© Libro N° 14896. Madres Culpables. Kim Stone – 20. Marsons, Angela. Emancipación. Marzo 7 de 2026
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MADRES
CULPABLES
Kim Stone
- 20
Angela
Marsons
Madres Culpables
Kim Stone - 20
Angela Marsons
Cuidado con lo que deseas… El precio de la perfección podría ser tu condena.
En una cocina ahora silenciosa, Sheryl Hawne yace en un charco de sangre. A su lado está su única hija, Katie, aún con el arma homicida en la mano y aparentemente incapaz de hablar. Para la detective Kim Stone, el caso parece claro y resuelto. Pero Katie no está en condiciones de ser interrogada, así que Kim y su equipo tendrán que profundizar para entender qué desencadenó ese acto tan brutal.
Poco después, descubren que Katie participó en concursos de belleza cuando era niña y que su madre mantenía un pequeño santuario donde exhibía sus trofeos dorados y cintas brillantes. Y, cuando Kim recibe una llamada impactante, en la que la informan de que otra mujer, cuya hija también asistía a concursos de belleza, ha aparecido asesinada, entiende que el caso es más complicado de lo que pensaba. Es imposible que Katie sea la culpable, porque está bajo custodia.
La investigación sumerge a Kim en un mundo competitivo donde las apariencias lo son todo y en el que algunas madres harían cualquier cosa para ver a sus hijas ganar. Pero alguien está convencido de que esas madres son culpables… y de que merecen morir. Enfrentándose a los recuerdos de su propia y monstruosa madre, Kim se ve obligada a hacer justicia por esas mujeres, al margen del dolor que puedan haber causado.
Angela Marsons
Madres Culpables
Kim Stone - 20
ePub r1.0
Titivillus 03-10-2025
Título original: Guilty Mothers
Angela Marsons, 2024
Traducción: Daniel Conde Bravo
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Este libro está dedicado a todas las madres extraordinarias del mundo que sienten que no lo hacen lo suficientemente bien. Lo hacéis de maravilla.
Capítulo 1
Kim comprobó el teléfono por tercera vez.
—¿Tenemos ya algo, jefa? —le preguntó Stacey, al percibir sus movimientos. Todos habían oído la comunicación por radio en relación con un hallazgo en uno de los estanques donde se solía practicar la pesca en Dudley. Se había requerido la presencia en el lugar del equipo de buceo, y si se confirmaba lo peor, el nombre de Keats iba a aparecer en la pantalla del teléfono de Kim en cualquier momento.
Tres pares de ojos observaban a la inspectora.
Kim movió la cabeza de lado a lado; el estado de ánimo del equipo se le estaba contagiando.
Habían pasado un par de meses desde el último caso importante y, aunque ninguno de ellos deseaba que apareciera un cadáver, eran precisamente las investigaciones de asesinatos las que los ponían a prueba, las que sacaban lo mejor de ellos.
Kim sabía que cada miembro de su equipo se esforzaba al máximo con cada caso con el que tenían que lidiar, pero hacerle justicia a una persona a la que le habían arrebatado la vida avivaba aún más su pasión por el trabajo y su determinación: se esforzaban durante noches interminables, se enfrentaban a madrugones diarios y prácticamente no se dedicaban a otra cosa en sus vidas hasta que el caso no estuviera resuelto.
También era consciente de que el equipo estaba esperando que les sacara un tema del que ninguno de ellos quería oír hablar. Supuso que aquel sería un momento tan adecuado para hacerlo como cualquier otro. Tenían que discutir el incómodo asunto antes de que la gestión del mismo se complicara más de la cuenta.
La inspectora dejó el lugar que ocupaba tras el escritorio vacío y se sentó en el borde del mismo, señal inequívoca de que estaba a punto de dirigirse al equipo al completo.
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—Bueno, venga, chicos, sabéis que tenemos que hablar del tema.
Se escucharon gruñidos; todos intercambiaron miradas.
—A ver, es un concurso de talentos con fines benéficos. Uno de vosotros tiene que participar.
—Nosotros, jefa. Uno de nosotros —la corrigió Bryant. Su compañero sensato y pragmático siempre consideraba necesario aclarar esos detalles menores.
—¿Tú te crees yo que tengo algún talento que pueda funcionar sobre un escenario y frente a una sala repleta de gente?
—La verdad es que no.
—Venga, gente, alguno de vosotros sabrá hacer algo, ¿no?
Habían «invitado» a todos los departamentos a participar en un concurso benéfico que tendría lugar la noche del siguiente domingo. Estaba ya a punto de decirle a Woody que no contaran con ellos cuando él le preguntó específicamente qué miembro del equipo iba a ocupar el hueco de tres minutos que quedaría entre el equipo de Tráfico y la Unidad Especial de Intervención, dejando claro que todos los departamentos iban a aportar su granito de arena con fines benéficos.
—Seguro que alguno de vosotros tiene un talento oculto que pueda durar tres minutos —repitió Kim.
—Yo creo que sí, pero no sé si será muy adecuado hacer eso sobre un escenario —ofreció Bryant.
Todos se rieron excepto Kim, que centró su atención en Penn. Seguro que el aplicado sargento, que nunca dejaba de asombrarles con datos curioso sobre cualquier tema, sabría hacer algo.
—¿Una canción? ¿Un poema?
—Venga, sí, yo tengo uno —dijo Penn; se aclaró la garganta.
Todos los demás esperaban expectantes.
—«El chico estaba en una cubierta ardiendo, tenía en sus bolsillos dos limones. Una llama por su pernera fue subiendo, y se le terminaron quemando sus…».
—Venga ya, Penn. ¿No tienes nada mejor que eso? —preguntó Kim mientras Stacey se secaba las lágrimas de risa de los ojos.
—Iba a decir limones —dijo Penn, encogiéndose de hombros.
Kim lo ignoró y se giró hacia la ayudante de detective.
—¿Y tú, Stace? Yo qué sé… ¿Qué canción cantas en la ducha?
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Stacey hizo un gesto de concentración antes de comenzar a entonar las primeras palabras de una famosa canción de Whitney Houston.
Todos los ojos se clavaron en ella; reinó un silencio atónito mientras sus compañeros la contemplaban.
Kim levantó la mano para poner fin a la tortura después de un par de versos.
—Bueno, pues está claro que estamos bien jod…
Su frase se vio interrumpida por el sonido de su teléfono.
—Es Keats. Todos listos —ordenó antes de pulsar el botón de respuesta.
—Cuéntame.
—Madre mía, Stone, parece que estabas esperando mi llamada.
—La verdad es que la estaba esperando.
—Inquietante, pero bueno. Solicito formalmente vuestra presencia en…
—Oye, Keats, ¿estás seguro de que este está muerto? —le interrumpió. La inspectora llevaba dos meses esperando para hacerle esa pregunta, tras el error que había cometido el forense en el último caso al
pronunciarse prematuramente.
El silencio que respondió a su pregunta le indicó a Kim que aún no había transcurrido el tiempo suficiente para que Keats recordara aquel episodio con agrado o buen humor.
—¿Todavía es demasiado pronto?
—Sí —respondió el forense escuetamente.
—Venga, voy para allá.
—¿Para dónde?
—Uno de los estanques de Dudley. Me llamas en relación con eso, ¿no?
—Lo siento, yo no tengo ni idea de lo que está pasando allí. Tengo lío en el número treinta y uno de Loudon Road, Stourbridge. La víctima es una mujer de cuarenta y muchos años.
—Vale, Keats, vamos para allá —respondió Kim.
Parecía un caso importante que requería la atención del equipo.
Aunque no era el que ella había estado esperando.
—Y en mi humilde opinión —añadió Keats bajando la voz—, no os va a resultar muy difícil encontrar al culpable.
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Capítulo 2
Loudon Road se ubicaba en el área de Stourbridge que lindaba con Stourton, y era una de las últimas vías antes de que la A458 se adentrara en la zona rural.
—¿Qué tal si seguimos conduciendo, nos pillamos un café y nos dedicamos a contemplar el río en Bridgnorth? —sugirió Bryant mientras se aproximaba al giro hacia la izquierda.
—No me hace falta, gracias —respondió Kim. Bridgnorth era uno de los muchos lugares de la zona que se encontraba en alerta por posibles inundaciones, a consecuencia de lo que, según los expertos, estaba siendo el septiembre más húmedo desde que existían registros oficiales.
En el instante preciso y como obedeciendo una señal, los limpiaparabrisas se pusieron en marcha al empezar a caer las primeras gotas sobre el cristal delantero del coche.
No es que la actividad de sentarse junto al río la enamorara en alguna época del año, y sobre ello reflexionaba Kim al acercase al cordón con el que la policía ya había aislado la escena del crimen. El campo en general no casaba con su inclinación natural a estar entre el bullicio, la actividad y el caos de la vida urbana. Ya disfrutaba de la naturaleza cuando cogía su Kawasaki Ninja para despejar la mente.
Al ver que no había espacio para aparcar más allá del cordón, Bryant lo hizo antes de llegar, en un hueco que encontró a pocos metros de la multitud que ya se congregaba frente al lugar.
Kim emitió un leve gruñido cuando vio quién estaba al frente de las personas allí reunidas. Como no podía ser de otra forma, su archienemiga del Dudley Star ya había llegado.
—¿Algún comentario, inspectora? —preguntó Frost.
—Eres una idiota.
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—Sobre eso —protestó la periodista, señalando con la cabeza hacia la casa.
—¿Sobre qué? —preguntó Kim—. ¡Ni siquiera he pasado el cordón aún! ¿Cómo coño has llegado antes que yo? —La inspectora entrecerró la mirada—. No te habrás comprado una escoba nueva, ¿no?
—Tengo mis fuentes. Bueno, cuéntame, ¿qué ha pasado? Los vecinos dicen que…
—Ahórrate los cotilleos —respondió Kim, agachándose para pasar bajo la cinta. No tenía intención alguna de escuchar nada de lo que le pudieran contar los periodistas antes de haber visto siquiera el cadáver con sus propios ojos.
Kim ya se estaba alejando de la cinta cuando de repente se giró.
—Oye, Frost, tengo una primicia para ti.
—Dime —dijo Frost con recelo.
—Me parece que va a llover.
Reafirmando su predicción, las gotitas que había visto antes en el parabrisas se convirtieron en otras más grandes y pesadas que comenzaron a salpicar en el suelo.
Kim se dirigió hacia la carpa que se había erigido para cubrir la entrada a la propiedad.
Keats salió de la misma para darles algo de información mientras Kim y Bryant se ponían los equipos de protección.
—No es agradable. Hay mucha sangre. El arma homicida está ahí dentro.
Kim se ajustó el traje protector en su cuerpo.
—¿A qué ha venido ese comentario críptico sobre el asesino? —le preguntó al forense—. ¿Ahora también haces nuestro trabajo, además del tuyo?
—A su debido tiempo. Id directos a la cocina.
Kim percibió el olor nada más entrar en la casa. El aroma metálico era inconfundible: sangre, y mucha.
Dejó atrás una mesa de teléfono volcada y una lámpara rota antes de llegar hasta la puerta de la cocina, que se abría a un mar de sangre que se extendía desde la víctima hasta el resto de los rincones de la estancia. Parecía casi imposible que aquella cantidad de sangre perteneciera a una sola persona y no fuera el resultado de una batalla entre gladiadores. La
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inspectora se preguntaba cómo era posible que el cuerpo humano contuviera tanta.
La inhalación de Bryant hizo que volviera a centrarse, alejándose un poco de aquel hipnótico mar rojo.
Solo al observar bien la magnitud del incidente se dio cuenta de que tuvo que haber sido realmente violento. La mujer que estaba en el suelo era menuda y estaba vestida con vaqueros y lo que había sido una camiseta morada. La parte delantera de la camiseta estaba empapada de sangre a consecuencia de las múltiples puñaladas que había recibido. Tenía los brazos y las manos cubiertos de cortes, e incluso había un par de ellos en su atractivo rostro. Un rasguño que no le había atravesado la piel le recorría la mandíbula inferior en diagonal por el cuello y terminaba deslizándose bajo su pelo castaño oscuro.
Había salpicaduras de sangre sobre la encimera de la cocina, al igual que lo que parecían ser muescas provocadas por un cuchillo.
No había duda de que se había producido un ataque brutal y de que la víctima se había defendido con toda su alma. El resultado había sido una masacre, una carnicería, y aquella vivienda típica en un barrio residencial normal irradiaba una tremenda sensación de furia.
Kim miró hacia la encimera, donde ya había un cuchillo precintado en una bolsa para pruebas transparente. En el soporte para los cuchillos, todos los huecos estaban ocupados, excepto uno.
—¿Ha usado uno de los suyos? —preguntó Kim a Mitch, que se encontraba tras la barra americana de la cocina.
—El más grande —respondió este, levantando la bolsa. Era un cuchillo para carne, de unos veinte centímetros.
Kim se estremeció ante la idea de clavar una hoja de aquel calibre en la piel de otra persona en repetidas ocasiones.
La inspectora salió de la cocina mientras Mitch y sus dos compañeros continuaban trabajando. No podía pisar por ninguna parte sin alterar la forma del charco de sangre.
Inspeccionó la estancia y cayó en la cuenta de que la radio todavía seguía sonando de fondo. Alguien había sacado un montón de ropa de la secadora y la había colocado sobre la mesa para doblarla. El leve aroma de un suavizante floral trataba de vencer al hedor de la sangre.
Junto al hervidor había dos tazas.
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¿Habría estado aquella mujer esperando a la persona que la iba a visitar?
La primera impresión que tuvo Kim fue que la víctima habría estado desarrollando su vida normal y rutinaria cuando, quizá, recibió una llamada. Preparó las tazas para su invitado, pero la atacaron a pocos metros de la puerta principal, en el pasillo, como si la persona que había ido a verla no pudiera reprimir la necesidad de desatar su ataque contra ella.
—Su nombre es Sheryl Hawne, cuarenta y ocho años. No tenía marido, aunque sí una hija llamada Katie —ofreció Mitch—. El teléfono y el bolso estaban junto al microondas. Todo parece intacto.
Kim ya había descartado el robo en cuanto había visto la sangre. La mayoría de los ladrones se limitaban a hacer lo estrictamente necesario. Aquello era demasiado. Absolutamente excesivo.
Keats apareció por detrás de Bryant.
—La vecina llamó a la policía tras escuchar gritos y chillidos, y luego el silencio. Llamó a la puerta, pero estaba demasiado asustada como para entrar. La policía sí lo hizo, y encontró a la agresora sentada en silencio junto a la víctima, aún con el cuchillo en la mano.
El forense señaló con la cabeza hacia el salón.
—¿Con quién voy a hablar, Keats? —preguntó Kim.
—La mujer que sostenía el cuchillo era su hija.
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Capítulo 3
Kim no estaba lista para el espectáculo que la aguardaba en el salón. Sentada en el sofá, flanqueada por dos agentes de policía, había una
mujer extremadamente delgada que tendría unos veinticinco años. Vestía una camiseta blanca que estaba empapada de sangre, y los vaqueros grises, las zapatillas deportivas y la piel de sus antebrazos, cuello y cara estaban llenos de salpicaduras rojas. Incluso había rastros evidentes de sangre en su pelo rubio pajizo. Tenía unas esposas puestas y se encontraba sentada en el borde del sofá, con la mirada perdida al frente.
Kim siguió la mirada de la chica hacia la pared, que estaba repleta de fotos de una niña rubia vestida con diferentes trajes de princesa, sonriendo ante la cámara.
El rostro de la hija carecía de expresión alguna mientras contemplaba las fotos de sí misma. La mujer que yacía en la cocina tras haber sido brutalmente atacada no aparecía en ninguna de ellas.
Kim se colocó delante de la pared, pero los ojos de la mujer no titubearon, sino que parecían mirar a través de su vientre hacia las fotografías.
—Katie, soy la inspectora detective Stone. ¿Podría contarnos qué ha ocurrido aquí?
No recibió respuesta alguna ni tampoco algún indicio de que la hubiera escuchado.
—¿Puede confirmarnos que la persona que está en la cocina es su madre?
Tampoco hubo respuesta.
Kim se arrodilló frente a ella.
—Katie, ¿qué ha sucedido?
Nada.
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La inspectora volvió a ponerse de pie e hizo un gesto con la cabeza a Bryant, que estaba en el umbral de la puerta.
El sargento dio un paso al frente y mostró su identificación policial. Dadas las circunstancias y la negativa de la chica a hablar, no les quedaba más remedio que proceder a realizar un arresto inmediato.
—Katie Hawne, la arresto en…
Kim se desentendió de la lectura de sus derechos y se centró en estudiar el rostro de la chica buscando algún tipo de reacción. No hubo nada. No tenía claro si Katie estaría planeando ya su defensa o si tal vez hablaría cuando estuviera en presencia de un abogado.
Reflexionar sobre ello hizo que su cabeza pensara en la siguiente fase de la investigación. Se giró hacia la puerta y, como si le hubiera leído el pensamiento, Mitch la estaba esperando con bolsas para pruebas que se encontraban vacías. Las cogió y se giró hacia la mujer sentada en el sofá.
—Katie, vamos a tener que llevarnos su ropa para analizarla como prueba. A usted la registrarán exhaustivamente cuando llegue a comisaría, pero ahora la agente Murphy la ayudará a subir a la planta de arriba para que se ponga algo más adecuado y meta en estas bolsas la ropa que lleva puesta.
Tanto si guardaba silencio de forma consciente como si en realidad lo hacía porque se encontraba en estado de shock, tarde o temprano se daría cuenta de que su ropa estaba manchada con la sangre de su madre.
Kim le hizo un gesto a la agente, que tocó con suavidad el codo de Katie y la instó de esa forma a ponerse de pie.
Cuando Katie se dirigió hacia la puerta, la mirada de Kim se cruzó con la de la agente, que asintió, indicando así que comprendía que no podía dejar sola a la sospechosa.
Kim indicó al otro agente que se colocara al pie de la escalera. No tenía la impresión de que Katie fuera a intentar darse a la fuga, pues no parecía estar en condiciones de intentarlo. Pero, si le diera por pensar en el inminente futuro que se le avecinaba, quizá tuviera la tentación de hacerlo. —¡Joder, jefa! —exclamó Bryant, dejando escapar un largo suspiro—.
Está en otro mundo.
—Si es que es real —contestó Kim, dirigiéndose de nuevo hacia la cocina. No sería la primera vez que un sospechoso intentaba fingir problemas de salud mental para evitar una cadena perpetua.
—¿Algo más que tenga que saber? —gritó hacia dentro de la cocina.
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—No estaría mal que aprendieras a descubrir el momento en el que una broma deja de tener gracia —respondió Keats, entrecerrando los ojos mientras la miraba.
—No es demasiado probable que lo haga, pero gracias por el consejo. Kim echó un último vistazo a la carnicería que había transformado una
cocina completamente normal en una escena de una película de terror, antes de dirigirse de nuevo hacia la puerta de la casa.
No podía hacer nada más allí. Su trabajo era volver a la comisaría e interrogar a Katie Hawne para averiguar por qué había acabado con la vida de su madre de una forma tan cruel y brutal.
Con la eficacia de una máquina bien engrasada, tanto ella como Bryant se quitaron en silencio todo el equipo protector junto a la papelera que les habían proporcionado. Cuando estaba depositando la última zapatilla de papel en la misma, oyó cómo la respiración de su compañero se entrecortaba.
Se volvió y siguió la mirada del sargento hacia la mujer esposada que estaba bajando ya las escaleras.
Katie se había cambiado de ropa, eso estaba claro. Atrás habían quedado las prendas manchadas de sangre; en su lugar, un vestido de gala magenta con lentejuelas.
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Capítulo 4
—¿De verdad que no dijo nada? —preguntó Stacey, incrédula, mientras Kim les narraba la historia.
—Ni una sola palabra. Se montó en el coche, sin más, y ahora están registrando su llegada en la planta baja —explicó Kim, antes de tomar un sorbo de café.
No les detalló detenidamente que se había encargado de disponer una serie de policías formando una hilera a la salida de la casa para cubrir la corta distancia desde la carpa hasta el coche patrulla. Lo último que les hacía falta era que apareciera una foto de la mujer en la prensa nacional, aunque estaba bastante segura de que eso terminaría sucediendo. Un caso de matricidio brutal siempre atraía la atención del gran público.
—¿Alguna idea de por qué perdió el control? —preguntó Penn.
—Nada que al menos resulte obvio. La casa parece normal.
—No se han registrado llamadas anteriores en relación con asuntos domésticos o jaleos de cualquier clase —confirmó Stacey.
—Imagínate, que te apuñalen con tu propio cuchillo de cocina — añadió Penn—. Un utensilio de cocina que usas cada domingo para…
—Penn, de verdad te lo digo, siempre te fijas en las cosas más extrañas —interrumpió Bryant, sacudiendo la cabeza en un gesto de desesperación.
Kim consultó su reloj. Habían pasado veinte minutos desde que solicitó el informe de la actuación policial.
A pesar de la expresión distante y ausente de Katie Hawne, estaba claro que esa mujer había matado a su propia madre, y Kim tenía que considerar la posibilidad de que aquel comportamiento extraño formara parte de un plan premeditado para acogerse a una defensa basada en la disminución de la responsabilidad. La inspectora se iba a ajustar estrictamente al protocolo; no habría interrogatorio sin la presencia de un representante legal.
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—Bueno, chicos, mientras esperamos a que…
El sonido del teléfono interno de Bryant interrumpió las palabras de Kim.
El sargento contestó, asintió y luego le pasó el teléfono a su jefa.
—Stone.
—Esto… creo que debería bajar aquí —le aconsejó el sargento de guardia.
—¿Me puedes resumir algo? —preguntó, esperanzada.
—Eh…, creo que no. Y me da que va a necesitar algo más que un resumen cuando lo vea.
Kim le devolvió el teléfono a Bryant y se apresuró hacia las escaleras. ¿Para qué coño la estaban haciendo bajar? ¿Estaría la detenida reteniendo como rehén a uno de los agentes con una pinza para el pelo que se había escondido en alguna parte?
La inspectora abrió con fuerza la puerta que daba a la sala de detención, casi golpeando a un agente al hacerlo. Había otros ocho agentes más alineados a lo largo del pasillo que conducía a las celdas. Katie Hawne se encontraba en el extremo final del mismo, aún esposada, pero algo había cambiado en ella. Sus ojos estaban vivos, brillantes y animados.
—¡Ah, perfecto! ¡Una jueza! Siempre hay que sonreír a las mujeres, pero a los hombres hay que guiñarles el ojo discretamente —dijo Katie con voz firme y segura.
La joven comenzó a caminar por el pasillo con el aplomo de una supermodelo, girando la cabeza a la izquierda y luego a la derecha, ofreciendo una sonrisa deslumbrante a cada agente con el que se cruzaba.
Llegó hasta Kim y se detuvo.
—Mira a los jueces a los ojos durante tres segundos, sonríe con seguridad y abandona el escenario por el lado izquierdo —dijo, girándose y haciendo que su vestido ondeara por detrás de ella.
Los agentes miraron a Kim para saber cómo actuar, pero ella les hizo un gesto con la cabeza, indicándoles que no hicieran nada. Katie estaba esposada en una sala llena de agentes de policía, no había forma de que escapara. La inspectora quería ver cómo se desarrollaban los acontecimientos y se centró en buscar alguna señal de que aquello fuera un intento de engaño.
Katie se desplazó contoneándose hasta el final del pasillo y se volvió a girar. Esta vez, su sonrisa era infantil, llena de ilusión.
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—¿He ganado? ¿He estado perfecta?
Kim intentó que no se le notara el estado de shock en el que se encontraba.
—Katie, ¿es consciente de dónde se encuentra? —le preguntó.
Al instante, la luz desapareció de los ojos de la mujer. Se miró de arriba abajo y dejó escapar un pequeño grito de sorpresa. Miró a su alrededor, a todas las caras que la estaban contemplando. El terror distorsionó su semblante.
—¡¡No, no, no, no!! —gritó, comenzando a desgarrar frenéticamente la tela del vestido. Las lentejuelas volaban y las costuras se rasgaban mientras luchaba por quitarse la tela de la piel, como si la estuviera quemando viva. En el proceso, dejó al descubierto gran parte de su torso, incluido un sujetador color carne que se había descolocado y mostraba más de lo debido.
Kim se apresuró a ponerse a su lado y protegió a Katie rodeándola de nuevo con el vestido, colocándose además por delante de ella para que dejara de estar expuesta.
—¡Que alguien me traiga algo de ropa! —gritó por encima del hombro
—. Y el resto, ¡fuera de aquí!
—Voy, señora —respondió una de las voces, mientras Katie se
apoyaba en la pared y se deslizaba hasta el suelo.
Kim imitó su movimiento y la mantuvo cubierta.
—¿Qué he hecho? —susurró Katie contra su brazo.
Kim la miró a los ojos, pero la mujer había retomado su expresión ausente.
—¡Que alguien llame al médico de guardia! —ordenó Kim. La única emoción que se reflejaba en el rostro de Katie era desesperanza, y a Kim no le hicieron falta más pruebas.
Aquella mujer no estaba fingiendo.
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Capítulo 5
—Vale, eso sí que no lo he visto venir —dijo Stacey cuando la jefa salió de la sala de la brigada tras ponerlos al día de los últimos acontecimientos.
Kim iba ya de vuelta hacia la escena del crimen, habiendo dejado instrucciones estrictas de que la informaran cuando el médico hubiera examinado a Katie Hawne.
—O sea, debes tener algo muy chungo en la cabeza para matar a tu propia madre —dijo Penn, recostándose en su asiento. Dejó escapar un largo suspiro y su mirada se perdió durante un breve instante. Su hermano, Jasper, y él habían tenido que enfrentarse a la pérdida de su madre recientemente, y Stacey sabía que los dos la habían querido con locura.
—Hay muchos ejemplos que se remontan muy atrás en el tiempo — explicó Stacey—. Cleopatra III de Egipto fue asesinada en el año 101 a. C. por orden de su hijo. En 2005, una chica de dieciocho años de Memphis apuñaló a su madre cincuenta veces. No todo el mundo ha disfrutado de una infancia perfecta gracias a una madre cariñosa y protectora.
—Pero aun así… —respondió Penn, volviendo a centrarse en la conversación—. ¿No escribió Freud largo y tendido sobre el tema?
—Pero tenía una gran obsesión por su madre, ¿me equivoco? — preguntó Stacey.
—Me parece que creía en la existencia de una fase preedípica que determina las relaciones madre-hija, compuestas por sentimientos encontrados de amor y odio de la niña hacia su madre, que culminan mayoritariamente en odio.
—Vale, WikiPenn, ¿y en cristiano?
—Lo que quiere decir es que hay una fase, anterior al complejo de Edipo, entre los tres y los cinco años, en la que predomina el apego a la madre en ambos sexos. En general, también se considera que los celos y
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las expectativas son dos factores fundamentales que contribuyen a dificultar las relaciones entre madre e hija.
—¿No existe ahora un nuevo concepto denominado «atribución de la culpa a la madre»? —preguntó Stacey, recordando algo que había leído recientemente—. Según eso, todos los problemas se achacan a algo que la madre hizo o dejó de hacer durante la infancia, ¿no es así?
Penn se encogió de hombros.
—No sé yo si somos los más indicados para hablar de esto, Stace.
Sí, Stacey estaba de acuerdo en eso. Sabía que Penn había estado muy unido a su madre y que habían compartido un vínculo muy especial a través de la devoción que ambos sentían por Jasper. En el caso de la propia ayudante de detective, jamás existió un momento a lo largo de toda su vida en el que no hubiera podido contar con su madre, que siempre fue sinónimo de paz y seguridad, junto con una buena dosis de sinceridad. Cuando Stacey cometía un error, su madre no dudaba en reprenderla. Como hizo cuando por fin le contó todos los detalles del calvario que tuvo que sufrir con Terence Birch.
Su madre no se contuvo al criticar las decisiones de Stacey, pero su enfado pronto dio paso a la preocupación y el apoyo.
La agente seguía sintiendo escalofríos cuando se paraba a pensar en el daño que había hecho a las personas más importantes de su vida por no contarles la verdad. Pero todo se iba arreglando, de forma lenta pero segura, y las cosas estaban empezando a volver a la normalidad.
Stacey siguió los consejos de la jefa y se puso en contacto con Charlotte Danks, a la que Birch también acosó. Quedaron varias veces, y Stacey experimentó un gran alivio y una sensación de curación al hablar con una persona que comprendía el nivel de vulnerabilidad e indefensión que él les había hecho sentir. Después del tercer encuentro, ambas se dieron cuenta de que, conversando sobre él, de alguna forma lo mantenían vivo, así que había llegado el momento de dejar atrás lo ocurrido y mirar hacia el futuro para avanzar en sus vidas.
Y, en parte, en el caso de Stacey eso incluía volver a dar lo mejor de sí misma en el trabajo.
Actualizó el sistema para averiguar si había alguna novedad en el incidente del estanque. Probablemente ese sería el próximo caso importante del equipo, ahora que parecía que ya se había resuelto el brutal asesinato de Sheryl Hawne.
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Capítulo 6
Tiff trató de ocultar el escalofrío que sintió mientras colocaban el cuerpo sobre la camilla.
Donkey Pool era un estanque propicio para la pesca situado en Priory Road, Dudley. Situado junto a una zona deportiva, no era el enclave para practicar la pesca de mayor tamaño de la zona, pero seguía siendo muy frecuentado por los habitantes del lugar debido a la abundancia de carpas. El estanque acaparó titulares nacionales en 2019 cuando un ladrón prolífico, tras una persecución en coche, huyó de su vehículo y nadó hasta la isla situada en el centro del pequeño lago para esconderse. Finalmente, un equipo de rescate de bomberos lo encontró sobre un bote salvavidas y lo trasladaron al hospital, aquejado de hipotermia. Cualquier policía del distrito conocía la historia.
Tiff no era aprensiva, y aquel no era el primer cadáver que veía. Ni siquiera era el primero que había visto sacar del agua. Pero sí el primero que tenía ante sus ojos tras haber estado unos dos años sumergido bajo el agua.
Había visto cuerpos con adipocera, la formación grasienta y cerosa que se producía si se daban las condiciones adecuadas para ello. Sabía que, una vez que se formaba, podía preservar el cuerpo durante años. No la perturbaba el cadáver hinchado y deforme «en posición de ahogamiento», donde la espalda está arqueada y las extremidades parecen extenderse hacia abajo. Lo que nunca había visto antes era la presencia de lo que se conocía como «manos de lavandera», una formación de arrugas y descamación de la piel, sobre todo en manos y pies, habitual en casos de inmersión prolongada.
La ropa que aún quedaba en el cadáver le recordaba a la película Hulk: las prendas se habían estirado y rasgado en varios lugares, al tensarse por la presión que la hinchazón había ejercido.
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—¿Te juegas algo a que esta es la persona desaparecida de hace un par de años? —le preguntó el sargento Kendrick.
—No me apuesto nada, sargento, la ropa coincide —respondió Tiff con una sonrisa. Kendrick era uno de los tipos que valían la pena, y a ella le encantaba trabajar con él siempre que podía. En cierto modo, le recordaba al sargento Bryant. Kendrick alcanzó el rango de sargento y decidió que con eso le era más que suficiente. A solo ocho meses de jubilarse, seguía tratando cada caso como si fuera el primero.
—Yo no estaría tan seguro —dijo—. El agua puede decolorar…
—Es por el cinturón, sargento. Tenía una hebilla dorada de doble vuelta con una cabeza de león. —Tiff señaló la ambulancia—. Es el mismo…
El sargento Kendrick asintió con aprobación justo cuando dos compañeros de Tiff pasaban junto a ellos.
—Bueno, amigos. Vera se ha puesto ya con el caso. Lo tendrá resuelto antes de la hora de merendar —dijo el que iba delante, un hombre con el que Tiff había compartido muchos turnos.
El sargento escuchó el comentario, pero se quedó en silencio.
Tiff intentó que su rostro no reflejara lo que sentía. Menos mal que el sargento no había salido en su defensa, porque eso habría empeorado las cosas.
Aquella había sido la tónica habitual desde que presentó su candidatura al Departamento de Investigación Criminal. Había previsto algún tipo de reacción, pero lo que realmente le dolía era que los comentarios sarcásticos provenían de compañeros que habían sido amigos suyos. Más de una vez y de dos se había tomado alguna cerveza con aquellos dos agentes. Juntos habían celebrado detenciones, cumpleaños, ascensos… Pero su decisión de presentarse al Departamento de Investigación Criminal había creado una barrera entre ellos. Ahora se encontraba en una especie de limbo, sintiendo que no encajaba en ninguna parte.
—Ignora a esos criticones —dijo el sargento, haciéndole un gesto para que caminara junto a él—. Acabas de llevarte un premio por identificar el cinturón.
—Ah, ¿sí? —contestó Tiff—. ¿Qué he ganado?
—Te has ganado venir conmigo a informar a la familia.
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Capítulo 7
A Kim siempre le sorprendía la rapidez con la que el vecindario se adaptaba a un evento importante, incluso a un asesinato brutal, aunque ocurriera junto a la puerta de tu casa.
Solo hacía una hora que junto al cordón apenas cabía un alfiler, pero aquello solo era un espectáculo, y ya había terminado la mejor parte. Las sirenas habían dejado de sonar, las luces azules de emergencia habían desaparecido y las estrellas de la función habían abandonado ya el escenario. Solo quedaban algunos rezagados viendo cómo el equipo desmontaba el decorado. El resto de los que habían estado allí reunidos habían vuelto a ocuparse de sus prioridades, que no habían desaparecido por el hecho de que se hubiera producido un asesinato despiadado. Kim se alegró al comprobar que Tracy Frost ya no andaba por allí. Tuvo la esperanza de que la reportera hubiera desviado su atención hacia el cadáver encontrado en el estanque y fuera ya el dolor de muelas de otra persona.
Kim firmó en el registro oficial su entrada y la de Bryant en la casa, pero esta vez no se puso el equipo protector. Mitch llevaba un par de horas trabajando en la escena, y ella no tenía intención de acercarse a la cocina. No era ese el motivo de su visita.
Aunque ya habían retirado el cuerpo, el técnico forense inspeccionaría cada centímetro cuadrado. Incluso en un caso tan obvio como aquel, se necesitarían pruebas forenses para respaldar la acusación ante el tribunal.
No, en aquel momento el interés de Kim era otro. Después de la actuación espontánea de Katie en la comisaría, quería entender qué factores podrían haberla desencadenado. Había acudido allí para examinar detenidamente la vivienda.
—¡Estaba a punto de llamarte! —gritó Mitch desde la cocina.
—¿De llamarme qué? —respondió Kim.
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Mitch movió la cabeza con desaprobación ante aquel chiste sin gracia.
—Primer dormitorio a la izquierda. Me parece interesante.
Kim miró a Bryant antes de subir las escaleras. Como le habían ordenado, se dirigió a la primera puerta que encontró a la izquierda.
—¡Hostia! —exclamó al abrirla.
Dudó un instante si protegerse los ojos.
El sol, que había vuelto a salir tras un nuevo chaparrón, brillaba a través de la ventana, iluminando una colección deslumbrante de trofeos, coronas, tiaras, bandas y escarapelas. Había un expositor de tres niveles, revestido de seda de color marfil y dispuesto de modo que pudieran verse todos los trofeos y copas. Cada banda colgaba orgullosa de su propio gancho en la pared, por encima del expositor.
Las otras tres paredes estaban repletas de fotografías enmarcadas de una niña que llevaba puestos vestidos de lentejuelas brillantes de todo tipo. Kim sospechó que todos ellos estarían colgados en el armario de dos puertas que había detrás de la puerta.
Junto a la ventana había un único sillón.
Kim comprendió al ver todo aquello que las fotos que había en la planta baja no eran de una niña que jugaba a disfrazarse, sino de sus competiciones.
Katie Hawne había concursado de niña en certámenes de belleza. —Parece que están en orden cronológico —apuntó Bryant, echando un
vistazo a los trofeos.
—¿Qué años aparecen? —preguntó Kim, cogiendo una tiara que estaba hecha de plástico barato y algo que parecía cristal.
—La primera fecha que veo es 2006, y corresponde a Miss Stourbridge Infantil, y la última, 2013, Miss Black Country Adolescente.
—¿Siete años en total? —preguntó Kim, contemplando todos los trofeos que había ganado durante ese periodo.
—Debió ser buena —apuntó Bryant—. Hay muchos primeros puestos y otros con el distintivo Gran Campeona o Gran Campeona Suprema, términos que no entiendo pero que suenan impresionantes.
Kim siguió la mirada de su compañero. No parecía difícil trazar la trayectoria de la chica. Katie había ganado los títulos más prestigiosos y los trofeos más importantes a una edad aún temprana.
—¿De verdad es posible que una niña alcance su mejor momento entre los ocho y los once años? —preguntó Kim, observando el número de
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trofeos que correspondían a un segundo puesto después de esa edad. —Nunca he reflexionado demasiado sobre la longevidad de los
participantes en concursos de belleza. Ni siquiera sabía que existían en este país. A Laura le encantaba ver cuando era pequeña un programa americano llamado Toddlers and Tiaras —dijo Bryant, abriendo las puertas del armario para revelar vestidos que parecían abarcar el periodo de siete años que habían calculado.
Kim se sentó junto a la ventana, en la posición ideal para contemplar toda la habitación. No olía a humedad, tampoco había rastro de polvo. Aquel santuario se mantenía muy vivo, no era una vieja acumulación de recuerdos.
La pregunta era, ¿quién lo estaría conservando, Katie o su madre?
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Capítulo 8
—No estoy convencida de que Katie estuviera reviviendo la experiencia en comisaría —dijo Kim mientras se dirigían hacia la entrada de la casa de la vecina.
Katie ya no vivía en la casa de la familia, así que era más probable que el santuario que acababan de contemplar fuera obra de una madre orgullosa. ¿Un poco exagerado? Tal vez, pero Kim no juzgaba la forma en la que la gente pasaba su tiempo libre, siempre y cuando no hicieran daño a nadie. Si Sheryl Hawne disfrutaba reviviendo los años de gloria de Katie, ¿a quién le hacía daño eso?
Pocas personas envidiarían el lugar de felicidad de Kim, su garaje, rodeada de componentes aceitosos de motos. Así que, para gustos, los colores.
Tratarían de averiguar qué motivaciones tenía Kate cuando fueran a su piso, una vez que hubieran hablado con la vecina de Sheryl.
—¿Rosie Kemp? —preguntó Kim, mostrando su identificación policial a la mujer de unos setenta años que abrió la puerta.
—¿Quieren otra taza de té? —preguntó esta, mirando hacia la escena del crimen.
—De momento no —respondió Kim, a la que ya le habían advertido de que Rosie Kemp era la mamá gallina de la ocasión. En todas las escenas del crimen de un barrio había señora mayor, a veces dos, que se apresuraba a ofrecer té, galletas y a menudo sándwiches.
—Ah, vale —dijo Rosie, decepcionada.
A todas las mamás gallinas les gustaba ser útiles para los agentes de policía que acudían a atender un incidente, y estos agradecían enormemente sus esfuerzos. Con esa vocación por implicarse, la mamá gallina solía ser la persona que más información poseía sobre su entorno más inmediato.
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—Bueno, pasen de todos modos —invitó la mujer, haciéndose a un lado.
La casa tenía la misma distribución que la de su vecina, y Kim fue directa a la cocina. Una decena de tazas descansaban bocabajo en el escurreplatos; limpias y listas para volver a ser usadas.
Kim se presentó tanto a sí misma como a Bryant. —¿Podríamos hacerle unas preguntas sobre Sheryl Hawne?
—Por supuesto —respondió Rosie, encendiendo el hervidor, que se puso en modo ebullición casi de inmediato. Vaya, sí que era diligente. Hasta el hervidor estaba siempre listo en caso de necesidad.
—No se preocupe, señora Kemp —dijo Kim, tomando asiento junto a la mesa. Bryant la imitó.
—Por favor, llámenme Rosie —instó la mujer, que apagó el hervidor y se sentó.
—¿Le importaría contarnos algo sobre su vecina?
—¿Qué le gustaría saber? —preguntó Rosie reservadamente.
Vaya, parecía que iban a lidiar con una mujer prudente que no iba a responder a preguntas abiertas, cuyas respuestas solían ser las más reveladoras de todas.
—¿Cuánto tiempo llevaba viviendo aquí la señora Hawne? —preguntó Kim, explorando otra vía.
—Yo diría que unos quince años. La pequeña tendría seis o siete cuando se mudaron, o eso creo.
Kim esperó a que siguiera hablando.
Rosie esperó a que le hicieran otra pregunta.
—¿Hubo algún señor Hawne?
—No que yo haya visto.
—¿Alguna vez se lo mencionó? —preguntó Kim.
—¿Cuándo podría haberlo hecho? —preguntó Rosie, cruzándose de brazos.
Por un momento, Kim no tuvo claro quién estaba interrogando a quién. —Tal vez tomando un café, en algún paseo que dieran juntas por la
calle, charlando por encima de la valla del jardín…
—Bueno, bueno, debo ser la primera vecina con la que hablan —dijo Rosie con una sonrisa llena de intención.
—¿Qué relevancia tiene eso? —preguntó Bryant.
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—La verdad, ninguna. Pero he dado por hecho que quizá habrían hablado con gente con hijos de la misma edad que Katie.
—¿Qué nos quiere decir? —instó Kim.
—Bueno, los vecinos hicieron un esfuerzo mayor por relacionarse con Sheryl que nosotros. Nuestros hijos abandonaron el nido hace ya mucho tiempo, así que, aparte de saludarla de vez en cuando, Edmund, que Dios lo tenga en su gloria, y yo teníamos poco que ofrecerle. Era una chica joven con una hija pequeña, así que… Pues eso, le regalábamos una tarjeta para felicitarle las Navidades, pero poco más.
—¿Y qué nos habrían contado las otras madres de la calle? —preguntó Kim.
—Que Sheryl Hawne tenía una actitud tan grosera que a menudo la hacía parecer antisocial. Ni un solo vecino del barrio ha puesto un pie en esa casa jamás.
—¿Por qué no? —preguntó Kim, dándose cuenta de que Rosie era una mujer a la que había que empujar permanentemente para que hablara. Por muy buena intención que tuviera al contárselo, Rosie no podía garantizar que Sheryl nunca hubiera recibido visitas.
—No permitía que nadie se acercara demasiado a ellas. Algunas madres intentaban quedar para que sus hijos jugaran juntos, pero ella siempre decía que no, siempre ponía excusas como que Katie tenía muchas alergias, que era una niña delicada, pero yo siempre pensé que eso no tenía ningún sentido.
—¿Y por qué creía usted eso?
—Bueno, la niña estaba rodeada de otros chicos tanto en el colegio como en los certámenes. Así que las madres jóvenes de la zona se cabrearon un poco y dejaron de sugerirle planes.
—¿Sabían esas madres que Katie participaba en certámenes?
—Solo porque yo se lo conté. Las veía practicando en la parte de atrás de su casa, pero nunca lo podría haber descubierto si no hubiera tenido una visión privilegiada desde la mía. Cuando salían de camino a esos eventos, Katie vestía ropa normal y corriente y Sheryl llevaba una maleta, aunque volvieran el mismo día. No le gustaba que nadie se enterara de aquello.
Si era así, Sheryl parecía guardar en secreto aquella actividad que hacía junto a su hija. Tal vez Katie había sido una niña delicada y la madre quería evitar el escarnio de los certámenes.
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—¿Diría usted que estaban muy unidas? —preguntó Kim, aunque la escena del crimen de la vivienda contigua indicara lo contrario.
—Bueno, a ver, siempre estaban juntas. Las vi en el jardín de atrás una vez cuando Katie tendría unos doce años; le habló a su madre de forma insolente, levantándole la voz. Cosas típicas de una preadolescente. No quería seguir practicando, pero Sheryl la presionaba para que lo hiciera bien. Katie empezó a burlarse de su madre, haciéndolo mal a propósito, lo que enfureció aún más a Sheryl. En ese momento estornudé, y Sheryl me pilló mirando. Se llevó a Katie para adentro y jamás volvieron a practicar en el exterior.
—¿Algún otro conflicto entre ellas que usted sepa? —preguntó Bryant. —Bueno, se pelearon muchas veces, eso seguro. Gritos fuertes, insultos horribles. Incluso me planteé llamarlos a ustedes en un par de ocasiones, pero Edmund, Dios lo tenga en su gloria, dijo que no era asunto nuestro y que no debíamos interferir. Yo he tenido algunos enfrentamientos serios con mis hijos, y no me habría gustado que ustedes
aparecieran por aquí cada vez que perdía los estribos y les regañaba. —¿Alguna vez las cosas se pusieron violentas entre ellas? —preguntó
Kim.
—Mire, tengo la tentación de decirles que no, y así quitarme un peso de encima por no haberles llamado, pero la verdad es que no me gusta mentir. En ocasiones he escuchado ruidos que parecían objetos golpeando la pared…, pero, en fin, no puedo saberlo con certeza.
¡Dios santo, qué pesadilla los «mejor no meterse en nada»! ¿Cuántos problemas podrían haberse evitado con una simple llamada telefónica? Los gritos, los chillidos y los golpes contra la pared justificaban sin duda una llamada a la policía. Edmund, Dios lo tuviera en su gloria, había cometido un error, y Kim reflexionó sobre ello.
—Asumo que, para haberse mudado y vivir de forma independiente, Katie tuvo que conseguir algún trabajo. ¿Alguna idea de dónde? — preguntó Kim.
—Sé que comenzó a trabajar en cuanto cumplió los dieciséis. Un par de años después se mudó. Se dedicaba a la limpieza, creo. Trabajaba mucho, pero socializaba poco.
—¿No veía usted a gente que viniera a la casa de su vecina? ¿Amigos?
¿Algún novio?
Rosie negó con la cabeza.
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—No, nadie venía a visitar a ninguna de las dos.
—Pero supongo que Katie sí que venía a ver a su madre después haberse independizado, ¿no?
—Bueno, sí, hacía las visitas rutinarias.
—¿A qué se refiere? —preguntó Kim.
—Ya sabe, una visita al mes, siempre el mismo día, siempre durante un par de horas. Visita rutinaria. Un café, una comida. Lo suficiente para mantener el contacto, ese tipo de cosas.
Cada vez que Rosie abría la boca, Kim se sentía más confusa. Independientemente de lo que hubiera ocurrido durante su infancia,
Katie se había ido de casa. Tenía un trabajo, su propio hogar y había desarrollado una rutina y un tipo de relación que era capaz de mantener.
Entonces, ¿qué cojones habría pasado para cambiar todo eso?
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Capítulo 9
Tiff permaneció un paso por detrás del sargento Kendrick cuando este llamó a la puerta de un adosado que hacía esquina en Netherton.
A pesar de la presencia de un Citroën pequeño en la entrada de la vivienda, no parecía haber nadie en el interior de la misma. El sargento no aceptaba un no por respuesta y volvió a llamar a la puerta, esta vez con más fuerza.
Al cabo de otro minuto, oyeron cómo se giraban dos cerraduras y se aseguraba una cadena. La puerta se entreabrió, muy ligeramente, y apareció un hombre joven de poco más de veinte años, supuso Tiff.
—¿Está Olivia Dench en casa? —preguntó Kendrick.
—¿Quién pregunta por ella?
—La policía —respondió Kendrick, señalando su uniforme, que resultaba de lo más esclarecedor.
El joven desenganchó la cadena y abrió la puerta, lo que les permitió contemplarlo mejor. Tiff supuso que mediría algo más de un metro ochenta y observó que era musculoso, aunque tampoco en exceso. No era un adicto a las pesas.
—Soy su hijo, Logan. ¿Puedo ayudarlos en algo? —preguntó el joven, abriendo más la puerta.
—¿Podríamos pasar?
Dudó antes de asentir.
Los agentes entraron.
—Se trata de la denuncia por desaparición que su madre registró hace un tiempo —explicó Kendrick, mirando por encima de él.
Logan esperó a recibir más detalles.
—¿Está aquí su madre? —repitió Kendrick.
—Lo siento. Sí. Claro. ¡Mamá! —gritó hacia el pasillo.
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Una mujer salió de la cocina, secándose las manos con un paño. Vestía unos pantalones negros sencillos y una camiseta blanca de cuello alto. No llevaba maquillaje y tenía el pelo corto y recogido, aunque su peinado no lucía demasiado. Su rostro denotaba unos cuarenta y cinco años, pero su aspecto general la hacía parecer diez años mayor.
—¿Podemos sentarnos en algún sitio, señora Dench? —preguntó Kendrick.
La mujer hizo un gesto con la cabeza, señalando el salón.
Cuando todos hubieron entrado, Logan se sentó al lado de su madre. —Lo han encontrado, ¿verdad? —preguntó la mujer, mirando de Tiff a
Kendrick.
—Déjalos hablar, mamá —espetó Logan.
Tiff no dijo nada. Había acudido solo en calidad de observadora. Y, como tal, había apreciado la casi imperceptible expresión de irritación que apareció en el rostro de Olivia cuando Logan se sentó a su lado.
La verdad, tampoco es que tuviera otro sitio en el que sentarse. —Siento decir que hoy se ha recuperado un cadáver en un estanque
donde la gente practica la pesca, en Dudley. Creemos que se trata de James Nixon.
Un pequeño grito escapó de la boca de Olivia; Logan pasó un brazo por encima de los hombros de su madre.
—¿Están seguros? —preguntó la mujer, mirándolos con los ojos enrojecidos.
—Con la descripción que nos usted nos facilitó, estamos bastante seguros de que se trata del hombre cuya desaparición denunció.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó, bajando la cabeza.
Logan intensificó su abrazo.
—Tenemos entendido que llevaba unos meses quedando con él. ¿Tenía James algún familiar con el que podamos contactar? —preguntó Kendrick.
—Su único pariente es una hermana que vive en Italia. No están muy unidos —explicó Olivia, con voz temblorosa.
Tiff sabía el porqué de la pregunta. Necesitaban a alguien que tuviera una relación cercana con el hombre.
—Nos hará falta que alguien identifique formalmente el cuerpo — señaló Kendrick.
—Yo lo haré —se ofreció Logan de inmediato, mientras otro pequeño lamento escapaba de los labios de Olivia.
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—¿Está usted seguro? —preguntó Kendrick.
—Claro que sí. No voy a permitir que mi madre tenga que pasar por algo así. Díganme cuándo tengo que hacerlo y yo me encargaré.
Logan dijo su número en voz alta.
Tiff lo anotó en su libreta.
—¿Y tendría el número de la hermana de James? —Sí, lo tengo en mi teléfono —respondió Olivia. —Voy a buscarlo —dijo Logan, y salió de la habitación.
Tiff oyó el sonido apresurado de unos pasos que subían las escaleras. En cuestión de segundos, Logan había regresado al salón. Le entregó a Kendrick el teléfono, ya desbloqueado, y volvió a colocarse junto a su madre.
—Se llama Esther —ofreció Olivia.
Kendrick se deslizó por el teléfono y pulsó el número del contacto, que Tiff también apuntó en su libreta. El sargento le devolvió el teléfono a Olivia, que se lo guardó en el bolsillo.
—¿Puedo preguntarles dónde lo han encontrado? —preguntó Logan. —En Donkey Pool —le dijo Kendrick—. Le harán la autopsia para
determinar la causa de la muerte y quizá haya una investigación posterior, pero eso ya sería cosa del Departamento de Investigación Criminal.
—No pensarán que alguien pudo hacerle algo, ¿no? —preguntó Olivia. —Por desgracia, eso no nos compete a nosotros —respondió Kendrick, apoyando las palmas de las manos en las rodillas como para ponerse en
pie.
Tiff había observado en el rostro de Logan una actitud pensativa. Había acudido allí como mera observadora, y por tanto no sabía qué hacer. El sargento no se había dado cuenta y ella no quería hacer nada que no le correspondiera, pero finalmente resolvió que prefería que le echaran una bronca por extralimitarse antes que por inacción.
—Logan, ¿se encuentra usted bien? —preguntó Tiff, inclinándose hacia delante, aún sentada.
—Sí, sí, estoy bien. Estoy pensando en algo, pero no creo que sea importante.
—Cuéntenos, chico —instó Kendrick, retomando el control de la conversación.
—La cosa es que no me sorprende demasiado que lo hayan encontrado allí. Ese era su lugar favorito para ir pescar. Le encantaba. Y… —El joven
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miró a su madre, incómodo.
—Continúe, Logan.
—Pues… estaba atravesando una depresión.
Olivia giró la cabeza bruscamente hacia su hijo.
—Lo siento, mamá, pero él no quería que te enteraras. Sabía que tú harías lo que estuviera en tu mano por que se pusiera bien, y que te sentirías culpable si no lo conseguías. —Logan se giró de nuevo hacia los agentes—. No quería que mamá pensara que ella no era suficiente para él, que no merecía la pena vivir por ella. Prefería enfrentarse por sí mismo a sus propios demonios, de la manera que pudiera.
—¿Le habló de quitarse la vida? —preguntó Kendrick.
—Nunca dijo esas palabras exactas, pero sí que quería paz, que necesitaba escapar de su propia cabeza —explicó Logan, dándose golpecitos en la sien.
—De acuerdo, gracias. No se olvide de transmitirles esa información a las personas a cargo de la investigación de la muerte de James. Señora Dench, la acompañamos en el sentimiento.
—Gracias —dijo Olivia, con la mirada perdida.
—Nos marchamos, no hace falta que nos acompañen.
—No se preocupe —dijo Logan, poniéndose de pie—. Voy con ustedes para cerrar la puerta.
Se despidieron junto a la salida de la casa.
Tiff siguió a Kendrick por el camino que daba acceso a la vivienda y escuchó cómo se cerraban las cerraduras de la puerta. Experimentaba un malestar difícil de definir mientras su mente regresaba una y otra vez al paño de cocina que Olivia Dench tenía en las manos. No lo había soltado ni una sola vez a lo largo de toda la conversación en la que le habían informado de la recuperación del cadáver de su novio.
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Capítulo 10
Olivia permaneció de pie junto al fregadero mientras Logan cerraba la puerta de la casa.
Se quitó el paño de cocina de las manos y las metió bajo el grifo. El agua fría mitigó las quemaduras de inmediato, aunque en aquel instante no sabía qué dolor necesitaba aliviar más urgentemente, si el de sus manos o el de su corazón.
En su interior, había tenido la certeza de que James estaba muerto, aunque en su día Logan trató de convencerla de que la había dejado por otra.
Pero nunca se lo había creído. Hubo química entre ellos desde el instante en el que se conocieron. A algunos les había parecido prematuro, pues había sucedido muy poco tiempo después de la muerte de su marido, el padre de Logan, pero Olivia sabía que el fallecimiento de Joe era inevitable e inminente y tuvo la oportunidad de prepararse para ello y afrontarlo. Superado el duelo, se impuso la necesidad de seguir adelante. No se dedicó a buscar el amor, pero quería volver a reír, bailar, salir a cenar con alguien que no se estuviera desvaneciendo día tras día, muriendo poco a poco. Vivió con Joe cada segundo de sus últimos meses de vida, pero cualquier gesto de alegría, carcajada o momento de intimidad estaba permanentemente marcado por la presencia de la muerte.
Apenas cuatro meses después de su fallecimiento conoció a James, un soltero empedernido al que le encantaba ganarse la vida haciendo chapuzas aquí y allá y que pasaba su tiempo libre pescando o viajando, a veces ambas cosas.
Pese a su condición de soltero convencido, algo había ido creciendo entre ellos. Cada vez salían más veces juntos por la noche, y en no pocas ocasiones se quedaban a dormir en casa del otro.
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Lo único negativo de la historia fue cómo se la tomó Logan, que rechazó a James desde el principio.
Estando de pie junto al fregadero, a Olivia le costaba recordar la época en la que todo era así de sencillo, cuando ese rechazo de Logan no parecía más que un pequeño inconveniente, pero… ¡cómo había cambiado su vida en los dos años que habían transcurrido desde la desaparición de James!
Notó el calor de las lágrimas que querían brotar, pero era muy consciente de que no debía permitir que eso sucediera.
¿Había sufrido James una depresión, y ella ni se había enterado? De ser así, ¿por qué se lo habría contado a Logan, si apenas eran capaces de mirarse a la cara el uno al otro?
Sintió la presencia de su hijo por detrás de ella, lo que hizo que su cuerpo se tensara.
—Muy bien, mamá. Te has comportado impecablemente.
La tensión apenas cedió al notar cómo Logan se acercaba. Olivia sintió el calor del cuerpo de su hijo, aunque no estuviera en contacto con el suyo. A pesar de tratar de evitarlo, las rodillas empezaron a temblarle.
—Pero ¿no se te ha olvidado una cosa? —preguntó Logan, como si le estuviera hablando a una niña.
—N… N… No —respondió Olivia, girándose hacia él.
Su hijo ya le había dicho que se había comportado bien. No había hecho nada que pudiera levantar sospechas.
Logan extendió la mano.
—Tu teléfono. Ya sabes que no te está permitido tenerlo.
—Logan, déjame que…
El puñetazo en el estómago la empujó contra el fregadero, el mismo en el que, apenas una hora antes, Logan le había sostenido las manos bajo el grifo de agua caliente hirviendo. A Olivia le entraron ganas de vomitar.
—No me obligues a pedírtelo otra vez —dijo Logan, que abrió la palma de la mano y flexionó los dedos para formar un puño otra vez.
La experiencia le decía a Olivia que el siguiente golpe sería aún peor.
Avergonzada, le tendió el móvil.
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Capítulo 11
La casa de Katie Hawne se situaba a pocos kilómetros de Lye, en las afueras de Pedmore.
Stacey había telefoneado un rato antes al casero, que los estaba esperando fuera de la vivienda.
A Kim le seguía sorprendiendo lo rápido que la ayudante de detective había retomado su ritmo habitual. Apenas un par de meses atrás, era una sombra de lo que había sido tras el calvario que sufrió por culpa de Terence Birch. No cabía duda de que ya había recuperado el nivel que tenía antes de aquello, y Kim volvía a confiar plenamente en ella.
—Inspectora Stone y sargento detective Bryant —explicó Kim, mostrando su identificación policial.
—Derek Hudson, propietario y casero —respondió el hombre, conduciéndolos hasta un pasillo estrecho en el que había tres puertas. Derek se detuvo junto a la de la izquierda.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó antes de meter la llave en la cerradura, como si permitirles la entrada dependiera de la información que le dieran.
—No estoy en condiciones de contárselo de momento, señor Hudson —aclaró Kim, señalando la puerta.
—¿La chica ha muerto?
—¿Lo pregunta por alguna razón en concreto? —respondió Kim, cada vez más impaciente.
—Tiene que pagarme el alquiler en un par de días, eso es todo.
Kim no respondió; tan solo continuó con la mirada fija en la puerta.
Derek finalmente la abrió y entró en la vivienda.
—¿Es buena inquilina? —preguntó Bryant, siguiéndolo hacia dentro. —La verdad es que perfecta. No hay ruidos, no tengo ninguna queja,
no recibe visitas nocturnas…
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—¿Y cómo sabe usted todo eso? —preguntó Kim.
El casero señaló hacia el otro lado del pasillo.
—Esa es mi casa.
Kim no tenía claro si ese detalle le resultaba tranquilizador o inquietante.
—No es mi tipo, así que no piense mal. Es una buena chica, pero me atraen más las mujeres con más curvas y más experiencia. Tengo una reputación.
Por alguna razón inexplicable, Kim lo creyó. El hombre les abrió la puerta del salón.
A primera vista, el apartamento parecía limpio y bien decorado. —¿Cuánto tiempo lleva viviendo Katie aquí? —preguntó Kim. —Poco más de dos años. Paga el alquiler puntualmente. Me llamó una
vez por una avería en la caldera. Lo solucioné ese mismo día, y eso es todo lo que puedo contarles, más allá de conversaciones triviales cuando nos cruzamos.
—De acuerdo, gracias, señor Hudson. Cuando terminemos, lo avisamos. Sabemos dónde podemos encontrarlo.
Derek captó la indirecta con elegancia y les dejó solos.
—Todo parece bastante normal —observó Bryant mientras se movían por la casa de Katie Hawne.
—Sí, es normal que una mujer apuñale a su madre hasta matarla — ironizó Kim.
—Me refiero al piso, no a la situación —aclaró el sargento. —Mmm… Pero, en realidad, tampoco —dijo Kim, echando un buen
vistazo por el salón.
Un sofá cómodo y funcional, una mesa de centro minimalista muy a la moda, una planta de plástico en un rincón, una televisión inteligente, velas, varios cojines decorativos dispersos y una manta a juego.
—Jefa, estás viendo cosas donde no las hay.
—Exacto, un comentario de lo más acertado. ¿Tú que tienes puesto sobre la chimenea de casa?
—Una foto de unas vacaciones de hace unos siete años donde salimos Jenny, Laura y yo.
—¿Y en las paredes?
—Ahora mismo, fotos de las vacas de Highland, que le encantan a Jenny.
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—¿Y sobre la mesa de centro?
—Un objeto extraño de cristal y piedrecitas que Laura nos compró en… Vale, ya lo pillo.
—Lleva dos años viviendo aquí y no veo ni un solo objeto personal. —Pero, si olvidamos eso por un momento, ¿qué se supone que
esperabas encontrar? —preguntó Bryant—. ¿Una confesión que respalde el cuchillo que tenía en la mano y la ropa que vestía completamente empapada de sangre? Lo que quiero decir es que no creo que necesitemos nada más que eso.
—Una razón. Al margen de cómo fuera la relación con su madre, se mantuvo durante veinticinco años. ¿Por qué ha terminado justo hoy?
Bryant se encogió de hombros mientras se adentraban en la cocina. La estancia era pequeña y de forma rectangular, aunque se había aprovechado el espacio con inteligencia; había cajones y armarios en cada hueco disponible.
—Aquí es más o menos igual —observó el sargento.
Ni imanes de nevera ni adornos tontos ni recuerdos. Era más comprensible en un espacio así de pequeño, donde en general era normal que hubiera menos tendencia al desorden, pero no hacía más que intensificar la sensación ante lo que habían visto con anterioridad.
—¿Tal vez el dormitorio? —sugirió Bryant, comenzando a avanzar por el pasillo.
Allí el panorama era exactamente el mismo. Había una cama de matrimonio con una colcha a cuadros. Solo había una mesilla de noche, sobre la cual se disponían una lámpara y un despertador. Los armarios y cajones revelaban prendas de buen gusto y estilosas, aunque no demasiado variadas. Tras revisarlas todas, Kim comprobó que no había lentejuelas por ninguna parte.
—¿No te parece raro que no se trajera aquí ninguno de los logros que consiguió en la infancia y que estén todos en casa de la madre? Ni una corona ni una banda ni un premio…
Bryant se encogió de hombros.
—Yo gané un certificado por quedar primero en una carrera en la que llevaba un huevo sobre una cuchara cuando tenía ocho años, pero no me lo llevé cuando me fui de casa.
—Primero, ¿por qué me cuentas siempre estas cosas sabiendo que en algún momento voy a usarlas en tu contra? Y segundo, ¿de verdad me
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estás comparando una carrera de sacos con…?
—Carrera con un huevo sobre una cuchara —aclaró Bryant, como si fuera la cosa más importante del mundo.
—¡Vaya tragedia que hayas sentido la necesidad de corregirme! A lo que iba, los logros de Katie fueron notables, a diferencia de los tuyos. ¿No querrías llevarte algún recuerdo de aquella época a tu casa? Es parte de lo que eres.
En aquel momento, a Kim aún le costaba mucho imaginarse cómo habría sido Katie Hawne. Su casa era atractiva y elegante, pero no reflejaba su personalidad.
—Volvamos a la cocina —instó Kim, caminando de vuelta por el pasillo—. Quiero encontrar el cajón.
—Ah, buena idea, todos tenemos uno —respondió Bryant.
El cajón de «trastos» de Kim contenía tornillos, cinta adhesiva, tijeras, un timbre antiguo roto, pinzas para organizar papeles y todo tipo de cacharros que no tenía intención de utilizar, pero que, por lo que fuera, aún no había tirado.
Kim empezó a abrir cajones mientras Bryant se centraba en los armarios.
—¡Bien, ya lo tengo! —exclamó Kim, aunque lo que encontró no era demasiado impresionante.
Estaba medio vacío, salvo por un par de facturas recientes de servicios públicos.
Debajo había una tarjeta comercial. Kim la cogió y puso un gesto de extrañeza, dándole la vuelta. La única información que podía leerse era «Club de Chicas», escrito justo encima de un número de teléfono.
—Bryant —dijo, pasándosela a su compañero, que hizo un gesto de indiferencia y se la devolvió.
—Quizá sea un grupo que ofrece consejos sobre cómo hacer de comer con tres ingredientes —bromeó mientras contemplaba el interior de la nevera.
Kim se guardó la tarjeta en el bolsillo.
—No todo el mundo tiene una mujer que no se merece que le mantiene llenos los armarios y el congelador.
—Jefa, no me refiero a que se te pueda olvidar ir al supermercado en un momento puntual. Estamos hablando de que aquí no hay nada con lo que improvisar para hacerte cualquier cosa, aunque sea un bocadillo.
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Kim se fijó bien. Bryant tenía razón. La inspectora no comía demasiado, pero siempre tenía suficientes cosas como para hacerse algo de emergencia. Le vino a la mente la imagen de la clavícula prominente de Katie, que se destacaba aún más en el vestido de gala, y se preguntó si no estarían ante un problema más serio que una simple aversión a cocinar.
—Bueno, pues poco más podemos encontrar aquí —dijo Kim, dirigiéndose hacia la salida de la casa.
Cruzó el pasillo y llamó a la puerta del casero, quien respondió casi de inmediato.
—Ya hemos terminado. Puede cerrar la casa de Katie, y no le abra a nadie que no tenga una placa.
Derek abrió la boca.
—Le mantendremos al tanto, pero por ahora haga lo que le estamos pidiendo.
—De acuerdo.
—Una última cosa —pidió Kim, que estaba desesperada por intentar averiguar algo acerca de Katie Hawne—. ¿Dice que en los dos años que Katie ha vivido aquí nunca ha visto a nadie que viniera a verla? ¿Ni siquiera a su madre?
Los ojos del hombre se abrieron de par en par, en una expresión de máxima sorpresa.
—Joder, si hubiera visto eso me habría acojonado. Katie me contó que su madre estaba muerta.
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Capítulo 12
Tiff le dio otro trago a su té e hizo una pausa en la redacción de su informe. Se iba a entregar una declaración al Departamento de Investigación Criminal de Dudley para dejar constancia de la conversación que habían mantenido con Olivia y Logan Dench.
El informe debía ser objetivo y basarse exclusivamente en los hechos, pero Tiff sentía la necesidad de añadir sus percepciones personales, la inquietud que la invadía. Aunque por su formación sabía que no debía hacerlo, deseaba empezar cada frase con un «yo siento que» o un «yo creo que».
—Apúrate, Tiff —instó el sargento Kendrick por detrás de ella al entrar en la cafetería—. Tu turno está a punto de terminar.
—Lo siento, sargento. Acabo en un minuto. Estoy tratando de reflejarlo todo por escrito y que no se me escape nada.
El hombre se detuvo antes de llegar al mostrador y tomó asiento junto a ella.
—¿Por qué?, ¿qué pasa? Si tú haces esto todos los días.
Tiff se encogió de hombros. Se estaba preguntando lo mismo. Pero no dejaba de recordar la conversación con Olivia Dench y su hijo. Había sentido tensión en aquella casa desde el momento en que entró en ella. Nada de lo que ocurrió después había cambiado esa percepción.
—Limítate a registrar los hechos, Tiff. Hemos realizado nuestro trabajo. Ahora depende del Departamento de Investigación Criminal. Aunque no tengo claro cuándo van a poder identificar el cuerpo. Los nuestros están ocupados con el asesinato de la mujer en Stourbridge, y Dudley va a estar hasta arriba durante los próximos días con el jaleo judicial relacionado con ese caso importante de robo a mano armada. Probablemente lo enviarán a…
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—Yo puedo hacerlo —dijo Tiff de inmediato—. Termino mi turno en quince minutos. Lo haré en mi tiempo libre. Solo por ayudar. ¿Va en contra de alguna norma? —preguntó, sabiendo que no quería terminar su carrera en el Departamento de Investigación Criminal antes incluso de que hubiera empezado.
Kendrick frunció el ceño, y Tiff pudo apreciar que el primer instinto del sargento fue negarse, pero al final terminó encogiéndose de hombros.
—Hay que hacerlo rápido, y de todas formas el Departamento de Investigación Criminal terminará revisando lo que hagamos nosotros. Les estaríamos ahorrando una parte del trabajo. —El sargento dio un manotazo sobre la mesa antes de ponerse de pie—. Venga, vale, llama a Logan. Enséñale el cadáver y luego redacta un informe antes del turno de mañana.
—Gracias, sargento —dijo, sacando su teléfono.
—No hay de qué. Encantado de que hagas horas extra cuando quieras. Está claro que el Departamento de Investigación Criminal tendrá mucha suerte de contar contigo.
Tiff sonrió en señal de agradecimiento. Eso esperaba, de todo corazón.
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Capítulo 13
—¿Cuál es el diagnóstico del forense adscrito al juzgado? —preguntó Stacey a Penn.
La ayudante de detective se refería a un médico generalista de una lista rotatoria de facultativos de guardia locales que ayudaban a la policía en situaciones como la evaluación de sospechosos que alegaban uso excesivo de la fuerza, la extracción de muestras de sangre a conductores bajo sospecha de embriaguez o la emisión de dictámenes médicos oficiales.
—Está con ella en estos momentos. El abogado de oficio no dejaba de dar golpecitos en su reloj mientras me miraba, como si yo pudiera acelerar el proceso y obtener respuestas más rápido.
—Vale. Bueno, pues mientras estás aquí sentado sin hacer nada, voy a hacer que te exprimas el coco un poquito, a ver si me ayudas. He estado echándoles un ojo a todos esos certámenes a los que Katie se presentó.
—Ajá… —respondió Penn, repiqueteando con los dedos sobre la mesa.
—Pues bien, participó en muchos a lo largo de los años: Miss Halesowen Infantil, Miss Stourbridge Infantil, Miss Gornal Infantil, Miss Sunshine Infantil en Walsall, Miss Rascals Infantil en Wombourne, pero nunca pasó de certámenes de ese tipo.
