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Libro N° 14897. Las Horas Antiguas. Bible, Michael.


© Libro N° 14897. Las Horas Antiguas. Bible, Michael. Emancipación. Marzo 7 de 2026

 

Título Original: © Las Horas Antiguas. Michael Bible

 

Versión Original: © Las Horas Antiguas. Michael Bible

 

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https://ww3.lectulandia.co/book/las-horas-antiguas/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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LAS HORAS ANTIGUAS

Michael Bible


Las Horas Antiguas

Michael Bible

Harmony es un pueblo como cualquier otro, un rincón del mundo en el que santos y pecadores matan las tardes en el centro comercial, sucumben al adulterio, juegan a fútbol americano, ven porno o leen a Faulkner en la biblioteca pública. Su historia es un reguero de violencia colonial, linchamientos y fanatismo religioso. Pero esos episodios son ya folklore local, ecos lejanos. La verdadera tragedia irrumpe en el año 2000, cuando Iggy, un chico solitario y misterioso, acude a misa armado de un bidón de gasolina y una caja de cerillas, dispuesto a inmolarse como un monje budista. En el incendio mueren veinticinco fieles.

Las horas antiguas explora las secuelas de este día fatídico en las víctimas, los testigos y el culpable, que cuenta las horas en el corredor de la muerte. La vida sigue, pero los vecinos de Harmony no cesan de preguntarse qué mosca le picó a Iggy. ¿Fueron los analgésicos que esnifaba, el alcohol y la heroína? ¿Su amor «cósmico, salvaje y extraño» por Cleo? ¿Su dolor ante el absurdo de la existencia?

Michael Bible ha escrito una inolvidable balada sureña con ecos de Carson McCullers y Truman Capote, la historia de un puñado de almas perdidas que se empeñan en buscar la redención en el lugar más insospechado.

Michael Bible

Las Horas Antiguas

ePub r1.0

Titivillus 01-03-2026

Título original: The Ancient Hours

Michael Bible, 2024

Traducción: Inmaculada C. Pérez Parra

Imagen de la cubierta: David de las Heras

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

HARMONY, 2018

1

Éramos inocentes. Creíamos ser especiales. Nos emborrachábamos todos los fines de semana en el centro comercial. El mundo nos pertenecía. El tiempo no importaba. El amor, lo dábamos por sentado. La muerte nos temía. Ahora tenemos canas en la barba. Al cielo le salen moretones. El centro comercial ha muerto. Somos los viejos que prometimos que nunca seríamos. Nos pasamos el día en la mesa de la esquina de la cafetería Starlight, discutiendo sobre las vueltas que da la vida. Nuestro pueblo, Harmony, es un pueblo como cualquier otro. Igual que el vuestro. Lleno de santos y pecadores indistinguibles unos de otros.

Los domingos por la tarde de finales de verano, la luz se derrama sobre la vieja torre del reloj y proyecta en la plaza una sombra grande como una montaña. El florista, Floyd Williams, decora sus ventanas con gladiolos naranjas del tamaño de sables antiguos. Tiene una cicatriz de una vez que se peleó a puñetazos con su hijo pequeño, a cuenta de su alcoholismo. Ben White ayuda a Sue Meadows a salir del coche para que vaya a buscar sus pastillas para la espalda. Ben se acuesta con un hombre de Greensboro cuya mujer no sospecha nada. Están abriendo la tienda de instrumentos de cuerda. Doug Lightfoot ayuda a Mary Beth Taylor a afinar como es debido. El año pasado, Doug dejó embarazada a Mary Beth, aunque le dobla la edad. La llevó a Charlotte a solucionar el tema. Bud Rogers, el entrenador de fútbol americano, recoge el coche del taller mecánico. Charla un rato largo con Theo Knight sobre las posibilidades que tienen los Panthers esta temporada. Bud vende un poco de hierba para sacarse un dinero extra, casi toda a los chavales del Instituto Harmony. Theo se pasa las noches llorando a su mujer, que desapareció sin dejar rastro hace diez años.

Hemos encontrado una vieja foto de la vez que fuimos de excursión al ayuntamiento con la clase de octavo. Iggy está al margen del grupo. Es un luminoso día de octubre. Las hojas naranjas caen a nuestras espaldas. La señorita Maple lleva el pelo rojo recogido en un moño alto. Casi todos

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llevamos sudaderas del colegio con capucha, salvo Iggy. Hemos intentado comprender por qué llevaba un impermeable amarillo en un día soleado. ¿Era una señal? Hemos escudriñado su rostro en busca de algún indicio, el que fuera, que nos mostrara en qué iba a convertirse. Se suponía que aquella excursión al ayuntamiento era para que nos enseñaran la historia de Harmony. Aquella mañana fuimos al centro en autobús desde el colegio. Almorzamos bocadillos de jamón y manzanas verdes.

Harmony es más antiguo que Estados Unidos. Eso nos contó el alcalde Presley, un hombre gordo y calvo con la barba muy bien recortada. Solterón empedernido, su familia llevaba más de un siglo en Harmony. Era aficionado a la cría de perros pastores. Cuando pasabas con el coche por delante de su casa a altas horas de la noche, la luz azul del televisor siempre estaba encendida.

Mientras recorríamos el ayuntamiento, el alcalde Presley nos contaba la historia de los alemanes y los escoceses e irlandeses de Pensilvania que empezaron a instalarse en esta zona de Carolina del Norte a partir de 1753. Cultivaron las tierras fértiles con el agua dulce del río Bluebird. Tenían una cabaña hecha con troncos a la que acudían a rezar los domingos y que un día se convertiría en la sede de la Primera Iglesia Bautista de Harmony. En 1850 abrieron una fábrica de ladrillos fundada por J. C. Pearl que sigue funcionando hoy en día.

Al final del recorrido, nos sentamos formando un semicírculo alrededor del alcalde Presley en su despacho, con el escudo gigante de la ciudad sobre él. A sus pies yacían algunos de sus perros.

—Alo mejor podría hablarles a los alumnos de nuestra economía — dijo la señora Maple.

—Por supuesto —dijo él—. Harmony es uno de los mayores productores de tabaco de las estribaciones de estas montañas.

Recordamos con nitidez lo que pasó a continuación. El alcalde Presley rebuscó en su cajón, sacó una hoja seca de tabaco Carolina, la hizo circular y la olimos por turnos. Era de color marrón claro y frágil. Cuando le llegó a Iggy, sacó un encendedor Zippo y le prendió fuego. La señora Maple sopló para apagarla. Agarró a Iggy del brazo y se fueron al vestíbulo. El señor Presley miró la hoja medio quemada y abrió una ventana.

—Yahora, niños y niñas —dijo—, quiero que uno a uno me prometáis que no fumaréis nunca.

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Todos lo prometimos, excepto Amanda Armstrong, que se echó a llorar.

—No lo haré —dijo—. No voy a prometerlo.

—Fumar es malísimo para tu salud —dijo el señor Presley.

—Mi padre cultiva tabaco —dijo Amanda—. Si todo el mundo deja de fumar, acabaremos en quiebra.

Miramos al señor Presley para ver qué tenía que decir al respecto.

Sonrió.

—Hay muchos fumadores en China —dijo.

—¿No les saldrá cáncer también a los chinos? —preguntó Amanda.

El señor Presley se rio.

—Amí solo me preocupan los chicos y las chicas de Harmony —dijo

—. No soy el alcalde de China.

Justo entonces, la señora Maple volvió con Iggy.

—Siento haber quemado su hoja —dijo Iggy.

—No pasa nada —repuso el señor Presley—. Te perdono si me prometes que nunca empezarás a fumar.

Iggy miró al suelo y asintió.

—Tengo pensado dejarlo pronto —dijo Iggy.

La señorita Rivers sigue trabajando en el Starlight como hacía entonces, cuando fumábamos paquetes de Camel Light después de los partidos de fútbol americano del instituto. Algunos estábamos enamoriscados de ella, solo nos llevaba unos cuantos años. Pero ahora es igual de vieja que nosotros. Sigue aquí. Atrapada en este pueblo. Mientras nos rellena la taza de café, la conversación regresa a Iggy, como suele pasar en tardes como esta. Alguien vuelve a contar la historia del incidente que tuvo lugar cuando éramos niños, en la década de los noventa. El verano anterior a nuestro primer año de instituto. Iggy, hasta entonces, siempre había formado parte de nuestra pandilla. Todos practicábamos algún deporte de equipo o tocábamos en una banda, pero Iggy seguía jugando solo al ajedrez y yendo a clases de piano. A uno de nosotros, no recordamos a quién, se le ocurrió apodarlo Paté. Decidimos que Iggy era patético y que el nombre le pegaba. Cuando íbamos a buscarlo a su casa, su madre siempre nos decía que no estaba. Nos imaginábamos que estaría escondido en su habitación. A finales de ese verano, accedimos a la colección de whisky del padre de alguno de nosotros y a medianoche salimos por el barrio a gastar bromas. Asaltamos la casa de los Spencer y

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tiramos todos los muebles del jardín en la piscina del doctor Johnson. Saqueamos el huerto de los Mumford y llevamos unos pimientos morrones enormes a casa de Iggy. Se los dejamos en el porche con una nota. Al volver la vista atrás, no recordamos por qué nos pareció que sería divertido hacer eso, salvo que éramos adolescentes y estábamos borrachos. La nota decía que habíamos secuestrado a Iggy y que si no nos daban mil dólares, no volverían a verlo nunca más. A lo largo de la tarde siguiente, con resaca todavía, fuimos de uno en uno a llamar a la puerta de los padres de Iggy. Su madre no llevaba maquillaje, como si viniera de llorar toda la mañana, y su padre iba vestido como para trabajar en el jardín. Nos dijeron que Iggy había pasado todo el verano ahorrando el dinero que se sacaba cortando el césped. Había ido al centro a comprar un videojuego, pero lo asaltaron por el camino. Le robaron el dinero y lo dejaron tirado en un callejón, dándolo por muerto. Estuvo en el hospital una semana y llevaba meses recuperándose en casa. Lo que no sabíamos y no podíamos saber era que aquella mañana, cuando sus padres encontraron la nota, Iggy había salido por primera vez desde que le habían dado la paliza. Pensaron que los asaltantes lo habían secuestrado. Para su alivio, horas más tarde Iggy entró al fin por la puerta. Les dijo que creía saber quién lo había hecho. Cuando sus padres nos interrogaron en nuestras cocinas y salas de estar, reconocimos que habíamos sido nosotros. Les dijimos que solo habíamos querido gastarle una broma. No teníamos ni idea de la agresión. Nuestros padres nos hicieron escribirle cartas de disculpa a Iggy, pero quién sabe si las leyó o no. Después de eso, intentamos llamarlo un par de veces para que pasara el rato con nosotros, olvidarnos de aquel asunto, pero nunca más volvió a hablarnos. Mayormente, nos lo quitamos de la cabeza después de aquello. Se convirtió en un personaje de nuestras historias de juventud, aunque a veces seguíamos viéndolo por el instituto. Oíamos rumores sobre él y sus amigos Paul y Cleo. Llevábamos vidas separadas y creíamos, como ingenuos, que él también estaba viviendo la experiencia normal del instituto, llena de fiestas regadas en cerveza y fines de semana en el lago. Quizá fuera así, pero no volvimos a pensar en él hasta después de la graduación y de aquella mañana en la Primera Iglesia Bautista.

El incendio ya había sido apagado cuando llegaron los periodistas. El gobernador llegó poco después. Luego los senadores y los congresistas y por último también el presidente. Dieron discursos. Hicieron promesas. Recaudaron fondos para la reconstrucción. Entonces el presidente se

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marchó y el gobernador se marchó y los congresistas hicieron otro tanto y los miembros de la prensa recogieron sus cosas para dirigirse a la siguiente tragedia. Durante días, en el pueblo reinó un silencio inquietante. Nadie sabía qué hacer. Algunos compañeros de promoción de Iggy nos juntamos para hablar del tema en una mesa esquinera de la cafetería Starlight. Eso fue hace dieciocho años.

Se ha dicho que era un monstruo, un terrorista, un psicópata, pero al mismo tiempo no dejaba de ser un niño. Nos ha resultado imposible reconciliar esos hechos. En el transcurso de los años, nos hemos preguntado por qué Iggy despreciaba tanto la vida. Todos perdimos algo aquel día y la pena todavía nos atormenta, pero lo más doloroso fue nuestra ignorancia, nuestra incapacidad para concebir una crueldad así. La existencia privilegiada que nos impidió percibir la verdadera naturaleza de las cosas. Hemos intentado recomponer el tiempo mismo, encontrar una manera de deshacer lo que pasó.

Las tragedias tienden a seguir una trayectoria similar. Un patrón al que ahora estamos muy acostumbrados. El horror del incidente. Breves horas de confusión y dolor, seguidas de días de rabia. Semanas de indignación. Gente que echa la culpa a la violencia de las películas o de los videojuegos. Gente que echa la culpa a las enfermedades mentales. Recuerdos y oraciones y recuerdos y oraciones y recuerdos y oraciones. Colectas de dinero. Ha llegado la hora del cambio. Manifestaciones, súplicas y discursos. Después, nada. Y más nada.

Podríamos seguir hablando toda la noche, pero la señorita Rivers nos está echando.

—¿Sabéis que los bares abren hasta tarde? —nos dice.

—No nos gustan los bares —decimos—. Están llenos de gente joven. Le dejamos una buena propina y, mientras nos vamos, aflora un último

recuerdo de aquella excursión de octavo. Ese mismo día, más tarde, visitamos la cárcel del condado con el comisario. En broma, la señora Maple amenazó con detenernos a todos si hablábamos en clase.

—¿Cuál de estos niños es tu peor alumno? —le preguntó el comisario. La señora Maple nos miró de arriba a abajo y sonrió. Señaló a Amanda

Armstrong. Llevaba coletas con lazos.

—No puedo arrestar a una niña tan guapa —dijo el comisario—. ¿Qué me dices de este pequeño diablillo?

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Agarró a Iggy y lo puso contra la pared y lo esposó. Nos reímos a carcajadas. Al principio, Iggy también sonreía un poco. Fue todo por pura diversión. Entonces el comisario metió a Iggy en una celda y la cerró. Nos pareció aún más gracioso y nos reímos más. El comisario nos acompañó fuera de la habitación y dejó a Iggy allí solo un minuto. Qué expresión tenía en la cara cuando volvimos. Nunca la olvidaremos.

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2

Una noche más en la cafetería Starlight y la señorita Rivers anota nuestros pedidos. El horizonte es un tajo negro contra el sol. Todos nuestros antiguos misterios se congregan. Se nos enfrían los cafés. Llamamos a nuestras mujeres y les decimos que no nos esperen levantadas. Presentamos al grupo nuestras últimas investigaciones. Harmony tenía una historia mucho más sombría de lo que nos habían contado. En aquella excursión de octavo, el alcalde Presley omitió la Masacre de la Melaza. Descubrimos que había muchas más historias que los gobernantes del pueblo deseaban mantener en el olvido.

En 1843, los hermanos Jones (mitad negros, mitad cheroquis) derramaron por accidente un barril de melaza encima de un eminente abogado, Don Sherill. Aunque en ese momento Sherill perdonó a los hermanos, luego relató el incidente en una barbería del pueblo. Se formó una turba de borrachos entre los clientes, e intentaron sacar de su casa a los hermanos Jones, que re sultaron heridos en la refriega, pero sobrevivieron. Amenazaron con llevar a juicio a Sherill y a otros. En aquella época estaba prohibido que una persona de color llevara a juicio a un hombre blanco, pero la mera idea enfureció a la ciudadanía. Formaron una turba y ahorcaron a los dos hermanos en el roble de delante del ayuntamiento en el que nos habían hecho la foto. El alcalde Presley no nos contó que, una vez liberados de la esclavitud, los residentes negros de Harmony crearon un vecindario llamado Yellow Hill en el lado sur. En 1867, encontraron a un herrero llamado M. Horice Warner haciendo un pícnic en la ladera de la colina con una niña de seis años y lo acusaron de agredirla sexualmente. Una turba de cientos de personas lo sacó de su casa y lo arrastró con unos caballos por las calles de Yellow Hill. Luego hubo quien aseguró que el hombre era amigo del padre de la niña y que la interacción había sido inocente.

La noche avanza. La señorita Rivers nos deja quedarnos un rato mientras limpia. Alguien saca el tema de Johnny Belladona, el amigo de

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Iggy. De cómo despidieron a su madre, Trudy, por rezar en clase cuando enseñaba en un colegio público.

—Hay una nueva sentencia judicial que lo prohíbe —dijo Doug Shepard, el nuevo director.

—¿Y qué? —dijo Trudy.

—Es del Tribunal Supremo —dijo el director.

El director Shepard era un hombre diminuto con pajarita a quien le gustaba contarle a cualquiera que lo escuchara que se había graduado con honores por la Universidad de Duke.

—El Tribunal Supremo no es el ser supremo —dijo Trudy.

Según se cuenta, Trudy se arrodilló en la oficina del director y rezó en voz alta para que los pecadores de los colegios públicos no sufrieran mucho tiempo en las llamas del infierno y después se marchó. En el sermón de aquel domingo, Green, el pastor, contó la historia en la Primera Iglesia Bautista. La señora Gregory, la mujer del joyero, aportó fondos para construir una academia cristiana en el centro de Harmony aquel otoño. Trudy fue la primera persona a la que contrataron.

—Para aquellos que no quieren que sus hijos se eduquen en una fábrica atea de adoctrinamiento marxista —dijo Trudy.

A pesar de su carácter cascarrabias, los rumores sobre sus clases en la Academia Cristiana de Harmony eran por lo general positivos. Podía ser una profesora amable y sensible y, cuando estaba de buen humor, tenía una paciencia inmensa con sus alumnos. Era conocida por recitar largos poemas y monólogos en clase. Lo hacía tan bien que el primer día de colegio, cuando se lanzaba a recitar a Shakespeare, los alumnos se daban la vuelta para ver si estaba leyendo el texto en la pared de atrás. Les enseñó los clásicos a muchos de nuestros padres. Algunos de nuestros hermanos menores recuerdan todavía sus clases de los años siguientes, cuando sus palabras dejaron de tener sentido. Mezclaba su propia biografía con las de los personajes de novelas famosas. Era como si el tiempo hubiera obrado en ella de una manera que no entenderíamos nunca. Como si los libros que leía fueran una sucesión de historias que no recordaba bien y ella fuese su heroína.

La virulencia contra los gais no era insólita en el sur en aquella época, pero la de Trudy era exagerada incluso entonces. Algunos sospechábamos que su marido tenía una aventura con el alcalde Presley. Cantaban en el coro de la iglesia y se iban juntos de crucero. En sus últimos años de

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profesora, cuando las ideas progresistas empezaron a circular en Harmony, los alumnos de Trudy le preguntaban por Truman Capote o Walt Whitman u Oscar Wilde. Ella se lanzaba inmediatamente a recitar Pecadores en manos de un Dios airado.

