junto con su diario, Frederick también mantenía en una libreta una curiosa lista de sus arritmias, con más de quince registros entre abril de 1899 y junio de 1901: «ataque leve, buenas noches» era una de sus anotaciones recurrentes. Es posible que Clara solo se hubiese enterado de esta lista después de la muerte de su esposo, ya que él siempre había tenido la precaución de alejarla de ciertos detalles, aunque no podía ocultarle lo obvio. «Me acuerdo de que en aquella época apareció una sombra pálida, sentida solo por los niños, como una de esas perturbaciones atmosféricas que en el mundo psíquico equivalen a una estruendosa tormenta que se avecina en el mundo físico», escribió Agatha en sus memorias.

El 22 de enero de 1901, los ciudadanos británicos despertaron consternados —y sumamente impactados— con la noticia de la muerte de su reina, Victoria, a los 82 años de edad. Su reinado, que coincidió con la época de mayor esplendor del Imperio británico, pasó a la historia como era victoriana, y en ella Reino Unido no solo extendió su imperio a una buena parte del mundo, sino que también vivió la Revolución Industrial, que propició una serie de cambios culturales, políticos, económicos, industriales y científicos. Cuando Victoria ascendió al trono, Inglaterra era esencialmente agraria y rural; a su muerte, el país se encontraba altamente industrializado y la mayoría de su territorio estaba conectado por una red ferroviaria que seguía en expansión. Su funeral fue uno de los más numerosos encuentros de la realeza europea producidos hasta la fecha y congregó en las calles de Londres a cientos de miles de personas que deseaban despedirse de la reina —para muchos, la única monarca británica que habían conocido—.

Mis dos abuelas deseaban asistir al funeral de la reina Victoria y, para ello, se habían asegurado una ventana en una casa cerca de Paddington, donde quedaron en encontrarse allí el gran día. Para no llegar tarde, mi abuela de Ealing se levantó a las cinco de la

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mañana y se dirigió a la estación de Paddington, calculando que tardaría unas tres horas en llegar a su balcón privilegiado; pero las calles de alrededor estaban tan abarrotadas que fue incapaz de moverse. Se puso tan nerviosa con la situación que tuvo que ser rescatada de en medio de la multitud por el personal de una ambulancia, quienes le aseguraron que no se podía seguir adelante.

«¡Pero debo seguir! —gritaba mientras le caían las lágrimas por las mejillas—. Tengo un cuarto y un asiento; los dos primeros asientos de la segunda ventana del segundo piso; puedo verlo todo; tengo que seguir». Un enfermero le dijo amablemente: «Lo siento, señora, pero tengo que llevarle a nuestra ambulancia; allí podrá sentarse y tomar una buena taza de té». Se fue con ellos llorando aún.

Agatha Christie.[N52]

Frederick, por su parte, buscaba encontrar una cura para sus males, y decidió trasladarse a la casa de su madrastra en Ealing con el fin de consultar al doctor Sansom, uno de los más afamados especialistas de Londres. En una carta escrita en octubre, Frederick le revela a Clara los detalles de su primera cita: «Estuve con el doctor esta mañana y me dijo casi lo mismo de la última vez: que mi problema tiene más que ver con los nervios del corazón que con cualquier otra cosa (…) Llevo dos días sintiéndome maravillosamente bien. De momento, estoy libre de médicos y exámenes, gracias a Dios». De nada serviría la ciencia médica. Su corazón y su fortuna se debilitaron a la vez, y Frederick no supo qué hacer para remontar. «No he recibido una sola carta de Estados Unidos desde mi regreso, lo que supongo que serán buenas noticias». Apenas un mes después de haber escrito estas palabras, regresaba a Ealing con el fin de ponerse en contacto con algún amigo de Londres que pudiera buscarle un trabajo, cosa nada fácil entonces. Había que ser abogado o doctor, administrar una hacienda, pertenecer a algún sector administrativo o ser fiscal, pero Frederick, como la mayoría de sus contemporáneos, carecía de preparación. A consecuencia de un resfriado, se vio afectado por una

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pulmonía doble, y el 26 de noviembre, a la edad de cincuenta y cinco años, murió después de un angustioso sufrimiento.

Se me ha quedado grabada una escena. Era por la tarde. Me encontraba en el descansillo. De pronto, se abrió la puerta del cuarto de mis padres. Salió mi madre precipitadamente, llevándose las manos a la cabeza, y corrió a la habitación contigua. Salió una enfermera y se dirigió a la abuelita, que estaba subiendo por la escalera: «Se acabó». Entonces comprendí que había muerto.

Agatha Christie.

El amor que Clara profesaba por su esposo se pudo ver en las fechas que siguieron a su muerte. Postrada por el dolor, se recluyó en su habitación sin probar bocado durante dos días. Quería permanecer sola y aislada del mundo exterior. Preocupada, Agatha se acercó una noche y le dijo a su madre: «Papá está en paz ahora. Estoy segura de que es feliz. Tú no querrías que regresara, ¿verdad?». La respuesta de Clara fue contundente y dramática: «Claro que me gustaría, haría cualquier cosa para que regresara, cualquier cosa, cualquier cosa. Si pudiera, le obligaría a volver. Le quiero, quiero que esté aquí, ahora, en este mundo, conmigo». Frank pudo haber fracasado como empresario y emprendedor, pero como padre y esposo fue siempre atento y afectuoso, y tuvo la virtud de convertir la felicidad ajena en la suya propia, lo que en gran medida contribuyó a que sus hijos gozaran de un ambiente de ternura y libertad poco común para la época. Agatha, que contaba entonces con tan solo diez años de edad, fijó la muerte de su padre como el fin de su infancia.

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Agatha Christie, con su padre, Frederick Miller (aproximadamente 1893).

«Tras la muerte de mi padre, la vida tuvo un color muy distinto. Salí del mundo de la infancia, un mundo de seguridad y despreocupación, y crucé el umbral de la realidad».

Agatha Christie, Autobiografía.

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II

CLARA

«Las personas que imaginaba eran siempre más

reales para

mí que las de carne y hueso con quienes me

relacionaba».

AGATHA CHRISTIE

Con la muerte de Frederick, la aparente prosperidad de la que los Miller disfrutaban se desvaneció por completo. La fortuna amasada por su padre, Nathaniel Miller, había sido malgastada por una escasa planificación monetaria y desafortunadas inversiones, y Frederick demostró ser demasiado indolente o demasiado inexperto para recuperar las pérdidas ocasionadas por sus asesores norteamericanos. Todo lo que le quedó a la familia Miller fue una pensión anual para Auntie-Grannie y otra más reducida para Clara, garantizada por uno de los socios de su padre en la empresa B. Chaflin & Co.[N1] Su desaparición se hizo notar también en Ashfield, que se estaba convirtiendo en un inmueble cada vez más vacío y espacioso. Monty, que por aquel entonces tenía veintiún años, ya había

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comenzado una carrera militar y se hallaba en la India con su regimiento. Madge, que poco antes se había prometido, también abandonó el hogar familiar para fundar el suyo, casándose con James Watts nueve meses después de la muerte de su padre. Hijo de un rico empresario de Manchester, James era un joven extremadamente tímido y, al igual que Agatha, era incapaz de demostrar sus sentimientos. Se enamoró de Madge tan pronto como la vio, pero su timidez le hizo adoptar una actitud distante hacia ella. Ella, a su vez, acostumbrada a ser el centro de atención de los chicos de su edad, sabía que James no se le acercaba por pura timidez y, para romper el hielo, pasó a prestarle más atención que a los demás. Con el tiempo, James se sintió más seguro, y llegó un día en el que le propuso matrimonio. Para Madge fue fácil aceptar la proposición, pues ya había visto en James cualidades que casi ningún chico de su entorno poseía.

El enlace fue sencillo, sin bullicio ni recepción, debido al luto. Le costó mucho abandonar Ashfield, pero Madge acabó convencida por su madre, que le dijo que sería más duro separarse de ella a medida que pasara el tiempo, pues acabarían uniéndose aún más. El padre de James también deseaba que el enlace tuviera lugar cuanto antes; su hijo estaba a punto de dejar Oxford para dedicarse a los negocios, de modo que se sentiría más realizado si se casaba con Madge y se establecían en la casa que iba a construirles en un terreno de su propiedad, en Cheadle, al norte de las islas británicas, a quinientos kilómetros de Torquay. En un espacio muy corto de tiempo, Agatha perdió la sensación de protección y seguridad que le acompañó desde que había nacido. «Ya no éramos los Miller; sino dos personas que coexistían bajo el mismo techo; una debilitada mujer de mediana edad y una inexperta e ingenua niña», escribió la novelista muchos años después, poniendo de manifiesto la incertidumbre y la responsabilidad que de repente se le vinieron encima.

Pocos meses más tarde, el albacea de Frederick se reunió con Clara en Ashfield; tenía noticias muy poco alentadoras. Le dijo con franqueza que los negocios de su difunto marido en Estados Unidos andaban mal, a causa, sobre todo, de haber seguido malos consejos de abogados y supuestos asesores financieros. Frederick, además, había optado por importantes inversiones tratando de mejorar sus propiedades de Nueva York, pero también fueron desacertadas, con lo que era aconsejable

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abandonar una buena parte de la propiedad para librarse de los impuestos, a sabiendas de que la renta que quedaría sería muy pequeña. La gran hacienda de su padre se había esfumado, y la compañía de la que había sido socio seguiría pasando una pensión a su madre y también cierta cantidad —no demasiado elevada— a Clara y sus tres hijos.

Ante semejante panorama, Clara barajó la posibilidad de vender Ashfield y trasladarse a una casa menos costosa en un pueblo pequeño, pero su plan se topó con la oposición de los hijos; Monty le escribió protestando desde la India; Madge se ofreció a contribuir sufragando una parte de los gastos necesarios para su mantenimiento y Agatha suplicó de rodillas que no se deshiciera de su hogar de esta manera. Clara acabó cediendo a la voluntad de sus hijos al convencerse de que Ashfield conservaba recuerdos que no debían desvanecerse en las manos de otro propietario, aunque fueran recuerdos muy dolorosos, pues Frederick había dejado su huella por todos los rincones de la casa; los aceites que había comprado aún colgaban en racimos, el olor de sus cigarrillos aún flotaba y el libro que reposaba en su mesita de noche tenía un marcapáginas que señalaba el punto donde había dejado la lectura.

Si para Agatha quedarse en Ashfield significaba que nada había cambiado, para Clara, sin embargo, sí lo había hecho. La casa jamás sería la misma y se le fue volviendo cada vez más extraña. Para conservarla hubo que reducir gastos: las extravagantes comidas de cinco platos y las visitas de personajes ilustres se convirtieron en una cosa del pasado, y el personal se redujo a «dos criadas jóvenes y baratas». Decidida a dispensar a su fiel cocinera Jane, Clara le reveló que estaban pasando grandes apuros y que se apañarían con solo dos criadas, pero Jane se negó a marcharse. «He estado aquí mucho tiempo y no sé si me acostumbraría en otra casa», dijo. Cuando finalmente se fue, algunos años más tarde, para mantener la casa de su hermano, lo hizo en silencio y tragándose las lágrimas. Ella era incapaz de comprender la pérdida de estatus que acompañaba a la nueva pobreza del clan familiar. En este momento, Jane era como el personaje de Dorcas, una criada que aparece en la primera novela de detectives de Agatha Christie, El misterioso caso de Styles, con su lamento a Poirot por los tiempos de bonanza:

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Había cinco jardineros antes de la guerra, cuando esta casa era realmente una casa señorial. Me gustaría que hubiera usted visto entonces el jardín. Estaba precioso. Pero ahora solo están el viejo Manning, el joven William y una jardinera de la nueva hornada con pantalones y cosas por el estilo. ¡Qué tiempos más horribles![N2]

Para Agatha comenzaba una dura etapa de su vida, marcada no solo por la falta de su padre, sino además por un repentino y posesivo amor por parte de su madre, cada vez más depresiva y cada vez más dominante. Consumida por una fuerte angustia, Clara también enfermó; su corazón, muy debilitado, apenas se oía. Temerosa de que pudiera morir súbitamente mientras dormía, Agatha adoptó la costumbre de levantarse en mitad de la noche para asomarse a la habitación de su madre y comprobar que su corazón seguía latiendo.

Sabía que me estaba comportando como una tonta un poco obsesiva, pero no podía remediarlo (…) Así pues, si oía un ronquido, volvía a la cama más tranquila y me quedaba dormida; pero si no, permanecía agachada, muerta de miedo. Lo normal hubiera sido abrir la puerta y cerciorarme de que todo iba bien, pero no se me ocurrió, o quizá mi madre la cerraba con llave por la noche.[N3]

Extremadamente religiosa —y estrictamente ortodoxa según algunos de sus biógrafos—, Agatha fue en búsqueda de consuelo a la Iglesia de Todos los Santos, donde había sido bautizada. Pasó por Vansittart Road, cuyo nombre utilizaría años después para el personaje de Eleanor Vansittart en su novela Un gato en el palomar (1959). Otros personajes, como Elsa Dittisham (Cinco cerditos), el coronel Luscombe (En el hotel Bertram) o John Christow (Sangre en la piscina), fueron tomados de nombres de lugares que la autora recordaba de su infancia en Devon. Fue en esta época cuando Agatha escribió su primer poema, que sobrevivió todos estos años en un libro de ejercicios de abril de 1901:

Conocí a una florecilla

cubierta con blanco tul.

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Quería ser campanilla

y tener vestido azul.

A este cuento siguieron otros, casi todos tristes y sentimentales; en este mismo libro hay otro poema, dedicado a su gato, titulado Ode to Christopher Columbus, escrito justo después de la muerte de su padre:

Érase una vez un pequeño cachorrito, cuyo nombre (para abreviar) era Cris. Su pelaje crecía una pulgada al año, y su cola era un sueño de felicidad.

Ese mismo año, Agatha vio publicado por primera vez un trabajo literario: un poema sobre los tranvías que apareció en un periódico local de Ealing, un pueblo al oeste de la periferia de Londres, donde residía su abuela materna. La llegada de los tranvías a Ealing provocó una fuerte protesta, comenta en su autobiografía. «¡Qué desastre para una zona residencial tan maravillosa, con calles anchas y casas tan bonitas, tener tranvías que daban campanillazos arriba y abajo!».[N4] El poema fue escrito el primer día en que comenzaron a circular y era compuesto por cuatro estrofas:

Cuando pasó el primer tranvía,

luciendo su esplendor,

¡qué bien!, pero, al concluir el día,

otro era el cantar, señor.

Poco tiempo después de este pequeño logro, Agatha empezó a escribir una serie de poemas y, motivada por su amiga más cercana, Eileen Morris, los envió a diferentes revistas. Aunque estos primeros trabajos nunca han podido ser localizados, es posible acceder a las poesías más relevantes de su época de juventud en la obra El camino de los sueños, publicado a expensas de la autora por Geoffrey Bles en enero de 1925, al precio de cinco chelines. La biógrafa inglesa Janet Morgan clasificó este trabajo como «sentimental y carente de originalidad, salvo alguna que otra frase afortunada». El poema está centrado en los personajes de Arlequín y Colombina, Pierrot y Pierrette, cuyas figuras en porcelana servían de

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adorno en Ashfield. Envió uno de los poemas a la Poetry Review, una revista especializada en poesía, y sorprendió mucho cuando se enteró de que recibiría un premio de una guinea. Aunque no era una gran suma de dinero, la joven autora recibía por primera vez un reconocimiento crítico que impulsaba aún más su afán creativo. El tema de Arlequín, amante y protector de los amantes, resurgiría veinte años más tarde en El enigmático Mr. Quin, una colección de doce relatos, todos protagonizados por el personaje que da nombre a la obra. Se trata de un ser híbrido entre detective —al modo de Sherlock Holmes— y espíritu venido de otros mundos, que llega y desaparece como si su cuerpo no tuviera que obedecer a leyes físicas.[N5] Sus únicas apariciones en la bibliografía de Agatha Christie se encuentran en la obra anteriormente citada y en El juego de té de Arlequín y otras historias, que contiene un breve relato sobre la reunión que Mr. Quin mantuvo con su colega Satterthwaite años más tarde.[N6]

Otros trabajos de Agatha se publicaron de forma esporádica, aunque muchos eran devueltos sin ser leídos. Mientras tanto, su hermana mayor empezaba a obtener cierto éxito como escritora, y demostraba una habilidad narrativa excepcional, ya que era capaz de construir una novela a partir de lo que parecían ser unas anotaciones puntuales. Antes de casarse, Madge había publicado con éxito varios relatos en la revista Vanity Fair, y era muy aficionada a las novelas de misterio, aunque escribió sobre temas variopintos, como una serie de narraciones sobre el deporte: The Sixth Ball of the Over, A Rub of the Green, Cassie plays Croquet y otras llenas de gracia y creatividad. «No cabe duda de que Madge era la persona más talentosa de nuestra familia», admitió Agatha en su autobiografía, ya que volvería a leer algunas de sus obras veinte años más tarde y se sorprendería por lo bien que narraba la trama. «Creo que era aún mejor contando cuentos. Era tan buena que una vez mi hermano empezó a rogarle con insistencia que le contara un cuento, pero Madge se negaba, alegando estar cansada. Tanta fue su insistencia que mi hermana le dijo que solo lo haría si le dejaba morderle el dedo, propuesta que mi hermano aceptó sin rechistar. Nada más terminar la historia, le cogió el dedo y lo

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mordió con desmesurada fuerza. Luego, llegó mi madre y los castigó a pesar de las protestas de Madge: “¡Pero si fue un acuerdo mutuo!”».[N7]

En aquellos años de comienzo de siglo, muchos padres querían que sus hijos recibiesen una educación diferente a la tradicional; Clara, por ejemplo, recibió de sus padrastros una educación conservadora, fundamentalmente centrada en los asuntos familiares. La mujer, en la época victoriana, era consideraba como un individuo cuyo lugar estaba en el hogar. La maternidad y el ambiente doméstico eran suficientes para ella. A Clara se la preparó con cuidado para el matrimonio, tenía que ser inocente, dócil y obediente; y recibió una formación suficiente para no parecer ignorante o analfabeta ante la sociedad. Madge era más libre y siempre se mostró muy segura de sí misma; se parecía mucho a su padre, con un ingenio vivo y un espíritu ajeno a las convenciones. Cuando se casó con James Watts, todos pensaban que Madge iba por fin a asumir el papel para el que había sido educada, pero, en lugar de ello, se convirtió en una prometedora autora de piezas teatrales, algunas de ellas estrenadas con gran éxito en los escenarios londinenses, como The Claimant, representada por Basil Dean en el Royal Theatre y otros actores de relevancia en la escena cultural inglesa de los años veinte, como Leon Quartermaine y Fay Compton.[N8] La trama está inspirada en un famoso caso de 1871, en el que un impostor intenta usurpar los derechos de herencia de un noble joven inglés que desapareció hace años en un viaje en barco entre Río de Janeiro y Jamestown. A diferencia de Agatha, Madge no sentía la necesidad de comportarse como una «buena chica» y nadie pensó lo peor de ella por

adoptar esta postura. En este aspecto, Bess Sedgwick —personaje creado por su hermana pequeña para la novela En el hotel Bertram (1965), impaciente y aventurera— se asemejaba a Madge, mientras que Agatha era Elvira, la hija de Bess: delicada, complaciente y tan infinitamente compleja que desde muy niña ya tenía una mirada crítica sobre ciertas costumbres de la sociedad en la que vivía. En su autobiografía, hay un relato muy divertido sobre sus baños de mar en las playas de Babbacombe y Anstey’s Cove. En este fragmento, la novelista describe la curiosa forma de bañarse en la Torquay de los años veinte. En aquella época, estaba mal visto bañarse en público, sobre todo las mujeres, ya que, según los cánones de la época, debían ir a la playa cubiertas de los pies a la cabeza con

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vestidos largos y sombrilla de encaje. Para entrar en el agua había que ponerse el bañador en unas casetas que se movían hacia la orilla (tiradas por caballos o personas a sueldo) para llevar a las mujeres hasta el agua totalmente protegidas de miradas indiscretas. Los bañistas de las clases más bajas, a los que no les importaba la discreción ni los comentarios maliciosos de los demás, iban caminando por la arena hasta llegar a la orilla, tal y como hacemos en la actualidad.

Cuando tenía trece años, tuvo lugar un gran cambio social. Antes, en las playas, se daba una segregación estricta. Había una pequeña ensenada donde se bañaban las mujeres, y allí un anciano de temperamento irascible se encargaba de acercar las ocho casetas de baño al agua y volverlas a sacar. Había que entrar en ellas, comprobar que las dos puertas tenían echado el pasador y desnudarse con precaución, pues en cualquier momento el anciano podía ponerlas en marcha. Entonces, comenzaba un tremendo balanceo, y la caseta recorría trabajosamente su camino sobre las piedras, lanzando a la bañista de un lado a otro. Una seguía desnudándose y poniéndose el bañador, que era muy feo, generalmente de alpaca azul oscuro o negro, con mucho vuelo, pliegues y flecos, que llegaba mucho más abajo de la rodilla y de los codos. Una vez lista, se abría la puerta que daba al mar. (…) Después de un rato de baño, que a mí siempre me parecía demasiado corto, recibía la señal de volver a la orilla, pero, como era difícil de alcanzar, me ponía a nadar en dirección contraria y lograba quedarme un rato más. (…) Una vez fuera del agua, había que entrar en la caseta, que se arrastraba hacia arriba tan bruscamente como antes, y al final salías de allí con la cara amoratada, temblando de pies a cabeza y con las manos y las mejillas entumecidas. (…) Afortunadamente, los tiempos estaban cambiando: en toda Inglaterra comenzaba a imperar el baño mixto, y la primera consecuencia de ello era que había que ponerse más tela. Las francesas se bañaban incluso con medias, de modo que no pudiera verse ninguna pierna pecadora. Seguramente, con su habitual elegancia, se cubrirían del cuello a las muñecas y, acentuando la belleza de sus piernas con finas medias de seda, resultarían más provocativas que vestidas con un viejo y corto bañador inglés de alpaca con volantes.

AGATHA CHRISTIE, Autobiografía.[N9]

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En esta foto, tomada en la costa del sur de Francia en 1907, se ven las casetas utilizadas por los bañistas para cambiarse. Las estructuras contaban con ruedas para ser arrastradas hasta la orilla, donde se introducían pudorosamente en el mar, a salvo de la curiosidad del resto de veraneantes.

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Desde que en 1845 Isabel II pasara sus vacaciones en San Sebastián, el norte de la península se convirtió en el destino preferido de la Corte y la alta sociedad para disfrutar del veraneo. En esa imagen se puede ver la caseta real en La Concha, que estuvo operativa hasta 1911 cuando fue sustituida por una construcción en piedra conocida ahora como el edificio Eguzki.

Nota del autor

Cuando llegaba el verano en Madrid, los monarcas españoles tenían la costumbre de huir del calor hacia el fresco del Cantábrico. Isabel II, la reina-niña que ocupaba el trono desde los tres años de edad, tenía problemas de piel, y uno de sus doctores le recomendó como tratamiento el baño de mar para ayudar a sanar su afección. Así, la familia real española de aquellos años inauguró los veraneos en San Sebastián, convirtiendo lo que hasta entonces era algo de excéntricos en una moda que atrajo toda una cohorte de aduladores, tiralevitas y afines. La alta sociedad, que siempre emula las costumbres de la realeza, comenzó a veranear en el norte y en poco tiempo San Sebastián se convirtió en la Marbella del siglo XIX.[N10] Con el fin de preservar la privacidad de los reyes y permitirles entrar en el mar a bañarse lejos de miradas curiosas, se instaló en la playa de la Concha de San Sebastián lo que se llamó «la caseta real», que de caseta solo tenía el nombre, puesto que se trataba de

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un ostentoso edificio de una única planta con muchas comodidades que se introducía en el mar Cantábrico deslizándose sobre un par de raíles a través de un pequeño motor de vapor.

Los meses pasaban, y Clara se sentía marginada por su nueva condición de viuda, aunque esta sensación estaba más bien relacionada con su penosa condición financiera, que mermó considerablemente su vida social. Si por un lado ya no podía permitirse el lujo de recibir a sus amistades en casa, por otro dejó de recibir invitaciones para comer o cenar, puesto que, en aquella sociedad eduardiana de comienzos de siglo, una mujer no podía acudir a un evento social sin la compañía de su marido. Así pues, Clara pasó de llevar una intensa vida social a disfrutar de acogedoras veladas en Ashfield con su hija pequeña, quien leía en voz alta las obras de Walter Scott, Thackeray o Dickens —el autor preferido de ambas—. A Agatha poco le importaba su nuevo estatus social; le daba igual tener que ir a pie a las recepciones, en lugar de que un chofer la llevara, o pintar sus sombreros en vez de comprarse otros nuevos en la tienda, sobre todo porque era así como vivía la mayoría de sus amigas. De hecho, ninguna tenía más de tres vestidos de noche. Cuando era posible, pernoctaban en la casa donde se ofrecía la fiesta y de vez en cuando tomaban parte en bailes organizados por seis personas, que resultaban menos costosos. Ninguna de las chicas de Torquay con las que se relacionaba era propiamente rica, sino que estaban dotadas de un cierto aire de esnobismo que disimulaba la verdadera condición social de sus familias. Pero para una mujer como Clara, disimular no solucionaba sus problemas —el dinero era importante porque significaba no solo seguridad, sino sobre todo estatus, aunque era innegable que tampoco vivían en la pobreza—.[N11] A Agatha, sin embargo, lo que realmente le importaba era que todavía conservaba su hermosa casa, el haya del jardín, cuya belleza aún le daba escalofríos, su piano, que tocaba durante interminables horas, su grupo imaginario de amigas y, sobre todo, la ininterrumpida compañía de su adorada madre, por quien tenía una desmedida preocupación. Agatha pasó a dormir en lo que antaño fuera el vestidor de su padre, contiguo al dormitorio de Clara, con fin de hallarse siempre disponible por si fuera necesario acudir en su auxilio y

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prestarle la debida asistencia. Es conmovedor el retrato que hace de Clara en el personaje de Miriam (la madre de Celia en la novela Retrato inacabado), sin lugar a duda, uno de los más bellos homenajes escritos jamás por una hija a su madre. Clara, por su parte, profesaba ahora a su hija todo el amor que antaño le dedicaba casi en exclusiva a su marido.[N12]

Sin opciones sociales en Torquay, Clara buscó refugio en su otra hija, Madge, cuya unión con James Watts podría resultarle beneficiosa no solo a ella, sino también a Agatha, ya que empezaría una amistad con una hermana de James llamada Nan, que pronto se convertiría en una de sus mejores y más íntimas amigas. James pertenecía a una familia tradicional de Manchester cuya fortuna procedía de una gran empresa fundada por su abuelo, sir James Watts, dedicada al comercio y a la exportación colonial. La residencia familiar de los Watts era igualmente conocida en la comarca por su arquitectura de estilo neogótico, dotada del confort más moderno de la época. Bautizada con el ostentoso nombre de Abney Hall, la mansión de los Watts recibió huéspedes tan ilustres como el príncipe consorte Alberto (esposo de la mismísima reina Victoria) y los primeros ministros William Gladstone y Benjamin Disraeli en la época de sus respectivos mandatos. El suegro de Madge, James Watts senior, que era un aficionado a las antigüedades (al igual que su padre), continuó embelleciendo y aumentando la riqueza artística del inmueble hasta casi agobiar con sus adquisiciones a los habitantes de la casa. (Agatha se inspiró en Abney Hall para crear Kings Lacey, escenario principal del relato corto Pudding de Navidad, 1960).[N13] La casa elegida por Madge y James para iniciar su vida como matrimonio fue bautizada con el nombre de Cheadle Hall, una gran mansión de estilo georgiano en el norte de Inglaterra, también utilizada por Christie como escenario en varios de sus libros. En Después del funeral (1953), la cocinera Marjorie habla de la casa llamándola «viejo mausoleo» y se quejaba de las grandes dimensiones de la cocina, la despensa y el fregadero, afirmando que se necesitaba caminar todo un día para recorrer las tres dependencias. En El truco de los espejos (1952), la casa es descrita como «una especie de monstruosidad gótica».

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La unión de Madge con James Watts permitió que Agatha pasara la primera Nochebuena sin su padre en un ambiente de tranquilidad y armonía, y la familia política de Madge puso todo de su parte para que así fuese. La autora recordaría más tarde las grandes medias colgadas en la chimenea, los regalos amontonados alrededor del árbol, el gran comedor con sus luces brillantes y una mesa dispuesta para un banquete de reyes: sopa de ostras, pavo asado, solomillo de ternera, pudin de ciruela, pastel de carne picada, naranjas, ciruelas y frutas en conserva. Aquello representaba un viaje al pasado; y fue con esta imagen de Navidad con la que Agatha intentó recrear toda su vida; con esta misma plenitud y estas configuraciones dickensianas de brillo y profundidad.

Después de la tradicional y placentera inercia de la tarde de Navidad, venía una tremenda merienda con té, tarta helada y todo lo demás y, para terminar la jornada, cena con pavo frío y pastel de carne. Hacia las nueve, el árbol de Navidad con más regalos colgados de él. Un día extraordinario que aún se recordaba en la Navidad siguiente.[N14]

En 1903, Madge dio a luz a su primer hijo, que se convirtió rápidamente en el juguete de Agatha, que contaba entonces con trece años y asumió con gran ilusión su papel de tía, recordado en abundantes alusiones en su autobiografía. A la autora le encantaban los niños y, desde la edad de doce años hasta su matrimonio a los veinticuatro, disfrutó de la compañía de muchos de ellos, en su gran mayoría hijos de amigas de su

madre. «Estaba encantada con mi sobrino —escribió con dulce regocijo la novelista en sus memorias—, Madge lo trajo a Ashfield con un mes de vida, y cuando cumplió dos meses fue bautizado en la iglesia vieja de Tor. Como la madrina no pudo llegar, la sustituí yo, cogiendo al niño en brazos. Junto a la pila me sentía una persona importante, mientras mi hermana no se despegaba de mí por miedo a que lo dejara caer. Le pusieron el nombre de James Watts, como su padre y su abuelo, aunque en familia lo llamaríamos Jack. Tenía ganas de que creciera y pudiera jugar conmigo, pues su ocupación principal era entonces la de dormir».

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Nota del autor

Madge solía visitar Ashfield con Jack con relativa frecuencia, sobre todo para que Clara pudiera disfrutar del crecimiento de su primer nieto. En una ocasión, decidió quedarse dos meses en la casa familiar y, para sentirse cómoda durante este periodo, trajo consigo una gran cantidad de equipaje y muchos libros; entre ellos se encontraban algunas historias de Sherlock Holmes. Con su mirada de niña curiosa, Agatha empezó a hojearlos, y la primera historia con la que se topó fue El carbunclo azul, un relato corto publicado en The Strand Magazine en 1892 y posteriormente recogido en la colección Las aventuras de Sherlock Holmes. Esta obra resalta el gran instinto y la capacidad analítica y de observación que presenta Holmes para resolver un caso. Con solo un sombrero y un ganso pudo resolver un crimen a pesar de que en un principio creyó que era una situación insignificante, aunque a su vez digna de ser estudiada. Fue su primer contacto con el detective más famoso de todos los tiempos; desde entonces, la que un día acabaría convirtiéndose en la «Reina del Crimen», no dejó de interesarse por la obra de Arthur Conan Doyle. Y aunque ambos han sido responsables de la potenciación de la literatura detectivesca en todo el mundo, el origen y las ambiciones de sendos autores es profundamente antagónica. Conan Doyle anhelaba el mismo respeto que la crítica tenía por otros autores de su quinta, como Rudyard Kipling o Joseph Conrad, mientras que Christie, por el contrario, escribía como si no tuviera antepasados literarios: construía sus tramas como si fueran un problema de álgebra y las revestía con el mínimo de palabras, logrando una mezcla perfecta de elegancia y sencillez. La autora siempre se consideró «popular» y fue la primera en reconocer que sus obras no eran «alta literatura» ni tampoco «profundos relatos sobre la condición humana».[N15] «Sus textos se traducen muy bien y se adaptan a cualquier marco de tiempo, y esa quizá sea la razón por la que las personas de cualquier país y generación son capaces de entender y disfrutar de sus historias», declaró el investigador de novela negra de la Universidad de Exeter, Jamie Bernthal. Para el catedrático, leer a Agatha Christie es como «sentarte a escuchar a una tía anciana y sabia: su estilo a la hora de escribir

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es coloquial», un claro contraste con el canon sherlockiano de Conan Doyle, mucho más complejo, profundo y sumamente elaborado.[N16]

Realmente, es divertido escribir historias de detectives, aunque supone un esfuerzo considerable. Se puede elegir entre varios tipos de relatos: está el puro y simple rompecabezas, el relato ligero de intriga, que podría quedar igual de bien sin detective, o bien el que depende de un lugar y su ambiente, y de las reacciones del detective ante ambos. Por lo general, lo primero que se hace es trazar un esquema básico: se empieza con el propósito de confundir y luego se trabaja hacia atrás. Yo siempre empiezo con un bosquejo bastante completo, aunque, desde luego, puedo introducir pequeños cambios según voy escribiendo. Hay que ser siempre un «poco consciente» en lo que respecta a la primera aparición del asesino. Nunca deberá entrar demasiado tarde: eso resta interés al lector. Y hay que tratar el desenlace con el más exquisito cuidado. Cuanto más cerca del final de la historia se produzca, mejor.

Agatha Christie.[N17]

Cuando Agatha estaba a punto de cumplir los quince años, Clara quiso proporcionarle una educación que la preparase para relacionarse en sociedad según los cánones de la época, y para ello podía optar por el campo de estudio que más le entusiasmase. Al contrario de lo que podemos imaginar, su elección no fue la literatura, sino la música

—afirmaba con rotundidad que era lo bastante buena como para dedicarse profesionalmente como cantante, y como solía exagerar sus debilidades y minusvalorar su talento, esta afirmación había de ser tomada muy en serio

—. Viviendo sola con su hija en Ashfield, Clara llegó a la conclusión de que había llegado el momento oportuno de un radical cambio de aires, y por ello decidió enviar a su hija pequeña a París, convencida de que era el mejor lugar de Europa para aprender música. A comienzos del siglo XX, artistas de todo el mundo acudían a la Ciudad de la Luz para crear nuevas

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formas de arte como respuesta al rápido desarrollo económico, social y tecnológico que estaba transformando la vida urbana. Picasso, que había llegado a París en 1900, empezaba a revolucionar las convenciones en la pintura; Delaunay componía visiones de armoniosos colores, y Kandinsky abría nuevos caminos en el arte de la abstracción. Sin duda, la capital francesa tenía mucho que ofrecer a la joven Agatha; se trataba de su primera gran salida al extranjero, y la aprovechó para perfeccionar su francés y aprender una serie de habilidades que todas las jóvenes de su edad deberían dominar antes de entrar en el «mercado nupcial».

Su madre la matriculó en el internado de mademoiselle Cabernet (donde Madge había estudiado cuando tenía más o menos la misma edad) para aprender historia y asistir a clases de Dibujo, asignatura para la que demostró ser un completo desastre. Del internado pasó a Les Marroniers, un colegio «típicamente inglés» de Auteuil, un acaudalado suburbio residencial ubicado en el 16.º distrito de París, al sur de Pussy, donde también se encuentra la residencia ficticia del Conde de Montecristo, en la novela de Alexandre Dumas. Allí, Agatha aprendió a recitar de memoria algunos fragmentos de las más importantes obras del teatro francés, practicó canto y piano y escribió sus primeras composiciones. En Les Marroniers, descubrió que su vocación podría ser la música y pasó a dedicar el tiempo necesario para conseguir un excelente nivel con el piano. Era una alumna excepcional y tuvo extraordinarios profesores. También disfrutó con los shows de Sarah Bernhardt y Gabrielle Rejú (conocida artísticamente como Réjane) en la Comédie-Française y fue llevada a la ópera por unos amigos estadounidenses de su abuelo para asistir a la obra Fausto. Tomó clases de pintura, baile y protocolo; disfrutó de los famosos pasteles en casa de Rumpelmayer y hasta se enamoró del recepcionista de un hotel, quien le sirvió de inspiración para fantasear. Más tarde, conoció a un joven llamado Rudy, mitad estadounidense y mitad francés, y pasaron a verse en la pista de patinaje del Palais de Glace, junto a otras chicas de su edad. Rudy era muy educado con todas y trataba de enseñarlas a patinar, dando una vuelta completa con cada una. La tarde transcurría a la perfección hasta que llegó el turno de Agatha, que se negó a entrar, alegando que no tenía tanta destreza con los patines de hielo, pero Rudy consideró aquella razón poco consistente e insistió hasta que ambos se

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encontraron en un lateral de la pista, montados sobre unos patines de alquiler, y con Agatha agarrada de su brazo con expresión de cautela. Le gustaba la sensación de tenerlo pegado al cuerpo mientras trataba de sostenerse sobre los patines. Se movieron despacio sobre la pista, pero cuando Rudy iba a enseñarle lo básico para manejarse bien sobre el hielo, Agatha acabó tirándole al suelo, lo que enfadó mucho a Rudy al sentirse ridiculizado delante de sus colegas. «Se enorgullecía de poder sostener a cualquiera, incluso a la más gorda norteamericana, de modo que se puso furioso al verse en el suelo por culpa de una joven larguirucha». A partir de aquel día, Rudy dejó de invitarla a la pista, una falta de delicadeza que no llegó a molestarla del todo, porque la probabilidad de que volvieran a caerse de nuevo era demasiado alta como para arriesgarse.

Algo cambió en mí después de ese día, pues abandoné la etapa de la veneración del héroe. Se acabó el amor romántico que había profesado a gente real e irreal, a ciertos personajes públicos y a algunos de los que venían a casa. Ya no tenía capacidad para el amor desinteresado y la inmolación. Comencé a pensar en los jóvenes como tales, criaturas maravillosas con las que daba gusto encontrarse y entre las que algún día escogería a mi marido. Si nos hubiéramos visto más veces, tal vez me habría enamorado de él; en todo caso, me sentí distinta. Entré a formar parte del mundo de las mujeres que estaban al acecho. Se esfumó de mi mente la figura del obispo de Londres, el primer objeto de mi adoración. Deseaba encontrarme con jóvenes reales, no con dioses.

Agatha Christie.

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Agatha Christie en París, 1906. A pesar de lo aparatoso que resultaba el complejo vestuario eduardiano, su imagen era siempre la de una joven desenvuelta, libre y etérea.

París también representó para la joven Agatha la oportunidad de demostrar su innegable talento para el piano, habilidad que había desarrollado en exhaustivos ensayos que llegaban a durar hasta siete horas diarias en Torquay bajo la tutela de una profesora alemana llamada Fräulein Uder. En poco tiempo, Agatha ya dominaba el instrumento, con sus escalas, arpegios, dobles notas y octavas. Ashfield era una casa muy musical, y tanto Frederick como Clara sabían tocar el piano con cierta destreza. En sus memorias, Agatha recuerda que su madre tocaba Canciones sin palabras, de Mendelssohn (considerada una de las más importantes representaciones del piano romántico) [N18] y otros temas que había aprendido en su juventud; «tocaba bien, pero tenía poca afición». En cambio, su padre era un superdotado para la música. Con el tiempo, Agatha añadió piezas más complejas a su repertorio musical. «De Schumann, pasé a Grieg, que me apasionaba, sobre todo con sus piezas Erótica y Primer susurro de primavera. Cuando pude tocar Morgen, de Peer Gynt, me volví loca de alegría». Los dotes de Agatha como pianista

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fueron tan alabados por sus profesores franceses que la joven llegó incluso a fantasear con la idea de que la música fuera su medio de vida, dedicándose de forma profesional. Para triunfar en ese mundo, sin embargo, no era suficiente con tener dedos ágiles y un buen oído. Agatha se topó de lleno con un obstáculo que se interpondría en varias ocasiones en su vida y que desluciría esa idílica época. Un día, su tutor la escogió para ofrecer un recital acompañada de una importante cantante, pero, cuando llegó el estreno, Agatha fue incapaz de tocar. Además de un tremendo escalofrío que le recorrió por completo la espalda y que la revolvió en su asiento, sus dedos no respondían a tiempo por mucho que lo intentase, y pulsaban la tecla equivocada, casi siempre con retraso o fuera de compás. Aquella joven talentosa y prometedora pianista se convirtió, de repente, en una aficionada; todo por culpa del miedo escénico, que la había paralizado por completo y le había impedido demostrar su gran talento en público. Decepcionado, su profesor le aconsejó con amabilidad que abandonara sus planes de dedicarse profesionalmente al piano, pues jamás sería capaz de enfrentarse a un auditorio repleto de espectadores.[N19]

Anonadada y desilusionada, incapaz de reaccionar ante tan duras palabras, Agatha acabaría renunciando a sus ambiciones musicales, consciente de que jamás superaría su patológica timidez. «Si uno no puede ser lo que más desea, es mejor reconocerlo y seguir adelante en vez de hundirse entre lamentaciones vanas e ilusiones», escribiría más adelante en su biografía. Sin embargo, aunque la lección estaba aprendida, la joven Agatha creía que todavía quedaba una posibilidad de dedicarse profesionalmente a la música, pero de otra manera. Empezó a tomar clases de canto con uno de los más prestigiosos maestros de la época, monsieur Boué, quien se propuso sacar lo mejor de su voz de soprano, que, misteriosamente, florecía en público pese a su timidez. Después de seis meses con Boué, ya era capaz de cantar obras de Cherubini, Schubert e incluso algunas arias de difícil ejecución como «Che Gelida Manina», de La Bohème, y «Vissi d’arte», de Tosca, óperas de Giacomo Puccini. De regreso a Inglaterra, continuó con sus estudios y llegó incluso a cantar en algunos conciertos locales y ante amigos y familiares hasta que, cerca de cumplir los diecinueve años, decidió convertirse en cantante de ópera.

«Aunque no quería engañarme a mí misma —escribió en un borrador

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inédito de su autobiografía—, a veces me dejaba llevar por la ilusión de imaginar que tal vez algún día llegaría a interpretar a Isolda. No podría hacer daño a nadie vivir tal ocasión en mi fantasía».[N20]

Es bastante extraño que una persona tan tímida como yo, que con frecuencia no se atreve a entrar en una tienda y que suda de nerviosismo antes de llegar a una tertulia numerosa, no me pusiera nerviosa al cantar. Cuando estudiaba piano y canto en París, temblaba como una hoja al tener que tocar en el concierto del colegio; en cambio, me desaparecían totalmente los nervios cuando cantaba.

Agatha Christie.

Su sueño de convertirse en cantante lírica profesional nació una noche en la que fue con su hermana a la representación, en Londres, de El anillo del nibelungo, protagonizado por la soprano alemana Gertrude Kappel, la norteamericana Saltzman Stevens y el bajo-barítono alemán Anton van Rooy. Le impresionó sobremanera la actuación de Stevens, no exactamente por la potencia de su voz, sino por su versatilidad sobre el escenario. «La furia en el primer acto, la belleza lírica de su voz en el segundo y, luego, lo realmente inolvidable, el bellísimo tercer acto con Tristán y Kurwenal juntos y la búsqueda del arco en el mar». De camino a casa, todavía maravillada por el espectáculo al que acababa de asistir, la joven Agatha comenzó a preguntarse si algún día podría representar a Isolda en un escenario real. Su sueño se esfumó cuando una amiga de la familia, con contactos en el Metropolitan Opera House de Nueva York, acudió a oírla y, tras pedirle que cantara algunas escalas, arpegios y ejercicios, le dijo muy amablemente, aunque de forma tajante: «Las arias que has interpretado no me han dicho gran cosa, pero los ejercicios me han sorprendido. Podrías llegar a ser una buena cantante de lieder (tipo de canción lírica), pero la voz que tienes no es lo bastante potente para la ópera. Y en cuanto a eso, no hay nada que se pueda hacer para remediarlo. Ciertos talentos, como pasa con el canto, son innatos, pero, desafortunadamente, querida, este no es tu caso». Agatha se sentía

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frustrada porque no había podido realizarse en el campo musical ni como pianista —que era uno de sus sueños— ni como cantante de ópera. De nuevo, su reacción fue valiente y pragmática. «Volví otra vez a la vida real, dejándome de tristezas y lamentos; y le dije a mamá que podíamos ahorrarnos el gasto de mis clases de canto. Cantaría cuando quisiera, pero era inútil seguir estudiando. Nunca había creído de verdad que mi sueño pudiera hacerse realidad, pero es bueno haber tenido un sueño y haberlo disfrutado, siempre y cuando no te agarres demasiado», concluyó, demostrando una asombrosa madurez para su edad.[N21]

Pese a esa convicción, la dura realidad le provocó una decepción bastante honda. La biógrafa Janet Morgan, que tuvo acceso a los numerosos documentos privados de Agatha Christie, revela que en el primer borrador de su autobiografía la autora describió su sentimiento como un capricho; luego, al revisar el texto, decidió sustituir dicho término por ilusión, reemplazándolo a continuación por sueño. «No tengo

el mínimo deseo de convertirme en una cantante de lieder —escribió—; de todas formas, no me hubiera resultado nada fácil. Las jóvenes decididas a seguir una carrera musical no solían encontrar ningún tipo de facilidad. Sin embargo, de haber tenido la menor posibilidad de cantar ópera, hubiera luchado por conseguirlo, pero era consciente de que eso estaba exclusivamente reservado para unas pocas privilegiadas dotadas de unas potentes cuerdas vocales». La sinceridad de sus palabras demuestra que su desilusión no fue tan superficial como aparentaba; convertirse en cantante de ópera significaba para ella el máximo de lo que podía alcanzar, y a lo largo de toda su vida continuó siéndolo; en su vejez, solía decir a sus amigos, sin ocultar esa nostalgia: «Si hubiera sido cantante de ópera, hubiera podido ganar mucho dinero». [N22]

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Agatha Christie, en el centro, con sus compañeras en la clase de baile de Torquay en 1904. «Éramos como flores silvestres, a menudo malas hierbas, pero crecíamos de forma exuberante, luchando por salir a través de las grietas y decididas a vivir plenamente, abriéndonos a la luz del sol hasta que alguien nos pisaba. Aunque doloridas durante algún tiempo, levantábamos pronto la cabeza de nuevo».

Mientras esperaba que el destino le marcara un nuevo camino por recorrer, Agatha disfrutaba de sus amistades, que, aparentemente, eran muchas si tomamos como referencia algunas fotografías de la época que nos dan muy buenas pistas acerca de su vida social: regatas en la bahía de Torquay, representaciones teatrales en el cercano Cockington Court, reuniones del South Devon Foxhounds; fiestas en el Thorp Arch Hall en Doncaster o en el Littlegreen en Petersfield. «¡Y por la noche, fuegos de artificio! Como no los podíamos ver desde casa, pasábamos la velada con unos amigos que vivían junto a la bahía. A las nueve tomábamos algo en el jardín: limonada, helados y bizcochos». En verano, Agatha solía recorrer los tres kilómetros que la separaban de su playa favorita, Beacon Cove; le encantaba bañarse en el mar y hasta muy avanzada edad aprovechaba cualquier ocasión que se le presentase para nadar. En sus memorias recuerda el recelo con el que las señoras gruñonas de Torquay miraban a los jóvenes que paseaban por el centro comercial de la ciudad, sobre todo las estridentes hermanas Huxley, que tenían la costumbre de andar cogidas del brazo de un lado a otro sonriendo y bromeando con todo aquel que se

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cruzara por su camino. Pero lo peor era que las chicas no llevaban guantes, lo que constituía un delito social para una sociedad tan provinciana y tan parroquial como aquella. El modelo social de entonces era peculiar y algo cursi, lo reconocía la propia Agatha, que tenía una mirada crítica hacia aquellos que se reían de los que no hacían más que hablar de la aristocracia y siempre le preguntaban: «¿A qué familia perteneces?».

Fue una época dorada en muchos sentidos para la joven Agatha, que gozaba de un aire de seguridad en sí misma. Recién cumplidos los veinte años, era una esbelta y atractiva joven con el cabello poblado hasta la cintura, ondulado y rubio, y la delicada piel y hombros inclinados, que entonces causaban furor. Christie miraría aquellos años de juventud con comprensible nostalgia, y en su autobiografía lamentaba haber perdido su estilizada figura. Cuando tenía cuarenta años y ya era una famosa escritora, comenzó a engordar —en parte por su glotonería— y se convirtió en una mujer poco agraciada, de anchas caderas, que disimulaba su sobrepeso con vestidos sueltos y largos hasta los tobillos.[N23] Era una época en la que constantemente hacía tristes comentarios acerca de su peso y, además, tenía pánico a ser fotografiada.

Mientras ocupaba su tiempo libre con actividades propias de las muchachas de su edad, su madre se hundía en un peligroso e interminable vacío que acabaría por minar su resistencia emocional. Poco después de que Agatha regresara del internado de la señorita Dryden, en 1910, Clara cayó gravemente enferma sin que los médicos lograsen diagnosticar la dolencia que padecía. Uno sugirió cálculos biliares; otro, fiebres paratifoideas, y un tercero, apendicitis. Irritada por estos diagnósticos tan imprecisos y contradictorios, Clara concluyó, con su peculiar sentido de la realidad, que un cambio de aires sería la mejor cura para sus dolencias, y apoyada por el consejo de uno de los médicos, tomó la decisión de pasar el invierno con su hija en Egipto —donde prácticamente no hay humedad y los días son cálidos y secos— y aprovechar la ocasión para presentarla en sociedad en un entorno más asequible, puesto que sus recursos económicos no le permitían ofrecerle la misma estancia en Londres. En la primera década del siglo pasado, el interés por Egipto y su historia estaba en su máximo apogeo. El país africano se encontraba bajo dominio británico y contaba con una inmejorable comunicación por vía marítima

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con la metrópolis gracias a la construcción del canal de Suez en 1869. Concebido en un primer momento con el objetivo de acortar la ruta del comercio entre Europa y el sur de Asia (pues evitaba tener que rodear el continente africano), el canal de Suez acabó siendo fundamental en el surgimiento de una gran oferta turística en la región, que se consolidó definitivamente con el desarrollo del barco de vapor y la construcción de lujosos hoteles, especialmente en El Cairo —que sustituirían las anticuadas e incómodas posadas nativas, muchas ubicadas en zonas fétidas e incluso insalubres—.[N24] Además, Clara sabía que en El Cairo su hija tendría la posibilidad de entablar amistad con diferentes jóvenes inglesas de su edad, aunque no tantas ni tan elegantes como para que su concurrencia la intimidase, y abundarían los jóvenes solteros (casi todos militares), entre los cuales tal vez hasta llegase a encontrar un prometido. [N25] A principios del siglo XX, este era un momento de vital importancia para una dama de clase acomodada como ella. Tanto era así que su propia madre se refería a este acontecimiento como «el derecho a nacer» de una joven, el momento en el que una Agatha adolescente debía romper su crisálida, transformándose así de colegiala en señorita y, con ello, tener la oportunidad de encontrar un compañero adecuado.[N26]

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En esta foto se puede apreciar a una veinteañera Agatha (en el centro) cogida de las manos con sus amigos, los Lucy, intentando conservar el equilibrio sobre sus patines. Vestida a la moda eduardiana, con un sombrero adornado con plumas de faisán, falda larga, una blusa de cuello alto y almidonado; y por debajo, muy probablemente, un incómodo corsé, prenda por la que no sentía la más mínima simpatía: «Íbamos enfundadas en una especie de armadura de ballenas que oprimía insoportablemente la cintura y subía en forma de escudo hasta el pecho, provocando casi una total asfixia».

Una vez más, Clara se dispuso a alquilar Ashfield, pues dependería de sus rentas para poder mantenerse en Egipto con su hija. La casa se alquiló en poco tiempo y, con el anticipo que cobró del nuevo inquilino, pudo pagar el viaje en la agencia Cook & Sons, la primera creada en el mundo, propiedad de Thomas Cook, el hombre que revolucionó los hábitos vacacionales, según los cuales el viajero era independiente, pero con una organización detrás encargada de sus viajes, alimentación y alojamiento durante toda la ruta elegida. Su agencia no solo se ocupaba de los complicados trámites que implicaba un viaje de estas características, sino que además trataba de proteger al viajero contra eventuales estafas que alguien sin experiencia podría sufrir en un país lejano y exótico. Thomas Cook es considerado el padre del turismo moderno y uno de los creadores

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de una serie de elementos y recursos de viaje que perduran hasta hoy, como el itinerario impreso para los clientes, los contratos con proveedores, los pagos retrasados a los proveedores al regreso del cliente, el bono de hotel, el traveller’s check y la guía del viajero, con consejos prácticos, direcciones y datos útiles, antecedente claro de las guías actuales. Estas guías facilitaban amplia información acerca de los barcos de los cruceros, que eran exactamente como los que describiría Agatha Christie años más tarde en Muerte en el Nilo.

Nota del Autor

En septiembre de 2019, la agencia de viajes Thomas Cook anunció su quiebra y el cese inmediato de las operaciones, tras haber fracasado las negociaciones para obtener de sus prestamistas un paquete de rescate que les permitiera seguir operando. El turoperador británico gestionaba, por aquel entonces, hoteles, complejos turísticos y aerolíneas para diecinueve millones de personas al año en dieciséis países, y contaba, en la fecha del anuncio, con alrededor de ciento cincuenta mil turistas británicos de vacaciones en el extranjero, un número sin precedentes que obligó al Gobierno británico y la Autoridad de Aviación Civil de este país a

coordinar un gran programa de repatriación —denominado operación Matterhorn—, la mayor de la que se tiene noticia en la historia británica desde la Segunda Guerra Mundial. Su liquidación supone el fin de una de las empresas más tradicionales de Reino Unido, ya que comenzó su andadura en 1841, realizó excursiones locales en tren y sobrevivió a dos guerras mundiales hasta convertirse en pionera en los paquetes de vacaciones y en el turismo de masas. Aparte de una deuda que ascendía a los 1700 millones de libras, la empresa también habría sucumbido por la competencia en Internet, un mercado cambiante de viajes y una inusual ola de calor en Europa que provocó que miles de clientes cancelasen las reservas de última hora. También influyeron el Brexit y las caídas continuas de la libra, que terminaron por hundir a un gigante que llevaba mucho tiempo en problemas.

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Thomas Cook abrió su primera oficina en Fleet Street en 1865, coincidiendo con la inauguración del metro de Londres, el primero del mundo.

Tan pronto llegaron a El Cairo, Agatha y su madre se registraron en el hotel Gezirah Palace, un fabuloso edificio palaciego construido por un arquitecto francés en 1895 exclusivamente para acoger a la emperatriz Eugenia y sus invitados durante los fastos de la inauguración del canal de Suez. Sus amplias terrazas con vistas al río Nilo y sus majestuosos salones de estilo neoclásico conformaban el punto de encuentro de la clase media británica en Egipto y eran frecuentados por oficiales de color caqui y algunos nobles de bajo rango. Eso resultó en parte una pequeña decepción para Agatha, ávida de nuevas experiencias. Lejos del exotismo oriental que esperaba encontrar, la joven se sumergió en un ambiente típicamente británico; por lo que pudo constatar, El Cairo era prácticamente una «Torquay con pirámides».[N27]

En una época en la que no había discotecas, las jóvenes inglesas que se encontraban en El Cairo se dejaban llevar por un torbellino de bailes al ritmo del charlestón, de la polca y del foxtrot; y si Agatha disfrutaba de todos estos eventos, disfrutaba aún más de sus vestidos de noche. El primero que se puso es, muy probablemente, el que aparece descrito en su seudoautobiografía, Retrato inacabado: «de color verde claro, hecho de un género parecido a una malla, con muchas cintas pequeñas que la cruzaban

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en todas direcciones». Había otro, «de tono rosa pálido, que llevaba un manojo de flores sobre uno de los hombros». En esta primera década del siglo XX, la moda aparece dominada por el afán de fiestas que caracterizaba a la sociedad británica de esa época. Las jóvenes debían ser pálidas y de piel blanca, ya que el ser moreno era una característica distintiva de la clase trabajadora. Por este motivo, utilizaban sustancias muy peligrosas para blanquear la piel, ya que algunas contenían plomo o arsénico; incluso llegaban a marcarse más las venas para que no se dudara de su delicadeza cutánea. También se había impuesto como estándar la silueta de «S», una forma que se alcanzaba gracias a corsés más ajustados e incómodos que estrechaban la cintura y empujaban el busto hacia arriba, desplazando los órganos hacia abajo y poniendo la salud en peligro, pues provocaba dificultad al respirar y, en casos extremos, la deformación de órganos vitales. «Debido al encantador pudor victoriano de mi madre, durante un tiempo nos pareció imposible que viviera el resto de su vida metida en esos corsés, ¡una especie de mujer moderna con corsé de castidad!», escribió Agatha en su obra Ven y dime cómo vives. En Retrato inacabado, Celia se ve obligada a aumentar el volumen del busto con «esas delicadas almohadillas de tul llamadas rellenos», al ser, como la propia Agatha, una muchacha alta y delgada. La falda, ajustada en las caderas, se acampanaba en el bajo y daba opción a una pequeña cola; y la rigidez de la línea encontraba su contrapunto en la exagerada exuberancia de los accesorios y adornos: las blusas se llenaban de encajes, cintas y lazos, y los adornos preferidos eran las plumas de avestruz y las boas.[N28] La lista de requisitos que había que cumplir para presentarse en un baile parecía interminable: el vestido, el maquillaje, el corsé, sujetadores con almohadilla… Todavía quedaba por arreglar la «guinda del pastel»: el peinado; y a Agatha le irritaba profundamente arreglarse el cabello con los complicados moños y los adornados rizos que había que llevar por imposiciones de la moda de la época. «Yo llevaba el pelo alto, lo que entonces significaba peinarse al estilo griego, con grandes manojos de bucles en lo alto de la cabeza recogidos por una especie de redecilla. Era tan larga mi cabellera que podía sentarme en ella sin dificultad. No sé por qué se consideraba un motivo de orgullo para la mujer cuando, en realidad, no había forma de dominarlo; mis amigas se hacían tirabuzones, rizos, se

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marcaban ondas, dormían con rulos toda la noche y se ondulaban el pelo con tenacillas calientes».[N29]

Los escasos diez años que separan estos dos posados de Agatha Christie demuestran el cambio radical que la moda sufrió en los primeros años del siglo XX. La novelista dejó de utilizar prendas trabadas que imposibilitaban sus pasos y pasó a llevar vestidos más frescos y versátiles. «Llevábamos sombreros monstruosos de casi un metro de diámetro, hechos de paja con cintas, flores y grandes velos. Solíamos retratarnos con ellos, sujetos bajo la barbilla con una cinta y un enorme ramillete de rosas colocado sobre la oreja como si fuera un auricular de teléfono».

Agatha Christie experimentó, durante su adolescencia, un importante periodo de transición en la moda y en las costumbres sociales. Los vestidos modernos empezaron a adaptarse a las actividades al aire libre y al baile, y con la desaparición del corsé, el cuerpo comenzó a «desmoldarse» y las siluetas se volvieron rectas y simples. Los vestidos ya no eran una «armadura» dotada de piezas rígidas, como el polisón o el miriñaque, sino prendas cómodas de cortes vaporosos y funcionales. En los años veinte, por primera vez en la historia, las mujeres comenzaron a enseñar las piernas. Cuenta una leyenda que la reina Victoria había ordenado alargar los manteles de las mesas de palacio, de modo que no se pudiera incitar a los hombres al ver las piernas de las damas que acudían a sus veladas. Uno de los grandes nombres de la época que rompieron con

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los esquemas de la moda con la bandera de la simplicidad y la elegancia fue la modista francesa Coco Chanel. Enemiga del corsé y de los sombreros extravagantes, Chanel reinterpretó la moda desde otro punto de vista: el de la sencillez. A ella también le debemos esa ansia generalizada

por lucir un tono bronceado y saludable en verano —conseguido gracias a las largas jornadas que pasaba en la playa durante sus vacaciones en la Costa Azul—. Hoy en día, sus contribuciones al mundo de la moda siguen estando vigentes.[N30]

Nota del autor

Pese a la educación que Agatha recibió en Ashfield —que le imponía hacerse notar en los eventos sociales—, los grandes salones del hotel Gezirah atiborrados de gente eran mucho más abrumadores de lo que había esperado, lo que provocaba que se sintiera demasiado cohibida como para entablar una conversación con naturalidad. En una de estas veladas, Agatha se encontraba cómodamente sentada al lado de su madre cuando, de repente, un apuesto capitán del 60.º Batallón de Rifles se acercó a su mesa, la tomó de la mano y la escoltó con delicadeza hasta la pista de baile. Agatha se dejó llevar por el ritmo de la música y siguió con soltura los pasos de su compañero; ambos volaron girando por el salón con una naturalidad que dejó a su madre pasmada. Todo marchaba a la perfección hasta que llegó un momento en el que el capitán le hizo una pregunta trivial con el único propósito de romper el hielo. Agatha no lo esperaba y se quedó petrificada, sin poder hablar. Siguió el ritmo de la música en silencio, pero con las piernas temblando. Cuando la orquesta tocó la última nota, el capitán se inclinó cortésmente hacia ella y la acompañó hasta la mesa donde estaba su madre, a la que espetó: «Aquí tiene a su hija; ha aprendido a bailar, es más, baila muy bien. Ahora, enséñele a hablar». En sus memorias, Agatha Christie consideró las palabras del capitán como un «reproche justificado».

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Definitivamente, no se le daba aún demasiado bien hablar, así que Agatha se aferró a una habilidad por la que sí había recibido halagos: el baile. En sus memorias, la novelista afirmaba haber acudido a más de sesenta bailes, y estaba tan encantada con sus nuevas amistades y sus incontables compromisos sociales que se resistió cuanto pudo a las súplicas de su madre de acompañarla al Museo de El Cairo, pues no quería renunciar a esa forma de libertad que jamás había experimentado. Al fin y al cabo, su madre le había inculcado la importancia de convertirse en una dama sociable, así que ahora tenía derecho a vivir como tal. ¿De qué valía la educación recibida si no? Al final acabó accediendo, tras mucho resistir, a posar montada en un burro ante la esfinge de Gizeh para que le tomaran una fotografía. A pocos metros de allí, algunas muchachas de su edad, casi todas vestidas con aparatosas enaguas, faldas largas y ajustados corsés, trepaban por los enormes escalones de las pirámides. En 1867, el escritor americano Mark Twain (autor de Las aventuras de Tom Sawyer), subió hasta la cumbre de la Gran Pirámide de Keops y describió la experiencia en su diario: «¿Quién negará que la ascensión a las pirámides es un pasatiempo animado, regocijante, lacerante, fortalecedor y agotador?».[N31] Arthur Conan Doyle también vivió la misma experiencia y prometió que jamás la repetiría, aunque admitió que las vistas eran fabulosas. Desde el último escalón de la pirámide era posible vislumbrar el delta del Nilo, los minaretes de El Cairo, las aldeas dispersas, caravanas de camellos y el interminable océano de arena del Sahara. «No hay nada igual en el mundo. Los Imperios romanos y británicos son, en comparación, unos recién llegados», escribió el creador de Sherlock Holmes en sus memorias.[N32] Agatha regresó de Egipto entusiasmada; durante años guardaría recuerdos imborrables de aquellos días de bailes deslumbrantes hasta el amanecer en el país de los faraones. Más que eso: se había convertido en otra persona, más decidida y más segura de sí misma. «Mi madre me ofreció una vida social con poco dinero, y yo vencí la timidez —lo recordó en sus memorias—. Nada me habría librado tan pronto de mi torpeza».[N33]

Después de una exitosa presentación en El Cairo, las dos volvieron a su rutina habitual en Torquay. Agatha volvió a organizar veladas musicales y obras de teatro con sus amigas y, en compañía de su madre, cosía trajes y prendas de todo tipo, mientras creaba melodías y composiciones. Era una

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joven culta, muy activa y emprendedora, pero que no sabía muy bien cómo llenar su tiempo, sobre todo porque las rentas de las que ella y su madre disponían no le permitían disfrutar en Inglaterra de los mismos placeres a los que se entregaba en El Cairo. Un día, estando aburridísima en la cama, donde se recuperaba de una fuerte gripe, decidió ocupar su tiempo con un soso juego que había aprendido durante su estancia en Pau, que consistía en humedecer bolitas de papel que luego se endurecían dejándolas al sol y únicamente servían para hacerlas girar sobre sí mismas. Al comprobar que su hija podría perfectamente vencer el aburrimiento con tareas más productivas sin tener que recurrir a bobadas, la animó a que escribiese un cuento, siguiendo el ejemplo de su hermana mayor. Agatha aceptó el reto, pues ya había escrito poemas y pequeñas historias desde su infancia, incluso una de ellas había sido publicada en un periódico local. «Rechacé varios argumentos; por fin, me gustó uno y me puse a escribir a buen ritmo. Me fatigué un poco, lo que no era bueno, pues me encontraba todavía convaleciente, pero me entusiasmó». Tras varias horas encerrada en su habitación, consiguió redactar un imaginativo relato corto que tituló La casa de la belleza y que firmó con el seudónimo de MacMiller. La historia, de casi treinta folios, hablaba sobre la locura y los sueños, y podría haberse inspirado en las fértiles creencias esotéricas de su madre y en las historias de fantasmas y espíritus que Agatha y sus amigas devoraban. Era una época de gran interés por el misticismo y el espiritismo, en la que diferentes miembros de la aristocracia de la Inglaterra eduardiana —que disponían de mucho tiempo libre— solían organizar el tradicional té de las cinco seguido de una divertida sesión espiritista que seguía un guion común y previsible: los participantes se sentaban alrededor de una mesa, se apagaban las luces y el médium abría la sesión con una fervorosa plegaria. Acto seguido, se cogían de las manos e invocaban a los espíritus, que muchas veces afirmaban ser parientes o personas cercanas de uno de los presentes.[N34]

Nota del autor

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Defensor encarnizado del espiritismo, Arthur Conan Doyle profesó en 1916 su conversión en una nota publicada en la revista Light, un conocido periódico editado por una asociación espiritista. «Fui enviado a la Tierra para un único propósito: ser el portador de la antorcha del espiritismo en el mundo». Para muchos de sus seguidores no fue sencillo entender como un brillante practicante de la deducción racional se involucrara en ese movimiento tan peculiar, considerado por algunos como una superstición fraudulenta, y se embarcara en una cruzada con el objeto de ganar adeptos para su nueva creencia. Ajeno a las críticas de sus detractores, el escritor escocés pasó la mitad de su vida ofreciendo conferencias públicas sobre el espiritismo; una de estas jornadas se celebró en diciembre de 1920 en el Ayuntamiento de Torquay. Titulada La muerte y el más allá, Doyle intentaba ofrecer consuelo a las personas que buscaban una respuesta a la desaparición de sus seres queridos, resaltando que la consciencia humana era algo mucho más vasto y complejo que el cerebro y que seguía existiendo pese a la ausencia de toda función vital. Como de costumbre, abrió el evento diciendo: «Esta noche, hablaré sobre un tema que concierne el destino de cada hombre y mujer presentes aquí en este recinto». Acto seguido, se puso a repartir copias de fotografías con manifestaciones psíquicas fantasmales que, según él, «asombraron a mucha gente», y sorprendió a todos al revelar que había entablado una sincera amistad con trece madres que mantenían una comunicación permanente con sus hijos muertos a través de la intermediación de un médium. (Según un relato de la época, el escritor se había quejado a un amigo de que el edificio del ayuntamiento se encontraba ubicado al lado de una iglesia, y justo cuando se puso a hablar, las campanas comenzaron a sonar, lo que le obligó a gritar durante toda la exposición).

El acto contó con la asistencia de un público mayoritariamente femenino, y una de las muchas jóvenes que se acercaron al ponente para felicitarle fue Agatha Christie, por aquel entonces una escritora novel y completamente desconocida. Si la charla ofrecida por Conan Doyle apenas ejerció influencia sobre las creencias de Christie (que siguió siendo una anglicana convicta), no se puede decir lo mismo de su obra, puesto que, a partir de entonces, la temática espiritista empezó a cobrar cierto protagonismo en algunas de sus novelas, como La última sesión (1933),

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que cuenta la historia de Simone, una famosa médium parisina a la que su novio le pide que abandone su profesión. Simone accede, pero con la condición de que le permita participar en una última sesión para contactar con una niña muerta.[N35] Las sesiones espiritistas protagonizaron muchas otras historias, como en Peligro inminente (1932), donde Poirot organiza una sesión con el objetivo de reunir a todos los sospechosos en una misma habitación y forzar al culpable a que se delate. En El pájaro con el ala rota (1930), se narra una reunión en la que el espíritu de Mr. Quin le indica a Mr. Sat que debe ir a Laidell, donde había sido invitado. La velada transcurre con normalidad, pero a la mañana siguiente se descubre que una de las participantes se ha suicidado ahorcándose con una cuerda. Otra sesión se celebra en La señal roja (1924), donde la médium pone a los invitados en guardia contra un peligro inminente, y en Testigo mudo (1937) se narra una sesión de espiritismo en la que se observan extraños fenómenos luminosos y la Srta. Arundell muere a causa de un agravamiento de su dolencia hepática.

De todas estas obras de temática sobrenatural, ninguna destaca tanto como El misterio de Sittaford (1931), en la que los protagonistas se reúnen para jugar a la ouija, y el espíritu con el que logran contactar anuncia que uno de los presentes será asesinado. Arthur Conan Doyle falleció de un ataque al corazón mientras Agatha Christie escribía esta historia; para rendirle homenaje, decidió citarlo en el capítulo 11 como un experto espiritista. Esta novela, además, está ambientada en Dartmoor, el mismo páramo que usa Conan Doyle para narrar la leyenda que persigue a la familia Baskerville desde hace años, según la cual un sabueso infernal que merodea el lugar acabaría con ellos uno por uno hasta que no quedase ningún miembro de la familia vivo. Aunque Agatha Christie nunca se tomó en serio el credo espiritista, supo usarlo con gran maestría en muchas de sus obras.[N36]

—Esa séance espiritista también es muy misteriosa. Pienso hablar sobre ella en mi periódico. Además, les pediré su opinión a Mr. Oliver Lodge y al célebre Arthur Conan Doyle, así como a algunas actrices y a otras personas.

—¿De qué séance me está hablando?

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Mr. Enderby explicó complacido todo lo que sabía. No había nada relacionado con el asesinato que él no hubiese conseguido, de un modo u otro, oír contar.

—Algo estrambótico, ¿verdad? —dijo, al terminar su relato—. Quiero decir que le hace a uno reflexionar acerca de esas cosas. Tal vez hay algo de cierto en ellas. Sin embargo, es la primera vez en mi vida que tropiezo con un hecho auténtico.

Emily se dejó dominar por un ligero estremecimiento.

—No me gustan las cosas sobrenaturales —comentó la joven —, aunque reconozco que, por esta vez, como ha dicho muy bien, parece que tengamos que concederle algún crédito. ¡Pero qué cosa más horriblemente extraña!

Agatha Christie, El misterio de Sittaford.

A las amigas de Agatha les fascinaban estos misterios y por ello le insistían en que debía leer más sobre estos temas, cosa que, en efecto, hizo, descubriendo que el estilo de obras de esta naturaleza era casi siempre tedioso, y sus afirmaciones, bastante cuestionables. No obstante, le interesaba todo lo relacionado con los sueños y la sutil frontera que separaba lo real de lo imaginario. Además, se sentía atraída por la locura, palabra que en el período victoriano se había empleado para describir toda manifestación de inestabilidad mental, y que con frecuencia se trataba con métodos que rozaban la tortura. Estos son algunos de los temas que aparecen en La casa de la belleza, que sería publicada con el título de La casa de los sueños en la revista Sovereign, en enero de 1926. «No era una

obra de arte, por supuesto —recordaría la autora años más tarde—, pero creo que era una buena historia, aunque muestra claramente la influencia de un texto similar que había leído la semana anterior. Esto es algo muy difícil de evitar cuando estás empezando a escribir».[N37]

El siguiente intento literario de Christie fue La llamada de las alas, posteriormente publicada en Poirot infringe la ley (1933) y, nuevamente, en La bola dorada (1934), en el que describe la facilidad con que puede manipularse a quienes muestran la tendencia a creer en fenómenos

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psíquicos, de modo particular cuando comienza a difundirse el uso de un nuevo invento técnico o mecánico —en este caso, la radio—.[N38] Con todos los grandes avances tecnológicos de principios de siglo, el contacto con los espíritus no solo se veía posible, sino como algo de carácter científico. Esto se tornó evidente con la llegada de los rayos X, una radiación de frecuencia más alta que la luz que es invisible al ojo humano, pero incuestionablemente presente en las placas fotográficas. Si había máquinas capaces de mostrar el interior del cuerpo, ¿por qué entonces no podría ser viable la comunicación con los muertos? Hoy este planteamiento parece ingenuo, pero entonces era factible. La sociedad de los albores del siglo XX vivía una transición entre una cultura victoriana —muy familiarizada con doctrinas psíquicas, especialmente el espiritismo y el teosofismo— y un mundo futurista rodeado de nuevas tecnologías que culminaron con el crecimiento vertiginoso de las ciudades, el surgimiento de las grandes fábricas, la popularización de los coches, del cine y de un sinfín de aparatos eléctricos.[N39] La bola dorada fue reescrita años después y se publicó bajo el título de El misterio de Sittaford. La biógrafa Janet Morgan hace mención de otros dos borradores que jamás han visto la luz, y que siguen almacenados en un archivo familiar de acceso restringido. El primero, sin título, describe «un diálogo en una fiesta entre una señora sorda y un hombre muy nervioso», y el otro, titulado El pequeño dios solitario, narra el encuentro de un explorador solitario que regresa a Londres tras casi veinte años recorriendo el planeta con una joven a la que toma por una institutriz y que está tan sola en el mundo como él. Convencida de que sus historias merecían ser publicadas, las mecanografió con atención para evitar que aparecieran erratas que perjudicasen la narrativa y las envió indiscriminadamente a cuanta revista literaria encontró, bajo la firma de diferentes seudónimos como Mac Miller, Nathaniel West o Sidney West. A pesar de sus esfuerzos, todas las editoriales se las devolvieron con presteza.

Nota del autor

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A lo largo de la historia de la literatura, han sido muchos los escritores que han optado por ocultar su verdadero nombre detrás de un seudónimo que, en muchos casos, los acompañaría toda la vida. Pero más interesante que el seudónimo en sí son las razones que llevaron a estos escritores a buscar esos segundos nombres para cargar con todo el peso de la autoría de sus trabajos. Algunos los hicieron simplemente por timidez o por exigencias comerciales, y otros —por cuenta de la época y el lugar en que vivían— para evitar la censura o incluso persecuciones. Tanto es así que muchas de las autoras del siglo XIX se vieron obligadas a adoptar seudónimos masculinos para evitar discriminación por motivos de género, como fue el caso de las hermanas Brontë.[N40] Los motivos son tantos y tan variados como los autores mismos. Lewis Carroll, por ejemplo, el famosísimo autor de Alicia en el país de las maravillas, se llamaba Charles Lutwidge Dogson, y decidió utilizar este nombre para separar su faceta de matemático de su profesión de escritor. Algunos seguidores del autor creen que su elección por el nombre de Lewis Carroll surgió a raíz de un ingenioso juego de palabras, puesto que sus iniciales (LC) pronunciadas en inglés se asemejan sonoramente al nombre Alice, la protagonista de su obra más famosa. Charles Dickens utilizó en un primer momento el seudónimo de Boz y lo hizo para proteger su reputación, puesto que el autor era un reputado columnista en el ámbito político; y la conocidísima autora de las novelas de Harry Potter, J. K. Rowling, utilizó diferentes seudónimos como Newt Scamander, Kennilworthy Whisp o Robert Galbraith para firmar sus obras. Según la autora, la intención era eludir la presión sobre sus nuevos libros después de escribir la exitosa saga del famoso niño mago. [N41]

Sin embargo, uno de los seudónimos que más sorprende y sigue sorprendiendo a mucha gente es George Orwell. Libros que se hicieron tan populares como 1984 o Rebelión en la granja estaban escritos por alguien que en realidad no se llamaba George Orwell, sino Eric Arthur Blair. En este caso, la razón por la que Blair no quería mostrar su nombre en la publicación de sus novelas era porque no quería avergonzar a su familia al haber vivido durante un tiempo como un vagabundo. Otro caso muy llamativo es el de Daniel Defoe (mundialmente conocido por su novela

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Robinson Crusoe). Defoe utilizó la espeluznante cifra de ciento noventa y ocho seudónimos para escribir cuatrocientas obras.[N42]

¿Te interesaría leer un libro de François-Mariet Arouet, Henry-Marie Beyle o Jean-Baptiste Poquelin? Estos son los verdaderos nombres de Voltaire, Stendhal y Molière, quienes eligieron estos seudónimos por las razones más variopintas. Voltaire deriva del apelativo Petit Volontaire (el pequeño voluntario) que usaban sus familiares para referirse a él de niño; Stendhal proviene de la ciudad alemana de Stendal, lugar de nacimiento de Johann Joachim Winckelmann, fundador de la arqueología moderna al que tanto admiraba; y Molière es un homenaje al escritor François-Hugues Forget de Molière d’Essertines, en cuya obra se inspiró para elaborar varios de sus personajes.

Los intentos fallidos por publicar sus cuentos no desanimaron a Agatha, que creía que había adquirido un notable dominio de la técnica de creación literaria. Faltaba, pues, encontrar a un editor que se arriesgara a confiar en sus aptitudes. Con sus capacidades más ejercitadas, decidió atreverse a escribir una obra más densa, como correspondía a su innegable talento y su creativo modo de expresar sus pensamientos. Su siguiente proyecto consistió en escribir una novela ambientada en El Cairo, inspirada en una mujer y sus dos pretendientes, que solían cenar juntos en el comedor del hotel Gezirah. «Uno de ellos era bajo y robusto, de pelo oscuro, capitán del Sexto de Fusileros; el otro, un oficial alto y rubio de la guardia de Coldstream, posiblemente un año o dos más joven que ella. Estaban sentados uno a cada lado de la dama, que coqueteaba con ambos». Esta

situación, sumada a un comentario oído de pasada —«algún día tendrá que

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decidirse entre los dos»—, fue lo suficiente como para proporcionarle el argumento central de la novela. La prometedora autora, que hasta entonces no había visto a una mujer comportarse con tal libertad en público, quedó tan deslumbrada que su mero recuerdo avivó su creatividad. Sin embargo, pese a tener claro un punto de partida para su historia y disponer de una ambientación tan exótica como El Cairo, el desarrollo de la trama resultó mucho más difícil de lo que se había imaginado; y tras releer los pocos pasajes que consiguió escribir, decidió reinventar una nueva historia, también ambientada en la capital egipcia, y como protagonista eligió a una joven sorda, pero su estructura, al igual que la historia anterior, siempre acababa desmoronándose. «No es difícil escribir algo interesante cuando la protagonista es ciega, pero una vez que has expresado lo que piensa una sorda y lo que dicen de ella los demás, no hay más que decir y se acabó». Incapaz de concluir ambas tramas, decidió que lo mejor sería fundirlas en una, y el producto resultante culminó con la obra Nieve en el desierto. Envió el manuscrito a diferentes revistas bajo el seudónimo de Monosílaba, pero no era tan fácil como esperaba, por lo que la aspirante a escritora pasaría largos meses sufriendo el desencanto de ver cómo le devolvían, uno tras otro, todos sus trabajos, hasta que llegó el momento en el que su madre, en un intento de minimizar su sufrimiento, le sugirió que pidiera consejo a un vecino llamado Eden Phillpotts, escritor conocido y amigo de la familia, cuya hija, Adelaida, había sido compañera de Agatha en las clases de baile. Pese a la enorme timidez que sentía por mostrar sus escritos, la joven reconoció la oportunidad de someter su trabajo a la crítica de un profesional y, además, no podía permitir que sus miedos se interpusieran en el camino de su realización personal. Confiada, tomó el manuscrito bajo el brazo, cruzó la calle, llamó a la puerta de su vecino y se lo entregó pidiéndole que emitiera su opinión. La respuesta de Phillpotts no se hizo esperar: pocos días después, Christie recibió una larga carta con palabras de motivación y una serie de consejos útiles.

Has escrito algunas cosas extraordinarias, tienes grandes dotes para el diálogo y creo que deberías invertir más tiempo mejorándolo para que parezca más natural y espontáneo. Procura suprimir de tus novelas aquellos pasajes moralizadores, pues veo que abusas de ellos y resultan aburridos. Deja que tus personajes tengan vida propia para que puedan

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hablar por sí mismos en vez de entrometerte indicándoles lo que deben decir y no intentes explicar a los lectores lo que han querido decir. Que lo juzgue quien lo lea.[N43]

Phillpotts terminó su misiva alertando de la dificultad de conseguir publicar una primera novela, pero, al constatar que su vecina tenía potencial, decidió escribir una carta de presentación a su agente literario, Hughes Massie, para que le diera su opinión. Alentada por este generoso y desinteresado gesto, Agatha no dudó en ir a Londres para entrevistarse con Massie, convencida de que su carrera como escritora podría estar a punto de despegar. La entrevista, aunque amena, resultó una tortura, ya que su timidez no le permitía relajarse un solo minuto. Además, Massie ni siquiera se había leído el libro y la trató con cierta condescendencia, comentando sarcásticamente el título de la obra. Agatha tuvo que esperar semanas hasta recibir una respuesta del agente: una pequeña nota en la que le explicaba que su libro resultaría difícil de publicar y donde la instaba a dedicarse a otra cosa. A pesar de los rechazos y las veces en que se preguntó si tenía el talento o la firmeza para lograr sus objetivos, la joven decidió seguir adelante. Escribió Visión (y lo guardó después de haberlo terminado), pero envió a Eden Philpotts su siguiente trabajo para conocer su parecer. El relato acabó perdiéndose, pero la opinión de Philpotts, enviada en una carta escrita el 6 de febrero de 1909, logró sobrevivir: «Posees un sentido natural de la composición y del equilibrio (…) y si la vida decide que tu camino es el arte y te ves con ánimo para enfrentarte al esfuerzo que significa emprender ese camino y llegar hasta el final, hazlo, porque tienes las dotes necesarias para ello».[N44]

Las largas horas que invertía ideando nuevas tramas no le impidió seguir con su apacible vida de soltera en Torquay mientras que muchas de sus amigas iban pasando por el altar. En este aspecto, Agatha se mostró deliciosamente sincera en varios pasajes de su autobiografía con términos bastante curiosos, tales como «un mundo femenino en busca de su presa», o «un mundo de mujeres al acecho de su destino»; y nos recuerda que, indudablemente, en su juventud la única carrera que se exhortaba a seguir a las jóvenes de clase media acomodada era el matrimonio. «No hay que preocuparse por lo que queríamos ser o hacer porque, al final, el camino

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siempre lo dicta la biología. Esperas al hombre y, cuando este llegue, ¡cambiará toda tu vida!».

Quizá me case con uno del cuerpo diplomático… me gustará ir al extranjero y ver tantos sitios; por el contrario, no me agradaría casarme con un marinero, pues pasaría mucho tiempo esperándole en las pensiones a orillas del mar. Tal vez me case con un ingeniero de puentes o un explorador. Cualquiera podía ser; dependerá del destino. Podíamos casarnos con cualquiera, incluso con un borracho y ser muy desgraciadas, pero esa posibilidad no hacía más que avivar la sensación de expectativa. Una no se casaba con una profesión, sino con un hombre; en palabras de antiguas niñeras, criadas, cocineras y doncellas: «Un día se presentará el señor adecuado».

AGATHA CHRISTIE.[N45]

Agatha Christie tocando una mandolina (aproximadamente, 1898).

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«Soy todavía aquella niña formal con tirabuzones. La casa en que habita el espíritu crece, surgen en ella instintos, gustos, emociones y capacidades intelectuales, pero yo, la verdadera Agatha, soy la misma. No me conozco del todo; solo Dios conoce de esa forma».

Agatha Christie, Autobiografía.[N46]

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III

ARCHIE

«Cuando rellenaba algún formulario y llegaba a la línea de profesión, nunca se me ocurría poner otra cosa que el clásico sus labores. Era una mujer casada, ese era mi estado y esa era mi profesión. Escribía libros como algo secundario, y nunca le di el pomposo nombre de carrera literaria; habría parecido ridículo».

AGATHA CHRISTIE

En la Inglaterra de principios del siglo XX, el matrimonio era el camino que toda joven se veía presionada a emprender por su entorno social. La soltería y la dedicación a la vida contemplativa quedaban fuera de las opciones que se aceptaban en aquella época, sobre todo para las mujeres, que eran alentadas (o incluso conminadas) a formar parejas estables, una tarea nada sencilla si tenemos en cuenta el protocolo al que estaban sometidas, ya que no podían mostrar ni demasiado interés (no fueran a

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confundirlas con mujeres de baja moral), ni demasiado poco, lo que podría desanimar a sus pretendientes. Ante semejante presión, una de las opciones más interesantes para las jóvenes de aquella época eran grandes recepciones ofrecidas por las familias pudientes de la ciudad, cuyo atractivo principal eran los bailes, que proporcionaban a las chicas la oportunidad de mostrar su educación y refinamiento, de evaluar y de ser evaluadas, de confirmar, en suma, la pertenencia a un círculo. Eran bailes esencialmente privados, aunque también existían los públicos, que se daban en los casinos de recreo o en determinados teatros. Conocer el protocolo era muy importante en la sociedad de los siglos XIX y XX, de ahí la proliferación de normas de buena conducta y la constante preocupación del anfitrión por lograr que su baile fuera un éxito —en caso contrario, podría convertirse en el blanco de las críticas al día siguiente, sobre todo por parte de la prensa—. Por ello, los anfitriones acondicionaban tanto el interior como el exterior de la casa y cuidaban que ninguna dama que hubiera asistido al baile permaneciera toda la noche sentada sin que fuera invitada a bailar. La anfitriona de la casa debía abstenerse de bailar, y si hubiera alguna joven en esta situación, debería hacerle compañía, por decirlo de alguna manera, en este infortunio. Los hombres, por su parte, debían evitar aglomeraciones, es decir, no debían agruparse en torno a mujeres bellas, abandonando así a las demás. De la misma manera, si una dama rechazaba el baile con un caballero, debía abstenerse durante toda la velada. Tampoco era conveniente bailar siempre con la misma pareja, pues creaba confusión y podía interpretarse como intimidad inadecuada. Con el fin de evitar percances indeseados, a la llegada de los invitados se les entregaba a las señoras un tarjetón doblado conocido popularmente como «carnet de baile» que incluía un listado de los temas que se iban a tocar. El caballero se acercaba a la dama para solicitarle un baile y esta apuntaba su nombre en el carnet al lado de dicha pieza musical, obedeciendo un riguroso orden de petición.

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Las normas para el uso del carnet eran estrictas: un invitado nunca debía bailar con una misma dama más de cuatro piezas en la velada, y una dama no podía rechazar una invitación masculina —en caso contrario, se consideraba como una descortesía—. Cuando se escribía en sus páginas el nombre del candidato, no se podía volver atrás bajo ninguna excusa, a menos que fuese por una «cuestión legítima».

Agatha se preparó con entusiasmo para el baile ofrecido por el matrimonio Clifford en los salones de la mansión Ugbrooke, en Chudleigh, una pequeña villa situada a pocos kilómetros de Torquay, y para la ocasión optó por uno de los pocos vestidos que reservaba para veladas formales: una muselina blanca bordada, con la cintura alta bien a la moda. El color le favorecía, pues contrastaba ligeramente con su pelo castaño claro. Además, tanto el color como la tela elegidos eran señal no solo de pureza, sino de distinción. Solo las mujeres de clases más acomodadas podían usarlo, pues requería muchísimo mantenimiento para estar impecable. Se puso un poco de agua de lavanda en el cuello, elaborada según un recetario familiar que su madre conservaba y ampliaba a medida que iba aprendiendo nuevas combinaciones, y gracias a que tenía una faz muy delicada no era necesario recurrir a ningún cosmético como los polvos bronceadores, ya que tenía la ventaja de haber nacido con mejillas que se coloreaban naturalmente, sobre todo cuando tenía que entablar una conversación de cualquier naturaleza con un chico de su edad. Satisfecha con su aspecto, Agatha cogió su sombrero y salió al encuentro de sus amigos aquella tarde del 12 de octubre de 1912 para el concurrido baile al

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que acudirían varios jóvenes militares del destacamento de Exeter. Y fue allí donde conoció al subteniente del Cuerpo de Artillería británico Archibald Christie cuando este se acercó a su mesa y, con un aplomo poco frecuente para un muchacho de su edad, le pidió que le reservara tres bailes en su tarjeta, a lo que ella condescendió prontamente a sabiendas de que estaba transgrediendo una regla de oro del baile. «Te podías estirar a veces, pero, en ese caso, te atravesaban las miradas de las guardianas». En sus memorias, Agatha Christie ofrece una exposición completa de cómo se organizaban los bailes de sociedad en la Inglaterra posvictoriana. Según la escritora, se trataba de un arte difícil, que demandaba un complejo estudio de las probabilidades matemáticas de combinación: si en una fiesta, A, B y C son tres chicas y D, E y F tres chicos, las chicas podrán bailar por lo menos dos veces con cada uno, aunque hay que tener en cuenta que, aparte de estos tres chicos, habrá muchos otros que no resultarán tan interesantes, por lo que habrá que evitar que se enteren de que todavía quedan bailes libres. «Entonces finges que harás lo posible para reservarles el decimocuarto. Lo difícil es mantener el equilibrio. Los chicos con quienes deseas bailar andan sueltos por ahí; si llegan tarde, el programa puede estar ya completo, pero si mientes demasiado a los primeros, es posible que aparezcan lagunas. Entonces, tendrás que renunciar a algunos bailes y convertirte en un objeto decorativo. Qué agonía cuando de pronto aparece el joven que esperabas en secreto y que te ha estado buscando por todas parte como un loco. Tienes que decirle con tristeza: “No me queda más que el segundo extra y el décimo”. El asunto era más peliagudo de lo que parece y acababa por destrozarte los nervios».[N1]

A Agatha le sorprendió que el joven oficial se saltara tan descaradamente estas convenciones, pero también le resultó un gesto deliciosamente refrescante; además, su condición de militar lo hacía todavía más interesante. Y aunque el protocolo del baile, que Agatha dominaba a la perfección, exigía prudentes distancias entre los cuerpos, el suyo sintió la presión de la mano del joven subteniente de una forma que nunca antes había percibido. Al final de la tercera pieza, Archie le pidió otros tres más y no se rindió ante la excusa de la joven dama de que en su tarjeta ya no quedaban más huecos disponibles. «Si tachas los nombres de los otros chicos, tenemos el problema resuelto», le contestó sonriendo,

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demostrando así su total desprecio por las convenciones sociales. Agatha se ruborizó al escuchar semejante propuesta, pero no se lo pensó dos veces: apoyó la mano izquierda en el hombro de aquel apuesto piloto de aviación de intensos ojos azules y bailó con él sin parar toda la noche. El paso más temido era, sin duda, el minueto, porque requería de mucha práctica y era muy fácil equivocarse en la exigente combinación que proponía, lo que ponía en un enorme riesgo de ridículo a quien cometiese el más mínimo error. La contradanza y el vals eran mucho más sencillos y fáciles de aprender. Y fue al ritmo del vals que ambos comenzaron una historia de amor y desilusión que culminaría con la etapa más oscura y misteriosa de la vida de Agatha Christie.

Durante la España del Romanticismo, los carnets de baile no podían faltar entre los complementos que una dama debía llevar en el bolso, puesto que tenían la obligación, según el protocolo de la época, de anotar los nombres de los caballeros que solicitaban un baile según el orden de petición.

Agatha acababa de cumplir veintidós años; Archie, veinte (su cumpleaños era quince días después del suyo). Había nacido en la India, donde su padre (que también se llamaba Archibald) ejercía de juez de paz en la administración británica y era miembro del Real Cuerpo Aéreo. Poco tiempo después de regresar a Inglaterra, su vida dio un vuelco radical. Su padre murió tras caer de un caballo, y su madre se casó en segundas

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nupcias con William Hemsley, profesor del Clifton College de Bristol, el mismo internado en el que Archie cursó sus estudios. Alumno dedicado y responsable, aprobó sin mayores dificultades el examen de ingreso en la Academia Militar de Woolwich; en 1909, fue ascendido a segundo teniente de artillería, grado con el que pasó a la Brigada 138 del campamento de Bulford, próximo a Salisbury. A principios de 1912, todos los integrantes de dicha brigada fueron destinados a Exeter, la capital del condado de Devon, distante tan solo treinta kilómetros de Torquay. «Era un joven alto y encantador, con el pelo rubio y rizado. Tenía los rasgos muy pronunciados: boca atractiva, nariz con una pequeña arruga, ojos azules, cejas pobladas y una mirada de profunda intensidad. Se me presentó sin timidez y con una gran dosis de confianza en sí mismo», escribió Agatha en su autobiografía.

Archie sentía pasión por volar y veía los aviones no como algo mágico, sino como un futuro prometedor en el que podía desempeñar un papel determinante; y con esto en mente invirtió todos sus ahorros en la matrícula de una escuela de vuelo en Salisbury Plain, y a poco de comenzar el curso descubrió que aquello era, de hecho, su verdadera vocación. En las primeras clases, los alumnos aprendían a familiarizarse con aquel extraño aparato y su panel de instrumentos; enseguida, ensayaban pequeños vuelos que se resumían en levantar el avión del suelo unos escasos metros y durante pocos segundos. En poco tiempo, Archie realizaba maniobras avanzadas sin la asistencia de un instructor, y, el 6 de julio de 1912, completó un vuelo en solitario de casi media hora de duración sin percances. El libro en el que se registró este ejercicio menciona que el aterrizaje se llevó a cabo «sin que se rompiese siquiera un pedazo de alambre», algo meritorio porque el aterrizaje era una maniobra que exigía, y mucho, de las habilidades del piloto. Los terrenos eran muy irregulares, casi siempre empantanados, y con frecuencia ofrecían toda una gama de obstáculos como cercas, árboles y zanjas. Tampoco había un procedimiento de aterrizaje establecido; el piloto calculaba mentalmente la velocidad del viento, comprobaba su dirección y aterrizaba como podía. Así que el piloto intentaba bajar lenta y prudentemente su avión para evitar equívocos, muchas veces mortales. Quince días después de este memorable vuelo, Archie obtenía el certificado de aviador emitido por el

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Real Aeroclub, cuyo número, el 245, muestra cuán reducida era la cifra de aviadores titulados.[N2] Hay que tener en cuenta que habían pasado tan solo nueve años desde que los hermanos Orville y Wilbur Wright hubiesen logrado realizar el primer vuelo del que se tiene noticias, a bordo del Flyer I, en Kitty Hawk, Carolina del Norte. Aunque no se trataba de un hecho aislado —en Francia ya había una legión de aventureros en búsqueda de la máquina voladora perfecta—, la hazaña de los hermanos Wright motivó a otros pioneros a intentar convertir aquella «cometa» gigante en un medio de transporte seguro que lograse acortar distancias. En octubre de 1908, el francés Henri Farman completó un vuelo sin escalas de veintisiete kilómetros entre las ciudades de Bouy y Reims, estableciendo la primera conexión aérea entre ambas. Un año después, el diseñador y fabricante francés Louis Blériot completó el primer viaje sobre el canal de la Mancha a bordo de su nuevo avión, el Blériot XI, que no disponía de un solo instrumento de navegación en el panel. Su aventura reunía todas las papeletas para terminar de forma desastrosa. Blériot llegó caminando con el apoyo de unas muletas en compañía de su mujer, que insistía en que no hiciera la travesía. El piloto no le hizo caso y subió a la carlinga de su tosco aparato; al arrancar el motor, una de las palas de la hélice golpeó a un perro, que murió más tarde. Pese a todos los infortunios, el piloto francés alcanzó su objetivo treinta y siete minutos más tarde al aterrizar en el puerto británico de Dover. Recibió un premio de mil libras y, lo más importante, consiguió su lugar de honor entre los pioneros. Así surgió la aviación en Europa, como una mera extensión de las carreras automovilísticas, donde el piloto conducía un aparato volador, buscando volar más lejos, más rápido y más alto. Con el paso del tiempo, aquellas máquinas pintorescas empezaron a convertirse en un serio objeto de estudio de la ingeniería moderna. El resultado fue el surgimiento de modelos más fiables y resistentes. El 12 de abril de 1911, el francés Pierre Prié realizó un vuelo sin escalas desde la ciudad inglesa de Hendon hasta Issy-les-Moulineaux, en París. El vuelo, que tuvo una duración aproximada de cuatro horas a bordo de un monoplano Blériot, fue completado sin un solo percance.

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Diseño de un Bristol Boxkite, el avión elegido por Archie Christie para presentarse al examen de aviador profesional en 1912. Fabricado por la British and Colonial Aeroplane en 1910, estaba dotado de un motor Gnome de 70 CV y podía alcanzar los 70 km/h.

Con el certificado de aviador en las manos, Archie solicitó el ingreso en el recién constituido Real Cuerpo Aéreo, y regresó a Exeter para reunirse con su brigada. Él era uno de los varios integrantes de esta guarnición que había sido invitada al baile de Ugbrooke, y Agatha sabía de ello; de hecho, tenía la intención de encontrarse allí con otro oficial, Arthur Griffiths, con quien había tenido un rápido coqueteo en el Thorp Arch Hall, pero un imprevisto de última hora le impidió acudir, lo que le dejó el camino despejado a Archie, que, desde entonces, se dedicó a cortejarla, presentándose de forma frecuente (y muchas veces inesperada) en los jardines de Ashfield con su inseparable cazadora de cuero negro y encaramado en su flamante motocicleta (nunca se supo cómo se las ingenió el astuto teniente para conseguir su dirección).

A partir de entonces, la pareja pasó a verse con cierta regularidad, pese a las restricciones protocolarias de la época. Empezaron su tímida relación intercambiando libros —que Archie, evidentemente, no leía—; y en cierta ocasión el joven le pidió a Agatha que le acompañara a un concierto en Exeter seguido de un té, pero su petición fue denegada de forma vehemente por Clara, que no veía con buenos ojos que su hija se fuera sola a tomar un té a un hotel con un hombre. Acostumbrado a reaccionar ante los imprevistos, el piloto sugirió a «su suegra» que les hiciera compañía, y la pilló de tal manera que Clara no tuvo otra elección que ceder. Además, le permitió a su hija tomarse un té a solas con su novio (no en el vestíbulo, como estaba inicialmente pensado, sino en la cafetería de la estación de trenes de Exeter). Pocos días después, el 2 de enero de 1913, Archie le

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acompañó al pabellón de Torquay, un edificio de estilo georgiano que un año antes se había inaugurado como sala de conciertos. Aquella noche, se ofrecía un recital conmemorativo de la obra de Richard Wagner, el compositor favorito de Agatha, y el joven piloto aprovechó la ocasión para pedirla en matrimonio a la salida del concierto, sin preámbulos ni recato alguno. Había cierta urgencia en su petición; Archie le anunció que tenía que abandonar Exeter para instalarse en Farnborough y comenzar su formación en el Real Cuerpo Aéreo, y no quería marcharse sin obtener de su prometida un compromiso total e inmediato. «Éramos polos opuestos en nuestras reacciones y actitudes», pero estaba convencida, y lo estuvo toda su vida, de que era precisamente esto lo que a ambos los atraía con la fuerza de un imán. Tal y como lo describiría en sus memorias, él representaba «la excitación de lo extraño».

Sorprendida y también un poco abrumada, Agatha aceptó su petición y se marchó a casa preguntándose cómo se las iba a arreglar para decírselo a su madre, mientras fantaseaba con la idea de casarse con ese impetuoso piloto. Nada más llegar a Ashfield, se asomó a la habitación de su madre y la encontró tumbada en la cama, con la cabeza apoyada en una almohada grande reclinable. La saludó desde el umbral de la puerta sin decir palabra y, acto seguido, se encerró en su habitación. Necesitaba estar sola para asimilar la felicidad que sentía: «He hecho lo mismo con frecuencia a lo largo de mi vida. ¿Por qué seré tan tonta?», se preguntaba en sus memorias. A la mañana siguiente, durante el desayuno, Agatha cogió la mano de su madre y le dijo: «Lo siento, pero tengo que decírtelo. Archie quiere casarse conmigo, y yo le he dicho que sí». Clara no sabía cómo reaccionar; nunca le había gustado ese chico, le parecía inmaduro, ambicioso e incluso machista, tan distinto a su tímida hija. Conociendo la naturaleza y el carácter poco realista de Agatha, que se dejaba influir profundamente por historias románticas, Clara se negó a permitir que su hija se precipitara a un matrimonio destinado al fracaso. Agatha tuvo que esperar casi dos años para concretar «su sueño dorado», entre retrasos y cancelaciones y, visto con perspectiva, fueron muchas las señales de alarma que advirtieron a la pareja de que esta unión no era conveniente para ninguna de las partes, pero el efecto conseguido fue justo lo contrario.

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Cuantas más dificultades aparecían, más fuerte era el deseo de ambos por seguir adelante.

Cuando Archie le propuso matrimonio, Agatha ya estaba comprometida con otro hombre, un obstáculo que supo franquear con la misma destreza demostrada con una larga lista de pretendientes más tradicionales y de mayor nivel. Durante el transcurso de sus veintidós años de vida, Agatha ya había recibido un buen número de propuestas de hombres que se habían formado en el tipo «adecuado» de colegio, pertenecían a familias tradicionales, estaban muy enamorados y, lo más importante, eran aceptados por su madre. La primera propuesta vino de un tal capitán Hibberd que ella conoció en El Cairo; creía que el camino para conquistarla pasaba por ganarse primero a su madre. Se equivocó rotundamente. Clara le rechazó como si tuviera una procuración de su hija para este fin, algo que no le agradó en lo más mínimo. «Mamá, sinceramente, creo que deberías dejarme gestionar las propuestas que me llegan». Clara no tuvo otra opción que reconocer su equívoco, aunque esperaba, hasta cierto punto, seguir teniendo la situación bajo control, ya que no consideraba a ningún hombre suficientemente bueno para su hija; de hecho, cuando era posible, pedía informes a los conocidos del pretendiente de turno acerca de sus relaciones con otras mujeres, sus posibilidades económicas, familia, etc. «Estas precauciones parecían algo

anticuadas —escribió Agatha en sus memorias—, pero evitaron incontables calamidades en muchas familias».

La segunda propuesta vino de un joven que se hallaba en el mismo barco que Clara y Agatha durante un viaje entre Alejandría y Venecia. El anhelado encuentro se dio durante unos juegos que se organizaron a bordo, pero Agatha lo rechazó sin evasivas. «Nos escribimos durante algún tiempo, hasta que le mandaron a la India. Si hubiera sido algo mayor, quizá me hubiera interesado». El siguiente candidato fue un coronel de treinta y cinco años llamado Charles; Agatha le fue presentada en una fiesta de disfraces en casa de los Ralston Patrick, una familia adinerada de Warwickshire que poseía entre otros muchos bienes un automóvil, algo bastante inusual para la época. (La primera vez que Agatha vio un automóvil fue en un viaje que hizo a París con sus padres a finales del siglo XIX. «Monty los amaría», le habría dicho a su madre). Charles intentó

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cortejarla con cartas apasionadas y extravagantes regalos, pero fracasó, pese a su experiencia, a la hora de despertar su deseo. «Técnicamente, sabía mucho sobre mujeres», fue el juicio que Agatha hizo de su galante pretendiente. A Clara le gustaba la idea de que su hija se casara con un hombre mayor, un hombre de mundo, que supiera cómo tratar a las mujeres y que, sobre todo, fuese rico, ya que sus rentas habían disminuido de forma alarmante. Agatha siguió el juego de Charles durante seis meses, y cuando este le envió un telegrama exigiendo una respuesta firme y definitiva, le contestó con un simple y rotundo «NO», y después se fue a dormir como si fuese una niña pequeña cansada de jugar.

Agatha jamás lamentó haber rechazado a Charles, aunque más tarde jugó con la idea de que el matrimonio podría haber funcionado. Su novela de detectives Tragedia en tres actos (1935) cuenta la historia de «Egg» Lytton-Gore, una hermosa joven que está enamorada de un hombre mucho mayor: «Las muchachas se sienten siempre atraídas por los hombres de mediana edad que tienen un pasado interesante». La relación se basa, por un lado, en el culto a los héroes, y por otro, en el culto a la juventud. «Lady Mary, no creo que le gustara a usted que su hija se casara con un hombre que le dobla la edad», le dice un personaje a la madre de Egg. Su respuesta lo sorprendió. «Puede ser más seguro (…) A esta edad un hombre ha dejado ya atrás sus locuras y pecados. Por tanto, no hay ningún miedo de que vuelva a las andadas». No había ni locura ni pecado en el siguiente candidato de Agatha Christie, Wilfred Pirie, con quien se enredó enseguida. Pirie ofrecía seguridad económica y un amor de colegial profundamente inhibido en público —ambos se habían conocido cuando Agatha era tan solo una niña—. Convertido en teniente, Wilfred servía en un submarino que recalaba con frecuencia en Torquay, y reunía todas las condiciones para convertirse en la pareja perfecta: sus familias ya se conocían con anterioridad, su futura suegra era una mujer inteligente y discreta y, quizá lo más importante, vivían todos en Torquay, lo que significaba que casarse con Wilfred no supondría abandonar a su madre. «Me atraía enormemente la idea de casarme con un marino. Viviríamos en un apartamento alquilado en Southsea, en Plymouth o en algún otro sitio por el estilo, y cuando Wilfred tuviera que embarcarse, yo podría volver a Ashfield y continuar viviendo con mamá». «Una hija es una hija para toda

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tu vida», como escribió en su novela bajo la firma de Mary Westmacott; esto era lo que quería Clara, que Agatha se mudara al mundo de la adultez, pero que siguiera siendo su hija. Y Agatha también lo quería: casi por completo. La amistad prosperó, pero el romance no, sobre todo por un molesto sentimiento de tedio que comenzó a turbar los pensamientos de Agatha cuando Wilfred le pidió que leyera una serie de libros y le diera su opinión; eran todos muy voluminosos, y casi todos sobre teosofía, una densa doctrina que mezcla conceptos religiosos, filosóficos y místicos cuyos practicantes creen estar iluminados por un espíritu superior, de forma que pueden tener conocimiento del universo mediante su intuición. «Los teósofos me resultaban aburridos y absolutamente falsos; más aún, me parecía que muchos no decían más que tonterías. Me cansé también de que me hablara tanto de las médiums que conocía, de sus increíbles premoniciones y otras bobadas más que yo no tenía el mínimo interés en conocer». Poco tiempo después, Agatha puso fin a la relación tras recibir una llamada de Wilfred en la que le comunicaba que había sido invitado a unirse a una expedición que partía a Sudamérica en busca de un tesoro de los incas. Para él, aquello representaba una ocasión que no se le volvería a presentar en la vida, sobre todo porque los dos médiums que visitaba con regularidad en Portsmouth le habían dicho que debería unirse al grupo. Agatha accedió a su petición y, al día siguiente, después de zarpar su barco, se dio cuenta de que se había quitado un gran peso de encima. «La idea de buscar un tesoro me parecía tonta, casi seguro que era un engaño. Eso también se debía a que no estaba enamorada de él; de otro modo, lo habría visto con sus ojos. En segundo lugar, ¡qué alegría!, ya no tenía que leer más teosofía». Para no estropear su aventura, Agatha decidió no comunicarle la ruptura hasta que regresara. Wilfred se enamoraría locamente de otra chica poco tiempo después. Se casaron y tuvieron seis hijos. Por su parte, Charles, el pretendiente anterior, se casó tres años

después con una chica de dieciocho años. «En realidad —concluyó Agatha —, les hice un gran favor a los dos».

Sería un amable compañero de infancia y hermano de una de sus mejores amigas con quien Agatha mejor congeniaría. Se llamaba Reginald «Reggie» Lucy, por cuya familia Clara guardaba gran estima, debido al apoyo que recibió tras la muerte de Frederick. Todos sus integrantes eran

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muy cariñosos y, de hecho, fueron los únicos en lograr que Agatha respondiera al cariñoso apodo de Aggie. Aparentemente, los Lucy eran descendientes de Thomas Lucy (1532-1600), un magistrado protestante de Charlecote —un pueblo cercano a Stratford-upon-Avon, ciudad natal de Shakespeare—, quien bajo el tutelaje de Isabel I de Inglaterra persiguió a las presuntas familias católicas de la zona, incluyendo a la familia materna de William Shakespeare y al famoso jesuita Edmund Campion.

Reggie era comandante de un regimiento de fusileros y acababa de regresar de su servicio en las colonias. Tenía una apariencia de persona tímida, pero su trato era muy agradable, era extremadamente educado y discreto y no le faltaba el sentido de la justicia. Este rasgo de su carácter llegaba a extremos tan sorprendentes que cuando se declaró a Agatha, le recomendó que reflexionara antes: «No quisiera imponerte de ninguna manera (…) Todavía eres muy joven y sería un error que te atara ahora. Lo único que te pido es que te acuerdes de mí y me tengas presente y, si no se presenta nadie mejor, ya sabes que aquí estaré, para lo que quieras y para siempre». Semejantes palabras no podían sino ejercer el efecto contrario en ella, pues deseaba compartir su vida con un hombre que respetara, por encima de todo, su libertad. Agatha le aceptó de inmediato y, cuando Reggie tuvo que volver a embarcar con la promesa de regresar dos años después, la pareja se comprometió ante sus familias, pero no hubo formalidades o ceremonias, contrariando el deseo de Agatha, quien, con su habitual romanticismo, ansiaba lucir un anillo de noviazgo.

La pareja continuó su relación a distancia mediante un incesante intercambio de correspondencia. En sus misivas, Reggie insistía en que su novia se sintiera completamente libre respecto a él, cosa que ella no deseaba en absoluto. «A veces, me enfadaba y discutíamos. Le dije que me molestaba tanta prudencia, pero era de ideas fijas. A pesar de las discusiones, éramos muy felices». Sin embargo, cambió de idea cuando el apuesto Archie Christie apareció de forma inesperada rugiendo en una moto prestada a las puertas de Ashfield para cambiar su vida para siempre. Archie cobraba ochenta libras al año y no parecía que fuera a tener muchos ingresos en un futuro inmediato. Agatha, por su parte, entregaba toda su renta anual a su madre, puesto que era la única forma que tenía la familia para conservar Ashfield, el sagrado hogar de los Miller y el único

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recuerdo material de una época feliz. Esta donación, sin embargo, hacía inviable su matrimonio. «Le dije que nunca podría casarme con él, que

deberíamos olvidarnos el uno del otro —escribió en su autobiografía—. Archie se negó a aceptarlo. De una forma u otra, él iba a ganar dinero. Nos casaríamos, e incluso podría ayudar a mantener a mi madre. Él me dio confianza y esperanza. Nos comprometimos». Resulta sorprendente que dos personas tan incompatibles pudieran atraerse de forma tan apasionada, pero, según la novelista, fue exactamente esta la razón por la cual se enamoró de aquel atrevido aviador. Archie era imprevisible e inescrutable, un extraño cuyo pensamiento era incapaz de descifrar, al contrario que todos sus otros pretendientes, jóvenes aburridos que habían sido educados para pensar y actuar estrictamente según los conservadores cánones de la época.

Clara, sin embargo, tenía un punto de vista diametralmente opuesto; le molestaba que su hija hubiera rechazado proposiciones provenientes de hombres de la aristocracia inglesa como el bien sucedido Richard, el estólido Wilfred Pirie o el amable Reggie Lucy en favor de un piloto temerario sin rumbo y sin futuro. La vida en el Real Cuerpo Aéreo, si bien tenía perspectivas de ascenso, era casi ridículamente precaria. Además, los Pirie y los Lucy eran amigos de la familia desde hacía décadas; mientras que los Christie, por su parte, no eran ni siquiera conocidos de los Miller, y de no haber sido por su carrera como militar, era poco probable que Archie entrara en la órbita de Agatha. Clara le aconsejó que debía esperar cierto tiempo porque, en aquel momento, su novio no podía mantener una vida digna en pareja con su paga de subalterno, aunque se complementara con la exigua renta de Agatha de cien libras esterlinas al año. Pero su hija estaba tan enamorada y resuelta que no quiso esperar ni un día más de lo estrictamente necesario; tenía entonces veintidós años y el tiempo corría en su contra. Agatha pensaba que su pretendiente era un hombre decidido, que sabía lo que quería y perseguía sus sueños sin temer las consecuencias, teniendo por norma saltarse las convenciones sociales cuando así lo creía conveniente.

Era fiel a su temperamento (…) Tenía esa actitud feliz de ir por la vida sin tener el menor interés en lo que los demás pensaran de él o

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de sus pertenencias: su mente se centraba tan solo en lo que él quería.

Agatha Christie.[N3]

A finales de enero de 1913, Archie fue destinado a Larkhill, donde se encontraba el 3.er escuadrón del Real Cuerpo Aéreo, al mando del mayor Brooke-Popham. Este escuadrón fue el primero en recibir aviones de combate pesados, y por ello recibió el mote, en latín, de Tertius primus erit, que significa «El tercero será el primero». Sus pilotos realizaban tareas de apoyo para unidades de campo, como patrullas de reconocimiento y vigilancia. Por consiguiente, los vuelos de Archie aumentaron de altura, de dificultad y de peligro, pero lejos de intimidarse, el joven piloto disfrutaba describiendo sus piruetas y maniobras a su prometida: «Mi rutina diaria consiste en volar en espiral, hacer observaciones sobre el fuego de artillería, efectuar giros violentos y realizar disparos contra objetivos terrestres». El noviazgo de Agatha y Archie iba a durar dos años, periodo que a ambos les pareció interminable, sobre todo porque ignoraban cuándo finalizaría. Pese a todos los altibajos y pese a todas las vicisitudes que la pareja tuvo que afrontar, su plan parecía cumplirse gradualmente, hasta que en agosto de 1914 se vieron envueltos en un suceso de consecuencias dramáticas.

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Archie y Agatha (aproximadamente en 1916).

«Una de las características de Archie era su seguridad. Estaba seguro siempre de lo que debía hacer y de lo que haría. No es que nunca cambiara de opinión: lo hacía, repentinamente, muy deprisa en ocasiones. En realidad, cambiaba a veces de inmediato, viendo blanco lo que antes veía negro y viceversa. Pero cuando se comportaba así, mantenía la misma seguridad».

Agatha Christie, Autobiografía.[N4]

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SEGUNDA PARTE

Agatha Christie,

la joven que nunca

pretendió ser escritora

(1914-1929)

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IV

MADGE

«Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único».

AGATHA CHRISTIE

Es difícil comprender cuán inesperada resultó para la gente el estallido de la Primera Guerra Mundial, sobre todo para personas como Agatha y su madre, que no leían entre líneas los discursos de los políticos ni estaban al tanto de las ambiciones expansivas del káiser. Aunque resulta difícil establecer el origen del conflicto, suele decirse que su detonante fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, heredero al trono del imperio de Austria, a manos de un terrorista serbio el 28 de junio de 1914. Sin embargo, esta explicación soslaya las verdaderas causas del conflicto. Las grandes potencias europeas llevaban más de dos décadas compitiendo entre sí para imponerse como poder hegemónico y conquistar las colonias y áreas de influencia, y, como es de suponer, esta competencia venía acompañada de un proceso de militarización y de una vertiginosa

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carrera armamentística cuya finalidad no era solo intimidar al enemigo, sino pertrecharse ante un supuesto conflicto bélico. Pese a los terribles pronósticos, se intentaba zanjar cualquier disputa mediante un delicado juego diplomático, evitando de esta forma que se produjera un derramamiento de sangre traumático e inútil, tal y como había ocurrido tantas veces a lo largo de los siglos anteriores. Además, las diferentes casas reales europeas estaban unidas por vínculos familiares. El rey Jorge V de Inglaterra, el zar ruso Nicolás II y el káiser alemán Guillermo II eran primos hermanos y, por lo tanto, se esperaba que cualquier conflicto pudiera ser superado a través del sentido común. Y fue con este espíritu que, en el verano de 1914, las clases medias y acomodadas británicas empezaron a trasladarse al campo, a la playa, a Escocia, a los balnearios de moda. De hecho, «la primavera y el verano de 1914 estuvieron marcados en Europa por una tranquilidad excepcional», recordaba años después Winston Churchill, alimentando esa idea nostálgica de la estabilidad europea en tiempos de la Alemania imperial de Guillermo II o la Inglaterra de Eduardo VII.[N1]

No obstante, esa falsa sensación de orden y armonía comenzó a desmoronarse cuando Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914, un mes después del asesinato a tiros del heredero al trono austriaco y de su esposa cuando desfilaban por las calles de Sarajevo en un coche abierto. Estos disparos mortales, así como una cadena de errores diplomáticos, acabarían por culminar en la primera importante acción bélica en Europa desde la guerra franco-prusiana de 1870: la declaración de guerra del Imperio austrohúngaro a Serbia el 28 de julio de 1914, respaldada incondicionalmente por el káiser alemán y su canciller, Bethmann Hollweg. El 23 de julio, Austria envió a los serbios un ultimátum. Sus demandas incluían básicamente el arresto y punición de los integrantes de grupos considerados terroristas por el Gobierno austriaco, además de la imposición de una fuerte censura sobre la población y los medios de comunicación. Los serbios contestaron al ultimátum aceptando prácticamente todos los términos impuestos por los austrohúngaros, con la excepción del punto referente a la intervención austriaca en la investigación de actos terroristas, lo que supondría renunciar a su soberanía. La respuesta serbia provocó un cierto respiro en las tensiones

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del continente al ser considerada razonable por parte de los líderes europeos. Aun así, el Gobierno serbio, temeroso de que Austria los atacase incondicionalmente, y apoyados por los rusos, decidió poner en marcha una acción preventiva, movilizando sus tropas hacia la frontera. Los serbios no estaban equivocados. El 28 de julio de 1914, el Imperio austrohúngaro declaró la guerra a Serbia y sus acciones no se hicieron esperar. En menos de veinticuatro horas, Belgrado fue bombardeada. Una acción puntual, pero suficientemente importante como para activar un complejo engranaje de alianzas europeas antagónicas que provocaría un desastre imparable.

De inmediato, los rusos enviaron tropas para apoyar a Serbia, obedeciendo sus directrices de proteger a todos los pueblos eslavos de los Balcanes. Alemania no tardó en mover sus piezas y ratificó su apoyo al Imperio austrohúngaro, declarando la guerra a Rusia el 1 de agosto. En aquel momento, Alemania era consciente de que la entrada de Rusia en la guerra provocaría una guerra de dos frentes, ya que Francia acabaría involucrándose en el conflicto. De hecho, no pasaría mucho tiempo hasta que los franceses, pendientes de todo lo que ocurría en el lado oriental del continente, empezasen a movilizar sus tropas. El 4 de agosto, los alemanes llevaron a cabo su primer movimiento en el frente occidental e invadieron Bélgica, tras la oposición del rey Alberto I a firmar un ultimátum impuesto por Alemania. La invasión alemana de Bélgica era fundamental para acercar sus tropas a París, puesto que las fronteras francoalemanas estaban sólidamente fortificadas. Para Alemania, Francia era su principal contrincante, debido a esa proximidad que les permitía movilizar sus tropas mucho más rápido, amenazando sus fronteras en un corto espacio de tiempo. Los británicos, inicialmente, optaron por el desenlace de una solución diplomática, aunque ya estaban preparados para implicarse en un eventual conflicto en el continente. La decisión de Alemania de no haber detenido o moderado las acciones de los austrohúngaros puso al Gobierno del primer ministro británico Herbert Asquith en alerta. Cuando finalmente Alemania cruzó la frontera belga, los británicos no tuvieron dudas en declarar la guerra a Alemania ese mismo día. A esas alturas, en las calles de Torquay reinaba la conmoción. El ejército alemán avanzaba por el valle

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del Oise camino de París y el Gobierno francés se trasladaba precipitadamente a Burdeos.

Y así terminó de forma bochornosa el sofocante verano de Agatha, que jamás habría imaginado que la guerra llegaría algún día; se encontraba ahora en un tren junto a su madre con destino a Salisbury para despedirse de Archie, que había recibido la orden de embarcarse en Southampton con destino a Francia. «En 1914, no había habido guerra desde hacía cincuenta años o quizá más. Es cierto que se habían librado las guerras de los Bóeres en Sudáfrica, pero no había implicado a todo el país», escribió la autora, consciente de que el mundo que conocía se estaba desmoronando para dar lugar a una nueva realidad en la que no había margen para la ternura ni concesiones al heroísmo. La Gran Guerra vendría a remover los cimientos de una clase acomodada que no había sido consciente de los vertiginosos cambios que se estaban fraguando y que cambiaría el statu quo que había imperado en Inglaterra durante el siglo anterior.[N2]

Agatha y Archie se citaron en el hotel County, donde estuvieron juntos tan solo media hora; no se habló de la guerra ni tampoco de la posibilidad de que aquel encuentro fuera el último. Se trataba de un tema tabú del que nadie quería hablar. Y no era para menos. En el primer año de la guerra hubo muchos casos de pilotos que llegaban por la mañana al aeródromo como reemplazos y morían por la tarde, sin tener tiempo siquiera de enterarse exactamente dónde se encontraban y qué hacían allí. La esperanza de vida de un piloto novato era de unos espeluznantes once días, y la lista general de bajas indicaba que prácticamente todos estos pilotos morían.[N3] Archie intentó transmitir una actitud despreocupada y Agatha se ahorró decirle que percibía su miedo. De este modo, el 5 de agosto de 1914, apenas unos cuantos días después de que Inglaterra declarase la guerra a Alemania, su prometido partió hacia Southampton, y el 12 cruzó el canal de la Mancha con la Fuerza Expedicionaria Británica. A diferencia de otras naciones de Europa, los británicos no contaban con un ejército regular y utilizaban una pequeña fuerza profesional formada por un contingente de cien mil soldados, un número extremadamente irrelevante comparado con el grueso del ejército alemán, cuya fuerza superaba el millón de hombres. La solución encontrada por el Gobierno británico fue la creación de una intensa campaña de ingreso voluntario, puesto que no

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existía el servicio militar obligatorio en Inglaterra. Nada más desembarcar, Archie le envió una postal a su novia, quien, confundiendo las fechas de aquellas turbulentas semanas iniciales, afirmaba que había llegado tres días antes de su separación. Estaba tan anonadada con el torbellino de la guerra que no supo hasta más tarde la rapidez con que su novio entró en combate. Su libro de vuelo registra su avance por el norte de Francia hasta el 12 de septiembre, día en que su escuadrón, junto con otros tres, se trasladó a Fère-en-Tardenois bajo una fuerte tormenta. Dos días antes, los Aliados habían dado por concluida la batalla del Marne, lo que obligó a los invasores alemanes a retroceder y a atrincherarse en Bélgica y en las comarcas mineras del noroeste de Francia. Con el objetivo de detener el avance alemán hacia París, que se hacía inminente, el Gobierno francés convocó a los taxistas de la ciudad para ayudar en la movilización de miles de soldados hacia el frente, una misión que desempeñaron con una sorprendente eficacia. El reconocimiento por el valor demostrado por Archie no tardó en llegar; el 19 de octubre, su nombre se mencionó en el primer informe publicado por el mariscal de campo sir John French a lord Kitchener, comandante en jefe de las fuerzas británicas y ministro de la Guerra, en el que describe las batallas de Mons, del Marne y, en particular, la del Aisne, subrayando la gran tensión a la que se vio sometida la aviación.[N4]

En poco menos de un mes, Archie fue designado comandante de vuelo y capitán temporal en funciones. Pero lo más importante es que seguía vivo, un dato extraordinario en un entorno tan hostil, ya que, como apuntábamos, la estadística decía que un piloto contaría con escasas semanas de vida. Para amenizar la tragedia que segaba la vida de decenas de jóvenes pilotos a diario, el comandante en jefe del Real Cuerpo Aéreo determinó que no debería haber sillas vacías en la mesa de la cantina de los pilotos, porque, según su juicio, «si los pilotos no ven lugares vacíos alrededor, tienden a pensar menos en el destino de los amigos que se han ido para siempre. Están entretenidos invitando a beber a los recién llegados y haciéndoles sentir a gusto». El mando militar llegó hasta el extremo de recomendar a los oficiales y soldados que evitasen estrechar lazos de amistad para evitar sufrimientos posteriores que pudiesen perjudicar la moral de las tropas.[N5]

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Cuando se inició el conflicto en 1914, el sentimiento general de la población era que la guerra sería «fresca, alegre y corta» y era unánime la certeza de que el conflicto terminaría antes de Navidades. Sin embargo, el equilibrio de fuerzas entre los dos bandos sería un impedimento para la victoria rápida. Además, cuando los frentes se estabilizaron y se iniciaron las batallas de desgaste, se puso de manifiesto la falta de experiencia en la coordinación de los mandos militares, en especial de los ejércitos de Francia y Gran Bretaña, que, unido a las dificultades para acceder a los refuerzos, debido a la precariedad de los transportes, provocó unas cifras astronómicas de muertos y heridos, lo que obligó a enviar al frente a masas incontables de hombres.[N6]

A finales de septiembre, comenzaron a llegar a Torquay los primeros heridos de la batalla del Marne. La refriega había conseguido frenar el avance de las tropas alemanas y la consiguiente toma de la ciudad, pero se había cobrado más de cuatrocientas mil vidas. Por aquel entonces, era evidente que la contienda era distinta a todos los conflictos conocidos hasta el momento. El armamento se había vuelto mucho más sofisticado y mortal, hasta el punto de que la batalla no solo se libraba a campo abierto o en las trincheras, sino también en los centros de investigación, que trataban de desarrollar nuevas armas y métodos defensivos con los que obtener una ventaja sobre el enemigo. El tanque, icono de las guerras modernas, se inventó en este dramático periodo, así como los gases venenosos o los lanzallamas. Ante semejante despliegue bélico, una gran parte de la población no dudó en hacer toda una clase de sacrificios con el afán de derrotar a los enemigos del imperio. Aquellos que no podían luchar contribuyeron en causas humanitarias y filantrópicas. Para las mujeres, la guerra supuso la adopción de los nuevos roles que las condicionaron en todos los sentidos: se cortaron el pelo y comenzaron a usar pantalones para trabajar más cómodamente en las fábricas. Las devastadoras consecuencias de la Gran Guerra, con miles de soldados heridos y enfermos, también pusieron de manifiesto la carencia de enfermeras, fundamentalmente porque a principios del siglo XX aún continuaban en vigor ciertas normas anticuadas para acceder a la formación de estas profesionales, tales como ser mayor de veinticinco

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años, no estar casada y pertenecer a una clase media alta. Para intentar paliar esta situación, se empleó personal auxiliar de enfermería procedente de los Destacamentos de Ayuda Voluntaria (VAD). Como no era deseo de Agatha estar en Ashfield de brazos cruzados sin tomar parte en este terrible conflicto, decidió asistir a un curso de primeros auxilios y se presentó como voluntaria en el hospital de Torquay (a cuyo puerto arribaban numerosos barcos cargados de heridos).

Agatha ejerció al inicio como doncella de pabellón, ocupándose de la limpieza de letrinas y cocinas (funciones que no encajaban con el relato épico que había llevado a cientos de aspirantes a las puertas del hospital, y por las que muchas abandonaron). Para comenzar, no estaba remunerado, se hacía bajo la supervisión de una enfermera y era bastante riguroso, incluso trabajando media jornada y viviendo en casa, como era el caso de Agatha. Jóvenes inexpertas y poco preparadas como ella se enfrentaban a una dura rutina que consistía en tener que limpiar y ordenar los quirófanos varias veces al día, fregar el suelo, hacer las camillas y —quizá lo más difícil— tratar de congeniar con enfermeras, puesto que las voluntarias se encontraban en lo más bajo del escalafón de la jerarquía médica, y solían ser despreciadas y tratadas con cierta condescendencia por los estratos superiores. Eso era, quizás, lo más molesto de la vida hospitalaria para muchas damas esnobs de la época, acostumbradas a tratar con doctores en un plano de igualdad social, e incluso de superioridad. Pronto se dieron de baja muchas de esas jóvenes y solo continuaron aquellas duras de cuerpo y sobre todo de alma. Agatha se dedicaría a este loable oficio nada menos que 3400 horas de forma desinteresada durante los siguientes dos años, y tuvo que aprender a controlar los nervios para realizar tareas tan duras como desvestir a un niño con graves quemaduras o encargarse de tirar al horno los miembros amputados. También en el hospital empezaría a conocer la compleja psicología de las personas, que luego describiría de

forma magistral en sus obras. Agatha —hasta entonces vista por sus allegados como una niña mimada y protegida en exceso por su madre— pronto se ganó el reconocimiento de sus superiores, sobre todo de las enfermeras profesionales. Una de ellas, la hermana Anderson, estuvo a su lado en muchos momentos difíciles de esta dura etapa de su vida. La primera vez en la que la convocaron para asistir a una cirugía de

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emergencia, le dijo: «Sabes que lo que realmente te hace sentir débil es el hecho de que estás yendo a una atmósfera de éter; yo sé lo difícil que es mantenerse entera en una situación como esta, pero, como todo en la vida, uno se acostumbra. Intenta dirigir la mirada hacia otro lado y verás que todo irá bien». Tal y como Agatha reflejaría en su biografía, ser enfermera poco tenía que ver con la imagen ideal que la propaganda gubernamental había promocionado:

La huida de las mujeres de mayor edad se aceleró por el hecho de que los primeros casos venían directamente de las trincheras (…) con las cabezas llenas de piojos. La mayoría de las damas de Torquay no habían visto un piojo en su vida —yo tampoco los había visto nunca— y la impresión que les causaban esos horribles bichos era demasiado para ellas. Las más jóvenes y fuertes, sin embargo, no nos dejamos impresionar. Con frecuencia les decíamos a las que venían a reemplazarnos en el cambio de turno: «Ya me he encargado de todas mis cabezas», en tono alegre y blandiendo un cepillo triunfalmente.

Agatha Christie.[N7]

En diversas ocasiones después de la guerra, Agatha Christie llegó a comentar que, en diferentes circunstancias, habría trabajado muy a gusto como enfermera profesional, como creía que había hecho su abuela paterna, Martha Messervey Miller. Le sobrecogía sobre todo la ternura que los soldados transmitían en las cartas de amor que enviaban a sus novias. «Por lo general, ellos solían tener tres novias —de diferentes pueblos, por supuesto—», escribió con regocijo en su diario; pero también tuvo que asumir la dura responsabilidad de hacer llegar las últimas palabras de los fallecidos a sus familias. A pesar de dolorosa, esta función resultaba mucho más íntima y gratificante que los fríos y protocolarios comunicados oficiales de guerra. No queda duda de que Agatha (aparentemente) no sufrió ninguna de las frustraciones que la escritora y pacifista Vera Brittain relata en su obra El testamento de la juventud, la primera entrega de sus memorias en la que ofrece sus devastadoras experiencias ante las terribles

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condiciones que sufrían los soldados en el frente y los hospitales de campaña.

«Nunca antes en mi vida me he sentido tan sucia y mugrienta como estando de guardia aquí», escribí a mi madre, en respuesta a sus peticiones de una descripción de mi trabajo. La hermana «A» tiene seis pabellones y no hay ninguna enfermera voluntaria en el pabellón de al lado, solo un ordenanza, por lo que ni ella ni él pasan mucho tiempo aquí. Por lo tanto, yo soy hermana (enfermera cualificada), voluntaria VAD y ordenanza, todo en uno (alguien dijo el otro día que nadie excepto el Todopoderoso Dios podría dar una correcta definición del trabajo de una VAD). Además, bastante lejos de lo que es realmente la enfermería, he mantenido el fuego de la cocina toda la noche, he hecho dos o tres rondas recogiendo bacinillas de las camas, y mantenido las ollas hirviendo y preparado las comidas en una ennegrecida cocina (…). Me siento como si me hubieran arrastrado por el suelo.[N8]

Vera Brittain refleja en sus memorias que los momentos más difíciles de su trabajo tenían lugar en los centros quirúrgicos, donde los resultados obtenidos, según su relato, eran muy pobres. En su narración, Brittain recuerda la situación que vivió cuando se produjo un ataque el 22 de marzo de 1918 y el pánico cundió en el centro hospitalario, con las camillas por el suelo, las botas de los soldados desperdigadas, y los miembros destrozados entablillados con vendajes sucios y llenos de sangre al descubierto.[N9] Pese a los muchos sinsabores de su nueva ocupación, Agatha se sentía recompensada por desempeñar una actividad absorbente que impedía que la inquietud y la preocupación por Archie la consumiesen, aparte de que, convertida en una eficiente enfermera, la ingratitud de sus tareas quedaba compensada por la complicidad de sus compañeras y el cariño de los pacientes.[N10] «Desde un principio disfruté con las labores de enfermera. No tuve dificultades con mis tareas y descubrí que es una de las profesiones más gratificantes que existe. Pienso que, si no me hubiera casado, después de la guerra me hubiera convertido en enfermera profesional».[N11]

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Durante la Primera Guerra Mundial, la enfermería fue un trabajo agotador, muchas veces peligroso, y las voluntarias se enfrentaron de forma directa al horror de los combates.

En diciembre, la vida de Agatha se vio alentada con la noticia de que Archie había conseguido un permiso para las Navidades. Aunque hacía tres meses que no se veían, la crudeza de la guerra parecía haber convertido los días en semanas y los meses en años. Echaba tanto de menos a su prometido que no dudó en lanzarse a sus brazos cuando lo encontró en Londres el 21 de diciembre. «Durante este corto período de tres meses, yo había tenido una experiencia totalmente nueva. El propio decorado de mi vida había cambiado. Teníamos que volver a conocernos

(…) Su refinada indiferencia y su atrevimiento me desconcertaban. Por mi parte, yo me había vuelto más seria», escribiría en su autobiografía.[N12] En realidad, Agatha y Archie eran ahora dos seres extraños que provenían de realidades bien distintas. Mientras que la reacción de Archie fue comportarse con la misma despreocupación de siempre, Agatha no podía ocultar una considerable gravedad. La incertidumbre de los tiempos que vivían los persuadían de que debían casarse cuanto antes, propuesta que fue sorprendentemente rechazada por su prometido. «Sería egoísta por

nuestra parte pensar en eso en este momento —justificó—. Son pocos los que sobrevivirán a esta guerra y nadie está dispuesto a dejar viuda a una mujer tan joven o, peor, con un niño pequeño al que criar». El inesperado rechazo la dejó anonadada; pero se tragó el orgullo y aceptó sus

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argumentos. Creía que con el aplazamiento de la discusión, tendría mejores oportunidades de convencerle más adelante y hacerle entrar en razón. Centenares de jóvenes de su edad se estaban casando en Inglaterra sin pensar en las consecuencias, puesto que, para muchos, una larga guerra exige pensar a corto plazo y nadie estaba dispuesto a sacrificar su presente por un futuro que percibían incierto. Al día siguiente, durante el desayuno en el hotel, Archie sugirió que Clara permaneciera con ellos unos días más en Londres, y cuando ella tuviera que marcharse a Devonshire, él se iría con Agatha a la casa de sus padres en Clifton. Angustiada y nerviosa por la tensión de los últimos cinco meses, la idea de tener que pasar las Navidades con sus futuros suegros provocó que Agatha explotara. La seria discusión que mantuvo con Archie casi terminó en ruptura definitiva cuando él le entregó su regalo de Navidad: en lugar del anillo de compromiso que tanto esperaba, le ofreció un lujoso neceser de piel extremadamente impersonal que ella se negó, con rotundidad, a aceptar. Le parecía una tremenda frivolidad semejante obsequio, y más en aquellos tiempos de guerra, penurias y racionamientos. Tal fue su enfado que nunca olvidó el famoso «asunto del neceser», al que dedicó varias líneas en su autobiografía. Agatha creía que un anillo hubiera transmitido un significado más trascendental, de unión y de compromiso, o mejor aún, de permanencia; el dichoso neceser, por su parte, sugería todo lo opuesto: viaje, escapadas, fugacidad, incertidumbre. Esos fueron los sentimientos que captó con el gesto de su prometido, y era exactamente ese tipo de sensación la que quería disipar del todo. Si por un lado Archie tuvo un gesto inoportuno, Agatha tampoco supo reaccionar con tacto. El resultado de esta fricción provocó una chispa de tal magnitud que los unió de forma inesperada con mucha más fuerza de lo que hubiera podido lograr cualquier otra circunstancia.

Tal y como habían planificado, Clara se marchó a Devon al cabo de algunos días, y la pareja emprendió un largo y agotador viaje a Clifton. La inminente celebración de la Navidad en medio de una terrible guerra y la fugacidad demostrada por Archie no facilitaban la decisión sobre su boda. Un día, en mitad de la noche, el piloto recuperó la impetuosidad que tanto le caracterizaba y le propuso que se casasen antes de que finalizara su permiso. «He cambiado de opinión», le dijo sin rodeos. Este cambio tan

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repentino asustó a su prometida, que naturalmente le preguntó si estaba

seguro de lo que quería. De rodillas, Archie le contestó: «Eso no importa.

Lo que importa es que he cambiado de opinión». Esta vez fue ella quien le

frenó, posiblemente asustada por la apasionada imprevisibilidad de su

novio, que le decía que no deseaba esperar a que la guerra le arrebatara la

posibilidad de desposarse con la mujer que tanto amaba. Después de darle

muchísimas vueltas al asunto, Agatha accedió a casarse con él la mañana

siguiente, día de Nochebuena. La madre de Archie, la señora Hemsley, se

mostró molesta, pero su padrastro acabó apoyándolos sin demostrar

ninguna inhibición. Superado el primer escollo, la pareja concentró su

energía en hacerse con una licencia matrimonial. Por aquel entonces, las

había de dos tipos: las ordinarias, que costaban ocho libras y requerían un

plazo mínimo de quince días de gestión, y las extraordinarias, que

costaban el triple y podían obtenerse en un par de días, pero la pareja tenía

que casarse aquella misma tarde. Archie acabó encontrando el atajo

burocrático que le permitiría casarse con su prometida al informar al

párroco de que estaba empadronado en la misma población desde hacía

años. Este hizo buen uso de esta información y les consiguió una licencia

especial para aquel mismo día. Dadas las circunstancias, la ceremonia fue

precipitada y poco romántica, y solo acudieron algunos familiares de

Archie (su madre se quedó en casa, apesadumbrada e incapaz de asimilar

el torbellino de novedades de las últimas veinticuatro horas); tampoco

hubo vestido de novia, ni larga cola de tul ni damas de honor —Agatha

entró en la iglesia con el mismo abrigo, falda y sombrero con los que había

recorrido todos los rincones de Clifton—. El organista de la parroquia, que

se encontraba ensayando en la iglesia, decidió tocar para ellos la marcha

nupcial, y fue una transeúnte, que resultó ser amiga de Agatha y que

pasaba por casualidad por delante de la iglesia, la elegida para firmar

como testigo. Fue con este extraordinario grado de imprevisión que

Agatha Clarissa Miller contrajo matrimonio con el coronel Archibald

Christie, de quien adoptaría el apellido con el que desarrollaría su carrera

literaria.[N13] «Ni vestido blanco, ni velo, ni un solo detalle elegante —

recordó Agatha en su biografía sin ocultar el buen humor—. Llevaba un

abrigo corriente, una falda y un pequeño sombrero de terciopelo púrpura, y

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ni siquiera me había lavado las manos o la cara. Sabíamos que teníamos que reírnos o llorar, así que optamos por lo primero».[N14]

Los recién casados no tuvieron la misma facilidad para reservar habitación en un hotel, pero, tras mucho buscar, consiguieron una pequeña suite en el Grand Hotel de Torquay, donde, como por arte de magia, reapareció el dichoso neceser que casi había arruinado los planes de la pareja de vivir una vida en común. Pasaron el día de Navidad con Clara y Madge, recuperadas ya del susto recibido cuando Agatha las telefoneó desde una cabina de Clifton para comunicarles la noticia. «¡Sobresaltar de esta forma a nuestra madre! —le contestó Madge, completamente anonadada—. ¡Ya sabes lo débil que está su corazón! ¡No tienes sentimientos!». Aunque creía haber hecho lo correcto, Agatha tenía un cierto sentimiento de culpabilidad, porque sabía que sus seres más queridos no se habían tomado su enlace a la ligera y estaban muy disgustados. Al día siguiente, trató de acompañar a su marido a Londres para despedirse de él antes de que se fuera de nuevo al «infierno»; no iban a volverse a ver durante los siguientes seis meses. Como otras muchas parejas en tiempos de guerra, los Christie solo se verían unas cuantas semanas al año.[N15]

Nota del autor

La despedida de Archie fue motivo de enorme tristeza para Agatha, que creía que la guerra terminaría antes de final de año, tal y como habían prometido las autoridades británicas, que preveían una guerra rápida. Durante la Navidad de 1914, millones de hombres se encontraban atrapados en heladas trincheras blancas, lejos de sus hogares e intentando simular un ambiente que fuera parecido a una cena navideña. Sus desesperados anhelos acabaron provocando un incidente inusitado. Llegada la noche del 24 de diciembre, los soldados alemanes acomodaron cuidadosamente un par de árboles navideños sobre sus trincheras y empezaron a cantar villancicos. Las tropas inglesas y francesas que se encontraban atrincheradas a escasos metros escuchaban a los soldados alemanes cantando Stille Nacht y decidieron acompañarlos. Los franceses

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entonaban Minuit, Chrétiens, mientras los ingleses cantaban emocionados el bonito tema navideño O Come All Ye Faithful. A medida que los villancicos tomaban fuerza, los bandos contrincantes empezaron a comunicarse con cautela a través de señales visuales. Unos cuantos valientes decidieron saltar la trinchera para reunirse con el enemigo en tierra de nadie, donde estrecharon las manos e intercambiaron algunas postales. La Nochebuena avanzó de madrugada sin incidentes y, entre copas y mucha música, los soldados de ambos bandos compartieron juntos aquella noche especial, aunque se encontraban en el peor lugar del mundo para celebrarla. El punto culminante fue un partido de fútbol entre las tropas alemanas e inglesas que los entretuvo y les hizo olvidar, aunque solo por algunas horas, el terrible conflicto en el que se encontraban inmersos. El episodio provocó la ira del mando de ambos bandos, que ordenaron a sus oficiales retomar sus puestos y reanudar el combate. Pero los lazos fraternales se hicieron tan intensos que no hubo quien tuviera el coraje de disparar contra los hombres con quienes, horas antes, habían compartido una botella de vino. La única solución fue el reemplazo de las tropas de aquel frente por otros soldados. Muchos soldados escribieron cartas a sus familias relatando los detalles de aquella insólita celebración navideña, pero los cuarteles generales se empeñaron en destruirlas. Los franceses confiscaron todos los negativos de las instantáneas tomadas durante la tregua, en donde se podía apreciar a los soldados de ambos bandos celebrando la noche, algunos abrazados, mientras otros ensayaban un baile. Una de las pocas fotos que se salvaron de la censura ocupó de forma destacada la portada del Daily Mirror, cuya edición fue rápidamente retirada por las autoridades británicas.[N16]

Tras la partida de Archie, la escritora regresó a su rutina de trabajo en el hospital de Torquay, donde los soldados heridos le recordaban a diario la suerte que podía correr su marido. Antes de la guerra, según su autobiografía, Agatha no estaba particularmente preocupada por el trabajo de Archie. «Reconozco que volar es peligroso, pero también lo es cazar; no fueron pocas las veces que escuché historias de personas que se rompieron el cuello en el campo de caza». Agatha tenía una actitud

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bastante cohibida en lo que a riesgo físico se refería: creía que era aristocrático asumirlo y, por ello, siempre criticó el pensamiento burgués y provinciano que primaba «la seguridad por encima de todo», una posición opuesta a la postura de Clara, que, pese a ser en general una madre muy protectora, le permitía correr este tipo de riesgos. Clara era una madre atípica para su generación y permitía que su pequeña hija «viviera lo más salvajemente posible», como si fuera un muchacho alocado. Cuando Agatha tenía tan solo seis años, sus padres la llevaron de vacaciones a la ciudad de Pau y, nada más llegar al hotel, la niña hizo nuevas e intrépidas amistades, uniéndose de forma entusiasta a sus bromas y huidas, y no se inmutó a la hora de subir por una pequeña ventana del cuarto piso para caminar a lo largo de una repisa —de la anchura de un pie— ante la incredulidad de los otros huéspedes. En esta misma época, consintió sin poner obstáculo que su hermano Monty la llevara a pasear a la bahía de Torbay en su bote. Al ser preguntada por Nursie, que temía que la niña se ensuciara o incluso que se ahogara, Clara le respondió tajantemente: «Agatha ya es bastante mayorcita como para no caerse por la borda; además, creo que será una buena experiencia». Mucho tiempo después, en mayo de 1911, Clara pagó la elevada cantidad de cinco libras para que su hija pequeña pudiera subirse en un avión durante una exhibición aérea a la que habían acudido. Pocas madres habrían complacido a sus hijas en un asunto como este, puesto que no era infrecuente que un avión cayera en pleno vuelo, pero Clara dijo: «Si realmente quieres ir, Agatha, irás». (Pagó al piloto y contempló desde tierra cómo su querida hija se ganaba el cielo, a sabiendas de que aquel peligroso artefacto volador, con su hija en su interior, podría estrellarse contra el suelo en cualquier momento). Agatha jamás olvidaría aquella intrépida experiencia; con el sombrero de paja firmemente encasquetado en la cabeza, subió al aeroplano con el piloto, tomaron altura, describieron varios círculos sobre el público y luego «con un asombroso giro de descenso», se deslizaron hasta tocar tierra con suavidad. Acababa de convertirse en una de las primeras personas en surcar los aires.[N17] En sus memorias, la autora recuerda su hazaña con una divertida conclusión: «La que era fantástica era mi madre. ¡Ver cómo se lanza al espacio su adorada hija en un aeroplano cuando se estrellaban a diario!».

