© Libro N° 14899. Promesa. Griffiths, Rachel Eliza. Emancipación. Marzo 7 de 2026
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PROMESA
Rachel
Eliza Griffiths
Promesa
Rachel Eliza Griffiths
La primera novela de Rachel Eliza Griffiths: un canto a la memoria, el amor y la supervivencia en el seno de una familia afroamericana, escrita con la sensibilidad y la dureza con que se rompe y se recompone un corazón. La infancia de las hermanas Cinthy y Ezra Kindred ha transcurrido rodeada de amor. Han visto crecer su universo al amparo de sus padres y de los Junkett, con quienes integran la escasa comunidad negra de Salt Point, una pequeña población pesquera de Maine. Pero al finalizar el verano y tras regresar a clase, las hermanas son recibidas con hostilidad. Incluso Ruby, la mejor amiga de Ezra, parece participar en la oleada de racismo que revelará las verdaderas dimensiones del abismo sobre el que el mundo de las hermanas se sustenta. Descubrir los prejuicios raciales de su apacible comunidad será para las hermanas Kindred como presenciar el final de un sueño y el inicio de una pesadilla, pero les proporcionará también el material con el que levantar un refugio capaz de…
Rachel Eliza Griffiths
Promesa
ePub r1.0
Titivillus 01-03-2026
Título original: Promise
Rachel Eliza Griffiths, 2025
Traducción: Xavier Gaillard Pla
Fotografía de portada: Consuelo Kanaga
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para mis padres,
Michele Antoinette Pray-Griffiths
y Norman Dwight Griffiths
¿Cómo, pues, no responder a su vida con la mía, ella que me había salvado con la suya?
¿Y cómo no, bañada en la luz de su herida, hallar ahí mi vocación?
NATASHA TRETHEWEY
Los dioses verdaderos necesitan sangre.
ZORA NEALE HURSTON
PRIMERA PARTE
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Para Ezra y para mí, la víspera de la vuelta al colegio siempre señalaba el final de nuestro tiempo favorito. No me refiero al tiempo de los relojes, con su tictac y sus alarmas sonando todas las mañanas; sabíamos que en realidad ese tiempo no tenía principio ni fin. El tiempo del que hablo significaba felicidad, un júbilo despreocupado que, durante ocho gloriosas semanas, extendía sus cálidos brazos teñidos de sol a lo largo de nuestros días y sueños, antes de que los maestros regresaran a nuestras vidas, y los padres recordaran sus reglas sobre el calzado, los baños, los exámenes de vocabulario y la formación en casa.
Rezábamos, más que cualquier otra cosa, para que el calor siguiera el mayor tiempo posible, idealmente hasta mediados de octubre, y así poder conservar parte de nuestra autonomía veraniega, la libertad de deambular a nuestras anchas por las tierras que tan bien conocíamos y amábamos. Todavía no éramos mayores, pero incluso los adultos podrían señalar el momento en que el tiempo nos indicaría que ya no éramos niñas.
Lamentábamos el fin de la temporada estival y hacíamos predicciones sobre lo que nos depararía el otoño. Más que nada, reiterábamos cómo el verano, en todas sus formas, era la estación más auténtica del año. Solo entonces podíamos llevar pantalones cortos y el ombligo al aire sin que nuestra madre hiciera demasiados comentarios. A Ezra y a mí nos dejaban andar por donde quisiéramos, prácticamente sin excepción; en otras épocas del año, debíamos pedir permiso incluso para bajar a los muelles del pueblo. ¡Y la comida! ¡Cómo comíamos…! Mamá aflojaba el lazo de su delantal en lo referente a la sal y el azúcar. Parecía que cada día degustáramos el menú de nuestros sueños: mazorcas de maíz, helados, tomates en rodajas condimentados con abundante sal y pimienta, bogavante frío, vasos de cerveza de raíz, sandías, ostras, ensaladas de
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cangrejo y gambas, pollo frito, sorbete casero de limón o frambuesa, melocotones a la plancha, ensaladas de patata y polos de fresa.
En verano regresaban las flores silvestres, incluso a la plaza del pueblo. Dispuesta alrededor de un pequeño estanque y con un puñado de bancos, la plazoleta debía de responder a la idea cívica de algún funcionario local ya difunto. Hubiera sido un espacio encantador, desde luego, si no fuera por el mar. A unos pasos de la plaza, bajando por el estrecho pasaje central del pueblo, la calle principal desembocaba en un escueto muelle luminoso, que era donde ocurría todo.
Dios miraba al mar.
Santa María Estrella del Mar, la solitaria iglesia, era lo bastante alta como para tentar a los rayos que relampagueaban durante las maravillosas tormentas veraniegas. Sus toscas puertas estaban talladas con peces, delfines, ángeles, peregrinos y santos afligidos. El mar se burlaba de las campanas manchadas de sal que repiqueteaban cada hora mientras la gente del pueblo acudía a rezar con el batir de las olas de fondo.
La iglesia contaba con un jardín público bien cuidado, con bancos jaspeados y una estatua de piedra de la Virgen María que recibía una capa de pintura cada año, a finales de invierno. La fría estación castigaba la pintura de la santa figura, dejando un trozo piedra descascarillada y envejecida que se asemejaba a una escultura primitiva. A la gente del pueblo nunca se le ocurría proteger la estatua con algún tipo de cobertura cuando llegaban el hielo y la nieve. En vez de ello, se mostraban extrañamente orgullosos de cómo habían tratado los elementos a la madre de Dios.
Nuestros padres tenían poca fe en todo lo referente al pueblo. Nunca habíamos rezado o asistido a misas en Santa María Estrella del Mar. Hacía años que mamá y papá aseveraban que la única razón por la que se habían instalado en Salt Point, este pueblecito del estado de Maine, era el buen trabajo que había encontrado mi padre. Era profesor de escuela. Nuestros padres habían podido adquirir unas cuantas hectáreas de tierra que nadie quería, situadas más al interior, lejos de la costa.
Sin embargo, yo sabía que ese no era el único motivo. Después de que naciera Ezra, mi hermana mayor, mis padres habían decidido marcharse de Damascus, mudarse a un lugar donde nadie conociera la tragedia de los Kindred.
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En Salt Point no habría nadie que le recordara a mi padre los ambiciosos sueños de sus abuelos. Nadie se extrañaría de que solo tuviera un brazo, porque en el pueblo había pescadores a quienes también les faltaban piernas, brazos, ojos, y fe. En Nueva Inglaterra, a nadie le interesaría lo más mínimo la obstinada juventud que había vivido mi padre en algún lugar del sur, ni tampoco la relacionarían con su incapacidad para enfadarse o meterse en líos.
Mi padre creía que el hombre adquiría su gracia y dignidad mediante su forma de vivir. Despreciaba la idea de un padre desconocido cuyo rostro nunca había vislumbrado, exceptuando en el fuego eterno. Quizá no sabía cómo buscar a un padre así porque nunca había conocido al suyo. Papá estaba obligado a reconocer su propio rostro. Todavía a estas alturas, no sabía qué pensar sobre el cielo o la resurrección. En el lugar donde vivíamos, nuestras caras no habrían sido bien recibidas por la gente del pueblo en las misas matinales del domingo.
Durante muchos años mi padre se había negado a arrodillarse ante un dios que le había arrebatado tanto su brazo como la vida de su hermano pequeño, del cual se negaba a hablar. Solo le habíamos oído pronunciar el nombre de nuestro tío cuando tenía pesadillas y sus propios gritos le despertaban. Nuestra madre decía que papá se sentía culpable, aunque cualquiera hubiera atribuido la tragedia a una tontería. El único sitio donde mi padre no tenía miedo era dentro de las páginas de los libros que amaba y enseñaba.
Más allá de la iglesia, el pueblo estaba constituido por filas incompletas y asimétricas de casas, la mayoría de las cuales compartían pequeños patios traseros repletos de gallinas salvajes, gallos iridiscentes, cabras amarradas a postes, hilos de tender combados y míseros huertecitos.
En el extremo opuesto de la calle principal, alejado de Santa María Estrella del Mar, se alzaba otro grupo de edificios esenciales: el bar, el salón de belleza y un pequeño bloque de oficinas alquiladas. Estos edificios blanqueados daban a un solar que los sábados se convertía en un mercado al aire libre. En verano, el terreno a veces se utilizaba para albergar ferias ambulantes, mercadillos de antigüedades, y un circo que contaba con un maravilloso espectáculo de engendros. Cuando no se alquilaba, era un lugar donde los adolescentes del pueblo hacían carreras de coches y fruncían el ceño, conscientes de que, muy probablemente, todos acabarían casándose entre sí.
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Detrás del solar, la tierra se curvaba como un dedo huesudo en dirección al mar. Era un terreno salvaje compuesto de ceniza y gravilla. Era ahí donde, lejos de la calle principal y la iglesia, los lugareños se abandonaban al aire puro. Era el sitio ideal para los pícnics, los amantes, los juegos infantiles, las discusiones, y las horas solitarias de pescar y beber. En la punta más alejada había un rechoncho faro de cemento que ya no funcionaba. Árboles reumáticos, inclinados hacia atrás por los vientos marinos, demarcaban la longitud de los peñascos. La mezquindad física de la tierra no advertía del peligro de sus abruptos acantilados, algo que siempre inquietaba a mis padres.
Donde vivíamos nosotros el terreno era un poco más amable, pero estaba más abandonado. Abrigada por el bosque que ascendía hasta los peñascos más elevados, nuestra casa en Clove Road era prácticamente una anomalía, con su estanque y sus curvas inclinadas. Pasada nuestra casa, incluso más arriba, se hallaba el modesto recinto de la escuela, donde mi padre impartía clase y Ezra y yo estudiábamos, una institución fundada por un hombre llamado Benedict Hobart.
Antes había sido una opulenta residencia privada, un monasterio, un convento, un manicomio, un orfanato y un hospital militar. Todos los niños del pueblo que pudieran librarse de las tareas domésticas asistían a la escuela gratuitamente.
Cuando mi padre fue contratado en Hobart muchos de los lugareños se opusieron. Les disgustaba la idea de tener a un hombre negro viviendo entre sus familias y dando clase a sus hijos. Cuando finalmente comprendieron que mi padre tenía la intención de mantenerse al margen de sus vidas, y que la única integración a la que aspiraba se reducía a una seca inclinación de cabeza desde el volante de su coche, nos dejaron en paz.
En 1957, éramos una de las dos familias negras que vivían en las afueras del pueblo. La otra familia negra, los Junkett, eran los únicos vecinos y amigos auténticos que teníamos en la localidad.
Caesar e Irene Junkett, y sus cuatro hijos, Ernest, Lindy, y los gemelos Rosemary y Empire, llegaron a Salt Point cuando yo tenía nueve años. Nuestras familias pronto trabaron amistad, con una cálida cercanía sureña. Mis padres habían nacido en Damascus, una comunidad apenas reconocida oficialmente y bien sepultada en el condado de Sussex, en el estado de
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Delaware. Los Junkett provenían de un lugar llamado Royal, ubicado en la Virgina profunda y rural. Esos pueblos presumían de una espiritualidad que nosotros los niños solo atisbábamos a partir de lo que se explicaba o dejaba de explicar sobre lo que había significado para ellos dejar atrás aquellas exuberantes cunas talladas a mano. El señor Junkett, a quien nos referíamos como señor Caesar, había empezado a trabajar en Hobart como el bedel jefe de la escuela. Cuando el señor Caesar hablaba sobre su decisión de mudarse al norte, argumentaba que le habría resultado difícil conseguir un buen salario si hubiera permanecido en el sur como su padre. La otra razón, decía el señor Caesar, era que los hombres blancos con los que se había topado en el norte se habían mostrado menos hostiles que los del sur en lo relativo a dejarlo en paz a él y a su familia.
Algunos lugareños especulaban que las contrataciones de mi padre y el señor Junkett tenían que ver con la mala reputación del señor Benedict Hobart, un hombre corrupto que sentía aversión por los sindicatos. Como vivíamos en la parte más septentrional del país, no contábamos con organizaciones para que los negros resolvieran cuestiones salariales o laborales. Aunque si hubieran existido entidades de ese tipo, probablemente mi padre se habría mantenido al margen. Solía evitar cualquier cosa que pusiera en peligro su necesidad de silencio, lógica y orden. A mí me resultaba irónico que hubiera creído que Salt Point era el lugar indicado para proporcionarnos todo eso.
El caso es que mi padre y el señor Caesar hacían todo lo posible para mantenerse alejados de cualquier cosa que pudiera llamar la atención. Cuando estaba enojado, el señor Caesar se refería a Salt Point como un pueblo donde imperaba un toque de queda nocturno para los negros, y aunque nunca pregunté a ninguno de los adultos qué significaba eso exactamente, sabía que no podía ser nada bueno. La tendencia de los individuos a tomarse la justicia por su mano amenazaba incluso los malentendidos más inocentes, resaltada por las armas visibles que formaban parte de la vida cotidiana. El señor Caesar se reía a carcajadas de la forma en que los pescadores del pueblo solían llevar la caña de pescar en una mano y una escopeta en la otra. Y la señorita Irene, su esposa, ponía los ojos en blanco ante las mujeres del pueblo que se llevaban las pistolas de sus abuelas a la panadería, y luego nos explicaba a nosotros, los niños, cómo los blancos tenían la necesidad de sentirse constantemente amenazados para pensar que sus vidas tenían algún valor. «Aquí en el
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norte lo único que puede hacerles daño son los pájaros y las piedras y los osos —dijo en una ocasión, chasqueando los dientes—. Nunca se han planteado siquiera cómo deben de sentirse los árboles del sur, de nuestra tierra, cuando nuestros cuerpos cuelgan de sus ramas».
Desde luego, la gente de Salt Point llegaba a temer el mundo que existía más allá de sus tierras; la mayoría eran personas que nacerían y morirían sin haberse alejado treinta o cuarenta kilómetros de esas casas que albergaban diversas generaciones de sus familias.
Así habían sido las cosas desde hacía mucho tiempo en Salt Point. Pero se respiraba cierto cambio a finales del verano de 1957. A medida que iban llegando noticias de otros puntos del país donde los ciudadanos negros estaban librando batallas por su libertad, igualdad y justicia, la turbación que generaba nuestra presencia en el pueblo también iba en aumento. Al mismo tiempo, los hombres adultos del pueblo empezaban a detenerse en silencio para contemplar a Ezra, de apenas quince años, y a mí, de trece, cuando nos paseábamos con nuestros vaqueros cortos. Al caer la noche, tanto el señor Caesar como mi padre se aseguraban de que nuestras familias estuvieran encerradas en casa.
Las clases empezarían al día siguiente, y mi hermana y yo estábamos disfrutando de nuestro último almuerzo en libertad. Entre bocado y bocado, reparé en los ojos de Ezra, que lanzaban miradas al reloj de pared de la cocina. Intuí que, como siempre, esta actitud furtiva tenía algo que ver con nuestra vecina Ruby, su mejor y única amiga. Ruby era una chica blanca, pero como era pobre, su estatus social no estaba muy por encima del nuestro.
Seguí a Ezra hasta su cuarto, en el piso de arriba, rogándole que me dejara ir con ella, porque yo también quería vivir una última aventurilla antes del primer día de escuela. La típica angustia de las hermanas pequeñas en todas las partes del mundo.
Suspirando, Ezra me tomó de la mano para conducirme a través del lavabo que compartíamos hasta mi propia habitación.
—Vamos a hacer una cosa —dijo Ez.
—¿Algo? ¿Qué?
—Venga, va, Cinthy. Ponte un vestido, rápido. Y no tardes una hora. Vocalizó mi nombre como si tuviera una serpiente en la lengua, a
diferencia de como solía pronunciarlo, suavemente, al estilo de mamá, que
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me había bautizado con el nombre de su especie de flor favorita, Hyacinthus.
—Hace calor. Quiero ponerme pantalones cortos.
—Un vestido —dijo Ezra con una voz seca que no admitía discusión, mientras me fulminaba con la mirada y se desenmarañaba el cabello con los dedos para reunirlo en una única trenza que se retorcía entre sus omóplatos.
Suspirando, se dejó caer en un almohadón descolorido colocado en el alféizar de la gran ventana de mi habitación.
—O te pones un vestido, o te quedas aquí leyendo uno de esos libros gigantescos que tanto adoras. A mí me es lo mismo.
—Dar —dije—. Te da lo mismo.
Desde mi ventana se contemplaban las relucientes hojas verdes de mi querido roble, cuya luminosidad convertía mi habitación en una especie de cuarto submarino con papel pintado de flores.
Delante, un poco apartada de la carretera, había una casa carbonizada, su rostro negro enclavado en la hierba silvestre cual calavera putrefacta. Cuando éramos pequeñas nunca pudimos disfrutar de una casita en un árbol, pero en mi opinión tuvimos la suerte de contar con algo mucho mejor: una casa encantada.
Desde mi ventana podía vislumbrar alas de un blanco verdoso revoloteando sobre el arbusto que obstruía prácticamente toda la entrada original de la casa en ruinas. El porche y la puerta principal eran pilas de madera y yeso cubiertas de hollín donde a veces descubríamos gatitos o serpientes, o desde donde nos enfrentábamos a lo que realmente nos atemorizaba: el fantasma de la mujer que había decidido prender fuego a su casa, una madre-espectro que se negaba a abandonar este mundo hasta reunirse con sus tres hijas. Las niñas, atrapadas en tubos de humo, bajaron en camisón por el lateral de la casa. Ya no quedaba vivo ningún miembro de la familia para relatar la tragedia, que había sucedido mucho antes de que llegáramos nosotros. Pese a que no tuvimos nada que ver con esta historia, los del pueblo no tardaron en calificarnos de fantasmas. Se referían a mí y a mi hermana como si fuéramos espectros, unas niñas negras encantadas capaces de resistir a las llamas, el humo y la muerte. Este tipo de percepciones eran su forma de tenernos caladas. Nos podían echar la culpa de lo que fuera. Heredamos el malestar que sentía el pueblo ante lo inexplicable. Algunos ancianos, que detestaban las habladurías y
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eran partidarios de la verdad sin adornos, decían que en realidad las niñas nunca habían escapado de la casa y que habían muerto quemadas. Otros rumores del pueblo aseveraban que las niñas o bien se habían caído por los acantilados, pereciendo en el mar, o que, confundidas y abrumadas por la locura de su madre, se habían arrastrado, envueltas en llamas, por la angosta Clove Road para morir ahogadas en nuestro estanque.
Aunque con un acto tan pueril me arriesgaba a que Ezra decidiera replantearse su invitación y dejarme en casa, bajé por las escaleras deslizándome sobre el pasamanos. A mi hermana le gustaba recordarme constantemente que cuando ella tenía mi edad —trece años— no se comportaba de forma tan inmadura. Yo, por supuesto, me veía obligada a mencionarle que si sabía bajar así por el pasamanos era porque ella me había enseñado. Ya era tan alta como ella, aunque tuviera dos años menos.
Ezra, descalza y sosteniendo sus sandalias de cuero contra el pecho, bajó con ligereza las escaleras de delante, con cuidado de no pisar los puntos donde la madera crujía y nos podía delatar. Las escaleras traseras llevaban directamente a la cocina, así que no podíamos tomar ese camino.
Cuando mamá nos presentaba a la gente, desconocidos en realidad, porque a excepción de la familia Junkett no teníamos amigos ni en el pueblo ni en ninguna otra parte, enseguida hacían comentarios sobre nuestra estatura. «Son altas tus chicas», solía observar la persona de turno, como si estuviera leyendo un periódico en voz alta y comentara que sería un día bastante soleado con posibilidad de chubascos.
Mi hermana y yo no sabíamos de quién habíamos heredado nuestra estatura. A diferencia de otras personas, en casa no teníamos retratos de nuestros familiares enmarcados en las paredes o colocados sobre la repisa de la chimenea. Mi padre, en vez de fotografías, tenía piedras pulidas o cráneos de pájaro en su escritorio como compañía espiritual. Cuando nuestra abuela le rogaba a mamá que le enviara fotos nuestras para pegarlas en su álbum familiar, ella se negaba. Aunque a mí no me desagradaba la imagen de una abuela embelesada con los retratos de mi hermana y míos, también entendía que la mera idea de que esa mujer nos tuviera en su casa, aunque fuera en formato fotográfico, le resultaba demasiado dolorosa e intolerable a mi madre.
Ginny, que se negaba a que se dirigieran a ella como madre o abuela, todavía llamaba a mamá por teléfono, intentando mantener contacto a
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pesar de la cantidad de veces que habíamos oído la voz suave de mamá pidiéndole que nos dejara en paz. A veces, cuando mamá se quejaba a papá de nuestra conducta salvaje, yo tenía la sensación de que eso era debido a los altibajos de su relación con Ginny. De hecho, nuestra desobediencia poco tenía que ver con lo que realmente iba mal.
Mamá y papá se empeñaban en mantener el pasado lejos de nuestro hogar. Si Ezra o yo les preguntábamos qué estatura tenían nuestros parientes, fingían no oírnos, ya fuera hablando a la vez o cambiando de tema.
Avanzando cautelosamente por el comedor, oímos a mamá canturreando una balada lenta que sonaba en la radio que había en el alféizar de la ventana, sobre el fregadero. Me detuve un momento porque me encantaba Sam Cooke. Su interpretación de «You send me» era como un hechizo. Mientras seguía la sombra de mi hermana, me imaginé a mamá en la soleada cocina, levantando sus brazos morenos, con el delantal alrededor de la cintura. Probablemente empuñara una cuchara de madera o un cuchillo de cocina. Y en la otra mano, una bebida helada. Tendría las puntas de los dedos frías debido al vaso, donde los cubitos de hielo se disolvían en el whisky. Cuando mamá estaba nerviosa le gustaba tomar algo de «medicina», como solía llamarla, y parecía ponerse nerviosa cada día. Yo sabía que su enemistad con nuestra abuela era en parte la razón por la que se ponía triste.
La voz de Sam Cooke revestía de miel las paredes. También ayudaba a que mamá regresara a un armario oculto de su interior al que solo podía acceder a través de la bebida.
Pero hoy mamá no visitaría ese armario privado. No: se terminaría a sorbitos su bebida aguada y luego, cuando acabara de cocinar, se pasaría a la limonada. Estaba cocinando la cena especial de la víspera de la vuelta al colegio, una comida que nos preparaba desde que éramos pequeñas. Era una tradición que nos hacía sentir queridas y orgullosas.
Esa noche cenaríamos carne guisada con puré de patatas y zanahorias silvestres, todo condimentado con las hierbas aromáticas —tomillo, romero, salvia y espliego— que mi madre cultivaba y secaba. Comeríamos sus bollos de mantequilla caseros, dorados por fuera y blandos por dentro. Para celebrar el primer día de clase de papá, también habría un pastel de limón con limón escarchado.
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Ezra se giró al llegar a la puerta principal y me miró frunciendo el ceño.
—Eres tan lenta que estoy pensando que quizá debería dejarte aquí. Coloqué un dedo sobre mis labios sonrientes antes de sacar la lengua y
empujarla un poquito para que saliera al porche. Tiré de la puerta, que se cerró con estrépito.
Nos fuimos corriendo, pasando a toda velocidad por delante de la casa encantada, que ya no nos daba miedo. Últimamente mamá nos había pedido que no corriéramos tanto. «Las damas se toman su tiempo», solía decir. Ez y yo nos mirábamos y nos encogíamos de hombros. No había ninguna dama a la vista, a excepción de mamá y la señorita Irene. Tampoco podíamos decirle a nuestra madre que ya habíamos decidido que nunca seríamos damas. Además, correr nos gustaba. Cuando llegamos a las alargadas sombras del bosque que desembocaba en los acantilados, nos detuvimos y nos desternillamos de risa. Tras recuperar el aliento finalmente, me enderecé e inspeccioné la parte trasera de la casa encantada, cuyo aspecto nunca era el mismo debido a su ruina perpetua. Era precisamente su estado ruinoso lo que hacía que regresáramos a ella. El tejado tenía un enorme agujero a través del cual estaba emergiendo un árbol entero. Al igual que nosotras, la casa encantada tenía una tenacidad y una autopercepción inmunes a lo que pudieran pensar los otros.
—Espero que luego no se te ocurra ir hablando por ahí de lo que haremos hoy en los acantilados —dijo Ezra de sopetón.
—¿A quién podría contárselo?
—Parece que se te da bien guardar tus propios secretos, Cinthy —dijo mi hermana—. Pero cuando se trata de mis secretos, te cuesta más morderte la lengua.
—Bueno, este sería nuestro secreto.
Ez asintió, poniendo los ojos en blanco.
—La primavera pasada, cuando nos llegó la regla, Ruby y yo prometimos que haríamos esto el día antes de volver al colegio. Y no vamos a cambiar nuestros planes por tu culpa.
—¿Ruby irá al colegio mañana?
—¿Qué quieres decir?
—¿Ya ha conseguido agua y jabón?
—¡Cinthy! Ojalá no hablaras así de ella, tratándola igual que a los del pueblo.
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A veces mi hermana se tomaba los problemas de Ruby como si fueran suyos. Tenía que recordarle a Ez que los problemas de las chicas blancas no eran como los nuestros. Eso decían siempre mamá y la señorita Irene.
Ruby, tontamente, creía que eran iguales, que todas compartíamos los mismos problemas. Quizás era cierto, y no tenía por qué ser un mal enfoque, pero mi hermana y yo comprendíamos que había otras cosas que también eran ciertas.
Cuando alguien nos trataba como si fuéramos chusma, Ruby también se sentía insultada. Cuando nos veía por el pueblo, andando con la cabeza bien alta como nos había enseñado mamá, Ruby alzaba la cabeza como nosotras, sin realmente comprender las fuerzas, y no eran pocas, que desearían dejarnos sin cabeza, sin vida, sin sueños.
Yo no aguantaba a Ruby cuando intentaba ponerse de nuestro lado. La vida de Ruby Scaggs tenía pocas reglas, y si bien a mí me parecía una persona taimada, en realidad no tenía por qué serlo.
—¿Llevas ropa interior limpia, Cinthy?
Sorprendida, tardé un segundo en responder mientras apartaba los ojos de la casa encantada.
—Ez, ya sabes que a mamá no le gustan las cosas sórdidas.
—«A mamá no le gusta…». ¡Ay, por Dios! Espero que no se te fundan los sesos de tanto pensar en lo que haría mamá, ya te he dicho que esto es secreto. No me escuchas, Cinthy. El mundo es sórdido. La señorita Irene dice que conocer la sordidez, conocerla de verdad, en realidad es sabiduría.
Ezra suspiró para sí misma de tal forma que me avergoncé. No había nada peor que la sensación de haberla decepcionado. Excepto pensar que mi hermana me consideraba aburrida.
—Ruby me está esperando en el bosque —dijo.
—¿A quién le importa esa blanquita? Déjala que espere hasta el Día del Juicio —dije, colocándome una mano en la cadera como solía hacer Lindy Junkett, la hermana mayor. Colocarme la mano en la cadera era el gesto que más se aproximaba a tener mi propia autoridad.
Siempre que mamá o la señorita Irene estaban enfadadas, invocaban el Día del Juicio Final y luego seguían a lo suyo. Si había aprendido alguna cosa era que el Día del Juicio Final pertenecía a mujeres negras que se dedicaban a invocarlo cuando el mundo actual las sacaba de quicio y colmaba el vaso de su tolerancia. Probablemente nuestra abuela también
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solía invocar su derecho al Día del Juicio Final, porque con frecuencia escuchaba la voz de mi madre arremetiendo contra el auricular del teléfono hablando de este tema: «¡Mamá, no tienes ningún derecho a juzgarnos! Nunca podrás juzgarme, y sabes por qué».
Ladeando la cabeza, inhalé una bocanada de aire cálido antes de volver a hablar.
—Hola, cara de tortuga. ¿Echamos una carrera?
—Sí —dijo mi hermana. Su rostro se abrió como una flor sonriente cuando empezó a correr, gritando por encima del hombro—. ¡Te voy a ganar!
Nos abrimos paso a través del bosquecillo que bordeaba nuestra propiedad, hasta llegar primero a una vieja senda que discurría entre la casa de Ruby y la nuestra, y luego tomamos otro camino invadido de maleza.
Corrimos a través de los matorrales hasta que el paisaje se abrió y llegamos a un claro donde el viento nos levantaba el cabello y nos cerraba los párpados, convertidos en rendijas bajo la deslumbrante luz. Eran las doce y media del mediodía, y el cielo resplandecía por todas partes.
Ruby nos estaba esperando. En vez de luchar contra el viento, tenía los brazos extendidos y la cara alzada hacia el sol. Su cabello era negro como el de su madre, y lo llevaba sujeto en una cola que me recordaba a la de un caballo quisquilloso. Por lo visto, Ruby había decidido cortarse el flequillo ella misma para el primer día del colegio. Mala idea.
Sus padres la dejaban campar a sus anchas, a no ser que la necesitaran para las tareas domésticas o sintieran que debían darle alguna leccioncilla que ni ellos mismos habían entendido cuando eran jóvenes. La reputación de la familia Scaggs entre la gente del pueblo ya estaba mancillada mucho antes de que llegáramos nosotros. Habíamos conocido a Ruby al mismo tiempo que a los Junkett, hacía aproximadamente cuatro años. Al ser la hermanita de Ez y queriendo acaparar toda la atención de mi hermana mayor, Ruby siempre me había molestado.
Al sol ardiente y blanco, sus siluetas eran prácticamente espejos. Tanto Ruby como Ezra tenían el cuello largo, y se intuían las formas flexibles de sus cuerpos bajo la tela de sus vestidos ligeros, que el viento pegaba a sus cuerpos como si acabaran de salir del mar. Pero si bien la cola de caballo de Ruby se mecía en su sitio, el cabello enredado de Ezra salía disparado
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de su larga y densa trenza, agitándose como serpientes rojizas y enroscadas capaces de alzarla hacia la ventana plana y azul del cielo.
Ezra se adelantó para encontrarse con Ruby. Se echaron a reír sin motivo alguno. Yo quería mantenerme a distancia antes de saber lo que estaban tramando.
Mi sombra avanzaba delante de mí. Estiré los brazos como hacían ellas, temiendo que el viento fuera lo bastante fuerte como para hacerme salir volando. El polvo se arremolinó bajo mi vestido antes de ascender y ensuciarme la cara. Me lamí los labios; mi lengua empujó la gravilla salada que me cubría las encías. Se me soltaron algunos mechones de pelo de las trenzas a ambos lados de la cabeza. El sol apretaba sobre la parte central del cuero cabelludo que dividía en dos mi cabeza, ese pelo castaño oscuro que mamá engrasaba con delicadeza cada fin de semana. Pero aquí fuera, las puntas de las trenzas me azotaban las orejas.
Se estaba soltando todo.
Estamos de pie formando un triángulo. Ruby y Ezra están delante de mí. Después de observar a Ezra quitarse la suya, le entrego mi ropa interior
a Ruby, sin mirarla a la cara. Me resulta incómodo que alguien que no sea mi madre toque mis bragas, como si estuviera haciendo algo que no deberían. Me siento refrescada, a la vez que pegajosa. Sacudo un poco las caderas, contoneándome para que el viento me dé en los costados.
Ruby hace una bola con nuestra ropa interior y se mete el bulto húmedo en el bolsillo del vestido. Gira la cabeza. El flequillo negro se asemeja a la visera del casco de un gladiador ladeada por un porrazo. Sus ojos, azul intenso, son más oscuros que ese cielo azul que, de algún modo, me parece incluso más inmenso después de haberme quitado la ropa interior de algodón blanco.
Ruby se sienta sobre las rocas calientes. Ezra se sienta. Yo me siento. Ruby estira las piernas en forma de V, y Ezra hace lo mismo,
retorciéndose y deslizándose por el polvo hasta que uno de sus pies toca el de Ruby. Irritada, mueve su pie derecho hacia delante y hacia atrás para indicarme que haga lo mismo.
Me echo para atrás, notando cómo la piel de mis palmas se raspa contra la roca rugosa. Mis piernas, también, se abren en forma de V. Oriento mi pie izquierdo para que se encuentre con el de mi hermana.
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Sé que mi pie derecho debería apoyarse en el de Ruby. No quiero tocar el pie de Ruby. Ni siquiera lleva zapatos.
Agacho la cabeza para echarle una ojeada a Ez, que me está mirando fijamente. Dentro de mi cabeza puedo oír la voz de mamá echando pestes. Ha puesto los ojos en blanco a tal punto que quizá tenga las pupilas saliéndole por la nuca. «Hyacinth Kindred, por el amor de Dios, ¿qué demonios estás haciendo? Y si te estás preguntando qué diría yo de todo esto, significa que no deberías estar haciéndolo. Ay, ¿dónde está la buena hija que eduqué?».
Mamá nunca le dice este tipo de cosas a Ezra, nunca le pide a Ezra que piense, porque Ez simplemente hace las cosas sin pensar.
—Hazlo ya —dice Ezra—. Me muero de calor.
Con fuerza, empujo con la suela de mi sandalia el pie descalzo de Ruby, con la esperanza de hacerle daño.
—No quiero tocar a una blanquita.
—Gilipollas —dice Ruby.
—No le hables así a mi hermana —dice Ezra rápidamente.
—Es ella quien la está liando.
El calor se acumula debajo de nosotras. Tengo miedo de que las hormigas se suban a mis piernas y entren dentro de mí. Puedo visualizar una fina hilera negra desfilando diligentemente entre mis órganos, marchando con firmeza por el techo viscoso de mi estómago y luego a través de la iglesia de mi corazón hasta finalmente escalar por el túnel de mi cuello hasta llegar al cerebro, que me imagino con incrustaciones de gemas, como una catedral. ¿Cuántas hormigas cabrían dentro de mi cabeza? Luego me imagino meando hormigas en el váter de casa y casi me pongo a reír.
Los rostros de Ruby y Ezra se han oscurecido bajo el sol de la tarde. Están intentando averiguar algo de sí mismas. No sé lo que es, pero estoy segura de que si nuestros padres se enteraran nos castigarían. Mamá y papá no creen en lo que la señorita Irene llama el «amor a golpe de vara». Pero el padre de Ruby, el señor Scaggs, sí cree en las palizas. Desde luego. Cuando intuye que Ruby y su madre están contentas, o piensan que podrían vivir sin él, no duda en pegarles.
—Acerquémonos un poco —dice Ezra, mordiéndose el labio.
Ruby gruñe, obedece.
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Reajusto mis piernas y empujo hacia delante. Mi pierna se roza con la piel de Ruby, que está caliente. Nunca antes había pensado en su piel, más allá de quejarme de que era blanca.
Pienso en mamá, como hago con frecuencia, y en todo lo que hace por nosotras. Todo lo que hace para mantenernos a salvo. Cuando empiece a caer la noche, antes de cenar, mamá nos lavará el pelo y nos peinará para el primer día de colegio. Ya estoy oyendo cómo me pregunta sobre el polvo y la roña que tengo en el cuero cabelludo: ¿he perdido el juicio y he estado revolcándome en la tierra solo para darle más trabajo? Frustrada, mamá hundirá el peine hasta las raíces de mi pelo. Suelo acumular sudor en el cabello, especialmente después de jugar mucho rato. Ella dice pelo «enmarañado», en vez de «greñas», como si yo no supiera que mi cabello, especialmente en la base de mi cabeza, resulta impenetrable cuando se moja. A mamá le gusta que el cabello nos luzca porque sabe que la gente, especialmente los blancos, siempre se fija en nuestro pelo. Nadie ayudó a mamá a arreglarse el pelo cuando era pequeña, porque creció en un convento. Papá nos pidió que no incordiáramos a mamá con demasiadas preguntas sobre su infancia. Mi madre sepultó gran parte de ese pasado en lo más hondo de su interior, y solo lo deja entrever cuando le cuelga el teléfono a nuestra abuela o se mete en el armario de su corazón con un vaso de whisky solo y la voz de Sam Cooke.
Quizá por esta razón Ezra y yo a menudo acudimos a la señorita Irene para que nos ilumine con su sabiduría, que, según nos cuenta, proviene de su madre, su abuela y su bisabuela, que todavía viven. Gracias a ellas la niña que fue la señorita Irene se mantiene viva, y mientras tanto vemos cómo mamá rechaza a nuestra abuela una vez tras otra. Nos cuesta mucho no preguntarle a mi madre qué tipo de persona era antaño, conscientes de que ese tipo de indagaciones podrían hacer que se retrajera y no quisiera compartir lo que ha construido para sí misma y para nosotras, sus hijas.
Ruby se echa para atrás como si estuviera la mar de acostumbrada a tumbarse con las piernas abiertas sin nada que la proteja debajo. Sus piernas, que están tan morenas como las nuestras, hacen sombra. La zona donde sus bragas suelen cubrir la piel está tan pálida que sus genitales parecen los de otra chica, una cuya piel y modales son buenos, más delicados, y que es propensa a lastimarse con facilidad. Pienso en lo
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acostumbrada que estoy a ver a Ruby con moratones, y en cómo sus heridas suelen tardar en curarse porque no deja de toquetearse las costras.
Imitamos cómo Ruby se ha mecido sobre su costado, agarrando bruscamente el dobladillo de su vestido para subírselo hasta el ombligo.
—Venga, ahora —nos ordena.
Su voz sale disparada como una flecha hacia las nubes que se han reunido y se detienen a observar desde arriba nuestros cuerpos sin cubrir.
Nuestras tres V forman una extraña estrella.
Ezra dice que primero mirará ella. Luego, Ruby. Y luego yo.
El viento ha amainado, pero un aire hormigueante todavía sacude mi vestido, alzándolo hasta el ombligo. Me pregunto si Ruby y Ezra habrán cerrado los ojos como yo, o si estarán mirando hacia arriba, incapaces de separarse del cielo azul que también siento debajo de nuestros cuerpos. Ya no oigo la voz de mamá.
Ezra me da una patadita. La punta de su sandalia es dura. Ha llegado mi turno. Sin mover la cabeza, giro los ojos hacia la izquierda, donde Ezra yace despatarrada. Su antebrazo le cubre los ojos a modo de semiescudo. La dura luz de la tarde broncea su trenza flácida, que ahora se ve de un rojo oscuro. Por cómo se tensan los músculos de las pantorrillas bajo la piel, puedo ver que se está aferrando al suelo, aferrándose para que la vean. No recuerdo la última vez que vi a mi hermana desnuda. Sin embargo, lo que estamos haciendo parece estar lejos de lo que se consideraría «obsceno», quizá nadie diría siquiera «estaban desnudas». Nuestra desnudez es como la que se describe en el Génesis. El tipo de desnudez que entristece a Dios.
Me estremezco, girándome hacia Ruby, que se tapa la cara con las manos.
Sus manos parecen una puerta hecha de carne: nudillos con cortes, uñas mordidas hasta la lúnula, arañazos. Entre las puertas de las manos de Ruby vislumbro uno de sus ojos, que observa desde dentro. No a mí, sino directamente hacia arriba, como si estuviera sepultado bajo un montón de escombros.
Tanto Ruby como Ezra han recurrido a los dedos para separar deliberadamente la fina piel. Un experimento, una disputa, un juego, una
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plegaria; no sé qué estamos tratando de ganar, qué estamos suplicando, o qué se supone que debemos demostrarnos a nosotras mismas.
Sé que a Ruby y a Ezra les aburre la vergüenza. Hemos visto cómo los maestros recurren a ella en la escuela. En casa, mamá y papá la utilizan contra Ezra y contra mí, aunque no sea esa su intención. Aunque sé que nuestros padres intentan convertirnos en mujeres decentes, se me hace extraño pensar que quizá se estén equivocando. Pero lo pienso. Hay algo de secretismo en cómo mamá considera malas cosas que a mí me parecen naturales; por ejemplo, me prohíbe que contemple o palpe mis partes privadas a no ser que tenga una barra de jabón entre las manos.
Cuanto más observo las partes íntimas de Ruby, más me avergüenzo de estar mirando. Me avergüenzo de lo que fuera que incitara a Ruby y a mi hermana a hacer esto. Vuelvo a reflexionar sobre cómo empezaron a andar distinto la primavera pasada, después de tener su primera regla. Observé cómo chispeaban sus ojos mientras se lamentaban de calambres, dolores y escoceduras, mientras se llevaban las manos a una parte del cuerpo que llamaban, con una entonación absurdamente dramática, la Matriz. Me ahuyentaban cuando les proponía alguno de los toscos juegos que solíamos disfrutar antaño. Aseveraban que debido a su repentina maduración ahora podían reflexionar más profundamente sobre sus vidas futuras, y por esa misma razón ya no les parecía normal que las siguiera a todas partes. Decían que yo no entendería nada hasta que también cambiara.
Me gustaría que Ezra dijera algo. Necesito que me asegure que esto que estamos haciendo no es algo reprobable, sino algo que tenemos derecho a hacer, algo que incluso se espera de nosotras. La conciencia de nuestros cuerpos me da ganas de romper a llorar; no puedo explicar las miradas, aunque tengo la sensación de que tienen un significado mucho más trascendente del que ninguna de nosotras podría suponer. El hecho de que nuestra piel esté tan cerca de la piel de Ruby me genera tanto pavor como irritación. Deseo que Ezra confiese que se siente igual que yo, que haga algún comentario sobre que nuestras piernas son mejores, más fuertes, pero sé que no lo hará.
Hoy permitió que me sumara a ella y a Ruby, a pesar de que todavía no he empezado a sangrar. Quizás eso explique por qué no sabía lo que estaba mirando, por qué lo estaba mirando, o qué importancia tenía. Me pregunto si todo el numerito me habría parecido tan impropio si las tres hubiéramos
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tenido el mismo color de piel. Pero Ezra y yo nunca le hubiéramos propuesto a Lindy Junkett un juego de este tipo.
Entonces, de repente, Ruby se sienta, se mete la mano en el bolsillo y me lanza sin previo aviso mis bragas estrujadas, antes de entregarle a Ezra su ropa interior verde brillante. Ruby es la última en ponerse sus bragas rotas.
—Peor lo hacen los chicos —dice, mirándome fijamente.
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Bajamos de los altos peñascos y nos adentramos en el bosque que separaba nuestra casa del claro. Ruby y Ezra hablaban en voz baja mientras los insectos siseaban. Mamá nos estaría esperando en casa para lavarnos el pelo y darnos la cena. Me preguntaba cómo podría mirarla a la cara sin que supiera de inmediato que habíamos hecho algo tan deshonroso que no había manera de explicarlo. Se me clavaban ramas en los pies. En unas semanas se esparcirían por el aire hojas doradas, descendiendo en espiral. Pronto estallaría ese aroma apagado en el bosque, y el olor a cálida descomposición se transformaría en una fragancia parecida al humo.
—Pues sí que son todas iguales —dijo Ruby, como si la hubiésemos interrumpido en medio de una frase. Lo dijo con una voz tan satisfecha como irritada.
—Llegaremos tarde —le dije a mi hermana.
Ya no tenía ganas de oír más ocurrencias de Ruby, y deseaba que se callara de una vez por todas.
—¿Cómo es posible? —dijo Ez, como si Ruby hubiera compartido con ella la frase no pronunciada—. Somos tú y yo quienes recibimos la maldición.
—La suya también parece maldita —dijo Ruby, inclinando hacia mí su cabeza—. Y ni siquiera sangra como nosotras. Todavía no. Quizá lo de sangrar no importa.
—Sí que importa cuando se trata de bebés —dijo Ezra—. Sí que importa cuando los hombres del pueblo, que nunca nos habían mirado, no dejan de mirarnos.
—Ya… —dijo Ruby suavemente—. Algún día, después de obtener mi licencia de piloto, quizá también tenga un bebé. Al menos uno, para no tener que acabar siendo la esclava de algún hombre, que según mamá es lo que seré. Las mujeres del pueblo dicen que la maternidad las hace libres.
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No sé exactamente a qué se refieren, pero llevan años diciéndolo. Mamá dice que ella no es mi esclava, y que debería arreglármelas sola.
—¿De qué tipo de esclavitud estás hablando, Ruby? —dijo Ezra, frunciendo el ceño.
—Mamá dice que papá la trata como a una esclava —respondió Ruby —. Y es verdad.
—¿Qué sabrás tú de esclavitud…? —dije yo.
—Cállate, Cinthy —dijo Ruby—. No estoy hablando de los negros. Me refiero a los hombres y las mujeres. Te crees muy lista, pero casi nunca tienes idea de nada.
—¿Crees que van a dejar que una paleta como tú pilote un avión? —se burló Ezra.
Siguieron hablando como si yo no estuviera allí, como si Ruby no me acabara de insultar. Lo normal sería que Ezra amonestara a Ruby por haberme hablado de esa forma, pero estaban demasiado distraídas por lo que acabábamos de hacer. Ruby soltó una ruidosa carcajada de placer.
—Lo que no haré será esperar a que alguien como mi padre me dé su visto bueno, eso desde luego. Una persona que tiene el deseo de volar debe apañárselas por su cuenta.
—Chica, apuntas demasiado alto —dijo Ezra—. A las chicas no las dejan pilotar aviones. Te será mucho más fácil tener un bebé que manejar un par de alas.
—Mi meta es pilotar un avión —dijo Ruby, tensando tanto su voz rasposa que casi pareció desgarrarse. Yo intuía que estaban a punto de enzarzarse en una de sus frecuentes peleas—. Si cuando obtenga la licencia no te comportas de forma tan cabezota, dejaré que seas la primera en subir al avión.
—¡Ja! —dijo Ezra—. ¿Crees que le permitirían a una chica negra subirse a un avión cuando ni siquiera nos dejan sentarnos en la parte delantera del autobús?
—No veo por qué no.
—Pues claro que no lo ves —dije yo en voz baja.
—Maldita sea —saltó Ruby—. No estábamos hablando contigo.
Me puse roja.
—Tiene que haber otra razón que explique por qué los adultos actúan de la forma que actúan. No puede ser que todo se reduzca a este agujerito para mear —dijo Ruby pensativamente.
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—Bueno, ¿y cuál es? —dije yo.
Después de lo que acabábamos de hacer ya no consentiría que me dejaran al margen de nada. En mi opinión, aunque todavía no estuviera sangrando, me había ganado ciertos derechos permanentes.
—Ni ellos lo saben —dijo Ezra.
Era evidente el asco que le daban los adultos. Chasqueó los dientes como si acabara de chupar un limón.
—¿Y si fuéramos por ahí haciendo como los chicos? —dijo Ruby—. ¡Se pasan el día jugueteando con sus aparatitos, meando sobre todo lo que encuentran como si tuvieran una manguera! Y nunca pasa nada, porque se da por entendido que son cosas de chicos. ¿Y si la verdad es que nosotras disponemos de las mismas opciones?
—¿Quién querría ser como un chico? —dije yo—. No todos pueden hacer lo que quieren, como tú te piensas. Quizá los chicos blancos, pero ¿y los chicos de color? Papá dice que cuando un chico negro planta cara, es porque está luchando para que no lo maten por la cosa más nimia. En cualquier caso, me aburre la idea de que nuestros deseos se limiten a poder actuar como los chicos.
Casi habíamos llegado al camino que conducía a la parte trasera de la casa encantada. Aliviada, nos imaginé despidiéndonos de Ruby, atravesando Clove Road y subiendo por las escaleras, barridas y pintadas, de nuestra casa. Intentaba decidir si podía darle un buen pellizco a Ruby sin que hubiera repercusiones. Sabía que a mamá le molestaría que llegáramos tarde. Nos había dicho que volviéramos a media tarde, y siempre se tomaba más tiempo del necesario para arreglarnos el cabello y poner la mesa.
—¿De verdad crees que tenemos las mismas opciones que los chicos? —dijo Ez, intentando hallar la respuesta en los ojos de Ruby.
—Aún no —dijo Ruby—. Pero sí algún día. Cuando seamos mujeres. —Nunca —dije yo—. Nadie lo permitiría. Especialmente nuestras
madres. Especialmente tu madre, Ruby.
—Dile a tu hermana que no hable de mi madre. —Ruby se dirigió a Ezra, pasando completamente de mí—. Lo único que estoy diciendo es que tengo el derecho a ser tan libre como un chico. Quiero tener cierta libertad, más de la que disfrutan los adultos. Y pienso que la libertad también debería ser importante para vosotras. Como lo es para el resto de vuestro pueblo.
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Cuando Ruby nos habla de nuestro pueblo, cuando afirma que nuestro pueblo es justo y en su mayoría de buen ver, que antaño nuestro pueblo fueron reinas y reyes, atletas sobresalientes y artistas sublimes, probablemente el primer pueblo que anduvo sobre la faz de la tierra después de que se extinguieran los dinosaurios, nosotros solo respondemos con murmullos. Por supuesto, hemos leído sobre la esclavitud y la historia del miedo del hombre blanco. ¿Quién es Ruby para contárnoslo? Cuando empieza a chapurrear obviedades sobre la lucha y el Hombre, cuando nos explica la salvación y la elevación de nuestro pueblo, nosotras nos retraemos, apretando los labios hasta que termina y Ruby recuerda, por fin, que es blanca.
—¿Qué implica esa libertad de la cual pareces saber tanto? Tienes un padre que te muele a palos, y te atreves a hablarnos de libertad. Deja en paz nuestros derechos civiles —dijo Ezra.
Sin pronunciar ni una palabra más, le arrojó a Ruby la rama astillada que llevaba en la mano. Esta pasó zumbando por su lado antes de quedarse clavada en un árbol que tenía detrás, y luego cayó sobre algo que parecía hiedra venenosa.
Ruby emitió un sonido lastimero. Se abalanzó sobre Ezra, agarrando con las uñas la carne del brazo desnudo de mi hermana. Yo me quedé helada viendo como Ezra se la quitaba de encima fácilmente. Tenía una mirada que anteriormente había lanzado a muchos blancos, pero nunca a Ruby.
—¿Sabes lo que me pasaría si me abalanzara sobre una mujer blanca como acabas de hacer tú?
—¿De repente soy blanca? ¿Qué tiene que ver?
—No me has respondido —dijo mi hermana—. Porque sabes perfectamente de lo que hablo. Aunque estemos en medio de la nada, sabes a qué me refiero.
—Creía que siempre me habías dicho la verdad —dijo Ruby.
Había lágrimas en sus ojos, como también en los de mi hermana. En cuanto a mis ojos, estaban ardiendo por lo desagradable e inevitable que era ese momento. Mamá y la señorita Irene llevaban tiempo viéndolo venir.
—Tu padre, tu madre, mi padre, mi madre… —dijo Ezra—. ¿De verdad crees que todos se equivocan?
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—Nosotras somos diferentes —suplicó Ruby—. Es lo que siempre hemos dicho.
Frotándose el brazo donde Ruby le había dejado una marca, Ezra sacudió la cabeza con amargura.
—No lo somos.
—Pero acabamos de ver…
—Ruby, ¿qué es lo que has visto tú?
—Ez, por favor.
—Tenemos que irnos —dije yo.
Ezra hizo un gesto con la mano para que me callara. Pero yo podía saber que lo que se avecinaba ya había llegado al corazón de Ezra la pasada primavera. Ella había hecho todo lo posible para alargar la situación anterior, teniendo en cuenta las advertencias de mamá y la señorita Irene en lo que se refería a confiar en niñas blancas que alcanzarían la mayoría de edad y vivirían en mundos que, cuando se convirtieran en mujeres, les resultarían tan seguros como peligrosos.
—No nos haremos mayores juntas. No es posible. Sé que tú quieres autoconvencerte de que perseguimos la misma libertad, la misma vida. Pero no es así —dijo Ezra, midiendo cada palabra—. No somos hermanas. Yo ya tengo una hermana.
Ruby hizo ademán de atacar a Ezra, pero una fuerza invisible la contuvo. Quizá porque vio cómo me colocaba al lado de Ezra, cómo se rozaban nuestros hombros, una imagen que le hizo comprender finalmente.
—Nunca maldecí tu nombre ni nada por el estilo —dijo Ruby—. Te he estado protegiendo todo este tiempo. También a tu hermana cabezona. ¿Y dices que todo se ha acabado solo porque soy blanca? ¿Es esto lo que quieres?
—¿Me has estado protegiendo? ¿De qué? Eres tú quien necesitas que te protejan de tu propio padre, Ruby —dijo Ezra—. Y lo sabes.
—Papá me quiere —dijo Ruby con una vocecita. Sacudía los hombros. Yo sabía que quería a Ez, quizás incluso más de lo que quería a su propia madre. Pero Ruby Scaggs nunca había aguantado los insultos, ni que fueran en nombre del amor—. Di una palabra más, Ez, y te acabarás cenando tus propios dientes.
Pero yo sabía que Ruby no haría nada. Al igual que a mi hermana, se le había roto el corazón tan limpiamente que ambas se habían quedado sin
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aliento.
—Tenemos que irnos —le dije a mi hermana, tocándole el brazo.
Estábamos en el linde del bosque, a la sombra de la casa en ruinas—.
Mamá se va a enfadar.
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Ruby observó a las dos chicas Kindred alejarse a toda prisa de su voz. Las dos figuras se volvieron borrosas cuando la luz del sol vespertino absorbió sus siluetas. Alejándose del claro donde la habían dejado Ez y Cinthy, empezó a caminar a través del bosque para volver a los peñascos.
Ruby aguantó como pudo las ganas de llorar. ¿Acaso se sentía así por lo que había vislumbrado en su mejor amiga y en sí misma? Era difícil admitir que Ruby había esperado que existiera una diferencia entre lo que ella tenía y lo que tenían las chicas Kindred. Era algo que todo el mundo les había asegurado a las tres. El interior parecía el mismo, pero el exterior era distinto. Ahora que conocía la verdad, se sentía un poco agobiada. Ruby casi nunca sufría de soledad, aunque a menudo estaba sola. Volvió a tener ganas de llorar, pero luego le vino a la mente la imagen de su padre, que se pasaba el día llorando. No conocía a nadie que estuviera más solo que él.
Jonah Reuben Scaggs, a partir de quien Ruby había recibido su nombre, era un hombre que todavía poseía la delgadez de esos chicos sin blanca que se zambullían desde los puentes ferroviarios para pescar cuando tenían hambre. Su padre sabía aguantar la respiración incluso cuando no estaba bajo el agua. Hacía años que Ruby lo observaba tirarse de cabeza desde el puente de su memoria a los escombros de su pasado.
Su cabello rubio, prácticamente blanco, era algo que destacaba en su cabeza. Sus ojos eran azules, como una canción que aporrea la puerta del blues, pero, por alguna razón, su alma era incapaz de entrar y entonarlo bien. Últimamente, su padre solía tener los ojos cerrados. Ella llegaba al porche torcido de la chabola donde vivían y se lo encontraba preocupado, enfrascado en la contemplación de su pasado como un hombre que pasea los dedos por un mapa encantado que conduce a tesoros enterrados. Su padre despreciaba el presente y el futuro. El pasado era lo que lo incitaba a
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seguir viviendo. Estaba intentando averiguar en qué momento su vida se había ido al garete. Ruby se las había apañado para trazar su propio mapa, al que recurría para que los ataques de su padre no la pillaran por sorpresa.
Cuando Ruby salió del bosque y entró en el claro que su familia poseía en los peñascos, pudo oler el humo procedente de la parrilla. Su padre no estaba en la casa, pero estaba ahumando carne de cerdo en la parte trasera de la chabola.
Al papá de Ruby le desagradaban los ladrones, y no tenía ni idea de que Ruby se había vuelto muy diestra en el arte de hurtar. Cuando llegó a la conclusión de que podría morir de hambre, pues no podía confiar en su madre ni en su padre, aprendió a robar a la gente del pueblo. Esto se convirtió en otro tema de chismorreo entre los vecinos. Solían hablar del alcoholismo de su padre y las fantasías de su madre. Y ahora podían decir lo que quisieran sobre Ruby, porque ya no se la podía considerar una niña pequeña que no sabía lo que hacía. No creían que Ruby se mereciera ser nada más que un desdichado producto del orgullo en ruinas de los Scaggs.
Ruby se llevó las manos a la cintura y las caderas, pensando en las tardes de verano y en cómo las últimas noches de agosto le olían a tristeza porque sabía que tenían que acabarse.
Deseaba que los días de verano, con sus perfectos cielos azules, fueran eternos. Así le resultaba más fácil soñar, imaginarse a sí misma pilotando su propio avión por el cielo.
Ruby atravesó el fango endurecido del patio, maldiciendo a los perros de su padre, que correteaban famélicos a su alrededor. Cayó en la cuenta de que este sería su último año de escuela. Llevaba desde la primavera preocupada por la posibilidad de quedarse estancada en Salt Point, obligada a casarse con uno de los seis Johns de su clase. Eso era algo de lo que Ez y Cinthy no tenían que preocuparse. En una ocasión, Ruby había leído una columna de una de las revistas de belleza de su madre donde unas mujeres se quejaban de cómo, a pesar de sus ansias de hallar nuevos tipos de amor, habían acabado casadas con hombres que se parecían a sus padres. Cuando intentó explicárselo a Ezra, esta se limitó a fruncir el ceño y responder que su padre era un hombre la mar de decente que les había enseñado a ella y a Cinthy un montón de cosas, como las estrellas, la anatomía humana, las pirámides egipcias, y cómo juzgar correctamente el carácter humano.
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Las únicas estrellas que había visto el padre de Ruby eran después de que alguien lo hubiera noqueado en el bar del pueblo. Las únicas estrellas que Jonah Reuben Scaggs le había proporcionado a su hija eran del tipo que le ponían la piel verde y morada. No era la persona indicada para enseñarle a Ruby de qué madera estaban hechos los hombres.
Lo único que la madre de Ruby hacía era evitar que la noquearan a ella. Igual que su marido, el santuario de la señora Scaggs era el pasado. La madre de Ruby, que en una ocasión había sido coronada reina de la belleza en una feria regional, todavía se paseaba por Salt Point como si los vecinos del pueblo estuvieran locos por no ver su corona.
Cuando la señora Scaggs aún creía que debía ser una buena madre, se preocupaba exageradamente por el bienestar de Ruby. Era otra forma de fastidiar a su marido. Además, cuando los del pueblo se habían fijado en su hija, observando «Esta chica ya debería leer», la señora Scaggs había caído en la cuenta de que bien podrían achacarle la paupérrima educación de la niña.
Una tarde, la señora Scaggs estaba de paseo por el pueblo con Ruby, comprando flores y pavoneándose de ello, cuando se toparon con el señor Hobart. Vestido con un traje entallado, el señor Hobart se había quitado el sombrero antes de acariciar el pelo enmarañado de Ruby. Le preguntó qué edad tenía y ella se giró tímidamente hacia su madre, quien respondió orgullosamente:
—Tiene ocho o nueve años.
Mirando atentamente a la señora Scaggs, era como si el hombre pudiera ver su corona de reina de la belleza. O al menos eso es lo que ella anhelaba. En vez de ello, solo preguntó si Ruby ya leía, y en caso afirmativo, si se le daba bien. Pestañeando como si se hubiera frotado los ojos con pimienta, la señora Scaggs esperó a ver si el hombre le compraba un ramito de margaritas a la pequeña Ruby. No reparó en la incomodidad del hombre. Sacándose el sombrero a modo de despedida, le deseó a Ruby y a su madre una buena tarde, y añadió que, como creía que los Scaggs eran una familia muy pobre y necesitada, su hija podía asistir a su escuela para mejorar sus opciones de futuro.
Esa tarde, Ruby había notado el aguijón que atravesó el cuerpo de su madre.
Ruby recordaba cómo su madre la había sacado a rastras de la plaza del pueblo antes de tomar un camino escabroso para volver a su casucha.
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Las flores frescas que su madre había metido en su vieja bolsa de malla estaban estropeadas y desgarradas. Ruby no pudo evitar fijarse en todas las coloridas flores silvestres y libres junto a las cuales pasaron mientras su madre echaba pestes por el modo en que el hombre la había insultado.
—Él es el pobre, él. No hay hombre más pobre que aquel que se cree tan rico que puede pagarle a una mujer con insultos mezquinos en vez de hacerle cumplidos decorosos.
—¿Pagar el qué? —le había preguntado Ruby a su madre, que le había respondido dándole una bofetada.
Ruby se había sentado en el porche, acariciándose la mejilla mientras escuchaba como su madre lloraba de rabia en el interior. Cuando Ruby finalmente se atrevió a entrar, se encontró a su madre poniéndose con mucho afán crema facial Pond’s en la cara mientras hablaba de los riesgos de las lágrimas, de cómo podían arruinar el cutis de la mujer.
—Por lo menos irás a una buena escuela —le repetía a su hija mientras intentaba prensar aquellas flores marchitas entre las páginas de un libro destrozado.
Lo cierto es que Ruby sabía leer. Pero los textos que tenía a su alcance la habían desanimado. En las revistas de belleza de su madre no podía encontrar aventuras, fantasmas, guerras o cuentos de hadas. Los únicos monstruos y villanos que Ruby había vislumbrado en esas páginas eran amenazadores montones de ropa sucia, maridos infelices, esmalte rojo de uñas desconchado, medias de seda llenas de carreras. Un exceso de indicaciones absurdas para fingir que eras algo que no eras, para seguir siendo adolescente cuando ya tenías cincuenta años. Lo único que realmente inquietaba a Ruby eran esas ilustraciones de madres sonriendo a bebés de mejillas sonrosadas que parecían recibir el cuidado y la atención que ella nunca había tenido.
A la edad de ocho o nueve años, Ruby se rebeló contra la fe de su madre.
Anhelaba aventuras que no involucraran estar a dieta y tener que alimentar a hombres con deliciosos filetes. Empezó a alejarse de su madre, a la que quería, pero quien no parecía verla. Aunque al principio le resultó doloroso, Ruby llegó a la conclusión de que solo de esa forma podía conseguir la vida que deseaba. Aunque no supiera exactamente cómo era esa vida. Ruby se convenció de que la negligencia de sus padres la había dotado de una armadura especial. Renunció a lo que nunca había poseído,
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y, en su lugar, se encontró disfrutando de su propia compañía y creando sus propias aventuras.
La idea de volar había fascinado a Ruby mucho antes de asistir, junto a Ezra y Cinthy, a la exhibición aérea que se realizaba anualmente en Briggley. Recordaba cómo, de pequeña, la habían hipnotizado las aves marinas que atravesaban planeando el horizonte de Salt Point, y los nidos de pájaros que exploraba deambulando por el bosque; a veces, al vislumbrar un cardenal o un arrendajo azul, con sus llamativos colores, podía dejar lo que estuviera haciendo. Ruby sabía que volar era algo que llevaba en su interior, algo que estaba esperando desde hacía tiempo a que ella lo encontrara y dejara de temer la posibilidad de que existiera un amor como ese.
Se dijo a sí misma que la historia de ese sueño empezó con la exhibición área en Briggley, un pueblo un poco más grande que Salt Point y situado a unos kilómetros de distancia. Ezra y Cinthy habían decidido acompañar a Ruby, aunque por supuesto se pasaron todo el tiempo preocupadas por lo que haría su madre si se enteraba de que se habían escapado. Entre risas, Ruby les había asegurado que lo que verían haría que cualquier castigo mereciese la pena.
Aquel día contemplaron las sombras de los aviones deslizarse y precipitarse por el cielo azul como grupos de peces. Como bancos de tiburones de colores brillantes, hocicos pulidos y lustrosos laterales cromados. Incluso los aviones más torpes hicieron que Ruby llorara de esperanza. Recordaba que ese despertar de su deseo la había conmovido del mismo modo que las mujeres del pueblo solían describir las primeras patadas del bebé que llevaban en el vientre. Esto le sonaba tan psíquico como físico, el hecho de sentir la presencia de un nuevo ser en el hogar familiar. Y un hogar fue justo lo que Ruby sintió con más intensidad mientras las chicas Kindred y ella contemplaban el cielo.
En la exhibición aérea vendían entradas para dar breves paseos en avión. Ruby ya se había subido a globos aerostáticos, en las ferias que se montaban en la vieja parcela de Salt Point. Se había elevado por encima del mar, observando los peñascos desde arriba. A veces incluso había visto el techo de su chabola, pero nada de esta experiencia le había despertado la sensación de hogar. El globo iba demasiado lento. El operador se aburría, no mostraba ningún tipo de emoción, a no ser que atisbara una cara bonita
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en la cola. Por muchas preguntas que le planteara Ruby, sabía que el hombre la veía como chusma, incluso más chusma que él mismo.
En la exhibición aérea de Briggley, Ruby ignoró las miradas curiosas que recibían ella y las dos jóvenes negras con las que parecía avenirse. Las miradas de desprecio de hombres y mujeres apenas hicieron mella en Ruby. Estaba demasiado distraída mirando hacia arriba.
Aunque sabía que las chicas Kindred llevaban dinero escondido en los zapatos, Ruby optó por robar a una madre que estaba ocupada limpiando leche de la cara de su crío, que sollozaba en un cochecito azul pálido. A las chicas Kindred esto no les causó ninguna sorpresa. Ya no les sorprendían las acciones de Ruby. Lo único que temían era que la pillaran con las manos en la masa, y que las acusaran a ellas.
Cuando Ruby les contó sus planes, Ezra la tildó de loca, con una sonrisa en los labios.
—No iremos contigo —dijo Cinthy—. No nos dejan.
Esas palabras eran el constante estribillo de la hermana de Ezra. Ellas se fueron a ver si podían comprar palomitas y caramelos, aunque Cinthy empezó a lamentarse de lo caros que eran los dentistas, y qué sucedería si su madre descubría que tenían caries o dolor de muelas.
—Nos sentaremos en algún sitio donde podamos contemplar el espectáculo —dijo Ezra por encima de su hombro, sonriendo—. No sea que el avión se precipite hacia abajo en vez de ir para arriba.
Ruby esperó sola en la cola. Tal era su entusiasmo que no reparó en cómo todos los niños que tenía delante iban cogidos tiernamente de la mano de uno de sus padres, o de ambos.
Cuando llegó al principio de la cola, un hombre que se parecía a su padre bajó la mirada para observar a Ruby con los ojos inyectados en sangre y protegidos por unas gafas de aviador de pega. Su cuerpo rechoncho le recordó a Ruby las bochas con las que jugaban a veces los viejos de Salt Point en la plaza del pueblo.
—¿Dónde están tus padres? —preguntó lo bastante alto como para que todo el mundo constatara que estaba haciendo su trabajo—. Si no vienen contigo, no puedo dejar que subas.
No se rio, aunque a algunos de los niños que esperaban impacientes detrás de Ruby les pareció gracioso. Frunciendo el ceño, ella hizo ademán de entregarle las monedas robadas. Por lo que había aprendido de su madre, pensaba que el hombre cogería el dinero y haría la vista gorda.
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Pero ni siquiera se dignó a mirarla. Estaba de pie inspeccionando la larga cola.
—Piérdete —dijo, y cogió el dinero de las manos de Ruby como si fuera un peligro para ella.
Aunque a Ruby le habían negado ese sencillo primer paso en pos de su sueño, no permitió que eso afectara en lo más mínimo a su necesidad de creer que sería capaz de volar.
Poco después de asistir a la exhibición aérea de Briggley, Ruby robó una revista de la biblioteca escolar. Aunque los chicos mayores normalmente se peleaban para llevarse las revistas de coches y aviones, nadie había manoseado ese número. Había una mujer piloto en la portada.
Harriet Quimby había conseguido sus alas mucho antes de que Amelia Earhart entrara en escena. Cuando Ruby empezaba a hablar maravillas de Harriet o Amelia, Ezra no tardaba en mencionarle a Bessie Coleman, que también había volado por el cielo azul. Ruby estaba acostumbrada a que Ezra reaccionara así cuando hablaban de música o deportes, pero últimamente le molestaba la necesidad que sentía su amiga de introducir el nombre de una mujer de color en un ámbito que Ruby creía que solo le pertenecía a ella.
Unos días después, la señorita Burden, su maestra, mencionó durante una clase de historia que todavía había mujeres piloto. Sus hazañas no aparecían en los libros, dijo la señorita Burden, pero insistió a sus estudiantes en que tuvieran presente que las mujeres también podían volar. Ruby se tomó estos comentarios como una señal. Fue una de las pocas veces que se sintió agradecida por algo que había oído en la escuela.
Por lo demás, la escuela desconcertaba a Ruby. Incluso cuando respondía correctamente a las preguntas de los maestros, parecía que había en ella algo que no acababa de funcionar.
Todo eso le recordó a Ruby, más de lo que a ella le habría gustado admitir, al hombre de la exhibición aérea que había cogido su dinero antes de negarle la entrada a lo que más deseaba, por el solo hecho de no ir acompañada de uno de sus padres. No podía jugar al juego de la decencia y se preguntaba cómo habría reaccionado el hombre —apiadarse de ella, quizá— si se hubiera encontrado con la mirada de borracho de su padre.
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No se fiaba ni un pelo de las lecciones que le impartían los adultos, especialmente los hombres. La acosaban en cualquier ocasión. Ya fuera el hombre de la exhibición aérea, cuyos ojos prácticamente le habían amenazado con violencia si ella hubiera osado plantarle cara por robarle su dinero, ya fuera su padre y la violencia real que le infligía en nombre del amor que sentía por ella, Ruby quería crear nuevas historias donde ella fuera la heroína. No quería ser una princesa, ni una reina, ni una pobre sirvienta que es transportada a un baile en calabaza. Quería historias reales con imágenes que le llenaran la cabeza. En la escuela no podía compartir la pasión que mostraba su maestra por Helena de Troya u otras mujeres que fueron castigadas o cortejadas por dioses disfrazados de animales. Todo eso era ficción.
Harriet Quimby le resultaba más interesante a Ruby que las absurdas clases de la señorita Burden sobre mitología. Esa mujer había sido la primera en todo. La primera mujer que había sobrevolado el canal de la Mancha. La primera mujer —que se supiera— que se había precipitado desde el cielo hacia su muerte.
Lo cierto es que Ruby no se había centrado mucho en la parte de la muerte. Era la victoria, el triunfo de la mujer, lo que encajaba en la narración de Ruby. Se imaginaba a Harriet Quimby aferrándose al cielo que daba vueltas a su alrededor mientras era expulsada del asiento de su avioneta, que aceleró cual torpedo hasta caer en una densa tumba de fango. Quizás había valido la pena estrellarse por sus logros aéreos. Posiblemente después de eso las mujeres piloto que dedicaron su vida a volar tenían menos miedo de morir en el cielo que morir en tierra firme, inmersas en una vida horrible con la que nunca habían soñado pero que de todos modos las había atrapado.
Ruby tenía trece años cuando arrancó aquella portada de la revista con la imagen de Harriet Quimby. La rompió en trocitos y masticó el blanquecino papel, tragándose a esa mujer y sus alas metálicas. Era la única forma que encontró de asegurarse de que sus vidas permanecieran conectadas. Con ese gesto, todos sus miedos salieron volando de su pecho, como miles de murciélagos emergiendo de una cueva roja. Cada mordisco, cada bocado, cada respiración la elevaba más y más, acercándola al sol. Algún día Ruby Scaggs tendría sus propias alas.
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La víspera de la vuelta al colegio, Ruby acababa de freír dos huevos y de asar la carne que su padre había dejado en el foso de madera de detrás de la chabola. Comió muy poco de esa carne, porque si lo hacía él se quejaría de que se había agenciado los mejores trozos, algo que no era del todo cierto. Y es que menudo lo que comían eran ardillas, zarigüeyas, patos, mapaches o carne de venado. ¿Exactamente cuál era la mejor parte de esos animales? Nunca comían las cosas que Ruby habría preferido; por ejemplo, una hamburguesa con queso, kétchup y patatas fritas.
Antes de comer, en cuclillas en una de las viejas bañeras de zinc, había utilizado un viejo cepillo de crin de caballo para restregarse la piel y se había lavado el cabello con champú. Su piel pecosa estaba en carne viva, pero limpia. No había forma de arreglar el flequillo, pero el cabello le crecía rápido, como a su madre; en dos o tres meses ya no quedaría nada de ese horroroso corte de pelo. Incluso se había permitido meterle un dedazo a la crema facial Pond’s que tanto adoraba su madre. Se estaba convirtiendo en una mujer, y quizás era buena idea evitar el daño solar en la piel. Desde que empezó a sangrar, Ruby había llegado a la conclusión de que debía cuidarse más, incluyendo su aspecto. Ser pobre le daba igual, porque la mayoría de los niños que estudiaban en Hobart venían de hogares con problemas. Pero ya no se tomaba de la misma forma que sus compañeros de clase la llamaran sucia (casi nunca a la cara, por supuesto). Ruby ya no tenía ganas de pelearse con los otros chavales o los profesores, a no ser que fuera estrictamente necesario. Ahora había otras cosas en las que pensar: volar, una vida mejor. Después de llenarse la barriga y dejar la ropa preparada, Ruby estaba intentando decidir si el primer día de escuela le generaba entusiasmo o nervios. Sus padres, probablemente, se habían olvidado de que empezaba las clases al día siguiente, eso resultaba evidente. Le aliviaba estar sola. Ruby tenía la intención de dejar que su padre y su madre creyeran que no tenía planes para el futuro, planes que implicaban dejarlos atrás.
Ruby estaba dispuesta a abandonarlos. La única persona que la hizo replantear sus planes fue Ezra.
Un rato antes, Ruby había observado a Ezra y Cinthy alejarse de ella, bajando por el camino y luego entrando en su casa. Sintió una punzada al preguntarse cómo debía de ser tener una hermana.
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Por otro lado, Ez era lo más cercano a tener una hermana, y quizás incluso era mejor. Cuando se habían conocido a los diez años, Ruby se había quedado abrumada. Nadie le había informado de las risas entre chicas. La risa de Ezra Kindred era como un perfume. Ruby se había bañado en esa fragancia hasta tal punto que solo cuando se distanciaban apreciaba lo potente que era. A Ruby le gustaba creer que su propia risa también le proporcionaba a Ezra algo tangible. Tener finalmente una amiga hizo que Ruby se sintiera poderosa.
Últimamente le costaba pasar el rato con Ezra. Cada vez había menos cosas de las que reírse. Después de cada pelea, Ruby y Ezra no olvidaban las discusiones tan fácilmente como antes. Pasó a ser importante ganar a la adversaria. Surgían nuevos silencios entre ellas. Ruby se preguntaba si todo esto se debía a que este era su último año de escuela. Ambas chicas tendrían que averiguar, pronto, dónde y cómo vivir en este mundo. Y el mundo y sus muros parecían insistir en que Ruby tenía que ser una cosa y Ezra tenía que ser otra. Pero Ruby se negaba a creer que ese muro no pudiera derribarse. Después de graduarse, ¿por qué no podrían seguir riéndose juntas?
Ruby respiró hondo, intentando no pensar en nada y simplemente disfrutar del cielo antes de que el sol desapareciera en el horizonte. Mirar el cielo era algo que le generaba paz. Se preguntaba qué aspecto tendría el sol poniente visto desde un avión. Se quedó ensimismada mientras el aire se enfriaba a su alrededor. Dentro de su cabeza aparecían imágenes que la ayudaban a no pensar en todo lo que le faltaba en la vida.
En cuanto se puso el sol, Ruby decidió bajar a través del bosque hasta la propiedad de los Kindred en Clove Road. Lo había hecho la víspera de la vuelta al colegio desde que tenía diez u once años, cuando había conocido a Ezra y Cinthy Kindred y había observado que, pese a ser negras, vivían en un mundo que era completamente distinto al suyo.
Ruby sabía que, en casa de su amiga, la señora Kindred les planchaba la ropa, las lavaba, les daba de comer y se preocupaba por todo tipo de detalles. El señor Kindred era el que pensaba y a veces, si se acordaba, el que imponía la disciplina, pero en realidad no le gustaba gritar ni castigar como al padre de Ruby.
Los Kindred eran tan reservados que era fácil olvidarse de que existían. La privacidad era como una religión para ellos. Ruby creía que, si fueran blancos, serían exactamente igual que ella.
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La más mínima pregunta sobre su familia ponía tensas a las hermanas, así que Ruby aprendió a no sacar el tema, especialmente teniendo en cuenta que su propia situación familiar distaba mucho de lo que cualquier persona hubiera considerado respetable.
Con frecuencia, la mamá de Ruby decía que los Kindred eran los negratas más anómalos que había visto nunca, aunque Ruby sabía que en su vida su madre había visto más bien poco. Por esa razón, al igual que otros vecinos del pueblo, su madre les tenía un poco de miedo.
Ruby se puso de pie, sintiendo un escalofrío. Quería llegar a casa de los Kindred antes de que terminaran su cena especial. Le gustaba observarlos a través del limpio ventanal de su cocina. Ya hacía años que los miraba, pero nunca la habían pillado. Lo que hacía no podía llamarse espiar, exactamente. En cierto modo, los deliciosos platos de la señora Kindred le despertaban un poco de hambre, pero Ruby sabía que, en realidad, lo que hacía iba por otros derroteros, algo que no quería explicarle a nadie, ni a su mejor amiga. ¿Qué diría Ezra si se enterara de que, desde hacía años, Ruby terminaba rebuscando en la basura de los Kindred para hallar sus propios festines del último día de verano? Ruby se inventaba sus propias fantasías: un día se rompería el hechizo para revelar que ella siempre había sido, secretamente durante todos esos años, la tercera hermana. Se dejaba llevar por estas historias porque le permitían creer que, aunque viviera en la intemperie que rodeaba la casa de los Kindred, en realidad era una hija que merecía su propia habitación en esa casa, así como el afecto correspondiente. Las ocasiones en que la señora Kindred le había reservado a Ruby una silla en la mesa de la cocina para que pudiera comer con ellos, la niña se había esforzado para que Ezra no notara lo mucho que significaba esto para ella, lo mucho que quería ser reconocida como parte de su familia.
El momento favorito de la noche de Ruby era cuando Ez y Cinthy bajaban con sus padres a aquel pequeño estanque que tanto les entusiasmaba. Allí compartían historias y pedían deseos a las estrellas suspendidas sobre sus cabezas. Ezra le había hablado de ello a Ruby en cierta ocasión, y luego, sintiéndose avergonzada, le había dicho que en realidad no significaba nada. Pero Ruby sabía que para su mejor amiga eso era importantísimo. Ahora, de pie en el borde del bosque, Ruby observaba como toda la familia se reía, abrazándose unos a otros mientras miraban hacia arriba, entonando con sus voces serias lo que parecía una plegaria.
