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Libro N° 14898. Agua Negra. Oates, Joyce Carol.


© Libro N° 14898. Agua Negra. Oates, Joyce Carol. Emancipación. Marzo 7 de 2026

 

Título Original: © Agua Negra. Joyce Carol Oates

 

Versión Original: © Agua Negra. Joyce Carol Oates

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/agua-negra/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

AGUA NEGRA

Joyce Carol Oates


Agua Negra

Joyce Carol Oates

Kelly Kelleher, una chica joven, atractiva e inteligente, y un renombrado senador demócrata, coinciden en una exclusiva fiesta del Cuatro de Julio en la isla de Grayling. No hay indicios de que aquel encuentro fortuito vaya a terminar de forma trágica cuando el coche del senador, ebrio y con Kelly a su lado, derrape tras tomar una curva de una carretera sin nombre y se hunda en un río cenagoso en el corazón de la noche. Pero hay motivos suficientes para pensar que tras el accidente lo único que saldrá a la superficie será la impunidad del senador.

Narrada desde el punto de vista de Kelly, Agua negra es una crónica vertiginosa de sus pensamientos y de su desesperado deseo de salvación. Es también un relato que destripa un sistema político corrompido donde los ideales se mezclan con la manipulación y el abuso de poder.

Novela reveladora y necesaria, capaz de agitar emociones profundas, Agua negra es un libro fundamental en la trayectoria de Oates, que vuelve hoy más vigente que nunca.

Joyce Carol Oates

Agua Negra

ePub r1.0

Titivillus 12.12.2025

Título original: Black Water

Joyce Carol Oates, 1992

Traducción: Montserrat Serra Ramoneda

Editor digital: Titivillus

ePub base r3.0 (ePub 3)

Índice de contenido

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Segunda parte

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Apéndice

Sobre la autora

A las Kelly

PRIMERA PARTE

1

El Toyota alquilado, conducido con impaciente euforia por el Senador, corría veloz por la carretera sin nombre, no asfaltada, derrapando vertiginosamente en las curvas, cuando de repente y sin previo aviso se salió del camino y se precipitó en la negra corriente de agua donde, escorándose hacia el costado opuesto al del conductor, procedió a hundirse con rapidez.

¿Voy a morir? ¿Así… de este modo?

2

Era la víspera del Cuatro de Julio. Aquella noche se estaban celebrando muchas fiestas en la isla de Grayling, especialmente a lo largo de la costa norte, donde hileras de coches se hallaban estacionados en las estrechas carreteras arenosas que conducían a las playas. Más tarde, cuando el cielo se oscureciera lo suficiente, empezaría el espectáculo de fuegos artificiales, algunos de ellos con un despliegue de brillante tecnicolor tan pródigo y estruendoso como el de la guerra televisiva del golfo Pérsico.

Se encontraban en una parte yerma y despoblada de la isla, y con toda seguridad se habían perdido. Ella trataba de reunir coraje para hacer que sus labios articularan la palabra perdidos.

Le pasaba como con el preservativo que había llevado consigo durante quién sabe cuánto tiempo. Primero en su bolso de piel de cabritilla, y ahora en su graciosa cesta veraniega Laura Ashley con estampado de flores. De hecho, había llevado ese mismo artículo en otro bolso anterior…, en aquel gran sombrero de paja tan bonito, guarnecido de cuero rojo, que al cabo de una larga temporada de trajín había terminado hecho pedazos. El preservativo iba pulcra y herméticamente empaquetado, tenía un casto aroma a farmacia y ocupaba muy poco espacio. Ni una sola vez en tantos y tantos meses siquiera lo había tocado, con ese gesto previo a la acción de mostrarlo, de sugerirle a quienquiera que fuese el hombre, un amigo, un conocido del ámbito profesional o un casi desconocido, que lo utilizara o que considerara la posibilidad de utilizarlo. Una estaba preparada para cualquier situación imprevista, pero llegado el momento era incapaz de hablar, se quedaba sin palabras.

Se encontraban en algún punto de los pantanos de la isla de Grayling, en Maine, a veinte minutos en ferri del puerto de Boothbay, en dirección noroeste. Habían estado charlando amigablemente y se habían reído juntos a gusto, como viejos amigos, como viejos amigos sumamente despreocupados, y Kelly intentaba sujetar con discreción la mano del Senador a fin de que el resto del trago de vodka con tónica no se

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derramara por el borde del vaso de plástico que él sostenía con una mano mientras conducía, y entonces, de pronto, al igual que cuando una película de celuloide empieza a atascarse espasmódicamente como si tuviera hipo, haciendo que la cinta se salga de su caja, con la misma brusquedad, una brusquedad que ella nunca llegaría a entender, la carretera desapareció de abajo del raudo vehículo y ambos se encontraron luchando por salvar la vida al tiempo que se sumergían en las negras aguas que lamían el parabrisas tratando de penetrar por algún resquicio. Era como si los fantasmagóricos pantanos que los rodeaban hubieran cobrado vida y se les echaran encima para devorarlos.

¿Voy a morir? ¿Así… de este modo?

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Buffy se había molestado, o por lo menos había dado esta impresión. Buffy era tan aficionada a hacer aspavientos que con ella nunca se sabía. Le había dicho a Kelly Kelleher, Bueno, pero ¿por qué marcharte precisamente ahora?, ¿no puedes irte un poco más tarde?…, y Kelly, azorada, había susurrado una respuesta vaga, incapaz de decirle, Porque él quiere que lo haga, se ha empeñado.

Incapaz de decir, Porque si no hago lo que me pide, no habrá ningún después. Lo sabes bien.

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Por todos lados subía un fuerte olor a pantano cubierto de maleza, un olor a humedad, a podredumbre, a tierra negra, a agua negra. El fresco olor glacial y estimulante del Atlántico parecía muy remoto aquí, como un recuerdo, transportado tierra adentro por flojas ráfagas de viento del este. Tampoco se oían las olas aquí. Solamente los insectos nocturnos. El viento en los achaparrados árboles cargados de enredaderas.

Agarrada a la tira del cinturón de seguridad que le cruzaba el hombro, Kelly Kelleher, que no estaba borracha, sonrió pensando, Qué extraño resulta estar aquí y sin embargo no saber dónde está ese aquí.

Viajaban a toda velocidad para llegar a tiempo de tomar el ferri que zarpaba del embarcadero de Brockden hacia el continente a las 20.20. Eran aproximadamente las 20.15 cuando, sin que nadie se diera por enterado, el Toyota alquilado se zambulló en el agua (¿el arroyo? ¿el torrente? ¿el río?), un agua que ni el Senador ni su pasajera Kelly Kelleher sabían que podía estar allí en el punto culminante de una curva muy cerrada.

Unos diez metros más adelante, también inadvertido, se hallaba un estrecho puente de madera cuyos tablones estaban muy desgastados por la intemperie; pero ninguna señal indicadora advertía de la cercanía de un puente y mucho menos de la peligrosa curva que lo precedía.

No ahora. No de este modo.

A sus veintiséis años y ocho meses, era demasiado joven para morir, se sentía demasiado atónita, demasiado incrédula para gritar mientras el Toyota salía volando de la carretera y chocaba contra la superficie casi invisible del agua, como si por un instante no fuera a hundirse sino a flotar, como si la trayectoria de su vuelo pudiera llevarlo, con todo aquel peso, a través del agua hasta la serpentina maraña de juncos y árboles achaparrados y enredaderas de la orilla opuesta.

Era de esperar que en un sitio como aquel el agua fuera poco profunda, una simple zanja. La valla de protección hubiera debido ser más sólida. Nadie esperaría encontrarse, tan súbita y violentamente, y con tanta

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indefensión, en un agua negra como el estiércol y que olía a líquidos residuales.

No de este modo. No.

Estaba atónita, se sentía incrédula, y era muy posible que también el Senador compartiera esta reacción, porque la fiesta del Cuatro de Julio que había tenido lugar en la isla de Grayling, en casa de los padres de Buffy St. John, había sido una celebración alegre y despreocupada, acompañada de muchas risas, conversaciones animadas e inocentes y emocionadas esperanzas puestas en el futuro (tanto en el futuro inmediato como en el lejano, pues sin duda uno determina al otro), de manera que era virtualmente imposible comprender cómo el rumbo de la velada podía haber cambiado de una forma tan abrupta.

En el transcurso de su vida, Kelly Kelleher había padecido varios accidentes de esta misma índole abrupta y desconcertante, y cada vez se había encontrado incapaz de gritar; en cada ocasión, desde el primer instante en que se había visto sin control, al darse cuenta de que su mente no controlaba el destino de su cuerpo, le había faltado la percepción exacta de lo que en realidad estaba ocurriendo.

Porque en esos momentos el tiempo se acelera. Poco antes del punto de impacto, el tiempo se acelera hasta alcanzar la velocidad de la luz.

Borrones de amnesia, como salpicaduras de pintura blanca, se extienden por su cerebro.

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Mientras el Toyota se estrellaba contra la valla de protección que, oxidada hasta el punto de asemejarse a una endeble celosía, cedía aparentemente sin frenar en lo más mínimo la velocidad del coche, ella oyó la alarmada interjección que soltaba el Senador, «¡Ay!».

Luego, un agua salida de quién sabe dónde se precipitó sobre ellos, sobre el capó del coche, sobre el astillado parabrisas, arremolinándose en olas coléricas, como si estuviera viva y furiosa.

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En la Universidad Brown, donde obtuvo summa cum laude su licenciatura en Estudios Americanos, Kelly Kelleher, que en la pila bautismal recibiera el nombre de Elizabeth Anne, había redactado su tesina, de noventa páginas, eligiendo como tema al Senador.

El subtítulo de su trabajo era: «El idealismo jeffersoniano y el

pragmatismo del New Deal: Estrategias liberales en la crisis».

Había trabajado con ahínco, había estudiado las tres campañas del Senador para su ingreso en el Senado, su influencia en el Partido Demócrata y las probabilidades que tenía de ser elegido candidato a la presidencia por su partido. Sus esfuerzos se habían visto recompensados con la máxima calificación (durante la carrera había sacado casi siempre las mejores calificaciones en su especialidad) y por casi una página de comentarios y alabanzas, de puño y letra de su tutor.

Esto había sucedido cinco años atrás. En los tiempos en que era joven. Cuando le presentaron aquella tarde al Senador, quien con tanto vigor sacudió con su manaza amigable su frágil mano de constitución menuda,

Kelly se recomendó a sí misma, Sobre todo no saques a relucir el tema.

Y no lo hizo. Hasta mucho después.

Cuando, al desarrollarse los acontecimientos con la rapidez con que lo hicieron, no hubiera tenido sentido no hacerlo.

La noche anterior, ella, Buffy y Stacey habían leído entre risitas el horóscopo del mes de julio para Escorpio en el último número de la revista Glamour: «¡Demasiada cautela a la hora de revelar a los demás tus impulsos y deseos! ¡Exige por una vez que se cumplan TUS deseos y salte con LA TUYA! Después de un período de decepciones, tus estrellas son ahora muy románticas, Escorpio, ¡LÁNZATE AL ATAQUE!».

Pobre Escorpio, tan fácilmente quebrantada, tan fácilmente disuadida. Con aquella expresión taciturna y altanera que tanto fastidiaba a Artie

Kelleher, el padre; con aquella ensimismada expresión recriminatoria que

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tanto preocupaba a Madelyn Kelleher, la madre. Sí, los quiero, ¿quieren dejarme en paz por favor?

Pobre Escorpio, todavía expuesta, a sus veintiséis años y ocho meses, a afecciones cutáneas propias de la adolescencia… Qué ignominia, y qué rabia. Su fina piel blanca era demasiado fina, demasiado blanca. Aquellas misteriosas ronchas y aquellos extraños sarpullidos, aquellas alergias que le inflamaban los ojos. Sí, y también acné, unos granitos casi invisibles pero ásperos como arenillas que le salían en el nacimiento del pelo…

Mientras su amante la quiso ella fue hermosa. Mientras ella fue hermosa su amante la quiso. Una proposición bien sencilla y aparentemente tautológica, que sin embargo se resistía a ser comprendida del todo.

Por consiguiente, no trataría de comprenderla. La temeraria Escorpio se embarcaría en una nueva vida, una nueva aventura, una aventura locamente romántica.

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Kelly Kelleher había sugerido con delicadeza al Senador que encendiera los faros del Toyota, y ahora, cuando se internaban en los pantanos por lo que parecía ser una carretera comarcal abandonada, la velocidad hacía saltar y oscilar los haces de luz porque el Senador, que en su impaciencia iba mascullando para sí, conducía caprichosamente a golpes de volante lanzando el vehículo por la carretera llena de baches sin importarle que los restos de su vodka con tónica se derramaran del vaso de plástico, salpicando el asiento y el muslo de Kelly Kelleher, empapando la tela de algodón del nuevo atuendo veraniego de la joven. El Senador era lo que suele decirse un conductor agresivo, y sus adversarios eran la carretera, la creciente oscuridad, la distancia que lo separaba de su destino y la rápida mengua de la cantidad de tiempo que le quedaba para llegar a su meta, por lo que pisaba fuerte y malhumoradamente el acelerador aumentando la velocidad del coche hasta sesenta y cinco kilómetros por hora, luego pisaba con brusquedad el pedal del freno al entrar en una curva, y enseguida aceleraba con rabia, de modo que los neumáticos chirriaban levemente girando en el aire antes de agarrarse a la tierra arenosa, viscosa, que lo obligaba a frenar de nuevo. El vertiginoso bamboleo del coche remedaba los sobresaltos del hipo, o de la cópula.

Su padre había conducido a veces de esa misma manera, recordó Kelly con desasosiego, después de aquellos misteriosos altercados que sostenían él y la madre de Kelly, altercados vueltos todavía más misteriosos e inquietantes en el recuerdo de Kelly por el hecho de que jamás se expresaban con palabras.

No hagas preguntas. Siéntate derecha. No pasa nada. Todo va bien. Ya sabes que eres nuestra niñita querida.

Tomarían una cena tardía en el motel. Servida en la habitación, por supuesto. Imposible arriesgarse a cenar en el comedor. O en cualquier restaurante del puerto de Boothbay, ahora en plena temporada.

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No estaba intranquila ni creía que fuera a sentir temor cuando llegara el momento. Pero se mantenía alerta. Sobria. Grababa en su memoria la aventura.

Con cuánta claridad aquellas violentas oscilaciones ebrias de los haces de los faros iluminaban el estrecho camino que apenas permitía el paso de un coche, confiriendo al paisaje una belleza que la obligaba a contemplar las láminas de agua cenagosa que se extendían kilométricas a ambos lados como brillantes fragmentos de espejo entre la enmarañada vegetación.

Tierra adentro, al atardecer, las tinieblas surgían del suelo aun cuando el cielo retenía la luz. Plana como una moneda, la luna difuminaba un pálido resplandor. Encendidos jirones de nubes que parecían teñidos se agolpaban en el cielo hacia el oeste, mientras que en el este y sobre el horizonte del mar, el cielo adquiría sutiles matices nocturnos que lo asemejaban a una ciruela maculada y demasiado madura.

Pensaba, Perdidos.

Pensaba, Una aventura.

Pensaba con frialdad (a pesar de que le castañeteaban los dientes cada vez que el hombre sentado a su lado frenaba el coche, aceleraba, frenaba, frenaba y aceleraba con mayor ímpetu) en que no estaba asustada, en que lo que sentía era excitación: una descarga de adrenalina, al igual que cuando, a otra hora de ese mismo día, había notado en la playa el apremio del deseo de un hombre, y se había prometido a sí misma, No, no cederé.

Incluso mientras el insidioso cosquilleo de un pensamiento le atravesaba la mente, Sí, ¿por qué no?

Pobre Escorpio. Taimado Escorpio.

Pensaba que había pasado este Cuatro de Julio en la isla de Grayling por pura casualidad. Había recibido otras invitaciones. Ante ese largo fin de semana no se había sentido desesperada por falta de invitaciones. Pero decidió aceptar la invitación de Buffy y ahora estaba aquí, estaba aquí, sentada muy cerquita del Senador durante ese alocado viaje hacia el ferri del embarcadero de Brockden, sin saber con exactitud dónde se hallaba ese aquí mientras la noche llegaba.

Eres una chica norteamericana, te corresponde dar a conocer TUS deseos a los demás y salirte CON LA TUYA de vez en cuando.

Justo antes de que el coche se precipitara fuera de la carretera, Kelly Kelleher arrugó la nariz al notar un olor de… ¿sería de aguas residuales?

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Justo antes de que el coche se precipitara fuera de la carretera, Kelly Kelleher advirtió que estaba agarrando con tanta fuerza el cinturón de seguridad que le cruzaba el hombro que los nudillos se le habían puesto blancos.

Justo antes de que el coche se precipitara fuera de la carretera, Kelly Kelleher dijo por fin, con la mayor delicadeza posible y levantando la voz sin dar por ello la sensación de gritar, porque el Senador parecía un poco duro del oído derecho:

—Creo que nos hemos perdido, Senador.

Siendo una niña, una vez Kelly se había dirigido en voz muy alta a un tío suyo cuando la familia estaba reunida alrededor de la mesa en el Día de Acción de Gracias, y aunque el tío Babcock siempre les pedía a los demás que repitieran lo que le acababan de decir y se quejaba de que la gente hablaba en murmullos, el tono gritón de Kelly lo ofendió. La miró con frialdad mientras le decía: «Señorita, no hace falta que chilles, no soy sordo».

Así que tal vez había ofendido asimismo al Senador, que en lugar de responder sorbió torpemente el brebaje de su vaso de plástico, se limpió la boca con el dorso de la bronceada mano y siguió escudriñando el paisaje a través del parabrisas, como si a diferencia de lo que le ocurría a Kelly Kelleher, fuera capaz de atravesar con la vista la sombría espesura que cubría los pantanos y divisar el océano, que tenía que estar a pocos kilómetros de distancia.

Y entonces el Senador dijo, con una risita sofocada que le subió de lo más hondo de la garganta como si fuese una flema:

—Esto es un atajo, Kelly. Solo hay una dirección y es imposible que nos hayamos perdido.

—Sí —dijo Kelly con prudencia, pasándose la lengua por los labios agrietados y mirando con atención hacia delante, aunque sin ver nada más que los faros que iluminaban el túnel formado por la carretera, la vegetación y los fragmentos de espejo que brillaban en la sombra—, pero la carretera está tan mal…

—Porque se trata de un atajo, Kelly, estoy seguro.

¡Kelly! Absurdamente, a Kelly el corazón le dio un vuelco y se le encendieron las mejillas al oír su nombre, el nombre que le habían puesto sus compañeras de colegio, en labios de ese hombre. Dicho por ese

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hombre tan al pasar y de un modo tan íntimo, como si me conociera, como si me tuviera afecto.

Justo antes de que el coche se precipitara fuera de la carretera.

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Kelly: un nombre que te queda bien.

¿Sí? ¿Por qué?… El pelo de ella agitado por el viento.

Ojos verdes… Porque son verdes, ¿verdad?

Qué alto era, qué impresionante resultaba su apariencia. Con aquel hoyuelo que se le formaba al sonreír, con aquellos dientes tan blancos, grandes y fuertes. Medio en broma, él esbozó un amplio ademán para quitarle a Kelly Kelleher las gafas y escrutarle los ojos, y Kelly le allanó hábilmente el camino alzándoselas ella misma y sosteniendo aquella mirada que la examinaba abiertamente (una mirada azul de un cristal pulido por las aguas), pero solo durante un momento.

Y la sonrisa de él vaciló, de un modo apenas perceptible. Como si, en aquel momento, el hombre se sintiera inseguro de sí mismo: del poder de su masculinidad.

Murmuró, con cierto tono de disculpa, como si al decirlo no estuviera halagando aún más a Kelly, Sí, son verdes…, preciosos.

De hecho, los ojos de Kelly eran más grises que verdes; ella opinaba que tenían el color de los cantos rodados. No había en ellos nada notable; lo único positivo era que estaban estéticamente separados, que eran grandes, atractivos, normales. Pero sus pestañas eran pálidas, finas y frágiles, de modo que a menos que utilizara rímel, cosa que le disgustaba, apenas si se distinguían.

De hecho, en cierta época los ojos de Kelly Kelleher habían constituido un motivo de gran contrariedad e inquietud para sus padres, y en consecuencia, para ella. Hasta que todo se solucionó con la operación.

Desde su nacimiento, Kelly padecía de un desequilibrio en los músculos de los ojos, un defecto (era forzoso aceptar que sí se trataba de un defecto) cuyo nombre es «estrabismo» y que en el caso de Kelly se traducía en que los músculos del ojo izquierdo eran más débiles que los

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del ojo derecho. De modo que, sin darse cuenta de ello, durante los dos primeros años de su vida la criatura estuvo viendo no una sola imagen registrada en su cerebro, como le ocurre a la gente normal, sino dos imágenes (cada una de ellas vuelta todavía más confusa por una multiplicidad de detalles) que se superponían de una manera discordante y siempre imprevisible, por lo que a menudo la imagen percibida por el ojo izquierdo flotaba sin rumbo de acá para allá; la niña compensaba por instinto esta anormalidad centrándose en la imagen percibida por el ojo derecho, el más fuerte, de forma que el izquierdo oscilaba en su órbita, fluctuante como un pececito hasta dar la impresión (a los maduros y angustiados Kelleher, Artie y Madelyn, pobres papá y mamá que durante los primeros veinticuatro meses de su bebé no hacían más que escudriñar los ojos de la criatura agitando el índice ante su nariz, haciendo preguntas, tratando de eliminar de sus voces la preocupación, la alarma y a ratos la impaciencia…, pobre papá en especial, porque las «anormalidades» lo trastornaban de veras, sin duda era un rasgo de familia que reconocía riendo un poco a la defensiva: cierto énfasis puesto en la salud física, en el bienestar y el atractivo físicos, la normalidad) de que Kelly estaba siempre mirando tozudamente y con ánimo juguetón hacia la izquierda, por encima de la cabeza de su interlocutor y fuera del campo de visión de este, mientras que su ojo derecho, el «bueno», lo miraba directamente a la cara como corresponde.

Uno de los médicos recomendó ejercicios y un régimen estricto, otro de los médicos decretó una operación a la mayor brevedad posible, pues en algunos casos el niño no se cura con la edad y en el ínterin el ojo más débil puede atrofiarse de un modo permanente, y mamá y la abuela Ross (la madre de mamá) se decantaron por los ejercicios, por probar fortuna con los ejercicios, y hubo una terapeuta muy simpática, una mujer joven que usaba gafas, que se mostró optimista respecto a la posibilidad de corregir la disfunción de Kelly, pero las semanas y los meses iban pasando, y en ocasiones a papá le resultaba casi insoportable contemplar a su querida hijita, la quería tanto y deseaba evitarle todo perjuicio o daño o cualquier clase de malestar, y qué ironía, se lamentaba Artie Kelleher riendo, irritado, y abriendo los brazos como para invitar (como invita en la tele el presentador de un programa de variedades a una audiencia de millones de espectadores anónimos) a compartir su perplejidad, sí, y también su resentimiento, su desconcierto…, ¡qué ironía!, mi negocio

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crece como la espuma, es como subir las escaleras mecánicas hasta el piso más alto, estos primeros años de la década de los sesenta el ritmo expansivo de la economía favorece la industria de la construcción, las inversiones, todos los asuntos van viento en popa, qué ironía, mi vida profesional es magnífica y mi vida privada, mi vida-en-el-hogar… ¡no puedo controlarla!

