Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.com/book/el-derecho-a-las-cosas-bellas/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL
DERECHO A LAS COSAS BELLAS
Vindicación
De La Vida Holgada
Juan
Evaristo Valls Boix
El Derecho A Las Cosas Bellas
Vindicación De La Vida Holgada
Juan Evaristo Valls Boix
Inspirado en Paul
Lafargue y Hannah Arendt, Juan Evaristo Valls Boix hace de esta convicción la
base para desplegar un conjunto de políticas sociales que cuiden la vida allí
donde es inútil y no trabaja. Con una prosa luminosa y combativa, el autor
defiende derechos esenciales -como el derecho a la pereza, la huelga o la
jubilación- no como concesiones del sistema, sino como actos radicales de
resistencia a la alienación capitalista.
Para quienes
encuentran en el entusiasmo, la autosuperación o el emprendimiento una sucia
trampa neoliberal con la que justificar la explotación y la precariedad, este
libro es una invitación a la tranquilidad y la holgazanería, pero sobre todo es
un alegato en favor de las estructuras públicas que las hacen posibles. La
pereza ha sido durante demasiado tiempo el privilegio de unos pocos, ya es hora
de que se convierta en un derecho para todos.
Juan Evaristo Valls
Boix
El derecho a las
cosas bellas
Vindicación de la
vida holgada
ePub r1.0
Titivillus 31.12.2025
Juan Evaristo Valls
Boix, 2025
Ilustración de la
cubierta: Marta Cartu
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Para Paula,
por su rabia,
con su ternura
«Quiero libertad,
el derecho a expresarme por mí misma, el derecho de todos los cuerpos a las
cosas bellas, radiantes.» Eso significaba anarquismo para mí, y lo viviría así
a pesar del mundo entero, de la cárcel, de las persecuciones, de todo.
EMMA GOLDMAN, Viviendo
mi vida
Prefacio
La belleza del
bostezo
A Emma Goldman le
encantaba darlo todo y bailar en cada fiesta. Para alguien que profesaba el
amor libre, que se entregaba con pasión en cada conferencia y que llegaría a
ser considerada la mujer más peligrosa de los Estados Unidos, una pista de
baile era una oportunidad para la alegría. Por eso, cuando un primo de su
amante le llamó la atención durante una francachela por la frívola
voluptuosidad de sus movimientos, no pudo soportarlo. El muchacho trató de
explicarle con pedantería e ingenuidad que bailar no era algo propio de alguien
que se dedicara a la política, y que su frivolidad solo haría daño a la causa.
Siempre hay un imbécil capaz de arruinarte las mejores farras.
«Yo no creía que
una Causa que defendía un hermoso ideal, el anarquismo, la liberación y la
libertad frente a las convenciones y los prejuicios negara la vida y la
alegría», escribió años después en su autobiografía. El anarquismo no podía
pretender que sus integrantes se metieran a monjas y se apartaran de todos los
placeres mundanos: nada bueno podía traer un movimiento político que oliera
tanto a naftalina. El anarquismo tenía que estar del lado de la vida, tenía que
brotar del gusto de vivir: no de la responsabilidad, no de la seriedad, sino de
la alegría. Y por ello Emma lo definió con una sola frase: «“Quiero libertad,
el derecho a expresarme por mí misma, el derecho de todos los cuerpos a las
cosas bellas, radiantes”. Eso significaba anarquismo para mí, y lo viviría así
a pesar del mundo entero, de la cárcel, de las persecuciones, de todo» (2006,
42, trad. mod.). Y dicho esto, se secó el sudor de la frente y volvió a la
pista de baile.
Estas líneas se
hicieron célebres en los años setenta como un eslogan feminista: «Si no puedo
bailar, no es mi revolución». Algunos teóricos han observado que en estas
palabras subyace ese suplemento sin el cual la política no vale la pena: por
muy razonables y convenientes que sean los escenarios que los líderes de turno
nos prometan, si no consiguen encender nuestro deseo y mostrarnos un modo de
vida amable, no moverán el voto de nadie. Pero en aquella expresión lozana hay
mucho más, pues enuncia una contradicción fascinante: Emma
define la anarquía como un extraño derecho, el derecho de cualquiera a las
cosas bellas y radiantes.
¿Cómo va a tener la
anarquía, que significa la negación de principios y mandos (an-arkhé),
una ley jurídica que la conforme? Y no cualquier ley, sino un supuesto derecho
«a las cosas bellas, radiantes», algo tan vago y cursi como los unicornios o el
baile zumbón de la Goldman. Y, sin embargo, quizá en esa contradicción se
encierre algo así como un programa para la anarquía, la lucidez de presentar
unos derechos que nos liberen de todas las cargas metafísicas que nos impiden
movernos a placer, que garanticen y conviertan nuestra existencia en una pista
de baile, y no en un claustro o un convento. En definitiva, un marco que cuide
y valore la vida en sí misma, por sí misma, con independencia de las formas,
las identidades o los principios que vienen a sepultarla. Eso habrían de ser
los derechos a las cosas bellas, aquellos que salvaguardan un espacio en blanco
donde inventar nuestra forma de estar en el mundo, como un baile improvisado
que dura mucho tiempo. Una vindicación de la vida material, una vida que consiste
tan solo en vivir, en nada más que vivir.
Para Emma, la
belleza era tan importante como la libertad. Ese bello ideal que era el
anarquismo, comprendido como un mundo en común basado en redes de apoyo y
respeto mutuo, no solo era razonable, sino también deseable: la libertad, para
ella, era ética y política, pero también sexual y estética. Su clamor
anarquista contiene, así, una ética del deseo, pues es un anhelo de vida buena
lo que subyace a ese misterioso derecho a las cosas bellas que, junto con la
libertad, definen el anarquismo. Ese deseo intenso habría de traer consigo una
forma nueva de vínculo social, un vínculo que nos permitiera vivir juntas sin
tener nada en común, en la holgura de las diferencias.
Goldman da pocas
pistas en su autobiografía acerca de qué han de ser estas cosas bellas y
radiantes. Pero sí reconoce, en una breve conversación que incluyó en sus
memorias, que «las cosas bellas no son un lujo […] son necesarias. La vida
sería insoportable sin ellas» (2006, 23). Como si la libertad o la igualdad no
pudieran pensarse sin la belleza, como si la política no pudiera concebirse sin
la fuerza jubilosa del deseo. Como si en cada afirmación de la existencia
hubiera una potencia política, una potencia afectiva.
Hannah Arendt
recuerda en La condición humana que Aristóteles reconocía,
bajo la expresión vita activa, tres maneras de vivir que los seres humanos podían elegir en libertad. Todos compartían un interés
por «lo bello», es decir, por las cosas que no eran necesarias ni meramente
útiles (1993, 26). Aristóteles contaba con la vida entregada al disfrute de los
placeres corporales, aquella dedicada a los asuntos de la polis y,
en último término, una existencia consagrada a la filosofía y la contemplación
de las cosas eternas y lentísimas. Belleza y libertad coinciden aquí de nuevo:
política es esa dimensión de la vida consagrada a las cosas bellas, que no son
sino las cosas inútiles, no sujetas a la eficiencia. Política es ese conjunto
de praxis entregada a responder, con hábitos e ideas, a la pregunta por la
belleza, esto es, a la pregunta sobre cómo vivir, allí donde ni la utilidad ni
el trabajo alcanzan a regir ni gobernar nuestro cuerpo. La vita activa que
rescata Arendt converge con la anárquica que promueve Goldman con
su derecho a las cosas bellas. En ambos casos, nuestro paso por el mundo no se
pliega a ningún principio celeste y, liberados de los deberes y tareas que
antaño nos exigían, podemos dedicarnos tan solo a pensar en cómo queremos
vivir, y responder con ritual y mucha práctica a esa pregunta.
La vita
activa de Aristóteles, consagrada a los asuntos público-políticos, fue
degenerando su sentido al ser heredada por la tradición cristiana medieval y la
Modernidad europea. Allí se convirtió en la vida entregada a los asuntos
mundanos, incluyendo todas las formas de trabajo, y quedó despreciada en favor
de la contemplativa (bíos theoretikós), el único modo verdaderamente
libre, reservado a sabios, monjes, príncipes y otras aristocracias.
Por ello, en la Edad Moderna la vita activa se vincula con la
inquietud y se relaciona con el nec-otium y la a-skholía,
en suma, con ese «mundanal ruido» de agendas y tareas del que fray
Luis de León quería refugiarse.
Conocemos el
diagnóstico de Arendt sobre este proceso: las cuestiones económicas, donde rige
la utilidad y la operatividad, han ido ganando terreno a la política, de modo
que en nuestro tiempo tan solo nos dedicamos a trabajar, a negociar, a repetir
gestos y protocolos tristes, pero ya apenas queda nada de político en la
política: solo el trabajo, sus acciones instrumentales, el imperio de lo útil y
el agotador ritual gris de la eficiencia. Por eso la comunidad se ha convertido
en una sociedad, en un conjunto de socios unidos tan solo por los negocios que
les ocupan, por el cálculo de intereses y la racionalidad instrumental. El
pensamiento y la acción, el comienzo de algo nuevo, las cosas bellas están en
otra parte. La vida inútil, holgada y bellísima, sin objeto
ni respuesta a su pregunta incesante, está ya muy lejos de aquí, en cualquier
otra parte.
Si quiero
reivindicar, con la Goldman, el derecho a las cosas bellas es para revertir ese
proceso, como Arendt propusiera. La política no se reduce a los negocios (nec-otium)
ni la vocación por la a-skholía, sino que, al contrario, implica la
devoción por lo hermoso, el gusto de habitar el mundo, que es indisociable de
lo igual, lo libre y lo justo. Si político es el reino de lo inútil, allí no
manda la soberanía del progreso y el crecimiento, sino la anarquía del descanso
y la pereza: fuimos camaradas cuando dormimos juntas, comenzamos nuestra
convivencia cuando juntamos las camas. Para encaminarnos hacia ese horizonte
salvaje y mullido como una hamaca en medio del bosque, hemos primero de
acometer una gran mudanza, una mudanza ontológica en que vaciemos nuestra
existencia de todo lo que no le pertenece, todos los mandatos y lógicas que
bloquean la atención hacia su gloriosa pregunta —¿cómo habitar?—, siempre
abierta. Por eso estoy convencido de que una existencia consagrada a lo bello,
sin producto ni efecto, es la vida elegante, holgada (otium, skholé). Vita
activa es vita otiosa, vida bellísima, perezosa.
El programa
anarquista que Goldman deposita en el derecho a las cosas bellas comienza por
emancipar la esfera pública de los valores capitalistas de utilidad y
eficiencia: arranca con el rechazo del trabajo, con reducir tanto como podamos
nuestra condena laboral. En consecuencia, el derecho a las cosas bellas no es
una quimera, sino un conjunto de garantías que imponen un límite absoluto al
gobierno neoliberal de nuestras vidas, un límite que nos dé un respiro y nos
deje mucho tiempo para la inoperancia, el corazón de la anarquía. Para Goldman,
el anarquismo consiste en preservar un espacio para nosotros que no esté
contaminado por las lógicas capitalistas del rendimiento, donde no se nos mida
por méritos ni productividad, sino que podamos abrazarnos más allá de la
competición, como ilustres incompetentes. ¿No es esa la única forma de
querernos de verdad? Vida cursi y divina, tiempo regalado, la nada de los
domingos. El derecho a las cosas bellas es el derecho a ser inútil, a no servir
a nadie ni para nada.
Este ensayo versa sobre el derecho a las cosas bellas. Es
una defensa de aquellos derechos que nos permiten dejar de trabajar para
empezar a vivir. Aquí no nos concierne el derecho al trabajo ni el derecho al
descanso, sino algo distinto: la gloria de la desocupación. Proclamar hoy estos
principios consiste en celebrar una vida holgada; ejercerlos supone dirigir
nuestros recursos a construir las condiciones materiales para vivir
gustosamente y forjar una esfera política basada en la interdependencia. Estos
derechos zanguangos están encabezados por el derecho a la pereza de Paul
Lafargue, son todos ellos trasunto del derecho a la huelga tal y como Rosa
Luxemburgo y Walter Benjamin lo teorizaron, e incluyen la jubilación, para
cuidar esas etapas tardías en que aún tenemos ganas e impulso para hacer algo
que no sea trabajar. Además, incorporo el derecho a la ciudad que Henri
Lefebvre proclamó a finales de los sesenta, y el derecho a la literatura, la
universidad y la filosofía sobre el que Jacques Derrida reflexionó en los
noventa. La salud y el vigor de cualquier democracia radican en el modo en que
estas leyes se hacen valer y permiten desasirnos de la tiranía del rendimiento.
Si estos principios acaban convirtiéndose en privilegios de unos pocos, y la
holgazanería se vuelve un lujo inaccesible para el resto, la democracia deja de
ser real: bajo su nombre gobierna el capital.
Esta tentativa
constituye un programa para la anarquía de la vida, es el modo de tramar desde
la base un mundo deseable más allá del modelo capitalista. Si este último se
rige por el principio de crecimiento, y la lógica de la competencia articula la
racionalidad neoliberal, este bello tiempo ocioso que salvaguardan los derechos
zanguangos está entregado a la holgura y no al progreso, al cuidado y no a la
rivalidad: allí se celebra y no se trabaja. Mientras que el lenguaje jurídico
habilita un sujeto individualista y productivo, estos derechos cuidan del
sujeto allí donde es colectivo e interdependiente, un conjunto de cuerpos
entrelazados que placen juntos, sin más disposición que el hábito de perder el
tiempo. Si Estado y capitalismo convergen en defender la condición vertical del
individuo, consagrado a crecer y ganar, condenado a la soledad y el fracaso, el
derecho a las cosas bellas destituye sus principios: su anarquía consiste en
proclamar nuestra condición horizontal.
