/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Mostrando entradas con la etiqueta Libros del 14001 al 15000. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros del 14001 al 15000. Mostrar todas las entradas

Libro N° 14916. Textos 1923-1946. Artaud, Antonin.


© Libro N° 14916. Textos 1923-1946. Artaud, Antonin. Emancipación. Marzo 14 de 2026

 

Título Original: © Textos 1923-1946. Antonin Artaud

 

Versión Original: © Textos 1923-1946. Antonin Artaud

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/textos-1923-1946/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de:  

https://ww3.lectulandia.co/book/textos-1923-1946/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

TEXTOS

1923-1946

Antonin Artaud


 

 

 

 

 

 

Textos 1923-1946

Antonin Artaud

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por lo común las cartas de un escritor adquieren sentido en relación con su obra; son un complemento que nos informa sobre lo originario, que sería la vida, la que luego se reflejaría «artísticamente» en las obras, espejo del alma, de la sociedad, etc. Este esquema no se puede aplicar a la correspondencia de Artaud. Deben existir pocos casos, en la historia de la literatura, donde la diferencia entre vida y obra haya sido reducida al mínimo hasta un grado tan extremo («si soy poeta o actor no es para escribir o declamar poesías, sino para vivirlas».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antonin Artaud

 

Textos 1923-1946

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 07-03-2026



 

 

Antonin Artaud, 1976

 

Traducción: Hugo Acevedo

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA

 

 

 

 

 

Las cartas de Artaud fueron traducidas de las Oeuvres completes (tomos publicados I - IX), con excepción de las cartas a Génica Athanasiou, tomadas de Lettres a Génica Athanasiou, la carta sobre Lautréamont de Les Cahiers du Sud, n.º 275, y la carta sobre Nerval de Tel Quel, n.º 22.



 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTONIN ARTAUD

 

«No sé nada, o más bien sé, y quizá sea muy

 

peligroso decirlo, que no es el sentido quien crea

 

las palabras, sino éstas a aquél».

 

Artaud

 

 

 

 

Por lo común las cartas de un escritor adquieren sentido en relación con su obra; son un complemento que nos informa sobre lo originario, que sería la vida, la que luego se reflejaría «artísticamente» en las obras, espejo del alma, de la sociedad, etc. Este esquema no se puede aplicar a la correspondencia de Artaud. Deben existir pocos casos, en la historia de la literatura, donde la diferencia entre vida y obra haya sido reducida al mínimo hasta un grado tan extremo («si soy poeta o actor no es para escribir o declamar poesías, sino para vivirlas»[1]). El conjunto de escritos a los que, provisionalmente, llamamos su obra, no es esa especie de excrecencia que por lo general es la obra en relación con la vida de un escritor, de tal manera que lo vivido aparece como lo primario y lo escrito como una copia de eso original que es la vida. Lo que se sutura es la diferencia vida/obra, y, en cuanto a la obra, la división que de antemano la somete a un a-priori histórico: los géneros. La serie de escritos a los que denominamos «correspondencia» son parte de una obra única que rechaza esencialmente su inclusión dentro de esos compartimientos (géneros) en que se divide la escritura para someter su fuerza negativa a la lógica del sistema. La obra (de) Artaud —el paréntesis afirma la radical desposesión de la obra, o, en otras palabras, la inexistencia del autor como dueño[2] del sentido, vale decir de ese hombre que tiene presente en su espíritu la obra antes de que sea escrita, antes del texto— sólo puede ser incluida dentro de las categorías de la perceptiva literaria mediante la violencia. Esto, que en realidad ocurre en mayor o menor medida con toda obra, en Artaud se exacerba hasta el límite. Sus primeras cartas a Jacques Rivière (quien había rechazado los poemas de Artaud, pero que, no obstante, se dio cuenta del valor de las cartas que éste le enviaba para explicarle su pensamiento, es decir, para destruir su poesía[3]) se convirtieron en su primera obra «poética». Hay aquí una extraña metamorfosis que rompe, furtivamente, la red categorial conque una sociedad accede a un acto que es la exclusión, la oclusión, de dichas categorías: mediante un desplazamiento esencial una ideología despoja de su fuerza subversiva el acto de escritura sometiéndolo a un aparato conceptual que se pretende omnímodo. La metamorfosis que se produce entre las cartas y los poemas, situados entre los polos Artaud-Rivière, significa, de una manera aún no explícita, el trastocamiento de todo un sistema lógico («yo, poeta, escucho voces que no pertenecen al mundo de las ideas. / Pues donde estoy ya no hay nada que pensar.»[4]). Lo que se pone de manifiesto es la unidad entre una vida y una obra, es el hecho, simple, pero de una fuerza primordial, de que Artaud no tiene una vida separada de su obra. A partir de este reconocimiento ambas categorías se descomponen mostrando al vivo el funcionamiento del sistema. Funcionamiento que insiste separando, a todos los niveles, la presencia y la representación, lo originario y lo secundario, la voz y la escritura, la vida y la obra. Esta identidad manifiesta hace de la vida de Artaud el desenvolvimiento sin fisuras de una especie de diamante orgánico. Su palabra no cambia: desde la esquela más breve hasta sus textos fundamentales están marcados por el jadeo del animal que se sacrifica, a sí mismo, pues su evidencia es de tal género que sólo llevando su propio cuerpo hasta el cadalso dejará a un lado la ejemplificación, la representación/ teatro de la crueldad/. Su primera palabra es su última palabra, y su última palabra se enlaza con la primera cerrando así una escritura esencialmente ética, profética, que padece como una condena, pero también como un imperativo de rebelión, la fractura de nuestra sociedad. En Artaud no hay vacilaciones: desde el comienzo sabe que hay que destruir esta sociedad porque es la causa de que el hombre viva cortado en miles de pedazos; hay que rebelarse y destruirla para que el hombre pueda re-hacer su cuerpo, vale decir el mundo[5]. Esta extrema claridad sobre el origen social de su mal, de él, Antonin Artaud, y de todos los demás hombres de nuestra sociedad, proviene del hecho de haber padecido el mal en la carne. La angustia es una forma de su sufrimiento carnal y no un acto puro del espíritu. Su dolor, que lo tiene atenazado desde la niñez, es primero un dolor en el cuerpo, producido por una sociedad que para vivir necesita castrar, enloquecer a los hombres, una sociedad que es una máquina de locura, de inversión de signos, pero disfrazada de «normalidad», de «bien», de «salud». Por eso contra ella se levanta la enfermedad, la perversión, la putrefacción, la poesía fecal, obscena, de Artaud, en una palabra, el mal, la revolución. Lo esencial del escrito artaudniano es la ascesis textual de un mundo sin dobles donde la escritura es acción y no una referencia a la acción. La propuesta de Artaud es la de una ética, la de un mundo no desdoblado (materialismo).

 

Jacques Derrida ha señalado el peligro de confusión que entraña querer convertir a Artaud en un ejemplo de algo, en querer utilizarlo para demostrar algo, pues en este caso «la aventura total de Artaud sólo sería el índice de una estructura trascendental». Esta utilización, al escindirlo, separando su mensaje como presencia plena (en su «alma» o «espíritu», palabras, ambas, que suscitan su odio más profundo, hasta el punto de revisar su obra, en 1945, para extirpar de ella toda huella de religiosidad[6]) y su escrito, o, su vida y su escrito, suprime la fuerza transgresora de su obra y lo incorpora a la historia de la literatura (en el sentido de excrecencia en relación a la presencia plena): por eso Derrida sostiene que «su aventura es la protesta como tal contra la ejemplificación como tal». Se trata, agrega, «antes de la locura y de la obra, del sentido de un arte que no da lugar a obras, de la existencia de un artista que no es la voz o la experiencia que dan acceso a otra cosa que a ellas mismas, de un habla que es un cuerpo, de un cuerpo que es un teatro, de un teatro que es un texto porque no está sometido a una escritura más antigua, a cierto archi-texto o archi-habla». Para usar a Artaud como ejemplo hay que desposeerlo, deslizarlo hacia afuera, a lo inofensivo, es decir, «leerlo». Pero lo que se plantea es la realización de un giro copernicano en la lectura (en realidad el movimiento total de la revolución consiste en la destrucción de la estructura material de la obra sometida a la linearidad sentido-creador-obra-lector, o, en otro nivel, capitalista-obrero-mercancía-consumidor). La lectura ya no consiste en la recepción de un mensaje, ha roto la distancia que la separaba de la obra y al convertirse en una lectura sin diferencia se transforma en una escritura; si leer no es leer a distancia, una cosa exterior, ajena, que está allí, sino leerse, entonces los presupuestos tanto de la lectura como de la escritura se modifican substancialmente. La lectura no es lectura de un texto que nos remite a otra cosa mediante la representación —la mimesis—; no es lectura de un texto que nos transmite una experiencia ocurrida en otro lugar, sino que el texto es la experiencia y tanto escribir como leer es experimentar esa experiencia, no remitirnos a ella sino vivirla originariamente. Leer es abrirse a ser trascendido, corroído, muerto y engendrado nuevamente por la violencia de un texto intransferible que, de hecho, rechaza todo sometimiento previo, que no nos habla de otra cosa sino que es lo hablado y esa otra cosa: la palabra «mar», o cualquier otra inserta en la escritura «poética», no nos remite a su concepto o a su referente sino a la totalidad del significante, su fuerza está en ese hueco que abre en el lenguaje cotidiano, que-sirve-para-informar, haciéndonos penetrar en lo indiviso y no en la duplicación, en lo originario sin origen. Si la palabra remite a otra cosa, entonces decae, se castra. Una lectura sin remisión es, así el peligro en su esencia, como toda lectura no sometida. En lugar de dominar el texto, recurriendo a los esquemas lógicos del sistema, a ese leer-a-distancia, conservando las prerrogativas de un sujeto hecho por el sistema a su imagen y semejanza, o, lo que es igual, a una lectura como diversión, como signo que al remitirnos a otra cosa nos deja indemnes, vale decir que salvaguarda nuestra propiedad, nuestra intimidad, el verdadero lector se convierte en el escritor del texto, lo cual acarrea el derrumbe de los soportes ontológicos de la obra /del capital/. No sólo la obra fue dominada por la retórica al pasarla por la criba de sus «formas», sino que, al objetivarla, alejándola, diferenciándola, poniéndola a distancia como cosa —cosificándola—, mediante un corte de ser, como se pone a un tigre en una jaula, deja de amenazar al «sujeto», a ese sujeto propietario, fuente del sentido, bastión último de la metafísica del sistema. Abrirse a la lectura (lectura/escritura) es ponerse en disponibilidad de transgredir, de destruir el sistema de dominación dentro del que vivimos. La lectura como diversión (como diverso y divertido) nos «informa de algo», en este caso de ciertas experiencias vividas por un tal Antonin Artaud y que, en esencia, sólo le pertenecen a él, quien las vivió, mientras que para nosotros sólo son una ilustración que nos sirve para confirmar nuestro propio mundo escindido. La otra lectura es la lectura de nosotros mismos («cuando escribo no hay otra cosa sino lo que escribo» Rodez, 1946). Por lo tanto no puede haber «interpretación» porque no hay nada que interpretar (toda interpretación es una reducción a otra cosa). El texto original («lo que escribo») excede toda interpretación, es mucho más poderoso, no sigue los meandros de una demostración sino que aparece en bloque, es el acto sin remisión; el comentario lo media, lo explica: no leemos lo que Artaud dijo sino también lo que quiso decir, pero para leer lo que quiso decir y no sólo lo que dijo hay que acomodar lo que realmente dijo, perfilarlo, y, en última instancia, lo que quiso decir es algo que, de hecho, no dijo (porque él sólo dijo lo que dijo) pero que sí dice quien lo toma como ejemplo. Para servir de ejemplo, para que haya algo que quiso decir, hay que partir el mundo, aceptar el juego de la metafísica[7]. De las interpretaciones, por lo general, no surge el Artaud revolucionario. El elevado grado de abstracción de toda hermenéutica decapita su dolorosa e implacable rebelión: al hacerlo entrar en un discurso se lo somete, de hecho, a la metafísica del Discurso. No se trata de sostener que el texto-Artaud demuestra algo, se trata de que la acción (de) Artaud, su texto, es material, revolucionario: la diferencia tiene sangre y entre los coágulos está el objeto de la locura. El peligro de deslizamiento que acecha todo «comentario», proviene de un lenguaje que constituye el enrejillado fundamental de dominio del sistema de la propiedad: los posesivos son la barrera principal que la metafísica ha levantado contra todos les intentos de transgresión, de allí, a veces, la necesidad de suspender mediante un paréntesis la partícula posesiva y abrir un nuevo espacio, el vacío que se abro en la coherencia del logos cuando desaparece su categoría maestra: autor/dueño.

 

Hablamos de la rebelión de Artaud, pero ¿contra quién, contra qué es esa rebelión cuyos alaridos conmueven nuestro siglo? Sobre esto no cabe ninguna duda: su rebelión es contra la sociedad burguesa. Sólo quienes lo quieren convertir en un hecho «estético» pueden tratar de ocultar esta pertenencia plena de Artaud a la revolución, y, en este caso, convertirlo en un «poeta», un «actor», en otras palabras, un «espíritu». Nosotros, por el contrario, decimos que Artaud sólo puede pensarse en la revolución. No se trata de adaptar su pensamiento, sus textos, sino de atenerse a la letra estricta, a la ferocidad estricta de su letra. Y esto debe ser dicho sin atenuantes. Desde el comienzo hasta el fin Artaud habla con odio de la sociedad burguesa y la señala como causa de la escisión (Artaud, en primer lugar, vive, padece, el desgarramiento, la ruptura que esta sociedad ha introducido en el hombre al separarlo de su materialidad, al convertirlo en «espíritu»), y la revolución es revolución contra la sociedad burguesa, es reconquista de la unidad. Si hay un centro en la obra de Artaud, éste está en su odio a la burguesía y en la propuesta de su destrucción; si hay una continuidad esta es su exigencia de una revolución «total». Tiene razón J. Derrida cuando se refiere a la «afirmación revolucionaria» de Artaud, y agrega: «Revolucionaria en un sentido pleno, y, en particular en el sentido político. Todo El teatro y su doble podría leerse… como un manifiesto político». Aquí debemos distinguir dos cosas: Artaud, como hombre es revolucionario (en un sentido general, teórico, podríamos decir) y su acción revolucionaria específica son sus textos. El texto de Artaud es revolucionario no por su «propuesta» revolucionaria sino por la subversión liberadora que produce en el orden de la «literatura». Incluso aunque nunca hubiera hablado de revolución, aunque no se supiese nada de su persona, de su vida, ese texto que está allí y que a causa de nuestra pertenencia al sistema metafísico llamamos de Artaud, sería revolucionario. No es la palabra revolución la que lo instituye como revolucionario.

 

La primera condición para esto es que no haya una cisura en su vida y obra. La consecuencia, en apariencia contradictoria, es el carácter ético de la obra artaudniana (muchas veces se ha pensado que la negación de la representatividad mimética del texto, la autonomía —relativa— o particular de lo literario, implicaban su impotencia como acción, pero la verdad es que desatan su tremenda fuerza subversiva): «Junto con la revolución social y económica indispensables, esperamos todos una revolución de la conciencia que nos permitirá curar la vida». El subrayado de Artaud muestra claramente su materialismo revolucionario: no se trata de afirmar la necesidad de transformar al hombre manteniendo las bases económico-sociales de su explotación, sino de la «indispensable» transformación económica y social de la sociedad como posibilidad de transformar al hombre; tampoco se trata de transformar las bases económicas y creer que esa es LA revolución: «Las fuerzas revolucionarias de un movimiento son aquellas capaces de desequilibrar el funcionamiento actual de las cosas, de cambiar el ángulo de la realidad». Pero detrás de la idea de revolución está la idea de unidad: la revolución es la unidad en acto. La sociedad capitalista («el mundo capitalista moderno, donde el dinero está por encima…» Artaud) escinde al hombre, le arrebata el producto de su trabajo y con él le arrebata como demostró Marx, al otro hombre: esa doble alienación, que no tiene nada que ver con la alienación de la conciencia hegeliana, es producto de una situación concreta, material, y es esta situación la que debe subvertirse («el teatro que quiero hacer supone, para ser posible… otra forma de civilización»). Unidad — pérdida de la unidad (capitalismo)— recuperación de la unidad (comunismo): tal sería la linearidad del proyecto revolucionario de Artaud.

Para Artaud, sin embargo, la revolución no consiste en un mero traspaso de poderes sino en la destrucción completa de esta sociedad. No se trata de que el poder esté en manos de los burgueses o de los proletarios, si estos no destruyen a la sociedad burguesa. Artaud dice: la transformación económica de la sociedad es «indispensable», pero no es todo; de lo que se trata es de «la destrucción de la conciencia individual», y esta idea «representa una alta idea de cultura, y de esta profunda idea de cultura deriva toda una nueva forma de civilización», y esta conclusión que es la raíz de su pensamiento revolucionario: «No sentirse vivir como individuo equivale a escapar de esa forma temible de capitalismo que yo llamo capitalismo de la conciencia». Estas frases comienzan a ser legibles actualmente. Uno de los temas claves de la desconstrucción en curso, es el de la desconstrucción/destrucción de esa conciencia «capitalista», «dueña del sentido», ego, yo, alma opuesta al cuerpo, y toda la serie dicotómica de la metafísica occidental. Una sociedad es un funcionamiento que domina todo, un monstruoso atenazamiento de la producción y de los gestos, de la gramática y las costumbres, de la pasión y el lenguaje. La metafísica — llamemos así a este funcionamiento— no es sólo abstracta (teórica) sino estructurante: es el mismo funcionamiento el que actúa a nivel teórico-ideológico y al nivel de la producción económica, del arte, de la moral, de la política. La escisión del hombre, que se produce en todos los niveles, es la máxima fuerza de clausura del sistema. Las únicas fisuras son las experiencias límites: la poesía, el erotismo, la lucha revolucionaria. La «astucia» de la razón es la astucia de ese funcionamiento global que domina todo, hasta lo que encierra y castiga. La astucia del sistema consiste en actuar de tal manera que cuando sus enemigos levantan lo que creen la victoria, en realidad estén levantando al mismo sistema con un nuevo rostro. Los revolucionarios pueden tomar el poder y nacionalizar la economía, pero el funcionamiento del sistema burgués (llamadas con distintos nombres sus categorías fundamentales) puede seguir funcionando sin modificaciones: subsiste la propiedad, la educación, la fábrica, el estado, la ética, el arte burgués, con la diferencia de que ahora se llaman socialista. El «revolucionar la conciencia» de Artaud implica revolucionar este funcionamiento del sistema burgués-capitalista.

 

No se trata de querer convertir a Artaud en un revolucionario a pesar suyo, sino de señalar la constancia de una revolución-total-en-acto vivida por Artaud. Desde sus cartas surrealistas (al Papa, al Dalai Lama, a los



 

 

 

Página 11



rectores de las Universidades europeas) hasta sus últimos poemas, no deja de llamar a la acción contra el sistema burgués. La primera parte de Para terminar con el juicio de Dios —uno de sus últimos poemas— es un extenso apostrofe contra el imperialismo norteamericano. Y no se trata de los apóstrofes de un «lírico», de un «poeta», sino de una conciencia que en el extremo aullante de su lucidez llama a los hombres a luchar, por su liberación absoluta, incluso por la liberación del «yo», última forma de servidumbre, germen de todas las putrefacciones y descomposiciones. A los norteamericanos los acusa de preparar la guerra: «Pues cada vez más los americanos encuentran/que carecen de brazos y de niños/vale decir no de obreros /sino de soldados/y quieren a la fuerza y por todos los medios posibles hacer y fabricar soldados con miras a todas las guerras planetarias que ulteriormente podrían tener lugar/y que estarían destinadas a demostrar mediante las virtudes aplastantes de la fuerza/la sobreexcelencia de los productos americanos y de los frutos del sudor americano sobre todos los campos de actividad y del dinamismo posible de la fuerza». «Basta de frutos, basta de árboles, basta de plantas farmacéuticas o no y, en consecuencia, basta de alimentos,/pero productos sintéticos hasta la saciedad… /pero productos sintéticos hasta la saciedad,/en los vapores, /en los humores especiales de la atmósfera, sobre ejes particulares de las atmósferas sacados por la fuerza y por síntesis a las resistencias de una naturaleza que de la guerra nunca ha conocido otra cosa que el miedo./ Y viva la guerra, ¿no es verdad? /Pues, al hacer esto, ¿acaso no es la guerra lo que los americanos han preparado y preparan paso a paso? Para defender esa fabricación insensata contra todas las competencias que no podrían dejar de elevarse desde todas partes,/son necesarios soldados, ejércitos, aviones, acorazados/». En 1947, en respuesta a una invitación de Breton, se niega a escribir un texto para una exposición surrealista argumentando que «es una galería capitalista, dónele se venden muy caro cuadros que ya no son pintura sino valores mercantiles, valores, llamados VALORES, y que son en el mundo todo lo que en tanto que objeto se llama VALOR, esas especies de grandes papeles impresos con colores variados y que sobre un simple papel representan (oh milagro) el contenido de una mina, de un campo, de un pozo, de un sedimento, de una empresa, de una exploración, en la que el posesor, el propietario, el capitalista, quien la posee, no ha participado, ni con la ruptura de una uña, mientras millones de obreros han explotado, IGUAL QUE EL OBJETO,



 

 

 

Página 12



para que el llamado espíritu pueda gozar cómodamente del trabajo material del cuerpo». Y luego, también a Breton, este verdadero apóstrofe: «Hubiera sido necesario decirle a la gente que usted estaba de más allí, y que yo estaba de más al estar frente suyo, en ese lugar, como una especie de orador híbrido; en una calle, frente a una barricada, yo no estaría de más, y, por otra parte, poco o mucho, todos ustedes son culpables de la petrificación de las instituciones actuales pues todos tienen algo que guardar, que conservar o salvar». Estas cartas son de 1947. En el mismo año, en el Vieux-Colombier, decía: «Me doy cuenta de que ya no es hora de reunir a la gente en un anfiteatro, incluso para decirle verdades, y que con la sociedad y su público ya no hay otro lenguaje que el de las bombas y las metralletas y todo lo que sigue».

 

Si tenemos una idea unívoca de la revolución, si pensamos que la revolución es sólo la lucha política por la toma del poder y, después de tomado el poder, la nacionalización de la economía, etc. Si consideramos que todo lo demás está al servicio de la lucha política como tal, entonces la «literatura» sólo puede considerarse revolucionaria por su remisión a otra cosa: su carácter revolucionario le viene desde afuera, por delegación, por representación. Esta idea implica una concepción homogénea, metafísica, de la sociedad. La metafísica se estructura alrededor de la idea de presencia, de sentido y de representación: en el vértice, como dueño del sentido, como presencia plena del sentido. Dios (en su lugar, porque se trata de lugar, puede estar el Partido, o el Autor —poeta-pintor-novelista —: para el funcionamiento del sistema, como por lo demás para toda estructura, no interesa tanto el nombre que se le da al lugar como la existencia de ese lugar, de ese centro dentro de un sistema de relaciones); los sacerdotes (los militantes, los textos) como transmisores, meros instrumentos del sentido; en la base la grey, las masas, los lectores. Si esta linearidad fuese cierta, la linearidad de la revolución sería manifiesta. Pero lo que se cuestiona es este esquema. Todo pensamiento y toda acción revolucionaria es la negación, la destrucción, de este sistema. La destrucción se produce a distintos niveles; la lucha revolucionaria reconoce un cuerpo heterogéneo, niveles sometidos a distintas legalidades, a distintas temporalidades. La revolución económica es «indispensable», dice Artaud, pero no es todo, no es LA revolución. Esto no implica sostener que la especificad (relativa) de los niveles lleve, en el campo del arte, a la teoría del arte por él arte. Al contrario, la especificidad del



 

 

 

Página 13



espacio literario desata la escritura, la lleva a su máxima violencia destructora: la revolución se da en el texto cuando el texto no está al servicio de otra cosa, ya sea dios o un partido político. Es en el texto donde una clase social lucha contra el sistema en el orden de la literatura. Una sociedad; salvo sus minorías explotadoras, lucha por liberarse de una forma social que la escinde, la mantiene en la explotación, la extermina; pero su lucha es compleja, es una lucha que se desarrolla en todos los niveles posibles: no es un escritor /Artaud/ quien escribe, es una sociedad la que atraviesa la mano del escritor y desata en el espacio textual, sólo allí puede ser llamada revolucionaria esa escritura. Se me puede objetar que dichas «revoluciones» literarias (revoluciones del lenguaje, del mundo simbólico) son fácilmente absorbidas por él sistema (el caso de Artaud, que ha pasado a la categoría de escritor de «moda», «maldito», etc., podría servir de ejemplo). Esto no es cierto, no sólo por el argumento fácil de que también las revoluciones políticas y económicas pueden ser reabsorbidas por el sistema (la Unión Soviética sería un caso típico: con un Partido, un Estado, un Ejército, una Universidad, la Producción, etc. organizadas de la mejor forma burguesa), sino porque esos textos (pienso en Sade, en Lautréamont, en Mallarmé, en Artaud) exigen una lectura creadora, en caso contrario sólo se los puede leer como otra cosa, pero cuando se produce la lectura creadora, el lector-autor entra en un espacio al que, para señarlo, sólo tenemos la palabra revolución.

 

Una de las ideas fuerza que recorre todos los textos de Artaud es que la revolución reconstruye la unidad. La revolución es el movimiento total por medio del cual una sociedad escindida busca rehacer su unidad. Dice J. Derrida: «Artaud ha querido destruir una historia, la de la metafísica dualista que inspiraba más o menos subterráneamente los ensayos provocados más arriba /se trata de los ensayos de Foucault y de Blanchot, a los que comenta Derrida/: dualidad del alma y del cuerpo, sosteniendo, en secreto, es claro, la del habla y la existencia, del texto y del cuerpo, etc.». Artaud parte de su propia situación vivida al extremo del sufrimiento. La escisión que se abre en su carne es una grieta que atraviesa todo el cuerpo de una sociedad, su mal es un mal común, su lucha es una lucha común contra una sociedad que para existir necesita destrozar al hombre. Su argumento: el propio cuerpo contraído por el dolor, encerrado en un manicomio («no puedo aceptar que el poeta que soy haya sido encerrado en un asilo de alienados porque quería realizar al natural su



 

 

 

Página 14



poesía» O.C. IX, p. 194). La revolución tenía que ser, para él, no la repetición de lo mismo sino la transformación omnímoda del todo: «Se trata, por lo tanto, de una revolución,/ y todo el mundo reclama una revolución necesaria,/ pero no sé si muchos habrán pensado que esta revolución/ no será verdadera mientras no sea física y materialmente completa/ mientras no se dirija al hombre/ hacia el cuerpo del hombre/ y no se decida por último a pedirle que se cambie». La «metafísica dualista» (metafísica del sistema de propiedad) es rota por Artaud a partir del cuerpo. «No sostengo que el espíritu sea tan útil como el cuerpo; sostengo que no hay ni cuerpo ni espíritu, sino modalidades de una fuerza y acción únicas»; la raíz histórica de esta dualidad se encuentra, y Artaud lo reconoce así, en la división del trabajo: es la división del trabajo la que ha convertido a los hombres en «espíritu» (al encadenarlos al trabajo, pero al mismo tiempo despojándolos del trabajo). Pero esta división es el producto del sistema de propiedad que, en última instancia, funda la «metafísica dualista» de la que habla Derrida y contra la cual se insurge Artaud. Un lacerado en el cuerpo, un hambriento en el cuerpo, ¿qué puede decirle al espíritu sino MIERDA? Mierda el espíritu se titula, precisamente, uno de los más violentos poemas de Artaud, o cagada, o como se quiera, «en todas partes —dice— se entendió, después de no sé cuántos siglos de Kábalas, de hermetismo, de mistagogia, de platonismo y de psicurgía, que el cuerpo es hijo del espíritu, que es como la condensación, el conglomerado, o el montón mágico, y que no puede concebirse un cuerpo que no sea, al término de la ruta infusa, el resultado de cierto sombrío matrimonio del espíritu con su propia fuerza, el límite del trayecto elegido por el espíritu sobre su propia ruta… Como si no pudiera haber cuerpo si en alguna parte no hay espíritu, como si el estado llamado cuerpo, la cosa cuerpo, fuera por esencia y naturaleza inferior al estado espíritu, y proviniera del espíritu. Como si el cuerpo fuera el carruaje y el espíritu el caballo dirigido por otro espíritu llamado cochero. Como si el cuerpo fueran los obreros de una fábrica y el espíritu el patrón que concibe el trabajo en cadena de los obreros. Como si el cuerpo fuera los cuerpos de todos los soldados que se hacen matar bajo las órdenes de ese gran espíritu, el general que los hace matar. Como si fuera entendido por la vida que el cuerpo es esta materia sucia donde el espíritu toma sus baños de pie, cuando no los baños de sangre en la guerra, tomados por un capuchino calzado con botas a las cuales el espíritu sólo tiene que abrochar… ¿Por qué el cuerpo vendría del



 

 

 

Página 15



espíritu y no el espíritu del cuerpo? ¿Por qué el espíritu tendría los valores de los cuales el cuerpo no sería sino el hábito de miseria, la materia de encarnación?» Artaud se caga en Platón, en Sócrates, en Kant, en Descartes, los teóricos de la mistificación: «pues puede darse vuelta el problema y decir que el espíritu no hubiera existido, ni sus valores ni sus datos, si el cuerpo no hubiera estado allí, si no hubiera sido quien, al menos, los ha traspirado… Pues ¿qué son las ideas, los datos, los valores y la cualidad? Términos sin vida que sólo adquieren materia cuando el cuerpo lo ha traspirado… Sin un trabajo realizado un día por el cuerpo jamás hubiera nacido una idea…». En Fragmentaciones dice: «No hay adentro, no hay espíritu, afuera o conciencia, nada más que el cuerpo tal como se lo ve, un cuerpo que no deja de ser, ni siquiera cuando cae el ojo que lo ve». Y en el Van Gogh (p. 60): «Frente a una humanidad de monos cebados y perros mojados, la pintura de Van Gogh será la de un tiempo donde no hubo alma, ni espíritu, ni conciencia, ni pensamiento, tan sólo elementos primeros alternativamente encadenados y desencadenados». Artaud sabe que el «espíritu» (o el yo, el ego, la conciencia o, en una palabra, el alma) es el elemento básico fundamental de toda la cadena significante de la metafísica. Mientras exista el espíritu (el «yo») existirá la religión, no se puede negar a dios sin negar el «yo»: el yo, de manera explícita o implícita, siempre prefigura una substancia, un algo más agregado al cuerpo, una especie de comando interior que sería quien piensa, habla, imagina, al margen del pensar, del hablar y el imaginar; un hombre que adentro del hombre —como un homúnculo— sería el verdadero hombre, pero que a su vez necesitaría otro verdadero hombre, etc. Sin la crítica de este «yo» (sujeto/alma/espíritu), vale decir, sin la supresión de este pequeño propietario del sentido, la sobrevivencia del sistema está asegurada. Artaud dice —repetimos—: «No sentirse vivir como individuo equivale a escapar de esa forma temible de capitalismo que yo llamo capitalismo de conciencia». La conciencia es una «capitalista» en la medida en que se apodera del cuerpo. Está clara la interrelación de los niveles, el imperio de un esquematismo no trascendental sino histórico, pero constituyente: el yo implica el alma, y, por consiguiente, dios; a partir de allí, de ese lugar llamado dios (y que, como dijimos, aun cuando se niegue su existencia, sigue actuando si se conserva su lugar dentro del mecanismo del sistema, lugar que puede recibir diversos nombres) se precipita la cadena significante que estructura



 

 

 

Página 16



el sistema: presencia, representación… El espíritu que domina el cuerpo se dice que domina la materia, es el capitalista que domina al obrero, es el pintor que domina la pintura, es el escritor que domina el escrito (domina: lo tiene presente en sí antes de escribirlo, como si lo escrito preexistiera al acto de escribirse, como si estuviera como presencia y sentido, antes de ser escrito, en la cabeza del escritor): el espíritu-dios-capitalista-autor-dirigente, todos ellos considerados como origen del sentido, como lugares donde el sentido existe como presencia plena antes de degradarse en una obra, le chupan la energía al cuerpo-hombre-materia, porque el cuerpo ha sido sometido, se ha convertido en un siervo del espíritu, que a su vez es un siervo de dios (sumo espíritu: espíritu santo): la historia no puede ser así, sino historia del espíritu. Pero si al margen del pensamiento, del lenguaje (como escritura) no hubiera alguien que es quien habla, ¿qué nos quedaría? Desaparecería el hombre como substancia («no sentirse vivir como individuo»), quedaría el pensamiento, las palabras («no es el sentido quien crea las palabras sino éstas, a aquel»)…

 

Hay que re-hacer el cuerpo, dice Artaud. El cuerpo /la materialidad/ debe apropiarse del pensamiento: el pensamiento desligado, cortado, separado /metafísica/ debe volver al cuerpo. La voluntad artaudniana de re-hacer el cuerpo implica una voluntad de re-hacer el todo. El primer gesto es la emasculación voluntaria /la temática de la castración —¿no es, acaso, uno de los temas fundamentales de la articulación de la psiquis?— se extiende desde el principio hasta el fin de su obra/. No se trata de oponer el cuerpo al espíritu (lo que equivaldría a mantenerse en el mismo espacio), sino que la lucha contra el espíritu es también una lucha contra el cuerpo hecho, vale decir pervertido por el espíritu, por la propiedad. Conviene señalar la similitud con el planteo del «joven» Marx: «todos los sentidos físicos e intelectuales han sido substituidos por la simple enajenación de todos estos sentidos: el sentido del tener». Destrozar el cuerpo y re-hacerlo; destrozar el lenguaje y re-hacerlo: el grito es lo más acá o más allá de la palabra, la unidad sin diferencia. El grito: el silencio. El habla —incluso considerada como archi-escritura— es el espaciamiento del grito: esa sombría puntuación que es el hombre elevándose sobre la pirámide silenciosa del grito. El grito /la respiración, el llanto, el suspiro, el ronquido del orgasmo y la muerte, son «modulaciones» de esa masa, única, continua, de sonidos/ es esa inspiración-expiración cósmica, material, amorfa, que desde el primer balido hasta el último estertor trazan



 

 

 

Página 17



la huella sin sentido de una existencia en fuga, semejante a la baba que deja un gusano sobre la tierra. Cuando Artaud aúlla en el Vieux-Colombier hace una señal explícita, pero que no es inteligible con las categorías de la vieja lógica, y sí lo es con la lógica de la disolución de los límites, de la erosión, de los desprendimientos. Su texto de la crueldad, sus palabras «inventadas» —o reche modo to edire de za tau dari do padera coco— de la última época, su odio a la representación, se inscriben dentro de la modulación del grito, el cual está fuera de la dicotomía sujeto/objeto. Podemos decir que Artaud es, a nivel de reacción viva, de herida reciente, el rechazo de la alienación: en realidad toda la temática —hegeliana— de la alienación es dejada de lado, no hay ningún espíritu que pueda alienarse, ningún hombre cuyo espíritu o alma puedan alienarse, hay una materialidad, un «conjunto de relaciones sociales» que deben ser hechas de nuevo: re-hacer el cuerpo es re-hacer el mundo, perder los órganos/de la propiedad, de la apropiación/ para rehacer un cuerpo sin órganos, sin propiedad.