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La víspera de su primer día de colegio, Ruby también quería pedir un par de deseos. El primer deseo tenía que ver con volar, con volar de verdad, y ser lo suficientemente valiente como para hacer todo lo necesario, por aterrador que fuera, para empezar a ser quien quería ser. La otra cosa que deseaba, y que le parecía igual de imposible, era no perder el cariño de Ezra Kindred.
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—Por fin volvéis a parecer mis hijas —dijo mamá levantándose de la silla de la cocina.
Recogió los peines, el cepillo, las cintas y la brillantina, que guardaba en una vieja lata de galletas. Por fin se le había pasado el enfado que le había generado nuestro regreso tardío. Por una vez, agradecí silenciosamente que el frío vaso de licor marronoso hubiera suavizado la voz de mamá. La ayudamos a recogerlo todo, acatando sus órdenes y poniendo en silencio la mesa para nuestra cena especial. Parecía un poco cansada, pero cuando pasé por su lado me atrajo hacia sí para darme un beso en las trenzas recién hechas. Podía sentir lo limpio que estaba mi cabello por cómo me acariciaba el aire el cuello y las orejas, y era tan reconfortante como la voz de mamá.
A mí todavía me gustaba llevar cintas en el cabello, aunque Ezra le había comentado a mamá que ya éramos demasiado mayores para eso. Ezra anunció que ni muerta la pillarían con cintas en el pelo, y ahora parecía que ni siquiera quería que la vieran conmigo si yo las llevaba, aunque solo tuviera trece años.
—Sustituye las cintas por una bonita diadema —me había recomendado mi hermana.
—Las diademas me dan dolor de cabeza, Ez. Se me clavan en la piel de detrás de las orejas, y se me caen de la cabeza cuando doy volteretas — dije.
—Ya eres demasiado mayor para ir por ahí dando volteretas. ¿No crees, mamá? —dijo Ezra, mirándome con los ojos entornados mientras secaba con un trapo los platos buenos que mamá había sacado del armario y enjuagado para la ocasión.
—Las mujeres de todo el mundo se ponen pañuelos en el pelo. En algunos países, las mujeres se cubren el cabello siempre que salen de casa.
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Así las educaron. Y estoy segura de que también hay miles de mujeres por todo el mundo, más mayores que vosotras y que yo, y que las tres juntas, que utilizan cintas. Mirad por ejemplo a Irene, que cuando sale le gusta recogerse el cabello en uno de esos turbantes tan bonitos. Yo no os eduqué para que pasarais tanto tiempo pensando en vuestro cabello. Deja que tu hermanita haga lo que le plazca —dijo mamá.
Entre risitas, le pasé otro plato de la vajilla a mi hermana, provocándola con la mirada. Ella estaba de mal humor. Probablemente porque sabía que no debería haber hecho esos comentarios sobre Ruby y su padre antes de despedirnos en el bosque. Aunque era habitual que esas dos se pelearan, Ezra era capaz de hacerle más daño a Ruby que su propio padre.
Igual que a todos nuestros compañeros de clase, a Ezra y a mí nos daba miedo el señor Scaggs.
A lo largo de los años, Ruby nos había mostrado muchas partes del cuerpo donde su padre la había magullado. Es probable que hubiera otros lugares que no nos había querido enseñar. Pensé en cómo Ruby robaba todo lo que podía cuando nadie miraba. No podía evitarlo, aunque sabía que no debía hacerlo. Me pregunté si lo del señor Scaggs era algo parecido. No podía evitar hacerle daño a Ruby, aunque probablemente sabía que no debía hacerlo. Me asustaba pensar que los adultos pudieran comportarse de ese modo, incluso cuando sabían distinguir entre lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Sin querer profundizar en el asunto, mamá y papá nos habían advertido que nunca nos quedáramos a solas en ningún sitio donde solo hubiera hombres blancos. Incluso en Hobart. Si, por la razón que fuera, nos encontrábamos a solas con uno o varios hombres blancos, lo mejor era alejarnos de esa situación lo antes posible.
Mamá le pidió a Ezra que la ayudara a poner el mantel almidonado. Dejamos preparada la mesa de forma tan elegante que incluso parecía que estuviéramos sentados en un restaurante de lujo. Nuestra familia se comportaba como si la víspera del inicio de las clases fuera tan importante como Navidad, o quizás incluso más.
—¿Y si hiciéramos un pícnic junto al estanque? —propuso Ezra—.
Sería más fácil.
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Mamá se detuvo, cruzándose de brazos. Su vestido amarillo tenía manchas de agua. Se había quitado el delantal de cocina para lavarnos el pelo, y se le había olvidado volver a ponérselo. Mamá había emergido de su tristeza, dejando en su armario los sentimientos que le generaban el whisky y Sam Cooke. Volvía a ser nuestra madre. Aunque no podía decirse que estuviera enfadada, el ambiente de la cocina era tenso. Las contracciones de su mandíbula revelaban su indignación, un código corporal que yo era capaz de reconocer desde cualquier ángulo, desde cualquier distancia.
—Por lo visto, vosotras ya os habéis ido de pícnic hoy.
—¿Mamá…?
—Hacía tiempo que no llegabais con la cabeza tan sucia. ¿Dónde habéis estado?
Me miró a mí porque sabía que yo, a diferencia de mi hermana, era incapaz de mentirle.
—Estuvimos jugando, mamá —dijo Ezra.
Se acercó al cajón y empezó a sacar la cubertería haciendo mucho ruido.
—Os estaba llamando para que vinierais a ayudarme. He tenido que preparar toda esta comida, arreglaros el cabello hasta el último minuto antes de cenar, ayer estuve todo el día limpiando y fregando hasta que mi espalda dijo basta. Tenéis la cara muy dura, desapareciendo de repente como si pensarais que tenéis una criada en casa. Vuestro padre y yo somos los propietarios de esta casa. Vosotras no sois propietarias de nada, ni siquiera de la suciedad de vuestras cabezas. Quiero saber adónde habéis ido y qué habéis estado haciendo. Y, por favor, espero una respuesta que no insulte a mi inteligencia.
Aunque las palabras de mamá iban dirigidas principalmente a Ezra, porque era la mayor de las dos, y la más pícara, yo bajé la mirada a mis pies limpios y descalzos, deseando encontrarme en el exterior, en la hierba silvestre que rodeaba nuestro estanque, que probablemente estaría fresca y húmeda a esa hora del día.
Cuando mamá hablaba así, me ponía triste.
Su voz se convertía en sal, era como si otra persona estuviera hablando por su boca. A papá tampoco le gustaba. A veces interrumpía las broncas de mamá para recordarle por qué se habían marchado de Damascus. Papá decía que no quería vivir en una casa donde su esposa amenazara con
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hacer daño a sus hijas como si esa fuera la única forma de demostrarles afecto. Mamá nos azotaba con palabras, no con cinturones. Especialmente horrible era lo agotada que acababa mamá después de darnos un buen rapapolvo. La ira la ponía enferma. Mamá y papá nunca recurrían a la violencia física. A diferencia de Ruby o Lindy Junkett, nunca nos habían dado un bofetón, ni nos habían pellizcado los brazos. Nunca nos habían ordenado que fuéramos al patio trasero a escoger un palo con el que atizarnos. Según Lindy, ese era uno de nuestros problemas.
—Pero, mamá, ya sabes que hay polvo por todas partes —dijo Ezra—.
Vivimos en medio de la nada, es lo que hay.
—¿Ruby Scaggs tiene algo que ver con ese polvo?
Yo no dije nada, sintiendo que sus ojos se clavaban en mí. La intuición de mamá no fallaba.
—Chicas, estáis llegando a una edad en la que necesitáis tener buenas amigas. Amigas con las que podáis crecer. Ezra, tú ya eres una mujercita. Sé que sabes a lo que me refiero. Es hora de que encuentres amistades que te puedan fortalecer, que te puedan ayudar a abrirte paso en este mundo.
—¿Qué quieres decir con eso? —dijo Ezra. Dejó de revolver los cubiertos. Sus trenzas recién hechas resbalaron hacia adelante mientras miraba fijamente un punto más allá de la voz de mamá.
—Hablo de chicas como Lindy Junkett. Esa sí es una persona digna de confianza. No me malinterpretes, no estoy diciendo que Ruby me caiga mal. Pero a esta edad, Ruby y tú ya no sois lo mismo, por mucho que quieras pensar lo contrario. Yo preferiría que tú y Cinthy pasarais más tiempo con Lindy, que es una chica muy maja con un buen futuro por delante. Esa niña siempre está centrada en seguir mejorando. Irene y Caesar Junkett se asegurarán de que así sea. De que esos críos no se salgan del Camino.
Suspiré silenciosamente, para que mamá no pudiera oírme. A mamá, como a la mayoría de los negros adultos, le fascinaba la idea del Camino. Ella y papá llevaban hablando del Camino desde que yo tenía uso de razón. A veces el Camino era la cima de una montaña. A veces era el sitio donde Moisés había separado las aguas del oscuro mar Rojo para que el pueblo elegido pudiera llegar a la Tierra Prometida. El Camino era una especie de autopista interestatal ética para los negros de todo el mundo. El Camino también podía convertirse en algo personal, como cuando papá
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suspiraba y decía: «Yo de ti iría con cuidado. Esta mañana tu madre ha emprendido el camino de la belicosidad».
Mamá se frotó la cabeza con la palma de la mano. Llevaba el cabello oscuro, de un marrón intenso prácticamente negro, recogido en un grueso moño sobre la nuca.
Incluso cuando nos estaba regañando, a menudo mamá hablaba como si fuéramos sus amigas o hermanas. A decir verdad, a pesar de su predisposición a darle consejos a Ezra, en realidad mamá no tenía amigos. Había sido una hija única que creció rodeada de monjas de la caridad en un convento después de que alguien (Ginny, algo que mi madre descubriría más tarde) la hubiera abandonado envuelta en un montón de mantas en las escaleras de una iglesia en alguna parte de Delaware.
Nosotras sabíamos que mamá nos quería, que quería a papá, pero a veces se dejaba llevar por una magia oscura. Su vínculo afectivo con papá era sólido, pero había una casa encantada en su interior cuya sombría intimidad era incluso más potente. Según Ezra, todo era culpa de la infancia que había tenido en una casa de Dios donde no había nadie con quien hablar salvo las monjas, el polvo, y Jesús. Cuando sucumbía a esos episodios, nosotras guardábamos silencio, esperando ansiosamente a que nuestra madre reemergiera. No solía permanecer extraviada demasiado tiempo. Uno de los antídotos de mamá era la atención que nos dedicaba a nosotras y a nuestro padre. Ocuparse de nuestro hogar la alejaba de esos lugares donde vivir le había hecho daño. Hoy su enojo tan solo nos había rozado, porque había estado ocupada con diversas labores y no se había quedado durante horas en la cama escuchando la radio. Hoy no tenía tiempo para fingir que no lloraba mientras lavaba los platos. Mamá intentaba que no la viéramos, pero al ser sus hijas, nos resultaba más fácil que a cualquier otra persona distinguir este tipo de cosas. Al menos eso creía yo.
Secándose las yemas de los dedos con un trapo limpio, mamá se volvió a poner el anillo de casada, que llevaba un pequeño diamante, y suspiró.
—Cinthy, trae los candelabros de la despensa. Haz que luzca la mesa. Sonreí aliviada al constatar que mamá no tenía intención de seguir
interrogándonos sobre nuestras correrías con Ruby, que yo todavía no entendía. Mamá podía ver que estábamos sanas y salvas, limpias, y ayudándola en todo lo posible para que tuviéramos una cena agradable. Yo esperaba que no estuviera demasiado cansada para bajar con nosotros al
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estanque, al que llamábamos «la Orilla» desde que éramos muy pequeñas. Siempre nos gustaba escuchar cómo ella nos deseaba lo mejor para el nuevo semestre escolar. Compartir momentos con mamá cuando estaba tranquila era como respirar en el atardecer. El atardecer era el único momento del día en el que podías mirar directamente al sol sin quedarte ciego.
La despensa era uno de mis lugares favoritos de la casa. Había una gran ventana torcida que daba al estanque. Las otras tres paredes estaban revestidas de estanterías ocultas tras unas cortinas de cuadros. Nos referíamos a este cuarto como «la Tienda». Había una lámpara en el suelo, en el rincón detrás de la puerta, que tenía un pomo blanco de porcelana especialmente reluciente, con el esmalte resquebrajado. Las paredes de color marfil eran de un yeso amarillento que se iba cayendo lentamente. Yo solía arrastrar dentro una silla de cocina y cerraba la puerta. Tiraba de la cadenita que encendía la simpática lámpara para leer a solas o simplemente para observar la luz natural del día deslizándose por las cortinas hasta que la habitación se quedaba a oscuras. Entonces alcanzaba a ver a lo lejos el estanque, donde las estrellas caían como remotas monedas de plata en el agua.
—¿Niña, qué haces ahí dentro, estás fabricando las velas? ¿Por qué tardas tanto?
—No, mamá, no estoy fabricando las velas. Estaba pensando.
—Pues trae de una vez esas velas y los candelabros y ponlas sobre la mesa —dijo ella—. ¡Que estoy hecha polvo, diablos! —Arrastraba las palabras. Yo no estaba segura de si era debido al whisky o al hecho de que realmente estaba más cansada de lo habitual—. Quizá tengamos tiempo de bajar todos a la Orilla si tu padre acaba de preparar las clases. Sería bonito, ¿no? Tengo algunos deseos propios que me gustaría cumplir. —Por un momento parecía volver a ser ella misma, pero luego añadió—: Así que ¿de verdad no vais a decirme adónde habéis ido esta tarde? ¿Ni lo que habéis hecho?
Apartamos la mirada de la voz dulce de mamá.
—¿De verdad no me lo vais a contar?
—No hay nada que contar —dijo Ezra en voz muy baja.
—Supongo que ha llegado el día —dijo mamá, sacudiendo la cabeza como si llevara años anticipando esto, desde cuando nos mecía en sus
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brazos—. Os estáis convirtiendo en mujeres que tienen secretos. Pero yo no soy una de vuestras amiguitas. A mí no tenéis que ocultarme nada.
No estaba prohibido hablar durante la cena, siempre y cuando lo que dijéramos fuera interesante. O, mejor dicho, algo que los adultos, en concreto nuestro padre, considerara interesante. Como no sabíamos qué encontraban interesante los adultos, guardábamos silencio y nos concentrábamos en masticar para llegar a los postres lo antes posible.
Nos gustaba que papá se quedara sentado a la mesa un buen rato en vez de comer con prisas y volver a preparar sus clases. Nos encantaba la melodía de su voz, que era grave y áspera. Papá era un hombre serio. Cuando sonreía, normalmente parecía que le costaba mucho esfuerzo salir de sus pensamientos y recordar dónde estaba, ver la felicidad que tenía justo delante.
Nuestro padre prefería reservarse la voz para las clases.
A veces, cuando Ezra y yo andábamos por los pasillos de Hobart y lo veíamos adelantándonos a zancadas, con una débil corona de autoridad flotando sobre su cabeza, un grueso libro metido entre su único brazo y su torso larguirucho, apenas reconocíamos, en este hombre que luchaba para sobrevivir en el campo de batalla de la educación, al padre afectuoso que teníamos en casa. Con el paso de los años, esa distancia se convirtió en algo que a mi padre cada vez le costaba más activar y desactivar.
A pesar de ser un ratón de biblioteca, a menudo papá hablaba de la vida en términos de coste y precio. Ciertas cosas difusas le habían costado demasiado, o le costarían demasiado. Detestaba la sensación de que su vida estuviera en venta. Papá hablaba del hospicio como si pudiéramos verlo desde la ventana. Tenía sus buenas razones para desconfiar del mundo.
Solo nos habían contado unos pocos detalles sobre nuestros abuelos, Theodore y Calliope Kindred. Estos habían creído que tenían derecho a construir su propia iglesia, algo que había puesto nervioso a todo el mundo. Antes de que mis bisabuelos pudieran vivir lo suficiente como para tener algo más que fe y esperanza en su trabajo duro, los hombres blancos de la zona de Damascus habían prendido una cerilla y enviado una llamarada a través de nuestro linaje, una llamarada que todavía ardía en la memoria de papá, aunque él nunca lo admitiría.
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Culpaba a la religión por los incendios que había provocado en su infancia, mucho tiempo atrás. A diferencia de mamá, nuestro padre no sentía ninguna culpa por no llevarnos a la iglesia el domingo. A veces íbamos en coche a Estrella Ascendente, una iglesia negra de Gunn Hill, cuando él creía que debíamos recibir a Dios. Pero en nuestra casa había una norma tácita: la religión no se utilizaría para controlar nuestra mente o comportamiento. Nuestro padre nunca nos obligó a rezar, ni a arrepentirnos de nuestros pecados.
En vez de ello, se nos animaba a usar nuestro intelecto para entender por qué haríamos o diríamos tal o cual cosa. Nuestro padre admitía que Dios podía ser útil, pero tendía más bien a decir «Si nos ponemos a analizar el origen de estas lágrimas…».
Esa noche, mientras cenábamos, nuestro padre nos contó lo que tenía planeado enseñar al principio del curso. Yo pensé en la señorita Burden, que había sido la maestra de mi clase desde que yo tenía once años. Me pregunté cómo debería estar pasando su última noche de libertad.
Vivía sola en el pueblo, en uno de esos pisos destartalados del centro, sobre el escaparate de una tienda que daba al mar. Aunque probablemente la señorita Burden ni siquiera tenía cuarenta años, parecía que le hubieran frotado la cara con vinagre de sidra al nacer. Tenía un aliento fuerte, que me hacía pensar que había estado lamiendo lentamente dientes de ajo. En las raras ocasiones en que nuestra maestra sonreía, yo tenía la sensación de que estaba reaccionando a alguna ocurrencia interior, porque no creo que la señorita Burden nos encontrara a nosotros, o su vida, demasiado divertidos.
A nosotros, sus alumnos, debía de vernos como interrupciones entre las horas que dedicaba a la lectura. Me daba la impresión de que tenía una vida secreta enterrada en las mangas de sus sobrias blusas de color guisante. La señorita Burden se mantenía alejada de nosotros hasta cierto punto, alejada de la gente del pueblo.
Yo era una chica sensible, una característica que la señorita Burden, de algún modo, había detectado. Me prestaba sus libros y me preparaba largas listas de lecturas que pudieran saciar mi sed de historias. En algunas ocasiones, si Ezra se había quedado en casa por estar enferma, incluso me dejaba sentarme en el aula con ella durante el almuerzo. En esas tardes dichosas, la señorita Burden y yo leíamos en silencio mientras disfrutábamos de nuestros bocadillos y frutas. Porque si Ez no estaba
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conmigo, mis compañeros de clase podían tratarme fatal, y no había nada que Lindy Junkett, o incluso Ruby, pudieran hacer para rescatarme de sus burlas y humillaciones. Fingiendo no haberme visto, los chicos me arrojaban pelotas durísimas que me dejaban marcas en las piernas. «Es que ella estaba en nuestro camino» era la mejor disculpa que la señorita Burden podía sacarles. Dentro del aula, mis compañeros de clase de repente se creían artistas. Cuando yo regresaba a mi pupitre y abría la libreta, descubría caricaturas de mí misma, mi hermana y mi padre convertidos en simios o genitales. Esos dibujos eran incluso menos humillantes que tener que escuchar cancioncillas cuyas letras hablaban sobre la falta de brazo de mi padre y sobre negritos africanos.
Mientras mi padre seguía hablando de algunas reparaciones que tuvo que realizar el señor Caesar a lo largo del verano para que no se derrumbara el tejado de Hobart, yo me preguntaba cómo habría sido el verano de la señorita Burden. No se la había visto en todo el mes de julio y la mayor parte de agosto. Unos días antes, cuando Ezra y yo fuimos al colegio para ayudar a nuestro padre a forrar viejos libros de texto con simple papel marrón, hojeándolos también para borrar garabatos obscenos, me pareció escuchar su voz en el pasillo, repitiendo un saludo de pajarito a alguien que pasaba por allí. Salí corriendo de la clase, sin saber exactamente qué le diría, pero el pasillo estaba desierto.
Sonó el teléfono, interrumpiendo el monólogo de mi padre.
A lo largo de los años habíamos aprendido a no salir disparadas de la silla para ir a responder. Observé cómo la mandíbula de mi padre emitía cierto código mientras intercambiaba una mirada con mamá. En otra ocasión, nuestra abuela estaba intentando, como hacía siempre, desearnos un feliz primer día de clase. Normalmente mamá no cogía esta llamada. Se limitaba a esperar a que cesara el ruido, agarrando el mantel de la mesa hasta el punto de que se le marcaban los nudillos. Papá había renunciado a pedirle a mamá que hiciera las paces, mientras que nuestra madre aseveraba que ya se sentía en paz protegiendo a sus hijas del tipo de mujer que era Ginny Abbott. «A mí nadie me protegió nunca», dijo en cierta ocasión con una voz tan diminuta que, durante semanas, nos mantuvo a Ezra y a mí despiertas después de la hora de acostarse. Habíamos escuchado a mamá mascullar entre dientes que Ginny era una presidiaria de poca monta, alguien que no estaba capacitada para ser abuela.
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«Ginny se metió en asuntos turbios, y a nadie le sorprendió. Era cantante, y el diablo se le metió en los pulmones. El único aliento que le importaba era el suyo propio, o eso decían los ancianos del pueblo. En cuanto tuvo ocasión de marcharse de Damascus, abandonó a vuestra mamá. No miró hacia atrás, ni siquiera vertió lágrimas por su propia hija». Eso es lo que nos había contado papá en una ocasión, cuando quisimos saber por qué nos habían ordenado decirle a quien nos preguntara que no teníamos otros parientes vivos. Algo que, por otro lado, era fácil, porque de hecho nadie de Salt Point nos había preguntado nunca nada sobre nuestra familia.
Algunos años el teléfono solo sonaba una vez, y eso era aterrador porque me hacía pensar que nuestra abuela ya se estaba cansando de intentar contactar con mamá, y con nosotros.
—Ha dejado de sonar —dijo mamá, girando la cabeza para mirar con desdén el teléfono.
Luego tosió con fuerza en la servilleta. Mi padre le ofreció su vaso de agua, que aceptó agradecida. Después de tragar, dejó escapar un largo suspiro.
—Quizá pararía si le respondieras —dijo papá.
—No empieces —susurró mamá, secándose los ojos.
—Piensa en las niñas —dijo papá. Su voz era paciente. Se removió en su silla. Nuestro padre medía poco más de metro ochenta. Siguió hablando —: Piensa en lo que tú y yo nunca tuvimos. Ellas tendrían a su abuela, Lena. Y tú tendrías a alguien con quien hablar que no fuera Irene.
—Irene es una persona encantadora —dijo mamá, apretando los labios antes de ponerse de pie y ordenarle a Ezra que rellenara los vasos con más limonada de la jarra.
—No me deis ninguna razón para pensar que os vais a meter en líos este otoño —nos dijo papá a mí y a Ezra, cambiando el tema de conversación. Tomó otro largo trago de agua y se aclaró la garganta. Mi hermana y yo recibíamos una versión de este discurso al inicio de cada semestre—. Tenemos que empezar fuertes y, bueno, tenemos que acabar también fuertes. Se están acelerando nuestros pasos por el Camino. Os estáis convirtiendo en mujercitas. No siempre podemos prever cuándo nos caerán encima problemas, chicas, pero si mantenemos siempre bien alta la guardia y jugamos nuestras mejores cartas, no podrán con nosotros. No nos podemos quedar solos con nuestro… Bueno, ya sabéis a lo que me
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refiero. La derrota solo sucede aquí —declaró nuestro padre, dándose golpecitos en la frente, que había empezado a sudar.
Ezra y yo no recibíamos un trato especial por el hecho de que nuestro padre fuera uno de los profesores de Hobart. Mi hermana y yo no les importábamos lo más mínimo a los otros miembros del personal de la escuela: éramos unas negras, y ya. Daba igual que a mí me hubieran adelantado dos años por mis buenas notas, y que ahora Ezra y yo fuéramos las primeras de la clase.
Ezra, yo y los hijos de los Junkett éramos los únicos alumnos negros de Hobart. La mayoría de los profesores casi nunca nos prestaban atención, a no ser que quisieran humillar a algún otro alumno, que siempre era blanco, para que se esforzara más. La señorita Burden era la única que se dirigía a nosotras utilizando nuestros nombres en vez de decir «Sí, tú».
—No causaremos ningún problema —dije yo, hablando en nombre de las dos mientras miraba fijamente la luz de la vela.
Cerrando los ojos, visualicé las puertas doradas de Hobart, que resplandecían como dos largas e imponentes lápidas de fuego.
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Dos pescadores del pueblo descubrieron el cuerpo de la señorita Burden, bocarriba y con un camisón nuevo, flotando junto a la orilla durante la marea baja. Cuando les preguntaron sobre el camisón, los pescadores afirmaron que todavía llevaba colgada la etiqueta del precio, que flotaba a unos escasos centímetros de las arrugadas puntas de los dedos de la mujer muerta. El camisón era escalofriante, dijeron, por la forma en que ondeaba alrededor de ella, como si llevara mucho tiempo siendo un fantasma.
Se descartó de inmediato la hipótesis de un asesinato. No había heridas constatables, y la señorita Burden nunca había tenido problemas con nadie del pueblo. No tenía dinero, ni enemigos, ni relaciones secretas. No había ninguna herencia, ni nadie que pudiera beneficiarse de un seguro de vida.
Cuando se planteó la soledad como posible explicación, los hombres se encogieron de hombros. Dijeron que no querían perder su tiempo reflexionando sobre los motivos de nuestra maestra. Eran hombres sencillos que habían pasado muchos años en compañía de las olas, bajo la luz de la luna. La soledad de un hombre albergaba cosas que podían matar. Pero no les interesaban las cosas que pudiera albergar la soledad de una mujer. Quienes estaban desesperadas ahora eran sus redes, se lamentaron, porque el cuerpo de la mujer había interceptado su ruta habitual, lo que les haría perder los ingresos de medio día.
Había dos agentes del orden en Salt Point. Uno de ellos, el jefe, era Charles Hobart, el sobrino del señor Hobart. Los lugareños que le conocían desde que era joven lo llamaban Charlie. El otro, el agente Howard Walsh, recibía el nombre de Howie entre los lugareños. Era mayor que el agente Charlie, y tenía una voz que oscilaba entre el sarcasmo cálido y las ideas espeluznantes y precisas sobre la condición humana, parecidas a las de un filósofo. Su jurisdicción habitual era Gunn Hill,
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donde había más asesinatos que soledad. Estaba en Salt Point para ayudar al agente Charlie, como siempre había hecho.
Era el primer día de clase. Teníamos los ojos clavados en ambos hombres, que se paseaban lentamente por nuestra clase buscando pistas, dos hombres armados que giraban repentinamente sobre sus talones, como si en cualquier momento pudieran hallar un motivo. Sentados en los pupitres, nos preguntábamos silenciosamente si, de algún modo, habíamos contribuido a la aflicción de nuestra maestra.
Los adultos que entraban y salían ajetreados de nuestra clase para prestar declaración parecían irritados y hablaban a la ligera de la señorita Burden, como si todos hubieran anticipado ese día y les fastidiara que no hubiera llegado antes. La señorita Burden nunca había hecho ningún intento de congraciarse con sus compañeros de trabajo. No se quejaba de los alumnos, como hacían los otros. De hecho, tal era la distancia que había mantenido con los otros profesores que estos empezaron a sentirse molestos, dando por sentado que la señorita Burden se creía mejor que ellos. Yo estaba esperando a que mi padre viniera a nuestra clase a prestar declaración. Pero luego pensé que la última cosa que querría papá sería involucrarse en algo tan serio como el hallazgo de una mujer blanca muerta, flotando en el mar, sin una explicación clara de cómo había acabado ahí. Él y mamá siempre decían que lo mejor que podían hacer era ocuparse de sus propios asuntos.
Además, no era la primera vez que los pescadores de Salt Point habían pescado a una mujer en el agua. Pero sí era la primera vez que había muerto alguien que yo conocía.
Me encontré con los ojos de mi hermana, cuya mirada era extraña. Intuí que estaba intentando decidir si debería tener miedo o si se trataba de otro caso en el que dejaría que los adultos solucionaran sus problemas sin que ella tuviera que renunciar a su sentido común.
Otra de las maestras de la institución, la señora Clay, que vivía en un dormitorio del recinto escolar, estaba siendo interrogada en el fondo de la clase, cerca del armario para los abrigos, donde no podíamos verle la cara. Se sonaba la nariz con un pañuelo ya húmedo. A veces respondía al agente Howie cuando este le hacía preguntas gritando. A veces no. Cuando ninguno de los dos hombres le estaba preguntando nada, ella hablaba consigo misma por lo bajo, repitiendo una y otra vez: «No lo sabía, no lo sabía, no lo sabía». Su comportamiento daba miedo, incluso a los chicos
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de la clase que normalmente se mofaban de su voz infantil y emitían ruidos flatulentos en su presencia, conscientes de la aversión que la mujer sentía por todo lo escatológico.
Los policías despidieron a la señora Clay y empezaron a hablar entre ellos, sus voces zumbando sobre nuestras cabezas. Los profesores ni se habían molestado en pedirles a los oficiales que tuvieran cierto tacto delante de nosotros. Sabían que el agente Charlie era el sobrino de su jefe.
—Habrá dejado alguna carta.
—No había ninguna en su piso.
—Las mujeres suelen dejar cartas.
—¿Te acuerdas de María? ¿En el 51? Esa no dejó ni una coma. —Vaya que si me acuerdo de María. También se metió en el agua con
nada más que un camisón. Muchos camisones han circulado por esa cala.
—Hummm, si no recuerdo mal, María estaba desnuda.
—Ah, ¿sí?
—No estoy seguro. Pero todo el mundo sabe que tirarse al mar sin nada puesto es mala idea. El agua está demasiado fría. Esa sal bien podría arrancarte la piel de los huesos. Entrarías en razón.
—Pues esa estaría loca.
—Podemos archivarlo como un accidente, si no dejó nada por escrito. —No dejó ni un paréntesis. Inspeccioné su casa. Ahí no había mucha
vida.
—¿Qué sirven hoy en Linda’s? El menú de mediodía. ¿Hamburguesas con queso?
—Hasta que mueren, nunca sabes cómo viven realmente las personas.
—Bueno, y ni siquiera cuando mueren. Especialmente cuando mueren.
Ya no pueden contártelo, los pobres diablos. ¿De dónde era esta mujer?
¿Dónde nació?
—Era de un poco más al sur, Boston, creo, o por ahí cerca. Encontré una partida de nacimiento.
—¿Qué la trajo por estos pagos? La mayoría de las mujeres se irían al sur, si pudieran escoger. Dicen que ahí es más fácil encontrar marido.
—No parecía demasiado interesada en agenciarse un hombre. —Ah, ¿no?
—Creo que los lunes Linda hace espaguetis con albóndigas. No están mal. Las albóndigas de mi abuela eran las mejores. Era irlandesa. Hacía albóndigas irlandesas al estilo italiano.
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—¿Y si era sonámbula? ¿Te acuerdas de la chica esa, Rosa, en el 55? —Esta estaba bien sola. ¿Alguna vez te has parado a pensar que
nuestras mujeres nunca hacen este tipo de locuras? Siempre son las que vienen de fuera.
—Diablos, pues tienes razón.
Entonces los policías se acordaron de nosotros y modificaron sus palabras.
—Niños, recordad que nosotros somos los buenos —dijo el agente Charlie, toqueteando el ramillete de lápices despuntados que había dentro de una taza desconchada sobre el escritorio de la señorita Burden. Su voz era fina y reluciente—. Haremos nuestro trabajo, como siempre. No dejaremos que os pase nada malo.
Utilizando los laterales de sus manos desnudas, empujó el sudor de sus mejillas hacia las orejas. El cuero de sus botas rechinó al girarse sobre la luz roja y azul que se derramaba desde la bonita cristalera de nuestra clase. Antaño ese lugar había sido una especie de capilla.
Recordé cómo el señor Caesar había hablado sobre la relación del agente Charlie con el señor Hobart. «El tío le controla el culo» era como el señor Caesar había descrito al policía, algo que nuestros padres nos habían pedido que nunca repitiéramos en público, aunque fuera verdad.
La señorita Irene dijo que el hombre era un bravucón. En presencia de su tío, utilizaba los apellidos de mi padre y el señor Caesar: Kindred y Junkett. Pero siempre que saludaba a papá y al señor Caesar en cualquier otra situación, les llamaba «chaval» o algo peor. Uno de los pasatiempos del agente Charlie consistía en intimidar a nuestra familia, así como a los Junkett, aunque le divertía más molestar al señor Caesar que a papá. Era el señor Caesar quien se preparaba para recibir tortas cuando el policía se paraba delante de su casa mientras el hombre estaba sentado en el patio con su familia. Fue el señor Caesar quien no dudó en advertir al policía de que él también iba armado.
Ezra, Lindy Junkett y yo estábamos mirando fijamente el arma metida en la pistolera del agente Howie. Los otros niños estaban distraídos inventándose historias de monstruos marinos que habían reptado hasta el cuarto de la señorita Burden y se la habían llevado a rastras al agua. O quizá la mujer había acabado en Salt Point porque había cometido algún delito y estaba huyendo de la justicia.
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No podía apartar los ojos de los dos hombres uniformados mientras me imaginaba cómo sacaban a la señorita Burden del agua con una red, como si fuera una caballa. Quizás había sido un accidente, como decían los policías. Pero su forma de hablar revelaba claramente que en absoluto creían que se tratara de un accidente.
La voz del director crepitó a través del intercomunicador para convocar una reunión de emergencia. Los afligidos profesores salieron a toda prisa de la clase, haciéndonos señas para que nos fuéramos. Por vez primera, no era una ocasión feliz que nos dejaran marcharnos temprano a casa.
Ezra, Ruby y yo estábamos en el círculo iluminado por el sol del camino que rodeaba la entrada de la escuela. ¿Tanta infelicidad le habíamos causado a nuestra maestra que había decidido arrojarse al mar? Me ponía triste la imagen de la señorita Burden pasándolo mal sin poder contar con nadie, ni siquiera sus alumnos, para que la ayudara.
Lindy Junkett se nos acercó, sin apartar los ojos de Ruby. Lindy casi nunca nos hablaba si estábamos con Ruby. Le fastidiaba que Ezra se refiriera a Ruby como su amiga. La señorita Irene se había asegurado de que sus hijos ni siquiera se plantearan la posibilidad de que algunos blancos pudiesen ser buena gente. Lindy nos había dicho lo suficiente, sin ser maleducada, para hacernos saber que no podía bajar la guardia, ni siquiera hacia nosotras, en presencia de alguien que, según su madre, no era de confianza. Aunque Ruby estaba acostumbrada a que Lindy la ignorara, todas sabíamos que Ruby quería caerle bien a Lindy y ser también su amiga.
A menudo guardábamos silencio cuando Lindy hablaba. Igual que el resto de los Junkett, tenía una forma muy simpática de arrastrar las palabras, un estilo sureño que nos encantaba a Ez y a mí, y que incluso envidiábamos. Lindy tenía un aura dulce capaz de hacer llorar a Dios. Para empezar, era sensata, y bonita. Siempre llevaba las uñas relucientes. Las palmas de sus manos eran pálidas y levemente arrugadas. Sus grandes ojos rodeados de largas pestañas, oscuros como los del señor Caesar, poseían una luz especial. La madre de Lindy le había enseñado a hablar con franqueza sin dejar de ser un poco misteriosa. En efecto, Lindy era hija de su madre, lo que significaba que tenía un propósito en esta vida, y lo sabía. Lindy nunca dejaba de recordarnos que era una niña de mamá. Según ella, eso era lo más maravilloso del mundo. Por otro lado, se sentía más
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orgullosa de su padre que cualquier otra chica que yo hubiera conocido, incluyendo chicas cuyas historias había leído en los libros. Daba igual que el señor Junkett se dedicara a limpiar váteres o arrancar chicles de debajo de pupitres y sillas. Su papá la quería. Lindy nos recordaba en todo momento que ella y toda la familia Junkett eran hermosos, y que no les importaba lo más mínimo lo que opinaran los otros sobre cómo deberían ser.
Lindy nos saludó con la cabeza, mirando de reojo a Ruby.
—Mamá me pidió que os preguntara si os queréis venir a casa este sábado.
—Vamos a buscar a papá —le dije a mi hermana.
Tenía náuseas. No quería que Ruby me viera vomitar. Me resultaba extraño que Lindy estuviera tan tranquila, como si lo único que importara en ese momento fuera que nuestras familias fueran a hacer una barbacoa ese fin de semana. Se la veía muy tranquila allí de pie, con su falda nueva y su camisa almidonada. Se alisó las gruesas trenzas que la señorita Irene le había hecho formando una piña en la coronilla. La señorita Burden estaba muerta. Yo sabía que Lindy siempre acataba los sabios consejos de sus padres: era mejor dejar los asuntos de los blancos en manos de los blancos. Aun así, habría pensado que Lindy estaría más conmovida por el destino de nuestra maestra.
Ezra se había quitado sus zapatos nuevos y los calcetines escolares, con los que estaba haciendo una reluciente rosquilla. No miraba a ninguna de nosotras.
—¿No vamos a hablar de lo que ha pasado? —pregunté yo. Los ojos me escocían. Estaba llorando un poco, perfectamente consciente de que me arriesgaba a que Ruby, y posiblemente mi hermana, se burlaran de mí
—. Nunca hubiera imaginado que alguien conocido pudiera hacer semejante cosa. ¡Y menos una profesora! ¿Creéis que es un asesinato, o qué?
—Uf, nunca supimos nada de esa mujer —dijo Ruby—. No tienes por qué llorar su muerte, Cinthy, aunque todas sabemos que eras su favorita.
—Ernest vendrá de visita el viernes —dijo Lindy—. Quizás ese sería el mejor día. Le han dado libre este fin semana. Mamá preparará un montón de comida.
—Tu hermano come mucho —dije yo, distraída por un momento.
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La señorita Irene hacía unos pasteles estupendos, y la idea de un pastel bastaba para calmarme un poco.
—Todos los chicos comen mucho —dijo Lindy.
Su autoridad afloraba cuando hablaba de sus hermanos, Ernest y
Empire. Hermanos era algo que no teníamos ninguna de nosotras, incluida
Ruby. Aunque nos hubiera encantado tenerlos.
—Cinthy come como una cerda —dijo Ruby.
—No es verdad —dijo Ezra de inmediato, golpeando a Ruby con los calcetines enrollados. Luego los recuperó tranquilamente y los metió en su mochila.
—Lo que tú digas —dijo Ruby—. Aquí hace mucho calor. Bajemos al pueblo. Cerca del agua se estará más fresco.
—Tengo que quedarme aquí a esperar a mi padre —dijo Lindy.
—Nosotras igual —dije yo.
Me agaché para desatarme mis zapatos nuevos también.
Ezra puso los ojos en blanco mientras yo me erguía sosteniendo el calcetín doblado.
—No, nosotras no —dijo—. Papá quizá se quede ahí todo el día.
—Vayamos a casa a ayudar a mamá —dije.
—Sería un placer pasar a saludarla —dijo Lindy.
Yo asentí, porque sabía que a mamá le encantaba, como a todo el mundo, ver a Lindy en el primer día de clase. El semblante de esa chica hacía que nos sintiésemos seguras de que estaba enorgulleciendo a nuestra raza. Me di cuenta de que Lindy no se había quitado los calcetines. Probablemente pensaba que era indecente mostrar sus pies desnudos delante de una chica blanca.
En la dura luz del sol, el flequillo negro de Ruby le dividía el cráneo. Se había recogido el cabello en una cola de caballo, utilizando un poco de cinta para atárselo. Reconocí la cinta porque había pertenecido a mi hermana. Ruby apartó una mosca de un manotazo.
—Podemos ir a ver si hay polis por otros lados.
—Todavía no me puedo creer que lo hiciera —dijo Lindy—. Es un pecado.
—Probablemente es la cosa más valiente que ha hecho en toda su vida —dijo Ruby.
—¿Por qué es un pecado? —preguntó Ezra—. Era su vida, podía hacer lo que quisiera con ella. Hizo lo que le dio la gana.
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—Incluso yo sé que no está permitido hacer eso. Está en la Biblia — dijo Ruby, mirando a Lindy—. Ez y Cinthy no conocen las reglas divinas porque a sus padres no les gusta Dios. Son paganas.
—¿Sabes lo que significa la palabra «pagano»? —le dije a Ruby. Me ardía el rostro—. Deberías mirarlo en el diccionario. Porque la única pagana que hay aquí eres tú.
—Esa blanquita ni siquiera sabe rezar —dijo Lindy, acercándose a mí para dejarle claro a Ruby que no estaba hablando con ella.
—¿Y ahora qué haremos, sin maestra? —preguntó Ezra. Sus ojos parecían distantes en el ambiente calimoso.
—Nos podrán una nueva —dijo Lindy.
—No conocemos a la gente —dijo Ezra, repitiendo lo que mamá nos decía por lo menos una vez al día—. Nunca sabemos cómo viven.
—Burden sabía muchas cosas —dijo Ruby—. Era una mujer lista.
—¿Lista en qué sentido? —dijo Lindy, frunciendo el ceño.
—Quizá ya no tendremos que leer más libros —dijo Ezra. Había cierta esperanza en su voz.
—Pues oye, a mí me apetecía leer Frankenstein —dijo Ruby—. Tenía ganas de que llegáramos a ese.
—No me extraña —respondió Ezra.
Ambas se rieron.
Sus risas hicieron que Lindy decidiera marcharse. Poniendo los ojos en blanco, se alejó de nosotras, no sin antes recordarnos por encima del hombro que le confirmáramos pronto si nos esperaban para cenar el viernes. Yo habría querido seguirla. Era justo como decía mamá. Lindy Junkett siempre tomaba el camino correcto.
—A esa no la pillarán en el pueblo ni en pintura —dijo Ruby.
—¿Por qué lo dices? —dije yo.
—Porque no le gustan las aventuras.
—¿De qué hablas?
—Nunca va a ningún sitio al que no deba ir, y se pasa la vida sermoneando a la gente, como si fuera mejor que nosotras. Probablemente no haya nadie más aburrido que Lindy Junkett —dijo Ruby, hablándome lentamente, como si fuera un bebé—. Cinthy, cuando te embarcas en un viaje nunca sabes qué va a ocurrir. Eso es lo que lo hace emocionante. De esta forma te vuelves más fuerte y valiente. En eso consiste no hacer lo que te han ordenado que hagas.
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—¿No te entristece su muerte? Es horrible —dije—. Gracias a ella aprendimos muchas cosas. La veíamos todos los días.
—Lo que yo quiero ver es dónde apareció en la orilla —dijo Ruby—.
Vamos, Ez. Nadie nos echará en falta.
—¿Qué quieres ver? No hay nada que ver —dije yo—. Ha muerto. Pero Ruby ya había empezado a andar. Ezra reajustó la tira de su bolsa
de los libros, de forma que rebotaran como un polisón contra su trasero. Sus dedos toqueteaban las trenzas de su cabello, deshaciendo los cuidados de su madre. Las largas zancadas de ambas sugerían que, fuera lo que fuese lo que se tuviera que saber en esta vida, era algo que yo ya debería saber a esas alturas.
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Tomamos uno de los viejos y escabrosos senderos que bajaban hacia el pueblo. La rabiosa maleza de ramas y raíces nos dejó picores en las piernas y la cara ardiendo. Teníamos los uniformes empapados por el sudor y el húmedo aire del mar. Al salir del sendero y tomar una callejuela en dirección al paseo principal que recorría la costa, el resplandor del cielo colisionó con el rugido del agua. Caminamos, medio aturdidas, a través de los acuosos velos de luz solar que brillaban sobre la plaza del pueblo.
Estábamos tan irascibles que apenas podíamos cruzar unas palabras sin saltar las unas sobre las otras. Yo era la que más hablaba, porque creía que todavía estaba a tiempo de convencer a mi hermana de que no teníamos ningún derecho a andar fisgoneando los detalles de la muerte de nuestra maestra.
—¿Qué más da lo que digas tú? —me interrumpió Ruby. Alzó la voz para llamar la atención de Ezra—. Vayamos a su piso. Será más interesante.
—Y nadie nos verá —dijo mi hermana, asintiendo.
—Ezra —dije yo—, estáis hablando de entrar ilegalmente en casa de alguien.
—Cinthy, no es ilegal si esa persona está muerta —dijo Ruby—. Los muertos no tienen derechos ni propiedad. Eso no nos va a meter en problemas.
—Para ti es fácil decirlo —dije—. Tú no eres consciente del interés que despertamos Ezra y yo por el mero hecho de merodear por las calles.
—Te crees que a la gente le importa un comino lo que hacéis o dejáis de hacer —dijo Ruby—. Deja de preocuparte tanto por lo que piensa la gente.
—Cállate, Ruby —dijo Ezra—. La gente tiene mucho poder.
—El poder de matarnos —dije yo.
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—Siempre saltas directamente a la muerte —dijo Ruby, sacudiendo la cabeza mientras pateaba una piedra y apartaba de su camino otras piedras
—. No todo son extremos, ¿sabes?, también hay puntos intermedios. —¿Te piensas que nosotras podemos vivir en un punto intermedio?
Mamá dice que las chicas de color están condenadas a no tener prácticamente nada. Siempre deben trabajar. Trabajan para nacer, y trabajan para morir.
—¿Qué narices quieres decir, Cinthy? —suspiró Ruby—. Y la señorita Burden no vivía en un punto intermedio, ¿o sí?
—Estos mosquitos me están sacando de quicio —dijo Ezra, agitando las manos alrededor de su cara en señal de frustración—. Si me pican tres más te juro que me vuelvo a casa.
—No tiene ningún sentido seguir hablando de esto —me dijo Ruby—. Si eres tan gallina que no te atreves a venir con nosotras, significa que esa mujer te daba bastante igual. Y eso que actúas como si tú fueras la persona a quien más le importase. Si eso es verdad, no entiendo por qué no querrías descubrir más cosas sobre su vida antes de que la metan bajo tierra mañana.
—Ya basta —dijo Ezra—. A Cinthy le importa la gente. Pero también es respetuosa con las personas. Así es como nos han educado.
—¿Y cómo se supone que me han educado a mí?
Encogiéndose de hombros, Ezra se inclinó hacia delante para que la pendiente descendente de la calle la hiciese caminar más rápido. Me di cuenta de que tenía cuidado con lo que le decía a Ruby. Quizá todavía se sentía culpable por lo que le había dicho el otro día sobre su padre. Ezra aún no me había explicado qué era lo que habíamos hecho en los peñascos con Ruby. Pero yo seguía esperando a que me lo contara, a que me revelara por qué había sido tan importante que Ruby y ella se pusieran a prueba de esa forma. Parecía tranquilizarle que nos pudiéramos centrar en el misterio de nuestra maestra en vez de pelearnos entre nosotras. Si tenía algún recelo sobre la propuesta de Ruby de entrar en el piso de la señorita Burden, lo mantenía sepultado dentro de su rígida mandíbula. Desde que éramos pequeñas yo había presenciado cómo mi hermana era capaz de sumergirse en una especie de estoicismo que rozaba la estupidez. No le gustaba echarse atrás después de tomar una decisión.
En la plazoleta del pueblo, la estatua de la Virgen estaba bañada de una luz solar incandescente que hizo que me ardiesen los ojos. Un viento
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fuerte y salado me secó el sudor del rostro. Era muy hermoso estar ahí, cerca de Santa María Estrella del Mar, y dejar que mis ojos planearan hasta el punto donde la tierra se perdía en el murmullo agitado del denso mar. Las sombras de las gaviotas reseguían el suelo donde nos encontrábamos. Noté que se deshacía el nudo que aprisionaba mi mente. Cuando dirigí la mirada al agua, sentí que todo era posible.
—No podía ser mejor —dijo Ruby—. Hace tanto calor que todo el mundo está encerrado en casa. La gente está tan aplatanada que a nadie le importará lo que hagamos. Podemos entrar a echar un vistazo y luego marcharnos.
—Yo solo vengo con vosotras para asegurarme de que no destroces nada —dije al constatar que Ezra no tenía intención de oponerse a la lógica facilona de Ruby—. No quiero que mi hermana se meta en problemas por tu culpa.
—No se puede destrozar a un muerto —dijo Ruby con el ceño fruncido.
La puerta de la señorita Burden se había quedado abierta. Yo nunca había estado en los apartamentos de encima de las tiendas. De tan austera, la habitación era horrible. Pero las vistas eran extraordinarias. Se vislumbraba una fina cresta de roca negra y, detrás, las olas verdes que se alzaban y se revolvían, levantando una espuma arcoíris mientras el agua arremetía y se retiraba, golpeando los viejos pilotes.
—Sorprende que no hayan colocado alguna cinta o señal para evitar que entre la gente —dijo Ezra—. Es como si no hubiera sucedido nada.
—No fue aquí donde se ahogó, tonta —dijo Ruby antes de dirigirse al interior. Pero noté que avanzaba con cuidado, como si tuviera miedo de tropezar con un alambre trampa—. Además, quitarte la vida no va en contra de la ley.
—Cállate, Ruby —dije, poniendo los ojos en blanco porque estaba tan irritada como ligeramente mareada—. No sabemos lo que sucedió.
—¿Y es importante que lo sepamos? La cuestión es que está muerta. Una brisa acuosa empezó a retorcer las pálidas cortinas de gasa que
enmarcaban las ventanas.
Estando al lado de la ventana, miré el escritorio de la señorita Burden. Había un diario con rebordes de cuero y las iniciales impresas de la señorita Burden. Lo abrí, aunque temía estar manipulando pruebas. En la
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cubierta interior, mi maestra había escrito su nombre, Lilac Marie Burden, y había añadido su fecha de nacimiento con una raya que seguía hasta un espacio en blanco.
El aire del mar arreció y levantó las cortinas hasta el techo.
Lilac era un nombre suave, una palabra que evocaba romanticismo, comodidad y atención. No sabía que mi maestra también tenía el nombre de una flor, la lila. Al igual que mi madre con nosotras, la madre de la señorita Burden probablemente cuidó de ella cuando nació, pues se preocupó de ponerle a su hija un nombre inspirado en algo natural y diferente. Nuestra maestra había recibido el nombre de una cosa que tenía su propio olor perfecto. Igual que el de la canela, la albahaca o las naranjas, el olor de las lilas era inconfundible.
—Mirad esto —dijo Ezra. Estaba sentada en la cama doble, que había sido hecha con esmero, sujetando el marco de una fotografía.
—¿Quién es? —dijo Ruby, saliendo del lavabo de la señorita Burden para sentarse con Ezra en la cama.
—¿Qué hacías ahí dentro? —pregunté.
—Estaba meando —escupió Ruby—. ¿Algún problema?
—¿Eso no comporta una maldición? —dijo Ezra—. Mear en el lavabo de una persona muerta.
—Ez, cállate ya.
—Creo que sí —dijo Ezra.
—¡Entonces la maldición caerá sobre las tres!
—Cállate, Ruby. Eres una pagana —dije yo—. No mandes callar a mi hermana cuando te está intentando ayudar.
—¿Es esa su mamá? —preguntó Ruby, ignorándome, mientras escudriñaba la foto que tenía Ezra en las manos.
—No creo —dijo mi hermana—. Mira lo cerca que están sus caras.
Casi se están tocando.
Me acerqué para dar mi opinión.
—Aquí parece más jovencita.
—Burden tampoco era tan mayor —dijo Ruby—. Debía de tener la edad de mi madre… quizás era incluso más joven.
—Se la ve contenta, a la señorita Burden —dije—. Nunca la vi sonreír tanto en la escuela.
—Está sonriendo como si la otra mujer fuera su novio.
—Quizá lo fuera —dijo Ruby.
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Guardamos silencio y observamos más detenidamente cómo esa mujer rodeaba con los brazos a nuestra maestra, que echaba la cabeza hacia atrás en medio de una carcajada.
—Hay una maleta debajo de la cama —dijo Ezra dándole una patadita con el pie.
Me agaché para mirarla. Era una maleta de cartón, de color azul cielo, con pestillo de latón. Estaba llena de pegatinas turísticas. El asa era de plástico duro, de color marfil.
—Llevémonosla —dijo Ruby.
—Eso sería robar —dije.
—¿Robarle a quién?
—Podría ser una prueba.
—¿De qué?
—No es tuya, Ruby. No te pertenece.
Suspiró, fulminándome con la mirada.
—No pertenece a nadie. ¿Acaso ves a su familia en la puerta, haciendo cola para recoger sus objetos personales?
—A ti no te caía bien —dijo Ezra.
—Me trataba como si fuera basura.
—¡Cállate, Ruby!
—Esa es la pura verdad, Ez, y Dios lo sabe, me trataba como si fuera la suela de su zapato.
—¿Os queréis callar las dos? —dije—. ¡Alguien está subiendo por las escaleras!
—¡Mierda! —exclamó Ezra, dando un salto para cogerme de la muñeca.
Nos precipitamos hacia el armario. Allí colgaban tres vestidos de la señorita Burden de sendas perchas de alambre. Vi algunos de sus zapatos. Me entraron ganas de llorar.
—¡Mierda, mierda, mierda, mierda! —dijo Ruby, siseando, mientras oíamos voces al otro lado de la puerta.
—Yo no encuentro ninguna explicación —decía la voz de una mujer
—. Pero pagó el alquiler de este mes y el siguiente. Lo pagó antes de tiempo. Nunca se retrasaba con los pagos.
—Dile a Judy que venga a limpiar a fondo —respondió la voz de un hombre—. Henry dice que nos lo pintará por un buen precio. Seguro que alguien lo quiere. Especialmente con estas vistas.
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—Son muy buenas vistas —dijo la mujer.
—No lo suficientemente buenas.
—Charlie dijo que están intentando dar con sus familiares.
—¿De dónde era? ¿De Lila?
—Sí, Lila —dijo la mujer, suspirando—. A mí nunca me habló de nadie. Nunca vino a visitarla ningún amigo. Ningún novio. No había nada indecente en su vida. Por eso le comenté a Charlie que lo más probable es que se lo hiciera ella misma. Ninguna llama quemaba nunca sus velas.
—Arderá en el infierno igual.
—Ay, no sé si se lo merece —dijo la mujer—. Mira, tenía un paquete de cigarrillos y una botella de whisky. Es decir, al menos se divirtió un poco.
—Dudo que consiguiera todo esto en el pueblo —dijo el hombre con tono meditabundo—. Son caros estos productos. No deberían desperdiciarse, caray. Quédatelos tú si quieres, a no ser que seas supersticiosa con este tipo de cosas. Hay un bol en el suelo de la cocina. ¿Tenía gato?
—Un perro, creo.
—¿Le cobrabas extra por ello?
—No. Era un perro callejero al que le había cogido cariño.
—Hummm.
—Era tranquilo, ese perro. Solo lo vi un par de veces, pero es posible que lo tuviera desde hacía años.
—Yo nunca la vi pasear a ningún perro. A decir verdad, casi nunca la veía, excepto en Santa María, a veces. Pero si era devota, debería saber que cuando te suicidas vas al infierno.
—Un tío mío también se suicidó.
—¿Cómo?
—De un escopetazo.
—Encárgate de que Judy lo meta todo en cajas. Tampoco hay demasiado.
—Por supuesto —dijo la mujer—. Fred dijo que pondría un anuncio en el diario del sábado.
—Howie dice que por la mañana ya tendrán la tumba preparada.
Por el resquicio de debajo de la puerta del armario podíamos distinguir las formas de sus pies mientras se desplazaban por el piso. Yo quería salir.
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Me desagradaba que los dobladillos de los vestidos de la señorita Burden me estuvieran rozando la cabeza.
—Deja abiertas las ventanas, para que esté todo ventilado cuando vuelva de comer. Le diré a Judy que traiga un ventilador, para que pueda trabajar mejor.
—De acuerdo.
—¿Viste algún indicio de que lo hiciera a propósito? Le dije a Charlie que volvería a echar un vistazo.
—No veo ni el más mínimo indicio. Dile que no hay nada.
Tenía calambres en las piernas y los brazos. Apreté las rodillas contra el pecho. Todavía no podíamos salir del armario porque seguía habiendo un par de pies andando arriba y abajo al otro lado de la puerta. La tos seca de una mujer subrayaba el ritmo lento de cada paso.
Mi piel absorbía el calor que despedían Ezra y Ruby. Pensé en Lindy, que nunca sudaba al sol. Siempre llevaba talco en el bolso, por si acaso. Me estaba arrepintiendo de no haberme ido con Lindy a casa de los Junkett, de no haber esperado a que terminara la reunión de papá, o incluso de no haber vuelto a casa sola por el bosque. Por culpa de haber seguido a mi hermana ahora estaba atrapada en el armario sofocante de nuestra difunta maestra, que ya nunca más enseñaría nada a nadie. Me lamí el sudor que goteaba de la punta de mi nariz hasta mis labios.
La persona que se paseaba por el piso de la señorita Burden abría y cerraba con gran estruendo las puertas de los otros armarios. Oímos correr agua en el lavabo y a continuación miramos cómo los pasos vagos se movían por el suelo hasta la cocina. Volvió a oírse el sonido del agua saliendo del grifo y bajando por el desagüe.
La mujer, probablemente la esposa del casero de la señorita Burden, no decía nada. Solo estaba su presencia: una mujer silenciosa, perdida en sus pensamientos, sin la menor idea de que tres niñas estúpidas se habían quedado atrapadas dentro del armario. Un armario que podría, en cualquier momento, ser abierto e inspeccionado. Por primera vez en mucho tiempo, Ruby y Ezra no susurraban ni una sola palabra.
Yo seguía pensando en lo que habíamos hecho el día anterior. Vislumbraba la fea estrella que habían formado nuestros tres pares de piernas. Quizás habíamos hecho caer una maldición sobre el pueblo al mirarnos de una forma que no debíamos. Quizás era culpa nuestra que la señorita Burden hubiera hecho lo que hizo.
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Mi rostro ardía en la oscuridad. Apreté los talones contra las tablas del suelo del armario. Notaba la ropa interior y la piel de los muslos tensándose y pegándose a la madera astillosa. Había un clavo suelto que me estaba pinchando la piel. Mi rabadilla estaba cantando. Era doloroso esconderse.
Entonces un leve sonido llenó la habitación, aumentando ligeramente de volumen. La mujer del otro lado de la puerta estaba llorando. Sus llantos, gruesos y guturales, me recordaron al graznido de un ganso. Quizás estaba cubriéndose la cara con las manos. ¿Había conocido personalmente a la señorita Burden, o sencillamente le perturbaba el relato inquietante de la mujer, su destino incompleto?
La oímos toser y suspirar. Dijo «Basta» con una voz apagada, como si estuviera hablando tapándose la boca con las manos. El suelo de madera crujió cuando el ruido sordo de sus pasos volvió a atravesar el piso hasta la entrada. Salió y cerró la puerta, un sonido que me produjo escalofríos.
—Se ha ido —siseó Ruby—. ¡Tenemos que irnos pitando!
Ezra abrió la puerta de una patada tan fuerte que esta rebotó y volvió a cerrarse antes de volver a abrirse chirriando. Salí gateando sobre mis rodillas acalambradas mientras Ezra soltaba maldiciones. El viento había amainado y la temperatura de la habitación se había disparado. Era como abrir la puerta de un horno y ser engullido, inmediatamente, por un calor sofocante.
Ruby ya estaba a los pies de la cama vacía de la señorita Burden, esforzándose por sacar la maleta de color azul cielo que estaba encallada debajo. O bien era muy pesada, o se había quedado atascada en los muelles rotos del somier.
A pesar de su miedo a las maldiciones, Ezra fue al baño. Era fuerte el sonido de su orina impactando en la taza.
Yo también tenía ganas de ir, pero me negué a utilizar el váter de la señorita Burden. Escuché cómo Ezra se enjabonaba y lavaba las manos. Salió del lavabo con los ojos relucientes.
—Mirad —dijo Ez, mostrándonos un pintalabios rojo y un paquete de Viceroys.
El cilindro estriado del pintalabios estaba chapado en oro y el resplandeciente rojo ceroso se había fundido formando un ángulo redondeado y apagado. Nunca había visto a la señorita Burden con los labios pintados. Nunca la había visto fumar.
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—Pensad que van a tirarlo todo a la basura —dijo Ruby, sonriendo mientras revisaba el conjunto ordenado de lociones y pendientes en la bandeja con espejito del tocador de la señorita Burden.
Ruby alzó un frasco de cristal que contenía perfume y apretó la bola cubierta de lentejuelas para rociarse la cara y el cuello.
—Deberían —dijo Ez.
—Me gustaría quedarme con su diario —dije, sorprendida ante la firmeza de mi propia voz.
Pensé en las redacciones que había hecho en su clase, y cuánto se había preocupado la señorita Burden por escribirme sus comentarios y preguntas. Me había guardado esas redacciones en una carpeta especial, y me gustaba releerlas a veces, como si mi maestra y yo estuviéramos manteniendo una conversación que nunca había sido posible mantener en clase. No soportaba pensar en la idea de que nunca más me volvería a dejar comentarios. Entonces pensé en mis propios diarios, que guardaba en mi habitación. Estaban escondidos por todo el cuarto, de forma que si alguien quisiera encontrarlos tendrían que buscar bien y levantar cosas pesadas. Quizás a la señorita Burden no le desagradaría que yo protegiera sus pensamientos más íntimos de los lugareños fisgones.
—Si te echas tanto perfume, los mosquitos te van a destrozar —dije—.
Hueles como una señorita.
—No lo es —dijo Ez, riéndose entre dientes—. Por mucho que quiera serlo.
—¿Por qué no vais tirando para casa? —dijo Ruby poniéndose de pie, distraída—. Cinthy, si quieres puedo meter el diario en la maleta y luego te lo llevo a tu casa.
—No traigas estas porquerías a casa —dijo Ezra—. Te aseguro que nos meteríamos en un lío si apareces con las cosas de una señora blanca muerta.
—Pero si nadie ha visto nunca estas cosas, Ez.
—Da igual, nos preguntarían de dónde salen —dije yo—. A mamá y a papá no se les pasaría por alto.
—Seguro que no —dijo Ruby con tono seco—. Pero tú quieres ese diario, ¿no? ¿Crees que si lo lees descubrirás lo que sucedió? ¿Crees que la señorita Burden le dejaría a su mascotita la llave para entender toda su vida?
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Ruby se rio echando la cabeza hacia atrás. Calculé la rapidez con que podía golpearle el cuello. A diferencia de Ruby, yo no era una ladrona. Quería el diario porque tenía la sensación de que todos los adultos querían deshacerse de la vida de la señorita Burden en vez de intentar averiguar quién era.
—Bueno, podríamos esconderlo todo en la casa encantada de enfrente —dijo Ruby, hablando como si viviera con nosotras.
Por mucho que lo intentara, no formaba parte de nuestra familia. No vivía con nosotras y desde luego no vivía delante de la casa encantada.
—Si quieres, puedes esconderlo en tu casa, Ruby —dije—. En ese cobertizo al que llamas hogar. Ni siquiera sabes lo que hay dentro de esa vieja maleta.
—Ojalá estuviera tu cabeza dentro —dijo Ruby—. Arrojaría tu estúpido cráneo descerebrado al mar desde el muelle del pueblo.
—Callaos —dijo Ezra, pasándole el pintalabios y el paquete de cigarrillos a Ruby—. Mejor vámonos antes de que llegue nadie más. Nosotras no queremos llevarnos nada.
—Yo quiero el diario —dije.
—Pues mételo en tu bolsa, payasa —dijo Ruby—. Poco tardas en echarme la culpa de todo, maldita sea. Si quieres algo, dilo bien claro.
Tímidamente, me acerqué al escritorio para coger el diario y lo deslicé entre mis nuevas libretas escolares. Me sentí como si le hubiera cortado un mechón de cabello a la señorita Burden sin pedirle permiso. Justo al cerrar la bolsa y colgármela del hombro, un golpe de viento barrió la habitación, desperdigando sobres y recibos. Fue como si la misma señorita Burden hubiera desparramado los papeles de su escritorio.
—Cinthy, vámonos ya —dijo Ezra.
Mientras seguía a mi hermana, eché un vistazo hacia atrás y vi que Ruby se había vuelto a tumbar en el suelo, al lado de la cama. Fruncía la cara pecosa bajo las flechas puntiagudas de su flequillo. Ya había conseguido sacar gran parte de la maleta de debajo de la cama.
Era de un color azul tan brillante que me pregunté dónde habría encontrado semejante maleta la señorita Burden. En algún momento del pasado, mi modesta maestra debió de haber sido una mujer distinta, una mujer que en cierta ocasión había entrado en unos grandes almacenes y había señalado ese estridente color azul como si pudiera comprar el mar.
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Aliviada por haber sorteado la patrulla nocturna que realizaba el agente Charlie por la plazoleta, Ruby aminoró el paso al acercarse al sendero que llevaba a su casa en lo alto de los acantilados. El policía la trataba con el mismo desprecio con que trataba a su padre. A pesar de que Ruby era solo una adolescente, el agente Charlie le hablaba como si anticipara que acabaría convirtiéndose en su padre, un borracho triste y violento. Últimamente había empezado a seguirla por el pueblo, pisándole los talones. No había nadie que pudiera protegerla de sus comentarios y gestos lascivos. Nadie veía a Ruby como una persona inocente. Ella sabía que si contestaba para defender su honor, sería peor para ella, para su padre y para su madre. El agente Charlie le recordaba a ese hombre de la exhibición aérea que le había birlado el dinero, desafiándola con la mirada a que se defendiera. El agente era como los lugareños que intentaban sobarla cuando tenía que ir a buscar a su padre al bar a la hora del cierre. Ella tenía miedo de lo que le podía hacer el agente Charlie, que a veces se llevaba a rastras a su padre y lo encerraba en el patético calabozo de la comisaría de Salt Point. En más de una ocasión, el hombre la había amenazado con meterla ahí también a ella.
Ruby llegó al viejo camino, donde nadie podía verla ni ver lo que había sacado del piso de la difunta. Avanzaba pesadamente, intentando evitar que la maleta y el saco, lleno hasta reventar de todas las cosas que había podido sustraer de la vida de Burden, la tiraran al suelo. El borde de la maleta ya le había hecho un corte en la rodilla.
Después de que se marcharan Ezra y Cinthy, se había quedado recogiendo todo lo que pudo: joyas, una bata de satén, dos vestidos feísimos, cubertería de plata, un frasco prácticamente sin estrenar de Nina Ricci L’Air du Temps que envolvió en prendas de ropa de la difunta, e
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incluso un par de sandalias de tacón alto. Este calzado la había sorprendido.
La señorita Burden le había entregado a Ruby algo especial, aunque esa no hubiera sido su intención. A veces no era hasta después de morir que alguien podía hacer cosas por ti.
Ruby estaba a punto de esconder el saco entre la maleza —volvería más tarde a por él— cuando una voz la llamó.
—¿Ruby? ¿Eres tú, hija? ¿No tienes clase por la mañana?
—Papá, ¿eres tú?
—¿Qué día es hoy?
—Lunes, señor —dijo Ruby—. Esta semana han empezado las clases.
—Ayúdame a levantarme, hija.
Ruby siguió su voz y halló la sombra de su padre debajo de una caótica cubierta de arbustos, donde yacía tumbado con los brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo inerte. Su voz sonaba como un afilador. Estaba enroscado como una serpiente nocturna, aunque ella nunca se había topado con una serpiente que apestara tanto como su padre. La borrachera había perdido su efecto, y parecía bastante lúcido. Ruby no se atrevió a soltar el saco, aunque hubiera oscurecido. No podía ver las ramas del suelo, que se romperían al depositar la carga encima. El ruido llamaría la atención del hombre.
Mientras lo ayudaba a incorporarse hasta quedar sentado, Ruby notó las uñas rotas de su padre aferrándose a su hombro. Estuvo a punto de tirarla encima de él.
—Ya está —dijo su padre, utilizando el cuerpo de ella a modo de apoyo para alzarse sobre ambas piernas—. ¿Has estado en el pueblo?
—Sí, señor —dijo Ruby, consciente del filo amenazante de su pregunta.
—Y un carajo —dijo él—. Me acabas de decir que estabas en clase. ¿En qué quedamos?
—Estaba en clase por la mañana, pero nos dejaron salir temprano. —Hummm —dijo él—. ¿Qué llevas ahí?
—Material escolar —dijo ella—. Este es el último año, tendremos mucho trabajo. El primer día de escuela solía ser una tontería, pero las cosas han cambiado.
—¿Y tu madre? ¿Está con las tías?
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Las hermanas de su madre también vivían en la propiedad de los Scaggs, que era como un recinto caótico.
—Sí, señor —dijo Ruby.
Sentía los músculos a punto de desgarrársele. Había tenido que tomar una ruta difícil desde la plaza central de Salt Point, cargando con el pesado saco y la maleta cuesta arriba a través de maleza hasta llegar finalmente a los acantilados. Ruby no esperaba encontrarse con su padre allí, tumbado entre las raíces de los árboles, pero de algún modo parecía que el hombre, en su estupor, había intuido el camino de su hija. Ella agradecía que la resaca de su padre hubiera aminorado su paso habitual. No se había percatado de la maleta azul, que ella le ocultaba sujetándola al otro lado del cuerpo.
Ruby y su padre atravesaron el bosque hasta llegar al claro que daba a su choza iluminada por la luna; las tejas desparejadas del techo fulguraban bajo el velo de luz que recubría sus soldaduras onduladas y oxidadas. En el interior las luces estaban apagadas. Cuando su padre se iba a beber, y especialmente cuando regresaba, amargado y beligerante, la madre de Ruby no hacía ningún ademán de actuar como esposa. Por encima del techo de la casa, Ruby podía ver infinidad de estrellas, proyectadas y esparcidas cual esporas plateadas a lo largo de la llanura nocturna.
Ruby observó la cara de su papá mientras este, con los dedos, se apartaba el pelo blanquecino de los ojos. Podía vislumbrar la agitación de su mente, y sabía que todos sus pensamientos giraban en torno al pasado, o a lo pronto que le llegaría la muerte. En cualquier minuto se pondría a llorar a causa de algo que le había sucedido cuando era apenas un niño.
Hurgó en su bolsillo hasta que un cigarrillo y un encendedor aparecieron en la palma de su mano. Tenía un poco de sangre en la comisura de los labios, y la camisa desgarrada. Ella lo había visto con ese aspecto toda su vida. Siempre lo acababan echando del Thirsty Lad, el tugurio donde bebía demasiado y se metía en peleas que no podía ganar. A Ruby le resultaba fácil visualizar al Maldito Charlie —se negaba a llamarlo agente— agarrando a su padre del cuello de la camisa, arrastrándolo y atizándole por las calles para que todo el pueblo lo viera. El Maldito Charlie se comportaba como si ella y su padre estuvieran en una película muda, sus cuerpos contorsionándose grotescamente en un gag de payasadas contra el mudo decorado de un escenario marítimo.
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En la oscuridad, Ruby sabía que ambos podían sentir la rabia de él, su amargo júbilo. El hombre dio una, dos caladas inflando sus chupadas mejillas y luego echó la cabeza hacia atrás, mirando de reojo el cielo como si ya hubiera rondado antes por ahí y lo hubiera encontrado extenuante.
—¿De qué te sirve todo eso, Ruby? ¿Todas esas clases? Sé que ese hijo de perra de Hobart es incluso peor que yo. Es un delincuente, y su esposa es tan descerebrada como el pedo de un gusano. ¿Acaso aspiras a convertirte en una mujer de esa calaña?
Guardaron silencio durante unos minutos. Finalmente, Ruby entendió lo que le estaba preguntando. Su padre quería saber si tenía pensado abandonarlo.
—No lo sé —dijo Ruby.
Al menos eso era parte de la verdad. Sabía perfectamente que no debía hablarle de sus aspiraciones.
Él asintió, aparentemente satisfecho con la respuesta.
—¿No te habrás comido toda esa carne, no? Ayudará a que se me pase el dolor de cabeza.
—No, papá, todavía queda mucha —dijo ella.
Se le contrajo la garganta ante la amenaza de su violencia.
Antes de ir a preparar la carne y freírle a su padre un par de huevos, Ruby se escabulló un momento para esconder lo que había pillado del piso de su maestra. Desde luego, Burden nunca se habría imaginado que sus cosas acabarían así. O peor aún, ¿y si lo hubiera pensado? ¿Y si se hubiera imaginado a una sonriente chica de cara redonda escudriñando el interior de su vida para luego reparar en que todas las ventanas de la casa de sus sueños habían sido tapiadas antes de que pudiera mudarse allí?
Cuando su padre terminó de comer, Ruby preparó la bañera que ella había utilizado el día anterior para él. Lo ayudó a quitarse los vaqueros empapados mientras la maldecía y amenazaba con ponerse en enfermo si ella no dejaba de comportarse de forma tan estúpida. Una pierna desnuda tembló bajo la cálida lumbre, mientras la otra seguía envuelta en el oscuro tejido. Esta imagen trajo a la mente de Ruby el brazo único del señor Kindred, y se preguntó si Ezra alguna vez habría observado a su padre de esta forma, sobrecogida por la asimetría de su cuerpo.
—Tráeme una toalla y mójala para que me lave primero el pecho — masculló el hombre—. Mira que me has bañado veces, las suficientes
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como para saber lo que debes hacer sin que tenga que maldecirte — prosiguió con la voz temblorosa y lágrimas en los ojos.
Ella sabía que había llegado el momento en el que su padre recalentaba el odio que sentía hacia sí mismo.
Mientras Ruby se preguntaba dónde habrían arrastrado la toalla rayada los perros de su padre, cayó en la cuenta de que los animales estaban aullando de hambre. Llevaban sin comer desde el día anterior.
—¡Ruby, ven aquí inmediatamente! —dijo él. Inmóvil, de pie, con el pecho descubierto, volvió a alzar la cabeza y respiró profundamente—. ¿Qué coño es eso? ¿Ruby?
—¿Papá…?
—¿Dónde diablos has estado?
Estaban los dos de pie delante del fuego, mientras la luz de la lumbre refulgía en el borde metálico de la bañera. Ruby temía que se estuviera calentando demasiado. Si su padre la tocaba, se le chamuscarían las manos. Un dolor que luego vertería en ella. Los perros olieron la grasa de la ira de su padre, mordisqueándola hasta echar espuma por la boca. Sus ladridos eran graves, masculinos.
—Perdona —dijo ella—. Ahora les daré de comer.
—Niña, no te estoy hablando de los putos perros —dijo él—. Te estoy preguntando dónde has estado. —Inclinó la cara para oler el pelo de su hija—. ¿Qué es ese perfume? ¿Has estado con alguien? No se me pasan por alto esas cosas. Y lo sabes.
La piel de la chica se tensó tanto sobre sus huesos que casi se quedó ahogada por su respiración. Él interpretaría su falta de aliento como una muestra de culpa. Ruby no le respondió. Si actuaba rápido, quizá podría esfumarse antes de que los dedos de él encontraran la hebilla de su cinturón.
Ahora también Ruby podía olerse el perfume. Dios santo. Las rosas del juvenil perfume de su maestra difunta habían envuelto el cuerpo de Ruby con el encanto de la gardenia, la bergamota, el nardo, la orquídea, el cedro. El jazmín en flor. El perfume robado cubría el cuerpo de Ruby como un manto de flores, desde la coronilla hasta los pies descalzos, ásperos después de la dura caminata hasta casa.
—Algo te traes entre manos, maldita sea —dijo el hombre—. ¿Quién es él?
—Papá —Ruby sacudió la cabeza—, te prometo que…
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El viento salió con fuerza de su cuerpo. El tacto de su padre convirtió a Ruby en líquido mientras se caía al suelo. El peso del saco la había dejado tan extenuada que no podía correr. Ruby gruñó, apartándose el pelo de la cara con un bufido cuando su padre se inclinó sobre ella. Suspirando, y con ojos lacrimosos, le golpeó el estómago a su hija con el puño repetidamente.
Una vez se dio por satisfecho, se alisó el cabello y encendió un cigarrillo. Desde que era un chaval de la edad de su hija, Jonah Reuben Scaggs fumaba Marlboro. Ruby oyó el tintineo de la hebilla de su cinturón mientras intentaba sacarse la otra pierna de los pantalones. Forcejeó con el cuero, maldiciéndolo. Y acto seguido el cinturón ondeó en el aire.
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El viernes Ezra, papá, y yo fuimos a casa de los Junkett para disfrutar de una de las famosas cenas de la señorita Irene. Con el paso de los años, los festines de la señorita Irene habían llegado a hacernos salivar tanto como la palabra «domingo». A veces era un pícnic a la luz de las velas. En otras ocasiones era una barbacoa potente, rayana en lo que podría llamarse pagana. Cuando la señorita Irene y el señor Caesar nos daban la bienvenida a su mesa, nos preparábamos para pasar un buen rato, y algo tan aparentemente normal como el encuentro de nuestras familias para comer juntos podía llegar a parecer sagrado. No había otras mesas en Salt Point a las que fueran invitadas nuestras familias. La señorita Irene se tomaba en serio esas noches de viernes. Repartía alegría y nos atiborraba de carne especiada, verduras frescas, pasteles caseros y bailes frenéticos.
Entre las partidas de whist y las celebraciones de cumpleaños, los adultos tenían que hablar de cosas serias, y a menudo nos dejaban a nosotros, los niños, sin supervisión, jugando al béisbol con un palo o saltando a la comba en la carretera polvorienta que tenían delante de su modesta casa, situada a pocos kilómetros de la nuestra. La sensación de felicidad y seguridad era tan palpable como un sabor. Estar con la familia Junkett me generaba el mismo placer que la escuela y el mar. La imaginación y el amor de la señorita Irene eran innatos, orgánicos. Un regalo para sus hijos, para nosotros, para ella misma.
