© Libro N° 14011. El viejo
Bloomsbury...Y Otros Ensayos. Woolf,
Virginia. Emancipación. Julio 5 de
2025
Título Original: © El viejo Bloomsbury...Y Otros
Ensayos. Virginia Woolf
Versión Original: © El viejo Bloomsbury...Y Otros Ensayos. Virginia Woolf
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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...Y OTROS ENSAYOS
Virginia Woolf
El viejo
Bloomsbury
...Y Otros
Ensayos
Virginia Woolf
PRÓLOGO
En el amplio mundo de la literatura se dan imágenes establecidas por la
costumbre. Así, en cuanto se escucha el nombre de Virginia Woolf la asociación
inmediata es con la narrativa. No hay por qué extrañarse, dado que Virginia
Woolf cuenta entre los grandes modificadores de la novela y el cuento.
Pertenece a un grupo de escritores - Chéjov, Joyce, Kafka, Lawrence, Proust y
varios más- que, al sentir la estrechez impuesta por la literatura del siglo
XIX, se rebeló, consistiendo su rebelión en la busca de nuevos conceptos
narrativos. Escuchemos a la propia Virginia Woolf hablarnos al respecto:
"De aquí derivo lo que llamaré una filosofía; en todo caso, una idea
constante que tengo: que tras la madeja de lana se esconde un patrón, que
nosotros —quiero decir todos los seres humanos— estamos conectados con esto,
que el mun¬do todo es una obra de arte, que somos partes de esa obra de
arte". En novelas y cuentos fue expresando su idea de tal patrón, de tal
comunidad.
Pero la cita anterior proviene de un ensayo. Porque Virginia Woolf
escribió ensayas y se la ha reconocido como una practicante de mucho mérito. He
aquí la opinión del novelista John Buchan (1875-1940): "V. W. es el mejor
crítico que hemos tenido desde M. Arnold, y es más sabia y más justa..."
Por si no bastara, el excelente E. M. Forster (1879-1970) aseguró: "Los
dos volúmenes de El lector común muestran la ampli¬tud de sus conocimientos y
la profundidad de sus afinidades literarias..." En realidad, no hay escritor
sobresaliente que no haya incursionado en el campo del ensayo, y sírvanos de
ejemplo Borges, Cortázar, Guzmán, el propio Forster. Se diría que el ensayo es
un complemento indispensable para muchos narra¬dores, que en ese género pueden
expresar opiniones, ideas, visiones que les es difícil incluir en la narrativa.
Ahora bien, a Virginia Woolf la casta de ensayista le venía por
herencia. Era hija de sir Leslie Stephen (1832-1892), uno de los biógrafos y
ensayistas más destacados del siglo XIX. Nacida el 25 de enero de 1882 en
Londres, Inglaterra, se le puso el nombre de Adeline Virginia Stephen, siendo
Woolf apellido que adoptara al casarse con Leonard Woolf. Fue edu¬cada en casa
por su padre, dueño de una espléndida biblioteca. Los amigos de éste,
intelectuales la ma¬yoría, le completaron aquella educación en las reunio¬nes
frecuentes que se daban en casa de Leslie Stephen, donde se examinaban temas
diversos desde posiciones no pocas veces encontradas. Confiesa la propia
escri¬tora que fue aquél un estímulo impagable para su cre¬cimiento
intelectual.
¿Nos extrañará que su primer texto publicado fuera una reseña? Apareció
en forma anónima en el periódico Guardian, en 1905. A partir de allí, su
producción ensayística fue impresionante, no poco de ella origi¬nado en
peticiones de la prensa. No olvidemos que desde ese 1905 y hasta poco antes de
su muerte, ocurrida el 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf fue co¬laboradora
fija del Times Literary Supplement, sin que ello le impidiera aparecer en The
Yale Tribune, The New York Herald Tribune y Lysistrata, por sólo men¬cionar
algunas de las publicaciones en que trabajó. En vida reunió parte de ese
material en diversos libros, entre los que es pertinente mencionar las dos
series de El lector común (1925 y 1932), Habitación propia (1929), Flush
(1933), Tres guineas (1938) y Roger Fry: una biografía (1940). A partir de su
muerte hubo una exploración de la obra que había dejado inédita, en el sentido
de no estar incluida en libro, y se encontró que el material era de una
abundancia abrumadora. Tal exploración se vio complicada porque muchos
artículos habían aparecido en forma anónima y otros con el nombre de soltera:
Virginia Stephen. Primero el marido y más tarde las albaceas literarias fueron
dando a conocer este material, siendo consecuencia del proceso que la obra
póstuma amenaza con superar en número a la publicada en vida de la autora. A la
fecha se han dado a conocer La muerte de la polilla (1942), El momento (1947),
Diario de una escritora (1954), Grani¬to y arco iris (1958), Momentos del ser
(1976), cinco vo¬lúmenes de diarios y seis de cartas.
Se comprenderá que preparar una antología de los ensayos dejados por
Virginia Woolf no es tarea que digamos sencilla. Dos de los criterios posibles
de apli¬car serían el de la buena calidad y el de los temas que mejor
representen las posiciones de la autora. Nada impide combinarlos. Y si
atendemos a la propia Virgi¬nia Woolf, parte de los méritos atribuibles a un
ensayo son "ese libre relampagueo de la imaginación, esa destellante
fractura de genialidad en medio de ellos [los ensayos] que los deja defectuosos
e imperfectos, pero iluminados de poesía".
Así pues, no la tersura fría del pensamiento académico, sino el
compromiso de expresar ideas mediante la imaginación, lo cual no significa
dejarle a ésta las riendas conductoras.
Significa aprovechar el ensayo para trazar un retrato intelectual de sí
mismo. O en palabras de la autora, “me prometí que diría lo que pensara, y lo
diría a mi modo”. En tal sentido, no es un desacato emparentarla con el padre
del ensayo, Michel de Montaigne. Si pensamos que la palabra "ensayo"
significó originalmente "intento", es descripción que conviene a lo
hecho por Virginia Woolf, quien aprovecha el género para explorar un cierto
tema, meterse por muchos de los vericuetos que el dicho tema permite y proponer
algunas conclu¬siones que, a su vez, el lector ponderará. Si habremos de
creerle a Forster, la autora respetaba mucho el conocimiento y la sabiduría, y
era a partir de ambos elementos que componía su obra no narrativa, forma¬da de
ensayos, artículos periodísticos y reseñas.
Si algo podemos atribuirle a Virginia Woolf como ensayista, aparte del
ya mencionado respeto por el conocimiento y la sabiduría, así como la amplitud
y hondura de sus propios conocimientos, es una posi¬ción cultural
aristocrática. Ese término, aristocrática, pudiera causar algún rechazo, por
traer a mientes acti¬tudes exquisitas ajenas a las adoptadas por el común de
los mortales. Sin embargo, es necesario entender lo que proponía la autora: no
conformarse sino con lo mejor. Aspirar al dominio del pensamiento más eleva¬do
conseguido por el hombre, y abandonar lo fácil y lo trivial. Pero, es de
justicia agregar, un pensamiento entretejido a la capacidad de sentimiento, a
la sim¬patía por las debilidades y los pequeños dramas del ser humano. Por
tanto, la Virginia Woolf reseñista fue siempre dura con lo insatisfactorio, se
debiera esto último a la carencia de oficio en los escritores co¬mentados, a su
preferencia por lo superficial o a su voluntad excesiva en atenerse a las modas
literarias. La literatura, pensó siempre Virginia Woolf, debía provenir de una
íntima e ineludible necesidad de explorar el mundo mediante la escritura, pero
haciéndolo a partir de una honestidad de oficio que, incluso, pudiera
indisponer a los lectores porque no les facilitaba el camino hacia el texto.
Así, quien se adentre en los ensayos de Virginia Woolf encontrará
cumplida esa exigencia de buena calidad que ella pedía a los otros. Acaso un
ejemplo sirva para confirmar lo que decimos. En los archivos de la autora,
posteriormente cedidos a la Univer¬sidad de Sussex (Inglaterra), se encontraron
nueve revisiones de la nota hecha a un libro. Si pensa¬mos que se considera
(injustamente) a la reseña uno de los géneros menores dentro del periodismo, es
de suponer la dedicación que la novelista puso en textos de mayor cuerpo. Y no
es cuestión tan sólo de atender al estilo, para llevarlo a su expresión más
pulida, sino de enriquecer asimismo las ideas que se están ex¬presando.
Recordemos que todo autor nos propone una visión del mundo, con la cual
entramos en diálogo de aceptaciones, de cuestionamientos o de re¬chazos.
La presente antología de ensayos intenta que el lector entable un
diálogo con la visión del mundo propia de Virginia Woolf, diálogo que en cada
lector funcionará según las relaciones que se hayan estableci¬do o se vayan
estableciendo. Como antología que es, tiene la obligación de proponerse una
selección de textos representativa de la autora, intento que en el caso
presente no se atiene a un ordenamiento cro¬nológico y sí a otro de índole
temática. Así, "La muerte de la polilla", del libro con el mismo título
publicado en 1942, representa el ensayo lírico, que sin ningún aparato de
erudición académica se adentra en consideraciones relacionadas con una cuestión
antigua entre nosotros: el sentido de la vida y la posi¬ción ante la muerte. Es
una variedad de ensayo muy frecuentada por los escritores ingleses, que en la
des¬cripción de algún incidente cotidiano encuentran material para
disquisiciones harto serias y a menudo, como en el caso presente, nada ajenas a
ciertas elucu¬braciones filosóficas.
"El viejo Bloomsbury", del libro Momentos del ser (1976), nos
acerca a un material autobiográfico que nos explica las posiciones estéticas de
Virginia Woolf, refiriéndose al origen y al desarrollo de las mismas en el seno
de aquel grupo llamado, justamente, Blooms-bury. Pertenecían a él destacados
intelectuales del momento -el novelista E. M. Forster, el biógrafo Lytton
Strachey, el crítico de pintura Clinton Bell, la pintora Vanessa Bell (hermana
de Virginia), el economista John Maynard Keynes, el ensayista Leonard Woolf y
varios otros-, quienes en sus frecuentes veladas discutían, porque discusiones
eran, temas de lo más diverso, que el propio ensayo de la autora nos define, al
igual que nos describe cómo el grupo resultó subversivo para la gazmoña sociedad
inglesa del momento, atenida como estaba a la variedad de "buenas
costumbres" entonces de moda. Todo lo cual apunta a un hecho sin duda
interesante: tanto en su vida cotidiana como en su obra, Virginia Woolf se
adelantaba a su tiempo. Si pensamos que estas reu¬niones comenzaron a
principios de siglo, siglo que en esos principios era reacio a conceder
libertades a las mujeres, se comprenderá mejor la importancia de lo hecho por
la escritora.
Esto se refuerza en los dos capítulos que hemos incluido de Habitación
propia (1929), donde Virginia Woolf alega convincentemente cuáles han sido las
condiciones sociales que le impidieron a la mujer un crecimiento cultural
equiparable al del hombre, Triste como es decirlo, son condiciones que mucho no
han mejorado en algunas zonas de la sociedad que vivimos. E. M. Forster
considera que "el feminismo le inspiró [a Virginia Woolf] uno de sus
libros más brillantes, el encantador y persuasivo Habitación propia". De
esta manera, los tres ensayos primeros de esta antología examinan el marco
social dentro del cual actúa y se modifica la literatura.
Con esto llegamos a "La vida y el novelista", del libro
Granito y arco iris (1958). Pese a lo grave de su tí¬tulo se trata de una
reseña, encaminada a comentar de la hoy olvidada Gladys Bertha Stern su novela
Un diputado fue rey (1926). Justamente uno de los hilos conductores del ensayo
es la posibilidad de que Stern fuera olvidada y las razones que estaban
anunciando tal posibilidad. Hoy sabemos que Virginia Woolf no se equivocó, lo
cual habla bien de su percepción estética. Pero si allí quedara el asunto, no
pasaría el texto de ser una nota crítica inteligente. Como es lo acostumbrado
en la autora, toma de pretexto dicha novela para ampliar sus consideraciones a
terrenos más generales, dedicando bastante del espacio a medi¬tar sobre la
relación entre un novelista y la vida o, incluso mejor, la utilización que de
la vida hace el es¬critor en su narrativa. Aquí, Virginia Woolf establece, como
es de suponer, los parámetros que le sirven de guía a su propia obra de
ficción.
Ya había incursionado en esos territorios. Porque "La narrativa
moderna", uno de sus ensayos más conocidos, entra de lleno en esa
problemática: explica por qué una copia servil de la realidad refleja peor al
mundo que una interpretación del mismo. Aquí, es necesario recordar que
Virginia Woolf fue madurando como intelectual en una cultura que modificaba
ra¬dicalmente sus puntos de vista. La crítica Jeanne Schulkind ha dado una de
las claves al decirnos que en su vida diaria un individuo "recibe en
ciertos momentos un choque. Esos choques o 'momentos del ser' no son, como ella
[Virginia Woolf] había imagi¬nado de niña, simplemente manifestaciones casuales
de alguna fuerza malévola, sino "expresión de algo real tras las
apariencias". Por tanto, la autora procuraba examinar en su obra tales
"momentos del ser". Ahora bien ¿cómo examinarlos? "La narrativa
moderna" nos lo explica. Es cuestión de percibir el flujo de con¬ciencia
de los personajes, el verlos responder a las presiones que el tiempo causa con
su transcurrir. Para ello, las herramientas del realismo decimonónico eran
insuficientes, pues sólo parecían atender a la situa¬ción externa, mientras que
los individuos siempre están en cambio interno. Lo hacen respondiendo al
entorno, desde luego, pero lo importante es tal cambio. Cuando se lo precisa,
la figura adquiere inte¬gridad y revela cuál es su papel como fragmento en el
patrón total de la existencia. En tal sentido, el final de la novela Al faro es
el ejemplo definitivo.
Pero no olvidemos que para Virginia Woolf el siglo XIX concluyó hacia
1910, cuando en Londres hubo las primeras exposiciones posimpresionistas.
Aquella pintura fue una revelación para la escritora. No desdeñemos pensar que
su modo de escribir tiene claros nexos con la tendencia estética del
posimpresionismo o el lluevo enfoque que de la danza proponía Sergéi Diághilev
(1872-1929). Parte de todo esto aparece en el ensayo mencionado. Pero tampoco
es de olvidar otra presencia: la rusa. Hacia 1910 ya estaban traducidos al
inglés los principales escritores rusos -Dostoievsky, Turguéniev, Tolstói,
Chéjov-, cuyo modo de concebir la narrativa fue un deslumbramiento para nuestra
autora. Aunque los leyó en traducción, y algo sobre la traducción comenta en el
texto que ahora nos ocupa, descubrió en ellos una fuerza de vida notable, que
quiso asimilar para la literatura inglesa. Así, "El punto de vista
ruso", de la primera serie de El lector común, incursiona en tales
cuestiones. De alguna ma¬nera, "La muerte de la polilla" y "El
punto de vista ruso" se unen para irnos completando la imagen de Virginia
Woolf. Si en el primero establece que la muer¬te acaba triunfando, pero sin por
ello disminuir la importancia de luchar por la vida, en el segundo afir¬ma que
el verdadero escritor se hunde en las raíces de la vida y procura entenderlas
con el corazón, aunque la mente elija las vías de expresión. Por otro lado, en
el ensayo sobre la polilla establecía indirectamente que algún tipo de patrón
rige las diversas existencias del mundo, bien que éstas no siempre lo capten, y
tanto en su narrativa como en los análisis de la obra ajena la escritora
procuraba encontrar la trama de ese patrón. Es quizá en esto donde se unen
mejor ensayo y narrativa.
Con el ensayo anterior cerramos una de las facetas ensayísticas de
Virginia Woolf, aunque cerrar es un término engañoso, pues entre los diversos
abordajes se dan claros vasos comunicantes. Sin embargo, digamos que ahora la
atención centra sus intereses en alguna figura literaria, bien que de
estudiarla derive la auto¬ra otras consideraciones, por ningún motivo ajenas a
las ya vistas párrafos atrás. Los ensayos obedecen el orden cronológico en que
se dieron los autores y ninguno de éstos carece de importancia en la historia
de la literatura inglesa. Al revés, cada uno de ellos vino a modificar en algún
sentido el concepto de escritura.
Daniel Defoe surge en las letras inglesas cuando la novela aún se
avergonzaba de serlo, por lo cual disi¬mulaba su naturaleza pretendiéndose
crónica o autobiografía. El propio Defoe entra en ese juego, pero con tantos
guiños de ojos al lector que éste nunca deja de percibir que se encuentra ante
una historia inventada, bien que la cimentación de tal historia sean
experiencias surgidas de la realidad. Defoe puso la narrativa inglesa una serie
de personajes que rieron prestancia de símbolo, siendo Robinson Crusoe el más
conocido pero Moll Flanders la más significativa. La importancia de Defoe,
asegura Virginia Woolf, es que con base en personajes de vida gobernada por la
pobreza y los azares, nos hace ver que nunca pierden la capacidad de optimismo
y siem¬pre establecen la posibilidad de superar las contingen¬cias negativas.
Por otro lado, sabe Defoe encontrar en personajes surgidos de las clases bajas
o víctimas de la sociedad una riqueza psicológica que sin más pone en
entredicho la capacidad de otros autores en tal terre¬no: aquellos
imposibilitados para sacar riqueza del esquematismo de sus creaciones.
Cuando llega a dos de las hermanas Brontë, Charlotte y Emily, Virginia
Woolf aborda un proble¬ma interesante: cómo se alcanza la brillantez en una
faja de creación estrecha (Charlotte) y cómo se alcan¬za la brillantez en
profundidad (Emily). En el primer caso, la narradora (Jane Eyre) domina la
novela y le impone su modo de interpretar la vida, con lo cual todo parte de
ella y en ella concluye, con la limitación consecuente. En Cumbres borrascosas
Emily Brontë lleva a los personajes a una profundidad poética que los
transforma en símbolos universales e, incluso, les da una estatura mayor a la
cotidiana. Es lo aquí expresado un problema de composición literaria que
preocupa a Virginia Woolf, pues lo aborda de nueva cuenta en el texto dedicado
a E. M. Forster. Le reconoce a este autor una limpieza de escritura y de
posición ética indudable, pero siente que en su novelística no fue capaz de
superar las fronteras de una visión demasiado atenida a la posición social de
sus personajes.
¿Que hacer entonces, podría preguntarse? Ir a Tolstói, nos aconseja, y
aprender de él. Porque Tolstói es muy preciso en su descripción de la vida
cotidiana. Preciso al grado de que todo nos resulta familiar: los modos de
vestir, de comer, de hacer gestos. Pero tal precisión le sirve al autor ruso
para penetrar en otras dimensiones, que son aquellas de la conducta y la
conciencia humanas vistas como universales. Esos modos de vestir, de comer, de
hacer gestos revelan de pronto la otra cara de lo cotidiano, los secretos
me¬nudos que toda persona oculta en su ser y que, descu¬biertos, nos la vuelven
novedosa, nos la revelan en ángulos imprevistos y mucho más iluminadores que lo
surgido de la mera superficie de una descripción minuciosamente inútil: aquella
preferida por Gladys Bertha Stern. No es la acumulación de datos lo que da
vida, sino la astuta selección de ciertos rasgos de los seres humanos, de modo
que los detalles construyan el todo. Ese todo que de manera predominante se
encuentra en el centro de los intereses estéticos de Virginia Woolf, ese todo
conseguido, ya lo dijimos antes, por la última pincelada dada al cuadro en la
imagen final de Al faro.
Cuando Virginia Woolf se asoma a Henry James, se asoma a uno de los
grandes narradores de la li¬teratura universal. James, que nunca desdeñó el
exa¬minar las vías de creación en la novela, el relato y el cuento, afirmó en
su obra la importancia del "en¬foque"; es decir, el punto de vista
desde el cual se observan los hechos ocurridos en una trama. Ahora bien,
Virginia Woolf se interesa en los cuentos de fan¬tasmas que James dejó
escritos, probando con varios de ellos que lo sobrenatural nunca es desdeñable si
se lo trabaja con malicia. Pero justo el comentario de la autora es que en
muchos de esos cuentos a James le falló la malicia que tan a menudo muestra en
las otras facetas de su novelística y de su cuentística. Al pare¬cer, la
equivocación está en utilizar lo sobrenatural como mero objeto anecdótico y no
como una vía de acceso a las partes oscuras del ser humano. El ejemplo supremo
de esta posibilidad última la da el propio James en Otra vuelta de tuerca, uno
de los grandes relatos sobrenaturales de la literatura, y así se lo reconoce
Virginia Woolf en el texto que nos ocupa: "Los cuentos de fantasmas de
Henry James".
Joseph Conrad es un maestro indiscutible de la narrativa. Cuando muere,
en 1924, Virginia Woolf le dedica un ensayo donde el cariño y la admiración
nunca están ocultos. Pero, una vez más, la autora examina lo destacable de
Conrad junto a aquello otro acaso menos conseguido, siendo ese
"menos" un tér¬mino relativo. Se examina primero una cuestión de
importancia en el mundo de la narrativa: el lenguaje en el cual se escribe.
Conrad fue un esteticista de la prosa y algunos críticos se lo tienen a mal,
pues consideran que el vestido oculta demasiado al cuerpo. No piensa tal
Virginia Woolf, para quien el estilo de Conrad es otra manera de entregar una
visión del mundo y, por tanto, ese ocultamiento (de existir) es parte del
significado. Para Virginia Woolf la obra de Conrad se divide en dos apartados
consecutivos: las obras del mar y las obras políticas. En su primera etapa de
es¬critor Conrad examina los problemas éticos humanos en relación con la
naturaleza, y consigue sus textos de mayor altura. En la segunda examina los
problemas éticos humanos en relación con el hombre mismo y su sociedad,
disminuyéndoles la estatura porque el novelista no Se encuentra muy seguro de
su terreno.
Como cierre de esta selección hemos elegido "Un ensayo de
crítica", moviéndonos a ello tres razones: la primera, que Virginia Woolf
nos informa de cuáles son en su opinión algunas características de la crítica
literaria, terreno en el que tanto destacó; la segunda, que algunas opiniones
importantes ofrece sobre las características de un buen cuento; tercera, que el
ensayo centra sus intereses en dos libros de Ernest Hemingway, escritor de
indudable prestigio en la his¬toria de la narrativa. Sin embargo, fuerte
sorpresa se llevará el lector al encontrarse con las consideraciones hechas por
la autora en torno de escritor tan afamado. Sin desconocerle su enorme talento,
especifica los desacuerdos con su modo de narrar que le impiden, a Virginia
Woolf, llamarlo grande. No deja de retratarse la autora en tales comentarios,
pero no dejan éstos de tener mucha miga
Así, la muestra ensayística de Virginia Woolf en este volumen ofrecida
no hace sino cumplir ese papel: representar el todo mediante una fracción. La
frac¬ción, sin embargo, permite constatar las virtudes de la autora en cuanto
ensayista. Primero, su escritura. Mucho subraya en sus textos la importancia de
la prosa, y comenta los distintos modos de emplear¬la que se testimonian en los
diversos escritores vistos. Con ello, regresamos a uno de los puntos
subrayados: Virginia Woolf es una aristócrata de la cultura y no acepta sino
los niveles de expresión más elevados. Su lección es de imitar: no conformarse,
en tanto que lectores, sino con las mejores figuras literarias. Con ella no hay
problema: es siempre muy cuidadosa de entregar lo mejor de sí misma. Lo cual no
significa que su estilo sea barroco o de un adorno excesivo; sig¬nifica que lo
limpia de impurezas y en la sencillez busca el nivel de expresión más hondo.
Ánimo similar la mueve en cuanto a la elección de sus autores
preferidos. De ellos parte para en muchos de sus textos informar las
características de un escritor que le parece meramente artesanal o, en sus
propias palabras, destacable pero no innovador. Y plantea una hipótesis de
trabajo que llevó a su propia narrativa: la imitación servil de la vida en sus
aspectos externos liquida la posibilidad de crear en la literatura vida del
espíritu. Ésta, nos dice, es la que importa, incluso cuando se dé peso -recordemos
a Moll Flanders - a esos aspectos externos.
Como ensayista, Virginia Woolf cumple otro re¬quisito: estar informada.
Era una lectora voraz y no sólo de narrativa, sino de poesía, de historia, de
bio¬grafía y de cuestiones filosóficas, todo lo cual le daba un basamento
cultural indispensable para cualquier crítico literario. A esto agregaba un
rasgo más: ser una lectora sutil, inteligente, capaz de percibir en un autor
las características que lo singularizan como creador. No impide esto que la
dirijan en sus pesquisas sus propias inclinaciones estéticas, con las cuales
habrá de lidiar el lector de este volumen. Pero justo eso viene a ser uno de
los propósitos de cualquier lectura: entrar en diálogo con las ideas de quien
escribe, diálogo que puede ser de simpatías o de diferencias. Finalmente, no
puede quedar fuera de estas consideraciones la va¬riedad de modalidades que
Virginia Woolf abordó en su ensayística, de todos los cuales hemos procurado
dar un ejemplo: la reseña, el estudio de algún autor, el ensayo sobre
cuestiones teóricas de la literatura o aquel otro referido a situaciones
sociales y, desde luego, el ensayo en su sentido primero. Es decir, apro¬vechar
cualquier tema, en ocasiones alguno suma¬mente cotidiano o menudo, para meditar
en torno de la existencia. Aparte de todo esto, Virginia Woolf dejó un número
considerable de escritos autobiográficos, de correspondencia y de diarios. En
otras palabras, Virginia Woolf es un ejemplo notable de profesiona¬lismo,
debiendo tomarse esto último como un tributo a su dedicación, su inteligencia y
su generosidad.
FEDERICO PATAN
LA MUERTE DE LA POLILLA
No es propio llamar polillas a las que vuelan durante el día. No
estimulan en nosotros esa placentera sen¬sación de noches veraniegas oscuras y
de hiedra en floración que la variedad más común, de alas se¬cundarias
amarillas y que duerme a la sombra de la cortina, nunca deja de provocarnos.
Son criaturas híbridas, ni alegres como las mariposas ni sombrías como las de
su propia especie. No obstante ello, el espécimen presente, con sus estrechas
alas color paja, orladas con borlas del mismo color, parecía satisfecha con la
vida. Era una mañana placentera a mediados de septiembre, suave, benigna y sin
embargo con un aire más nítido que el de los meses de verano. El ara¬do dejaba
ya surcos en el campo frontero a la ventana y allí donde la reja había estado
la tierra quedaba plana y brillaba de humedad. Tal vigor llegaba de los campos
y de las colinas lejanas, que era difícil la exi¬gencia de mantener los ojos
sobre el libro. También las cornejas se dedicaban a una de sus festividades
anuales; planeando sobre las copas de los árboles hasta simular que una red
vasta, hecha con miles de nudos negros, había sido lanzada al aire; la cual,
tras algu¬nos momentos, se hundía lentamente en los árboles, hasta que cada
rama parecía tener un nudo negro en la punta. Mas de pronto la red era lanzada
al aire de nuevo, en un círculo mayor ahora, en medio de un clamor y una
vociferación extremos, como si el ver¬se lanzado al aire y vuelto con lentitud
a las copas de los árboles fuera una experiencia tremendamen¬te excitante.
La misma energía que inspiraba a las cornejas, a los labriegos, a los
caballos e incluso, se diría, a las leves colinas desnudas, enviaba a la
polilla, en plena agi¬tación, de un lado al otro del cuadrado formado por el
panel de la ventana. Era imposible no observarla. Se estaba, de hecho,
consciente de un extraño sen¬timiento de piedad por ella. Esa mañana las
posibili¬dades de gozo parecían tan enormes y tan variadas, que sólo tener en
la vida el papel de polilla, y encima de una polilla diurna, sonaba a un
destino duro, como patético era su celo de disfrutar en plenitud esas magras
oportunidades. Volaba con energía hasta una esquina de su compartimento y, tras
aguardar allí un segundo, hacia la opuesta. ¿Qué le quedaba sino volar hasta la
tercera esquina y luego la cuarta? Era lo único que podía hacer a pesar del
tamaño de las colinas, la anchura del cielo, el humo lejano de las casas y, de
vez en cuando, la voz romántica de un vapor allá en el mar. Lo que podía hacer
lo hacía. Observándola, se diría que una fibra, muy delgada pero muy pura, de
la enorme energía del mundo había sido introducida en ese cuerpo débil y
diminuto. Tan a menudo como ella cruzaba el panel podía yo imaginar que se
hacía visi¬ble un hilo de la luz vital. Era apenas o solamente vida.
Sin embargo, por ser una forma tan pequeña y tan sencilla de la energía
que se iba introduciendo por la ventana abierta y forzando su curso por tantos
corre¬dores estrechos e intrincados de mi cerebro y del de otros seres humanos,
algo había en ella de maravilloso y a la vez patético. Es como si alguien
hubiera tomado un abalorio de pura vida para dotarlo, del modo más ligero
posible, de vello y plumas, poniéndolo a danzar y a zigzaguear para mostrarnos
la verdadera naturaleza de la vida. Así expuesto, era imposible ol¬vidar la
maravilla de todo aquello. Se es proclive a olvidarse de la vida, viéndola
encorvada y dominada y aderezada y oprimida de modo tal que ha de moverse con
la mayor circunspección y dignidad. Uña vez más, la idea de todo lo que esa vida
pudiera haber sido de nacer con cualquier otra forma, nos hace ver con una
especie de piedad sus sencillas actividades.
Al cabo de un tiempo, al parecer cansada de sus danzas, se posó en el
borde de la ventana, al sol. Habiendo terminado el curioso espectáculo, me fui
olvidando de ella. Luego, cuando levanté la vista, atrajo mi mirada. Intentaba
reanudar su baile, pero parecía tan rígida o tan torpe que sólo pudo aletear
hasta la base del panel. Y en el intento de cruzarlo de un vuelo, fracasó.
Ocupada en otras cuestiones, por un tiempo observé aquellos intentos fútiles
sin pensar, esperando inconscientemente que la polilla reasumie¬ra su vuelo,
tal como se aguarda que una máquina, detenida por un momento, arranque de nuevo
sin buscarle la razón del fallo. Al cabo de tal vez siete intentos, resbaló del
borde de madera y cayó, con un revoloteo de alas, de espaldas en el antepecho
de la ventana. El desamparo de su actitud me alertó. De pronto me vino la idea
de que estaba en dificultades, de que ya no podía levantarse, de que sus patas
lucha¬ban en vano. Pero cuando acerqué el lápiz pensando en ayudarla a
enderezarse, comprendí que ese fracaso y esa torpeza eran el acercamiento de la
muerte. Abandoné el lápiz.
Las patas se agitaron una vez más. Miré como bus¬cando al enemigo contra
el cual la polilla luchaba. Miré hacia el exterior. ¿Qué había ocurrido allí?
Pre¬sumiblemente era mediodía y toda labor había cesado en los campos. Calma y
silencio reemplazaban a la animación anterior. Los pájaros se habían alejado,
para alimentarse en los arroyos. Los caballos estaban inmóviles. Sin embargo y
pese a todo allí fuera estaba el poder, masivo, indiferente, impersonal, sin
prestar atención a nada en lo particular. Por alguna razón opuesto a la pequeña
polilla color paja. Era inútil intentar algo. No quedaba sino observar los
esfuerzos extraordinarios hechos por aquellas patas diminutas contra un destino
cercano que podía, de proponérse¬lo, sumergir una ciudad entera y no sólo una
ciudad sino masas de seres humanos. Nada, lo sabía, tenía oportunidad alguna
contra la muerte. No obstante, tras una pausa de agotamiento, las patas
volvieron a estremecerse. Esta protesta última era soberbia; y tan frenética,
que la polilla consiguió al fin enderezarse. Desde luego, nuestras simpatías
estaban todas con la vida. Además, no habiendo nadie que se preocupara o se
interesara, este esfuerzo gigantesco por parte de una polilla insignificante y
en contra de un poder de tal magnitud, para conservar lo que nadie más valoraba
o deseaba, conmovía de un modo extraño. De nue¬vo, de alguna manera, veíamos
vida, un puro abalorio. Levanté el lápiz una vez más, incluso sabiéndolo
inútil. Pero según lo hacía, asomaron las señales ine¬quívocas de la muerte. El
cuerpo se relajó para en un instante quedar rígido. La lucha había terminado.
Aquella criatura pequeña e insignificante conocía ya la muerte. Al mirar esa
polilla muerta, me llenó de asombro este diminuto triunfo marginal de una
fuer¬za tan grande en contra de un antagonista así de menor. Tal y como la
existencia había sido extraña unos minutos antes, extraña era en este momento
la muerte. La polilla, habiéndose enderezado, yacía ahora en un sosiego de lo
más decente y resignado. Ah sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo.
EL VIEJO BLOOMSBURY
Con base en las órdenes de Molly, he tenido que es¬cribir algunos
recuerdos sobre el viejo Bloomsbury, el Bloomsbury que va de 1904 a 1914. Desde
luego, a Bloomsbury lo veo desde mi perspectiva, no aquella de ustedes. Les
pido que sean comprensivos con es¬to. Entonces, desde mi perspectiva, uno se
acerca a Bloomsbury por Hyde Park Gate, esa pequeña vía sin salida próxima a
Queen's Gate y frente a los jardines Kensington. Y debemos observar por un
momento esa altísima casa a mano izquierda, ya hacia el final, que empieza por
ser de estuco y termina por ser de ladrillo rojo; casa muy alta y sin embargo
-a como la veo ahora que la hemos vendido- tan desvencijada que cualquier
viento fuerte podría derribarla.
Me desvestía en la parte alfa de esa casa, en mi dormi¬torio, en la
parte de atrás, cuando terminó mi recuer¬do último. Mi vestido de satín blanco
estaba en el piso. En el aire, el débil olor de los guantes de ca¬britilla. En
el tocador, mi collar de aljófares enredado con pasadores. Acababa de regresar
de una fiesta; a decir verdad, de una serie de fiestas, pues era una noche
memorable en el apogeo de la temporada 1903. Había cenado con lady Carnarvon en
Bruton Street; había visto a George besarla claramente entre las columnas del
vestíbulo; durante la cena había charlado excesivamente acerca de mis emociones
cuando escuchaba música; lady Carnarvon, la señora Popham, George y yo habíamos
ido entonces a la obra francesa más indecente que haya visto en teatro. Nos
habíamos levantado, como una bandada de perdices, al finalizar el primer acto.
Las blanqueadas mejillas de la señora Popham se habían encendido. Los caireles
grises de Elsie habían volado al vien¬to. Nos habíamos despedido, con gran
embarazo por parte de ellas, en la acera y Elsie había dicho que ojalá y no
estuviera yo cansada, lo cual significaba, imagi¬no, que ojalá y no perdiera mi
virginidad o algo pare-cido. Y entonces George y yo habíamos continuado juntos
en un cabriolé para ir a otra fiesta porque, dijo George, para mi profunda
vergüenza, que había hablado excesivamente y me era urgente aprender a
comportarme; habíamos continuado hasta Hotman Hunts, donde "La luz del
mundo" acababa de regresar de su misión por las principales ciudades del
im¬perio británico, y el señor Edward Clifford, el señor Russell Barrington, el
señor Freshfield e ignoro qué otros ancianos y distinguidos caballeros de
listones negros sujetos a las lentes y damas maduras de ex¬trañas vértebras que
asomaban por el viejo cuanto real y maltratado encaje hablaban en susurros
sobre el arte del maestro mientras que, sentado con su gorra de casquete, éste
bebía, a pesar de ser una noche de ju¬nio, cocoa caliente de un pichel.
Era muy pasada la medianoche cuando me metí en la cama para leer una
página o dos de Marius the Epicurean (Mario, el epicúreo), por el cual sentía
en¬tonces pasión. Habría entonces un toquidito a la puerta, se apagaría la luz
y George se lanzaría sobre mi cama, acurrucándose y besándome y abrazándome
porque, según dijo más tarde al doctor Savage, deseaba confortarme a causa de
la enfermedad fatal de mi padre, quien moría de cáncer tres o cuatro pisos
abajo.
Pero es la casa lo que les pido ahora que imaginen por un momento
porque, si bien Hyde Park Gate pa¬rece hoy muy distante de Bloomsbury, su
sombra cae sobre éste. El 46 de Gordon Square jamás habría sig¬nificado lo que
significó de no haberlo precedido el 22 de Hyde Park Gate. Era una casa de
innumerables habitacioncitas de forma peculiar, construida para que en ella se
acomodaran no una sino tres familias. Porque aparte de los tres Duckworth y los
cuatro Stephen se encontraba también la nieta de Thackeray, una chica de ojos
vacíos cuya idiocia era más obvia día a día, quien apenas sabía leer, quien
lanzaba las tijeras al fuego, quien tenía atada la lengua y tarta¬mudeaba y sin
embargo se veía obligada a sentarse a la mesa con el resto. Para cobijarnos a todos,
ahora se agregaba un piso en lo alto o después un comedor era derribado en la
parte baja. Mi madre, creo, era quien esbozaba en una hoja de cuaderno lo que
necesitaba, para ahorrarse el salario del arquitecto. Las tres fami¬lias habían
derramado todas sus posesiones por el interior de esta casa. Cuando se hurgaba
en los mu¬chos aparadores y armarios oscuros, nunca se sabía lo que iba a
desenterrarse, si la peluca de abogado de Herbert Duckworth, el cuello de
sacerdote de mi pa-dre o una hoja cubierta con los dibujos de Thackeray, que
más tarde vendimos por una buena suma de dinero a Pierpont Morgan. Docenas de
cajas negras llenas de cartas antiguas. Se las abría para recibir el terrífico
hálito del pasado. Había cofres con pe¬sadas vajillas. Había verdaderos tesoros
de porcela¬na y de vidrio. Habitaban allí once personas entre los ocho y los
sesenta de edad, atendidas por siete sirvientes, mientras que de día varias
ancianas y hombres impedidos cumplían diversas tareas con rastrillos y cubetas.
La casa era oscura por ser la calle estrecha al grado de poderse ver a
la señora Redgrave lavándose el cue¬llo en su dormitorio, allá enfrente; pero
también porque mi madre, criada en la tradición de la casa
Watts-Venetian-Little Holland, había cubierto los muebles de terciopelo rojo y
pintado de negro con delgadas líneas doradas las partes de madera. Además, la
casa era totalmente silenciosa. Excepto por un cabriolé ocasional o el carretón
del carnicero, nada pasaba frente a la puerta. Se escuchaba el taconeo de pasos
calle abajo antes de verse un sombrero de copa o un bonete; casi siempre se
sabía quién es¬taba pasando; podía ser sir Arthur Clay; los Muir Mackenzies o
la señorita de nariz blanca o la señora Redgrave con su nariz roja. Por tanto,
aquí vivían diecisiete o dieciocho personas en habitaciones pe¬queñas con un
cuarto de baño y tres excusados para todas. Aquí nacimos nosotros cuatro, aquí
murió mi padre, aquí Stella se comprometió con Jack Hills y dos puertas abajo,
en la misma calle, murió también al cabo de tres meses de matrimonio. Cuando la
recuerdo, esa casa me parece llena de escenas fami¬liares, grotescas, cómicas y
trágicas, de las violentas emociones de la juventud, la revuelta, la
desespe¬ración, la felicidad embriagadora, el aburrimiento inmenso, las fiestas
con los famosos y los insípidos; con enojos otra vez, George y Gerald; con las
escenas de amor de Jack Hills; las de afecto apasionado por mi padre, que
alternaban con un odio apasionado por él, todo esto hormigueando y vibrando en
una atmósfera de perplejidad y curiosidad juveniles, a grado tal que me siento
sofocada por las reme¬moraciones. El lugar parecía embrollo y enredo de
emociones. Podría escribir la historia de cada marca o rasguño de mi cuarto,
escribí más tarde. En ver¬dad que las paredes y las habitaciones habían sido
construidas de acuerdo con nuestro molde. Habíamos permeado toda aquella vasta
fábrica -más tarde la convirtieron en hotel- con la historia de nuestra
familia. Se diría que aquella casa y la familia que la vivía, unidas como
estaban por tantas muertes, tan¬tas emociones, tantas tradiciones, habrían de
durar para siempre. Mas entonces y de pronto ambas se desvanecieron en una sola
noche.