—Nunca he oído hablar de ninguno de los que me acabas de recitar — admitió Penn.
—Es que son bastante desconocidos, no es que salgan en las noticias. La mayoría solo aparecen en periódicos gratuitos de la zona, pero resulta obvio que Katie era muy buena. Entonces, ¿por qué no intentó ganar otros más importantes? Existen concursos regionales, nacionales e incluso internacionales, ¿por qué no participó en ninguno de ellos?
—¿Y qué más da? —dijo Penn con gesto de confusión.
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Stacey ocultó su sonrisa. Típico de su compañero. El caso no encerraba ningún misterio por resolver. Tenían a la víctima y tenían al asesino, así que Penn se centraba en eso, en lo que tenían claro porque estaba a su alcance, como si de las luces de posición de un coche se tratara.
Sin embargo, como siempre, la jefa iba con las largas puestas y quería profundizar para tratar de comprenderlo todo, en particular, el motivo del crimen.
Y Stacey se identificaba más con esa postura. ¿Cómo era posible no estar interesado en tratar de entender hasta el más mínimo detalle de por qué Katie Hawne había entrado en casa de su madre y la había asesinado ejerciendo una violencia tan atroz sobre ella? No conocían a Katie, que no parecía haber sufrido ningún episodio violento con anterioridad.
—¿No te despierta el más mínimo interés? —preguntó Stacey.
Penn negó con la cabeza.
—¡Es su madre! —exclamó Stacey—. No dudo que Freud pueda ofrecer una visión profunda del tema, pero desde la mirada de cualquier persona normal y corriente, profana en la materia, nuestras madres son el centro de todo. Dependemos de ellas desde que somos concebidos. Nos dan refugio, nos alimentan durante nueve meses y luego continuamos dependiendo de ellas por completo cuando salimos al mundo exterior. Es el vínculo más enriquecedor que existe. ¿De qué manera llega eso a transformarse en las fotos de la escena del crimen que hemos visto antes?
—Ese vínculo no perdura para siempre —explicó Penn tras meditar durante un instante—. No recordamos de forma consciente esa alimentación o la crianza, así que, a medida que vamos creciendo, nos vamos sumergiendo en nuestras propias emociones. Y siempre que se asesina a otra persona, hay algún tipo de emoción de por medio, ya sea ira, odio, celos o, para los más depravados, disfrute. Hay cientos de ejemplos. ¿Recuerdas la película Criaturas celestiales? Está basada en la historia real de Pauline Parker y Juliet Hulme, que dieron una paliza mortal a la madre de Pauline porque no querían que las separaran. ¿Has visto alguna vez Savage Grace?
Stacey negó con la cabeza. Siempre que discutía cualquier tema con Penn, aprendía algo nuevo.
—Cuenta el caso de Antony Baekeland, que asesinó a su madre en 1972 en su lujoso apartamento de Londres. Se decía que ella lo había
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violado para intentar curarle su homosexualidad.
—¡Joder! Hasta a Freud le resultaría desafiante un caso como ese. —A Susan Cabot, actriz de los años cincuenta, su hijo la asesinó de
una paliza en 1986. La doctora Kathleen Hagen, destacada uróloga, mató a su madre y a su padre en 2000 y fue exonerada por enajenación mental. Jennifer Pan simuló un robo en su casa que terminó con el asesinato de su madre en 2010. A Dee Dee Blanchard la asesinó su hija de diecinueve años, Gypsy-Rose, en 2015. Luego está el caso de…
—Un momento —interrumpió Stacey—. A ver, aunque no soy capaz de enumerar una larga lista de casos de matricidio porque, en fin, no soy un bicho raro, hasta yo sé que algunos de esos casos son extremos. ¿No estuvo Dee Dee Blanchard sometiendo durante años a Gypsy-Rose a causa del síndrome de Munchausen por poderes?
—Exacto. Acabar con la vida de un progenitor, sobre todo de una madre, implicaría seguro una emoción intensa de algún tipo. —Se encogió de hombros—. Tal vez Sheryl fuera de las que critican mucho y quizá dijera algo desafortunado mientras tomaban el té.
—Pero ni siquiera llegaron a tocar las tazas —contestó Stacey—. La jefa nos explicó que estaban aún junto al hervidor de agua. No parecía que Sheryl hubiera tenido oportunidad ni de llegar a abrir la boca. No tiene la pinta de que fuera un arrebato repentino de ira en medio del café de media mañana, ¿no te parece?
—¿Crees que fue premeditado? ¿Que Katie ya tenía el plan en su cabeza cuando iba de camino a casa de su madre? —preguntó Penn.
—Desde luego, eso es lo que parece. Como si la chica hubiera descubierto algo y fuera directa a enfrentarse a Sheryl.
—En fin, si Katie no habla, es probable que jamás lleguemos a saberlo —dijo Penn, mirando su reloj—. Hablando de lo cual, me vuelvo para abajo a ver si el médico ya tiene algún diagnóstico. Esperemos que sea el que la jefa quiere oír.
Cuando Penn salió de la sala, Stacey estaba hecha un lío ante tanta información, y una pregunta se imponía en su cabeza sobre todas las demás.
¿Cuál fue la intensa emoción que había motivado a Katie?
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Capítulo 14
—¡Mierda, mierda, joder! —exclamó Kim después de terminar de hablar con Penn. Estaba cabreada pero aliviada al mismo tiempo.
Tras la actuación de Katie en la sala de detención, tuvo claro que había que proceder con cautela y, según el diagnóstico del médico de guardia, parecía que había hecho lo correcto.
Había excepciones en la normativa que permitían interrogar a una persona incluso cuando se encontraba bajo los efectos del alcohol o las drogas, o si existía algún tipo de trastorno o discapacidad mental, pero para obtener permiso para llevar a cabo un interrogatorio de ese tipo había que justificar ciertos criterios. Y eso resultaba muy complicado en aquel caso.
Katie no tenía forma de alterar las pruebas. No podía influir en otras personas, hacer daño a nadie, extraviar o destruir bienes, comunicarse con cómplices ni obstaculizar la recuperación de objetos relacionados con el delito. No existían motivos para interrogarla con suma urgencia.
Kim comprendía las razones que justificaban la protección. En Inglaterra y Gales, solo se podía condenar a una persona sobre la base de una confesión, lo que implicaba que el proceso judicial no aceptara cualquier tipo de interrogatorio.
—Entonces, ¿qué pasa ahora con ella? —preguntó Bryant, dejando la autopista en la salida que conducía a Oldbury.
—La van a trasladar a Bushey Fields para que le realicen una evaluación completa de salud mental.
Bushey Fields era un hospital psiquiátrico adjunto al hospital Russells Hall. Dentro de las instalaciones existía un área en la que la policía podía ingresar a cualquier persona de la que sospecharan que tuviera algún tipo de trastorno mental. Era un sitio seguro, independiente del resto de pacientes. Durante las setenta y dos horas que estaban autorizados a
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retenerla, a Katie se le asignaría un equipo de profesionales, entre ellos un psiquiatra.
—Todo lo que sé es que ahora mismo es intocable. No podemos preguntarle nada. Ni siquiera por qué le mintió al casero sobre que su madre estuviera muerta. Tenemos que conseguir información por otro medio; esperemos que este sea un buen lugar para empezar —dijo Kim mientras Bryant aparcaba en una calle detrás del supermercado de Sainsbury.
La mujer que había contestado al número que encontraron en casa de Katie se había mostrado muy reservada hasta que Kim le explicó brevemente por qué tenía una tarjeta con su número. Entonces les dio su dirección y les dijo que estaba libre durante el resto del día. Kim se preguntaba de qué clase de obligaciones estaría libre.
La propiedad era una casa victoriana adosada de dos plantas. No había ningún cartel en la puerta que indicara que la ocupante ejerciera su profesión allí.
La curiosidad de Kim iba en aumento. Golpeó con los nudillos sobre la vidriera de colores.
Abrió la puerta una mujer robusta en calcetines, pantalón de chándal y una camiseta deportiva increíblemente ajustada.
Kim mostró su identificación policial.
—Inspectora Stone. Hemos hablado antes por teléfono. Este es mi compañero, el sargento detective Bryant.
—Por favor, pasen y acompáñenme. Estaba justo allí.
Kim se dirigió hacia la parte trasera de la casa y entró en una amplia cocina, que daba a un patio pequeño y bien cuidado, en el que varios arbustos de petirrojos, dispuestos de forma estratégica, proporcionaban privacidad y sombra. La puerta plegable estaba abierta a pesar de la amenaza de lluvia, y había una bicicleta estática orientada hacia el jardín.
—Tenerla ahí hace que cuando la uso sienta que me estoy desplazando hacia algún lugar —explicó la mujer, aproximándose a una máquina de café de última generación que no habría desentonado en un Costa Coffee
—. ¿Qué les apetece?
—Nada, muchas gracias —dijo Kim, tomando asiento.
—Venga, por favor, no me hagan sentir culpable por el capuchino doble con extra de espuma que me voy a tomar.
—Vale, un expreso —dijo Kim.
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—Lo mismo que usted —le dijo Bryant.
—¿Con chocolate?
El sargento dudó, y Kim estuvo segura de que a su compañero se le había venido a la mente la imagen del dedo índice de Jenny moviéndose de lado a lado.
—Mejor no.
—Bueno, ¿a qué viene tanto secretismo? —preguntó la mujer. —Vaya, qué ironía cuando usted ni siquiera nos ha dicho su nombre —
contraatacó Kim.
La mujer se dio una pequeña palmadita en la frente.
—Lo siento, me llamo Judith Palmer. Llámenme Jude, todo el mundo lo hace.
—¿Qué es el Club de Chicas? —preguntó Kim, mientras Jude le acercaba su expreso.
—¿No me debe usted una respuesta?
—Quizá, si no fuéramos policías en medio de la investigación de un delito muy grave.
—Tiene razón. Un segundo —pidió Judith, centrando su atención en el espumador de leche que soplaba vapor sobre la taza de Bryant.
Kim dio un sorbo a su café. Era excelente, pero no iba a dejarse seducir por un buen café.
—Jude, ¿puede darnos una idea de a qué se dedica exactamente?
—Ofrezco apoyo —explicó, entregándole a Bryant su café.
—¿Es usted psicóloga?
—No.
—¿Terapeuta capacitada?
—No.
Incapaz de competir contra el volumen del espumador, Kim dio otro sorbo a su bebida y permaneció en silencio mientras Jude se preparaba su propio capuchino.
—¿Ofrece consejo sin tener formación? —preguntó Kim con incredulidad, una vez que Jude se hubo sentado.
—Yo no he dicho consejo. Ofrezco apoyo.
—¿A quién?
—A chicas que lo necesitan.
—¿Y en qué se basa para hacerlo?
—En la experiencia.
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—Un momento —dijo Kim—. ¿Cobra usted por aconsejar a la gente sin tener ningún tipo de título para hacerlo?
Jude la miró con interés.
—Vaya, dos presunciones en una sola frase. Qué maravilla. ¿Siempre juzga así a la gente?
—La verdad es que sí —dijo Bryant, que disfrutaba de su capuchino sin disimular y que probablemente esperaba que, haciéndole la pelota a la barista, le sirviera otro.
—Ni ofrezco consejo ni cobro nada. Ofrezco apoyo.
—Sí, ya nos lo ha explicado. ¿Le ofreció apoyo a Katie Hawne? —Así es.
—¿Podemos ver sus registros?
—No los guardo.
—Podríamos conseguir una orden judicial —amenazó Kim.
—Eso no provocaría que de repente existieran. La gente viene aquí, a mi casa. Se toman un café, como usted está haciendo en este momento. Hablamos un rato y luego se vuelven a ir.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que se queden aquí a vivir —bromeó Judith.
Kim dio un sorbo a su bebida sin inmutarse.
—Vale, no ha tenido gracia. Contactan conmigo gracias a mi blog. —¿Sobre qué va ese blog? —preguntó Kim, tratando de no perder la
paciencia. Judith la estaba obligando a hacer muchas preguntas de las cuales estaba obteniendo muy poca información.
—Conflictos maternos. Katie tiene problemas con su madre.
«No me digas», pensó Kim, mientras se le venía a la cabeza la escena en casa de Sheryl.
—¿Cómo de graves son esos problemas? —preguntó Kim, interesada en la perspectiva de aquella mujer.
—Incapacitantes —respondió Judith.
—Interesante palabra, que implica que ella era incapaz de desenvolverse con normalidad. Siendo una mujer adulta.
—Voy a asumir que usted no tuvo un progenitor narcisista, inspectora. Kim se cuestionó así sin darle demasiada importancia si Judith le permitiría entrar en el club si le admitiera que tuvo una madre esquizofrénica que intentó matarla una y otra vez, y también a su hermano
gemelo.
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—¿Le importaría darnos más detalles? —terminó preguntando sin embargo a la mujer.
—No puedo hacerlo. Katie acudió a mí en confianza, y no puedo revelarles nada, pero sí podría hablarles en general y usarme a mí misma como ejemplo. Está todo en mi blog si lo prefieren.
—No, por favor, continúe.
—Vale, si usted no tuvo una madre narcisista, le será imposible entenderlo. Generalmente, una persona narcisista se da mucha importancia y tiene una autoestima muy alta. Exagera sus logros y talentos para ser reconocido como alguien superior. Se preocupa por fantasías relacionadas con el éxito, el poder, la brillantez, la belleza. Requiere una admiración excesiva. Se cree con el derecho a recibir un trato preferencial. Carece de empatía y no quiere o simplemente no es capaz de reconocer o identificarse con los sentimientos o necesidades de los demás. Suele ser arrogante y tiene una mentalidad que se puede resumir en algo así como «yo soy el mejor; no puedo estar equivocado; tú deberías ser igual que yo».
A Kim eso le recordaba a la mayoría de los jefes que había tenido a lo largo de toda su vida.
—Las madres narcisistas abarcan un gran espectro que va desde la negligencia hasta la tiranía y empiezan a causar un daño continuo y prolongado al etiquetar a sus hijos en tres posibles categorías.
Judith hizo una pausa y Kim le hizo un gesto para que continuara hablando. Dentro de los conocimientos de esa mujer, algo en concreto había provocado que Katie acudiera a ella en busca de consejo, y tenía que averiguar de qué se trataba.
—En primer lugar, está el hijo de oro. A este se le venera, se le idolatra, pues es un reflejo de todo lo que la madre quiere para sí misma. Tiene que llenar el vacío emocional de la madre y prestarle atención. Es el hijo trofeo.
Kim consideró por un instante los logros de Katie. ¿Sería esa la etiqueta que le había puesto Sheryl?
—Después tenemos al chivo expiatorio. A este se le culpa de todos los problemas que tenga la familia. Hace que las madres narcisistas se sientan amenazadas, porque suele darse cuenta de lo que sucede en el hogar. La madre utiliza cambios de humor impredecibles y cualquier clase de acoso e intimidación para mantener a raya a este tipo de niño. La madre se
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atribuye el mérito de todo lo bueno, y al niño se le culpa de todo lo malo.
Sus logros siempre se minimizan.
Como Katie era hija única, Kim supuso que esta etiqueta no pegaba demasiado con la asesina que tenían entre manos.
—Y, por último, tenemos al hijo invisible. Es tranquilo, no causa problemas y se le da bien el colegio. Es propenso a la depresión, porque ser un niño poco apreciado se traduce en ser un adulto poco apreciado.
—Ha dicho que las madres narcisistas existen en un gran espectro — dijo Bryant, expresando justo lo que Kim estaba pensando. Aunque, en realidad, generalizando como Judith lo estaba haciendo, les estaba admitiendo que Sheryl había sido una de ellas en concreto. Al no tener hermanos, era bastante probable que Katie fuera una hija de oro y, por lo tanto, responsable del estado emocional de su madre. Pero ¿cómo se había manifestado la dependencia emocional de Sheryl?
—Las madres narcisistas severas encierran a los niños en sus habitaciones. Son completamente negligentes y no les preocupa que sea la calle la que eduque a sus hijos. Les dan igual.
Tanto Bryant como Kim enseguida fueron conscientes de que eso no se podía aplicar a Katie.
—Una madre demasiado involucrada es más difícil de detectar, pero no por eso menos peligrosa. Impondrá esposas emocionales, y nunca las soltará. Puede parecer perfecta, pero provoca que sus hijos queden atrapados en una infancia eterna, convirtiéndolos en adultos dependientes. Nunca les permitirá crecer. Los hará sentirse inseguros fuera de casa. Los castigará por ser autosuficientes. Si son varones, los convertirá en una especie de marido y los asfixiará emocionalmente. Los dejará tan marcados que no podrán mantener una relación normal con ninguna otra mujer durante el resto de sus vidas.
—¿Y si son hembras? —preguntó Kim.
—Uf, ahora sí que entramos en lo más interesante. La relación entre una madre narcisista y su hija es uno de los vínculos más complejos que existen. Recuerden, no estamos hablando de la relación entre todas las madres y sus hijas, sino solo si la madre es narcisista.
Judith hizo una pausa como para asegurarse de que se entendía su aclaración.
Kim asintió para que la mujer continuara hablando. Necesitaba desesperadamente aquella información.
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—La relación gira en torno a la manipulación y el control. La madre está provocando constantemente que su hija se sienta culpable por algo. La manipulación siempre tiene que ver con la culpa. Fingirá que se preocupa mucho por su hija, quizá comprándole cosas, y luego empezará a usar chantajes emocionales diseñados para manipular las emociones de la hija y, por tanto, su comportamiento. La controlará negándole cariño y haciéndole el vacío, aplicando la ley del hielo. La madre puede pasarse semanas o incluso meses sin hablar con su hija. Difundirá rumores entre los miembros de la familia, socavando a su hija y proyectando sobre ella su insatisfacción. Se hará la víctima e ignorará cualquier posible sufrimiento, ya que es incapaz de mostrar empatía o compasión. Todo gira en torno a ella. Intentará vivir a través de su hija y ni siquiera se dará cuenta de que existe un problema.
—¿Maltrato físico? —preguntó Bryant.
Judith negó con la cabeza.
—Casi nunca se convierte en algo físico. Es un maltrato verbal, despectivo, con análisis y críticas constantes, gritos, palabrotas, insultos, bromas denigrantes, presión constante sobre el peso o la complexión física, negación de abrazos, desprecio, amenazas, restricciones. La lista es interminable. Utiliza el chantaje emocional y el miedo o la obligación. Manipula a su hija para distorsionarle la realidad de forma que dude de su percepción sobre la misma, y la humilla constantemente.
—¿Y qué secuelas podría tener? ¿Qué efectos podría causar a largo plazo? —preguntó Kim, volviendo a recordar la escena que había presenciado aquella mañana.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Judith.
—No puedo contárselo, pero, si ve luego las noticias, no me cabe duda de que lo averiguará. De momento, necesito que responda a la pregunta que le acabo de hacer.
Una expresión pensativa se dibujó en el rostro de Judith mientras recogía las tazas.
Estaba claro que responder a eso iba a requerir otro café.
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Capítulo 15
Tiff se refugió de la lluvia bajo la cubierta del crematorio.
Sandwell Valley, en West Bromwich, había sido uno de los primeros lugares en ofrecer autopsias digitales, y allí se encontraba el cadáver de James Nixon. El proceso era menos invasivo que el que implicaba una autopsia física, ya que se escaneaban imágenes para generar representaciones tridimensionales y así explorar de forma virtual un cuerpo humano.
Logan entró en su campo de visión cuando se encontraba a unos diez metros de distancia. La saludó con la mano y una amplia sonrisa. El gesto le pareció un poco extraño teniendo en cuenta las circunstancias, pero supuso que se sentiría aliviado por ver una cara conocida, dada la truculencia de la tarea que tenía por delante.
—Lo siento, no llego tarde, ¿verdad? —preguntó, como si de una cita para comer se tratara.
—No, no, para nada —respondió Tiff, girándose hacia la entrada. —Tenía la esperanza de que fueras tú la que vinieras —dijo Logan,
poniéndose a su lado con las manos en los bolsillos.
—Claro, encantada de ayudar en lo que sea. Es un proceso difícil de… —Ni siquiera me has dicho tu nombre —la interrumpió.
—Tiffany —respondió automáticamente, para enseguida se cuestionó si había hecho lo correcto. Tal vez debería haberle dicho su apellido o haberle pedido que se limitara a llamarla agente, pero, como estaba fuera de turno y sin uniforme, esas instrucciones no le habían salido de forma natural.
—Pareces mucho más joven vestida de paisano —comentó sin mirarla directamente.
Quizá debería haber acudido al crematorio con su uniforme. Los modales del chico no eran ofensivos, y tampoco sus palabras, pero era
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probable que no le hiciera ese tipo de comentarios de haber seguido vestida de policía.
—¿Está bien su madre?
Logan asintió mientras giraban hacia el pasillo.
—Sí, lo está llevando bien.
—Debe haber sido un shock para ella.
—Lo es para cualquiera —respondió Logan—. Pero tampoco es que fueran demasiado en serio. No hacía mucho tiempo que mi madre había perdido a mi padre. No lo había superado todavía. James era un buen tipo, no demasiado inteligente, pero bueno, que en cualquier caso era solo una distracción. Le hacía reír, pero la relación no iba a ir a ninguna parte. Él no suponía para ella un gran desafío, y más pronto que tarde la historia se terminaría desinflando.
—Pero su madre denunció la desaparición de James —argumentó Tiff.
El informe que había leído decía que llevaban saliendo unos siete meses.
A la agente eso le parecía algo más que una simple aventura.
—Sí, porque ella no supo nada de él durante un par de semanas. No es que fueran a terminar yendo juntos al altar. Le estáis dando más importancia de la que tenía —aseguró Logan, con un tono molesto—. No era una gran historia de amor. Tan solo fuimos los últimos en verlo con vida debido a que Esther vivía muy lejos.
—Vale. Entendido. Bueno, tengo que advertirle que esto puede ser difícil para usted —dijo, pulsando el botón para que les abrieran—. Supongo que es el primer cadáver al que se enfrenta, ¿verdad?
—No pasa nada. De verdad. No soy fácil de impresionar —dijo Logan, recuperando ya la sonrisa afable. Independientemente de la cercanía de su relación con James, Tiff se había imaginado que el hombre mostraría una actitud más seria.
—Qué bueno que le ahorre a su madre pasar por esto.
—Ya, ya… ¿Está ahí? —preguntó Logan, señalando con la cabeza hacia una puerta cerrada.
—Sí, la puerta se abrirá en… —El movimiento de la puerta abriéndose hizo que no continuara la explicación.
Apareció tras ella un ayudante, que la mantuvo abierta para que entraran.
—Voy a estar con usted todo el tiempo —explicó Tiff, señalando la puerta.
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La agente tenía la sensación de que el aire juvenil de indiferencia de Logan se tambalearía al enfrentarse al cuerpo de una persona a la que conocía.
La experiencia de contemplar un cadáver nunca era agradable, pero los sacados del agua eran probablemente los peores.
La hinchazón y el brillo ceroso pueden distorsionar los rasgos faciales hasta convertirlos en una caricatura grotesca de su apariencia anterior.
Logan pareció respirar hondo y tratar de prepararse cuando se abrieron las puertas y apareció la camilla.
Tiff le permitió permanecer en silencio mientras se dirigían de nuevo hacia la entrada.
Tal y como se había imaginado, la sonrisa fácil había desaparecido del rostro de Logan al ver el cadáver, dando paso a un gesto inexpresivo. Voluntario, sospechó Tiff, para evitar que se le notara en la cara el verdadero horror que sentía.
Salieron hacia el exterior.
Tiff nunca había hecho aquello con anterioridad y no tenía ni idea de hasta qué momento debía continuar ofreciendo su apoyo.
—De nuevo, le acompaño en el sentimiento, y…
—¿Nos tomamos un café? —le preguntó Logan, lanzándole una amplia sonrisa.
—¡¿Perdón?! —exclamó Tiff, que no sabía si había escuchado bien. —O quedamos para comer, ¿o quizá para ver una película? No sé, ¿las
dos cosas?
¿No acababa de estar en la misma sala que ella, contemplando la forma desfigurada, hinchada y grotesca de alguien que, como mínimo, había sido amigo de la familia? ¿Y ahora estaba intentando ligar con ella?
—Eso no sería apropiado, Logan, pero gracias por la oferta, y dele recuerdos a su madre de mi parte.
Tiff dio media vuelta y se alejó de allí antes de que se le notara en la cara la repugnancia que la invadía.
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Capítulo 16
—De acuerdo —dijo Judith después de preparar un segundo café para todos.
Kim había percibido que la mirada de Bryant se había nublado un par de veces mientras Judith hablaba. Sabía que su compañero había crecido en un entorno pobre pero estable, con unos padres muy trabajadores que le habían animado a ser en la vida lo que él quisiera. Pero no todo el mundo tenía esa suerte. Y, al no poder interrogar a Katie Hawne, iban a tener que encajar algunas piezas del puzle por sí mismos.
—Es importante que comprendan que las mujeres tenemos miedo de que nuestras madres se sientan decepcionadas con nosotras —afirmó Judith.
Sí, sí, la madre de Kim se había sentido muy decepcionada cada vez que su hija frustraba sus intentos de matarlos, tanto a ella como a su hermano.
—En lo más primitivo de nuestro cerebro infantil de niña, creemos de forma inconsciente que, si se sienten decepcionadas con nosotras, nos vamos a morir. De niñas, incluso hasta bien entrada la veintena, nuestro córtex prefrontal, que es la parte de nuestro cerebro capaz de razonar y pensar de forma más objetiva, no está plenamente desarrollado, por lo que tendemos a tomarnos cualquier cosa como algo personal. Es frecuente que incluso las hijas adultas busquen la aprobación de sus madres. Las creencias de tu madre son la base de las tuyas, y es muy útil analizar la relación de tu madre con su propia madre para ver…
—Pero ¿no se pueden romper los ciclos? —preguntó Bryant, mostrándole a Kim que ahora estaba centrado en la conversación—. ¿Por ejemplo, los ciclos de abuso?
—Sí, justo de eso es de lo que estamos hablando. El ciclo puede romperse si se reconoce el abuso.
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—Entonces, ¿cómo se manifiestan los conflictos maternos? — preguntó Kim.
—Vergüenza, culpa, desesperación. Existe un miedo al fracaso, pero también al éxito. Aceptas que los demás se comporten mal contigo. Buscas constantemente aprobación y validación, complaces a la gente y tienes miedo a decir que no. Te tomas los problemas de los demás como si fueran tuyos, y tratas de buscarles una solución. Intentas controlar lo incontrolable. La preocupación y la ansiedad se convierten en algo crónico. Piensas que es egoísta dar prioridad a tu bienestar sobre el de los demás, porque lo que tú desees poco importa. No tienes una noción clara ni de lo que eres ni de lo que deseas. Te resulta difícil marcar límites y te da miedo decir lo que piensas.
—Pueden existir personas en tu entorno que eviten que eso suceda, ¿no? —preguntó Kim. Era imposible imaginar que unos padres entregados, como el hombre que estaba sentado a su lado, permitieran un trato semejante.
—Se les conoce como «facilitadores» y eso es exactamente lo que hacen, facilitar que se produzca ese trato. No tienen mala intención, pero suelen limitarse a decir cosas como «hija, perdona a tu madre» o «no lo ha dicho en serio». Están condicionados para creer que ese comportamiento es aceptable. En algunos casos, el facilitador llega a tener miedo y no protege a sus hijos. A la larga, no les hacen ningún bien, ya que una relación con una narcisista es igual que con un bebé: unilateral.
—Aunque todo esto que nos cuenta fuera cierto en el caso de Katie, ¿no podría recuperarse ya siendo adulta? —preguntó Kim.
—De algún modo sí, pero una recuperación significativa tiene que comenzar obligatoriamente con un primer paso.
Kim levantó la mano para detener a Judith porque su teléfono comenzó a sonar. El corazón le dio un vuelco cuando vio el nombre de la persona que la estaba llamando.
—Stone —respondió, poniéndose de pie y alejándose de la mesa.
—Estoy en la morgue —explicó Keats rápidamente.
—Muy bien. ¿Es eso algo que yo necesitara saber?
—No te estoy llamando por gusto. Hay algo aquí que tienes que ver. —¿No puedes contármelo sin más?
—Prefiero que lo veas por ti misma. Nunca había visto nada igual.
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Que un hombre que llevaba más de treinta años desempeñando ese trabajo dijera algo así resultaba una confesión poco común.
—Voy para allá —respondió Kim antes de colgar.
La inspectora suspiró y se volvió hacia Judith mientras Bryant se alejaba ya de la mesa.
—Bueno, ¿y cuál es? —preguntó Kim.
—¿Cómo?
—¿El paso que tiene que dar cualquier chica para sanar?
—Debe apartar a su madre narcisista de su vida para siempre, sin vuelta atrás.
Pues bueno, Katie Hawne lo había conseguido, de eso no había duda.
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Capítulo 17
Tiff fue a tomarse un café a un Costa Coffee, aunque indudablemente no con el joven que se lo había propuesto.
Si regresaba a casa en aquel momento, su madre empezaría a sermonearla de inmediato. Esa mujer tenía la capacidad de detectar el más mínimo cambio de humor de su hija, aunque Tiff también era consciente de que no había conseguido desarrollar la habilidad de poner una cara de póker medio decente para pasar más desapercibida ante ella.
A su madre no le había entusiasmado la idea de que se presentara al Departamento de Investigación Criminal, pues consideraba que los turnos de trabajo de Tiff ya eran lo bastante largos como para poder soportar la presión adicional de estudiar en las horas que su trabajo a tiempo completo le permitiera.
Sin embargo, Tiff sospechaba que esa preocupación no era demasiado sincera, que más bien se trataba de pura fachada, y que lo que en realidad preocupaba a su madre era que el tiempo que tuviera que dedicar a estudiar le impidiera tener oportunidades de encontrar al hombre con el que casarse y tener hijos.
Su madre quería que saliera a socializar, que se esforzara por cazar a algún pobre incauto. Por desgracia, los estudios no eran lo único que afectaba a su vida social, cada vez más menguante.
Desde que entró en la policía, muchos de sus amigos civiles se habían distanciado a consecuencia de las innumerables negativas o cancelaciones de última hora causadas por sus turnos de trabajo. Con el tiempo, las invitaciones prácticamente habían desaparecido. Y en aquellos momentos, además, muchos de sus amigos policías también se estaban distanciando de ella.
Así que, bueno, en esas estaba, acercándose a los veinticinco, sin novio, con pocos amigos y viviendo en casa de su madre. Pero ninguno de
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esos factores era el responsable de que hubiera sentido la necesidad de pararse a tomar un café y ordenar sus pensamientos.
Tenía una especie de punzada en el estómago, producida por una mezcla de enfado y desolación. Se sentía como una niña a la que llevan en la dirección equivocada a sabiendas de que lo era, y sin poder evitarlo porque alguien le sujetaba la mano con fuerza. Sentía pánico, resistencia, algo que nunca había experimentado con anterioridad.
El encuentro con Logan le había resultado desconcertante. Se convenció a sí misma de que no debía culparlo, por mucho que su comportamiento durante la identificación hubiera sido tan extraño. No había una forma correcta o incorrecta de actuar ante unas circunstancias tan singulares e inesperadas. «Bueno, pero sí que hay una forma normal», susurraba una vocecita en su interior. Normalmente, la persona que acudía a identificar un cadáver no preguntaba si podía ver el cuerpo entero o si podía tocar la piel, ni tampoco se quedaba contemplando al fallecido como si tratara de memorizar cada detalle.
Al principio, creyó que, en parte, Logan estaba reprimiendo sus sentimientos por consideración con su madre. Que el chico había asumido la tarea de identificación para evitarle a su madre el trauma de tener que ver en ese estado al hombre con el que había estado saliendo. Pero la última conversación con el chico le estaba haciendo replantearse sus ideas iniciales.
Tiff suspiró profundamente, sabiendo que tenía que deshacerse de la sensación tan extraña que la invadía. Su trabajo había terminado, y al día siguiente volvería a ponerse el uniforme y recibiría nuevas instrucciones. No puede gustarte todo el mundo con el que te ves obligado a tratar durante tu jornada laboral.
Y Tiff se dio cuenta de que, en parte, ese era el problema. No le gustaba Logan Dench, pero no sabía bien por qué. El joven había sido educado y respetuoso. Sí, se había pasado de la raya invitándola a tomar un café, pero quizá estuviera dándole más importancia de la que tenía. Puede que fuera un simple «quiero tomarme un café para no tener que contarle la experiencia a mi madre todavía». Seguro que la idea de compartir con ella lo que había vivido en la morgue no le deleitaba.
Para dejar de darle vueltas a aquello, Tiff decidió centrarse en el hecho de que Logan estaba poniendo mucho empeño en cuidar a su madre y protegerla.
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Apuró lo que le quedaba de café y, mientras terminaba de hacerlo, comenzó a sonar el teléfono que tenía guardado en su bolso satchel.
Era un número extranjero que le resultaba vagamente familiar.
—Hola —respondió.
—¿Es usted Tiffany Moore?
La voz de la mujer al otro lado del teléfono temblaba, y Tiff supo de inmediato de quién se trataba.
—Sí. Supongo que ha recibido mi mensaje.
—En efecto —dijo la hermana de James, Esther Nixon—. Gracias por dejarme su número. ¿Están completamente seguros de que es él?
—Tenemos una identificación positiva por parte de una de las últimas personas que lo vio con vida —explicó Tiff con delicadeza.
Se escuchó un pequeño sollozo al otro lado del teléfono.
—¿Sufrió?
—Lo siento, no puedo contarle demasiado hasta que un equipo de investigación se haga cargo del caso. Solo puedo decirle que lo encontraron en un lago donde la gente suele ir a pescar, y, por lo que parece, llevaba allí algún tiempo. La acompaño en el sentimiento.
—Yo lo sabía. Cuando pasaron un par de meses y no recibí ni una sola llamada suya, estuve segura de que había muerto. De verdad, lo supe de inmediato. Nunca habría abandonado a Olivia de esa manera. Estaba locamente enamorado de ella. No la habría…
—¿En serio? —preguntó Tiff—. Yo creía que era una simple aventura. —No, al menos no por su parte. Me contó que jamás había conocido a una persona como ella, que cuando estaban juntos lo único que hacían era reír. El día que me contó cómo Olivia había estado cuidando de su difunto marido, casi se le saltaban las lágrimas al relatarlo. Después de tantos años, de verdad pensé que había encontrado a la persona indicada, a su
alma gemela. En mi vida lo había visto tan feliz. —¿A pesar de la depresión? —preguntó Tiff. —¿Qué depresión?
Tiff hizo una mueca, sintiendo que se había ido un poco de la lengua. Si se lo había estado ocultando a su novia, no era descabellado pensar que también se lo ocultara a su hermana.
—¿Me está diciendo que James no sufría depresión?
—A ver, quizá de vez en cuando, pero nunca durante mucho tiempo.
Tiff trató de tener el mayor tacto posible.
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—Entonces, sí podría haber estado deprimido, ¿no?
—Bueno, supongo que sí. O sea, existe la posibilidad, claro, pero jamás se habría suicidado.
—Nadie está diciendo eso. Podría haberse desplomado en el agua tras sentirse indispuesto. No sabremos nada con seguridad hasta que tengamos los resultados de la autopsia.
De repente, Tiff empezó a sentirse un poco incómoda; no tenía mucho que aportar en aquella conversación, no era una agente de policía a cargo del caso.
—Mire, le prometo que un miembro del Departamento de Investigación Criminal se pondrá en contacto con usted tan pronto como puedan ofrecerle más información.
—Vale, muchas gracias. ¿Puedo preguntarle qué tal gestionó Olivia la identificación del cadáver? No debe haber sido nada agradable para ella.
—Logan le ahorró pasar por ese calvario, se ofreció a hacerlo en su lugar.
No hubo respuesta ante aquella explicación.
—¿Esther?
—Perdone. Estaba pensando, irracionalmente, que a James eso no le habría gustado en absoluto. Pero, claro, qué más da ya a estas alturas.
—¿Por qué no le habría gustado? —preguntó Tiff, muy a su pesar.
—Porque detestaba la presencia de ese chico.
Tiff se despidió y no se sorprendió al volver a notar la punzada en el estómago.
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Capítulo 18
—¿Crees que esa fue la motivación de Katie? —preguntó Bryant mientras se bajaban del coche frente al hospital Russells Hall.
—Bueno, Judith ha dicho que, si la hija de una madre narcisista quiere llegar a sanar del todo, la relación con ella tiene que cortarse radical y permanentemente, sin volver a contactar con ella en la vida. Eso ya es un hecho. Fuera como fuera la relación entre Katie y su madre, era lo bastante compleja como para que buscara asesoramiento para poder gestionarla. Recuerda cómo era el hogar de Katie, o bueno, el sitio en el que vivía; no se asemejaba, en absoluto, al espacio de una persona equilibrada y estable. Parecía que estuviera aguardando para desarrollar la personalidad que estuviera destinada a tener.
—¿Y solo podría desarrollarla asesinando a su madre? —preguntó Bryant, dubitativo.
—Es una teoría —respondió Kim, entrando ya en el hospital. —Quieres encontrar la razón como sea, ¿verdad, jefa?
—Yo sí, pero también los doce miembros de un jurado —respondió Kim. A pesar de las pruebas que existían, era difícil condenar a una mujer de veintitantos años por un asesinato tan brutal si no eran capaces de explicar por qué había matado a su madre.
—Bueno, Keats, más te vale que merezca la pena —dijo Kim cuando entraron en la antesala de la morgue.
Jimmy estaba llevando la camilla sobre la que se encontraba el cuerpo de Sheryl Hawne a la cámara frigorífica, y Keats estaba limpiando.
—Si alguien de tu equipo hubiera estado presente durante la autopsia, te habrías enterado de todo enseguida.
Kim se apoyó en el mostrador y se cruzó de brazos.
—Keats, ¿recibiste suficiente atención de niño?
El forense la miró de soslayo.
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La inspectora continuó.
—Sé que disfrutas mucho cuando Penn contempla tu trabajo. La fascinación de mi sargento me deja perpleja, por cierto, pero en esta ocasión su presencia era innecesaria. Sabemos el dónde, el quién, el cómo, y lo único que nos falta es el porqué.
—¿Y crees que no puedo ayudarte de ninguna manera a responder a eso último? —preguntó Keats, sacudiéndose las manos, antes de sacar papel del dispensador para secárselas.
—¿Es una pregunta trampa? —preguntó Kim. Keats jamás había colaborado en establecer el porqué de ningún asesinato—. Además, y siendo muy sincera, no hace demasiado tiempo que ni siquiera pudiste responder al «¿seguro que está muerto?» en una escena del crimen.
Bryant ocultó una risita tras una tos.
El forense la fulminó con su mirada más despectiva. —¿Es la última vez que bromeas con eso? ¿Ya estaría? Vale, sí, Keats ya había sufrido bastante burla. —Sí, ya estaría.
—Venga, seguidme —instó el experto, sacudiendo la cabeza a consecuencia de su enfado.
Keats abrió la puerta de la sala de autopsias y se dirigió con paso firme hasta el pequeño escritorio que había en un rincón. A pesar de que el procedimiento ya había concluido, en el aire permanecía el olor a muerte. Le pasó a Kim el impreso que había rellenado antes de redactar el informe completo y empezó a hablar mientras ella lo leía.
—Nuestra víctima se encontraba en perfecto estado de salud. Su peso y su índice de masa corporal estaban dentro de los parámetros saludables. Sus órganos internos eran fuertes y funcionaban a la perfección. No se han encontrado señales de tabaquismo ni de consumo excesivo de alcohol. No existen signos de cirugías evidentes ni problemas de salud importantes; no hay razones que impidieran que pudiera haber vivido hasta una edad bien avanzada.
Kim le devolvió la hoja.
—Así que era una mujer que se cuidaba. ¿En qué nos ayuda saberlo? —En nada en concreto. Solo os estoy dando contexto.
—Keats —advirtió la inspectora, mirando su reloj. Le resultaría bastante más útil emplear su tiempo hablando con los médicos de Bushey
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Fields para saber cuándo podrían volver a tener la oportunidad de probar suerte con Katie.
Si un profesional de la salud mental le confirmaba pronto que la mujer se encontraba estable desde un punto de vista emocional, podría dar por concluido el caso antes de la hora de la cena, que, percibió, cada vez estaba más cerca.
—Vaya, Stone, recuerdo cuando eras más divertida —dijo Keats, alcanzando una bolsa de pruebas.
—Mentiroso, yo nunca he sido… ¡Hostias! ¿Qué coño es eso? — exclamó Kim, cogiendo la bolsa.
Dentro de ella había lo que parecía una dentadura superior, un puente completo de dientes blancos y brillantes pero en miniatura.
—Estaba encajado en su garganta —explicó Keats, disfrutando del desconcierto que mostraba el rostro de la inspectora.
—No podía pertenecer a Sheryl —dijo Bryant, afirmando lo obvio. —Es una prótesis embellecedora. —Keats señaló su ordenador,
indicando que había tenido que utilizarlo para buscar de qué se trataba—. Son dientes falsos que se utilizan en las artes escénicas y en los certámenes en general para enmascarar cualquier imperfección o defecto en la sonrisa de una persona, para ocultar la falta de algún diente o para disimular manchas. Consigue que cualquier chico pueda tener una sonrisa perfecta.
—¿De dónde puede haber salido? —preguntó Kim, mirándola desde todos los ángulos posibles.
—Se hacen a medida y su coste depende del material del que esté hecha. Esta es buena, habrá costado varios cientos de libras.
Kim trató de figurarse cómo alguien podría haber alojado a la fuerza aquel objeto en la garganta de la víctima. Se descubrió tragando saliva mientras se lo imaginaba.
—Venga, Freud, explícanos el porqué —instó Kim, devolviéndole la pieza a Keats.
—Pues es obvio, incluso para ti. Katie Hawne está resentida por el tema de los concursos, muy enfadada. Tal vez la obligaron a participar en ellos, y la presencia de la prótesis es altamente simbólica. Ha sido encajada a presión en la garganta de su madre.
Y toda esa información se la estaba dando el forense sin conocer lo que les había contado Judith, que respaldaba por completo esa teoría.
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—Vale, gracias, Keats —dijo Kim, dirigiéndose ya hacia la salida.
El análisis del experto coincidía con lo que la inspectora pensaba, y también servía para responder a algunas de las preguntas que tenía en la cabeza. Ya tenía claro que los certámenes habían constituido una parte central de la infancia de Katie, pero solo en aquel momento había empezado a entender que podrían haber tenido un impacto negativo. El mensaje que transmitía la prótesis anclada por la fuerza en la garganta de Sheryl era muy contundente, pero Katie había abandonado el mundo de los concursos bastantes años atrás.
Así que ya conocían el porqué, pero también necesitaban averiguar el «por qué justo ahora».
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Capítulo 19
—Te lo juro por Dios, mamá, ¡tendrías que haberlo visto! —exclamó Logan mientras le daba un bocado a su hamburguesa—. Un poco más y pregunto si podía sacar algunas fotos para enseñártelas, pero eso les habría parecido extraño.
Una escena de lo más normal, reflexionaba Olivia. Madre e hijo compartiendo una comida mientras la madre escuchaba cómo el hijo le contaba cómo le había ido el día. Aunque nadie habría adivinado que lo que su hijo le estaba contando era que había acudido a identificar el cadáver del hombre al que había amado, ni que le había permitido salir de una habitación cerrada con llave para darle todo tipo de detalles sobre esa circunstancia.
Un filete de pescado permanecía intacto ante ella, pero Logan no parecía haberse dado cuenta; así de centrado estaba en compartir cada detalle de lo que había presenciado. Ella había desconectado, pues no quería imaginarse a James en estado de descomposición. Olivia había deseado durante mucho tiempo que simplemente la hubiera abandonado, que estuviera por ahí disfrutando aventuras, viviendo la vida de la que habían hablado tantas veces. Pero no, al final resultó que había estado muerto todo aquel tiempo.
Alejó cualquier pensamiento sobre él. Los recuerdos eran buenos, pero no le hacían ningún bien. Solo le recordaban una época en la que no vivía con un miedo constante.
Echando la vista atrás, comprendía que el cambio había ido produciéndose de forma gradual. Logan fue hijo único, y lo malcriaron. Reclamó la completa atención de sus padres, que se la prestaron con sumo gusto. Adoraron a aquel niño enérgico y seguro de sí mismo.
Quizá miraron para otro lado en algunas ocasiones, como por ejemplo cuando le daba palmaditas demasiado fuertes al perro si no obedecía y se
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sentaba, o cuando volvía del colegio con moratones.
El hecho de que lo expulsaran a los catorce años por acoso persistente les hizo tomar la decisión de que recibiera instrucción personalizada. Como el sueldo de Olivia era el más bajo, decidieron conjuntamente que ella dejara su trabajo para encargarse de la educación de Logan.
Su hijo prosperó con la enseñanza individualizada y destacó en todas las asignaturas.
La entrada en la universidad fue todo un reto, pero, con la perseverancia de ambos progenitores, lograron que Logan obtuviera las calificaciones necesarias para entrar en la carrera de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Loughborough.
Y entonces Joe cayó enfermo y le diagnosticaron cáncer cerebral.
A estas alturas, Olivia era consciente de que fue justo en aquella época cuando se produjo un cambio, por entonces aún sutil. Permitió que Logan tuviera más control sobre casi cualquier cosa que no estuviera relacionada con los cuidados de Joe.
Su hijo se hizo con el mando de la casa, y también de su tarjeta de débito. De repente, los armarios de la cocina se llenaron de todo aquello que a Logan le gustaba comer. Cambiaron de proveedor de energía para que les saliera más barato, y Logan lo puso a su nombre. A ella le daba todo igual. Su hijo exprimió las tarjetas de crédito, para tener efectivo siempre disponible en caso de que lo necesitaran.
Logan gestionaba todo para que ella pudiera centrarse en Joe.
De lo que Olivia no se había dado cuenta era de que su hijo también se había adueñado de su teléfono y estaba respondiendo a los mensajes que le llegaban por parte de sus antiguos amigos y compañeros mostrando preocupación. Lo hacía de manera breve y directa. No respondía a las llamadas, que terminaron por desaparecer.
La mañana del funeral de Joe, encontró un conjunto colocado sobre su cama, cosa que aceptó agradecida. Estaba en pleno duelo, era incapaz de tomar decisiones por sí misma.
Y todos días que siguieron a aquel, cuando salía de la ducha por la mañana, le esperaba una ropa determinada sobre la cama.
Un día, deseosa de darse un toque de color, acudió a su armario para buscar una blusa de seda amarilla que le encantaba a Joe. Todas sus prendas antiguas habían desaparecido y habían sido sustituidas por otras. Atrás habían quedado los vaqueros ajustados y las camisetas con escote.
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Sus vestidos para ocasiones especiales se habían evaporado; en su lugar, pantalones elegantes y faldas alargadas.
Cuando le preguntó a Logan durante el desayuno, él admitió alegremente haber «actualizado» su ropero con prendas más apropiadas para una madre de cuarenta y muchos años.
No se trataba solo de la ropa. Logan mantuvo el control sobre las finanzas del hogar, encargándose de la gestión del seguro de vida que facilitaba que ninguno de los dos estuviera por el momento obligado a trabajar. Ella firmó los papeles con gusto cuando su hijo se los deslizó sobre la mesa durante un desayuno, aliviada por que se ocupara de asuntos que en aquel momento se sentía incapaz de abordar por sí misma.
Lo que a Olivia le sorprendía ahora echando la vista atrás era la facilidad con la que aceptó la inversión de los roles, pero sabía que lo había hecho pensando que más adelante sería capaz de tomar decisiones y elegir; que podría seleccionar su propia ropa cuando se sintiera capaz de hacerlo; que recuperaría el control del hogar y de las finanzas cuando estuviera más fuerte.
Fue durante aquella época cuando conoció a James. La época en la que la estaban controlando sin que se percatara de ello. Cuando cada acción de Logan parecía diseñada para reducirle el estrés, cuando cada orden se disfrazaba de sugerencia bienintencionada. Después de pasar algo de tiempo en la casa, James le dejó caer que Logan estaba ejerciendo bastante influencia sobre ella, pero Olivia defendió a su hijo, explicándole a James cómo había cuidado de ella cuando no era capaz de hacerlo por sí misma. James aceptó la aclaración, y ella misma lo creyó firmemente hasta más o menos una semana después de la desaparición de su nuevo compañero.
El golpe en su cara surgió de la nada, tras pedirle a Logan que pusiera el lavavajillas en marcha. De algún modo, la dinámica entre ellos había cambiado, dando un giro. Su hijo había interpretado su docilidad como una especie de permiso, una autoridad para permitirle controlar todos los aspectos de su vida. A partir de entonces, la amenaza de violencia se convirtió en otra forma de control.
—Ni siquiera me estás escuchando —dijo Logan, arrojándole en la cara la comida, que aún no había tocado.
Olivia se dio cuenta demasiado tarde de que su hijo se había terminado su hamburguesa y había centrado en ella toda su atención. Casi toda la
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comida que le había lanzado cayó sobre su camisa, pero parte de la lechuga le dio en la cara.
Ya notaba en el estómago las consecuencias del terror. A Logan no le gustaba que lo ignoraran.
Para su sorpresa, su hijo se echó a reír antes de sacar su teléfono. —¿Te haces una idea de lo ridícula que estás? —preguntó casi al aire
mientras tomaba una foto—. Estás patética, ahí sentada con ensalada en la cara.
La carcajada fue efímera, a pesar de que se había reído de ella, no con ella.
Olivia empujó su silla hacia atrás.
—Todavía no —ordenó Logan, cogiendo su bebida—. Aún no he terminado de contártelo.
Olivia experimentó cierto calor en sus mejillas, fruto de la vergüenza que sentía. La lechuga empapada estaba pegada con firmeza en su barbilla.
Levantó la mano para quitársela.
—Déjala ahí. La próxima vez, te comes la comida que te traiga. Hoy vas a pasar mucha hambre. Bueno, eso, que Tiffany estaba guapísima sin uniforme. Es un encanto. La invité a tomar un café, pero creo que estaba liada con otra cosa. Voy a conseguir una cita con ella. Mírame. Siempre me has dicho que soy irresistible.
Al no sonreírle como respuesta, la expresión de Logan se volvió sombría.
—Vale, me estoy aburriendo ya de ti. Puedes irte a la cama.
Logan se puso de pie y le retiró la silla.
—Venga, vamos para arriba —le dijo, acompañándola hasta la escalera.
La siguió de cerca y prácticamente la empujó hacia el interior de la habitación.
—Buenas noches, nos vemos por la mañana.
Logan presentó su mejilla para recibir su beso de buenas noches; Olivia era muy consciente de que lo mejor era no negarse a dárselo.
La puerta se cerró con llave cuando hubo entrado.
Olivia buscó su camisón debajo de la almohada.
Ni siquiera eran las siete de la tarde.
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Capítulo 20
Eran aproximadamente las siete y cuarto de la tarde cuando Kim entró en la sala de la brigada.
Bryant la siguió y se dirigió hacia la máquina de café. Kim le hizo un gesto de rechazo. No tenía ninguna intención de permanecer en la oficina suficiente tiempo como para tomárselo. El día se había alargado ya bastante y tenía previsto despachar a su equipo a la mayor brevedad.
—¿Alguna novedad del psiquiatra? —preguntó. Katie ya llevaba unas horas en Bushey Fields.
Stacey negó con la cabeza.
—Después de la tercera llamada que le he hecho, se negó a hablar conmigo.
Aún quedaba alguna esperanza de que pudieran saber algo antes de la hora de la cena. Si Katie no había sido evaluada para entonces, hasta el día siguiente no obtendrían respuesta sobre si podrían interrogarla.
—Vale, voy a diseñar una estrategia para mañana, pero de momento esta noche… ¡Hombre, Campanilla! —dijo al ver la cara familiar en el umbral de la puerta.
—Buenas, jefa, ¿tienes un minuto?
—Por supuesto —dijo, señalando hacia el centro de operaciones—. ¿Necesitas que vayamos a…?
—No, no —respondió la agente, cerrando la puerta tras de sí—. No me importa que me digas que estoy exagerando delante de todo el mundo.
—¡Eeeestupendo! —exclamó Kim, mientras Campanilla tomaba asiento en el escritorio vacío.
—Hoy he estado en ese lugar —explicó, retorciéndose los dedos mientras jugueteaba con ellos—, en Donkey Pool, cuando han sacado el cuerpo del agua.
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—Vale —respondió Kim, que todavía no entendía bien qué sucedía. Sabía que había novedades, pero Keats se había adelantado y le había encasquetado un caso fácil de resolver—. ¿Es el primer cadáver que ves? —¿Estaría traumatizada? ¿Tendría la necesidad de hablar con alguien? ¿Necesitaría consuelo? Si ese era el caso, ¿qué coño estaba haciendo allí?
Tiff negó con la cabeza.
—Estuvimos esperando a que nos llamaran a nosotros —dijo Penn.
—Ojalá lo hubieran hecho.
Kim se cruzó de brazos.
—Nos asignaron otro caso. ¿Por qué?, ¿qué es lo que pasa?
La expresión preocupada de Tiff no indicaba que hubiera sufrido un trauma personal.
—Hay algo que no me cuadra. El tipo llevaba casi dos años desaparecido, y las últimas personas que lo vieron están actuando de forma un poco rara. Una mujer y su hijo de veintipocos años. Ella estaba alterada; a él parecía darle igual. El chico ha identificado el cadáver y luego me ha invitado a salir.
—¿Después de estar en la morgue con Keats? —preguntó Stacey, enarcando una ceja.
—Con Keats no. El cuerpo está en West Brom. La autopsia es mañana. —Es probable que lo envíen a Wolvo entonces —ofreció Bryant. —Sí, Dudley está hasta arriba con un caso judicial. Me da la impresión
de que el caso va a ir de mano en mano hasta que se termine diluyendo — explicó Tiff—. Probablemente no exista nada destacable desde el punto de vista forense debido al tiempo que ha pasado el cadáver en el agua, y nadie está realmente interesado en conseguir una resolución. La única pariente que tenía vive en el extranjero y no tenían una relación demasiado estrecha.
—Entonces, ¿cuál es el problema? —preguntó Kim.
—Hay algo raro en la relación entre la pareja del fallecido y su hijo. Había tensión en el ambiente. Tuve la sensación de que su reacción no era sincera desde un punto de vista emocional, por parte de ninguno de los dos.
—¿Crees que podrían ser responsables? —preguntó Kim.
—Sí. No. No lo sé. Yo qué sé, no sabía qué hacer.
—Bueno, ¿y qué quieres que hagamos? —volvió a preguntar la inspectora, de forma amable, sin malicia en su tono.
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—¿Investigar? —preguntó Tiff, esperanzada.
Kim comprendía la frustración de la chica, que se encontraba en plena transición entre agente de policía y detective. Se había cruzado con una situación que no le olía bien y sabía que el caso iba a quedar en el olvido. Era una frustración que Kim comprendía perfectamente. A lo largo de su carrera, siempre había hecho todo lo posible por no ignorar a nadie.
El problema era que ellos ya tenían una investigación importante en marcha, con Sheryl Hawne como víctima. Y, aunque quizá tuvieran ya algunas respuestas en relación con ese caso, todavía no las tenían todas.
—No —respondió Kim.
El rostro de Tiff se descompuso.
—¿No lo vas a investigar?
Kim negó con la cabeza.
—No. Lo vas a investigar tú. Penn te va a ayudar, trabajaréis juntos.
Lo coordinaré con el inspector Plant y lo cuadraré todo con Woody.
Como Tiff estaba en formación, Penn sería oficialmente la persona a cargo del caso, y ella ayudaría como había hecho en otras ocasiones.
Tiff jamás se había negado a echarles una mano, nunca, en ninguna de las ocasiones en las que se lo habían pedido. Ahora tenía una corazonada, y ellos tenían la responsabilidad de ayudarla a probarla o refutarla.
—Bueno, pues listo, reunión informativa mañana a las siete, incluyéndote a ti, Campanilla. Y venga, largo ya de aquí todo el mundo.
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Capítulo 21
Pasada la medianoche, Kim sacó a Barney a dar el último paseo del día; aún no había podido quitarse de la cabeza las imágenes de Katie Hawne.
La mirada de desconcierto mientras estaba sentada en el sofá. La expresión perdida e infantil cuando la estaban metiendo en el coche patrulla. Y sobre todo, la que no se le iba de la cabeza a Kim: el destello brillante y contagioso presente en su rostro mientras actuaba de forma improvisada en las celdas de detención. Le parecía que hubiera conocido a tres Katies diferentes en el espacio de un día, y todavía no sabía cuál era la real.
—Esta noche toca parque, amigo —le dijo a Barney tras haber echado un vistazo al tiempo.
Hacía más o menos una hora que la lluvia había dado un ratito de tregua, y sospechaba que la mayoría de la gente habría aprovechado entonces para ir a pasear su perro antes de que volviera a llover.
Ni a ella ni a Barney les importaba la lluvia, y ambos estaban encantados de que los acompañara si así podían disfrutar de un parque vacío.
Kim se alegró al no ver un solo coche en el pequeño aparcamiento y, tras echar un vistazo fugar a su alrededor, comprobó que solo ellos dos eran lo bastante estúpidos como para andar por allí mojándose.
La inspectora se inclinó y le quitó la correa al perro.
Barney corrió unos quince metros alejándose de ella, y luego volvió. Repitió ese proceso varias veces hasta que ella volvió a atarle la correa. Parecía que le gustara el sabor de la libertad, pero tampoco demasiado. También estaba el detalle de que el animal podía oler la manzana que su dueña llevaba en el bolsillo para casos de emergencia.
Mientras observaba el ritual de su perro, Kim volvió a pensar en Katie Hawne. Esperaba que a la mañana siguiente, y temprano, la llamara el
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médico para confirmarle que había estado fingiendo y que estaba en perfectas condiciones para ser interrogada. Sin embargo, algo en su interior le decía que eso no iba a ocurrir.
El sonido de su teléfono interrumpió sus reflexiones. Sonó con fuerza en el silencio de un parque vacío.
Extendió el brazo para cogerlo, y Barney se lanzó hacia ella.
—Te has equivocado de bolsillo, amigo —dijo antes de ver el nombre de la persona que la llamaba.
—Stone —respondió, con un ritmo cardiaco ya acelerado. —Permíteme confirmar primero que antes estábamos de acuerdo —
solicitó Keats.
—¿De acuerdo en qué? —respondió Kim. Era un poco tarde para recibir una llamada del tipo «te lo dije».
—En el motivo por el que Katie Hawne mató a su madre.
—No sé muy bien por qué estamos teniendo esta conversación a medianoche, pero sí, comprendí tu razonamiento. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque resulta que los dos estábamos equivocados. Tenemos otro cuerpo. En plena madrugada.
Kim se detuvo en seco; todo el caso acaba de colapsar. Hacía un instante, tenían una víctima y un asesino, y tan solo tenía que emplear su tiempo en terminar de comprender los detalles. En ningún momento consideró que Katie Hawne no hubiera matado brutalmente a su madre. Pero, si Keats estaba en lo cierto y este crimen reproducía el primero, Katie no podía haber sido la responsable, y ya iban entre doce y quince horas por detrás del asesino.
—Joder. Mándame un mensaje con la dirección —pidió, volviendo a atar la correa al collar de Barney.
—Ya lo he hecho —respondió el forense antes de colgar.
El teléfono de Kim recibió un mensaje mientras metía a Barney en el coche. La inspectora pensó en llamar a Bryant, pero al final decidió no hacerlo.
—Venga, amigo. Hoy vas a ser mi compañero en el crimen.
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Capítulo 22
La casa de Bromsgrove era una vivienda adosada en un pequeño callejón sin salida a un kilómetro y medio del acceso a la autopista.
Diez casas pareadas daban a un pequeño espacio verde que también servía como rotonda, y que en aquel momento era el punto de encuentro de la mayoría de los residentes que observaban las luces azules de emergencia que iluminaban el cielo.
—No vayas a moverte de aquí —le dijo Kim a Barney mientras bajaba la ventanilla del coche para dejar un hueco de apenas un centímetro.
La inspectora se abrió paso entre la multitud y pasó bajo el cordón policial justo cuando también llegaba la furgoneta de Mitch.
Keats ya estaba esperando en la vivienda.
—Andrea Shaw, de cuarenta y siete años, con puñaladas múltiples. La ha encontrado su hija, Toyah, de veintidós años, que vive en casa y volvía después de haber salido de fiesta.
Kim ya se estaba poniendo el equipo de protección mientras Keats continuaba explicándole.
—El cuerpo está en el salón y la hija está histérica en la cocina.
Kim entró en la casa y de inmediato observó indicios de lucha. Los cojines del sofá estaban desperdigados por todas partes, una pequeña estantería había sido volcada y había objetos decorativos desparramados por el suelo.
La mujer yacía también en el suelo, en medio de un charco de sangre. Su camisón estaba manchado de rojo desde la zona del esternón hasta la parte inferior de la barriga.
—Estaría durmiendo y la han despertado para esto —dijo Keats desde atrás.
—No creo que estuviera durmiendo, porque su hija aún no había vuelto. Probablemente por eso abrió la puerta en camisón, pensando que
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su hija se había olvidado la llave.
—¿Eres tú la experta? —se burló el forense.
—Keats, yo no soy capaz de dormirme si no sé con exactitud dónde está mi perro, así que es muy probable que tenga razón en lo que digo.
—Ah, sí, ese perro valiente e intrépido que se llevará todos los homenajes cuando…
—¿Cuánto tiempo hace que la mataron? —espetó Kim. No era algo sobre lo que reflexionara demasiado. A diferencia de cualquier otro perro, Barney iba a vivir para siempre.
—No más de una hora.
—Joder, la hija no se encontró con el asesino de milagro.
—Pues sí, habrá estado cerca —confirmó Keats.
—¿Alguna mancha en las prendas de la chica? —preguntó Kim. —Nada. Todavía tiene puesta su ropa de fiesta, y está limpia como una
patena.
Kim se dirigió hacia la parte superior del cuerpo, teniendo cuidado de evitar la sangre. Desde aquel ángulo de la estancia, podía visualizar con claridad lo que había ocurrido.
Andrea Shaw había bajado las escaleras alrededor de las diez y media de la noche para permitir que entrara su hija, que se había dejado las llaves en casa. Pero vio que alguien había forzado la puerta. Andrea debió retroceder hasta el salón y usó la estantería para bloquear la entrada del intruso, pero en realidad lo que consiguió fue quedarse atrapada.
El asesino cruzó la habitación y empezado a apuñalarla. Kim contó más de una docena de heridas defensivas en manos y brazos.
Se situó justo por encima de la víctima y contempló un rostro que habría resultado atractivo tan solo unas horas antes. Sus ojos color avellana estaban enmarcados por unas cejas bien definidas y sus labios carnosos conservaban el vestigio de un maquillaje recién eliminado.
Kim miró más de cerca la boca; a continuación, dirigió la mirada a Keats.
—¿Hay algo ahí adentro?
—Creo que sí, pero voy a esperar hasta que la tenga en la morgue para…
—¿Por qué no intentáis salvarla? —gritó una voz desde el pasillo.
Un agente agarró a la chica por detrás antes de que entrara en el salón y miró en dirección a Kim, como pidiéndole disculpas.
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La inspectora se desplazó hasta el lado opuesto de la estancia y se quitó el equipo de protección antes de dirigirse hacia el lugar por donde habían desaparecido el agente y la chica.
Los encontró sentados junto a la mesa de la cocina. La joven estaba inclinada hacia delante, sollozando sin poder controlarse en el círculo que formaban sus brazos.
Kim tomó asiento e hizo un gesto con la cabeza al agente para que retirara la mano del hombro de la chica.
—Toyah, ¿verdad? —preguntó Kim, inclinándose hacia adelante.
La chica asintió mientras levantaba la cabeza. Su cara, enrojecida, estaba hecha un desastre a causa de las lágrimas, el rímel y los mocos.
Kim extendió la mano para coger un rollo de papel de cocina. Arrancó un par de trozos y se los pasó a la joven, que estaba muy maquillada y cuyo pelo corto y verde llamaba bastante la atención. A diferencia de su madre, sus ojos eran de un azul intenso, que contrastaba con las manchas oscuras que los rodeaban, dándole un aire de oso panda. Parecía mucho más joven que Katie, aunque solo hubiera un par de años de diferencia entre ellas.
—¿Por qué no estáis intentando salvarla? —volvió a preguntar.
—Ha muerto, Toyah —dijo Kim con toda la delicadeza que pudo—.
Tú ya te diste cuenta cuando la encontraste, por eso no la has tocado.
—No quería hacerle daño —explicó la chica mientras las lágrimas caían de sus ojos—. Pero debería haberlo intentado. Si hubiera sabido qué hacer, podría haberla salvado.
Kim negó con la cabeza:
—Ya estaba muerta, no podías hacer nada.
—No debería haber salido. ¡Si me hubiera quedado en casa, no habría pasado nada!
Kim se preguntó cuántas formas de culpabilizarse iba a encontrar la joven.
—Eso no lo puedes saber. Quizá también habrías sido una víctima — razonó Kim.
El teléfono de Toyah sonó y se iluminó sobre la mesa. Un nombre, Tony, parpadeaba en la pantalla.
Toyah contestó.
—¿Dónde estás?
—Afuera. No me dejan entrar —oyó Kim.
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—Es mi hermano; lo he llamado yo —lloriqueó—. Lo necesito.
Kim le hizo un gesto al agente, que a través de su radio dio la orden para que permitieran entrar al hombre.
—¿Sabe tu hermano lo que ha ocurrido? —preguntó Kim, asumiendo que Andrea también era la madre de Tony.
—Se lo he contado. Vive en Romsley, a pocos kilómetros… —¡Toyah, Toyah! —llamó una voz masculina desde el pasillo. —¡Aquí! —chilló la chica.
Kim supuso que Tony era un poco mayor que su hermana, tal vez de unos veinticinco años, pero el parecido entre ambos era incuestionable. Kim estuvo segura de que eran hermanos.
—¡¿Dónde está?! —preguntó Tony, mirando a Kim, que aún sujetaba a su hermana, que no dejaba de llorar.
—En el salón, pero no puede entrar allí —aconsejó Kim.
El chico pareció querer discutirlo.
—¡No lo hagas, Tony! —murmuró Toyah, sollozante, contra el pecho de su hermano—. No te quedes con esa imagen de ella en la cabeza. Es horrible.
—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó el joven, apartando un poco a su hermana para poder verle la cara.
—Han matado a mamá, la han apuñalado. Está muerta, Tony. Está muerta.
Tony volvió a apretar con firmeza sobre su pecho a su hermana, cuyas lágrimas parecían incesantes e inagotables.
—He llamado a papá; viene de camino desde Glasgow. Tú te vienes conmigo a casa.
Tony miró a Kim por encima de la cabeza de Toyah. Parecía tranquilo y en control de la situación; no había en él señales de haber llorado o de estar a punto de hacerlo.
—¿Puedo prepararle una maleta con algo de ropa y llevármela de aquí?
Había preguntas que Kim tenía que hacer, pero, conforme aumentaba el volumen de los sollozos de Toyah, comprendió que la chica no estaba en condiciones de responder en aquel momento.
La inspectora asintió.
—Hablaremos con ustedes mañana.
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Toyah había presenciado una escena tan espantosa que la perseguiría en sus sueños durante años. En ese momento, todo lo que necesitaba era marcharse y que la familia la reconfortara un poco.
Kim se adelantó a los hermanos y se colocó junto a la puerta del salón para bloquear la vista. Tony pasó junto a ella y subió las escaleras. Su comportamiento fue digno de reconocimiento: el chico ni siquiera intentó echar un vistazo hacia dentro. Estaba completamente centrado en atender a su hermana.
—¿Aún por aquí? —preguntó Keats, uniéndose a la inspectora junto a la puerta.
—¿En qué otro sitio voy a estar si casi son las dos de la mañana? —Nuestra teoría se ha ido a la mierda —dijo, observando atentamente
a Mitch.
—Sí. Katie sigue confinada en Bushey Fields, así que no le podemos atribuir a ella lo que ha sucedido aquí.
—Estamos a punto de comenzar el proceso de mover el cuerpo. —Cinco minutos, Keats. Vamos a dejar que los hijos salgan de aquí
antes de hacerlo.
—Entendido —respondió el forense, retrocediendo hacia donde se encontraba su compañero técnico.
A los pocos minutos, Tony y Toyah reaparecieron con una bolsa de viaje.
—Intenten descansar un poco, hablaremos con ustedes cuando lo hayan hecho —dijo Kim mientras Tony conducía a su hermana hacia el exterior.
Cuando ya no estaban a la vista, Kim le dio la aprobación a Keats para que retiraran el cuerpo, antes de dirigirse hacia la planta de arriba.
La primera puerta a la izquierda era claramente el dormitorio principal. Un rápido vistazo alrededor le confirmó que se trataba de la habitación de la fallecida.
Había un pequeño televisor, una estantería grande y un rincón de lectura. En la única mesilla de noche había una lámpara, un par de libros, unas gafas de leer y un teléfono.
Las mantas estaban echadas hacia atrás y las almohadas formaban una pila en uno de los lados de la cama, lo que indicaba que lo más probable era que Andrea hubiera estado sentada, leyendo y esperando a que Toyah volviera a casa.
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La habitación contaba con un cuarto de baño, práctico y perfectamente ordenado.
En la habitación contigua había un escritorio y estanterías con cajas repletas de materiales de artesanía. En la mesa de trabajo había pegatinas, una guillotina, alambre para realizar trabajos manuales y pinturas. Por aquí y por allá se podían ver maquetas y proyectos de tarjetas en distintas fases de su ejecución. Aunque el lugar en general estaba lleno de objetos, todo parecía organizado y utilizado con un sentido.
La siguiente habitación en la que entró era sin duda la de Toyah.
El tocador estaba abarrotado de frascos de perfume y estuches de maquillaje; había cosas escondidas y encajadas en todos los rincones disponibles, dando la impresión de ser un espacio ordenado a menos que se observara con algo de atención.
Era una habitación que empezaba a quedarse pequeña, reflexionó Kim. Toyah tenía poco más de veinte años y durante toda su vida había ido acumulando un montón de cosas, de las que no parecía dispuesta a desprenderse.
Kim cerró la puerta tras de sí y sonrió al ver el cartel que había sobre ella.