Esa noche de viernes sentí que nos estaba intentando dar incluso más de lo habitual.
Cuando llegamos, los críos de los Junkett ya estaban en el patio, vistiendo de forma impecable los esplendorosos diseños cosidos a mano de su madre. Los gemelos, Rosemary y Empire, llevaban prendas milrayas de color lima pálido y rosa. Su piel brillaba de inocencia y por el aceite de coco. Lindy estaba colocando platos de papel y velas en la mesa. En su
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vestido de tirantes verde claro resaltaban flores blancas y doradas que me recordaban a esas pinturas donde chicas sonrientes sostenían platos de frutas. Ernest estaba ocupado en la barbacoa. Llevaba una camisa azul claro y unos pantalones estampados que seguramente la señorita Irene había hecho a mano, pues solía encargarse de confeccionar la ropa de toda la familia. No le gustaba comprarla en los grandes almacenes. Tenía buen ojo para la moda, y su selección de colores era bastante peculiar: era difícil apartar los ojos de sus diseños.
Mientras aparcábamos el coche, vi que Ezra se alisaba la falda de su vestido de tirantes dorado. Se aplanó las trenzas con los dedos y se puso un poco de brillo en los labios, golpeteando rápidamente el bálsamo contra la boca con gran satisfacción antes de cerrar con un chasquido su polvera azul festoneada, un regalo de cumpleaños de mamá relativamente reciente. Satisfecha con lo que veía, se lo metió en el pequeño bolso bordado con cuentas que le había regalado la señorita Irene. Yo llevaba pantalones cortos púrpura y una blusa de verano blanca atada a los hombros con lazadas ligeras. Llevaba el cabello recogido en un moño alto y blando. Había disfrutado del trayecto en coche a través del bosque para llegar allí. Me había resultado agradable tender los dedos al viento y sentir que este me tomaba de la mano. El perfil de mi padre me parecía hermoso mientras conducía el coche por la carretera. Llevaba una camisa blanca con unas florecitas silvestres en el bolsillo, y unos pantalones verde oscuro almidonados. Parecía una estrella de cine, o un poeta. Canturreaba con nosotras las canciones de la radio. Tenía la mandíbula menos tensa de lo habitual, y los músculos de alrededor de los ojos menos rígidos.
Mamá se había quedado en casa porque no se encontraba bien. Llevaba toda la semana quejándose de que estaba cansada, aunque era incapaz de decir lo que le dolía. «A veces a las mujeres nos duele el cuerpo», me había dicho cuando le pregunté lo que le pasaba. Estaba tan extenuada que ni siquiera había tocado el whisky. El fin de semana papá le había prohibido hacer otra cosa que no fuera descansar. Le había asegurado que no nos quedaríamos en casa de los Junkett hasta muy tarde, lo que había fastidiado a Ezra, porque le hacía ilusión escuchar discos nuevos con Ernest y Lindy.
Al salir del coche, en cuanto olí el aroma de la comida de la señorita Irene, el nudo que tenía en la boca del estómago se deshizo.
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—Buenas, familia Kindred —dijo el señor Caesar, saliendo de la casa y bajando las escaleras delanteras con una bandeja en las manos, que entregó a Ernest con una sonrisa, dándole también firmes instrucciones de cómo debía asar las costillas con especias de la señorita Irene.
Él y mi padre se encontraron en el camino de entrada, donde se abrazaron riéndose. Lindy dejó los platos a un lado y echó a correr por el patio en dirección a nosotros. Besó la mejilla de mi padre y nos abrazó a nosotras sin borrar su brillante sonrisa. Los gemelos, dulces como pájaros, brincaron y chillaron a mi alrededor, parloteando a la vez:
—Cinthy, comeremos pastel. ¡Mamá nos ha hecho un pastel enorme! Primero nos comemos rápido las verduras para quitárnoslas de encima, ¿vale? Después el resto, y finalmente el pastel.
Acaricié la cabeza de Empire y fingí que lamía azúcar de mis dedos. Al girarme, vi que Ernest se había alejado de la parrilla para saludar a
mi padre y a Ezra. Aunque estaba hablando con mi padre, tenía los ojos posados en mi hermana, en su vestido dorado y su piel reluciente. Ese comportamiento, esa forma de mirarla atentamente sin decir nada, era algo nuevo que había empezado en primavera. Todos éramos conscientes de esta situación, aunque ellos dos no hacían ni caso, cohibidos, o se ponían a la defensiva siempre que nuestros padres hacían bromitas sobre los amores de juventud. Ernest tenía diecisiete años y era una copia casi exacta del señor Caesar, pero tenía los ojos y las pestañas rizadas de su madre. Su voz había cambiado tanto el último año que a veces, si no me fijaba, pensaba que era el señor Caesar quien estaba hablando. Podía vislumbrar los músculos bajo la fina tela de la camisa de Ernest, y al mirar sus pantalones ceñidos sentí que se me calentaba un poco la cara.
Entré en la casa, sedienta de la voz de la señorita Irene y de su abrazo, que hacía temblar el suelo. Las paredes del salón estaban pintadas de color amarillo y azul brillante. Las fotografías familiares me sonreían desde los marcos de madera que el señor Caesar había tallado a mano. También colgaban algunas de las pinturas de la señorita Irene: cuencos de flores, paisajes marítimos, dibujos a lápiz de cada uno de sus hijos cuando eran bebés. Reliquias familiares procedentes de Royal —cucharas de plata, platos pintados a mano, los zapatos de bebé de la señorita Irene y el vestido de su bautismo— hacían que la sala se asemejara a un alegre museo de la vida de la familia. Incluso había un machete, bien pulido y de
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aspecto impresionante, que según el señor Caesar había pertenecido a su abuelo.
En la cocina, la señorita Irene bailoteaba mientras echaba un vistazo a sus ollas burbujeantes. Era ahí donde se la podía encontrar normalmente, con las manos ocupadas y su boca aún más ocupada contando historias de su infancia en Royal. Cuando se sentía demasiado nostálgica para esas historias, volcaba su entusiasmo en la nueva América que creía que estaba naciendo contra el fastidio de los blancos. Hoy gritó un saludo con su melodiosa voz sin levantar la cabeza.
—Señorita Irene —exhalé, casi corriendo a sus brazos.
Su fragancia era exuberante y densa, como un paraíso de otro mundo. Una mezcla de aceite de coco, pimienta, menta, limón, árboles frutales, polvos de talco para bebés, sudor. Me estrechó contra su cuerpo y se balanceó antes de soltarme para mirarme fijamente a los ojos.
—¿Cómo estás, pequeña?
—No ha sido el mejor principio de curso —le confesé, sabiendo que podía decírselo sin que me lo reprochara, a diferencia de lo que podrían hacer mis padres.
Asintiendo, me ofreció probar su nueva salsa barbacoa, que era deliciosa. Lanzó la cuchara a la pila, señaló un bol de limones perfectamente apilados, y me entregó una jarra. Yo sabía que, si quería hablar con la señorita Irene, ella esperaba que la ayudara en la cocina de alguna forma. A mí me parecía un trato justo.
—Sé que debes de tener muchas preguntas —dijo, bajando el volumen de la radio—. Ojalá pudiera darte respuestas, cariño. Pero nadie tiene respuestas cuando pasan este tipo de cosas. Las muertes extrañas pueden dominar la vida misma, y eso es incluso más extraño e importante. Cuando la muerte de alguien llega demasiado rápido, es fácil que nos olvidemos de cómo nos hace sentir la vida. Parece una tormenta que se nos podría llevar volando, ¿no? Pero luego el sol reaparece y nos recuerda que nunca se ha ido de su sitio, que siempre ha estado ahí, sobre los truenos y la lluvia. La vida y la muerte son así; están íntimamente relacionadas, incluso cuando pensamos que se hallan en extremos opuestos del mundo. Lo que yo deseo es que logres ser feliz con todo lo que te aportó esa mujer, sea lo que sea. Cuando te sientas triste porque te ha abandonado, intenta recordar todo lo que hizo, lo mucho que se preocupó por ti. Hay un amor que resulta
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imposible ver. —La señorita Irene casi parecía estar hablando consigo misma—. No podemos verlo, pero sí sentirlo.
Ernest y Ezra entraron por la puerta trasera en ese momento, llevando montones de verduras. Ambos sonreían sobre los rebosantes cuencos de hojalata que llevaban en las manos. «La verdura no puede despertar tantas sonrisitas», pensé yo.
Ezra saludó a la señorita Irene con un beso. No era ningún secreto que la señorita Irene sentía una simpatía especial por Ezra. Quizá porque ambas eran las hermanas mayores de sus familias. O porque compartían la misma forma de ver el mundo: se negaban a renunciar a sí mismas y a sus familias. Ernest se quedó ahí plantado, mostrando los dientes, la mar de apuesto.
—Tú márchate —le dijo la señorita Irene, y él retrocedió torpemente para salir de la cocina.
Ezra subió el volumen de la radio hasta el nivel exacto donde lo tenía la señorita Irene cuando yo había entrado en la cocina.
—Vamos a dejar que esta comida se cueza a fuego lento, chicas —dijo la señorita Irene—. Y mientras las ollas van pillando el ritmo, haremos otra cosa.
—¿Qué? —pregunté, exprimiendo medio limón.
Me giré al escuchar el rápido chasqueo de las pulseras de la señorita Irene. Había alzado uno de sus brazos y estaba sosteniendo deliciosamente una de las manos de Ezra mientras la hacía girar. La sonrisa de mi hermana me contagió, y me acerqué a ellas bailando, agitando las caderas y moviendo la cabeza al compás de la música, que, aunque era invisible, podía sentir cómo me atravesaba el corazón.
La cena con los Junkett me ayudó a sentir que los hechos ocurridos esa primera semana escolar ya eran cosa del pasado, y que tenía dos opciones: o recordarlas, o simplemente dejarlas caer en el olvido.
Nunca había tenido un inicio de semestre como ese. Todavía me notaba entumecida cuando reflexionaba sobre todo lo que había ocurrido. Deseaba que mi maestra siguiera viva. Quería notar la agradable sensación que me generaba la señorita Burden cuando me miraba a los ojos para que le diera la respuesta correcta. Extrañaba su forma de reconocer mi inteligencia, nuestros tranquilos almuerzos donde la lectura era un festín que compartíamos. ¿Y si le caía mal a la nueva maestra que nos pusieran,
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como parecía ocurrirle al resto de los profesores? ¿Qué haría entonces? Me gustaba pensar que yo era el tipo de chica capaz de decir no cuando le pedían que hiciera algo incorrecto, como por ejemplo dejar que una blanquita como Ruby Scaggs contemplara sus partes íntimas.
Cuando nos disponíamos a volver a casa con mamá, vi cómo la señorita Irene se llevaba a Ezra a una esquina alejada de la larga mesa donde habíamos disfrutado de la comida. Sostenía la cara de Ezra entre las manos mientras le hablaba con voz pausada. En un pequeño banco de madera, Rosemary y Empire dormían entrelazados, acurrucados en el sueño celestial de dos gemelos, un sueño que parecía tan dulce como el helado casero de chocolate que acababan de devorar.
El señor Caesar abrió la verja de la propiedad acompañado de papá. La balsámica comida de la señorita Irene había revestido de calidez sus voces de barítono. Me encantaba escuchar hablar a papá y al señor Caesar. Era como tener dos padres. Su diálogo me hacía sentir segura y arropada. Aunque mi padre era un hombre más serio que el señor Caesar, que tenía un carácter más pícaro, me daba la impresión de que se complementaban como si fueran hermanos.
Yo sostenía una bandeja llena de comida para mamá.
—Últimamente tenemos que ir con más cuidado, prestando más atención a lo que está sucediendo, vigilando incluso nuestras sombras — estaba diciendo el señor Caesar—. Así está el patio. Eisenhower ya ha firmado ese documento. Y es lo que es. ¿Lo has leído en los periódicos? Jim Crow, Jim Cat, Jim Monkey, Jim Mule. A los blancos les cuesta creer que el presidente vaya a obligarles a tratarnos como algo menos que perros. Y, sin embargo, es un primer paso. Poco a poco nos vamos acercando a cómo deberían ser las cosas. Nosotros tampoco lo tenemos tan mal aquí en el norte. Imagina cómo debe de ser estar al frente de la línea de fuego predicando todo eso sobre la no violencia delante de esos cerdos de Alabama. En una situación así acabarían matándome. No aprendí a tener paciencia hasta que tuve de criar a mis hijos. Que Dios bendiga a los valientes de nuestra raza. Será gracias a esos chicos y chicas negros que nuestros hijos crecerán sin tener que sentarse en la parte trasera del autobús. Podrán beber agua de la fuente que quieran cuando tengan sed. ¿A qué loco se le ocurrió hacer una ley para prohibir a cierta gente beber agua? A un maldito blanco. ¿Y de qué color es el agua? En fin, sobran los comentarios.
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—A mí me gustaría pensar que el hombre blanco siempre ha estado sobre aviso. Siempre han sido así las cosas, desde que era niño. He visto a demasiados blancuchos volarles la cabeza a negros sin motivo alguno. He oído historias de blancos que prenden fuego a iglesias solo porque nos negamos a rezar del modo que supuestamente nos enseñaron. Apenas eran un crío cuando vi a un hombre blanco dispararle a un predicador en la cabeza porque el hombre olvidó dirigirse a ese diablo como «señor».
—Heron, amigo mío, tenemos que estar preparados. El frente estará por todas partes. Ya lo está.
Mi padre asintió con la cabeza.
—Últimamente a Lena le preocupan mucho las chicas. Se están convirtiendo en mujercitas. Se preocupa porque por estos pagos no hay ninguna ley que valga, Caesar. Esa es la verdad. O cuando la hay, la ley es parte del problema. Parece que todo el pueblo se enfurece con solo vernos, desde el policía hasta los pescadores. Esas miradas fulminantes. Lena y yo nos estamos planteando irnos del pueblo cuando terminen las clases, en primavera.
—Ah, ¿sí? —dijo el señor Caesar—. ¿Y adónde iríais? Tendrías que encontrar un buen trabajo, en el cual te trataran con respeto a ti y a tu familia. Quizá te contratarían en uno de esos centros de enseñanza para negros. Están brotando como setas por todo el país. Facultades y universidades donde enseñan todo lo necesario para que podamos vivir a nuestra manera. Quizás eso sería lo mejor. Ayudarías a nuestra gente.
—Pues sí —dijo mi padre. Observé el palillo que estaba utilizando con parsimonia para quitarse el sarro de los dientes—. O quizá mandemos a las chicas a alguna parte. Ya sabes, un internado, o algo parecido. No queremos que ronden por el pueblo. Aunque la casa sea nuestra. La pagué de una vez, como ya te conté. Los préstamos me dan mala espina, especialmente siendo un hombre negro. Desde luego, no me fiaría de un banco que está a kilómetros y kilómetros de distancia para que se encargue de mantener un techo sobre nuestras cabezas. En este país las hipotecas son una estafa. Lena y yo decidimos evitarlas y compramos la casa con nuestros ahorros. Ahora tenemos la libertad de hacer lo que nos apetezca. Ya sea vender la casa o reducirla a cenizas.
Nunca había oído a mi padre hablar de esa manera. Obviamente, se me habían pasado por alto las señales que indicaban que nuestras vidas se iban
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a alejar vertiginosamente de lo que había dado por sentado, es decir, la idea de que Salt Point sería nuestro hogar durante mucho tiempo.
Pero, por lo visto, el pueblo había detectado la amargura de nuestros padres porque, mientras papá y el señor Caesar charlaban de pie en la carretera, mirando a la nada, un coche de policía apareció en la lejanía.
El agente Charlie, de uniforme, iba solo en el vehículo. Pasando por delante de nosotros sin detenerse, se inclinó para echarnos una mirada fulminante a través de la ventana abierta del copiloto. Con su manaza, el policía hizo el gesto de sostener una pistola. Sonriendo, apretó repetidamente el gatillo invisible con su grueso pulgar, como si estuviera disparando a payasos en un juego de feria.
—Hijo de puta —dijo el señor Caesar, su voz como encerrada dentro de su mandíbula apretada. No era habitual que el señor Caesar dijera palabras malsonantes, pero en ese momento nos sonaron bien. Alzó la voz para que su advertencia llegara directamente al agente—. Puto cerdo.
El coche se detuvo.
Sintiéndome impotente, giré la cabeza, como si nada fuera a ocurrir si no lo veía. Ernest se había colocado delante de Lindy para protegerla. A mí se me cayó la bandeja de comida para mamá al suelo polvoriento. Sentía tanto miedo que notaba la humedad que rezumaba de mi interior. Surgieron manchas, como chispas, delante de mis ojos. Tuve la sensación de que los dedos del policía podían disparar balas de verdad. Ninguno de nosotros dijo nada hasta que el hombre finalmente arrancó y se alejó. Los neumáticos del coche rodaron sobre la gravilla, haciendo un ruido como de dientes que se rompen bajo presión.
—Por el amor de Dios —dijo mi padre, exhalando—. ¿Qué demonios estaba haciendo?
—Pues es algo que hace a menudo. Formamos parte de su ruta habitual. Vosotros vivís lejos de la carretera principal, así que no os molesta. Al menos, todavía no —dijo el señor Caesar en voz baja—. Pero hacía tiempo que no hacía el paripé delante de mis hijos. La próxima vez que me señale con el dedo quizá me lo cargue, al hijo de puta.
—No habrá una próxima vez, Caesar. No puede hacer esas cosas — dijo papá—. No puede venir a aterrorizaros de esa forma. Vosotros vivís aquí. No tiene derecho.
El señor Cesar soltó una profunda carcajada.
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—Joder, no me hagas reír, Heron —dijo—. En serio, ¿de verdad no crees que, si pudieran, esos polis nos pondrían en fila en la plaza y nos fusilarían a sangre fría? Para luego arrojarnos al mar con el resto de nuestros hermanos africanos. Les fastidia que respiremos. Lo único que hacemos es respirar, y ya con eso cargan las armas.
—¿Caesar…?
Era la voz de la señorita Irene. Había salido de la cocina y estaba de pie en medio del patio, en su cara una expresión extraña que yo nunca le había visto. Llevaba una pistola en la mano. Con la otra cogía la mano de Ezra. En la oscuridad, los ojos de ambas ardían idénticamente. Miré la otra mano de Ezra, prácticamente anticipando que llevara su propia pistola, pero sostenía contra su pecho un saquito de cuero, probablemente un regalo de la señorita Irene.
—Ernest, Lindy, meted a los gemelos dentro de casa ahora mismo.
—Sí, mamá.
—Lo siento, señorita Irene —dije. Las palabras se me pegaban a la lengua como pan seco—. Se me ha caído al suelo la comida de mamá. Y he roto tu bonita bandeja. Ha sido sin querer.
—Cinthy, no te preocupes por eso, cariño —dijo el señor Caesar, poniéndome la mano en el hombro—. Irene os irá a visitar mañana para ver cómo está tu mamá. Ya le llevará algo para comer. Será mejor que vayáis a ver si vuestra madre se encuentra mejor —inclinó la cabeza mirando a mi padre.
—Ezra, nos vamos a casa —dijo papá.
Salió a la carretera, parándose para mirar en la dirección en que se había ido el coche de policía.
—¿Sigue ahí?
—Sí, Caesar. Solo se ha alejado un poco. Puedo ver sus luces traseras.
—Mierda —dijo el señor Caesar.
Cruzó el patio con cuatro largas zancadas y se metió en la casa. La señorita Irene lo siguió en silencio.
Corriendo hacia la mesa, Ezra y Lindy empezaron a apilar platos y vasos. Ernest se acercó a Lindy. Le susurró algo al oído antes de inclinarse y coger a los dos gemelos en brazos. Con cuidado, subió las escaleras y entró en la casa.
—Ezra, Cinthy, recoged vuestras cosas y entrad en el coche.
Inmediatamente.
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—Vale, papá —dije.
Tardé unos segundos en rodear la bandeja rota y la comida desparramada y subirme al asiento trasero del vehículo. Intentaba no pensar en la mancha húmeda que tenía entre las piernas, aliviada porque nadie más parecía haberse fijado en ella.
La boca dorada del atardecer había cedido paso a la noche. Ezra abrazó fuertemente a Lindy antes de acercarse al coche. Por todo el patio había velas encendidas dispuestas en tarros. La luz brillante que arrojaban sobre el césped, que tan solo unos momentos antes me había parecido romántica, había adquirido un matiz escalofriante. Ezra abrió la puerta del copiloto.
—Eh —dijo—. Siéntate delante conmigo.
—De acuerdo, Ez.
Abrí la puerta de detrás para salir y sentarme junto a mi hermana. Me sorprendió el calor que desprendía su cuerpo. Del saquito que tenía Ezra sobre la falda emanaba un fuerte aroma.
—La señorita Irene dice que me va a proteger.
—¿De qué?
Ezra giró la cabeza sin responderme, pero sus ojos saltaban de papá al patio, donde Lindy volaba alrededor de la mesa limpiando los restos de nuestra maravillosa cena. Gracias a la intermitente luz de la vela veíamos que movía la boca. Lindy estaba rezando.
A continuación reapareció el señor Caesar. Ernest iba justo detrás de él. Le dijo algo a Lindy y la chica se metió dentro. En el lateral de la casa se encendió una luz de su porche cubierto.
El señor Caesar y Ernest salieron solos a la carretera, sus camisas oscurecidas por el sudor y la rabia. La mano de Ezra colgaba relajada de la ventanilla, que estaba bajada. Ernest se inclinó para desearnos buenas noches. Debió de pensar que había sido muy discreto, pero vi perfectamente cómo acariciaba con suavidad la mano de mi hermana.
Por encima de los chillidos de insectos, ranas y aves nocturnas, y el ajetreo de animales ocultos, la voz del señor Caesar sonó grave y clara.
—Los hombres blancos tienen derecho a ser estúpidos y presidentes — dijo—. Pero nosotros no. Llévate esto. Si ese hijo de puta te hace parar, Heron, dispara tú primero. No está entre mis planes inmediatos enterrarte, y te puedo asegurar que este maldito mundo tampoco me va a enterrar a mí hasta que yo esté listo.
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Sentada entre mi padre y mi hermana, me sentía segura, pero la sangre de mi corazón fluía a toda velocidad, salpicándome los huesos desde dentro. El aroma mágico del saquito de Ezra llenaba la parte delantera del coche mientras la brisa nocturna traía otras especias invisibles. La mano de papá estaba tensa sobre el volante, pero su voz era suave. Yo no podía ver la pistola que descansaba sobre su regazo, pero sabía que la tenía ahí. El incidente con el policía había desatado algo en el interior de mi padre. Su voz irrumpió en la oscuridad del coche. Llevaba mucho tiempo ocultando el pasado, pero ahora había decidido que quería que supiéramos lo que había sucedido en el incendio de la iglesia de Damascus.
—Yo todavía no había nacido —empezó.
Igual que nosotras, pareció sorprendido al notar que su voz llenaba el coche, relegando los chirridos de los insectos a un segundo plano.
—Yo todavía no había nacido, pero sé lo que ocurrió —dijo como si hablara consigo mismo—. Os lo voy a contar, chicas, para que lo sepáis. Quizás os dará la fuerza que a mí nunca me dio. Tuve la osadía de pensar que, si me obligaba a olvidarlo, lo borraría. Pero la sangre de nuestro interior no responde a esa lógica. Vuestra madre y yo no queremos que os sintáis solas nunca. Nuestros relatos hallan su expresión en vuestro interior. Quizá podáis ayudarme a no olvidar cómo el amor me salvó de mi propio dolor.
—¿Cómo podemos ayudarte, papá? —dijo Ezra.
Su voz sonaba antigua, como si hubiese vivido muchísimos años atrás, antes de que naciera nuestro padre. Aunque nunca habíamos oído las voces de nuestros abuelos, sentí que estaban dentro del espacio silencioso de nuestro coche.
—Escuchar quizás ayude —dijo él—. Y también recordar.
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El coche navegaba sobre lagunas de oscuridad. Las sombras de las ramas revoloteaban tenuemente sobre el parabrisas. La luz de la luna se escindía sobre nuestras caras y brazos. Yo estaba sentada con el cuerpo inclinado hacia delante, escuchando la voz de mi padre, embelesada como cuando me leía en voz alta. Pensé en todas las historias, centenares, que me había contado. En su particular forma de narrar historias, que te hacía sentir que estabas allí mismo, en aquel preciso momento. Mi hermana me tenía cogida de la mano, transmitiéndome el firme latido de su corazón dentro de su cuerpo.
Al cerrar los ojos, la voz de mi padre se fundió con mi propia voz, aquella que oía en mi mente y que me ayudaba a imaginarme todo aquello que no podía saber de ninguna otra forma. El relato de mi padre nos pertenecía a mí y a mi hermana. Sería la única forma de que pudiéramos recordar, en nuestra propia sangre, lo que mi padre se había esforzado tanto por olvidar.
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THEODORE Y CALLIOPE KINDRED
Es una cálida tarde de 1902, y mi bisabuelo, Theodore Kindred, es un hombre libre.
Asciende por un sendero fangoso que bordea el río Delaware hasta llegar a la iglesia que está construyendo con sus propias manos. Ha empezado a poner los cimientos de una escuela al lado de la iglesia. Para él, la educación y la preservación del espíritu y la carne siempre han estado estrechamente relacionadas. Mi bisabuelo es un hombre joven, aunque nunca ha visto su partida de nacimiento y ha recurrido únicamente a las canciones de su corazón para calcular los años que lleva vivo en este mundo. Es hijo de hombres libres, por lo que su Dios siempre ha sido también libre.
El templo que está edificando, que no tiene nombre pero está prácticamente acabado, se alza en la pequeña colina de una plaza que forma parte del mosaico de tierra olivácea y amarilla que compró con el dinero que ganó y ahorró durante años de trabajo. La parcela se encuentra en un lugar que su esposa, mi bisabuela Calliope, bautizará como Damascus, y es tan pequeña que nunca será reconocida oficialmente.
Me imagino los rojizos ojos de mi bisabuelo alabando la tierra. Mi hermana y mi padre tienen los mismos ojos terrosos. Mi padre, que no nacerá hasta muchos años después, heredará de su abuelo esa necesidad de poseer la tierra que habita. Es la razón por la cual mi padre adquirió con un único pago nuestra propiedad en Salt Point, rechazando el yugo emocional de los préstamos y los créditos. Es una necesidad de independencia que puede rastrearse hasta el fondo del Atlántico, donde las voces de nuestros antepasados perviven en huesos que se han convertido en valiosas conchas. Mi padre y su padre y los padres cuyas voces los guían de forma invisible forman una brújula en nuestra sangre. Siempre será importante
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para los Kindred saber lo antes posible dónde serán enterrados, porque venerarán esa tierra más que cualquier otra cosa.
Theodore le da unas palmaditas a su caballo, Canaán, mientras se acercan a la iglesia inacabada. Justo ha dejado de llover, y las pezuñas del gran caballo hacen un ruido de succión con cada pisotón que dan en el abundante fango solidificado. A mi bisabuelo le preocupan ciertos puntos del tejado que todavía no han sido arreglados correctamente. El templo debe ser ventilado antes de que Calliope y sus queridos doce escolares lleguen para la clase de canto y la lectura de la Biblia. Mi bisabuela ya ha sentado las bases del aprendizaje en los niños y niñas que ha seleccionado para que constituyan su primer grupo de alumnos. Su aula es la naturaleza, la cocina, el jardín, y una habitación de su casa con las paredes forradas de libros y un piano vertical que utiliza para enseñarles a alzar sus voces con alegría. Aunque no tiene parentesco sanguíneo con ninguno de estos niños, se ha ganado la confianza y el aprecio de sus familias. Sus padres provienen de todo tipo de lugares, llegaron cargados de esperanza y con la determinación de forjar el futuro de sus hijos en un mundo lleno de posibilidades y desafíos de independencia. Estos doce niños han sido confiados al cuidado de mi bisabuela, como si las semillas valiosas de un pueblo en peligro de extinción pudieran viajar secretamente a través de océanos para ser sembradas, regadas y cosechadas en territorios desconocidos.
Calliope es su nombre completo, pero para todas las personas de este nuevo pueblo, bautizado como Damascus, siempre será conocida como Callie. Mamá dijo que mis bisabuelos se enamoraron cuando tenían cinco o seis años. Crecieron ambos en algún rincón de Georgia (mamá no estaba segura del sitio concreto, y papá lo olvidó a propósito). Mamá dijo que cuando mi bisabuelo apenas hablaba le dijo a Callie «Me casaré contigo». Los mayores se rieron cuando esta respondió, con su resuelta voz infantil: «¡Vale!». Así pues, mientras anda tranquilamente, mi bisabuelo está pensando en su buena fortuna y en Callie, y en cómo ese enfático «¡Vale!» llenó y enriqueció su vida. En un ratito, la mujer y los niños inundarán el templo con sus dulces cánticos. Después de los ensayos del coro y la lectura de la Biblia, compartirán una cena fría. Bajo las primeras estrellas del atardecer, mis bisabuelos acompañarán a los críos a casa, enseñándoles un camino seguro a través del oscuro bosque. Luego, ya solos, mi
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bisabuela colocará la mano de su marido sobre su vientre, donde nuevas estrellas han combinado polvo cósmico para gestar su segundo retoño.
Su primera hija, que se convertirá en mi abuela, Alma Elizabeth Kindred, está al cuidado de una cariñosa vecina. Mi bisabuelo está construyendo la escuela para Alma, alentado por la visión de la futura felicidad de su hija. Al terminar esa estructura planea construir una biblioteca para el pueblo.
Igual que Alma, Damascus tiene casi tres años de edad, y está creciendo. Mis dos bisabuelos estaban cansados de buscar un buen hogar, así que su proyecto de Damascus consistía en crear su propio paraíso, un espacio que no era ni una plantación ni la Tierra Prometida, sino un punto intermedio. Enseguida llegaron a Damascus otras familias negras, dispuestas a invertir en un sueño que no les causara la muerte, y en 1902 todavía seguían llegando. Gracias al boca a boca, se enteraban de cómo encontrar el agitado río y el pequeño asentamiento negro que estaba creciendo justo al lado de las costas orientales de Maryland, no muy lejos de Bucktown. Lo que deseaban esas familias era adquirir formas de vida alejadas de la brutalidad que soportaban y habían soportado sus antepasados africanos al cruzar el Atlántico.
Me imagino la mano de Theodore descansando serenamente en el musculoso cuello de su caballo. Se decía que mi bisabuelo medía más de dos metros, razón por la cual necesitaba un animal tan increíble.
Esa tarde, Theodore debió de confiar en la compañía de su caballo y en la visión de su bien construida iglesia para estar tranquilo. Cuanto más crecía la superficie de sus terrenos, más suscitaba la atención no deseada de un grupo de hombres blancos de la zona, que al principio se habían reído, sacudiendo la mano de forma despectiva al ver ese pequeño y subdesarrollado asentamiento negro. Cuando un tiempo después esos hombres regresaron para inspeccionar el lugar, que habían pensado que no iba a perdurar, y menos prosperar, emprendieron una incesante campaña de sabotaje. Su incredulidad y su escarnio iniciales fueron rápidamente sustituidos por la típica cólera de hombres cristianos que quieren imponer sus derechos divinos y su supremacía económica.
Theodore llevaba toda su vida presenciando este horrible arte de la cólera. Todos los hombres de color del país habían recibido, contra su voluntad y espíritu, esa odiosa educación. No hace mucho se había encontrado a Callie sollozando ante sus parterres destrozados y sus huertos
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pisoteados. Ningún animal a excepción del hombre blanco tenía una dentadura y un hambre semejantes como para arrancar raíces y semillas con tanta saña.
Otra noche, marido y mujer se habían mantenido alerta detrás de la puerta de su casa, observando a los encapuchados y oscuros hombres sin rostro que merodeaban, armados, por el patio. Un grupo de voces apagadas y oscilantes amenazó a mis bisabuelos con sogas, balas, llamas, o cosas peores. Al repasar su archivo mental de violencia blanca, mi abuelo pensó que, en un momento dado, esos hombres dejarían de amenazar y pasarían a la acción.
Aquellos que abrazaban la fe de mi bisabuelo creían en un Dios que vivía en la dignidad cotidiana de sus propios rostros. Muchos de ellos habían olvidado cómo era ese orgullo hasta que entraron en el templo a medio construir de los Kindred. Después de haber recuperado ese orgullo, ninguno de ellos estaría ya dispuesto a darle la espalda al proyecto de Damascus.
Sin embargo, esta noche, mi bisabuelo se está cuestionando si debería haber permitido que Callie y los críos anduvieran solos bajo la luz que había seguido a la tormenta. Pero la gente blanca asistía a misa los domingos igual que todo el mundo, había dicho Callie. Con suerte, también sería su jornada de descanso.
Alma había protestado cuando él la besó y acarició con la nariz su frente satinada antes de dársela a la señora Whitaker, cuyos arrullos lograron que la cara de su hija se iluminara con una sonrisa llena de hoyuelos.
Solos, él y Canaán habían reseguido el agitado río antes de atajar por el bosque para llegar a las colinas, desde donde la vista de la austera iglesia siempre llenaba su corazón de alegría. Ya había llegado prácticamente el momento de escoger un nombre, y Theodore confiaba en que Callie tomaría la decisión correcta. No le costaba crearse efervescentes imágenes de sus dos hijos creciendo en esta nueva iglesia, en esta nueva localidad, ambas con nombres escogidos por su madre.
Después de la muerte de Calliope Kindred, la gente del pueblo hallará una notita en el diario de mi bisabuela donde expresa su deseo de que la iglesia se llame No Me Detengáis.
Mientras ata al caballo, Theodore oye cómo se acercan Callie y los críos.
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Alza la voz para llamar a su mujer, y se dirige a la entrada de la iglesia para saludarla, mientras los niños entran en tropel para secarse de la súbita lluvia.
El cabello trenzado de Callie forma un cuenco blando encima de su cabeza. Lleva un chal verde alrededor de sus delgados hombros. Los ojos negros que observan desde su rostro ovalado y pecoso son inteligentes, sensuales y cálidos.
Theodore se lleva su muñeca a los labios. Las cuatro manos de ambos reposan sobre el vientre alto y redondo de ella. La mujer le pregunta por Alma, y él le dice que su hijita está bien. La señora Whitaker les está esperando para que recojan a la niña de camino a casa. Cuando levanta la cara de mi bisabuela para besarla, él puede visualizar a Callie a lo largo de los años, en todas las edades en las que han compartido un beso. Uno de sus primeros recuerdos más nítidos fue cuando intentó besarla y recibió un puñetazo en la nariz antes de que ella le devolviera el beso.
Esa tarde de 1902, Theodore es capaz de rememorar la húmeda carnosidad de los labios de Callie en su juventud; recuerda el gusto del glaseado de crema de mantequilla que quedó en sus labios al compartir el trozo de pastel en su noche de bodas, una noche de primavera en que los pétalos de magnolia entraron volando por las ventanas del hotel al que él la había llevado tras ahorrar el dinero de varios sueldos, pétalos que quedaron desparramados por las frescas sábanas blancas donde hicieron el amor por primera vez. Recuerda, también, la sal de sus labios en el momento del parto, que se alargó dieciséis horas; ella lo besó cuando finalmente sostuvo a su hija, Alma, en sus brazos doloridos. Puede asimismo recordar el beso resuelto y espontáneo que le dio cuando ella estuvo de acuerdo en que tenía todo el sentido del mundo construir un pueblo desde cero, un lugar donde pudieran envejecer juntos en libertad.
Calliope es su iglesia, más incluso que el edificio que se alza ante él. Theodore escucha las risillas nerviosas de los alumnos que ella tanto
adora y que los están observando a ambos. Devuelve la sonrisa a las doce caras tímidas con un gesto de la mano. Dice que encenderá las luces para evitar que los mosquitos acudan a degustar su dulce sangre. «Aunque mejor los mosquitos que el diablo», añade mientras Callie le da un golpecito en la costilla tras la cual su corazón ha ardido por ella toda su vida.
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Por el ruido que acaba de oír, Theodore intuye que Canaán se ha puesto a dos patas de repente, encabritándose y bajando las patas, imprimiendo en la tierra una señal de advertencia. El pisoteo es percutor, temeroso, tan rotundo que puede oír a su gran caballo por encima del piano de pared donde Callie está tocando sentada de lado a causa de la hinchazón de su vientre.
Mi bisabuelo cierra su Biblia, dejando marcado el punto donde ha estado leyendo. Sus ojos se encuentran con el ceño fruncido de mi bisabuela. Levantándose, les dice a los niños, que han interrumpido sus cánticos y le observan con los ojos como platos, que sigan con la música.
Solo, baja por los toscos escalones todavía sin pintar de la entrada de la iglesia que más tarde será bautizada como No Me Detengáis. Al doblar la esquina enfangada, camina rápidamente por el lateral del edificio. Debe de haber sido un animal salvaje lo que ha espantado a su caballo. Lamenta no llevar el rifle para disparar un tiro de advertencia, pero no le gusta pasearse con su arma cerca de Callie y los críos sin ningún motivo.
Mi bisabuelo no se ha percatado del hombre que lo espera de pie en la penumbra. El culatazo del arma de este contra su cuello lo tira al suelo. Una ruedecilla de estrellas rojas abrasa sus ojos mientras unos individuos intentan, con bastante esfuerzo, ponerlo de pie sobre sus largas piernas.
—Levántate, predicador —dice la voz de otro hombre, que también golpea el costado de mi bisabuelo con su arma.
Theodore camina arrastrando los pies. Se le llenan los ojos de lágrimas cuando oye a Canaán resoplar y relinchar de angustia.
—Te dimos tu oportunidad, ¿no? —está diciendo la voz que tiene cerca de las sienes—. Ya no te queda ninguna oportunidad, hiciste oídos sordos a todas nuestras advertencias. Seguro que ahora desearías habernos hecho caso, predicador, tozudo hijo de perra.
Theodore se pregunta cuántos hombres lo rodean en la oscuridad. El sudor le entra en los ojos.
—Venga, adelante, pues —dice mi bisabuelo, que detecta el olor a queroseno—. Quemadme. Colgadme. Disparadme. Comeos mis testículos, si es lo que queréis. Pero os lo ruego, a ellos dejadlos en paz. No tienen la culpa de nada.
Desde la penumbra puede ver hombres que están arrojando queroseno sobre su fiel amigo. La voz de Theodore se vuelve ronca de tanto gritarles
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que dejen vivir al animal.
—Lleváoslo vivo, ¿no? Tiene más valor vivo para vosotros, vendedlo si queréis. ¡Venga, dejadle vivir! No os ha hecho ningún daño. ¡Dejad que viva, y así podréis sacarle algo de provecho! ¡Por Dios, dejadlo vivir, dejadlo en paz!
—Traedlo para acá, chicos —dice la voz—. Haré que se coma su maldito caballo.
Cuando oye la cerilla, mi abuelo no aparta la cara, sino que clava directamente su mirada en los ojos sangrantes y rotos de su amigo, para pedirle perdón.
El gran caballo chilla, brincando como un ser humano, mientras el fuego cabalga sobre su espalda. Sus blandas orejas se aplastan sobre su cráneo. El fuego envuelve al animal desde el hocico a la panza, hasta que, vencido, Canaán cae sobre sus rodillas, desplomándose ligeramente inclinado hacia un lado. Llamas oscuras recorren el maravilloso cuerpo. Theodore ve cómo su amistad se derrumba en los ojos de la criatura moribunda.
Cuando Theodore finalmente aparta horrorizado la mirada del cuerpo chamuscado de Canaán, divisa la cara de Callie en la ventana. Vocaliza la palabra «Corred», pero uno de los hombres está observando.
—Leña —dice, riéndose.
Arrastran a Theodore hasta la iglesia. Hacen falta cuatro o cinco hombres para conseguir meterlo por la puerta, porque se resiste. Una vez han logrado arrojarlo al interior, se ríen y atrancan la puerta desde fuera.
Callie, agarrando su vientre con las manos, se desploma sobre las rodillas y les ordena a sus alumnos que se acerquen, reuniéndolos en el centro del templo.
Theodore empieza a romper las ventanas del otro lado de donde están los hombres. Empuja a los niños para que salgan, de uno en uno o de dos en dos, y puedan correr y esconderse en el bosque.
—Huid, y no se os ocurra volver a buscarnos —les dice mientras los niños sollozan.
Está intentando romper una de las ventanas con un palo de escoba cuando una bala le atraviesa la coronilla.
Acto seguido, las antorchas empiezan a zumbar por las ventanas rotas. Después de aterrizar con una cólera verde y roja, las llamas empiezan
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instantáneamente a devorar la iglesia.
Llorando, mi bisabuela se arrastra lejos de los niños e intenta empujar el cuerpo de su marido hasta el círculo que forman en el centro del edificio. Se desgarran las costuras de sus mangas en la zona del hombro. Nunca ha cargado con todo el peso de Theodore. Callie cierra los ojos y tira de él con todas sus fuerzas. Su cráneo reventado deja un reguero de sangre. Algunos de los chicos más mayores se levantan, llorando y tosiendo, para ayudarla a moverlo mientras las vigas del techo gimen en su agonía.
Ella tose, notando que el bebé patalea frenéticamente en su interior. Callie se tumba en el suelo, al lado de su marido. En la mirada vidriosa de los ojos muertos del hombre vislumbra el horno de su fe, de sus sueños. Callie lo besa intensamente, como siempre ha hecho, saboreando por última vez los maravillosos años que compartieron. Y a continuación cierra con los dedos los ojos mudos.
Entre el momento de su muerte y el de su travesía al otro mundo, Callie recuerda a sus padres arrodillándose en los campos de caña de azúcar del sur, en lo más profundo de Georgia. Recuerda cómo en una ocasión un hombre blanco vino para arrebatarles a su madre, llevándosela a rastras de la mesa a la hora de la cena, y cómo su padre se vio obligado a permitirlo.
Ahora Callie puede ver a su madre emergiendo de la oscura luz de la luna para hacerle señas a su hija. Tiene los ojos rojos como rubíes. Lleva algo en la mano, una especie de cesta.
Es la cabeza de su amo.
El fuego escala por el cabello de Callie. Lame sus orejas, separando su piel de su cráneo como el mar Rojo que en una ocasión el profeta partió en dos para salvar a su gente, esclavizada. Luego, esos fugitivos formarían tribus. Las manos de los doce niños agarran los costados de Callie. Las manos ardientes de doce críos se convierten en millones.
Entonces piensa en una niña: su hija, Alma.
En su último aliento pronuncia el nombre de su hija.
Todo el techo de No Me Detengáis se derrumba. La noche inocente queda así descubierta. Callie exhala una única palabra hasta que esta le canta su recuerdo: ¿Alma?
¡Alma!
¿Alma?
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¡Alma!
¡Alma!
Al…
Es la palabra con la que ingresa al inframundo, un alarido.
Llevando a doce niños calcinados en sus brazos, mi bisabuela, Callie, se encuentra con su marido, Theodore, en el río de la eternidad.
Él le explica dónde están y lo que deben hacer, como siempre ha hecho.
—Es hora de cruzar al otro lado, cariño —le dice—. Los niños son demasiado pequeños. Tienen menos tiempo que nosotros para cruzar si no quieren acabar perdidos para siempre.
—¿Alma? —dice Callie.
Sigue negándose a morir, aunque su alma esté con Theodore y sus alumnos.
—No hay tiempo para despedirnos —dice mi bisabuelo, incapaz de permitirse pensar en su otra hija, su hija nonata, a quien no le es posible cruzar, perdida en las cenizas de una tierra más oscura.
Mis bisabuelos se encuentran en la desembocadura de un río rugiente. Theodore está sobre la silla de montar de su querido caballo, Canaán, en cuyas cuencas resplandece un fuego verde. Mi bisabuelo coge en brazos a algunos niños, y se pone a otros encima de los anchos hombros. Algunos son demasiado pequeños para cruzar solos. También ellos están perdidos. Debe ayudar al resto, para que los antepasados puedan asirlos, convertir sus breves canciones en sinfonías rutilantes.
Antes de adentrarse en el río, Theodore y Callie miran hacia atrás, observando por encima del hombro su viejo mundo y, dentro de él, una motita de polvo llamada Damascus, el lugar donde pretendían forjar su libertad.
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Era sábado por la mañana, y en el autobús local solo había un puñado de gente aparte de Ruby. La luz del sol golpeaba su rostro, así que cerró los ojos, saboreando las sombras que salpicaban el fulgor rojo del interior de sus párpados. No tenía sueño, ni remotamente. Apretó sobre su regazo el pequeño fardo que llevaba envuelto en la bolsa de lona. Su piel estaba muy limpia, y se había lavado el cabello, aunque daba igual porque nadie podía verlo. Ruby se lo había metido en el gorro de malla manchado de sudor que su mamá utilizaba para alisarse el cabello negro antes de ponerse la exuberante peluca rubia que Ruby llamaba «el Pibonazo». «Ni Jayne Mansfield me puede hacer sombra», decía siempre la madre de Ruby. Había comprado la peluca después de que ella y Ruby hubieran ido al cine de Gunn Hill para ver Una rubia en la cumbre.
A Ruby le picaba el cuero cabelludo, pero tenía miedo de rascarse la cabeza porque temía que sus uñas pudieran alterar el bien conservado peinado que su madre le había hecho. Había visto a su madre frotarse la cara con el cabello como si estuviera frotándose la cara con un gatito.
Ruby pensó en el dinero que esperaba obtener vendiendo en Briggley algunas de las posesiones de su difunta maestra. Había un puñado de pendientes y collares que tenían pinta de ser valiosos. Había un reloj antiguo, quizás un obsequio del padre de la señorita Burden u otro hombre de la familia. También había un talonario de cheques, pero Ruby sabía que no había —aún— una forma segura de descubrir lo que sucedería si se extendía un cheque a sí misma. Antes tenía que aprender a extender cheques. Y quizás el banco ya estaba al corriente de que la señorita Burden había muerto. Tenía más sentido probar suerte con las pertenencias de la mujer. Nadie en Briggley tendría la más remota idea de dónde había sacado esas cosas Ruby; y lo que era más importante: a los de la tienda de empeños les daría absolutamente igual.
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Si tuviera dinero, Ruby podría empezar a ahorrar para la escuela de aviación. Pero antes de eso había otras prioridades, como mejor ropa, tres comidas calientes al día, una habitación en una casa de huéspedes donde la consideraran una mujer joven decente y trabajadora. Expulsó de su cabeza el recuerdo de ella misma tumbada en las rocas.
A medida que el paisaje del otro lado de la ventana se volvía borroso, Ruby se sumió en vívidas ensoñaciones. Se imaginó a alguien subiéndose al autobús y vislumbrado, al fondo del pasillo, a una chica rubia de rostro discreto mirando soñadoramente por la ventana. Llevaba un vestido viejo, pero limpio. Como estaba sentada con los brazos apretados contra los costados, los huecos de las axilas estaban ocultos. Sus rizos desaliñados daban la impresión de que justo acababa de despegar su mejilla de una almohada (en vez de una caja de pelucas). Deseaba que cualquier persona que la observara tuviera la sensación de que era la protagonista de una historia de amor. Y fantaseaba con la posibilidad de que su amor fuera recíproco. Gracias a cómo mantenía la cabeza bien alta por encima de sus afilados hombros, no era posible detectar el punto del cogote donde el cabello estaba enmarañado y más oscurecido. Era palpable la fuerza de su determinación, tan embriagadora como el penetrante aroma de la caléndula. Tenía algo encantador a la vez que terrible.
Ruby se levantó, parpadeando y temblorosa, cuando vio que el autobús estaba aparcando en la estación de Briggley, que ya estaba atestada de madres ruidosas y de sus gritones niños. Ruby recordó que los sábados la mayoría de las familias normales visitaban el mercado, organizaban pícnics con sus parientes o se reunían para disfrutar de sesiones dobles de cine matinal.
Mientras bajaba del autobús, le agradaron las sonrisas que le dirigían las mujeres. Era como si fuera Cenicienta, pero, en vez de llevar zapatos de cristal encantados, le había robado a su madre su peluca mágica. ¿Acaso había algo que le impidiera ser princesa a la vez que piloto?
Se sentó sola en un reservado de plástico rojo en la cafetería de Cedar Street. La luz del sol se filtraba por el gran ventanal cuadrado. Por mucho que la limpiaran, esa mesa nunca parecería nueva. Unos deslustrados cubiertos de hojalata resplandecían sobre una fina servilleta. Camareras con uniformes de color narciso danzaban entre la cocina y las mesas al son
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del frecuente repiqueteo de una campanita y la voz grasienta y hastiada de un hombre que anunciaba los pedidos.
—¡Ay, pero qué bonita eres, pareces una muñeca! ¿Estás esperando a tus padres, cariño?
—Están de compras —dijo Ruby rápidamente—. Pero me han dado dinero para que coma algo.
La camarera asintió, sonriendo. Su mano aferraba un bloc de notas arrugado. Sin vacilar ni un segundo, colocó un menú pegajoso delante de Ruby, guiñándole el ojo mientras se giraba para irse.
—Te recomiendo los batidos, cariño. Tenemos los mejores malteados.
Pregúntaselo a quien quieras.
Ruby inspeccionó el menú, pero su mente seguía centrada en el piropo de la mujer. Era verdad que parecía una muñeca, ¿no? Con el cabello de su mamá y el nuevo vestido que había comprado en la tiendecita de al lado, que de hecho le había recordado a una casa de muñecas… Todo había ido sobre ruedas, tal como esperaba. El hombre de la casa de empeños Second Chance había tasado con cuidado los pendientes, brazaletes y pendientes que Ruby le había ofrecido. Eran todas piezas de bisutería, excepto un delicado anillo de zafiro que había estado tentada de quedarse, porque el hombre de la tienda dijo que hacía juego con sus ojos. Pero al final lo había vendido, y salió del local con setenta y cinco dólares. Un dineral.
Al girar en la esquina de Cedar Street, pensando en el ronroneo de su estómago, le había sorprendido el reflejo de su propia cabeza amarilla en el escaparate de una tienda que exponía opulentos vestidos de color joya y trajes de tweed para señoritas. Ruby tenía dinero de señorita seria y acaudalada metido en la cinturilla de su ropa interior. Si su peluca ya despertaba sonrisas, ¿qué efecto tendría un vestido decente? Un buen vestido debería ir acompañado de un par de zapatos nuevos, una nueva cinta de pelo, quizás un pañuelo de bonito estampado. El vestido quizá combinaría con sus ojos, que secretamente siempre había considerado su mejor atributo. «Esa no eres tú —refunfuñó una voz en su cabeza—. No te engañes, Ruby. Tú no tienes nada de señorita». Otra voz ofreció una contrarréplica: «Bueno, ¿y si ahora han cambiado las cosas? Si quiero llegar lejos en este mundo tendré que dar la impresión de que llevo una buena vida».
—¿Por qué no entras, reina? —Una voz femenina había flotado hacia ella.
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Ruby apartó los ojos de la maravilla de su reflejo y se encontró con una señora esbelta de cabello castaño rojizo, cuyo vestido sin mangas era de un color verde más brillante que el dinero. El elegante y fino cinturón dorado que rodeaba la cintura de mediana edad de la señora generó una espiral de envidia en el interior de Ruby mientras la mujer alargaba su pecoso brazo desnudo y sus uñas rosadas y embellecidas por la manicura para tomar a Ruby de la mano.
—Déjame que te ayude, reina —dijo mientras Ruby suspiraba suavemente, entregándose al abrazo del aire acondicionado y las bolsitas con fragancia de rosa.
En concreto, era la pronunciación de la palabra «reina» lo que la hacía sentir como si estuviera levitando hacia el cielo; la sensación de calidez y esperanza concentrada en un único y educado resuello. «Soy una reina — pensó—. Soy lo bastante reina como para que me vean así».
En la cafetería, Ruby apartó la mano de su bolsa de compras, que había colocado al lado de la ventana, para señalar con el dedo los precios del menú. Era un día especial. Le faltaban palabras para explicar por qué. En vez de esperar a recibir señales de que su vida iba a cambiar, se había proporcionado a sí misma esas señales.
Quería el batido, desde luego. Pero tenía que tomar una decisión: ¿hamburguesa con queso y patatas fritas, o sándwich de queso a la parrilla con rodajas de tomate y pepinillo? ¿La camarera creería que se estaba pasando de glotona si pedía un batido y una Coca-Cola? Ruby golpeteó el menú con los dedos. Ya se había gastado más de lo que pensaba gastarse en esa tienda de ropa para mujeres.
—Quiero una hamburguesa con queso, patatas fritas, un batido de fresa y una Coca-Cola —le dijo a la camarera, disfrutando de lo rápido que la mujer apuntó su pedido.
—¿Dónde te vas a meter todo eso? —dijo la mujer, sonriendo antes de esfumarse.
También sonriendo, Ruby apoyó los codos en la mesa de forma que pudiera reposar la mejilla en la mano, que estaba suave gracias a la loción de rosas que la vendedora la había animado a echarse en la piel quemada por el sol. Reina, reina, reina. Le había dado una muestra, que Ruby cogió encantada. Pero luego recordó cómo había reaccionado su padre al oler el perfume de su maestra. La había acusado de ponérselo para agradar a un chico, y nada de lo que ella dijera había podido convencerlo de que no era
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culpable de flirtear con nadie. Su padre la había amenazado con acompañarla a la escuela e irla a recoger al acabar las clases, de forma que ella no pudiera escabullirse para verse con ese chico, fuera quien fuese. Ruby ahuyentó esos recuerdos, pensando en cómo había impedido que la simpática vendedora la ayudara en el probador. Si hubiera visto sus moratones todo se habría ido al garete.
Ruby se imaginó cómo sería sentarse en un reservado como ese no con su padre, sino con Ezra. Dos chicas, bien vestidas, jugando a ser mujeres jóvenes, ilusionadas por su futuro. Ruby cerró los ojos durante unos instantes y se perdió en las risas imaginadas. Pondrían unas monedas en la gramola y compartirían un trozo de pastel de cereza, inventando historias sobre la gente que entraba y salía. Solían inventarse historias sobre los habitantes de Salt Point, pero un día Ezra empezó a quejarse de ese juego, mientras Ruby insistía en que solo era para pasar el rato. Ezra se había cansado de imaginarse cómo eran las vidas de los blancos. Los relatos empujaban a Ezra a un lugar al cual Ruby no tenía que ir porque se parecía a la gente cuyas caras inexpresivas eran como páginas abiertas donde podía proyectar sus propios estados de ánimo. Ahora a Ruby se le hacía raro inventarse historias sobre su vida, sobre su propia realidad, fuera la que fuese, sin la presencia de su amiga.
Ruby abrió los ojos y reparó en un hombre que la estaba observando desde la barra. Quitó los codos de la mesa y giró la cabeza bruscamente en su dirección. Una vez estuvo segura de que el individuo había regresado a su plato, ladeó la cabeza para echarle un vistazo. Incluso de espaldas pudo intuir que era joven, probablemente no un adolescente pero tampoco de la edad de su padre. Llevaba una cazadora de cuero, a pesar del calor. Su cabello rubio oscuro parecía revuelto por el viento. Bajando los ojos, vio que llevaba unos vaqueros limpios y unas botas de trabajo.
La camarera puso sobre la mesa el pedido de Ruby, deseándole a ella y a su apetito un buen provecho. Antes de darse la vuelta, deslizó un papelito fino por debajo del salero y le dijo a Ruby que podía pagar la cuenta en la caja registradora del mostrador.
—Deja la propina sobre la mesa, cariño.
Asintiendo, Ruby cogió su servilleta y se la colocó sobre la falda. Cariño, reina, cariño, reina. De repente, al ver la grasienta comida —las patatas, la hamburguesa— temió por su vestido. Incluso el pan estaba pringoso. Y el kétchup, no podía olvidarse del divino kétchup.
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Acomodándose, Ruby se inclinó hacia delante para tomar un sorbo de su batido de fresa.
—Madre del amor hermoso —susurró cuando el frío azúcar le subió directamente a la cabeza.
Ese festín iba a ser algo más que religioso.
Mientras Ruby se terminaba las últimas patatas fritas, sacó los horarios de autobús de su vieja bolsa. La vendedora le había rogado a Ruby que se comprara un nuevo bolso, e incluso se había ofrecido a hacer un arreglo para que Ruby lo comprara a crédito. Ella casi había accedido, hechizada por la idea de pasearse por ahí con semejante complemento, algo que pudiera ver todo el mundo. «Un bolso elegante le cuenta al mundo todo y nada», le había explicado la mujer cuando Ruby le había preguntado si llevar un bolso elegante te convertía en un blanco para los ladrones.
Dirigiéndose a la caja registradora, el hombre que la había estado observando giró su cabeza ligeramente para sonreírle. La imagen íntegra de su rostro fue como una visión. Ruby notó calor en la cara. Dejó la patata frita en el plato como si alguien le hubiera gritado «¡Alto!». Agarró la servilleta de su falda, intentó limpiarse la grasa que tenía en los labios y la barbilla.
El hombre se rio de algo que le decía la camarera que le estaba dando el cambio. Era más alto de lo que Ruby había supuesto. El aire se apartaba ante su paso, generando la impresión de que era lo más de lo más. Le entregó a la camarera lo que parecía ser una pila de folletos.
Después de despedirse de sus amigos de la barra, volvió a sonreírle. Ruby apartó a un lado de la mesa las sobras de su comida, deseando haber pedido el queso a la parrilla. Sintió que iba a eructar.
Al pasar junto a su mesa, el hombre aminoró el paso y la miró desde arriba.
—Soy Cullen —dijo—. ¿Eres de por aquí?
Ruby logró encogerse de hombros débilmente y se aclaró la garganta.
—Quizá.
—¿No sabes de dónde eres, sol? —dijo él, riéndose—. Qué ocurrencia.
Ella levantó la vista para mirarle a sus destellantes ojos verdes. Llevaba la camisa abierta, y Ruby vio que llevaba una cadena de oro con un dije con forma de globo aerostático que bregaba con un pálido mechón de pelo a lo largo de la clavícula. A la chica le inquietaba la posibilidad de que él la hubiera pillado metiéndose en la bolsa la botella de kétchup y el
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cilindro de vidrio para el azúcar, con su curvada tapa de plata. Se inclinó para acercarse a ella, de forma que su aliento le rozó un lado de la cara.
—Hemos montado algo nuevo en el pueblo, quizá te interese. No pareces el tipo de chica que le tiene miedo a las alturas.
Ruby asintió mientras él deslizaba un folleto al lado de la humedecida botella de Coca-Cola. Ruby apenas dio crédito a sus ojos cuando vio la ilustración en color de un avión conectando el horizonte con el mar. Sabía que esto era una señal. Tenía que serlo; y daba igual que no viniera de ella misma. Sol, querida, cariño. Alzando orgullosamente la barbilla, Ruby colocó su áspera y perfumada mano sobre el papel.
—Sabes dónde está el aeródromo, ¿no? —preguntó Cullen.
Ella sonrió, manteniendo la mano sobre el folleto, no fuera que el hombre se lo quisiera llevar.
—En Walton’s están en oferta el kétchup y el azúcar —le susurró al oído antes de que ella pudiera preguntarle cuánto costaba un viaje en uno de los aviones del aeródromo—. También puedes pillar mostaza, y mejores modales, por casi nada.
Después de que el autobús hubiera descargado pasajeros en Gunn Hill, Ruby volvió a encontrarse prácticamente sola. En la parte trasera del vehículo, se había doblado por la mitad para quitarse el Pibonazo. Había metido la peluca al fondo de una de las bolsas de la compra, y se estaba preguntando dónde esconder de sus padres estas nuevas adquisiciones. El folleto del aeródromo de Briggley estaba doblado alrededor de los húmedos billetes de dólar que se había metido en el sujetador. El vestido también era un problema. No había sitio donde guardar las monedas, y no podía ponerse su anterior prenda porque ya no la tenía: había dejado que la vendedora metiera sus bonitos dedos de manicura en las axilas del vestido, y al ver la cremallera rota que dejaba al descubierto parte de la espalda de Ruby la mujer había exclamado «¡Qué horror!». «Esto ni siquiera va a servir para hacer trapos», había dicho la mujer, llevándose el vestido a la trastienda del establecimiento. En ese momento Ruby no había pensado, pues estaba demasiado ensimismada con la nueva Ruby que le devolvía la mirada en el trío de espejos que hacían que su imagen rubia retrocediera hasta el infinito.
Ahora se estaba pasando la mano por el pelo sudoroso; llovían gotitas del nacimiento del pelo. La peluca estaba empapada y olía mal, pero no
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podía hacer nada para arreglarlo. La cara volvió a arderle cuando pensó en Cullen y en cómo la había halagado e insultado a la vez, como si supiera exactamente quién era ella. Sol, la había llamado. Era una sensación extraña, el deseo de querer volver a verlo. Y no se debía únicamente a que quizá fuera piloto de avión. Había hecho que se sintiera contemplada. No estaba segura de si eso era algo bueno, malo, u otra cosa. Ruby pensó en los ojos de Ezra, y en cómo ella y su amiga podían leerse el pensamiento. Siempre se habían visto claramente la una a la otra. Sin tener en consideración las palabras «malo» o «bueno», habían pasado demasiados momentos juntas, tan crudos y naturales como el viento que soplaba contra su piel. Se preguntó qué diría Ezra si Ruby pudiera describirle todas las cosas que sentía respecto a ella misma. Sería como introducirse livianamente en casa de los Kindred y llamar a su hermana para contarle un secreto. No tendría que ver con comer sus sobras. En vez de ello, le diría algo a Ezra que la hiciera sentir orgullosa. Echaba de menos sus risas. Y quería lucir su nuevo vestido.
Caminaría por el bosque hasta llegar a Clove Road. La rabia que le había suscitado el comentario de Ezra sobre su padre finalmente se había desvanecido. Quizás Ezra le presentaría sus disculpas, le permitiría a Ruby aceptar esas disculpas, y luego podrían seguir igual que siempre. Tendrían que haber hablado sobre lo que significaba para cada una de ellas verse desnudas de esa forma, como nunca antes habían estado, ese día que se habían visto como niñas desnudas. Quizás Ezra necesitaba hablar de ello, o albergaba sentimientos que necesitaba que Ruby comprendiera. Ruby solo quería abrazarla, decirle que estaba empezando a tener una vida distinta, como siempre se habían imaginado.
Sin embargo, Ruby no estaba segura de que Ezra viera con buenos ojos su táctica del Pibonazo, o sus trapicheos en la tienda de empeños.
Solo le quedaba confiar en que Ezra vería que Ruby estaba intentando mejorar y obtener la ayuda que ella y su hermana ya tenían, porque sus padres se preocupaban por ellas de una manera que ninguno de los padres de Ruby había hecho nunca. Quizá podían pasar el día juntas, y ella ser la nueva Ruby sin dejar del todo atrás la vieja Ruby.
Cuando Ruby salió del bosque frente a Clove Road, se sorprendió al encontrarse la normalmente abierta puerta delantera de la casa de los Kindred firmemente cerrada. Al menos las ventanas estaban abiertas, las
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hermosas cortinas cosidas a mano inflándose hacia dentro y hacia fuera con el lento vaivén del viento. Incluso con todas esas ventanas abiertas, Ruby sabía que nunca había moscas en casa de los Kindred.
En el porche, la señora Kindred se balanceaba en una de las mecedoras de madera. La señorita Irene estaba sentada en la otra. Las dos se movían como si fueran colores borrosos dentro de una pintura. Sus voces se arrastraban en el dorado y perezoso aire.
—Ella no puede salir —dijo la señorita Irene antes de que Ruby o la señora Kindred pudieran pronunciar palabra.
La señorita Irene llevaba una pistola en la mano. No se había molestado en ponerse de pie y recibirla con un saludo amistoso. Le recordó a Ruby a las mujeres del pueblo que llevaban armas mientras hacían recados. Pero la señorita Irene, le había asegurado con frecuencia Ezra, era otro tipo de mujer. ¿Qué había sucedido después de que Ezra y Cinthy la dejaran sola en el piso de la señorita Burden? La tensión empapó la cara de Ruby con más sudor, algo que la irritaba porque los productos cosméticos que la vendedora le había aplicado en la cara sin duda se habían echado a perder.
Educadamente, Ruby se acercó al pie de las escaleras, mirando con una media sonrisa a la señora Kindred, cuyo rostro estaba parcialmente oculto bajo la sombra del roble. Ruby divisó entre las mujeres un par de platos de vidrio de color rosa en una mesita baja. Dios, podía oler el pan de maíz. La señora Kindred la observó detenidamente antes de hablar.
—¿Cómo está tu madre, Ruby?
—Bien, supongo.
—¿Y por dónde anda tu padre? —preguntó la señorita Irene.
Como era habitual, su voz era hostil sin ningún motivo que Ruby pudiera comprender. Y ponía los ojos en blanco exactamente de la misma forma que hacía su hija Lindy siempre que Ruby intentaba decir cualquier cosa. Se preguntó si la señorita Irene era la responsable de los ligeros pero patentes cambios de actitud de Ezra respecto a su amistad. En más de una ocasión la sabiduría de la mujer se había impuesto a las opiniones de Ezra hasta el punto de que a veces parecía que la chica no pensaba por sí misma. «No te quedes sola con hombres blancos», «No confíes en las mujeres blancas, especialmente si dicen que quieren ayudarte», «Lo único en lo que puedes confiar es en Dios y en una pistola», «Si dejas la boca abierta demasiado tiempo, las moscas pondrán larvas en tu lengua», «Reza
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siempre por la noche pidiendo ser lo suficientemente afortunada como para poder rezar a la mañana siguiente». Y luego estaban todas esas cosas que la mujer le había metido a Ezra en la cabeza sobre los antepasados, y eso que los Kindred no parecían el tipo de personas que creyeran en fantasmas.
Hasta ese momento Ruby solo había visto el cabello de la señorita Irene trenzado, pero ahora lo llevaba suelto y formaba alrededor de su cabeza una corona hinchada que se enroscaba hasta sus pechos. La luz del sol resaltaba la brillantina que utilizaba la señorita Irene, haciendo brillar ese nido capilar.
Ruby se encogió de hombros ante la pregunta de la señorita Irene. —Creo que sigue durmiendo, señora. Supongo que esta mañana tenía
una resaca de caballo.
—Esta chica siempre anda correteando por el pueblo —le dijo la señorita Irene a la señora Kindred—. Si desaparece, el primer sitio al que vendrá el policía será nuestra casa, amenazando con disparar a mis hijos, o aquí, amenazando con matar a tus chicas. Rondará por esta carretera sin salida arriba y abajo buscando a la chica. Si uno de mis hijos desapareciera, el mundo, y ese poli infernal, estarían la mar de contentos de que el asunto se quedara sin solucionar.
—El Maldito Charlie no movería ni un dedo —dijo Ruby—. Y menos por mí.
—Esta niña es uno de nuestros muchos problemas —espetó la señorita Irene—. No hacen falta dos ojos para verlo.
Sus palabras eran crueles a más no poder, pero Ruby no dijo nada mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Había tenido un día casi perfecto antes de regresar a Salt Point y darse cuenta de que seguía siendo la antigua Ruby. Había acudido a Clove Road en busca de amistad, y se había encontrado con insultos. En cualquier caso, Ruby sabía de qué problemas estaban hablando, porque Ezra le había enseñado periódicos de los negros. También habían escuchado la radio de la señora Kindred en la cocina. Cuando su padre no andaba por casa, Ruby escuchaba las noticias nacionales durante horas, sentada en el borde del porche con los ojos cerrados, intentando imaginarse a los negros de Alabama a los que perseguían y regaban con mangueras por el solo hecho de exigir igualdad. Imaginó perros gruñendo y arrancando a dentelladas las canciones de libertad de las gargantas de los negros que se negaban a callar. Sabía que
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sus imaginaciones eran vanas, porque lo que acababa de suceder en Little Rock, Arkansas, era real.
Ruby había visto con sus propios ojos cómo trataban a los negros en Gunn Hill, especialmente en Sweet Bay, una barriada donde se miraba con desprecio a la gente de color. Esos negros organizaban funerales casi todos los fines de semana del año. Cuando se cansaban y se defendían, había dos o tres funerales simultáneos los domingos. Funerales continuos, con familias enteras cantando con palas, flores y escopetas en las manos.
Ruby todavía se acordaba del momento, hacía dos años, en que Ezra quiso enseñarle la imagen de una revista que mostraba el estado en que habían encontrado al adolescente Emmett Till antes de llevárselo a su madre en Chicago. Es decir, Ruby sabía lo que la señora Kindred y la señorita Irene veían desde su porche: a Carolyn Bryant, derramando lágrimas de cocodrilo en Money, Mississippi. Veían las sombras susurrantes en las ramas de los árboles. Madre de Dios. Lo que cabreaba a Ruby era que nunca quisieran darle una oportunidad. Y también le cabreaba ser perfectamente consciente de por qué no podían darle una oportunidad.
—¿Puedo volver luego, cuando caiga el sol, señora? —dijo Ruby—. ¿Para hablar con ella?
—Me temo que no, Ruby —dijo finalmente la señora Kindred, tapándose la boca y tosiendo.
Tenía el pelo firmemente estirado hacia atrás. La piel de debajo de sus ojos era oscura, generando flores descoloridas sobre sus altos pómulos. Aunque hacía calor, hizo el gesto de arroparse con su chal. La señora Kindred no tenía buen aspecto. Quizá fuera por eso que la señorita Irene estaba siendo especialmente desagradable. La señora Kindred parecía un fantasma.
Ruby se preguntó por qué Ez no le había comentado que su mamá estaba enferma. Sabía que los negros podían desconfiar de los doctores en las zonas rurales, pero había un hospital para gente de color en Gunn Hill. La tos de la señora Kindred parecía algo que debería examinarse.
—Disculpe, señora, no sabía que se encontraba mal —dijo Ruby—.
No las habría molestado.
Sacudiendo la cabeza, la señorita Irene volvió a poner los ojos en blanco.
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—Es solo una niña —dijo la señora Kindred con voz suave—. Una pobre niña.
Temblando, la señora Kindred bajó por las escaleras del porche. Su cara era el bello rostro en el que se convertiría la cara de Ezra algún día, y en él Ruby vio la realidad de las cosas: Ruby Scaggs y Ezra Kindred no se harían mayores juntas, como mejores amigas, porque la madre de Ezra, y la madre de Ruby, y la madre de todo el mundo, lo impedirían.
La bondad de la señora Kindred era algo que Ruby no ponía en cuestión. También le resultaba insultante. Tanto la antigua Ruby como la nueva sintieron resentimiento. Le desagradaba que la gente se apiadara de ella, especialmente alguien que, según la opinión consensuada del pueblo, era tan execrable como la misma Ruby, o incluso más. ¿Por qué la habían hecho suplicar ver a su única amiga? ¿Por qué las negras esas ni siquiera le habían ofrecido un mísero vaso de agua al llegar a su casa? La señorita Irene no era la única que podía decir cosas desagradables.
—Mamá dice que no hay nadie en este mundo que pueda ser más pobre que los negratas —respondió Ruby, limpiándose los labios antes de escupir en los peldaños, casi tocando los fatigados pies de la señora Kindred.
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Habíamos tenido una mañana de domingo tranquila hasta que llamó la señorita Irene para insistirnos en que fuéramos a misa con ella y los Junkett. Papá suspiró cuando mamá le propuso ir a rezar, y nos ordenó que acabáramos el desayuno y nos pusiéramos la ropa de los domingos.
Nosotros solo íbamos a la Nueva Esperanza de Estrella Ascendente, una iglesia negra en Gunn Hill, cuando papá y mamá estaban seguros de que la familia Junkett asistiría a la misa. Tras friccionarnos todo el cuerpo con loción y ponernos el vestido almidonado, mi hermana y yo llegamos a la parroquia de los Junkett y nos quedamos observando mudas mientras los feligreses gritaban y se estremecían de júbilo.
El señor Caesar siempre se emocionaba tan fervientemente que se ponía a brincar por el pasillo, dando saltos rítmicos como si estuviera pasando una cuerda invisible por encima de su cabeza y por debajo de sus pies. También era de esperar que la señorita Irene arrojara al aire repetidamente su níveo pañuelo, contando con que Lindy o Empire o la pequeña Rosemary se arrastrarían por el suelo, sin ensuciarse, y lo recogerían entre la flota de pañuelos de otras señoras que surcaban el aire como alas de paloma.
El predicador de Estrella Ascendente tenía una manera explosiva de hablar y bailar cuando llegaba el momento de los donativos. En una ocasión, había arrojado en la cesta dos talonarios personales como ejemplo de lo que le debía a Jesús. Papá solía quejarse de los numeritos del predicador, pero mamá lo chinchaba diciendo que estaba molesto porque en casa solo teníamos un talonario y la mayor parte del tiempo era de ella.
Disfrutábamos en especial del final de las misas en Estrella Ascendente, cuando todo el pequeño edificio vibraba con una sinfonía de tacones golpeteando el suelo, sumándose al coro con un grito eufórico acompañado del gorjeo de panderetas doradas. En la iglesia apenas cabían
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cien personas, pero siempre había gente fuera exclamando «Amén» y «Jesús» a través de las ventanas abiertas, que no eran vidrieras. Aun así, muestra familia permanecía pegada a sus asientos durante toda la ceremonia, pero era el único lugar de nuestras vidas donde Ezra y yo podíamos ver a la gente negra rezando.
Me encantaba que me llamaran «hermanita», y que se dirigieran a mi madre y a mi padre como «hermana» y «hermano». Nos hacían algunos cumplidos y pronto pasaban a ignorarnos a medida que los feligreses habituales, que conocían bien los asuntos de los demás, empezaban a chismorrear y quejarse de los blancos, de sus jornadas laborales, de sus turnos de noche y de un complejo surtido de nimias afrentas a su juventud, incluyendo juanetes, callos, dedos en martillo, pinzamientos, narices hinchadas y dientes flojos. Cuando los Junkett se disolvían en su rebaño perfumado y empolvado, nosotros nos escabullíamos y salíamos para ir a buscar el coche, que nos llevaría, silenciosamente aliviados, de vuelta a Salt Point.
Hacía bastante tiempo que no ocurría, pero si la misa animaba especialmente a mamá, podía llamar a nuestra abuela para hablar unos minutos, antes de recordar que no podía perdonar que su madre la hubiera abandonado.
Papá hacía pocos comentarios, o ninguno, sobre los sermones del predicador, y tampoco hablaba de cómo a veces el señor Junkett le tiraba de la camisa buena para que se levantara del banco y también él pudiera llegar bailando a la Tierra Prometida.
Esa noche de domingo, la radio sonaba a un volumen bajo mientras Ezra y yo secábamos los platos de la cena. Teníamos abierta la puerta trasera de la cocina para así poder oler el aire cambiante.
Durante la cena habíamos reparado en el cansancio de mamá. En medio de una frase, había apoyado la mejilla sobre el dorso de la mano, cerrando los ojos en vez de inspeccionar nuestros platos para asegurarse de que no estuviéramos desperdiciando comida. Cuando acabamos de comer, no nos entretuvimos en la mesa. Mamá le había pedido a papá que la llevara a la cama inmediatamente. Quizá la misa de Estrella Ascendente la había cansado.
—O quizás está embarazada —dijo Ezra.
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Aunque yo no había abierto la boca, mi hermana sabía que también estaba pensando en mamá.
—¿Cómo puede ser?
—Cinthy, podría estarlo. Todavía es joven.
—Oh —dije, intentando imaginarme a mamá meciendo a un bebé que sería mi hermana o hermano.
Suspiré. Me resultaba demasiado difícil visualizarlo.
—En una ocasión la señorita Irene dijo que ella se sentía hecha polvo cuando estaba embarazada de los gemelos. Llevaba dentro dos bebés, así que tiene sentido. Pero creo que las mujeres también pueden estar cansadas aunque solo lleven uno.
—Ah —dije, consciente de que mi hermana sabía mucho más que yo de ese tema. De hecho, todo lo que yo sabía sobre bebés y cómo se hacían me lo había explicado Ezra.
Ella se pasó la lengua por los dientes.
—¿Te imaginas cómo sería tener un hermanito?
Metí el trapo dentro de un vaso y lo retorcí para secarlo.
—Un hermano no estaría mal —dije—. No sé si nos hace falta otra niña.
Ezra soltó una risita.
—Pero ¿qué dices? —dijo—. Cuantas más hermanas se tengan, mejor. Riéndome con ella, me sequé los ojos. Ezra cantó lo que sonaba en la radio mientras yo escuchaba su voz entremezclándose con los sonidos de insectos, los címbalos tintineantes y las cuerdas suaves. Luego ambas guardamos silencio un rato mientras nos concentrábamos en limpiar la cocina tan bien como lo haría mamá. Si mamá bajaba durante la noche a por un vaso de agua o whisky, no queríamos que viera que su cocina no
estaba del todo limpia y decidiera ponerse a limpiarla ella.
Estaba saliendo de la despensa, con el trapo en la mano, cuando vi la cara de Ruby detrás de la mosquitera.
—Hola, chicas. Eh, Ez, soy yo.
Ezra me echó una mirada. Yo no hice ningún ademán de ir a abrir la puerta.
—¿Se puede saber qué os pasa?
Ezra y yo intercambiamos miradas. Mi hermana se inclinó sobre la pila llena de agua jabonosa para bajar el volumen de la radio. De repente, los ruidos salvajes del anochecer se volvieron más fuertes, amenazando con
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invadir la casa. Nos acercamos lo bastante a la puerta para que Ruby oyera perfectamente lo que teníamos que decir.
—Mamá dice que ya no eres bienvenida en esta casa.
—¿De qué estás hablando, Ez?
—¿Somos nosotras quienes tenemos que explicártelo? —dije yo, hablando por boca de ganso—. ¿A ti?