Tras la muerte de su marido y la jubilación, Trudy solía ir al pueblo en moto, con un Jack Russell pequeñito en el sidecar. Corría el rumor sin confirmar de que había sido novia de un piloto de acrobacias cuando era adolescente y vivía en Arkansas. Que hacían algún tipo de espectáculo itinerante en el que ella iba medio desnuda, de pie y amarrada encima del ala, mientras el avión hacía acrobacias y caía en picado. Al parecer, había fotografías.

Por encima de todo, durante todos esos años adoró a su hijo. Johnny era hijo único y nuestros padres nos contaban que no había cambiado desde que eran jóvenes. Ya entonces se hacía llamar Johnny Belladona. Llevaba la misma gorra inglesa y la misma barba mosca. Iba con el saxofón a todas partes. Contaban que cuando estaban en enseñanza media, intentó no hablar durante una semana entera. Para hablar solo usaba el saxofón. Fue divertido al principio, decían, pero al cabo de un tiempo se hizo súper insufrible que andara todo el día por los pasillos, tocando la bocina como un ganso.

«Como madre de un niño prodigio», solía decir Trudy, sin sombra de ironía.

Cuando Johnny no consiguió que lo admitieran en ningún conservatorio prestigioso, Trudy echó la culpa al personal de admisiones.

—Le recriminan su amor por Jesús —le dijo Trudy a la señorita Rivers en la cafetería Starlight una noche—. Es mejor que Johnny se quede aquí conmigo.

Y además estaba el asunto de que Iggy y Johnny tocaran juntos. Por supuesto que corrían los rumores. Un hombre tan mayor como Johnny, amigo de un chaval tan joven como Iggy. Trudy testificó en el juicio de Iggy a propósito de su relación:

—Johnny ha tenido toda clase de amigos a lo largo de los años. Le tenían muchísima admiración. Y ese muchacho, Iggy, estaba, bueno, por decirlo amablemente, perdido. Mi Johnny le dio al muchacho algo por lo que vivir y el don de la música. Iggy era callado, de eso me acuerdo. Apenas podía oírlo, casi que susurraba al hablar. Johnny lo trajo a casa una noche y dijo: «Este necesita proyectar la voz. El teatro le vendría bien».

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Cuando Iggy se fue a estudiar a un colegio en mitad del campo, Trudy le escribía y le mandaba cajas con comida. Cuando volvió a Harmony, organizó una cena en su honor en la cafetería Starlight. En los meses previos al incidente, Trudy veía a Iggy casi todas las semanas en la iglesia. Johnny estaba empezando una nueva banda de música cristiana moderna en aquella época, y se quedaban hasta tarde ensayando.

En el juicio, le preguntaron a Trudy a bocajarro si Johnny era homosexual. Respondió que no iba a dignarse a responder.

—Soy devota de la Primera Iglesia Bautista —dijo—. Las mujeres cristianas no hablan de esas cosas.

Miembros de la iglesia decían que era la primera en llegar al santuario los domingos y la última en marcharse. Siempre llevaba flores recién cortadas de su jardín. Durante la Gran Depresión, su abuela abrió una floristería en el centro en la que solo vendía gladiolos porque conseguía los bulbos a buen precio por catálogo. Cuando alguien de la congregación se ponía enfermo, era la primera que iba a visitarlo y llevarle comida. Lo mismo cuando algún miembro de la iglesia fallecía. Nunca pronunciaba la palabra «morir», siempre decía «pasar a mejor vida».

—Hay una habitación superior esperándonos —decía—. A aquellos dispuestos a acoger el amor de Cristo en sus corazones.

Trudy estuvo a punto de no ir a la iglesia el domingo del incidente. Estaba batallando contra un resfriado muy malo, pero el día antes había visto a Christy McCloud en el supermercado con su hijo de cuatro años, Joe. Sin venir a cuento, Joe le había preguntado a Trudy si iba a sentarse con él en la iglesia. Trudy se acostó temprano la noche antes para estar en condiciones de ir. Se sentó con la familia McCloud en la segunda fila y escuchó al pastor Green dar el servicio. La congre gación era pequeña esa mañana. La Primera Iglesia Bautista estaba perdiendo feligreses, lo cual explicaba en parte que Johnny estuviese probando su nuevo programa musical. Más canciones alegres y música contemporánea. Himnos acústicos para reemplazar las viejas y aburridas melodías de órgano. Alguna gente decía que Johnny había estado hablando con Iggy para que tocara la batería. A Trudy aquel asunto le parecía ridículo. Sentía que Dios debía ser alabado con los acordes y melodías de los viejos tiempos o de lo contrario no serviría. No obstante, estaba orgullosa de Johnny por el trabajo que hacía y pensaba que la presencia de Iggy en la iglesia todas las

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semanas era una señal de que los jóvenes no eran tan malos como todo el mundo pretendía.

Los acontecimientos de aquella mañana se han contado una y otra vez en los medios de comunicación, en las transcripciones del juicio y en nuestras propias investigaciones. El detalle más sorprendente es lo rápido que sucedió. El servicio entero transcurrió como todas las semanas. Una canción del coro y la lectura de las Escrituras, las oraciones del pueblo, la ofrenda, otra canción, el sermón y la bendición.

Iggy estaba en la última fila y caminó con calma hasta el centro del santuario, mientras todo el mundo rezaba de pie con los ojos cerrados. Nadie se dio cuenta de que llevaba la gasolina.

Al ralentí, el terror de aquel día es difícil de comprender. Nos imaginamos a la congregación sumida en la oración. Quizá rezándole a un hacedor invisible para que les diera un futuro mejor que su pasado. Más dinero, menos enfermedad, más tiempo. Sabemos por qué rezó Trudy aquel día. Lo contó en el juicio.

—Recé por el pequeño Joe McCloud, que estaba sentado a mi lado — testificó—. Recé para que creciera y caminara con Cristo.

Iggy estaba temblando mientras trataba de verter la gasolina, derramándola por todas partes. Dejó el bidón en el suelo. Un pequeño riachuelo corría por los tablones del suelo en dirección al altar. Después, Iggy sacó las cerillas. Hurgó con torpeza en la caja. Se le cayó al suelo. La recogió y volvió a intentarlo. Encendió una cerilla. Se rozó con ella la camisa, pero se apagó. Johnny estaba sentado con el coro. Se dio cuenta de lo que estaba pasando y corrió hacia Iggy. Todo el mundo gritaba. Iggy probó con otra cerilla y esta vez se prendió, pero cuando vio correr a Johnny entró en pánico y dejó caer la cerilla encendida al suelo. El suelo de pino de doscientos años no tardó en incendiarse.

—En menos de un minuto, una espesa nube de humo negro cubrió todo el lugar —testificó Trudy—. No alcanzabas a verte la mano delante de la cara.

Rompió a llorar en el estrado.

—De noche, cuando intento dormir escucho esos gritos —dijo—. Una y otra vez, reproduzco mentalmente aquella mañana para encontrar una manera de salvar a Johnny y a los demás. Me odio a mí misma por no haberme esforzado más.

El abogado le alargó un pañuelo de papel.

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—Me acordé por el curso de seguridad contra in cendios de que debía permanecer agachada —dijo—. Me arrastré por debajo de los bancos hasta que llegué a una ventana y la rompí con un himnario. Sentí el aire fresco en la cara y fui hacia él. Salté, caí desde una altura de un metro o un metro y medio. Entonces me vi fuera, de espaldas sobre la hierba. Fue cuando me di cuenta de que llevaba abrazado al pequeño Joe McCloud. Ni siquiera me acuerdo de haberlo agarrado.

Cruzaron la calle a la carrera y observaron cómo iban subiendo las llamas. Se dio cuenta de que había una persona mirando el fuego. Era Iggy. Estaba allí plantado como si no hubiera pasado nada, como si estuviera soñando.

Cuando llegaron los camiones de bomberos, el techo de la iglesia se vino abajo. Los sanitarios acudieron al lugar, pero no había nadie a quien salvar. Los veinticinco fieles estaban muertos. La policía llegó después. Sin que le preguntaran, Iggy les contó lo que había hecho. Casi sin poder creérselo, lo detuvieron.

—Sentada hoy aquí —le preguntó el abogado a Trudy—, ¿qué ve al mirar a Iggy?

—Veo a un niño que tenía mucho potencial —contestó Trudy—. Ese mismo niño perdido que conocí la primera vez que Johnny lo trajo a casa. He conocido a mucha gente joven en mis años de educadora. He conocido a personas como Iggy. Le hacía falta una comunidad. Hay gente joven que se entrega al sexo o a las drogas para calmarse. Iggy buscaba la violencia porque no podía entender un mundo en el que él no fuera el centro. Le he suplicado antes y aprovecharé el tiempo del que dispongo aquí para volver a decírselo: Arrepiéntete. Entrégale tu vida a Jesús. Ayuda a otros a que hagan lo mismo. No desperdicies tu vida.

Trudy no sabía adónde ir después del incendio. Se la llevaron a la comisaría. Cuando llegaron los abuelos de Joe McCloud muchas horas más tarde, este tenía demasiado miedo como para soltarse de Trudy. Cuando por fin se lo quitaron de los brazos, Trudy se vino abajo. La magnitud de lo que había pasado cayó sobre ella de repente. El detective que estaba a su lado evitó que se cayera. Había sido alumno suyo.

—Agárrese a mí —le dijo—. No la dejaré caer.

La llevaron al hospital y la sedaron. Estuvo todo el tiempo preguntando por Joe. Al día siguiente, cada diez minutos, aparecía otro de sus alumnos de los viejos tiempos. Antiguos compañeros y amigos le

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llevaban comida. Fueron tantos que los médicos tuvieron que restringir el número de visitas. Todo el mundo decía que le había salvado la vida a Joe. En el periódico la llamaron «la abuela heroica».

Después del incendio, unos parientes de Trudy, una prima y un primo político, vinieron de Alabama a cuidar de ella. Leían las noticias sobre Iggy en internet. Le dijeron a Trudy que esa tarde estaría en la Corte del Distrito para la audiencia de fianza.

—Quiero ir —dijo Trudy—. Quiero verlo.

—No creo que sea buena idea —dijo la prima—. Necesitas descansar.

Trudy condujo ella misma al centro, la prima insistió en acompañarla. Después de mucho esperar, lleva ron a Iggy con grilletes a la diminuta sala de audiencias. El juez leyó unos comentarios y los abogados contestaron unas preguntas. A continuación el juez preguntó si alguien del público deseaba hacer alguna declaración. Trudy se dirigió al frente de la sala. Llevaba un vestido con estampado de flores. Su habitual aspecto de profesora había desaparecido. La gente le abría paso conforme se iba acercando. Iggy estaba sentado con la cabeza echada hacia adelante, mirando a la pared. Trudy cogió un micrófono diminuto cerca de donde estaba sentado el juez.

Miró a Iggy.

—Quiero decir que te quería —dijo Trudy—. Luchaba por ti en mi corazón y rezaba todos los días para que el Señor encontrara un camino para ti. Pero parece que no ha ganado Cristo.

Respiró hondo.

—Has matado a las mejores personas —dijo—. Todo mi mundo estaba en aquel santuario y me lo has arrebatado. ¿Y por qué? ¿Cuál podría ser el motivo?

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IGGY, 2006

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1

No me queda mucho tiempo en este mundo. Sigo soñando con el futuro, aunque no tenga uno. Dentro de seis días, seré ingrávido. Asesinado por el Estado. Como un perro que caza conejos en sueños, añoro a Cleo y a Paul. Sueño con colocarme y disparar bengalas con ellos desde lo alto de un tren de mercancías que avanza a toda velocidad, atravesando la noche al galope. Sueño con empezar revoluciones en las calles, con morir solo y feliz en un pueblecito remoto. Sueño con gladiolos altos como espadas en los escaparates. Pero, sobre todo, sueño con caminar bajo el sol. En el aire claro y luminoso. Por una calle silenciosa. Doblo la esquina. Alguien me llama por mi nombre.

Con el tiempo, el dolor se vuelve irrelevante. Lo único que me queda es morir, y espero que sonrían cuando me inyecten. Veo mi vida en retrospectiva. Recuerdo tardes en Carolina del Norte que parecen casi prehistóricas. Vagabundeaba por el bosque imaginándome que algún día me construiría una pequeña ciudad secreta para mí solo. Iba en bicicleta al hospital abandonado y rompía las vidrieras de colores con ladrillos partidos por la mitad. O la primera vez que me emborraché con sangría de vino blanco a los doce años y sostuve a una pitón amarilla en la sospechosa tienda de animales. Me acuerdo del séptimo curso. La maestra dijo que había visto a Ronald Reagan una vez y a nadie le importó. Nos cambiaron de la clase a un remolque en el que todo olía a salsa ranchera. Me acuerdo del sonido de las pistolas de juguete bajo la luz de la luna y de escuchar a mi primer mejor amigo masturbándose en la oscuridad cuando creyó que yo estaba dormido. Ni siquiera recuerdo su nombre. Su padre era cirujano. Tenían una mesa de billar y un mueble bar con fregadero y una pantalla para ver películas que bajaba del techo con un mando a distancia. Me acuerdo del pelo naranja de Cleo. De sus piernas suaves la noche que follamos por primera vez en mi Jeep detrás de la torre del agua. Se quedó dormida sobre mi pecho. Y de los ojos oscuros de Paul y de su acento espeso cuando arrastraba las palabras. Nos saltábamos las clases y

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nos íbamos con el coche a la interminable campiña silvestre y manteníamos largas conversaciones sobre el apocalipsis y sobre la posibilidad de que todos los habitantes de la Tierra en realidad fuesen Dios.

Lo único que me ha dado fuerzas para seguir adelante todos estos años ha sido observar las hojas al caer. Veo un árbol desde la ventana diminuta de mi celda. Creo que es un arce, pero podría ser un cerezo o una morera o acaso un álamo. En cualquier caso, para mí es como si fuera un cornejo. Sé qué hora es por la luz que cruza la habitación. Por la noche estudio las estrellas que hay en mi pequeña tajada de cielo y creo mis propias constelaciones. El Zenzontle Dormido está al lado del Campeón de Boxeo, que queda justo un poco más allá del Maestro y del Autoestopista. Mi favorita es el Nadador de Espalda, que solo puedo ver en verano. Llevo aquí casi seis años. El aislamiento se vuelve tan profundo que la mente te traiciona. Las voces se agolpan sobre ti. No hay manera de distinguir una estación de otra salvo por el frío intenso o el terrible calor. Y por el árbol. Está en lo alto de una pequeña colina, más allá del alambre de espino y de la carretera y las parcelas.

Me acuerdo del día en que me trajeron aquí. Los guardias bromearon sobre la agente que me entregó.

—Es un bomboncito —le dijo un guardia al otro.

—Se parece a Winona Ryder —dije—. O a la chavala esa de La familia Addams.

—Christina Ricci —dijo el capitán—. Carajo, sí, sí que se parece.

El capitán se llama Tom. Es el jefe de los guardias. El comandante. Siempre se ha portado bien conmigo porque soy un chaval flacucho y estúpido. Tom odia a los tipos duros y a los nazis. Sabe que no estoy en una pandilla y que no ando jodiendo por ahí. Aquí están los Dinamiteros de Cleveland y el saudí que intentó prenderle fuego a su ropa interior. También un par de asesinos en serie a los que pillaron con las manos en la masa. Los policías me tratan con amabilidad, sobre todo porque me mantengo al margen. Cuando me detuvieron, un agente me trajo un menú Whopper de Burger King y un batido de chocolate mientras me interrogaban. Me preguntaron por el incendio. Supongo que estaban interesados en las circunstancias. El agente del FBI era un hombre corpulento, con un bigote cómico. Me recordaba a mi entrenador de la liga

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infantil, a quien pillaron fisgoneando en las duchas después de los entrenamientos.

Supongo que pensáis que soy un psicópata o algo por el estilo. Que queréis saber de mi familia, de mis primeros años. Que lo que provocó que fuera por el mal camino debe de tener algo que ver con mi educación. Con un padre violento, una madre negligente. O quizá que soy un amante despechado que busca venganza. O quizá diréis que ha sido culpa de la sociedad. O de toda la codeína que solía tomar y de las películas violentas. O de mis convicciones políticas. Pero la culpa no es de ninguna de esas cosas. O es de todas. ¿Queréis saber por qué hice lo que hice? Lo mismo os valdría coger un puñado de agua y preguntarle si es agua de río o de lluvia.

Quise a dos personas al mismo tiempo. Fui rico y pobre y cuerdo y loco. Odié y temí a la gente y a los sitios y a las cosas. Mi madre era una déspota borracha y todos los estados de ánimo de mi padre eran espantosos. Mi vida ha sido un huracán y un día de puta madre, radiante y despejado. Soy el héroe y el villano. Soy el hombre que ha intentado salvaros.

En una vida pasada fui un guerrillero llamado Nabucodonosor. Luché contra mis compatriotas, aunque no necesariamente por la Unión. Estuve del lado de los desposeídos. Cargué contra los generales con mi caballo robado y rompí sus sables contra mi rodilla.

Observo el cornejo solitario desde mi ventana. Se balancea de un lado a otro con el viento. Mi celda se llena de sombras chatas y pronto será la hora de dormir. El primer día de mi última semana toca a su fin. Estoy preparado. Sabía que esto pasaría. Lloro el futuro que nunca conoceré. Sueño con vislumbrar el mundo desde lo alto algún día. Sueño con gritarle mi nombre al valle.

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Esta mañana, al despertar, tenía entumecido el costado derecho. He pensado que podría ser permanente, pero no he tardado en volver a la vida. Los dolores de cabeza me obligan a quedarme en cama casi todos los días, y hace seis meses que siento un zumbido persistente en los oídos. La semana pasada vino el médico y me examinó. No estoy seguro del porqué. Supongo que para ver si estoy lo bastante sano para morirme.

Ahora me sirven una manzana más en el desayuno. Una grande y verde. Granny Smith, creo. Deben de estar empezando a sentir lástima por mí, porque el capitán Tom hasta me ha traído café recién hecho.

—¿Cómo te encuentras? —me ha preguntado Tom.

—Bien, señor —le he dicho—. Ahora mejor.

He sentido el calor del café en las manos y me he acordado de los donuts glaseados que solía tomar los domingos por la mañana temprano, en catequesis. El capitán Tom miraba al suelo, no como de costumbre. Qué extraña forma de comportarse tiene la gente con un hombre condenado, tan cerca de morirse. Como si le tuvieran algún tipo de reverencia a la muerte.

—Hay algunas cosas de las que deberíamos hablar —ha dicho.

—Vale —he respondido.

—Tu comida —ha dicho—. Necesito saberlo en breve, con suficiente antelación.

Asentí.

—Si no has pensado en tus últimas palabras, a lo mejor deberías empezar ya. No querrás tener que sacarte algo de la manga en el último minuto.

—He estado escribiendo —le he dicho—. Debería tener algo preparado para cuando llegue el momento.

—Muy bien —ha dicho él.