Solo se puede entrar con cita previa, a menos que vengas con comida.
Hasta ese momento, parecía un hogar completamente normal. Una madre que tenía sus propios intereses y aficiones, y una hija que estaba a punto de disfrutar de su propia independencia.
Kim abrió la puerta de la última habitación. El cuarto de los trastos. Un espacio repleto de cajas y bolsas de cosas que ya no hacían falta, pero que no habían terminado todavía en la basura, ya fuera por falta de tiempo o de ganas, o por apego emocional.
Aquellas cajas revelaban toda la historia de una familia.
Kim empezó a abrir las tapas de las cajas, que llevarían años sin tocarse. Las del fondo contenían recuerdos y fotos de boda, que probablemente se habrían almacenado allí tras una ruptura matrimonial. También había en ellas ropa de bebé, libros, juguetes, chales, mantas o peluches. Era como una clase de historia del pasado de la familia, cada zona de la habitación representaba una época del mismo.
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Kim tuvo la repentina idea de que a aquellas cajas pronto se añadirían otras con las cosas de Andrea. Apenas unas horas antes, era una mujer vital y ocupada, viviendo y disfrutando de la vida, y ahora, en un futuro no muy lejano, toda su vida sería consignada a unas cajas repletas de una selección de posesiones mundanas elegidas para que constituyeran una representación lo más fiel posible de su vida.
Se sacudió aquellos pensamientos sensibleros, consciente de que se le habían pasado por la cabeza porque aquella muerte era completamente prematura. Andrea no debería pasar a formar parte de la historia de la familia hasta dentro de varias décadas.
Solo le quedaban por abrir un par de cajas, encajadas entre juegos de mesa, uniformes escolares antiguos y certificados.
Kim las abrió, preguntándose qué demonios le quedaría por encontrar. —¡Oh, oh…, mierda! —exclamó mientras echaba hacia atrás las tapas. Había coronas y bandas apretujadas en el interior. Aquello no se
parecía en nada al santuario de la antigua casa de Katie.
Era una caja que contenía recuerdos de una época que ya había quedado atrás. Recuerdos que no se veneraban, que no se revivían, que ni siquiera se recordaban, ya que Kim no había visto indicios de ellos por ningún otro lugar de la casa.
La inspectora cerró la caja y salió de la habitación.
Con un segundo asesinato relacionado con el mundo de los certámenes, aquel caso se acababa de convertir en algo mucho más complicado de lo que había pensado en un principio.
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Capítulo 23
Los miembros del equipo fueron entrando en la oficina con un intervalo aproximado de un minuto entre cada uno de ellos.
Todos se fijaron en la pizarra, que había sido actualizada desde la última vez que la habían visto la noche anterior.
Cuando Kim regresó a casa, eran casi las cuatro de la madrugada y no le mereció la pena volver al dormitorio. Se quedó dormitando junto a Barney en el sofá durante un par de horas antes de que empezara la rutina habitual del paseo matutino y el desayuno. Como la rutina del sueño de Barney se había alterado tanto, estaría fuera de combate hasta que Charlie lo recogiera a la hora de comer.
—¿Jefa? —preguntó Stacey, poniendo su bolso satchel bajo su escritorio.
—Sí, tenemos otro cadáver.
—Te estás quedando con nosotros —acusó Penn.
Ninguno de ellos se había cuestionado que Katie fuera la asesina. Y todos habían estado equivocados.
—No estaba yo para bromas cuando recibí la llamada en mitad de la noche —respondió Kim.
—¿Has ido a la escena de un crimen sin mí? —preguntó Bryant, haciéndose el dolido.
—Sí, me llevé a Barney. Es mucho más útil que tú a las dos de la madrugada.
—Pues también es verdad —admitió el sargento.
—Siento llegar tarde —se disculpó Tiff, deslizándose en la silla junto al escritorio vacío.
—No llegas tarde, pero te va a hacer falta un poco de paciencia hasta que logremos arrancar con nuestro caso. Ha cambiado desde anoche.
—Entendido, jefa —respondió Tiff, quitándose el abrigo.
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Kim continuó.
—Nuestra segunda víctima se llama Andrea Shaw. Tenía cuarenta y siete años y trabajaba como recepcionista de un médico.
—Entonces, ya sabemos el motivo —bromeó Bryant.
Kim le lanzó una mirada antes de seguir hablando.
—Por lo que hemos encontrado en su teléfono, parece que socializaba con amigos un par de veces al mes y ocupaba su tiempo libre con manualidades y lectura. Se divorció amistosamente hace unos años y tiene dos hijos adultos, un chico y una chica.
La inspectora hizo una pausa mientras el equipo asimilaba la información.
—¿Alguien quiere intentar adivinar qué vínculo existe entre las dos mujeres asesinadas?
—¿Ambas desempeñaban labores administrativas? —preguntó Penn.
Kim negó con la cabeza.
—¿Vivían solas? —preguntó Bryant.
—No.
—¿Los certámenes? —preguntó Stacey.
—Madre mía, chicos —dijo, mirando a Bryant y después a Penn—. No sé por qué os molestáis siquiera en intentarlo estando Stacey presente. En efecto, se trata de los concursos.
Solo Stacey, y en unos pocos segundos, había atado cabos y relacionado lo que habían encontrado en la garganta de Sheryl con el hecho de que la segunda víctima también tuviera una hija.
—¿Y también habéis encontrado algún tipo de santuario en la casa? — preguntó Bryant.
—Qué va. Todo lo contrario. Las tiaras estaban guardadas junto a kimonos antiguos y bates de cricket.
Tiff levantó la mano e hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta.
—Jefa, ¿quieres que me…?
Penn parecía decepcionado.
—No, te dije que te íbamos a ayudar y lo haremos, pero si nos hiciera falta quitarte a Penn para que nos ayude con…
—Claro, claro, por supuesto.
Kim se giró hacia Stacey.
—Bryant y yo tenemos que hacer un par de llamadas, así que tu máxima prioridad son los certámenes. Céntrate en ellos. ¿Estuvieron las
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hijas en el circuito en la misma época? ¿Hubo algún problema, algún enemigo, alguna pelea, algún tipo de escándalo?
—Entendido, jefa.
—Investiga también a los familiares de ambas víctimas. Empieza con Sheryl, ya que no parece tener muchos. Echa un ojo por otras zonas para ver si está sucediendo algo similar en alguna parte. Eso debería ser mantenerte ocupada de momento.
—Me pongo a ello, jefa.
Kim se dirigió al centro de operaciones para coger por su chaqueta. Otra vez lo mismo. Acababan de descubrir que lo que habían
presenciado no era lo que parecía a simple vista, que estaba lejos de ser tan sencillo como aparentaba tras una primera evaluación. Había una víctima y tenían una sospechosa. Creyeron que se había tratado de un hecho aislado y que ninguna otra persona se encontraba en peligro. Sin embargo, habiendo una segunda víctima ya en la morgue, la inspectora era muy consciente de que tenían que darse mucha prisa, y rezaba para que pudieran reunir cuanto antes toda la información necesaria para evitar que alguien más perdiera la vida.
El tablero del rompecabezas se había colocado sobre la mesa y conocían el tema que vinculaba a ambas víctimas, pero tenían que intentar encajar las piezas para que, una vez ordenadas, pudieran obtener una imagen coherente y sensata.
La primera pieza se encontraba aislada en Bushey Fields.
Antes de que tuvieran a la segunda víctima, los certámenes no habían sido más que un pequeño detalle a inspeccionar mientras se trataba de desentrañar lo que parecía ser una relación compleja y tóxica entre una madre y su hija.
Con el descubrimiento del cuerpo de Andrea, también madre de una hija que había participado en concursos de belleza, Kim se vio obligada a preguntarse qué habrían hecho ambas progenitoras para merecer tal castigo. ¿Qué tendrían en común? ¿Eran los concursos los responsables de la hostilidad que existía entre Katie y Sheryl? ¿Y cómo había sido exactamente la vida de una chica que participaba en certámenes?
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Capítulo 24
Miro el plato y noto que me escuecen las lágrimas, a punto de brotar de mis ojos. Tres hojas de lechuga y un tomate partido por la mitad. Distingo los bordes rasgados de lechuga, de donde se han arrancado las partes marrones. La piel del tomate parece flácida y envejecida, ha perdido su firmeza y frescura. Mi estómago ruge en señal de protesta. Son ya las cinco y no he comido nada desde que desayuné unos cereales triturados en leche aguada.
—No se te vaya a ocurrir quejarte. Has engordado medio kilo desde que te pesaste la semana pasada. En unos días volverás a estar normal, o quizá incluso más delgada, a ver si es posible. Todos tenemos que hacer sacrificios. Venga, es como si fuera un sándwich de beicon, lechuga y tomate, pero sin el beicon ni el pan. Es eso o nada.
—Vale, mamá —respondo, sabiendo que quejarme no me va a hacer ningún bien.
—Venga. Cómetelo —dice mientras da golpecitos a su reloj—.
Tenemos que volver a practicar dentro de tres minutos.
Me observa mientras me como lo que me sabe prácticamente como un plato lleno de agua. Se acaba en un abrir y cerrar de ojos, y me siento como si no hubiera comido nada.
—Vamos, vístete y ven al salón —me ordena, antes de salir de la cocina para prepararse algo de beber.
Me quito la ropa y deslizo mi nuevo vestido rosa sobre mi cuerpo. Estoy deseando y rezando por que me quede bastante suelto para poder comer algo más, pero, al colocarlo sobre mi cuerpo, sé que sigue tensando las costuras. Si mamá lo ve, puede que ni siquiera me dé cereales por la mañana.
Las lentejuelas del cuello del vestido me arañan la cara cuando me lo paso por la cabeza y meto los brazos por las mangas. Cuando está
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colocado en su posición final, es como si cada lentejuela encontrara el punto exacto en el que había estado rozándome anteriormente.
Me pongo los zapatos. Son nuevos y aún están muy rígidos. El cuero duro hace que la piel de mi talón parezca una ciruela pasa, antes de que la piel desaparezca por completo y deje tras de sí un círculo en carne viva. Cada vez que me los vuelvo a poner, me duele más que antes, pero sé que tengo que ponérmelos.
Me dirijo hacia el salón, intentando caminar con la mayor normalidad posible. Sé lo que me va a decir si dejo entrever el dolor.
Veo los libros y las naranjas y entiendo que va a ser una tarde muy larga. Siento un cosquilleo difuso en mi estómago.
—Mamá, tengo que hacer deberes —suspiro. Tengo que dibujar y aprenderme el nombre de los siete continentes.
—No digas tonterías. ¿Qué deberes importantes podría tener una niña de siete años? Los profesores solo quieren quitarse responsabilidades. Les enviaré una nota.
Percibo la firmeza en su tono de voz. No tiene sentido protestar. Me va a ignorar. Si le digo que no me gusta la mirada de desaprobación que me dirige la señorita Hichins, se va a reír. Si le explico que mis compañeros me miran raro porque nunca entrego nada para que me lo corrijan, se va a burlar de mí.
—Comenzaremos con tu forma de caminar —dice, poniéndome un libro en la cabeza.
Sé que debo permanecer completamente inmóvil hasta que ella vuelva a sentarse para observarme. Lo hace y me indica que empiece con un gesto.
Al principio me muevo despacio. Si voy demasiado rápido desde el comienzo, el libro se me cae por la espalda. Veo la frustración en los ojos de mi madre ante la velocidad a la que voy, pero he aprendido que se cabrea mucho más si tiene que levantarse una y otra vez para colocar el libro en su sitio.
—Primero haz diez largos y luego nos ponemos con las naranjas.
No permito que se me note la cara de pánico. Diez largos en el salón suponen una distancia mucho mayor que la que tengo que recorrer en un escenario. Si se me cae el libro una sola vez, tengo que volver a empezar desde el principio. Solo he conseguido completar los diez largos una única vez, pero entonces no llevaba puestos los zapatos nuevos. Me dan ganas de
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recordárselo, pero sé que no debo hacerlo. Si protesto, aumentará a doce el número de largos.
—Ve más rápido. No voy a empezar a contar hasta que te estés moviendo más deprisa que ahora.
Siento que me tiembla el labio inferior, pero me lo muerdo para evitar que se me escapen las lágrimas. No provocan ningún efecto en mi madre; normalmente, de hecho, solo sirven para hacer que se enfurezca aún más.
Acelero, pero, antes de haber completado siquiera dos largos, se me cae el libro. Cada paso que doy significa una tortura para mis talones, y ahora tengo que comenzar de nuevo. Los pasos que he dado hasta ahora no sirven para nada. El roce extra en mi piel, tampoco.
Empiezo de nuevo; logro cuatro largos.
Y otra vez; ahora, siete.
Y otra, cinco.
Mientras camino, sé que mi rostro refleja el dolor que sufro. Soy incapaz de evitarlo. Cada vez que el cuero nuevo de los zapatos se mueve contra mi piel, siento como si me estuviera rozando directamente en algún hueso.
—Vamos, ¡inténtalo otra vez! —ordena mi madre—. Sin dolor, no hay recompensa.
Me encuentro fatal. Me duelen las piernas y percibo sangre recorriendo la parte trasera de mis talones, discurriendo por mi piel hasta introducirse en mis zapatos nuevos.
Me agacho para coger el libro y empezar de nuevo, y al inclinarme veo unos destellos de luz que difuminan mi visión. La habitación empieza a girar a mi alrededor. El mareo me produce ganas de vomitar. Todo da vueltas y, a continuación, solo hay oscuridad.
Abro los ojos.
¿Qué ha pasado?
¿Por qué estoy en el suelo?
¿Por qué está de pie junto a mí?
—¿Mamá? —le pregunto.
—¿Tienes idea de lo inútil que eres? Todo lo que tienes que hacer es caminar con elegancia y estilo y lanzar unas naranjas al aire. Ni siquiera
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eres capaz de hacer eso. No tienes ni habilidad ni talento, y ahora además te has convertido en una pequeña cerdita. Fíjate, tu vestido está a punto de estallar.
Me arden los ojos, pero intento no llorar.
—¡Fuera de mi vista! Me das tanto asco que no puedo ni mirarte a la cara.
Cojeo hasta el baño y me limpio la sangre de los pies.
Por más que intento detenerlas, ahora que ya estoy sola, las lágrimas terminan resbalando por mis mejillas.
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Capítulo 25
Aunque existieran unos parterres con flores para suavizar la imagen de los edificios que conformaban Bushey Fields, era obvio que, por muchas caléndulas que en ellos hubiera, no iban a servir de gran ayuda a las personas internadas en aquel lugar.
Una enfermedad mental no se curaba con bordes perfectamente definidos ni con céspedes cuidados minuciosamente, y todos aquellos esfuerzos tan solo estaban diseñados para dar la apariencia a los observadores y también a los visitantes de que se cuidaba con esmero tanto el interior como el exterior del recinto.
Un enfermero les facilitó al acceso a través del primer conjunto de puertas, hasta llegar a lo que Kim siempre denominaba «cámara de descontaminación». El trabajador comprobó las identificaciones policiales de la inspectora y de Bryant y luego pulsó algunas teclas.
—¿Quién derivó aquí a la chica?
—Yo —respondió Kim.
—¿Fecha y hora?
La inspectora comprendía que aquella seguridad estaba justificada. Ese hombre no los conocía de nada y no era demasiado difícil conseguir una identificación falsa.
Eran preguntas básicas cuyas respuestas solo podría conocer un agente de policía auténtico.
—Ayer por la tarde, sobre las cinco.
—¿Motivo?
—Comportamiento extraño después de ser arrestada.
—¿Por qué la arrestaron?
—Por asesinato.
—Gracias por su paciencia, inspectora. Espere ahí y haré que alguien la acompañe hasta su habitación.
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—No, tráigala aquí mejor. Nos sentaremos en esa mesa de allí —dijo, señalando hacia el otro lado del segundo conjunto de puertas.
—Sin problemas —respondió el hombre.
El enfermero conversó con otro trabajador del recinto y luego se volvió a acercar hasta ellos.
—Pronto estará con ustedes.
—¿Cómo se ha estado comportando? —preguntó Kim.
—No ha salido de su habitación ni ha dicho una sola palabra, y tampoco ha comido ni bebido siquiera un vaso de agua.
—Vale, gracias —dijo la inspectora, tomando asiento.
—¿Por qué aquí afuera? —preguntó Bryant, sentándose junto a ella. —En estos momentos, su mundo le resulta completamente ajeno,
extraño. El único refugio seguro que le queda es su habitación, y no le vamos a quitar eso.
—Lo pillo.
—¿Sabes qué más vas a pillar? ¿Ves esa máquina expendedora de ahí?
—¿Qué quieres? —preguntó el sargento, siguiendo la mirada de Kim.
—Tres botellas de agua.
—Tú no bebes agua embot…
—Tú ve a por ellas —insistió Kim mientras Katie aparecía por el pasillo.
Se alegró al ver que alguien la había vestido con ropa más adecuada para ella, aunque los vaqueros le quedaban un poco grandes y las mangas de la rebeca eran demasiado cortas. No era ni un vestido de gala ni tampoco un mono, así que por fin aparentaba la edad que tenía.
Otra enfermera guiaba a Katie hasta el único asiento vacío disponible;
Kim le llamó la atención con la mirada para preguntarle:
—¿Alguna medicación?
—Un sedante suave anoche.
Kim le dio las gracias; Bryant volvió a la mesa con tres botellas de agua.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Kim.
Katie no contestó; se limitó a mirarse las yemas de los dedos.
Seguía con el mutismo, lo cual resultaba desconcertante. La inspectora podía comprender esa estrategia cuando pensaba que Katie creía que podría incriminarse si hablaba más de la cuenta, pero ahora ya sabía que la
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chica no había asesinado a su madre, cosa que además Katie había sabido desde el principio.
—¿Por qué no nos contó que no había matado a su madre?
Katie levantó la cabeza bruscamente. Kim se quedó atónita al ver la expresión de confusión en su rostro. ¿Qué coño estaba pasando?
—¿No la he matado? —preguntó la joven con incredulidad.
—¿Recuerda haberlo hecho?
Katie frunció el ceño y se quedó mirando la mesa.
—Recuerdo que quería hacerlo. De veras que quería. —Movió la cabeza de lado a lado—. No, no la creo. Tengo que haberla matado yo.
—Díganos lo que recuerda, y tenga claro que no hemos venido hasta aquí para tenderle ninguna trampa.
—No, está tratando de manipularme. Está intentando que diga algo que luego pueda usar en mi contra.
—Le juro que no. No tiene representación legal, no está bajo sospecha y no la han considerado apta para que la interroguemos. Podría contarme que asesinó a un montón de personas dentro de una casa y no podríamos hacer mucho al respecto.
Katie miró a Bryant, que asintió para darle la razón a su compañera. —Pero es que tengo que haberlo hecho. Estaba enfadada. Fui a la
casa… —Hizo una pausa y su expresión de desagrado se intensificó—. Yo estaba en el suelo, cubierta de sangre, con el cuchillo en la mano. La maté yo.
Y ahí estaba: esa era la confesión que llevaba casi veinticuatro horas buscando. Pero, irónicamente, no era la verdad.
—Katie, usted perdió el conocimiento, se desmayó. Su madre ya estaba muerta. Vio la escena y fue demasiado traumática como para poder procesar lo ocurrido. Se desmayó y perdió la noción del tiempo, pero no mató a su madre.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó la chica mientras dejaba caer la cabeza entre sus manos—. ¡No la maté! ¡No fui yo! —Su tono de voz reflejaba de forma notoria el alivio que acababa de sentir—. ¿Está segura? —Katie levantó la cabeza y cogió una botella de agua. Lo que Kim había sospechado: se había estado castigando por el sentimiento de culpa que la invadía. La joven llevaba horas sin comer ni beber nada.
—Estamos seguros —respondió Kim, mientras Katie se bebía la mitad de la botella de un trago—. Sabemos que tenía problemas serios con su
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madre, Katie. Habló con Judith Palmer sobre ello.
—Me ayudó a entender que no era culpa mía, que mi madre era una narcisista que me estuvo haciendo chantaje emocional durante veinticinco años.
—Cuéntenos —instó Kim.
Katie se terminó la primera botella de agua y Kim le acercó una segunda.
—Nada de lo que yo hacía era suficiente para ella, nunca estaba del todo contenta. Todos los días me relataba los sacrificios que había hecho por mí. El cariño que me daba dependía de lo que me esforzara en mejorar mi forma de desfilar o de lo bonita que fuera mi sonrisa. Me ponía una nota sobre diez. Si sacaba menos de un ocho, ponía mala cara y se pasaba un día entero sin dirigirme la palabra. Si sacaba más, me mimaba y me regalaba juguetes.
—¿Usted quería participar en los concursos? —preguntó Bryant.
—Al principio sí, cuando me parecía divertido ponerme vestidos brillantes, pero eso tardó poco en desvanecerse. Me pesaban todas las noches y me obligaban a que desapareciera cada gramo de más. No tenía amigos porque no podía salir a la calle a jugar. Dios me librara de hacerme un moratón o un arañazo que estropeara mi aspecto físico. Mi madre lo controlaba todo. No me dejaba hacer nada. Teniendo ya diecinueve años, todavía me seguía quitando la grasa del beicon —explicó, mientras su vista se perdía y miraba al infinito.
Kim tosió para recuperar la atención de la chica. Quería que Katie recordara su historia, pero no que la reviviera.
—No tenía límites. Entraba en el baño mientras me estaba duchando para comprobar que me había depilado el vello púbico.
—Pero usted consiguió salir de aquello —dijo Kim, tratando de ocultar su estupor e intentando recordarle a Katie que había sido muy fuerte.
—Sí, con el tiempo, y con la ayuda de Judith, pero el problema era que no sabía cómo comportarme. Me fui a vivir sola y no sabía hacer absolutamente nada. Jamás me había hecho algo de comer, por ejemplo. Aquellas estanterías vacías del piso empezaban a cobrar sentido.
—He encontrado lugares que preparan comida para llevar y me he acostumbrado a ella. No sé hacer nada por mí misma. Soy una inútil. No tengo ninguna habilidad social para hacer amigos ni sé tener una
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conversación sobre nada, y ahora encima la única persona que me conoce está muerta.
Katie comenzó a llorar, y Kim empezó a comprender lo complejo de la relación entre la chica y su madre. Hacía solo un instante, Katie había admitido que quería que Sheryl se muriera.
—¿Le aconsejó Judith que cortara de raíz la relación con su madre? — preguntó Kim.
Katie asintió.
—Me explicó que era la única forma de poder llegar a estar bien.
«O hacías eso, o te quedabas sola en un bote salvavidas a la deriva en medio del océano», pensó Kim.
—Y, sin embargo, a pesar de los consejos de Judith, fue a verla — señaló Kim.
—Estaba enfadada —aseguró Katie, mirando por encima de la cabeza de Kim hacia la pared que había al fondo.
—¿Por qué? —preguntó Kim, sintiendo que la chica estaba volviendo a levantar unas barreras de defensa.
—Por todo un poco. Por estas cosas de las que les he estado hablando. —Pero todo eso sucedió en el pasado. ¿Por qué eligió ese día concreto para enfrentarse a su madre por todo lo que le ocurrió cuando era más
joven?
La expresión de Katie era impenetrable; bebió un sorbo de la segunda botella de agua.
—¿Puedo irme ya?
Legalmente no tenían motivos para detenerla. No había cometido ningún delito, no estaba metida en ningún lío, no existía riesgo de suicidio, ningún familiar había expresado temor por ella o por su propia seguridad y, al margen de comportarse a veces de forma un poco excéntrica, era capaz de actuar con normalidad y mantener una conversación totalmente coherente. Kim sabía que no muchos de los internos en aquel centro podían afirmar lo mismo.
—Es consciente del espectáculo que nos ofreció ayer en las celdas de detención, ¿verdad? —preguntó Kim.
El rostro de Katie ni se inmutó.
—Fue solo un poquito de diversión, una interpretación para relajar un poco el ambiente. Nada que les permita retenerme aquí.
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—Katie, creo que necesita ayuda —dijo Kim con sinceridad. ¿Cuántas veces le habrían dicho eso? ¿Y cuántas veces había preferido la chica ignorarlo?
—¿Puedo irme ya? —insistió Katie.
—Creo que debería permanecer aquí algo más de tiempo y aprender a gestionar…
—Inspectora, ¿tengo libertad para irme de aquí?
—Sí, tiene que rellenar algún papel que otro, pero puede irse — contestó Kim, derrotada. Cualquier otra respuesta podría dar lugar a una demanda.
—Gracias —respondió Katie, echando hacia atrás su silla, y se puso de pie para marcharse.
Kim miró a Bryant y la expresión del sargento mostraba el mismo desconcierto que ella sentía.
Se suponía que aquella visita iba a servir para exculpar a Katie del asesinato, y así había sido, pero les seguía mintiendo sobre algo. La rabia que sentía por el pasado no había sido lo único que la había conducido hasta la casa de su madre en la mañana del día anterior.
—Inspectora Stone, supongo —saludó una voz desde arriba.
Kim ignoró la mano tendida del hombre mientras este se presentaba. —Soy el doctor Michaels. Estoy a punto de evaluar a su prisionera. —Buena suerte con eso, probablemente esté a punto de largarse del
centro.
—Ah, ya veo. No hay suficiente material para retenerla aquí, así que supongo que espera que mi examen concluya que está en condiciones de ser interrogada para así poder extraerle una confesión.
—Se ha quedado un poco atrás, doctor. Lo que quiero en realidad es que se tome su tiempo, la diagnostique y luego consiga que se sienta mejor. Pero, por desgracia, no creo que vaya a tener la oportunidad de hacerlo.
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Capítulo 26
Stacey intentaba ser respetuosa con el medio ambiente siempre que podía, y si era posible trabajaba solo con dispositivos electrónicos, pero en ocasiones sentía la necesidad de examinar papeles impresos tradicionales. A pesar de ello, cada vez que la impresora se ponía en marcha se estremecía por dentro.
Cuando Penn y Tiff se marcharon para la autopsia de James Nixon, la ayudante de detective dedicó algo de tiempo a pensar cuál sería el método más eficiente para analizar y relacionar entre sí la gran cantidad de información que tenía a su disposición a través de diferentes vías.
Estaba claro que no podía ser una simple coincidencia que dos madres de chicas relacionadas con certámenes de belleza hubieran sido brutalmente asesinadas en un espacio de apenas veinticuatro horas, pero hallar vínculos entre las niñas, las madres, los organizadores, los jueces, los maquilladores y las modistas iba a costarle mucho trabajo. Encontrar un solo evento al que hubieran asistido las dos víctimas no iba a servirle demasiado. Tenía que sintetizar toda la información. Y lo único que se le ocurrió fue organizarlo todo en un sistema de cuadrículas, dividiendo el área global en diferentes secciones iguales para asegurarse de que no se le pasaba por alto ninguna zona.
Lo redujo todo a los siete eventos más locales. Un análisis nacional e internacional incluiría demasiados datos, dado que debería tener en cuenta los registros de varios años. Katie solo había participado en concursos locales, así que era lógico empezar por ahí su análisis.
Según los listados de participantes en las competiciones, Katie había tomado parte en los siete certámenes desde 2006 hasta 2013.
Stacey introdujo el nombre de Katie en el lado izquierdo y rellenó la cuadrícula con la posición que había logrado en cada uno de los concursos. Pasó a la siguiente línea e introdujo los datos de Toyah, que había
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empezado a participar en los certámenes un año más tarde y había terminado un año antes que Katie. Tachó las casillas de los concursos a los que Toyah no había asistido para ver el esquema con mayor claridad.
A Stacey se le dibujó una sonrisa en la cara. Le gustaban muchos aspectos de su trabajo, pero su favorito era el análisis de datos. Utilizar los números para crear una imagen.
Con observar tan solo un par de líneas del sistema de cuadrículas, comprobó que Katie se había tomado el asunto de los concursos más en serio. Sus clasificaciones eran sólidas, mientras que las de Toyah eran irregulares. A veces estaba entre las tres primeras, en otras ocasiones no aparecía en la parte de arriba de la clasificación, y alguna vez ni siquiera asistía.
Si fuera capaz de localizar a todo aquel que formó parte del entorno de las dos madres, ¿lograría redactar una lista de personas que incluyera al asesino?
Cogió el siguiente montón de papeles y empezó a añadir más datos a la lista.
El sonido del teléfono interno la sobresaltó.
—Wood —respondió.
—Te paso una llamada —explicó Jack antes de que la línea se silenciara un segundo.
Stacey se presentó.
—Buenas, soy el doctor Michaels, de Bushey Fields. ¿Podría hablar con la inspectora Stone?
—Ahora mismo no, pero si me deja un mensaje, yo se lo haré llegar.
—Es sobre Katie Hawne. Tengo novedades sobre su situación.
Stacey escuchó la información con una creciente sensación de temor.
Aquello no le iba a gustar ni un poquito a la jefa.
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Capítulo 27
—¡Mierda! —exclamó Kim cuando Stacey le contó lo que había sucedido
—. ¿Cómo coño ha ocurrido eso?
—Katie ha rechazado ser evaluada, ha recogido sus cosas y ha
registrado su salida. Intentaron convencerla para que se quedara, pero ella amenazó a los trabajadores con emprender acciones legales por detención ilegal, así que no han tenido más remedio que dejarla salir del centro.
—Vale, Stace. Gracias por las novedades —dijo Kim antes de colgar. —Maldita sea —gruñó Kim, aun siendo consciente de que el hospital
no había hecho nada malo—. A ver, ¿dónde cojones está la casa esta? —se quejó.
—Se ha escondido a propósito, para cabrearte un poco más —bromeó Bryant—. Estaremos a unos dos minutos de llegar, lo cual no te deja suficiente tiempo para que dejes de estar tan enfadada porque alguien no ha hecho lo que le dijiste que hiciera.
—¿No crees que sugerírselo era lo correcto? —preguntó Kim. ¿Cómo podía pensar su compañero que Katie estaba lo bastante estable como para que la liberaran?
—Pero es que da igual. Katie no quería ayuda y no ha hecho nada malo, excepto aquel pequeño espectáculo que montó en las celdas de detención. Y bueno, después de un viernes noche movidito, cualquiera de nuestros huéspedes que pasan la noche en comisaría podría haber hecho algo parecido.
—Mmm…
—Sé que no estás convencida del todo, pero no podías hacer otra cosa, excepto inventarte alguna mentira descarada para retenerla allí. Seguro que se te pasó por la cabeza, pero por suerte dejaste que esa brillante idea se fuera por donde había venido.
—Pero tengo razón —insistió Kim.
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—¿Y cuándo no la tienes? De todas formas, es obvio que confía en Judith.
—Una mujer que, por cierto, no tiene un solo título; que está asesorando a personas impresionables acerca de decisiones importantes. No te metas en los asuntos de los demás si no estás cualificado para lidiar con lo que te encuentres cuando lo hagas.
—Bueno, voy a aparcar detrás de ese Lexus.
Kim no se había dado cuenta de que habían entrado en un sendero en el que el terreno se medía en hectáreas, y no en metros cuadrados. La verja de la propiedad estaba abierta, y junto al Lexus había un Ford de gama media.
No había duda de que la casa del padre de Toyah era más grande que la propiedad en la que la chica vivía con su madre.
A Kim se le ocurrió la extravagante idea de que quizá el matrimonio se había repartido a los hijos en el acuerdo de divorcio, pero permaneció en silencio mientras se dirigían hacia la puerta de entrada de la vivienda.
Tony contestó antes de que pudieran siquiera llamar.
—Estamos todos en la cocina —explicó el chico, abriendo más la puerta para que entraran.
Kim permaneció de pie en el interior, sin saber hacia dónde dirigirse.
—Ay, lo siento, síganme —instó Tony.
Flotaba en el aire un olor a beicon y huevos revueltos, pero los tres platos que se encontraban sobre la mesa apenas se habían tocado.
—Sentimos la intromisión —se disculpó Kim, recorriendo con la mirada a todos los miembros de la familia.
—No, por favor, pasen —dijo el hombre al que aún no conocían—.
Soy Ben, Ben Shaw, el padre de Toyah.
Bryant le estrechó la mano y los presentó debidamente tanto a él como a su compañera, cuya atención estaba puesta en Toyah. Su rostro pálido, ahora desprovisto de maquillaje bajo su pelo verde, le daba un aspecto fantasmal.
—Regresé en cuanto me enteré de la espantosa noticia. Por favor, dígannos si han podido progresar en la investigación.
—De momento no puedo contarles demasiado, señor Shaw, pero sí que querríamos hacerle algunas preguntas a Toyah. ¿Nos permitiría hacerlo?
—Por supuesto. ¿En qué estaría pensando? Siéntense, por favor. ¿Quieren tomar algo?
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Ella negó con la cabeza; Tony se sentó junto a su hermana.
Toyah se giró hacia ellos para prestarles toda su atención.
A Kim le dolía en el alma la situación. La chica estaba agotada y tenía la cara de alguien que ya era incapaz de producir más lágrimas.
—De verdad que sentimos mucho invadir su espacio en estos momentos, Toyah, pero ¿puede recordar algo sospechoso en las últimas semanas? ¿Alguna llamada inesperada que su madre le mencionara?
Toyah movió la cabeza de lado a lado en señal de negación.
—¿Que alguien la siguiera, o que le ocurrieran cosas extrañas cuando salía?
—Nada de nada. Seguro que fue algún psicópata que entró en la casa y… —La chica dejó de hablar, incapaz de decir cualquier cosa que le hiciera recordar la realidad de lo que estaba viviendo.
—Creemos que eso es poco probable.
Kim quería evitar utilizar palabras como brutal o enloquecido, pero el ataque había tenido un objetivo muy claro.
—¿Creen que el asesino conocía a Andrea? —pregunto Ben, horrorizado.
—En muchas ocasiones es así.
—Entonces, ¿qué pasa con los chicos? Si ha sido algo personal, ¿están en peligro?
Kim consideró toda la información de la que ella disponía y Ben no. La otra víctima del caso también era madre, pero nadie había tenido la oportunidad de matar a Katie, ya que había estado bajo custodia policial desde el primer instante. En aquel momento, no podía asegurarle a aquel hombre nada con certeza.
—No lo creo, pero yo los vigilaría de cerca durante un tiempo, por si acaso.
—Pero ¿quién podría haber querido hacerle daño a mi madre de esa manera? —preguntó Toyah—. ¡Si era simpática con todo el mundo! Tuvo que pasar un miedo terrible. ¡Dios mío, prefiero no pensarlo! Por favor, pregúntenme lo que necesiten.
—¿Sabe si su madre mantiene el contacto con alguien relacionado con la época en la que usted participaba en los concursos de belleza?
—La época en la que yo… ¿Me está preguntando eso en serio? —La pregunta había cogido a Toyah por sorpresa. Resultaba evidente que hacía
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mucho que no pensaba en aquellos tiempos—. ¿Por qué me pregunta sobre aquello? Han pasado un montón de años.
—Es solo una vía que estamos explorando.
Maravilloso; en aquel instante, todos los miembros de la familia la estaban mirando como si se le hubiera ido la cabeza. En cuanto se largaran de allí, Ben Shaw llamaría a la comisaría para pedir que Kim fuera reemplazada por un agente más competente.
—Tenemos nuestras razones para preguntarle sobre ello. ¿Mantenía el contacto con alguien?
Toyah negó con la cabeza.
—Me cuesta creer que lo mantuviera. Ha pasado mucho tiempo desde aquella época, y estoy convencida de que, de ser así, me lo habría mencionado en algún momento.
—¿Y usted? ¿Mantuvo el contacto con alguna de las otras chicas? —No. La cosa no funcionaba así. La única razón para participar en los
certámenes era tratar de ganar. Las otras chicas eran competencia, así que no hacías amigas de verdad. A ver, casi siempre veías las mismas caras en cada concurso, y por tanto saludabas y sonreías, pero cada chica solo formaba equipo con su respectiva madre.
—¿A usted le gustaba aquel mundo? —preguntó Kim.
—¡Y tanto que me gustaba! Mi madre y yo nos divertíamos mucho. Íbamos a comprar vestidos, joyas y zapatos. Practicábamos varias veces a la semana cuando llegaba la temporada de los certámenes. Mamá ensayaba el desfile conmigo, lo exageraba y terminábamos revolcadas por el suelo, riéndonos y haciéndonos cosquillas la una a la otra.
Tony se tensó, y Toyah reprimió la sonrisa que había brotado de sus labios, como si estuviera fuera de lugar.
—No pasa nada, Toyah. Fue una buena época para su madre y para usted. Está bien que conserve esos recuerdos. ¿Qué le hizo dejar de participar en los concursos?
Toyah se encogió de hombros y rompió el contacto visual con la inspectora.
—Supongo que me aburrí. Era muy divertido, pero al final, cuando llegaba la temporada de concursos, quería salir con mis amigas del colegio, hacer fiestas de pijamas y esas cosas.
—¿Y a su madre no le importó cuando usted decidió parar?
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—¿Por qué le iba a importar? Mi madre jamás intentó obligarme a hacer nada que no quisiera hacer.
—¿Está segura? —insistió Kim. Ambos hermanos parecían estar en tensión.
—Claro que está segura —afirmó Tony, soltando sus manos de las de Toyah y poniéndolas sobre su regazo.
—Vale, de acuerdo —dijo Kim—. ¿Le ha incomodado alguna vez el hecho de que esos certámenes tengan tan mala reputación y reciban tantas críticas?
—No, porque no estoy de acuerdo. Recibes tiaras, coronas, bandas, ramos de flores, cetros… También obtuve bonos de ahorro y premios económicos. Mamá lo metió todo en una cuenta bancaria y me sirvió para comprarme mi primer coche.
—¿Siente que los certámenes le causaran algún tipo de perjuicio? — preguntó Kim.
—Pero ¿de qué forma podrían haberme perjudicado? Era algo divertido, muy emocionante. Me reía mucho, pero también aprendía un montón. Me sirvió para tener más confianza, me sentía cómoda en el escenario y mejoré mi capacidad para hablar en público, algo que me aterrorizaba antes de participar en los certámenes. Supongo que también aprendí a ser una buena deportista y a aceptar la derrota con elegancia.
—De acuerdo, muchas gracias por su…
—También aprendí a ser respetuosa con los adultos. Aprendí modales. ¿Qué podría tener de malo alguna de esas cosas?
A Kim le pareció que Toyah podía hablar de todos los aspectos positivos de los eventos con mucha más elocuencia que de sus razones para dejar de participar en ellos.
—Vale, gracias por compartir aquella experiencia con nosotros, Toyah —dijo Kim, poniéndose ya de pie—. Una última cosa. ¿Alguna vez conoció a una mujer llamada Judith Palmer?
La chica pensó durante unos instantes, y luego respondió negando con la cabeza.
—No me suena. ¿Es una jueza o algo así?
—Da igual —dijo Kim, aliviada al saber que Judith Palmer no tenía vínculos con ambas chicas.
—Los acompaño afuera —ofreció Ben, cruzando toda la estancia.
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Kim estuvo a punto de rechazar el ofrecimiento, pero, en muchas ocasiones, este se producía por un motivo concreto.
Sus sospechas se confirmaron cuando el hombre salió hacia el exterior con ellos y cerró la puerta tras de sí.
—Para que conste, a mí no me gustaba la historia de los certámenes, y no todo era tan de color de rosa como Toyah se lo ha pintado. Solo se lo comento porque usted ha sacado el tema.
—Por favor, cuéntenos más —instó Kim.
—Bueno, lo justo sería decir que Andrea se lo tomaba un poco más en serio que Toyah. —Ben se acarició el pelo—. Joder, me siento fatal por contarles esto.
—La desaparición de una persona no altera la realidad —dijo Bryant. —Toyah ha sido sincera al describir que se divertía mucho. Empezó
así, siendo pura diversión. Andrea quería mucho a Tony, pero siempre había querido una niña a la que pudiera vestir a su gusto. ¡Ay, joder, no sé si me estoy explicando bien! Se involucró por completo en todo lo relacionado con los certámenes. Primero le compraba vestidos a Toyah, pero luego pasó a encargárselos a medida. Cada vez le compraba más accesorios, las cuotas para participar en los certámenes fueron en aumento, había que pagar habitaciones de hotel, una maquilladora… La cosa se fue un poco de las manos, porque Andrea quería que Toyah lo hiciera bien. No quería que su confianza se viera mermada por no competir al mismo nivel que las demás chicas, teniendo las mismas oportunidades que ellas. Por suerte, nos lo podíamos permitir, pero no era un hobby nada barato. Lo que empezó como una oportunidad para pasarlo bien con los vestidos brillantes, el maquillaje y ese tipo de cosas se acabó convirtiendo en correos electrónicos a los organizadores sobre las normas y los rangos de edad o discusiones con diseñadores de vestidos que no cumplían lo prometido. Con el tiempo, la rivalidad y el deseo de ganar terminaron teniendo más peso que la diversión. Cada vez les ocupaba más tiempo. — El hombre hizo una pausa—. Se resintieron otras cosas.
—¿Tony? —preguntó Kim.
Ben asintió.
—No era algo en lo que él pudiera participar. Cada vez se distanció más de su madre.
—Ben, ¿puedo preguntarle si aquel fue el motivo que provocó el divorcio? —preguntó Kim, con la esperanza de no estar extralimitándose,
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aunque el hombre había sido franco y directo.
—Lo fácil sería contestarle que sí, pero eso sería echarle toda la culpa a Andrea, lo cual no es justo. Pero bueno, el que nos distanciáramos fue sin duda un factor importante.
—¿No logró encontrar la forma de involucrarse en la actividad, de pasar algo de aquel tiempo todos juntos en familia?
—No tenía ninguna intención de ver a mi niña desfilando por el escenario como si fuera una joven adulta. Ya iba a tener tiempo de eso, no me gustaba verla así siendo tan pequeña.
—Vale, Ben, gracias por abrirse con nosotros y contarnos todo esto. Estaremos en contacto —se despidió Kim, antes de dirigirse hacia el coche.
La inspectora iba reflexionando acerca del hecho de que Toyah y su padre tuvieran una visión tan opuesta de una misma época, y se preguntaba qué razón lo justificaría.
—¡Vaya! —exclamó Kim al notar cómo su teléfono vibraba en su bolsillo—. Mensaje de Keats. —Lo leyó y a continuación contempló la foto adjunta al mensaje—. Joder.
—¿Qué pasa? —preguntó Bryant, mirando por encima del hombro de su compañera.
—El cuerpo extraño que encontraron en la garganta de Andrea. Pestañas —dijo Kim, mostrándole el teléfono a su compañero—. Un par de pestañas postizas, maldita sea.
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Capítulo 28
Era la primera vez que Penn iba al crematorio de Sandwell Valley.
Se trataba de un edificio hexagonal, construido en ladrillo de color crema y que contaba con un tejado muy característico de tejas rojas.
—Por aquí —indicó Tiff, guiando a Penn hacia un edificio sombrío de ladrillo gris, adosado al crematorio y que daba la impresión de haber sido incorporado de manera bastante forzada.
Ambos mostraron sus credenciales policiales a una mujer con la que se cruzaron casualmente al entrar al edificio, que tendría unos treinta y cinco años y vestía un traje de color azul claro. Tras hacerlo, esta los guio con amabilidad hasta una habitación anexa, pasada la cafetería, que se utilizaba para los velatorios. Antes de cerrar la puerta de aquella sala, les aseguró que el doctor Connor estaría con ellos en un momento.
Mediante una llamada telefónica que habían hecho con anterioridad, se habían asegurado de que el forense que llevaba el caso de James Nixon les hiciera un hueco de diez minutos. Penn tenía la duda de si aquel hombre estaría igual de dispuesto que Keats a compartir sus conocimientos con él.
A pesar del giro inesperado que se había producido en el caso de Sheryl Hawne, a Penn le seguía agradando la idea de trabajar junto a Tiff en aquel otro caso. Ella era una agente de policía que había tenido una intuición que requería una investigación más a fondo. Penn sabía perfectamente lo que sucedía cuando sentías algo así.
Cuando empezó a trabajar como agente de policía raso, en uno de sus primeros casos, le encargaron supervisar el momento en el que a una madre alcohólica le quitaban a su hijo de cinco años. Lo único que tenía que hacer era asegurarse de controlar la tensión de la situación y que no hubiera violencia de ningún tipo durante la intervención. La madre cooperó en todo momento, y se llevaron al niño para realizarle una evaluación. Dos semanas más tarde, Penn supo que habían devuelto al
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chico con su madre y hubo algo que no le dejó tranquilo, tenía una mala sensación. Después de repasar mentalmente la intervención una y otra vez, por fin se dio cuenta de que la causa de su malestar estaba relacionada con la expresión del rostro del crío cuando los agentes se lo estaban llevando. Estaba asustado, claro, pero también parecía aliviado.
Tras sopesar durante cinco minutos los pros y los contras, los riesgos y los beneficios, decidió tomar acción.
Cabía la posibilidad de que los servicios de protección infantil se mosquearan por meterse donde no lo llamaban, pero al final mereció la pena y el beneficio fue enorme tras lograr que lo escucharan y tomaran medidas. Después de rogarles que llevaran a cabo algún control sorpresivo, un día encontraron al niño con un ojo morado y una muñeca torcida. Lo volvieron a separar de su madre de inmediato, y Penn aprendió a no ignorar jamás una corazonada.
—¿Conoces a este tipo? —le preguntó Tiff mientras esperaban.
El sargento negó con la cabeza. El único forense con el que había tratado desde que regresó a West Mids era Keats, y, por muy gruñón que pudiera ser, Penn disfrutaba con él y lo respetaba.
La puerta de la habitación se abrió y bajo el umbral apareció un hombre de una figura imponente. Su bata blanca se tensaba a la altura de los bíceps, y no existía ninguna posibilidad de que pudiera cerrarse en el centro de su cuerpo.
Penn se imaginó repentinamente a aquel hombre en medio de la oscuridad, vestido con un mono cubierto de sangre, blandiendo un cuchillo de carnicero.
—Doctor Connor, gracias por recibirnos —saludó, quitándose la idea de la cabeza y poniéndose en pie.
El doctor le hizo un gesto para que se volviera a sentar.
—Siempre es un placer ayudar a nuestros amigos del distrito de Dudley. ¿Qué les trae por aquí?
Penn no estaba seguro de si había algo de irónico en su saludo o no. Lo que sí que sospechaba era que, para aquel hombre, diez minutos significaban diez minutos. Como si quisiera dar fe de ello, el forense echó un vistazo fugaz a su reloj.
Penn tuvo más claro que en ningún otro momento de su vida que diez minutos eran un espacio demasiado corto de tiempo.
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—Hemos venido en relación con el cadáver de James Nixon. Estamos evaluando si podrían existir algunas circunstancias sospechosas en torno a su muerte.
—¿Quiere trabajo extra, sargento?
—Lo que quiero son respuestas —contestó Penn.
—Tras un examen físico superficial, me inclino por que la muerte fue accidental. Estoy abierto a que se me demuestre lo contrario, pero no existen evidencias en su cuerpo que sugieran algún tipo de violencia.
Después de pasar dos años sumergido en el agua, eso no era precisamente sorprendente.
—Creo que lo más probable es que bebiera demasiado o que se pusiera de pie demasiado rápido y que sufriera un mareo que lo hiciera caer al agua.
Y todo ello a partir de un examen superficial. Parecía que las cosas se hacían de forma muy diferente allí, en Sandwell.
—¿Podría afirmar con total seguridad que se ahogó? —preguntó Tiff. —Es bastante probable, cariño —dijo con indulgencia, y a Penn le
recorrió un escalofrío que le puso los pelos de punta—. Pero hoy mismo le voy a realizar una autopsia digital, que espero confirme mis sospechas.
Cuando tienes una idea preconcebida, el problema es que no te dejas demasiado margen para realizar nuevos hallazgos. En lugar de analizarlo todo minuciosamente, tiendes a buscar solo aquello que confirme la teoría que ya has desarrollado con anterioridad.
—Pero… ¿y si alguien lo empujó? —preguntó Penn.
—Ningún forense podría avalar algo así habiendo pasado dos años, sin existir grabaciones audiovisuales ni una confesión jurada. —El doctor volvió a mirar su reloj. Estaba claro que los diez minutos que les había concedido incluían el tiempo que necesitaba para ir hasta aquella sala y volver luego hasta su puesto de trabajo—. Para serle sincero, sargento, no sé exactamente qué esperaba conseguir con esta reunión. No puedo hacer nada más para ayudarlos.
—¿Me podría enviar el informe? —insistió Penn, que no estaba dispuesto a dejar que ese hombre se fuera con tanta facilidad.
Antes de que el forense se negara, el sargento sacó su libreta y su bolígrafo. Garabateó con rapidez su dirección de correo electrónico y se la pasó al doctor, que se la metió en el bolsillo superior de la bata y se puso de pie.
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Ambos le dieron las gracias y salieron de la habitación.
Tiff esperó a que estuvieran fuera del edificio para hablar.
—Siento haberte hecho perder el tiempo, Penn. Supongo que, tras esto, no hay nada que…
—Oye, nosotros los de Dudley no nos rendimos tan fácilmente. Venga, vámonos de aquí.
—¿Y a dónde vamos? —preguntó Tiff, siguiendo a Penn muy de cerca.
—A donde empezó todo.
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Capítulo 29
Stacey se reclinó hacia atrás en su silla y apartó la vista de la cuadrícula, que estaba ya casi completa.
Había incluido en ella a todas las chicas y todos los certámenes locales, junto con las clasificaciones de los mismos. En total, la cuadrícula registraba ciento veintisiete nombres. Los últimos cincuenta y siete pertenecían a chicas que habían participado en algún que otro concurso de forma esporádica durante el periodo de siete años que estaba analizando.
En la parte intermedia estaban los nombres de unas cuarenta chicas que habían mostrado cierta regularidad en la participación en los concursos, pero solo durante algunos de los siete años que Katie había estado en activo. Por último y una vez hecho este filtro, en lo más alto de la cuadrícula quedaron treinta chicas, las más sobresalientes de aquel periodo.
Stacey fue revisando la lista de arriba abajo, buscando antecedentes penales o escándalos de algún tipo. Esperaba con todas sus ganas encontrar algo ahí, antes de tener que ponerse a revisar las redes sociales de todas y cada una de ellas buscando pistas que la ayudaran.
Hasta el momento, había dado con un par de drogadictas, una fallecida y otra encarcelada, y con una ladrona prolífica sin conductas violentas.
Por otro lado, había encontrado a un par de modelos, una especializada en bañadores y otra en fotografía publicitaria, además de dos doctoras, un recluta del ejército y una propietaria de una panadería.
Después de todo lo que había leído, Stacey seguía sin tener muy clara su opinión sobre aquel tipo de certámenes, y sentía curiosidad por saber cuál sería la proporción de éxitos y fracasos en comparación con otras actividades que se empezaran a realizar a la misma edad. ¿Serían los concursos más o menos propensos a provocar efectos adversos en el futuro? ¿Existirían consecuencias negativas duraderas por practicar kick-
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boxing, netball o fútbol? ¿Sería más perjudicial participar siendo una cría en certámenes de belleza que en cualquiera de las otras actividades? Pero bueno, para responder a todo eso haría falta mucha más información, reflexionó Stacey, antes de introducir el siguiente nombre en el sistema.
Sin antecedentes criminales, sin expedientes, sin ninguna situación que hubiera requerido investigación.
Carly Spencer había hecho carrera dentro del mundillo y ahora era directora de un concurso; trabajaba en una oficina en Hagley.
—Un momento —dijo Stacey, desplazándose hacia abajo para echarle un ojo a un pequeño titular de un medio de comunicación local. Sí, lo había leído bien.
Stacey cogió el teléfono y llamó a la jefa.
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Capítulo 30
El despacho de Carly Spencer no daba muy buena impresión de primeras. Un cartel barato sobre la puerta rezaba Spencer and Co, sin dar ninguna indicación sobre la naturaleza del negocio. Desde luego, no estaba
diseñado para atraer a los transeúntes.
Un trozo de madera, colocado apresuradamente, cubría una grieta en la esquina superior derecha de la ventana principal. Entre los huecos de losas de la acera crecían hierbajos y musgo, lo que reducía aún más el atractivo del exterior.
Considerando el lugar en su conjunto, el local se encontraba bien situado, en el extremo superior de Hagley High Street. Había mucho tránsito de personas, pero era imposible saber qué actividad se llevaba a cabo en el interior.
—¿Estará dentro? —preguntó Bryant mientras se acercaba a la puerta junto a Kim.
La inspectora no lo tenía demasiado claro hasta que vio una bombilla encendida en el interior.
Kim intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Llamó con los nudillos, y enseguida oyó cómo se acercaban unos pasos. La puerta se abrió, y la inspectora se quedó atónita ante la mujer que tenía delante, que no se parecía en nada al edificio en el que se encontraba.
Su largo cabello castaño caía con suavidad sobre sus hombros. Sus ojos, también castaños, se realzaban gracias a una combinación perfecta de sombra de ojos y rímel. Su rostro mostraba un contorneado que parecía realizado por un profesional. No había duda de que aquella mujer atraería miradas allá donde fuera.
—¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó con una sonrisa que mostraba unos dientes blancos y perfectamente alineados. Aunque informales, sus vaqueros y su camisa blanca también resultaban impecables.
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—¿Carly Spencer?
—Si ha ganado algún premio, soy yo; si la buscan por cualquier otra razón, denme un segundo que compruebe a ver si está disponible.
Kim sonrió y mostró su identificación policial.
—Nunca he oído hablar de ella —bromeó Carly, haciéndose a un lado para dejarles pasar.
El espacio era pequeño y en él había unas cuantas sillas, un escritorio y un montón de cajas.
Un perfume de lujo invadía el ambiente, y enmascaraba cualquier olor a documentos de papel mustios y envejecidos.
La mujer se giró para quitar una caja que se encontraba sobre una silla de oficina.
—Disculpen el desorden y tomen asiento donde puedan. No sé muy bien por qué los han hecho venir. No es que sea un gran misterio, y sé que es algo sin importancia, pero les agradezco que…
—Señora Spencer, ¿por qué cree que hemos venido? —preguntó Kim. —Llámenme Carly, por favor. Por lo de la ventana rota, lo del
vandalismo, ¿no? He llamado esta mañana.
—Me temo que eso no tiene nada que ver con el motivo de nuestra visita. Estamos investigando un incidente importante, y su nombre ha surgido mientras indagábamos.
—Maldita sea, ¿qué ha hecho ahora Petra? ¿Dónde la han pillado? — preguntó la mujer, poniendo un gesto de desesperación.
—¿Petra?
—Mi Porsche. Solemos llamar la atención de todo tipo de cámaras.
—¿Tiene usted un Porsche? —preguntó Bryant.
Kim sabía que era el coche de los sueños de su compañero.
—No se emocione demasiado —advirtió Carly con una sonrisa—. Es antiguo. Era de mi padre, lo heredé cuando murió.
—No tiene nada que ver con eso —explicó Kim antes de que Bryant se entretuviera más con la conversación sobre el Porsche—. Tenemos entendido que su madre ha muerto hace poco.
—La enterraron hace un par semanas, pero ¿por qué les interesa eso? —El obituario no especificaba la causa de la muerte —dijo Kim. —Cáncer de mama. Llevaba tres años luchando contra él.
—La acompaño en el sentimiento —dijo Kim, ahora consciente de que estaban perdiendo el tiempo. Aunque ya sabía que no se había producido
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un apuñalamiento brutal, se había preguntado si la mujer habría encontrado la muerte en circunstancias sospechosas. Pero ni siquiera el asesino que buscaban podría ser capaz de orquestar una enfermedad terminal.
—Gracias. Aún estoy aprendiendo a desenvolverme en la vida sin ella.
—¿Solían acudir juntas a certámenes de belleza? —preguntó Kim.
Carly parecía desconcertada.
—¿Cómo sabe usted eso?
—Ha surgido en nuestra investigación actual. ¿Fue una buena época? —Fíjese si lo fue que terminé metiéndome en el negocio —dijo,
pasando la mano por encima las cajas.
—¿Le gustaba aquello?
—Por supuesto. Era muy divertido. Hice muchas amigas. Muchas participábamos en los mismos eventos todos los años. Era como reencontrarse una y otra vez con viejas amistades. Nos dedicábamos a ir corriendo por todos los recintos dando volteretas y haciendo el pino. Comparábamos nuestros vestidos y joyas.
El relato de Carly contrastaba totalmente con lo que Toyah les había contado.
—¿No existían celos ni rivalidades? —preguntó Kim.
—Éramos niñas. Todo se reducía a vestirnos con elegancia durante unas cuantas horas, no era algo que nos cambiara la vida. Nos lo pasábamos muy bien. Quizá, algunos de los padres se lo tomaban un poco más en serio, pero para nosotras era pasar un ratito llevando a la práctica lo que habíamos ensayado y dedicar el resto del tiempo a jugar entre amigas.
A Kim se le ocurrió algo de repente.
—¿Alguna chica en particular con la que se relacionara?
—Jolín, pues un montón. Pero ¿puedo preguntarle por qué le interesa tanto aquella época de los concursos?
—De momento, no puedo darle demasiados detalles. ¿Era Katie Hawne una de sus amigas?
Carly arrugó la frente mientras trataba de recordar.
—Katie… Katie… ¡Uf, qué va, no, no! Katie no, ni hablar. Su madre no toleraba ese tipo de tonterías.
—¿Tonterías como cuáles?
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—Como divertirse, por ejemplo —aclaró Carly—. Incluso entre una ronda y otra, a Katie su madre no la dejaba separarse de ella.
—¿Y qué me dice de una chica llamada Toyah? —preguntó Kim, dando por hecho que el nombre probablemente era suficiente para que Carly la recordara.
—Toyah era divertidísima al principio. Nos reíamos un montón, pero luego empezó a tomárselo un poco más en serio, ya durante la última época. Lo siento, pero tengo que preguntárselo, ¿están bien?
—Sí —mintió Kim—. Bueno, ¿y por qué se está mudando? — preguntó la inspectora, señalando con la cabeza los montones de cajas.
—No me estoy mudando. He cerrado el negocio. Ya no es lo que era. —¿A qué se refiere?
—A mi madre le encantaba el mundo de los certámenes, así que montamos nuestro propio concurso hace unos años. No era un gran evento, aunque su popularidad iba en aumento. Pero ya no tengo el ánimo de seguir adelante. Es difícil seguir defendiéndolo, y las repercusiones son cada vez peores.
—Explíquese —instó Kim, inclinándose hacia delante en su asiento. —Bueno, al principio solo recibíamos provocaciones por Internet, pero
luego llegaron los correos electrónicos y ahora nos tiran ladrillos por la ventana. Pensaba que habían venido por esa razón. Los detractores de los certámenes cada vez son más osados; hay insultos, amenazas… Ya no aguanto más.
—¿Hay alguna manera de intentar averiguar de dónde proceden esos ataques? —preguntó Bryant.
—¡Yo conozco su procedencia! Puedo darles hasta su dirección.
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Capítulo 31
—¡Joder, madre mía de mi vida! —dijo Stacey, echando un ojo a la página web de un grupo llamado AID.
Comprobó que las iniciales significaban Activistas por la Igualdad de Derechos y que se trataba de un grupo que parecía odiar a todo el mundo; al menos, a todo aquel que no luchara por la causa de combatir a los hombres.
A primera vista, el sitio web resultaba una agresión a la vista. Por todas partes había titulares de artículos en los que resaltaban palabras como «violación», «subyugación», «inferioridad» o «cosificación». Los menús desplegables conducían a informes pormenorizados sobre sexismo, violencia doméstica, misoginia y escalas salariales. Había listas de empresas, lugares y eventos patriarcales que había que boicotear debido a su escaso equilibrio de género.
Stacey no tardó en darse cuenta de que se trataba de un sitio web que desbordaba rabia. Cada artículo suponía un ataque a una persona o a cualquier otro ente. Señalamientos en todas direcciones. El simple hecho de leerlo era agotador y un poco deprimente. Si pasabas demasiado tiempo navegando en aquella página, terminarías cogiendo una pistola y disparando a todos los hombres sobre la faz de la tierra.
La ayudante de detective siguió escudriñando la web hasta que encontró un menú desplegable llamado «desaciertos femeninos». Bajo ese encabezado había bailarinas exóticas, modelos glamurosas y participantes en concursos de belleza.
Stacey hojeó los artículos y descubrió que el grupo sentía la misma animadversión por las competidoras que por los organizadores.
—¡Vaya! —exclamó mientras se desplazaba por las fotos.
Encontró una imagen que mostraba una ventana rota con el titular:
«Vaya, hombre, las bonitas concursantes han sufrido otro desafortunado
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acto de violencia», seguido de un emoticono de una cara sonriente.
Vale, aquel grupo no tenía problema alguno en manifestar su desaprobación y, al parecer, tampoco en airearlo a los cuatro vientos.
Pero ¿hasta qué punto estarían dispuestos a alzar la voz?
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Capítulo 32
Era ya casi la hora de almorzar cuando Penn aparcó junto a Donkey Pool. En el último momento antes de salir del coche, cogió un Twix que habían comprado de camino.
—Me da a mí que está a punto de empezar otra vez —dijo Tiff, observando las nubes que tenían pinta de acabar con el breve receso de lluvia.
El sargento abrió el paquete y le ofreció a Tiff una de las barritas. Ella la cogió y ambos fueron comiendo en silencio mientras caminaban.
—Bueno, ¿dónde lo sacaron exactamente del agua? —preguntó Penn según se acercaban al estanque.
—Justo ahí —dijo Tiff, que se encontraba de pie a la derecha de un grupo de juncos.
Penn oteó un poco a su alrededor y vio a un hombre enfrente de donde ellos se encontraban.
—Ven conmigo —instó a la agente, y ambos se dirigieron hacia aquella figura solitaria.
Al acercarse, Penn se fijó en el material que conformaba el equipo de
aquel hombre. Tres cañas, una silla plegable, una nevera portátil, un termo
y una sombrilla.
Perfecto.
—Hola —saludó—. ¿Qué tal está?
—No me puedo quejar, gracias por preguntar.
Penn se presentó e hizo lo propio con Tiff; luego, se quedó callado a la espera de una respuesta.
—Harry Guestford, de Lower Gornal. Hijo de Thelma y Stan. Si no se aburre, le doy más datos.
—¿Sabe lo que sucedió ayer aquí? —preguntó Penn, yendo directo al grano.
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—Hombre, claro, si fue la comidilla de mi bar anoche. Había contemplado la posibilidad de que no me dejaran estar aquí esta mañana y me mandaran de vuelta a casa, pero no. Ya tengo todo listo para echar aquí el día.
Sí, estaba claro que el equipo de búsqueda no había dedicado demasiado tiempo a investigar.
—¿Lo conocía? —preguntó Penn.
—La verdad es que no. Todos tenemos nuestro lugar preferido para pescar. El suyo era aquel de ahí. El mío es este. Lo veía de lejos y lo saludaba, pero era un pescador diferente a mí —explicó Harry.
—¿En qué sentido? —preguntó Penn. Porque, en fin, pescar era pescar…
—En esta zona, los peces pican constantemente. No son enormes, pero tampoco demasiado pequeñitos. No me hago fotos con ellos para que la gente los vea en Facebook. Todo el mundo sabe cómo es un pez. Pican, los saco a tierra, les doy las gracias y los devuelvo al agua.
—¿Les da las gracias a los peces? —preguntó Tiff.
—Sí, porque con la excusa de practicar un deporte les hago un agujero en la boca; lo mínimo que puedo hacer es mostrarles mi agradecimiento. Con eso que les he descrito, me sobra. No necesito intentar coger los grandes que hay en esa zona.
Penn se quedó callado esperando a que el hombre continuara explicándose, cosa que hizo encantado.
—Algunas personas se colocan por allí para lanzar bien lejos en busca del pez más grande del lago. Se tiran todo el día esperando, y no pescan nada. ¿Dónde está la diversión en eso?
Penn no veía la diversión de ningún aspecto de la actividad en sí, pero, para gustos, los colores.
—¿Por qué en esa zona? —preguntó.
—Hay un borde que va descendiendo desde la orilla hasta formar un escalón, tal vez a un metro y medio o dos metros de la misma. A partir de ese punto, la profundidad aumenta rápidamente, hasta unos seis metros. Ahí es donde viven los peces grandes.
—¿Así que hay un escalón? —aclaró Penn.
—Sí, y los bicharracos se esconden allí, en ese cambio de profundidades.
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Cobraba sentido de esta forma para Penn que James Nixon hubiera permanecido sumergido el agua durante tanto tiempo, aunque también le hacía plantearse otra pregunta.
—Harry, ¿de qué punto a qué punto se extiende ese escalón? —Empieza justo al lado de los juncos y se prolonga unos treinta
metros hacia la derecha.
—Vale. Una última cosa. Vamos a volver hacia allá; ¿me haría una señal cuando esté justo en la zona donde James solía colocarse?
—Claro, por supuesto. Me están alegrando el día.
—Gracias, amigo.
—¿Qué tienes en la cabeza? —preguntó Tiff mientras volvían a rodear el estanque.
—A ver, venga, dímelo tú —respondió Penn, que caminaba por delante.
El sargento se situó a la izquierda de los juncos y saludó al pescador. Se desplazó de forma lateral por la orilla, un pie tras otro, hasta que el tipo levantó la mano.
Penn se giró hacia Tiff.
—Cuéntame, ¿qué hemos averiguado?
Si la agente iba a entrar en el Departamento de Investigación Criminal, iba a tener que aprender a pensar y razonar en situaciones como aquella.
Tiff caminó a su alrededor, echó un vistazo y luego se colocó al lado de Penn.
—Sabemos que lo más probable es que se ahogara y no existen indicios evidentes de una intervención externa, pero… —Empezó a darse golpecitos en la barbilla, en actitud pensativa—. Si el forense está en lo cierto y nuestro hombre sufrió algún tipo de crisis repentina, se habría caído. Aunque se tambaleara y perdiera el equilibrio, habría caído en la parte menos profunda del estanque, antes del escalón.
—¿Entonces?
—La única forma de que llegara hasta aguas profundas es que lo empujaran, y después ya su cuerpo se podría haber quedado atrapado en la parte inferior del estanque.
—Totalmente de acuerdo —dijo Penn, encaminándose hacia el coche
—. Ahora puede que tengamos entre manos un verdadero caso.
El sargento tardó unos instantes en darse cuenta de que Tiff no lo había
oído, pues aún no había llegado a su altura. Se dio la vuelta y la encontró
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todavía de pie a la orilla del lago con una expresión de desconcierto. —Oye, ¿qué pasa?
—El hombre estaba pescando en este punto. Se cayó o lo empujaron.
Quedó atrapado en la parte profunda después de ahogarse.
—Sí, eso ya lo tenemos claro, Tiff —dijo Penn.
—¿Y qué pasó con sus cosas?
Penn sintió que se le dibujaba una sonrisa en los labios. La verdad era que no había reparado en ello.
En aquel caso concreto, no cabía duda de que dos cabezas funcionaban mejor que una sola.
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Capítulo 33
Las instalaciones del AID se encontraban en un edificio que contenía un grupo de oficinas y que estaba situado en un extremo de Brierley Hill High Street.
Una mujer de unos veinticinco años, con un peto vaquero cuya parte delantera colgaba hacia delante, les abrió la puerta. La camiseta que llevaba debajo era rosa y lucía una mano haciendo un gesto poco amigable, con el dedo corazón levantado.
Kim mostró su credencial policial y preguntó si podían entrar. —¿Cómo podría no admitir a una mujer al mando? —respondió la
mujer, haciéndose a un lado para que pasaran—. Por cierto, me llamo Bobbi, Bobbi Carter, jefa y coordinadora principal de todo lo que alcanzan a ver —prosiguió, haciendo un movimiento amplio con la mano.
Lo que Kim alcanzaba a ver era un espacio pequeño pero impresionante. En el centro de la sala había cuatro mesas de cristal alineadas. En cada una de ellas había un gran monitor, un teclado y un ratón. Las sillas eran idénticas. La diversión se encontraba en las paredes. La inspectora distinguió dos máquinas tragaperras, una de pinball, una diana y una televisión de pantalla plana.
—Aquí solo trabajamos voluntarios; nos financian personas que apoyan nuestra causa pero que no tienen mucho tiempo para contribuir de otra manera —explicó Bobbi, siguiendo la mirada de Kim—. Hay que divertirse un poco mientras llevamos a cabo nuestra gran labor.
Kim se preguntaba si aquel sería el aspecto que tuvieron las oficinas de Google en sus inicios.
—¿Y cuál es esa labor? —preguntó, alcanzando una de las sillas. —Pues sobre todo nos encargamos de la educación —dijo Bobbi,
tomando asiento, pero alejándose de las mesas—. La igualdad es una lucha constante. Las sufragistas la iniciaron y nosotros tenemos la enorme
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responsabilidad de continuarla. No podemos permitir que el impulso se detenga. Las mujeres se ven obligadas a luchar contra el patriarcado en todos…
—No todas las mujeres —dijo Bryant, señalando en dirección a Kim. —¿Qué pasa, se cree un héroe por tener una jefa y no montar un
escándalo por ello? Joder, que alguien le dé una medalla a este hombre. Gracias por permitir que esta mujercita haga su…
—Solo quiero decir que no todos los hombres somos malos —se defendió Bryant.
Bobbi se dio una fuerte palmada en la cabeza.
—Ay, Señor, ayúdame. Me juego lo que sea a que es usted de los que defienden el «todas las vidas importan», ¿a que sí? —preguntó, desafiándolo directamente.
—¿Es que no es así? —respondió Bryant.
—Entonces, cuando dona cinco libras a las víctimas del huracán de Filipinas, ¿dona otras cinco a todas las demás organizaciones benéficas del mundo?
—Bueno, no.
—Exacto, pero todas ellas importan también. En un momento concreto, la atención se centra en quién necesita más ayuda. Una respuesta genérica no me sirve de nada. Que me diga que usted es uno de los buenos no me vale, a menos que esté dispuesto a señalar a los malos. Es como…
—Bobbi —interrumpió Kim, tratando de que la mujer volviera a centrarse. A pesar de lo entretenido que era ver cómo instruía a Bryant, aquel no era el propósito de su visita. Aunque estaría encantada de concertar una cita otro día para que continuara con su lección—. Tenemos entendido que ha estado tratando de educar a Carly Spencer acerca de los certámenes de belleza.
—Por supuesto. Es nuestro deber.