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Una de mis experiencias más pintorescas relacionadas con el avión se produjo el día que fuimos al bosque de Bolougne para ver despegar el nuevo prototipo de Santos Dumont. Según recuerdo, el aeroplano despegó, voló unos cuantos metros y luego se estrelló. De todos modos, nos dejó maravilladas. Devorábamos todo lo que se escribía sobre los hermanos Wright.

Agatha Christie.

Nota del autor

El brasileño Alberto Santos Dumont es considerado el inventor del avión en la mayor parte del mundo por haber conseguido volar en un aparato más pesado que el aire. Muchos, sin embargo, lo ponen en duda, alegando que los hermanos Wright son los verdaderos autores de esta hazaña. Los seguidores del brasileño defienden su primacía basándose en una serie de vuelos efectuados en el otoño de 1906 con el 14-bis, un avión diseñado por Dumont que no contaba con artificios externos para despegar. Su vuelo, además, fue visto por centenares de testigos en el bosque de Bolougne, aunque Agatha no estaba presente ese día. (En efecto, la novelista relata en sus memorias que Dumont acabó estrellándose contra el suelo, pero en esta ocasión, Dumont probaba otro prototipo). Los hermanos Wright, por su parte, volaron por primera vez con un aparato propulsado a motor el 17 de diciembre de 1903 en las dunas de Kitty Hawk, Carolina del Norte, pero delante de apenas un puñado de testigos. Este vuelo tuvo una duración de 12 segundos y recorrió 36 metros a escasa distancia del suelo. [N18] La polémica reside en el hecho de que la aeronave de los Wright no despegó por sí sola, sino que utilizó un artefacto que la catapultaba, mientras que el 14-bis era un aparato autoimpulsado. No fue hasta 1909 que los hermanos Wright consiguieron levantar el vuelo sin necesidad de ayuda externa, tres años después de que lo hiciera Santos Dumont. La primera década del siglo XIX representó una auténtica carrera por los cielos, en la que otros inventores como Blériot, Voisin y Otto Lilienthal

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también habían logrado levantar sus aparatos del suelo. No obstante, el honor de ser reconocido como el «inventor del avión» sigue sin resolverse a favor de Santos Dumont o los hermanos Wright, y aún es objeto de una disputa apasionada por parte de los amantes de la aviación.[N19]

El 14-bis de Santos Dumont, considerado el primer avión autopropulsado.

Santos Dumont también es el protagonista de una curiosa anécdota que dio origen a uno de los instrumentos que más utilizamos hoy en día: el reloj de pulsera. En el año 1901, el piloto brasileño se apuntó a una competición aérea que premiaría con cien mil francos al primero que consiguiera despegar del Parc de Saint-Cloud, llegar hasta la Torre Eiffel, rodearla y regresar al punto de partida en menos de treinta minutos. Con su dirigible Nº 6, Dumont recorrió el trayecto marcado y aterrizó con seguridad en el Parc de Saint-Cloud, donde los jueces comunicaron a todos los concursantes que el veredicto oficial les sería informado esa misma noche en el restaurante Maxim’s de París. Al llegar al establecimiento, el piloto se sorprendió ante el recibimiento entre aplausos: había conseguido su propósito y había ganado el premio. Entre los invitados se encontraba Louis Cartier, amigo del aviador y diseñador de relojes de lujo y calidad excepcional. Al felicitarle, el relojero le preguntó por qué parecía tan sorprendido al conocer la noticia de su triunfo. «¿Acaso no llevabas un reloj para consultar el tiempo durante el trayecto?». La sencilla respuesta de Dumont sorprendió a Cartier: «En ningún momento me fue posible consultar el reloj de bolsillo, ya que no podía apartar las manos de los controles del dirigible». Eso motivó a Cartier a ayudar a su amigo para su próximo viaje en un terreno que dominaba a la perfección: el diseño de relojes. Al poco tiempo, recibió como obsequio un reloj de oro cuadrado y

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plano que se sujetaba a la muñeca mediante una correa de cuero y una hebilla. En aquella época, los relojes de pulsera solo eran usados por mujeres, pero el modelo creado por Cartier causó tal revuelo y cautivó de tal manera a la alta sociedad parisina que el relojero francés empezó a comercializarlo bajo el nombre de «Cartier Santos», que aún se produce con el mismo nombre y diseño ideados por la firma francesa en 1901.

Los libros de Agatha Christie (particularmente los primeros) están repletos de chicas que muestran clase al negarse a sentir miedo. Pero, por todo esto, las cartas de Archie demuestran que Agatha sí se preocupó por su vuelo; ¿cómo no podría? Los aviones eran peligrosos y carecían de equipo de seguridad básico. Según algunos registros históricos, casi la mitad de los pilotos británicos habían muerto cuando todavía se encontraban en su fase de entrenamiento. La actividad de piloto de combate era algo nuevo, nunca llevado antes a cabo. Y esto se hacía notar en el frente. En el primer año de la guerra, hubo muchos casos de pilotos que llegaban al aeródromo por la mañana como reemplazos y morían por la tarde, sin tener tiempo ni siquiera de enterarse exactamente dónde se encontraban y qué hacían realmente allí. Aun así, había largas colas para alistarse en el Real Cuerpo Aéreo.

La angustia de Agatha por fin se desvaneció en julio de 1915 cuando Archie obtuvo un permiso de tres días y pudieron reunirse en Londres. Al reencontrarse, un torbellino de sentimientos embargó a la novelista. Si por un lado se sentía angustiada por la manera en que lo encontró —nervioso, irritable y hasta cierto punto traumatizado—, también se sintió aliviada cuando se enteró de que le habían ascendido a capitán de artillería, cuerpo al que había sido trasladado a causa de una sinusitis aguda que le impedía volar, terminando una exitosa carrera de piloto de combate en la que obtuvo cuatro menciones en comunicados oficiales, una condecoración por servicios distinguidos y la medalla de San Estanislao de tercera clase con espadas, «tan hermosa que me hubiera gustado lucirla en mi vestido de fiestas», escribió Agatha, que se la pedía siempre para lucirla como broche. Fueron meses muy duros para la escritora, que se sentía sola, triste y agotada por los turnos de noche. Ahora, además, tenía la responsabilidad de cuidar de su madre enferma y de su tía abuela Margaret —la viuda del rico americano Nathaniel Miller—, que se había trasladado hasta Ashfield

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para vivir con ellas y se encontraba aún muy disgustada por haber tenido que abandonar la casa en la que había vivido durante casi medio siglo y separarse de los pocos amigos que todavía seguían con vida. «La pobre ya no vivía nada apasionante salvo los desastres que le contábamos de los periódicos. Ya no tenía ningún amigo que le trajera tristes noticias sobre el coronel tal o cual y su mal comportamiento con su esposa, o sobre la interesante enfermedad que sufría un primo y que ningún médico era capaz de curar. Comprendo lo triste, solitaria y aburrida que sería aquella vida para ella».[N20]

La baja definitiva de Archie en el Real Cuerpo Aéreo no significaba de modo alguno que su marido estuviera fuera de peligro, puesto que la vida en las trincheras era mucho más miserable que en el cielo. Los jóvenes soldados de ambos bandos pasaban meses envueltos en luchas encarnizadas, sufriendo muchas veces con la falta de alimentos, padeciendo largos inviernos en un ambiente fangoso, con lodo hasta las rodillas y durmiendo entre ratones y cadáveres de compañeros caídos en combate.[N21] Los soldados sufrieron un verdadero calvario que incluía un amplio abanico de plagas. Tenían que soportar gélidas temperaturas bajo cero, sin poder hacer fuego —por el riesgo de revelar su posición al enemigo—; y también estaban las enfermedades, como el pie de trinchera, una de las más extendidas afecciones padecidas en ambos lados. Causada por la continua exposición del pie al frío y la humedad y las lamentables condiciones sanitarias, esta enfermedad provocaba una importante disminución de la circulación sanguínea, hinchando los pies, que cogían un color rojizo y se volvían extremadamente sensibles. Si no se trataba a tiempo, podía provocar gangrena y requerir la amputación del miembro afectado. Los soldados también sufrían con los piojos, el tifus, la disentería y problemas intestinales. La lista de bajas mortales crecía cada día, y los cadáveres se descomponían a la vista de todos, provocando un efecto devastador en la moral de la tropa. Su rutina diaria se resumía básicamente en dormir «mal y con frío» y despertarse con hambre, muchas veces al lado de un compañero muerto abatido durante la noche, convivir con ratones, piojos y un sinfín de insectos y hacer sus necesidades fisiológicas en medio del lodo, sin las mínimas condiciones sanitarias. Además de las inhumanas condiciones de las inhóspitas trincheras, los soldados se

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quejaban del aburrimiento por las largas horas de vigilia y del miedo a una muerte inminente. El tiempo, que avanzaba a paso lento, agotaba, deprimía y hacía enfermar a gran parte de los combatientes.

Por todo lo que sucedía en el terrible mundo de la guerra en tierra, era natural que se apreciara un cierto glamur en la lucha aérea, que se llevaba a cabo lejos del lodo, del mal olor y de los ilimitados peligros de las trincheras. Los pilotos de combate dormían entre sábanas limpias, bajo la protección de tiendas de campaña y despertaban por la mañana con el olor del café recién hecho y de la leche fresca, lejos de la suciedad y del asqueroso «mundillo» de las trincheras. Tenían tres comidas calientes al día y podían ducharse con jabón siempre que fuera posible. Naturalmente, no fueron pocos los soldados de infantería que sintieron una cierta antipatía por esos pilotos aéreos a causa de la mejor vida que llevaban: se entretenían con sus juguetitos voladores mientras los desgraciados soldados de tierra vivían enterrados en el fango, como si fueran moribundos en cuevas colectivas.

«No tienen obstáculos por delante que superar, ni tampoco necesitan arrastrarse sobre los muertos o arrodillarse en el fango. Son los aristócratas mimados de la guerra, la juventud de oro de la aventura. Disfrutan de una cama confortable, con baño, un buen desayuno y tienen asistentes a su disposición para ayudarlos a montar en sus aviones. Cuando regresan, el único trabajo que tienen es el de bajarse de sus estúpidos aviones».

Relato de un periodista alemán tras visitar uno de los aeródromos alemanes en el frente occidental.[N22]

Archie y Agatha pasaron aquellos tres días juntos en Londres tratando de olvidar la guerra, que por aquellos meses se encontraba en un punto de peligroso estancamiento, lo que acabó creando una importante división entre el mando alemán con respecto a la mejor estrategia para rematar el conflicto antes de la llegada del invierno. Erich von Falkenhayn, el jefe del Estado Mayor del Ejército germano, era partidario de liquidar la guerra en el frente occidental para después intentar una paz negociada con los rusos.

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Por otro lado, Paul von Hindenburg, el héroe de Tannenberg, creía que una fuerte ofensiva en el frente oriental ofrecía mejores posibilidades para los alemanes. La fuerte influencia ejercida por Hindenburg llevó al mando a concentrar sus fuerzas contra los rusos. Sin opciones, Falkenhayn decidió entonces llevar a cabo una limitada ofensiva en la ciudad belga de Ypres, con carácter preventivo y esperando fortalecer las posiciones alemanas en la región. Tras un mes de duros ataques, los alemanes lograron ocupar dos tercios del saliente de Ypres, lo que provocó alrededor de sesenta mil bajas británicas y diez mil francesas. El 4.º ejército alemán, que había perdido cerca de treinta y cinco mil hombres, no estaba en condiciones de llevar a cabo nuevos ataques, así que el mando decidió emprender una serie de ataques de artillería puntuales, con el objetivo de mantener el terreno conquistado, lejos del alcance franco-británico. Fue la primera vez en la guerra que los alemanes hicieron uso de gases venenosos, más concretamente del ácido clorhídrico, un potente gas asfixiante que provocó una importante cantidad de bajas, pero no fue decisivo para el resultado final de la batalla.[N23]

Los tres días de permiso de Archie pasaron tan deprisa que Agatha pensó que podría ser una buena idea trasladarse a París con el fin de hallarse más cerca de su marido, pero a su llegada supo que la prolongación de los permisos que ambos esperaban había sido pospuesta de forma indefinida. Agatha no tuvo otro remedio que regresar a Inglaterra. Entristecida por no poder estar junto a su marido, y agotada por los diferentes turnos del hospital, la autora acabó sucumbiendo a una gripe que, complicada por una seria bronquitis, la forzó a permanecer en cama durante casi un mes. Cuando finalmente pudo reincorporarse al trabajo, se enteró de que se había inaugurado en el hospital una farmacia cuyas directoras eran amigas

suyas: la señora Ellis —esposa de un médico de Torquay— y Eileen Morris. Como el horario le resultaba más conveniente para atender sus obligaciones domésticas en Ashfield y dos de sus mejores amigas estaban instaladas allí, Christie decidió dejar el hospital para unirse al personal de la farmacia en calidad de auxiliar y comenzó a preparar los exámenes de la

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Escuela de Farmacia con el fin de obtener un título que la autorizaría a preparar medicamentos y específicos.[N24]

La farmacia representó para Agatha un oasis en medio de la caótica confusión que imperaba en su vida personal (su madre, que había perdido a sus sirvientas en beneficio de la industria bélica, tuvo que hacerse cargo de dos tareas agotadoras: mantener en orden Ashfield y cuidar a la cada vez más frágil y desorientada Auntie-Grannie) [N25] y también le proporcionó su primer contacto con los venenos y los rudimentos de la química, una materia que aplicaría con patente maestría en muchas de sus obras de misterio. En esa época, los remedios que se les suministraban a los pacientes no venían industrialmente empaquetados en cápsulas o convertidos en pastillas como ahora, sino que cada píldora, poción o tónico debía ser elaborado a mano, de forma «peligrosamente» artesanal. Como casi todas las medicinas están hechas con plantas, Agatha tuvo que aprender también a identificar las especies con usos medicinales y a extraer sus compuestos para elaborar los fármacos que le solicitaban. Había que saber qué compuestos se podían mezclar y cuáles eran las dosis adecuadas —la más mínima equivocación podría convertir una inofensiva pastilla en un veneno letal—. Para evitar semejante desastre, Ellis se encargó de enseñarle algunas cuestiones básicas de su nueva profesión, mientras que Eileen la inició en la teoría de la física y la química. Agatha encontró bastantes dificultades para asimilar tantas informaciones, pero su gusto por las matemáticas y sobre todo su afición por las tareas de codificación y clasificación, empleo de símbolos y signos y confección de listas de pesos y medidas le resultaron de incalculable ayuda.

Con el paso del tiempo, ya contaba con numerosas libretas en las que detallaba escrupulosamente el aspecto y las propiedades de las pócimas que manipulaba, las fuentes de las que se podían extraer, sus principios activos y su compatibilidad con otras sustancias. Había anotaciones sobre alcaloides, tablas con resúmenes de preparados a base de antimonio, belladona, digital, morfina y otros, acompañados de las dosis adecuadas. En cierta ocasión, la novelista dedicó toda una jornada a preparar ungüentos; había puesto un poco de ácido fénico en la tapa de un tarro para después, con un cuentagotas, añadirlo a una mezcla que preparaba sobre una placa. Terminada la operación, lo metió todo en un frasco, lo

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etiquetó y se fue a casa. Cuando eran las tres de la madrugada, despertó sobresaltada, pues no recordaba qué había hecho con la tapa del tarro en la que había puesto el ácido fénico y temía que ella u otra persona hubiesen cogido la tapa para ponerla en otro tarro de ungüento sin advertir que aún quedaba veneno. Atormentada por la preocupación, la novelista no se lo pensó dos veces y volvió al hospital en plena madrugada con la única intención de comprobar si todo estaba en orden. Al llegar al dispensario, se puso a examinar los ungüentos que había preparado y le pareció que en uno de ellos se percibía un débil olor a ácido fénico. Para salir de dudas y librarse de su agonía, quitó rápidamente la capa superior de la mezcla, cerró el frasco y regresó a casa.

En su autobiografía, Agatha Christie comparte otro insólito y peliagudo suceso que experimentó con un arrogante farmacéutico de Torquay, en cuyo laboratorio ella ejercía de estudiante de prácticas mientras preparaba las oposiciones para el Apothecaries Hall. Una tarde, después de haberle enseñado a elaborar un determinado tipo de supositorios y a sacarlos del molde, le ordenó meterlos en sus envases y preparar las etiquetas, sin olvidarse de indicar que cada dosis debía tener contener una determinada sustancia en la proporción de un uno por ciento. Agatha, sin embargo, sabía con toda seguridad que su jefe se equivocaba y que su preparado era diez veces más fuerte, puesto que la coma resultante de sus cálculos decimales se hallaba erróneamente colocada. Se trataba de un milimétrico error que podría culminar con la muerte de un paciente por envenenamiento. Le horrorizó la negligencia de su jefe, comparada con la extrema prudencia de los principiantes que trabajaban en la farmacia del hospital. Consciente de que él se negaría a reconocer un error tan básico, Agatha fingió tropezar y acabó volcando deliberadamente la bandeja con todas las pastillas y, entre profusas exclamaciones de disculpas, comenzó a pisotearlas con firmeza, aplastándolas hasta convertirlas en polvo. «¿Qué más podría hacer? Yo era una simple asistenta y él era el farmacéutico más conocido de la ciudad. No podía decirle: “Sr. P., usted se ha equivocado”, porque el Sr. P. creía que jamás cometía errores». Este extraño hombre, que solía llevar una ampolla de veneno en el bolsillo porque lo hacía sentir poderoso, reaparecería cincuenta años más tarde en el libro de Agatha

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Christie El misterio de Pale Horse (1961) en la piel del químico Zachariah Osborne.

Nota del autor

Como el homicidio con veneno no suele producir signos visibles —como

sí ocurre con las armas de fuego u otros instrumentos contundentes—, la prueba criminal debe hallarse en síntomas clínicos, daños anatómicos observados durante la autopsia o análisis químicos de sustancias sospechosas en los órganos o vísceras de las víctimas. Y esta es la razón por la que el arsénico era tan popular entre los criminales; porque su acción en el organismo de las víctimas producía tal variedad de síntomas que sus muertes se atribuían a menudo a causas naturales. El resultado obtenido en las autopsias practicadas en el cadáver de una supuesta víctima por envenenamiento de arsénico solía ser tan impreciso que acababa siendo descartado como prueba antes un juicio. Tras haber intervenido infructuosamente en numerosos juicios concluyentes, un renombrado químico británico llamado James Marsh decidió desarrollar un test de detección de arsénico con la intención de que los miembros de un jurado pudieran contemplar el veneno con sus propios ojos. Tal y como podemos comprobar en la imagen a continuación, en el frasco (A) se introducía una muestra de los fluidos extraídos de un cadáver y se añadía zinc, que se mezclaban con ácido sulfúrico que se introducía en el tubo

(B). Por otro tubo (C) circularía el hidrógeno producido por la reacción de la mezcla anterior arrastrando arsénico, de forma que al inflamarse en el siguiente paso (fuente de ignición sobre el trípode) formaría un gas (arsina, un hidruro de arsénico) que se podía recoger en forma de arsénico metálico en el plato de la izquierda del dibujo. [N26] Tan sensible era la prueba que podría detectar arsénico con tan solo una quincuagésima parte de un miligramo. La obtención del arsénico en estado metálico permitía mostrar el arma del delito frente al tribunal, después de haberla hallado en el cuerpo de la víctima.

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Este aparato se perfeccionaría tiempo después y pasaría a ser empleado en investigaciones toxicológicas en Inglaterra y Francia. Se dice que durante la preparación para sus oposiciones a farmacéutica, Agatha Christie intentó simular el test de Marsh con su máquina de café, pero esta acabó reventando durante el proceso.[N27]

Agatha con su uniforme de los Destacamentos de Ayuda Voluntaria.

«Desde un principio disfruté con las labores de enfermera. No tuve dificultades con mis tareas y descubrí que es una de las profesiones más gratificantes que existen. Pienso que, si no me hubiera casado,

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después de la guerra me hubiera convertido en enfermera profesional».

Agatha Christie, Autobiografía.[N28]

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V

HÉRCULES POIROT

«Los mejores crímenes para mis novelas se me han ocurrido fregando platos. Fregar los platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría».

AGATHA CHRISTIE

El primer intento de Agatha Christie por escribir una obra policíaca tuvo lugar en plena guerra, un hecho de especial relevancia si tenemos en cuenta que, dadas las circunstancias de la época, escribir una novela estaba lejos de ser prioridad para ella; la propia guerra y la supervivencia de Archie en el frente, la delicada salud de su madre y de su abuela, los interminables reveses económicos que amenazaban al mantenimiento de Ashfield y las duras exigencias de su trabajo en la farmacia del hospital eran problemas tan serios que, por comparación, escribir una novela no era más que un pasatiempo trivial. La farmacia, sin embargo, le incitaba a pensar en asesinatos misteriosos, y prueba de ello fue un poema que

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escribió titulado «En la farmacia», publicado en 1924 en El camino de los sueños.

¡Desde el tiempo de los Borgia hasta nuestros días su poder se conoce, o mezclado o puro! ¡El ranúnculo azul, llamado acónito,

y el dulzón y mortífero cianuro!

¡Aquí yace el sueño, el solaz, el alivio al dolor, y también la bravura y un nuevo vigor!

¡Aquí el peligro, el crimen, la muerte violenta, en frascos dormidos de verde y azul!

Aparte de las peligrosas sustancias que manipulaba a diario en la farmacia, existían otras razones que le motivaron a escribir una novela de crímenes. La morbosa prensa de la época no desperdiciaba la menor oportunidad para ofrecer a sus lectores los más ínfimos detalles de espeluznantes sucesos criminales, de mostrar el lado oscuro de la naturaleza humana y su potencial para cometer todo tipo de crímenes y atrocidades. Muchas publicaciones anteriores a la guerra hacían su agosto con noticias de crímenes y criminales notorios; y la más popular de todas en el Reino Unido fue The Newgate Calendar, un boletín mensual que ofrecía los relatos del alcaide de Newgate, una notoria cárcel londinense, quien, con riqueza de detalles, narraba las ejecuciones de sus reclusos y anécdotas de famosos criminales que allí cumplían sus condenas, como Sawney Beane (acusado de varios crímenes violentos, incluido el canibalismo); Dick Turpin (uno de los ladrones de caballos más famosos de Inglaterra), y Amelia Sach y Annie Walters (acusadas de haber matado a un número indeterminado de bebés a su cargo). Ahorcadas el 3 de febrero de 1903, fue el primer caso de doble ejecución femenina del siglo XX.[N1]

Las crónicas sensacionalistas publicadas por The Newgate Calendar eran seguidas con atención por el público hasta que culminaran con su resolución definitiva; también era costumbre de la época la publicación de colecciones especiales con transcripciones resumidas de procesos judiciales que se hicieron famosos por su morbosidad y su carácter escandaloso. Además de detalladas narraciones sobre los crímenes, estas

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historias incluían reflexiones morales sobre las acciones de los delincuentes, explicaciones de leyes penales y de los diferentes tipos de castigo a los que se enfrentaban los malhechores, así como sus confesiones y últimas palabras antes de ser ejecutados, lo que conformaba, de esta forma, un peculiar compendio que reunía crónicas sensacionalistas de crímenes, instrucción moral e historia legal.[N2] El suceso criminal se convierte en un instrumento clave para atraer lectores, y tal era su apetito que muchos editores comenzaron a producir masivamente una serie de publicaciones baratas, sensacionalistas y morbosas escritas con poca —o ninguna— calidad literaria y vendidas a penique el ejemplar. En Gran Bretaña se conocían de forma peyorativa como Penny Dreadfuls (peniques horripilantes) y es muy probable que a Agatha le desagradase este tipo de contenido, pero, en cambio, le interesaban las conductas aberrantes y las nefastas maquinaciones de una mente criminal.

No quiero juzgar a los asesinos, pero creo que son un mal para la comunidad; no tienen más que odio, y de él sacan todo lo que pueden. Estoy dispuesta a creer que, en cierta forma, los han empujado a ello, que han nacido con alguna deficiencia por la cual, quizás, deberíamos compadecerlos, pero incluso en ese caso, no tienen excusa, como tampoco la tendría un hombre que se escapara de una ciudad medieval azotada por la peste para mezclarse con niños sanos e inocentes de la ciudad vecina. Hay que proteger al inocente, pues tiene derecho a vivir en paz y amor con sus vecinos.

AGATHA CHRISTIE. [N3]

España irá con retraso en comparación con Inglaterra, y el paso de la prensa minoritaria a la de masas se desarrollaría lentamente a lo largo de las décadas 70 y 80 del siglo XIX, cuando los relatos periodísticos de sucesos se convirtieron «en una de las principales atracciones en la lucha desencadenada entre los diarios por las audiencias».[N4] A principios del siglo XX, la información de sucesos se fue consolidando y empezó a cobrar cierto protagonismo. El crecimiento que experimentaban las noticias de sucesos fue consecuencia de la transformación de los

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periódicos, a semejanza de los extranjeros, con el aumento de medios, páginas y publicidad, precios más asequibles y contenidos más populares. Como los asesinatos eran uno de los contenidos que más colaboraban para el aumento de las ventas, los reporteros buscaron sucesos callejeros con el objetivo de ofrecer una amplia crónica delictiva a sus lectores, y los primeros rotativos españoles que ganaron protagonismo en este aspecto fueron La Correspondencia de España, El Imparcial, El Liberal y El Heraldo de Madrid.[N5] En 1952, apareció un rotativo que pronto se convertiría en un clásico en tiempos del franquismo, marcando un antes y un después en la historia de la crónica delictiva española, El Caso, un diario «feo y de porteras», dedicado casi en exclusiva a crímenes y delitos varios, aunque más adelante fue incorporando otros temas. La Dirección General de Prensa había autorizado su creación con la condición expresa de no difundir más de dos delitos de sangre a la semana. Debido a la popularidad que consiguió El Caso en sus cuatro primeros números, el límite permitido de asesinatos publicados se redujo a uno, lo que obligó a seleccionar a partir de entonces el crimen que tuviera mayor interés periodístico.[N6] Pese a las restricciones, el osado semanario fue un éxito de ventas con su abundante material gráfico y llamativas portadas, y pasó de una tirada inicial de once mil ejemplares a doscientos mil dos años después. Muchas personas lo compraban a escondidas y lo doblaban dentro del diario ABC o se lo encargaban al servicio doméstico, «porque no estaba bien visto». El momento de gloria para la publicación llegó con uno de los casos más mediáticos de la época, en julio de 1958, cuando el semanario se hizo eco de los famosos «crímenes de Jarabo», un espeluznante suceso que horrorizó a la sociedad y que abrió el debate sobre la pena de muerte. En aquella ocasión, la tirada fue inaudita y El Caso llegó a vender casi medio millón de ejemplares (una cifra a la que no había llegado ninguna publicación de la prensa española hasta entonces). [N7] Aunque este tipo de publicaciones puedan resultar morbosas y crueles, sus historias satisfacían las necesidades y expectativas de los lectores de su época, que acogían con agrado historias impactantes con alguna pincelada puntual de terror escalofriante a la que los británicos eduardianos y los españoles del franquismo nunca mostraron el menor rechazo.[N8]

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Nadie habría imaginado entonces que llegaría un tiempo en que las novelas de crímenes se leerían por el placer de la violencia, por un gusto sádico por la violencia en sí misma. Se habría pensado que la sociedad protestaría horrorizada por tales cosas, pero por lo visto la crueldad es ahora el pan nuestro de cada día. Me pregunto aún cómo puede ser así, teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de la gente que conozco, tanto los jóvenes como los mayores, son extraordinariamente amables y están siempre dispuestos a ayudar a otras personas y a prestar cualquier servicio.

Agatha Christie.[N9]

Existen otros motivos que explican la popularidad de que gozaron las publicaciones especializadas en crímenes y misterios: por una parte, la inmensa mayoría de los lectores de este tipo de literatura exigía obras capaces de producir emociones sin que para ello fuese necesario un excesivo esfuerzo intelectual; por otra, las novelas policíacas se vendían en todas partes, sobre todo en los quioscos de las estaciones ferroviarias, cada vez mejor surtidos y a precios irrisorios (tal y como ocurre hoy con las revistas del corazón); otra razón fue que durante el periodo

denominado «edad de oro de la novela detectivesca» —comprendido en los años de entreguerras (décadas de 20 y 30)—, la gente buscaba la ficción detectivesca como una vía de escape de los problemas diarios, como el desempleo y la depresión económica. En este aspecto, la novela policíaca constituía un remanso de paz e incluso consuelo, sobre todo porque sus tramas casi siempre ofrecían moralejas fácilmente predecibles: el bien acababa triunfando sobre el mal y se restablecía el orden, lo cual proporcionaba a los lectores no solo la posibilidad de vivir un sinfín de variadas experiencias, sino confiar en extraer de ellas sanas y reconfortantes lecciones.[N10]

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Con portadas elaboradas y titulares impactantes, el semanario británico The Newgate Calendar y español El Caso lograron encandilar al público al narrar crónicas policiales morbosas, espeluznantes e increíblemente verídicas.

Aparte del morbo que le podría causar la lectura de estos espeluznantes sucesos, quizás a Agatha también le atrajese averiguar cómo guardaba la gente sus secretos, siendo ella de temperamento tan reservado. De hecho, una de sus frases favoritas de niña era «a mí no me gusta divulgar información», siempre que se le preguntaba acerca de asuntos que no tenía el más mínimo interés en aclarar. Es muy probable que Agatha aprendiera esta frase de un adulto, puesto que los niños poseen una capacidad extraordinaria para absorber prácticamente toda la información que se les pone por delante. En este caso, se trataba de un artificio que le serviría de blindaje ante cualquier situación inesperada de exposición. La escritora siempre se guardaba las cosas para sí y trató de aplicar, a lo largo de su vida, diferentes estratagemas para mantener oculto un secreto. Las adolescentes de su generación, además, disponían de un amplio catálogo de novelas policíacas, como La casa desolada, de Charles Dickens; y La dama de blanco o La piedra lunar, ambas de Wilkie Collins. Fue, sin embargo, El misterio del cuarto amarillo, de Gastón Leroux, la obra policíaca que más le encantó. La novela recurría a uno de los esquemas más clásicos del relato policiaco, el llamado «enigma del cuarto cerrado», un crimen imposible de resolver porque nadie pudo entrar ni salir de la habitación donde se encontraba el cadáver. Leerla había sido una

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experiencia de lo más placentera, puesto que la resolución del crimen se plantea como un puzzle cuyas fichas son tanto los acontecimientos como los propios personajes de la novela. Leroux juega con el desvío de atención y provoca que el lector, como sus personajes, crea haber percibido algo que en realidad no ha sucedido. Al mismo tiempo, su planteamiento destaca no solo por su construcción narrativa y la ingeniosa composición de la trama detectivesca, sino también por su sentido del humor y, sobre todo, por la interminable cantidad de personajes que acudían a su cabeza, uno tras otro. Al principio, tenían una fisionomía conocida, como la de un vecino o el farmacéutico, pero, poco a poco, su «catálogo» se amplió con una gama de personas de todas las clases de la compleja sociedad victoriana. Así, nos encontramos con abogados, artistas, banqueros, buscavidas, cazadores, charlatanes y viudas.[N11]

Madge también ejerció gran influencia en su preferencia por las novelas de misterio, y fue debatiendo sobre las obras de Leroux que un día su hermana la retó a que escribiera una novela policíaca de su puño y letra, pero no un crimen barato y de fácil resolución, sino una trama creíble y bien diseñada. Tanto que fuera casi imposible descubrir al asesino. La apuesta de Madge era tan solo una forma de hablar, pero Agatha se lo tomó en serio y decidió probarse a sí misma, adoptando una narrativa basada en sus «ídolos literarios», que acabaría convirtiéndose en su técnica habitual: comenzar por decidir el crimen y elegir un proceso que dificultase lo más posible su descubrimiento. «Todo residía en que el asesino debía ser alguien evidente —lo recuerda en sus memorias—, pero al mismo tiempo resultaba que no lo era tanto porque, por alguna razón, se descubría que materialmente no podía haber cometido el crimen; cuando, en realidad, claro está, lo había cometido». También había que crear los personajes que formarían parte de la trama, una tarea nada fácil, puesto que las personas a quienes conocía no le servían para basar en ellas sus creaciones literarias; y este obstáculo solo lo superó tras observar a personas desconocidas que cruzaban por su camino; en la estación del tranvía, en el muelle de Torquay, en el casino o en la iglesia.[N12]

Al contrario de la época de enfermera, cuando siempre tenía algo que hacer, en el dispensario o estaba muy ocupada o absolutamente ociosa. Algunas veces iba por la tarde, sabiendo que no me

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esperaba ningún trabajo. Después de comprobar que los recipientes almacenados estuvieran llenos y bien colocados, tenía la libertad de hacer lo que me apeteciera, salvo abandonar el dispensario. Reflexioné sobre el tipo de relato policíaco que escribiría. Como me hallaba rodeada de venenos, quizá lo más natural fuera escoger la muerte por envenenamiento como el método ideal. Partí, pues, de este hecho, que me parecía lleno de posibilidades.

Agatha Christie.

Agatha empezó trabajando en su novela a intervalos, escribiendo los borradores de los capítulos a mano para luego pasarlos a máquina de escribir a medida que los iba terminando. Su historia fluía con naturalidad hasta que llegó un momento en el que se encontró atrapada en un bloqueo creativo; las idas y venidas del trabajo, sus quehaceres domésticos y la rutina laboral, además de un ambiente enrarecido en Ashfield, debido a que la tía abuela vivía con ellos, casi ciega y con signos claros de senilidad, provocaron que la aspirante a escritora se perdiera en su razonamiento narrativo. Como se iba de vacaciones durante dos semanas a un tranquilo hotel de la cercana comarca de Dartmoor, Clara le sugirió que se llevase la novela para terminarla, puesto que allí encontraría mejores condiciones para concentrarse en el manuscrito. Al día siguiente de llegar, la aspirante a novelista adoptó una escrupulosa rutina que consistía en escribir durante la mañana y pasear por los cerros por la tarde para ensayar las escenas imaginadas hablando en voz alta para sí misma —al igual que hacía con sus Kitten cuando tenía cuatro años o con sus imaginarias amigas del colegio, las niñas, cuando estaba en la primera adolescencia—, una actitud bien paradójica para una mujer cuya extrema timidez le complicaba expresar sus emociones. Sin embargo, este pasaría a ser el invariable método que utilizaría para desarrollar la esencia de todos sus argumentos, casi todos provenientes del mundo que la rodeaba y de la sociedad con la que convivía, con sus rivalidades vecinales, celos familiares o desavenencias entre amigos y, de esta forma, buscaba comprender los motivos que llevaban a una persona a actuar de una manera concreta ante un hecho y unas circunstancias determinadas.

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Agatha Christie escuchaba más que hablaba, y buscaba ver más allá de lo que podía observarse a simple vista. Para ella, no había una sola persona que no fuera objeto de su interés, pues sabía que el individuo tiene matices que lo hacen único, y eran esos detalles los que se fijaban en su mente, como si fueran montoncitos de arena que acabarían por conformar un personaje para sus novelas. La gente que veía en los coches, paseando por la calle, en los tranvías, trenes y restaurantes… todos ellos eran motivos recurrentes en sus creaciones, de ahí la portentosa verosimilitud de muchos de sus protagonistas. Con las ideas bullendo por la mente, Agatha volvía al hotel y empezaba a emborronar decenas de hojas con tramas y sujetos inspirados en todo lo que había observado a lo largo de la jornada. Comía con buen apetito, dormía a pierna suelta y, a la mañana siguiente, reanudaba el mismo proceder.[N13] Al cabo de doce días de intensas jornadas, la parte más compleja y complicada de su trabajo quedaba hecha; se llevó el manuscrito a casa, donde lo terminó, añadiéndole un «cierto interés amoroso» para adaptarlo a la moda de las novelas de detectives de la época, y lo entregó a un profesional para que se lo mecanografiara; a continuación, lo envió a cuatro editoriales; las tres primeras lo rechazaron, aunque, como comenta ella, «de forma muy correcta». El cuarto editor, John Lane, director de The Bodley Head, no se dignó siquiera a responder.

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Este había sido, hasta el momento, el destino de su primera novela de detectives, titulada El misterioso caso de Styles, que tiene como escenario la mansión Styles, donde su rica propietaria, la viuda Emily Inglethorp, es encontrada muerta en la cama, sin indicio alguno de violencia. Las puertas del cuarto estaban cerradas por dentro y todo indicaba que se trataba de una muerte natural. Por casualidad, el doctor Bauerstein estuvo presente en el momento de la muerte de la señora Inglethorp y, como toxicólogo, pudo diagnosticar, inmediatamente, envenenamiento por estricnina. La novela plantea varias preguntas: ¿quién mató a la señora Inglethorp y por qué? Y ¿cómo se le administró el veneno? En estas obras, así como las siguientes, estas preguntas no son contestadas por el policía que investiga el crimen en el ejercicio de sus funciones, sino por un detective aficionado, Hércules Poirot, un refugiado belga asentado en el pueblo vecino de Styles, Saint Mary. Al llegar a la escena del crimen, Poirot se encuentra con la avaricia,

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los celos y la ambición de una familia que aspira a heredar una importante fortuna: un marido infiel, su jovencísima amante, unos hijastros envidiosos, un extraño toxicólogo alemán; todos parecen sospechosos de haber acabado con la vida de la señora Inglethorp, aunque solo uno de ellos puede ser el asesino. Al ser su primer libro, Agatha Christie tuvo que recurrir a algunas de las técnicas aprendidas de las novelas detectivescas que había leído: en la mayor parte de la historia se recaban pruebas, se interroga a sospechosos, se valoran las posibilidades, se especula sobre qué pudo ocurrir, se intenta sonsacar información de unos, confundir a otros… Y no es hasta pasados los tres cuartos de la historia cuando se encuentra la pista definitiva que consigue resolver el caso. Para que el lector pueda ir atando cabos, el detective relata a los personajes de la trama todo lo que ha sucedido y qué pistas siguió para resolver el misterio. Por otro lado, la autora también dejó su huella personal mediante pequeños retazos de su propia experiencia y del ecosistema en el que vivía: el reverendo y su mujer, la vieja solterona, el abogado, la institutriz, el coronel retirado, el inspector de Scotland Yard, el extranjero… y el papel casi invisible del servicio doméstico, con el mayordomo, la cocinera, el jardinero y las doncellas, que apenas suelen influir en el desarrollo de las tramas, salvo algunas excepciones. En su primer libro, aunque de forma inconsciente, casi todo escritor o escritora suele dejar huellas de sus experiencias personales, y El misterioso caso de Styles cumple con creces este axioma. Además de ayudarnos a descubrir aspectos de Agatha Christie que ella nunca nos contó directamente, también nos revelará la técnica que pasaría a utilizar en casi todas sus novelas de misterio: provocar nuestra curiosidad planteándonos un crimen (con su lista de sospechosos), creándonos la ilusión de que tenemos en la mano todas las cartas de la baraja y que podemos ser capaces de descubrir al culpable antes que los protagonistas, hasta que, al final, las dudas se despejan y se descubre que la autora ha acabado atrapándote al darle un giro inesperado a lo narrado. [N15] En este aspecto, la novelista inglesa casi nunca defraudó, y pese a todos los clichés que pueden surgir en sus novelas detectivescas, en ningún caso, el mayordomo fue el asesino. Otro aspecto que se repetirá en muchas de sus obras es el método ideado por el asesino para eliminar a sus víctimas: el veneno. De las cerca de trescientas víctimas mortales que

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aparecen en sus más de setenta novelas, la mayoría cae por obra y arte de alguna sustancia tóxica. Gracias a la experiencia acumulada durante el periodo en el que trabajó en la farmacia del hospital de Torquay durante la guerra, Agatha pudo ofrecer detalles del veneno elegido con precisión, así como los síntomas de una sobredosis, la facilidad para obtenerlos en el mercado y la dificultad para detectarlos. La autora también usó en sus novelas otros venenos más raros que no tenían propiedades medicinales, el cianuro y la ricina, usados como insecticidas, y que, en aquella época, se podían conseguir con facilidad sin dar muchas explicaciones..[N16]

Es evidente que existe una longitud adecuada para todo. Para mí, la extensión apropiada de una narración policíaca es de cincuenta mil palabras. Ya sé que los editores lo consideran demasiado corto. Quizá los lectores se sientan ligeramente estafados al pagar por tan pocas palabras; a lo mejor es preferible llegar a las sesenta o setenta mil; pero si escribes un libro de mayor extensión, posiblemente te arrepentirás. Para una narración corta de suspense, veinte mil palabras me parecen la extensión adecuada. Por desgracia, cada vez hay menos mercado para este tipo de narraciones, y los autores suelen estar mal remunerados. Es preferible continuar la historia y convertirla en una novela completa. La técnica de la narración corta no creo que sea en absoluto apropiada para un relato policíaco. Quizá sí para una historia de suspense, pero no para una policíaca. Los relatos de Mr. Fortune, de H. C. Bailey, eran bastante buenos en esta línea, porque eran más largos que los que solían aparecer en las revistas.

Agatha Christie

Nota del autor

Pese a que el arma favorita que empleaba para matar en sus novelas era, incuestionablemente, el veneno, la colección de novelas y relatos de

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Christie cuenta con un vasto y siniestro catálogo de estrangulamientos, degollaciones, apuñalamientos, empujones, electrocuciones, atropellos y disparos. En su interesantísima obra Anatomía de Agatha Christie e, la autora Carolina-Dafne Alonso Cortés contabiliza un total de veintitrés muertes provocadas por arma de fuego (incluidos cinco suicidios); diecinueve asesinatos por armas punzantes o cortantes, con toda una amplísima gama de instrumentos que van desde sencillos cuchillos de cocina a extraños objetos, como dagas tunecinas o figuras de adorno hechas en metal; y también se dan casos de muertes provocadas por objetos de lo más variopintos, como cintas métricas, estatuillas, barras de hierro y hasta un pisapapeles dentro de un calcetín, que se empleó para que el asesino lo arrojara con desmesurada fuerza sobre la víctima, lo que le causó la muerte de forma instantánea. Curiosamente, también hay algún caso aislado de muerte natural, aunque de forma tergiversada, haciéndose pasar por suicidio o asesinato en beneficio de alguien. Como bien concluye Alonso Cortés: «Un autor policíaco no puede consentir que en sus novelas alguien muera tranquilamente en su cama, y que el problema se quede ahí».[N17]

HÉRCULES POIROT

Agatha Christie sabía que, si quería triunfar en el género de las novelas detectivescas, tenía que crear un personaje original, con una fuerte personalidad, que sirviera de enlace entre sus novelas. Además, debía diferenciarse de otros, bien por su aspecto físico, bien por sus cualidades intelectuales. De esta forma nació Hércules Poirot, descrito por su creadora como alguien con un aspecto fuera de lo común: un belga de estatura más bien baja, pero de porte muy digno, aunque con una afectación un tanto ridícula; con un bigote exuberante de color negro como la tinta y perfectamente engominado, cabeza en forma de huevo y siempre

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con un traje elegante. En efecto, el célebre detective belga era todo un sibarita; le gustaban el lujo, las bebidas y las comidas refinadas; el teatro, las artes y los hoteles confortables. Usaba zapatos de charol y siempre iba ataviado con la mejor indumentaria y sin una mota de polvo en sus zapatos. Según el capitán Arthur Hastings, el narrador de El misterioso caso de Styles, «Poirot era un maníaco del orden, la simetría y la limpieza; la pulcritud de su atuendo era asombrosa; dudo que una herida de bala pudiera causarle el mismo disgusto que una mota de polvo».[N18] Usaba técnicas poco ortodoxas, basadas más en corazonadas que en evidencias, y en muchos momentos él mismo admite que sabe que va por el camino adecuado, pero que todavía no puede ofrecer la resolución del caso por no disponer de pruebas suficientes para que un juez dé por ciertas sus teorías. Protagonista absoluto de las primeras novelas de Christie, Poirot aparecerá en casi todas sus obras más famosas, aunque no fueron pocas las veces en las que su creadora tuvo la tentación de acabar con su vida; no lo hizo por la única razón de que se trataba de su personaje más rentable.

Pese a que sus lectores también mostraron simpatía por otros personajes como Miss Marple, el éxito de Christie como novelista de misterio estuvo y estará siempre ligado a Poirot, cuya fama no fue lo suficientemente abrumadora como para eclipsar el nombre de su creadora, tal como ocurrió con Arthur Conan Doyle. De hecho, si analizamos a Poirot con profundidad, podremos apreciar ciertos elementos claramente inspirados en detectives de ficción de épocas anteriores. La moda de la época llevó a Agatha a convertir a Poirot en un extranjero, como los franceses Joseph Rouletabille y Auguste Dupin (creados por Gastón Leroux y Edgar Allan Poe, respectivamente). También se ha dicho que Poirot es una imitación del personaje ideado por Marie Adelaide Belloc Lowndes, Hércules Popeau, o Hércules Flambeau, de G. K. Chesterton. El nombre puede incitar a pensar que hubo algún plagio, pero los personajes no eran iguales. Más parecido fue el engreído detective creado por Robert Barr, Eugène Valmont, un hombre de desmesurada vanidad y de un tolerante desdén teñido de condescendencia hacia los ingleses, y más en particular hacia la policía inglesa. Se dice que en la década de 1960 un biógrafo sugirió a Agatha que Poirot podría haber sido inspirado en parte por la creación de Robert Barr, a lo que ella respondió: «No creo en nada

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de Valmont». Para la biógrafa Gillian Gill, Poirot será siempre «un exiliado, sin compatriotas, un jubilado sin pasado, un soltero sin familia, un hombre sin amantes, sin amigos de la infancia, y, a pesar de ello, alguien profundamente feliz con su vida y su destino».[N19]

También son muchas las similitudes entre Poirot y su antecesor más famoso, Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle —que en aquellos mismos años seguía proporcionando a sus seguidores (si bien de mala gana) nuevas aventuras, cuyas tiradas se agotaban en cuestión de horas—. En su autobiografía, Christie admite que «todavía escribía en la tradición de Sherlock Holmes, el detective excéntrico, el títere ayudante, con un agente de Scotland Yard tipo Lestrade, el inspector Japp». También reconoció haberse inspirado en Auguste Dupin, quien en su empleo del razonamiento prefigura la confianza de Poirot sobre sus «pequeñas células grises», que son aquellas que según su juicio «tienes en tu cerebro, y es donde se halla la solución a todo misterio». Poirot, como Holmes, es un excéntrico solterón, capaz de brillantes deducciones y ajeno a los prejuicios y pasiones de otros hombres menos singulares. Más aún, para su primer libro, Christie tomó prestado de Poe, Conan Doyle y Leroux una estructura narrativa en primera persona, mediante la cual un admirador escribe las aventuras de su amigo detective. De esta forma, Hércules Poirot es presentado desde el punto de vista de Arthur Hastings, coprotagonista y su colaborador. Se presenta a este personaje como un militar al que le han concedido un mes de permiso y que no sabe qué hacer ni dónde ir, pues no tiene parientes próximos. Luego, conoce a Poirot y se convierte en su infatigable escudero y cronista; con él compartirá la mayoría de sus aventuras. Hastings no fue solo concebido para narrar la historia, sino también para plantearle a Poirot las preguntas que los lectores se hacían mientras leían la novela, por lo que existía cierta complicidad entre ambos, aunque, en algunas ocasiones, las observaciones de Hastings eran de suma importancia para el detective, ya que le proporcionaban la pieza que faltaba para resolver el misterio.[N20] Se trata de un perfil ligeramente parecido al de John Watson, el inseparable compañero de Holmes y el narrador de sus aventuras, conversaciones y conclusiones. En su primera aventura, Estudio en Escarlata, Watson es descrito como un doctor en medicina y oficial retirado del Cuerpo de

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Sanidad. Recién llegado de Afganistán, donde había trabajado como médico militar durante la guerra, Watson se halla en Londres en busca de un alojamiento, y a través de un amigo se entera de que un conocido suyo llamado Sherlock Holmes se encuentra en la misma situación. Ambos son presentados y acuerdan compartir techo en el número 221b de Baker Street, donde el médico descubre que su nuevo compañero de habitación tiene una ocupación poco ortodoxa y un comportamiento bastante excéntrico. Poirot, por su parte, solo se parece a Holmes en su absoluto individualismo, en su total indiferencia por el sexo femenino y en su profundo aburrimiento cuando no hay casos por resolver, aunque se precia de resolver los casos más difíciles sin moverse de un sillón. Ambos creían que sentarse en silencio y pensar en cómo resolver un crimen armando todas sus piezas era la mejor manera de solucionarlo; Holmes solía hacer uso del «arte de la deducción», mientras que Poirot utilizaba sus ya mencionadas «células grises», y con dichas armas iban atando cabos, entrevistando a los posibles implicados hasta que en un golpe final de efecto se reunía invariablemente a todos y se desenmascaraba al asesino. Las similitudes de Poirot con sus antecesores pueden ser ponderadas, pero, al final, son casi insignificantes. Durante toda su vida, Agatha fue cuestionada con frecuencia sobre las incontables teorías y especulaciones acerca de su personaje más famoso, y solía decir que no recordaba ningún hecho concreto que hubiera influido directamente en su creación —aunque es sabido que fueron los refugiados belgas de la Primera Guerra Mundial a los que dio asilo en Torquay los que inspiraron la nacionalidad de Poirot

—. (Los orígenes de Poirot se nos presentan en Tragedia en tres actos. «En mi casa éramos muy pobres. Todos los hermanos, que éramos muchos, tuvimos que salir a recorrer mundo...»). [N21]

Aunque existan varias teorías e indagaciones con respecto a sus orígenes, la realidad es que Poirot fue concebido de una manera que ni siquiera su creadora entendió a la perfección, aunque no es difícil comprender que este personaje es, en realidad, una amalgama de las referencias y de sus recuerdos más entrañables; una colección de ideas que había escuchado y leído, cosas que recordaba y que ella inventó y que surgieron en los bailes de su juventud, en los paseos con Archie o entre las botellas de la farmacia de Torquay y los senderos de los páramos de

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Devon. Sea como fuere, queda claro que su presencia fue un factor de peso en el éxito de El misterioso caso de Styles.

¿Cómo vio la luz el personaje de Hércules Poirot? Repasé todos los que había conocido y admirado en los libros. Estaba Sherlock Holmes, el primero y el único; nunca sería capaz de emular sus aventuras. Arsenio Lupin, ¿qué era: un criminal o un detective? De todas formas, no era mi tipo. Estaba también aquel joven periodista Rouletabille, de El misterio del cuarto amarillo: ese era el tipo de persona que me hubiera gustado inventar, alguien poco habitual. Era el comienzo del otoño de 1914 y entonces me acordé de nuestros refugiados belgas. ¿Por qué no hacer que mi detective fuera belga? ¿Qué tal un oficial de policía refugiado? Pero un oficial jubilado, no uno demasiado joven. Poco a poco, fui moldeando su personalidad. Sería un inspector, para que tuviera ciertos conocimientos sobre el crimen. Debía ser meticuloso, muy ordenado, clasificando siempre sus cosas, emparejándolas, gustándole más los objetos cuadrados que redondos. Además, sería muy cerebral, con la cabeza llena de pequeñas células grises. Esa era una buena frase: debía recordarla. ¿Y qué tal si llamaba a mi hombrecito Hércules? Sería un hombre pequeño con un gran nombre: Hércules. Su apellido ya resultaba más difícil. No recuerdo cómo obtuve el de Poirot, si se me ocurrió simplemente o lo vi escrito en algún periódico o en algún sitio: de todas formas, el apellido surgió. Pegaba bien con Hércules: Hércules Poirot. Estupendo.

Agatha Christie.[N22]

Nota del autor

Hércules Poirot fue la principal fuente de ingresos de Agatha Christie durante los más de cincuenta años que duró su carrera como escritora, pero

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durante todo este tiempo, los sentimientos que tenía hacia él fueron variando. En los años treinta, Poirot empezó a caerle mal; le molestaba que él gozase de tantas simpatías entre los lectores, que le reclamaban constantemente nuevas historias. «Poirot es realmente insufrible —le escribía a su agente, Edmund Cork—, como casi todos los personajes que viven demasiado». Tal era la repulsión que Agatha sentía por su detective que llegó a decir que, de haber sabido que él le iba a acompañar durante tanto tiempo, jamás lo hubiera creado. No fueron pocas las ocasiones en los que la escritora amenazó con no volver a dedicarle una obra, pero al ser su personaje más exitoso, no tuvo más elección que seguir insuflándole vida. Hércules Poirot acabó protagonizando nada menos que treinta y tres novelas, cincuenta y seis cuentos y una obra de teatro. Christie acabaría matándole en una obra póstuma, Telón; la había escrito en 1940 y la guardó en una caja fuerte para que se publicara en el momento oportuno, lo que solo ocurrió en 1975. En la trama, el capitán Hastings se ha quedado viudo y ha vuelto a Inglaterra, y aquí coincide en un hotel con su propia hija, Judith, que es protagonista de la historia. Poirot está ya en plena decadencia física, y su final no resulta en absoluto alentador. El lanzamiento de Telón provocó que The New York Times publicara una esquela por la muerte de Poirot, convirtiéndole en el único personaje de ficción en poseer un obituario en un diario de tirada nacional.[N23]

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Hércules Poirot. Ilustración para la edición inglesa de Poirot investiga (1924).

«Debo admitir que tengo una gran deuda con él desde el punto de vista económico. Poirot pensará que no me hubieran ido bien las cosas sin él, pero, por otra parte, yo pienso que Hércules Poirot ni siquiera existiría si no hubiera sido por mí».

Agatha Christie, Autobiografía.

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VI

ROSALIND

«No hay nada más emocionante en este mundo, creo yo, que tener un hijo que además de ser tuyo es misteriosamente un desconocido».

AGATHA CHRISTIE

Nada más regresar de Devon, Agatha se olvidó por completo de su libro, y tenía toda la razón del mundo para ello: Archie acababa de llegar a su casa y hacía casi dos años que no se veían. Después de tanto tiempo de guerra, la pareja deseaba buscar un lugar idílico y un remanso de paz donde pudiesen disfrutar de algunos días de tranquilidad, y con esa idea en mente se marcharon al parque nacional de New Forest, en Southampton, uno de los parques más antiguos del Reino Unido, con casi un milenio de historia, ya que sus orígenes se remontan al siglo XI, cuando la zona se convirtió en el coto privado de caza del rey Guillermo el Conquistador. Aún hoy conserva una vegetación de gran riqueza: robles, pinos, acebos y hayas que pueden llegar a superar los cincuenta metros de altura, entre ellos

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algunos ejemplares milenarios. «Recorrimos diferentes senderos y regresamos después a través del bosque, hasta que nos sentamos en un árbol caído. Llovía con suavidad, pero nos sentíamos muy felices. No le hablé del hospital ni de mi trabajo, y Archie tampoco me contó muchas cosas de Francia, pero dejó entrever que quizás antes de lo que pensábamos estaríamos juntos de nuevo». La realidad, sin embargo, fue bastante diferente, y en diciembre la pareja tuvo que celebrar su aniversario de boda, las Navidades y el Año Nuevo por correo.

En enero de 1917, Archie fue ascendido a comandante de escuadrón y mayor en funciones. Su nombre volvió a aparecer en diversos informes y, en febrero, ascendía a teniente coronel con mando sobre el depósito de la guarnición. En conjunto, el año de 1917 resultó más soportable para Agatha a pesar de que la guerra parecía interminable. Después de casi tres años y medio de intensos enfrentamientos, los británicos ya contaban con por lo menos dos millones de bajas entre muertos, heridos, desaparecidos y prisioneros. Era muy difícil asimilar que todos los días se perdían miles de preciosas vidas humanas a cambio de avanzar unos cuantos metros de terreno, pero, por otro lado, era fácil imaginar lo triste que había sido la Nochevieja de 1917 en toda Europa. Las actuales circunstancias indicaban que la guerra solo terminaría con una paz negociada, en la que cada uno de los bandos se vería obligado a hacer dolorosas concesiones. Entre permiso y permiso que obtuvo Archie —tres más—, Agatha se dedicó a preparar sus exámenes de farmacia. Aprobó los dos teóricos (de química y farmacología), pero suspendió el práctico. Al verse delante de los inquisitivos ojos de los examinadores observando cada uno de sus movimientos, el pánico escénico la invadió por completo y la dejó paralizada. Sin embargo, no quiso rendirse y se presentó a una segunda convocatoria. Esa vez, aprobó sin mayores dificultades, porque, según ella, «en lugar de tener que confeccionar una píldora o elaborar un supositorio, solo tuve que mezclar algunos medicamentos y esperar a que se produjeran las reacciones adecuadas».[N1]

El día de Año Nuevo de 1918, Archie fue condecorado con la Cruz de Servicios Distinguidos, e ingresó en la Orden de San Miguel y San Jorge, concedida a individuos que han rendido importantes servicios a la Mancomunidad Británica de Naciones o a naciones extranjeras. Se trata de

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la sexta orden más antigua en el sistema de honores británico, después de la Nobilísima de la Liga, la Antiquísima y Nobilísima Orden del Cardo, la Ilustrísima Orden de San Patricio, la Honorabilísima Orden del Baño y la Eminentísima Orden de la Estrella de la India. En junio, obtuvo un permiso, y en septiembre, regresó definitivamente a Inglaterra, ascendido a rango de coronel, un reconocimiento justo para un héroe que se mostró dispuesto a dar la vida por su país, pero insignificante para un hombre en paro que intentaba compensar a su esposa por su permanente ausencia. Desde el estallido de la guerra, Agatha y Archie habían vivido separados, por lo que solo se habían visto en contadas ocasiones durante los tres primeros años de matrimonio. Un día, mientras Agatha reflexionaba sobre todas estas cuestiones, Archie se presentó en Ashfield; le habían destinado al Ministerio del Aire y había que marchar cuanto antes a Londres para buscar un piso amueblado. La novedad pilló a todos por sorpresa, sobre todo a Clara, cuya coraza de silencio se agrietó. La despedida de Ashfield, que tuvo lugar pocos días después, fue bastante dolorosa; su abuela lloró y su madre estuvo a punto también, pero se contuvo. Sabía que su niña debería irse con su marido y empezar su vida de casada de una vez por todas.

Al llegar a Londres, la pareja se alojó en un hotel y se puso a buscar un piso amueblado en el que instalarse y, por fin, aspirar a una vida bajo el mismo techo después de haber pasado tanto tiempo encontrándose y despidiéndose en un ciclo interminable de dolor y sufrimiento. En su ignorancia, pensaron en opciones más lujosas, pero pronto tuvieron que poner los pies en el suelo. Aún eran tiempos de guerra. Después de visitar varios inmuebles, eligieron un apartamento en el número 5 de Northwick Terrace. «El piso tenía muchos defectos; el baño y la cocina eran minúsculos, lo que me molestó bastante, pues tenía intención de meterme mucho en esta última. Las camas estaban deformadas y en un estado lamentable. No entiendo cómo llegaron a tal estado de abandono. Pero nos sentíamos felices allí, y eso era lo que realmente importaba». No pasó mucho tiempo hasta que Agatha se dio cuenta de que no estaba tan preparada para administrar una casa como creía (un sentimiento compartido por muchas jóvenes de su edad en las mismas condiciones). Al fin y al cabo, la cultura predominante de la época dictaba que eran los

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sirvientes quienes deberían conducir la casa bajo las orientaciones del ama. Agatha ni siquiera sabía cocinar porque en Ashfield, a pesar de las limitaciones financieras, la familia siempre contó con al menos un cocinero y una criada; las compras se hacían por teléfono en tiendas locales de confianza y siempre se entregaban los mejores productos. No había necesidad de verificar si un alimento era fresco o si era la mejor pieza disponible.[N2] Como pareja, los primeros meses de vida en común tampoco fueron fáciles, y aunque no tenían modelos establecidos en los que fijarse, disponían de la energía necesaria para superar la separación durante la guerra y las dificultades económicas de una vida de recién casados. Las primeras semanas fueron muy difíciles y de soledad extrema para Agatha, pues, como el país todavía seguía en guerra, Archie trabajaba hasta altas horas en el Ministerio del Aire, al contrario que ella, que no conocía a nadie en la capital británica con quien pudiese compartir el tiempo de ocio, pues casi todas sus amigas vivían en Devon y la única conocida que tenía en Londres, Nan Watts, cuñada de Madge, pertenecía a una clase social tan superior que socializar con ella requería una inversión de tiempo y dinero del que no disponían. La realidad es que Agatha tampoco ansiaba tener amigos; de hecho, no era el tipo de persona que se sentaba con otras mujeres casadas para hablar sobre trivialidades, y a pesar de sentirse a gusto con las tareas hogareñas, despreciaba a las amas de casa, como escribió en Retrato inacabado, «absortas en sus hijos, sus sirvientes y sus tareas interminables». Privada de todas sus actividades y relaciones familiares, se limitaba a estudiar taquigrafía y contabilidad y, en los ratos libres, conversar con la portera del edificio, la señora Woods, que había aceptado limpiar y cocinar para ellos. Un día, al salir de la escuela de secretariado, contempló uno de los espectáculos más impresionantes de su vida:

Por todas partes, había mujeres bailando en las calles. Las inglesas no son propensas a bailar en público; eso más bien corresponde a las francesas. Pero ahí estaban todas, riendo, gritando, arrastrando los pies, saltando, en una especie de salvaje orgía de placer, de placer casi brutal. Daba miedo. Me imaginaba que si hubieran aparecido por allí unos alemanes, las mujeres los hubieran despedazado en cuestión de segundos. Supongo que solo algunas

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estarían borrachas, pero todas lo parecían. Se tambaleaban, hacían eses, gritaban. Llegué a casa y me encontré con Archie, que había salido ya del Ministerio del Aire. «Bueno, ya está», me dijo con su frialdad y calma habituales.

Agatha Christie.

Era el 11 de noviembre de 1918, y se había declarado el armisticio. A las cinco y cuarenta y cinco minutos de la mañana, en el interior de un vagón de tren situado en una vía muerta del bosque de Compiègne, los Aliados y el Imperio alemán firmaban el tratado que ponía fin a los mil quinientos sesenta días de la peor guerra que había visto el mundo. La Primera Guerra Mundial había terminado. En los aeródromos, trincheras, abrigos y en los cuarteles no se oía un solo ruido que no fuera el del helado viento que movía una fina capa de niebla gris. Los soldados del frente mantuvieron sus posiciones, sin saber qué hacer, mientras se preguntaban qué destino les esperaba en el mundo más allá de las trincheras. Por un lado, tenían la certeza de haber logrado vencer a la muerte en aquella pesadilla sin fin y que en breve se encontrarían bajo el calor de sus hogares, aunque muchos se acabarían convirtiendo en personas traumatizadas, con severas discapacidades físicas e intelectuales de por vida. Los que lograron volver mínimamente sanos se encontraron en una condición de total exclusión, convertidos en civiles desempleados y sin derecho a cobrar ninguna gratificación. Por las calles de Londres, vagabundeaban hombres andrajosos, sin piernas, con las cabezas vendadas y con rostros desfigurados, machacados física y psicológicamente por los efectos de una guerra que duró cuatro años y provocó la muerte de más de veintidós millones de personas, entre civiles y militares. Por fortuna, Agatha no perdió a ningún familiar o amigo de su entorno más íntimo en la contienda. Otros escritores de su época no gozaron de la misma suerte. Arthur Conan Doyle, por ejemplo, perdió a una docena de parientes, incluidos su hijo Kingsley y su hermano pequeño, Innes; y Rudyard Kipling, el autor del clásico El libro de la selva, perdió a su hijo, John, muerto en la batalla de Loos en 1915. Es probable que, por esta razón, el escritor británico se ofreciera para colaborar en la Comisión Imperial de

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las Sepulturas Militares, organización encargada de velar los cementerios en los que soldados de la Commonwealth habían sido inhumados. Fue de Kipling la idea de grabar la frase bíblica «Su nombre vivirá para siempre» en las piedras del recuerdo de estos camposantos y fue suya la propuesta de grabar en las tumbas de los soldados desconocidos la expresión «Conocido de Dios».

El fin de la guerra, sin embargo, no representó para Agatha el fin de sus problemas; sino todo lo contrario. Sus ingresos, sumados a los de su madre, eran ya insuficientes, y con la muerte de Auntie-Grannie, las cosas empeoraron. Su matrimonio tampoco contribuyó para mejorar la acuciante situación financiera de la familia, pues, a diferencia de los demás pretendientes que la habían cortejado, Archie era el menos favorecido y ahora, en condición de veterano de guerra, tendría que sumarse al programa nacional de pago de pensiones o comenzar una nueva carrera para intentar obtener un sueldo que le permitiera ofrecer una vida digna a su esposa.

En esos momentos, con armisticio o sin él, la vida seguía como antes. Agatha se quedaba en casa, intentando ocupar su tiempo, mientras Archie se quedaba todo el día en el Ministerio del Aire. Cuando obtuvo su primer permiso, se marcharon a Torquay y, nada más llegar, Agatha empezó a quejarse de lo que, al principio, parecía un terrible ataque intestinal, con un malestar general. Sin embargo, se trataba de algo distinto: en realidad, estaba embarazada. «Mi idea de esperar un niño es que era una cosa

prácticamente automática —escribió en su autobiografía—. Después de todos los permisos de Archie me había llevado una gran decepción al ver que no me quedaba en estado. Esta vez ni siquiera lo esperaba». Más que felicidad, su marido recibió la noticia con cierta resignación, pues temía que ella estuviera embarazada de un niño (quizá por creer que los hijos varones competían con los padres); de hecho, durante todo el embarazo, era tal su certeza de que el bebé sería niña que la pareja ni siquiera se molestó en pensar en nombres de niños. El embarazo de Agatha fue seguido por un ginecólogo de Torquay, que, irónicamente, poseía el desafortunado apellido de Stabb (puñalada), quien, tras hacerle un examen pormenorizado de su condición física, le dio una lista de lo que podía y no podía hacer. Y eso fue todo; no hubo más visitas, y la única revisión

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prenatal tuvo lugar un par de meses antes del parto, solo para comprobar que todo se desarrollaba con normalidad. Y eso no ocurrió porque el doctor Stabb fuera negligente o irresponsable, sino porque en aquella época el seguimiento del embarazo por parte de los médicos apenas existía. Además, ni los médicos ni las propias mujeres se planteaban la necesidad de que hubiera una supervisión profesional durante este periodo. No había ni clínicas ni departamentos hospitalarios para esta función, ni siquiera para la atención al parto.[N3] Es probable que el examen realizado por el doctor Stabb se limitase a lo que en aquella época se conocía como «maniobras de Leopold», cuatro acciones distintas que ayudan a conocer la posición del feto y así ofrecerle a la mujer una recomendación para el mejor nacimiento de su hijo.

Pese a que Agatha Christie fue una mamá del siglo XX, los exámenes ginecológicos que se llevaban a cabo en la época de su embarazo eran todavía rudimentarios y, casi siempre, desagradables para la mujer: se hacían por debajo de la ropa, con el médico mirando al techo. En la época victoriana, dicha situación era considerada tan embarazosa que se sedaba a la futura mamá con tintura de opio o cloroformo, de modo que ella pudiera sobrellevar este trámite sin que le supusiera un trauma.

Según lo relatado por Agatha Christie en sus memorias, Archie se comportó con una inesperada amabilidad, ideando toda clase de cosas para

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amenizar su embarazo. En una ocasión compró una langosta (que en aquellos tiempos era un lujo carísimo), y se la puso en la cama para darle una sorpresa. «Recuerdo aún el día que me desperté y vi la langosta, con su enorme cabeza y sus antenas, depositada en mi cama. Me reí como nunca. Hicimos una comida espléndida. Poco después, lo vomité todo, pero de cualquier forma nadie me quitó el placer de haberla comido». La noche en que supieron que iba a dar a luz, Archie se puso bastante nervioso; no paraba de decir que si su mujer moría, sería por su culpa. Tras largas horas, el bebé nació en Ashfield el 5 de agosto de 1919; para felicidad de la pareja, era una robusta niña de tres kilos y medio que recibió los nombres de Rosalind Margaret Clarissa.[N4] Se dice que Rosalind viene del personaje de mismo nombre de la obra de William Shakespeare Como gustéis (As You Like It), una comedia en cinco actos en verso y prosa escrita probablemente en 1599 y publicada 1623. El nombre fue una elección en común de la pareja, aunque Agatha prefería Marta —el nombre de su abuela paterna—, mientras que Archie se inclinaba por Enid o Vivien, personajes de Idilios del rey, un conjunto de doce poemas escritos por el poeta inglés Alfred Tennyson. El nacimiento de Rosalind fue una experiencia emotiva que fortaleció el matrimonio, reafirmó su compromiso de enamorados y se convirtió en uno de los momentos de mayor alegría experimentados por el matrimonio. Más aún, los temores de Archie acerca de su «rival infantil» no llegaron a cumplirse, ya que este resultó ser una niña, que, en cuanto a belleza y temperamento, era una réplica de su padre.

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Rosalind, el nombre elegido por Agatha Christie para su primera y única hija, fue tomado de la protagonista de la comedia Como gustéis, de Shakespeare. Vestida con atuendos masculinos durante la mayor parte de la obra, defiende siempre su derecho a actuar libremente y busca un hombre con sus mismas cualidades y tan fuerte como ella.

En menos de un año, el universo de Agatha experimentó un giro de ciento ochenta grados. Hacía muy pocos meses, trabajaba en el hospital de Torquay manipulando medicamentos mientras escribía una novela. Ahora, se encontraba en el corazón de Londres buscando un piso amueblado en el que instalarse, una institutriz para ayudarle a cuidar de su bebé y una doncella en condiciones. Archie, por su parte, decidió que había llegado el momento de dar por finalizada su etapa como militar y se puso a buscar empleo en la City, donde se encontraba (y aún se encuentra) el corazón financiero de la ciudad de Londres, el lugar más idóneo para encontrar un empleo que les permitiese vivir con decoro. Su pretensión no era descabellada; el mercado carecía de mano de obra cualificada, puesto que un abrumador porcentaje de los jóvenes recién salidos de las facultades había perecido en las trincheras y por ello el mercado ansiaba ofrecer puestos de trabajo a los valientes ingleses que tan heroicamente habían peleado en el frente. Ello no significaba, sin embargo, que los veteranos de guerra gozasen de privilegios o cobrasen un sueldo fabuloso; el trabajo que Archie encontró, por ejemplo, le proporcionaría unos ingresos anuales de quinientas libras esterlinas, que, completados con la renta anual de su mujer, sumaban lo justo para mantener a la familia. El coste de vida en la

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capital británica había aumentado enormemente, sobre todo en la posguerra, y disponer de una criada y una niñera, como era el caso de los Christie, era un auténtico lujo. La propia Agatha admite en su autobiografía que a ella misma le parecía raro que una pareja que vivía en un piso de alquiler, que no podía permitirse comprar trajes nuevos, ni invitar a sus amigos a una cena, ni coger un taxi, pudiera considerar esencial tener dos criadas internas. Lo que ocurría en realidad —y la novelista era consciente de ello— era que la escala de gastos prioritarios que habían establecido había sido impuesta más por los prejuicios de clase que por la lógica económica. Su situación no era excepcional: la guerra había terminado con la mayor parte de los privilegios, que quedaron destinados a las familias realmente ricas. Hubo un gran desencanto en la clase media; desaparecieron las niñeras, las cocineras y también las ayudantes de cocina, y si antes este personal estaba a disposición las veinticuatro horas del día, ahora solo era posible contratarlos por horas. Todo ello causó una gran conmoción en personas como Agatha Christie, que lo refleja en sus novelas, en una suerte de amarga resignación por lo inevitable.[N5] «Si íbamos al teatro, cogíamos las localidades más baratas; me acuerdo de que solo tenía un vestido de noche, y probablemente era negro, para que no se viera el polvo, y cuando salíamos en noches lluviosas, llevaba siempre zapatos negros para disimular mejor el barro. Teníamos menos lujos, pero mucho más tiempo libre para pensar, para leer y para dedicarnos a pasatiempos y aficiones».[N6]

Los primeros meses como padres no fueron fáciles. Archie se estaba volviendo una persona triste y melancólica, quizá como consecuencia de algún trastorno postraumático de la guerra, un síntoma que afectó a miles de soldados que regresaron del frente. Se conocía como shell shock (fatiga de combate), y convirtió a muchos soldados en personas traumatizadas, con severas discapacidades físicas e intelectuales de por vida. Pero no era, en definitiva, el caso de Archie. «Muchos jóvenes llamaban a nuestra puerta, vendiendo medias o cualquier aparato doméstico. Resultaba patético. Sentía tanta lástima por ellos que a veces compraba un par de medias horribles, simplemente para levantarles el ánimo. Habían sido magníficos militares y ahora se veían rebajados a eso. Algunos incluso escribían poemas que luego trataban de vender». En realidad, lo que

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inquietaba a Archie era su situación laboral; temía que la empresa en la que trabajaba pudiera estar implicada en alguna actividad ilegal. Como precaución, pasó a revisar pormenorizadamente todos los trabajos que realizaba para asegurarse de que no estaba cometiendo ningún delito. Con el tiempo, este exceso de celo comenzó a afectarle y Archie pasó a tener episodios de ansiedad y depresión. Teniendo en cuenta que su jefe le prometía una promoción que nunca llegaba, y siguiendo el consejo de uno de sus mejores amigos, decidió buscar otro trabajo.

Poco tiempo después, Agatha encontró un piso espacioso y amueblado en el n.º 96 de Addison Mansions, cerca del centro de Londres, en un barrio bastante arborizado. Impulsada por la ilusión de decorarlo a su manera, decidió buscar al casero para quedarse con él de inmediato, antes de que otro lo hiciera. «El piso estaba lleno de muebles horribles y tenía algunos de los cuadros más sentimentales que he visto nunca. (…) Estaba abarrotado de porcelanas, cristalerías y esas cosas, incluido un fragilísimo juego de té que me atemorizaba, pues pensaba que se rompería con solo mirarlo. Lo guardamos todo en uno de los trasteros tan pronto como nos instalamos».

Con Rosalind bajo los cuidados de su criada, Agatha se dedicó en exclusiva a la búsqueda de un piso vacío que pudiese convertir en un hogar permanente, tarea que resultó agotadora y poco fructífera. Los pisos a los que podía acceder estaban casi siempre muy sucios, destartalados y en tan malas condiciones que parecía imposible vivir en ellos; y cuando, finalmente, encontraba algo a su gusto, ya había alguien que se le había adelantado. Durante dos exhaustivas semanas, la autora dedicó horas en compañía de diferentes agentes inmobiliarios que la arrastraron hasta los últimos recovecos de Londres, hasta que finalmente encontró lo que buscaba cerca del parque Battersea. El alquiler era razonable, y la propietaria pensaba marcharse en el plazo de un mes, aunque estaba dispuesta a hacerlo un poco antes; pero cuando faltaban quince días para el traslado, la propietaria les comunicó que no podría abandonar el piso en el plazo inicialmente acordado y que tendrían que esperar por lo menos cuatro meses. Agatha no podía creer lo que escuchaba, pero, en lugar de

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resignarse, trató de llamar a todos los agentes inmobiliarios que conocía a sabiendas de que la llevarían a recorrer de nuevo toda la ciudad. Un día, mientras desayunaba, se puso a mirar la sección de inmuebles del periódico cuando, de repente, tropezó con el anuncio de un piso vacío en alquiler en la 96 de Addison Mansions, justo enfrente del edificio donde vivían. La novelista salió disparada del comedor, atravesó un patio de césped entre los dos bloques y subió la escalera del edificio de enfrente, de cuatro en cuatro, como si estuviera intentando batir un récord mundial de velocidad en subida de escaleras. Al tocar el timbre, apareció una joven aún con la bata puesta. «Vengo por lo del piso», le dijo la novelista de forma entrecortada, a causa de los jadeos producidos por la frenética cartera. «¿Este piso? ¿Tan pronto? Pero si puse el anuncio ayer», le contestó, asombrada, la propietaria. «Pues sepa usted que me lo voy a quedar», le contestó, con una determinación irrebatible, pese a que, ante la duda, le pidió entrar para echarle un rápido vistazo, aunque la decisión ya estaba tomada; tras concretar una reunión con el agente para firmar los papeles, Agatha volvió triunfante a su casa. «Al bajar otra vez la escalera, me encontré con tres parejas que subían, y todas —lo vi de reojo— se dirigían al número 96. Esta vez habíamos ganado nosotros». Christie se encargó personalmente de embaldosar el cuarto de baño y, con la ayuda de un amigo de Archie, empapeló las paredes del salón. Para las tareas más espinosas, como empapelar el techo, contó con la ayuda de un profesional, y para amueblar la casa usaron una parte de la gratificación de Archie y una gran cantidad de cosas procedentes de Ashfield, ya demasiada abarrotada de mesas, sillas, armarios y porcelanas. Mientras esperaba la llegada de las cortinas encargadas a un establecimiento especializado, Agatha confeccionó ella misma las fundas de butacas y sofás «sin ribetes de cordoncillo. A eso no me atreví», recordaría años más tarde.

Pese a las dificultades iniciales, la autora intentaba ser optimista; al fin y al cabo, había logrado encontrar un piso de su agrado, disfrutaba de la compañía de su pequeña hija, estaba enamoradísima de su marido y contaba con una plantilla de criados —pequeña pero muy disciplinada—. Además, gozaba de la plenitud de su juventud, era atractiva, elegante y equilibrada; y su situación financiera ya no era un motivo de preocupación, pese a todas las limitaciones a las que acabaron

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acostumbrándose. Pero la guinda del pastel fue enterarse de que John Lane, el editor de The Bodley Head —a quien había enviado su último manuscrito y no se había dignado a responderla—, ahora la buscaba para hablar de su obra. «A decir verdad, me había olvidado por completo del libro. Llevaba ya casi dos años olvidado en The Bodley Head, pero con todos los jaleos del final de la guerra, la vuelta de Archie y nuestra vida en común, todo eso de escribir y de los manuscritos se me había borrado de la cabeza». Este momento, sin embargo, no dejó de ser significativo, pues Agatha conservaba grabado en su memoria durante muchos años el recuerdo de su encuentro con John Lane: «un hombre de baja estatura y barba blanca, sentado tras una mesa en un despacho repleto de cuadros, con un aire vagamente isabelino, como si él mismo fuese uno de aquellos retratos de encañonada golilla al cuello». A John Lane le agradó sobremanera El misterioso caso de Styles, aunque le advirtió de que debería alterar algunos detalles de escasa importancia, además de modificar sustancialmente el final, que, a su juicio, era demasiado corto. Finalizada la etapa literaria de la reunión, Lane empezó a exponerle las condiciones comerciales, y para ello trató de hacerle comprender que la publicación de un libro significaba un enorme riesgo, sobre todo si el autor era desconocido, y que probablemente se obtendría muy poco dinero con la edición. Y con esas «excusas», le propuso un contrato de condiciones draconianas, aprovechándose de su ingenuidad y desconocimiento del medio editorial. En su autobiografía, Agatha Christie explica que «su estado de ánimo no era el adecuado para estudiar contratos o ni siquiera pensar en ellos». Entusiasmada ante la publicación y sin ninguna intención de dedicarse profesionalmente a escribir, no fue difícil persuadirla para que lo firmara.[N7] Como consecuencia, la novelista no vería un solo céntimo hasta que se hubieran vendido los primeros dos mil ejemplares y, a partir de esta cantidad, recibiría un diez por ciento del importe de cada ejemplar vendido. Agatha seguía su discurso sin darle importancia, pues, como no había pensado en hacer dinero con su libro, se conformaba únicamente con verlo publicado. Tampoco se percató de una rigurosa cláusula que tendría consecuencias a largo plazo: la autora se comprometía a entregar en exclusiva a su editorial sus siguientes cinco novelas, con solo un ligero aumento en sus derechos de autor. Con el rostro iluminado de

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felicidad, regresó a casa corriendo para contarle la buena noticia a Archie, y ambos fueron a celebrarlo al Palais de la Danse de Hammersmith, un conocido salón de fiestas londinense. Pese a que estaban solos, Agatha escribió en sus memorias que en su mesa siempre había alguien que le acompañaría el resto de su vida: «Hércules Poirot, mi invención belga, colgaba de mi cuello firmemente agarrado como un viejo lobo de mar».[N8]

Pese a que el editor se aprovechó de una autora inexperta, el contrato resultó beneficioso para Agatha, que hasta entonces estaba convencida de que nadie se interesaría en publicar su libro y que, por consiguiente, no podría soñar con hacer de la literatura un medio de ganarse la vida. Accedió a modificar el último capítulo y transformó la escena del juzgado en una conversación en la biblioteca entre Poirot y su colega Hastings. Del libro, dedicado a su madre, se tiraron dos mil ejemplares, una cifra nada desdeñable para la época. Los derechos de reproducción se vendieron al Weekly Times (que por primera vez accedía a publicar una novela de una autora novel) por la cantidad de cincuenta libras, y se publicó en América por entregas en 1920. En Inglaterra, la obra se lanzó al año siguiente y se vendió al precio de siete chelines y seis peniques.[N9] En un primer momento, la autora pensó en firmar su obra con seudónimo (Martin West o Mostyn Grey), pero John Lane insistió en que conservara su nombre, pues le gustaba Agatha, un nombre poco frecuente que se grabaría en la memoria de la gente. «Pensaba que un nombre femenino predispondría a la gente en contra de mis obras, especialmente en las novelas policíacas, y que Martin West sería más directo y viril. Sin embargo, cuando publicas tu primer libro, te sometes a todo lo que te proponen, y en este caso pienso que John Lane tenía razón».[N10]El misterioso caso de Styles fue publicado en 1920 por la editorial de John Lane en Nueva York (EE. UU.) y por Ryerson Press en Canadá; a las librerías de Inglaterra llegó solo en febrero de 1921. Inicialmente escéptica con el éxito de la obra, Ryerson Press se limitó a sacar tan solo trescientos ejemplares, utilizando sus propias planchas de impresión. Este número tan limitado de copias, unido al hecho de que Ryerson Press fue la primera editorial en publicar una obra de Agatha Christie, provocó que sus ejemplares se convirtiesen en objetos muy demandados por los coleccionistas.

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John Lane (en su despacho en las oficinas de The Bodley Head) y la portada de la primera edición de El misterioso caso de Styles, publicada por esta editorial en 1920. Años después, cuando ya gozaba de gran popularidad, Agatha admitió que John Lane se había aprovechado de su inexperiencia. El trato entre ambos, aunque siempre cordial, sufrió incontables altibajos. Por fortuna, su espinosa relación no llegó a perjudicar el lanzamiento del primer «hijo literario» de Agatha Christie, considerado en la actualidad como uno de los mejores estrenos de todos los tiempos.

La novela recibió críticas entusiastas, como la de The Time, que clasificó la historia como «brillante», mientras el Sunday Times admitió que estaba «muy bien urdida». The Daily News, por su parte, reconoció que era «una historia con oficio y un primer libro con talento», y Evening News celebró «un maravilloso triunfo», describiendo a la autora como una distinguida recién llegada a la lista de los escritores del género. «Bien escrita, bien planeada y llena de sorpresas» fue el veredicto de The British Weekly.[N11] La reseña más interesante, sin embargo, vino de una prestigiosa revista farmacéutica que ensalzaba El misterioso caso de Styles «por tratar las sustancias venenosas con pleno conocimiento de causa y no de forma disparatada, como estamos acostumbrados en este género».

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Mientras Inglaterra se enfrentaba al reto de saldar la altísima deuda económica que había contraído durante la guerra, la familia de Agatha Christie libraba su propia batalla doméstica para mantenerse a flote. Poco después del nacimiento de Rosalind, la familia se vio sorprendida por la muerte de Auntie-Grannie a los noventa y dos años de un ataque al corazón agravado por una bronquitis. Con su muerte desapareció una gran parte de la renta familiar, por lo que el mantenimiento de Ashfield se vio amenazado. Archie propuso vender la casa para que Clara pudiese vivir con mayor desahogo, pero ante las indignadas protestas de Agatha acabó ofreciéndoles una vía alternativa: animó a su mujer a que escribiera otra novela de misterio y, aunque el rendimiento económico de su primera obra estaba resultando insignificante debido a las estrictas condiciones del contrato firmado, lo cierto es que la sugerencia de su esposo constituyó para ella un gran estímulo. «El misterioso caso de Styles había vendido cerca de dos mil ejemplares, lo que no estaba mal en aquellos tiempos para una novela policíaca de un autor desconocido, y me había proporcionado la ridícula suma de veinticinco libras. John Lane me dijo que me daría mucha fama y que era muy bueno para cualquier autor novel. Quizá fuera verdad, pero recibir solo veinticinco libras como ingresos totales por escribir un libro no me hacía suponer que fuese a ganar mucho dinero con la carrera literaria».[N12] Pese a todas las adversidades, Agatha se puso a escribir el boceto de su nuevo trabajo, pero luego tuvo que suspenderlo a causa de dos eventos de trascendental importancia: el primero fue un inesperado viaje, que comentaremos después; el segundo, la noticia del regreso a Inglaterra de su hermano Monty, que había llevado una vida disoluta y alocada por casi todos los rincones del imperio. Como hermano mayor, dejaba mucho que desear, y era una especie de «oveja negra» de la familia Miller; un derrochador compulsivo y un deudor vocacional que vivió sus últimos años a expensas de sus hermanas. «Cuando mis hermanos eran pequeños, Monty se gastaba toda la propina que mi padre

le daba el primer día —escribió la novelista en sus memorias—; luego, empujaba a mi hermana a entrar en una tienda, pedía tres peniques de sus caramelos favoritos y se quedaba mirando a Madge, desafiándola a que no pagara. Ella, que le tenía mucho respeto, pagaba siempre. Como es natural, después se ponía furiosa y discutía acaloradamente. Mi hermano se

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limitaba a sonreír y a ofrecerle un caramelo. Fue una de las actitudes que adoptó durante la vida. Parecía que había un acuerdo general para servirle».

Frederick, sin embargo, lo adoraba —quizá por haber sido su único hijo varón— e incluso la propia Agatha llega a admitir en su autobiografía que Monty fue «realmente su hijo favorito». Tras años conviviendo con cuatro mujeres de gran carácter (su enérgica hermana mayor, su madre impulsiva y dos temibles abuelas), Monty acabó por vivir una vida errática y pendiente de golpes de suerte. Se presentó como voluntario en el tercer batallón del Regimiento Real de Gales, y al término de la guerra del Transvaal en Sudáfrica en 1902, habiendo obtenido el grado de oficial en el regimiento de East Surrey, partió con su regimiento a la India. Tras la muerte de Frederick en 1901, decidió regresar a casa para recibir la parte de la herencia que le correspondía y entonces pasó a disfrutar de los placeres de la vida, agotando en poco tiempo su legado. Adquirió deudas tan acuciantes de saldar que decidió trasladarse a Kenia con la intención de convertirse en granjero, pero una vez en tierras africanas cambió de planes y se dedicó a cazar elefantes y organizar safaris para familias de la aristocracia británica. Aparte de enviar a su madre y hermanas esporádicos telegramas solicitando envíos urgentes de fondos a África, Monty se comunicaba rara vez con su familia. A finales de 1910, intentaron localizarle y se enteraron de que se había trasladado a Uganda, donde malvivía con escasos recursos, pero gozaba de «una enorme popularidad».

[N13]

Su primera acción, reanudado el contacto con su familia, fue convencer a su hermana Madge de que se uniera a él como socio capitalista en un proyecto de construcción de un sistema de transportes fluvial destinado a realizar viajes comerciales por el lago Victoria. Creyendo que al fin su hermano había encontrado su camino, Madge decidió colaborar con la financiación de la construcción del primer barco, el Batenga, pero a medida que el proyecto avanzaba, Monty decidió incluir lujosos añadidos al proyecto inicial, como interiores forrados de maderas de alta gama, camarotes revestidos de paneles de teca y vitrinas llenas de juegos de té de porcelana y finas copas de cristal con el nombre del barco. El Batenga estaba siendo construido en un astillero en Portsmouth, y como

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Monty debía estar cerca para vigilar su evolución, decidió instalarse en un carísimo hotel hasta que el barco estuviera terminado. Estaba tan ilusionado con su proyecto y tan agradecido a su familia por apoyarle que

empezó a enviarles regalos carísimos desde Londres —pijamas de seda, joyas, bolsos de piel—, adquiridos, por supuesto, con los fondos prestados por Madge, que, en principio, estaban destinados única y exclusivamente a este proyecto. La familia estaba ansiosa de que el navío llegase algún día a terminarse, pero todo se vino abajo con el estallido de la Primera Guerra Mundial, y el Batenga se vendió por una suma irrisoria al Gobierno británico.

Desilusionado por el fracaso de su empresa, Monty solicitó su reingreso en el ejército y se alistó en el batallón de Fusileros Africanos, para luchar en la segunda guerra bóer, donde recibió el apodo de Billy el Pirado, debido a su temperamento impredecible en el campo de batalla. Durante la campaña de África, fue herido en un brazo y hubo de ser transportado a un hospital, pero al cabo de tres días se fugó y, aunque debilitado, reanudó su agitada existencia, creyendo que le quedaban tan solo seis meses de vida. Sin embargo —y contra todo pronóstico— logró sobrevivir. Cuatro años después de acabada la guerra, volvía a Ashfield y había que preparar todos los preparativos para su llegada. Agatha no se encontraría entre quienes le darían la bienvenida, porque acababa de embarcar con Archie en una gira por los remotos confines del Imperio británico, un proyecto que los alejaría de Rosalind y de su familia durante un largo año.

Nota del autor

Nada más llegar a Torquay, Monty causó un gran revuelo entre los vecinos. La sorpresa no fue tanto el hecho de que hubiese regresado después de años de ausencia, sino por el nuevo «amigo» que trajo del continente africano, un nativo de Uganda llamado Shebani que impactó a la pacífica y monótona vecindad, no solo por su exótico aspecto, sino porque se llevaba los alimentos de las tiendas sin pagar alegando que «eran para el bwana Monty». Hombre de costumbres nada

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convencionales, el hermano mayor de Agatha Christie solía aplacar su aburrimiento descargando su escopeta desde la ventana de su habitación a cualquier cosa que se pusiera a tiro. Tranquila y silenciosa, Barton Road nunca había visto algo semejante, y cuando los vecinos empezaron a quejarse a la policía local, Monty se indignó por la falta de confianza que la gente tenía en él, un tirador extremadamente hábil, capaz de realizar cuantos disparos quisiese sin matar a nadie. Monty tenía su propio sistema de vida africano. Pedía las comidas cuando tenía apetito, aunque fueran las cuatro de la madrugada: esa era una de sus horas favoritas. Tocaba los timbres, llamaba a los criados y pedía filetes con patatas. «No entiendo qué quieres decir, mamá, cuando hablas de tener consideración con los criados. Les pagas para qué te cocinen, ¿o no?», le preguntaba Monty con total ingenuidad. «Sí, pero no en mitad de la noche», le contestaba su madre, completamente resignada.[N14]

Indudablemente, se trata de una época en la que Ashfield vivía en tensión permanente, que se incrementó de forma exponencial cuando Shebani anunció su intención de regresar a África junto a su familia al no adaptarse a las costumbres inglesas. A partir de este momento, quedó claro que había que encontrar una nueva fórmula que resolviese el problema del ingobernable Monty. La solución consistió en comprarle una casa de campo en Dartmoor, donde viviría bajo los cuidados de la señora Taylor, una paciente ama de llaves de sesenta y cinco años, viuda de un médico y madre de trece hijos. Se cree que la señora Taylor no pudo lidiar con el temperamento «volcánico» de su jefe, puesto que falleció poco tiempo después. Otra vez sin rumbo, y convencido de que debería vivir en un sitio de clima más cálido, Monty se trasladó en 1929 a Marsella, en el sur de Francia, donde fue asistido por Charlotte, una enfermera que luego se convirtió en su pareja sentimental y, para la satisfacción de todos, le acompañó durante el resto de su vida; pocos años en realidad. Monty murió a causa de un mal súbito mientras desayunaba en una cafetería del paseo marítimo de Marsella. Tenía cuarenta y nueve años.[N15] Su muerte significó un doloroso alivio para sus hermanas, aunque un cierto sentimiento de culpa persiguió a Agatha durante algún tiempo; para aplacar su inquietud, pasó a enviar sumas ocasionales de dinero que aseguraran el mantenimiento de su tumba, y se preocupaba de que le

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pusiesen flores el Día del Armisticio. Su increíble habilidad para obtener leales servicios persistió incluso después de su muerte: un sargento retirado llamado William Archer, que había servido con él en el regimiento East Surrey de Sudáfrica, se encargó del mantenimiento de su tumba. Siete años después, cuando el sargento Archer se trasladó a Montecarlo, este cometido volvía a confiarse a manos femeninas: la hija de Archer prometió cuidar de su tumba, poniéndole flores y sin que jamás faltaran las amapolas el día de la celebración del Armisticio.

A lo largo de su vida, Monty dio claras muestras de que era una persona auténtica; que hacía exactamente lo que le daba la gana, sin importarle lo que pudieran pensar los demás. Su familia siempre lo trató con amor; sus padres lo aceptaron como era y sus hermanas eran un ejemplo de responsabilidad y diligencia; pese a todo, nada fue capaz de aplacar su rebeldía. Agatha Christie apenas conoció a su hermano —diez años mayor que ella—, pero durante el poco tiempo en el que convivieron juntos, pudo aprender mucho de él. Fue Monty quien le habló de los matices y los puntos grises de la naturaleza humana, y le hizo ver que nadie puede ser considerado fracasado o triunfador, teniendo en cuenta únicamente el factor económico. No podía negar el hecho de que, pese a sus recurrentes altibajos, su hermano se había divertido la mayor parte de su vida, sobre todo porque no estaba encadenado a un estricto código social que impedía que la gente buscara formas alternativas de felicidad. En la Inglaterra de comienzos del siglo XX, la sociedad aún vivía bajo los estándares de las tradiciones victorianas, y todas las personas «de buena cuna» estaban sujetas a cumplir con un guion preestablecido que no permitía el más mínimo desvío. Monty se desvió todo lo que pudo y, justamente por ello, fue más feliz que todos los demás que convivieron a su lado. La forma errática de conducir su vida y su propio destino influyó profundamente en los modelos narrativos de las novelas de Agatha y en la elaboración de sus protagonistas. «En tiempos de guerra, un hombre como ese es un héroe. En tiempos de paz, lo más probable es que dé con los huesos en la cárcel. Les gusta la emoción y no se avienen a caminar por el sendero recto ni tienen respeto alguno por la sociedad ni por las vidas ajenas». Tomado de Pleamares de la vida (1948), Agatha describe con precisión la esencia de su querido Monty, que pese a su temperamento

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volcánico, era una persona capaz de gestos tan loables como el de dar su ropa a un vagabundo.

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Retratado en muchas ocasiones por Agatha Christie en sus novelas, Monty pertenecía al tipo de hombre que podría haber llegado muy lejos en la vida si no hubiera sido por una misteriosa falibilidad interna que lo echó todo a perder. «Si no hubiera sido por una disposición de genes algo diferente de lo común —escribió Agatha en su autobiografía—, mi hermano podría haber llegado a ser un gran hombre», como David Hunter en Pleamares de la vida (1948); Philip Lombard en Diez negritos (1939); Mike Rogers en Noche eterna (1967); Charles Arundell en El testigo mudo (1937); Michael Rafiel en Némesis (1971), Leonard Vole en Testigo de cargo (1948) o Jacko Argyle en Inocencia trágica (1958)… Todos tienen algo de Monty.[N16] «No creo que le haya conocido el tiempo suficiente como para sentir lo que se llama cariño de hermano. Algunas veces me desesperaba, otras me enloquecía y otras me fascinaba», escribió la novelista en sus

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memorias.

EL GRAN TOUR

Con la firma del Tratado de Versalles en 1919 —que puso fin a la Gran Guerra—, el Imperio británico alcanzó su máxima extensión al incorporar Palestina y Mesopotamia (antes pertenecientes al derrocado Imperio otomano), y las colonias alemanas que hoy corresponderían a Tanganica, Ruanda, Burundi y Namibia. Empezaba para Gran Bretaña una nueva etapa que demandaba la consolidación de los lazos fraternales que unían sus dominios, colonias y protectorados. Más que eso, el Gobierno buscaba introducir su producción en esos mercados, explorar las posibilidades de suministro de materias primas necesarias para la industria y dar publicidad a los adelantos técnicos que podrían exportarse a los más remotos rincones del imperio para una eficiente explotación de sus recursos. Para lograr estos objetivos, las naciones desarrolladas solían organizar megaferias para «seducir e impresionar» a otras naciones, exhibiendo sus avances científicos, académicos y culturales. A estos eventos se les dio el nombre de Exposición Universal, una tradición que culminó con la exposición industrial francesa de 1844 celebrada en París, seguida por otras exposiciones nacionales en la Europa continental y Estados Unidos. En 1919, cuando las autoridades británicas comenzaban a gestar una exposición para demostrar la supremacía del Reino Unido como el país más avanzado del mundo, un hombre con una terrible capacidad para farolear consiguió convencerles de que él era la persona idónea para dar a conocer semejante evento. Para ello, propuso la creación de un equipo de expertos que le acompañaría a través de un largo viaje que recorrería los dominios más importantes del imperio alrededor del mundo. Su nombre era E. A. Belcher, un mayor del ejército que, por casualidad, había sido profesor de Archie y le tenía gran aprecio, probablemente porque era una de las pocas personas que le prestaba atención. Hablaba con tal seguridad de sí mismo que durante la guerra se inventó el pomposo puesto de

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director del servicio de suministro de patatas, aunque él mismo admitió más tarde que «de patatas no sabía nada, pero no se me hubiera ocurrido confesarlo». Desde entonces, Belcher se presentó voluntario a cualquier empresa en la que pudiera destacar, y por esta razón no faltaron críticos que ironizaban con su plan, afirmando que, en realidad, el objetivo del mayor Belcher no era otro que promoverse a sí mismo. Sin embargo, alguien debió confiar en él, pues los gastos de la misión fueron más que considerables: el viaje de entre cuatro y siete personas durante diez meses, billetes de barco y medios terrestres gratis alrededor del mundo y dietas incluidas.

Una de las primeras gestiones de Belcher fue invitar a Archie para que le acompañara en calidad de asesor financiero. «Fuiste jefe de grupo en Clifton, tienes experiencia en asuntos de la City, eres justamente el hombre que necesito». Archie viajaría con todos los gastos pagados, recibiendo además unos honorarios de mil libras esterlinas; y si su esposa decidía acompañarle, gozaría de las mismas condiciones, y además recibiría una gratificación de mil libras que serviría para cubrir unas merecidas vacaciones en las paradisíacas playas de Honolulu, Hawái. Lectora voraz de Julio Verne, aquella propuesta se presentaba como una ocasión única para librarse de la rutina y descubrir exóticos parajes y culturas lejanas. Se trataba de una merecida recompensa tras los duros años de guerra, aunque semejante aventura acarrearía una inevitable carga de tensión y desasosiego: aparte de saber que el puesto de Archie en la City sería ocupado por otra persona, con lo que se añadía la dificultad de encontrar un nuevo trabajo a su regreso, Agatha tendría que dejar a Rosalind al cuidado de su madre y de su hermana. No se sabe si la autora llegó a pensar en los riesgos que implicaban dejar a su hija durante tanto tiempo, pero se acordaría de que sus propios padres viajaban a menudo sin hijos, así que, según su razonamiento, ella no haría otra cosa más que seguir el modelo de los Miller y de otros muchos padres de clase media que dejaban a sus hijos pequeños en manos de los criados o de algún familiar cercano. Tampoco le suscitó ningún pensamiento de culpabilidad marcharse de Inglaterra en el preciso momento en que llegaba Monty, después de haber sido herido en la guerra y tras tantos años fuera. Al final, fue su madre la que la empujó a acompañar a Archie. «El deber de una esposa —sentenció

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tajantemente— es acompañar a su marido; si no lo hace, que luego no se queje, porque él tiene todo el derecho a olvidarla».[N17]

Agatha tampoco estaba dispuesta a rechazar la oportunidad única de viajar a los extraños y remotos lugares conocidos tan solo en relatos y acuarelas de exploradores, vislumbrados en los objetos de exótica artesanía y en los tejidos de curiosos diseños y exquisita fabricación que atraían a sus amigos y familiares. «Nunca habíamos sido prudentes

—escribió en sus memorias—. Insistimos en casarnos a pesar de la oposición encontrada, y ahora estábamos decididos a ver el mundo y correr el riesgo de lo que nos esperaba a la vuelta».[N18] La importancia de ser capaz de correr riesgos es uno de los temas de los que la novelista habla alto y claro en toda su obra; y el primer ejemplo en este sentido toma cuerpo y forma en el personaje de Anne Beddingfield, la protagonista de su siguiente novela, El hombre del traje marrón. Hija de un famoso antropólogo, Beddingfield sentía un enorme desprecio por ciertas mujeres de alta sociedad que, pese a su condición de privilegio, se limitaban a una aburrida rutina que consistía en «hablar horas y horas de sí mismas, de sus hijos, y de lo que decían a la granjera cuando la leche no era buena. Luego, se ponían a hablar de la servidumbre y de las dificultades para encontrar buenas criadas (…) No parecían leer los periódicos nunca, ni preocuparse por lo que sucedía en el mundo a su alrededor».[N19]

Publicada poco tiempo después de su regreso, se considera una de sus novelas más aburridas, a pesar de haberse inspirado en las experiencias vividas en su paso por Sudáfrica durante el Gran Tour, que tuvo su inicio el 20 de enero de 1922, cuando el matrimonio Christie, junto a los siete integrantes de la comitiva de Belcher, zarpó de Southampton en el lujoso vapor de la línea Union Castle, el Kildonan Castle, rumbo a Ciudad del Cabo. Agatha llevaba consigo su máquina de escribir portátil Remington, con la que escribiría largas cartas a su madre, un apasionante diario de viaje que serviría de base para redactar sus memorias y, quizá lo más importante en el momento, su tercera novela, Asesinato en el campo de golf, cuyos derechos de autor, unidos a los de las dos obras anteriores, podrían ayudar a salvar Ashfield de la bancarrota. Pero su entusiasmo por ponerse a escribir pronto se vendría abajo a causa de los terribles y prolongados mareos que la obligaron a permanecer encerrada durante

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cuatro días en su camarote, incapaz de retener en el estómago ningún alimento. Tan insoportable era su indisposición que, en un momento dado, la autora llegó a pensar que «la única solución factible era permanecer en el barco y esperar la muerte al cabo de unos días». Por fortuna, su malestar desapareció tras la visita del médico de a bordo, que le dio unas cucharaditas de algo que nunca supo lo que era. «Yo debía de tener un

aspecto cadavérico —recordó Agatha en su diario de viaje—, pues una mujer de un camarote próximo preguntó a la camarera con gran interés: “¿Se ha muerto la señora?”». Tal era su indisposición y su hartazgo que, en un determinado momento del viaje, la escritora le dijo a Archie que tenía la intención de abandonar el barco en la isla de Madeira, a lo que su marido le contestó: «Pero eso no te librará de coger otro barco, ya que no podrás quedarte allí indefinidamente». Sorprendida con su respuesta, pues no se había dado cuenta de este importante detalle, Agatha le miró con firmeza y le replicó sin rodeos: «Pues en ese caso, me quedaré en Madeira. Seguro que allí me darán algún trabajo». No obstante, a medida que se acercaban a la isla, el tiempo fue mejorando y, aunque Agatha se recompuso, jamás se acostumbraría al balanceo del barco, sobrellevando el resto de la travesía como pudo hasta llegar a Ciudad del Cabo. La llegada de la expedición, la tarde del 6 de febrero, coincidió con la protesta de los mineros del carbón de Transvaal, que se habían embarcado en una huelga en respuesta a un recorte salarial que se intensificó en una revuelta a gran escala contra el Gobierno. «Levantaron una bandera roja y proclamaron un gobierno soviético», escribió Agatha a su madre, sin demostrar señales de miedo o pánico. Su mayor preocupación fue la paralización de los trenes, único medio con el cual podría acceder a las cataratas Victoria, una caída en picado en una sola vertical que constituye la cortina de agua ininterrumpida más larga del mundo y que levanta una nube de rocío que puede verse a más de veinte kilómetros de distancia. En general, las cartas que la novelista escribió durante la gira no se ocupan de problemas sociales ni tampoco investiga la vida cotidiana de las gentes de los países que visitaba, lo que no constituye un problema, puesto que Agatha Christie no era una ensayista y, además, sus misivas iban dirigidas a su madre y hermana.[N20]

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A pesar del innegable ambiente de tensión, la escritora disfrutó de su estancia, dejando registrado en su diario sus impresiones de la magnífica Table Mountain, con su extraña forma achatada; la piedra dorada de la Union Buildings de Pretoria y el parque nacional de Matopos, «con sus enormes rocas apiladas como si un gigante las hubiera puesto allí». En Sudáfrica, las cuentas cuadraron, pues el Gobierno les financiaba prácticamente la estancia en todos los hoteles, y los integrantes de la expedición tenían gratis todos los billetes de tren. «Solo el viaje privado a las cataratas Victoria supuso un gasto serio», recordó en su diario.[N21] Pero de todas las experiencias, la más emblemática fue practicar un deporte completamente nuevo y extraño para un inglés: el surfing (o «baño con tabla», como solían decir), una verdadera novedad para los occidentales en aquel momento, y mucho más tratándose de una dama. Siempre que podía, Agatha escapaba junto con Archie a Muizenberg, una playa desierta de blancas arenas situada en un lugar llamado Fish Hoek, donde intentaban cabalgar sobre las olas. «Después de probar el surfing, nadar resulta bastante soso —escribió a su hermana en la mismísima semana en la que probó este deporte por primera vez—. Hemos decidido comprarnos unas tablas ligeras y curvadas porque estamos dispuestos a dominar con absoluta maestría este arte».[N22] Pocos días después, encantada con el deporte que acababa de descubrir, le envió otra misiva: «Es simplemente maravillosa la sensación de deslizarse sobre las aguas a una velocidad que te parece de doscientas millas por hora, manteniéndote en equilibrio inestable sobre la ola, hasta llegar suavemente a la playa y encallar en la arena. Es uno de los placeres físicos más perfectos que haya experimentado nunca», relataba con pleno regocijo, pese a las quemaduras solares, las heridas en los pies producidas por los corales y el agotamiento físico.[N23]

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Agatha Christie fue una de las primeras personas en Gran Bretaña que logró ponerse de pie en una tabla de surf y deslizarse por una ola —solo se tiene constancia de que lo practicara el príncipe Eduardo antes que ella—.

Con una agenda interminable de compromisos con los que cumplir, los Christie no pudieron disfrutar de su nuevo deporte tanto como les hubiera gustado. Tuvieron que acudir a un sinfín de recepciones, fiestas y cenas —la más emblemática tuvo lugar en los jardines del palacio arzobispal, y la presencia de la novelista no pasó desapercibida para la prensa local, que la describió «con un elegante traje amarillo pálido, de coselete bordado en pedrería gris plomo y una gran lazada negra en la cadera izquierda»—. Estas veladas eran un auténtico suplicio para Agatha, que se veía obligada a cumplir con un aburridísimo protocolo y hacer frente a conversaciones tediosas. En una comida que tuvo lugar en la casa del gobernador, la autora relata «los interminables cinco minutos durante los cuales intenté mantener una conversación con la princesa. Se la conoce en toda Sudáfrica por su peculiar incapacidad de pronunciar algo más que “¡oh, sí!”». Agatha, por otro lado, era consciente de que sus esfuerzos por socializar con los miembros del Gobierno eran de vital importancia. Las deudas que Inglaterra arrastraba habían aumentado de forma vertiginosa y ponían de entredicho la posición del país como primera potencia económica.[N24]

Curiosamente, la cita que le dejaría en la mente una impronta indeleble no tuvo que ver con ceremonias reales, sino que se produjo durante una

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visita que la novelista realizó al Museo de Historia Natural, cuyas impresiones plasmó con gran entusiasmo en una carta en la que hablaba de pinturas rupestres y la magnífica colección de cráneos primitivos. Le impactó sobre todo la explicación que le dieron sobre el hombre de Piltdown, nombre dado a un cráneo parcial descubierto en Inglaterra en 1908 y considerado por la prensa como el «eslabón perdido», por pertenecer a una especie que relacionaría los humanos actuales con sus antepasados simios. (En 1953, el hombre de Piltdown acabaría convirtiéndose en el mayor fraude de la historia de la paleoantropología; el cráneo encontrado pertenecía, en realidad, a un ser humano medieval, y la mandíbula era la de un orangután. La apariencia prehistórica se obtuvo a través de la tinción de los huesos en una solución de hierro y ácido crómico, y los dientes fueron hechos a medida). En la misma carta en la que dejó registrada su visita por el Museo de Historia Natural de la Ciudad del Cabo, Agatha también hizo mención de la mandíbula de Heidelberg, «muy parecida a la de un mono, pero con dientes de hombre moderno, los neandertales, con sus enormes y extrañas cabezas, pero con mandíbulas rectas incapaces de articular palabra, y los tipos negros que demuestran que África, como Europa, pasó por una fase evolutiva de neandertales». Este párrafo es sumamente interesante porque refleja el pensamiento popular de la época, que no reconocía a África como el origen común de toda la especie humana; por el contrario, se pensaba que africanos y europeos provenían de líneas evolutivas paralelas pero diferentes, lo que reforzó (peligrosamente, hay que decirlo) la creencia en la superioridad racial blanca, aunque en el siglo XIX ya había estudios que concluían que los humanos modernos descendían de la población negra de África, tesis que el propio Charles Darwin reforzó en El origen del hombre, publicado en 1871.[N25] Sin embargo, no fue hasta 1980, con el advenimiento del estudio del ADN mitocondrial, cuando se pudo demostrar científicamente que los humanos modernos poseían un ancestro común. En 1987, un estudio publicado por el científico estadounidense Allan Wilson en la revista Nature demostró que el primer Homo sapiens apareció en África entre 140 000 y 290 000 años atrás; su desarrollo lo diferenció de sus predecesores y empezó a migrar de allí al resto del mundo.[N26] Mientras escribía a su madre, Agatha recordaba, con una alegre nostalgia, lo distinta

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que era de aquella joven de dieciocho años que se encontraba en Egipto, más interesada en bailar con apuestos tenientes que por las pirámides y sus misterios. Ahora, escribía con entusiasmo acerca de la diferencia de la inclinación de la mandíbula en el hombre de Neandertal con respecto a otros homínidos.[N27]

En uno de los raros momentos de descanso, parte del grupo se reunió para conocer la repercusión del viaje en la prensa. De izquierda a derecha, Archie Christie, el mayor Belcher, Bates y Agatha Christie.

Agatha esperaba con ansiedad el día de la partida de la expedición rumbo a Ceilán y a la India, dos destinos exóticos y pintorescos por excelencia, pero en vista de las dificultades de enlace por vía marítima, Belcher decidió que el grupo debería seguir viaje directamente hacia Australia. Antes, la expedición tenía prevista una excursión de barco a Rhodesia, pero los trámites burocráticos de última hora y el mal tiempo, que trajo un fuerte temporal, provocaron que solo Archie y un pequeño grupo embarcara en el vapor, obligando a Agatha a cumplir este tramo en tren; y como la decisión fue tomada a última hora, la novelista tuvo que embarcar

en tercera clase, «algo impensable para las señoras —puntualizó en una carta dirigida a su madre—. Chinches, piojos y borrachos eran lo mejor

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que te podías encontrar; ni siquiera las doncellas de las señoras viajaban en tercera».[N28] El viaje, según el relato de la autora, fue espantoso: «Estábamos atravesando la árida meseta del Karoo —polvo y piedras por todas partes, algunos matorrales raquíticos y unas colinas al fondo; todo desértico, desolado y, sin embargo, hermoso en su misma dureza—. A medida que avanzaba el día, el calor fue haciéndose insoportable; el tren parecía un invernadero cerrado en pleno verano. Belcher y yo nos pasamos el día jugando a las cartas y bebiendo sin cesar zumo de limón».[N29] Una vez atravesadas las colinas, llegaron a Durban, donde se reunieron otra vez con el resto del grupo; y tras una breve visita a unos jardines tropicales, Agatha y Archie tomaron el camino de Johannesburgo y Rhodesia, realizando un viaje mucho más arriesgado de lo que hubieran podido imaginarse, ya que se encontraron al borde de un inminente conflicto que con posterioridad se denominaría «Rebelión Rand», una violenta revuelta llevada a cabo por los mineros blancos en Sudáfrica en contra de una decisión de la Cámara de Minas de reducir costes en las minas de oro, aumentando la mano de obra negra a expensas de los trabajadores blancos, que cobraban salarios más elevados. Ante semejante panorama, el matrimonio se vio obligado a permanecer en Pretoria una semana: «Una vez allí, no pudimos volver a salir porque la huelga se había convertido en una incipiente revolución». Por las calles de la ciudad circulaban todo tipo de vehículos blindados y de vez en cuando se oían cerca terribles explosiones. Agatha y Archie decidieron permanecer en el hotel hasta que la situación se normalizara, bañándose en la piscina, jugando al bridge y estudiando algunas cuestiones relativas a la expedición. Pasada una semana sin grandes cambios, y temerosos de que tal vez no pudieran llegar a Rhodesia, Archie trató de obtener un permiso para abandonar la ciudad, sin éxito, hasta que, una mañana, hallándose Agatha aún en la cama, se presentó en el hotel un representante del Gobierno avisándoles de que un coche pasaría a recogerlos al cabo de veinte minutos. «Nuestro tren, que tenía que salir a las 10:45, lo hizo a las 11:30 entre el estruendo del fuego de artillería y de metralla, pues acababa de empezar el gran ataque a Fordsburg que pondría fin a la guerra».[N30] El matrimonio pudo finalmente seguir viaje hacia Rhodesia vía Bechuanalandia, parando en un sinfín de estaciones atestadas de nativos vendiendo todo tipo de recuerdos, desde

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alfombras a pequeñas esculturas en madera de animales, objetos que la autora compró en grandes cantidades para Rosalind, «más de las que nos hubiera convenido empaquetar». En la siguiente parada, las colinas de Matopos, Agatha tuvo la oportunidad de conocer la tumba de Cecil Rhodes, el principal promotor de la expansión británica y el más grande de todos los colonizadores del continente africano. Rhodes murió en 1902 en Sudáfrica en plena segunda guerra bóer a los cuarenta y ocho años de edad, y fue enterrado en un sarcófago de piedra en medio de las rocas de Matopos, «un lugar extraordinario para ser enterrado», describió la novelista, maravillada con el diseño de su panteón, ubicado en una cumbre rapada, coronada a su vez por una circunferencia de grandes rocas redondas, a la manera de un círculo prehistórico. Tras un par de días en Salisbury jugando al bridge y visitando plantaciones de cítricos, llegaron a las cataratas Victoria, espectáculo que dejó maravillada a Agatha, quien en una carta a su madre desde el hotel Victoria Falls le escribió:

No puedo soportar la idea de marcharme. No es solamente por las

cataratas, que son realmente algo extraordinario —sobre todo su anchura, no imaginaba lo que podía ser una milla y cuarto de extensión—, sino por todo el lugar en conjunto. No hay carretera que llegue hasta aquí, solamente caminos, el hotel y unos bosques primitivos y ancestrales, que se extienden hasta donde alcanza la vista, tornándose azules. El hotel es precioso; un edificio bajo, alargado, blanco, con habitaciones inmaculadamente limpias y todas las ventanas protegidas con telas metálicas contra los mosquitos causantes de la malaria.

Agatha Christie.[N31]

Muy contra su voluntad, el sueño idílico de permanecer en un lugar tan paradisíaco pronto se desvaneció, ya que un inesperado y urgente telegrama de Belcher les ordenó regresar a Ciudad del Cabo vía Johannesburgo para completar el programa original. De mala gana regresaron a la capital sudafricana para preparar su equipaje y embarcar rumbo a Oceanía. Mientras tanto, en Inglaterra, empezaba a circular en los

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quioscos su segunda novela, El misterioso señor Brown, con un considerable éxito, por lo que su reputación como escritora seguramente la acompañó en Australia, Tasmania y sobre todo Nueva Zelanda, donde tuvo que improvisar un discurso el Club de Mujeres de Canterbury y salió del paso de manera brillante. Este discurso adquiere mayor importancia si tenemos en cuenta que Christie nunca volvería a hablar en público, ni siquiera cuando se convirtió en presidenta del Club de Detectives de Gran Bretaña.[N32]

El 9 de abril, la expedición embarcó en el Aeneas rumbo a Australia. El viaje, descrito por la autora como «largo y más bien gris», transcurrió sin percances y, quizá lo más importante, sin mareos, gracias a las favorables condiciones meteorológicas que permitieron que el océano se transformara en una larga e infinita piscina. En su primera parada, Melbourne, Agatha se sorprendió por el extraordinario aspecto de los árboles y la peculiaridad que los eucaliptos daban al paisaje. «En Inglaterra te hartas de ver árboles con troncos oscuros y hojas verdes, pero en Australia la primera sensación que tienes es de asombro: por todos los lados, te encuentras con troncos de color plata y hojas oscuras, como si estuvieras viendo el negativo de una fotografía». Pese a la breve estancia en la ciudad, la novelista pudo conocer el famoso bosque de helechos de Melbourne, lugar de inspiración para muchos pintores famosos, como el austriaco Eugene von Guérard, autor de Bosque de Sherbrookeen (1857), un lienzo de 92 cm de alto y 138 de ancho que retrata una hondonada de helechos arborescentes en la cordillera Dandenong, uno de los rasgos más característicos y hermosos del paisaje montañoso de Australia.

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Ni la extenuante agenda ni los aburridísimos eventos protocolarios a los que tuvo que acudir impidieron a Agatha Christie disfrutar de su viaje alrededor del mundo. En su diario, la novelista resumía su pasaje por Australia con un párrafo cargado de ironía: «Mientras Belcher y Archie ponían de manifiesto los deseos y la importancia del comercio del Imperio británico, yo me permití quedarme sentada en un huerto de naranjos () Tenía una buena mecedora, había un sol delicioso y, por lo que puedo recordar, creo que comí veintitrés naranjas, cuidadosamente seleccionadas de los árboles que me rodeaban».[N33]

En Sidney, su siguiente parada, a la novelista le decepcionó su famosa bahía, pues siempre le habían dicho que era uno de los lugares más bonitos del país. «Quizás esperaba demasiado, pues creía que Sidney y Río de Janeiro tenían las bahías más hermosas del mundo. Menos mal que nunca he estado en Río, así puedo conservar una imagen fantástica de esa ciudad legendaria». Pese a su desengaño, fue en Sidney donde experimentó uno de los episodios más placenteros de su visita a Australia. Agatha se encontraba en el vestíbulo del hotel en el que se hospedaba cuando una joven desconocida se acercó, se presentó como Una Bell y la invitó a pasar un fin de semana en su finca de Queensland. Las dos jóvenes pronto congeniaron y comenzaron a conversar de forma animada. El viaje fue largo y agotador, pero resultó un verdadero deleite por el alivio que iba a representar. Los Bell le recordaban a los Lucy, una familia de Torquay a la

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que apreciaba mucho. «¡Fue una semana inolvidable! La energía de los hermanos Bell era tal que apenas podía seguirlos, pero fue a sus hermanas a quienes les entregué el corazón». Estas muchachas representaban para la escritora el modelo de lo que podía ser la mujer ideal: independientes y seguras de sí mismas, sin perder por ello su encanto femenino. Agatha se fue a la cama deslumbrada; había ido a pasar dos días y se quedó una semana. Con su cálida acogida, su sincero interés y el ofrecimiento de un verdadero hogar tras un largo período de estancia en hoteles, los Bell supusieron una agradable y bienvenida sorpresa que permitió a la novelista recargar sus maltrechas baterías. «Parecían una familia real a escala reducida gobernando un pequeño reino propio y cuidando con grandísimo esmero de empleados y servidores».[N34]

Al llegar a Adelaida, Agatha se enteró de que el Salvaje (apelativo con el que designaba a Belcher en privado) no estaba en la ciudad, pues había decidido adelantarse hasta Melbourne, donde volverían a reunirse para dirigirse juntos a Tasmania. Al llegar a Melbourne, le hallaron «guardando cama por una infección en la pierna, y bastante domesticado por el momento». Pero el viaje a Tasmania pronto iba a recordarles a Agatha y a Archie lo insociable que se había vuelto. El Salvaje estaba intratable esta mañana; seguía encerrado en su habitación, oscura como una cueva, comiendo pan viejo y leche fría y gruñendo a todo el mundo. Aún tuve la benevolencia de asomarme para ayudar a vendarle la pierna, pero su amable réplica fue: «¿Por qué no me dejan en paz?».[N35] Tal era su estado de malhumor que al llegar el coche que les llevaría al puerto nadie se atrevió a llamarle. Belcher, sin embargo, tenía conciencia de sus compromisos y pocos minutos después salió de su habitación gruñendo, abandonó el hotel y se metió en el coche sin dirigirle la palabra a nadie. Al llegar a Launceston, hubo que soportar un nuevo estallido de cólera en la sede del ayuntamiento; al encontrarse con el alcalde, le preguntó quién era y qué necesitaba. Iracundo, Belcher tuvo que tragar saliva antes de ser capaz de responder. «¡Pensé que iba a darle una apoplejía!», recordó Agatha en su diario de viaje. Luego, el grupo se dirigió al club de viajeros comerciales para tomar alguna bebida que pudiera aplacar su ira, pero resultó imposible. Como un intento a la desesperada, le rogaron que pronunciara un pequeño discurso, cosa que pareció calmarle un poco, pero

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un nuevo y aplastante golpe le esperaba en la estación de trenes: en lugar del vagón especial que tanto anhelaba, le reservaron un «simple» vagón de primera. «En realidad, él debía de creer que era un monarca o algo por el estilo —se preguntaba Agatha—. Creo que sufría de megalomanía y, si es así, se le incrementó enormemente desde Sudáfrica».

Después de un breve pasaje por Hobart (capital de Tasmania) en la que tuvieron que seguir soportando los altibajos del genio de Belcher, la expedición regresó a Melbourne a bordo del S. S. Nairana el 9 de mayo. Al llegar al hotel, Agatha fue sorprendida por una carta de su hermana Madge con la noticia de que un productor la había contactado para adaptar su novela. «¡Qué emocionante, pero me voy a poner furiosa si adaptan al cine su novela antes que la mía! Por lo visto, existe algún raro caso de agente literario eficiente». Lo cierto es que las horas pasaban volando y el escaso tiempo libre de que disponía lo utilizaba para escribir largas cartas a la familia y (muy de vez en cuando) esbozar el borrador de su próximo libro, hasta que el ritmo del programa alcanzó un nivel agotador. Al día siguiente, tuvieron que visitar una factoría de ladrillos y una planta congeladora; asistieron a una comida y terminaron la jornada en una

excursión en tren por el bosque —durante la mayor parte de la cual viajó en la locomotora—. La estancia en Australia concluyó el 28 de junio en Brisbane, desde donde embarcaron el día siguiente rumbo a Nueva Zelanda. Agatha llevaba casi seis meses de viaje teniendo que lidiar con los altibajos de tres hombres de diferentes personalidades y emociones: Bates necesitaba estímulos y, al mismo tiempo, que se le infundiera confianza; Archie requería de ella toda su atención, pero dentro de la más absoluta discreción, y a Belcher había que tratarlo con grandes dosis de buen humor, pero sobre todo con mucha paciencia. Los desplazamientos, reuniones, recepciones oficiales, excursiones y visitas de inspección, más el convivir junto a las mismas personas casi las veinticuatro horas del día, provocaban que Bates se mostrase cada día más irritable; Archie, más nervioso, y Belcher, más explosivo.[N36]

La siguiente etapa de la misión tuvo lugar en Nueva Zelanda, hacia donde se dirigieron a bordo del Manuka, en una travesía de tres días que provocó nuevos mareos en Agatha y la necesidad de estar tumbada casi todo el día. Lo más emblemático del viaje fue la presencia de un pasajero a

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quien empezaron a llamarle el Deshidratador por su extraño y obsesivo hábito de preparar alimentos completamente deshidratados. «Este hombre no podía ver un alimento sin dejar de pensar en cómo deshidratarlo, aunque lo peor es que nos mostraba una infinidad de platos y nos rogaba que los probáramos. Belcher casi se volvió loco, pero como el Deshidratador era un influyente hombre con recursos y podía proporcionar incalculables beneficios a la exposición del Imperio británico, tuvo que controlarse y seguirle el juego de los alimentos deshidratados». El primer acto público de la misión tuvo lugar en el Parlamento, «justo en el momento en el que un noble caballero pronunciaba un discurso defendiendo los préstamos exprés, lo cual suscitó el interés financiero de Archie».

Por aquel entonces, habían desaparecido los atractivos de viajar juntos. Belcher ya no era el amigo afectuoso que parecía en los primeros momentos; se había convertido en un hombre grosero, desconsiderado, dominante y muy avaro incluso con las pequeñeces. Se comportaba igual que un niño maleducado y perverso. Pero cuando recuperaba su ánimo, te desarmaba con un encanto y una afabilidad que te hacían olvidar la rabia anterior y te reconciliabas de nuevo con él. Sabíamos siempre cuándo iba a ponerse iracundo, pues empezaba a sudar con lentitud y se le ponía la cara roja como la cresta de un pavo. Entonces, a los pocos minutos, explotaba e insultaba al primero que encontrase.

Agatha Christie.

A la tarde del día siguiente, Agatha y Archie subieron a bordo de un pequeño vapor con destino a Nelson, una ciudad con lagos cristalinos color azul claro, playas de arena dorada e impresionantes parques nacionales. La travesía para llegar a semejante paraíso, sin embargo, era muy peligrosa, pero, para suerte de Agatha, el mar estaba sereno y el viento parecía haber detenido su camino. Fue en Nelson donde la pareja tuvo la idea de coger unos días de vacaciones en Honolulu, «algo que siempre deseé y nunca pensé que pudiera llegar a realizar», recordó la

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novelista en su diario. El momento más crítico de su pasaje por Nueva Zelanda tuvo lugar en una reunión improvisada por la junta del Club Femenino de Canterbury. La presidenta, una tal señora Holland, se levantó para pronunciar un discurso, y cuando estaba a punto de finalizar, se le ocurrió la brillante idea de invitar a la «famosa novelista inglesa» a levantarse y dedicar algunas palabras a la audiencia presente. Presa del pánico, Agatha se limitó a resaltar la belleza del paisaje que había apreciado en los últimos días. Sus elogios eran sinceros. Nueva Zelanda le pareció el país más bonito que había visto hasta entonces, sobre todo los géiseres y manantiales calientes de Rotorua. En las termas brotan cuatro millones de litros de agua por hora, suficiente para llenar dos piscinas olímpicas al día. «Un lugar precioso… del suelo y de unos grandes agujeros enlodados que temblaban subían vapores sulfurosos… el aire olía a azufre, y los maoríes se bañaban y lavaban la ropa en unos charcos inmensos de agua caliente».

Tras abandonar Nueva Zelanda, desembarcaron en las islas Fiyi (un diminuto archipiélago situado en el sur del Pacífico); ahí, Agatha y Archie se separaron de la comitiva —pese a las protestas del mayor Belcher, que no quería que el grupo se dispersara— para comenzar unas merecidas vacaciones en un destino que les hacía muchísima ilusión, Honolulu, la capital del estado de Hawái. Localizada en la costa sureste de la isla, la ciudad ofrecía infinidad de opciones para la pareja: extensas playas de ensueño, llamativas vistas de los acantilados de Koolau e incluso un volcán, el Diamond Head. La pareja se hospedó en el exclusivo hotel Moana desde el 5 de agosto, y fue tal su entusiasmo al ver desde la ventana de su habitación a la gente surfeando que ni siquiera abrieron las maletas: se precipitaron de inmediato a la playa y trataron de alquilar un par de tablas en la primera caseta que encontraron. Nada más entrar en el agua, se dieron cuenta de que su experiencia en Sudáfrica no les serviría de nada en las aguas del Pacífico; las olas de Hawái no solo eran extremadamente peligrosas, sino que además había días en que solo los expertos se animaban a dejarse llevar por su fuerza natural. Su primer intento resultó en un enorme revolcón para Agatha que casi no vive para contar la historia. «Oiga, hermana, si yo fuera usted, no saldría esta mañana a hacer surf —le aconsejó un lugareño—. Lo mejor que puede

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hacer hoy es coger su tabla e irse a casa a descansar». La pareja decidió hacer caso al lugareño y regresaron a su habitación del hotel, donde nada más llegar cayeron sobre la cama como dos sacos de patatas; y pese a que consiguieron dormir cuatro horas seguidas, cuando se despertaron, seguían exhaustos.

El segundo intento de la pareja, horas más tarde, también fue digno de nota: el carísimo traje de baño de seda de Agatha, que la cubría desde los hombros hasta los tobillos, quedó destrozado por la fuerza de las olas, lo que obligó a la escritora a correr desesperada a la tienda del hotel, casi desnuda, para comprarse uno nuevo, que, según opinó su marido, le quedaba mejor que el anterior. Cuando volvieron a la playa el día siguiente, notaron que algunos surfistas disponían de un asistente nativo que los acompañaba nadando hasta el arrecife, donde rompían las olas, y, una vez allí, les indicaba cuál era la ola correcta; un método que ella incorporó de inmediato.[N37] La diversión que ese deporte le proporcionaba compensaba con creces la dificultad que suponía «cabalgar» una ola sobre una pesada tabla de madera, enfrentándose a la fiereza del mar. Así, superada esta dura etapa de adaptación, la pareja se dedicó a pasar todo el día sobre olas de vértigo; tantas fueron las horas que estuvieron remando sobre las tablas que llegó un momento en el que la autora comenzó a quejarse de un fuerte dolor muscular en el brazo y el hombro, muy probablemente a causa de una rotura fibrilar, una lesión frecuente en la práctica deportiva, pero también tras un esfuerzo brusco. Archie tampoco salió ileso y tuvo que abandonar la playa cubierto de ampollas en los hombros y la espalda a causa del implacable sol hawaiano. «He probado amenizar sus molestias con aceite de coco, con lechada y luego con pomada de peróxido —le contó Agatha en una carta a su hermana—, pero, al comprobar que nada funcionaba, Archie decidió bañarse en pijama, ignorando las miradas burlonas en la playa». Su estado era tan penoso que la pareja ni siquiera se atrevió a salir a cenar, pues Archie apenas podía soportar el tacto de sus ropas. «Nunca he experimentado algo tan espeluznante como estirar con la mano una larga tira de piel muerta y quedarte con ella entre los dedos».[N38] Para evitar sufrimientos innecesarios, la pareja pasó a bañarse por la mañana temprano o al final de la tarde, un poco antes de la puesta del sol.

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Doloridos y quemados por el sol, la pareja notaba como el peso de la realidad cargaba su crudeza sobre ambos. El idílico paraíso en el que vivían frugalmente era mucho más caro de lo que habían imaginado; sus provisiones se iban agotando y aún les quedaba más de un mes de viaje. «Cualquier cosa que comieras o bebieras te costaba tres veces lo que pensabas que iba a costarte. Alquilar la tabla de surf, pagar al chico… Aún teníamos que ir a Canadá, y las mil libras de Archie menguaban a ojos vista». Preocupados con que el dinero no les alcanzase, la pareja decidió alquilar un pequeño bungaló que les costaba la mitad, y así pasaron todos los días en la playa practicando surf. «Poco a poco, nos fuimos convirtiendo en unos expertos —se jactaba la novelista, aunque luego matizó—, al menos desde el punto de vista europeo». Y hablando de estereotipos, a Agatha le sorprendieron sobremanera las hawaianas, pues las había imaginado como unas criaturas de belleza exquisita y adeptas a una dieta basada en pescados y frutas. «No podía acercarme a ellas debido al fuerte olor a aceite de coco con el que todas se untan y tampoco podía imaginarme que su comida fuera unos enormes estofados. Su pasión por la carne estofada me chocó muchísimo». A finales de agosto, sus vacaciones llegaban a su fin, y la pareja abandonó el archipiélago rumbo a Canadá, donde se reincorporarían a la expedición con cierta desgana, puesto que los honorarios de Archie disminuían a marchas forzadas. «Teníamos aún que llegar a Canadá y nuestros ahorros se esfumaban a toda velocidad; y aunque nuestros billetes de barco estaban ya pagados, faltaban los gastos de estancia durante la gira por Canadá. Sea como fuese, procuramos olvidar las preocupaciones y continuamos practicando surf desesperadamente mientras pudiéramos».[N39]

Para entonces, la pareja ya acusaba no solo la fatiga del viaje, sino además un profundo hartazgo hacia Belcher que apenas podían disimular; este gruñía por las vacaciones que se habían cogido. «Holgazaneando todo el tiempo, sin hacer nada. ¡Qué barbaridad! Es increíble cómo se estropean las cosas, pagando a la gente por no hacer nada», protestó, olvidándose de que él se había estado divirtiendo en Nueva Zelanda con sus amigos, a quienes lamentaba dejar.

El 17 de septiembre, la expedición llegó a Victoria para dar inicio a la última etapa del viaje, que incluiría Calgary, Edmonton, Regina, Toronto y

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Winnipeg, permaneciendo solo dos días en cada ciudad. En Winnipeg, Archie acompañó a Belcher a una inspección que tenían previsto hacer en unos silos de grano, tarea por la que su mujer consideraba sumamente arriesgado para una persona que sufría de sinusitis. Y no se equivocó. Al regresar al hotel por la tarde, Archie presentaba un estado tan lastimoso que tuvo que quedarse en cama, desatando (una vez más) la ira de Belcher que no mostró comprensión alguna por el estado de su compañero. El médico del hotel le diagnosticó una congestión pulmonar grave y le recomendó reposo absoluto durante una semana. La ligera fiebre, que desde horas antes le había asaltado, llegó a alcanzar los cuarenta grados por la noche y, por si fuera poco, le sobrevino un inesperado brote de urticaria. «Fueron unos días terribles; nunca había visto a un hombre tan enloquecido con aquella terrible urticaria. Al tercer día, el médico llamó a otros colegas para que lo examinaran. Se colocaron a ambos lados de la cama con expresión seria, sacudiendo la cabeza y diciendo que era un caso grave. Por fortuna, al cabo de unos días, Archie tuvo fuerzas para levantarse; estaba casi sin fiebre y la urticaria prácticamente había desaparecido».

En Winnipeg les sobrevino un inesperado percance que enfureció a Belcher: la coincidencia de la llegada del gobernador general había motivado que Belcher y su misión quedaran un tanto desatendidos. Se negó a salir de su habitación y se pasó el día dictándole a Bates un colérico artículo para el Daily Telegraph sobre «Winnipeg, la ciudad yanqui», tras lo cual decidió proseguir el viaje llevándose consigo solo a Bates. Agatha, desesperada por la escasez de dinero, se quedó sola cuidando de su marido, intentando sobrellevar un acusado dolor en el cuello y el hombro que padecía desde sus últimos días en Honolulu. «Si hubiese sido sensata, hubiese cuidado el brazo y dejado el surf, pero nos quedaban tan solo tres días de vacaciones y no estaba dispuesta a desaprovecharlos».[N40]

Como el dolor no daba tregua, la autora decidió buscar auxilio médico, pero lo único que le dieron fue un ungüento para que se frotara el codo, lo que no menguó las molestias, cada vez más acuciantes. Si la condición física de la pareja era penosa, peor era su situación financiera. En consecuencia, tuvieron que adoptar una serie de medidas, y pasaron a comer todo lo que ofrecía el menú del desayuno del hotel, que estaba

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incluido, complementando su dieta con tazas de agua hirviendo en las que disolvían una cucharada de extracto de carne, una de las mezclas más asquerosas que Agatha había probado nunca.[N41] Mediante estas medidas drásticas, y aprovechándose cuanto podían de los banquetes y recepciones oficiales de la agenda de la expedición, la pareja logró sobrevivir a duras penas el resto del viaje, que, desde Victoria, en la costa oeste, habría de llevarles a Ottawa cruzando todo Canadá. «En Winnipeg fui especialmente afortunada, pues la hija de uno de los dignatarios locales me llamó y me invitó a comer a un hotel muy caro. Fue una comida gloriosa. Acepté todos los platos que me ofrecieron. Mi anfitriona comió con bastante moderación. No tengo ni idea de lo que pensaría de mí».[N42]

Una vez Archie se hubo restablecido, se reunieron con Belcher y Bates para hacer una excursión a las Montañas Rocosas, y a Banff, donde Agatha decidió probar las aguas sulfurosas con la esperanza de aliviar los persistentes dolores del brazo izquierdo y del cuello. Cada mañana se sumergía en ellas y nadaba sin esforzarse demasiado hacia un chorro de agua caliente que caía de un arroyo que olía intensamente a azufre. Al cuarto día de tratamiento, los dolores desaparecieron por completo.

Con su marido recuperado, Agatha retomó sus planes de conocer las cataratas del Niágara, y desde allí trasladarse a Nueva York para pasar una semana con su tía Cassie antes de regresar a casa. Archie, que tenía que cumplir una serie de compromisos junto a Belcher, se dirigiría a Ottawa, donde se quedaría una semana, ya que allí se encontraban los más importantes órganos del Gobierno. Por aquel entonces, tanto Archie como Agatha estaban hartos del viaje. «Estamos deseando regresar a casa, y cuanto más marea la perdiz el Gobierno, más largo se nos hace, pues Terranova y Nueva Escocia están aún por visitar», le escribió Agatha a su madre en una larga carta fechada el 19 de octubre; y contempló incluso la posibilidad de embarcarse hacia Inglaterra antes que los restantes miembros del grupo, tan grande era el deseo de volver a estar con los suyos.

Al llegar a Montreal, el grupo se separó. Archie se fue con Belcher a visitar criaderos de zorros y Agatha tomó un tren rumbo a Nueva York para encontrarse con su tía Cassie. Su estado de ánimo no era de los mejores; estaba sin dinero, se sentía debilitada por su maltrecha nutrición y

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además le angustiaba pensar que Archie pudiera enfermar de pulmonía

—había llegado el invierno y las temperaturas se habían desplomado—. El encuentro con su tía Cassie, sin embargo, resultó muy agradable y le hizo olvidar temporalmente sus penurias: Agatha se enteró de las juveniles hazañas de su padre en Nueva York y disfrutó de los mejores restaurantes. No obstante, al cabo de una semana, empezó a sentirse, usando sus propias palabras, «como un pájaro enjaulado», porque su tía no le dejaba explorar la ciudad a solas, que era lo que ella deseaba, aunque, como regalo de despedida, la llevó a un lugar que por aquel entonces era completamente desconocido para los ingleses: las cafeterías de autoservicio. «A mi tía le pareció un deseo un tanto peculiar, pues nunca pudo imaginar que alguien deseara tan ardientemente ir a una cafetería, pero, como quería mucho complacerme, me llevó a una. Fue una experiencia de lo más divertida, pues nunca había ido a un sitio donde te dieran una bandeja y te encargaras tú misma de llenar el plato con las opciones de comida que ofrecían en un aparador».