Por su comportamiento parecía que fuera a decir algo más, pero no lo ha hecho. Después se ha ido. La habitación ha vuelto a quedar en silencio.

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He mirado por la ventana y he visto que las flores del cornejo casi habían terminado de caer. Los días cálidos del verano están a punto de terminar y cada mañana es más fría que la anterior. Quería ver caer aquella última flor. Sentía un vínculo extraño con ella. Como si fuera la última cosa buena sobre la faz de la Tierra.

Anoche soñé con Cleo y con Harmony. Con las tiendas del centro y la vieja torre del agua azul y con el odioso instituto. Era un sitio terriblemente normal en el que criarse. Solía ir todas las tardes a la biblioteca pública y elegía un libro al azar de la estantería y empezaba a leerlo. Así es como conocí a William Faulkner y a Gertrude Stein y a Emily Dickinson. Lo leía todo. Libros sobre viejos trenes con coches cama que viajaban de Venecia a Londres y sobre las hormigas locas de Texas que se comen los televisores de la gente. Leí sobre el Che Guevara y san Francisco de Asís y las películas de Pasolini. Leí sobre molinos de viento y perros de raza catahoula y las guerras del Opio.

Esta mañana, mientras me comía la manzana y me terminaba lo que quedaba de café, estaba pensando en la biblioteca. Repasé mi sueño de anoche. Un sueño que he tenido muchas veces sobre Cleo. Montados en Vespas, atravesábamos un parque de la ciudad y nos parábamos a alimentar a las jirafas. Es una estupidez, lo sé, pero es lo único que tengo. Un cuadro surrealista que ha cobrado vida.

Nos conocimos cuando yo estaba en segundo, en 1997. Sus padres biológicos murieron cuando era pequeña (hielo negro, carretera comarcal), así que vivía en la calle Mulberry con sus padrinos. Su nuevo padre tenía una enfermedad en la columna vertebral, cuando yo lo conocí ya iba en silla de ruedas, y su nueva madre trabajaba como contable en la fábrica de ladrillos. Yo solía ir hasta allí en bicicleta y Cleo y yo mirábamos pasar los aviones rumbo al sur. Por Harmony debe de cruzar alguna ruta aérea para los aviones privados de los pilotos de NASCAR que vuelan a Charlotte. La casa de Cleo tenía uno de esos techos planos. Una construcción moderna con paredes de cristal. Su padre la había construido cuando todavía podía moverse. Observábamos los aviones sobrevolar la casa y adivinábamos de dónde venían y hablábamos de todos los lugares a los que queríamos ir.

Aquellos años son tan melancólicos y estrafalarios. Las azaleas parecían flotar a quince centímetros del suelo por obra del viento. Los perros del vecino, Sal y Pimienta, ladraban como amantes enzarzados en

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una discusión. Cierro y abro los ojos y estoy de nuevo en Harmony y la noche está despejada y las cigarras emiten su zumbido eléctrico. Puedo flotar sobre las montañas y vuelo siguiendo el curso de un río oscuro hasta el mar. Cleo es un ángel amable y serio que vela por mí. He pasado meses enteros preguntándome qué estará haciendo allí fuera. Con quién estará, adónde irá. Veo con toda claridad el diminuto vello rubio que le cubre la parte baja de la espalda. Escucho su silbido como de pájaro verdugo.

Tenía un año menos que yo, pero parecía una anciana. Complexión menuda, ojos tristes. Me recordaba a la chica circense de La strada. El día que nos conocimos llevaba el pelo verde. Estaba sentada sola en el comedor del instituto. Llevaba una gargantilla de cuero rosa y una camiseta con la foto de una chica ensangrentada. Me acerqué a ella con la confianza de un idiota.

—¿Quién es la chica de la camiseta? —pregunté.

Me dio un repaso rápido. Supongo que, al hacerlo, decidía algo en su fuero interno. Sabe Dios qué pensó de mí. Yo estaba en mi fase de vaquero psicodélico.

—Siéntate si quieres —dijo.

—¿Estás en primero? —pregunté.

No levantó la mirada del plato.

—Es Carrie —dijo.

—¿Quién? —pregunté.

—La chica de mi camiseta —dijo—. De la película Carrie.

—Ah —dije—. No la he visto.

Puso los ojos en blanco.

—Pues deberías —dijo, y volvió a ponerse a comer.

Durante el resto del almuerzo no supe qué más decir, así que nos quedamos allí en silencio. No se hacía raro, más bien era un poco original. Nos habíamos encontrado el uno al otro y eso era lo que importaba. Unos días después, la vi detrás del gimnasio fumando un cigarrillo y le pedí uno.

—Lo estás haciendo mal —me dijo—. Es así.

Exhaló por la boca e inhaló por las fosas nasales.

—¿Inhalación a la francesa? —pregunté.

—Inhalación a la francesa —dijo ella.

Sonrió.

—No soy un capullo integral —le dije—. Solo voy vestido como si lo fuera.

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Eso la hizo reír. En el mundo hay pocas cosas mejores que una carcajada pura y profunda como la suya. Es como escuchar a alguien cantar góspel o pedir ayuda a gritos. Todos los días, a partir de entonces, intenté provocarle la risa. No había nadie como ella en nuestro instituto. Por supuesto, había góticos y punks, hípsters y colgados, pero Cleo era diferente. Nunca la acosaban por cómo se vestía. Sabía deshacerse de la gente que le parecía prescindible. He visto a atletas grandullones caminar por el otro lado del pasillo para evitarla.

Un día me invitó a escuchar un disco de Lou Reed en su casa. Tenía el dormitorio lleno de velas. Un póster de Courtney Love en la pared y una pecera sin agua. Cera acumulada en el suelo formando un ocho.

Me dijo que tenía una sensación extraña, aunque familiar.

—Es algo entre un anhelo continuo y un temor repentino —dijo—.

Como una tarde lluviosa cuando brilla el sol o el misterioso zumbido de

una calle vacía por la noche.

La Constante, la llamaba.

—Suena aterrador —dije.

—¿Estás asustado? —me preguntó.

Me tocó la rodilla.

—Mi madre está trabajando —dijo—. Papá está en fisioterapia.

Asentí.

—¿Por qué me tocas la rodilla? —pregunté. No contestó.

Después me contó una historia larga e inconexa de la vez que se escapó de casa y en un bufé chino conoció a alguien dispuesto a pagarle cincuenta dólares por tocarle los pies.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—Me quité los zapatos —dijo—. Mientras me besaba los pies, le robé la cartera. De todas formas, solo tenía veinticinco dólares.

—¿En serio? —pregunté.

Cleo cambió el disco de Lou Reed por Bach. Sus cosas tristes de violonchelo.

—Ya sabes que no soy exclusiva —dijo—. Y no me gustan los jueguecitos.

—Vale —dije.

Se estaba quitando la ropa, bastante despacio, casi de manera imperceptible.

—Estás enamorado de mí —dijo—. Todo el mundo lo sabe.

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—Quizá —dije.

—No es eso lo que he oído —dijo—. He oído que estás muy colgado de mí.

Cuando le quité las braguitas, noté las marcas diminutas de los cortes que se había hecho en la cara interna de los mulos. Sabía que era mejor no preguntar. Me imaginé que tendría algo que ver con la Constante.

Nos pasamos dos años saltándonos las clases para ir en busca de extrañas aventuras. Sobre todo conducíamos por ahí en mi viejo y destartalado Volkswagen y nos colocábamos con hierba barata. Nunca me pareció un romance de instituto. Era salvaje, cósmico y extraño. Yo estaba empezando mi gran hundimiento hacia un lugar oscuro que no hacía sino oscurecerse cada vez más. Cleo era quien me mantenía alejado de los extremos la mayor parte del tiempo. El sexo era un arma que nos defendía de la Constante. Una barricada contra el miedo interminable.

Yo también sentía la Constante. Sabía que las cosas nunca mejorarían. Los adultos nos decían siempre que éramos demasiado jóvenes para entenderlo.

Decían que debíamos ser felices. Nunca he entendido la felicidad. El concepto en sí parecía obsceno. En Harmony, nadie se acercaba siquiera a la felicidad. Lo único que hacían era trabajar e ir a la iglesia. Solía quedarme despierto hasta altas horas de la noche, rezando para que estallara una guerra nuclear. Hasta que me di cuenta de que nadie iba a tirar nunca una bomba sobre Harmony.

Nunca pasaba nada. Nunca cambiaba nada. Lo que entonces concebía como problemas no eran más que la vida misma. No era ni buena ni mala. Solo era. Daría cualquier cosa por una noche más con Cleo. Un recuerdo más de ella. He agotado todos los que tengo. Como la vez que vimos a un hombre amish robar un microondas. O la vez que nos quedamos despiertos toda la noche bebiendo sangría de vino blanco y nos encontramos cara a cara con una cebra. Siempre sentí que con Cleo, de alguna manera, las cosas que se suponía que eran sueños existían de verdad y la vida real era una especie de pesadilla.

Hoy el capitán Tom me ha traído el almuerzo, pero no he comido. Me he quedado en la cama casi toda la tarde. Ha vuelto durante la cena y me ha preguntado si me gustaría ver a un sacerdote el domingo y me ha dicho que mi abogado quería hablar conmigo y que tenían unas cincuenta peticiones de los medios. Le he dicho que no quería ver a nadie.

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Ha asentido con la cabeza y se ha mirado los zapatos. Siempre me ha caído bien el viejo Tom y lo echaré de menos, ojalá no se portara como un triste saco de mierda cuando está conmigo. Es difícil respetar a un hombre tan amargado.

—¿Alguna idea sobre lo que hemos hablado esta mañana? —me ha preguntado.

—Supongo que un bocadillo de carne de cerdo deshilachada estaría bien —le he dicho—. Y una Dr Pepper en botella.

—Hecho —me ha dicho.

Las cosas cambiaron entre Cleo y yo el verano después del penúltimo año en el instituto. Cuando conseguí un trabajo con una cuadrilla de jardineros. Entonces fue cuando conocí a Paul. Fue el comienzo de algo. El final de otra cosa.

Mientras me quedaba dormido, empecé a soñar con las últimas flores de cornejo que caían al otro lado de mi ventana y que me convertía en ellas. Se volvían numerosísimas y llenaban los ríos y los océanos y cubrían todos los rincones del mundo.

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Para cuando leáis esto, me habré liberado de la Tierra. ¿Qué importa si os he contado la verdad? Admitiré que quizá no he sido del todo honesto. De todas maneras, no me creeríais si os contara la verdad. La verdad es así de peculiar. Nada es nunca tan real como la Constante dando vueltas en círculo en las profundidades. Para mí, la oscuridad engendra oscuridad y el amor solo me ha traído problemas.

El verano después del penúltimo curso toqué fondo. Todas las noches esnifaba analgésicos y escuchaba la música nocturna. Los trenes de mercancías que salían de la fábrica de ladrillos. Los coches de policía que bajaban hacia Yellow Hill. Le compraba oxicodona y alprazolam a un tipo llamado Memphis en la zona de Park Drive. Las trituraba hasta obtener un polvo fino y blanco, lo liaba en un cigarrillo y echaba el humo por la ventana. La buena vida que me habían prometido parecía disminuir cada tarde con la puesta de sol. Las posibilidades se iban estrechando. La tragedia pasó de ser una probabilidad a una posibilidad a una inevitabilidad.

Solicité trabajo con la cuadrilla de jardineros el día después de que empezaran las vacaciones de verano en el instituto. Quería que Cleo intentara conseguir un trabajo allí también, pero dijo que quería quedarse con su padre. No estaba en su mejor momento. Iba a cursar una asignatura de cine en el colegio universitario todo el verano. Veíamos películas en mi casa. Unas cuantas de Alfred Hitchcock y Taxi Driver y Toro salvaje, cosas así. Pero también Ocho y medio y Stalker y El séptimo sello y un montón de un japonés llamado Ozu. A mí me gustaban más sus últimas películas. Eran como meterse en el sueño de un viejo. Me pasé días enteros de principios de aquel verano cortando césped y sentado a solas en el aparcamiento de Hardee’s, soñando con Japón.

El día que Paul vino por primera vez a trabajar con la cuadrilla, llovía y estábamos todos sentados en Hardee’s. Mis compañeros dijeron que traía mala suerte porque con él había llegado el mal tiempo, pero le dije que no

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se preocupara por lo que dijeran. Tenía dieciocho años, un año más que yo. Bronceado y alto. Ojos cansados. Se acababa de mudar al pueblo, su padre era el nuevo pastor de la Primera Iglesia Bautista.

Terminamos hablando de Rusia. No estoy seguro del motivo, el día antes había estado leyendo sobre el tema en la biblioteca y se lo saqué sin que viniera a cuento. Me preguntó si había oído hablar alguna vez del Bolshói. Mencioné los cuadros de Degas y mostró interés. ¿Quiénes nos creíamos, dos chicos de campo hablando de ballet en un restaurante de comida rápida un día lluvioso?

—Quiero ser coreógrafo —susurró.

Lo dijo como si fuera una idea sucia.

—¿Y qué? —dije.

—Mi padre —dijo él.

—Aver si lo adivino —dije—. Quiere que seas un quarterback de la NFL que los fines de semana pilota aviones a reacción.

—Algo así —dijo Paul.

Paul me miró largo rato. Era diferente, como Cleo, aunque más cosmopolita. Llevaba un pañuelo rojo en el cuello, como un francés, y bebía brandi de una petaca plateada. Siempre estaba leyendo gruesos volúmenes de historia europea, de los que yo nunca había oído hablar, y biografías de bailarines famosos. Lo veía cuando iba andando a trabajar por las mañanas, con su gran sombrero de paja y su bolso de lona.

Siempre trabajábamos codo con codo y pasábamos juntos el descanso del almuerzo. Aquellas largas tardes de desesperación, podando setos en las casas de los ricos. Plantando rosales. Gracias a Paul los días pasaban más rápido. Yo solía mirar el interior de aquellas casas y me imaginaba allí, con los pies sobre la mesa de centro y una cerveza fría en la mano.

Bob, el jefe, no era mucho mayor que yo. Su padre era el dueño de la empresa. Se quedaba sentado en la furgoneta escuchando retransmisiones deportivas en la radio. A veces se apoyaba en el capó a masticar tabaco marca Skoal con sus gafas de sol envolventes, y silbaba a las mujeres. El resto de la cuadrilla eran casi todos de América Central y América del Sur. Estaban Eddy y Angel y Luis. Eran todos mucho mayores que yo y les gustaba gastar bromas. Angel era el más veterano. Tendría cincuenta y tantos años. Siempre le estaba poniendo salsa picante en el agua a Eddy o encerrando a Luis en el baño de Hardee’s con un cuchillo de plástico. Bob los odiaba y les soltaba toda clase de insultos racistas cuando Paul y yo

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andábamos cerca. Como si se supusiera que teníamos que estar de acuerdo con él porque éramos blancos. Yo nunca decía nada, pero Paul siempre le echaba la bronca. Me daba demasiado miedo perder el trabajo. A Paul le importaba una mierda.

El verano transcurrió sin incidentes. Los días de cortacéspedes y flores daban paso a noches de tristes películas extranjeras con Cleo. Hasta que un fin de semana la llamé y no podía venir, así que llamé a Paul. Me dijo que sus padres estaban fuera, en un retiro de la iglesia, y que su casa del lago estaba vacía.

Era una de esas espléndidas tardes azules. Paul conducía el Mustang amarillo de su padre. Bajamos a ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora al lago a través de la campiña, escuchando a Howlin’Wolf. Paul llevaba una camisa hawaiana desabrochada y un sombrero de paja. Yo llevaba un peto sin camisa y unas gafas de aviador. Nos detuvimos a un lado de la carretera a mirar una yegua acariciar con el hocico a su hijo recién nacido. Tomamos brandi a sorbos debajo de un roble centenario y esnifamos analgésicos en el autoservicio de un Wendy’s. Compartimos un helado Frosty mientras esperábamos a que pasara un largo tren. Estábamos tan colocados que compramos cinco sandías en un mercado agrícola. Era casi de noche cuando llegamos a su casa del lago. Un sitio enorme con un montón de habitaciones y una ducha al aire libre. Bebimos vino caro y nos fumamos un porro en el porche.

Entonces Paul me llevó a ver el sótano donde su padre guardaba las armas. Había una caja fuerte con todo tipo de armas y material pornográfico. Me alargó un rifle de asalto y algunas municiones. Colocamos las sandías en el muelle y les disparamos a través del visor. Me sentía bien con el arma en la mano. El poder en estado puro me asustaba y me encantaba. Hasta que se fue la luz estuvimos bebiendo y riendo y disparando a cosas aleatorias en los árboles. Paul asó filetes en la parrilla y nos los comimos mirando al agua. Yo estaba bastante jodido y me daba cuenta de que Paul iba por el mismo camino. Entonces me preguntó si quería que sacáramos la barca.

Nos cambiamos de ropa y salimos al agua. Me llevó a una playa apartada y nos zambullimos en ella. Extendimos las toallas en un banco de arena y entramos en calor bajo la luna creciente.

—Tienes novia —me dijo Paul.

—¿Te refieres a Cleo? —pregunté.

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Asintió y se acercó más a mí.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.

—Qué —pregunté.

Volvió la vista al agua.

—No importa —dijo, y se recostó.

Nos quedamos allí sentados largo rato sin decir nada. El viento penetraba en los árboles y se detenía. El corazón me latía con fuerza. Paul tenía los ojos cerrados. Me acerqué más a él, despacio, sin estar seguro de lo que quería que pasara. Se levantó y empezó a caminar hacia la barca. Le agarré la mano y lo atraje hacia mí.

—Pregúntame lo que me ibas a preguntar —le dije.

En vez de eso, me besó. Con Paul la cosa fue lenta y fácil. Tuvo paciencia conmigo. Nos pasamos la noche haciendo el amor en la casa del lago. A la mañana siguiente volvimos al pueblo en coche y el lunes fuimos a trabajar. No podía mirarlo de la misma manera.

Cuando llego a esta parte de la historia, la gente siempre me pregunta si Cleo estaba celosa de Paul o si Paul estaba celoso de Cleo. Aunque nunca lo he entendido. Los tres teníamos algo en común. Nos habían dicho que no éramos como el resto de la gente. Que nos faltaba algo por dentro. Nos convertimos en el antídoto contra el hastío de los otros.

Hicimos planes para encontrarnos los tres en casa de Paul un sábado por la tarde. La semana fue larga y calurosa y no veía la hora de que se terminara. El viernes fuimos a trabajar al jardín del alcalde Presley. Angel estaba en lo alto de una colina desbrozando. Bob hablaba por teléfono en la furgoneta. Yo estaba podando un seto cuando levanté la mirada y vi a Angel tendido boca arriba. Me volví hacia Paul.

—Mira a Angel —dije—. Se ha caído.

Los otros tipos se echaron a reír. Pensaban que era una de sus bromas. Yo también me reí y reanudé el trabajo. Entonces volví a levantar la mirada y vi que Angel no se había movido.

—No creo que esté de broma —le dije a Paul.