—¿Intimidar, agredir y provocar miedo en otra mujer?
Bobbi se encogió de hombros.
—Todo objetivo requiere algún tipo de sacrificio. Hay que educar a algunas mujeres para que recuerden que tienen la obligación de luchar contra el sistema y de no seguirle el juego.
—¿Es su obligación tirarle un ladrillo por la ventana? —¿Tiene alguna prueba de ello? —desafió Bobbi. —Hay una foto en su página web —contraatacó Kim.
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—He hecho una foto al pasar por allí esta mañana —respondió Bobbi. —A mí me parece el siguiente paso lógico de la escalada, tras los
correos electrónicos y los mensajes que ya había recibido.
—O quizá sea una señal de que hay más personas que sienten el mismo rechazo que nosotros por esa industria tan aberrante.
—Vamos, que no le va a suponer a usted una decepción saber que Carly ha decidido cerrar el negocio, ¿verdad? —preguntó Kim para calibrar su reacción.
—¡Síííííííí! —gritó Bobbi con un puño en alto—. Para mí, es toda una victoria. —Parecía encantada y triunfante.
Kim no pudo evitar que la reacción le molestara.
—No creo que todo sea mérito suyo, pero sí que pienso que el acoso y los daños físicos, además de la reciente pérdida de su madre, pueden haber sido demasiado para ella.
—Oiga, a mí no me importa ser o no el detonante, siempre que la explosión termine teniendo lugar. No literalmente, por supuesto, no soy una persona violenta. Pero no fingiré que me da pena que exista un concurso menos en el mundo. O sea, como mujer que usted es, ¿se hace una idea del daño que hacen?
—Explíqueme —instó Kim, con la intención de permitirle dar su discurso. No solo comprobaría hasta qué punto era una apasionada sobre el tema, sino también hasta dónde estaba dispuesta a llegar para hacer valer su opinión.
—Empecemos por la presión que se ejerce sobre las mujeres para que se ajusten a los cánones de belleza convencionales: la moda, el maquillaje, el peinado, la cirugía estética y una dieta que roza la inanición. El hecho de que la belleza se mida en una escala del uno al diez. La cosificación total y la necesidad de alcanzar la perfección. No me cabe duda de que recordarán que el encantador Donald Trump fue el dueño del concurso Miss Universo durante casi veinte años. Hacía la broma de que se veía obligado a acostarse con todas las concursantes. También decía que, cuanto más pequeños fueran los bañadores y más altos los tacones, más subían los índices de audiencia.
—Es decir, que tiene su público, ¿no? —dijo Kim.
—El foie gras también lo tiene. ¿Justifica eso alimentar a la fuerza a un ganso hasta que le explota el hígado? El espectáculo es degradante. Un año, humillaron a Miss Venezuela, obligándola a hacer ejercicio delante de
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un grupo de periodistas tras haber engordado durante su reinado. Otras concursantes han perdido sus títulos por coger algunos kilos. ¿Cree que eso se puede considerar una industria sana?
—Muchas profesiones exigen sacrificios —contrarrestó Kim, haciendo de abogado del diablo.
Bobbi le dirigió una mirada de profundo asco antes de continuar.
—La popularidad de los certámenes de belleza crece cada año. Perpetúan la idea de que las mujeres solo somos cuerpos que pueden calificarse del uno al diez, que lo mejor que podemos ofrecer es nuestra apariencia física, y si ese mensaje se enseña desde edades tempranas, pues…
—¿Se refiere a los concursos infantiles, como el que gestiona Carly? —Deberían prohibirse por ley. ¿Tiene idea de lo perjudiciales que son
para las chicas?
Kim pensó en el relato de Toyah, en cómo aquella chica parecía disfrutar la actividad en su conjunto.
—Pero ¿no es solo cuestión de disfrazarse un poco?
Bobbi, frustrada, mostró una expresión de profunda irritación. —Disfrazarse un poco es ponerte los zapatos de tu madre y caminar
tambaleándote por su dormitorio. Los concursos de belleza enseñan a las niñas que tienen que mejorar su imagen, su apariencia física general, para competir. Estamos hablando de prótesis embellecedoras, extensiones capilares, uñas acrílicas, maquillaje, bronceados artificiales… Con el tiempo, las niñas se terminan sintiendo feas sin todas esas cosas, y esa mala imagen de sí mismas perdura hasta la edad adulta. Algunos desarrollos naturales, como el acné u otros cambios corporales, suponen un golpe muy duro cuando aparecen. Así que no, esto no va de disfrazarse un poco, se trata de sexualizar a las niñas para atraer miradas. Enseñan a las niñas a comportarse como adultas. Es obsceno aleccionar a una cría de seis años para que pose como si fuera una modelo de veintitantos. En un concurso hicieron posar a una niña fumándose un cigarrillo falso, otra iba vestida como si fuera una prostituta, otra llevaba pechos falsos. Si ese tipo de cosas no la horrorizan, no creo que pueda llegar a comprender nada.
—¿Quiere decir que los concursos perjudican a todas las chicas que participan en ellos?
—¿Quién puede saberlo? Lo que tengo claro es que no puede ser saludable depilar y quitarle el vello facial y corporal a una niña para darle
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una apariencia más femenina en el escenario. Estas chicas aprenden que, si se las sexualiza, se les hace más caso y ganan estatus, y que su sexualidad es un medio para conseguir un fin. No hace falta ser un genio para entender que eso puede conducir a una actividad sexual prematura.
—Pero ¿no sirve también para darles un poco de confianza en sí mismas a las chicas? —preguntó Kim, recordando las palabras de Toyah.
—Muchos padres creen que los concursos fomentan la autoestima de sus hijas, pero los datos muestran que en el futuro se desarrollan problemas como depresiones, baja autoestima y trastornos alimentarios.
—Hemos hablado con chicas a las que les encantaba el mundo de los concursos —defendió Kim.
—O son la excepción, o les están mintiendo. En 2013, Francia se convirtió en el primer país en prohibir los concursos infantiles para menores de trece años. Hay que entender que se necesitan muchísimas horas de práctica para aprender a posar, caminar recto y fingir una sonrisa. La mayoría de estos concursos están más pensados para los padres que para las chicas.
—Pero ¿no implica eso algo más? —preguntó Kim, de nuevo pensando en Toyah—. Si la madre se lo toma como un mero entretenimiento, ¿no se lo transmitirá a su hija?
—Los concursos de belleza generan unas creencias que se arraigan en las chicas, que sienten que han defraudado a sus padres si no ganan. En última instancia, se trata de transformar a una niña normal en una mujer deseable. La sexualización infantil es un factor muy presente en los informes relacionados con las denuncias por abuso sexual contra niños. Es una industria repugnante, obsesionada con lograr una estética profesional adulta a una edad temprana. Los padres imponen la sexualidad sin que exista consentimiento.
—Entonces, ¿cuáles son sus objetivos? —preguntó Bryant.
—El principal es la prohibición radical de los concursos de belleza. Es algo que nunca va a suceder, pero eso no va a impedir que lo sigamos intentando con todas nuestras fuerzas. En su defecto, eliminar los cánones de belleza y acabar con la sexualización. De momento, Miss Adolescente de Estados Unidos ya viste con ropa deportiva, en vez de bañador. Es solo un pequeño paso que va en la dirección correcta, pero queda muchísimo por hacer.
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—¿Y qué hay de sus métodos? —preguntó Kim, pensando en que habían obligado a Carly a abandonar su negocio.
—Voy a hacer lo que haga falta, lo que dé resultados —dijo Bobbi, sin intención alguna de disculparse.
Kim le agradeció su tiempo y salió del edificio, agotada por la pasión del discurso de aquella mujer.
Su deseo ferviente de que se prohibieran los concursos resultaba una obviedad, y Kim pensó en qué límites no estaría dispuesta a cruzar Bobbi para lograrlo.
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Capítulo 34
Tiff trataba de comprender esa sensación de presentir algo que la invadía mientras llamaba a la puerta de Olivia y Logan Dench junto a Bryant.
Desde que salieron del lago, había sentido una euforia que estaba claramente fuera de contexto, que era inapropiada porque un hombre había muerto, pero que no por ello era menos real. Penn estaba de acuerdo con ella en que algo no encajaba. Su estómago revuelto no era la consecuencia de un exceso de lácteos.
Tiff comenzaba a comprender lo absorbente que resultaba trabajar en casos como aquel. Siendo una agente de uniforme, se limitaba a presentarse en el trabajo y seguir las instrucciones que recibía. Terminaba su turno y, aunque al llegar a casa seguía teniendo en mente a personas relacionadas con las tareas que había desempeñado en el día, esas personas no eran responsabilidad suya. Ella había hecho su trabajo y había delegado el asunto en alguien que ocupaba un rango más alto en la cadena de mando.
Pero en aquella ocasión no había sido capaz de quitarse el caso de la cabeza al llegar a casa. Era como si, al haberse responsabilizado de él, no fuera capaz de volver a descansar hasta lograr resolverlo. ¿Se sentiría el resto del equipo del mismo modo con todos los casos? Sobre ello reflexionaba Tiff mientras Penn la miraba inquisitivamente.
Ella asintió y el sargento volvió a llamar a la puerta. El día anterior también habían tardado bastante en abrirla.
Oyeron el sonido de las cerraduras y las cadenas abriéndose.
—Hola de nuevo —saludó Logan, ofreciéndole a Tiff una amplia sonrisa antes de mirar con curiosidad a Penn.
—Es un compañero —explicó Tiff mientras Penn mostraba su identificación policial.
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—Anda, ¡el Departamento de Investigación Criminal! —exclamó, mirando a Penn de arriba abajo. Tiff podría jurar que había visto una chispa de desprecio en su mirada—. Perdón por tardar un poco en abrir. Tenía los auriculares puestos y mi madre tenía la radio a todo volumen en la cocina. ¿Quieren pasar?
—Si no le importa —dijo Penn, cruzando ya el umbral de la puerta.
—Mi madre está ahí —dijo Logan, señalando el salón.
El chico los acompañó hasta esa estancia.
Olivia estaba sentada en un sillón cerca de la chimenea. Asintió con la cabeza para saludarlos, y Tiff percibió una rigidez antinatural en su postura.
Penn tomó asiento en el sofá y Tiff se sentó junto a él.
—Es del Departamento de Investigación Criminal, mamá. Debe tratarse de algo importante —dijo Logan, cerrando la puerta del salón antes de sentarse en el otro sillón.
—Son solo unas preguntas, si no tienen inconveniente —dijo Penn.
—Por supuesto —dijo Olivia, asintiendo.
—No sé muy bien qué más podemos contarles —ofreció Logan—. Pero, si pudieran decirnos cuándo es el funeral, estaríamos…
—Todavía no podemos entregar el cadáver para que se celebre el funeral. Quedan preguntas por responder en torno a su muerte.
—¿Qué tipo de preguntas? —preguntó Logan.
Tiff se dio cuenta de que, aunque al principio Penn se había estado dirigiendo a Olivia, Logan había desviado la conversación de forma que todos los focos se centraran en él.
—No estamos convencidos de que su muerte fuera un accidente — explicó Penn.
Logan asintió.
—Sí, yo también creo que se suicidó.
—Tampoco es la tesis que manejamos —respondió Penn con tono neutral.
—Pero si ya les he contado que sufría una depresión —dijo Logan, y Tiff se preguntó si el tono de altanería que había en su voz era solo imaginación suya.
—La depresión no siempre conduce al suicidio, y su hermana no pensaba que estuviera deprimido. De hecho, Esther creía que estaba en su
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momento más feliz en años, especialmente desde que conoció a Olivia.
Hablaba de un futuro prometedor a su lado.
Un pequeño sollozo escapó de los labios de Olivia; sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo iba a saberlo Esther si apenas hablaba con su hermano? Nosotros éramos las personas que tenían más relación con James.
—Bueno, la verdad es que ella tampoco está de acuerdo con usted con respecto a eso. Nos ha contado que usted no se llevaba demasiado bien con él.
—Eso se ajusta exactamente a lo que les estaba diciendo. Al principio no nos llevábamos bien. Yo sobreprotegía demasiado a mi madre, que acababa de enviudar y estaba vulnerable. No tardé mucho en darme cuenta de que era un tipo con buenas intenciones. Me terminó cayendo muy bien, ¿verdad, mamá?
—Sí, sí, es verdad.
Tiff miró a Olivia.
—¿Sabe usted si James estaba metido en algún lío? —¿Cómo podría saber eso ella? —preguntó Logan. Tiff lo ignoró y esperó a que la mujer respondiera. Olivia negó con la cabeza.
—¿Le habló de alguna discusión que mantuviera con alguien?
Olivia miró de forma fugaz a su hijo para, acto seguido, volver a mover la cabeza de lado a lado en forma de negación.
Tiff se giró hacia Logan.
—Estoy un poco sedienta. ¿Podría traerme un poco de agua?
—Lo siento, no tenemos agua corriente. Ha reventado una tubería a unos ochocientos metros de aquí.
Tiff ocultó la frustración que la invadía. Aquel chico no iba a permitirles hablar a solas con su madre ni un minuto.
—¿Había recibido James alguna llamada o visita extraña? —preguntó Penn.
—Nada de eso; al menos, no estando aquí —respondió Logan. —Logan, de verdad que nos gustaría que fuera su madre la que
respondiera.
Olivia negó con la cabeza antes de que Logan se levantara bruscamente.
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—Y a mí me gustaría que se marcharan ya. Mamá está triste, de luto, y su presencia aquí es una intrusión.
Tiff miró a Olivia, pero ella se mantuvo callada, con la mirada fija en el suelo.
Cuando llegaron a la altura de la puerta de la casa, que Logan sostenía abierta, Penn se detuvo.
—Si su madre necesita ayuda o apoyo, en el cuerpo hay personas que…
—Mi madre está bien. Tiene todo lo que necesita.
Tiff profirió una maldición cuando la puerta se cerró con fuerza en sus narices.
—¿Qué pasa?
—La he cagado —se lamentó.
—Qué va. En cuanto le has dirigido una pregunta a su madre, el chico ha buscado una razón para echarnos. A pesar de las apariencias, nuestra presencia lo incomoda, y no le gusta que cuestionen su opinión sobre la muerte de James. Estoy seguro de que piensa que deberíamos haber aceptado lo que nos contó sobre la depresión y que no deberíamos estar dándole más vueltas al asunto.
Aunque ahora veía que Penn había apreciado lo mismo que ella, Tiff seguía sintiendo que había metido la pata.
—Pero ahora lo he cabreado y lo he puesto en nuestra contra. No nos va a permitir volver a entrar en su casa.
—Probablemente no iba a dejarnos de todas formas, y bueno, siendo sinceros, tampoco existe un motivo concreto para que volvamos. Regresemos a la comisaría y tracemos un nuevo plan.
Tiff echó un último vistazo a su alrededor y se detuvo un instante. —Vale, Penn, pero espera un momento; hay un lugar más al que me
gustaría ir.
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Capítulo 35
—Venga, paramos ahí —dijo Kim al ver un Costa Coffee con autoservicio. —¿Lo de siempre? —preguntó Bryant, acercándose a la ventanilla. Ella asintió. El sargento pidió, y ese acto lo obligó a emitir muchas
más palabras que las que habían salido de su boca en los veinte minutos que habían transcurrido desde que salieron de la oficina del AID.
Kim esperó a que se detuvieran en el aparcamiento para hablar con su compañero.
—Vamos, anda, suéltalo ya —instó, quitando la tapa de su café, y sopló para que se enfriara—. Algo te ha dejado tocado.
Bryant suspiró.
—Bueno, esa mujer tiene razón, ¿no? Yo soy parte del problema. Me creo un tipo decente, pero ¿sirve para algo si no señalo a los imbéciles?
—Te pasas el día lidiando con imbéciles.
—Bien evitado el tema, jefa.
—¿De verdad quieres profundizar en el asunto? —preguntó Kim para estar segura.
Bryant asintió.
—Vale. Ya no basta con ser un buen tipo y estar orgulloso de ello. Nadie te va a dar un premio por hacer lo correcto o por ser una buena persona. Es como hacer un examen y aprobarlo, sin sacar una nota excelente o recibir alguna distinción.
—Pero ¿qué más puedo hacer yo? —le preguntó, y ella se compadeció de él. Al ser doce años mayor que ella, había crecido alimentado por comedias llenas de racismo, sexismo y contenido ofensivo. Bryant se había ido adaptando a los tiempos, y su fuerte sentido de la moralidad lo guiaba en la buena dirección.
—No voy a sermonearte, compañero, pero mira, te pongo un ejemplo, ¿alguna vez has entrado en el vestuario y has visto a un grupo de polis
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mirando fotos de chicas desnudas?
—Pues claro —respondió Bryant, y su rostro reflejó acto seguido el momento en el que cayó en la cuenta de todo.
—Exacto. ¿Has visto con qué facilidad reconoces ese hecho como un comportamiento normal? Bah, son chicos haciendo cosas de chicos, sin más.
Bryant comenzó a asentir lentamente.
—No basta con no participar en algo así. Si quieres ver cambios, tienes que llamarles la atención. Recordarles que esas chicas son hermanas, hijas, madres… lo que sea.
Kim se sintió aliviada al escuchar su teléfono sonar. Bryant era un buen tipo, pero Bobbi tenía razón y, aunque no era cosa suya instruirlo, sabía que lo había hecho reflexionar.
—Dime, Stace.
—Jefa, ya estoy de lleno con la segunda cuadrícula que he creado.
—Buen trabajo, Neo —bromeó.
La risa que Stacey devolvió al otro lado del teléfono era claramente fruto de que la broma la había hecho su jefa, y no de que le hubiera hecho especial gracia. Kim no sabía por qué se molestaba en intentarlo.
—Bueno, mi segunda hoja de cálculo detalla organizadores, jueces y demás con la intención de comprobar si había alguien que apareciera con frecuencia por los eventos, y he encontrado a un modisto que está por todas partes.
—Venga, dispara.
—Su nombre es Kelvin Hobbs. Tiene una pequeña tienda en Bewdley llamada Sew Cute. Sigo con ello —dijo Stacey antes de colgar.
Había entonces algo en el mundo de los certámenes de belleza que parecía vincular a las víctimas. ¿Habrían estado implicadas en algo en aquella época que hubiera vuelto para perseguirlas ahora? De ser así, ¿qué habían hecho diez años atrás que pudiera pasarles factura en el presente? ¿Tendría algo que ver con sus hijas? ¿Con la hija de otra persona? ¿La competencia? ¿La rivalidad?
Con todas esas preguntas en mente, tenía sentido empezar a hablar con algunas de las personas que probablemente habían tenido trato frecuente con las víctimas del caso en aquella época.
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Capítulo 36
Una campana tintineó por encima de ellos al entrar en el local de Sew Cute en Bewdley.
Un hombre estaba sentado de lado frente a una máquina de coser Singer de alta gama. Aparentemente, la tienda estaba dividida en dos mitades. A la izquierda había prendas pequeñas con etiquetas con un precio, que parecían indicar que se encontraban a la venta, y a la derecha había otras prendas que parecían arreglos colgadas en un perchero largo.
—¿Kelvin Hobbs? —preguntó Kim, dando un paso adelante. No había recepción ni mostrador, así que el límite entre lo que se podía considerar tienda y el espacio de trabajo era bastante difuso.
—Ese soy yo —respondió el hombre, poniéndose de pie.
—¿Tiene un momento para hablar con nosotros? —preguntó Kim, mostrando su acreditación policial.
—¡Madre mía! ¿Sobre qué?
—Sobre la investigación que nos ocupa actualmente.
—Claro, claro. ¿Prefieren charlar aquí o ahí arriba? —preguntó Kelvin, señalando hacia atrás.
Kim miró en la dirección que el hombre indicaba.
—¿Por qué?, ¿qué hay ahí arriba?
—Mi piso.
—Aquí abajo está bien —dijo Kim, echando un vistazo hacia la puerta de entrada. No quería que la conversación se viera interrumpida constantemente por el tintineo de la campanilla.
—Vale, total, ya está finalizando el día —resolvió Kelvin, pasando junto a ella. Le dio la vuelta al cartel para indicar que la tienda había cerrado y echó la llave de la puerta.
Kim supuso, atendiendo al rostro del hombre, que este tendría unos cuarenta y cinco años, pero un claro en su cabeza que intentaba cubrir con
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determinación le hacía parecer al menos diez años mayor. Vestía unos pantalones cortos hasta la rodilla y una camiseta muy colorida.
—Denme un segundo —solicitó Kelvin, dirigiéndose hacia la parte de atrás. Volvió con un par de sillas de metal—. Ahí tienen, así estarán más cómodos.
—Tenemos entendido que está usted bien relacionado en el mundo de los concursos de belleza —dijo Kim mientras tomaba asiento.
—Bueno, ya no. Hace diez años quizá.
—Aun así, puede sernos de gran ayuda, señor Hobbs.
—Llámenme Kelvin, por favor —pidió, levantando la mano—. El único señor Hobbs que conozco me repudió cuando hice mi primer vestido, pero bueno, eso es otra historia.
—Bueno, Kelvin, por lo que sabemos, fue usted el modisto de cabecera de las chicas que solían participar en concursos de belleza en aquella época.
—En efecto, lo era —aseguró con orgullo, antes de dejar escapar un largo suspiro—. Estaba muy solicitado. No daba abasto con los pedidos. Me veía obligado a rechazar a bastante gente —concluyó melancólicamente.
—¿Lo echa usted de menos? —preguntó Bryant.
—A veces. Me dio la oportunidad de conocer a muchas niñas encantadoras. No todas. Algunas eran unas mocosas; unas señoritas malcriadas y consentidas.
—¿Y las madres? —preguntó Kim.
—Todas eran unas malcriadas —aseguró, y se echó a reír, dejando a Kim con la duda de si lo decía en serio o no.
—¿Qué le atrajo de ese sector? —preguntó Kim, que sentía curiosidad por saber cómo había empezado a trabajar en aquel mundillo. ¿Se habría producido un cambio de rumbo profesional en su carrera o habría sido su vocación auténtica?
—Me encantaba leer sobre los concursos de belleza desde que tuve conocimiento de las celebraciones medievales relacionadas con el Primero de Mayo.
—¿Con qué? —preguntó Kim.
—Los certámenes se remontan a aquella época. Había una procesión, de la cual resultaba elegida la reina de mayo. Los concursos de belleza se hicieron más respetables con la primera Miss América de la era moderna,
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en 1921. Se fueron desarrollando con los años, pero en la mayoría de ellos participaban mujeres jóvenes y solteras. Yo solía ver los cuatro más importantes: Miss Universo, Miss Mundo, Miss Internacional y Miss Tierra. Los más pequeños, que se alimentan de esos, no suelen televisarse, pero los grandes son todo un espectáculo visual.
—¿Y qué me dice de los certámenes infantiles? —preguntó Kim. —Los concursos infantiles de belleza modernos surgieron en los años
sesenta en Miami. Creo que el primer Miss América Infantil tenía lugar en un parque de atracciones de Nueva Jersey, pero era exclusivamente para edades comprendidas entre los trece y los diecisiete años.
—¿Cuántos rangos de edad existen?
—Todos los que los organizadores puedan incluir para ganar el máximo dinero posible.
—Explíquese —instó Kim. No se había imaginado que la cosa fuera tan complicada. Creía que las chicas llegaban, se ponían sus adornos, las juzgaban y se iban a casa.
—He estado en concursos en los que había hasta ocho rangos de edad; el primero comprendía bebés de entre cero y once meses, y el último, chicas de entre dieciséis y dieciocho años.
—¿Cómo hace eso que los organizadores ganen más dinero? — preguntó Bryant—. Al final es el mismo número de competiciones, ¿no?
Kelvin negó con la cabeza.
—Los rangos se anuncian con antelación. Los padres ven que su hija tendrá menos competencia si hay muchas franjas de edad. Imagínese que hubiera crías de un año compitiendo con niñas de cuatro. Súmele a eso que hay que pagar una cuota para participar en cada categoría, y…
—Un momento, un momento. La única cuota que hay que pagar es la que te da derecho a participar en el certamen, ¿no? —preguntó Kim, que empezaba a no tener nada claro cuánto dinero podría conllevar tomar parte en un concurso de ese tipo.
—¡Ja, ja, ni de coña! Participar en cada categoría suele requerir una cuota determinada; existen categorías como el talento, el atuendo elegido, la ropa deportiva, el vestuario temático, la ropa de noche o la ropa de época. Tomar parte en cada una de ellas cuesta dinero, y no puedes aspirar al premio grande si no participas en todas ellas.
Kim se mantuvo en silencio para que Kelvin continuara explicándose.
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—Los títulos supremos solo están disponibles para las chicas que han participado en todas las categorías y luego se corona a una Gran Campeona Suprema. Ese es el título que lleva asociado el dinero, los premios grandes, las becas. Lo que ayuda a que la inversión merezca la pena.
—¡¿La inversión?! —exclamó Kim, sin esforzarse por ocultar su incredulidad. Esa era una palabra que encajaba en oraciones relacionadas con casas, planes de ahorro, joyas, tal vez colecciones de Star Wars, pero desde luego no con concursos de belleza.
—Por supuesto que sí. Muchos padres piensan que recuperarán el gasto y multiplicarán las ganancias en el futuro, con contratos de modelo, actriz o presentadora. Los concursos se están forrando a costa de los padres que quieren que sus hijas tengan la oportunidad de disfrutar de un futuro brillante, pero también lo hacen todos los servicios complementarios. Solo en Estados Unidos hay más de doscientos cincuenta mil concursos y la industria mueve veinte mil millones de dólares. Aquí en el Reino Unido las cifras no son tan escandalosas, pero también están creciendo sin parar.
—¿Cuál podría ser el gasto medio por la participación en un concurso? Kelvin se rio.
—Uf, es que hay demasiadas variables. Depende mucho de si se trata de certámenes glamurosos o naturales.
La expresión impasible de Kim provocó una mirada teatral de Kelvin. —Para que se haga una idea, en los naturales solo se permiten brillos
de labios y rímel.
«¿Cómo de natural es el brillo de labios y el rímel en una niña de seis años?», se preguntó Kim.
—Pero el dinero está en los otros, los esplendorosos. Hay que pagar habitaciones de hotel, maquilladores profesionales, entrenadores. Un vestido bueno de concurso puede costar hasta ocho mil libras.
Kim retrocedió en su asiento. Su armario entero costaba menos que eso.
—Hay familias que se han endeudado persiguiendo los grandes premios hasta el punto de llegar a perder sus casas. No me malinterpreten, las chicas se lo merecen todo. El entrenamiento incluye muchas horas y rutinas diarias muy estrictas. A algunas las llevan más allá de sus límites y les niegan el descanso necesario. Hay entrenadores personales y están
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surgiendo academias especializadas en certámenes por todo el país. Es un sector en expansión.
—Estoy esperando a que nos cuente la parte divertida de todo esto — dijo Kim.
—Bueno, en realidad, no es que sea demasiado divertido. A menudo sí que lo es al principio, pero la actitud de las chicas suele estar determinada por sus progenitores.
De nuevo, Kim pensó en Toyah, que en sus inicios se lo pasó en grande. Kim no dudó de la veracidad de ese hecho ni por un segundo, porque cuando les estuvo narrando aquella época, el rostro de la joven mostraba una alegría completamente natural. Les dijo que le encantaba todo aquello, y Kim la creyó. Lo que no la convenció tanto fue la razón por la que la chica decidió dejarlo. Sabía que había algo que no les había contado.
El modisto continuó.
—He estado en certámenes de belleza en los que las concursantes ponían polvos picapica en el vestido de alguna rival. He visto a chicas desconsoladas porque les han destrozado su vestido. He visto cómo desaparecía alguna prenda, incluso ropa interior. Básicamente, acoso e intimidación.
—Pues parece un mundo bastante tóxico —observó Bryant.
—Puede serlo. Todo depende de los padres. Algunos envían regalos a los jueces para ganarse su favor. Muchas madres se inventan cotilleos sobre algunas participantes para atacarlas y criticarlas. Se ha llegado a descalificar a niñas a causa del comportamiento de sus padres, aunque pocos llegan tan lejos como Wanda Holloway.
Kim se encogió de hombros, indicando que el nombre no le sonaba de nada.
—Wanda Holloway era una mujer de Texas que, en 1991, contrató a un asesino a sueldo para matar a la madre de la rival de su hija en el equipo de animadoras. Sé que no es exactamente lo mismo, pero…
«Se parece bastante», pensó Kim.
—Pero ¿por qué no intentar matar a la niña directamente? —preguntó Bryant.
—Hay que estar muy enfermo para ser capaz de matar a un niño. La muerte de un padre suele ser suficiente para desconcentrarte. Logra desestabilizarte.
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—Usted tuvo que tratar con muchas madres cuando confeccionaba vestidos —dijo Kim.
—Pues claro. Eran mi sustento.
—¿Alguna le parecía especialmente problemática?
—Agente, trabajé en el sector durante doce años e hice, de media, cincuenta vestidos al año. Va a tener que ser un poco más específica.
—¿Recuerda haber trabajado para una mujer llamada Sheryl Hawne? —¡Desde luego!
Kim se incorporó en su asiento. Aquellas dos palabras dejaban poco lugar a la duda. De todos los padres con los que había tratado, Kelvin recordó a esa mujer de inmediato.
—¿Le importaría explicarnos un poco con más detalle?
—Era un terror de mujer. Ni siquiera me dejaba diseñar los vestidos. Me traía una foto con sus propias enmiendas y quería que se siguieran al pie de la letra. Si había una sola piedra de imitación en un lugar equivocado, se daba cuenta de inmediato.
—¿Y su hija, Katie?
—Oh, Katie era adorable. Una verdadera monada. Debió haber heredado su apariencia de la familia de su padre. Pobrecilla, esa mujer la tenía atemorizada. No quiero decir físicamente, porque no había violencia que yo sepa, pero Sheryl tenía una presencia muy intimidante. Joder, hasta a mí me daba miedo, y yo no tenía que aguantarla en casa después.
—¿Y aun así siguió trabajando para ella? —preguntó Kim.
Kelvin se rio.
—Si me hubiera negado a trabajar para todas las madres difíciles que existían en el sector, no habría durado mucho tiempo en él.
—¿Se ganó Sheryl la antipatía de mucha gente? —preguntó Kim. —Me imagino que sí. Si era exigente conmigo, asumo que se
comportaría de igual forma con otros proveedores de servicios. —¿Algún incidente en particular que logre recordar? —¿Puedo preguntar de qué va todo esto?
—Sheryl Hawne fue asesinada ayer.
El hombre se llevó una mano a la boca.
—¡Dios mío, qué horrible! ¡Qué terrible! Dios de mi vida. No sé ni qué decir. Me siento fatal por lo que acabo de decirles. Dios la tenga en su gloria.
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—No hay que sentirse mal por contar la verdad. Es lo que necesitamos que haga.
—¿Cómo está la pequeña Katie?
—Ya no es tan pequeña, pero, respondiendo a su pregunta, podríamos decir que está atravesando un momento difícil —dijo Kim con sinceridad.
—Pobrecilla —se lamentó Kelvin, con cara de auténtica preocupación. —¿Recuerda a una mujer llamada Andrea Shaw?
—¿La madre de Toyah? —preguntó el modisto, que se estaba quedando con la cara blanca.
Kim asintió.
—No me diga que también está… No, no puede… Kim volvió a asentir.
—¡Jesucristo! ¡Lo siento, Señor! —exclamó, mirando hacia arriba—. ¿Qué cojones está pasando?
—Eso es lo que esperamos averiguar. ¿Podría decirnos si existía una relación cercana entre las dos mujeres?
—No se daba ese tipo de relación entre ninguna de las madres. No se tomaban un café juntas ni salían de vez en cuando. Ese tipo de mujeres no hace amistades; más bien, forma alianzas contra un enemigo común.
—¿Y lo hicieron estas dos en particular?
—N… no, al menos no que yo recuerde específicamente. Siendo justos, eran personas muy diferentes.
—¿Hay algo que pueda recordar que quizá las vinculara de algún modo? —preguntó Kim.
—Recurrían a la misma maquilladora, creo, pero también lo hacían muchas otras madres.
—De acuerdo —dijo Kim, poniéndose ya de pie—. Ha sido de gran ayuda.
Kelvin se levantó y se dirigió hacia la puerta.
—Una última cosa —señaló Kim, tras pasársele algo por la cabeza—. Está claro que a usted le encantaba el mundo de los concursos de belleza. Entonces, ¿por qué lo dejó?
—Era hora de avanzar y hacer otras cosas —respondió, abriéndoles la puerta.
Kim juraría que vio cómo la mandíbula del hombre se tensaba un poco.
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—Debió pasar algo más —presionó la inspectora, cruzando el umbral de la puerta y pisando ya la acera de la calle.
La mirada que Kim contemplaba ahora era muy distinta a la expresión afable que habían disfrutado en el interior de la tienda. Kelvin se mostraba ahora receloso y cauteloso.
—Nada que me apetezca compartir con ustedes, inspectora.
Conduzcan con cuidado y buenas noches.
Antes de que pudieran seguir preguntándole, les cerró la puerta en las narices.
Dos minutos antes, Kelvin se estaba mostrando sincero y colaborador, ofreciéndoles información y contexto. Había sido de gran ayuda, muy cooperativo, y por eso ahora a Kim le quedaba la duda de si les estaba ocultando algo.
—Muy extraño —observó Bryant.
—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó Kim casi llegando ya al coche.
—A eso de que las madres formaban alianzas contra un enemigo común, pero luego no nos haya querido explicar nada más.
Era verdad. ¿Qué coño acababa de suceder?
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Capítulo 37
La bienvenida que les dio la vecina de los Dench no pudo ser más diferente a la que habían recibido con anterioridad por parte de Logan y su madre.
A los pocos minutos de llamar a la puerta, Tiff y Penn estaban sentados junto a la mesa de la cocina con una taza de té y un plato repleto de galletas Digestive.
—Bueno, díganme en qué puedo ayudarlos —dijo Doris Winslow, empujando el plato hacia Tiff.
Preguntándose si por su apariencia física parecería desnutrida, Tiff cogió una galleta, pero la sostuvo en la mano.
—No sé si ha visto las noticias, señora Winslow, pero hemos recuperado un cadáver de uno de los estanques donde la gente va a pescar en Dudley. El hombre era James Nixon, un muy buen amigo de sus vecinos.
—¡Oh, no, pobre hombre!
—¿Lo conocía? —preguntó Tiff, antes de dar un pequeño mordisco a su galleta.
—La verdad es que no demasiado, pero parecía bastante simpático. Me sonreía y me saludaba cuando me veía. En más de una ocasión sacó la basura de mi cubo, incluso una vez me quitó la nieve de las losas de la entrada. Vaya, ¡qué pena! ¿Fue un ataque al corazón?
—Aún no estamos seguros —respondió Tiff. Lo que acababa de escuchar de la mujer era más o menos lo que se había imaginado, pero aquel no era el motivo de la visita.
La señora Winslow continuó hablando.
—Mi Derek murió de un infarto. Estaba más fuerte que un toro, pero aun así le dio; comprando una barra de pan, fíjense. Queríamos una tostada, nada más que eso, pero allí mismo, en medio del supermercado, se
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desplomó y murió. Le metieron un buen chispazo —explicó Doris, haciendo un movimiento con las manos, que Tiff supuso que imitaba el de un desfibrilador—. Pero no sirvió de nada. Así era Derek. Cuando tomaba una decisión, no había nada que hacer.
A Tiff no le parecía que el hombre hubiera podido controlar aquella situación, pero la conversación de la mujer le había dado suficiente tiempo para comerse su galleta.
—Parece que Olivia apreciaba muchísimo a James —dijo Tiff, retomando la conversación.
—Sí, sin duda, a su manera. Había pasado las de Caín con su marido. Lo perdió por cáncer, pero no sería porque ella no lo diera todo para cuidarlo. Si alguien podía haber evitado la muerte de Joe a través de la pasión y el compromiso, esa persona habría sido Olivia. Jamás descansaba, nunca se alejaba de su cama. Incluso puso un colchón junto a su lecho de enfermo para que nunca estuviera solo.
—Debió afectarle mucho su muerte —dijo Penn.
—Sí, porque no es que sea más sencillo cuando eres consciente de que va a ocurrir. Sigue existiendo ese momento en el que deja de respirar, ese minuto en el que pasa de estar a tu lado a no estarlo. Logan fue de gran ayuda para ella, aunque creo que se sintió aliviado cuando apareció James. Le quitó algo de presión. James la hacía reír. Eran buenos amigos y él la estaba ayudando a sanar.
Tiff se dio cuenta de que con una mujer como Doris Winslow no hacía falta hacer demasiadas preguntas.
—No era asunto mío, pero creo que era un poco pronto para una relación seria. El corazón de Olivia seguía estando con su marido. Que James desapareciera fue la gota que colmó el vaso, y ahora el pobre Logan tiene que encargarse de todo él solo.
—¿Encargarse de qué? —preguntó Tiff, cogiendo otra galleta mientras Penn daba un sorbo a su té.
—Bueno, no creo que Olivia esté demasiado bien —dijo Doris, dándose golpecitos en la sien—. Es totalmente comprensible. El estrés de la muerte de su marido y luego la desaparición. Se puede entender que se le haya ido un poco la cabeza.
Tiff pasó por alto esa cuestionable descripción de un posible problema de salud mental para seguir indagando.
—¿Ha estado Olivia enferma?
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—Sí, sí. El pobre Logan no tiene vida propia, se dedica solo a cuidar de su madre.
—¿Le ha dicho eso? —preguntó Penn.
—A ver, no así tan específicamente. Es muy leal a su madre. Me pidió que recogiera una receta para él, bueno, para ella. No pretendí ser indiscreta, fue solo que la bolsa estaba abierta, y vi que eran antidepresivos. No dije nada. Solo le aseguré que yo siempre estaría aquí si me necesitaban. Agradeció tanto escuchar esas palabras que casi se echa a llorar. —Doris movió la cabeza de lado a lado, en señal de tristeza—. Y, muy a su pesar y para su vergüenza, vi por mí misma el calvario al que se estaba enfrentando.
—¿A qué se refiere? —preguntó Tiff, cada vez más confusa. Olivia no le había parecido una persona que estuviera al límite, pero ¿podía juzgarla sin haber pasado más de media hora con ella y sin haberla oído pronunciar más que unas pocas frases?
—Una noche, hará un año o algo así, miré por la ventana del dormitorio trasero antes de cerrar las cortinas. Vi a Olivia fuera en camisón, sin zapatos, intentando escalar la valla trasera. Logan intentaba disuadirla y trataba de hacerla entrar en razón, pero ella no lo escuchaba. Estaba fuera de sí, como una loca, raspándose las manos y los pies contra los listones de madera. Al final, Logan no tuvo más remedio que arrastrarla hacia abajo por la fuerza. Ella opuso resistencia, pero, por suerte, Logan es un chico fuerte y logró meterla en casa. Me vio mirando y sentí mucha pena por el pobre chico. A la mañana siguiente vino a casa a tomar una taza de té y me explicó que su madre se había olvidado de tomar las pastillas varios días seguidos. Le ofrecí mi ayuda y me pidió dos cosas.
Doris le dio un sorbo a su té. Tiff y Penn se mantuvieron en silencio a la espera de que la mujer continuara con el relato.
—Me pidió que no compartiera con nadie lo que había visto. Le daba miedo que el médico insistiera en enviarla a algún tipo de centro y que eso la matara al estar lejos de todos los recuerdos de su padre. Logan estaba convencido de que se pondría mejor estando sola, aunque necesitara tiempo. El chico estaba desbordado y muerto de preocupación. Por supuesto, yo estuve encantada de no contárselo a nadie. No era asunto de interés para ninguna persona.
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—¿Y qué más le pidió? —preguntó Penn, que ya se había terminado su té.
—Me preguntó si podía pasarse por aquí de vez en cuando, en los momentos en los que su madre estuviera durmiendo, para descansar un poco, romper la rutina y charlar. Por supuesto, le dije que era bienvenido en cualquier momento.
—¿Y lo hace?
—Así es. Viene cada dos semanas. Me cuenta sobre los trabajos que lleva a cabo en su casa y se disculpa por el ruido que a veces tiene que hacer. Es un buen muchacho, nunca se queja de los cuidados que necesita su madre.
Doris continuó deshaciéndose en elogios sobre las numerosas cualidades de Logan. Durante varios minutos, la escucharon con educación antes de agradecerle su tiempo.
Mientras se dirigían al coche, Tiff echó un último vistazo hacia la casa de Logan y Olivia Dench, con una pregunta en la cabeza.
¿Qué coño estaba sucediendo allí dentro?
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Capítulo 38
Olivia se quedó mirando hacia la carretera por la que había desaparecido el coche de policía, mucho tiempo después de que lo hubiera hecho.
Vio cómo la agente volvió la vista hacia su casa y percibió la duda en sus ojos, pero no se atrevió a correr el visillo grueso de encaje. Logan tenía las cortinas aseguradas con tiras de velcro fino en los costados y en la parte inferior. Si rompía la sujeción y no conseguía volver a colocarlo todo exactamente igual que estaba, su hijo se daría cuenta.
Tenía la esperanza de que la agente hubiera percibido que algo iba mal, pero ¿por qué iba a hacerlo? Nadie podría creerse jamás en lo que se había convertido su vida.
La joven oficial de policía no podría imaginarse que Logan la había sentado en el sillón para impedirle cualquier contacto con los policías, a través de un toque, un codazo o algo así. Luego, su hijo se sentó justo enfrente para poder controlar la expresión de su cara en todo momento.
Y ella obedeció. Tuvo a dos policías a unos metros de distancia y no dijo ni una sola palabra. Sabía que nunca la creerían, que nunca la sacarían de allí y la protegerían de su hijo durante el resto de su vida. No tenía pruebas de las cosas que le había hecho ni testigos que lo atestiguaran.
En su día también confió en que Doris encajara las piezas cuando consiguió salir al jardín aquella noche. Logan se olvidó de cerrar la puerta trasera, y ella salió corriendo e intentó trepar la valla. Logan la atrapó y la arrastró de vuelta a la casa. Trató de formar con los labios la palabra «ayuda» mirando hacia la ventana de su vecina, pero Doris tenía la mirada fija en Logan, una mirada de compasión.
Al día siguiente, su hijo disfrutó enormemente relatándole la conversación que había mantenido con Doris, contándole que ya era consciente de su estado emocional, de su colapso.
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Y justo ese era el problema, reflexionaba con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos. Todo el mundo creería a Logan. Incluso ella misma lo creyó al principio, cuando le dijo que tenía que ir al médico. Le aseguró que, si tomaba algo de medicación, podrían volver a la normalidad, que podría volver a confiar en ella, que podría tomar otra vez sus propias decisiones.
Y así, fue ella misma la que le habló al médico sobre los cambios en su estado de ánimo, sus sentimientos de rabia y sus pensamientos suicidas ocasionales. Cosas que, por supuesto, Logan le había dicho que relatara, con el objetivo de conseguir los medicamentos que le devolverían la normalidad.
Funcionó. Le recetaron antidepresivos y pastillas para dormir. Todo lo cual controló Logan durante más de un año.
Durante los dos primeros meses, le dispensaba los antidepresivos a diario, pero luego empezó a no hacerlo con esa frecuencia, no dándole pastillas algún día suelto. Su estado de ánimo se volvía impredecible, sus emociones se descontrolaban, los pensamientos de paz eterna eran más frecuentes. Y luego él volvía a equilibrarla.
Le dio un vuelco el corazón cuando escuchó cómo se deslizaba el cerrojo exterior de la puerta de su habitación.
Logan entró con un plato y una taza.
—Esta noche no hay momento familiar —sentenció, colocando el refrigerio en su mesita de noche—. No hasta que averigüe lo que has hecho.
—Yo no he hecho nada —protestó.
El momento familiar consistía en que la dejaba ver la televisión en el salón. Odiaba los programas que elegía Logan, pero, al fin y al cabo, suponían una distracción. Arriba no tenía ni televisión ni radio, e incluso le quitó los libros un día que le pidió a su hijo ir al supermercado con él.
—Entonces, ¿por qué esa zorra ha intentado quedarse a solas contigo? —preguntó, mirándola con desconfianza y acercándose a ella—. ¿Qué le has comunicado?
—¡Nad… nada, lo juro! —exclamó, cuando Logan cerraba ya la mano derecha formando un puño.
Su mente gritaba en silencio; su cuerpo se preparaba para la arremetida.
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—No te creo —aseguró, mirándola desde lo alto—. De verdad que me encantaría que entendieras de una vez que ahora mando yo. Voy a ir a ver a Doris para saber qué le han preguntado. Voy a ponerme dramático, para seguir teniéndola de mi parte. Tienes que recordar que nadie va a creerte. Lo único que he hecho yo es cuidar de mi madre enferma. Si intentas alguna estupidez, estarás aquí de vuelta en lo que canta un gallo, y esta vez va a ser mucho peor, ¿ha quedado claro?
Ella asintió, sin dejar de mirar hacia abajo.
Logan retrocedió hasta la puerta. La amenaza de violencia había desaparecido.
—¿Logan? —suplicó ella, tendiendo su mano.
—No, ni hablar. Esta noche no. Tienes que reflexionar bien sobre lo que has hecho, y para que lo hagas con claridad es mejor no tomar ninguna droga.
Cuando la puerta se cerró, se sintió muerta de miedo, mucho más que el que sufría ante la amenaza de violencia. Era consciente de lo que la esperaba. Los cambios de humor, los pensamientos irracionales, la oscuridad. En cuanto la medicación empezara a desaparecer de su organismo, la ansiedad se apoderaría de ella. Sería incapaz de hilvanar pensamientos coherentes. Terminaría suplicándole a su hijo que acabara con la angustia causada por la abstinencia, forzada y repentina. Y luego le estaría enormemente agradecida cuando le diera la siguiente pastilla.
Incapaz de contenerlas, las lágrimas terminaron por salir de sus ojos y rodar por sus mejillas.
¿Cómo había permitido que aquello sucediera? ¿Lo habría provocado ella misma? ¿Qué había hecho para motivar que su hijo se sintiera autorizado a tratarla así? ¿Cómo era posible que sus vínculos con el pasado se hubieran borrado tan fácilmente? Hubo una época en la que tenía un trabajo, compañeros en el mismo, amigos, una vida social… Había creado una vida en la que sus ramas conectaban con las vidas de otras personas, pero de algún modo Logan las había cortado de raíz, dejándola a la deriva, invisible y olvidada.
Se cuestionaba si en algún momento una parte de ella había deseado dejar de ser independiente, viendo con buenos ojos que alguien le arrebatara esa cualidad, cediendo en ese alguien el control de cuándo comía, dormía o salía. Pero, al pensarlo, caía en la cuenta de que lo que estaba haciendo era lo que toda buena madre haría: asumir la
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responsabilidad de los actos de su hijo. Le resultaba más fácil creer que la culpa era suya antes que aceptar que su hijo era un monstruo. Un monstruo que, por otra parte, ella había criado, por supuesto. Así que, se mirara por donde se mirara, era culpa suya.
Durante los dos últimos años, se había estado aferrando a la vaga esperanza de que él dejara de comportarse así. De que se diera cuenta de lo que le había hecho y le pidiera perdón de rodillas. A pesar de todo, ansiaba que las cosas volvieran a ser como antes. De algún modo, trataría de olvidar los dos últimos años y empezar de cero.
Una vocecita en su cabeza sabía que eso nunca iba a ocurrir. Era consciente de que su hijo había ido demasiado lejos. Y, además, ahora también tenía la duda de si había sido capaz de acabar con una vida.
¿Había cometido su hijo un asesinato? De ser así, ¿qué coño se suponía que debía ella hacer al respecto?
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Capítulo 39
—Bueno, chicos, es el momento de poner en común todo lo que tengamos. Empiezo yo —dijo Kim, colocándose al frente de la sala de la brigada, como hacía siempre que el escritorio vacío estaba ocupado—. Hemos aprendido mucho sobre los concursos de belleza y hasta qué punto la gente se lo toma en serio, sobre todo los padres.
—¿No son simplemente una forma de divertirse un poco? —preguntó Penn.
—¿Estás de broma? —respondió Stacey—. Incluso en nuestra época, en estos tiempos supuestamente avanzados, los certámenes infantiles siguen centrándose en la belleza. Parece que están evolucionando e incluyen cosas como la belleza interior, la personalidad o la inteligencia, pero a las niñas no debería preocuparles el tamaño de sus muslos o de sus barrigas. Siendo yo alguien que fue una niña más bien rechoncha, os aseguro que centrarse tanto en la imagen corporal a una edad tan temprana no es sano.
Kim dio un sorbo a su café, y Stacey interpretó ese gesto como un permiso para continuar hablando.
—Por lo que he investigado hoy, a las niñas pequeñas se les exige actuar como si fueran muñecas Barbie perfectas. Es un estándar poco realista que las va a perseguir toda la vida. La industria de los concursos hace que parezca normal que una niña de dos años se pasee por el escenario vistiendo un bikini diminuto y ajustado —explicó Stacey, sintiendo un escalofrío—. ¿Cómo puede ser sano inculcarle a un crío que la apariencia física lo es todo?
—Creo que todos tenemos clara tu opinión sobre el tema —dijo Kim, que no sabía si estaba de acuerdo o no. Pensó en Toyah, quien disfrutó muchísimo su experiencia cuando era niña; de no haber sido por el
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asesinato de su madre, habría dado la impresión de ser una joven segura de sí misma y con los pies en la tierra.
—Hoy he conocido a una representante de un grupo al que quizá te gustaría unirte —dijo Kim, enarcando una ceja.
Stacey se rio.
—No, creo que son un poco extremos para mi gusto. Lo siento, es que me hierve la sangre con este asunto.
—Desde luego, ese grupo odia con ganas el mundo de los concursos —dijo Bryant.
Kim asintió.
—Tenemos dos víctimas a las que aparentemente lo único que las vincula es el mundo de los certámenes de belleza. No sabíamos si la madre de Carly Spencer podría haber sido una tercera víctima, pero su muerte se debió a causas naturales. El modisto que trabajó con Sheryl y Andrea dice que eran mujeres muy diferentes, así que es difícil saber qué podrían tener en común fuera del circuito. Siguiendo contigo, Stace, ¿has averiguado algo más con tus cuadrículas?
—Sigo trabajando con ellas, pero de momento tengo el nombre de una maquilladora que parecía estar muy solicitada.
—Quiero una dirección para mañana —dijo Kim, mirando el reloj. Eran casi las siete de la tarde y no tenía planeado irse a casa directamente desde la comisaría.
La inspectora dirigió su mirada a continuación a Penn y Tiff. —¿Algún progreso por vuestra parte?
Tiff miró a Penn, como pidiéndole que fuera él quien hablara.
—Algo no huele demasiado bien, jefa. La autopsia se está llevando a cabo de forma demasiado apresurada, porque nadie se está quejando de nada. El forense no es como Keats, eso es un hecho.
Kim se quedó en silencio, esperando la pregunta que estaba claro que le iba a formular. A Penn no le gustaba que la gente hiciera su trabajo a medias.
—Jefa, ¿qué te parece si pedimos una segunda opinión?
Ahí estaba.
—No creo que nuestros colegas de Sandwell se lo tomen demasiado bien, pero, si tienes la sensación de que se están pasando cosas por alto, es una opción. ¿Qué me podéis contar sobre potenciales sospechosos?
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—Hay una dinámica extraña entre la novia de la víctima y su hijo, sin duda —explicó Penn, reflejando el sentimiento que había hecho que Tiff quisiera ahondar en ello en un principio.
—Vale, seguid indagando, pero mantenedme al día —dijo Kim, cruzándose de brazos—. Y hablando de otra cosa. ¿Alguien ha pensado ya en algún talento a desarrollar en la noche del domingo? —Por muy intrascendente que aquello pudiera parecerle a su equipo teniendo en cuenta los casos en los que estaban trabajando, Woody no iba a permitirles que pasaran del tema.
No hubo respuesta alguna.
—¿En serio me estáis diciendo que ninguno de nosotros tiene ningún talento?
—¿No crees que Woody tal vez lo deje estar? —preguntó Stacey con esperanza—. Al fin y al cabo, tenemos dos asesinatos…
—¿No crees tú que el resto de los departamentos estarán igual de ocupados que nosotros? —preguntó Kim, frustrando sus esperanzas.
—¿No podrías entrenar a Barney para que aprenda algunos trucos? — preguntó Bryant.
—¿Conoces a mi perro?
—¿No los haría, aunque fuera por conseguir una manzana? —presionó el sargento.
—A duras penas tolera mi presencia para conseguir una manzana, puedes descartar que haga cualquier otra cosa.
El resto del equipo seguía callado.
—Necesitamos ideas, gente. Nos estamos quedando sin tiempo. Ahora, fuera de aquí, nos vemos mañana. Excepto tú, Campanilla, quédate un segundo.
Los miembros del equipo salieron de la sala, dejando a la joven agente con aire pensativo en su rostro.
—Joder, Campanilla, tranquila, que no has hecho nada malo.
Cuéntame qué te pasa.
—Nada. Estoy bien —dijo, adoptando lo que Kim ya conocía como la sonrisa excesivamente radiante.
—No has hablado ni una sola vez en toda la reunión. Has estado otras veces en nuestras sesiones informativas y nunca has tenido problemas para expresarte. No es un terreno desconocido para ti. Tú nos has traído este caso, nos has pedido ayuda con él y lo tienes que gestionar tú. ¿Está claro?
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—Sí, pero… ¿cómo podéis hacer esto todos los días? ¿Cómo desconectáis? Es un trabajo tan intenso y a la vez tan trascendental…
Kim sonrió.
—Todos buscamos la forma de hacerlo. Es un trabajo bajo presión, Campanilla. Trabajas pensando en la víctima, en la familia, en la gente que está sufriendo el duelo, porque todos ellos saben que dependen de ti. Tienes que encontrar una forma de liberar esa presión. Muchos detectives han sucumbido al alcohol o las drogas para aliviarla un poco, pero eso no ayuda y a la larga solo es fuente de nuevos problemas. Algunos nos vamos a casa y jugamos con piezas de motos; otros corren alrededor de un campo de rugby cuando no hay nada mejor que hacer. Stacey se sumerge en World of Warcraft, y Penn también tiene sus cosas, solo Dios sabe cuáles son. Tú también tienes que buscar algo que te funcione.
—Vale —dijo Tiff, poniéndose ya de pie.
—Una cosa más —señaló Kim cuando Tiff estaba ya junto a la puerta
—. Tienes que apoyarte en tu equipo. Utiliza sus puntos fuertes y débiles, y comparte tus frustraciones con ellos. Os tenéis que apoyar los unos en los otros, ¿entendido?
La sonrisa que mostraba ahora el rostro de Tiff sí era auténtica.
La joven agente saludó con la mano a modo de despedida y salió de la sala, y Kim recogió sus cosas para marcharse.
A diferencia del resto de su equipo, no se iba a ir directamente a casa para desconectar un poco.
Quería asegurarse de que otra persona desorientada se encontraba bien.
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Capítulo 40
Kim aparcó frente al edificio de Pedmore justo cuando el casero salía del inmueble.
El hombre le sonrió y le abrió la puerta.
—Espero que esto no sea una fiesta.
—¿Perdón? —se sorprendió Kim, pasando por delante de él.
—La chica ya tiene una visita, así que cuidado con el ruido.
—De acuerdo —dijo Kim, pensando que difícilmente tres personas podrían llegar a generar un nivel de ruido molesto. La inspectora sentía curiosidad por saber qué otra persona estaría en casa de Katie Hawne y si habría ido a verla por las mismas razones que ella.
La puerta se abrió tras llamar por primera vez; la persona que apareció tras ella no era, ni mucho menos, la que esperaba.
—¡¿Qué puta broma es esta?! —explotó Kim.
—Hola, inspectora, qué alegría verte por aquí —dijo Tracy Frost con una amplia sonrisa.
—Frost, vete de aquí ahora mismo.
—A ver, yo me iría, pero Katie me está preparando una taza de té. No quisiera parecer maleducada. ¿Quieres quedarte con nosotras?
Kim la apartó sin miramientos y se dirigió hacia la cocina. A juzgar por su cara, Katie se sorprendió mucho al verla allí. —Inspectora, ¿qué está…?
—Katie, le sugiero que le diga a esa mujer que se vaya de aquí. ¿Es consciente de quién es?
Katie asintió.
—Es periodista del Dudley Star.
—¿Y no le importa hablar con ella?
—No tengo nada que ocultar. Usted misma me lo confirmó.
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—Sí, pero, de todas formas, hágame caso, no es buena idea darle información de ningún tipo a esa bas…
—¡Te estoy oyendo! —advirtió Frost desde atrás.
Kim la ignoró.
—Katie, esta mujer tiene la costumbre de tergiversar todo lo que se le cuente para satisfacer sus…
—¡Sigo oyéndote! —exclamó Frost, con un tono de voz que parecía que se divertía con la situación.
Mucha gente era ya totalmente consciente a esas alturas del tipo de promesas que hacen los periodistas. Frases como «difunde tu versión de la historia» o «puedo ayudarte a controlar la narrativa» podían ser simples estratagemas para cruzar cualquier límite y explotar las circunstancias desafortunadas de una persona.
—Aún no le he contado nada, y me ha prometido que no me va a hacer preguntas muy delicadas.
—Ya, ya, claro —respondió Kim, quitándose la chaqueta, y señaló con la cabeza el hervidor de agua—. Y sí, me encantaría tomarme un té. Nadie se opondrá a que me quede por aquí, supongo.
—Claro que no —dijo Katie, dándose la vuelta para alcanzar el hervidor.
Si no conociera tan bien a Frost, no habría notado la irritación que se reflejó en el semblante de la periodista cuando se sentó con el té recién servido.
—No tengo nada que ocultar —dijo Frost, sacando su cuaderno. «Ocultas bien la ética y el sentido de la moral», pensó Kim mientras
Katie ponía tres tazas sobre la mesa. Aunque, siendo completamente objetiva, sabía que eso no era cierto del todo. En algunas ocasiones a lo largo de los últimos años, el sentido moral de la reportera había prevalecido sobre todo lo demás, y se había comportado como un ser humano decente. Pero encontrársela en aquel lugar no hacía más que confirmarle a Kim que seguía dispuesta a hacer lo que hiciera falta para conseguir una buena historia. No era de extrañar que a la periodista le cabreara la aparición de Kim, que se alegraba de que su visita hubiera sido tan oportuna.
Kim se tomó un momento para evaluar tanto a Katie como al entorno que la rodeaba. La mujer estaba un tanto pálida, daba la sensación de encontrarse muy cansada y parecía vestir ropa de una talla superior a la
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suya. No había en su hogar un aroma persistente a comida cocinada, y no se veían platos o cubiertos desperdigados por ahí.
Kim notó que sus recelos crecían. Katie no estaba en condiciones para aquel encuentro. Estaba casi dormida, sin duda no lo bastante despierta, y le faltaban energías que dieran fuerza tanto a su cuerpo como a su cabeza.
Kim se cruzó de brazos mientras Frost encendía la grabadora. —Bueno, Katie, lo primero que me gustaría decirte es que te
acompaño en el sentimiento, y que, si necesitas cualquier cosa, no tienes más que decírmelo. Si quieres que paremos, o si hay alguna pregunta que prefieras no responder, házmelo saber también.
Kim se estremeció internamente por lo sincera que sonaba la periodista. Era muy buena, aunque la inspectora sabía que, si Katie rechazaba alguna pregunta, Frost encontraría otra forma de hacerla.
Se alegró de haberse tomado la molestia de pasarse por casa de Katie. Cruzó las piernas a la altura de los tobillos bajo la mesa y se puso cómoda ante lo que se venía por delante.
Media hora y tres tazas vacías más tarde, Kim percibió que su atención ya no estaba en la periodista, sino en Katie.
Para ser justos con Frost, estuvo interrogando a Katie con delicadeza y empatía. No le hizo preguntas delicadas o capciosas, y no insistió demasiado en la información relativa a la escena dantesca que se encontró Katie al llegar a casa.
Al ver que la periodista se estaba comportando, la inspectora se centró en Katie. Gracias a ello, percibió que su cuerpo se tensaba muy sutilmente cada vez que Frost se refería a Sheryl como «tu madre». Cada pregunta que contenía esas palabras hacía que la joven se sintiera cada vez más incómoda.
Y entonces, como por arte de magia, la verdadera Frost hizo su aparición.
—¿Y te trató bien la policía?
Katie asintió.
—¿Algún problema en la sala de detención?
—Venga, creo que ya es suficiente —dijo Kim, mirando a Katie en busca de aprobación.
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La joven asintió fatigosamente, y Kim se dio cuenta de lo exhausta que estaba.
Al fin y al cabo, había pasado cuarenta y ocho horas traumáticas y agotadoras.
—Ya tienes suficiente, Frost.
La periodista la fulminó con la mirada, pero, a decir verdad, podía considerarse afortunada con lo que ya tenía.
—Tienes mi número, Katie —dijo Frost, guardando la grabadora en su bolso—. Cualquier cosa que necesites, llámame.
—Gracias —respondió Katie débilmente.
Con una última mirada de reojo a Kim, Frost salió de la casa. —Bueno, ¿cómo se encuentra? Pero de verdad —preguntó Kim, una
vez que estuvieron solas.
—La respuesta más sincera es vacía —aseguró Katie, frotándose la cabeza con las manos—. Parece que todo esto le hubiera ocurrido a otra persona. En parte estoy segura de que, si voy a casa, ella seguirá allí, viva.
—Katie, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Le guarda rencor a su madre por los años de los concursos de belleza?
Katie no parecía sorprendida por la pregunta, pero Kim había vuelto a detectar la misma tensión de antes al escuchar la mención a su madre.
—A veces, pero le tengo más rencor por ser una zorra cruel y egoísta. —Katie…
—Estoy cansada, inspectora.
Y ahí estaba; otra vez había levantado la barrera de protección, quedándose a salvo tras ella.
Kim se puso de pie y cogió su chaqueta.
—¿Puedo hacerle yo también una pregunta antes de que se vaya, inspectora?
—Claro.
—¿Cuándo podré recuperar la casa?
Kim trató de ocultar su sorpresa ante esa cuestión.
—No sé cuánto tiempo más necesitarán los forenses, lo más probable es que solo unos días.
—El tiempo justo para hacer las maletas —respondió la joven, siguiendo a Kim hasta la puerta.
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—¿Quiere volver allí?
—Por supuesto. Es mi casa.
—La avisaremos —dijo Kim, saliendo definitivamente al exterior.
Katie le dio las gracias y cerró la puerta.
A pesar de los consejos de Judith, parecía que Katie era incapaz de dejar atrás su pasado. Según la vecina, Katie seguía visitando a Sheryl, si no a menudo, al menos sí con cierta regularidad. No había sido capaz de romper ese vínculo con la única pariente que tenía. Kim supuso que la intención de regresar al hogar familiar reflejaba esa misma necesidad de sentirse en casa, de algún modo rodeada de la familia.
—Bueno, a ver, ¿qué está pasando aquí, Stone? —preguntó Frost, apareciendo de detrás de un pino.
—¡Joder! ¿Quieres matarme de un infarto? ¿Por qué coño sigues merodeando por aquí?
—Me he imaginado que no ibas a tardar mucho en salir. Venga, cuéntame, ¿qué está sucediendo?
—¿A qué te refieres? —preguntó Kim, sin dejar de caminar hacia su coche.
—A lo de su madre. Ahí hay algo más.
—Quieres decir aparte del hecho de que la hayan asesinado salvajemente y de que fuera Katie quien la encontrara, ¿no? ¿No te parece lo bastante jugoso?
—No, porque sé que hay algo más.
—¿Algo más como, por ejemplo, tratar de conseguir información sobre algo que sucedió en la comisaría? —preguntó Kim, refiriéndose al golpe bajo que Frost le había intentado dar antes.
—Oye, no estaría haciendo bien mi trabajo si no tomara algunos riesgos de vez en cuando.
—Bueno, toma tus riesgos para escribir un artículo decente y fuera de mi vista.
Frost se hizo a un lado y Kim subió al coche.
Todavía no había empezado a conducir, y Frost ya había desaparecido cojeando.
El instinto de la periodista no fallaba al cuestionarse la relación de Katie con su madre. Parecía estar llena de complejidades.
Pero eso no tenía nada que ver con los motivos por los que Kim había realizado aquella visita sorpresa. Tenía una doble preocupación. Por un
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lado, quería asegurarse de que la joven estaba bien. En parte, le gustaría poder haberla retenido en Bushey Fields para que recibiera ayuda, pero eso no estaba en su mano. Era una persona adulta que podía cuidar de sí misma. Pero la presencia de Katie le resultaba perturbadora, algo en ella la inquietaba. Sutiles cambios de humor que ocurrían con frecuencia.
Cada conversación con la chica dejaba a Kim con la sensación de que la mujer estaba a una pregunta errónea de desmoronarse por completo.
También estaba segura de que había algo sobre Katie y su madre que aún no habían descubierto.
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Capítulo 41
Kim revisó su teléfono justo cuando el equipo empezaba a llegar a la sala de la brigada.
Faltaban tres minutos para las siete de la mañana y quería leer el artículo de Frost sobre Katie Hawne en cuanto se publicara. El rato que había pasado con Katie la noche anterior la había dejado preocupada, haciéndole meditar sobre las relaciones madre-hija, y pensó tanto en ello que se terminó sintiendo muy incómoda. Trató de eliminar su experiencia personal de aquella reflexión. Tener una madre esquizofrénica empecinada en matarte tanto a ti como a tu hermano gemelo era una excepción y no la regla.
Por lo que conocía de los miembros de su equipo de trabajo, Stacey tenía una relación estrechísima con su madre, con la que hablaba de casi todo. Bryant había sido criado por unos padres trabajadores, aunque no especialmente afectuosos. La madre de Penn había fallecido solo un par de años atrás, pero su relación con su hijo también había sido muy estrecha.
Katie había deseado la muerte de su madre con un fervor tan intenso que se llegó a creer responsable de su asesinato cuando encontró su cadáver; sin embargo, a pesar de esa rabia, estaba deseando volver al hogar familiar en lugar de seguir adelante con la vida independiente que estaba empezando a forjarse.
Kim no le encontraba el sentido, pero, en fin, tenía que dejarlo a un lado. Independientemente de lo que le preocupara la salud mental de Katie, la mujer era una persona adulta que ya no necesitaba su atención.
Volvió a refrescar la pantalla de su teléfono una vez más antes de dirigirse a la sala de la brigada.
—Buenos días, gente. No penséis que anoche estaba de broma. Espero que todos hayáis encontrado un talento antes de que termine la jornada laboral de mañana, y entonces se elegirá a alguien que nos represente. Me
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da igual lo malos que seáis. Cualquier cosa será mejor que la poesía de Penn.
—De hecho, jefa, lo he estado pensando —dijo Penn, metiendo la mano en su bolso—. Yo sabía hacer una cosa muy guay de niño. Tenía hasta récords.
Kim se sintió esperanzada por un momento.
—Mirad —dijo con una sonrisa que denotaba orgullo.
—¿Un cubo de Rubik? —preguntó la inspectora, cruzándose de brazos.
—Sí. Cógelo —le dijo, pasándoselo—. Desordénalo. Todo lo que quieras. Yo no miro.
Kim se lo tiró a Tiff cuando Penn se dio la vuelta. Le iba a resultar más útil emplear su tiempo en echarse otro café de la máquina.
En la sala se respiraba cierta expectación. Kim empezó a tomarse un café recién hecho y Tiff le devolvió el cubo a Penn. Parecía bastante desordenado.
—¿Quieres que te cronometre? —preguntó Stacey, sacando su teléfono.
—¡Venga, sí! —dijo Penn.
—Vale, empieza —le ordenó.
El sargento comenzó a retorcer y a girar las tres filas de colores aleatorios. El resto del equipo miraba, miraba y miraba.
—Dos minutos —advirtió Stacey.
—Un tiempo que nunca nadie me devolverá —dijo Kim—. Déjalo, Penn…
—Puedo hacerlo, de verdad —aseguró Penn, todavía moviendo los colores. No tenía mejor aspecto que cuando Tiff se lo había dado.
—Sí, pero, aunque lo hagas, no vas a impresionar a nadie. Pongamos que lo terminas justo ahora; la mayoría de los niños de menos de diez años podrían, como mínimo, hacerlo en el mismo tiempo.
—De verdad, jefa, yo tenía el récord —insistió. —¿Qué récord? ¿Mundial? ¿Nacional? ¿Regional?
—Bueno, a ver, ninguno de esos, tenía mejor marca que todos mis compañeros; en fin, yo era el más rápido.
—Guárdalo. Ha terminado tu audición y quedas descalificado, no pasas a la siguiente ronda. —La inspectora se giró y lanzó una mirada hacia Stacey y Bryant—. Más vale que la siguiente actuación mejore esta.
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Kim se quedó callada durante un instante para que esa frase calara hondo.
—Bien, ya es el tercer día trabajando en el caso y seguimos teniendo más preguntas que respuestas. ¿Alguna teoría?
—¿Celos? —ofreció Bryant.
—Pero ¿celos de qué? —preguntó Stacey—. Las que competían eran las niñas, no las madres.
—Y, además, ¿por qué ahora? —cuestionó Kim—. Ninguna de las personas con las que hemos hablado ha competido recientemente, todas llevan años sin hacerlo. Ambas chicas han estado viviendo vidas muy diferentes.
—Sí, pero Kelvin Hobbs nos planteó una idea interesante; tal vez la mejor forma de hacer daño a las chicas sea a través de sus madres.
Kim asintió, en un gesto que indicaba que aceptaba esa idea.
—Pero eso sigue sin responder a la pregunta de por qué ha sucedido ahora.
—¿Por venganza? —intentó Bryant—. ¿Puede que haya sido algún tipo de castigo por algo que hicieron las chicas o por algo en lo que participaron las madres?
—Creo que cada vez estamos más cerca, pero aún no tenemos suficiente información para saber si debemos limitarnos a centrarnos en las participantes de los certámenes o si debemos fijarnos en cualquiera relacionado con el sector —afirmó Kim—. Seguimos sin tener personas concretas en las que centrarnos. Las familias no se relacionaban entre sí. Las hijas no estaban en contacto. Todo lo que sabemos es que Kelvin Hobbs nos ha mentido sobre el motivo por el que dejó el circuito, alegando que de repente decidió que ya había tenido suficiente, aunque le encantaba trabajar en el sector. Sus palabras eran creíbles, pero su lenguaje corporal delataba un estado de cierta agitación.