Hablaba en tono razonable, tratando de no levantar la voz (porque a veces Kelly estaba cerca y podía oírlos), de modo que mamá intentaba responderle en el mismo tono aunque le temblaban la voz y las manos, si bien nadie lo habría notado de no ser por lo bonitas que eran sus manos y también sus anillos: la roseta de diamantes y el jade engastado en una montura antigua de oro; como señaló papá, él no hacía más que mirar al futuro, supongamos que los ejercicios no surten efecto, desde luego no parece que esos ejercicios tengan ningún éxito, ¿no es verdad?, pues bien, Madelyn, utiliza tu imaginación, piensa en más adelante, cuando la niña vaya al colegio, sabes perfectamente que los demás niños se reirán de ella, pensarán que es una rara o algo parecido, ¿quieres que suceda eso?, ¿es eso lo que quieres?, de manera que mamá estalló en sollozos, ¡No, no, claro que no! ¡Por qué me dices estas cosas!

Así que un día (era una jornada laboral pero Artie Kelleher se tomó la mañana libre), el matrimonio Kelleher llevó en coche a su niñita a la ciudad, un trayecto de cuarenta minutos desde Gowanda Heights, un pueblecito del extrarradio en Westchester County, Nueva York, y allí, en el Beth Israel Hospital, de la frondosa East End Avenue, por fin, allí, el ojo «malo» de Elizabeth Anne Kelleher fue enmendado mediante una operación quirúrgica, y la recuperación resultó rápida aunque no precisamente indolora como le habían prometido; y de ahí en adelante el ojo, los ojos, la niña, fueron, como indicaban todos los signos externos, normales.

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9

—… perdidos, Senador? Esta carrretera es tan…

—He dicho que no debes preocuparte, Kelly. —Una mirada de reojo, una sonrisa tensa que formó arrugas en los extremos de sus ojos surcados por venitas—. Llegaremos, ya verás, y llegaremos a tiempo.

Mientras el líquido se derramaba del vaso de plástico sobre la pierna de Kelly sin que ella acertara a impedirlo.

El Senador había sido uno de los tres candidatos punteros del Partido Demócrata a las elecciones presidenciales de 1988; en aras de la prudencia política había retirado su candidatura y dirigido a sus delegados en favor de su viejo amigo el gobernador de Massachusetts.

A su vez, Dukakis le pidió al Senador que fuera el candidato a vicepresidente por el Partido Demócrata. El Senador rehusó cortésmente.

Por descontado, siempre quedaba la posibilidad de presentarse a las próximas elecciones presidenciales, o incluso a las que seguirían. Aunque ya no era joven, el Senador no era en absoluto un viejo; tenía once años menos que George Bush.

Un hombre en su momento más prometedor, podría decirse.

Kelly Kelleher se imaginaba a sí misma trabajando para la campaña presidencial del Senador. Primero, sin embargo, trabajaría para su nominación en la convención nacional del Partido Demócrata. En la intimidad del traqueteante Toyota, con los sentidos adormecidos por la excitación de aquella jornada, a Kelly Kelleher, que raras veces se permitía el lujo de alimentar fantasías, le fue posible entregarse a esta fantasía en particular.

La tarde anterior, como si previera esta aventura, Kelly se había concedido unos minutos (unos minutos que en pocas ocasiones se concedía) para limarse y pintarse las uñas. Con un esmalte de un tono rosado entre coral y bronce. Suave y elegante. A juego con su lápiz labial.

—Solo hay una dirección —estaba diciendo el Senador, sonriendo con la expresión de quien enuncia una verdad evidente—, en una isla.

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Kelly se echó a reír. Sin saber muy bien por qué.

A pesar de su intimidad en el veloz vehículo, eran apenas unos conocidos. Verdaderos extraños a pesar del sigilo con que se habían escabullido juntos.

De modo que Kelly no dispuso de ningún nombre con el que dirigirse al conductor del Toyota, ningún nombre le acudió natural y espontáneamente a los labios cuando el agua oscura inundó el abollado capó del coche, se lanzó sobre el astillado parabrisas, sobre el techo, acusando un súbito y profundo oscurecimiento, como si la ciénaga se hubiera alzado tambaleante a reclamarlos para sí.

Y de inmediato la radio enmudeció. La música que ninguno de los dos había escuchado se acalló como si nunca hubiera sonado.

Eran conocidos recientes, desde aproximadamente las dos de aquella misma tarde. Se habían topado por casualidad en la casa de la calle Derry, una casa con vistas al océano propiedad del señor y la señora Edgar St. John, de Old Lyme, Connecticut, que estaban fuera en la fecha de la fiesta; la anfitriona era la amiga de Kelly, Buffy St. John, su compañera de habitación en la Universidad Brown… Buffy, la mejor amiga de Kelly.

Al igual que Kelly Kelleher, Buffy St. John tenía veintiséis años, y también trabajaba en una revista que se editaba en Boston; pero la revista para la que trabajaba Buffy, Boston After Hours, era muy diferente de aquella para la que trabajaba Kelly, Citizens’ Inquiry; y cabía asegurar que Buffy era, de las dos jóvenes, la que tenía más mundo, más experiencia, la más atrevida. Buffy se pintaba las uñas, tanto las de las manos como las de los pies, de unos llamativos tonos verdes, azules y púrpuras; y los preservativos que llevaba en sus distintos bolsos habían de ser renovados con frecuencia.

En tono vehemente, como si su propia integridad fuera puesta en duda, Buffy St. John cortaría en seco cualquier conjetura en el sentido de que el Senador, un hombre casado, y Kelly Kelleher fueran amantes cuando ocurrió el accidente, o incluso que se hubieran conocido antes de aquel día. Buffy lo juraría, Ray Annick lo juraría: el Senador y Kelly Kelleher no habían sido presentados hasta aquel mismo día, en la fiesta del Cuatro de Julio.

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No eran amantes. En realidad, ni siquiera amigos. Simplemente conocidos recientes que, a juzgar por los hechos, se habían gustado.

Lo mismo que otros que conocían a Kelly Kelleher afirmarían con vehemencia: ella y el Senador no se conocían antes de aquel día, de lo contrario Kelly nos lo habría dicho.

Kelly Kelleher no era de esa clase de muchachas que utilizan el engaño. Que cultivan el secreto.

La conocemos bien, la conocíamos bien. Sencillamente, no era de esa clase.

Así que eran conocidos recientes, algo muy similar a ser dos extraños. Uno no escogería ahogarse, morir de este modo, atrapado junto a un

extraño en un coche que se hunde.

Tampoco tenían una relación profesional, aunque podría decirse que compartían ciertas convicciones políticas, ciertas pasiones liberales. Kelly Kelleher no trabajaba ni había trabajado nunca para el Senador, para su equipo ni para los organizadores de sus campañas. Es cierto, después de graduarse en el college, lo había hecho para un viejo conocido del Senador, un compañero político de los años sesenta, de la vertiginosa campaña de Bobby Kennedy, de aquellos tiempos nostálgicos y embriagadores en que el Partido Demócrata tenía poder, objetivo, autoridad, esperanza y juventud, cuando, por desastrosas que fueran las cosas en Vietnam y en Estados Unidos, nadie pensaba que fueran a empeorar.

Cuando Bobby Kennedy fue asesinado en junio de 1969, Kelly Kelleher todavía no había cumplido los cuatro años. A decir verdad, no recordaba nada referente a esa tragedia. En cualquier caso, su jefe, Carl Spader, solía repetir este dicho: Si te dedicas a la política, eres un optimista.

Si has dejado de ser optimista, ya no te dedicas a la política.

Si ya no eres optimista, entonces estás muerto.

De hecho, justo al principio del trayecto sintonizaron unos minutos la radio del coche, y mientras abandonaban la desigual calle Derry para tomar por la calle de Post (una carretera de dos carriles, una de las pocas asfaltadas de la isla), a la derecha de Kelly apareció un poste indicador muy desgastado que tenía inscrita media docena de topónimos que Kelly

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no pudo distinguir bien, como tampoco pudo el Senador, pese a que ambos se quedaron con la vaga impresión de haber visto:

EMBARCADERO DE BROCKDEN 5 km

… justo cuando el Senador que, muy animado, iba silbando alegremente por entre sus grandes dientes blancos de carillas perfectas, decía exhalando un suspiro de placer sentimental, «¡Dios mío! ¡Cuántos recuerdos me trae esta música!», pues de los parlantes situados sobre el asiento trasero salía, algo amortiguada por el rugido del aire acondicionado que el Senador había puesto al máximo nada más encender el coche, una lastimera y gangosa versión instrumental de una canción que Kelly de momento no reconoció.

Dándole un codazo, el Senador le espetó, más en son de broma que de reproche:

—Supongo que no la conoces, ¿verdad?

Kelly prestó atención. Le hubiera gustado templar un poco aquella refrigeración salvaje, pero vaciló, porque al fin y al cabo el coche era del Senador y ella una simple pasajera. Si había algo que disgustaba a Artie Kelleher, era que un pasajero toqueteara el tablero del coche mientras él conducía.

Kelly respondió con cautela:

—Sí, creo que la conozco, pero no puedo recordar el título. —Es una vieja canción de los Beatles, «All the Lonely People». —Ah —dijo Kelly asintiendo satisfecha con la cabeza—, sí.

Aunque esta versión era sin palabras; se trataba de música New Age, con sintetizadores, cámaras de eco.

Una música semejante al lento chorro de la pasta de dientes cuando se aprieta el tubo.

—Pero seguro que no eres aficionada a los Beatles, ¿eh? —dijo el Senador con el mismo tono bromista—. Eres demasiado joven.

Fue más una afirmación que una pregunta, dado que, como Kelly ya había notado, el Senador tenía la costumbre de hacer preguntas que en realidad eran aseveraciones, mientras su mente ya se centraba en otro tema, como ciertamente ocurría ahora cuando el Senador exclamó:

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—¡Este es nuestro desvío! —Y frenó el Toyota haciendo girar el volante sin haber indicado la maniobra, de modo que justo detrás de ellos un conductor enfadado les tocó la bocina, aunque el Senador no hizo ningún caso: no por arrogancia o altanería, sino simplemente porque no hizo caso.

El arenoso camino surcado de baches que volvía hacia los pantanos era conocido por los usuarios como «la carretera vieja del ferri», aunque ya hacía años que carecía de rótulo alguno que indicara su nombre.

Verdad es que cuando sucedió el accidente, el Senador no había perdido el rumbo: había tomado la dirección correcta para llegar al embarcadero de Brockden, aunque, sin saberlo, iba por un camino que ya no se utilizaba desde que construyeran una «carretera del ferri» asfaltada, cuya bifurcación se hallaba un kilómetro más allá de donde se desviaba el camino viejo.

Más o menos por aquel entonces el Senador apuró su vodka con tónica, y Katy Kelleher le entregó el vaso que había estado sosteniendo para él: un último trago para el viaje.

Eran simples conocidos, verdaderos extraños. Sin embargo, ¡con cuánta rapidez se había anudado su relación!

Ya se sabe lo que suele ocurrir: los ojos de él se encuentran con los tuyos, es tan fácil como deslizarse en agua tibia, ahí está esa mujer de inmaculada belleza tumbada lánguidamente como si estuviera en la cama, envuelta en una sensual cascada de ondulados cabellos rojizos, con su piel perfecta, arrebatadora, su preciosa boca escarlata y un traje de noche de un suntuoso lamé dorado que se adhiere a sus pechos y a su zona púbica sutilmente acentuada por los resplandecientes pliegues del tejido, y el Amante está erguido junto a ella mirándola inmóvil, con su hermoso rostro moreno algo desenfocado, mientras la mujer levanta hacia él la mirada; no hace falta que sonría incitante porque ella misma es pura incitación, desnuda como está bajo el traje de noche de lamé dorado, desnuda adelantando hacia él sus esbeltas caderas de un modo casi inapreciable, de hecho es la mera insinuación de un movimiento, el apunte de un gesto imaginado, pues de otra manera el anuncio resultaría vulgar, el perfume

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contenido en el reluciente frasco es OPIUM, el perfume es OPIUM es OPIUM el parfum es OPIUM te volverá loca lo volverá loco los convertirá en adictos y se vende en estas tiendas…

Mientras van recorriendo las dunas, mientras el viento alborota el cabello de Kelly y las alas de las gaviotas centellean blancas en lo alto y el retumbar del oleaje es como un latido en las ingles, con cuánto aplomo los dedos de él le oprimen el hombro desnudo y qué tímida pero ardiente es la respuesta de ella, que está pensando, ¡Esto no puede ser verdad!, aunque también se dice, Está a punto de suceder algo que nadie podrá evitar.

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… La fina aguja roja sobrepasó de un salto los sesenta kilómetros por hora cuando el Toyota pegó contra un bache arenoso y empezó a patinar como un suspiro lanzado con fuerza y el Senador frenó de golpe mascullando interjecciones y el coche siguió patinando como con mayor ímpetu y más a propósito, como si el mismo gesto de frenar despertara una enconada resistencia en aquel vehículo que hasta ahora había parecido tan obediente, igual que si fuera un juguete, durante aquel frenético trayecto en las montañas rusas que producía tal estremecimiento en lo más hondo del vientre, y entonces, cómo demonios pudo ocurrir, el coche se salió de la carretera, se puso a patinar hacia el borde exterior de la calzada mientras la rueda derecha trasera giraba hacia delante y la izquierda delantera giraba hacia atrás, y la valla de protección apenas había surgido de la oscuridad cuando se deshizo en pedazos y unos arbustos de dos metros de altura rematados de hojarasca y semejantes a escobas arremetieron contra las ventanillas, y hubo un «¡crac!» «¡crac!» un «¡crac!» con forma de tela de araña en el cristal y bruscas sacudidas y balanceos como en un terremoto y luego el coche se halló en el agua, en lo que uno supondría un riachuelo poco profundo, una zanja, nadie hubiera supuesto que el coche se sumergiría bajo la superficie hundiéndose en lugar de flotar mientras remolinos de agua oscura y espumosa se lanzaban a cubrir el arrugado capó, el parabrisas, el techo del coche, ahora combado en ángulo agudo sobre el asiento del pasajero, y la puerta, la puerta del lado del pasajero, doblada hacia dentro, al igual que una lata de gaseosa que uno de los muchachos había estrujado en la playa, pero ella no pudo reunir el aliento suficiente para gritar y ni siquiera disponía de un nombre con que llamarlo a él, un nombre que acudiera a sus labios de un modo natural y espontáneo.

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Al conocer al Senador a primera hora de la tarde de aquel Cuatro de Julio, cuando se lo presentó el amante de Buffy, Ray Annick, un abogado amigo de los abogados del Senador, que además había ido con él al colegio en Andover, Kelly Kelleher se había mostrado circunspecta y bastante reticente. Algo escéptica. Al observar cómo ese hombre famoso estrechaba manos a su manera vigorosa y complacida, con esa actitud un tanto jadeante que sugiere que ha recorrido cientos de kilómetros a toda prisa con el único propósito de estrecharte la mano a ti, y a ti, y a ti, ella se mantuvo un poco a un lado, pensando, Es uno de esos que están constantemente haciendo campaña.

Durante las horas siguientes, la opinión que le merecía el Senador iba a cambiar radicalmente.

No podría afirmarse que durante aquellas seis horas Kelly Kelleher se hubiera enamorado del Senador, como tampoco podría afirmarse que el Senador se hubiera enamorado de ella, porque estas cuestiones son muy íntimas e impenetrables, y lo que el porvenir habría podido depararles (en contraste con lo que de hecho les depararon los acontecimientos de aquella noche) no llegará a saberse jamás.

Solo que: Kelly cambió la opinión que se había formado sobre el Senador.

Pensó que era un ejercicio muy instructivo y purificador para el alma (sonriéndose en el espejo del baño del cuarto de invitados que Buffy le adjudicó y que ella habría continuado ocupando durante la noche del Cuatro de Julio si no hubiera tomado aquella decisión tan súbita de acompañar al Senador al continente) el darte cuenta de que eres falible, comprobar que los hechos demuestran que estabas equivocada.

Aunque solo se trate de una demostración interior y privada.

Aunque aquel a quien has juzgado mal tan a la ligera no vaya a saberlo nunca.

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—Te llamas Kelly, ¿no?… ¿O Callie? Kelly.

Era realmente absurdo que el corazón le diera un vuelco en el pecho, como si fuera una muchachita, al oír su nombre en boca del Senador, porque Kelly Kelleher era un mujer joven pero experimentada, que había tenido muchos amantes.

Varios, en todo caso.

Un amante en serio, en todo caso, desde que se había graduado en Brown, un amante del que nunca hablaba.

(Por qué no quieres hablar de G…, preguntaban sus amigas Buffy, Jane y Stacey, no porque desearan entrometerse sino porque se preocupaban por ella, ya que su silencio les hacía creer que tenía el corazón destrozado y achacaban el cinismo con que trataba a los hombres a que estaba deprimida o abatida; interpretaban su furiosa negativa a responder a los mensajes que los hombres le dejaban en el contestador automático y su tendencia a mantenerse aislada en ciertos momentos como inclinaciones suicidas que únicamente se atrevían a comentar entre ellas, nunca a la propia Kelly).

Y sin embargo, la presencia física del Senador era tan imponente… emergió del Toyota negro alquilado con un movimiento tan airoso y un aspecto tan vivaracho como el de un jovencito, saludando y sonriendo a todos los presentes mientras un murmullo corría como un reguero de pólvora entre los allí agrupados, ¡Es él! ¡Dios!, ¿de verdad es él? Un hálito de ardor juvenil rodeaba su figura como un aura.

Ray Annick había invitado al Senador a la isla de Grayling, y Buffy se había apresurado a advertir a sus invitados, En realidad yo no lo espero, estoy segura de que no vendrá.

Visto de cerca, el tipo parecía más vital y atractivo que en la tele y podría aplicársele esa palabra tan cursi de «carismático». En primer lugar, era un hombre alto, medía más de metro noventa y pesaría unos noventa y siete kilos. Pese a ser un cincuentón con la musculatura gruesa propia de quien en su juventud ha sido un atleta, caminaba con garbo y, lo mismo que un atleta, pisaba con cautela: incluso cuando descargaba el peso en los talones (embutidos en cómodos y desgastados zapatos de lona beis con suela de goma, de marca L. L. Bean), tenía ese aire de perfecto equilibrio y predisposición al salto. Y su rostro era ancho y bellamente ajado, sus ojos

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de un azul muy transparente, su nariz, aunque algo salpicada de venitas, recta y estatuaria, al igual que las mandíbulas, la barbilla y el conocido perfil.

Mientras se aflojaba con unos cuantos tirones el nudo de la corbata y se desabrochaba el cuello de la camisa de algodón, blanca y de manga larga, el Senador comentó:

—Veo que la fiesta ha empezado sin mí, ¿eh?

Descubrí que era realmente afable, realmente simpático, y sin el menor aire de superioridad, Kelly Kelleher empezó a componer así su relato de ese memorable Cuatro de Julio en la isla de Grayling, hablaba con todos nosotros, no solo como si estuviéramos a su altura, sino como si fuéramos viejos amigos.

Además, él la besó. Pero eso fue más tarde.

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Kelly Kelleher no era tonta y sabía muy bien cómo son los políticos, y no solo por haber estudiado historia y política norteamericanas en Brown.

Su padre, Arthur Kelleher, era íntimo amigo del congresista republicano Hamlin Hunt, pues habían ido juntos al colegio y desde hacía muchos años venían compartiendo no pocas partidas de golf. Aun si el negocio del señor Kelleher iba de capa caída (desde el cataclismo ocurrido en la Bolsa unos cuantos años atrás las cosas no parecían ir tan bien), Kelleher aportaba fondos a las campañas de «Ham» Hunt, colaboraba como anfitrión en las cenas de beneficencia que se celebraban en el Country Club de Gowanda Heights y que recaudaban cantidades inmensas, y sentía un orgullo pueril al verse incluido en los actos del Partido Republicano, tanto en los que se organizaban en su localidad como en los del resto de su estado. El congresista, a quien Kelly conocía desde que asistía a la escuela primaria, se había convertido últimamente en una figura controvertida y «pintoresca», famosa en toda la nación, que a menudo aparecía en talk-shows, y era frecuentemente entrevistado en el transcurso de los informativos, pues representaba un tipo de conservador inconformista que arremetía despectiva y burlonamente contra todos los aspectos del liberalismo menos contra el aborto… En lo referente al aborto, Ham Hunt se declaraba partidario de la libre elección.

(En privado, Hunt creía con sinceridad que la clave de la futura salvación de Estados Unidos era el aborto, el aborto llevado a los barrios de demografía galopante donde vivían los negros, los hispanos y las madres adolescentes que se lanzaban a procrear a cargo de la Seguridad Social. Algo había que hacer, era forzoso hacer algo, y el aborto constituía la única solución, el único método para controlar la población, de modo que la mayoría blanca haría bien en aprobarlo antes de que fuera demasiado tarde… «Sé perfectamente de qué hablo, he estado en Calcuta y en Ciudad de México, he visto los poblados negros de Sudáfrica»).

Un día, Kelly Kelleher le gritó a su asombrado padre:

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—¡Cómo puedes votar a este hombre! ¡Es un fascista, un nazi! ¡Por el amor de Dios, si hasta cree en el genocidio!

Y el señor Kelleher se limitó a mirarla como si lo hubiera abofeteado. —¿Cómo puede hacerlo, mamá? ¿Cómo puedes hacerlo tú? —Kelly le

preguntó a su madre en otra ocasión más tranquila.

Y la señora Kelleher contempló con un escalofrío de orgullo a su hija, tan joven y apasionada, y tomándole la mano le dijo con calma:

—Por favor, Kelly, cariño, ¿cómo puedes pretender que sabes a quién voto yo?

Durante las últimas elecciones presidenciales, Kelly había trabajado como voluntaria para la campaña, condenada al fracaso, del gobernador Dukakis. No supo que la campaña estaba condenada al fracaso hasta las postreras semanas de la contienda, ya que cada vez que veía u oía a George Bush le parecía incuestionable que cualquiera que lo viera u oyera habría de rechazarlo: ¡era tan evidente su hipocresía!, ¡se lo veía tan venal, tan estúpido, tan poco informado y tan malvado!, ¡con su manera de explotar el miedo de los blancos hacia los negros!, ¡con su pasado en la CIA!, ¡con su piedad fingida!, ¡su superficialidad!… Del mismo modo, sus compañeros de equipo en el cuartel general de la campaña (situado en Cambridge) no parecieron comprender, sino en las últimas semanas o quizás en los últimos días, que la campaña estaba condenada al fracaso, a pesar de que las encuestas de ámbito nacional así lo indicaban con toda claridad y que el propio candidato Dukakis tenía una expresión de aturdimiento, una mirada a un tiempo abatida y desafiante.

—¡Kelly, por Dios…! ¡Cómo has podido perder el tiempo y las energías con este imbécil! —le gritó Artie Kelleher a su hija a través del teléfono.