Nota del autor

En el siglo XVIII, con Estados Unidos aún formándose como nación independiente, la cultura inglesa todavía estaba muy presente, por lo que el té era la bebida más consumida. Pero a raíz del delicado clima político y las tensas relaciones con Europa, el té acabó por convertirse en un producto antipatriótico, así que las amas de casa empezaron a infusionar café. Poco a poco, la bebida fue ganando adeptos entre los distintos grupos sociales, sobre todo a partir de la guerra civil americana, cuando los soldados elevaron su popularidad. En Estados Unidos, el café se preparaba con métodos de filtro recreando la infusión de té; más tarde, apareció la cafetera estilo prensa francesa y el percolador, que daban resultados de calidad algo dispar, lo que explica, quizá, la razón por la que el café americano es tan aguado. El té, sin embargo, siempre fue la bebida por excelencia en Inglaterra y sigue, hoy día, en los rincones más profundos del ADN británico. Su consumo se remonta al siglo XVIII, cuando los ingleses empezaron a cosechar el té robado de China en las tierras indias

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en su dominio. Así, poco a poco, tomar té, a las cuatro de la tarde, se convirtió en un ritual cuyo «templo» es el salón de té, un lugar ideado a finales del siglo XIX por una conocida aristócrata escocesa llamada Catherine Cranston. Su primer salón, abierto en Glasgow, ofrecía un ambiente de aire elegante a las reuniones sociales de la época, sobre todo para las mujeres, pues hasta entonces no había un lugar en el Reino Unido donde pudiesen reunirse a compartir una charla amena mientras degustaban una taza de té. La idea tuvo muy buena aceptación y en poco tiempo este tipo de salones se multiplicó por todo el país, convirtiéndose en el lugar de excelencia para disfrutar de una de las costumbres más emblemáticas. Para una joven con aires aristocráticos como Agatha Christie, acostumbrada a que le sirvieran el té en la mesa, tener que servirse ella misma con una bandeja en las manos fue, sin lugar a dudas, una experiencia bastante peculiar.

Archie y Belcher terminaron sus ocupaciones en Canadá a tiempo para llegar a Nueva York y reencontrarse con Agatha. Al día siguiente, embarcaron en el Majestic (y no el Berengaria, como la novelista recordaría por equivocación en su autobiografía) rumbo a Inglaterra, donde llegaron el 1 de diciembre tras una parada técnica en la isla de Madeira. Al igual que el resto de sus compañeros, la autora se moría por pisar suelo inglés, y no pudo contener las lágrimas en el momento en el que avistó tierra. «Viajar para mí era como salir de una vida y meterse en otra poblada de personajes a los que nunca había visto antes, y que con toda probabilidad no volvería a ver jamás». Christie había renunciado a su hija durante demasiado tiempo, pero, según sus propias palabras, este era el precio que pagaban los verdaderos viajeros. «Como un vikingo, que se ha metido en un mundo de aventuras en tierras extrañas y para quien el hogar no es el hogar hasta su regreso».[N43] No obstante, al encontrarse con su hija, la autora vio confirmados sus peores temores: Rosalind no solo no la reconoció, sino que además no paró de preguntar por su tía Punkie —así se refería a su tía Madge—, que tuvo que enseñarle a Agatha lo que a Rosalind le gustaba hacer, comer y vestir. Pasado el disgusto inicial, la autora se lo tomó con naturalidad, sobre todo porque ya lo preveía. Por

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mucho que se hubiera esforzado en acortar distancias con sus frecuentes cartas, Rosalind era demasiado pequeña para entender por qué sus padres se encontraban tan lejos de casa; y con el paso del tiempo los acabó reemplazando, inevitablemente, por las figuras maternas que tenía alrededor.[N44]

La Exposición Colonial del Imperio Británico abrió sus puertas en el estadio de Wembley el 23 de abril (Día de San Jorge) de 1924, para festejar la onomástica del rey Jorge V. Pudo ser visitada ese año durante seis meses —y nuevamente en 1925, en respuesta a la demanda popular—. Según datos oficiales, la visitaron veinte millones de personas, una cifra asombrosa. Su coste ascendió a 2 200 000 libras, que sufragó en gran parte el Gobierno británico. El éxito de aquella operación propagandística fue tal que Francia se apresuró a repetir la jugada, gestionando su propia exposición colonial en 1931. Vista con perspectiva, la gira resultó una experiencia excitante; y no tanto porque el imperio fuese ya de por sí interesante —los lugares que Agatha visitó solo aparecían en los libros de aventura y ciencia ficción—; además, sus habitantes y sus exóticas costumbres eran un espectáculo digno de mención. No es exagerado afirmar que este viaje alrededor del mundo la inspiró el resto de su vida. Muchos de estos viajes aparecen en diferentes novelas, aunque alguna tenga lugar en Torquay o en la campiña inglesa.

Con respecto al pintoresco mayor Belcher, no cabe duda de que, sin su presencia, la expedición hubiese resultado bastante más monótona, pero también menos propensa al desastre y a los inesperados cambios de planes. Con su carácter caprichoso y extravagante, Belcher fue capaz de extraer lo peor de las personas (y las mejores tramas de Agatha Christie). La novelista se había prometido no volver a dirigirle la palabra, pero fue incapaz de resistirse a los encantos de un hombre al que todos amaban odiar. Los dos tuvieron la oportunidad de reencontrarse en diversas cenas y, cuando esto ocurría, solían recordar las múltiples incidencias que habían vivido durante el viaje. Agatha, que no perdía la oportunidad de espetarle, le decía: «En algunas ocasiones, te comportabas de forma atroz, ¿lo sabes?», a lo que Belcher contestaba: «No diría tanto; sin embargo, soy así, y tú lo sabes».

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El retorno de los Christie a Inglaterra podría haber sido igual de prometedor, pero la realidad pronto mostró su desagradable rostro. El puesto de Archie ya había sido ocupado por otra persona, lo que suponía la necesidad de encontrar un nuevo trabajo con rapidez, antes de que el alquiler, las facturas y los demás gastos domésticos empezaran a asfixiarlos. Esta búsqueda, sin embargo, pronto se mostró infructífera y desesperante. Archie había recorrido todas las oficinas de la City y se había reunido con las personas que podían ofrecerle alguna posibilidad de empleo, pero la crisis de la posguerra había conducido al país a una terrible recesión que no se superaría hasta 1924. Ante este panorama poco esperanzador, su esposa se convirtió en la proveedora de familia, gracias a las rentas heredadas de su abuelo y los derechos que recibía de sus libros. Semejante panorama resultaba desesperanzador para Archie, que se fue volviendo irritable e imprevisible. La simple presencia de su mujer empezó a resultarle insoportable porque le hacía recordar su fracaso. Como consecuencia, la convivencia diaria se volvió tensa y esquiva. Hablaban solo lo imprescindible y con frases entrecortadas, aunque trataban de ensayar algún gesto amable. Para Agatha, resultaba doloroso pensar que, pocas semanas antes, se encontraba surfeando con su marido sobre las olas de Honolulu como si los problemas y las preocupaciones se hubiesen desvanecido por arte de magia. Ahora, la realidad cotidiana se le antojaba realmente fatigosa; tanto que hubo un día en el que Archie pidió a Agatha que se fuera con Rosalind a vivir con su madre durante un tiempo en Ashfield, propuesta que le sorprendió sobremanera: «Pero yo quiero estar junto a ti; quiero sobrellevar todo esto contigo, ¿es que no podemos compartir la situación juntos? ¿Es que no puedo hacer nada?». Lo único que Agatha podría hacer para amenizar la situación era buscarse un empleo, tarea nada sencilla en los años de posguerra, sobre todo para las mujeres. La autora se negó a marcharse, despidió a las criadas para ahorrar y se puso ella misma a limpiar y cocinar. «Me mantuve tranquila y permanecí un poco alejada de Archie, pues era la única actitud que le calmaba».

Archie acabó consiguiendo un puesto de trabajo, aunque tenía ciertos resquemores sobre la firma que le había contratado por los rumores de su dudosa reputación. Agatha, por su parte, trató de tranquilizarlo, diciéndole

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que ya tenía un borrador de una nueva novela bastante avanzado, y que con ello lograría aportar algún dinero para el presupuesto familiar.[N45] Las larguísimas travesías oceánicas de la gira le permitieron a la autora tomar un buen número de notas con las que pudo esbozar el argumento principal de su siguiente obra, una novela de misterio concebida en una conversación oída de pasada en la que hablaban de una tal Jane Fish, un nombre que le llamó tanto la atención por su sonoridad que decidió usarlo para una de las protagonistas. Las novelas que Agatha Christie escribió trataban con bastante frecuencia de ciertos aspectos del mundo que conoció y vio, y sus personajes eran un reflejo de las personas con quienes trataba en su día a día: militares, curas, solteronas, viudas y médicos. La novelista era una observadora natural, y sus descripciones de la rutina de un pueblo, las rivalidades vecinales y los celos familiares son, a menudo, increíblemente precisos. Su nieto, Mathew Pritchard, describió a su abuela, cierta vez en una entrevista, como «una persona que escuchaba más de lo que hablaba, que veía más de lo que era vista».

Titulado El misterioso señor Brown, su nuevo trabajo literario narra la historia de Jane Finn, una joven desaparecida tras el hundimiento del navío RMS Lusitania, en plena Primera Guerra Mundial (hundimiento real, por cierto: el barco fue torpedeado por los alemanes, y murieron más de mil personas). Su desaparición hace saltar todas las alarmas porque ella tenía bajo su poder documentos con informaciones muy comprometedoras para Inglaterra y los países aliados. En este contexto aparecen dos nuevos protagonistas, Tommy y Tuppence, quienes, después de un tiempo sin saber el uno del otro, se encuentran casualmente en la estación de metro de Dover Street. El mundo acaba de presenciar el final de la Primera Guerra Mundial y el trabajo es muy escaso. Después de una larga conversación, ambos reconocen su precaria condición financiera, por lo que deciden convertirse en detectives, sin más preparación que la firme voluntad de serlo. Tommy, que se deja llevar por todo lo que Tuppence dice, no se opone demasiado a la propuesta y, juntos, inician su propia compañía profesional de aventureros, «dispuestos a hacer lo que sea», y rápidamente encuentran un trabajo: encontrar a Jane Finn y sus valiosos papeles. Pronto se darán cuenta de que no estarán solos en esta búsqueda, pues en la sombra opera un hombre que se hace llamar a sí mismo Sr. Brown (que da

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nombre a la obra en la versión en español). Nadie sabe quién es y cómo trabaja, pero lidera una organización muy poderosa que no solo quiere los documentos perdidos, sino que debe sacar a Tommy y a Tuppence de su camino. No se trata de una historia policíaca, sino de espías, y aunque Agatha Christie tuvo el mérito de no repetir el patrón de su trabajo anterior, hubo críticos que apuntaron una cierta inocencia en su narrativa al no profundizar (o no querer hacerlo) en el lado «oscuro» del espionaje, que en las obras clásicas del género se caracteriza por sus asesinatos, traiciones y espeluznantes sesiones de tortura para sacar información. La crítica de la época llamó la atención sobre este hecho y hubo quien dijo que la autora trivializó la historia para hacer olvidar un poco lo terrible que había sido la guerra y sus consecuencias. Es necesario, sin embargo, poner los hechos en perspectiva y tener en cuenta que se trataba de su segunda novela, por lo que era natural que aún no tuviera experiencia suficiente como para explotar su talento en las tramas complejas. Si a algunos críticos la trama les pareció floja, no se puede decir lo mismo de Tommy y Tuppence, que debutaban en esta obra. Ambos formaban una pareja carismática y llena de vida que se complementaba de manera perfecta y que movía la trama con diálogos ingeniosos y escenas que dejaban al lector sin aliento. Consciente de la fuerza de estos personajes, Agatha les dedicaría una saga propia, compuesta de cuatro novelas largas y un libro de episodios cortos. Las historias, obedeciendo al estilo de la trama original, no son casi nunca de carácter puramente policíaco; más bien son

intrigas de aventuras y de espionaje —incluso en las tramas donde se introdujo algún «crimen doméstico», este acaba siempre mezclado con asuntos de espionaje—. Aunque Christie disfrutó mucho escribiendo sus historias, la pareja formada por Tommy y Tuppence no logró despertar demasiadas pasiones entre sus lectores, que preferían las aventuras de Poirot y Miss Marple.

Nota del autor

Agatha Christie solía recibir una gran cantidad de cartas de sus seguidores (que eran filtradas por su agente, Edmund Cork, si bien a la autora le

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interesaba lo que le escribían, sobre todo si se trataba de deslices u omisiones hallados en sus libros). Algunas cartas, incluidas las más extravagantes, las contestaba personalmente, como la de un maquinista de Nueva Zelanda que quería saber cómo se pagaban las comidas en el Orient Express o la de un lector japonés que necesitaba ayuda para completar su compilación sobre «la vida de la señora Marple». También había misivas con preguntas más triviales; «¿Por qué escogió usted a una encantadora anciana como su segundo detective?», le preguntaba un admirador de Margaret Rutherford; «por ninguna razón en especial», contestó Agatha con firmeza, pues solía responder a este tipo de preguntas con escasas contemplaciones. De todas estas cuestiones, había una que era muy recurrente: «¿Cuándo escribirá una aventura protagonizada por Miss Marple y Hércules Poirot?». Para dejar esta cuestión solventada, la autora prefirió contestarla en su autobiografía: «¿Por qué habría de hacerlo? Estoy segura de que no les satisfaría en absoluto. A Hércules Poirot, el egoísta total, no le agradaría que una vieja solterona le dijera lo que tenía que hacer. Es un detective profesional que no se encontraría a gusto en el mundo de la señorita Marple. No, son dos estrellas, y lo son por derecho propio. No dejaría que se encontraran a menos que sintiera una necesidad súbita e inesperada de hacerlo».[N46] Tal y como explica la autora, el problema de reunir a sus dos personajes más emblemáticos reside en el hecho de que cada uno tiene su forma de trabajar, y su orgullo personal les llevaría a conflictos interminables. Poirot es un profesional, al contrario que Miss Marple, una anciana solitaria, curiosa y amante de los enigmas. El detective belga suele obtener información relevante a través de sus contactos en la policía local y Scotland Yard, mientras que el universo de Miss Marple no va más allá de los límites de su pueblo. Además, sus métodos de investigación son dispares: Poirot es eminentemente cerebral y hace uso de sus células grises como herramienta para dar con la explicación del enigma, en tanto que Miss Marple se fija más en las oscuras pasiones del hombre y en las debilidades del corazón, además de utilizar el cotilleo y el chismorreo para obtener la información que necesita, una técnica que Poirot despreciaría. La única ocasión en la que Miss Marple y Poirot pudieron verse las caras fue en la celebración por el centenario del nacimiento de Agatha Christie, que tuvo lugar en Torquay

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en 1990. El evento reunió a una multitud de seguidores que no quería perderse un épico encuentro que jamás volvería a producirse, sobre todo porque los personajes estaban en la piel de sus intérpretes más conocidos: David Suchet y Joan Hickson.

John Lane aceptó el manuscrito de El misterioso señor Brown para publicarlo en 1922, una época especialmente productiva para Agatha Christie, que lanzó pocos meses después su tercera incursión en la novela policíaca, Asesinato en el campo de golf, que marca el retorno de Hércules Poirot y de un asesinato que se resuelve al margen de la ley; en concreto, un caso bastante misterioso y un tanto complicado de resolver. Poirot deduce el modus operandi porque se trataba de una repetición de un asesinato anterior, lo que demuestra su teoría favorita de que la naturaleza humana no cambia. «El hombre es un animal sin originalidad (…) Si comete un crimen, cualquier otro crimen que cometa será muy parecido al primero. El asesino inglés que se deshacía de sus sucesivas esposas ahogándolas en sus baños es un ejemplo adecuado. Si hubiese variado sus métodos, no habría sido descubierto aún. Pero obedeció a las reglas ordinarias de la naturaleza humana, pensando que lo que le había salido bien una vez le saldría bien otras, y hubo de pagar la pena de su falta de originalidad». En esta obra, la autora nos muestra con una admirable eficacia la forma de actuar de la policía y sus escasos recursos.[N47] En aquella época, la ciencia forense apenas existía y no había ningún cuidado de preservar el lugar del crimen, que solía convertirse en un escenario caótico donde las pruebas desaparecían, el entorno era manipulado de manera deliberada y la presencia de curiosos indeseables era una constante. En ese sentido, es interesante ver cómo han cambiado las cosas y qué poco fiables debían ser las sentencias criminales cuando no existía confesión.[N48] «Asesinato en el campo de golf se alejaba ya bastante de las novelas de Sherlock Holmes, y estaba influida, creo, por El misterio del cuarto amarillo —explicó la autora, acerca de su obra—. Tenía ese estilo imaginativo y de altos vuelos característico de dicha novela. Cuando uno empieza a escribir, se deja influenciar mucho por el último autor que haya leído y le haya gustado».[N49]

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Asesinato en el campo de golf sería la primera de muchas batallas que la autora tendría con sus editores respecto a ciertos aspectos relacionados con su producción. En el caso de esta obra, Agatha no estaba de acuerdo con la portada que habían diseñado —bien sabía ella, por aquel entonces, que el diseño de las cubiertas de sus obras sería objeto de incontables discrepancias con sus editores a lo largo de su carrera—. Los colores le parecían horribles, estaba mal dibujada y representaba, a su juicio, a un hombre en pijama en un campo de golf que se moría de un ataque de epilepsia. «La portada de un libro puede no tener nada que ver con el argumento, pero si hace referencia, lo mínimo exigible es que no lo falsee».[N50] Aunque Agatha tuvo que aceptar los criterios de la editorial, pues no podían desechar los miles de ejemplares que ya se habían producido, acordaron que, en el futuro, se le permitiría ver la cubierta con antelación. Christie era extremadamente perfeccionista con sus obras y ya había tenido una «diferencia» con la revisora de The Bodley Head con ocasión de El misterioso caso de Styles, sobre la correcta ortografía de la palabra cacao. Según las normas de la editorial, la ortografía oficial para dicha palabra era coco, algo que resultaba absurdo para la autora, pero como el criterio que prevalecía era siempre el del profesional encargado de la revisión final, Agatha Christie no tuvo más opción que resignarse y aceptar su decisión. «Para colmo, después de publicada la obra, empecé a recibir muchas cartas echándome la culpa, lo que no carece de lógica, puesto que es mío el nombre que aparece en la cubierta del libro. Uno de los lectores envió una iracunda crítica diciéndome cosas como “no comprendo por qué escribe usted la palabra cacao como coco. Es evidente que no tiene ni idea de ortografía”. El comentario era injusto. Es posible que mi ortografía no fuera perfecta —ni hoy puedo jactarme de ello—, pero en aquel caso la culpa no era mía. Lo que pasaba es que tenía un carácter débil, era mi primer libro y suponía que ellos tendrían más conocimientos que yo».

En aquel tiempo, la singularidad de Poirot ya se notaba entre los lectores, lo que animó al editor de la revista Sketch a encargar una serie de doce historias cortas con el detective belga como protagonista. Christie

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empezaba a trillar el camino recorrido antes por su hermana mayor cuando esta había vendido los derechos de sus ingeniosos y divertidos Vain Tales a la revista Vanity Fair. Puede que, en un primer momento, Agatha no hubiera tenido la intención de convertirse en una autora de éxito, pero ahora que empezaba a serlo, se dio cuenta de que era lo que siempre había deseado. Aunque sus primeras obras no fueron tan buenas como las que lograría escribir con posterioridad —una opinión compartida por muchos de sus seguidores—, el esfuerzo realizado para desarrollar doce nuevas tramas fue asombroso y, sin duda, le sirvió como un excepcional ejercicio para desarrollar su talento narrativo.

Primera imagen conocida de Tommy y Tuppence. Ilustración de Arthur Ferrier para la revista The Grand Magazine (1923).

«Estaba empezando a darme cuenta de que quizás podría ser escritora profesional. No estaba segura todavía, pues aún creía que

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escribir libros era tan solo dar un paso más allá de bordar cojines del sofá».

Agatha Christie, Autobiografía.

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VII

EDMUND CORK

«No hay nada más agotador en el mundo que la persona que siempre tiene la razón».

AGATHA CHRISTIE

Desde el punto de vista económico, el periodo comprendido entre 1923 y 1926 fue relativamente próspero para los Christie, después de un comienzo difícil y con más altibajos de lo que habían previsto. La actitud de Agatha para con el oficio de escribir cambió de forma radical; consciente de su talento, deseaba abandonar el rol de aficionada anónima y colaboradora esporádica de revistas para convertirse en una autora profesional. Como las reglas del género policial eran obvias, cualquiera podía escribir si tenía algo de ingenio y se apegaba a ellas. Para Christie, escribir ficción era una actividad pasajera, pero no una preocupación casual. Sin embargo, sus primeros títulos se vendieron bien y ya surgía un todavía modesto pero creciente grupo de lectores que deseaba disfrutar de la siguiente aventura de misterio que saliera de su pluma. Pero la cruda realidad le obligó a centrar sus preocupaciones en asuntos de otra índole. Archie se encontraba

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en el paro, y la escasez de oportunidades laborales acabaría por provocarle la inevitable ansiedad de un hombre que se veía abrumado por una marea de dificultades, casi todas derivadas de un viaje alrededor del mundo que no solo no le proporcionó el retorno financiero esperado, sino que además lo agotó física y mentalmente. Ahora se sentía humillado por no tener trabajo y, además, tenía que soportar las miradas de reproche nada disimuladas por parte de su suegra. Años más tarde, Agatha Christie reproduciría un pasaje de esta época en La carga (1956), una novela romántica en la que el joven y glamuroso Henry padece una severa crisis de ansiedad y vuelca todas sus frustraciones en su siempre comprensiva esposa Shirley, quien trata de apoyarle de forma incondicional.

Llegó 1923 y, para alivio del matrimonio, su inestable situación sufrió una sensible mejora: Archie consiguió un puesto de trabajo muy bien remunerado en el mercado bursátil gracias a la intervención de un viejo amigo llamado Clive Baillieu, por lo que la pareja fue recuperando la estabilidad que desde hacía tiempo añoraba. Agatha, por su parte, contrató un pequeño equipo de empleados y una niñera que se ocupara de Rosalind, y justo cuando creía haber recuperado la tranquilidad necesaria para imaginar nuevas tramas y personajes para sus novelas, se dio cuenta de que la niñera, a la que Rosalind llamaba Cucú, no estaba lo suficientemente preparada para ocupar ese puesto, y permaneció muy poco tiempo. En su autobiografía, recuerda los esfuerzos de Cucú para «competir» en igualdad de condiciones con las otras niñeras que se reunían cada mañana, con sus respectivos niños, en Kensington Gardens. Cucú se sentía avergonzada por el carrito de Rosalind, ya que, a su juicio, estaba muy anticuado en comparación con los demás. «La niñera y yo teníamos una batalla permanente a causa del carrito de Rosalind. En su momento lo compramos ya de segunda mano. Era bastante bueno, sólido y confortable». Cucú, por su parte, trataba de explicar que cada uno o dos años los fabricantes sacaban una nueva línea y le daban una nueva apariencia; de pronto, Agatha se dio cuenta de que su niñera formaba parte de una especie de «hermandad» de niñeras que se reunían todas las mañanas con sus pequeños para que tomaran un poco el sol, pero lo que hacían en realidad era comparar una serie de aspectos relacionados con su situación laboral, la condición financiera de sus jefes y hasta el tamaño de

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las habitaciones donde dormían. «El bebé tenía que estar bien vestido, a la última moda, o la niñera se avergonzaba. Por ahí no había problema. Los vestidos de Rosalind venían de Canadá y eran el dernier cri en ropa infantil; no obstante, en lo referente a la elegancia del carrito, la pobre Cucú estaba, lamentablemente, muy por debajo del nivel apropiado y nunca perdía la ocasión de recordármelo, pero nuestra situación económica era bastante mala y no estaba dispuesta a gastarme una importante suma de dinero con la única intención de mejorar la autoestima de la niñera».[N1]

Poco tiempo después, Cucú dimitió de su puesto para tratarse un cáncer de mama que le habían detectado en un examen de rutina. Su sucesora, miss White, a la que Rosalind llamaba Site, fue bastante más eficiente y, aunque contaba con tan solo diecisiete años, era muy audaz y sabía cuándo imponer su autoridad sobre Rosalind y cuándo podía bajar la guarda y acompañarla en sus juegos. La estancia de Site fue breve (la habían llamado para trabajar en el extranjero) y su puesto fue ocupado por una institutriz suiza recomendada por Madge llamaba Marcelle. Era tímida, permisiva e incapaz de controlar a Rosalind, que, sin control ni dominio, se volvió más rebelde y traviesa. «Marcelle tenía la estúpida costumbre de intentar apaciguar a Rosalind con bombones, que era lo peor que podía hacer. La niña, como era de esperar, los aceptaba, agradeciéndoselo educadamente, pero al cabo de dos minutos se comportaba peor que nunca. Se quitaba los zapatos y se los tiraba a la niñera, le hacía muecas y se negaba a comer lo que le ponían». Marcelle duró poco más de un mes y acabó volviendo a Berna.

En sus memorias, Agatha confesaba que ansiaba repetir con Rosalind la relación de adoración mutua que tuvo con su madre; quería abrirle las puertas al mundo de la fantasía y contarle las nuevas aventuras de princesas y dragones que bullían en su mente. Sin embargo, a veces le costaba congeniar con su propia hija, sobre todo cuando se ponían a jugar. La niña tenía un carácter muy objetivo y pragmático, al contrario que su madre, más imaginativa y soñadora. Para Agatha, por ejemplo, una escoba podría convertirse en un unicornio, un avión o cualquier cosa que su imaginación hubiera podido concebir, mientras que para Rosalind una escoba era una escoba y no había que darle más vueltas; eso creaba serias dificultades para entretenerla. Si por un lado Agatha no entendía como la

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niña era incapaz de crear un mundo maravilloso de fantasías, Rosalind, por su parte, no comprendía que su madre pudiera imaginar un objeto de una manera diferente de lo que era en realidad. «Cuando cumplió cinco años, me daba perfecta cuenta ya de que era mucho más eficiente que yo. Pero, por otro lado, no tenía ninguna imaginación. Para Rosalind, las cosas tenían que ser reales. Al contrario que a mí cuando era pequeña, no le gustaban los cuentos de hadas. “Todo esto no es real —me decía, protestando—. Son personas que no existen, cosas que nunca suceden”». Puede ser que Agatha y Rosalind nacieran con temperamentos muy diferentes, pero lo cierto es que también fueron educadas en circunstancias muy distintas, y para Agatha era natural pensar que podría reproducir en Rosalind su infancia, representando ella el papel de Clara.

«No sé si en realidad fracasé rotundamente con Judy. Aunque, a decir verdad, ignoro asimismo si ella me quiere o no. Hice, pues, lo que pude; y, como la quería, opté por que ella hiciera lo que quería hacer. No podía someterla a la violencia de imponerle mis puntos de vista. Creí más oportuno dejarle ver que estaba allí si llegaba a necesitarme. Pero, sabe usted, no pareció sentir necesidad de mí. La clase de persona a la que pertenezco sirve de poco al tipo de persona que ella es. Solo para cosas materiales… La quiero. Tanto como quise a su padre. Pero no puedo decir honradamente que la entiendo».

Extracto de Retrato inacabado,

novela escrita por Agatha Christie en la que se supone que Judy es

Rosalind.

Mientras buscaba una nueva institutriz para Rosalind, Agatha intentaba centrarse en el argumento de su nuevo libro, imaginando tramas y esbozando posibles combinaciones de personajes y situaciones. Durante la gira mundial que hizo con Belcher por las colonias británicas, la autora ya había remitido a John Lane una colección de relatos protagonizados por

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Hércules Poirot que recibiría el título de Poirot investiga. Estos relatos se publicaron en la revista The Sketch; además, Agatha también envió una novela cuyo primer boceto había sido escrito años atrás. «Mi editor decidió no publicarlo junto a los demás —escribió a su madre—, o sea, que lo publicará como un libro independiente». A la vez que entregaba estos textos, finalizaba su nueva novela, El hombre del traje marrón. Originalmente, la obra recibió el nombre de El misterio de Mill House, como forma de complacer al mayor Belcher, que no solo le pidió que escribiera una novela policíaca centrada en su persona, sino que además le exigió que no le convirtiera en la víctima. «Quiero ser el asesino —le dijo mostrando su lado más sarcástico—, puesto que se trata del personaje más interesante de una historia». Agatha atendió a ambas peticiones, pero se vengó de Belcher, ya que presentó al personaje con una personalidad dotada de una desmesurada fanfarronería. Su protagonista es Anne Beddingfield, una huérfana sedienta de aventuras que se convierte de forma inesperada en testigo de un extraño accidente en una estación de trenes de Londres cuando una persona cae sobre las vías y muere electrocutada. De inmediato, un misterioso hombre, haciéndose pasar por médico, registra sus bolsillos, y Anne le persigue sin darle alcance, pero encuentra un papel en el que hay escritas unas cifras y las palabras Kilmorden Castle. Al día siguiente, en el mismo barrio, una mujer desconocida aparece asesinada, y Anne empieza a sospechar que ambos sucesos están relacionados. Durante sus investigaciones descubre que Kilmorden Castle es el nombre de un barco de recreo que se dirige a Sudáfrica; la intrépida joven no duda en embarcarse, siguiendo unas pistas que la llevarán a vivir una increíble historia.

John Lane recibió el manuscrito de El hombre del traje marrón a finales de 1923, y fue en este momento cuando se dio cuenta de lo intratable que se estaba volviendo su próspera autora. «En realidad, ya no era aquella muchacha tan ingenua que quizá le pareciera a mucha gente. Había descubierto muchas cosas sobre el mundo de los escritores y comprendí que debía ser muy cautelosa al firmar los contratos con los editores, en especial con ciertos editores. Ya sabía cómo se aprovechaban de nosotros. Y puesto que estaba al tanto de todo eso, comencé a tratar yo misma mi propio futuro».[N2] Por aquel entonces, cuando solo le faltaba

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entregar una obra para terminar de cumplir con su contrato, la relación que mantenía con su editor había cambiado por completo. Al acceder a las misivas de esta época, se puede constatar que a Christie solo le interesaba tratar tres asuntos, todos intrínsecamente relacionados: algunas cuestiones relativas a la publicación de Poirot investiga, los planes de The Bodley Head para la distribución y promoción de El hombre del traje marrón y los términos de su contrato. En este último punto, la escritora no solo cuestionaba el importe de los anticipos pagados por la editorial y sus derechos de autor para el teatro y el extranjero, sino que además exigía la exclusión de ciertas cláusulas que no le complacían. También hubo discusiones con respecto al diseño de la portada de El hombre del traje marrón. Según Agatha, la ilustración le parecía más bien un asalto en un camino en tiempos medievales que una estación de tren moderna.

Estas tensas cartas demuestran el irreversible deterioro que experimentaba la relación de la novelista con sus editores. Agatha pensaba que le hacían poco caso y, además, era consciente de que John Lane se había aprovechado de su inexperiencia cuando le impuso un contrato que le obligaba a escribir cinco libros a cambio de unos honorarios tan pobres. La autora, que había visto a su padre perder toda su fortuna y arruinarse por pura ignorancia, trataba el dinero con respeto y era una ahorradora disciplinada. Y fue justamente el dinero lo que cambió su actitud hacia su trabajo. Por aquel entonces, la autora había acordado con la revista The Sketch la publicación de El misterioso caso de Styles por entregas, además de una serie de relatos cortos de Poirot a cambio de unos honorarios mucho más elevados que los ofrecidos por John Lane por su primera novela. Fue en este momento cuando Agatha se dio cuenta de se habían aprovechado en su día de su nula experiencia. Sin embargo, no fueron las cláusulas draconianas de su contrato ni los diferentes puntos de vista lo que precipitó el fin de su relación con The Bodley Head. Todo marchaba razonablemente bien hasta que John Lane rechazó el manuscrito de una obra de tintes fantásticos y sobrenaturales que Christie había escrito años antes titulada Visión. La novelista jamás pensó que se lo devolverían, sobre todo porque le estropeaba sus planes para romper con Bodley Head. Había escrito Visión con el único fin de que constituyera la tercera obra prevista en su contrato; Poirot investiga sería la cuarta, y El hombre del

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traje marrón, la quinta. Con eso, lograría su anhelada liberación. John Lane, sin embargo, y para su total beneficio, decidió interpretar las cosas de una forma distinta: no solo no estaba dispuesto a considerar Visión como un libro, sino que, además, se negó a incluir Poirot investiga como una de las cinco obras exigidas por contrato, porque entendía que la obra ya había sido publicada de forma independiente en un periódico. Al comprender que la editorial pisaba arenas movedizas, Agatha decidió utilizar los argumentos de John Lane a su favor en las negociaciones, contrarrestando así la discutible situación de Visión. Lane se mantuvo firme, pero la autora tampoco estaba dispuesta ceder. «No comprendo por qué motivo no considera usted esta obra como uno de los libros estipulados en mi contrato —le escribió en tono de completa indignación

—. El que sea aconsejable o no publicarla es otro asunto (…) Personalmente, me resultará difícil firmar el acuerdo referente a los relatos mientras se especifique que estos no contarán como libro, y no pienso cambiar mi postura sin aclarar primero todo lo concerniente a Visión».[N3] Esta espinosa correspondencia pone de manifiesto lo duro que le resultó tener que lidiar con las mañas de los editores y las trampas del mercado editorial de la época, pero también demuestra que la autora había dejado de ser una neófita temerosa e inexperta para convertirse en una profesional con plena confianza, capaz de sentarse delante de su editor con argumentos directos y con objetivos muy claros en lo que respectaba a sus libros.[N4]

Al final, Agatha consiguió que la editorial aceptara sus demandas, pero tuvo que ceder respecto a Visión. Esta dura negociación, no obstante, provocó que John Lane llegará a la dura conclusión de que él dependía mucho más de su autora que ella de su editor, sobre todo porque su estilo de narrativa atraía a un número cada vez mayor de lectores, que buscaban novelas cortas, de construcción sencilla y lenguaje simple. Además, poseía un talento magistral para el desarrollo de las situaciones y el estudio psicológico de sus personajes. En ese campo no había nadie mejor que Agatha Christie, que se complacía tendiendo pistas falsas y palabras de doble sentido entre líneas, exigiendo de su lector una atención extrema en cada párrafo del relato. Existen novelas en las que sobran párrafos e incluso páginas enteras, pero en las historias de Christie el lector no puede

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prescindir de un punto ni de una coma; cualquier dato en apariencia nimio puede ser vital para el esclarecimiento del misterio. Sus obras carecían de toda pretensión formal o estilística, pero resultaban intelectualmente seductoras, pues estaban dotadas de un estilo sencillo que narraba con vigor una historia de inteligente atractivo, personajes delineados con claridad, tramas con todas las pistas necesarias a la vista del lector y un asesino inesperado a quien se desenmascara en el último capítulo.[N5] Esta fórmula exitosa llamó la atención de las revistas más populares de Inglaterra, como Grand Magazine, Sovereign Magazine y The Story Teller, que pasaron a disputarse los derechos de publicación de sus obras. Ante semejante panorama, John Lane comenzó a murmurar acerca de las condiciones de su próximo contrato.[N6]

Durante las negociaciones, The Bodley Head me propuso romper el viejo contrato y hacer otro nuevo, también para cinco libros, pero con mejores condiciones. Se lo agradecí educadamente y les dije que lo pensaría, pero al final rechacé la propuesta y, aunque no les di una razón concreta, en realidad consideraba que no me habían tratado de modo justo. Más bien se habían aprovechado de mi falta de conocimiento y de mi ansiedad por publicar el primer libro. No me había opuesto en su momento porque fui una idiota. El que no lucha para que le remuneren su trabajo como es debido tiene que ser calificado de esta manera. Pero, por otro lado, ¿hubiera rechazado, si hubiera tenido entonces esta información, la posibilidad de que me publicaran El misterioso caso de Styles? Creo que no. Seguro que hubiera aceptado las condiciones que me ofrecían; lo único que quizás hubiera hecho sería negarme a firmar un contrato tan largo y para tantos libros. Si has confiado alguna vez en alguien que luego te defrauda, ya no lo haces más. Es simplemente sentido común.

Agatha Christie.

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Nota del autor

A mediados de la década de los veinte, Agatha Christie cosechaba los primeros frutos de su carrera profesional, pero entonces surgieron numerosos quebraderos de cabeza. Cierto día, la autora recibió la visita de un inspector de Hacienda que quería comprobar con exactitud el volumen de sus ganancias reales. Como sus ingresos eran insignificantes y tan solo suponían un pequeño complemento para la renta familiar, la escritora no llevaba cuentas ni se molestó en declararlos. «Traté de explicarles que mis ganancias no eran regulares, pues había escrito tan solo tres libros, así que no era exactamente una autora, y todo lo que había recibido no eran más que “beneficios puntuales”, como se les suele llamar». De poco le sirvieron sus explicaciones: la Christie tuvo que explicar el origen de cada penique que había cobrado y, aunque el inspector acabó divirtiéndose con la manera en la que ella llevaba sus cuentas, le recomendó que se tomase las cosas más en serio y pusiese sus asuntos en manos de un gestor. La cuestión de la fiscalidad en Inglaterra siempre ha sido un problema peliagudo para muchos escritores de aquellos años. En su autobiografía, Memorias y aventuras, Arthur Conan Doyle recuerda, con buen humor, el año que presentó a la agencia tributaria británica la primera declaración de la renta de su vida: «lo hice con la única intención de mostrar que no había ninguna necesidad de presentarla. Me la devolvieron con una nota, garabateada en un margen: Muy insuficiente (hacían referencia a la información que les había facilitado). Con un suspiro de lamento y una sonrisa de resignación, escribí debajo: Totalmente de acuerdo (haciendo referencia a mis ingresos) y la devolví. Los funcionarios de Hacienda, que apenas tenían sentido del humor, me llamaron para pedir explicaciones. No había mucho que decirles, y ellos tampoco tenían argumentos para sancionarme, así que todo terminó entre risas y buen ambiente por ambas partes».[N7]

Consciente de su posición de clara desventaja frente a cualquier editorial, Agatha decidió que había llegado el momento de contactar con Hughes Massie, el agente literario que su vecino escritor, Eden Philpotts, la había

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recomendado años atrás. Massie, sin embargo, había muerto, y la reunión se acabó concretando con quien había asumido su puesto, Edmund Cork, un joven elegante y de actitud caballerosa, pero muy directa, tanto que no pudo disimular su asombro al comprobar lo mal que Agatha gestionaba su carrera y los escasos derechos de autor que percibía. Pero más asombrada se quedó Agatha cuando le escuchó hablar de posibilidades con las que jamás había soñado, como derechos cinematográficos, publicación en revistas por entregas y traducción a diferentes idiomas —objetivos ambiciosos pero bastante factibles que hasta entonces parecían más bien ensoñaciones improbables—. Al hallarse frente a un agente tan influyente pero humilde, Agatha se desprendió de cualquier atisbo de nerviosismo y sintió que podía confiar plenamente en Cork, quien la ayudaría a manejar casi todos los aspectos de su vida, tanto en el ámbito profesional como personal. A lo largo de los siguientes sesenta años, Cork se encargaría de gestionar asuntos muy dolorosos de su vida, se presentaría en su nombre ante abogados, agentes e inspectores de Hacienda y la aconsejaría en los intricados acuerdos comerciales con empresarios teatrales y cinematográficos. Agatha confiaba en él no porque se tratara de un hombre extremadamente profesional y correcto, sino porque jamás intentó aprovecharse de esta cercanía y confianza para entrometerse en sus asuntos personales, manteniendo siempre una prudente distancia.

Pero también existían otros factores que sustentaban sus ilusiones: el más importante en este momento, quizás, fuera el éxito que su hermana estaba cosechando con una pieza escrita para teatro titulada El impostor. Su trama comprendía una mezcla de todos los elementos que siempre le fascinaron desde niña: los disfraces, simulaciones, imposturas, fiestas y mucha intriga. Ante su asombro y total incredulidad, el famoso productor Basil Dean accedió a montar su obra, que estrenó el 11 de septiembre de 1924 en el teatro St. Martin’s, cerca de Shaftesbury Avenue, en el West End de Londres. —Por casualidad, se trata del mismo teatro en el que la obra teatral más famosa de Agatha Christie, La ratonera, se encuentra en cartel desde marzo de 1974, manteniendo el récord como el espectáculo escénico con más representaciones ininterrumpidas, con más de veinticinco mil actuaciones—. El impostor duró poco tiempo en cartel, pero llenó a la familia de entusiasmo. Madge y Agatha, que se

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consideraban nada más que un par de muchachas atrevidas sin la menor pretensión de llegar a ningún sitio, comprobaban ahora con asombro que la gente se tomaba su trabajo en serio. Las ilusionaba tanto como las desconcertaba darse cuenta de que habían logrado abrirse camino en el mundillo teatral y literario, tradicionalmente dominado por los hombres. Tal era el estado de ánimo de Christie que pronto se dispuso a proponerle a su marido la idea de adquirir una casita de campo, un viejo sueño que se remontaba a su marcha de Ashfield. Tras una larga búsqueda, se decidieron por una gran casa de estilo victoriano en Sunningdale; estaba compuesta por dos plantas, con tres habitaciones en la primera y otras dos en la de arriba, además de una cocina y un baño. La pareja le puso al inmueble el nombre de Scotswood, y Agatha comenzó a decorarlo a su gusto nada más recibir las llaves.

Teníamos un cuarto de estar grande, con cortinas de cretona de color lila hechas por mí. Las del comedor, en cambio, eran bastante caras, porque nos habíamos enamorado de ellas y de sus tulipanes sobre un fondo blanco. Las de la habitación de Rosalind y Site eran de margaritas y ranúnculos. En el piso de arriba, Archie tenía un vestidor que además servía de cuarto de invitados de emergencia;

las cortinas eran de colores muy violentos —amapolas escarlata y liebrecillas azules—; para nuestro dormitorio escogí unas con campánulas; no fue una elección realmente acertada, pues la habitación estaba orientada al norte y pocas veces entraba el sol. El único momento en que estaban de verdad bonitas era cuando una se quedaba en la cama a media mañana y veía pasar la luz a través, o durante la noche, con el azul ligeramente más pálido.[N8]

La elección del matrimonio por este pequeño pueblo vino determinada por la excelente oferta de trenes a la City, un entorno más idílico para que creciera la niña y un campo de golf de primera línea —la nueva afición de Archie, que trató de organizar su vida de modo que pudiera compaginar los días laborables para los negocios y los fines de semana al golf, mientras que Agatha trataba de poner en orden sus quehaceres domésticos y literarios—. Para este fin, buscó formar una plantilla de personal de servicio que se compondría de tres criados, una cocinera y una gobernanta

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que debería ocuparse de Rosalind por las mañanas y el resto del día de los papeles de Agatha, sobre todo los bocetos de sus novelas, cuyas versiones más recientes deberían ser mecanografiadas. Sabiendo que los escoceses son muy organizados y no eluden sus responsabilidades, la autora añadió «de preferencia escocesa» en el anuncio. «Los franceses carecían de autoridad y se dejaban desbordar por sus tareas; los alemanes eran buenos y metódicos, pero no tenía ningún interés en que Rosalind aprendiera alemán. Los irlandeses eran alegres, pero causaban problemas dentro de casa, y entre los ingleses los había de todas clases. Así que tenía una cierta querencia por los escoceses».[N9] De todos los currículos que recibió, el que más le agradó fue el de la señorita Charlotte Fischer, una joven de tan solo veinte años, discreta pero de gran sentido del humor, bien educada e hija de un pastor que ya había sido capellán de la casa real en Edimburgo. Agatha comprobó que podría estar delante de la profesional que buscaba. Restaba saber si Charlotte se llevaba bien con las personas mayores. Era cuestión de suma importancia, porque su madre se había vuelto muy difícil de tratar, algo que, según Agatha, ocurría con la mayoría de las personas a medida que se hacían mayores, pero en Clara, que toda la vida había sido independiente y que se cansaba y aburría con facilidad de la gente, se acentuaba mucho más. Charlotte no se alarmó en absoluto y le contestó diciendo que sabía lidiar bien con personas de cualquier edad. Carlo, como toda la familia empezó a llamarla, se ganó de inmediato a Rosalind, y el «demonio» creado por la inexperta Marcelle pronto se transformó en una niña educada y obediente. Por otro lado, la nueva institutriz no cumplió con las expectativas de Agatha, que se ponía nerviosa cuando empezaba a dictarle sus relatos. No tardó mucho en darse cuenta de que todo sería más sencillo si trabajaba a solas con su vieja Remington. Carlo, pues, pasó a encargarse de su cada vez más numerosa correspondencia y de la contabilidad; y a organizar sus compromisos personales y profesionales. Pero lo más importante es que, con el paso del tiempo, acabó convirtiéndose en su mejor amiga y su única confidente.

El acontecimiento que coronó este feliz periodo de la vida de Agatha fue el telegrama de su nuevo agente literario, Edmund Cork, en el que anunciaba haber logrado firmar con el popular periódico Evening News un acuerdo que le proporcionaría el pago de la significativa suma de

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quinientas libras en conceptos de derechos de autor para publicar por entregas El hombre del traje marrón. Este inesperado acuerdo supuso un antes y un después en su carrera literaria, pues representaba el primer paso para ahuyentar definitivamente los fantasmas del pasado y esbozar un futuro prometedor que jamás había imaginado poder alcanzar. La novelista, ilusionadísima, había pensado invertir los inesperados ingresos en pequeños caprichos mundanos como «un nuevo traje de noche, unos zapatos de vestir dorados o plateados, en lugar de negros, y algo ya más ambicioso como un triciclo nuevo para Rosalind…», pero Archie la convenció de que se merecía un homenaje más apoteósico y le sugirió que se comprase un coche, pero no un modelo deportivo, sino un pequeño Morris Cowley de color gris y morro achatado. (Fue el propio Archie quien le dio las clases de conducir y la motivó a alcanzar un buen nivel de destreza al volante). El coche fue un descubrimiento para Agatha —lo había visto por primera vez en Francia—, no solo porque le permitiría ir más allá de las rutas regulares de los buses, sino porque le despejaría el camino a la libertad: conducir hacia donde quisiera, a la velocidad que escogiera y en el momento que deseara. Además, constituía para la autora una emblemática victoria, puesto que lo había comprado con un dinero ganado por sí misma. Y con gran asombro descubrió que había obtenido la independencia. «Debo confesar, aquí y ahora, que de las dos cosas que más me han emocionado en mi vida, la primera fue mi coche. La segunda fue cenar con la reina en el palacio de Buckingham unos cuarenta años más tarde».[N10]

La primera vez que conduje mi coche fue una auténtica pesadilla. Estaba temblando de miedo, pero me defendí más o menos bien. Se me caló el motor un par de veces por frenar más fuerte de lo debido, y conduje con un cuidado extremo, lo que no creo que fuese malo. Claro que el tráfico en las carreteras no se parecía en nada al de nuestros días y no exigía una especial pericia. Con tal de dirigir el coche razonablemente bien, sin tener que aparcarlo, darle la vuelta o girar demasiado, todo iba bien. (…) Poco a poco, adquirí más confianza y, al cabo de cuatro días, me atreví a entrar en Londres y desafiar los peligros del tráfico. El coche me proporcionaba una enorme alegría. Es difícil imaginar hoy día lo

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mucho que cambiaba la vida de la persona que, en aquellos tiempos, tenía un automóvil. La posibilidad de ir a cualquier sitio que te apeteciera, a lugares a los que no podrías llegar con otro medio de transporte, es algo que te ampliaba enormemente el horizonte vital.[N11]

Nota del autor

La fiebre del coche particular impregnó Inglaterra de una forma acelerada en los años veinte, impulsada sobre todo por la Segunda Revolución Industrial, que cambió drásticamente la industria automovilística. La cara amarga del progreso motorizado la ponían los casi cinco mil accidentes con víctimas mortales en 1926, año en el que se realizaron los primeros registros estadísticos, resultado de una peligrosa combinación de carreteras poco o nada preparadas para vehículos motorizados, peatones imprudentes y la inexistencia de un permiso de conducir. Desde el momento en que uno se ponía al volante de un automóvil, se convertía en responsable de lo que hiciera con él, independientemente de que hubiese recibido o no la mínima formación o instrucción para manejarlo. A fin de contener el peligro que representaba la actitud de muchos conductores temerarios, las autoridades inglesas decidieron limitar la velocidad de los coches a 10 km/h en ciudad y 20 km/h en carretera. El Gobierno también aprobó la polémica Red Flag Act, que obligaba a todos los vehículos motorizados a circular precedidos de una persona portando una bandera roja para advertir a los transeúntes del peligro que se avecinaba. Cuando se vio que el muchacho de la banderita entorpecía más que mejoraba el tráfico, el Gobierno decidió abolir la restricción, lo que dio inicio a la era del automóvil en Gran Bretaña. El miedo inicial amainaba, porque en 1903 una nueva ley permitió a los coches alcanzar los 30 km/h para deleite de los adictos a la velocidad.[N12]

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Una de las primeras salidas de Agatha con su coche, cuando ya tenía más confianza al volante, fue viajar a Ashfield con su madre en el asiento del pasajero. «Habíamos pasado tantas preocupaciones desde que regresamos de nuestra vuelta al mundo que resultaba maravilloso entrar en este período de prosperidad». Sin embargo, la casa de su infancia ya no era tan idílica como pretendía aparentar. Ashfield, que antaño fue solemne, luminosa y llena de vida, transmitía ahora una sensación de vacío sobrecogedora. El nuevo empleo de Archie le obligaba a pasar la mayor parte de las horas en Londres, y con frecuencia se llevaba trabajo a casa; además, durante los fines de semana, apenas lo veía porque se pasaba el día jugando al golf con sus amigos —los únicos que le interesaban—, pues odiaba acudir a las fiestas que tanto gustaban a su mujer, sobre todo porque ella siempre invitaba a algún amigo ajeno al mundillo del golf. «Le propuse que jugara también al tenis en vez de tanto golf, pues teníamos varios amigos con los que había jugado ya en pistas públicas de Londres. La propuesta le horrorizó. El tenis, dijo, le echaría a perder por completo su tino para el golf. Se tomaba tan en serio ese deporte que para él era como una religión». Resulta irónico pensar que fue la propia Agatha quien le introdujo en este deporte después de la guerra y quien, más adelante, en su autobiografía, acabaría describiéndose como «una viuda del golf». La autora era ajena al ambiente esnob y aburrido de este deporte de élite, aunque le daría la materia prima para una de sus novelas (Asesinato en el campo de golf) mientras que a Archie no le gustaba el mundo literario londinense en el que ella estaba introduciéndose; ni siquiera le interesaban los libros que escribía: sus novelas les daban dinero, y eso bastaba.[N13] La dolorosa verdad es que el matrimonio ya no compartía aficiones, o lo que es peor, ya no compartía ni siquiera un proyecto de vida en común: Agatha planteó la posibilidad de tener otro hijo; Archie, la de comprar un automóvil más potente. Desconcertada por semejante superficialidad, la autora creía que su marido tenía envidia del vistoso Bentley de sus vecinos, por lo que su elección por un coche nuevo era mucho más significativa, pues le haría sentirse superior. La verdad es que la pareja, en lugar de consolidarse, se distanciaba; Archie se inclinaba por ser más independientes eludiendo nuevas responsabilidades y, a medida que el tiempo pasaba, cada cual empezó a seguir un camino propio.[N14]

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Preocupada por el rumbo que estaba tomando su matrimonio, Agatha intentó buscar una solución a través de Nan Watts, la hermana de su cuñado, James Watts. Nan estaba casada con un golfista llamado George Kon, y entre las dos consiguieron que sus maridos se acercaran y se convirtieran en buenos amigos. Las dos parejas empezaron a verse los fines de semana en Sunningdale, y mientras Archie y George pasaban la tarde jugando al golf, Agatha y Nan tomaban el té en el jardín, como dos buenas inglesas, y al caer de la tarde las parejas se reencontraban en el bar del club para disertar un rato; un lugar en el que la autora apenas disfrutaba, ya que no consumía ninguna clase de alcohol y tampoco fumaba. Christie intentó convertirse en fumadora para adaptarse a la moda

de la época —cuando fumar se veía como un hábito de personas refinadas, interesantes y atractivas—, pero acabó desistiendo tras pasar seis meses fumando sin conseguir que el tabaco la enganchara.

Todo el mundo, a lo largo de la vida, se ve obligado a luchar contra algún desafortunado lastre. El mío consistía en la insólita incapacidad para apreciar el alcohol y el tabaco. Es triste constatar la envidia que siento al ver a ciertas mujeres echando plácidamente las cenizas de su cigarrillo en elegantes ceniceros, o cuando me encuentro arrastrándome tristemente de un lado a otro en busca de un rincón en donde pueda ocultar la copa que me ofrecieron con su contenido intacto sin que nadie se entere. Quisiera cambiar mi manera de ser, pero me ha resultado imposible. Intentaron educarme, haciéndome probar tintos de Burdeos, Borgoñas, Sauternes, blancos de los pedregales bordeleses. Ante mi total falta de entusiasmo, me ofrecieron tokay, vodka y ajenjo. Al final, se dieron por vencidos. Con respecto al tabaco, durante seis meses me fumé religiosamente un cigarrillo después de almorzar y otro después de la cena. Al principio, el humo me ahogaba y me escocían los ojos. Me dijeron que fuera paciente, pues muy pronto aprendería a disfrutar de un buen cigarrillo. No aprendí a disfrutarlo y mi proceder fue criticado de forma severa como poco artístico y deplorable. Acepté la derrota y lo dejé definitivamente.

Agatha Christie.[N15]

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Pese a sus diferencias, Archie parecía estar volviendo a conectar con Agatha, pero cuando una relación de pareja atraviesa un periodo conflictivo, cualquier discrepancia, cualquier mínimo detalle, cualquier frase que alguien diga, se convierte en una excusa muy poderosa para que uno ataque el otro. A menudo, Archie sentía que estaba celoso de su suegra por acaparar todas las atenciones; le irritaba la devoción que su esposa sentía por ella, su obsesión por Ashfield, las cartas que había escrito desde el extranjero a su «preciosa momia»… Y ahora, para colmo, Clara empezaba a hacerse cargo de la educación de su hija. Para Archie, su suegra siempre estuvo demasiado presente en su vida, con su mirada desconcertante y sus comentarios fuera de lugar.

Mientras Archie prosperaba en la City y se convertía en un eximio golfista en los campos de Sunningdale, Agatha trataba de reforzar su reputación como escritora. Su seguridad en este sentido se pone de manifiesto en su decisión de publicar por primera vez una colección de poemas. En 1924, sufragó la edición de El camino de sueños, en la imprenta de Geoffrey Bles, al precio de cinco chelines. Solo hubo una edición de 112 páginas publicada sin fecha precisa. (En España esta obra fue reimpresa por la colección Poemas 1973, aunque existen grandes diferencias entre estas dos ediciones). La colección está dividida en cuatro secciones: Una máscara de Italia, con diez poemas creados en torno al tema de la Commedia dell’Arte, centrados en el personaje de Arlequín, un precursor del señor Harley Quin de sus cuentos; Baladas, con siete poemas románticos que contienen historias de caballeros, damas y muertes durante el parto; Sueños y fantasías, con siete poemas sobre divagaciones acerca del sueño y las pesadillas, y Otros poemas, con once poemas de temas misceláneos. La última de estas incluye un poema titulado En el dispensario, en el que menciona muchos de los venenos que usó durante su carrera. Una máscara de Italia le rindió a Agatha una amable misiva de su exvecino Eden Philpotts (el mismo que analizó su primera obra, Nieve en el desierto), en la que resaltaba su gran talento lírico, pero advirtiéndole de que

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«lamentablemente, la gente lee poca poesía». Su advertencia resultó acertada: en los años sesenta, su agente Edmund Cork escribía a Agatha preguntándole qué debía hacer con los numerosos ejemplares que, aún sin encuadernar, no se habían vendido.

En sus primeros días como agente literario de Agatha Christie, Edmund Cork realizó gestiones con una editorial que le proporcionase un acuerdo comercial que fuese acorde con el talento y potencial literario de su clienta. El primer contacto lo tuvo con Collins, una editorial escocesa con sede en Glasgow, fundada en 1819 por William Collins, un maestro de escuela presbiteriano. La empresa tuvo que superar muchos obstáculos iniciales y solo tuvo éxito a partir de 1841, cuando su fundador decidió desarrollar una línea editorial especializada en libros religiosos, sobre todo en la impresión de biblias. Con el paso del tiempo, acabó convirtiéndose en una editorial diversa y prolífica, con un amplio rango de títulos, incluso los dirigidos a una audiencia juvenil. En 1989, Collins fue comprada por la News Corporation, de Rupert Murdoch, y su nombre se mantuvo como sello editorial para libros de vida salvaje, historia natural y diccionarios bilingües.

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Publicada por el periódico sensacionalista The Sketch, esta foto muestra a Agatha Christie posando junto a un hipopótamo de madera comprado junto con otras piezas de unos niños en una estación de tren de Ciudad del Cabo.

Tras algunas rondas de negociaciones, Cork consiguió de Collins una propuesta de doscientas libras de anticipo para los tres siguientes libros de Agatha, además de una suma generosa de derechos de autor. Al informar de dichas cifras a John Lane, este le contestó, cínicamente, que cualquiera que estuviera dispuesto a pagar semejante cantidad podía quedarse en exclusiva con toda su obra. Y de este modo, en enero de 1924, Agatha Christie firmó con Collins un contrato por tres novelas, a pesar de que todavía le faltaba por entregar la última a The Bodley Head según lo estipulado en aquel antiguo acuerdo. «El libro fue fácil de escribir, por lo que no fue necesario pensar mucho la trama ni planear demasiado». Se tituló El secreto de Chimneys, y no es una novela detectivesca, sino un thriller de tono ligero, protagonizado por un nuevo personaje, el superintendente Battle, y presentado a dos voces: a través de los diarios de Ana y de la narración de Eustace Pedler, personaje inspirado claramente

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en el mayor Belcher y al que Agatha aún le asignaría el título de sir para complacerle. La historia se inicia en África, donde se encuentra Anthony Cade, un guía turístico al que se le presenta la oportunidad de una aventura: llevar a Londres las polémicas memorias de un antiguo dirigente (de un país balcánico ficticio) y entregarlas a una cierta editorial de la ciudad a cambio de una generosa recompensa. Motivado con la idea de regresar a su país natal, Cade acepta el encargo que incluía, además, entregar unas cartas de amor que servirían para chantajear a la viuda de un diplomático que ahora quería recuperarlas. Lo que parecía un trabajo rápido y limpio acaba convirtiéndose en una peligrosa aventura para Anthony, que se inmiscuye en un conflicto político de escala internacional debido a la importancia de los documentos que tiene en su poder. Poco a poco, van apareciendo otros personajes, un villano desconocido y una reunión en Chimneys, una casa antigua con su propia historia y secretos. Hay, por supuesto, un asesinato y distintas tramas, en las que se mezclan intereses financieros y petrolíferos, un misterioso ladrón francés, intrigas políticas y pequeñas dosis románticas; todo confluye en la mansión de Chimneys, en la campiña inglesa, donde Cade, con la ayuda del superintendente Battle, conseguirá resolver todos los misterios pendientes en un clímax final en el que la autora revela que nada es lo que parece. La obra fue bien recibida por la crítica, que la calificó como «mucho mejor que Poirot investiga» y «mejor acabada que su novela anterior», reconociendo, de esta forma, que su técnica se iba afianzando cada vez más. El secreto de Chimneys fue la última novela de Agatha Christie publicada por The Bodley Head y la que representó el fin de su etapa como escritora novel. Su siguiente obra, El asesinato de Roger Ackroyd, inauguraría su fase de madurez y supondría su consagración como escritora de novelas de misterio.

Mientras Edmund Cork negociaba su salida de The Bodley Head, Agatha viajaba con Archie a Cauterets para enseñarle el lugar donde pasara una de las fases más idílicas de su infancia, cuyos recuerdos aún conservaba muy vivos en su memoria, pero, para su sorpresa, Archie se llevó una desilusión nada más llegar al pueblo. «Me parece un sitio bastante anodino», escribió

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sin rodeos en una carta conjunta que le enviaron a Clara, aunque es muy probable que su estado de ánimo se viera afectado por la fatiga de un viaje agotador, realizado en un vagón de tercera clase en compañía de una pareja de jóvenes que «se pasaron el viaje abrazándose y haciéndose carantoñas». Su desilusión, sin embargo, se vio compensada por las generosas meriendas ofrecidas por el hotel, paseos por senderos de montaña y excursiones en un desvencijado autocar repleto de turistas. Las primeras páginas de El secreto de Chimneys describen con realismo esa forma de turismo: «Anthony, el guía turístico, dominaba a la perfección las triquiñuelas del oficio. Entraba en sus deberes, aparte de la organización de los viajes y excursiones, aplacar a ancianos, proporcionar a matronas numerosas ocasiones de adquirir postales y galantear a toda clase de mujeres menores de cuarenta años. Le facilitaba esta última tarea la decidida propensión de las damas a traducir en tiernas indirectas sus más inocentes comentarios».[N16] Su viaje se volvería aún más penoso al llegar a San Sebastián. Archie, que tenía como costumbre acostarse temprano, calificó los horarios españoles como «salvajes».[N17]

El viaje a Cauterets y San Sebastián resultó beneficioso para el matrimonio, ya que era la primera vez en muchos años que no estaban rodeados por amigos o familiares, lo que les permitió revivir sus años de camaradería y complicidad. Este ambiente romántico, sin embargo, se desvaneció por completo nada más regresar a casa. Archie volvió a ocupar su tiempo libre con el golf, relegando su mujer a un segundo plano. Sin poder contar con amigas solteras que pudiesen pasar un fin de semana con ella, Agatha tenía que recurrir a la única pareja a la que podía invitar sin tener que escuchar los reiterados reproches de su marido, los Baillieu, que vivían en el mismo edificio y compartían muchas de sus aficiones (incluido el golf). Aparte de ellos, no quedaba nadie interesante en Sunningdale. Los otros vecinos eran, usando las palabras de Agatha, «gente mayor, obsesionada por la jardinería, que no sabía hablar más que de sus jardines, o de esos muchachos acomodados que se divertían bebiendo y yendo de fiesta en fiesta. Este no era mi ambiente, ni mucho menos el de Archie». Comparado con Londres o Torquay, Sunningdale era un pueblo espantoso, aburguesado y sin estímulos, opinión compartida con su inseparable Carlo.

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Foto tomada en 1921 de la fachada lateral del Gran Kursaal, una de las grandes obras arquitectónicas de San Sebastián durante el primer cuarto de siglo y que configura una de las mejores facetas de la capital guipuzcoana en la Belle Époque. En su pasaje por la ciudad, Archie y Agatha Christie disfrutaron de varias veladas en el Kursaal, asistiendo a los espectáculos musicales y jugando a las cartas. Poco tiempo después, en octubre de 1924, se decretó la prohibición del juego en plena dictadura de Primo de Rivera, que culminó con el cierre de su emblemático casino.

En su seudobiografía, Retrato inacabado, Agatha dejó reflejadas las frustraciones que sentía en esta etapa de su matrimonio. La sensación de soledad y aburrimiento de su protagonista, Celia, guarda un triste parecido con su propia situación, aunque su verdadera angustia consistía más bien en que su relación matrimonial se encontraba peligrosamente estancada. Muchas mujeres de esa época acababan, como consecuencia, frustradas, casi encarceladas en sus casas, cuidando de sus quehaceres domésticos o buscando pasatiempos que llenaran sus largas horas de ocio. Agatha, por su parte, ocupaba su tiempo escribiendo, y en lugar de marear a su marido con complicaciones emocionales inútiles, prefería satisfacer su afán de diversión con sus personajes y tramas, buscando una fórmula que sorprendiera, entretuviera y desafiara a sus lectores, objetivos que conseguiría cumplir con creces con su siguiente libro, El asesinato de Roger Ackroyd, escrito a finales de 1925 y a principios de 1926. Y no es de extrañar, porque se trata de una obra que tiene uno de los mejores giros argumentales de la historia de la ficción detectivesca, un hecho que la propia autora reconoce en sus memorias: «Di con una fórmula excelente, y debo confesar que se la debo por entero a mi cuñado, James Watts». La

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historia también despertó cierta controversia entre sus lectores, que se quejaban de que la trama incumplía una de las reglas de oro de la trama policíaca, ya que la autora intentó de forma deliberada despistar a sus lectores con un desenlace que nadie podría esperar, pese a que la historia se sitúa en un mundo cerrado, con un número limitado de sospechosos y en el que la cifra de posibles combinaciones es finita. Lo que sí sorprende es el hecho de que casi todos aquellos que leyeron El asesinato de Roger Ackroyd pusieron al asesino como la última opción en su lista de sospechosos, y es ahí donde la autora puso en marcha su ingenio, convirtiendo su trabajo en una obra original y a la vez atrevida. Muchos de sus biógrafos consideran El asesinato de Roger Ackroyd como la novela que la consagró como la mejor escritora de novela policía de su época. Por otro lado, algunos lectores se quejaron de la ingente cantidad de personajes y sus complicados nombres, muchos con el mismo apellido (un problema recurrente en sus obras), lo que les produjo cierta confusión, al menos al principio.

En El asesinato de Roger Ackroyd (en España hay editoriales que la titularon El asesinato de Rogelio Ackroyd), tenemos una vez más a Hércules Poirot como protagonista en la campiña inglesa ante un crimen aparentemente irresoluble: un hombre rico de cuya muerte muchos sacarán partido, secretos, herederos poco fiables y mujeres desamparadas acogidas bajo la protección del muerto. En esta ocasión, el detective belga no acepta el caso desde el principio, pues acaba de jubilarse y su retiro voluntario no encaja bien con meterse de lleno en la investigación de un misterioso caso de asesinato. Aun así, termina aceptando y demostrándonos a todos, personajes y lectores, que hay que observar y tener en cuenta cualquier dato por insignificante que pueda parecer, pues todo son piezas de un puzzle que terminará mostrando al final. A falta de Hastings (que se encontraba de vacaciones en Argentina), el libro es narrado desde la perspectiva del doctor James Sheppard (que, al igual que Hastings, lo hace en primera persona, lo que le permite al lector disfrutar más de la experiencia). Según Hastings, Roger Ackroyd es un hombre que sabe demasiado. Sabe que la mujer que ama envenenó a su brutal primer marido y también sospecha que alguien la ha estado chantajeando. Ahora, trágicamente, le llega la noticia de que se ha quitado la vida con una

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sobredosis de somníferos. Pero el correo de la tarde trae a Roger una última y fatal información que puede aportar alguna luz sobre la identidad del chantajista. Por desgracia, antes de que pueda terminar de leerla, es apuñalado por la espalda con una daga africana. ¿Estarían las tres muertes relacionadas? Según avanza la lectura, se descubren nuevos hechos sobre la relación entre estos y otros personajes, lo que nos lleva a cambiar nuestro principal sospechoso por otro, una reacción que suele pasar con los libros de Agatha Christie, que no nos defrauda, ofreciéndonos un final sorprendente que acaba convirtiendo El asesinato de Roger Ackroyd en una de sus obras maestras. Su éxito fue tan abrumador que la obra fue elegida en 1934, junto con los Evangelios y la obra teatral Como gustéis, de Shakespeare, como los primeros audiolibros producidos en Gran Bretaña para ciegos. Su nueva editorial, por su parte, apostó porque su nuevo fichaje pronto se convertiría en una autora de éxito, y en sus catálogos pasaron a incluir una campaña publicitaria que permanecería vigente toda su vida: «Un Christie por Navidad» (en inglés la sonoridad es bastante más atractiva: «A Christie for Christmas»).

Y así lo fue. En 1935, la obra Tragedia en tres actos alcanzó los diez mil ejemplares vendidos, cifra que se triplicaría a lo largo de la siguiente década; su novela número cincuenta, Se anuncia un asesinato, alcanzó otra cifra redonda con cincuenta mil títulos vendidos; desde entonces, ninguna de sus obras bajó de esa marca. Semejante éxito, sin embargo, no impidió que la autora y su editor libraran batallas espinosas, por lo general debido al diseño de la cubierta o al texto de la contraportada. Agatha se horrorizó cuando le presentaron la cubierta de Los trabajos de Hércules («Poirot aparecía desnudo en una bañera») y tampoco le agradó la idea de cambiar el título de su emblemática Diez negritos por Y no quedó ninguno porque consideraba que así se revelaba el final de la trama.[N18]

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Portada de la primera edición inglesa de El asesinato de Roger Ackroyd. Ilustración de Ellen Edwards para la editorial William Collins, Sons (1923).

«Uno de los placeres de escribir novelas policíacas es que hay muchos tipos donde elegir: el relato trivial de suspense que resulta especialmente grato de narrar; la historia intrincada, cuya trama es técnicamente interesante y requiere mucho trabajo, pero que es siempre gratificante, y luego las que describiría como historias policíacas con pasiones subterráneas que ayudarán a salvar al inocente. Porque quien importa es el inocente, no el culpable».

Agatha Christie, Autobiografía.

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VIII

TERESA NEELE

«Supongo que una parte de mi vida —de aquella vida feliz, confiada y llena de éxitos— se terminó.

(…) Si hubiera sido más inteligente, si le hubiera conocido mejor —si me hubiera preocupado más por conocerle realmente, en vez de contentarme con idealizarlo y considerarlo más o menos perfecto—, quizás entonces lo hubiera evitado todo».

AGATHA CHRISTIE

Este fragmento procede de Autobiografía, el título elegido por Agatha Christie para publicar el relato de sus memorias. Lo empezó cuando contaba con sesenta años y lo finalizó con setenta y cinco, razón por la que la autora no recoge los últimos diez años de su vida. (Agatha, además, puso como condición al editor que solo fuera publicada después de su fallecimiento). Se trata de un pasaje muy llamativo porque es la única alusión que hizo de su desaparición, ocurrida en 1926, un episodio de importantísima transcendencia en su vida del que apenas conocemos

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detalles que nunca se aclararon del todo y que pone de manifiesto la ya comentada aversión patológica que Christie tenía a compartir información. Casi un siglo después de producirse, este insólito episodio continúa siendo objeto de constante especulación y de las más exuberantes teorías; y para desentrañarlo es fundamental no solo intentar explicar sus antecedentes, sino la forma en que la escritora reaccionó a los hechos que lo precedieron.

A finales de 1924, Agatha Christie sentía que su hogar ya no era el dulce santuario del que se había enamorado cuando lo vio por primera vez. «Aunque vivíamos en Scotswood con gran comodidad, había algunos

inconvenientes —confesó en sus memorias—. El administrador del edificio no era particularmente eficiente; teníamos problemas recurrentes con la electricidad, el “agua caliente constante” que anunciara el folleto publicitario no era ni caliente ni constante, y todo el edificio en general padecía de una notable falta de mantenimiento». Archie compartía esas sensaciones e incluso fue suya la idea de mudarse a una casa en la misma zona, porque Sunningdale, en su opinión, era un pueblo con muchas posibilidades: «Está a una distancia comodísima de Londres y, además, pronto van a inaugurar el campo de golf de Wentworth».

El apoyo de Archie fue fundamental para despejar las dudas que Agatha aún tenía respecto a mudarse de vivienda, y tras una búsqueda exhaustiva que duró casi un año, acabaron decidiéndose por un inmueble que agradó a Archie por su proximidad a la estación y a Agatha por su bello y bucólico jardín. Sin embargo, su interior no les proporcionó el mismo entusiasmo. A la autora le pareció superficial y deprimente: «Era una especie de suite del Savoy para millonarios, trasladada al campo, con un sinfín de cuartos de baño, lavabos en los dormitorios y cosas por el estilo». Y aunque su decoración era recargada, con una gama incontable de paneles, y demasiado sofisticada para un entorno casi rural, Agatha creía en su potencial y sabía que podría cambiarla totalmente, moldeándola a su entero gusto cuando sus finanzas mejorasen. Tener que esperar para concretar estos proyectos no le resultó fácil, ya que la escritora era una persona que aprendió con sus padres la importancia de poner de inmediato su sello personal en el entorno en el que vivía. El jardín, en cambio, compensaba todas sus frustraciones, y era tan acogedor que ella misma se sorprendió. «Era largo y estrecho, comprendía primero una zona de

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césped, después un riachuelo con muchas plantas acuáticas y, a continuación, un jardín salvaje con azaleas y rododendros que terminaba en un pequeño huerto muy cuidado». El césped, primorosamente cuidado, y cortado con esmero, era un terreno ideal para los juegos de Rosalind, y estaba bordeado por un pequeño arroyo de poco fondo adornado por nenúfares y otras plantas acuáticas que lo separaba de un pequeño huerto detrás del cual había un bosquecillo de aulagas.[N1] En el pueblo se decía que la casa estaba encantada y traía mala suerte a sus ocupantes: de los tres matrimonios que con anterioridad habían vivido en ella, el primero se había arruinado, del segundo había muerto la esposa y el tercero se había separado.[N2] Para romper el maleficio que pesaba sobre el inmueble, Archie propuso cambiar su nombre por Styles, en recuerdo de la primera novela de su esposa, y aunque su intención fue hacerle un cumplido, su elección no fue la más adecuada para una casa recién adquirida, puesto que en dicha novela la víctima es encontrada muerta en su cama, aparentemente víctima de un ataque cardíaco. Los Christie hicieron todo lo posible para convertir Styles en un hogar de ensueño; compraron alfombras y cortinas nuevas y algunos muebles complementarios. Estos caprichos, sin embargo, no hicieron más que aumentar la inquietud de la pareja, puesto que los gastos de mantener una vivienda nueva, tres empleados y dos coches no eran compatibles con sus ingresos.[N3] Todo lo contrario: la cuenta corriente de la pareja se desvanecía de manera espantosa mientras que la relación matrimonial se encontraba estancada; a Agatha le molestaba la obsesión de su marido por el golf y su creciente alejamiento familiar. Convencida de que su hermana necesitaba desconectar de su rutina en Sunningdale, Madge se la llevó a unas cortas vacaciones en la isla de Córcega.

Más o menos un mes después de su regreso, Clara enfermó de bronquitis. Había vivido una temporada en un piso cercano al de Archie y Agatha en Scotswood, donde ocupaba la mayor parte de su tiempo cuidando de Rosalind. Como no había mucho más que hacer en Sunningdale, Agatha la convenció de que se instalase de forma temporal en una residencia en Londres, donde podría contar con la compañía de otras personas de su edad y con las mismas aficiones. Ashfield, que seguía a la espera de comprador, aún desempeñaba un papel importante en la vida

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de la escritora como lugar de refugio y un puerto seguro donde recogerse, a pesar de los sacrificios que costaba mantenerla. Encontrándose Clara en Ashfield, Agatha acudió allá para ocuparse de ella durante una breve temporada. El reencuentro con su madre y su casa de infancia no podría haber sido más desalentador. Clara, que por entonces empezaba a mostrar algún signo de recuperación, ya no volvió a ser la misma; y Ashfield, antaño tan reluciente, tenía ahora un aspecto descuidado; olía a humedad, tenía un molesto y triste toque de moho y, aunque su interior estaba ordenado, los muebles estaban cubiertos por una fina capa de polvo, y en algunos rincones se podían apreciar pequeñas telarañas, el símbolo universal de la decadencia. Ahora era una casa triste y, aunque cada armario guardaba incontables recuerdos de tiempos mejores, desafortunadamente, eran ya irrecuperables. Pocos días más tarde, Madge tomó su relevo y, al comprobar que Ashfield no era el lugar adecuado para una persona enferma de bronquitis, decidió llevarla a su casa, donde le sería más fácil cuidarla. En Abney, Clara mostró una ligera mejora de su estado, aunque pasaba gran parte del día recogida en su habitación. Agatha la iba a ver siempre que podía; no obstante, una semana después de su última visita, recibió una llamada inquietante de su hermana. «Mamá no se encuentra bien», le dijo con una voz llorosa, lo que provocó que la escritora cogiera el primer tren con destino a Manchester. Durante el viaje, tuvo una premonición, «una sensación como de frialdad que me invadía por completo». Al llegar, supo que su madre había fallecido. Tenía setenta y dos años, una edad que se consideraba avanzada para la época. Con ella, se iba la persona que más le había apoyado, su valedora, una continua fuente de inspiración y el último vestigio de su infancia.[N4]

En su autobiografía, Agatha Christie escribió que hacía tiempo que su madre deseaba liberarse de la «prisión» en que se había convertido su cuerpo enfermo y envejecido. El tono que imprimió en este pasaje es triste y resignado: «Su madre… Su pequeña madre… tan valerosa…»; «Su rostro frío era apacible…»; «Había pensado tan poco en su madre… Y sin embargo, entonces estaba viva, estaba allí…». Con estas frases sueltas, y en cierto modo sin sentido, Agatha expresó la sensación insoportable de la pérdida de un ser querido, demostrando que hay sentimientos que no se pueden expresar con palabras. Es por eso por lo que cada oración termina

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con puntos suspensivos. Para cualquier hijo, la muerte de una madre es un momento de intenso dolor y tristeza, pero cuando Clara murió, la sensación de vacío y carencia que la novelista sufrió fue de una hondura poco habitual, lo que acabó arrastrándola hacia una melancolía con consecuencias que probablemente no se hubieran prolongado más tiempo si no hubiese sido por la absoluta falta de empatía que su marido demostró por su sufrimiento. Agatha era consciente de ello y lo dejó plasmado tanto en Retrato inacabado como en Autobiografía. Su marido tenía la fría e insensible creencia de que era posible olvidar a cualquiera que en su día se había querido, y le resultaba complicado comprender por qué su esposa, de tan solo treinta y seis años y con una carrera literaria en creces, podría derrumbarse de aquella manera por la pérdida de su madre. Archie, además, tenía sentimientos ambiguos hacia su suegra, y hubo quienes creyeron en su círculo más íntimo que pudo incluso haberse alegrado de su muerte por considerarla un estorbo. En aquel momento, Agatha representaba para Archie todo lo contrario de lo que más le atraía de una mujer: la juventud, la alegría y la dulzura. En Retrato inacabado, Dermot recuerda a Celia que es incapaz de demostrar empatía por la gente infeliz, y con ello deja claro que no puede soportarla. La helada mirada que Celia advierte en el rostro de Dermot le recuerda incómodamente al pistolero de su infancia.[N5]

Dermot tenía la intención de ser bondadoso. Odiaba los problemas y la desgracia, pero quería ser bondadoso. Le escribió desde París proponiéndole que fuese allí a pasar dos o tres días con el fin de levantarle el ánimo. Tal vez fuera bondad. O quizás solo buscaba esquivar la responsabilidad de hallarse presente en una casa enlutada (…) Cuando llegó, Dermot estaba nervioso. Y los nervios fueron los que le hicieron entrar en la habitación, donde Celia le esperaba exclamando: «Bueno, bueno, ¿cómo estáis todos? ¿Alegres o contentos?». En otra ocasión, Celia hubiera comprendido el motivo que le había llevado a comportarse de manera tan despegada. Pero, en aquel momento, la actitud de Dermot le sentó como una bofetada.

Agatha Christie, Retrato inacabado.

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Archie se encontraba en un viaje laboral por España cuando se produjo la muerte de Clara, por lo que no pudo asistir al entierro, aunque su presencia poco le hubiera servido de consuelo a su mujer. De hecho, al regresar a casa una semana más tarde y reencontrarse con Agatha, no se le ocurrió otra cosa que decirle: «¡Hola, aquí estoy de nuevo! Bueno, tienes que sobreponerte aunque hayas perdido a una de las tres personas que más quieres en el mundo». Y luego, ante su silencio, prosiguió: «Tengo una idea estupenda, a ver qué te parece: la semana próxima me voy de nuevo a España; ¿qué tal si te vienes conmigo? Nos divertiremos mucho y estoy segura de que eso te distraerá». Agatha restó importancia a semejante frialdad, pues sabía que su marido no lo hacía con maldad. Conocía de sobra su total incapacidad de lidiar con situaciones relacionadas con enfermedades y muertes, así que le agradeció sus buenas intenciones y se encerró en su habitación. En sus memorias, admitió que quizá habría sido una buena idea haber ido a España con Archie. Eran felices juntos, estaban muy seguros el uno del otro y, al fin y al cabo, la vida tenía que seguir su rumbo. Por otro lado, su marido ya era un hombre adulto y, por muy complicado que sea acompañar el dolor que corresponde a otra persona, siempre se puede ayudar ofreciendo apoyo en lugar de exigir que esta persona siga con su vida como si nada terrible hubiese ocurrido, pero jamás fue capaz de comprender esta realidad. Tampoco lo comprendía Rosalind, pero ella era tan solo una niña de siete años. Irónicamente, el único que parecía entender sus sentimientos de inmediato fue Peter, el perro de Rosalind, que no se despegó ni un momento de su lado, lamiéndole las manos en un intento por refrescarla del calor febril. Carlo, que sabía situarse con exactitud donde le correspondía, supo estar a la altura de las circunstancias, y su apoyo fue fundamental en un momento que exigiría de su jefa grandes dosis de esfuerzo intelectual, físico y, sobre todo, psicológico.

Después de enterrar a su madre, Agatha tuvo que enfrentarse a una situación no menos dolorosa: regresar a Ashfield, el universo de su infancia, e intentar salvar el inmueble del estado de abandono en que había caído y dejarlo en condiciones aceptables para un posible alquiler. —Dos de sus novelas, Amor sin nombre (1977) y Peligro inminente (1955), giran

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alrededor de la obsesión de su protagonista por evitar la venta de la casa familiar—.[N6] El duro trabajo físico y mental que ello supuso le resultó en cierta medida beneficioso; poner en orden los numerosos y muy antiguos recuerdos de la familia contribuía a aliviar el dolor, y limpiar la casa y sacar de ella de trastos apaciguaba la rabia que la acompañaba. Al recorrer los diferentes rincones de Ashfield, muchos de los cuales no había pisado desde hacía muchísimos años, Agatha se dio cuenta de que su hogar de infancia se había convertido en un triste museo descuidado, con todas las habitaciones atestadas de pequeñas y absurdas posesiones de las que nadie de la familia Miller había querido desprenderse durante décadas y que ahora había que liquidar: muebles, arcones, libros y estuches

—añadiéndose las de Auntie-Grannie a las ya abundantes de la propia Clara—, la gran parte en estado de total deterioro. En una de las despensas, había innumerables tarros de mermeladas enmohecidas, paquetes de mantequilla y azúcar que se habían caído de las repisas, roídos por las ratas, e incontables garrafas de licor de fabricación casera. Todos estos víveres estaban destinados para unas Navidades que nunca llegaron a celebrarse, resultado de una vida de ahorro y previsión que ahora se habían convertido en basura. En la biblioteca, periódicos esparcidos por el suelo y una pila de libros sobre la vieja y desvencijada butaca de su padre, que no había sido tapizada desde que la compró en uno de los muchos anticuarios que solía visitar en Torquay. ¿Cuántas veces debió cruzar la escritora los pasillos de Ashfield durante aquellos días, yendo de un rincón a otro, asegurándose de que todo estaba en su sitio y de que había eliminado hasta la última mota de polvo?

Trabajaba de diez a doce horas al día, abriendo habitación por habitación y llevando todo de un lado para otro. Era terrible. Cada semana teníamos que pagarle al barrendero una cierta cantidad para que se llevara todo lo que dejaba en la calle. Había cosas de las que era difícil desembarazarse, como la enorme corona de flores de cera del funeral de mi abuelo, que descansaba bajo una gran cúpula de cristal. No quería seguir toda mi vida con ese triste trofeo, pero ¿qué hacer con él? No se podía tirar a la basura. Por fin encontré una solución: la señora Potter, la cocinera de mi madre, siempre lo había admirado. Así que se lo regalé y quedó encantada.

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Agatha Christie.[N7]

Durante seis semanas agotadoras, la escritora se entregó con todas sus energías a Ashfield para tratar de salvarla de la decadencia, y para ello se sometió a una dura rutina consistente en limpiar el suelo, desembarazarse de muebles inservibles y separar los tesoros de la basura entre lo acumulado a lo largo de tantos años; todo eso sin el apoyo de Archie, que durante este periodo apenas la visitó. «Trabajo sin descanso, sin más ayuda que la de una mujer por la mañana y otra por la tarde, ordenando, conservando algunos objetos, desechando otros, trasladándolos, cargándolos por las escaleras».[N8] Cuando por fin terminó su labor, Agatha regresó a su casa de Sunningdale sobrepasada. Había sido siempre una mujer fuerte y no tenía ni idea de cómo la infelicidad, las preocupaciones y el exceso de trabajo afectaban a la salud física. Su estado era tan preocupante que se deprimía por lo más mínimo y todo le molestaba. Igualmente acuciante era la situación económica del matrimonio en aquel período; apenas tenían ahorros y, como suele ocurrir cuando la gente busca una solución milagrosa para solventar un problema, acaban creando otro. Archie le sugirió que alquilara Styles durante los meses de verano y que ella y Rosalind pasaran esa temporada en Ashfield. Él, por su parte, se alojaría en su club de Londres, desplazándose a Torquay los fines de semana para visitarla. El plan parecía tan bueno que acabó llevándose a cabo, pero Archie demostró que no sería capaz de cumplirlo; de entrada, empezó a poner una serie de excusas para no visitarla, alegando que el viaje saldría bastante caro y, debido a sus compromisos laborales, que le mantenían atado en Londres durante toda la semana, no valdría la pena desplazarse tan lejos para quedarse solo el fin de semana. Quizá por remordimiento, Archie le propuso dejar a Rosalind con su hermana el mes de agosto para que ellos pudiesen disfrutar de unas merecidas y apaciguadoras vacaciones en el extranjero. El destino elegido sería Alassio, considerada como una de las ciudades italianas más bonitas de la costa de la provincia de Savona, en la región de Liguria. La ilusión de revivir con Archie la fase romántica de sus primeros años de matrimonio le

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proporcionó la energía que necesitaba para terminar la hercúlea tarea de poner en orden los incontables rincones de Ashfield.

Carlo, por su parte, habría sido una compañía consoladora, pero había tenido que marcharse a Edimburgo para cuidar de su padre, a quien daban pocas semanas de vida a causa de un cáncer en avanzado estado. En su autobiografía, Agatha Christie admite no conocer con exactitud las fechas de la partida y regreso de Carlo; lo único que recuerda, con cierta vaguedad, es que fue una época de horrible trabajo y desdicha. Es comprensible que la autora presentara cierta confusión en la narración de los hechos, puesto que se encontraba físicamente debilitada y sin poder entablar conversación con ningún adulto. Tratar a diario solo con su hija de siete años en aquellas circunstancias la estaba llevando a perder el dominio de sí misma, y la primera advertencia de que su salud mental se estaba deteriorando se puso de manifiesto el día que tuvo que firmar un cheque y no supo con qué nombre debía hacerlo. «Estaba allí sentada, con la pluma en la mano y con una extraordinaria sensación de frustración. ¿Con qué letra empezaba mi nombre? ¿Me llamaba quizá Blanche o Amory? Me sonaba aquel nombre. Entonces recordé que era un personaje secundario de Pendennis, un libro que no había vuelto a leer desde hacía años. Dos o tres días después, fui a arrancar el coche, que normalmente había que poner en marcha con una manivela de arranque, y empecé a dar vueltas y vueltas a la manivela y no lo conseguí; entonces, me puse a llorar desconsolada, entré en casa y me tumbé, sollozando, en un sofá. Aquello me preocupó bastante. Ponerse a llorar porque el coche no arranca: me estaba volviendo loca». La descripción autobiográfica que hace de su estado es una mezcla deliberada de verdad y ofuscación, lo que podría llevarnos a creer que sus posteriores esfuerzos por establecer su aturdimiento y falta de memoria no tuvieron más motivo que confirmar la explicación pública de los sucesos que se producirían a continuación.[N9]

Llegó agosto y había que comenzar con los preparativos para celebrar el cumpleaños de Rosalind, una fecha que tenía una significación especial para Agatha, ya que conservaba un romántico recuerdo de lo próximos que estuvieron ella y Archie la noche en que nació su hija. También había que

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poner todo en marcha para las anheladas vacaciones en Italia, una conveniente escapada que les proporcionaría la oportunidad de rehacer sus vidas en común como pareja. Todo este escenario esperanzador, sin embargo, se vino abajo como un castillo de naipes el día 5 de agosto de 1926, cuando Archie acudió a Ashfield nervioso y evasivo. Preocupada por si tenía algún problema en la oficina o, incluso, que estuviera ocultando una enfermedad grave, le forzó a que se explicara. No era ninguna de las dos cosas. Archie primero le dijo que ya no se irían de vacaciones, pues no había preparado nada, ni siquiera había comprado los billetes. A pesar de no conseguir disimular su decepción, Agatha le dijo que no importaba y que sería igual de agradable quedarse en Inglaterra. Acto seguido, vino lo peor. Su marido le reveló que estaba enamorado de otra mujer, que su matrimonio se había vuelto insostenible y que ya no soportaba seguir con la vida que llevaba. Por todo ello, quería el divorcio tan pronto como fuera posible. «La forma más aproximada de describir lo que sentí en aquel momento fue recordar una vieja pesadilla mía: el horror de sentarme ante la mesa del té, mirar a mi amigo más querido y comprender súbitamente que la persona que tenía enfrente era un extraño. Eso, creo, es lo que era Archie cuando llegó». Su marido era el «hombre del revólver», pensó la novelista, paralizada de estupor; tal y como el terrible villano que invadía sus sueños por la noche, Archie había dejado de ser su compañero más íntimo para transformarse en una persona extraña, empeñado en separarse y dispuesto a hacerle daño, si ese era el precio a pagar para empezar una nueva vida con otra mujer. Su terrible pesadilla infantil, personificada ahora en la figura de nada menos que su amado marido, acababa de dispararle al corazón sin piedad, mostrándose insensible ante sus necesidades emocionales e ignorando la celebración del cumpleaños de la hija que tenían. Un crimen contra el amor y el sentido común, cometido, ironías del destino, en un cuarto cerrado de una casa señorial, escenario de muchas de sus novelas detectivescas. No una casa cualquiera, sino Ashfield, el lugar donde la felicidad y la tristeza parecían reencontrarse de forma reiterada.

Agatha apenas reaccionó más allá de dirigirle una mirada de perplejidad, a la vez que se sumía en un torbellino de emociones. La perplejidad dio lugar al aturdimiento; este, a la angustia; la angustia cedió

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ante los sentimientos de culpabilidad, y estos se tornaron en cólera. Al principio no entendía de qué le hablaba su marido; más adelante, no conseguía creer que lo que le decía fuese verdad, y fue con este sentimiento con el que la autora terminó aquella fatídica jornada, encerrada en su habitación, sin ganas de hablar con nadie; se negaba a aceptar lo evidente, convencida de que ella era la única culpable por haber dejado que las cosas llegaran hasta este punto. «Si hubiera sido más inteligente, si hubiera conocido mejor a mi marido en lugar de contentarme con idealizarlo y considerarlo más o menos perfecto… Si no me hubiese marchado a Ashfield… Si me hubiese quedado en Londres… Por algún lado había una rendija; yo no llenaba por completo la vida de Archie…».[N10] Los sentimientos de culpabilidad se transformaron en una búsqueda, cada vez más exasperada, de explicaciones basadas en el análisis del carácter de Archie, en desesperados intentos por hallar una solución capaz de salvar su matrimonio: «Debía estar preparado para enamorarse de otra persona, aunque tal vez ni él mismo fuera consciente… ¿O sería tal vez que la muchacha era, en efecto, extraordinaria? ¿Fue el destino el que le hizo enamorarse de repente de ella? La realidad es que, cuando se enamoró de ella, se enamoró con la misma rapidez y frenesí con que se enamoró de mí… de modo que quizá tenía que ser así….».[N11] El

relato que ofrece de este episodio es desolador y no hay razón alguna para no darle crédito. En este momento, la escritora no está construyendo una narrativa para una novela, sino describiendo de forma muy dolorosa una experiencia personal con frases entrecortadas por la emoción y la desesperación; la súbita muerte de su querida madre y la inexplicable deserción de su marido acababan de demostrarle que en la vida real también existen personajes que pueden llegar a tener comportamientos perversos. Y Agatha sabía que la perversidad era uno de los rasgos de Archie que más le había llamado la atención: la falta de reparos y de empatía a la hora de actuar siempre según su voluntad y caprichos. Como el día de su boda, cuando no le importó el sufrimiento que pudiera causarles a los demás no poder formar parte de la ceremonia, organizada de forma repentina e inesperada. Ahora, Archie era implacable con ella por el mismo motivo: porque luchaba, única y exclusivamente, por su felicidad.[N12]

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El nuevo amor de Archie se llamaba Nancy, tenía veintiséis años (doce menos que Agatha), y vivía con sus padres en el pueblo de Hertfordshire, donde también trabajaba como secretaria. Nancy entró en la órbita de Archie a través de su mejor amiga Madge James, con quien había estudiado en The Triangle, una de las escuelas de formación para secretarias más prestigiosas de Londres, situada en South Molton Street. En aquella época, Madge salía con un amigo de Archie, Sam James, con quien se casaría poco tiempo después. En algún momento de 1925, Archie fue invitado a pasar un fin de semana en la casa de campo de Sam James, cerca de Godalming, y esta invitación también se extendía a Agatha, pero, al escuchar ciertas insinuaciones de que las cosas no iban del todo bien con el matrimonio, Sam James concluyó que sería mejor que Archie viniera solo. Nancy se encontraba entre los restantes invitados, y Archie se enteró de que ella era tan aficionada al golf como él, y como Sam James no jugaba, se le ocurrió proponérselo a ella. Los nuevos amigos pasaron horas jugando en el campo de golf al aire libre y, entre hoyo y hoyo, comenzaron a confiarse sus problemas.[N13] Con el paso del tiempo, la relación se estrechó de tal manera que un día Nancy fue invitada por Archie a pasar un fin de semana en Styles, donde conoció a Agatha. Evocando aquellos días, la autora recuerda en su autobiografía que su marido no parecía enamorado de Nancy aún, incluso porque se había opuesto a que la invitara a quedarse en casa aquel fin de semana, diciendo que le estropearía sus partidos de golf. La situación cambió, muy probablemente, después de la muerte de Clara, cuando Agatha decidió permanecer en Styles y su marido se quedó en Londres. Archie se negaba a visitarla porque, según él, no podía hacer frente a su dolor incontrolable; su aburrimiento y soledad lo habían llevado a los brazos de Nancy. Como dijo Agatha, su ausencia «lo dejó abierto a otras influencias».

Es imposible determinar con exactitud el momento en el que ambos se enamoraron, y tampoco hay pruebas de que hubieran tenido una aventura amorosa previa a la revelación que Archie le hizo a Agatha en aquel complicado verano de 1926. En su obra, Agatha Christie from my heart, el autor brasileño Tito Prates marca unas pautas interesantes que nos pueden servir como referencia temporal: algunos autores sostienen que Archie y

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Nancy ya llevaban viéndose como pareja desde hacía un año y medio, pero, según Prates, Archie no se hubiese endeudado para comprar una nueva casa a principios de 1926 con Agatha si tuviera planes de separación. Otro hecho que refuerza la tesis de que entre Archie y Nancy había algo más que una simple amistad fue una velada organizada en la casa de los Christie en diciembre de 1925. Nancy se encontraba entre los invitados, y Prates explica que Archie no hubiera sido capaz de disimular teniendo a su amante bajo el mismo techo que su mujer y su hija, aunque fuese por unas pocas horas. Y, finalmente, hay que tener en cuenta el carácter del expiloto: Archie era una persona impulsiva y, cuando tenía claro lo que quería, no podía esperar. Fue así cuando le propuso matrimonio a Agatha, cuando decidió casarse con ella, cuando dimitió del Ministerio de Aeronáutica, cuando decidió comprarse un coche y cuando decidió que la familia se trasladaría de Londres a Sunningdale. ¿Por qué actuaría de forma distinta con Nancy? ¿Qué sentido tendría mantener una doble vida con todos los problemas y tensiones que ello implica? No era el carácter de Archie; así que es probable que su relación extraconyugal comenzara en enero de 1926, cuando pasó a no volver a casa los fines de semana y se intensificaría cuando Agatha viajó a Córcega junto a su hermana.

Madge James, siempre dispuesta a defender a su amiga, declaró en reiteradas ocasiones que ella nunca fue la amante de Archie, y en una carta escrita en la década de 1980 afirmó que «en aquella época no nos metíamos en la cama con un hombre sin cumplir con un cierto protocolo previo como lo hacen hoy». Sin embargo, otros testimonios corroboran la tesis de que Archie ya mantenía una relación extraconyugal con Nancy antes de la ruptura definitiva con su esposa. Uno de estos relatos insinúa que la relación empezó en 1925 y que estuvo a punto de terminar cuando Archie se marchó de vacaciones con Agatha a Cauterets. Sin embargo, nada más regresar, retomó su doble vida, hasta agosto de 1926, momento en el que reveló su traición. Su obsesión por jugar al golf era, en realidad, una excusa para estar con su amante. Sus fines de semana eran de exclusiva dedicación a su nueva «amiga»; y los James, que sabían que Archie estaba cada vez más descontento con su matrimonio, le proporcionaron un necesario cobijo en Godalming. Temiendo que su

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relación con Nancy se enfriara, Archie se negó a ir a Italia con Agatha, y cuando esta le dijo que tendría que pasar una larga temporada en Ashfield para limpiarla y ponerla a la venta, Archie se dio cuenta de que le habían brindado la oportunidad perfecta para consolidar la relación con su amante, y se quedó en Londres. En este momento, Nancy pudo haber empezado a presionarlo para que dejara a su familia, lo que, unido a la muerte de Clara (que dejó a Agatha sin nadie que la defendiera), habrían sido los factores decisivos que desencadenaron los acontecimientos.[N14]

Esta versión de los hechos nunca ha sido debidamente aclarada y, por lo tanto, no puede ser tomada como definitiva. Sin embargo, existen algunas fotos de la época en las que Nancy aparece junto a Archie en el club de golf. Parece razonable pensar que hubo rumores, lo que no significa que también hubiera una aventura amorosa. Normalmente, la gente se apresura a ver la atracción entre un hombre y una mujer con el ansia de detectar un potencial escándalo, y lugares provincianos como Sunningdale eran un caldo de cultivo perfecto para este tipo de especulaciones. Además, Nancy era el personaje ideal para suscitar toda clase de cotilleos: era una chica alegre, jovial y poseía un atributo importante para muchos hombres: era extremadamente atractiva y parecía representar todo lo que Agatha había dejado de ser. Estaba siempre alegre, jugaba al golf y era divertida. «Lo de menos era la chica en cuestión; lo que nos pasó hubiera sucedido con cualquier otra mujer, porque, de alguna manera, yo no colmaba totalmente su vida», concluyó Agatha en su autobiografía.[N15] En aquel momento, Archie estaba preparado para soportar las lágrimas y reproches de su mujer, pero cuando ella rechazó de forma tajante su petición de divorcio, quedó desconcertado. Aunque fuera tan doloroso, la escritora podía asumir que ya no era amada por su marido, pero se opondría con todas sus fuerzas a que Archie las abandonara a ella y a Rosalind para casarse con otra mujer. No quería que se desmoronaran los dos pilares sobre los cuales había sido educada: la vida doméstica y el matrimonio; además, tenía la convicción de que su matrimonio aún no estaba del todo perdido.

En realidad, lo único que anhelaba era un matrimonio feliz. De eso estaba segura, como todas mis amigas. Presentíamos la felicidad que nos aguardaba; ansiábamos amar, ser protegidas y queridas, sin

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tener que variar nuestras costumbres, anteponiendo la vida, profesión y éxito de nuestro marido, como era nuestro deber. (…) Me educaron, por supuesto, como a todas las mujeres de mi tiempo, para evitar el divorcio a toda costa. (…) No quería divorciarme de Archie, odiaba tener que hacerlo. Disolver un matrimonio es una equivocación —de eso estoy segura— y he tenido ocasión de ver suficientes matrimonios rotos y de oír las suficientes historias íntimas como para estar convencida de que, si tiene poca importancia cuando no hay hijos, sí la tiene y mucha cuando los hay.

Agatha Christie, Autobiografía.[N16]

Atendiendo a las súplicas de Agatha, Archie permaneció en Ashfield para celebrar el cumpleaños de Rosalind; pero al día siguiente, a primera hora de la mañana, ya estaba de regreso a su club de golf en Londres, mientras que su esposa e hija volvían solas a Styles. Al enterarse de que la enfermedad del padre de Carlo era menos alarmante de lo que en un principio se temía, Agatha le escribió rogándole que volviera lo antes posible. Al llegar, Carlo se quedó horrorizada al ver el estado en el que se hallaba su jefa: incapaz de comer ni dormir, y pasando las noches y las madrugadas vagando por los pasillos, llorando como un fantasma atormentado. Consumida por una rabia dirigida no solo hacia a su marido, sino hacia ella misma, Agatha intentaba buscar una justificación que explicara el comportamiento de Archie, aludiendo con absoluta honestidad a su desmesurado egoísmo: «Me dijo, una vez, hace mucho, que odiaba a la gente enferma e infeliz; no lo podía entender; se le quitaban la ilusión y las ganas de hacer planes. Y además concluyó diciendo que era incapaz de soportar no poder tener lo que deseaba». Al cabo de un par de semanas, Archie regresó a casa diciendo que «tal vez se hubiese equivocado», según escribió Agatha; «probablemente, se dio cuenta del daño que podría haberle causado a Rosalind».[N17]

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La hija del matrimonio tenía entonces siete años y estaba muy unida a Archie. Los hijos son habitualmente las grandes víctimas de la separación de sus padres, un hecho que suele ser más o menos inesperado y que les rompe la estabilidad a la que estaban acostumbrados. Además, no había que olvidar el desgaste natural de gestionar un trámite tan complicado. En 1926, el único motivo que podría legitimar la solicitud de divorcio era el adulterio; pero cuando la demandante era la esposa, la denuncia debía ir acompañada de evidencias claras e inequívocas de una o más transgresiones, como abandono, incesto, sodomía o agresión; este último podría ser muy difícil de juzgar, pues, en aquella época, a los hombres se les permitía por ley castigar físicamente a sus esposas, y había casos en los que resultaba difícil clasificar una agresión como legítima o no, por más absurdo que esto pueda parecernos en el siglo XXI. También había que tener en cuenta los costes; los divorcios solían ser caros. Además, debido al régimen que ordenaba el uso de las propiedades del matrimonio, incluidas las herencias, pocas mujeres contaban con los medios necesarios para enfrentarse a un proceso de separación. Agatha aún tenía esperanzas en que Archie rectificara; había mucho en juego y él no podía abandonar a una esposa con la que había tenido pocos desencuentros y una hija que le quería con locura. Como la pasión suele ser mala consejera y no suele dar la medida exacta de las cosas, es posible que la excitación de Archie por haber conocido un nuevo amor le hubiese nublado el pensamiento, con lo que el tiempo le haría volver a entrar en razón. Este era el razonamiento idealizado de Agatha, en claro contraste con el de Carlo, que tenía una visión más pragmática de la situación. «No creo que su marido vuelva atrás en su decisión», le dijo sin piedad y sin rodeos, no para hacerle daño, sino para despertarla de una ilusión completamente falsa.

No pasó mucho tiempo hasta que su vaticinio se cumpliera y, por si no bastase con todo lo expuesto, Agatha aún tuvo que escuchar, boquiabierta, un extravagante plan ideado por su marido para que ambos pudieran divorciarse sin traumas: Archie se registraría en un hotel acompañado de una mujer a la que contrataría para que desempeñara el papel de su amante, y al día siguiente ambos serían descubiertos por unos detectives que proporcionarían toda esta información a la novelista para ser utilizada durante el juicio posterior. Agatha quedó atónita ante lo insólito de la

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propuesta, lo que enrareció aún más la convivencia durante los días siguientes. Aunque Archie no pudo poner en práctica su ardid, consiguió, en cambio, un acuerdo inicial con Agatha para empezar a arreglar la situación; pasó a verse con Nancy Neele los fines de semana en la casa de un amigo en común, y con estas inevitables escapadas, podía quizá conseguir que su mujer accediera al divorcio apelando a su compasión y sentido común (puesto que estaba claro que su relación ya no funcionaba). Pero prefirió inclinarse por una estrategia más agresiva y pasó a ejercer sobre Agatha una presión brutal.[N18]

En su autobiografía (escrita décadas después de lo ocurrido y, por tanto, de forma más calmada), Agatha Christie concluye que, en realidad, Archie se sentía desgraciado porque en el fondo la estimaba y odiaría tener que hacerle daño. Por eso quería convencerse de que, a fin de cuentas, eso sería mucho mejor para ella; al final, acabaría teniendo una vida feliz, viajaría mucho y además tenía sus libros para consolarse. Como le remordía la conciencia, no pudo evitar que su comportamiento fuera algo insensible.

En Retrato inacabado, Celia es sometida a una presión psicológica que acaba acarreándole neuralgia y dolor de oídos, pero, pese a todo ese sufrimiento, rechaza con tenacidad la concesión del divorcio. Con el paso del tiempo, Celia comienza a sentir que se está volviendo loca; se despierta sobresaltada en mitad de la noche, convencida de que su marido está intentando envenenarla. Cada vez más perturbada, se levanta una noche y sale a la calle bajo la lluvia. Está buscando a su madre, que, en realidad, está muerta. Vaga sin rumbo fijo, cada vez más desesperada, incapaz de recordar el nombre de su madre ni el suyo propio. Finalmente, regresa a casa presa del pánico, donde es reconfortada por la niñera de su hija, miss Hood. Una de las biógrafas de Agatha Christie, Gillian Gil, cuestiona cuánto de realidad y cuánto de ficción hay escrito en este revelador extracto de Retrato inacabado. Aunque los hechos relatados en esta obra hayan sido dramatizados en gran medida, muchos detalles del capítulo 18, titulado «Temor», encajan a la perfección en la vida de su autora, como la debilidad física de Celia, su miedo ante una posible demencia y sus actos de locura.

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A veces despertaba en medio de la noche aterrorizada. Pensaba que Dermot se disponía a envenenarla para quitarla de su camino. Al llegar el día, lograba darse cuenta de que aquello era puramente fantástico; pero llegó a encerrar bajo llave el veneno que se guardaba en el cobertizo del jardín, destinado a combatir plagas y ratones. Mientras lo hacía, no dejaba de pensar que su conducta no era la de una persona en su sano juicio; sin duda, se estaba volviendo loca.

AGATHA CHRISTIE, Retrato inacabado.[N19]

Llegó el invierno y Agatha seguía esperando que Archie cambiara de opinión, al menos por su hija; quería a toda costa evitar el divorcio. Pero el tiempo pasó y la situación apenas cambió. Su marido vivía en teoría en Styles, pero pasaba la mayor parte del tiempo instalado en el club de Londres, viendo a Nancy durante los fines de semana y siempre en compañía de amigos para que los chismorreos no dañasen la reputación de nadie. Madge James hizo todo lo posible para que sus amigos pudieran estar juntos en su casa con el más absoluto decoro, pero con la llegada de su primer hijo, los encuentros se hicieron cada vez menos constantes. La pareja no podía construirse una nueva vida mientras Archie siguiera casado. Necesitaba divorciarse y para eso dependía de la cooperación de su mujer, que se negaba con rotundidad. De los tres implicados directamente en esta dolorosa disputa, Agatha era la que se encontraba en la peor situación: al contrario que Archie o Nancy, no disponía de un trabajo convencional que le obligase a salir de casa para desconectar; tampoco tenía a nadie cerca a quien acudir en busca de cariño; y las novelas, que eran su único refugio, se habían vuelto un trabajo casi forzoso. Agatha intentaba por todos los medios reanudar su escritura, pero le resultaba imposible, y eso que tenía un contrato que cumplir con Collins. A finales de noviembre de 1926, la novelista se hallaba sumida en una desdicha en la que nadie, ni Carlo, ni su hermana, ni siquiera su hija, podía proporcionarle consuelo. Dormía y comía mal, escribía de forma irregular, tenía mal aspecto y se castigaba a sí misma haciendo la vida imposible a cuantos la rodeaban.[N20]

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A comienzos de diciembre, la vida de Agatha parecía seguir con relativa normalidad, pese a que se sentía «realmente enferma», tal y como confesó en sus memorias. Preocupada por sus obligaciones contractuales, decidió hacer un breve viaje a Londres para reunirse con sus editores acerca del manuscrito (todavía en desarrollo) de su siguiente novela, que se titularía El misterio del tren azul. Pocos días después, en la mañana del 3 de diciembre, según el testimonio de una de las doncellas de Styles, Agatha y Archie tuvieron una intensa discusión que culminó con ella disgustada por un lado y él marchándose de casa sin dar demasiadas explicaciones. Después de almorzar sola, la autora decidió salir con Rosalind para visitar a su suegra en Dorking y tomar el té de las cinco. Se desconoce si durante el encuentro se abordó el asunto de Archie, pero, según algunos de sus biógrafos, la escritora aparentaba estar relajada y llegó incluso a entonar algunas canciones a su hija mientras hervía la tetera, y solo se quejó de un cierto bloqueo creativo que le impedía avanzar con su novela. El único momento de relativa tensión se produjo cuando la madre de Archie le preguntó por qué no llevaba puesto su anillo de casada. Agatha frunció el ceño y se cruzó de brazos durante unos segundos; luego suspiró y lanzó una mirada al vacío. Su suegra atribuyó la melancolía de su nuera a la ansiedad por terminar su último libro, lo que le había provocado un

inesperado bloqueo de creatividad. «Estas tramas rotas —declaró su nuera

—. ¡Oh, estas tramas rotas!». Agatha regresó a Styles pocas horas más tarde con la esperanza de que Archie la estuviera esperando, pero se equivocó. Resignada, preparó algo y cenó sola, puesto que Carlo se había cogido el día libre (de mala gana) para acudir como invitada a una cena en Londres. Preocupada por el estado de ánimo de Agatha, Carlo apenas disfrutó de la velada, y tal era su angustia que en medio de la cena se excusó para ir al salón contiguo y telefonear a Styles. Agatha la tranquilizó diciéndole con toda normalidad que se divirtiese mucho y que regresase en el último tren. Al colgar el teléfono, se dirigió al salón principal y se acurrucó en su sillón preferido para reflexionar acerca de los acontecimientos que atormentaban su vida. La novelista se negaba a aceptar los terribles hechos que había vivido en las últimas semanas: la muerte de su madre, el inminente fin de su matrimonio y el penoso estado

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en el que se encontraba Ashfield. Todos estos factores propiciaron el caldo de cultivo necesario para que se sumiera en una crisis que alcanzó su punto álgido hacia las once de la noche (según algunos de sus biógrafos), o a las diez menos cuarto (según lo recogido por la prensa de la época), cuando, en una acción aparentemente impulsiva, subió las escaleras hasta la habitación de su hija, le dio un beso, volvió a bajar y avisó a una de sus criadas de que salía a dar un paseo en coche sin decir exactamente dónde iba.[N21]

Carlo llegó poco tiempo después y se encontró las puertas del garaje inexplicablemente abiertas y a las criadas asustadas en la cocina. Las muchachas la rodearon y empezaron a hablar todas a la vez, interrumpiéndose unas a otras. Carlo consiguió apaciguarlas y, cuando logró restaurar el orden, le dijeron que la señora Christie se había marchado en coche sin dar ninguna explicación. Intentando disimular cierta serenidad, Carlo les ordenó que volvieran a sus habitaciones y que intentasen dormir. Pensó que, en aquel momento, lo mejor que podía hacer era prepararse un té y quedarse de guardia en el salón a la espera de su ama. Al sentarse en una de las butacas, vio que había dos sobres dispuestos con cuidado sobre el aparador, y en uno ponía su nombre. Súbitamente, sintió un cosquilleo en el estómago y, sin poder disimular la ansiedad, con el corazón acelerado, rompió el sobre dirigido a ella. En el interior, encontró una escueta nota de Agatha, nada alentadora, en la que le pedía que cancelara una reserva en un hotel para el fin de semana. Terminó la misiva diciendo que tenía un problema y que pronto estaría en contacto. La segunda carta iba dirigida a Archie, quien, tras leerla, la arrojó al fuego sin revelar su contenido a nadie, aunque afirmó que hablaba de un asunto doméstico sin importancia, pero nadie le creyó.[N22]

Agatha no daba señales de vida y empezó a hacerse tarde; a medida que la madrugada avanzaba, la angustia se iba apoderando del lugar. Al dar las seis, Carlo se encontraba medio dormida cuando oyó el motor de un coche acercándose a la casa. Su corazón dio un salto y, con las piernas temblando, se dirigió a trompicones a la puerta. Para su desesperación, era un policía comunicando que se había encontrado un vehículo de la marca Morris-Cowley de color gris abandonado al borde de un estanque en una pequeña aldea cercana llamada Newlands Corner, a la salida de Guilford.

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Se trataba del coche de Agatha, sin daños visibles, y en su interior solo había un abrigo de piel, un carné de conducir caducado y un neceser. Según el informe policial, el vehículo se encontraba en «una posición que permitía suponer la ocurrencia de un insólito incidente, puesto que se hallaba en la mitad de una pendiente, a bastante distancia de la carretera, con el capó empotrado en unos matorrales, como si alguien lo hubiese empujado deliberadamente desde la cima de una colina contigua». El diario The Times añadió, caldeando aún más el ya tenso ambiente que se respiraba en el condado: «Dada la posición del vehículo, es como si le hubieran dado un empujón sin frenos. Y pese al rigor del invierno inglés, la escritora había dejado en su interior su abrigo de piel entre otras pertenencias».[N23]

El coche de la escritora encontrado por la policía al día siguiente de su desaparición, en diciembre de 1926.

Carlo asoció la desaparición de Agatha con su estado mental y lo primero que hizo fue informar a la policía de que su ama no se encontraba bien y que su familia había estado muy preocupada. Sin más dilaciones, se excusó para coger el teléfono e intentar localizar a Archie, que se encontraba con Nancy en la casa de Madge y Sam James en Hurtmore. De inmediato, después de ser informado de lo ocurrido, Archie regresó a

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Styles, donde fue llevado por un agente a Newsland Corner para confirmar si el vehículo pertenecía a su esposa. Aún aturdido por la alarmante noticia, Archie esperaba que el caso se tratara con discreción, y así fue, por lo menos durante las primeras veinticuatro horas, quizá porque el suceso coincidió con la muerte de uno de los artistas más influyentes del impresionismo, el francés Claude Monet, que ocupó los titulares de la jornada. Este tipo de noticia, sin embargo, suele tener una repercusión muy corta, y al día siguiente la prensa ya buscaba nuevos titulares y la misteriosa desaparición de Agatha Christie era un auténtico regalo. Durante la primera mitad del siglo XX, el Daily Mail y toda su plana de reporteros libraban una encarnizada batalla contra los periódicos rivales para conseguir mayores ventas y obtener beneficios publicitarios. Su competencia directa, el Evening News, aventajaba a los demás rotativos obteniendo exclusivas y publicando artículos de primera mano sobre los avances en la búsqueda de la escritora, así como las más recientes especulaciones acerca de su ignorado paradero; pero tampoco les iban a la zaga el News of the World y el Daily News.[N24]

El lunes 6, los grandes rotativos ya se habían hecho eco de la historia; la zona en la que se había encontrado el vehículo estaba rodeado por una multitud de curiosos, y las inevitables e incómodas preguntas empezaron a acosar a Archie y a Carlo por todos los lados. Decenas de periodistas se desplazaron a Sunningdale, invadieron fincas privadas y provocaron graves alborotos. «El pueblo, antaño tan bucólico, promete convertirse en el blanco de numerosas peregrinaciones los próximos días», vaticinaba el reportero de la revista The Westminster Gazette. En pocas horas, la noticia de la desaparición de Agatha Christie corrió como un reguero de pólvora sobre el pueblo y monopolizó las charlas de todos los pubs, comercios y hogares, dando paso a una cadena de especulaciones que fue creciendo y desvirtuándose a medida que la noticia se transmitía de boca en boca. Se decía que la policía había escoltado a Archie a Styles para ser interrogado, y cuando este reveló que había tenido una fuerte discusión con su mujer horas de antes su desaparición, se convirtió de inmediato en el principal sospechoso. Ante semejante alboroto, el ministro del Interior, William Joynson-Hicks, decidió tomar cartas en el asunto y presionó a la policía

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para que acelerara las investigaciones e intensificara la búsqueda con el fin de aportar algo de luz al enigmático asunto.

Aunque Styles pertenecía al distrito policial de Berkshire, el límite del distrito de Surrey se hallaba a escasos metros, al otro lado de la calle, de modo que tanto Carlo como Archie tuvieron que vérselas con dos grupos distintos de policías que cada mañana procedían a interrogarlos para saber si tenían alguna noticia nueva. A sugerencia de Archie, Carlo mandó llamar a su hermana Mary, que acudió para estar con ella, hacerle compañía y darle apoyo moral. Él, por su parte, pronto perdió la paciencia con la prensa, que había tomado por asalto los cuarteles de la policía de los dos condados.[N25] No fueron solo los periodistas, sin embargo, quienes intentaron sacar provecho de la desaparición de Agatha Christie —un suceso que, evidentemente, constituiría una enorme publicidad para los medios de prensa implicados—: la policía también cobró un relevante protagonismo, sobre todo a través de las intervenciones (a veces inoportunas) del inspector Goddard, de la comisaria de Berkshire, y del inspector Kenward, de la de Surrey. Kenward disfrutó de cada uno de sus días de gloria y no tuvo reparos en afirmar a la prensa que movería todos los medios posibles para localizar a la escritora, incluido el uso de aeroplanos, un recurso que dependía de la aprobación del Ministerio del Interior, que todavía no se había pronunciado al respecto. Sin embargo, muchos de sus informes fueron descritos por algunos periodistas como vagos e imprecisos; tomados en conjunto, representan una mezcla de especulación y hechos poco comprobables que no solo confundieron al público, sino que conllevaron conclusiones erróneas. El entusiasmo con el que los periódicos recogieron la historia también provocó que el rumbo de las investigaciones se viera obstaculizado en varias ocasiones. Los periódicos más sensacionalistas se llenaron de conjeturas y falsas informaciones para aumentar su tirada. Se dijo que se había suicidado, que había huido con un amante o que todo era un truco para promover su nueva novela.[N26] Se entrevistó a dudosos testigos, se emitieron notas que mezclaban el caso de Agatha con el de otras personas desaparecidas en la misma época y se publicaron ciertas teorías que provenían de adivinos y videntes contratados con el fin de averiguar su paradero.[N27]

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La alarma colectiva fue en aumento conforme se divulgaron más noticias. Mientras tanto, un amplio operativo formado por agentes de la policía de Surrey y voluntarios civiles organizó una batida sin precedentes en la región en búsqueda de la novelista desaparecida. Según lo recogido por uno de los periódicos locales, las autoridades llegaron incluso a recurrir a cazadores con jaurías de sabuesos, debido al «amplio conocimiento de una zona que controlan a la perfección». En este sentido, el presidente de la Asociación de Cazadores de Surrey señaló que se ofrecieron desde el primer momento para participar en el dispositivo, dado que la búsqueda tenía lugar en «una zona espesa, compleja, llena de matorrales y de muy difícil acceso, a la que nosotros podemos acceder con más facilidad». Los cazadores trabajaron divididos en diferentes equipos de búsqueda y pasaron la tarde del sábado 4 de diciembre, así como el domingo y el lunes, barriendo una amplia zona en los alrededores de Newlands Corner. Al filo del mediodía, empezaron a surgir los primeros relatos de algunos testigos que afirmaban haber visto a Agatha Christie. Un granjero local, que atendía por el nombre de Ernest Cross, describió haberse cruzado en la carretera con una «mujer trastornada, que no parecía estar del todo en sus cabales, que gemía y castañeaba los dientes de frío», un dato relevante, puesto que coincidía con las pertenencias encontradas en el interior del vehículo y que incluían entre otras cosas su sombrero y su abrigo.[N28] El relato ofrecido por el señor Cross era tan coherente que el inspector Kenward no dudó un instante de que se trataba de la escritora desaparecida —pese a que luego se percibieron incoherencias en su declaración—. «En consecuencia, reuní a casi cuarenta miembros de la

policía de todos los rincones del condado —declaró a los medios—, así como a un número considerable de guardias especiales». Con la ayuda adicional de numerosos civiles, se efectuó una intensa búsqueda en la comarca; todo lo que se encontró fue un zapato de mujer manchado de barro y un guante marrón, también de mujer, forrado de piel.

El martes 7 de diciembre, llegaron al lugar del suceso unos quinientos hombres para intensificar la búsqueda, según lo recogido por el diario Evening News, que clasificó el operativo como «el más grande que hasta entonces había visto el país, y el primero en el que se utilizaron aviones para localizar a una persona desparecida». Hasta quince mil voluntarios

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civiles se sumaron al espectacular operativo para dar con el paradero de la escritora, peinando palmo a palmo la zona, rastreando colinas, despejando la maleza e incluso drenando estanques. Incluso Archie se incorporó al grupo, utilizando el fox terrier de su esposa como sabueso, pero todas las redadas resultaron infructuosas.[N29] Alarmado por los escasos resultados que cosechaba, el inspector Kenward ordenó drenar las aguas del Silent Pool, un manantial natural cercano al lugar donde se encontró el coche de Agatha y que había sido la escena de la muerte de dos hermanos en circunstancias que tampoco se pudieron aclarar en la época de los hechos. Lo vaciaron por completo y rastrearon su fondo con garfios de hierro, pero no se encontró nada. Mientras tanto, en una zona cercana, un grupo de voluntarios instalaron redes ante la esclusa de un estanque y abrieron sus compuertas, pero no lograron atrapar un solo objeto que aportara alguna pista. La prensa ofreció una recompensa para quien descubriese el paradero de la novelista desaparecida, estímulo que, como era de esperar, suscitó testimonios contradictorios que afirmaban haberla visto simultáneamente en lugares alejados por kilómetros de distancia: una señora informó de que se había cruzado con una mujer que se le acercó y se quedó mirándola, pero luego se dio media vuelta sin decir palabra; el gerente de un hotel de Newlands Corner afirmó que Agatha había dormido en su establecimiento la noche del viernes, y otro vecino de la zona declaró habérsela encontrado el sábado por la mañana deambulando por un camino rural, como si estuviese perdida. De todos los testimonios, el más intrigante fue el de un tal señor Richards, que afirmó haber visto a una mujer que se parecía a la escritora en compañía de un hombre en el interior de un coche estacionado en el sendero de su casa. Este relato fue en parte confirmado por otro testigo, identificado como señor Faulds, quien también afirmaba haber visto un coche con una pareja en su interior el viernes por la noche y el sábado por la tarde.[N30]

Los días se sucedían y no se encontraban pistas que ayudaran a aclarar el misterio. Al haberse convertido en una escritora de primera fila en su género y una figura pública muy conocida, su desaparición sumió en la perplejidad a familiares, amigos y lectores. Todos especulaban acerca de qué podría haberle sucedido, con diferentes interrogantes, entre los que se colaban comentarios maliciosos que ponían en entredicho la legitimidad

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de su desaparición. Incluso el diario español ABC sacó una nota titulada «¿Estará viviendo alguna de sus novelas?», publicada en las páginas de sucesos del 8 de diciembre de 1926. «Mistress Agatha Christie, conocida escritora y autora de novelas e historias de detectives, ha desaparecido, y hasta la fecha la Policía la busca inútilmente. Mistress Christie salió en automóvil de su casa en Sanningdale, en Berkshire, a media tarde, y fue vista poco después en Newlands Corner, en Surrey. A la mañana siguiente, se encontró el automóvil abandonado en dicho lugar», rezaba la nota del diario, que apuntaba a renglón seguido que la novelista había «tenido recientemente grandes desórdenes nerviosos». «Se la busca con actividad en todos los alrededores, y varios aeroplanos vuelan bajo por los bosques y los campos», concluía subrayando la intensa búsqueda que se inició tras su desaparición.[N31]

No faltaron testimonios que defendían la tesis de que Christie podría haberse fugado con un amante, hasta que los rumores de un posible suicidio empezaron a cobrar fuerza con notas que la describían como una lunática deambulando perdida por los senderos de Surrey. Un rotativo sensacionalista publicó testimonios de diferentes personas que afirmaban haberla visto visitando a un químico del pueblo días antes de su desaparición con la intención de obtener pastillas para dormir, y que durante la conversación que mantuvieron durante casi media hora la novelista le hizo preguntas acerca de la escopolamina, una droga altamente tóxica que debe usarse en dosis minúsculas. Según algunos rumores, Agatha le habría dicho al químico: «Nadie debería suicidarse de forma violenta a sabiendas de que hay disponible una droga tan eficaz como la escopolamina». Archie, sin embargo, pensaba que estos relatos no pasaban de ser auténticas bobadas. «Cualquiera que intente acabar deliberadamente con su vida no se toma la molestia de coger su coche y abandonarlo junto con sus pertenencias para andar sin rumbo por los senderos del pueblo a mitad de la noche». No obstante, el gran titular del miércoles no fueron los rumores sobre el probable suicidio de Agatha Christie, sino la información de que Campbell, el hermano de Archie, había recibido una carta de la novelista con un matasellos de Londres de las nueve y cuarenta y cinco del 4 de diciembre. Según Campbell, la carta se le había traspapelado, pero al enterarse de la desaparición de su cuñada, la buscó exhaustivamente, pero

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no pudo dar con ella. Esta carta jamás se encontró, y no fueron pocos los periódicos que especularon acerca de su contenido, diciendo que en ella afirmaba estar enferma y mencionaba su intención de acudir a un balneario de Yorkshire para instalarse unos días en casa de unos amigos con el fin de recuperarse.[N32]

A estas alturas de los acontecimientos, en la prensa se evidenciaba una creciente antipatía por Archie, sobre todo después de que algunos reporteros descubriesen que su matrimonio no pasaba por el mejor momento. La suegra de Agatha, la señora Hemsley, que, al parecer, colaboró con la prensa más que ningún otro miembro de la familia, reveló que las relaciones que mantenía con su nuera no siempre habían sido cordiales y la describió como una mujer calculadora que podría llegar hasta el extremo de quitarse la vida con tal de dejarle vía libre a su marido. «Me inclino a pensar que mi nuera planificó su final y que deliberadamente condujo el coche hasta el lugar donde fue encontrado

—declaró sin rodeos—. Era una conductora muy hábil y conocía a la perfección las carreteras de la zona, de modo que dudo muchísimo que pudiera haberse perdido en la oscuridad (…) Yo creo que mi nuera tuvo algún tipo de crisis de ansiedad y, sin saber dónde iba, abandonó el coche y vagó sin rumbo por las colinas». [N33] El testimonio de su suegra influyó de forma decisiva en que la policía empezase a considerar la tesis del suicidio como la más probable, porque, a falta de otras informaciones, era la única hipótesis que parecía tener algún sentido (aunque Kenward no descartaba un asesinato emprendido por su marido infiel). La madre de Archie relató, además, que su nuera era una mujer racional, pero que se encontraba en medio de un duro periodo de pérdida, de ausencias y de añoranzas (refiriéndose a la muerte de Clara). Agatha, en su estado confuso y neurótico, pudo haber llegado a la conclusión de que su problema se solucionaría con su muerte, una teoría perfectamente plausible, puesto que un potencial suicida entiende la muerte como la liberación de las ataduras de la vida, una salida de emergencia cuando su situación personal, familiar o social se vuelve insoportable. En el caso de que la escritora desapareciera para siempre, Archie y su nueva mujer cuidarían de Rosalind, y los tres vivirían felices para siempre. «Yo creo, con toda sinceridad —concluyó la señora Hemsley—, que mi nuera se

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encontraba en un estado mental en el que se sentía incapaz de satisfacer las exigencias de mi hijo y las necesidades de mi nieta. Desesperada, decidió poner un punto final a su angustia; primero, al salirse su coche de la carretera; después, vagando sin rumbo, quizá en dirección a Silent Pool, un peligroso y traicionero lugar que ya había mencionado en una de sus novelas».[N34]

La hipótesis del suicidio premeditado no convenció a casi nadie. A sus treinta y seis años, Agatha Christie empezaba a disfrutar de una prometedora carrera como novelista y tenía una relación matrimonial (aparentemente) plácida con su marido en una magnífica casa de campo. El misterio era tan intricado como la trama de sus historias. El novelista Edgar Wallace (famoso por ser el autor del guion original de la película King-Kong) ofreció su versión de los hechos en el Daily Mail, en una entrevista concedida pocos días después de la desaparición de la escritora. «Todo apunta a un caso típico de “venganza inconsciente” contra alguien que le ha hecho daño. En otras palabras, su intención parece ser la de dejar en evidencia a una persona de su círculo más cercano como la única culpable de sus angustias y temores. En cuanto a la hipótesis de suicidio, me parece muy poco probable, simplemente porque ella ha creado toda una atmósfera de misterio que nos lleva a pensar en diferentes posibilidades». Después de describir su reconstrucción personal de los hechos, Wallace concluyó su exposición con una espeluznante previsión: «No creo que Agatha Christie haya muerto de frío, ya que su cadáver no ha aparecido. Estoy seguro de que está viva y en plena posesión de sus facultades». Wallace no quiso nombrar a la persona a la que la novelista podría haber dirigido su «venganza inconsciente», temiendo caldear aún más los ánimos contra su marido, pero, a medida que los rumores de una supuesta aventura amorosa comenzaron a circular, el nombre del Archie recibió más protagonismo, sobre todo después de que la policía tomara declaración a los criados, que relataron que la escritora había abandonado su casa en coche tras una acalorada discusión conyugal, después de que este le hubiera confesado que tenía una amante. Tal secuencia de acontecimientos fue suficiente para que la opinión pública se volviera contra él, al haber dejado de ser el apenado marido para convertirse en un supuesto adúltero y en el principal sospechoso de un supuesto asesinato.

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Claramente desconcertado y sumido en un mar de interrogantes, el inspector Goddard decidió ampliar las búsquedas, convencido de que la novelista seguía con vida. «No existe, todavía, ninguna evidencia que demuestre que la señora Christie haya sido asesinada o se haya suicidado, y tampoco halló razón para suponer que esté muerta», una posición radicalmente opuesta a la defendida por su colega, el inspector Kenward. «Yo reitero mi convicción de que la señora Christie ha muerto y que su cadáver debe hallarse en algún lugar próximo a Newlands Corner».

Los periódicos se hicieron eco del hecho de que Archie se hallaba ausente de su casa la fatídica noche, y al ser preguntado por su paradero, se limitó a decir en un tono bastante hostil que no tenía por qué dar explicaciones a nadie, lo que demostraba que ya estaba cerca de alcanzar el límite de la exasperación: «He dicho a la policía que no quiero que mis amigos se vean envueltos en este lamentable caso. Este asunto es exclusivamente mío. He sido acosado y perseguido como si fuera un criminal. Todo lo que deseo es que me dejen en paz». Su impaciencia, unida a sus contradictorias declaraciones, acabaron por ponerle en el punto de mira de la prensa, y la tesis del suicidio evolucionó hacia la de un posible asesinato. Sus amigos más cercanos trataron de aseverar que estos rumores eran infundados y que Archie era no solo inocente, sino víctima de una infamia. Todo fue en vano. La prensa había encontrado una buena presa y no iba a soltarla con facilidad, sobre todo cuando su aventura amorosa con Nancy Neele empezó a salir a la luz. Más adelante, la policía descubrió que, antes de desaparecer, Agatha le había escrito una carta que su marido trató de destruir nada más leerla. Al ser cuestionado por semejante acto, Archie contestó que su contenido se limitaba a un asunto personal sin relevancia. Nadie le creyó.

Acorralado por los medios, que lo veían como un claro sospechoso, Archie acudió a Scotland Yard en busca de ayuda, pero le contestaron que no podían intervenir en el caso a menos que lo solicitara la policía de Surrey o la de Berkshire. Entonces, cambió de estrategia y pasó a colaborar con los medios, con una exclusiva concedida al Daily Mail el viernes 10 de diciembre. «Con todo lo que hemos pasado estos días, solo puedo considerar tres hipótesis que puedan justificar su desaparición: una acción deliberada y planificada, una amnesia o un suicidio. Tiendo a

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inclinarme por la primera, aunque no descarto una súbita pérdida de memoria o crisis nerviosa como resultado de una intensa y prolongada angustia. Con respecto al suicidio, la razón que me ha llevado a descartarlo es el hecho de que ella jamás ha amenazado con suicidarse, pero si contemplase semejante posibilidad, estoy seguro de que su mente se inclinaría por el veneno; lo menciona a menudo en sus novelas y, además, si se hubiese propuesto obtener veneno, lo habría conseguido, porque siempre ha logrado obtener lo que quería». Según el relato de algunos testigos, hubo cierta inquietud entre los periodistas presentes por la patente frialdad con la que declaró, con una objetividad cercana a la indiferencia.

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El 12 de diciembre, la policía de ambos condados organizó lo que Evening News llamó «el domingo de la gran búsqueda», un operativo sin precedentes que contaría con la colaboración de miles de voluntarios, varias brigadas y hasta un aeroplano (sería la primera vez que un aparato de este tipo se utilizara para la búsqueda de una persona desaparecida en Gran Bretaña). El inspector Kenward determinó que se dragase Silent Pool por segunda vez, una labor considerada laboriosa e inútil para muchos de los implicados, puesto que ya lo habían hecho días antes, sin éxito. Como era esperado, no se encontró cadáver alguno, por lo que Kenward ideó un segundo proyecto mejor elaborado que consistía en dividir la zona en cuatro sectores en función de sus características geográficas (páramo, bosque, ríos y lagunas), de modo que cada brigada procedería a un minucioso registro utilizando las herramientas y recursos específicos para cada zona; una empresa de buceo ofreció sus servicios para las búsquedas que se realizarían en los ríos y lagunas, y ochenta miembros del club motociclista de Aldershot prestaron su desinteresada colaboración en las búsquedas en el páramo. Ante semejante exposición mediática, el suceso acaparó la atención de expertos y conocedores de la materia, como un tal excomisario Gougt, famoso por haber resuelto un caso de asesinato en Wokingham. En un artículo publicado en el Daily Mail, Gougt señaló que «se trataba de un caso de especial dificultad porque la policía buscaba a una persona dotada de atributos especiales, poco frecuentes en el ciudadano común, con un talento extraordinario para la creatividad y la

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imaginación, lo cual permite suponerla capaz de llevar a cabo actos extraordinarios, aunque de manera inconsciente».[N36]

«¿Estará viviendo alguna de sus novelas?», se preguntaba el diario español ABC en las páginas de sucesos del 8 de diciembre de 1926. Mientras tanto, en Inglaterra, algunos periódicos publicaban fotos trucadas que mostraban cómo sería Agatha Christie caracterizada con diferentes peinados y accesorios, y se dio muchísima publicidad al suceso, sobre todo porque se trataba de la desaparición de una escritora de misterio.

El lunes 13, el caso dio un giro inesperado cuando dos músicos de la banda de un hotel balneario, Bob Tappin y Bob Leeming, se presentaron en la comisaría de la policía local para informar de la presencia de una huésped cuya semejanza con la escritora desaparecida era demasiado notable como para ignorarlo y, además, había llegado al día siguiente de que se perdiera la pista de Agatha Christie. Avisos como estos llegaban de todas partes de Inglaterra, pero, como la desaparición de la novelista se estaba casi convirtiendo en asunto de Estado, el comisario decidió enviar a dos agentes de la policía de West Riding al hotel, el Hydropathic de Harrogate (actualmente Old Swan), uno de los mayores y más lujosos hoteles del condado de Yorkshire. Los agentes accedieron con discreción al restaurante del hotel, como si fuesen clientes, y no tardaron en encontrar a la novelista desaparecida, cómodamente sentada en una butaca situada junto a la chimenea del recinto. Tras observar con discreción a la mujer sin

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acercarse demasiado, los agentes comprobaron que se trataba de la mismísima Agatha Christie, que se había registrado en el establecimiento utilizando un nombre falso: Teresa Neele. El inspector McDowell, al tener noticia del suceso, alertó a la policía de Surrey, que telefoneó a Carlo a Sunningdale. Como esta no podía dejar sola a Rosalind, avisó por teléfono a Archie a su oficina, quien de inmediato tomó un tren con destino a Harrogate. Según el Daily Express, Kenward aún se mostraba escéptico apenas una hora antes de que la escritora fuera encontrada. «No creo que este asunto se resuelva en Harrogate», sentenció. Más tarde, afirmó que Archie también dudaba de que la persona del hotel fuera su esposa porque su descripción no encajaba. Según los empleados del Hydropathic, la mujer en cuestión era una viuda recién llegada de Sudáfrica que acababa de perder un bebé cuya fotografía llevaba consigo; además, mientras estaba alojada en el hotel, puso un anuncio en el diario The Times para que sus amigos y parientes en el país se pusieran en contacto con ella. En él indicó que quienes quisieran hacerlo debían remitir sus cartas al «Apartado de Correos R. 702».[N37]

Archie llegó al Hydropathic poco después de las seis y media acompañado del superintendente McDowell, de la policía de West Riding, para reunirse con la directora del hotel, la señora Taylor. En aquel momento, la señora Neele se encontraba en su habitación y no tenía la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo en el vestíbulo. Tardó casi una hora en arreglarse para bajar a cenar, como hacía habitualmente desde que llegara once días antes. Alrededor de las siete y media, la mujer salió de su habitación y caminó por el pasillo hasta llegar a la escalera que daba a la planta baja. A medida que iba bajando, empezó a notar un cierto alboroto, pero como sabía que se trataba de una hora punta, le restó importancia. Ajena a lo que estaba ocurriendo a escasos metros de donde se encontraba, la misteriosa mujer se sentó en una de las butacas y cogió el diario vespertino, que, una vez más, informaba de la búsqueda de la novelista. En este momento, Archie se acercó y la identificó de inmediato. ¡Era su mujer! El reencuentro fue comedido y carente de todo dramatismo; intercambiaron una mirada perpleja ante el tenso silencio que cayó sobre ellos y, acto seguido, Archie se sentó a su lado e iniciaron una conversación en tono discreto cuyo contenido jamás fue revelado.[N38]

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Los músicos que delataron a Agatha Christie no fueron los únicos en el hotel en reconocerla. Una de las camareras, Rosie Asher, que la había atendido durante su estancia, se dio cuenta de que se trataba de la novelista desde el primer día en que la vio. En su testimonio, afirmó que no se atrevió a ir a la policía porque temía ver su nombre implicado en un suceso mediático y perder su empleo. La señora Taylor, directora del Hydropathic, también tenía sus sospechas con respecto a la extraña huésped, pero las compartió solo con su marido. «Soy consciente de que asumí una cierta parcela de responsabilidad al no informar a la policía — dijo al Daily Mail—, y cuando uno de los empleados se acercó para comentarme que la señora Neele se parecía muchísimo a la escritora desaparecida, le dije que se callara». También hubo rumores entre los huéspedes, pero nadie se atrevió a llamar a la policía; eran personas que sentían una profunda aversión a la exposición innecesaria y al sensacionalismo barato. «Por supuesto que sabíamos que era ella, pero

preferimos mantenernos callados —reveló una asidua del balneario—. Si la señora Christie quería estar sola, haciendo sus compras y disfrutando del balneario, eso es asunto suyo. Si tienes el perfil de Harrogate, nadie se fijará en ti». Y en este aspecto, Agatha lo bordaba la perfección. Tenía un aire aristocrático, era discreta y prácticamente inexpugnable.

Pese a toda la discreción con la que la policía organizó la identificación de la novelista desaparecida, la noticia de su hallazgo corrió como la pólvora y, en cuestión de minutos, el pacífico pueblo de Harrogate se vio invadido por un enjambre de periodistas que se arremolinaban enfrente de la puerta principal de acceso al hotel. La dirección, horrorizada ante una inminente invasión, procuró por todos los medios proteger a los Christie, y solo permitió la entrada de la prensa cuando Agatha ya se había retirado a su habitación. Archie, consciente de que allí se encontraba la mitad de los medios de prensa del país, se dispuso a rebatir todas las acusaciones y elucubraciones que habían hecho contra él, pero como todas las preguntas iban dirigidas a su esposa, decidió limitarse a contestarlas. «No hay ninguna duda respecto a su identidad. Se trata de mi mujer. Ha sufrido una pérdida completa de memoria; no me conoce, no sabe decir quién es ni dónde se encuentra; y tampoco recuerda nada de lo sucedido durante todos estos días. Pero estoy seguro de que se restablecerá tras unos

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días de calma y de reposo. Mañana la llevaré a Londres para ponerla en manos de un especialista. Aprovecho la oportunidad para expresar mi profundo agradecimiento a la policía por sus valiosos servicios».[N39] Pensar que su testimonio se convertiría en la «versión oficial de los hechos» y pondría fin a las especulaciones fue una pretensión como mínimo ingenua. Archie había mantenido solo una conversación de pocos minutos con su esposa y, por lo tanto, no tenía suficiente información como para entender por qué su mujer había decidido esconderse durante tanto tiempo en este hotel y apenas podía comprender por qué razón el Daily Mail había clasificado a su esposa como «una mujer extremadamente inteligente». Durante la semana y media que Agatha había pasado en el Hydropathic bajo el nombre falso de Teresa Neele (curiosamente, el mismísimo apellido de la amante de Archie), la novelista se había «mostrado completamente normal» y, además, parecía ajena a todo el alboroto generado; al contrario, se dedicó a pasear y a disfrutar de los mejores servicios que un balneario de lujo podía ofrecer. Asimismo, tenía gran interés por los periódicos, que leía con fruición todas las mañanas durante el desayuno. Mientras tanto, su marido vivía un infierno con la prensa pisándole los talones y haciéndole acusaciones que iban desde el adulterio hasta el asesinato. Y aunque el hallazgo de su mujer representaba un gran alivio para Archie, quedaba todavía pendiente el asunto del divorcio. A ojos de la prensa y de la opinión pública, Agatha sería vista como la parte débil y en situación de inferioridad, lo que complicaría aún más las cosas para su marido. Cómo gestionaría Archie este complicado asunto para mantener a la prensa sensacionalista a raya era una incógnita que aún tendría que despejar.