Paul subió la colina y observó la escena desde arriba. Gritó pidiendo ayuda. Todos soltamos las herramientas y corrimos hacia él. Bob asomó la cabeza por la furgoneta.

—¡Eh! —dijo—. ¿Qué estáis haciendo?

—Angel se ha caído —dije.

—Me da igual —dijo Bob—. Volved al trabajo.

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Paul entró corriendo en casa del alcalde Presley y llamó a una ambulancia. Corrí hacia Angel, empecé a hacerle la RCP. En realidad no sabía cómo se hacía. Bob estuvo todo aquel rato diciéndonos que volviéramos al trabajo. Cuando llegaron los sanitarios, Angel ya estaba muerto. Lo cargaron y se marcharon. No hubo grandes fanfarrias. Ni quejas ni gemidos. Se murió solo en una colina, sin más.

Era la primera vez que veía a un muerto de carne y hueso así de cerca. En un momento dado estás aquí y al siguiente no. Procuré averiguar dónde iba a celebrarse el funeral, pero Luis me dijo que mandarían sus cenizas de vuelta a Honduras y que eso sería todo.

Al día siguiente recogí a Paul y a Cleo para ir a la casa del lago de Paul. Por el camino, Cleo y Paul no se dirigieron la palabra.

Llegamos a la casa.

—Muy bonita —dijo Cleo—. ¿Tu padre es mafioso o algo así? —Es pastor —dije.

—Es lo mismo —dijo Cleo.

Salimos en la barca. Cleo se pasó la tarde liándonos cigarrillos. Paul preparó bourbon con ginger ale. Después regresamos a la pequeña ensenada y vimos aparecer el arcoíris sobre el banco de arena. Cleo hizo fotos con su cámara Polaroid. Un sueño de finales deverano.

Cuando nos acercamos al muelle, allí estaban los padres de Paul, esperando. Su padre llevaba una gorra con la leyenda PESCADOR DE JESÚS y un gran reloj de metal, su madre unos pantalones de yoga. Estaban cabreados porque Paul les había dicho que iba a pasar la noche en mi casa. Tenían planeada una escapada romántica y creían que alguien había forzado la entrada y les había robado la barca.

—Alguien ha abierto la caja fuerte de las armas —dijo el padre de Paul —. ¿También has sido tú?

Decidió cachearnos en busca de drogas, que encontró. Después registró el bolso de Cleo y encontró fotos de Paul y yo besándonos. Pienso a menudo en ese día. En que, si hubiéramos dado otra vuelta al lago, quizá las cosas habrían ido de otra manera. O en si no hubiéramos ido al lago aquel día para empezar.

Mi celda está helada mientras escribo esto. Empiezo a cansarme de pensar en el pasado. Ojalá tuviera más que contar. Algo profundo que confiaros, pero lo único que hay es el frío que se va colando. El capitán Tom me ha traído la cena.

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—El sábado te trasladaremos a un pequeño calabo zo —ha dicho—. Es el protocolo.

—¿Crees que podré seguir viendo el cornejo a través de la ventana? — he preguntado.

Me miró durante un segundo y negó con la cabeza.

—No hay ventana —ha contestado.

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Supongo que querréis saber de Johnny Belladona. El día que lo conocí, me pegó con su saxofón. Yo estaba en el aparcamiento de la biblioteca, llorando. Hacía calor. Faltaba poco para el 4 de julio. Johnny Belladona no era su verdadero nombre, por supuesto, pero así lo llamaba todo el mundo. Era un músico local que tocaba jazz todas las noches por el centro. A sus cincuenta y tantos años, era el único músico callejero del pueblo. El vestigio de un mundo bohemio que en realidad nunca había llegado a Harmony. Un lugareño forastero que pertenecía a una época y un lugar distintos, con barba mosca y gorra inglesa en un pueblo donde se estilaban las camisetas de fútbol americano y los mullets. Se le tenía cierto aprecio debido a un curioso vacío legal del cristianismo evangélico según el cual tenías que ser amigo de cualquiera que tocara música en la iglesia, sin que importara si te parecía estúpido o no. Y no cabe duda de que Johnny sabía tocar aquel puto saxofón. El mismo saxofón con el que me pegó.

Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Después del incidente del lago, el padre de Paul lo mandó a un campamento de rehabilitación donde las cosas no hicieron más que empeorar. Empezó a juntarse con gente que lo inició en prácticas más extremas que las nuestras. Yo no tenía trabajo en esa época. Bob había despedido a todo el mundo tras la muerte de Angel. Dejé el instituto y me pasaba casi todos los días en la habitación del ordenador bebiendo ginebra con zumo de naranja porque era lo único que podía retener. Veía vídeos hasta las tantas. Cosas aleatorias al principio, pero no tardaron en volverse más oscuras. Accidentes de avión, tiroteos de la policía, decapitaciones. La Constante hacía acto de presencia. A lo mejor estaba tan anestesiado que quería sentir algo, aunque fuera el dolor ajeno.

Paul solía mandarme cartas inconexas desde el campamento de rehabilitación, en las que me contaba que pasaba mucho rato nadando en el lago y que estaba pensando en mudarse a Europa. Le parecía que Estados Unidos no tenía arreglo y que estábamos viviendo el final de la

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civilización. Estaba ampliando sus lecturas sobre anarquistas revolucionarios. Cleo seguía en el instituto. Nos encontramos en la cafetería Starlight una mañana para tomar tortitas con arándanos. Me contó que quería hacer un documental sobre las cosas invisibles que controlan nuestro mundo. Se había teñido el pelo de rubio y se había puesto un pendiente en la nariz. Nos sentamos en un reservado al lado de la ventana.

—¿Alguna vez te entran ganas de hacer algo? —le pregunté.

—¿Como qué? —dijo ella.

—No lo sé —contesté—. Quemarlo todo hasta los cimientos.

Puso los ojos en blanco.

—Qué rebelde eres —dijo.

—Hablo en serio —dije.

—Vale —dijo ella—. Pero ¿vas a terminarte las tortitas antes? Le pasé mi plato.

Algunos fines de semana, cuando lográbamos reunir suficiente dinero, subíamos en coche a las montañas y hacíamos rutas a caballo. Acampábamos a la vera del río Bluebird y hacíamos el amor junto a un pino de hoja larga. Pero los días se me hacían muy cuesta arriba. El tedio era insoportable. Llegaba triste a la hora del desayuno, arrastrando la borrachera tras pasar la noche delante del ordenador. Y entonces, supongo que a raíz de una pelea con mi madre, empecé a buscar maneras de matarme. Encontré un foro en el que la gente hablaba de eso. Al principio fue casi una broma. A ver de qué estaban hablando esos idiotas, pero después empecé a entenderlos. Todos querían morirse, pero no querían morir en vano. No parecía quedar gloria alguna en el mundo. Una enfermedad lo había infectado todo.

Un día, recibí una carta de Paul. Iba a volver a Harmony. Quería salir de fiesta. Le sugerí que nos encontráramos en la antigua torre del agua a medianoche. Cloe me recogió después de clase y fuimos allí en coche, bajo las grandes estrellas. La luna flotaba encima de no sotros, pequeña como la uña de un pulgar. Fumamos cigarrillos y escuchamos un audiolibro de Dostoievski. Hicimos apuestas sobre si Paul aparecería de verdad. Por fin llegó en una furgoneta con unos cuantos compañeros de rehabilitación. No tardamos mucho en darnos cuenta de que se habían escapado. Pasamos tres días bajo la oxidada y antigua torre del agua escuchando a Neil Young, comiendo tacos caseros y pinchándonos

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heroína. Era mi primera vez y no fue lo que me esperaba. Como si Dios me pasara el dedo por la columna, eso fue lo que sentí. Todo mi dolor transfigurado en una estrella. Podría haber vivido así durante años, pero a los tres días se nos acabó la suerte. El padre de Paul lo encontró y llamó a la policía. Lo arrestaron y, cuando lo metieron en el coche, de algún modo lo supe. Supe que era la última vez que lo vería. Lo recuerdo allí de pie, esposado. Simplemente allí, esperando. Con la policía siempre toca esperar. No saben hacer nada a tiempo. Paul me lanzó una mirada.

Se rio e intentó despedirse con la mano.

—Te quiero —le dije.

—Te llamaré cuando salga —dijo Paul.

Y eso fue todo. Las últimas palabras que me dijo. Dos días después salió de la cárcel y llamé a su casa y su padre me llamó maricón y me dijo que no volviera a llamar nunca más. Paul le contó a todo el mundo que se iba a enrolar en la marina mercante. En vez de eso, al día siguiente, aparcó detrás de RadioShack y se metió una sobredosis.

Estaba sentado en la biblioteca y recibí una llama da de Cleo.

—¿Estás solo? —dijo.

—S í —dije.

—Es Paul —dijo.

—¿Qué ha pasado? —pregunté—. ¿Dónde está?

Supe por su silencio que estaba muerto. No había nada más que decir. Creo que el universo se rige por un extraño magnetismo. Reúne a las

personas y se las lleva de esta tierra. Paul vino y se fue igual que una tormenta atraviesa un campo y desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Salí de la biblioteca al aparcamiento soleado. El calor estaba cociendo el pavimento y los árboles se veían borrosos. Quise morirme. Me senté en el coche con el aire acondicionado a toda potencia y lloré durante horas como un chiquillo.

Pronto oí el sonido del jazz. Bajé la ventanilla.

—D éjalo ya —le dije a Johnny Belladona.

Se puso a tocar más fuerte. Se lo volví a pedir. Siguió tocando. Respondía a todas mis peticiones con el saxo. Como si se estuviera burlando de mí con su tonada. No podía soportarlo. Enloquecí. Poseído por una furia ciega, salí del coche de un brinco y corrí hacia él. En mi cabeza aquella música era lo que había matado a Paul y lo único que tenía que hacer era conseguir que se detuviera. Lo siguiente que recuerdo es que

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estaba boca arriba y que la campana de un saxofón de latón se abatía sobre mi cara. Me rompió dos dientes y me provocó una contusión.

Me desperté en el hospital. Allí estaba Cleo con un helado. Oí una canción de amor en la radio. Era un viejo éxito y me recordó al verano. De repente, quizá por los medicamentos que me habían dado, quizá por la pena, tuve la alucinación de estar en una excursión a Raleigh con la pandilla de octavo y divisar a la mujer más hermosa que había visto jamás sentada en una cafetería. Me quedé mirándola desde la ventana del hotel. Cuando se levantó, me di cuenta de que estaba embarazada. Estaba pensando en ella cuando Johnny Belladona entró en mi habitación del hospital, con su saxofón a salvo en su estuche.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Cleo.

—He venido a disculparme —dijo Johnny—. Me he enterado de lo de vuestro amigo Paul.

Yo estaba aturdido y no sabía qué era real y qué no. Además, parece extraño decirlo, pero en mi recuerdo esa fue la primera vez que alguien me decía que lo sentía. Parecía sincero. Llevaba la gorra inglesa entre las manos.

—Está bien —dije.

—Haré lo que haga falta —dijo—. Te compensaré por esto.

—Puedes empezar por dejarlo en paz —dijo Cleo.

Johnny la miró con extrañeza. De la forma en que un cartero mira a un perro fiero. Luego se volvió hacia mí. Yo estaba cansado de estar enfadado. Enfermo de dolor. Exhausto. Echaba de menos a Paul más que nada.

—Te perdono —dije.

A partir de ese día, Johnny y yo nos hicimos amigos. Jugábamos al ajedrez en el centro de Harmony. Ha blábamos de la vida. Me hablaba de su época de autoestopista profesional en la década de los setenta y yo le contaba los datos que aprendía en la biblioteca. Que algunos pájaros duermen mientras vuelan y que el terremoto de 1881 en Lake Springs, Arkansas, hizo que el río Misisipi fluyera al revés y que sonaran las campanas de Boston. Johnny me presentó a su madre, Trudy. Tenía setenta y tantos años, y vivían juntos en una granja vieja y destartalada cerca de las afueras de la ciudad. Su padre había muerto pocos años antes.

Él se percataba de mi sufrimiento. Entendía el dolor de perder a alguien. Era como si la muerte de Paul hubiera alterado el orden del

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universo. Dejó espacio para que Johnny entrara en mi vida. Johnny me contó que canalizaba la desesperación de haber perdido a su padre con la música. Estábamos jugando al ajedrez una tarde en el centro. Era casi invierno y él llevaba un abrigo largo y una bufanda.

—Aveces no puedo librarme del vacío —dije.

Asintió, parecía saber exactamente lo que yo le decía.

—Solía pilotar grandes aviones cuando estaba en las Fuerzas Aéreas —dijo—. No daba tiempo a tener miedo, estabas demasiado ocupado volando.

—¿A qué te refieres? —le pregunté.

—Por eso empecé con el saxofón —dijo—. Estoy demasiado preocupado por encontrar la siguiente nota como para preocuparme por mi vida.

—Yo no tengo nada así —dije.

Esa tarde me llevó a la casa de empeños de Hubert y me compró una batería usada. Le dije que no podía aceptarla, pero insistió. La instalamos en su antiguo granero y tocamos todo el invierno junto a una estufa de queroseno. Tocábamos temas de Charlie Parker e improvisábamos sobre Coltrane y Brubeck.

Un fin de semana, después de una jam session en su granero, Johnny me dijo que nos había conseguido un bolo en una cafetería de High Point. Atravesamos una ventisca con el coche para llegar hasta allí y aparecieron cinco personas. Para cuando llegamos a su casa, me dijo que debería quedarme a dormir. Me preparó una habitación en la planta de arriba y su madre nos hizo un té. Por una vez, me sentí a gusto. Como si no estuviera tan desconectado de la Tierra.

Me quedé dormido, pero me desperté en mitad de la noche. Abrí los ojos. Johnny estaba en la puerta en ropa interior.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Bien —dije.

No le di importancia, así que volví a dormirme. Entonces, bien entrada la noche, me desperté y Johnny estaba en mi cama. Me había metido la mano en los pantalones.

—¿Qué haces? —grité.

Salí de la cama de un salto.

—Pensé que a lo mejor tenías frío —me dijo—. A veces está bien dormir juntos las noches de invierno.

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—Sal de aquí —dije.

—Lo siento —dijo—. Creía que tú…

—Vete —dije.

Al día siguiente no dije ni una sola palabra. Nos comportamos como si no hubiera pasado nada. No le conté nada a nadie. Me llevó a mi casa sin más. Era demasiado embarazoso. Johnny siguió llamándome sin parar, pero yo no contestaba. Volví a pasarme las noches en la habitación del ordenador, viendo vídeos y bebiendo hasta quedarme dormido.

Una mañana me desperté y me encontré a mis padres en mi habitación.

—Necesitamos que bajes —dijo mi padre.

Johnny y otra mujer estaban sentados en la sala de estar.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Soy Debra —dijo la mujer—. Soy de un grupo llamado Recuperación Cristiana que se ocupa de ayudar a jóvenes con problemas.

—Te queremos —dijo Johnny—. Queremos lo mejor para ti.

—¿De qué estáis hablando? —pregunté.

—La bebida —dijo Debra—. La homosexualidad. Las drogas. Las cosas que buscas en el ordenador.

—Esto es una emboscada —dije—. Tengo que irme.

Johnny me puso la mano en la rodilla.

—Nosotros nos encargaremos —dijo—. Puedes confiar en nosotros.

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Me llamo Nabucodonosor y cabalgo por la vida a pelo sobre ponis salvajes. El viento pronuncia mi nombre por las mañanas, cuando el campo adquiere un aire celestial y enrarecido a causa de la niebla. El río es mi último mejor amigo y la guerra es mi enemiga. Espero hasta la medianoche para aplastar a los filisteos mientras duermen. Para saquear las aldeas y quemar a los patriarcas en sus camas. Mi caballo, nacido el 4 de julio, es inmortal, tricolor y veloz.

A mi padre lo mató una picadura de abeja, mi madre murió de pena. Y así me abrí camino por este loco mundo como un carroñero del conocimiento. Aprendí a leer por mi cuenta. Aprendí las matemáticas de las estrellas. Mentí para entrar en la universidad a los dieciséis años y me gradué con honores. Me mudé a Harmony y vivía todo el día con gente de alcurnia y toda la noche entre maleantes. Desvinculado de la buena sociedad, andaba de fiesta con todo el mundo. Caballeros y señoras, mozos de labranza y lecheras. Entonces, una m añana, vi el grandioso tren Cardinal saliendo de Greensboro y me conseguí un viaje hacia el oeste. En aquella región, conviví con gauchos tristes y aprendí las costumbres de los caballos. Había una guerra de fronteras en marcha y yo atendía a los lujuriosos soldados que volvían a casa de permiso y a sus solitarias esposas en las haciendas. Cuando terminó el conflicto, cogí el tren de regreso al este en calidad de guardafrenos y fui ascendiendo. Volví a mudarme a Carolina con mis buenos ahorros y un trabajo que adoraba.

Me convertí en conductor de los trenes nocturnos a Asheville, un dechado de velocidad y acero. Agitaba el sombrero al viento como un loco todas las noches bajo extrañas constelaciones. Llegaba a casa cansado y con carbón en la cara. En aquella época creía en la recta palabra de Jesús. La Virgen María era mi madre. El Espíritu Santo era mi amigo. Eso fue hasta que llegó la guerra y me lo robó todo. Un ardiente fuego infernal desde aquí hasta el mar y los ricos seguían siendo ricos y los pobres seguían muriéndose. Los rebeldes eran millonarios pusilánimes que

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obligaban a los campesinos a matar en su nombre. Fui arrastrado al conflicto después de que los rebeldes se apoderasen de mi granja para usarla como barracón y los unionistas la redujeran a cenizas. Ahora lucho contra ambos bandos. Por la noche toco el banjo alrededor de una gran hoguera.

El champán escasea, pero lo bebo cuando puedo. Por ejemplo, pongamos que mato a un hombre y me apodero de su mansión y doy una gran fiesta. Sacaré las grandes botellas mágnum de la bodega y brindaré por el fin del mundo. Sueño con una utopía en la que el amor sea legal y el champán caiga como la lluvia sobre toda la humanidad.

Dejadme que os cuente cómo perdí la fe. Era invierno cuando vi que ambos bandos dejaban que sus soldados murieran de frío. Todas las noches, por la mirilla, veía a los centinelas nocturnos convertirse en estatuas, y por la mañana enterraban al pobre diablo y ponían a otro chaval en su puesto. Mientras tanto, los generales y los coroneles dormían calientes en sus tiendas con fogatas que mantenían encendidas durante toda la noche otros pobres chavales. Creía que ningún hombre que amara a Jesús permitiría que tal desgracia continuara. Ahora, a lo mejor podríais decir… pero, Nab, seguro que viste cosas peores en el campo de batalla. Tripas desparramadas y globos oculares saliendo rodando de las cabezas. Es cierto, he visto esas cosas y muchas más. Pero conservé mi estúpida fe porque creía que estaba al servicio de algo más grande. Cuando vi cómo trataban los oficiales a sus propios soldados, supe que era parte de la Gran Mentira.