Cuando llegaron los votos, cuando el estrepitoso fracaso fue un hecho y lo impensable se convirtió simplemente en historia, al igual que mucho de lo que parece impensable se convierte simplemente en historia, y por lo tanto en algo pensable, Kelly había dejado de comer casi por completo; llevaba varias noches seguidas sin dormir y se sintió embargada por una desesperación tan honda y al parecer tan impersonal que se lanzó a recorrer las calles y finalmente el prado del Boston Common. Despeinada, trastornada, medio desfallecida de hambre y acometida por las náuseas, estuvo vagando con una sonrisa sin sentido al tiempo que fijaba la vista en unas figuras que no le parecían humanas sino objetos deformes de

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naturaleza animal, carnosos, que andaban erectos e iban vestidos… Hasta que rompió a llorar y echando a correr fue a telefonear a su madre, a la que suplicó, Por favor, ven a buscarme; no sé dónde estoy…

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Ella era la elegida, la chica que él había escogido, la que iba a vivir la aventura, la pasajera del Toyota alquilado.

Daba zarpazos tratando de liberarse de algo que la oprimía en una especie de estrecho abrazo mientras el agua oscura se arremolinaba burbujeante e iba subiendo a su alrededor salpicándole los ojos, y por fin consiguió gritar, tomó aliento para gritar, tosiendo y escupiendo, gritando por fin en el momento en que el Toyota se sumergía escorado hacia el lado del pasajero en el agua turbia y revuelta.

Su nombre completo, el que le habían puesto al bautizarla, era Elizabeth Anne Kelleher. Y el nombre impreso en la carátula del boletín Citizens’ Inquiry: A Bi-Weekly Publication of the Citizens’ Inquiry Foundation era «Elizabeth Anne Kelleher».

Sus amigos la llamaban «Kelly».

Un vínculo inmediatamente rápido, ya saben lo que a veces ocurre. De un modo inesperado.

Como cuando él sonrió alegre al estrecharle la mano con un apretón cuya fuerza excesiva era claramente perceptible y del todo inconsciente, como en ocasiones suelen hacer los hombres, como hacen algunos hombres a veces porque necesitan ver, notar esa punzada de asombrado dolor en tus ojos, esa contracción de tus pupilas. De igual modo que G…, cuando hacían el amor, a veces le hacía daño. De un modo inconsciente.

Ella se quejaba con breves gritos agudos, sollozaba, oía su propia voz que sonaba lejana y frenética, que retumbaba en los rincones del cuarto en penumbra. Oh te quiero, te quiero, te quiero, te quiero… Sus cuerpos acalorados y pegajosos de sudor chocaban y se separaban produciendo rítmicos sonidos de chapaleo y de succión, el cabello se les adhería a la cabeza debido al sudor, ya sabes que eres mi niñita querida, ¿no es cierto? ¿no es cierto?

El peso de él, los brazos de él alrededor de su cuerpo mientras sus propias piernas estremecidas le atenazaban las caderas, sintiendo después

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que él le empujaba las temblorosas rodillas alzándoselas hasta los hombros en una postura incómoda para poder penetrarla más profundamente, ¡Sí!, ¡sí, así! ¡Oh, Dios! y ella sabía que en este momento él descubría los dientes en esa mueca de triunfo, en ese rictus de calavera que la excluía.

Muy poco antes del final él le había dicho en voz baja: —No quiero hacerte año, Kelly, espero que ya lo sepas. Y Kelly había sonreído al decir:

—Sí, ya lo sé. —Como si se tratara de una conversación banal, una de las muchas conversaciones relajadas y amistosas que sostenían.

Porque eran más que amantes, ¿acaso no eran además los mejores amigos del mundo?, ella sonrió y él la rodeó con un brazo, hundiendo el cálido rostro en el hombro de Kelly mientras ella se quedaba muy quieta pensando, y yo ¿no puedo hacerte daño? ¿Es que no tengo el poder de hacerte daño?, sabiendo que no lo tenía ya, que lo había perdido.

La tarde invernal iba declinando y las sombras surgían de las esquinas de la habitación. Aquel cuarto se convirtió en otro que Kelly no conocía. G… apretó suavemente la cabeza contra la suya y dijo: —Sabía que lo sabías. Pero quería estar seguro.

Y ahora, ¿qué la mantenía sujeta? ¿Una tira?… ¿Varias tiras, que le cruzaban el pecho y los muslos y en una de las cuales se había enredado el brazo izquierdo?… y su frente había golpeado con fuerza contra algo que ella no había visto, era noche cerrada, ella parpadeaba, torcía la vista y se esforzaba por ver, estaba ciega y sentía en sus oídos ese rugido como de avión a reacción y una voz de hombre que exclamaba con incredulidad: «Oh Dios. Oh Dios. Oh Dios».

Ella era la elegida, la chica que él había escogido, la pasajera, la que estaba atrapada por el cinturón de seguridad, no, eran la puerta y parte del techo que se habían hundido plegándose sobre ella, estaba cabeza abajo ¿no? echada sobre su costado derecho ¿no? ¿y dónde era «arriba»? ¿dónde estaba la parte superior? ¿y dónde estaba el aire? El pesado cuerpo derrumbado sobre ella la oprimía, y él también se agitaba y boqueaba en busca de aire suplicando «oh Dios» con un sollozo en la voz, en su voz de hombre, la voz de un extraño, nadie querría morir así, ahogada en el agua

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turbia y negra con un extraño, pero tenía la rodilla derecha apresada como por un cepo, la rótula derecha le había quedado machacada pero no sentía dolor, tal vez estuviera en estado de shock, tal vez estuviera muerta, ¡tan pronto!, ¡tan pronto! con aquel agua oscura que le llenaba los pulmones, le ahogaba los pulmones de modo que el flujo de oxígeno que regaba su cerebro se interrumpía, como también se interrumpirían sus pensamientos, y sin embargo sus pensamientos eran desapasionados e incluso lógicos: Esto no está ocurriendo.

Esta persona, este hombre, este peso encima de ella, que la oprimía… Kelly había olvidado quién era. Ese que también daba zarpazos, manoteaba, se retorcía y pateaba, frenético por salir del coche volcado.

Esa voz tan clara, la de un extraño… «Oh, Dios».

No en tono de maldición sino de apremiante súplica.

Si el acelerado Toyota no hubiera perdido el control en aquella curva en U a la velocidad estimada de setenta kilómetros por hora según mostraban las marcas de patinazo en la carretera y los desperfectos considerables sufridos por el vehículo, con toda probabilidad hubiera topado contra el guardarraíl del estrecho puente que había un poco más allá, con el subsiguiente impacto estrepitoso y la inmediata caída en el agua, alcanzando así el mismo resultado. O al menos esta sería la conjetura que se haría.

Aquella corriente de agua impetuosa se llamaba Indian Creek. Nadie hubiera imaginado que tenía un nombre, situada como estaba en un yermo pantanoso, en unas marismas aparentemente inexploradas, cubiertas de una densa nube de mosquitos y animadas por la estridente cacofonía de los insectos nocturnos sumidos por la canícula en un frenesí de procreación.

Nadie hubiera imaginado que allí había un río de seis metros de ancho cuya profundidad alcanzaba los tres en algunos trechos y que fluía hacia el noreste desembocando en una ensenada del Atlántico formada por las mareas, y en consecuencia en el océano, a unos tres kilómetros hacia el este, en el embarcadero de Brockden.

¿Voy a morir? ¿Así, de este modo?

Y no había testigos. Ningún otro conductor circulaba por la carretera vieja del ferri.

Era como un castigo por su comportamiento, su actuación en el papel de sí misma haciendo de otra: no la verdadera Kelly Kelleher, pero

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rechazó este pensamiento, no era supersticiosa, ni siquiera creía en el Dios anglicano.

Él la había escogido. Eso resultó evidente desde el principio. ¡Aquella relación tan instantánea!, ¡la naturalidad de sus sonrisas!, ¡una chica que por la edad habría podido ser su hija!

Sí, aquello era lo que en realidad había sorprendido a los demás…, a unos pocos. A quienes se dieron cuenta. Habían decepcionado a Buffy St. John al decir que se marchaban a tomar el ferri de las 20.20 hacia el puerto de Boothbay.

De hecho, como Buffy recordó después, el Senador había querido tomar un ferri anterior… pero por alguna razón no se marcharon a tiempo… y el Senador se tomó otra copa. O dos.

El Senador y su pasajera, Kelly Kelleher, abandonaron la fiesta del número 17 de la calle Derry alrededor de las 19.55.

Disponían de veinticinco minutos para llegar hasta el ferri, el tiempo suficiente si uno conducía deprisa y no se equivocaba en el camino.

El error fue desviarse por la carretera vieja, pero fue un error comprensible, no era forzoso hallarse bajo la influencia del alcohol para cometer esta equivocación al anochecer.

La carretera vieja del ferri, de cuyo mantenimiento el municipio de Grayling se había desentendido por completo, hubiera debido estar oficialmente cerrada: CARRETERA DESHABILITADA.

Ciento veinte hectáreas de marismas habían sido designadas como reserva de fauna de la isla de Grayling, un parque subvencionado por fondos federales. Con aves como los falaropos, chotacabras, vencejos, patos (tanto los que pescan en superficie como los que se zambullen), garcetas, azules garzas reales, golondrinas de mar, chorlitos, gran variedad de pájaros carpinteros, zorzales, tangaras, así como las aves más comunes del este norteamericano; y la vegetación propia de las marismas, como espadañas, avena marina, juncias, pontederias, alguna variedad de gramínea, docenas de clases de juncos y cañas, varias plantas de la familia de las liliáceas, calas, sagitarias y lirios de agua; y animales como el… en realidad, Kelly Kelleher había hojeado un folleto para turistas en la casa de Buffy y había leído que a unos pocos kilómetros se hallaba una reserva de fauna; sí, naturalmente que Buffy había estado allí muchas veces cuando era niña y la familia pasaba los veranos en la zona, pero en los últimos años no había ido y quizás al día siguiente su Ray estaría de humor y

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podrían llegarse en coche, era un sitio precioso… a menos que todos tuvieran resaca, a menos que Ray tuviera otros planes, a menos que hiciera demasiado calor, pero Kelly estaba pensando que mejor sería ir sola, les demostraría que era capaz de hacerlo pidiendo prestado un coche o tal vez la bicicleta de Buffy si aquel lugar no estaba demasiado lejos: era una flamante mountain bike de marca.

¿Has andado alguna vez en este tipo de bicicleta? ¿No? Pruébalo. Agarrada a los puños del manillar, con los pies en los pedales se había

alzado y puesto al principio de pie, con la espalda y las nalgas arqueadas, la larga melena cobriza revuelta al viento sonriendo con infantil deleite al lanzarse a toda velocidad a lo largo de la playa donde los gruesos neumáticos surcados se hincaban en la costra de arena, qué ritmo tan veloz, qué felicidad, la pequeña Lizzie vuela mientras mami, papi, la abuelita y el abuelito la contemplan. ¡Oh, ten cuidado cariño!, ¡cuidado!, pero ella desaparecía riendo del alcance de su vista y de sus voces.

Ahora, en casa de Buffy, con su cuerpo esbelto cubierto por el blanco traje de baño nuevo de licra que la ceñía como un guante y tenía pícaros botoncitos de perlitas y un solo bretel, y cuyo invisible corpiño de aros metálicos elevaba sus pechos juntándolos para dar lugar a esa sombreada hendidura en el escote, ella había visto que los ojos de él bajaban hasta allí sin querer, había visto cómo su mirada abarcaba como al descuido sus tobillos sus piernas sus muslos sus pechos sus hombros desnudos si no fuera por la túnica tejida color amarillo narciso que se había puesto por modestia o tal vez debido a la eterna timidez que le provocaba su propio cuerpo, nada que ver con Buffy, ataviada en una sedosa bikini negra y exhibiendo la estridencia algo obscena de sus uñas, cuyo verde centelleo relucía en manos y pies, Buffy con su cutis impoluto, su graciosa cola de caballo postiza, lo bastante atrevida y segura de sí como para palmearse los muslos en presencia de Ray exclamando: ¡Celulitis! ¡es celulitis! ¡soy demasiado joven para tener celulitis, mierda!

Y todos se rieron. Él se rio.

Buffy St. John era tan hermosa. Tan segura de sí misma con su piel cálida y lubricada.

Desde su primer curso en la Universidad Brown, Kelly había adoptado la costumbre de pasar hambre, de disciplinarse y llevar un control riguroso a fin de que sus períodos menstruales no fueran tan abundantes y, después de G…, de castigarse por haber querido a un hombre más de lo que él

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había aparentado quererla, pero este año pasado había decidido mantenerse sana, ser normal, y tras forzarse a comer con regularidad, había ganado cinco kilos de los diez perdidos, dormía sin ayuda de pastillas e incluso sin necesidad del vaso de vino tinto que ella y G… habían convertido en un rito antes de irse a dormir durante aquellos tres meses en que G… vivió con ella: ni siquiera tres meses.

De modo que había recobrado la salud, la normalidad. Era una joven norteamericana, así que debes estar lo más hermosa posible y dar LO MEJOR de ti misma.

Sin embargo evitaba la casa de Gowanda Heights, sintiéndose culpable de que su madre se inquietara por ella, culpable de provocar discusiones entre ella misma y su padre, unas discusiones «políticas» que en realidad versaban sobre el poco caso que Kelly hacía de la autoridad paterna, aunque ahora mantenían una buena relación y Kelly estaba bien y evitaba con discreción a algunos de sus antiguos amigos, los idealistas amargados, los airados proabortistas e incluso al señor Spader, recientemente divorciado (su tercer divorcio), con su panza y su barba de varios días, que iba perdiendo su antes leonina cabellera, con su rostro de bebé sesentón cuya sonrisa de hoyuelos mostraba ahora unos dientes mellados y una expresión embrutecida, y ella se sintió tremendamente cohibida cuando aquel día en la oficina notó que la repasaba con la mirada y oyó su respiración ronca y vio aquellos pelos como estropajo de aluminio que asomaban de sus orejas y su nariz; pobre Carl Spader, que había sido una personalidad en los medios de comunicación, un joven blanco lleno de elocuencia, colaborador de Martin Luther King y de John F. Kennedy, y ahora instalado en aquella lúgubre tiendecita de Brimmer Street que servía de oficina donde se ocupaba del Citizens’ Inquiry, cuya tirada oscilaba entre los treinta y cinco y cuarenta mil ejemplares cuando en la época de su apogeo en 1969 había sido de noventa a cien mil, rivalizando con The New Republic, donde de hecho él mismo había trabajado durante varios años al terminar el college, ¡nunca le des pie a Carl Spader para que se extienda sobre el tema del triunfo actual del conservadurismo, sobre el desconsuelo, la tragedia, el desmantelamiento del sueño Kennedy-Johnson, la pérdida del alma de Norteamérica no le des pie! Kelly contestaba con discreción a las preguntas del Senador acerca de Spader, su viejo amigo, Kelly Kelleher no era de las que chismorrean a tontas y a locas, no era de esas que explotan las desgracias ajenas en una

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charla de sobremesa; se regía por el principio de que no debía comentarse de una persona nada que no pudiera decirse en su presencia.

Varias veces el Senador hizo recaer la conversación en Carl Spader, a quien según dijo hacía años que no veía. El tono de voz del Senador traslucía cierto pesar pero también una leve desaprobación.

Sí, naturalmente, había leído el Citizens’ Inquiry… ya lo creo.

Su oficina en Washington estaba suscripta a la publicación.

Naturalmente.

Le preguntó a Kelly cuál era su tarea en la revista, y ella se lo dijo mencionando de paso que era la autora del reciente artículo «La vergüenza de la pena de muerte en Norteamérica», y el Senador dijo claro, claro que había leído ese artículo, creía haberlo leído, y le había impresionado.

Al igual que, subida a la estupenda bici nueva de Buffy, ella había notado que él la seguía con la mirada.

La política, el arte de negociar el poder. Eros, el arte de negociar el poder.

Agarrándole los hombros desnudos bajo la túnica tejida con sus fuertes dedos y besándola de lleno en la boca mientras el viento los acariciaba como una sustancia palpable y táctil envolviéndolos juntos, atándolos. Él la besó de pronto y sin embargo no de una manera inesperada. Paseaban por las dunas detrás de la casa de los St. John, mientras en lo alto las gaviotas eran relámpagos blancos, con sus alas como cuchillos, sus picos mortíferos, sus chillidos excitados. El espumoso oleaje golpea golpea y vuelve a golpear. Ese latido acompasado. Ella lo había oído la noche anterior cuando desvelada percibía amortiguados sonidos de risas y escarceos amorosos provenientes del cuarto de Buffy y Ray, y acompañando estos chillidos humanos el pulso de la marea, el flujo de la marea ascendente, la marea lunar, la marea de su propia sangre, el torrente casi inaguantable del deseo del hombre, y así fue como entre ambos casi quedó entendido que él la volvería a besar, y la decisión aparentemente impulsiva de Kelly de irse con él a tomar el ferri en lugar de atenerse al plan de pasar la noche del Cuatro de Julio en casa de Buffy constituía un reconocimiento público de este hecho.

Ella era la única, la que él había elegido. La que viajaba en el coche que circulaba a demasiada velocidad. La pasajera.

Escorpio no seas tímida, pobre tontita Escorpio tus astros preconizan ahora un romanticismo APASIONADO. Exige lo que TÚ deseas, al fin

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TUS PROPIOS deseos.

Eso es lo que hizo, había hecho e iba a hacer. Era ella.

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Todavía notaba el sabor a cerveza, la calidez y presión de la boca del Senador sobre la suya. La lengua de él que exploraba con fuerza.

Incluso mientras la carretera desconocida se zafaba de las ruedas del coche, ella seguía notando el sabor. Sonreía irónicamente pensando en cuán a menudo en su vida los besos habían sabido a cerveza, a vino, a alcohol, a tabaco, a marihuana. En las muchas lenguas que habían explorado su boca. ¿Estaré ya preparada?

Había estado contemplando la luna por la ventanilla, mientras el coche iba traqueteando. Qué extraña esa apariencia tan plana, qué brillante se la veía. Se podría pensar que estaba iluminada por dentro, se podría pensar que su luz no era un mero reflejo, pero se equivocaría uno porque no basta con pensar, razonar, calcular por uno mismo: pobre Escorpio.

Por descontado Kelly Kelleher no creía en algo tan idiota como el horóscopo y la astrología. Se había brindado a colaborar con la Fundación para la Alfabetización de Norteamérica, si bien en lo más íntimo de su corazón sentía cierto desprecio por la gente ignorante, no solo por los negros, claro (aunque todos sus alumnos eran negros), sino también por los blancos: hombres y mujeres a quienes el despiadado progreso de la civilización había dejado atrás, sus inteligencias limitadas no podían aprehender ciertos aspectos de la vida, sin duda algo que Artie Kelleher y Ham Hunt y toda la población conservadora de Norteamérica consideraba irremediable, de modo que salva tu propia piel de blanco; pero Kelly Kelleher rechazaba con enfado este egoísmo, por algo había puesto por escrito una vergonzante declaración destinada a sus propios padres redactada en su procesador de textos del college, cuidadosamente corregida y firmada con su nombre oficial, «Elizabeth Anne Kelleher», y dirigida a la vivienda de los Kelleher en Gowanda Heights, Nueva York, a modo de explicación parcial de por qué ese año ella no volvería a casa para el Día de Acción de Gracias sino que se iba a Old Lyme con su compañera de habitación, los querré siempre papá y mamá pero he

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llegado a comprender que por nada del mundo quisiera llevar la vida que llevan, ¡por favor, perdónenme!

En aquella época Kelly tenía diecinueve años.

Lo milagroso del caso fue que sus padres la perdonaron.

Los antecedentes sociales del Senador eran muy parecidos a los de los Kelleher, él también había estudiado en Andover justo después de que Arthur Kelleher saliera de allí ya graduado, y después había ido a Harvard, donde obtuvo su licenciatura y su título en Derecho, y Arthur Kelleher estuvo en Amherst y después en Columbia, y muy probablemente el Senador y los Kelleher tenían muchos conocidos en común aunque aquel día durante su fluctuante inconexa excitada conversación tanto el Senador como Kelly prefirieron no adentrarse en este tema.

Kelly sabía que el Senador tenía hijos de la misma edad que ella (¿un hijo?… ¿un hijo y una hija?), pero naturalmente ninguno de los dos mencionó este particular.

Kelly sabía que el Senador estaba separado de su esposa, con quien había estado casado más o menos treinta años, y este era un dato al que sí se había referido o al que había hecho alusión el Senador aunque muy brevemente.

Diciendo con una sonrisa, este fin de semana estoy solo; mi mujer espera a su familia en nuestra casa de Cape Cod… y su voz se había apagado sin aclarar nada más.

Y ella cataba el sabor de la boca de él sobre la suya. Y antes, ese mismo día, mientras Kelly estaba sentada con la cabeza apoyada en los brazos sobre la mesita de pícnic alejada de los demás, adormilada y deslumbrada por el sol y algo mareada (¿por qué bebía si eso la afectaba de un modo imprevisible?, ¿lo hacía para integrarse en el grupo como en el college?, ¿lo hacía tan solo por aparentar que participaba de la diversión, como en el college?), alguien se le acercó con sigilo, ella vio a través de sus párpados entrecerrados que esa persona iba descalza, era un hombre, tenía grandes pies pálidos surcados de venas con las uñas todas rugosas, y sintió un levísimo y trémulo toque en su hombro desnudo, una caricia que repercutió por todo su cuerpo como una sacudida eléctrica al darse cuenta de que era la lengua de él posada sobre su piel desnuda… su suave cálida húmeda lengua sobre su piel desnuda.

Entonces levantó la vista y lo miró a la cara, a los ojos, cuyo blanco amarilleaba tal vez a causa de la fatiga y estaba surcado de venitas rojas

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pero cuyos iris eran sorprendentemente azules. Como coloridos trozos de vidrio que no tuvieran nada detrás.

Y no cruzaron una sola palabra durante lo que pareció un rato larguísimo, aunque Kelly movió los labios intentando sonreír o soltar una nerviosa broma infantil para romper el hechizo.

Sabes que eres mi niñita querida ¡oh, sí!

Recordaba esto mientras se internaban velozmente por la zona desolada al sureste del puerto de Brockden, mientras se hacía de noche y todo hacía pensar (por lo menos a Kelly) que no llegarían a tiempo para tomar el ferri de las 20.20.

Aquel paraje estaba infestado de una nube de mosquitos y alguna que otra luciérnaga y muchos de los juncos de cabeza de escoba tenían una altura grotesca y sus pesadas puntas se balanceaban al viento como figuras humanas que la ausencia de rostro volvía monstruosas, por lo que ella sintió un escalofrío al verlas. En un momento dado, le comentó al Senador que resultaba extraño de verdad que tantos de los árboles del pantano parecieran estar secos… ¿estarían muertos?…, troncos aislados en la penumbra del crepúsculo, despojados de sus hojas, con las extremidades y la corteza de color gris y esa lisura brillante que tiene la piel de las cicatrices.

—Espero que no sea algún tipo de contaminación lo que está matando los árboles.

El Senador, agazapado con el ceño fruncido sobre el volante, pisando el pedal del acelerador, no respondió.

No le había dirigido la palabra desde que se desviaran para tomar esta maldita carretera, pensaba Kelly.