 

La revolución, para ser «física y materialmente completa» debe pedirle al hombre que «se cambie». Este cambio está lleno de mediaciones: el cuerpo está enfermo porque vivimos en un mundo enfermo «que no quiere que el cuerpo humano sea cambiado», y ninguna revolución será posible, política o moral, mientras el hombre esté dominado por quienes «se ríen tanto de las revoluciones como de las guerras / seguros de que el orden anatómico sobre el que está basada tanto la existencia como la duración de la sociedad actual no será cambiado». Sin una «revolución fisiológica total» —nos dice— «nada podrá ser cambiado». En este análisis del cuerpo escindido y vuelto a hacer, no podemos referirnos al problema de la superficie y de lo corporal-carnal (o profundidad), problema tratado por G. Deleuze en relación a L. Carol y A. Artaud. Cuando Artaud exige re-hacer el cuerpo («Sin boca Sin lengua Sin dientes Sin laringe Sin esófago Sin estómago Sin vientre Sin ano yo reconstruiré el hombre que soy») en realidad remite, circularmente, desde lo patológico a lo poético, desde lo individual a lo social: la necesidad cerrada de reconstruir al esquizoide se trasmuta en la necesidad abierta de reconstruir la sociedad: la revolución es un hombre con nuevos órganos, hechos de nuevo. Pareciera que Deleuze se atiene demasiado a lo propiamente clínico del tema, a su reducción esquizofrénica, pero Artaud transfiere su experiencia /su vida/ a su concepción total: el cuerpo sin órganos emerge de la experiencia



 

 

 

Página 18



esquizofrénica pero se inscribe en su proyecto revolucionario total : la revolución es el cuerpo re-hecho, el cuerpo que se vuelve a hacer sin órganos, porque los órganos son órganos no-inocentes, son los órganos de la apropiación: el cuerpo sin órganos escapa hasta en la carne a la apropiación: la esquizofrenia es una contraenfermedad, una respuesta furiosa, un golpe espléndido a la enfermedad de la enajenación social, es la respuesta del individuo a la locura de la normalidad-social. Al hablar de cuerpo sin órgano, Artaud «socializa», si cabe la expresión, la esquizofrenia como contra-enfermedad: a la enfermedad social capitalista, a la neurosis colectiva, no le opone la esquizofrenia individual sino la esquizofrenia social, total: la revolución. No hay que escandalizarse, frente a la «normalidad» del capitalismo la revolución no puede dejar de ser lo anormal, lo enfermo, el mal…[8].

 

El teatro, lo que Artaud llama el «teatro de la crueldad», es «el estado, el lugar, el punto, donde agarrar la anatomía humana y con ella curar y gobernar la vida». Es imposible pensar el «teatro» de Artaud a partir de lo que comúnmente se entiende por teatro: una re-presentación. El teatro de la crueldad es, precisamente, la negación del teatro como representación («no se representa /se actúa/ en realidad el teatro es la génesis de la creación», carta de Artaud a Paule Thevenin, escrita pocos días antes de su muerte), por eso puede decir que «el teatro todavía no ha comenzado a existir», y que él, A. Artaud, es el enemigo del teatro. En Pour en finir avec le jugement de Dieu (p. 60) dice: «Nada hay que abomine tanto como esta idea de espectáculo o de representación». Por lo tanto debe desplazarse el eje de la meditación. El teatro de la crueldad no se vincula al teatro, no se inscribe dentro de una historicidad propia al «género teatral», sino que se inscribe en el espacio abierto por la revolución total. El teatro de la crueldad es el acto revolucionario: «El verdadero teatro me ha resultado siempre el ejercicio de un acto peligroso y terrible, en donde se eliminan tanto la idea del teatro y del espectáculo como las de toda ciencia, toda religión y todo arte. El acto de que hablo está dirigido a la transformación orgánica y física verdadera del cuerpo humano» (El teatro y la ciencia), está dirigido al logro de esa «revolución definitiva e integral» de la que habla en el mismo texto. Es un contrasentido pensar a Artaud como un teórico del teatro, cuando en realidad fue el teórico de la destrucción del teatro. No tiene sentido criticar a Artaud, como hace Grotowski, desde el punto de vista del teatro. Esto no quiere decir que el



 

 

 

Página 19



nudo donde se articula la vida y obra de Artaud no sea el teatro: podríamos decir el cuerno o la sociedad, pero una sociedad-cuerpo-teatro a la que se debe re-hacer. La discusión sobre la prioridad de la poesía (según Blanchot El teatro y su doble «no es sino un arte poética») o del teatro («Sólo el teatro es el arte total…» Derrida) como núcleos centrales de la obra de Artaud, nos parece que queda presa de una antinomia que es lo negado, precisamente, por la obra de Artaud: «Y ahora voy a decir algo que sorprenderá a mucha gente. Yo soy el enemigo del teatro. Siempre lo fui. Mientras más amo el teatro, más soy, por esta causa, su enemigo». Un teatro sin texto, sin actores, sin espectadores, sin repetición, ¿es un «teatro» o un espacio, en este caso el espacio de la revolución, el espacio sin referente, sin remisión porque no remite a nada sino a sí mismo, originario pero sin origen? Hay una frase de Althusser que sin mencionarlo, en otro contexto, habla del teatro de la crueldad: «En todos los casos las distinciones corrientes del afuera y del adentro desaparecen, así como la ligazón “íntima” de los fenómenos opuesta a su desorden visible: estamos frente a otra imagen, de un concepto casi nuevo, definitivamente liberados de las antinomias empiristas de la subjetividad fenomenal y de la interioridad esencial, frente a un sistema objetivo, reglado, en sus determinaciones más concretas, por las leyes de su montaje y de su maquinaria por las especificaciones de su concepto. Es entonces cuando debemos recordar ese término altamente sintomático de “Darstellung”, vincularlo con esta maquinaria y considerarlo literalmente como la existencia misma de esta maquinaria en sus efectos: la forma de existencia de esta “puesta en escena”, de este teatro que es, a la vez, su propia escena, su propio texto, sus propios actores, este teatro en el cual los espectadores no pueden ser… espectadores, porque son los actores forzados, agarrados por las construcciones de un texto y por los papeles de los cuales no pueden ser los autores puesto que es, por esencia, un teatro sin autor». Lo que Artaud ha descubierto es el «enigma» de la representación, y su respuesta es la revolución: un trastocamiento radical en el orden de lo representado y de lo representante. Conviene citar a Nietzsche: «El hombre, presa de la excitación dionisíaca, lo mismo que la multitud orgiástica, no poseen un público a quien tengan algo que comunicar, en tanto que el narrador épico y el artista apolíneo en general suponen un oyente. Muy por el contrario, un rasgo esencial del arte dionisíaca es que no tiene en cuenta al oyente». Y estas palabras de



 

 

 

Página 20



Derrida: «Ya no hay espectador ni espectáculo; hay una fiesta (ver Artaud, El teatro y su doble trad. p. 60, O.D.B.). Todos los límites que surcan la teatralidad clásica (representado/representante, significado/significante, autor/director, actores/espectadores, escenario sala, texto/interpretación, etc.) eran prohibiciones ético-metafísicas, arrugas, muecas, rictus, síntomas de temor ante el peligro de la fiesta. En el espacio de la fiesta abierta por la trasgresión, la distancia de la representación no debía ya poder extenderse. La fiesta de la crueldad elimina las rampas y las barandas ante el “peligro absoluto” que “carece de fondo”»: y Artaud: «El teatro debe darnos todo cuanto pueda encontrarse en el amor, en el crimen, en la guerra, en la locura…»; agreguemos, para ampliar la red inter-textual, un texto de Bakhtine: «El carnaval es un espectáculo sin rampa y sin la separación en actores y espectadores. Todos sus participantes son activos, todos comunican en el acto carnavalesco. No se mira el carnaval, para ser exactos, no se lo representa, se lo vive, se pliega a sus leyes durante tanto tiempo como duren, llevando una existencia carnavalesca… Las leyes, las interdicciones, las restricciones que determinan la estructura, el buen desenvolvimiento de la vida normal (no carnavalesca) se suspenden durante el tiempo del carnaval…» (en La poétique de Dostoiewski, p. 169-170; todo el cap. IV, donde analiza el diálogo socrático, la menipea y el carnaval, parecieran hablar directamente —pero el libro es de 1929— del teatro de la crueldad).

 

Lo que Artaud descubre a propósito del teatro (vale decir la separación, la representación, la linearidad, etc.) es el «funcionamiento» de la sociedad. A partir ele este punto su extensión se vuelve masiva: la estructura teatral (que debe ser destruida en el teatro de la crueldad) posee la misma estructura que la novela, que la lógica, que el Estado, que la producción económica y, en última instancia, que el lenguaje. Por eso la revolución es «revolución total» y no simples transformaciones parciales; por eso el teatro deja de ser lugar de re-presentación y pasa a ser acción; por eso en Artaud irrumpe cada vez con más fuerza el grito. El grito es la unidad, lo que irrumpe es la unidad, un mundo, una sociedad, un cuerpo que no representa nada. El grito es la ruptura del lenguaje («escribo para analfabetos»). El lenguaje, la estructura del lenguaje, domina nuestra sociedad («nunca nos libraremos de dios pues todavía creemos en la gramática» Nietzsche). La división en clases sociales de las comunidades mal llamadas «primitivas», hizo del lenguaje un instrumento de



 

 

 

Página 21



extrañamiento, de dominio. La potencialidad divisoria, alienante, separadora, lineal, del lenguaje fonológico, culmina en la sociedad capitalista, donde el hombre está escindido de su instrumento de trabajo de una manera total, de su máquina-lengua, etc. Derrida reduce, en última instancia, la obra de Artaud al no verla como una revolución real, al no ubicarla en relación con esa revolución total, física, de Artaud. Derrida[9] hace el diagnóstico del mal de esta sociedad a un determinado nivel, pero Artaud propone una terapia: des-hacer al enfermo y hacerlo de nuevo: revolución. La obra de Artaud implica transgredir en arto, no sólo en teoría, la representación, la idea y la realidad estructuradas como representación. La revolución deja de ser así una promesa milenarista y pasa a ser un acto, deja de vivir como telos, como fin a alcanzar «algún día» y vive en el acontecimiento. La revolución existe en los revolucionarios, en un espacio, el espacio de la desposesión, el espacio del ser y no del tener, pero no del ser de la ontología sino el ser del acto, de la acción, de la falta de mediaciones, del juego. Es en este espacio del despojo absoluto (no sólo de los bienes materiales sino del yo, de ese infame andamiaje de la posesión o propiedad del sujeto, del alma, del hombre entendido como substancia) donde leemos a Artaud: es en el espacio que él abrió, no un espacio substancial sino el espacio de la escritura-grito, no un espacio al cual se llega y se permanece sino el espacio-acto: nada puede representar la acción, la poesía, el orgasmo. No sólo desposesión de los bienes materiales sino de ese supremo bien que es el «yo»-sujeto-espíritu-alma y, en consecuencia, dios. La muerte de dios es la muerte de esa substancia a la que llamamos espíritu; la muerte del hombre entendido como substancia/ espíritu/conciencia/yo, es la verdadera muerte de dios: no hace Falta dios cuando reina la materia, el cuerpo, el acto.

 

Óscar del Barco



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 22



 

 

 

 

 

A GENICA ATHANASIOU

 

[París,] 22 de octubre de 1923[10]

 

 

 

 

 

Querida, queridísima Génica:

 

Sólo puedo responderte esto:

 

Cuando se ama de verdad a alguien, se lo acepta íntegro, con sus vicios, sus defectos, sus miserias, y sin cansarse. Nunca consentiré en separarme de ti; NUNCA. En amor no hay regateos: todo o nada. Pero yo necesito todo. Ya que eres despiadada conmigo, ya que no consientes en darme tregua y no te decides a ser razonable, también yo seré cruel, y te diré: sufres; sea, continúa sufriendo. Pero yo sufro como un condenado; he superado todo sufrimiento, y sin embargo vivo y tengo paciencia, Ten paciencia también tú; haz como yo. No me das más que sinsabores. Tú tienes momentos agradables. Pero para mí ya no hay momentos agradables en esta vida. Cada segundo es una eternidad infernal, SIN SALIDA, sin esperanza. Es extraño, muy extraño que no te compadezcas de mi mal y que persistas, pese a todo, en quejarte de los medios que empleo para aliviarlo[11]. Respecto de las deducciones que haces sobre las consecuencias de este alivio, hace ya mucho que he renunciado a discutirlas. En este caso no se trata de medicina. Comprende de una vez por todas que considero perdida mi vida; cómo no va a estarlo cuando los dolores en que me deshago en llanto son tan espantosos, que ya mismo renunciaría a vivir con tal de librarme de ellos. Una sola hora de alivio no tiene precio para mí; todo lo demás no me importa. Escucha esto, además:

 

Acaso tenía buenas noticias para ti, pero el abatimiento infinito en que me ha hundido tu carta las ha hecho pasar al último término. He consultado en lo del doctor Toulouse a uno de sus médicos; considero que es una consulta muy importante. Se trata del neurólogo del servicio. Y no bien le describí las primeras sensaciones tuve al fin por primera vez la impresión de hallarme ante un hombre que capta la naturaleza especial de



 

 

 

Página 23



mi mal. Me formuló preguntas tan precisas, tan relacionadas con lo que siento, que comprendí que por fin veía algo. Y por lo demás, así que hubo auscultado mis reflejos, lanzó un grito, diciéndome: ¡Ah, he encontrado la clave del problema! Debo volver a verlo mañana para saber de qué se trata, pero por fin tengo una esperanza. Tranquilízate, pues. Esto debe arreglarse dentro de poco. Y escribí me una carta más reposada y amorosa. Quédate en Rumania lo más que puedas; será mejor para ti.

 

Con mis mejores pensamientos y todo mi cariño.

 

Antonin Artaud

 

 

 

Dos palabras más:

 

Realmente es necesario que estés muy enferma, que la soledad, la pena y la distancia te hayan trastornado, para ser capaz de escribirme semejante carta después de quince días de silencio y para que tales sean, después de este lapso, las primeras noticias que me das de ti. Eres una criminal por no sentir piedad de mi extravío, de mi dolor, de mi suplicio, y por añadir, encima, tus miserables quejas.

Por sobre todas las cosas tengo que decirte esto:

 

Sólo me apartaré de la droga cuando mi estado de salud me lo permita, y durante todo ese tiempo permaneceremos juntos porque no tendrás la crueldad de abandonarme en mi desgracia.

Comprende de una vez que me COMES los sesos. No quiero que vuelva a tratarse de todo esto entre nosotros. Cuando te leo siento ganas de aullar, no a causa de lo que me dices, sino porque eres testaruda, irremediablemente.

Socórreme en vez de aumentar mi mal; comprende por fin que ninguna de tus razones puede tomárselas conmigo, porque hace ya mucho tiempo que mi horroroso destino me ha puesto al margen de la razón humana, al margen de la vida. Comprende que por UNA SOLA hora de verdadera paz daría la vida. Piensa en la intensidad del sufrimiento que ha logrado ponerme en este estado de ánimo, en vez de pensar en mi estado de ánimo. Medita esto, medita las últimas frases, medítalas seriamente, sinceramente, con toda tu alma. Tendrás la clave de mi conducta.



 

 

 

 

 

 

Página 24



Y sobre todo no hables de abandonarme. Estoy solo en el mundo: puedo decirlo. Estoy rodeado de abismos, cercado de dolores. Cuanto me has escrito lo tomo por locuras. No responderé a tus preguntas. No acepto que NADA, pero nada de nada, se altere entre nosotros. Tú entiendes.

 

Vas a escribirme de inmediato. Perdóname la violencia de esta carta. Pero no doy más de exasperación. Sería capaz de suicidarme inmediatamente si me escribieras una sola vez más en los mismos términos. Piensa en la angustia terrible en que acabas de hundirme, implacable demonio que tan bien sabes ser ángel cuando lo quieres. Necesito ángeles. Bastante infierno me rodea desde hace tantos años. Ya he quemado cien mil vidas humanas a fuerza de dolores, compréndelo de una vez.

Escribe pronto y perdóname. Quiéreme. Y cálmate. Fíjate cómo escribo. Bien sabes que lo he hecho mucho mejor. Ten paciencia.

Tu desdichado.

 

A. Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 25



 

 

 

 

 

A JACQUES RIVIÈRE[12]

 

25 de mayo de 1924.

 

 

 

 

 

Estimado señor:

 

¿Por qué mentir, por qué tratar de poner en el plano literario algo que es grito mismo de la vida, por qué dar apariencias de ficción a lo que está hecho con la sustancia indesarraigable del alma, que es como el plañido de la realidad? Sí, su idea me agrada, me regocija, me colma, pero con la condición de proporcionar a quien nos lea la impresión de que no asiste a un trabajo fabricado. Tenemos el derecho de mentir, pero no acerca de la esencia de la cosa. No tengo por qué firmar las cartas que llevan mi nombre, porque es absolutamente necesario que el lector piense que tiene en sus manos los elementos de una novela vivida. Habría que publicar mis cartas desde la primera hasta la última y remontarse, para ello, hasta junio de 1923. Es necesario que el lector tenga en sus manos todos los elementos del debate.

 

Todo hombre es dueño de sí mismo por claros que se abren en él; pero, aun cuando se posee, no se alcanza del todo. No lleva a cabo esa constante cohesión de sus fuerzas sin la cual toda verdadera creación es imposible. Y sin embargo, ese hombre existe. Quiero decir que tiene una realidad distinta que lo valora. ¿Se lo quiere condenar a la nada con el pretexto de que sólo puede dar fragmentos de sí mismo? Ni aun usted lo cree, y prueba de ello es la importancia que asigna usted a tales fragmentos. Hace ya mucho que tenía yo el proyecto de proponerle la reunión de éstos. Hasta ahora no me había atrevido a hacerlo, y su carta responde a mi deseo. Equivale a decirle con qué satisfacción acojo la idea que me propone.

 

Me doy perfecta cuenta de las detenciones y las sacudidas de mis poemas, las cuales atañen a la esencia misma de la inspiración y provienen de mi indeleble impotencia para concentrarme en un objeto. Por debilidad fisiológica, debilidad que compete a la sustancia misma de lo que se ha convenido en llamar alma y que es la emanación de nuestra fuerza



 

 

 

Página 26



nerviosa coagulada alrededor de los objetos. Pero toda la época sufre de esta debilidad. Ejemplos: Tristan Tzara, André Breton, Pierre Reverdy. Ahora, en cuanto a ellos, su alma no está fisiológicamente afectada, no lo está sustancialmente; lo está en todos los puntos en que se junta con otra cosa. No lo está fuera del pensamiento. Entonces, ¿de dónde proviene el mal? ¿es, verdaderamente, el aire de la época, un milagro que flota en el aire, un prodigio cósmico y dañino, o el descubrimiento de un mundo nuevo, una verdadera ampliación de la realidad? No por ello es menos cierto que ellos no sufren y que yo sí sufro, no sólo en el espíritu, sino en la carne y el alma de todos los días. La inaplicación al objeto, que caracteriza a toda la literatura, es en mi caso una inaplicación a la vida. Y yo en verdad puedo decir que no estoy en el mundo, y esta no es una simple actitud de espíritu. Mis últimos poemas me parecían poner de manifiesto un serio progreso. ¿Son verdaderamente tan impublicables en su totalidad? Poco importa, por lo demás; más me gusta mostrarme tal cual soy en mi inexistencia y en mi desarraigo. En todo caso se podría publicar algunos fragmentos importantes. Creo que la mayoría de las estrofas son buenas si se las toma en sí mismas. Únicamente la reunión destruye su valor. Escoja usted mismo los fragmentos; clasifique las cartas. Yo en esto ya no soy juez. Pero a lo que principalmente tiendo es a que no se introduzca un equívoco acerca de la índole de los fenómenos que invoco en mi defensa. Es necesario que el lector crea en una verdadera enfermedad y no en un fenómeno propio de una época, en una enfermedad que incumbe a la esencia del ser y a sus posibilidades fundamentales de expresión, y que se aplica a toda una vida.

 

Una enfermedad que afecta al alma en su más profunda realidad y que infecta sus manifestaciones. El veneno del ser. Una verdadera parálisis. Una enfermedad que arrebata el habla y el recuerdo, que desarraiga el pensamiento.

Creo haber dicho lo bastante para ser comprendido. Publique esta última carta. Advierto, al terminar, que podrá servir de ajuste y conclusión al debate en la parte que me concierne.

Y crea, señor, en mis sentimientos de afectuosa gratitud.

 

Antonin Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

Página 27



 

 

 

 

 

A JACQUES RIVIÈRE

 

6 de junio de 1924.

 

 

 

 

 

Estimado señor:

 

 

 

Mi vida mental se halla íntegramente atravesada por mezquinas dudas y certidumbres perentorias que se expresan en palabras lúcidas y coherentes. Y mis debilidades tienen una contextura más temblorosa; hasta son larvarias y están mal formuladas. Poseen raíces vivas, raíces de angustia que tocan el corazón de la vida; pero no poseen el desconcierto de la vida, ni se siente en ellas el aliento cósmico de un alma conmovida en sus bases. Son de un espíritu que no debe de haber pensado en su debilidad; si no, la traduciría con palabras densas y diligentes. Tal es, señor, todo el problema: tener en uno la realidad inseparable y la claridad material de un sentimiento; tenerlo hasta el extremo de no poder dejar de expresarse. Tener una riqueza de palabras, de giros aprendidos y que podrían entrar en danza, servir para el juego, y que, en el momento en que el alma se apresta a organizar su riqueza, sus descubrimientos, esa revelación, en el inconsciente minuto en que el asunto está a punto de salir a luz, una voluntad superior y maligna ataca al alma como un vitriolo, ataca a la masa palabra-e-imagen, ataca a la masa del sentimiento, y me deja jadeando como a las puertas mismas de la vida.

 

Y ahora suponga usted que siento físicamente el paso de esa voluntad, que me sacude con una electricidad imprevista y súbita, con una repetida electricidad. Suponga que cada uno de mis instantes pensados sea en ciertos días sacudido por tales profundos tornados y que nada afuera traiciona. Y dígame si una obra literaria cualquiera es compatible con semejantes estados. ¿Qué cerebro lo resistiría? ¿Qué personalidad dejaría de disolverse en ella? Yo, si tan sólo tuviera la necesaria fuerza, me daría a veces el lujo de someter con el pensamiento a la maceración de un dolor tan oprimente a cualquier espíritu renombrado, a cualquier viejo o joven



 

 

 

 

Página 28



escritor que produce y cuyo naciente pensamiento ya se erige en autoridad, para ver qué queda. No hay que apresurarse demasiado en juzgar a los hombres; hay que concederles crédito hasta lo absurdo, hasta la hez. Esas obras arriesgadas que suelen parecerle a usted el fruto de un espíritu que no se encuentra todavía en posesión de sí mismo, y que acaso nunca lo estará, quién sabe qué cerebro ocultan, qué poder de vida, qué fiebre pensante, que sólo las circunstancias han reducido. He hablado bastante de mí y de mis obras futuras; no pido más que sentir mi cerebro.

 

Antonin Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 29



 

 

 

 

 

A GENICA ATHANASIOU

 

[París,] 22 de agosto de 1926[13].

 

 

 

 

 

Génica: tu carta me descorazona, me abate y además me cae muy mal. Por más que hurgo en mí, por mucho que indago en todas las acciones de mi vida, pasada o presente, no veo a qué se deben tus temerarios reproches. Y además el sentimiento de la fuerza de inercia que opones a las más sinceras explicaciones, a los juramentos más vehementes, son para desanimar para siempre toda tentativa de acercamiento a ti. Por más que me devano los sesos y releo tu carta, no veo qué nuevos reproches puedes hacerme por mi actitud para contigo, reproches a los que mi carta no habría respondido por anticipado. En verdad, contigo es como clamar al aire, como desesperarse en el desierto. Tienes mucha razón en decir que tú eres tú. Sí, tú eres tú de aquí en adelante y ninguna otra cosa. Te has cerrado al mundo. Me comprendes, pero se diría que me comprendes en la noche y en un sueño y como si se tratase de un doble mío. Qué decirte, en qué insistir. Estoy cansado, espantosamente cansado. Me siento torturado, abrumado por esta enfermedad más fuerte que yo mismo, más fuerte que toda la vida y en la que se disuelve todo lo vivo, conmovedor y personal que hay en mí. De ahí que tu carta me caiga tan mal. Me creía á salvo por lo menos en lo que a ti concierne, y he aquí que nuevamente hay que comenzar a luchar, a explicarte, a disculparse. Ya no puedo. Y además es demasiado tarde. Si no quieres comprender, renuncio. Tanto peor para ambos. Te he gritado con ansia que no quería perderte, que no deseaba que entre nosotros se alterase nada. He tenido una debilidad, pero ya era tiempo de comenzar a ser débil, a mi edad, yo que siempre he vivido en una casi total castidad. Te creía más fuerte y flexible, verdaderamente. ¿Qué hay, pues, que decirte para hacerte comprender que no te reprocho nada, que la noche de que se trata no te hice siquiera una sola observación y que la apreciación que formulé sobre ti no tenía otro carácter que el de la ilustración más baladí? Me preguntaste cómo te habías comportado la noche anterior, y te dije una palabra, una sola palabra: que te habías



 

 

 

Página 30



mostrado algo tonta. Y en seguida dejé de pensar en ello. ¿Cómo es posible que esta simple palabra haya adquirido tan fabulosas proporciones? Sabes muy bien, sin embargo, de qué modo te juzgo en profundidad. Aquella apreciación sólo valía para ese momento. También yo soy tonto, falso, torpe, inválido y sobre todo impotente frente al mundo. Nunca estoy al corriente de lo que se dice. Otro es el plano de mi espíritu. Me consuelo con falsas apariencias y con las más fortuitas esperanzas. Pues sé que toda mi vida está arruinada y que no queda para mí esperanza alguna que atraviese jamás mi espíritu. Me siento despiadadamente afectado. Tú, en cambio, no tienes tales razones para desesperarte. Entonces, ¿por qué lloras? He gastado ocho páginas en decirte que no te condeno, que aquel ínfimo juicio estaba circunscripto a un determinado minuto y a ciertas circunstancias, pero tú insistes obstinadamente en él. ¿Qué más decirte? Renuncio a hacerlo. Es todo. En cuanto a que me encarnizo en destruirte… ¡¡Puras locuras!! Dependo de ti. Tal vez se me escapan algunas reflexiones. Pero es que soy un maníaco. ¡Pero peor maníaca eres tú! No me veas más si no puedes soportarme. Nada más tengo que decirte. Pero si me ves, amaina un poco el ardor y la agitación de tu mente. No he encontrado una sola mujer que te llegue al tobillo. Desprecio profundamente a las mujeres con que he tenido relaciones después de conocerte. Jamás he pensado en hacer comparaciones entre ellas y tú; si las he hecho siempre saliste ganando. Pregúntale a Fabert, pregúntales a los demás lo bien que hablo de ti. Por lo demás, no he de insistir en ello. Estoy decidido a dejar que en lo futuro pienses lo que mejor te parezca. Sin protestar. Este tipo de justificación me extenúa. Sé que nunca más me uniré en este mundo a una mujer como lo he estado contigo. Te pido, no que conserves tu amistad por mí, sino que me conserves tu amor. Soy digno de él. Lo afirmo. En mi corazón nadie ha tomado aún tu lugar; pero cabe decir que es un lugar de jerarquía. Quiero que mi vida continúe mezclándose con la tuya. Ve, pues, qué inoportuna es tu carta. Justamente, yo le había escrito a mi madre, hace ocho días para informarle qué relaciones habían sido las nuestras durante cuatro años y para decirle que debido tan sólo al hecho de no haber tenido una situación suficientemente brillante me he sentido impedido de casarme contigo. Eres la única mujer en quien pueda confiarme. Respecto de la totalidad de tu amor, yo sabía que podía descansar en paz. Fuera de ti ya no habrá totalidad para mí en nada de esta vida, que por lo demás día tras día me



 

 

 

 

 

Página 31



quitan a flechazos en los sufrimientos de un parto abstracto. Abominable parición de fantasmas. Sí. Siento que desde mí sube la vida y me abandona como una columna de aire sólido. Sufro atrozmente por momentos. Mis nervios son de mármol. Mi sensibilidad, petrificada, no se reúne con el aire ambiente, y también mi alma es una materia solidificada a la que nada conmueve; tengo el cerebro preso en una jaula, una gran jaula, una jaula casi universal. No puedo más. El pensamiento mismo de sacudir los barrotes ya es como una tierra prometida, como un estado demasiado hermoso para mí. Dios no es ciertamente justo al aprisionar así una conciencia. Hoy no he podido salir. ¿Dónde está mi confidente? ¿Dónde estás, Génica, amiga, hermana mía, tú que eras mi mujer? Ni aun en la calle me movía. No era otra cosa que mi cuerpo. Sentía que el mundo había detenido sus imágenes. Y todo sin metafísica. Describo lisa y llanamente una abominable sensación. Y querría incluso no describirla; querría fotografiar esta árida impotencia que se inclina en mí como la curva de la vida. En ciertos momentos siento que no soy más que una masa de vida que viene a hacerse añicos la cabeza contra inesperadas murallas. ¡Ah, en tales momentos sí que vivo! Estoy preso, pero soy un preso sin esperanzas. Preso hasta con todas mis reservas. Ya no hay trasfondo ni refugio para mi pensamiento. El mundo ha dejado de tener comunicaciones. Imagina la situación del ahogado, para quien vivir es respirar. Así para mí vivir es pensar, y todo movimiento de mi pensamiento me resulta imposible; mis nervios se han vuelto de plomo para siempre. Por lo demás, no hay palabras para este horror, y todas las imágenes son groseras. Soy impotente, pero de una impotencia que afecta lo más claro que hay en mí, lo más libre, lo más sutil y volátil por esencia. Y es esto mismo lo que, no sé por qué satánico milagro que nunca ataca sino a mí, está preso por fin, perdido y convulso en la materia, sin recurso, sin escape. Si te escribo tan largo como ves y tan libremente como parezco hacerlo, es porque después de haberme revuelto durante todo el día, después de haber sido devorado por la impaciencia, la melancolía, los tormentos y esta árida, esta abstracta desesperación que acaso eres la única en comprender, me he decidido esta noche, aguardando el momento propicio, a tomar una dosis desacostumbrada de opio. Pues sin esto nunca soy libre. No puedo conducirme libremente. Y por lo demás ni aun con el opio soy libre; no lo soy por completo. Sólo reconquisto cierta estabilidad dentro del juego de mi pensamiento, estabilidad sin la cual todo cuanto



 

 

 

Página 32



hay es un derrumbamiento de apariencias; pero sé que es una estabilidad que sólo alcanza a una parte muy considerable de mi pensamiento. Y en mi pensamiento hay demasiado por rehacer, hay ahora demasiadas pérdidas y todo un trabajo sobre el pasado que la memoria ya no remplazará. Tengo demasiadas pérdidas y muy pocas ganancias. El tiempo que los demás emplean en vivir yo lo empleo en desesperar. Y ninguna meditación nueva remplaza lo que ha perdido mi cerebro. En lo sucesivo se necesitaría toda una vida para reparar mi infortunio. No sé, por lo demás, si me hago comprender. Pero si me comprendes, debes ver qué profundamente resignado estoy. Sé que ya no pensaré, que mi mente sólo alcanzará ya una parte muy reducida de las cosas, que ya no tendré la impresión de reflejar la realidad, que me sentiré sin fin debajo de mí mismo, pero que por sobre todo siempre he de sentir este vacío fisiológico y nervioso de mi alma, de mi inteligencia. Y sé que un milenario tesoro de experiencia no lograría remplazar esta constante desmineralización del espíritu. Hablo, ¡ay!, como la medicina. Pero desespero de hacerte sentir qué apremiante, qué inmediato es mi mal, y que no pertenece, por desgracia, al campo de los puros espíritus; sufro cada minuto que respiro, asombrado en esta atroz presión de mi cabeza de que aún pueda respirar libremente. ¡Ah, me hablas de desdicha! ¿Y qué desdicha es comparable a esta pena sin esperanzas? Esta pena en la que se siente que no hay otra esperanza que esperar y en la que todos los proyectos se disuelven frente a la impotencia del fondo. ¿He de volver a insistir respecto de mi malentendido con los hombres? No. No me comprenden, y eso es todo. ¿Comprenderían que mi sufrimiento no tiene con qué detenerlos mayor tiempo? Hasta los más desapegados tienen demasiada urgencia en vivir. Si tan sólo pudieran evitarme sus pamplinas, sus miserables explicaciones. Atrás todos los derivativos del olvido, los sistemas de juego de naipes, todos esos entusiasmos a ras del suelo. Polvo, sólo conoces el polvo embalsamado de los mitos que te aplastan y del que tan lejos están tus sentimientos. Vete. Tales son mis propios raciocinios, tal lo que rumio, tal mi meditación única. Y tales los fantasmas con los que me bato. Me bato con los fantasmas de mis abortos, en todos los sentidos del mundo y de la historia. De la historia hablo bien, y no lanzo esta palabra al aire. Veo a mi espíritu extraviado en un camino inmenso en el que convergen las encrucijadas de los más vastos problemas, de todos los problemas verdaderamente universales. Un tormento distinto de todas las inmensas



 

 

 

Página 33



preguntas a la vera de mis caídas cotidianas, de mi vertiginoso tumbo de cada instante. ¿Conoces el sufrimiento inmenso que hay en sentir que si uno lo pudiera pensar, si uno pudiera tan sólo abrazar la extensión de ciertas misteriosas preguntas, con esas luces que he sentido despabilarse en mí mismo? ¿Sientes esta sutil carrera en medio de un pensamiento derrotado en el que la sutileza del problema inquirido se confunde con la fuga sutil de ese mismo pensamiento? Te he hablado de esto sólo para darte una imagen de mi miserable estado de ánimo. Estado de nervios, estados de espíritu, estado del mundo. Hay momentos en que el universo me parece a punto de parecerse a una cabellera nerviosa de eléctricos sobresaltos.