—Jefa, ¿qué opinas de la prótesis y de las pestañas? —preguntó Stacey.
—Que nuestro asesino está tremendamente cabreado por algo relacionado con los certámenes, pero eso tampoco nos ayuda demasiado —aseguró Kim, volviéndose hacia Penn—. ¿Habías oído alguna vez algún caso parecido?
Preguntarle a él era más rápido que buscar en Internet.
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—Hubo uno hace unos años en el que una mujer mató a su hija metiéndole a la fuerza un crucifijo de madera en la garganta.
—¿En serio? —preguntó Bryant.
—Sí, pero creo que fue porque pensaba que la niña estaba poseída y trataba de expulsar al diablo de su interior, o eso alegó su abogado. Hubo otro caso en Irlanda, allá por…
—Vale, Penn, gracias —dijo Kim. Aquello no les resultaba útil en aquel momento.
—Quizá la maquilladora que he encontrado sepa algo —aportó Stacey
—. Estuvo presente en la mayoría de los concursos durante un periodo de ocho años y tuvo que conocer a las chicas, a sus madres y a las demás personas involucradas en el mundillo.
Kim asintió.
—Ya te he enviado su dirección —dijo Stacey, señalando a Bryant. —Vale, Stace, además de seguir exprimiendo tus cuadrículas, quiero
que te pongas manos a la obra con el origen de los objetos que se encontraron en las gargantas de nuestras víctimas. No creo que saques nada que nos sea muy útil de las pestañas, pero a ver qué puedes averiguar de la prótesis dental.
—Me pongo con ello, jefa. Kim se volvió hacia Penn.
—Campanilla y tú vais a ver a Keats, ¿verdad?
—Sí, jefa, pero además estaba pensando en otra cosa. ¿Qué posibilidades existen de que el equipo de buceo regrese al estanque?
—¿Crees que podrían encontrar algo más en las profundidades? —No, esa es la cuestión —respondió el sargento—. No creo que haya
nada.
—Mmm, déjame pensar. ¿Quieres destinar fondos a un equipo de buceo especializado para un caso que al que nadie presta atención, con el objetivo de buscar cosas que ni siquiera crees que están ahí abajo?
—Más o menos —respondió Penn.
—Estoy tan segura de que Woody va a autorizar una cosa así que te voy a permitir que se lo pidas tú mismo.
Penn parecía dubitativo.
—Sus cosas nunca llegaron a aparecer —dijo Tiff—. Si se cayó al lago, o bien su caña y el resto del equipo se cayeron con él, o lo más
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probable es que el asesino se lo llevara todo para eliminar cualquier rastro de su presencia.
—O las cosas se quedaron allí y alguien las robó —respondió Kim. No todo el mundo necesitaba conocer la procedencia de objetos como esos, especialmente si estaban por ahí tirados y salían gratis.
—Tenemos que averiguarlo —presionó Penn.
—Déjamelo a mí. Sé amable con Keats, y yo veré qué puedo hacer.
—Gracias, jefa.
Kim se dirigió al centro de operaciones para coger su chaqueta. Aquel caso empezaba a parecerse a un ovillo, enredado con tanta fuerza que era imposible encontrar su final. Pero, habiéndose producido dos asesinatos en solo dos días, la inspectora solo rezaba por ser capaz de desenredarlo antes de que nadie más perdiera la vida.
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Capítulo 42
Stacey seguía pensando en el concurso de talentos una vez que la oficina se hubo vaciado a su alrededor. Penn había fracasado en sus esfuerzos, así que ahora toda la presión recaía sobre Bryant y ella.
Jamás en su vida había realizado ninguna actuación ni en general nada que llamara demasiado la atención de la gente. Ya había sufrido suficiente escrutinio al ser una de las dos únicas niñas negras que había en su clase. Cuando llegaba la hora de preparar alguna representación teatral o concierto, prácticamente se hacía un ovillo para pasar desapercibida y evitar así que la eligieran. Incluso durante las vacaciones en Pontins, en Rhyl, se negaba a subir al escenario o a participar en cualquier cosa que llamara la atención de otras personas.
Además, no tenía ninguna habilidad ni talento que exhibir. Se había pasado la noche anterior viendo audiciones antiguas de la versión británica de Got Talent y, aun así, después de ver a un tipo crear retratos con pan tostado y a una mujer tejiendo al ritmo de la música, había resuelto que no tenía nada que ofrecer.
Tampoco es que hubiera destacado en especial en ninguna asignatura en el colegio.
—¡Ah, un momento! —exclamó hacia una sala vacía.
Había una cosa en la que ganaba a todas las chicas de su barrio. No sabía con seguridad si aún tenía la capacidad de hacerlo. Pero al menos había algo que podía exhibir, y eso era todo lo que la jefa les había pedido. Con escaparse un momentito a la hora de comer, estaría lista para intentarlo.
—Bueno, prótesis embellecedora, ¿de dónde vienes?
Abrió la carpeta con las fotos que Mitch le había enviado. El técnico forense había fotografiado los dientes postizos desde todos los ángulos y
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había rodeado con un círculo un emblema diminuto que se encontraba en la cara inferior del molar superior derecho.
Ampliando la imagen, pudo distinguir una S y una P.
Abrió el buscador de Google y tecleó para tratar de encontrar lo que quería.
La búsqueda de «fabricantes de dentaduras postizas para bebés» arrojó una docena de resultados, aproximadamente. De inmediato le llamó la atención una empresa llamada Sonrisa Perfecta, en cuya portada aparecía la imagen de niña participando en un certamen de belleza luciendo una corona.
Se desplazó hasta la información de contacto y descubrió que la empresa tenía su sede en Rotherham. Estando tan lejos, descartó hacerles una visita y llamó por teléfono.
Contestó una mujer amable llamada Donna, que enseguida se ofreció a ayudar.
—Hola, soy la ayudante de detective Stacey Wood, de la policía de West Mids. Necesitaría que me echara un cable.
—Claro, ¡no tenga dudas de que haré lo que esté en mi mano! — respondió Donna con un tono alegre, como si todos los días recibiera llamadas de la policía.
—Tengo una dentadura postiza de una niña, una prótesis embellecedora. Necesito intentar confirmar la identidad de la niña para la que se fabricó.
—Vale, ¿podría facilitarme el número de serie? Stacey no había apreciado ningún número en las fotos. —¿Dónde podría encontrarlo? —Está en la parte inferior, por detrás.
Stacey revisó todas las fotos que tenía.
—No hay ningún número.
—Vaya, entonces tenemos un problema.
—¿Podría haberse desgastado? —preguntó Stacey, con la duda de si existiría algún tipo de procedimiento forense que Mitch pudiera emplear para hacerlo otra vez visible.
—Es poco probable. Habría tenido que estar sometida a unas condiciones extremas para que eso ocurriera. Lo más probable es que sea anterior a 2019.
—Explíquese —instó Stacey.
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—No empezamos a grabar números de serie y registrarlas hasta hace unos años. Todos esos registros están informatizados y se pueden buscar.
—¿Y tienen registros de las que se fabricaron antes de ese año? —Bueno, más o menos. Tenemos documentos en papel en el sótano. Stacey trató de aferrarse al último resquicio de esperanza. —Pero ¿existen registros?
—Agente, producimos miles de prótesis embellecedoras al año. Nuestros registros anteriores a 2019 rondarán los veinte o veinticinco mil. Aunque tuviera los registros dentales, habría que rebuscar entre los documentos en papel para hallar una coincidencia.
Stacey le dio las gracias por su tiempo y colgó.
Cuando el Príncipe Azul comenzó a buscar a la dueña de la zapatilla de cristal, al menos tenía un lugar por el que empezar.
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Capítulo 43
—¿Es tu primera vez? —le preguntó Penn a Tiff mientras se dirigían a la morgue.
La joven agente asintió.
—Obviamente he visto cadáveres, pero nunca una autopsia en directo.
—Vas a estar bien —la tranquilizó—. Keats es una leyenda.
Y lo decía con total convicción, sobre todo teniendo en cuenta que el propio forense había realizado la petición para el traslado del cadáver y también se había encargado de hablar con Esther Nixon para que le permitiera seguir investigando.
Penn aprovechó que Lynne tenía turno de noche en el trabajo para informarse un poco sobre lo que ocurría en una autopsia digital. Ahora ya sabía que se trataba de un proceso no invasivo en el que se utilizaban tomografías y resonancias magnéticas para desarrollar imágenes tridimensionales que permitían una exploración virtual del cuerpo.
Uno de los primeros estudios documentados se había realizado en el Departamento de Neurorradiología de Alemania en 1980, y en él se analizaron mortinatos y nacidos vivos. La tecnología había avanzado desde los años ochenta y se empezaron a incluir reconstrucciones desde planos múltiples y generación de imágenes de alta definición en tres dimensiones. Ya en la actualidad, las autopsias digitales trataban de responder a las mismas cuestiones propias de cualquier investigación sin necesidad de llevar a cabo una disección.
Teniendo todo eso en cuenta, Penn veía positivo el cambio.
—Hola, Jimmy —saludó Penn al ayudante de Keats al atravesar las primeras puertas.
Jimmy hizo un gesto con la cabeza hacia la encimera, en la que había dos montones con equipos de protección. Tanto Penn como Tiff se pusieron uno en silencio, hasta que Jimmy les indicó que ya podían pasar.
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—Vaya, Penn —los saludó Keats, girándose hacia la puerta—. Qué opción más extraña has elegido para una primera cita.
—Soy Tiff. Soy…
—Lo sabe —aclaró Penn—. Está de broma. Nadie puede entrar aquí sin que Keats sepa quién es.
—Ah, vale.
—Bueno, Penn, a ver, ¿te importaría explicarme por qué te ha parecido necesario darme más trabajo, con el que ya tengo?
—Confianza —respondió el sargento.
—¿En el forense o en el proceso? —preguntó Keats mientras Jimmy conducía la camilla hacia donde se encontraban.
—La verdad es que prefiero no responder a eso.
—Respuesta equivocada. De lo que más debes desconfiar es del proceso.
—La autopsia digital tiene muchas ventajas, ¿no? —preguntó Penn, con la esperanza de sacar provecho de su reciente investigación.
—Enuméralas.
Al no saber si Keats le estaba tendiendo una trampa o si simplemente quería iniciar un debate sano, Penn decidió proceder con mucha cautela.
—Es imposible conservar un cadáver tras practicarle una disección. Este método más moderno permite realizar hallazgos con procedimientos no destructivos y que no generan contaminación.
—Lo acaba de decir un hombre que anoche estuvo empollando. No estoy en desacuerdo, así que, por favor, continúa.
—Facilita la visión de algunas zonas del cuerpo.
—Correcto. Obtener datos precisos en algunas zonas es una tarea problemática. Sigue.
Penn sabía ya con total certeza que el forense estaba tratando de llevarlo hasta un punto específico.
—Keats, venga, que me estás asustando. —¿Has expuesto ya todos tus argumentos? —Creo que sí.
—Se te ha olvidado mencionar que puede acelerar la obtención de datos cuando hay una catástrofe, pero eso te lo puedo dejar pasar. Es cierto también que, digitalmente, los cuerpos pueden examinarse varias veces. Sin embargo…
Penn emitió un leve gemido. Ahí estaba.
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—Sin embargo, una diferencia muy obvia es el color real de los órganos internos del cuerpo y cómo cambia en el fallecido, en comparación con lo que se simula en el software de visualización. Un pequeño cambio en el color de los órganos puede ofrecer pistas decisivas sobre la causa de la muerte. Además, esta novedosa tecnología no lleva suficiente tiempo en marcha como para poder estar seguros de sus resultados. Por otro lado…
—Vale, Keats, he perdido —dijo Penn, levantando las manos en señal de derrota.
—No, joven Penn, es que una información limitada puede ser algo muy peligroso. Has querido aprender, pero no te has percatado de lo más importante de todo.
—¿A qué te refieres? —preguntó, resignado.
—A que no existen muchos sistemas judiciales en el mundo que acepten autopsias digitales en los tribunales, así que, en pocas palabras, sin disección, no existe caso. —El forense suspiró profundamente—. Y, por desgracia, eso último también podría ser cierto en relación con este pobre hombre.
Penn permaneció en silencio, pero intuyó que no iba a recibir buenas noticias.
—Por mí no hay problema en llevar a cabo una autopsia completa, pero, en una primera inspección, no se observa nada obvio que nos ayude a saber cómo acabó este hombre en el agua.
—Pero las marcas…
—Las podría haber provocado el movimiento del cuerpo por el agua después de la muerte. Lo siento, Penn, pero… A ver, esperad un momento. —Keats examinó de cerca la mano derecha del hombre—. Mmm… Salid un segundo —ordenó, dirigiéndolos hacia la puerta.
Penn y Tiff permanecieron en silencio en la antesala y observaron cómo Keats acercaba la máquina portátil para realizar radiografías. La colocó sobre la mano derecha del cadáver.
Ambos vieron cómo el forense pulsaba unos botones en la máquina y luego les hacía señas para que volvieran a entrar.
La pantalla que había en la pared se iluminó, y en ella apareció una mano esquelética. Antes de que Penn tuviera la oportunidad de intentar comprenderlo, Keats ya estaba explicándolo.
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—Ese es el pulgar derecho, y veréis que hay una fractura de la segunda falange.
—La del medio —ofreció Penn. Por lo que él sabía, los dedos tenían tres falanges.
Keats le dirigió una mirada fulminante.
—Biología básica, chaval. A diferencia del resto de los dedos, el pulgar solo tiene dos falanges, y una de ellas está rota.
Cada día se aprendía algo nuevo, especialmente con Keats, pero Penn no sabía por qué el forense parecía tan satisfecho de sí mismo.
—Puede que sea una lesión previa —dijo Penn.
—Lo dice un hombre que no ha pescado en su vida —se burló Keats
—. Intenta manejar una caña de pescar con un pulgar roto. No hay forma de… —El sonido de su teléfono interrumpió sus palabras.
Keats escuchó, frunció el ceño y colgó.
—Jimmy. Por favor, vuelve a acostar a nuestro amigo.
Como si Penn y Tiff fueran invisibles, Keats volvió corriendo al vestíbulo y empezó a quitarse el equipo de protección.
Penn tenía la impresión de que su jefa estaba a punto de recibir una llamada.
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Capítulo 44
—A nadie parece haberle ido especialmente bien en el negocio de los certámenes de belleza —observó Bryant mientras se adentraban en una zona poco llamativa de Dudley.
Kim comprendió lo que su compañero quería decir. El modisto más solicitado por las madres de las chicas vivía en un piso encima de su tienda de Bewdley, y una maquilladora muy codiciada en aquella época lo hacía en una casa adosada de aspecto deteriorado, con un prado, por el que se podía cruzar, a modo de jardín delantero.
Bryant sacudió la cabeza en un gesto de desaprobación cuando aparcó frente a la casa. Todo el mundo tenía sus manías y, una de las del sargento era el estado de los jardines de una persona. Odiaba que Jenny le diera el coñazo para que arreglara el suyo, pero entendía que su mujer insistiera en mantenerlo en buenas condiciones.
—Un segundo —dijo Kim, al recibir una notificación en el teléfono. Era lo que estaba esperando. El artículo de Frost estaba ya subido en la web del Dudley Star.
La inspectora pulsó el enlace y comenzó a leer.
Bryant echó un vistazo hacia el teléfono de su compañera y, al ver lo que la tenía ocupada, se recostó en su asiento y esperó en silencio.
Kim leyó el artículo con rapidez, buscando tintes sensacionalistas o algún detalle truculento innecesario. No encontró nada de eso. Volvió a leerlo despacio, para asegurarse de que no se había publicado nada que pudiera afectar negativamente a Katie. Y no, nada de nada.
—No ha hecho un mal trabajo —admitió Kim a regañadientes, guardando el teléfono. El artículo era interesante pero objetivo, empático pero sin sentimentalismos, y no hacía mención a nada de lo ocurrido en la sala de detención.
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—¿Vas a darle una tregua entonces? —preguntó Bryant cuando ya salían del coche.
—Voy a dar por hecho que esa pregunta era retórica —respondió Kim, acercándose a la puerta que daba acceso al exterior de la propiedad.
Bryant se rio mientras atravesaban ya la maleza que había crecido a lo largo del pavimento y entre las losas que lo formaban. Al final del camino de entrada, llamó a la puerta de la vivienda.
Respondió de forma apresurada una mujer que tendría cerca de cuarenta años, con el pelo castaño recogido y una camiseta en la que rezaba el nombre de una funeraria local.
—Soy atea —dijo la mujer, tratando de cerrar la puerta con la misma rapidez con la que la había abierto.
—Me alegro por usted —respondió Kim, colocando un pie para sujetar la puerta y mostrando su identificación policial.
—Ay, lo siento, pensé que eran testigos de Jehová. Les encantan las viviendas como esta. Creen que todos necesitamos que nos salven. Bueno, ¿qué quieren? —preguntó, impaciente, mirando hacia todas partes—. Sea lo que sea, yo ni he visto ni he oído nada.
A Kim le entusiasmó ese espíritu de pertenencia a la comunidad y esa voluntad de ayudar a la policía.
—¿Jenna Bond? —preguntó Kim.
La mujer asintió.
—Entonces es usted con quien tenemos que hablar. —¿Sobre qué? —preguntó la mujer, cruzándose de brazos. —¿Podemos pasar? —solicitó Kim, intentando no dejarse llevar por
sus primeras impresiones. Una de las mejores lecciones que Bryant le había enseñado era no actuar en caliente cuando algo la irritaba de primeras.
—La verdad es que no. Está todo hecho un desastre, y me tengo que ir a trabajar.
Como si Bryant percibiera que de segundas también seguía irritada, se adelantó y tomó la palabra.
—Intentaremos no entretenerla demasiado, señora Bond, pero de verdad que agradeceríamos mucho su ayuda en relación con un asunto de mucha gravedad.
La mujer suspiró profundamente y se hizo a un lado para que pasaran. Vale, aquello había requerido más palabras que si Kim se hubiera limitado
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a apartarla del camino para entrar, pero también existían muchas menos probabilidades de recibir una queja formal. Bien, Bryant.
—Miren, no tengo mucho tiempo —aseguró Jenna, caminando hacia la cocina.
—Quizá podría llamar al trabajo y comentar que tal vez llegue con algo de retraso —sugirió Bryant amablemente—. Su ayuda nos resulta fundamental, no la retendríamos si no fuera algo urgente.
—¡Madre mía! Vale, está bien —dijo la mujer, cogiendo su teléfono. Bryant a veces provocaba ese efecto en la gente. Había algo en él que
gustaba inmediatamente. En ella, no tanto.
Jenna escribió un mensaje rápido y soltó el teléfono.
—Gracias, señora Bond —dijo Bryant.
—Llámeme Jenna. Ha logrado conseguir más de mí que cualquier otro hombre en años.
Kim le hizo un breve gesto con la cabeza a su compañero para indicarle que fuera él quien dirigiera el interrogatorio. Le seguía pareciendo todo un misterio que algunas personas no simpatizaran con ella desde el principio, pero había que utilizar todas las armas de las que se disponía.
—Jenna, no sé si ha visto las noticias, pero estamos trabajando en una importante investigación que parece estar relacionada con el mundo de los certámenes de belleza.
—¿Qué? ¿A alguna mocosa se le ha torcido su prótesis dental? —dijo Jenna, y a continuación se rio de su propia broma.
Bryant sonrió para hacerla sentir cómoda.
—Tenemos dos víctimas. Ambas, madres de niñas que participaban en eventos donde usted peinaba y maquillaba cuando tenía relación con ese sector.
—¡¿Cómo?! —exclamó, tomando asiento. Se le había quitado la cara de diversión. Llegó un mensaje a su teléfono, pero lo ignoró.
—Nuestra primera víctima se llamaba Sheryl Hawne; la segunda, Andrea Shaw.
Jenna movió la cabeza de lado a lado en señal de negación.
—Dígame los nombres de las niñas. Las conocía mejor.
—Sheryl era la madre de Katie y Andrea, de Toyah.
—¡Oh…! ¡Ooooooh! —exclamó Jenna, con gesto de incredulidad.
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A Kim le entraron ganas de decir algo, pero, en parte, el objetivo de dejar que Bryant condujera a veces los interrogatorios era obtener la mejor información posible. Tenía que confiar en que su compañero haría las preguntas adecuadas.
—Me ha parecido que las dos reacciones han sido muy diferentes. ¿No le han sorprendido ambas?
—Supongo que sí, porque estamos hablando de asesinatos, pero me parece más lógico y fácil de entender que alguien estuviera cabreado con Sheryl antes que con Andrea.
Parecía que, ahora que había situado a las niñas, recordaba perfectamente a sus madres.
—¿Por qué lo dice?
—Bueno, a ver, no quiero decir, ahora que sé que está muer…
—Que no nos hable con sinceridad ya no le va a servir de nada a Sheryl —la tranquilizó Bryant—. Y tampoco nos va a ayudar a encontrar al responsable de su muerte.
Jenna asintió y aceptó su invitación a hablar con claridad.
—Sheryl era una persona muy difícil de tratar. Muy motivada, muy centrada en lo suyo. Ni siquiera parecía disfrutar los concursos. Todo giraba en torno a ser la mejor, conseguir el mejor servicio, conseguir que Katie fuera la primera en ser atendida. Muchas de las otras madres cedían porque más valía tenerla como amiga que como enemiga. Era una de las madres menos queridas en el circuito. Katie, angelito, era un encanto. A veces resultaba obvio que su madre la avergonzaba, pero no era capaz de decir ni pío. Se limitaba a agachar la cabeza, muerta de vergüenza, cuando Sheryl empezaba con sus excentricidades.
—¿Como cuáles? —preguntó Bryant.
—Montaba un numerito si las cosas no se hacían como ella quería. Se ganaba el apoyo de algunas de las otras madres y lanzaba amenazas.
—¿Contra quién?
—Contra todo el mundo: personal de servicios, organizadores, locutores, jueces… Cualquiera que sintiera que no prestaba a Katie la atención que merecía.
—¿Alguna vez la amenazó a usted?
Jenna se encogió de hombros.
—Alguna vez, sí. De vez en cuando me traía una foto del aspecto que quería que tuviera Katie y, si no era capaz de replicarla exactamente, lo
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vociferaba para que se enterara todo el mundo. Me amenazaba con no pagarme o con echarme del circuito, con manchar mi nombre, con arruinar mi reputación…
—¿Y qué me dice de Andrea?
—La noche y el día. Andrea era muy divertida. No se lo tomaba demasiado en serio. No regañaba a Toyah si se equivocaba ni la ignoraba ni la iba arrastrando del brazo. Se divertían juntas, veían desfilar a las otras chicas y luego se comían una hamburguesa de camino a casa.
La siguiente pregunta ardía en los labios de Kim, pero fue capaz de contenerla.
—Si ambas mujeres eran tan diferentes, ¿sería capaz de imaginarse algo que pudieran tener en común?
Esa era la pregunta que Kim esperaba que Bryant formulara. —Bueno, Andrea era encantadora, pero se dejaba manipular
fácilmente. Cuando Sheryl decidía organizar a las tropas, primero se aseguraba de poner a Andrea de su parte, y como muchas madres se fiaban de ella, la imitaban y también seguían a Sheryl.
—¿Le viene a la mente el nombre de alguna otra persona en particular que formara parte del grupo que solía reunir Sheryl? —preguntó Bryant.
La mujer trató de recordar durante unos instantes.
—Había una mujer que tenía una niña rubia, Carol o algo así.
—¿Carly? —preguntó Bryant con un destello de esperanza.
El rostro de Jenny se relajó.
—Sí, eso es. Una niña dulce, que siempre ayudaba a las otras. Les subía la cremallera del vestido, les alisaba las arrugas… Siempre encantadora, siempre agradable, pero su madre…
—Ya ha fallecido —dijo Bryant—. Por causas naturales.
—Puede que hubiera otras que se unieran a la pandillita de Sheryl de vez en cuando, pero no las recuerdo con seguridad.
—Parece que usted disfrutaba de los concursos y que estaba muy solicitada, ¿por qué ya no trabaja en el sector? —preguntó Bryant.
—Niños —respondió con demasiada rapidez—. Quería tener hijos, y viajar tanto no me iba a resultar viable.
Como Kim la estaba observando con mucha atención, pudo detectar que la explicación no se ajustaba del todo a la realidad. Podía acercarse a la verdad, pero había algo más.
Bryant miró a la inspectora para indicarle que él ya había terminado.
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—Me gustaría hacerle una última pregunta, si no le importa —dijo Kim.
—Hágala. Total, el jefe ya me habrá descontado media hora. —¿Recuerda algún incidente concreto en el que ese grupito pudiera
cabrear de verdad a alguien en particular? ¿Alguien que pudiera haberse visto gravemente afectado por su comportamiento?
—No que yo… Un momento, espere… Sí, claro, había un modisto, Kevin o…
—¿Kelvin Hobbs? —interrumpió Kim bruscamente.
—Sí, sí, ese. Hacía unos vestidos preciosos para esas chicas. Cada uno de ellos era una obra maestra.
—¿Y…? —instó Bryant.
—Hubo algo relacionado con un cobro extra. Si no recuerdo mal, Katie había engordado un kilo entre prueba y prueba. El vestido necesitaba arreglos que costaban dinero. Sheryl no quería pagarlo y acusó a Kelvin de no haber tomado las medidas correctamente. Todo el mundo sabía que el modisto tenía razón. No es que estuviera gorda ni mucho menos, pero Katie había ganado algo de peso. Kelvin decidió defender su postura a capa y espada y no dio un paso atrás. Exigió el pago por adelantado o no entregaría ningún vestido.
—¿Y qué ocurrió?
—Sheryl pagó el vestido, lo recibió y luego reunió a su grupito y emitieron una queja a los organizadores.
—¿Sobre los precios? —preguntó Bryant, extrañado.
Kim se imaginaba que los organizadores jamás habrían entrado en una disputa tan trivial como esa. Para que algo llamara su atención, tendría que ser más gordo.
—Sheryl nunca habría luchado limpiamente… —se burló Jenna—. Les aseguró que Kelvin había realizado tocamientos inapropiados a su hija. Lo apartaron y le advirtieron de que se produciría una investigación exhaustiva y que avisarían a la policía.
—Intuyo que le dieron una alternativa, ¿verdad? —preguntó Bryant. —Claro: que se mantuviera alejado de cualquier evento en el que
participaran las niñas y, de esa forma, el asunto se quedaría ahí.
—¿Hizo el hombre algo malo? —preguntó Bryant.
—Hasta donde yo sé, no. Fue un ataque por venganza que lo obligó a dejar el sector.
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—Pero ¿hubo otras madres que consintieron algo así? —preguntó Kim.
—Por supuesto. No hay lugar más cómodo en el mundo que justo detrás del matón. Es el sitio en el que no se puede fijar en ti.
Kim comprendió la analogía, pero sintió compasión por Kelvin Hobbs, a pesar de que no les había contado toda la verdad.
Dieron las gracias a Jenna por atenderles y salieron por su cuenta, sin que los acompañara a la puerta.
Bryant suspiró.
—Empiezo a darme cuenta de que las madres relacionadas con los certámenes de belleza no son muy queridas por… —Dejó de hablar al escuchar el teléfono de Kim.
—Oye, Keats, no te estarán dando problemas los chicos ¿verdad? — preguntó en referencia a Penn y Tiff.
—No estoy en la morgue —contestó el forense con tono serio.
A la inspectora se le revolvió el estómago. No necesitaba más explicaciones.
—Vale, donde quiera que estés, vamos para allá.
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Capítulo 45
Bryant aparcó junto al pub The Tenth Lock, que daba acceso directo al sector del canal que conectaba Merry Hill con Stourbridge, en la esclusa inferior.
Kim se adentró en el camino que iba en paralelo al canal y evaluó la escena rápidamente. A su izquierda había un montón de agentes de uniforme junto a Keats. Otro aguacero los había acompañado todo el camino desde Dudley, y uno de los dos agentes que quedaban a su derecha llevaba un perro salchicha pequeño metido en su chaqueta reflectante.
Sin hablar entre ellos, Kim giró hacia la izquierda y Bryant a la derecha, para hablar con el ciclista que se encontraba junto a los dos policías.
Keats la vio acercarse y saludó en su dirección con una media sonrisa. Consciente de que no se la estaba dedicando a ella, la inspectora se giró y vio que Mitch caminaba justo detrás de ella.
—Oye, un día de estos me vas a tener que contar tu secreto —le dijo. —No discuto demasiado con él —respondió Mitch, poniéndose a su
lado.
—Ah, entonces, estoy jodida —dijo Kim, ya a la altura del forense. —Sally-Ann Davies —les informó—. Tenía cincuenta años y paseaba
a su perro por este lugar todas las mañanas.
Keats se hizo a un lado, y los demás pudieron ver el cuerpo de una mujer menuda de pelo castaño y corto. Vestía vaqueros, zapatillas deportivas y un impermeable corto por encima de una sudadera.
Lo primero que llamó la atención de Kim fue la ausencia de heridas provocadas por un cuchillo.
—Dos —ofreció Keats—. En la espalda.
El forense señaló un corte entre los omóplatos y otro más abajo, alrededor del riñón derecho.
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Kim volvió a examinar el cuerpo, escudriñándolo a fondo. No había nada bajo las uñas y la ropa no estaba hecha un desastre. Sin duda, se había tenido que tratar de un ataque sigiloso por la espalda.
Miró más de cerca la cara y se extrañó.
Al contrario que en las películas, los cadáveres rara vez mantenían sus últimas expresiones en el rostro; el miedo, el horror o la alegría se borraban cuando los músculos faciales se relajaban al llegar la hora final. Pero, en esta ocasión, había algo en este ataque que sí había perdurado.
—Tiene los ojos rojos —indicó Kim, percibiendo algo que parecía fuera de lugar.
—Bien visto, inspectora. No murió a consecuencia de ninguna de las dos puñaladas, sino asfixiada.
—¡¿Q… qué?!
—De no haber recibido atención médica rápidamente, es probable que se hubiera desangrado por las heridas provocadas por el cuchillo, pero no llegó a tener la oportunidad de hacerlo.
—¿Algún objeto extraño? —preguntó Kim, recordando la prótesis y las pestañas.
—Sí, pero todavía no sé lo que es. Lo han introducido a presión a bastante profundidad.
Kim consideró si preferiría la opción de la asfixia o la del desangramiento. Era probable que ambas provocaran que la víctima quedara inconsciente rápidamente. Al menos eso esperaba por el bien de aquella mujer.
—La encontró el tipo de la bici. La ve casi todas las mañanas de camino al trabajo —dijo Bryant, llegando a la altura de los demás.
—¿Algo que Keats no me haya contado ya?
—El perro se llama Banger.
—Lo diré de otra manera. ¿Tienes algo útil?
—No.
—¿Sabéis ya la dirección?
—Ya se la he enviado a Bryant —dijo Keats.
Kim se dio la vuelta para salir de la escena del crimen, pero se detuvo un instante para reflexionar. El primer asesinato había sido más salvaje, la rabia se había traducido en múltiples puñaladas. El asesino se tomó su tiempo en la intimidad de la casa de Sheryl. El segundo tuvo lugar en casa de Andrea. Puñaladas más violentas.
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La tercera víctima estaba al aire libre y expuesta. Suponía una acción más arriesgada y, sin embargo, el asesino no aprovechó el poco tiempo que tenía disponible para apuñalar a la mujer hasta la muerte. Lo usó para asegurarse de forzar algo en la garganta de la víctima. ¿De qué coño iba aquello? ¿Y quiénes eran los objetivos de sus ataques? ¿Estaría intentando el asesino mandarle un mensaje a la víctima o a la policía? ¿Sería una representación literal de la idea de obligar a que alguien aprendiera algo por la fuerza o se trataría de algo más sutil? ¿Significaba algo en especial que esta víctima en concreto aún estuviera viva cuando le introdujeron el objeto?
Kim aún no sabía cuál era el propósito exacto de aquellos asesinatos, pero empezaba a preguntarse si el mensaje que se quería transmitir con ellos no sería más importante que los propios crímenes en sí.
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Capítulo 46
Abro los ojos y me llega un delicioso aroma que proviene del piso de abajo. Mi placer dura muy poco; enseguida, me doy cuenta de lo que significa.
Mamá está cocinando.
Bajaré las escaleras y la encimera de la cocina estará llena de platos repletos de tentempiés salados: pizzas pequeñas, minihamburguesas, hojaldres de salchicha, empanadillas de cerdo, huevos a la escocesa… todas esas cosas que me encantan y me hacen la boca agua. Pero a mí no me van a dejar ni tocarlas.
Mi peso se ha mantenido estable desde mi última dieta. Cada semana, en el pesaje, respiro aliviada cuando una sonrisa ilumina el rostro de mi madre. Me permite comer, pero nada que se parezca a estas cosas.
Sin embargo, esa no es la verdadera razón que explica mi pena. Que esté preparando comida quiere decir que esperamos compañía. Lo más probable es que sea la señora Rushton, que vive en la calle de al lado con sus tres hijos, todos con nombres relacionados con la monarquía. El mayor, Henry, siempre tiene en la cara una expresión de desprecio y arrogancia; al mediano, Louis, le encanta sacar de quicio a su hermano mayor; y el pequeño, William, se limita a seguirles la corriente. Se lanzarán inmediatamente a por los manjares y les permitirán comer lo que les dé la gana, devorándolo todo, atiborrándose.
Antes de que lleguen, mi madre me apartará un plato con mi ración. Iré mordisqueando poco a poco lo que me corresponda, que será escasísimo, para que me dure algo más de tiempo mientras mamá y la señora Rushton se preguntan la una a la otra sobre sus vidas.
—¡Hora de levantarse! —grita mamá, irrumpiendo en mi habitación. La cruza enérgicamente hasta llegar a la ventana, donde abre las cortinas —. Pronto va a llegar nuestra visita y quiero que exhibas ante ellos tu
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nueva forma de desfilar. —Mientras me lo dice, va aplaudiendo por mi cuarto con entusiasmo.
La idea de tener que actuar para esos tres niños me quita cualquier atisbo de ganas de comerme nada de lo que estará ya preparado en la cocina.
Quiero negarme. Abro la boca para decir algo, pero se pone a sacar ropa de mi armario y la coloca sobre la cama. No me salen las palabras, y siento mi corazón latir de forma ensordecedora.
—Rápido, haz lo que te digo y no me decepciones —me dice, y sale de la habitación.
He dejado escapar mi oportunidad y vuelvo a cerrar la boca. Odio lo débil que soy, pero me da mucho miedo cuando se enfada.
Mi ánimo se desploma aún más al comprobar que ha elegido un vestido de satén y tafetán rosa, bordado con flores, con un corpiño compuesto por rosas rosadas que es más que probable que provoque que esos chicos la tomen aún más conmigo. También me ha dejado una rebeca corta de punto para ponerme por encima del vestido.
Me visto con resignación tras lavarme la cara y cepillarme el pelo. Bajo las escaleras, sin pensar ya en comida, pues lo único que deseo es
que las próximas horas pasen cuanto antes.
—Ya era hora —dice mamá, ajustando con precisión papel de aluminio sobre los platos de comida—. Van a llegar en cualquier…
Un golpe fuerte en la puerta indica que es cierto. No me hace falta abrirla para saber que un golpe así solo lo ha podido dar Henry.
—Venga, vamos, ¡abre la puerta! —me ordena, casi empujándome hacia el pasillo.
Lo hago sin rechistar y me veo de refilón en el espejo. Tengo casi diez años y parezco una niña de cuatro que va a una fiesta temática de Disney.
Henry se ríe en mi cara en cuanto abro la puerta. Sus hermanos lo imitan y también se burlan.
—Ay, no les hagas caso, estos niños son estúpidos —dice la señora Rushton, rodeándome los hombros con un brazo. Noto una sensación extraña cuando me atrae hacia su cuerpo, y aunque no estoy acostumbrada, no me resisto—. Estás preciosa, y estos están celosos, y ya está.
No me creo sus palabras, no suenan convincentes, pero me reconforta que las diga.
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Mamá quita el papel de aluminio de los platos e invita a los chicos a que se lancen a por ellos.
—¿Puedo comerme un trozo de quiche? —pregunto mientras los chicos atacan la comida. La presencia de la señora Rushton me da valentía.
—Lo tuyo está aquí —me dice mamá, deslizando un plato aún cubierto por la mesa.
Retiro el papel de aluminio. Un trozo cuadrado de pan con una capa fina de mayonesa, una minipizza y un hojaldre de salchicha. No hay quiche ni ninguna de las otras delicias que sí pueden disfrutar los chicos. Me esfuerzo en ocultar mi desánimo y me siento en un rincón.
—Deja de poner pucheritos —me ladra mamá.
Trato de ocultar cómo me siento e intento no comparar mi plato con los de los chicos. No lo consigo.
—Bueno, pues déjalo y muéstrale a la señora Rushton tu nuevo paso. —No es necesario que…
—¡Tonterías! —protesta mamá, dirigiéndose hacia el salón para que todo el mundo se vea obligado a seguirla—. Mi hija estaba loca por enseñártelo.
Mentira, pero me meto toda la comida del plato en la boca y voy masticando mientras los sigo hacia el salón. En fin, no tengo escapatoria, y, si acabo rápido, no tendré que darle más vueltas.
Todos se sientan; mi madre se coloca al final del salón para poder verme con la mejor perspectiva.
—Ya ha subido de categoría por su edad, así que ahora todas las rutinas son nuevas —explica mamá.
Me coloco en posición para empezar, masticando aún. Los chicos se pelean por el sillón que queda libre y por no tener que sentarse en el sofá. La señora Rushton parece incómoda, pero me sonríe para animarme.
Empiezo a caminar.
—Vas demasiado rápido —me grita mamá.
Vuelvo a comenzar.
—Demasiado lenta.
Empiezo otra vez, y ahora, gracias al tono que ha usado mi madre, los chicos me miran fijamente.
—Ja, ja, ja, ja, eres patética, vaya mierda —se burla Henry.
La señora Rushton lo manda a callar.
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Por la cara de mamá, veo que la estoy defraudando. Quería presumir de mí ante su amiga, pero ya la he cagado.
Me tiemblan las piernas al ver que cada vez está más cabreada. Empiezo a encontrarme mal. La comida está amenazando con salir de mi cuerpo. Casi no soy capaz de moverme y soy muy consciente de que el cabreo de mi madre sigue en aumento. Todos me miran con atención.
Louis se coloca junto a su madre. Acurruca su pequeño cuerpo contra su pierna. La señora Rushton levanta automáticamente su mano para acariciarle la cabeza. Un gesto inconsciente y cariñoso.
De repente, no aguanto más y rompo a llorar.
La señora Rushton se levanta del sofá.
—Déjala —gruñe mamá de forma cortante—. No tiene ningún motivo para llorar. Soy yo la que debería hacerlo, porque es una inútil. Fea, gorda, estúpida y…
—Recoged vuestras cosas, niños —ordena la señora Rushton, dirigiéndose hacia la puerta.
Me quedo en silencio mientras salen de casa. Me quedo donde estoy, en medio del salón, incapaz de contener los llantos. Me dan arcadas, vomito, y, aun así, sigo sin poder parar de llorar. Se me caen los mocos y me llegan hasta los labios.
—Sí, señora, qué niña más lista —dice mamá desde la puerta—. Me has humillado por completo delante de mi amiga. Después de todo lo que he hecho por ti, así es como me lo pagas. No eres capaz ni de caminar en línea recta. No tienes ni un poquito de elegancia que compense tu físico. La gente espera que haga magia con este trozo de carne. No sé por qué me molesto y pierdo el tiempo contigo. Tú nunca vas a ser buena en nada.
Cada palabra es una puñalada en mi corazón. Lloro más fuerte. Quiero que me abrace. Quiero que me pregunte si estoy bien. Quiero que me consuele. Quiero que deje de decirme esas cosas tan horribles.
—Vete arriba hasta que seas capaz de dejar de lloriquear. Ahora mismo no puedo ni mirarte a la cara. Me das asco.
Incapaz de contener las lágrimas, me doy la vuelta y subo corriendo a mi habitación.
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Capítulo 47
La casa de Sally-Ann Davis estaba a menos de un kilómetro y medio de donde se había encontrado su cuerpo.
Kim aún no se había recompuesto del todo cuando Bryant aparcó detrás de un coche patrulla que se encontraba ya frente a la casa. Daba igual que ya hubiera hablado en innumerables ocasiones con familias en duelo; a la inspectora le seguía resultando igual de difícil hacerlo.
En el césped había unas tijeras de podar y un cortacésped abandonados. Viendo la longitud de la hierba, llevarían un par de semanas sin usarse. Probablemente se había ido posponiendo hasta que fuera imprescindible. Algo tan cotidiano, tan simple, y a lo que ahora ya no se le iba a prestar ninguna atención.
El inspector Plant salió a su encuentro en la puerta de la vivienda. —No lo acepta —les advirtió, mientras llegaba otro coche patrulla. —Puede que ahora lo haga —dijo Kim, al ver que un agente salía del
coche que acababa de llegar sosteniendo en brazos a Banger.
Bryant cogió el perro en su regazo. Estaba temblando como un flan. —Venga, amigo, vamos a casa ¿vale? —dijo Bryant tratando de
calmarlo, llevándolo hasta la entrada.
—¡Banger, Banger, ven aquí! —exclamó un hombre que se encontraba junto a la puerta.
El perro se revolvió para reunirse con su dueño.
—¿Señor Davis? —preguntó Kim, mostrando su identificación policial.
El hombre asintió, mirando por detrás de la inspectora, esperando el regreso de su mujer. Kim sintió un nudo en la garganta al ver la expresión de esperanza que su rostro mostraba.
—¿Podemos entrar? —preguntó, impaciente por cerrar la puerta para que el hombre fuera consciente de que no venía nadie más.
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El dueño del perro trató de reprimir un sollozo mientras se daba la vuelta.
—No lo entiendo —dijo, sentándose en el sofá.
El perrito salchicha se sentó obedientemente en su regazo.
—Señor Davis, le acompañamos en el sentimiento. Entiendo que esté consternado en esto momentos, pero ¿podríamos hacerle algunas preguntas?
—Pero ¿cómo ha muerto? ¿Ha sido un atropello con fuga? ¿Están seguros de que no se ha cometido algún error y la mujer no era Sally-Ann?
Kim miró al perro de manera significativa.
—Me temo que no hay ningún error. Encontraron a Banger a pocos metros de su mujer.
El hombre parecía ir aceptándolo poco a poco. Se aferraría a cualquier mínima esperanza hasta que viera las pruebas por sí mismo. En este caso, seguramente fuera necesario que acudiera a identificar el cuerpo cuanto antes.
—Señor Davis, ¿ha tenido su mujer algún problema recientemente?
—¿Problemas de qué tipo?
—¿Alguna llamada extraña, alguien que llamara y colgara de inmediato, mensajes, correos electrónicos…?
—Nada de eso…
—¿Le ha dicho si tenía la sensación de que alguien la estaba siguiendo o de que estaba viendo gente extraña a su alrededor?
Negó con la cabeza.
—¿Alguna llamada nocturna? ¿Alguien que se hubiera perdido y estuviera buscando una dirección?
—Nada de nada, agente. Por favor, explíqueme por qué me lo pregunta.
Kim entendía ahora por qué a Sally-Ann la habían matado fuera de su casa. Las dos primeras víctimas vivían solas.
—Señor Davis, ¿su mujer siempre paseaba al perro a la misma hora todos los días?
—Y tanto —dijo, sonriendo y acariciando la cabeza de Banger—. Dice que ese es el único momento en que siente que el perro es suyo. Se pasa el resto del día así.
El perro estaba acurrucado en el regazo del hombre y parecía dormir plácidamente.
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No era la primera vez que Kim deseaba que el Doctor Doolittle existiera de verdad para poder hablar con aquel perrito, que lo había presenciado todo. La rutina de Sally-Ann le había otorgado al asesino una oportunidad perfecta.
Ahora les tocaba intentar establecer un vínculo entre Sally-Ann, Sheryl y Andrea.
Estaba a punto de preguntarle acerca de posibles hijos cuando la puerta de la casa se abrió de golpe.
—Papá, ¿qué coño pasa? —La mujer tendría unos veinticinco años y el pelo rojo recogido en una coleta. Pareció no percatarse de la presencia de Kim y Bryant—. Más vale que esto no sea otra de tus típicas tretas para que mamá y yo volvamos a hablar.
El hombre miró a los agentes, desconcertado, y luego volvió a mirar a su hija.
—Lottie… Yo…
En condiciones normales, Kim habría considerado la posibilidad de echarle un cable y ser ella misma quien le transmitiera la noticia, pero a aquel hombre le hacía falta verbalizar las palabras para terminar de aceptar lo ocurrido.
—Lottie, por favor, siéntese —instó Kim, poniéndose de pie—. Su padre tiene algo que contarle. Vamos a calentar el hervidor de agua.
—Papá, ¿qué está pasando? —preguntó Lottie, sentada junto a su padre.
Bryant cerró la puerta cuando ambos hubieron salido del salón.
La inspectora apenas había llenado el hervidor cuando un grito estridente y lleno de angustia se escuchó en toda la casa.
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Capítulo 48
Penn tenía que reconocerle eso a la jefa. Cuando decía que iba a hacer algo, lo hacía.
Al llegar junto a Tiff a Donkey Pool, el equipo de buceo ya estaba realizando su segunda inmersión.
Penn había visto a esos chicos en acción en muchas ocasiones y siempre le fascinaban. No todo el mundo sabía que no solo se dedicaban a buscar cadáveres sumergidos, sino que también participaban en operaciones antidroga y antiterroristas, así como en la recuperación de pruebas forenses.
A pesar de la admiración que sentía por el equipo de buceo, nunca había codiciado desempeñar tareas como las suyas. Tenían que enfrentarse a una serie de peligros medioambientales como estructuras submarinas, escombros, contaminación industrial, corrientes cambiantes o una visibilidad muy pobre.
El equipo había evolucionado con los años. Incluso había oído hablar del uso de perros adiestrados capaces de detectar restos humanos bajo el agua a ciento cincuenta metros de profundidad. Con lo solicitados que estaban ahora, costaba creer que en su día la policía hubiera tenido que recurrir a la experiencia del Club Británico de Buceo para encontrar cadáveres sumergidos, antes de crear sus propias divisiones de buceo.
—Mira, una vez vi a un equipo de buceo recuperar una horquilla para el pelo de cinco centímetros que sirvió para identificar el cadáver de una chica de dieciocho años ahogada accidentalmente.
—Increíble —contestó Tiff, mientras ambos se acercaban al jefe del equipo.
Penn ya lo conocía de un caso anterior y sabía que el hombre respondía al apodo de Ahab. El sargento le estrechó la mano y a continuación le presentó a Tiff.
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—Encantado de conocerla. Bueno, ¿quién de ustedes dos es el que piensa que no hicimos un buen trabajo la primera vez?
Aunque el comentario se había hecho con tono amable, con sentido del humor, el hombre lo soltó con intención.
—En aquel momento, no nos planteábamos la opción de que hubiera gato encerrado —explicó Penn—. Ahora estamos tratando de construir un posible caso.
Ahab se encogió de hombros.
—Por mí, encantado de cobrarles el doble, pero no ha cambiado nada desde el martes. Haremos otra inmersión, y si quisieran ustedes que después de esa sigamos haciendo más, me da a mí que su departamento tiene más dinero que criterio.
—Perfecto —dijo Penn, divisando una cara conocida al otro lado del lago—. Vamos para allá —le dijo a Tiff, dirigiéndose hacia el hombre que acababa de ver.
Harry Guestford, de Lower Gornal, estaba en su posición habitual al otro lado del lago, observando los acontecimientos.
—Hola, amigo, ¿cómo está? —preguntó Penn cuando llegaron hasta
él.
—Pues estaría mejor si pudiera pescar tranquilamente.
—Ya, bien que lo siento, pero estamos tratando de localizar el material de pesca de James. Creemos que podría haberse hundido con él.
—Bueno, yo creo que eso no es muy probable, ¿eh? —dijo Harry, lanzando una mirada de desaprobación a Penn—. ¿Y se llama a sí mismo detective? ¿Cómo va a caerse y arrastrar su silla, dos cañas de pescar, un portacañas, una caja con cebos y una nevera?
—Caray, sí que sabía usted bien lo que llevaba encima —señaló Penn.
Harry se encogió de hombros.
—Es más o menos lo que usamos todos.
—¿No cree que vayan a encontrar sus cosas ahí abajo? —preguntó Tiff.
—Me parece que, de haber algo, ya lo habrían encontrado. No, alguien tuvo que llevárselo.
—Por casualidad no tendrá usted información sobre eso, ¿verdad, Harry?
—Oiga, amigo, ¿de qué me está acusando?
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—La tentación era muy golosa —dijo Penn, haciendo un gesto con la cabeza para señalar hacia el otro lado del lago—. Todas esas cosas ahí abandonadas, desatendidas…
—¡Maldita sea, estúpido y desconfiado! Escuche, mi señora me la lía cada dos por tres porque mis cosas ocupan un montón de espacio. Si yo apareciera por casa con más trastos, me echaría a la calle.
Por alguna razón, Penn le creyó.
—¿Y no hubo rumores por ahí cuando ocurrió el incidente? — preguntó Tiff.
—No, la red clandestina de pescadores lleva un tiempo bastante tranquilita. —Sonrió para quitarle hierro al asunto—. Pero bueno, a decir verdad, si algún lugareño lo hubiera robado, alguien se habría ido de la lengua.
—Entiendo —dijo Tiff mientras Penn miraba hacia el otro lado del lago.
Un segundo grupo perteneciente al equipo de buceo estaba saliendo del agua. Ahab saludó desde la otra orilla y, a continuación, movió la cabeza de lado a lado en señal de negación.
Penn por fin tenía una respuesta y quedó convencido de que el material de pesca no estaba en el agua. También estaba seguro de que ninguno de los lugareños lo había mangado, así que solo quedaba una opción razonable.
El asesino de James se lo había llevado.
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Capítulo 49
Kim esperó a que el llanto se apaciguara antes de regresar al salón.
El té que Bryant y ella habían preparado ya estaría frío, pero de todos modos colocó las tazas en una bandeja y la puso sobre la mesa. Lottie apartó la cara del hombro de su padre y su mirada se cruzó con la de Kim.
—Lo sentimos mucho —dijo la inspectora, ya ocupando junto a Bryant sus respectivos asientos.
Lottie asintió en señal de agradecimiento, y Kim comprendió que pocas de las preguntas que le habían hecho al padre serían relevantes para la niña. Kim había deducido por lo primero que dijo Lottie que la chica no tenía una relación demasiado cercana con su madre, por lo que era poco probable que supiera si había existido recientemente en su vida algo fuera de lo normal.
—Lo que ha dicho al llegar parecía indicar que no se llevaba demasiado bien con su madre —empezó Kim.
Por el rostro de Lottie desfiló una amplísima gama de emociones, incluyendo la culpa y, a continuación, el arrepentimiento. Abrió la boca para decir algo, pero terminó moviendo la cabeza de lado a lado en un gesto de desesperación. Tarde o temprano se iba a dar cuenta de que, fuera cual fuera el motivo del distanciamiento, ya no se podía revertir. Era demasiado tarde.
—¿Puedo preguntar cuánto tiempo llevaban distanciadas?
—¡Por favor, no use esa palabra! Suena demasiado seria —protestó Lottie—. No hablamos mucho últimamente, eso es todo.
—¿Cuánto tiempo llevaban sin hacerlo? —preguntó Kim con delicadeza. La chica había hablado usando el presente de indicativo. Aún no había comprendido que, fuera lo que fuera lo que había ocurrido entre ellas, ya no había vuelta atrás.
—Unos dos meses.
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—Yo lo he intentado —intervino el señor Davis—. He intentado que volvieran a hablarse, pero son tan para cual, las dos igual de testarudas.
—No es culpa tuya, papá —dijo Lottie, dándole unas palmaditas en la mano—. No te correspondía a ti arreglar lo nuestro.
A Kim la situación le recordó a un niño atrapado en el conflicto del divorcio de sus padres. Pero esta vez era un padre el que estaba atrapado entre su mujer y su hija.
—¿Y ocurrió algo en particular que hiciera que dejaran de hablarse? —preguntó Kim.
Lottie tosió.
—Papá, ¿puedes traerme un poco de agua?
—Por supuesto, cariño —dijo el hombre, incorporándose. Su movimiento hizo que el perro saltara de su regazo.
Banger se detuvo y esperó a que su dueño le diera alguna indicación. —No quiero que escuche esto —dijo Lottie cuando su padre cerró la
puerta al salir del salón.
Kim hizo un gesto a Bryant, que captó el mensaje y se dirigió hacia la cocina para entretener un poco al hombre y que no volviera rápido.
—Él no lo entiende. Odia que diga la verdad sobre nuestra relación.
—Cuénteme —instó Kim.
—Mi padre solo es capaz de recordar el tiempo que hemos pasado juntas durante muchos años. Cree que tuvimos una relación íntima, que yo supongo que fue así durante bastante tiempo, hasta que empecé a abrir los ojos.
Kim se mantuvo en silencio.
—Estábamos muy unidas hasta que empecé a tener mis propias ideas.
Las cosas solo iban bien cuando me limitaba a hacer lo que me ordenaba.
—¿Fue durante los años de los concursos de belleza? —preguntó Kim, tirándose un triple.
—¿Cómo sabe usted eso?
Kim hizo un ademán para restarle importancia.
—Por favor, continúe explicándome.
—A ver, yo tenía toda su atención. Soy hija única y pasaba muchísimo tiempo con mi madre. Yo era su mundo. Nos lo pasábamos muy bien hasta que yo empecé a no disfrutarlo tanto. Me aburría, quería probar otras cosas, netball, hockey, atletismo… Pero, probara lo que probara, mi madre
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también se involucraba. Quería que todo siguiera igual, aunque yo me hiciera mayor.
—Debió ser duro para usted —dijo Kim.
—Lo fue. Ella insistía en verme practicar todos los deportes que me daba por probar.
Honestamente, Kim pensaba más en lo difícil que debió ser para Sally-Ann enfrentarse al hecho de que su hija la excluyera de su vida de un día para otro cuando llegó la adolescencia.
—Me daba un poco de vergüenza. Le dije más de cien veces que se quedara en casa, que no viniera conmigo. Le mentía, me inventaba cosas. Algunas veces no le daba la ubicación correcta del recinto en el que iba a jugar mis partidos.
Kim trató de quitarse de la mente la imagen de aquella mujer acudiendo a lugares oscuros y vacíos.
—Y luego tenía que volver a mentirle y asegurarle que yo no le había dado aquellas ubicaciones para evitarme problemas.
«Estupendo, también la manipulabas emocionalmente», pensó Kim, que hacía todo lo posible para que la chica no le cayera mal. A juzgar por su tono, no había sido demasiado comprensiva con el apego que su madre sentía por ella.
—En fin, para abreviar, ella nunca lo pilla. Le da igual cuántas veces se lo diga, siempre intenta meterse en todos los aspectos de mi vida. Pasa por casualidad por delante del Nando’s a la hora de mi descanso o con el coche por delante del pub cuando he salido con mis amigos.
Lottie dijo aquello con una media sonrisa irónica, lo cual le sirvió a Kim para comprender que la joven aún no se había dado cuenta de que aquello ya nunca más sería un problema. Las personas de veintitantos años no siempre comprendían de inmediato la noción de permanencia.
—¿Y eso condujo a que no se hablaran? —preguntó Kim.
Lottie asintió.
—Le dije que necesitaba un poco de espacio.
Había algo en esa frase que a Kim le resultaba extraño, pero no sabía definir de qué se trataba.
—¿Qué implicaba eso exactamente?
—No tener contacto. Nada de llamadas, correos o visitas hasta que aprendiera a respetar mis límites.
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Kim estaba a punto de hacer otra pregunta, pero en ese momento ocurrieron dos cosas.
Por un lado, Bryant apareció en la puerta del salón con una expresión de disculpa en su rostro; por otro, las mejillas de Lottie perdieron todo su color.
El señor Davis entró en la estancia con el vaso de agua para su hija. —¡Lottie… Lottie…! ¿Qué te pasa? —le preguntó su padre al ver la
expresión de angustia en su cara.
—¿Se ha muerto?
Y, por fin, ahí estaba. La cruda y fría realidad la había golpeado, y ahora se desataría una cascada de emociones implacables.
A Kim solo le quedaba una pregunta por hacerle a Lottie antes de permitir que aquella familia llorara en paz. Quería saber de quién había sido la idea de sugerir un poco de espacio con su madre.
Se lo preguntaría a Lottie, pero estaba bastante segura de que ya sabía la respuesta de antemano.
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Capítulo 50
Olivia escuchó la llave en la cerradura a la una menos un minuto. A Logan siempre le gustaba almorzar a la una en punto. Nunca quería nada demasiado sofisticado, solo un tentempié, una de sus comidas favoritas cuando era un niño. Se ponía muy contento cuando su madre lo preparaba bien.
—¡Oh, tostada con queso y judías, gracias, mamá! —exclamó el joven, cogiendo el plato como si aquello fuera completamente normal, como si ella hubiera preparado la comida de buena gana, con cariño. Como si no estuviera temblando de miedo ante la posibilidad de haber hecho algo mal o algo que a su hijo le desagradara, y ante la perspectiva de volver a estar encerrada en su cuarto apenas una hora después.
—¿Qué cojones es esto? —preguntó con esa voz serena y pausada que hacía que se le helara la sangre y se le pusiera la piel de gallina.
—¿El q…? ¿El qué? —preguntó Olivia sin apartarse del fregadero.
—La tostada está quemada.
—Lo siento, cariño, voy a poner otra rebanada en el… —Sus palabras se vieron interrumpidas porque el plato de su hijo se desplazó a toda velocidad por la mesa y terminó estrellándose contra el suelo. Su cuerpo se tensó, consciente de lo que se avecinaba.
—¿De verdad eres tan inútil que ni siquiera eres capaz de preparar algo decente para comer? —tronó Logan, levantándose de la silla.
—Dam… dame un seg… un segundo y…
—¡Demasiado tarde! —gritó su hijo, agarrándola del pelo por detrás. —Lo siento, cariño —siguió tratando de disculparse ella, caminando
hacia atrás para que él no le hiciera demasiado daño—. Es que estaba distraída por la conversación sobre James.
Logan se detuvo en seco.
—¿Por qué? Hace siglos que desapareció. ¿En qué te afecta eso a ti?
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—Era un buen hombre —aseguró ella, mientras Logan la giraba para tenerla cara a cara.
Había fuego en sus ojos.
—¡No era un buen hombre! ¡Era un cabrón que intentaba interponerse entre nosotros! —exclamó, y soltó un puñetazo que encontró las costillas de su madre.
Olivia gimió al notar cómo estallaba un dolor intenso en el lado izquierdo de su cuerpo.
Inspiró hondo para recuperar la respiración.
—Digas lo que digas, no vas a poder borrar de mi memoria el tiempo que pasamos juntos.
Los ojos de su hijo se abrieron de par en par, mostrando una expresión de sorpresa.
—Oh, mami, ¿quieres pelea o qué pasa? Creía que teníamos claro que en esta casa ya no se iba a volver a hablar de él —dijo, asestándole otro puñetazo exactamente en el mismo sitio, sabiendo que así iba a duplicar el dolor.
—Era… era un bu… un buen hombre —repitió—. Y yo lo quería.
El fuego de sus ojos se intensificó, y comenzó a golpearla por el otro lado. Las palabras que su madre pronunciaba lo hacían sentir cada vez más rabioso.
—¡Lo vuestro no iba a ninguna parte!
—¡Él me quería! —insistió Olivia, que no paraba de recibir golpes y más golpes.
—No seas estúpida. Él nunca te quiso, y tú lo único que querías era un poco de compañía después de que papá…
—¡Llegamos a hablar de casarnos! —protestó Olivia, conteniendo el dolor e intentando alejarlo de su mente.
—Entonces, menos mal que le puse fin, ¿no? —preguntó Logan, triunfante.
—¡¿Co… cómo?!
—No me digas que no se te ha pasado por la cabeza desde que apareció por aquí la policía. Sé que no eres tan tonta.
—Pero ¿cómo, cuándo, dónde? —farfulló, conmocionada.
—Dios de mi vida, mamá, ni que fuera muy difícil. Sabía perfectamente dónde iba a pescar. Ocurrió aquel domingo, el día en el que me echó esa mirada.
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Olivia lo recordaba a la perfección. Aquella fue la última vez que vio a James. Se había quedado a dormir en casa y estaban desayunando tranquilamente cuando Logan entró en la cocina exigiendo que le preparara un desayuno inglés completo. La expresión de indignación de James ante el tono autoritario de Logan no pasó desapercibida para ninguno de los dos.
En cuestión de minutos, James se excusó y salió de la casa. Olivia podía notar la ira contenida de su hijo con cada bocado que daba a su desayuno. No tardó mucho en salir también.
Volvió a casa mucho más contento; incluso le hizo un capuchino a su madre y le preparó un baño.
—¿De verdad creía ese hombre que iba a aceptar que me tratara así en mi propia casa, un lugar en el que mando yo desde que murió papá? ¿Quién coño se creía que era?
Olivia se mantuvo en silencio cuando él la empujó contra el suelo y luego se colocó de pie sobre ella.
—Y así de fácil fue, mami —espetó—. Me senté sobre un tronco talado y esperé pacientemente. Me escondí un poco para que no me viera un gordo que estaba paseando a su labrador negro y me mantuve oculto hasta que el viejo gruñón que había al otro lado del lago recogió sus cosas. Estaba hablando por teléfono y parecía que la conversación no acababa nunca y no se iba a largar jamás, pero al final lo hizo, a la hora de merendar. Entonces me acerqué a James con resolución, sin hacer ruido, y lo empujé. Se resistió, así que lo sostuve bajo el agua. Sacó una mano para que lo sacara, pero yo me reí. ¿Qué sentido habría tenido hacerlo? Le di una buena patada a la mano —dijo, imitando el movimiento con el pie—. Fue deslizándose por la pendiente y, sin más, desapareció.
—¡Logan! —escupió Olivia. Incluso en aquel instante, en parte deseaba que aquello no fuera cierto, que su hijo lo estuviera diciendo solo para hacerle daño, pero, en el fondo de su corazón, sabía que era verdad. Siempre había sabido que Logan fue el responsable de la muerte de James.
—¿Ya estás contenta? —le preguntó, alejándose por fin de ella. Quería gritarle tantas cosas, tenía tantas cosas que decirle. Pero se
sentía muy culpable de la muerte de James. Si nunca lo hubiera conocido, aún estaría vivo.
Y desde aquel instante, además de saber que su hijo era violento, agresivo, controlador y maltratador, también sabía que era un asesino.
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Había dejado que la tostada se quemara con toda la intención del mundo. Pretendió que su hijo se enfureciera lo suficiente como para terminar revelando su responsabilidad en la muerte de James. Se imaginó que tendría que soportar una buena paliza para conseguir la información, y no se equivocó.
Ahora que ya tenía todos los detalles, solo le quedaba decidir cómo actuar al respecto.
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Capítulo 51
—¿Qué te parece si le explico yo la razón por la que hemos vuelto para hablar con ella? —preguntó Bryant mientras se acercaban a la puerta de la casa.
Kim no esperaba volver a Oldbury, pero Judith Palmer tenía que rendir cuentas por lo que había estado haciendo, por su comportamiento.
—¿De verdad crees que eso va a ser suficiente para que esté más tranquila? —le espetó furiosa a su compañero.
—No, pero podría servirnos para entrar en la casa, cosa que no vas a conseguir con tu tono de voz. Vas a ponerte a gritarle en cuanto la veas.
Tenía razón. El trayecto en coche no la había calmado lo más mínimo, y sin duda prefería la idea de reprender a la mujer a la cara.
Kim se dio la vuelta y se puso a juguetear con su teléfono en cuanto oyó pasos en el interior que se acercaban a la puerta. Siempre le costaba que no se le notara mucho cuando estaba enfadada, poner una expresión neutral en su cara.
—Gracias por recibirnos, Judith —dijo Bryant, en su papel de poli bueno desde el principio—. Solo queremos hacerle un par de preguntas más.
—Por supuesto. Pasen —dijo, haciéndose a un lado.
—Bueno, en realidad es solo una pregunta —estalló Kim, incapaz de mantenerse callada más tiempo. Total, ya habían entrado en la casa.
Judith la miró sorprendida, pero a Kim le dio igual. —¿Qué coño cree que está haciendo con todas estas chicas? La mujer se llevó la mano a la garganta. —¿Qué chicas?
—Esas a las que asesora, o apoya, o lo que sea que haga.
Lottie había confirmado las sospechas de Kim, explicándole que había conversado con Judith Palmer.
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—¿Perdone?
—Usted no es una consejera o una terapeuta con formación, no está cualificada, y, sin embargo, está aconsejando a algunas mujeres para que pongan límites, corten relaciones y otras cosas que a usted ni le van ni le vienen por…
—Un momento, inspectora. Como le expliqué la otra vez que vino, yo no doy consejos. Relato mi experiencia a manos de una madre narcisista. Si lo que yo he vivido sirve de ayuda para que alguien supere una relación difícil con su…
—Pero ¿qué pasa si está equivocada? —la desafió Kim—. No todas las madres son narcisistas. Algunas solo son un poco sobreprotectoras, otras pueden ser pegajosas, a otras les puede costar mucho adaptarse al hecho de que sus hijas crezcan y se vayan de casa. Las chicas acuden a usted, y les da a todas los mismos consejos. Es usted como un médico que prescribe paracetamol para el cáncer cerebral. Que esa pastilla le haya funcionado a usted no significa que le vaya a servir a todo el mundo.
Kim se notaba cada vez más encolerizada, pero le daba igual.
—No todas las madres son unos monstruos, y sus consejos están privando a algunas personas de la oportunidad de ser capaces de resolver sus problemas, de hablar, de recibir asesoramiento profesional. Acabamos de estar con una chica que se va a sentir culpable el resto de su vida por su culpa y sus consejos. Usted no es una profesional formada, y no está ayudando a nadie.
—Si los padres no son capaces de respetar un espacio vital sano, deben enfrentarse a las consecuencias —dijo Judith, impasible—. En ocasiones, cuesta mucho desvincular el concepto de maternidad de tu experiencia personal con tu madre.
—¿Qué es para usted ir más allá de los límites aceptables? —preguntó Kim, tratando de comprender a aquella mujer.
—Que una madre quiera que su hija sea suya siempre, codependencia, necesidad de sentirse necesitada, que se niegue a reconocer cómo se siente su hija, que intente que se desmorone, que presuma de ella y a la vez la humille, que se sienta amenazada por su éxito.
—¿Su madre le hizo a usted todo eso?
—Y cosas peores, inspectora. Mucho peores.
—¿Y para usted lo correcto fue cortar la relación con ella por completo?
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—Por supuesto.
—¿Y aconseja lo mismo a todas las personas que acuden a usted en busca de ayuda?
—Creo que es lo mejor. No todo el mundo me hace caso, por supuesto, para su desgracia. Algunas siguen esperanzadas en que es posible que…
—¿Cuántas chicas han recurrido a usted para que las oriente? — preguntó Kim.
—Mi nombre es conocido en determinados círculos, pero no estoy dispuesta a dar nombres.
«¿En el círculo de los certámenes de belleza?», se preguntó Kim. —¿Alguna vez le ha dado sus consejos a Carly Spencer?
Judith negó con la cabeza, pero parecía evidente que la mujer había reconocido ese nombre.
Kim sabía que le estaba mintiendo. Lo que desconocía era por qué.
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Capítulo 52
—Joder, vaya caritas de funeral que tenéis los dos —dijo Stacey, observando la expresión de desdicha de sus compañeros.
Tanto Penn como Tiff estaban disfrutando de una taza de té, ambos con expresión pensativa.
—Estamos en un callejón sin salida —dijo Penn, y Tiff asintió para mostrar que pensaba igual que él.
Stacey dejó a un lado su cuadrícula por un instante. Estaba buscando cierta información que la jefa le había pedido, pero aquellos dos parecían requerir ayuda urgente.
—¿Qué os pasa? —preguntó.
—No tenemos sospechosos; en realidad, no tenemos nada —explicó Penn—. Ni testigos ni pruebas forenses ni enemigos ni pruebas ni líneas de investigación.
Tiff volvió a asentir.
—Y en manos de detectives de poca monta eso sería un problema, pero no en las vuestras, Penn —trató de animar Stacey.
—Pero esta vez no podemos hacer nada. Lo único raro que hemos descubierto es que la novia de James y su hijo tienen una relación extraña.
Stacey empatizaba completamente con sus compañeros. Intentar reconstruir los acontecimientos de un hecho que sucedió dos años atrás no era tarea sencilla.
—Bueno, contadme, ¿qué sucede con esa relación familiar? — preguntó Stacey.
Penn le hizo un gesto a Tiff para que fuera ella quien lo explicara. —No podría decirte con certeza. La vecina dice que Olivia tiene
problemas emocionales y que el hijo es un santo por cómo la cuida. Pasó por muchas dificultades con la enfermedad de su marido, así que sería comprensible que no estuviera bien, pero la crisis nerviosa que tuvo, según
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nos describió la vecina, tuvo lugar mucho después de que él muriera. La cronología no me cuadra.
—Las enfermedades mentales no siguen un patrón determinado —dijo Stacey—. ¿Le habéis preguntado al respecto?
—No hay forma humana de quedarse a solas con ella —dijo Penn. —Pero ya habéis ido dos veces a su casa, ¿no?
—Sí, pero Logan siempre encuentra la forma de no separarse de su madre —explicó Penn.
—Venga ya, hay muchos trucos para conseguir que…
—No hay manera, Stace. Lo hemos intentado todo. Ese chico no va a dejar que su madre se quede a solas con nosotros.
—¿No podéis hablar con ella justo cuando os abra la puerta? — preguntó Stacey. Tenía que existir alguna forma de tener una conversación privada con una persona adulta.
—No es ella la que abre la puerta, siempre lo hace su hijo… aunque tarda bastante en hacerlo.
—La mujer es incapaz de articular palabra sin mirar a Logan —explicó Tiff.
—Que incluso responde por ella a algunas de las preguntas que le hacemos —añadió Penn.