Desde G…, desde el pasado mes de junio, cuando finalmente todo terminó, ella no había vuelto a tener sexo.

Desde G…, cuando había querido morirse, no había tocado a ningún hombre impulsada por el deseo, ni siquiera por un deseo simulado.

¿Estoy preparada?, ¿lo estoy?, ¿lo estoy?, preguntaba una vocecita burlona.

Por todos lados, estridentes chillones insectos nocturnos sumidos en un frenesí de copulación, de procreación. Un estrépito de chirridos casi ensordecedores… ella se estremecía al oírlos. Tantísimos. Costaba creer

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que Dios hubiese creado tantos. Sus chillidos frenéticos, como si en medio del bochorno del verano sintieran la inminente e inevitable desaparición del calor, el avance de la noche, y del frío, como si sus diminutas muertes se les acercaran volando procedentes del futuro, y Kelly Kelleher tragó saliva lamentando ahora no haberse traído también ella una bebida y pensando ¿Estoy preparada?

Como fragmentos de un espejo roto esparcidos a su alrededor, los pantanos se extendían kilómetros a la redonda. Kelly suponía que se habían perdido pero no se atrevía a pronunciar las palabras por temor a molestar al Senador.

¿Estoy preparada?… es una aventura.

Dentro de aquel coche que iba dando tumbos parecían ser inmunes a cualquier daño, especialmente a un accidente de tránsito, pues aunque el Senador conducía de un modo que bien podía tacharse de imprudente y cabría afirmar que la bebida le había nublado un poco el juicio, eso no había mermado su habilidad de conductor porque ciertamente era un conductor hábil que manejaba el sólido cochecito como por instinto y además con una expresión de desdén regio, así reflexionaba Kelly, pese a que se hallaban perdidos, pese a que después de todo se les iba a escapar el ferri de las 20.20, ella era una privilegiada por estar ahí y nada malo podía sucederle, como una princesa en un cuento de hadas recién comenzado pero que quizá tardaría algún tiempo en terminar, quizá.

La luna plana y brillante, los relucientes charcos de agua tan parecidos a trozos de espejo. El ritmo jazzístico en la música de la radio y el latido, el pulso el pulso el pulso de la marea, lejano y apenas perceptible aunque a Kelly se le antojaba oírlo entrecerrando los ojos, agarrando el cinturón de seguridad a la altura de su hombro con tanta fuerza que los nudillos se le tornaron blancos.

Elevó el tono de su voz sin que se notara demasiado.

—Creo que nos hemos perdido, Senador.

La palabra «Senador» sonó alegremente irónica, con un matiz juguetón. Una especie de caricia.

Él le había dicho que lo llamara por su nombre de pila (el diminutivo de su nombre de pila), naturalmente. Pero por alguna razón hasta ahora Kelly todavía no había sido capaz de hacerlo.

Cuánta intimidad, en el coche que daba saltos y tumbos. Y entre los dos aquel mareante y acre olor a alcohol. Besos con sabor a cerveza, esa

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lengua tan gruesa que podría asfixiarte.

Aquí estaba uno de los inmunes, a su lado: él, uno de los poderosos adultos del mundo, un hombre varonil, un senador de Estados Unidos con un rostro conocido y una historia enredada, capacitado no solamente para soportar la historia sino para dirigirla, controlarla, manipularla con miras a sus propios fines. Era un demócrata liberal a la antigua usanza salido de los años sesenta, un defensor de la Gran Sociedad dedicado con obstinación y entusiasmo a la reforma social y por lo visto nada amargado ni abrumado, ni siquiera demasiado sorprendido ante la oposición que sus ideas humanitarias despertaban en la Norteamérica de los postreros años del siglo veinte porque la política era su vida, ya se sabe lo que es en esencia la política: el arte del compromiso.

¿Puede el compromiso ser un arte? Sí, pero un arte menor.

Kelly pensaba que el Senador no la había oído, pero entonces él dijo, con una risita carente de alegría que sonaba como si se estuviera aclarando la garganta:

—Esto es un atajo, Kelly —pronunciando las palabras despacio, como si se dirigiera a un niño pequeño o a una joven que estuviera bebida—. Solo hay una dirección y no podemos habernos perdido.

Justo antes de que el coche saliera despedido de la carretera.

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Ella lo oyó maldecir con un único «¡Ey!» cuando el coche patinó contra la valla de protección, patinó de lado, con la parte trasera derecha que rodó hasta quedar hacia delante, como si estuvieran subidos a unos autitos chocadores infernales, y la cabeza de Kelly dio contra la ventanilla, y una neblina roja le oscureció la visión pero no pudo tomar aire para gritar mientras el ímpetu de la velocidad que llevaban los empujaba cuesta abajo por un corto pero abrupto terraplén, al tiempo que un furioso staccato repiqueteaba contra los bajos del vehículo como si se estuvieran quebrando ramas secas, y ella todavía no había podido aspirar aire para gritar cuando el coche fue a zambullirse en lo que parecía ser una poza, un remanso, un agua estancada en la marisma, que era de suponer solo tendría unas decenas de centímetros de profundidad, mas el agua negra se agitaba a su alrededor como si estuviera viva y a propósito los arrastrara hacia el fondo y el coche se sumergía escorado y Kelly dejó de ver, el Senador se derrumbó sobre ella y sus cabezas chocaron y quién sabe cuánto rato ambos estuvieron batallando entre sí aturdidos y desesperados y aterrados por lo que estaba ocurriendo sin que fueran capaces de controlarlo ni aun de comprenderlo, sino únicamente de pensar: Esto no puede estar ocurriendo, es que voy a morir de este modo, cuántos segundos o minutos transcurrieron hasta que el Senador gimiendo «Oh Dios oh Dios», dando torpes manotazos y tirones a los cinturones de seguridad se arrancó a pura fuerza del asiento detrás del volante roto y con una energía de fanático consiguió escabullirse por la puerta abriéndola pese a la presión del agua negra y la gravedad, esa puerta que, cosa extraña, estaba donde no debería estar, encima de sus cabezas, justo encima, como si la propia esfera terrestre hubiera basculado insensatamente sobre su eje y el cielo ahora invisible hubiera desaparecido enterrado bajo el lodo…, en medio de su terror y confusión Kelly Kelleher era incapaz de determinar cuánto tiempo había transcurrido. Luchaba por salir del agua, se agarraba al musculoso antebrazo de un hombre a pesar de que este la rechazaba a empujones, se

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agarraba a la pernera del pantalón del hombre, a su pie embutido en un pesado zapato de lona con suela de goma que la aplastaba, le pateaba el lado izquierdo de la cabeza, la sien izquierda, de modo que ahora sí que gritó de dolor y aflicción y le clavó las uñas atenazándole frenética la pierna, luego el tobillo, el pie, el zapato, el zapato de lona con suela de goma que se le quedó en la mano dejándola allí a solas gritando y suplicando: «¡No me deje… ayúdeme! ¡Espere!».

Sin disponer de un nombre con que llamarlo mientras el agua negra se precipitaba sobre ella para llenarle los pulmones.

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SEGUNDA PARTE

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Él se había marchado pero iba a regresar para salvarla.

Se había ido y había alcanzado la costa a nado a fin de pedir ayuda… o tal vez se hallaba desplomado en el terraplén cubierto de hierbajos vomitando agua en medio de espasmos incontrolables inspirando muy muy profundamente para cobrar las fuerzas y el arrojo varonil necesarios para volver al agua oscura a fin de bucear hasta el coche sumergido e impotente como una cucaracha patas arriba que, apoyado en un costado, guardaba un equilibrio precario en la blanda podredumbre del lecho del río donde su atrapada y aterrada pasajera esperaba que él acudiera a rescatarla, esperaba que regresara y abriera la puerta y la sacara y la salvara: ¿era así como iba a ocurrir?

Estoy aquí. Estoy aquí. Aquí.

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Aquel día, en la reunión del Cuatro de Julio en casa de Buffy St. John fueron llegando invitados durante toda la tarde e incluso ya entrada la noche. A algunos de ellos Kelly no los conocía pero sí conocía a Ray Annick, y a Felicia Ch’en, una amiga reciente de Buffy extraordinariamente hermosa con sus lisos cabellos negros, que era licenciada en Matemáticas y colaboradora independiente del Boston Globe, para el que escribía artículos científicos, y a Ed Murphy, el economista especializado en finanzas que enseñaba en la Universidad de Boston y asesoraba a una empresa financiera de esa misma ciudad, y desde luego, a Stacey Miles, que había sido compañera de residencia de Kelly en la Universidad Brown, y a Randy Post, el arquitecto con quien Stacey vivía en Cambridge, y también a un examante de Buffy llamado Fritz que seguía vinculado a Buffy por una buena amistad y que de hecho había sacado a cenar a Kelly Kelleher unas cuantas veces en plan amistoso e informal y de quien Kelly sospechaba que quería hacerle el amor para vengarse en cierto modo de Buffy, a quien en realidad esto le tenía absolutamente sin cuidado, y estaba también aquel negro alto de piel clara y anchos hombros y un poco calvo, de unos treinta y cinco años, que trabajaba en calidad de becario en el Massachusetts Institute of Technology y que ya le habían presentado a Kelly en una ocasión anterior (su nombre de pila era poco corriente, y exótico, ¿sería Lucius?), y que no era negro americano sino que provenía de Trinidad, y Kelly recordó que le había gustado igual que a él le había gustado ella, se había mostrado atraído por ella, así que Kelly se sintió mejor pues había temido este fin de semana porque cada vez se sentía más incómoda en esa clase de fiestas donde tanta bebida, tanto intercambio de agudezas, tanta alegría y tanta descarada estimación del atractivo sexual la colocaban en una situación de desventaja, pues desde lo de G… se sentía tan vulnerable como si hubiera perdido la capa exterior de la piel, y cuando los hombres la miraban, se quedaba rígidamente inmóvil, notando que apretaba las mandíbulas llena

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de pavor y que el pulso se le aceleraba, pero si los hombres no la miraban, si sus miradas apenas la rozaban y pasaban de largo como si fuera invisible, el pavor que sentía era algo todavía más profundo: la convicción de fracasar no solo como mujer sino como persona.

Pero ahí estaba Lucius. Un científico becado para investigar las propiedades del plasma. Suscriptor del Citizens’ Inquiry y admirador de Carl Spader, o de lo que sabía de Carl Spader.

Ahí estaba Lucius, y Kelly agradecía su presencia, y de no haber sido porque poco después de las dos un Toyota negro enfiló hacia el camino que conducía a la casa de Buffy y originó el murmullo de ¿Es él?, ¿lo es? ¡Dios santo!, los dos habrían podido llegar a convertirse, con el tiempo, en muy buenos amigos.

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Kelly no creía en la astrología ni en los apremiantes consejos y estimulantes artículos al estilo de las charlas de Ben Franklin que aparecían en las revistas de horóscopos, ni tampoco creía en el Dios anglicano a quien (¿por quién?, ¿para quién?) había sido tiempo atrás consagrada mediante la confirmación.

El abuelo Ross, cuando estaba a punto de morir y las carnes arrugadas se le desprendían ya de los huesos aunque sus ojos seguían tan vivos como siempre, rebosantes de tierno amor hacia ella, a quien nunca llamó «Kelly» sino «Lizzie», la más querida de todos los nietos que llevó al mundo, le dijo, como si le comunicara un secreto inquietante, El modo en que dirijas tu vida, el amor que pongas en ella… eso es Dios.

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Estaba sola. Él había estado con ella y se había marchado y ahora estaba sola pero él desde luego iría a buscar ayuda.

Trastornada por no saber desde el primer momento dónde se hallaba, qué clase de lugar opresivo y hermético era ese, qué clase de oscuridad, por no saber qué había ocurrido ya que había ocurrido de un modo tan repentino como una escena rápida y borrosa vislumbrada a través de una ventanilla en movimiento, y porque además tenía sangre en los ojos, sus ojos abiertos de par en par y aun así ciegos, su cabeza en la que una arteria latía con fuerza allí donde el hueso estaba roto, sabía que lo tenía roto y estaba convencida de que por esa fisura el agua negra penetraría para extinguir su vida a menos que encontrara una manera de escapar a menos que… él desde luego regresará para ayudarme.

De hecho él la estaba consolando, sonreía con el entrecejo fruncido lleno de preocupación tocándole solícito el hombro con las puntas de los dedos. No dudes de mí, Kelly. Nunca.

Él conocía su nombre, la había llamado por su nombre. La había mirado con amor, así que ella lo sabía.

Él era su amigo. Ella no lo conocía pero era su amigo, eso sí lo sabía.

En cuestión de un minuto Kelly recordaría su nombre.

El artefacto que la aprisionaba era un coche, estaba atascada en el asiento delantero de un coche pero el espacio era muy reducido porque el techo, el tablero y la puerta de su lado se habían doblado hacia dentro inmovilizándole las piernas y destrozándole la rótula derecha, atenazándosela en una especie de cepo; tenía rotas las costillas de la parte derecha, pero el dolor parecía hallarse en suspenso, como un pensamiento aún no del todo consciente, apenas notaba sensación alguna de modo que sabía que todo iría bien mientras pudiera alzar la cabeza por encima de la rezumante agua negra que apestaba a alcantarilla y que estaba fría, mucho más fría de lo que uno sería capaz de imaginar en una noche tan calurosa de pleno verano.

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Iba a ingeniárselas para respirar incluso mientras tragaba agua, había una manera de hacerlo expulsando agua por la nariz, sacudiendo la cabeza de un lado a otro para después echarse hacia atrás apartándose todo lo que sus fuerzas le permitieran de la puerta hundida, quizá tuviera roto el hombro izquierdo, ahora no quería pensar en esto porque en el hospital se ocuparían de ella, una vez salvaron a su amiga, su amiga de colegio, la chica cuyo nombre no recordaba aunque sabía que no se trataba de Kelly, estaba gritando ¡Socorro, ayúdenme!… ¡Aquí! (algo confundida porque ¿dónde era arriba?, ¿dónde estaba el cielo?), él había luchado desesperadamente por liberarse utilizando el propio cuerpo de ella para alzarse fuera de la puerta que estaba arriba, donde no debería haber ninguna puerta, consiguió abrirla venciendo el peso de aquello que la presionaba hacia abajo deslizando con dificultad su corpachón de gran osamenta a través de aquel espacio que apenas parecía lo bastante grande como para que Kelly Kelleher pasara por él, pero el hombre era fuerte y estaba frenético pateando y trepando como un enorme pez que avanzara erguido y que conociera por instinto la manera de salvarse.

Y qué guardaba ella de él, Dios mío, qué trofeo agarraban sus estúpidos dedos, sus uñas rotas que se había pintado sin prisas la noche anterior aprovechando el esmalte de Buffy, qué era por amor de Dios… ¿un zapato?

¿Un zapato vacío?

Pero no: solamente había una dirección, y él acudiría a buscarla desde aquella dirección.

Ella lo sabía.

Aunque sabía asimismo que el coche, sumergido a una distancia de la superficie que ella era incapaz de adivinar, de hecho podían ser tan solo unos cuantos centímetros, sabía con la parte de su cerebro que se conservaba pragmática y despiadada, que pese a que el coche almacenaba aire, una burbuja o unas burbujas de aire, se iría llenando poco a poco, no podía dejar de llenarse, delgados hilitos de agua se abrirían camino por miles de agujeros, de hendiduras, de rendijas como las que formaban la agrietada tela de araña dibujada en el parabrisas, poco a poco el nivel del

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agua iría subiendo, tendría que subir, puesto que el coche se hallaba totalmente sumergido, ella había oído contar que algunas víctimas de accidentes habían sobrevivido en un coche sumergido tanto como cinco horas y luego los habían rescatado, y a ella la rescatarían si tenía paciencia, si no se dejaba invadir por el pánico, pero poco a poco la inmunda agua negra iría subiendo para llenarle la boca, la garganta, los pulmones aunque no podría verla ni oírla gotear, filtrarse, escurrirse por debajo del descalabro que tenía en la cabeza, indiferente al zumbido atronador de sus oídos, a los espasmos de tos y de ahogo que se apoderaban de ella y a aquella inmundicia negra que había de escupir.

Aunque, ¿acaso él no se lo había prometido? Sí, lo hizo.

Aunque, ¿acaso él no la había abrazado y besado? Sí, lo hizo.

¿No le había metido la enorme lengua en su boca seca y alarmada? Sí, lo hizo.

¡No me duele, no me duele!, se juraba que no sentía dolor, no iba a rendirse ante el dolor, ellos la habían ensalzado, es tan valiente Lizabeth, chiquitina valiente, cuando le vendaron el ojo, y ese era su auténtico yo, ya lo vería él, en cuanto la ayudara a zafarse, ella sola se pondría a salvo, era una buena nadadora. Estoy aquí.

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Dos veces a la semana, los martes y jueves, incluso en verano, Kelly Kelleher recorría en su Mazda de segunda mano el enrevesado trayecto que conducía desde su departamento en el condominio situado allá en lo alto detrás de Beacon Hill, en Boston, hasta el barrio de Roxbury, donde, en un mal ventilado centro comunitario, ella se ocupaba de enseñar (o por lo menos lo intentaba con ahínco) rudimentos de lectura a cierto número de personas analfabetas de raza negra. Sus clases empezaban a las siete de la tarde y terminaban (a veces languideciendo de un modo ambiguo) a las ocho y media. Cuando le preguntaban si ella y sus estudiantes progresaban, Kelly contestaba sonriente: «¡Algo!».

Llevaba solo unos meses trabajando como voluntaria en el programa de la Fundación Nacional para la Alfabetización de Norteamérica, y lo hacía con ardor y entusiasmo… y sin embargo también con una santurrona complacencia ante su propia virtud, esa condescendencia propia de un ser de raza caucásica, mezclada con un temor muy real y visceral a ser objeto de cualquier amenaza o daño a su integridad física, no en las dependencias comunitarias del centro sino en las calles del desolado Roxbury y a lo largo de la autopista de circunvalación salpicada de desperdicios, debido a la vulnerabilidad de su piel blanca.

Dicha ambivalencia alteraba a tal punto su experiencia en Roxbury que a mediados del verano todavía no había hablado de ella a sus padres, y raras veces la mencionaba a sus amigos.

Tampoco se la mencionó al Senador durante las varias conversaciones que aquel día sostuvieron en casa de Buffy… sin saber exactamente por qué… quizá porque quería dar la impresión de que era, no el tipo de enardecida voluntaria que el Senador, al igual que cualquier político de renombre, trataba de continuo y con cierto desdén, sino un tipo de mujer completamente diferente.

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¿Qué es un voluntario, en especial si es mujer?

Alguien que se sabe incapaz de triunfar.

Mientras el agua negra se filtraba en el espacio que la envolvía, ajustado como una matriz.

Sin embargo: Buffy había sido muy amable al adjudicarle el dormitorio que llamaban «de la hermanita pequeña», el que en la serie de cinco habitaciones que tenía el edificio de Cape Cod de la calle Derry ocupaba la esquina sureste, Kelly Kelleher había dormido allí muchas veces, era un cuarto que contenía una cama de hierro recatadamente vestida de organdí blanco, unos pocos muebles cuya sobriedad se inspiraba en el estilo de la secta Shaker, varias alfombras trenzadas a mano, y un empapelado floreado en el que predominaban los tonos rosas, muy parecido al que revestía la habitación preferida de la abuela Ross en el amplio y viejo caserón de Greenwich, y Kelly se había lavado con dedos temblorosos la cara ardiente, sin prisas se había refrescado con agua los ojos deslumbrados por el sol y se había cepillado el cabello con rápidos movimientos enérgicos y excitados mientras se miraba al espejo del cuarto de baño pensando, Es fantástico, no puede ser cierto.

Bueno, sí. Kelly Kelleher era la elegida.

Al principio el Senador se había dirigido a todos en general. Alto, ancho de hombros, vehemente y encendido por el placer que le producía hallarse allí donde estaba, en aquel lugar, en la preciosa isla de Grayling, de la cual no sabía casi nada, pues había visitado el estado de Maine muy pocas veces desde que su familia dejara de veranear en la casa de Cape Cod, prefiriendo ignorar lo mucho que ese lugar había cambiado a través de los años, convertido en una zona muy urbanizada y superpoblada… «A veces uno se resiste a ver lo que está ocurriendo a su alrededor, se resiste a ver».

Pero el talante del Senador era expansivo, amistoso. Se trataba de una reunión simpática, de gente atractiva y más joven que él, y daba la impresión de estar decidido a pasarlo bien.

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Él, y también Ray Annick (podría decirse que los dos hombres de más edad), estaban decididos a pasarlo bien.

De hecho, lo primero que hizo el Senador después de saludar a su anfitriona fue llevarse a un lado a Ray Annick para conferenciar con él fuera del alcance del oído de los demás; luego le preguntó a Buffy si le permitiría refrescarse un poco y utilizar los trastos de afeitar de Ray. Según dijo, no se había afeitado desde las seis de la mañana en Washington.

Cuando reapareció, ya no llevaba puesta la camisa blanca de manga larga, demasiado formal para la ocasión, sino que se había endosado una chomba de punto azul oscuro cuyas cortas mangas le apretaban sobre los bíceps musculosos. Llevaba el cuello desabrochado y por el escote en V asomaba un mechón de hirsutos pelos grises.

Vestía pantalones de algodón de color pastel, que le daban un aire veraniego de informal elegancia.

Y calzaba zapatos deportivos de lona beis con suela de goma, marca L.

L. Bean.

De modo que las bebidas se sirvieron en la terraza donde corría la brisa, donde resonaba una mezcla de conversaciones entre las que destacaba la voz amistosa, natural y tranquila del Senador, aunque su actitud y cierta determinación presente en sus palabras y en la moderación de su tono sugerían me doy cuenta de que me están grabando en su memoria pero no vayan por eso a tomarme antipatía mientras comentaban lo escandaloso de las recientes decisiones de la Corte Suprema, el espaldarazo ideológico dado al egoísmo y a la crueldad de la sociedad opulenta, la destrucción sistemática de las mejoras conseguidas por el movimiento en pro de los derechos civiles, la jubilación del juez Thurgood Marshall, y el final de una época.

El Senador suspiró, hizo una mueca, pareció dispuesto a añadir algo más pero cambió de idea.

En casa de Buffy no faltaban las diversiones: la llegada de nuevos invitados, la perspectiva de un improvisado campeonato de tenis.

Él estrechó la delicada mano de Kelly sacudiéndosela al tiempo que le decía, «Te llamas Kelly ¿no? ¿O Callie? Kelly».

Ella se rio. Le gustaba cómo sonaba su nombre de colegiala en boca de un senador de los Estados Unidos.

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No era tal como me lo había imaginado, resultó ser muy cordial, muy simpático, sin ningún aire de superioridad…

Formulaba las palabras exactas que lo definirían en su recuerdo, en el relato de sus recuerdos que haría a los amigos, tal vez al señor Spader, que lo había conocido años atrás pero que se había distanciado de él.

Qué cortesía, qué afabilidad tan auténtica, qué interés por saber quiénes éramos y lo que opinábamos de sus propuestas al Senado, del sistema de salud, la reforma de la asistencia social, sí, y además tiene visión, no creo exagerar al decir…

Qué importante es que tratemos de ensayar el futuro con palabras.

Sin dudar jamás de que podrás vivir para pronunciarlas.