Cuando me recuperé de la enfermedad que, no es de extrañar, fue
resultado de todas esas emociones y complicaciones, ya no existía el 22 de Hyde
Park Gate. Mientras yacía postrada, en casa de los Dickinson en Welwyn,
pensando que las aves canta¬ban coros griegos y que el rey Eduardo utilizaba el
lenguaje más sucio posible entre las azaleas de Ozzie Dickinson, Vanessa había
cerrado Hyde Park Gate de una vez y para siempre. Había vendido, había
quema¬do, había clasificado, había roto. A veces creo que de hecho tuvo que
traer hombres con mazos para el derribo, así de fundidos entre sí estaban
paredes y ga¬binetes. Pero ahora todos los cuartos aparecían vacíos. Furgones
de mudanza se habían llevado todas las pertenencias. Porque no sólo el moblaje
estaba disper¬so. También se había separado la familia, que pareció igualmente
fundida en un todo. George había casa¬do con Lady Margaret. Gerald había
conseguido un piso de soltero en Berkeley Street. Laura había sido encarcelada
finalmente en un asilo, acompañada por un doctor. Jack Hills había iniciado una
carrera políti¬ca. Así, nosotros cuatro habíamos quedado solos. Vanessa -al ver
un mapa de Londres y comprender cuan aparte estábamos todos- decidió que
dejáramos Kensington y empezáramos en Bloomsbury una vida nueva.
Así adquirió existencia el 46 de Gordon Square. Cuando se la ve hoy,
Gordon Square no es la más romántica de las plazas en Bloomsbury. No tiene ni
la distinción de la Fitzroy ni la majestad de la Mecklenburg. Es clase media
próspera y totalmente del pe¬riodo Victoriano medio. Pero les aseguro que en
octubre de 1904 era el rincón del mundo más bello, más excitante, más
romántico. Para comenzar, era asombroso estar ante la ventana de la sala y ver
todos aquellos árboles; el árbol que lanza sus ramas al aire y luego las deja
caer en diluvio; el árbol que brilla tras la lluvia como el cuerpo de una foca
y no mirar a la anciana señora Redgrave lavándose el cuello al otro lado de la
calle. La luz y el aire, tras la espesa penum¬bra roja de Hyde Park Gate,
fueron una revelación. Cosas que allí nunca habíamos visto en la oscuridad
-cuadros de Watts, gabinetes holandeses, porcelana azul- deslumhraban ahora por
vez primera en la sala de Gordon Square. Tras el silencio apagado de Hyde Park
Gate, el rugido del tránsito era positivamente alarmante. Extraños personajes
siniestros, extraños, merodeaban y se escurrían ante nuestras ventanas. Pero lo
más exhilarante era el aumento extraordinario de espacio. En Hyde Park Gate
sólo teníamos un dor¬mitorio en el cual leer o recibir a los amigos. Aquí,
Vanessa y yo teníamos cada una, una antesala; estaban la amplia sala doble y un
estudio en la planta baja. Para que todo fuera nuevo y fresco, habían reparado
totalmente la casa. Inútil decirlo, se había invertido la tradición Watts-veneciana
de felpa roja y pintura negra, para que entráramos a la era Sargent-Furse. En
todas partes había quimones blancos y verdes y en lugar de los empapelados
Morris, de patrones intrincados, decoramos las paredes con capas de sen¬cilla
pintura al temple. Estábamos en plenas experi-mentaciones y reformas. Nos la
íbamos a pasar sin servilletas y a cambio tendríamos [grandes cantidades] de
Bromo. íbamos a pintar, a escribir y a tomar ca¬fé después de la comida en
lugar de té a las nueve de la noche. Todo iba a ser nuevo, todo iba a ser
dife¬rente. Todo estaba sujeto a prueba.
Éramos, al parecer, sumamente sociales. En el invierno de 1904-05
escribí por algunos meses un diario, en el cual descubro que siempre estábamos
almorzando y comiendo fuera, así como holgaza¬neando en las librerías -escribí
por aquel entonces "Bloomsbury es siempre mucho más interesante que
Kensington"- o yendo a un concierto o visitando una galería o volviendo a
casa para encontrar la sala re¬pleta con las colecciones de gente más extrañas.
"Por la tarde vinieron el primo Henry Prinsep, la señorita Millais, Ozzie
Dickinson y Víctor Marshall y se que¬daron hasta tarde, de modo que sólo hubo
tiempo de apresurarse para llegar a la conferencia sobre impre¬sionismo del
señor Rutter, en la galería Grafton... Lady Hylton, V Dickinson y E. Coliman
vinieron al té. Almorzamos con los Shaw Stewart y conocimos a un crítico de
arte llamado Nicholls. Sir Hugh parece un tipo amable pero no vale mucho...
Almorcé con los Prothero y conocí a los Bertrand Russell. Fue muy divertido.
Thoby y yo comimos con los Cecil y luego fuimos con los St. Loe Strachey, donde
conocimos a muchísimas personas... Recogí a Nessa y a Thoby donde la señora
Flower y fuimos a un baile en casa de los Hobhouse. Nessa se encontraba en un
estado de an¬gustia profunda, pues aguardaba al señor Tonks, que llegó a la una
para comentarle sus cuadros. Es un hombre de cara huesuda y fría, ojos
prominentes y gesto de serenidad y aburrimiento. Vinieron al té Meg Booth y sir
Fred Pollock..." Y así por el estilo. Pero entre todas esos registros
menudos de fiestas, la llega¬da de los quimones a casa y cómo visitamos el
zoológico y cómo fuimos a ver Peter Pan, hay algunas anotaciones respecto a
Bloomsbury. El jueves 2 de marzo de 1905, Violet Dickinson llegó al té
acompañada por la esposa de un clérigo y Sydney-Turner y Strachey aparecieron
después de la comida y ha¬blamos hasta las doce. El viernes ocho de marzo
"Margaret envió su auto nuevo por la tarde y fuimos con Violet a cumplir
algunas visitas aunque, desde luego, olvidamos nuestras tarjetas. Luego fui a
Waterloo Road y di una conferencia sobre los mitos griegos (a una clase de
obreros y trabajadoras). Ya en casa encontré a Bell, con quien hablé sobre la
natu¬raleza del bien hasta la una".
El 16 [de] marzo las señoritas Power y Malone comieron donde los
Sydney-Turner y Gerald vino des¬pués de la comida... la primera de nuestras
veladas de los jueves. El 23 [de] marzo nueve personas asistieron a nuestra
velada y se quedaron casi hasta la una.
Unos cuantos días después fui a España, y la tarea que me impuse de
registrar cada paisaje y cada so¬nido, toda ola y toda colina, me hartó de
escribir el diario, de modo que lo terminé con esta brevísi¬ma entrada: mayo
11, "Nuestra velada: Bell el alegre, D. MacCarthy y Gerald, quienes
escandalizaron a los cultos".
De modo que mi diario cesa justo cuando pudo haberse vuelto interesante.
Pero pienso que ha queda¬do claro, incluso en este registro breve donde todo
quehacer aparece amontonado sin ton ni son, que estas primeras reuniones cuando
Bloomsbury esta¬ba en su infancia se diferencian del resto. Son las úni¬cas
ocasiones en que no me limito a decir que conocí a fulano y zutano y que me
parece enojado como Reginald Smith o pomposo como Moorson o fácil de tratar
aunque poco valga, como sir Hugh Shaw Stewart. Digo que hablamos con Strachey y
con Sydney-Turner. Agrego, con signos de admiración, que hablé con Bell ¡hasta
la una acerca de la natu¬raleza del bien! Y no suelo emplear signos de
ad-miración, aunque vuelvo a ellos cuando digo que ¡fumé un cigarrillo con Beatrice
Thynne!
Esas reuniones del jueves por la tarde fueron, en lo que a mí concierne,
el germen del que brotó todo eso que terminó por llamarse -en la prensa, en
nove¬las, en Alemania, en Francia e incluso, me atrevería a decir, en Turquía y
en Timbuktú- con el nombre de Bloomsbury. Merecen que se las registre y
describa. Y sin embargo, cuan difícil, cuan imposible. Las conver¬saciones
-incluso aquellas que tuvieron consecuencias tan tremendas en las vidas y los
caracteres de las dos señoritas Stephen -, incluso conversaciones así de
interesantes e importantes son tan elusivas como el humo. Llenan la chimenea y
se han ido.
En primer lugar no se apega a la verdad decir que cuando se abría la
puerta y, con un titubeo y una modestia curiosos, se deslizaban al interior
Turner o Strachey nos fueran totalmente ajenos. Los habíamos conocido -junto
con Bell, Woolf, Hilton, Young y otros- en Cambridge, donde May Week, antes de
morir mi padre. Pero algo de mucha mayor impor-tancia es que sabíamos de ellos
por Thoby. Thoby poseía una gran fuerza para volver románticos a sus amigos.
Incluso siendo pequeño y estando en una escuela privada, había siempre algún
fulano pasmoso, cuyo carácter y proezas asombrosos describía por horas cuando
llegaba a casa de vacaciones. Esas narra¬ciones eran de lo más fascinante para
mí. Consideraba a Pilkington o Sydney Irwin o el oso Woolly, a quie¬nes nunca
había visto en persona, personajes de Shakespeare. Yo misma les inventaba
historias. Fue una especie de saga que se alargó por años. Y ahora, cuando
escucho sobre Radcliffe, Stuart o de quien-quiera que se trate, comienzo a
escuchar sobre Bell, Strachey, Turner, Woolf. Hablábamos de ellos por horas
cuando vagábamos por el campo o cuando en mi dormitorio estábamos sentados ante
el fuego.
"Hay un fulano asombroso llamado Bell", comen¬zaba Thoby en
cuanto volvía. "Es una especie de mezcla de Shelley con un caballero
provinciano deportista."
Con esto yo, desde luego, afinaba los oídos y co¬menzaba a hacer
preguntas inacabables. Recuerdo que caminábamos por los brezales de alguna
región, y caí en la fantástica impresión de que este hombre, Bell, era un dios
del sol, con paja en el cabello. No era [ilegible] de inocencia y entusiasmo.
Hasta llegar a Cambridge, Bell jamás había abierto un libro, decía Thoby. Pero
de pronto descubrió a Shelley y a Keats y casi enloqueció de excitación. Ya
nada hizo sino recitar y escribir poesía. Sin embargo era un jinete perfecto
-don que Thoby admiraba enormemente- y tenía en Cambridge dos o tres caballos
de caza.
"¿Y es Bell un gran poeta?", preguntaba yo.
No, Thoby no se arriesgaría a decir tal cosa, pero sí estaba en las
cartas que Strachey lo era. Y entonces examinábamos a Strachey, o "el
Strache" como lo llamaba Thoby. De inmediato Strachey se volvió tan
singular y tan fascinante como Bell. Pero de una manera muy distinta. "El
Strache" era la esencia de la cultura. De hecho, pienso que su cultura
alarmaba un poco a Thoby. Tenía cuadros franceses en su cuarto. Sentía pasión
por Pope. Era exótico y extremoso en todo aspecto -lo describía Thoby, tan alto
y tan del¬gado que sus muslos no eran más gruesos que el brazo de Thoby. En una
ocasión irrumpió en las habita-ciones de éste, y tras gritar "¿Escuchas la
música de las esferas?" cayó en un desmayó. En otra, en medio de un
silencio total, expresaba con voz aguda -que Thoby le imitaba a la perfección
-: "Escribamos todos sonetos a Robertson". Era un prodigio de
ingenio. Incluso los tutores y los profesores venían a escuchar¬lo. "No
importa qué calificación te den, Strachey", le dijo el Dr. Jackson cuando
Strachey estaba en el mismo examen, "no será suficiente". Y entonces
Thoby, que me dejaba enormemente impresionada y bastante mareada, pasaba a
platicarme de otro fulano asombroso, un hombre que perpetuamente temblaba con
todo el cuerpo. Era un excéntrico, tan notable a su manera como Bell y Strachey
en la suya. Se trata¬ba de un judío. Al preguntar por qué temblaba, Thoby me
hizo sentir que, por alguna razón, era parte de su naturaleza, así de violento
y de salvaje era, tanto así despreciaba a la raza humana. "Después de
todo", decía Thoby, "ésta es bastante calamitosa ¿no?" Nadie
vale mucho después de los veinticinco, decía. Pero la mayoría de las personas,
según mi deducción, la va pasando y termina adaptándose a las cosas. Pues Woolf
no, opinaba Thoby, considerándolo sublime. Una noche soñó que estrangulaba a un
hombre, y soñó con tal violencia que al despertar se había des¬coyuntado el
pulgar. Desde luego, me encontraba imbuida por el más hondo interés en ese
judío violen¬to, temblador y misántropo, que había sacudido su puño ante la
civilización y estaba por desaparecer en los trópicos, de modo que ninguno de
nosotros pu¬diera volverlo a ver. Acaso entonces la charla virara hacia
SYDNEY-TURNER. De acuerdo con Thoby, Sydney-Turner era un prodigio absoluto en cuestiones
de cultura. Se sabía de memoria toda la literatura griega. Prácticamente nada
había de cierta calidad en lengua alguna que no hubiera leído. Era muy
silencioso y delgado y extraño. Nunca salía de día. Pero ya entrada la noche,
de ver encendida la lámpara de alguien, se acercaba para llamar ligeramente a
la ventana como una mariposa nocturna. Comenzaba a platicar hacia las tres de
la mañana. Su charla era entonces de una brillantez asombrosa. Cuando más tarde
me quejé con Thoby de haber conocido a Turner sin hallarlo brillante, Thoby
supuso, con severidad, que por bri¬llantez yo quería decir ingenio; él, por el
contrario, quería decir verdad. Sydney-Turner era el charlista más brillante
que conocía porque siempre hablaba con la verdad.
Claro está, cuando el timbre sonaba y estas per¬sonas asombrosas
entraban, Vanessa y yo caíamos en un temblor de excitación. Era tarde en la
noche; el cuarto estaba lleno de humo; había panecillos, café y whisky
distribuidos por todos sitios; no vestíamos satín blanco o aljófares; nada
elegante traíamos [aquí, al margen, dos o tres palabras ilegibles]. Thoby se
encar¬gaba de abrir la puerta y por ella entraba Sydney-Turner o Bell o
Strachey.
Entraban con algún titubeo, retraídos, para acurru¬carse silenciosamente
[en] el rincón de algún sofá. Por largo tiempo nada decían. Ninguno de los
acostum¬brados inicios de conversación parecía servir. Vanessa y Thoby y Clive,
de encontrarse allí -pues Clive es¬taba dispuesto a sacrificarse siempre en
bien de la conversación-, proponían diversos temas. Pero casi siempre recibían
una respuesta negativa. "No" era la réplica más frecuente. "No,
no la he visto", "No, no he asistido” o, simplemente, "No
sé". La conversación languidecía de un modo que habría sido imposible en
la sala de Hyde Park Gate. Sin embargo, el silen¬cio era difícil pero no
aburrido. Se diría que la norma de lo que valía la pena decirse se había
elevado tan alto, que era mejor no romperla si no valía la pena. Sentados,
mirábamos al piso. Entonces, por fin, Va¬nessa, tras haber dicho tal vez que
había asistido a alguna exhibición de cuadros, usaba imprudente¬mente la
palabra "belleza". Con esto, uno de los jóvenes levantaba con
lentitud la cabeza y decía: "Depende de lo que quiera decir por
belleza". De inmediato todos nuestros oídos atendían. Es como si el toro
por fin hubiera sido lanzado al ruedo.
Ese toro pudiera ser "la belleza", pudiera ser "el
bien", pudiera ser "la realidad". No importa lo que fuera, se
trataba de alguna cuestión abstracta que ahora solicitaba todas nuestras
fuerzas. Nunca he atendido con mayor intensidad cada paso y cada medio paso
dado en una argumentación. Nunca me esforcé tanto por afilar y lanzar mi propio
dardo. Y entonces, qué gozo cuando la contribución propia era aceptada. Ningún
alabo me complació tanto como el de Saxon al decir -y después de todo, ¿no era
Saxon infalible?- qué en su opinión había defendido yo mi caso con mucha
habilidad. ¡Y qué casos más extraños eran! Recuerdo haber intentado persuadir a
Hawtrey de que en la literatura existe eso llamado atmósfera. Hawtrey me retaba
a probarlo señalan¬do en cualquier libro cualquier palabra donde esa cualidad
estuviera separada del significado. Iba yo en busca de Diana of the Crossways
(Diana de Crossways). El alegato, tratara de la atmósfera o de la naturaleza de
la verdad, era siempre lanzado en el centro del grupo. Si ahora Hawtrey decía
algo, luego era Vanessa y luego Saxon, Clive, Thoby. Me llenaba de asombro
observar a quienes continuaban argumentando colo¬car piedra sobre piedra
cautelosamente, con precisión, mucho después de que la pila se hubiera elevado
hasta desaparecer por completo de mi vista. Pero si no podía expresarse algo,
podía escucharse. Se tenían vis¬lumbres de algo milagroso que estaba sucediendo
muy arriba en el aire. A menudo seguíamos sentados en círculo a las dos o tres
de la mañana. Saxon volvía a quitarse la pipa de la boca, como para hablar, y
luego la regresaba sin haber hablado. Y por fin, empu¬jando su cabello hacia
atrás, pronunciaba con bre¬vedad algún resumen absolutamente definitivo. El
edificio maravilloso quedaba completo y podía trastabillarse hasta la cama
sintiendo que algo muy impor¬tante había, sucedido. Se había probado que la
belleza era -o no era, pues nunca estuve del todo segura- parte de un cuadro.
De tales discusiones Vanessa y yo obteníamos pro¬bablemente el mismo
placer que obtienen estudiantes universitarios cuando por primera vez
encuentran amigos propios. En el mundo de los Booth y de los Maxes no se nos
pedía que empleáramos el cerebro gran cosa. Aquí, sólo el cerebro usábamos.
Parte del encanto que tenían aquellas veladas de jueves, era que resultaban
asombrosamente abstractas. No se trataba tan sólo de que el libro de Moore nos
pusiera a discu¬tir filosofía, arte, religión, sino que la atmósfera -si a
pesar de Hawtrey se me permite utilizar esa palabra- era abstracta al extremo.
Los jóvenes mencionados no tenían "modales" en el sentido de Hyde
Park Gate. Criticaban nuestras argumentaciones tan severamente como las
propias. Jamás parecían notar cómo ves¬tíamos o si éramos bien parecidas. Todo
aquel estorbo de la apariencia y la conducta, que George apilara sobre nuestros
primeros años, se desvanecía por com¬pleto. Ya no había que soportar la
inquisición terrible después de una fiesta, para entonces escuchar: "Te
ves adorable". O "parecías sin chiste". O "En verdad que
debes aprender a peinarte". O "Trata de no parecer aburrida cuando
bailas". O "Te echaste una con¬quista". O "Qué fracaso fuiste".
Esto parecía carecer de significado o existencia en el mundo de Bell, Strachey,
Hawtrey y Sydney-Turner. En ese mundo, el único comentario cuando nos
estirábamos, ya retira dos los huéspedes, era "Es de confesar que
defendiste bastante bien tu posición"; "pienso que más bien te lo
inventaste". Era una simplificación inmensa. Y, en cuanto a mí se refiere,
iba incluso más a lo hondo. La atmósfera de Hyde Park Gate había estado llena
de amor y matrimonio. El compromiso de George con Flora Russell, el de Stella
con Jack Hills, los innume¬rables coqueteos de Gerald, todos eran examinados
con gran interés, fuera en privado o abiertamente. Se suponía que Vanessa ya
había atraído a Austen Chamberlein. Mi tía Mary Fisher, que hurgaba como
siempre en todo rinconcito, había descubierto en el cuaderno de esbozos de Vanessa
seis dibujos hechos por él, y había sacado sus propias conclusiones. Geor¬ge
tenía fuertes sospechas de que Charles Trevelyan la amaba. Pero en Gordon
Square nunca se mencionaba el amor. El amor no existía. Se lo manejaba con tal
ligereza, que por años creí a Desmond casado con una cierta anciana de nombre
la señorita Cornish, de se¬senta años y de cabello blanco como la nieve. Nunca
nos interesábamos en verificar. Parecía increíble que alguno de esos jóvenes
quisiera casarse con nosotras o nosotras con alguno de ellos. Pensaba que el
ma-trimonio era un asunto muy menor y que, si se lo practicaba, se lo
practicaba —sé que es una confesión grave- con jóvenes que habían estado en
Eton Eleven y vestían con elegancia para la cena. Al mirar a mi alrededor en
aquella habitación del 46 pensaba -si se me excusa el decirlo- que jamás había
visto jóvenes tan deslucidos, tan faltos de esplendor físico como los amigos de
Thoby. Kitty Maxse, quien vino una o dos veces, suspiró después: "No dudo
que son muy gen¬tiles, pero querida ¡qué horrorosa apariencia!” Henry James,
quien vio a Lytton y a Saxon en Rye, exclamó ante la señora Prothero:
"¡Deplorable!, ¡deplorable! ¿Cómo pudieron Vanessa y Virginia elegir tales
ami¬gos? ¿Cómo han podido las hijas de Leslie resignarse a conocer jóvenes
así?" Pero justo aquella falta de es¬plendor físico, ese desaliño, era a
mis ojos prueba de su superioridad. Incluso más, era, de alguna manera oscura,
tranquilizador, pues significaba que las cosas podían seguir así, en una
argumentación abstracta, sin vestirse con elegancia para cenar y sin nunca
rever¬tir a las maneras, que había terminado por considerar desagradables, de
Hyde Park Gate.
Me equivoqué. Una tarde de aquel primer verano Vanessa nos dijo a Adrian
y a mí, y la observé en el gran espejo estirar los brazos por encima de la
cabeza con un gesto a la vez de renuencia y aceptación para decirlo:
"Desde luego, comprendo que todos ter¬minaremos casados. Es
inevitable" y, al decirlo, pude sentir una obligación horrible gravitando
sobre noso¬tros; el destino descendería para separarnos de golpe justo cuanta
alcanzábamos la libertad y la felicidad. Vanessa, sentí, estaba consciente ya
de algún reclamo, de alguna necesidad que yo resentía y procuraba igno¬rar. De
hecho, al cabo de algunas semanas Clive le propuso matrimonio. "Sí",
dijo Thoby torvamente cuando le murmuré con timidez algo acerca de la
proposición de Clive, "¡ha sido la peor velada de los jueves!" De
hecho, aquel matrimonio a principios de 1907 fue el fin de ellas. Con esto, el
primer capítulo del viejo Bloomsbury llegó a su fin. Había sido muy austero,
muy excitante, de importancia inmensa. Había adquirido existencia un pequeño mundo
con¬centrado que moraba dentro de otro mayor y más suelto, hecho de bailes y de
cenas. Había comenzado a colorear este mundo y pienso que aún colorea el mucho
más gregario Bloomsbury que lo sustituyó.
Pero no podría haber continuado. Incluso de no casarse Vanessa, incluso
de haber vivido Thoby, el cambio era inevitable. No habríamos podido exa¬minar
por siempre la naturaleza de la belleza en abstracto. Los jóvenes, como
solíamos llamarlos, pasa¬ban de lo general a lo particular. Habían cesado de
ser el señor Turner, el señor Strachey, el señor Bell. Se habían convertido en
Saxon, Lytton, Clive. Una misma había comenzado a criticar, a distinguir, a
comparar. Aquellos viejos retratos llamativos estaban sujetos a revisión. Podía
comprobarse que Walter Lamb, a quien Thoby había comparado con un man¬cebo
griego que tocaba la flauta en un viñedo, de hecho era bastante calvo y más
bien aburrido; ter¬minaba deseándose que pudiera inducirse a Saxon a irse o a
decir algo que tal vez no fuera la verdad es¬tricta; incluso era de dudar,
cuando se publicó Euphrosyne (Eufrosina), que tantos poemas de aquel libro
famoso tuvieran asegurada la inmortalidad, como lo afirmaba Thoby. Pero algo
más pedía el cam¬bio, aunque al menos yo no sabía de qué se trataba. Quizá la
lectura de un párrafo de otro diario, que escribí intermitentemente por uno o
dos meses en el año 1909, les permita suponer en qué consistía. Describo un té
en las habitaciones de James Strachey en Cambridge.
"Sus habitaciones", escribí, "aunque mero aloja¬miento,
son discretas y penumbrosas. Dibujos al pastel franceses cuelgan de los muros y
hay estantes con li¬bro» viejos. Los tres jóvenes -Norton, Brooke y James
Strachey- ocupan sillas cómodas y miran con ojos sua¬ves y atentos el fuego de
la chimenea. El señor Norton sabía que le tocaba hablar; él y yo hablamos
laboriosa¬mente. Los otros callaban. Me gustaría poder explicar aquel silencio,
pero el tiempo apremia y me siento perpleja. Porque la verdad es que estos
jóvenes evidentemente son respetables; no que sólo sean capaces sino que sus
opiniones son honestas y sencillas. Carecen de todo adorno, de manera que hay
convicciones con las cuales estar en desacuerdo cuando se está en desacuer¬do.
Pero nada teníamos que decirnos y estaba conscien¬te de que no sólo se
criticaban mis comentarios sino mi presencia. Buscaban la verdad y dudaban que
pudiera yo expresarla o representarla. Pensé de ellos que esto era valiente mas
poco benévolo. Admiraba la atmósfera -¿era algo más?- y en algunos aspectos me
sentía cómoda en ella. Sin embargo ¿por qué habrán de ser tan estériles el
intelecto y el carácter? Es como si los esfuerzos más elevados de las personas
más in¬teligentes produjeran un resultado negativo. Con toda honestidad, no se
puede ser nada".
Hay en todo esto un cambio notable respecto a lo que debí haber escrito
dos o tres años antes. Desde luego, el cambio se debía en parte a las
circunstancias. Ahora vivía sola con Adrian en Fitzroy Square, y éramos las
personas más incompatibles. Constan¬temente nos provocábamos ataques de
irritación o caídas en la melancolía. Seguíamos yendo a muchísi-mas fiestas,
pero la combinación de los dos mundos que, pensaba yo, era tan [ilegible]
resultaba bastante más difícil. Me era imposible reconciliarlos. Claro, aun
teníamos las veladas de los jueves. Pero siempre eran forzadas y a menudo
terminaban en un fracaso lúgubre. Adrián se dirigía hacia su habitación y yo a
la mía, en silencio total. Pero había algo más en todo esto. De qué se trataba,
no estaba del todo cierta. Sabía teóricamente: por los libros, mucho más de lo
que en la práctica sabía a causa de la vida. Sabía que había sodomitas en la
Grecia de Platón, sospechaba —pues no era cuestión que pudiera preguntarse
di¬rectamente a Thoby- que los había en el Trinity [College] del Dr. Butler, en
Cambridge; pero nunca se me ocurrió que los había incluso ahora en la sala de
Stephen, en Gordon Square. Nunca consideré que la capacidad de abstracción y la
sencillez que habían sido un alivio tan grandes después de Hyde Park Gate se
debían, en buena medida, al hecho de que la ma¬yoría de los jóvenes asistentes
no se sentían atraídos por las jóvenes. No me di cuenta de que el amor, lejos
de ser algo que jamás mencionaban, era de hecho algo que nunca dejaban de examinar.
Comenzaba a sen¬tirme perpleja. Las largas veladas, los largos silencios, las
argumentaciones... seguían en Fitzroy Square como había sucedido en Gordon
Square. Pero ahora me resultaban de lo más intrigantes. Estos jóvenes todavía
me excitaban mucho más que cualquiera de los otros hombres que conocía en ese
mundo externo hecho de cenas y bailes, y sin embargo me sentía —¿me atreveré a
decirlo o incluso a pensarlo?— intolerablemente aburrida. ¿Por qué, me
preguntaba, nada tenemos que decirnos? ¿Por qué la gente más dotada era a la
vez la más estéril? ¿Por qué las amis¬tades más estimulantes eran también las
más apa¬gadas? ¿Por qué era todo tan negativo? ¿Por qué estos jóvenes hacían
sentir que una no podía ser nada? La respuesta a todas mis preguntas era, obviamente
-como lo habrán adivinado- que entre nosotros no había atracción física.
Una sociedad de sodomitas tiene muchas venta¬jas, si se es mujer. Es
sencilla, es honesta, en algunos sentidos nos hace sentir, según lo anoté,
cómodas. Pero tiene sus defectos; con los sodomitas no se puede, según lo
expresan las gobernantas, insinuarse. Algo queda suprimido, ahogado todo el
tiempo. Ocurre que ese insinuarse, el cual no necesariamente significa copular
y no del todo estar enamorado, es uno de los grandes deleites, una de las
grandes nece¬sidades de la vida. Sólo entonces cesa todo esfuerzo, se deja de
ser honesto, se deja de ser listo. Se burbujea hasta llegar a una absurda y
deleitosa efervescencia de agua de soda y champaña, a través de la cual se ve
al mundo teñido con todos los colores del arco iris. Era significativo de lo
que había terminado por desear que iba directamente -casi en la página
siguiente de mi diario, a decir verdad- de los penumbrosos y discretos cuartos
de James Strachey, en Cambridge, a una cena con lady Ottoline Morrell en
Bedford Square. Sus salones, noté sin sacar ninguna consecuencia, me parecían
de inmediato llenos de "lustre e ilusión".
Así, una cambiaba. Pero esos cambios en mí eran parte de un cambio mucho
mayor. Los cuarteles de Bloomsbury habían estado siempre en Gordon Square.
Ahora que Vanessa y Clive se habían casado, ahora que Clive había horrorizado
irrecuperablemen¬te a los Maxse, los Booth, los Cecil, los Prothero, ahora que
la casa estaba arreglada una vez más, ahora que ofrecían pequeñas reuniones con
su bello mantel de lino café y su adorable servicio de plata del XVIII,
Bloomsbury perdió con rapidez el carácter monástico que había tenido en el
Capítulo Uno. El Capítulo Dos iba a ser de carácter muy distinto, al menos en
la superficie.
Otra escena ha quedado viva en mi memoria -no sé si la inventé o no-
como la mejor ilustración del Capítulo Dos de Bloomsbury. Vanessa y yo
estábamos sentadas en la sala. Ésta había cambiado enorme¬mente de carácter
desde 1904. La etapa Sargent-Furse había terminado. Amanecía la etapa de
Augustus John. Su "Pyramus" llenaba una pared entera. Los retratos
que Watt hizo de mi padre y de mi madre estaban colgados abajo, si es que los
habían colgado. Clive había ocultado todas las cajas de cerillos porque sus colores
azul y amarillo tropezaban con el esquema de tonos prevaleciente. En cualquier
momento apare¬cía Clive y comenzábamos a discutir, de principio amigable e
impersonalmente; pronto nos insultá¬bamos, paseando de un lado al otro de la
habitación. Vanessa, sentada, callaba y algo misterioso hacía con su aguja o
con sus tijeras. Sin duda que yo hablaba egoísta, excitadamente, de mis
asuntos. De pronto se abría la puerta y en el umbral quedaba la figura larga y
siniestra del señor Lytton Strachey. Señalaba con un dedo una mancha en el
blanco vestido de Vanessa.
—¿Semen?- preguntaba.
¿Es permisible decir eso?, pensaba yo y todos rom¬píamos a reír.
Mediante esa palabra única caían todas las barreras de reticencia y de reserva.
Un flujo del fluido sagrado parecía abrumarnos. El sexo permeaba nuestra
conversación. La palabra sodomita nunca estaba demasiado alejada de nuestros
labios. Exa¬minábamos la cópula con la misma excitación y fran¬queza con que
habíamos examinado la naturaleza del bien. Es extraño pensar cuan reticentes,
cuán reserva¬dos habíamos sido y por un tiempo cuán largo. Parece asombroso hoy
día que en fecha tan tardía como el año 1908 o 9 Clive había enrojecido y yo
había enro-jecido cuando, en el French Express, le pedí que me dejara pasar
para ir al baño. Jamás soñé con pregun¬tarle a Vanessa qué había ocurrido la
noche de bodas. Thoby y Adrián habrían muerto antes que comentar las aventuras
amorosas de los estudiantes universita¬rios. Siendo que toda cuestión
intelectual había sido debatida con libertad, ignorábamos al sexo. Ahora, una
corriente de luz se filtraba hacia ese departamen¬to. Todo lo habíamos sabido
pero sin hablarlo nunca. Ahora, de nada más hablábamos. Escuchábamos con
interés extasiado sobre los amores de los sodomitas. Seguíamos las altas y
bajas de sus historias escaquea¬das, Vanessa con simpatía y yo -¿no escribí en
1905 que las mujeres son mucho más divertidas que los hombres?- con frivolidad,
entre risas. "Me dice Norton", apuntaba Vanessa, "que James se
encuentra de lo más desesperado. Rupert se ha acostado dos veces con Hobhouse"
y yo coronaba sus anécdotas con algún trozo de chismorreo igualmente excitante:
acerca de un estudiante divino llamado George Mallory, cuya cabeza era como la
de un dios griego aunque, ay, tenía mala dentadura.
Todo esto dio como resultado que las viejas opi¬niones sentimentales en
torno del matrimonio, en las cuales nos habían criado, se revolucionaran.
Lamen¬taría decirles cuán mayor era antes de comprender que nada de chocante
hay en que un hombre tenga una amante o en que una mujer lo sea. Tal vez la
fidelidad de nuestros padres no era la única o inevi¬tablemente la más alta
forma de vida en matrimonio. Quizá tal vez la fidelidad no era tan estricta
como habíamos supuesto. "Desde luego, Kitty Maxse tiene dos o tres
amantes" decía Clive. ¡Kitty Maxse, la casta, la exquisita, la devota! Una
vez más, la vida cambiaba totalmente de aspecto.
De modo que ahora, en el 46 de Gordon Square, nada había que no pudiera
decirse, que no pudiera hacerse. Fue, pienso, un gran avance en la
civi¬lización. Acaso sea verdad que los amores de los sodomitas no son -al
menos cuando se es de otras creencias- de interés obsesivo o de importancia
supre¬ma. Pero el hecho de que se los mencione abier¬tamente desemboca en el
hecho de que a nadie le molesta si se los practica en privado. Así se revisaron
muchas costumbres y creencias. De hecho, a futuro Bloomsbury probaría que
pueden interpretarse muchas variaciones sobre el tema del sexo, y con
resultados tan felices que mi propio padre habría dudado antes de lanzar como
trueno la palabra que creía adecuada para un sodomita o un adúltero. Es decir,
¡desvergonzado!
Aquí llego a una cuestión cuyo examen debo dejar a otro escritor de
memorias; es decir, si damos por hecho que Bloomsbury existe, ¿qué cualidades
per¬mitían ser admitido en él y cuáles los motivos para la expulsión? En
cualquier caso, entre 1910 y 1914 se admitieron muchos miembros nuevos. Habrá
sido en 1910, supongo, cuando Clive se precipitó escaleras arriba, en un estado
de máxima excitación. Acababa de tener una de las conversaciones más
interesantes de su vida. Con Roger Fry. Habían discutido por horas la teoría
del arte. Consideraba a Roger Fry la persona más interesante que le había sido
dado conocer desde sus días de Cambridge. Así, Roger apareció. Apareció, creo
recordar, en un gran levitón ruso, cada bolsillo del cual estaba atiborrado con
un libro, una caja de pinturas o algún objeto intrigante: pinceles especiales
comprados a un hombrecito en la calle de atrás; traía lienzos bajo el brazo; el
pelo suelto; los ojos brillantes. Tenía más conocimientos y experiencia que el
resto de nosotros sumados. [Su mente parecía engarzada a la vida] por un número
de nexos extraordinario. Co¬menzamos hablando de Marie-Claire. Y de inmediato
nos habíamos lanzado todos a una argumentación extraordinaria sobre la
literatura. ¿Adjetivos?, ¿asociaciones? Milton salía del librero, releíamos a
Wordsworth. Teníamos que pensar de nuevo todo el asunto. El viejo esqueleto de
las argumentaciones del Blooms¬bury primitivo, en torno al arte y la belleza,
adquiría carne y sangre. Siempre surgía alguna idea nueva, siempre algún cuadro
nuevo apoyado en una si¬lla, para que se lo mirara, algún poeta nuevo extraído
de la oscuridad y puesto a la luz del día. Por el 46 pasaba gente rara:
Rothenstein, Sickert, Yeats, Tonks. Tonks que no podía ya, era de suponer,
hacer misera¬ble a Vanessa. En ocasiones comenzaba a conocerse una curiosa
figura faunesca que, enredándose en su ropa, parpadeaba, trastabillando de un
modo extraño en las palabras largas de sus oraciones. Un año o dos antes Adrián
y yo estábamos de pie ante una cierta pintura en oro y negro, en el Louvre,
cuando una voz dijo "¿Es usted Adrián Stephen? Yo soy Duncan Grant".
Ahora, Duncan comenzaba a frecuentar los alrededores de Bloomsbury. Cómo vivía,
no lo sé. No tenía dinero. De hecho, el tío Trevor lo consideraba loco. Vivía
en un estudio de Fitzroy Square con una sirvienta vieja y borracha llamada
Filmer, y con un clérigo que en la calle asustaba a las chicas haciéndoles
gestos. Duncan se llevaba de maravilla con ambos. Sus amigos lo abastecían de
ropa que siempre parecía estar cayéndose al piso. Para pintar, nos pedía
presta¬da porcelana vieja y los viejos pantalones de mi padre para ir a las
fiestas. Rompía la porcelana y arruinaba los pantalones porque saltaba al Cam
para rescatar a un niño arrastrado hasta el río por la cuerda de la
"Aholibah", la barca de Walter Lamb. Nuestra cocinera, Sophie, lo
llamaba "ese señor Grant", para que¬jarse de que había estado tomando
otra vez cosas de la despensa, como si fuera una rata. Pero sucumbía a su
encanto. Parecía flotar vagamente en la brisa, pero siempre se posaba justo
donde se lo proponía.
Y por lo menos una vez Morgan pasó revolotean¬do por Bloomsbury,
alojándose por un momento en Fitzroy Square camino de tomar algún tren.
Lleva¬ba consigo, creo, el mismo bolsón negro con la misma etiqueta de cobre
que en este momento se encuentra allá afuera, en el vestíbulo. Sentía yo que
una mari¬posa -de preferencia una mariposa azul claro- se ha¬bía acomodado en
el sofá; de levantarse un dedo o hacerse un movimiento la mariposa huía.
Hablaba de Italia y del Working Men's College. Y yo escuchaba con la mayor
curiosidad, pues era el único novelista que conocía, excepción hecha de Henry
James y de George Meredith; el único, digamos, que escribía sobre gente como
nosotros. Pero me sentía muy temerosa de levantar la mano y que la mariposa
huyera para decir mucho. Solía observarlo oculta por un seto mientras él
revoloteaba por Gordon Square, errático, irregular y con su bolsón, camino de
tomar algún tren.
Todos estos, con Maynard -tan truculento, pensa¬ba yo, tan formidable,
como un retrato de Tolstói cuando joven, capaz de deshacer cualquier argumento
que le llegara con un golpe de su puño y, sin embar¬go, ocultando, como dicen
los novelistas, un corazón amable e incluso simple bajo aquella armadura
in¬telectual enormemente impresionante- y Norton, quien era la esencia de todo
lo que yo deseaba expre¬sar con Cambridge; tan capaz, tan honesto, tan feo, tan
seco; ese Norton con quien pasé una noche entera hablando y con quien fui, al
amanecer, a Covent Garden, a quien aún veo en la memoria mirar a través de sus
quevedos con el ceño fruncido -amarillo y severo con un sembradío de rosas y
claveles al fondo. Estas fueron, opino, las figuras principales en el Bloomsbury
anterior a la guerra.
Pero aquí se vuelve necesario preguntar: ¿dónde terminó Bloomsbury? ¿Qué
es Bloomsbury? Por ejemplo ¿incluye Bedford Square? Pienso que, antes de la
guerra, la mayoría de nosotros habría respon¬dido "Sí". Cuando se
escriba la historia de Blooms¬bury -¿y qué mejor tema para el siguiente libro
de Lytton?-, deberá haber un capítulo, aunque sólo sea en el apéndice, dedicado
a Ottoline. Su primera apa¬rición entre nosotros ocurrió, creo, hacia 1908 o 9.
Veo en mi diario que cené con ella el 30 de marzo de 1909, pienso que por
primera vez. Pero algunas se¬manas antes había caído en una de mis veladas de
los jueves con Philip, Augustus John y Dorella a remol¬que. A la mañana
siguiente me escribió preguntán-dome los nombres y las direcciones de todos
"mis maravillosos amigos". Tras esto vino la invitación a aparecer en
Bedford Square cualquier jueves, hacia las diez, en compañía de quien deseara.
Llevé a Rupert Brooke. Pronto estábamos absorbidos por aquel remolino
extraordinario, donde se unían momen¬táneamente sirios y troyanos. Estaban
Augustus John, muy siniestro en su corbatín negro y su saco de terciopelo;
Winston Churchill, muy rubicundo, todo lleno de encajes y medallas, camino del
palacio de Buckingham; Raymond Asquith restallante de epigra¬mas; Francis Dodd
contándome del modo más gráfico cómo él y la tía Susie habían matado
sabandi¬jas: ella sostenía la lámpara y él un recipiente con parafina. Los
insectos paseaban por el cielo raso en una corriente incesante. Allí estaba
lord Henry Bentinck en un extremo del sofá, y tal vez Nina Lamb en el otro.