—¿Y ahora por qué os hacéis las ofendidas? —preguntó Ruby, suspirando—. ¿Te refieres a lo que pasó ayer con tu madre? Me pilló en un mal momento. No fue algo personal. Tampoco es que sea la primera vez que os llaman negratas. Supongo que perdí los nervios por el calor. Eso fue todo.
—Si crees que llamar así a mi madre y a la señorita Irene no es personal, no sé qué decirte, excepto que no puedes ser mi amiga —dijo Ezra. Sus ojos eran hendiduras, y su voz era glacial—. Ni ahora, ni nunca. ¿Qué crees? ¿Que no me molestaría que te refirieras a mí con esa palabra? ¿Cómo te sentirías si me acercara a la pocilga donde vives y escupiera en ella? ¿Tienes idea de la rapidez con que me castigarían tu madre o tu padre?
—Ay, por Dios —dijo Ruby—. Yo no pretendía decir nada con eso, pero a esa Irene le doy absolutamente igual. Y siempre me lo hace saber. Yo nunca le he hecho nada a esa mujer.
Suspiré mientras sacudía la cabeza. Ezra alzó la mano y me miró. —Lo que les dijiste… —dijo Ezra—. En fin. Y a una madre no se la
escupe, da igual de qué color sea. Ojalá hubiera visto con mis propios ojos lo que hiciste. Tienes suerte de que no nos hayamos abalanzado sobre ti para pegarte cuando te has acercado a la puerta.
—Os estáis metiendo conmigo como si tú o Cinthy nunca hubieseis hecho comentarios desagradables sobre mi madre. ¿Os creéis con el derecho a hacerlos porque es blanca?
Ruby palpó la mosquitera como si fuera a abrirla y entrar en nuestra casa.
—Ya no queremos saber nada de ti —dije yo.
—Os digo que lo siento —dijo Ruby lentamente con los dientes apretados.
—Mamá intentaba ser amable contigo —dije—. Tienes suerte de que la señorita Irene no te pegara un tiro.
—Cinthy, ya no hay nada más que decir —dijo Ezra.
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Yo tenía miedo de que papá bajara y viera el rostro y las manos de Ruby empujando la mosquitera. Se suponía que no debíamos presionar demasiado la red porque era delicada. Y las mosquiteras no eran baratas. Si Ruby la rompía, tendríamos problemas. Si mamá o papá vieran a Ruby en nuestra propiedad, nos castigarían. Mamá no le había contado a papá exactamente lo que había pasado con Ruby, pero la señorita Irene se había quedado en nuestra casa una hora más. Y la señorita Irene no se comportaba como mamá. Su belicosidad era digna de un campo de batalla galáctico. Habíamos tenido que escuchar cómo su voz se alzaba como en plena alerta nuclear hasta que creímos que el vaso de limonada que sostenía en la mano se haría añicos. En un momento dado, mamá incluso le había quitado con suavidad la pistola, preocupada por cómo la agitaba. La señorita Irene seguía alterada por lo ocurrido la noche anterior, cuando el policía había pasado por delante de la casa de los Junkett amenazándonos con su gatillo fantasma. Por lo visto había vuelto mucho más tarde, conduciendo arriba y abajo por la carretera y pasando por delante de su casa durante toda la noche. Nadie había pegado ojo. «Ya ni siquiera podemos tener una noche de viernes tranquila —repetía la señorita Irene dando vueltas por nuestro porche—. No permitiré que ese diablo asuste a mis críos. Como si el mal no tuviera otras cosas que hacer. No me da miedo el mal. ¿Me oís?».
Y la oímos. Toda la tarde del sábado, hasta que el señor Junkett vino a buscarla en coche para regresar a casa con sus hijos, que la echaban de menos.
Ezra caminó silenciosamente hasta la puerta, deteniéndose tan solo a unos centímetros de distancia de la mosquitera que la separaba de Ruby. Cerró la puerta. Con llave. Sus manos temblaban cuando corrió las cortinas con ojales de mamá por delante de la ventanita cuadrada. Al volverse hacia mí, no se le cayeron las lágrimas que tenía en los ojos.
—¿Puedes encargarte de esto, Cinthy? —dijo con una voz tan cansada como la de mamá.
Asentí, observando las sartenes. No me gustaba lavar sartenes, pero esa noche me aseguraría de hacerlo bien. Sin decir nada más, Ezra subió por la escalera trasera con un paso que la hacía parecer más vieja que nuestros padres. Había un peso invisible que arqueaba los hombros de mi hermana de la misma forma que una dolencia crónica puede hacer que los
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ancianos caminen como si estuvieran a punto de caerse. También yo sentí que me estaba desmoronando.
Sola en la cocina, la música sensual que emanaba de la radio de mamá me dio escalofríos. El aire ya no tenía nada de encantador. Apagué la radio. El silencio se derrumbó sobre mí mientras oía las gotas de agua que caían del grifo y el chirrido de la manecilla del reloj de pared de plástico, que siempre me hacía pensar en grillos. Parpadeando, dejé a un lado el trapo y me dirigí a la puerta principal, que no estaba cerrada con llave, para escudriñar la hierba alta y ver si Ruby seguía en nuestra propiedad.
Cuando vi que Ruby se había largado, salí y me arrastré por la maleza que rodeaba la casa encantada. Las hojas y los insectos me daban pequeñas bofetadas en la cara mientras me dirigía a la parte posterior. Había un poco de luz de luna que me permitía entrever lo que me rodeaba, pero no la necesitaba. Pese a ser desordenada, Ruby también era predecible. Por esa razón, yo sabía exactamente dónde había escondido la maleta de la señorita Burden.
Unos minutos más tarde ya la había extraído del agujero excavado en la pared donde, en el pasado, Ez y yo solíamos esconder nuestros juguetes. Los acontecimientos de la semana anterior me habían convencido de que aquella maleta traía mala suerte, que era de mal agüero. Mamá estaba cansada y enferma. La persecución, el acoso del policía. La crueldad de Ruby y el dolor profundo que yo sabía que le había causado a Ezra. Pensé en las tres niñas de la casa quemada, cuyos cuerpos nunca habían sido encontrados, y en cómo los del pueblo pensaban que nuestra familia estaba embrujada. Quizá la señorita Burden no podría descansar en paz hasta que se le devolviera lo que le habían robado. Yo deseaba regresar a aquellos días plácidos que tan seguros e interminables me parecían. Quizá, por la razón que fuera, si destruía la maleta las cosas volverían a ser como antes. Durante un momento, sostuve la maleta contra mi pecho palpitante antes de girarme en la oscuridad y echar a correr por la escarpada ladera en dirección a la carretera.
Tardé menos de cinco minutos en llegar a nuestro estanque, donde caminé rápidamente hasta el borde del pequeño muelle de madera; este tembló y crujió bajo mis pasos, pero el agua se llevó la maleta sin protestar.
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La nueva maestra se mudó al antiguo piso de la señorita Burden delante del mar. Por lo visto, la entrevista de trabajo fue bastante breve. Cuando un día papá llegó a casa y le contó a mamá lo de la señorita Dinah Alley, mamá puso los ojos tan en blanco que pensé que le dolerían.
Pero nadie nos había preguntado a nosotras nuestra opinión sobre la señorita Alley, pronunciado «ali», como en «aliada», un nombre que por sí solo era la fruta madura perfecta para que los chicos de nuestra clase empezaran a mofarse de ella con sus bromitas, pero nada de eso acabaría sucediendo porque la mayor parte de nuestra clase, por no decir la escuela entera, se había enamorado de ella.
No era mi caso. Un día de esa semana, sentada en mi pupitre, me di cuenta de que Hobart ya no era mi refugio. Quizá nunca lo había sido. A menudo me perdía en mis pensamientos, ajena a los codazos y pellizcos que Ezra me daba para que volviera a la realidad. A diferencia de la señorita Burden, que había detectado algo especial en mí (o eso quería creer yo) porque me encantaba leer y escribir, ahora me encontraba, junto con Lindy y mi hermana, abandonada a las filas anónimas de las «niñas negras». Cada día, la nueva profesora hacía como si no estuviéramos, y nuestros compañeros de clase aprovechaban para meterse con nosotras. A diferencia de la señorita Burden, nuestra nueva maestra no impedía que mis compañeros de clase hicieran ruidos de mono cuando me levantaba del pupitre para ir a sacar punta al lápiz. Los chicos lanzaban bolitas ensalivadas que aterrizaban en mi pelo, y yo quizá no me daba cuenta de que tenía el cabello lleno de esa porquería hasta que acababa la clase y veía que las chicas blancas, con sus colas de caballo lustrosas y petulantes, se reían con lágrimas en los ojos. La nueva maestra fruncía el ceño siempre que tenía que pronunciar alguno de nuestros nombres. A veces pensaba que lo hacía aposta. Hyacinth es tan fácil de pronunciar como
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Rose o Lily, los nombres de las chicas blancas que se sentaban detrás de mí en segunda fila porque solo así conseguían aprobar los exámenes.
Sí, había arrojado la maleta de la señorita Burden al estanque, pero eso no había tenido ningún efecto: el mundo no había regresado a su orden anterior, algo que la llegada de la nueva maestra dejaba bien claro.
Cada vez que la señorita Alley pronunciaba mi nombre, yo no sabía si iba a formularme una pregunta o simplemente me ordenaría que dejara de existir. Mi vergüenza era como un suelo de parquet, una cuadrícula pulida donde mi nueva profesora bailaba y giraba, con sus tacones de charol pisoteando mi autoestima hasta dejarme embotada.
Nuestra aula olía a sudor, calcetines y rayos de sol. Con las ventanas y un ventilador corroído que hacía circular un aire oxidado, inclinábamos la cabeza sobre la libreta, sosteniendo un lápiz amarillo afilado mientras la señorita Alley dictaba.
Por el rabillo del ojo, la observaba tomar sorbos de café con cuidado. Su boca roja y brillante se topó con el borde de la taza de cerámica y luego, sin ningún indicio de que fuera un accidente, se le cayó de la mano. Su ceño se frunció misteriosamente mientras el líquido se desparramaba por el suelo.
Era la segunda semana de trabajo de la señorita Alley, y cada vez rompía más tazas, escondía más tizas y se quejaba más de la presencia de ratones y moho en los rincones de nuestra clase. Solventar estos problemas menores era parte de las muchas responsabilidades del señor Caesar. No tenía empleados. A veces Ernest o algunos chicos negros de Gunn Hill acudían a la escuela para ayudarle a pintar o a realizar otros trabajos más complicados. Pero, por lo general, el señor Caesar se encargaba de todo solo.
Siempre me gustaba ver al señor Caesar entrar en nuestra aula. Alto, con su reluciente uniforme, nos guiñaba el ojo o asentía con la cabeza a Ezra, Lindy y a mí cuando terminaba su tarea, antes de darse la vuelta y salir con su cubo o sus herramientas. Sus llegadas y partidas dejaban el aire a mi alrededor cargado, como si acabara de ver a un superhéroe de verdad, un hombre fuerte que los demás eran incapaces de reconocer por lo que realmente era. Hasta ahora no había pensado mucho en sus frecuentes apariciones en nuestra clase.
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Pero esta era la sexta, séptima o duodécima taza de la señorita Alley que se había caído al suelo. ¿Qué quería ella del señor Caesar? Él no podía reírse o quejarse directamente de la señorita Alley. No podía insultarla. No podía llamar a la señorita Irene para que apareciera sin sus pendientes, los puños de su bata de estar por casa arremangados cual armadura, y sus conchas de cauri zarandeándose y brillando como si se preparara para presentar batalla.
Cuando el señor Caesar acudió en esa ocasión, su rostro era una máscara. Se parecía a los dibujos de faraones de un libro de historia que papá me había enseñado una vez en su despacho. El señor Caesar se limitó a asentir, tenso, cuando la señorita Alley ofreció sus excusas habituales, echándole la culpa a su torpeza con una voz zalamera a lo Shirley Temple mientras señalaba el suelo, donde un charco humeante extendía sus negros y ardientes dedos por una superficie que ya había sido fregada un montón de veces esa semana. El café desperdiciado tenía una oscura forma animalesca.
Ezra, Lindy y yo intercambiamos miradas. Esa era la primera vez que el señor Caesar no nos miraba ni nos sonreía. Unos puntos negros se alzaron en los márgenes de mi campo visual.
Ruby esbozaba una leve sonrisa, como si no supiera qué hacer con su rostro, si mostrarse divertida o enfadada. Al mirar a Ruby con su vestido nuevo y limpio, y una cinta en el cabello, pensé que se parecía más al resto de las niñas blancas corrientes y no tanto a Ruby Scaggs, la chica que nos había asegurado que un día sería la piloto de su propia libertad.
—Serán los nervios, supongo —estaba diciendo la señorita Alley.
El señor Caesar movía la fregona dando sacudidas rápidas por el suelo de madera, como si ella no le estuviera hablando.
—¿Eres el único chico que tienen aquí para encargarse de esta escuela tan enorme?
—Pues…
Ella le sonrió, como si quisiera animarlo a hablar.
—Pues sí —dijo él, frunciendo visiblemente el ceño.
—Parece que se te da muy bien tu trabajo —dijo ella.
El señor Caesar no respondió.
Mi hermana, que Dios la ayude, decidió responder por el señor Caesar. Con las manos en las caderas y los ojos como puntas de flecha centelleantes, Ezra se parecía más a la señorita Irene que a mamá.
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—Pues si a ti se te diera mejor tu trabajo, no habrías hecho este estropicio para que él lo recoja por enésima vez.
La incredulidad chisporroteó como un huevo roto en la pálida sartén de la cara de la señorita Alley. Lindy se tapó la cara, y no supe si se reía por los nervios o estaba llorando. Mi propio rostro reflejaba el presentimiento de que Ezra probablemente recibiría la primera tunda de su vida. Mi hermana había ido demasiado lejos. A pesar de lo orgullosa que estaba de ella, cerré los ojos, mareada por la sensación de vértigo.
—Ezra —dijo el señor Caesar. Intentó extender la mano suavemente para indicarle que se sentara.
—¡No me toques! —chilló la señorita Alley. Nos sorprendió con esta táctica, que dirigiera su rabia al señor Caesar en vez de a Ezra. La maestra brincó sobre sus tacones, gritando—. ¡Has intentado tocarme! ¡Llevas intentándolo toda la semana!
Lindy y yo reaccionamos al unísono. Ezra no podía meterse en la cancha, porque ya había cometido un error, y sabíamos la que le caería encima. Así que brincamos las dos, lanzando nuestras voces fuertes unidas en un único puño chirriante.
—¡Qué asco! ¡No ha querido tocarte! ¡Nadie quiere tocarte!
—¡No la ha tocado! ¡No la ha tocado!
Nuestra maestra corrió hacia el interfono. Frenéticamente, pulsó todos los botones que conectaban nuestra clase con las otras, incluyendo el despacho del director.
—Discúlpeme —dijo el señor Caesar, hablando serenamente—. Señorita, solo estaba intentando calmar a las chicas. No hay ningún problema. Ya está todo limpio, ¿ve?
El señor Caesar sacudió rápidamente el cubo, del que salió un poco de agua gris jabonosa. Pude ver manchas de sudor en la espalda de su uniforme, así como debajo de las axilas.
—¡Papá! —dijo Lindy, apartando su silla para correr hacia él.
Él se giró rápidamente.
—Quédate ahí, hija —dijo él—. Siéntate, Lindy. Lee los libros, aprende sus contenidos. Eso es lo que te pido que hagas.
Una voz masculina gimoteó a través del interfono. El señor Caesar salió del aula con la fregona y el cubo antes de que la maestra pudiera ordenarle que se quedara.
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—Buenas tardes, señorita Alley, ¿todo bien? ¿Necesita algún tipo de ayuda?
Ella pulsó el botón, regresando a la dulzura falsa y empalagosa de su voz de fresa.
—Todo bien por aquí, gracias, señor Mitchell —dijo, clavando los ojos en el lugar del suelo donde el señor Caesar había limpiado la oscura forma animalesca antes de que dejara una mancha.
Estaba claro: la señorita Alley era una abusona. Ez y yo habíamos decidido no contárselo a nuestro padre cuando sucedían ese tipo de cosas. A esas alturas, era demasiado a menudo.
A la hora del recreo, Ezra, Lindy y yo nos mantuvimos apartadas del resto, sin hablar demasiado, mientras observábamos a los otros niños chutar pelotas de goma por el círculo de gravilla.
—Hoy esa mujer me está poniendo de los nervios —dijo Lindy por fin
—. ¡Si sigue así conseguirá que le parta la cara! ¡Cinthy es más lista que ella! Cinthy podría dar la clase entera ella sola si quisiera, y lo sabemos. ¡Odio a los abusones! La señorita Alley no vale una mierda. ¡Debería darle vergüenza!
La voz de Lindy era uniforme. Incluso con el viento polvoriento tenía la ropa impecable. Ni el polvo podía tocarla.
—Desde que llegó —dijo Ez.
Me ardían los ojos al recordar cómo la señorita Alley me había contestado mal un rato antes sin ningún motivo. Podía oír mi nombre, Hyacinth, en su boca, y cómo hacía para que sonara como un escupitajo.
—Los blancos la escogieron —dijo Ez. —Ajá.
—Pero ¿por qué se mete con mi hermana? —dijo Ezra—. Ah, no, eso no se lo voy a permitir, de ninguna manera.
—No —dijo Lindy—. No tiene derecho a hacer eso. Ni siquiera es una maestra de verdad.
—No lo es. Por el amor de Dios, ¿la habéis visto haciendo números? Lindy respondió con una risilla.
—Mi padre dijo que es una sobrina, o lo que sea, una pariente de la señora Hobart. Así es como consiguió el trabajo.
—Oh, eso lo explica todo —dijo mi hermana—. La señorita Irene le arrancaría la cabeza y la usaría para jugar a la pelota.
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Volvimos a guardar silencio, reconfortadas por esa imagen.
El recreo terminaría pronto. Y no es que me molestara especialmente. Años antes, nuestros padres nos habían dado instrucciones sobre el recreo: el recreo era para los blancos. Durante ese rato, lo mejor que podíamos hacer Ezra y yo era leer o limpiar las pizarras para nuestros maestros. Tampoco es que tuviéramos amigas con las que jugar, especialmente ahora que ya no nos hablábamos con Ruby. En todos los años que llevábamos en Hobart, nunca nos habían invitado a ninguna casa o fiesta de cumpleaños de nuestros compañeros de clase. Nuestros padres tampoco nos habían permitido organizar ese tipo de fiestas, porque eso habría significado invitar a esos niños a casa. Tampoco es que quisiéramos entrar en los hogares de los blancos, porque no sería seguro ni divertido. Y no queríamos que los blancos entraran en nuestra casa y se comportaran como si fuera la suya.
Nos quedamos mirando a nuestros compañeros, con los que nosotras no queríamos jugar y quienes no querían jugar con nosotras. Entonces Ruby apareció de entre los arbustos verdes que bordeaban el campo de gravilla donde nos encontrábamos. Cuando se acercó, contuve la respiración y me crucé de brazos al darme cuenta de que pretendía hablar conmigo. Quizá yo no tuviera ningún control sobre lo que la señorita Alley pudiera hacerme, pero desde luego sí tenía control sobre Ruby Scaggs.
—Sé que la tienes tú —dijo, sin molestarse en saludar a Ez o a Lindy.
—Ya no.
—¿Qué hiciste con ella, Cinthy?
—Para empezar —dije yo—, no era tuya.
—Maldita sea, tú no eres nadie para decirme lo que es mío y lo que no —dijo Ruby.
—¿Por qué no te piras? —dijo Ezra, arrojando a un lado el palo con el que había estado jugueteando.
—No puedo prepararme para la escuela de pilotos si no tengo dinero mío. Guardé algo en esa maleta, y estoy segura de que lo encontraste cuando me la quitaste. Necesito mi dinero.
Podía oír cómo la sangre me latía en las venas mientras la miraba a los ojos.
—¿Y eso es problema mío?
Lindy soltó una carcajada.
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—¡Ay, niña, por favor! ¿De verdad ha dicho «mi dinero»? Nadie en este mundo pondría la palabra «dinero» cerca de la palabra «Scaggs» sin mondarse de risa. Hija mía, espero que alguien se lleve todo ese dinero. Aquí hablando de tonterías como si no supiéramos todas lo que robas. Eres demasiado estúpida para tener el dinero de alguien.
Ruby empujó a Lindy. O lo intentó.
—Chica, por favor —dijo Lindy—. Vuelve a empujarme y verás lo que te pasa.
—Tienes hasta el final del día para devolverme mis cosas.
—¿O qué? —dijo Lindy, riéndose en la cara de Ruby.
Mi hermana habló con un siseo apagado.
—Para empezar, Cinthy no se llevó nada que fuera tuyo.
—¿Y tú qué sabes? —le respondió Ruby a Ezra.
Ruby se enjugó las lágrimas de rabia de las comisuras de los ojos. Me fijé en que llevaba una cinta brillante, no la nuestra, en el cabello. Además de un collar dorado con un pequeño dije con forma de globo aerostático que brillaba sobre su piel y un cinturón dorado de aspecto curioso alrededor de la cintura, que me pareció el tipo de cosa que llevaría una abuela. No le quedaba bien.
—Lo que sé es que eres una cobarde, Ezra Kindred. Nunca mereciste ser mi mejor amiga. Tu madre tiene que decirte cuáles deben ser tus amistades, como si no pudieras pensar por ti misma. Pienses lo que pienses, yo no soy tu enemiga. ¡Nunca te he hecho ningún daño!
Sonó el silbato que señalaba el final del recreo, y luego la campana de la entrada de la escuela repiqueteó tres veces.
—Ruby, tú no tienes ni idea de lo que es hacer daño —dije. —Acércate a mi hermana —dije Ez— y será lo más cerca que habrás
estado en tu vida de tu último aliento.
Pensé en ir a la enfermería para ver si podía salir de la escuela antes de la hora. Me sentía mareada y tenía el estómago revuelto. Le contaría a mamá lo que había hecho con la maleta de la señorita Burden. Le contaría cómo Ez y yo le habíamos mostrado nuestras partes íntimas a Ruby. Porque quizás era por esa razón por lo que había muerto la señorita Burden, quizás era por eso por lo que el policía pensó que podía pasar por casa de los Junkett y fingir que nos disparaba a todos sin motivo alguno. Se lo explicaría todo a mamá. Mamá encontraría la manera de que yo
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pudiera ser Cinthy en vez de convertirme en una mujer que me parecía extraña, desconcertante, y que desde luego no me convenía.
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Cuando los compañeros de Ruby salieron del aula en estampida al sonar la campana que indicaba el fin de la jornada escolar, la señorita Alley le pidió que se quedara.
—Quiero hablar un momento contigo —dijo.
Ruby se quedó sorprendida, pero asintió, consciente de que Ezra y Lindy la estaban observando con sus oscuros ojos entornados. Cinthy se había marchado a casa antes de hora por alguna razón, probablemente para volver a revolver la maleta de la señorita Burden.
La clase resplandecía con los rayos de sol del final del día. Ruby se fijó en la tenue pelusa que cubría el rostro de la señorita Alley. Un par de pelos finos se habían colado en su base de maquillaje, de polvos compactos. Su antigua maestra, su difunta maestra, nunca había mostrado el más mínimo interés en acercársele.
—Ruby Scaggs —dijo la señorita Alley con una voz suave y misteriosa mientras rodeaba lentamente su pupitre.
Su pelo rubio rebotaba contra sus hombros, recordándole a Ruby la peluca Pibonazo de su mamá, que nunca había recuperado su forma y lustre originales después que Ruby la tomara prestada. La señorita Alley tampoco era rubia natural.
—Veo que hoy llevas un vestido y una cinta la mar de bonitos. ¿Sacó tu madre ese patrón de una revista?
—Mi madre no me da nada —dijo Ruby—. Y yo no me fío de esas revistas cursis que ella lee día y noche. Son peores que los caramelos que te provocan caries.
La señorita Alley echó la cabeza hacia atrás, riéndose de un modo agradable.
—¡Vaya, Ruby, ya veo que eres la más lista de la clase!
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A Ruby le gustó esa atención. Era algo nuevo: su profesora diciéndole que era lista. Sol, cariño, reina. Nunca antes ninguna mujer, ni siquiera Ezra, le había dicho que era especial.
—Mira, yo te puedo explicar todo lo que debes hacer para conseguir lo que siempre has querido. No es tan difícil como parece, querida —dijo la señorita Alley, contemplando el interior de la clase como si estuvieran en lo alto de uno de esos enormes rascacielos de Nueva York—. ¿Tú qué es lo que quieres realmente, Ruby? Si me permites la pregunta.
—¿Perdón…? —A Ruby le costó oír su propia voz después de que la señorita Alley le llenara la cabeza de aire.
—¿Qué le pides a esta vida? —insistió la maestra.
«Le pido la sensación que me produce la idea de volar cuando pienso en ello», estuvo a punto de decir Ruby. Quería contarle la verdad a la señorita Alley. Pero no sabía confiar en nadie excepto en Ezra Kindred, en quien ya no se podía confiar.
—Eres muy especial, Ruby —dijo su maestra al ver que Ruby no contestaba—. Pero a partir de ahora debes concentrarte lo máximo en las clases. Empezando con tu asistencia. No es demasiado tarde, todavía estás a tiempo de acabar la escuela con la educación que necesitarás para encarrilar tu vida como debes. Yo era como tú, pero me apliqué. Me gustaría ir a tu casa para hablar con tus padres sobre tu potencial.
Cuando dijo «casa», Ruby sintió una oleada de pavor capaz de quebrar el hielo.
—No será necesario —dijo Ruby rápidamente—. Vivimos en la parte más alejada de los acantilados. Es un lugar muy accidentado. Si no conoces el camino podrías pisar una serpiente o acabar acorralado por una manada de lobos. Quizá yo pueda visitarla a usted en el pueblo.
—Bueno, querida, cuento con ello —dijo la señorita Alley—. Sin embargo, primero necesitaría el permiso de tus padres, para poner en práctica algunas de mis ideas. No quisiera que pensaran que estoy intentando influenciarte de ninguna forma que contravenga sus propios planes.
Ruby se tapó la boca con las manos para no reírse en la cara de la señorita Alley. A la maestra debió de parecerle que Ruby se iba a poner a llorar.
—Detrás de esos modales toscos que finges tener, sé que hay una jovencita sensata que desea algo mejor que las cartas que le ha repartido la
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vida. Confía en mí, Ruby.
Ruby notó que le ardía la cara mientras apretaba el globo aerostático de Cullen con los dedos. En más de una ocasión él le había pedido que no menospreciara el potencial que tenía para mejorar. Él le había dicho que creía en ella porque no se parecía a ninguna otra chica que había besado antes. Ruby reflexionó sobre su libertad, contenta de haberse adelantado a Ezra en algo, o por lo menos así lo sentía.
—¿Usted por qué quiere ayudarme?
La señorita Alley asintió, como si hubiera estado anticipando esta pregunta de Ruby.
—No tengo a nadie en esta vida, a excepción de mi tía. Ni marido, ni hijas, ni hermanas, ni primas. Cuando llegué aquí supongo que me impresionaron tus agallas. Me gustaría tener una hija como tú, o una hermana pequeña a la que pudiera adorar, un ángel al que pudiera proteger.
Ruby sonrió sin pensar. La mujer le había provocado el mismo cosquilleo que Cullen cuando la había besado por primera vez. Allá donde mirara, Ruby se topaba con una especie de romance vertiginoso en el cual la gente la apreciaba y veía su potencial.
—¡Mírala! —exclamó su maestra—. ¡Ruby Scaggs con una sonrisa de cien vatios! No cuesta tanto, ¿verdad?
Caminando a zancadas hasta su escritorio para abrir el cajón chirriante donde guardaba su bolso, la señorita Alley siguió hablándole a Ruby en tono amistoso, como si se conocieran desde niñas.
—Te acompaño fuera, querida.
Ruby observó la punta del monedero de su maestra, que podía ver asomando de su bolso. Pensó en todos esos cafés derramados. Era una mujer descuidada, un blanco fácil. Sonriendo, Ruby permitió que la señorita Alley la cogiera del brazo, entrelazándolo con el suyo.
—Venga, vamos —dijo la maestra animadamente.
Fuera, el padre de Ruby esperaba de pie en el patio de la escuela. Entornó los ojos nerviosamente al ver cómo una chica bonita y bien vestida que se parecía a su hija bajaba las escaleras como flotando junto a su maestra. Había llegado a Hobart con la esperanza de pillar a su hija escabulléndose con un amante con la cara llena de marcas de viruela. Últimamente, la chica había estado más ausente de lo normal, y el señor Scaggs no iba a
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permitir que su hija pensara que era libre de hacer lo que quisiera con quien quisiera.
Como no había nadie más a la vista que pudiera ser el padre de Ruby, la señorita Alley saludó con la mano a esa figura alta pero encorvada. Tras llamarlo, se detuvo al ver que Ruby había retrocedido, encogiéndose.
De repente el cielo se dividió y dio paso a una guerra de luces. La mitad del horizonte amenazaba con un chaparrón, mientras la otra mitad centelleaba, ignorando el rápido ritmo con el que se estaban desplazando las nubes cada vez más oscuras, como caballos haciendo cabriolas en dirección al epicentro de un campo de batalla gris.
Desde las escaleras de la escuela, Ruby analizó el aspecto de su padre, preocupada por que su habitual descuido con la ropa y la higiene hiciera que la señorita Alley reconsiderara la alianza que le había ofrecido. Pero, para su sorpresa, el padre de Ruby llevaba una simple camisa azul abotonada sin manchas ni agujeros y un buen par de pantalones grises. Su cabello rubio blanquecino le caía pulcramente a los lados de la cara. Se había afeitado. Ruby no sabía qué pensar. ¿Estaba su papá fingiendo ser un padre cariñoso para que sus profesores no lo juzgaran? ¿O venía preparado para amenazar violentamente al galán imaginario que supuestamente estaba cortejando a Ruby? Cuando la señorita Alley le tendió la mano, el padre de Ruby se la estrechó afablemente. No llevaba un buen sombrero, pero aparte de eso parecía un hombre sencillo y bastante apuesto.
La señorita Alley se presentó, dando pie a entablar una charla superficial. Sonriente y amistosa, le habló de la buena conducta de Ruby, exagerando algunas cosas que Ruby había hecho o dicho, como si fuera una líder nata, la primera de la clase. Comparó a Ruby con un miembro de su familia.
—Es como la hija que nunca he tenido —dijo la maestra—. ¡Una alumna excepcional!
Ante los ojos de Ruby apareció la imagen de una chica maravillosa que hasta entonces ninguno de los tres había visto. Sol, reina, cariño.
—Ruby ya tiene madre —dijo su padre—. Y nunca dijo que quisiera una hermana, ni un hermano tampoco. No sé qué andará tramando ahora, pero desde luego no es huérfana. Para que quede claro, le diré que Ruby a veces se deja llevar por esa cabeza de chorlito que tiene, y yo soy el encargado de volverla a encarrilar. Incluso las jóvenes más decentes pueden acabar en las manos de diablos más rápido que en las alas de los
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ángeles. Yo también fui un hombre joven. Si algún miserable intenta conseguir de Ruby algo que solo debería entregarle a su marido, se las tendrá que ver conmigo.
—Bueno, es perfectamente comprensible —dijo la señorita Alley con tono alentador mientras se giraba para mirar al señor Scaggs—. A mí nunca se me ocurriría dejar que una chica tan buena como Ruby anduviera sola por ahí, especialmente después de ver cómo se me ha insinuado ese chico de color. Y esas niñas negratas son incluso peor.
—Ah, ¿sí? —dijo el hombre, pasándose la mano por el pelo.
Hurgó en el bolsillo izquierdo de sus pantalones para sacarse un cigarrillo. A continuación le ofreció uno a la señorita Alley. Volviéndose para echar un vistazo a las ventanas de Hobart por encima del hombro, la señorita Alley agachó la cabeza tímidamente antes de aceptarlo. El señor Scaggs, viendo ese gesto de precaución, señaló una esquina alejada del impresionante césped. Los tres se apartaron un poco de la entrada de la escuela. Ruby observó cómo su padre le ofrecía a su maestra el fuego de su cerilla antes de girar rápidamente su muñeca hacia su propio cigarrillo.
—¿Se refiere a un chico de la edad de Ruby? —preguntó.
La señorita Alley sacudió la cabeza.
—No, hablo del negro de la limpieza.
—Ah —dijo el señor Scaggs.
Ruby notó que su padre estaba escuchando atentamente.
—La semana pasada casi me agredió —dijo la señorita Alley—. Se me rompió sin querer una taza de café, así que tuve que llamarlo por el interfono. Lo podría haber limpiado yo misma, visto lo mucho que tardó en llegar. —Bajó la voz—. Me educaron para que reconociera los derechos humanos de los negros, de todas las personas, pero me escandalizó su forma de mirarme. Con un desprecio absoluto. Ningún hombre decente me ha mirado de esa forma. Era como si estuviera desnuda.
La señorita Alley no tenía ni idea de que, hablando así del señor Caesar, estaba tocando una de las fibras más sensibles del señor Scaggs. Ruby no se atrevió corregirla, porque le pareció arriesgado.
—Hummm —musitó el señor Scaggs, apartándose el pelo de la cara. Había alzado los ojos para mirar las ramas de los árboles que tenían
sobre ellos. Ambos actuaban como si Ruby no estuviera allí.
—Es un hijo de perra engreído —dijo su padre—. Esa mujer que tiene se pasea por aquí como si fuera la reina de la selva.
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—Supongo que ella también debe de ser una salvaje —dijo la señorita Alley—, si se deja querer por un bruto como ese.
El suave aire estival envolvía sus pensamientos. Ambos fumaban tranquilamente.
—¿Qué hacéis en este lugar cuando un negrata se pasa de la raya? — continuó la señorita Alley—. Alguien debería enseñarle a ese negro cuál es su sitio, de lo contrario esa gente se cree que tiene derecho a todo. Supongo que tomáis medidas…
—No, no hacemos nada —soltó Ruby sin pensar lo que decía. —Ruby, cállate —dijo su padre—. Te has metido en un buen lío. Hoy
no te he pillado, pero no tardaré en hacerlo. A ti y a quien sea ese chaval, os sorprenderé cuando menos lo esperéis. No lo dudes.
La señorita Alley se giró para mirar a Ruby antes de redirigir sus pestañas al señor Scaggs.
—¿Es problemática Ruby?
—No más que cualquier otra mujer, sois todas iguales —dijo el padre sin una nota de humor.
La señorita Alley tosió.
—Esas chicas de color que tengo en la clase son unas descaradas — dijo, como si no hubiera oído el comentario del hombre—. Si hubiera sabido que dejaban que se sentaran negratas al lado de chicas como Ruby, tratándolas como si fueran capaces de aprender lo que está aprendiendo Ruby, me habría buscado otro trabajo.
—¿Qué está aprendiendo Ruby exactamente?
Lo que ahora había comprendido Ruby era que la señorita Alley era una mentirosa. Estaba intentando decidir si eso le importaba. En su cabeza, Ruby volvió a oír la dulzura con la que la señorita Alley le había hablado en clase. Se había imaginado a las dos siendo cercanas, como hermanas, o íntimas amigas. Intentó imaginarse qué tipo de vida tendría si su madre fuera la señorita Alley. Ruby todavía no quería renunciar a ese sueño.
Acto seguido el cielo irrumpió en sus pensamientos.
El agua tibia caía con fuerza a través de las ramas, salpicándoles la cara y los brazos. La señorita Alley chillaba y reía mientras el señor Scaggs sonreía a su pesar.
—Menudo remojón, ¿eh? —dijo el señor Scaggs, fijándose en la boca de la señorita Alley mientras esta lanzaba lejos su cigarrillo.
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Los labios le brillaban con la luz de la lluvia y su risa era cristalina. Los ojos de Ruby se desviaron de nuevo hacia el grueso bolso embutido entre un costado del cuerpo de la señorita Alley y su brazo desnudo.
—¡Oh! —exclamó la señorita Alley mientras se colocaba bien el bolso debajo de la axila—. ¡Dios se ha desatado!
Se le habían corrido los polvos y la base del maquillaje. El pelo rubio se había transformado en un casco de un blanco sucio. Ruby podía ver el color y la tela del sostén de su profesora a través de la blusa. Era rojo, como su boca.
—Vaya, ahora tendré que andar hasta el pueblo con este chaparrón, porque he perdido el autobús —dijo la señorita Alley—. Confieso que no me siento segura caminando sola por aquí.
—Te acompañaremos, si quieres. No debes tener miedo —dijo el padre de Ruby, colocándose el pelo detrás de las orejas.
Se girara hacia donde se girase, la cabeza de la señorita Alley despedía centelleantes gotas de agua. Una mujer bajo la lluvia siempre era una imagen maravillosa. Aunque no fuera una mujer especialmente hermosa.
La señorita Alley tomó del brazo al señor Scaggs, y Ruby se puso al otro lado. La señorita Alley se descolgó el bolso para poder estar más cerca del padre de Ruby y, sin pensárselo dos veces, se lo dio a la chica para que se lo llevara. Ruby notó lo ligero que era y pensó en la maleta de la señorita Burden, tan solo un poquito más pesada. Casi con ternura, Ruby recordó los obsequios de su difunta maestra mientras intentaba calcular cuánto dinero debía de haber en el monedero de la mujer. La manera en que su profesora había hecho que su papá le mirara los labios le había provocado una punzada, y recordó cómo Cullen la había excitado cuando se fijó en ella por primera vez. Ahora, cuando se encontraba con él, algo que era poco frecuente, quería hechizarlo igual que hacía la señorita Alley, con tanta facilidad que le parecería natural a cualquiera que la viera. Ella podía convertir a la gente en espejos. Su rostro era el de una persona que procedía de una estirpe de millonarios. Reina, reina, reina.
De este modo, Ruby llegó a la conclusión de que la señorita Alley podría enseñarle algunas cosas.
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JONAH REUBEN SCAGGS, III
Durante toda su vida, Ruby había escuchado a escondidas las pesadillas de su padre, enterándose de los momentos de su vida que provocaban sus gritos antes de que el amanecer lo sacara de aquel horror. Para intentar comprender a su padre, Ruby tuvo que recurrir a su imaginación, colocando cremalleras y costuras en aquellos sitios donde el tejido se había desgarrado. Ruby intentaba enterarse de lo que le había pasado a su padre porque lo quería. Pero el amor no era algo que le hubiera aportado jamás ninguna felicidad a Jonah Reuben Scaggs.
Jonah apenas tenía trece años cuando su padre murió ahogado en un accidente de navegación, siendo tragado por las olas que azotaban las orillas anegadas de Salt Point. No había pasado ni un mes desde el fallecimiento de su padre cuando su madre se arrojó al mar desde los acantilados. El dolor de la mujer había enfurecido a los aldeanos, que achacaban su desesperación y su innecesario despliegue de pasión a lo que fuera que dotaba a su piel de ese tono aceitunado y oscuro. Se habían negado a recuperar lo que quedara de ella, alegando que el viento se la habría llevado desde el acantilado hasta mar adentro, para reunirse con su marido, por una razón que no tenían intención de perturbar.
El joven Johan era un chico medio vacío, susceptible de ser rellenado por cualquier poder que se vertiera en su molde inmaduro. Unos hombres rudos, amigos de su abuelo, del que había heredado el nombre, lo llamaban «chaval» y le ponían sus callosos dedos sobre los hombros. Un día, Jonah se había encontrado con esos hombres en la plaza verde de un pueblo de provincias cualquiera, lejos de Salt Point, observando cómo ardía el cuerpo de un negro, y en ese momento descubrió qué tipo de hombre se esperaba que fuera.
Mientras los hombres insistían en que Jonah Reuben Scaggs III tendría una buena vida —la vida que tenían ellos—, el chaval se dio cuenta de que
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lo último que quería era ser un hombre. Nunca olvidaría cómo los amigos de su abuelo —«hermanos», se llamaban entre ellos— saboreaban en voz alta los recuerdos de sus asesinatos: cada nueva muerte reavivaba sus recuerdos del pasado.
«¿Te acuerdas de Willie, ese hijo de perra al que no se le rompió el cuello hasta el tercer intento?». «¡Pues claro, cómo me iba a olvidar de ese tartamudo hijo de perra! Lloraba y llamaba a gritos su mamaíta. Tenía las pelotas tan anchas como mis palmas, el negro ese». «¿Te acuerdas de Esau? Paul vino con su esposa y sus críos para comer helado. Qué bien lo pasamos ese día, ¿eh?». «Los viejos tiempos, ¿no?». «Los buenos tiempos, como solían decir nuestros padres». «Y todavía nos queda mucha cuerda, te lo aseguro. Te lo aseguro».
Jonah observó a esos hombres cristianos silbando alegremente mientras charlaban sobre su ganado y sus cosechas, Dios, motores de camión rotos, esposas amargadas y amantes mejores que nada, y las noticias de los periódicos —guerra, guerra, guerra— mientras uno o dos se acercaban a la pira con los ojos resplandecientes y se desabrochaban los pantalones para mearse en lo que un rato antes también había sido un hombre. Luego, riéndose a carcajadas, la conversación giró en torno a ir a algún lugar donde poder comer una barbacoa de verdad, tal vez en el restaurante de Regina. Esa negra de Texas tenía la mejor parrilla del condado. Antes de marcharse a llenarse el estómago de crujiente panceta de cerdo, galletas con salsa de carne y costillas ahumadas, le dieron una palmadita a Jonah en la cabeza y le dijeron algo a su abuelo sobre el póquer y las putas de más tarde.
Dándole la espalda al cadáver humeante, el bisabuelo de Ruby le preguntó a Jonah si quería un helado. Jonah se obligó a sonreír y responder que sí, que no estaría nada mal un helado, gracias, señor. «Así me gusta, ese es mi chico. Tú también serás un hombre como Dios manda, lo llevas en la sangre».
En el mostrador de cristal de la heladería le entregaron a Jonah, a quien le escocían los ojos, un cucurucho de fresa y vainilla. No le hizo ascos, aunque el chico se preguntó qué pasaría si encontrara fuerzas para apartar el dulce de un manotazo. Pero su malestar se disolvió en su lengua mientras sorbía las dulces y frías bolas de helado. Intentó convencerse, y casi lo logró, de que nada de lo que había ocurrido al otro lado de la calle tenía que ver con él. Igual que sucedía con los negros, había diferentes
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tonos cuando se trataba de su propia piel y estirpe blancas. Él no era del mismo color que esos hombres y sus hogueras.
Observó cómo su abuelo garabateaba algo en el dorso de algo que parecía una postal. Cuando el viejo levantó la cabeza, sonriendo, Jonah pudo ver el cráneo de su abuelo bajo una red de venas que entrecruzaban su pulida piel moteada como una galaxia marrón y rosa. Su elegante sombrero descansaba junto a un estante de postales: fotografías toscamente reproducidas de una soga, un torso, unas caderas, una ingle desgarrada, unos pies laxos flotando a centímetros del suelo. Los largos dedos de los pies curvados como pétalos de flores.
Jonah siguió lamiendo el cucurucho que tenía en la mano. Quedó paralizado al ver que su abuelo le tendía la postal. Se pasó el cucurucho a la mano izquierda para poder utilizar la derecha para firmar con su nombre al lado de la grandilocuente y serpenteante firma de su abuelo. Enviaría la postal a Salt Point, donde la abuela de Jonah colocaría ese recuerdo entre muchos otros en un álbum que guardaban secretamente en el fondo de un largo cajón.
Mientras el cajero empezaba a llenar el ambiente de rumores locales, su abuelo le hizo un gesto con la mano a Jonah, pidiéndole que saliera a acabarse el helado en la acera.
Jonah se quedó fuera, en un callejón donde podía dar la espalda a la plaza. Cuando no tuvo suficiente con eso, cerró bien los ojos, intentando concentrarse en el helado de fresa, que estaba derritiéndose. Cuando por fin abrió los ojos fue porque su lengua había llegado al sólido extremo, donde el cucurucho de galleta se convertía en una pared viscosa de cumbres irregulares y toscas. Complacido, inclinó el cucurucho hacia sus dientes. Esta era la parte favorita de Jonah, el momento de masticar en privado lo que quedaba. Fue por eso que le sorprendió ver que alguien lo estaba observando.
Los ojos negros de una niña le estaban aguantando la mirada desde la entrada del callejón.
Regresaba de la iglesia. El dobladillo de su vestido blanco rozaba la piel negra de sus pantorrillas. Llevaba unos zapatos blancos de charol de tacón bajo. Tenía las piernas largas, era más alta que él. Las puntas de sus dedos estaban protegidas de su mirada por unos guantes níveos que le llegaban hasta la muñeca. Jonah ansiaba ver sus uñas, comprobar si eran delicadas o estaban rotas. Así sabría a qué se dedicaba. Una faja blanca de
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satén, cosida en hilo lavanda con una única palabra, «Lily», se aferraba a su pequeña cintura.
¿A qué estaba esperando la chica? ¿A que él le diera permiso para pasar por el callejón? ¿No se suponía que debía tomar otro camino? Jonah no conocía las reglas, todavía no. Observó los arcoíris que brillaban dentro de las formas manchadas de aceite a lo largo de la acera y pensó en los bonitos zapatos de la chica, pero no se movió.
Ella ladeó la cabeza con una expresión que no revelaba ni irritación ni docilidad. Jonah observó cómo la niña —debía de llamarse Lily— se metía la mano en el bolsillo de su sencillo vestido blanco para sacar un pañuelo azul. Apretó el tejido brillante y azul celeste contra su nariz y su boca, que estaban perladas de sudor. Sin apartar los ojos de él, mantuvo la tela sobre la cara. Y a continuación avanzó por el callejón, dejándolo atrás.
Lily había pasado por su lado como si él fuera un mal olor. ¡Qué era si no, si incluso una negra podía esquivarlo por la calle de forma tan imperiosa!
Con una rabia que era incapaz de comprender, Jonah dio un fuerte empujón a la chica y a su actitud silenciosa. Lily se tambaleó, no mostró ninguna señal de sorpresa o conmoción. Se volvió bruscamente hacia él, como si fuera a devolverle el golpe, pero no lo hizo, y quizás eso fue lo que le dolería el resto de su vida. Ellos no tenían derecho a herir de la misma forma. O eso creería él.
En ningún momento se había planteado que quizá Lily se había tapado la cara debido al depravado olor de la carne abrasada. Quizás el hedor del derecho de nacimiento de él era demasiado nauseabundo para que ella lo inhalara.
Pero Jonah Reuben Scaggs III nunca se recuperaría lo suficiente de aquel día como para seguir siendo un niño o convertirse en un hombre. Lo que le había provocado una vergüenza infinita no eran los muertos, sino unos ojos vivos que no derramaron ni una sola lágrima de dolor o de miedo cuando empujó a su dueña con todas sus fuerzas. Jonah todavía podía sentir las yemas de los dedos de su abuelo presionando con su venenosa calidez los omoplatos de sus hombros adolescentes. Si Jonah hubiera pronunciado la primera cosa en la que pensó al verla, que era la chica más bonita que había visto jamás, se habría ganado la aversión eterna de su abuelo.
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Años después, una tarde de finales de otoño, el padre de Ruby avistó a una morena despampanante en una feria del condado, una reina de la belleza que había sido coronada en una pocilga mientras los pueblerinos engullían manzanas caramelizadas, bebían whisky de centeno, alababan los finos hocicos de su ganado y admiraban la inocencia de sus hijos.
Se casó con la madre de Ruby y luego esperó a que llegara el momento —días, semanas, y luego años— en que ella dijera que lo quería, o le revelaría su vida interior. Pero a su mujer le habían enseñado a desconfiar de los hombres que pedían ese tipo de confesiones. Dentro del cuerpo voluptuoso y aterciopelado que Jonah había jurado querer hasta su muerte o la de ella había una niña mimada, indulgente y manipuladora.
Por supuesto, Jonah no era mejor. No lograba ser un marido porque todavía le confundía ser un hombre. Dentro de su cuerpo adulto había un chico que lamía un cucurucho de helado en la calle mientras observaba la sombra muda de una chica negra en la acera.
De todos los tipos de hombre a los que podía aspirar a ser el padre de Ruby, escogió ser un hombre borracho, triste e irascible. Jonah aprendió a bramar, sollozar, tambalearse, maldecir y derrumbarse.
Emergió de su neblina el tiempo suficiente como para sostener un bebé en cada una de sus palmas endurecidas y bautizar con su aliento de whisky a un par de gemelos: una hija y un hijo. El hijo, que había nacido muerto, era un sueño azul desleído, cuyo cuerpo le recordaba a Jonah al pañuelo cerúleo que una niña llamada Lily se había llevado a la cara tiempo atrás. Incluso cuando lloró, Jonah sintió alivio al pensar que no tenía ningún «linaje» para compartir con su hijo mudo.
El padre y la madre de Ruby escogieron el mar para el entierro, arrojando el fardo silencioso al agua. Remando de vuelta a la orilla, seguían tan casados como totalmente separados. Jonah culpó a su padre y su abuelo por la muerte de su hijo. Pensó en el ahogamiento de su padre, y en cuán egoísta había sido su propia madre al decidir seguir a su marido hasta las olas que se estrellaban, sin preocuparse lo más mínimo por el futuro de Jonah. Todos tenían su parte de culpa. También culpó a la mirada oscura de una negra que había pasado por su lado. Jonah creía que lo había maldecido con la impotencia. Era por eso por lo que el niño había muerto antes de que Jonah pudiera enseñarle una vida distinta.
Esos ojos lo habían excluido completamente de la existencia de ella, pero también de la de él. Su forma de taparse la cara, ese gesto, había
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informado a Jonah de que no tenía ningún derecho a mirarla. Ni entonces, ni nunca. Aun así, él no se lo sacaba de la cabeza. A lo largo de los años, Jonah veía esos ojos oscuros en su mente, fuera adonde fuese. Una obsesión sin palabras. A veces sentía las pestañas de la chica contra su mejilla, humedecidas por las lágrimas de una risa silenciosa y burlona. O soñaba que las puntas de las pestañas estaban manchadas de la sangre roja de él. En otras ocasiones los ojos estaban secos, duros y tan implacables como los de un jurado. Pero lo que más le perturbaba era que los ojos estuvieran cerrados, como si ella no tuviera ningún interés en mirarlo.
Jonah aborrecía su necesidad de revisitar ese recuerdo, que después de tantos años se había convertido en algo que ilustraba plenamente su incapacidad para abrazar el imperio que, según le habían dicho, le pertenecía. Era incapaz de mantener un trabajo estable, y los hombres que le rodeaban se negaban a compartir con él sus quejas sobre la vida masculina adulta. En su presencia, no podía lamentarse de las hipotecas, de las muchas bocas que alimentar, de los rencores que acumulaban su mujer y él, o de su juventud perdida. Su lujuria era débil, y siempre estaba sin blanca, lo que hacía imposible mantener a una amante en privado para su propio placer, como había hecho su abuelo. No podía obtener préstamos y flotaba, como un barril roto, en un charco de deudas. Sus días eran criptas poco profundas: la paternidad se le agrió en cuanto descubrió lo cara que era, mucho más cara de lo que jamás se hubiera podido permitir, al menos para una hija.
Cuando el viejo murió, el padre de Ruby rechazó el testamento de su abuelo y todo lo que contenía, la confirmación de que su benefactor en vida, Jonah Reuben Scaggs, era un hombre blanco, merecedor de todas las comodidades y posesiones que determinarían legítimamente a qué pueblo y qué raza pertenecía. En el funeral, sus familiares contemplaron cabreados cómo el abogado de su abuelo le entregaba un grueso sobre con su nombre escrito en letras de molde. Sostuvo el fino papel delante de sus ojos antes de hacerlo pedazos con las manos. Los trozos del testamento revolotearon sobre la tierra expuesta, arrastrando silenciosamente los pétalos de las últimas voluntades de su abuelo.
Al rehusar formar parte del futuro que su abuelo pudiera haberle deparado, el padre de Ruby quedó estancado entre la cobardía y la valentía. Eso lo convirtió en un ser contradictorio. Su vida se le escapaba, trasegada a cada temporada, alternativamente, por el placer y la repulsión.
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Por eso resultó sorprendente que el padre de Ruby le dijera que, en nombre de la familia Scaggs, aceptaría de buen grado la invitación de la señorita Alley para que la chica pasara las vacaciones de otoño en casa de los Hobart, más allá de Salt Point, en la localidad de Amity.
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—Las patatas merecen ser peladas con tanto cuidado como un melocotón —dijo la señorita Irene, hablando en voz alta mientras bajaba la llama de uno de los fogones.
La mujer le había pedido a papá que nos llevara a su casa para «hacernos algunas observaciones». Esta invitación iba tan en serio como si nos hubiera amenazado con encontrar una vara lo bastante larga como para atizarnos el trasero a las dos a la vez.
Papá nos dijo que regresaría a por nosotras una hora después. Al entrar en la cocina de los Junkett, me sorprendió el silencio. Las puertas de los cuartos estaban cerradas, y no se oían las risitas de los gemelos o las bromitas de Ernest, que estaba sentado en un rincón del comedor con una Biblia, tan concentrado que pensé que pretendía escuchar nuestra conversación a escondidas y rezar por nosotras, especialmente por Ezra, la que había salido peor parada del incidente con la señorita Alley.
Busqué con los ojos un cuenco de patatas que la señorita Irene nos habría preparado para que peláramos, pero no lo vi.
—Sentaos, jovencitas —dijo la señorita Irene. Le hizo un gesto a Lindy, que estaba visiblemente aterrorizada porque la invitaran a sentarse de esa forma en su propia cocina—. No tengo ninguna intención de sermonearos, si es eso lo que estáis esperando. Eso se lo dejo a los blancos. Porque ese no es mi trabajo, ¿me entendéis? En vez de ello, prefiero poner mi voz, mis esperanzas en vosotras tres, porque cuando os observo, chicas, mi único deseo es que vuestras cabecitas desarrollen algo de sentido común, y lo hagan rápidamente, antes de que os mande a la semana que viene de un mamporro.
—Fue ella quien obligó al señor Caesar a limpiar su porquería, haciéndolo trabajar como si fuera su ama —dijo Ezra.
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—Chica, si te pidiera que hablaras en mi casa, entonces podrías hablar —dijo la señorita Irene—. ¿Te he pedido que hablaras? ¿En esta casa?
Ezra sacudió la cabeza. Supe que quería llorar porque yo quería llorar.
De hecho, Lindy ya estaba llorando.
—Mi trabajo consiste en quereros —dijo la señorita Irene—. A mí no me lo podéis poner difícil, pero sí que podéis ponéroslo difícil a vosotras mismas si no os entra en la cabeza que el mundo está dispuesto a haceros pedazos y utilizar vuestros huesos para avivar una hoguera. A ver, entiendo perfectamente que creyeras que era tu deber defender a mi marido de los comentarios de la payasa de vuestra maestra, pero piensa que Caesar es un hombre adulto. Tres niñas negras contra una mujer blanca harapienta es la imagen más penosa que puedo imaginarme, pero dejadme que os diga que no es nada nuevo.
»Mirad, Irene Junkett no abandona nada en lo que pone su amor, ¿entendéis? Y Lena Kindred no educó a sus hijas con tanto esfuerzo para perderlas a manos de una blanca y sus numeritos sin sentido. Cuando estéis en la escuela, cerrad el pico y mantened los ojos bien abiertos. No vivís en esa escuela. Esa escuela nunca os ha querido, ni mucho menos os ha apreciado. No os salgáis del Camino. Porque en absoluto está tan transitado como nos gustaría creer. Mantengamos la dignidad, señoras. Mantengamos las buenas vibraciones. Si no, este mundo os exprimirá hasta el último sueño que tengáis antes de que podáis deletrear los nombres con que os bautizamos. Una maravillosa poeta dijo en una ocasión “Una cosa es cómo os llaman, y otra a lo que respondéis”. Más vale que os preocupéis de cómo queréis llamaros o acabaréis buscando vuestro nombre en la boca de otro.
—Lo siento muchísimo —susurró Ezra tapándose el rostro con las manos.
La señorita Irene se acercó a ella y le apartó las manos de la cara para que pudiéramos ver sus lágrimas.
—Nunca te tapes la cara, ni delante de nosotras ni delante de nadie. Simplemente acuérdate de quiénes son los que aprecian tu cara. Vuestras vidas son mis relatos preferidos. ¿Haréis el favor de recordar esto la próxima vez que decidáis actuar como si fuerais adultas? Porque no tenéis edad para meteros con una mujer como esa. Demasiadas mujeres de las nuestras desaparecieron para que vosotras pudierais vivir el siguiente
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capítulo. Y cuando digo esto no estoy hablando de deudas pendientes ni de sentimientos de culpa, sino de amor.
Abrazamos a la señorita Irene. Noté que estaba temblando debajo de su larga túnica. Me entristecía que se hubiera alterado tanto por nuestro comportamiento. Y me preocupaba Ezra, a quien cada vez le costaba más olvidarse de las cosas, seguir adelante sin mirar atrás. Era incapaz de dominar su mal genio, a no ser que creyera que podía perjudicarnos a las tres. E incluso en ese caso, me daba cuenta de que mi hermana no siempre podía controlarse. La señorita Irene nos pidió que pusiéramos la mesa con sus platos y cucharas especiales de madera. Había preparado un guiso curativo, dijo, lleno de nutrientes que repondrían y restaurarían nuestra autoestima. Yo había entrado en la cocina tan preocupada por lo que nos iba a decir la mujer que ni me había percatado del rico aroma del caldo que hervía en los fogones.
—Esto lleva patatas y melocotones —dijo.
Como no teníamos ni la más remota idea de lo que nos decía, nos limitamos a asentir con la cabeza y pusimos la mesa con los cuencos, las cucharas y las tazas a la espera de que llegara nuestro padre para llevarnos a casa.
Mi padre se estaba retrasando. Ezra y Ernest estaban sentados en el porche del lateral de la casa. La señorita Irene solía mantener la puerta del porche abierta, para poder verlo y escucharlo todo. Mientras la ayudaba a lavar y secar los cuencos de madera, ella controlaba lo que estaban haciendo esos dos, no fuera que el chaval le propusiera a mi hermana algo estúpido, como casarse con él o ser su novia. Estaba segura de que mis padres no se lo permitirían a Ezra, que solo tenía quince años, aunque se tratara de un chico respetable y apuesto. El viento de la tarde trajo las palabras de Ernest a la cocina de su madre, donde quedaron suspendidas como finos granos de arroz dulce.
—Me gustaría darte una canción. No la compuse yo.
—Ay, por favor —dijo mi hermana antes de que su voz se volviera tímida de una forma que yo nunca había oído antes—. ¿Qué quieres decir?
—Ah, nada, es que hace un tiempo que pienso en ello —dijo él—. Querría darte una canción de verdad, ya sabes, del tipo de música que nunca acaba.
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—Tampoco es que la gente cante y cante eternamente —dijo Ezra, provocándole—. Nunca pensé que fueras de esos hermanos que creen en la magia. Además, ¿quién querría escuchar la misma canción eternamente? Por favor, chico. Me parece cursi.
—Antes que nada, soy un hombre —dijo el otro—. Bueno… un hombre joven.
—¡Eso según tu mamá!
—Cierto —dijo él, soltando una risita—. Según mi mamá. Pero ella conoce mi corazón. —De pronto se hizo un silencio, así que me acerqué a la puerta—. También quiero que conozcas mi corazón, Ezra. Si quieres… y cuando quieras.
Me entraron ganas de vomitar, pero pensé que lo que vomitaría sería el arroz, el guiso y el pan recién hecho de la señorita Irene, todos ellos deliciosos.
—A ver, cuéntame, ¿cuál sería nuestra canción? —dijo Ezra.
Me coloqué en un ángulo desde el cual pudiera irrumpir fácilmente en el porche en caso de que Ernest se moviera más rápido que la señorita Irene. Vi que dejaba algo en la mano de Ezra. Y a continuación le acarició el pelo, alisándolo hacia atrás, mientras ella se llevaba la mano ahuecada a la oreja. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera saboreado algo más dulce que el azúcar de caña.
—Nunca se acaba, vayas donde vayas —dijo él, su voz apagándose hasta convertirse en un susurro—. Es lo único que es más pequeño que mi corazón, pero a la vez mucho más grande. Pensé que te gustaría, y sí, quizás es un poco cursi. Espero que no te importe, porque me he pasado todo el verano buscando la más adecuada, para poder dártela. Todas son diferentes.
Cuando Ezra abrió la mano, distinguí la caracola de mar más perfecta que había visto jamás.
Era el primer día de las dos semanas en que Ezra estaría expulsada de la escuela. Me desperté pensando en esto, todavía sin poder creérmelo. El consejo escolar había dado un golpe de mazo para castigar a mi hermana de quince años y su forma de «cuestionar el trato que la señorita Alley había dispensado al señor Caesar». Después de su expulsión votarían para decidir si podía volver y terminar el curso escolar. Si le prohibían volver, era probable que no nos graduáramos a la vez, tal y como siempre nos
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habíamos imaginado. Al notar mi ansiedad, Ezra me sorprendió metiéndose en mi cama esa mañana para hacerme las trenzas con delicadeza. El olor del aceite capilar en sus dedos era la mar de agradable. Suspiré de placer mientras utilizaba la punta del peine para rascarme ligeramente el cuero cabelludo.
—Eres la chica más lista de toda la clase —dijo Ezra como si lleváramos un rato hablando de ese tema—. Por eso esa bruja no te deja en paz. No lo olvides.
Mordiéndome el labio, al fin logré decir unas palabras.
—No será lo mismo. Todo es aburrido sin ti.
Ella se rio.
—Cinthy, ya sabes que mamá me tendrá todo el santo día limpiando las paredes con tanta lejía que la podrás oler desde la escuela. Ya va siendo hora de que aprendas a arreglártelas sin mí. Quizá llegue el día en que no esté a tu lado para recordarte que confíes en ti misma. Tienes que amar tus propios sentimientos, defenderlos cueste lo que cueste. ¿Me prometes que te acordarás de esto cuando alguien te haga daño?
—Lo intentaré —dije, sonriendo para que no se me saltaran las lágrimas.
Ezra siempre era capaz de retener sus lágrimas en un lugar más profundo, bien hondo, donde no la podían traicionar.
—¡La de días que me esperan aquí con mamá mandándome hacer cosas! Te aseguro que cuando regrese a esa clase apestosa estaré más que preparada —dijo Ezra, sonriendo.
Yo también sonreí antes de volver a guardar silencio. Tenía que preguntarle a Ezra algo que no dejaba de rondarme por la cabeza.
—Mamá está enferma, ¿no?
—Se pondrá mejor. No te preocupes, ¿vale? Cuando descubramos qué le pasa, la ayudaremos a curarse.
Los ojos de Ezra se nublaron, pero apartó con un parpadeo sus sentimientos antes de que le resbalaran por las mejillas.
—Papá dice que tendremos que llevarla a ese doctor negro de Gunn Hill —dije—. Escuché lo que decían la señorita Irene y papá. Aquí a nadie le importa si mamá vive o muere.
—No digas esas cosas —dijo Ezra. Su voz era aguda—. Mamá está llena de vida. Simplemente necesita reposo. La señorita Irene dice que las mujeres negras deben descansar siempre que puedan, porque no paran de
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trabajar. Dice que incluso sonreír es un trabajo para ellas. Tiene razón. La señorita Irene sabe de lo que habla.
—Mamá no es igual que la señorita Irene, por mucho que quieras creer lo contrario.
—Sé lo fuerte que es mamá porque sé lo fuerte que soy yo —me dijo. Apartó la mirada y se sumió en sus pensamientos—. Yo sé lo fuerte que soy y cuál es mi trabajo. Voy a protegernos cueste lo que cueste —dijo Ezra—. Tenemos que ser valientes. Sabes todo lo que está sucediendo en este país últimamente, ¿no? Lo comentan en la radio, en los periódicos, todos los días. Quizá mamá y papá estén demasiado cansados como para prestar atención a lo que está pasando en Mississippi, pero yo no.
—Oh —respondí.
En ese momento recordé que Ezra había empezado a escuchar los discursos de Martin Luther King Jr. en la radio de nuestra casa y en la de los Junkett. Dos años antes, así como la visión de aviones zumbando por encima de nuestras cabezas en la exhibición aérea había inspirado la pasión de Ruby, mi hermana se había quedado fascinada por el boicot a los autobuses en Montgomery. Pero por entonces yo solo tenía once años y era incapaz de percibir hasta qué punto estaba consumida por los acontecimientos. Y Ezra casi nunca hablaba de esas cosas delante de mis padres. Sabía que les causaba inquietud la posibilidad de que decidiera marcharse de Maine e ir al sur para demostrar su devoción por nuestra raza.
—Oye —me dijo—, baja a la cocina y tráenos algunas de esas galletas que estoy oliendo. Espero que mamá me permita comer galletas, aunque se supone que estoy castigada. Y cuando llegues a esa escuela hipócrita, hazles saber cuál es tu trabajo.
—Vale —dije, sin estar segura de cuál era ese supuesto trabajo, más allá de obedecer a mis padres porque solo era una niña de trece años.
—Las palizas mentales siempre hacen más daño que las físicas. Y la paliza mental nunca deja de doler. Eso dijo la señorita Irene en una ocasión.
—Hummm —dije yo.
Me levanté de mi escritorio y metí los libros en la mochila.
—¿Eso es lo que creo que es?
Ezra señaló el diario de la señorita Burden, que estaba sobre mi mesa. —¿Te acuerdas? Lo cogí de…
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—Deja que yo me ocupe de ello —dijo Ezra, sobreponiendo su voz a la mía.
Deseé que no lo hubiera visto, aunque en parte me sentí aliviada. Ya no quería seguir pensando en la señorita Burden. No dije nada, pero Ezra intuyó correctamente que seguía dándole vueltas a esa imagen de nosotras —ella, Ruby y yo— con la espalda apoyada en aquellas rocas. Yo había hecho lo que me ordenaron porque quería que mi hermana pensara que no tenía miedo, como ella. Me daba igual lo que pensara Ruby, aunque luego caí en la cuenta de que lo que había ocurrido esa tarde las había cambiado a las dos. Y que mi hermana hubiera cambiado significaba que yo también había cambiado.
—Olvídate de todo eso —dijo Ezra, leyendo la sombra que cubría mi rostro—. Si Ruby se te acerca, tranquila, que yo me ocuparé de ella. Tú concéntrate en tu alma, Cinthy. Nada de lo que hacemos es incorrecto, ¿entiendes? La señorita Irene dice que nuestros antepasados ya pagaron nuestro pasaje. Ya no somos esclavos. Ya no colgamos de una soga. No somos estúpidos ni estamos equivocados. La esclava es la señorita Alley; los esclavos son Ruby, y su madre y su padre, y todo este maldito pueblo. —Ez me puso una mano en el hombro—. Cuando vuelvas, cuéntame lo que has aprendido, no quiero quedarme rezagada. Tráeme los estúpidos deberes.
—De hecho, ya estamos por delante del resto de la clase —dije. —Tienes razón —dijo mi hermana, sonriendo mientras me
acompañaba hasta la puerta—. ¿Ves? Ya sabes lo más importante.
Asentí, pero no sabía lo que eso significaba para mí. En la escuela todos nos miraban —a Ezra, a papá y a mí— como si al fin nos hubiéramos convertido en los negratas que siempre habían creído que éramos. Podía ver el triunfo en los ojos de mis profesores y compañeros de clase.
La noche anterior, cuando mi padre respondió al teléfono, yo supuse al principio que sería nuestra abuela, llamando para molestar a mamá. Papá habló de un modo exageradamente educado con quien fuera que estuviera al otro lado de la línea, como siempre hacía con Ginny. Pero tenía el rostro ensombrecido cuando regresó a la mesa y sus ojos se encontraron con la mirada perpleja de mamá por encima de las tazas de café. No habíamos tenido tiempo de tomar el postre con la familia Junkett, así que nos
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habíamos traído a casa unos cuantos trozos del aterciopelado pastel de la señorita Irene.
—Es posible que la expulsión temporal de Ezra afecte directamente a sus posibilidades de graduarse con honores —anunció papá—. Por ahora, no se le permitirá pisar la escuela por ningún motivo. En caso de que infringiera esta prohibición, se enfrenta a la posibilidad de una expulsión y un arresto. Lo que me sorprendió era que papá no le preguntara a Ez lo que había pasado. Tampoco me lo preguntó a mí. El silencio en la mesa, interrumpido únicamente por la tos involuntaria de mamá, era como una gasa fina y mojada dentro de mi boca.
Perpleja, vi cómo Ezra dejaba sus cubiertos tranquilamente al lado del plato. Se limpió la boca con la servilleta antes de pedir permiso para retirarse a su habitación.
—No hizo nada —les dije a mis padres, preguntándome por qué no me habían expulsado a mí, o a Lindy.
Ignoraba si el director de la escuela había llamado al señor Caesar y a la señorita Irene para castigar a Lindy. También nosotras le habíamos levantado la voz a la maestra. Entonces recordé cómo la señorita Alley disfrutaba humillándome, mientras que Ezra simplemente parecía ponerla nerviosa. Cualquier medida que se tomara contra Lindy Junkett conllevaría un enfrentamiento con la señorita Irene. Pero papá no plantaría cara. Me enojaba pensar que ni nuestro propio padre pelearía para defender a Ezra. Su pasividad indicaba que la expulsión de Ezra le parecía justa.
—No hizo nada —repetí.
—Cállate, Cinthy —dijo mamá, levantándose de la mesa sin siquiera haber tocado su trozo de pastel—. No importa.
De camino a la escuela, sola en el coche con papá, la decepción que sentía hacia él creció en mi estómago como la levadura. Mordisqueé la galleta caliente envuelta en un trapo que tenía sobre el regazo, observando el perfil de mi padre mientras él miraba constantemente por el retrovisor. Lo único que nos seguía era una turbia nube de grava. No era tan buen conductor como mamá. No le costaba nada perderse en sus pensamientos, que flotaban a la deriva, como las viejas embarcaciones amarradas en el muelle del pueblo. Esa mañana su mente estaba en cualquier otro sitio menos en el volante. Mi padre pisó el acelerador con la punta de su zapato. Conducía demasiado rápido.
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—No corras tanto —le dije—. Necesito que me hables. No entiendo nada, ¿vale?
Al ver que se aclaraba la garganta yo me incliné hacia él, esperando que dijera algo.
—¿Papá…?
—Estoy conduciendo, cariño —dijo él, tragando saliva con esfuerzo.
Tenía la voz cargada de lo que a mi parecer era rabia y resignación.
—¿Por qué no nos has preguntado lo que sucedió ayer en la escuela?
¿No quieres saber nuestra versión de los hechos?
Me giré un poco para observarlo mejor.
—Este trabajo es el único al que puedo aspirar que nos permita tener el tipo de vida que tu madre y yo siempre quisimos para esta familia.
—Pero ¿al menos no podrías intentar hablar con alguien de la escuela sobre lo que sucedió realmente? ¿No podrías preguntárselo el señor Caesar? Él también estaba ahí. Lindy estaba ahí. Yo estaba ahí. Lo vimos todos.
Mi padre giró el volante con la mano plana y detuvo el coche en el arcén. No apagó el motor, pero puso el pie en el freno antes de girarse hacia mí. Su blanca camisa almidonada y su fina corbata negra resplandecían en el interior del vehículo.
—Siento que tu hermana olvidara cuál es su lugar y se ganara una expulsión. En realidad, no hay nada más de que hablar. Estoy bastante seguro de que contestó a su maestra pensando que era lo correcto, y soy perfectamente consciente de que la señorita Alley es una mujer peligrosa, estúpida e incompetente. Estos son los hechos —afirmó papá—. Pero, por el amor de Dios, Ezra ya es lo bastante mayorcita, y tú también, como para entender cómo funcionan las nociones de acción y reacción en este mundo. Si me preguntas por la lógica de los hechos, aquí la tienes. Pero si me preguntas cómo me siento, bueno, eso es otra cosa. Tu hermana me ha decepcionado, desde luego. Y también siento una gran frustración porque no estoy, y nunca estaré, en posición de plantar cara a la gente que me paga el sueldo sin arriesgarme a un castigo aún mayor que el que está sufriendo tu hermana. Yo sufro humillaciones que no quiero pasaros ni a tu hermana ni a ti, y tampoco a vuestra madre, por supuesto. Por si no te has dado cuenta, en este mundo un hombre negro no puede reclamar muchos favores. No puedo contar con nadie que actúe o hable en mi nombre. No puedo contar con nadie para que alimente a mi mujer y mis hijas o
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mantenga las luces de mi casa encendidas. Sí, hay más trabajos en otros sitios… pero ¿a qué precio?
—Papá, la señorita Alley mintió —dije, ignorando sus palabras. Los ojos me escocían por las lágrimas—. Siempre se mete conmigo —sollocé —. Esa mujer… no es una maestra.
—¡Claro que no lo es!
Me eché hacia atrás bruscamente.
—Tu hermana sabía exactamente lo que le caería encima. El señor Caesar también lo sabía, y es por esa razón que, aunque esa mujer decidiera romper todas las tazas, vasos y platos de esa maldita escuela, seguiría siendo su trabajo limpiar los destrozos sin borrar la maldita sonrisa de su cara. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? El señor Caesar sabe cuál es su trabajo, y por eso lo hace.
»Quizá sea todo por mi culpa, por tener grandes ambiciones para mis hijas, pero escucha lo que voy a decirte… ¡Dios mío, vamos a llegar tarde! Espero que tengas el sentido común de mantener la cabeza gacha y hacer lo posible para que esa mujer dejada de la mano de Dios no te expulse también a ti.
No respondí.
—Cinthy, si yo plantara cara a la señorita Alley para defenderte a ti o a tu hermana, a mí no me expulsarían un par de semanas. En vez de ello, el señor Hobart me señalaría la puerta con su asqueroso dedo. Con una enorme sonrisa en la cara. Y, créeme, regresaría a casa tan tranquilo y se tomaría una copita con los pies en alto. —El suspiro que dejó escapar como un silbido fue de una amargura estremecedora—. Para él sería un día cualquiera de su vida de hombre blanco.
Yo contenía las lágrimas y me sentía muy confundida. No podía imaginar cómo era un día cualquiera en la vida de un hombre blanco. Excepto que toda mi vida me habían dicho que el día de un hombre blanco valía más que el mío o el de mi padre.
—Hija mía, esta gente no nos quiere aquí, esa es la cruda realidad. Nunca nos han querido. No nos quieren aquí, pero tampoco tienen ninguna buena excusa para echarnos. De momento. Lo último que nos hace falta es que tú o tu hermana le deis a esta gente una buena razón para que nos echen de Hobart y de Salt Point antes de que hayáis tenido la oportunidad de graduaros. Si sucede eso, todos nuestros sacrificios habrán sido en
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vano. Ya no tenemos tiempo para volver a empezar en algún otro sitio. Precisamente no ahora, teniendo en cuenta que tu madre…
La galleta se había convertido en migas de tanto que la había estrujado.
Papá me acarició la mejilla.
—Por favor, no llores, cariño —dijo—. Ayúdame comportándote como la jovencita que he educado y que sé que eres. Agacha la cabeza, ¿vale? Siento hablarte con dureza, pero tienes que aprender cómo son las cosas. ¿Me harás caso?
—¿Y mamá? ¿Qué le pasa?
Él arrugó el rostro mientras se quitaba las gafas para frotarse los ojos con los dedos.
—Papá, ¿qué le pasa a mamá?
—Cariño, no lo sé.
La sinceridad de mi padre me resultó tan horrible que tuve que abrir la puerta rápidamente para no vomitarme encima. El viento se llevó volando las sabrosas y grasientas migajas de mi regazo mientras yo arrojaba el ácido de mi estómago al suelo. Mi vientre vacío anhelaba la sensación de seguridad que mis padres habían construido para nosotras y cuyo sabor había conocido toda mi vida.
Lo que fuera que había llegado a nuestro pueblo desde el mar al final del verano parecía querer tragarse todo lo que creíamos que nos hacía ser quienes éramos.
Papá me había hecho comprender su impotencia con tres sencillas palabras: «No lo sé». Quizás era verdad que no podía protegernos de este mundo.
En la escuela me senté en mi pupitre, consciente de que los únicos amigos que tenía eran la libreta de rayas abierta sobre la superficie de madera maltratada y un lápiz afilado al cual me aferraba como si fuera el remo que necesitaría para alejarme de ese lugar en el cual ya no confiaba.
Lindy no estaba. Quizá la señorita Irene simplemente había decidido que Lindy ya no seguiría asistiendo a las clases de la señorita Alley.
Así que me había quedado sola.
Mis compañeros me miraban con ojos brillantes, como si estuvieran aliviados de que solo quedara una de nosotras. Todo lo que había en el aula parecía cambiado. Por ejemplo, Ruby estaba sentada en primera fila, en vez de en la última. Su vestido estaba limpio, y se había restregado la
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piel. Mordisqueaba el lápiz en vez de sus uñas. Incluso levantó la mano cuando la señorita Alley hizo una pregunta.
Cuando se giró para mirarme, puse tal cara de exasperación que apartó la vista bruscamente y no volvió a girarse más.
Me imaginé a Ezra limpiando las paredes de nuestra casa y haciendo muecas mientras ayudaba a mamá a cortar cebollas. La radio de la cocina estaría vibrando con noticias sobre lo que estaba sucediendo en otras partes del país: nueve estudiantes negros se habían abierto camino entre una turba de blancos para llegar a una escuela en Little Rock. Me imaginé a mi hermana haciendo una pausa para escuchar la lista de sus nombres: Ernest, Elizabeth, Jefferson, Terrence, Carlotta, Minnijean, Gloria, Thelma y Melba. Quizá cuando se cansaba de pensar en el mundo que había más allá de nuestro pueblo, Ezra se permitía soñar despierta con la tímida sonrisa de Ernest Junkett, mientras canturreaba «The very thought of you» o «You go to my head». Cerrando los ojos, visualicé a Ezra apoyándose en el marco de la puerta de casa, saludándome al verme llegar por Clove Road con los deberes. Justo en ese momento me olvidé de lo horrible que era la escuela porque, a ojos de mi hermana, yo no era una persona invisible. «Mi hermana me estará esperando» se convirtieron en las cinco palabras que me repetiría el resto del día. Cada repetición era una armadura, un bálsamo. En la hora del recreo me quedé sola sentada en un rincón, disfrutando de una preciosa manzana que mamá me había dado para el almuerzo, y me sentí más yo misma.