Stacey comenzaba a tener una sensación de desasosiego. Sus compañeros tenían razón. Estaba claro que ahí pasaba algo raro.
—Chicos, tenéis que hacer algo. ¿Hay alguna forma de sacar a Logan de la casa para así poder charlar con ella?
—No va a picar. La sigue a todas partes, y ahora tomará sus precauciones tras haberse percatado de que lo intentamos excluir de la conversación.
—Pero no puede seguirla a todas partes —aseguró Stacey, a la que, lentamente, se le dibujó una sonrisa en la cara—. No puede seguirla hasta aquí adentro.
La cara de Penn se iluminó al darse cuenta de lo que Stacey estaba insinuando.
—¡Ay, Stace, cómo te quiero! Me da igual lo que la gente diga de ti. —¿Por qué?, ¿qué dicen? —preguntó la ayudante de detective,
fingiendo sorpresa.
—Venga, vamos, Tiff, que ya tenemos un plan. Olivia Dench fue quien denunció la desaparición de James Nixon y fue una de las últimas personas
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que lo vio con vida —dijo Penn, poniéndose de pie.
—Eso ya lo sé, pero ¿a dónde vamos?
—A detener a Olivia Dench.
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Capítulo 53
Kim no pensaba volver a la oficina de Carly, pero de momento parecía una de las chicas más razonables y equilibradas de las que provenían del mundillo de los certámenes de belleza, especialmente de las que habían tenido contacto con Judith Palmer.
Atendiendo a las cuadrículas de Stacey, Carly había sido muy mediocre como competidora. Sabiendo como sabían que aquella chica había sido la típica Miss Simpatía, muy servicial con el resto de las niñas y recordada con cariño por todas ellas, resultaba desconcertante que hubiera buscado ayuda por haber tenido problemas con su propia madre.
En el trayecto desde el coche hasta el despacho de Carly, Kim recibió un mensaje en el teléfono. Era de Keats. No había texto, solo fotos, que no necesitaban ninguna explicación.
—Maldita sea —dijo, desplazándose hacia abajo por la pantalla para ver todas las imágenes.
Tal y como sospechaban, había un objeto extraño alojado en la garganta de Sally-Ann. Keats lo recuperó durante la autopsia, y, de entre todos los objetos encontrados hasta aquel momento en los cuerpos de las víctimas, aquel era el que le produjo mayor repulsión. Se trataba de un trozo de tiara con piedras de cristal falsas incrustadas y bordes afilados y puntiagudos. Kim no podía ni imaginarse la agonía que habría sentido la víctima cuando le metieron aquello en la garganta.
Le pasó el teléfono a Bryant mientras llamaba a la puerta del local de Hagley. Los ojos de su compañero se abrieron de par en par y a la vez tragó con fuerza, como si el objeto estuviera alojado en su propia garganta.
Carly les abrió; parecía sorprendida de verlos otra vez.
—¿Ha tenido algún problema nuevo? —preguntó Kim, mirando hacia la ventana, que aún seguía tapiada.
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La mujer negó con la cabeza mientras se hacía a un lado para dejarles pasar.
—Creo que saben que he cerrado el negocio, así que no tiene sentido que sigan acosándome.
Carly cerró la puerta cuando entraron, y Kim observó que la oficina estaba casi vacía.
—Sé que no han vuelto para comprobar si hay nuevos daños en el local, o sea, que… ¡Hostia, no! ¿No me digan que hay otra víctima?
—Me temo que sí —dijo Kim, mientras Carly se apoyaba en un montón de cajas.
—¿Quién?
—Sally-Ann Davis, madre de Lottie. ¿Las conocía?
Carly asintió.
—Ambas estaban muy unidas. ¿Por qué está sucediendo todo esto? —Esperábamos que usted pudiera ayudarnos a entenderlo.
—¿Cómo puedo ayudarlos yo? —preguntó, dubitativa—. Llevo años sin ver a ninguna de ellas.
Kim se apoyó en una cajonera, a falta de un lugar donde sentarse. —Tenemos entendido que se llevaba bien con muchas de las chicas,
que las ayudaba mucho, que no se tomaba a usted misma demasiado en serio… ¿es así? —preguntó la inspectora, con una sonrisa en su rostro.
Carly se la devolvió.
—Está claro que sabe que nunca aspiré a ganar un concurso.
—¿Por qué? —preguntó Kim.
—Bueno, mi madre decía que yo no era lo bastante competitiva, lo cual era cierto.
—¿Y qué me dice de las demás?
—Katie era una niña timidísima y le tenía un miedo terrible a su madre, aunque, a decir verdad, la mayoría de la gente se lo tenía. Sheryl ridiculizaba a su hija delante de todo el mundo cuando se equivocaba. La niña se esforzaba mucho, pero nunca era suficiente. Sheryl quería que ganara todas las competiciones, y eso no era posible. Recuerdo una vez que se quedó paralizada en el escenario, habiendo olvidado por completo su rutina. Era una estatua. Cada segundo se me hizo una hora, era horrible contemplarlo. Su madre estaba de pie en el pasillo, mirándola y dándole indicaciones, que solo sirvieron para empeorar el estado de ánimo de su hija. Katie empezó a llorar y salió corriendo del escenario; la pobre se
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había meado encima. Tenía once años. Yo tenía unas bragas de repuesto. Ella estaba llorando en el baño, así que las metí por debajo de la puerta y salí corriendo para que no le diera vergüenza. Pero dio igual; en cuanto salió, su madre empezó a gritarle, diciéndole que había perdido el control como si fuera un bebé, y la amenazó con ponerle un pañal. Cualquiera que no se hubiera dado cuenta de lo que había pasado se enteró gracias a los gritos de la madre.
Kim comprendió la humillación que tuvo que sufrir Katie. Aquel episodio debió perseguirla a todos los concursos posteriores.
—¿Y qué me dice de la madre de Toyah, Andrea? —preguntó Kim.
Carly se encogió de hombros.
—Creo que Toyah lo disfrutaba hasta cierto punto, y Andrea trataba de que los dos estuvieran contentos, lo cual no era…
—¿Los dos? —preguntó Kim.
—Sí, el pobre hermano siempre iba pegado a ellas. No porque él quisiera, me imagino, porque era un gruñón insoportable. El padre debía estar trabajando o algo por el estilo. El chico no se esforzaba en ocultar que preferiría estar en cualquier otro sitio.
Kim había conocido a Tony y lo comprendía. No debía ser muy divertido que te arrastraran por el circuito de certámenes de belleza, en el que tu hermana acaparaba toda la atención.
—Y de repente, de la noche a la mañana, dejaron de acudir a los concursos. Nunca volvimos a ver a Andrea y Toyah.
Kim pensó que aquello quizá coincidió con el momento en el que se rompió el matrimonio y Tony se fue a vivir con su padre. Si no le había merecido la pena luchar por su matrimonio, entonces a Andrea quizá le importaran los certámenes de belleza bastante más de lo que la gente imaginaba.
La inspectora recordó también que aún no sabía el motivo exacto por el que Toyah había dejado de competir.
—¿Y qué me puede contar de Lottie y su madre? —preguntó Kim. —Ahora que me lo trae a la memoria, recuerdo que la madre de Lottie
era muy pegajosa. La chica parecía disfrutar de los concursos en sí, pero Sally-Ann no la perdía de vista, ni siquiera para ir al baño.
Kim pensó de inmediato en la decisión de Lottie de exigir a su madre algo de espacio, más de diez años después. Tal vez los hábitos de Sally-Ann se habían prolongado en el tiempo, hasta la edad adulta.
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—¿Se le ocurre alguna razón por la que alguien haya ido a por estas tres madres en particular?
—Qué va. O sea, ya hace años de todo esto. ¿Quién es capaz de guardar rencor durante tanto tiempo?
—Se sorprendería —dijo Kim—. ¿Y usted? ¿Lo pasaban bien su madre y usted?
—Yo no era tan competitiva como mi madre. Ella quería que ganara, y yo quería caer bien. Mis sesiones de terapia me han servido para darme cuenta de que yo solo quería encajar, deseaba pertenecer a un grupo de amigas y compañeras, no quería adversarias. Me faltaba esa crueldad de querer ser mejor que las otras. Soy la típica persona que siempre quiere complacer a los demás —explicó, abriendo las manos.
—Pero ¿permaneció en la industria? —preguntó Kim, señalando las últimas cajas.
—Con lo que les he contado ya, creo que puede responder a esa pregunta por usted misma.
—A su madre le encantaban los certámenes y usted quiso seguir ganándose su aprobación… ¿es esa la razón?
—Exacto, inspectora, y no se hace una idea del número de sesiones de terapia que he tenido que pagar para llegar a esa conclusión.
—¿Y por eso fue a ver a Judith Palmer?
Carly no ocultó su sorpresa.
—Dios mío, de eso hace muchos años. ¿Cómo se ha enterado?
Kim se encogió de hombros, en un gesto que dejaba claro que no pretendía contestarle.
—¿Le sirvió de ayuda?
Carly no respondió de inmediato, pero finalmente negó con la cabeza. —La verdad es que no. Creo que sí que ayudó a Katie. La vi un día en Kidderminster. Nos tomamos un café rápido, me habló de esa mujer y me dio una tarjeta suya. Sentí curiosidad y fui una vez, pero a Judith lo único que le gusta es hablar de su madre, que parece ser la mujer más malvada que haya existido sobre la faz de la tierra, y me hizo una sugerencia que no
me pareció adecuada.
—¿De qué se trataba? —preguntó Kim, sospechando ya la respuesta. —Que cortara todos los lazos. Eso le pudo funcionar a ella, pero no
tenía por qué servirme a mí. ¿Cómo iba a conseguir la aprobación de mi madre si no tenía contacto con ella?
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Lo que Carly decía tenía fundamento.
—¿Cómo están las niñas? —preguntó la mujer, intranquila.
La misma Carly de siempre, preocupada por sus amigas.
—Conmocionadas, angustiadas, afligidas. Lo normal. Independientemente de los problemas que hayan tenido, al final la realidad es que han perdido a sus madres.
Carly asintió.
—Sé a lo que se refiere.
Kim tuvo que recordarse a sí misma que aquella joven acababa de perder también a su madre y, aunque no hubiera sucedido en las mismas circunstancias de las tres víctimas del caso, también estaba pasando por el duelo.
Kim le agradeció su tiempo y la dejó para que ultimara el cierre de su negocio.
De camino al coche, la inspectora iba preguntándose si existiría una sola chica que hubiera salido indemne del mundo de los concursos de belleza.
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Capítulo 54
Olivia intentó escuchar por encima del estruendo que provocaba su sangre fluyendo por sus oídos.
Había necesitado reunir toda la energía que fue capaz para fingir delante de Logan que todo transcurría con normalidad. Bueno, al menos con la nueva normalidad con la que ahora discurría su vida.
Distintas partes de su cuerpo parecían decididas a frustrar su plan antes incluso de que tuviera la oportunidad de ponerlo en marcha. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. Le temblaban las piernas bajo los pantalones negros lisos; sus manos estaban ocupadas fregando una y otra vez los mismos dos platos.
Tenía que lograr escuchar el inconfundible sonido de la puerta al cerrarse. Hacía solo un par de semanas que se había dado cuenta de que Logan no echaba la llave cuando salía a recoger el contenedor con ruedas de la calle.
Los cubos de basura que tenían en casa estaban situados en el exterior, junto a una de las paredes laterales de la misma, así que, durante unos segundos, su hijo, al depositar la basura en el contenedor una vez lo tenía junto a los cubos, no tenía visión directa sobre la puerta de entrada. ¿Le bastaría con llegar hasta el final del camino de entrada y alejarse sin que Logan la viera salir, dándole algo de tiempo hasta que su hijo viera que la casa estaba vacía cuando volviera a entrar en ella?
No llevaba un calzado ideal. De un tiempo a esta parte, siempre iba en chanclas. El resto de sus zapatos estaban guardados bajo llave desde hacía mucho tiempo.
Por un instante, dudó si quitarse las chanclas antes de echar a correr. Pero no funcionaría. La gravilla que había en el camino, que se había desprendido desde los bordes del mismo, la haría gritar de dolor y la ralentizaría. No, tenía que limitarse a ir lo más rápido que pudiera con
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ellas puestas. No podía arriesgarse a que su hijo la oyera antes de salir de la propiedad.
¿A quién quería engañar? Era probable que ni siquiera llegara hasta la puerta exterior. Trató de sacudirse de encima esas dudas. Tenía que llegar.
Olivia no se atrevía a pensar en las consecuencias que sufriría si la pillaba. Su vida había empeorado mucho después del último intento que realizó. Estaba segura de que, si la volvía a coger, probablemente la mataría a golpes. Pero ese no era el peor de los escenarios. En la muerte al menos habría un descanso.
Lo peor era el miedo. Pasaba cada minuto de su vida temiendo que Logan se enfadara o con la congoja de hacer algo que provocara su cabreo. Así que el peor escenario posible era que su vida continuara exactamente igual que en los últimos meses.
El cuerpo de Olivia se tensó cuando escuchó que la puerta se abría.
Contuvo la respiración cuando Logan la cerró.
Pero no echó la llave.
Olivia se dirigió a la puerta principal y se colocó a un lado, echando una mirada furtiva a través del panel de vidrio transparente.
Logan subió por el camino para alcanzar el contenedor con ruedas. Olivia se cubrió tras la puerta. Si su hijo la veía allí de pie junto a la entrada, sabría de inmediato que tramaba algo.
Olivia escuchó voces y volvió a asomarse a través del panel para echar un vistazo. Era Martin, un viudo de poco más de sesenta años que vivía al otro lado de la calle. Aunque no podía escuchar la conversación entre ese hombre y su hijo, supuso, por el lenguaje corporal y la mirada que de vez en cuando dirigía hacia la puerta tras la que se encontraba, que Martin le estaba preguntando a Logan por ella.
«Por favor, Martin, hoy no», suplicó en silencio. Corría el riesgo de que su valor la abandonara en cualquier momento. Un pequeño retraso en la ejecución del plan aumentaba el miedo al fracaso. El miedo a ser descubierta. Cada vez se sentía menos valiente para intentar llevar a cabo su propósito.
Las voces sonaron más altas, lo típico en una despedida; acto seguido, escuchó el inconfundible sonido del contenedor siendo arrastrado camino abajo.
Se pegó contra la pared mientras su mano temblorosa buscaba el tirador de la puerta.
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La sombra de Logan pasó por delante de la ventana principal. Había llegado a la esquina de la casa. En un par de segundos, llegaría al punto más alejado de la puerta y quedaría fuera de la vista.
«No puedo hacerlo», pensó, con ganas de vomitar. En su frente brotaron gotas de sudor. Ya no había vuelta atrás.
Empujó el tirador hacia abajo y salió disparada por la puerta de la casa. A pesar de que le temblaban las piernas, llegó a la altura de la puerta exterior y la cruzó volando. Giró hacia la izquierda y echó a correr. No tenía más plan que seguir moviéndose hasta encontrar un lugar donde esconderse.
Estaba fuera de casa; era libre.
No se detuvo. Tal vez debería llamar a la puerta de alguna casa. Pero ¿quién iba a creerla? Estaba llorando, temblando de miedo.
Escuchó a Logan gritándole desde atrás.
Ella siguió corriendo. Tenía que llamar a alguna puerta. Tenía que conseguir que alguien entendiera lo que estaba pasando. Vera vivía en el número diez; ella la ayudaría. Tres pasos más y llegaría a su casa. Podía escuchar a Logan detrás de ella. Corriendo, gritando su nombre. Solo un par de pasos más.
La parte delantera de una de sus chanclas se enganchó en una losa que sobresalía un poco. Se tambaleó y terminó cayéndose.
Gritó cuando una mano fuerte le agarró la nuca.
—Buen intento, mamá —dijo Logan con un tono divertido en su voz
—. Como grites una sola vez, te rompo todos los huesos del cuerpo — amenazó mientras la levantaba del suelo.
Olivia miró desesperada a su alrededor, pero no veía ni un alma. —Venga, mamá, vamos a casa —le dijo, tirándole del brazo derecho
por detrás de la espalda para obligarla a ir en dirección a la casa.
Le escocían los ojos y se le terminaron saltando las lágrimas al darse cuenta de que resistirse era inútil. Estaba siendo devuelta a su cárcel y, además, sabía muy bien que su situación iba a empeorar.
Sintiéndose impotente, solo esperaba que la paliza que obviamente iba a recibir fuera lo bastante dura como para que fuera la última, la definitiva.
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Capítulo 55
—¿Qué coño pasa ahí? —dijo Penn al girar con el coche para entrar en Sycamore Drive y ver a Logan arrastrando por la fuerza a su madre del brazo a lo largo de la acera.
Al verlos más de cerca, Logan parecía estar ayudando a su madre a volver a casa. Una cojera en su pierna izquierda indicaba que la mujer se había caído. Sin embargo, algo le decía a Penn que cuando Logan se volvió para mirar hacia la calle, justo en la dirección por la que él llegaba junto a Tiff, aprovechó para cambiar la forma en la que estaba sujetando a su madre; el sargento pensó pues que su primera impresión había sido correcta.
—¿Tiff?
—Sí, yo también lo he visto.
Penn salió del coche y se acercó a los dos. La mano de Logan estaba colocada ahora firmemente sobre el codo de Olivia, ofreciéndole apoyo.
—¿Va todo bien? —preguntó Penn, mirando a la mujer, que no le dirigió la mirada. Parecía extenuada, tenía el cuerpo completamente encogido.
—Estamos bien. Mi madre ha salido a mandar una carta y se ha caído al volver. Malditas chanclas. Siempre insiste en ponérselas.
Penn seguía teniendo la mosca detrás de la oreja, cada vez más preocupado; Olivia asentía mirando al suelo. Tenía el aire de una mujer veinte años mayor.
—Logan, ¿podríamos hablar con su madre a solas? —preguntó el sargento mientras Tiff avanzaba para que Olivia tuviera también un apoyo en el otro lado.
—Me temo que eso no va a ser posible. No está en condiciones. Lleva tiempo mal, y ahora con esta caída… Lo siento, pero tengo que llevarla a casa y asegurarme de que está bien.
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Penn bloqueó la puerta exterior para impedir la entrada de ambos.
—Lo siento, Logan, pero tengo que insistir.
La expresión del joven cambió ante la irrupción de una voz autoritaria que lo desafiaba. El fuego que se veía en sus ojos era una prueba irrefutable de lo rápido que ese hombre se enfurecía. Pero Penn no estaba dispuesto a retroceder esta vez. Aquella mujer parecía estar destrozada.
—No tiene ningún derecho a insistir. Mi madre no ha hecho nada malo. Tuvo una breve relación con un tipo que se cayó a un lago. Eso no es un delito, así que, por favor, ¿podría apartarse de la entrada para que pueda llevarla a casa, donde está más segura?
A pesar de haber estado dirigiéndose a Logan, Penn había estado observando todo el tiempo el lenguaje corporal de Olivia. Aunque la mujer aún no había levantado la cabeza, su cuerpo se había tensionado, a pesar del temblor que se podía percibir en sus piernas. Sin duda, estaba escuchando atentamente la conversación.
—Apártese, Logan —le ordenó Tiff con un tono de voz que Penn no había oído jamás.
—¡De ninguna manera! —gritó el hombre con furia, agarrando el brazo de su madre con más fuerza aún—. Y, una vez que acomode a mi madre, voy a presentar una queja formal por la conducta de…
—Bueno, Logan, pues no me deja otra opción —dijo Penn—. Olivia Dench, queda detenida como sospechosa del asesinato de James Nixon. No está obligada a decir nada. Sin embargo, su defensa podría verse perjudicada si no menciona durante el interrogatorio algo en lo que luego se base en el juicio. Cualquier cosa que diga también podrá ser utilizada como prueba en su contra.
Olivia levantó por fin la cabeza; sus ojos estaban muy abiertos, reflejando su asombro.
—Lo siento, Olivia, pero va a tener que venirse con nosotros de inmediato —dijo Penn—. Logan no puede acompañarla. ¿Lo ha comprendido?
La mirada de Olivia se perdió en el vacío; la mujer comenzó a desplomarse.
Penn estaba convencido de que antes de que el cuerpo de Olivia cediera, había podido ver una expresión en su cara. La misma que vio en aquel niño hacía tantos años.
Juraría que lo que había visto era alivio.
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Capítulo 56
—¿Y cómo está ahora? —preguntó Kim, acomodándose frente a la máquina de café.
—El doctor está con ella ahora mismo —dijo Penn.
La inspectora miró el reloj.
—Sabes que no vas a poder acercarte a ella esta noche, ¿verdad?
Eran casi las siete y el doctor aún no había terminado con Olivia. La mujer tendría que comer algo y descansar antes de que pudieran interrogarla.
—Ya, pero no creo que le haga ningún daño —dijo Penn.
—¿Crees que sabe algo? —quiso saber Kim. No tenían por costumbre detener a la gente sin un motivo exacto.
—Hay algo que no nos está contando, y Logan no la deja hablar.
Sinceramente, jefa, ella le tiene muchísimo miedo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Kim, cruzándose de brazos. El caso parecía estar dando un giro delante de sus ojos.
Penn tomó aire.
—Creo que podemos tener una situación grave de violencia doméstica entre madre e hijo.
Aunque no era algo demasiado frecuente, todo el mundo sabía que esas cosas a veces ocurrían. Las señales eran siempre las mismas, independientemente del tipo de relación entre agresor y víctima.
—Olivia se vuelve más pequeña cuando él está cerca de ella, se cierra en sí misma, se encoge, se hace invisible. Logan no le permite hablar, y no hemos conseguido estar ni un segundo a solas con ella.
Kim vio que Penn y Tiff se miraban.
—¿Hay algo más?
—No creo que sea solo violencia doméstica. Creo que la ha tenido encerrada en la casa contra su voluntad.
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—Penn, ¿estás…?
—Siempre es Logan quien abre la puerta, siempre él. Tarda más de lo debido, como si estuviera preparando el escenario. No creo que Olivia pueda acceder a su teléfono personal; no tienen teléfono fijo, y la vecina no la ha visto fuera de casa en casi dos años.
—Continúa —instó Kim, comprendiendo ahora las sospechas de ambos.
—Cuando llegamos, Logan aparentemente la estaba ayudando a volver a la casa, aunque al principio parecía otra cosa. Parecía más bien que la estaba arrastrando del brazo, por la fuerza, para que volviera. Y lo de que había ido a mandar una carta era una patraña.
—¿Por qué? —preguntó Bryant.
—No hay ningún buzón a menos de ochocientos metros. Olivia no llevaba chaqueta ni paraguas, iba en chanclas y no tenía llaves de casa para entrar cuando regresara. Casualmente es el día en el que recogen la basura en su calle.
—¿Crees que Olivia vio en eso una oportunidad para intentar escapar? —preguntó Kim.
Penn asintió.
—Un momento —dijo Bryant—. Si todo esto es cierto, ¿por qué no dijo nada cuando aparecisteis?
—Probablemente pensó que no la íbamos a creer —respondió Tiff—. Si hubiera hablado y no hubiéramos hecho nada al respecto, ¿a qué castigo la habría sometido Logan?
—¿Cómo va la búsqueda? —preguntó Stacey.
—El equipo de rastreo apareció justo detrás de nosotros. Cuando nos fuimos de allí con Olivia, Logan estaba discutiendo con Plant.
Kim sabía que un chaval no iba a impedir que el inspector Plant hiciera su trabajo.
—¿Qué conseguisteis incluir en la orden? —preguntó la inspectora. No era factible lograr un registro completo con la poca información que tenían.
—Equipos de pesca en zonas exteriores, incluido el garaje —respondió Tiff.
—No está mal —dijo Kim.
—¿Alguien más siente la necesidad de agarrar a ese chico por el cuello y darle a probar de su propia medicina? —preguntó Bryant con los dientes
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apretados.
—Creo que esta semana está despertando muchas emociones en todos nosotros —dijo Stacey—. Yo he llamado a mi madre todas las noches solo para decirle que la quiero. Ha sido siempre mi mejor amiga, y no puedo imaginar que nuestra relación sea de otra manera.
—Yo jamás me atreví a levantarle la voz a la mía —aseguró Penn—. Estuvo siempre muy ocupada con Jasper, pero nunca sentí que, por esa circunstancia, me ofreciera menos. Todavía no sé cómo lo conseguía, pero la casa siempre estaba llena de amor.
—Yo era un poco cabroncete, para ser sincero —dijo Bryant, con una sonrisa en la cara—. Siempre andaba metido en algún lío. Mi madre no era especialmente expresiva, así que no sé si la mayoría de las veces todo lo que yo hacía era para provocarla. Nos empezamos a compenetrar cuando cumplí veinte años. A veces pienso que le gustaría que yo fuera una chica, porque Jenny tenía una relación muy distinta con ella.
—Mi madre prefiere a todos mis hermanos antes que a mí, pero he aprendido a vivir con ello —añadió Tiff—. Su madre, mi abuela, parecía una reminiscencia de los Tudor y valoraba más a los chicos, así que me parece que le viene de ahí. De todos modos, me consuelo con el hecho de que probablemente seré yo quien elija su residencia.
A pesar de aquel tono de broma, Kim estaba segura de que a Tiff le habría costado mucho tiempo y sufrimiento aceptar esa situación.
Todos los miembros de su equipo parecían tener diferentes relaciones con sus madres, y aquel caso parecía provocar emociones en todos ellos. En todos menos en ella.
La inspectora miró a su alrededor. Tenía la intención de llevar a cabo una evaluación exhaustiva, pero todos parecían destrozados. En aquel momento, no tenía ni idea de si el asesino había terminado con su lista de objetivos y lo único que podía hacer era rezar para que no se produjeran nuevas víctimas; ordenar a su equipo que siguiera trabajando estando tan bajo de energías no iba a servir de gran ayuda.
—Marchaos a casa, chicos. Nos vemos mañana por la mañana y… —Espera, jefa —dijo Stacey, poniéndose de pie—. Casi me olvido.
Tengo algo que enseñaros.
La ayudante de detective sacó un gran aro de plástico de colores. —No me jodas —dijo Kim mientras Stacey se lo pasaba por la cabeza
y lo colocaba a la altura de la cintura.
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Bryant se rio, Penn se tapó la cara y los ojos de Tiff se abrieron de par en par, mostrando su emoción.
—De verdad, jefa, de pequeña se me daba de muerte —insistió Stacey. Se dirigió al centro de la sala. Soltó el aro y empujó las caderas hacia
un lado. El aro se cayó al suelo.
—Me falta un poco de práctica, solo eso —dijo, recogiéndolo.
Volvió a intentarlo y el resultado fue el mismo.
—¿Qué estoy haciendo mal? —se preguntó en voz alta mientras lo intentaba por tercera vez.
—No lo sé —dijo Bryant, frotándose los ojos—. Pero ese movimiento cada vez es más perturbador.
A medida que aumentaban las risas de todos, incluida Stacey, Kim sentía que se le quitaban las ganas de vivir.
—De verdad, jefa, sé que puedo…
—Guárdalo, Stace —le aconsejó Kim—. No duras ni dos segundos, ¿cómo vas a aguantar dos minutos?
La inspectora se giró hacia Bryant.
—Espero que tengas algo preparado para mañana.
—Jefa, ya te he dicho que… —El sonido del teléfono de Penn interrumpió las palabras de Bryant.
Penn contestó, escuchó y dio las gracias a la persona que le había llamado mientras daba puñetazos al aire, con gesto triunfante.
Todos esperaron a que les explicara.
—Cosas para pescar. Escondidas en la parte trasera del garaje de los Dench.
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Capítulo 57
Olivia se recostó contra el frescor de la pared de la celda y trató de identificar la sensación extraña que se estaba apoderando de ella.
No sabía qué hora era, pero hacía ya un par de horas que el médico había terminado de evaluarla.
Con la voz de su hijo gritándole desde la espalda aún resonando en su cabeza, le dijo al médico que se sentía bien y que simplemente se había desmayado tras sufrir la caída. Le aseguró que no tenía visión borrosa ni dolores de cabeza y que se le habían pasado las náuseas. El médico le ofreció trasladarla al hospital, cosa que rechazó de inmediato.
El hospital estaba ahí afuera, al alcance de cualquiera. Logan se enteraría. Daría con ella y encontraría la forma de llevarla a casa. Temía que la matara antes de que la policía se enterase de nada.
El médico fue profesional y amable, pareció no juzgarla por el hecho de ser una persona a la que habían detenido como sospechosa por un asesinato. Supuso que él tenía que actuar de forma independiente, evadiéndose de las razones por las que sus pacientes estuvieran allí. No tenía ni idea de por qué la había detenido la policía, pero sí que sabía que la habían librado de que Logan la llevara a rastras de vuelta a casa.
Solo de pensar en su hijo se le revolvía el estómago. Se descubrió a sí misma mirando a su alrededor, buscándolo.
No, era imposible. En aquel lugar no había forma de que se acercara a ella. Estaba bajo custodia policial, resguardada tras puertas echadas con llave. Tenía muchos policías a su alrededor.
Aún con todas esas circunstancias, una vocecita en su interior le decía que Logan era capaz de encontrar la forma de llegar hasta ella.
Esa misma vocecita hizo que se cuestionara cuánto poder había llegado a darle a su hijo, como para llegar a creerlo capaz de doblegar a todo el cuerpo policial con tal de encontrarla.
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Se sentía tan humillada al cerciorarse del tipo de persona en el que se había convertido que no tenía palabras para definirlo, pero esta vez contuvo las lágrimas. Estaba ya muy harta de llorar.
Tenía que trazar un plan. Sabía que la policía no tardaría en darse cuenta de que habían cometido un error. Nada podría relacionarla con la muerte de James, porque ella no había hecho nada malo. ¿Y entonces qué? La pondrían en libertad, pero ¿a dónde iría? ¿A casa?
El corazón le dio un vuelco al pensarlo. No podía volver allí, y tampoco podía decirle a nadie que Logan había matado a James. ¿Quién iba a creerla? Su hijo los tenía a todos convencidos: a los vecinos, a su médico… Les haría creer a todos que su madre estaba delirando o sufriendo una crisis nerviosa.
Incluso si la creyeran y presentaran cargos contra él, probablemente saldría en libertad bajo fianza. Y, si el caso llegaba a los tribunales, lo más seguro era que le aplicasen una pena suspendida porque no tenía antecedentes; él nunca se había metido en líos.
No, contar la verdad no era una opción, concluyó, calmando su respiración.
Volvió a notar que esa sensación extraña, desconocida, le recorría el cuerpo.
De nuevo, trató de identificarla.
Mientras la atendía el médico, le estuvo detallando la medicación que había estado tomando. El médico asintió y le aseguró que le echaría un vistazo.
Alrededor de una hora más tarde, la trampilla de la puerta de la celda se abrió y un agente le pasó un vaso de agua y su medicación. No había tenido que suplicarle para que se la diera. Simplemente lo hizo y esperó a que le devolviera el vaso de plástico.
Una hora después de eso, la trampilla volvió a abrirse y le ofrecieron un bocadillo y una taza de té. Sabía que la policía debía atenerse a ciertas normas, pero casi se le saltan las lágrimas por la amabilidad con la que la habían tratado.
A pesar del lugar en el que se encontraba, se comió el bocadillo y se bebió el té.
Segura.
La palabra que definía su sensación irrumpió en su mente. Se sentía segura. Le habían dado comida y bebida, la habían medicado, y todo ello
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sin amenaza de violencia. En la práctica, ateniéndose a la realidad de su vida, básicamente había pasado de una cárcel a otra. Pero en esta se sentía en paz.
Logan le había contado todos los detalles del crimen que había cometido, y ahora el camino a seguir estaba despejado, ya no presentaba obstáculos.
Olivia sabía lo que tenía que hacer.
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Capítulo 58
Kim dudó mientras se pensaba si bajarse de la moto y llamar a la puerta. ¿Era realmente una buena idea?
Como solía ocurrir cuando visitaba aquel lugar, no había tomado la decisión de forma totalmente consciente. Era más bien una fuerza gravitacional que la atraía cuando algo la estaba perturbando.
La puerta principal de la casa se abrió, y Ted Morgan se quedó parado en el umbral. Como ella seguía sin moverse, el hombre se dirigió hacia donde se encontraba por el camino de entrada a la casa.
—Venga, que ya estás aquí, y el hervidor de agua está puesto —dijo, antes de darse la vuelta y volver a entrar en la vivienda.
Jolín, hasta él era capaz de percibir su indecisión.
Se bajó de la moto y lo siguió.
Kim sintió un sutil escalofrío, que relacionó con una sensación de bienestar, al avanzar por el pasillo. Tal vez el papel pintado hubiera cambiado, pero las fotos enmarcadas de Ted junto a su mujer seguían estando en el mismo lugar. Habían podido disfrutar poco más de veinte años juntos, antes de que ella muriera por un cáncer a una edad temprana, y Ted nunca había conocido a una mujer que estuviera a su altura.
La cocina estaba tal como Kim la recordaba de su primera visita, que se produjo cuando apenas tenía seis años. Entonces se sentó junto a la mesa redonda y él le puso un refresco y un plato con galletas. No tocó ninguna de las dos cosas y no dijo ni una sola palabra. Desde aquella primera vez, la pauta de muchas de sus sesiones de terapia a lo largo de los años había sido idéntica mientras él iba trabajando sin descanso para intentar ganarse su confianza. Y, aunque había cosas que ella jamás compartiría con ningún ser humano, Ted la conocía mejor que nadie en el mundo.
Kim se quitó la chaqueta y se sentó.
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—Por Dios, Ted, ¿cuántos años tienen ya esas tazas? —le preguntó mientras el hombre las llenaba de café. Otro elemento característico del pasado de la inspectora eran las tazas con los escudos de los equipos de fútbol de la zona.
—Están perfectas —dijo con orgullo—. ¡No tienen ni una grieta!
Kim sonrió cuando Ted le puso delante una taza y luego cogió un plato con galletas rellenas de crema.
—Ted, ¿cuándo he comido yo galletas? —preguntó.
—Me encanta mojarlas, no me da vergüenza admitirlo —explicó el hombre, sentándose en el lado opuesto de la mesa.
—¿Cómo están los peces? —preguntó Kim, señalando con la cabeza la puerta trasera. El banco situado junto al pequeño estanque había sido el lugar de muchas de sus sesiones silenciosas.
—Siguen nadando en círculos, como cabía esperar —respondió, mojando una galleta en su taza.
—¿Y la jubilación? —El hombre no se había jubilado del todo hasta pasados los setenta; ahora llevaba un par de años completamente libre de trabajo.
—Siempre estoy ocupado. No sé cómo tenía tiempo para trabajar — aseguró, cogiendo otra galleta.
La mojó, masticó y luego apartó el plato.
—Bueno, querida, ¿qué te aflige?
—Nada; solo he venido de visita —dijo ella, antes de dar un sorbo a su café.
—Tus visitas suelen coincidir con algún asunto que te ronda por la cabeza.
La jubilación no había afectado a su capacidad de percepción. —Venga, cuéntamelo. Si no lo haces, tendré la tentación de seguir
comiendo galletas, y dos son suficientes.
—Estamos trabajando en un caso… bueno, en dos en realidad. Ambos tienen mucho que ver con las relaciones maternofiliales.
—¡Uf, eso debe estar siendo difícil para ti! —exclamó; acto seguido, le miró bien la cara—. Ah, ya veo. Lo está siendo.
—Justo antes de salir de la comisaría, todos los del equipo han estado hablando de sus madres, de los pensamientos que han ido pasando por su cabeza mientras trabajaban en el caso. Yo no siento nada, ni siquiera rabia o arrepentimiento. El caso no me evoca absolutamente ninguna emoción.
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Ted asintió.
—Tiene mucho sentido. Tú ya has cerrado ese capítulo. Lo supiste cuando tomaste la decisión de no visitar a tu madre antes de que falleciera.
—No me arrepiento de ello —se defendió la inspectora. Supo que hacerlo no le iba a servir para nada. Jamás se había planteado perdonarla.
—Y yo no digo que tengas que arrepentirte. Es una decisión que tomaste y te atendrás a ella, como siempre haces. Lo que quiero decir es que tu mente pragmática guardó todos los pensamientos y emociones sobre ese tema en una caja, que se cerró, selló, envolvió en cadenas y arrojó al fondo del mar, en un lugar desconocido. Nunca se volverá a abrir…
—Pero no sentir nada en absoluto… —insistió Kim—. ¿Cómo puede ser eso normal?
—¡Ay, amiga mía! ¿Tú recuerdas que hayamos usado alguna vez esa palabra en relación contigo? Yo no he dicho que sea un comportamiento normal, pero sí que lo es para ti.
Ted cogió otra galleta, pero ella apartó el plato de su alcance. Había dicho que con dos tenía suficiente.
El hombre hizo un gesto de desdén en respuesta.
—Vale, no sientes nada porque no puedes identificarte con la experiencia de ninguna otra persona. Nadie que conozcas puede comprender cómo fue tu experiencia con tu madre. Las historias de los demás acerca de discusiones aquí y allá, actos de rebeldía o castigos nunca se podrían comparar con las tuyas, porque tú simplemente tenías que tratar de mantenerte viva, e intentar proteger a tu hermano al mismo tiempo. Sus recuerdos agradables y positivos no se asemejan a ninguno de los tuyos, porque tú no tienes ni uno solo que sea feliz. No puedes empatizar con lo que dicen. Bien podrían estar hablando de sus experiencias como viajeros espaciales. No tienes ninguna referencia.
—Pero yo tenía a Erica —protestó Kim.
—Gracias a Dios que tuviste a Erica. A menudo he pensado que no estarías sentada hoy aquí si no hubiera sido por el amor de esa señora. Pero solo fueron tres años.
—Lo que importa es la calidad, no la cantidad —argumentó Kim. —No es tan fácil. Nuestra madre es normalmente nuestra historia. Ella
es una constante, como un diario. Su presencia marca los acontecimientos importantes. Está presente el primer día de colegio y el último día de
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universidad, por no hablar de todo lo que ocurre entre medias. La relación va cambiando y adaptándose a lo largo de los años y de las distintas etapas de la vida, pero una madre es como un hilo que te lleva desde el nacimiento hasta dondequiera que estés en cualquier momento. Una madre es la persona a la que puedes llamar y preguntarle por aquel programa de televisión que solíais ver juntos. Ella lo recordará. Es a quien puedes preguntarle cuándo tuviste que ir al hospital para hacerte la amigdalectomía. Ella se acordará. ¿Cuál era tu comida, color, libro o asignatura favorita en el colegio? Ella lo sabrá. Tú no tuviste nada de eso.
—Entonces, ¿me estás diciendo que mi respuesta emocional a todo esto es normal, o al menos normal para mí? —preguntó Kim, cogiendo ya su chaqueta. Eso era todo lo que quería saber.
—En efecto, eso es lo que te estoy diciendo.
—Vale, pero te equivocas en una cosa, Ted —respondió ella, mirando a su alrededor, a las tazas de café, al plato de galletas y más allá, al jardín exterior donde vivían los peces—. Sí que tenía una constante. Solo que, en aquel momento, aún no lo sabía.
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Capítulo 59
—¿Qué coño es eso? —preguntó Kim, entrando en la sala de la brigada a las siete de la mañana. Después haber ido a ver a Ted la noche anterior, se sentía con energía. No se había dado cuenta de hasta qué punto su falta de implicación emocional en el caso la había estado haciendo sentir mal. Y, aunque sabía que nunca podría considerarse una persona normal, saber que se estaba comportando de acuerdo a los patrones habituales la había hecho sentirse más tranquila.
Bryant se giró hacia ella; tenía una sonrisa ridícula en la cara.
—Es para mi número en el concurso de talentos, jefa.
—Es el kit de magia de un niño de seis años.
—Oye, en la caja pone para mayores de ocho —se defendió. —Espléndido —dijo Kim, dejando su café—. Adelante pues,
asómbrame.
Bryant cogió una baraja de cartas, que parecía diminuta en sus manos.
Las extendió en forma de abanico.
—Elige una carta, cualquiera.
Ella lo hizo, y él barajó a continuación. Luego, comenzó a colocar las cartas una a una sobre su mesa. El resto del equipo observaba en silencio, aguardando con expectación.
Bryant se detuvo y levantó la siguiente carta.
—¿Es esta la carta que has elegido?
—No —respondió Kim rotundamente.
Bryant se quedó callado.
—No lo es —reiteró la inspectora, cogiendo de nuevo su café.
—Tiene que serlo —protestó Bryant.
—No es la maldita carta.
—Bueno, déjame intentarlo otra vez.
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—Bryant, a menos que puedas encontrarme un niño de ocho años que sea capaz de hacer trucos, pero de verdad, te sugiero que uses la varita pequeña de plástico que hay en el kit para hacerte desaparecer.
—¡Au, jefa, eso me ha dolido!
—Igual que me va a doler a mí el culo por la patada que me va a dar Woody cuando vaya a hablar con él, pero bueno, eso es problema de mañana. De verdad, menos mal que la policía os ha dado un trabajo a todos, ¿eh?
La inspectora tomó un sorbo de café, tratando de dejar de lado la aprensión que sentía por ir a ver al jefe sin saber muy bien qué ofrecerle.
—Bueno, chicos, concentración total hoy. Tenemos tres víctimas en tres días. Nuestro asesino está fuera de sí, y hasta que no sepamos por qué está matando a madres relacionadas con los certámenes de belleza, no tendremos claro si ya ha cumplido con todos sus objetivos. Hagamos un rápido resumen de las víctimas que tenemos hasta ahora. Stacey, cuéntanos todo lo que tenemos de la primera, Sheryl Hawne.
Stacey dirigió la mirada a la pizarra para recordar un poco la información que, sin embargo, ya tenía en la cabeza.
—Sheryl tenía cuarenta y ocho años. Una hija, Katie, de veinticinco. Del padre de Katie no se sabe gran cosa, y no hay más familiares. Sufrió varias puñaladas en su casa y le forzaron una prótesis embellecedora en la garganta, estando ya muerta. Según todos los relatos, no era una madre cariñosa ni afectuosa; de hecho, era bastante implacable en el circuito y cruel con Katie. A menudo la menospreciaba y humillaba. A su hija le iba bastante bien en los eventos locales, pero nunca lograba participar en otros más importantes. Sheryl era una madre exageradamente protectora, y la relación con su hija no era precisamente estrecha. Además, estamos seguros de que Katie buscó los consejos de Judith Palmer.
Kim asintió. Era un buen resumen. Se volvió hacia su compañero. —Bryant, quiero lo mismo en relación con la segunda víctima. —Andrea Shaw tenía cuarenta y siete años y era madre de Toyah, de
veintidós. A diferencia de Sheryl, estaba divorciada y tenía un hijo, Tony. Al igual que Sheryl, fue atacada en su propia casa, pero por la noche, cuando Toyah había salido de fiesta. Le forzaron unas pestañas postizas en la garganta. Andrea parecía disfrutar de los certámenes de belleza y Toyah también, aunque las razones por las que dejaron de acudir a ellos siguen sin estar claras. Parece que Andrea no tenía enemigos. Aparentemente no
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trataba mal a Toyah y no era maleducada con las personas que las atendían en los concursos, aunque formaba parte del grupito de Sheryl. Nada sugiere que Toyah tuviera contacto con Judith Palmer.
—Perfecto —reconoció Kim—. Y la tercera víctima, SallyAnn Davis, estaba casada y tenía una hija, Lottie, de veintiséis años. Sally-Ann fue asesinada en el exterior, y a pesar de que existía un riesgo mayor, nuestro asesino se tomó la molestia de introducirle un trozo afilado de tiara por la garganta, en este caso estando aún viva. Tampoco conocemos a ningún posible enemigo; sin embargo, sabemos que en este momento no existía relación con su hija porque Lottie la había cortado, algo instigado muy probablemente por Judith Palmer. No está claro si Sally-Ann formaba parte del grupito de Sheryl o no.
—No hay nada que las tres tengan en común —observó Bryant, y tenía razón. Nada en cuanto a estado civil, carrera profesional o amigos. Nada que las vinculara fuera del circuito de los concursos de belleza.
—¿Algo destacable sobre los miembros de las familias? —preguntó Kim.
Stacey negó con la cabeza.
—Lottie tiene un primo segundo que ha cumplido condena por robo, pero no lo tenemos fichado por ninguna otra cosa.
Por pocos sospechosos que tuvieran hasta la fecha, de un robo a un asesinato múltiple iba un mundo.
—Vale, estamos absolutamente seguros de que la cosa está relacionada con los certámenes de belleza. Ese mensaje nos ha llegado con total claridad. Está claro que nuestro asesino está bastante cabreado por alguna razón, y con lo que hemos aprendido esta semana acerca del sector de estos concursos, tenemos claro que se trata de una industria despiadada. Tal y como yo lo veo, o estamos buscando a alguien relacionado con los certámenes a quien todas estas mujeres trataron mal e hicieron daño, o quizá el asesino está mucho más cerca de lo que creemos.
—¿Crees que puede haber sido una de las chicas y está matando a otras madres para intentar pasar desapercibida? —preguntó Bryant—. Aparentemente, todas las hijas han reaccionado de forma realista, todas nos han parecido auténticas.
Kim se encogió de hombros.
—Un hombre sabio me ha explicado hace poco que tu madre es tu oráculo, tu diario. Está implicada en todos los acontecimientos importantes
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que eres capaz de recordar. ¿Y si esos acontecimientos no fueran recuerdos felices?
—¿Qué tal anda Ted? —preguntó Bryant, que sabía perfectamente de quien hablaba la jefa.
—Lo que quiero decir es que, de momento, no podemos descartar nada —respondió—. Sobre todo si tenemos en cuenta que ayer supimos que Sheryl y sus amiguitas expulsaron del sector al afable modista Kelvin Hobbs, aunque eso no explicaría que ahora haya emprendido una carnicería. Hay que pensar que todo esto ocurrió hace más de diez años.
—Va a cerrar el negocio, jefa —dijo Stacey—. Su tienda se podrá alquilar a partir de finales del mes que viene.
—¿También el piso de arriba? —preguntó Kim, sabiendo que vivía encima del local.
Stacey asintió.
—Se queda sin nada.
—Vaya, eso merece que tengamos otra conversación con él. Stacey, quiero que te centres en las chicas y en lo que estaban haciendo cuando se produjeron los asesinatos, excepto en Katie. Ya sabemos dónde estaba cuando se produjo el de Andrea Shaw.
—Me pongo a ello, jefa.
—Indaga también algo más sobre Judith Palmer. Para ser una persona que dice no ofrecer consejos, parece que todavía tiene un sinfín de cosas que contar. Quiero saber si tiene algún vínculo con el mundo de los concursos de belleza.
—De acuerdo, jefa.
Kim se giró hacia Penn.
—¿Cómo está tu prisionera esta mañana?
—Ya ha llegado el informe del médico. Olivia está un poco desnutrida y deshidratada. Tiene hematomas en el estómago y en la espalda que ella insiste que se hizo en la caída. Sin duda, ha sufrido una paliza recientemente.
—Madre mía —susurró Kim.
—Aparte de eso, está apta para ser interrogada. A modo de apunte, ha aprovechado la oportunidad de tomarse todos los refrescos y comidas que se le han ofrecido.
—Perfecto, es bueno saber que está… —Kim dejó de hablar al escuchar el teléfono de Bryant.
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Al ver quién lo llamada, Bryant le pasó el teléfono a su jefa. —¿Qué pasa, Jack?
—Tengo a una señora aquí abajo que quiere hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Consejos de maquillaje. ¡Yo qué sé! No me dice su nombre y asegura que no va a hablar con ninguna otra persona.
La inspectora suspiró.
—Vale, voy para allá —dijo, y le devolvió el teléfono a Bryant. —Pues nada, muchachos, podéis hablar entre vosotros un rato, y si
queréis resolver este caso en mi ausencia, sentíos libres de hacerlo.
Kim salió de la sala y bajó a toda velocidad por las escaleras. Tenía ganas de empezar el día teniendo una charla más sincera con Kelvin Hobbs acerca de los motivos por los que había abandonado el circuito de los concursos de belleza.
La inspectora abrió la puerta de la recepción y se encontró con una mujer vestida con una gabardina larga, mirando a través de las puertas de cristal hacia el aparcamiento exterior.
Kim tosió.
La mujer se giró, y la inspectora percibió dos cosas de inmediato.
Por un lado, que había algo en sus rasgos que le resultaba vagamente familiar; por otro, que la mujer tenía una mancha de nacimiento de color vino de Oporto que le cubría una cuarta parte de la cara.
—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó Kim, dando un paso adelante. —¿Está usted investigando el asesinato de una mujer que aparece en el
periódico en un artículo firmado por una tal Frost?
Se refería al artículo acerca de Sheryl Hawne y su hija, Katie.
—Sí.
—Entonces, hay algo que debe saber.
—Dígame.
—Yo soy la verdadera Katherine Hawne. Sheryl Hawne era mi madre.
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Capítulo 60
Kim tenía mil preguntas en la cabeza cuando dejó dos cafés sobre la mesa de la sala de interrogatorios. Había hecho una llamada rápida a la planta de arriba para advertirle a su equipo de que iba a estar fuera más tiempo del previsto.
—Perdone que se lo haya dicho así, pero quería que supiera que no he venido a hacerle perder el tiempo.
—¿Qué le hace creer que Sheryl Hawne es su madre?
—No es que lo crea inspectora; es un hecho. Si no, como le digo, no le haría perder el tiempo.
Kim le hizo un gesto para que se explicara.
—Sheryl me dio a luz hace veinticinco años en un pequeño pueblo al norte de Huddersfield. Fui el resultado de una aventura de una noche y la hija de una mujer a la que mimaron y consintieron en exceso. Ella fue hija única, y mis abuelos cedían a todos sus caprichos. La apoyaban con cualquier cosa que quisiera hacer, y Sheryl solo era feliz siendo el foco de todas las miradas.
—¿Certámenes de belleza? —preguntó Kim.
Katherine asintió.
—Y concursos de canto, baile, gimnasia, modelaje, interpretación… cualquier cosa en la que recibiera atención. El único problema era que quería ser la mejor de inmediato, y si no lo era, se centraba en otra cosa. A los veinte años, ya había probado de todo y, aunque era guapa, no tenía un rumbo claro. Seguía sin ser especialmente buena en nada, excepto en llamar la atención de los hombres.
Katherine tomó un sorbo de su café y Kim decidió dejarla hablar. En realidad, no le hacía falta buscar inconsistencias en la historia de la mujer. Una simple prueba de ADN le serviría para saber la verdad si tuviera alguna duda.
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—Cuando se enteró de que iba a tener una niña, me convertí en el centro de su mundo. Al parecer, íbamos a hacer infinidad de cosas juntas, y yo iba a ser guapísima. Se pasó los nueve meses planeando nuestro futuro. Íbamos a ser famosas. Yo iba a ser una estrella infantil. Pero, cuando nací, se dio cuenta de que jamás sería así.
Katherine respiró hondo antes de continuar.
—Me rechazó nada más verme. Le dijo a la enfermera que no quería sostenerme en brazos ni tocarme. Pensando que se trataba de una depresión posparto, mi abuela intervino. Nos llevó a casa y cuidó de mí. Yo tenía seis semanas cuando Sheryl se fue. No dejó ninguna nota, no dio ninguna explicación. Mi abuela se despertó una mañana y ella se había largado con una maleta y una bolsa con las joyas más valiosas de mi abuela.
—¿Se denunció su desaparición? —preguntó Kim.
—Sí, pero la policía fue muy sincera y explicaron que no podían hacer gran cosa. Era una mujer adulta, no era frágil ni vulnerable y era capaz de tomar sus propias decisiones. Así que mi abuela hizo lo que cualquier abuela normal haría: me crio. Solo supe la verdad cuando tenía doce años y mi abuela pensó que ya podría ser capaz de gestionar algunas de las cosas que sucedieron. El resto se lo he ido sonsacando a lo largo de los años.
—¿Y su infancia? —preguntó Kim.
—Fue maravillosa. Para mi abuela, fue una especie de segunda oportunidad de ser una gran madre, y lo único que recibí fue amor y apoyo, tanto por su parte como por la de mi abuelo. La vida no siempre ha sido fácil —dijo, tocándose la marca de nacimiento de la cara—, pero me enseñaron a ser fuerte y a no esconderme nunca. Fue esa fortaleza la que hizo que quisiera conocer a Sheryl. Crecí en la casa donde ella vivió durante toda su infancia. No me abandonaron con desconocidos ni me dieron en adopción. Tuve el amor y el apoyo de mi familia. He visto el pasado de Sheryl, su ropa, sus trabajos escolares, sus certificados, sus recitales, vídeos, fotos… No la odio, y quería que lo supiera. Configuré una alerta en Google para que me avisara si aparecía su nombre, y por fin ayer obtuve un resultado, cuando se publicó ese artículo.
Kim se recostó en su asiento.
—Me va a disculpar que me tome con cautela todo lo que me está contando.
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—Por supuesto, y no tengo inconveniente en hacerme una prueba de ADN que confirme mi identidad —dijo, echando mano a su bolso. Sacó un papel y lo deslizó por la mesa—. Este es mi certificado de nacimiento.
Kim echó un vistazo y no vio nada sospechoso, aunque había un detalle que desconocía.
Sheryl tenía un segundo nombre, y no era muy común.
—¿Octavia?
—Por mi bisabuela, al parecer. Yo no llegué a conocerla.
—¿Y por qué ha venido usted aquí? ¿Qué es lo que quiere? —preguntó Kim, pensando en la casa a la que Katie planeaba volver.
—Llevar a Sheryl a casa. Sé que todavía no es posible, pero, cuando hayan terminado la investigación, me gustaría hacer los arreglos necesarios. Ayudaría a mis abuelos en su duelo. Kim asintió, pero sintió que eso no era todo.
—¿Y qué más?
—La otra Katie. Quiero conocerla. Quiero entender qué lugar ocupa en mi vida. Como es obvio, no tengo otros hermanos.
Kim negó con la cabeza.
—No sé. Aún nos quedan muchas cosas que descifrar.
—Lo entiendo, pero yo puedo esperar el tiempo que haga falta. — Deslizó una tarjeta sobre la mesa, que incluía sus datos de contacto bajo un logotipo de su negocio personal de diseño de páginas web—. Estoy alojada en el Hotel Village de Dudley. No me importa en absoluto esperar aquí hasta que usted organice la toma de una muestra de ADN, y luego me vuelvo a mi hotel y esperaré su llamada.
Kim le dio las gracias y salió de la sala de interrogatorios. Iba a organizar lo de la muestra. A esas alturas, no tenía nada que perder.
Era una historia excéntrica, pero no imposible. Para que fuera factible, tendría que ser capaz de creer, después de lo que habían ido descubriendo, que Sheryl Hawne había sido capaz de abandonar a su propia hija de seis semanas sin pensarlo ni un momento.
Maldita sea. No era descabellado.
Pero ¿qué pasaba con la otra Katie, la reina de los certámenes y la que estaba junto al cadáver de Sheryl sosteniendo el cuchillo? ¿Se habría quedado Sheryl embarazada poco después y había llamado Katie también a su segunda hija, o quizá estaban ante algo un poco más siniestro?
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Capítulo 61
Stacey no quería creerse lo que todo el mundo parecía sospechar acerca de la situación que les acababa de describir la jefa.
Kim apenas se tomó un minuto para contarles las novedades y reorganizar las prioridades de la ayudante de detective, antes de salir a toda velocidad para hablar con la primera Katie Hawne.
Penn y Tiff se marcharon poco después para preparar el interrogatorio con Olivia Dench.
Stacey se puso en contacto con el médico de Sheryl, quien le confirmó que la mujer se dio de alta en su clínica apenas cinco meses después de irse de Huddersfield y que, en aquel mismo momento, inscribió a Katie, que tenía entonces seis meses y medio.
Si Katherine era quien decía ser y las fechas que les había facilitado eran ciertas, era imposible que Sheryl fuera la madre de Katie. Lo cual dejaba en el aire una gran pregunta: ¿quién coño era la madre de Katie?
Stacey hizo lo que siempre hacía cuando tenía que enfrentarse a un reto. Recurrió a Google. Buscó niños desaparecidos en un radio de cuarenta kilómetros alrededor de Huddersfield, entre la supuesta fecha de desaparición de Sheryl y la fecha en la que se dio de alta con su médico. Las fechas eran importantes, porque, conociéndolas, podría aumentar el radio si necesitara realizar alguna nueva búsqueda.
Google le ofreció setenta y nueve resultados.
En un par de minutos, descartó a los niños.
52 resultados.
Eliminó a las niñas mayores de un año.
21 resultados.
Suprimió aquellas que fueron más tarde encontradas sanas y salvas.
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13 resultados.
Eliminó a aquellas que fueron encontradas más tarde, en peores condiciones.
3 resultados.
Stacey tomó nota de los nombres de aquellos padres.
Lorna y Yin Wong.
Trisha y Danny Lewis.
Viv y Karl Anderson.
Buscó a la primera pareja y la descartó de inmediato. Como sugería el nombre, el padre era chino, y el bebé que tenían en brazos en la foto que encontró tenía sin duda algunos rasgos faciales de su padre.
Se centró en la segunda pareja. Los artículos de prensa describían que el padre del niño secuestró al crío y se lo llevó a la isla de Wight para empezar una nueva vida.
A Stacey le quedaba una pareja por comprobar antes de tener que aumentar el radio del área en sus parámetros de búsqueda.
Viv y Karl Anderson.
Haciendo una búsqueda más exhaustiva, Stacey tomó nota de todos los detalles. La hija, Rebecca, fue secuestrada cuando tenía tres meses y medio. Ocurrió en un parque de Ilkley, donde Viv estaba con sus dos hijos: Justin, de cinco años, y la pequeña Rebecca. Justin se cayó, y Viv corrió instintivamente hacia su hijo, dejando el cochecito desatendido durante un par de minutos.
Nadie vio nada, y el bebé, la manta rosa y el osito desaparecieron. El osito fue encontrado a unos cuatrocientos metros del parque. Los padres, desesperados, lanzaron llamamientos públicos conmovedores pidiendo que su hija volviera a casa sana y salva. Todos los años celebraban una vigilia el día de su cumpleaños, el catorce de agosto. Karl Anderson no había estado presente en las últimas cinco fotos, pero Viv sí, en todas ellas, apoyada por su hijo.
Stacey hizo una captura de pantalla de la foto que los padres mostraron a las cámaras de televisión cuando secuestraron a la niña.
Se la envió a la jefa. Sabía que era poco probable que hubiera dado en el clavo al primer intento, pero, joder, ¿y si lo había hecho?
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Capítulo 62
Era surrealista volver a la escena del crimen estando presente Katie, que ahora era la dueña de la casa. Aunque esta vez Kim le encontraba más sentido a muchas cosas. Con lo que a esas alturas sabía sobre la infancia de Katie, comprendía sus reacciones complejas ante la muerte de su madre.
Katie los guio hasta la cocina, donde Sheryl había yacido brutalmente asesinada pocos días antes. La chica se dirigió hacia la tetera sin mostrar emoción alguna.
—Nosotros no queremos nada, gracias —dijo Kim, tomando asiento.
—¿Cómo puedo ayudarlos? —preguntó Katie, girándose.
—Va a parecerle una pregunta rara, pero ¿tenía su madre un segundo nombre?
—Octavia —respondió Katie, apoyándose en la encimera—. Ella lo odiaba. Se lo pusieron por su abuela.
El arte de lograr una mentira convincente consistía en mantenerse lo más cerca posible de la verdad.
—Katie, ¿tiene usted una copia de su certificado de nacimiento? —Claro. ¿Por qué? —preguntó la chica, poniéndose ligeramente
colorada.
—Me gustaría verlo, si no le importa.
—Está arriba —dijo, mientras salía ya de la cocina.
—Ah, y ya de paso, tráiganos un par de fotos de usted cuando era bebé —le gritó Kim.
—¿Vas a contarle lo que ha averiguado Stacey? —susurró Bryant. Les había llegado un mensaje con la información mientras el sargento aparcaba el coche.
Independientemente de las fechas, que significaban que Sheryl no podía haber tenido otro hijo en ese periodo, Kim quería ver el certificado
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de nacimiento por sí misma.
—Todavía no. No tenemos claro al cien por cien cuál es la procedencia de esta mujer.
—Aquí está —dijo Katie, colocando el documento ante ella. En la otra mano tenía un álbum de fotos pequeño.
Kim supo de inmediato que el certificado de nacimiento era el mismo que el que le había enseñado Katherine. Ya no había duda. Katie no era la hija biológica de Sheryl.
—Usted lo sabía, ¿verdad? —preguntó Kim. Katie dudó, pero al final terminó asintiendo. —¿Por qué no nos lo contó?
—Me enteré justo aquella mañana. Había enviado una muestra de ADN para que la analizaran unos meses antes. Cogí un pelo de su cepillo. Me costó una pasta, pero tenía que saberlo. No se lo conté por si cambiaban de opinión y decidían creer que yo la había matado. Quería hacerlo. Pensé que lo había hecho. No iba a ofrecerles más razones para que volvieran a dudar de mí.
—Su coartada era sólida. Estaba bajo custodia policial cuando asesinaron a nuestra segunda víctima.
Katie se encogió de hombros.
—Pero supongo que yo aún estaba en shock.
—¿Qué le hizo cuestionarse si realmente Sheryl era su madre? — preguntó Kim.
—No lo sé. Era una sensación que a veces tenía, una especie de añoranza lejana o que en ocasiones me sintiera en el lugar equivocado, viviendo una vida que no me correspondía. Siempre tuve esa percepción, pero trataba de dejarla de lado. Además, sentía muy poca conexión emocional con ella. No sabía que eso no era normal. No nos parecíamos en nada, no teníamos cualidades similares. También apartaba aquellas ideas, pero en algún momento ambos sentimientos empezaron a confluir, y tomé la decisión de asegurarme.
—¿Y cómo se sintió cuando descubrió que no estaban emparentadas? —Al principio me sentí aliviada. No quería ser su hija. No quería tener
sus rasgos en mis genes. Después me enfadé. Todos aquellos años de humillación, de obligarme a participar en concursos de belleza, las broncas, el no parar de repetirme lo mucho que se sacrificaba por mi
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felicidad, la soledad… Todo lo que tuve que soportar… y ni siquiera era su hija.
—¿Y nunca tuvo la oportunidad de preguntarle?
—A eso venía aquella noche, a confrontarla, a intentar que me diera información acerca de la adopción y a tratar de que me explicara por qué nunca me lo había contado.
—¿Quiere conocer sus verdaderas raíces? —preguntó Kim.
—Por supuesto. Nunca he encajado en este lugar, con ella. Todo eran mentiras. Pero no sé cómo voy a averiguar mi procedencia. En esta casa no hay ningún papel, ya lo he registrado todo.
En parte, Kim estaba loca por contarle lo que sospechaban, pero en más de una ocasión había sido testigo de la delicada salud mental de Katie. Tenía que estar completamente segura antes de contárselo.
—¿Puedo? —preguntó Kim, cogiendo el álbum.
—Adelante.
Kim lo abrió y contempló la primera foto, descolorida, tomada por una polaroid. Parecía ser la primera foto de Katie, pero, aun así, era de meses después de la desaparición del bebé de los Anderson. Podía ver similitudes entre ambas fotos, pero existía un cambio generado por el crecimiento que no le permitía estar segura.
Kim siguió ojeando el álbum hasta llegar a la etapa de la infancia. Se fijó bien en cada una de las fotos, hasta que llegó a una en la que Katie tendría unos seis o siete años.
—Mi primer vestido para un concurso —señaló Katie.
El vestido de lentejuelas tenía una falda larga y un corpiño de satén. La foto estaba tomada desde la espalda de Katie, que aparecía girando la cabeza para mirar a la cámara.
—Ah, parece que está un poco desenfocada en esa zona, ¿no? —dijo Kim, tratando de alisar la foto a la altura del hombro izquierdo de Katie, llegando a rasgarla un poco.
—Eso es un lunar —respondió Katie con una sonrisa—. No se borra tan fácilmente.
Kim continuó echándole un vistazo a otro par de páginas para guardar las apariencias, pero no necesitaba nada más.
Ya había encontrado lo que buscaba.
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Capítulo 63
Penn volvió a leerle los derechos a Olivia para asegurarse de que comprendía la situación.
—Para que quede claro, ha renunciado a su derecho a representación legal, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y ha bebido, comido y descansado lo suficiente? —preguntó Tiff.
—Me han tratado muy bien, gracias.
Penn no recordaba una sola vez en la que alguien que hubiera pasado la noche en el calabozo le hubiera dado las gracias.
—Olivia, cuando llegamos ayer al exterior de su casa, parecía que Logan la estaba llevando de vuelta a casa por la fuerza —dijo Penn.
Su rostro mostró una expresión de terror.
—¿Por qué me iba a estar llevando por la fuerza? Me caí y me hice daño en el tobillo. Me estaba ayudando a volver a casa. Fui a enviar una carta. La culpa fue de las chanclas.
Penn ocultó su sorpresa ante aquella respuesta, y también ante el comportamiento de la mujer. Sabía que estaba mintiendo, pero, además de eso, creía estar viendo a una persona diferente. Parecía más alta de lo que pensó en un principio, y su rostro reflejaba calma y una actitud receptiva. Aquella no era la mujer que llevaban viendo toda la semana, y tampoco parecía alguien que estuviera bajo arresto por sospecha de haber cometido un asesinato.
—Ha sido difícil quedarnos a solas con usted. Logan parece extremadamente protector.
—Creo que quiere decir servicial. Logan es un hijo maravilloso que cuida muy bien de mí. Pueden preguntarles a los vecinos.
—Ya lo hemos hecho. Nos contaron que hubo un incidente hace un tiempo, cuando usted intentó escapar saltando la valla trasera.
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—¡¿Escapar?! —exclamó Olivia; su rostro se contrajo, mostrando una expresión de confusión—. ¿Por qué iba a intentar escapar de mi propia casa? Creo que lo que pasó es que vi un gato atrapado en un árbol, pero acababa de empezar con mis antidepresivos, así que pudo haber sido cualquier cosa.
Cada palabra que aquella mujer soltaba por la boca hacía que Penn la creyera menos. Su lenguaje corporal no concordaba en absoluto con sus declaraciones. Cada vez que hablaba, su mirada se dirigía hacia todas partes menos a él. Apretaba las manos con fuerza con cada nueva frase que empezaba. Mentir no le resultaba nada fácil.
—Olivia, creemos que su hijo la ha tenido prisionera en su propia casa.
Una pausa.
—Eso es ridículo. ¡Vaya tontería! —exclamó la mujer, forzando una leve carcajada—. ¿Cómo se les ocurre pensar algo así? Logan se encarga de todo por mí. Lo siento, pero están equivocados. Por favor, explíquenme el motivo de mi detención.
—Olivia, queríamos tener la oportunidad de hablar con usted a solas. Lo que nos está contando de Logan no nos convence…
—Lo hice yo —soltó Olivia.
—¿El qué?
—Matar a James. Fui yo. Yo lo hice.
—¿Qué? —farfulló Penn.
—Me estaba poniendo los cuernos. Lo descubrí. Me enfadé. Lo maté. Penn se recuperó rápidamente, a pesar de que una confesión por parte
de Olivia no entraba entre las diez cosas más probables que creía poder obtener de aquel interrogatorio.
—De acuerdo, Olivia. Creo que voy a necesitar que nos lo cuente con más detalle.
—Lo seguí aquel día. Fingí que todo era normal. Sabía más o menos dónde pescaba. Había árboles tras los que podía esconderme con facilidad. Había un tronco talado. Me senté y esperé.
—¿Esperó a qué?
—A que el tipo que estaba pescando al otro lado del estanque se fuera. Estuvo hablando por teléfono, y luego recogió sus cosas y se fue. También había otro hombre paseando con un labrador negro. Esperé a que se fuera y luego lo hice.
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El propio Penn había visto a un hombre con un labrador negro alrededor del estanque el día anterior, mientras conversaba con Ahab. Lo más probable era que paseara por allí con regularidad. Pero ¿cómo podía saberlo Olivia?
—¿Qué hizo después? —preguntó el sargento.
—Avancé sigilosamente poco a poco y luego lo empujé. Lo empujé con fuerza. Él forcejeó y yo mantuve mi mano firme sobre su cabeza. Intentó sacar una mano. Le di una patada fuerte en ella. Se quedó sin fuerzas y terminó desapareciendo bajo el agua. Me fui a casa y denuncié su desaparición unas horas después.
Les había contado la historia con tanto detalle que sonaba convincente, sobre todo teniendo en cuenta lo que ya sabían. Pero ¿podría Olivia realmente haber mantenido la cabeza de James bajo el agua? Empujar a una persona al agua ya era difícil, pero además se trataba de un hombre del que ella decía haber estado enamorada. ¿Habría sido capaz de sujetarlo hasta dejarlo sin respiración? ¿Habría sido capaz de darle una patada a una mano que pedía ayuda?
A pesar de todas las dudas que asaltaban a Penn, la mujer estaba ofreciendo un relato muy convincente de lo que había sucedido.
Excepto por un detalle.
—¿Qué hizo luego con sus cosas?
—¿Con q… qué?
—Su equipo de pesca. ¿Qué hizo con él?
El pánico se apoderó de su rostro.
—Lo tiré al agua. Lo recogí todo y lo tiré después de que James se hundiera.
—Lo siento, Olivia, pero no creemos para nada que fuera eso lo que sucedió —dijo Penn. ¿Por qué estaría la mujer admitiendo algo que sabían que era totalmente incierto? Solo el asesino podía saber dónde había terminado en realidad el equipo de pesca.
—Sí que lo es. Les he contado la verdad. He confesado. No voy a cambiar mi versión, y ahora me gustaría hablar con mi abogado.
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Capítulo 64
Stacey había enviado a la jefa toda la información que había descubierto sobre el secuestro y estaba esperando nuevas instrucciones. Sabía que la jefa estaba con Katie y, mientras tanto, estaba centrada en asegurarse de que todas las coartadas de las chicas fueran sólidas.
La jefa le había dicho que descartara a Katie, así había eliminado su nombre de la lista, permaneciendo en ella Lottie y Toyah. Supuso que bastaba con probar la localización de ambas chicas durante uno de los asesinatos, y eso las descartaría de haber cometido los tres… pero, pensándolo bien ¿sería realmente así?