Allí estaba Philip, recién llegado de la Cámara de los Comunes, tarareando y
reclinado hacia la izquierda en la alfombra del hogar. Allí estaba Gilbert
Cannan, de quien se decía que estaba ena¬morado de Ottoline. Allí estaba Bertie
Russell, de quien se decía que ella estaba enamorada. Y sobre todo, allí estaba
la propia Ottoline.
"Lady Ottoline", escribí en mi diario, "es una gran dama
que ha terminado descontenta con su propia clase e intenta descubrir qué está
buscando entre artistas y escritores. En razón de esto, como si estu¬vieran
inspirados por algo divino, se les acerca de un modo definitivo y ellos la
consideran un espíritu sin cuerpo que ha escapado de su mundo para llegar a
otro en el cual no puede echar raíces. Aunque no bella, sí vale mucho la pena
contemplarla, Al igual que gran parte de la gente pasiva, es muy cuidadosa y
puntillosa con su entorno. Se toma las molestias más extremas para hacer
descollar su belleza, como si se tratara de algún objeto precioso recogido en
una oscura callejuela florentina. Siempre se diría posible que las ricas
estadounidenses que acarician su capa persa y la califican de ‘muy buena’ pasen
a acariciarle la cara y la califiquen de una obra fina del estilo renacentista
tardío; frente y ojos magníficos, el mentón acaso restaurado. La palidez de sus
mejillas, el modo en que echa la cabeza hacia atrás y mira vacuamente le da la
apariencia de una Medusa de mármol. Su pasividad es curiosa". Y entonces
paso a exclamar, de un modo más bien rapsódico, que el lugar todo estaba lleno
de "lustre e ilusión".
De hecho, cuando se recuerda ese salón lleno de gente, los amarillos y
rosados pálidos de los brocados, las sillas italianas, las alfombras persas,
los borda¬dos, las borlas, el aroma, las granadas, los moños, el popurrí ya
Ottoline gravitando sobre uno desde lejos, envuelta en su chal blanco de
grandes flores escarlatas y arrastrándolo a uno fuera de la habitación y de la
multitud hacia un cuartito donde se quedaba a solas con ella, donde nos acosaba
con preguntas tan íntimas y tan intensas sobre la vida y los amigos y ponía un
signo sobre nuestro nombre en una libretita perfumada -apenas la semana pasada
anoté mi nom¬bre en otra libretita perfumada de Gower Street-, pienso que puede
disculparse mi excitación.
A decir verdad, lustre e ilusión tiñeron a Blooms¬bury en esos últimos
años antes de la guerra. No éramos tan austeros; no éramos tan exaltados. Hubo
peleas e intrigas. Ottoline era acaso una Medusa, pero no era una Medusa
pasiva. Poseía el gran don de apocar a la gente. Se dice que incluso a
Middleton Murry lo hundió entre los vegetales de Garsington. Y para entonces
lejos estábamos de ser monótonos. Las veladas de los jueves, con sus silencios
y sus dis¬cusiones, eran cosa del pasado. Tomaron su lugar reuniones de tipo
muy diferente. El movimiento posimpresionista había lanzado sobre nosotros no
su sombra, sino su haz de luces variadas. Comprába¬mos flores de nochebuena
hechas de felpa escarlata: nos cosíamos vestidos de ese algodón estampado tan
amado por los negros; nos vestíamos como cuadros de Gauguin y paseábamos
alrededor de Crosby Hall. La señora Whitehead se escandalizaba. Decía que
Vanessa y yo íbamos prácticamente desnudas. Violet Dickinson invocó una vez más
el espíritu de mi ma¬dre, para deplorar que alquilara yo casa en Brunswick
Square, pidiendo a jóvenes que la compartieran con¬migo. George Duckworth vino
desde la calle Charles para rogarle a Vanessa que me hiciera renunciar a la
idea, y tal vez no se sintió consolado cuando ella respondió que, después de
todo, el hospital Foundling no quedaba lejos. Comenzaron a circular histo¬rias
sobre reuniones en las que todos nosotros nos desnudábamos en público. Logan
Pearsall Smith dijo a Ethel Sands que sabía de primera mano que Maynard había
copulado con Vanessa en un sofá, en medio de la sala. Se trataba de una
sociedad cruel, inmoral y cínica, se decía; éramos mujeres relajadas y nuestros
amigos jóvenes de lo más indigno.
Sin embargo, a pesar de Logan, a pesar de la señora Whitehead, a pesar
de Vanessa y Maynard y lo que hicieron en el sofá de Brunswick Square, el viejo
Bloomsbury sobrevive. Si quieren una prueba, miren alrededor.
HABITACIÓN PROPIA
CAPÍTULO 3
Fue decepcionante no haber traído de regreso, aquella velada, alguna
afirmación importante, algún hecho auténtico. Las mujeres son más pobres que
los hom¬bres por esto y aquello. Tal vez ahora sería mejor renunciar a la busca
de la verdad, para recibir en la cabeza una avalancha de opiniones caliente
como lava, descolorida como agua tras el lavado. Sería hacer descender el
telón, dejar fuera las distracciones, en¬cender la lámpara, estrechar la
investigación y pedir al historiador, quien no registra opiniones sino hechos,
que describa las condiciones en las cuales vivían las mujeres, aunque no en
todas las épocas sino en In-glaterra cuando, digamos, el reinado de Isabel.
Porque es un acertijo perenne la causa de que ninguna mujer escribiera
una sola palabra de esa lite¬ratura extraordinaria cuando se diría que uno de
cada dos hombres era capaz de componer una canción o un soneto. ¿En qué
condiciones vivían las mujeres? me pregunté. Porque la ficción, es decir la
obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal
vez sí ocurre con la ciencia; la fic¬ción es como la tela de una araña, acaso
sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida
por los cuatro costados. A veces tal vincu¬lación es apenas perceptible. Las
obras de Shake¬speare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mis¬mas, sin
ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla,
se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en
medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que
sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y
las casas en que vivimos.
Así pues, me acerqué al anaquel donde están los libros de historia y
saqué uno de los más recientes, la History of England (Historia de Inglaterra),
del profe¬sor Trevelyan. Una vez más busqué en el índice la entrada Mujeres,
encontré "posición de las" y fui a las páginas indicadas.
"Golpear a la esposa", leí, "era un derecho que se le reconocía
al hombre, y lo practica¬ban sin avergonzarse los de la clase alta y los de la
clase baja... De modo parecido", continúa el histo¬riador, "la hija
que se rehusaba a casarse con el caballero elegido por los padres, corría el
riesgo de que se la encerrara, se la golpeara, se la arrastrara por la
habitación sin que la opinión pública sufriera cho¬que alguno. El matrimonio no
era cuestión de afectos personales, sino de avaricia familiar, sobre todo en
las clases altas 'caballerescas'... A menudo el compromiso ocurría cuando uno o
los dos participantes estaban en la cuna y el matrimonio cuando apenas dejaban
el cuidado de las ayas". Esto sucedía hacia 1470, poco después de la época
de Chaucer. La siguiente referen¬cia a la posición de las mujeres ocurre unos
doscientos años más tarde, en tiempo de los Estuardos. "Seguía siendo la
excepción que las mujeres de clase alta y media eligieran sus maridos y, una
vez asignado el esposo, se volvía dueño y señor; al menos hasta donde la ley y
la costumbre lo permitían. Pese a todo esto", concluye el profesor
Trevelyan, "ni las mujeres de Shakespeare ni aquellas de las memorias
auténticas del siglo XVII, como las Verney y las Hutchinson, parecen ayunas de
personalidad y de carácter". De cierto que, si lo pensamos, Cleopatra debe
haber sabido manejarse: es de suponer que lady Macbeth tenía voluntad propia;
es de pensar que Rosalind era una chica atractiva. El profesor Trevelyan tan
sólo expresa la verdad cuando subraya que las mujeres de Shakespeare no parecen
ayunas de personalidad y carácter. Al no serse historiador, podría irse incluso
más lejos y decir que desde el inicio de los tiempos las mujeres han ardido
como faros en todas las obras de todos los poetas: Clitemnestra, Antígona,
Cleopatra, lady Macbeth, Fedra, Cresida, Rosalinda, Desdémona, la duquesa de
Malfi entre aquellas del teatro; entre los escritores de prosa, Millamant,
Clarissa, Becky Sharp, Ana Karénina, Emma Bovary, Madame de Guermantes. Los
nombres se acumulan en la men¬te y no recuerdan a mujeres "ayunas de
personalidad y de carácter". A decir verdad, si la mujer sólo tuviera
existencia en la ficción escrita por hombres, se la imaginaría una persona de
la mayor importancia; muy variada; heroica y vil; espléndida y sórdida;
in¬finitamente bella y horrible al extremo; tan grande como un hombre y algunos
pensarían que incluso más. Pero aquí se trata de la mujer en la ficción. De
hecho, como lo señala el profesor Trevelyan, se la encerraba, golpeaba y
arrastraba por la habitación.
De esta manera, surge un ser muy extraño y mixto. En la imaginación es
de la mayor importancia; en la práctica, del todo insignificante. Impregna la
poesía de pasta a pasta; apenas si aparece en la historia. En la ficción domina
la vida de reyes y conquistadores; en la realidad era esclava de cualquier
muchacho cuyos padres le forzaran un anillo en el dedo. En la literatura
brotaron de sus labios algunas de las pa¬labras más inspiradas, algunos de los
pensamientos más profundos; en la vida real apenas sabía leer, difícilmente
escribía y era propiedad del marido.
De cierto que era un monstruo extraño el que se creaba leyendo primero a
los historiadores y luego a los poetas: un gusano alado como águila; el
espíritu de la vida y la belleza picando tocino en la cocina. Pero esos
monstruos, no importa cuan entreteni¬dos en la imaginación, no existen en el
mundo de los hechos. Lo que debe hacerse para darles vida es pensar poética y
prosaicamente en el mismo instante, para así mantener el contacto con los
hechos: que se trata de la señora Martin, de treinta y seis años, vestida de
azul, con sombrero negro y zapatos cafés. Mas sin perder de vista la ficción:
se trata de una vasija en el cual todo tipo de espíritus y fuerzas luchan y
destellan perpetuamente. Pero sucede que en el momento mismo de intentar
aplicar este método a la mujer isabelina, falla uno de los ángulos de
iluminación; nos frena la escasez de datos. De esta mujer nada detallado
sabemos, nada que sea totalmente cierto y subs¬tancial. La historia apenas la
menciona. Una vez más fui al profesor Trevelyan, para ver qué entendía él por
historia. Al mirar los nombres de los capítulos, des¬cubrí que significaba:
"La finca solariega y los métodos de agricultura a campo abierto...
Los cistercienses y la cría de ovejas... Las Cruzadas... La universidad... La
Cámara de los Comunes... La Guerra de los Cien Años... Las Gue¬rras de las
Rosas... Los eruditos del Renacimiento... La disolución de los monasterios...
La lucha agraria y la religiosa... Los orígenes del poder marinero de
Inglaterra... La Armada..." y etc. etc. Ocasionalmente se menciona alguna
mujer en lo individual, una Isabel o una María; una reina o una gran dama. Pero
las mujeres clase media, que sólo disponían de cerebro y de carácter, por
ningún medio posible habrían con¬seguido participar en alguno de los grandes
mo¬vimientos que, sumados, constituyen la visión que el historiador tiene del
pasado. Tampoco la encon¬traremos en ninguna colección de anécdotas. Aubrey
apenas la menciona. Nunca escribe sobre la vida propia y rara vez mantiene un
diario; sólo existe un puñado de sus cartas. No dejó obras de teatro o poe¬mas
con qué juzgarla. Lo que se está necesitando —¿y por qué no la aporta algún
estudioso brillante de Newnham o Girton?- es una masa de información: ¿a qué
edad se casaba, cuántos hijos tenía como regla, poseía habitación propia, se
encargaba del cocinado, había posibilidades de que tuviera una sirvienta? Es de
presumir que tales datos se encuentran en algún sitio, en los registros
parroquiales y en los libros de contabilidad; es de creer que la vida de la
mujer isabelina promedio está dispersa por algún sitio y de reunírsela se
podría escribir un libro sobre ella. Es una ambición que supera mi
atrevimiento, pensé mientras buscaba en los estantes libros que allí no
estaban, para sugerir a los eruditos de esos colegios famosos que de¬bieran
reescribir la historia, aunque reconozco que a veces parece un tanto extraña
tal como existe, irreal, desequilibrada. Más ¿por qué no agregarle un
suple¬mento? Poniéndole, desde luego, algún nombre inconspicuo, de modo que en
ella figuren las mujeres sin falta de decoro. Porque a menudo se tiene un asomo
de ellas en las vidas de los grandes, haciendo la limpieza allá al fondo,
ocultando, me parece en oca¬siones, un guiño, una risa, acaso una lágrima.
Des¬pués de todo, tenemos más que suficientes vidas de Jane Austen y no parece
necesario volver a examinar la influencia de las tragedias de Joanna Baillie en
la poesía de Edgar Allan Poe; en cuanto a mí, no me importaría que las casas y
los cotos de Mary Russell Mitford quedaran cerrados al público un siglo por lo
menos. Pero lo que me resultaba deplorable, conti¬nué, volviendo a examinar los
estantes, es que nada se sabe de la mujer antes del siglo XVIII. No tengo en la
mente modelo alguno al que mirar desde este o de aquel ángulo. Aquí estoy,
preguntando por qué las mujeres no escribieron poesía en la época isabelina,
cuando no estoy segura de que tuvieran una edu¬cación, si se las enseñaba a
escribir, si disponían de una sala para ellas solas, cuántas mujeres tenían
hijos antes de los veintiuno; en pocas palabras, qué hacían de las ocho de la
mañana a las ocho de la noche. Es obvio que no tenían dinero; de acuerdo con el
profe¬sor Trevelyan, les gustara o no se las casaba antes de que dejaran la
adolescencia, seguramente a los quince o dieciséis años. Habría sido sumamente
extraño, incluso dada esta exposición, que una de ellas hubiera I escrito de
pronto las obras de Shakespeare, concluí, y pensé en aquel anciano caballero,
ya muerto pero que fue obispo, creo, quien declaró que a cualquier mujer,
pasada, presente o por venir, le era imposible tener el genio de Shakespeare.
Escribió sobre esto a los pe¬riódicos. También dijo a una dama que acudió a él
en busca de información, que de hecho los gatos no van al cielo aunque, agregó,
tienen una especie de alma. ¡Cuántas meditaciones solían ahorrarnos esos
an¬cianos caballeros! ¡Cómo se reducen las fronteras de la ignorancia cuando
ellos se acercan! Los gatos no van al cielo. Las mujeres no pueden escribir las
obras de Shakespeare.
Sea como fuere, no pude evitar el pensamiento mientras miraba las obras
de Shakespeare en el estante, el obispo tenía razón al menos en esto: habría
sido imposible -completa y totalmente imposible que mujer alguna hubiera
escrito las obras de Shake¬speare en la época de Shakespeare. Permítaseme
imagi¬nar, ya que es tan difícil hacerse de datos, lo que habría sucedido si
Shakespeare hubiera tenido una hermana maravillosamente dotada de nombre,
di¬gamos, Judith. El propio Shakespeare fue, muy pro¬bablemente -ya que su
madre era una heredera—, a la escuela elemental, donde pudo tal vez aprender
latín -Ovidio, Virgilio y Horacio- y los fundamentos de gramática y de lógica.
Se sabe bien que fue un mu¬chacho alocado, que cazaba conejos furtivamente, que
tal vez haya matado un ciervo y que, más bien antes de lo debido, se había
casado con una mujer del rum¬bo, quien le dio un hijo un tanto antes de lo
correcto. Esa travesura lo hizo buscar fortuna en Londres. Al parecer, tenía
gusto por el teatro, y comenzó cuidan¬do caballos a la puerta de actores.
Pronto consi¬guió trabajo en el teatro, llegó a ser un actor famoso y vivió en
el centro del universo, pues se cruzaba con todo mundo, a todo mundo conocía,
practicaba su arte en el escenario, ejercía su ingenio en las calles e incluso
tenía acceso al palacio de la reina. Mientras tanto su extraordinariamente
dotada hermana per¬manecía, supongamos, en casa. Se mostraba tan aven¬turera,
tan llena de imaginación, tan inquieta por ver el mundo como él. Pero no la
enviaron a la escuela. No tuvo oportunidad de aprender gramática y lógica y,
menos aún, de leer a Horacio y Virgilio. De vez en cuando tomaba un libro, tal
vez uno de los de su her-mano, y leía unas cuantas páginas. Pero entonces
aparecían los padres y le decían que remendara las medias o cuidara el guisado
y no perdiera el tiempo con libros y papeles. De seguro hablaron con rigor
aunque amables, pues eran gente de medios que conocían las condiciones de vida
de una mujer y ama¬ban a la hija; de hecho, lo más probable es que ésta fuera
la consentida del padre. Tal vez a escondi¬das haya garabateado algunas páginas
en el desván de las manzanas, pero teniendo el cuidado de esconderlas o
quemarlas. Sin embargo pronto, antes de salir de la adolescencia, se la
comprometía con el hijo de un negociante en lanas vecino. Gritaba que el
matrimo¬nio le resultaba odioso y, a causa de esto, el padre la golpeaba
severamente. Luego, cesaba de regañarla. En lugar de eso, le rogaba que no lo
lastimara, que no lo dejara en vergüenza en cuestiones de matrimonio. Le daría,
afirmaba, un collar de abalorios o una falda fina. Todo esto con lágrimas en
los ojos. ¿Cómo des-obedecerlo? ¿Cómo romperle el corazón? La mera fuerza de su
don la llevó a hacerlo. Una noche de ve¬rano preparó un bulto pequeño con sus
pertenencias, se deslizó por una cuerda y tomó el camino hacia Londres. No
llegaba a los diecisiete. Las aves que cantaban en los setos no eran más
musicales que ella. Poseía, don igual al del hermano, la pronta disposi¬ción al
sonido de las palabras. Como él, tenía gusto por el teatro. Se detuvo ante la
entrada de artistas; quería actuar, dijo. Los hombres se rieron en su cara. El
administrador -un hombre gordo de labios col¬gantes- se carcajeó. Berreó algo
acerca del baile y los perritos falderos y la actuación y las mujeres. No había
la menor posibilidad, dijo, de que una mujer fuera actriz. Insinuó... ya se
imaginarán qué. A ella no le era posible adiestrarse en el oficio. ¿Le era
posible, incluso, buscar cena en una taberna o pasear por las calles a
medianoche? Pero su genio era para la ficción y anhelaba nutrirse en abundancia
con las vidas de hombres y mujeres y con el estudio de sus cos¬tumbres. Por fin
-porque era muy joven y tenía un curioso parecido con Shakespeare en el rostro,
los mismos ojos grises, la misma frente abombada-, por fin Nick Greene, el
administrador-actor, tuvo lástima de ella; así, se vio encinta de tal caballero
y entonces -¿quién medirá el calor y la violencia en el corazón de un poeta
cuando se ve preso y enredado en el cuerpo de una mujer?-- se mató una noche de
invierno y yace enterrada en algún cruce de caminos donde hoy día los autobuses
se detienen frente al Elephant and Castle.
Así, poco más o menos, transcurriría la historia, pienso, si en los días
de Shakespeare una mujer hubiera tenido el genio de éste. Pero en cuanto a mí,
estoy de acuerdo con el obispo muerto, si obispo era: es impensable que en
época de Shakespeare una mujer hubiera tenido el genio de Shakespeare. Porque
un genio como el de Shakespeare no nace entre gente trabajadora, ineducada y
servil. No nació en Inglate¬rra entre los sajones y los britanos. No nace hoy
de las clases trabajadoras. ¿Cómo podía haber nacido en¬tonces entre mujeres
cuyas labores comenzaban, de acuerdo con el profesor Trevelyan, casi antes de
dejar los cuidados del aya, pues las forzaban a ello los padres y a ello se
veían sujetas por todo el poder de la ley y la costumbre? Sin embargo, algún
tipo de genio debe haber existido entre las mujeres, como debe haber existido
en las clases trabajadoras. De vez en cuando una Emily Brontë o un Robert Burns
surgen como un flamazo y certifican su presencia. Pero es seguro que nunca
llegaron a ser noticia impresa. Sin embargo, cuando leemos del ahogamiento de
una
bruja, de una mujer poseída por el demonio, de una curandera que vende
hierbas o incluso de un hom¬bre muy notable cuya madre se menciona, pienso que
estamos ante las huellas de una novelista perdida, de una poeta suprimida, de
una Jane Austen muda y oscura, de alguna Emily Brontë que se deshizo los sesos
en el páramo o que trajinaba y sufría por los caminos, enloquecida por las
torturas a que la sujetaba su genio. Me aventuro a suponer que Anon, quien
escribió tantos poemas sin firmarlos, fue a menudo una mujer. Fue Edward
Fitzgerald quien sugirió, creo, que una mujer compuso las baladas y las coplas,
canturreándolas a los hijos, entreteniendo con ellas el cardado de lana o la
extensión de las noches invernales.
Esto puede ser cierto o puede ser falso -¿cómo saberlo?-, pero lo que
tiene de verdadero, me parece, tras revisar la historia de la hermana de
Shakespeare como lo he hecho, es que cualquier mujer nacida en el siglo XVI con
un gran don de seguro habría enlo¬quecido, se habría suicidado o habría
terminado sus días en alguna cabaña solitaria en las afueras del pueblo, mitad
bruja y mitad curandera, temida y befada. Porque no se necesita mucha habilidad
psi¬cológica para estar seguro de que una chica suma¬mente dotada, quien
hubiera intentado emplear ese don en la poesía, se habría visto tan frustrada y
tan impedida por otras personas, tan torturada y tan divi¬dida por sus
instintos en oposición, que de seguro habría perdido la salud y la cordura.
Ninguna mucha¬cha habría caminado hasta Londres, permanecido ante la entrada de
artistas, forzado su paso hasta la presencia de los administradores-actores sin
hacerse violencia y sin sufrir una angustia que acaso hubieran sido
irracionales -pues la castidad pudiera ser un fe¬tiche inventado por ciertas
sociedades por razones oscuras- pero no por ello menos inevitables. Enton¬ces,
e incluso ahora, la castidad era de importancia religiosa en la vida de una
mujer, y se la ha disfrazado de tal manera con nervios e instintos que el
liberarla y sacarla a la luz del día exige un valor fuera de serie. Llevar una
vida libre en el Londres del siglo XVI habría significado para una mujer que
fuera poeta y dramaturga, un estrés nervioso y un dilema que bien hubieran
podido matarla. De haber sobrevivido, cualquier cosa que hubiera escrito habría
quedado retorcida y deformada, por salir de una imaginación violentada y
mórbida. Y sin duda, pensé mirando el estante donde no hay dramas escritos por
mujeres, su obra habría aparecido en forma anónima. Es seguro que habría
buscado ese refugio. El vestigio de tal sen¬tido de la castidad dictaba el
anonimato a las mujeres incluso muy entrado ya el siglo XIX. Currer Bell,
George Eliot, George Sand, todas las víctimas de una lucha interior, como lo
prueban sus escritos, buscaron sin resultados ocultarse por medio de un nombre
masculino. De esta manera, rindieron homenaje a la convención, que si bien no
la implantó el sexo opues¬to sí la fomentó liberalmente (la principal gloria de
una mujer es que no se hable de ella, dijo Pericles, hombre del que mucho se
habló): La publicidad en la mujer es detestable. El anonimato corre por sus
venas.
Sigue poseyéndolas el deseo de quedar ocultas. In¬cluso ahora les
preocupa menos que a los hombres la salud de su fama y, hablando en general,
pasarán por una lápida o una señal de camino sin sentir el deseo irresistible
de grabar allí su nombre, como sí lo harán Alf, Bert o Chas en obediencia a sus
instintos, que le harán murmurar si ve a una mujer agradable o inclu¬so a un
perro: Ce chien est a moi. Desde luego, puede no tratarse de un perro, pensé,
recordando Parliament Square, el Sieges Allee y otras avenidas; puede tratarse
de un pedazo de tierra o de un hombre con rizos negros. Una de las grandes
ventajas de ser mujer es que se puede pasar incluso ante una negra muy fina sin
desear transformarla en inglesa.
Así, esa mujer, nacida en el siglo XVI con el don de la poesía, era una
mujer infeliz, una mujer en lucha contra sí misma. Todas las condiciones de su
vida, todos sus instintos, eran hostiles al estado mental que se necesita para
liberar aquello que está en el cerebro. Pero, pregunté, ¿cuál es el estado
mental más propicio al acto de la creación? ¿Puede uno hacerse de alguna noción
sobre el estado que estimula y hace posible esa extraña actividad? Aquí abrí el
volumen con las trage¬dias de Shakespeare. ¿En qué estado mental se encon¬traba
Shakespeare cuando, por ejemplo, escribió Lear y Antony and Cleopatra (Marco
Antonio y Cleopatra)? De cierto que era el estado mental más favorable a la
poesía que haya existido nunca. Pero Shakespeare nada dice al respecto. Sabemos
de casualidad y por azar que "nunca estropeó un verso". De hecho,
nada dijo artista alguno sobre su estado mental hasta, quizás, el siglo XVIII.
Tal vez Rousseau lo iniciara. De cualquier manera, para el siglo XIX la
conciencia de sí mismo se había desarrollado tanto, que era hábito en los
hombres de letras describir sus mentes en confe¬siones y autobiografías.
También se escribía sobre sus vidas y, ya muertos, se publicaban sus cartas.
Así, aunque no sabemos por lo que pasó Shakespeare al escribir Lear, sí sabemos
por lo que pasó Carlyle al escribir French Revolution (La revolución francesa);
por lo que pasó Flaubert al escribir Madame Bovary, por lo que pasaba Keats
cuando intentó escribir poe¬sía luchando contra la llegada de la muerte y la indiferencia
del mundo.
Y se deduce de esa enorme literatura moderna con¬fesional y de
autoanálisis que escribir una obra de genio es, casi siempre, una proeza de
dificultad prodi¬giosa. Todo se opone a la posibilidad de que surja de la mente
del escritor íntegra y completa. Por lo gene¬ral están en su contra
circunstancias materiales. Los perros ladran, la gente interrumpe, es necesario
ganar dinero, la salud falla. Más aún, para acentuar todas esas dificultades y
volverlas más duras de soportar, es¬tá la notoria indiferencia del mundo. No le
pide a la gente que escriba poemas y novelas e historias; no las necesita. No
le importa si Flaubert halla la palabra adecuada o si Carlyle verifica
escrupulosamente este o aquel hecho. Claro, no pagará por lo que no desea. De
esta manera el escritor -Keats, Flaubert, Carlyle- sufre, en especial en los
años creadores de la juventud, toda suerte de distracción y descorazonamiento.
De esos libros de análisis y confesión brota una maldición, un grito de agonía.
"Poetas poderosos en su miseria muertos": tal es la caiga de su
canción. Si algo se consigue a pesar de todo esto, se trata de un mila¬gro; es
probable que ningún libro nazca como se lo concibió: completo y sin
mutilaciones.
Mas para las mujeres, pensé mirando a los estantes vacíos, esas
dificultades eran infinitamente más formidables. En primer lugar, tener
habitación propia –y no digamos tranquila o a prueba de ruidos- era impensable,
a menos que los padres fueran excepcionalmente ricos o muy nobles, incluso a
principios del siglo XIX. Como su dinero para menudencias, que dependía de la
buena voluntad del padre, apenas bastaba para mantenerla vestida, estaba
impedida de los alivios que recibían incluso Keats, Tennyson o Carlyle, todos
ellos hombres pobres: una excursión a pie, un viajecito por Francia-, un
albergue apartado que, incluso siendo de lo más modesto, los preservaba de las
exigencias y la tiranía de la familia. Esas difi¬cultades materiales eran
formidables; mas peores lo eran las inmateriales. La indiferencia del mundo que
Keats y Flaubert y otros hombres de genio hallaron tan difícil de soportar, en
el caso de ella se volvía hos¬tilidad. El mundo no le decía, como a ellos,
escribe si lo prefieres, me importa un comino. El mundo decía entre risotadas:
¿Escribir? ¿De qué sirve que escribas? Aquí pudieran ayudarnos los psicólogos
de Newnham y de Girton, pensé volviendo a mirar los espacios vacíos en los
estantes. De seguro es hora ya de que se mida el efecto del descorazonamiento
en la mente del artista, como he visto que las compañías lecheras miden los
efectos de la leche común y corriente y de la clase A en el cuerpo de las
ratas. Disponían lado a lado, en jaulas, a dos ratas; una de las dos era
furti¬va, tímida y pequeña; la otra lustrosa, atrevida y grande. Ahora bien,
¿con cuál alimento alimentamos a las mujeres que son artistas?, me pregunté,
recor¬dando sin duda aquella cena de ciruelas pasas y flan. Para responder a
tal pregunta sólo tengo que abrir el periódico vespertino y leer que lord
Birkenhead opi¬na... pero vaya, no me tomaré la molestia de copiar la opinión
de lord Birkenhead sobre la escritura de las mujeres. Dejaré en paz lo dicho
por el rector Inge. El especialista de Harley Street podrá incitar los ecos de
Harley Street con sus vociferaciones sin que se mue¬va un pelo de mi cabeza.
Pero sí citaré al señor Os¬car Browning, porque en algún momento el señor Oscar
Browning fue una gran figura en Cambridge, y solía examinar a los estudiantes
en Girton y Newnham. Al señor Oscar Browning le apeteció declarar "que la
impresión quedada en mi mente, tras mirar cualquier grupo de exámenes, es que,
sin que importen las calificaciones asentadas, la mujer más destacada era
intelectualmente inferior al peor hom¬bre". Tras decir lo anterior el
señor Browning volvió a sus habitaciones -y esta secuela es la que lo vuelve
querible y una figura humana de cierta dimensión y majestad-, volvía a sus
habitaciones, digo, y encontra¬ba a un muchacho de establo yaciendo en el sofá,
"un mero esqueleto, las mejillas cavernosas y hundidas, los dientes
negros, al parecer sin el uso cabal de sus extre¬midades... 'Ése es Arthur'
[decía el señor Browning]. “En verdad que es un chico adorable y de lo más
no¬ble". A mi parecer, las dos imágenes se completan. Y felizmente en
estos tiempos de biografías, las dos imá¬genes sí suelen completarse, de modo
que podemos interpretar las opiniones de los grandes hombres no sólo por lo que
dicen, sino por lo que hacen.
Pero aunque esto es posible hoy día, hace incluso cincuenta años esas
opiniones debieron ser formida¬bles, viniendo de los labios de gente
importante. Supongamos que un padre, llevado de los motivos más elevados, no
quisiera que su hija abandonara el hogar para volverse escritora, pintora o
erudita. "Ve lo que dice el señor Browning", diría. Y no sólo estaba
el señor Browning, sino el Saturday Review, el señor Greg -lo "esencial
del ser de una mujer", dijo el señor Greg enfáticamente, "es que los
hombres las mantienen y ellas los atienden"--, un cuerpo enorme de opinión
masculina en el sentido de que nada debe esperarse del intelecto de las
mujeres. Incluso si el padre no leyera en voz alta esas opiniones, cualquier
muchacha las podía leer por sí misma; y esa lectura, incluso en el siglo XIX,
debió abatirle la vitalidad y afectado profundamente su obra. Siempre existiría
esa afirmación -no puedes hacer esto, eres incapaz de hacer aquello- contra la
cual protestar, a la cual su¬perar. Es probable que para las novelistas ese
germen no afecte ya mucho, pues se han dado mujeres nove¬listas de mérito. Pero
en cuanto a pintoras, debe seguir teniendo alguna fuerza; y en cuanto a los
músi¬cos, imagino, continúa siendo activo y venenoso en extremo. La compositora
se encuentra donde se encontraba la actriz en época de Shakespeare. Nick
Greene, pensé recordando la historia que inventé acerca de la hermana de
Shakespeare, dijo que una mujer actuando lo hacía recordar a un perro
danzan¬do. Johnson repitió la oración doscientos años más tarde, respecto a las
predicadoras. Y aquí, dije, abrien¬do un libro sobre música, tenemos las
palabras exactas empleadas este año de gracia de 1928, sobre las mu-jeres que
intentan escribir música: "De la señorita Germaine Tailleferre sólo puede
repetirse la sentencia del doctor Johnson respecto a las predicadoras, pero
transpuesta a términos musicales. 'Señor, una mujer compositora es como un
perro que caminara sobre sus patas traseras. No lo hace bien, pero es de
sor¬prenderse que algo logre". Así de precisa se repite la historia.
Por tanto, concluí, cerrando la vida del señor Oscar Browning y haciendo
de lado el resto, queda bastante claro que, incluso en el siglo XIX, no se
fomenta en la mujer el que sea artista. Por el con¬trario, se la rebaja, se la
abofetea, se le predica y se la exhorta. Su mente debe haber estado tensa y su
vitali¬dad disminuida ante la necesidad de oponerse a esto, de refutarlo.
Porque una vez más hemos entrado en terrenos de ese complejo masculino tan
interesante y oscuro, que tanta influencia ha tenido sobre el mo¬vimiento de
las mujeres; ese deseo con raíces profun¬das, empeñado menos en que ella sea
inferior que en probarlo a él superior, que lo sitúa en cualquier punto al que
miremos, no sólo al frente de las artes, sino impidiendo el paso a la política,
incluso cuando el riesgo para él parece infinitesimal y la suplicante humilde y
devota. Hasta lady Bessborough, recordé, con toda su pasión por la política,
debe inclinarse humildemente y escribir a lady Granville Leveson-Gover:
"...pese a toda mi violencia en la política y a tanto que hablo sobre el
tema, estoy totalmente de acuerdo con usted en que nada se le perdió a mujer
alguna en ese o en cualquier otro negocio serio, excepto para dar su opinión
(sí se le pide)". Y con¬tinua malgastando su entusiasmo allí donde éste no
encuentra obstáculo alguno, en ese tema de impor¬tancia inmensa que es el
discurso de entrada de lord Granville a la Cámara de los Comunes. El
espectáculo es de cierto extraño, pensé. La historia de la oposición de los
hombres a la emancipación de las mujeres es tal vez más interesante que la
historia misma de esa emancipación. Un libro muy divertido saldría de esto, si
alguna estudiante joven de Girton o Newnham recogiera ejemplos y dedujera una
teoría. Pero necesi¬taría gruesos guantes en las manos y rejas de oro sóli¬do
que la protegieran.
Pero lo que hoy resulta divertido, recordé cerrando a lady Bessborough,
alguna vez fue tomado con grave desesperación. Les aseguro que opiniones hoy
guardadas en un álbum llamado el quiquiriquí, que se tiene para leer a públicos
selectos en noches de vera¬no, alguna vez provocaron lágrimas. Entre sus
abuelas y bisabuelas muchas hubo que se gastaron los ojos llo¬rando. Florence
Nightingale aulló en su agonía. Además, fácil es para ustedes, que consiguieron
entrar a la universidad y gozan de una sala propia -¿o es tan sólo una
combinación de salita y dormitorio?- afir¬mar que el genio debe desentenderse
de tales opi-niones; que el genio debe estar por encima de lo que se diga de
él. Por desgracia, son los hombres y las mujeres de genio quienes más se
interesan en lo que se dice de ellos. Recuérdese a Keats. Recuerden las
palabras que hizo grabar en su lápida. Piensen en Tennyson. Piensen... pero no
vale la pena multiplicar ejemplos del hecho innegable, si bien infortunado, que
está en la naturaleza del artista preocuparse exce¬sivamente por lo que se dice
de él. La literatura abun¬da en restos de naufragio de los hombres que se
preocuparon más allá de lo razonable por las opi¬niones ajenas.
Y esta susceptibilidad es doblemente infortunada, pensé volviendo a mi
inquisición original, qué estado mental es el más propicio a la obra de
creación, por¬que la mente del artista, para lograr el esfuerzo prodi¬gioso de
liberar íntegra y completa la obra que está en él, debe incandescerse, como la
de Shakespeare, con¬jeturé, mirando el libro que había quedado abierto en
Antony and Cleopatra. No debe presentarse obstáculo alguno en ella, ninguna
materia ajena sin consumir.
Porque si bien decimos que nada conocemos del estado mental de
Shakespeare, al momento de decirlo algo decimos sobre el estado mental de
Shakespeare. Tal vez la razón de que tan poco sepamos de Shakespeare -en
comparación con Donne, Jhonson o Milton- es que nos esconde sus envidias,
despechos y antipatías. No nos desvía ninguna "revelación" que nos
recuerde al escritor. No hay el deseo de protestar, de predicar, de proclamar
la injuria recibida, de po¬nerse a mano, de transformar al mundo en testigo de
alguna penuria o queja disparada por el autor y consumida. Por tanto, su poesía
fluye libre y sin impedi¬mentos. Si hubo ser humano que sólo expresara su obra,
ése fue Shakespeare. Si hubo una mente incan-descente, libre de impedimentos,
pensé volviéndo¬me de nuevo hacia el librero, fue la de Shakespeare.
CAPÍTULO 4
Que pudiera encontrarse alguna mujer en tal estado de mente durante el
siglo XVI era, obviamente, im¬posible. Basta pensar en las lápidas isabelinas,
llenas de niños hincados con las manos unidas; y sus tem¬pranas muertes; y ver
las casas de habitaciones oscuras y atiborradas, para darse cuenta de que
ninguna mu¬jer pudo escribir poesía en aquel entonces. Lo que se esperaría
hallar, más bien bastante después, es alguna gran dama que, aprovechando su
libertad y su comodidad relativas, publicara con su nombre algo, arries-gando
el ser considerada un monstruo. Los hombres, desde luego, no son esnobs,
agregué, haciendo de lado cuidadosamente "el feminismo infame" de
Rebecca West; pero en su mayoría aprecian con espíritu de simpatía los
esfuerzos de una condesa por escribir verso. Sería de esperar que una dama con
título en¬contrara mucho más aliento que el que por esa misma época recibirían
una desconocida señorita Austen o una señorita Brontë. Pero también sería de
esperar que su mente estuviera perturbada por emociones aje¬nas, como el miedo
y el odio, y que sus poemas mos¬traran huellas de tal perturbación. Tomemos
como ejemplo a lady Winchilsea, pensé haciéndome de sus poemas. Nació el año
1661, fue noble por nacimiento y por matrimonio, no tuvo hijos, escribió
poesía. Y basta con examinar su poesía para descubrirla ex¬plotando de
indignación contra la posición de las mujeres:
¡Cómo hemos caído! A causa de reglas equivocadas,
y por Educación poco más que las
tontas de Natura;
impedidas de todo mejoramiento de la mente
y verse obtusas, predecibles y planeadas;
y si alguna se elevara por encima de las otras,
la imaginación cálida y presionada por la ambición,
tan fuerte sigue pareciendo la facción opositora
que la esperanza de medrar nunca supera los miedos.
Está claro que su mente de ninguna manera "con¬sumió todos los
impedimentos y se volvió incandescente". Por el contrario, la hostigan y
distraen odios y agravios. Para ella, la raza humana está dividida en dos
partidos. Los hombres son la "facción opositora"; se los odia y teme
porque tienen el poder de impedirle el avance hacia lo que desea hacer:
escribir.
Ayl la mujer que se arriesga con la pluma
es considerada una criatura presuntuosa
y ninguna virtud redime esa falta.
Nos dicen que equivocamos sexo y camino;
buena crianza, moda, baile, vestido, juegos
son los logros que debemos
desear;
escribir, leer, pensar o inquirir
empañaría nuestra belleza y agotaría nuestro tiempo,
interrumpiendo las conquistas de nuestra madurez,
mientras que el deslucido manejo de una casa servil
es para algunos nuestro uso y empleo máximos.
En verdad que debe darse aliento para escribir cuando supone que lo
escrito nunca será publicado; consolarse con el triste canto:
Canta para algunos amigos y para tus tristezas,
que para boscajes de laurel nunca
fuiste elegida;
sean oscuros tus matices y queda
en ellos contenta.
Queda claro, sin embargo, que de haber librado su mente de odios y
miedos, sin abrumarla con amargu¬ra y sentimiento, el fuego ardía dentro de
ella. De vez en cuando surgen palabras que son poesía pura:
Ni compondrá en sedas marchitas
débilmente la rosa inimitable.