Es cierto que hemos
de imaginar, aunque parezca imposible, una forma de vida más allá del
capitalismo, y muchas artes y metafísicas se encargan de ello. Pero también es
verdad, sobre todo, que ese mundo no neoliberal hay que
cimentarlo, y ese asunto es cuestión de derecho. Las existencias aéreas con
arte se nombran, pero con derecho se defienden. Así, estas garantías son el
cauce necesario para un deseo poscapitalista, un deseo emancipado de la
ambición y el goce obligatorio. Este impulso se aviva con un gusto que consiste
en compartir, no en competir; en tumbarse, no en vivir erguidas; en holgarse y
holgazanear, no en saturar los días de demandas y fantasías. Vindico la vida
holgada porque celebro un deseo gustoso de sí y de su lentitud, un deseo que no
está secuestrado por la excitación constante o el miedo a perderse algo. Si la
lógica neoliberal del crecimiento indefinido es expansiva y tiende a colonizar
territorios que originalmente no son económicos, como la intimidad y sus
afectos, vindicamos los derechos zanguangos para impedir esa colonización
interior: no queremos enamorarnos del trabajo, ni convertir nuestro amor en una
empresa.
A menudo convenimos
en que la pereza y la inoperancia consisten en vaguear y no hacer nada. Cuando
le añadimos precisión a este saber popular, entendemos que la pereza guarda una
potencia afirmativa, pues consiste en hacer la nada o fainéanter,
como decían en francés antiguo. ¿Qué significa tal cosa? Nos nubla la vista que
la nada sea un sustantivo. En el fondo, la nada es insustancial, porque de
hecho es un verbo: nadar, nadear, anonadar. Como el vacío, la nada ha de
procurarse, es un proceso: vaciar, descargar, desocupar. Lo demostraron Pascal
y Torricelli en el siglo XVII, lo harán Oteiza y Klein en el
siglo XX: quitar carne y materia, liberar espacio en una escultura o en la
sala de una exposición[1]. La nada hay que
hacerla, y tal acción es una forma de libertad o liberación: renunciar,
rechazar, descargar, desllenar, emancipar, soltar y dejar caer. Los derechos
perezosos vienen a anonadar la vida, aliviándola de sus cargas: los vindicamos
para abrir un espacio insaturable, queremos despertar su lado salvaje, ¡la
insoslayable levedad del ser! Estos derechos son un modo de parar, de hacernos
libres parando.
La vida es una
fiesta que un día termina, canta Bad Bunny. Pero nuestra impresión es que
nuestro paso por la Tierra no es más que el conjunto de preparativos a una
fiesta que no llega nunca, una dicha que se aplaza constantemente: el día
entero lo pasamos en el almacén existencial planeando una farra que posponemos
por sistema. En el peor de los casos, nuestros días son una fiesta asfixiante y
continua, que no termina jamás y nos arrastra al ritmo de la taquicardia,
aplazando una y otra vez la dicha del descanso. Tanto en los
preparativos a una fiesta siempre aplazada como en la fiesta obligatoria del
neoliberalismo hay horror y no belleza. En ambos casos domina la sola pulsión
de muerte, el banquete de la destrucción. Emma sabía esto cuando decía que las cosas
bellas no son un lujo, sino una necesidad, como la poesía para Audre Lorde.
Ahora aprendemos que la belleza es el único camino a la anarquía, que la
libertad está en parar, soltar, dejar de hacer.
No hay vida buena
sin pereza, no hay libertad que no sea libertad perezosa. Conozco la belleza
solo en la forma del bostezo.
Y quiero que estos
derechos me dejen
con la boca
abierta.
La condición
horizontal
There’s nothing I like
better
Than to lie on my
back in the grass
And remember where
I came from.
ROBIN MYERS, Having[2]
Soy vertical, pero
preferiría ser horizontal.
§1
Sylvia Plath dejó
escrito en 1961 un poema sobre la condición horizontal. Su título reconoce con
vergüenza «Soy vertical», pero el primer verso responde, desafiante, «Pero
preferiría ser horizontal» (2015, no. 43). Algo más de cien años después de que
Herman Melville nos contara una historia de Wall Street donde un escribiente
respondía, ante cualquier solicitud, «Preferiría no hacerlo», la desobediencia
tranquila de una fórmula casi ajena a la gramática vuelve a repetirse:
Preferiría no
hacerlo
Preferiría ser
horizontal
Bartleby estaba
obstinado en la negación, y su triste historia es la historia del rechazo
sistemático a cualquier orden, y sobre todo al orden del trabajo. Sin embargo,
si la historia es triste y el escribiente acaba muriendo de inanición,
acurrucado junto a uno de los muros del patio de la cárcel, es porque quizá no
conociera alternativa a una vida gobernada por la productividad. Después de
todos los noes de Bartleby, no viene nada: su rechazo es mudo, y su escritura
acaba asumiendo el mismo final que aquellas cartas muertas que no llegaron a su
destinatario y que Bartleby tenía que consignar cada mañana. Su rechazo al
trabajo está demasiado apegado al trabajo: no hay vida, ni deseo ni escritura a
partir de ese rechazo.
La renuncia de
Sylvia Plath a la verticalidad le da un nombre distinto a la negativa:
horizontalidad la llama. Si Sylvia Plath se resiste a ser vertical, es por un deseo, un deseo de ser de otro modo. Con Bartleby,
la negación agotaba la escritura, aquí la horizontalidad es su comienzo: el
comienzo de una vida otra, de una relación distinta, de una geometría nueva.
Sylvia prefiere su naturaleza tumbada porque quiere la longevidad del árbol y
la valentía de las flores. Cuanto más se parece a ellos es cuando de ellos
depende: cuando está dormida, acunada por el césped, ajena a sus pensamientos.
El reino de la conciencia es un reino vertical, y el viaje a la oscuridad del
pensamiento tiene el propósito de avivar el cuerpo y sus deseos, como si estos
hubieran permanecido aplastados por el sujeto, asfixiados bajo su carga. Cuando
Sylvia vive en horizontal, no se compara con nadie ni se lamenta porque su vida
sea demasiado breve o desgraciada. ¿Cómo competir con un cedro o una libélula?
Mejor tenerlos cerca, la fiesta de la imaginación. La condición horizontal le
permite a Sylvia mirar desde otro lugar, alterar el ángulo, adoptar una
relación nueva con todas las cosas: Sylvia lo llama «conversación». En la
conversación hay tiempo y hay tacto, reina la escucha de los cuerpos: «Entonces
los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí».
Sylvia es vertical,
y tiene que serlo, para muchas cosas: su operatividad como sujeto y como
ciudadana dependen de ello, ha de levantarse cada día, sostener, laborar,
responder a su nombre. Pero Sylvia sabe que su condición vertical de individuo
liberal con derecho a voto y educación secundaria no agotan todo lo que ella
es. Para todo lo demás, donde Sylvia es amante y amiga y poeta, un cuerpo
solazándose entre otros cuerpos, carne atravesada por el aire y la tierra
húmeda, Sylvia es horizontal. Para esa larga y sabrosa escucha del mundo al
desperezarse que es la vida a cada instante, Sylvia es horizontal. Mujer
tumbada, cuerpo sobre otro cuerpo, la vida mejor y más dulce es la vida
horizontal. Es más natural para mí tumbarme y escuchar: soy menos humana, me
parezco más a todas las cosas, quiero atenderlas y observarlas, me place estar
a su lado.
La condición
horizontal establece relaciones de cuidado. Allí donde el ser vertical domina,
el ser horizontal escucha y abraza: conversa. Allí donde el ser vertical es la
forma de ser humano, amo y señor de las cosas, la condición horizontal no
entiende de jerarquías y no busca domeñar lo extraño: quiere escucharlo,
tumbarse a su lado, admirar su vastedad incognoscible. El modo en que el ser
vertical se relaciona con la alteridad se denomina trabajo. Esta forma de ser,
que Butler llama ontología liberal del individuo, es el fruto más granado de la
Modernidad europea, algo que aprendimos con Descartes, con
Locke, con Kant: un sujeto que es libre cuando es autónomo, una ficción
absolutamente separada de todo lo demás, que solo sigue las leyes que él mismo
se procura racionalmente, y domina con su raciocinio y su técnica cualquier
otro ser, cualquier otra instancia que perturbe su señorío. El burgués, el
fascista, el empresario o el capitalista son versiones históricas de este
dispositivo.
El sujeto moderno
es el sujeto de la erección. El progreso y el crecimiento son el modo
particular con que establece su geometría vertical de dominio de las cosas.
Autores como Hegel o Marx llamaron «trabajo» a esta relación jerárquica de
dominio y asimilación. En su poema, Sylvia piensa en otra cosa. No quiere pisar
las plantas ni talar el árbol, sino volverse adverbial, yuxtaponerse. No quiere
medir la distancia que la separa de los astros ni lanzar un satélite a la
termosfera, sino tan solo mirar, dibujar constelaciones, orientarse con su
saludo. Y para lograrlo, ha de tumbarse. No hay otra forma. Ha de reconocer
que, en el fondo, vive tumbada, solazada, apoyada en criaturas y plantas.
La condición
horizontal implica descanso e igualdad, igualdad en el descanso. Todo lo que
vive se tumba, un cuerpo no vive si no es tumbándose sobre otro cuerpo. No
quiero que nadie se levante sobre mí y yo no me levantaré sobre nadie:
principio de horizontalidad. Vivo, pero a condición de estar tumbado, porque
dependo de vosotras, que me sostenéis: principio de horizontalidad. La relación
del ser horizontal con otros seres se denomina conversación, esa tupida
telaraña que todo lo conecta. Allí la vida no acaba, como en Bartleby, sino que
empieza. Empieza a través de los otros, con los olores frescos que la flora
derrama, bajo la luz titilante de las estrellas y el calor de los árboles, que
nos abrazan con su corteza áspera y su madera tierna.
Yo quiero vivir
tumbado al lado de todas
las cosas. Soy
vertical, y trabajo para vivir.
Pero prefiero ser
horizontal,
siempre prefiero
vivir en horizontal.
§2
En otro continente, unos diez años después de que Bartleby pusiera patas
arriba Wall Street, Karl Marx publicó el primer libro de El capital.
Una de las cosas que este libro nos ha brindado es una definición del trabajo,
o del ser vertical. Marx lo describe así:
Todo el elemento de
la riqueza material no presente por naturaleza tuvo siempre que ser mediada por
una actividad productiva y finalística especial, la cual asimila determinadas
materias naturales para la satisfacción de determinadas necesidades humanas. El
trabajo, en cuanto constituye valores de uso, en cuanto trabajo útil, es una
condición de existencia del hombre, independiente de todas las formas sociales,
una necesidad natural para mediar el metabolismo entre el hombre y la
naturaleza, o sea, la vida humana (2018, 81).
Si el trabajo es
una necesidad natural del ser humano y una condición de su existencia, no
podemos no trabajar: tal es nuestra condena. Aquí Marx no habla todavía del
trabajo asalariado, sino que, ajeno a su propia filosofía materialista, trata
de describir el trabajo como una actividad trascendental y ahistórica, que
define nuestro ser «natural». Podemos vivir, pero a condición de trabajar. Y el
trabajo marca una relación de dominio con la naturaleza: es la relación
mediante la que lo humano asimila (assiimilirt es el término
alemán) lo no-humano: se apropia de ello y lo somete, y de tal
asimilación depende su definición como Hombre.
Dos lecciones
esenciales: la primera, que en estas líneas el ser se determina como trabajo
humano, y el trabajo, como «producción de la humanidad del Hombre» (cf. Alvaro
2024, 370). La segunda, que el trabajo es una relación de apropiación de la
alteridad, donde lo humano consume lo no-humano, en una dinámica de la pureza o
depuración de la alteridad. En su obra capital, el padre del materialismo
diseñó una ontología ahistórica donde ser equivale a trabajar, y esta operación
es aniquiladora de todo lo no-humano. Se trata de una ontología del trabajo o,
como ha propuesto Hamacher, una ergontología (Hamacher, 2012):
el ser no es si no obra, si no se trabaja (ergon). En la Carta
sobre el humanismo, escrita en 1947, Martin Heidegger lo expresa así: «La
esencia del materialismo no consiste en la afirmación de que todo es materia,
sino, más bien, en una determinación metafísica según la
cual todo ente aparece como material de trabajo» (2000, 53-54). Hegel y Marx
coincidían en que el trabajo es el proceso por el cual el hombre se produce a
sí mismo en cuanto hombre: ente autónomo, ente aislado y completamente separado
de todos los otros seres. El sujeto se levanta, se yergue como Hombre,
oprimiendo todo lo que no es sujeto: la ergontología, donde ser es trabajar y ser
trabajado, constituye la primera definición de nuestra condición vertical.
En el tercer libro
de El capital, que Engels editó y publicó en 1894 a partir de notas
y legajos tras la muerte de Marx, parece perfilarse una alternativa. En el
capítulo 48, bajo el epígrafe «La fórmula trinitaria», Marx observa que «el
reino de la libertad solo empieza allí donde cesa el trabajo impuesto por la
necesidad y por la adecuación a finalidades exteriores». No podemos desatender
nuestras necesidades, estamos atados a ellas, pero somos libres el resto del
tiempo. Por ello, una vez resolvemos nuestros compromisos con la fisiología,
«empieza el desarrollo de las fuerzas humanas», reconoce Marx, «el verdadero
reino de la libertad». Si tal cosa es así, convenimos con Marx en que «la
reducción de la jornada laboral es la condición básica» para ser verdaderamente
libres, fuera del yugo del trabajo con que mantenemos nuestro metabolismo (Marx
2017, 1044).