Ahora, casi todos los días me invade el desánimo y no me lavo los dientes. He dejado que mi barba se asilvestre y que mi mente se llene de murmullos y zumbidos. Al atardecer planeo un ataque y por la noche toco mis canciones. Feliz como un azulillo en un árbol de azulillos.

Entonces, una noche, merodeando por ahí, vi que se celebraba un cotillón en una casa grande. Los observé a través del visor desde la colina. Observé para hallar el modo de quemarlos vivos. Dónde prender el fuego, cuál era la mejor manera de encerrar a los bastardos allí dentro. Bajé la colina para mirar más de cerca. Estaba sacando las cerillas y el queroseno cuando una pareja que bailaba me llamó la atención. Eran encantadores de una manera tierna, parecían desesperados y felices bajo la luz de la luna, y percibí que estaban inmersos en otro mundo. Despreciaban el dinero y el pecado. Podrían haber estado en cualquier parte del mundo en cualquier

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época y habría sido lo mismo. Los conocía como me conocía a mí mismo porque yo era ellos. El dolor que los aquejaba también era mi dolor, porque echaban de menos lo mismo que yo. Sabía lo que tenía que hacer. Volví a la cueva y me puse el esmoquin y me recorté el bigote rebelde. Debajo del largo abrigo, me abroché dos pistolas de repetición y una cartuchera con municiones.

En la casa había un cuarteto de cuerda tocando canciones del periodo romántico y una mesa larga con entremeses. Me serví y me encaminé hacia la pista de baile. La sala estaba abarrotada de niños ricos que no se atrevían a levantar un dedo por la guerra salvo para financiarla. En un rincón estaba el propietario del lugar. Lo conocía solo como Fizgerald. Se acercó a mí y me preguntó mi nombre.

—Soy de Harmony —dije—. Un caballero como tú. —¿Quién es tu gente? —inquirió Fizgerald—. ¿Los conozco? Casi lo mato de un tiro allí mismo, pero sabía que no debía hacerlo. —Soy el tercer hijo de McMillan —mentí.

—Fui al colegio con el viejo Pierce McMillan —dijo—. Creía que su tercer hijo había muerto en Chattooga.

—Creíste mal —dije—. Sobreviví.

—Bienvenido a Shady Oaks —dijo—. Quiero que conozcas a mi hijo y a su nueva esposa.

Me llevó hasta la pareja que yo había visto por la ventana. La luz caía sobre ellos en aureolas. Al acercarme, supe que eran ellos. Aunque tuviesen otros nombres, supe que volvería a verlos en otra vida.

Les cogí las manos y me las acerqué a la cara.

—Este es Pierce McMillan tercero —dijo Fizgerald.

—No menciones la guerra —dijo Paul—. No soporto pensar en ella.

—Ojalá se terminara y perdiéramos —dijo Cleo.

Hice que me rodearan con los brazos y bailamos una danza lasciva. En mitad de la canción los atraje más hacia mi cara y los besé. Los invitados nos miraban, indignados. Una vieja vomitó en una ponchera. Más de uno avanzó para separarnos. Toda la sala se llenó de susurros y gestos. Reconocí a un hombre como un antiguo cliente. Se dirigió a Fizgerald y señaló en mi dirección.

Les susurré a Cleo y a Paul.

—Quedaos cerca de mí cuando cierren el trato —dije—. No tenemos mucho tiempo.

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Entonces Fizgerald se acercó a mí y me agarró por el cuello de la camisa.

—De hecho, no eres el tercer hijo de McMillan —dijo—. Eres un criminal y un anarquista llamado Na bucodonosor.

—Tonterías —dije.

Le quité su champán y acallé la música.

—Larga vida a todo —brindé.

Después le pegué un tiro en el entrecejo a un hombre elegido al azar. A continuación, le disparé en el pecho a Fitzgerald con la pistola, pero él se apartó y la bala le rozó. Fue a por su rifle. Les grité a Cleo y a Paul que corrieran a buscar mi caballo. Cerré las puertas. Encendí la espoleta y nos adentramos cabalgando en la noche.

Pasamos seis meses a la fuga. Fitzgerald sobrevivió a la explosión y mandó una patrulla a las montañas para que me encontraran y me mataran. Durante muchas semanas vivimos dichosos, Paul, Cleo y yo. Hacíamos el amor por partida triple bajo las flores que caían de los cornejos. Bebíamos agua fresca del río. Cazábamos ciervos y jabalíes para la cena. Fue una época maravillosa y yo atesoraba aquellos días.

Casi al final del último mes, Paul contrajo fiebre y no pude encontrar un médico a tiempo. Lo enterramos cerca de un pomar y casi nos morimos de tristeza. Solo estábamos yo y mi caballo y Cleo, a solas en el bosque.

—Quiero escaparme —dijo Cleo—, pero no tengo un hogar al que volver. Ningún pariente vivo.

—Yo ya he pasado por esto —dije—. Tendré que volver a matar.

—No —dijo ella—. No más muertes.

Apoyó la cabeza sobre mi hombro mientras mirábamos la tormenta que se avecinaba.

—¿Por qué sigues llamándome Cleo? —preguntó—. No me llamo así.

—Algún día te llamarás así —le dije.

Entonces una bala le atravesó el ojo y se desplomó, muerta. Habían descubierto nuestro campamento. El tiroteo duró cinco horas y maté a nueve hombres, pero, al final, me atraparon. Esperé a que me colgaran en una cárcel, a solas con mis penas y mis sueños. Me encerraron con unos desertores y dormí allí durante cuatro días con sus noches.

Entonces llegó la tormenta. Inesperadamente, escuché el viejo y familiar sonido de una máquina de vapor, pese a que no había vías férreas cerca de allí. Era un tornado e iba directo hacia el campo de prisioneros.

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Los guardias huyeron despavoridos y abandonaron sus puestos. Los vientos echaron abajo las puertas y rompieron las cadenas y todos salimos corriendo rumbo a la tormenta y a algunos se los tragó el viento hacia el cielo. Aunque estaba débil por la escasez de agua y comida, me las arreglé para encontrar el camino hasta la carretera y corrí hasta encontrar un riachuelo y pasé allí la noche. Le guiñé el ojo a Jesús y vi una estrella fugaz y viví feliz el resto de mis días.

Esto es lo que he soñado la última noche de mi vida. El capitán Tom me ha trasladado al calabozo, donde no hay ventanas. Estoy en vigilancia de suicidio. No quieren que me mate antes de que pueda hacerlo el gobierno. Últimamente he estado pensando en mi final y en las palabras que debería decir. No concibo cómo será la oscuridad. Solo espero que Paul y Cleo estén allí. Es pero que me hayan perdonado.

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Me gustaría dejar claras algunas cosas. Después de mi rifirrafe con Johnny y Debra de Recuperación Cristiana, mis padres me mandaron al campamento de rehabilitación al que había ido Paul. Era un sitio aprobado por la Iglesia. Profundamente cruel. Nos encerraban juntos durante días en las cabañas. Los profesores peleaban con nosotros. Si intentábamos irnos, nos hacían dormir fuera con las mandíbulas rotas y los hombros dislocados. Si pillaban a alguien bebiendo o fumando, lo encerraban a oscuras durante veinticuatro horas. La mente empieza a resquebrajarse si no tiene estímulos. Empiezas a alucinar. Fue entonces cuando empecé a ver mis vidas pasadas.

Seleccionaban a unos cuantos chavales para trabajar en la casa de los docentes. Si querías trato especial, tenías que llevarte bien con el doctor Rex, el director. No era un doctor de verdad. Tenía un doctorado en teología por alguna universidad baptista. Habían instalado el sitio ese en un antiguo campamento de verano. Al principio, cuando llegué, todos los días nos despertaban a las cinco de la mañana y nos hacían correr varios kilómetros por el bosque antes del desayuno. Trabajábamos muchas horas en un centro de teleoperadores, vendiendo viajes a Tierra Santa para cristianos. Pero después del primer mes, me trasladaron al servicio doméstico del director. Hacíamos la colada y limpiábamos sus dependencias. Un buen día me pidió que lo ayudara con la espalda. Al principio no era demasiado desagradable. Le frotaba un punto de la espalda y él me daba las gracias. Pero durante días y días solo habló de eso. De las maravillas que yo había obrado en él.

Me pidió que fuera a su habitación un domingo por la noche, después de la sesión de estudio de la Biblia. Cuando entré, se quitó la camisa. Me dijo que usara aceite. Yo sabía que era raro, pero era preferible a los ejercicios nocturnos. Cuando terminé, me dijo que lo esperase en la planta de abajo mientras se duchaba.

—Me sorprende que no hayas encontrado esto —dijo.

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Sacó una Dr Pepper del frigorífico, la abrió y nos sirvió un vaso a los dos. Me dejó ver la televisión durante una hora y pidió una pizza. Apagó la televisión y nos quedamos sentados e incómodos en su sala de estar.

—Tengo que volver a la residencia —dije.

—Como quieras —dijo él.

Mientras me iba, volvió a darme las gracias. Me dijo que nunca se había sentido tan bien. Me dio unas palmaditas en la espalda.

—Ha estado genial —dijo—. Pero creo que será mejor que esta noche quede entre tú y yo. No querría que los otros chavales se pusieran celosos.

—Claro —dije.

Las cosas volvieron a la normalidad. Trabajo. Ejercicio. Estudio de la Biblia. Pero al cabo de unas semanas me pidió que fuera otra vez. Volvió a pedir pizza. Nos sentamos en el sofá y vimos Ley y orden. Un episodio antiguo en el que encuentran el cuerpo de una mujer de la limpieza debajo de una cama en un sórdido motel. Cuando se terminó, me levanté para irme.

—Quizá podrías hablarme un poco de ti —dijo el doctor Rex.

—Debería volver —dije—. Me meteré en un lío.

—Estás conmigo —repuso él—. No te preocupes.

Volví a sentarme en el sofá.

Sentía profundamente la Constante e intenté atravesarla. Las semanas se habían convertido en meses. El mundo exterior se había vuelto borroso y mi existencia giraba en torno al campamento. Tenía una fiebre persistente que no podía quitarme. No estaba seguro de qué quería el doctor Rex de mí. Pese a que estaba quieto, tenía la sensación de estar en movimiento.

El doctor Rex fue a la cocina y volvió con un regalo.

—S é que es difícil estar lejos de casa el día de tu cumpleaños —dijo

—. Felices dieciocho.

Lo abrí. Era un par de baquetas.

—Aquí no tenemos batería —dijo—, pero por lo menos puedes practicar los rudimentos en tu litera.

La fiebre volvió a inundarme. Nunca había sentido un calor semejante.

Quería llamar a Cleo. Quería escu char su voz. Harmony volvía a mí.

Todas las largas noches antiguas.

—H áblame de Paul —dijo el doctor Rex—. Nunca hemos hablado de

él.

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—Qué pasa con él —pregunté.

Me volvió a llenar el vaso.

—El padre de Paul es muy amigo mío —dijo.

—Ah —dije.

—El pastor Green me lo ha contado todo —dijo.

Miré por la ventana y vi la luz de la luna en un campo vacío. En el borde había un espantapájaros que parecía crucificado. No sabía qué decir.

—S é que eras tú quien le daba las drogas —dijo.

—No —le dije—. Se equivoca.

El doctor Rex me rodeó con el brazo.

—Solo tienes que pedir perdón —dijo.

Volví a mirar por la ventana, pero el espantapájaros había desaparecido. O quizá solo se había desvanecido en las sombras. Tenía mucha fiebre y seguía subiendo. Nunca había sentido la Constante como en aquel momento. Quise contárselo todo al doctor Rex. Que era el padre de Paul el que había provocado todo aquello. Quería contarle que Johnny había intentado tocarme. Pero sabía que no me creería. Recordé un libro que había sacado de la estantería años atrás sobre monjes que se inmolaban en señal de protesta. Y los versos de un antiguo poema zen sobre la cremación: Mi cuerpo rebosaba de alegría. Esparce las cenizas.

Tracé un plan en aquel momento. Abracé al doctor Rex y me eché a llorar.

—Quiero misericordia —dije—. Quiero la gracia de Jesús.

Él se apartó.

—Estás ardiendo de fiebre —dijo—. Te voy a llevar a la enfermería. Aquella noche dormí en un catre de la enfermería y soñé con un millón

de versiones crucificadas de mí mismo. Soñé con fósforo blanco brotando en llamas. La tierra tembló dentro de mí y me encontré entre los escombros. El humo ennegreció el cielo y la ceniza cayó como la nieve. Me desperté a la mañana siguiente y la enfermera me dijo que había estado durmiendo casi un día entero.

—Hoy vienen unas personas de una iglesia de Harmony —me dijo.

—Yo soy de Harmony —dije.

—Ah —dijo ella—. Entonces, los conocerás.

Cuando el pastor Green y Johnny llegaron al campus, se lo enseñé. Les conté que había visto la luz. Había dejado las drogas y ya no tenía los mismos apetitos. El pastor Green se quedó impresionado. Aquella noche

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estudié la Biblia con él y le dije que sentía lo que había hecho. Me puso la mano en el hombro y sonrió.

—Me recuerdas a Paul —dijo.

Para cuando se terminó el fin de semana, había convencido al pastor Green y a Johnny de que me dejaran volver a Harmony. Les dije que quería trabajar para la iglesia.

Durante meses trabajé en la Primera Iglesia Bautista e hice todo lo que me pidieron. Iba a todos los ser vicios y reuniones de oración. Al mismo tiempo, preparaba mi plan. Soñaba con el monje prendiéndose fuego. La noche antes de llevar a cabo mi plan, Cleo vino a verme. Vimos una película de cine negro en la televisión. Se había teñido el pelo de rojo y había conseguido un trabajo en la biblioteca. Fumamos un poco y nos liamos. Se dio la vuelta para ponerse encima de mí y tamborileó un ritmo breve sobre mi pecho.

—Tengo que contarte una cosa —le dije.

—Qué —dijo—. Todo tu rollo cristiano es un cuento. Ya lo sé.

—No —dije—. Bueno, sí. Pero hay más. Tengo un plan.

—¿Cuál? —preguntó.

—Voy a inmolarme —le dije—. Háblale al mundo de la Constante.

Cleo se rio.

—Llámame mañana —dijo.

Me dio un largo beso de despedida. Esa fue la última vez que la vi.

A la mañana siguiente, me vestí y saqué el bidón de gasolina del garaje, lo metí en una bolsa de deporte y fui en coche a la misa dominical. El pastor Green dio un sermón sobre el precio del pecado y Johnny Belladona tocó sus canciones. Todo el mundo cerró los ojos para la oración final.

Caminé hasta el centro del santuario y me eché gasolina encima. No quería morir de manera pacífica. Quería bramar entre las llamas. Ahora puede parecer una estupidez, pero pensé que si estaba ardiendo ten drían que escucharme. Pero nadie me escuchaba nunca. Me había salpicado un poco de gasolina en los ojos. Me quedé ciego por un instante. Busqué a tientas las cerillas en el bolsillo. Intenté decir algo definitivo y profundo. Anunciar mi dolor. Proclamar como era debido a la Constante, pero no conseguía que me saliera nada. Recuerdo a Johnny corriendo hacia mí y que por accidente dejé caer al suelo la cerilla, que se prendió. Pensé que el fuego me destruiría, pero lo único que consiguió fue recordarme lo

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hermosas que eran las cosas. Lo sencillas y buenas. Ya no quería morirme. Pasó tan rápido. Lo jodí todo. En un momento dado estaba en el santuario ahogándome con el humo, al siguiente estaba fuera respirando el aire fresco de agosto.

Pronuncio los nombres de los muertos todas las noches antes de dormirme. Suplico la misericordia que no merezco. Le rezo a un universo sin dios, de rodillas sobre el suelo duro.

Mi vida no se terminará realmente a medianoche porque se ha terminado un millón de veces antes. No estoy seguro del porqué, pero, por algún motivo, se terminó el día en que Angel murió de manera súbita. Y se terminó cuando el padre de Paul encontró la fotografía. Y se terminó cuando entré en esa iglesia. Y se terminó el día que nací a este mundo. Y se terminó hace diez mil años.

Mis abogados intentaron sacar a colación la enfermedad mental. Y querían que testificara durante la sentencia que no había querido incendiar la iglesia. Decían que quizá serviría para despertar la compasión de algu nos miembros del jurado. Que había sido un accidente desafortunado. Quizá así no me condenarían a muerte. Pero yo no quería que nadie supiera aquellas cosas.

Todo tenía que ver con la Constante. Algo sobre el tiempo y su mejor amigo, la impermanencia. La trágica belleza de la flor del cornejo al caer tenía que ver con eso. He decidido que mis últimas palabras vayan por ahí: cómo la vida acaba por fallarnos a todos.

Sigo pensando en el futuro, incluso ahora. Echo de menos a Cleo. Echo de menos a Paul. A ellos también les hice daño, no lo olvidéis. He hecho cosas horribles. Una vez pegué a mi madre y destrocé el coche de un desconocido y le robé tres mil dólares a mi padre para comprar droga. Cuando tenía catorce años me perdí el funeral de mi abuelo porque no quería parar de jugar a los videojuegos. Maté y me matarán.

No siempre fui bueno, no siempre fui malo.

Las cosas se vuelven más claras al final. La vida era lo que hacía entre el amanecer y la puesta de sol. Extraña forma de vida la nuestra. Como cuando era niño y me encantaba ir en tren a Asheville. Siempre me iba al último vagón. Observaba las vías tras de mí y la manera en que el paisaje aparecía ante la vista. Los pueblos solitarios aparecían ante la vista, después desaparecían en la distancia. Solía soñar con vivir en uno de aquellos pueblecitos. Supongo que Harmony habría estado igual de bien.

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Ya no me quedan sueños. Todo mi miedo ha desaparecido. Aunque lo que ocupa mi mente no es el momento de la muerte. Son esos viajes en tren de mi infan cia. Me recuerdan a mi primer amigo y a su madre que murió. Era una corredora de fondo que llevaba pañuelos azules en el pelo. Tenía una ranchera y los asientos de atrás estaban al revés y encaraban la gran luneta trasera. En eso estoy pensando. En esa sensación de avanzar, pero solo ser capaz de ver lo que tienes detrás.

Esta medianoche será mi última medianoche. Las constelaciones, me las imagino a cada una en su lugar. Al cornejo también. No veré caer las últimas flores. El capitán Tom ha entrado y me ha dicho que estaban aquí mi abogado y un sacerdote y le he dicho que les diga que se vayan. De nada me sirven ya la ley o la religión. Me he comido mi bocadillo de carne de cerdo deshilachada hace un rato. He pedido una cerveza fría en el último minuto y el capitán Tom se las ha arreglado para colar una Miller High Life a hurtadillas. Me la he bebido a sorbos, sentado y pensando en las miles de cervezas como esa que me he bebido y en las miles más que no me beberé nunca. Leía la palabra «life» una y otra vez, hasta que ha dejado de tener sentido. Qué cosa más tonta es morirse.