Con toda razón los alaba el señor Murry y Pope, se cree, recordó estos
otros, de los cuales se apropió:
Ahora el junquillo conquista la mente débil,
y nos desmayamos bajo el dolor aromático.
Fue múltiple la lástima de que una mujer capaz de escribir así, cuya
mente estaba en armonía con la naturaleza y la reflexión, se viera forzada al
enojo y a la amargura. Pero ¿cómo evitarlo?, me pregunté imaginando las befas y
la risa, la adulación de los zala¬meros, el escepticismo del poeta profesional.
Acaso se encerró en una habitación, en el campo, para escribir, viéndose
desgarrada por la amargura y tal vez los escrúpulos, aunque su esposo fuera de
lo más com¬prensivo y perfecta la vida de casada. Digo "acaso" porque
cuando se buscan los datos sobre lady Winchilsea, se descubre, como siempre,
que casi nada se sabe de ella. Sufrió muchísimo de melancolía, la cual podemos
explicar, por lo menos en alguna medida, cuando la sorprendemos deciéndonos
cómo, presa de ella, imaginaba:
Mis versos rebajados y mi oficio considerado
una locura inútil o una falta presuntuosa.
El oficio así censurado era, hasta donde podemos ver, aquel inocuo de
vagar por los campos y soñar:
Mi mano se deleita en trazar cosas desusadas,
desviándose de los caminos conocidos y usuales,
ni compondrá en sedas marchitas
débilmente la rosa inimitable.
Desde luego, si tal era su costumbre y tal era su de¬leite, sólo podía
esperar que se rieran de ella; y, por lo mismo, se dice que Pope o Gay la
satirizaron como "una media azul con la picazón de garrapatear".
También se supone que ofendió a Gay riéndose de él. Dijo que su Trivia
(Trivialidades) "era más adecuada para caminar ante una silla que para
cabalgar en ella". Pero todos estos son "rumores dudosos" y,
dice el señor Murry, "carentes de interés". Pero no estoy de acuerdo
con él, pues me habría gustado tener incluso más de esos rumores dudosos, para
así encontrar o componer alguna imagen de esta dama melancólica, que gustaba de
pasearse por los campos, pensar en cosas desusadas y despreciar, tan atrevida,
tan impru¬dentemente, "el deslucido manejo de una casa servil". Pero
se volvió difusa, afirma el señor Murry. Su talen¬to está rodeado de malas
hierbas e impedido por zarzas. No tuvo oportunidad de mostrar cuán fino y
distinguido don era. Así, tras ponerla de nuevo en el estante, fui a la otra
gran dama, la duquesa amada por Lamb, la atolondrada y fantástica Margaret de
Newcastle, mayor que él pero su contemporánea. Eran muy diferentes, aunque se
parecían en que ambas eran nobles, no tenían hijos y estaban casadas con los
mejores maridos posibles. En ambas ardía la misma pasión por la poesía y ambas
están desfigu¬radas y deformadas por las mismas causas. Léase a la duquesa y se
encuentra la misma explosión de rabia: "las mujeres viven como murciélagos
o búhos, traba¬jan como bestias y mueren como gusanos..." También Margaret
pudo ser poeta; en nuestros días, toda esa actividad habría puesto en
movimiento algún tipo de engranaje. Según estaban las cosas, ¿qué podría haber
atado, domado o civilizado para uso humano aquella inteligencia desenfrenada, generosa
y extraviada? Se desbordó, confusamente, en torrentes de rima y pro¬sa, poesía
y filosofía que permanecen congelados en cuartos y folios que nadie lee jamás.
Debieron ponerle en las manos un microscopio. Debieron enseñarle a mirar las
estrellas y razonar científicamente. Su juicio se modificó a causa de la
soledad y de la libertad. Nadie la cuidó. Nadie la enseñó. Los profesores se
refocilaban ante ella. En la Corte se mofaron de ella. Sir Egerton Brydges se
quejó de su tosquedad "por¬que procedía de una mujer de alto rango criada
en la Corte". Se encerró en Welbeck para vivir sola.
¡Qué visión de soledad y desorden trae a mente el pensar en Margaret
Cavendish! Como si un pepino gigantesco se hubiera extendido por encima de las
rosas y los claveles del jardín, ahogándolos hasta ma¬tarlos. Qué desperdicio
que quien escribiera "las mujeres mejor educadas son aquellas con las
mentes más civilizadas" hubiera malgastado su tiempo em-borronando
tonterías y cayendo cada vez más hondo en la oscuridad y la locura, hasta que
la gente se amontonó alrededor de su otomana en el momento del adiós. Es obvio
que la loca duquesa se volvió un coco para asustar a las muchachas
inteligentes. Aquí tenemos, recordé, apartando a la duquesa y abriendo las
cartas de Dorothy Osborne, a Dorothy escribien¬do en Temple acerca del nuevo
libro de la duquesa: "De seguro la pobre mujer está un tanto perturbada,
de otro modo no sería tan ridícula como para aventu¬rarse a escribir libros y
poesía también; aunque no durmiera yo toda esta quincena, no caería en
eso".
Por tanto, y como ninguna mujer sensata y mo¬desta podía escribir
libros, Dorothy, sensible y melancólica, el opuesto total de la duquesa en
temperamento, nada escribió. Las cartas no cuentan. Una mujer podía escribirlas
mientras velaba junto a la cama del padre enfermo. Podía escribirlas junto al
fuego mientras los hombres conversaban, sin molestarlos. Lo extraño, pensé,
pasando las hojas de las cartas de Dorothy, es el don que esta chica sin
educación y solitaria tenía para componer una oración, para idear una escena.
Escúchenla ir hilando:
Tras la comida nos sentamos a platicar, hasta que el señor B. llega de
visita y me retiro. El resto del día lo paso leyendo o trabajando y hacia las
seis o siete en punto, paseo hasta un terreno común muy próxi¬mo a la casa,
donde muchas mozas cuidan de ovejas y vacas y, sentadas a la sombra, cantan
baladas. Me les acerco y comparo sus voces y su belleza con las de algunas
pastoras del pasado sobre las que leí, y en¬cuentro una vasta diferencia pero,
créanme, pienso que éstas son tan inocentes como aquéllas. Les hago plática y
descubro que nada les falta para ser la gente más feliz del mundo, excepto el
saber que lo son. Muy a menudo, en medio de nuestro intercambio, una de ellas
mira a su alrededor y descubre que su vaca está por entrar en el trigo y todas
ellas corren, como si tuvieran alas en los talones. Yo, que no soy tan ágil,
permanezco atrás y cuando las veo conducir el ganado a casa, pienso que también
es hora de que me retire. Tras haber cenado salgo al jardín y me acerco a la
orilla del pequeño río que pasa por allí y me siento, para desear que
estuvieras conmigo...
Sería de jurar que tenía en sí las hechuras de una escritora. Pero
"aunque no durmiera yo toda esta quincena, no caería en eso..." Se
puede medir la oposición que había en esa atmósfera a que una mujer escribiera
cuando se descubre que incluso aquella con una gran facilidad para la
escritura, terminaba por creer que escribir un libro era caer en el ridículo,
incluso manifestarse como perturbada. Y con esto, continué, volviendo a su
lugar en el estante el breve tomo de las cartas de Dorothy Osborne, vayamos a
la señora Behn.
Con la señora Behn llegamos a un punto muy im¬portante del camino. Atrás
dejamos, encerradas en sus parques y entre sus folios, a esas grandes damas
soli¬tarias que escribieron sin tener público o crítica y sólo para el deleite
propio. Llegamos a la ciudad y nos rozamos en la calle con gente común y
corriente. La señora Behn era una mujer de clase media, llena con las virtudes
plebeyas del buen humor, la vitalidad y el valor; mujer obligada por la muerte
del marido y algunas infortunadas aventuras propias a ganarse la vida con su
ingenio. Tuvo que trabajar de igual a igual con los hombres. Sacó, trabajando
muy duro, lo bas¬tante para vivir. La importancia de tal hecho supera cualquier
cosa que haya escrito, incluso el espléndido "A Thousand Martyrs I have
made" ("He creado mil mártires") o "Love in Fantastic
Triumph Sat" ("El amor entronizado en triunfo fantástico"), pues
aquí se inicia la libertad de la mente o, más bien, la posibili¬dad de que, en
el transcurso del tiempo, la mente quede libre para escribir lo que se le
antoje. Pues ahora que Aphra Behn lo ha conseguido, las chicas pueden ir con
sus padres y decir: No necesitas darme un estipendio, ya que puedo ganar dinero
con mi pluma. Desde luego, la respuesta será por mucho años venideros: Sí, pero
¡llevando la vida de Aphra Behn! ¡La muerte sería preferible! Y se cerraría la
puerta con mayor rigor que antes. Aquí se ofrece para examen ese tema
profundamente interesante: el valor que dan los hombres a la castidad de la
mujer y el efecto sobre la educación de éstas. Produciría tal vez un libro
in¬teresante si alguna de mis estudiantes en Girton o Newnham se interesara en
adentrarse en la cuestión. Serviría de frontispicio lady Dudley, sentada llena
de diamantes entre los mosquitos de un páramo escocés. Lord Dudley, dijo The
Times al otro día de la muer¬te de lady Dudley, "un hombre de gusto
cultivado y de muchos talentos, era benévolo y generoso, pero caprichosamente
déspota. Insistía en que su espo¬sa vistiera a la perfección, incluso en la
cabaña de caza más recluida en los Highlands; la cargaba de joyas
suntuosas" y etc.; "le daba de todo siempre, excepto alguna medida de
responsabilidad". Entonces Lord Dudley sufrió un infarto y a partir de ese
momento ella lo cuidó y le gobernó sus propiedades con supre¬ma competencia.
También ese despotismo caprichoso se dio en el siglo XIX.
Pero volvamos a lo nuestro. Aphra Behn probó que podía ganarse dinero
escribiendo con el sacrificio, tal vez, de algunas cualidades agradables; así,
poco a poco, escribir no sólo fue una señal de locura y de una mente
perturbada, sino de importancia práctica. El marido podía morir o algún
desastre llegarle a la familia. Según avanzaba el siglo XVII, cientos de
Mujeres comenzaron a sumarle dinero a su estipendio o a rescatar a sus familias
mediante la traducción, o escribiendo esas innumerables novelas malas que ya no
son registradas ni en los libros de texto, pero que están a la venta por unos
cuantos centavos en las me¬sas de Charing Cross Road. La extrema actividad
mental que se manifiesta entre las mujeres, hacia fines del siglo XVIII -las
charlas, las reuniones, la escritu¬ra de ensayos sobre Shakespeare, la
traducción de clá¬sicos— tenía como fundamento el hecho sólido de que las
mujeres podían ganar dinero escribiendo. El di¬nero dignifica aquello tomado
por frívolo si no se lo paga. Bien pudiera seguir funcionando el burlarse de
"medias azules con la picazón de garrapatear", pero nadie negaba ya
que esas mujeres llevaban dinero a sus bolsas. De esta manera, hacia fines del
siglo XVIII se produjo un cambio que, si estuviera yo reescribiendo la
historia, describiría con mayor detalle que las Cruzadas o las Guerras de las
Rosas, considerándolo de mayor importancia. La mujer de clase media co¬menzó a
escribir. Porque si Pride and Prejudice (Or¬gullo y prejuicio) importa, y si
importan Middlemarch y Villette y Wuthering Heights (Cumbres borrascosas),
entonces importa mucho más de lo que me es dable probar en un discurso de una
hora que la mujer en general, y no meramente la aristócrata solitaria
ence¬rrada en su casa de campo, entre sus folios y sus lam¬biscones, se
dedicara a escribir. Sin esas precursoras, sin Jane Austen y sin las Brontë y
sin George Eliot, no habrían podido escribir como no habría podido escribir
Shakespeare sin Marlowe, o Marlowe sin Chaucer, o Chaucer sin esos poetas
olvidados que allanaron el camino y domaron la barbarie natural de la lengua.
Pues las obras maestras no son na¬cimientos únicos y solitarios, sino el
resultado de muchos años de pensamiento en común, de ese pen¬samiento surgido
de la totalidad de la gente, de modo que la experiencia de la masa se encuentra
tras la voz singular. Jane Austen debería haber colocado una corona sobre la
tumba de Fanny Burney, y George Eliot rendido homenaje a la sombra robusta de
Eliza Carter, esa anciana Valiente que ató una campana a la cabecera de su
cama, para así despertarse tempra¬no y aprender griego. Todas las mujeres en
conjunto debieran poner flores en la tumba de Aphra Behn, que se encuentra,
escándalo supremo pero a la vez situación bastante razonable, en la abadía de
Westminster, pues fue ella quien les consiguió el derecho de expresar lo que
pensaban. Es ella -no importa cuán criticada y amorosa- que hace no del todo
fantástico el que esta noche pueda decir yo: ganen quinientas libras al año
mediante su ingenio.
Con esto hemos alcanzado los principios del siglo XIX. Y aquí, por
primera Vez, encuentro varios estantes totalmente dedicados a las obras de
mujeres. Pero, me fue imposible dejar de preguntar, mientras pasaba la mirada
por ellos, ¿por qué, fuera de algunas excepciones muy escasas, casi todos de
novela? El impulso original fue hacia la poesía. Fue mujer "la cabeza
suprema de la canción''. Tanto en Francia como en Inglaterra las poetas
precedieron a las novelistas. Más aún, pensé mirando a los cuatro nombres
famosos, ¿Que tenían en común George Eliot y Emily Brontë? ¿No le fue imposible
a Charlotte Brontë comprender a Jane Austen? Excepto por el hecho acaso
relevante de que ninguna tuvo hijos, es imposible reunir en una habitación
cuatro personajes más incongruentes, tan así que es tentador inventarles una
reunión y ponerlas a dialogar entre sí. Por alguna fuerza extraña se vieron
competidas, cuando escribieron, a escribir novelas. ¿Tendría algo que ver, me
pregunté, con el que nacie¬ran en la clase media y con el hecho, demostrado más
tarde, del modo más categórico, por Emily Davies de que a principios del siglo
XIX la familia clase media sólo poseía una sala en común? De escribir, la mujer
tendría que hacerlo en esa sala de todos. Y, como fue la queja vehemente de la
señorita Nightingale -"las mujeres nunca tienen media hora... que puedan
lla¬mar suya"--, siempre se la interrumpía. Con todo, resultaba más fácil
escribir prosa y narrativa allí que poesía o una obra de teatro. Se necesita
menos con-centración. Así escribió Jane Austen hasta el final de sus días.
"De qué manera consiguió todo eso", es¬cribió en sus memorias su
sobrino, "es sorprendente, pues no tenía un estudio al cual retirarse, y
la mayoría del trabajo debió hacerse en la sala común, sujeta a todo tipo de
interrupciones fortuitas. Tenía cuidado de que no sospecharan su ocupación los
sirvientes o los visitantes o cualquier persona ajena al grupo familiar".
Jane Austen ocultaba sus manuscritos o los cubría con un trozo de papel
secante. Por otro lado, todo el adiestramiento literario de una mujer, a
prin¬cipios del siglo XIX, era aquel de observar el carácter de las personas,
de analizar las emociones. Su sensibi¬lidad había sido educada por siglos
mediante la in¬fluencia de esa sala común. En esa mujer quedaba la impresión de
los sentimientos de las personas, y siem¬pre tenía ante los ojos las relaciones
personales. Por tanto, cuando la mujer de clase media daba en es¬cribir, era
natural que escribiera novelas, incluso aunque, como es bastante evidente, dos
de esas cuatro famosas mujeres no eran por naturaleza novelistas. Emily Brontë
debió escribir dramas poéticos; los sobrantes de la capaz mente de George Eliot
debieron encaminarse, una vez gastado el impulso creador, hacia la historia o
la biografía. Sin embargo, escri¬bieron novelas. Incluso se puede ir más allá
de esto y decir, tomando del estante Pride and Prejudice, que escribieron
buenas novelas. Sin presunciones o sin causar molestias al sexo opuesto, puede
afirmarse que Pride and Prejudice es un buen libro. En todo caso, no se habría
sentido vergüenza de ser sorprendido en el acto de escribirlo. Pero a Jane
Austen la alegraba el rechinido de una puerta, pues así tenía tiempo de ocultar
su manuscrito antes de que entrara nadie. Para ella, algo de desacreditable
había en escribir Pride and Prejudice. Me pregunté si Pride and Prejudice
habría sido una novela mejor de no considerar Jane Austen necesario ocultar el
manuscrito de los visitantes. Leí una o dos páginas por ver, pero no en¬contré
señales de que las circunstancias hubieran dañado la obra en lo más mínimo. Tal
vez esto sea el mayor milagro al respecto. He aquí una mujer que hacia el año
1800 escribía sin odio, sin amargura, sin miedo, sin protestas, sin prédicas.
Así fue como es¬cribió Shakespeare, pensé mirando el Antony and Cleopatra.
Cuando la gente compara a Shakespeare con Jane Austen, tal vez quieran decir
que en ambos casos las mentes consumieron todo impedimento; y en razón de esto
no conocemos a Jane Austen y no conocemos a Shakespeare, y en razón de eso Jane
Austen impregna toda palabra que escribiera y lo mismo Shakespeare. Sí Jane
Austen sufrió de algu¬na manera sus circunstancias, fue en la estrechez de vida
que se le impuso. Le era imposible a una mujer moverse por sí sola. Nunca
viajaba, nunca paseó por Londres en un ómnibus o almorzó por sí sola en algún
local. Pero acaso estuviera en la naturaleza de Jane Austen no desear lo que no
tenía. Había un acuerdo total entre su don y sus circunstancias. Pero dudo que
tal sea cierto de Charlotte Brontë", me dije, abriendo Jane Eyre y
poniéndola al lado de Pride and Prejudice.
Abrí la novela en el capítulo doce y mi mirada cayó sobre la frase
"puede culparme quien lo desee". ¿De qué culpaban a Charlotte
Brontë?, me pregunté. Y leí sobre cómo Jane Eyre acostumbraba salir al tejado
cuando la señora Fairfax hacía compotas, para mirar los campos a la distancia.
Y entonces ansiaba -y justo de esto la culpaban-
y entonces ansiaba una fuerza de visión que sobre¬pasara ese límite; que
alcanzara el mundo activo, los pueblos, las regiones llenas de vida sobre las
que había oído pero que nunca había visto. Entonces deseaba una experiencia
práctica mayor de la que poseía; más intercambios con los de mi clase
conocimiento de una mayor variedad de caracteres de la que estaba aquí, a mi
alcance. Valoraba lo que de bueno había en la señora Fairfax y lo que de bueno
había en Adèle, pero creía en la existencia de otros tipos de bondad más
vividos, y deseaba con¬templar aquello en lo que creía.
¿Quiénes me culpan? Muchos sin duda, y me lla¬marán descontenta. No
podía evitarlo: en mi natu¬raleza estaba el desasosiego, que a veces me agitaba
hasta el dolor...
Es en vano decir que los seres humanos deben satisfacerse con la
tranquilidad; deben tener acción, y la fabricarán si no la encuentran. Millones
viven condenados a una inmovilidad mayor que la mía, y millones están en
revuelta silenciosa contra esa suerte. Nadie sabe cuántas rebeliones fermentan
en las masas de vida que pueblan la tierra. Se supone que, en general, las
mujeres son muy calmadas, pero las mujeres sienten tanto como los hombres,
necesi¬tan ejercitar sus facultades y un campo para sus esfuerzos en igual
medida que sus hermanos; sufren restricciones demasiado rígidas, un
estancamiento demasiado absoluto, justo como lo sufrirían los hombres; y es de
mente estrecha que sus próji¬mos más privilegiados digan que las mujeres deben
confinarse a hornear budines y tejer medias, a tocar el piano y bordar bolsas.
Es inconsiderado con-denarlas o reírse de ellas cuando buscan aprender más de
lo que la costumbre ha pronunciado como suficiente para su sexo.
Cuando me encuentro sola de esta manera, no es infrecuente que escuche
la risa de Grace Poole...
He aquí una ruptura incómoda, pensé. Es descon¬certante tropezarse de
pronto con Grace Poole. La continuidad se perturba. Podría decirse, continué,
po¬niendo el libro junto a Pride and Prejudice, que quien escribió estas
páginas tenía más genio que Jane Austen; pero si se las lee de nuevo y se
señalan en ellas dichos saltos, esa indignación, se comprende que nunca
expresará su genio de modo total e íntegro. Sus libros quedarán deformes y
retorcidos. Escribirá lleva¬da de la rabia cuando debería escribir en calma.
Escribirá disparatadamente cuando debería escribir con sabiduría. Escribirá
sobre sí misma cuando debería escribir sobre sus personajes. Está en guerra
contra su suerte. ¿Cómo evitar entonces el morir joven, impedida y frustrada?
No se puede sino jugar por un momento con la idea de lo que habría
sucedido si Charlotte Brontë hubiera tenido, digamos, trescientas libras al
año. Pero la tonta mujer vendió los derechos de sus nove¬las en el acto, por
ciento cincuenta libras; si por algu¬na razón hubiera poseído más conocimiento
del mundo activo y de los pueblos y de esas regiones llenas de vida; más
experiencia práctica e intercambio con sus iguales y conocimiento de una
variedad de caracteres. Con esas palabras pone el índice exacta¬mente no sólo
sobre sus propios defectos como no¬velista, sino sobre aquellos de su sexo por
entonces. Sabía, mejor que nadie, cuán enormemente habría aprovechado su genio
de no haberlo gastado en vi-siones solitarias de los campos lejanos; si se le
hubiera concedido experiencia e intercambios y viajes. Pero no se le
concedieron; se los rehusaron; y hemos de aceptar el hecho de que todas esas
buenas novelas — Villette, Emma, Wuthering Heights, Middlemarch— fueron
escritas por mujeres sin mayor experiencia de la vida que aquella permisible en
la casa de un clérigo respetable; escritas además en la sala común de esa casa
respetable y por mujeres tan pobres que no po¬dían permitirse comprar de golpe
sino unas cuantas manos de papel donde escribir Wuthering Heights o Jane Eyre.
Cierto, una de ellas -George Eliot- escapó tras muchas tribulaciones, pero a
una villa aislada en St. John's Wood. Y allí se acomodó, a la sombra de la
desaprobación del mundo. "Deseo que se compren¬da", escribió,
"que jamás invitaré a nadie a visitarme que no solicite la
invitación", pues ¿no vivía en peca¬do con un hombre casado y simplemente
el mirarla no dañaba la castidad de la señora Smith o de cual¬quiera que por
casualidad llamara a la puerta? Debe¬mos someternos a las convenciones sociales
y vernos "apartados de lo que se llama el mundo". Al mismo tiempo, al
otro lado de Europa, había un joven que vivía en plena libertad con esta gitana
o con aquella gran dama, que iba a la guerra, que acumulaba sin impedimentos y
sin censuras toda la variada ex¬periencia de la vida humana, que más tarde le
sirvió tan espléndidamente cuando se puso a escribir libros. De haber vivido
Tolstói en el priorato, en reclu¬sión con una dama casada y "apartado de
lo que se llama el mundo", difícilmente, pensé, habría escrito Guerra y
paz, no importa cuán edificante sea la lec¬ción moral.
Pero acaso pueda profundizarse un poco más en esta cuestión de la
escritura de novelas y el efecto del sexo sobre el novelista. Si se cierran los
ojos y se pien¬sa en la novela como un todo, se la diría una creación que debe
a la vida una cierta apariencia de espejo, aunque desde luego con innumerables
simplifica¬ciones y distorsiones. De cualquier manera, es una estructura que
deja una forma en el ojo de la men¬te, erigida ahora como una plaza, después
con aspecto de pagoda, más tarde irradiando alas y arcadas, lue¬go sólidamente
compacta y con un domo, como la catedral de Santa Sofía en Constantinopla. Esa
forma, pensé, regresando a ciertas novelas famosas, fomenta en uno el tipo de
emoción que le es apropiada. Pero esa emoción de inmediato se combina con
otras, pues la "forma" no se construye poniendo una piedra sobre
otra, sino mediante la relación de un ser humano con otro. Por tanto, una
novela inicia en nosotros todo tipo de emociones antagónicas y opuestas. La
vida entra en conflicto con algo que no es la vida. De aquí la dificultad de
llegar a acuerdos sobre las nove¬las, y del enorme peso que nuestros prejuicios
íntimos ejercen sobre nosotros. Por un lado sentimos que Tú -John el héroe-
debe vivir o me encontraré en las honduras de la desesperación. Por el otro
sentimos que tú, John, ay, debes morir porque así lo requiere la forma del
libro. La vida entra en conflicto con algo que no es la vida. Pero dado que en
parte es vida, lo juzgamos como vida. James es el tipo de hombre que debo
detestar, decimos. O esto es un fárrago de absurdos y jamás podría sentir yo
algo parecido.
Toda la estructura, es obvio si pensamos en cualquier novela famosa, es
de complejidad infinita, pues la componen muchos juicios diferentes, muchos
tipos de emoción diferentes. La maravilla es que cualquier libro así compuesto
se mantenga unido por más de un año o dos, o que signifique para el lector
inglés lo que significa para el ruso o el chino. Pero en ocasiones sí se
mantienen unidos del modo más notable. Y lo que les mantiene juntos en esos
raros ejemplos de supervivencia (pensaba en Guerra y paz) es algo que podemos
llamar integridad, aunque nada tenga que ver con pagar las deudas o comportarse
de modo honorable en una emergencia. Lo que se quiere decir por integridad, en
el caso de los novelistas, es la con¬vicción que nos dejan de que están diciendo
la ver¬dad. Sí, siente uno, nunca habría pensado que esto pudiera ser así;
nunca conocí gente que se comportara así. Pero me has convencido de que es así,
de que así sucede. Se pone cada frase, cada escena ante la luz según se lee,
pues se diría que la Naturaleza, del modo más extraño, nos ha dotado de una luz
interna para juzgar la integridad o la falta de integridad del nove¬lista. O
acaso suceda más bien que la Naturaleza, en su momento más irracional, trazó
con tinta invisible, en los muros de la mente, una premonición que esos grandes
artistas confirman; un esbozo que tan sólo necesita quedar ante el fuego del
genio para volverse visible. Cuando así se lo expone y se lo ve adquirir vi¬da,
se exclama en arrebato: ¡Pero si esto es lo que siempre sentí y supe y desee! Y
se hierve de excitación y, tras cerrar el libro con una especie de reverencia,
como si fuera algo muy precioso, un refugio al cual volver mientras se tenga
vida, se lo regresa al estante, dije tomando Guerra y paz y poniéndola en el
estan¬te. Por otro lado, si esas oraciones pobres que se toman y sujetan a
prueba despiertan primero una respuesta rápida y anhelante, dados sus colores
bri¬llantes y sus gestos atrevidos, pero allí quedan, es como si algo las
hubiera frenado en su desarrollo; o si sólo traen a luz un garabato débil en
este rincón y una mancha por allá y nada surge íntegro y completo, se lanza un
suspiro de decepción y se dice: Otro fracaso. Esta novela cayó en desgracia en
algún punto.
Y en su mayoría, desde luego, las novelas caen en desgracia en algún
punto. La imaginación vacila dada la presión enorme. La percepción es confusa,
ya no puede distinguir entre lo que es cierto y lo que es falso, ya no tiene la
fuerza para continuar con la vasta labor que a cada momento solicita el empleo
de las facultades más diversas. Pero ¿de qué manera se ve afectado todo esto
por el sexo de la novelista?, me pre¬gunté, echando una mirada a Jane Eyre y
las otras. El hecho de su sexo ¿interfiere de alguna manera con la integridad
de la escritora, esa integridad que acepto como columna vertebral del autor? En
los párrafos que cité de Jane Eyre queda claro que la rabia inter¬fería con la
integridad de Charlotte Brontë la nove¬lista. Abandonó su historia, a la cual
debía su entera devoción, para atender alguna queja personal. Recordó que se la
había robado de su cuota de expe¬riencia, se la había estancado en una rectoría
remen¬dando calcetines cuando su deseo era vagar libre por el mundo. Su
imaginación se extravió debido a la indignación y la sentimos extraviarse. Pero
muchas más influencias que la mera rabia estaban halando de su imaginación y
desviándola del camino. La ignoran¬cia, por ejemplo. El retrato de Rochester
está trazado en la oscuridad. Sentimos en él la influencia del miedo, tal y
como sentimos constantemente una acidez que es el resultado de la opresión, un
sufri¬miento oculto que arde en rescoldos bajo la pasión, un rencor que contrae
esos libros, no importa cuán espléndidos, con un espasmo de dolor.
Y como una novela tiene esta correspondencia con la vida real, en alguna
medida sus valores son aquellos de la vida real. Pero es obvio que los valores
de las mujeres difieren muy a menudo de los valores traza¬dos por el otro sexo;
es natural que sea así. Sin embar¬go, son los valores masculinos los que
prevalecen. Hablando sin finura, lo "importante" es el fútbol y los
deportes; lo "trivial" la adoración por la moda y la compra de ropa.
Y de modo inevitable se transfieren esos valores de la vida a la ficción. Este
libro es impor¬tante, asume la crítica, porque trata de la guerra. Este libro
es insignificante porque aborda los sen¬timientos de las mujeres en una sala de
estar. Una escena en un campo de batalla es más importante que una escena en
una tienda; en todos sitios y con mucha mayor sutileza, la diferencia de
valores per¬siste. Por consiguiente, toda la estructura de la tem¬prana novela
del siglo XIX estaba erigida, cuando se era mujer, por una mente ligeramente
apartada de la vertical, a la que se obligaba a alterar su clara visión en
deferencia a una autoridad externa. Basta con hojear esas antiguas novelas
olvidadas y escuchar el tono de voz en el cual se las escribió, para adivinar
que la escritora tropezaba con la crítica; decía esto como vía de agresión o
aquello como vía de conci¬liación. Admitía que "tan sólo era una
mujer" o protestaba que era "tan buena como un hombre". Se
enfrentaba a esa crítica según se lo dictara su tempera-mento, con docilidad y
encogimientos de ánimo o con enojo y vehemencia. No importa cuál, la nove¬lista
pensaba en alguna otra cosa que el objeto mismo. Su libro viene a golpearnos en
la cabeza. Había en su centro una falla. Pensé en todas esas novelas de mujer
que, como manzanitas cacarañadas en un huerto, están dispersas por las
librerías de viejo londinenses. Fue esa falla en el centro que las pudrió. La
escritora había alterado sus valores en deferencia a la opinión de otros.
Pero cuán imposible debió serles no moverse hacia la derecha o la
izquierda. Cuánto genio, cuánta integridad debió exigir ante tanta crítica, en
medio de esa sociedad puramente patriarcal, el atenerse al objeto tal y como lo
veían, sin amilanarse. Únicamente lo con-siguieron Jane Austen y Emily Brontë.
Es otra meda¬lla, quizás la más fina, en sus pechos. Escribieron como escriben
las mujeres y no los hombres. De las miles de mujeres que entonces escribieron
novelas, sólo ellas ignoraron por completo las admoniciones perpetuas del
pedagogo eterno: escribe esto, piensa aquello. Sólo ellas fueron sordas a esa
voz persistente, si ahora gruñona luego condescendiente, si ahora dominante
luego agraviada, sacudida, si ahora enoja¬da luego afable; esa voz que no puede
dejar a las mujeres solas, sino estar encima de ellas, como una especie de ama
de llaves concienzuda, instándolas, co¬mo Sir Egerton Brydges, para que sean
refinadas, incluso trayendo a la crítica poética la crítica del sexo;
aconsejándolas, de ser buenas y ganar, imagino, algún premio rutilante, a
mantenerse dentro de ciertos límites que el caballero en cuestión piensa
adecuados: "...las novelistas tan sólo deben aspirar a la excelencia
reconociendo valerosamente las limitaciones de su sexo". Ahí queda
resumida la cuestión; y cuando les digo, para su sorpresa, que esta oración no
fue escrita en agosto de 1828 y sí en agosto de 1928, supongo que estarán de
acuerdo en que, no importa cuán deli¬ciosa nos resulte ahora, representa un
vasto campo de opinión —pero no agitaré esos viejos espejos de agua; me limito
a tomar lo que el azar hizo flotar hasta mis pies— que fue mucho más vigoroso y
mucho más so¬noro hace un siglo. En 1828 se habría necesitado una joven muy
vigorosa para que se desentendiera de esos desaires e increpaciones y promesas
de premio. Se de¬bió ser algo parecido a una tea para decirse: Ah, pero no
pueden comprar la literatura también. La literatu¬ra está abierta a cualquiera.
Me rehuso a permitirle, por bedel que sea, a sacarme del prado. Cierre sus
bibliotecas si quiere, pero no hay puerta, ni cerradura, ni pestillo que pueda
colocarle a la libertad de mi mente.
Pero no importa qué efecto ejercieran sobre su es¬critura el desánimo y
la crítica —y opino que tuvieron un efecto muy grande-, carecía de importancia
si comparado con la otra dificultad a que se enfrentaban (seguía pensando en
esas novelistas de principios del XIX) cuando se disponían a poner por escrito
sus ideas: Que no tenían una tradición respaldándolas, o era tan breve y
parcial que poco ayudaba. Porque si somos mujeres vemos el pasado a través de
nuestras madres. Es inútil acudir en busca de ayuda a los gran¬des escritores,
no importa cuánto se vaya a ellos en busca de placer. Lamb, Browne, Thackeray,
Newman, Sterne, Dickens, De Quincey -trátese de quien se trate- no han ayudado
a mujer alguna hasta la fecha, aunque ella pueda haberles aprendido algunos
trucos y los haya adaptado a su uso. El peso, el ritmo, el paso de la mente de
un hombre son demasiado disímiles a los de una mujer para que ésta tenga
fortuna en to¬mar algo substancial de él. El mono está demasiado lejos para que
pueda ser diligente. Tal vez lo primero que iba a descubrir, al poner la pluma
sobre el papel, es que no había disponible para su empleo una oración común y
corriente. Los grandes novelistas como Thackeray, Dickens y Balzac han escrito
una prosa natural, rápida sin ser descuidada, expresiva pero no preciosista,
dándole su propio matiz sin impedirle ser propiedad común. La basaron en la
ora¬ción que circulaba en su tiempo. La oración usual a principios del XIX
sonaba tal vez algo así como esto: "La grandeza de sus obras era, para
ellos, un argumento no para detenerse, sino para avanzar. Ninguna exci¬tación o
satisfacción mayor que el ejercicio de su arte y la infinita generación de
verdad y belleza. El triunfo promueve la acción, y el hábito facilita el
triunfo". Es la oración de un hombre. Tras ella se siente a Johnson, a
Gibbon y al resto. Era una oración inadecuada para su aprovechamiento por una
mujer. Charlotte Brontë, pese a su espléndido don para la prosa, tropezó y cayó
con esa arma torpe en las manos. George Eliot cometió con ella atrocidades para
las que no hay palabras capaces de describir. Jane Austen la miró, se rió de
ella e inventó una oración perfectamente natural y bien formada para uso
pro¬pio, y nunca se apartó de ella. Así, con mucho menos genio para la escritura
que Charlotte Brontë, dijo infinitamente más. De hecho, dado que la libertad y
la cabalidad de expresión son la esencia del arte, esa falta de tradición, esa
escasez e inadecuación de las herramientas, debió pesar enormemente sobre la
escritura de las mujeres. Además, un libro no está for¬mado de oraciones
encadenadas, sino de oraciones erigidas, si esta imagen ayuda, como arcadas o
domos. Pero también esta forma fue creada por hombres a partir de sus
necesidades y para su propio uso. No hay razón para suponer que la forma de la
épica o del drama se adapta mejor a una mujer que dicha ora¬ción. Todas las
formas de literatura antigua estaban ya endurecidas y definidas por el tiempo
cuando la mujer llegó a escritora. Sólo la novela era lo bastante joven para mostrarse
suave en sus manos, otra razón, acaso, para que haya escrito novelas. Pero
¿quién dirá que incluso hoy día "la novela" (la pongo entre comi¬llas
para señalar mi sensación de que las palabras son inadecuadas), quién dirá que
incluso ésta, la más flexible de todas las formas, se modela correctamente para
empleo de la mujer? Sin duda que veremos a ésta darle forma cuando tenga
libertad de uso de sus miembros; y cuando se aporte algún vehículo nuevo, no
necesariamente el verso, para la poesía que hay en ella. Porque es a la poesía
que se le sigue negando sali¬da. Y pasé a considerar cómo una mujer podría
escribir hoy en día una tragedia poética en cinco actos. ¿Emplearía el verso?
¿No se inclinaría más bien por la prosa?
Pero son cuestiones difíciles, que se encuentran en el anochecer del
futuro. Debo abandonarlas, aunque sólo sea porque me estimulan a apartarme de
mi tema para adentrarme en bosques sin sendas, donde me perderé y, seguramente,
me devorarán las bestias sal¬vajes. No deseo, y estoy segura de que ustedes no
desean, que introduzca ese tema tan pantanoso, el mañana de la narrativa, de
modo que haré aquí una pausa momentánea para llevar, su atención hacia el
enorme papel que en cuanto a las mujeres concierne le toca interpretar en el
futuro a las condiciones físi¬cas. Por algún medio el libro debe adaptarse al
cuerpo y, un tanto a la ventura, se diría que los libros de las mujeres deben
ser más cortos, más concentrados, que los de los hombres, y de tal modo concebidos
que no exijan largas horas de trabajo estable e ininterrumpi¬do. Porque siempre
habrá interrupciones. Porque, de nuevo, los nervios que alimentan el cerebro
pare¬cerían diferentes en hombres y mujeres, y si se los quiere hacer trabajar
del mejor modo posible y a su máximo, es necesario hallar qué tratamiento les
conviene —si estas horas de conferencias, por ejemplo, que, es de suponer, los
monjes idearon hace cientos de años, les conviene—, qué alternación de labor y
descanso necesitan, pero interpretándose descan¬so no como nada hacer, sino
como hacer algo, pero algo diferente. Y ¿cuál debe ser esa diferencia? Es
necesario examinarla y descubrirla; todo ello es parte de esta cuestión: las
mujeres y la narrativa. No obs¬tante, agregué, acercándome una vez más al
librero, ¿dónde encontrar ese complejo estudio de la psi¬cología femenina hecho
por una mujer? Si a causa de su incapacidad para jugar al fútbol no va a
permitírse¬le a las mujeres practicar la medicina...
Por fortuna, mis pensamientos tomaron en ese momento otro giro.
LA VIDA Y EL NOVELISTA
El novelista -esto lo distingue y lo pone en peligro¬- se encuentra
terriblemente expuesto a la vida. Otros artistas se apartan, al menos
parcialmente. Se encie¬rran por semanas, solos con un platón de manzanas y una
caja de pinturas, o con un rollo de papel pentagramado y un piano. Cuando
resurgen, es para olvi¬darse de todo y distraerse. Pero el novelista nunca
olvida y rara vez se distrae. Llena el vaso y enciende el cigarrillo y, es de
suponer, goza todos los placeres de la charla y de la mesa, aunque siempre con
la sen¬sación de que la materia de su arte lo está estimulan¬do, está
influyendo sobre él. El gusto, los sonidos, el movimiento, unas cuantas
palabras aquí, un gesto allá, un hombre que entra, una mujer que sale, inclu¬so
el auto que pasa por la calle o el mendigo que chancletea por el pavimento, y
todos los rojos y los azules y las luces y las sombras- de una escena exigen su
atención y despiertan su curiosidad. Le es tan im¬posible dejar de recibir
impresiones como al pez en medio del océano impedir que el agua pase por sus
agallas.
Pero si tal sensibilidad es una de las condiciones de la vida de
novelista, es obvio que todos los escritores cuyos libros sobrevivieron han
sabido cómo domi¬narla y ponerla al servicio de sus propósitos. Han terminado
el vino, pagado la cuenta y se han retirado, solos, a alguna habitación
solitaria donde, entre labores y pausas, en agonía (Flaubert), luchando,
apresurándose, tumultuosamente (como Dostoievsky), han dominado sus
percepciones, las han endure¬cido, las han cambiado en las texturas de su arte.
Tan extremo es el proceso de selección, que en su etapa final solemos no
encontrar huellas de la escena real que sirvió de base al capítulo. Porque en
esa ha¬bitación solitaria, cuya puerta intentan abrir todo el tiempo los
críticos, suceden procesos de la condición más extraña. La vida queda sujeta a
mil disciplinas y ejercicios. Se la curva, se la mata. Se la mezcla con esto,
se la espesa con aquello, se la contrasta con algo más. De modo que, cuando un
año más tarde reci¬bimos nuestra escena en el café, han desaparecido los signos
de superficie por los cuales la recordamos. Emerge de la niebla algo desnudo,
algo formidable y perdurable, la carne y la sangre sobre las cuales se fundó
nuestro impulso de emoción indiscriminada.