La campana que anunciaba el fin del recreo sonó demasiado pronto. La señorita Alley estaba plantada en la entrada del aula para inspeccionar nuestras caras y manos. Algunos de los chicos entraron sin enseñarle nada. Pero cuando me llegó el turno, los ojos de la señorita Alley recorrieron escrupulosamente mis palmas extendidas.
—Hyacinth, haz el favor de lavarte las manos.
Parpadeando, me miré las palmas. ¿Dónde estaba la suciedad? Me había comido la manzana con mucho cuidado para evitar que se me pringaran los dedos.
—Discúlpeme, señorita Alley —dije—, pero ni siquiera he jugado. No he tocado nada.
—Estás sucia —dijo ella con desaliento, cruzándose de brazos. Ambas sabíamos que se refería a otra cosa con la palabra «sucia»—. No vuelvas a contestarme o también te ganarás una expulsión.
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Ruby pasó a mi lado, deteniéndose en el último momento para poder disfrutar de mi vergüenza. Le enseñó las manos a nuestra maestra para recibir el visto bueno.
—Gracias, Ruby —dijo la señorita Alley con tanto cariño que casi parecía que fueran familia.
La señorita Alley no me molestó más esa tarde. Nos dictó un examen de vocabulario muy fácil y, en mi pupitre de madera, mi mente vagó a la deriva, mientras sentía aletear una sensación de soledad en mi cabeza.
Uno de los niños rompió el silencio del aula.
Se puso de pie encima de su silla antes de encaramarse al alféizar de una de las soleadas ventanas. Agitó los puños y se puso a gritar:
—¡Están arrestando a ese negro! ¡Ahora sí que lo han pillado!
Al oírlo, una cuadrilla de chicos fueron a arrodillarse junto a él en los anchos alféizares de madera.
Yo me puse de pie y fui hacia la ventana. Cuando me acerqué, los otros se apartaron y me empujaron hacia delante, de forma que quedé pegada al cristal. Me fijé en que ni Ruby ni la señorita Alley se habían inmutado.
Desde el segundo piso no se veía bien, pero estaba bastante segura de estar observando la coronilla del agente Charlie. Bruscamente, empujó al señor Caesar, obligándolo a arrastrar los pies hacia delante. Le propinaba patadas a cada paso, golpeándole la espalda con su porra negra. Era sorprendente que el señor Caesar no se derrumbara sobre sus rodillas.
—Dios mío —dije, girándome—. Lo va a matar.
Ahí estaba Ruby, sentada prudentemente en su pupitre, mirando fijamente a la señorita Alley como si ella y esa mujer pudieran comunicarse sin palabras, igual que hacía yo con Ezra. Pensé que probablemente ellas eran las responsables de lo que fuera que le estaba sucediendo al señor Caesar. La espalda de Ruby estaba inusualmente recta contra la dura silla; parecía una chica engreída y vulgar. La envolvía un aura de determinación. La firmeza de su mandíbula revelaba que, finalmente, había entendido de qué era capaz su piel blanca.
Acto seguido me imaginé a mi hermana de pie en la cocina, una guerrera con un trapo chorreante en la mano. Su pecho subía y bajaba a un ritmo constante, con la raya del pelo brillando de sudor y desafío. Ezra había dicho la verdad cuando la señorita Alley había mentido respecto al señor Caesar. Y, al hacerlo, había aceptado las consecuencias.
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Inspirada por la valentía de mi hermana, salí volando del aula, corriendo tan rápido como pude. Derrapé por las afiladas esquinas, apartando a mi paso a los profesores que intentaban agarrarme, impulsando todo mi cuerpo a través de las elevadas puertas de la entrada de Hobart. Me lancé desde lo alto de las escaleras y en un momento estuve abajo.
Vi la cara del señor Caesar a través de la ventanilla del coche policial. Tenía las palmas de las manos esposadas contra el cristal. Sus ojos se abrieron de par en par al verme llegar. Yo no sabía cómo liberarlo, cómo llegar hasta él, pero lo conseguiría. Tenía que llegar hasta él. El señor Caesar meneó la cabeza violentamente. Movía la boca, pero yo no oía su voz.
Llorando, golpeé la ventanilla con el puño, sintiendo como vibraba. Él tenía los dedos extendidos sobre el cristal, pero yo no le podía tocar. La sangre le manaba de la nariz y de un lado de la cabeza. El policía ya se había sentado al volante del coche. Se giró con torpeza para mirarme. Sacudió su gruesa cabeza a modo de advertencia, y de sus ojos chispeantes rezumó algo parecido al hastío.
Con un firme movimiento, giró la porra hacia atrás y la estampó en la cara del señor Caesar, dejándolo inconsciente. Sus manos marrón oscuro enmudecieron contra la ventana. Gritando, sin pensármelo dos veces, me agaché para recoger una piedra del suelo de gravilla. Intenté romper la ventana con la piedra. Si al menos lograra agrietarla… Seguí golpeando la ventana hasta que el cristal por fin cedió. De repente había cristales centelleantes por todas partes. Pequeños trozos de vidrio me cayeron en la cara mientras intentaba alcanzar las manos ensangrentadas del señor Caesar, que estaban llenas de cristales como las mías. El dolor me recorrió las yemas de los dedos, los nudillos, los huesos de las manos. Sus dedos resbalaban en nuestra sangre. No podía dejarlo ir.
—Pero ¿qué diablos…? —musitó el policía, retorciéndose para salir del coche. Jadeaba intensamente mientras rodeaba el coche—. ¿Qué diablos crees que estás haciendo? Eres una de las negras Kindred, ¿no?
Cuando apareció papá, el policía ya había sacado la pistola y me estaba apuntando con ella. Mi padre me echó hacia atrás, rodeándome con su único brazo. Esto ya no era un gesto fantasmal, un simulacro de violencia: el policía estaba sosteniendo su pistola a escasa distancia de la cara de mi padre. Yo pude sentir cómo papá tensaba todo el cuerpo; estaba dispuesto
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a protegerme, a apartarme de un empujón. Noté cómo su brazo me apretaba con fuerza, como si pudiera evitar que la bala nos atravesara a los dos.
Desde los brazos de mi padre, levanté la cabeza para mirar al policía. —No tiene ningún derecho a arrestar a ese hombre o apuntar a mi hija
con un arma cargada. —Nunca le había oído hablar con un tono tan duro. Sujetándome con firmeza, papá me empujó detrás de su cuerpo mientras retrocedía poco a poco—. Rodearemos ese calabozo de mierda que tienes ahí hasta que tengas pruebas de que Caesar Junkett es un criminal… y estoy seguro de que no las tienes.
El agente Charlie echó un vistazo por encima del hombro para observar la cara inconsciente del señor Caesar, hecha papilla. Unos segundos después, volvió a colocarse la pistola en la funda de cuero. A continuación, con un aire casi despreocupado, entró en el coche y encendió el motor.
Mis rodillas cedieron y me desplomé en el suelo, y las piedras se me clavaron en las rodillas. En algún lugar por encima se oía la voz de mi padre:
¡Cinthy, podría haberte matado! ¡Matado! ¿Qué creías que podías hacer? Por Dios, podría haberos matado. ¡A los dos! Oh, tus dulces manos. Hija, ¿estás ahí? No te me vayas, cariño. ¿Me oyes? Cinthy, quédate conmigo. Soy papá, cariño, te quiero.
Sentí que el brazo de mi padre me recogía. Levantado con tanta fuerza y delicadeza, mi cuerpo se quedó inerte.
Cuando era niña, a menudo soñaba con un hombre alto de ojos rojos que me prometía que un día, cuando estuviera preparada, me llevaría en su caballo a través de un río extraño. Hacía mucho tiempo que no soñaba con eso, pero me llenaba.
Por primera vez caí en la cuenta de que ese hombre era mi bisabuelo, Theodore Kindred, y que su amor nos llevaba a mi padre y a mí, nos había llevado siempre, para que no ardiéramos solos en los fuegos de este mundo.
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SEGUNDA PARTE
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El agente Charlie exigió a mi padre que le pagara la sustitución del cristal del coche patrulla. Papá aceptó que el señor Hobart descontara de su sueldo el precio de la nueva ventanilla. En casa, mi padre no se quejaba de nada de esto, pero todos podíamos ver que estaba preocupado. Estaba seguro de que, si protestaba, el señor Hobart lo despediría. El invierno estaba al caer y pronto llegarían las vacaciones; mi padre no era el tipo de hombre que confiaba en que las cosas se solucionarían solas o que Dios proveería si decidía despedirse del trabajo, que probablemente era lo que en parte quería hacer.
A pesar de los esfuerzos que hacía mi padre para apaciguar los ánimos, en la escuela el ambiente había cambiado. El profesorado había acordado tácitamente que yo debía andar a mis anchas por la escuela. Ahora mi presencia era peligrosa, porque podía decirse que era incapaz de controlar mi cólera y que tenía problemas con las autoridades adultas; todavía se me permitía asistir a las clases, pero ya no podía vagar por el recinto sin supervisión.
Para mi padre fue peor. Le pidieron que se comiera su almuerzo en su clase en vez de sentarse solo, como solía hacer, en el destartalado comedor de los profesores. A veces el señor Caesar lo invitaba a su cobertizo, que había transformado en un lugar acogedor con una estufa de leña, un sofá, sillas y una mesa junto a un gran cuarto con herramientas, lámparas de queroseno, botes de aguarrás y pintura, amoníaco e innumerables suministros, que el señor Caesar mantenía en un orden inmaculado. La mayor parte de los días, los Junkett, Ezra y yo también íbamos a comer ahí. La escuela entera parecía suspirar de alivio al ver que finalmente habíamos empezado a entender cuál era nuestro sitio.
Lo que más me perturbaba era que la vida continuaba.
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Esto me hacía cuestionar si todo lo sucedido con el señor Caesar, papá, yo y el policía había sido real. Tardé un tiempo en averiguar que al señor Caesar lo habían arrestado tras ser acusado de robar el bolso de la señorita Alley, que nunca se encontró. Este hecho casi nunca se mencionaba cuando nuestras familias se reunían. Al igual que los adultos, intenté seguir adelante lo mejor que pude, y dar gracias de que no hubieran matado a nadie. El señor Caesar tenía tres costillas rotas y un corte en el cráneo provocado por el impacto de la porra del policía. Había estado a punto de perder cuatro dedos de su mano derecha. Papá y mamá me desanimaban cuando preguntaba por qué no había ninguna forma de denunciar lo que aquel ayudante de sheriff le había hecho al señor Caesar; yo no podía dejarlo pasar.
El señor Hobart obligó a su sobrina a retirar la acusación de robo contra el señor Caesar, quien, ante mi sorpresa, no fue despedido. Tampoco se realizó ningún tipo de investigación de seguimiento. De hecho, el día después del incidente, el señor Hobart llamó al señor Caesar para preguntarle si volvería a la escuela, y cuándo, porque tenía que ocuparse de una plaga de ratones en el comedor principal. Corrían rumores de que el señor Hobart había expresado su disgusto ante la conducta de su sobrino, amenazando con utilizar su propia pistola si el agente Charlie no aprendía a cumplir con su deber de forma más civilizada. No sabíamos hasta qué punto estos rumores eran verdad, pero al menos el policía ya no pasaba regularmente por delante de la casa de los Junkett.
Cuando mi padre le sugirió al señor Caesar que se buscara un nuevo trabajo en Gunn Hill, el señor Caesar lo desestimó. No quería trabajar en una fábrica con un jefe blanco respirándole en la nuca día y noche. «No será la última vez que un cobarde como ese intente reventarme la cabeza —dijo el señor Caesar un día—. Tengo hijos que criar. Me basta con el amor que siento por Dios y por Irene». Replegó todo el asunto en su interior como alguien que dobla un raro billete de dos dólares para metérselo en la cartera.
Parecía ingenuo por parte de mis padres creer que si nos ocupábamos de nuestros asuntos podríamos escapar de las amenazas del policía, pero en cualquier caso nuestra vida en Salt Point siguió su curso; días indistinguibles despuntando y declinando contra el aire fresco. El invierno se llevó nuestras horas de luz. Rara vez me acordaba de la señorita Burden. Nuestro «juego» en los peñascos de aquella tarde me parecía el
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tipo de cosa que harían juntas unas niñas sin darse cuenta del daño que podía derivarse de ello, aunque el daño no llegara hasta años después. El daño entre Ezra y Ruby ya venía de mucho antes. Yo no podía dejar de pensar en ello como el instante en que perdí algo de mi propia inocencia, algo que no estaba relacionado con tener la regla.
Todas las noches, las amarillentas pantallas de las lámparas dibujaban aceitosos círculos de luz sobre las gruesas alfombras ovaladas donde Ezra y yo nos sentábamos en silencio, mientras el aire fresco golpeaba contra los cristales de nuestra casa. La voz de Nat King Cole llenaba nuestros corazones, y los discos favoritos de Sam Cooke de mamá sonaban a menudo para levantarle los ánimos. Nosotras también escuchábamos la radio e intentábamos anticipar hacia dónde se dirigía el país. Eisenhower seguía recuperándose de un leve derrame cerebral; la Guerra Fría, por otro lado, se intensificaba. Acurrucadas, mi hermana y yo intentábamos imaginar cómo podían lanzarse al espacio máquinas desde la Tierra. Un día, informaba la radio, la humanidad llegaría a la Luna. Varadas en la Tierra, Ezra y yo nos esforzábamos por encontrar noticiarios en los que se oyeran las voces de predicadores y activistas negros como Medgar Evers, quien, alzándose por encima del griterío y los aplausos, insistía en que los negros también eran seres humanos. Dado que había pocos negros al norte de Maine, donde vivíamos, se prestaba poca atención al trato amenazante de que éramos objeto por parte de los policías de Salt Point, de Gunn Hill e incluso de Briggley. Sin embargo, la radio conectó a nuestra familia con una llamada a las armas. Nos preguntábamos cómo llegarían hasta nosotros las enérgicas acciones de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color.
Ahí fuera, en un país que no lográbamos comprender del todo, los enjambres de negros marchaban sin miedo. Entonaban canciones sobre la libertad, montaban piquetes de huelga con sus maravillosos cuerpos, bailaban entre fuegos cruzados mortales, y no malgastaban su aliento en ser corteses con los blancos. ¿Para quién era nuestra bondad, sino para nosotros mismos y para aquellos que cantaron antes que nosotros?
Ezra y yo escuchábamos historias sobre la libertad, y un día, cuando nuestros padres se fueron en coche a ochenta kilómetros de distancia, a Piney Hollow, para que mamá viera a un especialista, robamos los periódicos de nuestro padre antes de que los quemara. Yo temía que la gente del pueblo sospechara la verdad, es decir, que mi padre y el señor
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Caesar estaban mucho más informados de sus derechos civiles de lo que creían. En septiembre, Eisenhower había firmado la Ley de Derechos Civiles de 1957. Las consecuencias de esa ley habían puesto a la nación al borde del abismo. Cuando nos reuníamos para comer, mis padres y el señor Caesar leían detenidamente números de The Crisis mientras la señorita Irene les pasaba panfletos que había conseguido en Gunn Hill. Estas mismas conversaciones se producían en los hogares de familias negras de todos los rincones del país. Si osábamos interrumpir a los adultos para pedir un vaso de agua o algo para comer, la dura mirada de irritación y desprecio que recibíamos era más devastadora que cualquier cosa que pudiera hacer un cinturón o un cepillo para el pelo. Pero así como el auge del movimiento negro incitó al señor Caesar y a la señorita Irene a pasar al compromiso y la acción, mi padre seguía preocupado por la posibilidad de perder su trabajo. Mamá, cada vez más fatigada por las discusiones a viva voz, optaba por retirarse temprano, alegando que era por el bien de su salud.
En nuestro dormitorio, después de esas cenas exaltadas, escuchaba a Ezra leer en voz alta algunas diatribas políticas de los Junkett que había ido apuntando en una libreta. Oír a Ezra recitando las ideas de la señorita Irene con su propia voz me ponía nerviosa. Sin embargo, más allá de Salt Point había un mundo que requería de nuestro valor y nuestra determinación para cambiar, y nosotras estábamos intentando aprender por nuestra cuenta todas las cosas que nos armarían adecuadamente.
Pero el primer problema era que Ezra y yo no podíamos ir a ninguna parte.
Caminábamos con la barbilla levantada hasta los límites de Clove Road y luego nos dábamos la vuelta y regresábamos a nuestro porche. Fingíamos sostener pancartas escritas a mano sobre nuestras cabezas. A lo largo de los yermos campos invernales que nos rodeaban trazamos una cuadrícula del Capitolio de Washington. Nos imaginábamos las aceras, las hileras de tiendas y las avenidas principales por donde avanzábamos con paso firme, cantábamos, y nos dispersábamos con los otros negros cuando lanzaban gases lacrimógenos o soltaban a los perros.
En el frío invernal, mi hermana y yo marchamos a paso ligero hasta que pudimos hacerlo sin jadear. Era un juego, nos decíamos a nosotras mismas. Ezra me mostró algunas de las tácticas de autodefensa que Ernest le había enseñado. «Pero piensa que ellos no son pacíficos. Así acabarán
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matándote», le recordé yo. Mi hermana adoptó una expresión distante mientras ignoraba mis palabras con un encogimiento de hombros.
A veces, para distraerme, Ezra cantaba un espiritual con su bonita voz:
«Wade in the water», «Lay down body», «Amazing grace».
Yo nunca me acordaba de las letras, así que no podía unirme a ella. Pero cuando los escuchaba, las llamas crecían en mi interior y notaba un lametazo de humo en los labios.
En casa, estaba demasiada concentrada en la salud de mamá como para dedicar tiempo a preguntarme cómo una persona como mi antigua maestra había decidido morir. Me preocupaba más mi padre y cómo había estado a punto de sacrificarse para salvarme. Cuando iba a sentarme silenciosamente en su despacho mientras él corregía deberes y se ponía discos de blues, no me echaba diciéndome que el blues era música para adultos. Antes nunca le había oído escuchar ese tipo de música, y tuve la sensación de que aprendía algo de los problemas de mi padre.
Ese invierno, Ezra estaba más callada que de costumbre; yo no sabía si lo que la enmudecía era el frío o la extrañeza que le causaba el hecho de aceptar que era una mujer joven. Hablaba cuando era necesario, pero por lo demás parecía estar reservando su energía y sus fuerzas para algo que estaba por venir. Yo echaba de menos a la Ezra de antes.
Una noche de diciembre, después de recoger la mesa, me quedé sola en el pasillo silencioso. Ezra había cerrado la puerta de su cuarto, señal de que no debía molestarla. Sentía una soledad difícil de describir; solo podía decir que tenía la sensación de que la casa también se sentía sola.
Mis padres, que normalmente cerraban la puerta de su dormitorio cuando subían a acostarse, no parecían ser conscientes de que la habían dejado entreabierta. Silenciosamente, me acerqué lo máximo posible para escuchar su conversación. Me fastidiaba lo rápido que dejaban de hablar cuando Ezra o yo hacíamos acto de presencia.
—A fecha de hoy, ella todavía se niega a disculparse —oí que decía mi madre.
—No podemos escoger a nuestra madre, es la que nos toca — respondió papá con suavidad y un tono de voz tan afligido como jovial.
Podía visualizarlo con su camiseta blanca y sus pantalones largos. Estaría sentado en el sillón orejero, que en otros tiempos lucía un estampado de rosas brillantes.
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—Al menos a ti tu madre no te abandonó —dijo mamá.
—Me abandonó de otras maneras.
—¿A quién se le pasa por la cabeza hacer semejante cosa, dejar a un bebé recién nacido en las escaleras de una iglesia? —dijo mamá, ignorando el comentario de mi padre—. Me podría haber muerto, y a Ginny le habría dado bastante igual, siempre y cuando eso no la impidiera salir a bailar. Una minucia. Siempre la he visto como una mujer orgullosa que decidió anteponerse a sí misma a todo lo demás, incluso a su propia hija. Yo nunca le haría eso a Cinthy o a Ezra. Ni a ti. Porque yo sé lo que es el amor. Mi madre no tiene ni idea de eso.
El ataque de tos de mi madre interrumpió lo que mi padre estaba a punto de decir. Oí que mi madre gemía la palabra «agua». Me imaginé a mi padre levantándose del sillón y acercándose a la cama para sostener a mamá contra su pecho con su único brazo hasta que se le pasara la tos.
—Cariño, te estás alterando demasiado, que es justo lo que no debes hacer —dijo papá—. Tu salud no te permite enfadarte de esa manera. Lo único que conseguirás será empeorar los síntomas. Es importante que te pongas fuerte antes de la operación. Si Ginny nos ofrece ayuda, quizá tengamos que aceptarla. Por lo menos hasta que te encuentres mejor.
—¿Hasta qué? —preguntó mamá con amargura—. Haré las paces con mi Dios cuando me prepare para marcharme.
—No digas esas cosas —dijo él.
—No puedo evitarlo. Nunca pensé que mi vida… —Tu vida está aquí.
—Heron —dijo mamá. Su voz era nítida—. No sé si quiero darle a mi madre una nueva oportunidad para hacerme daño. Por mucho que la necesite.
—Llama a tu madre, perdónala, acéptala como es y deja que te quiera por fin —dijo mi padre.
Su tono de voz era apagado. Quizás apretaba la boca contra la mejilla de mamá, como hacía a menudo. Se aclaró la garganta.
—Quizás esté lista para explicarse —dijo mientras parecía levantarse de la cama.
—¿Acaso tu madre…?
—Mi madre ¿qué?
—¿Se explicó?
—No pudo —dijo él—. Maté su estrella.
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—Fue Dios quien se lo llevó —dijo mamá—. Tú solo eras un crío.
—Era yo quien estaba al volante.
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ALMA ELIZABETH KINDRED
La gente siempre se refirió a Alma Elizabeth Kindred, mi abuela paterna, con el nombre «Consuelo». Cuando un niño recibe un apodo demasiado pronto, las consecuencias pueden ser desastrosas. Ya de bebé, mi abuela estaba predestinada a la contrariedad. Antes de poder generar sus propias lágrimas, la gente de Damascus depositó en ella las lágrimas derramadas por sus padres asesinados y por sus hijos muertos. Ungida con ese legado, se convirtió en un espectro que respiraba, una muerta viviente. Quienquiera que hubiera podido llegar a ser por su cuenta ya se había perdido.
Consuelo suspiraba para sus adentros cuando la gente de Damascus le hablaba del cielo, el infierno y el paraíso. La salvación y el pecado, Satanás y los santos, la aburrían. Lo encontraba demasiado dramático, solipsista y pueril. El péndulo polvoriento del castigo, el sacrificio y la recompensa le provocaba estornudos. Quizás era alérgica al aire de la Tierra Prometida.
A veces mi abuela, sentada en el templo de No Me Detengáis, contemplaba la fotografía enmarcada de sus jóvenes padres intentando que sus ojos se humedecieran, pero no tenía imaginación para recrear su muerte.
La rara personalidad de Consuelo, que no tenía nada que ver con la gentileza de su madre, Callie, perturbaba a las mujeres de Damascus. La chica tenía una energía extraña que no podían definir. Pero si bien apenas disimulaban la aversión que les despertaba, toleraban sus rarezas. Se tragaban palabras como «fresca», «cabra loca» y «cabeza hueca», porque sus oídos envejecidos todavía recordaban la risa cristalina de Calliope Kindred. A veces incluso se preguntaban si Alma «Consuelo» Kindred disfrutaba del malestar que sentían, aunque solo fuera un poquito.
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Consuelo se hizo mayor. Una joven encantadora, diferente. Creció al cuidado de esas mujeres hasta que un día los ujieres de No Me Detengáis le hicieron entrega a mi abuela de un anillo metálico donde resplandecían las llaves de la casa de sus padres, que la comunidad se había encargado de mantener cerrada, limpia y consagrada. «Ya eres mayor y tienes que emprender tu propio camino», le dijeron.
En vez de seguir conservando la casa como si fuera una especie de museo, Consuelo abrió las ventanas de par en par para ventilar y que desapareciera el olor de las bolas de naftalina, las caléndulas viejas y el detergente con olor a pino.
Antes que nada, necesitaba respirar. Luego quería follar. Pero ¿cómo podría hacer ambas cosas en esa casa, donde había crucifijos colgando de casi todas las paredes, incluyendo tres en el dormitorio más grande? ¿Sería lo bastante delicada con la vajilla de porcelana de su madre como para beber whisky con los periódicos de la mañana, como le apetecía? ¿Dónde pondría sus prendas de ropa, ajustadas y brillantes, de tonos principalmente rojos y dorados, si no sacaba los desteñidos vestidos de percal y muselina de su madre del armario de espejos tallados?
El sudor y la sumisión del follar (una sumisión que nunca era suya) convertían cada respiración en un éxtasis. Después del sexo, se enjabonaba el cuerpo y suspiraba con alivio pensando que no había renunciado a nada, que no había entregado nada. El único sitio donde los hombres podían hallar suavidad era su piel. Nada más de ella cedía.
Cuando dos hombres distintos le dieron un hijo a Consuelo, sus ojos parpadearon hacia el exterior brevemente antes de regresar a la isla de su interior, donde sus pensamientos maduraban como fruta intacta, precipitándose en solitario por arboledas silenciosas. A veces se sorprendía a sí misma observando a esos dos seres que había creado, aterrorizada. Le resultaba insoportable la idea de decirles la verdad: que no tenía ningún interés por sus destinos.
No es de extrañar, pues, que mi padre adolescente y su hermanito decidieran marcharse de ahí robando uno de los opulentos coches de un exnovio de su madre que lo había dejado abandonado en la calle. No llegaron demasiado lejos.
El accidente fue noticia en todos los periódicos locales. El nombre del niño que murió nunca apareció impreso, porque era un nombre tan bonito
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que haría llorar a los negros. Incluso los blancos dejaban de hablar cuando leían la trágica historia.
El mayor, mi padre, salió medio despedido por la ventana, tan bruscamente que sus brazos se desgarraron formando una especie de tentáculos de músculo y sus huesos se rompieron y astillaron bajo el volante esmaltado. El cuerpo del pequeño, el favorito de Consuelo porque se parecía a ella en su actitud distante, fue descubierto entre las ramas de un árbol cercano, sin cabeza. Tenía los brazos abiertos como los travesaños de madera de una cruz. La cabeza había rodado a cierta distancia, y tardarían en encontrarla.
Los ancianos de Damascus lloraron y sacudieron la cabeza. Heron Kindred había destrozado tanto su propio legado como el de ellos. Había matado a su hermano. Lo llamaban Caín a sus espaldas. Y la gente del pueblo que todavía veneraba las cenizas de Theodore y Calliope Kindred no osó insinuar que quizás esta nueva tragedia era en parte culpa de Consuelo. Que quizás esos dos jóvenes leones no habían recibido la atención que debían.
Desde ese día en adelante, mi padre, Heron Theodore Kindred, se vio obligado a vivir la vida de los dos hijos.
El accidente de coche de mi padre tuvo lugar el verano anterior a su último año de instituto. Mientras papá se recuperaba —estuvo convaleciente gran parte del curso escolar— hacía sus deberes en casa. Una o dos veces a la semana un compañero de clase, o uno de los ujieres de No Me Detengáis, se pasaba para recoger sus trabajos y llevárselos al maestro. Cuando eran chicas las que se pasaban, podía leer en sus labios la expresión «bicho raro». En cuanto a los adultos, casi podía oler la palabra «asesino» en su aliento.
Su madre, Consuelo, le daba de comer. Le enseñó a bañarse, vestirse y curarse solo, y lo mantuvo apartado de los viejos que decían que debería pasar el resto de su vida en el infierno. Estas lecciones de vida fueron impartidas rápidamente antes de que Consuelo regresara al remoto archipiélago de su propia mente. Papá intentó no ser un estorbo ni un ser necesitado, hasta que se dio cuenta de que en realidad la vacuidad de su madre impedía que él pudiera irritarla.
Nunca mencionaban a su hermano pequeño porque ambos eran conscientes de lo que sucedería si lo hicieran. Al principio mi padre tenía la esperanza de que con la mención de ese nombre quizá llegara el perdón.
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Pero el silencio de mi abuela le dejó bien claro que no iba a ofrecerle ninguna reconciliación real. En vano, él intentó presionarla, aproximarse desde otros ángulos, pero al final ambos acabaron aceptando la futilidad de todo ello.
Así que mi padre se refugió en los libros.
Mi padre dobló su cuerpo tierno y larguirucho sobre frases, relatos, diccionarios, almanaques, astronomía, y las extrañas anatomías de criaturas en peligro de extinción. En su mente, mi padre visitaba los pueblos indígenas y los horizontes de otros continentes. Cuantos más kilómetros recorría a través de las páginas —historias de guerras mundiales, genocidios incomprensibles, folios indescifrables de lenguas perdidas— más desconfiaba de todo lo que tenía que ver con Dios, alguien que parecía pedirles a los humanos que olvidaran y perdonaran demasiado.
Esto le resultaba particularmente cierto una vez al año, cuando todos los feligreses de la localidad se reunían en un pequeño terreno detrás de la nueva No Me Detengáis para rezar sobre el lugar donde había estado la antigua iglesia. Pronunciaban en voz alta los nombres de los niños que Calliope Kindred sostuvo en sus brazos ardientes. Presionaban la tierra con los dedos y decían que podían sentir cómo sobresalían los huesos de Dios.
Si bien nunca pedían que mi abuela o mi padre hablaran, era esencial que los descendientes vivos de los Kindred estuvieran ahí para presenciar los actos de su devoción. Hablaban de Theodore Kindred, un gran hombre que había sido abatido demasiado pronto por los blancos. Se secaban las lágrimas con las manos y alababan lo mucho que Callie Kindred, una mujer excelente en todos los sentidos, se había entregado a su marido y a su proyecto de Damascus. Todo esto, todos estos estremecimientos y lamentos, no se alargaba más de unos minutos, antes de que se repartieran galletas de mantequilla y vasos de limonada.
Había transcurrido un año desde el accidente, y mi padre, después de graduarse del instituto, tullido en cuerpo y espíritu, intentaba evaluar su futuro. El verano había reavivado las cosas jóvenes que bullían en su cuerpo contra su voluntad.
No poseía el brillo fácil y lozano de otros chicos de su edad. En la escuela, nunca pasaba el brazo perezosamente por los delicados hombros, suaves como la angora, de una novia. Nunca se lo veía andando de forma desgarbada con una pandilla de chicos que fanfarroneaban de lo que
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habían hecho o visto. Nunca lo invitaban al baño de los chicos, donde inspeccionaban sus jóvenes y largas vergas. Nunca lo habían animado a participar en el vocabulario tosco pero sedoso vinculado al acto de fornicar. Cuando presenció la fácil fascinación que despertaba entre los chavales la palabra «coño», se dio la vuelta, avergonzado.
Después del accidente, si mantenía los ojos abiertos demasiado tiempo, papá entreveía lo que aquellas chicas guapas de Damascus veían cuando se molestaban en mirarlo: un bicho raro, manco y distante que había matado a su propio hermano y cuya familia sufría una maldición tan terrible que, según decían los padres de esas chicas, por supuesto de puertas adentro, quizá lo mejor habría sido que todos los miembros de la familia se hubieran quemado vivos en esa iglesia.
Un día, a principios de verano, después de asistir a la ceremonia en conmemoración de sus abuelos, mi padre divisó a una belleza alta y de mirada intensa en los lindes del jardín de la iglesia. Sus ojos se encontraron, y luego se engancharon en una mirada conspiratoria.
Cuando la joven del otro extremo del jardín de la iglesia movió los brazos para mostrar un libro apretado contra sus pechos, él se quedó sin aliento. Seguidamente mi padre observó a una mujer imponente acercarse a la chica y empezar a hablar con ella. Ambas se giraron y desaparecieron por un camino que llevaba al aparcamiento más alejado.
Papá conocía a esa mujer. Era Virginia Abbott, aunque en el pueblo la mayoría de la gente la llamaba Ginny. Ginny Abbott era conocida por su exquisita repostería. Sin embargo, lo que se preguntaba mi padre era dónde había tenido escondida a una hija tan hermosa. ¿Cómo no se había fijado en ella antes?
Esa tarde, la esperanza abrió sus alas a través de su melancolía. Plantado en el cementerio del sueño de sus abuelos, mi padre sintió que rezar tal vez tenía sentido después de todo, si conseguía volver a ver a esa chica encantadora.
Alma Elizabeth «Consuelo» Kindred moriría de un ataque al corazón poco después de que mis padres se escaparan a Salt Point en cuanto pudieron después del nacimiento de Ezra. A mi padre le preocupaba que las llamas del pasado, que todavía ardían lo suficiente para cumplir la antigua maldición, amenazaran su nueva felicidad.
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Un martes por la noche, exactamente una semana antes del día de Navidad, los Junkett vinieron a cenar a nuestra casa.
En la radio estaba sonando «You send me» de Sam Cooke, y cuando terminó Ezra y Lindy corrieron al salón para poner el disco. Yo jugaba con los gemelos, tomándoles de la mano y haciéndoles dar vueltas, mientras Ernest se acercaba a mi hermana. De vez en cuando ella soltaba una risita que yo no le conocía y que solo oía cuando Ernest le susurraba cosas al oído. Después pusimos un disco de Eartha Kitt, la favorita del señor Caesar. Él abrazó a mamá cuidadosamente y le dijo cosas que la hicieron reír, mientras la señorita Irene y papá bailaban por la habitación de forma tan elegante que parecían estar flotando. El olor a comida rica, mantequilla y azúcar llenaba la cocina. Nuestros problemas parecían lejanos. Había velas ardiendo, y al final de la semana la ventana delantera de la casa enmarcaría la silueta parpadeante del árbol de Navidad.
Cuando finalmente los Junkett se fueron, papá propuso que nos reuniéramos en el salón. Esta noche, nos dijo, sería el último día que emitirían el Nat King Cole Show. Lo había leído en los periódicos y, aunque no teníamos televisor, sí teníamos muchos discos de Cole. Podríamos recordar al hombre a nuestra manera, dijo nuestro padre.
Mamá se sentó al piano mientras yo colocaba la aguja sobre el vinilo, con cuidado de no rayarlo. «Forgive my heart» llenó nuestro comedor con la voz de Cole. Ella tocó por encima de la canción suavemente, presionando las teclas con sus largos dedos.
Papá invitó a Ezra a bailar. Riéndose nerviosamente, ella le cogió la mano y dio unos pasos suaves antes de girarse e indicarme con un gesto que la cogiera de la otra mano para que así ambas pudiéramos bailar con nuestro padre.
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Él canturreaba las letras. Su camisa blanca y su corbata negra brillaban en la penumbra del salón. Descalzas, nos movimos alrededor de nuestro padre. Con los ojos cerrados, él giraba lentamente sobre sí mismo, con una sonrisa en la cara. Ezra se escabulló para ir a sentarse al piano y seguir tocando en lugar de mamá.
Mi madre se levantó, temblando, y yo junté su mano con la de papá.
Sin abrir los ojos, él le besó la mano, sosteniéndola contra sus labios.
Después de comprobar que el fuego ardía bien, me senté en el taburete que había cerca de la ventana para contemplar a mis padres. Me emocionaba cómo bailaban, parecía que nunca fueran a soltarse. ¿Cómo podían parecer tan fuertes y a la vez tan frágiles? La cabeza de mi padre estaba casi totalmente inclinada sobre la parte superior del pelo de mamá, que Ezra y yo le habíamos ayudado a rizar. Su vestido azul marino era prácticamente negro, y sus largas piernas se deslizaban como un líquido debajo de la seda.
Ezra abandonó el piano y cruzó la habitación hasta la ventana, sentándose en el suelo para apoyarse en mí. Inclinando la cabeza, siguiendo los ritmos plácidos de la música, intenté imaginarme a Nat King Cole con una de sus preciosas sonrisas, despidiéndose con la mano de su público invisible, que estaba reunido en infinidad de salones por todo el país. Yo tenía la esperanza de que estuvieran todos bailando al son de la voz maravillosa de Cole.
—Mañana hay clase —dijo mi padre, abriendo los ojos.
—Qué velada más bonita —dijo mamá, todavía de pie, abrazándose a mi padre.
Sin quejarnos, Ezra y yo nos levantamos.
—Un momento —dijo mi padre.
Su voz parecía ligeramente rota. Alzó el brazo, y nosotras nos acercamos a él y a mamá. Tenía el brazo lo bastante largo como para rodearnos a todas. Nos mecimos juntos, abrazándonos como si fuéramos uno. Me aferré al hombro de mi padre y a la cintura de mi madre. Podía oler el perfume y el aceite del cabello de mamá. Todos estábamos cálidos y suaves. Por un momento me olvidé de las últimas semanas, los últimos meses. No eran importantes. Nos estábamos refugiando en nuestra alegría.
—Quiero mucho a mis chicas —nos dijo mi padre.
Estaba llorando un poquito.
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Ezra me dejó dormir en la cama doble de su habitación. Podíamos oír, en el otro extremo del pasillo, las voces de nuestros padres, murmurando tras las paredes de su cuarto.
—Realmente están enamorados —dijo Ezra, bostezando.
—Sí —dije yo.
—Quizá todo salga bien.
—¿A qué te refieres?
—Está siendo una temporada difícil, ¿o es que no te has dado cuenta?
¿Cómo tienes las manos?
Se bajó de la cama y se acercó a mí. De repente, tuve su voz al lado de mi cara.
—Déjame ver.
Encendió la lámpara de la mesita que había entre ambas camas.
—Estoy bien.
—Tú déjame —dijo ella, metiendo las manos debajo de la manta para sacar las mías a la vista—. Fue valiente lo que hiciste. ¿Todavía te duelen?
—A veces —dije, mirándola a la cara—. Prefiero no pensar en ello.
—Pero no puedes evitar pensar en ello.
—Esta noche sí lo he evitado —dije, sintiendo una punzada de dolor en una mano—. Esta noche no he pensado en ello en ningún momento.
—Bien —dijo ella—. Yo pienso en ello cada día. Incluso esta noche. ¿Recuerdas lo que le pasó a papá cuando era un muchacho? Su brazo atravesó un cristal, y lo perdió.
—Bueno, aquí están mis manos —dije yo—. No las he perdido.
—Pero podrías haberlas perdido.
—Pero no las perdí.
—Espero que nunca más vuelvas a hacer algo tan estúpido —dijo Ezra. Llevándose mis manos a su cara, frotó la mejilla contra las cicatrices
—. Nos asustaste a todos, Cinthy. Podríamos haberte perdido. —Pero el señor Caesar…
—Ya es mayorcito —replicó ella.
—Sí —dije.
—A mí no hay muchas cosas que me asusten —dijo Ezra—, pero me asusté cuando vi toda esa sangre. Tu sangre. Me asusté mucho. Cuando te llevaron al hospital, pensé que…
—Me dolía —dije en voz baja.
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—Lo sé —dijo ella.
Con cuidado, volvió a colocar mis manos debajo de la colcha y me la subió hasta los hombros. A continuación, en vez de regresar a su cama, Ezra se quedó en la mía. Apagó la lámpara y se acurrucó a mi lado. El peso de su brazo en la colcha hizo que suspirara como si llevara semanas aguantándome la respiración. En su cuarto, mis padres estaban riéndose, y yo sonreí en la oscuridad. Si mamá tenía fuerzas suficientes para reír, quizás Ezra tenía razón. Quizá las cosas saldrían bien. Además, había oído en su voz la admiración y el respeto que Ezra sentía por mí. Eso me bastaba para enfrentarme a lo que fuera. Volvió a oírse una musiquilla procedente de la radio que mamá tenía en su mesilla de noche. Cerré los ojos mientras oía la respiración de Ezra y me imaginaba a mis padres bailando lentamente en su habitación.
—Yo haría lo que fuera por ti —dijo mi hermana como si estuviera hablando con alguien en un sueño.
La escuela cerraba por las vacaciones de Navidad el lunes de la semana siguiente, el 23 de diciembre. Mi padre nos llevaría a casa a Ezra y a mí en coche y luego regresaría a Hobart para llevarse algunos libros y otros materiales escolares que quería tener en casa. El señor Caesar y los niños Junkett todavía estarían ahí, ya que el señor Caesar planeaba avanzar con la limpieza de la escuela para no tener que pensar en el trabajo, ni en los blancos, durante las vacaciones. Al ver cómo lo saludábamos con la mano desde el coche, el señor Caesar se había reído a carcajadas, recordándonos la cazuela de alubias de ojo negro de la señorita Irene, que traía buena suerte.
—Ya sabéis, cuando se trata de buena suerte, siempre estáis todos invitados.
Mi padre había preferido que no nos quedáramos en la escuela con él porque no quería dejar a mamá sola limpiando y cocinando.
—Ayudad a vuestra madre con las cosas de casa —dijo—. Ya sabéis que cuando llega la Navidad se cree que puede hacerlo todo sola.
—Claro, ayudaremos a mamá —respondió Ezra—. No te preocupes, papá.
Las luces amarillas que brillaban desde las ventanas del primer piso se reflejaban en el apuesto rostro de nuestro padre. Vi su sonrisa incluso en la oscuridad. Me invadió una sensación agradable. Me di cuenta de que
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estaba a salvo, aunque supiera que mi madre y mi padre no siempre podían evitar que el mundo nos acosara. Era amor lo que me hacía sentir así. Un amor que el mundo no podía arrebatarme, que el mundo no podía arrebatarnos.
—Dadle un beso a vuestra madre de mi parte —dijo, riéndose un poco —. Y aseguraos de que el fuego esté ardiendo cuando vuelva a casa.
El crudo viento de diciembre podía arrancar el calor de la piel de un hombre en cuestión de minutos. Mi padre condujo el coche hasta una de las plazas de aparcamiento situadas entre el edificio principal de la escuela y el cobertizo del señor Caesar, para que este pudiera ver que él también estaba allí trabajando. Al bajarse del coche, subiéndose el cuello de su abrigo de lana azul marino, oyó unos gritos infantiles procedentes del cobertizo. Al girar la cabeza pudo ver las siluetas de los tres críos Junkett perfiladas en la luz de la casita de mantenimiento: Lindy, Rosemary y Empire. Ernest, que trabajaba como aprendiz de un carpintero negro en Gunn Hill y tenía unos días de vacaciones, estaba en casa. La señorita Irene había ido a Gunn Hill para asistir a la misa vespertina de Estrella Ascendente, seguida de un ensayo del coro y una cena de mujeres para discutir los detalles de la reunión anual de Nochevieja de la iglesia.
Papá gritó a los niños para advertirles que se quedaran dentro.
—Mantened la puerta cerrada —dijo abruptamente.
El señor Hobart a menudo le pedía a su sobrino que patrullase por el recinto escolar.
Entró en la escuela por la puerta lateral. Deteniéndose un momento, contempló los oscuros pasillos, con miedo de que alguien apareciera súbitamente para decirle que ya no pertenecía a ese sitio. Que en realidad nunca había pertenecido.
Desde el «robo» del bolso de la señorita Alley, el señor Caesar y mi padre ya no tenían carta blanca para pasearse solos por la escuela. El señor Hobart había animado a algunas profesoras que vivían en los dormitorios femeninos a «vigilar» las idas y venidas de ambos hombres. Incluso había obligado al señor Caesar a devolver las herramientas que le había permitido llevarse a casa para utilizar en otros sitios cuando hacía trabajos esporádicos en pueblos cercanos.
Ahora, mientras oía los silbidos o la radio del señor Caesar, mi padre se dirigió rápidamente a su propia aula. Las luces ya estaban encendidas y
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el suelo había sido fregado recientemente con una mezcla de limón que hacía que la habitación oliera a día soleado. Mi padre volvió a sentirse agradecido por su amistad con el señor Caesar. Inicialmente, mi padre había hecho distinciones entre él, que era un hombre de libros, y el señor Caesar, que era un hombre de escobas. Pero las tensiones en el pueblo habían hecho que fueran iguales; y, a los ojos de los blancos, igual de inferiores. Se habían vuelto incluso más íntimos desde que el policía había arrestado injustamente al señor Caesar. El profesorado había expulsado implícitamente a mi padre de casi todos los espacios comunes, algo que le había abierto los ojos a la realidad de nuestro futuro en Salt Point. Ya llevaba muchas noches escuchando al señor Caesar y a la señorita Irene darle vueltas a la idea de irse al sur. Hablaban de Royal, de donde venían, e intentaban que mi padre les hablara de Damascus. Él había evitado pronunciarse, pero ahora mi padre estaba sopesando seriamente una posibilidad que le habían planteado: marcharnos todos al sur como una gran familia, y encontrar un pueblo que fuera lo bastante grande, lo bastante negro y lo bastante seguro para todos los niños. Mi padre no creía que pudiera existir semejante sitio. Desde luego, no en Estados Unidos. Y quizá tampoco en ninguna parte del mundo. La señorita Irene no tardó en mencionar África, pero a mi padre le resultaba insoportable pensar en lo duro que sería trasladarse a un lugar tan lejano, especialmente con su esposa enferma.
Suspirando, mi padre masajeó su sien derecha con las yemas de los dedos enguantados. Le dolería la cabeza si no se concentraba en lo que tenía que hacer: ordenar la clase, organizar sus libros, envolver a escondidas los regalos de Navidad para la familia y echarle una mano al señor Caesar con la limpieza restante, para que ambos pudieran marcharse lo antes posible.
Justo en ese momento, un ratón de gran tamaño corrió por el suelo de madera del aula, ya seca. Maldiciendo en voz alta, mi padre pensó en lo implacable que era el señor Caesar con los roedores de su escuela. Pero esa ya no era su escuela. Pensar lo contrario sería engañarse.
Un viento afilado procedente de los acantilados sacudió las ventanas, y mi padre se estremeció. Probablemente el señor Caesar había bajado la calefacción para ahorrar. Pensó en los críos Junkett en el cobertizo, donde haría más calor.
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Papá colgó su abrigo en su gancho del pequeño guardarropa. Se permitió pronosticar lo que 1958 les depararía a su familia y a él. Papá intuía que se avecinaban cambios, unos cambios que le exigirían una prudencia que excluía su habitual reticencia. Contempló unos segundos los pupitres vacíos que tenía delante. El jurado ausente de chicos blancos le despertó una angustia que nunca antes había experimentado. Sacudiéndose la sensación de que alguien lo estaba observando, papá se reprendió a sí mismo y cogió el gastado estuche que contenía su querida pluma estilográfica. Leería un rato, y luego rellenaría una libreta con preguntas y declaraciones. Congregando en torno a sus pensamientos el familiar y deshilachado consuelo de la lógica, invitó a la razón y a los hechos a guiarle, como siempre habían hecho.
El viento trajo un aroma acre de humo que sacó a mi padre abruptamente de sus pensamientos. Vislumbró un enorme halo de luz naranja al otro lado del viejo y combado cristal de las ventanas del aula. Se levantó de un salto y salió corriendo por el pasillo. Alzó la voz y gritó, con la esperanza de que su amigo lo oyera.
—¡Caesar! ¡Caesar! ¡Caesar!
Nadie respondió. Corrió por los pasillos siniestramente iluminados, mientras sus pies aporreaban el suelo de madera pulido y desigual como los cascos de un caballo. Al llegar jadeando a la entrada lateral se encontró con que la puerta estaba cerrada con llave. Eso era bastante raro, pues el señor Caesar debía de haber visto el coche de mi padre, y, por lo tanto, tenía que saber que seguía dentro del edificio.
Papá todavía no había entrado en pánico. No sabía qué era exactamente lo que había visto desde la ventana. Pero ¿qué otra cosa podía ser ese fulgor? Cerca del cobertizo. El cobertizo.
Girando por esquinas sin luz, papá corrió por el largo y oscuro pasillo que conducía a la entrada principal de la escuela. Al llegar descubrió que las altas puertas estaban cerradas, aunque sabía que eran las últimas que cerraba el señor Caesar.
Mi padre empujó una puerta con el hombro. El viento abrasador de los acantilados, fuerte como un alarido, casi lo derribó.
Avanzó a trompicones hasta el aparcamiento donde había estacionado el coche y desde donde parecía emerger la resplandeciente luz amarilla, cerca del cobertizo. Inexplicablemente, esa situación le resultaba bastante
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familiar, como si ya hubiera vivido ese ajetreo antes, en un sueño, siempre despertándose antes de conocer el desenlace.
Al doblar un recodo de matorrales bajos y podados, se detuvo bruscamente. Bajo la negra silueta de un árbol apenas pudo distinguir la sombra de un hombre que cabalgaba sobre un enorme caballo de ardientes ojos verdes y con la cola en llamas. Mi padre se maravilló al ver el rostro de ese hombre, que era casi idéntico al suyo, pero más joven. La tristeza que desprendían sus hombros, coronados con formas extrañas que se retorcían como si fueran cientos de alas o manos, le llenaron los ojos de lágrimas. Porque él conocía a ese hombre. Cuando se enjugó las lágrimas, la figura había desaparecido. Sacudió la cabeza y corrió directamente hacia la luz radiante.
Era un infierno. El cobertizo estaba ardiendo. Mi padre podía oír los gritos de los críos Junkett que estaban dentro. Recordó que en invierno el señor Caesar mantenía cerradas las ventanas del cobertizo para evitar posibles trastadas o incluso robos de herramientas. Pensó en los botes, meticulosamente ordenados, de gasolina, queroseno, aguarrás y propano que su amigo tenía etiquetados. Las pilas de cerillas, envueltas en pequeñas torres de cartón. Ese sitio era un polvorín.
Mi padre podía ver, a través de las ventanas, cómo danzaban las delgadas sombras negras de tres niñas. Una parte del tejado estaba completamente engullida por las llamas, y las chispas, grotescamente festivas, salpicaban el aire seco y gélido.
Volvió a llamar al señor Caesar, consciente de que podía estar en un ala completamente distinta del edificio.
Mi padre corrió hacia el cobertizo, que le recordaba a una iglesia que nunca había visto.
El rugido del fuego le trajo a mente el mar de debajo de los acantilados. Utilizó todas sus fuerzas para abrir de un empujón la puerta que antes había ordenado cerrar a los niños. Una vez dentro, sintió cómo los críos Junkett se aferraban a él, y dejó de pensar en cualquier otra cosa que no fuera en cómo salvarlos. El aire estaba cargado de un denso humo químico y era sofocante.
Echando una mirada por encima del hombro, mi padre vio que no sería capaz de sacar a los tres críos por la puerta por la que había entrado. Tendría que sacarlos por la ventana. Tapándose la cara, golpeó los cristales calientes con el codo. Las cerraduras ya se estaban derritiendo. Había dos
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ventanas que era imposible alcanzar. Los Junkett no dejaban de gritar, y él vio cómo el fuego reflejaba su propio destino en el brillo de los ojos de los niños.
Mi padre se puso a Rosemary sobre el hombro derecho y a Empire sobre el izquierdo. Alzando la voz, ordenó a Lindy que se mantuviera aferrada a él pasara lo que pasara.
Cuando llegó ante la ventana más alejada, pateó el cristal con el pie. Empujó a Empire hacia el abrazo helado del aire. Luego a Rosemary. Levantó el cuerpo semiinconsciente de Lindy, susurrándole palabras tranquilizadoras mientras la niña gemía. A pesar de haberse desmayado, seguía aferrada a él. Cuando pasó el brazo que sujetaba a la niña a través de la ventana se sorprendió al sentir unas manos fuertes y firmes que cogían la suya y tiraban de Lindy hacia el otro lado.
Mi padre sonrió al oír que alguien gritaba su nombre. Era el fuego, o su amigo Caesar, o el humo en su sangre, que llevaba años ahí y no se había apagado. Un vendaval de calor abrasador le trajo la voz de una mujer que lo enterraba en un nombre: «Alma», dijo la voz repetidamente, hasta haberse asegurado de que él la estaba escuchando, recordando. La visión de una mujer cuyo nombre también había sido Consuelo, pero que nunca consoló, brilló en su corazón acelerado. Mi padre estaba a punto de derretirse. El fuego danzó por su espalda sudorosa, y por las mangas blancas de su bonita camisa. «Alma, Alma», la llamó esperanzado. Su madre y la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre, lo salvarían.
Cuando mi padre alargó la mano, sus dedos casi tocando lo que él creía que era de Dios, una viga de madera ardiente se derrumbó sobre él, aplastando su mente.
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El lunes antes de Navidad, Ruby y sus padres se subieron a la limusina que los llevaría a Amity. El papá de Ruby había aceptado compartir una cena navideña con la señorita Alley y el matrimonio Hobart. Dijo que para él aceptar la invitación había sido «un gran paso», admitiendo que no podía negar el hecho de que los Hobart eran muy amables por querer ayudar a Ruby. Desde que le comunicara a Ruby su decisión de aceptar las buenas intenciones de la señorita Alley para con su futuro parecía de mejor humor. Ya no acusaba a su hija de mantener amoríos ilícitos con chicos del pueblo, pero ella tenía miedo de que la aventura que había tenido con Cullen, aunque breve, hubiera cambiado su vida exactamente como había presagiado su padre.
La madre, al enterarse de la cena especial en honor a Ruby, se pasó unas semanas haciendo pucheros, y solo podía pensar en su propio «debut». Le escocían los ojos cuando recordaba cómo el tío de la señorita Alley las había tratado a Ruby y a ella años antes. Pero, por otro lado, no dejaba de pensar que el señor Hobart tenía que «pagar» por todos los piropos que no le había dirigido en su época de esplendor. La madre de Ruby seguía ocupada en sus maquinaciones, mostrando poco interés en el paradero de su marido, incluso cuando sus propias hermanas le dijeron que el padre de Ruby había sido visto cerca del faro con una mujer que parecía estar muy por encima de la típica fresca del pueblo que le haría un favor. La familia Scaggs llevaba años viviendo rodeada de molestos cotilleos e insinuaciones, así que todo lo que pudiera decirse sobre cualquiera de ellos probablemente sería desagradable y habría sido pensado para satisfacer las desdeñosas mentiras de los lugareños.
Sin embargo, Ruby también se preguntaba si los retorcidos pensamientos de su padre sobre la señorita Alley tenían algo o mucho que ver con la generosidad. No quería pensar que su profesora los estaba
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utilizando, ni a ella ni a su padre. Pero a menudo se hallaba sopesando esta posibilidad, cuestionando si la mujer quería realmente «adoptar» a Ruby como una hija o una hermana. ¿Y si solo se trataba de una especie de encaprichamiento caritativo? En las páginas de las revistas de su madre había leído sobre ese tipo de mujeres que eran tan ricas que podían permitirse comprar gente pobre, tratarlos como si fueran trofeos, y luego dejarlos tirados. Lo que ahora aterrorizaba a Ruby, más que cualquier otra cosa, era la posibilidad de que la dejaran tirada.
Su futuro le preocupaba demasiado como para intentar averiguar si la señorita Alley estaba pasando más tiempo con su padre poniéndola a ella como excusa. En la limusina, Ruby se fijó en que su padre se las había apañado, sin que ella se enterara, para ir al barbero.
—Todo esto lo hago por ti —dijo él—. Si en algún momento dudas de mí, quiero que recuerdes que estoy intentando ayudarte. —Su cabello, su voz, su temperamento transmitían una tranquilidad inhabitual—. Quiero que tengas una oportunidad.
—Ya ha tenido oportunidades —dijo la madre de Ruby con tono irritado. Embutida dentro de un abrigo de pieles prácticamente pelado, meció los muslos para sentarse muy recta, como si estuviera en un sólido trono—. Todos las hemos tenido.
—Ruby no es como nosotros —dijo su padre, esbozando una sonrisa lastimera.
—Creo que necesito todas las oportunidades posibles —dijo Ruby. Era espeluznante oír a su padre hablar de ella como si fuera diferente
de su madre y de él mismo, pero quizás estaba empezando a pensar que era verdad. Sus ojos se clavaron en el deformado vestido de lana de su madre. Ruby había intentado excusar la presencia de mamá en la cena, pero la señorita Alley había insistido: tanto su padre como su madre debían acompañarla a casa de los Hobart, porque tenía que anunciarles algo importante.
—Yo tuve una oportunidad en cierta ocasión —dijo mamá—. Yo podría estar en otro sitio, ser otra persona. Y también estaría con otro hombre, bien lo sabe Dios. Con alguien digno de mí. Pero aquí estoy.
—¿Por qué no te callas? —dijo el padre de Ruby—. Y quizá podrías pensar en otras cosas aparte de ti misma.
—Por lo menos pienso en algo.
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—Eso lo dirás tú. No empieces con tu patético discursito, hablando de tus glorias pasadas como reina de la belleza. No empieces, joder.
La madre de Ruby se revolvió, mirando por la ventana. Se había recogido el fino cabello en un horrible moño. Ruby podía vislumbrar los finos pómulos de su rostro, y sus mejillas con unos hoyuelos que ninguna crema facial era capaz de ocultar. Sin embargo, cualquiera que la viera de perfil se creería que en su juventud había sido toda una belleza.
—No entiendo qué quiere de Ruby esta gente. Algo querrán. Y, sea lo que sea, probablemente lo quieran gratis. La verdad, no lo entiendo… ¿Por qué Ruby?
—Tú no lo entenderías —dijo su padre.
—Soy tan buena como cualquiera —dijo Ruby—. No hay nadie mejor que yo. Tampoco hay nadie peor que yo.
—No puedes esperar que nadie te diga si eres buena o no —dijo su padre secamente.
—Puedo depender de mí misma, papá.
El hombre le atizó una fuerte bofetada en la cara. Contempló su mano con tristeza, como si fuera un rostro irreconocible. Acto seguido le pasó el borde de la mano por la cara dos veces más.
—Tú vas a depender de lo que yo diga que vas a depender.
A medida que la limusina ascendía por las suaves colinas de Amity, la agreste tierra de Salt Point fue transformándose en un cuidado paisaje de parterres de temporada, setos elegantes y farolas doradas que ya estaban encendidas. Un fino cinturón rojo de luz solar ribeteaba el crepúsculo. Como si fuera una señal, un brillante polvo de copos de nieve se arremolinó en el crepúsculo. Era increíble que las dos poblaciones se encontraran a solo treinta kilómetros de distancia.
Amity parecía el decorado de una película, pero era real. Ruby nunca había visto algo así en su vida; solo en las sesiones dobles de cine a las que solía acudir con su madre. La chica había acabado detestando esas salidas porque se peleaban a menudo: Ruby preguntaba demasiadas cosas, a veces durante la película, y mendigaba palomitas, caramelos y otros tipos de dulce que su madre no podía permitirse. Las riñas destruían la sensación de ensueño de las películas. Y cuando dijo que ya no quería ir más al cine, su madre la acusó de ser incapaz de soñar.
Ruby se resistió a apretar la cara contra la ventana de la limusina. ¿Para qué tenía ojos sino para mirar detenidamente ese nuevo mundo? Los
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ojos le escocían por ver todas esas cortinas en ventanas iluminadas por lámparas. Le disgustaba el intenso anhelo que se le acumulaba en la garganta.
Acomodándose en el rincón más alejado del asiento, Ruby notó el cuero bajo la arrugada capa de crinolina de su vestido, una prenda que según la señorita Alley ella ya no podía usar debido a su edad. Era el mejor vestido de segunda mano que le habían dado jamás a Ruby. El aire olía a pelo quemado debido a las tenacillas que la señorita Alley había utilizado para hacerle tirabuzones. Ruby recordó lo delicioso, y ligeramente aterrador, que le había parecido que le rizaran el pelo. La dulzura con que la señorita Alley había soplado cada rizo, y cómo Ruby se había mirado en el espejo del tocador de la señorita Alley y había visto reflejada la sonrisa de su profesora. A pesar del ambiente de intimidad que se había generado en ese momento, no había mencionado a Cullen, aunque la señorita Alley le hablara de hombres entre risitas. Habló sin rodeos sobre el señor Hobart, el marido de su tía. A Ruby no le quedó claro si su maestra prefería cazar a un hombre rico y trastornado como él, o si deseaba un rompecorazones irresistible, uno de esos galanes malditos que hacían babear a su madre en el cine.
Durante una visita anterior al piso de la señorita Alley, la mujer le había preguntado conspirativamente sobre su regla. Ruby le mintió, porque no le parecía el tipo de cosa que una profesora debería preguntar, así que no estaba obligada a decir la verdad. Pero la verdad era que Ruby no había tenido la regla desde principios de septiembre.
A esas alturas, Ruby ya sabía que Cullen era un zalamero mentiroso. No le había enseñado a volar. No le había enseñado nada salvo a abrirse de piernas. Sus maneras eran enérgicas, fuertes, impresionantes y —Ruby no pudo menos de reconocerse a sí misma— tan breves que se preguntó por qué los adultos hacían tanto alboroto de algo que tomaba menos tiempo que cepillarse los dientes. No le desagradaba que la llamaran «sol», pero lo que realmente quería Ruby era saber cómo obtener una licencia de piloto. Lo había acosado a preguntas sobre si una chica como ella tenía alguna posibilidad de volar como Harriet Quimby y Amelia Earhart. Y, de ser el caso, cuánto tardaría.
Cuando Cullen empezó a hablar sobre su intención de cuidarla, Ruby solo lo escuchó a medias. La última vez que fue al pequeño y destartalado hangar donde había quedado con él, le preguntó si al menos la llevaría a
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dar una vuelta en uno de sus aviones. Luego descubrió que ninguno de esos aviones era suyo. Reparó en un informe de mantenimiento en la oficina del hangar. Él había firmado con letras toscas un documento donde su jefe evaluaba sus competencias y rendimiento como empleado. Cullen solo lavaba y reparaba los aviones. Como si fueran coches. Era más o menos un chófer del cielo. Sin embargo, ella le suplicó que la subiera a las nubes a escondidas. Le dijo que probablemente era más seguro que coger un coche que no te pertenecía, sin darse cuenta de que le había ofendido y de que era algo impropio de ella pedirle que arriesgara su trabajo para satisfacer su pequeño deseo. Intentó no sentirse avergonzada cuando él se sacó de la manga una excusa sobre el cambio de tiempo. Cuando le preguntó cuándo sería un momento mejor, la voz de él se enfrió y sus ojos se volvieron verdes en señal de despedida. No hubo más «sol». Cullen se encogió de hombros antes de responder: «Nunca».
Esto desenterró sentimientos incómodos de la pasada primavera, cuando, al igual que Cullen, Ezra le había dado la espalda en el momento en que los árboles se vestían de flores blancas y el aire transportaba lo que Ruby confundió con esperanza. Ruby y Ezra habían comparado las fechas en que les había venido la regla y habían descubierto que había pocos días de diferencia. Y finalmente había llegado la última pena: el día en que habían observado lo que tenían entre las piernas solo para descubrir que eran, y no eran, esencialmente lo mismo. La pena era que ninguna de las dos podía ignorar ni su propio cuerpo ni cómo se valoraba su cuerpo. Porque nunca podrían compartir los mismos valores. Sería imposible que se consideraran hermanas.
Justamente esto, la añoranza de Ezra, era lo único que quedaba de la parte inocente de Ruby, la niña que antaño había sostenido recortes de pilotos femeninas delante de sus aviones, con las manos en la cintura. Esa Ruby que había masticado con los dientes esos retratos para poder ingerir su libertad.
En la hoja del cuchillo y en el mango del tenedor, Ruby admiró el reflejo de la lámpara de araña que brillaba sobre la larga mesa donde los criados estaban colocando los platos con monogramas sobre el mantel con tanta destreza que no hacían el más mínimo ruido.
A pesar de que Ruby había asistido a su colegio la mayor parte de su vida, no se fijó en cómo los ojos del señor Hobart parpadeaban
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distraídamente en dirección a ella y a sus padres mientras tomaba sorbitos de cóctel. Se había peinado y untado una pomada viscosa sobre los escasos cabellos negros que le quedaban en la cabeza. Se había puesto un esmoquin. Aunque estaban dentro de la casa, con chimeneas ardiendo en ambos lados de la habitación, la señora Hobart no se quitó el abrigo de pieles.
El imponente comedor, con sus paredes empapeladas de terciopelo y su techo abovedado de cristal, flotaba alrededor de Ruby mientras esta procuraba no tomarse de un solo trago el champán que le habían servido. Cuando le ofrecieron whisky, el padre de Ruby asintió con demasiada impaciencia. Ruby intentó captar la mirada de la señorita Alley para advertirle sobre su padre y su forma de beber, pero no pudo. Por vez primera tuvo la sensación de que la maestra evitaba deliberadamente mirarla. La señorita Alley, que en más de una ocasión había declarado que sentía a Ruby tan cercana como una hermana, ocultaba ahora su rostro bajo lo que a Ruby le recordaba a una máscara. Excesivamente maquillado, el rostro de la señorita Alley le era desconocido. Llevaba un vestido de gasa rosa que parecía más propio de un club nocturno de Hollywood.
La madre de Ruby parecía fascinada por ese conjunto. Cuando por fin apartó sus ojos saltones de la cara empolvada, las joyas centelleantes y los tacones satinados de la señorita Alley, Ruby vio la tristeza de su madre de una forma que nunca antes había visto. Se le revolvió el estómago. Recordó todos esos años en que le había dolido la cara después de que su madre le propinara una bofetada para luego pasarse el resto del día sollozando mientras se frotaba la cara con crema Pond’s. Ahora Ruby cayó en la cuenta de que había sido el señor Hobart quien había provocado en su madre un ataque de rabia y desesperación. Ruby sintió vergüenza y un pequeño destello de cólera. ¿Se acordaría el millonario de ese día? ¿O acaso Ruby y su madre eran criaturas tan insignificantes que se había olvidado inmediatamente del desagradable episodio? El juicio de su padre sobre el señor Hobart —que era un sinvergüenza— retumbó en sus oídos. ¿Por qué había cambiado de parecer su padre?
Cuando un par de acicalados cocker spaniels de color caramelo entraron corriendo en la habitación de techo elevado, la mamá de Ruby se dejó caer al suelo para acariciarlos, chillando de falso placer. Todos los presentes pudieron ver el enorme agujero en las medias de su madre, y que
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no llevaba bragas. El champán se había vuelto agrio en la boca de Ruby, pero no podía escupirlo.
No tardaron en sentarse a comer. Ruby tuvo la sensación de que los Hobart parecían ansiosos por terminar la velada lo antes posible. Parecía que todos, ella incluida, estaban aguantando la respiración. No dejaba de mirar a la señorita Alley para que le indicara qué hacer, qué tenedor coger, qué vaso de agua era el suyo —todos tenían cuatro vasos delante—, así que continuó bebiendo champán porque era la única copa que tenía una forma característica, fácilmente distinguible del resto.
Ruby contempló cómo los Hobart masticaban, cómo sus padres se relamían, con cuánta delicadeza la señorita Alley empujaba la oca grasienta por su plato. Clavó los ojos en el reloj de pie que se alzaba cerca de una de las chimeneas. Los Hobart hicieron que Ruby observara a la señorita Alley de una forma que deslustraba parte del encanto de la maestra. La señorita Alley no dejaba de intercambiar miradas con el señor Hobart. Ruby se sobresaltó cuando miró hacia abajo para ver qué era esa presión que sentía en el muslo, cerca de la rodilla, y vio que era la mano de su padre. Debió de pensar que Ruby era la señorita Dinah Alley. Le apartó la mano, intentando convencerse de que había sido un accidente, pero no pudo evitar constatar que su padre estaba borracho, y probablemente había pensado que estaba acariciando las piernas de su profesora.
Nadie hablaba, pero el ruido de la cubertería resonaba de un modo ensordecedor por todo el largo salón. Cualquier intento por parte de la señorita Alley de sacar a colación el futuro de Ruby fue recibido con una rápida retahíla de pedos o maldiciones por parte de su padre. Su madre aprovechaba cada oportunidad que se le presentaba para subrayar sus deficiencias como hombre, como padre. No podía evitar insistir en las grandezas de su propio pasado, cuando había sido coronada por su belleza, remarcando cómo a su marido siempre lo habían atraído las mujeres guapas.
Más tarde, cuando una mujer negra salió por las puertas batientes, Ruby comprendió que su padre estaba muy borracho. En un silencio malhumorado, fulminó con los ojos a la mujer negra, a quien la señorita Hobart se había dirigido como Marvella, y que tenía la piel más oscura que Ruby había visto jamás. Cuanto más se acercaba Marvella al rígido mantel blanco, más negra se volvía su piel. A la luz del fuego, la cara ovalada de la mujer le recordaba a Ruby a las fotografías de bosquimanas que Ezra le
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había mostrado en una ocasión en el despacho del señor Kindred. Cuando la criada hizo ademán de darle al padre de Ruby una cuchara, él se la arrebató bruscamente, empujándole la mano en dirección a la sopera que ella sostenía con mucho cuidado en la otra mano.
Marvella lo miró directamente, moviendo los ojos entre la mano y la cara del hombre y su propia muñeca. La mujer parecía ofendida y hastiada, como si supiera perfectamente que sería el padre de Ruby quien bajaría primero los ojos. Marvella tenía el porte de una mujer que nunca había bajado los ojos, excepto para dormir.
—A mí tú no me sirves.
La señorita Alley sonrió nerviosamente. A continuación empezó a hablar un poco más alto, con una voz que parecía rogarles a sus tíos que ignoraran al padre de Ruby, quien evidentemente era, como ya les había informado en privado, un lugareño salvaje de modales prácticamente inexistentes.
—Marvella, tráele otra copa de champán a Ruby, por favor —dijo la señora Hobart.
Se tocó el pelo encrespado, como si su tolerancia y caridad tuvieran un límite. Cuando la señora Hobart le dirigió una sonrisa, Ruby se estremeció. Quizá la señorita Alley era igual que su tía y Ruby era, en efecto, un proyecto de vanidad, una obra de caridad viviente.
—Mi sobrina nos ha hablado muy bien de ti —dijo la señora—. Es por eso por lo que nos hemos reunido esta noche. Me alegra mucho que tu familia pobre y tú hayáis decidido pensar en tu futuro. No todas las familias son tan sensatas cuando se les pide que consideren una oferta tan generosa como la nuestra para el futuro de sus hijos.
—A nosotros nadie nos ha pedido nada —dijo el padre de Ruby, cuyos ojos estaban clavados en las puertas batientes.
Actuando como si fuera uno de sus perros, se había concentrado en las idas y venidas de Marvella, que había decidido ignorarlo mientras servía la sopa. Había dejado una fuente cerca de su plato para que pudiera servirse él mismo. Ruby podía ver los músculos crispados de su cara.
—Y hasta que no se nos pida adecuadamente, no accederemos a nada —siguió diciendo—. Nosotros queremos lo mejor para Ruby, dentro de lo razonable.
El champán que no tendría que estar bebiendo se asentó en el estómago de Ruby. Tenía la barriga llena de gases. Las costuras de su
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vestido se tensaron. Ruby bajó la cabeza para inspeccionar su pequeño vientre rosado, que asomaba por el fajín rosa que le ceñía demasiado la cintura. Era del mismo tono que el conjunto de la señorita Alley. Ruby cayó en la cuenta de que la habían vestido a juego con el traje de la señorita Alley. Como si Ruby perteneciera a su maestra, y no a sus propios padres.
A continuación el señor Hobart preguntó, arrastrando las palabras, a nombre de quién debía extender el cheque, y la madre de Ruby no tardó ni un segundo en deletrearle su nombre completo. Encogiéndose de hombros, el señor Hobart preguntó por qué no era el hombre de la casa quien ingresaba el dinero en su cuenta.
—Ese nunca ha tenido ninguna cuenta —respondió la madre de Ruby
—. Ese tipo de cosas ni le van ni le vienen. No tiene cabeza suficiente ni para llenar una de esas huchas con forma de cerdito. ¿No opinas lo mismo, Ruby?
La chica se ruborizó mientras miraba a su madre y se encogía de hombros con impotencia. ¿Qué estaba sucediendo? Nadie le había preguntado nada a ella sobre su futuro.
—¿Papá…? —Su voz temblaba, y le caían lágrimas de los ojos cuando giró la cabeza amedrentada en dirección a él—. Papá, por favor, dime, ¿qué está pasando?
—Mi mujer sí que es una cerda —dijo el señor Scaggs sin vacilar—. El tipo de reina que vendería a su propia hija, a nuestra única hija, pensándose que yo lo consentiría por las buenas. —Hizo una pausa para señalar Ruby con el dedo—. Me habéis tendido una trampa, ¿eh? Tú, tu madre y esa furcia de ahí, que ni siquiera sabe deletrear su propio nombre. Bueno, no digo que sea el mejor padre del mundo, eso lo sé, pero también sé que nunca he sido un sinvergüenza. Muchas son las frases que tiene el diablo para referirse a la gente de su ralea. Ruby, esto es un crimen. Se llama secuestro.
Lo único que podía sentir Ruby eran burbujas doradas que silbaban y explotaban dentro de su cabeza. Presa del pánico, pensó en el bebé que quizás estaba creciendo en algún lugar bajo su piel, en su sangre. ¿Una madre podía convertirse en piloto? Solo le había dejado a Cullen tocarla dos veces, pero quizá bastara con eso. Ni siquiera le había preguntado cómo se llamaba. Se limitaba a llamarla «sol» y a posar sus labios sobre
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los de ella siempre que Ruby decía algo que se salía del guion que él, suponía ella, ya tenía escrito.
Pero Ruby no podía dejarse consumir del todo por esa vergüenza, porque estaba incluso más horrorizada por lo que estaba aconteciendo en la mesa delante de ella. Por lo visto, sus padres —su madre, en realidad— habían fijado un precio, un valor concreto, para la única hija que tenían.
La madre de Ruby le hizo un gesto a Marvella para que le trajera agua. El movimiento de su mano tiró todas sus copas sobre la mesa en un efecto dominó. Sufriendo un ataque de hipo, tomó un sorbo de agua y se lamió los labios antes de verbalizar lo que según ella era una cifra justa.
Ruby contempló la cara de su madre, hinchada por años de fracaso y frustración. Esa cifra era una restitución; el señor Benedict Hobart le debía algo que ella nunca había tenido: respeto. El precio de su autoestima era elevado, y Ruby sintió como si se tambaleara bajo el peso de intentar empujar a su madre, y a su padre, por una cuesta empinada. A ellos esto les parecía correcto, como si ella, en su rol de hija, siempre les hubiera debido algo. Pensó en cómo ese hombre de la exhibición aérea había actuado como si ella no existiera, quedándose el dinero que ella había hurtado, robándoselo como si el mero sueño de querer volar pudiera hacerle daño.
La madre de Ruby, la señorita Alley, y el señor y la señora Hobart estaban hablando a la vez, con sus duras y frías voces negociaban el potencial de Ruby, tratando a la chica como si fuera mercancía humana. Estaban utilizando la palabra «inversión». Nadie sonreía.
La rabia que bullía dentro de Ruby también le creaba confusión. La señorita Alley acababa de comprar a Ruby, arrancándola de su propia vida.
Cuando el señor Hobart hizo sonar una campanita y Marvella regresó a la mesa con un fajo de documentos legales y un talonario de cheques por estrenar, la madre de Ruby le dio un codazo a su marido. No porque estuviera disconforme con la baja suma de dinero que habían aceptado para que la señorita Alley adoptara a su hija, sino para evitar que su marido se desplomara borracho sobre el plato principal de su primera y última cena navideña como familia.
A la mañana siguiente, la infeliz cabeza de Ruby descansaba sobre la funda de seda de una almohada. Nunca en su vida había dormido tan mal. A sus sueños les desagradaban la delicadeza y la pelusa de la seda. Su
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estómago se retorcía con retortijones provocados por la abundante comida y la cantidad de champán que había consumido. Incluso pensó que iba a vomitar cuando un ataque de vértigo le recorrió el cuerpo. Incorporándose, se apoyó con la espalda recta en la ornamentada cabecera de latón.
—Buenos días, Ruby —dijo la señorita Alley entrando en la habitación de invitados.
Al descorrer las pesadas cortinas de terciopelo azul celeste, una nube de luz blanquecina la envolvió. Marvella venía con ella, llevando cuidadosamente un bien planchado vestido azul marino con el cuello de marfil, puños de marfil y un dobladillo de encaje de marfil. El atuendo combinaba con el vestido de la señorita Alley, que era de seda azul marino.
Tras echar un vistazo rápido a Ruby, la señorita Alley le dio indicaciones a Marvella como si Ruby no estuviera ahí. La maestra empezó quejándose del pelo, reprendiendo a Ruby por dormir sobre sus preciosos rizos. ¿Por qué no le había pedido a Marvella que le envolviera bien la cabeza para así preservar esos bonitos bucles? Ruby intentó explicar que su pelo era fino, y que los rizos eran difíciles de mantener en un cabello como el suyo, pero la señorita Alley la interrumpió para pedirle a Marvella que le recogiera el pelo en la parte superior de la cabeza. Ruby detestaba los moños, pero cuando protestó, su maestra se limitó a echar la cabeza hacia atrás, entre carcajadas. Quería llevar a Ruby a una peluquería de Boston para que le cortara el pelo una mujer que conocía. Ordenó a Marvella que pidiera cita lo antes posible. Una melenita sería más cómoda y adecuada para la chica que ella imaginaba que iba a ser Ruby. Lo siguiente que necesitaba Ruby, dijo la señorita Alley, era un baño matutino.
—Yo no quiero bañarme delante de nadie —masculló Ruby—. Y menos delante de ella.
La señorita Alley se apartó de la ventana para centrar toda su atención en Ruby. Sus pies estaban ocultos dentro de unas botas blancas de piel de becerro y tacones de latón que le recordaron a Ruby a una fotografía de su heroína, Harriet Quimby.