 

Te aprieto profundamente entre mis brazos.

 

Nanaqui

 

Te ruego devolverme esta carta después de haberla leído y de haberte tomado todo el tiempo que quieras en leerla. Y luego te la volveré a enviar. Quiero volver a verla al cabo de cierto tiempo.

 

Ruega por mi espontaneidad

 

profunda,

 

original.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 34



 

 

 

 

 

AL DOCTOR ALLENDY

 

París, 30 de noviembre de 1927.

 

 

 

 

 

Querido amigo:

 

Ya le he dicho que las sesiones de psicoanálisis a las que terminé por acceder han dejado en mí un sello inolvidable. Bien sabe usted qué repugnancia sobre todo instintiva y nerviosa manifesté cuando lo conocí debido a ese modo de tratamiento. Ha llegado usted a hacerme cambiar de parecer, si no desde el punto de vista intelectual —pues hay en esa curiosidad, en esa penetración de mi conciencia por una inteligencia extraña una especie de «prostitución», de impudor que siempre rechazaré —, al menos desde el punto de vista experimental, y he podido comprobar los beneficios que obtuve; llegado el caso, me volvería a prestar a una tentativa análoga. Pero desde lo más hondo de mi vida persisto en huirle al psicoanálisis. Siempre huiré de él, tal como he de huir de toda tentativa de encerrar mi conciencia en preceptos o fórmulas, en una organización verbal cualquiera. Pese a todo, daré testimonio del cambio que gracias a usted se ha producido en mí. Pero —y esta es la razón por la que le escribo

 

— hay alrededor de mí una tendencia, particularmente en el caso de usted, a considerarme curado, a pensar que he retomado la vida de todo el mundo y que mi caso deja de ser responsabilidad de la medicina. No es así. Todavía necesito, todavía tengo fundamental necesidad de alguien como usted, siempre que consienta en reformar su juicio a mi respecto. Veo muy bien la tendencia que existe de creer que he subido la pendiente y que estoy en una fase resplandeciente de mi existencia, que el destino me favorece, me colma con sus dones, con sus beneficios. Exteriormente, en efecto, todo parece probarlo. Tengo la santa apariencia de los dioses, tanto desde el punto de vista material como desde el punto de vista moral y espiritual. Y sin embargo hay en mí algo podrido; hay en mi psiquismo una especie de vicio fundamental que me impide gozar de lo que el destino me ofrece. Le digo esto para que no se desinterese de mí y para que crea



 

 

 

Página 35



que sigo necesitando su socorro. Mi lucidez está incólume, más despabilada que nunca; lo que me falta es en qué aplicarla, la sustancia interna. Es más grave y penoso que lo que usted cree. Cómo me gustaría superar este punto de ausencia, de inanidad. Este pisoteo que me invalida, que me hace inferior a todos y a todo. ¡¡No tengo vida, no tengo vida!! Mi efervescencia interna ha muerto. Hace años que no doy con ella, que he dejado de tener mi arrebato salvador. Esa espontaneidad de imágenes portadoras del yo. En la que mi personalidad vuelve a encontrarse, gira en torno de sí misma. Encuentra su densidad, su preciosa sonoridad. La languidez es la única ocupante de mi mente. Todo lo que hallo como imágenes, como ideas, se diría que lo hallo de casualidad, que no es más que un recuerdo pegado que sólo tiene el aspecto de la vida nueva; y la cualidad se resiente. No es una imaginación, una impresión. Es el hecho de no ser ya yo mismo; mi yo auténtico duerme. Voy hacia mis imágenes. Las arranco en lentos manojos; no vienen a mí, ya no se imponen a mí. En tales condiciones ya no tengo criterio. Las imágenes cuya autenticidad hace el valor ya no tienen valor, no son más que efigies, reflejos de pensamientos anteriormente rumiados, o rumiados por otros —no actualmente— y personalmente pensados. Compréndame. No es un asunto de calidad de imágenes, de cantidad de pensamientos; ni siquiera eso. Es un problema de fulgurante vivacidad, de verdad, de realidad. Ya no hay vida. La vida no acompaña, no ilumina lo que pienso. Digo LA VIDA. No digo un color de vida. Digo la vida verdadera, esencialmente la iluminación: el ser, la fosforescencia inicial donde se inflama todo pensamiento; ese núcleo. Siento muerto mi núcleo. Y sufro. Sufro a cada una de mis expiraciones espirituales; sufro de su ausencia, de la virtualidad en que pasan inhallablemente todos mis pensamientos, en la que se absorbe y regresa MI PENSAMIENTO. Siempre el mismo mal. No logro pensar. Comprenda este hueco, esta intensa y duradera nada. Esta vegetación. Qué espantosamente vegeto. No puedo avanzar ni retroceder. Estoy fijo, localizado alrededor de un punto que es siempre el mismo y al que todos mis libros traducen. Pero ahora he dejado mis libros detrás de mí. No logro superarlos. Pues para superarlos habría primeramente que vivir. Y yo me obstino en no vivir. He intentado hacerle comprender cómo. Es que mi pensamiento ya no se desarrolla ni en el espacio ni en el tiempo. No soy nada. Carezco de mí mismo. Pues frente a lo que fuere — concepción o circunstancia— no pienso nada. Mi pensamiento no me



 

 

 

Página 36



propone nada. Es en vano que yo busque. Ni por el lado intelectual, ni por el lado afectivo o puramente imaginario tengo nada. Estoy sin ninguna espacie de reserva. Sin ninguna especie de posibilidad.

No tengo motivo para buscar imágenes. SÉ que nunca encontraré mis imágenes. Que nada se alzará en mí que alcance el grado de dureza mental, de constricción interna en que mi yo se reencuentre, vuelva a hallarse. Mientras yo no encuentre mi fulguración personal, una intensidad de visión, una extensión de concepciones nacidas en la facilidad, nacidas, quiero decir, y no provocadas y completamente hechas, todas mis obras estarán sujetas a fianza, pues habrán nacido en condiciones falsas y, de tal índole, que todo hombre las ignora, salvo yo. Todo lo que escribo no es creado, no participa en la creación, frente a un peor es nada; no está hecho con esto y aquello, sino sin necesidad y siempre a falta de otra cosa. Le juro, querido amigo, que es grave, muy grave. Vegeto en la peor de las haraganerías morales. Jamás trabajo. Lo que sale de mí parece sacado al azar. Y podría escribir o decir o pensar algo completamente distinto de lo que digo o pienso, y me representaría igualmente bien. Es decir igualmente mal. Es decir no del todo. No estoy ahí. Ya no estoy ahí, para siempre. Es grave, porque no se trata del trabajo gratuito de la escritura, o de las imágenes por las imágenes; se trata del absoluto pensamiento, es decir, de la vida. La misma vacuidad me inunda a raíz de cualquier circunstancia de la vida. Siempre la historia de las cartas a Rivière. Bien sé que enmierdo a todo el mundo, sé que a nadie intereso; pero qué hacer, puesto que vivo. A no ser que muera, no hay salida. Moriré, o bien, habiéndome usted comprendido y a sabiendas de lo poco que vale mi vida actual que a tanta gente ilusiona, encontrará un medio radical de sacarme de esto.

 

Suyo, su amigo

 

Artaud

 

 

 

P.S. Le agradezco las píldoras, pero hace ya 15 días que las devoré. En Cannes las necesitaré durante 3 semanas. Necesitaría unas cuarenta de ellas, pues, tal cual usted lo piensa, he recaído mucho en el láudano. ¡¡Ay!!



 

 

 

 

 

 

 

Página 37



 

 

 

 

 

A MI AMIGO[14]

 

París, 3 de abril de 1931.

 

 

 

 

 

Querido amigo:

 

Acuso esa pobreza de reacciones que causa en el pensamiento una especie de vacío trágico, sin saber si proviene de una falta de funcionamiento, de emisión nerviosa de la célula mental en lucha con el objeto (y además esto es terriblemente gratuito y azaroso, pero el impulso ya está dado y su prisa misma puede servir de demostración) o de un exceso de escrúpulo del espíritu inhibido por su falta de conocimiento y su carencia de documentación.

 

Toda la angustia y todo el dolor son sólo accesorios frente a esta falta que me impide progresar, inventariar mis lagunas, mi real debilidad. Como todo pensamiento es sólo provisional y aventurado, no puedo conocerlo y juzgarlo en su estado auténtico y saber qué sería si verdaderamente me representase. El simple haz de observaciones psicológicas, de notaciones mentales o morales verificadas por ti bastaría para llenar este vacío si el espíritu supiera conformarse a su propio funcionamiento. La inteligencia crea el objeto y lo experimenta; no hay necesidad para ello de una vasta erudición. Sólo el uso de la realidad verifica la actividad mental cuando ésta se halla en su nivel y en su capacidad.

El cansancio de espíritu crea la ausencia de paciencia, que lleva al espíritu a arrojarse en un verbalismo apresurado y prestado, no verificado por la sensación interior, por un auténtico choque del cerebro con la realidad.

Pero hay estados más graves o diferentes de los del cansancio de espíritu, en los que al fin y al cabo el espíritu reventado se siente debajo o detrás de él mismo, pero después de sí, en resumen. Son aquellos en los que el pensamiento mediante grandes plazas blancas, desprovisto de trepidación exterior, y no poseído, no hace más que cercar sus huecos, en los que el alma se arrastra en sus virtuales bajos fondos desnutridos,



 

 

 

Página 38



incapaz de elevarse, extenuada (hasta sin la fuerza de una idea de pesar, cuya mera espuma expira y hace un signo blanco, rápidamente absorbido), hasta la resonancia de la vida, densa, esplendorosa.

 

Entonces el alma ya no puede más que denunciar su ausencia de posesión, en un grado en el que la posesión vendría a llamarse simplemente Vida. Hay momentos en los que todo el sistema espiritual se bosqueja y marcha alrededor de esos grandes y blancos emplazamientos de los que ha faltado un sentimiento elemental, el sentimiento gracias al cual una personalidad conocida, inventariada, por así decir, debe de haber manifestado su existencia sin pausa en el tiempo.

(—Un sentimiento en un lapso.)

 

A ese sentimiento pronto reducido, pronto quemado en su hogar vivo, corresponde una seca conmoción, una especie de aparición ígnea, como un cortocircuito espiritual, una cabeza negra empenachada de llamas, de sordos fuegos, de una incandescencia tanto más sombría y verde cuanto que ha correspondido a una mayor resistencia de materia, de opacidades imposibles de atravesar. Todo el sistema orgánico del espíritu se ha visto rozado por esas rupturas, por corrientes rotundamente rotas, por esos fuegos derribados.

En alguna parte una mineralogía interna ha quedado marcada sobre las hojas carbonizadas del alma, donde algún fruto minero, listo para franquear los duros sedimentos de una avanzada […]

 

Y también ese estado en el que la voluntad necesitaría pensarse para actuar y en el que el espíritu ya no puede arrojar el anzuelo de la voluntad en las limaduras del ser.

 

De todos modos, yo mismo soy lo que más huye de mí, y esta especie de trinchera abierta en el conocimiento físico de mí mismo, esta imposibilidad de sentirme dentro de los límites nerviosos de mi yo cada vez que mi inconsciente me impulsa a referirme a él, esta flexión de la consistencia y de la duración de las aglomeraciones que sirven (en otro plano) de trampolín a todo movimiento del espíritu, es lo que imposibilita, antes que nada y primordialmente, al pensamiento. Lo que está enfermo en mí son los cimientos físicos —y físicos hasta las raíces mismas de lo imponderable— de todo pensamiento.

 

Cuando el pensamiento llegado de lo absoluto informal e innominado del espíritu, o surgido de la matriz hirviente del inconsciente, o ambas



 

 

 

Página 39



cosas a la vez (¿refiérese todo pensamiento al espíritu superior, o hay pensamientos que por su coloración intelectual no pasan por una zona que representa para el espíritu lo que la luna para el sol?), comienza a querer ser y recurre a sus formas, a todas sus formas, y en la emoción de su llegada y a su esplendor las canalizaciones nerviosas de la vida psíquica comienzan a alterarse, entonces se produce una desnutrición, en esa parte mensurable, en esa densidad de la vida espiritual.

 

Esto me sugiere la idea de estudiar con mayor detenimiento, hasta reducirla a sus fases constitutivas, la evolución formal de todo pensamiento en la mente.

Para ello hay que detener lo más posible la marcha del inconsciente, o reducir las dimensiones groseras y como atadas del espíritu microscópico y sutil espesor de los instantes que ordenan la rotación del inconsciente.

A. Ante todo, el campo del espíritu es libre.

 

B. El campo bajo del inconsciente es libre.

 

Formulo como aprobado el axioma de que no todo pensamiento proviene del espíritu, pero se lo confronta en él.

Como el campo del espíritu es libre, hay que tomar en cuenta las mil impresiones internas, los mil choques interiores, cuya melodía, cuya urdimbre, despierta por asociaciones inconscientes al pensamiento y, en cierto sentido, la marcha azarosa.

Como el campo del espíritu es libre, queda rápidamente dicho, por ejemplo, que todo pensamiento aparece y se aclara en el campo de la conciencia.

Quiero más precisión.

 

Quiero saber en qué momento ese supuesto pensamiento ha conmovido al espíritu, lo ha inducido a sospechar que hay algo, y luego a reaccionar de una manera informal, abstracta, y luego en qué momento él mismo ha abdicado para pasar su contenido a la propia personalidad informal o formal, y luego a la personalidad nerviosa, vista a través de mí, y en qué momento la personalidad misma ha renunciado a sus groseras formaciones para pasar en tales circunstancias, en una determinada actualidad física, y mediante una serie de refracciones, de altibajos, de los nervios al espíritu, del espíritu al yo, del yo a la persona, de la persona al espíritu, del espíritu a los nervios, de los nervios a la consistencia y a la continuidad nerviosa, al poder de los nervios de hacer durar un pensamiento lo suficiente para que las palabras se integren en él y



 

 

 

Página 40



mantengan duraderamente su solidez y su color frente a las exigencias del espíritu; en fin, por esa serie de operaciones de las cuales lo único que puede señalarse son sus fases groseras, pero que constituyen la más activa circulación en el interior del ser: ¡¡¡desembocar en el pensamiento duraderamente formulado, y formulado de una manera eficaz e instigadora!!!

 

En todo pensamiento hay que distinguir entre su parte consciente y su parte inconsciente.

En su parte consciente siempre interviene al principio algo como la idea o prefiguración de un gesto recordado grosso modo y en torno del cual vendrán a reunirse solicitaciones mentales y pensamientos más pequeños, rodeados, provistos y armados de palabras. El resto es mucho más fácil; no es más que un problema de intercambios nerviosos, de buena circulación y de solidez del magnetismo fluido bien alimentado y consistente. Pero Antes de ello, antes del gesto, ¿acaso el pensamiento se le presenta paulatinamente al espíritu? ¿Es constante el esfuerzo en el hecho de hacer que el pensamiento se alce solo, pedazo por pedazo, hacia una forma por encontrar? ¿O quizá la forma ya se encuentra prefigurada de una manera inasible por la conciencia del espíritu (legibilidad de la inteligencia)? ¿Existe la forma, antes del gesto creador, de una manera latente de la que el gesto no es más que la dominante? ¿O el gesto crea al pensamiento?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 41



 

 

 

 

 

A UNA VIDENTE

 

París, 6 de abril da 1931[15].

 

 

 

 

Señora:

 

He recibido su carta, así como el paquete de hierbas. Su carta ha sido para mí un consuelo insospechable; efectivamente, ya sería tiempo de que terminase la horrible prueba que no recuerdo haber elegido. Sería hermoso, por cierto, que yo pudiese tener la voluntad de tal elección. Indicaría una prodigiosa potestad, un poder sin nombre, que en determinado momento nos habría sido dado con respecto a las fuerzas universales. Pero por el momento lo que me caracteriza es la noche y la confusión, una especie de inercia de los automatismos del alma, una extinción de raíz de todas las fuerzas que en nosotros son anteriores al espíritu.

 

Me explico.

 

La inteligencia que juzga está intacta, no así la materia del juicio, y ya no tengo libre disposición ni de mi voluntad ni de mi inteligencia. Mis trabajos, como usted ha visto, están detenidos, y la personalidad, ya sensible, ya intelectual, se encuentra en mí gravemente afectada. En una palabra, ya no tengo pensamiento y siento permanentemente el desesperante vacío del pensamiento que ya no corresponde a los fenómenos, a los acontecimientos exteriores, y que no se corresponde, sobre todo, a sí mismo.

En un momento dado creí tener cosas capitales y acaso saludables que decir, cosas de verdad sobre la vida, sobre el espíritu, sobre la realidad y la irrealidad, sobre todas las cosas. Ahora, cuando me interrogo, únicamente me responde la nada, un vacío atrozmente doloroso. El poder de reaccionar intelectualmente delante de lo que fuere, o de sentir la existencia de mi vida interior, del mundo que llevo en mí, ha muerto. Esto es lo que llamo un desastre intelectual. Esta impotencia del alma para manifestar su existencia mediante reacciones adaptadas a las



 

 

 

Página 42



circunstancias por las que atraviesa. El resultado de ello es una angustia sin nombre, indescriptible, una profunda insatisfacción, pues el espíritu siente físicamente su desposeimiento. La ausencia de ideas no es un vacío normal de la inspiración; es una parálisis mental de la inspiración, el hecho de que el alma ya no pueda entrar en sus marcos ni encontrar normal y automáticamente sus reacciones. El alma se siente apabullada y estupefacta por la impotencia. Resultado de ello es una verdadera sensación de pesadilla, despierta. El hecho de juzgarme con tal riqueza y lucidez no puede engañar a una vidente como usted, pues resulta en extremo visible que toda esta carta no es más que la lujosa descripción de un vacío. No bien se trata de salir de la contemplación de este vacío para volverse hacia el mundo exterior —y sobre todo hacia el mundo interior, que es el verdadero—, no compruebo otra cosa que mi fracaso. Se me podría objetar que soy realmente pobre y que ya no tengo nada que decir. Pero USTED sabe que eso no es cierto. Luego, admitiendo que el sentido intelectual me esté negado, está el simple campo humano donde el más pobre es el más rico. Tengo, no obstante, una vida como todo el mundo, y en el curso de los días me aguardan sinsabores, alegrías, emociones, pasiones de todo tipo. Pues bien, ya no tengo emoción ni pasión; nada me llega, y por eso siento quemárseme el alma, porque me falta la materia de la más elemental emoción, de la reacción más anodina. De nada puedo ya hacer una riqueza, pues el depósito de las reacciones emotivas, esa especie de sedimento del alma, ha dejado de constituirse. Ya no veo claro y no puedo constituirme con los aspectos conmovedores y centelleantes de las cosas, pues la realidad misma del mundo interno ha desaparecido. Envidio, a mi alrededor, a las personas que viven y sobre todo a aquellas que, siendo intelectualmente las más débiles, son, en fin de cuentas, las más fuertes a causa de su riqueza pasional, a causa del carácter de eficacia que revisten para ellas las pequeñas satisfacciones afectivas y hasta materiales de cada día. Envidio el poder de entusiasmarse por una nada y el encarnizamiento que las mujeres de la vida atribuyen a sus satisfacciones de amor propio, a simples problemas de preeminencia. La vida no es para ellas, como ocurre conmigo, una mera palabra. Usted me aconseja humildad, paciencia y sobre todo resignación, pero ocurre que todas estas virtudes suponen alma. El renunciamiento y el desapego son sentimientos vivos, sentimientos que sólo pueden vivir en un alma incólume, de reacciones no afectadas. Para blasfemar se necesita alma, y



 

 

 

Página 43



es necesario que dios no lo haya quemado a uno ni aun en su sublevación; pero también para someterse y renunciar a sublevarse se necesita alma. He llegado a un punto en que todo sentimiento me resulta imposible, inclusive ésos. La voluntad es un pensamiento antes de ser un acto, y antes de la aceptación o el rechazo de la voluntad hay una deliberación interior cuya parálisis tortura atrozmente a mi espíritu. El sentimiento de la voluntad, en cualquier sentido que sea, se encuentra inmerso en vitriolo en su esencia, y la especie de trabajo automático del renunciamiento ha sido muerta en su formación. Constantemente el espíritu, cuando quiere vivir —pues el origen de sus impulsos, su originalidad y su personalidad, quiero decir, siempre están, pero sólo logran proyectarse en agujeros; están desarraigados y desmembrados en su base aun antes de haberse constituido —, el espíritu mismo cae en esos atolladeros y nunca llega hasta su forma propia. Para decirlo todo de una vez, hasta el renunciamiento supone una satisfacción, una especie de realización interna sin cuya realidad el renunciamiento no puede ser. Y ante la reiteración de tales fracasos interiores tengo la impresión de que la rebeldía que en esos momentos nace en mí está justificada. Aunque tampoco ella pueda físicamente cuajar. Pues la desesperanza que me invade es tan atroz, tan enorme, que ocupa toda el alma, y, a no ser que haya una luz superior y milagrosa, no puedo ver el mundo con un aspecto que no sea el de la desesperación. El espíritu de equivocación me atrapa peligrosamente y de una manera invencible; tan invencible, que desespero de la utilidad de la prueba con miras al perfeccionamiento de que usted me habla. Querría insistir respecto de lo invasor y total de mi desesperanza y cómo ésta me cubre la mente hasta apoderarse de sus orígenes, hasta descomponer y hasta neutralizar la elección y el esfuerzo de la voluntad en cualquier sentido que la mente piense dirigirla. «La oscura noche del alma» de los místicos es algo más elevado y relevante que este estado, pues conserva la dignidad intelectual del sentimiento que lo invade a uno. La consunción del alma jamás adquiere un carácter de indignidad física, de esta reducción a imposibilidad fisiológica que se apodera de mi espíritu en mi propia consunción. Al salir de su estado de desposeimiento, el santo sabe que puede arrojarse en satisfacciones accesorias; su malestar moral no es un desesperarse de la personalidad íntegra, y lo que hay que comprender es que he sido reducido a este absoluto desamparo. En todo caso me agradaría hacerle admitir que todo progreso moral resulta imposible



 

 

 

 

 

Página 44



debido a esta falta de reacción que padece el espíritu, y que el bien que yo pueda extraer de mi resignación no puede ser para mí de un uso inmediato. En una palabra, el bien que pueda llegarme de la resignación —y sólo ahora comienzo a entreverlo— me parece, por lo que a mí incumbe, inoperante. He llegado a ese estado de ánimo en que el alma ya no puede progresar, porque no puede alimentarse, porque es incapaz de asimilar. Durante mucho tiempo el mundo moral ha permanecido cerrado para mí, y no he podido creer en la eficacia material de las virtudes. No lograba ver la unión, el misterioso nexo que les permite a ambos mundos —uno moral, mental el otro— comunicarse. A menudo me he encogido de hombros frente a lo que me parecía la humana ineficacia «de las palabras que dicen ser el evangelio», y la cantinela de los moralizadores a cualquier precio me sumergía en un estado cercano a la exasperación. Golpee y le abrirán el libro de oro de la Biblia; esos lugares comunes de un misticismo vulgar cuyo sentido aquellos que lo mencionan son los últimos en comprender me daban la sensación de una deprimente inutilidad, y ardía tras más activas encantaciones, tras palabras más detalladas, menos vagas, menos generales y más capaces de situar, de una manera física, por así decir, y llena de hitos, algunos de los rugosos caminos del espíritu. Hechos de historia, narrados en los libros del colegio. Personajes que ya no encontramos en la vida. Abominable gratuidad de sus imágenes. No tienen sentido, no tienen sentimientos; sus togas son algo tan adulterado como el vino de las bodas de Caná. Imágenes que fijan mágicas situaciones de] espíritu. Mágicas maneras del espíritu de volverse al medio de las correspondencias de los fenómenos. Visión instantánea de éstas, cuya riqueza no puede dársele a quien ha perdido el contacto. Y yo lo he perdido. Para ver claro necesito esa sorda palpitación cuya ausencia queda signada por la pobreza radical que me aflige hasta para los más simples objetos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 45



 

 

 

 

 

A GEORGE SOULIE DE MORANT[16]

 

17 de febrero de 1932.

 

Jueves a la mañana.

 

 

 

 

 

Querido señor:

 

Me he sentido sorprendido y maravillado por el modo en que usted ha adivinado mi estado, por la precisión y la insólita justeza con que ha determinado las alteraciones profundas, prohibitorias, desmoralizadoras, que desde hace tanto tiempo me afligen, y al mismo tiempo le he envidiado la manera sintética de presentarlas como realmente son, pues las siento tal como usted las presenta, en su justo lugar; una facultad de la que estoy absolutamente privado.

 

Así pues, si le escribo, es simplemente por la ansiedad de haber olvidado, pese a todo, un hecho característico que ha de permitirle a usted ver con una profundidad aun mayor y con mayor claridad mi abominable estado. Estado abominablemente cruel y para cuya caracterización no tengo en realidad palabras, por la razón de que nada claro puedo ver ni descubrir en mí en la incertidumbre justamente que afecta, sea cual fuere mi estado,

1.º a mis percepciones y observaciones interiores,

 

2.º a la eficacia de los medios que me han sido dados para enfocarlas y representarlas.

Si está afectada la mente, naturalmente lo está en todos los casos y todos los grados.

Por lo demás, nada me resulta tan odioso y penoso, nada es más angustioso para mí, como la duda formulada acerca de la realidad y la índole de los fenómenos que experimento.

Suele vérseme demasiado brillante en la expresión de mis insuficiencias, de mi deficiencia profunda y de la impotencia que denoto, para creer que no sea todo ello imaginario y fraguado de pies a cabeza.



 

 

 

 

 

Página 46



No se pone en duda la realidad de mis perturbaciones subjetivas ni el doloroso estado en que me hundo; se pone en duda su objetividad y sobre todo su alcance.

 

Ahora bien —nunca insistiré suficientemente al respecto—, mi estado sufre fluctuaciones infinitas, que van desde lo peor hasta un relativo bienestar. En los estados de bienestar vuelvo a ser algo capaz de pensar, de sentir y de escribir, y créame, entre otras cosas, que no me habría entregado a una carta como ésta si no hubiese vuelto un poco en mí, así como en general uno no se da cuenta de que en los momentos en que hablo de mi mal y lo describo éste ha desaparecido en parte.

Todo esto es elemental y no lo digo por usted, desde luego, sino que en general necesito insistir en ello incansablemente.

He estado, como le he dicho, mucho más enfermo que lo que me encuentro actualmente, víctima de una especie de anonadamiento y descuartizamiento enloquecedor de la conciencia, verdaderamente desorientado con respecto a mis más elementales percepciones, incapaz de concentrarme en nada, de resumir nada en mí, y menos aún de traducir nada, ya que nada puedo conservar.

Psíquicamente era el desastre, tal como en el campo fisiológico es el desastre cuando el estómago o los intestinos no pueden retener nada. Y físicamente me hallaba bajo los efectos de un insensato anonadamiento, descuartizado por una sensación de vacío nervioso absoluto y otra de opresión, magnética, de tórrida pesadez, llevada igualmente al extremo.

En esta doble, en esta múltiple sensación, la mente, incapaz de dedicarse a nada, se veía asimismo despojada de la continuidad de su vida interior, hasta el punto de que las imágenes que nacen en el momento en que el subconsciente las encadena y va a darles automáticamente su forma, esas imágenes, esas representaciones, esas formas, se divertían, también ellas, en condenar a la mente al suplicio de Tántalo, resorbiéndose y desarreglándose antes de término y enloqueciendo al pensamiento deseoso de captarlas.

La línea de mi estado es actualmente la misma, con una simple diferencia de grado e intensidad. Y además con el hecho de que, mientras que cuando estos males, estos singulares fenómenos, comenzaron, me creí completamente abatido, he podido darme cuenta, pese a todo, de que a veces era capaz de algo y de que el suplicio de Tántalo es ahora más fuerte cuando no logro expresarme.



 

 

 

Página 47



Así pues, este estado de anonadamiento y opresión física siempre igual, que reaparece con una intensidad disminuida (quieran los dioses que ciertos estados tórridos, que conozco tan bien, nunca regresen), duplicado además por una sensación de alejamiento físico de mí mismo, como si ya no pudiera gobernar mis miembros, mis reflejos, mis reacciones mecánicas más espontáneas, esto, unido a otra sensación de dureza y horrible cansancio físico de la lengua cuando hablo, y él esfuerzo del pensamiento que siempre repercute físicamente sobre el conjunto de mi musculatura, y la tartamudez que sufro en grados variables y que a veces desaparece por completo, fatigándome enormemente (desde mi más tierna infancia —6 a 8 años— he advertido estos períodos de tartamudez y de horrible contracción física de los nervios faciales y de la lengua, períodos que suceden a otros de calma y perfecta tranquilidad), todo esto, pues, complicándose con correspondientes perturbaciones psíquicas que aparecieron, como un estallido, sólo hacia los 19 años de edad.

 

Hay cierta sensación de vacío en los nervios faciales, pero vacío activo, si me atrevo a decir, y que físicamente se traducía en una espacie de vertiginosa imanación de la cara. No son imágenes, y esto habría que tomarlo casi al pie de la letra. Pues ese vértigo físico era horriblemente angustioso y la sensación que estoy describiendo se presentó en su paroxismo dos o tres años después del comienzo de mi mal. Era una sensación a veces remplazada por una especie de espasmo moral, por una angustia virulenta que me envolvía como una oleada de locura, y estuviera yo donde estuviese me daban ganas, no de llorar, sino de sollozar tiritando, de gritar de desesperación. Por suerte ya hace tiempo que todo esto no ha vuelto a presentarse, y queda ahora cierto número de dolores físicos errantes o localizados, una profunda obnubilación de la conciencia que se apodera de mí por períodos, me arrebata mis representaciones interiores y mis ideas y me priva del beneficio del sistema intelectual que me he hecho.

 

Ahora sufro, sobre todo,

 

1.º intelectualmente por una parte,

 

2.º sentimental y afectivamente por la otra.

 

1.º Como el automatismo de la mente ha sido destruido en su continuidad sólo puedo pensar de manera fragmentaria. Si pienso, la mayor parte de las reservas de términos y del vocabulario que personalmente he constituido para mí es inutilizable, enmohecida y



 

 

 

Página 48



olvidada como está en alguna parte; pero, aparecido el término, el pensamiento profundo cede, el contacto queda brutalmente roto, la afectividad nerviosa profunda ya no responde al pensamiento, el automatismo se desorganiza, ¡y ello cada vez que pienso! Si no pienso, entonces resulta inútil recurrir a mi vocabulario particular. Ahora bien, ya sea porque alguien se dirija a mí, ya porque yo mismo compruebe mi vacío y me esfuerce por hacer nacer en mí el pensamiento, el drama comienza, el drama intelectual en el que soy permanentemente vencido.

 

Pues me parece imposible que no tenga algo que decir; además sé que en tal o cual sentido tuve en otro tiempo una manera propia de pensar. Confusamente se me han presentado unas concepciones, pero ay de mí si intento elucidarlas, si intento concretar algo. Me parece que he olvidado hasta la manera de pensar. Sí, lo que yo querría esclarecer de una vez por todas es la noción de este particular vacío intelectual. Me parece que es la característica eminente de mi estado. Es lo que nadie puede jactarse de compartir conmigo, de poseer al mismo tiempo que yo. Esto, este olvido de las formas del pensamiento. Esto es lo característico. Y a través de las formas del pensamiento, olvido también de uno mismo, de las formas de su sensibilidad intelectual o moral. Sensibilidad frente a las ideas. Sólo tratan semejantes estados nada menos que de olvidar el contenido intelectual del espíritu, de haber roto el contacto con todas las evidencias que se hallan en la base del pensamiento.

 

Y

 

2.º la perturbación sentimental o afectiva a que me refería hace un instante está íntimamente vinculada a esa fuga, a esa catástrofe, por lo alto, pues se comprende bien que el elemento destructor que desmineraliza al espíritu y le arrebata sus evidencias no se preocupa por saber si el espíritu ha de conservar sus desvelos para su uso personal o para aplicarlos a algo más impersonal, que en otras circunstancias habría podido servir para el establecimiento de una obra cualquiera, ¡¡de un producto!! En el fondo, nunca se sabrá qué es lo que lleva al espíritu a decidirse por la creación. Al fin y al cabo, los mismos pensamientos, las mismas tendencias voluntarias podrían servir sólo para hinchar el yo, para alimentarlo más íntimamente, para aumentar su densidad interior, y tanto peor para los obras y la creación, ya que psíquicamente el resultado es el mismo; pero, por lo que a mí atañe, este oscurecimiento, esta extirpación de las partes superiores de la conciencia y del pensamiento, es una cosa válida, por desgracia, para



 

 

 

Página 49



todas las circunstancias de la vida. Si intelectualmente mi cerebro se ha vuelto inoperante y ya no puede servir, los momentos durante los cuales el vacío se apodera de mí, me llena de angustia y disgusto y me hace sentir que mi vida está perdida, que es inutilizable, también tienen un valor sentimental y se traducen para el alma en una coloración de la nada, en una afectividad completamente negra y hecha a imagen de uno. Pero por otra parte esta afectividad es su falta de resonancias, es su coagulación[…]



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 50



 

 

 

 

 

A GEORGE SOULIE DE MORANT

 

Nunc salmavat

 

Viernes a la noche.