No sé si alguien leerá esto. Quizá lo destruyan junto con mis demás cosas o quizá caiga en manos de algún pobre desconocido. Las divagaciones de un asesino. No me molesta lo que sea que digan de mí. Sé que la verdad siempre es más compleja. Ahora faltan dos minutos para la medianoche. El capitán Tom está aquí. Es hora de irse. Para terminar, solo diré esto: si hay algo que améis, abrazadlo fuerte, porque no hay manera de saber cuándo vendrán a quitároslo.

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FARBER, 2005

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Farber conducía su motocicleta amarilla por el centro de Harmony con un borsalino negro nuevecito que había comprado por internet. Cuando era más joven, solía empolvarse la cara de color blanco y, a veces, cuando se le antojaba, también se pintaba los labios de negro. La gente del pueblo lo llamaba Marilyn Manson, aunque él prefería a Morrissey. Una larga cicatriz roja le recorría el pecho, del esternón al ombligo. Era el resultado de una operación de emergencia cuando solo tenía una semana. En aquella época creían que se podía ser demasiado pequeño para la anestesia. Durante años, al cerrar los ojos por la noche, soñó que el lento bisturí volvía a cortarle la piel. Nunca le había confesado a nadie que se acordaba del dolor y nadie le preguntó al respecto.

Era verano otra vez, había vuelto el calor. Farber dobló a la derecha en la calle Center, mientras el sol avanzaba lentamente a ras del horizonte. Llevaba trabajando en la biblioteca unos cuantos meses y estaban a punto de contratarlo a jornada completa porque no en contraban a nadie que entendiera el sistema informático. Oficialmente estaba contratado como informático, pero al poco tiempo pasó a considerarse el director del lugar. La bibliotecaria principal, Karen, era una idiota peculiar. Hablaba sin parar de teorías de la conspiración y sentía un desprecio casi universal por el prójimo. Era la única que quedaba de la antigua biblioteca, que habían hecho implosionar en un gran espectáculo al que Karen se había negado a asistir porque decía que no era más que un edificio ridículo, voladlo de una vez.

La nueva biblioteca era un edificio moderno de cristal de tres plantas. En la planta de arriba estaban la oficina de Karen y el archivo municipal. La planta principal que estaba en el bajo contenía el mostrador de recepción, los ordenadores públicos y los libros para niños. La sección infantil tenía un gran mural de un dragón y una princesa. Alguien había donado una bañera antigua con las patas en forma de garras y a Farber se le ocurrió la idea de llenarla con cojines para que los niños pudieran leer

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dentro. En la segunda planta estaban el resto de las estanterías y espacios de lectura. A veces los drogadictos que buscaban un sitio para echar una cabezada se quedaban dormidos en la sección de historia. Farber tenía que azuzarlos para echarlos antes de cerrar. Se pasaba la mayor parte del día ayudando a la gente con internet. Venían a buscar todo tipo de cosas. Desde notificaciones bancarias a porno de arenas movedizas. Se pasaba las horas detrás del mostrador de préstamos supervisando lo que buscaban en las páginas web. Karen le dijo que bloqueara cualquier página que le pareciera inapropiada. A menos que uno de los chavales autistas se metiera en algo realmente duro, por lo general lo dejaba pasar. Hacía mucho que había abandonado cualquier sentido de la vergüenza o la moralidad. Insomne furibundo, Farber había pasado la mayor parte de su vida en línea desde temprana edad. Había encontrado una comunidad de personas que buscaban consolarse de la realidad. Cuando estaba conectado, tenía el control. El mundo real ofrecía demasiadas oportunidades para la humillación y el arrepentimiento. Cuando estaba conectado, si se cansaba de su personalidad, se cambiaba sin más de nombre de usuario y se convertía en otra persona. De niño, en las largas y desoladas horas que pasaba solo en su habitación cuando no podía dormir, buscaba las peores cosas que se le ocurrían. Ahora, para combatir el insomnio, había adoptado una rutina estricta. Después de que se durmiera su madre en la planta de arriba, se pasaba casi toda la noche jugando en la red. Su avatar era una ninfa con los ojos de fuego. Deambulaba por el bosque y, al concluir sus viajes místicos, dormía unas cuantas horas. Se despertaba a las siete de la mañana, desayunaba dos Hot Pockets y se iba al trabajo en su motocicleta.

Cuando Farber entró en el aparcamiento de la biblioteca, el coche de Karen ya estaba allí. A veces, Farber pensaba que Karen dormía en el aparcamiento. Siempre en el mismo sitio. La luz de su oficina estaba encendida. Todavía estaba un poco oscuro fuera. Cerca de la puerta estaba sentada una mujer joven con un bonete azul y un vestido que le llegaba por los tobillos, con una niña en brazos. La mañana todavía era fresca, pero la niebla se estaba evaporando. Farber la reconoció como uno de los Hijos Amarillos de Dios, una secta cristiana que había surgido en la década de los setenta en el condado. Sus miembros renunciaban a todos sus bienes terrenales para seguir a un oscuro teólogo alemán. Las mujeres llevaban vestido largo al estilo amish y los hombres sombrero negro y barba. Rara vez se los veía en el pueblo sin otros miembros de su grupo. Farber le

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sonrió y caminó hacia la puerta delantera y la abrió con su tarjeta magnética.

—Por fin —dijo la mujer—. Llevo aquí horas.

—No abrimos hasta dentro de diez minutos —dijo Farber.

—Necesito usar el baño —dijo ella.

Farber miró al bebé, tenía una especie de costra alrededor de la boca. —Está bien —dijo Farber—. Pero mi jefa está arriba. No digas nada. La mujer se abrió paso a codazos hacia el interior. Corrió al baño y

cerró la puerta tras de sí. Farber puso sus cosas sobre la mesa y empezó a guardar los libros que el turno del fin de semana no había terminado de poner en las estanterías de la segunda planta. Sonó el teléfono de la recepción. Corrió a contestar.

—Biblioteca —dijo—. ¿En qué puedo ayudarle? —¿Has hecho ya el café? —preguntó Karen. Estaba llamando desde la planta de arriba. —Todavía no —dijo Farber.

—Cuando tengas el café, sube —dijo Karen—. Te nemos que hablar.

—Vale —dijo Farber, y colgó.

Hizo una jarra de café bien cargado en la sala del personal y llenó la taza enorme de Karen. Mientras caminaba hacia el ascensor y pulsaba el botón, la mujer y su hija salieron del cuarto de baño. La niña estaba llorando, pero no parecía que la mujer se diera cuenta ni que le importara. Se había quitado el largo vestido y ahora llevaba unos vaqueros cortos cortados y una camiseta de tirantes azul; todavía tenía puesto el bonete azul.

—¿Funcionan esos ordenadores? —preguntó la madre—. Necesito usar el ordenador.

A Farber le sorprendió de repente la cantidad de piel que estaba mostrando.

—S í —dijo—. Funcionan, pero todavía no, en realidad. O sea, tengo que encenderlos.

—Vale —dijo ella—. ¿Los puedes encender o no?

—S í —dijo Farber—. O sea, técnicamente no estamos abiertos todavía…

—Alo mejor puedes hacer una excepción —dijo ella.

Se dio la vuelta y se quitó el bonete y los mortecinos tubos fluorescentes revelaron su cara. Farber se dio cuenta por primera vez de

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que tenía los ojos de distinto color. Uno castaño, el otro azul. Llevaba el pelo cortado al rape y en la nuca lucía un tatuaje con la figura de un ocho que parecía hecho en casa. Tenía la cara bronceada, pero ninguna otra parte, como si trabajara todo el día al aire libre. Farber se dio cuenta de que no era mu cho mayor que él, quizá dos o tres años. Nunca antes había estado completamente solo en presencia de una mujer tan hermosa, con tan poca ropa y en esa actitud. Se le marcaban los pezones en la camiseta, no llevaba sujetador y, cuando se inclinó para dejar a su hija en el suelo, Farber le vio los pechos al completo. En su casa, Farber fantaseaba constantemente, y casi todas sus fantasías involucraban a personajes de ficción. Ahora, con esa extraña mujer de carne y hueso frente a él, ya no tenía el control de nada. Odiaba el aire que se interponía entre ellos.

—¿Vas a encender los ordenadores? —preguntó ella.

—Tengo que llevar este café a la planta de arriba —dijo Farber—. Para mi jefa.

—Dios santo —dijo ella.

—Lo siento —dijo él.

Se metió en el ascensor y, mientras se cerraba la puerta, sacó un inhalador y aspiró una buena dosis. Las puertas se abrieron en la tercera planta y Farber caminó por el pasillo hasta la habitación de Karen. Estaba escuchando a Rod Stewart en un diminuto estéreo portátil con reproductor de CD, leyendo las páginas de cuaderno garabateadas que tenía en el escritorio, pelando una naranja.

—Perdona el retraso —dijo Farber—. Te he traído el café.

Ella no dijo nada y siguió leyendo.

Farber se preguntó si debería sentarse, pero en lugar de eso echó un vistazo a la oficina de Karen. Fotos de su marido gordo. Libros de crecimiento personal. Dorsales descoloridos de medias maratones que había corrido hacía décadas. Un cartel sin enmarcar de un tigre que decía

LA PROCRASTINACIÓN MATA en el suelo.

—Café —dijo Karen—. Dámelo.

Farber se lo alargó.

—Tenemos que hablar —dijo ella sin levantar la vista—. Tengo que reducirte las horas de trabajo.

—Pero si estabas a punto de contratarme a jornada completa —dijo él. —Ese era el plan, pero nos hemos topado con un inconveniente con tu

seguro médico —dijo Karen.

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—¿Qué clase de inconveniente? —preguntó él.

—Han dicho que tienes una enfermedad cara —dijo Karen—. Eso te mete en un grupo de riesgo muy alto.

—Cuando era muy pequeño me operaron del corazón —dijo Farber.

Karen levantó la mano.

—No me hace falta saber tu historial clínico —dijo ella—. Lo único que necesito es que trabajes tus horas sin los beneficios.

—No me parece muy justo, la verdad —dijo Farber.

Karen lo miró entonces, confundida por su ignorancia.

—Tengo que hacerme pruebas médicas para monitorizar la enfermedad cardíaca —dijo Farber—. Exámenes caros cada seis meses.

Karen levantó la mano.

—No quiero saber si te estás muriendo —dijo—. ¿Te estás muriendo? —Ahora mismo no —dijo Farber.

—¿Puedes hacer las horas o no? —preguntó Karen.

—Claro —dijo él.

Bajó en el ascensor y volvió a usar el inhalador. La mujer estaba durmiendo en uno de los grandes sillones de lectura con su hija. Farber abrió la puerta principal y empezó a encender los ordenadores uno a uno. Las primeras personas que llegaron devolvieron libros y después empezaron a sentarse en los ordenadores y entraron unas cuantas madres con niños y fueron a la sección infantil. El día transcurrió como muchos otros para Farber, con la excepción de aquella extraña mujer. Alrededor del mediodía, Karen bajó para ocuparse del mostrador de recepción mientras él iba a almorzar al centro.

—No te entretengas —dijo Karen—. Tengo cosas que hacer.

Farber fue a la cafetería Starlight y pidió una hamburguesa con queso y un batido y se los llevó para comérselos en el mostrador de recepción. Cuando terminó de comer, echó un vistazo y vio que la mujer durmiente se había ido, una de las tantas personas que venían a dormir la siesta buscando un sitio fresco donde pasar las horas de calor, pero, en cuanto pensó «Nunca la volveré a ver», ella apareció saliendo del cuarto de baño.

—¿Por qué no me has dicho que ya funcionaban los ordenadores? — preguntó.

—No quería despertarte —dijo Farber.

Ella le sonrió. Él estaba paralizado.

—Necesito que me ayudes —dijo ella.

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Farber la siguió hasta un ordenador y ella le enseñó un documento.

Farber notó que volvía a llevar puesto el bonete.

—¿Sabes cómo puedo ponerme en contacto con esta gente? — preguntó ella.

Era la escritura de venta de una casa en la calle South Mulberry.

—¿Con quién quieres ponerte en contacto exactamente? —dijo Farber.

—Con la gente que ha vendido la casa —dijo ella.

Farber miró el documento con más atención.

—Parece que la compañía de seguros vendió la casa —dijo Farber—. ¿Ha sido una ejecución hipotecaria?

—No lo sé —dijo ella—. Quizá. No sé nada de estas cosas.

—Yo tampoco —dijo Farber—. Parece que se la vendieron a una agencia inmobiliaria.

Farber la buscó en Google y encontró su página web.

—¿Me dejas usar tu teléfono? —preguntó ella.

—Puedes usar el que está detrás del mostrador de recepción —dijo Farber.

Ella volvió a sonreír y Farber sintió una conexión súbita con ella. Lo de que se hubiera cambiado de ropa ya no parecía tan extraño. Deseó conocerla desde hacía mucho tiempo.

—¿Te importa vigilar a mi hija un segundo? —preguntó ella.

—Claro —dijo él—. La veo desde el mostrador.

La niña estaba durmiendo en el sillón grande y también se había vuelto a poner el bonete. La mujer, de pie junto al mostrador, marcó el número de la empresa.

—Hola, sí —dijo—. Llamo por una propiedad en la calle South Mulberry que se ha vendido hace poco. El número 241. Sí, exacto. Me preguntaba qué ha pasado con la propietaria anterior. Ajá, ajá. No, la propietaria anterior a eso. Ah. ¿Cuándo? De acuerdo, gracias.

Colgó el teléfono y se sentó delante de un ordenador y empezó a hacer más búsquedas. Las horas se esfumaron y Farber buscó nuevos poderes para su avatar y vio dibujos animados en una televisión diminuta. Karen no lo llamó en toda la tarde y, sin darse cuenta siquiera, se hicieron casi las cinco, una hora antes del cierre. La gente empezó a concluir sus asuntos. La mujer regresó al mostrador y le preguntó a Farber si podía volver a usar su teléfono.

—Claro —dijo Farber—. Sin problema.

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Le encantaba la manera en que ella, de pie, sujetaba el teléfono y se enredaba el cable entre los dedos.

—S í, hola —dijo ella—. Estoy buscando a una de sus inquilinas, la señora Miller. Sí. Claro. Bueno, soy su hija. Oh, vaya. ¿Puede volver a comprobarlo? De acuerdo. ¿Puedo hablar con ella? Ya veo. Vale. Gracias. Volveré a intentarlo más tarde. Adiós.

Colgó.

—¿Has encontrado lo que buscabas? —preguntó Farber.

—Creo que sí —dijo ella—. Gracias por ayudarme.

Se dio cuenta de que se habían quedado solos. La biblioteca estaba tranquila y silenciosa. Su momento favorito del día.

—Entonces ¿vives por aquí cerca? —preguntó Farber.

—Antes vivía aquí —dijo ella.

Después se dio la vuelta y se quedó quieta.

—¿Dónde está mi niña? —preguntó.

—¿Qué? —dijo Farber.

—Mi hija —dijo ella—. ¿Dónde está?

—Ahí mismo —dijo Farber, y señaló el sillón vacío—. Bueno, estaba justo ahí hace un minuto.

—Te he dicho que la vigilaras —dijo ella.

—Lo siento —dijo Farber—. No puede haber ido muy lejos. —¡Carolina! —gritó ella—. ¡Carolina! ¿Dónde estás?

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Mientras corría por la biblioteca llamando a Carolina a gritos, Cleo pensó en la noche en que se marchó de Harmony hacía cinco años. Fue en aquellos días frenéticos después del incendio. La lluvia caía con la autoridad del Antiguo Testamento. El fango espeso hacía que algunas calles fueran intransitables, pero Cleo siguió conduciendo de todas maneras pese a las advertencias de la extraña voz robótica que la prevenía desde la radio, interrumpiendo la emisión de música clásica a medianoche. Intentó fumarse un cigarrillo, pero no encontraba el encendedor. El agua se coló por la capota de lona del Jeep y Cleo ya no podía ver la carretera. Al tomar una curva antes de un puente, patinó en el agua. El Jeep dio tres vueltas y se detuvo bruscamente en una zanja que casi rozaba el puente. Los faros iluminaban los vientos huracanados en lo alto de los oscuros magnolios. Cleo se desprendió de la oscuridad por un instante y su corazón se sintió atraído hacia una luz pura y embriagadora. Un ángel de la muerte, pensó, hasta que se acordó de que no creía en esas cosas.

—L árgate —le dijo a la luz.

Estaba segura de la luz, pero no podía saber qué significaba o de dónde provenía, solo que sus ojos se iban desvaneciendo en ella. Pasaron muchas horas, pero para Cleo fueron minutos.

Recordó la luz mientras buscaba a Carolina por la biblioteca. Peinó la sección de historia, la de antropología y la de ciencias biológicas. Carolina siempre había sido una niña ansiosa, pensó. Incluso en el útero. Siempre forcejeando para salir. Casi rasguñándome para liberarse. Cleo pensó en que Carolina ya estaba creciendo en su interior cuando el Jeep se salió de la carretera aquella noche de hacía cinco años. No lo sabía entonces. Se lo confirmarían al cabo de unas semanas, cuando ya la habían rescatado. Después de encontrarla al pasar por allí en camioneta, los hombres barbudos empapados de lluvia y sus oscuras siluetas tras las linternas golpearon el Jeep mientras ella se despertaba. Una lágrima de sangre le corría labios abajo. Le preguntaron si estaba bien y ella volvió la cabeza

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para ver si sabía dónde estaba y a sus espaldas solo encontró la luz cegadora de las linternas y la noche húmeda.

—No sé cómo he llegado hasta aquí —dijo.

Mientras los hombres la guiaban, calada y gimoteando, a su vieja camioneta, y mientras la llevaban por delante de árboles caídos y casas en ruinas, se dio cuenta de que había estado conduciendo en línea recta hacia algo terrible y que, de no haber fallado los neumáticos en aquel preciso instante, se la habría tragado el olvido. Muchas veces, en los años que siguieron, deseó justo eso: que se la hubieran llevado por delante, pero no pasó; Cleo sobrevivió y el bebé, la niña a la que le puso el nombre de su estado natal, sobrevivió también.

—¡Carolina! —gritaba Cleo ahora por toda la biblioteca.

Volvió a ver al tipo del borsalino. Tenía la boca floja y fea. Era como una versión flaca de un hombre gordo. Se había compadecido de él mientras estaba esperando fuera, pero se daba cuenta de que en otra vida podrían haber sido amigos. Percibía en él un profundo dolor.

—¡Carolina! —gritó—. No es gracioso.

El tipo del borsalino se le acercó.

—Te dije que la vigilaras —le dijo Cleo.