—Eso ya lo decidiré yo —dijo su profesora—. Cuanto más te resistas, más difícil te resultará todo.
—¿Todo el qué?
—Ya lo verás —dijo, esbozando una fría sonrisa.
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Asintió con la cabeza a Marvella, y salió de la habitación.
—Señora Marvella, no voy a bañarme —dijo Ruby, volviendo a subirse la colcha de un tirón.
—Haga lo que quiera, señorita Ruby. Adelante.
—Bien.
—Pero vas a meterte en esa bañera ahora mismo —dijo Marvella—. Tú no pagas mis facturas. De eso se encargan la señorita Dinah y sus parientes. Como tú no pagas las facturas de nadie, y no tienes ni idea de adónde has ido a parar, será mejor que pienses en quién puedes confiar para que te ayude.
—Bueno, ¿y cuál es tu nombre completo?
Desde lo elevado de su altura, la mujer inclinó la cabeza para mirar a Ruby.
—Marvella. Y punto. Ese es mi nombre. No soy tu empleada. No me interesan tus sentimientos, y desde luego no soy tu amiga.
—¿Y de dónde sacaste un nombre como ese?
Marvella ladeó la cabeza, frunciendo el ceño. Vio que Ruby no iba a dejarlo estar.
—Desde que murió mi padre nadie me ha llamado por mi nombre — dijo con un tono de voz más suave—. Me niego a que nadie de esta casa me llame por mi nombre… y menos una pobretona como tú.
—Pero ¿qué te he hecho yo…?
—Y no se te ocurra volver a llamarme señora Marvella —dijo bruscamente—. ¿A ti qué mosca te ha picado? Intentando alborotar a toda la casa con tus sandeces. No pienses en mí. No sientas nada por mí. Nada de nada. Quizá te creas que tienes buenas intenciones, mostrándome algo de respeto, o lo que sea que creas que es el respeto, pero yo ya me respeto a mí misma, y eso me basta.
Los ojos de Ruby se humedecieron, como si pudiera oler lo que había provocado que la cara de la mujer se arrugara con tanta amargura.
—Si yo soy una pobretona, entonces ¿tú qué eres?
—Yo soy yo misma, señorita Ruby —dijo Marvella, suspirando y poniendo los ojos en blanco—. Y es muchísimo más de lo que valéis tú o cualquiera de esos tontos.
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El señor Caesar y algunos hombres de Estrella Ascendente estaban fumando en el porche de nuestra casa. Hacía frío, pero eso no impedía que se pasaran una petaca. Al otro lado de la carretera, los gemelos Junkett gritaban, arrojándose bolas de nieve por encima de la cabeza. La casa encantada estaba recubierta de una capa de nieve. Era Nochebuena.
Yo seguía en camisón y sentada en una silla al lado de la ventana de mi cuarto, aunque tanto mamá como Ez me habían advertido por separado que la próxima vez que una de ellas subiera más me valía estar vestida. Apenas había dormido. Estaba viviendo una auténtica pesadilla. En mi mente aparecían destellos de imágenes de la noche anterior. No dejaba de oír el grito que había proferido mi madre justo antes de desmayarse. El señor Caesar había conducido nuestro coche hasta casa. En el asiento trasero, envuelto en una lona alquitranada, estaba el cuerpo de mi padre. Un incendio eléctrico debido a un circuito defectuoso que el señor Caesar no había tenido tiempo de reparar. Mi padre había salvado a Lindy, Rosemary y Empire. «Salvó a mis hijos», repetía el señor Caesar. Tenía todo el cuerpo recubierto de suciedad, humo y sudor. Tras empaparse de agua, el señor Caesar había trepado por una ventana para sacar el cuerpo de mi padre del cobertizo en llamas. Cuando abrió la puerta trasera de nuestro coche, el hedor a carne quemada me provocó tantas náuseas que estuve a punto de desmayarme. «Os voy a pedir que entréis en casa», nos dijo él con suavidad.
Acto seguido, la señorita Irene había aparcado detrás de su marido, y los tres niños Junkett, con la ropa negra de hollín, habían corrido a abrazarnos, a cuidar de nosotras. «Salvó a nuestros hijos, nuestras vidas», se decía el señor Caesar una y otra vez.
Volví a sentirme mal y me enjugué los ojos con el dobladillo del camisón, golpeando los dedos de los pies cubiertos con un par de
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calcetines de lana que había sacado de los zapatos de mi padre y que había encontrado ordenados en el suelo, cerca de su armario. Pensé en las últimas palabras que me había dirigido antes de marcharse en coche, lo que había dicho sobre mantener el fuego ardiendo. Habíamos estado en casa ayudando a mamá con los preparativos de la Navidad, tal como él nos había pedido que hiciéramos.
De repente vi a Ezra y Ernest de pie en medio de mi cuarto. No los había oído entrar. Me estaba costando oír palabras o voces, a no ser que las tuviera muy cerca.
—Cinthy, por favor —dijo Ezra—. Te necesitamos abajo.
—¿Dónde está?
Ella supo que me refería a papá.
—La señorita Irene ha dicho que el señor Caesar y los hombres de la iglesia se llevarán a papá a Gunn Hill para vestirlo.
—Vestirlo ¿para qué?
—Mamá dice que el enterrador negro de Gunn Hill trabaja los trescientos sesenta y cinco días del año —dijo Ernest—. Nochebuena no es una excepción.
—¿Puedo ir con ellos? —dije yo.
—Está en manos de Dios —dijo Ernest.
Se le quebró la voz al pronunciar la palabra «manos». En ese quiebro pude atisbar un destello de la niñez que había reemplazado por esa voz varonil de barítono. Sostenía la mano de mi hermana.
—Mamá necesita ayuda —dijo Ezra—. La señorita Irene y el señor Caesar dicen que ellos han tenido que enterrar a familiares toda su vida. Dicen que hacerlo solos es demasiado doloroso, y que será un placer ayudarnos.
La palabra «placer» me resultó extraña. Estaba temblando otra vez. Ernest se acercó a la ventana, donde yo estaba hecha un ovillo. Su
masculinidad, densa y particular como el olor de la canela, me hizo llorar más fuerte. Quería a mi padre. Quería oír su voz. En vez de él, era Ernest quien me estaba hablando suavemente. Aunque yo tenía las piernas largas y era demasiado grande para que alguien me cogiera en brazos, Ernest me levantó fácilmente.
—Venga, sé fuerte, chica. Sé lo difícil que es.
A través de la nube despeinada de mi cabello vi a Ezra secándose los ojos enrojecidos. Ver sus lágrimas me hizo reaccionar. Con voz serena, le
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di las gracias a Ernest y me aparté para ponerme de pie sola. —Ez, ¿puedes ayudarme?
—Siempre —dijo ella, logrando sonreír.
Sus brazos colgaban a los lados, pero sus ojos relucían entre sus párpados en carne viva.
—Mi suéter favorito está en el armario.
—Bajamos en un minuto —le dijo a Ernest.
—Vale —dijo él. Acarició el pelo de mi hermana con las puntas de los dedos antes de dirigirse a la puerta. Se giró y pude ver los ojos del señor Caesar, casi idénticos, en el rostro de su hijo—. Siento mucho lo de vuestro padre. Era muy inteligente. Y un buen hombre. Mi padre dice que esa es una combinación poco habitual. Hermanita, aquí todos somos familia. Siempre fuimos familia. Recuérdalo siempre.
Nuestra casa estaba llena de voces que conocíamos y en las que confiábamos. Pero me resultaba difícil confiar en el mundo, que me había arrebatado sin previo aviso una de las cosas que consideraba más importantes. Sollozando, escuché las voces reconfortantes de los hombres que estaban fuera. Hacía un frío glacial, pero sus voces se alzaban en cálida armonía. Cantaban las viejas letras, las canciones que los habían acompañado toda la vida: «Roll, Jordan, roll». La fe de esos hombres flotaba entre las ramas desnudas del roble que había ante mi ventana. Me pregunté qué tipo de canciones escuchaba mi padre en Damascus, donde había nacido. Recordé que poco antes de morir mi padre se había aficionado al blues.
Cuando el señor Caesar y los hombres dejaron de cantar, Ezra se acercó y se quedó detrás de mí. Delicadamente, sujetó un peine con los dedos para estirarme el cabello hacia atrás, apartándolo de la cara. El tacto de su mano en mi cuello era tan suave que quise volver a llorar. En vez de ello, me tragué las lágrimas, que se vertieron en otras partes de mí. Girando la cabeza con cuidado, pude ver el perfil de mi padre en el espejo que tenía sujeto a la puerta del armario. Contemplé los labios del espejo hablando con voz de mujer.
—Y ahora ¿qué será de nosotros?
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La mañana de Navidad, el pino artificial que habíamos instalado en medio del salón era una imagen grotesca. Cargado de alegres adornos, espumillón y guirnaldas de palomitas de maíz, las gruesas bombillas parpadeaban coloreadas desde las ramas. Observando el árbol, podía ver a papá estirando el brazo hasta la punta para sujetar una tosca estrella de cartón de tres caras, bañada en purpurina dorada, que yo había hecho hacía años: nuestra preciada corona. Como era el más alto de todos, siempre coronaba el árbol, no sin antes chincharme por mi reticencia a hacer una nueva estrella con mejores acabados.
También estaba el sillón de papá, con la alta y grasienta abolladura donde apoyaba la cabeza durante sus siestas. Y nuestro brillante piano negro, un precioso piano de media cola que mamá tocaba cada vez menos a medida que nos hacíamos mayores. Dieciséis años antes, mis padres lo habían comprado juntos como regalo de boda. La impresión me había dejado aturdida. Habíamos acabado de decorar ese árbol apenas hacía una semana. Papá se había mostrado particularmente risueño. Cuando terminamos el árbol, Ezra preparó una olla de chocolate caliente. Escuchamos discos de Nat King Cole acurrucados delante del fuego. La novedosa e intermitente alegría que acompañaba el final de un año más y el nacimiento del Hijo de Dios siempre hacía que contempláramos el salón como si fuera un sitio distinto.
Era la mañana de Navidad, pero nunca más volvería a oír la voz de mi padre.
El fuego había vuelto a apagarse, dejando un frío que todavía no era desagradable. Sentada silenciosamente en el sofá, entre mi hermana y mi madre, que lloraban con los ojos cerrados, me obligué a no pensar en papá, cuyo cuerpo, en su despacho, estaba envuelto en una tela como si fuera una momia.
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En cuestión de minutos, el señor Caesar y la señorita Irene llegarían de la misa de Navidad en Estrella Ascendente. Normalmente, se pasaban todo el día de Navidad en Gunn Hill. Ese año, los Junkett celebrarían las fiestas con nosotros. Traerían su fiesta y sus canciones. La señorita Irene dijo que necesitaríamos tener comida cerca para recuperar las fuerzas, aunque se nos revolviera el estómago al verla. Llegaría el momento, nos aseguró, en el que un plato de comida casera sería exactamente lo que querríamos comer, lo que desataría los lugares donde las lágrimas se agolpaban en nuestro interior. La señorita Irene dijo que tendría tanto café como té preparados en todo momento. Dijo que ella y el señor Caesar ayudarían a mamá con lo que todo el mundo llamaba «las gestiones».
Mamá estaba demasiado catatónica como para ofrecer resistencia, y Ezra aceptó la amabilidad de los Junkett debido a la tenaz devoción que sentía por la señorita Irene. Que Ernest la tratara con tanta dulzura también tuvo algo que ver. Serio y tímido, sus ojos la seguían con menos discreción desde que comprendió que ella había acogido con agrado sus sonrisas y el roce leve y respetuoso de sus manos. Por mi parte, sabía que habría hecho infeliz a todo el mundo si hubiera dicho que necesitábamos tiempo para estar solas. Pero tenía sentimientos que no podía pronunciar: mi padre había muerto por salvar a los niños Junkett. Yo no quería un héroe; yo quería a mi padre.
El señor Hobart había despedido al señor Caesar, aduciendo su negligencia y la destrucción de propiedad escolar. Un rato antes había oído al señor Caesar, la señorita Irene y mi madre hablar en voz baja. «Será mejor que nos vayamos de aquí antes de que nos prendan fuego a la casa —dijo el señor Caesar—. Yo ya no podría trabajar en esa escuela de mierda, ni aunque me pagaran un millón de dólares».
Recorrí el salón con la mirada.
El papel pintado de la pared era azul marino y tenía flores marfil que se enroscaban y surgían de enredaderas de hojas verdes y doradas entre las siluetas de ciervos, pájaros, zorros, cabras y caballos de raza, todos reunidos en un armonioso zoo. En una ocasión mamá había visto un empapelado similar en una subasta en Amity. Después de buscarlo un tiempo encontró una imitación más barata en un catálogo. Sin embargo, debido al precio solo pudo empapelar la mitad del comedor, lo que le daba un aspecto inacabado. Mamá decía que en Damascus casi todas las casas tenían un techo azul o una pared azul, porque el azul ahuyentaba a los
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fantasmas. Era también por eso, añadió, por lo que en Damascus la mayoría de las lápidas mortuorias del pequeño cementerio estaban pintadas de tonos azules.
Me dije que papá todavía estaba en casa con nosotras, su alma rodeada de los libros que tanto había estudiado y que tanto quería. Imaginé su cabeza enmudecida, envuelta en un grueso velo sobre el jergón que el señor Caesar y la señorita Irene le habían preparado. Habían utilizado tiras de tela para atar bien su cuerpo. Debajo de esas telas había algún tipo de cataplasma de hierbas que desprendía un fuerte aroma a lavanda y algo parecido al incienso que no supe identificar. Pero nada de eso hizo desaparecer el olor a quemado.
—Ya están aquí —dijo Ezra, abriendo los ojos.
Por la forma en que la luz acuosa brillaba contra nuestras ventanas, debían de ser un poco más de las doce.
En vez del griterío habitual, la familia Junkett entró en nuestro hogar hablando en voz baja. Lindy y los pequeños cruzaron el salón en dirección a la cocina con bolsas de papel llenas de comida, como si la señorita Irene les hubiera dado esas instrucciones. Con sus atuendos de oro y marfil a juego, los gemelos parecían ángeles. El carmín de Lindy hacía que sus labios parecieran manchados. En vez de saludarnos, guardó silencio. La señorita Irene había dicho que Lindy se culpaba por la muerte de nuestro padre. No había sido capaz de ayudarle a sacar a los gemelos por la ventana porque se había desmayado por el miedo y la inhalación de humo. Mamá se apresuró a insistir en que Lindy no debía culparse a sí misma por lo que había sucedido. Yo no sabía qué decirle a Lindy, pero no quería que se sintiera mal por haber sobrevivido.
En el exterior, el señor Caesar y otro hombre estaban aparcando un vehículo que parecía una camioneta de reparto. La orientaron de cara al lateral de nuestra casa, cerca de las puertas de vidrio del despacho de nuestro padre.
El significado de esa camioneta no era ningún misterio, pero el mero hecho de verla me provocó náuseas, como si viajara en un coche sin volante, sin frenos, sin parabrisas.
A eso de las tres, la señorita Irene sirvió la comida en la cocina con la ayuda de Lindy. Llevaba un vestido vaporoso y una flor de seda dorada
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prendida detrás de la oreja. Nos llamó para reunirnos alrededor de la mesa.
Abrí la puerta de la despensa, donde llevaba un buen rato sentada. Después de estar encorvada contra el respaldo de la dura silla durante tanto tiempo, me había quedado agarrotada. Me dolía la cabeza, pero intenté sonreír mientras los gemelos brincaban al ver las brillantes aureolas de las piñas que bendecían un jamón cocido con cerezas. Sus ojos destellaron de adoración ante la maravillosa visión de picos de dorado malvavisco batido que coronaban los cremosos boniatos dispuestos en un plato de cristal.
—Toda misericordia es misericordia de Dios —dijo la señorita Irene, cerrando los ojos—. Esperamos que nuestro querido hermano Kindred, en su nueva paz, se esté dando un banquete sentado a la gran y eterna mesa de nuestro Señor. Nunca olvidaremos la valentía de nuestro hermano, ni la bondad que demostró. Siempre lo recordaremos como un nuevo ángel, para mantener a salvo nuestro paso por este mundo que se ha olvidado del amor de Dios. Por los siglos de los siglos, recordemos que Dios es amor, démonos siempre a Dios los unos a los otros, igual que Dios nos ha dado este alimento hoy. Amén.
—Amén —dijo mamá antes que el resto.
—Se lo acabarán todo si no coges un plato, Cinthy —dijo Lindy mansamente.
La señorita Irene me extendió la mano. Los brazaletes de latón y madera que colgaban de sus brazos se entrechocaron creando un efecto musical.
—¿Por qué no pruebas los boniatos? Son irresistibles. Cuando los hacía para él, tu padre siempre se los comía con gusto.
Antes de que pudiera protestar ya me había llenado el plato.
—Sentaos donde podáis —dijo, y todo el mundo se dispersó.
Nunca me habían dejado sentarme con comida en ningún otro sitio que no fuera la mesa de la cocina, pero ahora me dirigí a los peldaños de las escaleras traseras, colocándome el plato sobre las rodillas. Me gustaban esas escaleras al atardecer, con sus misteriosas sombras amoratadas y oliváceas. Cuando llegaba la mañana, el yeso formaba un cegador túnel de luz. Incapaz de negar lo perfectos que eran los boniatos de la señorita Irene, me quedé ahí sentada de forma tan sigilosa que los adultos no repararon en mí cuando finalmente mamá y el señor Caesar regresaron a la cocina y se unieron a la señorita Irene.
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—Caesar, Irene, os estoy muy agradecida por todo lo que estáis haciendo ambos —dijo mamá—. Siempre pensé que moriría antes que él. Teníamos planeado llevar a cabo mi operación después de Año Nuevo. En un hospital de Boston. Queríamos decírselo a las niñas después de que empezara el tratamiento del cáncer. Pues bueno, sé que pensáis que no debería retrasarlo, pero prefiero esperar. Si hubiera complicaciones, me vería obligada a quedarme en el hospital Dios sabe cuánto tiempo. Ahora mismo las niñas me necesitan.
—No sé yo si deberías jugar así con el tiempo —dijo el señor Caesar
—. El cáncer puede moverse tan rápido como las llamas que nos arrebataron al hermano Heron.
La señorita Irene asintió y habló con cierta vacilación.
—¿Crees que es necesaria la operación? Algunos médicos te clavan el bisturí a las primeras de cambio, antes de que haya tiempo para pensar en todas las opciones. Ha ocurrido en mi propia familia. No quiero verte sufrir.
—¿Sufrir? —La voz de mamá se quebró de asombro mientras exhalaba la palabra.
—¿Has tomado una decisión? —preguntó la señorita Irene, cambiando de tema—. ¿Respecto a Heron?
La voz de mamá titubeó.
—Sé que tenéis las mejores intenciones, pero nosotros, él… no era una persona religiosa como lo sois tú y Caesar. ¿No podríamos enterrarlo aquí, en nuestra propiedad? Así siempre estaría cerca de nosotros. Estos terrenos son nuestros.
—El suelo está congelado —dijo el señor Caesar—. Y esta zona no es buena para enterrar huesos. Por lo menos, no los nuestros. Los actos vandálicos de los blancos no conocen límites, y los muertos no son excepción. Los huesos deben yacer en un lugar seguro. Necesitan estar acompañados. Y si tú y las niñas regresarais al sur, por la razón que fuera, me pedirías que lo exhumara. Yo no quiero desenterrar huesos una vez ya están a dos metros bajo tierra.
—Entiendo —dijo mamá.
Llevaba todo el día diciendo «Entiendo», pero a mí no se me escapaba la vacuidad de esa palabra. Era como una persona que dijera «Estoy bien» mientras el fuego estuviera reduciendo a cenizas todo lo que poseía y que le importaba.
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—Bueno, ¿y qué otras opciones tenemos? —preguntó.
—¿Cremación?
—Oh, no, no podría hacerle eso.
—Mira —dijo el señor Caesar mientras tomaba un plato que le pasaba la señorita Irene y maniobraba para colocarlo sobre la encimera—. Deja que me lo lleve al sur, a Delaware. Confía en mí. Yo me encargo de que llegue a vuestra gente.
—Lo devuelves a su lugar —dijo mamá con una voz extraña y ausente que yo nunca le había oído—. En Damascus lo devolverán. Así es como se refieren a los entierros. Creen que la muerte es un sitio tan familiar como la vida. Así que, cuando se «devuelve» un alma, es como si la devolvieran a algo que ya conocen. En Damascus dicen que tiene que ser al mediodía del día después de la muerte, pero ya llegamos tarde para eso.
La señorita Irene le echó una mirada al señor Caesar.
—Warren está fuera, en la camioneta. Si le das alguna cosita por su tiempo, ayudará a Caesar con las gestiones —dijo ella—. Danos un traje, unos buenos zapatos, y nos encargaremos de prepararlo. ¿Tienes algún mapa para llegar a Damascus? Porque estos hombres no sabrán el camino. Estoy pensando que si Damascus es un lugar como Royal, donde crecimos Caesar y yo, probablemente no aparezca en ningún mapa.
—Es tal como dices, Irene. No lo encontraréis en ningún mapa, eso seguro. Llamaré a mi madre.
—¿Cómo? —dijo la señorita Irene—. ¿Tu madre está viva? Pero ¿qué me estás contando? ¡Que el Señor se apiade de nosotros, chica, tantos años que nos conocemos y nunca me has dicho nada sobre tu madre!
—Sí, está viva, supongo —dijo mamá—. Probablemente ella lo llamaría de otra manera. —Se acercó a los fogones para ponerse un poco de café—. Mi madre nunca quiso una hija, así que no he pretendido serlo.
—El café se habrá enfriado, cariño —dijo la señorita Irene—. Deja que te lo caliente.
—Irene, ya no soy capaz de notar el sabor de nada. No te preocupes. —¿Qué tal lo están llevando las niñas? —Son buenas chicas.
—Sí, eso ya lo sé —dijo la señorita Irene—. Pregunto cómo lo están llevando.
—Están en estado de shock, igual que yo.
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—Lo sentimos tantísimo —dijo el señor Caesar—. Lo que hizo por nosotros… Cuando corrió hacia ese fuego Heron no podía saber que daría su vida por mis hijos. Solo Dios podía saberlo.
—Quizá tengas razón —dijo mamá—. Supongo que doy gracias por no saber lo mismo que sabe Dios. Haría que vivir fuera imposible.
—No digas esas cosas, Lena —dijo la señorita Irene—. No dejes que la pena te queme la lengua.
—Llamaré a mamá. Quizá podría estar aquí mañana a primera hora, aunque depende de la tormenta. Luego podría regresar en coche con Caesar para indicarles el camino hacia Damascus. No sé yo si me acuerdo bien de la ruta, lo suficiente como para dar indicaciones claras.
—Claro, puede volver con nosotros si le resulta más fácil —dijo el señor Caesar—. A menos que creas que sería mejor que se quedara un tiempo contigo y las chicas.
Mamá soltó una carcajada seca, negando con la cabeza en respuesta a la sugerencia del señor Caesar.
—¿Quieres más boniatos, cariño? —dijo la señorita Irene, que finalmente me había visto en las escaleras—. Todavía quedan muchos macarrones con queso en el horno. Y pan de maíz.
Sacudí la cabeza y oí mi voz diciendo:
—Ese sitio no es la casa de papá. Siempre se refería a este lugar, a nosotras, como su casa.
—Hyacinth Kindred, esta es una conversación entre adultos —dijo mamá—. Tú todavía no eres mayor. Yo soy la madre. Tú eres la hija. ¿Te queda claro?
—Lo siento.
Con suavidad, la señorita Irene me cogió el plato de la mano y me pasó los dedos por la coronilla.
Me hubiese gustado decir que la supuesta claridad de los adultos carecía de sentido y era inútil. Ni siquiera el aire que entraba y salía de nosotros duraba lo suficiente como para ser claro.
En vez de unirme a Ezra, Ernest y Lindy en el piso de arriba, o hacerme un ovillo en el sofá del salón, me escurrí por la puerta principal. La cabeza dormida y en sombras del señor Warren estaba apoyada en la ventanilla de la camioneta. Me precipité escaleras abajo, rodeándome el torso con los brazos, di la vuelta a la casa y entré en el despacho de mi padre por las
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puertas de cristal, que no estaban cerradas. Caminé hasta la mesa donde yacía el cuerpo de mi padre y besé su cabeza velada.
—Ya te estoy echando de menos —susurré.
La visión de la muerte de mi padre lo ocupa todo.
El cuerpo está enfundado en su mejor traje, del que asoma el cuello de una camisa almidonada. Tiene la cabeza envuelta en un velo de terciopelo negro. La única mano de papá, cubierta por un guante blanco, se dobla contra su pecho. Debajo de la colonia se percibe ese olor a moribundo, a quemado, que me hace arrugar la nariz. Aunque su cuerpo está dispuesto horizontalmente, yo no dejo de pensar en la estatura de mi padre. Cuando era pequeña, el rascacielos de su cuerpo hacía sombra a la tierra. Vuelvo a oír sus pisadas, cómo al caminar separaba las hierbas altas. Vuelvo a oír cómo tarareaba agradablemente en voz baja cuando nos sentábamos juntos, pelando naranjas y compartiendo historias, en la pequeña y sólida barca que poníamos a flote todos los veranos en nuestro estanque, mientras el sol nos lamía la piel. Pensé en los deseos que había pedido para mi hermana y para mí a lo largo de los años, y, si bien era incapaz de recordar las palabras exactas, todavía conservaba la cadencia de su voz y de su fe en mis entrañas. Mi padre me animaba a trepar a los árboles altos, a confiar en las ramas antiguas. Besaba mis rasguños y me hacía cosquillas en las plantas de los pies. Me llamaba su estrella y su cuento favorito. Qué maravilloso había sido vivir en compañía de una persona que sabía lo que era un cuento, y lo que se suponía que este debía curar. A menudo decía que nosotras éramos sus milagros que se habían cumplido.
Veo su mano tranquila e inspirada recorriendo pizarras, empuñando la tiza. Mi padre se consagró a una institución que no era digna ni de su mente ni de su risa, lo que me alivió el corazón en un dialecto que nunca encontraré en ningún otro rincón del mundo.
En la habitación silenciosa donde mi padre soñaba, leía y compartía sus ideas conmigo, contemplé el íntimo museo de piedras, plumas, huesos, alas y flores secas, caleidoscopios resquebrajados, brújulas rotas y un telescopio, las maravillosas reliquias de su cuerpo y su imaginación.
Besé su mano enguantada y silenciosa con el amor de una hija. Fue esta tierna mano la que me permitió descubrir todo lo que cualquier hija podría saber sobre el corazón de su padre.
Acto seguido me senté en uno de los descoloridos sillones del despacho. La presión de los muelles bajo el cojín me reconfortó mientras
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apoyaba la cabeza en el reposabrazos. La forma negra de la cabeza de mi padre se fue desdibujando ante mis ojos mientras me sumía en un sueño que me hizo sentir huérfana, porque sabía que al despertarme no podría compartirlo con él, como hacía siempre.
Me gustaría haberle contado más de mis sueños bonitos y le agradecía que me hubiera animado a buscar lo que veía en sus libros de interpretación de sueños. «Quizá tengas un don para los sueños», me había dicho en una ocasión, mientras intentábamos hallarle significado a un color o un animal o un número que tras aparecer en mi sueño perduraba en mis pensamientos matinales. Cuando le preguntaba sobre sus propios sueños, mi padre se limitaba a aclararse la garganta y alegar que su memoria era pobre, aludiendo a su necesidad de vaciar la mente antes de reposar su cabeza en la almohada. «Cuando mamá me desea buenas noches con un beso, siempre tengo la sensación de que estoy soñando», nos había dicho a mí y a mi hermana en una ocasión. Y luego nos había besado, tras decir que nosotras éramos las mejores alternativas a los sueños a las que podía aspirar un hombre como él.
La visión del cuerpo de mi padre me descolocó cuando alcé la cabeza del reposabrazos del sofá en el que me había quedado dormida. Supuse que era él quien estaba gritando desde debajo de la tela negra que le envolvía la cabeza, pero era la voz de otra persona. La del señor Caesar. La casa estaba llena de ruido, y se acercaba a mi padre y a mí. El sonido de pisadas rápidas. Agachando la cabeza, asustada porque no podía mover a mi padre, corrí hasta el rincón más alejado del despacho justo antes de que la puerta de la habitación se abriera de par en par con tal violencia que el pomo se incrustó en el yeso de la pared.
Al empujar, la señorita Irene y mamá se habían caído dentro de la habitación, y ahora se estaban levantando no sin dificultad. Las velas chisporroteaban en sus soportes. La señorita Irene las había colocado por toda la habitación, junto a cuencos de hierbas e incienso. Gracias a ese aroma tranquilizante el aire era denso y limpio, pero noté el pecho oprimido como si el cuarto se hubiera llenado de humo. Apoyándome contra la pared del fondo, mi cuerpo se volvió tan superficial que me resultó fácil abandonarlo, escabullirme como una araña en el imperio de su tela.
El policía estaba en medio del despacho de mi padre, junto al cadáver.
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—Por favor —dijo mamá—. Por favor, salga de mi casa inmediatamente.
—Cállese.
—Lárgate de aquí antes de que te eche a patadas —siseó la señorita Irene.
El agente Charlie contempló, perplejo, el cuerpo de mi padre.
—Nos dijeron que se había quemado vivo en el incendio. No quedaron restos. ¿De quién es este cuerpo? ¿Quién les dijo que podían sacar el cuerpo de la propiedad de mi tío?
Nadie respondió. Él se giró lentamente describiendo un círculo para mirarnos; los ojos le brillaban por la impotencia de saber que no podía controlarnos. Al darse la vuelta por segunda vez, sus ojos emanaban crueldad. Tenía la mirada constreñida por el desprecio que irradiaban sus labios malvados.
El policía echó un vistazo a las ordenadas estanterías del despacho de papá. Su rostro se torció en una mueca mientras golpeteaba un sobre blanco contra la cabeza cubierta de mi padre. Más tarde me enteraría de que ese sobre sellado contenía la rescisión oficial del contrato laboral de mi padre, que mi madre debía recibir en mano. Al señor Hobart le preocupaba que mamá le denunciara o, peor aún, que intentara exprimir a la escuela para conseguir algún tipo de indemnización por la muerte. Un rato antes había oído a mamá hablando sobre la póliza del seguro de vida de papá con la señorita Irene y el señor Caesar. Me pregunté si la irrupción de ese hombre blanco significa que nos iban a arrebatar eso también. Pero en realidad era la camioneta de la iglesia de Estrella Ascendente lo que había llamado la atención del policía. Sabía que nuestra familia nunca se había lanzado a los brazos de ninguna religión.
—Todo esto tiene sus reglas —estaba diciendo.
—¿Se refiere a la ley? —preguntó el señor Caesar—. No hemos infringido ninguna ley.
—Eso lo decidiré yo.
—Diga lo que tenga que decir y váyase —dijo mamá. Tenía los ojos enrojecidos—. Déjeme enterrar a mi marido en paz.
El policía se encogió de hombros.
—Ya hace tiempo que la gente se ha cansado de vosotros. Quizá crean que tienen derecho a opinar.
—¿Eso es todo? —preguntó el señor Caesar.
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—No —dijo el otro—. Eso no es todo.
Sin previo aviso, apartó la tela de la cara de mi padre y le escupió. Se secó la boca mientras se alejaba de la mesa tambaleándose y protegiéndose los ojos con las manos.
—Dios mío…
Cuando el agente apartó las manos, tenía en la sien el cañón del arma de la señorita Irene.
Rápidamente, el señor Caesar le rodeó la cintura con el brazo y la arrastró hacia atrás mientras le hablaba al oído con urgencia. Ernest, Lindy y los gemelos habían aparecido en la puerta. Se quedaron observando conmigo el agujero negro y carbonizado de la cara de mi padre.
—Sabéis que si matáis a un blanco por estos pagos acabaréis más iluminados que un árbol de Navidad, ¿verdad?
El agente miró primero a los gemelos y luego a Ernest, que se le había acercado con los puños en alto.
El policía se reajustó la pistolera y salió precipitadamente de la habitación. Oímos sus arcadas y el portazo que dio al salir de casa.
—Señor, ten piedad —dijo la señorita Irene, llorando.
Se precipitó sobre mi padre para intentar tapar lo que había procurado que no viéramos. Mamá fue deslizándose por la pared contra la que se había apoyado para mantenerse erguida.
—Cobarde —dijo el señor Caesar—. No respeta a nuestros muertos. Lindy sacó a los gemelos de la habitación mientras Ernest abrazaba a
Ezra, estrechando su rígido cuerpo. Desde donde estaba pude ver los ojos de mi hermana; la rabia que contenían era tan inescrutable como el fuego que se había llevado la cara de mi padre. Nos sostuvimos la mirada, mi fuego encontrándose con el suyo, hasta que me hallé parpadeando, pensando que estaba más cerca de convertirme en una mujer hecha y derecha de lo que jamás me había imaginado. Cuando Ezra finalmente cerró los ojos, las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Por encima de la luz de las velas y el penetrante aroma del incienso, la voz de la señorita Irene llenó la habitación con sus rezos.
Me acerqué a mamá y me arrodillé para ayudarla a ponerse de pie.
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Después de la visita del policía, el señor Caesar insistió en que pasáramos la noche juntos. La señorita Irene y él se fueron en coche a casa y regresaron con pijamas para los gemelos y Lindy, así como dos escopetas con las que el hombre subió pesadamente las escaleras de la entrada, mientras sus botas de trabajo dejaban un rastro de nieve. En el interior de la casa, los pasos del señor Caesar y Ernest formaron un ritmo percusivo durante lo que parecieron horas, mientras iban y venían entre la puerta delantera y la trasera.
—Volverá, y cuando vuelva, a quien intentará matar será a mí. Ese hombre quiere ver mi cadáver amortajado al lado de nuestro hermano Kindred —dijo el señor Caesar—. Pero no podrá impedir que cumplamos la voluntad de Dios. Debo llevarme a nuestro hermano al sur para que pueda descansar con su gente. No puedo fallarle. Salvó a mis niños, salvó nuestras vidas. Hijo, vuelve a enseñarme cómo cargas ese cartucho del 38, como si tu vida dependiera de ello. Tendrás que ayudar a mamá hasta que yo regrese.
Aunque era más de medianoche, la señorita Irene había preparado otro café. Era extraño el aroma del café a esas horas de la noche. Su intenso olor recorrió nuestra casa como un llamamiento a las armas. Sabía que era para que nos sintiéramos seguros. Cuando bajé a por una taza, la mano de la señorita Irene sostenía uno de los machetes que normalmente colgaban de la pared de su salón.
Lo dejó sobre la mesa para abrazarme.
—Sube conmigo y ayúdame con tu mamá —dijo.
Debían de ser las dos o las tres de la mañana. La seguí escaleras arriba y observé con qué cuidado ponía las mantas alrededor de la cara dormida y llena de lágrimas de mamá. A continuación nos condujo a los niños, que todavía estaban despiertos, y a mí a nuestras camas respectivas, rezando
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por nosotros antes de ir a apostarse, como un soldado en guardia nocturna, en el despacho donde descansaba el cuerpo de nuestro padre.
Me desperté en el aire azul de la mañana al oír el ruido amortiguado de unos neumáticos sobre la nieve. Me puse unos pantalones por debajo del camisón, me pasé un viejo jersey por la cabeza y tiré de él hasta que se ajustó a la cinturilla de los tejanos. Cogí un par de botas de goma amarillas y pasé por encima de Empire, que estaba roncando plácidamente bajo el edredón. Precipitándome al pasillo, me calcé las botas intentando no hacer ruido. Decidí utilizar las escaleras traseras, que estaban cerca del cuarto de mamá, para no despertar a todo el mundo. Pero en la cocina ya había café en los fogones, y las ráfagas de viento procedentes de una puerta abierta me hicieron saber que no era la única que se había levantado temprano.
Me encontré al señor Caesar y la señorita Irene en el porche, sin abrigos. Estaban contemplando un coche flamante que se acercaba por la carretera.
El vehículo se detuvo delante de nuestra casa. Cuando se abrió la puerta del acompañante oímos la música de la radio.
Una mujer, envuelta en bufandas, bajó del coche. El conductor, un hombre bien vestido, también bajó, maldiciendo la nieve. Avanzó a trompicones hasta el maletero antes de que la mujer dijera nada. Era alta, con forma de botella. Sin molestarse en cerrar la puerta del coche, nos saludó con la manga roja de su abrigo. Sus labios estaban pintados de rojo navideño. A medida que se nos acercaba, empezó a sacarse capas de su atuendo de viaje. Primero los guantes, luego dos bufandas, mientras subía las escaleras haciendo un gran alboroto.
La señorita Irene la saludó en tono amistoso, pero la mujer solo asintió como respuesta, sonriendo con aprobación al oír la dulce voz de la señorita Irene. Incapaz de entender su acento sureño, esperé a que me hablara directamente.
Bregando con una maleta, el hombre llegó al pie de las escaleras. La depositó sobre un montículo de nieve y giró sobre sí mismo con los brazos extendidos para no perder el equilibrio. La pluma de su elegante sombrero rojo temblaba alegremente bajo la luz creciente.
—¡Gracias, Jeremiah! —le gritó la mujer.
Hechizada por su voz, dejé de tiritar.
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—Buenos días, y que Dios la bendiga. ¿Es usted la madre de Lena? — dijo la señorita Irene educadamente—. Debe de serlo, esta es una vieja carretera sin salida, y la gente casi nunca se pierde por aquí. Lena y las chicas estarán muy contentas de verla.
—¿Lena? ¿Quién es Lena? Mi niña se llama Jolene.
Las últimas palabras podrían haber sido la letra de un tema de blues, el canto de un mirlo que se compadece de los destinos del ruiseñor, el gallo y el loro.
—Mi niña se llama Jolene —repitió, levantando una ceja—. Hummm, cuando me llamó mi niña, tuve la sensación que debía venir lo antes posible. En Damascus nunca damos malas noticias por teléfono, si podemos evitarlo. Pero en el momento de colgar supe que había pasado algo gordo. Llamé a Jeremiah e hice la maleta. En Damascus todo lo que no dices se oye tan claro como lo que dices. Es lo que hay —afirmó, pasando junto al señor Caesar y la señorita Irene para entrar en la casa. Su voz atravesó el aire como un rayo de sol—. Lo único que sé es que ella no puede estar muerta, porque me llamó ayer bastante tarde… Pero lo que puedo ver con mis propios ojos es que, desde luego, la muerte ha entrado en esta casa.
Pensé que la mujer no me había visto, pero a medida que se adentraba más en la casa su cara fue arrugándose. Respiró hondo, exhalando como si acabara de correr una gran distancia.
—Ay, Señor, Señor, Señor…
Giró sobre sí misma y se detuvo, clavando los ojos en mí. Yo no habría sabido decir si fruncía el ceño o sonreía. Tenía pintalabios en los dientes.
—Papá murió en un incendio —dije—. El día antes de Nochebuena. Ella asintió, aflojando otra capa de ropa que envolvía su cuerpo. ¿Esa
mujer era mi abuela?
—Vaya, el hombre duró más lo que me esperaba —dijo para sus adentros, lanzando su abrigo por el salón, donde aterrizó en una silla, como si ya hubiera memorizado la distribución de todo.
Su forma de hablar de mi padre hizo que se me revolviera el estómago. Quizá sería mejor que esa mujer se diera la vuelta y se fuera por donde había llegado, llevándose con ella sus opiniones.
—A mí me llaman Ginny —dijo—. El gobierno insiste en que mi nombre es Virginia, pero yo hago todo lo posible para mantener al
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gobierno alejado de mis asuntos. —Me miró, lamiéndose los dientes—. Vaya, ¿y a ti qué narices te ha pasado?
Sin mostrar ninguna paciencia o interés por lo que yo pudiera decirle —y, en cualquier caso, ¿qué podría responder a semejante pregunta?— Ginny echó a andar en dirección a la cocina.
Subiendo la voz, preguntó si había café o tostadas. Sin que nadie le preguntara nada, empezó a hablar, arrastrándonos a mí, a la señorita Irene y al señor Caesar hacia sus rotundas opiniones sobre sus dientes sueltos, la placa de hielo que había en la autopista interestatal, cómo conducían los blancos en comparación a cómo conducía Jeremiah, lo fantástico que era Jeremiah a la hora de controlar la velocidad, qué bien se le daba frenar cuando había que frenar. Especialmente en sitios como la cama de ella.
La mujer le comentó algo al señor Caesar, que se echó a reír. Siguió hablando como si nos visitara cada dos por tres. Dijo que nuestra casa le recordaba a esas viviendas de blancos donde la temperatura se mantenía baja aposta, aunque pudieran permitirse tener calefacción. Esa casa era demasiado fría para su artritis y, a veces, hallarse en una casa tan fría como la nuestra afectaba a sus evacuaciones de vientre y podía causarle estreñimiento. De hecho, nuestra casa era el estreñimiento en sí mismo, dijo mientras abría los cajones de mamá e inspeccionaba nuestra cubertería resplandeciente. Arrodillándose, abrió un armario para examinar las ollas y sartenes de mamá. Pasó el dedo por la sartén de hierro de mamá para ver si había restos de aceite. Con la yema del mismo dedo, tocó el botón de la radio de mamá y ajustó el volumen para que un torrente de voces extrañas y formales inundara la habitación. En las noticias hablaron sobre el llamamiento a filas de Elvis Presley y dieron más detalles sobre un asesino llamado el Carnicero de Plainfield, que había matado y decapitado a una mujer.
Mientras la mujer miraba a través de la ventana alta de la cocina, tuve la impresión de que estaba contemplando una versión más madura de mamá.
—Chica, ¿no has captado la indirecta? Ve al salón y enciende ese fuego antes de que la sangre de mis venas se convierta en hielo —me dijo cuando vio que la estaba observando—. Esta fresca tiene las narices de quedarse ahí plantada mirándome a la cara como si llevara tantos años como yo siendo adulta en este mundo. Hummm, todavía no es mayor. Eh, niña, venga, ve a encender ese fuego antes de que se me caiga un diente.
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Hay tanta corriente que ni dos tetas de bruja podrían encender un cigarrillo. Basta con mirarte para saber que eres la encargada de mantener caliente esta casa, ¿me equivoco? Cuando era joven, mucho antes de que tu papá fuera un niño, ya me hablaron de que los Kindred tenéis alergia al fuego.
—¿Le gustaría ver al hermano Kindred? —dijo la señorita Irene—. ¿Antes de que baje su hija…?
Ginny se lavó las manos con agua hirviendo del grifo. Cuando se volvió para hablar por encima del hombro, tenía lágrimas en los ojos. Ella y mamá lloraban de la misma forma. También hablaba igual que mamá, ahora con un tono de voz más íntimo y cansado.
—Dios, hija mía, prefiero no ver a la muerte a primera hora de la mañana, si puedo evitarlo —dijo esa mujer que se suponía que era mi abuela—. Si miras a la muerte por la mañana, que luego no te sorprenda que ese negro aparezca hablando de compartir tu almohada. Y mira que no me desagrada tener compañía masculina, pero nunca animo a esos negros a compartir conmigo la almohada. ¿Me estás escuchando? Maldita sea, desde luego no está entre mis planes inmediatos compartir mi almohada con la muerte de nadie.
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Ginny se pasó la mayor parte de la mañana en el dormitorio de mamá.
En cierto momento me acerqué con cautela a la puerta y apreté la oreja contra ella. Quería estar en la habitación con mamá, acurrucada a su lado, ocupando el espacio de papá.
Abajo, en la cocina, Ez, Lindy y la señorita Irene estaban ajetreadas calentando platos para los niños y preparando la comida que se llevarían el señor Caesar y el señor Warren en su viaje de varias horas hasta Damascus.
La señorita Irene alzó los ojos, sonriéndome en señal de bienvenida, mientras yo deambulaba por la cocina medio intrigada por los deliciosos aromas que salían de los fogones. Llevaba un suéter lila y unos pantalones masculinos de rayas de color naranja oscuro. La señorita Irene a menudo parecía una pintora o alguien que había vivido en una ciudad como Harlem, donde la gente se vestía guiándose por la estética y la audacia, y no tanto respondiendo a motivos funcionales. Con su maravillosa risa apaciguó la voz de mi interior que se sentía incómoda con esa mujer de arriba, esa mujer que había dado a luz a mamá.
La señorita Irene nos habló del sitio donde había nacido —Royal— y explicó cómo Ginny habría encajado perfectamente entre las mujeres de Royal. Por esa razón la señorita Irene y el señor Caesar sabían reírse cuando mi abuela decía algo provocador.
—Corta algo más de ese pan, Ezra. Lindy, ¿has lavado esta patata? Ah, ¿sí? Bueno, pues vuelve a lavarla, y si no puede estar más limpia, mejor déjala al lado del pan. A esta pobre patatita la veo muy cansada, quizá sea mejor que no la ponga en mi ensalada. ¿Dónde están los gemelos?
—Al otro lado de la carretera —dije yo.
La señorita Irene asintió.
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—Que jueguen. Todavía no hemos tenido ni un momento para darles sus nuevos juguetes.
—Podríamos llevarlos a vuestra casa para que abran sus regalos —dijo mi hermana, apartándose el pelo de la cara mientras se concentraba en hacer gruesas rebanadas idénticas de pan fresco.
—¿Dónde está Ernest? —dijo Lindy.
La señorita Irene le echó una mirada a Ezra, cuyo rostro se había sonrojado automáticamente al oír el nombre del chico.
—Está sentado con tu padre en el despacho del hermano Kindred. El señor Warren está regresando de la iglesia.
—¿Se van a llevar a papá esta noche? —dije yo con un tono demasiado agudo para sonar normal.
—Se lo llevarán a casa, cariño. Lo enterrarán con vuestra familia. Es mejor que lo veas así —dijo la señorita Irene—. Además, la tormenta cada vez va a peor. Es una lástima que tu abuelita no pueda quedarse más tiempo y tenga que ponerse en camino otra vez. Ni siquiera os habéis podido tomar una taza de té.
—¿No se lo van a llevar a Estrella Ascendente? —dijo Ezra, cerrando la puerta de la despensa.
La señorita Irene sacudió la cabeza.
—La tormenta lo ha acabado decidiendo todo. No nos queda mucho tiempo. Tenemos que actuar rápido. Si no nos ponemos las pilas, Caesar y el señor Warren podrían quedarse varados ahí abajo.
A continuación mamá y Ginny entraron en la cocina.
Enseguida me di cuenta de que Ginny tenía los ojos enrojecidos. Sus apretados rizos teñidos le caían a lo largo del nacimiento del pelo. Los escasos pelos cortos que le caían sobre las sienes se resistían a permanecer lisos. El pintalabios carmesí también se había desvanecido, asentándose en la piel agrietada de sus labios. Líneas de kohl embadurnado bordeaban sus párpados a lo largo de sus pestañas naturales. Las pestañas artificiales que mi abuela llevaba cuando había llegado, y que a mí me parecieron tarántulas, se habían esfumado.
—¿Podríais darle un vaso de agua a vuestra abuela?
—Yo me encargo, mamá —dijo Ezra, sonriéndole tímidamente a Ginny.
—Dios, menuda es tu hija, chica —dijo esta, con los ojos clavados en Ezra. Era la primera vez que nuestra abuela veía a mi hermana—. Jolene,
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espero que no te lo tomes a mal, pero realmente no sé cuál de estas dos niñas es más rarita.
—Mamá, por favor.
—Por favor ¿qué? ¿Y no te he dicho que no me llames «mamá» delante de otra gente? ¿Estas son mis nietas, no? Bueno, pues no me han abrazado, ni me han dicho una palabra amable. Tampoco soy tan vieja, todavía entiendo de amabilidad. —Hizo un mohín y me miró. Luego puso los ojos en blanco—. Esa de ahí es tan simpática como un infarto.
—Mis hijas son niñas perfectamente normales —dijo mamá—. Piensa que no te conocen. Son chicas tímidas, muy listas y muy cariñosas.
Mi corazón se relajó un segundo antes de que mi abuela volviera a meterse conmigo.
—Hyacinth, ¿eres una buena chica?
—Sí —dije con la esperanza de que se lo creyera.
Frunciendo el ceño, Ez le entregó a Ginny el vaso de agua y buscó consejo en los ojos de la señorita Irene. A diferencia de ella y mamá, nosotras no habíamos crecido en sitios como Royal o Damascus. No estábamos acostumbradas a las voces enérgicas de mujeres como mi abuela, cuyo humor era volátil: podía pasar de la dulzura a la acritud en cuestión de segundos. Esas mujeres, ataviadas con unas galas invisibles para todo el mundo excepto para ellas mismas, iban por ahí con un aire de fuerza impenetrable incluso cuando se lamentaban de que ya nadie era competente para mantener el mundo unido de la forma en que ellas siempre lo habían hecho. Eso no era algo que se pudiera enseñar. Pero esas mujeres negras mayores también daban la sensación de que habían sido heridas, a veces mortalmente, a manos del mundo, incluso las manos que ellas habían alimentado con amor y lealtad. ¿Cómo podían ser tan leales, estar tan seguras de su soberanía, de sus virtudes? ¿Qué golpes habían recibido sus sueños cuando tenían mi edad?
Nosotros habíamos crecido en Salt Point, y nunca habíamos estado en compañía de mujeres así, excepto cuando repartíamos almuerzos caritativos en Sweet Bay o asistíamos a una de las encantadoras cenas de Estrella Ascendente.
—Señora, le he preparado un plato —dijo la señorita Irene—. Sé que le parecerá una porquería comparado con lo que está acostumbrada a comer, pero mi marido y nuestro amigo, el señor Warren, de la iglesia, regresarán en cualquier momento. No quiero que se vaya de aquí con
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hambre, después de la paliza que se ha pegado para venir. Probablemente no llegará a su casa hasta bien entrada la noche, o a primera hora de la mañana, dependiendo de cómo estén las carreteras.
—¿Está soltero el señor Warren?
—Es viudo, creo —dijo la señorita Irene, guiñándonos un ojo mientras Ginny se acomodaba en la mesa de la cocina.
—¿Me podríais dar una taza de té con un poco de limón, si no es mucho pedir? —preguntó con la boca ya llena de comida.
Horrorizada, le miré la boca llena más segundos de lo que hubiese querido.
Mi abuela me sacó la lengua, cubierta de húmedas migajas masticadas, antes de girar la cabeza y llamar a mamá, que se había escabullido.
—Ha ido a sentarse con Heron —dijo la señorita Irene en voz baja—. Habrá que ponerse en marcha. Va a caer una buena ventisca, seguro. No me extrañaría que nos quedáramos unos días encerrados en casa sin electricidad. Todos los años hay cortes de luz, pero ahora que Lena y las niñas están solas…
—Hummm, en Damascus no tenemos tormentas de nieve así. No tenemos nada tan malo, por lo menos en lo referente al clima —dijo Ginny, engullendo la comida. Su cara esbozó una de las sonrisas más radiantes que había visto en mi vida. Se lamió los labios, chillando de placer—. Oooh, cariño, ¡tu pan de maíz está de muerte! Ezra, amor, empaquétame el resto. Sí, todo el que queda. Esta mujer deliciosa me ha conquistado, y mira que no es fácil. Madre mía, volvería al norte solo por este pan de maíz, y eso que siempre he dicho que no hay nada por encima de Baltimore que merezca la pena.
Riéndose, la señorita Irene señaló los huevos cocidos para que Ezra y Lindy los pelaran.
—Era un chico apuesto, la verdad —dijo Ginny con una voz suave, llevándose la servilleta a sus ojos súbitamente húmedos—. Me alegro de que Alma nos abandonara antes de que llegara este día. Ay, Señor, Señor, Señor, devolver a tu propio hijo antes de que llegue tu turno debe de ser algo insoportable. Nadie puede ayudarte a entenderlo.
—Amén —dijo la señorita Irene.
—Jolene tiene sus cosas, pero siempre se le dio bien lo del amor —dijo Ginny—. Hacía tanto tiempo, tanto tiempo que no veía a ese chico. Y
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ahora nunca volveré a verlo. Se parecía a su abuelo, Theodore Kindred.
Ah, ese sí que era un hombre apuesto.
—Voy a ayudar a mamá —dije yo.
—No —dijeron la señorita Irene y Ginny a la vez.
—Tú ocúpate de esa porquería de chimenea antes de que acabemos todos fiambre en la camioneta de la iglesia que han traído para llevarse a tu papá a casa —dijo mi abuela, reclinándose en la silla de la cocina. Me señaló con un dedo embellecido por la manicura—. En cuanto he bajado por esas escaleras los dientes han empezado a dolerme de mala manera. Esto es una casa, no debería tener la sensación de que estamos a la intemperie, ¿me oyes? La artritis ya me castigará lo suficiente cuando esté en esa camioneta durante horas. Ay, Señor, ten piedad. Pon mis bufandas y el abrigo sobre el radiador para que se calienten un poco. Solo me faltaría pillar una neumonía. La señorita Irene me hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
Mientras salía de la cocina, oí cómo la voz estridente de Ginny se convertía en un ronroneo de tigresa al hablar con Ezra y Lindy sobre sus Futuros.
—La única amenaza para que obtengas lo que quieres en la vida es pensar que sabes algo. El mayor peligro en esta vida es creer que no mereces quererte a ti misma. Pero tienes que quererte a ti misma, por encima de todo, y esto es un saber difícil, da igual cómo creas que estás viviendo. Pela esos huevos sin destrozarlos, Ezra, ¿me oyes? Ay, Señor, ten piedad, ¿de dónde sacó mi hija un nombre como Ezra? ¿A quién en su sano juicio se le ocurre ponerle eso a una niña? Eh, no separes los ojos de esos huevos, no querrás que te los arranque de un manotazo por mirarme de ese modo. Tengo experiencia, previsión y perspectiva. No se me escapa nada, ¿entiendes?
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VIRGINIA «GINNY» ABBOTT
Mi abuela materna, Virginia Abbott, tenía dieciséis años y una gran voz cuando dio a la luz a su única hija. Su descripción del nacimiento de mi madre hacía que toda la historia pareciera una canción de amor o un blues, especialmente la parte en que mi abuela abandonaba a su hija recién nacida para perseguir su sueño: pensó que su voz de cuatro octavas la llevaría a todos los clubes y escenarios que existían entre París y Tánger.
Pero antes de que eso ocurriera, Ginny contaba a todo el que quisiera escucharla cómo el nacimiento de su hija la había desgarrado de tal forma que podía olerse a sí misma. Hablaba de la cicatriz que le habían dejado los puntos. Recordaba los regueros de mierda que manchaban las sábanas de su pisito alquilado. Apretando los dientes, mi abuela había jadeado y empujado. «Imagínate dar a luz, gestar una vida, y que ni siquiera te pertenezcan las sábanas en las que duermes», había dicho con asombro. Mi abuela recordaba cómo las comadronas, varillas de zahorí a la vez que interlocutoras, sonrieron ante el primer chillido de mamá, rodeando la cama.
—Alabado sea Dios, hermana. Alabado sea Dios por la vida que tienes y la vida que has gestado. Es Dios quien da.
Riéndose mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas, Ginny apretó la cara contra los chillidos de su hija recién nacida. Levantando la cabeza, con el cuerpo escocido por el milagro, mi abuela dijo:
—¿Qué mierdas decís? Alabado sea ¿quién? Mierda, alabada sea yo. Alabada yo. ¡Toda yo!
Durante las primeras semanas de vida de mamá, mi abuela le cantaba a su bebé constantemente, con los ojos clavados en la carretera vacía que se veía por la ventana de la casa de huéspedes, como si estuviera aguardando una señal. Mientras mi abuela esperaba, encontró un momento para llamar
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a mi madre Jolene Abbott. El bebé absorbió toda su atención hasta que se le curaron los puntos.
Por entonces, el centro de Damascus era una pequeña cuadrícula que contaba con solo un par de carreteras asfaltadas. La carretera principal estaba asfaltada hasta la calle Cuarta, donde se convertía en gravilla y polvo antes de desembocar en un sendero pedregoso. Este se estrechaba en un túnel de árboles que se detenía en la orilla del agitado río. En este lado del río estaba Booby’s, el garito donde Ginny había cantado desde que tenía trece años. Los Pearson, los dueños del bar, también eran propietarios del edificio donde alquilaban a mi abuela una habitación que compartía con otra chica, Ernestine. Cuando los Pearson descontaron el alquiler del sueldo de mi abuela, y todas las pequeñas cosas extra que se les ocurrieron, ya eran más o menos sus dueños. Sin embargo, una vez mi abuela dio a luz a Jolene, la iglesia empezó a involucrarse.
Los hombres y mujeres de Damascus tenían una palabra en la que pensaban siempre que veían a mi abuela. A veces se la soltaban directamente a la cara, pero la mayor parte del tiempo se limitaban a intercambiarla entre ellos. «Es una lolita». «Y de las más precoces». «Una putita que ya ha parido un bebé». «Bueno, qué le vas a hacer si han nacido así». «¿Qué le vas a hacer?». «Siempre ha sido muy precoz». «¿Y de quién es hija esa niña?». «Hija de Dios, sí, de acuerdo, pero ¿y de quién más?». «¿Quién se lo hizo, y por qué tenemos que aguantarlo?». «Me sorprende que no se haya marchado ya de aquí, con lo precoz que ha sido siempre». «¿Te acuerdas de cuando era más pequeña y se frotaba en el banco de la iglesia?». «¿Mientras exclamaba lo bien que la hacía sentir Dios?». «Su mamá era un ángel, pero las alas de esa niña necesitan pegamento».
Ahora había un bebé cuya inocencia no podía ser arrojada a los dientes de oro de esos herejes de caderas bailongas. La iglesia No Me Detengáis pasó entre los feligreses su platillo de latón y reunió algo de dinero. Eran tiempos difíciles en Damascus, como siempre lo habían sido desde que la primera iglesia había sido reducida a cenizas en 1902. A pesar de ello, recolectaron dinero suficiente para llevar al bebé a un lugar seguro.
Entonces llegó un grupo de músicos ambulantes, y lo arruinó todo. Por las noches, Ginny dejaba a mamá en los brazos de Ernestine y no
regresaba a su habitación hasta la mañana siguiente. Con el pelo engominado por la lujuria a la luz de la luna, y su piel exudando whisky o cosas peores, la voz de Ginny se volvió más ronca mientras seguía
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alimentando sus sueños de actuar en Harlem, Chicago, Detroit, Saint Louis. Todas las ciudades de este lado del Atlántico, y Roma, y El Cairo, la consumían. Esos sueños colmados de champán llenaban la cabecita de mi abuela, olvidando el deber impuesto por el cordón que en cierto momento ató a mi madre a su ombligo. Mi abuela no paraba de hablarle de esos músicos a Ernestine mientras la amiga le arreglaba el cabello formando meticulosas ondas con los dedos. Mientras se subía la faja por las caderas, mi abuela se encogía de hombros ante los llantos de su hija en la cuna. Limitándose a enchufarle a su bebé un biberón en la boca mientras ella se servía un buen trago de licor destilado ilegalmente, cuyo frasco tenía escondido en el armario, mi abuela no paraba de describir la música que elevaría su voz a la vida de lentejuelas con la que siempre había soñado, una vida donde la maternidad no tenía cabida. Mientras, las mujeres de la iglesia acusaban a Ginny Abbott de ser precoz, necia y solo capaz de cuidar de una única persona en el mundo: ella misma.
Ginny ansiaba lentejuelas, sexo y canciones lentas con las que poder mostrar todos los dientes cuando sonreía. Su voz, sus piernas, su trasero alto y perfecto pegado a unos muslos infatigables. ¡Mi abuela era un auténtico trofeo! Eso era lo que no dejaban de repetir Jimmy, Johnny, Eddie, quizá también Freddy. Había cogido la costumbre de llevarse un hombre distinto a la cama cada noche, y se limitaba a poner los ojos en blanco cuando las mujeres de No Me Detengáis le recordaban los puntos de su herida, sus obligaciones como madre. Ginny detestaba todas esas canciones de cuna que hablaban de la necesidad de consagrarse a Jesús. Le decía a Ernestine que las viejas utilizaban a Jesús en su contra, del mismo modo que utilizaban los tacones de sus zapatos de los domingos para aplastar cucarachas.
Reivindicarse a sí misma era el delito más dulce y peligroso. El hecho de arrebatarle la soberanía al Todopoderoso y a todas aquellas bocas enjutas que se aferraban a sus propios sufrimientos y pecados, venerándolos cada domingo, era algo mucho menos ofensivo para el Salvador que los opresivos catequismos que pretendían protegerla y salvarla. A veces Ginny tenía la sensación de que el pastor de la iglesia no era muy distinto de la policía. La rebeldía de mi abuela era un acto casi criminal en el santuario de la misma parroquia que albergaba la existencia de sus feligreses.
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Una tarde de jueves, Ginny acunó a su hija en los brazos. Ver los dos dientes frontales de su bebé la sobresaltó tanto como si hubiera sonado un reloj. Mientras contemplaba la cremosa miniatura de su propio rostro, admirando esos simpáticos ojos redondos y los labios húmedos, Ginny supo que, tan pronto como algo reluciente se asomara bailando con zapatos de cocodrilo por la carretera, ella iría detrás de él.
Perfectamente consciente de cómo la iglesia educaría a su hija, la joven madre se limitó a encogerse de hombros y desearle buena suerte a la niña.
Ginny pensó en Ernestine, en pedirle que se encargara de «mantener» a su bebé durante un par de años, pero concluyó que probablemente la iglesia no consideraría a Ernestine una tutora adecuada.
Ernestine era una conocida adúltera. Ginny sabía que Ernestine había besado a los maridos de demasiadas mujeres, había llevado demasiados vestidos de color rojo fuego en las misas de No Me Detengáis, y no era de fiar: nadie sería lo bastante estúpido como para dejar su bolso o cartera cerca de esa mujer. Pero Ernestine no mentía sobre quién era. Si le pedías que devolviera algo que te había robado, te miraba, dolida y con los ojos muy abiertos, y a continuación lo entregaba, en caso de que todavía no se hubiera deshecho de ello. También gritaba cuando veía ratones de campo aplastados por los neumáticos en el tramo pavimentado de la carretera, y lloraba a mares cuando se estampaban pájaros contra los cristales de un escaparate, muriéndose instantáneamente en la acera, completamente solos. En la plazoleta, Ernestine daba de comer a las palomas, algo que indignaba a todo el mundo porque esa era una actividad típica de los blancos. ¿Quién tenía pan y galletas para desperdiciar en pájaros que acababan cagándose sobre todas las cosas bonitas que la gente intentaba mantener limpias? ¿Quién tenía tiempo para lamentar el sinsentido de la muerte? Cuando un mirlo se estampaba contra el escaparate de una tienda, en vez de ser útil y recogerlo con una pala o una escoba, Ernestine lo recogía entre sus manos mientras los vecinos y vecinas del pueblo, que trabajaban turnos de noche y turnos de día, y que cortaban el pelo en sus cocinas para ganarse un dinero extra, la observaban con desprecio y rabiaban con ganas de propinarle una bofetada en la cara.
Ernestine era exactamente como esos pájaros. Toda su vida se había estrellado contra espejos, creyendo que el camino estaba despejado. Aunque no siempre era culpa suya, después de un tiempo había algo que
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decir sobre una chica que no podía ver su propio reflejo, ni siquiera en presencia de la luz.
Mi abuela contempló la muñeca medio tapada que sostenía entre los brazos. Quizá regresaría cuando para ella tuviera sentido. Pero Jimmy-Johnny-Eddie-Freddy aseveraban que ella acabaría olvidándose de ese pantano. Excepto cuando cantara. Entonces Ginny traería sus recuerdos de Damascus a la superficie de su música, como una vena que sobresale en la piel. Si no, quizás era mejor para mi abuela aprender música nueva, nuevas melodías capaces de liberarla.
Era hora de que mi abuela recibiera lo que era suyo: su salvación, su éxtasis, y un flamante automóvil de líneas puras, abarrotado de apuestos chicos de color, hombres que le recordaran a las Pascuas y los Días de la Emancipación, cantando y silbando con sus maravillosos cuerpos. Ella acogía sus risas fáciles y la dureza sepultada en su regazo. Cada día, canturreando y suspirando, Ginny miraba por el parabrisas de su futuro, esperando a que le dieran la entrada para interpretar su solo.
Durante la misa vespertina de un jueves en No Me Detengáis, Ginny hizo rebotar a su hija en su falda y cantó «Jesús, oh, Jesús». Se secó las lágrimas contra la cabeza del bebé. Al salir de la iglesia, volvió a pintarse los labios de rojo, que ahora manchaba la frente de mi madre, como una marca del destino. Ginny se sentía tan viva que tenía ganas de aullar. El bebé que sostenía entre los brazos era tan pesado como el bolso de una anciana. Ginny quería dejarla en el suelo e irse a cantar. Saludó con la cabeza a los parroquianos que la miraban perplejos mientras ella le canturreaba y susurraba, quizá demasiado fuerte y de forma demasiado impulsiva, al bebé dormido que tenía entre los brazos.
—Jesús, no permitas que le suceda nada malo a lo que creé. Porque amo lo que creé.
Cuando Ernestine se despertó la mañana del viernes, Ginny se había marchado.
Ernestine le dijo a Miriam Pearson que iba a llevar el bebé de Ginny al médico y necesitaba tomar prestado su coche. La mujer la observó detenidamente, sin mirar a Jolene, e inclinó la cabeza como diciéndole: «Adelante». Ernestine metió a Jolene en el coche de Miriam. El bebé iba de copiloto. Como la gente negra del pueblo estaban trabajando, ocupándose de sus asuntos, remojando alubias en cacerolas para el
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almuerzo del domingo y preparándose antes de que les cayera el cielo encima, no se fijaron en que Ernestine iba al volante.
Mientras circulaba por la autopista interestatal, Ernestine pronunció en voz alta los nombres impresos en las señales, como si quisiera comunicárselos al bebé que dormía envuelto en el asiento de al lado. Quizás Ernestine pensó que mi mamá los memorizaría y recordaría el sonido de su voz cariñosa, que había sustituido a los canturreos despreocupados de mi abuela.
Ernestine mantuvo el motor en marcha después de aparcar en un callejón donde se alzaba una iglesia con un rosetón de vidrieras. El pueblo tenía un nombre bíblico del que se olvidaría inmediatamente: Calgary, Hagar, Bethlehem o New Christ.
Las puertas de la iglesia estaban abiertas, lo que le indicó a Ernestine que este era el dios correcto, la entrada correcta para una niña huérfana. Después de escribir «Jolene» en un sobre, firmó con su nombre y luego el de Ginny. Ellas eran sus madres. Prendiendo los tres nombres en lo más profundo de la tosca manta del bebé, cogió el fardo en brazos, meciéndolo a modo de disculpa. Luego colocó a mi madre bebé en el suelo de la Iglesia Católica Apostólica del Sagrado Corazón, justo al lado de la puerta. Ernestine esperaba ser perdonada por dejar a Jolene en manos de Dios. En un súbito arrebato de culpa, sacó un lápiz de su bolso y garabateó la palabra Damascus y un código postal debajo del nombre del bebé.
Mientras se alejaba apresuradamente de los suaves llantos de una hija que no era suya, Ernestine rezó para que nadie la viera. El corazón le daba vueltas, lleno de todo tipo de posibilidades y acusaciones. Maldijo a Ginny, que era quien la había metido a ella y al bebé en ese apuro. La fresca no le había dejado ninguna notita a Ernestine, ninguna súplica para que tuviera paciencia. Ni siquiera le había dejado un mísero dólar.
Ernestine volvió a pensar en el bebé, esa dulce nueva vida que no podría sobrevivir sin el cuidado y el amor de otro ser humano.
Tenía el depósito lleno de gasolina. Ernestine llegó a la conclusión de que a Miriam no le molestaría perder algo que podía reemplazar fácilmente. Los Pearson se compraban coches nuevos cada dos años. Ernestine pisó fuerte el acelerador. Mientras conducía, pronunciaba en voz alta, para sí misma, en un estado de arrebato, los nombres de los pueblos por los que iba pasando, con las ventanillas bajadas y la radio a todo volumen.
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A los catorce años, cuando mamá empezó a sangrar, las Hijas de la Caridad Divina, que la habían educado desde que era un bebé, le insinuaron que quizás había llegado el momento de que regresara con su gente. La única sangre que podían honrar era la sangre blanca de Jesús, el Hijo de Dios. La menstruación era algo lejano en la memoria de las mujeres de esa secta, ya que la mayoría superaban los sesenta años de edad. Las Hijas de la Caridad Divina llegaron a un acuerdo privado: la sangre de una niña de color solo les traería problemas. Cuando una niña negra empezaba a sangrar, se decían entre susurros, lo más probable era que también empezara a robar, fornicar, bailar, acicalarse y mentirles a la cara.
La primera vez que tuvo la regla, mamá consiguió lavarse ella misma las sábanas sin que nadie se diera cuenta. Pero al mes siguiente la hermana Loretta la sorprendió en el cuarto de baño. Era la segunda vez que mamá se había despertado antes del alba notando una humedad que goteaba de su interior. En la oscuridad del cuarto, con las puntas de los dedos pegajosas, entendió que ya no era una niña.
Las hermanas Loretta y Prudence también se dieron cuenta de que la presencia de Jolene había empezado a llamar la atención de aquellos que acudían a la iglesia a rezar. Repararon en los ojos húmedos de curas y monseñores. Los diáconos parecían rezagarse cuando Jolene se retiraba del templo. Las hermanas observaban a mamá. Les angustiaba no disponer de las palabras adecuadas para describir lo que les hacía temer su piel oscura, aunque afirmaran que ella también era hija de Dios. Esa tensión no se desvanecía con las plegarias, así que secretamente achacaron todos sus miedos al olor maduro de su sangre.
Dada la buena educación que le habían impartido a Jolene Abbott, y las habilidades de la chica en lo referente a fregar, rezar y tocar el órgano, pensaron que quizá lo mejor para ella sería que se casara con un pastor y pasara a formar parte de su parroquia. Mi madre hablaba francés y leía un poco de alemán. Había servido mesas para obispos y cardenales, cuyos pesados anillos llenos de joyas resplandecían sobre los cuchillos ornamentados que utilizaban para cortar finos trozos de carne, mientras las hijas de Dios sorbían un caldo aguado y masticaban tostadas secas en la cocina.
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Las Hijas de la Caridad Divina habían tratado a mamá como a una mascota, enseñando a la niña a ir en contra de su propia mente, sus propios sentimientos y su propio cuerpo. Le pedían que se arrodillara siempre que podían, porque se sentían amenazadas por su estatura, que aumentaba rápidamente. Cuando dejó de crecer, encontraron otros métodos para empequeñecer a mi madre. Les causaban una satisfacción silenciosa las quemaduras en sus manos y brazos, producto de sus labores de cocción en la soleada cocina de tamaño industrial. Muda, útil y amable, Jolene Abbott, decidieron las Hijas, sería una embajadora de su raza.
Un día, mientras limpiaba el polvo del despacho privado de la madre superiora en la biblioteca, mi madre no pudo evitar abrir un armario de acero que siempre le había estado vedado. La madre superiora, que con la edad era cada vez más despistada, se había dejado la llave en la cerradura, en vez de colocársela en la cadena que llevaba en su cintura, donde repiqueteaban todo tipo de llaves relucientes. En el armario encontró una carpeta de color oliva con una etiqueta impresa: «Jolene X». Era tan fina como una uña. La primera hoja, con la ficha de admisión oficial, contenía información que las monjas nunca le habían ocultado. Con grandes letras y una caligrafía femenina estaban escritas las palabras «Jolene, negra, abandonada». Pero en el segundo folio había una dirección con un apartado de Correos de un lugar llamado Damascus. No había ningún número de teléfono. Había dos nombres escritos a lápiz: «Ernestine y Ginny». Los ojos de mamá se nublaron ante la palabra «Damascus». ¿Por qué le habían ocultado esa dirección las Hijas de la Caridad Divina todos esos años? Tranquilamente, regresó a sus labores. Más tarde se encargaría de buscar información sobre el pueblo y cómo llegar hasta allí. Cuando la obligaban a arrodillarse y confesarse todas las mañanas, mi madre luchaba contra los arrebatos de ira que danzaban como lenguas sagradas sobre su cabeza. Los velos del orden, el propósito y la santidad de esas mujeres le habían ocultado el mundo. Como si fueran esparadrapos, se los habían arrancado de la piel tan bruscamente que se había quedado sin aliento.
Como las hermanas estaban innatamente adiestradas para detectar turbulencias morales, intuyeron que mi madre había descubierto cosas sobre sí misma. Les irritaba la furia que ella solo podía contener a duras penas. Debido al sincero afecto que sentían por mi madre, a algunas de las
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hermanas más jóvenes les entristecía lo que sabían que pasaría a continuación.
Una noche, durante la cena, la hermana Loretta sondeó indirectamente el temperamento de mamá, aludiendo a la tempestad que rugía en su corazón.
—Tenían una dirección para mí —se le escapó a mamá. Estaba harta de sus conversaciones abstractas sobre informes meteorológicos y la voluntad de Dios—. Yo vengo de un lugar real.
Los labios finos de las hermanas se apretaron para succionar la sopa hirviente sin primero comprobar que no se quemarían.
—Creímos que este sería un hogar mejor para ti, querida.
—¿Un hogar donde estaría limpiando y cocinando todo el día para ustedes?
—Para nosotras no, querida —dijo la hermana Anne—. Nosotras hacemos la labor del Señor. Hacemos nuestros votos en nombre de nuestro Padre.
—Pero yo no soy como ustedes —dijo mamá.
—Bueno, siempre fuiste de color. Es algo que siempre tuvimos en cuenta en lo referente a tu futuro —dijo la hermana María, colocando su cuchara sobre la mesa con el ceño fruncido—. Ya que estamos, será mejor que hablemos claro. Has recibido un tipo de educación y una infancia que tu gente nunca habría podido darte. Cuando te dejaron con nosotras, cuando tu propia madre te abandonó, nosotras tuvimos una visión, una nueva forma de continuar nuestra misión como servidoras del Señor. Te hemos dado lo que hemos podido, todo lo que nuestros votos nos han permitido. Te hemos dado la vida que Dios te podría haber dado si hubieras nacido diferente. Si hubieras nacido con las mismas oportunidades que tuvimos nosotras.
Mamá captó lo no se había dicho pero sí insinuado. Si hubiera nacido blanca en vez de negra, le podrían haber ofrecido otra vida, quizá con una familia que la habría querido acoger. Pero ser negra significaba que nadie, ni siquiera Dios, la quería. Las hermanas se habían visto a sí mismas como el último recurso.
—Jolene, ahora tienes que tomar una decisión —dijo la hermana Loretta, suavizando su habitual voz melodiosa—. Puedes escoger quedarte con nosotras, compartir este lugar sagrado dedicado a la vida sencilla, y seguir trabajando con nosotras en el servicio de Dios. O, si prefieres volver
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con los de tu raza, nos encargaremos de escribir unas cartas en tu nombre. Te ayudaremos a matricularte en una buena universidad para mujeres negras, de esas que hay en las ciudades del sur. Hemos enviado chicas como tú a Tuskegee, Atlanta, Mississippi. Lo más probable es que cumplas los requisitos necesarios para obtener una beca, querida.
—Ah, sí, una beca —dijo otra de las hermanas más ancianas—. Una beca siempre viene bien.
La hermana Loretta se aclaró la garganta.
—La tercera opción es que te devolvamos al polvo inmundo de donde viniste. Si ese es tu deseo, nosotras ya no podremos seguir ayudándote.
—¿Me castigarán por querer averiguar quién soy?
—Dios es nuestra morada —dijo la hermana Loretta—. La voluntad de Dios es cómo vivimos, dónde vivimos, y es por Su voluntad que vivimos. No vivimos para los frutos de este mundo. Sabemos que hay otro.
—Damascus —dijo mamá, su boca llenándose de sangre al saborear la palabra y su recuerdo— solo está a treinta kilómetros de distancia.
—El cielo está mucho más cerca —dijo otra hermana. Empezaron a sonreír y asentir con la cabeza—. El cielo está mucho más cerca, mucho más.
Las Hijas de la Caridad Divina dejaron a mamá en la oficina de Correos. El señor Davis, que estaba sentado en un banco, alzó los ojos de su
periódico para observar cómo mi madre, una joven llamativa de piernas largas, bajaba de un turismo lleno de mujeres blancas. Un segundo después de que la chica hubiera sacado su maleta de la parte trasera del vehículo, pisaron el acelerador para irse pitando, como si temieran que en cualquier momento alguien las pudiera asaltar a punta de pistola, o algo peor.
Divertido, el hombre se golpeó las rodillas con el periódico y desplazó con la lengua el palillo que llevaba desde el amanecer descansando entre el hueco de sus dientes cerca de la comisura de la boca. Había visto cómo una de las religiosas se cubría la arrugada cara con un pañuelo blanco cuando la jovencita se giró para despedirse con la mano.
El señor Davis le dijo hola a mamá.
Los únicos hombres que habían hablado con mi madre en los últimos catorce años de su vida llevaban alzacuellos y se dirigían a ella con la voz llena de flema. Sí, a veces algún hombre le hacía algún breve comentario
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en la iglesia, y los mozos repartidores le preguntaban cosas sobre reparaciones y comestibles, pero nunca se había quedado sola en presencia de un hombre, y menos en compañía de un hombre negro.
—Buenas tardes. ¿Qué tal estás, hermana? ¿Vienes de visita? Mamá asintió, secándose el rostro con la mano.
—¿Se te ha comido la lengua el gato? Aquí no sabemos leer la mente, ¿sabes?
—Las hermanas dicen que esta es mi casa —dijo mamá—. Yo nací aquí, en Damascus, señor. Tengo catorce años. Creo que tengo catorce años.
—Eres muy alta para ser una chica de catorce años —dijo el hombre, sonriendo—. Muy bien, muy bien. Las mujeres altas son mujeres fuertes.