Sin dudar jamás de que llegarás a contar tu propia historia.

Y también el accidente, algún día ella transformaría el accidente, esa pesadilla de hallarse atrapada en un coche sumergido, lo cerca que había estado de morir ahogada, cómo la habían rescatado. Fue algo horrible, espantoso. Yo estaba atrapada y el agua se iba filtrando y él fue a buscar ayuda y por suerte quedaba aire dentro del coche, gracias a que habíamos cerrado las ventanillas por el aire acondicionado, sí, ya sé que fue un milagro, si es que uno cree en milagros.

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¡El acné puede aparecer en cualquier momento de la vida, no solo durante la adolescencia!

La piel que rodea el poro produce un número exagerado de células que bloquean la salida de la grasa haciendo que grasa y bacterias se acumulen bajo esa obturación. Eso conduce a la formación de espinillas, puntos negros y, si el acné es muy grave, verdaderos quistes. Se recomienda el uso de PERÓXIDO DE BENZOILO, una medicación bactericida, y ÁCIDO SALICÍLICO para limpiar y depurar los poros afectados. Se recomienda disimular las zonas enrojecidas con una base cosmética verdosa y aplicar seguidamente una crema de maquillaje ligera y polvos faciales.

¡No aplicar NUNCA el maquillaje sobre los comedones no cerrados porque esto puede provocar una infección!

Deseo a este hombre. Sus ojos, sus manos. Su boca… Debo dejar de mirarlo fijamente.

El cabello de esta mujer, sus ojos, sus labios… ¿Qué fragancia es esta?

Un traje de baño de licra blanco con diminutos botones de perlitas para darle ese toque de ropa interior. Con un solo bretel y MUY escotado en los muslos, de modo que TODO TU CUERPO deberá lucir un suave bronceado.

Una túnica tejida, color amarillo narciso, para llevar todo el verano con ropa ligera, vaqueros, traje de baño: elegante, versátil y SEXY.

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ALERTA: Los rayos ultravioletas, el agua de mar y los secadores de pelo demasiado calientes constituyen un peligro grave para la BELLEZA DEL CABELLO.

ALERTA: Más de cien mil mujeres norteamericanas se han contagiado con el virus del sida.

ALERTA: Cuidado con las dudosas academias de modelos que prometen que en el término de doce meses te proporcionarán un contrato con una revista de modas.

ALERTA: Los perfumes, las lacas para el pelo y las espumas que contienen alcohol pueden causar un daño irreparable a las prendas de seda y acetato. Rocíate antes de vestirte o bien toma la precaución de taparte el cuello y los hombros con una toalla.

EL MISTERIO DE LOS ESCORPIO. Plutón, dios del inframundo, no era originariamente un hombre sino una mujer, la hija de la Madre Tierra Rea. ¡Plutón no es más que una diosa masculinizada! Se cree que con el advenimiento de la Nueva Era, los poderes de Escorpio, que durante tantos años han sido suprimidos, se redescubrirán y el Escorpión evolucionará hacia un plano superior: el FÉNIX RESUCITADO.

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Ahora ella no gritaba ni sollozaba, pues sabía que no debía agotar el oxígeno existente en aquella oscuridad, pero con la garganta en carne viva dijo en voz alta y clara Estoy aquí estoy aquí ESTOY AQUÍ.

No estaba histérica. No estaba paralizada de terror.

Alcanzaba a oírlo… allá arriba. La superficie del agua no quedaba mucho más arriba. Él se movía con cautela allí en el caudal poco profundo, buceaba, nadaba para sacarla del lugar donde estaba aprisionada en la oscuridad, así que debía guiarlo: estoy aquí estoy aquí ESTOY AQUÍ.

Mientras el agua negra subía a su alrededor, para llenarle los pulmones.

Mientras el agua negra subía a su alrededor de un modo imperceptible y esa agua negra se escurría, se filtraba gota a gota deslizándose en finos hilitos como lágrimas por su rostro y le parecía notar el blando contacto de cientos de sanguijuelas que a tientas adherían sus bocas sobre su cuerpo; no, era solamente agua, estaba sentada en medio del agua temblando convulsivamente en un agua que olía a alcantarilla, gasolina, aceite, y a su propia orina, porque no había podido retenerla. No me deje. Estoy aquí.

Avanzaban veloces, dando tumbos sobre los baches de la carretera bajo el resplandor de la luna allí en lo alto mientras ella aún sentía en la boca la presión de su beso, y un instante después se encontraban luchando por conservar la vida y él la pateaba, convulso de terror como ella en su afán de escapar, pero es que no sabía lo que hacía, lo cegaba el pánico, ella lo comprendía.

Lo comprendía. Tenía fe.

Ahora recordaba quién era él: el Senador.

Sentía los dedos de él sobre sus hombros desnudos, su aliento que olía a cerveza, a alcohol… Ella no era una descarada, podía explicar por qué se había comportado de aquel modo con el Senador, mostrándose en

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apariencia, o de verdad, como una chica fácil, vulgar y de reacciones previsibles.

No obstante, después de que los presentaran y se pusieran a charlar con tanta naturalidad, al descubrir cuántos temas podían tocar, Carl Spader por ejemplo, por ejemplo el Citizens’ Inquiry, Kelly cambió de opinión respecto al personaje.

… se mostró realmente afable, efusivo. Se interesa de corazón por la gente. Y desde luego es muy inteligente.

Hay que ensayar el futuro con palabras. Tus palabras. Tu historia. Porque jamás debes poner en duda que habrá un futuro.

Y ¡qué sentido del humor tiene!

Ella lo hacía reír, lo divertía… Un cincuentón agotado que empezaba a criar barriga, cuyos enrulados cabellos grises comenzaban a clarear en la coronilla y que el pasado enero se había lastimado la rodilla izquierda mientras jugaba al squash de modo que ¡carajo! ahora en la cancha era pan comido para Ray Annick, esa fiera de Ray con un segundo saque tan mortífero, sí, hazme reír, distráeme, tengo tantas ganas de ser feliz, así que Kelly Kelleher relató con mucha chispa la historia (que tiempo atrás ya le había contado a Buffy aunque la buena de Buffy simuló que la oía por primera vez) del conflicto que había estallado en Gowanda Heights, no, fue más que un conflicto, una verdadera guerra, los propietarios de bienes raíces situados en el municipio fueron obligados a tomar partido sin que valieran evasivas: o bien apoyaban la «tradición» de Gowanda Heigths consistente en conservar las carreteras sin asfaltar (tradición que resultaba sorprendentemente costosa: el mantenimiento anual de cada carretera era al menos unos cuarenta mil dólares más caro que el de una carretera asfaltada) o bien apoyaban la «modernización», y eso provocó una tormenta de emociones en el ánimo de los contendientes, sobre todo en los del campo tradicionalista… como Artie Kelleher de Scotch Pine Way, que creía que bajaría el valor de su terreno si le asfaltaban la carretera y que durante una sesión del Ayuntamiento discutió tan encarnizadamente con un viejo amigo suyo que sostenía la postura contraria que la madre de Kelly temió que le fuera a dar un infarto. Quedaron rotas las amistades, los vecinos dejaron de hablarse, hubo amenazas de entablar pleitos, sospechas de que al menos un perro había sido envenenado… y todo ¿por qué?, preguntó Kelly riendo, ¿por qué? ¡Por unas simples carreteras de tierra!

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El Senador se echó a reír pero, bueno, sí, creía comprenderlo, hay que conocer el corazón humano, lo mucho que valoramos las cosas más insignificantes, como dijo Thomas Mann, «no hay nada que no sea política», por muy mezquino, ignorante o egoísta que pueda parecerle a un observador neutral; tal vez Kelly era demasiado joven para entenderlo.

—¿Joven? Si yo no soy joven. No me siento nada joven.

Fue una afirmación abrupta y apasionada, y su risa bastante estridente, de modo que los demás se volvieron a mirarla; él la miró.

Estaba decidida a no decir: Senador, usted fue el tema que escogí para mi tesina, a menos que esa declaración pudiera ser hecha como de paso, en tono jocoso.

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Se incorporaba poco a poco, utilizando el volante como punto de apoyo. El esfuerzo la hacía temblar, gimotear como una pobre criatura

enferma y asustada.

Como una niña suplicaba Ayúdeme. No se olvide de mí. Estoy aquí. Era incapaz de calcular cuántos minutos habían transcurrido desde que

el coche se saliera de la carretera, ¿serían quince?, ¿cuarenta minutos?, porque parte de este tiempo había estado medio inconsciente, hasta que se despabiló aterrada cuando algo serpentino se le deslizó veloz por la cara y el cuello empapándole el cabello; no era una culebra ni nada que tuviera vida propia, sino un serpenteante chorro de agua negra que irrumpió porque el coche, que hasta entonces yacía de costado manteniendo un aparente y precario equilibrio se había desplazado debido a la presión de la corriente para completar el vuelco y quedar tumbado panza arriba.

Atrapada ahora allí dentro sin saber dónde estaba ese «allí», sin saber lo lejos que se hallaba él, cabeza abajo en la completa oscuridad, se retorcía y jadeaba tratando de liberarse, tanteando para asir… ¿el qué?… el volante, sus dedos entumecidos aferraron el destrozado volante para utilizarlo como punto de apoyo tal como lo había hecho él cuando luchaba por zafarse.

El volante la orientó por fin respecto a su posición. No veía nada pero podía hacer un cálculo: qué distancia la separaba de la puerta del lado del conductor, la que se abriría para ella; estaba convencida de que se abriría, debía abrirse para ella lo mismo que se había abierto para él, se negaba a pensar que quizá la puerta se había abierto de par en par cuando chocaron con la valla de protección y después la había cerrado la fuerza de la corriente, el raudo fluir de aquel agua plagada de remolinos que no podía ver pero sí percibir, oír, oler, sentir en todos los poros de su cuerpo: era su enemigo, era un predador: su Muerte.

No quería pensar. No quería reconocerlo.

Si no eres optimista, estás muerta.

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Le estaba diciendo a su madre que era una buena chica pero su madre, que no parecía oírla, habló deprisa y como con pudor, los serios ojos grises que Kelly siempre había encontrado preciosos fijos en un punto justo detrás del hombro de Kelly, «esta clase de amor no es más que… (Kelly no consiguió entenderlo pero supuso que se refería a una calentura de la sangre) y eso no dura, no puede durar. Cariño, ni siquiera recuerdo cuándo tu padre y yo… la última vez… como aquella… aquella…». Con un pudor terrible, y aun así proseguía el tema con valentía pues esta era la conversación que habían sostenido, Kelly recordó de pronto, cuando, a sus dieciséis años, durante su tercer año en la academia Bronxville, se había enamorado locamente de un chico y habían hecho el amor de un modo torpe y lamentable; para Kelly era la primera vez y a partir de ahí el chico la había esquivado y Kelly había deseado morirse, no podía dormir no podía comer no podía soportarlo, estaba convencida de que no podía, al igual que una de sus amigas del colegio que intentó suicidarse de veras tomándose un tubo entero de barbitúricos con ayuda de un trago de whisky y la transportaron en ambulancia hasta la sala de urgencias del Hospital General de Bronxville, donde le hicieron un lavado de estómago y salvaron su vida tan frágil, y Kelly Kelleher en realidad no quería morirse, lloró en brazos de su madre y juró que no quería morir, que era una buena chica, no era una cualquiera, no quería tomar la píldora anticonceptiva como hacían las demás chicas, y su madre la consolaba, su madre estaba allí para darle ánimo, incluso ahora pese a que no parecía oírla (tal vez por culpa del rumor del agua, de la barrera del parabrisas), su madre estaba allí para darle ánimo.

Mientras una oleada de agua negra le cubría la boca.

Después del paralizante trauma inicial, desplegó una fuerza que ignoraba poseer y de un súbito tirón consiguió levantarse liberando en parte la rodilla de aquella cosa que la tenía atenazada, pero algo le ocurría en el pie, el pie derecho no lo sentía, y como tampoco lo veía era como si no existiera, tal vez estaba amputado… aunque razonó que si esto hubiera sucedido ya se habría desangrado al cabo de tanto rato.

Sin embargo, no le era posible mover los dedos de este pie ni tampoco sentirlos, e incluso los conceptos fisiológicos de «dedos» y «pie» se habían

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tornado borrosos en su mente, así que enseguida dejó de pensar en ellos:

era una optimista.

Sus amigos la reprendían cariñosamente, Kelly cree ser muy cínica, cree estar de vuelta de todo. ¡Ah!, pero nosotros sabemos que no es así, incapaces de dejar de pincharla acerca de la derrota de Dukakis y su propia y obstinada lealtad hacia Carl Spader, que la trataba como a una mecanógrafa; una vez en una fiesta Kelly oyó casualmente que Jane Freiberg le decía a un hombre: sí, esa es Kelly Kelleher, te la presentaré, en el fondo es un encanto cuando consigues pasar por alto su… y ella se alejó con rapidez para no escuchar el resto de las palabras de Jane.

Qué falta de educación, hablar así de ella cuando se hallaba tan cerca que podía oírlo. Cuando aún estaba viva.

¡Cómo se atrevían sus amigos a hablar de ella de este modo! ¿Kelly?… Preciosa.

La voz sonó estridente cerca de su oído. Pero no vio a nadie.

Tampoco podía recordar muy bien cómo se llamaba aquel hombre, tan solo sabía que estaba esforzándose por llegar hasta ella, que nadaba contra la revuelta corriente con los rulos flotando verticalmente sobre su semblante pálido y angustiado, alargaba la mano hacia el tirador de la puerta, sus dedos tentaban el tirador de la puerta que la dejaría libre si ella tenía fe si no se abandonaba al miedo al pánico al terror a la Muerte.

Aquí. Estoy aquí.

Sin saber cómo, se encontraba encajada cabeza abajo contra la parte interior del techo de aquel coche hundido bajo el agua que, asentado en el lecho invisible del riachuelo, se balanceaba como sacudido de temblores, y lo que la oprimía por arriba era el asiento tapizado al que de algún modo estaba atada, sin duda por la banda del cinturón que le cruzaba el hombro, el cuello, en el caso de que la columna vertebral del prisionero no se le rompa al caer, el prisionero muere lentamente por asfixia, pero la que estaba apresada en un dogal de retorcido metal era su pierna derecha, con el pie paralizado, entumecido, tan desprovisto de sensibilidad como si fuera una roca, ¿estaría amputado o seguiría unido al tobillo? Pero no, no debía pensar en eso. Era una optimista.

Se dio cuenta entonces de que en algún momento se había vomitado encima, y se apresuró a discurrir que esta depuración era muy conveniente pues le había limpiado el estómago dejándole dentro menos porquería por si acaso tenían que hacerle un lavado, sacarle esta agua que no era de la

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clase a la que estaba acostumbrada, transparente, ligeramente azul, clara y deliciosa, no esta clase de agua sino un abominable residuo de estercolero, espeso, viscoso y con sabor a alcantarilla, a gasolina, a aceite.

Aquí. Ayúdeme.

Agarrándose al volante, empeñó toda su trémula fuerza hasta conseguir izarse por encima del agua que continuaba subiendo, y aunque el esfuerzo la hacía lloriquear como una criatura, comprendió que Si logro mantener la cabeza fuera, la boca fuera del agua podría aspirar el aire contenido en la burbuja que, iluminada por la luna, flotaba sobre ella.

¡Esa brillante luna achatada! Mientras fuera capaz de verla, seguía viva.

Vamos a llegar adonde estás Kelly. Y vamos a llegar a tiempo.

Lo sabía, lo entendía, ellos confiaban en ella. Él confiaba en ella. Acudiría una ambulancia. Una sirena. La luz roja giraría locamente

rebotando y oscilando a través de los pantanos.

La muchacha llamada Lisa, la que tenía una hermana gemela, la que había intentado suicidarse tragando treinta y ocho pastillas para dormir. Fueron a recogerla y le hicieron un lavado de estómago y le salvaron la vida y después todas las chicas, embargadas de un respetuoso pavor, estuvieron hablando de ella entre cuchicheos, conscientes de su llamativa ausencia en las aulas y el comedor.

Aquella chica, aunque era una gemela, una hermana, no era Kelly Kelleher.

Kelly Kelleher, quien, después de lo de G…, juró que nunca se quitaría la vida porque toda vida es preciosa.

Por lo tanto solo era cuestión de fortaleza, de voluntad. De la concentración de su espíritu. No debía rendirse, no debía flaquear. El agua negra ascendía lentamente formando olitas que rompían contra su barbilla, su boca, pero Si logro mantener la cabeza fuera, era solo cuestión de saber lo que había que hacer y de hacerlo.

Por qué no se atrevió a decir que se habían perdido, por qué no le dijo a él que diera media vuelta con el coche para regresar a su punto de partida, ¡oh, por favor!, pero no se quiso arriesgar a ofenderlo.

Aquella agua negra era por culpa de ella, lo sabía. Sucede que una no desea ofenderlos. Precisamente a quienes son simpáticos.

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Porque él era simpático. Incluso a pesar de saber que todos estaban observándolo con atención, grabándolo en su memoria, no vacilaba en hacer comentarios y bromas. Y cuando lanzaba una volea durante el partido de tenis, llevado por el ardor del juego apretaba las mandíbulas y descubría los dientes.

Uno llega a despreciar las palabras que se oye decir…, la propia «celebridad».

Y con qué inesperada amabilidad la había tratado a ella. Kelly Kelleher. Tan radiante y segura de sí misma allí en la playa, con sus nuevas gafas de sol tan oscuras y atractivas, de esas que eliminan los rayos ultravioletas porque los cristales han sido tratados con un método científico, y ella sabía que tenía buen aspecto, no era hermosa pero a veces una lo sabe, sabe que tiene su momento, eso produce una felicidad inigualable.

Eres una joven norteamericana: ya lo sabes.

Había recuperado gran parte de los kilos que perdiera. Y ya no se le caía el pelo dejando en sus dedos aquellos mechones desesperantes, ahora sus cabellos lisos brillaban de nuevo, a su madre se le quitaría un peso de encima. El desearle la muerte a G… había sido un sentimiento pueril y rencoroso pero Naturalmente ya no siento lo mismo, ahora pienso en ti como en un amigo.

Sin embargo había vacilado no queriendo pronunciar la palabra perdidos, ya que su madre le había advertido que ningún hombre puede tolerar que una mujer lo ponga en ridículo por más que ella esté diciendo la verdad o por mucho que él la quiera.

Y entonces la situación se arregló de pronto: la burbuja de aire se había estabilizado.

Sus ojos, que apenas veían, la percibían como una forma extraña y luminosa que se balanceaba junto a los asientos ahora suspendidos del techo, pero ha dejado de perder aire, de eso estaba convencida, ella chuparía el fluido vital manteniendo los labios aplicados a la burbuja, lo chuparía como hacen los niños de pecho hasta que llegaran a rescatarla.

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Con expresión casi severa y como de reproche, él iba diciendo:

—… la guerra del Golfo les ha dado a los de su generación una imagen trágica de la guerra y la diplomacia: creen que la guerra es relativamente fácil y que la diplomacia es la guerra, la opción más conveniente.

Y aunque ella se sintió halagada (cómo no sentirse halagada por el hecho de que un hombre famoso se dirigiera a ella con tanta vehemencia y haciendo caso omiso de los demás), se apresuró a desmentirlo:

—Eso que usted llama «mi generación» no existe, Senador. Estamos divididos según la raza, la clase, la educación, la opinión política y hasta por la actitud personal de cada uno frente al sexo. Lo único que nos une es nuestra mutua separación.

El Senador se quedó pensativo, reflexionando sobre su comentario.

Pensativo, asintió con la cabeza y sonrió.

—Así que me has corregido, ¿eh?

Le sonreía contemplándola sin disimulo. ¿Cómo se llamaba esa joven? Para todos resultaba evidente que el Senador se sentía impresionado por la franqueza y el atractivo de la amiga de la chica con quien estaba enredado Ray Annick.

Y qué hermosa y salvaje era la costa norte de la isla de Grayling, con esa brisa salada, ese amplio, luminoso y fresco océano cubierto de encrespadas olas coronadas de espuma blanca, qué belleza la de este mundo, es una belleza que te hace desear hincarle el diente o sumergirte por entero en ella, oh Dios.

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¡Kelly! ¡Kelly!… oyó que alguien la llamaba desde lo alto, ¡Kelly!, ahora el sonido de su nombre provenía de todos lados, y el eco estridente y vibrante de su nombre repercutía a través del agua negra.

Aquí, estoy aquí. Aquí.

Mientras el agua impetuosa se arremolinaba junto a su boca; era un agua de sabor repugnante que no parecía agua, un agua distinta a la que ella conocía. Pero mantenía la cabeza fuera, alzándola cuanto le era posible a costa de un esfuerzo que le hacía temblar el cuello. Había introducido la cara y la boca en una menguante bolsa de aire, en el espacio que solo podía conjeturar que se hallaba junto al asiento del conductor (¿tal vez bajo la guantera?) de aquel vehículo volcado, en el espacio donde había tenido las rodillas cuando todavía se encontraba sentada. Las rodillas, los pies.

Aunque ya no podía imaginarse lo que era el espacio, pues no disponía de las palabras ni del pensamiento lógico que las unía. Tampoco disponía de la palabra aire, solo sabía y sentía que sus labios fruncidos no debían dejar de aspirarlo.

Mientras aquella mancha de luz lunar se agrandaba y menguaba, se agrandaba y menguaba, tampoco disponía de un nombre que designara lo que era la luz, ni siquiera la vida.

Mientras el agua negra le inundaba los pulmones y ella moría.

No: estaba contemplando el partido de tenis que disputaban los hombres. Ella, Felicia Ch’en y Stacey Miles se hallaban instaladas entre los espinosos macizos de rosales silvestres que crecían en una elevación del terreno junto a la magnífica pista de tenis de los St. John. Kelly jugueteaba con los pétalos de rosa, acariciaba las espinas y clavaba las uñas en los rojos pimpollos carnosos, una manía nerviosa, una de sus malas costumbres que, por ser casi inconsciente, resultaba difícil de erradicar, al

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tiempo que observaba las enérgicas jugadas, al tiempo que lo observaba a él. Stacey comentó entre risas:

—La principal diferencia entre los dos equipos son sus músculos.

Mírenles las piernas, es algo que salta a la vista.

El Senador daba la impresión de ser el más alto de los cuatro jugadores, porque Lucius, del MIT, disimulaba su envergadura adoptando con astucia una postura encogida. Las jóvenes los admiraban, aplaudían, tomaban fotografías, se alejaban dando cortos paseos y regresaban, atraídas por lo fascinante que resultaba ver cómo un hombre revela, al parecer, su verdadera manera de ser cuando compite con otros hombres en la cancha de tenis: un partido de dobles jugado en serio constituye la prueba definitiva, una empresa arriesgada. El Senador y su amigo Ray Annick, el abogado, habían formado equipo animosamente y de buen grado pese a que sus contrincantes eran lo bastante jóvenes como para ser sus hijos, pese a que en los hombres lo primero que envejece son las piernas, pero el jugador avezado sabe conservar sus limitadas energías y obligar a los demás a gastar las suyas. El Senador se movía por la cancha con facilidad, a la manera de quien lleva desde la infancia jugando al tenis, y gracias a sus años de práctica lanzaba malintencionados pelotazos al fondo del campo contrario, sorprendentes pelotazos que apenas rozaban la red, saques ejecutados con precisión de máquina y aparentemente colocados en el sitio deseado. Y desde luego, Kelly y el resto de los espectadores se quedaron impresionados, admirados ante la caballerosidad con que el Senador daba por buenas ciertas pelotas de sus rivales que con toda claridad habían pegado fuera.