 

19 de febrero de 1932.

 

 

 

 

 

Querido doctor:

 

Lo que casi ha desaparecido del campo de mis observaciones y ya no forma parte de las características de mi estado es esta impresión de increíble cansancio, de total agotamiento, un agotamiento que sondea, al parecer, la resistencia, la integridad motriz del ser en todos los grados y en todos los sentidos. Y con esa sensación de fatiga colosal, espantosa, con este aplastamiento vasto, inaudito, de la tapa de los sesos, de la cerviz, aplastamiento de una fuerza y diríase de un volumen, de una dimensión tal, que da la impresión del peso de un mundo sobre los hombros, y recoge no sé qué cósmica afectividad, y alcanza la sensibilidad táctil, el vasto tacto de las comunicaciones de un astro a otro, y prueba de ello es que, en reposo y tendido sobre una cama, la sensación, lejos de desaparecer, se exaspera, se transforma en una impresión de vacío doloroso, de magnético trabajo ejercido sobre los miembros y a lo largo de la columna vertebral y ciñendo la pelvis. En tales estados, cierto número de imágenes inconscientes viven todavía; no están enfermas, pero parece que la enfermedad se pone de manifiesto a partir del momento en que, por poco que sea, una imagen se vuelve consciente, se reviste de sensibilidad, de afectividad y voluntad. No bien una voluntad intelectual interviene, por poco que sea, con el propósito de permitirle a una imagen, a una idea cualquiera, adquirir cuerpo al tomar forma; no bien se intenta pronunciar de una manera lúcida y clara alguna de esas palabras interiores que la mente asocia sin pausa, la enfermedad pone de manifiesto su presencia, su continuidad. Diríase que basta que la mente desee gozar de una idea o imagen interior, para que el goce le sea arrebatado. Regularmente, la



 

 

 

 

 

Página 51



imagen hablada aborta, e intentar llevar la idea o imagen al exterior es aún más difícil y sólo termina por revelar de manera flagrante y sumamente rápida la ausencia de continuidad, la ausencia de densidad nerviosa que está en la base de mi actual personalidad.

 

¡Las fluctuaciones de mi estado se hallan en general indicadas por el mayor o menor número de veces que tengo que lamentarme de un pensamiento tan pronto abortado! Y, en seguida, por el grado de estratificación y de evolución o desarrollo de ese pensamiento en que se produce la fisura.

Es decir:

 

dando por supuesto que toda idea o imagen despierta en el inconsciente y constituye con la intervención de la voluntad un habla interior, se trata de saber en qué momento de su formación habrá de producirse la fisura y si la intervención o manifestación de la voluntad es con seguridad una causa de perturbación, un motivo de fisura, y si la fisura intervendrá en ese pensamiento o en el siguiente.

Para que sólo intervenga en el siguiente, es necesario qu" el pensamiento, o la frase que lo expresa, sea endiabladamente breve, pues no me encuentro en un estado que me permita extenderme, por poco que sea, acerca de pensamiento alguno.

La ausencia de continuidad, la ausencia de extensión, la ausencia de persistencia en mis pensamientos, es, por consiguiente, una de las características esenciales de mi estado. Pero he aquí que la ausencia de persistencia hecha presente a propósito de tal o cual manifestación accesoria de la conciencia en pensamientos medianamente anodinos y carentes de interés es lo que me impide tomar válida y duradera conciencia de lo que soy, de lo que pienso y de los juicios que de ello podría deducir en el sentido que fuere, y me impide también tener presentes en la mente cierto número de imágenes-tipos que corresponden a mis sensaciones y representaciones personales, y, por lo tanto, tomar y conservar conciencia de ; impide que mi vitalidad y mi latente lucidez despierten a propósito de una asociación personal, muda e inmóvil cuando estoy solo, a propósito de un espectáculo exterior o a propósito de una pregunta formulada por otro, de una conversación oída, de un debate al que asisto. Sé que nunca iré muy lejos y que la fisura, el corte y la detención no podrán dejar de producirse. Se producirán según los días, el humor y el período de tiempo



 

 

 

 

Página 52



en que me encuentro con mayor o menor rapidez y me permiten más o menos hablar, y son infaltables y terriblemente anormales; con ello quiero decir que está bien afirmar que esto es manifiestamente mórbido, pues a menudo se me ha hecho la objeción de que esos cortes en el pensamiento, esos tropiezos de la manifestación intelectual, le ocurren muy bien a todo el mundo, como suele decirse; sí, pero con una frecuencia infinitamente menor, y además hay también una diferencia de calidad y de grado: la detención no afecta a la conciencia y a la manifestación en un mismo grado, y además, si se quiere, lo que cede es uno de los puntos del tejido, mientras que en mi caso es el tejido íntegro. El corte destruye momentáneamente toda la conciencia. El automatismo del cerebro que en los demás recubre las pérdidas en mí no las recubre puesto que su acción misma es la afectada y lo detenido es su funcionamiento. Y a este respecto hay además otra observación: la imposibilidad de formar y continuar los pensamientos podría considerarse de algún modo que se halla en el plano de tartamudez que se apodera de mi elocución exterior poco menos que cada vez que quiero hablar. Se diría entonces que mi pensamiento cada vez que quiere manifestarse se contrae, y que esta contracción abofetea interiormente a mi pensamiento, lo endurece como un espasmo; el pensamiento, la expresión, se detiene porque el golpe es demasiado violento, porque el cerebro quiere decir demasiadas cosas que piensa al mismo tiempo, diez pensamientos en lugar de uno se precipitan hacia la salida, el cerebro ve m bloque al pensamiento con todas sus circunstancias y ve también toda la multiplicidad de los puntos de vista en que podría situarse y de las formas con que podría revestirlos, una inmensa yuxtaposición de conceptos, todos ellos, al parecer, más necesarios y también más dudosos unos que otros, de tal manera que todas las incidencias de la sintaxis jamás bastarían para traducir y exponer, pero analizando bien un estado como éste no es por exceso por lo que peca en tales momentos la conciencia sino por insuficiencia pues esa yuxtaposición bullente y sobre todo inestable y movediza es una ilusión. En el origen no ha habido yuxtaposición, pues parece que en todo estado de conciencia siempre hay un dominante y si la mente no se ha decidido mecánicamente por un dominante es por debilidad y porque en ese momento nada la ha dominado, nada se ha presentado con suficiente fuerza y continuidad en el campo de la conciencia como para poder ser registrado. Quiere decir, pues, que en lugar de haber habido exceso y



 

 

 

Página 53



demasía ha habido más bien carencia, sin que algún pensamiento preciso haya encontrado al manifestarse su fisura, ha habido relajación, confusión, fragilidad.

 

Entre paréntesis, esta relajación, esta confusión, esta fragilidad se traducen en una infinidad de maneras y corresponden a una infinidad de nuevas impresiones y sensaciones, la más característica de las cuales es una especie de destitución o desmineralización o (desinflamiento) de la evidencia que hace que llegue incluso a preguntarme por qué por ejemplo el rojo (el color) resulta ser rojo, y me afecta en su condición de rojo, por qué un juicio me afecta como juicio y no como dolor, por qué siento un dolor, y por qué el dolor que siento sin comprenderlo y que debo continuar sufriendo con tanta fuerza y tan acremente que me obstino en analizarlo para tratar de despegarlo de mí, pues en el fondo no hay razón para que lo que no es más que una manera perversa y pervertida de ser y de sentir sea causa de un estado que me hace desdichado. Sin duda la imbécil y grosera reacción del pueblo que consiste en decir frente al dolor de otro: no piense en eso, tiene razón, pero tiene metafísicamente razón y lo ignora y no sospecha para nada por qué extraños caminos tendría que hacer pasar su sensibilidad y la reflexión de esta sensibilidad en las imágenes adicionadas del yo para llegar al desprendimiento a que alude el otro proverbio filosófico cuando dice:

 

«Dolor, no eres más que una palabra».

 

Todo esto para llegar a decir que en los períodos en los que tengo algo que decir me siento entorpecido por una precipitación anormal pero que los períodos en los que tengo algo que decir son excepcionales. Además habría que dejar de considerar el pensamiento como intelectual y como si el objeto de cada uno de los pensamientos debiera ser una obra escrita. Lo cual no debe impedir pensar de una manera rara, rara, es decir, esencial, mejor cribada que la de los demás.

 

Pero el estado que presenta no es un impedimento en la expresión y contrariamente a lo que usted piensa, querido señor, es en verdad el pensamiento el afectado, y más que el pensamiento la personalidad, el ser, pues no sólo debo investigar permanentemente qué pienso sobre tal o cual punto y a propósito de las ideas que más me apasionan sino que mi alteración es tal que a menudo me ocurre ser puesto en la imposibilidad de traducir las más sencillas impresiones, de atestiguar con mi propia manera



 

 

 

Página 54



de reaccionar frente por ejemplo al tiempo que hace, por increíble que esto parezca. Si hace frío puedo decir aún que hace frío, pero también me sucede ser incapaz de decirlo: es un hecho, pues hay en mí algo estropeado desde el punto de vista afectivo, y si me pregunta por qué no puedo decirlo, responderé que mi sentimiento interior sobre ese punto fragmentario y anodino no corresponde a las dos sencillas palabritas que debería entonces pronunciar. Y esta falta de correspondencia pues entre una sensación fisiológica y su toma afectiva de conciencia, por una parte, y luego intelectual por lo mismo que es posible resumir y sintetizar groseramente esa serie de operaciones rápidas, casi instantáneas que deben rematar en este truismo: hace frío, esta falta de correspondencia, como no escoge sus objetos y no anda con la menor contemplación, desemboca cuando se generaliza en las colosales perturbaciones que corresponden perfectamente, por su parte, a la pérdida de la personalidad. Pues ahora se ve muy bien, espero, de qué está hecha la pérdida. Un sentimiento interior que ya no corresponde a las imágenes de la sensación, así se aplique ésta a objetos inmediatos actuales y reales, o lejanos, sugeridos e imaginados, proporcionados por los recuerdos o artificialmente fabricados, el resultado es el mismo, remata en la supresión de toda vida interior. Una lógica intacta que se aplique a objetos agotados o a una pérdida absoluta de objetos sólo puede ser inoperante y estar desprovista de eficacia, pero por otro lado esa descripción a lo Descartes de la marcha de la mente es tan rudimentaria que resulta falsa pues semejante lógica inoperante comenzaría por no desplegarse.

 

Queda en pie que sin imágenes y sin sentimientos sobre los puntos que más me interesan, solo en el punto de vista de mi personalidad natural me invade un inmenso y constante pesar, pesar constituido físicamente por una especie de dolor, de nudo apostado en el punto donde la mente recurre a sí misma, o con mayor sencillez obsesionado por una horrorosa sensación de vacío, incapaz de echar mano a ninguna imagen, a ninguna representación, sé, además que cada vez que quisiera recurrir a mi propio tesoro de recuerdos intelectuales tropezaría con ese nudo con posterioridad al cual toda comparación me será imposible.

Insisto en este malestar representativo, traduce la ausencia de vitalidad normal que me impide seguir mis ideas y al mismo tiempo que me impide pasar revista a voluntad a mis opiniones, a mis juicios, me impide analizar a fondo con los demás.



 

 

 

Página 55



 

 

 

 

 

A GEORGE SOULIE DE MORANT

 

Domingo, 21 de febrero de 1932.

 

 

 

 

 

De viernes a domingo.

 

Por la noche, después de un brevísimo descanso, retorcimientos y torsiones en las piernas y los brazos, pinchazo en la pantorrilla izquierda más doloroso que en la otra, dolor persistente, pero leve. Los fenómenos más notables afectan el pie derecho, al que siento como cortado; me da la impresión de tener reacciones independientes.

 

Muy ligera impresión de serenidad, de calma y también de entumecimiento; siempre, locamente, carezco de exaltación.

Al día siguiente, al despertar, extraordinaria impresión de ligereza, de fluidez física del espíritu.

Pero ya no son muchas las ideas que me vienen. Estoy en un punto de vista siempre por debajo del nivel normal.

 

Domingo. Me aburro horriblemente. Ya no tengo una sola idea. No tengo siquiera la fuerza intelectual de buscar las ideas que puedan corresponder a lo que soy. Vuelvo a dar con un estado de indiferencia muy conocido.

 

Tengo la impresión de que mis reacciones duermen.

 

Ya nada despierta en mí una asociación. Esta inercia afectiva, de la que siento que ella depende en todos los casos, me desespera. No pienso ni siento nada de nada. Querría pensar o sentir algo; pero no, nada. No siento más que la coagulación física de mis impresiones. Me siento preso, congelado. El cerco se estrecha; de vago que era se convierte en un dolor característico alrededor del cráneo.

 

Tal vez hay en mi caso un fenómeno de contracción que interviene cada vez que pienso, pero hay otro de aminoración, de vacío, de exagerado apaciguamiento de los reflejos intelectuales y afectivos que hace que por



 

 

 

 

Página 56



una parte mi vida afectiva ordinaria se vea afectada y que por la otra, aun puesto nuevamente en posesión de una parte de mis facultades, no pueda convocar a mí a toda mi reserva interior ni esclarecer a voluntad todo el campo de mi conciencia; la inhibición de la memoria, la pereza de las ideas para presentarse a mi llamado, es un pereza del pensamiento y del entendimiento.

 

Resultado:

 

No puedo llevar a cabo el trabajo de revisión de los valores, de profunda investigación intelectual que me he propuesto y que me parece constituir mi finalidad,

con la impresión de que, aun en el caso de pensar, nunca capto más que un aspecto de mí, una faz superficial de mi pensamiento.

 

Bajo los efectos de tal dominio, del que tengo la impresión de que al mismo tiempo que me oprime físicamente les impide a mis nervios vibrar y a mis impresiones circular en mí, responderse de nervio a nervio con toda su riqueza y en todas sus cualidades, me siento como sobrecogido de estupor, inerte e indiferente, y con el alma tan afectada como el cerebro. Prodúzcase una mejoría y antes que nada se traducirá en la disolución de tal dominio, y de inmediato tendré la impresión, aun antes de intentar pensar, de que mi alma circula mejor, que los intercambios afectivos internos se han liberado y pueden realizarse, que va ganándome una difusa satisfacción, un estado de bienestar moral, de satisfacción vegetativa, que es el signo de que he recuperado en parte mi espíritu y he entrado nuevamente en mí.

 

En el momento de hablar a usted, mi conciencia, reducida a un hilo, me pone,

 

no en poder de emociones, de sensaciones, pensamientos, asociaciones, vibraciones cualesquiera de la sensibilidad general, ni del yo,

sino bajo el poder de la angustia.

 

Tan contraído siento mi poder de reaccionar, que me sofoca, y voy a gritar, y hacía ya mucho tiempo que no sabía de esto, acaso varios meses.

Cualquiera (hasta el más insignificante de los imbéciles) es superior a

 

 

por el solo hecho de vivir.



 

 

 

 

 

 

Página 57



Admito la dificultad de la expresión con la integridad de las sensaciones detrás, pero sólo cuando lo afectado es la En-potencia.

 

No es que el cerebro deje de funcionar respecto de tal o cual punto, a propósito de tal o cual asunto que se le formule o de tal o cual consideración o emoción de detalle; es que a propósito de todo estoy obligado a investigar lo que pienso y siento, y cómo siento y pienso, y si deseo elucidar un concepto me resulta imposible considerarme en toda mi dimensión externa, encontrar de memoria el tesoro de todas mis elucidaciones pasadas, hacer renacer la masa global de mis representaciones.

 

Adviértase el temblor físico que encuentro en el fondo de este estado de inercia, de coagulación, de ausencia de circulación.

 

¿Ausencia de circulación de qué?

 

De vida afectiva, de vida de asociación.

 

Desaparición y disolución, desvanecimiento de los apoyos nerviosos, de las localizaciones del pensamiento en el cuerpo.

 

No es la memoria de un acto, el recuerdo de una imagen; es al mismo tiempo el tesoro afectivo de mi personal sensación interna a propósito de ese acto o de esa imagen recordada.

 

No es, pues, el recuerdo en sí de la vibración afectiva que acompaña al recuerdo lo que ya no logro evocar.

 

Esta derrota corresponde físicamente a todo un conjunto de dolores y parece consecutiva a este conjunto; dolores que sólo son la traducción y la aparente consecuencia física de un estado profundo harto comparable a una especie de vital sequedad, a la angustia y el vacío producidos por la desconexión de una corriente fluida. Es la imagen más precisa que pueda yo hallar para traducir esta profunda paralización de la sensibilidad central, alterada en sus emisiones. En estos momentos me siento trémulo, trastornado físicamente y como físicamente alterado, con la sensibilidad ahíta de aprensiones. El simple pinchazo de un alfiler puede hacerme sobresaltar profundamente, y entonces por nada me horrorizo; una mera presencia puede causarme el efecto de una aparición, afectarme a la manera de una aparición.



 

 

 

Página 58



La serenidad se traducía pronto en una rarefacción de ideas y en un vacío, y el vacío intelectual se extendía y pasaba a ser un vacío total de la afectividad; pero el desecamiento y el despojo de la afectividad despertaban al mismo tiempo todas sus correspondencias físicas, haciéndose sentir físicamente como una opresión nerviosa. Rápidamente me veía reducido a mí mismo, localizado en mí mismo; me veía obligado a replegarme en mí. Mi conciencia se reducía a un hilo; todo se reducía a una inmensa confusión que convergía hacia el punto de mi conciencia dolorosamente reducida a un punto o un hilo, y por lo demás este lujo verbal con que traduzco más o menos bien penosos y anormales estados de conciencia es un lujo puramente verbal y no corresponde a un lujo paralelo de impresiones.

 

Todo lo que digo es buscado, intencionado; he perdido definitivamente la espontaneidad del lenguaje. Ni aun las sensaciones que traduzco con una precisión tan minuciosa dejan de corresponder a una visión decididamente fragmentaria de mí mismo y a apariciones aun más fragmentarias de lo que la expresión solicita y designa; jamás son las expresiones que emplearía si me encontrase en posesión de mi espontaneidad integral.

21 de febrero de 1932.

 

Traduzco mal lo que siento porque me falta cierta visión sintética, y la ausencia de ésta indica a las claras la naturaleza de mi mal. Si fuera capaz de tal visión sintética expresiva, inmediata y espontánea, que engloba la sensación y el término, entonces indicaría ante todo que no estoy en el estado en que estoy.

 

Todo esto corresponde al estado de domingo, consecutivo —pienso— a los pinchazos del viernes.

 

1.º Revisión sintética de los valores espirituales y cimientos físicopsíquicos del yo.

 

2.º Trabajo de reducción del espíritu dentro de los términos formales, a través de los estados determinados del pensamiento, englobados en ciertas palabras y ciertos términos.

 

3.º Ya efectuada la parte correspondiente a las convenciones revisadas, aislados los cuerpos naturales y originales y reducida la conciencia, pero



 

 

Página 59



verdaderamente reducida, a cierto número de modos globales, quedan los valores metafísicos puros, el espíritu desnudo en lo formal y no nominado.

 

4.º Posición y clasificación de lo intuitivo no nominado con sus tendencias principales.

 

5.º Revisión rápida y global de las altas civilizaciones sintéticas y definición de la síntesis y de la apropiación, por el espíritu ávido, de todo cuanto le corresponde.

 

Disociación en el teatro de los valores que concurren a la formación de cierto espíritu alquímico por definir.

 

Esos brazaletes de dolores, esas duras placas y esas partes heladas que se aplican sobre toda la extensión del cuerpo externo se aplican asimismo a la dimensión íntegra de la sensibilidad.

 

No siento la necesidad de decir cosa alguna, y busco algo que decir.

 

No siento nada.

 

y querría tener una sensación, una impresión.

 

Querría sentirme vivo, incluso en un grado meramente sensitivo.

 

Pérdida del poder de actualizar las pasiones.

 

¿Cómo es posible que jamás me encuentre en condiciones de elucidar los problemas que me preocupan, ni —peor aun— de convocar a mí las ideas y los problemas que me apasionan para hablar y discutir acerca de ellos, siendo necesario que alguien, o que un azar fortuito, me los recuerde y que mi estado normal sea el de haberlos olvidado por completo? Peor que eso, ¿cómo se explica que me resulte imposible por la simple acción de la voluntad no sólo atraer a mí la idea de tales problemas, sino además saber siquiera de qué se trata, y que, si alguien me recuerda ideas que ya me he hecho, asuntos que ya me he planteado, sea incapaz de hablar con él acerca de éstos y no pueda penetrar en tales ideas, atraerlas a mí ni hacerlas presente por medio alguno?

 

No tengo el sentimiento de nada, la idea de nada, aguardo sentimientos, ideas, imágenes;

 

la angustia física y la constante opresión que me impiden reaccionar ante nada me dan al mismo tiempo la impresión de haberme perdido, y sé que careceré de la humanidad y de la más corriente y fácil presencia



 

 

 

 

Página 60



personal y acostumbrada, y esta indisponibilidad se extiende a todos los puntos, corresponde

 

a las impresiones e impide responder a las más ínfimas necesidades. No puedo hablar de nada, ocuparme en nada, interesarme por nada,

responder a nadie:

 

los reflejos ya no actuarán.

 

En tales condiciones, buscar, ya las emociones, ya las inspiraciones que se apoyan en la presencia activa de la personalidad considerada en sus relaciones con cierta emoción interior, cierto escape, y desplazamientos de la afectividad plena de imágenes, recubierta de sentimientos, brillante de cierta exaltación latente, de un simplísimo esplendor, pero efervescente y luminoso del yo.

 

Psicología del Arte.

 

Pérdida del espíritu religioso y del sentido místico.

 

Todo tipo de ideas en las que ya no creemos, y por eso nos batimos tan mal por ellas.

 

No olvidar que me siento al mismo tiempo prisionero de algo y que estoy moralmente bajo los efectos de una intensa angustia que hace que sepa y sienta que no puedo hablar, y que físicamente esta angustia corresponde a una opresión, opresión con una sensación física de aprisionamiento. No olvidar los brazaletes de dolores en las muñecas, las escarcelas y los borceguíes.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 61



 

 

 

 

 

A JEAN PAULHAN

 

México, 23 de abril de 1936.

 

 

 

 

 

Querido Jean Paulhan:

 

Mi vida aquí depende de un milagro: puedo decirlo. Lo que obtuve de la compañía Trasatlántica para partir lo obtengo aquí del gobierno, de diversos grupos, de la Universidad, etc., etc., para proseguir mi viaje y hundirme en el interior de México. Espero poder contarle al regresar muchas cosas pasmosas que puedan mostrarle a todo el mundo que el mundo es, en efecto, doble y triple y que todo anda por planos y por regiones. Se me conduce y SE me cuida. Tal lo que puedo decirle. He tenido unos espantosos apuros materiales, pero no duraron mucho tiempo; salí de ellos gracias a un concurso de circunstancias que demuestran la presencia de una fuerza activa y vigilante alrededor de mí. Cuando conozca usted los hechos no dudará.

 

México es un país asombroso: tiene fuerzas de reserva, y las tiene, si puede decirse, al desnudo. Por cierto que no me equivoqué cuando quise venir aquí. Sólo que también aquí existen, como en todas partes, el mundo oficial y el otro. Pero el otro es tan fuerte, que el propio mundo oficial se siente trastornado por él.

Insista, se lo ruego, en Gallimard para que aparezca por fin mi libro sobre el teatro, y para que aparezca sin demora: contiene un gran número de artículos que todos aquellos que habrían debido leerlos no los han leído porque fueron publicados en revistas y no en libros. Y además la Rueda del Tiempo ha girado. Y muchas cosas contenidas en mi libro han pasado a ser de actualidad. Y otras más han de pasar al primer plano de ésta, porque la conciencia del mundo está cambiando y porque nunca los mismos objetos impresionan la conciencia de la gente. Lo que era sutil e impermeable debido al aspecto abstracto de su índole, sin cambiar de presentación ni forma se vuelve de repente concreta. Comprenda, querido Jean Paulhan, que me interesa señalar una fecha y que me siento un poco



 

 

 

Página 62



enojado al ver que otros utilizan mis ideas. Lo que veo en México me prueba que siempre he estado en el buen camino. Sólo por razones meramente comerciales se me ha debido privar del beneficio de lo que he pensado antes que nadie en este tiempo. Esto me parece inmoral. Se lo he dicho y ahora vuelvo a pedírselo: hable de mi libro con André Gide, con André Malraux. No es posible que, así que les haya hablado, deje de encontrar aliados en ellos.

 

Aquí el gobierno hace traducir mis textos y los publica reunidos en volumen. Se trata de cosas nuevas que he escrito acerca de la cultura, la Tradición, la Magia, México y él Destino[17]. En fin de cuentas, en París no he tenido más que fracasos. Cuando salí de París dejé unos cuantos textos en manos de usted: ninguno ha aparecido. Aparecerán dentro de diez años, cuando ya todo el mundo haya chupado su sustancia y yo aparezca, al decir lo que digo, como una continua imitación de mí mismo. No es posible. Me atrevo a decir que mi libro El teatro y su doble y los dos textos destinados a Mesures contienen ideas esenciales, ideas renovadas, las bases de una verdadera ciencia, un medio de reanudar —en resumen, pero medio al fin— toda una tradición perdida. En momentos en que el mundo busca bases no es el momento de descartar los libros ni las obras que sugieren bases, para publicar en lugar de ellos dios sabe qué, algo que haga rápidamente dinero, pero que carece de futuro. Y piense lo que quiera Gallimard, un libro como El teatro y su doble debe reportar dinero si mediante una criteriosa propaganda se lo sabe enviar a donde hay que enviarlo. Sólo en México podrían venderse unas cuantas centenas de ejemplares. Que Gallimard no me pague si así lo quiere, pero, por Dios, que haga aparecer el libro.

 

No sé decirle hasta qué punto me irrita esta absurda resistencia.

 

Es preciso que Gallimard sepa que la Revolución se incuba en todas partes y que es una Revolución por la cultura y EN la cultura y que no hay más que una sola cultura mágica tradicional, y que la locura, la utopía, el irrealismo y lo absurdo van a convertirse en realidad. Que venga a dar una vuelta por México: comprenderá que un estado de cosas que ha muerto se sobrevive actualmente a sí mismo y que es inútil aferrarse al cadáver. Y que sería muy inteligente aferrarse a las obras que contienen las bases de esta especie de locura duradera. Querido Jean Paulhan, espero recibir una carta de usted en la que me diga que El teatro y su doble ha aparecido o va a parecer, en la que me señale, en fin, fecha de aparición.



 

 

 

Página 63



He pasado aquí unos graves, terribles apuros de dinero, pero vuelvo a decírselo: milagrosamente, el cielo me ha socorrido. De manera, pues, que no es por el aspecto financiero por el que le ruego ahora presentarle a Gallimard el problema de la publicación de mi libro, sino por el aspecto de la necesidad intelectual, moral, que habrá de reportar dinero con posterioridad.

 

México es una ciudad de terremotos. Quiero decir que es un terremoto que no ha terminado de evolucionar y se ha visto petrificado donde está. Y ello en el sentido físico del término. Sus fachadas en hilera forman montañas rusas, toboganes. Todo el suelo de la ciudad parece minado, resquebrajado por bombas. No hay una casa que esté derecha; no hay un solo campanario. La ciudad contiene cincuenta torres de Pisa. Y la gente tiembla como su ciudad; también las personas parecen trozadas: sus sentimientos, sus citas, sus asuntos[18] ; todo es un inmenso rompecabezas, y suele resultar sorprendente que se ordene, que de tanto en tanto logre reconstituir una unidad.

Hay en México una mezcla inverosímil de razas: indios con indios, mayas con aztecas, aztecas con zapotecas, zapotecas con tarascos, tarascos con totonacas, totonacas con otomíes, otomíes con huaxtecas, huaxtecas con zacatecas, zacatecas con cachiqueles, cachiqueles con criollos, criollos con mestizos, mestizos con yaquis, yaquis con quicapúes, quicapúes con nada de nada; y cuando se ha alcanzado la nada, entonces intervienen los indomables seris, los tarahumaras vegetarianos, y los lacandones, que no son más que trescientos y que mueren para no asistir a la dominación de los blancos, igualmente condenada.

Todas estas razas se aplastan parejamente —se aplastan, digo—, se contraen y recogen, ceden, se mestizan y mueren. Hay rebeldía y abandono; hay resignación y rebelión. Algunos se acuestan con su madre para no acostarse con blancas, pero las Madres ya estériles, han dejado de alimentar a la raza, y la raza se ve a un país «en el que la Madre de todo el mundo vela porque sus hijos lleven siempre un peso[19] consigo».

 

La política del gobierno no es indigenista; quiero decir que no tiene espíritu indio. Tampoco es pro india, pese a lo que digan los periódicos. México no procura ser o volver a ser indio. Simplemente, el gobierno de México protege a los indios en su condición de hombres; no los defiende en su condición de indios.



 

 

 

Página 64



Con posterioridad a la Revolución, el indio ha dejado de ser el paria de México; pero eso es todo. No se le ha concedido un lugar aparte. Yo diría aún más: sus ritos no son protegidos; se conforman con respetar sus costumbres. No es lo mismo. Y aun cuando oficialmente se combata el prejuicio racial, existe una disposición más o menos consciente, pero general, según la cual los indios todavía son de raza inferior. Pese a todo, se continúa tomando a los indios por salvajes. Se considera inculta a la masa india, y el movimiento que domina a México consiste en «educar a los indios incultos hasta una noción occidental de la cultura, hasta los beneficios (SINIESTROS) de la civilización».

 

Hay Maestros de Escuela —que aquí se llaman Rurales— que acuden a predicar ante las masas indígenas el Evangelio de Karl Marx.

 

Pero ante el Evangelio de Karl Marx las masas indígenas, supuestamente incultas, se sienten como se sentía Moctezuma frente a los infantiles sermones de Cortés. Durante cuatro siglos no ha cesado de propagarse el mismo eterno error blanco. Reducidos en su número, enfermos, aplastados, en parte degenerados, los indios conservan el recuerdo de su antigua, de su sobrenatural cultura, fruto de una inspiración sobrenatural. De modo, pues, que, lejos de tratar de elevar a los indios hasta la cultura, los mestizos de criollos (aquí los criollos son los descendientes de los blancos) deberían elevarse hasta la cultura de los indios. Esta cultura subsiste; está hecha jirones, pero subsiste. Los secretos de la cura con plantas, que para nuestra mentalidad de blancos forman parte de no sé qué natural brujería, son en realidad los restos de una antigua Ciencia oculta de curar. Y los indios, en su atavismo deslumbrante, aún saben percibir los orígenes de ella. Son los herederos de un tiempo en el que el mundo todavía poseía una cultura, una cultura que era vida. Pues para ellos la civilización no puede estar separada de la cultura, y la cultura no puede estarlo del movimiento mismo de la vida. Lo saben, y lo dicen en un lenguaje que ya no logramos comprender, pues somos demasiado inteligentes. Y hemos terminado por olvidar qué es «el susurrante hogar de la vida».

 

Para los indios la vida es un hogar susurrante, es decir, un fuego que resuena, y la resonancia de vivir alcanza todos los grados del diapasón. Hay un ruido para hacer morir las plantas, y es el ruido según el cual mueren ciertas plantas que el alma del hombre acompaña en el momento de su consunción. De ahí que los sermones sociales de los Evangelistas de



 

 

 

Página 65



Marx les causen risa. Curad primero la vida, dicen ellos, y así renacerá el estado Social con sus cuadros que susurran; en el murmullo del fuego trama la vida sus fuerzas. Y debido a esta idea superior y central que vive en los borborigmos de la sangre, muy a menudo los Maestros de Escuela son recibidos a balazos.

 

El gobierno ofrece tierras a los indios, pero al mismo tiempo les ofrece urnas electorales, y los indios juran que ellos no quieren ni urnas ni tierras, sino simplemente Libertad. En la práctica, por lo demás, el problema no es tan sencillo. Y además hay que distinguir. Con frecuencia se debe al fanatismo cristiano el hecho de que los indios, que son todos campesinos, rechacen las urnas y las tierras e, incitados por sus «Sacerdotes» católicos, se subleven contra los enviados del gobierno. Pero también lo hacen por fanatismo pagano, y para defender a su Jiculi (Dios del Peyotl), a su Raienai (el Sol), a su Mecha (la luna), se abalanzan a sus fusiles.

Por el lado oficial, el fanatismo religioso de los tarahumaras, de los yaquis, de los seris, responde un fanatismo socialista. Para algunos Maestros Rurales, Karl Marx también es un dios, y a uno de ellos he oído decir que de Marx acá ya sabemos qué nos va a traer la historia, y que en virtud de la Ciencia eterna y definitiva de la historia ya podemos educar a nuestros hijos.

Sería cosa de nunca acabar, querido amigo, si quisiera describirle el estado de México. Ya ve usted que es apasionante, y debo decir que en todas partes hay Hombres convencidos y cuyo honesto fanatismo se basa en la más innegable buena fe.

A la espera de que por fin me lleguen buenas noticias de París, le estrecho afectuosamente las dos manos.

 

Antonin Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 66



 

 

 

 

 

A JEAN PAULHAN

 

París, 4 de febrero de 1937.