Parece que, tras
décadas de sesudas reflexiones, Marx ha sentado la cabeza: el reino de la
libertad comienza cuando dejamos de trabajar, y nuestra libertad será tan vasta
como capaces seamos de acotar el reino de la necesidad. Por ello, hemos de
ponerle fronteras y contenerlo bien, y el modo de lograrlo, entonces, consiste
en reducir la jornada laboral, trabajar menos para ser más libres, entregados
al gusto del ocio y sus artes. La cosa parece sencilla: tenemos que trabajar
para nutrirnos, pero hagámoslo solo el tiempo necesario, para dedicarnos a
vivir y gustar el resto del tiempo, y eso será el reino de la libertad, donde
dediquemos nuestras fuerzas a nosotros mismos, y ya no al capital ni a otros
fines externos. Entre Hegel y Kant, Marx entiende que cuando el sujeto trabaje
en sí mismo, puramente para sí mismo, concernido tan solo por su autonomía y
nada más que por ella, sin alienaciones sociales o fisiológicas que le
perturben, será libre.
Leo estas líneas y
mi euforia está contenida por mi suspicacia. Porque, en un sentido, la
reducción de la jornada laboral que Marx propone está consagrada a la libertad,
pero si leemos con cuidado, observamos que el texto contiene
una trampa. Si la libertad solo empieza allí donde acaba el trabajo impuesto
por necesidad o alienación, ello quiere decir que libertad es sinónimo de
trabajo libre, trabajo sin imposición, pero trabajo al fin y al cabo:
realización personal es como le llaman hoy los coaches ontológicos.
Werner Hamacher lo ha expresado con pericia en Lingua amissa cuando
observa que lo que Marx promete «no es tanto la liberación del trabajo,
como la liberación para el trabajo» (2012, 309). Cuando
tengamos atendido nuestro estómago y nuestro cobijo, y nos desprendamos de un
sistema económico alienante, al fin podremos dedicarnos a trabajar, trabajar
sin término, sin más límites que el dichoso cuerpo (ay, sus pulmones, ay su
boca seca, ay su piel fría y delicada), para trabajar en nosotros mismos, ser
nuestros propios jefes y realizarnos en una auto-performance sin
término. Pero tal es el sueño húmedo del humanismo, del capital y
de nuestra condición vertical: seguir creciendo y superándonos, dando nuestra
mejor versión hasta que no quede un espejo que nos aguante.
Ese es el límite
del pensamiento de Marx: la reducción de la jornada laboral que propone no es
contraria, sino proclive a la ergontología: un ser abstracto, racional e
incorpóreo, que solo es en la medida en que se trabaja y
crece, a costa de los demás. El reino de la libertad es algo así como la
ergocracia perfecta. El trabajo, para Marx, rige como origen y destino de la
humanidad, y la libertad es el trabajo puro, trabajo en sí mismo como fin en sí
mismo, como el verdadero yo del ser humano (Alvaro 2024, 375). Los restos de
humanismo en el pensamiento de Marx le llevan a comprender al ser humano como
escindido y radicalmente diferente de la Naturaleza, además de capaz de
dominarla, y compelido a ello.
¿Dónde estamos
cuando no crecemos, ni trabajamos, ni nos realizamos? ¿Qué somos, quién somos,
cuando menguamos o nos deshacemos, cuando perdemos? Hay veces que pienso que
vivir es desaparecer, como en un abrazo. No estoy seguro de que queramos acabar
tan pronto y tan rápido con las cosas que amamos.
§3
En su exposición «À
toi de faire, ma mignonne», celebrada en el museo Picasso de París entre 2023 y
2024, Sophie Calle se propuso establecer un «catálogo
razonado de lo inacabado», reuniendo toda suerte de proyectos frustrados,
borradores y ruinas de sus ideas. En uno de los muros, reina una frase:
Solo las cosas
inacabadas están vivas.
Las cosas, todas
las cosas, deben poder no ser para poder ser. ¿Podemos vivir sin trabajar?
¿Podemos vivir de tal forma que no asimilemos la naturaleza a nuestras
necesidades, ideas y delirios, sino de modo tal que conversemos con ella, en
una mezcla sabrosa y variopinta? Vivir sin extraer, vivir sin colonizar, vivir
sin someter. Antes bien, convivir con otros, a través de ellos y atravesados
por ellos, participando de su opulento desorden, esa tupida mixtura. Tal es el
desafío de la condición horizontal que roncan los cuerpos tumbados: ningún
cuerpo es libre mientras esté sometiendo a otros. Ningún cuerpo es libre
mientras crezca a costa de otros. La libertad, si no quiere verse limitada
dominando otros seres, es horizontal —igual para todos— o no es. Libertad o
trabajo, de eso se trata. La condición vertical es nuestra condición de
acabamiento.
Solo las cosas
inacabadas están vivas. La condición horizontal es la condición de los
comienzos.
§4
El lema que recibía
a los prisioneros en el campo de concentración de Auschwitz desde su apertura,
en mayo de 1940, era Arbeit Macht Frei (’El trabajo os hará
libres’). Tal lema es otra expresión de ergontología, donde el ser ha de
realizarse y efectuarse —trabajarse— contra todo lo que es no-ser, oprimiéndolo
y suprimiéndolo (el trabajo nos liberará devosotros). Aquí, ese
trabajo u operación se estructura como asesinato masivo industrial. El trabajo
promete la libertad, sí, pero entendida como purificación de todo lo que no es
trabajo, esto es, de todo lo ajeno a la «esencia» del ser alemán, en términos
de Werner Hamacher (2020, 152, 162).
Página 26
Como ha observado este autor, la estructura mínima del trabajo consiste
en relacionarse con(tra) algo diferente de sí mismo. Si ser equivale a
trabajar, ese trabajo marca una relación de dominio y exterminio: al
obrar/trabajar, el ser queda expuesto en sí mismo ante algo otro que sí mismo.
Pero esa relación no es con la alteridad, ni ante la
alteridad, sino contra la alteridad (2020, 155). La decisión
de concebir el trabajo como una relación contra el otro, tal y
como lo entendió el régimen nazi y el propio Martin Heidegger en su discurso
como rector de 1933 (cf. 2009), no tiene nada de filosófica: es una decisión
política. El trabajo implica siempre una dinámica de apropiación agresiva
(Hamacher 2020, 156).
Un año antes de que
Heidegger pronunciara su célebre discurso sobre la autoafirmación de la
universidad en Friburgo, Ernst Jünger publicó El trabajador. Dominio y
figura (1990 [1932]). Aunque Hitler lo tachara de bolchevique
y peligroso (cf. Hamacher 2020, 157), el ensayo es el manifiesto protofascista
por antonomasia. En él, «el trabajador» es una categoría que adquiere, de
nuevo, un valor ontológico, como la versión más lograda de la condición
vertical. Conceptos políticos como «individuo» y «masa» son, para Jünger,
términos burgueses que han quedado obsoletos, y han de ser reemplazados por un
nuevo tipo de ser humano, una figura donde se funden la frialdad, el cálculo y
la eficiencia de la técnica con valores ardientes de sacrificio por la patria,
coraje y abnegación. Esa figura es el trabajador, híbrido de soldado y obrero,
corazón y máquina, con una conciencia tecnificada que le permite objetivar el
cuerpo e inhibir su sensibilidad. Así, «la guerra», convenía Jünger a propósito
de la Primera Guerra Mundial, «se transforma en una enorme producción de
trabajo […] Junto a los ejércitos armados nacen los modernos ejércitos de la
agricultura, de la alimentación, del tráfico, de la propaganda, de la ciencia y
de la industria» (2002, 163-164). El trabajo y la guerra forman parte de la
misma movilización total, donde no hay ningún proceso laboral que no cuente con
un valor intrínsecamente bélico.
Ha pasado el
tiempo, pero conocemos demasiado bien esta movilización total: parece que hoy
no hay ningún proceso vital que no cuente con un valor intrínsecamente
económico, que no sea una declinación de la eficiencia.
Página 27
§5
Uno de los modos en
que el fascismo sigue vivo en las democracias de todo el mundo es a través de
la cultura del trabajo y su insidiosa metafísica capitalista, que hace de los
sistemas políticos una suerte de ergocracia donde solo merece vivir lo que trabaja,
donde la dignidad se mide como rendimiento. Cualquier cuerpo disidente o
diferente, muy niño o muy viejo o poco espectacular, ha de ser apropiado,
traducido, asimilado a los parámetros de lo útil, o expulsado. Entregarse a
gustos ajenos a esta eficiencia, asuntos no capitalizables, es cosa vergonzosa
que debe evitarse u ocultarse.
Cualquier sociedad
que se construya en torno al trabajo es una sociedad que niega la vida. Para
afirmarla y reconocer su valor intrínseco, ha de haber un espacio donde la vida
se guarde como diferencia, como instancia absolutamente improductiva e inapropiable.
Es decir, ha de haber un espacio social donde no se trabaje. El capitalismo es
un sistema económico y político que gobierna la vida a través del trabajo,
imponiéndole la verticalidad del capital (sea con disciplina, sea con
excitación, sea con agotamiento). La condición horizontal que canta Sylvia
Plath celebra la anarquía de la vida, ese espacio tembloroso y divino donde la
vida no está al servicio de nada, sino que yace tumbada junto a todos sus
amigos.
El Estado y el
Capital nos cuidan mientras trabajamos, producimos, efectuamos. A todas nos
gusta la juventud, ese fulgor de energía. Pero ¿qué harán, qué harás, en las
bellas horas de tu caída? ¿Quién nos querrá, quién te querrá, cuando nos
acaricie el suave frescor del ocaso? ¿Quién nos tapará, si se alarga la noche,
si mi cuerpo palpita y no produce, si no aguanta más o prefiere no hacerlo?
¿Allí también estarás a mi lado? ¿Allí también abrigaréis mi espalda y
atenderéis mi herida? Yo también soy esto, este agujero y esta curva, esta rama
torcida y rabiosa, la arruga y el rumor del desbordamiento. ¿Es mi salud o mi
mérito lo que tanto ansías? Quisiera dar una respuesta a todo esto, pero mi
boca tiene forma de pregunta.
§6
Página 28
¿Cómo puede ser que la ontología del trabajo se reproduzca en lugares
tan dispares y alejados de la cultura europea? ¿Es el vínculo alemán entre
trabajo (werk) y realidad efectiva (Wirklichkeit) lo que es
determinante en tantos pensadores? ¿Es porque, lo quieran o lo sepan o no,
guardan en su filosofía rasgos de un humanismo que privilegia la autonomía
sobre la relación, la conquista sobre el aprecio, la pureza sobre la mixtura?
¿Acaso su metafísica tiene como base una secreta geometría de la verticalidad? Aquello
que para Sylvia Plath era tan desdeñable, por muchos ha sido muy querido.
Me pasa como a
Virginia Woolf cuando, al evocar la lectura de un libro escrito por un notable
señor, comienzo a sentir gran aborrecimiento por no ver nada más que una gran «I»
(‘Yo’) en las páginas, que me impide acceder a todo lo demás. Hay algo que pesa
demasiado en este humanismo masculino que solo sabe existir erecto, que teme el
tacto ajeno y no soporta ser penetrado por todos los seres gracias a los que,
sin embargo, vive. Hay algo en la metafísica del trabajo que pesa y aplasta a
cualquiera que busque una diferencia, que aspire a vivir de otro modo, a
entender la vida como mixtura. Si queremos ser de otra manera, hemos de pensar
desde otra ontología, una ontología donde ser es descansar.
§7
¿No podríamos acaso
pensar una ontología de la diferencia y la relación, y no del trabajo y la
propiedad? ¿Podemos pensar un modo de ser que responda a nuestra condición
horizontal? Si queremos celebrar esta bella condición, hemos de escribir y
habitar desde la relación, no desde la propiedad; desde nuestros cuerpos vivos,
mezclados e inapropiables, y no desde el trabajo, que los somete y extenúa.
Allí donde el descanso no es recuperación, allí donde no hay retorno, sino
reposo, allí donde todo se pierde: allí, el cuidado, la fiera desproporción de
las amantes, cama inmensa donde nos tumbamos.
Detrás —o quizá
encima— de la ergontología hay un sujeto de pie y erguido, y el proceso de
erección coincide con el progreso y con el proceso de racionalización. Yo, sin
embargo, pienso tumbado, y donde más me encuentro es cuando, cansado, me apoyo
en los demás, y estoy listo para sostenerles también. Es en el cansancio de mi
cuerpo sostenido por otros
Página 29
brazos y otros cuerpos donde más lúcido me siento, donde otra especie de
verdad se escucha. Solo los cuerpos cansados dicen esta verdad, que es la
verdad de la cama, del clinamen o la inclinación, la verdad de
nuestra condición horizontal: solo somos cuando estamos tumbados, porque allí
es cuando no somos enteramente nosotros, cuando perdemos nuestros nombres en
una historia tejida con miles de brazos y bocas. Allí reconocemos nuestra
alianza, nuestra herencia, nuestra feliz dependencia. En la dulce horizontalidad
entendemos la alternativa y comprendemos la diferencia. En el declive del
sujeto, un cuerpo puede respirar. Y como cuerpo, nos relacionamos por nuestros
agujeros, por nuestros huecos y faltas; nada sabe de la amistad el ser férreo e
impenetrable, si acaso existe. La condición horizontal es una condición porosa.