A la mañana siguiente, la prensa dio a conocer la noticia en primera plana:

«la señora agatha christie, encontrada con vida». Se facilitaron toda suerte de detalles, algunos verídicos, aunque con ciertas discrepancias, y otros intencionadamente inventados, ya que cada periódico contaba con su propia fuente de información. El único periódico que logró obtener una exclusiva fue el Daily Mail, que consiguió entrevistar al director del hotel,

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el señor Taylor, cuya esposa sospechaba desde el principio que la tal señora Neele estaría ocultando algo oscuro.

«Desde el primer día, su vida en nuestro establecimiento transcurrió con normalidad, al igual que la de los otros huéspedes; tomando sus comidas en el restaurante y desayunando ocasionalmente en su habitación. Bailaba a menudo por la noche y llegó incluso a cantar varios temas, no recuerdo cuáles, porque no soy músico, pero me llamó la atención la forma en que se mezclaba con los más jóvenes. Es verdad que durante su estancia hubo rumores acerca de su parecido con la escritora, pero nadie creía que pudiera ser la mismísima Agatha Christie».

El revuelo mediático fue enorme. El miércoles 15, alrededor de las

09:30, una furgoneta aparcó ante la entrada del hotel, lo que llamó la

atención de todos los periodistas presentes; algunos llegaron incluso a

subirse en el techo del vehículo, mientras otros se agolparon junto a las

grandes portezuelas de la parte posterior. Para intentar despistar a la

prensa, la dirección del hotel llamó a diferentes taxis, que llegaron de

forma escalonada, pero la estrategia no funcionó; los paparazzis estaban

bien informados y distinguieron pronto el vehículo que llevaría a la pareja

a la estación de trenes. Por fortuna, no se registraron incidentes y su huida

fue relativamente exitosa. No obstante, al llegar a la estación de Harrogate,

fueron rodeados por una nube de reporteros que eludieron todos los

controles y que los persiguieron por el andén hasta que consiguieron

embarcar con destino a Manchester, donde sus perseguidores los volvieron

a acosar; la pareja no pudo librarse hasta traspasar las verjas de Abney,

donde vivían su hermana Madge y su marido. Los empleados cerraron las

férreas puertas que daban a la finca y todas las persianas se bajaron para

evitar la mirada de los curiosos.

Como la historia relatada por diferentes testimonios desde el día de su desaparición hasta su hallazgo tenía muchas lagunas, tanto la prensa como la opinión pública coincidían en que los Christie les debían una explicación; y hubo quienes se sintieron molestos al ver como Agatha charlaba alegremente con su hermana en la estación de Cheadle, como si estuviera tomando el pelo a todo el país. Aquella escena sonaba a burla y

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acabó provocando un sentimiento de rechazo generalizado. Incrédulos ante la historia de la amnesia, los periódicos empezaron a atacar con dureza a la escritora y a su familia por urdir y representar un engaño que le había costado al contribuyente miles de libras y había obligado a la policía de dos condados y a otros cientos de voluntarios a malgastar incontables horas de infructuoso trabajo. También fueron motivo de consternación y enfado los once días de nerviosismo en todo el país, pero de sosiego y

diversión para la alegre señora Neele —curiosamente, el mismo apellido de Nancy, la amante de Archie—, lo que provocó que muchos creyesen que Agatha habría diseñado un plan para amargarle la vida a su marido y humillarle públicamente con una amnesia inventada que, con toda probabilidad, se le terminó yendo de las manos.[N40]

El ambiente estaba tan crispado que los periodistas ni siquiera quisieron tener en cuenta que el suceso les había ayudado a vender muchísimos periódicos a su costa, y tampoco estaban interesados en saber si la desaparición había sido planificada, aunque la opinión pública ya tenía su veredicto: Agatha Christie lo planificó todo a conciencia con la única intención de hacer daño a su marido y jamás pudo imaginar que su «venganza personal» se convertiría en una historia de dominio público. La indignación popular era harto comprensible; fueron muchos los que se volcaron y acudieron a la zona cero del suceso y la intentaron localizar durante días, en ocasiones sin descanso. Cuando se enteraron de que aquella frágil e indefensa mujer estaba instalada en un balneario de lujo comprando y disfrutando de animadas veladas hasta la madrugada, se sintieron traicionados. En las barras de muchos pubs de Londres, la gente la calificaba como una mujer «desequilibrada y mezquina», y no fueron pocos aquellos que manifestaron su enfado en cartas dirigidas a la prensa; la mayoría venía con una pregunta típicamente británica: «¿Quién se cree que es? ¿La reina de Inglaterra?». Una de estas cartas, cuya remitente era «una mujer común», se preguntaba qué pasaría si ella desapareciera. «¿Recibiría yo el mismo trato preferencial que la señora Christie?». La prensa dejó que los lectores manifestasen su indignación y no dudó en inflamar los ánimos, conscientes de que el caso, aunque resuelto, todavía era rentable. «El mundo no es caritativo cuando se trata de una mujer», escribió Agatha años más tarde, convencida de que había sido sometida a

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un juicio casi inquisitorial sin oportunidad de defenderse. Su crimen:

permitir que su angustia privada se resolviera en la esfera pública.[N41]

Archie trató de calmar los ánimos con una rueda de prensa convocada en Abney para el día 17 de diciembre —el último día en el que el caso fue noticia de primera plana—. Antes de aparecer ante los medios, miró entre los visillos de la ventana y se sorprendió por la cantidad de periodistas congregados para escucharle. Sin decir ni una palabra, y visiblemente intimidado, entregó a cada uno de los presentes una copia de un informe médico firmado por el doctor Donald Core, profesor de Neurología de la Universidad de Manchester, que decía: «Tras someter a la señora Agatha Christie a un pormenorizado y cuidadoso estudio clínico, hemos llegado a la conclusión de que sufrió una fuga psicogénica, o fuga histérica, un trastorno que se caracteriza por un periodo de amnesia total, en el que la escritora abandonó su identidad e inició una vida diferente. Para su futuro bienestar, debería ahorrársele todo motivo de ansiedad y agitación». En suma, el informe era una petición expresa de respeto a la privacidad de la familia, lo que no hizo más que incrementar el sentimiento de indignación por parte de la opinión pública, que creía que la novelista, al haber involucrado a tanta gente en su búsqueda, había perdido el derecho al respeto que merecían sus asuntos privados.

Con la revelación del diagnóstico clínico y el paso natural del tiempo, la mayor parte de las habladurías empezaron a desinflarse; la prensa se mostró más comprensiva, y los ataques a la escritora fueron desapareciendo. Archie, por su parte, no tuvo la misma consideración porque aún quedaba pendiente una cuestión que no había sido aclarada del todo: ¿por qué su mujer eligió el nombre de Teresa Neele para disfrazar su identidad? The Mail fue uno de los primeros rotativos en poner sobre la mesa este tema con la publicación de una breve entrevista concedida por el padre de Nancy Neele en su casa en Hertfordshire: «No sabría decirles por qué razón la señora Christie ha elegido utilizar el apellido de mi familia en todo este embrollo. Definitivamente, ha sido una elección muy desafortunada». En The Westminster Gazette, el señor Neele fue un poco más allá. «Ha sido muy desagradable, no solo para mi hija, sino para todos los miembros de nuestra familia, ver cómo su nombre era arrastrado por todo este lodazal».

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Nota del autor

Las incógnitas en torno a la desaparición de Agatha Christie llegaron a tal magnitud que, en un determinado momento de las investigaciones, el jefe de policía de Surrey decidió pedir consejo a Arthur Conan Doyle, que, a la sazón, era lugarteniente del condado y el autor que había inspirado el personaje de Poirot con su Sherlock Holmes. Doyle solía reunirse con agentes de la policía para tratar algún suceso inexplicable y, cuando eso ocurría, terminaba encerrado en su despacho dos o tres días seguidos. «No lo hacía por petulancia —explicó uno de sus hijos en cierta ocasión—, sino con la única intención de abstraerse por completo hasta dar con la respuesta precisa a algún enigma que, como última instancia a la que recurrir, le habían planteado con urgencia». Suponiendo que Doyle emplearía la misma metodología utilizada por su célebre detective en sus entramados casos, el jefe de la policía se sorprendió cuando le informaron de que el autor intentaría resolver el misterio a través de medios psíquicos, una metodología que, según él, solía obtener un promedio de éxito muy superior al de cualquier otra opción convencional. Visiblemente contrariado, el comisario decidió hacer caso al autor, que pidió prestado un guante de la escritora desaparecida y lo llevó sin demora a un amigo suyo, Horace Leaf, un médium y vidente muy conocido por su capacidad de obtener información psíquica a través de objetos. Cuenta la leyenda que Leaf cogió la prenda y, después de manosearla con los ojos cerrados durante largos minutos, se lo apretó contra la frente y, acto seguido, susurró el nombre de la dueña, Agatha, lo que hizo sonreír a Conan Doyle, ya que en ningún momento le habían revelado la procedencia del guante y por qué debería tocarlo. «Percibo perturbaciones en este objeto. Su dueña es una persona que está medio aturdida, pero no muerta, como muchos

piensan —concluyó el médium, que también se atrevió a profetizar con una incuestionable contundencia—: oiréis noticias suyas, creo que el próximo miércoles, 15». Para sorpresa de los agentes, las cosas sucedieron tal y como predijo, y el misterio se resolvió de la forma más inesperada e inverosímil, pero con un día de diferencia, el martes 14, once días del comienzo de los hechos. Fue lo suficiente para que el creador de Sherlock

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Holmes empezara una campaña en defensa de la incorporación de médiums a los equipos de investigación de los cuerpos policiales.

El otro lado de la historia

Mientras Agatha Christie se encontraba refugiada en Abney, las autoridades trataban de reconstruir la historia de su desaparición paso a paso, desde el minuto cero. La novelita habría abandonado Styles por propia iniciativa, supuestamente porque no era capaz de soportar los últimos acontecimientos que habían puesto su vida patas arriba. La biógrafa Gewn Robyns nos cuenta que, a continuación, la novelista se subió en el coche y recorrió las carreteras rurales de la zona sin rumbo concreto hasta que, en un determinado momento, decidió pisar el acelerador y empotrar su coche de forma deliberada contra unos matorrales. Robyns hace hincapié en la intención porque el plan de Agatha estaba fríamente calculado para que, cuando la policía encontrara su vehículo abandonado, las pistas llevasen con claridad a quien pertenecía. Robyns sostiene su teoría en el hecho de que si la escritora tenía un permiso de conducir vigente, ¿por qué dejó el caducado tirado sobre el asiento junto con sus pertenencias? Para Robyns, lo hizo por la misma razón por la que había empotrado el vehículo: para que la policía no tuviera dudas respecto a la identidad del conductor. «Mi teoría es que Agatha Christie sabía exactamente qué estaba haciendo y, aunque lo hizo un poco fuera de sí, no tenía nada que ver con la amnesia. Pero lo hizo en estado de frenesí para fastidiar a su esposo, quería hacérselo pasar mal, puesto que él le había hecho mucho daño».[N42] Otros biógrafos, sin embargo, son partidarios de la tesis de que Agatha habría perdido el control de su coche cuando intentaba sortear un peligroso montículo y acabó saliendo de la carretera por un terraplén, yendo a parar a una cantera. Luego, están los que defienden la teoría del intento de suicidio,

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como Andrew Wilson, el autor de A Talent for Murder, que cree que la novelista condujo hasta la cima de la colina de Newsland Corner y dejó que su automóvil rodara cuesta abajo sin pisar el freno, pero el impacto que debería haber puesto fin a su vida acabó amortiguado por los arbustos cercanos a la carretera. No sabemos si fue por miedo, arrepentimiento, impericia o un simple fallo de cálculo, pero lo cierto es que el coche, según la policía, no impactó contra el árbol, sino que apenas lo rozó lo suficiente como para dejar unas marcas en la carrocería, hasta detenerse en la zanja donde más tarde apareció. Andrew Wilson cree que Agatha se vio sumida en un sentimiento de culpa por haber planteado suicidarse, puesto que semejante acto iba en contra de su religión cristiana, mientras que la biógrafa Janet Morgan sostiene que el choque del Morris contra los arbustos fue un accidente ocasionado por una fuga histérica. «Fuga

significa huida —explica Morgan—, y ella tenía mucho de lo que huir. Que de verdad sufriera un accidente o, por el contrario, fuera perfectamente consciente de lo que hacía es algo que quizá no se sepa nunca. También resulta intrigante la arbitrariedad con la que eligió los escasos objetos que metió en el maletín (un camisón, algunas ropas, unos zapatos y un permiso de conducir caducado). ¿Serían pistas falsas cuidadosamente seleccionadas o la elección de esos incongruentes objetos es un indicativo de que la autora se encontraba sumida en un estado de total irracionalidad?». Son muchas las contradicciones, aunque es a partir de este momento cuando todas las versiones convergen hacia un hilo común.

La siguiente cuestión es cómo recorrió los cinco kilómetros que separan Newsland Corner de la estación ferroviaria de Guildford. O bien caminó o bien es posible que cogiera un autobús. La novelista tampoco supo explicarlo y afirmó que lo único que recordaba fue haber tomado el primer tren con destino a Londres, donde compró un maletín, algunas prendas y un abrigo, y después subió en el primer tren con destino a Harrogate, destino que eligió de forma impulsiva por influencia de un cartel en el que se animaba a la gente para que visitara su balneario. Nadie se fijó en ella y es probable que este sea el momento en el que la autora perdió por completo la noción de su verdadera identidad. Cuando el tren llegó a la estación de Harrogate, la persona que bajó del vagón ya se había

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convertido en Teresa Neele, una solitaria viuda sudafricana. Protegida por su nueva identidad, la novelista cogió un taxi y pidió al conductor que la llevara al Hydropathic Hotel, que era entonces algo más que un hospedaje para la alta sociedad que venía a tratarse en sus aguas termales. Llevaba funcionando desde 1777 y tenía como huéspedes desde adinerados de clase media-alta que deseaban disponer de una excusa para hacer ostentación de su fortuna hasta miembros de la aristocracia de todo el país. Agatha pagó la carrera al taxista y se adentró en el vestíbulo del hotel, donde se presentó usando el apellido de la amante de su marido. Cuando le preguntaron el lugar de procedencia, respondió sin rodeos «Sudáfrica». Como su llegada al hotel coincidía con el comienzo de la temporada de Navidad, había muy pocos huéspedes, aparte de los residentes habituales, por lo que no le resultó complicado conseguir una habitación. Tras un breve descanso, bajó al salón para cenar con la misma ropa con la que había llegado, un vestido de lana verde y una chaqueta gris, la misma que aparecía descrita en los carteles que la policía había distribuido por todo el condado de Surrey. Preocupada con su aspecto, lo primero que hizo al día siguiente nada más despertar fue arreglarse el pelo en una peluquería de Harrogate y comprar ropa nueva. Regresó al hotel renovada y risueña, como si comenzara para ella, a partir de ese instante, una nueva aventura; almorzó en compañía de otros huéspedes en un clima cosmopolita y acogedor. La comida era sana y abundante, pero sin exquisiteces, ya que se reservaban para los grandes eventos. La tarde soleada invitaba a recorrer las calles de Harrogate, un pueblo que surgió de dos asentamientos más pequeños en el siglo XVII y se hizo conocido como «el spa inglés por excelencia» en la era georgiana después de que se descubrieron sus aguas con propiedades terapéuticas en el siglo XVI. En los siglos XVII y XVIII, las aguas ferruginosas se convirtieron en un tratamiento popular para la salud, y la afluencia de visitantes ricos pero delicados de salud contribuyó significativamente a la riqueza del lugar. Cuando la novelista regresó al hotel poco antes de la puesta del sol, su coche ya había sido localizado por la policía, Carlo y sus criadas se encontraban en un estado de nervios próximo a la histeria y Archie daba vueltas por el salón de Styles intentando entender qué podría haber pasado con su mujer.[N43]

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Ajena a todo y a todos, Agatha parecía estar en trance, muy cómoda con su nueva personalidad, aunque, según el testimonio de la camarera que le llevó el desayuno el primer día, la novelista se hallaba en la cama, recostada sobre las almohadas y cuando la vio pasar por el umbral de la puerta, se tapó la cara, como si deseara ocultarse o disimular alguna herida. A partir del segundo día, sus preocupaciones parecían haberse desvanecido, y la misteriosa mujer trató de disfrutar de su libertad durante esos once largos días en los que prácticamente repitió la misma rutina: por la mañana, bajaba a desayunar y leer los periódicos que estampaban su fotografía en las portadas; después, salía hacia el centro de Harrogate para contemplar sus escaparates y solo volvía a la hora de la comida para, a continuación, echarse la siesta. Al atardecer, solía sentarse en un rincón del vestíbulo del hotel y se dedicaba a hacer crucigramas; tras la cena, se refugiaba en el extremo menos iluminado del vestíbulo. Contrariamente a lo que declararon los periódicos, en ninguna ocasión cantó ni participó de las famosas veladas musicales organizadas por el hotel, cuyo repertorio iba desde baladas tradicionales hasta los temas más sonados del foxtrot americano pasando por el ritmo más representativo de época: el charlestón.[N44]

Durante todo el tiempo en el que estuvo «escondida» en Harrogate, Agatha no tuvo la menor preocupación por contactar con su círculo más íntimo, ni siquiera con Carlo, en quien confiaba ciegamente, al menos para tranquilizarlas a ella y a Rosalind, una decisión de difícil comprensión. Solo hay dos razones que pudieran justificar este inexplicable acto: o la novelista, de hecho, sufría amnesia o lo disimuló de manera descarada para que su coartada fuera convincente; aunque para ello tuviera que hacer sufrir a la gente que más quería. Lo único que hizo en este sentido fue poner un anuncio en The Times urgiendo a sus amigos y parientes a que se pusieran en contacto con ella, pero lo hizo a nombre de Teresa Neele, con lo cual el anuncio no iba dirigido a nadie. Su vida paralela, sin embargo, empezó a deshacerse al ser reconocida por dos músicos de la orquesta del Hydropathic. Y aquí, surge otra cuestión: si no hubiese sido descubierta, ¿cuánto tiempo más hubiera estado dispuesta a mantener toda esta farsa? ¿Hubiera esperado a que Archie fuera a la cárcel para sentirse vengada de todo el desprecio al que había sido sometida los últimos meses? Es una

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pregunta de difícil respuesta, puesto que la autora jamás quiso dar explicaciones sobre el asunto. Resulta complicado creer que la amnesia fuese tan profunda como para que, viendo su foto en los periódicos, no se reconociera. Andrew Norman, autor de la polémica obra Agatha Christie: The Disappearing Novelist, cree que el comportamiento de la escritora fue consecuencia de un raro trance amnésico generado por un trauma o una depresión. Para defender esa tesis, el biógrafo tomó como referencia el Manual Merck de información médica, un conocido texto médico británico sobre enfermedades y tratamientos que se publicó por primera vez en 1899 y que, en la actualidad, va por la 19.ª edición (2014). Según este manual, su supuesto trance amnésico puede acarrear la «incapacidad de recordar algunos o todos los eventos pasados, y también la pérdida de identidad o la formación de una nueva identidad; ocurren cuando de repente e inesperadamente se viaja con un propósito fuera de casa». Según Norman, hubiera resultado posible que perdiera la conciencia de su identidad y, sin embargo, seguir realizando actos tan concretos como tomar trenes, ir de compras y demás. Sometida a un desmesurado y profundo trastorno, pudo perfectamente darse, de forma espontánea, una pérdida de la memoria. Es decir, en lugar de tomar ella la decisión de desaparecer, es como si la decisión se hubiese generado por sí sola. Andrew Wilson, por contra, se muestra bastante más escéptico. Según Wilson, al darse cuenta del aluvión de acontecimientos que había desatado con su desaparición, la novelista se vio obligada a fingir que había sufrido un ataque de amnesia, una solución plausible para la época, puesto que en aquellos años se consideraba a las mujeres seres mentalmente nerviosos e inestables. De esta manera, evitaba pasar la vergüenza pública de reconocer que había pasado once días sobrepasada por los acontecimientos y, de rebote, ponía en una incómoda situación a su marido.[N45]

Al día siguiente de su llegada a Abney, Agatha Christie fue sometida a una serie de pruebas por dos especialistas de confianza de la familia, el doctor Henry Wilson, médico de cabecera de Madge, y el doctor Donald Core, distinguido neurólogo de la Universidad de Manchester. Ambos dieron a conocer un dictamen conjunto en el que afirmaban que padecía «una indiscutible y auténtica pérdida de la memoria», y recomendaron que consultase a un psiquiatra. Reacia al principio a aceptarlo, Agatha acabó

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por convencerse ante la insistencia de Madge y accedió a visitar a un prestigioso especialista en Londres que le ayudó a recuperar el recuerdo de parte de lo sucedido durante los once días en los que estuvo desaparecida. La novelista no recordaba haber abandonado Styles como tampoco pudo averiguar lo que le sucedió a su coche; su recuerdo más temprano se remontaba al momento en que, ya en la estación londinense de Waterloo, habría visto un anuncio promocionando los beneficios terapéuticos del balneario de Harrogate. Como tenía el cuerpo dolorido, dedujo que debía hallarse allí con la intención de dirigirse hacia ese lugar para recibir tratamiento. Su relato parecía bastante verídico, pues, en aquella época, en la mayoría de grandes estaciones de ferrocarril de Londres abundaban los anuncios que pregonaban las propiedades terapéuticas de los balnearios de Harrogate. A partir de este momento, sus recuerdos son imprecisos y parecen irreales. Según su relato, llegó un momento en el que se dio cuenta de que el dinero de que disponía no le duraría mucho más tiempo, por lo que decidió escribir un anuncio en The Times, solicitando a «amigos y parientes de Teresa Neele, pónganse en contacto con ella» y ofreciendo el número de un apartado de correos. El porqué de la elección del nombre de Teresa Neele es algo que jamás supo (o quiso) explicar.

Bastan y sobran los enigmas que no han podido ser resueltos. Todo este desdichado caso se halla jalonado por la incompetencia, la imprecisión, los espejismos, la irrelevancia y las más absurdas y extremistas especulaciones que persisten en las numerosas teorías ideadas para explicar la conducta de Agatha Christie. El campo de la medicina que estudia las patologías relacionadas con la memoria es tan amplio y complejo que resulta muy complicado diagnosticar de manera precisa lo que pudo ocurrir durante los once días de su desaparición, teniendo en cuenta que su amnesia era real y no disimulada. Si consideramos el hecho de que la novelista fue examinada por un especialista que confirmó la amnesia, podemos creer que ella decía la verdad. No fueron pocos los especialistas que decidieron invertir su tiempo en estudiar el suceso, lo que generó una serie de papers científicos que fueron publicados en diferentes y prestigiosas publicaciones médicas, como la revista Scientific American, que publicó en 2017 el artículo «Was Agatha Christie’s Mysterious Amnesia Real or Revenge on Her Cheating Spouse?». El texto, que

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explica los diferentes tipos de amnesias y su relación con el comportamiento de la novelista, especula con la posibilidad de que hubiera sufrido una amnesia parcial que afectara su «memoria episódica» (relacionada con sucesos autobiográficos como lugares y emociones) mientras que su «memoria semántica» (relacionada con objetos, vocabulario y conocimiento de carácter general) permaneció intacta. En otras palabras, la novelista podría haberse olvidado de cómo llegó a Harrogate, pero, a pesar de todo, conservar en la memoria el nombre de su rival. Esto significa que su memoria de procedimiento (relacionada con actos aprendidos como, por ejemplo, andar en bicicleta) no se vio afectada. Los autores del estudio (Stefania de Vito y Sergio Della Sala) tampoco descartan que la autora pudiera haber sufrido una amnesia global transitoria, que se produce cuando los recuerdos de acontecimientos recientes simplemente desaparecen, por lo que el afectado no puede recordar dónde está ni cómo ha llegado hasta allí. También puede tener la mente en blanco cuando se le pide que recuerde cosas que sucedieron un día, un mes o incluso un año atrás.[N46]

En 2003, los psicólogos Mireia Pujol y Michael Kopelman publicaron un artículo titulado Psychogenic amnesia[N47] en el que consideraban que la novelista podría haber sufrido, más precisamente, un episodio de amnesia psicogénica, cuyos síntomas coinciden, con asombrosa exactitud, con lo ocurrido en diciembre de 1926. Este trastorno se caracteriza por una marcada incapacidad repentina para recordar información personal importante (por ejemplo, su nombre, edad, otras personas o episodios de su vida, etc.) como consecuencia de un suceso altamente estresante o traumático, sin que exista ningún daño cerebral. Se trata, por tanto, de una amnesia retrógrada. La información está en su memoria, pero no puede acceder a ella. No pierden ni el lenguaje ni sus conocimientos. Es decir, afecta a la memoria episódica explícita, mientras que la memoria implícita permanece intacta; por este motivo, una persona puede sentir miedo o angustia al acudir a algún sitio o ver una persona relacionada con el trauma o experiencia vivida, pero no sabe por qué, ni lo recuerda, ni sabe que esa persona o lugar guarda relación con lo sucedido. Este tipo de amnesia suele desaparecer de forma abrupta, aunque a veces las lagunas en la memoria permanecen para siempre. Muchos especialistas coinciden en

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que el tipo de amnesia sufrida por Agatha Christie es muy difícil de disimular, sobre todo porque la mayoría de las personas desconocen qué síntomas deben o no deben mostrar; además, un estudio médico bien realizado puede detectar con facilidad un fingimiento o simulación. Guillaume Lebeau, autor del delicioso cómic La vraie vie d’Agatha Christie, tiene una curiosa teoría que hace de este misterio un momento aún más enrevesado: «La única forma de salir airosa era decir que era culpa de su estado, que no se encontraba bien, dando un paso atrás, algo que responde a un patrón muy victoriano: la mujer que no soporta el engaño hasta el punto de casi sufrir un arrebato de histeria y perder la memoria. Es un argumento clásico y precisamente por esta razón no me lo creo. Una explicación tan clásica no podía haber salido de su mente». La auténtica Agatha Christie se habría vengado del hombre que la engañó y, para eso, inventó su mejor historia: su propia desaparición.[N48]

Amnesia, shock psicológico, huida desesperada, estratagema publicitaria, venganza… Fuesen cuales fuesen los motivos, las consecuencias fueron nefastas para todos los implicados, que se vieron sometidos a un escrutinio público implacable. El inspector Kenward fue convocado por el Ministerio de Interior para dar explicaciones acerca del elevado coste de la búsqueda, que según un informe emitido con posterioridad «conllevó una considerable concentración de fuerzas policiales, apartándolas de sus tareas y ocupaciones ordinarias, para llevar a cabo una búsqueda cuya justificación parecía, como mínimo, un trastorno local». Los padres de Nancy Neele la enviaron a un largo viaje alrededor del mundo, con la esperanza de que las atenciones de los medios se volcasen solo en Archie, que también tuvo que dar un sinfín de explicaciones a sus jefes en la City, que no estaban acostumbrados a lidiar con una situación en la que uno de sus empleados se encontraba implicado en un escándalo tan mediático ni tampoco tenían esposas histéricas que se convertían súbitamente en noticias de primera plana. Aunque Archie y Agatha permanecieron juntos durante un breve periodo de tiempo, ninguno de los dos deseaba vivir de nuevo en Styles. El inmueble fue puesto en venta, y Agatha emprendió un viaje de cinco semanas por el extranjero con su hija Rosalind y su leal secretaria. Archie aprovechó su ausencia para dar inicio a los trámites de su divorcio.

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Extremadamente celosa de su intimidad, la escritora jamás se pronunció sobre los acontecimientos, ni siquiera en su autobiografía, donde pasó por encima de este episodio con una única y escueta frase. Las personas cercanas a la autora también mantuvieron un estricto silencio acerca de lo que habían hecho y visto, y de lo que Agatha les había contado, sobre todo su segundo marido, Max Mallowan, quien, a pesar de carecer de conocimiento directo de lo que había sucedido en 1926, contaba con su confianza más que nadie. Cuando publicó sus memorias, un poco después de la muerte de la autora, y un poco antes de la suya, Max dedicó dos capítulos a su célebre esposa, pero ni una sola línea acerca de lo ocurrido en aquel misterioso mes de diciembre de 1926. Agatha Christie nunca entendió —o no quiso entender— que era imposible convertirse en una escritora de éxito y, a la vez, vivir como una ciudadana corriente. La vida de los famosos (o de aquellos que ya gozaban de cierta fama, como era su caso) era considerada por la prensa como algo de su propiedad, así que su carácter, entorno y acciones suscitaban permanentes (y ácidas) especulaciones. Agatha intentaba a toda costa mantenerse aislada del asedio, buscando el anonimato, pero sus esfuerzos solo servían para avivar la atención del público y agrandar el misterio en torno a su persona; cuanto más eludía a sus seguidores, con mayor firmeza intentaban apropiarse de su vida; cuanto menos hablaba de sí misma, más buscaban saber.

Pienso que la extraña desaparición que protagonizó mi abuela fue producto de la profunda depresión que atravesaba en aquellos momentos. (…) Y aunque sea una mera conjetura, no me parece descabellado imaginar que esa profunda tristeza le hiciera perder el control de sí misma y de sus emociones. De todas formas, reconozco que fue todo muy extraño.

Mathew Pritchard, nieto de Agatha Christie [N49]

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Fachada del Hydropathic Harrogate (en la actualidad, Old Swan). Este lujoso hotel fue el centro de la vida de Agatha Christie durante los once días en los que estuvo desaparecida.

«Así, después de la enfermedad, vinieron la tristeza, la desesperación y la angustia. No hay por qué detenerse mucho en ello. Le esperé durante un año, pensando que cambiaría. Pero no cambió. Y así terminó mi primer matrimonio».

Agatha Christie, Autobiografía.

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IX

MARY WESTMACOTT

«Lo más importante, cuando has sufrido, es olvidar los tiempos felices. Recordar los momentos tristes no importa, pero cualquier cosa que te evoque un día feliz o un hecho feliz te romperá el corazón en dos».

AGATHA CHRISTIE

El año de 1927 empezó con Agatha Christie recibiendo tratamiento psiquiátrico en Harley Street, ignorando el rumbo que iba a tomar su matrimonio, sin saber dónde iba a vivir y manteniéndose al margen de las noticias de sociedad. Después de haberse convertido en lo que más detestaba (ser el centro de la atención mediática), lo único que deseaba era que la dejaran en paz. «Me sentía como un zorro perseguido y acosado por los ladridos de los perros. Siempre he odiado la notoriedad de cualquier tipo y en esos momentos la tuve en tal alto grado que pensé que no soportaría vivir más».[N1] La novelista tenía un libro pendiente con sus editores y necesitaba con urgencia el dinero, pues había invertido todos sus

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ahorros en la casa de Sunningdale, pero era incapaz de concentrarse en su trabajo. (Años más tarde, pasaría a adoptar una estrategia consistente en disponer siempre de un manuscrito de reserva para sacarlo al mercado en el caso de que se viera en una situación de precariedad económica).

La cobertura mediática de su desaparición y las posteriores especulaciones hicieron muchísimo daño a la escritora. Incapaz de retomar su rutina, Agatha pasó el verano en Devon con su hija y en otoño intentó de nuevo terminar el libro que había dejado abandonado en un cajón en la época de la muerte de su madre. Confiaba en que su matrimonio aún tuviera solución, pero como Archie insistía en que solo sería feliz al lado de Nancy, accedió muy en contra de su voluntad a concederle el divorcio. Fue un momento de una profunda frustración y pesar, en parte porque seguía queriéndole y en parte porque, pese a lo mucho que aprendió acerca de la naturaleza del matrimonio y de las dificultades que supone mantener ese vínculo complejo y exigente, siempre sentiría ante los ojos de Dios una perceptible punzada de culpa (de hecho, tras el divorcio, resolvió no volver a tomar la comunión en la iglesia por temor a que se la negaran). Durante este complicado periodo de su vida, la novelista contó con el apoyo de dos personas —a quienes ella llamaba cariñosamente «la Orden de los Perros Fieles», entidad ficticia criada por Agatha cuyos miembros eran los dos compañeros que en los difíciles días de Styles le prestaron apoyo y compañía—: su cuñado James Watts, quien la ayudó a comprender que su marido había tomado una decisión irrevocable y que ella debía concentrarse en su trabajo y rehacer su vida, y Carlo, quien, al tener la convicción de que Archie no regresaría nunca más, le impidió hacerse ilusiones que después se convirtieran en desengaño.

Alentada por estos dos inquebrantables aliados, Agatha comprendió que si quería escapar del acoso mediático y de la depresión que la estaban atenazando, debía desaparecer de la escena inglesa durante una temporada; así que una mañana de enero de 1927, la novelista se dirigió a la agencia de Thomas Cook y, después de informarse y hacer todo tipo de preguntas, acabó optando por las islas Canarias, atraída por su clima benigno y sus infinitas playas; el escenario perfecto para reponer energías y terminar de una vez por todas su nueva obra detectivesca, El misterio del tren azul, con la que llevaba atascada los últimos seis meses. «En ese momento, decidí

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asumir todas las cargas de una profesión como la de escritor, en la que tienes que escribir aunque no te guste lo que estás haciendo y aunque no esté demasiado bien escrito. Siempre he odiado El misterio del tren azul, pero logré terminarlo, aunque jamás estuve orgullosa de ello». Otro libro que consiguió terminar, aunque con suma dificultad y con la ayuda de su cuñado Campbell Christie, fue Los cuatro grandes, una novela que reunía cuatro aventuras de Poirot y Hastings. Agatha solo fue capaz de finalizar esta obra porque no tuvo que escribirla desde cero. En realidad, lo que hizo fue coger algunos de los relatos cortos que la revista Sketch ya había publicado y llenar los vacíos entre cada historia uniéndolos por un eje común. Este trabajo fue un recurso para cubrir el expediente, pero le sirvió como una especie de terapia mental. Un lector atento podría detectar en sus líneas el estado de «alteración mental» en el que la escritora se encontraba entonces. Algunos pasajes son poco creíbles, la coherencia entre los hechos se pierde y los razonamientos son, por momentos, absurdos. La propia calificación que Christie dio a Los cuatro grandes, refiriéndose a él como «ese podrido libro», parece bastante justificada; sin embargo, fue recibida calurosamente por la crítica y vendió nueve mil ejemplares, el doble que El asesinato de Roger Ackroyd. A partir de entonces, las tiradas de sus obras irían en constante aumento y sería cuestión de tiempo que se convirtiese en la escritora con mayor éxito del siglo XX.[N2]

Agatha esperaba que el viaje a Canarias marcase un nuevo comienzo en su vida; un folio en blanco en el que empezar a reescribir su futuro sin ninguna mancha del pasado. Le recomendaron la isla de Tenerife, y sobre todo el aclamado valle de la Orotava, donde se encontraba el Puerto de la Cruz con el majestuoso hotel Taoro, construido a finales del siglo XIX. Su proyecto original trataba de ofrecer un establecimiento turístico de descanso y recreo que reuniese las condiciones de un sanatorio para turistas enfermos, sobre todo aquellos afectados por patologías pulmonares. Con soberbias vistas al mar por su lado norte y en medio de unos jardines modelados por magnolios, palmeras, laureles de indias y pistas de tenis, el hotel Taoro respondía a la moda romántica de aquella

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época.[N3] La autora pasó bastante tiempo alojada en Tenerife y se deleitó con las casas de la calle San Juan, disfrutó de sus hermosos jardines, el paseo de las Damas, el puerto pesquero y el Lago Martiánez, donde se encontraba la playa de arena volcánica citada en su autobiografía. Pese a todos sus atractivos, Christie llegó a la conclusión de que la zona elegida para sus vacaciones no le proporcionaría el clima que tanto anhelaba ni la intimidad que necesitaba (era el lugar de establecimiento de la comunidad británica más numerosa de la isla), y acabó trasladándose a la vecina isla de Gran Canaria, donde podría disfrutar de bellas playas de arena fina y un mar apacible que le permitiría bañarse con tranquilidad. Tampoco le agradaron los efectos de los vientos alisios, que le impedían disfrutar de los días claros y soleados que deseaba. .[N4]

Orotava era un lugar encantador con la gran montaña que lo dominaba todo y las maravillosas flores que crecían por todas partes alrededor del hotel. Había, sin embargo, dos cosas que me molestaban: la bruma que descendía de la montaña al mediodía y que convertía lo que había sido una espléndida mañana en un día completamente gris; a veces incluso llovía y los baños de mar, para los aficionados a nadar, resultaban terribles. (…) Resultaba imposible meterse en el mar y empezar a nadar; solo lo hacían los dos o tres nadadores más fuertes de la isla; incluso uno de ellos se había ahogado el año anterior.

Agatha Christie, Autobiografía.[N5]

Acompañada por Rosalind y Carlo, Christie se alojó en el Metropole, un hotel construido y regido por británicos (hoy convertido en oficinas municipales), muy cerca del british club y el club de tenis y a mitad de camino entre el muelle de Santa Catalina y la ciudad, y donde se encuentran dos de las playas de arena amarilla más espectaculares de la isla: Las Canteras y Las Alcaravaneras.[N6] La novelista trajo consigo su inseparable máquina de escribir Corona para continuar escribiendo de forma ininterrumpida (en realidad, lo que hacía era dictarle el texto a Carlo para que lo mecanografiara, puesto que se veía incapaz de escribir por su

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cuenta). «Tenía que entregar un libro este año y, al gastar tanto en Styles, me había quedado, prácticamente, sin dinero. (…) Resultaba vital escribir otra obra lo antes posible». A base de mucho esfuerzo, algo inusual en ella, que escribía de manera fácil y ordenada, El misterio del tren azul quedó terminada; es considerada por sus biógrafos como un cubo que tiene varias caras, puesto que se puede leer desde distintos ángulos y ser interpretado de diferentes maneras. Para un lector desavisado, esta obra se limita a narrar lo que dice su sinopsis: «Una historia de misterio que ocurre, en su mayor parte, en la Costa Azul, y que tiene como protagonista a Ruth Kettering, la hija de un multimillonario americano que lleva consigo una valiosa carga: el mayor rubí del mundo, el Corazón de Fuego, un regalo de su padre. Pero al llegar a la Costa Azul, se descubre que la propietaria de la joya ha sido brutalmente asesinada y que el rubí ha desaparecido. Su padre, muy afectado por la muerte de su heredera, contrata al detective Hércules Poirot para que resuelva el estremecedor suceso». Por otro lado, aquellos que conocieron el drama vivido por Agatha Christie en la época de finalización del libro encontrarán una historia sentimental en la que la autora trasladó ciertos aspectos de sí misma a su protagonista, quien, por momentos, parece ser su alter ego. Al igual que Agatha, Ruth también es una treintañera recién divorciada que se enfrenta con la dificultad de dar un cambio a su vida y empezar desde cero a una edad en la que se siente mayor para hacerlo. Si en los capítulos iniciales existen abundantes referencias a la finitud del amor y la conveniencia del divorcio, las frases finales del libro resultan particularmente reveladoras, y es posible que la sinceridad que manifiestan fuese el motivo por el que Agatha sintiera un cierto recelo sobre esta obra: «La gente es asesinada y muere, pero el tren sigue su marcha». Y al final concluye: «Confíe en el tren, mademoiselle, porque su conductor es le bon Dieu». Es evidente que la autora está tratando de infundirse confianza y no es de sorprender que sus heridas siguiesen abiertas por aquel entonces. El libro está dedicado a la «Orden de los Perros Fieles». Aunque, en apariencia, Agatha logró salir del atolladero en el que se encontraba, gran parte de la crítica literaria consideró El misterio del tren azul una obra cuya trama es bastante previsible, más sencilla que la de otros libros y de escasa originalidad.

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(Años más tarde, la considerarían como la novela precursora de Asesinato en el Orient Express).

Recuperada parte de la vitalidad perdida, Agatha empezó a relacionarse con sus compatriotas británicos y pasó a acudir a los bailes organizados por el hotel y apuntarse a diferentes excursiones para conocer el interior de la isla, los nacientes de Berrazales, Artenara y la montaña sagrada de Tirma.[N7] Esos paseos la inspiraron hasta el punto de que escribió el relato corto Una muchacha de compañía, incluido en su libro Miss Marple y los trece problemas, título que reúne las historias narradas por miss Marple y un grupo de amigos que se reúnen los martes por la noche. La acción arranca en los salones de un hotel y luego pasa por Arucas, Bañaderos, Guía y Gáldar, terminando en Agaete, en cuya playa del Puerto de las Nieves, miss Marple resuelve el caso de la misteriosa muerte de Amy Durrant, una señorita de compañía inglesa que fallece ahogada en extrañas circunstancias.[N8] Miss Marple y los trece problemas fue publicado en Gran Bretaña en 1930 por William Collins, y en Estados Unidos en 1932 por Dodd, Mead & Co, con el título de El club de los martes. La colección está dedicada al arqueólogo Leonard Woolley y a su esposa, un matrimonio que presentó a Agatha Christie al que sería su segundo marido, Max Mallowan. También hay quienes creen que los paisajes descritos en uno de los capítulos de la novela El enigmático Mister Quin corresponden a Santa Cruz de Tenerife por la nitidez con la que describe algunos lugares, sobre todo el Puerto de la Cruz, pese a que la trama se desarrolla en la Riviera francesa.[N9] La escritora siguió visitando Gran Canaria, pues la consideraba un refugio que reunía todo lo que necesitaba para desconectarse: «… playas perfectas, temperaturas que oscilaban entre los 25 y 30 grados y una brisa que por las tardes amenizaba suavemente el calor y por las noches era lo suficientemente cálida como para sentarse a cenar al aire libre», según llegó a describir en su autobiografía.[N10]

Nota del Autor

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España es un país de suma relevancia no solo en la biografía de Agatha Christie, sino también en sus obras. Nadie sabe con exactitud las veces que visitó nuestro país, pero es muy probable que sus destinos predilectos fuesen las islas Canarias y las islas Baleares; las primeras, por haber sido su refugio de paz en un momento complicado de su vida; las segundas, por su clima. En el relato corto Problema en Pollensa (1939), cuyo protagonista es Parker Pyne, la trama se desarrolla en el puerto de Pollensa, un pueblo costero situado en el norte de la isla de Mallorca, en la bahía de Pollensa, en el arranque de la península de Formentor, protegido por el fuerte de la Punta de la Avanzada.

El vapor de la línea Barcelona-Palma de Mallorca dejó a Parker Pyne en esta última capital a primeras horas de la mañana. Inmediatamente, Pyne sufrió una desilusión. Los hoteles estaban llenos. (…) Palma se había puesto de moda. El cambio era favorable. Todos, ingleses, americanos, iban a Mallorca en invierno. Todo estaba abarrotado. Dudaba mucho que el caballero inglés pudiera encontrar sitio en ninguna parte. A no ser, quizás en el Formentor, donde los precios eran tan elevados que incluso los extranjeros vacilaban ante ellos.

Agatha Christie, Problema en Pollensa. [N11]

Esta cita demuestra lo mucho que Agatha conocía la región, visitada por ella en 1932, seis años después de su misteriosa desaparición. También se cree que pudo haberse instalado en las inmediaciones del Calvari, una impresionante escalera de 365 escalones que nace en una pequeña plaza de Pollensa y asciende por el monte del Calvario hasta un punto en el que se encuentra una ermita y un oratorio que datan del siglo XVIII. Hay quien dice que su estancia se concretó en una casita del Port a finales de los cincuenta o principios de los sesenta. Sea como fuere, la británica es muy concisa a la hora de detallar el ambiente pollensí.[N12]

No lejos de allí había un hotel más grande, el Mariposa, donde se alojaban muchos ingleses y una numerosa colonia de artistas. Se

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podía ir andando por la orilla del mar hasta el pueblecito de pescadores, cuyo punto de encuentro era un bar en el que se reunía la gente. Todo muy tranquilo y agradable. Las chicas se paseaban en pantalones con el busto cubierto con pañuelos de vivos colores. En el Mac’s Bar, jóvenes con boina y de cabellos bastante largos peroraban sobre temas tales como valores plásticos o arte abstracto.

Agatha Christie, Problema en Pollensa.[N13]

En 1982, cincuenta años después de su visita, el hotel Formentor, clasificado por la novelista en su obra como el «centro de la plutocracia»,

fue utilizado —previa adaptación de la zona para que pareciera la isla griega de Corfú— como emplazamiento de una de sus novelas más famosas, Muerte bajo el sol, con Peter Ustinov como Hércules Poirot y la celebradísima actriz inglesa Maggie Smith como Daphen Castle.

Pese a su espíritu aventurero, Agatha Christie no se animó a explotar el mundo isleño que le rodeaba ni a conocer los aspectos turísticos, históricos o artísticos de la zona. Las islas representaban, en aquel momento, tan solo un refugio de paz, frescor y, sobre todo, consuelo. La autora regresó a Inglaterra con los ánimos renovados, aunque para muchos de sus amigos parecía más endurecida y desconfiada, pero mejor dispuesta a enfrentarse con el mundo. La joven ingenua, y hasta cierto punto sumisa, se había transformado en una mujer madura, obstinada y valerosa, sin perder la dulzura y delicadeza que formaba parte de su esencia como persona. Fortalecida por su nueva «coraza», se citó con Archie y le preguntó por última vez si estaba seguro de su decisión: «Sí —le dijo—. Nunca estuve tan seguro. Deseo que tanto tú como yo seamos felices, y yo solo podré serlo cuando me case con Nancy». Agatha no volvió jamás la vista atrás. El Archie que conocía desaparecía de su vida para siempre. Al día siguiente, escribieron a sus respectivos abogados y, en abril de 1928, firmaron el divorcio, un trámite que se hizo todavía más doloroso porque la alegación presentada al juez fue precisamente la versión ideada

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inicialmente por Archie, la de que tenía una amante y su mujer se había enterado, según recoge un artículo de la prensa de la época:

En el día de hoy, el Tribunal de Divorcios ha concedido el divorcio a la señora Agatha Mary Clarissa Christie, la eminente escritora, que había solicitado la disolución de su matrimonio con su marido, el coronel Archibald Christie D. S. O., apoyándose en la mala conducta demostrada por este en el Grosvenor Hotel de Victoria, el pasado mes de noviembre, con una desconocida. No hubo defensa, y después de escuchar los testimonios acerca de lo sucedido, el juez dio su veredicto a favor de la señora Christie. Para muchos, era difícil comprender como un caballero tan distinguido se permitiría alojarse en repetidas ocasiones en un hotel con una desconocida, y comportarse de manera deshonesta con el único fin de deshacerse de un matrimonio que ya no le interesaba, pero eso es lo que sucedió en este caso. No le quedaba más alternativa que dictar sentencia de divorcio provisional con costas, y le concedió a la señora Christie la custodia de la niña. [N14]

La novelista, aunque profundamente dolorida por una ruptura indeseada, comenzó a entender que el divorcio consistía en el primer paso para soltar las amarras que la retenían en un estado perpetuo de sufrimiento. Ese matrimonio era un capítulo terminado de su vida. Agatha estaba tan dispuesta a olvidar esta etapa que en su autobiografía apenas hay registros del año que siguió, excepto la mención de su mudanza a un piso en Chelsea con Rosalind y Carlo y la búsqueda de un colegio para su hija que quería asistir a una escuela grande, «la más grande que pueda existir», insistía reiteradamente la niña. Para este cometido, pensó que sería oportuno recurrir al consejo de su amiga Eileen Monis, cuyo hermano era director de un internado masculino. Pensaba que, como había desarraigado a su hija de su casa y de sus amigos y como había pocos niños de su edad que conociera en Torquay, lo que más le convenía era un colegio interno; además, a ella también le apetecía. Tras visitar numerosos centros y entrevistarse con directoras y profesoras, la escritora se inclinó por un internado de Bexhill llamado Caledonia, cuya plantilla, alumnado y horarios, fusionados con los de Benenden, el siguiente internado al que la

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niña asistió, constituirían el escenario de Un gato en el palomar, novela que Agatha escribiría años más tarde. Resulta curioso que tuviese que acudir a su amiga Eileen Morris para que la ayudara a elegir el colegio de Rosalind, ya que la novelista, según sus propias palabras, «no tenía la más mínima idea de colegios, puesto que nunca había estado en ninguno y de pequeña no los había conocido».[N15] La admisión de su hija en el internado acrecentó su sensación de soledad y aislamiento, pese a que tenía a su lado a Carlo y contaba con un círculo de buenas amistades en Londres. Para sobrellevar su tristeza, se dedicó de lleno a trabajar, escribiendo entre 1928 y 1929 un buen número de relatos que vendió a varias revistas. Con lo obtenido por ellos y por sus dos siguientes novelas, El misterio de las siete esferas y Matrimonio de sabuesos, fue pagando sus facturas. Otro logro importante en su carrera tuvo lugar en octubre, cuando la editorial francesa Éditions du Masque publicó algunas de sus obras, lo que dio inicio a su carrera en el extranjero.[N16]

Las siete esferas que Agatha referencia en el título de esta nueva obra están relacionadas con siete relojes que constituyen la clave de una misteriosa trama que envuelve una extravagante organización secreta y pone en escena a tres emblemáticos personajes de su canon: el experto superintendente Battle de Scotland Yard (aunque su participación es bastante tangencial), el simpático lord Caterham y su valiente hija Eileen, personajes que aparecieron en la novela El secreto de Chimneys. De hecho, en El misterio de las siete esferas, la mítica mansión de Chimneys vuelve a convertirse en el escenario de un misterioso crimen que tiene lugar al día siguiente de una fiesta celebrada en sus dependencias. Uno de los invitados, un joven llamado Gerry Wade, conocido entre los suyos como «el campeón de los dormilones», fue objeto de una broma pesada por parte de otros huéspedes de Chimneys: ocho despertadores son colocados en su habitación para sonar, uno tras otro, a partir de las seis y media de la mañana. A la hora programada, todos los relojes suenan provocando un ruido estrepitoso por toda la mansión, pero Wade sigue sin levantarse. Se descubre que el joven ha muerto en su cama y que de los ocho relojes que se habían dispuesto en la repisa de la chimenea del dormitorio de Gerry, solo quedan siete. Según avanza la historia, el lector descubrirá que el término «siete esferas» adquiere un nuevo y terrorífico

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significado. La crítica de la época coincidió en señalar que, con esta obra, Christie habría recuperado la chispa que tanto la caracterizaba: su peculiar manera de crear una historia con muchos puntos abiertos que se van cerrando de forma coherente hasta alcanzar un final sorprendente —para muchos, más sorprendente aún que el de El asesinato de Roger Ackroyd—. Por otro lado, la autora volvió a repetir la fórmula de crear una ingente cantidad de personajes, algunos con los mismos apellidos, provocando que el lector se vea obligado a leer algunos párrafos dos veces para centrarse.

En su segunda novela de aquel año, Matrimonio de sabuesos, Agatha reintrodujo de nuevo a personajes anteriores, en este caso los graciosos Tommy y Tuppence Beresford, ahora casados y extremadamente aburridos, aunque sin perder su ácido sentido del humor. Para combatir la rutina de la vida cotidiana, deciden hacerse cargo de una agencia de detectives que Scotland Yard pone a su disposición en reemplazo de su director, que ha tenido que dejarla. En un primer momento, la pareja se va encargando de pequeños casos de asesinatos, falsificaciones, y otros crímenes de diferente índole, mientras esperan que un agente ruso llegue a Londres y caiga en la trampa que los agentes han preparado. A diferencia de otros libros de Agatha Christie, que solo se centran en un único caso, en Matrimonio de sabuesos la autora ofrece una serie de pequeños misterios que se van resolviendo y gradualmente conformando toda la obra, la mayoría de los cuales también habían aparecido en The Sketch en 1924 y eran pastiches de G. K. Chesterton, Arthur Conan Doyle y Edgar Wallace. Lo curioso de esta obra es la revelación de que la metodología utilizada por Tommy y Tuppence en la resolución de sus casos viene inspirada de los detectives más acreditados de la literatura policíaca inglesa, como el inspector French, de Freeman Wills Crofts; el padre Brown, de G. K. Chesterton, o incluso el mismísimo Poirot, a quien Tommy tratará de imitar. Esta obra adquiere cierta importancia por el divertido tono que la autora imprime a la narrativa, burlándose de sus propios personajes, un claro indicativo de que había recobrado la confianza en sí misma y el gusto por escribir. Además, sus libros se vendían bien y su carrera se encontraba en manos de un editor comprensivo, honesto y capacitado.[N17]

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Mary Westmacott

A finales de 1928, Agatha decide escribir una «auténtica novela», es decir, una obra alejada del género detectivesco, con personajes bidimensionales y tramas complejas que conducen al lector hacia un final sorprendente. Se trata de Un amor sin nombre, que entregó a Collins en enero de 1929, pero que no se publicó hasta 1930. La publicó utilizando el seudónimo de Mary Westmacott, muy probablemente porque, tal como afirmaría un tiempo después, se sentía «culpable por apartarme del género que habitualmente cultivaba». Las novelas policíacas eran su profesión y la que ahora publicaba constituía en cierto modo un abandono (temporal) de sus obligaciones más elementales. Esta novela, sin embargo, se muestra reveladora; sus personajes son complejos desde el punto de vista psicológico, y la narrativa es ingeniosa. Un amor sin nombre narra la vida de Vernon, un talentoso compositor atrapado por su indecisión y falta de ambiciones. Para un atento conocedor de la vida de Agatha Christie, es posible detectar entre líneas algunas referencias de su propia vida, como la experiencia adquirida por la bella e inmadura Nell, la esposa del protagonista, que trabaja como asistenta en un hospital durante la Primera Guerra Mundial y evoca el pasado de la autora en el mismo periodo. Christie también incluye una de sus facetas personales en la intensa Jane, una cantante de ópera que pierde la voz después de haber sido sometida a unas duras pruebas de resistencia; se trata de un claro recuerdo del sufrimiento de Agatha cuando también aspiraba a convertirse en cantante de ópera. La novela analiza, asimismo, temas dolorosos que son fácilmente identificables: un frustrado anhelo hacia su casa natal y de sus antepasados, súplicas de amor y de afecto y el deseo de reconocimiento y anonimato.

La autora volvería a mostrar un poco de sí misma en cada una de las seis novelas que publicó bajo el seudónimo de Mary Westmacott, intentando, curiosamente, evitar que el público pudiera relacionarla con ellas. El segundo libro de Westmacott, Retrato inacabado (1934), ofrece un testimonio vívido de los hechos y emociones de su niñez, juventud y de

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su matrimonio con Archie, mientras que sus años de madurez aparecen reflejados en los cuatro últimos capítulos, y muy especialmente en La rosa y el tejo (1947), considerada por Max Mallowan, su segundo marido, como «la obra más contundente y dramática de todos los libros de Westmacott», opinión compartida por la propia Christie, que muchas veces resaltó la importancia que esta obra tuvo en su vida. En otra novela de Westmacott, La carga, Christie intentó plasmar por escrito sus creencias sobre la vida y la muerte, el éxito y el fracaso, el amor y la pasión, el hombre y la mujer, la humanidad y Dios.

En suma, queda claro que todos los libros de Mary Westmacott, sin excepción, contienen la clave para desentrañar el mundo interior de una mujer que sentía una extraña necesidad de manifestar en público sus pensamientos más íntimos, pero se sentía cohibida por una obsesiva necesidad de privacidad; tanto es así que ninguno de los amigos de Christie sabía que ella era Mary Westmacott, aunque, no se sabe cómo, un día alguien (cuya identidad aún se desconoce) ató cabos y descubrió el secreto. Sea como fuere, en 1946, la identidad de Mary Westmacott fue revelada en un artículo publicado en Norteamérica, lo que provocó en la novelista un sentimiento de profunda indignación. A partir de entonces, trató de expresar sus puntos de vista a través de dos de sus personajes femeninos más conocidos: Miss Marple y Ariadne Oliver.[N18] En la excelente obra Anatomía de Agatha Christie, su autora, Carolina-Dafne Alonso Cortés, nos cuenta que Agatha también dejó plasmada en muchas de sus novelas una serie de pistas que nos ayudan a identificar sus gustos, opiniones y reflexiones. En El enigmático Mr. Quinn, la autora hace alarde de sus conocimientos sobre ópera; en Trayectoria de boomerang, nos cuenta sus preferencias en literatura y usa su experiencia en el bridge; en Cinco cerditos, nos cuenta como una mujer con su hija pequeña va a ser abandonada por el padre a causa de una muchacha joven y hermosa; y en Némesis llega a darnos un curso de jardinería, iniciándonos así en una de sus aficiones predilectas. También son frecuentes algunas opiniones acerca de sus pensamientos sobre política: «Ya sabes que los comunistas son muy crueles. Es parte de sus creencias no detenerse ante nada» (Intriga en Bagdad); «Yo creo en la religión no como mamá, sino como una cosa histórica», pone en boca de un personaje femenino en Tragedia en tres

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actos.[N19] Resulta curioso pensar que «la niña que odiaba compartir información» acabó convirtiéndose en una mujer que sentía la imperiosa necesidad de tener al menos una vía de escape para expresar sus creencias y valores más íntimos.

Con su vida relativamente reorganizada y satisfecha de verse convertida en una mujer independiente, Agatha sintió la necesidad de desconectarse otra vez con un nuevo viaje, esta vez en solitario, sin familia ni amigos; quería tener por primera vez la libertad absoluta para hacer lo que le apeteciera. «Descubriría al fin qué tipo de persona era, y si me había convertido en alguien dependiente por completo de los demás, como temía. Me daría el gustazo de visitar lo que quisiera, cualquier lugar que deseara ver. Podría cambiar mi decisión en cuestión de segundos, sin pensar en nadie más que

en mí misma. Veríamos si me gustaba esta situación —escribió la novelista en su autobiografía—. Sabía perfectamente que tenía un carácter en cierto modo perruno: los perros no salen a pasear si no hay alguien que los lleve. Quizá sería siempre así, pero esperaba que no».

Agatha eligió como destino un lugar seguro e incluso previsible para cualquier británico medianamente aventurero, las Indias Occidentales (Antillas y Bahamas) y Jamaica, países que formaban parte de la Commonwealth, una organización compuesta por países soberanos independientes que comparten lazos históricos con el Reino Unido. Como Rosalind estaba en el colegio y no volvería a estar con ella hasta las vacaciones de Navidad, la novelista no necesitó reflexionar mucho antes de abrir la puerta de las oficinas de la agencia de viajes Thomas Cook y reservar sus billetes. No obstante, dos días antes de su partida, entró de nuevo en juego el destino cuando la escritora recibió una invitación para cenar con unos amigos en Londres. Durante la velada, conoció a un joven comandante llamado Howe que le habló con inusitada emoción de Bagdad, ciudad a la que estaba asignado como agregado militar y de la que solo se difundían noticias marcadas por enfrentamientos y violencia. Tras el desplome del Imperio otomano a finales de la Primera Guerra Mundial, Inglaterra había aglutinado las tres anteriores provincias otomanas bajo un solo gobierno, implementando un polémico mandato británico que hizo

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estallar una gran revolución en 1920 con protestas populares contra la ocupación británica.[N20] La revuelta cobró impulso cuando se extendió a las regiones mayoritariamente chiitas de la parte media y baja del río Éufrates. Otra rebelión antibritánica tuvo lugar en el norte de Irak encabezada por los kurdos, quienes trataban de obtener la independencia. [N21] Muchos británicos, sin embargo, ignoraban que allí se encontraba una de las culturas más primitivas del mundo, heredera de las antiguas civilizaciones sumeria, babilónica, acadia, asiria, islámica y árabe. Fundada en el año 762 por el califa abasida Mansur, Bagdad pronto se convirtió en una ciudad de referencia cultural y artística en el mundo árabe. Destacó también por ser encrucijada comercial entre Turquía, Arabia Saudí, Irán y Egipto. Agatha frunció el ceño al darse cuenta de que se había quedado mirándolo casi en trance, como si hubiera olvidado dónde estaba y lo que estaba haciendo; y a medida que el comandante le iba comentando las cosas que había vivido, más le entusiasmaba la idea de conocer la región en un futuro cercano. Sin embargo, al enterarse de que el viaje podía hacerse en el Orient Express, se disiparon de repente todos los planes que tenía en mente hasta entonces. «Toda mi vida había soñado con viajar en ese tren. Cuando había ido a Francia, a España o a Italia, con frecuencia había visto el Orient Express parado en Calais y siempre había anhelado meterme en él. (…) Aquello me convenció definitivamente».[N22]

Este fabuloso y mítico tren fue creado por el empresario belga Georges Nagelmackers para unir París y Constantinopla a través de una línea de ferrocarril. La idea le vino durante un viaje que Nagelmackers había hecho a los Estados Unidos, donde fue testigo de las innovadoras invenciones que se ponían en práctica para los viajes ferroviarios, entre ellas el «coche de lujo» sin precedentes de George Pullman. Al regresar a Bélgica, Nagelmackers fundó, en 1872, la Compagnie Internationale des Wagons-Lits y buscó el apoyo del rey Leopoldo II para la financiación de un proyecto ambicioso y muy complicado. Al contrario de los trenes de Pullman, que se limitaban a circular dentro del territorio americano, el tren ideado por Nagelmackers cruzaría el continente europeo de oeste a este, lo que constituiría una agotadora sucesión de transbordos entre diferentes administraciones y burocracias e incluso distintos anchos de vía. (Solo para el trayecto París-Viena fue necesario llegar a un acuerdo con siete

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instituciones ferroviarias). Así, pues, el anhelado sueño de conectar París con Constantinopla en menos de tres días solo fue real tras años de negociaciones y mucha diplomacia.

Para promover su tren, Nagelmackers invitó al viaje inaugural a ocho periodistas de los ochos principales periódicos europeos, y las crónicas de estos hombres no pudieron ser más entusiastas: el brillo de las copas del restaurante, el impecable aspecto de los camareros y la posibilidad de dormir, comer o incluso afeitarse a la vertiginosa velocidad de 80 km/h era el reflejo de unos vagones que podían rivalizar en comodidad con el apartamento más lujoso de los hoteles Carlton o Savoy de Londres.[N23] Las fronteras desaparecían, todo era exquisitamente frívolo y cosmopolita en el interior de sus vagones, no solo por sus refinadas cabinas y tocadores, sino también por su exquisita comida, excelentes vinos y un servicio impecable. No pasó mucho tiempo hasta que el convoy, que operaba tres veces por semana, empezara a transportar a monarcas, jefes de Estado, aristócratas y toda clase de celebridades, así como a personajes oscuros, desde espías hasta traficantes de armas. (Entre sus pasajeros más célebres se encuentran, entre otros, las actrices Marlene Dietrich y Greta Garbo, la espía Mata Hari, el arqueólogo Lawrence de Arabia o la soprano María Callas).[N24] Gracias al Orient Express, los europeos pudieron explorar y descubrir la realidad de tierras lejanas, un privilegio hasta entonces exclusivo de diplomáticos, políticos o aventureros.

Nota del autor

En noviembre de 1918, el ministro de Estado alemán, Matthias Erzberger, fue citado para entrevistarse con el mariscal Foch en el bosque de Compiègne, a las afueras de París, donde se encontraba el vagón n.º 2419-D que el Gobierno francés utilizaba como despacho. Estaba equipado con una gran mesa para reuniones, diez sillas, mapas geográficos, aparatos de comunicaciones, secretaría y otros detalles propios de un despacho militar. Tras horas de tensas deliberaciones, la delegación alemana rubricó un documento que establecía un armisticio que ponía fin a su lucha contra los Aliados, además de una serie de términos que incluían, entre otras cosas,

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la retirada de sus tropas de ambos frentes, la entrega de miles de armas, aviones y locomotoras, y el pago de una extraordinaria indemnización por los daños causados en la guerra. La alegría de la victoria fue celebrada por todo lo alto, y el vagón fue llevado a París como monumento histórico, pero al encontrarse en un patio interior, a la intemperie, fue sufriendo un lento deterioro, hasta que en 1924, tras múltiples protestas del público y de las instituciones, un millonario norteamericano decidió correr con los gastos de restauración, una compleja labor que llevó tres años. El vagón acabó regresando a Compiègne para ser albergado en un nuevo museo dedicado al triunfo francés sobre los alemanes. Ambas naciones volverían a enfrentarse en una guerra veintidós años después, y tras un arrollador avance del ejército alemán, el Gobierno francés se vio forzado a pedir la paz en 1940. Hitler aprovechó la ocasión para vengarse de las humillaciones del tratado de 1918 y ordenó que la rendición francesa fuese firmada en el mismo vagón. Unidades especiales alemanas se desplazaron a Compiègne y, tras volar la fachada del museo en el que se encontraba el vagón 2419-D, lo colocaron en el punto exacto en que se encontraba el 11 de noviembre de 1918. Una vez escenificada la firma, Alemania tomó posesión del vagón y lo trasladó a Berlín para ser exhibido frente a la Puerta de Brandeburgo como trofeo de guerra y muestra de fuerza del Reich. En 1945, al precipitarse el fin de la Segunda Guerra Mundial, las

SS se encargaron de su destrucción por temor a que se convirtiera en un trofeo de los Aliados una vez más. Las firmas del armisticio de 1918 y de la rendición francesa en 1940 son harto conocidas por los aficionados a la historia militar; lo que poca gente sabe es que el vagón n.º 2419-D pertenecía a la Compagnie Internationale des Wagons-Lits, la empresa propietaria del Orient Express, y sirvió de vagón restaurante en uno de los trenes que completaba la ruta París-Constantinopla en la primera década del siglo XX.

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El ferrocarril como escenario delictivo ha sido ampliamente aprovechado por el cine, sobre todo en la primera mitad del siglo XX. Algunas películas de esta época son consideradas de culto: Alarma en el expreso, de Alfred Hitchcock (1938); Testigo accidental, de Richard Fleischer (1952), o Deseos humanos, de Fritz Lang (1954).

Agatha ya no necesitaba de más argumentos para convencerse; estaba tan excitada que al día siguiente corrió a la agencia de viajes y cambió los pasajes a las Indias Occidentales por un billete a Oriente Próximo, para sorpresa de Carlo, que le preguntó si era una buena idea hacer este viaje en solitario. «Señora, usted no sabe nada del lugar ni tiene un tour organizado», le advirtió sin disimular su preocupación, a lo que ella le contestó: «Tengo que salir a averiguar quién soy ahora; si no me arriesgo, jamás lo sabré. Además, las únicas personas con las que he viajado han desaparecido y, a fin de cuentas, alguna vez he de hacer algo sola en esta vida». La escritora nunca había planificado un viaje en su vida porque siempre había alguien dispuesto a hacerlo por ella. Sabía, por lo tanto, que había llegado a un punto de inflexión. «Descubriría al fin si me había convertido en un ser dependiente de los demás, como temía, pero también podría cambiar mi decisión en cuestión de segundos, como había hecho al escoger Bagdad en lugar de las Indias Occidentales, sin pensar en nadie más que en mí misma».[N25]

Después de viajar de Londres a Dover y completar la travesía marítima en un ferry rumbo a Francia, la novelista embarcó en el lujoso

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Simplon-Orient Express —se llamaba así porque el nuevo trazado pasaba por el túnel de Simplon, que unía Suiza con Italia, permitiendo que el tren realizase una nueva ruta por el sur, a través de Milán y Venecia—; nada más acceder al vagón, pronto se dio cuenta de que el tren era muchísimo más elegante de lo que había imaginado. Las paredes estaban elaboradas con teca, nogal y caoba; la tapicería, con piel repujada en oro; las sábanas eran de seda; la cubertería, de plata; los aseos, de mármol. Había calefacción central, agua caliente y luz de gas, y el traqueteo del tren quedaba amortiguado por las mullidas alfombras del suelo. Tenía por delante un recorrido de 3500 kilómetros por vías de ferrocarril que pasarían por Lausana, Milán, Venecia, Trieste, Zagreb, Belgrado y Sofía antes de alcanzar su destino final en Estambul. En esta ciudad, Agatha continuó rumbo a Alepo y Beirut en otro tren de la misma compañía un poco menos lujoso, pero igual de fascinante: el Taurus Express. «Al pasar de Europa a Asia se aprecia una diferencia sutil; es como si el tiempo

perdiera su sentido —escribió en su autobiografía—. El tren seguía su camino con calma, bordeando la costa del mar de Mármara y trepando por las montañas; el camino era increíblemente maravilloso».[N26]

A medida que el tren avanzaba hacia su destino, los viajeros trataban de conectar con sus compañeros de trayecto, personajes tan desconocidos como misteriosos. Y si hubo algo que impresionó a la escritora en este viaje fueron las personas que encontró en su camino. El tren ya acumulaba por entonces jugosas historias protagonizadas por algunos pasajeros ilustres como monarcas y jefes de Estado: Ferdinand de Bulgaria se encerró en un baño al creerse acosado por pistoleros; el rey de Bélgica Leopoldo II montó en dirección a Estambul después de un alambicado plan para infiltrarse como falso vigilante de un harén; el monarca búlgaro Boris III, ingeniero aficionado, insistió en que se le permitiese conducir el tren a través de su país (lo que hizo a velocidades excesivas, ante la atenta y asustada mirada de dos maquinistas), y el zar ruso Nicolás II pidió unos decorados específicos para los vagones que él y su séquito utilizarían en su visita a Francia.[N27] En sus memorias, Agatha Christie describe pasajeros más corrientes y menos extraordinarios, como una señora turca que había tenido trece hijos y que la atosigó con todo tipo de brebajes para que tuviera más familia; una misionera que le recomendó diversos remedios

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para el intestino; un ingeniero holandés que se hizo pasar por su marido para no molestar a un párroco que los acompañaba y que los había tomado por matrimonio, o un comerciante francés que tuvo la gentileza de bajar en una estación solo para comprarle uvas dulces que aliviaran la fiebre provocada por las picaduras de las chinches. .[N28] Así pues, el tren —al igual que los aviones en la actualidad— simbolizaba el encuentro de individuos desconocidos, cada cual con sus propias intenciones, pero unidos por el mismo objetivo de llegar con seguridad al mismo destino. (Unos años más tarde, la novelista descubriría que el tren podría constituir el escenario perfecto para un crimen durante un viaje de regreso a Inglaterra tras una larga estancia en Siria. El ferrocarril en el que se encontraba quedó atrapado en las vías a causa de una gran nevada que acabó provocando entre los pasajeros una mezcla de recelo e inquietud. Fue lo suficiente para idear la trama de su famosa novela Asesinato en el Orient Express).

Para su breve estancia en Estambul, la novelista eligió hospedarse en el Pera Palace, un tradicional hotel construido en 1892 para albergar a los pasajeros del Orient Express, que deseaban un hotel del mismo nivel de

comodidades que los grandes alojamientos de París —salvo los palacios otomanos, el Pera Palace fue el primer edificio de la ciudad con electricidad y agua caliente—. Agatha ocupó la habitación 411, y tal fue la impresión que el hotel le causó que volvió en repetidas ocasiones, alojándose siempre en la misma habitación. Fue allí donde escribió buena parte del borrador de Asesinato en el Orient Express, publicada en 1934, novela en la que Hércules Poirot resuelve el asesinato que se produce en el tren.

Nota del autor

En la actualidad, el Pera Palace sigue funcionando como hotel, aunque se ha convertido en una atracción turística más de Estambul, dado que puede ser visitado libremente aunque no se sea huésped. La habitación 101, conocida como «Habitación Atatürk», es una de las principales atracciones para el público; en ella solía alojarse Mustafa Kemal Atatürk, padre y

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fundador de la Turquía moderna. La habitación más buscada, sin embargo, es la famosísima 411, dedicada a Agatha Christie y convertida en un museo en su honor, donde se alberga una vitrina con sus libros más conocidos, un pequeño escritorio y una máquina de escribir similar a la que usaba entonces. La habitación 411 también se hizo célebre por una curiosa anécdota ocurrida en 1979, cuando la productora cinematográfica Warner Bros decidió hacer una película que contara los famosos once días en los que estuvo desaparecida. Como no disponía de información detallada, puesto que la autora nunca aceptó pronunciarse sobre el asunto, la Warner contrató los servicios de una médium llamada Tamara Rand con la misión de contactar con el espíritu de Agatha Christie, fallecida tres años antes. Rand viajó a Estambul y se alojó en la famosa habitación 411, donde realizó dos sesiones espiritistas utilizando una tabla ouija. Christie se habría manifestado en ambas sesiones, pero en la última reveló que en aquella habitación, bajo el suelo, estaba escondida la llave de un baúl que guardaba la libreta con toda la verdad sobre lo ocurrido durante su desaparición. Como el hotel no pasaba por su mejor momento, su director le pidió a la Warner la friolera suma de dos millones de dólares a cambio de la llave, más un quince por ciento de los derechos de explotación de la película en Turquía. Ante esta rocambolesca demanda y la negativa del Pera Palace a la búsqueda de la supuesta llave, el asunto cayó en el olvido. Corrieron rumores en la época acerca de que el asunto no dejó de ser un montaje de Hollywood para promocionar la cinta, con o sin publicidad del hotel. Sea como fuere, jamás se supo si de verdad existía una llave que abría un supuesto compartimiento cuyo interior podría contener una improbable libreta con el secreto mejor guardado de Agatha Christie.[N29]

Después de pernoctar en Alepo y Damasco sin más contratiempos que un ataque de chinches en el vagón del tren y una leve indigestión, Agatha llegó a Bagdad exhausta y cubierta de polvo tras un largo de viaje de cuarenta y ocho horas por el desierto a bordo de un autobús de seis ruedas que producía el mismo efecto de balanceo que un barco. Nada más entrar en la ciudad, la novelista quedó impactada con las extraordinarias cúpulas doradas de la mezquita de Al-Kadhimiya. «Estaba hechizada —lo recordó

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en sus memorias—, esto era por lo que tanto había suspirado, lo que me hacía evadirme de todo, la arena que corre por tus dedos, el sol naciente y el sabor de los embutidos y del té».[N30] Sus primeros minutos de intimidad y soledad en la capital iraquí solo se vieron empañados por la «excesiva» hospitalidad de una pegajosa dama inglesa a quien había conocido en el tren y que había conseguido eludir en Trieste, pero que la abrazó con exagerada ternura al descubrirla en el autobús que cruzaba el desierto. Con excusas y mucho tacto, logró esquivar su invitación para experimentar de cerca cómo era la vida cotidiana en las calles de Bagdad, pero pronto se vio, de súbito, transportada a una colonia de ingleses expatriados de costumbres decididamente británicas. El Irak que la novelista conoció era, en realidad, un Estado que había sido creado artificialmente por Gran Bretaña, que tenía la intención de cohesionarlo y dar legitimidad a su mandato sentando en el trono a un hachemí (nombre que se da a un linaje árabe que procede de los hijos de Háshim, uno de los clanes más importantes del mundo árabe). La decisión final se tomó en una reunión en El Cairo en la que Winston Churchill propuso el nombre de Fáysal ibn Husáyn, un miembro prominente de la familia de los hachemíes, líder de la Rebelión Árabe entre 1918 y 1920. Su coronación tuvo lugar el 23 de agosto de 1921 y, aunque contaba con una administración local, el país siguió siendo controlado completamente por Gran Bretaña hasta su independencia definitiva en 1932. Hasta que ese día llegó, los funcionarios y demás ciudadanos ingleses que allí residían trataron de mantener sus tradiciones jugando al bridge en el club social y organizando competiciones de polo. Las damas, por su parte, salían de excursión por las orillas del río Tigris, tomaban el té en la terraza del hotel o disfrutaban del brunch compartiendo espacio con personalidades habituales de la jet set británica.[N31]

Pero Agatha no había viajado tan lejos para comportarse como una turista común o una dama de la aristocracia, sino como una auténtica exploradora dispuesta a desbrozar una tierra exuberante y pletórica de misterios; y con este fin, decidió visitar la popular excavación del famoso arqueólogo británico Leonard Woolley en la ciudad Ur, que en su apogeo fue una importante ciudad de la antigua Mesopotamia y cuna de la civilización sumeria, de la que naciera Babilonia, una de las siete

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maravillas de la Antigüedad, con sus palacios y jardines colgantes, que provocaron la admiración de Alejandro Magno. Allí, los sumerios construyeron una red de vías fluviales que unían entre sí pueblos y ciudades, entre las que Ur, situada justo debajo de la confluencia de los dos grandes ríos de la zona, el Tigris y el Éufrates, era una de las más importantes. En 1922, esta histórica ciudad volvía a cobrar protagonismo después de una expedición angloamericana liderada por el arqueólogo Leonard Woolley, cuyas excavaciones permitieron a los historiadores trazar con más precisión su historia desde sus inicios, hacia el año 3800 a. C., hasta los días finales de su decadencia, alrededor del siglo IV

a. C. Autor de más de veinticinco libros de arqueología —entre los que destacan dos, Spadeworrk: Adventures in Archaeology (1953) y Excavations at Ur. A record of 12 Years Work (1954)—, Woolley estaba convencido de que en las ruinas de Ur podría hallar rastros de la Gran Inundación de la que habla el poema de Gilgamesh (que en la Biblia recibe el nombre de diluvio universal). Su equipo encontró también varias tumbas prehistóricas que en su opinión contenían restos de las víctimas de dicha inundación, y debajo de ellas, vestigios de las chozas de caña construidas por sus primeros habitantes. La expedición dirigida por Woolley también había logrado sacar a la luz imponentes zigurats y cerca de dos mil tumbas repletas de jarrones de cobre, finas estatuillas de oro y placas con escritura cuneiforme. Entre sus hallazgos más importantes, destacó una daga de oro con incrustaciones de lapislázuli cuya fotografía dio la vuelta al mundo.[N32]

Hasta finales del siglo XIX no existía ningún tipo de requisito para llevar a cabo una planificación metódica de una excavación arqueológica. Cualquier sociedad de exploración, universidad o individuo particular podía solicitar un permiso. Los estudiosos empezaban a ser conscientes de la importancia de registrar y contextualizar cualquier descubrimiento, y en este sentido el trabajo realizado por arqueólogo británico Flinders Petrie fue fundamental. Petrie fue quien estableció los criterios (utilizados hasta hoy) para la catalogación y el estudio minucioso de las piezas. Existía una dura competencia por las concesiones, y a arqueólogos solitarios como Leonard Woolley se les solían conceder los yacimientos menos interesantes, porque las grandes excavaciones requerían, por lo general, la

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inversión de cifras astronómicas. En un equipo podían trabajar hasta trescientos hombres, entre peones y supervisores; también era necesario alquilar mulas y barcos y comprar maquinaria para excavar y almacenar.

[N33]

Agatha Christie emprendió viaje hacia Ur en un tren en compañía de un criado de una aristócrata inglesa que había conocido en Bagdad. El criado la instaló en un vagón vacío no muy confortable, le hizo una zalema y se marchó, explicándole que cuando llegasen a una estación adecuada, volvería para conducirla al comedor. «Lo primero que hice fue abrir la ventana de mi compartimiento. No soportaba la falta de oxígeno y necesitaba aire fresco. Pero lo que entró no fue aire fresco, sino aire mucho más caliente, lleno de polvo y veintiséis avispones enormes que empezaron a zumbar a mi alrededor de forma amenazadora. No sabía si dejar la ventana abierta y esperar a que salieran o cerrarla y quedarme allí con los veintiséis que ya había. Paralizada por el terror, me quedé sentada en una esquina, durante una hora y media, hasta que llegó el criado a rescatarme y me llevó al restaurante de la estación». Después de un largo, incómodo y agotador viaje, la escritora llegó al sitio de los Woolley en Ur, a sabiendas de que los arqueólogos, por regla general, solían considerar a los visitantes más bien como intrusos. La inmensa mayoría solía aparecer a horas extrañas y querían que se les enseñara el campamento, interrumpiendo la jornada de los peones y haciéndoles perder un tiempo valioso. Pero a ella la recibieron con calurosas muestras de hospitalidad, no tanto porque se presentase provista de una carta de recomendación, sino porque se dio la casualidad de que Katherine, la esposa de Leonard Woolley, había disfrutado mucho con la lectura de algunas de sus novelas, sobre todo El asesinato de Roger Ackroyd. La novelista podía considerarse sumamente afortunada, porque Katherine no era el tipo de mujer que congeniaba con facilidad con otras. Prefería estar más bien rodeada de hombres, de quienes esperaba que se sometieran a sus caprichos sin cuestionamientos, cosa que la mayoría de ellos hacía, sobre todo Leonard Woolley, que en realidad era su segundo marido (el primero se había suicidado de un tiro en la cabeza frente a la Gran Pirámide pocos meses después de su luna de miel). No era extraño que la esposa del arqueólogo tuviese un temperamento difícil, puesto que un sitio arqueológico solía

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parecerse a una especie de corte donde todos los subalternos, sirvientes y ayudantes eran exclusivamente varones, y todos eran propensos a demostrar su lealtad al jefe colmando de atenciones a su esposa. Ante semejante escenario, quedaba claro que cualquier otra mujer no sería bien recibida, puesto que su presencia, inevitablemente, acabaría por dividir la atención del equipo, y eso era algo que Katherine no estaba dispuesta a permitir. Resulta interesante, por lo tanto, analizar por qué Katherine Woolley sintió tanta simpatía por Agatha; pudo ser porque su invitada, reservada y modesta, en lugar de constituir una amenaza, se mostraba llena de admiración y deseos de aprender. También contó el hecho de que viniera sola; no formaba parte de una pareja feliz que pudiera suscitar celos en Katherine, ni tampoco era una joven soltera capaz de convertirse en peligrosa rival. Agatha hizo todo lo posible por no llamar la atención, interesándose por todo lo que le explicaban y sin entrometerse en los asuntos que no le concernían, por lo que se convirtió en una interlocutora muy agradable, incluso para una persona tan maniática como era Katherine. La primera experiencia de la autora en un emplazamiento arqueológico le hizo ahondar en su recién descubierta fascinación por lo antiguo y reflexionar acerca de algunas cuestiones filosóficas, como la infinidad del tiempo, que le ayudó a comprender que las cosas finitas de la vida carecen de importancia si se observan bajo el prisma de la eternidad. Al final de su vida, Christie insistió en que sus puntos de vista no habían cambiado, pero que, de alguna manera, veía las cosas con una mejor proporción: «Me veía a mí misma menos importante, como si solo fuera una faceta de un todo, en un vasto mundo con cientos de interconexiones».

[N34]

«Me enamoré de Ur, de su belleza al atardecer y del extenso mar de arena con sus espléndidas tonalidades pálidas de albaricoque, rosa, azul y malva, que cambiaban a cada minuto. Me gustaban los trabajadores, el capataz, los muchachitos que llevaban los canastos, los que manejaban el pico. El encanto del pasado se apoderó de mí. Era romántico ver cómo aparecía, lentamente entre la arena, un puñal con reflejos dorados. El cuidado con que se levantaban del suelo las vasijas y demás objetos me incitaba a ser arqueóloga».

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Agatha Christie.[N35]

Con el corazón en ascuas y los ojos llorosos por tener que abandonar Bagdad, Agatha se despidió de los Woolley con la promesa de volver al año siguiente en primavera y acompañarlos en su viaje de regreso a Inglaterra atravesando Siria y visitando algunas ruinas y templos de la Antigüedad en la costa griega. En una de las paradas que hizo en su viaje de regreso a Inglaterra, la novelista coincidió en un hotel con un coronel del regimiento africano de los Rifles del Rey. En la conversación que mantuvieron, surgió el tema de Kenia y Uganda, y Agatha mencionó que tenía un hermano que había vivido allí muchos años. El coronel le preguntó por su apellido y, cuando se enteró de que era Miller, la miró con una expresión de cierta incredulidad. «¿Significa eso que es usted la hermana de Billy Miller, el Pirado?». Aunque Agatha desconocía este mote, le contestó afirmando que seguramente se trataba de su hermano, puesto que él siempre había sido un pirado en todos los sentidos. Ambos se rieron muchísimo, pero la novelista no pudo frenar las lágrimas cuando el coronel empezó a decir lo que realmente pensaba de Monty: «Fue una de las personalidades más notables que me he encontrado. Nadie podía presionarle; era imposible hacerle cambiar de opinión; terco como una mula, pero tampoco se le dejaba de respetar. Ha sido uno de los hombres más valientes que he conocido».[N36]

Si las Navidades de 1928 fueron duras, las de 1929 tampoco serían amables, pues Agatha tendría que lidiar, una vez más, con los sentimientos de una hija pequeña que echaba de menos a su padre y apenas comprendía su ausencia en fechas tan señaladas. La novelista, sin embargo, se sentía lo suficientemente fortalecida como para reiniciar su vida a partir de una nueva perspectiva, y ya había dado un importante paso en ese sentido con su viaje a Bagdad. Pero en aquel momento había que velar por la felicidad de su niña, y con este objetivo en mente, pensó que sería una excelente idea que Pam, la mejor amiga de Rosalind, pasase las vacaciones de Navidad con ellas en Londres. Las fiestas transcurrían en la más absoluta

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normalidad entre juegos y regalos cuando Agatha empezó a notar un extraño sarpullido en el rostro de Pam, que empezó a toser y a llorar, quejándose de la garganta. La escritora reconoció con rapidez los síntomas de la pequeña al primer vistazo y se alarmó. La niña tenía sarampión. Ante semejante panorama, trató de actuar con rapidez, llamó a su madre para que viniese a recogerla de inmediato y no esperó ni un segundo para subir a Rosalind al coche rumbo a Ashfield para que su médico de cabecera pudiera examinarla. Aunque el sarampión ya no constituyese una amenaza mortal, como había sido en el pasado, todavía no existía vacuna para su prevención y seguía siendo muy contagioso, por lo que si no se trataba a tiempo, podría complicarse con neumonía, infección de oído y, en el peor de los casos, llevar a la muerte.

El doctor no solo confirmó el diagnóstico, sino que además puso de manifiesto que se trataba de un caso de extrema gravedad, pero no el de su hija, sino el de su madre. Agatha se había vacunado recientemente en la pierna, y esta se le había hinchado de manera considerable, lo que le había provocado una inflamación tan grave que el médico decidió enviarla urgentemente al hospital, donde tuvo que permanecer ingresada con una fiebre tan alta que estuvo a punto de convulsionar. (No se sabe si la enfermera que se encargó de los primeros auxilios bromeaba o hablaba en serio, pero nada más comprobar el estado de la pierna de la novelista, exclamó con alarmante contundencia: «¡Oooh! La última vez que tuvimos una pierna como esta hubo que amputarla al tercer día»). Por fortuna, no

tuvieron que tomar semejante medida en su caso —aunque la novelista confesó que había sufrido dolores tan intensos que no le habría importado en absoluto que le hubiesen cortado entonces las piernas, los brazos e incluso la cabeza—. Tras una semana complicada, los médicos le dieron el alta y Agatha pudo regresar a Ashfield, donde su hermana se ocupaba de las erupciones cutáneas de Rosalind. Las tan anheladas vacaciones navideñas en familia fueron un desastre, pero el inesperado incidente vírico les permitió disfrutar juntas de un ameno período de convalecencia.

[N37]

Rosalind se incorporó de nuevo a la escuela y, cuando las fechas del calendario se acercaban a la primavera, Agatha pensó que era el momento oportuno de comprarse una nueva vivienda. Después de mucho elegir, se

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quedó con una casa en Chelsea, en el número 22 de Cresswell Place, que pronto puso patas arriba para reformarla a su gusto, tal y como había hecho con todas las viviendas anteriores —y con todas las que conocería en el futuro—. Tal como su madre, sentía placer por rediseñar jardines y rehabilitar inmuebles; y al igual que su padre, tenía debilidad por la decoración de espacios vacíos con antigüedades y recuerdos de viajes. Con la ayuda de un hábil albañil y su equipo, rediseñó su nuevo hogar; la amplia reforma le permitió darle un aire más acogedor. El gran salón, con capacidad para veinte comensales, contrastaba con una diminuta cocina en la que apenas cabía una persona. Sin embargo, todos cuantos gozaron de la hospitalidad de Cresswell Place fueron testigos de los deliciosos platos que salían de aquel minúsculo lugar: improvisados desayunos a base de huevos y beicon para las visitas que se presentaban por sorpresa y elaborados platos, sobre todo guisados, para los que se anunciaban con más antelación. Su renovado ánimo también era reflejo de su desahogada situación económica. Pocos meses antes, su editor Edmund Cork había logrado firmar un nuevo contrato con dos importantes editoriales: Collins y Dodd, Mead & Co. Con la primera se estableció un acuerdo para sus próximas seis novelas, con un generoso anticipo y unos derechos de autor del veinte por ciento sobre los primeros ocho mil ejemplares, aumentables a un veinticinco si las ventas superaban esta cifra. Con la segunda, el contrato se centró en los derechos de autor de El misterio del tren azul y sus dos novelas siguientes, lo que también le proporcionó un generoso anticipo de dos mil quinientos dólares por cada una de las obras y unos derechos de autor del quince por ciento sobre los primeros veinticinco mil ejemplares, que subirían a un veinte si las ventas superaban esa cifra.[N38] Estos ingresos se complementaban con los relatos del señor Quin, un enigmático personaje e inspirado en Arlequín, que en la pantomima inglesa representa un espíritu invisible a todos, menos a su fiel Colombina. El señor Quin resulta igualmente misterioso cuando se manifiesta al señor Satterthwaite, un viejo señor inglés que se considera a sí mismo un mero observador, pero que, cuando recibe la inspiración del señor Quin, se descubre capaz de resolver incógnitas y enigmas.

Se trata de una época en la que la obra de Agatha Christie ya se publicaba con regularidad en el extranjero, y para un autor eso significa

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multiplicar sus beneficios; de esta forma, El misterioso caso de Styles se publicó en Hungría con el título de A titokzatos stylesi eset, y en Alemania, como Das fehlende Glied in der Kette; El asesinato de Roger Ackroyd se tituló Cine l-a ucis pe Roger Ackroyd en Rumania, y Zabójstwo Rogera Ackroyda en Polonia. Era el inicio de un imparable proceso que alcanzaría ciento tres idiomas y el primer puesto en las estadísticas del top de autores más traducidos según el Index Translationum de la UNESCO.

Nota del autor

Cluedo (cuyo nombre original en inglés es Clue, «pista») es uno de esos juegos que formaron parte sustancial de nuestra infancia. Creado por la empresa británica Waddington Games en 1948, fue desarrollado por Anthony Pratt, un abogado de Birmingham que ideó un juego de cartas y tablero que constituye un escenario único, un asesinato, un círculo cerrado de sospechosos y un detective que tiene que descubrir la identidad del culpable. Aunque la empresa nunca se pronunció al respecto, hay quien dice que este tradicional juego de mesa está inspirado en las novelas de Agatha Christie, un hecho incontestable si tenemos en cuenta su dinámica: en una mansión de la campiña inglesa donde se reúnen varios personajes de la alta sociedad, el anfitrión, el doctor Black, ha sido asesinado. Los jugadores deberán involucrarse en la trama, descubriendo pistas y conversando con los otros participantes. Uno de los asistentes a la fiesta tomará en secreto el papel de asesino mientras que los demás jugadores asumirán otros roles de la historia, con sus propios secretos y motivaciones ocultas, por lo que en principio todo el mundo puede ser sospechoso. ¿Te suena de algo? [N39]

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Agatha y Rosalind (aproximadamente, 1923).

«Archie estaba como loco con Rosalind. Disfrutaba jugando con ella, y hasta le dejaba que le limpiara los palos de golf. Se comprendían mutuamente, creo, mejor que Rosalind y yo. Tenían el mismo sentido del humor y entendían enseguida los puntos de vista del otro. A Archie le gustaban su firmeza y su desconfiada actitud mental: nunca daba nada por sentado».

Agatha Christie, Autobiografía.

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TERCERA PARTE

Agatha Mallowan,

la mujer que cenó

con la reina de Inglaterra

(1930-1976)

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X

MAX MALLOWAN

«Cásate con un arqueólogo; cuanto más envejezcas, más encantadora te encontrará».

MAX MALLOWAN

Tal y como lo había planificado, Agatha Christie emprendió su segundo viaje a Oriente Medio, esta vez con un objetivo muy claro: conocer Delfos, el mitológico oráculo del dios Apolo. Según la mitología griega, el oráculo de Delfos era el lugar en el que sabios, eruditos, reyes y plebeyos consultaban a los dioses. Cuenta la leyenda que las tierras del oráculo fueron en su día la morada de la serpiente Pitón, una terrible criatura nacida del limo que se originó terminado el diluvio universal. Tiempo después, Apolo mató a la serpiente en la cima del monte Parnaso, arrojando por una grieta su cuerpo sin vida. Sobre ese mismo lugar situarían el oráculo las gentes de Delfos. Pasado un tiempo, unas cabras que pastaban cerca del monte Parnaso descubrieron la grieta. Cada vez que se acercaban y miraban por ella, brincaban y bailaban de un modo extraño. El pastor, asombrado por lo que veía, se aproximó a la grieta para echar un

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vistazo. Quedó presa del mismo fenómeno, pero además se dio cuenta de que podía ver el futuro. Poco después, la noticia de lo ocurrido se difundió, y el lugar fue considerado una tierra milagrosa capaz de predecir el futuro, con lo que se convirtió en destino de peregrinación al que acudían numerosas personas de Delfos y alrededores. Cuando muchos de los peregrinos empezaron a tirarse por la grieta en pleno éxtasis, incapaces de controlar los espasmos que se apoderaban de sus cuerpos, decidieron elegir a una sacerdotisa encargada de realizar los oráculos; a esta mujer se la denominó Pitonisa, en honor de la serpiente que yacía en su interior.

Agatha Christie llegó al campamento de los Woolley en medio de una tormenta de arena que no dio tregua durante largos cinco días. «Ignoraba que la arena tuviera tal capacidad de penetración. A pesar de que se cerraron las ventanas y se extendieron los mosquiteros, por la noche las camas estaban llenas de arena, crujía en el suelo al pisar, y por la mañana teníamos arena en la cara, en el cuello, en todas partes». Con la imposibilidad de salir del alojamiento, no le quedó otro remedio al grupo que charlar de los temas más variopintos. Agatha ya conocía a todo el equipo de su visita anterior, con excepción de Max Mallowan, un joven arqueólogo de veinticinco años de edad que estuvo ausente la primera vez a causa de una apendicitis. Hijo primogénito de un industrial austriaco y de una francesa, emigrados a Gran Bretaña, Max se había unido al equipo de Woolley en 1925, después de obtener su licenciatura en Oxford, y pronto mostró un gran talento para el trabajo arqueológico de campo.[N1] Excelente lingüista y con una profunda pasión por los idiomas y obras clásicas, aprendió con rapidez el árabe y se convirtió en una pieza fundamental en la organización del campamento, puesto que gran parte del equipo solo se comunicaba en este idioma. Encantado con la versatilidad de su nuevo asistente, Leonard Woolley le nombró asesor médico de los obreros que trabajaban en el campamento y le confió la delicada e importantísima tarea de embalar y escoltar el cargamento de hallazgos arqueológicos que al final de cada temporada se despachaban en decenas de cajones con destino a Inglaterra. Max también desempeñaba el papel de

contable, «tarea bastante compleja —escribió más tarde en sus memorias

— si consideramos el hecho de que los sueldos se pagaban en diferentes monedas, desde rupias, annas, hasta dinares, cuyas sumas eran engorrosas

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y casi nunca cuadraban». Mallowan se reveló como un contable sumamente eficaz, pues era ordenado y meticuloso en cuestiones de dinero, y pronto se hizo imprescindible; sobre todo por un detalle del que podía presumir: se llevaba muy bien con Katherine Woolley, ya que sabía manejarla con habilidad, actuaba con tacto y, quizá lo más importante, conocía su lugar y posición, hablaba solamente lo necesario, a poder ser monosílabos, pero jamás dudaba en atender a sus caprichos y peculiaridades, que incluían tareas como cepillarle el pelo o incluso aplicarle sanguijuelas para aliviarle las jaquecas, una práctica que se conocía desde los tiempos antiguos para el tratamiento y alivio de diversas enfermedades. (A comienzos de este siglo, esta terapia resurgió con el nombre de hirudoterapia).

La temporada de excavaciones llegó a su fin y como Agatha tenía planteado seguir viaje para visitar diversas localidades de Irak, Katherine decidió (sin consultar a nadie) que sería competencia de Mallowan acompañarla. Terminada su gira, los dos volverían a reunirse con el resto del grupo en Bagdad. La novelista consideró una auténtica crueldad que «un joven que llevaba varios meses de duro trabajo y estaba a punto de comenzar unas merecidas vacaciones, se viera obligado a pasear a una mujer quince años mayor que él a la que apenas conocía», pero al transmitir su descontento a uno de los integrantes del equipo, este le advirtió que «si Katherine se había empeñado en ello, nada podría cambiar sus designios». Agatha, por su parte, no sabía si ofrecerle alguna disculpa o intentar justificar que no había sido suya la idea de ese viaje, pero Max parecía haberlo tomado como algo habitual; y así, no sin cierto nerviosismo, los dos se pusieron en camino e iniciaron su excursión. Pero al poco tiempo de abandonar el campamento, Max sufrió una inesperada transformación. Ya no se mostraba tan serio, y al verse lejos de la claustrofóbica rigidez que se respiraba en el campamento, donde todos procuraban evitar la ira y los incontrolables impulsos de Katherine, la excursión que emprendieron juntos constituyó un verdadero alivio, teñida de compañerismo y aventuras inolvidables, como la noche que pasaron en una comisaría de Kerbala, donde Agatha tuvo que llamarle a la celda en la que dormía para que le guiara a través de la oscuridad al lavabo; o cuando cedieron a la tentación de bañarse en ropa interior en un precioso lago

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salado que, como un espejismo, surgió de la nada mientras recorrían el desierto en coche en su regreso a la ciudad de Bagdad. Al volver del baño, descubrieron que el coche se había hundido en la arena y no podían sacarlo. Aislados en medio de un inmenso desierto bajo un sol abrasador que caía a plomo sobre sus cabezas, su chofer, miembro de los Camel Corps, decidió salir en una misión suicida en busca de ayuda, dejándoles su cantimplora de agua. Una hora más tarde, apareció como por arte de magia a bordo de un Ford modelo T acompañado de un beduino que los ayudó a sacar el vehículo de la arena. Este episodio, aunque anecdótico, podría haberse convertido en una terrible tragedia, puesto que el agua de que disponían no habría durado mucho, y su chofer podría haberse perdido entre las infinitas dunas del desierto. Agatha, por su parte, se mostró ajena a los peligros de la excursión y se dejó llevar únicamente por los extraordinarios relatos que escuchaba de la boca de Max acerca de civilizaciones desaparecidas, reyes tiranos y cortesanos corrompidos.[N2]

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Años más tarde, al recordar el día en el que su coche los dejó tirados en medio del desierto durante varias horas, Max reveló que la tranquilidad con la que Agatha aceptó los hechos sin quejarse fue la señal que necesitaba para darse cuenta de que ella era el tipo de mujer que buscaba. La novelista, por su parte, daba por descontado que Max no tendría ningún interés romántico en una mujer que lo superaba en más de una década de experiencia vital.

Max y Agatha se reunieron con los Woolley en Bagdad convertidos en inquebrantables aliados, y durante las semanas siguientes viajaron juntos en tren y barco vía Kirkuk y Mosul, donde se alojaron en un pequeño hotel de arquitectura colonial. El viaje podría haberse convertido en un bonito recuerdo para la posteridad si no hubiera sido por la despótica y egoísta conducta de Katherine Woolley, que insistía en imponer sus voluntades a los demás, apropiándose de la habitación más espaciosa, la cama menos húmeda y la butaca más cómoda. Una noche, Agatha decidió bañarse con calma, pero como no sabía manejar las llaves de agua fría y caliente, resolvió acudir a Max para que la ayudara. Su nuevo amigo templó la temperatura del agua y le dijo que se fuera a su habitación y que la llamaría cuando tuviera el baño lo suficientemente controlado para que disfrutara de él. «Volví a mi cuarto, esperé un buen rato y no sucedió nada. Por fin salí resueltamente en bata, con la esponja bajo el brazo. La puerta

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estaba cerrada. En ese momento apareció Max. “¿Qué hay de mi baño?”, le pregunté. “¿Tu baño? Está Katherine Woolley dentro”, me respondió». [N3] Aparte de estos percances, el viaje transcurrió sin mayores contratiempos y, al cabo de unos días, el grupo llegó a Alepo; desde allí por mar se dirigirían a Grecia, donde se suponía que Max abandonaría a los demás para viajar por su cuenta al templo de Apolo en Bassae, mientras que los Woolley se encargarían de llevar a Agatha a Delfos, visita que esperaba con gran expectación, pese a que tendría como compañía a aquella inestable pareja. Pero al llegar al hotel, se encontró con varios telegramas, entre ellos uno de su hermana, en el que le decía que Rosalind se encontraba enferma de neumonía y su estado necesitaba de cuidados, de tal modo que se vieron obligados a sacarla del internado para llevarla de inmediato a Abney. Aún no existían los antibióticos, y la neumonía era en potencia una enfermedad mortal, incluso entre los pacientes más jóvenes. Tampoco había vuelos comerciales entre Atenas y Londres, y el viaje más rápido era en tren, que tardaba cuatro días. Con los nervios de la situación y el inminente regreso a Londres, Agatha tropezó por la calle cuando iba de camino a la agencia de viajes y se hizo un esguince de tobillo. El incidente le proporcionó a Max la excusa perfecta para cancelar sus planes y ofrecerse a acompañarla en su viaje de regreso a Londres, ya que ella andaba con mucha dificultad y, por ello, no podía valerse por sí misma. Fue entonces cuando la autora empezó a fijarse en él de manera diferente, al recordar su viaje por el mundo con Archie, quien muchas veces acompañó al mayor Belcher en un sinfín de compromisos oficiales mientras ella se quedaba sola en su habitación de hotel. Max era todo lo contrario de su exmarido: parco en palabras, pero cortés en sus gestos, pues siempre hacía aquello que ella en verdad necesitaba.[N4]

Con Max a su lado, Agatha Christie pudo sobrellevar de alguna manera el dolor del tobillo y la terrible angustia que sentía por su hija. Además, estaban cómodamente instalados en el romántico Orient Express, que ofrecía el escenario y la oportunidad perfectos para que el arqueólogo y la novelista se conocieran más a fondo y con mayor intimidad. Para entretenerla, Max decidió contarle su historia y empezó revelándole que

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sus amigos se burlaban de él diciendo que, pese a que su aspecto y gustos eran incuestionablemente británicos —le encantaban los trajes de cheviot, los bombines, el té de la tarde y los partidos de críquet—, él no tenía una sola gota de sangre inglesa en las venas. De hecho, su abuelo era de origen eslavo y vivía en Viena, donde gestionaba un molino de vapor cuyo funcionamiento era tan moderno y revolucionario que le valió numerosos premios, el más importante, la medalla de oro del emperador Francisco José. El molino, que no estaba asegurado, fue destruido por un incendio, y con él también se esfumó la única fuente de ingresos de la familia, lo que obligó a su padre, que se llamaba Frederick, a buscar una vida mejor en otro país. El destino elegido fue Londres, donde trabajó durante un corto periodo en una pequeña compañía mercantil; más adelante, estableció su propio negocio, una empresa dedicada al comercio de grasas y aceites. Sus conocimientos en el sector eran tan vastos que en poco tiempo el Gobierno le designó para el puesto de inspector de materias primas; posteriormente, se convertiría en el Ministerio de Alimentación y Consumo. Durante la Primera Guerra Mundial, su padre fue contratado por la empresa Unilever, que por aquel entonces era una de las líderes en el sector de productos elaborados con aceites y grasas. (Fundada en 1872 en Holanda por Anton Jurgens, fue la primera fábrica de margarina en el mundo). Poco tiempo después de asumir el puesto de director del Departamento de Calidad, Frederick tuvo que comparecer ante un juez para aclarar un supuesto caso de intoxicación alimenticia, y para demostrar que las acusaciones vertidas contra la empresa eran fraudulentas, se ofreció a ingerir allí mismo una muestra del lote de margarina que supuestamente se hallaba en mal estado. A Max le encantaba contar esta anécdota (una de las primeras historias que Agatha conoció de su familia) porque demostraba la inquebrantable firmeza de su padre, un hombre que, pese a su ética y sentido de la responsabilidad, también era, en ciertos aspectos, una persona de carácter difícil, muy rígido en cuestiones de orden y exactitud, y que se enfadaba mucho cuando se contradecían sus opiniones, lo cual era el motivo de recurrentes peleas con la madre de Max, Marguerite Duvivier, una cantante de ópera francesa que ganó cierto protagonismo al interpretar el papel de Salomé en Herodías, una ópera de cuatro actos de Jules Massenet cuyo

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estreno tuvo lugar en el Teatro Real de la Moneda en Bruselas el 19 de diciembre de 1881.[N5]

Los recuerdos de infancia que Max describe en sus memorias no son tan idílicos como los de Agatha. A una edad muy temprana, sus padres le ingresaron en el Lancing College, un internado anglicano de Sussex, donde jamás se sintió a gusto. Tal era su aversión a las obligaciones religiosas que tenía que salvaguardar que, al llegar el momento de la confirmación, se negó a hacerla, por lo que perdió así el derecho a recibir más tarde la comunión. Al poco de cumplir los diecisiete años, decidió abandonar el internado, un año antes de completar sus estudios, para ingresar en el New College de Oxford, donde por casualidad conocería al sobrino de Agatha, Jack, el hijo de su hermana Madge. Su paso por esta institución tampoco fue sencillo, debido a sus enfrentamientos con el director por la cuestión de la confirmación, lo que le convenció para abandonar el colegio al comprobar que su peculiar situación le privaría de ciertos privilegios de los que gozaban los alumnos del último curso. Este episodio sorprendió sobremanera a Agatha, una mujer de firmes convicciones morales que llegó a sentirse culpable a raíz de su divorcio con Archie. Más asombrada aún se quedó con el relato de Max sobre su estancia en Oxford y sobre el año posterior a su salida de esta universidad, cuando su mejor amigo, Esmé Howard, cayó gravemente enfermo de tuberculosis, por lo que fue trasladado a Suiza con la esperanza de que su aire puro y fresco pudiera ayudar a purgar sus tejidos pulmonares. En cierta ocasión, de camino a Beirut, Max decidió pasar unos días en el país helvético para conocer su estado, y allí tuvieron una conversación franca y complicada sobre un tema controvertido para Max. Esmé, que pertenecía a una ferviente familia católica, se sentía molesto por la forma en la que Max lidiaba con su fe y le rogó que se convirtiera al catolicismo y aceptara recibir la comunión. Esmé murió al año siguiente, pero, si se toman como referencia los registros del diario de Max entre los años 1922 y 1926, se infiere que acabó cumpliendo con la promesa hecha a su amigo. Max terminó sus estudios en Oxford, y aún era un joven inmaduro cuando le invitaron a formar parte del equipo dirigido por Leonard Woolley. Los años pasados en Ur, sin embargo, le convirtieron en un adulto responsable, capaz de dar órdenes, dirigir a los obreros y afrontar las incomodidades

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típicas de quienes viven en un asentamiento arqueológico ubicado en medio del desierto. Pero cuando conoció a Agatha, no tardó en darse cuenta de que todavía le quedaba mucho que aprender en las relaciones entre hombres y mujeres. Y pese a que, durante el viaje de regreso a Inglaterra, Max se mostró inseguro y algo perdido, a Agatha le supuso una amena compañía para un largo viaje que habría sido mucho más angustioso dadas las circunstancias.[N6]

Max Mallowan, Agatha Christie y Leonard Woolley en Ur en 1931. Tal era la fascinación de la novelista por la singular belleza del desierto que, en cierta ocasión, encargó a una de sus amigas que le confeccionara un pijama de vestir que le recordara a la arena y al cielo del desierto. Pocos días más tarde, recibió un paquete que contenía un juego de pijamas cuyos pantalones eran de color albaricoque y las chaquetas, azul pálido.

La paz proporcionada por la compañía de Max se vio afectada por un tragicómico percance ocurrido durante el viaje. Al llegar a la estación de Milán, a la pareja se le ocurrió la genial idea de bajarse del tren para comprar naranjas, pero cuando se dieron cuenta, el tren ya había partido con todo su equipaje. No tuvieron más remedio que desembolsar una pequeña fortuna para alquilar un potente coche que les permitiera emprender una frenética persecución por una sinuosa carretera que rodeaba las montañas hasta Domodossola, donde lograron atraparlo por los pelos, tanto que algunos pasajeros, asombrados con la escena

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hollywoodiana que estaban presenciando, tuvieron que echarles una mano para lograr que subieran al vagón. Como consecuencia de este insólito percance, llegaron a París sin un céntimo en el bolsillo para la última etapa del viaje, así que el primer encuentro de Agatha con la madre de Max, que le esperaba en la estación, consistió en un breve saludo y en aceptar todo el dinero que la señora disponía para que pudiera seguir viaje hasta Londres. «Había poco tiempo para explicaciones, pues tenía que tomar el tren para Inglaterra, así que entre confusas disculpas desaparecí, agarrando con firmeza lo que había sacado. No creo que esto la predispusiera muy a mi favor», escribió la autora en su autobiografía.[N7] Al llegar finalmente a Abney, Agatha se tranquilizó al comprobar que Rosalind estaba fuera de peligro, pese a su aspecto delicado. «La mayor parte de mis experiencias como enfermera las había tenido con hombres adultos y casi desconocía la forma tan alarmante que tienen los niños de parecer en un momento que van a morirse y al día siguiente estar como una rosa». La niña se recuperó con bastante rapidez, y al cabo de pocos días fue posible trasladarla a Ashfield, donde se encontraría más a gusto y podría contar con el cariño y los cuidados intensivos de la omnipresente Carlo. Por fin, la autora se sentía a gusto para reanudar su apacible vida cotidiana y seguir desarrollando tramas para sus nuevos libros. Pocos días después, el cartero le entregó un telegrama de Collins para que acudiera a una cena en Savoy con el fin de conocer a sus editores americanos. Era la excusa que necesitaba para volver a encontrarse con Max, que trabajaba entonces en el Museo Británico con Woolley. El reencuentro fue relajado y cordial; hubo sonrisas e intercambios de miradas, aunque prevaleció una preocupación mutua de mantener las distancias físicas apropiadas y, con ello, evitar falsos malentendidos. Sin embargo, cuando llegó el momento de despedirse, Agatha se sintió lo bastante confiada como para invitarle a pasar unos días en Ashfield. Y así, poco tiempo después, Max tomaba con Agatha el tren que salía de Paddington para conocer su universo más íntimo en un intenso fin de semana en el que participó de un auténtico maratón, que combinó arduas caminatas por los páramos de Dartmoor bajo la lluvia con copiosas meriendas en los jardines de Ashfield. Max también tuvo la oportunidad de conocer a Rosalind, Carlo e incluso al fiel perro de la familia, Peter, con quien hizo buenas migas. Del mismo modo que él

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había visto cómo reaccionaba Agatha al verse abandonada en el desierto bajo un sol ardiente, ahora era ella quien observaba cómo él soportaba un pícnic familiar pasado por agua en Dartmoor. «La verdad es que tenía que apreciarme mucho para aguantarlo y aparentar que se estaba divirtiendo mucho». Cuando el fin de semana llegaba a su fin y todos se habían retirado a sus habitaciones, la novelista empezó a oír ruidos en las escaleras y no necesitó esforzarse demasiado para darse cuenta de que se trataba de Max. Lo que no esperaba es que llamase a su puerta. Sorprendida, le dejó entrar, preocupada por si había pasado algo, ya que no era habitual que él se portara de esta manera. Max se sentó al borde de la cama y, sin lograr ocultar su nerviosismo, le pidió que se casase con él.

Agatha se quedó en shock, sin poder creer que su nuevo compañero de aventuras le estuviera proponiendo semejante locura. En un primer momento, le contestó diciendo que su inesperada propuesta merecía una profunda reflexión, pero, pasados unos días, trató de convencerle de que su relación no podría ir más allá de una simple amistad por una serie de motivos, entre ellos porque él era quince años más joven que ella y, por añadidura, católico. En realidad, como admitiría más tarde, todos aquellos argumentos sin sentido no pasaban de simples excusas; el verdadero motivo de su resistencia era el temor de volver a fracasar como esposa, tal y como ocurrió en su primer matrimonio. A la mañana siguiente, Max se marchó en el primer tren y al despedirse le dijo: «Creo que me casaré contigo, pero cuando hayas tenido tiempo de pensarlo». Todo había ocurrido de una manera tan imprevista que Agatha apenas era capaz de ordenar sus ideas, y en cuanto le dijo adiós, volvió a casa en un estado de terrible indecisión. Su incertidumbre e inseguridad se pusieron claramente de manifiesto en las páginas de su autobiografía, que narran diferentes estados de ánimo e incontables consultas con su círculo más íntimo, que no hacían más que confundirla. Su cuñado, James Watts, no se mostraba muy entusiasta; Carlo, como siempre leal a los intereses de su jefa y dispuesta a respaldarla de forma incondicional, le aconsejó que actuara con prudencia; y Madge calificó el hipotético matrimonio con el joven arqueólogo como un «inmenso» error. Solo Rosalind, a quien Agatha consideraba «el oráculo familiar», estaba a favor de su unión con Max. «Él nos podría resultar muy útil para la navegación y el tenis; además, ya

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contamos con el beneplácito de Peter (el perro de la familia), que lo aceptó sin reservas», le contestó con el asombroso pragmatismo que solo una niña de once años podría tener. Se trataba de una situación muy complicada porque justo en aquel momento la novelista empezaba a vivir la vida con más soltura; tenía cicatrices, pero había recuperado la ilusión. Y aquel joven arqueólogo que había aparecido en su vida de forma tan inesperada, proponiéndole una vida en común bajo el mismo techo, podría representar el bálsamo que necesitaba para terminar de curar —y olvidar— sus heridas o, por otro lado, el cuchillo que las haría más profundas y aún más dolorosas, destruyendo de forma irreversible su corazón y su alma. Las comparaciones entre Max y su exmarido se hicieron inevitables. Ambos le prometieron una relación basada en la camaradería y en la profunda compatibilidad de cuerpo y alma, pero su primer marido le falló con rotundidad en este sentido, y su nuevo pretendiente, hasta entonces, no tenía más que ofrecer que buenas intenciones. Por otro lado, si Archie se había recluido en los tradicionales enclaves masculinos del mundo bursátil de la City y del golf, Max la apremiaba a compartir su vida de arqueólogo, y le encantaba encontrar en ella la semilla de un apasionado amor por las culturas antiguas, comparable al suyo. Más aún, Max no se veía amenazado por la fama internacional de Agatha y se sentía a gusto en el mundo de los escritores y editores.[N8] También estaba la cuestión de la edad; Agatha era una mujer divorciada de cuarenta años, y Max un joven soltero de veintiséis, un hecho que llamaría la atención de muchos, incluso hoy en día.

Finalmente, Agatha concluyó que nadie podía decidir por ella, sobre todo porque ya había sopesado todos los pros y los contras antes que los de aquellos que estaban a su alrededor. La autora sentía que la propuesta de Max estaba respaldada por un sentimiento bien fundamentado, despojado de cualquier impulsividad, al contrario de lo que ocurrió con Archie; además, el arqueólogo le transmitía seguridad y estabilidad emocional, todo ello mezclado con perspectivas de muchas aventuras, dada la profesión de su proponente, algo que le complacía sobremanera. Tras reflexionar sobre todos estos puntos, Christie concluyó que no podía desechar la oportunidad de volver a ser feliz al lado de una pareja y acabó aceptando la proposición de Max; y cuando este le preguntó si le

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importaría compartir el futuro con alguien cuya profesión era «desenterrar muertos», Agatha le contestó con un sentido del humor incuestionablemente agudo: «Me encantan los cadáveres». En cuanto a las diferencias religiosas, la novelista fue contundente: «Puedo volver a convertirme en mi lecho de muerte y morir católica». Ya no era necesario decir nada más. La suerte estaba echada y no había vuelta atrás. Su círculo más estrecho reaccionó con entusiasmo, aunque también había cierto recelo, pues era sabido que la autora no sería capaz de soportar una nueva frustración. Sin embargo, todos demostraron un profundo respeto por la decisión tomada y nadie se atrevió a empañar su ilusión con cuestionamientos abstractos acerca de un futuro desconocido. La única que lo hizo fue la incorregible y nada discreta Katherine Woolley, que, al enterarse de las intenciones de la pareja, les escribió sin rodeos diciendo que deberían esperar dos años, plazo que consideraba necesario para que ambos se conociesen mejor. Cuando Katherine se dio cuenta de que nadie estaba en absoluto dispuesto a esperar y de que había perdido a su acólito, Max escribió a Agatha con profunda satisfacción informándole de que Katherine se había comprado un aparato eléctrico para darse masajes.[N9]

Para evitar la indeseada atención de la prensa, cuestión que aterrorizaba a la escritora, la pareja decidió mantener su compromiso en secreto. Para este fin, Agatha se trasladó a finales de agosto junto con Rosalind, Carlo y su hermana Mary al pueblo de Broadford, en la isla de Skye, mientras que Max se quedaría en Londres, pues tenía algunos compromisos que cumplir con el Museo Británico y con los Woolley. La isla de Skye es la mayor de las Hébridas Interiores (como se conoce este archipiélago escocés), aunque su población actual no llega a los diez mil habitantes. El aislamiento geográfico, sus bellos paisajes, la limitada población y una actividad dedicada a la agricultura, la artesanía, el turismo y la destilación de whisky hacían de la isla un lugar ideal para el descanso y el goce tranquilo que Agatha tanto añoraba. Allí se leyeron las amonestaciones anunciando la proposición del matrimonio, como era costumbre en la Iglesia anglicana, durante tres domingos consecutivos. Tal y como la novelista había previsto, al encontrarse en un lugar tan remoto, el acontecimiento pasó

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inadvertido a la prensa. Este breve periodo de aislamiento también representó un rito de renovación y un punto de inflexión que diferenciaría su vida pasada de la que estaba a punto de comenzar. Ello no quiere decir que se encontrase aislada por completo. Los prometidos se escribían a diario; las misivas de ella tenían un tono reflexivo y mostraban todavía algunos rastros de inquietud; las de él, por el contrario, rezumaban firmeza y aliento. En este momento de elevada expectativa y tensión, Max parecía ser el mayor de los dos y trató de demostrar a su prometida que era natural que se sintiera nerviosa ante la inminencia de la llegada de una nueva etapa de vida. «La semana antes de nuestra boda, Max me escribió diciendo que se quedaba dibujando todas las noches hasta las cinco de la mañana. Sospeché incluso que Katherine Woolley le obligaba a trabajar más que nunca, pues estaba muy disgustada conmigo por no haber pospuesto la boda». A finales de agosto, todo estaba a punto. Max ya tenía los billetes y las reservas para una larga luna de miel de cinco semanas que empezaría en Venecia y terminaría en la costa dálmata de Croacia, una bella franja de tierra que se desliza desde los Alpes Dináricos hacia el mar Adriático.

El 11 de septiembre de 1930, los novios se convirtieron en marido y mujer en la iglesia de Santa Columba de Edimburgo, tan solo siete meses después de conocerse. A pesar de la que prensa seguía persiguiéndola, la autora consiguió casarse en plena intimidad, rodeada tan solo por los suyos. Max llevaba una levita tradicional, pantalones a rayas, una gran gardenia blanca en el ojal y una «amplia sonrisa», según el testimonio de algunos de los invitados. La novia entró avanzando despacio hacia el altar del brazo de su cuñado James Watts, después de haber sido recibida en el pórtico por Rosalind (que desempeñó con soltura el papel de dama de honor). Su vestido fue descrito como «sumamente discreto». Finalizada la ceremonia, los novios se dirigieron a la sacristía para firmar el libro de registro matrimonial, y aunque la novelista firmó con el apellido de su nuevo marido, seguiría «condenada» a usar públicamente el apellido del anterior. Semanas antes, había escrito a su editor pidiéndole publicar con su nuevo nombre, pero este rechazó la idea; al fin y al cabo, esa era la seña por la que el gran público la conocía, y no creía conveniente renunciar a ella. Su «nombre literario» ya estaba grabado de manera indeleble en la

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mente de sus lectores, que jamás la reconocerían como «Agatha Mallowan».[N10] Con este nuevo enlace matrimonial, la autora inauguraba un periodo de felicidad y estabilidad sentimental que perduraría hasta el fin de sus días. Con cuarenta años recién cumplidos, Christie había superado la inocencia de la infancia, pasando por el carrusel de emociones de la adolescencia y, de ahí, a la inseguridad de los veinte y a la madurez de los cuarenta, momento en el que uno apuesta por una vida plácida y tranquila, mientras que otros se hunden en una crisis existencial para la que, en muchas ocasiones, no están preparados: cuatro décadas de experiencias y vivencias; de sinsabores y aprendizajes; de despedidas y bienvenidas; de amores correspondidos y lágrimas por quienes un día se fueron para no volver. Agatha, por su parte, tenía una percepción clara de oportunidades que se le presentaban tras pasar el ecuador de la vida; de hecho, escribe sobre la excitación de que la vida a los cuarenta puede significar nuevos retos: las obras de arte que quedan por admirar, libros que leer, conciertos a los que asistir y viajes que hacer, y una vez cruzada la barrera de los cincuenta, se tiene la energía, tiempo, atención y recursos para disfrutar de las cosas como nunca antes.[N11]

Al día siguiente, la pareja embarcó rumbo a Italia para dar inicio a una

luna de miel que culminaría en Grecia —aparentemente, la autora no había superado la diferencia de edad con su marido, ya que en su pasaporte la fecha de nacimiento habría sido adulterada de forma deliberada—. El relato de la luna de miel ocupa cuatro párrafos en las Memorias de Max y cuatro páginas en la Autobiografía de Agatha, y representó una auténtica muestra de lo que sería la nueva vida de la pareja a lo largo de los cuarenta y cinco años de feliz matrimonio. El viaje de los recién casados no tuvo nada que ver con las típicas dos románticas semanas en un balneario o en una playa del Mediterráneo. Max organizaría para su nueva mujer un inolvidable y exhaustivo maratón por el mundo académico y cultural, lo que era para él la vida habitual que llevaba cuando se encontraba fuera de las islas británicas.[N12] La primera etapa de esta carrera de fondo tuvo lugar en Venecia, viaje que hicieron a bordo de un elegante vagón de primera clase del Orient Express «tomado por los chinches, mi especialidad en el

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tren», relató irónicamente la escritora en sus memorias, aunque reconocía que, pese a todo, fue un viaje de ensueño. «Me gusta su tempo, que a partir de un allegro con furore se balancea y traquetea y se agita de un lado a otro en su delirante prisa por abandonar Calais y Occidente, reduciendo gradualmente su ritmo a un rallentando a medida que avanza hacia el este, hasta convertirse decididamente en un legato».[N13] Nada más llegar a su destino, dejaron su equipaje a cargo del botones y se pusieron a explotar los rincones de la capital véneta, dejándose llevar por el sonido de sus pisadas atravesando el empedrado de sus callejones. Durante el recorrido, Max se detuvo en numerosas ocasiones para contemplar las fachadas de los edificios, y sintió un particular orgullo de su mujer cuando ella, «con sincero interés arqueológico», observó el cincelado de una cruz en una antigua placa, aunque, en realidad, la novelista se entretenía con aspectos menos trascendentales del paseo, como una divertida conversación con una dama trilingüe que había perdido todo su vestuario al volcar la góndola que la transportaba. Por otro lado, a Agatha le deslumbró la belleza del Palacio Ducal, uno de los principales edificios de Venecia, tanto por su arquitectura como por la gran cantidad de obras de arte que alberga en su interior. Los mejores pintores, desde Tintoretto hasta Veronese, contribuyeron con sus obras para embellecer las paredes y las estancias de los tres pisos que conforman el edificio.

Desde Venecia, el matrimonio se dirigió a la ciudad croata de Split, famosa por su también magnífico Palacio de Diocleciano, un monumento construido por encargo del emperador romano Diocleciano entre los siglos III y IV d. C. Tras una larga caminata por la ciudad vieja, se dirigieron a la playa Bacvice, donde Agatha observó que tanto ella como su marido eran «dos tímidos blancos entre una hueste de bronceados yugoslavos». En su siguiente parada, Dubrovnik, la pareja se bañó de día y de noche; más tarde, alquilaron un coche y se dirigieron hacia las montañas del interior, rumbo a Montenegro, y desde allí a Kotor, donde zarparon en un barco llamado Sbrin con destino a Grecia, donde Max había preparado una ruta sorpresa para su esposa que incluiría una visita a Delfos, lugar que alberga el famoso oráculo del dios Apolo, donde asistieron los griegos durante siglos para preguntar a los dioses sobre una variedad de cuestiones. El día siete de cada mes, se ofrendaba un sacrificio

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en el altar que había delante del templo, y la sacerdotisa Pitonisa les transmitía las respuestas.[N14] Su primer día en Grecia fue una auténtica desdicha. Al llegar a la ciudad de Patras, tomaron un tren que los llevó a Olimpia, un ameno viaje que acabó convirtiéndose en un calvario por la presencia de chinches en el vagón. «Se me metieron por las perneras del pantalón, y tuve que rasgármelos de lo inflamadas que tenía las piernas». Al llegar a su destino, Agatha se fue a una peluquería, donde le hicieron lo que denominó «un lavado y marcado à la grécque, es decir, un peinado extrañísimo con el cabello adherido a la cabeza». Max, por su parte, se afeitó el bigote, para tristeza de su mujer, que no paraba de repetir que ya no parecía el mismo.

El día siguiente constituyó una verdadera prueba de fuego: catorce horas de camino para llegar a las ruinas griegas de Andritsaina, subiendo y bajando barrancos a lomos de mulas «que a nosotros nos hacían palidecer, pero a nuestros guías les resultaba la cosa más natural y cotidiana del mundo», escribió Agatha en sus memorias, todavía impactada con aquella interminable ascensión por tortuosos y pedregosos senderos. «Cada día estoy más convencida de que mi esposo es demasiado joven para mí». Su extenuante periplo cultural incluyó visitas a los templos de Bassae, Trípoli, Nauplia y Epidauro, entre otros, hasta llegar a Atenas, donde les esperaban varios telegramas, esta vez sin malas noticias. No obstante, la catástrofe no tardaría en producirse, tal y como la novelista registraría en las últimas anotaciones de su diario: «Disfrutamos comiendo cigalas y langostinos

(…) Pero semejante festín no tardó en pasar factura». Nunca se supo cuál fue el marisco que la intoxicó, pero lo cierto es que enfermó y tuvo que guardar cama por recomendación médica. Este terrible imprevisto fue motivo de intensa preocupación para Max, que tenía órdenes precisas de llegar a Ur con tiempo para construir varios anexos a la casa de barro cocido, de modo que estuviera todo listo para recibir al matrimonio Woolley y a todo su equipo.[N15] Además, Agatha no podía acompañarle, porque ya no era una visitante común, sino la esposa de un colaborador, cuya presencia, además de ser mal vista, no estaba permitida. Max se mostraba reacio a partir dejando a su mujer sola y enferma tan lejos de casa, pero Agatha consiguió convencerle de que se fuera, sabiendo que Katherine no se inhibiría de culparla a ella del más ligero retraso. Esta era,

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además, su última temporada con los Woolley, porque ya había decidido buscar trabajo con otro equipo más abierto y flexible que le permitiera a su esposa acompañarle mientras completaba su formación. El doctor Campbell Thompson ya le había sondeado para trabajar en Nínive y, aunque aún no había nada decidido, las negociaciones estaban bastante avanzadas. Como su carrera profesional dependía en gran medida de la buena voluntad de Leonard Woolley, y como le quedaban poco menos de seis meses para finalizar su contrato, el arqueólogo decidió que lo mejor era resignarse y cumplir con sus obligaciones. Así que su luna de miel terminó de forma abrupta en Atenas, con cada uno tomando caminos diferentes: Max, yendo a Ur, y Agatha, regresando a Inglaterra.[N16] «Jamás olvidaré la cara de asombro del médico que me atendió cuando se enteró de que te habías ido —escribió Agatha a Max—, pero lo mejor fue cuando me preguntó cuándo volverías y yo le contesté con una sonrisa en los labios: “Supongo que dentro de unos seis meses”. Cuando por fin asimiló que no estaba de broma, me preguntó si iba a quedarme aquí durante todo este tiempo, como si nosotras, las mujeres, fuésemos como un peón de ajedrez que solo avanza de casilla en casilla y jamás por propia voluntad…». La autora se burló de este tragicómico episodio en su novela de 1935, Muerte en las nubes. Uno de los personajes de la trama, el joven arqueólogo francés Jean Dupont, le comenta a su colega de trabajo, Jane Grey, que un inglés piensa más en su trabajo que en su mujer. Dupont conocía el caso de un hombre que llegó a abandonar a su mujer enferma en un hotelito de poca monta de Siria para irse a trabajar a otro país. La moraleja del relato de Dupont insinuaba, en realidad, que la atractiva Miss Grey, en lugar de casarse con un compatriota suyo, debería buscar a un extranjero más civilizado, como él mismo. A pesar de encontrarse sola y relativamente desamparada, Agatha se sentía orgullosa y, a la vez, satisfecha por la postura profesional de su marido. En cierto sentido, Max le estaba haciendo un cumplido al no tratarla como a una pobre mujer indefensa, sino como una adulta independiente que podría arreglárselas por su cuenta incluso en las circunstancias más difíciles. Su relación matrimonial empezaba a asentarse sobre los pilares de la camaradería y la igualdad, en la que cada uno ayudaría al otro en momentos de necesidad, al tiempo que se darían la libertad necesaria siempre que fuera posible.

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Agatha sabía que Max cuidaría de ella, como lo había hecho el año anterior en el viaje de regreso de Atenas, y jamás la abandonaría en un momento de crisis como había hecho Archie. [N17]

Dos días después de la partida de Max a Ur, Agatha tomó el tren de regreso a Londres —esta vez, provista de una eficiente crema antipulgas

—. Max, entretanto, había llegado a Bagdad, aún sintiéndose culpable por haber abandonado a su esposa enferma en Atenas en plena luna de miel, pero cuál fue su sorpresa cuando se enteró de que los Woolley no llegarían hasta una semana después. Indignado, y ciego por la cólera, cogió al capataz del campamento por los brazos y le ordenó que contratara de inmediato a un centenar de obreros, pues tenía la intención de terminar las ampliaciones del alojamiento antes de la llegada de Leonard Woolley y su odiosa esposa Katherine. Max estaba a punto de poner en práctica una dulce venganza que sus jefes jamás olvidarían: ordenó a los obreros que construyeran un cuarto de baño tan angosto y pequeño que cuando Katherine lo vio, tuvieron que echarlo abajo y construirlo de nuevo. Agatha, por su parte, no tuvo reparos en asesinar alegremente a la seductora pero intratable Louise Leidner, esposa de un arqueólogo y una de las protagonistas de la novela Asesinato en Mesopotamia, que tenía un cierto parecido con Katherine Woolley.[N18]

Instalada cómodamente en su piso londinense, Agatha terminó de perfilar un nuevo personaje que rivalizaría con Poirot por la atención de los lectores: miss Marple, una anciana solterona e insoportable que vive en Saint Mary Mead, un pueblecito de campo. La novelista la describe de forma estereotipada como la clásica señora mayor del interior de Inglaterra que dispone de bastante tiempo libre para cotillear. A diferencia de los asesinatos que investiga Hércules Poirot, que suelen estar ambientados en los exóticos rincones del imperio, las historias de miss Marple transcurren en pequeños pueblecitos de Inglaterra, en parroquias y bibliotecas, en reuniones sociales y fiestas populares.[N19] Nunca se casó ni tuvo hijos, y sus únicos familiares son su sobrino Raymond West, un reconocido escritor, y su esposa Joyce Lemprière, quienes aparecerán en varias de sus aventuras. Detrás de esa viejecita aficionada a las aves y a la jardinería, se

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esconde una gran investigadora, capaz de pasar frente a un criminal sin ser descubierta y con un gran conocimiento de la naturaleza humana. El párroco de su pueblo captura la esencia de miss Marple cuando afirma en el capítulo 4: «No hay detective en Inglaterra que se pueda comparar a esta solterona de edad incierta a quien le sobra el tiempo libre».[N20] La propia miss Marple trata de explicar, de una forma un tanto pragmática, cuál es la naturaleza de sus métodos deductivos en el relato El club de los martes: «Algunas veces, en los pueblos, ocurren cosas muy dolorosas y terribles

(…) me temo que yo no soy muy lista, pero el haber vivido todos estos años en Saint Mary Mead me ha hecho comprender el interior de la naturaleza humana». Esta es, de hecho, la clave de su éxito como detective: su conocimiento «callejero» acerca del comportamiento humano y sobre todo de las malas costumbres de sus vecinos; de ahí saca paralelismos con alguien relacionado con el misterio que ha de desentrañar. Su frase predilecta es: «La gente es igual en todas partes». Otro divertidísimo don de miss Marple es su increíble habilidad para prever la desgracia con mucha antelación, unas dotes proféticas que la detective aprovechó en muchos casos en los que estuvo implicada.

Creada originalmente para una serie de seis cuentos publicados entre diciembre de 1927 y mayo de 1928 en Royal Magazine, miss Marple apareció sin hacer mucho ruido en Muerte en la vicaría asumiendo un papel secundario en el que aparece en contadas ocasiones para quedar como metomentodo y luego resolver estelarmente el misterio de la muerte del juez de paz Lucius Protheroe, cuyo cadáver aparece en el despacho del vicario de Saint Mary Mead (que es el narrador de la historia). Hubo que esperar hasta la década de los cincuenta para disfrutar de miss Marple en toda su plenitud, quizá porque la compatibilidad entre la madura autora y su anciana detective había, por fin, cuajado. Las novelas de miss Marple nos dicen mucho de la manera en que Agatha Christie vivía en los años de la posguerra, de cómo se veía a sí misma, a su familia y a la sociedad británica en general.[N21] De hecho, no fueron pocos los familiares de la autora que compararon a miss Marple con Auntie-Grannie, pero la novelista solía decir que su personaje era «mucho más exigente y quisquillosa que mi abuela». Pero también admitió que, en ciertos aspectos, eran idénticas: «A pesar de ser una persona alegre, esperaba

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siempre lo peor de todo el mundo y de todas las cosas, y generalmente, casi con alarmante exactitud, tenía razón». En sucesivas apariciones, miss Marple demostraba compartir otras costumbres con la abuela de Agatha, como, por ejemplo, su afición a ir de compras a los almacenes del Ejército y la Marina y su pasión por acudir a las rebajas para aumentar sus reservas de toallas y servilletas.[N22] Hubo quienes también la compararon (con acierto) con el personaje de Caroline Sheppard en El asesinato de Roger Ackroyd: una solterona de pueblo, llena de curiosidad, a la que le encantaba enterarse de todo lo que sucedía a su alrededor y a la que Christie llegó a describir con malicia como una mujer que «descubre todo permaneciendo tranquilamente sentada en casa».

Algunos de los críticos de la época señalaron que en Muerte en la vicaría, la autora repitió su viejo hábito de introducir demasiados personajes, casi todos con nombres y/o apellidos muy parecidos; y demasiadas señoras lugareñas, fácilmente intercambiables entre sí. Es verdad que este detalle afecta poco a la trama, pero podría confundir a los lectores menos atentos. Lo que muchos críticos ignoraban era que la presencia de todos estos personajes es parte fundamental del estilo narrativo de Agatha Christie, que los ve como «piezas de un puzzle» que el lector debería encajar junto al resto hasta cuadrarlo a la perfección. Era su forma primordial de jugar con sus lectores, incentivándolos a anticiparse al detective en el clásico juego del gato y el ratón para ver cuál de los dos descubría antes al criminal. Volviendo a la analogía del puzzle, no es lo mismo montar uno de cien piezas que otro más complejo de mil. La propia novelista asumió en sus memorias que se equivocó en la forma de montar la estructura de la trama, aunque reconoce que la obra tiene sus puntos positivos: «Al releer ahora Muerte en la vicaría, no me siento tan satisfecha como entonces. Admito que tiene demasiados personajes y demasiadas tramas secundarias, pero en cualquier caso la trama principal está bien fundada. El pueblo me parece muy auténtico y estoy segura de que en la actualidad aún hay pueblos que se le parecen».[N23]

Pese a su modesto estreno, miss Marple se convertiría gradualmente en uno de los personajes más famosos creados por su autora y se acabaría disputando codo a codo con Hércules Poirot la atención de los lectores, y como él, aparecería en varias ocasiones en la gran pantalla y una larga

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serie de telefilmes para la BBC. (Su canon está compuesto por doce novelas y veinte relatos recopilados en al menos tres antologías). Muerte en la vicaría fue el primer título que Agatha Christie publicó bajo el sello «El Club del Crimen», una nueva línea editorial creada por Collins que pretendía ofrecer un amplio catálogo de libros de detectives escritos por los mejores autores del género. En 1932, con la publicación de Peligro inminente, el Club del Crimen alardeaba: «Más de 25 000 miembros ya se han unido. La lista abarca doctores, clérigos, abogados, profesores universitarios, funcionarios, hombres de negocios; incluye a dos millonarios, tres estadistas famosos en todo el mundo, treinta y dos caballeros, once pares del reino, dos príncipes de sangre real y una princesa». A la hora de elegir los títulos que saldrían al mercado con este nuevo sello, los editores de Collins tuvieron el cuidado de no incluir en el catálogo simples thrillers, sino obras que ofrecieran una incógnita criminal bien definida, con un proceso de investigación honesto y una solución creíble y lógica, es decir, que cumpliesen con las reglas y convenciones del género, algo que la mismísima Agatha Christie trató de violar descaradamente en El asesinato de Roger Ackroyd, lo que escandalizó a lectores y crítica.[N24]

Nota del autor

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La carrera literaria de Agatha Christie estuvo plagada de numerosos «récords»: «la más traducida de la historia»; «la única que vendió un millón de ejemplares en un solo día», etc. Sin embargo, ninguno es comparable con la publicación de The Complete Miss Marple, considerado hasta hoy como el libro más grueso jamás editado. Esta voluminosísima obra ( literalmente) contiene las aventuras completas de la famosa detective creada por Agatha Christie y fue editado por Harper Collins en 2009. Tiene 4032 páginas, un lomo de 32,2 centímetros y ocho kilos de peso… muy adecuados para leer en el avión, sobre todo si te toca el asiento de en medio. En él hay doce novelas y veinte relatos, en los que miss Marple resuelve cuarenta y tres asesinatos.

Otro detective «christiniano» que surgió en la década de los treinta fue Parker Pyne —que jamás consiguió el cariño de sus lectores—. Pyne nunca protagonizó una novela larga, y la totalidad de sus historias están comprendidas en una antología de doce relatos cortos titulado Parker Pyne investiga y dos cuentos: Problema en Pollensa y Misterio en las regatas dentro también de la antología publicada en 1939 con el título homónimo del primero de los citados. El personaje es descrito por primera vez en El caso de la esposa de mediana edad de la siguiente manera: «Era un

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hombre corpulento, por no decir gordo, tenía una cabeza calva de nobles proporciones, anteojos fuertes y ojillos que parpadeaban». De carácter afectado y desvaído, siempre insiste en que no es un detective, sino más bien un «consejero amoroso» que se ocupa tan solo de problemas de tipo sentimental, sobre todo la búsqueda de la felicidad. De hecho, el detective anuncia sus servicios en The Times con el siguiente titular: «¿Es usted feliz? Si no lo es, consulte con el señor Parker Pyne; 17, Richmond Street». (Según Parker Pyne, existen cinco tipos principales de infelicidad y todas pueden resolverse con lógica). En historias posteriores, sus actividades se desplazan de Londres a lugares más exóticos, pasando las tramas a ser historias criminales. Luego, perdemos de vista al personaje, que no le debió resultar demasiado simpático a su creadora.[N25]

Con Max lejos de casa, Agatha Christie buscaba ocupar los huecos en los que no estaba escribiendo. Una de sus actividades preferidas era ir al teatro, cuyo interés era más que fortuito, puesto que en el otoño de 1930 la autora comenzaría a adaptar su primera obra para la escena con el objetivo de ofrecer a sus lectores una experiencia dinámica y multisensorial, ya que sus personajes cobrarían vida y ganarían voz y visibilidad, proporcionando al espectador una experiencia diferente a lo que estaba acostumbrado. Por otro lado, la autora también era consciente de la dificultad que suponía trasladar una novela al ámbito escénico, ya que tendría que reducir toda una trama, casi siempre compleja y ambientada en diferentes lugares, a los límites físicos que impone cualquier proscenio. En este aspecto, Agatha sabía cuáles de sus novelas, a raíz de su estructura narrativa, eran incompatibles para la escena: «El método usado para cometer el crimen en Hacia cero, por ejemplo, no es apropiado porque requiere muchas explicaciones; Muerte en la vicaría era de por sí muy complicada, sobre todo el asunto del reloj. Resultaría confuso para los espectadores, porque es una de esas cosas que cuando uno se las encuentra en un libro se detiene a descifrarla…».

Christie ya se había atrevido a llevar a los escenarios Café solo, su primera obra de teatro (aunque dos años antes se había llevado a las tablas la obra Coartada, basada en la novela, El asesinato de Roger Ackroyd), pero la adaptación a cargo del dramaturgo inglés Michael Morton no cosechó el resultado esperado, aunque los números obtenidos no fueron

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nada desdeñables, con doscientas cincuenta representaciones consecutivas. En su autobiografía, la novelista relata su decepción al enterarse de que Michael Morton había eliminado del texto a la hermana del doctor Sheppard, Caroline, uno de los personajes más emblemáticos de la trama y que se había ganado la simpatía de muchos lectores. Adaptarse a sí misma era un nuevo reto que le invitaba a encajar las piezas de una de sus intrincadas tramas en un tablero diferente. El proceso, además, era complejo; por eso, prefería ser ella misma la encargada de hacerlo.

Quizá me impulsó a ello lo poco que me habían gustado las adaptaciones de mis libros a la escena. Jamás había pensado seriamente en escribir obras de teatro; mas de repente se me ocurrió que, si no me gustaba la forma en que otras personas adaptaban mis obras, podía hacerlo yo misma. Me daba la impresión de que si estas adaptaciones habían fracasado, era porque se habían alejado mucho del texto original. Una historia policíaca no es lo más adecuado para una obra de teatro, y su adaptación es más difícil que la de un libro ordinario debido a lo complicado de la trama; suele haber muchos personajes y pistas falsas, lo que contribuye a que resulte confusa y pesada. Había que conseguir la simplificación.