 

 

 

 

 

Querido amigo:

 

Llegado al centro mismo de los cerros tarahumaras[20] me sentí asaltado por unas reminiscencias físicas tan apremiantes, que me parecieron rememorar Recuerdos personales directos. Todo —abajo, la vida de la tierra y del pasto, las hendiduras de la montaña, las particulares formas de los peñascos y en especial el empolvoramiento de la luz por grados dentro de las perspectivas nunca terminadas de las cumbres, unas por sobre otras, siempre más lejos en un alejamiento inimaginable—, todo me pareció que representaba una experiencia vivida, ya pasada a través de mí, y no el descubrimiento aunque extraño, de un mundo nuevo. Nada de aquello era nuevo para mí. La impresión de lo ya visto es vaga, quiero decir, sin fecha; la mía estaba perfectamente situada, pues aquella experiencia orgánica vivida me hacía acordar de otra, a la que me sentía acaso indirectamente vinculado, pero de todos modos por lazos materiales. Eran reminiscencias de historia que me asaltaban, peñasco por peñasco, hierba por hierba, horizonte por horizonte. Yo no he inventado la aparición de los Reyes Magos; me ha sido minuciosamente inspirada por un país construido como países de pintura, que no provienen por cierto de parte alguna. No creo en la imaginación absoluta, quiero decir, en la que de nada hace algo; no hay una sola imagen mental que no me parezca el miembro separado de una imagen efectuada y vivida en alguna parte. Y a su vez imágenes inmensas, inhabitadas, evocaban para mí otras que en otros tiempos estuvieron pobladas, y me pareció que su vida se desplegaba en un plano poco ordinario. No soy yo quien inventó la tradición de los signos mágicos; y que aquella montaña estaba obsesionada por ellos, es un hecho. He bosquejado su nomenclatura en uno de los artículos que he enviado a usted, pero piedra por piedra; en fin de cuentas y al final del viaje me ha asaltado la impresión de haberlos señalado en su totalidad,



 

 

 

Página 67



desde el / que se corta en / /, roto en su mitad por una barra / —teniendo enfrente la misma barra recta surgida de él/ — /, y nada puedo hacer si la forma de H que parece resultar de ello es la figura central sobre la cual dice Platón que los atlantes construyeron su ciudad; es, si se quiere, pueril, pero existe en los cerros tarahumaras y en Platón. Yo he visto una roca estriada en tres barras verticales, 3, y sobre ella otra más pequeña y estriada en una sola barra. He visto el enorme diente fálico, del que ya le he hablado, con 3 piedras en la cabeza y 4 agujeros en el rostro. He visto en un peñasco agujereado una cabeza circular de hombre en la que se inserta un sol naciente, exactamente el disco del sol, y debajo el cuerpo del hombre prolongado en sombras, con el brazo derecho extendido como una barra de luz, y el izquierdo como la misma barra, pero también en sombras, y replegado. He visto la figura de la muerte como extirpada de las rocas circundantes, y sostenía en su mano izquierda, enorme, a un chiquilín. Y no hablo de todas las imágenes ni de todas las semejanzas que he visto y que delineaban una olvidada fauna de la naturaleza; parecían recordar mitos milenarios en los que el hombre domesticado conversa con los Reinos que lo han domado. Y si el mundo universal de los Judíos está representado por dos triángulos que se compenetran, el mundo de todas las Razas rojas está simbolizado por dos triángulos opuestos a los que se une la línea ideal de un árbol. Cien veces he visto este mundo en las rocas, surgido de no sé qué pasmoso azar, y en los árboles, impreso por la mano misma de los hombres, y en todas partes donde he encontrado la famosa /

 

— /, la H de la generación, en suma, he visto, surgidas y como extraídas de los árboles que habían sido quemados de arriba abajo para liberar de ellos sus figuras, he visto una figura de hombre y otra de mujer que se enfrentaban, y el hombre tenía la verga en alto. ¡Cuántas veces además he encontrado al pequeño mundo de la tierra representado por un círculo y alrededor de éste otro círculo más vasto del Universo indeterminado! ¡Cuántas veces he encontrado la cruz de la tradición rosacruciana: 4 triángulos orientados hacia los 4 puntos cardinales y centrados todos en torno a un punto! ¡Yo he visto este signo! ¿Qué he de hacer si está de acuerdo con el signo de la tradición rosacruciana, si se nos dice que así formaban sus cruces los rosacruces? Y ese símbolo estaba repetido miles y miles de veces, no sólo en plena Naturaleza, sino también sobre la puerta de las casas de una sola hoja, y sobre los muros, a la sombra de los techos. He visto casas cuyas fachadas se respondían entre sí mediante cuadrados y



 

 

 

Página 68



puntos, y a veces por una especie de rectángulos encimados que parecían sumarse. ¿Y no se me ha dicho allá, en los cerros, que aquellas confusas figuras de geometría no estaban confundidas, sino reunidas, y constituían los Signos de un lenguaje basado en la forma misma del aliento cuando se libera en sonoridades? La magia universal no se basa en muchos signos elementales más que todos los que he encontrado en vivo y en la naturaleza, en una montaña que, incluso al margen de tales signos, tiene la luz de los países encantados. Muchísimo menos han necesitado los novelistas y los poetas para encontrar y precisar mitos inventados por su mera imaginación. No he pretendido, al narrar mi viaje, escribir una tesis de doctorado, dar con el camino de una tradición segura y suministrar pruebas para corroborarla. Después de todo, que se extraiga de mis hallazgos las conclusiones que se quiera. Poco me importa. Y menos que poco me importa creer que los Reyes Magos hayan hecho un rodeo por las desoladas montañas de México. Pero sí sé que he llegado allá arriba, y dominado kilómetros casi infinitos de paisaje, he sentido remover en mí, con fuerza, reminiscencias e imágenes insólitas que nada al partir me habría hecho sospechar. Y viendo en aquellas montañas incrustadas de figuras, más figuras que divinidades tienen las murallas de ciertos templos de la India, viendo pasar frisos de hombres, hombres envueltos en mantas también con triángulos bordados, cruces, puntos, círculos, lágrimas y relámpagos, y aquellas cruces, aquellos puntos, aquellos círculos, aquellos rectángulos, aquellas lágrimas y aquellas rayas quebradas en relámpagos no estaban del todo sembrados como figuras decorativas, en una simetría que les habría arrebatado todo, pero nunca vi 2 mantas que tuviesen los mismos signos, y cada una de ellas era del color del hombre de rostro inculto que la llevaba; viendo pasar a aquellos hombres aparentemente ignorantes del simbolismo en el que su vida parecía inmersa, no pude creer que todo aquello representara de su parte un cálculo o una búsqueda cualquiera, que fuese el resultado de una premeditación consciente y despierta; hacían todo aquello porque sus padres, decían, lo hacían, y de padre en padre me he preguntado hasta dónde podían remontarse tales usos: el cerebro menos predispuesto se habría preguntado de dónde habían podido provenir aquellos vestigios y qué tradición más que humana significaba, en fin, su presencia.

 

¿Acaso el verde y el amarillo no son los colores opuestos de la muerte? El verde para la resurrección; el amarillo para la descomposición y la



 

 

 

Página 69



FIAT LUX

decadencia; y si las coincidencias algo quieren decir, permítame, para terminar, que atraiga su atención sobre el hecho que paso a relatar.

 

Al caer la noche llegué a una de esas aldeas dominadas por los falos, esos falos recubiertos de figuras y que parecen plantados por un azar natural. Alguien, no sé quién, silbaba la melodía de una danza tarahumara con 5 medidas sobreagudas que se desbarrancaban de pronto en cien abismos, y, como si una voz de la hondonada respondiera, un niño se acercó a nosotros, solito, desnudo bajo su manta gris y con el rostro literalmente comido por el pus. Una especie de redecilla verdosa sobre el hueso de la frente parecía reemplazar al trayecto de una vena. Ávidamente comió los alimentos que se le ofrecieron, aunque manteniéndose siempre a una prudente distancia. Yo había creído notar en la parte delantera de la manta un triángulo rojo, erguida la punta, y al darse vuelta vi en su espalda una lágrima, una enorme lágrima bordada que abarcaba toda su altura; tenía la punta hacia arriba y formaba un ganchillo hacia la izquierda. Inmediatamente me encogí de hombros frente a la imagen que traía a mi memoria. Hice un esfuerzo, justamente, para reprimir mi imaginación, siempre predispuesta; no obstante, no puedo decir que no haya pensado en la imagen que se me presentó en aquel minuto, y voy a volver a mencionarla, con la reserva de que puede usted encogerse de hombros

como yo mismo lo hice. Pensé en el                                                                                                     de Dios y en la forma que

 

Robert Fludd, en su Teatro de la Eterna Sapiencia, impone el movimiento original de la creación. Aquella lágrima, aquella vejiga recurvada, representa la luz que, surgida del vacío, va poco a poco recurvándose y cerca las tinieblas que va a reemplazar. La lágrima, sola, no era tal vez nada, pero la lágrima roja dentro del triángulo rojo era una aproximación ya bastante singular. Varias semanas pasaron allá arriba. Penetré en el fondo de las montañas; vi los sacerdotes diseminados del Peyotl que trituran durante noches enteras en sus ralladores la mezcla de los principios primeros. Y tomé el camino del regreso.

 

Volví a pasar por la aldea de los falos; al filo del mediodía pedí asilo en una casa miserable de la que vi salir a un indio que, pese al calor tórrido de ese instante, se había envuelto en una gran manta. Yo había visto ya extrañas mantas a través de toda la montaña, pero aquélla llevaba cuatro triángulos blancos como apretados y que abarcaban toda su altura; los bordes estaban recubiertos por una línea de cruces verdes de un lado y amarillas del otro y compuestos por los 4 triángulos que ya le he



 

 

 

Página 70



mencionado. El indio nos saludó sin pronunciar palabra, con una sonrisa tarda, pero inteligente, y ya la mujer se deshacía en atenciones. En tanto disponía el maíz y las hierbas me golpeó con una falsa trenza que llevaba prendida a sus cabellos; por ésta había hecho pasar un hilo de lana alternativamente verde y amarillo, es decir, del misino color que las cruces. Y además tenía un collar de cuentas verdes, y de sus orejas pendían unas piedrecillas amarillas. Afuera de la casa unos niños disputaban a grito pelado, y vi salir a un muchachito de enorme vientre, con la boca rodeada de abscesos; detrás de él, otro muchacho, ya algo mayor, en quien reconocí al niño de manta gris bordada con un triángulo y una lágrima. Nada insólito vi en el interior de la casa, a no ser en un rincón una cruz cuya punta era un hierro de lanza y cuyos brazos tenían forma de trébol. El indio, interrogado, se mantuvo en un mutismo absoluto.

 

Y ya está, querido amigo… He deseado contarle lo que vi, sin extraer ningún tipo de conclusión. Usted verá que los hechos y las cosas hablan por sí solos e indudablemente con más vigor que el que yo les he dado, aunque sin duda en el mismo sentido. Tal vez algún día me entretenga en narrar —o lo narraré sin entretenerme— el mundo en el que tengo la impresión de que muchas de las cosas actuales ganarían mucho si entrasen. No quiero ubicarme en el punto de vista de lo pintoresco, para narrar mi viaje, sino en el punto de vista de la eficacia.

Suyo de todo corazón,

 

Antonin Artaud

 

 

 

Me habría gustado que me dijera que no le agrada la tesis oculta; sin embargo, en todas las tinieblas con que se envuelven la poesía y el lenguaje modernos hay muchas menos ideas que en todo esto.

Justamente, tengo sumo interés por la idea de los 3 Reyes Magos, que encontramos en el origen de varias historias fundamentales, y de toda una tradición. Mi papel no está embarullado: está terriblemente contraído y elíptico por el enorme tema que he querido destacar. Pero es un tema que me importa mucho, y he de retomarlo de otro modo en otro lugar; por el momento quedémonos en esta combinación que usted me ha propuesto.

Muy afectuosamente, su



 

 

 

 

 

 

Página 71



 

Antonin Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 72



 

 

 

 

 

A CECILE SCHRAMME[21]

 

[Sceaux, 21 de abril de 1937.]

 

 

 

 

 

Me ha impuesto usted unos tormentos muy crueles que habrían podido evitarse, y Yo lo Sabía.

 

Por favor, cuando venga, tráigame lo que le he pedido, pues justamente hay que terminar con todos estos suplicios —añadidos.

No estoy preparado para el filtro. Esta es la razón.

 

La señora Allemand viene el martes y le hablaré de ello.

 

Por supuesto, no olvide que, si usted ya no tiene nada, no quiero a ningún precio que vuelva allí JAMAS. Las Potencias me lo han prohibido. Y esta mañana he recibido órdenes y advertencias terribles y rigurosas sobre mí y mi DESTINO. Estoy obligado a vencer o a morir inmediatamente; he ahí el dilema.

 

¡POR ESO NO HAY QUE ARREBATARME LA FUERZA!

 

Antonin Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 73



 

 

 

 

 

A CECILE SCHRAMME

 

[22 de abril de 1937.]

 

 

 

 

 

Mi querida amiga:

 

Ya van siete días que una tortura incalificable e implacable ha comenzado para mí.

 

Los dolores parecen disminuir de un día para el otro, pero de una manera demasiado imperceptible. Y luego vuelven a empezar con una terrible intensidad. Hace una semana que no sé si vivo, ni en dónde estoy ni si poseo un cuerpo.

Ayer, por la falta de lo que usted sabe, la velada fue horrible. Y, sin embargo, pese a lo que dicen los doctores, es patente que mi estado hace unos progresos de gigante y que voy desintoxicándome, como que todo el mundo queda sorprendido ante mi metamorfosis física. Créamelo: las dos formas no se suman. Y cuando se ha elegido una de ellas, la naturaleza no permite pasar a la otra. Para mí, pasar en ésta algunos días no sería más que un respiro, un descenso para volver a tomar aliento, pues le juro que ya no veo la luz del sol.

 

Le digo todo esto, por lo demás, no para insistir, sino para tranquilizar su conciencia y devolverle la confianza en nuestro común destino.

Te esperaré, pues, mañana, y no te asustes si me encuentras algo nervioso. Esta mañana estaba fuera de mí.

Hay que decir que la casa es imposible.

 

Hemos tomado un gran Camino, Cécile. No puedes saber qué Hombre va a surgir de mí ni a dónde te llevaré.

Con toda mi alma, que te quiere desde hace años.

 

Antonin



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 74



 

 

 

 

 

A ANDRÉ BRETON[22]

 

Viernes 30 de julio de 1937.

 

 

 

 

 

Mi querido amigo:

 

Sólo acepto seguir viviendo porque pienso y creo que este Mundo, cuya Vida me insulta y Lo insulta, morirá antes que yo.

 

¿Sabe usted de un Hombre cuya indignación contra todo lo que existe actualmente sea tan constante, tan violenta, y esté tan constante y desesperadamente en estado de permanente fulminación?

 

Esta cólera que me consume, y que todos los días aprende a usar un poco mejor, algo debe de significar.

No estoy solo en mi cólera, créalo: hay a mi alrededor algunas personas que me hablan y ordenan como siempre han hablado y ordenado a los que han deseado dejar de pertenecer a este mundo,

y lo han deseado de todo corazón.

 

Aceptar arder como he ardido toda mi vida y como actualmente ardo es también el poder de quemar

y sé que yo estaba predestinado a quemar; por eso creo poder decir que pocas cóleras pueden llegar hasta donde subirá la mía.

Si el fuego moral de la cólera no fuese capaz de identificarse con todas las formas visibles o invisibles del Fuego, no valdría la pena vivir, y por lo demás nunca habríamos podido vivir, ya que al fin y al cabo ¿de qué estamos hechos?

En realidad, no existe distancia entre la cólera de un espíritu furioso y la fuerza devastadora de todos los fuegos. Pero existe algo que hay que encontrar. Yo lo he encontrado, y esto es lo que me permite hablar siempre con absoluta seguridad.

Porque mi fe se ha encarnado en hechos.

 

Ya le he dicho en qué consisten éstos

 

pero no me arrogo el derecho de escribirlo, pues esos hechos son mi secreto.



 

 

 

Página 75



Le proporcionaré sin la menor reticencia muchos otros pormenores, y le ruego no decir en ningún caso, si se lo preguntasen, quién redactó el folleto que le ha sido enviado.

 

En todo caso habrá observado que hay tres fechas, en apariencia inactivas

y que forman triángulo.

 

Como 3 es la cifra del principio, los hechos siguen estando en el principio; pero a partir de la cuarta fecha (25 de julio de 1937) —pues las cuatro fechas que vienen después representan el cuadrado de lo sensible— el mundo de la realidad, los acontecimientos exteriores se precipitan, y a partir del 25 de julio los acontecimientos de la guerra en China se vuelven claramente más graves y las catástrofes aéreas (15 muertos), ferroviarias (25 muertos) y de barcos incendiados se precipitan.

Por más que diga en el folleto que las izquierdas están políticamente condenadas, esto no quiere decir que la Derecha va a reinar, pues la Derecha en la cual yo pienso es la Derecha del Hombre y no la estúpida Reacción. Es necesario que la Derecha sea barrida con la izquierda y después de haber barrido a la izquierda, para que la Derecha Natural —ya que en la Naturaleza es generalmente la Mano Derecha la que gobierna a la izquierda— logre reinar.

 

Los Reyes de los que se ha hablado no son descendientes de Reyes humanamente coronados, sino Reyes en Espíritu a los que su fuerza espiritual volverá a dar una supremacía material. Esta sólo podrá manifestarse por la real servidumbre de todo lo que hasta ahora ha mentido al Espíritu.

Sé que cuanto digo en esta carta parecerá una locura y atañe a la Naturaleza de un Sueño del que el Mundo se ha desposeído; sé que ante este Sueño habrá además algunas personas que digan que hace ya mucho tiempo que el apocalipsis quedó atrás y que nos encontramos en la Realidad.

Pero basta con mirar afuera, en torno a uno, para darse cuenta de que la Realidad ya casi ha superado al Sueño y que dentro de poco la fuerza del Sueño será barrida por asombrosas Realidades.

En cuanto a mí, la única esperanza que me queda en este mundo, al que mi Espíritu ya ha abandonado, consiste en ver establecerse en él ese único gran sueño que ha nutrido mi realidad.

Sé que no esperaré más allá de la última fecha que he señalado.



 

 

 

 

Página 76



 

Antonin Artaud

 

 

 

Posdata. He de añadir ahora, cuando ya van tres meses que ha comenzado todo lo que compone mi vida, que he pensado particularmente en usted; he deseado verlo para volver a hallar todo aquello en lo que en otros tiempos tuve confianza, entre las cosas que son, que forman parte de la Realidad.

 

Creía tener algunas cosas que atacar, lo confieso; pero veo con asombro que usted ha llegado al mismo punto que yo.

Con la diferencia de que, desesperado de todo, todavía hay una última cosa en la que usted quiere creer, en tanto que mi pesimismo absoluto me lleva a creer que hoy por hoy hay que abandonado todo para que se establezca un mundo en el que yo pueda creer.

Y mientras yo pueda imaginar que hay una cosa, siquiera una, que hay que salvar, la destruiré para salvarme de las cosas, pues lo puro está siempre en otra parte.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 77



 

 

 

 

 

A ANDRÉ BRETON

 

14 de setiembre de 1937.

 

 

 

 

 

Mi querido Breton, amigo mío:

 

Un gran dolor para mí, el mayor sin duda, actualmente, entre los únicos dolores que aún puedo sentir sería que usted se apartase de mí, que dejara de seguirme en mi nueva y última actitud. ¡Dolor, no a causa de mí, sino a causa de usted mismo y del error, irremediable esta vez, que usted cometería!

 

Muchas cosas he abandonado en el curso de una existencia abominable; he terminado por abandonarlo todo, hasta la idea misma de la Existencia. Y en busca de la INEXISTENCIA he redescubierto lo que es mi Dios. Por lo tanto, si hablo de Dios, no es para vivir, sino para morir.

Dios no nos ha creado a los hombres; al contrario, son los Hombres quienes han creado a Dios y profanado la evasión fuera del hombre, es decir, del estado que más hace sufrir. Los Hombres y no Dios son quienes hacen sufrir.

Es el estado de hombre lo que ensucia, lo que profana, lo que disminuye y ridiculiza proporcionalmente la fuerza, hoy anacrónica, de Dios.

Esta fuerza no ha hecho a los hombres, en el sentido de que los Hombres, esos eternos idiotas, lo entienden, sino que TAMBIÉN ella se ha hecho hombre, como era su deber. Para manifestar la diversidad de lo posible y lo imposible con que esta fuerza siempre ha soñado.

 

Pero ocurre que si en las manifestaciones de ella está lo que los hindúes llaman la Tríada Brahma, Siva y Visnú, y lo que nosotros llamamos la Trinidad Padre, Hijo y Espíritu, en realidad el Hijo-Siva está CONTRA la Creación-Manifestación del Padre, MANTENIDA por el Espíritu Santo. Pues el Hijo-Siva es también la fuerza, pero es la Fuerza de Trasmutación y, por lo tanto, de destrucción de las formas; es el eterno paso en las formas y a tracés de ellas, sin detenerse jamás en ninguna; es,



 

 

 

Página 78



por lo tanto, la fuerza misma de lo Absoluto. Quienes buscan lo absoluto están con el Hijo, contra el Padre, pero sobre todo contra el Espíritu Santo.

 

Pues es el Espíritu Santo, la horrorosa Paloma (la Paloma YONA, y YONI la vagina), quien mantiene la duración de la vida dentro de las contradictorias delicias de la vida.

El Padre mismo no es el primer Dios, sino que es la Primera Toma de Conciencia de la horrible Fuerza de la Naturaleza que crea al Ser y que hace la desgracia de todos los Seres.

La Fuerza de la Naturaleza es la Ley, y ésta es la Naturaleza de las cosas que de todas maneras hace la Ley, ya se lo acepte o se lo niegue. Y también Nosotros hemos hecho la Ley y somos, nos guste o no, responsables y cómplices de la Ley.

ASÍ ES, y NO hay Nada QUE HACER.

 

Negarlo es negarnos a nosotros mismos. Mientras no se lo haya comprendido no se puede comprender la vida y el desorden de la vida ni remediar los males de la vida.

 

No podemos rebelarnos contra la Ley, pero podemos rebelarnos contra el desorden criminal y las consecuencias de la Ley.

Pero para ello hace falta una Ciencia. Contra el desorden de Dios existe lo que hoy llamaríamos técnica.

Esta técnica es la que el Hijo rebelde ha venido a revelarnos contra su Padre, y para ello ha adoptado la forma del cristo.

Ahora bien, el verdadero cristo es el que me ha dado su propio cayado, su bastón imanado de gracia, y nada tiene que ver —créalo, se lo ruego— con el cristo de la cristiandad ni con el del catolicismo.

Porque escuche bien esto.

 

Nosotros mismos somos la fuerza de la vida, pero ésta no es eterna, así sea o no el Hálito de Dios, el Aín-Suf de que habla la Cábala; lo que respira no es eterno, y hasta el Hálito-Dios tiene un tiempo contado.

 

Mientras esa fuerza permanezca viva, la Tríada Eterna que ha manifestado a los Seres los destruye para sublimarlos mediante el Hijo-Siva, y luego los recompone mediante la fuerza conservadora del Espíritu Santo-Visnú.

Tales fuerzas se equilibran durante mucho tiempo, pero llega un momento en que se destruyen mutuamente y se juntan para morir.

Ha llegado el instante en que deben morir. Y esto explica el desorden de los Tiempos.



 

 

 

Página 79



Sí, mi querido Breton, han llegado los Tiempos anunciados por el apocalipsis en que el cristo, para castigar a su Iglesia, va a provocar un Colérico que arrasará con TODAS las Iglesias y soterrará el rito de los Iniciados.

 

El Papa actual será condenado a muerte por ese Colérico a quien habla el cristo real. Y le habla a diario.

Este cristo —Jesucristo— era un hombre como Usted y yo, y se ríe siniestramente, se lo juro, de los horrores que llamamos Su Nombre y de las Imágenes que llamamos sus imágenes. Se ríe del culto y del aparato exterior de todos los cultos tanto como se pueda reír usted, pues ese Hombre en quien el segundo Tiempo, el Hijo Siva de la Manifestación Eterna, habíase encarnado era un Iniciado temible al que los Hombres caricaturizaron. Era la fuerza negativa de la Naturaleza, la que ha visto el mal de vivir y llama al Bien de Morir. Y si ha querido pasar por un cuerpo, ha sido para enseñarnos a destruir los cuerpos y para rechazar el apego a los cuerpos.

El Espíritu Santo es quien conserva los cuerpos y nos lleva a creer en el hecho de vivir; el Espíritu Santo es quien niega lo Absoluto. El hijo nos devuelve a lo absoluto. Visnú el Espíritu Santo se encarnó en otros tiempos en Krisna, en las Indias, y de ahí que los hindúes de los Vedas digan que también ellos poseen la Encarnación de un Dios. Pero no era el mismo Dios.

Lo repito: mientras está viva la fuerza de manifestación, Brahma, Siva y Visnú se equilibran y el Mundo vive su edad de oro; pero llega un tiempo en que esta fuerza debe morir. Este tiempo ha llegado, y ha llegado el Tiempo en que el Hijo y el Espíritu Santo van a trabarse en lucha y a destruirse para permitir la desaparición de lo que es.

Pues si el Hijo Siva el cristo va a suscitar un Colérico para echar abajo a su ridícula Iglesia, el Espíritu Santo Visnú Krisna va a suscitar al anticristo. Sí, el Espíritu Santo mismo va a suscitar al anticristo. Por increíble que ello sea.

Más como el Colérico existe, también el anticristo existe hoy, y usted mismo, Breton, lo conoce. Porque esto es, André Bretón, lo que hay que comprender: lo Increíble —sí, lo Increíble—, lo Increíble es la verdad.

 

Usted conoce al que habrá de convertirse en el anticristo; le ha apretado la mano. Es más joven que yo y ama la Vida tanto como yo la odio.



 

 

 

Página 80



Por burlesca que pueda parecerle la idea, el hecho es que el anticristo frecuenta Les Deux Magots. Y también otro personaje del apocalipsis ha sido visto en Les Deux Magots.

 

Así es, y le juro que no estoy bromeando. Aquí donde estoy ahora no tengo el menor deseo de bromear.

Jesucristo, ese personaje varón, vino a instituir en el plano del espíritu un rito de la desaparición de las cosas, sobre el principio mismo de los sacrificios Humanos. Solamente los imbéciles pueden comprender que en todo esto se trate de carnicería, de asesinato o de Suicidio; se trata, ya que estamos vivos, de vivir rechazando la vida, de mirar las cosas por el lado en que suben y no por el lado en que se aplastan sobre el suelo, de mirarlas por el lado en que van a desaparecer y no por el lado en que se instalan en la realidad. Pues en la verdadera doctrina del cristo el Espíritu Santo es el Burgués instalado y el cristo es el Revolucionario a perpetuidad. La segunda fuerza-Dios Siva es la fuerza revolucionaria, y la tercera fuerza-Dios Visnú es conservadora.

 

¡Elija!

 

El rito establecido por el cristo es un rito de Alta Magia revolucionaria, cuyos sacerdotes-Hombres, esos Eternos Burgueses establecidos, han dicho la Misa que provoca Náuseas.

Dentro de ese rito, el Hombre, al comer la carne de un Hombre, que quiso sacrificarse hasta la muerte, come su propia desaparición y afirma su desprecio por la duración de las cosas, por su plástica y sus efigies.

 

Ese rito, si no es trascendente en su manifestación inmediata y real, no

 

es.

 

Ese rito es el teatro fundamental. Y hasta en los templos secretos de la India, el brahamanismo, que carece de ritos, tiene ritos de teatro fundamental.

Pues hasta para afirmar que no queremos Ser necesitamos apoyarnos en seres, es decir, en lo creado. Hay que tocar los objetos negados para invitarlos a destruirse con nosotros, al mismo tiempo que nosotros. El rito del cristo toma los elementos de un mundo negado y los invita a desaparecer, pero después de haberlos incitado a mirarse bien.

Solamente se niega en lo concreto.

 

He de invocar, por lo tanto, a los Hechiceros Negros, esos que niegan a Dios para destruirlo mejor y que se alzan contra la Fuerza-Dios que los ha obligado a existir, y les diré: oh vosotros, también vuestro Odio se



 

 

 

Página 81



justifica, pero está mal dirigido. Tenéis un medio de vengaros de Dios, ese Dios que os ha forzado a vivir y que ha creado el mal de existir.

 

Con cerebro de Hombre os habéis alzado contra Dios; pero el Hombre nada puede contra Dios. Sólo Dios mismo puede algo contra Dios. El Dios que os fuerza a vivir es la tercera fuerza-Dios, a la que los hindúes llaman Visnú y los cristianos Espíritu Santo. Pensad a Dios con cerebro de Dios; alzaos contra el Espíritu Santo. El Hijo-Siva-el cristo está con vosotros contra el Espíritu Santo. Mas el tiempo del Espíritu Santo está contado, pues nos hallamos en el fin del mundo. Las 3 fuerzas-Dios que se equilibran van a destruirse, y para destruirse van a entrar en guerra una contra otra y van a devorarse.

 

Será la guerra, todo ello será la guerra del Hijo contra el Espíritu Santo y del cristo contra el anticristo. Al entrar en lucha estas dos fuerzas primordiales de la Naturaleza, se comprende, ¿no?, la importancia de la lucha y la apuesta terrible de la lucha, pero sobre todo se comprende el temible Poder del anticristo sostenido por el Espíritu Santo. Ahora bien, como la fuerza de vida está en las últimas, el anticristo que representará a la vida y al apego a las formas de la vida será destruido no sin destruir a su vez muchas cosas y a muchas personas. Y por desgracia, ¿no? frente a una vida que se hunde a ojos vistas en la podredumbre, ay de aquellos que se pongan del lado del anticristo que defenderá a la vida y al goce de vivir y en contra del Colérico que va a invitar a dejar de vivir y a encontrar que es mejor morir. Porque es más inteligente seguir el curso de las cosas que alzarse contra su corriente.

 

Créame, tengo el encargo de decirle que un temible poder se pondrá a su servicio y al servicio de todo lo bello, justo, terrible, increíble y desesperado con que haya usted soñado.

Si no me cree, habrá que buscar a otro justo.

 

Pero usted es el Hombre más justo que haya yo encontrado hasta ahora.

Un abrazo de

 

Art.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 82



 

 

 

 

 

A HENRI PARISOT

 

Rodez, 17 de setiembre de 1945[23].

 

 

 

 

Estimado señor:

 

Recibí su carta diciéndome cuánto comprendía usted que mi situación me pesara. Lo he autorizado también a publicar el Voyage au Pays des Tarahumaras, y le he escrito una carta para que se publique en lugar del suplemento que le envié en 1943. Todo eso está muy bien, querido amigo, pero ya no se trata de eso. En este momento, sobre la tierra y en París, hay otra cosa además de la literatura, de las ediciones y las revistas. Hay un viejo asunto del que todo el mundo habla, se habla a sí mismo, pero del cual nadie quiere hablar públicamente en la vida ordinaria, aunque ese asunto transcurra pública y constantemente en la vida ordinaria, y del cual, por una especie de nauseoso tartufismo general, nadie quiere reconocer que se ha dado cuenta, que lo ha visto y lo ha vivido. Este asunto se llama un asunto de maleficio general, del cual, poco o mucho, todo el mundo participa un día más y el otro menos, aunque pretendiendo no saberlo, y queriendo ocultarse a sí mismo que participa, a veces con su subconsciente, y cada vez más con toda su conciencia. El objeto de este maleficio es impedir una acción que he emprendido desde hace años y que consiste en salir de este mundo hediondo y acabar con este mundo hediondo. Si fui internado hace ocho años y me mantienen encerrado desde hace ocho años, es a causa de una acción evidente de mala voluntad general que a ningún precio quiere que Antonin Artaud, escritor y poeta, pueda realizar en vida las ideas que manifiesta en los libros, pues se sabe que Antonin Artaud posee en sí mismo medios de acción de los que se busca desposeerlo, siendo que él quiere, con algunas almas que lo aman, salir de este mundo servil, asfixiante de idiotez para los demás y para él, y que se complace en esa asfixia. Las gentes son estúpidas. La literatura está vaciada. Ya no hay nada ni nadie, el alma está enferma, no hay más amor, ni siquiera odio, todos los cuerpos están saciados, las conciencias



 

 

 

 

 

Página 83



resignadas. Ya ni siquiera hay inquietud, que ha pasado al vacío de los huesos, no hay más que una inmensa satisfacción de inertes, de bueyes de alma, de siervos de la imbecilidad que los oprime y con la que no dejan de copular día y noche, de siervos tan chatos como esta carta donde trato de manifestar mi exasperación contra una vida llevada por una pandilla de insípidos que han querido imponer a todos su odio hacia la poesía, su amor a la ineptitud burguesa en un mundo integralmente aburguesado, con todos los ronroneos verbales de los soviets, de la anarquía, del comunismo, del socialismo, del radicalismo, de las repúblicas, de las monarquías, de las iglesias, de los ritos, de los racionamientos, de los repartos, del mercado negro, de la resistencia. Este mundo se sobrevive todos los días mientras está ocurriendo otra cosa, mientras diariamente el alma es llamada por fin a nacer y a ser. Pero usted no lo cree, señor Parísot. Eso es lo que yo pienso, y lo que pienso y hago lo intenté ya en Marsella, en 1917, durante la otra guerra, y todos los vagabundos, los obreros, los cafishos de Marsella me siguieron y un conductor de taxi quiso llevarme gratis, y un hombre de la muchedumbre me pasó un revólver para defenderme contra la policía, y es por haber provocado una insurrección de esta clase en Dublin que fui deportado. Esta no es una razón para hacerme pasar por loco a fin de librarse de mí y adormecerme con electroshocks a fin de hacerme perder la memoria medular de mi energía. Todo esto es personal y a usted no le interesa, lo siento, pues son las memorias de los poetas muertos las que se leen, pero a los vivos no les haría llegar una taza de café o un vaso de opio para confortarlos. Por lo tanto no es para pedirle que me complazca que le escribo, sino simplemente para advertirle que, siendo mi situación insostenible, las cosas van a reventar aunque usted no lo crea, pues no puedo admitir que grupos maléficos en todas las clases de la sociedad se coloquen en ciertos puntos de París a fin de tratar de influir y dominar mi conciencia, mía, de Artaud, ellos, afiladores, lavanderos, droguistas, almaceneros, vendedores de vino, administradores, empleados de banco, contables, comerciantes, policías, médicos, profesores universitarios, empleados de administración, sacerdotes en fin, especialmente sacerdotes, religiosos, monjes, hermanos conversos, vale decir incapaces, ineptos, todos funcionarios del espíritu, un espíritu al que los católicos llaman el Santo Espíritu y que sólo es la salida anal y vaginal de todas las misas, de todos los crismas, de todos los sacramentos, de todas las bendiciones, de todas las elevaciones, de todas las extremaunciones,



 

 

 

Página 84



sin tener en cuenta las abluciones y el nardo ritualmente quemado de los brahmanes, los vértigos de los derviches, los rosetones incristados ya que incrustados de las catedrales, el cruzamiento de las rótulas con los talones bajo las nalgas de los budas, y las invocaciones intranaturales de los lamas. Todo esto es peor y mucho más tenebroso en esta hora que la querella de los universales, y yo no quiero, mientras estoy en un asilo de alienados, ser retenido en él e imposibilitado de volver a encontrar aquí a mis cinco hijas primigenias: Neneka, Chilé, Catherine Ghilé, Cécile Schramme, Annie Besnard, Yvonne Nel-Dumouchel, a más de algunas otras a la cabeza de las cuales está Sonia Mossé, Yvonne Gamelin, Josette Lusson, Colette Prou[24] (asesinada a hachazos en una celda del hospital del Havre, por un guardián asalariado del Departamento de Policía, mientras yo estaba sometido con una camisa de fuerza y con los pies atados a la cama), y mucho menos lo quiero por cuanto estos maleficios mágicos son producidos, la mayor parte de las veces, por grupos de franceses de París que se reúnen a ciertas horas del día o de la noche en ciertas calles alejadas del lado de Notre-Dame-des-Champs, de la puerta de Orléans o de Versalles, del cementerio Monmartre, del Père-Lachaise, de los Inválidos, de la avenida de la Motte-Picquet, del Parc Monceau, de los Champs-Elysées, etc., etc. Cuando esos maleficios se producen, la policía prohibe durante una hora la circulación por la calle donde se producirán, y hace quince días los hubo en la avenida de la Motte-Picquet, anteayer los hubo en la calle de Prony hacia las 4 de la tarde, ayer por la noche los hubo hacia las 11 (es decir el domingo 16 de setiembre) en la plaza de la Concorde, en los Champs-Elysées, del lado del Ministerio de Marina. Todos los franceses han olvidado, por maleficio consentido, que a tales maleficios yo contesté con montones de cadáveres en el mismo París, y que las calles donde esos cadáveres cayeron también fueron prohibidas por la policía, durante el tiempo necesario para que los sepultureros y los peones camineros pudiesen juntar los muertos y limpiar la calle, pero a esto nadie lo ha querido saber a fin de darse el lujo de creer que la vida ordinaria continuaba, y las poblaciones de París y de toda la tierra comienzan a mermar terriblemente, señor Parísot, pero todos aquellos que han perdido a un pariente o a un amigo han recibido la orden de no decir nada y de no quejarse, a fin de que este monstruoso asunto pueda ser sofocado según esperan mientras yo tengo aquí cólico tras cólico y diarrea sobre diarrea y esto es lo menos que puedo decirle. Le ruego lea y relea



 

 

 

 

 

Página 85



muchas veces esta carta con la mayor atención y comprenderá la suerte que la Francia burguesa hace sufrir a un escritor insurgente.