Siempre me había
preguntado por qué tantos sabios y sabias han proclamado que la pereza
constituye nuestra naturaleza. It is more natural to me lying down,
escribía Plath. La pereza era una pasión noble y natural para Paul
Lafargue, y George Simmel reconoció en ella un principio cósmico. Luxemburgo
defendía que la espontaneidad de las huelgas no se enseña en las escuelas, y
Kazimir Malévich convino en que la inoperancia es una verdad inalienable del
ser humano. No hay arte sin pereza para Stilinovic, Duchamp fue un artista de
técnicas perezosas, Akerman hizo una película sobre los tiempos muertos. La
gracia que canta Simone Weil es pereza e ingravidez, pues deshacemos nuestro yo
en cada uno de sus gestos. Angelus Silesius dejó escrito que Dios nos agradece
que seamos su almohada, y para ello primero hemos de ser suaves como
terciopelo.
Dormitaba anoche
sobre la hierba, entre tréboles y margaritas. El aire olía a manzanilla. Un
escarabajo oscuro como un diamante se ha posado sobre mi oreja izquierda y me
ha revelado su secreto: blandura sin rigidez, suave y no áspero, ternura y
ternura, susurraba. La vocación primera de la pereza es convivir. La lucidez de
la vagancia consiste en saber amar, porque saber amar es saber perder. La
horizontal es la condición de una vida justa y compartida, buena por justa,
justa por buena. Salvaje y bellísima, al otro lado del mundo del trabajo.
El escarabajo
partió zumbando,
ya no distinguía
sus alas del olor
de la floresta.
Página 30
§8
Adriana Cavarero se
ha preocupado en su ensayo Inclinaciones por articular una
geometría distinta a la vertical. Si la verticalidad es la postura de la
autonomía, el rendimiento y el crecimiento, pero también la forma de un sujeto
encerrado en sí mismo, que no sabe relacionarse con los otros más que dominándolos,
es entonces una geometría de la inclinación la que nos permite pensar un modo
de ser marcado por la relación con otros cuerpos, esto es, por la
interdependencia y la reciprocidad. Se trata de dos paradigmas posturales que
refieren a dos modelos distintos de subjetividad, «dos escenarios diferentes
para interrogarse sobre la condición humana», precisa Cavarero (2022, 35):
autonomía o dependencia, pureza o mixtura, solipsismo o vulnerabilidad, una
ontología liberal del individuo o una ontología relacional de la convivencia.
Ambas condiciones gobiernan nuestro cuerpo, la vertical y la horizontal.
Preferimos la horizontalidad, preferimos las cosas bellas y radiantes.
Desde esta
perspectiva, Cavarero observa que el concepto fundamental de la ética es la
inclinación (2022, 42), pues es inclinándonos como salimos de nuestro eje y nos
relacionamos con lo extraño. También porque la inclinación es la figura del
apoyo y el sostén, y por tanto la postura de nuestra vulnerabilidad. «La
inclinación desequilibra al yo y […] desplaza el baricentro que, en la postura
erecta, está, en cambio, “dentro” y “en el centro” de la figura» (65). Con ese
desplazamiento concluye una forma de libertad, entendida como autonomía,
independencia y sometimiento de lo ajeno, y comienza otro modo de ser, una
verdadera «metafísica de la mixtura» en palabras de Emanuele Coccia (2017).
Bajo la condición horizontal, la libertad es potencia para el vínculo. De un
sujeto modelado a partir de la idea de autonomía pasamos a concebir ahora una
subjetividad relacional y abierta a la alteridad, en una simbiosis cósmica con
todos los cuerpos, con una pereza desbocada ante la simple idea de levantarse
de la cama.
Añade algo más
Cavarero. La geometría vertical caracteriza el discurso occidental de la
masculinidad. No en vano señalaba Marx que el trabajo era el padre de los
valores que produce, y la naturaleza, su madre (2018, 81-82). Así, no solo hay
una gramática del dominio y la pureza en la geometría vertical, sino una
economía de la diferencia sexual que despliega un discurso binario donde lo
masculino es activo y productor, y
Página 31
lo femenino es materia inerte, receptáculo, objeto a disposición. Por
ello, esta geometría está dirigida y gobernada por la muerte: se sostiene sobre
la muerte del otro (lo no-masculino, lo feminizado, lo racializado) y nos insta
a alcanzar ese momento fantasioso de perfecta erección, goce total, en que ya
no se puede crecer más, ya no se puede ser más puro, ya no se puede estar más
solo. El momento anterior a la caída.
Pero si la muerte
ha sido, durante el siglo XX, la categoría central de la metafísica, no
habría de ser el concepto que motiva el pensamiento y la convivencia política.
La geometría de la inclinación de Cavarero, que piensa los cuerpos
sosteniéndose siempre en otros cuerpos, descentra la masculinidad que articula
el discurso y lo rearma con otras figuras: un cuerpo sostiene otro cuerpo, un
cuerpo es atravesado por otros cuerpos, vulnerable ante y con otros cuerpos.
Por ello, la geometría de la inclinación no piensa desde la muerte, sino desde
el nacimiento. Y el nacimiento, como advirtiera Arendt, es la oportunidad
siempre única del comienzo.
Vamos a morir, nos
vamos a morir. Pero no hemos nacido para morir, sino para comenzar. Yacer
tumbados los unos sobre los otros en este lecho inmenso no es un impedimento ni
limita nuestra libertad egológica. Antes bien, este apoyo, todos estos apoyos,
son nuestra fuerza para iniciar algo, el sustento para vivir juntos sin tener
nada en común. Tal es la condición horizontal del viviente, que place y ni se
levanta. La escucha y la conversación son su mayor destreza.
§9
Durante los veranos
del Faro de Piedras Blancas, a unas cuatro horas al sur de San Francisco,
pueden contemplarse en la playa colonias de elefantes marinos. Yacen tumbados
en la orilla, sus cuerpos desnudos y dorados por el sol californiano,
recostados los unos sobre los otros, a veces refrescados por la marea. Aunque
la escena transcurra en silencio, se diría que se hablan y divagan sobre
vientos propicios, y comentan la fortuna que visitó a los pelícanos en su
cacería, cuando cae la tarde. Todo su deseo está concentrado en permanecer y
habitar esa playa, los unos con los otros, atentos a las correrías del
cangrejo, el zumbido de las moscas y la espuma de las olas que se desvanecen en
la orilla. Comunidad que no se dirige a
Página 32
ninguna parte, enjambre de cuerpos concentrado en disolverse con la
arena en una sola presencia, una intensidad solar, dorada por los reflejos
sobre el océano Pacífico. Quedarse y permanecer, sostener el encuentro, tal es
su dedicación máxima y única. Su deseo es placidez, no éxtasis, y sin embargo
están todos fuera de sí, existen a través de otros cuerpos, que les apoyan.
Horizontalidad de la carne, una honda respiración colectiva.
Vivir es habitar, y
no otra cosa.
Soy vertical, pero
preferiría ser horizontal.
Página 33
Página 34
Página 35
Vindicación de los
derechos perezosos
Página 36
Seré agresiva hasta
la ternura.
GLORIA FUERTES
¡Hijos e hijas del
cansancio!
¡Criaturas de la
extenuación!
Llevo años
escuchándoos reptar por las cloacas de internet mientras yo mismo arrastro mis
vísceras al ordenador más cercano. Llevo años mirando el rojo de vuestros ojos
desde el rojo de los míos, oigo en las noches la potencia de vuestro bruxismo
mientras yo parto mi férula a dentelladas, y huelo vuestro sudor, néctar de
esfuerzos y nervios de toda suerte, que se va mezclando con el mío en torno al
sumidero de vuestro piso alquilado, en una sopa hedionda y sublime, el caldo
destilado de nuestros agotamientos. Habéis desperdiciado vuestros años de hotness y sexappeal mandando mails y
apretando tuercas. Esbirros del mailing, estajanovistas
del gimnasio, conozco bien vuestras fatigas, porque vuestro cuerpo, como el
mío, está reventado y no aguanta más. Pero en el cansancio que dejan tras de sí
los abusos del entusiasmo y el estrés, yo no encuentro debilidad sino fuerza:
una fuerza extraña y vulnerable, la fuerza para rendirse. Y con esas magnas
fuerzas de flaqueza os invito a alzar un único grito, rebosante de rabia y
jubiloso, para parar de una vez por todas y abrazar una vida libre e inútil. Un
clamor colectivo con el que nos lancemos a gustar el jugoso derroche de nuestro
tiempo sin objeto. Quiero que entre todas vindiquemos el derecho a las cosas
bellas, el derecho a no hacer nada: proclamemos en su conjunto los derechos de
la pereza, aquellos que nos permiten existir sin trabajar y nos invitan a
descubrir el lado tranquilo de la vida.
La Declaración
Universal de los Derechos Humanos de 1948 nos brindó el delicioso derecho al
descanso, descrito en el artículo 24 como el «derecho al disfrute del tiempo
libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones
periódicas pagadas». Este derecho es complementario del derecho al trabajo
(artículo 23), y bien sabemos que es el fruto de cientos de años de luchas y
revueltas. En España conseguimos
Página 37
en 1904 la Ley de Descanso Dominical (LDD/1904), donde el reposo semanal
de un día se liberaba por primera vez de su trasfondo cristiano[3], y ese fue el
germen del día y medio semanales de descanso que disfrutamos hoy (art. 37.1 del
Estatuto de los Trabajadores). La jornada laboral de ocho horas data de 1919, y
es la cristalización del triunfo popular de la huelga salvaje de «La Canadiense»
y todos los levantamientos que trajo consigo en Cataluña: el Real Decreto del 3
de abril de 1919 (Gaceta del 4) la promulgó poco antes de que el Tratado de
Versalles encomendara a la Organización Internacional de Trabajadores que
limitara la jornada laboral a ocho horas en su primera reunión para todos los
países miembros (Convenio núm. 1 sobre horas de trabajo en las industrias,
1919; art. 427 del Tratado). ¡Larga vida a las huelgas eléctricas!
Durante la Segunda
República, gracias a la Ley de Contrato de Trabajo de 1931, tuvimos nuestras
primeras vacaciones pagadas, apenas siete días al año, que aumentaron en Europa
a 21 gracias al Convenio número 132 de la Organización Internacional de Trabajadores
de 1970, que llegó a España en 1976. Con la promulgación de la Constitución de
1978 y el Estatuto de los Trabajadores de 1980, se desarrollaba el derecho del
trabajador a un «descanso necesario»: el artículo 37 establecía el descanso
semanal, así como duraciones de permisos y días festivos, y el 38 reconocía
unas vacaciones anuales de 23 días naturales. Décadas antes, con el fin de la
Segunda Guerra Mundial, las vacaciones se generalizaron a lo largo de Europa, y
hoy en día en casi todo el continente se estipulan unos veinte días al año de
exquisita holgazanería (Millán, 2021[4]).
El actual Estatuto
de los Trabajadores de nuestro país reconoce 30 días de vacaciones pagadas al
año, una cifra que sitúa a España entre los países del mundo con más vacaciones
jurídicamente reconocidas. Además, la Ley Orgánica de Protección de Datos Personales
y garantía de los Derechos Digitales de 2018 permite la desconexión total del
móvil o el portátil al final del día: por arte de magia se nos cae el boli de
las manos y se apagan los dispositivos. Así ha venido entendiendo Europa el
descanso a través de sus leyes, sin olvidar que fue la Constitución soviética
de 1936, llamada «de Stalin», la que proclamó por primera vez el derecho al
descanso en su artículo 119. Fue también en la URSS donde el Decreto de los
Trabajadores, como parte de los decretos soviéticos aprobados entre 1917 y
1924, fijó por primera vez el descanso semanal y la jornada laboral de ocho
horas. ¡Camaradas, qué gozosa historia de reposo y parsimonia!
Página 38
¡Cuántas alegrías nos han traído estos derechos holgazanes! Casi
diríamos que es gracias al espacio que nos procuran que podemos vivir, y no por
nada los momentos más bellos, los más luminosos y llenos de dicha que somos
capaces de recordar, acontecen en vacaciones y en el gustoso detenimiento de
sábados y domingos: la vida está en otra parte, y esa parte se encuentra al
otro lado del trabajo, en ese vasto jardín que se extiende más allá de los
confines de nuestra celda, un jardín tanto más vasto y silvestre cuanto más
ciñen los derechos zanguangos, como un cerco o una frontera, el tiempo del
espíritu productivo. Y, sin embargo, el derecho al descanso no es suficiente.
Estos derechos del
descanso no son suficiente porque constituyen un humillante correlato del
régimen del trabajo. Nos procuran un descanso «necesario», el cuidado mínimo
que requerimos para recuperar nuestra fuerza de trabajo y volver a la fábrica
de la infelicidad. Durante la historia del capitalismo, el desarrollo de los
medios de producción y la sofisticación de las tecnologías han requerido un
trabajador paulatinamente más cualificado, con una formación más cara y unos
desempeños más específicos. Y si el capitalismo invierte en una herramienta
cara, quiere rentabilizarla, y por eso y no por otra cosa se empeña en
cuidarla. El descanso obligado de noches, fines de semana y vacaciones es
entonces el capital por otros medios, es tiempo que no nos pertenece, sino que
el capital necesita para garantizar al día siguiente la eficiencia de esos
apéndices de la máquina que los trabajadores somos.
Si necesitamos de
ese descanso para seguir en la rueda capitalista, la noche no nos pertenece, el
verano no nos pertenece, el vivaz domingo no nos pertenece. Sabemos también que
las lógicas del rendimiento y la competitividad no solo imperan durante las ocho
horas de trabajo. El capitalismo contemporáneo funciona a través del gobierno
del deseo y su excitación, y va colonizando poco a poco nuestro tiempo libre de
descanso con sus lógicas: si nos dedicamos a consumir, el tiempo libre no nos
pertenece, si agendamos planes sin cesar, no nos pertenece tampoco. Los
momentos que robamos para hacer algo distinto de producir capital hedónico o
reponer fuerzas para volver al lunes infinito, se los debemos al ingenio o a la
perspicacia, puro arte del sabotaje, pero no a ninguna ley. Y una existencia
holgada, con condiciones materiales gustosas, ha de ser cuestión de derecho. De
lo contrario, todo este tinglado no vale demasiado la pena.