Un gran espíritu deportivo. Para algunos, saber ganar es tan difícil como saber perder.

No obstante, a medida que los games se sucedían, la hegemonía del partido fue cambiando de bando. Lucius, con sus estrambóticos primeros servicios, y el amante de Stacey, con sus tenaces subidas a la red e imprevisibles reveses, agotaron al Senador y a Ray Annick, con la ayuda del sol, del viento borrascoso y del mal estado de la pista de los St. John, que necesitaba mantenimiento. De modo que Kelly se escabulló con delicadeza antes de que terminara el último set a fin de que el Senador no la viera observar el desenlace del partido. No presenció cómo el Senador aceptaba sonriente la derrota y tomándosela a broma estrechaba la mano

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de sus jóvenes oponentes; y tampoco quiso oír las frases que los hombres se dicen en tales ocasiones como recurso para no decir otras cosas.

No: estaba caminando a lo largo de la playa con los cabellos flotando al viento, vestida con la suelta túnica tejida amarilla que ocultaba parcialmente su traje de baño blanco y revelaba sus largas piernas lisas y fuertes y enrojecidas por el sol. Caminaba a lo largo de la playa y a su lado avanzaba aquel hombre apuesto y ancho de hombros, aquel hombre de corpulencia imponente y enrulados cabellos grises cuyo rostro era famoso y aun así tenía una expresión amistosa, era un rostro saludable, afable, como el de un tío maduro, con ojos azules de un azul tan intenso, tan vivo, un azul como el de un cristal pulido por las aguas.

Qué vivo, qué intenso interés había manifestado sentir el Senador por Kelly Kelleher. Qué halagador.

Le preguntó acerca de su trabajo con Carl Spader, acerca de su pasado, su vida; cabeceó con énfasis al afirmar que sí, que había leído el artículo de Kelly sobre la pena capital publicado en el Citizens’ Inquiry, estaba convencido de haberlo leído.

Además, demostró curiosidad al preguntarle, aunque en tono despreocupado y con una sonrisa que le llenó la cara de arrugas, si tenía novio en aquel momento.

Y si nunca había tenido ganas de trabajar en Washington.

Y si estudiaría la posibilidad de unirse al equipo del Senador… algún

día.

Y Kelly Kelleher, sofocada de satisfacción y sin embargo con la cabeza fría como cualquier hija de abogado, murmuró su respuesta:

—Depende, Senador.

Naturalmente.

Qué hábil había sido el Senador al rechazar, en la Convención Demócrata del 88, la propuesta de Michael Dukakis de que aceptara la candidatura a la vicepresidencia. Dejó que Bentsen ocupara esta segunda posición, emparejado en el campo opuesto con el absurdo Quayle, ya que para él mismo quería la nominación para presidente o nada. Y todavía más hábil había sido no perseguir con demasiado empeño la propia nominación porque, a diferencia de Dukakis, había comprendido que aquel año los

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ingentes esfuerzos de los demócratas por ganar la elección estaban destinados al fracaso.

Tampoco Kelly Kelleher lo había comprendido. Después de soportar durante el mandato de Reagan aquellos años de triste envilecimiento espiritual, de hipocresía, crueldad, mentiras pronunciadas con una sonrisa cosmética… seguramente el pueblo sería capaz de darse cuenta.

Y no obstante la que había demostrado ser ciega y rematadamente estúpida fue Kelly. Y ahora, años más tarde, se reía de ello durante ese Cuatro de Julio mientras, al deambular con un senador de los Estados Unidos, pasaba junto a diminutas banderas norteamericanas clavadas en la arena por los niños de los vecinos de Buffy, e iba convirtiendo todo aquel agotamiento y aquella congoja en una anécdota divertida con que burlarse de sí misma.

Pero el Senador no se rio. Dijo con vehemencia:

—Oh, por Dios, yo mismo casi deseé morirme cuando Stevenson perdió frente a Eisenhower. Yo amaba a ese hombre.

Kelly Kelleher se sobresaltó al oír esta afirmación. ¿Un hombre podía amar a otro hombre?

¿Aunque fuera en términos políticos?

El Senador habló de Adlai Stevenson, y Kelly lo escuchó con atención. Los datos que ella poseía acerca de Stevenson eran imprecisos, por más que le infundieran respeto, pero si bien, como era lógico, en la clase de Historia norteamericana había estudiado aquella época, los años de Eisenhower, el fenómeno Eisenhower como lo llamara su profesor, no quería que el Senador pusiera a prueba sus conocimientos sobre el tema. No quería mencionar el desprecio que su padre sentía por aquel hombre y ni siquiera recordaba si este había intervenido en una sola campaña o en dos. ¿Había sido a principios de los años cincuenta?

Inquirió con cautela:

—¿Trabajó usted para él, Senador?

—La segunda vez, sí, en mil novecientos cincuenta y seis. Por entonces yo estudiaba el segundo año de carrera en Harvard. La primera vez, cuando Stevenson tuvo muchas probabilidades de ganar, yo era solo un niño.

—¿Y siempre tuvo usted… afición a la política?

En el rostro del Senador se dibujó una ancha sonrisa de felicidad: esta era claramente la pregunta que había que hacerle.

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—«El Estado es una creación de la naturaleza, y el hombre es un animal político… por naturaleza».

Se trataba de una cita, ¿sería de Aristóteles?

Kelly Kelleher, que durante gran parte de la tarde había estaba bebiendo una cantidad desacostumbrada de cerveza, lanzó a su vez una risa de felicidad. Como si ese fuera un hecho que hubiera que celebrar. Era el viento que agitaba sus cabellos, la belleza de la isla. La isla de Grayling, en Maine. El pulso machacón del oleaje, que tenía un efecto narcótico, la playa bordeada de altos terraplenes, con su arena cuajada de guijarros que se extendía a lo largo de kilómetros orlada de rosales silvestres y de enormes dunas esculpidas por el viento que mostraban unos curiosos pliegues y arrugas que parecían producidos por un rastrillo gigante manejado con un cuidado infinito. ¡Qué agradecida le estaba Kelly a la vida por haberla llevado hasta allí!

No era propio de ella ponerse a flirtear de un modo tan atrevido. Le preguntó con coquetería al Senador:

—¿Por qué ha dicho «el hombre» y no «la mujer»? ¿Acaso la mujer no es también un animal político?

—Algunas mujeres, en ciertas ocasiones. Lo sabemos. Pero a menudo a las mujeres les aburre la política. Es el juego de poder del ego masculino. Como la guerra, ¿no? Les aburre porque, a pesar de todo el alboroto que origina, la política resulta monótona, ¿no es así?

Pero Kelly no se dejó aleccionar. En cambio, como si asistiera a un seminario en el que Kelly Kelleher fuera la figura sobresaliente, replicó frunciendo el entrecejo:

—Las mujeres no pueden permitirse encontrar aburrida la política. No en este momento de la historia. Con la Corte Suprema, el aborto…

Ahora caminaban mucho más despacio. Ambos estaban emocionados y algo jadeantes.

A Kelly le picaban las tiernas plantas de los pies a causa del calor de la arena, que refulgía blanca bajo el sol. No obstante, el viento le ponía la piel de gallina en los brazos: la temperatura debía de ser aquí unos quince grados inferior a la de Boston.

El Senador, al notar el estremecimiento que le recorría la piel, le pasó suavemente el índice por el brazo. Su contacto le provocó a Kelly un temblor todavía mayor.

—¿Tienes frío, querida? Esa cosita que llevas puesta es tan ligera.

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—No, no, estoy bien.

—¿Quieres que regresemos?

—Claro que no.

Le había rozado el brazo, con una intimidad repentina. Ahora estaba de pie contemplándola muy de cerca.

Deliberada y pausadamente, como si actuara con exagerada cortesía, el Senador agarró a Kelly por los hombros, se inclinó para besarla, y ella parpadeó porque estaba verdaderamente sobrecogida y sorprendida, sí, y también excitada, pues todo estaba ocurriendo muy deprisa, con mucha rapidez, y sin embargo después del primer momento Kelly se mantuvo firme hincando los talones en la arena crujiente apoyándose en el hombre y aceptando aquel beso como si fuera algo que le correspondiera, una consecuencia natural, inevitable y deseada de su conversación; aunque también se mostró atrevida y algo juguetona al rechazar la lengua de él con los dientes.

Qué encantador. Qué encantador, de verdad, no puede negarse que es encantador.

Mientras el agua negra le llenaba los pulmones, y ella moría.

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Aunque, de pronto, entre luces cegadoras, la estaban trasladando en una camilla en la que se hallaba acostada y sujeta mediante correas; entre luces y miradas de desconocidos y ese intenso olor a hospital le estaban sacando el agua de los pulmones vaciándoselos por medio de una bomba, sacándole aquella porquería venenosa del estómago, de sus mismas venas, ¡en cuestión de minutos, de segundos!, por obra de un trabajo de equipo, del personal de la sala de urgencias, todos ellos desconocidos para la joven en trance de muerte y, sin embargo, dado el enorme interés con que se ocupaban de ella, cualquiera pensaría que estaban resucitando a uno de los suyos, ¡y con qué celeridad!, ¡con qué firmeza!, ella trataba de explicarles que estaba despierta, que estaba consciente; por favor no me hagan daño, qué aterradoras eran las correas que la amarraban a la mesa de operaciones, qué aterrador tener la cabeza firmemente apresada entre las manos de una persona situada detrás de ella y qué aterradora aquella sonda que le habían insertado a la fuerza en la garganta, la gruesa sonda repugnante que era más larga, mucho más larga de lo que nadie podría imaginar y que le hacía tanto daño arañándole el paladar, la garganta, que casi la ahogaba y le daba ganas de vomitar pero no podía, quería gritar pero no podía y en medio de una convulsión el corazón se le paró y ella se murió, se estaba muriendo aunque estaban preparados, claro que lo estaban, emocionados por ese reto estaban preparados sin apenas saltarse un latido de su rengueante corazón, y lo estimularon con potentes sacudidas eléctricas. ¡Vamos! ¡ya! ¡bien! ¡otra vez! ¡así! ¡otra vez! ¡bien!, y la joven moribunda revivió, aquel cadáver de hembra joven revivió, el corazón reanudó sus latidos al cabo de cinco segundos, volviendo a aportar oxígeno al cerebro, y poco a poco la piel marmórea recobró el arrebol del color y de la vida; de sus ojos brotaron lágrimas y de las regiones de la Muerte regresó esta vida: la suya.

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No dejes que Lisa muera, Dios mío no dejes que se muera, no, no, mientras ella esperaba en la antesala junto con otras muchachas, Oh, Dios, por favor, imbuidas de esa calma que produce la mutua histeria, eran tres o cuatro chicas de la residencia universitaria, además de la encargada del edificio, que tenía pocos años más que ellas; Kelly Kelleher era quien había visto a Lisa Gardiner desmayarse en el cuarto de baño, Kelly Kelleher era la que había ido corriendo y gritando al dormitorio de la encargada, la que ahora aguardaba rezando en la sala de espera contigua a la de urgencias del Hospital General de Bronxville, y qué conmoción, qué trauma ver a una de sus compañeras transportada inconsciente en una camilla con los ojos abiertos, la boca abierta y babeante, con la lengua convulsionada como en una crisis epiléptica y Kelly Kelleher que la miraba apretándose la boca con los nudillos había pensado Es que no es la vida de Lisa es simplemente… la vida, al ver cómo esta vida se escurría del interior de Lisa lo mismo que el agua en una pileta y tal vez estuviera ya muerta y ¿acaso podrían devolverle esa vida?

Podían, y lo hicieron.

Más adelante se enteraron (y algunas de las chicas se lo tomaron a mal) de que Lisa Gardiner y Laura, su hermana gemela (que ellas no llegaron a conocer porque Laura estudiaba en la Academia Concord de Massachusetts), habían hecho un pacto suicida e intentado quitarse la vida tomando pastillas para dormir, tres años antes, cuando todavía vivían en su casa y estudiaban octavo curso en una escuela pública de enseñanza secundaria en Snyder, Nueva York.

¿Por qué algunas chicas se tomaron a mal esta circunstancia? Porque la casi-muerte de Lisa las había trastornado, las había impresionado hasta el punto de que no hablaban de otra cosa más que de cómo el equipo de urgencias había subido la escalera a todo correr y, entrando en el cuarto de baño, se había llevado a Lisa, y porque también las había alterado el hecho de que en rigor Lisa se había muerto de veras, su corazón había dejado de latir, y ¡qué misterioso!, ¡qué terrible!, ¡qué pasmoso!, y al final una acababa tomándose a mal toda esa agitación acerca de Lisa Gardiner, que siempre tenía que ser el centro de la atención, y toda esa agitación sobre la muerte y el acto de morir, ¡qué agotadora resultaba justo al final del trimestre!

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Cuando Lisa regresó para visitarlas, Kelly Kelleher fue la única que se empeñó en mostrarse amistosa con ella, sí, y en charlar animadamente con ella, esas dos chicas que nunca habían sido íntimas ni se habían hecho confidencias ahora fueron observadas conversando con vehemencia en el salón, y qué debía de estar diciendo Lisa Gardiner, por qué Kelly Kelleher parecía sentirse tan fascinada, Lisa con su amplia frente achatada, con su nariz que se ensanchaba demasiado en la punta como si siempre estuviera lanzando bufidos de melindroso desdén, y Kelly con su linda carita pálida y su boca de expresión pesimista. «Las personas no son tan diferentes unas de otras ni son tampoco tan importantes para los demás —le estaba diciendo Lisa con su voz inexpresiva, nasal, cavilosa y dominante—, eso lo sabes cuando formas parte de una pareja de gemelas».

No, en absoluto, no, rechazo que yo te rechace, yo no soy tu hermana, no soy tu gemela, no soy tú.

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Había oído la sirena, visto la ambulancia que corría veloz por el arenoso camino sin nombre plagado de baches, y la luz roja del techo que giraba como un trompo.

Se había ahogado, le habían dado arcadas, porque ya le habían colocado la sonda en la boca. Una serpentina sonda negra ¡tan gruesa! ¡tan larga! ¡resultaba increíble lo larga que era! Lisa había soltado una risita.

Abría los brazos, desplegándolos al máximo… Sus ojos mostraban una expresión de radiante locura y se estaba relamiendo.

¡Terrible!, le diría Buffy St. John años más tarde. Qué enferma.

Buffy la pellizcó, le dio uno de sus juguetones pellizquitos que sin embargo dolían, ¡demonios!, y mientras Kelly Kelleher embutía apresuradamente sus ropas en la valija, le dijo con un mohín, Sí, bueno, pero ¿por qué marcharte ahora?, ¿no puedes irte dentro de un rato? Y Kelly Kelleher murmuró, Oh, Buffy, lo siento, mientras su cuello y su rostro quemados por el sol enrojecían aún más, pues sabía que después Buffy se metería con ella, no con el Senador sino con ella, «Kelly Kelleher, creía que era mi amiga, ¡y un cuerno!». Pero Kelly se sentía demasiado azorada para decir lo que Buffy sabía tan bien como ella.

Si no hago lo que él me pide no habrá ningún después.

Él la besó varias veces, la estuvo besando, chupando, sobando, como si, a pesar de encontrarse completamente vestidos en una playa que, aunque no muy poblada, tampoco se hallaba desierta, estuviera buscando con desesperación un modo de penetrarla, y ella sintió la sacudida del deseo: no su deseo sino el deseo del hombre. Al igual que, desde que fue una jovencita, cuando besaba y la besaban, Kelly Kelleher sentía siempre no su propio deseo sino el del otro, el deseo del macho. Veloz y estremecedor como una descarga eléctrica.

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Como también sintió, una vez que hubo recobrado el aliento, la conocida oleada de inquietud y culpa: He hecho que me desearas y ahora no puedo rechazarte.

Kelly cayó en la cuenta de que, visto de cerca, el Senador no era un hombre realmente buenmozo, o tal vez ni siquiera gozaba de buena salud. Tenía la piel rubicunda, salpicada de manchas y de minúsculos capilares reventados en la nariz y en las mejillas, y sus grandes ojos que miraban con fijeza y cuyas pupilas eran de un azul tan especial, tenían el blanco surcado de venitas sanguinolentas y los párpados algo hinchados. El Senador estaba sudando, casi jadeando como si hubiera estado corriendo y no se encontrara en forma.

—Kelly, preciosa Kelly.

Y cuando a Kelly no se le ocurrió nada que contestar, añadió:

—¿Qué voy a hacer contigo, Kelly? Tan temprano ¿y ya voy a perderte?

Uno de sus ayudantes le había conseguido una habitación en un motel del puerto de Boothbay, cosa nada fácil siendo el Cuatro de Julio, y él ya se había registrado, de modo que podía disponer de la habitación, y ¿dónde pensaba pasar la noche Kelly?

En casa de Buffy, naturalmente. Kelly había sido invitada a casa de Buffy y planeaba quedarse allí durante todo el fin de semana, hasta el domingo.

La reacción del Senador fue mostrarse perplejo, de ningún modo apremiante, solo perplejo. Y le volvió a preguntar, como si hubiese olvidado que le acababa de hacer esa misma pregunta, si tenía algún amigo, algún novio, ¿tal vez uno de los invitados a la fiesta?, ¿quizás aquel joven negro, tan interesante, del MIT?

Las mangas de su camisa deportiva de punto azul marino le ceñían estrechamente la parte superior de los brazos y toda la prenda estaba húmeda de sudor. Sus pantalones de algodón se veían muy arrugados en el trasero.

Despedía un olor a cerveza, a loción para después de afeitarse y a franco sudor varonil. Ese olor resultaba en parte agradable, de modo que

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Kelly contrajo las ventanas de la nariz y sonrió.

Ahora estaba con sus padres y les explicaba con enfado y entre sollozos que ella no era una cualquiera, de verdad no lo era. Aquel hombre estaba casado pero no vivía con su esposa y era la mujer la que quería separarse, era ella la que me pidió que me fuera, me sacó a patadas, por suerte sus dos hijos ya eran mayores y capaces de evaluar la situación, un hombre como el Senador, que amaba la vida, amaba a las personas, a los hombres y a las mujeres, a quien le entusiasmaba conocer gente e intercambiar opiniones, tan lleno de apetito vital por… quizá fuera simplemente por el apetito.

Se trata de devorar la vida a grandes bocados, de chuparle todo el tuétano, de meterse en ella hasta el cuello. De otro modo, ¿cómo mierda sabrás que estás vivo?

Al parecer, el señor Kelleher lo entendía. Claro, papá, serías un maldito hipócrita si no lo entendieras.

La señora Kelleher, en cambio, estaba perturbada y trastornada. Al ver la expresión del rostro de su madre, Kelly se encogió llena de remordimientos, pero también sintió una rabia intensa. Mami, deja ya de pensar en mí, me refiero a que no pienses en mí de este modo. Las madres de mis amigas… saben llevarlo perfectamente.

Pero la diferencia está, Kelly, en que yo te quiero.

Ay mierda, dame un respiro.

Te quiero, y no quiero verte herida, Kelly, es de lo único que quiero protegerte, eso fue lo que pensé…, puede que no lo creas pero eso fue realmente lo que pensé… Cuando te me pusieron en los brazos en el hospital donde naciste, y supe que eras una niña y nunca en mi vida había sido tan feliz ni lo he vuelto a ser, juré que nunca permitiría que mi hija fuese herida como me habían herido a mí, daré mi vida por ella lo juro ante Dios.

Mamá lloraba y Kelly lloraba volviendo la cabeza de un lado a otro escupiendo, con arcadas al notar el gusto a grasa, a gasolina, a alcantarilla, sin saber ya muy bien dónde estaba, con la espalda retorcida, las dos piernas retorcidas, estaba cabeza abajo ¿no?, en la oscuridad sin saber dónde era «arriba», con la presión del agua que la envolvía ahora por todos

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lados, que se arremolinaba e iba subiendo, deseosa de llenarle la boca y los pulmones.

Se dejó conmover y dijo, más ablandada, Muy bien, mami, supongo que sí, bueno.

Sácame de aquí y llévame a casa, mami. Estoy aquí.

No tenía claro si el señor y la señora Kelleher habían sido convocados al lugar del accidente y ahora se hallaban de pie en el terraplén mientras el coche estaba siendo remolcado fuera del río; o bien si ya se encontraban en el hospital, esperando junto a la sala de urgencias. Kelly estaba intrigada porque veía sus caras no como ella las recordaba, sino muy jóvenes y atractivas. ¿Quizá de su misma edad?

Mamá era una beldad, con su rostro tan terso, sus ojos tan claros… y esos cabellos tan bien sostenidos por el fijador, ese peinado tan divertido y tan distinguido.

Papá tan buenmozo ¡y tan larguirucho!, y cuánto pelo, ¡Dios mío!, espeso, enrulado y de un castaño cobrizo como el de la propia Kelly, hacía años que no se lo veía así.

Sí, toda su vida los había querido y ahora más, durante su precaria vida de adulta, más ahora que antes, pero ¿cómo expresarlo?, ¿qué palabras tenía que escoger?, ¿y en qué ocasión debería pronunciarlas?

Mami, papi, ¡ey!, los quiero, lo saben, espero, no me dejen morir, por favor, los quiero, lo saben, ¿verdad?

Estaba corriendo, calzada con sus medias blancas, sobre la pinchuda alfombra de la abuela, después de haberse quitado de una patada sus brillantes zapatos nuevos de charol, y lanzó chillidos y risitas cuando unas manos veloces y firmes la alcanzaron por detrás y la alzaron en el aire, siempre resulta sorprendente comprobar lo firmes y fuertes que son las manos de los demás, las manos de un hombre, y él exclamó ¿Quién es, quién es mmmmmm este angelito?, ¿quién es?, levantando a la criatura que pataleaba y chillaba, levantándola muy por encima de su propia cabeza, de modo que le temblaron los brazos y después ella oyó cómo mamá y la abuela lo retaban porque tenía muy alta la presión, qué demonios haces, se te podía haber caído.

Él le había guiñado un ojo. El abuelo la quería tanto.

Pero ahora notó un sabor helado y el indecible horror de su situación la inundó como una oleada: si el agua negra le llenaba los pulmones y ella se

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moría, si sus padres y abuelos se enteraban de la noticia, ellos también se morirían.

Oh, Dios, no, no. No puede ser.

Querían tanto a Kelly que ellos también se morirían.

Aunque de súbito recordó algo que le produjo cierto alivio: el abuelo Ross estaba muerto… así que se ahorraría el mal trago de enterarse de la noticia.

Y quizá no haría falta decírselo a la abuela, Kelly no veía la necesidad, francamente no la veía.

Mami me entiendes, ¿verdad?, ¿Está bien?

¿Papi?

¿Está bien?

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Por toda la extensión de la isla de Grayling crecían achaparrados rosales silvestres, ahora en plena floración con sus hermosos pétalos de un rosa lila y sus traicioneros tallos cubiertos de punzantes espinas sobre las que Kelly pasaba distraídamente los dedos mientras contemplaba cómo los hombres jugaban al tenis. El nombre era Rosa rugosa, ¿o tal vez Rosa virginiana?