 

Antonin Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 86



 

 

 

 

 

A HENRI PARÍSOT

 

Rodez, 6 de octubre de 1945.

 

 

 

 

 

Estimado señor:

 

Como no tengo tinta ni puedo tenerla, pues aquí los otros internados vuelcan mis tinteros sobre mis libros y mis escritos, le escribo con lápiz[25].

 

No fui a México a hacer un viaje de iniciación o de placer, bueno para narrarlo luego en un libro que se lee al amor de la lumbre. Fui a encontrar una raza que pudiera seguirme en mis ideas. Si soy poeta o actor, no lo soy para escribir o declamar poesías, sino para vivirlas. Cuando recito un poema no lo hago para que me aplaudan, sino para sentir cuerpos de hombres y mujeres —cuerpos digo— que tiemblen y giren al unísono con el mío desde la obtusa contemplación del buda sentado —ancas aposentadas y sexo gratuito— hasta el alma, es decir, hasta la materialización corporal y real de un ser integral de poesía. Quiero que los poemas de François Villon, de Charles Baudelaire, de Edgar Poe y de Gérard de Nerval se vuelvan verdaderos y que la vida salga de los libros, de las revistas, de los teatros y de las misas que la retienen y crucifican para capturarla y pase al plano de esa interna magia de cuerpos, de ese trasiego uterino del alma al alma, que cuerpo por cuerpo y hambre de amor por hambre libera una soterrada energía sexual sobre la que las religiones han dejado caer la excomunión y la prohibición, y que la hipócrita tartufería del siglo destila en sus partos secretos como odio a la poesía. El sexo es lóbrego, Henri Parísot, porque la poesía lo es aun más. Lo armónico del tono generador de la Mártir, de la Carroña, o de la Hermosa Yelmera, es un pozo donde el hambre uterina del alma llora un amor que no ha fructificado, un pozo donde lo fecal del cuerpo sobrenatural del alma se retuerce hasta morir por no haberse producido. Este siglo ya no comprende la poesía fecal, la intestina desgracia, de aquella, Señora Muerta, que desde los siglos de los siglos sondea su columna de muerta, su



 

 

 

 

 

Página 87



columna anal de muerta, en el excremento de una supervivencia abolida, también cadáver de sus yos abolidos, y que por el crimen de no haber podido ser, de no haber podido ser jamás un ser, ha debido caer, para sondearse mejor ser, en el abismo de la materia inmunda y por lo demás tan gentilmente inmunda donde el cadáver de la Señora Muerta, de la señora uterina fecal, la señora ano, gehena de excremente por gehena, en el opio de su excremento, fomenta fama, el destino fecal de su alma, en el útero de su propio hogar. El alma, dice el cuerpo enterrado del ser, es aquello que, focal de la supervivencia del ser, cae, fecal como un excremento y se amontona en su excremento. Ante mí he visto caer de muchos féretros no sé qué materia negra, qué inmortal orina de esos mudos de vivir, qué migajas de materia en migajas, gota por gota, se abolían. El nombre de esa materia es caca, y caca es la materia del alma cuyos charcos vi cómo distribuían delante de mí algunos féretros. El hálito de los huesos tiene un centro, y éste es el abismo Kah-Kah, Kah el hálito corporal de la mierda, que es el opio de supervivencia eterna. Toda la mierda surgida del amontonamiento de tantos féretros es un opio arrancado al alma aún no calibrada suficientemente en el abismo de su fecalidad, lo focal de su fecalidad. El alma ama hasta la muerte, hasta el olor inmortal de su muerte, y no hay muerte ni tumba acusables de oler mal. El olor del culo eterno de la muerte es la energía oprimida de un alma a la que el hombre le ha negado la vida.

 

pho ti ti ananti phatiame

 

fa ti tiame ta fatridi

 

 

Estoy cagado, dice el hombre de la vida para significar que está en el fondo de su muerte, que el azogue del espejo de su alma es un abismo horadado por él. Y esta alma es la poesía, y la poesía perdida es un alma a la que ya nadie, hoy, desea. No sé si los tarahumaras desearon esta alma, humus verdino de descomposición y que mediante humus y virus hace ácido, ácido de la supervivencia de la vida. Vivir es sobrevivirse eternamente rumiando su yo de excremento, sin temor ninguno por su alma fecal, fuerza hambreadora de entierro. Pues toda humanidad quiere vivir, pero no quiere pagar el precio, y éste es el precio del miedo. Hay para ser un miedo a vencer, y esto consiste en llevarse el miedo, el cofre



 

 

 

 

Página 88



sexual íntegro de la tiniebla del miedo, en sí, como el cuerpo integral del alma, toda el alma desde el infinito, sin recurrir a ningún dios detrás de uno. Y sin olvidar nada de uno. Y cuando en todo París se originen, día tras día, algunos embrujos para impedirme escardar mi alma, retomar su orificio oculto —al que todas las religiones han tenido la charlatanería de declarar vedado—, ya no se me seguirá diciendo, y nadie vendrá a decirme, que estoy loco por el hecho de buscar el bálsamo corporal del alma, materia mágica de poesía. Pues de eso se me acusa, y por eso es que hace ocho años que estoy internado y se me ha dejado en camisa, envenenado, dormido con electricidad, por eso, por haber querido hallar la materia fundamental del alma y liberarla en fluidos, fundamentales. Esos brujos no son tan sólo todo París; son, hoy por hoy, la tierra toda, toda a las órdenes obedecidas por doquier de los rencorosos amos del Himalaya. Los cuales no son más que el subconsciente de toda villanía o de todo crimen, porquerías y crímenes de todo hombre que con el cuerpo cabal de cada hombre se traslada al Himalaya, creyendo ponerse allí al amparo de la cólera que desde hace 49 años siento crecer en mí. Yo reprocho a los hombres de este tiempo el haberme hecho nacer por las más innobles maniobras mágicas en un mundo que yo no quería, así como el desear por maniobras mágicas similares impedirme hacer un agujero para abandonar este mundo. Necesito poesía para vivir, y quiero verla alrededor de mí. Y no admito que el poeta que soy haya sido encerrado en un asilo de alienados sólo porque quería realizar al natural su poesía. Menos aún admito que unos grupos de brujos —en los que la población íntegra de París no deja noche y día de turnarse— se acomoden en ciertas horas previstas de antemano en las calles o los bulevares a fin de lanzar contra mí oleadas de odio, oleadas que todos —faldas levantadas o pantalones desabrochados— sacan del fondo de su sexualidad, y que oiga decir que exagero o deliro cuando denuncio estas infames maniobras, vistas por todo el mundo en París. Una perrería de este tipo hubo anteayer a eso de las once en el bulevar de la Madeleine, cerca del Café de Mathurins. Y otra, sin ir más lejos, frente a la iglesia Notre-Dame-des-Champs hace algunas semanas, cuando el bulevar de Montparnasse ya hacía en esos momentos una media hora o un cuarto de hora que había sido cerrado al tránsito. Y otra en la avenida de la Motte-Picquet hace quince días; sus promotores obscenos, se encerraron en un café casi frente a la taberna Labrunie, y de allí dirigían sus embrujos con la ayuda de un grupo de hombres y mujeres



 

 

 

 

 

Página 89



parisienes en la acera. Uno de estos embrujos, de obtuso y criminal icor, hubo ayer a la noche, completamente sensorial, cerca del correo de la avenida de Ségur. Era entre las once y la medianoche. Su resultado fue para mí una angustia mortal y una rata que se anidó en un mendrugo que yo tenía a mi lado sobre una mesa y se lo devoró desde adentro, cubriendo mis libros con cagarruta de rata. Por lo demás, una parte de aquel embrujo salió de un grupito de personas sentadas a la mesa en la Catedral, personas que conocen la medida oculta de mis entrepiernas en mi cerebro y se dan el lujo de paladearme desde lejos con su lengua y toda la hocicuda libido de la gula de acaparadores que pueden poner en ello, paladearme a tientas, como el feto de un recién nacido. Para luchar contra una infamia tan odiosa no hay más que el aplastamiento de la fuerza, y a eso recurrí un día en una plaza de Dublin en setiembre de 1937. Los irlandeses son católicos furibundos, y el fondo del catolicismo consiste en paladear al dios yo en la misa con todo el obsceno apoyo, con todo el obsceno peso fálico de una lengua que reza como si desde el hálito de su pecho hiciera lujuriosamente rezumar su leche, gozando.

 

Eso es lo que el hipócrita tartufo de todo cristiano hace astralmente en su alma y lo que disimula con unción bajo las manos juntas de su vida. Y eso es lo que algunas personas, en la Catedral o en la avenida de Ségur, hicieron no ya hipócrita o astralmente, sino redonda y corporalmente.

Yo no estaba en Dublin solo 1 contra 1000. Estaba solo con un bastón especial que todo el mundo pudo ver en París en mayo, junio, julio y agosto de 1937, época en que apareció el Viaje al país de los tarahumaras. Con ese bastón me paseé por el café de los Deux Magots, por la Catedral, por la Coupole y mal que mal por todo París. De bien cerquita lo mostré a André Breton y a varios otros amigos. Provenía de un amigo al que usted conoce —René Thomas—, que por aquel entonces vivía en la calle Daguerre, 21, y que a su vez lo había recibido de la hija de un brujo saboyano, al que se menciona en la profecía de San Patricio. Y también de este bastón se habla en la profecía de San Patricio, publicada a lo largo de todo el diccionario de hagiografía y que leí por primera vez en 1934 en la Biblioteca Nacional. Es un bastón que tiene 200 millones de fibras e incrustaciones de signos mágicos que representa fuerzas morales y una simbólica prenatal, por retornar, por lo demás, porque le impedía el principio del bastón, del palo fulminante en sí, tener toda la acción que pueda tener, pero que no niega al principio del fuego —esa simbólica—,



 

 

 

Página 90



ya que llega a ella y ha querido criminalmente desviarla hacia la idea de la predestinación de los seres, que, cualquiera que fuere el mal que hayan podido hacer, no podrán dejar de ser salvados algún día. De todos modos, sólo me valí de aquel bastón en Irlanda para imponerles silencio a todos los alborotadores, y me prendieron y deportaron sólo porque yo mismo me di cuenta de que el bastón no valía nada como medio de defensa y de que también yo pasaba a ser pésimo, es decir, inepto, idiota e insípido de alma en la medida en que lo empleaba. Aquel bastón, dice h leyenda, parece ser el bastón mismo de Lucifer que se creyó dios y no fue más que su vampiro. Pasó por las manos de Jesurnsto y luego por las de San Patricio.

 

He plantado y constituido otro palo como aquél; lo aguardo de un momento a otro, y no he dejado de trabajar aquí en ello. Cuando esté listo, la batalla comenzará, y ya he dicho a usted que, tal cual fui en 1936 a México, ahora cuento con emprender un gran viaje al Himalaya.

 

Antonin Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 91



 

 

 

 

 

Rodez, 7 de marzo de 1946[26] Señor Georges Lebreton

 

al cuidado del señor Max-Pol Fouchet Director de la revista Fontaine calle Saint-Placide 41

París.

 

 

 

 

Querido señor:

 

Acabo de leer en la revista Fontaine dos artículos de usted acerca de Gérard de Nerval que me han causado una extraña impresión.

 

Usted debe de saber por mis libros que soy un ser violento e iracundo, lleno de espantosas tempestades internas, a las que siempre he canalizado en poemas, pinturas, puestas en escena y escritos, pues también debe de saber por mi vida que nunca muestro esas tempestades al exterior. Es decir a usted hasta qué punto he sentido siempre la vida de Gérard de Nerval junto a la mía, y hasta qué punto los poemas de las Quimeras[27], en los que hace usted descansar su esfuerzo de elucidación, representan para mí esa especie de vínculos del corazón, esos viejos dientes de una acrimonia mil veces rechazada y extinta y con la cual Gérard de Nerval, desde el fondo de sus tumores de espíritu, logró hacer vivir seres, seres por él recuperados de la alquimia, y reivindicó los Mitos, y puso a salvo del amortajamiento de la Adivinación. Para mí, Anteros, Isis, Knef, Belus, Dagón o la Mirto de la Fábula no terminan de ser los de las turbias historias de la Fábula, sino seres inauditos y nuevos que no tienen del todo el mismo sentido y que tampoco traducen célebres angustias, sino las fúnebres de Gérard de Nerval, colgado una mañana y nada más. Quiero decir que el poder de rechazo de un gran poeta frente a los Mitos es absoluto, pero que Gérard de Nerval, como ha dicho usted en ciertos pasajes de sus artículos, añadió a ello su propia transfiguración, no la de un iluminado, sino la de un ahorcado y que siempre sentirá al ahorcado. Para colgarse a la madrugada del farol de una calle turbia hay que tener



 

 

 

Página 92



torsiones del corazón como primicias de la inmanencia del colgamiento. Hay que tener unas ansias como las ansias con que Gérard de Nerval supo constituir increíbles músicas, que valen, no por la melodía o la música, sino por el tono bajo, quiero decir, la caverna baja[28], abdominal, de un corazón azotado.

 

Con toda seguridad, Gérard de Nerval estudió la Cábala alquímica, que, como todos saben, rozó la Gran Obra, pero nunca llegó a ella. En tanto que los poemas de Gérard de Nerval, quiero decir, los insólitos sonetos de sus irrecusables Quimeras, se hallan en el camino de las explosiones de la Gran Obra, que fueron siempre y serán la zambullida del poder de ser en el delirio de las reivindicaciones.

 

Ils m’ont plongé trois dans les eaux du Cocyte … Et protégeant toujours ma mère Amalécyte[29]

 

Je ressème à ses pieds les dents du vieux Dragon[30].

 

Anteros se venga de su madre, como que la hace nacer con dientes viejos. Gérard de Nerval se retuerce tres veces contra el olvido en que «los monarcas de los dioses» lo hunden como en un baño de vitriolo.

 

El verso dice:

 

 

Et protégeant toujours ma mère Amalécyte.

 

 

¿A quién, pues? Sabido es que los amalecitas eran una raza que se creía surgida de la tierra pura, sin ningún compromiso con dios, pero que a la larga, y a fuerza de confundirse con el principio del limo generador, quiso encontrarlo en el útero para extraer de él su progenie, y si hay un algo heroico en ese siempre con el que Gérard de Nerval Anteros continúa protegiendo a su madre, en medio mismo de su descenso a los infiernos, también puede sentirse —y esto ya no se desprende de la Cábala de los Mitos, ni del juego de cartas de la Adivinación—, también puede sentirse, digo, el apretamiento de las primeras denticiones, y yo diría esa espantosa tripsis dentaria de un deber a punto de soltar la presa y sublevarse contra las servidumbres filiales. Pues la Amalecita es conocida en la Biblia por ser también la primera madre que haya querido tomarle a la tierra el principio innato de dios, y en la parte más húmeda de su propia caverna de



 

 

 

Página 93



tierra —el útero— incubarlo como a su propio hijo. Y sembrar a sus pies los dientes del viejo dragón es plantar raíces para hacerla, quizás, crecer, pero también es sacar contra ella todos los dientes de una teta materna a fin, sobre todo, de desembarazarse de ella. Y no es tan sólo un asunto de sentido. Quiero decir que la prueba del sentido de los versos de las Quimeras no puede ser dada por la Mitología, la alquimia, la adivinación por cartas, la mística, la dialéctica o la semántica de las psicurgías, sino únicamente por la dicción. Todos los versos han sido escritos para ser primero oídos, concretados en la plenitud de las voces, e incluso nada más que su música los aclara y pueden entonces hablar por las simples modulaciones del sonido, y sonido por sonido, pues sólo fuera de la página impresa o escrita puede un verso auténtico cobrar sentido y necesita el espacio del aliento entre la fuga de todas las palabras. Las palabras huyen de la página y se abalanzan. Huyen del corazón del poeta, quien incita su intraducible fuerza de asalto. Y que ya no las retiene en su soneto sino por el poder de la asonancia; sonar afuera con un idéntico ropaje, pero sobre una base de enemistad. Y esto lo dicen las sílabas de los versos, tan duros versos para parir las Quimeras, pero con la condición de ser nuevamente, y a cada lectura, expectorados. Pues entonces es cuando sus jeroglíficos se vuelven claros, entonces cuando todas las claves de su supuesto ocultismo se extinguen en los repliegues ya inútiles y nefastos de la materia cerebral. Pues los versos sólo son herméticos para quien jamás ha podido soportar a un poeta y, por odio al olor de su vida, se ha refugiado en el puro espíritu. Creo que el espíritu que desde hace ya cien años declara herméticos los versos de las Quimeras es ese espíritu de eterna pereza que siempre, frente al dolor —temeroso de acercársele demasiado, de sufrirlo también él de demasiado cerca; quiero decir, por miedo a conocer el alma de Gérard de Nerval como quien conoce los tumores de una peste o las terribles y negras huellas de la garganta de un suicidado—, ha ido a refugiarse en la crítica de las fuentes, como los sacerdotes en la liturgia de la misa huyen de los espasmos de un crucificado. Pues son las liturgias indoloras y críticas del ritual de los sacerdotes judíos que provocaron las excoriaciones y tumefacciones del cuerpo de cierto hombre que también fue colgado un día de los cuatro clavos de su calvario y luego arrojado a un basural como se arroja tocino a los perros. Y si Gérard de Nerval no fue colgado en el Gólgota, al menos él mismo se colgó de un farol como el traje de un cuerpo demasiado castigado que se colgara de un viejo clavo, como un



 

 

 

Página 94



viejo cuadro desesperado puesto en un clavo. Y esto se siente ahora en sus poemas; son los poemas de un ahorcado, colgado ante la crítica del ser y ante la captación de los rituales. Colgado ante el nacimiento de las fábulas y la fuente de las alegorías. Pues frente a cada alegoría o símbolo hay un sacerdote como Dom Pernety, como en la Edad Media hubo sacerdotes ante las desolladuras de ciertos seres nunca natos y siempre por nacer y de las escardaduras de la osamenta del dolor de los cuales, también nonatos y en la nada, pero viviendo del dolor como primicias de su futura maduración, los sacerdotes extrajeron los símbolos de la presunta ciencia abortiva, de la alquimia.

 

Pues Gérard de Nerval no habría sufrido de la vida si no hubiese sido puesta en símbolos, no hubiese sido tipificada en símbolos, recortada en homúnculos astrales en ollas, y si los símbolos y alegorías de seres, desesperados y rechazados por el ritual de la alquimia, no hubiesen sido puestos, por otra parte, fuera de la simiente, fuera de esa semilla de tumores y simientes que en la vida real desemboca en la sífilis o en la peste, en el suicidio o en la locura. ¿Qué es la locura? Un trasplante fuera de la esencia, pero dentro de los abismos, de lo interior exterior. ¿Qué es la esencia? ¿Un agujero o un cuerpo? La esencia es el agujero de un cuerpo que el abismo de la boca circular de la olla nunca ha significado de verdad frente a las impaciencias de la alquimia. ¿Queda un puñado de huesos pulverizado? ¿Ni eso? Pero algo como una falsa sintaxis, las cansadas larvas de una antigua sintaxis en el esqueleto de nuestro cerebro. Como no queda un eje de la adivinación por cartas, sino las imágenes de una imaginativa floración fulminada. No unos precipitados en torno de un árbol de eje, sino los precipitados de un deshecho primarismo. La Adivinación es la idea de un Número en el que cabe hacer descansar las cosas, y hace ya más de mil siglos que este Número, como un árbol de mala cepa, ha sido erradicado de la realidad. Y si Gérard de Nerval se empapó de todo ello, sus Quimeras lo salvaron. Quiero decir que las Quimeras no pueden explicarse por las Cartas Adivinatorias, ni aun vistas como el juego interno de una prefiguración alquímica de las cosas; y con respecto al drama de todas las figuras que entran en ésta, tampoco pueden explicarse por la sombría aparición de principios que se halla en la base de la Mitología, pues los principios de la Mitología fueron seres de los que Gérard de Nerval no tuvo necesidad para ser.



 

 

 

 

 

Página 95



 

*

 

* *

 

Jamás he podido soportar el manoseo de los versos de un gran poeta desde el punto de vista de la semántica, de la historia, de la arqueología o de la mitología

 

los versos no se explican,

 

y en lo que incumbe a Gérard de Nerval, y sobre todo a los poemas de las Quimeras, me parece un pecado capital.

Pues la primera trasmutación alquímica que se efectúa en el cerebro de un lector de sus poemas consiste en perder pie frente a la historia y a lo concreto de los recuerdos mitológicos objetivos, para entrar en un concreto más válido y seguro, cual es el del alma del propio Gérard de Nerval, y olvidar, con ello, historia, mitología, poesía y alquimia.

 

Lo que me impresiona en las Quimeras de Gérard de Nerval es que Anteros, Knef, santa Gúdula y el príncipe de Aquitania se convierten en seres nuevos, no como Titania, Julio César, Romeo y Julieta o Hamlet, príncipe de Dinamarca, en los dramas de Shakespeare, sino como insólitas y maravillosas máquinas de conciencia, una flamante conciencia de una vida aparte y que parece preceder a la Mitología y a la historia, no surgir de ellas, como en la obra de Shakespeare o de otros poetas. Lo cual quiere decir que lejos de explicar a Gérard de Nerval por sus fuentes digamos científicas, como hace Georges Le Breton, diré que la historia, la Mitología y la alquimia han llegado de esa corriente anímica interna cuyo poder de ser y cuya emisión creadora de objetos han sido manejados por muy contados grandes poetas de la historia. Y estos objetos, todos ellos seres, se llaman Anteros, Isis, Knef, el Cocito, Mirto, Yaco, el Aqueronte y el Dragón. Lo cual quiere decir que, lejos de tratar de explicar a Gérard de Nerval por la Mitología y la alquimia, yo querría tratar de explicar la alquimia y sus Mitos por los poemas de Gérard de Nerval. La poesía es una inervación magnética del corazón, de la que el corazón de Gérard de Nerval tuvo durante toda su vida una caverna, una de las principales cavernas emisoras de un vacío en el que se rehace toda poesía. No hay un solo poema de las Quimeras que no haga pensar en las angustias físicas de un primitivo parto. Y yo a mi vez no creo que la ciencia de sus poemas la haya obtenido de sus investigaciones en el campo Mitológico o alquímico,



 

 

 

 

Página 96



ni que la realidad dialéctica de sus fabulosos personajes que evoca pueda provenir de un punto de vista cualquiera para elucidarlos, para situarlos en un trayecto metafísico, aun cuando se los quiera justificar frente a la percepción.

 

El trayecto metafísico de los poemas de Gérard de Nerval no es el de las grandes fábulas míticas ni el de la simbólica, a su vez, por lo demás, terriblemente evasiva —aunque no lo suficiente aún— de la alquimia; quiero decir que para los alquimistas la manera de realizar la Gran Obra es negativa, escapa por naturaleza al encarcelamiento en una idea o en un término y nunca evoca más que estados o hechos nuevos y hasta ese momento jamás producidos y que nada antiguo o conocido pueden proporcionar; y si cada poema de Gérard de Nerval es como la explosión de un ser de la Gran Obra, este ser lo es mucho mejor y con más sobrada razón que todas las conquistas de la alquimia real. La cual, creo, nunca en rigor ha existido. Pues en la historia la alquimia, como el resto, no es más que el abecedario de un número hoy en día determinado de abortos científicos, un formulario no del todo catalogado, y que por lo demás no puede serlo, pero que entra a serlo cuando se habla de él, de operaciones que el hombre no puede considerar sin cometer un crimen y de las que sólo muy contados grandes poetas, como Baudelaire, Edgar Poe, Rimbaud y sobre todo Gérard de Nerval, nos han restituido el equivalente. Y en la alquimia de la historia no son más que la cocina ya caduca de la semántica de un ritual. Y no se puede restablecer el alma de los intangibles poemas de las Quimeras, inexpugnables e intactos para siempre frente a los enfoques de los comentarios o las clasificaciones dialécticas del espíritu; no se puede llevar esa alma a una aproximación con realidades o claves alegóricas ya conocidas, experimentadas y oídas. Y tampoco son puras asociaciones de músicas y palabras. Hay en esos poemas un drama del espíritu, de la conciencia y del corazón puesto por delante por las más extrañas consonancias, no de sonidos, no dentro del registro auditivo, sino del animado, Gran Obra de una metamorfosis del principio mismo de la acción, expansión fuera de lo oscuro de la conciencia inocente, asiento de los más increíbles estallidos de lenguaje que jamás haya computado un ser humano. Quiero decir que los poemas de Gérard de Nerval son tragedias, y que tampoco es dable hablar a su respecto de alteraciones meramente pictóricas, fabulosas o sonoras de la imaginación sin pasar al lado de los pasionales tumores morales, de las maravillosas liberaciones afectivas



 

 

 

 

 

Página 97



morales, de todos esos flotantes clavos de la conciencia que Dios —ese experto siempre sentencioso, decidido y primario de todos los rudimentos de lo insondable creado— no ha dejado de hacer flotar. Y estas tragedias de una humanidad rechazada, de una humanidad que hasta ahora nunca había podido vivir, son tempestuosas protestas de seres que alientan, sienten, perciben y sufren y a los que Gérard de Nerval ha logrado sacar a luz en sus poemas presuntamente jeroglíficos de las Quimeras.

 

Hay que dejar de hablar de mistagogía o de ocultismo a propósito de los poemas de Gérard de Nerval. Hay que dejar de dirigirse a una Cábala de los números y de sus formas, a una simbólica histórica de las fabulaciones afectivas, a una semántica ya existente de los sentimientos y sus formas, a una dramaturgia tipificada por otros de la concepción y de las ideas. El problema de la inmaculada concepción jamás se resolvió en la Cábala de la historia, y los poemas de Gérard de Nerval no surgieron de la Cábala ni de la historia; quiero decir que carecen en absoluto de relación con lo que fuere de ya emitido en la alquimia o la Cartomancia y que se derraman y expanden no paralelamente a una simbólica, a una mística ni a las alegorías cabalísticas de la ciencia monstruosamente falsa y criminal de los Iniciados, sino contradictoriamente con esta ciencia y con todas las claves psicúrgicas de las manos echadas en la adivinación por las cartas.

 

En el alma de Gérard de Nerval debieron de producirse —yo no estaba allí, pero sus poemas me lo dicen— espantosas explosiones durante su toma de contacto, ora con la ciencia alquímica, ora con las manipulaciones de la simbólica espantosamente primaria e impulsiva de las cartas. Las cartas se han valido de estados aún inconclusos y larvarios de la conciencia para cifrar una ciencia suya que sólo descansa en la nada y que ha querido precipitar en las cartas el nacimiento de una simbólica de la nada. Pero la nada es cosa de poetas y no de hechiceros, pitonisas, tiradores de cartas ni magos. La nada de ese abismo de horror del que la conciencia siempre está volviendo en sí para nacer en algo en lo cual existir. Un mundo de pariciones, no a propósito de algo, sino a propósito de nada y en primer término de nada, pues el alma nada sabe en un comienzo; no es ni sabe nada. Pero siempre se trata de lo mismo. El fondo del Ramayana consiste en no saber de qué está hecha el alma, pero en hallar que está hecha y siempre lo estuvo de algo que era antes, y no sé si en francés existe la palabra remanencia, pero traduce muy bien lo que quiero decir: que el alma es un sostén, no un depósito, sino un sostén, lo



 

 

 

Página 98



cual siempre se levanta e incorpora de lo que en otro tiempo quiso subsistir, yo querría decir remanecer, permanecer para reemanar, emanar conservando todo su resto, ser el resto que va a remontarse. Ahora bien, el poeta hace el alma y es el único en hacerla. Y no sé si la palabra viene de Rama, que fue un ser enemigo del hálito Brahma, pero sé que los poemas de Gérard de Nerval son seres, seres sacados por Nerval de la nada, no mediante las cartas adivinatorias, la historia ni la alquimia, sino a través de esa sombría historia que fue la suya propia, la sobrevivencia de su viejo corazón, la permanencia de un viejo corazón.

 

*

 

* *

 

Pero a través de la sombría historia que fue su alma —sostenida en todos los tiempos por las cartas de la historia o los alambiques de la alquimia —no olvidemos que Gérard de Nerval murió colgado, que él mismo se colgó un amanecer de un farol y que el suicidio no puede ser otra cosa que una protesta contra una empresa, y ciertamente creo que ésta es la del tiempo, no por el lado en que el tiempo es el tiempo que nos sigue en la vida presente, sino por el lado en que la vida presente se subleva contra la presencia de la eternidad. Esa presencia eterna de una bestia en el cuantioso vientre de la cual siempre viven las cartas de la historia y los alambiques de una alquimia caduca. Gérard de Nerval sufrió espantosamente las cartas, la alquimia y la historia, y, lejos de creer que sacó de las cartas, la mitología, la alquimia o la historia la génesis de sus ideas, yo diría más bien que como reacción contra los símbolos de los mitos y el primarismo de las cartas fue inventado a través de los días y las noches el cenagoso hueso de la efervescencia de sus poemas como se repele una pútrida cruz, de modo paralelo a la invención de lo que maléficamente se llama la santa cruz. Pues fue su golem, diría yo por fin, quien hizo a Gérard de Nerval como ha hecho a todos los grandes poetas, ese ser arrancado a un cuerpo del presente y al que los espíritus fuerzan, dios sabe por qué siniestra magia, a regresar en sus sucias historias, cuando la del pasado ha muerto como muerto y bien muerto está el pasado.

 

No, nunca nadie ha regresado en el pasado o la historia, pero maniobritas de una magia criminal extraen del cuerpo de cada gran alma



 

 

 

 

 

Página 99



un cuerpo bueno, bueno para hacer transpirar en las angustias de la inicua historia donde se alimenta su vida superada.

 

Frente a la Mitología o a las Cartas, Gérard de Nerval encontró sus propias fuentes, y las historias de las altas fábulas palidecen ante los cañonazos del Desdichado, de Horus, de Anteros, de Deifica, de Artemis. Son cañonazos de doble sentido, y a mi modo de ver sólo son herméticos para quien cree aún en Hermes, la psicurgía, el ocultismo o la misa de las mistagogías.

Pues los poemas de Gérard de Nerval son muy claros, y no hay en toda la poesía escrita desde el alba de los tiempos nada que rechace así lo arcano oscuro, la oscuridad de las claves ocultas, la oscuridad de las claves por los celos (del espíritu santo) de todo el espíritu que se hayan escrito acerca de la carencia de nuestra carnal humanidad, de esta humanidad.

 

La carne de la humanidad sufre, por supuesto, pero por haberse dejado caer en carencia frente al esfuerzo de la claridad.

No ha merecido ser sacada de la carencia, pero la conciencia por ella blasfemada resurge en criaturas.

Pero de cuando en cuando, quiero decir, de tarde en tarde sobre el espacio entenebrecido del tiempo, un poeta ha lanzado un grito para hacer regresar criaturas. Y Anteros, Artemis, Horus, Délfica y el desdichado son esas mujeres, las almas de las criaturas, los seres nacidos en la tumefacta costra de su corazón de suicida inmortal que llegan al primer plano para bramar su drama, la tragedia de su voluntad de luz: para alumbrar la insistente tiniebla, como diría yo si fuese Mallarmé, pero diré como el Antonin Artaud que soy: la insistencia de las tinieblas que suben en tomo de mi voluntad de existir.