Página 39
Los derechos que queremos y aquí vindicamos reclaman el descanso libre,
la gustosa pérdida de tiempo, el hábito y el derroche de las cosas que
producimos: entregarle el tiempo a la vida, dejarlo pasar, sin invertirlo ni
aprovecharlo. Tal cosa es la holgura u holgazanería, una materia tal que se ha
vaciado de proyectos y agendas y se ha liberado de las cargas que la
aplastaban: una vida feliz por inútil, tumbada tanto tiempo que puede conversar
con las plantas y verlas crecer y desvanecerse.
¿Un mes de
vacaciones pagadas al año es suficiente para un descanso necesario? Muy bien,
entonces queremos tres meses. ¿Un descanso semanal de dos días es suficiente
para la correcta recuperación de las fuerzas de trabajo? Excelente, entonces
queremos cuatro días de asueto. ¿Ocho horas de sueño son las indicadas para
reponerse por completo y rendir al día siguiente? Oh, excelente, pero entonces
queremos una noche de diez y de hasta doce horas, para dormir y bailar y amar y
charlar y cantar. Dedicamos mucho tiempo a trabajar, oficial y
extraoficialmente, y convenimos en que requerimos otro tanto para recuperarnos
y garantizar la eficiencia del ciclo. Pero allí todavía no hemos empezado a
vivir. Para hacerlo, hemos de holgarnos y quedar dispensados de la eficiencia,
sea en su versión productivista, sea en su versión de necesaria recuperación.
Rechazo una vida basada en el aprovechamiento, me niego a habitar una
existencia ocupada por el trabajo y sus lógicas que solo me deje las migajas y
los márgenes para vivir un poco.
Por eso, amores y
camaradas, os animo a vindicar conmigo los derechos perezosos, mil y mil veces
más nobles y deliciosos que los escuálidos derechos al descanso, cómplices
obscenos del trabajo y las metafísicas del capital. Os animo a ello, es una
cuestión de vida o muerte, porque bien sabemos que la vida no consiste en
crecer, ni en aumentar, ni en autosuperarse ni en alcanzar metas. Todo eso son
atributos del capital, hemos confundido su lógica mortuoria de ganancia
desmedida con nuestro deseo, cuando en verdad son su enemigo y su contrario. La
vida se sostiene en su condición vertical, pero se vive y se gusta en su
condición horizontal: es tumbada cuando escucha, comprende, toca, ama, huelga.
Con esta
vindicación de los derechos perezosos queremos la ineficiencia, la inutilidad,
el decrecimiento, la holgura, la divagación. ¡Luchemos por alcanzar el pleno
desempleo! Unemployment for all, not just the rich! Reclamamos
la más intensa de las ternuras y la promiscuidad de los cuidados,
una vida que no crezca, sino que se repose y se repita, y
Página 40
que esa repetición sea tan deseable y jubilosa que solo podamos decirle
sí con jovial temperamento. Queremos un tiempo de hábitos y no de proyectos,
una vida de esparcimiento y no de crecimiento. Trabajar lo justo, descansar lo
necesario, holgar el resto del tiempo. No nos importa el destino, y ni siquiera
queremos aprovechar el camino: yo quiero perderme en la selva de la vida y
fundirme en un abrazo apretado con todas sus bestias.
Vemos imágenes de
la pereza por todas partes, pero no la encontramos en ninguna: turismo masivo,
cruceros transatlánticos, alquileres vacacionales, colchones viscoelásticos,
sesiones de spa y masajes de diversa índole, un aperitivo en
la piscina, golf y velero, viajes a la India para encontrarse a uno mismo, una
segunda residencia, un primer lifting. El problema de todas esas
imágenes es que constituyen una pereza privativa, son formas del privilegio de
la pereza, donde la holgazanería de unos se sostiene con el trabajo de otros, y
donde esos otros son casi siempre cuerpos migrantes racializados y feminizados.
Hay muchas imágenes de la pereza, pero apenas son ejemplos de la industria
del wellness y del capitalismo del descanso —slowfood,
slowfashion—, privilegios que unos pocos disfrutan —aunque
luego se excusan diciendo que «se lo merecen».
Lo que hoy nos
parece imposible es lo que aquí propongo: reconocer el derecho a la pereza, un
derecho horizontal. Lo que todavía no encontramos en este mundo gris es una
pereza para todos, una política que permita que todos los cuerpos se tumben por
igual, divaguen por igual, se cuiden por igual, una vez concluido el ciclo
entero de la ocupación —con su parte de trabajo y su parte de descanso
necesario—. Solo a partir de entonces comenzamos a vivir, no cuando ya no
podemos más —ahí debemos descansar—, sino cuando estamos dispensados del
trabajo y tenemos fuerzas para hacer lo que nos plazca. En esos momentos
nuestro placer es plácido y tranquilo, desocupado: ni se subsume a la
excitación del deseo, ni cae rendido y agotado tras la jornada para recuperar
el aliento. ¡Basta de crecer! ¡Basta de aumentar! ¡Arriba la economía del
decrecimiento! Tal cosa dicen los derechos perezosos: vivir es placer. Tal cosa
proclama la condición horizontal: vivir es complacencia.
La pereza es un
sentimiento público, un afecto político que recorre la sociedad entera y
germina en nuestros cuerpos reventados. No es un gesto individual ni un ánimo
privado, no es algo que ocurra en la soledad de una
Página 41
habitación, sino que se trata de esa fuerza que atraviesa un sujeto
colectivo, que lo coordina y lo articula en un clamor colectivo de rechazo y un
deseo de suavidad y blandura. La pereza es ese afecto que, por compartido, hace
de un conjunto de cuerpos algo más que miembros, socios o individuos: hace
gente, gente básica, gente que se reconoce por un dolor capital y un cansancio
común. En las últimas décadas, la cultura del trabajo ha estado gobernada por
sentimientos excitados: entusiasmo y euforia, ilusión y esperanzas, ambición y
estrés. No estar motivado se ha convertido en sinónimo de ser mal trabajador o
de no «aprovechar la oportunidad», y la pasión por el trabajo ha sido esa
estructura afectiva (Hong 2022), heredera de la cultura terapéutica y la gestión
emocional, con la que comprendíamos que el laboral era un espacio de
realización personal donde tiene lugar un intercambio libidinal antes que un
intercambio material: promesas por entusiasmo, ganas por ilusión. Hemos
aprendido, extrañamente, que ante las crisis y la precariedad la pasión es una
solución, la pasión es un escudo, aquello con lo que podemos vivir felices pese
a la miseria material y la precariedad que nos rodea. Ya no nos creemos nada de
eso.
Confundimos durante
mucho una cultura de la felicidad con una cultura de la explotación emocional.
Idealizamos durante demasiado tiempo el entusiasmo en el trabajo, los mantras
que nos incitaban a expresarnos y vivir distinto y romper todas las normas para
llegar muy lejos. Creíamos que estábamos enamorados de nuestra vida, pero en
realidad estamos obsesionados con el capital bajo todas sus formas:
obsesionados con nuestra marca personal y sus followers,
obsesionados con nuestro consumo de experiencias, adictos a la competición para
tener más conocimientos, más amantes, más viajes, más ideas, más diferencias.
Y, sin embargo, la vida hoy se hace insoportable sin esta sedación que nos
brindan los carbohidratos y el scrolling infinito. Al aspirar
ciegamente a lo máximo, hemos ido perdiendo lo mínimo, una tranquilidad
materialmente firme y segura: literalmente es inaguantable este desquiciamiento
generalizado, ¡nos estamos rompiendo! Creíamos que era libertad, pero es solo
un deseo capitalista, nuestro deseo secuestrado por el extraño goce de
consumir.
Hemos abierto de
pronto los ojos y nos encontramos exhaustos, agotados, llenos de un odio
profundo y de una tristeza aguda. Y lo que ocurre es que nuestro cansancio es
un cansancio hedónico, porque no hay
Página 42
cuerpo que aguante tanto placer. Por ello nuestra época es la de la
depresión generalizada, la de una psicodeflación colectiva, en palabras de
Berardi (2022): nuestras energías deseantes están drenadas, sabemos que no
tenemos porvenir y que el futuro está cancelado, solo sentimos impotencia,
estamos tan aletargados ante los estímulos que apenas podemos pensar o tener
juicio crítico, y casi estamos convencidos de que no vale la pena, es demasiado
difícil, el enemigo es demasiado poderoso. Y por eso, como recuerda Cvetkovich
(2012), nuestras depresiones no son individuales, sino políticas: son un efecto
de las estructuras que nos atraviesan, un síntoma de la cultura del estrés y
también una condición para la docilidad sumisa y agitada que requieren los
trabajos hoy. Por ello, nuestra depresión no se cura con pastillas ni con
terapia. Nuestra depresión remitirá cuando se derrumben las estructuras que la
causan como un malestar generalizado que es síntoma y condición de nuestra
cultura del trabajo. Nuestra depresión remitirá cuando mejoren nuestras
condiciones materiales de vida, cuando pongamos un límite al trabajo para que
no destruya nuestra atención, ni esclerotice nuestro deseo. Por eso nuestra
depresión es política y no privada. Y por eso la pereza lo es también: se ha
alzado, tras la pandemia de la covid-19, como un afecto colectivo de
desobediencia libidinal, como resistencia afectiva en la era de la seducción
planetaria.
Si la pereza se ha
vuelto en un sentimiento público, es porque hemos convertido la impotencia
colectiva en desobediencia, renuncia y rechazo: en potencia-de-no, fuerza de
resistencia. No aguantamos más las estupideces del entusiasmo ni las ínfulas
del imperativo de la felicidad: el life style capitalista que
hemos deseado durante tanto tiempo nos parece ahora aborrecible,
insoportable. Tanto crecimiento y excitación solo nos llevan a una muerte cruel
y acelerada, a la devastación sistemática de todo lo vivo. Queremos placidez y
sabrosura, vida calma, sin angostura. Antaño nos enamoramos del trabajo y
promulgamos los derechos del trabajo. Después, para mantener ese romance pese a
todas sus fatigas, proclamamos los derechos del descanso, y así nuestro idilio
con el trabajo siguió durando por mucho, nos fue matando más lentamente,
consumiéndonos poco a poco. Pero ha llegado la era de la antiambición: ahora
estamos enamorados de la vida, que tanto habíamos olvidado. Y la vida es otra
cosa, es otra cosa. Por eso proclamamos los derechos
Página 43
perezosos, para entregarnos al disfrute de las cosas bellas, para
empezar de nuevo.
Y esto nos enseña
una lección carísima: la belleza ocupa el centro mismo de la política. La
política es una cuestión de deseo: tiene por objeto cómo vivir bien, cómo
habitar entre extraños y extranjeros que solo comparten circunstancia. De las
cosas útiles se ocupan otras artes, pero el arte de la política se encarga de
las cosas inútiles, las cosas bellas, las que articulan una vida que nos guste
y que podamos vivir todas por igual. La pregunta «¿cómo vivir?», como buena
pregunta filosófica, no admite respuesta alguna que se quiera definitiva, y
preocuparse en contestarla es cosa ociosa e inútil. Pero por eso es una
pregunta bellísima, y cada tentativa de respuesta es el comienzo de un mundo
nuevo.
Estamos hartas de
un mundo obligado al éxito y sometido al débito, queremos un mundo de hábitos,
un mundo habitable. Ante este viejo panorama de destrucción y este deseo nuevo
de vida holgada, el derecho a las cosas bellas y radiantes que cantaba Emma Goldman
no refiere sino el conjunto de derechos perezosos, que ahora vindicamos con la
boca llena de rabia y alegría, dispuestos a perder y soltar todas las cosas que
nos prometió el capital, porque son un peso que nos lastra. Vindicamos los
derechos perezosos porque queremos una vida material justa, estable, tranquila:
sin excitación, ni estrés, ni euforia, ni entusiasmo, ni realización personal
ni éxitos. ¡Abajo los esbirros del capital! Más bien vida suave, ternura y
placidez, vivienda digna, holgazanería, decrecimiento, calmosa vida,
comprometida, silencio escucha, y mucha risa.
Amores y amigas, no
lo neguéis más, no lo contengáis más, no os avergoncéis más: ¡entregaos a la
dulce rabia de vuestro cuerpo perezoso, vindicad la vida holgada, que respire
vuestra ternura! Vuestra potencia es vuestro cansancio, vuestra fuerza proviene
del mismo lugar que vuestras heridas.
¡No hay vida sin
pereza!
¡No hay belleza sin
bostezo!
Página 44
El derecho a la
pereza
… le monde est le
rêve d’une rêveuse paresseuse…
HÉLÈNE CIXOUS,
Le livre de
Prométhea
Una pasión extraña
recorre nuestro cuerpo. Es la pasión por el trabajo. Unos la aclaman como una
virtud, otros encuentran en ella la clave para una vida feliz y plena, y
algunos nos cuentan que es la receta para salir de todas las crisis, el
antídoto para cualquier mal de nuestro tiempo: porque trabajas de lo que te
gusta y no te das cuenta, porque con esfuerzo y perseverancia de todos los
hoyos se sale, porque estar motivado es como un escudo y porque sacrificarse es
necesario para lograr lo que uno quiere. La pasión por el trabajo nos azota con
la furia de sus sonrisas y a todos nos tiene deprimidos, eufóricos y
deprimidos, en una confusión permanente donde mezclamos lo personal y lo
profesional, el ocio y el negocio, los intereses y los afectos. Una pasión
extraña recorre nuestro cuerpo y nos impide desear. Es por ella que ya no
sabemos de vida buena y solo pensamos en el éxito. Ya es hora de librarnos de
todos sus fantasmas.