Agatha Christie, Autobiografía.[N26]

En aquel entonces, poco sospechaba la escritora de la complejidad que suponía adaptar una obra estrictamente literaria al dinámico ámbito escénico. Para llevar sus obras a las tablas, Agatha Christie tuvo que cercenar sin piedad un sinfín de pasajes y acontecimientos para que la historia pudiera encajar en los parámetros espacio-temporales que impone cualquier proscenio.[N27] Cuando por fin decidió asumir el rol de adaptadora teatral, la dura realidad empezó a salir a la luz. «No tenía ni idea de lo mal que se pasa para llevar a cabo una obra de teatro, debido a los cambios que se hacen. Había escrito una comedia policíaca, no recuerdo exactamente cuándo, que no mereció la aprobación de mi agente literario Hughes Massie; de hecho, sugirió que la olvidara por completo».

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[N28] Café solo se estrenó el 8 de diciembre de 1930 en el Embassy Theatre, donde permaneció en cartel durante cinco meses, hasta que pasó al West End; fue reestrenada veintitantos años más tarde, y ha quedado como obra de repertorio. La obra fue bien acogida por la crítica, pese a que el actor que interpretó a Poirot, Francis Sullivan, con su metro ochenta de estatura, fuerte y muy corpulento, apenas recordaba al detective belga. La siguiente obra escogida fue Chimneys, cuyo estreno se esperaba para 1931, pero se canceló por razones aún desconocidas.[N29]

Nota del autor

Es indudable que la década de los treinta fue una de las etapas más prolíficas de la carrera de Agatha Christie. La autora, que empezaba a adaptar sus obras para el teatro, se incorporó a un ambicioso proyecto de la BBC que contemplaba la producción de una serie radiofónica de relatos policíacos. Su primera incursión fue la obra titulada El iris amarillo, transmitida en cadena nacional el 2 de noviembre de 1937. El guion se basaba en un relato corto homónimo que había sido publicado en el número 559 de la revista Strand en julio del mismo año. La parte principal de la trama tiene lugar en un restaurante de Londres, y los narradores se intercalaban con los diálogos como si el espectador estuviese asistiendo a una auténtica representación teatral en directo. Poirot fue interpretado por el actor Anthony Holles y marcó el debut del personaje en la radio. Años más tarde, los productores de la BBC volvieron a sondear a la novelista, esta vez con la propuesta de preparar una pequeña obra radiofónica para una función especial que formaría parte de las celebraciones del octogésimo aniversario de la reina María, la madre del monarca reinante Jorge VI. Christie aceptó la propuesta y preparó un guion para un programa de media hora de duración. La BBC le había ofrecido a la monarca que sugiriese de qué forma podría la radio recordar su cumpleaños en su programación, y muchos creyeron que se inclinaría por un programa musical constituido por obras de sus compositores favoritos, pero acabó sorprendiendo a todos al anunciar que deseaba la retransmisión

de una obra de Agatha Christie. «La idea me emocionó —escribió la

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escritora en sus memorias—. Le di muchísimas vueltas, pero al final los telefoneé diciéndoles que aceptaba el reto. Me vino una idea bastante acertada y escribí la breve obra radiofónica Tres ratones ciegos. Por lo que sé, la reina María quedó encantada. El éxito fue tan rotundo que al poco tiempo de haberla emitido me sugirieron que la alargara hasta convertirla en un relato corto». La idea de la trama está basada en un suceso real protagonizado por tres hermanos huérfanos, quienes, después de que un tribunal los enviara a una granja de Shropshire, sufrieron abusos sexuales y maltrato extremos hasta el punto de ocasionarle la muerte a uno de ellos en 1945.

En 1954, se estrenó la última obra radiofónica compuesta por Christie, Llamada personal. En ella, una llamada inesperada al domicilio de Pamela y James Brent interrumpe sus planes de viaje a Francia por su segunda luna de miel. James Brent palidece al levantar el teléfono y oír una escalofriante voz, aparentemente desde el más allá. Era su esposa muerta, Fay, que dice que lo está esperando en el mismo lugar donde encontró su espeluznante final. Escrita a su regreso de un viaje arqueológico a Nimrud, la obra pasó por una compleja producción en la que se utilizaron todas las técnicas radiofónicas modernas conocidas de la época, lo que permitió enriquecer su contenido.[N30]

En 1931, los seguidores de Agatha Christie solo pudieron disfrutar de un lanzamiento, El misterio de Sittaford, cuya trama tiene lugar en una mansión de un pequeño pueblo de la campiña inglesa. Su propietario, Joseph Trevelyan, la alquila durante el invierno a las señoras Willet, madre e hija, mientras que él se muda al pueblo más próximo. Alrededor de la mansión existen otras seis casas más pequeñas, todas propiedad de Trevelyan, que las tiene también alquiladas. Recién llegadas al pueblo y dispuestas a congeniar con sus nuevos vecinos, las Willet empiezan a organizar veladas con frecuencia para tomar el té o jugar a las cartas. Una tarde, les da por invitar a sus vecinos a una sesión de ouija con el objetivo de comunicarse con el más allá, y uno de los espíritus les transmite el mensaje de que el señor Trevelyan acaba de ser asesinado. Al principio no se lo creen, pero el mejor amigo del presunto difunto se preocupa y se

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dirige a la ciudad en medio de una nevada para comprobar si está bien. A su vuelta, confirma que ha muerto a causa de un golpe contundente en el cráneo. La historia es bastante ingeniosa y refleja la actitud de la autora hacia lo oculto y hacia quienes, con sentimientos no exentos de culpabilidad, visitaban a médiums, pretendían ponerse en contacto con el más allá y se maravillaban de las manifestaciones ectoplasmáticas. Durante los años treinta, estos temas estuvieron muy de moda y, hasta cierto punto, Agatha los contemplaba con tolerante escepticismo, como muchos miembros de la aristocracia inglesa que solían organizar el tradicional té de las cinco seguido de una sesión espiritista, donde se intentaba establecer contacto con el mundo de ultratumba. En la Londres de los años treinta, era común encontrar muchas ventanas con las persianas bajadas a plena luz del día —una clara señal de que en el interior había un grupo de personas intentando comunicarse con los muertos—. No existía pueblo que no tuviera al médium que escribía deseos póstumos dictados por difuntos, o en el que no se produjesen fenómenos extraños o señales provenientes del más allá. Por otra parte, algunos relatos de Agatha Christie de la época demuestran que la autora sentía un cierto interés por fenómenos como la telepatía o la percepción extrasensorial. En uno de estos relatos, titulado La llamada de las alas, se puede ver que temas como el poder, el propósito del arte y la importancia de la emoción y de los sueños le habían interesado desde la adolescencia.[N31]

Con la llegada del mes de marzo, empezaba la cuenta atrás para el fin de la temporada de excavaciones en Ur. Agatha preparó el equipaje y, una vez más, embarcó en el Orient Express para volver a reunirse con su esposo y acompañarle en sus últimos días de trabajo en el yacimiento. La escritora procuró allanar su camino con una serie de diplomáticas cartas destinadas a Katherine y el envío de un ejemplar de Muerte en la vicaría. Su estrategia obtuvo los efectos esperados, y acabó siendo recibida con todos los honores en el campamento. Horas antes, mientras su tren se acercaba a la estación de ferrocarril, la autora intentaba disimular su nerviosismo entre los pasajeros con los que compartía vagón. Se sentía incómoda porque de los seis meses que llevaban casados, solo habían convivido bajo el mismo techo durante cuatro escasas semanas y no sabía cómo comportarse con su marido, sobre todo ante la siempre inquisidora

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Katherine. Pero su ansiedad y sus temores se desvanecieron nada más ver a su amado esposo en el andén de la estación; parecía que se hubieran despedido el día anterior. Se había dejado crecer nuevamente el bigote, y no volvería a afeitárselo nunca porque Agatha no podía soportar verlo sin él.

El matrimonio regresó a Inglaterra pasando por Persia, un país que la escritora no conocía y que le resultó de gran interés. En su autobiografía narra todos los detalles de su aventura a bordo de un aeroplano que inauguraba la línea Bagdad-Persia: «Daba la impresión de que nos estrellaríamos en cualquier momento contra los picos de las montañas». En sus memorias también relata sus impresiones de la ciudad de Shiraz, «hermosísima, como una enorme esmeralda de color verde oscuro en el gran desierto de verdes y marrones», y como sus viajes no podían terminar sin una aventura para la posterioridad, camino de Isfahán tuvieron que dormir sobre una tabla de madera porque la primitiva posada en la que entraron no disponía más que de alfombras para dormir. «Es increíble lo dura que resulta una tabla para dormir; no se hace uno a la idea de lo que duelen las caderas, los codos y los hombros al cabo de unas horas».[N32] Su llegada a Isfahán, sin embargo, los recompensó sobremanera. «Nunca había visto nada tan extraordinario como aquellos edificios que parecían

arrancados de un cuento de hadas —rosas, azules, dorados, con flores, pájaros, arabescos— y por todas partes espléndidos azulejos de colores. Era una ciudad encantada». El viaje continuó a través de la Unión Soviética, donde, bellezas paisajísticas aparte, a la novelista lo que más le interesó fue el delicioso caviar que les ofrecían a todas horas, manjar que toda la vida le entusiasmaría.

El regreso de Agatha Christie y Max a Inglaterra representó el inicio de una etapa marcada por un creciente e imparable triunfo profesional para ambos. La escritora consolidaba su nombre entre los grandes del mercado editorial; la popularidad de sus novelas iba en aumento por todo el mundo y su nombre aparecía en las diferentes listas de éxitos de la narrativa de misterio de la época. Max, por su parte, ya era un arqueólogo veterano y un profesional muy demandado por las instituciones científicas británicas

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más prestigiosas, que no escatimaban esfuerzos para conseguirle los fondos necesarios con los que dirigir sus propias excavaciones.[N33] El único momento de profunda tristeza en aquella época de prosperidad se produjo el día en que Agatha perdió al niño que esperaba con Max durante un fin de semana en el que descansaba en la casa de su hermana Madge, en Abney. El motivo de estas pérdidas en etapas tan tempranas de la gestación es casi siempre desconocido, aunque en la mayoría de los casos se debe a alteraciones cromosómicas; el embrión deja de crecer o el corazón deja de latir. En aquellos años, no se hacía ningún tipo de análisis patológico, sobre todo porque la medicina de la época no disponía de medios para

ofrecer un diagnóstico preciso —Agatha lo achacó a los viajes por el desierto, realizados muchas veces a lomos de un asno y bajo un sol inclemente; tras el fatídico suceso, aconsejaría a sus amigas que permaneciesen en sus hogares durante el embarazo—. Agatha sufrió muchísimo porque se había hecho a la idea de tener un nuevo hijo, pero, por desgracia, ya no nacería. Como toda pérdida, le supuso un proceso de duelo; pese a que se encontraba en un estado de máxima vulnerabilidad, asumió que todo aquello no era la peor de las tragedias; lo habría sido si hubiese perdido al bebé en una fase avanzada del embarazo o, aún peor, durante el parto. Con todo ello, sin embargo, la pareja decidió no intentar tener más hijos. Ya tenían a Rosalind, cuya relación con Max se estrechaba a diario.

Aquel verano, Christie trabajó en dos novelas de Poirot, Peligro inminente y La muerte de lord Edgware. La primera fue al parecer un puro ejercicio que no presentó mayores problemas; la autora ideó la trama en un cuadernito negro utilizado hasta entonces para anotar las correspondencias ferroviarias entre Stockport y Torquay, hizo una lista de los personajes y esbozó cada uno de los capítulos mediante anotaciones telegráficas: «Los Croft. La señorita Buckley está muerta. Terrible conmoción. Luego… un cierto alivio… En la clínica de reposo. P. dice: “No me lo ha contado todo, ¿verdad?”».[N34] La muerte de Lord Edgware fue meticulosamente delineada antes de ser escrita. La idea central de la trama está ambientada entre las celebridades del West End de Londres, y la idea se le ocurrió mientras contemplaba la actuación de la actriz estadounidense Ruth Draper, célebre por su capacidad para transformarse en diferentes

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personajes mediante ligeros pero sutiles disfraces en cuestión de minutos y sin apenas utilería. Este nuevo trabajo literario se gestó en la isla griega de Rodas durante el otoño de 1931 y se completó en una excavación arqueológica en la antigua ciudad asiria de Nínive, en una mesa adquirida por tan solo diez libras en un bazar de Mosul. Agatha dedicó su nuevo libro al jefe de Max, el doctor Campbell Thompson, y a un esqueleto hallado en un túmulo funerario al que bautizaron con el nombre de lord Edgware. La novela no recibió los mismos elogios que otras obras de la autora simplemente porque para muchos críticos la trama carecía de una característica típica de su estilo: la sorpresa de una solución pasmosa. Aun así, en la actualidad se considera un referente del género.[N35]

La intensa actividad de Max como arqueólogo había supuesto un cambio radical en la vida de su esposa. Desde que se había casado con él en 1930, su residencia dependía casi en exclusiva de las temporadas de excavación: durante los meses de invierno, Agatha dejaba atrás la fría y oscura Inglaterra y se establecía cerca de los áridos y luminosos yacimientos de Siria e Irak; el resto del año lo disfrutaba en su casa de Bagdad o en la de Londres. En la primavera de 1932, Oriente Medio volvió a ocupar sus agendas con la firma de un contrato con el arqueólogo escocés Reginald Campbell Thompson, que lideraba una importante excavación en Nínive, la antigua capital de Asiria, al norte de Irak. El primer documento que se refiere al Imperio asirio es la Biblia, que proporciona información sobre la historia de las relaciones entre los reinos de Israel y de Judá con Asiria, así como referencias a Nínive, donde el profeta Jonás habría sido exiliado. De esas referencias surgió una visión negativa de Asiria, percibida como una potencia brutal y opresiva. Los escritores griegos clásicos también evocaron el reino asirio, como Heródoto, Jenofonte, Ctesias y Diodoro de Sicilia. Según esas fuentes, varios viajeros europeos ya habían intentado encontrar la capital de la antigua Mesopotamia en los siglos XVII y XVIII. Las descripciones y los objetos que trajeron de sus peregrinaciones abrieron el camino para las primeras excavaciones en la región.[N36] Campbell, sin embargo, estaba interesado en hallazgos prehistóricos porque creía que en la zona ya había demasiados sitios dedicados al

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estudio de restos de la antigua civilización asiria. Considerado un experto en el desciframiento de textos antiguos, Thompson era un profesional bastante excéntrico, con fama de tacaño; tenía como norma someter a los aspirantes a formar parte de equipo a una serie de peculiares pruebas con el fin de determinar si estaban preparados para la rigurosa rutina de su campamento. En sus memorias, Agatha recordaba de forma divertida el día en el que Thompson la hizo caminar durante varias horas a través de un campo en Inglaterra «en una tarde de perros» para comprobar su condición física. Pero la novelista, que estaba acostumbrada desde niña a las extenuantes excursiones por los agrestes paisajes de Dartmoor, pasó la primera prueba con holgura. «El terreno escabroso no me asustaba; en cambio, me alegré de que no fuéramos por terrenos de labranza, que son agotadores». La siguiente etapa consistía en poner a prueba su estómago, puesto que en un campamento en medio del desierto, las comidas no son de lo más apetecibles, pero Campbell comprobó que Agatha era capaz de comer lo que le pusieran delante sin rechistar, sobre todo cuando tenía hambre. El hecho de que Campbell fuera un admirador de sus novelas también contribuyó a su incorporación al equipo.

Con el beneplácito y la bendición del jefe de la expedición, Max partió a Nínive a finales de septiembre, y Agatha se reuniría con él en octubre en la ciudad iraquí de Mosul. Antes del reencuentro, la novelista había pensado pasar algunos días descansando en Rodas y luego embarcar hasta Alejandreta, donde conocía al cónsul británico. Alquilaría un coche para ir a Aleppo, cogería el tren a Nísibis en la frontera turco-iraquí y de allí a Mosul tendría que conducir durante ocho horas, pero el mal tiempo arruinó por completo sus planes. En vez de desembarcar en el puerto de Alejandreta tuvo que hacerlo en Beirut, que estaba en la dirección opuesta. Allí cogió un tren «terriblemente lento» que la llevó a Aleppo tras un largo y tedioso viaje de dieciséis horas. Al día siguiente, cogió el Orient Express hasta Tel Kochek, y cuando parecía que las cosas volvían a su cauce, el mal tiempo le obligó a quedarse dos días encerrada en una posada en la que no había nada que hacer. «Leí el único libro que tenía y después me dediqué a pensar, pues ya no me quedaba otra cosa que hacer». Por fin llegó a Mosul, tres días después de lo previsto; pese al cansancio, la novelista prefirió seguir con Max hacia el yacimiento de Nínive, puesto

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que se encontraba tan solo a apenas a dos kilómetros y medio por una carretera de tierra. Nínive fue la última capital del Imperio asirio, así como su ciudad más poblada (incluso se ha afirmado que Nínive fue la ciudad más poblada del mundo durante cierto tiempo). Su expansión arquitectónica comenzó en el siglo IX a. C., durante el reinado de Asurnasirpal II, pero fue durante el reinado de Senaquerib, en el siglo siguiente, cuando la ciudad alcanzó su máximo apogeo, convirtiéndose en la capital del Imperio asirio y una de las ciudades más influyentes de la época. A sus puertas llegaban caravanas comerciales desde la lejana India, y su biblioteca llegó a ser la mayor de la Antigüedad, con miles de tablillas.[N37]

La casa construida para albergar al equipo dirigido por Max se encontraba en medio de una llanura, un poco distante del lugar donde trabajaban los arqueólogos, pero muy acogedora. La rutina de la pareja empezaba a las cinco de la mañana, cuando Max y Campbell partían a caballo a la zona de excavaciones. Agatha, por su parte, se levantaba un poco más tarde y, en compañía de Barbara Campbell-Thompson (la esposa del jefe de expedición), se dirigía hacia el yacimiento, donde desayunaban todos juntos en medio de un paisaje extraordinario compuesto por las montañas del Kurdistán cubiertas de nieve por un lado y la ciudad de Mosul por el otro, con sus altos minaretes a un paso del Tigris. En aquellas primeras semanas de trabajo, Max dedicó buena parte de su tiempo a la excavación de un profundo foso, pues estaba convencido de que allí habría muestras prehistóricas de cerámica, una tarea a la que Campbell restaba cierta importancia por considerar la época de la prehistoria menos importante que las que vendrían con posterioridad. Para Agatha, ambos tenían razón. «No hay duda de que la historia escrita es especialmente reveladora, pero creo que el hecho de descubrir algo nuevo sobre la humanidad supone utilizar todo lo que este nos haya contado; en este caso, los objetos hechos con sus propias manos tiene trascendental importancia, aunque no haya escrito nada en ellos».

AGATHA CHRISTIE.

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Nota del autor

Un sitio arqueológico puede ser comparado con una trinchera, que es excavado a conciencia con el objetivo de encontrar piezas o vestigios que puedan dar fe de la existencia de un determinado pueblo antiguo o incluso toda una civilización en una determinada zona del planeta. Los trabajadores, por su parte, están organizados en cuadrillas; los que tienen experiencia previa en la excavación y los que aprenden con rapidez son elegidos como «piqueros» (o qasmagi), considerado el puesto más importante de una cuadrilla, pues son ellos quienes, por su experiencia, tienen más probabilidades de encontrar objetos. Una vez demarcado el terreno, se empieza a trabajar con el pico. Detrás va el palero arrojando tierra en canastas para que un grupo de trabajadores denominados «canasteros» vayan llevando el material retirado hacia una especie de escombrera improvisada. Cuando se encuentra algo especial, como un grupo de cerámicas, los huesos de un enterramiento o alguna estatuilla, el capataz del grupo detiene el trabajo y avisa al arqueólogo, que se encarga de extraerlo con su cuchillo. En estos casos, el hallazgo es fotografiado in situ, dibujado y recibe una entrada específica en un diario de la excavación, antes de ser extraído.[N38]

Para evitar que haya restos que pasen desapercibidos y acaben en un capazo camino de la escombrera, a un grupo de trabajadores se le encargaba revisar la tierra antes de tirarla. Max recompensaba los hallazgos con una propina que se repartía al final de la jornada y que se sumaba a la paga fija, que se solía entregar semanalmente. Este sistema de propinas favorecía la eficiencia de los trabajadores, pero también la picaresca; en cierta ocasión, aparecieron unas piezas de origen dudoso entre los escombros. Max, satisfecho, pagó por los «hallazgos», pero siguieron apareciendo en días sucesivos, hasta que se dio cuenta de que siempre los encontraban dos hermanos. Sintiéndose burlado y estafado, el arqueólogo decidió imponerles un castigo ejemplar ante sus compañeros. El día de paga, reunió a todo el equipo y, delante de todos, destruyó las falsificaciones y señaló a los tramposos, que fueron expulsados del campamento. «Al día siguiente, los trabajadores murmuraban en sus

trincheras —recordaba Agatha con orgullo—: “el khwaja es sabio”. No

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puedes engañar a sus ojos».[N39] Había ocasiones en las que la codicia de algunos trabajadores alcanzaba dimensiones inimaginables, lo que conllevaba consecuencias trágicas. En una ocasión, una de las cuadrillas encontró una buena cantidad de preciosos amuletos de marfil en perfecto estado de conservación en una determinada zona de la excavación. Como recompensa por los hallazgos, Max les pagó una generosa propina que motivó a los trabajadores a seguir socavando el pozo en el que estaban, ya que todo indicaba que podrían encontrar muchas más piezas en un nivel descendente. Temiendo lo peor, el arqueólogo decidió poner fin a la tarea, que se estaba volviendo peligrosa, y mandó que reanudaran el trabajo haciendo un nuevo corte hacia abajo en una zona colindante. Las protestas no tardaron en llegar, porque esta decisión significaba que tendrían que reiniciar los trabajos de excavación desde cero hasta llegar de nuevo al estrato de los amuletos, pero como tenían que obedecer, cumplieron la orden recibida y empezaron a trabajar desde lo alto, sin dejar de demostrar cierta indignación. La noticia de los hallazgos se extendió a otros grupos, con lo que algunos hombres que habían estado trabajando en el otro lado decidieron asomarse furtivamente al montículo por la noche con la intención de excavar el lugar ya socavado, sacar los amuletos y hacerlos aparecer en su propio terreno. Fue cuando los peores augurios de Max se cumplieron. Tal fue el ímpetu de los hombres al excavar el pozo que los niveles superiores de tierra cayeron encima de ellos. Los gritos de uno que logró escapar atrajeron a todos al lugar e hicieron saltar todas las alarmas. Tres piqueros se dedicaron a excavar a toda prisa para sacar a sus cuatro compañeros, pero, cuando consiguieron llegar al nivel donde se encontraban, solo pudieron sacar a uno de ellos con vida. Al ser consultado, el jeque local absolvió a Max al concluir que los hombres estaban excavando fuera de horas de trabajo y con la intención premeditada de robar a sus compañeros.

Había otro problema añadido relacionado con la falta de compromiso y seriedad por parte de algunos trabajadores. Cuando llegaba el día de la paga, Max ya sabía de antemano que más de la mitad del grupo desaparecía una larga temporada (normalmente, volvían al cabo de quince días, cuando se les acababa el dinero). Semejante comportamiento

—imposible de controlar— suponía un verdadero engorro para el equipo,

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dado que las cuadrillas solo podían ser eficientes estando completas y con todos sus miembros bien adiestrados y coordinados. Algunos arqueólogos que ya habían lidiado con tal problema, hartos de ver cómo se incumplían todos los plazos estimados a causa de la irresponsabilidad de sus trabajadores, decidieron retener la mitad de la paga en concepto de demora, con lo cual garantizaban que se trabajase sin interrupciones. Algunos de sus colegas recomendaron a Mallowan que utilizara ese sistema con sus empleados, pero el arqueólogo se negó por considerar que no era justo compensar el trabajo a tiempo completo solo con medio sueldo.[N40]

En su obra Ven y dime cómo vives, Agatha Christie explica que los miembros de un yacimiento arqueológico suelen trabajar muy concentrados y, por ello, las jornadas suelen ser tranquilas y sin percances. «El único inconveniente es la actitud provocadora de los armenios, que siempre consiguen exacerbar los ánimos de sus colegas kurdos y árabes. Las rencillas son casi constantes, y la irascibilidad de los trabajadores provoca que salten las alarmas, puesto que todos llevan consigo grandes cuchillos, cachiporras y mazos. Ya tuve que presenciar feroces y lamentables riñas que terminaron con cortes en la cabeza y heridas de diverso tipo. Cuando esto ocurre, lo único que puede hacer Max es hacer valer su autoridad, proclamando a voz en grito las reglas de la excavación: “¡El que pelee será multado! Dirimid vuestras disputas fuera de las horas de trabajo. Aquí no puede haber pendencias. ¡En el trabajo soy vuestro padre y debéis hacer siempre lo que os dice vuestro padre!”. Los hombres siempre le escuchan, moviendo la cabeza afirmativamente, pero a veces las peleas se reanudan y se hace necesario tomar medidas más drásticas y expulsar a los hombres implicados. Casi siempre, pasados algunos días, suelen reaparecer solicitando que los admitan para el siguiente turno, eso sí, con una actitud bastante más sumisa».[N41]

Según la carrera de Max como eminente arqueólogo ascendía a una escala vertiginosa, más claro le quedaba a Agatha Christie que su vida se desarrollaría a caballo entre países y culturas diferentes. Y como sabía que su marido contaría con su colaboración en esta empresa, empezó a pensar

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en una forma que le ayudara a integrarse de forma constructiva en sus expediciones. Pronto descubrió que uno de los talentos necesarios para formar parte de un equipo de arqueología era dominar el dibujo a escala, pues formaba parte de las tareas del día a día el diseño de bocetos para referir la forma y el tamaño exactos de las piezas encontradas. Evidentemente, la solución más práctica era fotografiar todos los descubrimientos, pero el elevado coste del revelado, sumado a las dificultades intrínsecas de montar un laboratorio en el desierto, suponía que un bote de lápices, un bloque de papel y un portapapeles se convirtiesen en el kit por excelencia de todos los equipos de arqueología que operaban en Oriente Próximo. El dibujo y la pintura fueron las disciplinas obligatorias de su educación como joven de clase alta que menos le gustaron, por lo que mejorar su destreza en ellas suponía un gran esfuerzo. Cuando estudiaba en París, solía acercarse al mercado para dibujar las flores que estaban expuestas en los diferentes escaparates, pero su percepción del objeto era más emocional que analítica, y su afán por reflejar el color y la impresión de las lilas en lugar de las formas había sido altamente reprendido. En el mundillo de la arqueología, sin embargo, las emociones que muchas veces convierten un simple dibujo en una obra de arte desaparecen. El diseño en un campo de excavación arqueológico era un trabajo extremadamente técnico y tratado con la misma frialdad que muchas otras habilidades que debía desarrollar un buen profesional. Para alcanzar el nivel de calidad deseado y cumplir con todos los requisitos para asumir semejante encargo, la autora recibió clases de dibujo a escala en Inglaterra, pese a lo cual le costó mucho alcanzar el nivel deseado. Siempre había sido una apasionada estudiante de álgebra, por lo que los cálculos no representaban ningún problema, pero no tenía ni idea de geometría. A sus más de cuarenta años, el concepto de ángulo recto le era totalmente ajeno. A la autora no le quedó otro remedio que aplicar el mismo procedimiento que había empleado en otros aprendizajes de este tipo: empeñarse a conciencia.[N42] Aprendió a medir ángulos y a dibujar los objetos en una escala de dos tercios su tamaño, y a medida que iba practicando, la tarea resultaba cada vez más fácil y estimulante. En el yacimiento, fotografiaba y revelaba en un cuarto oscuro los hallazgos que surgían entre la tierra seca, catalogaba piezas, reconstruía pequeñas vasijas

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de cerámica y limpiaba esculturas de marfil. A pesar de sus progresos, se consideraba «una completa aficionada» en el campo de la arqueología, pues trabajaba codo con codo con arqueólogos respetados, con muchas décadas de experiencia a sus espaldas. Pero cuando Max oía la humilde opinión que Agatha solía emitir sobre su trabajo en el yacimiento, no podía evitar reírse ante sus ocurrencias. «¡Pero si eres una de las mujeres que más sabe de cerámica prehistórica en toda Inglaterra!», le soltó en una ocasión… y estaba en lo cierto. Su esposa ya dominaba diferentes aspectos de la arqueología, sabía reconocer piezas de relevancia histórica y acabó provocando una verdadera revolución en el campo de la fotografía arqueológica con imágenes modernas y de interés artístico.

Esta foto, tomada por Agatha Christie en el sitio arqueológico de su marido, capta el momento en el que el ala de un enorme lamassu surge entre la tierra excavada. En la mitología asiria, el lamassu es una divinidad protectora que posee cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza de hombre.

Nota del autor

Al igual que otros autores de su género y de su época, Agatha Christie obedecía ciertos patrones que convertían su narrativa en una especie de

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puzzle en el que el lector podía llegar a adivinar quién había cometido el crimen antes de llegar al capítulo de resolución de la historia, un desafío muy difícil. Esta es una de las razones por las que Christie suele proporcionar una lista con los personajes, sus nombres, roles y características en los primeros capítulos de la trama, dosificando la información a lo largo del argumento, asegurándose de que los lectores puedan anticiparse al detective, lo que raramente ocurre, y prueba de ello es el hecho de que sus obras siempre destacan por sus finales sorprendentes.[N43] En 2015, con motivo del 125 aniversario del nacimiento de Agatha Christie, la cadena de televisión británica Drama emitió un programa especial dedicado a la autora en el que revelaba haber encontrado una fórmula matemática capaz de determinar la identidad del asesino en sus novelas antes de llegar al último capítulo. Para semejante cometido, la productora reunió a un grupo de académicos de reconocido prestigio que se pusieron a escudriñar los entresijos de muchas de sus novelas, entre ellas Muerte en el Nilo y Asesinato en el Orient Express. Tras incontables horas de estudio profundo y pormenorizado, lograron identificar algunos patrones y una serie de elementos comunes de casi todas las obras analizadas.[N44] El resultado culminó con la ecuación matemática compuesta por siete variables: k (r, δ, θ, c) = f {rk + δ + θ {P, M}, c (3 ≤ 4.5}, cuyos elementos que la componen son los siguientes:

k = la incógnita de la ecuación, es decir, la identidad del asesino.

r = relación con la víctima.

δ = medios de trasporte asociados con la novela.

θ = método del asesinato y caracterización del detective. P = Poirot.

M = Miss Marple.

c = capítulo en el que se introduce al asesino. f = femenino.

Una vez establecida la ecuación que buscaban, el equipo comenzó a compilar datos que incluían ciertos elementos como el número de culpables mencionados por capítulo, el análisis de los sentimientos al apuntar al culpable, las referencias de transporte y algunas referencias

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cruzadas con aspectos claves de las novelas. Con estos datos, el grupo comprobó que Christie usaba los siguientes patrones para desarrollar sus misterios:

— El asesino siempre aparece en la primera mitad de la narración.

— Si en la historia hay una gran cantidad de coches, el asesino seguramente es una mujer.

— Si hay muchos vehículos náuticos o aéreos, es más probable que el asesino sea un hombre.

— Si la víctima es estrangulada, el muy posible que el asesino sea un varón.

— Hay una alta probabilidad de que el asesino tenga un vínculo sentimental o consanguíneo con la víctima.

— Si la historia se produce en una casa de campo, las posibilidades probabilidades de que el asesino sea mujer son del 75 %.

— Cuando el asesino es una mujer, el lenguaje empleado por la autora suele ser más negativo que al describir a un asesino masculino.

— Las asesinas se descubren normalmente a raíz de un tema doméstico.

— Los asesinos se descubren a través de información o lógica.

— Si Poirot es el detective y la causa de muerte es punzante, el asesino se menciona con más frecuencia al principio del libro.

— Si miss Marple es la detective y el móvil para el asesinato es pecuniario, el asesino se menciona más en las etapas posteriores de la novela que al principio.

Un lector moderno del siglo XXI, comprobará, sin mucho esfuerzo, que el resultado de este estudio contiene un sinfín de tintes machistas; pero hay que tener en cuenta el contexto en que estas novelas habían sido escritas. En las primeras décadas del siglo XX, las mujeres no pilotaban aviones o barcos; se dedicaban casi en exclusiva a tareas relacionadas con el hogar y con la familia, mientras que muchos hombres ocupaban puestos de trabajo que exigían razonamientos lógicos, como contables, banqueros,

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profesores, etc. Además, las mujeres de aquella época no estudiaban ni iban a la universidad. Está claro que la fórmula encontrada por el grupo de académicos no es nada más que una «curiosidad mediática», puesto que cualquier lector asiduo de las novelas de Agatha Christie puede reconocer algunos de estos patrones con facilidad sin tener que recurrir a ninguna fórmula.

Pese a que se encontraba satisfecho con su trabajo en Nínive junto al doctor Campbell Thompson, Max soñaba con poder excavar por su cuenta un montículo llamado Arpachiyah, solo seis kilómetros al este de donde estaba trabajando; muchos relatos hablaban de un lugar donde se podrían hallar piezas de cerámica de una calidad y textura extraordinarias para un tiempo en que el hombre aún no conocía el torno. Tras entrevistarse con diferentes autoridades y académicos, el arqueólogo consiguió formalizar un acuerdo con el Museo Británico y con la Escuela de Arqueología en Irak para que le subvencionasen su propio equipo de excavaciones. El montante asignado solo daría para contratar un equipo reducido de ocho o diez personas, es decir, casi nada comparado con el equipo de los Woolley, que llegó a reunir casi doscientos cincuenta obreros. Pero eso poco importaba; por primera vez, Max lideraría su propia excavación, aunque hubo que tramitar muchísimo papeleo hasta conseguir los permisos necesarios para poder excavar en una minúscula zona de terreno que, al parecer, pertenecía a diecinueve propietarios. Primero, Max trató con un señor que se decía dueño del terreno, pero al día siguiente se supo que el verdadero propietario era un primo segundo de su mujer. Otro día se enteraron de que la tierra no pertenecía ni a uno ni al otro, sino que había varias personas más implicadas. «Al final, deshicimos el enredo y descubrimos que el propietario real era una prima segunda de la tía del primo del marido de la tía de alguien que, como no podía hacer negocios por su cuenta, tenía que estar representada por su marido y otros parientes».[N45] Afortunadamente para Max, el Departamento de Antigüedades de Bagdad y el cónsul británico ayudaron a despejar el camino para que comenzara la excavación. El arqueólogo hizo todo lo posible para que su expedición fuera lo menos costosa posible a las arcas

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públicas; los gastos de publicación de sus hallazgos, por ejemplo, no superaron las dos mil libras esterlinas; su equipo, aparte del cocinero, un criado, un conductor y los obreros, consistía exclusivamente en tres personas: el propio Max, un arquitecto y un camionero irlandés que se había quedado allí después de la guerra y no había regresado nunca a casa. Aunque Agatha no intervenía directamente en las tareas de excavación, su cometido no era en absoluto ornamental: entre sus deberes figuraba llevar un registro escrito de todos los hallazgos y colaborar en las tareas de clasificación, restauración y limpieza de los fragmentos y piezas de cerámica.[N46] El placer que sentía al limpiar y restaurar estos preciosos objetos era intenso; para esta labor, colocaba las piezas sobre una toalla y una a una las limpiaba con una esponja impregnada de una crema cosmética de uso personal para desprender la suciedad incrustada en las grietas de las piezas de cerámica y marfil, una técnica que en la actualidad se consideraría una verdadera herejía. «Tenía mis herramientas favoritas: un palillo de naranja, una fina aguja de tejer punto y un pote de crema facial para devolver el brillo y el resplandor de algunas piezas». La autora también se ocupaba de revelar los carretes de las fotos tomadas durante la jornada, una labor que podría resultar placentera e incluso relajante si no fuera por las precarias condiciones; el lugar que utilizaba como cuarto oscuro era una pequeña cueva a la que entraba gateando y donde debía permanecer en cuclillas con un calor asfixiante «que de alguna manera me recordaba al excusado de la época medieval. ¡Allí no puedes sentarte ni estar de pie! Me arrastro a cuatro patas y revelo placas con la cabeza gacha. Salgo prácticamente asfixiada por el calor e imposibilitada de incorporarme...». Para amenizar semejante sufrimiento, la novelista solía levantarse a las seis de la mañana para aprovechar el momento más fresco del día. Gracias a esta dedicada labor, miles de fotografías de los hallazgos de su marido se encuentran hoy distribuidas en diferentes museos y exposiciones de Gran Bretaña, y ofrecen a sus visitantes una rara oportunidad de conocer la cultura y la forma de vida en los países de Oriente Próximo durante la primera mitad del siglo XX a ojos de la novelista de misterio más famosa del mundo.[N47]

Pese a la experiencia de Max y el esfuerzo conjunto emprendido por todos los integrantes de su equipo, en los primeros días de trabajo se

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cosecharon resultados decepcionantes, pero el arqueólogo confiaba en su intuición y no se desanimó; así, tras varias semanas de incansable rutina, comenzaron a salir de la tierra excavada grandes cantidades de figuras, terracotas y fragmentos de cerámica ricamente decoradas que databan de cuatro milenios antes del nacimiento de Cristo, cuando aún no se había inventado la escritura, por lo que era muy difícil precisar su fecha. En línea con los grandes arqueólogos de la época, Agatha trató de desmarcarse del típico estereotipo popular de cazadora de tesoros. «Muy ocasionalmente hay un palacio real; a veces, un templo; mucho más raramente, un

enterramiento real —escribió la novelista en Ven y dime cómo vives—. Estas cosas son espectaculares y suelen salir en los periódicos, pero no son ni representan el interés principal de la arqueología, que se ocupa básicamente de la vida cotidiana del antiguo ceramista, del granjero o del artesano, es decir, de la gente corriente».[N48] Un día se toparon con lo que podrían ser los restos de una antigua tienda de alfarería prácticamente intacta. En su interior, para regocijo de todo el equipo, había una magnífica y reluciente colección de tazas, platos, cerámicas y jarrones que podrían tener, según los cálculos de Max, alrededor de seis mil años de antigüedad. En sus memorias, el arqueólogo escribió que Arpachiyah acabó convirtiéndose en «uno de los capítulos más fascinantes y gratificantes de su trayectoria profesional». Por desgracia, las excavaciones que tanto regocijo le producían allí serían las últimas durante muchos años. Entre algunos integrantes del Gobierno empezaba a nacer un sentimiento nacionalista exacerbado que resultó en una serie de disputas entre Max y el Gobierno iraquí sobre la forma en que se repartirían los hallazgos, motivo por el cual el arqueólogo decidió irse a trabajar a otro país. «Durante algunos años, no hubo casi excavaciones en Irak, y todo mundo se fue a Siria —escribió Agatha en sus memorias—. Así que al año siguiente decidimos escoger un sitio adecuado en nuestro nuevo destino».[N49] En diciembre, a pocos días de las Navidades, la pareja, emocionada por éxito cosechado, regresó a Inglaterra. Durante el viaje a bordo del Taurus Express con destino a Trípoli, una inesperada tormenta de nieve obligó al tren a detenerse en medio de la noche. Agatha abandonó su cabina y se dirigió al vagón comedor para tomarse un té, y mientras ojeaba una de las revistas, se fijó en los pasajeros que la rodeaban; casi todos de distintas

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nacionalidades y de aspecto bastante peculiar. La novelista todavía no lo sabía, pero estaba empezando a idear en su mente el argumento de una de sus novelas más exitosas, Asesinato en el Orient Express (que se publicaría en 1934). «¡Qué viaje! Partimos de Estambul bajo una horrible tormenta de truenos y relámpagos, y avanzamos con mucha lentitud durante la noche. Alrededor de las tres de la madrugada, el tren se detuvo (...) Después de desayunar, empezó a hacer un frío horrendo y tuvimos que pasar la mañana envueltos en mantas. Pero lo peor fue cuando me acerqué al revisor para preguntarle si había alguna previsión de reanudar el viaje. Para mi espanto, me contestó que la última vez se habían quedado parados en aquel sitio ¡tres semanas!».[N50]

Pocos días después de haber llegado a Inglaterra, Agatha incorporó a su «colección de inmuebles» una elegante propiedad georgiana a las orillas del Támesis en el pueblo de Wallingford, una zona rural que le gustaba mucho a Max, sobre todo porque se encontraba a mitad de camino entre Londres y Oxford. Le pusieron el nombre de Winterbrook House; la casa pronto se convertiría en una de favoritas del matrimonio, aunque la novelista solía llamarla «la casa de Max». Aunque la vivienda estaba muy próxima a la carretera, la intimidad de sus habitantes era resguardada por un seto de acebos de aspecto levemente siniestro. Los amigos del matrimonio que tuvieron el privilegio de conocer su interior coincidían en que la parte posterior, la más alejada de la entrada, era la más bonita, sobre todo por el ventanal del salón que daba al jardín y a una pradera que descendía hasta la orilla del río, una zona que pronto se convirtió en un lugar de descanso de la escritora en las tardes de verano. En un pequeño rincón colindante, Christie cultivó un pequeño huerto cercado donde crecían verduras y arbustos frutales; en alguna ocasión, prestó la casa a amigos y conocidos, pero, curiosamente, jamás lo hizo en la estación de las frambuesas y grosellas.[N51]

Agatha apenas tuvo tiempo de amueblar su nueva casa, pues había que priorizar el tiempo en la preparación del equipaje para la nueva temporada de excavaciones que Max realizaría en Siria. Además, era necesario llegar al país con antelación, ya que el yacimiento a excavar se decidía antes del inicio de la campaña y para ello había que inspeccionar los numerosos tells ubicados en el norte del país (un tell es un montículo artificial formado a

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partir de la acumulación de restos de civilizaciones antiguas durante largos períodos de tiempo). La elección de un tell es una tarea complicada, puesto que hay que tener en cuenta una serie de factores como, por ejemplo, que esté lo suficientemente cerca de una aldea para conseguir mano de obra, contar con abastecimiento regular de agua y, lo más importante, presentar algún indicio de que en el subsuelo se podrán encontrar restos de alguna civilización antigua. Por supuesto, este último factor constituye un juego de azar en toda regla, pero siempre ha sido así, y la tecnología actual poco ha contribuido en este aspecto. Arqueólogo experimentado y dotado de una singular intuición, Max confiaba en que la zona elegida era sumamente prometedora, y que cualquiera que fuese el tell que escogiese, estaría destinado a encontrar algo. Acompañado por su esposa, el arqueólogo tuvo que completar un verdadero periplo para llegar a su destino. La primera etapa, en el Orient Express, era más placentera, pero todo aquel esplendor se desvanecía por completo nada más bajar en el andén en Turquía, donde empezaba la otra mitad del viaje, que incluía paradas en Beirut y Alepo, una ciudad que fascinaba al matrimonio por motivos antagónicos. A Max, por su glorioso pasado, que rivalizaba con Damasco como «la ciudad poblada más antigua de la tierra», y Agatha, por la posibilidad de disponer de una habitación con una cama amplia y una bañera con agua caliente y champú para lavarse el pelo. Esta visión, que a simple vista parece frívola e intrascendente, adquiere su verdadero significado cuando recordamos que la vida en un campamento es extremadamente espartana, la presencia de mosquitos y pulgas es inevitable, el calor es abrasador y el polvo se mete en la boca y los ojos.

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Rodeada por un hermoso muro de hiedras, Agatha Christie la solía llamar «la casa de Max», por haberse convertido en su refugio preferido, el lugar en el que se encontraban su biblioteca personal, sus mapas y su tesoro personal de hallazgos arqueológicos.

Nota del autor

A comienzos del siglo XX, la ciudad de Alepo era casi la última etapa de los viajeros británicos por aquella zona, casi todos integrantes de la aristocracia que se convertían en audaces aventureros a los que no les importaba caminar todo el día bajo el sol, ensuciándose de tierra y polvo, pero que por la noche exigían el mismo nivel de confort que se disfrutaba en una capital europea. Ante semejante demanda, la ciudad de Alepo empezó a modernizarse, y en 1911, los hermanos Onig y Armen Mazloumian, de raíces armenias, inauguraron el hotel Barón, un imponente edificio rodeado de jardines, distante solo quinientos metros de la estación del ferrocarril, donde acababa uno de los tramos más exóticos del Orient Express. Tenía agua caliente, electricidad y el empaque de un palacio veneciano. Agatha y Max se alojaron varias ocasiones en este hotel antes de seguir viaje hacia el desierto; se dice, además, que gran parte de Asesinato en el Orient Express fue escrita en la habitación 203, donde solían alojarse. Otro cliente célebre, y también muy asiduo, fue el joven

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arqueólogo inglés Thomas Edward Lawrence, más conocido a partir de la Primera Guerra Mundial como Lawrence de Arabia.

A pesar de haberse convertido en toda una leyenda entre los aficionados a los hoteles antiguos, el Barón sobrevive a duras penas engullido en el barrio de Aziziyeh, pero ya no funciona como tal. Cuando los yihadistas entraron en Alepo en 2012, el Barón quedó en la zona gubernamental, pero a unos pocos cientos de metros de los rebeldes. Sobre su tejado cayeron granadas de mortero disparadas por los combatientes del Frente al Nusra. Antes de la guerra, el hotel ya se encontraba en franca decadencia y sus habitaciones eran ocupadas sobre todo por soldados, traficantes de armas y comerciantes armenios, una serie de pintorescos personajes que no desentonarían en una novela de Agatha Christie.

Tras una larga jornada de visitas y excursiones a bordo de una vieja furgoneta conducida por un chofer armenio, Max eligió los sitios de Tell Brak y Chagar Bazar, este último situado en el nordeste de Siria, cerca del río Khabur, próximo a la ciudad de Amuda, y allí descargó su complicado equipaje, compuesto por decenas de cajas y provisiones. Pero antes de empezar los trabajos había que superar algunos desagradables contratiempos organizativos. Con el fin de la Primera Guerra Mundial, el país pasó de manos turcas a manos francesas, y como su expedición corría a cargo de dos entidades británicas, hubo que gestionar los permisos con las autoridades galas, un trámite que se podría resolver con un simple encuentro a la hora del té con un funcionario francés del departamento de «servicios especiales».[N52] Además, en Siria no hay tell sin dueño, y el de Chagar Bazar pertenecía a un jeque local, con quien Max tuvo que regatear la tasa impuesta para acceder al terreno. Para un extranjero, esos tells no son más que un lugar desértico sin importancia, pero para la población local se trata de una explotación agrícola que se verá paralizada por la excavación durante una larga temporada, por lo que el propietario se ve en el derecho de exigir una compensación adecuada, que casi siempre significaba una suma exorbitante. Uno de los arqueólogos más famosos de la zona, el barón Max von Oppenheim, no escatimaba recursos para convencer a los dueños y hacerse con los mejores tells; pagaba cantidades

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ingentes de oro, una estrategia que, por supuesto, no estaba al alcance de un arqueólogo común, que en su mayoría eran profesores que contaban con subvenciones muy limitadas. Mallowan, por su parte, consiguió llegar a un acuerdo con el jeque ofreciéndole, además de una generosa suma de dinero, la casa que construiría sobre su terreno para albergar al equipo durante la campaña. La construcción de este alojamiento era una tarea urgente y necesaria, pues no había hoteles en la zona y las condiciones de las casas disponibles para alquilar eran tan nefastas que lo mejor que Max pudo conseguir fue una antigua choza que hasta entonces servía de establo para animales y que estaba plagada de ratones que se les subían a los catres por la noche y de pulgas que paseaban a sus anchas. Agatha recuerda que sus nervios se pusieron a prueba y que estuvo a punto de regresar a Inglaterra. Pero como la promesa de aventuras superaba todo lo demás, la autora decidió esperar, pues sabía que en breve contarían con una vivienda en mejores condiciones que ya estaba siendo construida en el tell cedido por el jeque.

Uno de los principales colaboradores de Max durante su campaña en Siria fue Hamoudi, el antiguo capataz de los Woolley. Profundo conocedor de las costumbres locales, a él le correspondió reclutar a los trabajadores que vivían en los pueblos de alrededor, en su mayoría árabes y kurdos. Max calculó que su tell necesitaría de por lo menos doscientas personas, un número que podría fluctuar en función de enfermedades, ausencias sin justificación o incluso expulsiones por mal comportamiento. Según eran contratados, Hamoudi los iba repartiendo en diferentes cuadrillas organizadas por grupos étnicos, una labor necesaria pero delicada, sobre todo en una región tan inestable como Oriente Medio. Los árabes solían tener problemas de convivencia con los kurdos, quienes, a su vez, apenas toleraban a los armenios. Estos conflictos creaban un delicado ambiente de trabajo en el que cualquier malentendido podría desencadenar una reyerta que pondría en peligro el cronograma establecido por el arqueólogo, que muchas veces tenía que recurrir al jeque o a los ancianos de las aldeas cercanas para mediar en ciertos conflictos cuando estos se volvían insostenibles. Como Mallowan hablaba árabe con fluidez y tenía un excepcional don de gentes, no le resultó difícil ganarse la confianza y el respeto de sus subordinados, que le veían como un verdadero líder, o

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khwaja, como le solían llamar (en sus memorias, Max tradujo este término como señor, aunque la traducción más correcta sería amo). En cuanto a Agatha, los trabajadores la llamaban khatun (que literalmente significa «la esposa del khwaja»), aunque la novelista se ganaría la inesperada fama de curandera, gracias a su botiquín particular, dotado de un amplio surtido de comprimidos, pomadas, granulados y polvos. En poco tiempo, mujeres de varias aldeas empezaron a acercarse al yacimiento, atraídas por la curiosidad y las ganas de conocer a la mujer extranjera que no solo curaba enfermedades, sino que, además, daba órdenes a los hombres y trataba a su marido como un igual.[N53] La escritora sentía gran interés por el mundo árabe y especialmente por su forma de afrontar la muerte: «Lo que más me impresiona en la cultura oriental es la sencillez con la que saben afrontar cosas tan inevitables como la muerte. Y esa convicción hace desaparecer la que se ha convertido en maldición de nuestro mundo occidental: la angustia. Esta gente, desafortunadamente, no está libre de carencias, pero sin duda está eximida del miedo».[N54] Estos y otros episodios, que Agatha se tomaba como divertidas anécdotas, acabarían convirtiendo Chagar Bazar en un lugar muy especial en sus memorias. «El aire es sorprendentemente fresco y te proporciona esos momentos en los que da gusto vivir. Los capataces, contentos, sonríen; se acercan unos niños que conducen vacas y nos observan con timidez. Van vestidos con harapos insospechados y muestran sus brillantes dientes blancos al sonreír. Pienso en lo dichosos que parecen y en lo agradable que es la vida».[N55]

Es posible que Agatha Christie jamás se diera cuenta de su importancia en los yacimientos arqueológicos de su marido. Gracias a su desinteresada dedicación y esfuerzo, los operarios convivían en un ambiente armónico y eran los mejor alimentados de la región; la novelista procuraba incluir verduras en los menús, además de productos autóctonos como la leche de búfala fresca o embutidos que adquiría en Alepo, aunque la dura realidad del campamento le obligó durante un tiempo a cocinar en una lata sobre un hornillo. Cuando tuvo la oportunidad de montar una pequeña pero bien equipada cocina, lo primero que hizo fue enseñar sus mejores recetas al cocinero del campamento, que, además de una excelente mayonesa, aprendió a preparar sabrosos postres como el suflé de vainilla y las tartas de chocolate.[N56] Christie, que siempre tuvo debilidad por un buen manjar,

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deleitaba al personal del campamento con exquisitos pasteles de bizcocho y tartas caseras, y lo hacía, cuando era posible, a la antigua y tradicional usanza y de acuerdo con las costumbres de su infancia: con cubiertos de plata, copas milimétricamente dispuestas, arreglos florales en la mesa, servilletas dobladas de forma escrupulosa y un plato sucediendo debidamente a otro. «Esta noche degustaremos todos los platos que Dimitri considera de gran categoría. Primero, los hors d’oeuvre: huevos duros colmados de mayonesa picante, sardinas, judías finas y anchoas. A continuación, la especialidad de Dimitri: una paletilla de cordero rellena con arroz, uvas pasas y especias. Un verdadero misterio».[N57] Es muy probable que el campamento de los Mallowan fuese el único de todo Oriente Medio que contaba con un considerable stock de queso Stilton y trufas de chocolate belga. La forma en que Agatha se vestía también era diferente: en el desierto usaba la misma ropa que solía usar en su país: atuendos de cheviot, seda y cachemira, así como zapatos ingleses de cordones.

No había dudas de que Agatha disfrutaba mucho de su rutina en el tell, pero también tenía que escribir, tarea que desarrollaba en sus huecos libres. Inmersa en la rutina del campamento arqueológico, la novelista se nutrió de la inspiración del lugar para comenzar a idear una trama que transcurriese en unas excavaciones. Para ello, aprovechó algunas notas que había tomado durante su estancia en Ur, entre ellas, algunas observaciones nada halagadoras sobre la caprichosa Katherine Woolley. En su mente, empezaba a gestar un clásico, que más tarde se titularía Asesinato en Mesopotamia, una novela protagonizada por Hércules Poirot, ambientada en una misión arqueológica apartada en medio del desierto, donde la esposa de un conocido arqueólogo moría en extrañas circunstancias.[N58] A finales de 1933, Max dio por finalizadas las excavaciones de Chagar Bazar y Tell Brak. Le quedaba la tarea más dura para cualquier arqueólogo: repartir sus hallazgos en dos lotes y presentárselos a un funcionario francés, que decidiría el lote que se quedaría en Siria y el que iría al Museo Británico. Para Max dicha tarea suponía una verdadera angustia, pues no deseaba prescindir de ninguna pieza. Agatha observaba la aflicción de su marido mientras separaba los hallazgos en los lotes y pensaba en cuánto le apasionaba esta profesión. «Estoy pensando —le dijo a Max— que esta es

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una forma muy feliz de vivir». Años después, la autora se lamentó ante su marido de no haber podido estudiar arqueología en su juventud.[N59]

Uno de los más originales descubrimientos de Max Mallowan en Tell Brak fueron unas pequeñas figuras de ocho centímetros hechas con piedra caliza y alabastro que se denominaron «ídolos de ojos», por los enormes ojos que sobresalen de sus cuerpos.

Nota del autor

Mucho antes de conocer a su segundo esposo, Max Mallowan, Agatha Christie ya estaba familiarizada con la arqueología. Una de sus primeras novelas, El hombre del traje marrón, publicada en 1924, tiene como protagonista a Ana Beddingfield, hija de un famoso arqueólogo, descrito por ella mismo ya en el capítulo primero:

«Mi padre, el profesor Beddingfield, fue una de las más grandes autoridades inglesas sobre el Hombre Primitivo. En realidad, era un genio, todo el mundo lo reconoce. Su mente vivía en los tiempos paleolíticos, y el inconveniente que para él tenía la vida era que su cuerpo habitaba el mundo moderno. A papá le hacía muy poca gracia el hombre moderno. Hasta despreciaba el hombre neolítico, tildándolo de simple pastor. Y su entusiasmo solo se despertaba al llegar al período musteriense» (nombre dado a una fase del Paleolítico. Deriva del francés mousterien, de Moustier, lugar de Francia en el departamento de Dordoña, famosa por la caverna en que fue hallado un yacimiento, el más clásico, de la época en

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cuestión). «Con franqueza, odio al hombre paleolítico, ya sea aurignáceo, musteriense, chellense o cualquier otra cosa. Y aunque escribí a máquina y revisé la mayor parte de la obra de papá titulada El hombre de Neandertal y sus antepasados, los hombres neandertálicos en sí me repugnan y siempre me digo que es una suerte que se extinguiera la raza en épocas remotas».[N60]

En esta novela, la autora menciona la caverna de Hampsly, «una caverna enterrada, rica en depósito de cultura aurignácea. Teníamos un pequeño museo en el pueblo, y su conservador y papá se pasaban la mayor parte de los días metidos bajo tierra, sacando a la luz fragmentos del rinoceronte lanudo y del oso de las cavernas». Esta caverna ficticia está basada en una de las principales atracciones de su Torquay natal: la caverna de Kents, que cuenta con una serie de significativos yacimientos de la Edad de Piedra en Europa y un gran número de indicios de presencia humana que se remontan a 45 000 años atrás. El padre de Agatha, Frederick Miller, que había sido miembro de la Sociedad de Historia Natural de Torquay, llegó a financiar varios proyectos de exploración en los que se pudieron descubrir inmensas galerías de estalagmitas y estalactitas.[N61]

Christie volvió a usar la arqueología como trasfondo en La aventura de la tumba egipcia, un relato corto que formaba parte de la colección Poirot investiga (1924). En esta obra, los miembros de la expedición de un museo británico-estadounidense empiezan a fallecer uno a uno poco después de haber descubierto una antigua tumba egipcia. Poirot viaja a Egipto para desentrañar el misterio de la aparente maldición del faraón. La trama está basada en el descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón y la maldición que se cebó con todo el equipo implicado en el hallazgo, comenzando por lord Carnarvon, quien había financiado la excavación y estuvo presente el día en que se abrió la tumba. Carnarvon falleció a causa de una neumonía fulminante, agravada por una septicemia ocasionada por la picadura de un mosquito. Se cuenta que, a la misma hora de su muerte, en El Cairo hubo un gran apagón que dejó a oscuras la ciudad y, en Inglaterra, su perro aulló de forma misteriosa para, a continuación, caer fulminado en su casa de Hampshire. Para abonar el terreno de las coincidencias, al proceder a la autopsia de la momia, se encontró que justo

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donde el mosquito había picado a lord Carnarvon, Tutankamón tenía una herida.[N62] A la muerte de Carnarvon le siguieron otras; en total, dieciséis personas, todas de forma repentina y en extrañas circunstancias. De inmediato, la prensa sensacionalista comenzó a hablar de la maldición de Tutankamón, un titular extremadamente propicio para una novela de misterio de Agatha Christie.

Cuando llegaron a Inglaterra, Agatha y Max trataron de retomar sus compromisos profesionales; mientras la novelista ingeniaba nuevas tramas para sus futuras novelas, su esposo organizaba las anotaciones que había tomado durante las excavaciones con la intención de convertirlas en un libro de arqueología. Sus hallazgos ya se encontraban expuestos en el Museo Británico, y el público que allí estuvo admirando las magníficas piezas de cerámica de Arpachiyah y Chagar Bazar no podía ni imaginar que su limpieza y restauración hubieran sido responsabilidad de la mismísima Agatha Christie, quien, por aquel entonces, ya gozaba de una notable fama como escritora de novelas policíacas. Tampoco sabían que, detrás de una reluciente pieza arqueológica, había un duro trabajo que empezaba picando toneladas de arena bajo un sol abrasador y terminaba en un alojamiento muchas veces infestado de pulgas y cucharadas. [N63]

En esta época, Agatha buscaba un nuevo alojamiento que le permitiera a Max disponer de una espaciosa estancia para albergar su voluminosa biblioteca, su extensa colección de cerámicas y sus utilerías arqueológicas. La encontró en el n.º 48 de Sheffield Terrace, en Campden Hill; no tenía muchas habitaciones, pero eran grandes y bien proporcionadas. La novelista convirtió la habitación más pequeña en un «rincón del escritor», con una mesa, una silla cómoda y una pequeña librería; en suma, un espacio muy sencillo para una escritora de la talla de Agatha Christie. «Yo soy como los perros cuando se van con un hueso en la boca. Durante una hora no los ves; luego, aparecen muy ufanos con el morro lleno de tierra. A mí me ocurre lo mismo. En cuando puedo desaparecer, me encierro en una habitación y, tras asegurarme de que nadie me va a molestar, me sumo completamente en mi trabajo». Y más sorprendente aún es el hecho de que era la primera vez que la autora contaba con un despacho propio, quizá

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porque nunca se había tomado muy en serio su carrera como escritora. «Nadie estaba autorizado a utilizar el aspirador en aquella habitación mientras yo estuviese en casa y, a menos que se declarara un incendio, que nadie se me acercara. Por primera vez, tuve un lugar para mí sola, que disfruté durante cinco o seis años, hasta que la casa fue bombardeada durante la guerra. No sé por qué no he vuelto a tener nada parecido. Supongo que me habré acostumbrado a utilizar la mesa del comedor o una esquina del lavabo».[N64]

Agatha Christie cerró el año de 1933 con dos colecciones de relatos: Parker Pyne investiga y El misterio de Listerdale. Según Janet Morgan, uno de los relatos de este segundo libro, el titulado Accidente, llamó la atención de Alfred Hitchcock, que se mostró interesado en adaptarlo al cine (proyecto que, por desgracia, no llegó a materializarse). Pese a que nunca alcanzaran el éxito cosechado por Poirot y miss Marple, los relatos de Parker Pyne están llenos de encanto porque ofrecen una generosa combinación de las observaciones del personaje sobre la naturaleza

humana —aficionado a la estadística, ha llegado a la conclusión de que la desdicha adopta una cifra limitada de variantes perfectamente identificables—. También resulta interesante comprobar como la autora, una vez más, utilizó la voz de un personaje suyo para exponer sus inquietudes personales, como los celos conyugales y «la gloriosa libertad» que permite la amnesia (retratado con bastante soltura en El caso de la mujer acaudalada). Agatha sentía gran cariño por Parker Pyne, a quien consideraba una figura mucho más realista que Poirot: «Mucho más adecuado para un serial americano de radio», le diría a su agente en 1947. Otro de los libros que preparaba para sacar al mercado fue Muerte en las nubes, en el que ofrecía una versión actualizada del recurso narrativo de la «habitación cerrada», haciendo que fuese asesinado un pasajero en la cabina de un avión durante un vuelo desde Le Bourget a Croydon. Este libro contiene una divertida referencia sobre las deficiencias del servicio de las compañías aéreas que empezaban a operar en Inglaterra. Agatha apenas confiaba en ellas a causa de una lamentable experiencia con la Imperial Airways en 1930. «Supongo que todas las compañías de aviación

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son una obra de aficionados que aún no han tenido tiempo de tornarse profesionales», escribió cierta vez a Max, indignada con el pésimo servicio que le habían ofrecido. En esta obra, Agatha cometió un pequeño desliz que no pasó desapercibido: la víctima había sido envenenada por medio de un dardo lanzado con una cerbatana utilizada por algunas tribus sudamericanas, pero resulta que el artilugio era demasiado largo como para esconderlo en el asiento de un avión.

En 1934, se publicó una de sus novelas más famosas, Asesinato en el Orient Express, ambientada en un algún punto perdido de los Balcanes donde una fuerte tormenta de nieve obstaculiza, en plena madrugada, la línea por donde circula el tren. La historia ofrece al lector un asesinato, doce sospechosos de distintas nacionalidades y clases sociales y un investigador (Hércules Poirot) que debe resolver el caso. Todo se complica con el parón del tren a causa de la nieve y, por lo tanto, es imposible que el asesino haya conseguido huir, así pues, está entre ellos. Al igual que hizo en otras obras, Agatha Christie desarrolla la trama en tres partes bien definidas: empieza con la entrada en escena de todos los personajes y la comisión del crimen, luego sigue una segunda parte con los interrogatorios y finaliza con la resolución del caso delante de todos los pasajeros implicados. Asesinato en el Orient Express fue recibida con gran entusiasmo por sus lectores y por la crítica especializada, que lo clasificó como una obra «muy original, sencilla y elegante».

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Agatha Christie y Max Mallowan, horas antes de tomar el avión que los llevaría a más de una jornada de excavaciones en Irak.

«Parecía demasiado hermoso para ser verdad. Pensé y sigo pensando que Max es una persona maravillosa. Es muy callado y parco en palabras de conmiseración, pero hace las cosas, y precisamente las que uno querría que se hicieran, las que más consuelan».

Agatha Christie, Autobiografía.

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XI

GREENWAY

«No vuelvas nunca a un lugar donde hayas sido feliz.

Mientras no lo hagas, seguirá vivo en ti. Si vuelves, lo destruirás».

AGATHA CHRISTIE

En 1935, Agatha Christie alcanzó la cima de su carrera hasta entonces: su obra estaba en alza en el lucrativo mercado de las revistas del Reino Unido y Estados Unidos mientras que en Europa sus textos se traducían en diferentes idiomas. En esta época, la autora publicó dos novelas: Tragedia en tres actos, en la que reaparecía el señor Satterthwaite, que había hecho su debut en las historias protagonizadas por Harley Quinn, en particular los recogidos en El enigmático señor Quin y El misterio de la guía de ferrocarriles, obra en la que Hércules Poirot investiga una serie de crímenes en los que juega un papel destacado una guía de los horarios de los ferrocarriles. Se trata de una novela ingeniosa en la que abundan las pistas falsas y que serviría con posterioridad de base para una película

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titulada en inglés The Alphabet Murders. Desde estas dos obras en adelante, sus libros jamás venderían menos de diez mil ejemplares durante el primer año.[N1]

Mientras se publicaban las primeras reseñas de sus dos últimas obras, Agatha Christie ya esbozaba una nueva novela policíaca ambientada en una excavación arqueológica en la que iba a aparecer un personaje inspirado en la intempestiva Katherine Woolley. —No sin cierta malicia, Agatha dedicó la novela «a mis numerosos amigos arqueólogos que trabajan en Siria e Irak». Algunos se molestaron, aunque nunca quedó claro si fue por verse retratados en la historia o por no aparecer en ella—. La autora sitúa los hechos en un campamento arqueológico localizado junto al yacimiento de Tell Yarimjah, en pleno desierto iraquí, lugar en el que Hércules Poirot es llamado para hacerse cargo de la investigación del asesinato de Louise Leidner, la esposa del director del campamento. Pocos días antes de su muerte, Louise empezó a dar signos de una creciente manía persecutoria que le provocaba aterradoras alucinaciones. Preocupado con su estado, su marido —el doctor Leidner, director de la excavación— contrata a una enfermera para asistirla en sus crisis nerviosas, y solo comprende la gravedad del asunto cuando su mujer aparece muerta en su lecho con una horrible herida en la cabeza. La novela, titulada Asesinato en Mesopotamia, tiene la esencia de una típica novela de Agatha Christie: todos los personajes pueden haber cometido el crimen; algunos tienen coartada y otros no, pero todos parecen tener algún motivo para asesinar a la víctima. Para conocer la identidad del asesino, el lector contará con la ayuda de la mismísima enfermera de Louise Leidner, que ayudará a analizar la personalidad de los involucrados y seguirá los movimientos de Hércules Poirot. En esta nueva obra, Agatha utilizó sus conocimientos y experiencias en el Medio Oriente para transportar al espectador a este mítico lugar.[N2]

Cartas sobre la mesa fue la siguiente novela (una de sus favoritas, aunque no tan famosa). Está centrada, como su nombre sugiere, en un crimen que tiene lugar durante una partida de bridge, un pasatiempo que gozaba de enorme popularidad en los años treinta. Agatha jugaba a menudo después de cenar; le gustaban las cartas y, cuando estaba a solas con Max, se entretenían desafiándose a hacer solitarios. El hecho de

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centrar el crimen en el desarrollo de una partida de bridge le proporcionaba otro «círculo cerrado» para la investigación; también era un círculo en el sentido de que los cuatro personajes de la historia eran conocidos: aparte de la señora Oliver y Poirot, aparecían el inspector Battle (de El secreto de Chimneys y El misterio de las siete esferas), así como el coronel Race (de El hombre del traje marrón). Los cuatro son los únicos sospechosos y, tal y como la autora explica en el prefacio, «cualquiera de ellos, dadas las circunstancias adecuadas, hubiera podido cometer el crimen».[N3]

En julio de ese año, el mercado literario cobraría un nuevo impulso cuando Allen Lane, sobrino de John Lane (el primer editor de Agatha Christie) y director ejecutivo de The Bodley Head, decidió crear un nuevo sello editorial con la intención de comercializar ediciones económicas de obras consagradas. Por aquel entonces, el mercado de libros pasaba por un gran bache y la editorial de su tío estaba a punto de caer en la bancarrota; no era capaz de competir en una industria tan agresiva en la que otras firmas contaban con escritores famosos que vendían por doquier. Cuenta la leyenda que todo comenzó cuando Allen Lane volvía de visitar a Agatha y Max en Ashfield. El joven editor se encontraba en la estación de trenes de Exeter y, con el fin de amenizar el largo viaje hacia Londres, decidió entrar en un quiosco para buscar algo de lectura, pero solo encontró novelones del siglo XIX demasiado voluminosos para llevar en un viaje. Y allí, muerto de aburrimiento, pensó que sería una buena idea crear una editorial que ofreciera literatura de calidad, de tamaño manejable, al precio asequible de un paquete de tabaco. Lane también estaba convencido de que sus libros debían ser fáciles de encontrar y que no deberían venderse solo en librerías, sino también en estaciones de tren, estancos, grandes almacenes y en cualquier tienda dispuesta a venderlos.

El concepto no era del todo original, pues en Alemania existía una editorial llamada Albatross Books que ya explotaba este mercado con bastante éxito. No obstante, para entregar este producto al público habría que abaratar costes, lo que significaba producir libros en tapa blanda y con papel de inferior calidad, algo considerado como un «sacrilegio» por la vieja guardia del mercado editorial británico, que asociaba los libros de estas características con obras vulgares, de nula calidad editorial y no

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siempre de buen gusto; además, recordaban a lo que se conocía peyorativamente como penny dreadful, noveluchas baratas, de color amarillo y llamativas litografías en las portadas que se vendían a un penique. Convencido de que podría haber un mercado de lectores voraces de obras de calidad a precios accesibles, Lane llevó su proyecto adelante y fundó Penguin Books, y con el capital de que disponía publicó diez títulos: el primero fue Ariel, de André Maurois, y el segundo, Adiós a las Armas, de Hemingway. Les siguieron El pub de los poetas (Eric Linklater); Madame Clair (Susan Ertz); Bellona Club (Dorothy L. Sayers); Twenty-Five (Beverley Nichols); William (E. H. Young); Gone to Earth (Mary Webb) y Carnival (Compton Mackenzie), y la obra debut de Agatha Christie, El misterioso caso de Styles. Al cabo de un año, habían vendido más de tres millones de libros. Un año más tarde, habían crecido tanto que tuvieron que cambiarse de oficina; también diversificaron la línea editorial y apostaron por crear diversas colecciones, una de ellas dedicada a Shakespeare; otra, a libros de no ficción que sirvieron de formación a toda una generación. Penguin Books rompió esquemas no solo por haber encontrado un nicho de mercado hasta entonces inexplorado en Gran Bretaña, sino que también creó una marca que más tarde se convertiría en un verdadero icono, su simpático pingüino, creado por el diseñador gráfico Edward Young, quien, para inspirarse, decidió hacer una visita al zoo de Londres para conocerlos más de cerca. «Me pasé el resto del día dibujando pingüinos en todas las poses inimaginables». Popularmente, al pingüino que ilustra las portadas se le conoce por Frostie, en honor de Eunice Frost, una de las primeras editoras de Penguin y la primera mujer en recibir una Orden del Imperio Británico por sus servicios a la literatura.

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El diseño de las portadas de Penguin Books se constituye de tres bandas: la central de color blanco para ubicar en ella el nombre del autor y el título, y la superior e inferior de un mismo color, que cambiaba en función del género: naranja para ficción; azul oscuro para biografía; verde para crimen; rojo para viajes y aventura; púrpura para ensayos; rojo para teatro, y amarillo para todo lo demás. Allen había insistido en este diseño rectangular, donde no había cabida para ilustraciones, por considerar que las ilustraciones en portada eran vulgares y cursis.

En 1936, el productor británico Frank Vosper llevó a los escenarios la adaptación teatral de Villa Ruiseñor, un relato corto de Agatha Christie que formaba parte de la recopilación de El misterio de Listerdale (publicado en 1934). En la escena, la obra se tituló El rostro del asesino. La crítica, aunque con alguna excepción, se mostró dura con la obra y la consideró aburrida y poco misteriosa. A pesar de ello, gustó al público londinense, que aplaudió la obra durante el breve periodo de tiempo en el que se mantuvo en cartel. La trama cuenta la historia de Cecily, una joven mujer que gana una fortuna en la lotería, pero, como contrapartida, rompe su relación con su novio. Pronto se enamora de un misterioso hombre que ha conocido en un viaje y se casa con él, pese a las advertencias de sus amigos. Cecily empieza a darse cuenta de que su marido es un hombre mentalmente perturbado y peligroso que se pasa muchas horas en el sótano de la casa de campo donde viven. Sus temores crecen cuando descubre que su marido es, en realidad, un cazafortunas, un asesino que se dedica a casarse con mujeres ricas para después asesinarlas y cobrar la herencia. Cecily teme que la próxima víctima sea ella.[N4] Pese a los modestos resultados cosechados, Agatha Christie aún consideraba la posibilidad de

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volver a producir otra obra con Vosper, pero su inesperada muerte, pocos meses después, lo impidió. El productor se ahogó el 6 de marzo de 1937 al caer desde la cubierta del transatlántico SS Paris. Aunque todos los indicios apuntaban a una muerte accidental, la prensa de la época no dudó en catalogarla como suicidio. Las noticias relataban que Vosper se encontraba en la fiesta de despedida organizada por Muriel Oxford (miss Gran Bretaña 1936) en el salón de fiestas del SS Paris cuando los dos iniciaron una fuerte discusión que terminó con Foster amenazando con suicidarse si ella se negaba a casarse con él; una versión que poca gente consideró creíble, porque Vosper era homosexual declarado.

También es de esa época una de sus novelas más famosas, Muerte en el Nilo (en ocasiones también editada en español con el título Poirot en Egipto), cuyo origen resulta un tanto complicado de explicar. En 1933, la novelista había remontado el Nilo en compañía de Max y Rosalind y, al año siguiente, publicaba un relato titulado Muerte en el Nilo en el que narraba un caso de envenenamiento perpetrado en uno de los vapores que recorrían el río. Durante el viaje, Agatha y Rosalind habían cruzado comentarios sobre el aspecto y comportamiento de otros pasajeros, en especial el de una mujer sádica y dominante en la que Agatha basó al personaje de la señora Boynton, antigua celadora de una prisión inglesa. Estos primeros apuntes le sirvieron para escribir una obra de teatro, La luna del Nilo, proyecto que pronto abandonó en favor de su versión en formato de novela policíaca. La trama empieza durante las vacaciones en Egipto de Hércules Poirot, quien, durante un crucero en el Nilo, se encuentra por casualidad con Linnet y Simon, unos conocidos suyos que están de luna de miel en el país de los faraones. El encanto de tan maravillosos días se rompe cuando una mañana, durante un paseo por el río, Linnet aparece muerta en su camarote de un disparo en la cabeza, consecuencia de una trama que empieza con un caso de amistades rotas, celos incontrolables, traiciones y mucho rencor, sentimientos que se van apoderando de algunos personajes. Esta obra se convirtió en una de las novelas más famosas de Agatha Christie, sobre todo por su adaptación al cine con Peter Ustinov en el papel de Hércules Poirot. En el primer esbozo

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de la trama, la autora aprovechó muchos de sus recuerdos y experiencias de sus viajes a Egipto, en especial la distribución del barco que la llevaba de crucero, crucial para el desarrollo de la trama. Cuando en 1978 se utilizó la novela para filmar una película, Ustinov tuvo serias dificultades para encontrar un vapor con el tamaño y características que fuesen compatibles con los requisitos presentes en el guion.

Nota del autor

La pasión viajera de Agatha Christie y su atracción por escenarios ligados a su tierra natal hizo que muchas de sus obras se escribieran —o hallaran su inspiración— en reconocidos hoteles, y el Old Cataract (situado a setecientos kilómetros al sur de El Cairo) forma parte de este selecto grupo. El establecimiento se inauguró el 8 de enero de 1900, dos años después de la llegada del ferrocarril, y sus instalaciones permanecen fieles a las estampas que habitaron los personajes de Muerte en el Nilo. El hotel, ahora perteneciente a la cadena francesa Sofitel, también cuenta con la suite Agatha Christie, un homenaje que viene repitiéndose en los diferentes alojamientos alrededor del mundo donde la autora pernoctó y se inspiró para escribir sus obras. Según la dirección del hotel, Christie habría alumbrado Muerte en el Nilo durante unas vacaciones que se prolongaron durante más de un mes. En la década de los setenta, se hizo su versión cinematográfica, que tuvo como escenario el mismísimo hotel, con un elenco que incluía a Peter Ustinov, Mia Farrow y Bette Davis.[N5] Las referencias de Muerte en el Nilo se extienden también más allá de sus muros, como el inmenso jardín público que rodea el establecimiento, todavía ocupado por vendedores ambulantes que asaltan a los turistas con una retahíla de collares, postales y escarabajos de yeso o con la promesa de un viaje en barco, exactamente como describía la novelista en su obra: «Salieron de la sombra del jardín y siguieron una senda estrecha y polvorienta que bordeaba el río. Cinco vendedores de collares de vidrio, dos de tarjetas postales, tres de escarabajos de yeso, un par de alquiladores de asnos y una cuadrilla de golfillos esperanzados se dirigieron hacia ellos, pregonando sus mercancías. Hércules Poirot intentó en vano deshacerse de

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aquella colmena humana, abriéndose paso entre ellos como si fuese una sonámbulo. “Lo mejor es hacerles creer que somos sordos y mudos”, observó».[N6]

El Old Cataract, el hotel en el que Agatha Christie se inspiró para escribir Muerte en el Nilo.

En la primavera de 1937, Agatha y Max iniciaron una nueva temporada de excavaciones, esta vez en Tell Brak, un gran montículo que había despertado la curiosidad de Max desde que lo viera años atrás. La importancia de Tell Brak, la antigua Nagar, deriva en parte de su posición geográfica, que le permitía el control de una de las principales rutas que desde el valle del Tigris se adentraba al norte en Anatolia y al oeste hacia el Éufrates y el Mediterráneo.[N7] Agatha, por su parte, no demostró mucho entusiasmo por este nuevo tell, al que describió de forma peyorativa en sus memorias como un cauce de embarradas aguas pardas. «La aldea de Brak es triste, está medio abandonada y semiderruida; los armenios, con sus desastradas ropas europeas, desentonan con el entorno. Elevan sus voces y aquí no se palpa la alegría curda y árabe de vivir. Echo de menos a las curdas que atravesaban el campo; esas grandes flores multicolores con sus dientes blancos y sus rostros risueños, su porte orgulloso y elegante».[N8] Tell Brak se hallaba a unas veinte millas de distancia de Chagar Bazar,

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cuyos trabajos de excavación aún no habían sido concluidos, tal y como Max había planificado, por lo que se hizo necesario dividir recursos y personal entre ambos sitios. En el equipo de Max se encontraba, entre otros integrantes, su capataz Hamoudi (desertor del equipo de Woolley), Guildford Bell, sobrino de una amiga australiana de Agatha, y un excoronel del ejército indio llamado Burn. La gran novedad de esta temporada era la presencia de Rosalind, que por primera vez formaba parte de una expedición arqueológica; recibió como encargo la tarea de llevar a cabo buena parte de los dibujos de las piezas encontradas. Max había llegado a la conclusión de que las dotes artísticas de Rosalind eran muy superiores a las de Agatha; el problema era que la joven, al contrario que su despreocupada madre, era muy perfeccionista, y si el boceto que estaba haciendo no alcanzaba el resultado que ella buscaba, lo hacía pedazos. Ya en su primera semana de trabajo, Rosalind terminó una serie de dibujos, pero en el momento en el que se los iba a entregar a Max, le confesó que no le convencían y que los iba a romper. El arqueólogo le dijo que no lo hiciera, pues había invertido muchísimas horas y el tiempo era un bien muy escaso en una excavación arqueológica. Entonces, se produjo una inesperada discusión entre los dos, y los ánimos se calentaron hasta el punto de que Rosalind empezó a temblar de rabia. Al final, los dibujos se salvaron y aparecieron en el libro de Max dedicado a Tell Brak, pero Rosalind nunca quedó del todo satisfecha.

Aparte de este pequeño percance, la experiencia en un campamento de arqueólogos fue de gran aprendizaje para Rosalind, que tenía que levantarse al alba y trabajar en ocasiones a la intemperie. Durante la jornada, Max le explicaba que era un axioma de la arqueología que la civilización tuviese su origen en Mesopotamia, y los últimos hallazgos demostraban que, hacía unos 5500 años, sus habitantes ya vivían en una organización urbana muy similar a la de los días actuales. Rosalind le escuchaba encantada, como si le estuviera contando un cuento de hadas, y admiraba la benevolencia con que su padrastro manejaba a sus obreros. Agatha, por su parte, hizo todo lo posible para no descuidar sus quehaceres literarios, a pesar del intenso trabajo en el campamento, que la mantenía ocupada durante casi toda la jornada. La novelista tenía la costumbre de llevarse consigo un par de libretas donde anotaba cualquier idea que se le

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ocurriera para la trama de su nueva novela. De aquella placentera época en Tell Brak nació Cita con la muerte, aunque estaba ambientada en las ruinas de Petra que visitó con Max en uno de sus viajes de regreso a Inglaterra.[N9] La trama gira en torno a los Boynton, una familia un tanto peculiar liderada por Mrs. Boynton, la matriarca de la familia y la titiritera de todos sus miembros. Aislados del exterior, la gente los considera extraños y les genera curiosidad, por lo que alguna que otra persona intentará acercarse a ellos durante un viaje que hacen a Petra, donde coinciden con el famoso detective Hércules Poirot. Cuando el grupo vuelve de una excursión, a la que la matriarca no ha acudido, la encuentran muerta en la puerta de su tienda. Cumpliendo con su estilo, Agatha consigue que todos los personajes tengan motivos para desear su muerte y, por consiguiente, todos son sospechosos. Ya hacía mucho tiempo que la autora deseaba crear una mujer de poderosa personalidad, de estas que, en público, transmiten una imagen caritativa y bondadosa, pero en privado no hacen más que gobernar implacablemente a sus hijastros ya mayores. Mrs. Boynton no fue inspirada, como muchos creían, en lady Astor (la primera mujer que ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico), sino en «la terrible y feroz señorita Wilbraham», a quien Agatha había conocido en Irak, en la primavera de 1930, capitaneando a un grupo de damas anglocatólicas.[N10] La siguiente obra de Agatha Christie, una vez más con Poirot como protagonista, recibió el nombre de Navidades trágicas, título que ya anticipa la ambientación de la trama: una familia que hace mucho tiempo no se reunía, los Lee, deciden volver a verse en la casa familiar para celebrar las Navidades. La noche transcurría en la más absoluta normalidad cuando el viejo patriarca aparece muerto. El texto cumple con todos los requisitos de una novela negra clásica y, como tal, sigue un determinado patrón: se conoce a los personajes, en este caso, bastante numerosos, y poco a poco se conocen sus circunstancias. Entonces, tiene lugar el asesinato y luego viene la investigación y el descubrimiento del asesino. Todos tienen razones para cometer el crimen, pero la autora se centra expresamente en ciertos personajes para confundir al lector, una artimaña que utiliza en muchas de sus obras.

Nada más llegar a Oriente Próximo, ese mismo año, Agatha comenzó a desarrollar el boceto de Matar es fácil, mientras Max concluía la

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catalogación de las piezas encontradas en Chagar Bazar y Tell Brak, trabajo que terminó en octubre de ese mismo año, cuando se extendieron los rumores de una huelga de los obreros de los sitios arqueológicos de la zona. Para evitar conflictos, el arqueólogo decidió desplazar su campamento unos ciento cincuenta kilómetros al oeste, en el pantanoso valle de Balikh, donde tenía la intención de realizar una serie de investigaciones en cinco tells de la región antes de que comenzasen las lluvias de invierno. Fue en este periodo en el que Christie tuvo la idea de narrar la historia de una expedición arqueológica desde su propia perspectiva. «Básicamente, se trata de la vida en el campamento. Nada académico ni excesivamente arqueológico», escribió la novelista en julio de 1938 a Edmund Cork, que le animó a comenzar el libro, aunque su redacción no se inició hasta los años cuarenta. Ya hacía diez años que Agatha había realizado su primera visita a un campamento arqueológico y cinco desde que comenzara a acompañar a su marido en sus expediciones. Fue una época de descubrimientos para la escritora, que vivía entre dos mundos antagónicos, con un ciclo anual en el que compartía los veranos en Ashfield con su Rosalind, las Navidades en Abney con su familia, y el otoño y la primavera en el desierto con su marido. Sus constantes idas y venidas, tanto dentro de su entorno familiar como fuera, no fueron obstáculo para que cumpliera con su meta personal de escribir de dos a tres libros al año, labor que completaba con suma facilidad gracias al inestimable soporte de su editor, que se ocupaba de la complicada gestión de contratos, derechos de autor, venta para publicaciones seriadas, traducciones y demás en Inglaterra, mientras que Harold Ober, su socio americano, cuidaba de sus intereses en Estados Unidos. En diciembre de 1938, la temporada de excavaciones llegó a su fin. Cumpliendo con los acuerdos que le permitían trabajar en Irak, Max dividió los hallazgos en dos lotes: uno se quedaba en el país a cargo del Servicio de Antigüedades y el otro era enviado al Museo Británico de Londres. El arqueólogo dio por concluidos los trabajos en Chazar Bazar y, aunque en Tell Brak quedaba mucho por hacer, la pareja tardaría diez años en regresar a Oriente Próximo y pisar de nuevo esta región que llevaban en el corazón.

[N11]

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Rosalind estaba cerca de cumplir los diecisiete años y había que preparar su debut en la distinguida sociedad londinense, una cita que reunía a decenas de jóvenes todos los años en el palacio de Buckingham para presentarse al rey y a la reina en una elaborada y elegante ceremonia conocida como Presentation at court, la manera ideal, según muchas madres, de hacer saber a la sociedad que sus hijas habían llegado a una edad apropiada para aceptar pretendientes. Esta costumbre, que representaba un rito de paso de la niñez a la edad madura, se remonta al año 1780, cuando el rey Jorge III de Inglaterra decidió ofrecer una ceremonia en el palacio de Buckingham para celebrar el cumpleaños de su esposa. Este evento pasó a marcar el inicio de la temporada de bailes, y tenía como protagonistas a las hijas de nobles y aristócratas, quienes, vestidas de un riguroso blanco que simbolizaba la pureza, se iniciaban en la vida social tras un periodo de formación. El código de vestimenta se relajó con el tiempo, y cuando Rosalind se presentó, el conjunto más típico se resumía básicamente en un vestido largo de cola y un collar de perlas. Al ser una mujer divorciada, Agatha no podía presentar a su hija a la corte, por lo que tuvo que delegar su cometido a la madre de una amiga de la joven, que se ofreció a encargarse de las dos. Rosalind fue presentada a los reyes en compañía del director del Museo de la Ciencia de Londres, Ernest Mackintosh, que había sido compañero de Monty y pareja de Madge en numerosos bailes celebrados en Torquay. Agatha hizo acto de presencia en Buckingham, y no solo le resultó menos aburrido de lo que pensaba, sino que además le proporcionó algunas ideas para su próxima novela. «Cenas y tés en honor de las debutantes. Las madres van muriendo de forma misteriosa». Christie nunca llegó a utilizar estas notas, aunque le parecía que el debut de una joven de la aristocracia en un palacio real conformaba el escenario perfecto para un crimen.

Nota del autor

En 1958, la reina Isabel II decidió poner fin al tradicional baile de debutantes por considerarlo anticuado y por concentrar la riqueza en un círculo cada vez más cerrado y excluyente; aunque se rumoreó que el

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motivo real fue que la princesa Margarita opinaba que últimamente había declinado la alcurnia de los invitados. (Según la prensa rosa de la época, la princesa llegó a decir que «todas las golfas de Londres se estaban colando de forma descarada»).[N12] Lejos de extinguirse, el evento cambió de país y pasó a celebrarse en Francia bajo el nombre de Bal des Débutantes. Sus primeras ediciones tuvieron lugar en el mismísimo palacio de Versalles y, más adelante, en la Ópera Garnier, pero no llegó a alcanzar los dos lustros a causa del estallido de la revolución de mayo de 1968 (iniciada por grupos estudiantiles contrarios a la sociedad de consumo, el capitalismo, el imperialismo y a las organizaciones sociales de la época). La tradición resucitó en 1991 en la forma del Bal des Débutantes à l’Hôtel Crillon. Inicialmente, las debutantes vestían de blanco, pero al incorporarse jóvenes de la realeza del Medio Oriente, se tuvo que cambiar esta costumbre, pues allí el blanco es un color de duelo. Así, las jóvenes, si bien visten solo de alta costura, pueden lucir el color que consideren más apropiado para que sus mejores atributos resalten. En la actualidad, el baile más prestigioso del país galo es dirigido por Ophélie Renouard, una mujer de la alta sociedad parisina que lo retomó como un evento caritativo en el que cada año se elige una organización para la cual recaudar fondos. Pese a las aseveraciones de Renouard, la única forma de acceder a este baile es con invitación, y no son fáciles de conseguir. Para poder hacer su debut en sociedad, las elegidas tienen que cumplir una serie de requisitos, entre ellos ser «hijas de» y pagar una cuota de admisión, que puede llegar a costar hasta cien mil euros.

Superado el trámite del tradicional debut en sociedad de Rosalind, había que pensar en su futuro profesional. Agatha le propuso estudiar para ser masajista o que se dedicara a aprender floristería, pero recibió la típica respuesta de una joven adulta que piensa que sabe más que sus padres. «Eso que me propones lo hace todo el mundo». Al final, acabó entrando en razón y le confesó que lo que más les gustaba era la fotografía, opción que complacía muchísimo a su madre, pues pensaba que le resultaría muy útil recibir lecciones de su propia hija, sobre todo en lo relacionado con la fotografía de estudio, pues no tenía ni idea del tema y muchos de los

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objetos descubiertos tuvieron que fotografiarlos en el exterior, y como algunos se quedaron en Siria, era muy importante que se obtuvieran buenas fotos. Su entusiasmo, sin embargo, duró muy poco cuando Rosalind le dijo que no estaban hablando de lo mismo. «No me refiero a recibir clases de fotografía; me refiero a que me fotografíen en traje de baño y cosas así para anuncios publicitarios». Desconcertada, Agatha se opuso con rotundidad al proyecto y trató de convencerla para que pasara al otro lado de las cámaras matriculándose en un curso de fotografía. Pero al conocer el contenido de los cursos y las extraordinarias imágenes que los alumnos lograban en las clases, la autora quedó tan maravillada que, en lugar de matricular a su hija, acabó apuntándose ella, y comenzó a practicar las diferentes técnicas, que aprendía de forma exhaustiva, tomando fotografía de objetos tan dispares como palas, jarras, cajas y ovillos de cuerda, convencida de que podría usar estos conocimientos en las excavaciones. Sus fotos, sin embargo, tenían un toque artístico muy refinado, a base de luces, sombras y muchos filtros, y cuando se las mostró a Max, este no pudo ocultar su desaprobación ante tal técnica. Figura preeminente de la vieja escuela, Max creía que en el campo de la arqueología los objetos fotografiados deberían distinguirse con toda claridad, acompañados siempre de una escala que indicase su tamaño real. Agatha no tuvo otra salida que adaptarse a las exigencias de Max, aunque sus experimentos con objetivos angulares y filtros coloreados le proporcionaron nuevas ideas para sus novelas.

Nota del autor

Una de las contribuciones más importantes de Max Mallowan a la arqueología está relacionada con la cultura de Halaf, resultado de las excavaciones realizadas en los yacimientos de Nínive, Chagar Bazar y Arpachiyah. Se trata de una cultura muy diferente a todo lo anterior; las calles de sus aldeas ya estaban pavimentadas, mostrando un urbanismo evolucionado, y las casas tenían plantas rectangulares, circulares o abovedadas, hechas a base de barro o paja. No obstante, lo más significativo de este periodo es la cerámica, considerada como la más bella

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jamás elaborada en cualquier etapa de la historia de Mesopotamia. Hecha a mano y de paredes finas, con varios tipos de barro de diferentes regiones, presenta formas geométricas plasmadas en figuras monocromas y polícromas. Esta cultura también ofrece una gran variedad de cilindros, sellos y amuletos, así como figuras, muchas veces enfatizadas con rasgos sexuales. La cultura de Halaf acabó siendo absorbida por la de Ubaid, modificándose el estilo de construcción y cerámica. Max Mallowan fue el primero en establecer la periodización de esta cultura (Halaf antiguo, medio y final), basándose en la evolución de su tipología cerámica. La periodización establecida por Mallowan en los años treinta perduró hasta los años ochenta, y algunas de sus apreciaciones todavía siguen vigentes.

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Cerámica del periodo de Halaf (Museo Metropolitan de Nueva York).

A finales de 1938, se produjo una de las rupturas más dolorosas en la vida de Agatha Christie con la venta de Ashfield, aunque la novelista reconocía que ni la casa ni Torquay eran ya los lugares que había amado en su infancia. Su pueblo natal se expandía a un ritmo vertiginoso: los tranvías, ruidosos y cargados de gente, pasaban muy seguidos; los idílicos campos colindantes habían dado lugar a modernas urbanizaciones, y casi todas las elegantes mansiones del siglo XIX se convertían en clínicas o boutiques de alto lujo (cuando no eran demolidas). Por otro lado, la autora creía que a Max no le gustaba Ashfield, por formar parte tan crucial de su pasado; la infancia de Rosalind quedaba atrás, y la propia Agatha, al igual que Ashfield, ya no era la misma; por lo tanto, al darse cuenta de estos hechos,

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la novelista se sintió libre para renunciar para siempre a una parte fundamental de su pasado. En sus memorias, Christie recuerda el día que volvió a Barton Road para ver lo que había quedado de su pasado más idílico:

No quedaba nada que me trajera ningún recuerdo a la memoria. No quedaba ni uno solo de los árboles grandes. Habían desaparecido los fresnos del bosque y lo que quedaba de la gran haya, el wellingtonia, los pinos, los olmos que bordeaban el jardín de la cocina y el oscuro roble; ni siquiera podía determinar en mi mente el lugar que ocupaba la casa. Y de repente vi el único vestigio: los restos desafiantes de lo que había sido un rompecabezas, luchando por sobrevivir en un destartalado patio trasero. No se veían por ninguna parte restos de jardín. Todo era asfalto. […] Pero, después de ver lo que habían hecho, me importó menos. Ashfield existió una vez, pero sus días habían terminado. Y, además, todo lo que ha existido, existe todavía en la eternidad. Ashfield es aún Ashfield, y ya no me causa dolor pensar en ello.

Agatha Christie, Autobiografía.[N14]

Para reemplazar el vacío dejado por Ashfield, Agatha compró una mansión georgiana de finales del siglo XVIII muy cerca de Torquay, ubicada en medio de un extenso bosque de árboles centenarios, situada a orillas del estuario del Dart, a la que la llamó Greenway House. Clara, la madre de la novelista, siempre había admirado la casa, y cuando Greenway se puso en venta por el precio «razonable» de seis mil libras esterlinas, la autora la quiso comprar de inmediato y no tardó en reformarla para devolverle su esplendor original. Aunque demostraba un especial interés por construcciones y reformas, la novelista trató de no intervenir en el trabajo de los arquitectos; no obstante, era exigente con la elección de las piezas de los lavabos. Según se cuenta, un día, Agatha entró en una tienda de reformas de Londres y se metió en una de las bañeras que estaban expuestas en el escaparate para probar su tamaño. Por aquel entonces, ya gozaba de una extraordinaria fama en todo el mundo, y

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los transeúntes que pasaban no daban crédito a lo que veían. Ella, con su habitual sentido del humor, alegaba que no era una excentricidad, simplemente no podía comprar una bañera si antes no la probaba.[N15] «Siempre quise una bañera grande con una gran repisa porque me gusta comer manzanas en el baño», escribió en sus memorias.

Su nueva adquisición contaba con un amplio porche sostenido por columnas que daba acceso a una salita contigua y, a continuación, a un gran salón con un ventanal curvado y unos escalones que daban a un muy bien cuidado jardín; en la dirección opuesta se encontraba una cuadrada y luminosa biblioteca, junto a la cual había un comedor rectangular con dos puertas de caoba labrada. Un vestíbulo conducía a la parte trasera de la casa y a la zona de cocinas, despensas y lavaderos, mientras que otro, este más estrecho, comunicaba la entrada con la escalera principal, que daba acceso al primer piso de la casa, donde se encontraban los cinco dormitorios principales: uno se convirtió en un estudio; otros dos, en vestidores independientes para Agatha y Max; y el que se situaba en la fachada principal de la casa era el dormitorio del matrimonio. Quedaba un quinto dormitorio en ese piso, cuyo espacio restante lo ocupaban varios cuartos de baño y una despensa donde se guardaban las medicinas. La casa contaba aún con un segundo piso, en el que estaba el dormitorio de Rosalind, cuyas ventanas daban al río y a los bosques, así como un dormitorio doble y otros tres individuales con dos cuartos de baño, además de un cuarto de armarios y otros destinados a almacén. En la parte trasera de la casa, encima de las cocinas, estaba el ala del servicio.[N16]

En una entrevista reciente, su único nieto, Mathew Pritchard, reveló que «aunque Greenway sea un lugar que, naturalmente, se asocie a Agatha Christie, mi abuela jamás llegó a escribir una sola obra bajo su techo. Se trataba de un inmueble estrictamente vacacional, un lugar de refugio y descanso, donde ella hacía largas caminatas al lado de Max, tomaba el sol en el jardín y disfrutaba de sus lecturas favoritas».[N17] En la actualidad, la casa está bajo la tutela del National Trust, una organización conservacionista británica fundada con la intención de conservar y de revalorizar los monumentos y los lugares de interés colectivo, y se mantiene amueblada con la misma disposición que Agatha le había dado,

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incluyendo varios cuadros de artistas iraquíes y muebles de Damasco que el matrimonio trajo cuando vivían en Oriente.

Greenway, la mansión de los sueños de Agatha Christie, en la que pasó largas estancias hasta su muerte en 1976. La mansión también le sirvió como referencia para describir las viviendas de Cinco cerditos y Hacia cero. Hoy, es un lugar de obligada visita para los admiradores de su obra.

Mientras Greenway se llenaba de obreros y jardineros, Agatha escribía una nueva novela de misterio; no podía imaginar que acabaría convirtiéndose en uno de sus mayores clásicos, pese a su insistencia en incluir demasiados

nombres y demasiados protagonistas —nada menos que diez, una característica poco común en las obras del género—. Este exceso de nombres y protagonistas, sin embargo, se ve compensado por el hecho de que cada uno de ellos tiene una personalidad definida; además, va hilando una trama impecable y compleja que no se pierde en detalles innecesarios. La historia arranca con ocho personajes que reciben una carta invitándoles a ir a una mansión de lujo ubicada en la isla del Negro, aunque ninguno sabe muy bien de quién ha partido la invitación y por qué han sido invitados. Movidos por la codicia y la curiosidad, todos aceptan la invitación y se reúnen en un pequeño muelle; allí, les espera una pequeña embarcación que los llevará a la isla, donde hay una única casa

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administrada por un matrimonio de sirvientes recién contratado para encargarse de ellos durante su estancia, completando así los diez protagonistas que darían título a la obra. Pronto, las condiciones meteorológicas cambian y quedan aislados en el islote, sin posibilidades de volver al continente. Antes de retirarse a sus aposentos, son sorprendidos con la noticia del hallazgo del cadáver de uno de los invitados, y la primera conclusión a la que llegan es que se trata de un suicidio, pero poco a poco se van dando cuenta de que la invitación que habían recibido era en realidad una encerrona y, uno tras otro, van cayendo como moscas, sin que nadie sea capaz de identificar al asesino. Lo más llamativo de la narrativa creada por Agatha es la angustia que los personajes transmiten de forma genuina al lector: están todos encerrados en una isla, sin escapatoria posible, y saben que entre ellos hay un asesino. Empujados por una necesidad vital de supervivencia, estas personas se ven condenadas a confiar mutuamente los unos en los otros, aunque esta confianza va sufriendo drásticos altibajos según la historia avanza. La obra recibió el título de Diez negritos y fue reconocida por la crítica de la época como su mejor obra literaria (en la actualidad, sigue siendo la novela de misterio más vendida de la historia y se encuentra entre los diez libros más vendidos de todos los tiempos).[N18]

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En esta foto panorámica se puede apreciar el lugar elegido por Agatha Christie para escribir Diez negritos, la isla de Burg, en la costa de Devon, propiedad del empresario londinense Archibald Nettleford. Agatha lo conoció, y este la invitó a una fiesta de fin de semana en su mansión; en el momento en el que conoció este islote, supo que era el escenario perfecto para un relato de misterio, y allí situó la compleja trama de su novela. Con la marea baja se puede llegar andando al pueblo cercano, pero, si sube, el único hotel de la isla queda completamente aislado, excepto por barco. Y, si hay tormenta, ni siquiera por barco. Un lugar idóneo para atrapar (y condenar) a diez personas, unidas por un oscuro pasado en común.

Nota del autor

Tal fue el éxito de Diez negritos que la cotización de Agatha Christie en el mercado editorial se multiplicó por cien desde que en 1920 recibiera cincuenta libras por los derechos de El misterioso caso de Styles. Su título se tomó del primer verso de una canción infantil del estilo Cinco lobitos tiene la loba, que empieza con la frase «Ten little niggers went out to dine». En 1939, la editorial estadounidense consideró que el título original británico podía ofender a la población negra, ya que la palabra nigger se había convertido en un término cargado de connotaciones peyorativas. Para no herir sensibilidades, la obra pasó a titularse Y no quedó ninguno,

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que corresponde al último verso de esa misma canción infantil. Durante todo el siglo XX, la edición española se mantuvo inalterable con su título original, hasta que, a principios del siglo XXI, algunos editores decidieron adoptar el título elegido por los americanos y británicos. Al igual que ocurre en la novela de Agatha Christie, en el poema original también hay diez protagonistas (con la diferencia de que son todos jóvenes negros) que van desapareciendo uno a uno, por las razones más dispares, hasta que no queda ninguno del grupo original. La solución parece que no acabó de convencer, y pronto la novela en su versión angloamericana volvió a ser bautizada, ahora como Diez indiecitos, un título más cercano al original. El poema original también sufrió alteraciones por las mismas razones y hoy es conocido como Diez soldaditos. Los versos de la obra original son los siguientes:

Diez negritos se fueron a cenar;

uno se asfixió y quedaron nueve.

Nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde; uno se quedó dormido y entonces quedaron ocho. Ocho negritos viajaron por Devon;

uno dijo que se quedaría allí y quedaron siete.

Siete negritos cortaron leña;

uno se cortó en dos y quedaron seis. Seis negritos jugaron con una colmena;

una abeja picó a uno de ellos y quedaron cinco.

Cinco negritos estudiaron Derecho;

uno se hizo magistrado y quedaron cuatro.

Cuatro negritos fueron al mar;

un arenque rojo se tragó a uno y quedaron tres.

Tres negritos pasearon por el zoo;

un gran oso atacó a uno y quedaron dos.

Dos negritos se sentaron al sol;

uno de ellos se tostó y solo quedó uno.

Un negrito quedó solo;

se ahorcó y no quedó… ¡ninguno!

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El invierno en Inglaterra llegaba aquel año con retraso, pero con una fuerza bastante inusual, y las predicciones para los meses que se avecinaban no eran las mejores. Adolf Hitler expandía cada vez más las fronteras del Reich, llevando consigo sus principios de la supremacía del pueblo ario y el odio a los judíos y otras minorías. Para apaciguar su vorágine, el primer ministro británico Chamberlain se entrevistó dos veces con el Führer en septiembre, tratando de garantizar una salida pacífica a una situación que se hacía cada vez más insostenible. Estos encuentros culminaron con una conferencia en Múnich a la que asistieron Hitler, Mussolini, Chamberlain y Daladier. El líder alemán consiguió prácticamente todo lo que reclamaba: el gobierno checoslovaco debía evacuar las regiones con predominio de población germana, unos dieciséis mil kilómetros cuadrados, donde vivían tres millones y medio de personas, entre los que había más de setecientos mil checos. Al regresar de Múnich, los primeros ministros británico y francés fueron recibidos en sus países como artífices de la paz europea. El enviado de la BBC en Praga, John Griffin, fue uno de los pocos analistas que criticó al Gobierno británico:

Ahora ustedes tienen la paz, pero la han obtenido solo por un instante, de manera barata, a expensas de otros. Más tarde, descubrirán que también han hipotecado la seguridad de Gran Bretaña y su rango de potencia al permitir que se violen los compromisos sagrados, se pisoteen el derecho internacional y la moral, y Europa sea arrastrada a una anarquía, la cual hará que la paz sea precaria y breve. [N19]

Lo fue. Con la agresión de Hitler a Polonia, el 1 de septiembre de 1939, estalló la Segunda Guerra Mundial.

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Agatha Christie, rodeada por algunos de los integrantes del equipo que lideraba su marido en las excavaciones de Chagar Bazar, en la actual Siria. Para muchos de ellos, la escritora era considerada no solo una jefa, sino también una buena madre.

«Y de nuevo estábamos en guerra. No era como la anterior, lógicamente; creo que uno siempre espera que las cosas se repitan. La primera produjo una reacción de incomprensión, como algo nunca oído, imposible, como algo que ninguna memoria viva había conocido ni conocería. Esta, en cambio, era diferente».

Agatha Christie, Autobiografía.

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XII

MATHEW

«Si hubiera un premio a la mejor abuela del siglo XX, ella ciertamente lo ganaría. Le consentía muchísimo».

JAMES PRICHARD, bisnieto de Agatha Christie

Tras celebrar la llegada del año nuevo de 1939, Max y Agatha retomaron sus actividades profesionales. Ambos se encontraban en la cumbre de sus respectivas carreras, disfrutaban de una vida holgada en lo económico y eran conocidos a nivel internacional. En primavera, Max recibió una invitación para regresar a sus excavaciones en Oriente Próximo, pero ante la delicada situación política que se vivía en el continente europeo, prefirió permanecer en Inglaterra. En realidad, el ambiente geopolítico en Europa venía sufriendo duros reveses desde 1933, cuando los nazis accedieron al poder en Alemania y empezaron a violar de forma progresiva los términos del tratado de Versalles, primero con la remilitarización de Renania (en 1936), después con la ocupación de Austria (en 1938) y finalmente con un rearme general. La Sociedad de Naciones, creada tras el fin de la Primera

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Guerra Mundial con la misión de mediar en las relaciones internacionales, se limitó a emitir una condena pública, mientras que Francia, la principal interesada en salvaguardar los acuerdos de Versalles, no contó con el respaldo de Reino Unido, lo que reforzó la figura del Führer ante la opinión pública de su país. El 12 de marzo de 1938, las tropas alemanas entraron en Austria, donde fueron recibidas con júbilo por la mayoría de la población. El país quedaba anexionado a Alemania con el nombre de «Marca Oriental» tras un referéndum convocado por Hitler en abril que arrojó unos resultados abrumadores a favor de la decisión de anexionar el país. Una vez más, las acciones expansionistas alemanas fueron recibidas con una tibia oposición por parte de las potencias vencedoras de la Gran Guerra, que debían haber garantizado el cumplimiento de los acuerdos de Versalles respecto a Austria. Imparable como una locomotora, las tropas alemanas se dirigieron a los Sudetes, una cadena montañosa situada en el centro de Europa, perteneciente a la antigua Checoslovaquia, país que había nacido como Estado en 1918 a raíz de la disolución del Imperio austrohúngaro, una de las potencias derrotadas en la Primera Guerra Mundial. Su población era de unos tres millones, en su mayoría germanófila. En octubre de 1938, los alemanes ocuparon la región y expulsaron de ella a la mayoría de la población checa. Meses más tarde, en marzo de 1939, la mayor parte de Checoslovaquia fue incorporada a Alemania y convertida en el Protectorado de Bohemia y Moravia.

La crisis de los Sudetes constituyó un eslabón más en la política agresiva de Hitler, alentada en gran medida por la pasividad de las democracias europeas, que, a duras penas, comprendieron que la «política de apaciguamiento» no había dado los frutos deseados. Ante la posibilidad de que la siguiente víctima en caer fuera Polonia, advirtieron a Hitler: si era invadida, le declararían la guerra. Los mandatarios europeos sabían que bastaba una chispa para desencadenar un grave conflicto en el continente, y esta chispa saltó exactamente a las 04:45 de la madrugada del 1 de septiembre de 1939, cuando el crucero alemán Schleswig-Holstein, que se encontraba atracado en el puerto de Danzig con motivo de una visita amistosa, abrió fuego a quemarropa sobre el fuerte polaco de Westerplate. Los inesperados disparos del Schleswig-Holstein, sumado a una cadena de negligencias diplomáticas por parte de las

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naciones aliadas, acabarían por culminar en la primera acción bélica sustancial de la Segunda Guerra Mundial, la temida invasión a Polonia, llevada a cabo por la Wehrmacht en pocas horas por diversos puntos de la frontera. Se trató de una acción puntual, pero lo suficientemente legítima como para activar un complejo engranaje de alianzas antagónicas que provocaría un desastre imparable.

«Me dirijo a ustedes desde la sala del Consejo de Ministros, en el 10 de Downing Street. Esta mañana, el embajador británico en Berlín entregó al Gobierno alemán una nota final, manifestando que, a menos que a las once recibamos respuesta diciéndonos que están preparando el inmediato retiro de sus tropas de Polonia, existirá el estado de guerra entre nosotros. Debo decirles ahora que tal compromiso no ha sido recibido y, en consecuencia, este país está en guerra con Alemania. Ustedes pueden imaginar lo duro que este golpe es para mí, ahora que mi largo empeño por lograr la paz ha fracasado».

Así comenzaba la histórica declaración de guerra del primer ministro Neville Chamberlain que Agatha escuchó por radio el 3 de septiembre de 1939 en la cocina de Greenway, donde pasaba unos días de descanso. El anuncio le causó una natural preocupación, aunque no se sentía sorprendida; tanto que no dejó de preparar la ensalada que estaba aliñando en el momento en el que se declaró la guerra a Alemania. La novelista, que contemplaba la contienda desde una perspectiva cotidiana, sabía que la guerra no atenuaría la urgencia de su vida doméstica, así que, del mismo modo que había librado su propia batalla para superar la Primera Guerra Mundial, se esforzaría por salir bien de la Segunda. Las noticias de la prensa y radio, las instrucciones a la población civil difundidas por las autoridades y los ensayos militares y de evacuación durante los meses siguientes crearon una conciencia sobre la inevitabilidad de un gran conflicto que llevó a muchos ciudadanos británicos a aprovechar las vacaciones de ese verano ante la sospecha de que serían las últimas en mucho tiempo.[N1] «La noticia del estallido de la Segunda Guerra Mundial

no nos cogió tan desprevenidos como en 1914 —escribió la autora en sus memorias—. Ciertos sucesos, como los de Múnich, nos habían advertido;

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pero habíamos escuchado las afirmaciones de Chamberlain y pensábamos que cuando decía: “Habrá paz en esta época”, sería verdad. Pero no lo fue».

Tan pronto como se declaró la guerra contra Alemania, Max intentó enrolarse en el ejército, pero no tuvo éxito, ya que además de tener más de treinta y cinco años, su padre había nacido en Austria, aliado de Alemania. Convencido de que debería colaborar, intentó usar su influencia para obtener un puesto en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Reino Unido, pero los servicios diplomáticos estaban tan desorganizados que nadie veía la menor utilidad en emplear a un destacado arabista. Sin opciones, decidió incorporarse al voluntariado civil, más concretamente a la Home Guard de Brixham, la Guardia del Interior que se había creado como un simple apoyo al Ejército británico. Estaba formada sobre todo por guardias retirados o con edades que les impedían ir al frente, pero sí podían patrullar y encargarse de tareas de vigilancia y control. Estos regimientos tranquilizaban a la población, inyectaban un cierto espíritu marcial en el día a día de los pueblos y aportaban una línea de defensa sólida en el caso de que se produjera una invasión enemiga, aunque Agatha la consideraba más bien como «una ópera cómica», término que utilizó en sus memorias. «Recuerdo que Max salía con sus compañeros de armas casi todas las noches, y como él salían otros que se divertían muchísimo durante esas jornadas. Tanto que muchas mujeres tenían profundas sospechas acerca de lo que hacían sus maridos con el pretexto de salvaguardar el país. Como los meses pasaban y no ocurría nada, al final se convirtió en un regimiento alegre y bullanguero».[N2] Agatha, por su parte, se acercó al hospital de Torquay para ofrecerse como voluntaria, donde fue recibida con gran júbilo por la jefa del dispensario, que se encargó de ponerla al día acerca de los medicamentos que se prescribían con mayor frecuencia. La novelista quedó asombrada con la forma tan sencilla en que llevaba una farmacia en los años cuarenta, ya que las numerosas píldoras, tabletas, polvos y demás venían ya preparados en frascos, al contrario de los años veinte, cuando había que hacerlas de forma artesanal y con sumo cuidado para no equivocarse en la dosis, pues un simple miligramo de diferencia podría llevar un paciente a la muerte. Al llegar a casa, trataba de desconectar de la realidad centrándose en su nueva novela, Un triste

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ciprés, y en una colección de doce relatos que se publicaron bajo el título Los trabajos de Hércules —una clara referencia a los doce trabajos del héroe de la mitología griega Heracles (en romano Hércules)—. De hecho, los títulos de los doce relatos escritos para esta obra son los que componen los doce trabajos impuestos a Heracles por Euristeo, rey de Argólida. Antes de retirarse definitivamente, Hércules Poirot decide resolver sus últimos doce casos como si fuesen las doce pruebas que el Heracles de la mitología griega tuvo que completar. De este modo, acepta tan solo los casos que, aun siendo triviales, hayan sido considerados como irresolubles y que puedan encajar con cualquiera de los trabajos del mítico héroe griego.

Nota del autor

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Los relatos que conforman Los trabajos de Hércules fueron entregados a Cork por partes para ser publicados en la revista Strand, y en 1947 se publicaron reunidos en un único volumen, cuya portada provocó en Agatha Christie un estallido de cólera. «No le puedo describir la impresión que me ha producido el boceto de la portada cuando me la entregaron —le escribió indignada a Cork—: la primera sensación que uno tiene es que Poirot está entrando desnudo en una bañera. Espero que mi contundente negativa no se considere falta de tacto, así que les ruego que pongan estatuas en la portada si quieren, pero que quede claro que son estatuas y no otra cosa obscena como esta que me han presentado». La idea original fue reemplazada por la cabeza de un perro, una referencia al capítulo 1, «El león de Nemea», relato en el que Poirot investiga la desaparición de un pekinés. Por exigencia expresa de la autora, el detective belga jamás apareció en la portada de sus novelas.

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A Agatha tampoco le agradó la portada de Un triste ciprés, pero esta vez las protestas dirigidas a su editor llegaron demasiado tarde. Cuando supo que su libro ya se encontraba en producción, la autora envió un telegrama desesperado a Cork preguntando si todavía había tiempo de intervenir. «¿No puede usted utilizar su influencia? —le suplicó—. Creo que lo mínimo que podrían hacer es consultarme primero», pero Cork le contestó que ya era demasiado tarde para realizar cualquier cambio a la portada. Obstinada, Agatha se puso en contacto con Collins y le ordenó interrumpir de inmediato la producción del libro, pero la respuesta que recibió de su editor hizo que repensara sus prioridades. «Creo que sería un gesto muy antipatriótico destruir quince mil portadas en estos tiempos de escasez de papel».

Las protestas de la novelista eran habituales y reflejaban la preocupación con la que llevaba su trabajo y el celo con su propia imagen; aunque no era explícitamente tímida ante la cámara —Christie se hacía muchísimas fotos mientras viajaba—, las editoriales con las que trabajó tenían

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terminantemente prohibido poner su foto en las solapas de sus novelas porque no quería ser reconocida en público. Al ser tan posesiva con sus obras, tampoco le resultaba fácil confiar a sus editores la corrección del texto, tarea que prefería realizar por cuenta propia con ayuda de Carlo. Pese a que ambas eran muy meticulosas, en algunas ocasiones cometían algún desliz, y aunque no comprometían la narrativa, solían provocarle verdaderos arranques de ira. Billy Collins, director de la editorial Collins, procuraba apaciguar la ira de su autora más rentable mediante pequeños pero preciosos obsequios, enviándole toda clase de libros, proporcionándole de sus catálogos todos cuantos ella solicitaba para la modesta escuela de Galmpton, el pueblecito más próximo a Greenway, de la que era, como ella decía, «una de las directoras». En cierta ocasión, le regaló varios ejemplares de Double Blackmail, la última novela policíaca de Margaret Cole, la más reciente de Rex Stout, así como un ejemplar de la selección del mes del Club de Lectores, Amor bajo el sol, prometiéndole también una nutrida muestra de la colección «Los mejores libros de Collins para el otoño». Christie se aprovechaba de su condición para pedirles algunos caprichos extra, y lo hacía de forma bastante delicada, para disimular cínicamente su desfachatez: «Mi querido W. A. R. —así llamaba a Billy Collins cuando quería que le hiciera algún obsequio—, como ya sabes, vivo en un lugar que parece una isla desierta; durante los apagones no solemos salir de casa y las veladas se hacen largas, así que, si no le supusiera una molestia, quisiera pedirle algunos títulos publicados por su editorial, más concretamente, Paderewsky, Jardines de Inglaterra, Breve regreso, La estrella oscura, Pamela y Obras maestras desmembradas». Todos, menos los dos últimos —que aún no habían sido publicados—, le llegaron en menos de una semana.

Además de Los trabajos de Hércules y Un triste ciprés, Christie también escribió en 1939 La muerte visita al dentista, publicado en Estados Unidos bajo el título de The Patriotic Murders. La trama presenta el inesperado suicidio del reconocido dentista londinense Henry Morley, pero, al ver la escena, Poirot observará detalles que le harán llegar a la conclusión de que no se trata de un suicidio, sino de un asesinato. Durante el desarrollo de la

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trama, la autora concertó algunas citas con su propia dentista para hacerle preguntas acerca de su profesión y examinar su instrumental. Al toparse con el armario que había en la consulta, abarrotado de botellas, muchas con sustancias tóxicas, no paró de bombardearle con preguntas acerca de los métodos y tipos de inyección que empleaba en sus tratamientos dentales. Agatha entendía que, pese a las recurrentes amenazas de una invasión nazi a las islas, era su deber seguir con su vida normal; por eso, no se sorprendió cuando, a mediados de verano, Rosalind le comunicó sus planes de casarse de improviso con su prometido, Hubert Pritchard, un joven comandante del ejército alistado durante la guerra en el batallón de Reales Fusileros Galeses. La novelista no solo la felicitó por la decisión, sino que insistió en acudir a localidad galesa de Denbigh (donde su futuro yerno se hallaba destinado) para asistir a la boda, que había de celebrarse con el mínimo jaleo posible, por usar sus propias palabras. «Todo ha sido muy rápido —le decía en una carta a Billy Collins—, pero mi yerno es un chico muy agradable, y estoy convencida de que serán muy felices si consigue salir con vida de esta guerra. Qué mala suerte tuvo esta generación de jóvenes». Agatha sabía demasiado bien qué significaba vivir con el temor de perder a su futuro marido en cualquier momento como para oponerse a que pasaran juntos el tiempo que la vida les ofreciera. De hecho, esta guerra ya había provocado una baja en su entorno más cercano; por fortuna, no se trataba de una muerte ni mucho menos, sino de una ausencia temporal por tiempo indeterminado, pero supuso un duro golpe para la escritora: Carlo, su mejor amiga y secretaria, se presentó voluntaria como mano de obra en una fábrica de armamento, uniéndose a un verdadero batallón de madres, esposas, hijas, novias y hermanas que cambiaron sus quehaceres de amas de casa por trabajos que antes eran ejercidos por hombres en laboratorios, talleres y fábricas, convirtiéndose en una nueva mano de obra en la industria durante la guerra. En 1944, alrededor de ocho millones de mujeres desempeñan distintas labores en la industria y en los servicios auxiliares, o en la defensa civil; novecientas mil trabajaron a tiempo parcial bajo el control de los mismos servicios, y un millón realizaron un trabajo no remunerado bajo el auspicio del Women’s Voluntary Service. A estas cifras hay que añadir las cultivadoras, enfermeras y maestras. Las mujeres que quedaron fuera de esta vasta

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campaña de reclutamiento fueron las estudiantes y aquellas que tenían cargas familiares. Se podía estimar en dos millones el número de mujeres que antes no trabajaban y que ahora se encontraban directamente ligadas a la actividad de este país en guerra. Casi todas se encontraban bajo el control de los Essential Work Orders y no podían dejar su trabajo sin el permiso de un oficial del servicio nacional.[N3]

Las «chicas del ENIAC», informáticas encargadas de calcular estadísticas durante la Segunda Guerra Mundial. El ENIAC fue el primer ordenador jamás construido y un hito clave en la historia de la informática.

Nota del autor

Al contrario de la Primera Guerra Mundial, de la que la familia de Agatha Christie logró escapar ilesa (sobre todo Archie, que luchó en el frente occidental como piloto del Real Cuerpo Aéreo Británico, donde las bajas eran muy altas), la Segunda Guerra Mundial provocaría en la vida de sus integrantes dolorosos periodos de separación, pérdidas y dificultades materiales. Greenway y Winterbrook House fueron requisadas por la Marina de Estados Unidos y convertidas en alojamiento para la oficialidad. «Cuando dejé Greenway, estaba convencida de que lo bombardearían y de que no lo vería nunca más, pero, por fortuna, mis

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presentimientos no se cumplieron. Greenway quedó intacto, exceptuando que se habían instalado catorce retretes en donde estaba la despensa y tuve que discutir con el Ministerio de Marina para que los quitasen». La casa de

Kensington —adquirida por el matrimonio en 1934— tampoco ofrecía la seguridad requerida a causa de los bombardeos alemanes, con lo que Agatha y Max se vieron obligados a pasar la mayor parte de la guerra en Londres. Primero, se instalaron en un pequeño piso de Half Moon Street (en el único edificio que aún quedaba en pie); después, pasaron a un apartamento amueblado de Park Place, hasta que sus inquilinos de Sheffield Terrace decidieron marcharse. Lo primero que hicieron al llegar a su casa de Kensington fue sacar casi todo el mobiliario porque «todo el día se oía el silbido de las bombas al caer». Poco tiempo después de su llegada, el Ayuntamiento de Londres declaró la zona como de «alto riesgo» y los vecinos tuvieron que ser evacuados. De hecho, Sheffield Terrace fue bombardeada un fin de semana que Max y Agatha estaban fuera de Londres; una mina explotó justo enfrente y destruyó por completo tres casas. El matrimonio acabó mudándose a un bloque de pisos de alquiler, Lawn Road, en Hampstead, donde también vivía un amigo de Max, Stephen Glanville, catedrático de Egiptología.[N4] En sus memorias, Agatha relata que las sirenas antiaéreas sonaban a diario en Londres y que le resultó alentador comprobar que la población ya estaba adiestrada y corría a los refugios para ponerse las máscaras antigás. Rumores sobre ataques con gas en el frente europeo causaban verdadero pavor a los civiles, puesto que se trataba de un arma ante la cual de nada servía intentar ponerse a cubierto. Las autoridades británicas se tomaron muy en serio la posibilidad de un ataque a gran escala de este tipo sobre las grandes ciudades, así que se repartieron estas máscaras a todos los ciudadanos del país.

En abril de 1940, el ejército alemán ocupó Dinamarca y Noruega en la Operación Weserübung, y al mes siguiente dio inicio a una ofensiva que le valió ocupar Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y parte de Francia. Esta última cayó bajo el dominio germánico en poco más de un mes gracias a una innovadora táctica militar conocida como Blitzkrieg (guerra relámpago), que consistía en utilizar diferentes divisiones acorazadas de tanques agrupadas en formaciones compactas, apoyadas desde el aire por

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la aviación, que impedían al enemigo el envío de refuerzos al frente y aterrorizaban a sus tropas. El 10 de junio de 1940, Italia se une a la guerra y también invade Francia por los territorios del sur. El 22 de junio, París y el norte de Francia ya estaban totalmente ocupados por los alemanes, mientras que en el sudeste se imponía un gobierno colaborador regido por Philippe Pétain, conocido como Gobierno de Vichy. Era evidente que el siguiente paso de Hitler sería la conquista de las islas británicas, una grave amenaza que pudo ser temporalmente retenida gracias a la superioridad de la marina británica sobre la alemana. Incapaces de avanzar por vía marítima, los alemanes comenzaron, en julio de 1940, lo que denominaron «la Blitz», una batalla fundamentalmente aérea en la que grandes formaciones de aviones llevaban a cabo incursiones diarias en territorio británico. Para desmoralizar a la población civil y forzar la capitulación del Gobierno, la Luftwaffe bombardeó importantes ciudades como Londres, Coventry, Liverpool y Portsmouth, provocando graves desperfectos y cuantiosas bajas mortales. En un único día (concretamente el 15 de agosto de 1940), se contabilizaron solo en Londres 2119 bombardeos, la gran mayoría sobre objetivos estratégicos, con el fin de abrir el camino a la invasión naval y terrestre. Sin embargo, el día 24 del mismo mes, las escuadrillas destinadas a bombardear la desembocadura del Támesis se desviaron (quizá por el mal tiempo) y acabaron soltando su carga sobre algunos barrios de Londres, donde causaron numerosas víctimas civiles e importantes daños. Edificios importantes, como la catedral de San Pablo, también fueron alcanzadas por las bombas de la Luftwaffe, que destrozaron parte de la Cámara de los Comunes, el Museo Británico, la abadía de Westminster y el palacio de St. James.[N5] Los aviones alemanes también sobrevolaron Torquay y llegaron a lanzar algunas bombas cerca de Greenway, pero la que sufrió daños fue la enorme casa que Madge y James Watts tenían en Cheshire, que fue alcanzada por bombas incendiarias, una de las cuales fue encontrada, sin explotar, en medio de la sala de billar. Agatha podía haberse refugiado en el campo, en la casa de algún amigo o familiar, pero al igual que millones de londinenses, que daban continuas muestras de valor, la novelista decidió permanecer en la capital británica, ignorando los ataques aéreos y durmiendo en una lúgubre habitación con la cara cubierta por una

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almohada para protegerse de los cristales rotos que saltaban. El único momento en el que se mostró verdaderamente afectada por la guerra fue en 1943, cuando Rosalind y su pequeño nieto se quedaron con ella en Londres durante unas semanas.[N6] «Noche tras noche, nos sentábamos con mucha inquietud; cuando sonaba la alarma, metíamos la cunita de mi nieto debajo de una pesada mesa de cartón piedra que tenía encima un cristal muy grueso, porque pensábamos que no había lugar más seguro para resguardarle. Era una situación muy triste para una joven madre». Con el tiempo, la novelista pasaría a asumir ese riesgo mortal con una aparente tranquilidad, que relató de este modo en su biografía: «Nos resultaba casi natural esperar la propia muerte o la de las personas queridas, o enterarse de la de un amigo. Las ventanas rotas, las granadas, las minas y, por supuesto, las bombas y los obuses se recibían como algo normal. Después de tres años de guerra, era cosa de todos los días».[N7]

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Churchill visita las ruinas de la catedral de Coventry tras los bombardeos.

En medio de la tensión que suponía seguir con la vida bajo la amenaza de constantes bombardeos, la carrera de Agatha adquiría más fuerza en Estados Unidos. Las productoras cinematográficas de Hollywood, ávidas de guiones originales, se disputaban los derechos fílmicos de sus novelas. En abril de 1940, su novela Peligro inminente, adaptada por Arnold Ridley, llegó a las tablas del Vaudeville Theatre londinense y, si bien las críticas iniciales fueron positivas, las representaciones se cancelaron pronto, quizás por las dificultades para adaptar una novela de estas características. Sea como fuere, a partir de entonces, sería la novelista quien pasaría a escenificar sus propias obras. «Me daba la impresión de que si estas adaptaciones habían fracasado, era porque se habían alejado mucho del texto original. Una historia policíaca no es lo más adecuado para una obra de teatro, y su adaptación es más difícil que la de un libro ordinario debido a lo complicado de la trama; suele haber muchos

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personajes y pistas falsas, lo que contribuye a que resulte confusa y pesada. Había que conseguir la simplificación».[N8]

La escritora intentó conciliar su tiempo de escritura con sus labores como voluntaria en la farmacia del University College de Londres, una labor que le aportó más conocimientos sobre los venenos que se sumaron a los que había recopilado durante su trabajo en el dispensario. Durante casi tres años, Christie trabajó en el hospital siguiendo, en la medida de lo posible, esta programación: de lunes a viernes, dos días en jornada completa y tres en media jornada, y los sábados por la mañana se acercaba en el caso de que tuviera que suplir a las otras trabajadoras si estas no podían llegar al hospital. Por la noche, como explica en su autobiografía, escribía sin parar porque «no tenía nada más que hacer». El primer libro que Agatha entregó en 1940 fue El misterio de Sans Souci, una novela de espías protagonizada por Tommy y Tuppence, en la que el valor patriótico se encuentra a flor de piel. Muchas de sus novelas de esta época tenían como telón de fondo la guerra; así, la autora describía el ambiente de miedo y sospecha contra todo aquel desconocido que llegase desde Alemania. En El misterio de Sans Souci, este sentimiento queda plenamente demostrado por la actitud de algunos de sus personajes. La trama se desarrolla tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial; Tommy y Tuppence Beresford ya son un matrimonio maduro, y sus hijos se encuentran en Europa, luchando por Inglaterra. Sus días transcurren de forma aburrida hasta que la acción llama a sus puertas de la mano de un agente del servicio secreto que les propone instalarse en un hotel de la costa meridional de Inglaterra para investigar una red de espías que opera en la zona. El misterio de Sans Souci constituye un verdadero gesto de patriotismo que, además, reflejaba su más reciente experiencia y, de alguna manera, su forma de pensar.

Nota del autor

Durante la Segunda Guerra Mundial, el MI5 (Servicio de Inteligencia Británico) comenzó a investigar la rutina y el círculo cercano de Agatha Christie por considerarla sospechosa de espionaje. Todo empezó en mayo

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de 1941, cuando la Royal Navy capturó el submarino alemán U-110 y pudo hacerse con un ejemplar de la Enigma, una máquina usada por los nazis para comunicarse con sus oficiales mediante un código cifrado. Este dispositivo confería a Alemania una enorme ventaja porque el código de la Enigma no solo era incomprensible, sino que además el ejército alemán cambiaba su codificación todos los días, de tal forma que los Aliados contaban con tan solo veinticuatro horas para descifrarlo porque, al día siguiente, se volvía a codificar de manera distinta. Todo cambió cuando los Aliados consiguieron uno de estos aparatos. Los especialistas del MI5 no solo pudieron interpretar los códigos generados por la Enigma, sino que también lograron desarrollar un equipo especial para contrarrestar su velocidad de procesamiento. Estas máquinas tuvieron un papel determinante descifrando los mensajes de la Luftwaffe, que llevaba semanas atacando instalaciones militares y ciudades por toda Gran Bretaña, y de los submarinos alemanes que operaban en el Atlántico Norte. [N9] Toda esta labor, realizada bajo los más estrictos protocolos de confidencialidad, se llevaba a cabo en Bletchley Park, una instalación militar localizada en Buckinghamshire. Y es en este contexto donde empiezan a recaer las sospechas sobre Agatha Christie, que en aquella época había publicado El misterio de Sans Souci, una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial, protagonizada por espías de ambos bandos y llena de códigos secretos. Lo que hizo que saltaran todas las alarmas en el MI5 fue el nombre de uno de los personajes creados por la novelista británica para esta obra: el mayor Bletchley, que en el libro aparecía como amigo de Tommy y Tuppence. Su nombre era exactamente el mismo que el del lugar que tan celosamente había protegido el servicio de inteligencia. La situación de la novelista se complicó aún más cuando el MI5 descubrió que uno de los analistas que lograron desencriptar el código alemán, Dilly Knox, pertenecía al círculo íntimo de la escritora. Eran demasiadas casualidades. ¿Acaso Agatha sabía algo sobre Enigma? ¿Había llamado maliciosamente Bletchley a su personaje porque su amigo Knox le contó lo que estaba pasando allí? Ante la gravedad de los hechos, el MI5 envió a unos agentes a interrogar a Knox, que alegó que Agatha no podía saber qué estaba pasando en Bletchley, pero accedió a averiguarlo él mismo para no levantar sospecha alguna al respecto. De tal manera, la

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invitó a tomar el té a su casa y, según los allí presentes, le preguntó por qué había llamado Bletchley a su personaje. «¿Bletchley? —respondió Agatha, sin sospechar que, en realidad, la estaban interrogando—. ¡Pues ya verás qué divertido! En cierta ocasión, me encontraba en un tren con destino a Londres y nos quedamos atrapados durante horas en el pueblo de Bletchley. Como venganza, decidí poner el nombre de aquel lugar a uno de los personajes más detestables que he creado». Aquel insólito encuentro resultó un verdadero alivio para el MI5, pues el secreto considerado como uno de los grandes motivos de la derrota del ejército de Hitler seguía a buen recaudo. Esta divertida anécdota nos demuestra que Agatha Christie era tan detallista y meticulosa en su narrativa que hasta los investigadores con más recursos de Inglaterra llegaron a sospechar que sus historias podían contener algún código secreto.[N10]

Agatha reconoció más tarde que nunca tuvo problemas para escribir durante la guerra y, de hecho, la etapa de 1939-1945 fue una de las más prolíficas de su carrera. Fue durante este periodo en el que escribió incluso las dos últimas aventuras de Poirot y miss Marple, tituladas respectivamente Telón y Un crimen dormido, obras que no fueron publicadas al término de su composición, pues servirían como una especie de «seguro» que le permitiría salir adelante en el caso de tener alguna emergencia financiera o alguna desgracia familiar, algo común en tiempos de guerra. Sendas obras fueron depositadas en un banco, donde permanecieron más de treinta años y solo fueron publicadas al final de su vida, cuando la escritora concluyó que había llegado la hora de poner fin a la saga de sus personajes más emblemáticos. (Como precaución, algunos ejemplares de estas dos obras se enviaron a Nueva York, cumpliendo con un «protocolo de dispersión» establecido por la editorial durante la guerra para cualquier material de suma importancia). Es comprensible que Agatha se sintiera insegura; su país se encontraba en guerra, su casa podía ser arrasada en cualquier momento y nadie sabía si uno mismo, la familia o los amigos seguirían con vida al día siguiente. Para situaciones tan dramáticas como esta, la novelista mostró ser una persona previsora; buscaba anticiparse a las dificultades y tenía la capacidad de tomar ciertas

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decisiones de forma rápida y pragmática, virtudes esenciales en tiempos de guerra, donde la muerte se hacía presente de manera cotidiana. De hecho, les molestaba que la gente se pusiera tan nerviosa cuando se discutía algo relacionado con la muerte. «La verdad es que la cuestión de la muerte es tan importante hoy día que es preciso discutirla. Por lo que deduje de lo que mis abogados me habían hablado con relación a los impuestos testamentarios —de lo que entendí muy poco—, mi muerte sería un desastre sin igual para todos mis familiares, y su única esperanza era conservarme con vida el mayor tiempo posible». Como el tiempo vital de un individuo era imposible de controlar o prever, la única opción que le quedaba para salvaguardar a su familia eran sus libros, su única fuente de ingresos. Por ello, tomó la decisión de conservar siempre un libro en reserva, al igual que otros ciudadanos hacían con el agua o con los víveres. Christie también decidió asignar los derechos de autor de uno de los libros a Rosalind y los del otro a Max, asegurándoles una fuente de ingresos si ella faltaba. Su intención original fue que los de Poirot fuesen para Max y los de miss Marple para Rosalind, pero al final de la guerra cambió de opinión y la última novela de miss Marple fue cedida a Max y la de Poirot a Rosalind.

Con el futuro de su familia relativamente asegurado, la novelista solo tenía que preocuparse por el tiempo presente, que era poco alentador. Con la guerra en pleno apogeo, sus ingresos menguaron y, para colmo, no tenía acceso a ninguna de sus propiedades: Greenway, Winterbrook y Cresswell Place habían sido requisadas, y Sheffield Place se hallaba en una zona de alto riesgo. Además, Rosalind se encontraba en Irlanda del Norte con Hubert, mientras que Carlo trabajaba como voluntaria en una fábrica. La novelista no conseguía cobrar los derechos de autor correspondientes a sus ventas en Estados Unidos, y las autoridades fiscales británicas no paraban de enviarle notificaciones exigiendo el pago de sus impuestos debidos. Cork escribía una vez y otra vez a Ober, su agente americano, relatando la desesperación de su cliente, que se encontraba en una situación en la que se veía obligada a pagar impuestos por unos elevados ingresos que todavía no habían sido cobrados. «Nuestras autoridades fiscales y el banco la apremian para que pague sus impuestos, que para este año van a ascender a casi cuatro veces el total de los ingresos que obtiene…». Al verse en una

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espiral de dificultad creciente, Christie se puso a pensar en una alternativa viable que la ayudara a solventar sus problemas económicos; tras mucho reflexionar, decidió que había llegado el momento de deshacerse de Greenway, que parecía un enorme e innecesario lujo. «Dos matrimonios han estado examinando la casa —escribía resignada a Cork—, ambos desagradables, aunque por distintos motivos. De todos modos, es mi única opción. Parece que disponen de dinero»; a lo que Cork le contestó con dulzura: «Me temo que encontrará usted desagradable a cualquiera que se disponga a comprar Greenway».[N11] Al final, nadie la compró y la casa acabó siendo ocupada por un grupo de oficiales de la Marina norteamericana. Fue cuando Cork ideó una ingeniosa manera de aliviar la insostenible situación económica de su cliente, al menos a corto plazo: sería posible obtener algunos beneficios si la autora se dispusiera a escribir más de una novela al año, pues, según los cálculos de Cork, si así lo hiciera, llegaría un punto a partir del cual los ingresos obtenidos podrían, al menos, cubrir los impuestos debidos. Su «pesadilla» fiscal, sin embargo, parecía que terminaría. En febrero de 1940, Christie fue informada de que las autoridades fiscales británicas habían llegado a un acuerdo con su asesor financiero respecto de la cifra de impuestos adicionales que tendría que pagar; mientras, su agente americano informaba de que los Estados Unidos estaban a punto de concluir con el Reino Unido un doble convenio fiscal y que todos los asuntos pendientes se resolverían sobre bases

comprensivas, «aunque ignoro —añadía con prudencia— lo que tal cosa pueda significar».

Ante semejante incertidumbre, Agatha decidió hacer caso a su editor y comenzó a escribir una nueva obra, que se titularía El caso de los anónimos, publicada antes en América que en Inglaterra. Al terminarla, le invadió una sensación de vacío y agotamiento que se vio compensada por algunos ingresos que llegaban de fuentes inesperadas, como fue el caso de Peligro inminente, que había obtenido una buena recaudación en el teatro Lyceum de Sheffield durante la primera semana de mayo, o el estreno de la película Y no quedó ninguno (basada en la obra original Diez negritos), que en poco tiempo se convirtió en uno de los mayores éxitos de la Twentieth Century Fox aquel año. La BBC empezó también a asediarla, proponiéndole participar en un concurso radiofónico de preguntas y

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respuestas de la cadena nacional, y el Ministerio de Exteriores le encargaba un artículo sobre los cuatro autores de novelas policíacas más famosos del país para ser publicado en una revista moscovita.

Si por un lado la novelista conseguía, a duras penas, obtener ciertos ingresos por fuentes alternativas, por otro, constataba con desesperación la forma en que menguaban los ingresos de sus obras. En junio, la autora recibió una misiva de Collins proponiendo condiciones distintas en sus futuros contratos: la novelista pasaría a cobrar un anticipo de 1150 libras en lugar de las 1000 actuales por cada libro nuevo, pero con unas tarifas de derechos de autor del 25 % a partir de los 6000 ejemplares en lugar de los 3000, como había sucedido hasta entonces. Al ser cuestionada, la editorial alegó que dichos cambios eran «sumamente necesarios» para poder hacer frente a «un desmesurado aumento de los costes de producción». Cork no se dejó convencer por un argumento tan frágil y decidió no ceder ni un ápice, lo que provocó una inesperada reacción por parte de Collins, que se negó a publicar El misterio de Sans Souci, alegando que la obra carecía de los «elementos enigmáticos y de misterio de una novela policíaca», era excesivamente corto y terminaba con demasiados cabos sueltos. Sus quejas provocaron una dura reprimenda por parte de Agatha; una reunión de urgencia fue concertada y Collins trató de apaciguarla: «Siento que tuviera que pedirle que alargara un poco más su libro, pero usted tiene que entender que la novela, siendo tan breve, se hubiera leído con excesiva rapidez». La desfachatez con la que Collins lidió la situación fue tal que Agatha le propuso a Cork un cambio de editorial, pero este logró disuadirla, pues le parecía poco probable que, en aquellas circunstancias, hubiera otra editorial capaz de ofrecerle condiciones más ventajosas. Además, Collins, en opinión de Cork, mantenía una excelente relación comercial con los libreros más importantes de Europa. Agatha permaneció con la misma editorial y, aunque pasó a considerarse «bastante anti-Collins», se dispuso a seguir trabajando, pues tenía que afrontar el pago de unos impuestos cada vez más elevados. «Nunca sé lo que debo ni el dinero que tengo ni el que tendré al año siguiente, y el que vigila mis impuestos sobre la renta me plantea siempre problemas que vienen de años anteriores, en los que aún no están “conformes”. ¿Qué hacer en estas circunstancias?».[N12]

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Mientras tanto, Max intentaba, de todas formas, buscar un puesto adecuado a sus posibilidades. El arqueólogo ya había escrito una misiva contundente al ministro de Información, quien había aludido con vaguedad a un posible puesto en Turquía, pero sus peticiones fueron en vano. Tal era su deseo de prestar algún servicio útil a la nación que el arqueólogo incluyó en sus solicitudes una larga lista de referencias, entre los que había jefes de escuadrón, coroneles, mariscales del aire y, claro, su famosa esposa. Al final, tras una serie de reuniones, conversaciones con personas influyentes y muchas llamadas, Max Mallowan se incorporó a una misión humanitaria a la ciudad turca de Erzincan, asolada por un gran terremoto de 6 grados de magnitud que dejó sepultados en pocos minutos a más de treinta mil personas. La invitación para formar parte de la misión vino de John Garstang, fundador de la Escuela Británica de Arqueología en Ankara y colega de Max, que asumiría el puesto de su secretario particular. Antes de llegar a su destino final, Max hizo una parada en El Cairo, donde se encontró por casualidad con su hermano Cecil, mientras tomaba un café en la terraza de un hotel. Pocos meses antes, Cecil había sido enviado a un campo de concentración finlandés, luego fue evacuado a Suecia y finalmente repatriado a Inglaterra. En lugar de retirarse, pidió que le encargasen otra misión, fue entonces cuando el consulado británico decidió enviarlo a Egipto con el cargo de director de los institutos culturales que dicho organismo poseía en ese país. Tal fue su felicidad al reencontrarse que los dos hermanos decidieron alquilar una casa para convivir durante su estancia en El Cairo.