La ayudante de detective recordó que, hacía unos años, vio en televisión una serie policíaca en la que un grupo de tres adultos, que se habían conocido cuando eran niños maltratados, mataron cada uno al maltratador de uno de los otros para poder tener una coartada infalible. ¿Sería posible que esa noche de fiesta de Toyah estuviera diseñada para mantenerla lejos de su casa? Ya sabían que Katie y Lottie se habían pasado información sobre Judith. ¿Y si Toyah les hubiera mentido y hubiera estado también en contacto con Judith, que claramente odiaba a todas las madres?
Incluso para ella misma, esa teoría era extravagante, algo que pertenecía a las películas, pero se quedaría más tranquila si pudiera descartar a todas las chicas de todos los asesinatos.
Empezó enviando un correo electrónico al pub Fox and Hounds de Dudley, donde Toyah estuvo durante la noche en la que mataron a su madre. Por experiencia, sabía que tenían un buen sistema de cámaras de seguridad. Si confirmara la presencia en aquel lugar de Toyah y la hora a la que se marchó, podría descartarla del asesinato de su madre.
Veinte minutos después, Stacey se sentó a repasar lo que ya sabía. Con la información que había recopilado a partir de las declaraciones de la
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policía, de las redes sociales y de las conversaciones que había mantenido con la jefa, pudo deducir lo siguiente sobre los movimientos de Lottie, gracias también al hecho de que a la joven le gustaba compartir sus logros diarios corriendo a través de su pulsera de actividad.
Sheryl Hawne – martes por la mañana – en el gimnasio – etiquetada por un amigo.
Andrea Shaw – martes por la noche – turno de noche en el trabajo – hay que comprobarlo.
Sally-Ann Davis – jueves por la mañana – corriendo un circuito de ocho kilómetros que no pasaba cerca del lugar donde se produjo el crimen de su madre.
Solo había que confirmar por tanto una coartada para Lottie, pero precisar los movimientos de Toyah resultaba más complicado.
El teléfono de Stacey sonó, y eso la distrajo de su siguiente tarea.
—Dime, jefa —dijo, respondiendo a la llamada.
—Localiza a la familia Anderson. Habla con la madre. Tenemos que averiguar si recuerda alguna marca distintiva en el cuerpo del bebé.
—¿Hay algo en concreto que queramos verificar?
—Un lunar en el hombro izquierdo, pero no se lo menciones. Tiene que decirlo ella, sin que la incites. Si te dice que sí, sin desvelarle nada, dile que venga a hablar con nosotros lo antes posible, cuando le venga bien.
—Incluso si me confirma la existencia del lunar, ¿no le digo que su hija está viva? —preguntó Stacey.
—No, no, de ninguna manera. Tenemos que organizar bien el caso, tenerlo todo bajo control, porque cada vez se está volviendo más complejo. ¿Entendido?
—Me pongo a ello —dijo Stacey antes de colgar. Había pensado en poner a la jefa al día acerca de las coartadas que estaba comprobando, pero necesitaba verificar un último detalle.
Con la información que tenía, no podía justificar el paradero de Toyah durante el asesinato de Sheryl Hawne, ni tampoco durante el de Sally-Ann Davis.
De momento, la última búsqueda que podía hacer era a través de las cámaras de seguridad del pub durante la noche del asesinato de Andrea, cuyas grabaciones acababan de llegar a la bandeja de entrada de su correo.
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Abrió el archivo que coincidía con los parámetros de búsqueda que la chica les había dado, el periodo comprendido entre las once menos cuarto y las once y cuarto de la noche. Toyah declaró que había salido del pub sobre las once. Si encontraba pruebas de que, efectivamente, la joven había salido de allí en aquel momento, eso la descartaría. A aquella hora, su madre ya había muerto.
El pub era un local de estilo antiguo, y la cámara situada encima de la puerta de salida recogía un pasillo que conducía a los servicios, a la barra principal y a una sala más pequeña a menudo llamada «cuartito». El pasillo se tenía que cruzar para ir a cualquier parte, incluyendo la salida de emergencia que había al final del mismo, por lo que no se podía salir del pub sin ser captado por aquella cámara.
Stacey comenzó a reproducir el vídeo y vio gente entrando y saliendo de los servicios, cruzando de sala a sala con pintas de cerveza o dirigiéndose hacia la salida para fumarse un cigarrillo rápido con su última pinta antes de que cerraran.
Unos diez minutos después de que comenzara la grabación, comenzó el éxodo masivo: la gente se agolpaba en el pasillo, se ponía sus chaquetas y buscaba las llaves del coche en los bolsillos. Una multitud constante de personas pasó por debajo de la cámara para dirigirse a casa, pero de momento Toyah Shaw no era una de ellas.
Durante un par de minutos no hubo más novedad; después, el propietario del pub apareció con unas llaves tras dos hombres. El dueño asentía con la cabeza y parecía estar de acuerdo con lo que le estuvieran diciendo; a la vez, conducía a los rezagados hasta la puerta de salida. Una vez que estos hubieron salido, cerró la puerta con llave y echó el cerrojo.
No había ni rastro de Toyah en la grabación que Stacey acababa de estudiar, lo cual hizo que se planteara una pregunta.
¿Le habrían dado menos importancia de la que merecía a la persona que durante toda la semana habían considerado como chica ejemplar de los certámenes?
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Capítulo 65
Kim seguía pensando en las fotos que Katie les había enseñado cuando Bryant aparcó frente a la tienda, en Bewdley.
—Si estamos en lo cierto, ya tenemos la explicación de por qué Sheryl nunca llevó a Katie a los certámenes nacionales —dijo Bryant, a quien también le había rondado la idea por la cabeza.
—Sí, querría evitar cualquier tipo de prensa nacional —respondió Kim, preguntándose hasta qué punto debía fastidiarle a Sheryl no poder ser el centro de atención por miedo a que la descubrieran.
Kim le había pasado la información a Stacey y, llegados a aquel punto, no podía hacer mucho más. Tenían que atrapar a un asesino, y en aquel momento se cuestionaba si estaba a punto de tener una segunda conversación con él.
La cara de Kelvin Hobbs mostraba una expresión contenida cuando los agentes cruzaron la puerta. Motivos tenía para ello.
—Agentes —saludó.
Kim observó que su máquina de coser estaba vacía.
—Parece que no ha sido del todo sincero con nosotros, señor Hobbs — ofreció la inspectora a modo de saludo.
—¿Acerca de qué? —respondió el hombre, como si tuviera más de un secreto y no quisiera confesar el equivocado.
—Bueno, empecemos con el motivo real por el que salió del circuito de certámenes de belleza. Sabemos que no le dejaron elección.
—¿Quién le ha contado eso?
—No importa.
—Ha sido Jenna, ¿verdad?
—¿Acaso nos ha mentido?
Kelvin esperó unos diez segundos antes de contestar.
—Yo no hice nada malo. No hice lo que dijeron que había hecho.
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—Entonces, ¿por qué no se defendió? —preguntó Bryant.
—Porque Sheryl me dio donde más me dolía. En mi sexualidad.
—Explíquese —instó Kim.
—Jamás me han interesado las niñas, tampoco cuando era niño. Soy gay y llevo toda la vida luchando para aceptarlo. De hecho, reconocerlo en voz alta es algo que solo he conseguido hacer en los últimos cinco años.
—Pero ¿por qué ha sido tan difícil para…?
—No vaya por ahí —pidió el hombre, levantando la mano—. La aceptación pública no tiene nada que ver con mi lucha personal. Podría haberme defendido de la caza de brujas que organizó Sheryl, pero eso habría significado revelar públicamente mi condición, y no estaba ni mucho menos preparado para hacerlo. Incluso si lo hubiera estado, la gente me habría gritado indignada igualmente, solo habrían cambiado «¡Es un pervertido!» por «¡Anda, es otra clase de pervertido!». Sheryl y su grupito golpearon mi punto débil. No pude defenderme, así que opté por dejar el mundillo.
—Debió ser muy duro para usted.
—Me encantaba mi trabajo y adoraba a esas chicas, hasta a las más difíciles. Todas parecían princesitas con mis vestidos. Pero no era lo que el destino quería. Me tuve que adaptar.
—Y ahora también ha perdido este lugar, otra cosa que se le olvidó contarnos.
—Es usted la alegría de la huerta, ¿verdad? —espetó Kelvin, mientras su mandíbula se tensaba. Parecía estar a punto de estallar.
—Pero es verdad, ¿no? —insistió Kim—. ¿Ha perdido su negocio y su casa?
—Sí, inspectora, es verdad. Gracias por recordarme todos mis fracasos en una sola conversación, así que, ahora que ha rematado a un hombre que ya estaba hundido, por favor, márchese de aquí.
—Aún no, señor Hobbs. Me imagino que el grupito que le apartó de la industria ha debido estar en su cabeza recientemente.
—¡Ah, no, no siga por ese camino! Sé lo que está intentando hacer y no va a funcionar —dijo señalando hacia la puerta.
—Tiene que admitirnos que es mucha coincidencia que unas mujeres que tuvieron un impacto muy negativo en su vida estén muriendo al mismo tiempo que su vida se desmorona.
—Inspectora, ¿le pagan más por ser tan grosera?
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—Ojalá.
—Quizá sería extraño si hubiera sido la única persona en el punto de mira de ese grupo, pero yo solo era una de tantas.
—¿Quién más podría estarlo?
—Vaya, ¿ahora quiere mi ayuda?
—Sí, al menos si quiere que lo tache de mi lista y nos vayamos a acosar a otra persona.
—¿No se ha preguntado por qué alguien que tenía una carrera muy exitosa en peluquería y maquillaje se dedica ahora a embellecer a los muertos? ¿De verdad piensa que algo así es una elección vocacional?
—¿Hay algo que quiera compartir con nosotros?
Kelvin negó con la cabeza.
—Ni hablar. Yo no soy como Jenna. No me corresponde a mí contarle la historia. Pero estoy bastante seguro de que les gustaría conocerla.
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Capítulo 66
—No puede verla —repitió Penn por séptima vez. Cada vez que se lo decía, Logan Dench se iba poniendo más y más nervioso.
—No tienen derecho a mantenerme lejos de ella.
—Tenemos todo el derecho del mundo. Su madre nos está ayudando en nuestra investigación, y si usted no se calma, tendrá que marcharse de aquí.
Jack le había llamado después de terminar el interrogatorio con Olivia porque Logan se negaba a aceptar un no por respuesta.
Penn seguía intentando asimilar la confesión de culpa de Olivia y sus mentiras descaradas acerca de su relación con su hijo.
—No pueden impedirme que la vea. Es mi madre —dijo Logan con aire de posesión.
—La verdad es que sí que podemos. Su madre se encuentra bajo nuestra tutela y protección, y aún falta tiempo para que pueda volver a verla.
—Pero ella no ha hecho nada malo. ¡Voy a llamar a un abogado! —¿Para usted?
—¡Por supuesto que no, idiota! —dijo entre dientes.
Penn ignoró el insulto y el tono burlón de la voz de Logan. Al menos, de momento. Por mucho que le hubiera gustado darle a aquel tipo un poco de su propia medicina, no le haría ningún favor a nadie revelándole lo que sospechaba sobre aquella relación retorcida con su madre.
—Olivia ha tenido acceso a un abogado y ha elegido hablar con nosotros sin uno presente.
Logan parecía horrorizado.
—¿Que ha hecho qué? ¿Cómo han podido permitir que eso suceda? —Es una mujer adulta. Puede tomar sus propias decisiones. —Hizo
una pausa—. Puede, ¿verdad que sí, Logan?
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La expresión del joven se volvió sombría. —Claro que puede. ¿Qué les ha dicho de mí?
—Su nombre ha surgido en la conversación —dijo Penn, y no mentía —. Pero el contenido de nuestra conversación es confidencial.
—¡Espere a que…!
—¿A qué, Logan? —interrumpió Penn—. ¿Que me espere a qué? ¿A quién está amenazando? —le soltó Penn, acercándose desafiante a Logan.
Las miradas de ambos se encontraron y se sostuvieron durante un rato, pero Penn moriría de viejo antes que dar un paso atrás. Sintió que, incluso sin decirse nada el uno al otro, la verdad fluía entre ellos.
Finalmente, Logan retrocedió.
—Voy a por un café, pero volveré para esperarla aquí.
Penn no lo dudaba. A Logan le aterrorizaba alejarse demasiado de la acción. Parecía poder controlar el silencio de su madre si estaba allí, cerca de ella.
El problema era que, si no averiguaban pronto qué había estado pasando, no tendrían más remedio que dejar libre a Olivia. Por mucho que hubiera confesado, sabían que ella no había matado a James Nixon.
Y, cuando la pusieran en libertad, Logan estaría allí en la comisaría, listo para llevarla de vuelta a su cárcel, y esta vez la violencia que ejercería sobre ella sería peor.
Sin ninguna confirmación por parte de Olivia del maltrato que había recibido, no podían hacer absolutamente nada al respecto.
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Capítulo 67
Stacey respiró hondo antes de descolgar el teléfono.
La conversación que estaba a punto de poner en marcha tenía el poder de comenzar un viaje que podría culminar en la tristeza más inmensa o en euforia, así que tuvo que obligarse a andar con cuidado. Al segundo tono, contestaron con un simple hola.
—¿Señora Anderson?
—Soy yo…
—Hola, soy la detective Wood, de la policía de West Midlands.
—Vale… —dijo con una voz que se había vuelto recelosa.
—Señora Anderson, tengo entendido que su hija, Rebecca, lleva veinticinco años desaparecida.
—Así es.
—¿Le importaría que le hiciera algunas preguntas?
—¿Es usted periodista?
—No. Le aseguro que soy quien digo ser; si quiere confirmarlo, puede llamar a la comisaría de Halesowen y comprobarlo antes de hablar conmigo.
—Vale, la creo, pero ¿le importaría decirme dónde está Halesowen? —Estamos a unos kilómetros al sur de Birmingham. —¿Cómo es posible entonces que sepa algo de Rebecca?
Stacey no respondió a esa pregunta; en vez de hacerlo, planteó otra. —Por lo que sabemos, Rebecca tenía pocos meses cuando la
secuestraron, ¿es así?
—Sí. Tenía casi cuatro meses.
Stacey oyó cómo se quebraba la voz de la mujer. Sentía el mismo dolor que el día posterior a la desaparición de su hija.
A Stacey le dolía en el alma.
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—¿Y nunca ha tenido contacto con nadie al respecto, ninguna llamada ni peticiones de rescate desde entonces?
—Nada de nada. No tenemos ni idea de lo que le sucedió.
Stacey podía notar que a la señora Anderson le estaba costando reprimir las lágrimas y se sintió fatal por resucitar su dolor, sobre todo si al final no le servía para nada.
—Agente, por favor, acabe con mi sufrimiento y dígame qué está pasando. A estas alturas, no va a ser ninguna sorpresa porque se me han pasado por la cabeza todos los escenarios posibles, y sería un alivio saber qué ha pasado.
—Estamos trabajando con un incidente en nuestra zona que podría arrojar algo de luz sobre lo que le ocurrió a su hija.
El repentino suspiro de la mujer dio paso a un sollozo. —¡Por favor, dígame algo! Sea lo que sea, ¡dígamelo!
—Señora Anderson, tengo una última pregunta que hacerle. ¿Tenía Rebecca algún rasgo distintivo en el cuerpo, una marca de nacimiento o algo por el estilo que fuera identificable? —Stacey cruzó los dedos y cerró los ojos, rezando por escuchar la respuesta que deseaba.
—Un lunar —dijo la mujer, y Stacey estuvo a punto de dejar escapar un suspiro de alivio, pero se contuvo.
—¿Dónde?
—En su hombro izquierdo. Yo se lo besaba cada vez que la bañaba. Stacey estaba loca por gritarle la verdad. Abrió la boca, pero la mujer
se le adelantó.
—La han encontrado, ¿verdad? ¡Han encontrado a mi niña! Me está diciendo que está muerta. ¡Simplemente dígamelo!
—No quiero contarle nada más por teléfono.
—Solo cuénteme qué le pasó. ¿Sufrió? Por favor, al menos deme eso.
Llevo veinticinco años esperando.
—Creo que lo mejor es que hablemos en persona. La situación no es tan sencilla. ¿Podría traerla alguien aquí para que charlemos?
—Mi hijo. Él me llevará. Pero ¿puedo preguntarle una cosa?
¿Tendremos que identificar el cuerpo?
—Eso no será necesario, señora Anderson.
—Esto ha llegado al final, ¿verdad? Se acabó.
—Sí, señora Anderson. La espera ha terminado para siempre —dijo Stacey antes de colgar.
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Le habría encantado añadir algo más, pero en aquel momento no tenían ni idea de cómo iba a reaccionar Katie ante la noticia.
La señora Anderson pronto emprendería el viaje hasta Halesowen, y Stacey no sabía si le iban a dar una hija o una extraña que no quería saber nada de ella.
La ayudante de detective se tomó un momento para recomponerse antes de hacer la siguiente llamada.
Toyah contestó al segundo tono. Su voz sonaba grave y rasposa, como si acabara de terminar de llorar. Stacey se sintió culpable al instante por las sospechas que había tenido sobre la chica y quiso que la conversación fuera lo menos dolorosa posible. Apenas habían pasado dos días desde la pérdida de su madre.
—Hola, Toyah, soy la ayudante de detective Stacey Wood, miembro del equipo de la inspectora Stone. ¿Puede hablar un momento?
—¿Lo han encontrado? —preguntó, esperanzada—. ¿Han cogido ya al asesino?
—Todavía no, pero lo haremos. Mientras tanto, estoy tratando de organizar toda la información que hemos recopilado hasta ahora, y solo quería comprobar un par de detalles con usted sobre la noche del martes.
—Por supuesto —respondió Toyah, tapando el micrófono y diciendo algo hacia un lado.
—Les dijo a mis compañeros que estuvo en el Fox and Hounds, ¿verdad?
—S… Sí, es correcto.
—Y se fue de allí sobre las once, ¿no?
—Creo que sí, pero…
La línea se quedó en silencio durante unos instantes; después, se escuchó una voz diferente al otro lado del teléfono. Una voz masculina.
—¿Quién coño es?
Stacey volvió a presentarse, sin saber muy bien qué estaba ocurriendo. —¿Cómo se atreve a acosar a mi hermana de esa manera? ¿No tiene
sensibilidad?
Stacey sintió calor en las mejillas. Odiaba la idea de haber enfadado tanto a la chica como para que su hermano Tony tuviera que quitarle el teléfono.
—Yo solo…
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—¿Qué quiere saber exactamente? —ladró Tony—. ¿Qué podría contarle mi hermana para ayudarla en su investigación?
A Stacey ya se le había pasado el aturdimiento, y seguía necesitando hacer la pregunta.
—Quiero comprobar algún detalle de su hermana durante la noche del martes por…
—¿Está de broma o es usted una puta imbécil? ¿Por qué cojones tiene que comprobar eso? ¿Acaso es mi hermana sospechosa? ¿Cree usted que asesinó brutalmente a su propia madre?
—Señor Shaw, si pudiera pasarme de nuevo con…
—¡Ni lo sueñe! Su madre ha sido salvajemente asesinada hace poco más de cuarenta y ocho horas, y usted quiere comprobar dónde estaba Toyah mientras eso ocurría. ¡Es usted despreciable, no se acerque a mi hermana! —gritó Tony antes de colgar.
A pesar de estar estupefacta ante la actitud del hombre, a Stacey no le había pasado desapercibido el detalle. Se había referido a Andrea como «su» madre en dos ocasiones diferentes durante la llamada. ¿No debería haber dicho «nuestra» madre? Porque Stacey estaba hasta entonces segura de que Andrea había sido también la madre de Tony.
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Capítulo 68
—Me siento un poco como si fuera una puta pelota de tenis ahora mismo —dijo Bryant mientras aparcaban frente a la funeraria Horton, en Sedgley.
Kim lo entendía. El modisto y la estilista estaban mandándose a los agentes entre ellos para que pudieran enterarse de la verdad, una verdad que en realidad deberían haber puesto a su disposición en las primeras conversaciones que habían mantenido. Por lo que la inspectora suponía, el asesino tendría ya otra víctima en su punto de mira y hasta el momento estaban persiguiendo sombras.
Tras ir primero a casa de Jenna Bond, intuyeron que su ausencia significaba que la mujer estaría trabajando. Stacey había obtenido cierta información en relación con Jenna, un rumor alarmante que estuvo circulando justo antes de que la mujer abandonara el circuito de certámenes por «motivos familiares».
Un timbre sobre la puerta sonó cuando entraron en un pequeño vestíbulo con una pared en la que lucían el nombre de la empresa y fotos enmarcadas de arreglos florales. Al no haber mostrador de recepción, no tuvieron más remedio que esperar a que alguien se percatara de su presencia.
Kim movió la cabeza de lado a lado en gesto de incredulidad al ver cómo su compañero se estremecía. Aquel hombre era capaz de procesar las escenas de crímenes más horribles e interrogar a los delincuentes más crueles, pero todo lo que tuviera que ver con el proceso posterior a la muerte le inquietaba hasta límites insospechados.
—¿Puedo ayudarlos? —preguntó una mujer delgada que apareció por la esquina.
Kim supuso que tendría sesenta y pocos años. Su pelo, gris, lucía corto y elegante, y su rostro reflejaba ya una expresión de compasión.
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—¿Podríamos hablar con Jenna Bond? Creemos que hoy está trabajando, ¿verdad?
La mujer se sorprendió cuando ambos mostraron sus identificaciones policiales.
—¿Sucede algo?
—No, todo bien. Queremos hacerle un par de preguntas, eso es todo. —Por supuesto. Si me dan un minuto, iré a buscarla a…
—No se preocupe. Si nos acompaña hasta donde se encuentre, ya no la molestamos a usted más. No vamos a necesitar estar con ella demasiado tiempo.
Kim oyó a Bryant maldecir en voz baja mientras la mujer los guiaba. El sargento habría preferido interrogar a Jenna lejos de los muertos, y
la inspectora habría querido que él hubiera hecho un truco de magia un poco mejor, pero, en fin, eso era lo que había, ambos se tendrían que conformar.
Siguieron a la mujer por un pasillo con salas de exposición a ambos lados: ataúdes, arreglos florales y tarjetas. Pasaron junto a un par de despachos pequeños antes de llegar hasta unas escaleras que conducían a la planta baja. Kim podía imaginarse los improperios que se le estarían pasando a Bryant por la cabeza.
La mujer golpeó ligeramente una puerta antes de abrirla. Kim olió de inmediato el formol, típico del proceso de embalsamamiento.
Jenna Bond estaba de pie a la derecha de una camilla, inclinada sobre el cuerpo de una mujer que tendría algo más de ochenta años. Le habían lavado, secado y cepillado su pelo gris. Kim percibió enseguida que no la habían sometido a una autopsia forense, por lo que no sería necesario realizar ningún esfuerzo para ocultar las incisiones que, de haber sido así, se extenderían desde el cuello hasta detrás de las orejas. Las incisiones de una autopsia rutinaria se hacían solo en el pecho y se cubrían fácilmente con la ropa.
—Sentimos venir a verla a su trabajo, Jenna, pero tenemos un par de preguntas más que hacerle.
—Disparen —respondió—. Pero no puedo dejar de trabajar. Tenemos un día hasta arriba.
—Creemos que no fue del todo sincera con nosotros acerca de los motivos que la condujeron a dejar el circuito de concursos de belleza.
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La mano de Jenna se detuvo sobre el rostro envejecido. Kim observó que la mujer estaba aplicando maquillaje de estilo teatral como primera capa. La inspectora sabía que la piel adquiría muchas tonalidades durante las primeras fases de descomposición y que esa sustancia, más densa y cerosa, cubría mejor las imperfecciones.
—No les he mentido en nada —respondió Jenna.
Técnicamente no, pero su renuncia a continuar trabajando en los certámenes de belleza no había estado tan exenta de dramatismo como les había hecho creer.
—Hubo rumores de que usted golpeó a una de las chicas.
—Rumores —contestó la mujer, con un nivel tal de convicción que no era propio de una acusación falsa, aunque la pasión con la que pronunció aquella palabra le hizo frotar con más fuerza la mandíbula inferior de la anciana, cuyos labios no se movieron. Eso indicaba que probablemente los habían cosido para evitar que se le abriera la boca durante el velatorio.
—Los cotilleos suelen empezar por alguna razón —dijo Kim, apartando la mirada, esperando a escuchar el relato de Jenna.
—No ocurrió nada.
—Está claro que algo sucedió, así que nos gustaría saberlo.
—Bueno, a ver, yo estaba buscando algo, y Lottie me vio y me acusó de que estaba robando, pero yo no estaba haciendo tal cosa. Yo era la que siempre estaba cuidando las pertenencias de las demás. Nunca les habría robado. Lottie me gritó ladrona en la cara, y la empujé para que se callara. Eso es todo.
Lottie, la hija de Sally-Ann, la última víctima.
Kim se tomó un minuto para asimilar lo que acababa de escuchar mientras Jenna cogía una bandeja de cosméticos habituales para aplicar la siguiente capa de maquillaje. La inspectora se imaginó la escena que Jenna le acababa de describir: una habitación de hotel, madres llevando y trayendo a sus hijas del escenario. Las mujeres dejaban todas sus pertenencias en un lugar seguro mientras sus hijas actuaban y luego volvían para que las niñas se cambiaran para participar en la siguiente categoría del certamen.
Sabiendo lo mucho que algunas de aquellas madres gastaban en los concursos, ¿podría haberse sentido tentada Jenna por todos esos bolsos y carteras desatendidos mientras ganaba una miseria encargándose de peinar y maquillar a las niñas durante todo el día?
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Kim no quería tacharla de ladrona, pero, desde luego, la mujer había tenido sus oportunidades.
—Bueno, ¿y qué ocurrió después?
—Oh, Lottie se fue llorando y trajo de vuelta a todo un ejército de madres exigiendo que les explicara la marca roja que tenía en la cara.
—¿La marca de un empujón? —preguntó Kim.
—Puede que accidentalmente le diera en la barbilla o algo así al empujarla. Créame, eso fue nada comparado con cómo algunas de esas madres empujan a sus hijas.
La historia de Jenna resultaba cada vez menos verosímil y Kim se planteó sus reticencias a tacharla de ladrona.
—¿Y luego?
—Lo negué, por supuesto. Yo era inocente. Las madres revisaron sus bolsos y Andrea dijo que le faltaba un billete de diez libras. Juró que era su billete para las emergencias y que tenía una pequeña marca de bolígrafo.
—¿Y?
—Me pidieron que vaciara mi bolso y mis bolsillos para demostrar que no había hecho nada.
—¿Y lo hizo?
—¡Ni de coña! ¿De verdad cree que me iba a dejar intimidar por un grupo de mujeres privilegiadas y superficiales? De ninguna manera. Sabía que se lo contarían a las demás y nadie volvería a contar conmigo. Después de que me humillaran de esa forma, recogí mis cosas y me fui.
«O escapaste a tiempo antes de que se descubriera que eras culpable», pensó Kim. A los inocentes no le hacía falta huir.
—¿Por qué no nos contó esta historia la otra vez que hablamos? — preguntó Kim.
—Porque, inspectora, todas las víctimas de su caso estaban en aquella habitación.
—Y ahora se tiene que dedicar a esto —observó Kim. En el pasado, la mujer había formado parte del color deslumbrante, la luz y las emociones del mundo de los concursos de belleza. Ahora, Jenna trabajaba en una habitación sin ventanas pintándole la cara a un cadáver.
—Y me ha hecho mucho bien.
—¿En serio?
Jenna dejó el pintalabios y se encaró con la inspectora. —¿Todavía no se ha dado cuenta de lo tóxico que es ese entorno?
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—Algunas chicas lo disfrutaban —dijo Kim, sintiendo la necesidad de defender al menos a una de las chicas con las que había hablado aquella semana.
—Tal vez, pero no muchas de las que usted me ha hablado.
—Toyah se lo pasaba muy bien —dijo Kim.
Jenna se encogió de hombros.
—Sí, pero a qué precio.
—¿A qué se refiere?
Jenna abrió la boca para responder, pero enseguida la volvió a cerrar. —No. No me corresponde a mí contarle esa historia. Ya ha habido
demasiados cotilleos. Pero, si cree que su familia salió indemne de aquello, mejor que le dé una vuelta a eso. —Jenna miró fijamente a la mujer de la camilla—. Y ahora, si no les importa, la familia de esta señora va a llegar en cualquier momento.
Incapaz de retenerla por más tiempo, Kim le dio las gracias y abrió la puerta para salir de la sala. La mujer que los había acompañado escaleras abajo apareció de repente ante ellos. Un don espeluznante, teniendo en cuenta el lugar en el que se encontraban.
Los guio de vuelta hasta la salida, y Kim salió con un cosquilleo incómodo en el estómago.
—No trabajaría en esto aunque mi vida dependiera de ello —dijo Bryant mientras ambos se dirigían ya al coche.
Kim consideró el lugar en el que había trabajado Jenna, dónde lo hacía ahora y los acontecimientos que la habían llevado hasta allí. A pesar de lo que la mujer afirmaba acerca del bien que le había hecho el cambio, Kim se planteó si lo descrito constituía un móvil para los asesinatos.
Antes de tener siquiera la oportunidad de reflexionar sobre lo que Jenna había insinuado sobre Toyah, sonó el teléfono de la inspectora.
—Dime, Stace.
—En serio, jefa, no tengo ni idea de lo que está ocurriendo en esa casa —dijo Stacey.
—¿Qué casa?
—La de Toyah. Su hermano, Tony, acaba de machacarme por teléfono y me ha colgado.
A Kim se le revolvió el estómago. Era la segunda vez que le mencionaban el nombre de la chica en cuestión de minutos.
—¿Qué ha sucedido?
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—Estaba trabajando en las coartadas como me pediste. Todas las ubicaciones de Lottie durante los asesinatos están comprobadas y verificadas de forma independiente, pero de momento no he sido capaz de situar a Toyah durante ninguno de los asesinatos. No aparece en las imágenes de las cámaras de seguridad del pub en el que supuestamente estuvo el martes por la noche, así que he intentado obtener una aclaración y el tal Tony ha sido muy duro conmigo. Ese tipo es un gilipollas integral, y se refiere a Andrea solo como la madre de Toyah, no como la suya. Parece haberse desligado por completo.
—Vale, Stace, descansa un rato, nosotros nos encargamos. Vamos para su casa —le dijo, con una sensación de inquietud cada vez mayor.
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Capítulo 69
—Es esa fiesta, ¿verdad? —me pregunta mamá desde el otro lado de la mesa mientras juego un poco con la comida que hay en mi plato; el pollo hervido y el arroz blanco no son especialmente tentadores. Oí a una chica del instituto decir que eso era lo que le daban de comer a su perro cuando no se encontraba bien.
Asiento. Sí, la tengo en la cabeza. No esperaba que Sadie me invitara a la fiesta de su undécimo cumpleaños. Apenas llevaba una semana de mi primer año en el instituto, y casi no había hablado con ninguno de mis nuevos compañeros.
Por un momento, me emocioné y acepté con entusiasmo la invitación a una pizzería de la zona que iban a alquilar sus padres. Pensé que podría ser una oportunidad para integrarme, algo que nunca tuve en el pasado.
Me pasé el camino a casa desde el instituto armándome de valor para preguntarle a mamá.
—¿Estás loca? —reaccionó ella—. Ni siquiera tú eres tan estúpida como para pensar que puedes ir a una fiesta dos semanas antes de que empiece la temporada de certámenes.
Se me cayó el alma a los pies. Por supuesto que intuía su respuesta, pero, durante un rato, fue divertido albergar esperanzas.
Se rio a carcajadas y no se volvió a mencionar el tema.
Pero ha llegado el día y no puedo quitármelo de la cabeza. Toda mi clase se va a reunir para pasar un rato divertido y, como de costumbre, yo seré la rara.
Mamá pone caritas mientras tamborilea con las uñas en la mesa. —¿De verdad quieres ir?
No puedo creerme que me lo esté preguntando.
Asiento enérgicamente.
—¡Por supuesto!
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—Vale, puedes ir.
—¡¿Puedo?! —pregunto, entusiasmada, queriendo levantarme de la mesa para abrazarla, pero ese comportamiento nunca ha sido aceptable en esta casa.
—Un par de horas no te van a hacer mal, y sé que estás deseando hacer amigos en tu nuevo instituto.
—¡Sí, sí! —respondo, dispuesta a estar de acuerdo con cualquier cosa que diga.
—Solo hay un problema —dice, frunciendo el ceño—. Oí hablar a una de las madres el otro día. Al parecer, va a ser una fiesta de disfraces.
Se me encoge el corazón. Yo no tengo ningún disfraz. No voy a poder
ir.
Mamá parece pensativa.
—A menos que… No, no creo que…
—¡¿Qué?! —pregunto, sabiendo que se le está ocurriendo una idea.
Siento cerca la posibilidad de ir a la fiesta.
—Aquel vestido que llevaste el año pasado para el concurso de Miss Walsall Infantil. El de rayas amarillas, con el que los jueces dijeron que parecías una muñeca. Podríamos hacer que parecieras una muñeca.
—¡Vale! —digo, levantándome de la silla.
Ir caracterizada de muñeca no es la mejor idea del mundo, pero no tengo ninguna otra cosa que me pueda servir de disfraz.
Mamá me sigue escaleras arriba y coge el vestido del armario. —Toma, mira a ver si todavía te entra mientras cojo algo de
maquillaje.
Me quito la ropa y me paso el vestido por la cabeza. Se atasca un poco a la altura de las costillas, pero consigo deslizarlo hacia abajo.
—Mira, he encontrado estos zapatos —dice mamá, entregándome unos zapatos planos blancos de charol con una correa que cruza el pie.
—Mmm… no estoy muy segura de…
—No es un desfile de moda. La cosa es que parezcas una muñeca. Te van a quedar perfectos con tus calcetines viejos de encaje a la altura de los tobillos.
Es la primera vez que veo a mi madre tan animada por algo que no tenga que ver con concursos de belleza. No creía que ella tuviera la intención de dejarme ir a la fiesta, pero parece estar tan emocionada como yo.
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—Venga, siéntate. Voy a dibujarte unas pestañas largas y a pintarte los labios. Creo que hasta te voy a poner un par de círculos rojos en las mejillas. Si nos da tiempo, te hago una trenza; vas a ser la mejor muñeca del mundo.
Media hora más tarde, estamos ya corriendo hacia el coche. Me veo reflejada a través del cristal de la ventanilla. No sé si parezco una muñeca o una drag queen como las que salen en la tele. Mamá ha puesto todo su empeño en hacerme un disfraz, y todos los demás también llevarán uno. Esta vez no voy a ser la rara.
—Vamos a llegar casi puntuales —dice mamá mientras conduce. El trayecto se me hace eterno. Estoy impaciente. Por fin me deja ir a una fiesta y estoy deseando ver cómo van vestidos todos los de la clase.
—¡Llegamos! —exclama, aparcando en un hueco libre—. Siempre es bueno causar buena impresión al llegar, haciendo una gran entrada.
Abre la puerta de la pizzería y me empuja hacia dentro.
Al principio pienso que nos hemos equivocado de lugar, pero entonces Sadie sale de entre la multitud y me ve. Se queda paralizada por la sorpresa. Yo también. Su expresión cambia, ahora tiene una sonrisa divertida en la cara. Yo sigo horrorizada.
El lugar está lleno. Hay más gente aquí que en mi clase. Y ninguna persona va disfrazada. La gente lleva vaqueros, mallas, camisetas, sudaderas y zapatillas deportivas.
Todo el mundo se gira para mirarme; siento que las mejillas me hierven, fruto de la vergüenza. Me quedo inmóvil cuando empiezan a señalarme y a reírse. La gente quiere intentar acercarse lo máximo posible para poder verme mejor. Aparecen teléfonos móviles y cámaras.
Me siento absolutamente humillada.
—¡Uy! —dice mamá, riéndose.
¿Cómo ha podido cometer este error?
Y entonces me doy cuenta. En mi afán por venir a la fiesta, no me había percatado de un detalle. Si la temática del cumpleaños hubiera cambiado, Sadie me lo habría contado, porque yo nunca le dije que no fuera a ir.
Me giro y veo cómo mi madre se está divirtiendo, y se disipan todas las dudas; está claro que me ha engañado.
Se inclina y me habla al oído.
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—Me gustaría saber si alguno de todos estos va a querer ser amigo tuyo ahora.
Me doy la vuelta antes de que las lágrimas que ya amenazan con salir me hagan sentir más humillada.
Soy muy consciente de que jamás, mientras viva, olvidaré este día.
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Capítulo 70
—Tómatelo con calma, jefa —dijo Bryant mientras llamaban a la puerta de la casa del padre de Toyah.
—Estoy bien —le gruñó por respuesta.
—No, no lo estás. Tienes mala cara desde que ha llamado Stacey.
Kim lo ignoró, pero tenía razón. No era nada fácil poner nerviosa a Stacey, así se imaginaba cómo le habría estado despotricando Tony, y la única con autoridad para hablarle de ese modo a alguien de ese equipo sin sufrir las consecuencias por hacerlo era ella.
Por suerte, fue Toyah quien les abrió la puerta.
—¿Nos permite hablar con usted un minuto? —preguntó Kim, dando un paso hacia delante.
Toyah asintió, haciéndose a un lado.
—Miren, siento que…
—¿Por aquí? —preguntó Kim, dirigiéndose sin titubear hacia la cocina.
Kim apreció que Toyah tratara de disculparse, pero el problema no lo habían provocado los modales de la chica. Pero bueno, iría con calma, le daría a Tony el beneficio de la duda y asumiría que el chico se habría replanteado su comportamiento.
Kim entró en la cocina, pero, antes de sentarse, centró su atención en Tony, que estaba leyendo el periódico en la mesa.
—Señor Shaw, entiendo que están en un momento de mucho estrés, pero, por favor, no vuelva a dirigirse a ningún miembro de mi equipo de esa manera.
Por el rostro del joven se fueron dibujando multitud de emociones: irritación, rabia, asco. Kim se dio cuenta de que no se arrepentía lo más mínimo y que, de hecho, estaba preparándose para un posible segundo asalto.
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La inspectora le sostuvo la mirada e inclinó la cabeza. Estaba dispuesta a aceptar el combate.
El señor Shaw padre entró en la cocina y Tony terminó desviando la mirada. Parecía que ya se entendían mejor.
—Inspectora, ¿hay alguna novedad? —preguntó el padre.
—Todavía no, señor Shaw. Solo necesitamos aclarar un par de cosas con Toyah.
—¿No podían haber llamado por teléfono? —preguntó con una sonrisa.
—Lo intentamos —dijo ella, mirando fijamente a Tony, que se levantó de su silla y se dirigió hacia el hervidor de agua.
El señor Shaw les hizo un gesto para que se sentaran.
—¿Quieres que los dejemos a solas? —preguntó, mirando a la vez hacia su hijo.
Toyah pareció incómoda ante la propuesta, así que Kim negó con la cabeza mientras se sentaba.
—Son un par de detalles sin más trascendencia. Vamos a tardar poco —dijo, antes de girarse hacia la joven—. Toyah, solo necesitamos que nos aclare la hora a la que salió del pub el martes por la noche. —Kim vio la cara de terror del señor Shaw—. Es el procedimiento habitual —le tranquilizó—. Tenemos que estar seguros de la ubicación de todo el mundo. Un pequeño detalle puede echar a perder un caso entero ante un tribunal.
El señor Shaw asintió, aunque su hijo murmuró algo en voz baja junto al fregadero.
Kim lo ignoró y se dispuso a continuar. No había mentido. Esa era la razón por la que comprobaban con exactitud todas las horas. Los abogados defensores se centraban cada vez más en intentar desacreditar las investigaciones policiales para sacar a sus clientes del apuro. La inspectora decidió omitir el hecho de que Toyah era la única de entre todas las hijas que no tenía coartada para ninguno de los asesinatos.
—Dijo que salió del pub a las once, ¿verdad? —quiso aclarar Kim mientras Bryant sacaba ya su cuaderno.
—Ah, ¿sí? —preguntó Toyah, aparentemente extrañada—. Lo siento, creo que puede que fueran las diez o algo así. Luego fuimos al restaurante cantonés que hay al final de esa calle. Creo que salimos de allí sobre las once.
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«Bastante diferente a lo que declaraste al principio», pensó Kim.
Como si Toyah pudiera leer su mente, continuó:
—Lo siento, no entendí que tuviera que dar tantos detalles cuando me estuvieron interrogando. Pensé que era una pregunta general.
—Vale, no pasa nada —dijo Kim. Se podía comprobar con recibos y con más imágenes de cámaras de seguridad.
—¿Y puedo preguntarle dónde se encontraba usted el martes por la mañana?
El señor Shaw puso gesto de extrañeza, pero se mantuvo en silencio. —Estaba en casa, con mamá —respondió la joven; sus ojos se llenaron
de lágrimas.
Mmm… Eso ya no era tan fácil de comprobar.
—Y, por último, ¿dónde se encontraba ayer por la mañana? —continuó Kim.
—Aquí, conmigo —espetó Tony desde el otro lado de la cocina.
Bryant estaba registrando las respuestas para comprobarlas más tarde. Kim no se sentía nada cómoda profundizando en todo eso en un momento como aquel. Entre otras cosas, porque aún le quedaba una pregunta importante por hacer y temía pasar en la casa más tiempo del que debía.
—Gracias, eso es todo lo que necesitamos. Aunque, ya que estamos aquí, ¿puedo hacerle otra pregunta?
—Por supuesto —dijo Toyah, pero Kim se dio cuenta de que la chica estaba alerta, en guardia. No había dejado de morderse la uña del pulgar desde que se había sentado junto a la mesa.
—Cuando hablamos el otro día, nos contó que a usted le encantaba participar en concursos de belleza con su madre.
—Así es.
—Y que, cuando se cansó, lo dejó sin más y empezó a dedicarse a otras cosas.
—Correcto.
—¿Está segura de eso, Toyah? Porque tenemos información bastante diferente.
El pánico se reflejó el rostro de la joven, y su mirada llena de dolor se dirigió a Tony de inmediato.
—Inspectora, ¿es esto realmente necesario? —preguntó el señor Shaw padre.
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Cuando le había estado preguntando a su hija acerca de su localización mientras se cometieron los tres asesinatos, el hombre no había dicho palabra, pero sí que había hablado al preguntarle a Toyah acerca de los concursos y de sus motivos para dejar de participar en ellos. Algo no encajaba.
El ambiente se había tensionado en la cocina. Los tres miembros de la familia se miraron entre ellos.
—¡Claro que es necesario, joder! —bramó Tony desde el otro lado de la cocina—. Esta mujer no se va a quedar contenta hasta que lo sepa todo sobre nosotros. Contadle lo que queráis. ¡Ya no me importa una puta mierda! —exclamó, antes de salir furioso de la estancia.
Sus pasos retumbaron escaleras arriba.
Una angustiada Toyah miró a su padre con gesto implorante.
—Vete —le dijo el hombre, haciéndole un gesto para que también saliera de la cocina.
El señor Shaw se sentó; Kim no entendía qué coño acababa de ocurrir allí. Se mantuvo en silencio.
El hombre tomó aire profundamente antes de comenzar a hablar.
—El otro día no les conté toda la verdad. Les dije que Andrea cada vez se involucró más en los concursos, y Toyah también. Disfrutaba muchísimo de ellos. Los eventos siempre se celebraban los fines de semana, y yo normalmente trabajaba, así que Tony tenía que acompañarlas. Ninguno de los dos tenía parientes cercanos que pudieran quedarse con él, y tampoco es que Tony tuviera muchos amigos en el colegio.
Por alguna razón, Kim no se sorprendió al oír eso.
—Tony odiaba los certámenes. En general, no le gustaban los sitios donde había mucha gente, y además tampoco le hacía gracia ser el único niño que iba a los concursos. Incluso algunas de las otras madres se burlaban de él. A medida que Andrea se iba involucrando cada vez más, yo intentaba hacerle ver que Tony estaba sufriendo, pero ella no me escuchaba. No quería oírme. Me insistía en que, cuando Tony encontrara alguna cosa que le apasionara, ella mostraría el mismo entusiasmo. Con el tiempo, las cosas empeoraron. Al margen de los fines de semana, en los que tenían lugar los concursos, tenían que dedicar los días entre semana a aprender y practicar nuevas rutinas. A partir de ese momento, Tony se quedó aislado. Literalmente, no pasaba nada de tiempo con su madre. Se
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volvió aún más distante por las discusiones entre Andrea y yo, pero no fui capaz de hacer que Andrea se diera cuenta de que Tony la necesitaba. — Ben hizo una pausa para respirar hondo—. Y entonces, cuando tenía catorce años, intentó suicidarse.
Kim negó con la cabeza de asombro. El joven tenía muchos más problemas de los que se había imaginado.
—Fui yo quien lo encontró. Había tomado pastillas. Aún no estoy del todo seguro de si de verdad fue un intento serio o de si tan solo fue un grito de socorro para llamar la atención, pero, fuera como fuera, logró que todo el mundo le hiciera caso. Incluida Toyah, que desde entonces está consumida por la culpa. No había duda de que los días de los certámenes de belleza habían terminado.
—Pero el matrimonio se rompió igualmente, ¿no? —preguntó Kim, pensando que el chico también tuvo que lidiar con eso.
El señor Shaw asintió.
—Por desgracia, ya era demasiado tarde. Por mucho que lo intenté, después de aquello no pude ver a Andrea de la misma manera. Cada vez que la miraba, me venía a la mente la imagen de Tony inconsciente en el sofá. La culpé, lo cual tampoco era justo. Yo podía haber hecho algo más, y ella nunca dejó de esforzarse por redimirse ante él.
—A Tony no le gusta hablar de aquello… —afirmó Kim, pensando en la reacción anterior del chico.
—Tiene problemas para controlar su ira, su temperamento. Se altera con facilidad ante situaciones de estrés y está teniendo muchos problemas para encontrar trabajo. Si todo esto sale a la luz, sus posibilidades de conseguirlo disminuirán aún más.
—Siento que hayamos tenido que sacarle el tema —se excusó Kim. —No es culpa suya. No tiene remedio. Es que, además, el momento en
el que ha ocurrido todo esto es el peor posible para Tony.
—¿Por qué? —preguntó Kim.
—Esta semana se cumplen diez años.
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Capítulo 71
No resultaba nada agradable leer acerca de la infancia de Judith Palmer, y sobre ello reflexionaba Stacey. Si la mujer utilizaba su propia experiencia para guiar a otras personas y darles su «apoyo», cualquiera sabía el tipo de consejos que les estaría dando.
Stacey había descubierto que Judith Palmer nació en Tipton, y que, cuando su madre, alcohólica, dio a luz a los diecinueve años, ya había estado dos veces en la cárcel. Judith se pasó los primeros siete meses de su vida en el hospital aquejada de síndrome de abstinencia alcohólica.
Toda su infancia fue horrible. La sacaron de la escuela porque su madre no podía levantarse de la cama para llevarla. Se pasó la vida en diferentes centros de acogida, pero su madre siempre se desintoxicaba y volvía a engañar a las autoridades. Esa mujer se negaba a hacer lo correcto y renunciar a la custodia para que Judith tuviera la oportunidad de que la adoptaran. En vez de eso, la sacaba de los centros de acogida, y el ciclo volvía a empezar.
A Judith la habían enviado a pedir alcohol a los vecinos y se había visto obligada a irse de casa cuando su madre se había dedicado a entretener a hombres para conseguir una botella barata de whisky. También había tenido que comerse los restos que encontraba en cubos de basura cuando su madre se olvidaba de darle de comer.
Toda su infancia había sido un horrible sinfín de abusos y desatención por culpa de una mujer que solo se preocupaba de sí misma.
Stacey se recostó en la silla y suspiró, confusa. Teniendo en cuenta lo que había ido averiguando, ¿por qué coño había sido capaz de permanecer indiferente ante un caso de maltrato como ese?
La ayudante de detective era muy consciente de que era una persona que se emocionaba con mucha facilidad. Unos días antes, Devon le leyó
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un artículo sobre un perro de edad avanzada que por fin había encontrado un hogar definitivo y ella terminó llorando.
Y, sin embargo, allí estaba, sin sentir nada tras descubrir una historia de sufrimiento y angustia prolongada en el tiempo.
Penn y Tiff regresaron a la sala, y así interrumpieron la preocupación que sentía Stacey ante su falta de humanidad. Sus compañeros habían decidido almorzar en la cafetería mientras discutían cómo proceder con Olivia.
—Gracias, compañero —le dijo a Penn mientras el sargento colocaba sobre su mesa un panini de jamón y queso. Betty estaba arriesgando, y Stacey le gustaba mucho esta nueva opción del menú.
La ayudante de detective se puso cómoda para comérselo antes de que se enfriara; tanto Penn como Tiff se sentaron.
—¿Está aquí su abogado? —preguntó Stacey, tratando de distraerse un poco de sus tareas. Su madre siempre decía que un cambio venía igual de bien que un descanso.
—Sí, está con ella ahora.
—¿Por qué esas caras tan largas? La mujer ha confesado —dijo Stacy, dándole un bocado al panini.
—Porque no fue ella quien lo hizo —respondió Penn—. Tenemos que averiguar por qué dice lo contrario.
—Bueno, pues averiguadlo —dijo Stacey—. La mujer no es un misterio sin solución, Penn; es un ser humano. ¿Por qué iba a confesar un crimen que no ha cometido? ¿Qué gana con ello?
—¿Quizá está asumiendo las culpas para salvar a su hijo? —reflexionó el sargento.
Stacey se encogió de hombros. Era posible.
Penn no era precisamente un experto en descifrar la mente femenina, pero le dio la impresión de que Tiff comenzaba a maquinar algo.
—Penn, ¿Logan sigue todavía por aquí? —preguntó Tiff.
—Creo que sí. Iba a ir a tomarse un café, pero me insistió que no se iría a casa hasta que pudiera ver a su madre.
—Eso suena bien —respondió la agente, poniéndose de pie. —Olivia está bajo arresto —ofreció Penn, sin que hiciera falta. —Venga, vamos, que tengo una idea —dijo Tiff, saliendo rápido de la
sala.
Penn puso gesto de desesperación, pero la siguió de cerca.
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Stacey sonrió mientras apartaba su comida. Vaya, ¡cómo había madurado Tiff desde que la conocieron! Aún conservaba aquella efervescencia natural y la alegría de vivir. Seguía silbando melodías de series y cantando mal las letras de los musicales, pero ahora era una mujer más sólida, había en ella una confianza que le daba equilibrio. A Stacey le gustaba pensar que todos los del equipo habían participado en ese crecimiento.
La ayudante de detective volvió a centrarse en los blogs que había escrito Judith Palmer y empezó de nuevo desde el principio.
Había estado leyendo aquí y allá a lo largo de los blogs para comprender el núcleo de los conflictos de Judith, pero ahora los iba a leer completos, y en el orden en que fueron escritos. Había algo en ellos que no tenía sentido.
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Capítulo 72
Tiff abrió la puerta de la sala de interrogatorios número uno y colocó su carpeta sobre la mesa. El corazón le latía con fuerza en el pecho y volvió a preguntarse si sería capaz de llevar a cabo su plan.
Penn había convencido al abogado de Olivia para que fuera a almorzar a la cafetería mientras ultimaban el papeleo con la fiscalía para formalizar la acusación de la mujer en relación con el asesinato de su novio. Cuando regresara, Penn iba a llevar a Logan a ver a su madre.
Tiff respiró hondo cuando la puerta se abrió y Olivia entró en la habitación. Presa del pánico al darse cuenta de que allí no estaba alguien importante, sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Dónde está mi abogado? —preguntó mientras se sentaba. Siguiendo las instrucciones que le habían dado, el agente que
acompañaba a Olivia dejó la puerta abierta.
—No es una reunión oficial, Olivia. No vamos a interrogarla más. No podemos acusarla hasta que hayamos terminado con el papeleo. Tenemos su confesión, así que su abogado ya no tiene nada más que hacer.
La mujer se relajó visiblemente, pero luego su rostro volvió a reflejar una actitud pensativa.
—Entonces, ¿por qué me han traído otra vez aquí?
—Logan lleva queriendo verla desde que la detuvimos. Está muy preocupado por usted.
La mujer se quedó pálida.
—Pero yo no quiero que me vea así.
—A él no le va a importar. Está muy preocupado. Usted nos ha contado que su hijo la cuida muy bien, y solo quiere comprobar que se encuentra en buenas condiciones. No la va a juzgar, porque es su hijo y la quiere, sin importar lo que haya hecho.
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Tiff percibió de inmediato la angustia que se apoderó de Olivia. La mujer no sabía en qué mentira concreta la iban a pillar.
—¿No podría verme una vez que me hayan acusado oficialmente, cuando todo sea definitivo? —preguntó, mordiéndose el labio.
—Me temo que eso no va a ser posible. Nuestros protocolos son mucho más estrictos una vez que eso sucede. Pero en estos momentos sí que podemos dejarle unos minutos para que se despida de usted; sabemos lo unidos que están. Yo tendré que estar presente, y la puerta de la sala tendrá que permanecer abierta, pero no se preocupe, les daré intimidad y ni siquiera se van a dar cuenta de que estoy aquí.
—¡No quiero verlo! —gritó Olivia, muerta de miedo.
Tiff oyó cómo se abría la puerta del final del pasillo y, casi de inmediato, la voz de Logan llegó hasta los oídos de su madre.
El miedo en la sala era palpable.
—¡Por favor! ¡No quiero verlo! Se lo ruego…
—Olivia, confíe en mí —susurró Tiff, cruzando los dedos sobre la mesa justo cuando Logan apareció en la puerta.
El joven irrumpió en la habitación y agarró las manos de su madre.
—Mamá, ¿estás bien?
Olivia asintió.
—Logan, puede sentarse al lado de su madre —explicó Tiff—. Está bien, pero tiene algo que contarle. Somos muy conscientes de que está muy preocupado por ella y le agradecemos su paciencia. —Hizo una pausa
—. Debido a que su madre está bajo arresto, tengo que estar presente en la conversación, pero queríamos que pudiera escuchar la verdad de su boca y se pudiera despedir de ella antes de que la acusemos formalmente.
—¡¿Acusarla de qué?! —gritó.
Tiff abrió la carpeta y, en apariencia, empezó a entretenerse con su contenido, dando a entender que ella ya no formaba parte de la conversación. Empezó a tomar notas y a hojear papeles que no tenían nada que ver con el caso.
Logan le dirigió una última mirada antes de obviarla, aunque Tiff estaba atenta a cada palabra de la conversación, eso sí, con la cabeza mirando hacia abajo, hacia sus papeles.
—Mamá, ¿qué está ocurriendo? Estoy preocupadísimo.
Y sí, la verdad era que sonaba como un hijo preocupado por su madre.
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Y esa era la clave. Incluso la propia Tiff estaba dudando de sus propias sospechas por la buena impresión que causaba Logan. No era de extrañar que Olivia pensara, con toda probabilidad, que nadie se iba a creer su historia real.
—Yo lo maté, Logan —dijo Olivia, temblorosa.
—¿De qué estás hablando?
—Yo maté a James porque descubrí que me estaba engañando. Lo seguí hasta el lago. Esperé a que se fuera el hombre que había en la otra orilla, y entonces lo empujé.
Tiff no se molestó en levantar la vista para calibrar la respuesta de Logan. Le daba igual cómo se sintiera el joven. Lo único que importaban eran sus palabras.
—¡Ay, mamá, no les habrás contado eso, ¿verdad?!
—Sí, Logan. Lo he confesado todo. Van a presentar cargos contra mí. —¿Te han presionado?
—No. Es que ya no podía soportarlo más, la culpa me carcomía.
—Pero debe haber algo que podamos hacer para que vuelvas a casa. Tal vez fue por culpa de las pastillas. Si no estabas muy estable cuando lo hiciste, puede que el juez…
—Estaba perfectamente. Era totalmente consciente de lo que estaba haciendo. Lo medité y lo planeé. Voy a pasar el resto de mi vida en la cárcel, y me lo merezco.
Por el rabillo del ojo, Tiff vio cómo Logan hundía la cabeza entre las manos.
El joven tuvo que aceptar que su madre había sido más lista que él. La vida que ambos conocían se había terminado. Ya no era el captor de su madre, ya no la controlaba, pero quedaba una incógnita por despejarse. ¿Confesaría y diría la verdad sobre lo que le había sucedido a James? ¿O usaría el sacrificio que había hecho su madre para liberarse de toda culpa?
—¡Ay, mamá, no sé qué decir! Tú no eres ninguna asesina.
Tiff contuvo la respiración. ¿Iba a admitirlo o se iba a asegurar de que su madre permaneciera entre rejas?
Logan suspiró.
—Debió hacerte un daño enorme para que fueras capaz de hacer algo así. Supongo que una parte de ti siempre quiso que te pillaran.
Tiff contuvo la respiración con más fuerza.
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—Porque, a ver, ¿por qué ibas a guardar si no todo su equipo de pesca en el garaje?
La euforia invadió a Tiff, y Penn entró corriendo en la sala. Olivia había afirmado que había tirado todo el equipo de pesca al estanque.
Solo el verdadero asesino sabía dónde estaba.
—Logan Dench, lo arresto por el asesinato de James Nixon…
Tiff se giró al tiempo que estiraba el brazo sobre la mesa y apretaba la mano de la mujer, que estaba perpleja.
—Se acabó, Olivia. Es hora de que recupere su vida.
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Capítulo 73
—Stace, ¿estás segura de esa información? —preguntó Kim cuando Bryant se detuvo en la dirección que les había dado la ayudante de detective.
—Ya sé que es raro, jefa, pero ahí es donde vive. Ya te digo que aquí algo que no me cuadra. He leído esos blogs por lo menos cinco veces, y cada vez que Judith cuenta la historia de su infancia, mi sensación es más extraña.
—¿Crees que la está adornando?
—No lo sé exactamente, pero no sé, leyendo sus palabras me quedo igual, porque no generan emociones auténticas. A menos que esa mujer sea capaz de relatar un horror de esa magnitud desde un punto de vista puramente objetivo y basado en los hechos sin sentir nada, aquí pasa hay algo raro.
—Vale, Stace, luego te contamos —dijo Kim, antes de finalizar la llamada. La inspectora seguía teniendo la sensación de que había algo extraño en Judith, y lo que Stacey le había explicado sobre los blogs había consolidado esa percepción. El hecho de que la mujer tuviera vínculos con dos de las hijas ya la hacía merecedora de una investigación más exhaustiva, y, quizá, lo mejor sería empezar por escuchar a su madre borracha y maltratadora.
El pareado a las afueras de Brockmoor no parecía la morada de una alcohólica poco funcional que se había pasado un cuarto de siglo entrando y saliendo de la cárcel. Habían interrogado a muchos exconvictos alcohólicos a lo largo de los años y muy pocos vivían así.
—Puede que se haya rehabilitado, jefa —comentó Bryant mientras se acercaban a la puerta de la vivienda.
«Sí, y sería muy conveniente que Judith haya omitido ese pequeño detalle en sus monólogos», pensó Kim.
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Una mujer delgada de cincuenta y pocos años les abrió la puerta.
Llevaba un delantal de cocina decorado con imágenes de alubias guisadas.
La había acompañado hasta la puerta un olor a algo delicioso.
—¿Señora Pugh? —preguntó Kim, tratando de olfatear con intensidad.
Ni rastro de olor a alcohol.
—Algo así. ¿Quién pregunta?
Kim mostró su identificación policial.
—¡Oh, Dios mío! ¿Qué ha pasado?
—Nada —tranquilizó Kim rápidamente—. Me gustaría saber si Judith Palmer es su hija, ¿es así?
Un suspiro.
—¿Quieren pasar?
Kim asintió, interpretando aquella invitación como una respuesta afirmativa a su pregunta.
—¿Está bien? —preguntó la mujer, encaminándose por un pasillo corto.
—Vivita y coleando, al menos la última vez que hablamos con ella — explicó Kim, siguiendo a la mujer hasta la cocina, que era el epicentro del delicioso aroma.
—Disculpen —dijo la anfitriona, abriendo el horno, que se encontraba a la altura del pecho—. Niños con problemas relacionados con la lactosa. Estoy probando nuevas recetas.
Kim ya había apreciado un surtido de juguetes, y se preguntó si la mujer regentaría una guardería. Por lo que Kim sabía, Judith era hija única. Si su madre estaba al cuidado de niños, era evidente que había cambiado de vida.
—Señora Pugh, estamos…
—No es mi apellido de casada, sino de soltera, pero, por favor, llámenme Ellie.
—De acuerdo, Ellie, no voy a mentirle. Estamos un poco confundidos. —Pues claro que lo están. Como todos los policías que vienen a esta casa. Normalmente no proceden del Departamento de Investigación Criminal, pero siempre hay una primera vez para todo. Bueno, aquí tienen, sírvanse —instó Ellie, sacando un montón de documentos de un cajón.
Cogió su teléfono y también se lo pasó a Kim.
Kim miró a su compañero para ver si se había perdido una parte vital de la conversación. Lo que vio en su rostro le indicó que no era así.
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—Lo siento, no entiendo nada.
—¿De qué me ha acusado esta vez? En la última ocasión fueron mensajes de texto agresivos; la vez anterior, correos electrónicos amenazantes. Y antes dijo que…
—Lo siento —interrumpió Kim—, ¿estamos hablando de su hija, Judith?
Ellie Pugh asintió, y en ese instante se dio cuenta de que sus interlocutores no tenían ni idea de lo que les estaba contando.
—¡Madre mía, es su primera vez! —exclamó la mujer, tomando asiento.
Ambos la imitaron.
—Supongo que han leído sus blogs.
—Tenemos constancia de ellos —aseguró Kim. No los habían leído todos, pero Stacey se los había resumido detalladamente, añadiéndoles que, en su opinión, había algo raro en ellos. Parecía que la ayudante de detective había acertado.
—Entonces, ¿saben cómo relata su infancia?
Kim asintió, y Ellie abrió la carpeta con los documentos.
—Este es su certificado de nacimiento, y esta es la foto del día que la traje a casa, dos días después. Ninguna de los dos era adicta al alcohol, y fue su padre el que hizo la foto. Estas son sus fotos del colegio desde los cinco años hasta los quince. Jamás pasó por un centro de acogida y yo no he estado en la cárcel ni un solo minuto de mi vida. Llevo veintisiete años viviendo en esta casa.
Kim estaba echándole un ojo a las escrituras de la vivienda.
—¿Guarda todo esto siempre a mano?
—Así me ahorro tener que andar buscando por ahí para probar que digo la verdad cada vez que ustedes vienen a mi casa.
—¿Así que Judith es una mentirosa?
—Mi hija es una fantasiosa.
Kim se acomodó en su asiento y esperó a que Ellie continuara explicándose.
—Judith se inventa cosas en su cabeza y luego se las acaba creyendo. Ha llegado hasta un punto en el cual ella misma no cree que esté mintiendo, y ahora piensa de verdad que la historia que se ha inventado es real. Por suerte, tengo pruebas para demostrar que miente, y cuando se
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descubre tras alguna nueva acusación, mi hija se convierte en víctima de una enorme teoría de la conspiración.
—¿Así que no hay nada cierto en ninguna de sus acusaciones? — preguntó Kim.
—Nada de nada, aunque eso no hace que esta tortura continua me duela menos.
Kim dejó escapar un suspiro mientras se volvía a recostar en la silla.
Estaba alucinada, sin palabras.
—Es mucho que procesar. Supongo que a mí ya no me sorprende fácilmente. Estoy más que acostumbrada.
—¿Cuándo empezó todo? —preguntó Kim.
—Judith tendría unos siete años. No se tomó bien tener una hermana, Laurie. Cuando Judith fue al hospital el día que su hermana nació, se sentó en silencio y no miró al bebé. Pensé que se le pasaría, pero no fue así. Me pedía a gritos que la devolviera. Una vez, cuando Laurie tenía apenas unos meses, fuimos las tres al parque. Al regresar, la dejé en el carrito porque estaba dormida. Salí de la cocina para ver echarle un vistazo y el carrito había desaparecido. Se podrán imaginar el pánico que sentí, pero resultó que Judith la había llevado hasta el final de la calle y la había dejado allí.
«Así que Judith tuvo problemas para compartir», pensó Kim. No era algo infrecuente cuando un niño tenía un hermano pequeño. Al menos, no demasiado extraño.
—Encontré dibujos perturbadores que hizo, y en todos ellos había un bebé muerto.
—¿Buscó ayuda para su hija? —preguntó Kim, percibiendo que estaban adentrándose en un territorio extraño.
—Por supuesto. Me dijeron que se le pasaría. Que se estaba adaptando al hecho de que su madre tuviera que repartir su atención. Intenté creer a los expertos, pero un día me llamaron del colegio para decirme que Judith había hablado con uno de los profesores y que, como consecuencia de esa conversación, habían llamado a los servicios sociales. —Ellie hizo una pausa antes de continuar—. Judith tenía moratones en los brazos. Le dijo a la profesora que yo la había agarrado por ahí mientras la abofeteaba. Obviamente, me quedé horrorizada, pero por suerte sabía de dónde procedían los moratones. Una amiga mía tuvo que firmar una declaración jurada en la que decía que su hija tenía los mismos moratones en los
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brazos, porque unos días antes, juntas en un parque, les habían fijado ahí las sujeciones para saltar en una cama elástica.
—¿Qué habría pasado si usted no hubiera sido capaz de probarlo? — preguntó Kim.
—Quién sabe. Empecé a registrar todas las actividades en un diario, y también cada acusación. Lo siento, pero no voy a entrar en detalles. Me duele demasiado hacerlo.
—¿También la acusó de abuso sexual? —preguntó Kim.
El rostro de Ellie mostró un dolor inmenso antes de asentir. El territorio en el que se habían adentrado acababa de pasar de extraño a perturbador.
—Judith comenzó a tratar de emanciparse el mismo día que cumplió dieciséis años, y yo no me opuse. Quizá debería haberlo hecho, pero para entonces mi hija ya me resultaba una completa desconocida. Es fácil mirar atrás y preguntarme si podría haber hecho algo más, pero en ese momento ni siquiera podía permitirme estar en la misma habitación que ella sin que hubiera otra persona presente. Necesitaba un testigo para poder estar cerca de mi propia hija. Vivía con el miedo de saber cuál sería la siguiente acusación.
Kim no podía ni imaginárselo. Sospechó que la emancipación legal había sido probablemente lo mejor para todos.
—¿Fue cuando su hija se cambió el apellido? —preguntó Kim.
—No, inspectora, yo me cambié el mío. Pugh es mi apellido de soltera, pero cuando empezó a escribir esos blogs…
—Y su otra hija, ¿se ha visto afectada?
—Sabrá por los blogs que, en el mundo de Judith, su hermana ni siquiera existe. Aun así, Laurie cambió su apellido cuando se casó hace dos años, y mi nieto obviamente también tiene el apellido de su padre.
La sonrisa que le rondó los labios cuando mencionó a su nieto indicaba que aún tenía familiares que le daban alegría a su vida.
Ellie se mordió el labio inferior antes de volver a hablar.
—Pero ¿está bien? ¿Necesita algo? —Obviamente, aún existía en su interior una pequeña esperanza.
Kim pensó en el odio y la agresividad que emanaban de Judith cada vez que mencionaba a su madre.
—No, creo que está bien como está. —Kim dudó antes de hacer la siguiente cuestión—. Siento preguntarle esto, pero, en su opinión, ¿cree
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que Judith sería capaz de matar a alguien?
La mujer empezó a negar instintivamente con la cabeza, tal vez pensando en la niña que fue Judith antes de que naciera su hermana; luego, se encogió de hombros, y sus ojos se fueron llenando de lágrimas.
—¿Sabe? A decir verdad, no podría decírselo. Lo cierto es que no conozco a la mujer que es ahora.
—Gracias por su sinceridad —dijo Kim, que no se sentía nada tranquila sobre el papel que Judith estaba desempeñando al aconsejar a mujeres jóvenes acerca de sus relaciones con sus madres. Todas sus acusaciones acerca de su madre eran falsas y, sin embargo, su influencia sobre jóvenes vulnerables había sido impresionante.
—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarlos? —preguntó Ellie.
—No. Le agradecemos enormemente el tiempo que nos ha dedicado —dijo Kim, levantándose de su asiento. Al instante, su teléfono comenzó a sonar.
Le hizo un gesto a Bryant para que se despidiera de la mujer por ella mientras se dirigía ya hacia la puerta.
—Dime, Stace.
—Es la madre de Katie, jefa.
Kim tardó un instante en recordar que ya no hablaban de Sheryl Hawne, su primera víctima.
—¿Qué pasa con ella?
—Está aquí, jefa, y quiere ver el cuerpo de su hija.
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Capítulo 74
—Para un momento y siéntate, Stone —dijo Woody, haciéndole un gesto para que se sentara. Tras recibir la llamada de Stacey, dieron un rodeo para ver a la madre de Judith y luego regresaron a la comisaría.
Vaya, qué pena que su jefe no hubiera captado todo lo que le había contado a la primera. Tenía muchas cosas que hacer. Aun así, se sentó. Cuando Woody apoyó la barbilla sobre los dedos entrelazados, en ese gesto característico suyo, ella entendió que no iba a poder irse de allí de inmediato.
—Me estás diciendo que, durante la investigación, habéis descubierto que la hija de la primera víctima, que inicialmente era sospechosa de su asesinato, ahora resulta que ni es su hija ni tampoco sospechosa. Además, que su identidad en realidad pertenecía a la verdadera hija de la víctima, que está viva y en buen estado y actualmente se encuentra alojada en un hotel de la localidad. Por si fuera poco, ahora creéis que la hija número uno fue secuestrada y que tenéis tanto a la hija número uno como a su verdadera familia en la planta baja de esta comisaría.
Kim asintió. Parecía que, a pesar de todo, había conseguido que Woody entendiera todo. Aunque, en realidad, no habían sido ellos quiénes habían descubierto la situación. Por mucho que le fastidiara, el detonante había sido el artículo de Frost.
—Te das cuenta de que un caso tan delicado como este debe manejarse con mucho cuidado, ¿verdad?
—Por supuesto.
—Si la situación se gestiona de forma incorrecta, se podría causar un gran daño.
—Lo sé, señor —respondió Kim, intentando no mirar el reloj. —Necesitamos garantías para ambas partes. Antes de avanzar,
necesitamos confirmaciones a través de muestras de ADN y poner a
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disposición de todos apoyo psicológico. No podemos simplemente juntarlos y esperar que vaya bien.