De los dos procesos el primero -recibir impre¬siones- es sin duda el más
fácil, el más sencillo, el más placentero. Y es del todo posible, siempre y
cuando se tenga el don de un temperamento lo bastante recepti¬vo y un
vocabulario suficientemente rico, satisfacer sus demandas, fabricar un libro
con base tan sólo en esa emoción preliminar. Tres cuartas partes de las novelas
que hoy aparecen están confeccionadas de experiencias, a las cuales no se ha
aplicado ninguna disciplina, excepto el freno moderado de la gramáti¬ca y los
rigores ocasionales de la división en capítulos. ¿Es A Deputy Was King (Un
diputado fue rey), de la señorita Sterne, otro ejemplo de este tipo de
escritura, se llevó el material a su soledad o no es ni esto ni aquello, sino
una mezcla incongruente de lo suave y lo duro, de lo transitorio y lo
perdurable?
A Deputy Was King continúa con la historia de la familia Rakonitz,
comenzada hace algunos años con The Matriarch (La matriarca). Es un regreso
bien¬venido, pues los Rakonitz son una familia dotada y cosmopolita que posee
una cualidad admirable, muy rara hoy día en la narrativa inglesa: la de no
pertenecer a secta alguna. Ningunos límites parro¬quiales la circundan. Se
desparraman por el conti¬nente. Se los encuentra en Italia y en Austria, en
París y en Bohemia. Si se alojan temporalmente en algún estudio londinense, no
por ello se condenan a vestir para siempre la librea de Chelsea, de Bloomsbury
o de Kensington. Nutridos con abundancia en una die¬ta de carnes de primera y
vinos sutiles, vestidos dis-pendiosa pero exquisitamente, con un flujo de
dinero envidiable si bien inexplicable, ninguna restricción de clase o
convención los limita, si exceptuamos el año 1921. Es esencial que estén al
día. Bailan, se casan, viven con éste o aquel hombre; sestean bajo el sol
ita¬liano; en enjambres entran y salen de las casas y los estudios chismeando,
peleándose y reconciliándose. Porque, después de todo, aparte de las
limitaciones de la moda, se encuentran, consciente o inconscientemente, sujetos
al lazo de la familia. Tienen esa tenaci-dad judía del afecto, que las privaciones
comunes han producido en una raza proscrita. Por tanto, a pesar del gregarismo
superficial, en lo profundo y en lo fundamental son leales unos a otros. Toni,
Val y Loraine podrán pelearse y deshacerse en público, pero en la intimidad las
mujeres Rakonitz se encuentran indiso¬lublemente unidas. Aunque introduce a los
Goddard y relata el matrimonio de Toni con Giles Goddard, la etapa que
comentamos en la historia de esta familia es en realidad la historia de una
familia y no de un episodio; se detiene, es de suponer que por un tiempo, en
una villa italiana provista de diecisiete habitaciones, de modo que puedan
venir a alojar¬se tíos, tías y primos. Porque Toni Goddard, pese a toda su moda
y su modernidad, prefiere acoger tíos y tías que agasajar emperadores, y un
primo en segundo grado, al que no ha visto desde que era niña, es un premio
superior a los rubíes.
De seguro podría hacerse una buena novela con tales materiales: es lo
que de pronto nos vemos di¬ciendo antes de haber concluido cien páginas. Y esta
voz, no del todo la nuestra sino la voz de ese espíritu disconforme que puede
separarse y tomar su propio camino mientras leemos, ha de ser interrogada sin
tar¬danza, no vayan sus insinuaciones a echar a perder el placer del todo.
Entonces ¿qué dice al insinuar este sentimiento de duda, de refunfuño en medio
de nues¬tro bienestar general? Hasta ese punto, nada ha inter¬ferido con
nuestro gozo. Excepto siendo uno mismo un Rakonitz, tomando parte en una de
esas Veladas llenas de diamantes", bailes, bebidas, coqueteos, con la
nieve sobre el tejado y el gramófono berreando "Es noche de luna en Kalua";
excepto de verse a Betty y Colin "avanzando un tanto grotescos... en
plenas galas, el terciopelo tendido como una enorme copa invertida a los pies
de Betty, mientras ella avanza melindrosa por el pasillo de nieve pura y
destellante, la absurda maraña de plumas sobre el yelmo de Colin", excepto
por tomar entre los dedos propios todo este brillo y toda esta fantasía, ¿qué
hay mejor que el informe dado por la señorita Sterne?
La voz refunfuñona concederá que todo es muy brillante, admitirá que han
pasado cien páginas como un seto visto desde un tren expreso, pero reiterará
que pese a todo ello algo anda mal. Un hombre pue¬de huir con una mujer sin que
nos demos cuenta. Es prueba de que no existen valores. Esas apariciones no
tienen forma. Una escena se disuelve en la siguiente, una persona en otra. Las
personas surgen de una niebla de pláticas y en la plática vuelven a hundirse.
Son de palabra suave e informe. No hay modo de asirlas. La acusación tiene
peso, porque es cierto, una vez que lo pensamos, que Giles Goddard puede huir
con Loraine y para nosotros es como sí alguien se hubiera levantado y salido de
la habitación, algo sin impor¬tancia. Nos hemos permitido dormitar en apariencias.
Toda esta representación del movimiento de la vi¬da nos ha disminuido la
capacidad de imaginar. Nos hemos sentado receptivos a observar, más bien con
los ojos que con la mente, como hacemos en el cine, lo que pasa en la pantalla
frente a nosotros. Cuando deseamos emplear lo aprendido acerca de los
personajes, para auxiliarlos en alguna crisis, nos da¬mos cuenta que no tenemos
vapor, no hay energía a nuestra disposición. Sabemos cómo visten, qué comen, la
jerga que usan, pero no lo que son. Porque lo que sabemos acerca de estas
personas nos fue dado (excepto en un caso) siguiendo los métodos de la vida. Se
construyen los personajes observando la in-coherencia, las secuencias frescas y
naturales de una persona que, deseando platicar la vida de un amigo, la
interrumpe mil veces para introducir algo nuevo, para agregar algo olvidado, de
modo que al final, aunque se pueda sentir que se ha estado en presencia de la
vida, esa vida particular en cuestión permanece vaga. Este método de la mano a
la boca, este cuchareo de oraciones que tienen el goteo brillante de palabras
que viven en labios reales, es admirable para un propósito, pero desastroso
para otro. Todo es fluido y gráfico, pero ningún personaje o situación surge
sin mácula. Quedan adheridos a los bordes trocitos de materia extraña. Pese a
toda su brillantez las esce¬nas son nebulosas, las crisis borrosas. Un párrafo
descriptivo dejará claro tanto el mérito como el defec¬to del método. La
señorita Sterne quiere que nos demos cuenta de la belleza de un abrigo chino.
Al mirarlo, se diría que nunca antes hubiéramos visto un bordado, pues
era la culminación misma de todo lo brillante y lo exótico. Los pétalos estaban
dis¬puestos en un patrón flamígero alrededor de amplias bandas de bordado azul
alción; y alrededor de cada placa oval estaba tejida una garza plateada de
largo pico verde, un arcoiris tras las alas tendidas. Entre los arabescos de
plata se posaban delicadamente mari¬posas, mariposas doradas y mariposas negras
y mariposas que eran doradas y negras. Cuanto más en detalle se veía más había
por ver: marcas intrincadas en las alas de las mariposas, púrpuras y verde
hierba y durazno…
Y como si no fuera suficiente por ver, continúa agre¬gando qué de cada
flor surgían estambres diminutos, y que círculos rodeaban los ojos de cada
garza por separado, hasta que el abrigo chino vacila ante nues¬tros ojos y se
funde en una mancha brillante.
Aplicado a las personas, ese mismo método da los mismos resultados. Se
agrega una cualidad a otra, un hecho a otro, hasta que cesamos de discriminar y
nuestro interés queda sofocado bajo una plétora de palabras. Porque cierto es
de todo objeto —abrigo o ser humano— que cuanto más se ve más hay por ver. La
tarea de un escritor es tomar una cosa y dejarla representar veinte, tarea
peligrosa y difícil. Pero sólo así queda liberado el lector del amontonamiento
y confusión de la vida y marcado eficazmente con ese aspecto particular que el
escritor desea presentarnos. Que la señorita Sterne tiene otras herramientas a
su disposición y podría emplearlas si lo deseara, queda insinuado una y otra
vez, así como revelado momen¬táneamente en el breve capítulo donde se describe
la muerte de la matriarca, Anastasia Rakonitz. Aquí, de pronto, el flujo de
palabras parece oscurecerse y adensarse. Percibimos algo bajo la superficie,
algo inexpresado para que nosotros lo encontremos y lo pensemos. Las dos
páginas donde se nos dice cómo la anciana murió pidiendo una salchicha de
hígado de pato y un peine de carey tienen en mi opinión, no importa cuán
breves, el doble de substancia que cua¬lesquiera otras treinta páginas del
libro.
Esos comentarios me regresan a la cuestión con que empecé: la relación
del novelista con la vida y en qué consiste. Que se encuentra terriblemente
ex¬puesto a la vida lo prueba, una vez más, A Deputy Was King. Puede el autor
sentarse y observar la vida y componer su libro de la espuma y la efervescencia
mismas de sus emociones; o puede posar el vaso, reti¬rarse a su habitación y
sujetar su trofeo a esos proce¬sos misteriosos mediante los cuales la vida,
como el abrigo chino, es capaz de sostenerse por sí misma... una especie de
milagro impersonal. Pero en cual¬quiera de los dos casos se enfrenta a un
problema que no aflige en el mismo grado a quienes trabajan en cualquier otro
arte. De modo estridente, clamoroso, la vida ruega siempre ser la meta adecuada
de la na¬rrativa, y que cuánto más se vea de ella y de ella se capte, mejor
será el libro. Sin embargo, no agrega que es bastamente impura; ese aspecto que
sobrevue¬la por encima de todo suele carecer, para el novelista, de todo valor.
La apariencia y el movimiento son las trampas que la vida muestra para hacerlo
perseguirla, como si fueran su esencia y, capturándolas, llegara a su meta. Así
creyéndolo, él la sigue afiebrado por esa senda, describiendo qué fox-trot se
toca en la embaja¬da, qué tipo de falda se viste en Bond Street, y cu¬lebreando
traza su camino hacia los más recientes atrevimientos de la jerga tópica, e
imita a la perfec¬ción los acuñamientos más recientes de la jerga coloquial. Lo
aterroriza, más que ninguna otra cosa, que¬darse atrás respecto de la época: su
preocupación mayor es que el objeto descrito acabe de llegar a la tienda, el
amanecer aún en su cabeza.
Este tipo de obra exige gran destreza y ligereza, a más de que satisface
un deseo real. Conocer los már¬genes de los tiempos que se viven, su modo de
vestir y de bailar y sus frases de moda, tiene un interés e incluso un valor
del que carecen las aventuras espiri¬tuales de un cura o las aspiraciones de
una maestra altiva, por solemnes que sean. Bien pudiera argüirse, además, que
dedicarse a la multitudinosa danza de la vida moderna, a modo de producir la
ilusión de reali¬dad, exige una habilidad literaria mucho más elevada que el
escribir un ensayo serio sobre la poesía de John Donne o las novelas de Proust.
Así, el novelista que es esclavo de la vida y cocina sus libros de la espuma
del momento, está haciendo algo difícil, algo que place, algo que, si por allí
va su mente, hasta puede instruir. Pero su obra pasa tal y como pasa el año
19211, como pasa el fox-trot y al cabo de tres años parece tan zafio y opaco
como cualquier moda que cumplió su propósito y desapareció.
Por otro lado, retirarse al estudio temeroso de la vida es igual de
fatal. Cierto que pueden manufacturarse en esa quietud imitaciones plausibles
de Addison, por decir alguien, pero son tan frágiles como el yeso e igual de
insípidas. Para sobrevivir, cada oración debe tener, en su núcleo, una chispita
de fuego y ésta, no importando el riesgo, debe arrancarla el novelista con sus
propias manos de la fogata. Por tanto, su situación es precaria. Debe exponerse
a la vida; debe arriesgar el peligro de verse extraviado y engañado por sus
falsedades; debe arrebatarle su tesoro y dejar que su basura se vuelva
desperdicio. Pero en un cierto momento habrá de abandonar toda compañía y
retirarse, solo, a ese cuarto misterioso donde su cuerpo se endurece y se
modela en algo per¬manente mediante procesos que, si bien eluden al crítico,
para él tienen una profunda fascinación.
LA NARRATIVA MODERNA
Cuando se hace cualquier revisión, no importa cuan suelta e informal, de
la narrativa moderna, es difícil no llegar a la conclusión de que la práctica
moderna de este arte es, de alguna manera, una mejora respecto a la anterior.
Podría decirse que, dadas sus herramien¬tas sencillas y sus materiales
primitivos, Fielding se defendió bien y Jane Austen incluso mejor, pero
¡compárense sus oportunidades con las nuestras! De cierto que sus obras
maestras tienen un aire de sim¬plicidad extraño. Sin embargo la analogía entre
la lite¬ratura y el proceso de, por dar un ejemplo, fabricar un auto apenas se
sostiene más allá de un primer vis¬tazo. Es de dudar que en el transcurso de
los siglos, aunque hayamos aprendido mucho sobre cómo fa¬bricar máquinas,
hayamos aprendido algo sobre cómo hacer literatura. No escribimos mejor. Lo que
puede afirmarse que hacemos es seguir moviéndonos, si ahora un poco en esa
dirección, luego en esa otra, pero con una tendencia a lo circular si se
examina el trazo de la pista desde una cima suficientemente ele¬vada. Apenas
merece decirse que ninguna presunción tenemos, ni siquiera momentánea, de estar
en ese punto de vista ventajoso. En la parte llana, entre la multitud, cegados
a medias por el polvo, miramos hacia atrás y con envidia a esos guerreros más
afortu¬nados, cuya batalla ha sido ganada ya y cuyos logros muestran un aire de
realización sereno, de modo tal que apenas podemos frenarnos de murmurar que la
lucha no fue tan dura para ellos como para nosotros. La decisión queda al historiador
de la literatura; a él corresponde informar sí nos encontramos al princi¬pio,
al final o en medio de un gran periodo de narrativa en prosa, porque desde la
llanura poco es visible. Tan sólo sabemos que nos inspiran ciertas gratitudes y
hostilidades; que algunas sendas parecen conducir a tierra fértil y otras al
polvo y al desierto. Acaso valga la pena alguna exploración de esto último.
Así, nuestra disputa no es con los clásicos, y sí hablamos de disputar
con los señores Wells, Bennett y Galsworthy, en parte se debe al mero hecho de
que al existir ellos en carne y hueso, su obra tiene una imperfección viva,
cotidiana, activa que nos lleva a tomarnos con ella cualquier libertad que nos
plazca. Pero cierto es también que, mientras les agradecemos mil dones que nos
han dado, reservamos nuestra gra¬titud incondicional para Hardy, Conrad y en
grado mucho menor el Hudson de The Purple Land (Tierra púrpura), Green Mansions
(Mansiones verdes) y Par Away and Long Ago (Muy lejos y hace mucho tiempo). Los
señores Wells, Bennett y Galsworthy han des¬pertado tantas esperanzas y las han
decepcionado con tanta persistencia, que nuestra gratitud adopta mayor¬mente
como forma el agradecerles habernos mostrado lo que pudieron haber hecho pero
no hicieron; lo que ciertamente seríamos incapaces de hacer pero, con igual
certeza quizás, no deseamos hacer. Ninguna oración por sí misma resumiría la
acusación o la queja que fue necesario expresar contra una masa de obras tan
abundante en volumen y que representa tantas cualidades, sean admirables o lo
contrario. Si intentamos formular nuestro sentir en una palabra única, diremos
que estos tres escritores son materialis¬tas. A causa de que se interesan por
el cuerpo y no por el espíritu, nos han decepcionado, dejándonos con la
sensación de que cuanto antes les dé la espalda la narrativa inglesa, tan
cortésmente como se quiera, y se encamine aunque sea al desierto, mejor para su
alma. Pero claro, ninguna palabra alcanza de golpe el centro de tres blancos
diferentes. En el caso del señor Wells, se aparta notablemente del hito. Pero
incluso en él muestra a nuestro pensamiento la amalgama fatal de su genio, el
enorme grumo de yeso que consiguió mezclarse con la pureza de su inspiración.
Pero tal vez el señor Bennett sea el peor culpable de los tres, en tanto que es
con mucho el mejor obrero. Puede fa¬bricar un libro tan bien construido y tan
sólido en su artesanía, que es difícil incluso al más exigente de los críticos
deducir por qué rajadura o grieta puede fil¬trarse la decadencia. No pasa ni la
menor corriente de aire por los marcos de las ventanas, ni hay la menor
fractura en las duelas. Sin embargo ¿qué si la vida se rehusa a vivir aquí? Es
un riesgo que bien pueden pre¬sumir de haber superado el creador de The Old
Wives' Tale (Cuento de viejas), George Cannon, Edwin Clayhanger y multitud de
otras figuras; Sus perso¬najes tienen vida en abundancia e, incluso, inespera¬da,
pero queda por preguntar ¿cómo viven y para qué viven? Termina pareciéndonos
cada vez más, incluso cuando desertan de la bien construida villa de Five
Towns, que pasan su tiempo en algún vagón de ferrocarril de primera clase y
suavemente acojinado, pulsando innumerables campanillas y botones; y el destino
hacia el cual viajan de modo tan lujoso se vuelve, cada vez menos
indudablemente, una eter¬nidad de bienaventuranza pasada en el mejor de los
hoteles de Brighton. Difícilmente puede afirmarse del señor Wells que sea un
materialista en el sentido de que se deleita en exceso en la solidez de su
fábrica. Es de mente demasiado generosa en compasiones para permitirse dedicar
mucho tiempo a dejar las cosas en perfecto orden y substanciales. Es
materialista dada la mera bondad de su corazón, que lo hace echarse a las
espaldas el trabajo que debieron cumplir los fun¬cionarios gubernamentales; en
medio de la plétora de sus ideas y de sus hechos, apenas tiene un respiro para
darse cuenta de, o ha olvidado considerar que tiene importancia, la crudeza y
la tosquedad de sus seres humanos. Y aún así, ¿qué crítica más dañina puede
haber a su tierra y a su cielo que el que deban ser ha¬bitados ahora y en el
futuro por sus Joans y sus Peters? La inferioridad de sus naturalezas ¿no
empaña cual¬quier institución e ideal que la generosidad de su creador les haya
proporcionado? Tampoco, por pro¬fundo que sea nuestro respeto por la integridad
y el humanismo del señor Galsworthy, encontraremos en sus páginas lo que
buscamos.
Entonces, si pegamos una etiqueta en todos esos libros, en la cual esté
la palabra única materialistas, queremos decir con ello que escriben de cosas
sin importancia; que emplean una habilidad y una labo¬riosidad inmensas
haciendo que lo trivial y lo transi¬torio parezcan lo real y lo perdurable.
Hemos de admitir que estamos siendo exigentes y, además, que nos resulta
difícil justificar nuestro descontento explicando qué es lo que exigimos.
Plan¬teamos la cuestión de modo diferente en distintos momentos. Pero reaparece
del modo más persistente cuando nos apartamos de la novela concluida en la
cresta de un suspiro: ¿Vale la pena? ¿Cuál es su pro-pósito? ¿Sucede acaso que,
debido a una de esas desviaciones menores que el espíritu humano sufre de vez
en cuando, el señor Bennett aplicó su magnífico aparato de captar vida, cinco o
diez centímetros fuera de foco? La vida escapa y, tal vez, sin vida nada vale
la pena. Tener que recurrir a una imagen como ésta es una confesión de
vaguedad, pero difícilmente mejo¬ramos la situación hablando, como son proclives
a hacer los críticos, de realidad. Tras admitir la vaguedad que aflige a toda
crítica de novelas, arriesguemos la opinión de que para nosotros, en este
momento, la forma de narrativa más en boga falla más a menudo de lo que asegura
el objeto que buscamos. Lo llame¬mos vida o espíritu, verdad o realidad, esto,
el objeto esencial, se ha desplazado o avanzado y se rehusa a verse contenido
en las vestimentas mal cortadas que le proporcionamos. No obstante, con
perseverancia, conscientemente, seguimos construyendo nuestros treinta y dos
capítulos de acuerdo con un diseño que cada vez falla más en parecerse a la
visión que te¬nemos en la mente. Demasiada de esa enorme labor de explorar la
solidez, la imitación de vida, de la his¬toria es no sólo trabajo desperdiciado
sino mal coloca¬do, al grado de que oscurece y hace borrosa la luz de la
concepción. El escritor no parece constreñido por su propio libre albedrío,
sino por algún tirano po¬deroso y sin escrúpulos que lo tiene en servidumbre
para que proporcione una trama, para que aporte comedia, tragedia, amor,
interés y un cierto aire de probabilidad, que embalsame el todo de modo tan
impecable que si todas las figuras adquirieran vida, se encontrarían vestidas
hasta el detalle último con sus sacos a la moda. Se obedece al tirano, se
fabrica la novela hasta el menor detalle. Pero a veces, y más a menudo según
pasa el tiempo, sospechamos que hay una duda momentánea, un espasmo de
rebelión, según se van llenando hojas del modo acostumbrado. ¿Es así la vida?
¿Deben ser así las novelas?
Mírese al interior y la vida, al parecer, se aleja mucho de ser
"así". Examínese por un momento una mente ordinaria en un día
ordinario. Esa mente recibe miríadas de impresiones: triviales, fantásticas,
evanescentes o grabadas con el filo del acero. Esas miríadas vienen de todos
sitios, una lluvia incesante de átomos innumerables; y según descienden, según
se transforman en la vida del lunes o del martes, el acento cae en un lugar
diferente al del viejo estilo; el momento importante no viene aquí sino allí;
de modo que si un escritor fuera libre y no esclavo, si pudiera escribir de
acuerdo con sus elecciones y no sus obligaciones, si pudiera basar su trabajo
sobre sus sentimientos y no las convenciones, no habría trama, ni comedia, ni
tragedia, ni intereses amorosos o ca¬tástrofes al estilo aceptado y, tal vez,
ni un sólo botón cosido al modo que quisieran los sastres de Bond Street. La
vida no es una serie de farolas ordenadas simétricamente, sino un halo
luminoso, una envol¬tura semitransparente que nos rodea desde el inicio de
nuestra conciencia hasta su final. ¿No es tarea del novelista transmitir este
espíritu variado, desconocido y sin circunscribir, no importa qué aberraciones
o complejidades manifieste, con tan poca mezcla de lo ajeno y lo externo como
sea posible? No estamos solicitando tan sólo valor y sinceridad, sino
sugirien¬do que la materia adecuada de la narrativa es un tanto diferente a lo
que quiere hacernos creer la costumbre. En cualquier caso, es de alguna manera
parecida a ésta que buscamos definir la cualidad que distingue a la obra de
varios escritores jóvenes, el señor James Joyce el más notable entre ellos, de
aquella de sus pre¬decesores. Intentan acercarse más a la vida, preservar con
mayor sinceridad y exactitud lo que les interesa y conmueve, incluso si para
lograrlo hayan de descar¬tar la mayoría de las convenciones que suele observar
el novelista. Registremos los átomos según caen sobre la mente en el orden en
el cual caen, establezcamos el patrón, no importa cuán desconectado e incoherente
en apariencia, que cada visión o incidente imprima en la conciencia. No demos
por sentado que la vida existe con mayor plenitud en aquello comúnmente pensado
grande que en lo comúnmente pensado pe¬queño. Cualquiera que haya leído
Portrait of the Artist as a Young Man (Retrato del artista adolescente) o lo
que promete ser una obra mucho más interesante, el Ulysses (Ulises), que en
este momento aparece en la Little Review, arriesgará una teoría de tal
naturale¬za respecto a la intención del señor Joyce. Por nuestra parte, con
sólo un fragmento así frente nosotros, antes lo suponemos que lo afirmamos.
Pero no importa cuál sea la intención del todo, no hay duda que muestra una
sinceridad máxima y que el resul¬tado, por difícil o desagradable que lo juzguemos,
es innegablemente importante. En contraste con quie¬nes hemos llamado
materialistas, el señor Joyce es espiritual; se preocupa a cualquier precio por
revelar los titubeos de esa llama interna que destella sus men¬sajes a través
del cerebro, y para conservarla hace de lado con valor absoluto todo aquello
que parezca adventicio, se trate de la probabilidad, de la coheren-cia o de
cualquier otra señal caminera que por gene¬raciones haya servido para dar apoyo
a la imaginación del lector, cuando se le pide que imagine lo que le es
imposible tocar o ver. La escena en el cementerio, por ejemplo, con su
brillantez, su sordidez, su incoheren¬cia, sus relámpagos súbitos de
significado, sin duda se aproxima tanto a las honduras de la mente que, al
menos en una primera lectura, es difícil no suponer una obra maestra. Si lo que
deseamos es la vida misma, aquí la tenemos sin duda. De hecho, nos encontramos
andando a tientas con bastante torpeza cuando intentamos decir qué más
deseamos, y por qué razón una obra así de original no se compara, pues debemos
ir a ejemplos elevados, con Youth (Juventud) o The Mayor of' Casterbridge (El
alcalde de Casterbridge). Fracasa debido a la pobreza relativa de la mente del
escritor, pudiéramos conformarnos con decir para acabar con el asunto. Pero
cabe el presionar un poco más y preguntarse si no nos estamos refi¬riendo a
nuestra sensación de estar en una habita¬ción brillante pero estrecha,
confinados y ahogados, antes que enriquecidos y liberados; a cierta limitación
impuesta por el método a la vez que con la mente. ¿Será el método el que inhiba
el poder creador? ¿Se deberá al método que no nos sentimos joviales ni
magnánimos y sí centrados en un yo que, a pesar de sus temblores de
susceptibilidad, nunca abarca o crea lo que está fuera de él y a la distancia?
El subrayado puesto, acaso didácticamente, a la indecencia ¿con¬tribuye a dar
el efecto de algo, angular y aislado? ¿Se tratará simplemente de que ante
cualquier esfuerzo así de original es más fácil, sobre todo a los contem¬poráneos,
percibir lo que falta y no precisar lo que ofrece? En cualquier caso, es un
error mantenerse fuera examinando "métodos". Cualquier método sirve,
sirve cualquier método que exprese lo que deseemos expresar sí somos
escritores, que nos acer¬que más a la intención del escritor si somos lectores.
Este método tiene el mérito de acercarnos más a lo que estamos dispuestos a
llamar la vida misma. ¿No su¬girió la lectura de Ulysses cuánto de la vida
queda excluido o ignorado? ¿No vino tal idea con un sacu¬dimiento al abrir el
Tristram Shandy y el Pendennis y vernos convencidos no sólo de que hay otros
aspectos de la vida, sino que encima de todo son más impor¬tantes?
Sea como fuere, el problema al que hoy día se en¬frenta el novelista,
como suponemos que ocurrió en el pasado, es ingeniar medios para ser libre de
asentar lo que elija. Debe tener el valor de decir que su interés no está ya en
"esto" sino en "aquello", y sólo de ese "aquello"
debe construir su obra. Es muy probable que para los modernos
"aquello", el punto de interés, se encuentre en las partes oscuras de
la psicología. Por tanto y de inmediato, el acento cae en un punto un tanto
diferente; el subrayado va a algo hasta el momento ignorado; de inmediato es
necesaria una forma de bosquejo distinto, difícil de asir por noso¬tros,
incomprensible para nuestros predecesores. Nadie sino un moderno, tal vez nadie
sino un ruso, habría sentido el interés de la situación que Chéjov transformó
en el cuento llamado "Gusev". Algunos soldados rusos yacen enfermos,
a bordo de un barco que los regresa a su patria. Se nos dan unos cuantos
fragmentos de su charla y algunos de sus pensamien¬tos; la plática continúa
entre los otros por un tiempo, hasta que Gusev muere y, parecido "a una
zanahoria o un rábano", es lanzado al mar. El subrayado aparece en lugares
tan inesperados, que de principio se diría que no hubiera ningún subrayado;
pero entonces, según los ojos se acostumbran a la penumbra y comienzan a
discernir las formas de los objetos en el cuarto, vemos cuán completa está la
historia, con cuánta profundidad y cuánta verdad, en obediencia a su visión, ha
elegido Chéjov esto, aquello y lo de más allá, uniéndolos para que compongan
algo nuevo. Es imposible decir "esto es cómico" o "esto es
trágico", y tampoco estamos ciertos, pues se nos ha enseñado que los
cuentos deben ser breves y concluyentes, si esto, vago e inconcluyente, debe
ser llamado un cuento.
Los comentarios más elementales sobre la narrativa inglesa moderna
difícilmente pueden evitar el hacer alguna mención de la influencia rusa, y si
se men¬ciona a los rusos se corre el riesgo de pensar que es una pérdida de
tiempo escribir sobre cualquier narra¬tiva que no sea la suya. Si queremos
comprender el alma y el corazón ¿dónde más conseguirlo con pro-fundidad
comparable? Si estamos hartos de nuestro propio materialismo, el menos
destacable de sus no¬velistas tiene, por derecho de nacimiento, una reve¬rencia
natural por el espíritu humano. "Aprende a convertirte en el igual de la
gente... Pero que esta sim¬patía no sea aquella de la mente -pues con la mente
es fácil- sino aquella del corazón, con amor hacia ella." En todo gran
escritor ruso parecemos discernir los rasgos de un santo, si es que constituye
santidad la simpatía por el sufrimiento de los otros, el amor por ellos, el
empeño por alcanzar alguna meta digna de las demandas más exigentes del
espíritu. Es el santo que habita en ellos lo que nos deja confundidos con la
sensación de nuestra propia irreligiosidad trivial, transformando a tantas de
nuestras novelas famosas en faramalla y trucos. Las conclusiones a que llega la
mente rusa, tan abarcadora y compasiva como es, son inevitables tal vez en toda
tristeza extrema. De hecho, sería más exacto hablar de que la mente rusa está
inconclusa. Es la sensación de que no hay respuesta, que si se examina con
honestidad la vida, ésta presenta una pregunta tras otra, a las que debe
permitirse que resuenen una y otra vez ya concluida la historia en un
interrogatorio sin esperanza, que nos llena con una desesperación profunda y a
fin de cuentas resenti¬da. Tal vez tengan razón; incuestionablemente, ven más
lejos que nosotros y sin nuestros crudos impe¬dimentos de visión. Pero quizá
yernos algo que a ellos se les escapa, pues sino ¿por qué habría de mezclarse a
nuestra melancolía esa voz de protesta? Esa voz de protesta es aquella de una
civilización distinta y antigua, que parece haber insuflado en nosotros el instinto
de gozar y luchar antes qué el de sufrir y comprender. La narrativa inglesa,
desde Sterne a Meredith, es testimonio de nuestro deleite natural en el buen
humor y la comedia, en la belleza de la tierra, en las actividades del
intelecto y en el esplendor del cuerpo. Pero cualesquiera deducciones que
extrai¬gamos de comparar dos narrativas tan inconmensu¬rablemente apartadas son
fútiles, excepto en cuanto nos imbuyan con la visión de las posibilidades
infini¬tas del arte y nos recuerden que el horizonte no tiene límites, y que
nada -ningún "método", ningún expe-rimento, incluso los más
desbocados- está prohibido como sí lo están la falsedad y la simulación. No
existe "material adecuado para la narrativa", pues todo es material
adecuado para la narrativa, todo sentimiento, todo pensamiento; toda cualidad
del cerebro y del espíritu de la que se eche mano; ninguna percep¬ción está
fuera de lugar. Y si podemos imaginar al arte de la narrativa adquirir vida y
ponerse de pie en nues¬tro medio, sin duda nos pediría que lo rompiéramos y lo
hostigáramos, así como que lo honráramos y lo amáramos, porque de esa manera se
renueva su juven¬tud y se asegura su soberanía.
EL PUNTO DE VISTA RUSO
Por dudosos que con frecuencia nos mostremos sobre si los franceses o
los estadounidenses, que tanto en común tienen con nosotros, pueden comprender
la li¬teratura inglesa, hemos de admitir dudas mayores sobre si, pese a todo su
entusiasmo, los ingleses pue¬den comprender la literatura rusa. El debate sobre
qué queremos decir por "comprender" podría alargarse indefinidamente.
A todo mundo se le ocurrirán ejem¬plos de escritores estadounidenses que, en lo
particular, poseen el más elevado discernimiento sobre nuestra literatura y
sobre nosotros; que han vivido una vida entera entre nosotros y, finalmente,
han dado pasos legales para volverse súbditos del rey Jorge. Con todo y eso
¿nos han entendido, no han permanecido hasta el final de sus días siendo extranjeros?
¿Podría creer alguna persona que las novelas de Henry James fueron escritas por
un hombre criado en la sociedad que des¬cribe, que su crítica de los autores
ingleses fue escrita por un hombre que leyó a Shakespeare sin ninguna
conciencia del océano Atlántico y de los doscientos o trescientos años que, en
la orilla más lejana del mis¬mo, separa su civilización de la nuestra? El
extranjero logrará a menudo una percepción y un alejamiento especiales, un
ángulo de visión agudo, pero no esa li¬beración de la conciencia de sí mismo,
esa comodidad y camaradería y sentido de los valores comunes que permiten la
intimidad, la cordura, el rápido toma y daca de los intercambios familiares.
No sólo ocurre que todo esto nos separa de la lite¬ratura rusa, sino una
barrera mucho más seria: la di¬ferencia de idioma. De todos los que se
regalaron con Tolstói, Dostoievsky y Chéjov en los últimos veinte años, no más
de uno o quizás dos pudieron leerlos en ruso. Nuestras estimaciones de sus
cualidades fueron formadas por críticos que nunca leyeron una palabra en ruso,
nunca vieron Rusia, incluso nunca oyeron esa lengua hablada por nativos; hemos
tenido que depender, ciega e implícitamente, del trabajo de los traductores.
Lo que estamos diciendo se limita a lo siguiente, entonces: que hemos
juzgado toda una literatura desnudada de su estilo. Cuando se ha cambiado toda
pa¬labra de una oración del ruso al inglés, con eso se ha alterado un poco el
sentido y del todo el sonido, el peso y al acento de las palabras en la
relación que guardan entre sí; nada queda sino una versión tosca y burda del
sentido. Así tratados, los grandes escritores rusos son como hombres privados,
por un terremoto o un accidente ferroviario, no sólo de su ropa, sino de algo
más sutil e importante: sus costumbres, la idio¬sincrasia de su carácter. Lo
que resta es, cómo lo han probado los ingleses mediante el fanatismo de su
ad¬miración, algo muy poderoso y muy impresionante, pero es difícil estar
seguros, dadas hasta dónde confiar en que no estamos haciéndoles imputaciones,
no los estamos distorsionando, no esta¬mos leyendo en ellos un subrayado que es
falso.
Han perdido su ropa, decirnos, en alguna catás¬trofe terrible, pues
cualquier figura de este tipo des¬cribe la sencillez, la humanidad» liberada de
cualquier esfuerzo por ocultar y disfrazar sus instintos, que la li¬teratura
rusa, se deba a la traducción o a alguna otra causa más profunda, trae a
nosotros. Encontramos que estas cualidades todo lo empapan, que son igual de
obvias en los escritores menores que en los grandes. "Aprendan a ser los
iguales de la gente. Incluso me gustaría agregar: háganse indispensables a
ella. Pero que esa simpatía no sea de la mente -pues con la mente es fácil-
sino con el corazón, con amor por ella." "Viene de los rusos" se
diría al instante» si uno tropezara con esta cita. La sencillez, la ausencia de
esfuerzos, la suposición de que en un mundo rebo¬sante de miseria el principal
llamado que se nos hace es a comprender a nuestros compañeros de sufrimien¬to,
y que "no sea de la mente -pues con la mente es fácil- sino con el
corazón": tal es la nube que gravita sobre toda la literatura rusa, que
nos aleja de nuestra brillantez parchada y de nuestros caminos agostados para
que nos expandamos a su sombra... con resultados desastrosos, desde luego.
Caemos en la torpeza y en la conciencia
de nosotros mismos; negamos nues¬tras cualidades, escribirnos con una
afectación de bondad y sencillez que es nauseabunda al extremo. No sabemos
decir "hermano" con sencilla convicción. Hay una historia del señor
Galsworthy en que uno de los personajes se dirige de esa manera a otro (ambos
se encuentran en las honduras del infortunio). De inmediato todo se vuelve
forzado y afectado. El equivalente inglés de "hermano" es
"mate", una palabra muy diferente, que algo de sardónico tiene en sí,
una indefinible insinuación de buen humor. Aunque se hayan encontrado en las
honduras del infortunio, esos dos ingleses que así se dirigen uno al otro
halla¬rán, estamos seguros, un empleo, harán fortuna, dedi¬carán los últimos
años de sus vidas al lujo y dejarán una suma de dinero para evitar que algunos
pobres diablos se llamen entre sí "hermano" en el Embankment. Pero es
el sufrimiento común el que produce esa sensación de hermandad y no la
felicidad, el es¬fuerzo o el deseo común. Esa "tristeza profunda" que
el Dr. Hagberg Wright piensa típica del pueblo ruso es la que crea su
literatura.
Desde luego, una generalización de este tipo, in¬cluso aunque verdadera
en cierto grado cuando se la aplica al cuerpo de la literatura, cambia
profunda¬mente si un escritor de genio se pone a trabajar con ella. De
inmediato surgen otras cuestiones. Se ve entonces que una "actitud"
no es sencilla, sino com¬pleja en grado sumo. Hombres robados de sus sacos y de
sus modales, aturdidos por un accidente ferro¬viario, dicen cosas duras, cosas
ásperas, cosas desa¬gradables, cosas difíciles, incluso aunque las digan con el
abandono y la sencillez que en ellos producen las catástrofes. Ante Chéjov,
nuestras primeras impre¬siones no son de sencillez, sino de perplejidad. ¿Qué
quiere decir, por qué extrae un cuento de esto? pregun-tamos mientras leemos un
cuento tras otro. Un hom¬bre se enamora de una mujer casada, se separan y
vuelven a encontrarse y, al final, se los deja hablando acerca de su posición y
de los medios por los cuales pueden liberarse de "esta esclavitud
intolerable".
"-¿Cómo, cómo?- pregunta asiéndose la cabeza... se diría que en un
momento iba a surgir la solución y entonces comenzaría una vida nueva y
espléndida." Allí acaba. Un
cartero conduce a un estudiante a la estación y a lo largo del camino el
estudiante procura que el cartero hable, pero éste permanece silencioso. De
pronto el cartero dice, inesperadamente: "Es con¬tra el reglamento llevar
a una persona con el correo". Y camina de un lado a otro del andén con un
gesto de enojo en la cara. "¿Con quién estaba enojado? ¿Con la gente, con
la pobreza, con las noches de otoño?". De nuevo, allí acaba el cuento.
Pero ¿es éste el final? preguntamos. Más bien que¬damos con la sensación
de que no vimos las señales carreteras; o como si una melodía se hubiera
inte¬rrumpido antes de tiempo, sin los acordes esperados al cierre. Son cuentos
inconclusos, decimos, y proce¬demos a componer una crítica basada en la
suposi¬ción de que los cuentos han de concluir de un modo que podamos
reconocer. Al hacer esto, planteamos la cuestión de nuestra aptitud como
lectores. Allí donde la melodía es familiar y el final enfático -los amantes se
reúnen, los villanos son derrotados, las intrigas quedan al descubierto-, como
ocurre en gran parte de la narrativa victoriana, difícilmente nos
extraviare¬mos; pero si la melodía no es familiar y el final una nota de
interrogación o la simple información de que los personajes siguieron hablando,
como sucede en Chéjov, necesitamos un sentido de la literatura muy atrevido y
alerta para escuchar la melodía, y en espe¬cial esas notas finales que
completan la armonía. Es probable que hayamos de leer muchísimos cuentos antes
de sentir, y esa sensación es esencial para nuestra satisfacción, que
mantenemos unidas las partes, y que Chéjov no, sólo se limitaba a divagar
desconectadamente, sino que tocaba primero esta nota y luego la otra con
intención, para completar el significado.