Por todas partes crecían rosales silvestres, llenos de flores, que vestían la playa como un festón de color pardo.

Y los frutos de los arbustos, que también eran bonitos, como ciruelas menudas, y que causaban cierto efecto erótico porque parecían estar repletos de sangre, esos también los tocó Kelly con los dedos, les hincó las uñas.

Son escaramujos, dijo el Senador, complaciéndose en hablar de ellos, de que su abuela los dejaba en remojo para hacer té de escaramujo, ¿le gustaba a Kelly el té de escaramujo?, las infusiones de hierbas eran muy populares hoy en día, ¿eh?, y su abuela también hacía mermelada de escaramujo, o así creía recordarlo. A menos que estuviera confundiendo los escaramujos con otra cosa.

Escaramujos, o tal vez grosellas. O arándanos.

En la cocina, Buffy, que estaba vaciando cubitos de hielo en una hielera, dijo haciendo una mueca:

—Parece que el Senador y tú se llevan estupendamente. —Y esbozó una sonrisa oblicua.

Kelly también sonrió y notó que la cara le ardía. Murmuró:

—Bueno… —E hizo una pausa.

Una nueva ringlera de cubitos de hielo cayó con estrépito en el recipiente de plástico, y entonces Buffy dijo algo tan típicamente suyo… una nunca sabía cómo tomarse los comentarios de Buffy, si se trataba de una broma maliciosa, de una frase de amigable complicidad o tal vez de una advertencia, ese tipo de insulto punzante que una no acababa de

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percibir hasta más adelante, o bien simplemente la abrupta exposición de un hecho:

—No olvides que votó a favor de ayudar a los Contras.

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¡Kelly! ¡Kelly! Ven.

De pronto lo oyó. Lo oyó gritar muy cerca, por encima de ella, forcejear con el tirador de la puerta del lado del conductor, con tanta fuerza que el coche se balanceó.

Trató de hablar pero el agua le inundó la boca, sacudió la cabeza escupiendo el agua, Estoy aquí, estoy aquí, ayúdeme. Se alzó valiéndose de la fuerza temblorosa de su brazo izquierdo, del pequeño músculo compacto de su brazo, del hombro, toda ella temblaba a causa del esfuerzo, ¿durante cuántos minutos?, ¿o serían horas?, el tiempo no transcurría en este lugar sumergido en el agua negra, de no ser porque su transcurrir quedaba registrado por el ascenso gradual del agua, el cruel ascenso metódico, el tictac de un reloj digital, pero ¿podría el Senador distinguirla aquí?, ¿en esta oscuridad?, ¿en esta trampa, este pozo, este ataúd, este lo que fuera (había perdido la palabra capaz de designarlo), que la comprimía en un espacio tan mínimo, la estrujaba hasta el punto de que debería estar lisiada y con la columna doblada en dos para poder caber ahí?

Ahora que estaba despierta, la cabeza le dolía de un modo insoportable. Detrás de los ojos, parches de luz semejantes a tumores se le clavaban en el cráneo. Le parecía que su rostro había perdido toda sensibilidad, y después de estar tanto rato boqueando e inspirando con los labios fruncidos, la burbuja de aire se alejó flotando, burlona y cruel como una cosa viva y caprichosa, bamboleándose al fluctuar ora hacia un lado, ora hacia el otro, y de nuevo hacia el primero, de modo que ella, con un esfuerzo que la hizo sollozar, se estiró para alcanzarla.

Estoy aquí. Estoy aquí. ¡Aquí!

Aunque se había zambullido en el agua negra para rescatarla, él se encontraba lejos, y todo estaba tan oscuro, tan impenetrable… Y ella

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comprendió que lo había ofendido y que el insulto era irreparable.

Con ánimo juguetón, había cerrado los labios ante la lengua de él. Ya se había imaginado que todo sucedería con naturalidad, con travieso buen humor, con atención y respeto mutuos, porque él sí la respetaba, eso lo sabía, y entonces de mala gana entreabrió los labios y sintió las acometidas de su gruesa lengua, el deseo que lo acuciaba.

¡Qué vergüenza, aquella desesperación con que se había agarrado al hombre, a la pernera de su pantalón, a su zapato! Mientras él daba patadas para liberarse, y le dejaba en la mano el zapato empapado.

¡Su zapato!

¡Oh, Kelly!, exclamarían sus amigas muertas de risa, Buffy se desternillaría y tendría que secarse los ojos, ¡su zapato!

Corría rengueando, con un zapato sí y otro no, por el camino de las marismas, de vuelta hacia el cruce con la carretera general desde donde se habían desviado, porque allí sin duda encontraría un supermercado, una estación de servicio y un bar con una cabina telefónica a pocos pasos de distancia.

No. Todavía no había ocurrido. El sol aún brillaba implacable a última hora de la tarde, y el largo día de diversión seguía lanzando chispas como una bengala inextinguible.

La espléndida bandera estadounidense hecha de seda roja, blanca y azul ondeaba en la punta del mástil de bandera de Edgar St. John. Era el mástil más alto de la calle Derry, y muy probablemente de toda la isla de Grayling.

Papá es un patriota, dijo Buffy. Ha servido durante veinte años en la CIA y nunca lo han volado en pedazos.

Todavía no había ocurrido porque ahí estaba de nuevo Buffy, disponiendo a los invitados a fin de hacerles fotos con su cámara Polaroid. Buffy, con sus vaqueros y el corpiño del traje de baño, su cola de caballo postiza que le caía lisa y brillante hasta media espalda, asía la cámara con sus impúdicas uñas verdes curvadas como garras mientras asomaba la punta de la lengua por entre los blancos dientes relucientes. Vamos, por

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favor, ¿quieren quedarse quietos?, miren hacia aquí, y usted, Senador, a ver… bien, ¡así! ¡Estupendo!

Tomó varias Polaroid del Senador en una postura nada estudiada, plantado junto a la mesa de pícnic con un pie posado en el banco y el codo apoyado en la rodilla, con Kelly Kelleher muy pegada a él, riendo, mirando al objetivo mientras el flash relampagueaba. El Senador sonreía con gesto circunspecto, como si sonriera para sus adentros, era una sonrisa casi meditabunda, de esas que nada más esbozarse parecen retraerse, y sus ojos algo entornados tenían una expresión grave, como si estuviera calibrando qué pie de foto podría imprimirse bajo esta instantánea festiva del Cuatro de Julio para que fuera retransmitida por fax a través de Estados Unidos y numerosos países extranjeros y presentada en los servicios informativos de la televisión.

Pero no, uno no puede imaginarse su propio futuro. Ni siquiera que le pertenezca.

Con un zapato sí y otro no. Cojeando. Empapado y tembloroso, mientras murmuraba en voz alta: Oh Dios oh Dios oh Dios.

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… hoy en día en Estados Unidos siguen vigentes cinco modalidades de pena capital. Conforme a los recientes fallos de la Corte Suprema y a las leyes de cada estado. En las urnas la inmensa mayoría de la gente se pronuncia a favor de la pena de muerte. ¿Por qué? Porque es disuasoria, porque transmite el mensaje de que la vida no sale barata. Cinco modalidades, de las cuales la más antigua es la horca. Fue usada por última vez en Kansas, en el año 1965. El condenado tardó dieciséis minutos en morir; a veces todavía lleva más tiempo. Sigue siendo una opción en Montana. Es la única medida disuasoria que entienden esos animales. En Utah se sirven de pelotones de fusilamiento. En el estado de Nueva York rige la silla eléctrica, que fue introducida en 1890. Es una alternativa «humanitaria» a la horca y al pelotón de fusilamiento. El condenado (o la condenada) es atado con correas a la silla, y se le implantan electrodos de cobre en las piernas y en la cabeza afeitada. El verdugo administra durante treinta segundos una corriente inicial cuya potencia es de 500 a 2000 voltios. Se trata de criminales reincidentes, de asesinos, inadaptados mentales y morales. Si la primera descarga eléctrica no lo mata, se le administran más. Dos, tres, cuatro. Ciertos corazones son más resistentes que otros. En ocasiones ocurren accidentes. El cuerpo que se quema desprende humo, a veces llamas azules y anaranjadas. Lo mismo que al ahorcado, a veces al electrocutado los globos oculares se le saltan de las órbitas y quedan colgando sobre las mejillas. Vomita, se orina, defeca. Su piel se vuelve roja, se abrasa y se hincha hasta reventarse como les sucede a las salchichas demasiado hechas. A menudo la descarga no resulta suficientemente potente y la muerte no es «instantánea» sino gradual. El reo es torturado hasta la muerte. No se trata de personas honestas y civilizadas como las que conocemos, sino de individuos que constituyen una amenaza real para la sociedad, y a quienes debe impedirse actuar. De otro modo, serán sentenciados a cortas penas de cárcel, puestos en libertad vigilada… ¡y volverán a delinquir!

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La cámara de gas fue implantada en 1924 en el estado de Nevada. Es una opción muy popular por considerársela un método «humanitario». El condenado (o la condenada) es atado con correas a un asiento bajo el que se ha colocado un cuenco lleno de ácido sulfúrico y agua destilada en el cual se deja caer cianuro sódico. La mezcla emite vapores de gas cianhídrico, y el cerebro deja al instante de recibir oxígeno, de manera que el sujeto sufre una muerte horrible por asfixia. La cuestión de la raza no es el verdadero problema, créeme, no es más que una cortina de humo. Tal vez sea cierto que desde siempre en Estados Unidos se han ejecutado a más negros que blancos, tal vez sea una verdad estadística el hecho de que un blanco que mata a un negro tiene menos probabilidades de ser condenado a muerte que un negro que mata a un blanco, y desde luego existen grandes diferencias entre estados, condados, zonas urbanas y rurales; el fiscal es quien hace las acusaciones y quizás algún fiscal sea racista pero ¡por Dios!, no podemos esperar que el sistema jurídico penal vaya a rectificar las fallas de la sociedad. El reo experimenta violentos espasmos como si padeciera un ataque epiléptico; los ojos se le salen de las órbitas y su piel adquiere un tono purpúreo. La muerte no le sobreviene por una inmediata acción tóxica sobre los órganos vitales sino por asfixia. «Seguramente es el tipo de muerte más bárbaro y doloroso» (Médico).

El sistema de ajusticiamiento más novedoso empleado por el Estado es la inyección letal, y su «humanitarismo» ha sido proclamado con el mayor entusiasmo. Se inventó en el año 1977 y fue puesto en práctica por primera vez en Oklahoma. El condenado (o la condenada) es atado con correas a una camilla y se le inyecta en vena cierto fluido a través de un catéter. La primera droga que se le administra es tiopental sódico, un barbitúrico; luego, cien miligramos de Pavulon, que es un relajante muscular, y finalmente cloruro potásico para acelerar la muerte. Algunos de estos métodos científicos y «compasivos» son demasiado «suaves» para esos animales, me refiero a que son bestias inmundas y no seres humanos. ¿Por qué habría que perdonarles la vida? ¿Por qué habría que alimentarlos y cuidarlos? ¿Por qué no habrían de padecer los mismos sufrimientos que ellos causan a los demás? ¿Por qué no «ojo por ojo, diente por diente»? Dime, ¿por qué no? Además, la inyección letal es barata, resulta un método atractivo para los legisladores que velan por el presupuesto, es la preferida de los defensores de la pena de muerte porque esta muerte parece indolora, ya que es como si el reo se durmiera, y por lo tanto a la sociedad

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no puede acusársela de barbarie ni de querer torturar ni de pretender vengarse.

Si se buscan procedimientos de muerte «humanitarios» no es en beneficio del condenado sino a fin de que los ciudadanos norteamericanos se sientan libres de culpa cuando el Estado inflija arbitrariamente esa clase de asesinato premeditado.

Él la halagó, a Elizabeth Anne Kelleher, al decir y afirmar repetidamente que sí, que estaba seguro de haber leído su artículo en el Citizens’ Inquiry… o quizás alguien de su equipo le hubiera facilitado un resumen.

¿Por qué escribiste sobre este tema?, le preguntó con curiosidad el Senador, y Kelly Kelleher hizo una pausa antes de contestar, porque no quiso decir que Carl Spader se lo había sugerido, y respondió, Es un tema que me interesa desde hace mucho tiempo, ocurre que cuanto más lo investigas, más asqueada te sientes. Cosa que, por otro lado, era cierta.

A pesar de las discusiones que ella sostenía con su padre.

«Ojo por ojo, diente por diente», ¿por qué no? Tal vez resulte tosco, tal vez resulte primitivo, pero aporta el mensaje de que la vida no sale barata… ¿por qué no?

Desde luego, oficialmente el Senador estaba en contra de la pena de muerte.

Desde luego, se enfrentaba con valentía a muchas personas de su estado natal, donde el ajusticiamiento por medio de la electrocución seguía siendo legal y donde todavía había presos condenados a muerte que habiendo agotado sus apelaciones y recursos esperaban su ejecución en las celdas de los llamados «corredores de la muerte».

Desde luego, él había pronunciado discursos. Había hablado con elocuencia, haciendo gala de una línea política tan inflexible como la de su amigo Mario Cuomo. La pena de muerte es inaceptable en una sociedad civilizada, porque quitarle la vida a alguien, sea con el fin que sea, es un acto odioso que pone a la sociedad al mismo nivel primitivo del propio asesino. Y, lo que es más aterrador, si se considera la naturaleza insensatamente arbitraria del sistema penal norteamericano, existe la posibilidad de que un hombre (o una mujer) inocente sea condenado a muerte, y ese castigo, a diferencia de los demás, resulta irremediable.

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¿Estaré preparada?

Guardaba otra vez sus cosas con un apresuramiento muy distinto al cuidado ceremonioso con que la noche anterior había deshecho la valija como si esa habitación en la isla de Grayling con su empapelado floral de color rosa y su casto lecho de organdí fuera un lugar sagrado cuyo recuerdo se le borrara de la mente de una a otra visita, y que ahora era un sitio del cual, gracias a su propio y enérgico esfuerzo, se veía expulsada.

El plan consistía en escabullirse de la casa de Buffy exactamente a las 15 a fin de tomar el ferri de las 15.30 para el puerto de Boothbay, pero un coche cargado de invitados acababa de llegar, y el Senador, enfrascado en una conversación vehemente, estaba tomándose otra copa, así que tal vez no conseguirían atrapar ese ferri, y ¿cuándo salía el próximo?… Daba igual, siempre habría otro.

No debes esperar nada. Lo que tenga que ser, será. Y eso te bastará. Kelly Kelleher, con su mentalidad práctica, se sermoneaba a sí misma

de este modo.

No obstante, sus manos temblaban, su respiración era anhelante. En el espejo en forma de corazón, enmarcado en mimbre blanco y colocado sobre el escritorio, flotaba un rostro de muchacha, un rostro radiante, extasiado, esperanzado.

A decir verdad, su mente volaba libre como un barrilete suelto, ascendía con embriaguez por el aire sobre las dunas de arena, pensando, después de todo él está separado de su esposa, después de todo su matrimonio está roto, así lo afirma él, y los votantes ya no son puritanos dispuestos a castigar con severidad.

Hay que evitar cualquier cosa que parezca indecorosa, cualquier apariencia de escándalo extramatrimonial.

El mundo ha cambiado, ya no es el que tú conociste, madre. Quisiera que aceptaras esta realidad.

¡Quisiera que me dejaras en paz!

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Con un vaso de cerveza en la mano, Kelly atravesó la cocina, donde Ray Annick hablaba por teléfono en voz baja y furiosa. Al percibir que ciertas palabras como imbécil, coger, jódete salpicaban el lenguaje habitualmente tan exquisito de Annick, Kelly se sobresaltó porque entrevió a un hombre bien diferente del tipo sonriente y simpático que durante todo aquel día había colmado de atenciones románticas a Buffy St. John, a un hombre que contrastaba con el tipo que tan cortés y atento se había mostrado con Kelly Kelleher; y notó que él la seguía con los ojos (hinchados y vidriosos porque se había pasado la tarde bebiendo y el partido de tenis lo había humillado) mientras ella cruzaba la habitación a pocos metros de distancia, lo mismo que los gatos acechan cualquier movimiento con el interés instintivo e impersonal de un cazador, y sin embargo, en cuanto ella hubo salido de su campo de visión más inmediato, él dejó de verla, dejó de advertir su existencia.

—¡Oye, mierda, ya te lo he dicho! El lunes nos ocuparemos de esto, ¡carajo!

Kelly Kelleher se mantenía en precario equilibrio sobre una pierna mientras se quitaba rápidamente el traje de baño de licra blanco comprado el sábado anterior en Lord & Taylor, aprovechando las rebajas de verano.

Se endosó rápidamente una túnica veraniega de punto adornada con rayas amarillo pálido y con un cuello bote que dejaba al descubierto sus preciosos hombros de piel suave, ese hombro que tenía un punto cosquilleante allí donde él había posado la lengua.

¿Habrá sucedido de veras?, se preguntó Kelly Kelleher. ¿Volverá a suceder? ¿Otra vez?

Amas tu vida porque te pertenece.

El viento en los altos juncos rematados por penachos como escobas, esos juncos tan similares a figuras humanas. Rubios, cimbreantes. En la periferia del campo visual.

El viento, el helado viento del este procedente del Atlántico. Olas temblorosas y estremecidas semejantes a un fuego pálido se estrellaban en la playa vapuleando, sonoras e insistentes, la arena. Buffy había dicho que las más altas de esas dunas que estaban viendo medían más de veinte metros, y qué extrañas eran, unas dunas cuya migración ni siquiera los pinos resinosos eran capaces de evitar y que se desplazan al azar por la isla

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como auténticas olas del océano, con sus crestas y hondonadas; se ha comprobado que se mueven de oeste a este recorriendo un promedio de entre tres y cinco metros anuales, cubriendo la calle Derry de modo que se ha de despejar la calzada, tapando las vallas contra la nieve y las hierbas de la playa. «Esto es precioso, pero ¿sabe? —dijo tiritando y con cierta crispación—, no tiene nada que ver con lo que la gente desea».

Y ahora lo que oía era un golpeteo variable que chocaba contra el tejado inclinado de esta habitación…, y se sentía reconfortada, calentita y bien a salvo bajo las frazadas y la colcha tejida con una orla de pandas que había bordado la abuela.

Amas tu propia vida. Estás preparada.

Ella no había querido decir sí. Pero había querido decir sí.

Sí al ferri, al puerto de Boothbay, que era en realidad el Boothbay Marriott.

¿Y más allá de Boothbay, más allá del cinco de julio? Kelly Keheller haría que ese hombre la amara. Sabía cómo.

Le sorprendió pensar esto y con tanta vehemencia: Estás preparada. En el coche había encendido la radio y escuchado el sonido ingrato de

la música de sintetizador, esa masa compacta de sonidos carente de esqueleto. ¡Qué conmovedor que un hombre de cincuenta y cinco años como el Senador sintiera nostalgia por su juventud ya lejana!

Dijo sí a pesar de haber sido testigo de lo mucho que había estado bebiendo el Senador. Al principio, se había mostrado prudente y tomó solo vino blanco, agua Perrier y cerveza ligera, pero luego pasó a cosas más fuertes… Él y Ray Annick, los dos hombres de más edad en la fiesta.

Hombres de edad… Sí, así era como ellos se veían a sí mismos, eso resultaba evidente.

Era el Cuatro de Julio, una fiesta que hoy en día no tiene mucho sentido, pero que los norteamericanos, o casi todos los norteamericanos, celebran. El rojo resplandor de los cohetes, bombas que estallan en el aire. Cosa que permite saber qué día es, ¿verdad?, y que la bandera sigue

ahí.

El Senador hizo girar el volante y tomó la carretera sin asfaltar, impaciente, exuberante, y aunque el Toyota patinó en los baches arenosos, él lo seguía dominando. El Senador era un conductor experimentado y

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disfrutaba de la excursión, su propia impaciencia espoleaba la premura de su huida. ¿Quizás la intención era hallarse perdidos?

Después de una o dos copas rápidas, Kelly Kelleher le confesó al Senador que la tesina que había escrito en la Universidad Brown versaba precisamente sobre él, y en lugar de mostrarse fastidiado, turbado o aburrido, el Senador resplandeció de placer.

—¡No me digas! Espero que el tema estuviera a la altura.

—Oh, claro que lo estaba, Senador.

Charlaron, conversaron con animación mientras otros escuchaban, pues Kelly Kelleher y el Senador se habían caído la mar de bien, como suele decirse. Kelly se oyó a sí misma explicarle al Senador cuáles eran las ideas de él que más le entusiasmaban: su propuesta de establecer en los barrios oficinas de enlace con las autoridades, especialmente en zonas urbanas necesitadas, para que los ciudadanos pudieran comunicarse directamente con los funcionarios a los que habían elegido; sus propuestas de fundar guarderías, de suministrar servicios médicos gratuitos, de llevar a cabo programas de educación para los necesitados, y el apoyo que ofrecía a las artes, en especial a las funciones teatrales organizadas por colectividades. Kelly Kelleher habló con pasión y, con la expresión de quien se halla no ante un individuo sino ante un nutrido auditorio, el Senador la escuchó con pasión. ¿Acaso sus propias palabras le habían sonado nunca tan bien, tan razonables y convincentes… tan melódicas, líricas e inspiradas? Por la mente de Kelly cruzó el recuerdo irreverente de una frase cínica de Charles De Gaulle que le gustaba citar a Carl Spader: Dado que un político jamás cree en lo que dice, le sorprende comprobar que otros sí lo creen.

Kelly se interrumpió de súbito, algo avergonzada.

—Lo siento, Senador, debe de haber oído esto mismo miles de veces.

Y el Senador respondió cortésmente y con mucha seriedad:

—Sí, Kelly, es posible, pero nunca dicho por ti.

Muy cerca, en casa de algún vecino, sonó el estampido de unos petardos. En lo alto aleteó ruidosa la espejeante bandera norteamericana de la familia St. John.

Mientras el agua negra le llenaba los pulmones y ella moría.

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No: la fiesta estaba a punto de empezar. El viento traía el delicioso olor de la carne a la parrilla que Ray Annick vigilaba tocado con un cómico gorro de cocinero y ataviado con un delantal. Manteniéndose sorprendentemente diestro a pesar de sus tambaleos de borracho, asaba tajadas de atún adobado, cuartos de pollo untados de salsa tex-mex, rojas hamburguesas de solomillo picado del tamaño de tortitas; había mazorcas de maíz, enormes cuencos de ensaladas de papas, de coleslaw, de chauchas y de arroz al curry, potes de helado Häagen Dazs pasados con cucharas de mano en mano. ¡Qué apetito tenían todos, en especial los jóvenes! También el Senador comía con voracidad y no obstante con mucha pulcritud, limpiándose los labios con una servilleta de papel después de casi cada bocado.

Aunque Kelly tenía tanta hambre que casi temblaba y se le iba la cabeza, se le hacía difícil comer. Se llevaba el tenedor a la boca y lo volvía a bajar. Entre los invitados de Buffy había muchas personas que hubieran querido hablar con el Senador, pero el Senador seguía empeñado en concentrar su atención en Kelly Kelleher, como si, siguiendo la pauta de un cuento de hadas del todo inverosímil, él hubiera hecho este viaje repentino a la isla de Grayling con el único propósito de verla a ella.