Se sentó y lloró. Se vio arrastrada al pasado. El tiempo se esfumó. Su vida se rebobinó hasta detenerse en el momento en que empezó a creer en Dios. Fue un proceso lento. Con el tiempo, sus antiguas dudas se convirtieron en una reliquia alojada en su interior. Tuvo que ver con descubrir que estaba embarazada. Para entonces, llevaba muchos meses en las instalaciones con los hombres barbudos y sus mujeres con bonetes. Le dijeron que era una señal y que significaba que estaba destinada a ser parte del rebaño de los elegidos. Para ella, era una cuestión práctica. No podría haber tenido a la niña ella sola. No podía enfrentarse a sus padres. Así que pensó que por qué no fingir un tiempo.

Sus liberadores se llamaban a sí mismos discípulos del naturalismo cristiano y adoraban a Jeremiah Van derlip, quien creía que el torrente sanguíneo está lleno de demonios y que nunca hay que vestirse de rojo. Se llamaban a sí mismos los Hijos Amarillos de Dios. Le dieron ropa a Cleo, vestidos largos. Todas las noches había montañas de comida recién recogida de la huerta. Tenía su propia habitación que daba a los campos y se despertaba cada mañana con el olor del café negro y del beicon

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friéndose. Apenas recibían noticias del mundo exterior, lo que a ella le parecía bien. No quería leer nada sobre Iggy ni el incendio.

Había un colegio, pero no la hacían ir. Creían que las adolescentes embarazadas estaban más cerca de Dios. Pero después de que diera a luz con la ayuda de una comadrona mayor que ella, la convirtieron en maestra de la guardería. Uno de los muchachos, que tenía casi veinte años, los ojos verdes e intensos y se llamaba Jamie, la detuvo un día de camino al trabajo.

—Así que tú eres nuestra madre virgen —dijo.

—No soy virgen —dijo Cleo.

—Era una broma —dijo él.

Cleo sonrió y él pareció quedarse con su sonrisa y aprisionarla. Se enamoró de Jamie del mismo modo que se había enamorado de Jesús, por costumbre. Todas las mañanas al amanecer, despertaba a los niños. Desayunaba al sol y se pasaba el día rodeada de niños. Le encantaban, pero quería estar con alguien de su edad. Jamie siempre estaba allí cuando ella terminaba su jornada. Cenaban todos en una mesa larga. La comunidad entera.

—Jesús siempre está contigo —le dijo Jamie en su primera cita.

—¿Es verdad eso? —dijo Cleo.

Pero, al cabo de un tiempo, de forma completamente inesperada, pensaba mucho en la idea de que había un ser omnisciente ahí fuera. Sintió que Jamie era digno de sus secretos y le habló de la noche que pasó con Iggy la víspera del incendio y de que había estado acostándose con Paul a espaldas de Iggy. Estaba con Paul cuando murió. No se veía con fuerzas para deshacerse del bebé. Era lo único que quedaba de Paul.

Jamie le dio un abrazo.

—Te quiero —dijo—. Jesús también te quiere.

Cleo se casó con Jamie no mucho después de aquello y se mudaron a una casa que él construyó para ella en una colina. Se quedaban hablando hasta altas horas de la noche; a primera hora de la mañana ella paseaba al perro y él preparaba el café. Siempre era agradable con Cleo y amable con Carolina.

Entonces, una mañana, Jesús se le apareció a Cleo durante un paseo.

Habló y sonó tan real como cualquier hombre.

—No soy tu padre —dijo Jesucristo—. Soy tu hermano.

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Cleo dejó de andar, sin estar segura de si estaba teniendo una alucinación.

—Te acompañaré a lo largo del camino —dijo Jesucristo—. Búscame y me encontrarás.

Cleo vio a Jamie jugando con Carolina en la hierba y pensó: «Si Dios le concede la bondad, entonces creeré en Dios». Después pronunció su nombre en voz alta.

—Jesús —dijo—. Creo en ti.

Se lo contó a Jamie aquella noche y él le agradeció su franqueza.

—Sabía que dudabas —dijo—. Desde el día en que te conocí.

La besó.

Vivieron unos meses de dicha y libertad.

Entonces, una noche, Jamie se acercó a ella.

—Hay algo que quiero decirte —dijo.

Se levantó y cerró la puerta. Era tarde y habían estado bebiendo vino de muscadinia.

—Espero que no me juzgues —dijo él.

«Cómo de malo puede ser. Es mi marido. Ha confiado en mí. Lo apoyaré pase lo que pase», se dijo Cleo.

—Me han elegido para que tenga otra esposa —dijo.

Cleo se quedó sentada en silencio. Sabía que los ancianos tenían muchas esposas, pero nunca se le había pasado por la cabeza que Jamie se casaría con otra mujer.

—Bueno, pero les has dicho que no, ¿verdad? —preguntó.

Jamie negó con la cabeza.

—Podría ser muy importante para nosotros —dijo—. Nadie consigue una segunda esposa a mi edad. Podría ser uno de los ancianos dentro de diez años.

—Es por Carolina —dijo Cleo—. No es hija tuya.

—No —dijo Jamie—. No lo entiendes.

—No creo que tú lo entiendas —dijo Cleo—. No pienso vivir así. —Aquí se hace lo que yo diga —dijo él—. Soy el cabeza de familia. Esa noche, cuando Jamie se hubo dormido, Cleo fue a la habitación de

Carolina y la abrazó. La envolvió en un pañuelo alrededor de sus pechos, salió por la ventana y fue caminando hasta donde estaban los ancianos. Irrumpió sin permiso entre ellos, que estaban bebiendo junto al fuego.

—Mi niña está enferma —dijo—. Necesito la camioneta.

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—No puedes entrar aquí de esa manera —dijeron.

Cleo siempre había odiado a los ancianos. Eran unos vejestorios asquerosos que no sabían nada del mundo.

—Mi niña está enferma —volvió a decir—. Necesito la camioneta.

—Uno de nosotros te llevará —dijeron.

—No, necesito hacer esto sola —dijo ella—. Es privado. Un asunto de mujeres.

—¿Dónde está tu marido? —le preguntaron.

Llamaron a la puerta.

—¿No hemos tenido bastantes interrupciones por una noche? — dijeron los ancianos.

Era Jamie.

—Lo siento muchísimo —dijo—. Yo me ocuparé de esto.

—Muy bien —dijeron los ancianos—. Vete.

Aquella fue la primera noche que Jamie le pegó con el cinturón. Cuando terminó, se sintió mal, trató de convencerla para que no se fuera. El tiempo avanzó en ciclos de palizas y súplicas hasta que Cleo elaboró un plan. Esperó muchas semanas a que él bajara la guardia. Carolina y ella a veces podían ir al pueblo con los ancianos cuando iban al mercado agrícola. Jamie había recelado de ella, pero esa semana le dio permiso. En cuanto llegaron al mercado, Cleo corrió hacia un policía y le pidió que la llevara de vuelta a Harmony. Estaba en apuros. El policía le dijo que no podía hacer nada. Cleo tendría que interponer una denuncia. Jamie le pegó dos días seguidos por aquel episodio. Entonces no pasó nada durante un mes. Ninguna paliza. Como siempre, los días se hacían eternos. Empezaron a planear el cumpleaños de Jamie. Él le contó que estaba ahorrando.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.

—Ya lo verás —dijo él.

Cuando llegó el día, cenaron, abrieron los regalos, cantaron el cumpleaños feliz. Cortaron la tarta y metieron a Carolina en la cama y después se sentaron junto al fuego.

—Es hora de mi regalo —dijo él.

—Ya hemos abierto los regalos —dijo ella.

—Mi otro regalo —dijo él.

Sacó una fotografía.

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—Esta es Jacqueline —dijo—. Es del asentamiento de Love Valley.

Vendrá a vivir con nosotros por Navidad.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Cleo.

—Quince —dijo Jamie.

—¡Te odio! —gritó ella—. ¡No pienso vivir con ella!

—Silencio —dijo Jamie.

Le pegó un puñetazo y Cleo cayó al suelo. Después Jamie se tumbó encima de ella. Cleo intentó darle patadas, pero él volvió a golpearla. Con cada golpe, ella se volvía más fuerte. Cada vez que la golpeaba, ella le devolvía el golpe con más contundencia. Jamie la agarró por la garganta. La oscuridad se cernía sobre ella, pero siguió pegándole. Sintió que se iba quedando sin fuerzas, pero antes de que se desmayara, una rendija de luz cayó sobre ellos. Jamie dejó de asfixiarla. Carolina estaba en la puerta.

—Vuelve a la cama —gritó Jamie.

Jamie se acercó a Carolina.

Cleo se abalanzó sobre su espalda y le tiró del pelo hasta que él cayó hacia atrás y se golpeó la cabeza contra el suelo de madera.

Con una mano agarró a Carolina y con la otra un atizador de la chimenea. Sin pensarlo, lo dejó caer con fuerza sobre la cara de Jamie. A fondo con cada porrazo. Cerró los ojos y golpeó hasta que él cayó al suelo rogándole que parara. Salió corriendo hasta la casa de los ancianos. Estaban jugando a las cartas. Cleo llamó a la puerta.

—¿Qué pasa? —dijeron.

—Necesito la camioneta —dijo ella.

—¿Para qué? —preguntaron.

Cleo vio las llaves sobre la mesa, las cogió y salió corriendo por la puerta. Fueron tras ella, pero era demasiado rápida. Condujo a través de la noche rumbo a Harmony, a su antigua casa. Estaba vacía. Durmió en la camioneta, pegada a Carolina. No había nada abierto a esa hora. No tenía dinero y estuvo conduciendo hasta que vio la nueva biblioteca y estacionó en el aparcamiento y esperó a que abrieran.

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Trudy oyó el jaleo en la biblioteca desde la sala de lectura de la planta de arriba. Iba allí por las tardes porque en verano era un lugar fresco y silencioso. Cinco años antes, habían esparcido las cenizas de Johnny en el río Bluebird, como él había pedido, así que la biblioteca era lo más parecido a una lápida. A Trudy le encantaba perderse en alguna novela voluminosa sola allí arriba y soñar con Johnny.

Después del incendio, Trudy se había convertido en una pequeña celebridad. Empezó a llegar el dinero de las donaciones y creó una fundación para construir una nueva biblioteca. También conoció a un hombre. Se llamaba Ringo P. Wilson, era de la policía de carretera. Después del incendio, le encomendaron que protegiera a Trudy. Se pasó semanas sentado en el coche patrulla frente a la puerta de su casa. Era un hombre grueso y alto. Había sido defensa de fútbol americano y capitán de los Marines. Después del incendio, Trudy recibió amenazas de muerte. Una especie de teoría de la cons piración. La gente aseguraba que era una actriz de simulacros de emergencia.

—No quiero que te separes de mí en ningún momento —le decía Ringo cuando iban a cualquier parte.

A ella no le importaba no separarse de él. Le encantaba lo ceñido y limpio que llevaba el uniforme. Su manera de gastarle bromitas mientras iban y venían del coche.

A Trudy le parecía que era como los hombres con los que solía salir en la adolescencia, antes de conocer a su marido. Hombres sencillos, que sabían lo que querían. La hizo sentir bien que la abrazaran otra vez. Sucedió una noche, cuando Ringo la llevó a casa desde la tienda.

—Ya no estoy de servicio —dijo Ringo.

—¿Y qué? —dijo ella.

—He pensado que a lo mejor… —dijo él—. A lo mejor podríamos, ya sabes, relajarnos juntos.

—Has creído mal —dijo ella y entró en la casa.

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Un segundo después, volvió a salir.

—Era una broma —dijo—. Ven aquí.

Ringo era amable con ella y no se separaron en los cuatro meses siguientes. Pasaban las noches bebiendo vino barato y viendo reality shows. Se casaron en la nueva iglesia bautista y fueron de luna de miel a Gatlinburg.

Trudy pensaba a menudo en lo paradójica que era la vida. Deseaba tanto que Johnny y Ringo hubieran podido conocerse. Pero si Johnny no hubiese muerto, no habría conocido nunca aquella felicidad con Ringo.

Escuchó a alguien gritando en la planta de abajo.

—Carolina —gritaba la voz—. ¿Dónde estás?

Una mujer joven, con un bronceado intenso, gritaba. Trudy bajó por la escalera. La muchacha estaba frenética. Trudy le tocó el hombro y la miró fijamente a los ojos. Le dijo que respirara hondo.

—Me llamo Trudy —dijo—. ¿Cómo te llamas?

—Cleo —dijo la muchacha.

Cleo se volvió hacia ella, reconociéndola.

—¿Te conozco? —le preguntó.

—No lo sé —dijo Trudy—. Me llamo Trudy. ¿Me conoces?

—No encuentro a mi hija —dijo Cleo—. ¿La has visto?

—No te separes de mí —dijo Trudy—. Sé que está por aquí, en alguna parte.

Recorrieron las estanterías, una a una, llamando a Carolina.

Farber se les unió.

—Señorita Trudy —dijo Farber—. Karen ha dicho que tenemos que llamar a la policía.

—Tonterías —dijo Trudy—. La chiquilla anda por aquí, estoy segura.

A los niños les gusta jugar al escondite.

Entonces oyeron un llanto. Provenía de la sección infantil. La bañera. Los tres corrieron hacia ella y encontraron a Carolina acurrucada, llorando sola. Salió y en vez de correr hacia Cleo, corrió hacia Trudy. Con los ojos llenos de lágrimas.

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4

Unos meses después, Farber estaba desayunando en un Waffle House mientras un hombre mayor trajeado le gritaba a su teléfono en la mesa de al lado. El teléfono no funcionaba. Farber le preguntó si se encontraba bien. El hombre dijo algo sobre una reunión importante. Farber tardó veinte segundos en arreglarlo. El hombre le pagó el desayuno y, para cuando hubo terminado, Farber tenía un trabajo en Nuevo México. Al cabo de unas semanas dejó la biblioteca y se marchó en el coche. La gente era distinta en Nuevo México. No eran como en Harmony. Conoció a una chica llamada Beck por internet. Trabajaba como enfermera, era cariñosa y divertida, y sus ojos bondadosos eran tan azules como los de un ángel.

Farber vivía en un gran apartamento de una habitación en las afueras de la ciudad y por primera vez en su vida no debía preocuparse del alquiler. Trabajaba como informático personal del hombre del restaurante, que más tarde lo contrató como director del departa mento de informática de su empresa. Los empleados lo dejaban acceder a sus vidas personales sin pensarlo siquiera. En sus citas, le contaba a Beck detalles vergonzosos que descubría en sus ordenadores.

—Hay un tipo que es un furry —le contó.

—¿Un qué? —preguntó ella.

Cuando le dijo lo que era, ella se rio diez minutos seguidos. Una risa franca y alegre. Podría reconocerla desde la otra punta de una habitación abarrotada. La vida era mejor en Nuevo México, pero nunca se olvidaba de Harmony. Cuando llegó el frío, empezó a añorar cada vez más su pueblo natal, un lugar que nunca pensó que le importaría. Aquel día en la biblioteca no dejaba de llamarlo. Durante muchísimo tiempo, no pudo entender siquiera por qué había sido tan importante aquel día. No sabía describirlo con exactitud. Era como si pudiera asomarse al interior de los corazones de esas desconocidas. Habían experimentado algo juntos. Habían encontrado a una niña perdida, incluso aunque no andase lejos. La forma en que se quedaron todos delante de la biblioteca como si se

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conocieran de toda la vida. La luz cálida y dorada caía a su alrededor y el aire estaba cargado de dulzura. Nada horrible les había pasado aquel día. La joven madre —Cleo, dijo que se llamaba— y él, allí juntos, la niña todavía aferrada a Trudy; supervivientes de distintas tormentas arrastrados a la misma orilla.

Después de una cita en el cine, Beck le preguntó a Farber si podía ir a su casa. Hicieron el amor. Ella no le dijo que era su primera vez, y él no preguntó. Farber le contó que lo habían operado en su infancia y ella le besó la cicatriz.

—¿Duele? —le preguntó.

—No si me besas así —dijo Farber.

Ella era la única persona a la que le había permitido conocerlo por completo, la única que conocía su dolor secreto. Pero había más cosas que quería contarle. Quería hablarle de la biblioteca y de la niña que se perdió aquel día y de cómo se quedaron juntos allí de pie mientras el sol moría sobre las colinas, como una familia, aunque solo fuera durante cinco minutos. La niña se había quedado dormida en los brazos de Trudy, que al final se la devolvió a Cleo. El amor y el dolor no eran tan diferentes, pensó Farber. Se dio cuenta de que era capaz de grandes sacrificios.

Intentó contarle a Beck todo aquello, pero le salía mal.

—Había una madre y una niña y otra mujer —dijo.

Siguió y siguió y al final renunció a intentar contarle la verdad del asunto.

Beck lo besó. Fue el beso largo y lento de un nuevo amor. —¿Podemos hablar de eso por la mañana? —preguntó Beck—. Quiero

hacerlo otra vez.

—Vale —dijo Farber.

Ella apagó la lámpara. La habitación se quedó a oscuras.

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CLOUD, 2019

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Si no fuera por la guerra de Vietnam, no habría nacido. Su padre era un capitán del Ejército estadounidense. Su madre llevaba una rosa silvestre en el pelo, era camarera en una cafetería de Hanói. Se casaron y se mudaron a Estados Unidos, se instalaron en una pequeña ciudad universitaria del sur y le pusieron de nombre Alabama a su única hija. Se parecía a su madre y hablaba arrastrando las palabras con el acento sureño de su padre.

—Me llamo Alabama —decía—. Al para abreviar.

—Me llamo Joe McCloud —dije—. Todo el mundo me llama Cloud. La conocí mientras estaba en la universidad estudiando la poesía de

John Milton. Al era de allí, su padre dirigía la Facultad de Derecho. Era la ciudad natal de una arquitecta famosa llamada Mary Hutton Hart, una genia del modernismo temprano que despreciaba sus raíces sureñas, aunque eso no impidió que los gobernantes convirtieran la casa en la que había nacido en un museo, y en la farmacia vendían postales con su cara y todos los años un desfile en su honor atravesaba la plaza y pasaba por delante de la torre del reloj que había diseñado ella. La torre permanecía en silencio desde que la campana se estropeara décadas atrás. Nunca habían recaudado dinero suficiente para hacer que volviera a dar las horas como solía en las antiguas y lejanas tardes de los terribles años posteriores a la guerra. La primera vez que vi a Al fue a finales de otoño, bebiendo cerveza en la bolera, la única actividad cultural que había en varios kilómetros a la redonda. No pude resistirme a ella, a sus ojos de estrella de cine, botas de motero y vaqueros rotos. Al cabo de unas horas, me preguntó si quería ir a nadar desnudos a la piscina del motel a medianoche y le dije que sí. Nos metimos cocaína con las llaves de su coche detrás de un contenedor de basura y me tocó la cadera con las manos y me acercó a ella. Estuvimos de fiesta toda la noche con sus amigos del lugar en un granero abandonado y después nos liamos en el dormitorio de la casa de un hombre rico que ella sabía que estaba fuera por negocios. Tomamos unos somníferos tan fuertes que dormimos durante una tormenta. Estaba

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convencido de que todo aquello era un sueño secreto. La tormenta y las pastillas y la piscina del motel y el granero y la casa del hombre rico. Todo había sido una fantasía peligrosa.