 

La primera de tales tinieblas es espíritu, querer saber el cómo y el cuándo por fecha y referencia a los acantilados y a las trilladas costas de los mares de la geografía experimentada, referencia a ese embrujado río del tiempo de los hechos que en el tiempo corre, referencia a sentimientos ya vividos, derrumbados y supuestos, referencia a un drama íntegro ya enmarcado y deslindado por la historia, referencia a experimentados conflictos o pasiones (atrapadas por el féretro), en el féretro disueltas y a las que el retroceso de la muerte ha fijado, pero que aun fijadas están más muertas que si los seres que las vivieron llegasen a revivirlas doblemente por los modelos del pasado.



 

 

 

 

 

Página 100



El espíritu pasado no esclarece, pues, a Gérard de Nerval, y sus poemas no esclarecen mitos, y tampoco, ni celosamente, pueden ser esclarecidos por los mitos amortajados en el pasado. El Anteros de Gérard de Nerval es —ya lo he dicho— un ser nuevo que no esclarece la historia de Anteo, pues Anteros es un ser inventado, la cuerda al corazón de una asonancia nueva que llega desde el fondo del presente soneto a zarandear represiones tan bien maceradas y complejas, que su aridez es una nueva claridad, y su complejidad es la simple trenza de una cuerda durante mucho tiempo fortalecida en la tierra que la inventó. Y esta tierra tiene 14 pies.

 

¿De qué se trata en el caso de Anteros? De un sublevado. Y saber de dónde llega a la mitología o a la historia es disolverlo y asesinarlo. Pero mover su drama como una estocada es hacerlo vivir.

Hace vivir a este incoercible insurrecto que de la hoja hundida en su corazón hace un arma contra el dios interior, espíritu del golpe que quiso asesinarlo, herirlo, y del que hará un golpe asesino.

Vuelvo el dardo contra el dios vencedor[31].

 

Pero de qué manera animar el drama, cómo hacerlo vivir y volver a verlo diciéndolo.

 

Los poemas de Gérard de Nerval han sido escritos, no para ser leídos en voz baja, en los pliegues de la conciencia, sino para ser expresamente declamados, pues su timbre necesita aire. Son misteriosos cuando no se los recita, y la página impresa los adormece; pero pronunciados entre labios de sangre, rojos, digo, porque son de sangre, sus jeroglíficos despiertan y es dable oir su protesta[32] contra el intento de los acontecimientos, cuyo protestador no será un golem, sino un ser que de dios rechaza a Jehová para obtener a Belus o a Dagón, y de Belus y de Dagón extrae al propio Gérard de Nerval, sublevado contra los monarcas de los dioses y diciendo:

 

Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito,

 

sumergido desnudo para hacerme olvidar, sumergido feto para hacerme olvidar, quemado tres veces en ese vitriolo genésico en el que todos los monarcas de la envidia —monarcas de la eterna envidia que los espíritus celestiales sienten por el hombre— hunden al hombre para hacerle olvidar la sucesión de sus combates de encarnado.

 

Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito, y protegiendo completamente solo, solo en mi obstinada esencia de ser



 

 

 

Página 101



y protegiendo completamente solo a mi madre Amalecita,

 

¿y por qué Amalecita ahora la madre de un Anteros obstinado?

 

Porque raza de los antiguos enterrados. ¿Cuáles? Aquellos que, como los amalecitas primeros, eran los amantes de la tierra eterna, del estupro de las animalidades.

pues el ánima, el hálito del cuerpo, fue esa amante en la tierra, la primitiva tierra uterina empapada y que no tuvo otro amor ni otra luz que amar esa actitud,

ser, como el útero, una tierra que en el nombre del ánima su hálito transplanta al aire su animalidad.

ama, alma a través de todo leteo,

 

Amalecita, raza del alma que nunca pudo olvidar a la tierra irascible de la que nació y que Gérard de Nerval hará revivir como Anteo surgido de la tierra.

Siembro a sus pies los dientes del viejo dragón.

 

Este final puede entenderse en otro sentido.

 

Es que la raza llegada de la tierra sexual de los amalecitas, humus cíe muerte por humus de muerte, laringe anal de la putrefacción, y que en la historia abandonó la tierra para entrar en la pura sexualidad, no ya terrena por humus voluntariamente amontonados y comprimidos del polvo, no polvo, sino seres animados de huesecillos, que abandonó la tierra, digo, para entrar en la sexualidad pura, encarnación fuera del huesecillo, y no ser más que el húmedo agujero que en su placenta de barro húmedo se envilece por humedad —micción líquida de una adiposidad—, esa raza hízole olvidar a Anteo su origen de polvo puro, de polvo expansivo y animado (que, si siempre está algo mojado, lo está sólo por su naturaleza seca que se ha desprendido de lo húmedo), y Anteo, que para él fue Gérard de Narval mismo, quiso vengarlo, pero apresurado como yo o como tú, lector del poema —recitador o declamador—, apresurado por las exigencias de las cosas y arrojado abajo por la dictadura de las cosas, que los monarcas de las fábulas celestiales no han dejado de representar, fue aprehendido y sumergido tres veces en las aguas del Cocito, y sin quererlo, pero impulsado por el viejo y olvidadizo atavismo de su inconsciente, continuó protegiendo siempre a su madre traidora, la amalecita, que toma su útero por ser y que ha hecho del útero un dios. Y útero por útero ella cree ser y tener prevent[ivamente][33] en ese cofre la génesis de su hijo dios.



 

 

 

Página 102



(Aquí, la historia del cuadro negro en lo de la señora Guilhen, en el que yo progresaba con demasiada rapidez y en el que fui asesinado y puesto en segundo primario.)

 

*

 

* *

 

Creo que lo que Gérard de Nerval acusa en sus poemas es el pecado original, no de los seres, sino de dios: afectos, voliciones, impulsos, repulsiones.

 

Antonin Artaud



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 103



 

 

 

 

 

CARTA ACERCA DE LAUTRÉAMONT[34]

 

 

 

 

Sí, tengo algunas confidencias que hacerle respecto del impensable conde de Lautréamont, de sus cartas tan extravagantes como coercitivas, todos esos lóbregos ucases conminatorios, férreos, que con tanta elegancia y llenos de cumplidos enviaba incluso a su padre, a su banquero, a su editor o a sus amigos. Extravagantes, por cierto que sus cartas lo son, con esa extravagancia estridente de un hombre que anda con su lirismo como con una llaga vindicadora, impúdica, en su costado izquierdo, o en el derecho.

 

No puede escribir una simple carta común sin que se sienta la trepidación epileptoide del Verbo, que, trátese de lo que pueda tratarse, no quiere que se lo utilice sin un estremecimiento.

Y la Poesía, limosna de lo infinitamente pequeño, es la reclusa de ese verbo de lo que en cada carta hace Lautréamont un cañón de marina a fin de repeler el principio de la carne.

Una carta, no de dos francos, sino de dos veces el intangible precio de la poesía de Baudelaire sumada a la de Lautréamont, le anuncia a un editor el pago, no en sellos postales, sino en sellos —dice— del correo del Suplemento a los poemas de Baudelaire. Y si el lector no siente ese del que descarna merced al vacío insistente de un subrepticio humor las firmes viñetas de los sellos en nombre de cuyas especies habrá de pagarse el precio del libro, y las descarna por la astilla, esquirla del ser de una mínima idea—, ese del puesto como la nota más baja de la escala, como el punto de un órgano negro bajo el pedal de un enorme pie, es porque el lector no es más que el retensivo lacayo de una puta y la materia encarnada de un puerco.

 

Algo como el tótem abismal de la empedernida bestialidad entronizada (y la idea de la belleza ha sido asentada, como dice Arthur Rimbaud). La bestia que quiere guardar entre sus impuros muslos los treinta dineros a cuenta del poeta, no por sus poemas todavía no hechos y por hacer, sino por ese encarnado bolsillo sangrante que durante la noche palpita sin



 

 

 

 

Página 104



tregua y que el domingo sale de paseo como todo burgués por las bacanales, ese bolsillo de explosivos influjos que en el pecho de un gran poeta no late igual que en otra parte, pues justamente ahí abreva todo burgués, contra ese corazón que estricta y obstinadamente, celosa y agresivamente, siempre endureció su actitud y osificó su incoercible salvaguardia, porque el burgués hipócrita y despectivo, acaramelado, drogado, muñeco de la certeza despreciativa, no es en realidad más que una antigüedad merodeadora y este simio, este viejo simio del Ramayana, antiguo escamoteador por debajo de toda pulsación de poesía perentoria, en instancia de chirrido. «Pero eso no se hace, no, no se hace», le dice al conde de Lautréamont. No lo oímos con estos oídos (y el oído es una caverna de ano en la que todo burgués bien harto y acorazado de antistrofa escamotea la poesía). Deja. Vuelve a entrar en la norma.

 

Tu corazón late de horror, pero eso no se ve. Y también yo, también yo tengo un corazón de carne siempre necesitado de ti. ¿Cómo? No te interesa.

Pero Lautréamont no se deja detener. «Déjeme —dice a su editor—, déjeme ahora recomenzar desde un poco más alto». El poco más alto de la muerte, sin duda, que un turbio, sospechoso día se lo llevó, pues nunca se ha considerado con suficiente atención —insisto en ello— el remordimiento, la muerte tan evasivamente chata del impensable conde de Lautréamont.

Demasiado anodinamente chata fue su muerte para que no se sientan ganas de mirar más de cerca el misterio de su vida, porque, en fin de cuentas, ¿de qué murió exactamente el pobre Isidore Ducasse, genio sin duda irreductible al mundo y a quien el mundo, según hay que creer, no quiso, como no quiso a Edgar Poe, a Baudelaire, a Gérard de Nerval o a Arthur Rimbaud?

¿Murió de prolongada o breve enfermedad? ¿Se lo encontró muerto en su cama al despuntar el día? La historia dice simplemente —simple y siniestramente— que el acta de defunción fue firmada por el patrón del hotel y por el muchacho que lo atendía.

Poco y flaco para un gran poeta; hay en ello un no sé qué tan mezquino, tan evasivamente prosaico y mezquino que en cierto modo apesta a innoble, y la pacotilla de un entierro tan prosaico y vulgar no condice con la vida de Isidore Ducasse, si bien condice demasiado bien, a



 

 

 

 

 

Página 105



mi modo de ver, con todo lo simiesco de esa subrepción de odio gracias a la cual la tontería burguesa escamotea todos los grandes nombres.

 

Pero debido a qué roñosa putañería de imbecilidad arraigada oí decir un día que si el conde de Lautréamont no hubiese muerto a los veinticuatro años, en los comienzos de su existencia, también él habría sido internado como Nietzsche, como Van Gogh, o como el pobre Gérard de Nerval.

 

Y ello porque si la actitud de Maldoror es admisible en un libro, sólo lo es después de la muerte del poeta, cien años después, cuando los explosivos sojuzgadores del verdino corazón del poeta tuvieron tiempo de calmarse. En vida de él eran demasiado poderosos. Así se les cerró la boca a Baudelaire, a Edgar Poe, a Gérard de Nerval y al impensable conde de Lautréamont, porque hubo miedo de que su poesía saliera de los libros y trastocara la realidad… Y a Lautréamont se le cerró la boca muy joven a fin de concluir cuanto antes con la creciente agresividad de un corazón al que la vida de cada día indispone de una manera catastrófica y que a la larga habría terminado por trasportar a todas partes la cínica e insólita cautela de sus incansables desolladuras.

 

«Y pasado el farol rojo —dice el pobre Isidore Ducasse— ella le permitió, por un precio módico, mirar dentro de su vagina…»

No es un acontecimiento el hecho de haber hallado que esta frase estaba en los Cantos de Maldoror, como tampoco lo es que esté allí, pues todo el libro está hecho sólo de frases atroces de ese tipo. Sí, en los Cantos de Maldoror todo es fiero y cruel. La pantorrilla de una desdichada mujer que aborta o el paso de un último autobús. Todo es como aquella frase en la que el conde de Lautréamont ve —y más bien creo que fue el pobre Isidore Ducasse antes que el impensable conde de Lautréamont quien lo vio—, ve, digo, cómo un palo anda a través de las persianas clausuradas en una habitación del más siniestro quilombo (nombre argótico vulgar del lupanar o burdel) y se entera por boca de ese mismo palo de que éste no es un palo, sino un cabello caído de la cabeza de su amo, munificente bobo a quien su dinero le otorga el derecho de triturar a una menesterosa en la epidermis de un par de sábanas, acaso limpias primero, pero siempre nauseabundas después.

 

Y digo que había en Isidore Ducasse un espíritu que siempre quería dejar caer a Isidore Ducasse en beneficio del impensable conde de Lautréamont. Bellísimo nombre, nombre inmenso. Y digo que la invención del nombre de Lautréamont, si bien sirvió a Isidore Ducasse de



 

 

 

Página 106



santo y seña para cubrir e introducir la magnificencia insólita de su producto, digo que la invención de este patronímico literario —tal un traje encima de la vida— originó, por su alzamiento sobre el hombre que lo produjo, el paso de una de esas roñosas cochinadas colectivas que pululan en la historia de las letras y que a la larga hizo huir de la vida al alma de Isidore Ducasse. Así es. Quien murió fue Isidore Ducasse y no el conde de Lautréamont, e Isidore Ducasse fue quien proporcionó al conde de Lautréamont con qué sobrevivir, y poco falta —diré incluso que no falta nada— para pensar que el impensable conde impersonal del heráldico Lautréamont no haya sido frente a Isidore Ducasse una manera de indefinible asesino.

 

Ciertamente creo que en fin de cuentas, llegado ya a las últimas, de eso murió el pobre Isidore Ducasse, si el conde de Lautréamont lo ha sobrevivido en la historia, pues Isidore Ducasse fue quien dio con el nombre de Lautréamont; pero cuando lo halló no estaba solo. Quiero decir que había en torno de él y de su alma esa microbiana precipitación de espías, ese baboso, acrimonioso tropel de todos los más sórdidos parásitos del ser, de todos los antiguos aparecidos del no ser, esa sarna de aprovechados innatos que en su lecho de muerte le dijeron: «Nosotros somos el conde de Lautréamont y tú no eres más que Isidore Ducasse, y si no reconoces que eres sólo Isidore Ducasse y que nosotros somos el conde de Lautréamont, autor de los Cantos de Maldoror, te matamos». Y un amanecer murió, a la vera de una noche imposible. Sudando y mirando su muerte como desde el orificio de su ataúd, igual que el pobre Isidore Ducasse frente al rico de Lautréamont. Y esto no se llama sublevación de las cosas contra el amo sino la bacanal del inconsciente fraudulento de todos contra la conciencia de uno solo.

 

Insisto en el hecho de que Isidore Ducasse no era un alucinado ni un visionario, sino un genio que durante toda su vida no dejó de ver claro en ésta cada vez que observaba y hurgoneaba en el barbecho del inconsciente aún inusado. El suyo y nada más, pues no hay en nuestro cuerpo puntos donde podamos encontrarnos con la conciencia de todos. Y en nuestro cuerpo estamos solos. Pero el mundo jamás ha admitido esto y siempre ha querido conservar para sí un medio de observar más de cerca en la conciencia de todos los grandes poetas, y todo el mundo ha deseado poder mirar en todo el mundo a fin de saber lo que todo el mundo hace.



 

 

 

 

 

Página 107



Y cierto día unas personas —no nobles de infinito, como en Annabel Lee de Edgar Poe, sino innobles polillas del ser, la roña de los sarnosos de la envidia— fueron a decirle a Isidore Durasse, por encima de su lecho y su cabeza y de la cabecera de su lecho de muerte: Eres un genio, pero yo soy el genio que inspira a tu conciencia, y yo soy quien escribe en ti tus poemas antes que tú y mejor que tú. Y de ese modo Isidore Durasse murió de rabia por haber querido considerar, tal cual Edgar Poe, Nietzsche, Baudelaire y Gérard de Nerval, su individualidad intrínseca en lugar de convertirse, como Víctor Hugo, Lamartine, Musset, Biaise Pascal o Chateaubriand, en el embudo del pensamiento de todos.

 

Pues la operación no estriba en sacrificar su yo de poeta, y en ese momento de alienado, a todo el mundo, sino en dejarse penetrar y violar por la conciencia de todo el mundo de tal manera eme uno no sea ya en su cuerpo nada más que el siervo de las ideas y reacciones de todos.

 

Y el nombre de Lautréamont sólo fue un medio inicial —del que Isidore Ducasse no desconfió quizá lo bastante— de despistar en beneficio de la conciencia general las obras archiindividualistas de Isidore Ducasse, poeta furiosamente apasionado por la verdad.

Quiero decir que en el limbo de la muerte donde Isidore Ducasse está hay conciencias y yos distintos de las suyos que se alegran sin duda obscenamente de haber participado en la emulsión creadora de sus poemas y sus gritos y que deducen oscuras delicias de la idea de exasperar a este poeta para sofocarlo y para matarlo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 108



 

 

 

 

 

NOTAS BIOGRÁFICAS DE ANTONIN ARTAUD

 

 

 

 

 

1896, 4 de setiembre, nace en Marsella.

 

A la edad de cinco años se enferma de meningitis; refiriéndose a este período dice Otto Hahn: «El primer drama de esta vida dolorosa le sobreviene a la edad de cinco años: una meningitis lo lleva hasta el umbral de la muerte y lo sumerge, repentinamente, en el universo absurdo del dolor. Sin duda allí comienza el desacuerdo que lo opondrá al mundo. Más abajo de sí mismo, sintiendo la existencia como mal-de-ser, es demasiado joven para superar su terror. “La niñez es como la muerte —escribirá—, en ella un sonido o un grito son inmensos fantasmas”. En ese universo desmesurado busca una ayuda: su hermana no tiene edad como para ocuparse de él, que es el primogénito; su padre, un rico armador de Marsella, por lo general está ausente; sólo su madre puede protegerlo. Esta acaba de perder unos meses antes, un hijo de tres días, y ve con espanto cómo la muerte se cierne de nuevo. Madre e hijo se aferran desesperadamente uno al otro. Pero esta protección, en el momento de la crisis, no le produce ningún alivio, y no comprende su soledad, así como no comprende que se lo entregue al médico. Entonces trata de incidir sobre esta madre cuya actitud contradictoria lo desconcierta: los accesos de cariño alternan con las visitas del médico, las sonrisas más tiernas preceden a la administración de las drogas. Se acordará de los medicamentos mezclados con dulces y al hablar de la niñez, durante su locura, retomará el tema de la golosina envenenada».

 

En su carta del 17 de febrero de 1932, a G. Soulié de Morant, dice que desde los 6 a 8 años ha notado «esos períodos de tartamudeo y de horrible contracción física de los nervios faciales y de la lengua». «Trece años más tarde —dice O. Hahn— volverá a hablar de estos mismos años en Je nai rien étudié, pero esta vez será cuestionada su madre: “Me preguntaba por qué estaba allí y qué significaba estar allí. Y en qué se plantea la cuestión



 

 

 

 

Página 109



y por qué plantearse la cuestión, sí, por qué plantearse la cuestión de ser o de no ser, cuando se vive y se está allí”. El niño enfermo, particularmente precoz, se plantea problemas que no puede resolver ni incluso formular: “Eso no es lo que yo pensaba a los seis años… pero creo que tenía de ello el deseo, la taladrante percepción”. En esta perspectiva siente con mayor violencia todo lo que caracteriza el universo habitual del niño, “los golpes, las bofetadas, las reprimendas, las reprimendas sempiternas a propósito de nada y de todo… Es así como yo fui niño en medio del escándalo de mi yo…”».

 

El 21 de agosto de 1905 (Artaud tenía 8 años) muere su hermana Germaine, la cual había nacido 7 meses antes, el 13 de enero. De ella hablará al término de su vida: «Tuve tres hijas, un día estranguladas… Germaine Artaud, estrangulada a los siete meses…». Esta muerte agrava su relación con la madre. Dice O. Hahn: «el conflicto violento que opone a la madre y al hijo permiten imaginar que en esta fecha los problemas fueron reactualizados y que Artaud, identificándose con su hermana, fue confirmado en su oposición, tal vez por la reaparición del médico con su nuevo rostro de médico-asesino… Paralelamente se da cuenta de que con su enfermedad puede actuar sobre su madre. Su autoritarismo se apoya en ella… Cuando su madre le resiste sus crisis de cólera se transforman en enfermedad. Incluso a la edad de treinta años discutir con ella lo transporta al borde de las convulsiones. La madre y el hijo se entregan a mutuas agresiones. Ella con su necesidad de proteger, de aconsejar, de imponer medicamentos y médico; él, con sus cóleras, sus exigencias, su enfermedad. Este terrorismo familiar, este vampirismo, para actuar plenamente supone una gran afección, un clima de indiferencia volvería vana toda acción. El padre, cuyo nombre edipiano era Antonio-Rey, en relación con el cual Antonin sólo es un diminutivo, aparece en el horizonte como un bloque inatacable. Provenía de una vieja familia de armadores y de marinos en la cual el primogénito sucedía, tradicionalmente al padre. Artaud habla poco de él en su obra, pero en una de sus conferencias en México se explica con claridad: “Viví hasta los veintisiete años con el odio oscuro del Padre, de mi padre particular. Hasta el día en que lo vi fallecer. Entonces ese rigor inhumano, con el que, yo lo acusaba, me oprimía, cedió. De ese me tendió los brazos. Y yo, que estoy atormentado por mi cuerpo, cuerpo salió otro ser. Y por primera vez en la vida ese padre



 

 

 

Página 110



comprendí que él había estado toda la vida atormentado por su cuerpo y que hay una mentira del ser contra la cual hemos nacido para protestar…”».

 

A los catorce años funda una revista y —según su hermana— publica en ella algunos poemas con el pseudónimo de Louis des Attides.

 

En 1915, según la misma fuente, se produce su primera estadía en una clínica, La Rougière, cerca de Marsella.

 

En 1916 es movilizado, pero nueve meses después es dado de baja por «sonambulismo». Según M. A. Malaussena (hermana de Artaud), «violentos dolores nerviosos» lo obligan a una serie de internaciones: en St-Dizier, en Lafoux-les-Bains, en Divonne-les-Bains, en Neufchatel (Suiza), donde permanece cerca de dos años. Señala O. Hahn: «En tiempos de guerra esta existencia protegida lo confirma en su divorcio con una sociedad cuyo clima se le aparece en todo su absurdo». Para escapar a esa sociedad absurda, formada por la madre, el padre, los médicos, los enfermeros, las tradiciones burguesas, la guerra, etc. «Artaud adopta una única solución: perfeccionar su espíritu», «una victoria intelectual lo liberaría de los médicos, de su madre, le aseguraría una superioridad sobre su padre, cuya herencia podría rechazar con dignidad. El deseo de afirmarse se transforma entonces en voluntad de poder».

 

1920, marzo, llega a París, y se interna en la clínica de uno de los mejores psiquiatras de Europa, el Dr. Toulousse. Publica poemas y crónicas en la revista «Demain», creada por el Dr. Toulousse. Desde 1921, señala O. Hahn, toma posición contra sus padres. En el Prefacio que escribe para las obras del Dr. Toulousse escribe: «Hay cosas que destruir. Hay deformaciones del pensamiento, hábitos mentales, vicios, por último, que contaminan los juicios del hombre desde que nace. Nacemos, vivimos, morimos en la atmósfera de la mentira. Nuestros educadores, aquellos con quienes nos vincula nuestra sangre, fueron, es necesario decirlo, no consciente pero sí inconscientemente por hábito ancestral, malos consejeros» (O. C. T. I, p. 341).

 

1921. Por intermedio de Max Jacob conoce a André Masson, M. Leiris, Limbour Salacrou, Dubuffet, quienes integrarán el «surréalisme des



 

 

 

Página 111



faubourgs». En esta época se puede situar su inicio en el teatro: desempeña un papel en Les scrupules de Sganarelle de Henri de Régnier, montada por Lugné-Poe.

 

1922. Por intermedio del actor Gemier conoce a Charles Dullin y entra a trabajar en el «Atelier». Si tenemos en cuenta que posiblemente a fines de año anterior ha conocido a Génica Athanasiou y al grupo surrealista, podremos hacernos una idea de la importancia del período de su vida que inicia Artaud. En el «atelier» de Dullin encuentra trabajo, compañerismo y, por primera vez, el teatro del extremo Oriente (su hermana dice que Artaud asiste, en 1922, en Marsella, a una representación combodgiana frente a un templo de Angkor reconstituido, y que allí surge en él «la idea maestra de un teatro fuera de las normas … la que sólo se cristalizará en 1931, después de una representación del teatro Balinés que suscita su entusiasmo»). La atracción que ejerce el teatro oriental en Dullin se une a la de Artaud, quien ensalza en esta época «al actor japonés, que lleva en sí la cultura hasta el paroxismo, con tocias sus posibilidades físicas y psíquicas». Pero la gran revelación —dice O. Ilahn— «le es brindada por los ejercicios de improvisación». «Si bien se destaca en la improvisación y la creación de vestidos y maquetas, tiene inconvenientes, por el contrario, en integrarse a la compañía. Particularmente siente horror de repetir delante de Dullin, y sus interpretaciones difícilmente armonizan con el cuadro general de la puesta en escena. Desdeñado lo verosímil, Artaud impone su concepción personal: gesticula para destacar el papel de un ciego. Representando a Carlomagno sube al trono en cuatro pies».

 

Génica Athanasiou es la primera mujer en su vida y sin duda la única con quien compartirá una especie de vida cotidiana (ver Antonin Artaud, Lettres à Génica Athanasiou). La fecha de su primera carta es de 1921, según recuerda G. A.

 

1923. Publica Tric-Trac du Ciel, del cual, en el «Preámbule» a sus obras completas, dice que es «una colección de poemas editados en 1922 debido a los cuidados de mi amigo Kahnweiller, editor y marchand de cuadros. Pero pensándolo bien prefiero renunciar a ellos. Este pequeño libro de ninguna manera me representa…». En el mismo año comienza su correspondencia con Jacques Rivière, la que concluirá con una carta de éste dirigida a Artaud en 1924 (la Correspondance avec Jacques Rivière



 

 

 

 

Página 112



será publicada en 1927). Esta es, según O. H., «una de las obras mayores de los primeros años del surrealismo».

 

1924/25. Participa en el movimiento surrealista. Breton le confía la dirección del N.º 3 de la «Révolution surréaliste», casi todos los textos son redactados por él; en ellos Artaud «niega la civilización en su totalidad; no quiere ni corregir ni rehacer, sino inventar una nueva forma de relación humana» (O. H.).

 

En setiembre de 1924 muere su padre. Su madre se traslada a vivir en París.

 

1925. Aparece Le Pèse-Nerfs y L’Ombilic des Limbes.

 

1926. Antonin Artaud, Roger Vitrac y Robert Aron, fundan el «Théâtre Alfred Jarry». En su primer manifiesto A. Artaud dice: «La ilusión no versará sobre la verosimilitud o la inverosimilitud de la acción, sino sobre la fuerza comunicativa y la realidad de esta fuerza… No es al espíritu o a los sentidos de los espectadores a los que nos dirigimos, sino a toda su existencia. A la de ellos y a la nuestra. Arriesgamos nuestra vida en el espectáculo que se desarrolla sobre la escena… El espectador que viene a nosotros sabe que viene a ofrecerse a una verdadera operación donde no sólo su espíritu sino también sus sentidos y su carne están en juego. En adelante irá al teatro como va al cirujano o al dentista. Gon el mismo estado de espíritu, con el pensamiento, evidentemente, de que no va a morir, pero de que es algo grave y de que no saldrá de allí intacto». Posteriormente dirá: «Tenemos necesidad de que el espectáculo al que asistimos sea único…».

 

1927. Se produce la ruptura con los surrealistas y con Génica Athanasiou. En respuesta al ataque de los surrealistas, Artaud escribe «A la grande Nuit ou le bluff surréaliste». Escribe el escenario La coquille et le Clergyman, que Germaine Dulac llevará al cine.

 

1928. Los surrealistas interrumpen una representación de El sueño de Strindberg (el 9 de junio). Las últimas representaciones del teatro Alfred Jarry tuvieron lugar el 29 de diciembre de 1928 y el 5 de enero de 1929, se puso en escena Victor ou les enfants au pouvoir de Roger Vitrac.



 

 

 

 

 

Página 113



 

1929. Publicación de L’Art et la mort.

 

1930. Le Théâtre Alfred Jarry et l’Hostilité Publique (en colaboración con Roger Vitrac).

 

1931. Se publica la adaptación hecha por Artaud de El Monje, de G. Lewis. En realidad se trata de una adaptación «concebida de un modo nuevo», dice Artaud, y agrega «habiendo leído una obra que me ha impresionado vivamente, he compuesto un relato lo más fiel posible del antiguo, pero agregándole de mi pertenencia»; en una carta a J. Paulhan, del 13 de enero de 1931, dice: «Lo comencé /al Monje/ en un estado de espíritu de los más catastróficos, en el que me creía perdido» (O. C. t. VI, p. 404).

 

1932. El 1.º de octubre, en el N.º 229 de «La Nouvelle Revue Française» aparece el primer manifiesto de Le Théâtre de la Cruauté. El 1 y 2 de junio de 1927 se había representado en el teatro Grenelle Ventre brûlé ou la mere folle (pochade musicale d’Antonin Artaud). Esta obra se perdió (en el libro de Alin Virmaux, Antonin Artaud et le théâtre Robert Maguire hace un intento de reconstitución de la pieza, además se transcriben dos cartas de Maxime Jacob, quien le puso música a la «pochade»). En 1932 A. Artaud hizo una adaptación del Aireo y Tieste (en versión castellana Tieste) de Séneca, que tituló Le supplice de Tantale. También esta pieza se perdió. Según Artaud esta era la «primera de una tentativa teatral de un orden nuevo e, incluso, revolucionario». Y en una carta del mismo año a Jean Paulhan, le dice: «No se puede encontrar mejor ejemplo escrito de lo que se puede entender por crueldad en el teatro que en todas las tragedias de Séneca».

 

1933. Posiblemente a fines del año anterior Artaud terminó el escenario del primer espectáculo del teatro de la crueldad, se titula La conquête de Mexique. En su carta a J. Paulhan de fecha 22 de enero de 1933 dice tener un texto «importante» que mostrarle: «Se trata del escenario… de mi primer espectáculo». En otra carta del mismo año, dirigida a un destinatario desconocido (fechada el 4 de marzo), dice que «el principio no es hacer teatro de arte, y de arte separado, desinteresado sino, por el contrario, de interesar al espectador por sus órganos, por todos sus



 

 

 

Página 114



órganos, en profundidad y en totalidad… Por esto quise que mi manifiesto y este escrito afirmen mi fe revolucionaria sobre el plano más alto y el más decisivo posible…». A. Artaud publica el Second Manifeste du Théâtre de la Cruauté.

 

1934. El 28 de abril aparece en las ediciones Denoël Héliogabale ou l’Anarchiste couronné.

 

1935. El 6 de mayo se representa la obra Les Cenci (adaptación hecha por Artaud de la tragedia de Shell y de la «crónica» de Stendhal). Dice O. Hahn: «Cuando /Artaud/ se lanza en los Cenci es consciente de que juega su última carta… La supresión del espectáculo a partir de la 17 representación llevará al colmo la combinación de fracasos. Su salud se debilita; los directores de teatro desconfían de él; no tiene dinero…». André Frank, secretario general del espectáculo, ha recordado: «El personal reclamaba su salario; los proveedores presentaban sus facturas… Recuerdo una tarde angustiante en el teatro, donde Artaud, por primera vez, muestra su rostro crispado, “partido”, separado del mundo, su rostro actualmente familiar. Un fracaso material, una cadena de incomprensiones, decidieron su destino: había nacido el Artaud genial y trágico, el Artaud profeta y mágico». En una carta del 15 de mayo de 1935, le dice a Jean Paulhan: «Sería un inmenso servicio si me lo dieran (se trata de los derechos de autor) de inmediato pues, verdaderamente, estoy en los límites de mis fuerzas y de mi resistencia nerviosa. Y ya no sé hacia dónde volverme para vivir… He realizado un esfuerzo inmenso y me encuentro frente a un abismo». En otra carta a J. P., del 29 de diciembre, habla por primera vez del Théâtre de Séraphin. Este texto debía incluirse (carta a J. P. citada) en El teatro y su doble, pero por razones desconocidas no fue incluido en esa obra. Recién en 1948 aparecerá en un volumen de la colección «Air du Temps».

 

Desde 1922, en que por primera vez participó como actor cinematográfico, en Mater doloroso de Abel Gance, hasta 1935, Artaud desempeñó papeles en las siguientes películas: Faits divers de Claude Autant-Lara; Entracte de Picabia y René Clair, en 1924; Surcouf de Luits Morat; Le, Juif Errant del mismo autor, en 1926; Napoleón de Abel Gance en 1926 —en el papel de Marat—; La passion de Jeanne d’Arc de Dreyer, en 1926 —en el papel del monje Massieu—; L’Argent de Marcel L’Herbier, en 1928; Tarakanova



 

 

 

 

Página 115



de Raymond Bernard, en 1931; L’Opéra de quat’Sous de Pabst, en 1930; Verdun, vision ^Historie de León Poirier, 1930; Aubourg Montmartre de R. Bernard, en 1931; La Femme dune Nuit de Marcel L’Herbier, en 1931; Les croix de Bois, de R. Bernard, en 1931; Coup de feu a l’Aube de Serge de Poligny, 1932; Sidonia Panache; L’Enfant de ma soeur; Liliom de Fritz Lang; Lucrèce Borgia de Abel Gance, en 1935 —en el papel de Savonarole.

 

1936. Viaje a Mexico. Embarca el 10 de enero de 1936, «casi sin dinero». «Decidido a todos los riesgos para cambiar de vida» (carta a J. Paulhan del 6 de enero de 1936). Regresa en noviembre de 1936. Resultado de este viaje son una serie de textos, publicados bajo el título de Les Tarahumaras recién en 1955, pero que fueron escritos y publicados sueltos en fechas distintas: La Montagne des signes fue escrito en México aproximadamente en octubre de 1936, y Tutuguri el 12 de febrero de 1948, un mes antes de su muerte; Le Rite du Peyotl fue escrito en Rodez en 1943.