A finales de 1941, la situación de Agatha ya presentaba mejor cariz. La autora había terminado otro libro, Un cadáver en la biblioteca, que entusiasmó a Collins. La historia tiene lugar en la mansión de una respetada familia, los Bantry, que se despiertan con los gritos de sus empleadas diciéndoles que había un cadáver de una mujer en la biblioteca. La señora Bantry, que no daba crédito a lo ocurrido, decide acudir a su buena amiga miss Marple, pues solo ella es capaz de llegar al fondo de todo de la forma más discreta, ya que era cuestión de tiempo que empezaran las habladurías en el pueblo. Además, el hecho de que el cuerpo de la joven apareciera en su propia casa los señalaba como los principales sospechosos. Collins entregó los anticipos correspondientes de

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El caso de los anónimos y Un cadáver en la biblioteca. Cork, por su parte, le aconsejó hacer caso omiso de cualquier notificación o presión de las autoridades fiscales británicas y, para convencerla, alegó que dichas notificaciones «las recibe todo el mundo». Siempre dispuesta a cumplir con las indicaciones de su fiel editor, Agatha dirigió sus preocupaciones hacia su obra. «Estoy escribiendo de forma apasionada —le escribió a Max—, por lo que dejé de pagar mis facturas y tampoco contesto a las cartas que me llegan, de modo que voy a acabar por tener muchos líos». Una semana después, envió a Cork las pruebas corregidas de Un cadáver en la biblioteca junto con el manuscrito mecanografiado de otra novela,

Hacia cero. «¡Con eso —exclamaba triunfante— aliviaremos un poco la depresión del Año Nuevo!». El año, sin embargo, terminó con buenos augurios cuando Cork le informó de que había dos compañías cinematográficas americanas (RKO y Warner Brothers) interesadas por adquirir los derechos para el cine de Diez negritos. La película llegó a la pantalla en 1945, cuando Twentieth Century Fox la presentó bajo el título Y no quedó ninguno.

En paralelo, tal y como lo describe en sus memorias, la autora «empezaba otro libro para no descuidar el mercado de revistas»; se trataba de Cinco cerditos, cuya trama nos presenta a Carla, una joven que recibe una carta de su madre, la cual había muerto hacía años mientras estaba en la cárcel, acusada de haber matado a su marido, crimen por el cual se declara inocente. Intrigada, Carla decide estudiar el caso; según el juez que la condenó, los celos la cegaron cuando se enteró de que su marido la iba a abandonar por una chica más joven que ella. Incapaz de rememorar los hechos, Carla acudirá a la única persona capaz de dar con la verdad de un caso cerrado hace muchos años, Hércules Poirot, que se pondrá manos a la obra e investigará uno por uno a los cinco implicados en el caso, que ofrecerán cinco relatos diferentes, pero cargados de matices que este investigador analizará hasta dar con lo que realmente ocurrió.

Si las cosas fluían bien respecto a su producción literaria, la ausencia de Max se hacía cada día más acuciante. Cork llegó a sondear a sus contactos con el fin de que alguna revista o periódico le encargase a Agatha algún reportaje en El Cairo. En un primer momento, parecía que el diario Saturday Evening Post estaba dispuesto a contratarla, pero una serie

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de obstáculos burocráticos acabó por truncar sus planes. Ya en verano, la autora se había resignado un poco más a la ausencia de su marido; además, con la llegada del buen tiempo, se abría una excelente oportunidad de poner en orden el jardín de Greenway y, con ello, desconectar de esos sentimientos aún latentes. De hecho, el jardín era la única zona de la casa a la que tenía acceso, puesto que el inmueble estaba requisado por el almirantazgo para albergar a los jefes y oficiales de una flotilla americana. Tanto le preocupaban las plantas y arbustos de su jardín que escribió al antiguo propietario de la casa, rogándole que de vez en cuando vigilara al menos el estado del césped, confiando en que, «en su calidad de diputado por la demarcación de Torquay, tenga usted más influencia naval y política que yo». De todas formas, Agatha no tenía por qué preocuparse de la casa. Tanto el almirantazgo como los marinos americanos se mostraron siempre solícitos e incluso mostraron una gran preocupación por las puertas de caoba que daban acceso a diferentes vestíbulos del inmueble. Con el fin de no dañarlas, el comandante ordenó a los soldados que las quitaran y además solicitó la presencia de un carpintero de la Armada por si fuese necesario protegerlas con planchas de conglomerado. Pese a la amabilidad demostrada por los militares americanos, la autora no pudo dejar de escribir una misiva a su agente confesando «¡sentirse harta de todo!». Cork, siempre comprensivo, la invitó a comer a un elegante restaurante londinense con la esperanza de hacerla sentirse un poco mejor. Su esperanza de viajar a El Cairo renació al recibir una carta de Harold Ober (su agente en Estados Unidos) en la que anunciaba que Collier’s tenía planes de enviarla como corresponsal, pero fue entonces cuando Cork descubrió el verdadero motivo de los impedimentos burocráticos que obstruían tal posibilidad. Aunque el Ministerio de Información siempre se había mostrado dispuesto a aprobar la salida de Agatha a Oriente Próximo, el Ministerio de la Guerra se oponía rotundamente a la presencia de corresponsales femeninas en los países que conformaban la región. «Por lo menos ahora sabemos contra qué nos enfrentamos —le escribió Cork, intentando amenizar la situación—. O conseguimos que el Ministerio de la Guerra haga una excepción en su caso o no nos queda más remedio que esperar a que cambie el panorama en la región». [N13]

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En febrero de 1942, Max abandonó El Cairo con destino a Tripolitania, una región histórica cultural del Magreb que corresponde en la actualidad a Libia occidental, centrada en la ciudad costera de Trípoli. Le habían asignado el puesto de adjunto al director general de Asuntos Civiles de la provincia occidental del país, una labor aceptada con gran regocijo por el arqueólogo porque la sede de ese departamento se hallaba en la ciudad de Sabratha, en el pasado controlada por el Imperio romano, y uno de los más importantes puestos comerciales de toda la región, repleta de ruinas romanas y con un teatro de dos mil años de antigüedad. Durante los primeros seis meses de su estancia en esa ciudad, Max habitó en una villa de estilo italiano con un patio y una terraza que daban al mar, deleitándose con guisos de atún recién pescado y con aceitunas —lo que contrastaba con la escasez de alimentos que sufrían los londinenses—. Su mujer, por ejemplo, solía alimentarse a base de salchichas y puré que compraba en los puestos callejeros cuando iba de camino al hospital. [N14] Separada de Max, y añorándole profundamente, Agatha trató de buscar refugio en la literatura, consumiendo libros con la misma voracidad con la que los escribía. Volvió a leer a Shakespeare después de muchas décadas y le resultó curioso constatar cómo sus obras eran diferentes a como las recordaba. «¡Qué extraordinarios son los versos iniciales de Shakespeare! El comienzo del poema es siempre mucho más impresionante que su punto culminante». En sus cartas a Max, a menudo hablaba de las principales heroínas del dramaturgo, y se sorprendía al comprobar que podían ser incomprendidas y simplificadas desde el punto de vista masculino, algo que les sucedía incluso a los escritores de mayor talento: «Desdémona no era una boba. Era inusual, atrevida y tenía un carácter fuerte».

Nota del autor

Las obras de Shakespeare han inspirado a miles de escritores a lo largo de los siglos, y son una fuente inagotable para muchas obras de literatura, cine y teatro. La propia Agatha Christie incluyó muchas referencias de Shakespeare en sus obras, como por ejemplo en Pleamares de la vida, que proviene de La tragedia de Julio César: «Hay una marea en la vida de los

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hombres cuya pleamar puede conducirlos a la fortuna…» (el discurso completo se usa como epígrafe al comienzo de la novela de Christie). Macbeth, con sus tres brujas, proporciona parte de la ambientación de El misterio de Pale Horse (en el primer párrafo del capítulo 4, los personajes Mark Easterbrook y sus amigos hablan de la obra tras acudir a una representación teatral; y Thyrza, Sybil y Bella son conocidas en el pueblo de Much Deeping como las tres brujas). Las referencias a las obras de Shakespeare van más allá de los títulos de los libros de Christie y a menudo se incluyen como citas en sus historias. Por ejemplo, cuando se descubre un cadáver en Navidades trágicas, uno de los sospechosos usa una frase de Macbeth que dice: «¿Quién se habría imaginado que el viejo tuviese tanta sangre?»; Cita con la muerte cierra con un pasaje de Cimbelino, obra de Shakespeare de 1610: «Dejad de temer el calor del sol»; y en Cinco cerditos hace referencia directa a dos de las parejas más famosas de la obra de Shakespeare: «He ahí cómo el amor aliado a la juventud, en las palabras de Julieta. Sin reticencias, sin retenciones, sin lo que llaman modestias de doncella. Es el valor, la insistencia, la fuerza despiadada de la juventud. Shakespeare conocía a la juventud. Julieta escoge a Romeo. Desdémona reclama a Otelo. No tienen dudas los jóvenes, ni temores, ni orgullo».

En 1943, Agatha empezó a adaptar para teatro una de sus novelas más preciadas, Diez negritos, una obra susceptible de ser representada en los escenarios, puesto que la trama se desarrolla prácticamente en un solo lugar. Edmund Cork, sin embargo, consideraba la elección arriesgada, pues creía que una trama de Poirot con la firma de Agatha Christie era su opción más segura, pero la autora llevaba tiempo albergando sentimientos encontrados hacia su detective; le consideraba que «como la mayoría de los hombres públicos, había vivido demasiado, pero, como todos los hombres públicos, no quería retirarse»; no obstante, tampoco deseaba jubilarlo mientras siguiese siendo su principal fuente de ingresos. Superado este primer escollo, Cork empezó a buscar un empresario que financiase semejante empresa, pero la tarea no se mostró nada fácil, pues a ninguno le gustaba cómo terminaba la historia, les parecía muy oscura

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para llevarla al teatro, cuyo público solía ser más sensible. Había, por lo tanto, que atender a una necesidad eminentemente comercial que buscaba recompensar al espectador de todos los momentos de estremecimiento experimentados durante el desarrollo de la trama. Convencida de que tenía que pensar en un nuevo desenlace si quería llevar su obra más famosa a las tablas, Agatha se acordó de que la canción infantil en que se basaba la historia tenía un final con una variante que decía: «Se casó y no quedó ninguno» y con eso en mente hizo los cambios solicitados por Cork. «A primera vista parecía imposible —lo escribió en sus memorias—, puesto que no podía quedar nadie que contara la historia, así que hice algunas modificaciones. Me pareció que con ciertas variaciones en la trama original quedaría una obra teatral perfecta».[N15] Al final, la autora consiguió crear un desenlace mucho más gratificante para el espectador y, por otra parte, más lógico que el del propio libro.

A diferencia de la novela, en la que tanto el asesino como todas sus víctimas mueren, Agatha introdujo dos personajes nuevos «sin delitos pasados» que logran desenmascarar y sobrevivir al asesino. «He aquí el producto, revisado y reconstruido —lo comunicó a Cork en septiembre de 1942—. No me gustan nada esos vulgares efectos teatrales y me parece una bobada introducir un elemento de interés amoroso. Es un sacrilegio, pero entiendo que, desde un punto de vista escénico, hará las cosas mucho más fáciles». Pocos días después, su agente se reunió con Bertie Meyer, que había financiado la obra teatral Coartada. Meyer leyó el guion, sugirió algunas pequeñas modificaciones que fueron aceptadas por la autora, y firmaron el contrato.[N16] El estreno de Diez negritos tuvo lugar el 17 de noviembre en el Saint James’s Theatre de Londres, tuvo buenas críticas y llegó a representarse 260 veces, hasta el 24 de febrero de 1944, fecha en que el teatro fue bombardeado; se trasladó entonces al Cambridge Theatre, donde continuó representándose hasta mayo del mismo año.[N17]

Había escrito Diez negritos porque era tan difícil de realizar que la idea me fascinaba. Tenían que morir diez personas, sin caer en lo ridículo, y sin que se viera fácilmente quién era el asesino. Escribí el libro después de una planificación concienzuda, y el resultado me gustó. Era claro, directo, de solución nada fácil, aunque la explicación fuera razonable, tal como se aclaraba en el epílogo. La

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obra gustó y tuvo buena crítica, aunque quien quedó realmente encantada fui yo misma, pues sabía mejor que ningún crítico lo que me había costado escribirla. […] Decidí, entonces, que en el futuro nadie más que yo adaptaría mis libros: escogería los títulos que había que adaptar y solo los que me parecieran convenientes.

Agatha Christie, Autobiografía.[N18]

Nota del autor

A diferencia de conflictos anteriores, la Segunda Guerra Mundial se caracterizó por ser «total»; es decir, participaron en ella no solo militares, sino también civiles, y afectó a la vida de millones de ciudadanos. Con la población sometida a un estado de estrés constante, había que contrarrestar la tensión intrínseca de un conflicto bélico, por lo que muchos ciudadanos empezaron a acudir a pubs, salas de concierto, salas de cine y sobre todo de teatro, así que no es de extrañar la gran cantidad de obras llevadas a las tablas por Agatha Christie durante este periodo: Peligro inminente (1940), Y no quedó ninguno (1943), Muerte en el Nilo (1944) y Cita con la muerte (1945). Los soldados desplegados en el frente ya no gozaban de tantas opciones y apenas tenían oportunidad de participar en actividades recreativas, aunque en sectores más tranquilos los soldados se distraían decorando las trincheras, jugando a las cartas o componiendo canciones. La música en el frente ejercía un atractivo tan poderoso sobre los soldados que algunos de los refugios mejor equipados contaban incluso con gramófonos. Fuera del alcance del fuego enemigo, la cultura se convertía en una válvula de escape para los millones de soldados que no sabían si seguirían vivos al día siguiente. A diario, a lo largo de miles de kilómetros de trincheras, se organizaban reuniones musicales, campeonatos de baile y hasta obras teatrales en las que eran reclutados incluso prisioneros de guerra para los papeles más «embarazosos», como el de princesa, damisela en peligro o hada madrina. No obstante, de todas las actividades lúdicas que podrían llevar a cabo en el frente, ninguna tuvo tanto éxito como el

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deporte. El fútbol era, fundamentalmente, una actividad para soldados rasos; los oficiales preferían montar a caballo; entre los más sedentarios, la pesca era una opción popular, y para aquellos más combativos que preferían liberarse del estrés de la guerra con una buena pelea, había cuadriláteros improvisados en diferentes zonas del frente, aunque se trataba de una actividad prohibida por el mando y, por lo tanto, se organizaban de forma clandestina.[N19]

La presentación de espectáculos en el frente con el fin de mejorar el ánimo de las tropas es una acción que ya se llevó a cabo en la Primera Guerra Mundial. En esta foto, se puede apreciar el ensayo general de Cenicienta a cargo de la Royal Flying Corps en Francia, 1918. Aparentemente, el soldado que interpreta al hada madrina no demuestra estar muy a gusto con el papel que le han asignado en esta obra.

En tiempos de guerra, y con Max en Oriente Próximo, el teatro se convirtió en el centro de la vida de Agatha Christie, así que nada más terminar el guion de Diez negritos, la autora decidió escribir el borrador de la adaptación teatral de Cita con la muerte, basada en su novela homónima de 1938, y pese a que no hace comentario alguno sobre el libro y la obra de teatro en su autobiografía, Christie se habría visto motivada a comenzarlo tras un supuesto «ataque de entusiasmo». Sentada en el salón de su frío y solitario hogar londinense, Agatha se dejaba llevar por el

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sonido de su pluma avanzando sobre el papel mientras la tinta empapaba los folios que intercalaba entre sus adaptaciones teatrales y las largas cartas dirigidas a su marido, con quien intercambió una intensa correspondencia. En mayo de 1943, en medio del horror de la guerra, Max recibió una carta de Agatha con una noticia que rompía con toda una secuencia de hechos trágicos y noticias poco alentadoras: «¡Rosalind va a tener un hijo!», y pese a que llenó el folio de símbolos de exclamación, no pudo dejar de ocultar su inquietud por el inminente parto de su hija. En esta misiva, quedó claro que la novelista tenía un lado bastante supersticioso, heredado muy probablemente de su madre. «A veces, como a todas las madres, supongo, me entra el pánico, aunque procuro no demostrarlo. Ya sé que es una tontería, pero Rosalind tiene la línea de la vida partida en ambas manos, y a veces no puedo evitar pensar en ello. Mi único deseo es su felicidad». Su tan esperado y único nieto, al que siempre estaría muy unida, nació el 21 de septiembre de 1943 en una maternidad muy próxima a Abney Hall, y recibió el nombre de Mathew. «El bebé es tan parecido a Hubert que, en mi opinión, solo le falta el monóculo», escribía la novelista a Max, rebosante de felicidad. En un principio, Christie creía que Rosalind se marcharía a Gales en cuanto naciera su hijo, ya que su suegro había muerto en diciembre de 1942 y su suegra pensaba mudarse a otra casa más pequeña no muy lejos de la suya. Pero Rosalind permaneció en Cheshire con una enfermera hasta que se asentaran en Gales. La historia de Agatha Christie con su nieto fue un caso clásico de amor a primera vista, y su relación con él fue quizá menos complicada que la que tuvo con su propia hija. Mathew fue un niño cariñoso y juguetón, sociable y con buen talante; y su alegría fue aún mayor cuando el niño empezó a demostrar, a medida que iba creciendo, que compartía los mismos gustos, intereses y sobre todo valores humanos. Si la primera etapa de la vida de Agatha Christie comenzó como una niña solitaria, que acabó enamorándose de un apuesto oficial que luego la abandonaría por otra, en esta segunda etapa contaba con un compañero protector con el que compensar su vacío y un nieto amoroso con el que pasaría el resto de su vida. Aunque cincuenta y tres años los separaban, los dos parecían haber sido amigos y aliados, al tiempo que él era un nieto respetuoso y ella una abuela complaciente.[N20]

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De vuelta a Londres, Christie se puso a trabajar en el argumento de su siguiente novela; al comentárselo a su amigo egiptólogo Stephen Glanville, este le retó a que escribiera una novela policíaca cuya acción se desarrollara en el antiguo Egipto, pues las novelas históricas tenían interés y producían una cierta sensación de seriedad. La autora extrañó la sugerencia, pues no sabía cómo ubicar una historia de detectives en el tiempo de los faraones, hasta que comprendió que el ser humano es igual, con sus luces y sombras, sea cual fuere el siglo o el lugar. En el mes de julio comenzó a mecanografiar el primer capítulo del nuevo libro en la biblioteca de Max en Winterbrook (según ella, «vulgar literatura para tu erudito santuario») y trató de documentarse cuanto pudo para evitar cometer errores garrafales. La obra recibió el título de La venganza de Nofret y comienza con el regreso de Renisenb a casa de su padre tras la muerte de su marido. Renisenb tiene otros tres hermanos: Yahmose, Sobek e Ipy, y en su regreso a la casa paterna es recibida con cierta frialdad por parte de sus cuñadas, lo que provoca que empiece a cultivar una fuerte amistad con el escribano de la familia. Un día, su padre, Imhotep, llega a casa después de un viaje de negocios acompañado por Nofret, una joven concubina a la que concederá toda clase de caprichos. La «intrusa» revolucionará la vida de toda la familia, debido a su carácter malicioso y a las intrigas que tejerá en torno a los habitantes de la morada, sobre todo cuando Nofret muere de forma inesperada al despeñarse por un abismo. Pronto se sucederá otra muerte que hará sospechar a la familia que la propia concubina ha vuelto para vengarse.

Las aportaciones de Glanville no se limitaron solo a esta novela. El egiptólogo también colaboró en La luna del Nilo, que comenzó siendo una obra de teatro, pero, una vez terminada, acabó convertida en novela, y no fue hasta 1942 que se representó en los escenarios, no sin antes enfrentarse a la profunda resistencia de Edmund Cork, que no fue capaz de disimular su asombro cuando se enteró de que Agatha eliminaría, una vez más, a Poirot de la historia. En una carta enviada a Max, la autora reveló que su verdadera intención era reemplazarlo por «un abogado retirado, un notario, un exdiplomático, un clérigo, canónigo u obispo»; al escribir estas palabras, de pronto se le iluminó la mente con la imagen de un hombre

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vestido con una sotana de seda púrpura y una gran cruz de oro en el pecho. Y así nacía, para disgusto de Cork, el canónigo Ambrose Pennefather, el personaje que ocuparía el lugar de Hércules Poirot en la trama. La obra se tituló Muerte en el Nilo y se estrenó en el King’s Theatre el 29 de enero de 1945, para trasladarse al West End el 31 de marzo del mismo año, en plena Segunda Guerra Mundial.[N21] Agatha acudió al estreno con los nervios a flor de piel, pues parecía faltarle la confianza necesaria para convencerse a sí misma de su valía. «Fue una auténtica tortura —le escribió a Max—, pero luego vinieron Glanville y Rosalind y procuraron calmarme; y entre todos he logrado superar la prueba. Luego, lo celebramos con una cena en el Prunir’s. Éramos nueve negritos, el décimo estaba en Tripolitania (¿o tal vez en El Cairo?)». Esta fue la última fiesta a la que asistió la novelista durante una larga temporada, porque a la semana siguiente cayó enferma de gripe: «El ayuno total y las aspirinas me han devuelto mi antigua y elegante silueta», le comentaba muy contenta a Max. En sus memorias, la autora relata que durante su recuperación recibió la visita de su ahijada de seis años, Crystal, que nada más verla le habló con la más arrolladora de las franquezas: «Te veo gorda, y yo te recordaba delgada». Agatha puso una cara de estupefacción ante semejante atrevimiento, lo que no frenó el ímpetu de su ahijada: «Además, creía que tenías el pelo rubio. ¡Ahora lo tienes gris!». Y al momento añadió: «Bueno, ahora ya empiezo a acostumbrarme a cómo eres». No es de sorprender que Christie cayese enferma. Hacía meses que llevaba una vida intensa entre su trabajo en el hospital, dos obras de teatro, dos novelas y una asistencia casi diaria a ensayos y representaciones teatrales. «Todo es nuevo para mí. Me siento tan despistada como un árabe en un cine», escribió en sus memorias. Cuando no tenía compromisos y no le apetecía escribir, la autora trataba de ayudar a su hija a cuidar de Mathew. Como Rosalind no había podido trasladarse con su bebé a la casa de su marido en Pwllywrach, decidieron permanecer una temporada en Londres, hasta que se mudaron definitivamente a pocas semanas de la Navidad.

A principios de 1944, cuando Agatha consiguió cobrar por fin algunos derechos procedentes de Diez negritos, así como una cierta cantidad por las obras publicadas en Inglaterra y las colonias, Londres vivió una de las jornadas más dramáticas de todo el conflicto: la Luftwaffe lanzó uno de

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los mayores ataques contra la ciudad. Como consecuencia, la obra Diez negritos tuvo que ser cancelada porque el teatro había sido bombardeado y la editorial Collins tuvo que ser desalojada. Resuelta a no dejarse angustiar por las crecientes cifras de sus deudas, la autora volvió a pensar en la posibilidad de vender Greenway y escribió a Max pidiéndole consejo, quien, por su parte, solo se limitó a asegurarle que apoyaba cualquier decisión que tomase al respecto, observando con la debida cautela: «Es evidente que habremos de hacernos a la idea de renunciar a esa casa tan bonita». A Max también le sobrevenían dificultades financieras y, a medida que la guerra avanzaba, se hacía cada vez más difícil conseguir apoyo financiero para seguir con sus labores. Tras haber sido destinado a la ciudad de Sabratha, donde se encontraba uno de los más espectaculares teatros romanos de Oriente, el arqueólogo fue trasladado al oasis de Hun, y luego a la ciudad costera de Misurata, en calidad de magistrado. Allí tuvo que asistir a pleitos y administrar justicia, tareas en las que, por fortuna, se sentía bastante cómodo, pues la peor pesadilla de un arqueólogo es verse confinado en un despacho. Este puesto, sin embargo, le proporcionó más tiempo para escribir a su esposa y fueron muchas las misivas redactadas durante este periodo; casi todas aportaban una sorprendente riqueza de detalles y recuerdos de los lugares que había visitado: Leptis Magna, Zliten y otros puntos menos conocidos: «Tu trabajo suena a interesante y auténtico —le contestó Agatha, cada vez más angustiada por la ausencia de su marido—, un día quiero ir a todos estos sitios que has conocido para recuperar la ventaja que me llevas». Planes de ese tipo insuflaban esperanza cuando todo parecía estar perdido; la guerra duraba demasiado tiempo y Agatha parecía mostrarse algo escéptica con los rumores que afirmaban que el poderío alemán perdía fuelle. Las noticias que copaban la prensa, sin embargo, eran alentadoras: el ejército alemán había tenido que replegarse hacia las fronteras de Polonia en febrero tras el éxito de la Operación Bagration (nombre en clave que recibió la ofensiva en masa del ejército ruso durante el verano de 1944, que culminó con su llegada a las puertas de Varsovia). Mientras tanto, los Aliados abrían un frente en junio de 1944 en Normandía (el famoso Día D), al tiempo que los soviéticos se convertían en una auténtica marea en el Frente Oriental. Con una media de tres campañas por frente, el constante bombardeo aliado y el agotamiento

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del petróleo y de las líneas de suministro permitieron que el territorio alemán fuese poco a poco ocupado.[N22] El regimiento de Hubert se hallaba en ese periodo destinado en Francia, y las ocasionales cartas de Rosalind consistían principalmente en informarle de su vida cotidiana en una mansión sin calefacción, ocupándose de sacar adelante la granja de la familia y cuidar de su hijo pequeño.

A pesar de los alentadores encuentros con sus amigos, las visitas y el trabajo, Agatha Christie permanecía sola la mayor parte del tiempo. Para llenar la sensación de vacío que le invadía, buscaba leer con fruición, estudiar álgebra sin parar, aunque solo por diversión, redactar su carta diaria a Max y tejer interminables prendas de lana. De todas formas, a lo que más tiempo dedicaba era a su oficio. Echar mano de la pluma y dejarla fluir sin rumbo sobre un folio en blanco le aportaba un bienestar general y un gran alivio mental. Durante la guerra, Agatha Christie publicó un total de diez novelas, escribió otras dos de reserva y adaptó tres obras teatrales. En diversas ocasiones, la autora había intentado encontrar un modo de reunirse con Max, pero no había encontrado una forma legal y segura de hacerlo, por lo que decidió permanecer en Inglaterra. Para liberar la ansiedad que le producía la idea de que quizá no volvieran a verse, Agatha recurrió de nuevo a Mary Westmacott. Esta «socia» literaria, cuya verdadera identidad solo conocían el propio Max y su amiga Nan Watts, surgió como un virulento brote de una enfermedad que había estado latente durante diez años, invadiéndola como una fiebre que no remitiría hasta que su pluma plasmara en el papel hasta la última coma que tenía en la cabeza. Y con este aluvión de sentimientos encontrados, escribió Lejos de ti esta primavera como un regalo a Max. Su título está inspirado en el soneto 98 de Shakespeare: «La vida nos debe a todos una primavera, y yo la he tenido contigo». Se trata de una novela de gran fuerza expresiva, como todas las que escribió como Mary Westmacott, y tiene como personaje central a Joan Scudamore, que, al hacer un minucioso e implacable análisis de su vida, comprende poco a poco que ha interpretado de forma errónea sus propias motivaciones y las de aquellos seres a quienes creía más próximos. Agatha necesitó tan solo tres días para

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escribir toda la obra (compuesta de cincuenta mil palabras) y tal era su ímpetu de terminarla que llegó a llamar al hospital con una excusa para no ir a trabajar. En realidad, tenía miedo de perder la inspiración si se detenía, así que no paró hasta trasladar al papel todo lo que pensaba y sentía en aquel momento. Cuando escribió el último párrafo de la obra, exhausta, cayó en la cama y durmió casi un día entero. Al regresar al hospital, sus compañeros comentaron el mal aspecto que tenía, pero, a pesar de su apariencia cansada y ojerosa, lo que la autora sentía en esos momentos era seguridad y exultación. Toda la fatiga y esfuerzo habían merecido la pena. [N23] «Puede que la obra sea anodina, no esté bien escrita o incluso sea pésima, pero de lo que estoy segura es de su integridad y sinceridad; escribí lo que deseaba, y esta es la más preciada joya que un autor puede tener».

En el verano de 1944, cuando Agatha atravesaba uno de sus momentos más amenos desde que comenzó la guerra, con el éxito teatral de Diez negritos, Rosalind le telefoneó para decirle que Hubert, su esposo, había sido dado por desaparecido. Perder a un ser querido de esta manera es una de las peores experiencias que un ser humano puede sufrir por la terrible incertidumbre que se genera en el seno familiar. Algunos psicólogos modernos califican este terrible evento como «pérdida ambigua»: se da cuando un ser querido no está presente de forma física, pero sí emocionalmente. Esa ambigüedad deja una herida abierta. Cuando alguien muere, sus familiares llevan a cabo ritos como el funeral y el entierro, ceremonias que ayudan a asimilar la pérdida y a entender que esa persona ya no regresará jamás. Agatha no solo temía por la vida de su yerno, sino que le preocupaba que Rosalind dejara su vida en suspenso a la espera de una noticia definitiva. Tras varias semanas de dolorosa incertidumbre, en agosto llegó un telegrama confirmando su muerte en combate: Rosalind era viuda con veinticinco años y con un niño de un año al que él apenas había conocido. «Esperaba siempre lo peor. Además, en Hubert había algo que no era exactamente melancolía, sino ese toque que tienen algunas personas por el que parece que no vivirán mucho tiempo. Era una persona muy querida; siempre fue bueno conmigo y creo que tenía una gran sensibilidad, si no poética, algo parecida. Ojalá le hubiera conocido mejor, pero siempre nos vimos en cortas visitas y en encuentros breves».

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Curiosamente, Rosalind reaccionó a la pérdida mejor que su madre, que aún conservaba los mismos sentimientos de cuando era una niña tímida y solitaria en Ashfield: cuando se entristecía, enmudecía. No hacía confidencias ni a su familia ni a sus amigos, quienes, aun percibiendo su emoción, de igual forma que ella percibía sus pesares, lo hacían sin que mediaran palabras. «Lo más triste de la vida, y lo más duro, es saber que no puedes salvar del sufrimiento a alguien que amas tanto —fue lo único que consiguió expresar en sus memorias—. Pensé, quizá estuviera equivocada, que lo mejor que podía hacer para ayudar a Rosalind era decir lo menos posible, seguir como siempre».[N24] El dolor por la muerte de Hubert fue en parte contrarrestado, al menos para Rosalind, Agatha y Max, por la alegría que proporcionaba Mathew, que desempeñaría un papel cada vez más importante en su vida. En los meses siguientes, la autora pasó el máximo de tiempo que pudo en Gales haciendo compañía a su hija y viendo crecer al risueño nieto: «Nunca habíamos estado tan unidas».

Durante su estancia en Gales, Agatha recibió una invitación para formar parte de una posible gira africana que sería organizada por la ENSA (Entertainments National Service Association), una organización creada poco antes de que estallara la guerra con el fin de entretener a las tropas y proporcionar un agradable «paréntesis» en la terrible rutina a la que los soldados se veían sometidos en ese día a día. Irónicamente, los soldados ingleses empezaron a burlarse de la ENSA diciendo que sus siglas significaban «Every Night Something Awful» (Cada Noche Algo Aburrido); eso se debía al hecho de que eran pocos los espectáculos proporcionados por dicha entidad que agradaran a las tropas. Con todo, hay que reconocer que la ENSA contribuyó (o al menos intentó) a hacer un poco más agradable la vida a los soldados británicos desplegados por todo el globo durante esa terrible época, desde los refugios antiaéreos del Londres del Blitz hasta los recónditos rincones de la selva de Birmania. Agatha se ilusionó con la invitación, pues tendría la ocasión de ver a Max, pero al final el proyecto no se llevó a cabo, así que no le quedó otra opción que seguir trabajando. En esta etapa, la novelista empezó a trabajar en la historia de un crimen doméstico y el análisis de la naturaleza del mal, dos conceptos sobre los cuales elaboró la novela que se titularía El recuerdo de la muerte, que al parecer no resultó fácil de componer. En efecto, la autora

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comenzó con su tradicional larga lista de personajes —motivo de recurrentes quejas de muchos de sus lectores—; además, se le ocurrió idear un juego de palabras con los nombres de Rosemary y Rue, y para ello tuvo que examinar diversas variantes antes de determinar la identidad y las motivaciones del criminal definitivo. Christie envió el manuscrito a Collins, que le respondió con un telegrama diciendo que el gremio de libreros desaprobaba el título porque El recuerdo de la muerte, en las presentes circunstancias, tenía unas connotaciones que podían resultar desagradables para gran parte del público. Su editor le propuso cambiar el título por Cianuro espumoso, algo que Agatha rechazó de forma vehemente: «Se trata de un título demasiado genérico y superficial como para usar en un libro relativamente serio». A falta de tiempo, inspiración y paciencia para idear otra alternativa, el libro se publicó con el título sugerido por Collins, aunque la edición americana se quedó con el original. La trama tiene lugar en un selecto restaurante, donde seis amigos se reúnen alrededor de una mesa preparada para siete comensales. En el asiento vacío hay un ramillete de romero en memoria de Rosemary Burton, fallecida en aquel mismo escenario un año atrás después de haber ingerido cianuro disuelto en su copa, un suceso que sus más allegados calificaron como un suicidio. Pasado el trauma de su pérdida, aquel encuentro buscaba homenajear a la difunta, pero acabó por convertirse en otra cosa muy distinta cuando, al alzar la copa para brindar en recuerdo de la fallecida, uno de los comensales se desplomó en su silla. De esta época también nació Sangre en la piscina, novela policíaca que dedicó a los Sullivan, «con mis excusas por emplear su piscina como escena del crimen». La acción transcurre en un fin de semana de otoño, cuando el doctor Cristow y su esposa son invitados a reunirse con varios amigos y parientes en una acogedora casa de campo. Pero lo que debería haber sido una jornada apacible acaba convirtiéndose en tragedia cuando el doctor Cristow aparece muerto junto a la piscina, mientras su esposa sostiene un revólver en la mano. Las pistas son engañosas y Poirot se da cuenta de que, en realidad, ninguno de los allí reunidos está libre de sospecha.

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El 6 de junio de 1944, las fuerzas aliadas dieron inicio a la Operación Overlord, que supuso la mayor invasión anfibia y aerotransportada de la historia y marcaría el comienzo de una larga y costosa campaña para liberar el noroeste de Europa del dominio alemán. La operación comenzó con un asalto aerotransportado llevado a cabo por mil doscientas aeronaves precedido de un desembarco anfibio en la costa de la región francesa de Normandía, que involucró a cinco mil barcos. En los meses previos a la operación, los Aliados llevaron a cabo una elaborada maniobra de distracción militar, la Operación Bodyguard, para evitar que los alemanes supieran la fecha y localización de los desembarcos. A pesar de toda la planificación previa, las fuerzas aliadas no fueron capaces de alcanzar los objetivos planteados para el primer día, pero sí consiguieron asegurar una precaria cabeza de playa que se expandió con tenacidad en los días siguientes con la toma del puerto de Cherburgo el 26 de junio y de la ciudad de Caen el 21 de julio. Los alemanes, por su parte, consiguieron contener el avance de las tropas enemigas en su lenta expansión de la cabeza de playa durante seis semanas, pero llegado a ese punto, dado que los superaban en número y estaban apoyados por su superioridad aérea, las fuerzas aliadas acabaron rompiendo las líneas del ejército alemán. El 15 de agosto, se lanzó una nueva invasión, esta vez por el sur de Francia (la Operación Dragoon), y el 25 de agosto, se produjo la liberación de París. Aproximadamente el diez por ciento de los dos millones que formaban parte de las tropas aliadas que para entonces habían llegado a Francia estaban muertos, heridos o desaparecidos.

A partir del día D, creció un sentimiento general de que aquello tendría un fin, y todos los que habían dicho lo contrario empezaban ya a tragarse sus palabras. Me sentía inquieta. Pensábamos aún que esta guerra no había sido como la anterior, en la que remendábamos heridos recién traídos de las trincheras. Ahora pasábamos la mayor parte del tiempo suministrando grandes cantidades de píldoras para los epilépticos; aunque era un trabajo necesario, carecía de esa relación directa con la guerra que todos necesitábamos.

Agatha Christie.[N25]

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A finales de 1944, Agatha decidió abandonar su trabajo en la farmacia del hospital para dedicarse íntegramente al teatro. «La vida teatral me está agotando —le escribía a Cork en enero de 1945—, y entre la gripe, los ensayos, estrenos y modistas me voy a volver loca… aparte de que el reparto nunca está completo; siempre falta algún actor». Pocos días más tarde, Cita con la muerte se estrenaba en el King’s Theatre con muchos cambios con respecto al texto original, pues la novelista no solo había retirado a Poirot de la trama, sino que, además, cambió la identidad del asesino, esparciendo una serie de pistas falsas y sospechas sobre los miembros de la familia Boynton tras descubrirse el cadáver de la matriarca. La brillante actuación de Joan Hickson en el papel de miss Pryce complació a Christie de tal manera que le dedicó una misiva expresando sus deseos de que algún día pudiese encarnar a miss Marple, lo que acabaría sucediendo casi cuarenta años después, en la serie homónima de televisión.[N26]

A pesar del ambiente triste y precario que se vivía en Londres, los ciudadanos procuraron hacer la vida normal de siempre y señal de ello era el intenso movimiento peatonal en las calles del West End; donde la oferta de estrenos era cada vez más creciente. Es verdad que todos los días, a las nueve de la noche, cuando daban el toque de queda, las calles y avenidas quedaban vacías, sumidas en la oscuridad; pero la vida continuaba dentro de los hogares, y la gente escuchaba música, jugaba a las cartas y también leía mucho. Quizá por ello, la Segunda Guerra Mundial fuera un periodo tan prolífico y rentable para Agatha Christie. «Caí en la cuenta de que durante la guerra produje una increíble cantidad de material», escribió en su autobiografía, justificando que en aquellos años hubo pocas distracciones sociales y porque hasta 1945 no comprendió que el empleo de tiempo y energía que ello suponía era en su aspecto económico completamente absurdo, ya que la mayor parte de sus ingresos se le iban en impuestos. Al recibir de Collins el informe de las ventas correspondientes al año 1944, la autora se enteró de que sus ventas globales habían sido ingentes y que las futuras se mostraban prometedoras. Las últimas tres ediciones para Inglaterra y colonias casi se habían agotado: Hacia cero y El caso de los anónimos con una tirada de veinticinco mil ejemplares cada uno, y Cinco cerditos, con veinticuatro

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mil. Además, la habilidad de su agente para la negociación de sus contratos permitió que Collins duplicara sus anticipos, pagándole dos mil libras esterlinas por ese concepto.

Con el desembarco de los Aliados en Normandía y, sobre todo, con la triunfante victoria del ejército ruso en la batalla de Stalingrado, la derrota de Alemania se perfilaba en un horizonte cada vez más previsible. El Ejército Rojo inició una ofensiva el 12 de enero de 1945 en la que logró liberar el oeste de Polonia, lo que obligó a Hungría a rendirse. Los Aliados, por su parte, bombardearon la ciudad alemana de Dresde a mediados de febrero y cruzaron el Rin el 7 de marzo. El 16 de abril de 1945, una última ofensiva soviética permitió que sus fuerzas rodeasen Berlín y, aunque se encontraban a las puertas de la ciudad, Hitler prohibió cualquier tipo de rendición o repliegue estratégico, e instó a resistir a toda costa, ignorando el consejo de sus generales, que recomendaban encontrar una solución diplomática al conflicto. Con ello, la población fue movilizada en su totalidad; todos los alemanes de entre dieciséis y sesenta años fueron alistados, siendo empleados en el combate niños de las Juventudes Hitlerianas que contaban tan solo con catorce años. Todo este esfuerzo, sin embargo, fue en vano; a finales de abril, los soviéticos ya habían tomado la capital y la lucha se desplazaba al centro de la ciudad, donde tomaron el Reichstag y rodearon la cancillería. Hitler sufrió una «crisis nerviosa» y entró en un estado de histeria, gritando que el país había sucumbido ante «una sarta de cobardes». Sintiéndose traicionado, decidió destituir a diversos generales y relevó a Goering del mando de la Luftwaffe, despojándole, además, de los honores que había recibido durante la guerra. El 28 de abril, el Führer se enteró de la ejecución de su aliado Benito Mussolini a manos de los partisanos antifascistas y le impresionó sobremanera la forma en que su cadáver fue sometido a toda clase de ultrajes por una muchedumbre enfurecida —el cuerpo del que fuera il Duce di Italia fue colgado cabeza abajo en una gasolinera de la plaza y fue desfigurado a golpes hasta el extremo de que su rostro resultó casi irreconocible—. Temiendo convertirse en un trofeo de guerra para los rusos, Hitler decidió suicidarse y, para este fin, se entrevistó con su médico

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de confianza, que le recomendó tomar una dosis de cianuro e, inmediatamente, dispararse un tiro en la cabeza. Una vez tomada la drástica decisión de quitarse la vida, se casó con Eva Braun en el búnker en una pequeña ceremonia; al día siguiente, se despidió del cuerpo médico y ordenó que el personal que no fuese indispensable abandonara las instalaciones. Al mediodía, almorzó pasta con sus secretarias, tras lo cual se despidió regalándoles cápsulas de cianuro. Alrededor de las 15:30, se encerró con Eva Braun en la sala de mapas para llevar a cabo su macabro plan de suicidio: él, con un disparo en la cabeza; ella, envenenada con cianuro. Los asistentes del Führer esperaron un cuarto de hora y le encontraron tirado en un sillón con una mueca deforme en la boca y con la pistola caída de su mano derecha. Eva Braun, por su parte, ni siquiera llegó a alcanzar a disparar su arma, pues el cianuro hizo efecto antes. En medio del incesante bombardeo soviético, los asistentes del dictador alemán colocaron sus cuerpos en el jardín de la cancillería, vertieron gasolina y les prendieron fuego. Hoy se desconoce aún el paradero de sus restos mortales, aunque abundan teorías de todo tipo, incluida una que sostiene que el Führer no habría muerto, sino que habría huido junto con otros oficiales de alto rango a algún país de Sudamérica, probablemente Argentina.

Sea como fuere, Hitler redactó su testamento, en el que nombraba al almirante Karl Dönitz nuevo presidente de Alemania, y al ministro de propaganda Joseph Goebbels, nuevo canciller del Reich. Pocos días más tarde, Goebbels y su esposa se suicidaron, dejando al almirante la difícil de tarea de negociar con sus enemigos los términos de la rendición alemana. Dönitz envió una delegación con un acuerdo de rendición con la intención de ganar tiempo para liberar a las tropas alemanas que habían quedado aisladas y rodeadas por los rusos en el noroeste de Alemania. Dos días después, llegaba a Reims el general Jodl, pero, como el acuerdo de rendición presentado por los alemanes no era tan incondicional como pretendían los Aliados, Eisenhower se negó a firmarlo. Finalmente, acuciados ya por las tropas aliadas, el general Jodl firmó la rendición incondicional y, aunque los términos no hacían diferenciación entre Aliados y soviéticos, Stalin no la consideró del todo completa y exigió que el mando supremo de la Wehrmacht también capitulara ante el Ejército

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Rojo, ya que la confrontación en el frente soviético-alemán todavía no había cesado. Al día siguiente, poco antes de la medianoche, los máximos jefes de la Wehrmacht fueron llevados a Berlín, liderados por el general Wilhelm Keitel, donde firmaron un documento similar en el cuartel general soviético situado en la localidad de Karlshorst, rindiéndose de forma explícita ante la Unión Soviética en presencia del general Gueorgui Zhúkov, comandante en jefe de las tropas soviéticas en Alemania. En Londres, el primer ministro Winston Churchill dio un discurso en el que le anunció al país la buena noticia del rendimiento nazi y del final de la guerra. El discurso se transmitió en radio para todo el país y en Londres se escuchó a través de altavoces en la plaza de Trafalgar y en la plaza del Parlamento. Tras el anuncio, cientos de miles de personas se congregaron en las principales avenidas y plazas del país para celebrar el fin de uno de los periodos más negros de la historia de la humanidad.

Después del anuncio del fin de las hostilidades, cientos de miles de personas salieron a celebrar el fin de la guerra e inundaron las calles de Londres. Tal era el estado de euforia en el país que se dice que el rey Jorge VI llegó a permitir que sus hijas saliesen a la calle para unirse a las masas. A pesar del enorme peligro que este acto representaba, la futura reina Isabel II salió de incógnito a celebrar la victoria en Europa con sus compatriotas.

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Pocos meses después, se celebró la Conferencia de Potsdam, que reunió a los principales aliados que derrotaron a las potencias del Eje en Europa (Estados Unidos, Inglaterra y la Unión Soviética) para establecer una serie de importante medidas que incluía la redefinición del mapa político europeo, la desmilitarización y desnazificación de Alemania (que acabaría siendo dividida en cuatro zonas de ocupación) además de otros asuntos de relevante interés, como el desarrollo de un plan conjunto para poner fin a la guerra que seguía en Japón. El 26 de julio fue presentada una declaración que se hizo conocida como el «ultimátum de Potsdam» en el que amenazaban con la «completa destrucción de Japón» si el emperador Hirohito no se rendía de forma incondicional. El Gobierno japonés no tardó en manifestarse, y su respuesta se convirtió en una de las trágicas anécdotas de la Segunda Guerra Mundial. Según relatan algunos historiadores, al responder al ultimátum, el ministro Kantarō Suzuki quiso mantener una postura tan cauta que acabó transmitiendo un mensaje demasiado ambiguo en su declaración. En su misiva, Kantarō dijo que su posición era de «mokusatsu» con respecto a lo impuesto en Potsdam. Mokusatsu es un término nipón que tiene dos significados: «guardar silencio» e «ignorar». Con un contenido tan ambiguo, la Agencia de Noticias Japonesa se inclinó por el segundo significado, y tradujo la declaración oficial de Suzuki indicando que Japón ignoraba el ultimátum de Potsdam. Ante semejante panorama, el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, decidió usar un recurso bélico sin precedentes que resultaría devastador para la nación nipona. El 6 de agosto, un avión bombardero Boeing B-29, bautizado con el nombre de Enola Gay, dejó caer sobre la ciudad de Hiroshima la «Little Boy», una bomba atómica con una carga de quince mil toneladas de TNT, que acabó con todo lo que se encontró en un rango de trece kilómetros cuadrados y mató a alrededor de setenta mil personas. Tres días después, la fuerza aérea estadounidense lanzó la bomba «Fat Man» sobre Nagasaki. El impacto destructivo fue menor en comparación con Hiroshima. Aun así, fallecieron en el acto treinta y nueve mil personas. Pocos días después de esta segunda detonación, el emperador Hirohito decidió capitular. El 14 de agosto, un mensaje de radio informaba a la población de que el país se rendía.[N27]

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En esta foto, tomada en la biblioteca de la residencia de Agatha Christie en Greenway, se puede apreciar un fresco pintado en la pared que retrata algunos de los lugares por donde la flota británica estuvo durante la Segunda Guerra Mundial. En sus memorias, la novelista recuerda que el comandante que había requisado su residencia durante el conflicto le preguntó si le gustaría que lo borrasen y dejasen la pared como estaba. «Le contesté inmediatamente que no, que me gustaba tenerlo y que sería un memorial histórico». El fresco ha resistido durante todo este tiempo, y sigue hasta hoy en la residencia, convertida en museo.

Agatha Christie había cumplido los cincuenta y cinco años cuando acabó la guerra y, aunque esperaba con gran ansiedad que su marido volviera a Inglaterra, como era natural, temía que la distancia que los había separado durante tanto tiempo terminara por dañar su relación, que hasta entonces había sido armónica. «Tengo miedo de que, tras el reencuentro, nuestras vidas acaben separándose en lugar de seguir un bonito camino paralelo». Además, la novelista se veía poco atractiva, tenía el pelo gris, había engordado mucho y temía que Max la encontrara muy distinta. Sus temores, sin embargo eran infundados. Una noche fría de mayo de 1945, mientras calentaba unos arenques en la cocina preguntándose si las

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noticias sobre el inminente fin de la guerra eran ciertas, Agatha oyó unos pasos que provenían de las escaleras, lo que interrumpió sus pensamientos. Al asomarse al balcón para comprobar quién estaba subiendo a su planta, se encontró con un hombre cargado de bolsas y maletas que se esforzaba por subir los peldaños «Me recordaba mucho al Caballero Blanco. Parecía imposible que alguien pudiera con tantas cosas a la vez». Cuando se dio cuenta de que se trataba de Max, salió corriendo a abrazarlo.[N28] Luego, tuvieron que festejar su reencuentro degustando los arenques quemados porque, con la emoción, la autora había olvidado retirarlos del fuego. No se hicieron esperar las cariñosas burlas entre uno y otro por los kilos de más o por el hecho de que parecían mayores. En aquel momento, la apariencia de ambos era lo que menos importaba; Agatha y Max querían, más que nunca, reanudar su vida donde la habían dejado, y poco a poco lo fueron logrando. Pocos meses más tarde, la Marina americana les devolvió su casa de Greenway, cuyo jardín seguía siendo espléndido, aunque salvaje, y el interior de la casa no había sufrido apenas destrozos. Poco a poco, la casa recobraría su aspecto original y se convirtió en la elegante y confortable residencia de verano de los Mallowan en las siguientes tres décadas.[N29] «Estoy escribiendo esto en 1965. Y eso fue en 1945. Veinte años, pero no parecen veinte años. Los años de guerra tampoco parecen años reales. Fueron una pesadilla que gracias a Dios se detuvo», escribió Agatha en su autobiografía.

Tal y como muchos biógrafos han relatado, Max y Agatha formaban una pareja en la que prevalecían un amor y complicidad singulares; disfrutaban estando juntos y se escribían constantemente cuando estaban separados. En suma, eran un modelo de vida matrimonial (bastante moderno para su tiempo) que muy pocas parejas de su generación consiguieron alcanzar. Esta feliz y armoniosa unión fue celebrada en Ven y dime cómo vives, una novela en la que Agatha asume el papel de observadora para relatar una divertida crónica de la vida diaria en un yacimiento arqueológico alejado de la civilización; la obra está repleta de anécdotas y situaciones curiosas, a veces duras, de sus campañas en Siria en el periodo comprendido entre 1934 y 1938; la mayoría basadas en los diarios y cartas escritos durante los años de guerra. La autora comienza el relato con la descripción de problemas tan prosaicos como conseguir ropa

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de verano en Londres en otoño o racionalizar el equipaje para conseguir un volumen razonable de maletas que deberán viajar en tren y barco; y va profundizando de manera emocionante en asuntos más trascendentales, como la belleza de Oriente Próximo, el encanto, humor y la resistencia de su gente, la intensidad y dureza del trabajo y la cálida camaradería de la vida arqueológica en el campamento.[N30] También son de sumo interés las referencias que la autora hace de esta época, como el improvisado cuarto oscuro montado en la tienda de campaña o la resistente mesa que compró para su máquina de escribir en su primera visita a Nínive. Si, por una parte, Ven y dime cómo vives es un delicado homenaje y un libro de amor que Agatha quiso regalarle a su marido cuando volvió de la guerra, por otra, presenta un documento biográfico de suma importancia, pues allí se encuentran registrados los recuerdos de una de las etapas más emblemáticas de la vida de Agatha Christie. Su publicación cobra aún más relevancia porque muestra una rara voluntad por su parte de dejar que el público entrara en su vida privada. Además, a diferencia de su autobiografía (publicada póstumamente) y de Retrato inacabado (escrita con un seudónimo), Ven y dime cómo vives fue publicada en vida con el nombre de Agatha Mallowan, a petición propia.[N31] Sus editores, que siempre fueron contrarios a sus intentos de escribir libros que se apartaran de la clásica novela de misterio, se sirvieron de la escasez de papel por la situación de posguerra para justificar su escaso interés en publicar esta obra, pero, una vez más, acataron la voluntad de su autora más rentable. La obra fue lanzada como una edición limitada y en pocos meses ya no había ejemplares disponibles a la venta.

Como estaba separada de Max y apenas recibía noticias suyas, evocaba bastante a menudo, con doloroso recuerdo, los días que pasamos en Arpachiyah y Siria. Quería revivir nuestra vida por el mero placer de recordar; por eso, escribí un libro nostálgico, que, aunque es algo frívolo y sin sentimentalismo, refleja los momentos que pasamos juntos; mil tonterías que ya habíamos olvidado.

Agatha Christie.[N32]

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Desaparecidos todos los temores y aflicciones causados por la ausencia de Max y la omnipresente amenaza del horror nazi, Agatha apenas deseaba otra cosa que descansar, estar junto a los suyos y sobre todo tener una noche de sueño normal. Había aprendido con la guerra que la vida era algo frágil e inestable que podía florecer o marchitarse en un instante. Con cincuenta y cinco años a la espalda, sumados a un sinfín de trabajos escritos, dos guerras mundiales, incontables pérdidas familiares y dos matrimonios, la autora concluyó que podía permitirse el lujo de la pereza y recordaba con humor un refrán recurrente de Max: «Hay sujetos perezosos que son capaces de hacer grandes esfuerzos en caso de necesidad». La Reina del Crimen, sin embargo, no pudo gozar del descanso que tanto anhelaba porque había que complacer a otra reina, la mismísima reina María, madre del rey Jorge VI y ferviente admiradora de sus novelas. La autora acababa de aceptar una propuesta de la BBC para escribir una serie de relatos de misterio que serían leídos por los propios autores en un programa radiofónico especial por la celebración del cumpleaños de la reina, quien, según le contó confidencialmente, había elegido a los participantes. El proyecto culminó con la creación del relato corto Tres ratones ciegos, cuyas ganancias donó a una asociación infantil.[N33]

Max Mallowan y Agatha Christie posando con una actitud relajada en los jardines de Greenway House. Terminaba una dura etapa de interminable incertidumbre y de varios años expuestos al peligro y a toda clase de privaciones.

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«Habrá que aprender a evitar la guerra; no porque nuestra naturaleza sea más perfecta o porque nos desagrade herir a otros, sino porque no trae beneficio alguno; nadie sobrevivirá, ni nosotros ni nuestros adversarios; nos destruirá a todos. No cabe duda de que ya pasó la época de los tigres, ahora llegará la de los canallas y los charlatanes, la de los ladrones, la de los rateros; pero lo positivo es que será una etapa más en el camino».

Agatha Christie, Autobiografía.

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XIII

PETER SAUNDERS

«No creo que haya nada que te aparte tanto de la vida real como el mundo del teatro. Constituye un mundo propio, y los actores no piensan en nada más que en sí mismos, en sus textos, en sus asuntos ¡y en la ropa que van a ponerse!».

AGATHA CHRISTIE

Tras la inmediata euforia experimentada en todos los rincones de Europa al término de la guerra, los ciudadanos de las naciones involucradas daban comienzo a la larga labor de reconstruir sus vidas; y aunque supuso un gran desafío, la gente tuvo que adaptarse a una etapa que no parecía ser mucho más cómoda que los años de la guerra. Las innumerables normas y restricciones continuaron vigentes al iniciarse la paz; se seguía teniendo que hacer cola para prácticamente todo, las cartillas de racionamiento marcaban las pautas de consumo en los hogares y el desabastecimiento de muchos artículos de primera necesidad provocaría aún muchos quebraderos de cabeza durante meses. Max y Agatha regresaron de

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inmediato a Greenway, pues había mucho que limpiar y arreglar, sobre todo su apreciado jardín, que había crecido durante la guerra sin orden ni concierto; los senderos habían desaparecido, el huerto, donde en su día hubo lechugas y zanahorias, se había convertido en un montón de malas hierbas y los frutales estaban sin podar. «En realidad, sentía que tenía por delante la dura tarea de recoger los pedazos y los fragmentos perdidos por todas partes; los fragmentos de la propia vida». La vuelta a la realidad se mostró bastante dura, y parte de la culpa la tuvo la propia Marina británica, que se mostró reacia a compensar a la novelista por los daños causados en el inmueble durante el tiempo en el que estuvo requisado. Aparte de poner una serie de trabas para pagar por los desperfectos ocasionados, la Marina aún exigía que la novelista les pagase (en concepto de mejoras) por los catorce retretes que habían instalado en una de las habitaciones de la casa. «Les respondí que no era ninguna mejora tener catorce retretes innecesarios en el cuarto de al lado de la cocina, que lo que necesitaba allí era la despensa tal cual estaba originalmente. Me respondieron que los retretes eran una mejora considerable si el lugar se destinara a colegio de niñas. Al final, accedieron a mis súplicas, aunque les pedí que me dejasen algún retrete como repuesto; pero la respuesta fue tajante: o se llevaban todos o ninguno. Enfurecida, les contesté: “¡Llévenselos!”».[N1] Por fortuna, el inmueble, que estaba ubicado en una zona en la que cayeron varias bombas alemanas, permaneció intacto; los muebles que había guardado en una de las habitaciones se habían conservado, pese a la humedad, y pocos fueron los libros que se deterioraron. Al final, solo hubo que lamentar desperfectos en sus grandes y preciosos tapices, que estaban completamente apolillados. «Se les había dicho que tomaran precauciones contra la polilla, pero lo habían descuidado alegando, con falso optimismo: “Para Navidad todo habrá acabado”».

Max pasó la mayor parte de 1946 redactando un sinfín de informes acerca de las excavaciones llevadas a cabo antes de la guerra y sondeando sus amigos y colegas con vistas a la obtención de un puesto académico. Agatha, por su parte, se dedicó a poner en orden los otros inmuebles de la pareja, sobre todo Cresswell Place, donde sobraba el desorden y hacía falta una buena limpieza. Y aunque la pareja disfrutaba de la compañía de

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amigos en pícnics y exquisitas comidas en restaurantes, en ciertos aspectos, la vida de Christie parecía haberse vaciado: Carlo padecía una grave artritis y se trasladó a Eastbourne (a casi cuatrocientos kilómetros de Greenway) para vivir con su hermana Mary, y Madge, que se aproximaba ya a los setenta años, raras veces iba a Londres a visitarla. Varios de los

amigos más cercanos de los Mallowan habían muerto —algunos en la guerra y otros por enfermedades que en aquella época eran como una sentencia de muerte—. El único familiar con quien la autora mantenía más contacto (aparte de Rosalind) era su sobrino Jack, hijo de Madge, que vivía en Chester Street e iba con frecuencia a Chelsea a visitarla. Christie compartía con su sobrino un especial gusto por los guisos bien preparados; también eran entusiastas de Dickens, Compton Mackenzie y «todos los primitivos» de la literatura británica. Tuvo que pasar algún tiempo hasta que Max y Agatha contasen de nuevo con un círculo de amigos y conocidos que pudiesen disfrutar junto con ellos de su renovada e idílica casa de Greenway. Así que los meses posteriores a la posguerra representaron para Agatha una etapa más llena de lecturas que de conversaciones. Las ediciones de sus obras se multiplicaban por varios países y se efectuaban reimpresiones tan pronto como se disponía del suficiente suministro de papel. Cierto es que, aunque las novelas policíacas fueron protagonistas absolutas durante los años veinte y treinta, el género no perdió su fuelle en los años de posguerra, en especial, el relato detectivesco de corte clásico, es decir, cuando el autor plantea al lector un crimen misterioso y aparentemente irresoluble, ofreciéndole una serie de pistas (muchas veces engañosas). En este segmento, Agatha Christie era la reina absoluta y casi siempre lograba superar la sagacidad del lector mediante una serie de artimañas. (Fue así que Christie rompió con todos los estándares establecidos para este tipo de obras con su polémica novela El asesinato de Roger Ackroyd). La madre de Max llegó a proponerle que se dedicase a escribir una obra «seria» (adjetivo con el que, en opinión de su nuera, quería decir «la biografía de algún personaje mundialmente famoso»), pero Agatha estaba resuelta a seguir fiel a su camino, el único que sabía manejar a la perfección.

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Nota del Autor

Durante el periodo de posguerra, el mundo de la literatura fue testigo de una verdadera proliferaron de nuevos autores del género detectivesco clásico. Algunos, al igual que Agatha Christie, escribieron sin interrupción durante varias décadas y casi todos pertenecieron en una u otra fase al Detection Club, considerada la asociación británica de escritores de misterio más antigua del mundo. La entidad fue impulsada por algunos de los escritores más importantes del género de la década de los treinta, aunque se considera que su auténtico fundador y promotor fue Anthony Berkeley Cox, que deseaba establecer un lugar donde sus compañeros pudieran hablar de sus obras de forma placentera, ayudarse mutuamente (y también criticarse) y, si podían, resolver dudas de carácter narrativo. También pretendían establecer un conjunto de reglas básicas que orientaran a las nuevas generaciones de escritores del género, de modo que permitiera a sus lectores estar en condiciones de resolver un determinado problema planteado, sin trampas o engaños, es decir, los casos deberían resolverse mediante el intelecto y no por coincidencias, ayuda divina, magia o venenos inventados.

Para pertenecer al Detection Club era imprescindible cumplir con tres requisitos: ser escritor de novelas de misterio, ser propuesto al club al menos por dos miembros y ser aceptado en votación secreta. La aceptación de su solicitud era precedida por una ceremonia de iniciación bastante peculiar: comenzaba con la entrada en el salón de actos de «la calavera de Eric», una réplica de una calavera humana que tenía las cuencas de dos ojos iluminados por una pila eléctrica. El iniciado tenía que acariciar la calavera y recitar un juramento delante del presidente de turno, que se presentaba siempre vestido con la túnica de terciopelo granate que perteneció a Gilbert Keith Chesterton (que fue el primer presidente de la entidad). El grupo también organizaba fiestas y reuniones periódicas; antes de la guerra, en distintos restaurantes; después de ella, en un local de Kingsley Street que se utilizaba como sede social a cambio de un módico alquiler. Más le agradaban a Agatha las cenas de primavera y verano, organizadas en el Garrick Club y en el Café Royal, a las que los socios podían asistir acompañados. En estas veladas, era frecuente la presencia de

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conferenciantes, que solían ser un juez retirado o un antiguo alto cargo policial que revelaba los misterios de su profesión a un público compuesto por estudiosos y aficionados a la materia. Algunos de los más importantes referentes del género policiaco fueron miembros del Detection Club, caso de Dorothy Leigh Sayers (creadora del detective lord Peter Wimsey), Arthur Morrison (cuyas novelas más famosas tienen como protagonista al detective Martin Hewitt), Ronald Knox (que fue en realidad quien estableció las reglas de la novela policial) y Gilbert Keith Chesterton (creador del padre Brown). Arthur Conan Doyle no formó parte de este club porque murió un año antes de que se fundara. Algunos de ellos fueron presidentes del Detection Club, pero quien más destacó, no solo por la cantidad de tiempo que estuvo en el cargo, sino por la constante responsabilidad que asumía para con sus obligaciones, fue Agatha Christie. Y probablemente la Reina del Crimen hubiera seguido siendo la presidente de no haber sido porque la muerte la sorprendió en 1976, cuando se cumplían diecinueve años de su mandato.

Desde su inicio, los integrantes del Detection Club decidieron escribir conjuntamente y acabaron publicando algunas novelas que se vendían como «obra exclusiva del Detection Club», cuyos derechos se usaban para financiar sus actividades. En todas ellas se presentaba un problema, y todos los escritores que participaban en su desarrollo debían aportar una solución diferente en cada capítulo sin saber qué resolución tenían en mente los autores precedentes. La solución final y verdadera se hallaba al final de libro, y solamente el autor de este capítulo conocía su contenido. Normalmente, era Chesterton quien redactaba el prólogo y Anthony Berkeley quien se encargaba de cerrar todos los cabos sueltos. Entre sus títulos más famosos se encuentran: Tras el telón, La exclusiva y, la más famosa, titulada El almirante flotante, escrita por un equipo de élite formado por Dorothy L. Sayers, G. K. Chesterton, Victor L. Whitechurch, G. D. H. Cole y su esposa M. I. Cole, Henry Wade, Agatha Christie, John Rhode, Milward Kennedy, Ronald Knox, Freeman Wills Crofts, Edgar Jepson, Clemence Dane y Anthony Berkeley. Cada uno de los autores escribió sucesivamente un capítulo y entregó, en un sobre cerrado, el resumen de la solución que habían pensado dar. Concluida la obra, los sobres fueron abiertos y los resúmenes fueron dispuestos al final de la

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obra, como apéndices. Esta novela no es solo una ingeniosa partida jugada entre maestros, sino una muy interesante novela policial, única por su concepción y por el método con el que fue ejecutada. En la obra, un veterano de la Marina Real y aficionado a la pesca se encuentra recogiendo los sedales lanzados el día anterior en un río cercano a su casa, cuando de repente avista una pequeña barca sin remos arrastrada por la corriente. Al acercarse, se percata de que la barca pertenece al párroco de la localidad y que en su interior se halla el cadáver de un hombre tumbado en el fondo. Recuperada la barca y poniendo sobre aviso a la policía, se constata que el fallecido es el almirante Penistone. Este mostrará una herida profunda al haber sido apuñalado en el corazón.[N2]

Pasados los primeros meses de la posguerra, y con la sociedad tratando de recuperar su rutina y sus quehaceres cotidianos, las novelas de Agatha Christie cobraron especial relevancia y comenzaron a llamar la atención de algunos editores, que pasaron a ofrecerle elevadísimas cifras por los derechos de explotación, como una productora cinematográfica estadounidense que le hizo una oferta de cinco mil libras esterlinas por los derechos de Amor de un desconocido, o la revista Good Housekeeping, que le ofreció la espeluznante cifra de quince mil dólares por una historia de una extensión de entre treinta y cuarenta mil palabras, lo equivalente a un relato largo. Como no era posible atender a todas las ofertas que recibía, la autora optó, como era natural en tiempos de posguerra, por la que ofrecía la mejor propuesta económica, en este caso, la del agente Frederick Dannay, que era célebre por pagar a los colaboradores de Ellery Queen’s Mystery Magazine cifras mucho más elevadas que otras revistas del mismo género. El contrato planteaba reeditar sus relatos en un plazo máximo de dos años a cincuenta dólares cada uno, pagando los doce primeros en conjunto y por adelantado. En Inglaterra, la venta de ediciones, tanto las de bolsillo como las más costosas, experimentaron un importante crecimiento, llegando a vender entre diecisiete y veinte mil ejemplares durante todo el año de 1946. Sin embargo, lo que provocó que la situación económica de Agatha mejorara sensiblemente fue un acuerdo alcanzado por las autoridades fiscales norteamericanas y británicas, unido

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a una serie de gestiones realizadas por Edmund Cork para mejorar sus contratos editoriales. Cork negoció un fuerte aumento en los ingresos por derechos de autor, lo que incitó a los editores a llevar a cabo una mayor promoción, con lo que las ventas aumentaron en todo el mundo. Lejos de perder su atractivo, la obra de Agatha Christie estaba llegando a nuevos públicos, con lo que su fama y riqueza aumentaban de forma paralela.

En 1946, Agatha escribió una novela romántica que se publicó con su seudónimo de Mary Westmacott. Titulada La rosa de sangre, es una historia de amor en la que la autora no echa mano de emociones ni sentimentalismos para poner de manifiesto como los matrimonios de conveniencia pueden llegar a ser frustrantes para las personas. Así se refleja en la vida de Isabella Charteris, quien espera el regreso de la guerra de su primo Rupert para casarse, pero la aparición de otro hombre, John Gabriel, cambiará sus planes de forma inesperada. El narrador de la historia, Hugh Norreys, es un hombre convaleciente que quedó inválido en un accidente, y la acción transcurre durante la campaña electoral de 1945. Al igual que le ocurre al narrador de la novela, los conocimientos políticos de Agatha eran meramente superficiales, y sus juicios se basan básicamente en lo que aprendió de muchas de las charlas que solía tener con su hermana Madge y sobre todo con su sobrino Jack, que por aquel entonces era concejal del Ayuntamiento de Manchester (con posterioridad llegaría a ser diputado por el Partido Conservador). Las novelas románticas no eran la especialidad de Agatha, y tal vez por ello la editorial Collins consideró la trama floja e incoherente, con detalles que no podían darse tal y como la autora los describió. Las críticas de Collins eran una simple excusa para no aceptar el manuscrito, y Agatha era consciente de ello, tanto que más tarde se sinceró con Edmund Cork: «Por favor, la próxima vez ofrezca el Mary Westmacott a cualquier otra editorial. Collins no ha apreciado jamás a esta señora». Mientras Cork negociaba la publicación de La rosa de sangre con la editorial Heinemann (que la acabó publicando en 1948), Collins cometía la insensatez de enviar a Agatha la portada para Los trabajos de Hércules con el famoso dibujo del «Poirot desnudo», aumentando hasta extremos inenarrables la cólera de la escritora, que detestaba ver la imagen de su detective expuesta al público, no exactamente por cuestiones estéticas o artísticas, sino por razones más

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hondas: Christie quería que sus personajes permaneciesen en una nebulosa, porque aunque cada uno de ellos poseía características individuales, su intención era demostrar y retratar arquetipos humanos válidos en cualquier circunstancia geográfica y en cualquier época de la historia. Agatha opinaba que Poirot «tampoco era adecuado para aparecer en una obra de teatro, porque un detective debe ser por definición un espectador y un observador». En sus adaptaciones, siempre lo eliminó.

La discrepancia sobre el diseño de las cubiertas no fue el único enojo de aquel año. A finales de 1946, la autora entregó otra obra de Poirot, Pleamares de la vida, que fue acogida con sorprendente frialdad por parte de las revistas americanas porque, según su agente americano, se trataba de una novela difícil de vender por tratarse del clásico enigma resuelto por un detective consagrado, y a los lectores americanos de posguerra les gustaban más las tramas de Ngaio Marsh, considerada entonces como la gran dama neozelandesa del crimen (y en la actualidad como una de las cuatro reinas del crimen junto con Agatha Christie, Dorothy L. Sayers y Margery Allingham). Vista por la crítica como una aurora de «buena pluma y cuidada escritura», Marsh tenía una gran habilidad para la caracterización de personajes sin necesidad de recurrir a técnicas trilladas (como descripciones o profundizaciones psicológicas), consiguiendo fijar en la mente del lector un perfil claro e inconfundible de cada personaje, fuese principal o secundario, algo que Agatha Christie jamás llegó a lograr, pues tenía la costumbre de llenar sus historias de personajes, casi todos familiares que compartían el mismo apellido, lo que provocaba que el lector se perdiera muchas veces en su lectura. Uno de los personajes principales de Marsh también era un detective, Roderick «Rory» Alleyn, que es el superintendente del Departamento de Investigación Criminal de Scotland Yard en Londres. Entre sus mayores éxitos están Un hombre muerto, Un asesino en escena, Artistas del crimen, Muerte en la Lana y Falso olor.

Edmund Cork se abstuvo de aludir a Ngaio Marsh (también cliente suya) y trató de convencer a Agatha Christie para que modificase el texto, pero ya era demasiado tarde. En diciembre, Cork recibió un telegrama de Ober donde le informaba de que la revista que había solicitado la exclusión de Poirot acabara de retirar su oferta. Al final, consiguió vender

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los derechos de la novela (con Poirot incluido) a la editorial Toronto Star. En Pleamares de la vida, el millonario y exagente de compras del gobierno Gordon Cload fallece a causa de un bombardeo en su casa de Londres junto con tres criados pocas semanas después de haberse casado con una joven y flamante actriz, Rosaleen Underhay, lo que la convierte en la única heredera de una sustanciosa fortuna. Poco tiempo después, Poirot recibe una llamada de Adela Marchmont, cuñada del difunto, quien afirma haber recibido un mensaje del más allá que le decía que el primer marido de la señora Underhay no estaba muerto. Es entonces cuando Poirot entra en escena para intentar descubrir los verdaderos motivos que guían los actos de la familia Cloade, mientras que sus únicas pistas parecen venirle del más allá.

No fueron pocos los incordios que Agatha tuvo durante 1946, pero lo que más le irritó fue saber que en una de las críticas publicadas acerca de la obra Ausente en primavera se revelaba la verdadera identidad de Mary Westmacott, un secreto que prácticamente nadie conocía y que hasta entonces permanecía bien guardado. Cork sospechaba que algún «sabueso de la prensa» debió descubrir el secreto a través de la Oficina del Registro de Derechos de Autor, donde las obras de Mary Westmacott estaban, naturalmente, registradas a nombre de Agatha Christie. Tras una molestia se sucedió otra, lo que puso a prueba la paciencia de Agatha, que escribió irritada a Cork quejándose de un «horrendo» artículo que News Review había publicado con detalles distorsionados de su vida personal. «Decía que soy pelirroja, que mi padre era un agente de cambio americano y que debo ser la mujer más rica del mundo. ¿Cómo es posible que digan tales cosas?».[N3]

El año de 1947 comenzó con Agatha Christie enferma de gripe y sumida en una depresión que la dejó postrada en cama hasta bien finales de enero cuando, según ella, «las nubes cargadas se disiparon». Aunque nunca le ofrecieron un diagnóstico preciso, es probable que la autora sufriera estrés postraumático, una enfermedad de salud mental desencadenada por una situación aterradora, ya fuera experimentada o presenciada. Hacía poco más de un año que la Segunda Guerra Mundial había llegado a su fin y era

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más que comprensible que el organismo de la autora manifestara reviviscencias, pesadillas y angustias derivadas de los recuerdos de este terrible conflicto. Preocupado con el estado de su clienta, Cork trató de organizarle una merecida escapada estival (la primera de la autora desde que comenzara la guerra) a la ciudad suiza de Lugano, la más grande del cantón del Tesino, muy cerca de la frontera italiana, y al sur de Francia, más precisamente en Roquebrune-Cap-Martin, que era su localidad predilecta de la Costa Azul. Cork también intentó protegerla de un inesperado aluvión de críticas por parte de numerosos lectores americanos acerca de supuestas alusiones antisemitas en su obra. Es cierto que Agatha Christie había descrito a algunos de sus personajes judíos de forma poco lisonjera, pero nada que se pueda comparar con un verdadero prejuicio antisemita. En El enigmático Mr. Quin, por ejemplo, hay un pasaje donde habla de «individuos de extracción hebraica, de rostros amarillentos y narices ganchudas, que se adornaban con llamativas joyas»; en Peligro inminente, aparece una alusión al «narigudo señor Lazarus», propietario de una galería de arte a quien otro personaje describe como «un judío, pero muy honrado»; y en El misterioso caso de Styles, el personaje John Cavendish dice que «unas gotas de sangre judía no perjudican a nadie; además, pueden influir favorablemente sobre la imperturbable estupidez del inglés medio»; y en El misterio del tren azul hay como un prólogo en el que se introducen varios personajes criminales y uno de ellos es un ruso, hijo de un judío-polaco, que se describe como un «hombre despreciable que juega un importante papel en los destinos del mundo. En un imperio gobernado por las ratas, él era el rey». Luego, hay otro personaje mejor tratado, que es el judío griego Papopolous, un venerable anciano, pero que en cualquier caso es un perista de joyas robadas.

Sin querer justificar el nítido prejuicio en contra de los judíos —que percibimos en la actualidad—, en algunas de las obras de Agatha Christie, es importante ubicarnos en el contexto social de una época en la que la comunidad judaica siempre fue el blanco de un sinfín de estereotipaciones generalizadas e injustificadas Casi todos los escritores europeos anteriores al siglo XX proyectaban estos estereotipos en sus obras, y es precisamente en la literatura inglesa donde estos prejuicios estaban más arraigados. (De hecho, incluso la caracterización de los judíos en la literatura

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estadounidense se basaba en gran medida en los estereotipos empleados en la literatura inglesa). Muchos de estos personajes son descritos como avariciosos, quisquillosos, tacaños y discretos acumuladores de riqueza, y a menudo son representados en caricaturas, historietas y carteles de propaganda contando dinero o coleccionando diamantes.[N4] Entre ellos destacan Shylock, un usurero judío que acepta prestar dinero con la condición de que si la suma no es devuelta en la fecha indicada, uno de sus clientes tendrá que dar una libra de su propia carne de la parte del cuerpo que Shylock dispusiera (Shakespeare, El mercader de Venecia); Fagin «el judío», líder de un grupo de niños a quienes enseña a ganarse la vida como carteristas y otras actividades criminales a cambio del alojamiento. (Charles Dickens, Oliver Twist); y Svengali, un pícaro judío, músico de gran talento, hipnotizador y fabricante de estrellas sin escrúpulos. (George du Maurier, Trilby, una novela de 1894 que llegó a ser el segundo libro más vendido de su época, tras el Drácula de Stoker).

Las acusaciones antisemitas en la obra de Agatha Christie alcanzaron tal extremo que la Liga Antidifamación (una organización judía americana creada en 1913) publicó una carta abierta protestando por la forma en que la autora retrataba los personajes judíos, a los que solía representar con grandes narices y ávidos de dinero. «Esta carta es representativa —le escribió Ober a Cork— de las muchas que se han recibido últimamente de este tipo», rogándole que jamás la enseñara a su clienta, sino que le indujera a omitir en futuros libros esta clase de alusiones a judíos «porque aquí en Estados Unidos se trata de un asunto muy delicado». Cork atendió a las solicitudes de su colega americano y no le comunicó a Agatha nada del asunto por escrito, aunque es posible que lo hiciera de palabra, porque Christie no volvió a hacer ninguna alusión peyorativa con respecto a los judíos en sus obras, y además autorizó la eliminación de los pasajes conflictivos de sus obras anteriores. Como autora de novelas cuyos protagonistas es gente corriente, es más que natural que algunos pasajes reflejen las actitudes de la generación y clase social a las que pertenecía; pero cuando llegó el momento en el que la escritora supo de los horrores nazis durante la guerra a causa de su fanático antisemitismo, su reacción fue como la mayor parte de sus compatriotas, de la más absoluta incredulidad. A pesar de haber sido una mujer moderna y una adelantada a

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su época, es importante entender que, en el fondo, Christie era una mujer «provinciana de miras estrechas», una definición muy bien precisa que la biógrafa británica Janet Morgan hace de la Reina del Crimen: «Había muchas cosas que escapaban a la atención de Agatha, a menos que ocurriesen en los círculos que frecuentaba o entre personas que le eran familiares. […] Era una mujer que se encontraba cómoda con lo básico, lo elemental y lo primitivo, porque ni era cosmopolita ni una intelectual; sus horizontes eran limitados y sus puntos de vista los de una inglesa corriente, como tantas otras nacidas a finales de siglo en el seno de una familia acomodada». En su autobiografía, Christie describe su primer encuentro con el nacionalsocialismo, ocurrido en 1933 en Bagdad, cuando le presentaron al director del Departamento de Arqueología, un acérrimo nazi que la dejó en cierta ocasión boquiabierta por la forma agresiva con la que se refería a la cuestión judía:

Habíamos estado tomando el té en la casa del doctor Jordan en Bagdad. Era un buen pianista, y aquel día interpretaba una pieza de Beethoven […] parecía un hombre espléndido y siempre me había parecido gentil y considerado. Pero en un determinado momento de la velada, alguien sacó a colación el tema de los judíos. Su cara

cambió de repente. «Ustedes no entienden nada —replicó—, tal vez nuestros judíos sean distintos a los suyos, pero son un peligro. Hay que exterminarlos; es lo único que se puede hacer». Esas fueron sus palabras. Le miré con incredulidad. Ese era su pensamiento y fue un claro aviso de lo que después sucedería en Alemania. Supongo que la gente que viajara por ese país en aquel momento ya se habría dado cuenta del asunto, pero en 1932 y 1933 la gente normal no tenía ni la menor idea. Aquel día, sentados en la sala del doctor Jordan, mientras él tocaba el piano, vi al primer nazi. Más tarde supe que su mujer era aún más fanática que él. Habían venido a cumplir una misión: no solo era director de antigüedades, sino que espiaban a su propio embajador. Hay cosas en la vida que, una vez que te has convencido de ellas, dejan una terrible tristeza.

Agatha Christie.[N5]

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Nota del autor

Uno de los autores de la misma generación de Agatha Christie que posteriormente tendría su obra clasificada como «racista» fue el historietista belga Hergé, creador del famosísimo Tintín. Creado en 1929, Tintín es un joven reportero que, acompañado de su inseparable perrito Milú, se embarca en una serie de aventuras por los cinco continentes enfrentándose a menudo a todo un grupo de villanos. Su primera aventura, Tintín en el país de los sóviets, lo llevó a Moscú para denunciar los peligros que entrañaba el comunismo (una amenaza que se hacía cada vez más acuciante en la Europa de los años treinta). La polémica se instauró con la publicación de su siguiente aventura, Tintín en el Congo (1931), en la que Hergé plasmó en sus páginas una visión paternalista acerca de la dominación colonial (vigente en la sociedad belga de la época), en la que retrataba a los congoleses como personas incivilizadas y con rasgos caricaturizados de gruesos labios rojos y taparrabos. En una de las escenas más controvertidas, una congoleña aparece haciendo una reverencia ante Tintín y diciendo: «Hombre blanco muy bueno». En otra, Tintín señala la suma básica «2+2» en una pizarra ante una clase de jóvenes congoleses y les pide que resuelvan el sencillo problema, pero ninguno parece entender lo que está ocurriendo.[N6] Algo similar ocurrió con Tintín en América (publicado en 1931), cuya trama transcurre en Chicago, donde el protagonista se enfrenta a gánsteres y matones. En esta obra, el retrato que Hergé hace de la población indígena está impregnado de ingenuidad y de tópicos con una visión desfasada y condicionada por la propaganda de la época. En el volúmen La estrella misteriosa (publicado en 1942, cuando Alemania se encontraba en plena persecución de los judíos), muestra estereotipos antisemitas, como el personaje de Bohlwinkel, un judío avaro y con la nariz bulbosa. Una caricatura que el autor defendió como basada en el estilo de entonces, pero que rebajó en ediciones posteriores.[N7]

El propio Hergé (muerto en 1983 a los 75 años de edad tras haber contraído el VIH en una de sus transfusiones sanguíneas de rutina)

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reconoce que las aventuras de Tintín en la Unión Soviética y en el Congo fueron sus «pecados de juventud». El historietista belga alegó que era entonces muy joven (veintitrés años), nunca había estado en el Congo y se había dejado llevar por los prejuicios de la época y los clichés que conocía. «Mi única intención era encadenar escenas cómicas de una aventura», afirmó en una entrevista realizada en 1949. Tres años antes, el autor ya había redibujado por completo Tintín en el Congo eliminando las viñetas y los textos más polémicos. Sin embargo, la controversia se ha mantenido hasta nuestros días. En 2007, la red de bibliotecas de la ciudad canadiense de Winnipeg tomó la decisión de quitar de todas sus estanterías el cómic Tintín en América por su forma «estereotipada y racista» de retratar a los aborígenes; y en el año 2011, Tintín fue llevado ante los tribunales de la vida real a petición de un ciudadano belga de origen congoleño que reclamaba la prohibición de Tintín en el Congo o la inclusión de un mensaje de advertencia sobre su contenido racista para que la obra no llegase a los niños sin la supervisión de un adulto. La demanda fue llevada al Tribunal de Apelación de Bruselas, que rechazó la petición por considerar que el contenido no era racista ni tampoco pretendía transmitir «ideas de carácter racista, vejatorias, humillantes o degradantes para los congoleños», según rezaba el escrito de acusación. Para los jueces, el cómic simplemente retrata el «testimonio propio de una época determinada». La Comisión Británica para la Igualdad Racial, por su parte, determinó que los ejemplares en circulación en Gran Bretaña incluyesen un mensaje explicativo sobre su contexto histórico. Para defender su obra, los fans de Tintín hacen referencia a aventuras como El loto azul, escrita en 1936 por Hergé con la ayuda de Zhang Chongren, un estudiante chino que le ayudó a documentarse para no representar los típicos estereotipos de la cultura china. Este cómic fue considerado como una de las cien mejores historias del siglo XX por el diario francés Le Monde.

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Shylock, después del juicio. Ilustración de John Gilbert para una edición del siglo XIX de El mercader de Venecia, de Shakespeare.

En 1948, Max fue nombrado titular de la primera cátedra de Arqueología del Asia Occidental de la Universidad de Londres, un puesto que le hizo renacer tras unos años apartado de su auténtica pasión. Su nuevo puesto le exigía dedicarse a la enseñanza, dar conferencias y, al mismo tiempo, le daba acceso a fondos para la investigación, lo cual significaba que no solo seguiría realizando excavaciones, sino que además conseguiría llevar a cabo un sueño que cultivaba desde hacía muchos años: excavar en Nimrud, una antigua ciudad asiria situada junto al Tigris y que alcanzó su máxima preeminencia como capital durante el reinado de Asurbanipal II (883-859 a. C.).[N8] Para Max, este sitio era tan importante como la tumba de Tutankamón, el sitio de Knossos en Creta, e incluso Ur, donde había trabajado con anterioridad. Agatha jamás había visto a su marido tan convencido de la dirección que estaba tomando su carrera, aunque se preguntaba si él había perdido la ilusión que tenía por la cerámica prehistórica. Luego, comprendió que Max pensaba dedicarse por completo a Nimrud, a la vista de las posibilidades de realizar en ella hallazgos históricos. «Hay que excavarla —le dijo Max con la convicción propia de los grandes exploradores—. Soy consciente de que semejante tarea supondrá el esfuerzo de muchos hombres, una fuerte suma de dinero y

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muchos años de trabajo, pero, si tenemos suerte, quizá nos encontremos con uno de los mejores emplazamientos arqueológicos y una de las excavaciones históricas que más aportará al conocimiento del mundo».[N9] Nimrud era una zona harto conocida por los arqueólogos y ya había sido explorada cien años antes por Austen Henry Layard, un arqueólogo y diplomático británico que llevó a cabo importantes excavaciones en Nínive, Nimrud, Assur, Babilonia, Botta y Place. En sus memorias, publicadas en 1849 bajo el título de Nínive y sus restos, Layard cuenta que el primer día de excavaciones, su equipo encontró el contorno de un palacio real y una semana más tarde ya estaban extrayendo enormes planchas de alabastro que solían cubrir las paredes, paneles que retrataban el poder del rey asirio y la postración sumisa de sus enemigos. En cuestión de tres o cuatro años, Layard había desenterrado una ingente cantidad de artefactos, estatuas y construcciones pertenecientes a la civilización de la antigua Asiria que hasta entonces no había sido más que un nombre mencionado en las páginas de la Biblia, llenando el Museo Británico de piezas y escritos del lugar en el que nació la civilización urbana.[N10]

Con la arqueología ganando impulso en la posguerra, Max consiguió obtener las subvenciones que necesitaba para retomar las excavaciones en el Medio Oriente; primero por parte del Museo Metropolitano de Nueva York y de la Escuela Británica de Arqueología de Irak, y posteriormente, de otros muchos patrocinadores. Antes de emprender viaje, los Mallowan tenían algunas gestiones pendientes en Inglaterra: el matrimonio había decidido abandonar Cresswell Place para trasladarse a un piso del número 48 de Swan Road, edificio situado detrás de King’s Road, en Chelsea, y querían hacer la mudanza antes del viaje. Max, por su parte, tenía que ofrecer una clase inaugural y Agatha esperaba dar los últimos retoques a un nuevo relato y a una novela policíaca (que se titularían, respectivamente, Testigo de cargo y La casa torcida). Al despedirse de Bill Collins, la autora le suplicó que no pusiera ninguna representación de Hércules Poirot en la portada de Pleamares de la vida. «Limítese a incluir un mar tempestuoso, un océano inundado de sol o solamente un barco, lo que quiera». Y así se despidió de sus editores y colaboradores, convencida de que aquel nuevo viaje le inspiraría nuevas tramas para sus obras policíacas.

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En esta ocasión, el matrimonio viajó a Bagdad en un avión que hacía la ruta directa desde Londres a la capital iraquí. El avión acortaba sobremanera el tiempo de viaje, pero por otro lado era mucho menos romántico y aventurero que el Simplon-Orient Express. Más tarde, Agatha clasificaría los viajes aéreos como un «sistema demasiado costoso, aburrido y poco placentero». Al llegar a Bagdad, se instalaron en un hotel, el Zia, y luego se trasladaron a una casa en la orilla oeste del Tigris, junto con su escueto equipo compuesto por el doctor Mahmud al Amin, del Departamento de Arqueología Iraquí de la Universidad de Bagdad, y Robert Hamilton, topógrafo y especialista en lenguas clásicas. La casa, según la escritora, «era acogedora y deliciosa, con su patio y sus palmeras, que llegaban hasta la barandilla del balcón […] Los niños jugaban alegremente allí; las mujeres iban y venían al río para lavar las cacerolas y las sartenes. El rico y el pobre viven codo con codo en Bagdad».[N11] Sentada en la terraza, junto con su tetera y su máquina de escribir Remington, Christie dio los últimos retoques a la adaptación teatral de su novela La ratonera, que se estrenaría años más tarde.

Los Mallowan pasaron cinco meses en Bagdad negociando con las autoridades iraquíes el lugar más adecuado para reanudar sus excavaciones, aunque Max ya había manifestado su intención de desplazarse hacia Nimrud, al norte del país. Conscientes del tesoro que se ocultaba bajo su suelo, las autoridades iraquíes pusieron sobre la mesa de negociaciones una serie de condiciones con el fin de preservar buena parte de su riqueza histórica dentro de su territorio: cualquier objeto único encontrado iría al Museo de Bagdad, y el equipo de excavación podría conservar los duplicados. Una vez superados estos primeros trámites burocráticos, y tras conseguir el beneplácito de las autoridades iraquíes, la pareja se trasladó a Nimrud, donde montó un gran campamento en el que vivirían con su pequeño equipo mientras se construía una espaciosa casa de adobe para alojarse todos. La rutina durante los primeros meses en el campamento fue más apacible de lo que esperaban, pero, a medida que el tiempo fue pasando, los trabajos realizados por Max empezaron a cobrar importancia, lo que atrajo la atención de diferentes escuelas de las ciudades colindantes. «Venían a vernos autocares llenos de colegiales. Este era uno de nuestros mayores quebraderos de cabeza, porque había por

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todas partes peligro de hundimientos, a menos que se supiera dónde se pisaba. Les rogábamos a los profesores que mantuvieran a los niños alejados de las excavaciones propiamente dichas, pero, como era de esperar, casi siempre adoptaban la actitud de “Inshallah, no pasará nada”».

[N12]

Las excavaciones en Nimrud proporcionarían a Max fama, el título de sir y el respeto de la comunidad internacional. Durante los diez años en los que su equipo estuvo excavando en el yacimiento, se catalogaron alrededor de un millar de piezas, alrededor de cinco mil fragmentos de más de tres mil años de antigüedad; salieron a la luz palacios milenarios completos, algunos con más de doscientas estancias; murallas, torres y canales defensivos, piezas de tallas de marfil con adornos de pan de oro; el trono del rey Salmanasar III, que gobernó Asiria entre los años 858 y 824 a. C.; preciosos murales que combinaban pinturas de cinco colores, y una inscripción datada en 879 a. C., que maravilló a Agatha por su descripción culinaria, pues en ella se detallaba el suntuoso banquete que se había servido durante diez días a los más de siete mil asistentes que celebraron la finalización de la construcción de esa legendaria ciudad.

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Las excavaciones de Max Mallowan en Nimrud representaron uno de los periodos más prolíficos de su carrera, resultando en el hallazgo de cientos de piezas, y aunque muchas de ellas no son más que pequeños fragmentos, también fueron encontradas piezas de valor inestimable como «los marfiles de Nimrud», un grupo de placas y figuras de marfil talladas con motivos típicos de la región, que se usaban para adornar diferentes objetos como muebles y carros de combate. Algunas de estas piezas fueron encontradas en el fondo de pozos, aparentemente arrojadas allí cuando la ciudad fue saqueada durante el colapso del Imperio asirio, ocurrido entre los años 616 a. C. y 599 a. C. Estos marfiles se encuentran expuestos al público en la actualidad en diferentes museos de Londres y muchos limpiados por la mismísima Agatha Christie, que solía usar una fina aguja de tejer punto y un pote de cosmético de crema de cara.[N13]

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Agatha fue la encargada de limpiar las piezas de marfil talladas, aunque sus métodos eran tan poco ortodoxos que, hoy, dejarían boquiabierto a más de un arqueólogo. Al regresar del yacimiento, Agatha realizaba el mismo procedimiento que había llevado a cabo en ocasiones anteriores: primero, disponía con sumo cuidado las piezas encontradas sobre una mesa y luego las limpiaba con crema facial, pues creía que resultaba más eficaz para quitar suavemente la tierra y el polvo de las grietas sin dañar las frágiles figuras de marfil. «La verdad es que me entusiasmé tanto utilizándola que al cabo de dos semanas no quedaba ni una pizca para mi pobre cara», escribió en sus memorias. Hoy en día se sabe que ciertas cremas son abrasivas y pueden dañar de forma irremediable un hallazgo arqueológico. En general, los restos de cerámicas se suelen limpiar solo con agua y, dependiendo de su estado de conservación, puede que sea recomendable ni siquiera limpiarlas, ya que algunas piezas presentan restos de pintura casi imperceptibles que se pueden perder en el proceso. En la arqueología moderna también se tiene en cuenta en qué tipo de tierra ha estado enterrada la pieza, ya que los minerales y la humedad que contiene el suelo, junto con la actividad de las plantas, producen reacciones físicoquímicas que interactúan con los materiales enterrados. Es decir, en algunas ocasiones en las que el suelo es muy ácido o muy húmedo, las cerámicas pueden necesitar consolidarse y nunca sumergirlas en agua porque se desharían.

En su autobiografía confesaba el placer de restaurar estos preciosos objetos, pero el día más emocionante en las excavaciones de Nimrud fue cuando hallaron en las profundidades de un pozo una cabeza femenina de marfil policromada de extraordinaria belleza. La bautizaron como «la Mona Lisa», por su pelo negro, los labios suavemente coloreados y una enigmática sonrisa. Esta etapa fue una de las más fructíferas y trascendentales de la carrera de Max. «Recuerdo el día en que Max dijo: “Me encantaría excavar aquí; habría que hacerlo a gran escala e invertir mucho dinero, pero si yo pudiera, este sería el túmulo que escogería — suspiró—. ¡Oh, bueno!, supongo que nunca sucederá”». Sus trabajos culminaron con la publicación, en 1966, de la obra Nimrud y sus ruinas, en la que detalla su trabajo de diez años en la región. Le llevó diez años escribirlo, y el arqueólogo temía no vivir lo suficiente para terminarlo. «La

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vida es muy incierta, y el infarto, la tensión alta y todas las demás enfermedades modernas parecen estar al acecho, sobre todo en los

hombres —escribió Agatha en sus memorias—. Pero todo marchó a la perfección, me siento muy orgullosa y me alegro por él. Parece un milagro que los dos hayamos triunfado en el trabajo que deseábamos».[N14] Fue precisamente en Nimrud donde Agatha empezó a escribir su autobiografía, un trabajo que fraguó a fuego lento, por mero placer, que tardó quince años en acabar y no vio la luz hasta después de su muerte. Para escribirlo dispuso de una pequeña estancia anexa que le servía de estudio y que resultaba fácilmente reconocible por un cartel que el epigrafista del equipo había colgado en la puerta y que anunciaba con letras cuneiformes, Beit Agatha (Casa de Agatha). Allí, la autora permanecía durante horas libre del acoso de los turistas que visitaban Nimrud, más atraídos por la presencia de la escritora que por sus impresionantes toros alados labrados en la piedra. Pese a todas sus precauciones, a veces resultaba difícil concentrarse, pues en el tejado los obreros se movían de forma incesante y en el terreno que rodeaba la casa había perros que ladraban, pavos que glugluteaban y gente que gritaba.[N15]

Nuestro cuartel general se asentaba sobre la parte este del montículo, y tenía cocina, salón comedor, una pequeña oficina, taller, sala de dibujo, una gran despensa y un cuarto oscuro (todos dormimos en tiendas). Pero este año se ha añadido un cuarto de unos tres metros cuadrados con el suelo de yeso cubierto con esteras de juncos y una ventana que permite ver los picos nevados de las montañas del Kurdistán. Afuera, colgado de la puerta, hay un letrero cuadrado que dice en caracteres cuneiformes Beit Agatha. Esta es mi «casa». Mi propósito es estar aislada en ella para escribir.

Agatha Christie.[N16]

Durante diez años, los Mallowan repitieron la misma rutina de abandonar Inglaterra después de las fiestas de fin de año para dirigirse a Irak; primero, a su casa de Bagdad; luego, a Nimrud, donde permanecían

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hasta mediados de marzo. Para vivir en el desierto, Agatha vestía ropa simple, casi siempre vestidos de motivos geométricos largos hasta los tobillos para ocultar su obesidad, medias, zapatos de cordones y un curioso bolso de rafia donde guardaba su botellín de agua mineral y su inseparable bloc de notas. La distancia de Inglaterra era compensaba con los postres que su cocinero persa ya había aprendido a preparar, especialmente la cuajada de limón y el suflé de nueces. También era motivo de orgullo para la escritora volver de noche para cenar en su casa de Nimrud y comprobar que, por fin, había conseguido —tras muchos intentos fallidos— que su sirviente pusiera correctamente la mesa y los cubiertos en su sitio.[N17] Mientras tanto, sus agentes Edmund Cork y Harold Ober libraban lo que parecía una interminable batalla contra las demandas de las autoridades fiscales británicas y americanas, aunque parecían haber logrado un acuerdo con el tesoro americano. Cork escribió a Agatha asegurándole que dicho acuerdo no le parecería plenamente satisfactorio, pero era lo mejor que se podría obtener en términos amistosos si quería cobrar por los ingresos congelados por el fisco americano. El problema, según Cork, consistía en que las autoridades fiscales británicas desconocían estas negociaciones y por ello se mostrarían impasibles ante la eventual y repentina aparición de considerables ingresos.

No cabe duda de que los asuntos financieros de Agatha Christie siempre estuvieron en manos de buenos gestores, lo que de por sí constituyó una gran ventaja. El problema consistía en que, pese a que la autora tenía su residencia fiscal en Inglaterra, sus ingresos provenían también del extranjero, y por ello estaban sujetos a leyes y normativas muy distintas, y muchas veces contradictorias, lo que obligaba a sus asesores a presentar información de forma reiterada, con lo que muchas veces se complicaba aún más todo, porque las cifras se multiplicaban a medida que se lanzaban nuevas novelas o reediciones de obras antiguas. De esta forma, la documentación aportada nunca era suficiente o simplemente los informes presentaban resultados que no cuadraban. Para empeorar, entre el ingente cruce de cartas y telegramas, mucha información acaba extraviándose, perpetuando los errores y malentendidos. Aconsejada por sus abogados, Ober y Cork tomaron la costumbre de consultar el uno con el otro siempre que uno de ellos recibía

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una nueva oferta de cualquier parte del mundo, fuese por los derechos para publicar una nueva edición o adaptarlas al cine. «El asunto aún no ha concluido —era el mensaje que Agatha solía recibir de sus agentes siempre que preguntaba por el estado de su situación fiscal—. Lo mejor que usted puede hacer ahora es no pensar en ello hasta que se presente la cifra definitiva». La escritora intentaba sobrellevar la cuestión referente a su situación fiscal de la mejor manera posible: «¡Voy a seguir viviendo como a mí me gusta, y si luego me arruino, pues que me arruine!», y aunque parecía que lo decía en tono de broma, Cork temía que las cosas pudiesen llegar hasta ese punto, e incluso llegó a escribir un telegrama a Ober en un tono apesadumbrado: «Creo que son muy escasas las posibilidades de que la señora Mallowan evite la bancarrota». Cork también escribía al contable de Agatha, alertándole de que toda esta incertidumbre estaba afectando el trabajo de su cliente: «Hace más de un año que no ha escrito una sola frase, situación que no es solo desastrosa para ella, sino que es sumamente alarmante para nosotros, pues no hay que olvidar que estamos tratando de un asunto relacionado con el cliente más rentable que tenemos».

Era cierto que Agatha no había escrito una sola línea en un año; sus dos últimas obras publicadas habían sido Sangre en la piscina (1946) y Pleamares de la vida (1948). La autora llegó a realizar un breve viaje a París en compañía de Max con el propósito de reunirse con su editor francés, un hombre de buen talante al que siempre acudía cuando se sentía desmotivada, pero su estado de ánimo no le permitió levantar cabeza; tampoco le estimularon las aduladoras cartas que recibió de Asociación Americana de Editores de Libros de Bolsillo comunicándole que había sido galardonada con el premio Gertrude de Oro por haber alcanzado ventas superiores a cinco millones de ejemplares de todas sus ediciones en Estados Unidos. Tal era la voracidad del fisco británico que cuando la estatuilla llegó a la aduana, los agentes querían tasarla y le costó mucho trabajo a Cork convencerles de que el premio no poseía valor comercial, sino meramente honorífico, como cualquier otra condecoración.[N18]

Para llenar el vacío editorial provocado por su supuesto «bloqueo creativo», sus editores decidieron echar mano de la novela La rosa de sangre que tenían en reserva. La obra, publicada bajo el nombre de Mary

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Westmacott obtuvo una calurosa acogida, aunque la revelación de que Westmacott era, en realidad, Agatha Christie, pese a no ser reciente, continuaba causando estupefacción entre sus lectores. En esta época, también surgió una inesperada demanda de sus primeras novelas; aparentemente, la escritora, que estaba a punto de cumplir treinta años de carrera, comenzaba a atraer la atención de una nueva generación de lectores que ni siquiera había nacido cuando se publicaron algunos de sus clásicos, como El asesinato de Roger Ackroyd o Diez negritos. A raíz de los bombardeos que destruyeron los almacenes de la editorial Collins, hubo que publicar varios anuncios en la prensa solicitando viejas ediciones a las librerías de segunda mano, y hasta Rosalind tuvo que ceder su ejemplar personal de Crimen en Hazelmoor, aunque dejó muy claro a Cork que lo empleara con máxima cautela: «Mi madre siempre me repite que no preste ningún ejemplar editado en América».

Con creciente frecuencia también llegaban solicitudes para llevar sus obras a los escenarios. El autor Ben Hecht ya había demostrado un profundo interés en adaptar para la escena Asesinato en el Orient Express, pero recibió como respuesta la alegación de que la autora tenía la intención de realizar ella misma una versión teatral de dicha obra. Con mayor benevolencia acogió complacida la petición de Barbara Toy y Moie Charles para adaptar la novela Muerte en la vicaría. Los dos eran directores de Farndale, una modesta compañía teatral que Bertie Meyer había contratado durante la guerra para representar Diez negritos y que contaba con la confianza de la autora, que se encargó de revisar el guion escrito por Barbara Toy, quien había realizado unas cuantas alteraciones en la trama respecto a la versión original. «El trabajo que ha hecho es excelente —le decía a Cork— y, además, creo que su texto conserva ese acogedor ambiente típico de la novela, del “vamos a ver si conseguimos descubrir quién es el asesino”, que en el caso de este libro es prácticamente imposible de eliminar». En verano comenzaron los ensayos a los que la escritora asistió entusiasmada, muy especialmente porque era la primera vez que miss Marple aparecía sobre el proscenio, encarnada en esta ocasión por la actriz estadounidense Barbara Mullen. Muerte en la vicaría se estrenó en octubre en Northampton, generó una gran expectación y se agotaron con rapidez todas las entradas. En un telegrama

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dirigido a Cork, Agatha alardeaba del éxito de la obra diciendo que «habían acudido a verla más de mil doscientos espectadores en la misma semana que actuaba en la ciudad el circo de Bertram Mills».[N19]

La trama adaptada por Barbara Toy consiste en una pieza policíaca convencional en la que lo esencial es descubrir quién mató a la víctima entre un nutrido grupo de sospechosos. Según el autor César Blesó Portalés, que hizo un detallado estudio de las adaptaciones teatrales de la obra de Agatha Christie en la posguerra española, la trama de Muerte en la vicaría ofrece un misterio repleto de sorpresas y pistas falsas que confunden a los policías e impiden conocer la identidad del asesino hasta casi el final, cuando miss Marple consigue encajar cada una de las piezas del puzzle y acusa a los que parecían ser los únicos con una coartada convincente —un recurso muy similar al de otras muchas obras de la autora—. Portalés también destaca el hecho de que se haya escogido una vicaría como espacio para una obra policíaca. En la pieza teatral se aminoran los personajes con respecto a la novela y se añade una escena con una situación muy tensa entre miss Marple y el asesino en la que la sagaz anciana, aun con el riesgo de ser atacada, le comunica al asesino todo lo que sabe, e incluso se permite un supuesto chantaje, todo para ganar tiempo para que venga la policía a detenerlo.[N20] La obra quedó en cartel hasta mediados de abril de 1950, cuando la asistencia de público comenzó a disminuir, presuntamente a causa de las inminentes elecciones generales, pero sobre todo por la meteorología poco favorable que trajo algunas de las semanas más frías y lluviosas que se recordaban en los últimos años. Algunos críticos de la época señalaron que Bertie Meyer mantuvo la obra en cartel demasiado tiempo, lo que provocó que tuviera «un final ignominioso». Cork procuró tranquilizar a Agatha asegurándole que «ha estado en cartel lo suficiente como para despertar el interés de las compañías de aficionados o las que se dedican al teatro de repertorio», y la alentó a llevar a cabo la adaptación de otra novela, Sangre en la piscina.

La llegada de 1949 parecía haber renovado los ánimos de Agatha Christie, que volvió a escribir de manera prolífica. Sus ideas se centraban básicamente en miss Marple, un entrañable personaje que la autora creía

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que le ayudaría a recuperar el interés por escribir sin tener que acudir, una vez más, al «insoportable Poirot». En este periodo vería la luz la novela Se anuncia un asesinato, cuya trama se sitúa en el típico pueblecito donde todo el mundo se conoce y nadie cierra las puertas, pues los vecinos suelen entrar en todas las casas con total confianza para llevar recados o ayudar en alguna labor específica. Un día, el periódico local publicó una noticia en la que anunciaba que alguien moriría asesinado en la casa de miss Blacklock ese mismo día a las seis y media. Los vecinos, impulsados por la curiosidad, se dan cita en la casa a la hora anunciada con la creencia de que se trataba de una invitación para un evento o, en el peor de los casos, una broma pesada. Pero el anuncio estaba en lo cierto y, para asombro de todos los presentes, las luces del recinto se apagaron de pronto, se oyeron varios disparos y, cuando volvió la luz, se encontró un cadáver en mitad de la sala. Los sospechosos no dejaban de sumarse y la policía, enseguida, comprendió que aquello no había podido ser accidental. Alguien había asesinado a una persona y estaban muy lejos de comprender los motivos, aunque, por fortuna, contarían con la ayuda de miss Marple, que se encargaría de resolver el macabro asunto con su peculiar estilo. La obra tuvo una acogida más bien tibia por parte de la crítica; le reconocían ciertas cualidades, pero consideraron, una vez más, que los personajes que intervenían en la novela eran excesivos y que la trama se arrastraba demasiado sin que apenas ocurriese nada hasta casi el último capítulo.

Mientras tanto, Cork cuidaba de los últimos detalles de otra novela, La casa torcida, cuyos derechos fueron vendidos a la revista John Hull, que la publicaría por capítulos antes de que Collins la editase en mayo. Estaba prevista una adaptación radiofónica de esta obra para ser transmitida con exclusividad en Estados Unidos, pero el proyecto al final se canceló porque el Departamento de Censura de la National Broascasting Company había determinado que la historia no resultaba apropiada para ser escuchada los domingos por la noche en los hogares americanos. «Al

parecer —escribió Ober a Cork—, se han recibido multitud de protestas por la cantidad de crímenes que las cadenas de radio transmiten a diario». La casa torcida se publicó por capítulos, según lo previsto, pocos días después de que Agatha y Max regresasen a Inglaterra en mayo de 1949, y fue un éxito de crítica. La historia nos presenta a Charles, quien está

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enamorado de Sophia, una bella joven perteneciente a un extraño clan familiar formado por sus padres, hermanos, tíos y abuelos, que comparten techo en una casa que se hace llamar «la casa torcida». Charles y Sophia pretenden casarse, pero la guerra obliga a Charles a ir al frente, y la pareja no volverá a verse hasta después de muchos meses. Cuando, al fin, Charles regresa a Inglaterra, se entera de que el abuelo de Sophia ha muerto envenenado, por lo que sus planes de boda quedan aplazados hasta que se haya resuelto el caso. Asustada, Sophia pedirá ayuda a Charles para encontrar al culpable, pues de otra forma no podrá formalizar su relación y vivir en paz, ya que existe un asesino en su entorno más cercano. Como es habitual, son muchos los personajes que componen la historia, pero la construcción de esta obra está muy bien detallada, haciendo que el lector no se confunda. La autora también usa con maestría su fórmula personal de narración y nos cuenta una historia con un lenguaje sencillo y ágil, descripciones escasas y bastantes diálogos, donde desafía al lector a descubrir al asesino con las pistas que va soltando de forma gradual.

La casa torcida fue un auténtico placer. A menudo, quisiera saber si la gente que lee un libro puede saber si ha sido un trabajo duro o un placer escribirlo. Una y otra vez alguien me dice: «¡Cuánto debe usted disfrutar escribiendo esto y aquello!». Y eso acerca de un libro que se resiste a salir como tú quisieras, cuyos personajes son difíciles, el argumento es innecesariamente complicado y los diálogos afectados, o al menos eso es lo que tú crees. Pero quizás el autor no es el mejor juez de su propio trabajo. De todos modos, a casi todo el mundo le ha gustado La casa torcida, así que eso justifica mi creencia de que se trata de una de mis mejores novelas. No sé cómo se me ocurrió crear la familia Leónides simplemente vino a mí.

Agatha Christie, prefacio de La casa torcida.[N21]

A mediados de octubre, Christie recibió una inesperada carta de Rosalind anunciando que se volvía a casar y que la ceremonia tendría lugar en un par de días en Londres. El enlace se organizó de forma tan

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improvisada y sencilla que, en esta misma misiva, Rosalind informaba de que no se realizaría ninguna comida familiar después de la ceremonia porque tenían que volver aquella misma tarde a su casa de Pwllywrach para dar de comer a los perros. El nuevo yerno de Agatha, Anthony Hicks, era un joven licenciado en Derecho que Rosalind había conocido en Somerset. Persona de vasta cultura, tenía intereses tan dispares como jardinería, religión, filatelia y, al igual que su suegra, era un amante apasionado de los viajes.

La llegada de la década de los cincuenta representó, en definitiva, la consolidación de la novela criminal, sobre todo en Estados Unidos y Reino Unido. Para atender a la creciente demanda, se publicaron innumerables obras, tanto de autores noveles como de consagrados, y no queda duda de que el trabajo de la prensa fue clave para la popularización del género. Las crónicas policiales siempre fueron (y siguen siendo) la materia prima para muchos autores, que de ellas obtenían un conocimiento detallado sobre casos famosos que acababan resonando en algunos de sus cuentos, que también describían la dura realidad de las calles en las que la violencia y la corrupción policial servían de contraste con los métodos de investigación de los detectives de ficción. Tomando como base sucesos de la vida real como punto de partida, la literatura policial permitió a una diversidad de autores y lectores explorar distintas maneras de llegar a la verdad y dispensar la justicia, ante un Estado que veían como incapaz de ambas cosas. En esta época, las editoriales pasaron a mejorar sus ediciones con notas que precedían a los cuentos en las que se ofrecía una pequeña biografía del autor y la clasificación de la obra dentro de las divisiones propias del género policial: según el tipo de enigmas (el cuarto cerrado era el más frecuente), según variaciones ligadas al estilo y el punto de vista (misterio, detective, espionaje) o según el autor y sus influencias más directas. Las introducciones también convocaban al lector a leer «con cuidado y con disciplina». En Estados Unidos, los editores de Reader’s Digest le pedían al lector no adelantarse a leer la nota al final antes de acabar el cuento. «Recuerde que está en juego su ingenio y el del autor. Veamos, ahora, si es usted capaz de descubrir el desenlace». A lo largo de

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la década de los cincuenta, el nombre de Agatha Christie ya era una constante en las librerías; también se volvería inevitable en las marquesinas de los teatros, lo que acabaría por convertirla en la única autora en la historia que ha representado tres obras de manera simultánea en el West End de Londres.

En junio de 1950, Christie publicó su quincuagésima obra, Se anuncia un asesinato. Se trata de un título mayor en su catálogo no solo gracias a esa cifra conmemorativa, sino sobre todo por ser una de sus novelas más logradas y el cénit de la popularidad de miss Marple. La trama, además, refleja el nuevo orden social que imperaba en la Inglaterra de posguerra, como el racionamiento de alimentos, la escasez de gasolina y la nueva movilidad social. En esta década también se publicaron las últimas obras de Mary Westmacott, Una hija es una hija (1952) y La carga (1956). Se trata de una etapa extremadamente prolífica que vio nacer algunos de los mejores títulos de Agatha Christie: Intriga en Bagdad (1951), La señora McGinty ha muerto y El truco de los espejos (1952), Después del funeral y Un puñado de centeno (1953), Destino desconocido (1954), Asesinato en la calle Hickory (1955), El templete de Nasse-House (1956), El tren de las 4:50 (1957), Inocencia trágica (1958) y Un gato en el palomar (1959). A pesar de esta impresionante variedad de proyectos, su producción se mantuvo estable (1953 fue el último año en que se publicó más de una novela de Christie). Durante los años cincuenta, para disgusto del Club del Crimen de Collins, Christie concentró sus esfuerzos en el teatro y en las excavaciones arqueológicas de su marido. Agatha había llegado a Bagdad en el mes de enero con un fuerte resfriado que le obligó a guardar cama casi una semana: «Estoy metida en cama gimiendo todo el día de dolor —le informaba a Cork—, pero este duro período de meditación forzosa me ha proporcionado un montón de buenísimas ideas». Nada más recuperarse, la autora comenzó a esbozar con entusiasmo la trama de lo que se convertiría en la novela La señora McGinty ha muerto, protagonizada por su detective belga Hércules Poirot y con la participación de la escritora de novelas de misterio Ariadne Oliver, un personaje recurrente que muchos creen que se trata del alter ego de Agatha Christie. Para algunas publicaciones, como la Women’s Journal Magazine (la revista que había comprado la obra para publicarla por capítulos en Inglaterra), el título

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resultaba un tanto macabro, y su editor sugirió que se cambiase por otro más inocuo, a lo que Agatha replicó a Cork: «Creo que algunas revistas no deberían publicar mis historias de crímenes si luego les da miedo titularlas como tales».

Mientras tanto, Max retomaba su trabajo en Nimrud con la investigación de los pozos del ala administrativa del palacio, una operación compleja por los extremos peligros que entrañaba. A pesar de la advertencia de un colega arqueólogo especialista en extracciones petrolíferas de que «todo pozo se cobra como mínimo una víctima», el trabajo se llevó a cabo sin que hubiera que lamentar bajas humanas, y fueron descubiertos un buen número de fragmentos de tablillas de cera ribeteadas de marfil grabadas con inscripciones en caracteres cuneiformes. Consciente de los riesgos que entrañaba aquella operación, Max decidió limitar la exploración de un segundo pozo hasta un límite prudencial, decisión que le impidió descubrir un extraordinario tesoro compuesto por cabezas y recipientes de marfil pintado y adornado con láminas de oro, que solo sería descubierto cuarenta años más tarde por el Departamento Iraquí de Arqueología. Por otro lado, el arqueólogo obtuvo portentosos hallazgos en el tercer pozo, entre ellos una cabeza femenina de marfil, varias piezas de bridas de caballerías y una cobra alada, objetos que en la actualidad pueden contemplarse en el Museo Británico de Londres, en el Metropolitan de Nueva York y en el Museo Iraquí de Bagdad.[N22]

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Uno de los hallazgos más importantes de Max Mallowan durante sus excavaciones en Nimrud fue esta cabeza de marfil, bautizada como Mona Lisa por su enigmática sonrisa. La pieza ha sufrido varios contratiempos de los que se tienen noticia. En el siglo VI a. C., fue arrojada a un pozo cuando la ciudadela de Nimrud fue atacada, y sufrió graves daños durante los saqueos que tuvieron lugar en el Museo Nacional de Bagdad en 2003, como consecuencia de la invasión estadounidense de Irak.

De vuelta a Inglaterra, Agatha y Max pasaron un verano pasado por agua en Greenway, lo que no fue del todo malo, ya que aprovecharon el relajante ruido de la lluvia para descansar y poner sus quehaceres profesionales al día. Fue allí, en un ambiente de paz y quietud, donde la autora recibió la inesperada noticia de la muerte de su hermana Madge, a los setenta y dos años de edad. Con una postura serena, pero sin perder un solo instante, Agatha se trasladó a Abney para ayudar a organizar los preparativos de su funeral, al que asistieron la familia y los amigos más allegados. Fue un momento triste para todos, especialmente para la escritora, que había perdido a su hermana mayor, una persona a la que consideraba más capacitada que ella en muchos sentidos: más fuerte, más ingeniosa y más pragmática. Pocos meses más tarde, encontrándose en Bagdad, Max tuvo también que lamentar la muerte de su madre, víctima de un cáncer incurable que le había obligado a permanecer ingresada en diferentes ocasiones. «Si hubiese sabido que estaba tan grave, me hubiera quedado», escribía Agatha a Cork, lamentándose porque el otro hermano de Max, Cecil, también se hallaba en el extranjero. La desaparición de su madre causó en el arqueólogo una profunda impresión, pero, como en

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Nimrud quedaba todavía mucho trabajo que hacer, no tuvieron otra elección que seguir adelante con la vida.

El regreso del matrimonio a Inglaterra se produjo pocas semanas antes del sesenta cumpleaños de Agatha Christie. Con la proximidad de tan señalada fecha, Cork le advirtió que sería inevitable un cierto número de conmemoraciones, circunstancia que, según ella le contestó por escrito, no tendría por qué no resultarle agradable, siempre y cuando no la obligaran a pronunciar un discurso. La editorial Collins lo celebró con una gran fiesta, a cuya invitación Agatha respondió de forma irónica y provocadora, algo muy poco común en su carácter: «Les agradezco mucho la ocasión que me brindan, y si no tienen inconveniente, asistiré acompañada de mi vieja amiga Mary Westmacott» (por lo visto, Agatha nunca le perdonó a la editorial Collins haber despreciado las novelas románticas de Westmacott, cuyos derechos fueron vendidos a Heinemann). Penguin Books, por su parte, celebró el cumpleaños de la autora reeditando una lista de títulos cuya publicidad rezaba: «Un millón de ejemplares vendidos», mientras que Dodd, Mead & Co. llegaba a un preacuerdo con la compañía publicitaria Avon para reeditar en América ocho de sus obras, comenzando por El misterioso caso de Styles.

Con veintinueve novelas y un sinfín de relatos publicados en los últimos treinta años, algunos críticos de la época empezaron a insinuar que de haber escrito menos libros y de haberlo hecho con más esmero hubiese podido pulir su estilo y explorar otros caminos literarios, una hipótesis que vino de personas que se dedicaron a analizar su obra de manera pormenorizada, pero que no se molestaron en hacer lo mismo con su autora; ignoraban solemnemente el hecho de que para Agatha escribir era una labor ardua, «un fastidio», según sus propias palabras. Si, por un lado, la autora bullía de ideas nuevas para sus tramas —su fértil imaginación no conocía un solo momento de reposo—, pasarlas al papel y darles la forma narrativa adecuada le resultaba una tarea difícil y muchas veces aburrida. Además, escribir nunca fue el aspecto más importante de su vida; y tanto es así que la autora solía esbozar la trama de sus libros en los momentos que tenía libres de sus otras ocupaciones. Fueron incontables las veces en los que la autora abandonó a la mitad la redacción de un capítulo simplemente para salir a dar un paseo, o para cocinar. Apenas hablaba de

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sus novelas con sus amigos, quienes, por su parte, evitaban hacer preguntas porque sabían que no le complacía mezclar su trabajo con su vida personal. En su autobiografía, Christie era tajante: «Soy una mujer casada, ese es mi estado y esa es mi profesión; escribo libros como algo secundario y nunca le di el pomposo nombre de “carrera”; me habría parecido ridículo». Había otro factor a tener en cuenta: no es el crítico literario quien tiene que decidir la forma, el estilo o la calidad de una obra, sino el propio autor y sobre todo los lectores; con respecto a este punto, Agatha Christie se sentía segura de sí misma: conocía bien a su público, sabía cómo complacerlo y con eso le bastaba para sentirse satisfecha. Pese a las críticas acerca de su calidad literaria, es indudable que con los años aprendió a ejercer su oficio con destreza, pero era un ejercicio que le exigía una práctica constante, porque, aun siendo una persona de escasa ambición, era sumamente trabajadora. Sea como fuere, ya en los años cincuenta nadie podía dudar de que su carrera había alcanzado la cima, con millones de libros vendidos y productores cinematográficos y radiofónicos peleándose por los derechos de sus obras.

Justo un año después de que su sexagésimo título se convirtiese en un éxito de ventas, se estrenó en el teatro Sangre en la piscina, a pesar de la oposición de Rosalind, amante de la obra original y que no veía posible su trasvase a la escena, escollo que Agatha consiguió superar al esbozar nuevos planteamientos, como la arriesgada decisión de eliminar al detective de la trama, porque, según su criterio, su aparición en la obra «la arruinaría». El inspector Grange y el sargento Clark también fueron eliminados y reemplazados por el inspector Colquhoun y el detective Penny. La autora firmó un contrato con el productor Bertie Meyer con la promesa de que el estreno de la obra coincidiría con el comienzo del Festival de Teatro de Londres, pero Meyer no fue capaz de cumplir con las fechas acordadas. Sintiéndose molesta con el trato recibido, decidió anular el contrato y cedió los derechos de Sangre en la piscina a Peter Saunders, un joven y prometedor productor teatral. Después de superar grandes dificultades con respecto al montaje y la selección de los actores, Saunders anunció su estreno para el 10 de febrero de 1951 en el Arts Theatre de

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Cambridge. Agatha no pudo estar presente, pues se encontraba en Irak con su marido; sin embargo, teniendo en cuenta la gran cantidad de telegramas que se intercambió con su nuevo agente teatral durante las veinticuatro horas posteriores al estreno, es de suponer que la autora estaba bastante nerviosa con respecto a la crítica y la recepción del público. Su implicación en la obra era muy intensa; ayudaba a escoger reparto, acudía a los ensayos, hacía modificaciones, le encantaba el proceso teatral. Era tímida, pero en realidad adoraba la compañía de la farándula y, al parecer, en esta situación se mostraba en su salsa. Para su deleite, Sangre en la piscina, con la dirección de Hubert Gregg, tuvo un éxito tan arrollador que incluso la reina madre, una notable forofa de Christie, hizo acto de presencia y se dirigió al camerino en el entreacto para conocer a los actores. «¡Es enloquecedor no poder presenciar todo eso! —le escribía Agatha a Saunders—. Espero que en mayo la obra siga en cartel en Londres». En su autobiografía, Christie explica que escribir una obra es mucho más fácil que escribir una novela porque «los límites circunscritos del escenario simplifican las cosas» y al dramaturgo «no le entorpecen todas esas descripciones que le impiden centrarse en lo que está ocurriendo». De hecho, fue necesario realizar algunas correcciones durante el transcurso de las primeras presentaciones. En la noche de estreno, hubo momentos en los que se podían oír algunas risas del público, resultado de la interpretación de Jeanne de Casalis, una actriz de extraordinarias dotes cómicas. Tras una reunión del elenco celebrada pocas horas después, la obra recuperó el equilibrio, y en la segunda representación ya no se produjeron risas inoportunas. Sangre en la piscina permaneció en cartel once meses consecutivos, de modo que Agatha pudo asistir a más de una de sus representaciones (se dice que la autora quedó tan impresionada con el buen hacer de Saunders que tras la Navidad de 1951 concertó un almuerzo con él en Londres para entregarle un sobre cuidadosamente precintado. En su interior se encontraba el guion de La ratonera, una obra que acabaría alcanzando un éxito inimaginable).[N23] Al igual que Edmund Cork, Peter Saunders era un hombre de gran perspicacia, y sabía cómo complacer a la novelista, informándole constantemente del progreso de sus obras. También le sugería cambios en el momento oportuno y, quizá lo más importante, demostraba tanto interés por las obras como su propia

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autora. Saunders poseía, asimismo, una extraordinaria habilidad para atraer la atención del público mediante estrategias publicitarias, un campo por el que Agatha sentía verdadero pavor, sobre todo cuando los focos la apuntaban a ella. Pese a detestar la publicidad en todos sus matices, acababa por aceptar las propuestas de Saunders, quizá porque este conseguía persuadirla mediante halagos o tal vez porque era consciente de su total ignorancia respecto a la gestión comercial de una obra teatral.[N24]

En 1952, los Mallowan regresaron a Irak para retomar los trabajos de excavación, y un mes después de su llegada moría en Londres el rey Jorge VI como resultado del deterioro que había sufrido su salud tras una operación de cáncer de pulmón. Hijo de Jorge V, había accedido al trono de forma inesperada tras la abdicación de su hermano, el rey Eduardo VIII, en 1936. Alcanzó una popularidad extraordinaria durante la Segunda Guerra Mundial, ya que permaneció gran parte del conflicto en Londres a pesar de la intensidad de los bombardeos alemanes y se dedicó a elevar la moral de sus súbditos. Tras la contienda, tuvo que afrontar importantes cambios en la política y la monarquía con el inicio de la descolonización del Imperio británico y de la guerra fría. Fue sucedido por su hija, la reina Isabel II. En la embajada británica se celebró un funeral en su memoria en el que estuvieron presentes importantes miembros del Gobierno iraquí y varios jeques locales. Max y Agatha también se encontraban entre los invitados. «Como todos mis vestidos son bastante chillones, tuve que ponerme el único negro que tengo y que sale en todas estas ocasiones», le decía Agatha a Cork. Fue un año muy poco productivo para la autora, que se dedicó a acompañar a su marido por Nimrud, que por entonces ya se había convertido en atracción turística y lugar de peregrinación para muchos curiosos. La única ocasión en la que trabajó en su obra fue para modificar algunos tramos del capítulo final de Una hija es una hija, una novela de Mary Westmacott que trata de la posesividad en el amor. Estaba protagonizada por una viuda, todavía joven, que a consecuencia de las objeciones de su hija, una muchacha de diecinueve años, rechaza a un pretendiente y con él la posibilidad de contraer un segundo matrimonio. Aunque se podría pensar en un paralelismo entre la trama y la historia de

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Agatha Christie y Max Mallowan, la relación que describe en esta obra es muy distinta de la que le unía con Rosalind, aunque quienes las conocieron afirmaban que reflejaba la de la vieja amiga de Agatha de los tiempos de Abney, Nan, con su hija Judith.

Al regresar a Inglaterra, Agatha trató de invertir tiempo en proyectos para obras de teatro más que para nuevas novelas; y el trabajo que acabaría convirtiéndose en todo un éxito fue la versión teatral del relato Tres ratones ciegos, una obra escrita originalmente en 1947 para la radio. Para llevarla al teatro, la autora tuvo que ampliarla hasta conseguir un texto que pudiera ser repartido en tres actos. «Cuanto más pensaba en el texto, más me parecía que debía alargarse: de obra radiofónica de veinte minutos a

suspense en tres actos —explicó la autora en sus memorias—. Busqué dos personajes adicionales, una trama y escena más complicadas y una lenta introducción al clímax». De forma natural y casi inconsciente, Agatha convirtió un relato radiofónico en una obra genuina que hace honor a su estilo: una joven pareja hereda una mansión de estilo victoriano y la ponen en alquiler como casa de reposo. En una fría noche de invierno, van llegando los inquietantes inquilinos para pasar el fin de semana: un joven excéntrico, una dama anciana de mal temperamento, un misterioso extranjero y un militar retirado. Poco después, un joven sargento de la policía consigue llegar a través de la nieve para advertirles de que un peligro los acecha, pues alguno de ellos puede tener relación con un crimen cometido hace algunos años. A pesar de la presencia del policía, la anciana es asesinada, y, al enterarse de que habían quedado incomunicados a causa de la nieve, y con las líneas telefónicas cortadas, todos temen que el asesino vuelva a actuar. La casa se convierte en una ratonera, y las sospechas y recelos entre unos y otros se van sucediendo. El joven policía propone reconstruir el crimen, pero es una trampa para quedarse a solas con la joven propietaria y asesinarla. [N25]

Nada más finalizar el guion, Agatha se lo envió a Peter Saunders, que se encargó personalmente del casting para la obra (el agente tenía la intención de estrenarla en Nottingham en octubre y en Londres en diciembre, coincidiendo con el inicio de la temporada navideña). Las pruebas de actores comenzaron a realizarse en agosto, y en septiembre Peter Cotes fue contratado para asumir la dirección. Cuando llegó el

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momento de empezar a publicitar Tres ratones ciegos, hubo que darle un título nuevo porque ya existía otra obra teatral con este nombre que había estado representándose en el West End tras la Segunda Guerra Mundial. La idea de llamarla La ratonera vino de una sugerencia del yerno de Christie, Anthony Hicks, y con este nombre se estrenó en el teatro Ambassador de Londres el 25 de noviembre de 1952. Ocho años después, la obra permanecía en cartel, y siguió su andadura con paso firme contradiciendo los augurios de la época, que preveían que, pasada la novedad, la obra caería en el olvido en un plazo máximo de seis meses. —La propia Agatha, que acudió al estreno, calificó su obra como «aceptable», pero durante las primeras doce semanas de representación se agotaron cada noche las localidades y, ante el asombro de la autora, el público continuó afluyendo—. Resulta curioso imaginar cómo se sentiría hoy si supiera que La ratonera sigue en cartel tan viva como el día de su estreno, con un ritmo de una representación diaria y entradas casi siempre agotadas.[N26]

Nota del autor

La ratonera tiene en la actualidad el récord del espectáculo con mayor permanencia en un teatro en todo el mundo, una marca que será muy difícil de superar. En 2022, la obra hubiera llegado a los setenta años de exhibiciones diarias ininterrumpidas si no hubiese sido por la pandemia provocada por el COVID-19 (conocido por todos como coronavirus), que obligó al Gobierno británico a anunciar, el 16 de marzo de 2020, la suspensión de todos los eventos en espacios cerrados. Desde entonces, los anuncios de cancelación de actos culturales, habitualmente multitudinarios, se han sucedido sin interrupción. En su página web oficial, el teatro Saint Martin (donde La ratonera se encuentra en cartel) publicó una nota oficial en la que confirma la cancelación de todas las actuaciones por lo menos hasta el 30 de junio. Los coronavirus son una familia de virus que se descubrió en la década de los sesenta, pero cuyo origen es todavía desconocido. Sus diferentes tipos provocan distintas enfermedades, desde un resfriado hasta un síndrome respiratorio grave

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(una forma grave de neumonía). En los últimos años se han descrito tres brotes epidémicos importantes causados por coronavirus: el SRAS-CoV, que se inició en noviembre de 2002 en China, que afectó a más de ocho mil personas en treinta y siete países y provocó más de setecientas muertes —la mortalidad del SRAS-CoV se ha cifrado en el 10 % aproximadamente —, el MERS-CoV, causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio, que fue detectado por primera vez en 2012 en Arabia Saudí —se han notificado hasta octubre de 2019 más de dos mil cuatrocientos casos de infección en distintos países, con más de ochocientas muertes— y, por último, el COVID-19, detectado a finales de diciembre de 2019, cuando se notificaron los primeros casos en la ciudad china de Wuhan. Desde entonces, el goteo de nuevos infectados ha sido continuo y su transmisión de persona a persona se ha acelerado. Los casos declarados de neumonía de Wuhan ya superan con creces a los de la epidemia de SRAS, pero con una tasa de letalidad más baja.

En un comunicado publicado el día 16 de marzo de 2020 en la página web oficial del teatro Saint Martin, la dirección anunciaba que su obra teatral más famosa estaba cancelada a raíz del estado de alarma decretado por la pandemia del COVID-19. Esta forzosa interrupción duraría hasta el 23 de octubre de 2020, cuando La ratonera volvería a la cartera con restricciones de seguridad sanitaria. Su reestreno, sin embargo, no fue posible debido a los intermitentes repuntes de contagios en el Reino Unido. Se espera que esta forzosa interrupción represente tan solo una breve pausa en su exitosa historia.

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Según la crítica especializada, el éxito de La ratonera se debió a la extraordinaria labor de Saunders. Fue idea suya organizar una fiesta anual para celebrar la obra, que era exhaustivamente anunciada en los cruceros que hacían escala en el Reino Unido. Este evento siguió promocionándose tanto tiempo que llegó hasta el punto de perpetuarse. La obra se estrenó en España el 6 de agosto de 1954 en San Sebastián, y desde entonces se viene reponiendo en diferentes ciudades de nuestro país.[N27] En realidad, el secreto de La ratonera puede tener dos explicaciones: por un lado, la obra cumple a rajatabla y sobradamente con los ingredientes de una novela clásica de Agatha Christie: la Inglaterra de la posguerra, una casa aislada por la nieve, ocho personas encerradas, todas ellas sospechosas y con motivos para serlo. Y, por supuesto, con un crimen por resolver. Los actores interpretan con solvencia a personajes arquetipados, como corresponde a un género que vuelca todo el interés en la trama y no en la profundidad psicológica de los viandantes. La autora, además, echa mano del recurso del «Whodunit» (¿quién lo ha hecho?), cumpliendo con un protocolo básico, pero esencial, del género policiaco.[N28] Por otro lado, hay quienes afirman que la obra solo logra mantenerse en cartel porque se ha convertido en una atracción turística, que hoy se representa en un aforo reducido del centro de Londres, apoyándose más en la fama de su autora que en el interés por asistir a una obra teatral.[N29] Agatha Christie cedió los derechos de esta obra a su único nieto, quien sigue disfrutándolos en la actualidad: «La ratonera pertenece a mi nieto Mathew, que, por supuesto, ha sido el miembro más afortunado de la familia; es un regalo (el de su duodécimo cumpleaños) que le convertirá en el más rico de mis beneficiarios».[N30] Algunos de los amigos más cercanos (y más necesitados) de la novelista fueron agraciados con los derechos de autor de algunas de sus obras. Christie creía que el hecho de sentarse a escribir algo y que más adelante pasase directamente de sus manos a las de otra persona era algo mucho más natural y producía mayor alegría que regalar cheques o cosas por el estilo.

Agatha pasó casi todo el verano de 1952 encerrada en Greenway a causa del mal tiempo. El verano fue tan lluvioso que provocó el caos en varias

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ciudades de las comarcas del sudoeste de Inglaterra, donde la situación se tornó aún más crítica ante el desabastecimiento de combustible y la escasez de alimentos. La autora trató de recuperar el tiempo perdido esbozando el argumento de dos nuevas novelas (que se titularían Después del funeral y Un puñado de centeno). La primera quedó terminada a finales de agosto, y la segunda iba por buen camino para ser finalizada en octubre, pero justo el día de su cumpleaños, Christie sufrió un pequeño accidente doméstico y se fracturó una muñeca, lo que le imposibilitó escribir a máquina. La obra, sin embargo, acabó siendo concluida poco tiempo después del plazo estimado gracias a un dictáfono enviado por Cork. Después del funeral cuenta la historia de un anciano millonario, Richard Abernethie, que ha muerto de forma repentina. Al día siguiente de su funeral, sus descendientes se reúnen en el despacho del abogado de Abernethie para conocer el contenido de su testamento; entonces, Cora, la hermana del difunto, revela que él fue asesinado. Como sus familiares estaban acostumbrados a que dijera cosas fuera de lugar, nadie le prestó atención, pero al día siguiente ella es asesinada y el abogado comienza a sospechar que Cora sabía más de lo que daba a entender, y su asesinato podía estar conectado con el de Richard. Para llegar a la verdad de los hechos, decide llamar al famoso pero ya retirado detective Hércules Poirot. En Un puñado de centeno, el acaudalado Rex Fortescue muere en circunstancias misteriosas nada más llegar a su oficina. Al tratarse de una muerte tan repentina, se practica la autopsia y se descubre que el hombre falleció envenenado con taxina, un extraño veneno que se obtiene de las hojas de los tejos, árboles que rodean la finca del muerto. Poco después, Gladys, la doncella de Fortescue, también es asesinada. Por fortuna, miss Marple, que había tenido a la muchacha a su servicio, se encarga de la investigación. Agatha Christie terminó 1952 con grandes resultados: las ventas alcanzadas en Estados Unidos por Intriga en Bagdad superaron con creces las de todos sus libros anteriores, y en reconocimiento de su incuestionable popularidad, los lectores de la revista Ellery Queen’s Mystery Magazine la situaron entre los «diez mejores autores de novelas policíacas en activo».

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Agatha y Saunders intentaron repetir el éxito de La ratonera con el estreno de Testigo de cargo en 1953, concebida por la novelista en un inicio como relato corto, pero, más adelante, transformada en obra teatral. Tras leer el borrador del guion idealizado por Saunders, Christie propuso un desenlace que dejó boquiabierto al productor. La autora pensó que la historia podría finalizar en un tribunal, lo que le proporcionaría al público un inesperado giro final. A pesar de las dificultades técnicas que suponía llevar a cabo semejante idea en escena, Saunders accedió y Agatha, en consecuencia, dio los toques finales al borrador. La obra se dividió en tres actos y fue clasificada como una «comedia policíaca de juicios» con pocos personajes, en la que la exposición de los hechos y la psicología de los personajes cobra mayor relevancia que la acción.[N31] En sus memorias, Agatha Christie revela que Testigo de cargo era una de sus piezas favoritas, sobre todo porque al principio le daba miedo su total ignorancia acerca de los procedimientos legales. Peter Saunders trató de incentivarla diciéndole que sometería el manuscrito a la lectura de un abogado experto, que sería capaz de detectar cualquier anomalía, pero la autora no se sentía cómoda al pisar un terreno del que conocía muy poco. Decidió leer sobre juicios famosos, consultó con pasantes y abogados y al final acabó interesándose. Después de tres semanas de intenso trabajo, entregó el borrador del guion a Saunders, que se quedó sorprendido con la narración de las escenas y su inesperado desenlace. La única crítica severa que la obra recibió vino de un abogado que decía que si se trasladara la trama a la vida real, el juicio duraría tres o cuatro días por lo menos, por lo que sería incoherente reducirlo a una hora y media o dos. «Por supuesto, tenía mucha razón, pero tuve que explicarle que todas las obras de teatro gozan de ciertas licencias por las que tres días pueden condensarse en una hora», escribió la autora en sus memorias..[N32]

Testigo de cargo se estrenó en el Winter Garden Theatre de Londres el 28 de septiembre de 1953, y pronto se convirtió en una de las mejores creaciones de la escritora británica, que mantiene el suspense hasta el final de la historia, cuya producción exigió grandes inversiones. El reparto contaba con treinta actores y dos decorados, uno de los cuales consistía en una fiel reproducción de Old Bailey, sede del Tribunal Supremo de Justicia Criminal de la nación. Christie confesó a sus más allegados que acudió a la

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noche del estreno con los nervios de costumbre, pero en cuanto los actores subieron al escenario, empezó a disfrutar. Sin embargo, al terminar la función, abandonó el teatro antes de que cayera el telón, pero al llegar a la calle ya había una pequeña multitud de admiradores esperándola. «Era gente sencilla de entre el público que, habiéndome reconocido, me daba palmadas en la espalda. Por una vez, mis nervios y mi conciencia de mí misma me habían abandonado. Fue una noche memorable. Todavía estoy orgullosa de ella. Siempre que revuelvo el baúl de los recuerdos, le echo un vistazo y digo: “¡Aquella fue mi noche!”».[N33] Entre el público presente se encontraban el duque y la duquesa de Windsor, que volvían a Inglaterra por primera vez desde 1937, cuando el duque, entonces, Eduardo VIII, abdicó para poder casarse con Wallis Simpson, una empresaria estadounidense que ya se había divorciado dos veces. La princesa Margaret (hermana de la reina Isabel II) también asistió a la obra y solicitó una sala reservada para recibir amigos y tomar una copa durante el descanso. Agatha jamás se olvidaría del irónico comentario que le hizo una señora mayor a la salida del teatro: «Ha sido lo mejor que ha escrito hasta el momento, me encantó». A pesar de haber estrenado en la peor época del año, y en uno de los teatros del West Wesd con las peores instalaciones, era casi imposible conseguir una localidad en las primeras semanas. En total, se registraron 468 representaciones, un excelente resultado que proporcionó un verdadero alivio para Saunders, porque los costes de producción habían superado lo inicialmente estimado y ya no había recursos financieros para cubrir cualquier eventualidad. En Nueva York, la obra fue acogida con auténtico éxtasis y le valió el premio Edgar otorgado por la asociación Mystery Writers of America. El gran público la pudo disfrutar durante dos años en Broadway y fue seleccionada por el Círculo de Críticos Teatrales de Nueva York como la mejor obra extranjera de 1954. Christie consiguió, además, la proeza de tener en cartel nada menos que tres de sus «criaturas» sobre los escenarios del West End londinense de forma simultánea, junto con La ratonera y La telaraña, su siguiente obra, una pieza policiaca que pertenece de lleno al mystery inglés, aunque se ha acentuado el tono de humor del que nunca están exentas las obras de Agatha Christie. La trama presenta dos crímenes: uno que se ha cometido en el presente, al que se le suma otro en el pasado, ambos con varios

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sospechosos, algunos de los cuales son acusados de haber escondido el cadáver y urdir una mentira para la policía. Al final, el criminal es uno de los personajes menos sospechosos, pero antes la autora ha ido sembrando dudas y pistas falsas que acusaban a otros personajes. Toda la acción se desarrolla en una mansión con un decorado que representa un lujoso salón, que incluye un escondrijo secreto donde se oculta el cadáver.[N34] Estrenada el 13 de septiembre de 1954 en el teatro Savoy londinense, la obra funcionó bastante bien y llegó a alcanzar nada menos que 774 representaciones.