O quizá la tormenta no tuvo lugar la noche que nos conocimos. Quizá aquella noche fue oscura y extraña como muchas otras profundas noches sureñas. Simplemente nos sentamos a hablar y beber cerveza desbravada y el mundo carecía de interés y el cielo estaba en cal ma sobre la torre del reloj estropeada cuya campana no sonaba.

La vida se me hace confusa. Se retuerce y se vira. Mis recuerdos más certeros del verano pierden las hojas y los verdes jardines de mis remembranzas se vuelven blancos con la nieve recién caída. Lo que sí recuerdo es una noche en que hablamos de la ciudad y de que los dos queríamos mudarnos al norte algún día, mientras ella conducía el coche de gran cilindrada de su padre hasta el cauce seco del río, su mano ardiente sobre mi muslo, y escuchábamos a Thin Lizzy.

—Coges las curvas muy rápido —le dije mientras volvíamos a la carrera a la ciudad por la carretera comarcal.

—No sé hacerlo de otra manera —dijo ella.

Aparcamos fuera del último autocine que quedaba en ciento cincuenta kilómetros a la redonda y vimos una película sin sonido; la cara enorme de Julia Roberts flotaba sobre los pinos.

—Deberíamos seguir conduciendo y no volver nunca —dijo ella.

—¿Adónde iríamos? —pregunté.

—A Misisipi —dijo ella—, a Nueva Orleans quizá, o a las partes buenas de Texas.

—Yluego qué —pregunté.

Se quedó allí callada como una piedra.

Era como si estuviéramos representando una especie de rebelión adolescente perdida en la que la libertad pura fuera solo una cuestión de estar en constante movimiento.

—Vale —dije—. Llévame a alguna parte. A ninguno de los sitios antiguos. Algún sitio nuevo.

Cruzamos la frontera y entramos en Tennessee, quizá esa fuera la noche de la tormenta, y conseguimos una habitación de hotel barata y nos quedamos en la cama bebiendo una infusión para dormir y fumando porros de hierba barata, exhalando por el extractor del baño. En la televisión que había en la sala del fondo del pasillo sonaron toda la noche programas

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mexicanos a todo volumen y no cruzamos ni una sola palabra. Hicimos el amor, pedimos una pizza, vimos películas del Oeste en blanco y negro sin sonido y nos dormimos al compás de la lluvia. El momento fue de una honestidad sencilla y deslumbrante. Qué puedo decir del placer salvo que escasearía en este mundo de no existir también el dolor.

En el camino de vuelta a casa, me dijo que tenía que irse y volver a la universidad en Virginia, que solo se había tomado un semestre libre para aclararse las ideas. Me dijo que quería seguir en contacto. Volvería para las vacaciones de primavera. A lo mejor podríamos volver a quedar.

—¿Por qué no me lo has contado antes de todo esto? —le pregunté.

Se volvió a quedar allí callada como una piedra.

O quizá dijo algo, me dio alguna explicación, pero ya lo he olvidado junto con un millón de otras cosas que solían llenarme de confianza, de una realidad que solía conocer. Ahora a veces me siento como si cada noche me deslizara hacia una niebla cálida y al despertar me encontrara en una isla remota.

Después de aquello, borré a Al de mi mente. Escribí mi tesis sobre El paraíso perdido. Me pasé los años posteriores a la graduación trabajando en el cine, escribiendo poemas malos sobre amores truncados. Empecé a salir con Vicky, la proyeccionista, y un año después nos fuimos a vivir juntos. A veces, aquellos años regresan a mí como una súbita lluvia vespertina. Vicky era delgada y tierna, tenía el pelo rosa y un tatuaje de un robot. Quería algo más de lo que el mundo le había dado. Echando la vista atrás, si soy sincero, no puedo evocar el sentimiento de un solo día junto a ella, pero, en cambio, su recuerdo es como una sensación nítida que puedo convocar cuando quiera, como el olor de los girasoles o los sonidos de una feria del condado.

Hacía años que no pensaba siquiera en Al cuando la campana empezó a sonar en la torre del reloj. Vicky se había ido a casa de sus padres en Biloxi a pasar la Navidad, llevábamos peleándonos toda la semana. No estaba seguro de si volvería o de si duraríamos hasta final de mes en caso de que volviera. Yo estaba haciendo el último turno de noche en el cine y salí hacia la plaza, donde estaba mi coche. A lo lejos, oí a alguien llamarme por mi nombre.

Al iba atravesando las calles a la carrera, con una chistera y una copa de champán. Había estado en la boda de la hija del alcalde.

—¡La campana está sonando! —gritó—. ¡Está sonando otra vez!

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Al era como una visión de algún pasado alternati vo. Hablaba como si el tiempo no hubiese transcurrido entre nosotros. Como si hubiésemos estado enfrascados en una conversación apenas unos minutos antes.

—¿Te lo puedes creer? Por fin han conseguido que funcione.

Me había quedado tan sobrecogido al verla que no me había dado cuenta de que la campana, en efecto, estaba sonando. La conmoción sacó al frío exterior a la gente de los bares y restaurantes. Todo el mundo estaba embelesado con aquel sonido ordinario, extraordinario.

—Llévame a algún sitio —dijo Al—. Tenemos que celebrarlo.

Desbloqueé el coche.

—Estás borracha —dije—. Me voy a casa.

—Venga —dijo Al—. No me hagas esto. Vamos a la casa de Mary Hutton Hart. Tenemos que rendirle homenaje.

Al se sentó en el asiento del copiloto.

—No —dije—. No puedo hacerlo.

—¿Hacer el qué? —me preguntó mientras se bajaba el resto del champán y tiraba la copa vacía en el asiento de atrás.

—Lo que sea que estemos a punto de hacer —le dije—. No podemos hacerlo.

Se quitó la chistera y bajó la ventanilla.

—¿Qué estamos a punto de hacer? —preguntó.

—No lo sé —dije—. Dímelo tú.

Se sacó un cigarrillo de detrás de la oreja, aunque yo nunca había sabido siquiera que fumaba, y lo encendió con una cerilla de madera, como un general en una vieja película bélica a punto de acometer una batalla imposible de ganar.

—Estoy cansado —dije—. ¿Qué tal si almorzamos mañana y nos ponemos al día?

Una furgoneta con asistentes a la fiesta dio la vuelta a la plaza. Muchachas con vestidos caros, hombres con chaqués. Gritaron a Al para que se fuera con ellos. Para que saliera del coche. La campana estaba sonando, dijeron. Iban al río. Al negó con la cabeza y ellos se fueron.

—¿Me perdonas? —preguntó.

—¿Por qué? —pregunté.

—Por haberme ido —dijo ella.

Arranqué el coche.

La furgoneta estaba dando la vuelta a la plaza por segunda vez.

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—¿Podemos salir de aquí, por lo menos? —dijo—. Quiero estar a solas contigo.

Fuimos en coche hacia la casa de Mary Hutton Hart, y el sonido de la campana se atenuó un poco. Aparqué lejos de la carretera y salimos y compartimos un cigarrillo en el capó del coche. Era un viejo descapotable británico que había encontrado en un desguace y había reconstruido. Nunca lo repinté y me encantaba su majestuosidad desteñida.

Me besó y la aparté.

—Lo siento —dije—. No puedo.

Entonces fue cuando me contó la historia de cómo se habían conocido sus padres. Que si no hubiese sido por una absurda guerra que mató a cientos de miles, ella no habría nacido. Vivía cada día porque otra persona no lo hacía. Al era el producto de una historia desacertada y, por algún motivo, todas aquellas decisiones, grandes y pequeñas, nos habían llevado hasta allí, hasta aquella noche gélida. Llevaba muchos años esforzándome por convertirme en poeta en una ciudad pequeña. Exprimiendo mi miseria para sacar versos. Quería ser conocido por algo, distinguido. Fue extraño, pero en aquel momento, mientras Al me hablaba de sus padres, decidí que ya no quería ser famoso. Quería desvanecerme en el vacío del tiempo, convertirme en una estadística y en un desconocido para las épocas venideras.

—Estoy helado —dije.

—Yo también —dijo ella—. Pero no quiero irme a casa.

Fuimos en coche al motel en el que nos bañamos desnudos la primera vez hacía tantos años, pedimos una habitación, nos quitamos la ropa el uno al otro y nos dimos un largo baño caliente. No estoy seguro de lo que pasó después. Si hicimos el amor o bebimos cerveza o vimos la televisión. Aunque sí me acuerdo de que Al me confesó sus pecados y yo le confesé los míos, pero por mucho que lo intente, no logro recordarlos. En cambio, lo único que mi memoria conserva es otra noche misteriosa que compartimos. No puedo situarla en el tiempo. Mi mente no me dice si fue antes de todo esto o después, pero la imagen es sorprendente. Íbamos conduciendo por las montañas a altas horas de la noche y se averió el coche. Eran las cuatro de la madrugada, estábamos perdidos y no había señal para el teléfono. Decidimos subir la montaña hasta la gasolinera más cercana, que estaba a dieciséis kilómetros. Después de una hora o así, pasó una camioneta conducida por una pareja de viejos.

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—¿Necesitáis que os lleven? —preguntaron.

Nos subimos.

—¿Qué hacéis fuera de casa a estas horas? —pregunté.

—Hay lluvia de estrellas —dijo la mujer.

Nos llevaron por una oscura carretera rural hasta un saliente de piedra arenisca que daba a la cordillera Azul. Nos tumbamos sobre la roca. Aquella pareja de viejos, Al y yo.

—No intentéis perseguir a las estrellas fugaces, vale más que encontréis un punto fijo en el cielo y dejéis que vengan ellas a vosotros — dijo la mujer.

Los meteoritos no tardaron en incendiar el cielo. Tras una larga pausa, habló su marido.

—Como las flores que caen de los cerezos —dijo.

Este recuerdo, el de la mujer y su campestre marido zen, se mezcla con la noche en que la campana empezó a sonar de nuevo. No estoy seguro del motivo o de qué significa eso, si es que significa algo en absoluto, pero creo que tiene que ver con la manera en que las cosas llegan a su fin. Poco después de todo esto me llamó Vicky. Volvía a casa. Pasaron los meses y se quedó embarazada y pasaron más meses y perdió al niño un caluroso día de verano. Pusimos una pequeña cruz de madera sobre una colina que daba a la ciudad y nunca volví a aquel lugar.

La última vez que vi a Al fue casi dos años después. Me había mudado a Nueva Orleans. Había conseguido un trabajo en una oficina, haciendo ricos a otros. Un día en el descanso del almuerzo probé un restaurante nuevo y Al estaba atendiendo las mesas. Tenía un aspecto diferente. La cabeza afeitada, tatuajes nuevos. Cuando terminó su turno, nos pusimos al día. Se fumó un cigarrillo fuera, en la parte de atrás, mientras yo estaba sentado en un cajón. Me contó que había vivido en el oeste unos cuantos años y que su novio había muerto en un accidente de coche y que ella se mudó a la ciudad. Estaba muy politizada. Hablaba de unirse a unos activistas del bloque negro que luchaban contra los fascistas en las calles. Estaba más flaca de lo que yo recordaba, pero también más fuerte. Volvía a estar llena de misterio.

—La revolución es un medio de supervivencia —dijo ella—. El dinero es como una muerte en vida.

Asentí porque no sabía qué decir.

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Para Al, los años transcurridos habían adquirido el lastre de las viejas tragedias del mundo y de algunas nuevas también. Fumaba un cigarrillo tras otro. La tarde se iba convirtiendo en noche y ella ya estaba bebiendo vino. Una aureola de luz le rodeaba la cabeza y noté que le faltaban unas cuantas muelas de atrás. Era extraño ver a aquella persona en la que había pensado durante tantas noches solitarias transformada en una mística de la calle que calzaba zapatos negros ortopédicos y vociferaba sobre la guerra de guerrillas y amantes muertos sobre el asfalto de Dakota.

El día del restaurante me recordó a la segunda vez que más cerca he estado de morir. Había terminado el instituto y estaba viviendo con mi tía y mi tío. Sumido en una depresión profunda, salí a conducir sin rumbo con la intención de suicidarme. En un ataque de desesperación, me salté a propósito un semáforo y estuve a punto de chocar de frente contra una mujer, pero di un volantazo en el último momento. Me hice a un lado, apagué el coche y observé el soplo del viento entre los árboles como si fueran pulmones que inhalaban y exhalaban. Era como ser expulsado del paraíso al mundo de la vida y la muerte.

Era la primera vez en muchos años que pensaba en mi madre. Ahora apenas conservo recuerdos de ella. Me acuerdo todavía menos de mi padre. Solo sé lo que me han contado otras personas. Tenía cuatro años cuando murieron. Lo que sí recuerdo son sensaciones. Las manos frías de mi madre sobre mi frente al comprobar mi temperatura. Las batas de trabajo de mi padre recién planchadas colgadas en su armario. Pensé en el día en que el capellán vino a contarme que por fin iban a ejecutar a Iggy. Estaba en el campamento de la iglesia. Me lo dijo después de misa, al lado de un magnolio grande.

—Nos hemos enterado de que han fracasado sus apelaciones —dijo—.

Hoy a medianoche estará muerto.

Me quedé despierto toda la noche consultando el reloj, escuchando roncar a mi compañero de habitación. Estuve a punto de dormirme unas cuantas veces, pero me mantuve despierto. Quería ver cómo el reloj daba la medianoche. Quería saber cuándo se moría. Ob servé pasar los minutos. Por fin, cuando sonó la medianoche, me invadió un enorme alivio. Fue como si hubiese estado cargando con un gran peso durante una larga distancia sin saberlo. Pensé en mi madre. El sonido de su voz llamándome para que entrara a cenar. Su forma de reírse al teléfono durante horas con mi tía.

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Aquella noche, mientras me quedaba dormido, pensé en vivir en Misisipi con mi tía y mi tío. Me criaron en una zona montañosa, después del incendio. Una noche, yo debía de tener unos quince años, estaban despiertos, bebiendo frente al televisor. De repente, estalló una violenta tormenta. Salimos al porche y todo estaba embravecido y negro. Los cielos se abrieron y empezó a granizar. Mi tía me agarró y me metió en la casa. Nos acurrucamos en un armario. Se apagaron las luces. Sonaba como si hubiera un tren de mercancías fuera. Después, tan rápido como vino, la tormenta se fue. Mi tío cogió las linternas y salimos. El suelo estaba cubierto de hielo. Globos blancos del tamaño de pelotas de tenis cubrían el jardín. La noche era clara y una luna llena azul se reflejaba en ellos como si millones de lunas minúsculas hubieran aterrizado en la hierba.

Empezamos a oír un crujir de pasos sobre el hielo. Calle abajo caminaba una mujer joven. La sangre le corría por la cara. Parecía salida de una película de terror cuando mi tío le enfocó la cara con la linterna.

—Eh —le dije—. ¿Qué haces aquí fuera?

—Mi coche —dijo—. Me he salido de la carretera.

—No te quedes en la calle —dijo mi tío—. El tendido eléctrico se ha caído.

Era alta y delgada. De la misma edad que mi madre cuando murió. Tenía el pelo castaño y largo, como algunas chicas de campo lo llevan todavía.

—Estaba en el turno de noche —dijo—. No he podido irme a casa antes de la tormenta.

—Entremos —dijo mi tío—. Llamaremos a alguien.

La mujer entró y mi tía le dio una toalla y algo calentito del cuarto de la lavadora. Una de mis camisas de franela, dos tallas más grande que ella. Llamó a una amiga para que la recogiera, pero las carreteras estaban cortadas. Tardaría un buen rato.

—T ómate una cerveza mientras esperas —dijo mi tío—. Hay que bebérselas o se van a calentar.

—No quiere una cerveza —dijo mi tía.

—No —dijo la mujer—. Me tomaré una. Me llamo Maggie.

—Soy Joe —dije—. Mis amigos me llaman Cloud.

Jugamos a las cartas toda la noche a la luz de las velas, Maggie estaba en mi equipo. Ganábamos todas las partidas. Mi tía y mi tío se emborracharon y empezaron a contar historias el uno del otro. Era la

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primera vez que me sentía cercano a ellos. La mayor parte del tiempo veíamos la televisión en silencio, pero aquella noche sentí que éramos una familia. En un momento dado mi tío trajo cervezas de la cocina y sobraba una. La deslizó hacia mí.

—Ya es hora —dijo.

—¿En serio? —dije.

—S í —dijo—. Te la has ganado.

—Es demasiado joven —dijo mi tía.

—Se la merece —dijo Maggie—. Me ha salvado.

La cerveza tenía un sabor horrible, pero me bebí hasta la última gota. Quería impresionar a la desconocida. Jugamos a más juegos: a la pesca, al póquer, a la canasta. Eran casi las tres de la mañana cuando volvieron a encenderse las luces. En el equipo de música sonaban a todo volumen Sly and the Family Stone. Todos nos sobresaltamos. Empezamos a bailar de la emoción. Maggie me cogió de las manos y yo la incliné hacia atrás como había visto hacer en las películas. A todo el mundo le pareció muy gracioso. Aquel niño y aquella mujer bailando. Se rieron sin parar. Entonces llegó el momento de su partida.

Lo último que recuerdo es lo que dijo Maggie al final de la noche. Su amiga esperaba fuera y ella estaba dándoles las gracias a mi tía y a mi tío. Intentó devolverme la camisa de franela, pero le dije que podía quedársela.

—Habéis criado a un chico espléndido —dijo.

Yo estaba achispado. No quería que se fuera.

—No son mis padres —dije—. Mis padres están muertos.

Mi tía y mi tío se miraron. La amiga de Maggie tocó la bocina. Maggie vino hacia mí y me besó en la frente.

—Eres uno de los buenos —susurró.

Juro que era la voz de mi madre.

He leído en alguna parte que a la Tierra solo le quedan un par de años buenos. Pronto hará demasiado calor para vivir. Supongo que me moriré antes que el mundo, mi mente ya va desvaneciéndose hacia el olvido. Unos días son mejores que otros, pero cuando las cosas van mal soy como un niño que cree que, si cierra los ojos, el mundo desaparecerá. Pronto seré polvo y me pondrán encima una lápida que con el tiempo también se convertirá en polvo y todo dejará de existir. Antes de que eso suceda, quería dejar por escrito algunas cosas que he amado y recordaros que, por ahora, persisto. A mi perrito le dan miedo los truenos. Tomo té y leo el periódico al atardecer. Cuando pongo tulipanes en la ventana, se abren hacia el sol. Alguien a lo lejos me llama por mi nombre.


El escritor Michael Bible es oriundo de Carolina del Norte. Estudió escritura creativa en la Universidad de Misisipi bajo la dirección del escritor Barry Hannah. Trabajó como librero en Oxford, Misisipi, y ha colaborado con David Milch en la adaptación de Luz de agosto, de William Faulkner, para HBO. Ha escrito varias novelas, entre las que se cuentan Sophia (2015) y Empire of Light (2018). Actualmente vive en Manhattan, Nueva York.


FIN

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