Al notar el agradable escozor de sus mejillas arreboladas, a Kelly se le ocurrió pensar que Carl Spader se sentiría impresionadísimo y también francamente envidioso cuando se enterase de este encuentro.

Una ristra de petardos estalló en un jardín vecino y el Senador no pudo reprimir un sobresalto de desagrado.

Kelly pensó, Teme que le disparen, que lo asesinen.

Qué novedad, ser un personaje tan público que temas que te asesinen.

El Senador dijo:

—La verdad es que en el fondo el Cuatro de Julio no me gusta nada. Desde que era un chiquito lo he considerado el punto culminante de la mitad del verano, después del cual los días ya se encaminan hacia el otoño.

Hablaba con una curiosa expresión a un tiempo atónita y melancólica mientras se secaba la boca. En su servilleta había restos de kétchup parecidos a manchas de lápiz de labios.

Kelly dijo:

—Seguramente tendrá que asistir a muchos actos oficiales durante el verano, ¿no? ¿Casi todo el tiempo? Pronunciar discursos, entregar premios…

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El Senador se encogió de hombros con indiferencia.

—Eso de tener que oír tanto rato tu propia voz hace que tu vida sea muy solitaria.

—¡Solitaria! —repitió Kelly soltando una carcajada.

Pero el Senador se apresuró a decir, hablando deprisa como si le hiciera una confidencia y no quisiera que ella lo interrumpiese:

—A veces me exaspera (es algo visceral) ver que acabas por despreciar tus propias palabras, no porque no sean sinceras sino solo porque lo son, porque las has dicho demasiadas veces, tus «principios», tus «ideales»… y ni una maldita cosa ha cambiado en el mundo debido a ellos. —Hizo una pausa y bebió un largo trago. La contracción de sus mandíbulas denotaba que estaba enfadado de verdad—. Y te odias por tu supuesta «celebridad», por la misma razón por la que otros te adoran.

Y eso también halagó enormemente a Kelly Kelleher, porque daba la impresión, ¿verdad?, de que al hablar de tales cosas, de tales «otros», el Senador hacía una excepción con ella y la consideraba libre de crítica.

Estaba separado de su mujer, sus hijos eran mayores… tendrían la edad de Kelly, por lo menos. ¿Qué mal había en ello?

Kelly les estaba explicando a sus padres que únicamente se habían besado una vez, una sola. ¿Qué mal había en ello?

G… le había contagiado a Kelly una infección que afectaba las vías urinarias y el aparato genital, pero no era una de esas infecciones graves, no era de las secretas, y le había desaparecido hacía meses gracias a un tratamiento con antibióticos. ¿Qué mal había en ello?

Esta mañana se había dado un deleitoso baño de espuma, utilizando las tabletas «Acti-bath» de Buffy que esta se había empeñado en hacerle probar y que tiñeron el agua de un bonito color menta.

Habían ido en coche al pueblo, en el puerto de Grayling en la costa occidental de la isla, a fin de comprar provisiones para la fiesta. Visitaron muchas tiendas, Harbor Liquor, The Fish Man, Tina Maria Gourmet Foods, La Boulangerie… Frente a La Boulangerie estaba estacionado un Ford nuevo y brillante que en el paragolpes trasero llevaba una calcomanía que rezaba: LAS MORTAJAS NO TIENEN BOLSILLOS.

Cuando, cargadas con costosas vituallas, salían de una u otra de las tiendas, Buffy le comentó a Kelly:

—¿Sabes? Acabo de darme cuenta de que desde el primero de enero no ha muerto de sida nadie que yo conozca.

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Durante el viaje de regreso a la casa Buffy mencionó como de pasada que Ray Annick había invitado al Senador a la fiesta. Aunque no era la primera vez que lo invitaba.

—No creo que aparezca —añadió—. De veras no lo creo.

—¿Aquí? ¿Lo ha invitado a venir aquí? —preguntó Kelly.

—Sí, pero si viene te aseguro que me muero.

Asimismo, Buffy le entregó un disco compacto e insistió en que lo escuchase mientras se bañaba. Se trataba de una nueva composición de Spirit Music titulada Sueños de delfines, y consistía en una mezcla de cantos de delfines y melodías corales destinadas a aliviar el estrés; pero Kelly no quiso ponerlo.

Habían perdido el ferri de las 19.30 pero conseguirían tomar el de las 20.20. El Senador parecía estar fastidiado e impaciente. Consultaba su reloj digital de pulsera en el que los números aparecían destellantes como tics nerviosos. Durante la última hora de su asistencia a la fiesta, el humor del Senador había experimentado un cambio. Su habla se hizo menos coherente y sus respuestas menos rápidas y agudas; contemplaba a Kelly Kelleher con esa expresión que ella conocía tan bien pero que no podía definir: una expresión muy masculina en la que el sentimiento de posesión se acompaña de inquietud e indignación.

Cuando ya se marchaban, el Senador le preguntó a Kelly si no quería una última copa para el camino, y Kelly dijo que no, y el Senador le dijo si no le importaría llevarse una para él, por favor, es decir, aparte de la que él ya tenía en la mano. Al principio, Kelly pensó que estaba bromeando, pero iba en serio: el Senador sostenía un vaso lleno de vodka con tónica y hielo todavía por empezar, y quería que Kelly fuera a buscarle otra bebida igual. Kelly vaciló, pero solo durante un instante.

Buffy alcanzó a Kelly en la avenida y apretándole la mano le susurró al oído:

—¡Llámame, cariño! Mañana a cualquier hora.

Lo que significaba que todavía no había ocurrido porque allí estaba Buffy, de pie en la calzada, mirando cómo se alejaban, con la mano levantada en un amago de despedida.

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Todavía no había ocurrido, porque se vio a sí misma, calzada solo con sus blancas mediecitas cortas, corriendo desafiante por la erizada alfombra que la obligaba a crispar y encoger los dedos de los pies, y sintió que alguien muy alto se abalanzaba tras ella y la tomaba muy fuerte por debajo de los brazos, la agarraba con firmeza bajo las axilas, la mantenía abrazada, segura y a salvo. ¿Quién es, quién es este angelito? ¡Lizabeth!

Sí, claro que sí. Así era como ella había llegado hasta aquí. De esta manera.

Ella lo comprendía, lo veía muy claro. No se equivocaba. Pero al mismo tiempo estaba explicando a un puñado de personas, de personas mayores cuyos rostros se veían borrosos a través del parabrisas astillado, que no era lo que pensaban, que él no la había abandonado, había ido a buscar ayuda para ella, ese hombre cuyo nombre no podía recordar y cuya cara tampoco lograba rememorar aunque estaba convencida de que lo reconocería cuando lo viera, había ido a llamar una ambulancia, por eso se había marchado, no la había abandonado para que muriera en el agua negra.

Él no la había pateado, no había huido de su lado. No la había olvidado.

Qué absurdas parecían sus uñas pintadas de esmalte rosa, ahora rotas, destrozadas. Pero ella iba a luchar.

Una espumita sanguinolenta le asomaba por las ventanas de la nariz, los ojos se le ponían en blanco, pero ella iba a luchar.

… no la había abandonado, pateando hasta salir del condenado coche, nadando desesperado para salvarse hasta alcanzar la orilla donde yació exhausto vomitando el agua inmunda a la que por nada del mundo pensaba volver, y por fin se levantó (¿después de cuánto tiempo?, no sabría decirlo, ¿media hora, una hora?) para escapar a pie cojeando de un modo

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vergonzoso con un zapato sí y otro no, una cantinela que algún día podrían entonar sus enemigos para maldecirlo si no conseguía evitarlo, desanduvo el camino cojeando y tropezando por la carretera de los pantanos, aterrado de que lo descubriera un conductor que pasara, y recorrió los tres kilómetros hasta la carretera principal temblando convulsivamente, jadeando de pánico y murmurando entre enormes boqueadas, ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? Dios, dime qué puedo hacer, mientras los penetrantes chirridos enloquecidos de los insectos y una nube de mosquitos zumbadores le envolvían la cabeza como una pesadilla pinchándole la cara que tenía tan tierna e hinchada, la frente magullada, la nariz que creía rota por habérsela golpeado con tanta violencia contra el volante, y en la carretera general se acuclilló resollando como un perro, se escondió entre los altos juncos esperando que el tráfico menguara para cruzar rengueando la calzada y llegar a la cabina telefónica del estacionamiento junto a la tienda de correos y bebidas, con la boca seca y aturdido por el prolongado pánico visceral, por los alucinados y demorados efectos de un horror tan indecible e inaceptable que no podía ser contemplado sino esquivado mediante la huida, el Senador escapaba con un zapato sí y otro no, desmelenado como un beodo, ¿y si alguien lo veía? ¿si lo reconocían? ¿si lo fotografiaban? ¿y si Dios, que lo había protegido durante tanto tiempo, le retiraba su protección? ¿y si esta ignominia representaba su final? ¿y si el final lo sorprendía de este modo, cojeando, resollando de fatiga, cubierto de mierda repugnante? ¿y si nunca llegara a ser redimido, exaltado por encima de sus enemigos igual que de sus admiradores? ¿y si después de todo su partido no lo nombrara candidato, si después de todo no fuera elegido presidente de los Estados Unidos?, ¿y si quedara desprestigiado, cubierto de burlas y de vergüenza en medio de las risas de sus enemigos? Porque, como dijo Adams, la política es en esencia la organización sistemática de los odios; o bien estás organizado o no lo estás. El terror lo inundó penetrándole hasta las entrañas, se sentía enfermo, asqueado, se tambaleaba como un borracho al atravesar corriendo la carretera aunque ahora estaba del todo sobrio y creía, vaya, lo juró, que no volvería a beber durante el resto de su vida, que sería una vida recta si tan solo Dios se dignaba protegerlo en esta hora de angustia. Si te apiadaras de mí ahora, pensó encogiéndose de pronto con una mueca al sentirse traspasado por un dolor súbito que le apuñaló las tripas, mientras allí cerca en un parque municipal unos cohetes rutilantes

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hendieron el cielo nocturno estallando en alegres y abigarradas cascadas de color ROJO, BLANCO Y AZUL arrastrando en su estela unos oooohs y aaaahs de infantil admiración y el repentino e histérico gañido de un cachorro seguido del grito furioso de un muchacho, «¡Calla!», de modo que no se trataba de disparos sino de un simple ruido sin importancia, y él tenía entre sus dedos entumecidos una moneda que era un talismán mágico, tenía la billetera embutida en el bolsillo y los billetes intactos en la billetera, que de hecho parecía estar apenas humedecida, y fue capaz de hablar con calma para pedir a Información el número de la residencia de los St. John en la calle Derry, satisfecho de haber recordado el nombre, y cuando sonó el octavo timbrazo contestó una mujer a cuyo alrededor se elevaba una algarabía de voces, por lo que ella tuvo que pedirle que repitiera con quién quería hablar, y él le dijo a esa desconocida (que para él constituía una tabla de salvación, lo mismo que una paja sería un asidero para un hombre sumergido en un agua que empezara a cubrirle la cabeza), le dijo con una voz ligeramente pastosa y apagada y sin acento perceptible, Ray Annick, por favor, soy Gerald Ferguson, llame a Ray Annick, por favor, y la mujer se alejó y la algarabía de voces se oyó más fuerte y por fin Ray Annick se puso al teléfono, inquieto y receloso, «Sí, ¿Gerry? ¿Qué pasa?», pues sabía que había surgido algún problema porque Ferguson no era un amigo, tan solo un socio del estudio de abogados que nunca telefonearía a Ray Annick en un día así si no hubiera alguna dificultad, y el Senador dijo sin disfrazar su voz, que sonó desfalleciente y desesperada, «Ray, no es Ferguson, soy yo», y Ray solamente alcanzó a decir, «¿Tú?», y el Senador dijo, «Soy yo y estoy en un terrible apuro, ha ocurrido un accidente», y Ray preguntó con el tono desmayado de quien se agarra a algo para no caerse, «¿Qué? ¿Qué accidente?», y el Senador dijo, levantando ahora la voz, «No sé qué carajo voy a hacer; esa chica… está muerta», y se golpeó la ya maltrecha frente en el sucio plexiglás de la cabina, de manera que hubo un silencio de estupefacción y luego Ray repitió, «¡Muerta!», pero no en tono de fuerte exclamación, sino como si aspirase la palabra y después añadió rápidamente, «¡No me lo cuentes por teléfono! Dime solo dónde estás e iré a buscarte», y el Senador empezó a sollozar, furioso, incrédulo y ofendido, «La chica estaba borracha y se ha puesto nerviosa, me ha tomado el volante y el coche ha dado un bandazo, y se ha salido de la carretera, y dirán que ha sido homicidio y me destrozarán por…», y Ray, ahora furioso, lo interrumpió con autoridad,

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«¡Calla! ¡Por Dios! Dime solo dónde estás e iré a recogerte». Y el Senador le obedeció.

Los números de su Rolex digital seguían parpadeando: las 21.55.

Pero Kelly Kelleher no llegó a saber nada de eso ni habría podido saberlo, porque le parecía que de hecho el accidente aún no había sucedido, pues en este momento el reluciente Toyota negro dejaba la carretera general para internarse en el desolado camino lleno de baches, mientras la luna romántica brillaba en lo alto y una suave melodía de jazz sonaba en la radio, sí, cierto, ella sabía que cometían un error, probablemente era un error, sí, probablemente se habían perdido… pero esta era su intención, perderse.

Y el agua negra le llenó los pulmones y murió.

No: en el último momento posible, tosiendo y atragantándose, se esforzó por erguir el torso, pugnó por levantar más la cabeza de modo que los pequeños músculos se le separaron de los tendones y del hueso del brazo izquierdo cuando sus dedos aferraron lo que ya apenas comprendía que era el volante aunque sabía que era un dispositivo que la salvaría porque allí encima seguía flotando la burbuja de aire cuyo tamaño se había reducido pero que estaba ahí y ella se hallaba a salvo abrazando fuerte, fuerte a la sorprendida Buffy St. John, proclamando que la quería como a una hermana y que sentía haberse distanciado de ella durante los últimos dos o tres años, diciéndole que se trataba de un accidente, que no había que culpar a nadie.

Y, sin embargo, ¿había ocurrido realmente…? El coche demasiado lanzado derrapaba en la carretera que parecía carecer de edificios y de tráfico, rodeada únicamente de una extensión kilométrica de pantanos con picudos juncos pardos, altos hierbajos cimbreantes, pinos atrofiados, tantos y tantos árboles sin vida (troncos de árboles) y el ingrato repiqueteo rítmico de los chirridos de insectos que se apareaban como si intuyeran que el tiempo se aceleraba, que muy pronto la luna daría un tumbo en el firmamento volcado y Kelly vio, sin ser consciente de verlo lo vio (porque ella y el Senador iban charlando), en una cuneta poco profunda junto al camino una mesita de juguete rota, la rueda delantera de una bici de carreras inglesa, el rosado cuerpo desnudo de una muñeca descabezada… y apartó los ojos porque no quería ver el agujero entre los hombros

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parecido a una extraña vagina mutilada allí donde alguien había arrancado la cabeza.

Eres una chica norteamericana, amas tu vida.

Amas tu vida, sabes que la has escogido.

Se estaba ahogando pero no iba a ahogarse. Era fuerte, se disponía a luchar con denuedo.

Y ahí se hallaba el rostro angustiado del hombre flotando del otro lado del parabrisas cuando ella ya había llegado a pensar que la había abandonado, él se zambullía de nuevo para salvarla, tiraba con tanta fuerza de la puerta que todo el vehículo se bamboleaba, y qué alto era, qué cálido color de bronce tenía su piel tostada, era más alto que todos los hombres que Kelly había conocido y su amplia sonrisa mostraba una hilera de dientes blancos, sus brazos cubiertos de un áspero vello rizado eran fuertes, musculosos, su muñeca derecha, tal como él había comentado, era más gruesa que la izquierda debido al squash, décadas de intensa dedicación al squash, y ella tocó el costoso reloj digital de oro blanco en su muñeca, notando que la correa le apretaba hincándosele en la carne. Encandilado al parecer por ese prodigio del arte que era el Rolex, él argumentó algo así como que las nuevas generaciones tenían otro concepto del tiempo por culpa de esa sucesión titilante de números, mientras que antaño al mirar la esfera del reloj uno veía la ruta circular de las horas como un espacio que se podía medir y recorrer aunque solo fuera hacia delante.

Y sus dedos tan fuertes atenazaron los de Kelly. Te llamas Kelly, ¿verdad? Kelly.

Este mismo día por la mañana ella había estado haciendo jogging en la playa entre las dunas, el viento le alborotaba el pelo, el sol resplandecía con una luz cegadora y en la espumosa resaca los zarapitos de gordos pechos moteados y largos picos afilados parecían oscilar sobre sus delicadas patitas mientras picoteaban la arena húmeda, y ella les había sonreído embelesada con sus curiosas y veloces escabullidas; con su total concentración que los mantenía ajenos al entorno, y se dijo con el corazón henchido de júbilo Quiero vivir, quiero vivir eternamente.

Estaba haciendo un trato, sí, muy bien, se dejaría cortar la pierna derecha, incluso las dos piernas si el equipo médico de rescate lo estimaba necesario, sí ampútenmelas, de acuerdo, adelante, por favor háganlo, más tarde firmaría el permiso, prometía no demandarlos.

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¡Artie Kelleher sí que lo haría!, porque él era así, aficionado a litigar como decía la familia para embromarlo, pero Kelly le explicaría las circunstancias, diría que la culpa había sido de ella.

Estaba tragando el agua negra a rápidos sorbitos diciéndose que si la tomaba lo bastante deprisa sería simplemente como si bebiera, no le pasaría nada.

¿Qué era eso?, ¿era para ella? Miraba, parpadeando de gozo y asombro, lo que la abuelita le había confeccionado, un vestido de plumetí blanco adornado con minúsculos frutitos; para lucirlo se pondría los zapatos nuevos de charol negro y las medias blancas rematadas por un festón rosa.

Amas la vida que has vivido porque es tuya. Porque es el camino que te ha llevado hasta aquí.

Vio que ellos la miraban con atención y procuró disimular las lágrimas ya que no quería inquietarlos. No quería que lo supieran.

Abuelita, mamá, papá… los quiero.

Sin embargo le resultaba extraño y no del todo agradable verlos tan jóvenes. No los recordaba tan jóvenes.

Era arriesgado, era la aventura de su corta vida con toda probabilidad, sí, seguramente un error pero se había inclinado hacia delante empinándose sobre sus pies descalzos para recibir el beso como si le fuera debido porque ella era la elegida, ella y no otra, había suplantado a todas las demás, las jóvenes que también habrían aceptado complacidas este beso dado por él, por el hombre cuyo nombre había olvidado precisamente de este modo.

No estaba enamorada pero sí dispuesta a quererlo si eso pudiera salvarla.

Nunca había amado a ningún hombre, era una buena chica pero amaría a este hombre si eso pudiera salvarla.

Olitas de agua negra penetraban en su boca, en su nariz, no había manera de evitarlo, se colaban en sus pulmones y el corazón le palpitaba dando rápidos latidos irregulares al intentar suministrar oxígeno a su cerebro desfalleciente donde veía con suma nitidez unas agujas melladas que se alzaban como estalagmitas… ¿Qué podría significar? Reía compungida al pensar ¿cuántos besos había recibido con sabor a cerveza, a vino, a whisky, a tabaco, a marihuana?

Amas la vida que has vivido, no hay otra.

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Amas la vida que has vivido, eres una chica norteamericana. Sabes que la has escogido.

Y sin embargo: él realmente se zambullía en el agua negra, lo vio bucear hasta el coche, posar los dedos abiertos en el parabrisas, con el cabello enrulado que flotaba verticalmente, ¡Kelly! ¡Kelly!, lo vio, mudo y estupefacto, pero Kelly no sabía cuántos minutos u horas llevaba allí, no podía saberlo porque el tiempo se negaba a avanzar en ese negro rincón abrigado donde estaba atrapada entre el retorcido metal, en este cepo que la tenía tenazmente agarrada. ¡Pero lo vio!, ¡ahí estaba!, de pronto apareció por encima de ella y buceó hacia abajo para abrir por fin de un tirón la puerta, esta misma puerta que la había mantenido aprisionada, y el corazón de ella se hinchó de júbilo y gratitud corriendo el peligro de estallar mientras los ojos se le salían casi de las órbitas, tendió los brazos hacia él, se tendió hacia él para entregársele a fin de que los fuertes dedos del hombre pudieran agarrarla por las muñecas y arrastrarla fuera del agua negra ¡por fin! ¡por fin! salían juntos surgiendo de pronto con ingrávida facilidad en la superficie del agua y ella se escabulló de sus manos como un niño desafiante ansioso por nadar solo, ahora estaba libre y pateaba y chapoteaba con un alivio inmenso por haber recobrado el uso de sus piernas entumecidas como después de una pesadilla y con las potentes brazadas del crawl australiano que había aprendido en la escuela se alzó triunfante hasta el aire exterior ¡por fin! ¡por fin! miraba con los ojos de par en par el espléndido cielo nocturno que le era devuelto como si nunca hubiese desaparecido y la luna gigantesca, de modo que razonó con perspicacia Si puedo verlo, todavía estoy viva y esta simple reflexión la colmó de una grande y serena felicidad al ver asimismo a mamá y papá que esperaban entre los altos hierbajos aunque le intrigaba el hecho de que ahora no aparecieran jóvenes sino viejos, más viejos de lo que ella los recordaba, la miraban pasmados y horrorizados como si no la hubieran visto en la vida, Kelly, pequeña Lizabeth, como si no la reconocieran mientras corría hacia ellos con sus mediecitas blancas dando grititos de ilusionada alegría, levantando los brazos para ser alzada bien alto, pataleando en el aire mientras el agua negra le llenaba los pulmones y así murió.

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Apéndice

En el capítulo 30 se incluyó información proveniente de los artículos «The Reimposition of Capital Punishment in New Jersey: The Role of Prosecutorial Discretion», de Leigh B. Bienen, Neil Alan Weiner, Deborah W. Denno, Paul D. Allison y Douglas Lane Mills, Rutgers Law Review, otoño de 1988, y de «This is Your Death», de Jacob Weisberg, The New Republic, 1 de julio de 1991.

En el capítulo 32 se cita la frase de Henry Adams, «la política (…) la organización sistemática de los odios», en The Education of Henry Adams.

Joyce Carol Oates nació en Lockport, Estados Unidos, en 1938. Estudió letras en la Universidad de Syracuse y en la Universidad de Wisconsin-Madison. Entre 1978 y 2014 dio clases de escritura creativa en la Universidad de Princeton. Ha publicado más de cincuenta novelas, además de conjuntos de cuentos, colecciones de poesía, ensayos y obras de teatro. Recibió el National Book Award por su novela Them, así como otras distinciones y premios, entre ellos la National Humanities Medal, el Prix Femina y el Norman Mailer Prize. Oates es reconocida como una de las autoras más prolíficas e impactantes de la literatura estadounidense contemporánea, y sus obras han sido traducidas a numerosas lenguas. Actualmente vive en Princeton, Nueva Jersey.



FIN

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