Debemos explorar para descubrir dónde es correc¬to poner el subrayado en
estos cuentos extraños. Las propias palabras de Chéjov nos sirven de guía en la
dirección correcta: "... una conversación como ésta que sostenemos",
dice, "habría sido impensable para nuestros padres. Por la noche no
hablaban, sino que dormían profundamente; nuestra generación duerme mal, es
inquieta, pero habla muchísimo y siempre está intentando decidir si estamos en
lo correcto o no". La literatura de sátira social y de sutilezas psicológicas
surge de ese sueño inquieto, de esa charla incesante; pero, después de todo,
hay una diferencia enorme entre Chéjov y Henry James, entre Chéjov y Bernard
Shaw. Es obvio, pero ¿de dónde procede? También Chéjov está consciente de los
males y de las injusticias de la situación social; la condición de los
campesinos lo asombra, pero no está en él el celo del reformador, no está allí
la señal de que nos detengamos. La mente le interesa enormemente; es un
analista de las rela¬ciones humanas de lo más sutil y delicado. Pero, una vez
más, no, allí no está el final. ¿Será qué primariamente no le interesan las
relaciones del alma con otras almas, sino la relación del alma con la salud, la
relación del alma con la bondad? Esos cuentos nos muestran siempre alguna
afectación, pose, falta de sinceridad. Algunas mujeres caen en una relación
falsa, algunos hombres han sido pervertidos por la inhumanidad de su
circunstancia. El alma está enfer¬ma, el alma se cura, el alma no se cura. He
ahí los puntos subrayados en esos cuentos.
Una vez que el ojo se acostumbra a esos matices, la mitad de las
"conclusiones" empleadas en la narrativa se desvanecen en el aire; se
muestran como trans¬parencias que tienen una luz por detrás: chillonas,
deslumbrantes, superficiales. El aseo general del capí¬tulo último -el
matrimonio, la muerte, la expresión de valores tan sonoramente anunciados con
trom¬petas, tan notoriamente subrayados- adquiere una naturaleza de lo más
rudimentaria, Nada se resuelve, sentimos; nada se sostiene unido correctamente.
Por otra parte, ese método que de principio parecía tan casual, tan inconcluso,
tan ocupado con nimiedades, ahora se presenta como el resultado de un gusto
exquisitamente original y quisquilloso, que elige con atrevimiento, que pone
orden infaliblemente y que está controlado por, una honestidad para la que no
hallamos pareja, salvo entre los propios rusos. Tal vez no haya respuesta para
esas preguntas, pero al mismo tiempo jamás manipulemos las pruebas, a modo de
producir algo adecuado, decoroso, agradable a nuestra vanidad. Acaso éste no
sea el modo de captar el oído del público; después de todo, se encuentra
acostum¬brado a una música más sonora, a medidas más rotundas; pero ellos han
escrito la melodía según sonaba. En consecuencia, conforme leemos estos
cuen¬tos que de nada tratan, el horizonte se amplía; el alma gana una sensación
de libertad pasmosa.
Cuando leemos a Chéjov, nos descubrimos repi¬tiendo una y otra vez la
palabra "alma". Asperja sus páginas. Los borrachos viejos la emplean
con toda li¬bertad: "... has subido mucho en el escalafón, nadie te
alcanza, pero no tienes un alma real, mi querido mu¬chacho... careces de
fuerza". De hecho, el alma es el personaje central de la narrativa rusa.
Delicada y sutil en Chéjov, sujeta a un número infinito de humores y
perturbaciones, es de mayor profundidad y volumen en Dostoievsky, capaz de
enfermedades violentas y de fiebres violentas, pero con todo sigue siendo la
preo¬cupación dominante. Quizá tal sea la causa de que al lector inglés le
cueste un esfuerzo grande el leer por segunda vez Los hermanos Karamázov o
Demonios. La "alma" le es ajena. Incluso antipática. Tiene poco
sen¬tido del humor y ninguno de la comedia. Carece de forma. Mantiene una
relación ligera con el intelecto. Está confusa, es difusa, tumultuosa, incapaz
al parecer de someterse al dominio de la lógica o a la discipli¬na de la
poesía. Las novelas de Dostoievsky son remo¬linos bullentes, tormentas de arena
giratorias, trombas que sisean, hierven y nos absorben. Se componen única y
totalmente del material del alma. A pesar de nuestra voluntad nos devoran, nos
sacuden, ciegan, sofocan y, al mismo tiempo, nos llenan de un éxtasis
vertiginoso. Excepto Shakespeare, no hay lectura más excitante. Abrimos la
puerta y nos encontramos en una habitación llena de generales rusos, de tutores
de generales rusos, sus hijastras y primos y multitudes de gente miscelánea que
hablan a plena voz de sus asuntos más íntimos. Pero ¿dónde estamos nosotros? De
seguro corresponde al novelista informarnos si es¬tamos en un hotel, en un piso
o en alojamientos renta¬dos. Pero a nadie se le ocurre explicar. Somos almas,
almas torturadas, infelices, cuyo negocio único es hablar, revelar, confesar,
desnudar ante cualquier des¬garramiento de la carne y el nervio esos pecados
agrios que se arrastran en la arena al fondo de noso¬tros. Pero, según
escuchamos, nuestra confusión se asienta lentamente. Nos lanzan una cuerda,
pescamos un soliloquio, sujetos por la piel de nuestros dientes nos vemos
impulsados a través del agua; afiebrados, agitados, avanzamos presurosos más y
más, si ahora sumergidos, después en un momento de visión que nos permite
comprender más de lo que nunca ha-bíamos comprendido, recibiendo revelaciones
tales que sólo se obtienen de la prensa de la vida cuando en pleno
funcionamiento. Según volamos lo recogemos todo -el nombre de las personas, sus
relaciones, que paran en un hotel en Roulettenburg, que Polina está enredada en
una intriga con el marqués de Grieux-, pero ¡qué asuntos tan poco importantes
son éstos comparados con el alma! Es el alma lo que cuenta, sus pasiones, sus
tumultos, su asombrosa mezcla de hermosura y vileza. Y de pronto nuestras voces
se le¬vantan en estallidos de risa o si nos sacude el más vio¬lento de los
sollozos ¿habrá algo más natural? Apenas merece comentario. El ritmo al cual
vivimos es tan tremendo, que de nuestras ruedas brotan chispas según huimos.
Además, cuando así aumenta la veloci¬dad y se ven los elementos del alma,
aunque no sepa¬rados en escenas de humor y escenas de pasión, según los
conciben nuestras mentes inglesas más lentas, sino veteados, revueltos,
confundidos inextricablemente, revelándose así un panorama nuevo de la mente
hu¬mana. Las viejas divisiones se funden entre sí. Los hombres son a la vez
villanos y santos, sus actos bellos y despreciables a la vez. Amamos y odiamos
al mismo tiempo. Nada hay de esa división precisa entre bien y mal a la que
estamos acostumbrados. A menudo, aquellos por quienes sentimos mayor afecto son
los criminales mayores y los pecadores más abyectos nos llevan a la admiración
más fuerte, así como al amor.
Impulsado a la cresta de las olas, impelido contra y apaleado en las
piedras del fondo, al lector inglés le resulta difícil sentirse cómodo. Le han
invertido el proceso al que se acostumbró en su propia literatura. Si deseamos
contar la historia de los amoríos de un general (y en primer lugar nos
resultaría muy difícil no reírnos de él), habremos de empezar por su casa;
debemos hacer sólido su entorno. Sólo cuando todo está listo intentaremos
atender al propio general. Ade¬más, en Inglaterra gobierna la tetera y no el
samovar; el tiempo está limitado; el espacio apeñuscado; se hace sentir la
influencia de otros puntos de vista, de otros libros, incluso de otras épocas.
La sociedad está dividida en la clase baja, la media y la alta, cada una dueña
de su tradición, de sus modales y, has¬ta cierto grado, de su propio lenguaje.
Lo quiera o no, el novelista inglés sufre la presión constante de reconocer
esas barreras y, en consecuencia, se le im¬pone un orden y algún tipo de
formarse inclina por la sátira más que por la compasión, por el escrutinio de
la sociedad más que por el entendimiento de los individuos en sí.
Ninguna de esas restricciones se impusieron a Dostoievsky. Le es igual
que usted sea noble o persona sencilla, un vagabundo o una gran dama. No
impor¬ta quién sea, es la vasija de ese líquido perplejo, de esa materia
nubosa, espumosa, preciosa llamada alma. El alma no está restringida por
barreras. Se derra¬ma, fluye, se mezcla al alma de otros. La sencilla his-toria
de un oficinista de banco incapaz de pagar una botella de vino se desparrama,
antes de que sepamos lo que está ocurriendo, hacia la vida del suegro y de sus
cinco amantes, a las que trata abominablemente el suegro, y hacia la vida del
cartero, y de la sirvienta, y de las princesas que se alojan en el mismo
conjunto de pisos, pues nada es ajeno a la provincia de Dostoievsky, y cuando
se siente cansado no para, sino que sigue adelante. No puede detenerse. El alma
humana se derrumba sobre nosotros caliente, escaldadora, mezclada, maravillosa,
terrible, opresiva.
Queda el mayor de todos los novelistas, pues ¿de qué otro modo llamar al
autor de Guerra y paz? ¿También Tolstói nos resultará ajeno, difícil,
extran¬jero? ¿Hay en su ángulo de visión alguna rareza que, al menos hasta
habernos vuelto discípulos y por tanto haber perdido nuestra orientación, nos
mantenga a distancia, llenos de sospecha y perplejidad? En todo caso, desde sus
primeras palabras estamos seguros de una cosa: He aquí un hombre que ve lo que
vemos, que además procede como estamos acostumbrados a proceder, no del
interior al exterior sino del exterior al interior. Hay un mundo en el cual a
las ocho de la mañana se escucha el llamado del cartero y las per¬sonas se van
a la cama entre las diez y las once. He aquí un hombre que, además, no es un
salvaje, no es un hijo de la naturaleza; está educado y ha tenido toda suerte
de experiencias. Es uno de esos que nació aristócrata y aprovechó sus
privilegios a plenitud. Es metropolitano, no suburbano. Sus sentidos, su
in-telecto, son agudos, poderosos y están bien nutridos. Hay algo de orgulloso
y soberbio en el ataque que una mente y un cuerpo así lanzan sobre la vida.
Nada parece escapársele. Nada escapa a su vista sin ser re¬gistrado. Por tanto,
nadie puede transmitir como él la excitación del deporte, la belleza de los
caballos y toda el hambre fiera por el mundo de los sentidos que posee un joven
fuerte. Toda ramita, toda pluma se pega a su imán. Nota el azul o el rojo del
blusón de un niño, el modo en que un caballo mueve la cola, el sonido de una
tos, las acciones de un hombre que intenta meter las manos en unos bolsillos
que han sido cosidos. Y lo que informa su ojo infalible sobre una tos o los
trucos de unas manos su cerebro infali-ble lo une a algo oculto en el carácter
de la gente, de modo que la conocemos no sólo por el modo en el que ama y sus
puntos de vista políticos y la inmor¬talidad del alma, sino también por el modo
en que estornuda y se atraganta. Incluso tratándose de una traducción, sentimos
que nos han puesto en la cima de una montaña con un telescopio en las manos.
Todo es asombrosamente claro y absolutamente nítido. Pero entonces, de pronto,
justo cuando exulta-mos, respirando hondo, sintiéndonos a la vez fortale¬cidos
y purificados, algún detalle -tal vez la cabeza de un hombre- nos llega, de
modo alarmante, desde el cuadro, como si expulsado de allí por la intensidad
misma de la vida que tiene. "De pronto, me sucedió una cosa extraña:
primero dejé de ver lo que me ro¬deaba, luego su rostro pareció desvanecerse
hasta sólo quedar los ojos, a continuación los ojos parecían estar en mi propia
cabeza y luego todo se volvió confuso; nada podía captar y me vi forzado a
cerrar los ojos, para librarme de esa sensación de placer y miedo que su mirada
producía en mí..." Una y otra vez compar-timos los sentimientos de Masha
en Felicidad con¬yugal. Cerramos los ojos para escapar a la sensación de placer
y miedo. A menudo es el placer el que está en primer plano. En esa misma
historia hay dos descrip¬ciones, una la de una chica que de noche camina por un
jardín con su amado, otra la de una pareja recién casada jugueteando por su
sala, que de tal manera transmiten la sensación de felicidad intensa que
ce¬rramos el libro para sentirnos mejor. Pero siempre se da un elemento de
miedo que, así ocurre con Masha, nos hace desear huir de la mirada puesta por
Tolstói en nosotros. ¿Surgirá de esa sensación, que en la vida real pudiera
acosarnos, de que tal felicidad, tal y como él la describe, es demasiado
intensa para durar, que estamos al borde del desastre? ¿O no será que la
intensidad misma de nuestro placer es un tanto cuestio¬nable, forzándonos a
preguntarnos, junto con Pozdnishev en La Sonata Kreutzer "¿para qué
vivir?" La vida domina a Tolstói tal como el alma domina a Dostoievsky. En
el centro de todos los pétalos bri¬llantes y centelladores de la flor siempre
se encuentra este escorpión: "¿Para qué vivir?" Siempre, en el
cen¬tro del libro, hay algún Olenin o Pierre o Levin que reúne en sí toda la
experiencia, le da vuelta al mundo en los dedos y nunca deja de preguntar
incluso cuan¬do lo está gozando: cuál es el significado de esto y cuáles
debieran ser nuestras metas. No se trata del sacerdote que fragmenta de modo
tan efectivo nues¬tros deseos; es el hombre que los ha conocido y los ha amado.
Cuando se mofa de ellos, el mundo se vuelve polvo y cenizas bajo nuestros pies.
De esta mane¬ra, el miedo se mezcla a nuestro placer. De los tres grandes
escritores rusos, es Tolstói el que más nos sojuzga y más nos repele.
Pero la mente toma sus inclinaciones del lugar donde nace y, no hay
duda, cuando tropieza con una literatura tan ajena como la rusa, huye por una
tan¬gente muy alejada de la verdad.
DEFOE
El miedo que ataca a quien registra centenarios, de encontrarse midiendo
un espectro en disminución y forzado a predecir una disolución cada vez más
cer¬cana, no sólo se encuentra ausente en el caso de Robinson Crusoe, sino que
el mero pensamiento resul¬ta ridículo. Acaso sea cierto que Robinson Crusoe
llega a los doscientos años de edad el 25 de abril de 1919, pero lejos de
plantear eso las especulaciones familiares respecto a sí la gente lo lee hoy y
continuará leyéndolo, la consecuencia del centenario es maravillarnos de que
Robinson Crusoe, perenne e inmortal, sólo haya estado en existencia un tiempo
así de breve. El libro parece una de las producciones anónimas de la raza y no
el esfuerzo de una mente única; y en cuanto a cele¬brar su centenario, igual
podríamos pensar en celebrar los centenarios de Stonehenge. Algo de esto puede
atribuirse al hecho de que a todos nosotros nos leyeron de niños el Robinson
Crusoe, de modo que ante Defoe y su historia teníamos el mismo estado mental
que los griegos respecto a Hornero, Nunca se nos ocurrió que hubiera una
persona llamada Defoe, y el escuchar que Robinson Crusoe era obra de un hombre
con una pluma en la mano nos habría perturbado de un modo desagradable o nada
hubiera significado. Las impresiones de la infancia son de aquellas que duran
más y penetran más hondo. Sigue pareciendo que el nombre de Daniel Defoe no
tiene derecho a aparecer en la portada del Robinson Crusoe, y si celebramos el
bicentenario del libro, hacemos una alusión ligeramente innecesaria al hecho de
que, como Stonehenge, siga existiendo.
La gran fama del libro ha sido un tanto injusta con el autor, porque si
bien le dio una especie de gloria anónima, ha oscurecido el hecho de que
escribió otras obras que, no hay riesgo en afirmarlo, nunca se le¬yeron a los
niños en voz alta. De esta manera, cuando el editor de Christian World, en el
año 1870, solicitó a "los chicos y las chicas de Inglaterra" el
erigir un mo¬numento sobre la tumba de Defoe, mutilada por el golpe de un rayo,
sobre el mármol quedó inscrito a la memoria del autor de Robinson Crusoe.
Ninguna mención de Moll Flanders. Si consideramos los temas incluidos en este
libro, y en Roxana, Captain Singleton (El capitán Singleton), Colonel Jack (El
coronel Jack) y el resto, no nos tomará por sorpresa la omisión, aun¬que nos
indigne. Bien podemos estar de acuerdo con el señor Wright, biógrafo de Defoe,
en que "no son obras para la mesita de la sala". Pero a menos de
consentir en que esa útil pieza del moblaje sea el árbi¬tro final del gusto,
hemos de deplorar el hecho de que su tosquedad superficial, o el renombre
universal de Robinson Crusoe, las haya vuelto mucho menos famosas de lo que
merecen. En cualquier monumen¬to digno de ese nombre, los nombres de por lo
me¬nos Moll Flanders y Roxana debieran estar grabados tan profundamente como el
de Defoe. Se encuentran entre las escasas novelas inglesas que podemos llamar
indisputablemente grandes. Esta ocasión del bicentenario de su compañera más
famosa bien pudiera llevarnos a considerar en qué consiste su grandeza, que
tanto tiene en común con la del autor.
Defoe era un hombre ya maduro cuando se volvió novelista, por muchos
años el predecesor de Richardson y Fielding y de hecho uno de los primeros en
darle forma a la novela y conducirla por su camino. Pero es innecesario bordar
el hecho de esta preceden¬cia, excepto que Defoe llegó a su modo de escribir
novela teniendo ciertas concepciones sobre el arte, que en parte derivó de ser
él mismo uno de los pri¬meros en practicar. La novela tenía que justificar su
existencia narrando una historia real y predicando una moral sana. "Esto
de aportar una historia me¬diante la invención es, desde luego, un crimen de lo
más escandaloso", escribió. "Es una suerte de mentira que crea un
gran agujero en el corazón, por el cual y gradualmente entra el hábito de
mentir." Por tanto, sea en el prefacio o en el texto de cada una de sus
obras, se toma el trabajo de insistir en que para nada empleó su invención,
sino que ha dependido de los hechos, y que su propósito ha sido el deseo
suma¬mente moral de convertir a los viciosos o hacer adver¬tencias a los
inocentes. Por fortuna, eran principios que se adaptaban muy bien a su
disposición y sus dones naturales. Los hechos habían sido sem¬brados en él por
sesenta años de fortunas diversas, antes de que dedicara su experiencia a
colaborar con la ficción. "Hace algún tiempo recapitulé las Escenas de mi
vida en este dístico", escribió:
Hombre ninguno ha probado fortunas más diversas y en trece ocasiones he
sido rico y pobre.
Había pasado dieciocho meses en Newgate, donde habló con ladrones,
piratas, asaltantes y falsificadores antes de escribir la Historia de Moll
Flanders. Pero una cosa es que el proceso de vivir y los accidentes nos lancen
los hechos al rostro y otra el devorarlos vorazmente, reteniendo su impronta de
modo indeleble. No se trataba simplemente de que Defoe co-nociera el estrés de
la pobreza y hubiera platicado con sus víctimas, sino que esa vida
desprotegida, expuesta a las circunstancias y forzada a cambiar por sí misma,
lo atraía imaginativamente como el material adecuado para su arte. En las
primeras páginas de cada una de sus grandes novelas reduce a su héroe o a su
heroína a tal estado de miseria hostil, que la existencia se trans¬forma en una
lucha continua y la supervivencia en el resultado de la suerte y de los
esfuerzos de los perso¬najes. Moll Flanders nace en Newgate de una madre
criminal; al capitán Singleton lo roban de pequeño y lo venden a los gitanos;
el coronel Jack, aunque "naci¬do como caballero, fue colocado como
aprendiz de carterista"; Roxana empieza con mejores augurios pero, tras
casarse a los quince, ve la bancarrota del marido y queda con cinco niños en
"la condición más deplorable que puedan expresar las palabras".
De este modo, cada uno de esos muchachos y de esas muchachas tiene al
mundo como punto de parti¬da y una batalla que librar por sí mismo. La
situación así creada era del todo al gusto de Defoe. Desde su propio nacimiento
o acaso con un respiro de seis meses o un año, Moll Flanders, la más notable de
todos ellos, se ve impulsada por "el peor de los males, la pobreza",
forzada a ganarse la vida en cuanto puede coser, expulsada de uno y otro sitio,
sin que nada reclame a su creador, incapaz como fue de pro¬porcionarle una
sutil atmósfera doméstica, pero extrayendo de él todo lo que sabía sobre
personas y costumbres extrañas. Desde el principio mismo se le impone a Moll
Flanders la carga de probar que tiene derecho a vivir. Ha de apoyarse
totalmente en su ingenio y en su buen juicio, y manejar cada emergen-cia según
se presente mediante una moral surgida de la experiencia y que ella forjó en su
cabeza. La viveza de la historia se debe en parte al hecho de que, ha¬biendo
transgredido a una edad muy temprana las leyes aceptadas, a partir de allí goza
la libertad de un paria. El único suceso imposible es que se asentara en una
situación de comodidad y seguridad. Pero desde el principio se impone el genio
peculiar del autor, que evita el peligro obvió de la novela de aven¬turas. Nos
hace comprender que Moll Flanders era una mujer por derecho propio y no sólo
material para una sucesión de aventuras. Para probar esto, el personaje
comienza, como Roxana lo hizo, por caer apasionada e infortunadamente
enamorada. Que deba reponerse y casarse con otro y examinar de cerca su entorno
y sus perspectivas no es una mácula so¬bre su pasión, sino culpa por atribuir a
su nacimiento; y, como todas las mujeres de Defoe, es una persona de
entendimiento robusto. Como no tiene escrúpulos en mentir si le sirve para
algún propósito, algo de in¬negable hay en sus verdades cuando las expresa. No
puede perder tiempo en los refinamientos del afectó personal; se derrama una
lágrima, se permite un momento de desesperación y luego "se sigue con la historia".
Posee un espíritu que gusta de oponerse a las tormentas. Se deleita en el
ejercicio de sus pro¬pios poderes. Cuando descubre que el hombre con quien casó
en Virginia es su hermano, queda violenta¬mente disgustada; insiste en
abandonarlo; pero en cuanto pone un pie en Bristol, "tomé la decisión de
ir a Bath, porque lejos me encontraba de ser vieja, de modo que mi humor,
siempre alegre, continuó sién¬dolo al extremo". No es despiadada y nadie
puede acusarla de ligereza, pero la vida la deleita y una he¬roína que vive nos
lleva a todos a remolque. Además, su ambición tiene esa ligera tirantez de la
imaginación que la sitúa en la categoría de las pasiones nobles. Astuta y
práctica a causa de la necesidad, se ve acosa¬da por el deseo de romance y por
esa cualidad que, según su consideración, vuelve caballero a un hom¬bre.
"Era en verdad de un espíritu galante, con lo cual resultaba más lastimoso
para mí. Algún alivio trae el ser arruinada por un hombre de honor y no por un
canalla", escribe tras haber engañado a un asaltante de caminos respecto
al valor de su fortuna. Es en conso¬nancia con este espíritu que se muestra
orgullosa de su socio definitivo porque se rehusa a trabajar cuando llegan a la
plantación, pues prefiere la caza, y que sienta placer en comprarle pelucas y
espadas con empuñadura de plata "para hacerlo ver como lo que en realidad
era, un caballero de lo más fino". Su amor mismo por los climas cálidos va
de acuerdo con todo esto, así como la pasión con que besa el suelo por el que
había caminado su hijo, y su noble tolerancia de todo tipo de falta mientras no
sea "una bajeza de espíritu total, imperiosa, cruel e inmitigable cuando
dominante, abyecta y abatida si derrotada". Para el resto del mundo sólo
tiene buena voluntad.
Como la lista de cualidades y gracias de esta sazo¬nada pecadora de
ninguna manera se ha agotado, bien podemos comprender que la vendedora de
man¬zanas de Borrow, en el puente de Londres, la llamara "bendita
Mary" y valorara su libro por encima de todas las manzanas de su puesto; y
que Borrow, llevándose el libro a lo más retirado del local, leyera hasta que
le dolían los ojos. Pero nos detenemos en estas señales de carácter sólo como
base para probar que el creador de Moll Flanders no era, como se le ha acusado
de ser, un mero periodista y un anotador de hechos, sin concepción alguna sobre
la naturaleza de la psicología. Cierto que sus personajes adquieren forma y
substancia por voluntad propia, como a pesar del autor y no del todo a gusto de
éste, quien nunca se detiene en o subraya ningún punto de sutileza o de
emoción, sino que sigue adelante imperturbable¬mente, como si brotaran sin él
tener conocimiento. Un toque de imaginación, como aquel cuando el Príncipe se
sienta junto a la cuna de su hijo y Roxana observa cómo "disfrutaba
mirarlo mientras dormía", parece significar mucho más para nosotros que
para él. Después de esa disertación curiosamente moderna sobre la necesidad de
comunicar asuntos de impor¬tancia a una segunda persona para no hablar de ellos
en nuestros sueños, como le ocurre al ladrón de Newgate, se disculpa por la
digresión. Parece haber absorbido a los personajes en su mente con tal
pro¬fundidad, que los vive sin saber con certeza cómo; y, como todo artista
inconsciente, deja en su obra más oro del que pudo llevar a la superficie su
propia ge-neración.
Por consiguiente, bien pudo dejarlo perplejo la interpretación que damos
a sus personajes. Encon¬tramos significados que él tuvo cuidado de ocultar,
incluso de sí mismo. Así viene a suceder que admi¬ramos a Moll Flanders mucho
más de lo que la culpamos. Tampoco creemos que Defoe haya tomado una decisión
respecto al grado de culpa preciso de ella, o fuera ajeno a que al tomar en
cuenta las vidas de los abandonados, planteó muchas cuestiones pro¬fundas e
insinuó, si no es que propuso, respuestas del todo en desacuerdo con las
creencias que profesaba. De las pruebas aportadas por su ensayo sobre "La
educación de las mujeres", sabemos que había medi¬tado hondamente y
adelantándose mucho a su época respecto a las capacidades de las mujeres» que
califica¬ba de muy altas, y la injusticia a ellas impuesta, que calificaba de
muy duras.
A menudo he considerado una de las costumbres más bárbaras del mundo, si
nos pensamos un país ci¬vilizado y cristiano, que le neguemos a las mujeres las
ventajas de la educación. Cada día le reprochamos a ese sexo su locura e
impertinencia, pero tengo la seguridad de que si gozaran en igual medida que
nosotros las ventajas de la educación, serían culpa¬bles de mucho menos cosas
que nosotros.
Es de suponer que quienes defienden los derechos de las mujeres
difícilmente aceptarían a Moll Flanders y a Roxana como sus santas patrañas;
pese a ello, queda claro que Defoe no sólo pretendía que expresaran algunas
doctrinas muy actuales sobre el tema, sino que las ponía en circunstancias
donde sus sufri¬mientos específicos quedaran manifiestos de modo tal que
despertaran nuestra simpatía. Valor, dijo Moll Flanders, es lo que necesitan
las mujeres, así como la fuerza "para defender sus derechos", y de
inmediato daba una demostración práctica de los beneficios resultantes. Roxana,
dama de la misma profesión, ataca con mayor sutileza la esclavitud del
matrimonio. "Había iniciado algo nuevo en el mundo", le dice el
mercader; "un modo de discutir opuesto a la práctica general". Pero
Defoe es el último escritor al que pu¬diera culparse de una prédica directa.
Roxana centra nuestra atención por encontrarse tan dichosamente ajena a la idea
de ser, en cualquier sentido positivo, un ejemplo para su sexo y, por tanto,
goza la libertad de aceptar que parte de su argumentación es "de una vena
elevada que, de principio, de ninguna mane¬ra estaba en mis pensamientos".
Saber de sus propias fragilidades y su honesto cuestionamiento de los motivos
que la mueven, engendrado por dicho conocimiento, tienen como resultado feliz
mantenerla fresca y humana, cuando sucede que los mártires y los pioneros de
muchas novelas-problema se han encogi¬do y marchitado hasta quedar en los meros
resortes y palancas de sus credos respectivos.
Pero la fuerza de Defoe sobre nuestra admiración no descansa en el hecho
de que pueda demostrar el haber anticipado algunos de los puntos de vista de
Meredith, o el haber escrito escenas que (viene a men¬te la curiosa sugerencia)
Ibsen pudo transformar en obras de teatro. Sean cuales fueren sus ideas sobre
la situación de las mujeres, son el resultado incidental de su virtud
primordial: dedicarse al ángulo impor¬tante y perdurable de las cosas y no a lo
pasajero y tri¬vial. A menudo es aburrido. Puede imitar la precisión concreta
de un científico viajero, hasta hacernos pre¬guntarnos cómo pudo su pluma
trazar o su cerebro concebir lo que ni siquiera la excusa de ser la verdad
suaviza en su aridez. Deja fuera toda la naturaleza vegetal y una buena parte
de la naturaleza humana. Bien podemos admitir esto, aunque debemos admitir
defectos igual de graves en muchos escritores a quie¬nes llamamos grandes. Pero
eso no disminuye el méri¬to peculiar de lo restante. Habiendo limitado desde el
principio mismo su campo de acción y limitado sus ambiciones, logra una verdad
de percepción mucho más rara y mucho más perdurable que esa verdad de los
hechos que declaraba como su meta. Moll Flanders y sus amigos se recomendaron
con él no porque fueran, digamos, "pintorescos"; tampoco, como él
afirma, porque fueran ejemplos de un vivir perverso del que sacaría provecho el
público. Le despertó el interés la veracidad natural de esos personajes,
sem¬brada en ellos por una vida de penalidades. Para ellos no había excusas;
ningún refugio amable oscurecía sus motivos. La pobreza era su capataz. Defoe
no pro¬nunció sobre sus fragilidades sino un juicio de boca para afuera. Por
otro lado, su valor, su ingenio y su tenacidad lo deleitaban. Encontró su
compañía llena de buenas charlas, de historias placenteras, de fe mutua y de
una moralidad de origen hogareño. Sus fortunas tenían esa variedad infinita que
él alababa y saboreaba y contemplaba con admiración en la vida propia. Pero
sobre todo, esos hombres y esas mujeres eran libres de hablar con franqueza de
las pasiones y los deseos que han movido a hombres y mujeres desde los orígenes
del tiempo y, por tanto, incluso hoy día mantienen su vitalidad sin merma. Hay
dig¬nidad en todo aquello que se mira de frente. Incluso el tema sórdido del dinero,
que tiene un papel tan considerable en sus historias, pasa de sórdido a trágico
cuando no representa la tranquilidad y la importancia sino el honor, la
honestidad y la vida misma. Pudiera objetarse que Defoe es repetitivo, pero
jamás que lo absorban cuestiones mezquinas.
La verdad es que pertenece a la escuela de los grandes escritores
sencillos, cuya obra se funda en el conocimiento de lo que es más persistente,
sí bien no lo más seductor, de la naturaleza humana. Nos lo trae a mente la
vista de Londres desde el puente Hungerford, gris, seria, masiva y plena del
bullir calla¬do del tránsito y los negocios, prosaica de no ser por los
mástiles de los barcos y por las torres y los domos de la ciudad. Parecen
personajes surgidos de sus libros las chicas andrajosas que en las esquinas
ofrecen viole¬tas y las ancianas curtidas que pacientemente exhiben sus
cerillos y sus agujetas bajo el abrigo de los arcos. Pertenece a la escuela de
Crabbe y de Gissing, pero no meramente como un condiscípulo en el mismo severo
lugar de aprendizaje, sino como fundador y maestro.
JANE EYRE Y CUMBRES BORRASCOSAS
De los cien años que han transcurrido desde que Charlotte Brontë
naciera, ella, centro hoy día de tanta leyenda, devoción y literatura, sólo
vivió treinta y nueve. Es curioso reflexionar en cuán diferentes po¬drían haber
sido esas leyendas de haber alcanzado su vida el lapso humano ordinario.
Pudiera haberse transformado, como algunos de sus contemporáneos famosos, en
una figura que fuera habitual encontrar en Londres y otros sitios, tema de
retratos y anécdotas innumerables, autora de muchas novelas y, posible¬mente,
de memorias, alejada de nosotros excepto en la memoria de la gente madura, en
todo el esplendor de una fama bien establecida. Acaso hubiera sido rica, acaso
hubiera sido próspera. Pero no sucedió así. Cuando pensamos en ella, tenemos
que imaginarla como alguien sin un lugar en nuestro mundo moder¬no; debemos
retroceder en la mente a los cincuenta del siglo pasado, a una rectoría lejana
en los silvestres páramos de Yorkshire. Allí, en esa rectoría, en esos
pá¬ramos, infeliz y solitaria, sujeta a su pobreza y su exaltación, permanece
para siempre.
Esas circunstancias, tal y como afectaron su ca¬rácter, pueden haber
dejado huellas en la obra. Un no¬velista, reflexionamos, está sujeto a
construir su es¬tructura con mucho material muy perecedero, que empieza por
prestar su realidad pero termina estorbandola con basura. Cuando abrimos de
nuevo Jane Eyre, no podemos ahogar la sospecha de que su mundo de ficción nos
parecerá tan anticuado, tan Victoriano y tan fuera de época como la rectoría en
el páramo, lugar que sólo deben visitar los curiosos y preservar los píos. Así
que abrimos Jane Eyre y a las dos páginas toda duda queda barrida de nuestras
mentes.
Los pliegues de las cortinas escarlata impedían la visión a mano
derecha; a la izquierda estaban las claras divisiones de cristal, que me
protegían del lóbrego día de noviembre, pero sin separarme de él. A intervalos,
según pasaba las hojas del libro, estu¬diaba el aspecto de aquella tarde de
invierno. A lo lejos ofrecía niebla y nubes pálidas; de cerca, un pai¬saje de
prados húmedos y setos maltratados por la tempestad, una lluvia incesante
violentamente barri¬da por una ráfaga larga y lamentable.
No hay aquí nada tan perecedero como el propio páramo o más sujeto a los
cambios de la moda que esa "ráfaga larga y lamentable". Tampoco la
excita¬ción es de vida breve. Nos impulsa a lo largo de todo el volumen, sin
darnos tiempo de pensar, sin permi¬tirnos levantar los ojos de la página. Tan
intensa es nuestra absorción, que si alguien se moviera en la habitación, el
movimiento no parecería estar ocu¬rriendo aquí sino en Yorkshire. La escritora
nos toma de la mano, nos fuerza a acompañarla por su camino, nos hace ver lo
que ella ve, nunca nos deja solos por un momento o nos permite olvidarla. Al
final, esta¬mos del todo sumergidos en el genio, la vehemencia, la indignación
de Charlotte Brontë. En el transcurso, han destellado frente a nosotros rostros
notables, fi¬guras de contorno sólido y rasgos nudosos; pero los hemos visto a
través de sus ojos. Si ella desaparece, los buscaremos en vano. Si pensamos en
Rochester tenemos que pensar en Jane Eyre. Pensamos en el páramo y, una vez
más, allí está Jane Eyre. Incluso se piensa en la sala de estar, en esas
"alfombras blancas donde parecen yacer brillantes guirnaldas de
flores", ese "tablero de chimenea de mármol griego" con su
cristal de Bohemia "rojo rubí" y la "mezcla general de nieve y
fuego" y ¿qué son sino Jane Eyre?
No hay que buscar mucho las desventajas de ser Jane Eyre. Ser siempre
una institutriz y estar siempre enamorada son limitaciones serias en un mundo
que, después de todo, no está lleno de gente que sea una o esté en el otro
caso. En comparación con esto, los per¬sonajes de Jane Austen o de Tolstói
tienen mil facetas. Viven y son complejos debido a su efecto sobre muchas
personas diferentes, que las reflejan en su totalidad. Se mueven por aquí y por
allá los estén mirando o no sus creadores, y el mundo en el cual viven nos
parece un mundo independiente que po¬demos visitar por voluntad propia, una vez
que ellos lo han creado. Thomas Hardy es más afín a Charlotte Brontë por la
fuerza de su personalidad y la estrechez de su visión. Pero las diferencias son
vastas. Cuando leemos Jude the Obscure (Judas el Oscuro) no nos ve¬mos
empujados a llegar al final, sino que cavilamos y meditamos y nos apartamos del
texto en cadenas de pensamientos pletóricas, que erigen en torno de los
personajes una atmósfera de cuestionamiento y de sugerencias de la que ellos
están, las más de las veces, inconscientes. Aunque sean campesinos sencillos,
nos vemos forzados a enfrentarlos con destinos y cues¬tiones de la mayor
consideración, de modo que a menudo parecería como si los personajes de mayor
importancia en las novelas de Hardy fueran aquellos sin nombre. Charlotte
Brontë no manifiesta huella de este poder, de esta curiosidad especulativa. No
intenta resolver los problemas de la vida humana; incluso desconoce que existan
tales problemas; toda su fuerza, y es todavía más tremenda por estar confinada,
se va en las afirmaciones "amo", "odio", "sufro".
Porque los escritores centrados en sí mismos y en sí mismos limitados
tienen una fuerza que se le niega a los más católicos y amplios de miras. Sus
impresiones están apretadas y fuertemente marcadas por los estre¬chos muros.
Nada brota de sus mentes que no haya sido señalado por su propio sello.
Aprenden poco de otros escritores y aquello que adoptan no consiguen
asimilarlo. Tanto Hardy como Charlotte Brontë pare¬cen haber fundado sus
estilos en un periodismo rígido y decoroso. La materia prima de su prosa resulta
incó¬moda y rígida. Pero ambos, mediante el esfuerzo y una integridad de lo más
obstinada en pensar cada pensamiento hasta que sojuzga palabras para sí mismo,
se han forjado una prosa que abarca entero el molde de sus mentes; que, por
añadidura, tiene una belleza, una fuerza, una ligereza propias. Charlotte
Brontë, al menos, nada debía a la lectura de muchos libros. Nunca aprendió la
fluidez del escritor profesional ni adquirió de éste la habilidad de atiborrar
y conducir su lenguaje a placer. "Nunca pude mante¬nerme en comunicación
con mentes fuertes, circuns¬pectas y refinadas, fueran de hombre o de
mujer" escribe, como igual lo hubiera podido escribir cualquier escritor
sobresaliente de un periódico pro¬vinciano. Pero en su voz auténtica se da una
acumu¬lación de fuego y velocidad "hasta que he superado la obra
periférica de la reserva convencional y cruzado el umbral de la confianza,
ganándome un lugar en el fuego mismo de su chimenea". Es allí donde tiene
su sitio; es el resplandor rojo y espasmódico del fuego en el hogar el que
ilumina sus páginas. En otras palabras, no leemos a Charlotte Brontë por su
exquisita obser¬vación de personajes, pues sus personajes son vi-gorosos y
elementales; tampoco por su sentido de la comedia, que en ella es torvo y
crudo; tampoco por algún punto de vista filosófico sobre la vida, que en ella
es el de la hija de un clérigo de provincia; la leemos por su poesía. Es
probable que así suceda con todos los escritores que tienen, como ella, una
persona¬lidad abrumadora, quienes, como diríamos en la vida real, tan sólo con
abrir la puerta se hacen sentir. Hay en ellos una ferocidad indomable en guerra
per¬petua con el orden de cosas aceptado, que los lleva al deseo de crear en el
instante y no de observar con paciencia. Este ardor, que rechaza los matices a
medias y otros impedimentos menores, deja atrás con sus alas la conducta
cotidiana de la gente ordinar¬ia y se alía con sus pasiones menos articuladas.
Los vuelve poetas o, si eligen escribir en prosa, intolerantes ante las
restricciones de ésta. De aquí que Emily y Charlotte invoquen siempre la ayuda
de la naturaleza. Ambas sienten la necesidad de algún sím¬bolo de esas pasiones
vastas y soñolientas que están en la naturaleza humana más poderoso de lo que
pueden transmitir las palabras o las acciones. Es con la descripción de una
tormenta que Charlotte termina su mejor novela, Villette: "Los cielos
gravitan plenos y oscuros, un cúmulo zarpa del oeste; las nubes se aco¬modan en
formas extrañas". Así que pide ayuda a la naturaleza para describir un
estado de mente que de otro modo no podría expresar. Pero ninguna de las
hermanas observó la naturaleza con la exactitud de Dorothy Wordsworth o la
pintó con la minucia de Tennyson. Tomaron aquellos aspectos de la tierra más
afines a lo que ellas sentían o a lo que imputaban a sus personajes, de modo
que sus tormentas, sus pára¬mos, sus adorables espacios de tiempo veraniego no
son adornos aplicados para decorar una página abu¬rrida o desplegar los poderes
de observación del escritor, sino que llevan en sí la emoción del libro y le
iluminan su significado.
El significado de un libro, que a menudo se aparta de lo que en él
sucede y se dice y más bien consiste en alguna relación que cosas en sí
diferentes han man¬tenido con el autor, es de necesidad difícil de captar.