1954 fue el año de Hacia cero, adaptada de la novela del mismo nombre, a pesar de que la autora ya la había escrito para la escena nueve años antes, aunque decidió archivarla por no considerarla suficientemente buena, hasta que años después la rescató y le dio un nuevo aire. «La idea de descubrir al asesino entre un grupo de sospechosos, introduciendo pistas falsas y unas cuantas situaciones cómicas, es algo que veo hoy

soporífero —escribió a Cork mientras valoraba adaptar Hacia Cero—. Francamente, no creo que esta novela pueda dar buen resultado en el teatro, porque su intención no es presentar a varios sospechosos, sino hacer que todos los indicios apunten a una sola persona sobre la cual recaen las sospechas, y rescatar a la víctima en el momento en que parece irremisiblemente condenada. Quizá fuera mejor renunciar a este proyecto. ¿Qué opina usted?». Al final, la autora acabó convencida por su agente y pensó que sería una buena idea combinar el texto original con el que tenía retocado. Su esfuerzo resultó en una enrevesada pieza policíaca cuyo mayor atractivo para el público reside en descubrir quién es el asesino, un desafío de extrema dificultad, puesto que todos los personajes están implicados y cada uno de ellos tiene un motivo para ser culpable. La trama presenta, además, una serie de giros inesperados que, aunque resaltan la arbitrariedad más absoluta, de manera que podrían darse distintos finales, hacen las delicias de los espectadores aficionados al género, que tienen ocasión de apuntar y apostar por uno u otro personaje.[N35]

Aunque se puede considerar que todas las obras que Agatha Christie llevó a los escenarios fueron un éxito de público y crítica, la novelista no estuvo exenta de fracasos, y el más significativo, sin lugar a dudas, fue la adaptación de Una hija es una hija, que había firmado con el seudónimo

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de Mary Westmacott. Al reunirse con Peter Saunders para presentarle la idea, este le sugirió algunas enmiendas y añadidos al relato original, intuyendo que la obra no reunía todos los requisitos para convertirse en un éxito. Sus premoniciones eran correctas, y la obra solo duró una semana, con tan solo ocho actuaciones, en el Theatre Royal de Bath.[N36]

Mientras tanto, en Irak, las perspectivas no eran tan halagüeñas; las difíciles condiciones meteorológicas ralentizaban el ritmo de los trabajos e incrementaban aún más sus riesgos inherentes —uno de los accidentes más comunes que pueden poner en peligro la vida de los trabajadores de un yacimiento arqueológico es el colapso de un pozo, un percance cuya probabilidad se incrementa de forma exponencial en días de lluvia—. La temporada de 1953 fue, en este sentido, especialmente desagradable. «Hemos tenido un tiempo espantoso —le decía Agatha a Cork, describiéndole la situación en la que se encontraban—: hay carreteras cortadas y puentes destruidos a consecuencia de las lluvias, las colinas están nevadas y cada mañana tenemos que romper la capa de hielo que se forma en los cubos de agua […] Uno no puede figurarse lo que es meterse en la cama, entre sábanas húmedas, y levantarse a la mañana siguiente con la ropa empapada». El ambiente descrito por la autora no es el idóneo para una mujer de sesenta y tres años, pero su buen humor le ayudaba a sobrellevar la rutina; por otro lado, las comidas eran fundamentales para mantener alta la moral del grupo.[N37]

En 1953, Agatha Christie entregó a Collins el manuscrito de Un puñado de centeno; al negociar los términos de la cesión de derechos con diferentes editoriales y periódicos, Edmund Cork pensó en programar las entregas de forma escalonada; de esta forma, Collins la publicaría en invierno y Dodd, Mead & Co. lo haría en primavera. En cuanto a los rotativos, el Daily Express lo publicaría por capítulos en Inglaterra mientras que el Chicago Tribune adquiría estos derechos para Estados Unidos. Christie dedicó la obra al editor de The Sketch, Bruce Ingram, «a quien le gustaron mis primeros cuentos y los publicó de forma desinteresada»; por otra parte, cedió sus derechos de autor a la Escuela Británica de Arqueología de Irak, que reservó parte del donativo para

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financiar el libro de Max sobre Nimrud. Tanto Cork como Ober estaban entusiasmados con este lanzamiento, ya que las ventas de la Reina del Crimen se habían duplicado desde el final de la guerra, llegando a triplicarse en algunas ocasiones. Para celebrar esta inmejorable etapa, Collins le regaló a la autora un nuevo automóvil, y para estar seguros de que el coche le iba a complacer, le solicitó que le sugiriese algunos modelos. Christie se inclinó por un Humber Super Snipe, un coche con una apariencia muy similar a los coches americanos de la época, aunque su montadora (Humber Limited) era cien por cien británica. No existen fotos de Agatha Christie en este vehículo, pero se supone que Collins le regaló el modelo Mark IV de siete asientos, que fue lanzado a mediados de octubre de 1952. Estaba dotado con un potente motor OHV 4138 de 113 caballos, lo que seguramente debió de haber complacido a la autora, que era una amante de la velocidad, aunque teniendo en cuenta su edad, lo más probable es que hubiese elegido este modelo por su comodidad. «Tiene muchísimo espacio; y entre el continuo transporte de los libros de Max, las flores y verduras que traigo de Wallingford y que en verano nos gusta que quepan siete u ocho personas para ir a la playa o a comer al campo, creo que es lo que más falta nos hace en este momento. Además, no tiene usted idea de la cantidad de cosas que un arqueólogo lleva consigo».

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Para complacer a su autora más rentable, la editorial Collins le regaló este coche, un Humber Mark IV. Billy Collins sugirió que el Jaguar era de línea más bonita y poseía mayor potencia, pero Christie se inclinó por un automóvil más espacioso. Su editor estaba tan encantado con las ventas de sus obras que ya no sabía qué más hacer por ella. En una carta dirigida a Edmund Cork, Billy Collins escribió: «Espero que el coche sea de su agrado, y si la señora Mallowan desea algún elemento extra, como radio, calefacción o fundas para los asientos, por favor, házmelo saber».

Agatha regresó de Nimrud en agosto sin una sola hoja escrita y con la mente vacía de ideas. Tal era su estado de apatía que cuando Collins le preguntó sobre las perspectivas de una nueva novela, la escritora le comunicó de forma bastante irónica: «Todavía no he empezado otro libro; mejor dicho, lo he empezado, pero estoy completamente atascada. Si le digo la verdad, no tengo ningunas ganas de trabajar. ¿Ha experimentado alguna vez esta sensación?». Esta insólita etapa de procrastinación de Agatha Christie coincidió con la coronación de la reina Isabel II, un acontecimiento solemne y de esplendor celebrado en todo el mundo, que marcó el inicio de un reinado histórico. Tuvo lugar el 2 de junio de 1953, en una jornada de lluvia torrencial, que no impidió que miles de espectadores se congregasen y acamparan por la noche para guardar su lugar a lo largo de la ruta. Se calcula que hubo aproximadamente tres millones de personas a lo largo de las calles para aclamar a la nueva reina. La coronación fue uno de los primeros eventos en ser retransmitidos por televisión, y para muchos británicos fue la primera vez que acompañaban

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un evento por medio de imágenes, ya que no había demasiados televisores entonces. Se calcula que un total de veintisiete millones de telespectadores vieron la ceremonia y más de once millones escucharon la retransmisión por radio. Como curiosidad, los cámaras fueron seleccionados por su altura, ya que los espacios que debían ocupar eran muy pequeños; y una de las periodistas acreditadas como corresponsal del Washington Times Herald fue Jacqueline Bouvier, la que más tarde sería la primera dama Jackie Kennedy.[N38]

De vuelta a Greenway House, y con las energías renovadas, Agatha volvió a su rutina, demostrando que, cuando se sentía motivada, era capaz de trabajar con grandes bríos. En el mes de septiembre recibió de Peter Saunders el encargo de una obra teatral para una cliente suya, Margaret Lockwood, una famosa actriz británica que había protagonizado la clásica película The Lady Vanishes, dirigida por Alfred Hitchcock, y llegó a convertirse en la actriz con más prestigio del cine británico de su época —su mayor éxito fue su participación en The Wicked Lady (1945), un film controvertido en su día y que le otorgó una considerable publicidad—. Margaret Lockwood y Agatha Christie se encontraron en un almuerzo celebrado en el restaurante Mirabelle y congeniaron de inmediato. Al cabo de un mes, Margaret recibía el primer borrador de La telaraña, obra en la que Agatha no solo escribió un papel para ella, sino además otro para su hija, Julia, que tenía entonces catorce años.[N39]

Para una persona tan ajena a multitudes y celebraciones públicas como Agatha Christie, el fin de año de 1953 supuso un verdadero maratón de festejos que hicieron coincidir las tradicionales reuniones navideñas y de fin de año con innumerables fiestas que celebraran el éxito de sus obras teatrales; y a pesar de sentirse «algo aturdida por los excesos gastronómicos de estos días», la novelista aún se dispuso a reunir a un grupo de casi cien personas, entre amigos y colaboradores, a una cena en el Savoy. Cork se ocupó de organizar todos los detalles de una histórica velada en la que Agatha formalizó la donación de sus derechos de autor de un relato corto de miss Marple, titulado Santuario, a la Junta de Restauración de la abadía de Westminster. No era la primera vez que hacía

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un donativo de esta naturaleza: en cierta ocasión, decidió realizar lo que ella denominó como su «acción de gracias», escribiendo una novela corta con la intención de ceder sus derechos a la iglesia de Churston (parroquia a la que pertenecía Greenway) simplemente porque no le gustaba una de sus vidrieras, pues creía que carecía de inspiración artística. «Todos los domingos me fijaba y pensaba lo bonito que estaría en colores pálidos. Como no tenía ningún conocimiento sobre cristal emplomado, tuve que visitar varios talleres y encargar diferentes diseños a diferentes artistas. Al final me decidí por uno que me encantó, no solo por su colorido, sino que además tenía como figura central el Buen Pastor». Para su sorpresa, la diócesis de Exeter rechazó su donación alegando que el diseño del panel central de una ventana orientada al este tenía que representar la Crucifixión, pero, después de hacer algunas indagaciones, convinieron que figurase lo que ella quería: «una vidriera alegre… para una sencilla iglesia rural frecuentada por campesinos»; al fin y al cabo, no solía suceder que una buena y rica samaritana como ella hiciera una donación de semejante importancia. En la primavera de 1957, una nueva vidriera a cinco colores quedaba instalada en el muro oriental de la iglesia, y los feligreses que allí acudían todos los domingos nunca conocieron la verdadera identidad de la generosa donante.

Collins, mientras tanto, comenzaba a preocuparse ante la ausencia de un nuevo título para 1954. Entre la editorial y la autora existía un acuerdo «apalabrado e implícito» en el que la última se comprometía a entregar al menos el manuscrito de una novela inédita al año, sobre todo porque a Collins le interesaba mantener activa su exitosa campaña publicitaria anual: «Una Christie por Navidad» (cuya sonoridad en inglés resulta bastante más atractiva: «A Christie for Christmas») y, por lo tanto, había que hacer valer este eslogan a toda costa. La situación se hizo tan alarmante que Collins consideró la desesperada idea de publicar una colección de relatos (que ya no eran inéditos) o reeditar el relato original de Testigo de cargo, pero decidió abandonar el plan al darse cuenta de que la primera opción sería «falsear» su eslogan publicitario y la segunda decepcionaría a sus lectores, puesto que la historia original de Testigo de cargo quedaba muy alejada de la actual adaptación teatral. Luego, para su alivio, el editor se enteró de que Agatha llevaba meses trabajando en un

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manuscrito, pero solo pudo terminarlo cuando regresó a Nimrud, alejada de los focos, fiestas y ensayos teatrales. Su nueva novela, titulada Destino desconocido, obtuvo gran éxito tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, seguramente porque trataba no solo sobre conspiraciones y fugas, temas muy atractivos para la imaginación popular en aquellos años de guerra fría, sino porque además analizaba las causas y consecuencias de la deserción, cuestión que obsesionaba al público desde la condena, en 1950, de Klaus Fuchs, considerado uno de los físicos más importantes del siglo XX. Fuchs formaba parte del equipo que trabajaba en el Proyecto Manhattan, nombre clave de un ultrasecreto proyecto de investigación científico llevado a cabo durante la Segunda Guerra Mundial por los Estados Unidos con el objetivo de desarrollar la primera bomba atómica. Según investigaciones del Gobierno americano, Fuchs habría pasado a los soviéticos el principal esbozo teórico para crear una bomba de hidrógeno y los bosquejos iniciales para su desarrollo, además de una serie de informes que detallaban el estado en que se encontraba el proyecto trabajado en Inglaterra y Estados Unidos. Capturado por el servicio secreto británico, el MI5, durante una visita a Londres, el científico alemán fue sometido a un intenso interrogatorio en el que admitió que había filtrado una serie de informaciones clasificadas al Gobierno soviético. Declarado culpable el 1 de marzo de 1950, fue sentenciado a catorce años de prisión, la pena máxima prevista en la época por pasar secretos militares a una nación enemiga.[N40] En el campo escénico, Agatha Christie conseguía un rotundo éxito en Inglaterra con La telaraña, obra que permaneció en cartel durante un período más prolongado de lo previsto, gracias, en parte, a la brillante actuación de la consagrada actriz británica Margaret Lockwood, protagonista absoluta de la obra durante los primeros quince meses de representación interpretando el papel de Clarissa, la caprichosa pero inteligente esposa de un diplomático que intenta deshacerse de un cadáver que aparece en su salón.[N41]

En medio de tanto viaje a Irak, desarrollo de nuevas novelas y asistencia a ensayos y estrenos, Greenway representaba un oasis y un refugio de tranquilidad, sobre todo durante el verano, cuando la familia se reunía al completo. Su nieto Mathew, que por aquel entonces era un niño de once años, estudiaba en un internado de Berkshire y ya comenzaba a

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leer los éxitos de su célebre abuela (tan pronto como se publicaba, Agatha solía enviarle su última novela, que era previamente examinada por sus profesores y luego llegaba a sus manos). Max también deseaba transmitirle sus conocimientos y se empeñó en que aprendiera los secretos de la escritura cuneiforme, considerada una de las formas de escritura más antiguas. Con un bellísimo ejemplar editado por el Museo Británico, el arqueólogo le enseñaba fotos de unas tablillas de arcilla halladas en Umm el-Qaab, que fueron talladas con unos sencillos caracteres que constituyen los documentos escritos más antiguos que se hayan encontrado (se estima que estas tabillas fueron confeccionadas entre el año 3400 y el 3200 a. C.). Mathew también aprendió que los sumerios eran considerados los inventores de la escritura cuneiforme, que posteriormente sería adoptada por otras lenguas e inspiraría los alfabetos de la antigua Persia. Para Max, uno de los documentos más importantes y antiguos que se han conservado y que incluyen caracteres de escritura cuneiforme era el llamado Código de Hammurabi. Grabado en una estela de más de dos metros de altura a instancias del rey Hammurabi de Babilonia, viene a recoger uno de los grupos de leyes más antiguos que existen. Con todo este ambiente intelectual que le rodeaba, sumado al amor que su familia le profesaba, nadie puede dudar de que Mathew fue un niño privilegiado, que se convertiría en un adulto dedicado la conservación del legado literario de su famosa abuela.[N42]

A finales de 1954, Christie terminó la redacción del manuscrito de la novela El templete de Nasse House. En esta nueva obra, el propietario de Nasse House organiza una fiesta benéfica en los terrenos de la mansión, y para este cometido decide encomendarle a su amiga y escritora de libros de misterio Ariadne Oliver la elaboración de un plan con un falso asesinato para entretenimiento de los presentes. Ariadne acepta el encargo y, tras varias semanas de planificación, acude a su amigo Hércules Poirot para obtener su ayuda, ya que sus instintos le dicen que algo siniestro se incuba detrás del divertimento. Efectivamente, Poirot no tardará en descubrir que nada ni nadie es lo que aparenta… ni siquiera el falso asesinato. Hay muchos elementos en El templete de Nasse House que son una referencia clara e inequívoca a Greeenway, como la fortificación, los barcos de recreo e incluso un albergue juvenil, como el que lindaba con la propiedad

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de Agatha, cuyos usuarios a veces perdían el camino y acababan invadiendo inadvertidamente su jardín, cuya pasión le acompañaría durante toda su vida. En los años de la posguerra, Agatha Christie se deleitaba supervisando los extensos huertos de Winterbrook House y los jardines ornamentales de Greenway, que aún siguen siendo un atractivo lugar para todos los públicos. Los jardines ocupan un lugar destacado en su bibliografía, sobre todo en las novelas protagonizadas por miss Marple, quien, desde su primer caso (Muerte en la vicaría) demuestra sus habilidades como experta jardinera hasta el último (Némesis), cuando miss Marple se apunta a una excursión turística de «casas y jardines», durante la cual deja escapar que el estilo de una de las casas que conoce le aburre bastante, pero que los jardines le fascinan. Afectada por la edad, al igual que su creadora, llega un punto en el que miss Marple se ve obligada a dejar la placentera actividad de deshierbar y podar en manos de unos jardineros en cuya capacidad apenas confía (aunque en el caso de Agatha dicha tarea se la encomendaba a un equipo de jardineros especializados y con varios premios en su haber). En su autobiografía la palabra jardín y sus derivados aparecen en al menos noventa ocasiones, por lo que sería posible hacer un resumen de su vida tomando solo como referencia los jardines que formaron parte de ella.

Jardines de su infancia:

¡Estupendo y emocionante mundo de la niñez! Quizá lo que más me interesaba era el jardín que, año tras año, fue cobrando mayor importancia para mí. Llegué a conocer y dar a cada uno de los árboles un significado especial. […] el acebo, el cedro, la wellingtonia y dos abetos, que asociaba con mis hermanos, no sé por qué. Se podía trepar al árbol de Monty y penetrar a gatas en el tronco del árbol de Madge.

En el jardín de Ealing siempre es verano, verano caluroso. Siento las bocanadas de aire caliente y seco y el perfume de las rosas nada más salir por la puerta lateral. Aquel pedazo de tierra cubierto de hierba verde y rodeado de rosales era todo un mundo. Primero las rosas, muy importantes; se cortaban a diario los capullos marchitos; y con el resto, se preparaban algunos floreros. La abuela estaba muy orgullosa de sus rosas, atribuyendo su

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tamaño y belleza a «las aguas sucias de los desagües, querida, el abono líquido…, no hay nada como él. ¡Nadie tiene rosas como las mías!».

El aro era para mí, sucesivamente, un caballo, un monstruo marino y un tren. Corriendo con él por los senderos del jardín me convertía en un caballero armado en busca de aventuras, o en algo menos romántico, en un maquinista de tres ferrocarriles proyectados por mí misma: el tubular, con ocho estaciones que se extendía por las tres cuartas partes del jardín; el metro, una línea corta, que cubría solo el huerto, partiendo de una gran tubería de agua con un grifo debajo de un pino; y el ferrocarril de la terraza, que iba alrededor de la casa.

Jardines de su adolescencia:

Había un túnel bajo el camino del jardín, que era muy práctico para cualquier romance o drama histórico que estuviera representando. Me paseaba por allí hablando entre dientes y gesticulando. Seguramente, los jardineros me tomaban por loca, pues me identificaba mucho con el papel.

Por la noche había fuegos de artificio. Como no los podíamos ver desde casa, a excepción de las tracas que se elevaban más, pasábamos la velada con unos amigos que vivían junto a la bahía. A las nueve tomábamos algo en el jardín: limonada, helados, bizcochos. Estas tertulias son otra de las delicias de aquellos días que echo de menos.

Jardines de su fase adulta:

Buscaríamos una casa de campo desde la que Archie fuera todos los días a la City, con un jardín para que Rosalind jugara a sus anchas, sin tener que ir hasta el parque o limitarse a una pequeña franja de césped entre dos edificios. Mi mayor deseo era vivir en el campo. Si encontrábamos una casa lo suficientemente barata, nos trasladaríamos.

La casa tenía un jardín muy agradable, largo y estrecho, que comprendía primero una zona de césped, después un riachuelo con muchas plantas acuáticas y, a continuación, un jardín salvaje con

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azaleas y rododendros que terminaba en un pequeño huerto muy cuidado.

¡Qué bonito estaba el jardín de Greenway con tan abundante esplendor! Pero me preguntaba si volvería alguna vez a tener mis senderos e incluso si sería capaz de averiguar dónde estaban. Aquello estaba cada día más salvaje y así lo consideraba el vecindario. Siempre pillábamos a alguien con las manos en la masa. En primavera pasaban con frecuencia a cortar ramas gruesas de los rododendros, tratando los arbustos sin ningún cuidado.

Con la llegada de 1955, Max y Agatha empezaron los preparativos para una temporada más de excavaciones en Nimrud, donde la novelista tenía la intención de terminar el primer boceto de una nueva novela que se titularía Asesinato en la calle Hickory, cuya acción se desarrolla en la pensión de estudiantes de la señora Nicoletis, regentada por la hermana de miss Lemon, la secretaria de Hércules Poirot. En dicha pensión empieza a haber pequeños robos: un zapato, una mochila, un encendedor, sales de baño, un estetoscopio… El detective intuye que lo peor aún está por suceder y acierta de pleno, porque, tras descubrir la identidad del cleptómano, este aparece asesinado. El retrato que Agatha Christie hizo de la señora Nicoletis resultó tan vívido que poco tiempo después de la publicación del libro, en 1955, la editorial recibió una carta firmada por un cierto señor Nicoletis acusándola de difamar a su madre, y para respaldar su acusación, afirmó en la misiva que su madre le había revelado que Agatha Christie ya había pernoctado en la pensión que regentaba. La autora, como de costumbre, reaccionó de buen humor y, al comentárselo a Cork, afirmó que jamás se había alojado en una pensión estudiantil.

Max compartía el buen humor de su esposa porque aquella temporada de excavaciones se había mostrado favorable, con cientos de figuras y fragmentos hallados en un espacio muy corto de tiempo, pese a las incesantes lluvias y tormentas de arena que habían azotado el campamento durante varias semanas, obligando a interrumpir los trabajos en incontables ocasiones. Tras siete temporadas de intenso trabajo, el arqueólogo planteó la posibilidad de dar por concluida las investigaciones

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de la zona porque el terreno ya no daba señales de nuevos hallazgos relevantes; y además la situación política en Irak se estaba deteriorando a gran velocidad. El descontento entre los políticos nacionalistas y los oficiales del ejército iraquí aumentó después de que en 1952 un grupo de militares egipcios consiguió derrocar a la monarquía de su país, instaurando un Gobierno republicano basado en el socialismo árabe. El rey Faysal II temía que las revueltas se extendieran a Irak. Sus temores no eran infundados, pues sus ministros ya habían recibido amenazas de diversas facciones subversivas, algunas de ellas de marcada tendencia nacionalista. Tal era el estado de paranoia que se había instalado en el país que hasta los paquetes de libros que Cork solía enviar a Agatha a Bagdad quedaron varias veces retenidos en la aduana, por creer las autoridades que contenían bombas o, en el mejor de los casos, propaganda comunista. Como el yacimiento de Max se encontraba en medio del desierto y las librerías iraquíes no disponían de los lanzamientos literarios que circulaban en Europa, Agatha le pedía constantemente a Cork que le enviara libros de diferentes autores y géneros (algunos bastante voluminosos). Rara era la ocasión en la que Cork no recibía encargos insólitos: «Puede ser que llegue de Australia un paquete de jamón. Lo mejor es que lo entregue a la señorita Fisher para que se lo coma o lo guarde, ella verá […], y por favor, envíeme a Mosul unos cuantos pares de medias de nylon, mi más urgente necesidad, porque las que encuentro por aquí no me van bien de talla».[N43]

A finales de marzo, la novelista tuvo que ser ingresada en el hospital de Mosul por un resfriado que le impidió levantarse de la cama durante unos días, aunque pasada la fase crítica en la que su fiebre se elevó peligrosamente, la autora pronto se restableció. Al regresar al campamento, se encontró con un pequeño regalo de su siempre amable y omnipresente agente Edmund Cork: un libro que relataba el fraude del cráneo prehistórico del llamado «hombre de Piltdown», cuya lectura le hizo escribir extasiada: «¡Qué estupenda falsificación fue todo ese asunto!». El suceso al que se refiere Agatha comenzó en febrero de 1912, cuando el paleontólogo Arthur Smith Woodward, conservador de Geología del Museo de Historia Natural de Londres, recibió una carta de un arqueólogo aficionado llamado Charles Dawson en la que afirmaba haber

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encontrado en una gravera fluvial cercana a Piltdown, en Sussex, fragmentos de un cráneo humano fósil. Intrigado, Woodward decidió enviar un equipo completo de arqueólogos para excavar la gravera, y después de intensos días de trabajo lograron localizar los fragmentos que faltaban del cráneo encontrado por Dawson, además de una mandíbula, piezas dentales y algunas herramientas primitivas. El material fue precintado en una bolsa y enviado al laboratorio de Woodward para que se realizara un análisis más exhaustivo de todas las piezas. El 18 de diciembre de 1912, Dawson y Woodward presentaron ante la Sociedad Geológica la flamante reconstrucción del cráneo del Eoanthropus dawsoni, un asombroso hallazgo que no solo representaba el eslabón perdido entre simios y humanos, sino que además ponía de manifiesto una excéntrica tesis de que el Homo sapiens habría evolucionado en las islas británicas, contrariando todas las teorías clásicas que situaban al continente africano como la cuna de la humanidad. Dawson murió al año siguiente del anuncio y Woodward siguió trabajando en la zona con la esperanza de descubrir más restos. Aunque sus excavaciones no dieron con ningún hallazgo relevante, su hombre de Piltdown ya había alcanzado una enorme resonancia, y fue objeto de diferentes estudios durante cuatro décadas, hasta que en 1953, para enorme vergüenza de la comunidad científica británica, el hombre de Piltdown mostró ser un fraude cuidadosamente elaborado. Con ello, Charles Dawson se convirtió de inmediato en el

principal sospechoso de todo el fraude —pues algunos artefactos que supuestamente había descubierto también resultaron ser falsificaciones—. El episodio, que se hizo conocido en la prensa como «el eslabón perdido entre los simios y los seres humanos», acabó convirtiéndose, cuatro décadas más tarde, en «el mayor fraude científico del siglo XX».

El triunfo teatral de Agatha Christie se consagró el 16 de mayo de 1955 cuando Testigo de cargo fue nominada por la Asociación de Escritores de Misterio de Estados Unidos para el Premio Edgar (llamado así en honor de Edgar Allan Poe) en la categoría de mejor obra extranjera del año. Christie ganó el Edgar y el Grand Master, un premio concedido también por la misma asociación. En Inglaterra, Testigo de cargo seguía cosechando

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grandes éxitos (hubo incluso que organizar una función especial para la reina en el teatro de Repertorio de Windsor), provocando un auténtico aluvión de solicitudes de adquisición de los derechos de otras obras que fueron desechados por Cork siguiendo las instrucciones de su clienta, que no quería que nadie tuviese el poder de intervenir en ninguna de sus adaptaciones, labor que estaba confiada en exclusiva a Saunders, quien una vez más demostró poseer una visión empresarial muy certera al considerar que valía la pena mantener La ratonera en cartel hasta alcanzar la milésima representación, puesto que solamente catorce obras habían conseguido tal cifra en la historia del teatro británico. Para lograr semejante cometido, Saunders llevó a cabo una intensa campaña de prensa y editó un programa conmemorativo hecho de seda con el que obsequió a todos los asistentes a la función de aquella noche. La asistencia de público fue masiva.

Con millones de libros vendidos y decenas de obras teatrales exitosas, la fama perseguía a la autora aunque no lo pretendiese, y todas las invitaciones que recibía eran siempre rechazadas. Una editorial británica le preguntó si aceptaría contribuir en un libro que recopilaba los platos favoritos de numerosas celebridades; la BBC estaba interesada en producir un amplio reportaje sobre Greenway y también deseaba que tomara parte en un popular programa televisivo titulado Frankly (Con franqueza). Estos y muchos otros proyectos recibieron un rotundo rechazo por parte de Agatha Christie, posición que Edmund Cork trataba de transmitir a los interesados con cierta delicadeza: «Me temo que la señora Christie no siente el menor deseo de formar parte de su proyecto bajo ninguna circunstancia. Mi cliente es una persona tímida y no se siente cómoda con ninguna publicidad, de modo que poco podrá hacerse al respecto». Como no había forma de convencer a la escritora, los productores de la BBC decidieron optar por un plan B, que consistía en emitir un programa radiofónico con la participación de amigos y colegas de Agatha que pudiesen revelar curiosas anécdotas de su vida. El programa fue transmitido en red nacional y tuvo mucho éxito, pero a la escritora no le hizo la más mínima gracia.

Las relaciones de Agatha con la BBC no siempre fueron espinosas, pues le gustaba el trabajo de uno de sus directores, Martyn Webster, quien

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a finales de 1955 puso en antena Manteca en un plato señorial, un relato radiofónico escrito por Agatha cuyo título procedía del Libro de los Jueces (5:24-25): «Él pidió agua y ella le dio leche; y en un plato señorial le presentó mantequilla». La figura masculina mencionada en esta cita bíblica es Sisara, un general cananeo que acaba muerto a manos de Jael al clavarle una estaca en su cabeza con un mazo. En la adaptación hecha por Christie, la historia se repite con sir Luke Enderby, un abogado famoso y distinguido caballero dado a múltiples devaneos amorosos que muere de la misma forma que en el relato bíblico, a manos de Julia Keene, convirtiéndose en uno de los crímenes más horribles salidos de la pluma de la autora. (En 1763, el dramaturgo neoclásico español Juan José López de Sedano ya había escrito una tragedia inspirándose en la historia de Jael).[N44]

En septiembre, Agatha y Max celebraron sus bodas de plata con una gran velada en Greenway a la que acudieron sus familiares y amigos más cercanos, incluido su editor Bill Collins, con quien tenía una relación profesional complicada pero respetuosa. Tal y como solía ocurrir en las últimas etapas previas al lanzamiento de un libro, tanto Collins como Agatha eran tercos y no solían dejarse vencer; ella, furiosa, le enviaba telegramas ordenando cambios en las portadas, y él contestaba amenazando con posponer de forma indefinida la fecha de lanzamiento de su libro. Entre el fuego cruzado estuvo siempre Edmund Cork, tratando de apaciguar los ánimos y hacerlos entrar en razón. Cork, que desde hacía muchos años se había convertido en mucho más que un simple agente literario, no pudo estar presente, pero les envió como regalo un lujoso candelabro de plata como obsequio, cuyo uso, aseguró Agatha, «no será para destrozarnos la cabeza el uno del otro». Al creer que no llegaría a vivir lo suficiente para festejar sus bodas de oro, la autora se empeñó en celebrar las de plata por todo lo alto; lo organizó todo con mucha antelación y se puso al frente de cualquier detalle, ya que llevaba muy adelantadas las dos obras que debía entregarle a su agente. Ya tenía listo El templete de Nasse-House y estaba dando los últimos retoques a una nueva novela de Mary Westmacott, La carga, cuya historia gira en torno a Laura,

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una mujer marcada desde su infancia por la presencia de su hermana Shirley, a quien se siente unida por un vínculo extraño en el que el amor y el odio se contraponen y a veces se complementan. Durante 1955, también se emprendieron esfuerzos considerables por parte de sus agentes para mantener la situación fiscal de Agatha bajo control. Para este cometido, se establecieron previsiones cuidadosas para proteger sus ingresos de eventuales impuestos imprevistos o tasaciones indebidas que tardarían años en recuperar. De todas las acciones realizadas, la más relevante fue la creación de una fundación con el objetivo de garantizar un salario anual para la novelista y paliar la pesada carga fiscal que le ocasionaba serios problemas de liquidez, lo que le obligaba a escribir un libro al año no solo para mantener a flote los gastos de mantenimiento de su considerable patrimonio inmobiliario y los diferentes proyectos profesionales llevados a cabo por su marido, sino para un fin más íntimo y más concreto: mantener su vida lo más lejos posible de las candilejas. Sea como fuere, Agatha estaba acostumbrada a una cierta precariedad económica; la ruina de los negocios de su padre, los austeros años iniciales de su primer matrimonio y el difícil periodo posterior a su separación de Archie habían constituido épocas de estrecheces.

Agatha Christie con Margaret Heather Standard y Margaret Lockwood en la fiesta de celebración del cuarto aniversario en cartel de La ratonera en el West End de Londres.

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«La gente me pregunta siempre a qué atribuyo el éxito de La ratonera. Aparte de la respuesta obvia, ¡suerte!, porque es así por lo menos en el noventa y nueve por ciento, creo que la única razón que serviría es que tiene un poco de todo para todas las preferencias y edades».

Agatha Christie, Autobiografía.

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XIV

HAROLD OBER

«Una persona inteligente guarda sus pensamientos para sí misma».

AGATHA CHRISTIE

Antes de marchar hacia Nimrud a principios de 1956 para dar inicio a una nueva etapa de excavaciones en compañía de Max, Agatha entregó a Cork el manuscrito de la última novela de Mary Westmacott, La carga. En su voluminoso equipaje, entre kilos de libros, prendas de ropa y utilería de cocina, la escritora llevaba el boceto de una nueva aventura de miss Marple. En esta obra, que se titularía en español El tren de las 4:50, la señora McGillicuddy es testigo del estrangulamiento de una mujer mientras viaja en un tren. La elección del título de la nueva novela de miss Marple fue motivo de gran controversia y sufrió diferentes alteraciones. Al principio, nadie se ponía de acuerdo con los horarios: la primera opción fue El tren de las 4:50 de Paddington; luego, el de las 4:30; más tarde, el de las 4:50, y cuando Cork recibió el borrador en marzo de 1956, Agatha le había puesto: el de las 4:54. Tal era su desconcierto que tuvieron que

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consultar a un colega de Max, que era un experto de los ferrocarriles, quien explicó que las cuatro cincuenta y cuatro era el horario correcto. «Si elegís otro —le decía a Cork—, algún lector os va a escribir protestando porque el tren de las 4:40 va a Weston-Super-Mare». Collins no se mostró del todo convencido, y la editorial Dodd, Mead & Co. creía que los lectores americanos no reconocerían esta estación londinense. Finalmente, se decidió por 4:50 de Paddington (4:50 from Paddington; en español, El tren de las 4:50). Fueron tantas horas de debate y discusión acerca de los horarios de los trenes que circulaban en Paddington que Agatha descuidó un detalle bastante más relevante: la edad de miss Marple, que resultaba haber cumplido noventa años y quizá ya no contase con la misma vitalidad de antaño para solucionar crímenes de gran repercusión.

En esta novela, la autora usa la voz de miss Marple para expresar su opinión sobre la pena de muerte en el capítulo XXVII: «Siento mucho que hayan abolido la pena capital, porque creo que si alguna persona merece ser colgada es el doctor Quimper».[N1] Al principio, esta «sed de justicia» de miss Marple parece tener poco sentido, porque en el año en el que se publicó la novela (1957) la pena de muerte en Gran Bretaña no solo seguía vigente, sino que las últimas ejecuciones por ahorcamiento se llevaron a cabo hasta bien finales de 1964, al tiempo que la pena de muerte solo se abolió para delitos de homicidio en 1969 y se conservó en el código penal para determinados delitos hasta 1998. Sin embargo, hubo períodos en los que la pena capital fue suspendida de forma temporal por el Gobierno mientras las leyes del Parlamento para su abolición estaban pendientes. Una de estas «aboliciones temporales» estuvo vigente de febrero de 1956 a julio de 1957. De este modo, la pena de muerte no estaba en vigor cuando la autora escribió El tren de las 4:50, pero se rehabilitó cuando el libro salió. En sus memorias, Agatha Christie vuelve a ofrecer su opinión sobre la pena de muerte, esta vez en primerísima persona y sin rodeos ni sutilezas:

¿Y por qué no ejecutarlos? En este país hemos acabado con los lobos, no hemos intentado enseñar al lobo a convivir con el cordero (dudo que hubiéramos podido hacerlo). Hemos dado caza al jabalí en las montañas antes de que bajara y matara a los niños

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junto al arroyo. Eran nuestros enemigos y los hemos matado. ¿Qué hacer con los corrompidos por la crueldad y el odio y para los cuales la vida de los demás no significa nada? A menudo, son personas de buena familia, con grandes oportunidades y buena educación, que son unos malvados. ¿Tiene cura la perversión? ¿Qué hacer con un asesino? Desde luego, condenarlos a cadena perpetua, no; es mucho más cruel que el vaso de cicuta de la Antigua Grecia. Me parece que la mejor respuesta sería la deportación. Tierras desiertas, pobladas solamente por seres primitivos, donde vivieran en un entorno más simple o, quizás, condenar a tales criaturas a realizar determinados servicios en beneficio de la comunidad. Hay muchos campos de investigación, especialmente en la medicina, en los que el ser humano es necesario porque los animales no sirven. A veces son los mismos científicos los que arriesgan su vida, pero podría haber cobayas humanas que se prestaran a estos experimentos durante un cierto tiempo; a los que sobrevivieran se los consideraría redimidos y volverían entre los hombres libres sin la marca de Caín en la frente.

[N2]

Nota del autor

El testimonio tan contundente de Agatha Christie respecto a la aplicación de duras penas a los condenados por crímenes perversos no es más que un claro reflejo del sentimiento de indignación que compartían muchos ciudadanos británicos a causa de una serie de crímenes que se sucedieron en el Reino Unido en los años cincuenta y sesenta. Un suceso que estremeció a la sociedad británica en la época en que Christie escribía su autobiografía (y que claramente influyó en su visión a favor de la pena de muerte) tuvo como protagonistas a Myra Hindley e Ian Brady, una pareja de novios condenada en 1966 por llevar a cabo un macabro ritual que consistía en captar niños para someterlos a una horrenda sesión de torturas en un páramo en Saddleworth, en Manchester, que culminaba con abusos sexuales y asesinato. Convencidos de su impunidad, la pareja se complacía

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en narrar los hechos a David Smith, que acabó involucrándose en el asesinato de la última víctima, Edward Evans, un chico homosexual de diecisiete años. Horrorizado, Smith los ayudó a deshacerse del cadáver, pero después se dirigió a la policía a denunciarlos. Los agentes arrestaron a la pareja en su casa, donde encontraron las pruebas del sadismo y la perversión que los unía. La noticia de su arresto corrió como la pólvora por todo el país y, al día siguiente, las fotografías de Myra e Ian aparecían en la primera plana de los principales diarios británicos. Pocos asesinos en serie han sido tan odiados por los británicos como Mira e Ian, que fueron condenados en 1966 a cadena perpetua, gracias a que el Reino Unido había abolido la pena de muerte unos meses antes, lo que provocó un sentimiento de indignación entre la opinión pública británica, que consideraba la pena insuficiente ante la brutalidad de los crímenes cometidos.[N3] Para muchos, sin embargo, el destino trató de condenarlos de otra manera: Myra Hindley murió en prisión en 2002, después de haber pasado treinta y seis años entre rejas, de un ataque al corazón tras una durísima agonía, e Ian Brady, por su parte, fue ingresado en 1985 en un hospital psiquiátrico de máxima seguridad, diagnosticado de psicopatía. Intentó suicidarse varias veces y pasó diecisiete años en huelga de hambre. Ante esto, el juez obligó a los médicos a alimentarle a través de una sonda gástrica para mantenerle con vida; en 2017, apareció muerto en su celda.

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Ian Brady y Mira Hindley, «los Monstruos del Páramo», fotografiados por la policía tras su arresto en 1966. Pasados más de cincuenta años, sus nombres todavía resuenan en la prensa británica, pues nunca se supo el paradero del cuerpo de Keith Bennett, el único de los cinco niños asesinados que no ha aparecido hasta ahora, a pesar de los ruegos de su madre, quien quería darle sepultura, pero que murió sin ver cumplido su deseo. Este crimen, junto a otros de esta perversa índole, reforzó la idea de Agatha Christie de la aplicación de penas más duras a criminales violentos.

Solucionada la polémica en torno al título de la nueva aventura de miss Marple, Agatha y Max decidieron organizar su viaje a Estados Unidos para comparecer en un evento de la Universidad de Pensilvania, que distinguiría a Max con la concesión de una medalla de honor. La autora, por su parte, tenía planes de cruzar el país en tren hasta Los Ángeles para encontrarse con los actores Charles Laughton, Tyrone Power y Marlene Dietrich, que estaban rodando Testigo de cargo. Cork y Ober trataron de disuadirla por todos los medios, pero la novelista se mantuvo firme y, tras las ceremonias académicas en Pensilvania, el matrimonio disfrutó de tres días de placenteros paseos por el Gran Cañón, desde donde siguieron viaje hacia Los Ángeles; allí, Christie pudo conocer en primera persona los trabajos de rodaje de Testigo de cargo. Tras un largo viaje de regreso a

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Inglaterra, la novelista apenas tuvo tiempo de reponerse, pues había que atender una serie de compromisos contraídos con anterioridad, como la cena organizada por Peter Saunders para celebrar las mil novecientas noventa y ocho representaciones de La ratonera, una extraordinaria cifra que la convertía en la obra de mayor duración de la historia del teatro inglés, un logro del que Saunders sacó provecho para llevar a cabo una sonada campaña de publicidad, consiguiendo que la cena que tendría lugar en el Savoy alcanzara proporciones ingentes: un total de mil invitados y dos salones reservados exclusivamente para la prensa, incluidas varias cámaras de cine y de televisión. Esta clase de eventos suponía una tortura psicológica para la novelista, pero Saunders siempre se mostró tan celoso y honrado en el cumplimiento de sus cometidos que Agatha no podía defraudarle en esos momentos y tampoco tenía otra opción. El creciente éxito de su obra la estaba convirtiendo en un verdadero «monumento teatral», de modo que la novelista sería obligada a participar en diferentes celebraciones a medida que la obra cumpliese sucesivos aniversarios. Christie, por su parte, supo enfrentarse a todas las dificultades inherentes a su carácter y aguantó la velada fingiendo que se encontraba en una especie de broma en la que también participaban sus familiares. El éxito de La ratonera siempre fue motivo de orgullo para la autora, que consideraba la obra como un excelente trabajo de artesanía. Se dice que hasta el final de su vida la novelista llevaba en el bolso un pequeño ratoncito de plata, regalo de un admirador, y en momentos de especial nerviosismo, sin darse cuenta de ello, lo acariciaba. [N4]

Nota del autor

En su autobiografía, Agatha Christie relata una anécdota que ocurrió la noche en la que acudió al hotel Savoy para celebrar un año más de éxitos de La ratonera. Para una persona tan tímida como ella, tener que hacer acto de presencia en una gala de semejante calibre no constituía algo precisamente placentero, sobre todo porque reunía factores desagradables: curiosos, cámaras de televisión, luces, fotógrafos, periodistas, discursos y todo lo demás. Además, existía la posibilidad de que le pidieran que

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hiciera un discurso, y la novelista sabía que cualquier frase que pronunciara ante el público sería un verdadero desastre. Asimismo, era consciente de su papel como protagonista y, como no quería defraudar a sus seguidores ni mucho menos a Peter Saunders, pensó que lo mejor era no darle más vueltas y, cuando llegara el momento, ya saldría algo. Para su sorpresa, el momento más angustioso no se dio con los discursos, las fotos ni las entrevistas, sino que fue a su llegada al Savoy, relatada en sus memorias de forma tragicómica:

Llegué al Savoy a la hora que me habían indicado, sola, y con toda la valentía que uno pude reunir; pero cuando intenté entrar a la habitación privada reservada para el acto del homenaje, me detuvieron: «No se puede entrar todavía, señora. Hasta dentro de veinte minutos es imposible». Me quedé un rato mirando al portero sin balbucear una única palabra y me di la vuelta. ¿Por qué no dije de inmediato: «Soy la señora Christie y me han dicho que pase»? No lo sé. Fue por mi desgraciada, horrible e inevitable timidez.

Agatha Christie.

El problema de Christie no eran los eventos sociales a los que acudía (que no eran pocos), sino el hecho de que casi siempre se convertía en el centro de las atenciones. En sus memorias, son incontables los pasajes en los que intenta justificar su patológica timidez, y lo más llamativo fue la descripción de una sensación que, según su entendimiento, afectaría a gran parte de los escritores, que es fingir ser algo que no son, eso porque la propia Christie nunca se vio a sí misma como una escritora. «Por eso, cuando llegué al Savoy, me dije a mí misma: “Esta es Agatha fingiendo ser una escritora de éxito, asistiendo a esta enorme fiesta en su honor, obligada a comportarse como si fuera alguien, a hacer un discurso sin ser capaz y a representar un papel que no es el suyo”». Cuando por fin consiguió entrar en el Savoy (rescatada por Verity Hudson, la relaciones públicas de Peter Saunders), tuvo que superar una dura prueba de resistencia y valor que consistía en «cortar cintas, besar actrices, sonreír de oreja a oreja, poner cara de boba y tener que lidiar con el hecho de que su

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cara aparecía al día siguiente en la primera plana de algunos diarios, arrimando el carrillo al de una actriz joven y guapa: ella, radiante y segura de sí, y yo, horrorosa. ¡Bueno, después de todo, creo que fue un buen remedio contra la presunción!».[N5]

Una vez superado este trámite, pudo por fin instalarse en Greenway, donde a finales de otoño comenzó a trabajar en una idea sugerida por su secretaria, Stella Kirwan, sobre un artículo que había Ieído en la prensa acerca de un explorador que, a su regreso de la Antártida, comentaba la extrañeza que se sentía al volver al hogar tras pasar varios meses aislado de la civilización. El episodio atrajo la atención de la autora y, al día siguiente, le envió una nota Cork pidiendo que consultara a su abogado acerca de una situación que había pensado para la trama de su nueva novela. La cuestión que planteaba era la siguiente: «Un joven, al que llamaremos A, es acusado de haber asesinado a su madrastra. Se le juzga y es condenado a cadena perpetua, pero su defensa insiste en que el reo se hallaba en el momento del crimen con una determinada persona, a quien llamaremos B, pero como B nunca fue localizado, el juez ratificó la sentencia. Pero ¿qué ocurriría si, años más tarde, B apareciera y exonerase a A, que para entonces ya habría muerto en la cárcel? ¿Cuál sería exactamente la situación jurídica? ¿Se le absolvería a título póstumo?». Este sería el argumento de Inocencia trágica, novela en la que Agatha hace una reflexión acerca del daño que un criminal puede infligir no solo a la víctima, sino también a los inocentes sobre quienes recaen las sospechas hasta que se descubre la verdad.

Mientras desarrollaba el argumento de esta nueva obra, la autora terminó de escribir La muñeca de la modista, un relato corto que todo lector de Agatha Christie debería conocer por poseer interesantes elementos de un exótico misterio que lo aproxima mucho al tipo de historias que la novelista escribía en los inicios de su carrera. La historia tiene lugar en un taller de modista donde hay un extraño maniquí de tamaño natural que nadie recuerda cuándo llegó y que, aparentemente, posee la facultad de moverse por el taller cuando se encuentra a solas; un rumor que aterrorizaba a las empleadas y clientas. Tan escalofriante y

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molesta es la presencia del maniquí que la modista decide arrojarla a la calle por la ventana, donde es recogido por una niña. Temiendo por su seguridad, la modista va al encuentro de la niña para tratar de impedir que se lleve aquel espeluznante objeto a su casa, pero esta le contesta: «Si no la odiases, no la habrías tirado por la ventana. Yo la quiero mucho, te lo aseguro, y eso es lo que a ella le gusta».[N6] En este siniestro relato (que parece inspirado en una terrorífica pesadilla), Agatha Christie nos muestra con maestría su habilidad para narrar un tópico frecuente en la literatura de horror, que son los muñecos aparentemente poseídos por una entidad oscura, sin recurrir al cliché de muerte, sangre y violencia. La muñeca es tan solo una presencia que se impone sobre el ánimo de seis mujeres adultas. He ahí su poder. La autora también desliza otro motivo frecuentísimo en toda clase de literatura: la capacidad del niño de ver otra realidad en contraste con la ceguera del adulto. La apertura del corazón infantil humillando el alma endurecida de los mayores. Al terminar el relato, el lector comprobará que Christie no tuvo la intención de aportar ninguna respuesta o moraleja, pues, al parecer, no la hay. Su narrativa es solo un atisbo a lo desconocido, pero con una atmósfera de horror sutil, elegante y mesurado.[N7] La muñeca de la modista apareció en dos colecciones de relatos, Poirot infringe la ley (publicado en América en 1961) y Los últimos casos de miss Marple, editado en Inglaterra en 1979.

Con la llegada del año nuevo de 1958, Agatha y Max empezaron los preparativos para una temporada más de excavaciones en Irak mientras Cork recibía el manuscrito terminado de la nueva aventura de Hércules Poirot, Un gato entre las palomas. Entretanto, Peter Saunders participaba activamente en los ensayos de una nueva adaptación teatral que cuenta la historia de Karl Hendryk, un brillante profesor que huye de la percusión de política de su país junto con su esposa Anya y la prima de esta, Lisa. Hendryk consigue ocupar una cátedra en una universidad británica, donde es respetado por estudiantes y profesores por igual, pero su esposa, recluida en casa por invalidez, pasa el día lamentándose a su prima Lisa por el hecho de haber sido obligada a abandonar su hogar y a sus amigos. Tanto Karl como Lisa han reprimido lo que sienten el uno por el otro, hasta que la situación de la familia se ve perturbada cuando una joven y rica estudiante, Helen Rollander, comienza a tomar clases particulares con

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el profesor. El título elegido para la obra, No hay flores de amaranto, procedía de un verso de Walter Savage Landor: «No hay campos de amaranto a este lado de la tumba», pero como dicho título, al parecer, pertenecía ya a una obra del repertorio de un grupo de aficionados, Saunders decidió cambiarla pocos días antes de su estreno y la tituló Veredicto. La obra resultó un fiasco y no solo no obtuvo el resultado esperado, sino que incluso hubo sesiones en las que fue abucheada por el público porque el final no gustaba. Agatha, por su parte, creía que la modificación del título indujo al público a esperar una obra de misterio mientras que se trataba de un estudio del comportamiento humano mucho más complejo. Puede que la verdadera razón de su fracaso simplemente resida en el hecho de que Veredicto no estaba basada en ninguna de sus novelas previas, sino que era un texto original escrito para la escena y, por ello, no había forma de saber cómo sería la reacción del público. Todo lo contrario ocurrió con su siguiente obra, Los ojos que vieron la muerte (adaptación de Cinco cerditos, también llevada a escena por Peter Saunders): recibió excelentes reseñas de la crítica no solo por su buena construcción, sino también por sus diálogos y la acción, llena de suspense. [N8] Edmund Cork creía que Veredicto aún podría remontar, pues confiaba en que el nombre de la autora sería suficiente para llenar las sesiones, pero al cabo de un mes de leer críticas que le hirieron profundamente la obra desapareció de la cartelera.

El 12 de agosto de 1958, Saunders llevó al Duchess Theatre de Londres Una visita inesperada, escrita casi al mismo tiempo que Veredicto. La obra empieza con una noche de tormenta en la que Michael Starkwedder se pierde por una carretera de Gales y su coche se embarranca. Desconcertado, decide acudir a la casa más cercana en busca de ayuda, pero lo que encuentra es una escalofriante escena: un hombre muerto, sentado en su silla de ruedas, con un agujero de bala en la cabeza y a su lado su esposa, Laura Warwick, de pie, empuñando un revólver. La mujer se declara autora del crimen y le pide que avise a la policía. Sin embargo, los hechos parecen tan evidentes que, en lugar de llamar a la policía, Starkwedder comienza a investigar por su propia cuenta, puesto que todos los habitantes de la casa tenían motivos para acabar con la vida de aquel misterioso hombre. Para aligerar la tensión, Christie decidió

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intercalar momentos de humor en la trama, aunque el ambiente de suspense se hace inevitable.[N9] Una visita inesperada fue acogida con menos frialdad que Veredicto y logró mantenerse en cartel dieciocho

meses. «Menos mal —comentó Agatha al leer las críticas, claramente aliviada—, la combinación ha dado resultado y Veredicto ha quedado expiada».

Mientras tanto, en Irak, la conturbada situación política superaba con creces los peores augurios de Max y Agatha. En agosto de 1958, el joven rey Faysal II y el primer ministro Nuri al-Said fueron asesinados a tiros en su palacio durante el golpe de Estado conocido como la Revolución del 14 de Julio. Según relatos de la prensa de la época, en las primeras horas del día 14 de julio, integrantes de un grupo paramilitar autodenominado Oficiales Libres, comandados por el general de brigada Abdul Karim Qasim, tomaron el control de la estación de radio de Bagdad y desde allí emitieron su primer anuncio público de la revolución. Poco después, sitiaron el palacio real y, tras un breve bombardeo, obtuvieron la rendición de sus defensores.[N10] El líder del grupo de asalto, el capitán Abdul Sattar Sabaa Al-Ibousi, localizó al rey en su despacho y le informó de que tenía órdenes de conducirlo junto con sus familiares al aeropuerto de Bagdad, donde ya se encontraba un avión para llevarlos al exilio, pero nada más abandonar el palacio el monarca fue ejecutado junto a la mayoría de la familia real iraquí (su abuela, un matrimonio de tíos y dos primos mayores) —la masacre fue comparada con el asesinato de la familia imperial rusa, los Romanov, a manos de un pelotón de bolcheviques que actuaron bajo las órdenes de Vladímir Lenin, Yákov Sverdlov y Félix Dzerzhinsky—. El primer ministro, Nuri as-Said, figura clave en el reino de Irak, fue capturado poco después y fusilado; su cuerpo fue arrastrado por las calles de la capital y despedazado por la turba furiosa. Con la muerte del rey Faysal, la dinastía hachemí llegaba a su fin en el país, dando paso a repúblicas dictatoriales hasta culminar en la represiva que instauró Saddam Hussein desde 1979 hasta 2003. Max y Agatha tuvieron que abandonar el país a consecuencia del golpe, y pese a que el nuevo régimen que ocupó el poder no les causó la menor molestia y tampoco

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afectó al ritmo de las excavaciones, era evidente que había llegado el momento de partir; sobre todo porque Nimrud ya no era el hermoso paraíso que habían conocido años atrás, cuando no pasaba de ser un remoto pueblo aislado de la capital; ahora formaba parte de una ruta de visitantes, estudiantes y excursiones escolares que acabaron por convertir el bello montículo en una atracción turística masiva. Christie se mostró afectada por el suceso, no solo porque temía por el futuro del país, sino porque había mantenido una estrecha relación con el rey Faysal desde el día en que le conoció cuando se colocó la primera piedra del futuro Museo Arqueológico de Bagdad. En aquella ocasión, la novelista le obsequió con uno de sus libros y congeniaron nada más verse. De regreso a casa, la autora hizo una retrospectiva de su etapa en Nimrud. En poco tiempo, comenzó a expresar su pasión orientalista a través del trabajo de arqueología de su marido y, sobre todo, en sus novelas policiacas, eso sí, en espléndidos escenarios. Christie jamás se olvidaría de sus años en Irak y de las personas que compartieron con ella su día a día en el campamento, que, tras tantos años de excavación, acabó convertido en un desolado cráter lunar, muy diferente del paisaje bucólico que habían conocido cuando llegaron allí por primera vez. «La hemos dejado marcada por nuestras máquinas. Los agujeros que hemos abierto los han rellenado de arena. Algún día las heridas sanarán y darán vida otra vez a nuevas flores tempranas en primavera».[N11] Se dice que del perchero de la Escuela Británica de Arqueología de Bagdad cuelga todavía el sombrero de paja de Agatha Christie.

1959 fue excepcionalmente improductivo para Christie en términos literarios, circunstancia que obligó a Collins a reunir una colección de relatos previamente seleccionados para no dejar pasar en alto su campaña anual de Navidad. La recopilación de estos relatos dio como resultado un volumen titulado El pudding de Navidad, compuesto por seis relatos cortos, cinco protagonizados por Hércules Poirot y uno por miss Marple. Collins estuvo a punto de incluir el cuento Tres ratones ciegos, pero la idea fue rechazada por la autora, que no quería estropear el placer de quien todavía no había visto la obra teatral. Como alternativa, sugirió alargar algunos de los relatos, y así El pudding de Navidad no quedó listo para la imprenta hasta la primavera de 1960, coincidiendo con su regreso de

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Nimrud, donde había ido con Max para cerrar su casa y despedirse de sus amigos árabes. Se cerraba una prolífica y exitosa etapa profesional que aportaría a las nuevas generaciones de historiadores y arqueólogos una mirada diferente acerca de la cultura asiria en Nimrud. Sus hallazgos y sus experiencias en Irak también quedarían plasmados en un libro que tardaría diez años en publicarse. Max llegó a pensar que no viviría para completarlo, pero, por fortuna, vivió incluso para comprobar cómo su obra repercutía de forma positiva en los medios académicos. Este fue el trabajo de su vida, resultado de una larga y ardua carrera en la que llevaba inmerso desde 1921. En sus memorias, Agatha celebra el éxito de su marido y resalta el hecho de que ambos hayan conseguido triunfar en sus respectivos campos. «Yo soy poco instruida y él bastante culto; creo que por eso nos complementamos y nos hemos ayudado el uno al otro. En muchas ocasiones, él me pide mi opinión sobre ciertos puntos y, aunque nunca seré más que una aficionada, conozco bastante de esta rama concreta de la arqueología. Por cierto, hace muchos años le comenté con tristeza a Max que era una lástima que no hubiera estudiado arqueología cuando era joven para tener ahora mayores conocimientos sobre esta fascinante materia».[N12]

La indeseada, aunque esperada, despedida definitiva de Nimrud no solo no puso fin a los viajes del matrimonio, sino que les hizo abrir camino a nuevos destinos, sobre todo cuando Max se enteró de que le concederían la Encomienda de la Orden del Imperio Británico, una orden otorgada por el rey de Inglaterra a todos aquellos que hacen algo significativo en nombre del Reino Unido. Lisonjeado, el arqueólogo quiso devolver semejante honor a la sociedad con un ambicioso proyecto que consistía en establecer escuelas británicas de arqueología en distintos países de Oriente. Con tal propósito, animó a Agatha a preparar una vez más su equipaje para una pequeña gira que incluiría paradas en la India, Pakistán e Irán, dirigiéndose primero a la isla de Ceilán (actual Sri Lanka) para pasar allí unos días de vacaciones en compañía de Rosalind, Anthony y Mathew. Ubicada en el océano Índico, al suroeste de la bahía de Bengala y al sudeste del mar de Omán, esta isla recibió diferentes nombres a lo largo de su historia (Lanka, Lankadvipa, Simoundou, Taprobane, Serendib y Selan), llegando a ser popularmente denominada como la «isla de los mil

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nombres». El lugar tenía muchos atributos que atraían a la novelista: diferentes microclimas; del tropical, con sus orquídeas y palmeras, al montañoso con sus pinos y cultivos de té. Debido a su relativamente pequeño tamaño, es un destino que un turista puede llegar a conocer bien con rutas no muy extensas; todo esto unido al hecho de que pocos turistas la visitaban la convertían en un paraíso libre de curiosos y paparazzis. En este punto, la isla le defraudó, pues resultó muy difícil conservar el anonimato. «Dos descorteses paparazzis intentaron fotografiarme mientras me bañaba, pero Rosalind y Mathew lo impidieron, ya que me encontraba en una postura muy poco favorecedora (prácticamente, un primer plano de mi trasero)».[N13] La familia siguió viaje rumbo a Bombay y resultó sorprendente tanto para Max como para Rosalind la resistencia física de la autora ante un plan de viaje bastante agotador: casi cinco mil kilómetros hasta llegar al puerto de montaña de Khiber, en la frontera entre Afganistán y Pakistán, visitando museos y monumentos y asistiendo a multitud de fiestas y reuniones. «Por lo visto, las novelas de Agatha se

leen mucho en Pakistán —escribió Max a Cork—, ya que incluso en los lugares más remotos e insospechados tuvimos que lidiar con admiradores suyos que saltaban al tren y llamaban a la puerta del compartimento suplicando que les firmaran un autógrafo». Max terminó la misiva diciendo que el viaje había salido tal y como lo habían planificado, pero en lo referente a la privacidad habían fracasado con rotundidad.

En septiembre, Agatha Christie celebró su setenta cumpleaños en Greenway. Gozaba de plena salud, comía con el apetito de siempre y escribía con la misma voracidad; su prodigiosa mente no paraba ni un momento y nuevas tramas surgían incluso cuando soñaba. Su humor, como de costumbre, seguía siendo ácido e inteligente; y prueba de ello fue una entrevista concedida a una revista sudamericana que deseaba retratarla como ejemplo que inspirarse a las mujeres brasileñas a ocuparse en algo más que en frivolidades, cuestión por la que novelista contestó sin rodeos: «¿Las brasileñas solo se ocupan de frivolidades? ¡Qué suerte tienen!». Por aquellas fechas, Christie ya se había convertido en la escritora en lengua inglesa más vendida del mundo, con obras publicadas en más de cien países, superando incluso a Shakespeare, una hazaña por la que lógicamente se enorgullecía, pero que, en ocasiones, no se tomaba

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demasiado en serio, pues siempre quiso aparentar que no pasaba de una aficionada, mientras que a Shakespeare lo consideraba el mayor dramaturgo de la literatura universal de todos los tiempos. Por otra parte, su éxito traía una contrapartida que llevaba muy mal: la invasión de su intimidad. Muchos paparazzis se acercaron a Greenway para sacar un buen plano de su rosto durante la velada organizada por Rosalind para celebrar su setenta cumpleaños, pero la propiedad estaba bien resguardada y no tuvieron opción. De esta época apenas hay fotos de la novelista, que, en 1949, encargó al fotógrafo Angus McBean un retrato oficial para la prensa que hoy se sigue reproduciendo para las solapas de casi todos sus libros. Angus encontró a Agatha nerviosa y difícil de fotografiar, pero intentó poner de relieve lo que de juvenil y expresivo tenía su rostro. En esta foto, que todos conocemos, la novelista, a sus sesenta años, conserva su aspecto juvenil, aunque, según dicen, todas las arrugas y manchas de su rostro fueron eliminadas a petición de la autora.

1960 podría haber sido razonablemente positivo si no hubiese sido por la inesperada noticia de la muerte su amiga Nan. De inmediato, Christie escribió un telegrama a Judith, la única hija de Nan, con un sentido mensaje de condolencias y muestras de apoyo financiero para cualquier eventualidad. En esta misma misiva, la autora revela que su muerte representaba la desaparición de la última persona que conocía la historia de su vida desde el principio y termina diciendo que conservará con cariño los recuerdos de todos los momentos que compartieron juntas. Poco tiempo después, la autora recibió la noticia del fallecimiento de Harold Ober, su fiel agente y aliado americano, a consecuencia de un ataque al corazón. Tenía setenta y ocho años y, durante casi la mitad de su vida, se había ocupado con diligencia y dedicación de todos sus asuntos en Estados Unidos. Su desaparición fue especialmente dolorosa para Edmund Cork, que había compartido con él una relación de plena confianza y entendimiento.

En agosto de 1961, Agatha Christie recibió un doctorado de la Universidad de Exeter, y pocas semanas después, la UNESCO publicó un informe en el que la situaba en el primer puesto entre los escritores más vendidos del mundo.[N14] Las cifras publicadas por la UNESCO indicaban un aumento constante en las ventas de sus libros; como consecuencia, las

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cadenas de radio y televisión, sobre todo en América, solicitaban incesantemente adquirir los derechos para retransmitir sus obras. Por aquel entonces, las oficinas de sus agentes recibían numerosas cartas de escritores noveles que le pedían que usase su influencia para publicar sus manuscritos; había quien le pedía ayuda para desenmarañar algún misterio familiar y muchos que deseaban mantener con ella una correspondencia prolongada. Algunas de estas misivas fueron calificadas por la novelista como «relatos de lunáticos»; como la de un africano que la había elegido como madre adoptiva o un lector que había interpuesto un litigio a causa de una loción bronceadora de su propiedad mencionada en Muerte en el aire. Aunque esta ingente correspondencia era retenida con sus agentes y jamás llegaba a manos de la escritora, le importunaba sobremanera que sus seguidores no supiesen diferenciar la Agatha Christie escritora (cuyo único cometido era entregar una novela al año para su editorial) y el ama de casa, madre y abuela Agatha Mallowan, que no podía ocuparse de las decenas de misivas dirigidas a ella que llegaban cada semana. Precisamente poco después de la publicación de la UNESCO, la novelista se encontraba inmersa en el libro que Collins debía publicar en 1961, cuyo título fue tomado del libro bíblico del Apocalipsis: «Y levanté los ojos y contemplé un caballo pálido; y el nombre de quien lo montaba era la Muerte, y el Infierno seguía tras de él». El misterio de Pale Horse cuenta la historia del Mark Easterbrook, un escritor que se vio envuelto de forma involuntaria en una compleja historia de muertes aparentemente naturales con algo en común: siempre había alguien que ganaba mucho con cada una de estas muertes, y los nombres de los fallecidos constaban en la lista escrita por un reverendo la noche en que fue asesinado. Cork aprovechó esta obra para lanzar una campaña publicitaria destinada a poner de relieve que los libros de Christie no se limitaban solo al género policiaco, pudiendo ser considerada una escritora de categoría universal.

Agatha entregó a Collins El misterio de Pale Horse en enero de 1961, pocos días antes de partir con Max hacia Irán. Cork, mientras tanto, trataba de gestionar la publicación de algunas obras en Estados Unidos sin el valioso auxilio de Harold Ober; entre los títulos estaban El maniquí (que en América recibió el título de Double Sin) y la reedición de las primeras novelas de Mary Westmacott. La novelista accedió a que sus editores

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americanos indicasen en la portada que Mary Westmacott y Agatha Christie eran la misma persona, una práctica que se sigue aplicando en las reediciones actuales de sus libros en todo el mundo, incluso en España. Durante el verano, la novelista dedicó buena parte de su tiempo a terminar el guion de Regla de tres, escrito para los escenarios. La obra, que se estrenó en Aberdeen a finales de 1962, estaba compuesta por tres relatos cortos inéditos: Las ratas, que cuenta la historia de Sandra y David, dos amantes adúlteros que reciben cada uno una llamada telefónica invitándolos al piso de un conocido de ambos en el que acaban encerrados junto a un cadáver; Tarde en la playa, que narra una excursión familiar que culmina con la captura de un ladrón de joyas y con algunas revelaciones inesperadas entre los miembros de la familia; y El paciente, que relata un accidente sufrido por la señora Wingfield que la deja paralizada y sin poder comunicarse, pero su médico descubre una manera de comunicarse con ella y está a punto de demostrarlo a la familia, pero hay alguien que teme que la señora Wingfield pueda revelar la verdad sobre este accidente casi fatal. La obra termina con un policía ordenando al criminal que saliera de detrás de un biombo y, en ese momento, al caer el telón, se oía una grabación de la voz de Agatha Christie preguntando al público la identidad del criminal. El recurso no agradó al público en general porque a muchos les molestaba tener que intervenir en la obra para resolver el enigma. Aunque Regla de tres fue razonablemente bien recibida por la crítica, las expectativas de un rotundo éxito no se cumplieron y la obra salió de cartelera antes de alcanzar su centésima presentación.[N15]

La década de los sesenta representó para la obra de Agatha Christie un paso más en la evolución natural que su contenido venía sufriendo con el paso del tiempo. Treinta años antes, la escritora ocupaba la mayor parte de su tiempo en la redacción de sus novelas; en la década de los cincuenta, su trabajo se extendió a las adaptaciones teatrales. Para la nueva década, su obra sería de signo visual, sobre todo cinematográfico, pero la televisión era un medio por el que no sentía la mínima simpatía. Tras una intensa ronda de negociaciones y ajustes, los estudios de la Metro Goldwyn Mayer consiguieron llegar a un acuerdo con Edmund Cork para obtener los

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derechos cinematográficos de varios relatos de miss Marple. En el verano de 1961, se estrenó la primera película con un guion basado en El tren de las 4:50, titulada Asesinato, dijo ella, con Margaret Rutherford interpretando el papel de miss Marple, aunque alejada del estereotipo que aparece retratado en los libros. La Marple de las películas es hombruna y activa (aficionada a los disfraces), y la de las novelas se dedica a tomar el té con sus amigas, coser y chismorrear. Agatha Christie asistió a la película dos veces (la primera en Londres y la segunda en el cine Regal de Torquay), y opinó que la historia resultaba algo confusa. En el texto original es una amiga de miss Marple la que presencia el estrangulamiento en un tren, y una niñera la que entra a trabajar en casa de los Ackenthorpe y la que irá informando de lo que descubre a miss Marple, algo que está modificado en la película. (Es probable que el director, George Pollock, lo hiciera con la intención de darle mayor protagonismo a la anciana). Al igual que ocurrió con sus primeras obras teatrales, Agatha hubiese preferido adaptar el guion ella misma, pues consideraba la trama floja y sin el menor suspense. También encontró que la película estaba mal dirigida y que la fotografía no pasaba de vulgar: «Creo que me he ahorrado bastantes desilusiones manteniéndome alejada del cine y de las versiones cinematográficas. Diez negritos no valía nada; La telaraña apenas era pasable. La única buena fue Testigo de cargo». Pero en la postdata tranquilizaba a Cork: «No crea que me he llevado una decepción con Asesinato, dijo ella. Ha resultado más o menos lo que me imaginaba desde el principio».

En El misterio de Pale Horse, había un personaje que, a pesar de su escasa popularidad, pudo ser uno de los más entrañables para la autora; para muchos expertos en literatura, podría venir a ser el alter ego de la escritora. Su nombre es Ariadne Oliver, y su profesión es justamente la de autora de novelas de misterio. En ella, Christie vuelca sus experiencias sobre la tarea de escribir, las dificultades del novelista y sus relaciones más o menos cordiales con el público, así como sus constantes roces con los editores y la prensa.[N16] Ariadne, además, se queja habitualmente de uno de los personajes que ha creado, el detective Hjerson Sven, un hombre pedante «que por supuesto es un idiota, pero a la gente le gusta», un sentimiento de animadversión que a menudo Christie aplicaba a Hércules

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Poirot. En una entrevista concedida en 1956 para la revista John Bull Magazine, Christie reafirmó una vez más que ninguno de sus personajes estaba íntegramente inspirado en alguien de la vida real, pero dejó entrever que entre ella y Ariadne Oliver había «profundas e incontestables similitudes». Ariadne Oliver no es un personaje nuevo, pues ya había aparecido en la obra Parker Pyne investiga, que se publicó en el año 1934, y luego en Cartas sobre la mesa, que vio la luz en 1936. Sin embargo, El misterio de Pale Horse es la única novela en la que ella aparece sin Poirot, aunque contribuye de forma poco expresiva a la investigación y en su solución. Oliver volvería a aparecer en La tercera muchacha (1966) y Los elefantes pueden recordar (1972), obras que también son esenciales para descubrir la figura del personaje literario convertido en alter ego de Agatha Christie.

Nota del autor

El Pale Horse de la novela de Agatha Christie era una posada en donde vivían tres asesinas a sueldo. Según avanza la trama, se descubre que sus víctimas habían tomado talio en dosis pequeñas y regulares que se iban acumulando en el organismo y acababan siendo letales en pocos días. Además de ser mortal, el talio tiene unos síntomas que despistan: al principio, parecen los de una vulgar gripe; luego, hay fuertes dolores en la piel y las articulaciones, fallos respiratorios y parálisis. Uno de los síntomas más llamativos es que se cae el pelo a puñados. La exactitud con la que Christie describió los síntomas de la intoxicación por talio en la novela es tan contundente que sirvió para salvar la vida de algunas personas en diferentes ocasiones: en 1975, una lectora latinoamericana lo estaba leyendo y reconoció los síntomas en una amiga. Intrigada, decidió llamar a las autoridades, que descubrieron que su marido intentaba asesinarla. En Inglaterra, una enfermera cuidaba de una niña catarí enferma, que empeoraba inexplicablemente y no respondía a tratamiento alguno. Por casualidad, esta enfermera estaba leyendo El misterio de Pale Horse durante los periodos de descanso de su turno de guardia, y no tardó

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mucho en atar los cabos al ver que la niña perdía el pelo como en la novela y que en su país de origen el talio era un pesticida común.[N17]

Publicada la novela, Agatha ya no tenía que entregar ninguna otra obra más hasta el año siguiente, así que aprovechó el periodo de descanso del que disponía para emprender un viaje de tres meses a Irán y Cachemira en compañía de Max, que se había recuperado de una ligera apoplejía sufrida durante el verano que hizo circular algunos rumores respecto a su estado de salud, y aunque Agatha procuró restarle importancia, sus amigos más cercanos reconocieron que el arqueólogo había envejecido tanto que aparentaba el doble de la edad que en realidad tenía; tanto que en las últimas fotografías que les tomaron juntos los dos parecían tener la misma edad. Para aligerar su ritmo de trabajo, Max decidió renunciar a la cátedra de la Universidad de Londres para dedicarse en exclusiva a la investigación y, sobre todo, a la redacción de su libro Nimrud y sus ruinas. Max también ocupaba su tiempo desplazándose a Londres para acudir a las reuniones de la junta rectora del Museo Británico y de la Academia Británica, y en lugar de hacerlo cómodamente en tren, optaba por ir por la carretera A40, una importante vía troncal que todavía conecta Londres con diferentes pueblos de la zona metropolitana. Amante de la velocidad, solía tomar las curvas con destreza, levantando polvo y grava al tiempo que accedía a la carretera. En una ocasión, se dirigía a Gales en compañía de Agatha cuando su coche tuvo un pequeño accidente al patinar en una curva helada; la autora sufrió algunas magulladuras de escasa importancia. Max, por su parte, aún tuvo el buen humor de decir que «a pesar de las consecuencias que hubiera podido tener, este pequeño incidente resultó bastante divertido». En contadas ocasiones, algunos compañeros de Max lograban persuadirle de que los dejase conducir a ellos, pero luego se daban cuenta de que se trataba de una opción casi tan aterradora como si él mismo llevase el volante, porque les obligaba a realizar giros y adelantamientos prohibidos, y les reprochaba que condujeran tan despacio. El coche fue durante muchos años el único motivo de discordia entre Agatha y Max, que también solían tener discrepancias sobre el trayecto

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que iban a elegir o cuánto tardarían si Max condujese con un poco más de prudencia.

En 1962, Christie celebró un nuevo récord de La ratonera (como la obra teatral con más tiempo en cartel en Londres) y el estreno de Regla de tres, la única obra que la novelista llevó al escenario durante toda esta década. Los estudios de cine, por su parte, adaptaron cuatro de sus obras a la gran pantalla, aunque tan solo una, El tren de las 4:50, estaba basada de forma íntegra en la novela original. Las dos siguientes películas, Después del funeral y La señora McGinty ha muerto, también están basadas en las obras originales de Christie, pero en el cine Poirot fue sustituido por Miss Marple. La cuarta y última película, Asesinato a bordo, se basa en un guion original de David Pursall y Jack Seddon, un caso muy pobre que oscureció en parte la despedida de la saga. En Después del funeral, miss Marple se inscribe en una escuela de equitación para investigar la muerte de un anciano recluso. Al ser preguntada por su opinión sobre la película, la escritora respondió sin rodeos: «Me pareció una idea increíblemente estúpida». Respecto a otra adaptación de la Metro, Asesinato, dijo ella, la autora fue más diplomática y consideró que, aun realizando una adaptación libre de su novela, los productores habían «satisfecho ciertos requisitos básicos» en lo relativo a la situación y a la trama, pues aunque Margaret Rutherford intentó encarnar el personaje de miss Marple y todos sus estereotipos, su interpretación nunca convenció a Christie, que trataba de contener su opinión cuando le era requerida públicamente para no ofender a la anciana actriz, que contaba entonces con setenta años. «Si fue o no de mi agrado, eso lo sé yo, y mis dolores de cabeza me costó». Para su disgusto, la Metro aún tenía munición para proporcionarle nuevos quebraderos de cabeza, pues no solo se habían hecho con los derechos de La señora McGinty ha muerto (uno de sus libros predilectos), sino que además ya tenían un título para la película, Crimen horrendo. «¿Se figura usted título más vulgar?», le cuestionaba a su siempre fiel y paciente agente Edmund Cork.

La dirección de todas estas películas estuvo a cargo de George Pollock, y Margareth Rutherford fue la actriz elegida para interpretar el papel de

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miss Marple; según la crítica especializada de la época, se parecía poco al personaje original. Según Marion Shaw y Sabine Vanacker, autores del libro Reflexionando sobre miss Marple (1991), la interpretación de Margaret ofrece un grado de ternura y comicidad que es menos preciso en la pluma de Agatha Christie, ya que la actriz optó por resaltar de forma exagerada las características más destacadas del personaje, quitándole la gracia y la ligereza que la hizo tan carismática en las novelas, de modo que resultó difícil para muchos incondicionales de Christie reconocer a miss Marple como aquella anciana de Saint Mary Mead. Según lo recogido por la prensa rosa de la época, Max Mallowan habría hecho unas declaraciones algo confusas donde afirmó que su mujer admiraba el talento de la actriz, pero no estaba de acuerdo con su interpretación de miss Marple. Pollock tuvo que enfrentarse a algunos escollos para lograr convencer a Margareth Rutherford de que aceptara el papel de miss Marple. Su padre sufría graves problemas mentales y durante un brote psicótico acabó asesinando a su propio padre (el abuelo de Margaret). Tras el suceso, la actriz estuvo a punto de rechazar el papel por creer que su actuación en la película como una detective de misterios podría reabrir alguna herida en su familia, marcada por ese incidente traumático. Tras superar este primer obstáculo, la actriz fijó dos condiciones innegociables: que su marido, el actor Stringer Davis, participara en las cuatro películas y que le permitiesen usar su propia ropa durante el rodaje.[N18]

El año de 1962 también le trajo una triste noticia a Agatha. Archie, su primer marido y su gran amor de juventud, había fallecido. El matrimonio de la autora con Archie había sido una montaña rusa de altibajos: el miedo de perderlo durante la guerra, la inolvidable y romántica gira que hicieron juntos alrededor del mundo, la deseada llegada de Rosalind y la crisis que estalló con la inesperada aparición de Nancy. Pero la distancia del tiempo le dio templanza, y ahora con setenta y dos años la novelista comprendía que la ruptura con su primer marido había sido necesaria para reconducir el rumbo de su vida, y aunque Christie ya era una escritora en ciernes cuando firmó el divorcio y habría alcanzado igualmente el éxito literario, muchas de sus obras más célebres, como Muerte en el Nilo o Asesinato en el Orient Express (basadas en sus experiencias en Siria e Irak), jamás habrían visto la luz si no hubiese sido por los nuevos rumbos que su vida

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tomó una vez divorciada.[N19] Con la firma del divorcio en 1928, Archie y Agatha siguieron, cada uno, con sus vidas y nunca más volvieron a verse; Archie se casó con su amada Nancy e hizo una brillante carrera en la City hasta que se retiró para vivir con su esposa en un pequeño pueblo en compañía de su hijo, que también se llamaba Archie, pero que era conocido por sus amigos más cercanos como Beau. El único contacto que Agatha tuvo con su exmarido fue con ocasión de la muerte de Nancy, en 1958, a los setenta años de edad; la novelista quiso trasladarle su afecto y solidaridad en un momento tan difícil y le escribió una amable carta en la que decía comprender su soledad y desamparo después de tantos años de unión. La relación entre Archie y su hija Rosalind fue más ocasional y, en 1962, su nieto Mathew le escribió una carta desde Eton con el fin de encontrarse, pues nunca se habían visto en persona, y ambos ya habían manifestado su deseo de conocerse. Acordaron verse en Londres, pero pocos días antes de la fecha elegida Archie sufrió un colapso y tuvo que ser ingresado de urgencias. En diciembre, llegó la noticia de su muerte. Si por un lado, el anhelado encuentro entre nieto y abuelo jamás se concretó, por otro, Rosalind tuvo la oportunidad, durante el funeral de su padre, de conocer a su medio hermano, Archibald III.

La muerte de Archie provocó que la relación de Agatha con su nieto se estrechara aún más; ambos compartían algunas aficiones; eran aficionados a la música de Richard Wagner y solían pasar horas juntos frente al gramófono que la escritora tenía en Greenway para escuchar sus obras. Estas veladas musicales animaron a la escritora a reservar entradas para el Festival de Bayreuth que, tradicionalmente, se celebra a finales de agosto y que reúne a aficionados al compositor alemán procedentes de todo el mundo al Bayreuther Festspielhaus, un teatro en Baviera que se dedica en exclusiva a la representación de las óperas compuestas por Wagner. Concebido y construido por el propio compositor, fue el lugar donde se estrenó Parsifal, su última ópera (1882), así como Siegfried y Götterdämmerung, las dos últimas partes del ciclo El anillo del nibelungo, que vio aquí también su primera representación completa (1876). En Bayreuth, Agatha se reunió con su nieto, con quien había estudiado la partitura de la obra a la que iban a asistir en los días previos al viaje. El propietario del hotel donde se alojaron hizo cuanto estuvo en su mano para

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protegerla de las hordas de admiradores, disponiendo recoger cada mañana todas las solicitudes de autógrafos que la autora firmaba en sus ratos libres. «Recibí una gran ovación en Bayreuth», le comentaba a Cork con cierta satisfacción, aunque teñida de desagrado, «pero como obtuve también ciertos privilegios, la cosa no me contrarió tanto como de costumbre».

A su regreso a Inglaterra, Agatha se encontró con una propuesta de la Metro Goldwyn Mayer para que escribiese la adaptación cinematográfica de La casa desolada, la novela predilecta de la autora de entre todas las de Dickens, un desafío que se hizo más complejo y exigente a medida que Christie avanzaba con sus trabajos, sobre todo porque la obra de Dickens era muy extensa y para adaptarla al cine hubo que resumirla más de lo

esperado. «Tuve que eliminar más de dos tercios del libro —escribió a Cork— y me temo que habré de eliminar de mi guion al menos una tercera parte, o quizá más». Sus suposiciones resultaron acertadas porque la única objeción de Metro Goldwyn Mayer al guion fue su extensión, casi trescientos folios de descripciones y diálogos que podían proporcionar material suficiente para producir una película de cuatro horas de duración. Al principio, la autora no se negó a abreviar aún más la obra, pero las propuestas enviadas por el estudio resultaron tan drásticas que, para su disgusto, el proyecto se abandonó sin que jamás se llevase a cabo. En 1985, la BBC produjo su propia adaptación de esta obra para la televisión, con una temporada de siete capítulos y una duración total de 6 h 31 m, lo que nos lleva a concluir que el guion adaptado por Agatha Christie habría sido más útil en una producción televisiva que cinematográfica. Otro proyecto prometedor de esta época que tampoco vio la luz fue el ideado por su nieto, que consistía en crear una adaptación musical de Asesinato en la calle Hickory, una novela de Christie publicada en 1955. Su profesor de Eton, John Wells, llegó a escribir algunas canciones, pero la empresa se mostró inviable. Para Christie, 1962 no fue, en definitiva, un buen año: comenzó con el lanzamiento de películas basadas en sus novelas que no le complacieron, luego vino la triste noticia de la muerte de Archie y, poco tiempo después, la trágica noticia del inesperado fallecimiento de su sobrino Jack Watts, hijo de Madge, a los cincuenta y ocho años de edad.

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Soltero y sin hijos, Jack dejó la mayor parte de su patrimonio a Mathew; Agatha, por su parte, heredó el mobiliario que perteneciera a su hermana.

En 1963, Agatha obtuvo un nuevo éxito literario con el lanzamiento de El espejo se rajó de parte a parte, que se convirtió en una de las novelas más vendidas de los primeros meses de 1963 en Inglaterra. Se trata de un nuevo caso de asesinato para miss Marple ocurrido en su propio pueblo, St. Mary Mead, cuando la popular estrella de cine norteamericana Marina Gregg y su marido, el productor Jaon Rude, se trasladan a vivir allí. Los nuevos inquilinos, ya debidamente instalados, deciden organizar una gran fiesta en su mansión (Gossington Hall, la misma en la que se produjeron los acontecimientos de Un cadáver en la biblioteca), a la que comparece todo el vecindario. La velada transcurre según lo previsto hasta que una de las invitadas, la señora Badcock, se desploma en el suelo, víctima, aparentemente, de un ataque al corazón. Las cosas se complican cuando descubren que la copa de bebida que la señora Badcock tenía en las manos pertenecía a la anfitriona. La obra fue un gran éxito, lo que motivó a la autora a intensificar los esfuerzos que estaba dedicando a su nuevo proyecto, Los relojes, que quedó terminada en mayo de 1963 y fue dedicada a Mario Galotti, propietario del restaurante Caprice, «con felices recuerdos de sus extraordinarios guisos».

Los restantes meses de 1963 iban a quedar marcados por un nuevo embrollo con Metro Goldwyn Mayer y otra obra de Dickens. En efecto, Larry Bachmann, el mismo productor que le había propuesto la adaptación de La casa desolada, ahora se empeñaba en convencer a la autora para que adaptara El misterio de Edwin Drood, la decimoquinta y última novela de Dickens, fallecido súbitamente en junio de 1870, antes de poder terminarla. Hubo muchas y diversas tentativas de otros autores para intentar darle el final que, suponían, Dickens tenía pensado, pero todos los esfuerzos fueron en vano, y cuál hubiera podido ser el final de esa obra inacabada se ha convertido en todo un enigma literario. En sus memorias, Arthur Conan Doyle afirma que el espíritu de Dickens apareció en una sesión espiritista, lamentándose por no haber tenido tiempo de terminar su

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novela y, según Doyle, le rogó que la completara, pero el novelista escocés declinó la oferta por no considerarse apto para semejante encargo.

Agatha Christie, que aún no se había olvidado de todo el tiempo que había invertido en la adaptación de La casa desolada, rechazó con inquebrantable firmeza la propuesta de Bachmann, quien, en contrapartida, le propuso la tentadora oferta de realizar el guion de Asesinato en el Orient Express, pero Christie se mostró irreductible, porque creía que la adaptación de una obra de esa magnitud exigiría un planteamiento y una técnica extremadamente minuciosos; además, repudiaba la idea de ver a miss Marple en la trama para hacer de maquinista como una especie de recurso cómico. «Resultaría un tanto perjudicial para mi reputación», le escribió a Cork. El temor que la autora sentía con la posibilidad de incluir a miss Marple en una historia de Poirot estaba bien fundamentado, sobre todo porque la autora aún intentaba olvidar la adaptación cinematográfica de Después del funeral. Para alejarse de tantos disgustos, Agatha sumergió sus pensamientos en la redacción de una nueva novela, Misterio en el Caribe, en la que traslada a miss Marple a la ficticia isla de St. Honoré. Lejos de su casa de la campiña inglesa, y entre palmeras, bungalós, noches de baile y labores de ganchillo, una muerte la llevará a descubrir que no todos los huéspedes y residentes del hotel son lo que parecen.

De poco le sirvió aislarse en su idílico mundo literario, porque, pocos meses después, la Metro Goldwyn Mayer anunciaba a bombo y platillo el lanzamiento de Crimen horrendo, confirmando los peores presagios de Agatha Christie. La película no solo constituía un pastiche de mal gusto, en opinión de la escritora, sino que además Poirot fue de nuevo sustituido por Miss Marple, que esta vez aparecía como miembro de un jurado. Este lanzamiento acabó perjudicando los planes comerciales de la editorial Collins, que pensaba aprovechar la publicidad de sus películas para promover las obras de Christie, pero esta se negó con rotundidad, alegando que las versiones cinematográficas no eran una referencia recomendable porque transmitían al gran público una falseada imagen de Poirot y de Miss Marple. Billy Collins accedió a no utilizar escenas de las películas en las portadas de las ediciones de bolsillo de las novelas y se limitó a mencionar que sobre aquella obra se había rodado una película, pero eso no fue suficiente para calmar los ánimos de la autora, ya que la Metro

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Goldwyn Mayer tenía en avanzada fase de preparación una nueva película protagonizada por miss Marple. Este proyecto, por sí solo, ya era preocupante, pero para colmo el guion ni siquiera estaba basado en ninguna de sus novelas, una decisión que la enfureció más todavía porque con ello la Metro dejaba constancia de que se había apropiado indebidamente de uno de sus personajes más preciados. Le disgustó sobremanera la falta de delicadeza mostrada por la productora americana que ni siquiera se molestó en consultarla. «Ver que mis propios personajes se utilizan para un guion realizado por otra persona me parece una falta de ética monstruosa». Sus reiteradas protestas públicas de nada sirvieron para sensibilizar el estudio de Hollywood, que no solo declaró a la prensa que el rodaje iba a comenzar al cabo de pocas semanas, sino que además anunció que ya habían empezado a adaptar el guion de El misterio de la guía de ferrocarriles, en la cual la figura de Poirot iba a sufrir sustanciales alteraciones. Las disputas alcanzaron tal nivel de crispación que no hubo quien dudase de que el asunto acabaría en los tribunales, donde podría tener lugar un gran escándalo mediático. Finalmente, el contrato entre la Metro y Christie fue rescindido; aunque el director, George Pollock, que había dirigido las tres películas de miss Marple, dirigiría asimismo Diez negritos en 1965, pero para otro estudio, Seven Arts Films. En 1967, con nuevas ofertas, Agatha declaraba terminantemente a Cork: «¡No me hable de derechos cinematográficos! Solo de oír esas palabras me hierve la sangre… Ya sabe lo que opino sobre esta cuestión: he sufrido demasiado».

Por fortuna, los últimos meses de 1964 trajeron mejores acontecimientos. Durante aquel invierno y la primavera siguiente, Christie concentró sus esfuerzos en su siguiente novela, otra aventura protagonizada por miss Marple, basada en una trama tan divertida y tan hábilmente construida que no quedan dudas de que la autora disfrutó muchísimo al escribirla. Se tituló En el hotel Bertram, un lugar en el que Marple solía hospedarse cincuenta años atrás y donde ahora regresaba por invitación de su sobrino Raymond para pasar las vacaciones. A la hora del té, miss Marple, cotilla como de costumbre, se puso a observar a los comensales que compartían salón con ella, entre ellos la extravagante lady Bess Sedgwick, que se había casado un buen número de veces. De uno de sus primeros matrimonios nació su hija Elvira Blake, también hospedada

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en el hotel, que acababa de alcanzar la mayoría de edad y era heredera de una formidable fortuna. Una noche, la joven sufrió un intento de asesinato, pero el tiro alcanzó al portero del hotel, que se lanzó frente a ella para protegerla. miss Marple, que había observado toda la situación desde el comienzo, será requerida por el inspector de Scotland Yard para ayudarle a investigar sobre el crimen. El hotel Bertram es tan ricamente descrito por Christie que muchos lectores de la época afirmaban conocer el verdadero hotel en el que la autora se inspiró para la novela. Si existió modelo alguno, es probable que fuera el hotel Fleming, uno de los más antiguos de Londres, situado en el corazón de Mayfair, un barrio caro y prestigioso en el que se sitúan muchas de las tiendas de moda más lujosas de la ciudad. Para evitar paralelismos con la realidad, Christie cambió Crescent Street por Square Street; también hizo lo mismo con el nombre del director, ya que, a su juicio, era muy parecido al del propietario verdadero. Desarrollar la trama de esta novela, con su intrincada relación entre lo real y lo imaginario, le supuso un verdadero desafío, porque no fueron pocas las veces en las que la autora se deslizó por la resbaladiza superficie de sus propios recuerdos. Por otro lado, es importante reconocer que esta obra constituye una notable proeza para una mujer de setenta y cinco años, edad asignada también a miss Marple. En el hotel Bertram es, aún hoy, una de las novelas más populares de Agatha Christie.[N20]

En 1965, Agatha Christie publicó Una estrella sobre Belén, una antología ilustrada de poesías y cuentos breves de temática religiosa (publicada bajo el nombre de Agatha Christie Mallowan). Aunque relativamente desconocida, se afirma que va dirigida a los niños, pero las historias que contiene están orientadas a un público adulto. En el cuento The Water Bus, por ejemplo, la sirvienta de miss Hargreave intenta descargar sus problemas sobre su patrona; el principal de ellos es que su hija se está muriendo en un hospital después de que un aborto ilegal haya salido mal. En octubre de ese mismo año, Christie terminó de redactar su autobiografía, proyecto que tuvo su inicio en Nimrud, cuando tenía sesenta años de edad. La autora trabajaría en sus memorias a intervalos durante los quince años posteriores, de modo que pudiese seguir escribiendo sus novelas en paralelo sin agobiarse, y solo puso una condición a su editor: que la obra fuera publicada tras su muerte.[N21] Durante muchos años,

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Agatha había tomado apuntes y llevado varios diarios con detalles de su vida, pero jamás pensó utilizar este material en público; pensaba mantenerlos guardados en un arcón para que fuesen encontrados tras su muerte por algún nieto o bisnieto curioso que quisiera saber más acerca de su pasado. En aquella época, la autora no se sentía seducida, ni mucho menos halagada, por la multitud de pedidos que llegaban a Cork todas las semanas solicitando permiso para escribir una «biografía autorizada», solicitudes que eran respondidas por el propio agente en los siguientes términos: «La señora Christie no siente deseo alguno de que se publique una biografía suya, ni escrita por ella ni por otra persona». Cuando le preguntaban directamente, la novelista solía dar una explicación más directa: «Yo escribo libros para que se vendan y para que la gente disfrute leyéndolos, y opino que el público debiera interesarse más por los libros que por sus autores».

Esta fotografía muestra a Agatha Christie con el dictáfono a finales de los años sesenta. Por aquel entonces, le resultaba más cómodo sentarse en un sillón y dictar algunas de sus obras para, a continuación, revisar un borrador mecanografiado por una secretaria.

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El ambicioso proyecto de Collins de reeditar todas las obras de Agatha Christie recibió el nombre de La edición de Greenway, título que nunca agradó a la autora: «Como si en toda mi vida tan solo hubiese habitado en esa casa». Sus protestas, sin embargo, no llegaron a ningún término y la editorial mantuvo este nombre. La colección está compuesta por sesenta y seis novelas, cuyas cubiertas, curiosamente, tienen el mismo diseño (solo cambia el título de la obra y el color de fondo). Consiste en un grabado representando tres peces entrelazados, inspirado en un dibujo que Agatha viera en los bazares de Baalbek en 1930. La nueva colección fue un éxito de ventas y en la actualidad es difícil encontrar un ejemplar en buenas condiciones, lo que la convierte en un ítem muy apreciado por los coleccionistas.

Sin embargo, con el paso de los años, esta actitud cambió, y en una carta dirigida a Cork a finales de 1965, la autora admitió que podría haber personas interesadas en conocer su vida, y por ello empezaba a plantearse revelar parte de sus memorias al gran público. «Me alegra pensar que si me muero, todo está a punto para ser yo quien hable de mi vida». La idea comenzó a tomar forma y, al igual que su marido excavaba en los tells de Nimrud en busca de vestigios representativos de la cultura asiria, Agatha decidió bucear en sus diarios y en sus notas en búsqueda de los hechos

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más relevantes de su pasado. Comenzó esbozando un esquema cronológico de su vida, desde su infancia en Ashfield y sus aventuras con Archie alrededor del mundo, y fue avanzando la narrativa con la llegada de Rosalind, su vida con Max en Nimrud, etc.. Lo más difícil fue intentar buscar una forma coherente y amena de relatar los acontecimientos de 1926, pero al final la autora consideró que se trataba de un asunto íntimo y, por ello, no escribió ni una sola línea al respecto. El resto, a partir de «la segunda primavera» hasta el final, no ofreció dificultad alguna. La obra le ocupó más tiempo de lo inicialmente planeado y le resultó complicado tener que compartir su tiempo entre sus memorias y las novelas que debía entregar a Collins todos los años, meses antes de las Navidades. «Debería haber comenzado ya a escribir una nueva obra policíaca, pero, con la urgencia natural que tiene todo escritor de escribir lo que no debe, siento deseos inesperados de redactar mi autobiografía. Supongo que he recordado solo lo que me interesaba y, entre ello, muchas cosas ridículas sin motivo coherente. Así somos las criaturas humanas».[N22] Aunque Christie se tomó este trabajo como una especie de «ejercicio mental» con el fin de probar hasta dónde llegaban sus recuerdos, la autora temía que, con su muerte, apareciera un aluvión de biografías sensacionalistas basadas en hechos inventados, así que esta obra también le sirvió para controlar lo que públicamente se sabría de su mundo privado después de su muerte, del mismo modo que lo había hecho en vida. Enfrentada al desagradable pero indudable hecho de que el público tenía una insaciable curiosidad sobre ella, Christie decidió frustrar todo esfuerzo biográfico al escribir el relato definitivo de su propia vida. «Estoy encantada con el hecho de que, si me muero, tengo todo preparado para ser la primera en inventarme mi propia vida, minándoles el terreno a los demás». En un artículo publicado en el Sunday Express, el 7 de enero de 1990, un amigo de Christie, Charles Vance, señala: «Todo aquel que diga que la conocía es un mentiroso. Max no la conocía, y compartieron una vida con éxito. Lo que sucedió en 1926 dejó una herida que nunca cicatrizaría. Así que no intente buscar a la auténtica Agatha Christie, porque no la va a encontrar. Ella no dejaba que nadie mirara en su alma»..[N23] Aunque jamás sabremos hasta qué punto Agatha Christie nos permitió conocerla a través de su autobiografía, esta obra se convirtió en su labor literaria más importante de

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esta etapa; al tratarse de una obra que dependía de una exhaustiva recopilación de sus recuerdos más lejanos, Christie optó por usar un dictáfono por considerar que le resultaría útil para ordenar sus pensamientos. Se trataba de un recurso que estaba acostumbrada a utilizar, ya que lo llevaba haciendo desde hacía muchos años como herramienta de apoyo. «Escribo mis borradores con una máquina de escribir viejísima y

leal que tengo desde hace muchos años —reveló la autora durante una entrevista radiofónica en 1955— y el dictáfono me es útil para los relatos breves o para retocar el acto de una obra, pero no para la compleja labor de escribir una novela».

Tal y como era su deseo, su autobiografía solo fue publicada tras su muerte y pilló a muchos de sus seguidores por sorpresa, pues la autora siempre había mantenido un perfil muy discreto hasta entonces, así que nadie podría imaginar que algún día saldría a la luz una obra revelando aspectos de su vida escritos de su puño y letra. En la actualidad, sus memorias constituyen un valioso aporte para entender la mente y los valores más íntimos de Christie, aunque suele decirse que las autobiografías no son fieles ni relatan la verdad. Al leer sus memorias, uno se queda con la sensación de que mucho quedó por decir, porque nadie está exento ni tampoco es capaz de narrar con precisión acerca de los hechos más relevantes de su vida, y los recuerdos, cuando son evocados, normalmente vienen con una versión más idealizada, con lo que la narrativa adquiere un tono de inevitable parcialidad. La biógrafa inglesa Janet Morgan, cuyos trabajos me resultaron muy útiles para el desarrollo de esta obra, comentó que hay «piezas» de la vida de Agatha Christie que no logró integrar; otras, excesivamente próximas, no pudo contemplarlas con la justa perspectiva. Tal vez en esta biografía el personaje de Agatha se nos muestre con mayor claridad, como imagen surgida de un calidoscopio. En él, reflejada en sus minúsculos espejos, aparece una figura compuesta por una diversa disposición de sus fragmentos.[N24]

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Agatha Christie empezó a interesarse (como lectora) por la ciencia ficción durante la década de los sesenta, cuando una nueva generación de autores, influenciada por la tecnología de posguerra y la frenética carrera espacial llevada a cabo por los Estados Unidos y la Unión Soviética, comenzó a escribir novelas dedicadas a la exploración espacial y de otros planetas.

En 1966, Edmund Cork se reunió con Christie para informarle de que la editorial Collins tenía la idea de publicar una colección de sus obras completas; se trataba de un proyecto de gran envergadura a nivel nacional que tenía como objetivo ofrecer a las nuevas generaciones de lectores una edición más moderna y acorde a los nuevos tiempos. A la autora le encantó la idea, aunque no tuvo reparos en poner algunas condiciones, como por ejemplo una mejoría en la calidad de la impresión, un reproche que ya le había hecho a la editorial. En ocasiones, la autora se dirigía a Collins, medio en broma, medio en serio, diciendo que «el papel usado por la editorial para su correspondencia es infinitamente superior al que emplean en sus publicaciones». Ironías aparte, para Christie se trataba de un loable proyecto que haría honor a su trayectoria literaria, entonces indiscutible y mundialmente reconocida. Eran raros los hogares ingleses que no tuviesen por lo menos uno de sus libros, y comprar sus lanzamientos en Navidad era un evento tan esperado por sus seguidores que muchos hacían cola toda la noche en la puerta de las librerías para poder leer la obra antes que los demás.

En junio, Max acompañó a Agatha en una escapada a Bélgica para conocer un museo dedicado a Hércules Poirot (que hoy ya no existe), y a finales de agosto viajaron a Suiza. Su nieto Mathew se instaló en

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Greenway durante la ausencia de su abuela para cuidar de la casa, aunque aprovechó la ocasión para invitar a sus mejores amigos de Oxford y que disfrutasen con él del periodo estival a orillas del río Dart, donde muchos veleros hacen escala en verano. Mathew acababa de obtener la licenciatura; se había especializado primero en Historia y después en Política, Filosofía y Económicas, y se graduó en el New College, el mismo colegio donde cursara sus estudios Max, y pensaba en dedicarse a tareas editoriales, ya que Alien Lane le había ofrecido un puesto en Penguin. Agatha, entonces, leía ciencia-ficción, procurando mantenerse al día de todas las novedades, aunque jamás se atrevió a explorar este género, pues era consciente de que un autor de ciencia ficción tiene un perfil y unos conocimientos específicos de los que ella no disponía. En aquella época, Estados Unidos y la Unión Soviética emprendían una frenética carrera espacial que había empezado en 1957 con el lanzamiento del primer satélite artificial a la órbita terrestre, el Sputnik, una idea que surgió gracias al escritor Arthur C. Clarke, quien, al ver los cohetes que los alemanes utilizaban durante la Segunda Guerra Mundial para destruir ciudades, se preguntó: «¿Y si esos cohetes fuesen usados para la paz?»; fue cuando se pensó que en lugar de apuntar un misil hacia el país enemigo, quizá fuese más útil cambiar la trayectoria hacia arriba e intentar alcanzar la estratosfera.[N25] Este acontecimiento no solo generó más rivalidad entre las dos grandes potencias mundiales, sino que llevó al ser humano a imaginar más allá, a contemplar la posibilidad de llegar a explorar el universo de más y mejores formas que únicamente admirar desde la lente de un telescopio, una posibilidad que llevó a muchos autores a crear obras literarias sobre el tema. De este prolífico periodo, conocido como la Edad de Plata de la ciencia ficción, destacan George Orwell, Robert A. Heinlein, Isaac Asimov, Clifford D. Simak, Arthur C. Clarke, Poul Anderson, Philip K. Dick, Ray Bradbury, Frank Herbert, Stanislaw Lem y muchos otros.

Con la llegada del otoño y de las temperaturas más frescas, la autora comenzó un nuevo libro, que se titularía Tercera muchacha. La historia gira en torno a Norma Restarick, una joven bastante confundida que se persona un día en casa de Hércules Poirot en busca de ayuda, pues cree que ha matado a alguien. Su testimonio deja al detective perplejo, pero,

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antes de que pueda reaccionar, la chica huye sin dar mayores explicaciones. El libro no cumplió con las expectativas de sus lectores, quienes lo consideraron confuso y con pasajes aburridos. Agatha terminó 1966 con un viaje a Estados Unidos acompañado de Max, que había sido invitado por diferentes facultades de arqueología americanas a pronunciar un ciclo de conferencias. La autora aprovechó la ocasión para visitar la tumba de su tío abuelo Nathaniel Frary Miller, quien junto con su mujer Margaret se convirtieron en los padres adoptivos de su madre Clara. Sus restos mortales descansan en el cementerio de Greenwood, ubicado en una colina desde la que se divisa una parte del skyline de Nueva York. Su importancia histórica radica en que fue allí donde tuvo lugar la batalla de Brooklyn el 27 agosto de 1776. La batalla se perdió, pero en la Navidad de ese año las trece colonias ya habían derrotado a los británicos. Desde sus inicios, se ganó buena reputación como un bello lugar donde ser enterrado. Tanto es así que en el año 1860 llegó a recibir medio millón de visitas. Un precioso lugar lleno de árboles, colinas, valles, lagos, esculturas bellísimas y unas vistas de Nueva York fantásticas. En una carta enviada a Cork, Agatha dijo que el cementerio le recordaba a la famosa población egipcia edificada sobre las ruinas de la ciudad de Tebas. «Me recuerda a Luxor… repleto de monolitos de granitos; la tumba de Nathaniel era una gran lápida de mármol negro, de seis pies de altura, coronada por un obelisco».

En 1967, el Gobierno británico publicó la lista con los nuevos comendadores de la Excelentísima Orden del Imperio Británico, fundada en 1917 por el rey Jorge V, otorgada cada año por la casa real a todos aquellos británicos destacados en sus campos de actuación. Max Mallowan se encontraba en la lista de los recipiendarios, lo que convertía automáticamente a Agatha en «lady Mallowan», título que la autora usaba con bastante frecuencia para ocultar su verdadera identidad. Se cuentan, en efecto, muchas anécdotas sobre académicos que acudían a visitar a Max en Winterbrook y eran presentados a su esposa sin saber que se trataba de «Agatha Christie», aunque eran casos muy excepcionales, ya que por aquellos años la autora ya era mundialmente conocida y su fotografía aparecía en múltiples publicaciones y artículos de prensa. En mayo,

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después de asistir a la boda de su nieto Mathew con su novia, Angela Maples, Agatha se fue vacaciones con Max a Yugoslavia, no solo con la intención de celebrar su luna de miel, sino porque la autora quería gastar los dinares que había guardado de su última estancia en el país. El verano lo pasaron en Greenway, y parte del otoño lo emplearon para hacer un viaje a España, donde logró pasar desapercibida en Madrid, pero tan solo cuarenta y ocho horas. Tras percatarse de su presencia, la prensa de la época llenó sus diarios de especulaciones sobre los motivos que habían traído a la mismísima Agatha Christie hasta España. «Doña Agatha anda preocupada con ambientar en España una novela de gitanos, y empieza por infravalorar a todos los españoles hasta que no se demuestre lo contrario» [N26], recogía la edición madrileña del diario ABC, uno de los primeros rotativos en alertar de su presencia en el país. (Según se dijo, no tuvo muy buen humor inglés para los periodistas madrileños). Los rumores de que su próxima novela se ambientaría en España no duraron más de veinticuatro horas, ya que al día siguiente la autora desmintió este rumor en la edición de La Vanguardia del 28 de octubre. «Desmiento de la manera más categórica que piense escribir una novela policíaca ambientada en España. Jamás escribí un libro que tuviese como fondo el país visitado como turista. No hay ninguna razón que justifique, en el caso de España, la excepción de esta norma que he mantenido y mantendré a rajatabla». El único periodista español que tuvo acceso a la escritora para una exclusiva fue José María Moreiro, redactor de la agencia de noticias Hispania Press, que consiguió citarse con ella pocas horas antes de que saliera su vuelo con destino a Gran Bretaña. Reunidos en una sala privada del aeropuerto de Barajas con dos azafatas que sirvieron de intérpretes, Moreiro pudo confirmar en primera persona la conocida aversión que la escritora tenía hacia reporteros, periodistas y, en especial, los paparazzis. «Uno de ellos se atrevió a invadir mi habitación mientras me vestía», denunció Agatha Christie, claramente disgustada con el trato recibido por algunos profesionales de la prensa. Y pese a que volvió a reiterar que había venido a España con el único objetivo de hacer turismo, los rumores de que su próxima novela sería ambientada en nuestro país no pararon de circular; tanto es así que en la edición del 2 de diciembre de 1967 del diario El Alcázar había una nota firmada por Juan Caño que se titulaba: «Agatha

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Christie, asesinato en Toledo» y que decía que la escritora trabajaba en una novela que tendría como intriga «un asesinato especialmente complicado que ocurre en España». La noticia caló en todo el país y sus seguidores aguardaron con ansiedad, pero la espera fue inútil. Su nuevo lanzamiento se tituló Noche eterna y no estaba ambientada en Toledo, sino en un lugar llamado El Campo del Gitano, maldito según la leyenda por los gitanos que fueron expulsados del lugar años atrás y donde parecía que la tragedia acechaba en cada rincón.[N27] Parece que, al fin y al cabo, de gitanos sí que iba el tema, aunque la autora había empezado a esbozar la trama mucho antes de su viaje a España. En opinión de Collins, la novela presentaba escasos personajes (trece en total, y ¡solo dos compartían apellido!), circunstancia que podría simplificar en exceso el misterio, por lo cual rogó a la autora que introdujera alguno más, y con ello surgió Standford Lloyd, banquero y administrador del fideicomiso de Fenella Guteman, que resulta ser la víctima del crimen. Con esta obra, Agatha compensó las críticas desfavorables de su obra anterior, mereciendo asimismo los elogios de varios amigos cuyo criterio valoraba de modo especial. Sintiéndose motivada, la autora escribió a la editorial Collins para comunicarles su intención de seguir escribiendo una novela anual y que ya había empezado a esbozar la trama del próximo, que recibiría el título de El cuadro, cuya temática no tenía nada de castellano-manchega. La obra trata de la locura de la señora Lancaster, una anciana que vive en un asilo, y de unos delirios que terminan haciéndose realidad a la vez que la mujer desaparece.

En octubre, Agatha tuvo que enfrentarse a un duro trance cuando supo que Max, que se hallaba en Persia para dar una conferencia, había sufrido un segundo ataque de apoplejía durante su exposición, al que dio escasa importancia. Se limitó a pedir una silla para terminar sentado la exposición, pero después tuvo que ser ingresado de urgencia en el hospital. «Estoy bastante asustada —le escribió la novelista a Cork—, aunque creo que es buena señal que no lo hayan metido en un avión para enviarle a casa con urgencia. De todos modos, esta espera sin noticias es un suplicio». Sola en su casa de Wallingford, la autora se desahogó con una serie de iracundas misivas dirigidas contra Bill Collins a propósito de las galeradas de su siguiente novela, El cuadro. «Me llegó por correo un lote sin corregir… Desde entonces, llevo recibiendo diferentes remesas (todas

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por correo urgente, cuyas tarifas he tenido que pagar yo). Quisiera aprovechar la ocasión para poner de manifiesto mi desagrado por las alteraciones que su revisor ha hecho en mi texto. No admito cambios, a menos que sean faltas ortográficas. Si yo prefiero yerba a hierba (ambas palabras están en el diccionario), quiero que se deje la palabra que he elegido. Tampoco quiero que se alteren las frases para que suenen gramaticalmente más correctas cuando forman parte del diálogo. Mis personajes, como bien sabe usted, son gente corriente y, como tal, habla cada uno a su manera, unos mejor que otros». Al final, la autora quedó complacida con la obra cuando la vio publicada a finales de 1968.

Agatha siguió su labor, imparable, como el repiqueteo de un pequeño telar y, a su ritmo, comenzó a confeccionar, ya en la primavera de 1969, la idea central de la trama de Las manzanas, su siguiente novela, que contaría con la participación de Ariadne Oliver. Invitada a pasar una temporada en casa de una amiga, la famosa escritora se une a otras señoras para preparar las fiestas infantiles que se celebran la víspera de Todos los Santos. En el grupo se encuentra una niña llamada Joyce, que alardea antes los presentes de haber sido testigo de un asesinato en otro tiempo, pero que no se había percatado por ser muy pequeña. Nadie la cree y los preparativos siguen su curso. La fiesta es todo un éxito, hasta que se dan cuenta de que Joyce ha desaparecido. La buscan por toda la casa y al final la encuentran ahogada en el cubo de agua donde tuvo lugar un juego llamado Las manzanas, que consiste en sumergir la cabeza para coger el mayor número posible de manzanas. Impactada por lo ocurrido, en la cabeza de Ariadne no paran de resonar las palabras de Joyce pocas horas antes: «He visto cometer un asesinato», y le parece mucha coincidencia que después de decirlo haya aparecido muerta. Será Poirot, una vez más, quien tendrá que dar con el culpable en uno de sus casos más enrevesados. Lanzada en la campaña de Navidad de 1969, el público la consideró un tanto confusa por presentar demasiados temas, aunque la crítica consideró que, teniendo en cuenta la edad de la autora (setenta y nueve años), la narrativa empleada era notable por la destreza de su ejecución.

Con la llegada del año nuevo de 1970, Agatha Christie comenzó a temer por su privacidad; en septiembre cumpliría ochenta años y sabía que en cualquier momento empezarían a llegar un sinfín de solicitudes para

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conceder entrevistas, colaborar con relatos y participar de actos públicos. Consciente de que no dejarían pasar semejante fecha en blanco, la autora envió un telegrama a Cork con el fin de buscar un medio de sobrellevar la fecha de la manera más discreta y menos traumática posible: «Supongo que tendremos que inventar algo para celebrar mi “mayoría de edad” —le escribió sin disimular su aburrimiento—; desde ahora, ya le advierto: nada de televisión. La encuentro útil para contemplar las carreras de caballos y enterarme de la información meteorológica, pero, para todo lo demás, no me resulta agradable». Aparte de su ya conocido rechazo a la exposición pública, hoy muchos cuestionan aún la razón por la que la autora sentía tanta antipatía por la televisión. Rebuscando la documentación privada de la escritora en Greenway, la biógrafa Janet Morgan encontró un folio escrito del propio puño de Christie en el que encontraba la respuesta para esta intrigante cuestión: «El televisor tiene un tamaño que a mí no me va. Estas cosas pasan. Fíjese en las fotografías, por ejemplo: o tienen el tamaño de un sello de correos o se amplían a dimensiones realmente exageradas». A la autora tampoco le gustaba verse en pantalla, un sentimiento que comparten muchos famosos, que sienten vergüenza al verse a sí mismos, a veces contestando a preguntas inoportunas e incluso incómodas. «Me produce la sensación de tener que pedir excusas por hallarme presente en una conversación privada en la que se hacen todo tipo de preguntas e indagaciones sobre cuestiones íntimas, con una falta total de cortesía y una imperdonable ausencia de buenos modales».

Por otro lado, se mostró entusiasmada con la idea de su nieto de crear en 1969 la Fundación Agatha Christie para la Infancia y también otra iniciativa llevada a cabo por Mathew de que le hiciesen un retrato; para ese cometido, se puso en contacto con el pintor de origen austriaco Oskar Kokoschka, un admirador de la escritora. Kokoschka cursó sus estudios en la Escuela de Artes Aplicadas de Viena, donde realizó sus primeros retratos al óleo y una serie de retratos expresionistas. En 1912, su obra empezaba ya a ser conocida fuera de su país. Durante la I Guerra Mundial fue herido de gravedad en el frente del Este. Consagrado luego plenamente a la pintura, viajó por numerosos países y, tras contraer matrimonio con Olda Palkovska, adquirió la nacionalidad británica en 1947. Kokoschka contaba, por aquel entonces, con ochenta y cuatro años de edad y realizaba

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ya escasos retratos, pero accedió a retratar a la escritora, para lo cual necesitó de ocho sesiones de dos horas de duración (en cada una de las cuales el artista llegaba a consumir media botella de whisky). El pintor captó con extraordinario verismo la expresión y el porte de su modelo, quien no pudo disimular su asombro cuando se vio retratada por primera

vez. «Kokoschka me dijo que admiraba mucho mi nariz —escribió a Cork —, lo me complace sobremanera, porque ahora que todas las artistas de cine se operan para reducir el tamaño, yo me quedo con mi gloriosa nariz romana». Agatha pasó su cumpleaños en Devon y lo celebró con un suntuoso banquete familiar en Greenway. La profusión de ramos de flores, tarjetas y telegramas que llegaban de diferentes partes del Reino Unido hicieron que se sintiera «como una estrella de ballet, henchida de felicidad y de orgullo, sin el más leve rastro de modestia». Uno de los regalos que más le complació vino de su colaborador más fiel, Edmund Cork, una pluma estilográfica de oro. «¡Muerte a quien me la pida prestada y no me la devuelva!», exclamó entusiasmada nada más abrir la caja que la envolvía.

Poco tiempo después de haber recibido su retrato de las manos de Kokoschka, Agatha viajó con Max para pasar las vacaciones de Pascua en Alemania, donde la autora pudo asistir a la famosa Pasión de Oberammergau, una de las más populares representaciones de la pasión de Cristo. Realizada con mucho fervor en la ciudad de Oberammergau, un pueblecito en las montañas de la Alta Baviera, cuenta la historia que cerca de cuatrocientos años antes, la ciudad fue azotada por la peste, pero que, como buen pueblo religioso que era, pidieron a Dios que si los ayudaba a librarse de la pandemia, representarían cada diez años la pasión de Cristo, promesa que siguen cumpliendo aún hoy. Su representación destaca de entre muchas otras por la dedicación de sus actores, así como por el fervor general del pueblo, que crea todo el clima místico que transporta hasta la mismísima época de Cristo, haciendo de su puesta en escena un importante atractivo turístico.

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Esta inquietante imagen de un terrorista que se asoma por el balcón de una de las residencias de la villa olímpica de Múnich quedó grabada en la retina de toda una generación, superando cualquier ficción imaginable.

Cubierta de la primera edición de Pasajero a Frankfurt (Collins, 1969). Para publicitar su lanzamiento, la editorial Collins anunció a bombo y platillo que se trataba de la octogésima novela de Agatha Christie, quien además cumplía ochenta años de vida. Para llegar a esa cifra tan considerable, hubo que emplear una cierta ingeniería aritmética en la que se incluyeron las recopilaciones estadounidenses Problema en Pollensa, Tres ratones ciegos y otros relatos, The Underdog y Double Sin (todas las cuales contenían relatos inéditos por aquel entonces en Gran Bretaña), así como los títulos de Mary Westmacott.

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De regreso a Inglaterra, Christie aprovechó el resto de la primavera para dar los toques finales a su nuevo libro, Pasajero a Frankfurt, cuya trama había empezado a esbozar siete años antes mientras hojeaba la obra Herencias de fuego, título dado a las memorias de la nieta de Richard Wagner, Friedline, a quien la autora había conocido en la ciudad de Bayreuth, donde anualmente se celebra a finales de agosto un festival musical en memoria del compositor. Acompañada por Friedline, Agatha conoció los bastidores del teatro de la ópera y curiosas anécdotas sobre su abuelo y Hitler. Reflexionando sobre todo ello, la autora pensó en desarrollar una trama en Alemania, teniendo como telón de fondo algunos pasajes relacionados con conspiraciones y una red internacional de espionaje. Tras escribir algunos bocetos poco convincentes, la autora direccionó la trama hacia otro lado y la historia comenzó en la sala de espera del aeropuerto de Frankfurt, donde un diplomático inglés se ve abordado por una joven que le pide ayuda para salir de allí de incógnito, ya que su vida corre peligro. El diplomático la ayuda a salir, y a partir de ahí comenzará la investigación de un nuevo movimiento de orden mundial que pretende destruir las bases de la sociedad. Pasajero a Frankfurt presenta muchos de los temores que atenazaban a un círculo de amistades, compuesto sobre todo por políticos y diplomáticos, que Agatha frecuentaba en Londres y Oxford.[N28] A finales de los años sesenta y principios de los setenta, eran constantes en la prensa las noticias relativas a secuestros, revoluciones y actos terroristas. Agatha definió su libro como una narración exorbitada que solo sus lectores más paranoicos considerarían como factible, pero este argumento no es del todo correcto si tenemos en cuenta que dos años después del lanzamiento de Pasajero a Frankfurt tuvo lugar uno de los atentados terroristas más mediáticos de la época, exactamente el 5 de septiembre de 1972, en pleno desarrollo de los Juegos Olímpicos de Múnich, cuando un comando de ocho terroristas palestinos irrumpió fuertemente armado en la Villa de los atletas y ocupó a la fuerza los alojamientos de la delegación israelí. Exigieron la liberación de 234 presos árabes en las cárceles israelíes y de dos terroristas alemanes, Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en Alemania. Las autoridades alemanas consiguieron prorrogar las negociaciones cinco horas más para proporcionar a las fuerzas de seguridad el tiempo que

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necesitaban para establecer un plan de invasión, pero el intento tuvo un desenlace fallido. Las autoridades no contaban con suficiente personal especializado y se instaló en los techos del aeropuerto a policías mal entrenados. Tras dos horas, la mal preparada acción terminó en un fiasco. En el intento murieron los nueve atletas israelíes que fueron hechos rehenes, un policía alemán y cinco terroristas.[N29]

Cuando Pasajero a Frankfurt quedó terminada, la editorial Collins temió que el libro resultase un fracaso, pero, para alivio de todos los implicados, las ventas fueron un éxito rotundo y, cuando la obra apareció en Estados Unidos, causó la misma sensación (seguramente, también ayudó la campaña publicitaria de Collins, que anunció la novela como la número ochenta de Agatha Christie en su octogésimo cumpleaños). Pese a los favorables resultados cosechados, Pasajero a Frankfurt es considerada una de las obras más decepcionantes de Agatha Christie; y hasta sus lectores más fieles la consideran aburrida, espesa e incluso difícil de terminar. Sea como fuere, Christie demostraba con esa obra que su narrativa no solo se limitaba a crímenes de cuarto cerrado, sino que abarcaba temas candentes de su época. En una entrevista realizada poco después de su publicación, Christie negó que los personajes se basasen en sucesos reales, pero afirmó que fue su hábito de leer los periódicos lo que le inspiró el libro. «Si una idea en concreto te resulta atractiva y sientes que puede dar de sí, entonces dale vueltas, juega con ella, estírala, recórtala y poco a poco deja que tome forma», concluyó.[N30]

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Agatha Christie con sus reflexiones.

«He leído otra vez lo que escribí entonces y estoy satisfecha. Lo he hecho tal como quería. Ha sido como un viaje; no tanto de vuelta a través del pasado como hacia delante, empezando de nuevo en el comienzo de todo, volviendo hacia mi “yo”, que se embarcaba en un recorrido hacia delante a través del tiempo. No me he atado al tiempo ni al espacio. Me he detenido donde he querido y he saltado a voluntad, hacia delante y atrás».

Agatha Christie haciendo balance de sus memorias.

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XV

ISABEL II

«Todas nosotras, la pequeña Agatha Miller, la Agatha Miller adulta, Agatha Christie y Agatha Mallowan, recorremos nuestro camino… ¿Hacia dónde? Como no se sabe, la vida resulta más interesante. Siempre me ha parecido así».

AGATHA CHRISTIE

En 1971, Agatha Christie recibió de las manos de la reina Isabel (que era una gran admiradora suya) el título de Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico (DBE), el equivalente femenino de sir, un título muy difícil de lograr, pues desde la fecha de su institución, muy pocos escritores habían sido galardonados. Los distinguidos con la Orden del Imperio Británico reciben la insignia en los siguientes seis meses de su concesión en una ceremonia presidida por la reina. Esta orden es un poco confusa con sus nombramientos, y de manera simplificada se puede decir que se desglosa en cinco grados para cada una de sus dos divisiones, tanto

civil como militar —solamente los dos rangos superiores pueden ser

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nombrados sir o dame—. La primera clase de la Orden del Imperio Británico es Caballero/Dama Gran Cruz (GBE) y solamente se conceden una o dos al año, salvo casos excepcionales; el segundo rango en importancia es el Caballero/Dama Comendador de la Orden del Imperio Británico (KBE/DBE), también se le otorga al titular el uso del título sir o dame, y a la esposa de un caballero comendador se le concede el derecho a usar el título de lady delante del apellido. Agatha Christie tuvo la oportunidad de ostentar ambos (lady y dame); el primero, a raíz del nombramiento de Max como comendador, y el segundo, cuando le concedieron el honor a ella. Las siguientes clases en precedencia son Comendador de la Orden del Imperio Británico, (CBE); Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE) y Miembro de la Orden del Imperio Británico (MBE).[N1]

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La Orden del Imperio Británico tiene el formato de una cruz potenzada de esmalte azul cielo con un anillo en rojo; en él se puede apreciar el lema de la orden (For God and the Empire). Originalmente, en el centro aparecía la imagen de Britania, pero desde 1937 aparecen las imágenes de Jorge V y la reina María. Sobre el brazo superior de la cruz hay una corona imperial. Fue instituida por el rey Jorge V en 1917 con el objetivo de reconocer el esfuerzo de la ciudadanía durante la Primera Guerra Mundial, pero sigue vigente hasta la actualidad.

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El rencuentro de dos reinas, la del Reino Unido y la del crimen, en el estreno de la película Asesinato en el Orient Express (1974).

A los ochenta y un años, Agatha Christie empezaba a flaquear, debido a los achaques tan comunes a esa edad. A pesar de ello, consiguió terminar en mayo su nuevo libro, Némesis, una historia protagonizada por miss Marple, en la que un amigo fallecido le deja instrucciones por escrito para que investigue un crimen tras su muerte. La composición elegida por la autora para esta obra es bastante curiosa, pues los momentos plenamente narrativos son escasos; el noventa por ciento del desarrollo de la trama se basa en las conversaciones que miss Marple mantiene con los personajes con los que se va encontrando según avanza la historia, y aquí es donde reside la genialidad de la autora, porque estos encuentros no ocurren al azar, sino que han sido orquestados de forma deliberada para permitir a la investigadora llegar a sus conclusiones. También destaca la forma en que Agatha Christie da voz a su personaje para burlarse de ciertas convenciones sociales sobre la tercera edad, abusando del cliché de anciana desvalida, cansada o desorientada que se le presupone solo por tener la edad que tiene. Toda una defensa de la vejez activa. Con Némesis, Agatha Christie demostró estar más lúcida que nunca, con un humor ácido y una crítica divertida hacia la sociedad y sus prejuicios para con los

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mayores, vistos por aquel entonces como personas discapacitadas e ingenuas.

El manuscrito de Némesis ya estaba en manos de Collins para ser lanzado en la siguiente campaña de Navidad cuando Christie sufrió una caída en Winterbrook, un accidente que, para una persona de su edad, podría haber tenido consecuencias trágicas. La autora fue socorrida por una asistenta y conducida a su habitación, negándose a ir al hospital convencida de que no había sido más que un susto, pero ante la persistencia de dolor aceptó recibir la visita de un médico, que le diagnosticó una fractura en la cadera, una zona crítica del cuerpo, ya que supone un punto de inflexión en la capacidad funcional y vital de la persona que la sufre. «La señora Christie tendrá que someterse de forma urgente a una operación quirúrgica para poder volver a levantarse y moverse, evitando de esta forma una larga recuperación en cama que supondría un grave declive en su salud», subrayó el especialista a la familia. La operación se efectuó en el Hospital Ortopédico Nuffield de Oxford y, al cabo de pocos días, Agatha regresaba a casa para iniciar la convalecencia. Aburrida por su tediosa rutina, se dedicó a escribir cartas agresivas a Billy Collins, la única actividad que parecía entretenerle. Comenzó quejándose de la portada de Némesis y, para respaldar sus argumentos, pasó a enviarle de forma periódica algunos recortes de prensa con críticas de otros editores relativas a las portadas. Para Navidad caminaba de nuevo, aunque con suma dificultad, y le costó un gran esfuerzo desplazarse al Museo Madame Tussaud de Londres, donde le tomarían medidas para una figura de cera que engrosaría la nueva colección, que sería expuesta por el museo en 1972. (Se dice que cuando el equipo del museo le pidió uno de sus vestidos para la figura, Christie les entregó uno viejo porque detestaba desprenderse de las prendas que le gustaban).

Durante las primeras semanas de 1971, Agatha envió a Cork el guion de la obra teatral Este anillo mortal. La autora todavía se sentía entusiasmada con su trabajo y, pese a su edad, creía que aún tenía condiciones de llevar a cabo nuevas obras a los escenarios. Su proyecto más ambicioso sería el montaje de La ratonera II, cuya trama consistía en una fiesta conmemorativa de uno de los aniversarios de la obra para la cual

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se contrataban varios camareros y que terminaba con el envenenamiento de una persona. La nueva adaptación de Agatha Christie parecía estar condenada al fracaso. A Edmund Cork no le gustaba el título Este anillo mortal y lo cambió por Cinco tramposos; Peter Saunders no quiso ponerla en escena y el manuscrito acabó en manos del empresario y actor James Grant Anderson. Cinco tramposos se estrenó en junio de 1971, pero fue un rotundo fiasco. Nada acostumbrada a fracasos, Agatha Christie aceptó algunas sugerencias de su amigo y director teatral Allan Davis y procedió a retocar la trama, fusionando dos personajes en uno y modificando de nuevo el título, que terminó siendo Tres tramposos. La nueva versión de obra se estrenó en Guildford a principios de agosto con Agatha asistiendo al estreno. Luego, se representó en algunas ciudades durante varias semanas, pero no logró llegar al «Olimpo», es decir, ningún teatro de West End quiso acogerla, circunstancia quizás afortunada porque hubiera decepcionado a quienes todavía hacían cola para ver La ratonera. Lejos de resignarse, Christie continuó tomando notas para posibles obras, pues el teatro seguía (y seguiría) ejerciendo en ella la misma fascinación que años atrás. Prueba de ello fue la velocidad con la que entregó a un asombrado Cork el guion de una nueva obra teatral, Akhnaton: «Me parece oportuna en este momento de furor por Tutankamón y por todo lo egipcio —le escribió entusiasmada— si hay alguien dispuesto a invertir dinero en la producción, que es indudablemente costosa». Consciente de que su nueva obra jamás llegaría a los escenarios, Christie pidió a Collins que la publicase junto con una nueva obra policíaca que la escritora había logrado componer con gran esfuerzo: Los elefantes pueden recordar, la última novela que escribió antes de que su capacidad comenzara realmente a decaer. La historia tiene como protagonistas a Ariadne Oliver y Hércules Poirot, encargados de desentrañar un antiguo crimen que se quedó sin resolver y que deberá ser aclarado para que la vida de dos jóvenes como matrimonio pueda comenzar. Ariadne comienza a buscar «elefantes», personas con extraordinaria memoria que estuvieron en contacto con los implicados y que, por ende, podrían recordar algunos detalles importantes para la resolución del caso.[N2]

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Nota del autor

Pocos saben que el nombre de Agatha Christie tuvo una singularísima importancia para evitar la total desaparición del rito tridentino, nombre que recibe la misa católica tradicional que se celebra en latín desde 1570. El calificativo de «tridentino» se refiere a su origen, ya que el rito fue finalmente codificado y más tarde extendido a toda la Iglesia latina por iniciativa del Concilio de Trento, en 1545. También se la llama misa de san Pío V, el papa que hizo la reforma deseada por dicho concilio. Para entender mejor su historia, hay que remontarse a los siglos I y II, cuando los testimonios recogidos por los apóstoles de Cristo en arameo convergieron en una liturgia inicial que, poco a poco, fue germinando por todo el Imperio romano, primero en griego, porque este era el idioma «interregional» en el imperio, y después en latín. En el siglo IV, el rito romano quedó plenamente conformado durante el pontificado del papa san Dámaso (366-384), aunque hasta el papa Gregorio Magno (590-604) no existió un libro único con todos los textos de las misas del año. Fue cuando este papa mandó redactar el Liber Sacramentorum, un misal en latín que unificó la celebración de las misas de todas las Iglesias católicas del mundo y ha permanecido intacta en esencia hasta 1965, cuando el papa Pablo VI dio inicio a una amplia y revolucionaria reforma litúrgica que cambiaría la forma de celebrar algunos actos de la Iglesia católica. Las misas, que hasta entonces se celebraban en latín, pasaron a ser misas completamente vernáculas (es decir, oficiadas en el idioma de cada país); los altares se voltearon y con ello los curas dejaron de situarse de espaldas a los feligreses, se escribieron tres nuevos cánones eucarísticos, se difundió la comunión en la mano y se eliminaron las oraciones al pie del altar, las oraciones leoninas, el ofertorio y el último evangelio. Estos cambios significaron el fin del rito tridentino.

Cuando se aprobaron las reformas propuestas por Pablo VI, un grupo de intelectuales ingleses, más tarde apoyado por europeos y americanos, dirigió un escrito al papa para que la misa tridentina no desapareciera por su importancia histórica, espiritual y cultural. En dicha misiva alegaban que «el rito en cuestión, en su magnífico texto latino, ha inspirado una pléyade de logros artísticos incalculables, no solo obras místicas, sino de

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poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas, de modo que el rito pertenece a la cultura universal tanto como a los hombres de la Iglesia y a los cristianos formales». Al terminar la lectura de la misiva, el papa Pablo VI echó una mirada a los nombres de sus remitentes, más de ochenta representantes de la cultura del siglo XX, entre ellos Kenneth Clark, Graham Greene, Jorge Luis Borges y Salvador de Madariaga. Uno de los primeros era el de la creadora de Hércules Poirot, y se dice que al verlo Pablo VI exclamó: «¡Oh, Agatha Christie!». Fue suficiente. Sin seguir sobre el resto, acordó que se accediera a preservar la misa tradicional en algunas iglesias de Inglaterra. El pérfido monseñor Bugnini, sin embargo, añadió una nota personal exigiendo que no se diera publicidad al permiso, que hoy se conoce como el Indulto Agatha Christie.[N3] El 3 de abril de 1969, se promulgó una nueva composición que incorporaba todos estos cambios dando lugar al Novus Ordo Missae. Así es como se conoce hoy a la «misa de Pablo VI», en su forma completa y obligatoria.

Este óleo sobre madera de Mater de Portillo, titulado Misa de san Gregorio Magno, retrata la misa tradicional en la que el sacerdote oficia la ceremonia en latín y de espaldas a los asistentes. La hostia se recibe de rodillas, los feligreses no pueden ingresar al altar, las mujeres deben usar velo y los hombres deben ir con la cabeza descubierta. Además, durante la ceremonia, hay varios silencios para la reflexión.

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La pluma de Agatha Christie continuó escribiendo y, en 1973, comenzó a reunir apuntes para su siguiente novela; por aquel entonces, le costaba gran esfuerzo concentrarse y, aunque Max entendía que el trabajo que su esposa desempeñaba era de suma importancia para mantenerla activa y entretenida, le preocupaba la forma en que afrontaba sus retos, pues se sentía desasosegada e insegura. Tras incontables interrupciones y a base de mucho esfuerzo, la autora consiguió terminar la obra (protagonizada por Tommy y Tuppence), y la envió inmediatamente a Cork junto con una cariñosa nota en la que pedía su opinión sincera sobre el libro. Cork tardó más tiempo de lo habitual en responderla por temer que su dictamen no le iba a complacer; al final, le sugirió, con gran tacto, que pidiese a su secretaria personal, la señora Honeybone, que verificase ciertas partes del texto que consideraba importantes para la consolidación de la trama. El libro, que recibió el título de La puerta del destino, pasó por diferentes revisiones, pero, a pesar de los esfuerzos emprendidos, seguía sin satisfacer a los familiares de Agatha, en especial a Rosalind. Collins era consciente de que no podía negarse a publicarlo, pues semejante actitud constituiría un acto de deslealtad y desprecio hacia una autora por la que sentía una gran admiración y cariño. Aun así, y pese a todos estos factores que la alejan del «sello de calidad» de Agatha Christie, la obra se situó en las listas de los más vendidos a las pocas semanas de publicarse, pero no por otra razón que el empujón comercial de la exitosa campaña de Collins «Un Christie por Navidad». Pasada la novedad, las ventas fueron perdiendo fuelle de forma paulatina. Muchos consideraron que este inesperado éxito se debía a que la autora gozaba de una legión incondicional de seguidores que leía todo lo que escribía, y algunos críticos creían que, a raíz de su avanzada edad, su capacidad de insuflar tensión y temblor en su narrativa ya se resentía; un declive que para algunos ya era evidente en sus últimas novelas, sobre todo las escritas a partir de 1966: (Noche eterna, El cuadro, Las manzanas, Pasajero a Frankfurt, Némesis y Los elefantes pueden recordar). Todas comienzan con un argumento prometedor que va perdiendo fuerza a medida que la trama avanza hasta llegar a un final que no se acerca a la genialidad de la Christie de antaño. Collins era consciente de la situación y trató de respetar las limitaciones que la edad estaba imponiendo a su autora más

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famosa, escribiéndole una carta muy cariñosa en la que decía que había «disfrutado su última novela muchísimo». Según John Curran, autor inglés que tuvo acceso a los cuadernos personales de Christie, La puerta del destino es un libro que se hace espeso incluso para el más devoto de sus lectores. Las investigaciones llevadas a cabo por Tommy y Tuppence consisten básicamente en conversaciones sin sentido y hay un exceso de personajes y párrafos insustanciales que poco agregan a la trama. En la actualidad, es muy difícil encontrar a un lector de Christie que sitúe La puerta del destino en su lista de favoritos.[N4]

Con la llegada del invierno, Agatha pasó a invertir gran parte de su tiempo repasando algunos pasajes de las obras de Mary Westmacott, recientemente reeditadas. También le rogó a Cork que le enviase una copia de su autobiografía. «Dispongo de mucho tiempo y me gustaría leerla sin prisas». Aunque no fuera consciente, el deseo de revisitar estas obras constituía para ella un rescate de su pasado, pues casi todas las novelas de Westmacott eran, en realidad, un pastiche de su propia vida, sobre todo Retrato inacabado. Con la llegada de las Navidades, la nostalgia de tiempos pasados cobró aún más fuerza, sobre todo porque se trataba de una época en la que solía recibir cartas de ancianas que habían sido amigas de infancia en Torquay: «Te recuerdo muy bien y a tu querida madre», escribió la hija de Eden Philpotts; «Muchas veces he pensado en ti y en los momentos felices que tuvimos en Torquay —escribió otro amigo—, ¡y esos juegos de adivinanzas que solíamos hacer en Mellis House! Ahora tengo ochenta y siete años y soy el único que queda de mi generación». Agatha ya había manifestado este sentimiento de soledad y nostalgia veintitrés años antes, cuando publicó Se anuncia un asesinato, más concretamente en el capítulo 17, cuando Letitia Blacklock se echa a llorar al encontrarse con miss Marple; un dolor lastimero, avasallador, no exento de cierta desesperación. «Lo siento. No, no he podido remediarlo. El pensamiento de lo que he perdido. Ella… ella era el único vínculo con el pasado. La única que recordaba. Ahora que se ha ido, estoy completamente

sola». «Comprendo lo que quiere decir —contestó miss Marple—. Una está sola cuando la última persona que comparte nuestros recuerdos

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desaparece. Tengo sobrinos, sobrinas y buenas amistades, pero ninguno que me conociera de niña, nadie que pertenezca a mis tiempos. Ya llevo mucho tiempo sola». También había escrito algo parecido después de la muerte de Nan Kon en 1959. «Era la última de mis amigas, la única persona que quedaba y con la que podía hablar y reírme de los viejos tiempos y de los momentos divertidos que tuvimos cuando éramos niñas. Nadie de los que forma parte de mi entorno entendería nuestros chistes». Su soledad, por supuesto, era relativa; tenía a su inseparable compañero Max, su hija Rosalind, su nieto Mathew y algunos buenos amigos que fue haciendo a lo largo de su vida.[N5]

En marzo de 1974, comenzaron las conversaciones entre Collins y la autora para llegar a un acuerdo sobre la obra que sería elegida para la siguiente campaña de Navidad. Como se trataba de un asunto delicado, pues la obra del año anterior había sido objeto de duras críticas, Rosalind decidió tomar cartas en el asunto, preocupada por la salud de su madre, y escribió a Collins rogándole que no le exigiese nuevos libros. El editor comprendió que había que priorizar la salud física y mental de Agatha, aunque dejó la cuestión abierta declarando que «tal vez le haría bien imaginar alguna trama para entretenerse, por lo que opino que no hay que dar carpetazo al asunto si se siente con ánimo de escribir otra novela». Su sugerencia fue recibida por Rosalind con bastante escepticismo y al final Collins se conformó con una colección de relatos cortos previamente publicados; primeramente, se pensó en una recopilación de relatos de Hércules Poirot, pero Christie creía que sería más interesante si la editorial publicaba una colección de sus relatos favoritos. Su lista la componían ocho títulos que procedían de una colección publicada en 1933 solo en Reino Unido, El podenco de la muerte, y dos novelas, El testigo mudo y La venganza de Nofret, si bien la autora reconoce que la primera era demasiado larga para ser incluida.[N6]

Nota del autor

En febrero de 1972, en respuesta a la carta de un admirador japonés, Agatha Christie decidió hacer una lista de sus obras favoritas, aunque

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sabía que jamás podría llegar a tener una lista definitiva, «ya que de vez en cuando releo un libro antiguo y mi opinión cambia, pues en ocasiones me parece mucho mejor de lo que recordaba, y otras veces no era tan bueno como creía». Después de repasar brevemente los principales elementos de sus obras, eligió los siguientes títulos: Diez negritos, «por la compleja técnica que tuve que emprender, que fue todo un desafío»; El asesinato de Roger Ackroyd, «el favorito de todos»; Se anuncia un asesinato, «por lo interesante que son todos sus personajes»; Asesinato en el Orient Express, «por su originalidad»; Miss Marple y trece problemas, «por haberse convertido en una buena serie de relatos cortos»; Hacia cero, «por la interesante idea de reunir personas procedentes de diferentes lugares que llegan a un asesinato, en vez de comenzar con el asesinato y continuar a partir de ahí»; Noche eterna, «mi favorita ahora mismo»; La casa torcida, «estudio de cierta familia interesante de explorar»; Inocencia trágica, «una idea que tuve durante un tiempo antes de ponerme a trabajar en ella», y El caso de los anónimos, «lo he releído recientemente y me gustó volver a leerlo, mucho». Esta lista no contiene grandes sorpresas, ya que todos estos títulos tuvieron una excelente acogida por parte de la crítica y es muy probable que la gran mayoría de sus lectores hubiese escogido títulos similares. En el otro extremo, hay pocas dudas sobre el libro que menos le gustaba: El misterio del tren azul, una obra que le resultó muy difícil de escribir por el momento en el que se encontraba (recién divorciada de Archie) y por las razones que la propia autora expone en su autobiografía: «Cada vez que lo releo, me parece trillado, lleno de clichés, con una trama poco interesante».[N7]

Una joven hindú que me entrevistó una vez, preguntándome un montón de tonterías, entre ellas incluyó: «¿Ha publicado alguna vez un libro que considere malo de verdad?». Contesté con indignación que no. Ninguno ha salido exactamente como yo quería y nunca he quedado satisfecha del todo, pero si hubiese pensado que uno de mis libros era malo, no lo habría publicado. Sin embargo, creo que estuve bastante cerca con El misterio del tren azul. Cada vez que lo leo lo encuentro vulgar, lleno de estereotipos y con una trama sin interés. Siento decir que a mucha

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gente le gusta. Siempre se ha dicho que no es cosa de escritores el juzgar su propia obra.