El derecho a la
pereza es el derecho a una vida horizontal, inútil y gustosa como un sábado por
la mañana, donde todo para. Como derecho, es una demanda que dice «queremos
pan, sí, pero también rosas», porque sin rosas esto es más inaguantable que un
día sin pan. El derecho a la pereza es un límite absoluto al gobierno por el
trabajo: la vida tiene valor en sí misma, en su radical falta de sentido, en su
festiva ineficiencia, pues a fondo perdido se vive y se derrocha el tiempo para
zambullirnos en él como en las piscinas de agosto. El derecho a la pereza dice:
vivimos para comenzar, no para trabajar; vivimos para inventar, no hay nada que
ganar; vivimos para perder todo nuestro tiempo y nuestra energía en fines vanos
y
Página 45
vacuos como el baile o el amor o un paseo desnortado, y no hay nada
encima de nosotros que nos oriente y nada por debajo que nos sostenga. Pero la
levedad nos fascina y con suavidad nos posamos en los claveles de mayo.
El derecho a la
pereza es el derecho a la ligereza, sin cargas de imperativos: me refiero a que
con el derecho a la pereza comprendemos que la vida es holgada, está hueca y
vacía, no hay nada en su centro, no hay obra ni trabajo ni trama que la
justifique. Y el derecho a la pereza nos dice: esto no es motivo de angustia,
esto no es motivo de desesperanza ni de agonía. Este vacío tan grande y
formidable es una plaza enorme o un bosque encantado o el mar entero: allí se
baila y se camina y se discute y se nada, porque allí no hay nada más que el
espacio político entero donde nos encontramos con los otros y escuchamos,
escuchamos. Ese espacio vastísimo de holgura es la cifra de nuestra libertad,
la playa ancha de la belleza que celebramos, en lo grande y lo pequeño, cuando
el corazón nos duele y cuando nos place. El derecho a la pereza es el cuidado
jurídico para mantener ese espacio tan grande como sea posible, el límite
absoluto que imponemos al capitalismo para evitar que lo invada y nos engulla.
Cualquier
democracia que sea digna de ese nombre tiene una única premisa: todas las vidas
valen lo mismo, la vida de cualquiera tiene valor en tanto existencia mundana y
banal, más allá de sus atributos. Ello quiere decir que cualquier democracia
tiene por premisa nuestra condición horizontal, nuestra jovial preferencia por
tumbarnos, lamernos felices, habitar en red y sin propiedad. Por tanto, un
sistema político no es democrático si valora la vida por sus atributos: antes
bien, así la discrimina. Los derechos a la pereza reclaman el cuidado de la
vida holgada y sin atributos, y por ello la salud de un sistema democrático
puede medirse por cómo se hagan valer estos derechos.
Una democracia
tiene por centro la pereza, y no el trabajo; las cosas bellas y banales, las
cosas inútiles, como una conversación, como la curiosidad, como jugar y reír
toda la noche. Nuestra condición vertical y nuestro trabajo obligado, sí, son
los cimientos de un Estado. Pero estos cimientos son para algo, sostienen una
magna cúpula, se levantan cada día por algo, no solo para conservarse a sí
mismos ni para tener un ascenso o un cargo importante: esa magna cúpula es la
pereza, el nombre mismo de nuestra convivencia mientras todo pasa y se pierde y
fracasa. Un sistema político consagrado al trabajo no es más que esclavitud a
través de la
Página 46
operatividad con los más sádicos nombres: éxito, superación, la
asquerosa felicidad de la norma. Aquí no hemos venido a ganar, ni siquiera a
participar. Aquí hemos venido a perder, a dar y soltar y dejar caer, y el gusto
de vivir coincide punto por punto con el gusto de perder. El capital no soporta
la pérdida, porque no existe sino como ganancia. Por eso somos tan diferentes.
Cuando Paul
Lafargue escribió El derecho a la pereza nos lanzaba este
desafío. Allí, la pereza es una forma de relación y de acción radicalmente
distinta al trabajo y radicalmente distinta al ocio: un tercer término que
desestabiliza el binomio ocio/negocio, la díada trabajo/entretenimiento, y
señala una alternativa. Bien sabía Lafargue, casi profético, que los términos
opuestos y enfrentados de estas distinciones se convertirían en formas de lo
mismo, pura productividad eficiente en forma de labor o de consumo. Con el
derecho a la pereza, Lafargue propone una alternativa al tiempo lleno y a la
obsesión por darle una función a todas las cosas, sometiéndolas en lugar de
celebrarlas. Con él, reconocemos en el trabajo una forma de gobierno y una
relación de sometimiento, y desconfiamos del ocio, pese a su noble ascendencia
estoica, por su condición aristocrática y su culto desvergonzado de la
nauseabunda realización personal y el mantra neoliberal de «aprovechar el
tiempo». En uno como el otro rige una lógica de incremento indefinido del
beneficio, donde todo ha de ser una oportunidad para la ganancia y estar al
servicio del capital, sea este económico, personal, simbólico, sexual. La
pereza dibuja el horizonte de una alternativa, una relación política y no económica
con todos los cuerpos. Con su libelo, Lafargue cuestiona los fundamentos mismos
del trabajo, su metafísica, la ética que lo legitima y la gramática del deseo
que lo alienta.
Del latín pigritia,
la pereza es expresión de nuestra debilidad, de la blandura o la flojera que
nos recorre el cuerpo cuando declinamos un plan, afrontamos con tardanza tareas
y obligaciones, y la haraganería nos infunde una lentitud poderosa, un denuedo
inverso y un gusto íntimo en detenernos en cada esquina. Si nos guiamos por
nuestra sucia racionalidad neoliberal, diríamos que la pereza es sinónimo de
negligencia, que es morosidad, vicio o pecado, que en realidad hemos de ser
diligentes, estar motivados, darlo todo y sonreír sin rechistar aunque nos
aplasten. Diríamos a merced de nuestra conciencia empresarial que la pereza es
incompetencia, y que en la vida hay que competir y perseguir nuestros
Página 47
sueños como acosadores psicópatas, que hay que entusiasmarse y avanzar
siempre sin importar lo evidente que es la desigualdad de condiciones.
Abrazaríamos la ideología del triunfo para anestesiar con fantasías el dolor de
nuestro cuerpo sometido y nuestra atención explotada. Diríamos con nuestro
sentido común neoliberal que hay que sacrificarse sin término y holdear con
cojones, que la pereza nos vuelve conformistas y tibios y estúpidos:
alabaríamos una vida con bruxismo y estrés y depresiones frecuentes, una vida
fetiche disociada de su cuerpo, sometida a la gestión sádica de su imagen
felicista e irreal. Por suerte, y gustosos de la locura, desatendemos esos
designios, pese a su sospechosa lógica y conveniencia.
La pereza designa
la fuerza de no hacer nada. La fuerza de no hacer nada es la capacidad que
tenemos para decir no y detenernos, nuestra potencia para desobedecer y
rendirnos en tiempos de positividad obligatoria y rendimiento afectivo
generalizado. La pereza es una fuerza débil, sí, es una fuerza blanda, pero con
ella podemos resistir, tumbar, desviar, retroceder. Con la pereza, nuestro
cuerpo sigue sus propias ideas, y nos duerme o nos desarma cuando el empresario
fascista que llevamos dentro nos reclama más trabajo, más goce, más voluntad.
Una voz contra la razón y la conciencia se levanta, y esa voz es la voz de la
pereza, quiero decir que es un bostezo. La pereza es un deseo de quietud, no de
crecimiento, y abraza su placidez como se abraza una nube o tu cuerpo húmedo,
rescatados del devastador incendio de la excitación constante y la agonía de la
euforia.
Comprendimos con
Marx que el trabajo era una relación de apropiación de otros cuerpos, y que
nuestra humanidad se definía por la capacidad de trabajar, esto es, de dominar
y asimilar todos aquellos cuerpos no humanos. La pereza no es una relación de
propiedad, es una relación de cuidado. Consiste en habitar sin dominar, esto
es, en tumbarse en horizontal para compartir el horizonte. Mezclarse con lo
ajeno, dejarse atravesar, abrazar la diferencia, rechazar lo identitario:
comenzar una conversación sin fin con todos los seres hasta volvernos amigos o
parientes, devenir red. La pereza, por ello, es inhumana o no es: consiste en
una potencia para el vínculo, no en poder de dominación.
Nietzsche clamaba
«¡Endureceos!» (2000, 174), y Kant lamentaba que «a partir de una madera tan
retorcida como de la que está hecho el hombre no puede tallarse nada
enteramente recto» (2010, 12). Ambos nos exigían la verticalidad del sujeto
moderno, su señorío humanista sobre todas las
Página 48
cosas, la firmeza y la autonomía del futuro empresario. Pero yo prefiero
ser horizontal, ni la violencia ni el desastre me aportan grandes regocijos:
soy poco libre y disfruto poco dominando a otros. Por eso digo ¡ablandaos!
¡Parad! ¡Retorceos antes de someteros a la rectitud! ¡Aborreced el crecimiento!
Aprendamos de todas las curvas de nuestra torcedura, observemos nuestra gustosa
perversión. Son las formas de una alternativa, la oportunidad para un espacio
político, no económico, donde pensar sobre la estupidez metafísica de un
sistema que niega la vida porque prefiere un nombre. Ya sabemos que no seremos
nadie mañana, como tampoco lo somos hoy. Gustosa del anonimato y descreída del
futuro, la pereza es acogedora, nos trae la alegría de vivir en los pronombres,
entre mantas y pijamas, a tiempo perdido, el derroche de la amistad.
Paul Lafargue
escribió El derecho a la pereza hacia 1879-1880, durante su
exilio en Londres, y el panfleto apareció primero en el diario socialista
francés L’Égalité (1880), editado por Jules Guesde y sus
afines, y después, como opúsculo independiente y con algunas modificaciones, en
1883. El libelo estaba íntimamente inspirado en el primer libro de El
capital, que el suegro de Lafargue, the one and only Karl
Marx, había publicado en 1867. Pero también recogía el testigo de
una obra apenas conocida, Du droit à l’oisiveté et de l’organisation du
travail servile dans les républiques grecques et romaine, escrito en 1849
por Louis Mathurin Moreau-Christophe, un abogado francés experto en
legislación penal que murió en 1881, cuando el libelo de Lafargue apenas había
visto la luz.
Es por esta
inspiración, entre otras cosas, que el subtítulo del manifiesto zanguanguista
es «Refutación del “derecho al trabajo” de 1848»: en él, como
Moreau-Christophe, Lafargue critica las tibias reformas liberales en que había
quedado el poderoso clamor de la clase trabajadora, convencida por sus
necesidades y alentada por L’Organisation du travail de Louis
Blanc de 1839, de organizar el trabajo desde su base y asegurar a
cada persona como derecho inalienable una función y una dignidad social. En
abril de 1848, millares de obreros parisinos habían asaltado la Asamblea
Constituyente exigiendo que el «Derecho al trabajo» se incluyera en la
Constitución de la Segunda República. Este derecho al trabajo había de
garantizar el pleno empleo, y reconocer al Estado como un État
serviteur que creara talleres sociales organizados por los propios
trabajadores que coexistieran junto al sector privado, lo que garantizaría
Página 49
un salario digno para todos. Sin embargo, desde Hôtel de Ville apenas se
crearon unos talleres nacionales que no eran en realidad sino una reminiscencia
de los talleres de caridad del Ancien Régime (De Raspail,
2020).
El derecho se
incluyó en los primeros borradores de la carta magna francesa, y no tardó en
ocupar el centro del debate político que enfrentó a las fuerzas moderadas y
conservadoras contra el socialismo, que contaba por primera vez en el
Parlamento con dos valedores, Louis Blanc y el obrero Alexandre Martin (Hemmens
2019, 103-104). Adolphe Thiers, que unos veinte años después comandaría la
represión sangrienta de la Comuna, fue el adalid de las críticas: el Estado
podía, a lo sumo, garantizar un «derecho a la asistencia» y ofrecer caridad a
los desempleados, nada más. Así, el «derecho al trabajo» y todas las propuestas
de Louis Blanc para garantizar la autonomía de los trabajadores en su
organización y su reconocimiento como individuos de pleno derecho se suprimieron
en la versión final de la Constitución, y en junio de 1848 el gobierno francés
cerró los talleres y causó gran miseria. Este cierre produjo la insurrección de
las Jornadas de junio, una revuelta que fue duramente reprimida por el general
Eugène Cavaignac, dejando tras de sí miles de muertos y heridos (De Raspail,
2020). El proletariado había sido derrotado, fallida su revolución social. El
alzamiento contra la monarquía, si bien derrocó a Luis Felipe I —su trono
ardiendo en la plaza de la Bastilla—, instituyó la Segunda República y trajo
avances como la abolición de la pena de muerte y el sufragio universal, había
fracasado.
Las asociaciones de
trabajadores fueron perseguidas como sociedades políticas clandestinas, y acabó
asumiéndose la concepción del trabajo y de la propiedad del burgués Adolphe
Thiers. A él se dirige Lafargue con duras críticas en las primeras páginas de El
derecho a la pereza, acusándole de imponer al pueblo la filosofía según la
cual el mundo es un lugar para sufrir y no un lugar para gozar (Lafargue 2010,
17). Estas páginas introductorias, incluidas en la segunda edición, se firman
desde la prisión de Sainte-Pélagie, donde Paul Lafargue fue encarcelado por el
gobierno francés, a quien le agradece el encierro por procurarle el tiempo para
editar el libro. Allí se lamenta:
Los hijos de los
héroes del Terror se han dejado degradar por la religión del trabajo hasta el
punto de aceptar a partir de
Página 50
1848 como una conquista revolucionaria la ley que limitaba a doce horas
el trabajo en las fábricas; proclamaban, como un principio revolucionario,
el derecho al trabajo. ¡Vergüenza de proletariado francés! Solo los
esclavos habrían sido capaces de semejante bajeza (2010, 24).