Sucede así especialmente cuando, como las Brontë, el escritor es poético y no
separa significado y lenguaje, y éste es antes un estado de ánimo que una
obser¬vación específica. Cumbres borrascosas es un libro más difícil de
comprender que Jane Eyre porque Emily era una poeta mayor que Charlotte. Cuando
ésta escribía expresaba con elocuencia, esplendor y pasión "amo",
"odio", "sufro". Su experiencia, aunque más inten¬sa, está
en el mismo nivel que la nuestra. Pero en Cumbres borrascosas no hay un
"yo". No hay insti¬tutrices. No hay empleadas. Hay amor, pero no
aquel de hombres y mujeres. A Emily la inspiraba alguna concepción más general.
El impulso que la empuja¬ba a crear no era el sufrimiento o las heridas
propios. Miraba hacia un mundo hendido por un desorden gigantesco y sentía
dentro de sí el poder para unir¬lo en un libro. Se siente esa ambición
gigantesca a todo lo largo de la novela: una lucha, a medias frustrada pero de
una convicción soberbia, por decir algo por boca de los personajes que no sea
simple¬mente "amo" u "odio" sino "nosotros, toda la
raza humana" y "ustedes, los poderes eternos...", quedando la
oración incompleta. No es de extrañar que suceda así; más bien resulta
asombroso que pueda hacernos sentir en alguna medida lo que en su interior
tenía. Brota en las palabras a medias articuladas de Catherine Earnshaw:
"Si todo lo demás pereciera y él per¬maneciera, yo continuaría siendo; y
si todo lo demás permaneciera y él fuera aniquilado, el universo se
con-vertiría en un poderoso extraño; no parecería yo parte de él". Vuelve
a surgir en la presencia de los muertos: "Veo un reposo que ni la tierra
ni el infierno puede romper, y siento la seguridad de un más allá infinito y
sin sombra -la eternidad a la que han entrado- donde la vida no tiene límites
en su duración, ni el amor en su conmiseración, ni el gozo en su
plenitud". Es esta sugerencia de poder, que subyace a las apariciones de
la naturaleza humana elevándolas hasta la presencia de lo grandioso, que da al
libro su enorme esta¬tura entre otras novelas. Pero no le bastó a Emily Brontë
escribir unos cuantos poemas, lanzar un grito, expresar un credo. En sus poemas
lo hizo de una vez y para siempre, y tal vez sus poemas sobrevivan a su novela.
Pero es novelista en igual medida que poeta. Debe imponerse una tarea más
laboriosa y más ingrata. Debe enfrentarse al hecho de que hay otras
existencias, luchar con el mecanismo de las cosas ex¬ternas, erigir, en forma
reconocible, granjas y casas e informar de los discursos de hombres y mujeres
que existieron independientemente de ella. De esta manera alcanzamos las cimas
de la emoción no gra¬cias al vocerío o a la rapsodia, sino a que escucha a una
chica cantarse canciones antiguas mientras se ba¬lancea en las ramas de un
árbol; mientras observamos a las ovejas del páramo pastar; al escuchar al viento
suave respirar entre la hierba. Queda ante nosotros la vida de la granja, con
todos sus aspectos absurdos y su improbabilidad. Se nos da toda oportunidad de
comparar Cumbres borrascosas con una granja real y a Heathcliff con un hombre
real. ¿Cómo, se nos per¬mite preguntar, puede darse verdad o percepción o los
matices de emoción más finos en hombres y mujeres tan poco parecidos a lo que
hemos visto? Pero incluso en el momento de hacer la pregunta vemos en
Heathcliff al hermano que una herma¬na genial pudiera haber visto; nos decimos
que él es imposible, pero no obstante ningún muchacho de la literatura tiene
una existencia más intensa que la suya. Así ocurre con las dos Catalinas; nunca
pudo mujer alguna sentir o actuar como ellas, decimos. A pesar de eso, son las
mujeres más adorables de la narrativa inglesa. Es como si la autora pudiera
desgarrar todo aquello que sabemos de los seres humanos, para luego llenar esas
transparencias irreconocibles con un gusto de vida tal que transcienden la
realidad. Así, el de ella es uno de los poderes más escasos. Podía liberar a la
vida de su dependencia en los hechos; con unos cuantos toques indicar el
espíritu de una cara, de modo que no necesitara cuerpo; al hablar del páramo,
hacer que el viento soplara y el trueno rugiera.
LOS CUENTOS DE FANTASMAS DE HENRY JAMES
Es claro de ver que a Henry James lo atraía mucho el cuento de fantasmas
o, para expresarnos con mayor exactitud, el cuento sobrenatural. Por lo menos
es¬cribió ocho de ellos, y sí deseamos ver qué lo llevó a tal actividad y qué
opinión tenía del resultado, nada más sencillo que leer su propia explicación
en el pre¬facio al volumen que contiene "El altar de los muer¬tos".
Pero tal vez conservemos más precisa nuestra opinión si pasamos por alto ese
prefacio. Según trans¬curren los años ciertas cualidades aparecen y otras
desaparecen. Sólo conseguiremos enturbiar nuestra estimación del caso si
intentamos, obedientes, hacer coincidir con el veredicto que el autor dio
entonces de su propia obra. Por ejemplo, ¿qué dijo Henry James de "The
Great Good Place" ("Ese lugarcito amable")?
Queda "Ese lugarcito amable" (1900), para cuyo espíritu, sin
embargo, me parece que cualquier glosa o comentario sería una puesta en duda
descortés. Incorpora un efecto premeditado y zambullirse en él» pienso, incluso
para echar un vistazo engañoso —vía que de verdad recomiendo- es dejar fuera
todo lo demás.
Para nosotros, en 1921, "Ese lugarcito amable" es un fracaso,
un ejemplo mas del hecho siguiente: cuando un escritor se encuentra completa e
incluso extática¬mente consciente del buen éxito obtenido, lo proba¬ble es que
haya escrito su peor texto. Sentimos que debiéramos estar dentro y sin embargo
permanece¬mos fríamente fuera. Algo no ha funcionado y nos inclinamos por
culpar a lo sobrenatural. Acaso la puesta en duda sea descortés, pero debemos
lanzarla.
Nadie negará que "Ese lugarcito amable" comienza
admirablemente. Sin pérdida de palabra alguna nos encontramos de inmediato en
el núcleo de la situa¬ción. La hostigada celebridad, George Dane, está rodeada
de cartas sin abrir y libros sin leer; llegan telegramas; se acumulan
invitaciones y todo lo valioso queda enterrado sin remedio bajo el cúmulo de
escombros. Mientras tanto Brown, el mayordomo, anuncia que un joven desconocido
ha llegado para el desayuno. Dane toca la mano del joven y, en este punto de incomodidad
suprema, cae en un trance y despierta en otro mundo. Se encuentra en un
esta¬blecimiento de cura y descanso celestial. Suenan cam¬panas a lo lejos, hay
flores fragantes y, al cabo de un tiempo, la vida interna revive. Pero en
cuanto se cumple el cambio percibimos que algo va mal con la historia. El
movimiento flaquea, la emoción es monótona. El encantador mueve su varita
mágica y las va¬cas siguen pastando. Allí están aguardando todas las frases
características -los tazones de plata, las ho¬ras fundidas-, pero no hay
función a la cual dedicar¬las. La historia disminuye hasta volverse un
soliloquio dulce. Dane y los Hermanos se transforman en fi¬guras alegóricas
angélicas, que se mueven por un mundo igual al nuestro pero más plácido y
vacío. Como si sintiera la necesidad de algo duro y obje¬tivo, el autor invoca
el nombre de la ciudad de Bradford, pero es en vano. "Ese lugarcito
amable" ejemplifica el empleo sentimental de lo sobrenatural y sin duda
por esa razón Henry James habrá sentido que estuvo íntimo y expresivo como
nunca.
Los otros cuentos probarán dentro de poco que lo sobrenatural ofrece
grandes premios junto a los gran¬des riesgos, pero quedémonos un momento en los
riesgos. No hay duda de que el primero es la elimi¬nación de los choques y las
bofetadas de la expe¬riencia. En el desayunador, con Brown y el telegrama,
Henry James se vio forzado a mantenerse en movi-miento por la presión de la
realidad: es necesario abrir la puerta, el reloj dará la hora. Justo cuando se
hunde a través del piso sólido, consigue la posesión de un mundo donde no es
necesario abrir puertas ni que el reloj suene y se tiene la belleza simplemente
solicitán¬dola. Pero la belleza es el más perverso de los espíritus; se diría
que debe pasar por en medio de la fealdad o yacer con el desorden antes de
presentarse tal como es. La belleza prefabricada del mundo de los sueños sólo
produce una versión anémica y convencionalizada del mundo que conocemos. Henry
James apreciaba demasiado este último para crear otro que no conoce-mos. No era
suya la imaginación visionaria. Tenía genio dramático, no lírico. Incluso sus
personajes se marchitan en esa atmósfera delgada que les propor¬ciona, y nos
presentan un Hermano cuando hu¬biéramos preferido la persona substancial de
Brown.
Hemos estado amontonando los riesgos, lo cual es bastante injusto, sobre
un cuento en lo particular. Quizá la verdad sea que nos hemos vuelto
fundamen¬talmente escépticos. La señora Radcliffe entretuvo a nuestros
ancestros porque eran nuestros ancestros; porque vivían con muy pocos libros,
una carta oca¬sional, un periódico ya avejentado cuando llegaba a sus manos,
allá en las profundidades del campo o en un pueblo parecido a la más modesta de
nuestras aldeas, con largas horas que gastar frente al fuego, bebiendo vino a
la luz de media docena de velas. Hoy día nos desayunamos con un festín de
horror más rico, que a ellos les hubiera servido para doce meses. Nos hemos
cansado de la violencia, dudamos del mis¬terio. De seguro, podríamos decirle a
un escritor empeñado en lo sobrenatural, hay en el mundo he¬chos suficientes
para irla pasando; de seguro da mayor seguridad quedarse en el desayunador con
Brown. Además, somos impermeables al miedo. Sus fantas¬mas meramente nos harán
reír, y si intentan expresar alguna visión del mundo tierna e íntima,
desprendida de su piel, nos veremos forzados (y nada tan incó¬modo como esto) a
mirar hacia el otro lado. Pero los escritores, si son dignos de su oficio,
nunca aceptan un consejo. Siempre corren riesgos. Admitir que lo sobrenatural
se empleó por última vez con la señora Radcliffe y que los nervios modernos son
inmunes al asombro y el terror que los fantasmas siempre han inspirado, es
lanzar la toalla demasiado pronto. Si los métodos antiguos son obsoletos, es
negocio del es¬critor descubrir otros nuevos. El público puede volver a sentir
lo que alguna vez sintió, no hay duda de eso. Simplemente ocurre que de vez en
cuando se debe cambiar el punto sujeto a ataque.
No es necesario decidir cuán conscientemente se puso Henry James a
buscar el punto débil en nuestra armadura de insensibilidades. Vayamos a otro
cuento, "The Friends of the Friends" ("Los amigos de los
ami¬gos"), y juzguemos si tuvo fortuna. Es la historia de un hombre y una
mujer que por años han intentado reunirse, pero únicamente lo consiguen la
noche en que ella muere. Tras su muerte las citas continúan, y cuando la mujer
con quien él está comprometido en matrimonio adivina esto, se rehusa a seguir
con el casamiento. La relación se altera. Otra persona, dice, se ha interpuesto
entre ellos. "La ves... la ves. ¡La ves cada noche!" Es lo que hemos
venido a llamar una situación típica de Henry James. Es el mismo tema que, con
enormes complicaciones, se manejó en The Wings of the Dove (Las alas de la
paloma). Sólo que allí, cuando Milly se ha interpuesto entre Kate y Densher y
alterado para siempre su relación, ha ce¬sado de existir; aquí la dama anónima
sigue con sus labores después de muerta. Sin embargo ¿son las cosas muy
diferentes? A Henry James le basta avanzar unos cuantos pasitos y ya cruzó la
frontera. Sus per¬sonajes, dada su finura de percepción extrema, se encuentran
ya a medias salidos del cuerpo. Nada de violento hay en su liberación. Más bien
parecen haber logrado finalmente lo que por largo tiempo venían intentando:
comunicarse sin obstáculos. Pero, des¬pués de todo, Henry James conserva sus
fantasmas para sus cuentos de fantasmas. Los obstáculos son esenciales en The
Wings of the Dove. Cuando los eli¬mina por medios sobrenaturales, como hizo en
"Los amigos de los amigos", lo hace para conseguir un efecto en lo
particular. El cuento es muy breve; no hay tiempo para detallar la relación;
pero la intención llega a su meta mediante un choque. Se incluye lo
sobrenatural para aportar ese choque. Es el más extraño choque posible:
tranquilo, bello, como los acordes finales de una armonía. Pese a ello, un
tanto obsceno. Los vivos y los muertos, en virtud de su sen¬sibilidad superior,
se han alcanzado a través de la brecha y eso es bello. El hombre vivo y la
mujer muerta se han reunido de noche, solos, tienen su relación. Juntas, la
reunión espiritual y la carnal pro¬ducen una emoción extraña, no del todo miedo
y sin embargo no del todo excitación. Es una sensación que no reconocemos de
inmediato. En algún lugar de nuestra armadura hay un punto débil. Tal vez Henry
James penetrará por métodos parecidos a estos.
Pero a continuación vamos a "Owen Wingrave", y queda
interrumpido rudamente el juego atractivo de clavar al autor en la mesa de
disecciones para detectar¬le una vez más las huellas de su excelencia, su
sutileza o cualesquiera sean sus características prevalecientes. Sujeto, atado,
sin vida según todas las apariencias, de pronto da un salto y desaparece. Por
alguna razón nos olvidamos de tomar en cuenta al genio, ese poder impulsador
tan incalculable y tan esencial. Con Henry James sucede en lo particular que
tendemos a olvidar, llenos de asombro ante su destreza prodigiosa, que tenía
una pasión primitiva y simple por contar historias. El prefacio a "Owen
Wingrave" ilumina ese hecho e, incidentalmente, sugiere el porqué “Owen
Wingrave" no da en el blanco como historia de fantasmas. Una tarde de
verano, muchos años atrás, nos cuenta, estaba sentado en una silla de alquiler,
bajo un gran árbol, en los jardines Kensington. Un joven esbelto se acomodó en
otra silla, cerca, y comenzó a leer un libro.
Ese joven ¿se volvió allí mismo, sin más, Owen Wingrave, estableciendo
la situación por la mera magia de su tipo, creando de golpe todas las
implica¬ciones y llenando todas las imágenes?... Mi tímida su-gerencia es
simplemente que, al comienzo de mi sesión en la silla de alquiler, esa fábula
sin semilla ninguna reclamación podía hacer ni dar excusa alguna y que, antes
de haberme dado cuenta, el tiempo de alquiler, aún parcialmente sin consumir,
estaba bastante eriza¬do con pretextos. "¡Dramatízalo, dramatízalo!"
parecía haber sonado en mis oídos con súbita intensidad.
Así que la teoría del artista consciente, que toma su granito de
material y lo trabaja hasta dejarlo en el producto terminado, es otra de
nuestras fábulas críti¬cas. La verdad parece estar en que se acomodó en una
silla, vio a un joven y se durmió. De cualquier modo, una vez que el grupo, el
hombre o tal vez sólo el cielo y los árboles adquieren significado, el resto
está allí, inevitable. Dado Owen Wingrave, entonces han de adquirir existencia
Spencer Coyle, la señora Coyle, Kate Julian, la vieja casa, la estación del
año, la atmósfera. Owen Wingrave entraña todo eso. El artista ha de ver
simplemente que las relaciones entre esos lugares y las personas sean las
correctas. Cuando afir¬mamos que Henry James tenía pasión por contar historias,
queremos decir que cuando le llegaba el momento significativo, los accesorios
estaban listos para participar.
En este caso acudieron casi con demasiada disposi¬ción. Allí están, en
el lugar de los hechos, con todo el estremecimiento y la importancia que
pertenece a los seres vivos. La señorita Wingrave sentada en su alo¬jamiento de
la calle Baker, con "un grueso catálogo de las tiendas del ejército y la
marina, que reposaba sobre un vasto y desolado mantel azul discordante";
la señora Coyle, "una mujer rubia, lozana y lenta" que admitía y, de
hecho, se vanagloriaba de estar ena¬morada de los discípulos de su marido,
"lo cual demuestra que el tema entre ellos era manejado con espíritu
liberal"; el propio Stephen Coyle y el mucha¬cho Lechmere, todo lo cual
gravita, desde luego, sobre la cuestión del temperamento y la situación de Owen
y que, sin embargo, gravitan sobre muchas otras casas. Al parecer nos estamos
acomodando para leer una larga y absorbente narración; y entonces, grosera,
incongruentemente, se escucha un grito; ha¬llan al pobre Owen tendido en el
umbral de la habitación embrujada; lo sobrenatural ha dividido el libro en dos.
Es violento, es sensacional, pero si Henry James mismo nos preguntara: "A
ver, ¿los asusté?" nos veríamos forzados a responder: "Ni
tantito". La catástrofe no mantiene las relaciones correctas con lo
sucedido antes. Tal vez la visión tenida en los jardines Kensington no abarcó
la totalidad. Con base en la pura abundancia, el autor nos ha dado una esce¬na
rica en posibilidades: un joven cuyo problema (detesta la guerra y está
condenado a ser soldado) tiene un hondo interés psicológico. Una muchacha cuya
sutileza y singularidad quedan definidas con toda intención para darles uso
pronto en el futuro. Pero ¿qué uso se les da? Kate Julian se limita a retar a
un joven para que duerma en una habitación embru¬jada; una regordeta señorita
de la rectoría hubiera cumplido igual de bien. ¿Qué empleo se da a lo
so¬brenatural? El pobre Owen Wingrave es golpeado en la cabeza por el fantasma
de un antepasado; un cubo de establo puesto en un pasillo oscuro hubiera
ser¬vido incluso mejor.
Por tanto, los cuentos en que Henry James emplea lo sobrenatural con
efectividad, son aquellos donde alguna cualidad del personaje o de una
situación ad¬quiere su pleno significado cuando se la libera de los hechos. Su
avance por el mundo invisible debe estar relacionado de cerca con lo que ocurre
en éste. Ha de hacernos sentir que la aparición encaja con la crisis de pasión
o de conciencia que la hizo presentarse con exactitud tal que el cuento de
fantasmas, aparte de sus virtudes como tal, tiene el encanto adicional de
tam¬bién ser simbólico. De esta manera, el fantasma de sir Edmund Orme aparece
ante la dama que le dio cala¬bazas tiempo atrás siempre que la hija de esa dama
da señales de estar por comprometerse. Esa aparición es resultado de una
conciencia culpable, pero es más que eso. Es la guardiana de los derechos de
los amantes. Encaja con lo ocurrido anteriormente y lo comple¬ta. El empleo de
lo sobrenatural traza una armonía que de otra manera sería inaudible.
Escuchamos la primera nota muy próxima y, luego, un momento después, la segunda
tañe muy lejos.
Los fantasmas de Henry James nada tienen en común con los violentos
fantasmas de antaño, esos capitanes manchados de sangre, los caballos blancos,
las damas descabezadas de los prados oscuros y las tierras comunales ventosas.
Tienen su origen dentro de nosotros. Se presentan en cuanto lo significati¬vo
rebosa nuestros poderes de expresarlo, en cuanto lo ordinario aparece orlado
por lo extraño. Las cosas desconcertantes que sobran, las atemorizantes que
persisten: ésas son las emociones que James toma, incorpora, vuelve
consoladoras y amigables. Pero ¿por qué tener miedo entonces? Como dice el
caballero tras haber visto el fantasma de sir Edmund Orme por primera vez:
"Estaba dispuesto a responder a todos y cada uno que los fantasmas son
mucho menos alar¬mantes y mucho más divertidos de lo que suele
su¬ponerse". Los bellos espíritus urbanos no son de este mundo simplemente
porque son demasiados finos para él. Se han llevado consigo, a través de la
frontera, su ropa, sus modales, su crianza, sus sombrereras, su ayuda de cámara
y sus doncellas. Siempre conservan algo de lo mundano. Acaso nos sintamos
incómodos en su presencia, pero nunca temerosos. ¿Qué impor¬tará entonces que
tomemos Turn of the Screw (Otra vuelta de tuerca) poco más o menos una hora
antes de acostarnos? Tras ese exquisito entretenimiento acabaremos, si puede
confiarse en las otras historias, con esa música fina en nuestros oídos, y
dormiremos incluso con mayor profundidad.
Tal vez sea el silencio lo que primero nos impre¬siona. Todo en Bly está
profundamente tranquilo. El piar de pájaros al amanecer, los gritos lejanos de
niños, débiles pasos a la distancia lo agitan pero lo dejan indemne. Se
acumula, nos aplasta, nos vuelve curiosamente aprensivos del ruido. Al final la
casa y el jardín mueren bajo él. "Puedo escuchar de nuevo, según escribo,
la quietud intensa en la cual caen los sonidos del anochecer. Las cornejas
dejan de graz¬nar en el cielo dorado y la hora enemiga pierde toda su voz en
ese minuto indescriptible." Es indescrip¬tible. Sabemos que el hombre de
pie en la torre, que mira a la institutriz allá abajo, es malévolo. Alguna
obscenidad inexpresable viene a la superficie. Inten¬ta entrar, intenta hacerse
de algo. Es necesario prote¬ger a todo costo a los pequeños seres exquisitos
que tan inocentemente duermen. Pero el horror crece. ¿Será posible que la
pequeña, cuando se vuelve de la ventana, haya visto a la mujer que está afuera?
¿Ha estado con la señorita Jessel? ¿Ha visitado Quinn al muchachito? ¿Es Quinn
el que ronda en la oscuridad, que está allí en ese rincón y de nuevo en aquel
otro? ¿Es Quinn al que debemos eliminar con nuestro razonamiento y que pese a
todo razonamiento regre¬sa? ¿Sucederá acaso que tenemos miedo? Pero no tememos
al hombre pelirrojo o al rostro pálido. Tememos algo que, tal vez, está en
nosotros. En resumen, encendemos la luz. A sus rayos examinamos el cuento
sintiéndonos seguros, notamos la maestría de la narración, el tendido de cada
oración, la pleni¬tud de las imágenes, cómo el mundo interno se enriquece por
la robustez del externo, cómo la belleza y la obscenidad se entretejen y se
filtran hacia las pro¬fundidades y, sin embargo, debemos reconocer que algo
sigue sin explicación. Hemos de admitir que Henry James nos ha conquistado. Ese
anciano ca¬ballero cortés, mundano y sentimental aún puede hacernos temer la
oscuridad.
JOSEPH CONRAD
De pronto, sin darnos tiempo para disponer nues¬tros pensamientos o
preparar nuestras frases, nuestro huésped nos ha abandonado. Esa retirada sin
adiós o ceremonia se adecua a su misteriosa llegada, hace muchos años, para
disponer su alojamiento en es¬te país. Porque siempre hubo en torno de él un
aire de misterio. En parte se debía a su nacimiento polaco, en parte a su
apariencia memorable, en parte a su inclinación por vivir en las profundidades
del campo, fuera del alcance de las murmuraciones, alejado de los anfitriones,
de modo que para tener noticias de él era necesario depender de las pruebas
aportadas por visi¬tantes ingenuos con el hábito de tocar timbres, quienes
informaban de ese huésped desconocido que tenía modales perfectos, ojos de lo
más brillantes y un inglés con un fuerte acento extranjero.
Pese a ello, aunque es el hábito de la muerte ace¬lerar y enfocar
nuestras memorias, persiste en el genio de Conrad algo que es esencial, y no
accidentalmente, difícil de captar. No hay duda de que su reputación era, en
los últimos años y con una obvia excepción, la más elevada en Inglaterra. Sin
embargo, no era un escritor popular. Algunos lo leían con deleite apasio¬nado;
a otros los dejaba fríos y sin lustre. Entre sus lectores había personas de lo
más disímiles en edad y en simpatía. Escolapios de catorce que, al avanzar en
sus lecturas por Marryat, Scott, Henty y Dickens, lo devoraban con el resto;
mientras tanto, los cono-cedores y puntillosos, que en el proceso del tiempo se
han abierto camino hasta el corazón mismo de la li¬teratura, para allí dedicarse
una y otra vez a unos cuantos mendrugos preciosos, sitúan escrupulosa¬mente a
Conrad en la mesa del banquete. Desde luego, una de las fuentes de dificultad y
desacuerdo surge allí donde en todo momento la han encontra¬do los hombres, en
la belleza. Vamos a sus páginas y sentimos, como debió sentirse Elena al
mirarse en el espejo y comprender que, no importando lo que hiciera, bajo
ninguna circunstancia sería una mujer ordinaria. Iguales dones se concedieron a
Conrad, de modo que se había instruido, pues tal era su obli¬gación hacia una
lengua extraña, a la que caracterís¬ticamente cortejó por sus cualidades
latinas y no por las sajonas, de modo que parecía imposible el que hiciera con
la pluma un movimiento feo o insignifi¬cante. Su amante, el estilo, por
momentos parece un tanto somnolienta cuando reposa. Pero que alguien se dirija
a ella y, entonces, ¡con qué magnificencia viene a nosotros, con qué colores,
con qué triunfo, con qué majestad! Sin embargo, puede argumentarse que Conrad
habría ganado en crédito y popularidad si hubiera escrito lo que tenía que
escribir sin ese cuida¬do incesante por las apariencias. Bloquean,
obs-taculizan y distraen, dicen sus críticos, señalando esos párrafos famosos
que se ha vuelto hábito extraer de contexto para exhibirlos entre otras ñores
cortadas en la prosa inglesa. Era consciente de sí mismo, rígido y ornado, se
quejan, y le era más apreciada su propia voz que la voz de la humanidad
angustiada. Es una crítica familiar, tan difícil de refutar como los
comentarios que los sordos hacen cuando se toca Fígaro. Ven la orquesta, allá a
lo lejos escuchan lúgubres arañazos de sonidos, sus propios comentarios se ven
interrum¬pidos y, del modo más natural, sacan en conclusión que se servirían
mejor los propósitos de la existencia si en lugar de arañar a Mozart, esos
cincuenta violinistas partieran piedras en la carretera. ¿Cómo convencerlos de
que la belleza enseña, de que la belleza disciplina, cuando la enseñanza de
ésta es inseparable del sonido de su voz y ellos están sordos? Pero léase a
Conrad, no en los libros que se regalan en los cumpleaños sino todo él, y en
verdad estará perdido para el significa¬do de las palabras quien no escuche en
esa música un tanto rígida y sombría, con su reserva, su orgullo, su integridad
vasta e implacable, que es mejor ser bueno que malo, que la lealtad es buena
junto con la ho¬nestidad y el valor, aunque ostensiblemente a Conrad sólo le
preocupa mostrarnos la belleza de una noche pasada en el mar. Pero es una labor
desaconsejable extraer esas percepciones de su elemento, resecadas en nuestros
platillos, sin la magia y el misterio del len¬guaje, pierden la capacidad de
excitarnos y estimular¬nos; pierden ese poder extremo que es la cualidad
constante de la prosa de Conrad.
Porque era en virtud de algo tajante en él, las cua¬lidades de un líder
y un capitán, que Conrad man¬tenía su dominio sobre muchachos y jóvenes. Hasta
que Nostromo fue escrito sus personajes, como lo percibieron de inmediato los
jóvenes, eran fundamental¬mente sencillos y heroicos, no importa cuán sutil la
mente y cuan indirecto el método de su creador. Eran marinos, acostumbrados a
la soledad y al silen¬cio. Estaban en conflicto con la naturaleza, pero en paz
con el hombre. La naturaleza era su antagonista; ella era la que extraía el
honor, la magnanimidad, la lealtad, cualidades propias del hombre; ella quien
en bahías protegidas hacía madurar en una femini¬dad bella a muchachas
insondables y austeras. Sobre todo, era la naturaleza quien producía personajes
tan sazonados y experimentados como el capitán Whalley y el viejo Singleton,
oscuros pero gloriosos en su oscuri¬dad, que para Conrad eran lo selecto de
nuestra raza, hombres cuyos alabos nunca se cansaba de celebrar:
Habían sido fuertes como fuertes son quienes nada saben de dudas y
esperanzas. Habían sido impacien¬tes y sufridos, turbulentos y devotos,
incontrolables y fíeles. La gente bien intencionada ha intentado
re¬presentarlos como si lloriquearan sobre cada bocado de comida, como si
cumplieran su trabajo temerosos de la vida. Pero en verdad han sido hombres que
cono¬cen trabajos duros, privaciones, violencias, perver¬siones, pero
desconocen el miedo y no tienen ansia de rencor en sus corazones. Hombres duros
de manejar pero fáciles de inspirar; hombres sin voz, pero lo bastante
varoniles para despreciar en sus corazones las voces sentimentales que deploran
la dureza de su destino. Era un destino único pero propio; ¡la capa¬cidad de
soportar aparecía en ellos como el privilegio de los elegidos! Su generación
vivió siendo inarticulada e indispensable, sin conocer las dulzuras de los
afectos o el refugio del hogar, y murieron libres de la amenaza oscura de una
tumba estrecha. Fueron los hijos perdurables del mar misterioso.
Así eran los personajes de los primeros libros: Lord Jim, Typhoon
(Tifón), The Nigger of the "Narcissus" (El negro del
"Narciso"), Youth (Juventud). Y esos libros, a pesar de los cambios y
de las modas, sin duda están firmes en el lugar que tienen entre nuestros
clásicos. Pero alcanzaron esa altura mediante cualidades que las simples
historias de aventuras, en las narraciones de Marryat o de Fenimore Cooper, no
pueden pretender que poseen. Porque está claro que para admirar y ce¬lebrar a
tales hombres y a tales hechos románti¬camente, con todo el corazón y con el
fervor de un amante, es necesario poseer una visión doble, estar a la vez en el
interior y en el exterior. Para alabar su silencio es necesario poseer una voz.
Para apreciar su reciedumbre es necesario ser sensible a la fatiga. Es
necesaria la capacidad de vivir en términos iguales con los Whalleys y los
Singleton y, sin embargo, ocul¬tar de sus ojos suspicaces las cualidades mismas
que nos permiten entenderlos. Sólo Conrad pudo vivir esa doble vida, ya que
estaba compuesto de dos hombres; junto con el capitán marinero habitaba ese
analista sutil, refinado y puntilloso llamado Marlow. "Un hombre de lo más
discreto y comprensivo", dijo de él. Marlow era uno de esos observadores
natos que son de lo más feliz en apartamiento. Nada le gustaba más que sentarse
en una cubierta, en algún rincón oscuro del Támesis, a fumar y rememorar; a
fumar y especular; a enviar palabras tras los bellos anillos de humo, hasta que
la noche de verano en pleno que¬daba un tanto anublada con el humo del tabaco.
También Marlow tenía un respeto profundo por los hombres con quienes había
navegado, pero sabía cap¬tarles el carácter. Oliscaba para describir de modo
maestro a esas criaturas lívidas, que con fortuna hacen presa en los veteranos
torpes. Tenía olfato para las deformidades humanas y su humor era sardónico.
Además, Marlow no vivía del todo cobijado por el humo de sus puros. Tenía el
hábito de abrir de pronto los ojos y mirar —un montón de desperdicios, un
puerto, el mostrador de una tienda-, para entonces completar en su quemante
anillo de luz esa cosa que de pronto brilla en el fondo misterioso.
Introspectivo y analítico, Marlow estaba al tanto de esta peculiari¬dad. Decía
que ese poder le llegaba de súbito. Por ejemplo, podía escuchar cómo un oficial
francés mur¬muraba: "¡Mon Dieu, cómo pasa el tiempo!"
Nada [comenta] podía haber sido más común y corriente que ese
comentario, pero su expresión coin-cidió en mí con un momento de visión. Es
extra¬ordinario cómo vamos por la vida con los ojos cerrados a medias, los
oídos embotados y los pensamien¬tos dormidos... Sin embargo, no podrá haber
sino unos cuantos de nosotros que nunca hayan conoci¬do uno de esos raros
momentos de alertamiento, cuando vemos, escuchamos, comprendemos tanto -todo-
en un relámpago, antes de volver a caer en nuestra agradable somnolencia.
Levanté los ojos cuando él hablaba y lo vi como si nunca lo hubiera visto
antes.
Imagen tras imagen, pintó de esta manera sobre aquel fondo oscuro.
Primero y ante todo barcos, barcos anclados, barcos huyendo de una tormenta,
barcos en el puerto; pintó atardeceres y amaneceres; pintó la noche; pintó el
mar en todos sus aspectos; pintó la chi-llona brillantez de los puertos
orientales, así como hombres y mujeres junto con sus casas y sus actitudes. Era
un observador exacto y resuelto, educado en esa "lealtad absoluta a los
sentimientos y las sensaciones" que, escribió Conrad, "un autor debe
tener asidos en sus momentos de creación más exaltados". De un modo muy
calmado y compasivo, Marlow deja caer a veces unas cuantas palabras a modo de
epitafio, que nos recuerdan, cuando tenemos toda esa belleza y bri¬llantez
frente a los ojos, la oscuridad del fondo.
De esta manera, una distinción tosca pero eficaz nos haría decir que
Marlow comenta y Conrad crea. Nos conduciría, alertas como estamos a un terreno
peligroso, a explicar ese cambio que, nos dice Conrad, ocurrió cuando había
terminado la última historia en Typhoon -"un cambio sutil en la naturaleza
de la ins¬piración"- mediante cierta alteración en las relaciones de los
dos viejos amigos. "... por alguna causa se tenía la impresión de que en
el mundo nada quedaba por escribir". Fue Conrad, supongamos, Conrad el
crea¬dor quien dijo eso, mirando con triste satisfacción a las historias que
había narrado, sintiendo, como bien pudo sucederte, que jamás podría mejorarla
tormenta de The Nigger of the "Narcissus" o rendir tributo más fiel a
las cualidades de los marinos ingleses que en Youth y Lord Jim. Fue entonces
que Marlow, el co¬mentador, le recordó que, en el transcurrir de la
na¬turaleza, se envejece, se sienta uno a fumar en una cubierta y renuncia a
navegar. Pero, le recordó tam-bién, esos años activos habían depositado sus
memo¬rias; e incluso pudo ir tan lejos como para insinuar que, si bien ya
estaba dicha la última palabra sobre el capitán Whalley y su relación con el
universo, en tie¬rra quedaba un numero de hombres y mujeres cuyas relaciones,
si bien de naturaleza más personal, bien merecían que se les echara un vistazo.
Si además suponemos que a bordo había un volumen escrito por Henry James y que
Marlow se lo dio a su amigo para que se lo llevara a la cama, tenemos apoyo en
el hecho de que, en 1905, Conrad escribió un ensayo de lo más fino sobre el
maestro.
Así, por algunos años Marlow fue el socio domi¬nante. Nostromo, Chance
(Azar), The Arrow of Gold (La flecha dorada) representan esa etapa de alianza,
que algunos seguirán considerando la más rica de todas. El corazón humano es
más intrincado que el bosque, dirán; tiene sus tormentas, sus criaturas de la
noche; si como novelista se desea probar al hombre en todas sus relaciones, el
hombre será su antagonis¬ta adecuado; su ordalía está en la sociedad, no en la
soledad. Para ellos habrá siempre una fascinación peculiar en aquellos libros
donde la luz de esos ojos brillantes no sólo cae sobre la extensión de agua,
sino sobre el corazón con todas sus perplejidades. Pero es de admitir que si
Marlow aconsejó a Conrad así mo¬dificar su ángulo de visión, el consejo fue
arriesgado. Porque la visión de un novelista es a la vez compleja y
especializada; compleja porque tras los personajes y separado de ellos debe
encontrarse algo estable con que relacionarlos; especializada porque siendo él
una persona de sensibilidad única, están estrictamente imitados los aspectos de
la vida en que puede creer. De modo que es fácil perturbar un equilibrio tan
deli¬cado. Concluida la etapa media, Conrad no pudo jamás ya crear una relación
perfecta entre sus figuras y el fondo. Nunca creyó en sus personajes
posteriores, mucho más complicados, de lo que había creído en sus marinos del
pasado. Cuando tenía que indicar su relación con ese otro mundo de novelistas
invisible, el mundo de valores y de convicciones, estaba mucho menos seguro de
cuáles serían esos valores. Entonces, una y otra vez, una frase única
-"Navegó con cuida¬do"- venida al final de una tormenta, lleva en sí
toda una posición moral. Pero en este mundo más apiñado y complicado, esas
frases tersas resultan cada vez menos adecuadas. Hombres y mujeres complejos,
con tantos intereses y relaciones, no se someten a un juicio tan sumario o, si
lo hacen, mucho de lo que en ellos es importante escapa al veredicto. Sin
embar¬go, al genio de Conrad, de poder tan exuberante y romántico, le era muy
necesario tener alguna ley mediante la cual tratar con sus creaciones. En lo
esen¬cial —tal permaneció siendo su credo- este mundo de personas civilizadas y
conscientes de sí mismas se basa en "unas cuantas ideas sencillas",
pero ¿dónde encontrarlas en ese mundo de pensamientos y de relaciones
personales? No hay mástiles en las salas de estar; los tifones no sujetan a
prueba el valor de políticos y co¬merciantes. Al buscar esos soportes sin
encontrarlos, el mundo del último periodo de Conrad tiene en sí una oscuridad
involuntaria, un aire de inconcluyente, casi una desilusión que intriga y
fatiga. En la oscuri¬dad nos asimos tan sólo de las antiguas noblezas y
sonoridades: la fidelidad, la compasión, el honor, el servicio, siempre bellos
pero ahora un tanto fatiga¬dos por la reiteración, como si los tiempos hubieran
cambiado. Acaso fuera Marlow el culpable. Sus há¬bitos mentales eran un tanto
sedentarios. Había pasa¬do demasiado tiempo sentado en cubierta; espléndido en
los soliloquios, se mostraba menos apto en el toma y daca de las
conversaciones; y esos "momentos de visión" relampagueantes y en
desaparición no sirven tanto como una lámpara estable para iluminar la
agitación de la vida y sus años largos y graduales. Tal vez, sobre todo, no
tomó en cuenta que si Conrad iba a crear, le era esencial primero creer.
Por consiguiente, aunque haremos expediciones a los libros posteriores y
volveremos con trofeos mara¬villosos, largos trozos de ellos permanecerán
intran¬sitables para una mayoría de nosotros. Son los libros primeros -Youth,
Lord Jim, Thyphoon, The Nigger of the "Narcissus"- los que leeremos
en su totalidad. Porque cuando se plantea la pregunta ¿qué sobrevivirá de
Conrad y dónde lo situaremos entre las filas de los novelistas?, nos vendrán a
la mente esos libros, con su aire de que están diciéndonos algo muy antiguo y
totalmente cierto, que estuvo escondido y se revela ahora, y que vuelven
a tales preguntas y a tales com¬paraciones un tanto fútiles. Íntegros y
tranquilos, muy castos y muy bellos, se levantan en la memoria tal y como, en
esas calientes noches de verano, pri¬mero aparece una estrella y luego otra,
con sus ma¬neras lentas y señoriales.
LAS NOVELAS DE E. M. FORSTER
Hay muchas razones qué debieran impedirnos criticar la obra de nuestros
contemporáneos. Aparte de la inquietud obvia -el miedo a herir sentimientos-
exis¬te la dificultad de ser justo. Al ir apareciendo uno a uno, sus libros son
como partes de un diseño que se va revelando lentamente. Nuestra apreciación
puede ser intensa, pero nuestra curiosidad es incluso mayor. Ese nuevo
fragmento ¿agrega algo a lo sucedi¬do antes? ¿Da sostén a nuestra teoría de que
el autor poseía talento o debemos modificar nuestros vatici-nios? Tales
cuestiones encrespan lo que debiera ser la superficie lisa de nuestra crítica,
llenándola de argu¬mentaciones y preguntas. Esto resulta en especial cier¬to de
un novelista como E.M. Forster, respecto a quien, por decir lo menos, hay desacuerdos
conside¬rables. Hay algo de desconcertante y evasivo en la naturaleza misma de
sus dones. Así, no olvidando que en el mejor de los casos estamos construyendo
una teoría, que el propio señor Forster puede derribar en un año o dos,
abordemos sus novelas en el orden en que fueron escritas y, de modo tentativo y
cau¬teloso, intentemos extraerles una respuesta.