Ella no pudo evitar esbozar una sonrisa mientras se aferraba al asa de su maleta.
—¿Cómo te llaman, chica?
—Jolene, señor —dijo ella—. Soy Jolene Abbott, creo. Busqué el nombre de mi madre en la guía telefónica antes de que me trajeran al pueblo. Su nombre es Ernestine o Ginny.
Él se reclinó hacia atrás, reacomodando sus viejas y temblorosas piernas mientras sacudía la cabeza.
—Hummm, pues sí que hay una Abbott aquí. Se fugó hace mucho tiempo, y luego volvió. Virginia. Y si la llamas por ese nombre te enviará a freír espárragos. Solo responde al nombre de Ginny. Dicen que durante un tiempo estuvo en el trullo en Alabama, y que luego decidió volver a casa. Vive un poco lejos, cerca de Owl Mill. Lleva mucho tiempo ahí. Pero nunca me han dicho que tuviera hijas ni nada por el estilo.
—Bueno, quizás es otra mujer —dijo ella. La idea de que su madre fuera una delincuente, o lo hubiera sido, hizo que se sonrojase—. Entonces mi madre debe de ser Ernestine, señor. Ernestine Abbott.
Vio cómo la cara del hombre se ensombrecía.
—No puede ser —dijo él—. Eres demasiado guapa.
—Las hermanas dijeron que había dos nombres, Ginny y Ernestine. Yo misma vi el papelito. Según las hermanas, una de ellas tiene que ser mi madre.
—¿Qué más da lo que digan? Les importas un bledo, ¿no has visto cómo han salido volando de aquí? No se han detenido a ver si tenías algo
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para comer, o un lugar donde reposar la cabeza al caer el sol. Esas monjas te dirán cualquier cosa menos la verdad. ¿Y yo? Mierda, yo ya la sé.
—Tengo que encontrar a mi mamá.
—También sé quién es.
—¿Está viva?
—Tú eres el bebé que desapareció cuando Ernestine robó el coche de Booby Pearson. Nadie te buscó, la gente pensó que la mujer te habría arrojado al río y siguió su camino a Chicago, o a donde fuera. Pero no eras de ella. Tú eres la hija de Ginny Abbott. Solo tengo que mirarte para saberlo.
Mamá bajó la mirada al suelo.
—Ginny es una mujer distinta desde que regresó —dijo el hombre—.
Ahora es más humo que chispa, pero es una persona peculiar, desde luego.
—Peculiar ¿en qué sentido?
—Ya te lo contará ella —dijo el hombre.
Riéndose entre dientes, se levantó y se sacó un aro de llaves del bolsillo. Dándole unas palmaditas en la barriga, que se le derramaba por encima de la cintura de sus tejanos acartonados, volvió a sonreírle.
—¿Has comido, chica? De estatura estás bien, pero tu anchura deja bastante que desear. Vamos a abrirte el apetito.
—Quiero ir a casa —dijo mi madre—. Llevo catorce años fuera, señor. Mi mamá me habrá echado de menos. Espero que me haya echado de menos.
—Bueno —dijo él—, pregúntale sobre eso también. Aquí todo el mundo sabe que Ginny Abbott es una mujer generosa. Canta como un ángel. La mayoría de los que se marchan suelen regresar justo antes de morir. Me sorprende que ella volviera mucho antes de eso.
»Encontró trabajo en la fábrica. Se agenció algunos novios, o eso me han dicho. Tiene su propio negocio, hace pasteles y los vende. Los pasteles de Ginny te curan de casi todo, es la única mujer de por aquí que sabe cocinar como antaño. Hoy día la gente es muy rácana, se resisten a utilizar mantequilla de verdad, y le meten sal a todo. Al final un maldito tomate tiene el mismo sabor que un filete, y un plato de espaguetis bien podría ser un pastel de chocolate. Estas mujeres van demasiado cansadas por la vida, ya no tienen la energía para pensar en recetas como antes. Y no las culpo en absoluto, diablos.
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»Ginny volvió después de haber estado en la cárcel y quién sabe dónde más. Si Ginny Abbott es tu mamá, puedes considerarte afortunada. Ya se encargará de sacarte de la cabeza toda la paja que te habrán metido esas monjas. Ginny Abbott es una mujer deliciosa, y nadie podrá convencerme de lo contrario.
»Las mujeres como ella tienen que proteger lo que son.
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El señor Caesar, el señor Warren y mi abuela se habían marchado en esa fea camioneta, llevándose a papá lejos de casa. Era como si hubieran cortado la electricidad de la casa para luego pedirnos que averiguáramos cómo vivir a la luz de una hoguera.
Mientras veía a mi abuela abrigándose para enfrentarse al temporal y el viaje sin dejar de quejarse, me pregunté si la volvería a ver. Me había emocionado la ternura con que trataba a mi madre, y me costaba pensar en ella como una enemiga. Mi madre y mi abuela se necesitaban la una a la otra, de eso no había ninguna duda. Cuando le susurró a mamá «Nos vemos, cariño», me acordé de una balada triste de un álbum de Billie Holiday que mamá siempre ponía en el tocadiscos cuando yo era una niña. Mamá asintió con la cabeza antes de abrazar con fuerza a su madre, cerrando los ojos y separando los labios mientras decía: «Te quiero, mamá».
Después de obligar a mi madre a comer algo, la señorita Irene fregó y limpió el polvo del despacho de papá, además de quitar las velas, los incensarios y las flores secas. Tras inspeccionar de nuevo la nevera para asegurarse de que disponíamos de comida suficiente en caso de que se nos despertara el apetito, le dijo a mamá que tenía que llevarse a sus hijos a casa. Los pequeños necesitaban bañarse y dormir en sus propias camas. A la señorita Irene le preocupaba Lindy, que seguía creyendo que era la principal responsable de la muerte de papá, y que hubieran despedido de la escuela al señor Caesar. Los niños seguirían teniendo pesadillas sobre el fuego durante mucho tiempo. Y ella quería asegurarse de que su casa estaba preparada contra la amenaza de la tormenta. Propuso que Ernest se quedara con nosotras, pero mamá sonrió agradecida y rechazó la oferta.
—Necesitas a Ernest contigo y los críos, Irene —dijo—. No te preocupes. Ese policía no vendrá a molestarnos más. Sería demasiado
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arriesgado. Incluso para él.
Asintiendo, la señorita Irene ordenó a gritos a los gemelos y a Lindy que se metieran en el coche, y le dio las llaves a Ernest, que nos abrazó una por una antes de salir a poner en marcha el motor. Yo fingí que no veía cómo se entretenía con mi hermana, susurrándole algo al oído. Me gustaba que la hiciese sonreír.
—¿Conducirá él?
—Ese chico ya tiene dieciséis años —dijo la señorita Irene—. Casi diecisiete. Supongo que no debería quejarme. Es trabajador. Siempre lo ha sido. Tiene una paciencia que yo no tengo, desde luego. Incluso cuando era un bebé, parecía estar aguardando a que yo descubriera cómo ser una mamá. Casi nunca lloraba ni me daba trabajo de más.
Ezra se acurrucó contra el hombro de mamá. Tenía los ojos hinchados, la boca en carne viva. Ver cómo se llevaban a papá la había dejado sin palabras.
—Una última cosa —dijo la señorita Irene en voz baja.
Sacó una pistolita reluciente y la colocó sobre la mesa inestable donde nuestro padre solía apilar sus papeles y libros.
—Irene —dijo mamá suavemente, cuando sus ojos se encontraron—. Oh, Irene, yo…
—Ezra sabe cómo disparar, yo le enseñé.
—¿Disparar a qué? —dije yo, no sin cierto nerviosismo.
—Hace tiempo, mi madre, Ginny, también me enseñó. Fue una de las cosas que me alegró olvidar inmediatamente cuando nos fuimos de allí — dijo mamá—. Solía haber muchos tiroteos en Damascus. Probablemente las cosas sigan igual allí. La mayoría de los que disparaban eran blancos. Los hombres de color disparaban para conseguir comida, para defender su propiedad. Cuando no les quedaba ninguna otra opción, cuando se enfrentaban a blancos que iban detrás de sus mujeres e hijos, usaban armas por otros motivos.
—Bueno, hermana mía, esperemos que no haya motivos para usarla esta noche.
La señorita Irene besó a mamá en la mejilla y a nosotras en la coronilla. Sus ojos recorrieron las paredes limpias y bañadas por la luz de las llamas. Y acto seguido ella y los niños Junkett se marcharon. Al alejarse, los neumáticos gastados del coche hicieron un ruido estrepitoso al aplastar las densas capas de nieve.
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Esa tarde el fuego ardía con fuerza en nuestro salón, donde hacía mucho calor. Pensé en la dentadura floja de mi abuela y me permití esbozar una pequeña sonrisa. No habría podido quejarse de que hacía demasiado frío, aunque sin duda tenía la habilidad de quejarse de prácticamente todo.
Sentada en el deshilachado sillón de mi padre, intenté encajar la parte posterior de mi cabeza dolorida en la huella de su cráneo, la prueba de que él seguía con nosotros. Bostezando, Ezra intentaba mantenerse despierta. El extenuado cuerpo de mamá yacía doblado en el otro extremo del destartalado sofá, sumido en un sueño ligero.
La calma, el silencio absoluto salvo por el chisporroteo de la chimenea, me produjo una sensación incómoda, como si hubiera comido demasiado. En lugar de dejarme llevar por el calor con mi hermana y mi madre, mis pensamientos me atormentaban mientras intentaba imaginar cómo podríamos soportar las noches sin nuestro padre. Las preguntas estallaban en mi cabeza, chisporroteando de una a otra. ¿Cuándo operarían a mamá de su cáncer? ¿Cuánto tiempo nos quedaba antes de que tuviera que irse a ese hospital en Boston? Quizás Ez y yo nos quedaríamos con los Junkett. Aunque, tras el despido del señor Caesar, lo más probable era que la familia Junkett se marchara de aquí, y quizá regresaría a Royal, algo que pondría contenta a la señorita Irene. Intenté imaginarme a mí misma finalizando mi año escolar en un sitio como ese. Papá quería que yo y mi hermana fuéramos a la universidad, pero en absoluto podríamos dejar sola a mamá, y menos en Salt Point.
El ruido de unos neumáticos acercándose por la carretera me sacó de todas esas preocupaciones. Inmediatamente, mis ojos se fueron a la pistola. Era tan reluciente y negra como el esmalte del piano de mamá. Ezra ya estaba de pie con la cabeza inclinada en dirección al coche. Tenía el cuerpo tenso. Colocando un dedo sobre sus labios para indicarme que no molestáramos a mamá, cogió la pistola y se la metió dentro del vestido. Nos apretujamos en un rincón al lado del árbol de Navidad, desde donde alcanzábamos a ver el otro extremo de la carretera.
—¿Es eso un coche fúnebre?
—¡Chsss…! No despiertes a mamá —dijo Ez, arrastrándome fuera del salón.
Abrimos la puerta principal y nos quedamos plantadas en el umbral, una al lado de la otra.
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—Parece un coche fúnebre, pero no lo es —dije entrecerrando los ojos para poder ver a través de los velos de nieve que se retorcían como sábanas con lentejuelas alrededor del porche. No teníamos mucha visibilidad—. ¿Es el agente Charlie?
Pensé en la pistola escondida en el vestido de mi hermana. La mandíbula de Ezra estaba apretada como la de papá. En la periferia de sus ojos los fuegos artificiales de unos músculos frágiles se crispaban y vibraban. Cada nervio indicaba un estado de alarma, una transmisión frenética en el cuadro eléctrico situado en las profundidades de la cabeza furibunda de mi hermana.
—Es una limusina —dijo Ezra finalmente.
No la habíamos oído acercarse, pero ahora notamos el calor del cuerpo de mamá detrás de nosotras. Giré la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. En el aire limpio y oscuro vi que mamá, Ezra y yo compartíamos el mismo fuego acerado en la mirada. Ella asintió con la cabeza, como si quisiera recordármelo.
Entonces puso su mano en mi hombro, y las tres intentamos distinguir a la persona que se estaba acercando a nuestra casa.
La señorita Alley.
La mujer, por la razón que fuera, se había arriesgado a venir en coche en medio de una ventisca desde Amity hasta Salt Point. Había algo parecido a la alegría en la forma en que había bajado del coche de lujo, cuyas puertas abría un hombre de color con guantes blancos.
—Buenas noches, señorita Dinah, me pregunto qué puede ser tan importante como para traerla hasta aquí con un temporal tan peligroso. ¿Quiere pasar?
La voz de mamá era clara, y la tensión de sus músculos y su tono metálico nos comunicaban que no nos metiéramos en lo que iba a decir. Aunque nuestra madre estuviera destrozada por la muerte de nuestro padre, no iba a tolerar las tonterías de la señorita Alley en su propio salón.
Ezra y yo nos quedamos fuera, en el porche. Con las prendas de ropa que llevábamos, que no hacían juego, probablemente parecíamos vagabundas. De pie, cerca del coche, había dos negros, un hombre con uniforme de chófer y una mujer cuyos ojos oscuros se fijaron en nuestros escalofríos. La mirada de la señorita Alley examinó nuestra casa medio iluminada antes de saludarnos amablemente con la cabeza. Ezra intentó escudriñar a través de la ventana delantera, pero el feo árbol
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resplandeciente no permitía ver lo que estaba sucediendo entre la señorita Alley y mamá.
—¿Crees que nos puede expulsar?
—Cinthy —suspiró mi hermana—. Sus tíos son los propietarios de Hobart, lo que significa que ella también es propietaria de la escuela, prácticamente.
—Pero eso es muy injusto. No tendrían que expulsarnos de la escuela por lo que le ha pasado a papá. Murió.
Ezra sacudió la cabeza.
—Por eso mismo, tonta. Ya no están obligados a hacer nada por nosotras. Hemos perdido toda la influencia que papá pudiera tener, y tampoco es que tuviera demasiada. Si Hobart no fuera un sinvergüenza, hace tiempo que papá habría perdido su trabajo. Es poco habitual que en una escuela tengan a un hombre negro dando clases a niños blancos. En una ocasión la señorita Irene dijo que nuestra situación era comprometida. Bueno, pues tenía razón.
La voz de mi padre me llenó los oídos. Para él la educación lo había sido todo. Siempre decía que le había salvado la vida, y que el conocimiento era la única cosa que podría salvarnos. Que nos expulsaran de Hobart pondría en peligro lo que papá quería para nosotras, lo que se había esforzado tanto en darnos. Así que nada de eso me pareció bien, pero me callé. La puerta trasera de la limusina volvió a abrirse. Temí que fueran el señor o la señora Hobart o, peor aún, el agente Charlie en persona.
Pero no, una chica envuelta en un largo abrigo ribeteado de piel se asomó al exterior del coche. Al apresurarse para aguantarle la puerta, el conductor negro estuvo a punto de resbalar y caerse. La chica no habría podido mantener la puerta abierta, porque tenía las manos escondidas dentro de un manguito de piel. Unos tirabuzones oscuros le rodeaban la cara de forma cinematográfica, como solo habíamos visto en las películas. Llevaba unas botas de cuero abrillantado que casi no dejaban rastro de sus huellas en el suelo. Mientras esperaba a que la reconociéramos, alzó la cabeza y dio unos pasos más. Por un momento pensé que quizás era una de esas niñas encantadas que se habían ahogado en lo más hondo de nuestro estanque y cuyos cuerpos nunca habían sido hallados.
Durante unos instantes, nos limitamos a escuchar el viento.
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Observé el vapor que salía de las fosas nasales de la mujer de color. Debía de estar congelándose. Me pregunté cómo debía de ser su vida, y por qué su trabajo consistía en estar ahí plantada como un soldado escoltando a esa niña mimada.
Ruby subió por las escaleras como si fueran de su propiedad; como si nosotras lo fuéramos. Se sentó justo en el borde de una de las sillas, donde el señor Caesar y los hombres de Estrella Ascendente habían estado sentados cantándole a Jesús en Nochebuena. La voz que emergió de su boca luchó con el aire congelado.
—Pensé en venir para presentar mis respetos a vuestra familia cuando me enteré de que habíais perdido a vuestro padre —dijo—. Siento mucho que muriera. Murió como un héroe, salvando a esos niños con su valentía.
Ezra sacudía la cabeza.
—Cómo te atreves.
—No te atrevas a pronunciar el nombre de nuestro padre —dije yo, preguntándome si mi escupitajo se congelaría antes de llegar a ella.
—Cuidado —dijo Ruby, levantándose de la mecedora—. Aquí fuera hace demasiado frío esta noche como para que pueda tolerar insultos. Marvella, acércate. Dada mi condición, no puedo tener a estas negras rompiéndome los nervios.
—¿Qué sucede, señorita Ruby?
La mujer subió por las escaleras, claramente irritada porque le hubieran dado esa orden, y se quedó de pie en el otro extremo del porche, alejada de nosotras tres. La idea de que Ruby pudiera mandar a una mujer negra adulta para que hiciera lo que ella quisiera me hizo arder de rabia y vergüenza por dentro, a pesar del aire helado.
—¿Señorita Ruby? —dije yo en tono burlón.
—Os habríais enterado de que mi vida ha cambiado si todavía fuéramos amigas.
—¿Qué es lo que ha cambiado? —dijo Ezra—. La mugre siempre será mugre.
Ruby parpadeó, como si no diera crédito a sus oídos.
—¡He venido a interesarme por vosotras! Supongo que me dio pena lo del señor Kindred. Sin él trabajando en la escuela, no sé cómo os las apañaréis para quedaros en el pueblo. Supongo que vuestra madre podría encontrar un trabajo, finalmente, pero eso dependerá de su salud, ¿no?
—No hay nada más pobre en este mundo que tú —dije yo.
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Ella asintió con la cabeza, sonriéndome.
—Ez es una superviviente nata, igual que yo, pero tu pequeño mundo se ha derrumbado. Tú eres la que más necesitaba la escuela, más que ninguna de nosotras. Ni siquiera sabes quién eres si no tienes algún libro en las manos que te diga que estás viva.
—Veo que has aprendido mucho de esa mujer blanca —dijo Ezra—. Hablemos de alguien que necesita cosas, ya que quieres hablar de eso. Tú tuviste que encontrar a una mujer blanca para que te enseñara a ser blanca, ¿o me equivoco? ¿Porque la piel blanca de tu madre no servía? O quizá realmente sabías lo que eras desde el principio, y la señorita Alley te dijo que podías aceptarlo, que no pasaba nada. Supongo que necesitas que ella, más que cualquier otra persona, te diga quién eres tú, especialmente si crees que se va a preocupar por ti una vez que tenga lo que quiere, sea lo que sea.
En vez de responder a lo que le había dicho mi hermana, Ruby prosiguió con un tono que a menudo habíamos oído en los adultos. Era el típico tono de una persona a quien solo le interesan sus propios asuntos. En mi cabeza sonó la voz de mi padre hablándonos de la compasión. Recordé la mirada destrozada de Ruby el día de la exhibición aérea, cuando nos marchamos de allí. Siempre había estado hambrienta de algo que no había podido compartir con nosotras, aunque compartiéramos tanto merodeando juntas por los alrededores de Salt Point. Pero quizá Ruby había comprendido finalmente que no podíamos compartir nuestra negritud con ella. No podíamos ofrecerle lo que teníamos entre las piernas, o el amor de nuestra mirada, que hacía que nos quisiéramos tanto entre nosotros. No podíamos darle a Ruby la sangre de las gargantas y las canciones de nuestros antepasados. Ruby estaba condenada a cantar sola, y esa era una realidad triste y lamentable. Pero no le debíamos, ni nos debíamos, ninguna disculpa.
Ruby ahora vivía en un nuevo páramo, e intenté sentir un poco de compasión, alguna esperanza de que pudiera sobrevivir en ese entorno. Pero su empeño en no dejarnos en paz hacía difícil que no la viera como un ser lamentable. A mí no me habían educado para poner la otra mejilla.
—El espectáculo benéfico ha terminado —dijo Ruby—. El señor Hobart entablará unas negociaciones importantes justo después de Año Nuevo. Quiere vender la totalidad de la escuela y marcharse al oeste. Eso perjudicará a los vecinos del pueblo, pero ya lo superarán. Dice que ya ha
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perdido demasiado dinero intentando mantener rentable esa escuela. Dice que California es el lugar que le conviene. Algún día yo también iré allí. Quizá saldré en películas.
—¿Vienes a hablarnos de beneficencia? Acabamos de sacar la basura, por si tienes hambre —dijo Ezra—. ¿No creías que lo sabía, verdad? ¿Lo mal que me sentía porque tenía que fingir que no sabía que pasabas hambre? Y ahora mírate. Menudo morro tienes, el morro de una blanquita, desde luego. Hablando de suerte, ¿dónde está tu papá, y por qué permite que seas el perrito faldero de la señorita Alley?
—La señorita Alley ha mostrado un interés especial por mí —dijo Ruby.
Su barbilla temblorosa sobresalía a la luz ámbar que se derramaba de la chimenea a través de la ventana principal. El comentario sobre la basura había dejado una grieta en el nuevo rostro de Ruby. Se movió un poco para que pudiéramos verla mejor.
—Les dio dinero a mamá y a papá, una inversión para mi futuro. Hablan de una posible adopción. La señorita Alley siempre quiso tener una hija como yo.
—O sea, que te vendieron —dijo Ezra—. Venga, sigue, cuéntanos más mentiras. No será la primera vez que te mientes a ti misma.
—¡Mi futuro merece esa inversión! Viajaré a Europa con la señorita Alley. Primero asistiremos a una elegante gala en Nueva York y desde ahí zarparemos hacia nuevas aventuras. Voy a tener todas las cosas que siempre quise, y nunca más regresaré aquí, a menos que me apetezca.
—¿Y qué pasa con todo ese asunto de la aviación? —pregunté yo—. Pensaba que ser piloto era lo que más deseabas. Ser libre, ¿no?
—Ya he conseguido mi libertad —dijo Ruby. Inclinando la cabeza, presionó el manguito contra el cinturón de fieltro que le rodeaba la cintura
—. Y no solo eso.
El viento volvió a levantarse, como si Ruby hubiera coreografiado a
los elementos para su gran revelación. Su cara brilló con esperanza al pronunciar dos palabras claras sobre el silbido del aire gélido.
—Estoy esperando.
—Esperando ¿qué? —pregunté.
No respondió, pero posó los ojos en Ezra, como si todavía se aferrara a la posibilidad de que volvieran a quererse.
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—Voy a ser madre, y tendré algo dulce en este mundo que dependerá de mí para no caerse. La señorita Alley me concertó una visita con un médico privado de Amity, y hemos ido esta mañana. Yo nunca había ido a un médico. ¡Tendríais que haber visto la cara de la señorita Alley! No dejaban de interrogarme, pero yo sé que no importa quién es el padre. Cuanto más pienso en este bebé, más alto siento que voy a llegar. Puedo ser libre a la vez que cuido de mi bebé. Es la mar de simple. No sé por qué nunca antes me lo había planteado así.
»Escuchadme, yo os puedo ayudar. Sé lo que son los tiempos difíciles, y creedme cuando os digo que ahora los estáis afrontando. Podemos ir a vuestro estanque y pedir juntas un deseo. ¡Como hermanas! Las cosas podrían empeorar antes de que el sol vuelva a salir. El maldito Charlie anda por ahí diciendo que el pueblo os echará, y a los Junkett esos también, antes de Año Nuevo. Después de que la señorita Alley hablara con su tío, él pensó que eso sería lo mejor, ya que les preocupa que el señor Caesar pueda ser el padre de mi hijo.
Ezra empujó a Ruby, haciendo que se cayese de la silla.
—¡Qué mentira más miserable!
En vez de incorporarse rápidamente como hacía antes, Ruby se tomó su tiempo para levantarse. La mujer negra a la que Ruby había llamado Marvella habló con una voz afilada que serpenteó a través del porche:
—Niña, no vuelvas a ponerle la mano encima a la señorita Ruby. No deberías golpear a nadie que esté gestando una vida en su interior.
Fue la voz de Marvella, y su forma de proteger a Ruby, lo que nos hizo plantearnos la posibilidad de que Ruby no estuviera mintiendo, al menos en lo referente al bebé.
—¿Te lo hizo él? —dijo Ezra, cruzando los brazos sobre el pecho—.
Lindy me contó que tu mamá solía dejarte siempre sola con tu padre.
Quizá sentía que no podía competir contigo por el amor de tu padre.
—¡Mamá no me abandonó!
Ez escudriñó el vientre de Ruby como si pudiera ver, a través del abrigo de cachemira a la moda y la pálida piel de Ruby, el lugar donde el pequeño coágulo de vida inspiraba, exhalaba y se contraría dentro de su propia gelatina.
—¿Dónde está tu padre, Ruby? ¿Qué cosa mejor podría estar haciendo que salvarte de lo que te estás haciendo a ti misma?
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—Estará desmayado junto a la estufa de madera, como todas las Navidades —dijo Ruby—. Papá se ha vuelto loco. Desde que lo dejé para irme a vivir a Amity, el maldito Charlie ha tenido que meterlo entre rejas casi cada día por andar borracho. Dice que mamá lo engañó para librarse de mí. Dice que me han secuestrado. Dice que él tiene sus derechos.
—¿De veras vas a tener un bebé? Captando mi tono, Ruby levantó la barbilla. —Quizá. Bueno, sí. Ya no sangro.
—Yo pensaba que querías a tu padre —dijo Ezra—. Acabará en la cárcel, en una prisión de verdad, si no lo ayudas.
—Si tengo suerte, acabará muerto —dijo Ruby con un tono idéntico al de la señorita Alley.
—Nosotras daríamos lo que fuera por tener a nuestro papá con nosotras —dije yo—. Y tú tienes la cara de desear algo tan terrible como eso.
—Marvella, ayúdame a volver al coche —dijo Ruby, cerrando un postigo sobre la ventana azul profundo de sus ojos—. Este aire no me está sentando bien.
—Pues sí —dijo Ezra entornando los ojos—. Mete el culo en ese coche y que no se te ocurra volver a aparecer por aquí.
—Ya sale la señorita Dinah —dijo Marvella.
—¿Tanto os costaría desearme lo mejor? —dijo Ruby. Le temblaba la cara—. ¿Alegraros por mí? No sé cuándo volveré por aquí, después de que tome ese vapor para ir a Europa… La señorita Alley dice que celebraremos el Año Nuevo en el mar. Quizá no regrese nunca. Nadie me ha dado ninguna razón para hacerlo. Justo ahora estaba pensando…
—¿Alegrarnos por ti? —dije yo.
—O maduras o renuncias —dijo ella, apoyándose en el brazo de Marvella.
—¿Tú renunciaste a tu padre? —dijo Ezra—. ¿O primero renunciaste a ti misma?
—Métete en ese coche… —dijo Marvella, tirando de Ruby—. No quiero perder mi buen trabajo por tu culpa.
—Lo que vimos no fue lo mismo, ¿verdad, Ez?
—¿De qué estás hablando?
—Ese día, cuando nos miramos —dijo—. Habría sido imposible.
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Era esa ferocidad de mi hermana lo que había atraído a Ruby, esa lealtad impredecible e inquietante. Esa frialdad. Entre Ruby y Ezra había brotado una feminidad extraña, que llegó a finales de primavera y maduró en los últimos días de verano. Bajo la áspera luz de ese sol estival, su niñez yacía blanqueada sobre las rocas. Apenas hubo tiempo para que mi hermana y Ruby se despidieran de su niñez. Un nuevo lenguaje surgió como una alambrada a través de la cual se miraron la una a la otra reconociéndose apenas. La irrupción de la regla de Ruby había señalado su disponibilidad para casarse y formar una familia. Era pobre, y sin embargo siempre había sido rica gracias a su piel.
Para mi hermana, la madurez de su cuerpo significaba algo peligroso para todos los que nos rodeaban. A mis padres les preocupaba que, de repente, Ezra se encontrara en el punto de mira, en la línea de fuego de comentarios desagradables. Mi hermana no tenía ninguna garantía de que se le concedería el tipo de dignidad o respeto que pudiera hacerle sentirse segura fuera donde fuese, incluso en su propia casa.
Recordé el rencoroso desdén contra el mundo que demostró Ruby ese día, cuando nos arrebató de las manos las bragas húmedas, sustrayendo esa prenda tan íntima. Ninguna de nosotras anticipó que, cuando nos subimos esa prenda por las piernas para volver a cubrir lo que nos habían advertido que era un arma, ya sería demasiado tarde para olvidar lo que habíamos visto.
Ruby se dejó arrastrar por Marvella, que parecía inquieta. Justo antes de agacharse para entrar en la limusina, alzó la cabeza para decirnos algo. Era como si sus manos, metidas en el manguito negro, estuvieran aprisionadas en una camisa de fuerza.
—Él nunca pudo ser el padre que, según él mismo me dijo, yo necesitaba —dijo—. Tan triste, salvaje y mezquino… Pero es lo que sucede a veces con las cosas salvajes: o te abandonan o te desprendes de ellas. Aunque formen parte de ti.
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A la mañana siguiente, tendida en la cama de matrimonio junto a mi madre, el aroma de mi padre nos envolvía como un manto invisible. Me había quedado dormida en el lado de la cama de papá, con la espalda hacia fuera. El pecho de mamá subía y bajaba con suavidad. Respiraba lentamente mientras dormía, con el cuerpo vuelto hacia dentro, en posición fetal. A mí me resultaba reconfortante descansar sobre el recuerdo del peso de mi padre. Había nacido en su gran cama de plumas de ganso. Cuando éramos pequeñas, mamá a menudo nos había arropado en esa misma cama, hasta que papá insistió en que debíamos dormir solas.
Ahora Ezra yacía entre mamá y yo. La noche anterior, mientras nos dormíamos, mamá nos cantó como si volviéramos a ser niñas de pecho. «Buenas noches, Irene» se convirtió en una canción de cuna. La súplica triste del nombre de una mujer nos arrullaba y nos sosegaba en el vaivén oceánico de las olas. Mamá canturreó «Os veré en mis sueños, os veré en mis sueños» hasta que nos fundimos en una ensoñación líquida, protegidas de lo que nos amenazaba más allá de los muros erigidos por la voz afligida de mamá.
Mientras parpadeaba en el silencio de la mañana, recordé la advertencia de Ruby como si fuera una gota de agua helada cayendo en los pliegues cálidos de mis pensamientos. «El pueblo os echará, y a los Junkett esos también, antes de Año Nuevo». Para cuando los ojos de Ezra se abrieron, yo estaba sufriendo un ataque de pánico. Aunque el día anterior no la había visto llorar, los párpados ligeramente hinchados de Ezra atestiguaban un sufrimiento que había intentado ocultarme. Estando tan cerca de su cara, me sobresaltó ver cómo sus ojos, idénticos a los de papá, me miraban mientras me daba golpecitos con el dedo en la boca. Me acarició la cara con la mano ahuecada, dejando que el calor de su palma fluyera al interior de mi cabeza. Me pasó el dedo por la nariz y los ojos,
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luego por el contorno de la cara, antes de volver a llevárselo a su boca y sonreírme con los ojos. Cuando era pequeña, mi hermana me hacía esto todo el tiempo. Juro que podía recordar estar en mi cuna y mirar hacia arriba para contemplar sus grandes ojos marrones mientras las yemas de sus dedos se deslizaban amorosamente por mi cara.
Echando las piernas por encima del borde del colchón, me despabilé. Ez se arrastró hasta un lado de la cama y también se puso de pie, estirando sus largos brazos. Juntas, tapamos con el edredón a mamá, que gemía mientras dormía, frotándose la mejilla contra la almohada, que quizás, en su sueño, era el pecho todavía intacto de mi padre que respiraba.
Ezra estaba haciendo café mientras yo revisaba las rebanadas de pan de maíz que acababa de colocar en la bandeja del horno. Mientras ponía la mantequilla fresca encima de la mesa, agradecí sentir la presencia de la señorita Irene. La comida que nos había dejado preparada casi era como su voz llenando la cocina. La radio sonaba a un volumen bajo. Nos tensamos al escuchar la urgente voz masculina que repetía el pronóstico meteorológico: una tormenta de nieve inminente con apagones probables a lo largo de toda la costa.
—Hay un buen fuego —dijo mi hermana.
—Hay mucha comida —dije yo—. He dejado unas linternas al lado de la entrada.
—Si se congelan las cañerías, podemos traer algo de nieve y hervirla. —Aquí tengo las cerillas —dije yo, señalando una caja rectangular con
una tira áspera adherida a lo largo del borde.
—Estaremos bien hasta que regrese el señor Caesar —dijo Ezra—. Hay más pilas en el cajón, así que la radio nos hará compañía. Tenemos todo lo que necesitamos. Más tarde saldremos a sacar toda la nieve que podamos con las palas. Podemos echar sal en los peldaños delanteros y en el camino de entrada. Y sobre los peldaños de atrás también, si se congelan.
Sus palabras fueron apagándose. Ambas estábamos pensando en papá. En vez de tirar la toalla, intentábamos hacer lo que papá hubiera querido que hiciéramos. Recordé haber oído a otra gente hablar de los muertos en esos términos, como si estos todavía tuvieran cosas que decir, como si sus voces pudieran ser percibidas y acatadas desde la oscuridad.
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—Probablemente le sea todo más leve si duerme —dijo Ezra—. Quizá deberíamos darle leche caliente en vez de té. Puede que eso vaya mejor con el pan de maíz, para que no se acabe de despertar del todo.
—De acuerdo —asentí.
Me arrodillé ante el armario situado al lado de los fogones para coger la querida cazuela abollada que utilizábamos para calentar leche o sopa. Calculé un poco más de una taza y así poder quedarme con parte de la leche.
—¿Y si tenemos que irnos…?
—¿Irnos de dónde? —dijo Ez, concentrada en la preparación del café. —De Salt Point —dije yo—. ¿Y si el policía intenta echarnos de casa? —Este pueblo es pequeño e insignificante —dijo mi hermana—. No pueden echarnos a menos que se lo permitamos. La gente de color está levantándose en todo el país. ¿Acaso lo has olvidado? Están manifestándose, jugándose la vida, luchando por su derecho a no ser expulsados de lo que construimos con nuestro sudor y nuestra sangre. Estamos corriendo hacia el poder, no huyendo de él. Los negros hemos dicho basta, exigimos que los blancos nos dejen disfrutar de una libertad que nunca han querido darnos. ¿Y sabes qué? La señorita Irene dice que sin nosotros ellos ni siquiera tienen libertad, la verdadera libertad. Tenemos la voluntad. Somos la acción. Quien tiene deudas pendientes son los blancos, no nosotros. ¿Y qué si no podemos graduarnos de esa estúpida escuela? Somos lo bastante mayores como para ser autodidactas. No olvides que aquí tenemos la mejor biblioteca en un radio de muchísimos kilómetros. Papá la hizo para nosotras. Sus libros están aquí. Podemos ser nuestras propias profesoras. Podemos centrarnos en nuestras vidas sin depender de nadie. ¿Que no quieren que seamos las heroínas de sus historias? Nosotros tenemos nuestra propia tierra. Nuestra propia historia.
Quizá sea mejor así.
Ella estaba segurísima del destino que nos aguardaba, pero yo me sentía enferma. Brevemente, volví a pensar en cómo la señorita Burden había muerto ahogada y cómo el mundo —o el destino— había quemado vivo a nuestro padre. Las personas de mi vida que me parecían más inteligentes habían muerto. Yo no quería ser autodidacta. Y eso me preocupaba, porque quizá significaba que no era tan fuerte como mi hermana, y que si ella lograba emanciparse, podía dejarme atrás.
—Quizá sea mejor así —volvió a decir Ez, tocándome la mano.
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La leche se quemaría si no seguía revolviéndola con la cuchara. Asentí ante sus palabras, preguntándome si algún día sería capaz de sostener los libros de mi padre en las manos —por no hablar de aprender cosas de ellos — sin derrumbarme.
En el despacho de mi padre, la luz veteaba sus silenciosos libros. Las agujas del reloj de mi padre marcaban el mediodía. Mamá dijo que en Damascus los muertos eran enterrados al mediodía. Intenté imaginarme la tumba abierta de papá en un pueblecito que nunca había visto. La gente de Damascus grabaría su nombre completo en una piedra azul, donde perviviría junto a sus huesos, en medio de las tumbas de sus antepasados, y los míos.
En el salón, mi hermana dejó de tocar el piano de golpe. Ya no se distraía con acordes complicados, sino que estaba gritando.
Corrí a la parte delantera de casa; la puerta principal estaba abierta. Un aire frío me empujó hacia atrás mientras me acercaba a una figura que se recortaba contra la fría luz del día. Por un momento pensé que era nuestro padre. Pero entonces mamá bajó corriendo las escaleras pasando junto a mí, y ella y Ezra arrastraron la sombra hacia el interior de casa cuando vieron que era Ernest Junkett, que se quedó en medio del salón, incapaz de abrir el ojo izquierdo ni los labios. Podía oler su terror bajo la fragancia de la nieve.
—¿Qué ha pasado? —dijo mamá.
—Mi madre —dijo él finalmente.
—¿Irene…? —dijo mamá.
—Ay Dios… —dijo él—. Mi madre.
—¿Dónde están los niños?
Sollozando, Ernest sacudió la cabeza y se apretó la boca con las palmas de las manos. Mi madre lo rodeó con los brazos lo mejor que pudo para evitar que se desplomara. La voz de ella era clara, como si hubieran escoltado bien lejos su propio dolor, separándolo de sus ojos y su boca.
—Ernest, ¿dónde están los niños?
—El policía vino a casa hablando del papá de Ruby, diciendo que la habían secuestrado. El papá de Ruby también iba en la camioneta.
—¿No iba en el coche patrulla?
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—No, señora —dijo Ernest—. Iban en una camioneta. La camioneta de la escuela que utilizaba mi papá para los recados y todo eso. Entraron en casa hablando de que papá se había llevado a Ruby. Cuando les dijimos que papá no estaba con nosotros, replicaron que probablemente se había llevado a esa niña a algún sitio para hacerle Dios sabe qué. —Se detuvo un momento, temblando, como si no quisiera hablar de esas cosas delante de mí y de Ezra—. Yo intenté convencerles de que papá se había marchado ayer con el señor Kindred para ir a enterrarlo como Dios manda, pero ellos aseguraban saber la verdad —dijo amargamente—. Nada de eso tiene ningún sentido, porque el policía tiene que saber que es su tío quien tiene a Ruby. Era como si eso no importara, porque el hombre no dejaba de repetir que iba a ayudar a un padre a recuperar a su hija. Y el padre de Ruby estaba fatal. Tenía los ojos hechos polvo, totalmente idos y borrachos. El policía siguió diciéndonos que no teníamos ningún derecho a marcharnos del pueblo con el cuerpo del señor Kindred. Hablaba de papeleo y multas pendientes y nos acusó de no haber firmado el certificado de defunción. Mamá le dijo que ellos no eran los propietarios del cadáver del señor Kindred. Dijo que nosotros no éramos los esclavos de ningún cerdo, o algo así. Cuando dijo eso, el policía le dio un buen puñetazo a mamá.
—No —dijo Ezra.
Ernest tragó más aire.
—Mamá se levantó como si no fuera la primera vez que la golpeaban. Dijo que nosotros no sabíamos nada del paradero de Ruby. Entonces el señor Scaggs empezó a despotricar. Llamándonos negratas, diciendo que nos iba a matar a todos, que ni matarnos a todos se acercaría a lo que valía Ruby.
Mi madre se sentó rápidamente en el sillón de papá.
—Mamá sacó el machete, y yo tenía la pistola de papá… Pero nunca he disparado un arma de verdad, y bueno…
Ezra sepultó la cara en la manga del chico. Yo sentía como si mi alma se alejara flotando, elevándose hacia el techo.
—Agarraron a Lindy. El policía puso la pistola en su cabeza. Dijo que si mamá no se iba con ellos, reventaría la cabeza de mi hermana, ahí mismo, delante de todos. —La voz de Ernest era casi un susurro—. Así que mamá colocó el machete sobre la mesa. Yo también bajé el arma. Tan pronto como lo hice, el policía me la quitó de la mano, diciendo que sería
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una prueba excelente si Ruby no aparecía sana y salva. Cogió la pistola de papá y empezó a golpearme la cara con ella con todas sus fuerzas, hasta que mamá gritó que se iría con ellos, que por favor nos dejaran en paz. Entonces se marcharon, arrastrando a mamá por la puerta. La metieron en la camioneta.
—¿Adónde iban?
El rostro de Ernest volvió a brillar con nuevas lágrimas. Se encogió de hombros, como un niño pequeño. Me resultaba difícil mirarle a la cara sin acordarme de lo que nos había hecho el policía cuando se presentó en nuestra casa y arrancó la mortaja del rostro de mi padre.
Ezra levantó la cabeza.
—Tu madre lleva una pistola en el bolsillo. Eso seguro que no se lo esperan.
—Sí —dijo Ernest—. Pero ellos son dos. Son dos contra uno.
—Ella tiene buena puntería —dijo Ezra.
—He dejado a mis hermanos en casa.
—¿Has conducido solo hasta aquí en este estado?
—Sí, señora.
—No puedes ir conduciendo por ahí tal como estás. Ese ojo tiene mala pinta, hijo mío. No quiero que lo pierdas. Déjame que te lo cosa con algo de hilo. Cinthy, tráeme el bolso con el peróxido. Cuando la tormenta haya amainado, te llevaremos al hospital de Gunn Hill. Esperaba que Caesar regresara al caer la noche, pero con este temporal ya no sé qué pensar…
—¿Y la señorita Irene? —dijo Ezra—. ¿Qué le pasará, mamá? ¿Qué le harán?
—Oh, Ezra, no podemos… no podemos ir a buscarla. Irene se las tendrá que apañar sola —dijo mamá—. Dios no permitirá que se derrumbe. Irene sobrevivirá. Todavía no ha llegado su hora. Lo único que podemos hacer es lo que ella querría que hiciéramos, es decir, cuidar de sus hijos. Ahora mismo eso es lo único que podemos hacer.
—Pues eso no es suficiente —dijo Ezra, cruzándose de brazos.
Mamá tomó a Ernest del brazo.
—Cinthy, vas a tener que llevarte a Ernest a su casa para ir a recoger a los críos. Ahora mismo no puedo fiarme de tu hermana, no la veo con muchas ganas de obedecerme.
—¿Conduciendo yo?
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—Puedes hacerlo —dijo Ezra antes de que yo pudiera decir nada más
—. Tráelos de vuelta antes de que empeore la ventisca. —Ya ha empeorado.
—Te diré lo que tienes que hacer —dijo Ernest. El tono de su voz era
resuelto a la vez que desesperado—. Pero si tengo que arrastrarme solo de vuelta al pueblo, lo haré. Con el frío que hace, Empire y Rosemary no podrían llegar muy lejos caminando. Lindy, no sé. Todos estaban llorando mucho, no querían que me fuera. Pero les dije que se escondieran en casa y me esperaran. Temía que el poli me atrapara en el momento que me viera salir a la carretera. Pensé que sería mejor venir yo solo. Les dije que volvería a buscarlos. Para cuando regresen esos tipos, estaré ahí, preparado. Papá me explicó lo que tenía que hacer.
—Ay, Señor, ten piedad… Será mejor que haga algunas llamadas — dijo mamá—. Al pastor de Estrella Ascendente. Ernest, ¿tienes su número?
Ezra chasqueó la lengua.
—¿Unas llamadas, mamá? ¿Eso es todo lo que vas a hacer?
—Niña, a tu madre no se le habla así.
La piel de la cara de mamá se tensó formando una máscara.
—Irene se las apañará. Nosotros tenemos que estar preparados para lo que necesite, lo que necesiten esos niños. ¿Entendido, Ezra? Baja de las nubes. Te necesitamos aquí. Una vez haya curado a este chico —continuó mamá, volviéndose de golpe para mirarme fijamente a los ojos— tenéis que estar listos. Tú mantén la calma, Cinthy. Chicas, salid afuera. Echad sal en la carretera. Desenterrad el coche. La nieve aún es ligera, no os costará demasiado. Tenemos que usar el ingenio. No sabemos lo que puede pasar cuando anochezca.
—En la oscuridad seremos presas fáciles —dijo Ezra.
—¡Basta! —La voz de mamá era un siseo mientras guiaba a Ernest a la cocina.
Ezra me miró, escudriñando mi rostro con mucha concentración. Cada uno de sus ojos era una colmena.
—En la Biblia hay cazadores —dijo mi hermana, liberando las abejas que había debajo de sus párpados.
Olía a mi padre en la lana de su jersey, que me había puesto debajo de un gran abrigo de pescador que también le había pertenecido. Sintiendo que
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me envolvía el cuerpo, el aroma de papá era mi talismán. Tenía casi todo el pelo metido en una de las gorras de lana de mamá, pero tenía copos de nieve entremezclados con sudor, brillando como perlas, en el nacimiento del pelo y en la nuca, donde la gorra seguía levantándose.
Luchando contra las ráfagas de viento helado, cavé la nieve blanquísima con nuestra pala oxidada. Jadeando, hice círculos y más círculos alrededor del coche, atacando dunas inmaculadas y granulosas. Los guantes me impedían agarrar bien el mango, así que me los quité. Pronto mis palmas estaban en carne viva, llenas de ampollas. Las rodilleras de mis vaqueros estaban mojadas y frías. El agua se había colado dentro de mis botas amarillas de goma. La pérdida de sensibilidad en los pies me obligaba a andar con lo que parecían ser dos muñones congelados. El miedo me oprimía el estómago y la vejiga. Intenté mantener la cabeza alta, resistiéndome al pánico. «Haz lo que te ha dicho mamá. Desentierra el coche con la pala. Conduce el coche. Haz lo que te ha dicho mamá. Desentierra el coche con la pala. Conduce el coche».
Con ojos lacrimosos, seguí paleando la nieve. El viento atrapó el recuerdo de la voz de mi padre y alzó la elegía de su aliento en las hebras de nubes solitarias. «No pares, Cinthy, hija mía. No pares». Cuando finalmente dejé la pala, miré la carretera, que iba disolviéndose hasta convertirse en un campo de batalla de colinas blancas. Al otro lado de la carretera, imponente en su destrucción, estaba la casa encantada, achaparrada y negra incluso bajo la capa de nieve, y Ezra salía de ella y venía hacia mí.
No la había visto salir de nuestra casa, y me pregunté de dónde había sacado el tiempo para ir a fisgonear al otro lado de la carretera, teniendo en cuenta que mamá nos había dado órdenes estrictas.
—Métete en el coche —me dijo.
—¿Qué?
Pero ya se había acercado a la portezuela del copiloto sin responder a mi pregunta. Noté el entumecimiento de mis dedos al agarrar con torpeza la manilla cromada. Cuando finalmente conseguí abrir la puerta y hundirme en el asiento del conductor, no pude evitar volver a pensar en papá. Si bien fuera del coche el viento aullaba, en el interior reinaba una calma extraña. Nuestro aliento formaba nubecitas que se disolvían rápidamente. Ezra me tendió la llave. Anodina y familiar, descansaba sobre su palma y tenía un tacto cálido.
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—Venga, empieza a calentar el motor —dijo, acomodándose para dejar espacio entre nosotras.
Nos quedamos en silencio hasta que el coche arrancó. Yo no podía soportar mirar al asiento de atrás, porque me venían flashes del señor Caesar llegando a nuestra casa con el cuerpo quemado de papá envuelto en una lona alquitranada.
—No pienses en eso —me ordenó mi hermana—. Tengo que hablar contigo, pero quiero asegurarme de que me estás escuchando. Te he visto demasiadas veces con mil pensamientos rondándote esa cabecita tuya, pero ahora te necesito aquí, conmigo. ¿Crees que puedes escucharme, Cinthy?
Asintiendo, me soplé los dedos. Mi rostro estaba caliente. No quería que se enfadara conmigo, pero no le faltaba razón. Me estaba costando concentrarme, en parte por el frío, pero especialmente porque había una ventisca de recuerdos que parecían decididas a llevárseme volando.
—Voy a buscar a la señorita Irene —dijo mi hermana.
Y a continuación se sacó del abrigo la pistola que la señorita Irene le había dejado a mamá. La sostuvo firmemente con los dedos, sobre su regazo. Yo empecé a temblar: sentía que la madurez de Ezra, su transformación en mujer, nos había tomado, tanto a ella como a mí, de rehenes.
—Mamá ha dicho que…
—Me importa una mierda lo que haya dicho —dijo Ezra—. Te he pedido que me escucharas, y lo primero que haces es hablar de lo que mamá ha dicho. ¿Puedo confiar en ti?
—Sí —dije inmediatamente, aunque no podía apartar los ojos del arma; igual que la muerte de mi padre, su horrible silencio llenó el coche.
—Sabes que yo te quiero más que a nada, ¿verdad?
—¿Cómo?
—Hablo del amor, Cinthy —dijo—. Necesito saber que me conoces.
—Creo que te conozco.
—Pues sabrás que no voy a quedarme ahí sentada delante de la chimenea mientras esos demonios blancos hacen lo que sea que vayan a hacerle a la señorita Irene —dijo Ezra, devolviendo el arma a su bolsillo
—. Voy a salir a buscarla, y la voy a traer de vuelta. Necesito tu ayuda. —¿Cómo puedo ayudarte yo? —pregunté, temerosa—. ¿Cómo puedo
ayudarte, cuando sabes lo que te puede pasar?
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—Me da igual lo que me pase a mí —dijo ella—. Si tengo que mentir, mentiré. Si tengo que matar, mataré. Si tengo que quedarme congelada, me quedaré congelada. Pero voy a traer a la señorita Irene de vuelta a casa. También es nuestra madre.
—¿Matarías…?
—Y rápido.
—Sabes que la señorita Irene es una mujer adulta, como dijo mamá — le dije—. Tú podrías morir. Ella puede cuidar de sí misma, Ez. No dejará que ganen.
—No se trata de ganar —dijo Ezra—. Se trata de vivir en vez de morir. Todo lo que decimos, todo lo que aprendemos, todo eso que supuestamente nos tiene que ayudar. Toda esa cháchara sobre la importancia de defender y proteger ideas que ni siquiera podemos ver, porque apenas podemos vernos unos a otros sin tener miedo ni estar cabreados la mayor parte del tiempo. La señorita Irene ha sobrevivido a muchas cosas, y no pienso permitir que ese poli o el padre de Ruby nos la arrebaten. No puedo quedarme aquí sentada, llorando y rezando. No digo que mi forma de ser sea la mejor, pero sí es la mejor para mí, porque yo la he escogido para mí. Yo soy una persona de acción. Porque eso es lo que significa vivir para mí.
—Oh —dije, asintiendo con la cabeza, como si supiera exactamente a qué se refería—. ¿Crees que la señorita Irene querría que hicieras eso? Siempre nos dice que mantengamos las almas bien altas, y a la luz. ¿Qué pasará con la tuya?
—No quiero decir nada más —dijo Ezra—. Cuanto menos te cuente, mejor.
Y a continuación me tomó una mano y se la llevó a la cara, antes de ponerla sobre el volante, estrujándome los dedos para que lo agarrara.
—Puedes hacerlo —dijo—. Papá te mostrará cómo.
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Mamá y Ernest organizaron el despacho de papá porque era la única habitación de la casa donde todos los hijos Junkett podrían dormir juntos. Ernest siguió las instrucciones de mamá, dando zancadas de un lado a otro, insistiendo en levantar él solo los muebles de papá. Unas horas antes había sido su adrenalina la que me había guiado al volante hasta las afueras del pueblo, tomando carreteras secundarias llenas de baches para llegar a casa de los Junkett. Ernest y Lindy se habían encargado de sacar a Empire y Rosemary al frío y depositarlos en el asiento trasero del coche mientras yo me quedaba de guardia tiritando detrás del volante. Ernest me había ordenado alejarme con el coche en el caso de que cualquier otro vehículo se acercara a la casa.
Ahora, subiendo y bajando por las escaleras posteriores de casa, Ezra llevaba edredones, sábanas y almohadas adicionales al despacho de papá. Su rostro era una máscara pétrea. Siempre que intentaba decirle algo, se limitaba a mirarme a la cara como si quisiera memorizarla. Aunque yo estuviera muy nerviosa, ambas sabíamos que no le diría nada a mamá. ¿Qué podría decirle, en realidad? Mamá estaba empleando todas sus fuerzas en cuidar a los niños pequeños, que parecían ignorar gran parte de los peligros que nos acechaban.
En la cocina, Lindy y yo vertimos chocolate caliente en las tazas de los niños, con cuidado de llenarlas solo hasta la mitad. Ellos acercaron sus dulces rostros al vapor, escuchando atentamente la música que les habíamos dejado escoger en la radio. Bajo la luz tenue de la cocina podía ver el reflejo de sus padres en sus caras. Eso hizo que me dolieran los ojos.
—Lindy —la llamé suavemente.
Ella emergió del pozo de sus pensamientos para prestarme atención. Primero observó el plato de pan de maíz que le tendía y acto seguido sacudió la cabeza.
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—No voy a comer nada hasta que vuelva mamá —dijo—. Nada. Comprendí que su negativa a comer algo que realmente le gustaba
formaba parte de su sacrificio personal, su plegaria para que su madre regresara sana y salva. No se permitiría ese consuelo hasta que Dios le devolviera a su madre.
—Una vez hayan acabado de mover los muebles podremos extender los edredones. Asegúrate de que la habitación esté caliente —dijo automáticamente—. Mamá regresará de la ventisca. Hacía frío cuando se la llevaron.
Yo no podía, ni quería, imaginarme la escena que nos había descrito Ernest: cómo la señorita Irene había salido de su casa tambaleándose, arrastrada por el pelo a través de la nieve, antes de que esos hombres blancos la arrojaran en la camioneta. Pero al contemplar la cara de Lindy constaté que ella estaba visualizando esa escena una y otra vez.
Cuando entré en el despacho de mi padre con las últimas almohadas, me apreté el estómago con las manos. Todavía no estaba preparada mentalmente para la deconstrucción del cuarto de papá.
Unos edredones habían sido apilados para evitar las corrientes de aire. La mesa de trabajo de papá estaba colocada cual barricada contra las puertas de cristal. Habían apartado su escritorio a un rincón. Tras muchos años de no moverse, en el suelo se observaba el contorno rectangular, como una puerta o una tumba trazada en la madera, ahí donde había estado.
—No hemos tirado nada —dijo mamá, mirándome. Jadeaba ligeramente mientras barría y ordenaba—. Solo lo hemos movido de sitio. Por favor, no pongas esa cara, Cinthy.
Asentí, retrocediendo.
—Dile a Ezra que necesitamos más edredones. Coge también los de mi cama. Yo dormiré en la cama doble de la habitación de Ezra. Ernest y yo arrastraremos el colchón grande hasta aquí cuando haya quitado bien el polvo. Si todo va bien, el señor Caesar llegará antes de medianoche. Estará cansado, y tendrá hambre.
—Sí, mamá.
—Dile a Lindy que prepare un plato y lo deje tapado sobre los fogones. Y luego ayuda a tu hermana. Esos edredones pesan. Id con cuidado de no arrastrarlos por el suelo.
—Sí, mamá.
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Se agachó de nuevo para enrollar una de las delgadas alfombras de papá. Cuando se levantó, sus palabras brillaban y despedían el calor del fuego y, poniéndose la mano en la cadera, exclamó:
—Niña, ¡más te vale ir a por esos edredones como te he pedido!
Me fui pitando, crucé la cocina y subí las escaleras a toda velocidad. Me detuve en el rellano para enjugarme las lágrimas con las manos. Pero no podía hacer nada para detener el vómito, así que corrí, aguantando el sabor agrio entre los dientes, hasta que llegué al lavabo, donde me arrodillé ante la taza de váter que compartía con Ezra.
Se me atascaron pedazos de pan de maíz y grumos de mantequilla en la garganta. Me rodeé las rodillas con los brazos y me hice un ovillo. Mamá tenía razón, pero también estaba equivocada.
Todo lo que yo conocía había sido desechado o desplazado de su sitio habitual. Todo era muy pesado, sí. Ser inteligente podía matarte, podía ahogarte, podía hacer que te quemaran viva sin motivo. Algunos tipos de inteligencia podían hacer que tu cuerpo enfermara de cáncer. El mundo podía hacerte creer que sabía quién eras antes de que tú misma lo supieras. Las llamas de la muerte podían convertirte en una heroína. El mero hecho de quererte a ti misma podía provocar que un hombre blanco, actuando en nombre de la ley, te arrastrara fuera de tu propia casa, a la vista de tu propia familia. No había nada, ni nadie, que te pudiera salvar.
Después de enjuagarme la boca y lavarme la cara, entré en mi habitación, donde el aire gélido me golpeó. La ventana estaba abierta. Y solo podía haberla abierto alguien desde dentro.
Aparecieron puntitos oscuros en los límites de mi campo visual. Noté el corazón latiendo en mi garganta. Respirando profundamente, eché un vistazo a la habitación antes de salir al pasillo, donde encendí la luz del techo.
Intenté pronunciar su nombre: una única palabra. La conmoción recorrió mi cuerpo como el agua en un barco que se hunde.
Era cuestión de tiempo que mamá llamara a Ezra y esperara a que apareciera. No quería pensar en lo que sucedería a continuación. ¿Me callaría lo que sabía, fingiría estar igual de sorprendida que mamá cuando descubriera que Ezra se había escabullido? Por mucho que mamá me interrogara, de ninguna manera le contaría toda la verdad, es decir, que Ezra estaba dispuesta a matar a un hombre blanco para salvar a la señorita Irene. El terror se apoderó de mí mientras me resistía a pensar en lo que
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también era posible: que mi hermana fuera asesinada por uno de esos hombres. Cargando con los edredones con mucho cuidado, tal como me había ordenado mamá, sin poder ver prácticamente nada por encima de la pila de bultos, bajé medio aturdida por las escaleras posteriores hasta la cocina.
Lindy estaba sentada en la mesa con Empire y Rosemary. Me lanzó una mirada extraña cuando pasé por su lado a toda prisa. Temía que me preguntara por el paradero de Ezra.
Volví a respirar hondo antes de que mi cuerpo me dirigiera hasta la entrada del despacho de papá. Desde el umbral, observé en silencio cómo Ernest se inclinaba sobre mi madre, colocándole algún tipo de compresa en la frente. Cuando me vieron, mamá se quitó el pañuelo de la boca. Tenía los labios y los dientes manchados de sangre.
—A tu hermana y a ti no os he dicho que…
—Ahora vuelvo a por el resto —dije—. Esto ha sido todo lo que he podido traer yo sola.
Mamá volvió a toser; le temblaba todo el cuerpo. Tenía los ojos cerrados y la respiración agitada. Lentamente, volvió a limpiarse la boca con el trapo. Sin abrir los ojos, preguntó: —¿Por qué no te está ayudando Ezra?
Ernest me miró fijamente. ¿Le diría yo la verdad a mi madre? No, no, hablé de la forma más serena posible, imitando la voz que empleaban los adultos cuando tenían malas noticias y no sabían cómo comunicárselas a sus hijos.
—Tenemos nuestro sistema —dije—. Así es más fácil.
Esperé a que mamá respondiera, algo que tardó un poco en hacer. En vez de mirarme, mamá observó la boca roja de la estufa y luego bajó los ojos hasta el trapo arrugado en su puño. Su mirada se clavó en las manchas escarlata que florecían y se secaban en su pañuelo.
—Sabes que sé cuándo me mientes.
Decidí arriesgar la voz que me quedaba para proteger a Ezra. Pero la mentira me rompió el corazón.
—Mamá, yo nunca te haría eso.
Ernest apareció en la puerta de la habitación de mi hermana mientras yo estaba sentada en la cama doble, mirando al suelo. Mamá estaba abajo, en la cocina. Podía oler la comida que estaba preparando. La radio estaba
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transmitiendo las noticias, y por primera vez en mucho tiempo supe que mamá no huiría al interior de su corazón con Sam Cooke y el whisky. No estaba enfadada conmigo porque todavía no sabía lo que yo sí sabía: que Ezra, su hija mayor, se había ido de casa, armada, adentrándose en la tormenta de nieve y de venganza. En el piso de abajo a duras penas podía sostener un vaso o un plato sin temblar, así que me había ido a esconder arriba.
La lamparita que había en la mesilla de noche de Ezra emanaba una luz de un infantil color coral. No la había apagado porque me preocupaba que, si mamá subía, le resultara extraño que la habitación estuviera a oscuras. Mamá probablemente pensaba que mi hermana estaba encerrada en su cuarto, enfurruñada porque no habíamos hecho nada para ayudar a la señorita Irene. Y no tenía fuerzas para lidiar con Ezra.
—¿Dónde está?
Me encogí de hombros al oír la voz de Enest, abrazándome el torso para que no viera que estaba temblando, aunque sabía que él tenía dos hermanas. Entró en la habitación tras cerrar la puerta casi del todo y se sentó en la cama, a mi lado.
—Sabías que se escaparía para ir a ayudar a mamá, ¿no?
Se puso de pie y se dirigió al armario de Ezra, cuya puerta yo había dejado abierta al sacar los edredones para el despacho. Enjugándome las lágrimas de ansiedad, le observé tocar los vestidos y suéteres de mi hermana. Echó un vistazo al espejo del tocador de Ezra. Un instante después alzó la caracola de mar que le había regalado. Ya no me parecía tan bobo como antes. Su ternura hizo que me sonrojase. La quería.
—Se suponía que íbamos a rescatar juntos a mamá cuando todos os fuerais a dormir. Veo que ha decidido hacerlo sin mí.
—No te voy a contar nada.
El dolor de su expresión me hizo sentir pena por él. Yo sabía que Ezra sentía un profundo aprecio por Ernest. Él era el hijo de la señorita Irene, y Ezra adoraba a la señorita Irene. Otra cosa era que ella lo quisiera como se querían papá y mamá. Sin embargo, si Ernest supiera lo que yo sabía, quizá podría ayudar a que Ezra y la señorita Irene regresaran sanas y salvas a casa.
—Se ha ido sin mí —repitió para sí mismo— después de asegurarme que iríamos juntos. No ha querido esperar.
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—Sabes que Ezra no podía contarte lo que realmente planeaba hacer —dije yo.
—¿Qué quieres decir?
—Ezra conoce todos los secretos de este lugar. Bueno, los suficientes —dije, intentando suavizar la voz—. Tú correrías más peligro que ella. Ez lo sabe. Eres un hombre negro. El policía no dudaría en apuntarte con la pistola.
—Por lo menos no iría por ahí sola. Puede pasarle cualquier cosa. —Sí —dije—. Pero Ezra no está sola. En ese sentido es como tu
madre. La señorita Irene dijo que siempre la acompañan sus antepasados y una cantidad letal de sentido común. La fe de la señorita Irene es innata. No es algo que pueda enseñarse. ¿Recuerdas lo que dijo mi madre sobre la señorita Irene? Dios no permitirá que se derrumbe. Bueno, quizás Ez aprendió eso de ella. No te preocupes por mi hermana.
—Lo que podríamos hacer es subirnos al coche e ir a buscarlas.
—Ha oscurecido —dije—. Con este temporal acabaríamos cayendo por un acantilado.
—Necesitamos luz —dijo, casi para sí mismo.
—Sabes tan bien como yo que si el agente Charlie nos pillara solos por esas carreteras… —Me interrumpí—. Bueno, digamos que despeñarse por un precipicio sería un final mejor.
—Tu hermana ya está muerta —dijo él— si ha decidido ir detrás de ese poli.
—No era a él a quien tenía en mente —dije.
—¿De qué diablos estás hablando?
Suspirando cuando vio que no iba a contarle nada más, Ernest cerró la puerta del armario de Ezra y se dirigió hacia su escritorio. Alzó una foto enmarcada, acercándosela a la cara como si fuera a indicarle qué hacer a continuación.
Era un retrato de nuestra familia. Papá me tenía sentada en sus rodillas mientras Ez se apoyaba en los brazos de mamá y abría la boca como si estuviera riéndose. La foto había sido tomada hacía tanto tiempo que, según dijo mamá, yo ni siquiera caminaba aún. Papá me llevaba en brazos a todas partes. Un destello onírico de los rayos del sol ocultaba el fondo de la foto, y mamá decía que no se acordaba de dónde estábamos cuando la tomaron. Papá decía que eso no tenía ninguna importancia, que lo único que importaba era que se nos veía claramente contentos.
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—Ay, qué guapos erais todos —dijo Ernest.
—Hace mucho tiempo —dije yo.
Avivé el fuego con el atizador, arrojando espirales de papel de periódico a la chimenea. Me di cuenta de que estaba quemando los últimos periódicos que había leído mi padre. Los diarios siempre habían sido muy importantes para él, pero ahora ya no los necesitaría nunca más. A continuación le subí el edredón a mamá hasta la barbilla —se había quedado dormida en el sofá del salón— y me senté a su lado, en el sitio habitual de Ezra.
Ernest estaba sentado en el sillón de papá con los brazos cruzados sobre el pecho. Aunque tenía los ojos cerrados, yo sabía que estaba despierto y escuchando.
A esas horas de la noche, largas y vacías como la palma de una mano extendida, esperábamos el regreso de nuestros seres queridos. Escuchábamos cómo la mezquindad del tiempo transcurría en una oscuridad implacable.
Intenté adoptar la perspectiva de mi hermana, pero sentí que su innata discreción me lo impedía. Aunque sabía que Ezra me quería, recordé cuán sola podía sentirme con ella a veces, incluso cuando caminábamos juntas.
En mi mente se formó la imagen del pueblo bajo velos de nieve. Mi hermana podría estar en cualquier sitio: el faro, la escuela, el bosque, los acantilados… No me habría sorprendido cruzar la carretera y descubrirla, acuclillada con su arma, en el aire helado de la casa en ruinas.
Era ese carácter salvaje de mi hermana el que la había convencido de que podía rescatar a la señorita Irene de la autoridad blanca. Influenciada durante tantos años por las creencias radicales de la propia señorita Irene, Ezra era incapaz de tomarse en serio las actitudes, fantasías o sistemas de los blancos. Especialmente si había mujeres negras de por medio. La señorita Irene nos pertenecía, y siempre sería nuestra, del mismo modo que nos pertenecíamos a nosotras mismas.
Cuando volví a abrir los ojos, mamá estaba entrando en el salón. Colocando un dedo sobre sus labios, señaló a Ernest, que estaba roncando en el sillón. Me levanté y la seguí hasta la cocina. Había puesto una cafetera y una tetera sobre los fogones.
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—Acabo de hablar con el señor Caesar por teléfono —dijo, apartándose el pelo de la cara. Sus ojos estaban concentrados en la tetera, como si esperara que hiciera algo más que hervir agua—. La tormenta los está demorando.
—¿Le contaste lo de la señorita Irene?
—No tuve que contarle nada —dijo mamá—. Pudo notarlo en mi voz. Dice que reunirá a algunos hombres de Gunn Hill. La encontrarán. Algunos ya están en camino. En Estrella Ascendente tienen una especie de sociedad secreta de hombres que se ocupan de ese tipo de asuntos. Se toman la justicia por su mano.
—¿Y los policías de Gunn Hill, mamá? No pueden ser todos como el agente Charlie.
—Son incluso peores —dijo mi madre—. La gente de este condado solo conoce su propia justicia. ¿Me entiendes?
—Sí, mamá.
—Tu papá y yo queríamos manteneros a tu hermana y a ti alejadas de todo esto. —Vertió agua hirviendo en mi taza, donde había metido una de sus bolsitas de té caseras—. Sin embargo, aquí estamos.
Mamá estaba bebiendo su segunda taza de café cuando sonó el timbre de la puerta. Sus ojos se alzaron rápidamente, desenfocados, como si la hubieran sacudido bruscamente para sacarla de un sueño profundo. Sostuve firmemente la taza de té tibio. «No podemos más», pensé, preguntándome quién estaría en la puerta. Vivíamos prácticamente en el fin del mundo. Me levanté y seguí a mamá, recordando que parte de mi responsabilidad era cuidar de ella.
El frío volvió a irrumpir como un casero, extendiendo sus dedos helados y palpándome la cara, mientras yo empujaba la puerta contra el viento para cerrarla. Pasé el pestillo, intentando respirar profundamente. Mi corazón era como una caja de metal dentro de mi pecho.
En el salón, mamá y la señorita Irene se estaban abrazando. El frío que emanaba del cuerpo de la señorita Irene me hizo preguntarme si en realidad era un fantasma. Pero cuando soltó a mamá y me estrechó contra ella, sentí sus lágrimas cálidas y cómo palpitaba su corazón.
Mamá me envió al piso de arriba para coger ropa limpia y toallas.
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—Ten cuidado de no despertar a los críos —me dijo, respirando entrecortadamente.
Pero ya era demasiado tarde. Los gemelos entraron corriendo en la habitación, seguidos por Lindy y Ernest. El cuerpo de Lindy se estremeció cuando ella, Ernest y los gemelos se tiraron al suelo alrededor de su madre, recubriéndola con la llama de su amor. Entre los edredones, la señorita Irene susurró sus nombres mientras lloraban. Tenía arañazos y cortes en la cara, probablemente causados por ramas; y era evidente que la intemperie había castigado su cuerpo.
—¿Qué ha pasado, Irene?
—Intentaron asustarme —le dijo a mamá—. Y no lo consiguieron. —¿Necesitas un médico? Caesar ha avisado a algunos hombres de la
iglesia, dijo que vendrían lo antes posible. La tormenta ha empeorado. —Estoy bien —dijo la señorita Irene—. Me llevaron a dar una vuelta
en coche. Hasta el faro. Los muy cobardes me dejaron tirada en el arcén de la carretera.
—Podrías haber muerto —dijo Lindy, llorando desconsoladamente. —Pero no he muerto —dijo la señorita Irene, besándola—. Cuando
llegué a nuestra casa y me la encontré vacía, supe dónde estabais. Tenía que llegar hasta aquí, hasta vosotros. Y lo conseguí. Me han traído los antepasados.
—Oh, Irene… —dijo mamá, tapándose la boca. Estaba pálida.
—Debo quitarme este frío de encima.
Lindy se levantó de un salto y me tomó del brazo.
—¡Venga, chica! Ayúdame a traer las toallas, la ropa. Necesitamos agua caliente.
—También traeré la pomada. Y unas vendas —dije—. Puedo calentar la sopa.
—¡Cinthy!
La señorita Irene habló en voz baja, pero con un tono tan directo como una flecha. Estrechaba en sus brazos a los gemelos, que tenían los ojos soñolientos. Quise pensar que quizá cuando fueran mayores no se acordarían de nada de esto. Lindy, que ya había avanzado algunos pasos, se detuvo, soltándome la mano.
—Cinthy —repitió la señorita Irene, levantándose del suelo—, ¿dónde está tu hermana? —Sus ojos oscuros brillaban—. ¿Dónde está Ezra?
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Su voz se quebró, encolerizada, al pronunciar el nombre de Ezra. La luz de las llamas que danzaban en la pared creció como si estuviera bajo sus órdenes.
—Quería rescatarte —susurré—. Dijo que lo lograría.
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Ezra corrió entre los árboles desnudos del bosque hacia los acantilados. La sangre que corría por sus venas apartaba el viento frío de su piel. Sentía la mente como un puño. Rehusó pensar en su padre, que no habría comprendido lo que se disponía a hacer. Él era un hombre tranquilo, contrario a la venganza, a quien le repugnaban los ataques de cólera. Ezra a menudo se preguntaba si había nacido en el seno de la familia equivocada. Eso no significaba en absoluto que se cuestionara el amor que sentía por sus padres y su hermana, sino que en su fuero interno reconocía quién era ella realmente. Ezra nunca sería el tipo de mujer que pone la otra mejilla, o que acepta sufriendo que el mundo ignore su existencia. Ella existía, y para saber eso no necesitaba la confirmación de sus profesores, ni de los lugareños, ni siquiera de su familia. Ezra sabía que esta verdad podía parecer extraña, pero estaba dispuesta a defenderla con todas sus fuerzas, incluso con su propia vida. Tal vez fuera eso lo que la había unido a Ruby Scaggs y lo que la había hecho alejarse violentamente de ella cuando poco a poco se dio cuenta de que sus caminos apenas avanzaban en paralelo y, desde luego, no eran idénticos. Lo había visto con sus propios ojos esa tarde en la que ella, Cinthy y Ruby se sentaron, parpadeando bajo la luz del sol, para mirarse en silencio. Ezra había intentado ignorar las contradicciones que existían entre ella y Ruby: Ruby era la pobre, la que comía de la basura de la familia de Ezra, la que tenía unos padres que la trataban con negligencia, abandono, o de un modo incluso peor. Ruby a veces decía que el universo se había equivocado: ella era la que debería haber tenido la vida de Ezra, mucho más parecida a la existencia que supuestamente tenían las chicas blancas: educación, atención y protección. Las opiniones generales de Ruby sobre la libertad, los negros y la amistad eran más ignorantes y peligrosas de lo que Ezra había imaginado, hasta que empezaron a sangrar como mujeres. A Ezra le
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molestaba la insistencia de sus padres en que el silencio era la clave de su hogar, reconociendo que sus vidas eran periféricas en relación con el pueblo. Sí, no querían llamar la atención de los lugareños, pero lo que Ezra no entendía era cómo habían sido tan inocentes como para pensar que podrían mantener su invisibilidad. Le disgustaba esa manía por la educación que había en su casa, una fijación que, según Ezra, había esclavizado a su querido padre. Detestaba esos libros polvorientos, porque sabía que sus autores eran tipos blancos que probablemente pensaban que la mayoría de los negros eran analfabetos.
Ezra se encontró en un claro, intentando vislumbrar la chabola de Ruby a través del grueso velo de nieve que soplaba ferozmente a su alrededor. Tenía el pelo rojizo oscuro pegado al cráneo. El pesado abrigo estaba tan empapado que casi la tiraba al suelo. Sus dedos helados palpaban el interior del bolsillo. Pensó en la señorita Irene, a quien siempre había considerado su madre espiritual. La señorita Irene le había enseñado a quererse a sí misma, a defender lo que amaba, y a plantar cara ante el bien y el mal con la valentía de una guerrera.
Ahora lo que tenía delante era el mal. No podía dejar de pensar en cómo Ernest había descrito al policía tirando a la señorita Irene al suelo y sacándola a rastras de su propia casa. ¿La había matado él, o el señor Scaggs? Esa posibilidad le resultaba tan insoportable a Ezra como la muerte de su padre. Ezra necesitaba sentir que tenía en sus manos el poder de cambiar aquello que su padre y su madre habrían aceptado tranquilamente como su destino. Ezra estaba dispuesta a dispararle al Destino entre sus dos ojos azules.
Exigiría al padre de Ruby que le dijera dónde estaba la señorita Irene y qué habían hecho con ella. Avanzando a trompicones por la nieve, Ezra pensó en la cabeza envuelta de su padre y el olor del aceite egipcio de la señorita Irene cuando esta había abrazado a Ezra, diciéndole que Dios las mantendría sanas y salvas. Pues bien: esta vez Ezra tomaría las riendas en vez de Dios.
Vio la tenue luz de una vela a través de una de las ventanas. Temblando, rememoró todos esos días que Ruby y ella se habían pasado jugando en ese patio lleno de fango. Ahora Ruby pretendía alejarse a bordo de un gran barco hacia una nueva vida, sin mirar atrás. Podía convertirse en la persona que quisiera, quizás incluso en ella misma. Ezra sabía que Ruby nunca regresaría a Salt Point. Ni tampoco ella,
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considerando lo que estaba dispuesta a hacer si el padre de Ruby daba un paso en falso. Pensó en el hombre, en sus ojos tristes, y en cómo Ruby siempre decía que lo quería, a pesar de sus muchos defectos.
La señorita Irene había ayudado a Ezra a entender que siempre existirían diferencias entre ella y Ruby. Eso era inevitable. Cuando escuchaba, sentada en la cocina de la señorita Irene, historias de su infancia en Royal y sus afirmaciones sobre cómo la liberación de los negros solo la lograrían los negros y el dinero, y sobre cómo tarde o temprano Ruby cambiaría, lo quisiera o no, a Ezra la inundaban unos sentimientos que no podía compartir con nadie, ni siquiera con Cinthy. Su hermana era demasiado sensible, demasiado joven a pesar de su mirada madura, demasiado obsesionada con un tipo de obediencia que Ezra nunca había comprendido.
Oyó el lejano gimoteo de los perros procedente de algún punto detrás de la chabola. La sangre le latía con fuerza en los oídos mientras subía los peldaños cubiertos de nieve.
Allí estaba él. Tambaleándose de un lado a otro por el suelo sucio. Una cortina de nieve entraba por una de las ventanas abiertas. Había un tronco volcado cerca de la pequeña estufa, cuyo intenso calor sorprendió a Ezra. Había pensado que al llegar allí se encontraría a la señorita Irene atada en un rincón, o algo peor. En cambio, estaba solo el señor Scaggs. Cuando se giró para mirar a Ezra, esta vio que tenía en la cara un tajo profundo que dejaba ver el hueso, y una mano cubierta de sangre. Ezra podía notar el penetrante aroma del licor mientras observaba al hombre revolverse de dolor. La joven sintió cómo la rabia le subía por la garganta. La señorita Irene debía de haberle herido, pero ¿también él le había hecho daño a ella? Ezra se llevó la mano al bolsillo. Oía un zumbido de abejas alrededor de sus oídos y de su boca salía vapor.
—¿Lily? ¿Has venido a verme otra vez?
—¿Dónde está ella? ¿Qué le has hecho?
—No me acuerdo —dijo. De su boca borboteó sangre—. Creo que Charlie la arrojó al mar.
Ezra se sacó del bolsillo la pistola de la señorita Irene. Tenía el pulso firme a pesar de los temblores que recorrían su cuerpo.
Él reaccionó soltando una risotada, y sus ojos metálicos brillaron. —¿Por fin vas a matarme? Mierda, si ya me mataste hace tiempo. —¿Quién es Lily?
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El padre de Ruby escupió sangre al suelo.