—Por supuesto que no.
Ella nunca reuniría a las partes si no estuviera completamente segura de todo.
—¿Te imaginas el daño que les podríamos hacer si esto fuera algún tipo de falsa alarma?
—Por supuesto, señor —concordó Kim, consciente de que era la forma más rápida de levantar el culo de aquella silla y volver a la planta baja.
—Es increíble —dijo Woody, sacudiendo la cabeza.
—Sí, señor —respondió Kim, poniéndose ya de pie.
—Supongo que ya lo tenéis todo listo para el concurso de talentos, ¿verdad?
—Por supuesto. No se va a creer lo que vamos a ofrecerle.
—Aún no tenéis nada, ¿verdad?
No solía mentirle a Woody sin que se diera cuenta.
—Digamos que estamos en proceso.
—¿Y de la investigación? ¿Alguna novedad desde el último informe de anoche?
Kim pensó en lo que había sucedido durante el día hasta aquel momento. ¿Por dónde empezar a contarle? Ojalá tuviera tiempo para hacerlo y no estuviera intentando asegurarse de que el asesino no volviera a atacar. Rezaba para que no se destruyeran más familias.
—Siento que cada vez estamos más cerca, señor. ¿Puedo ya…?
—Sí, vete —dijo Woody, haciéndole señas para que saliera de su despacho—. Pero recuerda lo que te he dicho. Cuidado y precaución en cada paso.
—Por supuesto, señor: cuidado y precaución —repitió la inspectora, antes de salir por fin.
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Capítulo 75
—Inspectora, ¿podría decirme qué está ocurriendo? —preguntó Katie mientras se sentaba en la sala de interrogatorios número uno—. Viene a mi casa por segunda vez en el mismo día e insiste en que venga aquí con usted sin explicarme absolutamente nada.
«Ya, es que aún no sé por dónde empezar», pensó Kim.
—Katie, han pasado muchas cosas desde que hablamos antes.
Tenemos respuestas a muchas de sus preguntas.
—No entiendo nada. ¿Qué respuestas? Si nos hemos visto hace solo unas horas.
Kim respiró hondo.
—Hoy ha aparecido una mujer en comisaría afirmando ser la verdadera Katie Hawne.
Katie se quedó boquiabierta.
—Tiene la misma partida de nacimiento que usted y ha estado viviendo con sus abuelos.
—¿Con mi familia?
Kim sacudió la cabeza. Aquello iba a ser muy difícil.
—Ella es la hija biológica de Sheryl y la abandonaron cuando tenía unas pocas semanas. No recuerda a Sheryl, y le va bien la en la vida.
—Pero eso no tiene sentido. ¿Por qué iba a abandonar Sheryl a su propia hija para luego adoptarme a mí?
Y ahí la cosa se ponía aún más delicada. Kim esperaba que Katie fuera lo bastante fuerte como para soportar todo lo que estaba a punto de descubrir, pero, en cualquier caso, tenía derecho a saber la verdad. Toda la verdad.
—Katie, a usted no la adoptaron. La secuestraron —dijo, ignorando las instrucciones que le acababa de dar Woody.
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—¡¿Qué?! —gritó la chica, echando la silla hacia atrás. Se puso de pie y se paseó de un lado a otro, como si así pudiera escaparse de la verdad—. No, se equivocan. Yo tuve que ser adoptada. Sheryl nunca habría hecho algo así. No. Lo siento. ¡Joder, me encuentro mal! —exclamó Katie, volviendo a sentarse.
—Es la verdad. La secuestraron cuando tenía unos meses en un lugar llamado Ilkley. Sheryl abandonó a su bebé y usted ocupó su lugar. Se fue de Huddersfield con usted y guardó el secreto durante años.
—¿Y no la estuvo buscando la policía? —preguntó Katie.
—Sheryl era una mujer adulta que se había marchado por voluntad propia. No había razón para que su nombre fuera vinculado con el caso de un bebé desaparecido a más de treinta kilómetros de distancia. Aunque, por precaución, a usted nunca la dejó participar en concursos de belleza nacionales ni en ningún evento en el que su nombre pudiera aparecer en la prensa o provocar una atención que no deseaba. De hecho, fue ese artículo que Tracy Frost escribió lo que condujo a la verdadera hija de Sheryl hasta esta comisaría.
—¡Dios mío! Me está diciendo la verdad, ¿no?
Kim asintió.
—No se lo habría contado si no estuviéramos completamente seguros. Katie sacudió la cabeza de un lado a otro, como si así le resultara más sencillo comprender toda la información que Kim le estaba dando. El día en el que se enteró de que no estaba emparentada con Sheryl, pensó instintivamente en una adopción. De ninguna manera podría haberse
preparado para que la realidad fuera la que le estaban contando.
—¿Cómo es ella? —preguntó Katie—. La otra Katie, quiero decir.
—Está alojada en un hotel aquí cerca y le gustaría conocerla.
Obviamente, no tienen parentesco…
—Pero la sensación es que sí somos familia —dijo Katie, frunciendo el ceño—, yo siento ese vínculo. Fui hija de Sheryl durante veinticinco años. Ella tendrá muchas preguntas para las que solo yo tengo las respuestas. De alguna manera, siento que acabo de ganar una hermana.
Sí, aunque era extraño, Kim podía entenderlo. Por si todo aquello fuera poco, lo siguiente iba a dejar a la joven aún más perpleja. La inspectora estaba pensando en cómo comenzar a explicarle lo que faltaba, que podía tener aún mayor impacto, cuando la mujer que tenía enfrente le ahorró el trago.
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—¿Así que las dos somos Katie Hawne?
Kim negó con la cabeza.
—No, su identidad era prestada, Katie. Su nombre de nacimiento era Rebecca. Rebecca Anderson.
Katie trató de asimilar el nombre, aunque su rostro reflejó de inmediato la perplejidad esperada.
—¿Cómo lo sabe?
—Le he contado en el coche que hemos estado trabajando sin descanso. Una de mis compañeras ha localizado a su verdadera madre, que la quería mucho y jamás ha perdido la esperanza de encontrarla.
Katie dejó escapar un leve sollozo, y acto seguido las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
—¿Me lo está diciendo en serio? ¿Tengo una madre, una de verdad? Kim asintió.
—¡No, no! ¡No puedo procesar tantas cosas a la vez! —exclamó Katie, dejando caer la cabeza entre las manos—. Son muchas emociones, y la verdad es que no sé qué hacer con ellas.
Y eso era exactamente lo que Kim se había temido antes de hablar con ella, pero ya no podía detenerse.
—Katie, tenemos terapeutas a su disposición. Tiene mucho que asimilar, pero podemos ofrecerle apoyo en la próxima etapa de…
La joven movió la cabeza de lado a lado.
—¿Dónde están?
Katie tenía que saberlo todo para poder decidir cuáles serían sus siguientes pasos.
Las palabras de Woody pasaron por la cabeza de Kim como si fueran parte de un teletipo: «ADN, garantías, daño». Pero la inspectora no tenía ninguna duda. Habiendo visto a los Anderson, especialmente el parecido de Katie con su hermano, sabía con toda certeza que estaban emparentados.
—Su madre está en la sala de al lado. ¿Le gustaría conocerla?
Katie levantó la cabeza de entre las manos. Kim no tenía ni idea de cuál iba a ser su respuesta.
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Capítulo 76
—Agente, ¿podría decirme qué le ha ocurrido a mi hija? —preguntó Viv Anderson mientras se agarraba a su hijo, Justin, que parecía tan pensativo como su madre.
La jefa le había ordenado a Stacey que contara la verdad a los Anderson con la mayor delicadeza posible y que les explicara que la decisión de reunirse con su hija dependería exclusivamente de la voluntad de Katie.
—Déjeme empezar por el principio. Le va a resultar difícil de creer, pero una mujer llamada Sheryl Hawne secuestró a su hija. Abandonó a la suya, biológica, y se llevó a su Rebecca. La crio con el nombre de Katie Hawne, que era el nombre de la hija biológica que había abandonado. Como ese fue el nombre por el que la conocimos, así me referiré a ella.
Viv Anderson asentía, ansiosa por conocer el destino de su hija. —Sheryl no era una mujer cariñosa y se moría por recibir atención, ya
fuera por sí misma o a través de Katie. De niña, Katie participaba en certámenes de belleza y le fue muy bien. No disfrutó de una infancia excesivamente cariñosa y no se le permitió hacer amigos, pero no la maltrataron ni sufrió daños físicos.
Stacey podía ver en el rostro de Viv el dolor que sentía al escuchar el relato de una infancia falta de cariño. Stacey se imaginaba que, en todos los años transcurridos, la mujer se habría planteado todos los escenarios posibles.
—En los últimos años, perdieron el contacto por decisión de Katie, que necesitaba distanciarse del carácter autoritario y manipulador de Sheryl. — Stacey hizo una pausa—. El martes por la mañana encontramos a Sheryl muerta en su casa, brutalmente asesinada, y Katie fue nuestra principal sospechosa.
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Viv lanzó un grito de angustia y se agarró aún más fuerte al brazo de su hijo.
—Si no hubiera sido una persona relevante en la investigación, no habríamos sido capaces de descubrir nada de esto. En apenas veinticuatro horas, ya sabíamos que Katie no era ninguna asesina. La chica acababa de descubrir que no estaba emparentada con Sheryl, y acudió a su casa para confrontarla. Sheryl nunca le había contado a Katie que no era su hija biológica. Fue en ese momento cuando Katie encontró el cadáver.
Viv se bebía cada palabra con ansia, como si su vida dependiera de ello. Infinidad de emociones pasaron por su rostro mientras escuchaba el relato. La última, esperanza.
—Pero ¿está viva? —preguntó Viv, que seguía agarrada a su hijo. —En efecto, lo está, pero, al igual que ustedes, está enterándose de
toda la historia justo en estos momentos y, como se podrá imaginar, tiene que asimilarlo todo. Ha pasado de ser hija biológica a adoptada y luego a secuestrada en cuestión de días.
—¿Me está diciendo que es posible que no quiera conocerme? —Tiene que procesar muchas cosas. Mi jefa está en estos momentos… —¿Rebecca está aquí? —preguntó Viv.
—Está aquí al lado, pero tenemos que respetar sus deseos. Puede que al enterarse de todo esté abrumada y…
Se escucharon tres golpes en la puerta a modo de señal. La jefa le había explicado a Stacey con anterioridad cómo le comunicaría los deseos de Katie.
La ayudante de detective sonrió.
—O puede que esté a punto entrar por esa puerta ahora mismo. ¿Está lista?
Viv se levantó de su asiento.
—He estado lista desde el día que la perdí.
—¡Pasad! —gritó Stacey.
La jefa abrió la puerta y Katie entró en la sala.
Viv comenzó a llorar a lágrima viva mientras clavaba su mirada en los ojos de su hija.
—¡Rebecca! —susurró entrecortadamente, abriendo los brazos.
Katie salió corriendo a abrazarse con Viv, dejando escapar un grito de sus labios.
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Stacey miró fugazmente a Justin, y eso le sirvió para comprender que el joven estaba deseando unirse al abrazo, pero que esperaba su turno para hacerlo.
La ayudante de detective le hizo un gesto cariñoso en el brazo y salió de la sala en silencio. Un poco más y no habría sido capaz de contener las lágrimas que ya amenazaban con brotar.
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Capítulo 77
—Aún no lo he asimilado —dijo Olivia cuando el coche giró hacia la calle en la que se encontraba la casa donde llevaba dos años siendo prácticamente una prisionera.
—Han sido veinticuatro horas de locos —respondió Tiff, a quien la jefa le había encargado llevar a la mujer a casa sana y salva.
—Pero… ¿cómo supo lo que mi hijo me estaba haciendo? —le preguntó Olivia, girándose hacia ella.
—Al principio fue intuición, pero al final fue lo que usted nos confesó. Sabíamos que usted no fue quien lo hizo. Ni siquiera sabía que el equipo de pesca estuviera escondido en el garaje, pero aun así conocía todos los detalles de lo que había ocurrido, y estaba absolutamente decidida a ir a la cárcel por un asesinato que no había cometido. Eso solo podía explicarse de una manera. Preferir una vida en la cárcel tenía que significar que lo que estaba viviendo en su día a día era insostenible. Incluso comprendí por qué no entregó a su hijo. Pensó que escaparía impune, que encontraría la forma de salirse con la suya y que luego, muy probablemente, la terminaría matando por haber acudido a la policía.
—Pensé que mi única posibilidad de estar segura y protegida de mi hijo era que yo permaneciera entre rejas —explicó Olivia cuando el coche aparcaba ya frente a su casa.
—La acompaño adentro —dijo Tiff, y se bajó para abrirle la puerta del coche.
—Vaya, me siento extraña —dijo Olivia, mirando las llaves que tenía en la mano—. Llevo casi dos años sin tocarlas.
Durante el registro estándar, a Logan lo despojaron de sus pertenencias, y las llaves de la casa fueron entregadas a su madre.
Logan se pasó sus primeros quince minutos de prisión gritando obscenidades e insultos a su madre y a cualquiera que pasara por allí. El
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joven ya no controlaba la situación y manifestaba la frustración que sentía a consecuencia de ello de forma evidente y continua. Tiff reflexionaba sobre el hecho de que Olivia hubiera usado aquella misma celda para dedicar tiempo a pensar, calmarse y volver a sentirse segura. Gestionara su situación como la gestionara, Logan no iba a ir a ninguna parte, y era importante que Olivia lo supiera.
—Va a tener que acostumbrarse a muchas cosas —dijo Tiff—. Su hijo no va a volver, pero…
Había algo en la cabeza de Tiff por lo que Olivia aún no le había preguntado y que tenía que explicarle, pero le daría a la mujer unos minutos para adaptarse.
Tiff siguió a Olivia hasta la cocina; la mujer iba mirando las cosas como si las viera por primera vez. Esa tensión que impregnaba el ambiente de aquella casa había desaparecido.
—Ya no debo tenerles miedo —dijo, tocando la vitrocerámica y luego el hervidor de agua—. No son más que electrodomésticos.
—Olivia, hay algo que…
—Tendré que ir a testificar, ¿verdad? —preguntó con calma.
—Para estar absolutamente seguros de que su hijo sea condenado, necesitaremos que nos relate lo que le contó a usted. Es probable que haya huellas dactilares o ADN en el equipo que lo vinculen con el mismo, pero podría intentar alegar que él se limitó a moverlo y que fue usted quién lo colocó allí inicialmente. Solo su testimonio, Olivia, puede situarlo en el lugar de los hechos y asegurar su condena.
—Sigue siendo mi hijo —susurró—. Me niego a creer aún que tuviera la intención de hacerme todo lo que me hizo.
Tiff se situó junto a la mujer, al lado de la ventana.
—No va a testificar sobre el trato que le brindó, no se trata de castigarlo por eso. No se le va a juzgar por los actos despreciables que cometió contra usted. Se trata de contar la verdad. Su hijo mató a una persona, Olivia. Le confesó que le había quitado la vida a una persona inocente, un amigo al que usted quería mucho. Sabe que eso no puede quedar impune.
—Lo sé, y lo haré. Tengo que hacerlo.
Tiff le puso una mano sobre el hombro para tranquilizarla.
—Me voy ya, pero tiene mi número, llámeme si necesita cualquier cosa, ¿vale?
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—De acuerdo —contestó Olivia, dándose la vuelta.
Por inapropiado que fuera, Tiff la abrazó con fuerza.
—Gracias por salvarme la vida —dijo Olivia cuando se separaron. —De nada, pero quiero que me prometa que ahora va a vivirla. Sé que
le resultará difícil hacerlo, pero merece ser feliz. No siga viviendo en la prisión que Logan construyó.
Olivia soltó una risita que fue música para los oídos de Tiff.
—Esa es una frase que se me va a quedar grabada por mucho tiempo. Tiff se alegró al ver que la sonrisa que se formaba en el rostro de la
mujer era auténtica y estaba llena de esperanza.
La agente le apretó la mano a Olivia antes de salir de la casa.
Volvió al coche y suspiró profundamente.
Se sentía como si hubiera envejecido diez años en los últimos días. Las imágenes asociadas al caso la habían acompañado cada minuto de su vida durante aquella semana: el cadáver en el lago, el comportamiento hostil y superior de Logan, la postura tímida y acobardada de Olivia…
No había sido capaz de sacarse esas imágenes de la cabeza en ningún momento. Había sido agotador, y a la vez emocionante.
¿De verdad podría mantener aquel nivel de compromiso durante cada uno de los días del resto de su vida laboral?
Olivia apartó el visillo y la saludó con la mano cuando Tiff se alejaba ya en el coche.
La agente era consciente de que había sido decisiva para sacar a aquella mujer de su prisión, y que posiblemente había contribuido a salvarle la vida.
Sí, el nivel de compromiso necesario era enorme, pero también lo eran las recompensas.
¿Estaría preparada para pasar por algo parecido de nuevo?
¡Joder que si lo estaba!
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Capítulo 78
—Bueno, gente, vamos a intentar recomponernos. Ha sido un día emotivo y se han resuelto muchas cosas. —Kim se giró hacia Penn—. Solo me queda una pregunta sobre el caso de Logan y Olivia. ¿Por qué coño se quedó el chico con el equipo de pesca?
Penn y Tiff se miraron entre ellos, y luego volvieron a mirar a la inspectora.
—Arrogancia —contestaron juntos.
Penn asintió para que Tiff continuara la explicación.
—No podía dejarlo en la orilla del lago, ya que eso le habría dado una pista a la policía acerca de la localización de James, y tampoco podía arriesgarse a tirarlo al agua, por si no se hundía. No tuvo más remedio que llevárselo.
—Pero ¿por qué quedárselo? —preguntó Bryant con incredulidad.
Tiff siguió hablando:
—Gracias a la aquiescencia de su madre, Logan creía que de verdad podía controlar todo lo que sucedía a su alrededor. Nunca se planteó que pudiéramos sospechar que hubiera cometido un asesinato, e incluso después de confesárselo a su madre, jamás se le pasó por la cabeza que ella lo fuera a delatar… y tenía razón. Olivia utilizó la información que su hijo le había dado para intentar mantenerse a salvo de él, pero desconocía un último detalle, que solo podía saber la persona que se había llevado el equipo de James.
Kim asintió.
—Buen trabajo, chicos. Aunque, por desgracia, nada de eso nos sirve de ayuda con nuestro caso principal, y el tiempo vuela —dijo, dando golpecitos en su reloj—. ¿Ideas? —Les preguntaba básicamente a Stacey y Bryant, porque Penn tenía que ponerse aún al día después de haber estado trabajando en el caso de los Dench.
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Ninguno de ellos respondió.
—¿Algo? —insistió Kim.
—Todo lo que he leído o descubierto sobre el mundo de los concursos de belleza apesta a celos, rivalidad, competitividad y, en algunos casos, incluso corrupción —observó Stacey—. Pero todo eso tiene que ver con las concursantes. ¿Por qué apuntar a las madres y por qué hacerlo ahora?
Stacey había expresado en voz alta las preguntas que rondaban la cabeza de Kim.
Todos dirigieron su atención a la pizarra.
Kim se puso a pensar en voz alta.
—Las hijas tuvieron un éxito desigual, y algunas disfrutaron aquella época más que otras. Katie lo odiaba por completo y Sheryl la humillaba. Toyah se lo pasaba muy bien, pero tuvo que dejarlo por lo que le ocurrió a su hermano. Lottie también disfrutaba, pero necesitaba distanciarse un poco de su madre. Tanto Katie como Lottie han tenido problemas con sus madres en los años posteriores, y sospechamos que ambas han recibido los consejos de Judith Palmer, una fantasiosa empedernida que no reconocería la verdad ni aunque se la demostraran en sus narices. Si tenemos en cuenta los suvenires que se encontraron en las gargantas de las tres víctimas, parece obvio que nuestro asesino está cabreado por algo que tiene relación con los certámenes de belleza. Sabemos que el AID detesta esa industria y están dispuestos a ir más allá de lo aceptable para dejar claro su mensaje. Tenemos también personas relacionadas con los servicios asociados a los concursos que se han visto obligadas a abandonar el sector por una razón u otra y que tienen suficientes motivos para guardar rencor a todas las mujeres. Hemos descubierto todo eso esta semana. Decidme, chicos ¿me he olvidado de algo?
—No, es un resumen muy bueno —dijo Bryant, asintiendo.
—Bueno, compañeros, pues no tenemos más remedio que volver al principio y empezar de nuevo. Algo se nos está escapando. Penn, quiero que eches un ojo a las cuadrículas que ha hecho Stacey, que incluyen todos los detalles sobre las chicas, hasta la hora en la que tomaron el té ayer. Necesitamos examinar esa información con una nueva mirada.
Stacey le acercó una copia en papel de sus cuadrículas.
—Stace, quiero que profundices en el historial de todas las personas con las que hemos hablado desde el martes. Tenemos que… —Kim dejó de hablar al escuchar a Penn reírse de forma contenida.
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—¡Guau, vaya giro, ¿no?! ¿Cómo os lo ha explicado? —preguntó el sargento.
Todos esperaron a que siguiera hablando.
—Me refiero a lo irónico de la actitud de Bobbi, en su rol en el AID, hacia el negocio de los certámenes de belleza.
—Todavía no te sigo, Penn —dijo Kim.
—A ver, está claro que Bobbi Carter tiene que ser Roberta Carter, la participante más destacada de los concursos de belleza que encabeza esta lista.
Kim miró a Stacey; la agente miró a Bryant; el sargento la miró a ella. ¿Cómo coño se les había pasado aquello por alto a todos ellos?
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Capítulo 79
Kim estaba aún preguntándose cómo era posible que no hubieran relacionado ambos nombres cuando Bryant se detuvo frente al local del AID.
Tampoco sabía por qué Bobbi no les había contado nada, teniendo tanto que decir sobre el mundo de los concursos de belleza.
Fue la propia mujer quien les abrió la puerta.
—Ah, otra vez ustedes —dijo, haciéndose a un lado para que entraran. En esta ocasión había otras dos mujeres presentes, bebiendo cerveza y
haciendo uso de la mesa de billar.
Kim se cuestionó si aquel lugar gestionaría asuntos serios o simplemente serviría como puro entretenimiento.
—Queremos hablar con usted sobre algo que hemos descubierto —dijo Kim.
—Dispare —instó Bobbi, que tomó asiento y cogió un bol de palomitas.
—Usted de niña fue toda una figura en el mundo de los certámenes de belleza.
Las otras dos mujeres no reaccionaron, lo cual le indicó a Kim que aquello no era ningún secreto.
—Y tanto. Participaba en ellos, y era buenísima.
—Desde luego que sí —reconoció Kim—. Ganó casi todos los eventos a los que se presentó.
—Correcto. Gané dinero, cheques regalo, vacaciones… Fue una pasada. Recuerdo aquellos días con cariño.
—¿Hizo amigas?
—La cosa no funcionaba así. Había que competir, ser mejor que las demás. Había chicas que querían caer bien, pero no era así como se conseguían los premios gordos.
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—Usted debió ser famosa entre las chicas, ¿no? —preguntó Kim, enarcando una ceja.
—Había muchos celos si es a lo que se refiere, pero te terminabas acostumbrando.
—Habla con tanto cariño sobre aquella época que me pregunto por qué ahora le tiene tanta aversión.
—Me tiré seis años participando en concursos; me ha costado el doble de tiempo recuperarme.
—Explíquese —la instó Kim. Aunque difícil de tratar, Bobbi parecía una persona resuelta y, a pesar de sus apasionadas incursiones en el vandalismo, se mostraba como una persona inteligente y educada.
La mujer cogió una palomita y se la mostró.
—¿Ve esta cabroncita? Puedo decirle las calorías que tiene y su contenido de grasa. Sé cuánto tengo que caminar en la cinta para eliminarlas. Cada palomita que me como desencadena una batalla mental para no salir corriendo al baño y vomitarlas, para que así las calorías no sumen. Ya no lo voy a hacer porque he hecho mis progresos, pero controlar las acciones es mucho más fácil que controlar los pensamientos.
—¿Y qué me puede decir de la relación con su madre? —preguntó Kim.
La mujer sonrió con resignación.
—Mi tratamiento ha incluido aceptar a mi madre tal y como es, eligiendo quererla de todos modos.
Kim se preguntaba si estarían ante alguien con unos celos muy retorcidos que estaría centrándose en atacar a las chicas a las que les había ido bien en los concursos, haciéndolas sufrir a través de la muerte de sus madres. Aunque ninguna chica había destacado tanto y había tenido tanto éxito como la que tenía frente a ella.
—¿Y cómo se encuentra su madre? —preguntó Kim. —Estaba perfecta cuando se subió al tren hace unas horas. —¿Al tren?
—Sí, ha estado una semana en Escocia. Le encanta ir allí. —Bobbi comprobó su reloj—. Debería haber llegado ya. Le prometí que me pasaría luego a verla para escuchar sus historias de…
—Llámela —ordenó Kim, empezando a preocuparse. ¿Estaría aún viva la madre de Bobbi solo porque había pasado unos días fuera?
—¿Por qué? —preguntó Bobbi, frunciendo el ceño.
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—Hágalo —instó de nuevo Kim.
Bobbi sacó su teléfono, llamó a su madre y puso la llamada en manos libres.
El corazón de Kim se iba acelerando con cada tono sin respuesta.
Saltó al buzón de voz.
La mujer lo volvió a intentar inmediatamente. Mismo resultado.
—¿A qué hora llegaba? —preguntó Kim.
—Hace unos diez minutos.
—¿Y en qué estación se bajaba?
—En Cradley Heath.
—¿Su madre usa las redes sociales?
—¿No las usa todo el mundo?
—¿Qué plataformas?
—Facebook —dijo Bobbi, con gesto expresivo—. Le encanta presumir de los sitios a los que va y lo que hace en ellos.
—¿Lo tiene público o privado? —preguntó Kim.
—Público… ¿Por qué? —preguntó Bobbi, al darse cuenta de repente de que Kim no estaba charlando por cortesía.
—Muéstremelo —pidió Kim.
Tocando un par de veces la pantalla de su teléfono, Bobbi le mostró el perfil de su madre.
—¡Mierda! —exclamó Kim, sin necesidad de investigar mucho. Un mensaje bastante inocente describía el lugar al que se iba a ir y el día en el que volvería. No hacía falta ser un genio para echar un vistazo en la plataforma Trainline y conseguir toda la información.
—¿Quién va a recogerla? —preguntó Kim, devolviéndole el teléfono. —Taxis Sherwood. Los llama cuando está a un par de paradas de la
estación.
—Llámelos. A ver si está con ellos.
—Inspectora, creo que tiene que tranquilizarse. Estoy segura de que mi madre está perfectamente. Estaría sin cobertura.
—Llámela otra vez si quiere, pero tengo tres madres relacionadas con concursos de belleza que han sido asesinadas, y me parece que lo único que ha salvado a su madre es que estaba a unos cuantos cientos de kilómetros.
Al final, la expresión de Bobbi se tornó igual de temerosa que la de Kim.
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—Ey, Jim, soy Bobbi Carter, la hija de Leona. ¿Te ha llamado mi madre?
Bobbi puso el teléfono en manos libres.
—Sí, sí que nos ha llamado.
El rostro de Bobbi empezó a relajarse. —¿A qué está jugando? —continuó Jim. —Eh… ¿A qué te refieres?
—Nos ha tomado el pelo. Cuando hemos llegado a la estación, ya se había ido.
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Capítulo 80
—Penn, manda a alguien a casa de Leona. Dos de los tres asesinatos se cometieron en casa de las víctimas. Si nuestro asesino sospecha que estamos vigilando, es poco probable que sea tan estúpido, pero tenemos que descartarlo. Una vez que hayas hecho eso, piensa en otras posibles ubicaciones. Stace, haz las gestiones para conseguir las imágenes de las cámaras de seguridad de la estación de tren. Necesitamos saber qué vehículo la ha recogido.
—Perfecto, jefa —respondieron a la vez. A continuación, colgó.
Kim y Bryant salieron a toda prisa del AID tras prometerle a Bobbi que se pondrían en contacto con ella en cuanto supieran algo.
Bryant comenzó a conducir hacia Cradley Heath mientras Kim hablaba por teléfono con el equipo.
No había posibilidad alguna de conseguir imágenes de las cámaras de seguridad directamente en la estación, pero sí cabía la opción de que alguien hubiera visto algo.
—Lo más probable es que todo el mundo se haya ido ya, jefa —dijo Bryant, aparcando frente a las puertas de cristal de la estación.
—Crucemos los dedos para que el vendedor de billetes haya visto algo —respondió la inspectora, aferrándose a cualquier atisbo de esperanza.
Estaba bastante segura de que la ventanilla daba hacia el exterior de la estación.
Comprobó que estaba en lo cierto nada más entrar en el lugar, que parecía estar en un hueco entre trenes que ya habían llegado y otros a los que les faltaba un rato para salir, y por tanto se encontraba vacía, salvo por un hombre de sesenta y pocos años que estaba leyendo un libro.
El vendedor estaba mirando hacia atrás. Kim golpeó el cristal para llamar su atención. No tenía tiempo que perder.
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—Hola —dijo cuando el hombre y su gesto de extrañeza se acercaron al cristal—. Una mujer ha pasado por aquí hará como una hora. Complexión promedio, pelo castaño, con una maleta con estampado de leopardo.
—Vale —respondió el hombre, esperando más detalles.
Kim no se dio cuenta de la poca información que tenían hasta que la descripción no salió de su boca. La inspectora sacó su teléfono y encontró el perfil de Leona. Se lo mostró al hombre.
—Esta mujer.
El vendedor seguía teniendo el mismo gesto inexpresivo.
—Se ha subido a un coche. ¿Sabe de qué tipo? —presionó Kim.
El hombre frunció el ceño; parecía preguntarse si le estaban preguntando todo aquello en serio. Con la cantidad de gente que pasaba a su lado cada día, la verdad era que Kim no podía culparlo.
El vendedor se encogió de hombros.
La inspectora entendió que no iba a obtener una respuesta por mucho que lo presionara y se apartó del cristal.
—Bueno, Bryant, si tienes alguna idea brillante, ahora sería un buen… —¡Yo la he visto! —exclamó el hombre que estaba leyendo el libro—.
Perdónenme, no he podido evitar escuchar su conversación. La maleta fue lo que me llamó la atención.
—¿La ha visto fuera de la estación?
El hombre asintió.
—Llegaba con retraso e iba a perder el tren de todas formas, así que venía sin prisa; mi mujer tiene exactamente la misma maleta. No les puedo decir la marca del coche ni nada por el estilo. La metió en un maletero, si eso les sirve de ayuda.
Kim le mostró su teléfono.
—¿Esta mujer?
El hombre volvió a asentir.
—Sí, seguro que era ella.
—¿Vio al conductor del coche?
—No, pero estoy seguro de que la mujer no corre peligro.
—¿Por qué dice eso?
—Porque no estaba bajo coacción. Tenía una amplia sonrisa en la cara.
—Gracias —dijo Kim, antes de regresar al coche.
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No habían averiguado mucho sobre el vehículo, pero sí que sabían que a Leona Carter la había recogido alguien que la propia mujer conocía.
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Capítulo 81
Stacey pulsó el botón para refrescar su correo electrónico por décima vez. La estación de tren tenía una cámara en la fachada del edificio y la ayudante de detective estaba segura de que encontraría algo interesante.
«¡Que me manden ya las imágenes!», se quejó en silencio.
Tras haberle dado al personal de la estación un plazo de quince minutos para que las buscaran y una razón que explicaba esa urgencia, esperaba recibirlas en, como mucho, un par de minutos.
Habían pasado casi diez, y ya se estaba planteando realizar una segunda llamada.
—En la casa, nada de nada —dijo Penn, que acababa de terminar la llamada de teléfono que lo mantenía ocupado—. Un agente se va a quedar allí por si acaso. ¿Tienes alguna idea sobre otras posibles localizaciones interesantes?
—Si el asesino no se ha llevado a Leona a su casa, tiene que significar que sabe que estamos cerca de él. De alguna manera, en algún momento durante esta semana, nos hemos debido acercar. O sea, esta vez quiere llamar la atención, tiene que ser algo llamativo. Quiere transmitir un mensaje —respondió Stacey.
—No me sorprende que tu mejor amiga sea especialista en perfiles criminales —observó Penn, escribiendo algo en el teclado.
—¡Sí! —exclamó Stacey, triunfante, cuando recibió la grabación en su bandeja de entrada.
Hizo clic en uno de los documentos contenidos en la carpeta, que se abrió para mostrar la carretera que pasaba por delante de la estación. Un coche se detuvo y Stacey vio que se trataba de un Nissan Juke. Tenía una buena perspectiva del lado del copiloto y del techo, pero no se veía nada del lado del conductor.
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Antes de continuar, regresó hasta el inicio de la grabación. Mierda, el ángulo de la cámara no mostraba ninguna parte de la matrícula del coche mientras este estacionaba. Siguió viendo las imágenes con atención hasta que Leona apareció en la acera. La mujer giró la cabeza hacia la derecha, como si estuviera buscando el taxi que ya había solicitado. Stacey vio cómo Leona daba un pequeño respingo. Un hombre que pasaba por allí tuvo una reacción similar, por lo que la ayudante de detective supuso que el conductor del coche había debido tocar el claxon.
Leona centró su atención en el coche. Se inclinó para mirar por la ventanilla del acompañante, impidiendo que Stacey viera nada de su interior. Hubo una interacción de unos cinco segundos y, acto seguido, Leona se enderezó. La ventanilla se subió, el maletero se abrió y Leona introdujo su maleta en el maletero antes de volver sobre sus pasos.
Stacey no tenía ninguna duda de que Leona estaba encantada, a juzgar por la expresión de su rostro.
Leona se subió al coche; la última esperanza de Stacey era poder ver la matrícula mientras se alejaba.
—¡Jooooder! —gruñó la ayudante de detective cuando el vehículo salió lentamente del plano sin que pudiera verse nada de su matrícula.
Aunque Stacey había estado observando la parte de atrás del coche, un movimiento en la parte delantera le llamó la atención.
Volvió a reproducirlo. Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio cómo la cabeza de Leona se estrellaba contra la ventanilla.
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Capítulo 82
—¿A dónde vamos, Penn? —ladró Kim al teléfono.
Después de lo que Stacey acababa de contarle, no podían perder un solo minuto. El hecho de que el asesino hubiera omitido preámbulos de cualquier tipo significaba que tenía prisa. Quería a Leona muerta lo antes posible.
—Tenemos dos posibles localizaciones, jefa. Stacey ha sugerido que quizá el asesino pretenda mandar un mensaje y actuar en un lugar simbólico, y basándonos en ello, tenemos dos lugares en la zona asociados con concursos de belleza durante la época que nos concierne. Había un centro comunitario en Netherton que acogió algunos de los certámenes más modestos. El edificio ya no existe, pero el terreno sigue vacío.
—¿Y la otra opción?
—Un centro cívico en Wordsley que acogía los grandes eventos. El edificio aún sigue en pie, aunque abandonado.
—¿Tenían que estar en direcciones opuestas? —preguntó Kim al aire, sabiendo que eso no era culpa de Penn—. Bueno, gente, ¿a cuál me dirijo?
—Wordsley —respondieron Penn y Stacey a la vez.
—De acuerdo. Penn, vete a Netherton por si acaso y avísame cuando llegues —dijo Kim antes de colgar.
Bryant puso el coche en marcha.
Incluso si habían acertado en que la intención del asesino fuera utilizar un lugar significativo, Kim se preguntaba si habrían elegido el lugar correcto.
Si no lo habían hecho, Leona Carter estaba muerta.
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Capítulo 83
Bryant giró a la izquierda en The Cat y se alejó en dirección opuesta a Wordsley High Street. Los restos del centro cívico se encontraban en el límite de la localidad, antes de que esta diera ya paso al campo. Era uno de esos edificios olvidados que se habían vendido a un promotor, al que luego se le había denegado el permiso de obras para construir siete viviendas.
La polémica con aquella atrocidad arquitectónica aparecía de vez en cuando en artículos de prensa o en grupos de Facebook de la comunidad local, pero nadie parecía conocer nuevos planes para su remodelación, y el edificio se deterioraba un poco más cada año. El propietario ya no consideraba que tuviera el valor suficiente como para vallarlo o adoptar otras medidas disuasorias, y el lugar era frecuentado por okupas, vagabundos y algunos roedores.
Bryant y Kim se dirigieron directos al aparcamiento. La inspectora vio al instante la parte trasera de un vehículo que estaba escondido junto a un lateral del edificio. Menos mal que habían acertado. No había razón alguna para que nadie más estuviera allí.
Cuando salieron del coche, un segundo vehículo entró a toda velocidad en el aparcamiento. Sus faros los cegaron por un momento.
—¿Qué coj…? —Kim dejó de maldecir cuando la ocupante del coche se bajó—. Bobbi, ¿qué coño hace aquí?
—Los he seguido. ¿Dónde está mi madre? —preguntó, dirigiéndose hacia el edificio.
Bryant la agarró del brazo.
—No puede entrar ahí.
—¡Quíteme las manos de encima! —gruñó la mujer.
—¡Cállese! —siseó Kim—. ¡La van a oír!
La inspectora no podía entretenerse con aquello, no había tiempo que perder.
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—Bryant, que no se mueva de aquí.
Que Bobbi hubiera ido a aquel lugar significaba que Bryant iba a estar ocupado con ella para que no entorpeciera y, por tanto, que Kim se vería obligada a entrar sola en el edificio.
—Joder, qué estupendo —se quejó Kim cuando empezaron a caer las primeras gotas de un aguacero. ¿Cuándo demonios iba a dejar de llover?
—¡Suélteme! —gritó Bobbi.
—¡No nos está ayudando en nada! —espetó Kim.
Bobbi intentó soltarse de Bryant, pero él la sostenía firmemente. —¡Es mi madre! —gritó la mujer, que a esas alturas ya estaba llorando
—. ¡Solo quiero ayudar!
Kim la miró durante unos segundos; en ese momento, algo cobró
sentido en su cabeza.
Luego salió corriendo a toda velocidad hacia la puerta del edificio.
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Capítulo 84
Casi todas las fachadas exteriores del edificio habían sido objeto de vandalismo. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y no había un camino claro por el que se pudiera avanzar sin pisar los restos de cristales y ladrillos. Kim sabía que, en otros tiempos, ese lugar había sido el vestíbulo de un espacio para eventos y que las puertas dobles que tenía delante daban a una sala que por aquel entonces tuvo una cortina divisoria para celebrar eventos menos importantes.
Por muy despacio que intentara atravesar aquella parte del edificio, los fragmentos y la gravilla crujían bajo los pies de la inspectora. Un ruido furtivo a su derecha no contribuyó precisamente a tranquilizarla. No le estaba funcionando la idea de acercarse muy despacio para que no la descubrieran.
Kim respiró hondo, atravesó las puertas y se detuvo en seco al contemplar lo que se encontró.
Leona Carter estaba atada a una silla, con la cabeza inclinada hacia atrás. En el lado izquierdo de su cara destacaba un hematoma muy hinchado.
Una figura se alzó sobre Leona, blandiendo un cuchillo frente a ella. —¡Despierta! —gritó Carly Spencer—. ¡Quiero que estés despierta
cuando te mate!
—¡Aléjese de ella! —gritó Kim, tratando de que su voz sonara más calmada de lo que realmente se sentía.
Durante las dos conversaciones que habían mantenido con Carly, les pareció la persona más equilibrada y centrada de todas con las que habían hablado y la menos afectada por haber sido durante un tiempo el centro de todas las miradas. Recientemente había perdido a su madre por causas naturales y había cerrado un negocio lucrativo. Kim era, a esas alturas,
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capaz de ver el vínculo entre todos esos acontecimientos y de entender cómo había ido sucediendo todo.
—¡No se acerque ni un paso más! —dijo Carly, girándose.
Kim no se atrevió a hacerlo. Entre Carly y Leona habría medio metro.
Ella se encontraba a más de cuatro.
Incluso aunque tuviera uno de sus mejores días, Kim no tenía ninguna opción de recorrer ese espacio antes de que Carly asestara una puñalada mortal.
No era una situación en la que la inspectora estuviera en peligro inminente. Ojalá lo fuera; se cambiaría por Leona Carter sin pensárselo dos veces. Pero daba igual que hubiera un centenar de agentes tanto en el interior como en el exterior del edificio. Ninguno de ellos podría sujetar o desarmar a la mujer antes de que cometiera su último asesinato.
Y Carly sabía que sería el último. Era consciente de que todo había acabado y que no saldría de aquel edificio sin las esposas puestas. Lo único que quedaba por saber era si dejaría una nueva víctima en su camino.
—¿Por qué, Carly? —preguntó Kim, de forma simple, aunque ya supiera la respuesta.
—¡Claro, tenía que preguntármelo! —espetó Carly—. Me imagino que usted disfrutó de una madre cariñosa que la animaba y la orientaba. Una madre que solo quería lo mejor para su hija. Una madre que…
—Me enviaron a un centro de acogida cuando tenía seis años — contestó Kim; esos eran todos los detalles que estaba dispuesta a ofrecerle.
—Pues qué suerte. Ojalá ese hubiera sido mi destino.
—Pero eso…
—Da igual; fuera como fuera, no podría haber sido peor de lo que yo sufrí. Ya sabe que el maltrato no tiene por qué ser físico. Esa mujer me arruinó la vida.
—¿Qué le hizo, Carly? —preguntó Kim.
—Nunca podría comprenderlo, nunca entendería el daño que me causó. ¿Puede siquiera hacerse una idea de lo que significa que te pongan a dieta cuando tienes ocho años? ¿Que solo te den lechuga y tomate hasta que bajes de peso? ¿Que tu madre te llame «gordita» o «cerdita», o que se meta con tu piel, tus dientes, tu nariz o cualquier cosa de tu físico? Y eso todo el tiempo, cada día de tu vida, comentarios sobre tu aspecto físico. Un ciclo interminable de entrenamientos y más entrenamientos. Y no existía
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otra cosa. Ni siquiera había tiempo para hacer mis deberes. Tenía que caminar de un lado a otro hasta que me salieran ampollas en los talones y sufriera calambres en las piernas, hasta que me desmayara por el esfuerzo, y ni siquiera eso era suficiente. Lo único que importaba era ganar trofeos y ser la mejor.
Carly hizo una pausa y tomó aire para seguir hablando.
—Verá, para mí no era algo natural participar en certámenes de belleza. No era lo bastante guapa ni lo bastante delgada ni lo bastante simpática para los jueces. Mi madre trató de convertir algo imperfecto en perfecto. Quería una hija guapa y elegante de la que pudiera presumir como una representación de sí misma. Si chasqueaba los dedos, yo tenía que desfilar, y que no se me ocurriera equivocarme. Odié los certámenes con toda mi alma, todo el tiempo, pero lo intenté, vaya si lo intenté; yo solo quería que mi madre me dijera algo bonito alguna vez y ganarme su aprobación.
—Pero usted es muy…
—Ya, ya lo sé, ahora parezco una persona diferente. Lo he logrado. Me someto a cualquier tipo de tratamiento que existe para mejorar mi aspecto. Es lo que siempre quiso mi madre.
—¿Abrió su negocio relacionado con los concursos por su madre? — preguntó Kim.
—Pues claro. Seguí buscando su aprobación hasta el día que se murió. Lo único que quería era que estuviera orgullosa de mí. Eso me marcó toda mi vida. En los certámenes nos decían que fuéramos nosotras mismas, pero luego nos enseñaban a ser una persona diferente mediante todo tipo de trucos y falsedades, así que ser una misma no es suficiente, ¿verdad? No lo es, ni para los jueces ni para la gente que se supone que te quiere. Así que dígame, inspectora, ¿qué se supone que debe hacer una?
—¿Ser una persona perfecta?
—Exacto. Y eso hice. Siempre dije sí cuando quería decir no. Nunca expresé cómo me sentía en realidad. Mi madre me hizo conformarme con menos de lo que me merecía. Me he pasado toda la vida intentando agradar a los demás, permitiendo que la gente me tratara mal, me criticara o me ignorara, si eso servía para ganarme su afecto. He dejado que el miedo que le tenía a mi madre rigiera cada decisión que tomaba, y me he acostumbrado a pensar en todo el mundo antes que en mí misma. Eso es lo que ella me hizo.
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—Pero ella ha muerto, Carly. Ya no puede hacerle daño.
—Oh, créame que lo sé. Su muerte me ha liberado de esas ataduras. Cuando respiró por última vez, me sentí eufórica. Al instante desaparecieron el odio que sentía hacia mí misma y mi sentimiento de inferioridad. Ya no tenía que demostrarle nada a nadie. Fue el mejor momento de mi vida.
En ese instante, la puerta que Kim tenía detrás se abrió de golpe, sobresaltándolas a ambas.
Como un rayo, una silueta pasó volando junto a ella.
—¡Bobbi, no! —gritó Kim mientras la joven corría hacia el cuchillo.
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Capítulo 85
—¡No te acerques! —dijo Carly, apuntando el cuchillo hacia Bobbi. —¡Bobbi, no, quédate ahí! —susurró Leona. Al oír el nombre de su
hija, la mujer parecía haber vuelto en sí.
Bobbi dejó de correr, pero no apartó los ojos de su madre.
En el ambiente había una tensión muy palpable. Kim había llegado a estar convencida por un momento de que aquel cuchillo no iba a terminar perforando el cuerpo de ninguna persona. Ahora ya no estaba tan segura.
Durante la conversación anterior, Carly nunca había parecido una asesina enloquecida. Pero ahora sus ojos se movían rápidamente de lado a lado. Sus movimientos eran nerviosos y poco naturales. Su voz ya no era firme, tranquila y razonable. Había un temblor en ella y, lo que era peor, eso mismo también se apreciaba en la mano que sostenía el cuchillo.
La puerta tras la inspectora se abrió de nuevo y entró Bryant. Tenía el rostro enrojecido y se frotaba la mano derecha. Kim apreció un poco de sangre y supuso que Bobbi le habría mordido para escaparse de él.
La llegada del sargento no había ayudado en nada a aliviar la tensión; Carly miraba a todas las personas que tenía a su alrededor.
—¿Es que nadie entiende que he estado haciendo algo bueno? — preguntó Carly, haciendo un gesto con el cuchillo.
Al darse cuenta del peligro que corrían tanto ella como Leona, Bobbi guardó silencio y miró a Kim, que le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que siguiera manteniendo la boca cerrada. Un movimiento en falso y Leona estaba muerta.
Kim tenía que intentar salvar la situación lo más rápido posible, antes de que alguien saliera herido.
—Siempre fuiste la chica buena, ¿verdad, Carly? —preguntó Kim.
—¡Todavía lo soy! —exclamó Carly, como si fuera algo obvio—.
Estoy siendo una buena amiga, cuidando de mis amigas. Siempre quise
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tener amigas, pero mi madre me lo impidió. Me humilló para que nadie quisiera ser mi amiga. Pero ahora soy libre y ellas siguen sufriendo. Las estoy emancipando, liberándolas de la presión imposible de intentar ser lo bastante buenas para personas que nunca estarán completamente satisfechas. Merecen sentir lo que yo siento, tener la oportunidad de vivir sus propias vidas. Las estoy ayudando a…
Bobbi dejó escapar un grito ahogado, y Kim aprovechó para interrumpir a Carly.
—Carly, no todas las chicas se sienten como tú —dijo Kim, forzándose a entrar en el monólogo de la mujer.
—¡Anda que no! Las recuerdo a todas; a veces lloraban, o estaban calladas, o no las dejaban jugar o hacer amigos. Todas pasaron por lo mismo que yo; sufrieron como yo sufrí. Todas llevan las cicatrices por culpa de los monstruos que eran sus madres.
—No todas eran monstruos —insistió Kim.
—¡Por supuesto que sí! Solo unos monstruos podrían someter a sus hijas a ese tipo de sufrimiento.
—No todas lo veían de esa manera —dijo Kim—. ¿Verdad, Bobbi? Bobbi miró a Kim, que le hizo un gesto con la cabeza para que hablara. —Carly, yo quiero a mi madre. Si le pasara algo, me moriría. Es mi
apoyo incondicional —dijo Bobbi antes de que se le quebrara la voz.
Carly parecía confundida de verdad.
—Pero ella…
—Claro que hubo momentos en los que tus amigas fueron infelices — dijo Kim—. Tal vez estuvieron aburridas, hartas, cansadas, hambrientas, tristes o cualquier otra cosa, pero no todas sufrían las cosas que te imaginas, las cosas que tú sufrías. No quiero decir que todas tuvieran una relación madre-hija perfecta, pero ¿acaso existe eso? Yo no sé si la he visto alguna vez, ¿tú sí?
Por un momento, para poder hablar con Carly de forma comedida y tranquila, Kim apartó de su mente la imagen de las tres mujeres muertas.
—Carly, yo te entiendo. Pensabas que estabas ayudando a tus amigas, y quizá en algunos casos así era, pero no con Bobbi y Leona.
La mujer levantó la cabeza y susurró el nombre de su hija.
—¿No ves que Bobbi está fuera de sí porque tiene miedo de que le ocurra algo a su madre?
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—Eso se le pasará en cuanto sea capaz de ser ella misma —respondió Carly, moviendo la cabeza de lado a lado en señal de desacuerdo—. Bobbi está limitada por las expectativas de su madre, pero podrá ver, en cuanto yo…
—¡Ya es ella misma! —protestó Kim—. Como muchas otras, a Bobbi le gustaron los concursos de belleza durante un tiempo. Disfrutaba ganando, pero, cuando ya no quiso seguir participando en ellos, se lo dijo a Leona y dejaron de acudir a los eventos.
Kim hizo una pausa para dar tiempo a Carly a digerir lo que había dicho. Sus palabras parecían haber calado en ella.
—¿Es Leona una persona perfecta? Probablemente no —dijo Kim—. ¿Tienen que trabajar para mejorar su relación? Es probable que sí. Pero de eso se trata. Todas las relaciones están en constante desarrollo. Pero puedo prometerte que Bobbi quiere mucho a su madre, y si algo le pasara, le rompería el corazón. Y justo eso es lo que estás tratando de evitar.
Por primera vez, Carly parecía insegura.
—Sé que estás tratando de ayudar a tus amigas —dijo Kim—. Lo entiendo. Pero de esta forma no vas a ayudar a Bobbi. Mira cómo ha entrado aquí corriendo porque su madre estaba en peligro. Si le quitas a su madre, le vas a arruinar la vida para siempre.
—Es verdad, Carly —susurró Bobbi.
Carly exploró el rostro de su vieja amiga, como si buscara alguna señal que le indicara que la estaba engañando. Bobbi era incapaz de mirar a otra parte que no fuera a su madre.
Contemplando la verdad ante sus narices, Carly miró el cuchillo una vez más antes de dejarlo caer al suelo.
Bobbi corrió hacia su madre.
Bryant corrió hacia el cuchillo.
Kim corrió para coger a Carly antes de que se desplomara al suelo.
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Capítulo 86
Kim no sintió ningún placer al esposar a Carly y llevarla a la parte exterior del edificio. Lo único que experimentó fue una mínima satisfacción por el hecho de que ninguna mujer inocente más fuera a ser brutalmente asesinada a manos de Carly.
La inspectora se detuvo justo al salir del recinto.
Habían llegado más coches de policía. Una ambulancia preventiva esperaba a la izquierda y Bryant estaba hablando con el conductor del furgón policial preparado para transportar a la asesina mientras un sanitario le aplicaba un vendaje en la mano.
Bobbi y Leona se agarraban de tal forma que parecía que no se iban a soltar jamás.
—¡¿Qué he hecho?! —susurró Carly, dirigiendo la mirada hacia madre e hija. Había comenzado a llorar.
—Les ha quitado cualquier esperanza —le dijo Kim mientras la hacía avanzar lentamente—. Ninguna de las relaciones de estas chicas con sus madres era perfecta. Rara vez lo son. Pero lo que ha hecho implica que las chicas a las que estaba intentando proteger nunca podrán vivir con normalidad.
Kim nunca sintió la necesidad de buscar la aprobación de sus padres. En su caso, habría tenido que matar a su propio hermano para que su madre la aprobara. Y, sin embargo, había una vocecita en su interior que le decía que ella tampoco era del todo inmune.
Su madre adoptiva, Erica, fue una de las personas más respetables que había conocido. Tenía un gran sentido del bien y del mal, guiado por la justicia y la empatía. Confiaba en la autoridad y creía en la justicia. Los tres años que Kim pasó con ella le enseñaron una barbaridad.
La inspectora rara vez se cuestionaba qué había alimentado su deseo de convertirse en policía, pero ¿habría buscado quizá la aprobación
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materna de parte de una de las únicas personas que le habían importado de verdad en su vida? Erica no la había parido. Ni le dio de comer ni la bañó. No la acunó en sus brazos para que se durmiera siendo un bebé. Sin embargo, en esos pocos años, se formó una relación muy estrecha. ¿Habría sido su elección profesional el resultado de su esfuerzo por hacer que su madre adoptiva se sintiera orgullosa de ella?
—Solo quería ser su amiga —dijo Carly.
—¿No tuvo amigos en el colegio? —preguntó Kim.
Carly negó con la cabeza.
—Yo siempre estaba deseando hacer amigos. Cuando mi madre se hartó de que siempre estuviera buscando la manera de conseguirlo, me permitió ir a una fiesta, poco después de empezar el instituto. Me dijo que era una fiesta de disfraces, y yo la creí. Me vistió de muñeca. Al llegar allí, yo era la única persona que iba disfrazada. Me ridiculizó frente a todas las personas con las que iba a pasar los siguientes cinco años de mi vida.
—Siento que la hiciera pasar por eso —dijo Kim con sinceridad. —Todas estas chicas me van a odiar desde ahora, ¿verdad? —preguntó
Carly con una voz que sonaba quebrada y perdida.
Carly solo había querido gustar, ser especial, que su madre la aprobara y encajar con sus compañeros. No era una persona psicótica ni malvada, pero, al fin y al cabo, había acabado con tres vidas inocentes.
—Sí, Carly, me temo que la van a odiar.
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Capítulo 87
La imagen de Carly Spencer acompañó a Kim hasta su casa y la siguió hasta la comisaría aquel sábado por la mañana.
Tanto ella como el resto del equipo estaban ocupados organizando el papeleo que mandarían a la fiscalía antes de que se formularan las acusaciones formales.
Tiff había llevado café y pasteles para todos. Un gran gesto.
Había algo diferente cuando tenían que hacer trabajo extra un sábado por la mañana. No es que fuera un turno normal de ocho horas, y no estaban oficialmente de servicio, por lo que la forma de vestir se relajaba un poco. Para Stacey y Penn eso significaba ir en vaqueros y camiseta; para Bryant, la simple ausencia de corbata. El comportamiento del equipo también era un poco diferente, como demostraba Penn, lanzándole bolas de papel estrujadas a Stacey.
El caso se había acabado. Habían encerrado a la asesina, y no moriría más gente inocente a sus manos. El trabajo estaba hecho, y aun así Kim no se quitaba a Carly de la cabeza.
De vez en cuando, aparecía un asesino al que la inspectora no terminaba de odiar del todo.
Era innegable que Kim había sido testigo de tres horribles asesinatos, y ninguna de las mujeres había merecido morir de una forma tan brutal, aunque la madre de Katie, Sheryl, estaba ahí en el límite. La inspectora se preguntaba qué clase de persona había que ser para abandonar a tu propia hija porque tuviera una marca de nacimiento antiestética. Eso ya de por sí era algo atroz, pero además robarle la hija a otra mujer, sabiendo el dolor que le causaría, solo porque no estaba satisfecha con la suya, era del todo imperdonable.
La noche anterior puso al día a todas las chicas antes de que las noticias salieran en los medios de comunicación, y las reacciones de las
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tres fueron diferentes. Aunque oficialmente se llamaba Rebecca, la hija de la primera víctima siempre sería Katie para la inspectora, y ella fue la primera a la que llamó. Cuando se le pasó un poco el shock al enterarse de la identidad de la asesina y le explicó sus razones para llevar a cabo sus homicidios, Kim percibió en el tono de Katie algo parecido a la empatía. Katie recordaba con cariño a Carly del pasado, y de inmediato le expresó a Kim que le preocupaba cómo iban a reaccionar las otras chicas. Con la historia que tuvo que vivir por culpa de la que creía su madre y dado todo lo que había descubierto con posterioridad, Kim no podía culpar a Katie por querer cerrar ese capítulo de su vida.
Lottie gritó, chilló y amenazó con hacerle todo tipo de cosas a Carly si alguna vez se cruzaba con ella. Kim, por supuesto, comprendió su reacción. La chica conocía a la persona que le había robado la oportunidad de volver a tener una relación sana con su madre. A Lottie le resultaban indiferentes las razones que pudiera tener Carly. Le daba igual que la mujer pensara que estaba ayudando a sus amigas. Lo único que le importaba era que su madre estaba muerta.
Toyah lloró desconsoladamente, porque la confirmación de la identidad de la asesina hizo que todo le resultara más real. Y permanente.
Habían sido llamadas muy difíciles de hacer, pero al menos las chicas podían darle un cierre a aquel capítulo. Ya podían enviar los cuerpos a sus familias y se restablecería el orden normal de las cosas.
La semana les había planteado a todos muchas preguntas acerca de los concursos de belleza. De todas las chicas que habían conocido, Toyah parecía la menos afectada por su paso por ese mundillo; simplemente disfrutó vistiéndose y siendo el centro de atención de vez en cuando. Al principio, su madre no se lo tomó demasiado en serio, pero al final Andrea se dejó llevar por la competición y la rivalidad, hasta el punto de que su otro hijo intentó quitarse la vida, lo que al final las condujo a tomar la decisión de dejar de participar en los certámenes. Aun así, los recuerdos que Toyah tenía de la competición eran positivos y llenos de alegría.
Judith Palmer convenció a la pobre Lottie de que se distanciara de su madre, y ya nunca tendría la oportunidad de arreglar las cosas con ella. El espacio que había querido generarse sería ya para siempre, y la joven tendría que aceptar las consecuencias de sus decisiones.
La percepción de Kim sobre los certámenes de belleza fue cambiando a medida que transcurrió la semana. Inicialmente, se sentía un poco
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indiferente con respecto a ellos, pensando que tal vez no eran más que una diversión inocente; más adelante, comenzó a estar convencida de que los concursos serían mejores si los padres no participaran en ellos. Las niñas disfrutaban de gran parte de las actividades, pero el deseo de ganar de los padres engendraba en ellas una competitividad y rivalidad despiadadas. Algunas lo odiaron, y otras disfrutaron pasando tiempo con sus madres.
Y luego estaba Judith, la pobre, amargada y retorcida Judith, que se inventó una película acerca de toda su infancia para vengarse de su madre por el hecho de que hubiera tenido un segundo hijo. Kim no lograba entender aún que esa mujer se creyera las mentiras que había creado a raíz de los celos y el odio.
Consciente del daño que su hija estaba causando a las demás al erigirse en experta sin cualificación, Ellie Pugh dio instrucciones a sus abogados para que eliminaran los blogs de Judith y el libro de autoayuda que tenía a la venta. Kim se alegró de aquello, porque legalmente ellos no podían hacer nada para impedir que Judith difundiera sus mentiras.
A lo largo de la semana, Kim se había encontrado con relaciones madre-hija de muy diferente tipo, únicas en cada caso.
Observó la toxicidad de la relación entre Katie y una mujer que ni siquiera era su madre. Supo de la falta de afecto entre ambas, a pesar de haber vivido toda la vida juntas. En cambio, fue testigo de una conexión inmediata entre la joven y su madre verdadera, a pesar de no se hubieran visto durante más de dos décadas.
Vio un vínculo divertido y cariñoso entre Toyah y Andrea, quienes, a pesar de los años de los certámenes, habían permanecido unidas.
Apreció el distanciamiento entre Sally-Ann y Lottie, una situación que podría haber cambiado si hubieran tenido más tiempo para establecer unos límites con los que ambas pudieran vivir.
Y luego estaba Carly: una chica a la que la pasión de su madre fue moldeando. Una chica que fue obligada a ser el centro de atención, aunque no se sentía ni física ni mentalmente apta para desfilar delante de los jueces. Una chica que anheló tener un grupo de compañeras que no fueran oponentes y rivales, sino amigas, contra las que no tuviera que competir. Una chica que se obsesionó tanto con ganarse la aprobación de una madre fría y distante que terminó permitiendo que ese deseo condicionara todas las decisiones que tomó en su vida. Y, cuando quedó libre de esa restricción, su existencia no se parecía en nada a la de su pasado. La
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muerte de su madre la liberó de las cadenas de intentar complacer y satisfacer a una persona que jamás estaría completamente satisfecha. Esa liberación la impulsó a liberar a sus amigas, creyendo firmemente que estarían sufriendo de la misma forma que ella.
La brutalidad de sus acciones fue excesiva, y Kim se preguntó si Carly llegaría a comprender que, en realidad, había estado matando a su propia madre una y otra vez.
Inevitablemente, a la inspectora se le vino a la mente Patty, la mujer que la parió; la que mató a su hermano gemelo y casi consiguió matarla a ella también.
Patricia Stone no fue una madre para ella, pero Kim mintió a Carly cuando intentaba convencerla. Le dijo que la madre perfecta no existía, pero eso no era cierto. Sí que existía, y Kim había tenido el honor de estar bajo su tutela durante apenas tres años, que se hicieron muy cortos.
Kim reprimió la emoción que siempre la inundaba cuando pensaba en su madre adoptiva, Erica.
Keith fue un hombre maravilloso, y la inspectora aprendió de él innumerables lecciones, pero Erica fue el amor, la protección, la persona que se empeñó en dejar huella en ella e inculcarle que siempre tenía que confiar en sí misma para ser o hacer cualquier cosa que se propusiera. Kim siempre consideraría a Erica como su única madre, durante el resto de su vida.
Otra lección que había aprendido durante la semana era la expectativa que se ponía sobre las mujeres después del parto. La presión que les hace sentir la necesidad de llegar a ser perfectas, pero cada mujer posee su propia identidad antes de ser madre.
Una mujer puede ser un poco egoísta, un poco perezosa, pero una vez que se convierte en madre, se espera que desaparezcan todos los rasgos poco virtuosos. Las características molestas se convierten en despreciables, y cualquier fechoría va seguida del «pero es que es madre», como si eso eliminara el resto de los aspectos de su personalidad.
Es posible querer a un hijo y seguir teniendo defectos.
Por otro lado, dos miembros del equipo habían descubierto que un hijo estaba sometiendo a un maltrato terrible a su madre. De no haber sido por su tenacidad y su insistencia para seguir su instinto, quién sabe cuánto tiempo más se habría pasado Olivia encarcelada.
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Penn y Tiff habían atrapado a un asesino y salvado una vida al mismo tiempo.
Kim estaba orgullosa de todos los miembros de su equipo, y sobre eso reflexionaba cuando entró en la sala de la brigada para rellenar su taza de café.
Lo que no había oído desde el interior del centro de operaciones era a Tiff tarareando en voz baja una melodía de una película de Disney sobre construir un muñeco de nieve o algo así. Sin previo aviso, Tiff comenzó a emitir palabras por su boca, adaptando sus palabras a la popular melodía.
—¿Quieres redactar una declaración? —cantaba Tiff.
Kim giró la cabeza bruscamente para mirarla.
—Antes de salir a jugar —seguía entonando la joven agente.
Stacey, Penn y Bryant siguieron la mirada de Kim, con la boca abierta.
—¿Queréis terminar vuestro trabajo? —canturreó de nuevo.
Tiff permaneció con la cabeza gacha, ajena a las miradas de asombro de sus compañeros.
—En un sábado lluvioso —añadió Tiff, justo antes de que Kim tosiera y la agente por fin se diera cuenta de que todos la estaban mirando.
Tiff se puso colorada.
—Lo siento, es que no puedo evitarlo.
Kim echó un vistazo por la sala, viendo el cubo de Rubik de Penn, el aro de Stacey y el kit de magia de Bryant.
Despacio, se le comenzó a dibujar en el rostro una sonrisa auténtica. —Mmm… Tiff, ¿tienes un minuto?
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Una carta de Angela
En primer lugar, quiero daros las gracias por haber elegido leer Madres culpables, la vigésima entrega de la serie de Kim Stone, y a muchos de vosotros por acompañar a Kim y su equipo desde el principio.
Originalmente, este iba a ser el decimonoveno de la serie, pero el repentino fallecimiento de mi madre hizo que no fuera capaz de escribirlo en aquel momento.
Como siempre, los libros nacen de mi necesidad de explorar temas, y dos que llevaban un tiempo rondándome la cabeza eran las madres narcisistas y el mundo de los certámenes de belleza infantiles. Tenía mucho sentido explorarlos juntos, y debo admitir que me encontré algunas sorpresas por el camino (en particular, el dineral que se paga por un vestido para participar en un concurso).
Además, quería explorar el tema del abuso psicológico/físico dentro de la unidad familiar, y esta idea funcionaba bien con lo anteriormente descrito.
He disfrutado muchísimo escribiendo Madres culpables, y si te ha gustado, te estaría muy agradecida si escribieras una reseña. Me encantaría conocer tu opinión, que además puede ayudar a otros lectores a descubrir uno de mis libros por primera vez. Quizá también puedas recomendárselo a amigos y familiares…
Me encantaría tener noticias tuyas, así que ponte en contacto conmigo a través de mi perfil de Facebook, Goodreads o X, o también mediante mi página web.
Y, si quieres estar al día de mis últimas publicaciones, regístrate en el siguiente enlace. Nunca compartiremos tu dirección de correo electrónico, y podrás darte de baja en cualquier momento. w.bookouture.com/angela-marsons
Muchas gracias por tu apoyo, lo agradezco enormemente.
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Angela Marsons
www.angelamarsons-books.com
facebook.com/angelamarsonsauthor
x.com/@WriteAngie
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Agradecimientos
Uf, este libro era complicado, y Julie se ha ganado una recompensa por todas las reuniones que hemos mantenido para tratarlo, ¡vaya si se la ha ganado! Desde el principio, supe el libro que quería escribir y, como siempre, ella se encargó de que lo que tenía en la cabeza se tradujera en palabras escritas. Es muy fácil repetir y subrayar el gran papel que mi compañera en el crimen desempeña en el proceso, pero vuelvo a decir que estos libros no existirían sin su entusiasmo incansable, su apoyo y su confianza inquebrantable en mí incluso cuando yo soy un mar de dudas.
Aunque ya no esté con nosotros, un eterno agradecimiento para mi madre, que nunca cesaba de difundir las novedades de mis libros a todo aquel que quisiera escucharla.
Gracias también a mi padre y a mi hermana, Lyn, a su marido, Clive, y a mis sobrinos, Matthew y Christopher, por su apoyo.
Gracias a Amanda y Steve Nicol, que nos apoyan de muchas maneras diferentes, y a Kyle Nicol por encontrar y reconocer mis libros allá donde va.
Me gustaría agradecer al cada vez más numeroso equipo de Bookouture su entusiasmo inagotable por Kim Stone y sus historias.
Un agradecimiento especial para mi editora, Ruth Tross, que se mostró absolutamente entusiasmada con la idea de este libro desde el momento en el que se la planteé. Cada una de las veces que le envío mi trabajo, me muerdo las uñas por los nervios. Leyó este libro en tiempo récord, y puso fin a mi sufrimiento con gran rapidez. Sus sugerencias y aportaciones para mejorar mis libros son intuitivas y precisas, y entre las dos hacemos que terminen teniendo la mejor calidad posible.
A Kim Nash (Mamá Osa), que trabaja incansablemente para promocionar nuestros libros y protegernos del mundo exterior, y que me ha ofrecido una ayuda muy apreciada en este libro. A Noelle Holten, cuyo
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entusiasmo y pasión por nuestro trabajo son ilimitados, y a Sarah Hardy y Jess Readett, que también defienden nuestros libros en cada ocasión que tienen.
Un agradecimiento especial a Janette Currie, que ha llevado a cabo la corrección de estilo de los libros de Kim Stone desde el principio. Su conocimiento de las historias ha garantizado una continuidad que le agradezco enormemente.
Gracias a la fantástica Kim Slater, que lleva muchos años siendo mi compañera de escritura y un apoyo increíble. Nuestra amistad surgió antes de que ninguna de los dos hubiera publicado, y hemos recorrido juntas nuestros caminos como escritoras. Muchísimas gracias a Catherine Thomson, que me entiende a mí y a mi sentido del humor, y estará encantada de echarme una mano si alguna vez necesito recurrir a OnlyFans! También a las fabulosas Renita D’Silva y Caroline Mitchell, escritoras a las que sigo y leo con voracidad y sin las cuales este viaje sería imposible. Muchísimas gracias a la familia de autores de Bookouture, cada vez más grande, que siguen divirtiéndome, animándome e inspirándome a diario.
Un agradecimiento especial a una mujer encantadora llamada Emma Jones, que muy amablemente me ofrece consejo y orientación sobre todas las cuestiones relacionadas con la morgue. ¡Gracias por los consejos sobre maquillaje en este libro, Emma!
Mi eterna gratitud a todos los maravillosos blogueros y críticos que se han tomado el tiempo necesario para conocer a Kim Stone y seguir su historia. Estas personas maravillosas alzan la voz y comparten con generosidad, y no lo hacen porque sea su trabajo, sino porque es su pasión. Nunca me cansaré de agradecer a esta comunidad su apoyo tanto a mí como a mis libros. Muchas gracias a todos.
Muchísimas gracias a todos mis fabulosos lectores, especialmente a los que han sacado tiempo en su ajetreado día a día para entrar en mi página web, mi perfil de Facebook, Goodreads o X.
ANGELA MARSONS (Brierley Hill, West Midlands, Reino Unido - 1968), es una autora británica de ficción criminal.
Trabajó como guardia de seguridad en el centro comercial Merry Hill en Brierley Hill en West Midlands.
Proviene del Black Country, donde establece sus historias.
Es autora de una serie de novelas policíacas cuyo personaje principal es la detective Kim Stone.
El internado de los inocentes (2015) fue su primera novela.
El éxito de los libros de Kim Stone, publicados digitalmente, dio como resultado un acuerdo de impresión. Marsons ha firmado un contrato con Bookouture por un total de 16 libros de la serie Kim Stone.
FIN

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