El orden en que fueron escritas tiene, de hecho, cierta importancia,
pues en sus inicios vemos al señor Forster ser en extremo susceptible a la
influencia del tiempo. Piensa que su gente se encuentra sobrema¬nera a la
merced de esas condiciones que se modifican con los años. Tiene una conciencia
aguda de la bici¬cleta y del auto, de la escuela privada y de la universi¬dad,
del suburbio y de la ciudad. Un historiador de la sociedad hallará los libros
de Forster abundantes en información iluminadora. En 1905 Lilia aprendió a
andar en bicicleta, descendió la cuesta de High Street un domingo por la tarde
y se cayó en la curva próxima a la iglesia. A causa de esto recibió de su
cuñado una reprimenda, que recordó hasta el día de su muerte. Son los martes
cuando la sirvienta limpia la sala en Sawston. Las solteronas soplan en el
interior de sus guantes cuando se los quitan. En otras pa¬labras, el señor
Forster es un novelista que ve a sus personajes en íntimo contacto con lo
circundante. Y por tanto el color y la constitución del año 1905 lo afectan
mucho más que cualquier otro año del calendario podría afectar al romántico
Meredith o al poético Hardy. Pero en cuanto volvemos la página descubrimos que
la observación no es un fin en sí, sino más bien un estímulo, el tábano que
impulsa al señor Forster a proporcionar un refugio ante tal miseria, un escape
de tal mezquindad. De esta mane¬ra llegamos a ese equilibrio de fuerzas que
tiene una participación tan considerable en las estructuras nove¬lísticas del
señor Forster. Sawston lleva en sí a Italia; la timidez el desparpajo; lo
convencional la libertad; lo irreal la realidad. Son éstos los villanos y los
héroes en gran parte de sus escritos. En Where Angels Fear to Tread (Donde los
ángeles no se atreven) la enfermedad (lo convencional) y el remedio (la
naturaleza) son presentados, cabe decir, con una sencillez demasiado pronta,
una seguridad demasiado simple pero, a la vez, ¡con qué frescura, con qué
encanto! De hecho, no resultaría excesivo descubrir en esta ligera novela
ini¬cial señales de unos poderes que sólo necesitaban, cabría arriesgar la
afirmación, una dieta más generosa para madurar en riqueza y hermosura. Bien
habrán podido quitar veintidós años el aguijón a la sátira y modificar las
proporciones del todo. Pero siendo esto cierto en alguna medida, los años no
han tenido la capacidad de borrar un hecho: aunque el señor Forster sea
sensible a la bicicleta y al plumero, tam¬bién es el más persistente devoto del
alma. Por debajo de las bicicletas y los plumeros, de Sawston y de Italia, de
Philip, Harriet y la señorita Abbott siempre en¬cuentra -y es esto lo que lo
convierte en un escritor satírico tolerante- un núcleo ardiente. Es el alma, es
la realidad, es la verdad, es la poesía, es el amor; adop¬ta muchas formas, se
viste con muchos disfraces. Pero necesita llegar a él; le es imposible
mantenerse aparta¬do. Vuela en su persecución por encima de frenos y establos,
de alfombras en la sala y aparadores de caoba. Naturalmente, el espectáculo es
a veces cómico y a menudo fatigante, pero hay momentos -y la primera novela
proporciona varios ejemplos— en que alcanza el premio.
Ahora bien, si nos preguntamos en qué ocasiones sucede esto y de qué
manera, se diría que logran mejor la empresa los pasajes menos didácticos,
menos conscientes de la persecución de la belleza. Cuando se permite unas
vacaciones, alguna de esas oraciones nos viene a los labios; cuando olvida la
visión y los reto¬zos para bromear con los hechos; cuando, tras plantar a los
apóstoles de la cultura en su hotel, se dedica a crear con ligereza, gozo,
espontaneidad -Gino, el hijo del dentista, en el café con sus amigos- o
describe -se trata de una obra maestra de la comedia— una repre¬sentación de
Lucia de Lammermoor, sentimos que ha logrado su propósito. Por consiguiente, si
juzgamos a partir de las pruebas dadas por este primer libro, lleno de
fantasía, de penetración, con un notable sen¬tido del diseño, habríamos dicho
que en cuanto el señor Forster hubiera adquirido libertad, hubiera traspasado
los límites de Sawston, se mantendría firmemente de pie entre los descendientes
de Jane Austen y de Peacock. Pero la segunda novela, The Longest Journey (El
viaje más largo), nos deja con¬fundidos y perplejos. Allí continúa la
oposición: la verdad y la mentira, Cambridge y Sawston, la sinceri¬dad y la
sofisticación. Pero todo acentuado. Erige su Sawston con ladrillos más gruesos
y lo destruye con golpes más fuertes. El contraste entre poesía y reali¬dad es
mucho más precipitoso. Y ahora vemos con mayor claridad a qué tarea lo someten
sus dones. Comprendemos que lo que habría parecido un estado de ánimo pasajero
es en realidad una convicción. Cree que una novela debe tomar partido en los
con¬flictos humanos. Capta la belleza y nadie la capta con mayor agudeza, pero
es una hermosura aprisionada en una fortaleza de ladrillo y cemento, de la cual
debe liberarla. Por tanto, siempre se ve constreñido a fa¬bricar una jaula -la
sociedad con todas sus compli¬caciones y su trivialidad- antes de poder liberar
al prisionero. Son parte esencial de su diseño el ómni¬bus, la villa campestre,
la residencia suburbana. Se los necesita para aprisionar y crear obstáculos a
la flama voladora tan inmisericordemente enjaulada en ellos. Al mismo tiempo,
mientras leemos The Longest Journey, estamos conscientes de un burlón espíritu
de fantasía que se mofa de su seriedad. Nadie tan diestro en captar los matices
y las variaciones de la comedia social; nadie describe con mayor lucidez y buen
humor la comedia de un almuerzo, de un té vesperti¬no y de un juego de tenis en
la rectoría. Sus viejas solteronas y sus hombres del clero son los más vivos
que hemos tenido desde que Jane Austen abandonará la pluma. Pero en su
composición tiene algo de lo que Jane Austen carecía: los impulsos de un poeta.
La nítida superficie cae siempre en el desorden a causa de una irrupción de
poesía lírica. En The Longest Journey, una y otra vez nos deleita alguna
descripción exquisita del campo, o algún paisaje delicioso -digamos, cuando
Rickie y Stephen hacen pasar por el arco los barcos de papel en llamas- se nos
queda visible para siempre He aquí, pues, una familia de dones a la que es
difícil convencer de que viva en armonía: sátira y comprensión, fantasía y
hechos, poesía y un almidonado sentido de la moral. No es de sorprender que a
menudo estemos conscientes de corrientes opuestas, que fluyen una en contra de
la otra y le impiden impresionarnos y abrumarnos con la autoridad propia de una
obra maestra. Y sin embargo, si algún don le es más esencial al novelista que
otro, es el poder de combinar, la visión única. Se diría que el triunfo de las
obras maestras es menos el estar libre de faltas de hecho, en todas ellas
toleramos los errores más gruesos- que en la inmensa capacidad de persuasión de
una mente con dominio completo sobre su pers¬pectiva.
II
Buscamos entonces, según pasa el tiempo, señales que el señor Forster se
está comprometiendo, que se está aliando con alguno de los dos grandes campos a
los que pertenece la mayoría de los novelistas. En términos un tanto burdos,
podemos dividirlos en maestros y predicadores por un lado, con Tolstói y
Dickens a la cabeza, y por el otro los artistas puros, encabezados por Jane
Austen y Turguenev. Al parecer, el señor Forster siente un fuerte impulso de
perte¬necer a los dos campos a la vez. Posee muchos de los instintos y las
aptitudes del artista puro (para adoptar la vieja clasificación), como son un
estilo exquisito en la prosa, un agudo sentido de la comedia, el poder de crear
personajes con unos cuantos rasgos, que vi¬ven en una atmósfera propia; pero al
mismo tiempo lo domina una conciencia elevadísima del mensaje. Tras el arcoiris
del ingenio y la sensibilidad está la visión que se ha propuesto que veamos.
Pero esa visión es de tipo peculiar y su mensaje de naturaleza elusiva. No le
interesan mucho las instituciones. Carece de esa amplia curiosidad social que
marca la obra del señor Wells. Poca atención le merecen la ley de divorcio y la
ley de pobres. Su preocupación está con la vida pri¬vada; su mensaje está
dirigido al alma. "Es la vida privada la, que sostiene el espejo ante el
infinito; el intercambio personal, y sólo el intercambio personal, apunta a una
personalidad que supera nuestra visión diaria." No es nuestro negocio
construir con ladrillo y cemento, sino aproximar entre sí lo visible y lo invisi¬ble.
Debemos aprender a construir el "arcoiris que conecte la prosa que está en
nosotros con la pasión. Sin esto somos fragmentos carentes de significado, a
medias monjes, a medias bestias". A todo lo largo de su escritura corre
esa creencia: que la vida privada es lo importante y el alma lo eterno. Es el
conflicto entre Sawston e Italia en Where Angels Fear to Tread (Donde los
ángeles no se atreven), entre Rickie y Agnes en The Longest Journey (El viaje
más largo), entre Lucy y Cecil en A Room With a View (Un cuarto con vista). Y
según pasa el tiempo se ahonda, se hace más insis¬tente. Lo fuerza a ir de las
novelas cortas más ligeras y caprichosas a ese interludio curioso, llamado The
Celestial Omnibus (El ómnibus celestial), para llegar a Howards End (Howards
End) y A Passage to India (Pasaje a la India), que señalan su madurez.
Pero antes de tomar en consideración esos dos li¬bros, examinemos por un
momento la naturaleza del problema que el autor se ha impuesto. Lo que impor¬ta
es el alma y el alma, como hemos visto, está ence¬rrada en una sólida villa de
ladrillo rojo, en algún lugar de los suburbios de Londres. Se diría, entonces,
que si sus libros han de triunfar en su misión, en cier¬tos puntos su realidad
debe irradiar, iluminarse sus ladrillos, debemos ver a todo el edificio
saturado de luz. De un solo golpe hemos de creer en la total realidad del
suburbio y en la total realidad del alma. En esta combinación de realismo y
misticismo tal vez Ibsen sea su afinidad más próxima. Ibsen tiene el mismo
poder realista. Para él una habitación es una habitación, un escritorio un escritorio
y una pape¬lera una papelera. Al mismo tiempo, la parafernalia de la realidad
ha de convertirse en ciertos momentos en el velo al través del cual vemos el
infinito. Cuando Ibsen consigue esto, y sin duda lo consigue, no es porque
lleve a cabo un maravilloso truco de magia en el momento crítico. Lo consigue
poniéndonos en el estado de ánimo correcto desde el principio mismo y dándonos
los materiales adecuados para lograr tal propósito. Nos entrega los efectos de
la vida ordina¬ria, tal y como el señor Forster lo hace, pero los entre¬ga
eligiendo unos cuantos hechos, que son de lo más pertinente. Así, cuando llega
el momento de la ilumi¬nación, la aceptamos implícitamente. No quedamos ni
alertados ni perplejos, no tenemos por qué pregun¬tarnos ¿qué significa esto?
Simplemente percibimos que el objeto al cual miramos está iluminado y sus
honduras reveladas. No ha cesado de ser él mismo para convertirse en algo más.
Un problema parecido yace ante el señor Forster: cómo unir el objeto en
sí con el significado del objeto y cómo llevar la mente del lector a través de
la sima que divide a los dos sin derramar una sola gota de su creencia. En
ciertos momentos ocurridos en Arno, en Hertfordshire, en Surrey, la belleza
brota de la vaina, el fuego de la verdad flamea desde la tierra encostrada y
deberíamos ver la villa de ladrillo rojo, en los suburbios de Londres,
iluminada. Pero es justo en esas grandes escenas, que son la justificación del
complejo entretejido de la novela realista, donde estamos plena¬mente
conscientes del fracaso. Porque es aquí donde el señor Forster hace el cambio
del realismo al simbolis¬mo; es aquí donde el objeto que se ha mostrado sólido
sin titubeos se vuelve, o debería volverse, luminoso en su transparencia.
Forster fracasa, nos sentimos tenta¬dos a pensar, ante todo porque se ha
servido dema¬siado bien del don admirable de la observación. Ha registrado
demasiado y con demasiada literalidad. En una de las páginas nos ha dado una
imagen casi fotográfica y nos pide que en la siguiente la misma vista quede
transformada y radiante a causa de los fuegos eternos. El librero que cae sobre
Leonard Bast en Howards End acaso debiera aplastarlo con todo el peso muerto de
una cultura amojamada; las cuevas de Marabar no debieran parecemos cuevas
reales sino, acaso, el alma de la India. La señorita Quested debería quedar
transformada de una muchacha inglesa amante de los picnics en la arrogante
Europa que se adentra en el corazón de Oriente y allí se pierde. To¬mamos con
cautela esas afirmaciones, pues de hecho no estamos muy seguros de haber
acertado en nuestras suposiciones. En lugar de quedarnos con esa sensación de
certitud instantánea que sacamos de El pato salvaje o El maestro Solness,
estamos perplejos, preocupados. ¿Qué significa esto? nos preguntamos ¿Qué
debe¬mos entender en esto? Y la hesitación es fatal. Pues dudamos de las dos
cosas, lo real y lo simbólico, de la señora Moore, la amable anciana, y de la señora
Moore, la sibila. La conjunción de esas dos realidades diferentes parece lanzar
dudas sobre ambas. De aquí que tan a menudo haya, en el corazón mismo de las
novelas del señor Forster, una ambigüedad. Sentimos que algo nos falló en el
momento crítico y en lugar de ver, como ocurre en El maestro Solness, un todo
único vemos dos partes separadas.
Los cuentos reunidos con el título de The Celestial Omnibus representan,
quizás, un intento por parte del señor Forster de simplificar el problema que
tan a menudo lo perturba: aquel de unir la prosa y la poe¬sía de la vida. Aquí
admite de modo definitivo, si bien con discreción, la posibilidad de la magia.
Los ómnibuses van al cielo, se escucha a Pan entre los arbustos, las chicas se
transforman en árboles. Los cuentos son encantadores al extremo. Liberan la
fantasía que yace bajo cargas tan pesadas en las novelas. Pero tal vena de
fantasía no es lo bastante profunda o sólida para lu¬char por sí sola contra
esos otros impulsos que son parte de su dote. Sentimos que se trata de un
truhán incómodo en tierra de hadas. Tras el seto escucha siempre el claxon del
auto y los lentos pasos de vian¬dantes cansados y pronto debe regresar. De
hecho, un delgado volumen contiene todo lo que Forster se ha permitido en
cuanto a fantasía pura. Pasamos de la tierra extravagante donde los chicos caen
en brazos de Pan y las muchachas se vuelven árboles, a las dos señoritas
Schlegel, que tienen ingresos de seiscientas libras cada una y viven en Wickham
Place.
III
Por mucho que lamentemos el cambio, no es de dudar que estuvo correcto.
Pues ninguno de los libros anteriores a Howards End y A Passage to India exigió
del señor Forster toda la gama de sus poderes. Con su peculiar y de alguna
manera contradictorio surtido de dones, necesitaba al parecer algún tema que
estimulara una inteligencia tan sensible y activa como la suya, pero sin
exigirle las severidades del romance o de la pasión; un tema que le diera
materia para la crítica y lo invitara a la investigación; un tema que pudiera
ser enriquecido con un número enorme de observaciones ligeras pero precisas,
dóciles a la comprobación de una mentalidad sumamente honesta y sin embargo
comprensiva; y no obstante, con todo eso, un tema que, al quedar construido,
destacara ante los torrentes del atardecer y las eternidades de la noche con un
significado simbólico. En Howards End las clases media baja, media y media alta
de la sociedad inglesa quedan entretejidas en una tela completa. Es un intento
a mayor escala que todo lo anterior y, si fracasa, en buena medida es
responsable de eso el tamaño del intento. De hecho, cuando meditamos las muchas
páginas de este libro complejo y sumamente hábil, en sus inmensos logros
técnicos y además en su penetración, su sabiduría y su belleza, es de
preguntarse qué estado de ánimo tenido aquel momento nos impelió a llamarlo un
fracaso. De acuerdo con todas las re¬glas, y más aún dado el interés agudo con
que lo hemos leído de principio a fin, debimos haber dicho buen éxito. La razón
queda sugerida, tal vez, por el tono de nuestro alabo. Elaboración, habilidad,
sa-biduría, penetración, belleza: allí están todas, pero carentes de fusión;
les falta cohesionarse; como un todo, el libro no tiene fuerza. Los Schlegel,
los Wilcox y los Bast, con todo lo que representan de una clase y de un
ambiente, surgen con extraordina¬ria verosimilitud, pero el efecto total es
menos satis¬factorio que en Where Angels Fear to Tread, de mayor ligereza pero
bellamente armonioso. Una vez más, sentimos que en la dote del señor Forster
hay alguna perversión, de modo que sus dones tienden a meterse zancadilla unos
a otros dada su variedad y su nú¬mero. Si el autor fuera menos escrupuloso,
menos justo, menos sensible a los diferentes aspectos de cada caso, sentimos
que podría golpear con mayor fuerza en un punto preciso. Tal y como están las
cosas, el vigor de su golpe se disipa. Parecería un durmiente de sueño ligero
al que siempre despierta algo que está en la habitación. El poeta se ve
marginado por el escritor satírico, el moralista le da unos golpecitos en el
hom¬bro al comediante. El autor nunca se relaja o se olvida por mucho tiempo,
llevado por el deleite puro de la belleza o en el interés de las cosas tal como
son. En razón de esto, los pasajes líricos de sus libros, a me¬nudo de gran
belleza en sí, no consiguen el efecto debido dentro del contexto. En lugar de
fluir con na¬turalidad -como en Proust, por ejemplo- de un exce¬so de interés y
de belleza en el objeto en sí, sentimos que les dio existencia alguna
irritación, que son el esfuerzo de una mente violentada por la fealdad a
complementarla con una belleza que, por originarse en la protesta, tiene algo
de muy febril en sí.
Sin embargo en Howards End están disueltas, sen¬timos, todas las
cualidades necesarias para crear una obra maestra. Los personajes nos resultan
sumamente reales. El ordenamiento de la historia es maestro. Ese aspecto
indefinible pero de suma importancia, la at¬mósfera del libro, brilla de
inteligencia; no se permite el asentamiento de una pizca de fraude, de un átomo
de falsedad. Una vez más, pero en un campo de bata¬lla mayor, continúa la lucha
que ocurre en todas las novelas del señor Forster: la lucha entre las cosas que
importan y las que no importan, entre la realidad y el engaño, entre la verdad
y la mentira. Una vez más la comedia es exquisita y la observación sin mácula.
Pero una vez más, justo cuando nos rendimos a los placeres de la imaginación, un
tironcillo nos alerta. Nos dan unos golpecitos en el hombro. Debemos notar
esto, hacer caso de aquello. Ni Margaret ni Helen, nos obligan a comprender,
hablan simplemente por sí mismas, pues sus palabras tienen una otra intención,
de mayor peso. Así, al esforzarnos por encontrar el significado, pasamos del
mundo encantado de la imaginación, donde nuestras facultades actúan
li¬bremente, al mundo penumbroso de la teoría, donde sólo nuestro intelecto
funciona obedientemente. Esos momentos de desilusión tienen el hábito de
apare¬cer cuando el señor Forster se encuentra más en tensión, cuando la crisis
del libro, allí donde cae la espada o el librero se derrumba. Como ya lo
señala¬mos, traen a las "grandes escenas" y a las figuras importantes
una curiosa falta de substancia. Pero se ausentan del todo de la comedia. Nos
hacen desear, con bastante simpleza, que pudieran disponerse los dones del
señor Forster de un modo distinto, para restringirlo a sólo escribir comedia.
Pues en cuanto cesa de sentirse responsable de la conducta de sus per¬sonajes y
se olvida de que debe resolver los problemas del universo, es el más divertido
de los novelistas. El admirable Tibby y la exquisita señora Munt, en Howards
End, aunque incluidos mayormente para diver¬tirnos, traen consigo un golpe de
aire fresco. Nos inspiran la embriagante creencia de que son libres de alejarse
dé su creador como les plazca. Margaret, Helen y Leonard Blast están
fuertemente sujetos y vigilados muy de cerca, pues pudieran tomar los asuntos
en sus manos y desordenar la teoría. Pero Tibby y la señora Munt van adonde les
place, dicen lo que se les antoja, hacen lo que quieren. Por tanto, en las
novelas del señor Forster los personajes menores y las escenas sin importancia
suelen permanecer más vividos que aquellos con los que, se diría, se tomaron
mis trabajos. Pero sería injusto apartarse de este libro grueso, serio y
sumamente interesante sin reconocer que es una obra de importancia aunque
insatisfactoria, que bien pudiera significar el preludio de algo igual de
extenso pero menos ansioso.
IV
Pasaron muchos años antes de que apareciera A Passage to India. Quienes
confiaron en que, durante el intervalo, el señor Forster pudiera haber
desarrollado su técnica, de modo que cediera con mayor facilidad a la impronta
de su mente caprichosa y tuviera un acceso más libre a la poesía y la fantasía
que en él habitan, quedaron decepcionados. La actitud es pre-cisamente aquella
misma cuadrada que se acerca a la vida como si fuera una casa con puerta de
entrada, que deja su sombrero en la mesilla del vestíbulo y se dedica a visitar
todas las habitaciones de un modo ordenado. La casa sigue siendo aquella de las
clases medias inglesas. Pero hay un cambio respecto a Howards End. Hasta ahora
el señor Forster había te-nido la aptitud de llenar sus libros como una
anfitriona cuidadosa, ansiosa de introducir, explicar o advertir a sus
huéspedes de un escalón que está allá, de una corriente de aire aquí. Pero
ahora, tal Vez un tanto desilusionado con sus huéspedes y con la casa, parece
haber descuidado sus preocupaciones. Se nos permite vagar por este continente
extraordinario casi solos. Percibimos cosas, en especial acerca del país, de un
modo espontáneo, casi accidental, como si de hecho estuviéramos allí. Entonces
captan nuestra mirada los gorriones que vuelan alrededor de los retratas, un
elefante con la frente pintada o las cade¬nas de colinas enormes pero mal
diseñadas. La gente misma, en especial los hindúes, tienen algo de esa misma
calidad informal, inevitable. Quizá no sean tan importantes como la tierra, pero
están vivos; son sensibles. No sentimos ya, como nos ocurría en Inglaterra, que
se les permitirá alejarse sólo cierta dis¬tancia, pues de otro modo
perturbarían alguna teoría del autor. Aziz es un agente libre. Es el personaje
más imaginativo que hasta el momento haya creado el señor Forster y nos
recuerda a Gino, el dentista, del primer libro: Where Angels Fear to Tread. Es
de supo¬ner que al señor Forster lo ayudó el interponer el océano entre sí y
Sawston. Es un alivio verse libre, por un tiempo, de la influencia de
Cambridge. Aunque sigue siéndole necesario construir un modelo de mundo que
pueda sujetar a críticas delicadas y pre¬cisas, el modelo es a mayor escala. La
sociedad in¬glesa, con su mezquindad, su vulgaridad y una vena de heroísmo,
queda situada ante un telón de fondo mayor y más siniestro. Y si bien es verdad
que sigue habiendo ambigüedades en sitios importantes, momentos de simbolismo
imperfecto, una mayor acumulación de hechos de los que es capaz de mane¬jar la
imaginación, se diría que la visión doble, que nos afectara en los primeros
libros, está en proceso de volverse una. La saturación es mucho más comple¬ta.
El señor Forster ha logrado casi la proeza enorme de animar su denso y compacto
cuerpo de observa¬ciones con una luz espiritual. El libro muestra asomos de
fatiga y de desilusión, pero tiene capítulos de una belleza clara y triunfante
y, sobre todo, nos hace pre¬guntarnos ¿qué escribirá el autor a continuación?
UN ENSAYO DE CRÍTICA
En verdad que la credulidad humana es fantástica. Pueden existir buenas
razones para creer en un rey o en un juez o en un alcalde. Cuando los vemos
pasar barriendo el mundo vestidos con sus togas y sus pelu¬cas, acompañados de
heraldos y de voceros, las rodillas comienzan a temblamos y a fallarnos la
mirada. Pero es imposible decir cuáles razones habrá para creer en los
críticos. Carecen de pelucas o de voceros. Si se los ve de cuerpo presente, en
nada se diferencian de otras personas. Pero basta que estos congéneres
insignifi¬cantes se encierren en una habitación, mojen la pluma en tinta y usen
el "nosotros" para que el resto los su¬pongamos de alguna manera
exaltados, inspirados, infalibles. Les brotan pelucas en las cabezas. Togas les
cubren las piernas. Ningún milagro mayor llevó a cabo nunca la credulidad
humana. Y, como la mayoría de los milagros, también éste ha tenido un efecto
debilita¬dor sobre la mente del creyente. Comienza éste a pen¬sar que los
críticos, por llamarse así, están siempre en lo cierto. Comienza a suponer que
algo sucede real¬mente con un libro cuando se lo alaba o disminuye por escrito.
Comienza a dudar y a ocultar sus propias aprehensiones sensibles y titubeantes
cuando entran en conflicto con los decretos de los críticos.
Sin embargo, si exceptuamos a los eruditos (y la erudición es útil sobre
todo para juzgar la obra de los muertos), el crítico es más falible que el
resto de las personas. Tiene que darnos su opinión de un libro publicado dos
días antes y con la etiqueta aún pegada en la portada. Debe salir de esa nube
de sensaciones fértiles, pero inmaduras, que cuelga alrededor de un lector para
solidificarla, para resumirla. Lo frecuente es que lo haga sin que haya
madurado el tiempo; lo hace con demasiada rapidez y con demasiada seguri¬dad.
Afirma que se trata de un gran libro o de un libro malo: Sin embargo, y bien lo
sabe, cuando se conforma con haberlo leído ninguna de esas dos cosas es cierta.
Al crítico lo domina la fuerza de las circunstan¬cias y un cierto grado de
vanidad humana, que lo llevan a ocultar los titubeos que lo acosan mientras
lee, para con ello eliminar toda huella de esa ruta sinuosa y torcida por la
cual llegó a lo que decide lla¬mar "una conclusión". Así que los
toscos trompetazos de la opinión crítica resuenan elevados y agudos y nosotros,
humildes lectores que somos, abatimos la cabeza en sumisión.
Pero veamos si podemos eliminar esos fingimientos por una temporada y
derribar el imponente telón que oculta al proceso crítico mientras no se ha
completa¬do. Demos a la mente un libro nuevo, tal y como hundimos un trozo de
pescado en una pecera de ané¬monas orladas y ansiosas y las observamos hacer
una pausa, calcular, preguntarse si lanzar un ataque. Vea¬mos qué prejuicios lo
afectan, qué influencias lo mo¬difican. Y si en el proceso la conclusión
resulta tanto menos concluyente puede, justo por tal razón, acer¬carse más a la
verdad. Lo primero que la mente desea es algún sostén venido de los hechos, en
el cual darse apoyo antes de lanzarse en vuelo a una carrera especu¬lativa. A
los nombres de las personas se adhieren rumores vagos. Del señor Hemingway
sabemos que es un estadounidense residente en Francia, un escritor de
"avanzada" relacionado, es de sospechar, con lo que llamamos un
movimiento, aunque confesamos no saber a cuál de los muchos existentes. Bien
estará asegurarnos un poco más de estas cuestiones leyendo primero el libro
anterior del señor Hemingway: The Sun Also Rises (También el sol sale); pronto
es obvio que, si el señor Hemingway es de "avanzada", no lo es de un
modo que nos resulte el más interesante. Aquí se expone un prejuicio que bien
hará el lector en tomar en cuenta: el crítico es un modernista. Sí, la excusa
sería que los modernos nos vuelven cons¬cientes de lo que sentimos inconscientemente,
están más cercanos a nuestra propia experiencia, incluso la anticipan, con lo
cual nos provocan una excitación particular. Pero en The Sun Also Rises nada
nuevo se revela acerca de los personajes. Quedan ante noso¬tros formados,
proporcionados, pesados, justo como los personajes de Maupassant quedan
formados y proporcionados. Se los ve desde el viejo ángulo; se observan las
viejas reticencias, las viejas relaciones entre autor y personaje.
Pero el crítico concede la gracia de reflexionar que acaso se exagere
esta demanda de tener nuevos aspec¬tos y nuevas perspectivas. Pudiera volverse
caprichosa. Pudiera volverse tonta. Pues ¿por qué el arte no podrá ser
tradicional a la vez que original? ¿No estaremos dando demasiada importancia a
una excitación que, si bien agradable» pueda no ser valiosa en sí, de modo que
caigamos en el error fatal de rechazar arbitrariamente los dones del escritor?
De cualquier manera, el señor Hemingway no es moderno en el sentido
expresado. Se diría, con base en esta primera novela, que el rumor de su
mo¬dernidad ha brotado del tema y del tratamiento antes que de alguna novedad
fundamental en la concepción del arte narrativo. Es un libro desnudo, abrupto,
fran¬co. Se describe la vida vivida en París en 1927 o inclu¬so en 1928 como
describimos nosotros, los de esta época (y es aquí donde llevamos ventaja a los
victorianos), a la vida; abierta, francamente y sin gazmo¬ñerías, pero también
sin sorpresas. Se describen las inmoralidades y moralidades de París como es
proba¬ble que se las comente en la vida privada. Tal candor es moderno y
admirable. Entonces, porque las cuali¬dades se dan juntas en el arte y en la
vida, vemos que a tal franqueza admirable viene adherida una des-nudez de
estilo equivalente. Nadie habla más de una línea o dos. Suele bastar media
línea. Si se describe una colina o un pueblo (y siempre habrá alguna razón para
describirlo), allí está, construido exacta y literal¬mente de hechos diminutos,
bastante literales pero seleccionados, como lo prueba con el mayor cuidado la
nitidez final del esbozo. Por tanto, aparecen algunas palabras del tipo
"el grano comenzaba a madurar y los campos estaban llenos de amapolas. La
tierra de pas¬tura estaba verde y había árboles hermosos y, a veces, grandes
ríos y castillos entre ellos...", todo lo cual manifiesta una fuerza
curiosa. Cada palabra impone su peso a la oración. La atmósfera prevaleciente
es nítida y aguda, como esos días de invierno cuando las ramas desnudas
destacan contra el cielo. (Pero sí hemos de elegir una oración con la cual
describir lo que el señor Hemingway intenta y a veces consigue, hemos de citar
este pasaje en la descripción de una corrida: "Romero jamás hizo
contorsión alguna. Siempre se mostró erguido, puro y natural en su línea. Los
otros se torcían como sacacorchos, los codos levantados y reclinándose contra
los flancos del toro una vez pasados los cuernos, para dar una falsa impresión
de peligro. Después, toda aquella falsedad se maleaba, dejando una sensación
desagradable. El toreo de Romero creaba una emoción real porque él mantenía una
pureza de línea absoluta en sus movimientos y siempre, tranquila y
calmadamente, permitía que los cuernos lo rozaran".) La escritura del
señor Hemingway, podría parafrasearse, nos da de vez en cuando una emoción
genuina, pues mantiene una pureza de línea absoluta en sus movimientos y
per¬mite que los cuernos (es decir, la verdad, los hechos, la realidad) lo
rocen en cada ocasión. Pero hay algo de falso asimismo, que se malea y deja una
sensación desagradable... a la que debemos enfrentarnos en el transcurso del
tiempo.
Aquí, de hecho, es un punto adecuado para hacer una pausa y resumir lo
que hemos conseguido en nuestro avance crítico. El señor Hemingway no es un
escritor de avanzada en el sentido que mire a la vida desde un ángulo nuevo. Lo
que ve es una vista tolerablemente familiar. En primer plano figuran objetos
comunes como botellas de cerveza y periodis¬tas. Pero es un escritor habilidoso
y concienzudo. Tiene una meta y a ella se encamina sin miedos y sin
desviaciones. Por tanto, hemos de medirlo en com¬paración con alguien de
substancia y no simplemente ponerlo en línea, por salvar las apariencias, junto
al bulto impreciso de alguna figura efímera rellenada de paja. Llegamos a tal
decisión reacios, pues tal proceso de medición es una de las tareas más
difíciles del críti¬co. Ha de decidir cuáles son los puntos más sobre¬salientes
del libro que acaba de leer; distinguir con exactitud a qué tipo pertenecen y,
entonces, oponer¬los a cualquier modelo que haya elegido para com¬paración y
con ello hacer resaltar las deficiencias o las adecuaciones.
Si volvemos a The Sun Also Rises, ciertas escenas sobresalen en la
memoria: la corrida, el personaje del inglés, Harris; por aquí un breve paisaje
que de modo natural parece crecer a espaldas de la gente; por allá, una oración
larga y esbelta que se enreda alrededor de una situación como el golpe de un
látigo. Una y otra vez esa oración evoca con brillantez un personaje y, más a
menudo, un paisaje. En cuanto al carácter de los personajes, poco hay cuya
elucidación quede firme y sólida. En verdad que algo parece estar mal con la
gente. Si la situamos (es una mala compa¬ración) junto a la de Chéjov, es plana
como un trozo de cartulina. Si la situamos (esta comparación es me¬jor) junto a
la de Maupassant, es tosca como una fotografía. Si la situamos (la comparación
puede ser ilegítima) junto a gente real, aquella con la que la igualamos es
irreal. Se trata de personas a las que hemos visto presumir en algún café,
hablando una jerga rápida y de tono agudo, pues la jerga es el habla del
rebaño, al parecer muy a gusto y, sin embargo, de mirárselas un tanto desde la
sombra, de ninguna manera cómodas y, de hecho, terriblemente temerosas de ser
ellas mismas, pues de otro modo dirían las cosas con voz natural. Así, al
parecer, es el carácter lo falsificado; el señor Hemingway se reclina sobre el
flanco de ese toro en lo particular cuando ya han pa¬sado los cuernos.
Tras este examen preliminar del primer libro del señor Hemingway,
llegamos al nuevo, llamado Men Without Women (Hombre sin mujer), dueños de
cier¬tas opiniones o prejuicios. Es posible que su talento simplemente se haya
desarrollado en otras líneas. Que se haya ensanchado y adquirido cuerpo; que se
haya tomado más tiempo y penetrado en las cosas -so¬bre todo en los seres
humanos- con un tanto más de profundidad. Incluso si esto significara el
sacrificio de alguna energía y precisión, el cambio sería de nues¬tro gusto
particular. Por otro lado, ¡es el suyo un ta¬lento que puede contraerse y
endurecerse incluso más! Pudiera depender cada vez más de los momentos de
énfasis; emplear cada vez más el diálogo y lanzar por la borda, al
considerarlas una molestia, la narración y la descripción.
El hecho de que Men Without Women esté com¬puesto de cuentos hace
probable que el señor Hemingway haya tomado la segunda vía. Pero, antes de
explorar el nuevo libro, es necesario decir, sobre las implicaciones del
título, algunas palabras que general¬mente quedan sin decir. Según lo expresa
el editor, "está ausente la suavizadora influencia femenina, se deba al
adiestramiento, a la disciplina, a la muerte o a la situación creada". Si
debamos entender en esto que las mujeres son incapaces de adiestramiento, dis¬ciplina,
muerte o situaciones, no lo sabemos. Pero es indudablemente cierto, si hemos de
perseverar en nuestro intento de revelar los procesos de la mente crítica, que
cualquier subrayado puesto al sexo es peli¬groso. Dígase a un hombre que éste
es un libro de mujer o a una mujer que éste es un libro de hombre, y se pondrán
en juego simpatías y antipatías que nada tienen que ver con el arte. Los
escritores de mayor estatura no acentúan el sexo en ninguna de esas
direc¬ciones. No se le recuerda al crítico, según lee, que pertenece al género
masculino o al femenino. Pero en nuestra época, gracias a nuestras
perturbaciones sexuales, la conciencia del sexo es fuerte, mostrándose en la
literatura mediante exageraciones, mediante una protesta de características
sexuales que, en cualquiera de los dos casos, es desagradable. De esta manera,
los señores Lawrence, Douglas y Joyce en parte hechan a perder sus libros para
las lectoras por la manifestación de una virilidad consciente de sí misma; el
señor Hemingway, si bien con mucha menor violencia, toma ese camino. Todo lo
que podemos hacer, seamos hombres o mujeres, es admitir esa influencia,
enfrentarnos a tal hecho y confiar en borrarle el rostro mirándolo con fijeza.
Procedamos entonces. Men Without Women con¬siste de cuentos al estilo
francés más que al ruso. Los grandes maestros franceses, Mérimée y Maupassant,
hicieron sus cuentos tan conscientes de sí mismos y tan compactos como era
posible. No queda ningún hilo suelto. De hecho, tan contraídos están que
cuan¬do aparece la última oración de la última página, y esto sucede a menudo, a su luz vemos toda la
circun¬ferencia y la significación de la historia. Desde luego, el método
Chéjov es lo contrario de esto. Todo es borroso y vago, avanza, avanza con
lasitud antes que apretadamente ensortijado. Las historias se pierden de vista
con lentitud, como nubes en un cielo veraniego, dejando en nuestras mentes una
estela de significado que gradualmente desaparece. De los dos métodos ¿cómo
decir cuál es el mejor? De cualquier modo, el señor Hemingway, que se apunta
con los maestros franceses, aprovecha sus enseñanzas con un buen éxito
considerable, si bien sólo hasta cierto punto.
Hay en Men Without Women muchos cuentos que, si la vida fuera más larga,
nos gustaría releer. De hecho, la mayoría son tan competentes, tan efica¬ces,
tan desnudos de cosas superfluas, que es de pre¬guntarse por qué no dejan en la
mente una huella más honda. Tómese la historia patética del mayor cuya esposa
muere -"In Another Country" ("En otro país")-; o la
historia sardónica de una conversación habida en un vagón de tren -"A
Canary for One" ("Un canario para uno")-; o cuentos como
"The Undefeated" ("Los invictos") y "Fifty Grand"
("Cincuenta de los grandes"), tan llenos de la sordidez y el heroísmo
de las corridas y el box. Todas ellas son historias buenas y filosas, a la vez
que rápidas, tersas y vigorosas. De no haberse traído a cuento los espíritus de
Chéjov, Mérimée y Maupassant, sin duda que nos entusiasmaríamos. Según están
las cosas, se mira en rededor buscando algo, no se logra encontrarlo y así
volvemos a la tarea consuetudinaria y familiar de asen¬tar impresiones sobre el
mostrador, preguntándonos ¿qué anda mal?
Por alguna razón, nos parece que el libro de cuen¬tos no profundiza o
promete tanto como la novela. Acaso por el uso excesivo del diálogo, porque de
seguro que resulta excesivo el uso que de él hace el señor Hemingway. Un
escritor siempre es cauto ante el diálogo porque éste ejerce una presión de lo
más violenta sobre la atención del lector, quien debe escuchar, ver, aportar el
tono y llenar el fondo con base en lo dicho por los personajes y sin ayuda del
autor. Por consiguiente, cuando se le permite hablar a personas ficticias,
habrá de ser porque tienen algo que decir de tal importancia, que estimula al
lec¬tor a hacer mucho más de lo que le corresponde en el proceso de creación.
Pero si bien el señor Hemingway nos mantiene sujetos constantemente al fuego
del diálogo, más de la mitad del tiempo su gente dice lo que el autor podría
decir con mucha economía. Al final nos inclinamos por gritar, junto con la
muchachilla de "Hills Like White Elephants" ("Colinas como
elefantes blancos"): "¿Me harías el favor y el favor y el favor y el
favor y el favor y el favor de ya no hablar?"
Probablemente esa superfluidad del diálogo desemboca en esa otra falta
que acecha siempre al escritor de cuentos: la falta de proporción. Un párrafo
de más y el pequeño velero queda ladeado, creando ese efecto de nebulosidad
que, cuando busca claridad y precisión, tan perplejo deja al lector. Y ambas
faltas, la tendencia a inundar la página con diálogos innecesarios y la
ausencia de foco, puntos inequívocos que nos per¬miten dominar la historia,
provienen de un hecho fundamental: aunque el señor Hemingway tiene una enorme y
brillante habilidad, permite que su destreza, como la capa del torero, se
interponga entre él y el hecho. Porque en verdad que la escritura de cuentos
tiene mucho en común con el toreo. Se puede torcer el yo como un sacacorchos y
permitirse todo tipo de contorsiones, para que el público piense que se está
corriendo todo tipo de riesgos y mostrando una ga¬llardía soberbia. Pero el
escritor verdadero se acerca al toro y permite que los cuernos -llámeselos
vida, ver¬dad, realidad, lo que se guste- le pasen cerca en cada ocasión.
Así, el señor Hemingway es valiente, es cándido, es sumamente
habilidoso, planta las palabras justo donde las desea, tiene momento de una
belleza des¬nuda y tensa, es moderno en sus modales pero no en su visión, es
viril de modo consciente, su talento se ha contraído en lugar de extenderse y,
comparados con la novela, sus cuentos son un tanto secos y estériles.
Así lo resumimos. Y así revelamos algunos de los pre¬juicios, de los
instintos y de las falacias de que está hecho eso que nos place llamar la
crítica.
FIN