 

1937. Relación con Cécile Schramme, a quien conoció antes de su partida a México. A su regreso decide casarse con ella y se comprometen. En mayo de 1937 realiza un viaje a Bruselas con el objeto de dar una conferencia. «Después de haber declarado que renunciaba al tema previsto, Antonin Artaud habla de su viaje a México y a los Tarahumaras. A medida que hablaba el tono de Artaud se vuelve cada vez más violento; por último, gritando, lanza al público esta frase: “Y al revelaros todo esto tal vez me he matado”… Otra versión, más dudosa, circuló en Bruselas: Antonin Artaud habría aparecido ante el público diciendo: “como he perdido mis notas voy a hablar de los efectos de la masturbación entre los padres jesuitas”… Poco tiempo después el compromiso matrimonial fue roto» (O. C. tomo VIL p. 439).

 

El 28 de julio aparece Les nouvelles révélations de Têtre en las ediciones Denoël, sin nombre de autor. Estaba firmada por Le Révélé.

 

En agosto de 1937 parte para Irlanda. El 23 de agosto se encuentra en Kilronan, en la más grande de las islas Aran, Inishmore. El cónsul de Francia en Irlanda le contesta a J. Paulhan: «Esta / la policía irlandesa/ expresó el deseo de hacer regresar a Francia a nuestro compatriota, quien carecía de recursos y manifestaba una gran exaltación. El señor Artaud… se embarcó en Cobh el 28 de setiembre, en el Washington, y debió de



 

 

 

 

Página 116



llegar a El Havre al día siguiente». Dice Paule Thevenin: «Sea como fuere, Artaud se encuentra a bordo del Washington, en viaje hacia Francia, por cierto que contra su voluntad. No hace falta mucha imaginación para darse cuenta de cuál era su estado de ánimo. El de un hombre acorralado. Por lo tanto cuando vio entrar en su camarote a un camotero y a un mecánico en jefe armados de una llave inglesa, no dudó ni un instante que los hombres iban quizás en busca de una venganza. Sin duda creyó que iban a golpearlo. Para defenderse, debió mostrarse agresivo. Entonces le colocaron el chaleco de fuerza. Al llegar a El Havre se lo internó». Según Gaston Ferdière (La tour de feu, N.º 63-64) el 12 de abril de 1938 se encuentra en el Asilo clínico de Ste. Anne; el 27 de febrero de 1939 es transferido a Ville-Evrard, donde permanecerá hasta el 22 de enero de 1943, fecha en que es transferido a Rodez. Según Ferdière en este último traslado participaron, en primer lugar R. Desnos, luego J. Paulhan y Paul Eluard: «Recibí, en efecto, un verdadero S.O.S. de Desnos: Artaud, continuamente excitado, permanecía largos períodos en el “pabellón de seguridad” de Ville-Evrard; muy mal alimentado se comportaba cada vez peor y enflaquecía peligrosamente… Hay que recordar que es el horrible período de las restricciones alimenticias, de las tarjetas de racionamiento y del mercado negro; en los asilos los psicópatas están, hablando propiamente, condenados a muerte por el nazismo; padecen espantosas carencias y mueren de hambre por millares».

 

1946, 25 de mayo. Artaud sale de Rodez y recupera su libertad. Al respecto consultar el testimonio de Paule Thevenin en Artaud. Polémica, correspondencia y textos, edit. Jorge Alvarez. Dice O. Hahn: «El restablecimiento mental se acompaña de una completa revaluación de los valores, de la cual se pueden seguir las etapas desde el otoño de 1945 hasta la primavera de 1946. /Artaud… realiza una transformación sobre todos los planos: familia, religión, concepción pictórica, concepción del cuerpo, del mito, de la sexualidad, de los sentimientos. Rechaza la efervescencia intelectual de su juventud, las construcciones delirantes de su locura, los hábitos de pensamiento de la civilización. Sólo reconoce los hechos y la realidad de las verdades personales. /Para arrancarse voluntariamente a la locura se obliga a suprimir toda mitomanía y, en consecuencia, todo mito y toda concepción intelectual del mundo. Recurre a la objetividad más somera: “Desde hace mucho tiempo he dejado de ver otras cosas fuera del



 

 

 

Página 117



papel sobre el que escribo, de las personas, de los árboles, de las casas entre las cuales vivo, y del cielo azul que está por encima”. /Rechaza todo criterio y todo valor adquirido para determinarse sólo por sus deseos más simples: la libertad y la felicidad. /Persigue su transformación sobre todos los planos. En su juventud se había inclinado sobre los escritos esotéricos de Elifás Leví, sobre las religiones orientales y sobre la Cábala, para encontrar en ellas una nueva concepción de la vida. Ahora rechaza la idea de un secreto a descubrir… Rechaza todo mito, todo absoluto que sobrepasaría al hombre y su cuerpo. No hay nada a encontrar, sino una libertad a realizar en un presente perpetuo».

 

En 1944, en Rodez, escribe A Lire le texte, breve comentario de un cuento de Marcel Béalu, y Révolte contre la poésie, otro texto que recién fue publicado en 1953 (O. C. t. IX, p. 263). En el mismo año realiza cuatro adaptaciones de textos ingleses: Le Bébé de Peu, de R. Southwell; Israfel de Poe; Le Chevalier Mate-Tapis, de Lewis Carroll; y L’Arve et L’Aume. Tentative antigrammaticale contre Lewis Carroll adaptación del cap. VI de A través del espejo. Entre setiembre de 1945 y diciembre de 1945 Artaud le dirige a Henri Parísot una serie de cartas, estas cartas fueron publicadas en abril de 1946, con el título de Lettres de Rodez. Un año después de la muerte de Artaud se publicó una plaqueta con el título de Supplément aux Lettres de Rodez, se incluía una carta del 9 de diciembre de 1945 a H. Parísot, L’Evêque de Rodez, una carta no datada a Guy Lévis Mano y «Coleridge le traître».

 

1947, 13 de enero. Artaud da una conferencia en la sala del Vieux-Colombier. André Gide ha narrado esta sesión (el testimonio de Gide puede leerse en la revista Sur N.º 294). G. Charbonnier dice que «el teatro de la crueldad sólo tuvo una representación. Esta representación tuvo lugar el 13 de enero de 1947, en la sala del Vieux-Colombier. Ese día Antonin Artaud dio su propio cuerpo en el espectáculo».

 

1948, 4 de marzo. Antonin Artaud muere en la clínica de Ivry. Paule Thevenin recuerda: «El 4 de marzo de 1948, a eso de las ocho, me telefoneó el secretario del sanatorio. El jardinero, al llevar a Artaud, como todas las mañanas, su desayuno, lo encontró muerto, sentado al pie de la cama».



 

 

 

 

 

 

Página 118



 

Entre 1946 y 1948, en un esfuerzo sólo comparable al de los dos últimos años de vida de Van Gogh, Artaud escribe sus textos fundamentales. Dispersos, muchos de ellos, en distintas publicaciones, es difícil dar una nómina completa de los mismos. No obstante podemos citar: Artaud le Momo, el 15 de setiembre de 1947, ed. Bordas; Van Gogh le suicidé de la société, 25 de setiembre de 1947, K. Editeur; Pour en finir avec le jugement de Dieu, emisión radiofónica registrada el 28 de noviembre de 1947, publicada en 1948 por K. Editeur; Ci-git, precedido de La Culture indienne, 15 de diciembre de 1947, K. Editeur. Además: 1946, Xylophonie contre la Grande Presse et son petit public, junto con Histoire entre la Groume et Dieu, sin nombre de editor; 1947, Portraits et dessins - Le visage humain, poème, galería Pierre; 1948, Textes et documents, Témoignages K. Editeur; 1949, Lettre contre la Cabbale, J. Haumont éditeur; 1953; Vie et mort de Satan le feu, ed. Arcanes; 1955, Galapagos, les Iles du Bout de Monde (con aguafuertes de Max Ernst). En revistas: Le Théâtre et l’Anatomie, en «La Rue», 12 de julio de 1946; Les mères à l’étable en «L’Heure nouvelle» N.º 2; Les malades et les médecins, en «Les Quatre-Vents» N.º 8; Aliéner l’acteur y Le théâtre et la science, en «L’Arbalète» N.º 13; Extraits de Suppôts et Supplications en «Les Temps Modernes» N.º 40; Chiotte à l’esprit, en «Tel Quel», n.º 3; en la revista «Tel Quel» aparecieron: Une note sur la peinture surréaliste en général, des commentaires de mes dessins, otoño de 1963; Onze lettres à Anais Nin, N.º 20; Lettres sur «Les chimères» N.º 22; Ainsi donc la question. , N.º 30; Il y a dans la magie..., N.º 35; La main de singe, et autres textes inédits N.º 39; Le visage humaine y Dessins en «L’Ephémère» N.º 13.

 

En enero de 1971 apareció el tomo IX de las Oeuvres completes de Antonin Artaud.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 119



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antoine Marie Joseph Artaud (Marsella; 4 de septiembre de 1896-Ivry-sur-Seine; 4 de marzo de 1948), conocido como ANTONIN ARTAUD fue peta, dramaturgo y actor francés, cuyas teorías y trabajos influyeron en el desarrollo del teatro experimental. Nació y se educó en Marsella. Artaud se trasladó a París en 1920 y se hizo actor teatral. Fue co-fundador del Théâtre Alfred Jarry en 1927, en el que produjo varias obras, incluyendo una suya, The Cenci (1935), una ilustración de su concepto de Teatro de la Crueldad. Artaud utilizó este término para definir un nuevo teatro que debía minimizar la palabra hablada y dejarse llevar por una combinación de movimiento físico y gesto, sonidos inusuales, y eliminación de las disposiciones habituales de escenario y decorados. Con los sentidos desorientados, el espectador se vería forzado a enfrentarse al fuero interno, a su ser esencial, despojado de su civilizada coraza. Impedido siempre por enfermedades físicas y mentales crónicas, Artaud fue incapaz de poner sus teorías en práctica. Su libro El Teatro y su Doble (1938) describe fórmulas teatrales que más tarde, sin embargo, se convirtieron en las señas de identidad del movimiento de teatro en grupo, el teatro de la crueldad, teatro del absurdo, teatro ritual y de entorno.

Página 120

Notas

 

[1] Antonin Artaud, Oeuvres complètes, ed. Gallimard, Tomo IX, p.190. Hay una continuidad en la obra de Artaud, pero la continuidad no es anecdótica. Lo anecdótico marca la obra y exige hacer cortes, señalar rupturas: el período surrealista, el período del teatro Alfred Jarry, el período del viaje a México, el largo período de internación, sus últimos años. Cada uno de estos períodos tiene su especificidad, fácilmente caracterizable: en su período místico habla de lo «sobrenatural», pero en su último período, antes de la muerte, abomina y ataca profundamente la idea de lo sobrenatural; en su período de internación dedica Les nouvelles révélations de l’Etre a Hitler (ver «La tour de feu» N.º 63/64, p. 32), pero en su último periodo ataca ferozmente al nazismo; es conocida, además su actitud opuesta a la droga; tiene razón P. Thévenin cuando afirma que Artaud no buscaba por medio del opio «estados supra-normales, sino por el contrario, buscaba reencontrar la normalidad» (entrevista en «Nouvel observateur» del 19 de abril de 1971: Artaud sans legende). La continuidad está en el texto. Es en el texto donde se abre el espacio revolucionario, no-representativo. Artaud llega a situarse en un espacio sin antinomias: el teatro de la crueldad. Cuando sale de Rodez se ha re-hecho, es otro: no está en el espacio de la afirmación/negación (cuerpo-espíritu, dios-materia, etc.) sino allí donde la afirmación y la negación ya no tienen sentido, fuera del platonismo, en una materialidad que no es la materialidad metafísica de la dicotomía idealismo/materialismo, sino la materialidad estricta del significante. Retomo lo dicho a P. Thévenin: «No sé nada, o más bien sé, y quizá sea muy peligroso decirlo, que no es el sentido el que crea a las palabras sino éstas a aquél»: ¿por qué es peligroso? el peligro proviene, a mi entender, del desplazamiento que instaura en relación a la metafísica occidental, al platonismo de las ideas, y porque se anuda el trabajo de una sociedad que lucha a muerte por la revolución, porque se inscribe en una red de textos que dicen lo mismo: Sade, Marx, Nietzsche, Lautréamont, Mallarmé, Freud… Lo que Artaud descubre es el significante fuera de la pareja significante/significado-referente, y este es el nudo más profundo de la materialidad, de la no-representación, porque si no hay espíritu-alma-dios, entonces ¿qué es el significado? ¿qué presencia plena es el significado al margen del

 

significante? ¿cómo impedir, si no existe esa presencia plena que no puede ser sino la substancia-sujeto y todas sus consecuencias metafísicas, que el significante remita siempre a otros significantes? Dicho de otra manera: ¿cómo impedir que cuando creemos tener un significado este se deshaga en una constelación de palabras que nos remiten, cada una, a otras palabras, y a otras, sin fin, en un movimiento circular pero inabarcable, y nunca a la detención de un significado que las soportaría al margen de ese juego de permutaciones entre significantes? Dice Lévi-Strauss: «sin hipótesis teológica es inconcebible que el contenido de la experiencia la preceda… los símbolos son mucho más reales que lo que simbolizan, el significante precede y determina el significado» y, conclusión lógica, «detrás de todo sentido hay un no-sentido». <<

 

[2] Para nuestra sociedad el «autor» es el «dueño» de la obra; y no se trata de una afirmación sin importancia, sino que va hasta el fondo de la ideología burguesa. La afirmación no se limita a decir que un sujeto físico determinado ha escrito tal texto, sino que afirma al «creador» (¡al creador!) como el lugar donde la obra existe originariamente, al margen de su degradación en el acto de escribirla. Al poner de entre paréntesis negamos la propiedad individual de la obra: es una sociedad, el lenguaje o la escritura, quien escribe. En caso contrario ¿quién es el quién de la pregunta por quién escribe? Si excluimos lo trascendental, la diferencia de la metafísica, ¿qué puede haber al margen de esa archi-escritura? <<

 

[3] O. C. Tomo I, p. 11. <<

 

[4] O. C. Tomo I, p. 11. <<

 

[5] El tema del cuerpo es dominante en el último período de la vida de Artaud. Reducir esta problemática a los términos de «anormalidad» equivale a reducirla, a soslayar algo que nos obsesiona. Las meditaciones de Marx en los Manuscritos de 1844 y la teoría psicoanalítica del cuerpo infantil, la perversión poliforma, son fundamentales en este sentido. <<

 

[6] Ver nota en O. C. IX, p. 253: «a partir del momento en que Antonin Artaud, en 1945, quiere extirpar de él todo rastro de religiosidad, escribe dios sin mayúscula, deliberadamente», y, en Le rite du peyotl, realiza «importantes correcciones tendientes sobre todo a desembarazar el texto de toda impregnación cristiana». Nos oponemos a las interpretaciones místicas de Artaud. En nuestro país la introducción de Aldo Pellegrini al Van Gogh de A. Artaud, es un ejemplo de este tipo de interpretaciones. Pellegrini cita las siguientes frases de Artaud: «Yo creo en lo sobrenatural» (en una carta a J. Paulhan del 16 de setiembre de 1930; O. C. tomo VI, 398); «Porque lo sobrenatural es la razón de ser del hombre» (tomo VII, p. 157). Dice Pellegrini que «el que confía en los poderes de la imaginación afirma implícitamente lo sobrenatural, porque éste supone la existencia de una actividad no legislada del espíritu…» p. 20/21 de su introducción. No es posible discutir este tema sin hacer precisiones: las precisiones que el propio Artaud hace. Dice, en su Post-Scriptum al Le rite du peyotl, «Agrego que este texto fue escrito en el estado mental estúpido del convertido, al que los hechiceros de la clerigalla, aprovechando su momentánea debilidad, mantenían en estado de servidumbre… Escribí el Rite du Peyotl en estado de conversión y ya con ciento cincuenta o doscientas hostias recientes en el cuerpo, de donde mi delirio aquí y allá a propósito de cristo y de la cruz de Jesucristo, pues nada me parece ahora más fúnebre y mortalmente nefasto que el signo estratificador y limitado de la cruz, nada más eróticamente pornográfico que cristo, innoble concretización sexual de todos los falsos enigmas psíquicos…» (Tomo IX, p. 39/40); y más adelante, en una nota de la pág. 33, agrega: «… el Peyotl, Él, no se presta a esas fétidas asimilaciones espirituales, pues la MISTICA fue siempre una tartufería muy sabia y refinada contra la cual el PEYOTL íntegro protesta, pues con él EL HOMBRE está solo, y rasgando desesperadamente la música de su esqueleto, sin padre, sin madre, familia, amor, dios o sociedad». Sin precisar los conceptos y la cronología, lo único que se logra, y el ensayo de Pellegrini lo muestra muy bien, es crear confusión. Es cierto que en Artaud hay un período «místico», pero ese período místico fue criticado por el propio Artaud. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, tomar al pie de la letra su dedicatoria a Hitler. En una carta al

 

Dr. Ferdière, le dice: «Pues el Mundo y las cosas no pueden comprenderse ni admitirse sin Dios»; «Cuando lo he comprendido / al Misterio / he vuelto a la religión de mis padres. Y luego, como lo hago desde hace dos meses, he comulgado tres veces por semana» (en «La tour de feu» N.º 63/64, p. 6 y 12). Las cartas a su madre y hermana (de quienes reniega posteriormente) son ilustrativas de su «religiosidad». Ferdière, por su parte, dirá que «las convicciones religiosas de Artaud variaban cada semana o cada día». Basta leer su «Chiotte a l’esprit», o Pour en finir arec le jugement de dieu, o «Ainsi donc la question…», para comprender el arreglo de cuentas definitivo que Artaud hizo con su misticismo. Por todo lo cual pienso que la tarea urgente no es defender a Artaud de la «crápula», como pide Pellegrini, sino de aquellos que aun amándolo realizan el pase mágico de su ocultamiento. <<

 

[7] El problema es distinto en el campo teórico, en el que se impone una lectura sintomal, una distinción entre letra y discurso. <<

 

[8] La sociedad socialista ¿no debe ser acaso, la sociedad del goce total, de lo lúcido, de la «perversidad polimorfa» de los niños? Aquí retoma la idea de cuerpo; quien piensa el cuerpo niega una sociedad que lo ha sometido a la esclavitud del espíritu; pero detrás del espíritu, se sabe, está el Señor, el Amo. <<

 

[9] De Derrida puede consultarse, en español, «La lingüística de Rousseau» en Jean-Jacques Rousseau Ensayo sobre el origen de las lenguas, ed. Calden, Buenos Aires, 1970. Su obra fundamental De la grammatologie fue publicada por la editorial Siglo XXI-Argentina. <<

 

[10] Génica Athanasiou nació en Bucarest el 3 de enero de 1897. Deja Rumania y llega a París en 1919 para estudiar teatro. Desde 1920 entró como alumna de Dullin. El encuentro de G. A. con Antonin Artaud puede situarse en el otoño de 1921. En su conferencia «El teatro de postguerra en París» Artaud dice: «El triunfo humano de la pieza fue la interpretación de Antígona, por la trágica Génica Athanasiou. No olvidaré jamás la voz dorada, estremecida, misteriosa, de Génica Athanasiou-Antígona, dirigiendo sus adioses al sol. Era una queja venida de más allá del tiempo, y como sobre la espuma de una ola, en un día lleno de sol, en el Mediterráneo; era como una música de carne que se esparciese a través de heladas tinieblas». Después que Artaud deja el Atelier la sigue hasta la temporada 1925-1926; y hasta 1938 seguirá actuando en el Atelier en representación. En ese período trabaja en la compañía de Pitoëf y de J. L. Banault. Trabaja, además, en cine: en La Coquille et le Clergyman, filmada sobre un escenario de Artaud; Jean Crémillon le confía el papel principal en Maldonne y en Gardiens de phare. Después de la guerra C. Athanasiou desempeña un papel en una obra de A. Adamov, en 1950. Desempeña algunos otros papeles de menor importancia en el cine, donde aparece con pseudónimo. El 16 de julio de 1963, muy pobre, entra en la Fondation Coquelin. Al año siguiente realiza un viaje a Rumania, donde vuelve a ver a su hermana. Muere en el hospital de Lagni el 13 de julio de 1966. <<

 

[11] Se trata del opio. C. Athanasiou quería que Artaud dejase de tomarlo. En una carta a J. Paulhan, del 7-10-31, Artaud le dice: «De lo que no se tiene derecho es de creer que la voluptuosidad, el vicio, el mal, me han conducido por este camino. Soy una víctima: he sido EMPUJADO AQUI, REDUCIDO a esto… Hubo un momento en que el opio me volvió a la vida, nuevamente me hizo salir FUERA del amortajamiento, me liberó. Sufría atrozmente. Aún sufro. Creo que moralmente toqué el absoluto del sufrimiento perceptible en el espíritu, el grado máximo, más allá del cual sólo hay el inconsciente, la total pérdida, pero también la supresión del dolor. No se puede pensar el opio en mí sin el dolor angustiante, culminante, que fue la condición». <<

 

[12]Artaud, en el «Preámbule» a sus obras completas, relata así su relación con J. Rivière: «He aquí el texto de la carta que recibí de Jean Paulhan, entonces su secretario, alrededor del mes de setiembre de 1923: “Estimado Señor: Le remito sus poemas, a los que les encuentro un gran encanto. A Jacques Rivière le parece que ese encanto no es lo suficientemente firme ni seguro”. … Jacques Rivière rechaza así los poemas, pero no rechaza las cartas mediante las cuales los destruía. Siempre me pareció muy extraño que haya muerto poco tiempo después de haber publicado estas cartas. Fui a verlo cierto día y le dije lo que había en el fondo de esas cartas, en el fondo de las entrañas de Antonin Artaud que escribe. Y le pregunté si lo había comprendido. Sentí ascender su corazón y como crujir frente al problema. Y me respondió que no había comprendido. Y no me admiraría que el bolsillo negro que ese día se abrió en él se lo haya llevado de la vida mucho más que su enfermedad». <<

 

[13]Ver: Antonin Artaud, Lettres a Génica Athanasiou, Gallimard, 1969. Esta correspondencia se inicia con un poema no fechado; la primera carta es de 1921 y la última fue fechada en Ville-Evrard en 21 de diciembre de 1940. No obstante la relación entre ambos termina en 1928. Después hay una carta fechada en 1931, otra en 1932 y 1934, por último cuatro cartas en los últimos meses de 1940. <<

Página 136

[14] El destinatario de esta carta es desconocido. Fuera de los actores, Artaud «no tuteaba a nadie, salvo a Roger Vitrac». Pero en 1931 sus relaciones con éste se habían enfriado a causa de que había declarado, en una entrevista aparecida en Pour vous, ser el único fundador del teatro Alfred Jarry. En caso de que no se tutease a sí mismo, cosa que ocurrió en la carta del 19 de febrero de 1932 a G. Soulié de Morant, el destinatario de esta carta podría ser el Dr. Allendy. <<

 

[15] El 11 de marzo de 1931 le escribe «a un taumaturgo», a quien le consulta sobre su mal, sobre la posibilidad de estar enfermo de «parálisis general» (en una carta del 11 de enero de 1930, al Dr. Toulouse, le consulta sobre la parálisis general: «No me creo atacado de parálisis general, aunque termino de pasar el verano en el estado de un hombre casi paralizado... He recaído en una ausencia de pensamiento, una dificultad para hablar, que me vuelven incapaz de formular la cosa más simple… Y he caído en angustias COLOSALES que me poseían durante días y noches íntegras, hasta el amanecer, bajo el golpe de una verdadera sofocación». (O. C. supplément au tome I, p. 99). En L’art et la mort hay una «Lettre a la Voyante» (carta a la vidente). Artaud recurría a menudo a las cartas (tarots). <<

 

[16] George Soulié de Morant (1878-1955) había aprendido desde muy joven el chino. A los 25 años se trasladó a China, donde fue cónsul del gobierno francés. Aprendió la técnica de la acupuntura. De regreso a Francia realiza un considerable trabajo de información, traduce los documentos chinos y publica un trabajo personal sobre el tema. Se ignora quién lo puso en relación con Artaud, pero éste se sometió al tratamiento, como lo demuestra la carta al mismo destinatario del 21 de febrero de 1932 (O. C. citada, p. 143). <<

 

[17] Este proyecto recién se realizará en 1962. Luis Cardoza y Aragón reúne en un libro los textos publicados por Artaud en México. Ver: Antonin Artaud, México, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México. <<

 

[18] En castellano en el original. <<

 

[19] En castellano en el original; peso: moneda. <<

 

[20] Según Luis Cardoza y Aragón, Artaud realizó una misión entre los indios Tarahumaras gracias al apoyo de la Universidad de México, por intermedio de la cual obtuvo un crédito. A fines del mes de agosto de 1936 Artaud inicia su viaje hacia la Sierra. Permanece en ella hasta los primeros días de octubre. <<

 

[21] Antonin Artaud se compromete con Cécile Schramme al regreso de su viaje a México. Después de su conferencia en Bruselas el compromiso es roto, a causa, posiblemente, de dicha conferencia. Cécile Schramme murió pocos años después de Antonin Artaud. Uno de los temas capitales de esta correspondencia es el de la droga: en una carta del 3 de febrero (la cual demuestra que fue por falta de dinero que Artaud no pudo hacer una cura de desintoxicación al regreso de México) dice «Llegarán (se trata de 600 francos concedidos por el Ministerio de Educación Nacional por influencia de J. Paulhan) dentro de 10 días, además 3 personas me han prometido dinero para lograr la suma necesaria, y he decidido realizar finalmente mi decisión de liberarme de la esclavitud en la que vivo y convertirme en otro hombre… Ahora sé quién soy, lo que voy a hacer, por qué vivo y para qué he nacido». Se puede consultar la carta de J. P. del 27 de febrero de 1937, y la de mayo de 1937 a la mujer de J. Paulhan. Artaud debió someterse casi de inmediato a otra cura, en Sceaux. A la mujer de Paulhan le dice: «Son 20 años de mi vida los que dejo en este momento detrás mío. Siento que Otro Hombre va a salir, sin saber exactamente lo que será y a dónde me llevará. Aun cuando me haya sido advertido por medios poco comunes e incluso extraordinarios que me será completamente necesario cambiar de Vida». En la carta al Dr. Allendy, de junio de 1937, la ruptura con C. S. ya se ha producido, dice: «Ya no sé lo que es normal o supra-normal. Sólo conozco lo que es: eso es todo. Las divisiones entre lo que se puede discutir en sociedad y delante de todo el mundo, y lo que se discute entre dos, como se dice, no me interesan… Me entero, por ejemplo, de que Cécile realiza una verdadera campaña de calumnias acerca de toda suerte de personas conocidas, para hacerles creer que estoy loco y que padezco crisis…» <<

Página 144

[22] Roger Blin relata la reconciliación entre Artaud y Breton. Artaud y Blin pasaban frente al café de «l’Aiglon», el actual «Raspad Vert», cuando Artaud vio a Breton que jugaba en el interior con las máquinas, entonces le preguntó a Blin «¿Crees que puedo entrar?». Quien entró fue Blin, después Artaud. Confrontar Alain Virmaux, Antonin Artaud et le théâtre, p. 311-312. <<

 

[23] Carta publicada en Les Quatre Vents, revista dirigida por H. Parisot, el 1 de febrero de 1946. <<

 

[24] Neneka Chilé, nombre de la abuela materna de Artaud, la cual se llamaba Mariette y le decían Neneka; Cecile Schramme, prometida de Artaud; Annie Besnard, joven luxemburguesa a la cual conoció cuando era adolescente y que se casó con Pierre Faure; Yvonne Nel-Dumouchel, nombre de soltera de Yvonne Allendy; Sonia Mossé, amiga de Cécile Schramme, pintora y actriz, murió en la deportación; Josette Lusson, actriz que había posado en los foto-montajes del teatro Alfred Jarry y de L’Hostilité publique (O. C. tomo II y del Moine (tomo VI); Colette Prou, actriz, amiga de Antonin Artaud. No se sabe a quién designa con los nombres de Catherine Chilé y de Yvonne Gamelin. <<

 

[25]H. Parisot le había escrito a Artaud poniendo en duda lo ocurrido a éste en Dublin; dicha carta irritó tanto a Artaud que le escribe una carta, que luego no envía, en la cual le prohíbe editar D’un Voyage au Paix des Tarahumaras (Rodez, 5 de octubre de 1955). <<

 

[26] Esta carta fue publicada en Tel-Quel, n.º 22, y es una respuesta a las tentativas de explicación de las Quimeras de G. de Nerval realizada por Georges Le Breton en la revista Fontaine n.º 44, 1945. <<

 

[27] Para el análisis que sigue se puede consultar la explicación casi término por término que hace Jean Richer en Nerval, expérience et création, Hachette, Paris, 1963. Anteros: «En la mitología griega no hay dos sino tres amores. Un texto explícito en este sentido se encuentra en el tratado De la naturaleza de los dioses de Cicerón, donde se puede leer: “Se hace nacer al primer Cupido de Mercurio y de la primera Diana; al segundo de Mercurio y de la segunda Venus; al tercero, que es Anteros, de Marte y de la tercera Venus” /nota: estos aspectos múltiples de una misma divinidad están en relación con las creencias astrológicas de los antiguos. Anteros representa la conjunción Venus-Marte. Señalemos, sin insistir, que en el tema natal de Gérard, Venus y Marte se encontraban en el signo del Toro, domicilio de Venus. El título mismo del poema puede comportar un trasfondo de conocimientos astrológicos precisos/. Pausanias nos enseña que había en Atenas un altar de Anteros donde se lo veneraba como a un dios vengador del amor desdeñado. Anteros es ese principio que triunfa de los dioses e incluso del amor, pues, tal como lo creían los neo-platónicos, toda armonía es discordia, equilibrio provisorio de los contrarios… Si el recuerdo de esta interpretación de la lucha de dos amores no está totalmente ausente del pensamiento de Nerval en el soneto Antéros, el mismo se encuentra suprimido por otras imágenes y otros personajes: el poema tiene un acento de rebelión muy raro en el poeta… Anteros es el genio rebelde y la encarnación del costado satánico del escritor. El conjunto del soneto supone una adhesión momentánea al mazdeísmo y al maniqueísmo, a la creencia en la lucha de dos principios antagónicos… No puede dejar de citarse el excelente análisis de M. F. Constans, muchas veces citado, que explica el segundo cuarteto y el primer terceto: “… Gérard se vincula con la raza de los vencidos y los malditos, que permanecen orgullosos e indómitos en su derrota, a Anteo como al sombrío Caín, y a esa posteridad de Amalee, descendiente de Esau, el desheredado, que será exterminado por Jacob, favorito de Jehová. Y a los sacrificios del Antiguo Testamento asocia los dioses de Caldea y Fenicia, destronados por el Dios de Israel: Belaus, el Bilú de los Caldeos, el Baal de la Biblia de quien los profetas de Jehová proscribieron con áspera obstinación los ídolos y los altares; Dagon, el dios-veneno de Ascalon,cuya imagen se quiebra en Adod, frente al arco de alianza”. El segundo terceto del poema nos parece que exige algunas precisiones; recordémoslo:

Ils m’ont plongé trois fois dans les euax du Cocyte, Et, protégeant tout seul ma mère Amalécyte,

Je ressème à ses pieds les dents du vieux dragon.

El último verso remite implícitamente a dos pasajes paralelos de la Metamorfosis de Ovidio. En el primero se ve a Cadmus, en el segundo a Jasón, sembrar los dientes del dragón. En ambos casos de ellos surgen guerreros que se enfrentan víctimas de una guerra civil. En otro pasaje de las Metamorfosis Cadmus y su esposa Harmonía son transformados en serpientes. Creemos que aquí hay, al mismo tiempo que un recuerdo de los antiguos cultos de serpientes, una alusión tanto a la lucha perpetua de los dos principios como a la constante repetición del primer crimen que caracteriza a la historia humana… Queda por explicar la alusión a la madre Amalécyte. El articulo Amlak de la Bibliothèque Orientale nos ofrece una importante indicación: “Los musulmanes daban el nombre de Amalecah o Amalecitas a los Gigantes que habitaban la Palestina o tierra de Canaan cuando los Israelitas tomaron posesión de ella, y ellos los confunden completamente con los filisteos”. Se trataría, así, una vez más, de genealogías fabulosas que forman parte de las creencias de los Cainitas, del recuerdo legendario del combate entre los dioses y los gigantes… Esta “madre Amalécyte” es, por lo tanto, una formidable entidad, a la vez Harmonía, Dragon hembra, Lilith y Balkis, vampiro y hada… Nos parece que el soneto Antéros es el lugar donde se encuentran todos los caminos de la obra nervaliana…». El Cocyte es, en arte poética, sinónimo de infierno. Es uno de los cuatro ríos del infierno del paganismo, cuyas aguas estaban formadas por las lágrimas de los condenados. Este río rodeaba el infierno y por la orilla vagaban por espacio de cien años los infelices que habían sido privados de sepultura. Dagon: divinidad pagana originaria de Asiria y representada por un monstruo mitad figura de hombre y mitad de pez. Durante el día vivía entre los hombres y al llegar la noche se retiraba a los abismos del océano. <<

 

[28] Juego de palabras. Basse es el tono musical más bajo y a la vez, como adjetivo, significa baja. (N. del T.) <<

 

[29] Antonin Artaud transforma ligeramente este verso: Et, protégeant tout seul ma mère Amalécyte [Y, protegiendo completamente solo a mi madre Amalecita]. <<

 

[30] Me han sumergido tres veces en las aguas del Cocito / y protegiendo siempre a mi madre amalecita / siembro a sus pies los dientes del viejo Dragón. <<

 

[31] El verso de Gérard de Nerval es: Je retourne les dards contre le dieu vainqueur [Vuelvo los dardos contra el dios vencedor]. <<

 

[32] Artaud escribió protestion en vez de protestation. <<

 

[33] Palabra incompleta. Nuestra proposición es meramente conjetural. <<

 

[34] La Lettre sur Lautréamont fue publicada en «Les cahiers du Sud» n.º 275, pp. 6-10. <<

 

 



FIN

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com