—Sabes muy bien quién eres. Sabes lo que soy, porque tú me diste este dolor.
—Tú no sabes nada de dolor —dijo Ezra.
—¿Te manda Ruby? ¿Fue ella quien te pidió que hicieras esto? Ella nunca volverá. Lo vi en sus ojos.
—No soy Ruby. No soy Lily. Soy Ezra Kindred.
—¿No eres su amiga? ¿Eres tú quien ha venido a darme sepultura? —Vengo a por la señorita Irene.
—¿Les ayudaste a secuestrarla? Es un crimen lo que hiciste. Le dije a ese rico hijo de puta que trabajaría para recuperar a Ruby. Sería su esclavo. Pero es demasiado tarde.
—No estoy aquí por ti ni por Ruby. Estoy aquí por la señorita Irene. —Esa perra intentó cortarme la cara —dijo, acariciando con la mano la
brutal herida que tenía a lo largo de la mandíbula. La sangre goteaba de sus dedos al suelo. Hablaba en voz baja—. Dispárame al corazón, Lily, ya no quiero ver más la verdad. Siempre pensé que moriría por la mano de mi hija. Me parecía bien. Pisoteé los sueños de Ruby, la maltraté y, Dios la bendiga, ella siguió diciendo que me quería, hasta que se lo pensó mejor. Qué cosas, ¿eh? Mira, yo no he sido como mi padre, ni como mi abuelo. Toda mi vida he sido castigado por no seguir sus putos pasos. No quería que la maldad del abuelo me costara la vida. Intenté escapar del destino de mi familia lo mejor que pude, pero todo lo que quise conseguir por mi cuenta acabó desmoronándose. Es fácil que un hombre se convierta en nada, más fácil de lo que la gente cree. Todos mis proyectos, todas las cosas en las que intenté convertirme, se derritieron en mi boca antes de que pudiera probarlas. Nunca pude ser dueño de mí mismo, porque fuera a donde fuera, hiciera lo que hiciera… todo daba igual.
—Viste cómo la arrojaba al mar —dijo Ezra, acercándose un paso—. Y no hiciste nada. Porque no eres nada. ¿Sabes lo que te mereces?
—Lily, ¿te acuerdas de ese domingo? ¿En el callejón? Madre mía, qué callada estabas, y cómo sabías que tu silencio me resultaría insultante. Podría haberte matado, y ambos lo sabíamos. Te habrían tirado sobre las cenizas de ese otro negro, pero yo me guardé nuestro secreto. Nunca pude confesar lo mucho que te necesitaba. ¿Por qué me hiciste recordar lo que era?
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De repente su cuerpo se sacudió. El señor Scaggs estaba empuñando una pistola. Su otra mano era un puño rojo que chorreaba sangre.
Ezra retrocedió, gritando. Cubriéndose la cara, vio cómo, en vez de disparar contra ella, el padre de Ruby apretaba el gatillo de la pistola con el cañón dentro de su propia boca.
El cuarto se llenó de polvo plateado, olor a sangre, hedor a pólvora.
Aterrorizada, Ezra se dobló sobre sí misma y cayó al suelo, temblando. Había caminado sola a través de la ventisca convencida de que tenía el poder de poner fin a la vida de un hombre blanco. Pero no lo tenía. El hombre le había arrebatado ese poder. Dejó caer la pistola al suelo y se miró las manos como si llevaran demasiado tiempo sobre una llama caliente. Pensó en cuán protegidas habían estado las vidas de ella y de su hermana. Tenía quince años. Sus padres habían construido una casa, un sueño, en un mundo que era completamente inflamable. Su padre había muerto, la señorita Irene probablemente también, y Ezra temía que su madre no sobreviviera hasta la primavera. La rabia recalentó su ropa empapada. Cada una de esas personas le había enseñado muchísimas cosas, pero Ezra sentía que esa no era la forma más adecuada. La vida no se reducía a un montón de lecciones insertadas en el corazón. Sintió cómo este daba vueltas dentro de su pecho. El último pedazo de su infancia la había abandonado como una exhalación dulce y lechosa. Se preguntó si se trataba del alma.
Ezra se arrastró por el cuarto hasta donde yacía el padre de Ruby. Su boca era un agujero reventado. A medida que se iba inclinando sobre su cuerpo, comenzó a ver los ojos de Ruby, sus pestañas rubias salpicadas de sangre. Los oscurecidos ojos contemplaban silenciosamente algo que se encontraba por encima de la cabeza de Ezra, como si su dueño por fin hubiera presenciado algo justo, un destino que le pertenecía solo a él. Había hecho algo por sí mismo. Jonah Reuben Scaggs III ya podía alejarse de su pasado tras haberse hecho justicia a sí mismo. Su propia vida lo había perturbado siempre, pero ahora podía encaminarse hacia otros derroteros, en dirección a su futuro, quizá. Sus ojos muertos relucían con la certeza de haber emprendido un largo viaje.
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TERCERA PARTE
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Volvía a ser verano, el mes de julio.
Aunque llevábamos viviendo con Ginny los últimos seis meses, mamá y yo no acabábamos de hacernos a sus costumbres. Damascus nos seguía desconcertando en los raros momentos en que lográbamos emerger de nuestra desesperación. La mayor parte del tiempo yo pensaba en la nueva vida de Ezra, lejos de nosotras, en Royal, con la familia Junkett.
Después del suicidio del señor Scaggs, el señor Caesar, la señorita Irene y mamá llegaron a la conclusión de que no podíamos seguir engañándonos con la idea de que Salt Point no nos quería ningún mal. Les preocupaba que el policía descubriera la pistola de la señorita Irene cuando encontraran al padre de Ruby.
Pero para entonces ya nos habríamos ido. El señor Caesar convenció a mamá de que debíamos separarnos para proteger a Ezra. Ella se iría a Royal con los Junkett; mamá y yo nos mudaríamos a Damascus para vivir con Ginny.
Desde enero, el señor Caesar llamaba a casa de mi abuela para hablar con mamá una vez cada dos semanas. La llamaba desde pueblos distintos, por motivos de seguridad. Nos había disuadido de escribir cartas o dejar cualquier posible rastro para las autoridades. Nos decía que Ezra nos echaba de menos, que estaba creciendo mucho, tanto en estatura como en consciencia, y que rara vez se quejaba. Ernest iba a matricularse en la universidad, y la señorita Irene se dedicaba a hacer colchas, y a duras penas podía seguir el ritmo de los encargos que recibía. Estaba enseñándole a Ezra a utilizar sus manos, a mantenerse ocupada moviendo hilos y agujas, amasando pan y lavando verduras.
Yo no podía olvidar la noche en que Ezra regresó a casa pensando que la señorita Irene había muerto. Cuando entró tiritando se quedó atónita al ver cómo la señorita Irene se ponía de pie y le tendía los brazos. Ezra
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corrió hacia la mujer con lágrimas en los ojos, abrazándola tan fuerte que casi la tumbó. Lloramos todos en ese momento, mientras Ezra contaba lo mucho que le había costado volver a casa en medio de la tormenta. Luego lloramos incluso más cuando Ezra nos describió cómo el padre de Ruby se había tragado la misericordia de su propia pistola. Aunque no se lo dije a nadie, me pregunté si tenía algún tipo de significado que nosotras hubiéramos perdido a nuestro padre y Ruby hubiera perdido también al suyo.
Mi cumpleaños, que fue en mayo, significaba que ahora tenía catorce años, la misma edad que tenía mamá cuando las Hijas la habían devuelto a Damascus. Intenté imaginarme a mamá como una chica joven paseándose por este pueblo. Ya había pasado muchas tardes bordeando el río, e incluso había contemplado su deshielo en la primavera.
Un día soleado, cuando la tierra volvía a ser agradable, Ginny nos llevó en coche a mamá y a mí a No Me Detengáis, para que pudiéramos colocar flores en la tumba de papá, una lápida mortuoria de color azul profundo donde figuraba su nombre completo —«Heron Theodore Kindred»—, como mamá había pedido. La primera vez que vi su nombre en esa piedra me sentí como si hubiera recibido un mazazo.
En mi alma algo se desplomó con un ruido sordo, y no quiso levantarse más. Después de eso me pasaba la mayor parte del tiempo hablando sola. Tampoco es que hubiera nadie que pudiera escucharme.
A principios de junio, Ginny me ordenó que dejara de ir andando hasta No Me Detengáis para sentarme en el cementerio como si no fuera una persona de carne y hueso.
—Tú todavía estás muy lejos de tu tumba, hermanita —dijo—. No quiero oír a nadie más decir que te han visto en ese cementerio. Recuerda: los huesos de tu papá quizás estén ahí, pero su alma no. Su alma está dentro de ti y de tu mamá arriba, luchando por su vida. Su alma también está dentro de tu hermana, esté donde esté.
Aunque normalmente la llegada del calor siempre me alegraba, ese año tenía el corazón afligido. No podía soportar la luz del sol demasiado tiempo sin sentirme enferma por dentro. Los bordes de mis recuerdos recientes de Salt Point habían empezado a curvarse, igual que las fotos de familia que había arrancado de los álbumes siguiendo las órdenes de
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mamá, que me había pedido que reuniera todo lo que pudiera caber en el coche.
Aunque ya habían pasado muchos meses desde que nos habíamos marchado de Salt Point, yo todavía tenía la tendencia a comportarme como una fugitiva. Tenía miedo a hablar demasiado delante de la gente. Sufría pesadillas terroríficas en las que el agente Charlie u otros hombres blancos encontraban a Ezra en Royal y les hacían daño a ella y a los Junkett. Pero, por lo que sabíamos, las autoridades no nos estaban buscando.
«Ya regresaremos cuando haya pasado el peligro», solía decir mamá al principio, cuando llegamos al pueblo de mi abuela.
Pero era mentira.
Supe que era mentira cuando llené las maletas con nuestras pertenencias.
En Damascus me pasaba los días sumida en recuerdos y preguntas sin posible respuesta mientras mamá iba desfalleciendo en una habitación del piso de arriba, su cabeza apenas dejando marca en las almohadas. A veces mamá yacía tan inmóvil en su cama que Ginny había dejado un espejito en la mesa de noche para comprobar que seguía respirando.
Yo pasaba todo el tiempo que podía en el porche.
Cuando llegó julio, el calor hizo que el aire de Damascus temblara como si fuera combustible. Las moscas no me dejaban la cara en paz, y me peleaba con los mosquitos hasta que estaba demasiado acalorada como para que me importara tener los brazos y las piernas llenas de picaduras. Alrededor del porche de mi abuela, saltamontes y cigarras llenaban el aire con sus chirridos. Las mariposas revoloteaban sobre los grandes jarrones de flores silvestres que había en el porche. Cuando veía una libélula, levantaba la vista maravillada, rememorando lo mucho que le gustaba a mi padre observarlas. En el porche había una colección de botellas diferentes, todas azules. A Ginny le gustaba el sonido que hacían las botellas durante los chaparrones, o cuando una simple brisa soplaba sobre sus aristas de cristal. Estos objetos ordinarios se convertían en una orquesta de instrumentos sublimes que daba vida a los colores de mi cabeza. En la casa de mi abuela no había habitación que no tuviera las paredes o el techo pintados de algún tono de azul.
Cuando, unos meses antes, al empezar el nuevo año, le había preguntado a mamá por qué teníamos que irnos a Damascus, me habló de su necesidad de volver. Ya no podía seguir ignorando la voz que la
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llamaba para que volviera a casa, y había esperado demasiado para someterse a la operación quirúrgica que, según el doctor, le habría dado un poco más de tiempo.
También yo hacía tiempo que había dejado de insistir en que aún podía hacerse algo para salvarle la vida.
Hoy tocaba hornear. Ginny tenía varios encargos de pastel. Dentro de la casa se oía el repiqueteo y el estrépito de platos procedentes de la cocina. Cuando me ofrecía a ayudarla, como venía haciendo desde hacía meses, siempre ponía los ojos en blanco o decía «Diablos, no» sin ni siquiera percatarse de mi expresión lastimera. Al no ser bienvenida en la cocina de mi abuela, me apostaba en mi territorio habitual: el columpio del porche.
A pleno sol, mecía el columpio hacia delante y hacia atrás mientras notaba las gotas de sudor en las sienes. Me concentré en calcular hasta dónde podía llegar sin golpear el columpio contra las barandillas laterales, lo que haría salir a mi abuela, con las mejillas salpicadas de harina, para quejarse y maldecirme. Esto me distraía, y así evitaba pensar en todas las cosas que habíamos tenido que dejar atrás.
Me dolía recordar las últimas palabras que me había dirigido Ezra antes de subirse al coche abarrotado con la familia Junkett, con una maleta rígida de color marrón en las manos. Vestía un abrigo de fieltro verde de mamá que tenía forro de terciopelo. La prenda ya no le iba grande. Mi hermana tenía exactamente la misma talla que mamá. Era muy duro todo. Ahora aún podía sentir sus dedos acariciando mi cara, mis lágrimas.
—Si no vuelvo con vosotras antes de que mamá… —Quédate, por favor —lloré, temblando—. Por favor. —Siempre estaré contigo.
—Te quiero, hermana —dije, notando su aliento cálido en mi mejilla. —No te enamores de tu dolor —dijo Ezra, tomándome las manos antes
de estrecharme entre sus brazos. Parpadeó para apartar las lágrimas y sonrió como en verano—. Este mundo nos promete dolor, y no podemos hacer nada al respecto, salvo tener el valor de amar nuestra propia vida.
Damascus era un lugar vanidoso. Todo el valle que rodeaba la casa de Ginny presumía de su belleza. Las flores no temblaban, sino que llamaban al aire para que el viento las llenara de dulzura. Las hojas verdes de los árboles proporcionaban una sombra deliciosa entre las duras manchas de
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luz solar. Por la mañana, antes de que hiciera demasiado calor, las peonías estaban tan vigorosas que cuando inhalaba su fragancia notaba un hormigueo en mi interior. Sabía que estaba llegando el momento en que dejaría de ser niña y me convertiría en mujer. Estaba siguiendo los pasos de mi hermana, y deseaba oír su voz. Ella aparecía en el susurro de las ramas mecidas por el viento. Las semillas bailaban y bullían en el aire. Al amanecer, la tierra desplegaba su exuberante circunferencia a lo largo del horizonte. La belleza se secaba la boca con todo lo que probaba.
Pero yo añoraba Salt Point: el olor del mar rozando el aire agitado, y la forma en que la luz del verano se hinchaba, dejando espirales de luz dorada en los largos días. Pensaba en mi padre y mi hermana hasta que me dolía la garganta, mientras mi corazón roto daba vueltas y vueltas como el carrillón tintineante que colgaba de un gancho en el porche de Ginny.
En últimos meses, el desvalimiento de mamá me había permitido desaparecer, esfumarme a plena luz del día. Me encontré sumida en el resentimiento por la forma en que muchos adultos parecían tolerar el dolor, por intenso que fuera, hasta que este pasaba a ser algo normal, otra cláusula más en su aquiescencia hacia un mundo que escapaba a su control. Mi madre tenía la mirada de alguien que está esperando a que le suceda algo definitivo.
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Ginny vivía tan lejos del centro del pueblo que para hacer cualquier recado, por simple que fuera, había que caminar un buen rato. Por el bien de mamá, yo intentaba hallar la forma de pertenecer a Damascus. En febrero, Ginny se había pasado por la escuela para decirle al director que no me matricularía hasta el siguiente otoño. Hasta entonces, debía dedicar a la lectura unas horas al día, cosa que me parecía bien. Cuando intenté darle las gracias, mi abuela hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
—Los Abbott no somos de dar las gracias ni mierdas de esas. Preferimos el sentido común. Cualquiera con un poco de sentido común verá que no estás en condiciones de sentarte en ninguna clase. Tienes demasiado dolor. Los únicos Abbott que quedamos somos Jolene y yo. Ay, pobrecita. No le hizo daño a nadie. Vivieron de la forma más dulce posible, ella y tu papá, queriéndose mucho.
Ginny alzó los ojos al techo.
—Lo mejor será que pases con ella todo el tiempo que puedas. Pero no te pongas a llorar ni a montar dramas. Intenta, dentro de lo posible, no hacerle sentir tus problemas. Muéstrale tu mejor sonrisa, hermanita. Cuéntale lo que está sucediendo en el exterior. Jolene está echando la red de su próxima vida, pero está aguantando. Está aguantando por ti y tu hermana. Háblale de cómo brilla el sol, de cómo cantan los pájaros, de todo el azul que has visto durante el día. Háblale de los huertos y del río. Háblale del aire fresco y, lo más importante, háblale de lo mucho que la quieres y dile que siempre la querrás. Dile que puede irse. Cántale la despedida. Dile que puede dejarte, que estarás bien.
Empecé a pasar cada vez más horas explorando las tierras que bordeaban el río. La mayor parte de las tardes el río era dorado con toques
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blanquecinos y verdes. El agua contribuía a refrescar la brisa en unos kilómetros a la redonda. Me habían advertido que no nadara en el río porque no comprendía el humor volátil de sus corrientes. Pero cuando metí los dedos en el agua por primera vez experimenté una sensación especial. El río me reconocía y me daba la bienvenida con agradable calidez.
Mamá me contó que ella y papá se dieron su primer beso en las corrientes de ese río. Se encontraron después de que oscureciera, porque en los primeros tiempos papá era tímido, y un poco vanidoso, por el brazo que le faltaba. Una noche se habían metido, desnudos, en el agua del río, bajo una luna metálica. Las sombras de sus cuerpos eran formas plateadas y líquidas sobre la superficie casi quieta del agua. Mamá decía que cuando se besaban atraían hacia sí parte de la luz de la luna, tragándose su sabor. Cuando yo iba sola al río, me gustaba imaginarme a mamá y a papá vivos y enamorados. Mamá no me había explicado eso de que estaban desnudos, pero cuando me detuve junto al río el agua me lo contó.
Ahí solo me observaban los pájaros, los insectos y las sombras. Cuando me tumbé sobre las piedras húmedas, la tierra subió a través del río y entró en mi interior. Sentí la espuma dorada que me recorría los tobillos y los pies descalzos. Pasaron nubes por encima de mis párpados cerrados mientras me acomodaba en ese mundo, con el alivio de saber que finalmente podía aceptar su sabiduría más antigua. «Vuelve», parecía decirme el agua cada vez que me iba.
Mientras caminaba del río a casa de mi abuela, pensé en la última vez que había visitado en secreto No Me Detengáis. Había visto una pala apoyada contra la lápida añil de mi padre. No podía olvidar esa pala oxidada, dejada ahí despreocupadamente por uno de los hombres de mantenimiento, cerca de un trozo de terreno rectangular que había sido acordonado al lado de la tumba de papá. Los de No Me Detengáis estaban dejándolo todo listo para enterrar a mamá. Sabía que no podía suplicarle al cielo que rechazara a mamá. Ella estaba ya muy cerca de la entrada. La prueba de esto me enmudeció durante días.
Una noche de julio mamá y yo nos sentamos juntas en el salón de Ginny. A menudo era mamá quien se apoyaba en mí ahora, pues yo pesaba demasiado para ella. Era extraño pensar que mi cuerpo era el más pesado de los dos, y que podía cansarla. Nos cogimos de la mano. Desde que nos habíamos marchado de Salt Point, había muchas cosas que quería
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preguntarle a mi madre, pero había aprendido a tener paciencia. La impotencia de mi madre latía en las venas de sus manos, así que fingí ser valiente y creer, como me había aconsejado mi abuela, que un día recobraría mi fuerza. La valentía insiste en la repetición. Eso significa que debía ser vulnerable todos los días sin dejar que nadie me viera. Procurando ser útil para olvidarme de su sufrimiento, froté las manos de mamá con aceite.
Esa noche me pidió con susurros que le cantara.
—Pero yo no soy Ezra —dije, contemplando las flores azules pintadas a mano que animaban las paredes de Ginny—. Yo no puedo cantar, mamá. Nunca se me dio bien cantar.
—Bueno, pero podrías intentarlo —dijo mi madre, suspirando—. Es algo que te hace sentir bien, incluso cuando estás triste. Por eso cantar es tan bonito. Da igual que tu voz sea mejor o peor que la de otra persona.
—¿Hasta qué punto puede protegernos el azul, mamá? ¿Los fantasmas pueden entrar en casa de otra forma?
Mamá se puso de pie con mucho cuidado.
—Tu abuela tenía miedo de que las monjas volvieran y se me llevaran. O la gente de los servicios sociales. También tenía miedo de recaer en sus antiguas costumbres. Tenía miedo de que su antiguo yo regresara y le usurpara su nueva vida, la vida que había escogido.
»Ya hemos hecho las paces sobre todo eso, así que de poco me sirve transmitirte nuestras heridas. Mi madre ha trabajado toda su vida para no volver a la cárcel. Quizás un día te cuente esa historia. —Y se obligó a decir la última parte en voz baja—: Cuando ya me haya ido.
No pude decir nada durante unos segundos, y cuando volví a hablar fui incapaz de hacer ningún comentario sobre la muerte de mamá, así que cambié de tema.
—A veces, cuando salgo afuera, sigo viendo azul, aunque las cosas no sean azules. Tardo un rato en ver cómo son realmente las cosas. Tengo que parpadear y entrecerrar los ojos hasta que el azul desaparece. Es como contemplar rótulos de neón. Casi me entran náuseas. Quizá sea demasiado azul.
—¿Demasiado azul? Me gusta que las creencias de Ginny reconozcan las cosas que no siempre podemos ver. Especialmente cosas como el mal. Me parece entrañable cómo pueden ser los viejos, el hecho de que mi
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madre crea que puede despistar o repeler el mal como si fuera real. Pero mira lo que me está haciendo mi cuerpo.
—Lo sé, mamá.
—Lo único que puedo hacer con todo este azul es disfrutarlo. Porque este azul representa nuestra creencia en la bondad. Quizá tú también deberías intentar disfrutarlo. Sabes que esta será tu casa, ¿no?
—No la conozco, mamá. No me cae bien —dije, y a continuación me sentí un poco culpable por haber permitido que finalmente esas palabras me salieran de dentro. Siempre era feo hablar mal de una madre, de cualquier madre, pero sabía que era incluso peor hacer este tipo de comentarios sobre mi propia abuela—. Está todo el rato echando pestes y siempre da su opinión, aunque nadie se la haya pedido. Tiene la dentadura floja, y no para de soltar gases. Su forma de ser abuela da miedo.
En vez de regañarme, mamá asintió débilmente.
—Si en su momento yo hubiera entendido por lo que había pasado mi madre, quizá no me hubiera escapado con tu papá como lo hice.
—Pero ella tuvo la culpa de que quisieras escaparte, ¿no, mamá? —Oh, no —dijo mamá—. Fue culpa del amor. Y corrí… ¡volé! Tu
papá y yo no podíamos quedarnos aquí si queríamos perseguir el amor que habíamos encontrado. Yo había vivido en un mundo enclaustrado y de pronto me habían dejado caer en Damascus. A la gente de aquí eso no les hacía ninguna gracia, no se fiaban de mí. Yo era tímida, torpe, y tenía el descaro de hablar como los blancos. Los niños se reían de mí. Incluso los adultos ponían cara de exasperación.
»Y después de sufrir el accidente, tu padre tampoco pertenecía aquí. Había destruido las expectativas de la gente, cómo querían verlo a él y a la santa familia Kindred. Él no quería sacrificar su vida antes de haber tenido la oportunidad de vivirla. Los lugareños no podían soportar la idea de que él fuera otra cosa que un héroe, y a los héroes les cuesta respirar. Con tanta habladuría sobre el Legado, casi lo cuelgan. Porque a veces puedes ir demasiado lejos con ese tipo de obcecación. Te obliga a depender del pasado y del futuro de tal forma que te olvidas de cómo deberías comportarte en el presente.
—Pero no fue culpa suya.
—¿Culpa? Oh, la culpa no tuvo nada que ver. Casi nunca tiene que ver cuando se trata de una tragedia. Ahí donde encuentres una tragedia no encontrarás justicia. Aunque la gente de aquí quizás opine lo contrario; y
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bien podría ser que tengan razón. En realidad, son buena gente. Gente sabia. Nos dejaron irnos a tu papá y a mí porque sabían que regresaríamos.
—Pero estamos aquí porque el padre de Ruby se suicidó y nos culparían a nosotros y…
—Y porque me estoy muriendo, Cinthy. Estamos aquí porque me estoy muriendo.
Al día siguiente, tras la puesta del sol —que no me gustaba admitir que había llegado a disfrutar—, entré en casa después de estar un rato sentada en el columpio del porche. La casa estaba demasiado tranquila. Igual que mamá, mi abuela siempre tenía la radio encendida en alguna parte de la casa. Me quité las sandalias con cuidado y subí lentamente por las inclinadas y tortuosas escaleras. Tuve miedo de que mamá nos hubiera abandonado. Era habitual que sintiera ese tipo de temor; era una posibilidad que me ponía nerviosa y transformaba el exuberante paisaje que me rodeaba en una especie de paraje del terror.
Al subir las escaleras, suspiré aliviada. Oí sus voces —la de mamá, suave, y la de Ginny, estridente— dentro del cuarto. La puerta estaba entreabierta.
—Cinthy es buena chica, mamá —decía mi madre—. Tiene sus cosas, pero cuando la conozcas, cuando veas lo profundamente que siente el mundo, lo entenderás. Es inteligente, como su padre. Y sensible, como era yo. ¿Te acuerdas?
—Oh, me acuerdo —dijo Ginny—. Llorabas por todo.
—Tenía buenas razones para llorar —dijo mi madre—. Después de todo lo que me había tocado vivir… Me pasé toda la infancia sola. No quiero que Cinthy pase por todo eso. Yo decidí dejar atrás nuestro pasado, el tuyo y el mío, mamá, pero necesito saber que puedo confiarte su vida.
—Hablas como si fuera a desterrarla a la leñera o algo así —dijo Ginny—. Maldita sea, soy una mujer decente. He enmendado el mal que hice, y no me hago ilusiones: no espero que el mundo enmiende el mal que me ha hecho. Nadie me ofreció sus disculpas por todos los años que me pudrí en esa celda. La única cosa de la que era culpable era el necesitar ser querida.
—Yo te quiero —dijo mamá.
—Jolene, sé lo que hice.
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—Quiero que Cinthy se sienta querida —estaba diciendo mi madre—. No sé cuándo podrá venir Ezra, pero por lo menos sé que está en buenas manos… manos que son como las mías. Cuando venga, tendrás que quererlas a las dos. Mamá, no sé cuánto me queda. No quiero dejar este mundo. Pero me duele tanto… Quiero estar con mi marido. Quiero decirle, cuando cruce al otro lado, que dejé a nuestras hijas al amparo de un amor fuerte.
—No te preocupes por nada, hija —dijo Ginny—. Tu niña se parece mucho a ti. Será como si te estuviera viendo crecer todos esos años que estuve encerrada. ¿Y la otra? Deja de preocuparte por ella. Salta a la vista que es una chica fuerte. Eso lo ha sacado de mí.
—Fue duro para mí dejar que se fuera con Caesar e Irene. Pero sabía que ellos la podían proteger, la podían ayudar, mucho más que yo. A veces sueño que estoy de pie en el andén de una estación de tren, mirando los trenes que pasan, y ella me saluda desde una ventana. Puedo ver que está sonriendo, pero pasa demasiado rápido y me es imposible ver sus ojos. Tengo que convencerme —continuó mamá— de que mi niña está sana y salva. Solo de esa forma podré morir en paz. Y he de aprovechar estos últimos días que me quedan para centrarme en la niña de abajo, que tendrá que crecer con una pena que no debería tener que soportar.
—El mundo es así —dijo Ginny—. Dios, el mundo es dolor, es una injusticia, es un milagro.
—El mundo es esas cosas, y muchas otras más —dijo mi madre—. No lo habría amado menos, incluso a pesar del sufrimiento.
—Tienes la cabeza muy caliente. Déjame que te traiga un paño fresco —dijo Ginny—. Has hablado demasiado, eso te altera el corazón.
—Oh, tengo paz —dijo mi madre. Yo podía oír cómo brillaba su voz. De pronto, me llamó—: ¿Cinthy? ¿Estás ahí? Te oigo caminando de puntillas al otro lado de la puerta, hueles al exterior. Ven, siéntate conmigo y con tu abuela, por favor.
Entré en el cuarto de mi madre. Ginny estaba sentada en el lado de la cama donde mamá yacía bajo el edredón como una niñita. Me tendió la mano para que se la cogiera mientras deslizaba la otra en la palma de mi abuela.
—Mamá, voy a confiarte a mi hija —dijo con una voz que iba decayendo mientras me sonreía con lágrimas en los ojos.
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Vi que las manos de mi abuela estaban temblando, pero se giró hacia mí. Yo quise huir de sus sonrisas tristes, pero sabía que eso le haría demasiado daño a mamá.
—Mamá, mi niña te necesita. Pero yo siempre seré su madre.
Sin hablar, mi abuela se puso de pie y me estrechó entre sus brazos.
Esa misma noche, después de que Ginny hubiera bañado, peinado y acostado a mi madre, la pillé enjugándose las lágrimas. Cuando se dio cuenta de que la estaba observando, me dijo que la acompañara a la cocina. La cocina no era muy grande, pero nuestros sentimientos llenaban la habitación, dándonos la sensación de que nos habían metido en un armario sofocante.
—Sedienta —murmuré, un poco avergonzada por ambas.
Ver sus lágrimas hizo que me escocieran los ojos. Me toqué un grano que tenía en la mejilla.
—No me gusta que la gente me espíe en mi propia casa —dijo—. No estoy acostumbrada… no estoy acostumbrada a tener familia. No he vivido con una familia desde que se marchó tu madre. Supongo que me lo merecía. Fue una venganza, ¿sabes?
—Eres mi abuela —dije yo—. ¿Por qué tengo que llamarte Ginny? Quitándose cuidadosamente la peluca que había llevado en la fábrica
donde trabajaba a tiempo parcial en el turno de tarde, suspiró profundamente. Era una peluca de mechones negros y ondulados, con mechas de color caoba, parecida a la que había visto que llevaban Dorothy Dandridge o Diahann Carroll en las revistas de cine que leían Lindy y mi hermana.
—Chica, mira, llámame como quieras si eso te ayuda a asimilar la idea de que tendremos que pasar mucho tiempo juntas.
Sacudiendo la cabeza y pasándose las uñas por el cuero cabelludo, suspiró intensamente. Tenía un laberinto rizado y plateado de trenzas africanas aplastadas contra su cráneo.
—Ay, Señor, ya no me hables más de la vida o la muerte. Ya no quiero saber nada. Solo pienso en descansar.
—¿Por qué no utilizas algo del dinero que trajimos? Así podrías dedicarte únicamente a hacer tus pasteles. Están muy buenos esos pasteles —dije tímidamente.
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Recordé cómo había entrado en la habitación de nuestros padres mientras hacíamos las maletas para marcharnos de Salt Point y vi a mamá sacando fajos de billetes de un agujero en el suelo del armario de mi padre, debajo de sus trajes. «Nunca lo metió todo en el banco —intentó explicarme mientras me pedía que la ayudara—. No nos fiábamos de que fueran justos con nosotros». Recordaba lo pesado que me había parecido el dinero en las manos, como si estuviera recogiendo pedazos de los sueños de mi padre.
Ginny me miró de reojo. Y luego sonrió.
—Me alegra que te preocupes por las facturas y los ahorros, Cinthy, pero ¿sabes, querida?, hace años que terminé de pagar esta casa. Y la vida ya no me cuesta mucho. Ni al banco ni a Hacienda les interesaría saberlo. Si solo me limitara a hacer pasteles, haría demasiados. Nadie los querría. Acabarían siendo desperdiciados, de eso no hay duda. Y sé lo del dinero, hija. Jolene me lo contó. Yo le dije que lo metería en una cuenta de ahorro para ti y tu hermana. Es posible que no quieras quedarte en este sitio mucho tiempo. Espero que sea así. Jolene dice que ya podrías estar en la universidad, con lo inteligente que eres.
Observé a Ginny servirse un vaso de té helado. Lo sorbió, mirándome.
Casi parecía tímida.
—Parece que me salió lista la nieta —dijo después de un buen rato. —Y yo tengo una abuela —dije, sonriendo un poco—. Una abuela que
maldice y masculla palabrotas delante de mí cuando no debería. —Deberías intentar verme como tu familia —dijo, encogiéndose de
hombros—. Maldecir no es una crueldad, ¿y quién dice que debería ser amable en un mundo como este? Soy blanda en mi propia casa. No veo qué sentido tiene cambiar lo que siempre me ha mantenido a flote.
Metió la peluca en su bolso de charol, que llevaba siempre encima, incluso por casa, y cerró la cremallera. Algunos mechones sobresalían por los dientes de la cremallera.
—Date un baño e intenta descansar un poco, querida —dijo—. Quizá te enseñe a hacer una tarta de frutas. ¿Te gustan las tartas de frutas?
Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras esbozaba una sonrisa sincera.
—Sí, señora —dije—. Mamá solía hacernos tartas. Y solía cantar cuando las hacía.
Ginny cerró los ojos, apoyándose en la encimera.
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—Alabada sea esa niña —dijo, bajando la cabeza—. Alabado sea Dios por dármela. El Señor sabe bien que no la merecía.
Ginny se irguió en toda su estatura en la cocina de color cielo. Su sudor se había secado. En el suspiro del atardecer, su piel llevaba el aroma de las gallinas, el polvo y la arenilla.
—Lo mejor que puede aprender a hacer una mujer —dijo mi abuela— es alimentarse con algo dulce para no tener que esperar a que nadie le dé algo que ya tiene. Acuérdate de esto, hermanita. Por lo que sé, eres una Kindred y una Abbott. Esta es una combinación que el mundo no volverá a ver.
Dejé atrás la voz de Ginny y salí al porche. Ante el crepúsculo cada vez más profundo, una constelación de luciérnagas transmitía suaves luces de color lima y amarillo. Su vibración flotaba ante mí como si fuera un portal a otro mundo. Debía de haber centenares de luciérnagas brillando y cubriendo la casa de luz. Podía oír las ranas y los insectos que estaban un poco más allá.
Cuanto más intentaba no pensar en Ezra, más la veía. Usando las luciérnagas como puntos de conexión, encajé la forma de su cara flotando justo ahí, delante de mí. Podía oír su voz dentro de mi cabeza. Sentí cómo su sonrisa me atravesaba la piel, luminosa a la vez que horrible, porque la echaba mucho de menos. Me exasperaba que no estuviera con nosotras, pero estaba empezando a entender que todas nos habíamos visto forzadas a cambiar para sobrevivir.
Miré a través de las luciérnagas el frondoso kudzu, que me recordaba al cabello de Ezra y a cómo ella siempre había cuidado de mi pelo. Podía sentir sus dedos aplicando aceite en mis trenzas, las yemas rodeando las puntas de mis orejas, y como me giraba la cara hacia la suya y así nos convertía en espejos. Meciéndome, intenté imaginarme mi vida sin Ezra, sin papá, sin mamá. El dolor me paralizó todo el cuerpo.
—Son mágicas, ¿verdad? —dijo mi abuela poniéndome una mano sobre el hombro.
Tragando saliva, asentí mientras el rostro de Ezra se desvanecía ante mis ojos.
—En casa también tenemos, quiero decir en Salt Point. Pero no tantas. —¿Las atrapabais? ¿Tu hermana y tú?
—Sí, señora —dije—. Solíamos hacer pendientes. Las utilizábamos para pintarnos las uñas. Las poníamos en jarros.
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—Aquí no las atrapamos —dijo Ginny—. Las dejamos que vayan a su aire. Nos limitamos a disfrutar de las brillantes luces que comparten con nosotros. Que no te pille haciendo nada con ellas, ¿eh? Ya eres demasiado mayor para esas cosas. Déjalas volar y resplandecer tal como ordena la naturaleza.
—No las tocaré —dije, los ojos llenándoseme de lágrimas.
Por una vez no sentí que podía irme flotando y a nadie le importaría. Una sensación fuerte, que nunca había tenido en Salt Point, me sacudió la cara como un soplo. Quizá sí pertenecía a ese sitio.
—Las luciérnagas no viven mucho —dijo mi abuela—. Ese resplandor en sus traseros está diseñado para atraer. Tienen un par de meses para montárselo con alguien antes de morir. Los viejos del pueblo dicen que las hembras se comen a los machos. La hembra utiliza su luz para engañar al macho, haciéndole pensar que le espera un buen rato, pero resulta que ella simplemente tiene hambre. ¿Qué cosas, eh? Algunos animales son alucinantes. Tienen que sobrevivir. Igual que nosotras.
—Sí, señora.
—Con la tormenta que se avecina, pronto se pondrán a cubierto —dijo Ginny—. ¿Te gustan las tormentas? Porque aquí la lluvia es perfecta. Hummm, he dado vueltas por todo el mundo, pero al final me encontré regresando aquí por lo mucho que echaba de menos esas tormentas. Cuando estuve en chirona, lo que ellos llamaban «confinamiento», me pasé mucho tiempo rememorando esas tormentas. En esa celda oscura los relámpagos atravesaban las paredes y el sonido de las puertas de hierro que se abrían y cerraban a mi alrededor era como truenos. Dios no estaba en el corazón de los guardias que me pegaban, me mataban de hambre, o me hacían cosas peores. En mi celda no había árboles. Yo fingía, como solía hacer cuando era una niña, que estaba ayudando a Noé a construir el arca. Tenía que mantenerme fuerte, evitar que mi mente se apagara. Me habían dejado tirada ahí dentro, con casi nada para comer y unos míseros harapos para vestirme. Su intención era convertirme en un animal. Pero eso no sucedió. Cuanto más creían que me estaban haciendo daño, más me movía yo por el mundo dentro de mi cabeza.
»Recordaba a esos chicos apuestos que una vez me llevaron por una carretera recta a ninguna parte hasta que apenas pude reconocer mi propia voz. Mis buenos tiempos me dejaron destrozada y adicta a las drogas. Cuando toqué fondo, lo único sobre lo que podía cantar era sobre ser una
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yonqui. Al principio, la música que solía cantar hablaba de no tener que suplicarle a nadie que me quisiera, excepto a mí misma. No me gustaba cantar cosas sobre la necesidad de encontrar a un hombre y aguantar sus mierdas. Me gustaba cantar sobre el amor, pero ignoraba… Ignoraba que, cuando me marché de aquí precipitadamente, estaba huyendo de un amor puro que había hecho yo misma.
»Intenté encontrar al chico que era el padre de Jolene, pero me di cuenta de que no sabía quién era, de dónde venía. Por aquel entonces yo siempre tenía las piernas abiertas. Eran unas buenas piernas, la mar de fuertes, en realidad. Hummm. Sé que hoy día quizá cueste de creer, pero en esos tiempos la gente pasaba un sombrero solo para que les mostrara esas piernas.
»Al final todo empezó a ser muy confuso. Acabé siendo una adicta, juntándome con la gente equivocada. Me metí en el tipo de asuntos turbios que solía tratar en mis canciones; hasta que se convirtieron en realidad. Tan reales como el tiempo que pasé en la cárcel. Fueron tiempos difíciles. Cuando te hablo de todo esto no estoy intentando asustarte, pero supongo que si Jolene me ha perdonado, también tengo que pedirte a ti que me perdones. En nuestras familias podemos transmitir dolor, del mismo modo que podemos transmitir una nueva vida. Chica, no quiero que nadie te transmita más dolor.
—Abuela… —dije prácticamente un susurro.
Mi voz se desvaneció en la lluvia de sus palabras. Señaló las estrellas, nombró pájaros que yo era incapaz de ver. Pensé en cómo papá me había enseñado a reconocer el mundo, en cómo, si bien el mundo podía ser descrito, seguía albergando misterios indescifrables. Con cada palabra que pronunciaba mi abuela me sentía más liviana, más fuerte, mejor. Confiaba en mí igual que Ezra había confiado en mí.
La voz de Ginny continuó, emergiendo de sus recuerdos, de su soledad.
—Mira, chica, puedes oler la tierra, ya se ha preparado el terreno para la lluvia. Dios, este verano no ha llovido lo suficiente, ni de lejos. Si esta noche nos cae un buen chaparrón, quizá mis pobres tomates sobrevivan.
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Cuando fui al piso de arriba, decidí entrar en la habitación de mamá en vez del cuartito al fondo del pasillo donde Ginny me había preparado un catre. Si dormía ahí, no podría escuchar la lluvia. Ya se podía sentir la electricidad que circulaba por el aire. Anhelaba ver los rayos y oír el bramido de los truenos, sabiendo que estaba segura dentro de la sólida casa de mi abuela.
Me puse un camisón fino y pasé sigilosamente de largo por el cuarto de Ginny, aunque no había necesidad de ir de puntillas. Sus ronquidos podrían competir con una asamblea de elefantes.
Al final del pasillo había una ventana. Al destellar un relámpago, todo se iluminó de repente antes de desvanecerse bruscamente. En vez de tener miedo, sonreí. Había habido unas cuantas tormentas en junio, pero Ginny y mamá me aseguraron que las tormentas de julio eran algo que te dejaba sin respiración.
Me acerqué a la ventana, esperando al siguiente relámpago. Dejé que mis ojos se acomodaran para poder observar bien el patio delantero de la casa, el espacio donde unos robles adornaban el camino que conducía a la carretera principal.
Me sorprendió ver lo que parecía ser un hombre montado a caballo, en medio de la apertura entre los árboles. Llevaba un sombrero que parecía muy antiguo, de otra época, pero cuando echó la cabeza hacia atrás, como para mirarme a los ojos, lo saludé de inmediato, porque era mi padre. Nunca lo había visto encima de un caballo, y este era bastante grande, con unos ojos extraños, parecidos a los de un humano. Por alguna razón, supe que no debía llamarlo alzando la voz. Así que puse la mano sobre el cristal mientras los rayos lo seguían con ráfagas rápidas. Me pregunté si mi padre venía del cielo o si era un fantasma, su cuerpo totalmente restaurado, tal como había llegado a este mundo al nacer. Luego entendí que no podía ser
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mi padre, porque estaba aferrándose a las riendas de su caballo con ambas manos. En mi cabeza oía a niños sollozando y sonido de agua corriendo, más fuerte que la lluvia que impactaba contra el techo de la casa. Cuando volví a mirar, no había nada. Envolviéndome el cuerpo con los brazos, me sentí horriblemente sola, temerosa de caminar hacia un futuro cuyo aire parecía demasiado triste y tembloroso para ser respirado.
Apartando esos pensamientos de mi mente, me deslicé en la habitación de mamá. Al oír su voz me sobresalté.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá —dije—. Quería oír la tormenta. Y hace demasiado calor en el cuartito donde la abuela me hace dormir. ¿Puedo quedarme aquí contigo?
—Por supuesto, cariño —dijo.
Tenía la voz cansada, pero me di cuenta de que estaba contenta de que la hubiera ido a ver.
—¿Por qué no abres un poquito la ventana? Cuando oigas la dulce lluvia tocando todas las botellas locas del porche te parecerá que estás en medio de una sinfonía.
—¿Cuando eras pequeña solías escuchar la lluvia siempre que podías? —Oh, desde luego —dijo mamá—. Cuando sabía que se acercaba una
buena lluvia, la trataba como si fuera una amiga. Me emocionaba mucho. —¿Papá también la disfrutaba?
—Sí, a su manera —dijo mamá. Hizo una pausa. Volvió a levantar la voz, pensativa—. Después de mudarnos a Salt Point, abría las ventanas de par en par cuando había tormenta. Me sentaba en el porche o me paseaba por el patio para sentirla en la piel. A tu padre le gustaban los chubascos por la forma en que se detenía el mundo. Le gustaba leer cuando llovía.
—¿Nosotras teníamos miedo de las tormentas cuando éramos pequeñas?
—Ven, acércate —dijo ella desplazándose un poquito bajo el edredón
—. Mira cómo la brisa lo ha refrescado todo. Puedes oler lo que está vivo en el jardín. También puedes sentir el río. Hace mucho tiempo, aunque la gente diga que es imposible que me acuerde de ello, yo nací en un día lluvioso, en una cama como esta. No era esta cama, sino una con plumas dentro. De verdad puedo recordar cómo se sentía el aire, cómo olía. Recuerdo la voz de mi madre hablando. Era una voz orgullosa. Lo sigue siendo.
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—Sí, desde luego que es orgullosa —dije yo—. Pero ¿y Ezra y yo, mamá? ¿Cuando éramos pequeñas?
—En Salt Point normalmente tú dormías durante las tormentas, o te entretenías con cosas por la casa —dijo—. Pero Ezra… Ezra me preguntaba si podía salir, incluso cuando los rayos estaban bien cerca.
Me acurruqué junto a mamá. Su voz se hizo más lejana bajo el rumor del mundo al otro lado de la ventana.
—¿Alguna vez quisiste tener una hermana?
—Oh, no sé —dijo mamá con tono melancólico—. He recibido todo lo que deseaba. Tengo a mis hijas. Lo he hecho lo mejor que he podido, teniendo en cuenta cómo me ha tratado el mundo. ¿Hay alguien que todavía diga estas cosas? En otro mundo, seríamos hermanas, tú y yo. En otra época, podrías haber sido mi madre. Yo sería tu hija. En la próxima vida me daría igual ser lo que fuera, siempre y cuanto pudiera decir que eres mía.
—Mamá —dije.
—Siempre me tendrás —dijo—. Porque nos queremos. Sea el mundo que sea, este amor será siempre el mismo.
—Siempre lloverá sobre la tierra —dije yo, bostezando.
—Sí, veo que ya lo vas entendiendo —dijo mamá.
Pude oír cómo sonreía.
Por la mañana, las ramas de los robles se sacudían al otro lado de la ventana. Unas franjas de luz dividían las paredes del dormitorio de mi madre. El aire que soplaba por encima de nosotras levantaba las finas cortinas, que parecían suspirar con la nostalgia del pasado. Tras la intensa lluvia, el sol resplandecía. El canto de los pájaros era vivaz.
Como todas las mañanas de sábado desde que habíamos llegado, olía a café cargado. Escuché el canturreo de mi abuela en el piso de abajo, no muy distinto al de los pájaros que revoloteaban por el enjuagado cielo azul.
Con cuidado de no tocar a mamá, que todavía estaba durmiendo, me moví un poco para que la brisa me acariciara los dedos de los pies. El tintineo del carrillón de viento ascendió agradablemente. Recordé el alboroto de las luciérnagas de la noche anterior, la flotilla de estrellas centelleando por encima de ellas, y reflexioné sobre cómo el mundo natural siempre era capaz de alejarme de la parte pensante de mi mente.
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Desde luego, ese era un día ideal para ir al río. Probablemente la tormenta habría hecho subir las aguas. Intentaría pasar todo el día fuera, alejada de los pensamientos que no me dejaban dormir por la noche. Un día sencillo junto al río, con un buen libro y el mundo revoloteando a mi alrededor sería suficiente. Cuando regresara de visitar el río, a lo mejor me animaba a recorrer el camino hasta el cementerio para asegurarme de que había flores en la lápida de papá. Quizá luego mamá me pediría que le cepillara el cabello. Luego nos sentaríamos en el columpio y esperaríamos a que llegaran las luciérnagas flotantes. Sabía que a mamá le encantarían.
Ginny estaba subiendo por las escaleras, y por cómo respiraba intuí que llevaba una bandeja de desayuno, algo que hacía a menudo para mamá los sábados por la mañana. Ya estaba hablando cuando abrió la puerta.
—Jolene, ¡no puedo creerme que tú y esta niña pudierais dormir con la tormenta de esta noche! Dime que no era el diablo, castañeando sus fauces repugnantes sobre mi limpio tejado. Me he levantado temprano. Tengo que llamar al señor Davis y a su nieto. Se han caído algunas tejas, y mi pequeño arrayán, ese que está al lado del cobertizo, ha sido arrancado de raíz. Hay un montón de vidrios rotos delante de la casa, también. No sé por qué la tormenta tuvo que hacer eso. Mis botellas no le hacían daño a nadie. Pero te juro que esta tormenta no me va a fastidiar el día. Mierda. Qué desastre. Como si no tuviera ya mil cosas que hacer el sábado…
Aparté la colcha, balanceando las piernas sobre la cama. No quería que el alboroto de Ginny molestara a mamá, que todavía no se había movido.
—¿No te dije que no te metieras en su cama…? —dijo mi abuela, fulminándome con la mirada al ver mi camisón. Colocó la bandeja sobre la mesita—. ¿Quién abrió esa ventana?
—Mamá. Me dijo que la abriera —dije, haciendo una mueca al oír su tono seco.
—¿Sabías lo que te estaba pidiendo tu madre? ¿Sabías lo que quería cuando te pidió eso? ¿No entiendes cómo funciona la lluvia? —Había saliva en las comisuras de los alocados labios sin pintar de mi abuela.
Rodeé la cama para acercarme a mamá, como si quisiera protegerla. Tiré de su mano, pero no ofreció resistencia ni dijo nada. Podía sentir un poco de calidez, pero no mucha. Coloqué los dedos sobre su pulso y esperé con los ojos cerrados. La llamé dentro de mi cabeza. ¿Mamá? Tocando su hombro, noté que la brisa matinal suavizaba algunos de los
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rizos sueltos que se habían desprendido de su grueso moño. La vena de su cuello, que yo llevaba meses observando, como un reloj, no se movía.
—¿Jolene?
Ginny me apartó a un lado. La habitación se llenó de un olor a perfume Shalimar, huevos batidos, brillantina Nu Nile y azúcar de caña. Mi abuela gemía mientras levantaba la colcha de la cara de mamá y alisaba sus oscuros rizos con las yemas de los dedos.
—¿Jolene…?
Las lágrimas de mi abuela rodaban hacia sus labios abiertos mientras ella se dejaba caer sobre las rodillas ante la cama. Tenía la boca abierta, intentando sacar el aire de su cuerpo. Antes de permitirse alzar la voz delante de mí, Ginny cerró la boca, tragándose un grito. Sacudió su cabeza trenzada, de repente tan vulnerable que me inundó un sentimiento de terrible comprensión. Entonces enterró la cara en el cubrecama de felpilla color marfil. Aunque solo pasaron unos minutos, sentí como si Ginny y yo nos hubiéramos quedado congeladas durante años antes de que ninguna de las dos pudiera moverse.
Los ojos de mamá estaban semiabiertos, como abandonados.
—Jolene lo sabía —dijo Ginny, incorporándose con esfuerzo—. Ningún reloj del mundo puede sostenerte la mano cuando te ha llegado la hora. —Su cuerpo palpitaba mientras la madera del suelo gemía. Se acurrucó en un lado de la cama, reuniendo el silencio de mamá contra su cuerpo—. Dios mío, creé una chica bonita. ¿No es preciosa? Ya no tendrá que pedirle nada más a este mundo.
A continuación mi abuela me hizo una señal para que me acercara y cerrara los ojos muertos de mi madre. Me llevó los dedos hasta la cara de mi madre. Toqué la tierna piel que cubría las cuencas de sus ojos. La conmoción de pensar que nunca más parpadearía, que nunca más volvería los ojos hacia mí, me golpeó en la boca.
—Ya no tendrá que rogarle a esta vida nada más. Nada más —lloró Ginny—. Ni tampoco yo, que Dios se apiade de nosotras. ¿Quién se hubiera imaginado que en esta vida la paz de Jolene me rompería el corazón?
Horas después, mi desconsuelo se convirtió en una sensación firme e inflexible. Ya no me interesaba escuchar ni obedecer nada de lo que pudiera decirme mi abuela. Si me permitía abrirme, escuchar, me
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arriesgaría a perder el rastro de la voz de mi madre, a la que me seguía aferrando mientras me enfurecía y me ofuscaba por dentro.
Cuando le dije que no era mi madre y que no podía obligarme a ducharme, Ginny me miró detenidamente con sus ojos rojos, sacudiendo la cabeza.
—Te has pasado toda la noche acostada junto a la muerte, ahora te vas a lavar. Y si eres tan egoísta como para montar un numerito después de la muerte de Jolene —dijo—, entonces no puedes ser la hija que ella dijo que eras.
—Me da miedo subir al piso de arriba.
Ginny sostenía con una mano el manchado auricular de plástico amarillo. Estaba conectado por aproximadamente un metro de plástico sucio en espiral que mi abuela podía estirar hasta el porche, si decidía que quería sentarse ahí para hablar.
—Dijo que me ayudarías —dijo Ginny—. Mira, yo tengo que hacer unas llamadas. No es el momento de tener miedo. Me estás discutiendo las cosas más básicas. Le diste tu apoyo a tu madre cuando estaba viva, ahora tienes que darle tu apoyo en su travesía.
—Sí, señora —dije, sintiéndome culpable por estar enfadada con ella. Me costaba admitir que también estaba enfadada con mamá por
haberme dejado con esa mujer.
—¿Entendido?
Pero yo ya estaba saliendo de la cocina, alejándome de su voz ronca. Tenía el pie en un peldaño de las escaleras cuando oí el reloj bramando en el salón. Furiosa, me di media vuelta y entré en esa habitación repleta de sofás cubiertos de plástico y lirios artificiales dispuestos sobre los alféizares en floreros de vidrio baratos. Abrí la puerta del reloj para detener su voz.
Ginny me había seguido. Se me adelantó, agarrándome de la mano. —No, Hyacinth, esto no servirá de nada. Eso es el tiempo. No es algo
que te pertenezca. No puedes dejar de vivir. No puedes detener el tiempo ni la vida solo porque hieran tus sentimientos. Malditos sean el tiempo y los sentimientos. Tú tienes que vivir.
Vestida y empolvada, me senté en el porche. Estaba nerviosa y tenía la ropa empapada de sudor. Anochecía. El tiempo se derramaba como un
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jarabe. Crucé los brazos sobre el pecho y me apoyé en el suelo con las piernas rígidas.
—El señor Randall y su nieto vendrán pronto para llevarse a tu mamá —dijo Ginny, apareciendo detrás de la mosquitera—. ¿No tienes calor sentada ahí fuera? Esto es el calor del campo. Pensaba que la tormenta lo refrescaría un poco, pero Dios, parece que incluso ha empeorado.
Apartándome de su voz, me quedé mirando las colinas bajas que repetían y repetían sus curvas verdes y amarillas hasta tocar un horizonte cada vez más profundo.
—Dentro de una hora saldré a repartir los pasteles que tenía encargados —dijo Ginny—. Mete en el coche los pasteles que dejé en la encimera y baja las ventanillas para que no se ablanden. No es un buen momento para perder dinero. Lo necesitaré para las flores y tendré que darle algo a Louise por cantar en el funeral de tu madre. Aunque Louise nunca se lo pide a nadie directamente, todo el mundo sabe lo que cuesta tener a un ángel cantando.
—¿Un ángel como mi madre? —pregunté—. ¿Cuánto crees que le costó cuando la dejaste sola, cuando te la quitaste de encima como si fuera basura?
—Mira, lo único que me impide darte una bofetada es que puedo ver los ojos de mi hija devolviéndome la mirada —dijo ella—. Pero esto va más allá de tu duelo. Dime, ¿qué te pasa?
—¿Me vas a llevar a algún sitio y me vas a dejar con desconocidos? — pregunté serenamente—. Dímelo claramente.
—No te voy a dejar en ningún sitio —dijo Ginny, saliendo. Su voz se entrechocó con los duetos de las cigarras—. Ay, por favor, tengo que sentarme. Lo necesito. Pero no puedo, todavía no. Si me siento, bien sabe el Señor que quizá no vuelva a levantarme.
—Sí —dije, dándole la razón.
No estaba segura de qué era más fácil, estar de pie o derrumbarse, así que no dije nada más.
—Fue mi amiga Ernestine la que te entregó a la caridad de los blancos —dijo Ginny—. No la puedo culpar por lo que sucedió. No me porté bien con tu mamá, lo reconozco, pero no voy a permitir que nadie en este mundo me humille hablándome de mi niña. Ni en este mundo ni en el otro. Tu madre y yo hicimos las paces. Alabado sea Dios.
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»Ahora, más te vale entrar en razón, y bien rápido, si te crees que puedes faltarme al respeto en mi porche. Eres una buena chica. No puedo ni siquiera imaginarme cómo debe de ser perder a un padre y a una madre como te ha pasado a ti. Hermanita, sé que decir lo siento no es suficiente, ni de lejos. Pero ten claro que este maldito mundo tampoco intentará disculparse por ser como es.
»Antaño era normal que perdiéramos a los negros. Desaparecían. Familias enteras quemadas vivas en incendios, encadenadas. Se ahogaban en los océanos. Pillaban enfermedades, o después de alguna masacre los blancos arrojaban sus huesos y sus nombres por un agujero negro. A veces ocurrían milagros, pero por lo general solo quedaba un signo de interrogación. Una herida. Una tumba sin nombre. Teníamos que seguir adelante, no podíamos hacer otra cosa. Por lo menos me tienes a mí. Te quedas ahí sentada y tienes la desvergüenza de actuar como si yo no fuera nada. No vas a comportarte así. Sé que mi niña te educó mejor.
Contemplando las rótulas huesudas de mis rodillas, dejé que se me relajaran los brazos y me agarré al borde del columpio de madera.
—Siento haberte faltado al respeto, es que yo…
—No es necesario que te disculpes —dijo Ginny—. Pero no vuelvas a hacerlo, ¿entendido? Los Abbott no aguantan ni los remordimientos ni los rencores. Los Abbott mantienen una buena relación con sus almas. Si vives dentro de tu alma, si vives tan cerca de ella como te sea posible, podrás sobrevivir a casi cualquier cosa. Cuanto antes empieces a vivir de esa forma, antes podrás seguir sonriendo y sufriendo como los demás.
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Algunas de las mujeres que habían acudido a casa de Ginny decían que mamá sería «retornada», mientras que otras decían que sería «reclamada», pero lo que más me llamó la atención fue que nadie mencionó la muerte en ningún momento.
Ser reclamada era regresar a casa.
Ser reclamada significaba que mamá pertenecía a un hogar distinto al que había creado en la Tierra, distinto a la casa que había creado para nuestra familia, durante todos esos años, en el pueblo de Salt Point.
Ser reclamada significaba que otra persona, quizá Dios, tenía voz y voto.
Ser reclamada significaba que mamá se había pasado toda la vida pendiente de que esa voz le recordara que su tiempo en este mundo era un hogar provisional.
Las mujeres —la señorita Lyrae, la señora Porter, la señorita Tina Lee
— habían llegado en una camioneta destartalada. Cuando salieron del vehículo vi que todas iban vestidas de blanco. El polvo se alzó bajo sus pies cuando se detuvieron un momento para asimilar los montoncitos de vidrio azul hecho añicos que Ginny y yo habíamos barrido para que nadie que viniera a la casa se lastimara.
Cuando Ginny salió a recibir a las mujeres, también iba vestida de blanco. Qué lugar más atrasado. ¿Por qué no iban de negro? ¿Era por el calor?
Las mujeres atravesaron la sombra de los robles de Ginny hasta llegar al porche. Su piel brillante contrastaba con la tela blanca. Observé en silencio cómo abrazaban a mi abuela. Me rodeó una brisa de lavanda mezclada con notas de hierbas, limones, recuerdos y jabón casero.
—Oh, cariño —dijo la señora Porter alzando su voz cuando mi abuela la saludó—. Lo siento mucho. Debes de tener el corazón hecho trizas.
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—¿Dónde está?
—Arriba, en la habitación delantera.
—¿Dónde está su niña?
—Detrás de ti, Lyrae.
La señorita Lyrae se giró y se me acercó. No pude retroceder hasta la esquina del porche sin tropezar con el columpio. Me estrechó entre sus brazos con fuerza.
—¿Cinthy? Acabas de incorporarte a un club difícil, nena, un club muy difícil. Mi mamá murió hace diez años de un ataque al corazón. A veces tengo la impresión de que aún no lo he aceptado del todo. Noto su presencia cerca de mí, queriéndome, igual que tu mamá seguirá estando cerca de ti. —Se echó hacia atrás para sostener mi rostro entre sus manos
—. Ay, Señor, ten piedad, qué chica más bonita. Puedes pasarte por casa cuando quieras. Podrías ser mi hija. Yo perdí a mis dos niñas hace tiempo.
—¿Cómo? —dije, mirándola a los ojos.
—No les dejé ser quienes eran realmente. Me empeñé demasiado en querer que fueran tal como yo creía que debían ser. Ahora tienen sus propias vidas, vidas en las que yo no pinto nada. Respeto su decisión, pero me arrepiento de todo lo que hice. Hice las paces con ellas dejándolas marchar. Pero una no hace las paces una vez y ya está, sino que debe seguir haciéndolas todo el tiempo, como respirar.
La mujer me soltó. No pude sino sentir que se había llevado una parte de mi corazón. La señorita Lyrae regresó con las otras mujeres, que estaban acariciando la cara y los brazos de Ginny. Sus voces eran tranquilizadoras.
—Vamos a dejarla preparada para el señor Randall. Luego tendremos que ir a abrir la iglesia —dijo la señorita Tina Lee—. ¿Subimos a lavarla?
Sacudí la cabeza con el ceño fruncido. A mamá no le hubiera gustado que tres desconocidas, y mucho menos su propia madre, tocaran su cuerpo de una forma tan íntima.
—¿Voy a tener que preocuparme por ti? —Ginny se había cubierto la cabeza con una tela de color marfil. La base de su maquillaje se había derretido y le goteaba en la blusa blanca dejándole una fina mancha fangosa—. Tú también tendrás que volver a lavarte. No pienses que me he olvidado.
—Ya me he duchado, señora. No quiero bañarme.
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—Pero ¿no dormiste en esa cama con tu mamá? ¿En su lecho de muerte? —La voz metálica de la señora Porter era inflexible—. ¿En su lecho de muerte?
—Mira, hermanita, iré a preparar el agua —dijo la señorita Lyrae, observándome—. Y cuando te llame, más te vale estar preparada para ser la hija que tu mamá educó, por el amor de Dios.
La señorita Lyrae me frotó ella misma. Las cerdas del cepillo tiraban de mi piel en círculos contra los huesos. Mi piel ya desprendía por sí sola el aroma de un recuerdo difícil y huérfano de madre. Me entraron ganas de gritar, suspirar. Llorar. Sin parar. La señorita Lyrae no dejó de cantar durante todo el rato.
—No digas una mala palabra con esa agua rodeándote —dijo—. Esta agua escucha. Esta agua oye. Esta es agua que el río curó. Esta agua te quitará la pena antes de que vuelva a verterla en el río de donde la saqué. En el río, la pena se limpiará a sí misma, y encontrará alegría en el reencuentro cuando fluya de regreso al océano.
Cuando salí de la bañera, agotada por mi resistencia al mundo entero, extendí los brazos tímidamente mientras ella me secaba con una tela que parecía raso y arpillera a la vez.
—Arrodíllate —dijo.
Me arrodillé sobre la esterilla hecha a mano de mi abuela mientras ella me echaba aceite en el pelo y lo aplicaba con las yemas de los dedos en el cuero cabelludo, donde su aroma a menta me producía un cosquilleo en toda la cabeza. Sus manos, tocándome el cabello, me hicieron recordar a Ezra. Tendríamos que esperar a que llamara el señor Caesar para contarle lo de mamá. Se me contrajo el estómago cuando caí en la cuenta de que no oiría la voz de Ezra, de que no podría decírselo yo misma. ¿Quién la abrazaría cuando fluyeran sus lágrimas? La imagen de la señorita Irene consolándola me relajaba un poco. Nuestros padres habían muerto con pocos meses de diferencia, y ahora ni Ezra ni yo teníamos forma de saber cuándo volveríamos a estar juntas. ¿Cómo se suponía que debía aceptar esta situación?
La señorita Lyrae me vistió con ropa blanca y me envolvió la cabeza con una tela a juego. Me llevó al cuarto de mamá, donde las sombras de las otras mujeres se dilataban hasta la parte superior de las paredes, doblándose al llegar al techo. Mi abuela lloraba en silencio. Había velas por todos lados, y el olor a salvia quemada atraía mis sentidos hacia su
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claridad. Las fragancias y misterios de las mujeres saturaban el cuarto de tal manera que me resultaba difícil respirar mientras ellas cantaban «One morning soon». Una de ellas me acarició los párpados y me dijo que debía mirar desde dentro.
—Abre las manos, Cinthy —dijo la señorita Lyrae—. Cierra los ojos.
Acto seguido puso sobre mis palmas lo que parecían ser pesadas flores. Los pétalos eran suaves y cálidos. En mi visión oscurecida el rostro de mamá resplandecía mientras yo memorizaba la forma de sus labios, unos labios que siempre habían esbozado una sonrisa cuando yo la había necesitado. Oí la voz de mamá tan nítidamente que las lágrimas me escocieron los ojos: «Tú eres mi bendición».
La señorita Lyrae me dijo que mantuviera los ojos cerrados, para que pudiera ver la paz de mamá en el lugar donde viviría dentro de mí.
—Aprende a llegar a ese lugar —dijo la señorita Lyrae. Su voz parecía flotar sobre mí mientras me hablaba—. Estás sosteniendo el corazón de tu madre.
Mi madre se parece a la primavera. La han cubierto de flores, como si ya la hubieran desperdigado por un campo. Yace en un emparrado de tela verde y azul. Le han colocado un ligero crucifijo dorado en el cuello. Le han peinado el pelo, y se enrosca hasta llegarle un poco más allá de los hombros. Meto la mano en el bolsillo de mi vestido blanco para sacar las gafas con montura de oro de mi padre, con los ojos tan llenos de lágrimas que las alejo de mi rostro para no ensuciarlas. Toco una de las finas puntas metálicas que antaño solían descansar en su oreja, recordando cuán cuidadosa y amorosamente se las ajustaba para poder ver. Yo quería que mamá tuviera una parte de él y que él estuviera con ella, como ahora estarían siempre en la muerte. Deslizo las gafas de papá por un huequecito que veo bajo sus manos cruzadas. De esta forma, parece abrazarlo contra su pecho. Saco también la pequeña caracola marina que Ernest le regaló a Ezra. La cogí del escritorio de mi hermana antes de que todas nos viéramos forzadas a abandonar nuestro hogar. La pongo bajo el pliegue de un dedo de mamá. Las mujeres me sostienen cuando finalmente mis rodillas ceden bajo el peso de mi cuerpo.
«Besa la cara de tu madre», dicen las mujeres.
«Recuerda su belleza», dicen las mujeres.
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«Llora por ella», dicen. «Mira cómo brilla —dicen—. Es la luz del sol en la Tierra Prometida. La alegría será su lastre y sus alas».
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El señor Randall estaba dentro con Ginny, hablando de cómo iban a sacar el cuerpo de mamá de la casa. Mantuve el ceño tan fruncido como pude ante el nieto del señor Randall, que me ignoró mientras devoraba el plato de carne a la parrilla que sostenía en el regazo.
La señorita Lyrae, la señora Porter y la señorita Tina Lee ya se habían marchado a No Me Detengáis. La señorita Tina Lee había propuesto que me fuera con ellas, pero murmuré algo sobre quedarme con mi abuela. Dentro, las voces de Ginny y el señor Randall charlaban cómodamente superponiéndose al ruido de las cigarras. Sabía que cuando el nieto del señor Randall se terminara el plato de carne, y el señor Randall acabara de comerse su pollo frito, ambos subirían las escaleras y levantarían por encima de sus hombros el catre donde el cuerpo de mamá descansaba tapizado de flores. Mientras observaba con recelo la camioneta cubierta y al nieto del señor Randall, cuyo nombre me negaba a preguntar, brotó en mi piel empapada de lavanda una frustración parecida a una magulladura.
—¿Te gusta el campo, niña? ¿Ya te has acostumbrado?
Su voz sonó dulce y varonil, con la cabeza todavía sobre la comida. Deseaba que levantara la vista y me viera poner los ojos en blanco, pero era demasiado educado como para hacerlo. Al ver que no le respondía, siguió hablando y masticando.
—Siento lo de tu mamá. Es un golpe duro. Yo llevo desde que era pequeño trabajando con mi abuelito, ayudándole a sacar de sus casas a las mamás y abuelas y tías de la gente. Es un negocio familiar, sí, pero según mi punto de vista, por aquí todos somos familia.
—Yo no conozco a nadie de por aquí —dije.
—Tu abuela está aquí —dijo, mirándome como si lo que acabara de decir fuera absurdo—. Ay, no sabes cómo echo de menos a la mía. No pasa
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un día sin que la eche de menos. No hay nada mejor que una abuelita, te lo aseguro.
—Apenas la conozco.
—Da igual —dijo él, metiéndose comida en la boca.
Apreté los labios.
Él sacudió la cabeza antes de volver a tragar.
—¿Sabes lo afortunada que eres? ¿De tenerla todavía? ¿De estar comiendo esos pasteles que hace? A todo el mundo le cae bien la señorita Virginia, porque vive a su aire y no depende de nadie.
—Y tú ¿qué? ¿Te vas a quedar aquí el resto de tu vida, sacando a los muertos de sus casas?
Encogiéndose de hombros, se chupó las yemas de los dedos. —¿Cuántos años tienes?
Crucé los brazos sobre el pecho.
—Ah, ya veo —dijo él—. No tienes ni idea de nada, y además todavía te quedan unos años de vivir en Damascus antes de que puedas despegar hacia la Luna. Quizá cuando llegue ese momento no querrás irte, si le das una oportunidad a este sitio. Es bonito.
—Es que no estoy acostumbrada a este lugar.
—Claro, es normal —dijo suavizando la voz como si estuviéramos compartiendo un secreto—. Pero si te esfuerzas en apreciarlo un poco, quizá te acabe gustando. Tu gente viene de aquí. Eso ya es algo.
Dejó el plato respetuosamente junto a sus pies, en el escalón. Sus brillantes zapatos de los domingos parecían demasiado rígidos comparados con la holgura de su cuerpo.
—Uf, ¡me encantaría comerme un trozo de pastel! —dijo, sonriendo. —¿Quieres un poco?
—Ya no me queda espacio —dijo, dándose golpecitos en el estómago.
Sus ojos amables me inspeccionaron—. Te queda muy bien ese vestido.
Tienes una cara preciosa.
—Normalmente no visto así —dije ruborizándome—. Es decir, me han obligado a ponerme esto.
—Me llamo Will —dijo enderezándose y cuadrando los hombros.
—Cinthy.
—Sí, lo sé —dijo, dando una palmada antes de sacarse un par de inmaculados guantes blancos del bolsillo de sus pantalones planchados—.
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Cinthy, lo que te falta aquí son amigos. Por lo menos te hará falta un amigo y, ya puestos, bien podría ser yo.
Y acto seguido se metió en la casa, como si obedeciera a una señal, como si hubieran sonado unas campanadas que solo él y su abuelo podían oír. Su joven sombra se encontró con la silueta de su abuelo al pie de las escaleras. Ginny apareció en la puerta. Abrió la mosquitera y se acercó a mí. No dijo nada, pero estaba temblando.
Había algunas luciérnagas. Intenté concentrarme en sus revoloteos. Cuando volví a mirar a la puerta, los dos hombres estaban saliendo,
ahora hablando en voz baja entre ellos.
—¿Cuidado, eh? Ve más lento, hijo.
—Sí, abuelo, la tengo.
—Tira un poco para allá, hijo. Hoy me duelen los brazos.
—Sí, señor.
—Con cuidado, como te enseñé, ¿eh? Esta chica es ligera como una pluma. Pobrecita. Súbela hacia ahí; que no se caiga ninguna flor, hijo. Ni una, eh. Levanta los hombros, como yo. ¿Ves, chico?
—Sí, señor, pero está demasiado oscuro.
—La oscuridad no tiene nada que ver con esto, hijo. Ya te expliqué que nuestro trabajo consiste en respetar una vida.
Bajaron a mamá por las escaleras con solemnidad, reduciendo la marcha para que pudiéramos verla.
—Dios —dijo Ginny, agarrándome del brazo.
A la temprana luz de las estrellas, contemplé la sombra velada de mamá. Al alzar los ojos hacia el rostro de Will, me sorprendieron las lágrimas que corrían por sus fuertes mejillas marrones. —¿Está abierta la iglesia? —dijo el señor Randall.
—Lyrae, Tina Lee —susurró mi abuela—. Están todas allí.
De pronto noté mi aliento como un pedazo de cristal oscuro. Sin decir nada, rodeé a mi abuela con los brazos.
—Muy bien, Ginny —dijo el hombre—. Una chica guapa que regresa a casa. Una buena mujer, desde luego. Recordad que nunca nos abandonan. Está con Dios.
La cabeza silenciosa de mi madre tembló un poco entre los brazos del hombre.
—Mírala, saliendo de mi hogar y entrando en la Casa del Señor, mi hija se dirige hacia esa gran mesa —dijo Ginny—. No podemos dejar
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solos a los muertos, y ellos no pueden abandonarnos. No pueden abandonarnos.
—Amén —dijo el señor Randall.
Luego le dijo algo a Will, que se volvió inmediatamente en la dirección adecuada para que no le resultara incómodo alzar el cuerpo de mamá hasta la camilla limpia que había en la camioneta.
Tras bajar una rampa metálica del vehículo, cargaron a mamá en la parte posterior. Will levantó la rampa y la cerró. El sonido que produjo fue tan normal que quedé horrorizada. Habían cargado el cuerpo de mamá ahí dentro como si fuera un mueble. Recordé cómo el señor Caesar había llegado a nuestra casa de Salt Point con el cuerpo quemado de papá en el asiento trasero del coche. Y luego también se habían llevado a papá en una camioneta. El ruido de la puerta del coche en Salt Point y el chasquido del seguro de la camioneta aquí en Damascus chocaron violentamente en mi interior.
Corrí hasta la parte trasera del vehículo y empecé a golpearlo con los puños. Se me cayó el pañuelo de la cabeza. Bajo un creciente dosel de luciérnagas, arranqué puñados de hierba. Arañé la tierra. Arrastrando los pies dolorosamente hacia mí, Ginny intentó rodearme con sus pesados brazos. El sudor me corría por la garganta y me ahogaba mientras daba rienda suelta a mi desesperación. Lancé mis gemidos al polvo. Las luces rojas traseras del furgón parpadearon, y yo, temiendo hacer caer a mi abuela, me arrodillé en el polvo.
Tras cruzar el patio de mi abuela, la carne de mamá abandonó nuestras vidas.
En el polvo de mi gente, el acero de mi vida golpea el pedernal de mi memoria.
Aquí está la flamante camisa que mi padre solía llevar sobre sus huesos, y la educación que se ajustaba a sus costillas cual armadura. Recuerdo su paciencia, y cómo me enseñó a tomarme mi tiempo con cada examen, cada historia. Yo soy la paciencia de mi padre. Aquí está mamá escapando por la ventana, y su sufrimiento disolviéndose en la tenue luz de luna amarilla del mundo mientras las estrellas distantes brillan como océanos. Yo soy la luz en los huesos del fondo del mar, que emerge para encontrarse con el cielo; soy capaz de recordar lo que creían esos huesos. Las canciones de las caracolas, los niños que se convirtieron en corales, perlas y anclas.
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¿Ves cómo brillaba la tierra dura alrededor de los cimientos de la casa que mi padre y mi madre construyeron para mí? ¿Recuerdas la sangre? Yo soy Theodore, Alma, Calliope. ¿Ves cómo mis bisabuelos besaron a esos alumnos a quienes no pudieron salvar de su sueño? ¿Recuerdas nuestra sangre?
Hay una memoria tan antigua que ha sabido que era mejor no confiar del todo en nosotros.
Yo estoy en la sangre de eso, el resplandor de la luz del fuego que mi bisabuelo admiró antes de que los blancos le atravesaran los ojos de un disparo. Yo soy la eternidad que sostuvo contra el pecho mientras cruzaba al otro lado. Yo soy las volutas de humo que salen de la tierra ahí donde las lápidas añil aguardan justicia y un reposo sublime e ininterrumpido. Yo soy solo una de las voces —y hay infinitas mujeres oscuras— que viven en los ríos, las cenizas, las lunas y los océanos. Recuerdo cómo lanzaron mi nombre contra las estrellas hasta que me expandí. Recuerdo lo que era antes que carne: la sangre del amor sin miedo, del amor y su más allá.
Y en alguna parte, con sus ojos centelleantes y su puño alzado como una nova negra contra el horizonte, mi hermana se abre camino para llegar a nuestra gente.
¿Sabes cuánto tiempo nuestra sangre manchará esta historia? La protegen nuestros padres, nuestros héroes, nuestras madres, nuestro vigor. Es una fuerza de nuevo recuerdo. Y regresará a por mí.
La voz clara de Ginny se alzó repentinamente desde los robles. Era una canción que habíamos vivido, una canción que ambas conocíamos. Y seguiría sonando, siguiendo la partitura de nuestros huesos negros. Uniendo mi cruda voz a la de mi abuela, alargué la mano y rocé el rostro de Ezra en la noche. La oí cantar a ella también, sus pulmones empujando su voz a través del cielo nocturno hasta mí.
Canta allí donde cede la sangre.
Me puse de pie, cantando nuestros nombres en una antigua canción que ardía tan limpiamente como el corazón de un hombre que nos había dado su palabra, su vida y su sangre. Un día, su historia me llevaría en sus brazos a través del río. Mi familia había sabido, había creído, que yo era lo bastante fuerte como para recordar quién era yo y el poder por el que había llegado.
Rodeada de antepasados incandescentes, alabaría lo que fuera necesario para cantar, para obtener las risas y el coraje de devorar el agridulce festín del amor.
Rachel Eliza Griffiths (1978, Washington D. C.) es poeta, artista visual y novelista. Ha recibido el Hurston/Wright Foundation Legacy Award y el Paterson Poetry Prize, y fue finalista del NAACP Image Award. Griffiths ha sido becada por la Fundación Cave Canem, Kimbilio, el Centro de Bellas Artes de Provincetown, la Fundación Robert Rauschenberg y Yaddo. Su obra ha aparecido en The New York Times, The New Yorker y Tin House, entre otras publicaciones. Promesa es su primera novela.
FIN

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