En sus artículos,
el periódico L’Égalité reconocía la importancia histórica de
los levantamientos del proletariado de 1848, pero defendía que la
reivindicación del «derecho al trabajo», si bien en su origen era un clamor por
la autoorganización directa, había devenido en una serie de reformas burguesas
que garantizaban la alienación y el sometimiento de los trabajadores: no era
una reivindicación revolucionaria radical, que sí se haría audible en 1871,
durante la Comuna de París. Allí, el «derecho al capital», esto es, el control
de los medios de producción, la abolición de la propiedad privada y la
distribución común de la riqueza, sí constituyó una verdadera revolución y un
avance hacia la libertad (Hemmens 2019, 104). El panfleto de Lafargue se hace
eco de estas ideas: reconoce que el derecho al trabajo no era más que el
derecho a la miseria, el derecho a la explotación capitalista (2010, 55). Era
el momento de vindicar los derechos de la pereza.
La cuestión del
derecho al trabajo, ayer como hoy, guarda algo más que una regulación de
nuestras actividades económicas: trae consigo una concepción del ser humano.
Ciertamente, las ideas de Louis Blanc, inspiradas en Robespierre y Babeuf,
entendían el derecho al trabajo como un derecho a la existencia (De Raspail,
2020). Y este vínculo entre trabajar y existir se mediaba, en la reflexión de
Adolphe Thiers, por un tercer elemento: el derecho al trabajo era, en el fondo,
un derecho a la propiedad, a la apropiación legítima de bienes que otrora eran
parte de la riqueza común de la humanidad, tal y como expuso Michel Lévy en su
discurso sobre el derecho al trabajo en la Asamblea Nacional de 1848 (Diatkine
2016, 61). El vínculo entre propiedad y existencia, según el que vivir
significa ser propietario, es la base de una ontología burguesa, liberal, del
individuo, unos presupuestos políticos que instalan la competencia y la
confrontación como única forma de relación, y constituyen un pueblo como
conglomerado social de propietarios enfrentados entre sí. De este modo, la
sociedad se arma como espacio para la competición y el
Página 51
sometimiento, donde unos acaban siendo dueños de los otros, y ese
adueñamiento tiene lugar a través del trabajo.
Por ello, Lafargue
reconoce que el derecho al trabajo forma parte de los Derechos del Hombre, y
advierte que estos derechos han sido elaborados por los «abogados metafísicos
de la revolución burguesa» (2010, 34): el humanismo que sostiene
filosóficamente esos derechos no es sino una ideología burguesa que promueve la
propiedad y la alienación, y que pervierte el espacio político al reducirlo a
un espacio de negocios. Asume, además, que un ciudadano es un propietario,
limitando el valor del sujeto político a su condición burguesa. La vida de los
ciudadanos no vale si carece de algo propio, y a falta de algo propio, no vale
si no es productiva, si no tiene capacidad de trabajar para generar propiedad.
La propiedad, como guía del humanismo burgués que subyace al derecho al
trabajo, no hace sino acabar con lo que en tiempos de Lafargue se llamaba
«fraternidad», y que hoy podríamos entender como «solidaridad», «apoyo mutuo» o
«cuidado», una relación de convivencia sin dominio: hábito.
Esa es la trampa
que Lafargue reconoce en el trabajo y el derecho al trabajo: se trata de una
estrategia burguesa de sujeción y disciplina, una tecnología de gobierno que
nos priva de nuestras fuerzas y de lo que producimos con ellas. Asumir que el
trabajo es lo que confiere dignidad a la existencia, y que, por tanto, solo la
existencia burguesa es la válida, no hace sino imponer un imaginario
capitalista de vida buena donde el esfuerzo y el sufrimiento son el único
camino a una promesa de felicidad que nunca llega a causa de las mismas
perniciosas vías que la dibujan como horizonte. El proletariado se ha dejado
pervertir por el dogma del trabajo, observa Lafargue (2010, 22), y se ha
entregado a los «cantos nauseabundos en honor al Dios Progreso, hijo primogénito
del Trabajo» (26). Ha creído que tiene que ganarse la vida, o
que debe salvarla del vicio indolente, y se ha olvidado
de vivirla.
Así, se dibuja un
escenario moralista basado en la miseria y el sufrimiento que demasiadas
tradiciones socialistas han aceptado y tomado por propio, desatendiendo los
nobles deseos y pasiones del ser humano que el propio trabajo frena y ensordece
(22). Esta es la cuestión: el trabajo no es solo una alienación al socio
capitalista que se queda con nuestra ganancia, sino también una alienación al
interior de nosotros mismos; allí donde nos separamos de los gustos y pasiones
de nuestro cuerpo, queda enmudecido nuestro deseo y nuestro dolor, y en su
lugar un imperativo
Página 52
codicioso y fantasmal retumba por todas partes. La versión neoliberal,
donde el imperativo de la obediencia ha cedido su lugar al imperativo del goce,
es solo un sofisticado update de esta tecnología: nuestra
placidez y contento lo sacrificamos por el crecimiento y la excitación, por la
disociación constante en busca de mejores planes con que aprovechar y sacar
rendimiento a nuestro tiempo, en el entendido de que solo esta apropiación
garantizará nuestra valía social, que ya no es sino capital social.
Pero lo que todavía
hoy nos sigue interpelando de Lafargue no es solo su crítica al humanismo
burgués, al progreso alienante y al trabajo como forma de gobierno. Lafargue no
ataca a la ética del trabajo, que tardaría aún décadas en difundirse por toda
Europa. Antes bien, reconoce, heredero de Fourier, un vínculo perverso entre el
trabajo y nuestro deseo. «Una extraña locura posee a las clases obreras y las
naciones donde reina la civilización capitalista», nos dice al inicio de su
panfleto. «Esta locura trae consigo las miserias individuales y sociales que,
desde hace siglos, torturan a la triste humanidad», avanza. «Esta locura es el
amor al trabajo, la pasión moribunda del trabajo, que medra hasta el
agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y su progenie», sentencia
(19). La raíz de todos los males capitalistas y sus violencias es el amor al
trabajo, esto es, una determinada economía afectiva.
Sara Ahmed sostiene
que, lejos de ser privadas, las emociones son colectivas, y adquieren su valor
y su agencia circulando a través de los cuerpos y signos del tejido social
(Ahmed 2004, 117-119). Así, las emociones no residen en un sujeto en concreto,
sino que son aquello que vincula a los sujetos en su circulación, generando
dinámicas de cercanía y distancia, intensificación y deflación: de ahí su
condición económica. Cuando Lafargue clama que el amor al trabajo es fuente de
todas nuestras miserias, observa que las dinámicas capitalistas de emociones
vinculadas a la propiedad y el crecimiento, tales como la ambición, la
soberbia, la envidia, el orgullo, el entusiasmo y el miedo, son aquello que
construye una sociedad basada en el desprecio y el sometimiento, una sociedad
de cuerpos exhaustos y destruidos, pero adictos y eufóricos por el trabajo. Por
decirlo con Rousseau, los ciudadanos de un cuerpo colectivo motivado por los
sentimientos públicos que derivan del amor propio carecen por completo de amor a
sí mismos, no se soportan a sí mismos: el deseo de propiedad va de la mano del
horror con el que nos percibimos, siempre
Página 53
insuficientes, con el íntimo desprecio hacia todo lo que en nosotros no
es capitalizable. ¿Cómo, sino desde el rechazo y el odio de lo que somos, vamos
a amar y aspirar a esa supuesta versión optimizada que siempre seremos en un
futuro fantasioso e incierto? El amor al trabajo es lo que aniquila nuestro
amor por la vida, que nunca nos parece suficiente.
Lafargue sitúa así
el germen de todas las miserias no en la esfera de la circulación ni en la
esfera de la producción, sino más abajo, en la reproducción social: con él,
reconocemos que hay un deseo capitalista de propiedad y crecimiento que nos
aparta de la vida, nos lleva a aborrecer nuestro cuerpo y nos inclina a abrazar
el trabajo, el ego, el orgullo del sacrificio o de la propiedad conseguida,
nuestra íntima condición vertical. Enamorarse del trabajo no es sino abrazar
nuestro sometimiento y sostener nuestros días en el desprecio. Con esta
revelación, Lafargue formula la versión capitalista de la servidumbre
voluntaria de la que Étienne de La Boétie nos prevenía hace casi cinco siglos:
el amor al trabajo es pasión por el sometimiento. Lafargue observa que este
amor tóxico merma nuestras «fuerzas vitales» y nos deja a merced de esa
fantasía trascendente en la que hemos proyectado nuestra razón de ser. No en
vano unos años más tarde, en 1887, escribirá La religión del capital:
la más alta de las pasiones, la fe, está al servicio de los liberales, vale
decir, del trabajo, y así es como, más allá de los jefes, las disciplinas y los
controles, más allá de si lo necesitamos o no, seguiremos trabajando sin cesar,
seguiremos produciendo dentro y fuera de la oficina, como si la vida nos fuese
en ello, porque pensamos de hecho que la vida nos va en ello, que solo nos
salvamos si trabajamos. No creemos en nada más que en el capital, allí
depositamos todo nuestro crédito, no nos apasionamos ni nos excitamos por nada
que no sea capitalizable, y esa es la cifra de nuestra miseria y nuestra íntima
pobreza.
Por ello, al final
de este manifiesto de marxismo epicúreo que es El derecho a la pereza,
Lafargue reconoce que la verdadera revolución social comenzará con
una revolución del modo en que deseamos. No mejoraremos nuestra vida
satisfaciendo nuestros deseos, esto es, promulgando unos derechos del trabajo,
sino interrumpiendo la economía afectiva: «Estas miserias individuales y
sociales, por grandes e innombrables que sean, por eternas que parezcan»,
pregona Lafargue, «se desvanecerán como las hienas y los chacales ante la
llegada del león cuando el proletariado diga: “Yo lo quiero”». Este cambio del
deseo, que
Página 54
se ha zafado de su obsesión por el capital y se ha enamorado del gusto
mundano de vivir, trae consigo una vindicación distinta y una concepción otra
del ser humano. «Para que tome conciencia de su fuerza», apunta Lafargue, «[el
proletariado] ha de volver a sus instintos naturales, y proclamar los Derechos
de la pereza, mil y mil veces más nobles y sagrados que los tísicos Derechos
del hombre» (34). Tomar conciencia de la fuerza, tomar el pulso del deseo,
devenir animal perezoso.
Si seguimos a
Franco «Bifo» Berardi en El tercer inconsciente, la expresión del
deseo en la era industrial en que escribe Lafargue debió ser contenida y
reprimida para dirigir las energías hacia el trabajo y la acumulación del
capital: austeridad, sacrificio y disciplina sirvieron para tachar la pereza de
vicio e irresponsabilidad. El giro neoliberal que conocimos en las últimas
décadas del siglo XX marcó una transformación en nuestra economía
afectiva, y la represión fue reemplazada por la hiperexpresión y la euforia: el
estrés, el entusiasmo y el goce ocuparon el centro de la cultura y la ideología
del trabajo (2022: 89-91). La pereza que canta Lafargue aspiraba a ser una
crítica a la austeridad y el sufrimiento que propugnaban los moralistas
burgueses del capitalismo fabril, y contiene una invitación a disfrutar y
escuchar nuestras pasiones nobles. Ahora, cuando la economía libidinal de la
excitación que propugna el sistema neoliberal ha dejado tras de sí un paisaje
afectivo arrasado y marcado por la psicodeflación, el agotamiento y la
depresión, la pereza de Lafargue, como un deseo desenamorado del trabajo, nos
propone una economía afectiva de la placidez, del hábito plácido. Su condición
anticapitalista nos trae otra forma de placer: el gusto tranquilo de habitar,
el reposo por el reposo, la alegría de dejar pasar el tiempo. ¡Yo lo único que
quiero es vivir tranquila! En la era de la antiambición, con el deseo exhausto,
nos une el abandono y el aborrecimiento. Ya no queremos correr en ninguna
carrera, nos hemos liberado del FOMO. Ahora saludamos el JOMO[5], the joy
of missing out, detestamos la competición, nos regodeamos en el juego
y lo demás nos sobra. Y a diferentes afectos, diferentes vínculos: conversación
y parsimonia.
El deseo
poscapitalista que vindica Lafargue trae consigo la proclamación de los Derechos
de la pereza, unos derechos que convocan una «naturaleza», una condición,
que ha sido pervertida por la ideología del trabajo y sus estructuras
afectivas. Es un deseo de vivir sin propiedad,
Página 55
esto es, de convivir, de vivir en relación, de habitar más allá de las
fantasías de quiénes somos, más acá del fetiche de nuestro nombre y nuestra
marca personal: los derechos de la pereza hacen efectiva nuestra condición
horizontal. La condición vertical es el germen del deseo de propiedad que
afirma los Derechos del Hombre y el Ciudadano, cuyo corazón no es otro que el
derecho al trabajo. Paul Lafargue nos muestra una alternativa: al proclamar los
Derechos de la Pereza, enuncia una ontología relacional, vulnerable, de todos
los cuerpos. El paso de una ontología a la otra, de unos derechos a otros,
viene marcado por un cambio de deseo, una forma distinta de estar en el mundo:
ya no un deseo capital, sino un deseo contra el capital, un deseo de holganza
que nos solidariza con esas fuerzas vitales que nos chupaba el amor por el
trabajo.