Agatha Christie, Autobiografía.[N8]

El 21 de noviembre de 1974, Christie acudió al cine Royal de Londres para asistir al estreno de la versión cinematográfica de Asesinato en el Orient Express. La autora, que ya tenía una salud muy frágil, llegó al teatro en una silla de ruedas, pero tuvo fuerzas suficientes como para ponerse de pie para saludar a la reina. La película pronto se convirtió en un gran éxito de taquilla y de crítica, y recibió seis nominaciones para el Óscar: mejor actor (Albert Finney), mejor actriz de reparto (Ingrid Bergman), mejor guion adaptado, mejor banda sonora, mejor fotografía y mejor diseño de vestuario. De todas estas nominaciones, solo obtuvo un galardón, el de mejor actriz de reparto. El estreno de Asesinato en el Orient Express fue una de sus últimas salidas; un mes antes había sufrido un leve ataque al corazón sin graves consecuencias, pero que la debilitó durante un tiempo, a pesar de lo cual reunió fuerzas para garabatear en un pedazo de papel una nota para Edmund Cork: «Ahora me encuentro un poco mejor y ya me dejan levantarme un ratito un día sí y otro no. El resto del tiempo estoy en cama, ¡¡aburridísima!!». Pese a su frágil estado de salud, aún pudo recuperarse a tiempo de hacer su aparición pública en la fiesta anual de La ratonera.

La llegada de 1975 representó un importante punto de inflexión en la historia de la editorial Collins, pues ya era sabido que el estado de salud de Agatha Christie no le permitiría escribir nuevos libros. Solo en su despacho, Bill Collins se vio compelido a tomar una decisión dramática: sacar de la caja fuerte dos obras que llevaban más treinta años guardadas y que acababan definitivamente no solo con las trayectorias de Hércules Poirot y miss Marple, sino que también con la de su creadora, pues era su deseo que ambas fuesen lanzadas tras su muerte, un hecho que, por desgracia, parecía cada vez más cercano. Las dos últimas novelas de Agatha Christie se titularon Telón y Un crimen dormido; la primera juega

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con la nostalgia, pues la historia empieza en el mismo lugar donde Poirot y su fiel compañero Hastings vivieron su primera aventura criminal (Styles, la funesta casa de campo de la familia Inglethorp), otorgando al paso del tiempo una concreción muy bien cuidada, que se palpa casi en cada página de la novela, sobre todo porque la autora describe a sus protagonistas ya al

final de sus vidas —Poirot es ahora un hombre inválido, condenado por la artrosis a una silla de ruedas y con un corazón enfermo, aunque sus «células grises» siguen en plena forma—. Todo esto provoca que el producto final cuente con un envoltorio más bien melancólico, aunque la resolución del caso, como era usual en la autora, es sorprendente. De hecho, para llegar a este final, Christie trató de embaucar a sus lectores por última vez para que sospechasen de quienes no deberían e ignorasen las sutiles señales que el culpable les proporcionaba a lo largo de la trama, haciendo, de esta forma, que Telón represente la esencia de su obra. En su primera novela, los sospechosos más obvios resultaron ser los culpables; en una obra posterior, el asesino era el narrador, y luego, durante su exitosa carrera, la autora fue experimentando con las variantes del personaje menos sospechoso; de que cualquier podría ser el culpable; o de que todo el mundo era inocente. Cuando se publicó Telón, el único personaje poco sospechoso que le quedaba fue el que escogió: Poirot, su pequeño héroe belga. Y al hacerlo solo le quedó un título posible: Telón.[N9]

Agatha Christie nunca perdió la lucidez, hablaba con coherencia; ató tantos cabos sueltos como pudo mientras conservó intactas sus facultades mentales e intentó administrar su legado entre sus seres queridos de la manera más sencilla. Y aunque físicamente se encontraba bastante debilitada, fue lo suficientemente valiente como para acompañar a Max al torneo de Wimbledon y asistir a la cena organizada en honor del alcalde. Su última salida tuvo lugar como motivo de la fiesta anual de La ratonera, celebrada pocos días después del estreno de Asesinato en el Orient Express en el cine, evento que también contó con la presencia ilustre de la escritora. Agatha quedó impresionada por los medios con que contó la producción y le agradó Albert Finney en el papel de Poirot, a pesar del pobre bigote con que lo caracterizaron. En julio, Max logró persuadirla de acudir a las urnas para votar en el referéndum que decidiría la permanencia de Gran Bretaña en la Comunidad Económica Europea en la que se había

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integrado en 1973; su preocupación no se debía tanto al esfuerzo físico que le supondría salir de casa a votar, sino en las dudas que suscitaba en ella dicha cuestión. Conservadora por naturaleza, convencida de que el Gobierno justo es aquel que dirige con firmeza a una nación sobre una base liberal, estaba cansada de sistemas políticos y burocráticos que, como le decía a Max en sus cartas escritas durante la guerra, «eliminan la inseguridad, obligando a la gente a ser feliz a la fuerza». En 1975, los Partidos Conservador y Laborista también estaban profundamente divididos sobre el asunto, tanto que hasta Margaret Thatcher, entonces líder de la oposición, apoyaba la permanencia del país en Europa, uniéndose así a la causa del Gobierno laborista. «Todos deben presentarse a este referendo y votar sí, para que el asunto se resuelva de una vez por todas, para que estemos realmente en Europa y listos para seguir adelante», dijo Thatcher en una entrevista a la televisión en 1975.[N10] Según algunos rotativos de la época, los principales asuntos sobre los que se basaron los electores para votar en el referendo fueron la economía, la defensa, el papel de Reino Unido en los asuntos internacionales y la seguridad y paz futuros. En 1975, muchos tenían recuerdos relativamente frescos sobre la Segunda Guerra Mundial, y una cooperación más cercana con Europa era vista como crucial para evitar un conflicto futuro. Por tanto, el 5 de junio de 1975, el pueblo británico dijo sí, con un resultado aplastante del 67 % a favor de permanecer en Europa.

En el verano de 1975, Collins publicó Telón, la novela que cerraba de forma definitiva los casos del famoso detective Hércules Poirot. Mientras tanto, su creadora, muy envejecida, intentaba con la poca fuerza que aún le restaba sobrellevar las limitaciones que empezaban a hacer mella en su cuerpo y mente. A veces se mostraba serena —almorzaba tranquila y pasaba la tarde tomando el sol y hojeando libros o sus incontables álbumes de fotos, registros de toda una vida y de valor incalculable—, pero también había ocasiones en las que se mostraba caprichosa como una niña

—rechazaba la pastilla que debería tomarse antes de dormir e insistía en bajar las maletas para preparar un viaje—. En cierta ocasión en que estaba en camisón, sin dar mayores explicaciones, decidió ponerse todos los

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broches que poseía, desde el de brillantes hasta las pequeñas baratijas que había comprado en muchos de sus viajes. También se mostraba temeraria; pocos días más tarde, tomó unas tijeras sin que nadie se percatase y comenzó a cortarse mechones de pelo sin ninguna razón aparente; más tarde, se calmaba y volvía a ser la Agatha de siempre, amable, atenta y gentil. Curiosamente, en sus intervalos de lucidez lo primero que se le ocurría era pedir una pluma, una señal de que su mente todavía conservaba energía suficiente como para ingeniar una nueva trama y que su inconsciente clamaba obsesionado por volver a sus áureos tiempos de escritora. Ante su triste e inevitable decadencia física y mental, la familia trató de protegerla y restringió las visitas, que se limitaron a su círculo más íntimo, formado básicamente por un limitado grupo de amigas de su infancia de Torquay. En cualquier caso, y de manera inexplicable, acabaron permitiendo el acceso a lord Snowdon, cuñado de la reina Isabel II y contratado por el Sunday Times para tomar una serie de fotografías de la autora con motivo del estreno de Asesinato en el Orient Express. Para que se hiciesen las fotos, la familia impuso como condición que no se publicaran en ningún medio sin el consentimiento expreso de la autora, que se llevó un tremendo disgusto cuando se enteró de que Snowdon las había publicado sin importarle la promesa que había hecho. Las fotos que Snowdon mostró, sin la menor necesidad y con la única intención de sacar partido, presentaron la imagen de una Agatha Christie con un aspecto frágil y debilitado. Son instantáneas que nunca deberían haber sido publicadas y representan una muestra del abismo que separa a quienes consideran a las personas como objetos de exhibición y quienes prefieren dejar a criterio del propio individuo la decisión de vivir o morir con dignidad, sin hacerse publicidad.[N11]

Según pasaba el tiempo, se fueron incrementando las medidas de cuidado y atención a la escritora. Rosalind decidió trasladar la cama del matrimonio a la planta baja y contrató dos enfermeras que se turnarían para asistirla, pero Agatha se resistía a la idea de tener a un extraño a su lado las veinticuatro horas del día, y una vez más la tarea de atenderla recayó en Max, que no se apartó de su lado en ningún momento e hizo todo lo que estaba a su alcance para distraerla, hacerla sonreír y decirle una y otra vez cuán privilegiado había sido de formar parte de su vida

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durante todos aquellos años. A primeras horas de la tarde del 12 de enero de 1976, Max condujo a Agatha en una silla de ruedas hacia el comedor para alimentarla, como de costumbre, pero la autora apenas comió y ni siquiera tocó el postre que tanto le gustaba. De camino al salón, Agatha levantó la mirada hacia él con ternura y murmuró: «Voy al encuentro de mi hacedor». Acto seguido, exhaló su último suspiro junto al compañero de sus últimos cuarenta y cinco años. Terminaba así la trayectoria de una niña soñadora que experimentó con pasión e intensidad una vida plena que la llevó más allá de lo que jamás pudo imaginar, a veces dejándose arrastrar por la corriente, a veces tomando las riendas de su propio destino, cumpliendo con creces los proyectos que se había propuesto desde la infancia, aunque jamás hubiese imaginado llegar tan lejos.

Al cabo de pocas horas, diferentes diarios se presentaron en la casa del matrimonio en Wallingford, donde el teléfono no cesaba de sonar. Su muerte fue el gran titular de la semana y acabó ocupando la programación de los principales medios de comunicación de todo el mundo, que no paraban de lamentar la pérdida de una autora que, como dijo el Daily Telegraph, «había dado más satisfacciones a más lectores que nadie»; los teatros del West End de Londres atenuaron sus luces por la noche mientras que el teatro Saint Martin, donde La ratonera cumplía veinticuatro años de éxito ininterrumpido, canceló la función de la noche.

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La página de La Vanguardia del 13 de enero de 1976 anunciando el fallecimiento de Agatha Christie.

Agatha y Max (1969).

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«Si llego a cumplir los noventa y tres, volveré a todo el mundo loco por ser incapaz de oír lo que me dicen, me quejaré amargamente de los últimos adelantos en aparatos auditivos, haré infinitas preguntas, olvidaré de inmediato las respuestas y preguntaré lo mismo una y otra vez. Discutiré violentamente con alguna paciente enfermera y la acusaré de intentar envenenarme, o me fugaré de la residencia de simpáticas ancianitas, causando infinitas molestias a mi sufrida familia. Y cuando por fin me venza la bronquitis, se oirá un murmullo a mi alrededor: “Es inevitable un sentimiento de alivio piadoso…”».

Agatha Christie, Autobiografía.

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EPÍLOGO

«Mi abuela nunca quiso la fama. Quería quedarse en casa, escribir sus libros, estar con su familia y apoyar a su marido».

MATHEW PRICHARD

Consciente de que el final de su vida estaba cerca, la autora ocupaba parte de su tiempo ocioso organizando su funeral, y no dejó que se le escapara el más mínimo de los detalles, desde el poema que quería que se pusiera en su lápida, la música que deseaba para el cortejo fúnebre y el lugar exacto donde quería ser enterrada: el cementerio de la pequeña iglesia de la parroquia de Cholsey, próxima a Winterbrook, con su alianza matrimonial puesta en el dedo, un detalle que simbolizaba la unión eterna de dos almas que ella consideraba gemelas. La ceremonia fue privada y sencilla, lejos de los focos de la prensa y de los objetivos de los fotógrafos, aunque alguna que otra foto llegó a los rotativos del día siguiente. Menos sencillo fue el solemne funeral que tuvo lugar en mayo, en St. Martin in the Fields, una iglesia anglicana situada en la esquina noreste de Trafalgar Square, en la zona central de Londres. La ceremonia abrió con un tema de Bach, que la propia autora había elegido (Suite número 3 en re mayor), y con la lectura del salmo 33 y de un fragmento del canónigo agustino Tomás de Kempis, cuyo libro Oraciones y meditaciones sobre la vida de Cristo Agatha solía tener siempre en su mesilla de noche. Estuvieron presentes

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familiares y amigos, entre ellos su editor Billy Collins, que pronunció un discurso exaltando su memoria, pese a que se encontraba delicado de salud. La familia solicitó que no se enviaran flores a su funeral; en cambio, quien así lo desease podía hacer una aportación para las Hermanitas de los Pobres, una congregación religiosa, femenina y católica fundada en la ciudad francesa de Saint-Servan en 1839 por Juana Jugan (canonizada el 11 de octubre de 2009) para el servicio de los ancianos.

Sus obras póstumas, Un crimen dormido y su autobiografía, se publicaron en 1977; le siguió Últimos casos de Miss Marple, en 1979, una recopilación de relatos nunca antes publicados en libro. Agatha Christie escribió sus dos últimas novelas (Telón y Un crimen dormido) en un momento especialmente fértil de su carrera, durante la Segunda Guerra Mundial, época que vio nacer clásicos tan notables como Diez negritos, Maldad bajo el sol o Cinco cerditos. Resulta interesante comprobar la capacidad de previsión de la autora al planificar con varias décadas de antelación cuáles serían las dos novelas que cerrarían las trayectorias de sus dos personajes más famosos, aunque en el caso de Un crimen dormido la trama ideada por la autora es tan solo una aventura más de miss Marple, de ahí que sea difícil explicarse por qué decidió reservarla durante tantos años. Además, al contrario que las otras aventuras de la anciana, en esta novela ni siquiera es ella quien conduce la acción, haciendo más bien de consejera de sus verdaderos protagonistas, Gwenda y Giles Reed, un matrimonio de investigadores. En cambio, Telón fue publicitada explícitamente como el último caso de Poirot (de hecho, muere en ella), un acontecimiento que conmocionó tanto a sus lectores que el New York Times le dedicó un obituario al personaje en su edición del 6 de agosto.

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Funeral de Agatha Christie en la iglesia parroquial de Santa María de Cholsey, en Berkshire. En el cortejo fúnebre, su ataúd es seguido por Max Mallowan, Rosalind, su marido Anthony Hicks y su nieto, Mathew Pritchard, que en la foto aparece llevando un ramo de flores.

Max Mallowan vivió su viudez recluido en Winterbrook, alejándose de la vida social para dedicarse en exclusiva a sus estudios arqueológicos. Ya no gozaba de buena salud, pero aún tuvo fuerzas para rehacer su vida con otra mujer, Barbara Parker, con quien se casó en septiembre de 1977 con el objetivo de rellenar la sensación de soledad dejado por Agatha. Barbara había trabajado con Max —fue su epigrafista en Nimrud y su secretaria en la Escuela Británica de Arqueología en Irak, donde Max fue director entre 1947 y 1961—. Era arqueóloga profesional, además de asirióloga, epigrafista y especialista en sellos cilíndricos. Su matrimonio fue muy breve, pues tras una operación efectuada en julio para aliviar la artritis de cadera que padecía, Max sufrió un ataque cardíaco y falleció en agosto de 1978 en Greenway. Fue enterrado junto con Agatha Christie en Cholsey. Barbara falleció quince años después, en Wallingford, a los ochenta y cinco años de edad.[N1]

Días después del fallecimiento de la autora, su hija Rosalind se hizo cargo de diferentes asuntos de escasa importancia, como el envío de algunos objetos que su madre quiso dejar a sus amigos, así como la gestión

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de los donativos recogidos por sus admiradores durante el funeral, que se repartió entre las Hermanitas de los Pobres y la Fundación Agatha Christie para la Infancia, dos entidades muy queridas por ella. Por otro lado, tendría una tarea bastante más compleja: hacerse cargo del legado literario de su madre, que conformaba un catálogo compuesto por cientos de títulos cuyos derechos de autor estaban repartidos en diferentes mercados del mundo, algunos con derechos de adaptación para el cine y la televisión. Lejos de sentirse intimidada, Rosalind no tardó en demostrar que había heredado el mismo carácter de su madre, y cuando se publicó Un crimen dormido en 1976 (la última novela de miss Marple), Bill Collins recibió una llamada de Rosalind quejándose por no haber sido consultada previamente acerca del diseño de la portada (una queja recurrente de Agatha). Al principio, cualquiera puede pensar que actitudes como estas son exageradas, pero Rosalind temía que el legado literario de su madre se convirtiera en una grosera explotación comercial, como la producción de tazas de té con el bigote de Poirot o calcetines con el sombrero de miss Marple. También tuvo que lidiar con una inesperada avalancha de solicitudes para escribir su obra biográfica, algo que había que tomarse muy en serio, pues las biografías siempre gozaron de inmensa popularidad en Inglaterra, un país que tiene el honor de haber elaborado los repertorios biográficos más importantes de los últimos tiempos. Se trata de un género tan esencialmente británico que, en 1882, un editor inglés fundó el Oxford Dictionary of National Biography, una especie de enciclopedia biográfica que es actualizada continuamente. En 1982, cien años después de su fundación, andaba ya por los veintinueve volúmenes, y en 2016, contaba con un equipo fijo de sesenta y ocho personas y quinientos editores externos. No todos los autores solicitaron el permiso de la familia Christie y acabaron publicando obras por iniciativa propia que variaban desde lo románticamente exagerado (como si se tratara de una biografía de Mary

Westmacott) hasta lo malicioso —había obras que solo se limitaban a especular sobre el episodio de su desaparición en 1926 con teorías infundadas y sin el menor criterio—. Por fortuna, las obras de menor peso quedaron ensombrecidas por la autobiografía escrita por Agatha Christie.

Rosalind falleció el 28 de octubre de 2004 a los ochenta y cinco años, dejando una fortuna estimada en más de seiscientos millones de libras,

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fruto de los derechos de autor percibidos por su madre durante toda su vida. Fue enterrada en el cementerio de la iglesia de Churston, la misma en la que su madre había hecho una donación para renovar una de sus vidrieras. Inconsolable, su marido, Anthony Hicks, falleció siete meses después. Fueron meses difíciles para Mathew, porque además de perder a su madre y a su padrastro en poco menos de un año, también perdió a su mujer, Angela Maples, que contaban con tan solo treinta y ocho años. Mathew se dedicó a la rama editorial, primero en Penguin Books y más tarde como presidente de la división de autores de Booker McConnell, la compañía que posee gran parte de Agatha Christie Ltd., una firma creada específicamente para velar por los derechos de sus obras, que hoy obtienen unos beneficios superiores a 3,5 millones de euros anuales en concepto de royalties por las ventas de sus títulos. Sus obras conservan la cualidad de ser un rito de paso a la lectura adulta para millones de jóvenes; un tránsito hacia modelos de novela negra más cruda a aquellos a quienes despierta un interés temprano; un retorno nostálgico para los saturados de esos modelos y, en todos los casos, una forma amable y eficaz de entretenimiento que garantiza el placer que traen el reconocimiento y la falta de sobresaltos. [N2]

En 2014, Mathew dio su beneplácito para que Poirot renaciera de sus cenizas en un caso escrito por Sophie Hannah, permitiéndole continuar con su saga como uno de los detectives más famosos del mundo. Hannah, en realidad, no lo resucitó, sino que ubicó su historia en un hueco de la línea de su vida, más precisamente en 1929, porque entre 1928 y 1932 Christie no había escrito ninguna novela del personaje. «No quería resucitarlo, ya que hubiese sido absurdo, y tampoco quería escribir una precuela, porque pensaba que la primera historia de Poirot, cronológicamente hablando, debería seguir siendo El misterioso caso de Styles», explicó la autora inglesa en una entrevista concedida al diario ABC en octubre de 2014.[N3] Sophie Hannah nació en 1971, poco antes de que Poirot apareciese por última vez en las páginas de una novela, Telón; sin embargo, eso no le impidió llegar a conocer sus historias. Tampoco cayó en la tentación de adaptar a Poirot a la época actual, como ya hizo la BBC (de forma muy lograda) con el personaje de Sherlock Holmes, interpretado por Benedict Cumberbatch. Según Hannah, varios de sus amigos le sugirieron que la forma más «sensata» de «afrontar» el proyecto

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era haciendo algo revolucionario con el personaje, pero la escritora prefirió mantenerse fiel a las ideas de Agatha Christie.

Hannah es una autora de thrillers publicados en más de veinte países, y su obra incluye también el cuento, los libros infantiles y la poesía. Los crímenes del monograma fue su primera incursión en el universo Poirot, y la trama transcurre en el hotel Bloxham de Londres. Tres son asesinados, cada uno en su habitación y a la misma hora. Todos tienen dentro de la boca un gemelo con un monograma formado por las iniciales PIJ. En recepción, alguien deja una nota con los números de sus habitaciones y un oscuro deseo: «Que nunca jamás descansen en paz».[N4] En 2016, se publicó una nueva aventura de Poirot salida de su pluma, Ataúd cerrado, seguido de El misterio de las cuatro cartas (2018) y Los asesinatos en Kingfisher Hill (2020).

En la actualidad, dos grandes festivales anuales recuerdan su figura: el International Agatha Christie Festival, en su localidad natal, Torquay, y el Festival Internacional Agatha Christie en Tenerife. Su obra permanece incólume al paso de los años, y sus lectores la siguen adorando lo mismo que si estuviera viva.

Hay críticos que dicen que sus libros no han aguantado bien el paso del tiempo. Tonterías. La gente aún los compra. Parece que no influye en absoluto que describan una forma de vida típicamente inglesa, bastante pasada de moda, por cierto. Es más, eso puede suponer un encanto añadido. Pero el motivo por el que creo que de verdad radica su éxito es que, a diferencia de otros libros de las mismas características, los de mi abuela son cortos. Parece una tontería, pero no lo es, porque significa que se pueden leer en un viaje. No pretenden ser educativos. Solo son pequeñas obras de entretenimiento impecablemente construidas.

Mathew Pritchard.[N5]

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La lápida que marca el lugar donde están enterrados los restos mortales de Agatha Christie llama la atención por sus dimensiones, y es tan pesada que se precisó de una grúa para colocarla. En su epitafio, grabado por un amigo de su época de arqueóloga, figura un poema elegido por la propia escritora: «Tras el trajín, el sueño; tras mares tormentosos, el puerto; tras la guerra, la paz; y tras la vida, la muerte. Ese es mi deseo». Posteriormente, su lápida fue adornada con varios querubines por otro amigo que quiso contribuir para su memoria. Gracias a su gran tamaño y al lugar destacado que ocupa en el cementerio, es posible contemplarla incluso desde la cabina del tren que bordea el pueblo de Cholsey.

«Cuando llegues a las últimas páginas de estas memorias, mi amada Agatha ya había fallecido de forma pacífica y amena mientras la conducía al salón de diseño en su silla de ruedas, después de comer. Ella ya no se encontraba bien desde hacía algún tiempo, así que la muerte le llegó como una liberación misericordiosa, aunque me dejó con profundo sentimiento de vacío después de cuarenta y cinco años de una compañía amorosa y alegre. Muy pocos hombres saben lo que es vivir en armonía junto a una mente tan imaginativa y creativa que inspira la vida con entusiasmo. Mi mayor consuelo fue el reconocimiento que le llegó a través de muchos cientos de cartas; toda esta admiración se mezcló en igual medida con el amor, un amor y una felicidad que

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Agatha irradiaba tanto en su persona como en sus libros. Que descanse en paz».

MAX MALLOWAN, Mallowan’s Memoirs, 1977.[N6]

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Árbol genealógico

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Árbol genealógico de Agatha Christie.

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Apéndice A

«La llaman la Reina del Crimen, pero habría que llamarla la reina del veneno».

«Desde la época de los Borgia a los tiempos presentes, su poder es claro y patente. ¡La capucha azul del monje, llamada acónito, y el letal cianuro!

He aquí el sueño y el solaz y el cese del sufrimiento… ¡valor y vigor renovados! ¡He aquí la amenaza y el asesinato y la muerte súbita!… ¡dentro de estos viales verdes y azules!».

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AGATHA CHRISTIE

Este fragmento procede de un poema de Agatha Christie titulado El dispensario y fue inspirado en sus tiempos de enfermera en el hospital de la Cruz Roja de Torquay durante la Primera Guerra Mundial. En esta etapa de su vida, no estaba en sus planes convertirse en escritora, sobre todo con el estallido de la guerra en Europa, un terrible conflicto que la motivó a presentarse como voluntaria para trabajar de enfermera en un hospital de Torquay. Después de una larga temporada cuidando de los heridos que volvían del frente, Christie fue trasladada a la farmacia del hospital, donde tuvo acceso a todo tipo de sustancias químicas, plantas y venenos sintéticos, por lo que pudo conocer sus propiedades, tanto beneficiosas como mortales.

Encantada con su nuevo trabajo, decidió prepararse para el examen de la Sociedad de Boticarios de Londres y obtener el título de auxiliar de farmacia. En sus estudios, iba tomando nota de los componentes químicos y de los efectos que provocaban en cada individuo. La experiencia le permitió aprender los rudimentos de la química en una época en la que los remedios que se les suministraban a los pacientes no venían empaquetados de fábrica, sino que había que elaborarlos de forma artesanal, y para ello era primordial conocer las sustancias que se podían mezclar y cuáles eran sus dosis adecuadas, una labor que requería una atención redoblada, sobre todo porque justo en aquella época el sistema métrico empezaba a sustituir al sistema imperial de granos y dracmas, lo que acarreaba indeseados errores de cálculo que, en ocasiones, podrían provocar la muerte del paciente. Pero, como todo británico que se precie, Agatha no confiaba en el sistema métrico porque, según ella, «si te equivocas, te equivocas diez veces». El médico Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim (Paracelso) ya se había percatado de la importancia de la dosificación de ciertas sustancias cuando escribió, en 1530, la frase que dio origen a la toxicología moderna: «Todas las sustancias son venenos; no hay ninguna que no lo sea. Sin embargo, es la dosis lo que determinará si una sustancia será o no un veneno». En otras palabras: lo que mata no es la sustancia per se, sino la dosis.[N1] En su autobiografía, Agatha relata que durante la etapa en la que trabajó en la botica muchos pacientes la

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buscaban para quejarse de que sus medicamentos no tenían buen aspecto o que no olían como esperaban que oliese. La novelista los solía tranquilizar diciendo (con cierta dosis de sarcasmo) que «mientras el fármaco se hubiera administrado de forma correcta, todo iría bien». Aunque intentaba trasmitir una sensación de seguridad, no fueron pocas las veces en las que le asaltó el pánico de haberse podido equivocar, y en ocasiones se despertaba en plena noche y se dirigía corriendo al hospital para asegurarse de que no había cometido ningún error durante la jornada. «No es normal que un novato cometa errores groseros en la farmacia. Suelen ser aprensivos y siempre piden consejo. Curiosamente, los peores casos de envenenamiento suelen producirse por el exceso de confianza de un farmacéutico experimentado. Están tan familiarizados con lo que hacen, tan seguros, que no se lo piensan dos veces y llega el día en que, preocupados con algún problema ajeno a su labor, se equivocan».[N2]

La autora también relata en sus memorias que había periodos de relativa tranquilidad en el dispensario del hospital en los que no había nada que hacer «excepto sentarse en una habitación rodeada de frascos ponzoñosos». El tiempo ocioso y sus conocimientos en la materia configuraron el caldo de cultivo perfecto para que ella se pusiese a trabajar en una novela detectivesca cuyo asesino emplearía tres compuestos para despachar a su víctima: la estricnina, un alcaloide muy amargo que altera la función nerviosa; polvos de bromuro, que precipitan la estricnina diluida que el asesino mezclaba en el tónico que tomaba la víctima; y la morfina, que retrasa la acción de la estricnina y desvía la atención del tónico envenenado. «Dado que estaba rodeado de tantos venenos, tal vez era natural que la muerte por envenenamiento fuera el método que debería usar en mi primera novela», reveló la autora, que buscó cuidar hasta el detalle sus textos para no incurrir en error alguno a la hora de relatar los efectos colaterales o las huellas dejadas por el veneno. Así surgió El misterioso caso de Styles, una obra en la que Christie demostró por primera vez sus conocimientos de fármacos y presentó el veneno como un arma homicida.[N3]

La obra recibió diferentes reseñas poco tiempo después de su publicación, y aunque su dominio de la química pasó desapercibido para la mayoría de los críticos literarios, no lo fue para la ciencia. Una de las

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reseñas más emblemáticas fue publicada en Pharmaceutical Journal, una prestigiosa publicación científica de la época, cuyo autor escribió, sin disimular su asombro, que jamás hubiera podido imaginar que una novela de ficción ofreciera explicaciones tan exactas acerca de un compuesto químico. Resaltó, además, que estaba tentado a creer que «la autora (que por aquel entonces era una completa desconocida) recibió formación específica o tuvo que llamar a un farmacéutico competente para que la ayudara en la parte técnica». El inesperable éxito de El misterioso caso de Styles fue el primer peldaño de una exitosa carrera literaria compuesta por más de sesenta y cinco novelas detectivescas, de las cuales cuarenta y una contienen el veneno como objeto de un intento de asesinato o suicidio, además de una colección de ciento cuarenta y ocho relatos cortos, entre los que en veinticuatro se usaban venenos, sobre todo toxinas de efecto retardado. Su familiaridad con los venenos reflejaba la peligrosa convivencia que la sociedad de su tiempo tenía con ciertas sustancias. Cualquiera podía usar opio abiertamente sin que le hicieran preguntas; los jardineros usaban con libertad cianuro de potasio como insecticida y había abundancia de arsénico disponible como subproducto de la función del mineral de hierro.[N4] Fue precisamente la impunidad que ofrecía el veneno lo que lo hizo tan popular, por lo menos hasta finales del siglo XIX, cuando numerosos avances técnicos y tecnológicos permitieron a la ciencia forense realizar exámenes más precisos. Como los tóxicos producían unos síntomas muy parecidos a enfermedades naturales, como vómitos y diarreas, eran conocidos como «el arma del cobarde». A menudo, las víctimas ignoraban que estaban siendo asesinadas sin posibilidades para defenderse.[N5]En sus novelas detectivescas también aparecen seis farmacéuticas (todas mujeres), doce químicos y dos farmacéuticos asistentes, que desempeñan un papel mayor o menor (algunos tienen nombre mientras otros solo son identificados por su función).

Agatha Christie decidió retomar su trabajo en el dispensario con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, donde ejerció sus funciones dos días a la semana, más otros tres a media jornada y los domingos por la mañana, y no tuvo reparos en hacer suplencias cuando uno de sus compañeros no podía acudir a su puesto, lo que le permitió disfrutar de

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miles de horas sumergida en el mundo de los medicamentos y proseguir en su conocimiento de la toxicología, hasta que acabó convirtiéndose en la autora de su género que más veces ha recurrido al veneno como arma homicida. Se pueden contabilizar, en total, más de un centenar de víctimas, siendo el cianuro el más utilizado, con un saldo de diecinueve muertos, algunos envenenados de forma disimulada: con la droga mezclada en una copa de vino, en pasteles, cigarrillos o tazas de té. Para que su narrativa fuera lo más verosímil posible, Christie estudiaba cada veneno de forma pormenorizada, sus dosis letales, la facilidad para conseguirlos en el mercado, la dificultad para ser detectado y la eficacia de sus antídotos, haciendo que sus personajes supiesen manejar los venenos de una manera lógica y contrastable; y no solo venenos comunes, sino también otros más extraños como la nicotina (Tragedia en tres actos), el talio (El misterio de Pale Horse) y la taxina (Un puñado de centeno). También hizo uso de plantas entonces olvidadas como la cicuta (que no había sido usada desde los tiempos de Sócrates) o la ricina, que no constaba en ningún registro policial británico como arma de un crimen hasta 1978, cuando el disidente húngaro Georgi Markov fue asesinado en Londres usando un paraguas con la punta cubierta de ricina. Se dice que, a falta de literatura científica estandarizada sobre el tema, los peritos judiciales encargados del caso no tuvieron otra elección que recurrir a sus novelas como fuente de consulta.

Solo en tres ocasiones la autora usó su imaginación para crear venenos que no existían, si bien sus propiedades son muy similares a las de los barbitúricos: serenite (Misterio en el Caribe), benvo (Pasajero a Frankfurt) y calmo (El espejo se rajó de lado a lado).[N6] «El veneno tiene cierto atractivo —escribió en El truco de los espejos— y no la crudeza de la bala del revólver o de un instrumento contundente». La propia historia de la humanidad ratifica este razonamiento: el famoso filósofo griego Sócrates fue sentenciado a muerte y tuvo que beber un vaso con cicuta; Cleopatra, la reina del antiguo Egipto, se suicidó con la picadura venenosa de un áspid; los Borgia tenían fama de envenenadores, y Hitler, supuestamente, mordió una cápsula de cianuro antes de dispararse con su pistola Walther PPK. También fue de gran utilidad el estudio de crímenes reales para adecuarlos al ingenio de sus tramas, como la novela La señora McGinty ha muerto (1952), basada en el asesinato que el doctor Hawley

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Harvey Crippen llevó a cabo tras haber envenenado a su mujer a principios del siglo XX; por otro lado, la novela Inocencia trágica posee grandes similitudes con el crimen de Charles Bravo, quien murió envenenado después de una cena junto a su mujer y su criada.[N7]

Ya sea en la vida real o en la ficción, las muertes por envenenamiento siempre han fascinado a la gente, y nadie supo usar la química con tanta maestría en una obra de ficción como lo hacía Agatha Christie, que comprendió que era posible converger el interés científico que ya sentía hacia la química con su pasión literaria; además, tuvo la delicadeza de evitar las descripciones de sus consecuencias más repulsivas, como los vómitos o la diarrea. En sus libros los personajes reciben una muerte dulce y limpia, incluso cuando les rompen el cráneo. «Yo no sé nada de balística, y mucho menos de armas blancas. Pero si me das una botella de veneno decente, te proporcionaré el crimen perfecto», le dijo cierta vez a un crítico literario. El veneno, además, era el arma perfecta para los crímenes cometidos en una habitación cerrada, pues solucionaba el problema de que el asesino fuera el último en ver a la víctima con vida.[N8] Las tramas ideadas por Agatha Christie eran tan irresistibles que Bernard Shaw solía decir que Christie fue la mujer que más beneficios ha obtenido del uso del veneno si se excluye a Lucrecia Borgia.

Nota del autor

Torquay, ciudad natal de Agatha Christie, es uno de los pocos pueblos costeros de Inglaterra que aún permanecen como parados en el tiempo y desprenden un halo de nostalgia que atrapa de inmediato a quien lo visita, sobre todo a los seguidores de la famosísima escritora que acuden todos los años a la ciudad para seguir su rastro y conocer los lugares donde vivió algunos de los acontecimientos más importantes de su vida, como el Pabellón (hoy devenido en centro comercial), donde se le declaró su primer marido; el Grand Hotel, donde pasó su luna de miel; el muelle de la Princesa, donde iba a patinar; o el Royal Torbay Yacht Club, del que su padre era un destacado miembro. Sin embargo, hay un lugar de visita obligada para los seguidores de Agatha Christie que no aparece en la

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biografía de la novelista porque fue concebido muchos años después de su muerte en su honor: el Jardín de las Plantas Potentes de Torquay, un curioso vergel creado por una jardinera profesional y paisana de la autora llamada Ali Marshall. Ubicado dentro de Torre Abbey, entre las ruinas de un monasterio de casi novecientos años, el visitante podrá conocer decenas de plantas y flores venenosas, casi todas utilizadas por Christie en sus obras; y aunque su propietaria asegura que para extraer veneno de las plantas allí expuestas haría falta tener profundos conocimientos de química, los carteles de «Se mira y no se toca» están esparcidos por todas las esquinas del jardín.[N9] Las plantas más emblemáticas del lugar son el ricino, un arbusto originario de África de cuyas hojas se puede extraer la ricina, altamente tóxica, y el acónito, una planta muy venenosa que contiene aconitina, uno de los alcaloides más activos y tóxicos, que, tras un leve contacto, puede ralentizar el corazón hasta la muerte. (Estos dos ejemplares aparecen, respectivamente, en Compañeros en el crimen y El tren de las 4:50). En una entrevista concedida a un diario local, Marshall confesó que si tuviera que morir con alguno de los venenos usados por Agatha Christie, elegiría la morfina, un potente analgésico opioide cuya materia prima se extrae de la adormidera, una especie de planta herbácea cuyas propiedades se conocen desde hace al menos cuatro mil años. «La morfina te puede inducir fácilmente a un coma profundo —explica Marshall—, que es lo más parecido a morir durmiendo». En España hay una ley (la ORDEN SCO/190/2004, de 28 de enero) que recoge una lista con alrededor de doscientas especies cuya venta al público está prohibida o restringida a causa de su toxicidad. En esta lista aparecen algunas de las plantas utilizadas por Agatha Christie en sus novelas, como el acónito, la belladona, la cicuta y el ricino.[N10]

En este apéndice conoceremos veintiún venenos que Agatha Christie empleó en sus novelas; su origen, composición y algunas de sus víctimas en el mundo real. Las entradas de este apéndice son breves para permitir a los lectores sumergirse directamente en el asunto sin rodeos. ¿De verdad es posible emponzoñar una flecha y con ella matar a un individuo? ¿Por qué a Agatha Christie le gustaba tanto el cianuro? ¿Cómo hacía Poirot para

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descubrir el veneno utilizado por el asesino para despachar a su víctima? Trataremos estos y otros temas en las siguientes páginas. Por supuesto, este acercamiento tiene sus desventajas. En solo unos párrafos no se puede profundizar demasiado en una materia; sin embargo, ofrezco sugerencias de otras lecturas en la sección de Notas y referencias, para que los lectores interesados puedan ir más allá.

«Dispensar fue interesante por un tiempo, pero monótono —reveló Agatha Christie en sus memorias—. Aunque no me hubiera importado hacerlo como un trabajo permanente». Por suerte, la novelista no encontró la escritura de novelas como algo monótno y aburrido, ni dejó de suministrar la muerte química durante su prodigiosa carrera. La «dispensación» de la novelista desde el dispensario de su mente entretuvo a más personas que cualquier otro escritor de su generación.[N11] «Como estaba rodeada de sustancias tóxicas, quizás sea natural que haya escogido la muerte por envenenamiento como método».

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Agatha Christie trabajando en el dispensario del University College Hospital de Londres durante la Segunda Guerra Mundial.

Acónito

«Recuerdo muy bien cómo en mi juventud existía la medicina negra, la medicina marrón (esta para la tos), la medicina blanca y la medicina rosa del doctor Fulano de Tal. De hecho, todavía en St. Mary Mead tenemos esta clase de medicinas. Lo que todos quieren es un jarabe, no comprimidos. ¿Qué había en ellos? Acónito. Es la clase de comprimidos que suelen guardarse en una botella para venenos y que se disuelven al uno por ciento para uso externo. Y así, Harold lo tomó y se murió».

El tren de las 4:50, 1957.

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Desde la antigüedad, las plantas han sido utilizadas tanto como fuente de alimentación como para remedio para enfermedades, pero también pueden ser igual de peligrosas por su toxicidad. Es de suponer que el ser humano aprendió a manejar correctamente las sustancias tóxicas de las plantas en un proceso de prueba-error que generó un valioso conocimiento, pero a costa de dejar muchos muertos por el camino. Es el caso del acónito, una planta originaria de zonas montañosas del hemisferio norte del planeta que muere entrado el otoño para renacer en primavera, cuando de sus raíces brotan nuevos vástagos. Todas las partes de la planta son tóxicas, en especial las semillas y su raíz, de aspecto carnoso fusiforme con tubérculos de hasta quince centímetros de largo, en forma de nabos de color pálido de joven y marrón cuando envejecen. Sus flores, que se disponen en la parte superior del tallo con una característica forma de casco, son grandes y atractivas, de color azul o violeta y de tres a cuatro centímetros de diámetro. Se trata de una planta muy llamativa pero a la vez extremadamente venenosa, ya que contiene aconitina, un alcaloide muy tóxico que puede ralentizar el corazón hasta la muerte con tan solo un leve contacto. Los primeros síntomas suelen aparecer media hora después de su ingesta oral, e incluyen quemaduras en la boca, salivación, vómito y diarrea. En una segunda fase, el dolor se propaga, se produce una parálisis de los músculos respiratorios y bloqueo de los centros nerviosos, lo que puede conducir a la muerte por parada cardiorrespiratoria en pocas horas. Apenas un miligramo de esta planta es suficiente para matar a un adulto de ochenta kilos. Su actuación es fulminante, provoca bradicardia maligna y el latido cardíaco cae en picado. Para evitar una posible muerte por intoxicación, es importante el vaciado del estómago con emetizantes, o mediante lavado gástrico en el que es recomendable utilizar una solución de tanino. No existen antídotos específicos para los alcaloides: el tratamiento debe ser sintomático y de soporte. Puede ser necesario administrar cardiotónicos o vasopresores, y en ocasiones la respiración asistida. El tratamiento debería ser realizado en el medio hospitalario. Dado su altísimo nivel de toxicidad, se desaconseja cualquier tipo de uso casero y, para manipularla, se recomienda el empleo de guantes.

En la Grecia Antigua, el uso de esta planta estaba regulado para el suicidio, puesto que se consideraba una manera noble de morir,

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especialmente para las personas que se sentían deshonradas. En la actualidad, los asesinatos con acónito son infrecuentes, aunque en alguna ocasión se ve en los periódicos algún suceso esporádico, como el de un asesino en serie residente en el condado de Kent (Inglaterra) que mataba a sus víctimas con antimonio y aconitina y lo registraba todo en su diario íntimo. En los años ochenta, un juez de Vilafranca del Penedès (Barcelona) condenó a una peluquera por haber asesinado a su marido con acónito; y en 2009, en Londres, la llamada «asesina del curry» fue condenada por haber envenenado mortalmente a su pareja por celos.[N12] En las obras de Agatha Christie, el acónito aparece en El tren de las 4:50 y su desafortunada víctima es Harold Crackenthorpe, que muere poco tiempo después de haber ingerido unas pastillas que contenían acónito que habían sido colocadas en un envase donde se guardaban sus píldoras para dormir.

La raíz del acónito se ha usado en Asia desde hace más de dos mil años como agente homicida, como droga medicinal y como veneno para flechas.

Ántrax

«El pobre hombre pareció que ya no era el mismo… enfermó. Como usted sabe, murió de un ántrax producido por una brocha de afeitar infectada (…) Recordará usted que por entonces se habló mucho sobre unas brochas de afeitar baratas que estaban infectadas

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con el virus de esa enfermedad. Se comprobó que la brocha de Craddock fue la causa de la infección».

Cartas sobre la mesa, 1936.

El ántrax (en español se conoce como carbunco) puede ser un asesino muy eficiente; provoca una enfermedad infecciosa aguda causada por una bacteria grampositiva que se llama Bacillus anthracis, que forma unas esporas que son liberadas al ambiente a su alrededor. Al ser inhaladas, se alojan en los pulmones, donde son recogidas por los macrófagos, los cuales las llevan a los nódulos linfáticos, donde maduran y se convierten en bacterias. Más adelante, se reproducen y pasan a la corriente sanguínea y producen un veneno muchas veces letal para la víctima. Los primeros síntomas, que aparecen en un plazo de entre diez días a seis semanas, se asemejan a los de un resfriado común, con episodios de fiebre, dolor y tos. Luego, se dan cuadros de presión baja, inflamaciones, hemorragias y otros síntomas, llegando la muerte unos tres días después. El ántrax puede ser tratado con antibióticos como ciprofloxacina o doxiciclina, y también existe una vacuna, pero su uso solo se indica, en general, en ciertos casos veterinarios o personal de laboratorio.

Uno de los casos más mediáticos del ántrax tuvo lugar en 2001 en los Estados Unidos en el curso de varias semanas desde el 18 de septiembre hasta el 9 de octubre. Fueron enviadas varias cartas con esporas de ántrax a las oficinas de los medios de información más importantes del país (ABC News, CBS News, NBC News, New York Post y National Enquirer) y a dos senadores demócratas de los Estados Unidos (Tom Daschle y Patrick Leahy). Como resultado, un total de veintidós personas fueron infectadas, cinco de las cuales fallecieron. Las investigaciones llevadas a cabo por el FBI concluyeron que el remitente de estas cartas era Bruce Edwards Ivins, un reputado microbiólogo de sesenta y dos años de edad. El 29 de julio de 2008, Ivins se suicidó con una sobredosis de paracetamol y codeína. Los ataques con ántrax de 2001 han sido comparados a los ataques de Theodore Kaczynski, también conocido como Unabomber, que tuvieron lugar entre 1978 y 1995.[N13] Curiosamente, el ántrax es mucho más común en España que en Estados Unidos. Según un reportaje publicado en El

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País, solo en el año 2000, España registró el doble de casos que los norteamericanos en todo el siglo XX, con particular incidencia en Aragón (dieciséis casos) y en Castilla-La Mancha (diez casos), casi todos leves y que afectaron a personas en contacto con ganado.

El médico alemán Robert Koch (1843-1910), considerado el padre de la bacteriología moderna, fue un importante investigador del ántrax y sus formas de contagio.

Arsénico

«Una noche, a principios de junio, llegó a eso de las ocho y media y entabló una discusión sobre el alegre tema de la frecuencia del envenenamiento con arsénico en los crímenes. Debió ser cosa de una hora más tarde cuando se abrió la puerta de nuestro saloncito, dando paso a una mujer descompuesta que se precipitó hacia nosotros».

Poirot investiga, 1924.

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Al contrario de otros venenos raros que aparecen en las obras de Agatha Christie, el arsénico no es solo un veneno común, sino que además es uno de los elementos químicos de la tabla periódica. Fue descubierto por el químico Albertus Magnus en el año 1250 y aislado por primera vez en 1649 por el también químico Johann Schroeder. Presente en el agua y el suelo (donde es más habitual encontrarlo mezclado que puro), es tan discreto que puede camuflarse con otros productos, como la harina o el azúcar. El origen etimológico de este elemento proviene del antiguo término persa zarnikh, que significa «oropimente amarillo» y que más adelante los griegos llamaron arsenikon (άρσενιχόν), que a su vez quiere decir «masculino y potente». En latín, el término culminó en arsenicum.

Considerado como «el más famoso de todos los venenos», el arsénico se conoce desde tiempos remotos y es el protagonista de un largo historial de crímenes y asesinatos, que van desde la Grecia Antigua a la actualidad. [N14] Dioscórides y Plinio el Viejo conocían sus propiedades; Celso Aureliano y Galeno sabían de sus efectos tóxicos y observaron sus virtudes contra las toses pertinaces, afecciones de la voz y las disneas. Era el componente principal de los brebajes usados por los Borgia y mató al mismísimo Napoleón cuando este se encontraba exiliado en la isla de Santa Elena. Milenios antes, cuando la famosísima reina egipcia Cleopatra decidió acabar con su vida, experimentó con sus esclavos y prisioneros una serie de diferentes tipos de veneno de modo que pudiera encontrar la sustancia perfecta para suicidarse sin sufrimiento. Se dice que probó con el beleño negro y la belladona, pero los desestimó porque, a pesar de su rapidez, producían bastantes dolores. Uno de los que tanteó fue el arsénico, pero lo descartó al comprobar sus terribles efectos, y al final acabó optando por el mordisco de la víbora áspid. Se calcula que 0,15 gramos es la dosis mortal para una persona de setenta y cinco kilos de peso. Una vez ingerido, el cuerpo lo asimila con rapidez. Pasa del aparato digestivo al torrente sanguíneo, distribuyéndose por todos los órganos, aunque se concentra en las uñas, el pelo, la piel, las arterias y el hígado. Los envenenados tienen síntomas muy aparatosos, porque el arsénico, al ser muy cáustico, quema todo el tubo digestivo, provoca fuertes dolores abdominales, diarreas y, a veces, hemorragias. Según algunos registros de finales del siglo XIX, se estima que alrededor de treinta casos relacionados

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con arsénico eran juzgados anualmente en Francia, donde fue usado en dos tercios de todos los casos criminales de envenenamiento.

A pesar de que ahora existen sustancias tóxicas mucho más sofisticadas, el arsénico presenta múltiples ventajas: es fácil de adquirir, presenta una notable eficacia y puede producir una muerte rápida o una lenta intoxicación en la que los síntomas son tan genéricos que normalmente llevan los médicos a creer que la víctima ha muerto por causas naturales. Hoy en día es mucho menos común porque es más fácil de detectar. Una prueba química desarrollada a principios del siglo XX permite confirmar la presencia de arsénico en fluidos corporales en pocos minutos.[N15]

Conocida como la primera asesina en serie de la historia, a Locusta se le atribuyen cerca de cuatrocientas muertes por envenenamiento durante los años que sirvió al poder de Roma. Su especialidad era el arsénico, aunque también solía usar ciertas plantas venenosas. Su labor era tan precisa que conseguía que las muertes parecieran naturales. Se rumoreaba que la propia Mesalina había acudido a ella para librarse de Tito, el amante del que ya se había cansado. Locusta también habría aceptado encargos de Agripina, esposa del emperador Claudio, e incluso del mismísimo Nerón.

Belladona

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«Los preparados de belladona son muy comunes, y el mismo sulfato de atropina se prescribe libremente para tratar las afecciones de los ojos. Duplicando una receta y haciéndola preparar en diferentes sitios puede conseguirse una gran cantidad de veneno sin provocar sospechas. El alcaloide puede extraerse de dicho preparado e introducirse, por ejemplo, en una crema de afeitar. Aplicada a la cara, producirá una especie de sarpullido que, a su vez, originará cortes y rozaduras al afeitarse, con lo cual, la droga tendrá un acceso constante al sistema circulatorio».

Los trabajos de Hércules, 1947.

Este arbusto de hermosas flores crece en toda Europa y es una de las plantas venenosas más conocidas, cuyo uso se remonta al Antiguo Egipto, en una época en la que el ser humano buscaba conocer las propiedades de las plantas que formaban parte de su entorno experimentando consigo mismo y poniendo en riesgo su salud y hasta su propia vida. Sus bayas son negras y brillantes, de un tamaño similar al de las cerezas. Su sabor es amargo y contiene dos alcaloides, la atropina y la escopolamina, que, en dosis mal administradas, pueden afectar al sistema nervioso y paralizar incluso las terminaciones nerviosas de los músculos involuntarios del cuerpo, como el corazón o los vasos sanguíneos. Dosis bajas pueden provocar visión borrosa, taquicardia, boca seca, dificultad para hablar, retención urinaria, confusión y alucinaciones. Una única baya puede matar a un niño. (Agatha Christie utilizó la escopolamina para asesinar a sir Claude en su primera obra teatral, Café solo). Según los historiadores, la belladona fue el medio con el que se envenenó mortalmente a Marco Antonio y se acabó con la vida del emperador romano Claudio. Era sabido por la nobleza que el veneno de la belladona era uno de los más usados, porque administrado a dosis pequeñas pero regulares no producía síntomas inmediatos; así pues, cuando el copero del emperador probaba su comida, no moría ni sentía dolores inmediatos. De esta forma, se aseguraban de que el noble ingiriera la comida sin que tuviera la más mínima sospecha.

[N16]

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A pesar de todo eso, la belladona tiene varios usos medicinales: para el tratamiento de la enfermedad de Parkinson, mareos y hemorroides. Durante el Renacimiento, se puso de moda como cosmético, ya que sus frutos irritan ligeramente la piel y las doncellas lo utilizaban para parecer sonrojadas. También se aplicaban el jugo de las bayas en los ojos para que las pupilas se dilatasen por la acción de la atropina. El objetivo era conseguir que los ojos se asemejaran a los de una gacela, un efecto que, según los cánones de época, se consideraba muy bello —de ahí el nombre Belladonna (que significa «mujer bonita»)—. Al tratarse de un compuesto relativamente común tanto en cosmética como en medicina, su uso se extendió con rapidez para fines criminales por su accesibilidad. No obstante, a diferencia de lo que sucedía con el envenenamiento por arsénico, es muy difícil enmascarar el envenenamiento con belladona. Esto se debe a que los síntomas provocados por los alcaloides son muy llamativos, empezando por la ronquera o pérdida completa de la voz y acabando por terroríficas alucinaciones hasta llegar a la muerte. Además, su principal componente, la atropina, se descompone con rapidez tras la muerte y puede desaparecer por completo en pocos días, sin dejar rastro, lo que complica su trazabilidad.

La palabra atropa que hallamos en su nombre científico (Atropa belladona) procede de Átropos, una de las tres moiras que en la mitología griega se encargaban de cortar el hilo de la vida, de modo que se pone en relieve la relación que se le atribuía a la belladona con la muerte.

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Boomslang

«—Lo sé, parece increíble. No puedo imaginar que ni siquiera el uno por mil de los hombres haya oído hablar de una cosa tan rara como el boomslang, y mucho menos de la manera de utilizar el veneno. Ni creo que usted, que es médico, haya manipulado nunca esa sustancia. —No hay muchas ocasiones de hacerlo. Tengo un amigo que se dedica al estudio de enfermedades tropicales. En su laboratorio tiene varias clases de venenos mortales, el de cobra, por ejemplo, pero no recuerdo que tenga el boomslang».

Muerte en las nubes, 1935.

El nombre boomslang, de origen sudafricano, no significa otra cosa que «serpiente de árbol», ya que allí es más fácil encontrar esta especie relativamente pequeña (entre un metro y un metro y medio de longitud), pero dotada de unos ojos enormes, más grandes que los de cualquier otra categoría. Y pese a que es considerada como un reptil dócil (de hecho, su primera reacción ante el peligro es huir), no es recomendable provocarla. En el caso de que se sienta atrapada o en grave peligro, esta serpiente suele reaccionar con vehemencia y con la boca abierta, ya que sus más letales colmillos se sitúan en la parte posterior del maxilar superior y son capaces de segregar un veneno que bloquea el proceso de coagulación de la sangre, con lo que la víctima puede desarrollar síntomas de hemorragias internas visibles como grandes manchas oscuras bajo la piel y también puede comenzar a sangrar espontáneamente por los ojos, las encías y el tracto urinario e intestinal. La muerte, si es que llega a producirse, puede ocurrir después de dos a cinco días de la mordedura, y una de sus causas fundamentales es el sangrado interno y externo crónico.

Al igual que ocurre con otras especies, el veneno fue una condición otorgada por la madre naturaleza a las serpientes como mecanismo de defensa contra los depredadores; también, como un mecanismo para facilitar su caza y alimentación, preservando con mayor eficacia el legado de su especie. Si bien estas serpientes suelen encontrarse en zonas poco

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habitadas, algunos exploradores han sufrido su letal mordedura; incluso hay casos de algunas serpientes que se han lanzado de forma deliberada desde las copas de los árboles al sentirse intimidadas, atacando a todo lo que considere como amenaza, por lo que es recomendable para cualquier excursionista que se adentre a una zona con serpientes de este tipo el uso de chaquetas gruesas, medias altas, una radio para comunicarse en caso de emergencia y un botiquín de primeros auxilios, pues el ataque de una boomslang suele ser imprevisible.

Cleopatra probando venenos con prisioneros condenados. Óleo de Alexandre Cabanel, 1887. Tras la derrota de sus fuerzas contra el ejército de Octavio, el futuro primer emperador de Roma, Cleopatra trató de seducirlo, pero él se resistió a sus encantos, y para no evitar ser usada como trofeo de su victoria, decidió quitarse la vida mediante un antiguo ritual egipcio que consistía en hacerse morder por un áspid, una serpiente egipcia venenosa y símbolo de la realeza divina. En la actualidad existen historiadores que defienden la teoría de que la reina de Egipto se suicidó con un cóctel de drogas letales que podrían incluir el opio y la cicuta. Su objetivo era conseguir una muerte indolora, evitando así la agonía que habría supuesto el veneno del reptil.

Cianuro

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«En el desayuno, al llenar la taza de miss Brent, eché en ella lo que quedaba del cloral. Nos fuimos del comedor todos menos la solterona. Más tarde, entré de puntillas en el comedor. Emily Brent parecía inconsciente y me fue muy fácil ponerle una inyección de cianuro. El soltar la abeja me pareció pueril, pero me divirtió. Me esforzaba lo más posible por seguir las estrofas de la canción de cuna».

Diez negritos, 1939.

Otro clásico de los venenos históricos —y uno de favoritos de Agatha Christie— es el cianuro, utilizado desde hace mucho por su acción rápida y letal con fines homicidas o suicidas. Su nombre viene del griego kyanos (que significa azul oscuro) y está formado por un átomo de carbono pegado a un átomo de nitrógeno; tiene varias formas y es difícil de detectar, aunque hoy, mediante una prueba analítica, es posible hallar su rastro. El olor (normalmente a almendras amargas), una coloración brillante y rojiza del líquido sanguíneo y determinadas lesiones estomacales son indicios que permiten aventurar sin temor que en un cadáver hay restos de cianuro.[N17] También puede combinarse con otras sustancias, como el cianuro de sodio o el cianuro de potasio. Ciertas bacterias, hongos y algas pueden producirlo de forma natural y está asimismo presente en muchos alimentos y plantas comestibles, como almendras, vástagos de bambú y raíces de mandiocas.

El principal efecto nocivo y letal de las diversas variedades de cianuro es el de impedir que el oxígeno portado por los glóbulos rojos llegue a las demás células del organismo, impidiendo así el proceso de la respiración celular. De esta forma, el cianuro provoca una parálisis respiratoria, convulsiones y midriasis (aumento del diámetro de la pupila, piel fría y húmeda, ritmo cardíaco aún más rápido y respiración superficial). La sensación que se experimenta es de quemazón interna y ahogo. En el último tramo, y más agudo, del envenenamiento, las pulsaciones se vuelven lentas e irregulares, la temperatura corporal comienza a descender, los labios, la cara y las extremidades toman un color azulado, lo que provoca que el individuo caiga en coma y muera.

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Desde 1889, el cianuro se utiliza de forma industrial y se emplea para producir papel, textiles y plásticos. También está presente en las sustancias químicas que se usan para revelar fotografías, y hay sales de cianuro que sirven en la metalurgia para galvanización, limpieza de metales y la recuperación del oro del resto de material eliminado. El gas de cianuro se emplea para exterminar plagas e insectos en barcos y edificios. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes fabricaron cientos de pequeñas cápsulas de cianuro que fueron distribuidas a los oficiales nazis de alto rango como una alternativa de suicidio en el que caso de que fuesen capturados por las tropas aliadas. Su principal ventaja, aparte de ser rápido e indoloro, era la facilidad de ocultación durante la inspección. Hitler eligió el cianuro tras una conversación mantenida con un médico de las SS a quien pidió consejo sobre una forma efectiva de suicidio. Previamente lo probó con Blondi, su pastor alemán, que murió en el acto. Convencido de su eficacia, Hitler distribuyó ampollas de veneno entre todos aquellos que le acompañaban en el búnker. El mariscal de campo Erwin Rommel se suicidó con una píldora de cianuro tras haber sido arrestado por oficiales de las SS a raíz de su implicación en el atentado del 20 de julio de 1944 en contra de Hitler. Además, Eva Braun y otros miembros de la alta jerarquía nazi, como Heinrich Himmler y Goering, son conocidos por haberse suicidado utilizando píldoras con una solución de sales de cianuro. En una suerte de justicia poética, todos ellos se suicidaron con el mismo compuesto utilizado en el Zyklon B, el gas empleado para dar muerte a millones de inocentes en los campos de exterminio que muchos de ellos impulsaron. Agatha Christie utilizó el cianuro en sus obras con una notable precisión, y con él fulminó la vida de diecisiete personajes en, al menos, diez novelas y cuatro relatos.

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A Rasputín trataron de matarlo en una cena en su honor con pasteles envenenados con cianuro, pero viendo que el veneno no le causaba ningún efecto, le dispararon repetidas veces y luego lo arrojaron a las frías aguas del río Neva, donde, según la autopsia que le practicaron, murió ahogado.

Cicuta

«Durante el tiempo que pasaron allí, Meredith Blake dio toda una conferencia sobre su diversión favorita, y condujo al grupo a su laboratorio para que lo vieran. Allí hizo mención de varias drogas, entre ellas la conicina, principio activo de la cicuta. Había explicado sus propiedades, lamentando el hecho de que hubiese desaparecido ahora de la farmacopea, y se jactó de haber comprobado que, en pequeñas dosis, era muy eficaz en casos de tos ferina y de asma. Más tarde, había hablado de sus mortíferas propiedades, llegando incluso a leer a sus invitados un extracto de un autor griego en el que se describían sus efectos».

Cinco cerditos, 1942.

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La cicutina es un alcaloide venenoso derivado de la piperidina que se encuentra en la cicuta, una hierba de aspecto similar al perejil, pero con un olor muy fétido. Es una de las plantas más venenosas de la flora ibérica, y pese a su presencia en multitud de parques y jardines urbanos, todavía es desconocida para la mayoría de la población. La cicuta puede llegar a alcanzar los tres metros de altura, sus flores son de color blanco, el tallo hueco y verdoso con manchas rojizas y sus flores suelen florece brotar entre los meses de mayo y julio. La mayor concentración de su veneno se encuentra en la semilla; solo con un gramo es suficiente para arrastrar a un individuo a una muerte violenta.[N18] Primero provoca cefaleas, vértigo, problemas digestivos y descenso de la temperatura corporal. Una hora después de su ingestión, se reduce la fuerza muscular y se produce insuficiencia renal, convulsiones, problemas respiratorios y asfixia, complicaciones que pueden llevar hasta la muerte. Por otro lado, la misma planta puede tener propiedades medicinales y anestésicas, aunque todo dependerá de la dosis empleada. Como no existe un antídoto específico, la acción más efectiva es el vaciado gástrico con administración posterior de carbón activado. Si se producen convulsiones, se administrará alguna benzodiazepina. Es recomendable la diuresis forzada y se monitorizará la función renal. También suele ser necesaria la ventilación asistida y la oxigenoterapia. El pronóstico es muy grave si la víctima no es atendida con rapidez.

La cicuta llegó a ser el veneno oficial de la Grecia Antigua, y se utilizó para la ejecución de los condenados a muerte o para adelantar la muerte de individuos sin recursos que hubiesen alcanzado una edad avanzada con el fin de eliminarlos y evitar así que fuesen una carga para la comunidad. En sus escritos, el profesor de Retórica de la Antigua Grecia, Libanio, relata que también las personas que manifestaban deseos de quitarse la vida eran conducidos ante los tribunales, exponían allí los motivos por los cuales habían adoptado tal resolución, y si los jueces encontraban estas causas justificadas, facilitaban por medio de la cicuta que el individuo llevase a la práctica el propósito de terminar con sus sufrimientos. En ese caso, el suicidio era legítimo y contemplado legalmente.[N19]

Aquel que no quiera vivir más tiempo, que exponga sus razones al Senado. Y después de haber obtenido ciencia, se quite la vida. Si la

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existencia te es odiosa, muere. Si estás maltratado por la fortuna, bebe cicuta. Si te hallas abrumado por el dolor, abandona la vida. Que el desgraciado cuente sus infortunios. Que el magistrado le suministre el remedio y su miseria tendrá fin. LIBANIO (314-395)

Algunas leyendas de la antigüedad decían que las brujas usaban la cicuta aplicada como ungüento, un procedimiento que distorsionaba la realidad en el cerebro y provocaba alucinaciones y aumento de la sensación de ligereza. Se dice que la creencia de volar sobre una escoba podría deberse al uso de cicuta por vía cutánea. La cicutina solo aparece en una obra de Agatha Christie, Cinco cerditos (1942)

A punto de cumplir los setenta años, Sócrates fue declarado culpable de herejía en un juicio. Sus seguidores (que también aparecen retratados en esta pintura) le recomendaron huir, pero él se negó, y por coherencia con su filosofía de obediencia hacia las leyes, decidió llevar a cabo su propia ejecución bebiendo una copa de cicuta, el procedimiento habitual de ejecución en Atenas, y lo hizo con tranquilidad mientras charlaba con sus discípulos sobre la inmortalidad.

Cocaína

«Y cuando llegó la caja de bombones al sanatorio, llenó de cocaína tres bombones. Miss Esa llevaba encima, muy bien escondida, una

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buena dosis de la droga. Tomó uno de los bombones envenenados, de modo que pudiera enfermar, pero no mucho. Sabía exactamente la cantidad que podía absorber y la serie de síntomas que exagerar».

Peligro inminente, 1932.

La cocaína es un alcaloide que se obtiene de las hojas de la planta de coca, un arbusto de la familia de las eritroxiláceas originaria de los Andes amazónicos, propia de Sudamérica, y es uno de los estimulantes de origen natural más antiguos, más potentes y más peligrosos que existen. Tres mil años antes del nacimiento de Cristo, los antiguos incas en los Andes mascaban hojas de coca para acelerar el latido de sus corazones y de su respiración, y con ello, contrarrestar los efectos de vivir con poco oxígeno en las montañas. Cuando los soldados españoles invadieron Perú en 1532, los indios fueron forzados a trabajar en las minas de plata españolas y eran mantenidos con suministros de hojas de coca porque así eran más fáciles de controlar y explotar. La cocaína fue por primera vez sintetizada en 1859 por el químico alemán Albert Niemann, pero no fue hasta 1880 cuando empezó a hacerse conocida en la comunidad médica. En 1886, la droga logró mayor popularidad cuando John Pemberton incluyó las hojas de coca como ingrediente en su nuevo refresco: la Coca-Cola. Los efectos eufóricos y vigorizantes sobre el consumidor ayudaron a elevar la fama de este refresco a comienzos de siglo. Cuando los peligros de la droga se volvieron más evidentes, la presión pública obligó a que en 1903 la compañía americana eliminara las hojas de coca de su fórmula.[N20]

La hoja de coca contiene un promedio de 0,5 a 1,5 % de alcaloides, aunque hay varios factores que influyen en su contenido, como las condiciones atmosféricas, la edad y condición de la planta, la calidad de la tierra, los abonos que usan, la época del cultivo, la cosecha, etc. El proceso de secado de las hojas de coca es muy importante, y normalmente se lleva a cabo durante dos o tres días de sol abundante y, durante el proceso, las hojas tienen que darse vueltas para un secado óptimo y parejo. Una vez secas, las hojas se prensan y se embalan en paquetes de una arroba (algo menos de 11,5 kg) para su comercialización. En el ámbito sanitario, la

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cocaína se puede utilizar como anestésico local. Sin embargo, en la actualidad, su uso está muy restringido, y en su lugar se emplean anestésicos locales con un menor potencial adictivo. Su consumo como droga es ilegal por tratarse de un estimulante que afecta directamente al cerebro. Las reacciones adversas que resultan de su consumo varían dependiendo de cómo se administra. La inhalación regular, por ejemplo, puede causar hemorragias nasales, problemas al tragar y una irritación general del tabique nasal. Cuando se ingiere, puede causar gangrena grave en los intestinos porque reduce el flujo sanguíneo. Los usuarios intravenosos también pueden experimentar reacciones alérgicas, ya sea a la droga o a algunos de los aditivos que se le agregan durante su elaboración. En los casos más severos, estas reacciones pueden provocar la muerte por un paro cardiaco o respiratorio.[N21]

Se dice que Sigmund Freud, conocido como el padre del psicoanálisis, fue un consumidor habitual de cocaína y el primero en promover su uso como un tónico para curar la depresión y la impotencia sexual. Uno de sus amigos más cercanos terminó sufriendo de alucinaciones paranoicas con «serpientes blancas que se arrastraban por su piel».

Curare

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«Le hablé largo rato del curare, pero daba la sensación de haber perdido interés por el tema. Me preguntó si tenía ese veneno entre mis drogas y, al contestarle negativamente, me parece que decaí en su estimación».

El asesinato de Roger Ackroyd, 1926.

El término curare se aplica a la mezcla de venenos que se obtiene de diferentes extractos de origen vegetal, y su consistencia depende de la combinación de plantas de donde es extraído, pudiendo ser líquida, pastosa o sólida. En función de su consistencia, se guardaban en tubos, calabazas y potes, aunque muchas tribus preferían usar un tipo especial de curare que se impregnara directamente en las flechas y cerbatanas sin la necesidad de guardarlas en recipientes especiales. Para determinar su grado de letalidad, algunas tribus solían contar el número de saltos que daba una rana después de inyectarle el veneno. Los indios sudamericanos suelen elaborar el curare mezclando cortezas de árboles, raíces de plantas venenosas, tallos, zarcillos e incluso venenos de serpiente. Para fabricar el curare, el integrante de la tribu debería cumplir con ciertos requisitos rituales, como no tener hijos, no mantener relaciones sexuales, ni realizar partidas de caza, bajo pena de ocasionar la muerte de todos los compañeros.[N22]

Las primeras referencias que se tienen sobre este veneno sudamericano aparecen en las cartas del historiador y médico italiano Pedro Mártir de Anglería, un cortesano al servicio de los Reyes Católicos y miembro del Consejo de Indias. Su obra titulada Décadas de Orbe Novo se publicó en 1516 y reseñaba el uso de flechas emponzoñadas con curare por los nativos, aunque el uso de proyectiles envenenados para cazar o con fines homicidas era una práctica milenaria y multicultural. Algunas tribus sudafricanas envenenaban sus flechas con el intestino de las larvas de escarabajo; los indios sudamericanos, con pieles de rana; las tribus del Cáucaso, con veneno de víbora, y los pigmeos africanos, con hormigas rojas. Los europeos no tenían conocimiento de este tipo de arma hasta que llegaron los primeros informes provenientes de colonizadores españoles en Sudamérica, donde relataban, asombrados, como algunos hombres y caballos morían fulminados tras haber sido alcanzados por una flecha. Los

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relatos sobre las muertes de viajeros y exploradores por flechas emponzoñadas fueron frecuentes en los siglos XVI y XVII, y siguieron transmitiéndose entre cronistas, naturalistas y viajeros hasta bien finales del siglo XIX. En la actualidad, el curare ha caído en desuso y el número de personas que saben fabricarlo en las tribus amazónicas ha disminuido debido a una progresiva caída de la demanda, consecuencia del empleo de armas de fuego con mayor alcance, que hacen más eficiente la caza de animales.[N23]

El curare produce parálisis progresiva y finalmente muerte por asfixia, al bloquear la conducción nerviosa motora y paralizar toda la musculatura, incluyendo la respiratoria y cardíaca. La muerte suele producirse por asfixia, ya que paraliza el movimiento del diafragma. Curiosamente, el curare solo es mortal si ingresa en el organismo a través de una herida; los indios sabían esto y comían curare para aprovechar algunas de sus propiedades, como un poderoso agente que facilita el tránsito intestinal. Esta es la razón por la cual no era peligroso consumir presas cazadas con este veneno, además de que durante el proceso de cocción los alcaloides presentes se volatizan. Su interés clínico en Europa se remonta el año 1912, cuando el profesor Rudolf Boehm aisló la curarina y el cirujano Arthur Läwen la utilizó por primera vez en anestesia para una cirugía abdominal utilizando ventilación. Agatha Christie hizo mención al curare en Cartas sobre la mesa y otras cinco novelas, pero nunca lo utilizó como método para un asesinato.

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Los efectos del curare causaron una gran impresión entre los conquistadores españoles que contactaron con los indígenas amazónicos. En 1510, Juan de la Cosa, que fue geógrafo de Colón y elaboró el primer mapamundi, murió a causa de una flecha envenenada con curare.

Digitalina

«Así es como sucedió. Arthur y yo estábamos en casa de sir Ambrose Bercy, en Clodderham Court, y un día, por error (un error que siempre consideré muy estúpido), cogieron un montón de hojas de dedalera entre la salvia. Aquella noche cenamos pato relleno con salvia y todos se sintieron mal, y una pobre muchacha, la pupila de sir Ambrose, murió».

La hierba mortal, 1933.

Descubierta en 1542, cuando el médico alemán Leonard Fuchs la denominó digitulus (dedo pequeño), actualmente se conoce por dedalera, debido a la forma de sus flores, similares a un dedal. Su agradable aspecto y valor medicinal hace que sean muy cultivadas para ornamentación, aunque son abundantes en zonas silvestres y medios montañosos. La potencia de la dedalera reside en su contenido en digitalina (o digitoxina, como es comúnmente llamada), una toxina que afecta al funcionamiento

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cardiaco. Durante los siglos XVI y XVII, la digital fue considerada la hierba de la gracia o «curalotodo», utilizándose sus hojas de forma más o menos irracional en múltiples procesos, hasta que surgió la destacada figura de William Withering, el verdadero descubridor de la digital. En su obra An account of the floxglove and some of its medical uses; with practical remarks on the dropsy and some other diseases, publicada en 1785, se describe por primera vez, de forma científica, el uso correcto y los efectos de las distintas formulaciones galénicas de las hojas de la digital, así como los importantes riesgos que su uso indebido conlleva para el paciente.[N24] Su extracto se empleó tradicionalmente como medicación para combatir las arritmias y otros problemas cardiacos hasta mediados del siglo XX, cuando la comunidad médica y botánica fue rechazando su uso para fines médicos debido a la dificultad de calcular la dosis correcta. Hoy en día se sabe que una cantidad superior a dos miligramos de digitoxina provoca que los latidos del corazón vayan a un menor ritmo, pero al poco tiempo pueden producirse arritmias hasta llegar a un paro cardíaco que, en la gran mayoría de los casos, conlleva la muerte. La razón de que en la actualidad se siga empleando en la farmacología se debe a unas condiciones especiales de recogida de la planta y de la extracción química que se realiza con posterioridad. De esta forma, la planta se sigue cultivando, pero con una recogida a unas horas puntuales (generalmente al inicio de la tarde) y de unas hojas específicas que en teoría tendrían la cantidad óptima de digitoxina.[N25] Para una mente criminal, sin embargo, su uso es muy versátil, puesto que puede matar con lentitud, a base de pequeñas sobredosis (que simulan una enfermedad cardíaca), o hacerlo de forma fulminante con una única dosis elevada. A principios del siglo XX, la digitoxina se volvió popular y estuvo implicada en varios asesinatos, hasta el punto de disparar las alarmas de algunos médicos, que advirtieron de su uso y abuso. También se ha utilizado para fingir una enfermedad cardíaca de cara a conseguir pensiones por invalidez, a veces con catastróficos resultados.[N26]

En las novelas de Agatha Christie podemos contar hasta seis asesinatos con digitalina o digitoxina; por ejemplo, en Cita con la muerte (1938), la señorita Boynton aparece muerta, y en su muñeca hay marcas de una aguja. Posteriormente, se descubre que se le ha inyectado digitoxina.

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Christie no fue la primera en utilizar el digital en una novela: en la obra Precious Bane (1924), de la novelista inglesa Mary Webb, un hijo envenena a su enferma madre con digital, y en The Unpleasantness at the Bellona Club (1928), de Dorothy Parker, un general muere a causa de una sobredosis de digital. Las tres autoras demuestran tener conocimientos sobre el tema o haber hecho las consultas pertinentes, ya que los asesinatos están bien planteados y resueltos desde el punto de vista médico.

Se dice que la obsesión de Van Gogh (a la izquierda) por el color amarillo se debía a una alteración ocular provocada por el consumo de digitalina recetada por su médico personal, el doctor Paul-Ferdinand Gachet, para tratar sus crisis maníaco-depresivas. Y si hay una evidencia que corrobora esta teoría es una de sus pinturas más famosas, Retrato del doctor Gachet (a la derecha), que muestra al doctor con una rama de dedalera en su mano izquierda, una pista probablemente inconsciente del autor que nos permite entender su manera de percibir el mundo.

Eserina

«—Podemos afirmar sin lugar a dudas que su esposo ha muerto envenenado con eserina.

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—¿Quiere usted decir que le mataron aquellas gotas para los ojos?

—Parece completamente cierto, que, cuando usted le puso al señor Leónides aquella última inyección, fue eserina lo que le inyectó, no insulina.

—Pero yo no lo sabía. No tengo nada que ver con eso. De verdad que no, inspector.

—Entonces alguien, deliberadamente, tiene que haber sustituido la insulina por las gotas para los ojos.

—¡Qué cosa más horrible!

—Sí, señora Leónides; horrible».

La casa torcida, 1949.

La eserina es un alcaloide que se extrae de una planta trepadora nativa del oeste de África y que produce unas vainas grandes, de donde brotan de dos a tres habas. Los nativos de Calabar, una antigua tribu de Nigeria, las usaban en las «ordalías», una especie de prueba judicial de carácter religioso a la cual se sometía un sospechoso para determinar si era inocente o culpable de un crimen de brujería, asesinato o violación. A los acusados se les obligaba a tragarse un extracto acuoso de las habas, que contenía un veneno mortal, la eserina. Se suponía que el culpable sucumbía al veneno al cabo de poco menos de una hora, mientras que el inocente vomitaba y se salvaba. Es posible que la diferencia real fuera que algunos se tragaban el brebaje, lo que los hacía vomitar, y otros lo retenían en la boca, de manera que iban absorbiendo lentamente la eserina. Tan profunda era la creencia en los poderes divinos de las habas que aquellos que se consideraban acusados injustamente solicitaban ser sometidos a la prueba para probar su inocencia. El caso es que la cantidad de veneno presente en las habas no era exacto, así que su poder de matar variaba de acuerdo con su grado de madurez. Esto solo lo sabían los jueces, de modo que seleccionaban las semillas fuertes o débiles en función del veredicto que deseaban.[N27] A mediados del siglo XVIII, el jefe de la tribu de Calabar ordenó la erradicación absoluta de esta planta, con excepción de unos pocos ejemplares que guardaba con el único fin de impartir justicia,

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pero un reverendo escocés que se encontraba en una misión en la región logró apoderarse de unas semillas y se las envió al gran toxicólogo Robert Christison, en Edimburgo. El científico las entregó al jardín botánico para su cultivo, y allí germinaron y crecieron vigorosamente, pero no produjeron flores. Fue solo cuatro años más tarde cuando otro misionero envió una nueva muestra preservada en alcohol, a la que finalmente se le dio el nombre de Physostigma venenosum. Con el fin de probar sus efectos en el organismo humano, el propio Christison se tragó un cuarto de una semilla y de inmediato sintió que su pulso se ralentizaba, por lo que especuló que la semilla mataba por parálisis del corazón. Al comprobar, además, una «absoluta ausencia de dolor» en su experiencia personal, sugirió que la droga podría ser humanamente empleada para ejecutar a criminales condenados a muerte.[N28]

Desde que los misioneros pusieron freno a los juicios por ordalía en el África Occidental, apenas se conocen envenenamientos intencionados por eserina. Por sí solo, el veneno resulta complicado de encontrar debido a la escasez de la Physostigma venenosum, de donde es extraído. Hoy, la eserina solo está disponible de forma sintética, combinada con otras sustancias. Se utiliza para revertir el efecto de los relajantes musculares. Como es capaz de atravesar la barrera hematoencefálica, también es útil en el tratamiento del síndrome central anticolinérgico (caracterizado por ansiedad, confusión y convulsiones), y como antídoto inespecífico en el tratamiento de estados de delirio postoperatorios.

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En algunas tribus africanas, las habas de la Physostigma venenosum también gozaban de protagonismo en los duelos. Los adversarios partían un haba por la mitad y cada uno tomaba su parte, repitiendo este proceso con nuevas habas hasta que uno u otro moría (no fueron pocas las ocasiones en las que morían ambos contrincantes).

Estricnina

«La estricnina es una droga de acción bastante rápida. Los síntomas aparecen una hora o dos después de ser ingerida. Su acción se retarda bajo ciertas condiciones, que no aparecen en este caso. Supongo que la señora Inglethorp tomó el café a eso de las ocho, y los síntomas no se manifestaron hasta las primeras horas de la madrugada, lo que indica que la droga fue tomada mucho después de las ocho. (…) La estricnina es, en cierto sentido, un veneno acumulativo, pero es completamente imposible que la muerte sobreviniera tan súbitamente. Tenía que haber habido un largo período de síntomas crónicos que hubieran llamado de inmediato mi atención».

El misterioso caso de Styles.

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La estricnina es un alcaloide de un sabor muy amargo que se extrae de las semillas de la nuez vómica (Strychnos nux-vomica), un árbol de la familia de las loganieáceas que se cultiva en Asia tropical. La estricnina se encuentra en las semillas de la planta, grandes y con forma de disco, y puede extraerse con relativa facilidad. Las intoxicaciones se producen con diversas preparaciones como el arseniato de estricnina, ciertos polvos y pesticidas que contienen estricnina en proporciones del 1 al 5 %, lo que los hacen muy peligrosos a nivel ambiental y ecotoxicológico. Empleada en Europa desde 1540 para el control de plagas en la agricultura, la estricnina adquirió en el siglo XVIII una cuestionable fama de eficaz agente terapéutico. Se empleaba en bajas dosis de tónicos para el estreñimiento y problemas estomacales. Además, el sabor amargo se pensaba que tenía el beneficio de aumentar el apetito. Cuando la comunidad científica concluyó que ninguna de tales afirmaciones era cierta, decidieron eliminar la estricnina de la farmacopea.[N29] Tal y como suele ocurrir con muchos alcaloides, existe una línea estrecha entre la dosis supuestamente terapéutica y la dosis letal. Los primeros síntomas empiezan a manifestarse aproximadamente a los quince minutos tras la ingestión: dificultad respiratoria y sensibilidad exagerada frente a estímulos sensoriales (ruido, luz, etc.). En este estado, que dura entre media y una hora, aparece de repente un ataque convulsivo. Como consecuencia de los espasmos de los músculos respiratorios se produce la asfixia, responsable normalmente de la muerte por contractura tetánica de la musculatura respiratoria. Sus efectos en el organismo son tan contundentes que la muerte suele llegar con rapidez, así que cualquier tratamiento debe administrarse de inmediato, aunque no existe un antídoto en concreto para este veneno.

La estricnina ha protagonizado muchos casos de envenenamientos a lo largo de la historia y se hizo tan popular entre los envenenadores como el arsénico y el cianuro, aunque se necesita ingenio para enmascarar su sabor tan amargo al mezclarla con otras bebidas. (Para camuflar su sabor, es necesario diluir una dosis letal —cien miligramos— en siete litros de agua). Quizá el caso más célebre sea el del doctor Thomas Neill Cream, un adinerado médico abortista que cobró notoriedad al asesinar a mujeres (casi todas prostitutas) por medio de píldoras de estricnina. Su método, así

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como el lugar donde residía (Lambeth, Londres), fue lo que le valió el mote de «el Envenenador de Lambeth». Era tan excéntrico que trató de adjudicarse los asesinatos de Jack el Destripador. Prueba de tal afán constituyó el hecho de que, una vez condenado a la horca, en el momento de su ejecución, exclamó: «Yo soy Jack el…» sin poder concluir la frase porque la soga se apretó alrededor de su cuello y le quitó la vida. Su método de usar venenos para despachar a sus víctimas, tan antagónico al de Jack el Destripador, no evitó que las autoridades le atribuyesen la verdadera identidad del famoso serial killer. Quizá lo hizo para llamar la atención, ya que era un hombre que ansiaba ser el centro de todas las miradas. Agatha Christie utilizó la estricnina para acabar con la vida de su primera víctima en su novela de estreno, El misterioso caso de Styles, y las descripciones que hizo acerca de este veneno, su forma de acción, síntomas y detección, fueron tan exactos que no pasaron inadvertidas para el editor de la revista Pharmaceutical Journal and Pharmacist, que glosó su precisión científica.

En El misterioso caso de Styles, Christie utiliza tres compuestos para matar a la señora Inglethorp: estricnina, un alcaloide muy amargo que altera la función nerviosa; polvos de bromuro (prescritos como sedante a comienzos del siglo XX), y morfina, que retrasa la acción de la estricnina y desvía la atención del tónico envenenado. La precisión de este método podría derivar de un caso real casi idéntico citado en The art of dispensing, un libro que Christie habría estudiado.

Fósforo

«Pudo haber planeado ya el crimen, o tener la idea en su pensamiento, antes de venir a Inglaterra. Tenía ciertos conocimientos de química por haber ayudado a su padre en el laboratorio. Conocía la naturaleza de la dolencia de la señorita Arundell y estaba bien enterada de que el fósforo sería una sustancia ideal para sus propósitos».

El testigo mudo, 1937.>

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El fósforo es el decimoquinto elemento de la tabla periódica, y puede ser encontrado en la naturaleza combinado en fosfatos inorgánicos y en organismos vivos, pero nunca en estado puro. Si por un lado este elemento resulta esencial para nuestra existencia cuando se combina con el oxígeno para formar fosfatos, por otro lado es muy tóxico e inflamable, y en contacto con la piel puede provocar serios daños debido a su naturaleza reactiva. El fósforo se encuentra bajo diferentes formas que se suelen distinguir por su color: blanco, rojo, violeta y negro. El fósforo blanco fue el primero en ser descubierto (accidentalmente) en 1669 por el alquimista alemán Hennig Brand mientras examinaba unas muestras de orina. Su propósito no era otro que encontrar en este fluido corporal la piedra filosofal, el elixir mágico capaz de convertir en oro metales menos nobles. Brand había recogido una cierta cantidad de orina y la dejó reposar durante un par de semanas. Después, la calentó hasta su ebullición y quitó el agua, quedando reducido a una pasta espesa. La pasta se mezcló con arena y se calentó a alta temperatura hasta que se produjo un aceito rojizo, una lámina esponjosa negra y un sólido blanco. Este sólido era fósforo, y la sustancia brillaba en la oscuridad. Eso ocurrió porque la orina contiene fosfatos y varios compuestos orgánicos basados en el carbono, con lo que, al ser sometidos a altísimas temperaturas, reaccionan liberando fósforo en forma de gas. Lo bautizó como fósforo, que en griego significa «portador de luz», y fue el primer elemento químico descubierto en la Edad Media.

El fósforo blanco es extremadamente venenoso; en la mayoría de los casos las personas mueren al tragarlo de forma accidental. La ingesta de apenas cien miligramos daña el revestimiento del estómago y provoca hemorragias y dolores intensos, síntomas similares a los de la muerte natural, tales como una úlcera perforada o un fallo hepático, aunque un simple examen forense puede detectar con facilidad la presencia de fósforo en el cadáver, sobre todo en la zona abdominal, donde aparecerá un resplandor

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característico que puede ser visible si el patólogo apaga las luces. Las vísceras presentarán, además, un pronunciado olor a humo, resultado de la reacción del fósforo con el oxígeno. Kathryn Harkup, la autora de A is for Arsenic, resalta la genialidad con la que Agatha Christie describe el momento en el que el fósforo se manifiesta en Emily, la víctima envenenada en la novela El testigo mudo: «El fósforo tiene la cualidad de brillar en la oscuridad, y en esta novela la víctima empieza a exhalar por la boca un vapor brillante durante una sesión de espiritismo antes de caer enferma, provocando que todos a su alrededor crean que se trata de un ectoplasma. Para Poirot, sin embargo, se trataba de una pista fundamental para llegar a la identidad del asesino».[N30] Poirot describe el fenómeno como fosforescencia (cuando lo correcto sería quimioluminiscencia, un ligero pero comprensible error, dado que cuando se escribió la novela no se había determinado el mecanismo por el cual brillaba el fósforo). En el resto de aspectos, Christie fue tan precisa como siempre. Incluso describe con amabilidad cómo el envenenador pudo obtener el fósforo a partir de veneno para ratas o cabezas de cerillas, un artilugio que se remonta al siglo X d. C. en China y que ha sufrido una serie de modificaciones a lo largo de los siglos, hasta llegar a la cerilla moderna, ideada por el químico francés Charles Suria en 1830. Suria creó una cerilla con cabeza de fósforo blanco a la que se llamó «Lucifer» (portador de luz) y se usó hasta finales del siglo XIX. Los luciferes prendían bien, pero eran sumamente peligrosos. En la actualidad, el empleo del fósforo en la fabricación de cerillas está prohibido en muchos países, donde ha sido sustituido por el trisulfuro tetrafosforoso P1S3.

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Las emanaciones venenosas del fósforo blanco y la prolongada exposición a estas pueden llegar a provocar fosfonecrosis, una espeluznante enfermedad que apareció por primera vez en los trabajadores que fabricaban cerillas en el siglo XIX, que relataban terribles dolores de muelas y graves inflamaciones de las encías. La extirpación de los huesos de la mandíbula afectada era la única alternativa para salvar al paciente de una muerte segura.

Hidrato de cloral

«En el desayuno, al llenar la taza de miss Brent, eché en ella lo que quedaba del cloral. Nos fuimos del comedor todos menos la solterona. Más tarde, entré de puntillas en el comedor. Emily Brent parecía inconsciente y me fue muy fácil ponerle una inyección de cianuro. El soltar la abeja me pareció pueril, pero me divirtió. Me esforzaba lo más posible por seguir las estrofas de la canción de cuna».

Diez negritos, 1939.

El hidrato de cloral fue sintetizado en 1832 por el químico alemán Justus von Liebig, pero no se usó clínicamente hasta 1869, cuando el farmacéutico alemán Oskar Liebreich empezó a administrarlo como sedante. Sus mayores competidores en su momento fueron el

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alcohol, el opio y el cannabis. Desde el punto de vista histórico, fue la primera de las drogas sintéticas desarrolladas en exclusiva en laboratorio, sin la presencia de materia prima de origen animal o vegetal. Hasta mediados de siglo, el hidrato de cloral se usó sobre todo en ancianos como medicamento para dormir, debido a las escasas reacciones paradójicas, como excitación o confusión, que produce. Los devotos del cine negro lo conocen bien: el agresor introduce la sustancia en la bebida de la víctima, quien, ajena a todo, la ingiere y pierde el conocimiento; cuando despierta, suele haber sufrido un robo, secuestro o violación.[N31]

Hoy, se sigue utilizando en las farmacias de algunos hospitales especialmente como sedante para niños antes de procedimientos diagnósticos. En general, es bien tolerado cuando se administra en una sola dosis. Las reacciones adversas más comunes (náuseas, vómitos y dolor epigástrico) se deben a una irritación local transitoria y aparecen después de la ingestión. La toxicidad de este compuesto se ha asociado con concentraciones plasmáticas de tricloroetanol de 30-100 µg/ml y cuando se superan los 100-200 µg/ml se puede producir un estado de coma o la muerte.[N32]

Morfina

«La muerte por envenenamiento debido a la morfina podía producirse de diferentes modos. El más común era un período de extensa excitación, seguido de somnolencia y narcosis, con contracción de las pupilas. Otro, menos conocido, era el caso en que sobreviene un sueño profundo, seguido de muerte al cabo de diez minutos aproximadamente; las pupilas se dilatan por lo general».

Un triste ciprés, 1940.

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El opio es un analgésico que nos acompaña desde hace milenios y se obtiene del Papaver somniferum, una planta herbácea con propiedades calmantes y analgésicas que empezó a ser cultivada por los sumerios en el año 3000 a. C. y fue extendiéndose hasta convertirse en una de las drogas más populares del siglo XIX para aliviar dolores. Fue sintetizada por primera vez en 1805 por el químico alemán Friedrich Sertüner y empezó a comercializarse en 1817 con su nombre más conocido: morfina, un potente analgésico capaz de anular el dolor en pocos instantes; también se usaba para la elaboración de diferentes medicamentos, entre los que se incluían algunos para tranquilizar a los bebés que lloraban de manera inconsolable, o ayudar a las personas nerviosas. El interés por la sustancia llegó a causar dos importantes conflictos bélicos entre Inglaterra y China: la Primera y la Segunda Guerra del Opio. Su estallido se dio en 1839, cuando los comerciantes ingleses comenzaron a contrabandear opio en China como forma de compensar los gastos que les ocasionaba exportar té hasta su país. El Gobierno chino, dispuesto a acabar con el contrabando, incautó grandes cantidades de opio de los comerciantes británicos en el puerto de Cantón, el único habilitado por el Gobierno chino para el intercambio de productos con los europeos. El contraataque no se hizo esperar y Gran Bretaña abrió fuego sobre las costas asiáticas, obligando al Gobierno chino a firmar dos humillantes tratados que les obligaba a pagar una gran multa y abrir otros cinco puertos al comercio exterior. Unos años más tarde, en 1856, sobrevino una segunda guerra cuando los chinos detuvieron un barco inglés supuestamente ilegal. En esa ocasión, otros países estaban interesados en el comercio y China accedió a abrir once puertos más, pero no solo eso, sino que a partir de entonces permitió la importación de opio.[N33]

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El científico alemán Friedrich Sertürner, pionero del descubrimiento y aislamiento de la morfina, la bautizó con este nombre en honor del dios griego de los sueños Morfeo, debido a sus virtudes somníferas. Morfeo se despierta al acercarse Iris, óleo de René-Anthoine Houasse (1688).

Con el estallido de dos grandes guerras casi simultáneas (la de Secesión en Estados Unidos y la guerra franco-prusiana en Europa), el uso de la morfina se extendió entre millares de soldados para paliar el dolor derivado de amputaciones y mutilaciones, al tiempo que los oficiales la utilizaban a modo de euforizante para ayudar a levantar el ánimo y soportar los horrores de la guerra. Con el fin de sendos conflictos, una legión de soldados y oficiales de todos los rangos regresaron a sus casas convertidos en adictos. Cuando se deja de consumir, el efecto principal es el ansia por conseguir más droga, lo que anula la capacidad del individuo para tomar decisiones racionales y le lleva, muchas veces, a una sobredosis mortal. La muerte por sobredosis de opioides puede evitarse si se aplican las reglas básicas de primeros auxilios y se administra a tiempo naloxona, un antagonista opioide capaz de revertir los efectos de una sobredosis si se administra a tiempo. La naloxona es eficaz por vía intravenosa, intramuscular, subcutánea o intranasal. Agatha Christie utilizó el opio para sedar, enganchar y matar a algunos de sus personajes en por lo menos doce de sus

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novelas, entre las que se destacan Un triste ciprés (1940) y El cuadro (1968).

Nicotina

«Imaginemos, pues, la copa de oporto de sir Bartholomew; una vez colocada la bandeja en la mesa, alguien echó dentro de una copa una cantidad suficiente de nicotina pura. Esto estaba al alcance de cualquiera: el mayordomo, la camarera o alguno de los invitados o invitadas, que bajó un momento y entró en el comedor cuando no había nadie. Llegan los postres, se sirve el oporto, la copa se llena y sir Bartholomew bebe y muere».

Tragedia en tres actos, 1935.

La nicotina es un compuesto orgánico alcaloide, soluble en agua y polar, que se encuentra principalmente en la planta de tabaco Nicotiana tabacum y es el agente adictivo primario de los productos derivados del tabaco. Debe su nombre a Jean Nicot de Villemain, el embajador de Francia en Portugal, que adquirió las plantas y semillas de la colonia portuguesa en Brasil y las introdujo en su país en 1560. La nicotina fue aislada de las hojas de tabaco en 1828 por dos químicos alemanes, H. W. Posselt y K. L. Reinmann; su estructura química (C14H10N2) se determinó en 1893 y se sintetizó en 1904. Las formas de consumir nicotina son muchas: fumando cigarrillos, mascando tabaco, humedeciendo tabaco en la boca o inhalando su humo de una pipa de agua o sus vapores de cigarrillo electrónico. Al ser tan versátil, la absorción de la nicotina en el organismo variará en función de la forma como se consume, y la dependencia se producirá a través de una combinación de diferentes factores. El tabaco seco, por ejemplo, contiene entre 0,6 % y un 3 % de nicotina. De esto, solo una pequeñísima cantidad pasa a la sangre cuando se fuma, puesto que

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la mayoría de la nicotina presente se quema junto con el cigarrillo. La nicotina pura, sin embargo, es altamente tóxica; la penetración intravenosa de tan solo 0,5 miligramos de esta sustancia puede provocar la muerte por parálisis respiratoria y cardíaca en pocos minutos. En la autopsia, el único signo característico es, por lo general, el olor a tabaco que despiden las vísceras del cadáver.

El primer asesinato por envenenamiento con nicotina científicamente comprobado ocurrió la noche del 20 de noviembre de 1850, y se trata de un caso emblemático no solo por la insólita elección del arma del crimen por parte del asesino, sino también porque fue la primera vez en la que se presentaron pruebas científicas para probar la presencia de un veneno vegetal en un cadáver. Todo empezó cuando la policía belga recibió un aviso de que un hombre llamado Gustave Fougnies había muerto de forma repentina mientras cenaba con su hermana y cuñado, los condes de Bocarmé, en su residencia. Las primeras investigaciones llevaron a los agentes a sospechar que Fougnies había sido envenenado, aunque sin poder detectar la sustancia causante. A mediados del siglo XIX, no había formas de detectar veneno en un cadáver. El magistrado solicitó la ayuda del doctor Jean Servais-Stas, considerado uno de los mejores químicos del país. Este tuvo que emplear todas sus habilidades para encontrar una forma que le permitiera aislar e identificar la presencia de algún veneno en el cadáver de Fougnies. Para este fin, se llevó a su laboratorio las muestras remitidas del fallecido y llevo a cabo una serie de experimentos durante tres meses, periodo en el cual acabó desarrollando un método que le permitió extraer el líquido aceitoso de la nicotina de los tejidos. El conde de Bocarmé fue arrestado y acabó asumiendo la autoría del crimen.[N34] Declaró que deseaba apropiarse de la pequeña fortuna de su cuñado y, como poseía buenos conocimientos de química, sabía que todavía existían un buen número de venenos vegetales que eran muy fáciles de obtener, pero casi imposibles de detectar una vez empleados. Lo que había aprendido fue suficiente para destilar nicotina pura de

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una gran cantidad de hojas de tabaco compradas en verano. El conde fue declarado culpable y ejecutado el 19 de julio de 1851. Este caso rompió una de las barreras más grandes de la toxicología y ayudó a sentar las bases para la profesión de química forense que hoy conocemos.[N35]Agatha Christie solo empleó la nicotina para matar en una novela, Tragedia en tres actos (1935), en la que fallecen tres personas.

La investigación del asesinato del belga Gustave Fougnies (envenenado con nicotina por su hermana y su cuñado) cambió para siempre la historia de la toxicología y ayudó a sentar las bases de la ciencia forense moderna.

Ricina

«Le entregó un papel que Tommy abrió sin perder un instante. Decía así: “Querido míster Blunt: Hay motivos para creer que el veneno fue la ricina, foxal-bumosa vegetal de gran potencia. Sírvase guardar reserva sobre este particular de momento”».

Matrimonio de sabuesos, 1929.

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El ricino (Ricinus communis) es un arbusto de origen africano, conocido por los antiguos egipcios, griegos y romanos, y se fue extendiendo por todo el mundo como planta ornamental. De tallo grueso y leñoso, sus hojas pueden ser de un color rojo o púrpura oscuro (de ahí su apelativo común) y de los sobrantes del procesamiento de sus semillas se puede elaborar la ricina, una de las toxinas más potentes que existen (seis mil veces más venenosa que el cianuro), para el cual no se conoce antídoto. El ricino fue descrito por primera vez en el siglo XIX por el microbiólogo báltico-alemán Hermann Stillmark, cuando comprobó que una sustancia procedente de sus semillas (la ricina) era capaz de provocar complicadas molestias. Más específicamente, la ricina interfiere en el metabolismo celular humano; las células se mueren y los órganos comienzan a fallar de manera gradual, frenando los procesos químicos del organismo hasta provocar la muerte. Los síntomas más aparentes son náuseas, calambres abdominales, vómitos, hemorragia interna e insuficiencia renal. Solo con un acto deliberado se puede producir ricina y utilizarla para envenenar a las personas. La exposición accidental a la ricina es muy poco probable, aunque es posible envenenarse respirando la ricina en vapor o en polvo. También puede ingerirse si se encuentra en el agua o en los alimentos. Dependiendo de la forma de exposición (por inyección o inhalación), una cantidad tan pequeña como quinientos microgramos (el equivalente a la cabeza de un alfiler) puede ser suficiente para matar a un adulto. En el caso de que fuera ingerida se necesitaría una dosis mayor.[N36] Todavía no se ha encontrado un tratamiento específico para contrarrestar una intoxicación por ricina; el procedimiento estándar consiste en intentar extraerla del organismo lo más rápido posible a través de una purga estomacal. En la actualidad, la planta de ricino es famosa por el aceite que se extrae de sus semillas y que se usa como laxante —se dice que los Camisas Negras de Mussolini se lo hacían tomar a los disidentes políticos, y muchos morían a causa de

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la deshidratación producida por la diarrea. Los que sobrevivían tenían que soportar la humillación de los efectos laxantes resultantes del consumo excesivo—. Por otro lado, este producto también es empleado en la fabricación de cosméticos, pinturas y lubricantes. Su versatilidad hace que la planta se cultive a escala industrial y se produzcan más de un millón de toneladas de semillas al año. Hasta comienzos del siglo XX, la ricina nunca había sido empleada en un asesinato, y su uso estaba más bien enfocado al ámbito militar, siendo estudiada en distintos programas armamentísticos en la Segunda Guerra Mundial bajo el nombre de compuesto W. Al finalizar la guerra, fue prohibido su uso bajo la convención de armas químicas y biológicas. En 2013, el FBI interceptó en una oficina postal de Washington una carta con veneno dirigida al presidente Barack Obama. La toxina utilizada era la ricina. Agatha Christie empleó la ricina para envenenar a cuatro miembros de la misma familia en La muerte al acecho, un relato que forma parte del libro Matrimonio de sabuesos (1979).

Uno de los casos más célebres de envenenamiento por ricina ocurrió en 1978. El periodista búlgaro Gueorgui Markov caminaba por calles de Londres hacia su oficina en la BBC cuando un peatón pasó a su lado y le dio un golpe con el paraguas. Markov creyó que se trataba de un choque fortuito, pero pocos minutos después comenzó a tener fiebre, tuvo que ser ingresado en el hospital y falleció al cabo de tres días. El paraguas que le había golpeado estaba dotado de un gatillo que le permitió a su dueño disparar un pequeño balín empapado en ricina.

Talio

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«El talio ha sido utilizado como depilador en otro tiempo… Particularmente en los chiquillos con granos y otras erupciones cutáneas. Después se descubrió que era una sustancia peligrosa. En la clínica moderna, sin embargo, se utiliza en dosis reducidísimas, calculadas con arreglo al peso del enfermo. En nuestros días se usa sobre todo en los raticidas. Es un producto insípido, soluble en el agua y fácil de adquirir. Basta con que nadie sospeche un envenenamiento para desorientar a todo el mundo, dados sus efectos».

El misterio de Pale Horse, 1961.

El talio es un elemento químico, de número atómico 81, situado en la tabla periódica entre el mercurio y el plomo, y su toxicidad se asemeja a la de ambos metales, aunque la supera en ciertas condiciones. Fue descubierto en 1861 por el químico británico William Crookes, aunque el científico francés Claude-August Lamy también lo aisló de forma independiente y casi simultánea. Crookes, por su parte, fue el primero en identificar la presencia de nuevas líneas en el espectro de emisión del nuevo elemento, y Lamy fue el primero en aislar el elemento metal puro y quien profundizó en el estudio de la propiedad de sus sales. Desde entonces, el talio ha estado implicado en asesinatos en todo el mundo. Como veneno, es perfecto para una mente criminal: es incoloro, insípido, inodoro y de acción pausada. Es posible detectar su presencia en la sangre y orina, pero la lenta progresión de los síntomas no permite hacerlo al momento; una vez que entra en el cuerpo, corroe el revestimiento del tracto digestivo, lo que conduce a dolor abdominal, diarrea y vómitos. Estos síntomas duran entre doce y noventa y seis horas; más adelante, entre uno y cinco días después, pueden aparecer síntomas cardíacos, hepáticos y renales. Uno de los síntomas más llamativos es que se cae el pelo a puñados.[N37] El antídoto para la intoxicación por talio es el ferrocianuro férrico de potasio, llamado azul de Prusia, un compuesto que también se ha empleado para el tratamiento de

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personas afectadas por contaminación radiactiva. En Europa el talio es muy difícil de obtener y, salvo en algunos sitios oscuros de internet, solo se consigue en los hospitales, dado que se les suministra a los pacientes cardiovasculares para pruebas de esfuerzo con isótopos —hace unos cuantos años se produjo en Madrid un extraño caso de envenenamiento por talio que se sospechó que fue comprado en internet y nunca se aclaró del todo

—. Según nos cuenta Alfonso Velasco en su obra Los venenos en la literatura policiaca, una enfermera británica cuidaba a un enfermo grave mientras leía El misterio de Pale Horse, de Agatha Christie. Para su asombro, las dolencias del paciente coincidían con el relato de la autora, que narraba un intento de envenenamiento por intoxicación por talio. «Los síntomas eran similares y tras alertar a los médicos se le aplicó el antídoto conocido como azul de Prusia y se curó».[N38]

El talio era el tóxico favorito del dictador iraquí Saddam Hussein. En 1978, su medio hermano Barzan al-Tikriti recibió el encargo de crear una unidad médica de venenos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Bagdad con el objetivo de producirlo de forma controlada y utilizarlo para eliminar a los opositores políticos del régimen.

Taxina

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«Solo tres personas habían desayunado con el difunto: su esposa, su hija y su nuera. Cualquiera de ellas pudo tener ocasión de poner taxina en su taza de café. Su sabor amargo debió disimular el de la taxina. Claro que tomó una taza de té a primera hora, pero Bernsdorff dijo que en el té se hubiera notado. Mas, tal vez, siendo lo primero que tomaba a aquellas horas, antes de que se despertara del todo el sentido del gusto…».

Un puñado de centeno, 1953.

La taxina es un alcaloide que se encuentra presente en prácticamente todas las partes del tejo (Taxus baccata), una de las especies de árbol más utilizadas en España para plantar setos, lo que la hace muy común en parques y jardines. De follaje verde, desde la distancia puede dar la impresión de ser incluso negro, y por eso destacan tanto sus arilos de color rojo intenso (el arilo es la parte carnosa que recubre la semilla y muchas veces se confunde con un fruto). Según algunas leyendas de origen celta, la taxina extraída del tejo se empleaba para envenenar flechas, y algunas tribus prefirieron el suicidio con una porción de sus hojas o corteza antes que rendirse a los romanos. También fue muy utilizado como método abortivo (aunque se sabe que ha de administrarse en dosis elevadas). Poco después de haberla ingerido, la taxina produce trastornos digestivos, nerviosos, respiratorios y cardiovasculares muchas veces irreversibles. En los casos más graves se producen arritmias cardíacas y una rápida degradación del estado clínico, lo que puede culminar en la muerte, que ocurre de una a cuarenta y ocho horas, dependiendo de la cantidad consumida.

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Considerado el padre de la farmacología, el botánico griego Dioscórides fue también el autor de un tratado de cinco volúmenes titulado De materia medica, que describe más de seiscientas plantas medicinales. Al referirse al tejo (conocido por los antiguos griegos como el árbol de la muerte), Dioscórides utiliza un lenguaje poético con un tono incuestionablemente místico: «Este árbol tiene tanta vehemencia que los pajarillos que comen de sus frutos se vuelven negros, y los hombres que se atreven a dormir bajo su sombra jamás se despiertan».

Verde de Scheele

«—¿Qué es el verde de Scheele? —repuso su amigo frunciendo el entrecejo—. Algo referente al papel de empapelar salones, ¿no? Es venenoso. Me parece que es una especie de arsénico.

—¡Cáscaras! —exclamó Shrivenham sorprendido—. Creí que era una enfermedad. Algo así como la disentería.

—Oh, no; es algún producto químico. Con lo que las mujeres matan a sus maridos, o viceversa».

Intriga en Bagdad, 1951.

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Hace no mucho tiempo, las telas con las que se hacían las prendas de vestir tenían una gama de colores muy limitada. Eso ocurría porque la materia colorante de la época provenía de raíces, hojas y flores de distintas plantas que eran sometidas a un proceso complejo y tan oneroso que hacía que las prendas de colores muy exclusivos alcanzasen precios que no estaban al alcance de cualquiera. Todo cambió en la mitad del siglo XIX, cuando el químico sueco Carl Scheele inventó el primer pigmento sintético, lo que abarató los costes y masificó la producción. Primero vinieron el púrpura, los azules y carmines, y casi al final del siglo XIX llegó el color que revolucionaria toda una sociedad: el verde de Scheele o verde de París, cuya luminosidad era tan hermosa que pronto se convirtió en el color de la moda de la aristocracia, que se dispuso a usarlo en sus muebles, cortinas, ropas, etc. Sin embargo, el secreto de aquel enigmático color cuya luminosidad dejaba a todos fascinados era una peligrosa sustancia cuya toxicidad ya era bien conocida en la época, el arsénico; y Scheele jamás ocultó que hacía uso de esta sustancia en sus pigmentos —y así se advertía en los botes que eran comercializados—, pero como nadie iba a lamer las paredes o chupetear el forro de los muebles, había una creencia generalizada de que su uso era inofensivo. Lo que nadie sabía era que la humedad desprendía el arsénico del pigmento, que se esparcía de forma inadvertida por el aire como vapores, lo que convertía un salón o habitación en un ambiente letal. Las personas morían de forma inesperada dentro de sus propias residencias mientras realizaban actos tan triviales como jugar una partida de cartas o leer un libro en un sillón.[N39]

Un relato de la época narra el espeluznante hallazgo del cadáver de un comerciante de flores artificiales cuyo vómito presentaba el mismo tono de color verde del pigmento de Scheele. La autopsia confirmó la presencia de arsénico en su estómago, hígado y pulmones, pero nadie fue capaz de encontrar cuál era el foco de contaminación. Las muertes se daban a un ritmo asombroso y,

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como nadie era capaz de ofrecer una explicación razonable, las autoridades británicas solicitaron ayuda de la comunidad científica para tratar de encontrar una respuesta. Tras una serie de pesquisas, un médico londinense llamado Thomas Orton se percató de que todas las víctimas vivían en residencias cuyas paredes o cortinas llevaban un llamativo y brillante color verde, una tesis que fue recibida con total escepticismo por la comunidad científica, que creía que las víctimas habían muerto de difteria. Los casos seguían produciéndose de manera imparable y el tiempo acabó dando la razón al doctor Thomas Norton: el 100 % de las personas afectadas compartían el gusto por los tonos verdes, no solo en la decoración de sus casas, sino además en las ropas que usaban. Cientos de mujeres se ponían vestidos que, literalmente, liberaban arsénico sobre su piel mientras desempeñaban sus labores diarias. Tal fue la cantidad de muertes que se produjo en Inglaterra que la reina Isabel ordenó eliminar el papel verde de todas las salas del palacio de Buckingham tras enterarse de la letalidad del pigmento. Se estima que algo más de la mitad del papel de pared verde que se vendió en Estados Unidos durante esta época contenía arsénico. El verde de París dejó de usarse como pigmento en la segunda mitad del siglo XIX y pasó a utilizarse como pesticida.[N40]

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Napoleón en su lecho de muerte. Óleo de Horace Vernet, 1826. El emperador francés fue la víctima más ilustre del verde de Scheele. Los médicos que certificaron su muerte detectaron altos niveles de arsénico en su cabello, lo que llevó a los historiadores a especular con que el emperador había sido envenenado. Y de hecho lo fue, pero no por un conspirador, sino por su culpa, al mandar forrar las paredes de su casa de Santa Elena con los colores de la Francia imperial: el oro y el verde. Durante los cinco años y medio que duró su exilio, Napoleón estuvo respirando el vapor de arsénico que desprendían aquellas paredes.

Veronal

«Según dijo la camarera, anoche miss Adams se encontraba perfectamente. Lo que hace suponer que se trata de un desgraciado accidente; mi opinión personal es que se trata de eso. El Veronal es un soporífero desconcertante. A veces se toma una gran cantidad y no le pasa a uno nada; en cambio, en otra ocasión, se toma solo un poquitín y mata. Es una droga peligrosa por ese motivo. No me cabe la menor duda de que el juzgado lo calificará de muerte por accidente. Por mi parte, no puedo decirle nada más».

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La muerte de lord Edgware, 1933.

Los hipnóticos sedantes constituyen un grupo heterogéneo de fármacos que difieren en su estructura química y, sin embargo, presentan efectos depresores bastante similares sobre el sistema nervioso central. En 1850, surgió la primera sustancia diseñada con fines específicamente sedantes: el bromuro, que perdió su protagonismo cincuenta años más tarde con la llegada del hidrato de cloral. El panorama cambió por completo cuando se comercializaron los primeros barbitúricos: el barbifonal (1903) y el fenobarbital (1912), aunque la primera molécula activa derivada de la malonilurea, conocida mundialmente como «barbital» o «barbitúrico», se había sintetizado ya en 1863 bajo el nombre comercial de Veronal, el primer sedativo del grupo de los barbitúricos, introducido en el mercado en 1902 cuando sus descubridores, el premio nobel Emil Fischer y el médico Josef von Mering, solicitaron el registro de su patente. Se dice que el nombre del producto se debe a que von Mering tomó una dosis del medicamento en un tren y solo despertó cuando llegó a la ciudad italiana de Verona. En cuanto al origen del nombre «barbitúrico», existen dos versiones cuya autenticidad todavía es contestada. Hay quien afirma que el famoso farmacéutico alemán Adolf von Baeyer (el primero en sintetizar esta sustancia) se inspiró en una antigua novia de nombre Bárbara; mientras que otra versión asegura que el día de su descubrimiento (4 de diciembre de 1864), Baeyer fue a celebrarlo a una taberna próxima a su casa. El lugar era frecuentado por oficiales de artillería que festejaban a su patrona: Santa Bárbara. El Veronal revolucionó el mercado farmacéutico por sus capacidades sedativas y anticonvulsivantes, pero también se convirtió en un problema de adicción para muchas personas en todo el mundo, y los riesgos se multiplicaban si se mezclaba con otras sustancias. Su combinación con alcohol, antihistamínicos y drogas depresoras potencian los efectos depresores, y el resultado puede ser fatal. Muchos famosos murieron víctimas de

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barbitúricos, como Marilyn Monroe o Jimi Hendrix, y, por lo general, estas muertes se atribuyen a sobredosis accidentales o suicidio. Agatha Christie incluye el uso de barbitúricos en varias de sus novelas, pero solo en cuatro ocasiones se convierte en arma del crimen. La muerte de lord Edgware (1933) es la que ofrece la descripción más detallada del uso del Veronal.

El Veronal (patentado en 1902 por Joseph von Mering y Emil Fischer) tenía capacidad hipnótica, sedante y anticonvulsiva. Se decía que «podía calmar a pacientes maníacos y ayudar a pacientes depresivos». Como macabra curiosidad histórica, se dice que su propio descubrimiento acabó tanto von Mering como con Emil Fisher. Su adicción los llevó a elevar cada vez más las dosis hasta llegar a la sobredosis mortal.

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Apéndice B

Reglas de oro de la novela

detectivesca y policíaca

Agatha Christie dio inicio a su exitosa trayectoria como novelista en los años veinte, coincidiendo con lo que se conoce en la actualidad como la edad de oro de los detectives de ficción, un periodo en el cual surgieron escritores de inmensa popularidad, en su mayoría británicos, pero acompañados también por notables escritores norteamericanos del género. En este apéndice, conoceremos las principales convenciones del género policial que fueron normalizadas durante esta etapa. Dichas convenciones garantizaban que una historia de detectives tuviera como principal interés la investigación de un misterio, cuyos elementos se expusieran con claridad al lector en una etapa temprana del desarrollo de la trama, y cuya naturaleza estuviera orientada a despertar su curiosidad y a satisfacerlo

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plenamente hacia el final de la obra con el desenlace. Como norma general, por poner un ejemplo, se impedía el uso por parte de un autor de la revelación divina, la intuición femenina, los milagros y otros recursos del mismo género como medio para descubrir un crimen. Curiosamente, Christie desafiaba una y otra vez estas reglas y, al reinterpretarlas y romperlas de modo ingenioso, socavaba las expectativas de sus lectores y de los críticos. El mejor ejemplo de ello fue su novela El asesinato de Roger Ackroyd (1926), cuyo desenlace fue motivo de gran polémica entre escritores y la crítica especializada —hoy, esta obra se considera como una de las mejores en su género—. «Aquí está esa lectura reconfortante que esperabais de mi nuevo libro, pero, por respeto a vuestra inteligencia y a mi profesionalidad, tengo la intención de embaucaros».[N1]

Edgar Allan Poe: el inventor de los relatos

detectivescos

Uno de los primeros autores en establecer una serie de reglas básicas para el desarrollo de una obra detectivesca fue Edgar Allan Poe, quien, curiosamente, solo escribió cuatro obras del género (La carta robada, Los crímenes de la calle Morgue, El escarabajo de oro y El misterio de Marie Rogêt), que influyeron de lleno en autores posteriores como Arthur Conan Doyle, cuyo Sherlock Holmes está inspirado directamente en el Auguste Dupin de Poe. Según John Curran, entre los numerosos temas que introdujo Poe en estos cuentos figuran los siguientes:

— El detective aficionado: quien no trabaja en el cuerpo de policía.

— El amigo-narrador: un personaje que conoce todos los detalles de la trama y de los personajes y justifica el porqué de sus acciones y su manera de pensar o sentir.

— La persona acusada por error: es el personaje que, desde el principio, despierta las sospechas de todos los demás, incluida las del lector, pero que al final se revela inocente.

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— La habitación cerrada: una de las características más populares de este tipo de género, que desafía al lector a no solo tener que descubrir quién cometió el crimen, sino también el cómo.

— La solución inesperada: cuando la identidad del criminal se descubre mediante una acción en la que lector es pillado por sorpresa. Si no está bien elaborada, al autor se le puede acusar de no haber jugado limpio con el lector.

— El detective de salón: se trata de una característica bastante singular en Sherlock Holmes, que poseía la asombrosa habilidad de desenmarañar los entresijos de un crimen sin levantarse de su butaca mediante un meticuloso examen de los hechos según aparecían en las noticias de los periódicos, sin visitar la escena del crimen.

— La interpretación de un código: consiste en la solución de un mensaje cifrado como parte de la búsqueda por la solución de un crimen.

— Pistas falsas dejadas por el asesino: se trata de un tema menor en las novelas de Agatha Christie, pero puede llegar a ser un ingenioso recurso para conducir al lector a conclusiones que le alejen del verdadero culpable.

— El desenmascaramiento del sospechoso más improbable: aquí es donde reside la genialidad de Agatha Christie, y aparece en su forma más transgresora en El asesinato de Roger Ackroyd.

— La deducción psicológica: un tipo de recurso que depende fundamentalmente tanto del conocimiento del corazón humano como de la interpretación de las pistas físicas.

— La solución más obvia: aunque no forme parte de la solución del enigma, Christie adopta la «solución obvia» en muchas obras, como en Sangre en la piscina, en la que se desenmascara al culpable más obvio, si bien al principio de la historia el detective está convencido de su inocencia. En su autobiografía, Christie escribe: «La esencia de un buen relato detectivesco es que el culpable sea alguien obvio, aunque al mismo tiempo, por cualquier motivo, parezca que no es tan obvio, que no podría haberlo hecho. Pero, por supuesto, sí lo hizo».[N2]

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Las veinte reglas para escribir relatos

detectivescos de S. S. Van Dine

Considerado como el «padre de la novela detectivesca», S. S. Van Dine (seudónimo de Willard Huntington Wright) fue un crítico de arte y novelista estadounidense que escribió una docena de novelas policíacas protagonizadas por Philo Vance, un detective irritante, cuyo conocimiento enciclopédico en apariencia abarcaba todo lo existente y cuya forma de comunicarse era, en consecuencia, muy condescendiente. En 1928, Van Dine publicó en The American Magazine «las veinte reglas para escribir relatos detectivescos» que todo escritor debe conocer y respetar, sobre todo si se precia de ser un autor de novela policíaca:

1. El lector y el detective deben estar en igualdad de condiciones para resolver el problema.

2. El autor no tiene el derecho de emplear, con respecto al lector, trampas y recursos distintos de los que el mismo culpable emplea con respecto al detective.

3. La verdadera novela policial debe estar exenta de intriga amorosa. Si se introdujera el amor, se perturbaría el mecanismo puramente intelectual del problema.

4. El culpable nunca debe ser el mismo detective o un miembro de la policía. Este es un recurso tan vulgar como cambiar un centavo nuevo por una moneda de oro.

5. El culpable debe ser identificado por medio de una serie de deducciones, no por accidente, por casualidad o por confesión espontánea.

6. En toda novela policial, por definición, debe haber un policía. Y ese policía debe hacer su trabajo, y hacerlo bien. Su misión consiste en reunir las huellas que nos llevarán al descubrimiento del individuo que cometió la fechoría en el primer capítulo. Si el detective no llega a ninguna conclusión satisfactoria, por medio del análisis de las huellas que reunió, eso significa que no logró resolver el problema.

7. Una novela policial sin un cadáver no puede existir. Me permito decir también que cuanto más muerto está el cadáver, mejor será.

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Porque dar a leer unas trescientas páginas sin presentar siquiera un solo asesinato es demasiado pedir a un lector de novelas policiales. Con algo hay que compensar su gasto de energía. Nosotros, los norteamericanos, somos esencialmente humanos; por eso, un bello asesinato nos provoca un sentimiento de horror y el deseo de venganza.

8. El problema policial debe solucionarse con recursos realistas.

9. En una novela policial digna de ser considerada como tal, no debe haber más de un detective. Reunir el talento de tres o cuatro policías para poder atrapar al bandido equivaldría no solo a dispersar el interés y a perturbar la claridad del razonamiento, sino, además, a tomar una ventaja desleal con respecto al lector.

10. El culpable debe ser siempre un personaje que desempeña un papel más o menos importante en la historia, es decir, alguien a quien el lector conoce y por quien se interesa. Si en el último capítulo se adjudica el crimen a un personaje que se acaba de introducir o que desempeñó durante toda la intriga un papel insignificante, ello demostraría la incapacidad del autor para medirse de igual a igual con el lector.

11. El autor nunca debe elegir al criminal entre el personal doméstico: el sirviente, lacayo, cocinero u otros. Hay que evitarlo por principio, porque es una solución demasiado fácil. El culpable debe ser alguien que valga la pena.

12. El culpable debe ser uno solo, sean cuantos fueren los crímenes. El lector debe poder concentrarse contra una sola alma sórdida.

13. Las sociedades secretas, las mafias, no pueden tener cabida en una novela policial. El autor que las incluye pasa al terreno de la novela de aventuras o de la novela de espionaje.

14. El modo en que se comete el crimen y los medios que van a llevar al descubrimiento del culpable deben ser racionales y científicos. La seudociencia, con aparatos puramente imaginarios, no puede ser admitida en la novela policial.

15. La solución final del enigma debe ser visible a todo lo largo de la novela, siempre, por supuesto, que el lector sea lo suficientemente perspicaz como para descubrirla. Quiero decir con esto que si el

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lector releyera el libro, una vez que el misterio está resuelto, advertiría que en algún sentido la solución estaba a la vista desde el principio y que todas las huellas permitían identificar al culpable, y que si él hubiera sido tan perspicaz como el detective, habría podido descubrir el secreto sin necesidad de leer el libro hasta el final. Está de más decir que esto ocurre, en efecto, con mucha frecuencia. Hasta me atrevo a afirmar que es imposible ocultar el secreto a los lectores hasta el final si la novela policial está construida lealmente y bien. Por eso siempre habrá cierto número de lectores que demostrarán ser tan sagaces como el autor. Y en esto reside el valor del juego.

16. En la novela policial no debe haber largas descripciones, análisis sutiles o preocupaciones de «atmósfera», porque perturban cuando se trata de exponer claramente un crimen y buscar al culpable. Retardan la acción y dispersan la atención, distraen al lector del asunto principal, que es plantear el problema, analizarlo y encontrarle una solución. Por supuesto, hay descripciones que no se pueden evitar y, además, es indispensable situar a los personajes, aunque solo fuera de un modo somero, para que el relato pueda resultar verosímil. Creo, sin embargo, que cuando el autor ha logrado dar una imagen de la realidad y captar, para los personajes y para el problema, el interés y la simpatía del lector, no tiene necesidad de hacer más concesiones a la técnica puramente literaria. Hacerlo no sería legítimo ni compatible con las exigencias del género. Porque la novela policial es un género bien definido; el lector no busca en el mismo ni adornos literarios, ni virtuosismos de estilo, ni análisis demasiado profundos, sino una excitación de la mente o una especie de actividad intelectual, como la que encuentra asistiendo a un partido de fútbol o haciendo palabras cruzadas.

17. El escritor debe evitar elegir al culpable entre los profesionales del crimen. Corresponde a la policía ocuparse de las fechorías de los asaltantes y bandidos, no a los autores o a los detectives aficionados más o menos brillantes. Forman parte de la tarea diaria de las comisarías mientras que lo verdaderamente fascinante son los crímenes cometidos sea por un hombre piadoso o por una mujer anciana conocida por su gran caridad.

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18. Lo que desde el principio de la novela se presentó como un crimen no puede resultar ser, al final del relato, un accidente o un suicidio. Hacer terminar una investigación larga y complicada de un modo semejante sería jugarle al lector una mala pasada imperdonable.

19. El motivo del crimen siempre debe ser estrictamente personal. Los complots internacionales y las turbias maquinaciones de la gran política corresponden a la novela de espionaje. La novela debe ser conducida, por lo contrario, de una manera —llamémosla así— gemuetlich. Debe reflejar las experiencias y las preocupaciones cotidianas del lector y dar una posibilidad de escape a sus aspiraciones y sentimientos reprimidos.

20. Para finalizar, voy a enumerar algunos recursos a las que nunca debe recurrir ningún escritor que se respete. Son recursos que hemos encontrado con frecuencia y que ya les son muy familiares a los verdaderos aficionados al crimen literario. Por eso todo autor que los utilizara demostraría con eso su incapacidad y su falta de originalidad:

a) Descubrir la identidad del culpable comparando la colilla del cigarrillo encontrado en el lugar del crimen con el que fuma el sospechoso.

b) El criminal que durante una sesión de espiritismo se delata, presa del terror.

c) Las falsas impresiones digitales.

d) El empleo de un maniquí para fabricar una coartada. e) El perro que, por no ladrar ante el intruso, demuestra que este le es familiar.

f) El culpable es mellizo o pariente del sospechoso, por lo que surge un equívoco.

g) La jeringa hipodérmica y el suero de la verdad.

h) El asesinato cometido en una habitación cerrada y en presencia de representantes de la policía.

i) El empleo de asociaciones de palabras para descubrir al culpable.

j) El desciframiento de un criptograma por el detective, o el descubrimiento de un código cifrado.

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Decálogo de Knox

El capellán católico de la Universidad de Oxford Ronald Knox

—considerado uno de los ingleses más brillantes de su generación— fue el autor de seis novelas entre 1927 y 1937 protagonizadas por el detective Miles Bredon. En 1928, Knox editó una recopilación de relatos cortos titulada Los mejores relatos de detectives de 1928, cuya introducción incluía un estatuto de convenciones para el género policial al que llamó Decálogo de Knox y que establece los convencionalismos que debía observar una novela policíaca: [N3]

1) El criminal debe ser alguien mencionado al principio de la historia, pero no debe ser nadie cuyos pensamientos no haya podido seguir el lector.

2) Se prohíbe que se usen agentes sobrenaturales en la trama.

3) Está prohibido que exista más de una habitación o pasajes ocultos.

4) Se prohíbe el uso de venenos desconocidos hasta la fecha o aparatos científicos de difícil comprensión.

5) En la historia no debe figurar ningún criminal que asesina sin ningún motivo.

6) Se prohíbe que se haga uso de accidentes o de la intuición como técnica detectivesca.

7) El detective no puede, él mismo, haber cometido el crimen.

8) El detective no puede ofrecer pruebas nuevas que no hayan sido presentadas y puestas a disposición del lector con anterioridad.

9) El asistente del detective no debe ocultar ningún pensamiento que le pase por la mente y su inteligencia debe estar ligeramente, pero solo ligeramente, por debajo de la del lector común; y por último, como normal general.

10) No deben aparecer hermanos gemelos y un personaje no puede disfrazarse de otro, a menos que se haya preparado al lector convenientemente para ello.

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Apéndice C

Obras completas y principales

personajes

Agatha Christie, la Reina del Crimen, escribió a lo largo de su vida más de ochenta novelas de género policiaco, ciento cincuenta cuentos, cerca de veinte obras teatrales, así como seis novelas románticas, además de un par de libros basados en la vida real, entre ellos su autobiografía. En total, logró vender más de cuatro mil millones de ejemplares.

Novelas

1920. El misterioso caso de Styles (The Mysterious Affair at Styles)

1922. El misterioso señor Brown (The Secret Adversary)

1923. Asesinato en el campo de golf (Murder on the Links)

1924. El hombre del traje marrón (The Man in the Brown Suit)

1925. El secreto de Chimneys (The Secret of Chimneys)

1926. El asesinato de Roger Acroyd (The Murder of Roger Ackroyd)

1927. Los cuatro grandes (The Big Four)

1928. El misterio del tren azul (The Mystery of the Blue Train)

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1929. El misterio de las siete esferas (The Seven Dyals Mystery)

1930. Muerte en la vicaría (The Murder at the Vicarage)

1931. El misterio de Sittaford (The Sittaford Mystery/Murder at Hazelmoor)

1932. Peligro inminente (Peril at the End House)

1933. La muerte de lord Edgware (Lord Edgware Dies/Thirteen at Dinner)

1934. Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express)

1934. Trayectoria de boomerang (Why didn’t ask Evans?)

1935. Tragedia en tres actos (Three act tragedy)

1936. El misterio de la guía de ferrocarriles (The ABC Murders)

1937. Poirot en Egipto (Death on the Nile)

1938. Cita con la muerte (Appointment with Death)

1939. Matar es fácil (Murder is Easy)

1940. Un triste ciprés (Sad Cypresss)

1941. El misterio de Sans Souci (N or M?)

1942. Un cadáver en la biblioteca (The Body in the Library)

1944. Hacia cero (Towards Zero)

1945. Cianuro espumoso (Sparkling Cyanide)

1946. Sangre en la piscina (The Hollow)

1948. Pleamares de la vida (Taken at the Flood)

1949. La casa torcida (Crooked House)

1950. Se anuncia un asesinato (A Murder is Announced)

1951. Intriga en Bagdad (They Came to Baghdad)

1952. La señora McGinty ha muerto (Mr. McGinty’s Dead)

1953. Un puñado de centeno (A Pocket Full of Rye)

1954. Destino desconocido (Destination Unknown)

1955. Asesinato en la calle Hickory (Hickory, Dickory, Dock)

1956. El templete de Nasse House (Dead Man’s Folly)

1957. El tren de las 4:50 (The 4:50 from Paddington)

1958. Inocencia trágica (Ordeal by Innocence)

1959. Un gato en el palomar (Cat Among the Pigeons)

1961. El misterio de Pale Horse (The Pale Horse)

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1962. El espejo se rajó de lado a lado (The Mirror Cracked from Side to Side)

1963. Los relojes (The Clocks)

1964. Misterio en el Caribe (A Caribbean Mystery)

1965. En el hotel Bertram (At Bertram’s Hotel)

1966. Tercera muchacha (Third Girl)

1967. Noche eterna (Endless Night)

1968. El cuadro (By the Picking of Any Thumbs)

1969. Las manzanas (Hallowe’en Party)

1970. Pasajero a Frankfurt (Passenger to Frankfurt)

1971. Némesis (Nemesis)

1972. Los elefantes pueden recordar (Elephants Can Remember)

1973. La puerta de destino (Postern of the Fate)

1975. Telón. Último caso de Poirot (Curtain. Poirot’s Last Case)

1975. Un crimen dormido (Sleeping Murder)

Recopilaciones de relatos

1924. Poirot investiga (Poirot investigates)

1929. Matrimonio de sabuesos (Partners in Crime)

1930. El enigmático Mr. Quinn (The Mysterious Mr. Quinn)

1932. Miss Marple y trece problemas (Thirteen Problems)

1933. Poirot infringe la ley (The Hound of Death)

1934. El misterio de Listerdale (The Listerdale Mystery)

1957. Asesinato en Bardsley Mews (Murder in the Mews)

1939. Problema en Pollensa (The Ragatta Mystery)

1947. Los trabajos de Hércules (The Labours of Hércules)

1948. Testigo de cargo (Witness for the Prosecutionand Other Stories)

1950. Tres ratones ciegos y otras historias (Three Blind Mice and Other Stories)

1951. Ocho casos de Poirot (The Under Dog and Other Stories)

1960. El pudding de Navidad (The Adventure of the Christmas Pudding)

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1974. Primeros casos de Poirot (Hércules Poirot’s Early Cases)

Recopilaciones de relatos

publicados tras su fallecimiento

1933. El podenco de la muerte y otras historias (The Hound of Death and Other Stories)

1961. Doble culpabilidad y otras historias (Double Sin and Other Stories)

1971. La bola dorada y otras historias (The Golden Ball and Other Stories)

1979. Últimos casos de Miss Marple y otras dos historias (Miss Marple’s Final Cases and Two Other Stories)

1997. El juego de té de Arlequín y otras historias (The Harlequin Tea Set and Other Stories)

1997. Un dios solitario y otros relatos (While the Light Lasts and Other Stories)

Novelas escritas bajo el seudónimo

de Mary Westmacott

1930. Un amor sin nombre (Giant’s Bread)

1934. Retrato inacabado (Unfinished Portrait)

1944. Lejos de ti esta primavera (Absent in the Spring)

1948. La rosa de sangre (The Rose and the Yew Tree)

1952. Una hija es una hija (A Daughter’s a Daughter)

1956. La carga (The Burden)

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Obras de teatro adaptadas por ella misma o escritas expresamente para la escena

1930. Café solo (Black Coffee, solo novelización por Charles Osborne)

1931. Chimneys (Chimneys)

1943. … Y no quedó ninguno (And Then There Were None)

1944. Muerte en el Nilo (Murder on the Nile)

1945. Cita con la muerte (Appointment with Death)

1951. Sangre en la piscina (The Hollow)

1952. La ratonera (The Mousetrap)

1953. Testigo de cargo (Witness for the Prosecution)

1954. La telaraña (Spider’s Web)

1954. Hacia cero (Towards Zero)

1956. Una hija es una hija (A Daughter’s a Daughter)

1958. Veredicto (Verdict)

1958. La visita inesperada (The Unexpected Guest)

1960. Los ojos que vieron la muerte (Retrospección de un asesinato) (Go Back for Murder)

1962. Regla de tres (Rule of Three)

1971. Tres tramposos (Fiddler’s three)

1973. Akenatón (Akhnaton)

Adaptadas de las obras de Christie

por otros escritores

1928. Coartada perfecta, por Michael Morton (Alibi)

1936. El rostro del asesino, por Frank Vosper (Love from a Stranger)

1940. Peligro inminente, por Arnold Ridley (Peril and End House)

1939. Tea for Three, por Margery Vosper. Nunca estrenada.

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1949. Asesinato en la vicaría, por Moie Charles y Barbara Toy (Murder at the Vicarage)

1977. Se anuncia un asesinato, por Leslie Darbon (A Murder Is Announced)

1981. Cartas sobre la mesa, por Leslie Darbon (Cards on the Table)

1993. Matar es fácil, por Clive Exton (Murder is Easy)

Obras para radio

1937. Iris amarillo (Yellow Iris)

1947. Tres ratones ciegos (Three Blind Mice)

1948. Mantequilla en un plato señorial (Butter in a Lordly Dish)

1954. Llamada personal (Personal call)

Poesías, memorias, cuentos

infantiles

1924. El camino de los sueños (The Road for Dreams)

1946. Ven y dime cómo vives (Come Tell Me How You Live)

1965. Estrella sobre Belén (Star Over Bethelehem and Other Stories)

1973. Poemas (Poems)

1977. Autobiografía (An Autobiography)

Trabajos realizados para el

detection club

1950. Tras el biombo (Behind the Screen)

1931. La primicia (The Scoop)

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1931. El almirante flotante (The Floating Admiral)

Principales personajes

HÉRCULES POIROT. Aparece en la primera novela de Agatha Christie, El misterioso caso de Styles, como un oficial de policía jubilado de origen belga, con una gran opinión de sí mismo, que se caracteriza por su bigote y su cara en forma de huevo. Poirot protagoniza más de treinta novelas y narraciones cortas, convirtiéndose en uno de los personajes más populares de la escritora.

MISS JANE MARPLE. Aparece por primera vez en Muerte en la Vicaría, en 1930, y aunque es descrita como una señora mayor, protagoniza los libros de Christie durante casi media década. Miss Marple es una solterona inglesa que usa su instinto y su conocimiento de la naturaleza humana para buscar pistas.

CAPITÁN HASTINGS. Acompaña a Poirot en once libros, desde el primero hasta Telón; y su personaje guarda algunas similitudes con el doctor Watson, el fiel asistente de Sherlock Holmes.

INSPECTOR JAPP. Aparece junto a Poirot en el primer libro de Agatha Christie. Su amistad con el detective se remonta a 1904, cuando Poirot trabajaba para la policía belga y Japp para Scotland Yard. A pesar de sus diferentes métodos para solucionar los crímenes, son buenos amigos.

FELICITY LEMON. Trabaja como secretaria privada del detective Parker Pyne antes de trabajar para Poirot. Aparece en seis historias cortas y cuatro novelas. Su aparición es corta y no tiene significado en las historias, excepto en Hickory Dickory Dock.

ARIADNE OLIVER. Se trata de uno de los personajes más interesante de Agatha Christie, pues comparte algunas características y hábitos de la escritora. Oliver también es

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escritora y su participación en las novelas de Christie es bastante discreta, aunque en El misterio de Pale Horse su personaje adquiere bastante protagonismo.

CORONEL JOHNNY RACE. Es un agente del servicio secreto que aparece por primera vez en El hombre del traje marrón.

PARKER PYNE. Es un detective privado, más realista que Poirot, que aparece por primera vez en la obra Parker Pyne investiga. Para captar clientes se anunciaba en The Times con el siguiente anuncio: «¿Es usted feliz? Si no lo es, consulte al señor Parker Pyne, 17, Richmond Street».

SUPERINTENDENTE BATTLE. Trabaja en Scotland Yard. Aparece por primera vez en El secreto de Chimneys, además de en cuatro novelas más.

INSPECTOR CRADDOCK. Es el sobrino y ahijado de sir Henry Clithering, el anterior comisionado de Scotland Yard, que tenía un especial respeto por el talento de miss Jane Marple.

TOMMY Y TUPPENCE BERESFORD. Aparecen por primera vez en El misterioso señor Brown como un par de jóvenes aventureros en el paro en búsqueda de aventuras. Su obra más exitosa fue Partners In Crime, en la cual son parodiados algunos personajes creados por otros escritores de detectives, e incluso la escritora se parodia ella misma. T & T aparecen por última vez en Poster of Fate.

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Agatha Christie durante la primera sesión donde le toman medidas para la figura de cera que engrosaría la colección del Museo de Madame Tussauds de Londres. (Se dice que la autora cedió para dicha figura un vestido viejo porque detestaba desprenderse de sus prendas).

«Ahora vivo un tiempo prestado, esperando en la antecámara del juicio que inevitablemente ha de llegar. Y después entraré en el nuevo estado, como quiera que sea. Por fortuna, no hay por qué preocuparse. […] Mientras tanto, tengo muchas cosas para el recuerdo; caminar por una alfombra de flores hasta el santuario de los Yezidis en Sheikh Adi… la belleza de las mezquitas de amplios tejados de Isfahán: una ciudad de cuento de hadas… un atardecer rojo fuera de nuestra casa en Nimrud… bajar del tren en las Puertas Cilicias en la quietud del anochecer… los árboles de New Forest en otoño… nadar en el mar en Torbay con Rosalind… Mathew jugando en el encuentro entre los equipos de Eton y Harrow… el regreso de Max a casa después de la guerra y los arenques de la cena de aquella noche… Tantas cosas: algunas tontas, algunas graciosas, algunas hermosas. Dos ilusiones hechas realidad: cenar con la reina de Inglaterra (¡cómo le hubiera gustado a Nursie! “Gatito, gatito, ¿dónde has estado?”) y el orgullo de ser propietaria de un Morris de morro achatado: ¡un coche para mí sola! La experiencia más punzante: Doradín, el canario, tirándose de lo alto de la barra de la cortina, después de un día entero de total desesperación. Los niños dicen: “Gracias, Señor, por los alimentos

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que hemos recibido”. ¿Qué puedo decir yo a los setenta y cinco años?: “Gracias, Señor, por la hermosa vida que me has dado y por todo el amor que he recibido”».

(1890-1976)

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Bibliografía - Otras referencias

apítulo 3

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J. Eduardo Caamaño (Río de Janeiro, 1972) es economista, con especialización en Creación Literaria por la Universidad Camilo José Cela y en Guion de Ficción Cinematográfica por el Instituto RTVE (Radio y Televisión Española). Ensayista y divulgador histórico, a lo largo de su carrera ha publicado diversas obras que abarcan una amplia variedad de temas, destacándose su ensayo Historia de la Cruz de Hierro y las aclamadas biografías de Manfred von Richthofen (el Barón Rojo), Houdini, Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y Edgar Allan Poe.

Seducido por la historia desde muy niño, en un domingo cualquiera de 1984, al entrar en un quiosco para comprar comics, fue atraído por la primera entrega de una enciclopedia sobre uniformes militares, una colección que aún conserva en casa. Pasados casi treinta años e incapaz de detener su adicción por libros castrenses, acabó acumulando una pequeña biblioteca personal que suma más de mil títulos, casi todos relacionados con historia militar de los siglos XIX y XX.

Su trabajo se caracteriza por un rigor investigativo excepcional y una prosa envolvente, capaz de sumergir al lector en los personajes y episodios que dieron forma a la historia.

Notas

[N1] RUIZ, Juan José Montijano. El universo de Agatha Christie. Diabolo Ediciones, 2019.

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FIN

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