El propósito de
Lafargue consiste en persuadirnos a nosotros, trabajadores, de nuestro derecho
a las cosas bellas, de que es una ética del deseo, y no del deber o la
responsabilidad, lo que nos vincula a las cosas y a los cuerpos. Al menos desde
que Guy Debord lo proclamara en los años cincuenta, nuestro propósito ha sido
el de oponer, al modo de vida capitalista, una forma de vida deseable, y
«definir nuevos deseos en relación con las posibilidades de hoy» (Debord,
2005). En su paradójico y mordaz tratado sobre la pereza, Lafargue dibuja ese
deseo, una pasión desmedida y feliz por estar en el mundo, en una simbiosis
cósmica con todos los cuerpos: muriendo juntos, juntos perdidos, conviviendo.
En un mundo dominado por el estrés, la pereza es un afecto de resistencia,
nuestra capacidad para rechazar el fetiche en favor de la vida calma.
En este sentido, si
el derecho al trabajo era un derecho a existir, el derecho a la pereza lo es
también, pero lo que por existir se entiende cambia por completo de una
vindicación a otra. Pues en el primero la vida soporta las cargas del capital y
el horror de no ser nunca suficiente, y el segundo canta la vida material
vacante. Una existencia gobernada por el trabajo y enamorada del capital es
triste y miserable, y Lafargue maldice los valores cristianoides,
librepensadores, moralistas y trascendentes que nos convencen de que sufrir es
nuestro destino y que la Tierra es un valle de lágrimas. Nos recuerda que todos
nuestros esfuerzos han de redundar en construir una vida habitable y
compartida, interesada en su cuidado y no en el crecimiento absurdo o las
quimeras del Más Allá. No hay nada que salvar, hay mucho que vivir: eso hemos
de aprender.
Página 56
Con esta estrategia, el «derecho a la pereza» de Lafargue se adelanta a
lo que Kropotkin denominará años más tarde, en La conquista del pan (1931
[1892]), el «derecho al bienestar»: «Cada cual tiene el derecho a vivir,
y la sociedad debe distribuir entre todos, sin excepción, los medios de
existencia con que cuenta» (20), observa Kropotkin. «El derecho al
trabajo es el derecho a seguir siendo un esclavo asalariado, un hombre
de labor, dirigido y explotado por los burgueses venideros. El
derecho al bienestar es la revolución social; el derecho al trabajo es un
presidio industrial a lo sumo» (21). Igual que Lafargue asume que ha de
convencer al proletariado para que disfrute y consuma toda la riqueza que
produce antes de que esta se concentre, como capital, en manos de unos pocos,
Kropotkin clama: «¡Otro será el resultado si los trabajadores defienden
su derecho al bienestar! De ahí que proclamen su derecho a toda la
riqueza social […] Recaban su derecho a todas las riquezas, y es
preciso que sepan lo que son los grandes goces del arte y de la ciencia, harto
tiempo acaparados por los burgueses» (ídem).
El derecho al
trabajo era un invento burgués. ¿Para quién son entonces los derechos
perezosos? ¿A quién le toca ahora abrazar las cosas bellas? Estos derechos son
para cualquiera, para todos y todas: la vida holgada no entiende de individuos
más apropiados que otros, ni de personas mejores que otras por ser quienes son.
Estos derechos hacen valer esa condición horizontal que todos compartimos por
convivir un mismo espacio: son los derechos de aquello que Deleuze
denominaba Homo tantum: un cualquiera, cada uno de nosotros en
nuestra condición de viviente, pura inmanencia, el cuerpo que late por debajo
del sujeto. Los derechos perezosos son los derechos de la gente básica, es
nuestra condición banal de donnadies, la república clandestina, la que viene a
salvaguardarse con unos derechos que nos habrían de procurar algo así como una
noción plebeya de lo público.
En este sentido, si
Louis Blanc concebía un État serviteur que garantizara que
todo el mundo tuviera un trabajo que fuera digno, asalariado y atractivo, la
propuesta de Lafargue nos conduce a imaginar lo que Lucía Cadahia, siguiendo en
mucho a Rita Segato, ha llamado un «Estado de los cuidados» (2024, 127): un
gobierno que cuida y protege la vida en todas sus dimensiones improductivas e
impropias, pues reconoce
Página 57
que desde lo inútil se despliega una política radical de la convivencia.
Frente a un Estado neoliberal «patriarcal, bélico, defensivo y amurallado»
(Segato, 2020), que defiende un imaginario clasemediano y meritocrático de lo
público, «oligárquico» (Cadahia 2024, 127), reservado a los pocos que pueden
permitírselo y a los que aspiran a ello, el Estado de los cuidados reemplaza la
lógica de la competición por algo así como una ética de la hospitalidad:
convivir desde la parte común, habitar juntos en la radical diferencia, en
interdependencia. Quizá un Estado cuidador podría hacerse cargo de la receta
que el propio Lafargue pensó para sostener sus derechos perezosos: el
desarrollo tecnológico y la automatización, la soberanía sobre los recursos y
la reducción del tiempo de trabajo. Cualquier cosa antes de que las grandes
fortunas del mundo sigan creciendo monstruosamente cuando más sufrimos y peor
vivimos.
En su panfleto,
Lafargue nos llamaba a no trabajar más de tres horas al día, para dedicarnos a
no hacer nada (fainéanter) y al jolgorio (bombancer) el resto del
día y de la noche (2010, 34). Semejante propuesta política, en una época donde
se trabajaba cuatro veces más al día, suena tan alarmante y descabellada como
las propuestas contemporáneas de reducir la jornada laboral unos treinta
escandalosos y utópicos minutos diarios. Las críticas a estas propuestas ven en
el derecho a la pereza, concretado en la disminución de la jornada laboral, el
peor de los desastres y el caos absoluto para nuestra economía. Ayer como hoy,
tales medidas sociales, propuestas por un diabólico gobierno social-comunista,
son sinónimo de ruina para librepensadores y economistas, que achacan a las
nuevas generaciones su vagancia, su desidia e indisposición para el trabajo, y
la fragilidad que los lleva a reclamar unos derechos que son tildados de
absurdos o cosas peores.
Y lo cierto es que,
igual que desde el siglo I los profesores se han lamentado por la
indolencia de la juventud y su poca virtud para el estudio, al menos en el
último siglo empresarios y capitalistas de toda suerte se han llevado
sistemáticamente las manos a la cabeza por la hecatombe que supondrá trabajar
menos: como recuerda Francesca Coin (2024, 25-26), una carta en 1860 al Richmond
Enquirer sostenía que la abolición de la esclavitud condenaría a todas
las naciones a la bancarrota. En 1894, un periodista de Kansas denunció que las
huelgas habían dejado sin mano de obra a la minería, condenándola al cierre. El
politólogo Paul Fairie ha recogido en su perfil de X, a título de ejemplo, un
buen puñado de
Página 58
ocurrencias de esta queja llorica: Chris Westfall se quejaba en 2022 en
la revista Forbes de que nadie quiere trabajar tras la Gran
Dimisión, Sam Brassell condena esta vagancia en Germantown New en
2014, Betty Berry conjura artistas zánganos y haraganes en Ventura
County Star en 2006, los vagos se demonizan en el St.
Petersburg Time en 1999, The Miami Herald los
denuncia en abril de 1981, el New-Journal en 1979, The
Atlanta Constitution lamenta que nadie quiere trabajar en 1969, Bob
Bozeman clama en The Evergreen Courant contra los
malditos perezosos que no quieren trabajar en 1952, en 1937 el York
Daily Record recoge que nadie quiere trabajar colectando y empacando
manzanas, y el mismo lamento de cristal porque nadie quiere trabajar se repite
en la prensa estadounidense al menos en 1922, 1916, 1905 y 1894 (Blasi, 2020;
cf. Coin, 2024).
Cuando la huelga
general que desencadenaron en 1919 las protestas de la compañía eléctrica
Riegos y Fuerzas del Ebro, perteneciente a Barcelona Traction, Light and
Company Power, sita en Barcelona y conocida como «La Canadiense», condujo a la
jornada laboral de ocho horas diarias, el político Francesc Cambó denunció en
Madrid que tal implantación había sido «una de las mayores locuras que la
humanidad ha conocido en el curso de la historia» (Rodríguez, 2019). Se trataba
de una medida que el Tratado de Versalles reconocería en ese mismo año como uno
de sus principios, pero igualmente se antojó como un absoluto desatino. Hoy en
día el filósofo Pascal Bruckner (2024) denuncia nuestra «alergia al trabajo» y
el consiguiente empobrecimiento de las sociedades occidentales, y la alarma
social repica y la gente se extraña cuando nadie quiere trabajar de camarero o
quedan vacantes plazas de trabajos de toda índole porque, tras la pandemia y la
Gran Dimisión, hemos descubierto el gusto de vivir sin producir, ni crecer, ni
demostrar nada, y aprendemos de a poco la alegría de vivir holgadamente.
Las voces que
durante más de un siglo han denunciado que nadie quiere trabajar tienen razón.
La pregunta es cómo han conseguido denostar una pasión tan noble y longeva.
¿Cómo hemos llegado a avergonzarnos de nuestra natural resistencia contra el
sometimiento? ¿Cómo nos hemos convencido de que trabajar dignifica y nos hace
mejores, si nos rompe la espalda y nos llena de llagas? ¿En qué momento nos
hemos enamorado del trabajo? ¿En qué momento nos hemos apasionado tanto por el
liderazgo y sus monsergas? Every woman adores a fascist, lamentaba
la Plath. Everybody adores a capitalist, lamentamos ahora, y las
dos sentencias
Página 59
dicen cosas bien parecidas. Es verdad que hoy nadie quiere trabajar,
pero eso no supone tragedia alguna. Antes bien, es prueba de nuestra salud y
nuestro amor por las cosas bellas. Dirigir toda la economía hacia la
concentración de grandes capitales, en lugar de hacerla redundar en mejorar la
vida común, eso sí es una necedad, una locura y un crimen.
Los
existencialistas del siglo pasado nos contaron que la libertad era angustiosa,
que la vida suponía una responsabilidad insoportable, que vivir nuestra vida es
tan difícil y duro que preferimos copiar la de los demás, y que el absurdo y el
vacío de la existencia han de colmarse con un proyecto firme que llene nuestros
días. No se puede vivir con tanto miedo. Luego los gurús de la economía nos
contaron que la libertad era una oportunidad que aprovechar, que la vida
suponía una inversión inigualable, que vivir nuestra vida quizá fuera fácil,
pero que eso era de cobardes y mediocres, y hemos de preferir ser nuestros
jefes y sacrificarnos mucho y hacer méritos para obtener recompensas, porque la
existencia es de quien se la gana, y ha de ganarse con startup y
emprendedurismo y mindfulness. No se puede vivir con tanto odio. En
general, antes como ahora, no se puede vivir con tan mal gusto.
Por suerte, hoy la
holgazanería y la pereza campan a sus anchas por todas partes, hacen frente al
consumismo hiperactivo y a la concepción de la existencia como una performance infinita:
nadie se cree las fantasías ni las promesas del trabajo, tanto malestar las ha
desacreditado. Por ello la revolución social, que desbarata la cultura del
trabajo, toma cuerpo como una revolución de nuestra sensibilidad. Nuestro
trabajo no nos apasiona, porque preferimos vivir. Preferimos vivir y nos
habíamos olvidado de ello. La pereza es ese amor de verano que nos arranca de
la obsesión por el trabajo y nos devuelve la más bella de las libertades, que
es la libertad de no hacer nada.
¿Cómo será un mundo
de perezosos?
Página 60
El derecho a la
huelga
Melville cuenta
en Moby Dick que el momento más peligroso en la caza de una
ballena es el instante anterior a su muerte. El animal va bregando y luchando
con sus embestidas ante arpones y redes, y cuando está a punto de ser capturado
y ya casi los marineros cantan victoria, antes de desfallecer y entregarse a
las oscuras fauces de los hombres, la ballena reúne todas sus fuerzas restantes
y da un último y mortal coletazo. Ese golpe, cuando la ballena ha perdido la
consciencia y es solo un cuerpo que se resiste a morir, rabioso y fatigado, es
capaz de partir en dos el barco pesquero, ahogando su tripulación y relegando
al naufragio todas sus ambiciones.
Sabemos bien que
cuando un cuerpo no aguanta más es cuando más fuerte se vuelve. Allí donde
llora y grita, y se tuerce y se cae y repta, allí es cuando más resiste, porque
queda en él, cruda y desnuda, una tenaz afirmación de la vida que resuena por
encima del sujeto que llevamos dentro. Son esas fuerzas vulnerables las que nos
hacen temblar y nos desestabilizan, las que no podemos acallar ni con el
cinismo de las pastillas, una fuerza que nuestra voluntad no controla y que nos
enferma, nos disocia y nos distrae, perturbando nuestras actividades y nuestra
exigida performance. Las fuerzas del coletazo provienen del dolor,
ese clamor del cuerpo exhausto que nos tumba cuando la actividad se vuelve
insoportable, poco importa cuáles sean sus imperativos y sus planes. Como
observa David Lapoujade, «el “ya no aguanto más” no es el signo de una
debilidad de la potencia, sino que, por el contrario, expresa la
potencia de resistir del cuerpo» (2024, 29). El coletazo de las ballenas
moribundas, el sueño que nos vence en el trabajo, el llanto de
rabia desesperado y hasta el temblor de nuestras manos son actos de
resistencia. Y la huelga, donde las fuerzas de flaqueza confluyen en un impulso
colectivo, es el más brillante de todos ellos.
Página 61
¿Qué hacéis vosotras con toda esa frustración, la ira fría, qué hacéis
con la rabia y la resignación de no poder hacer otra cosa que producir y
trabajar? ¿Dónde guardáis, cómo contenéis esas ganas de parar y cerrar el
ordenador o de marchar al campo, en qué redes y con qué arpones las atáis hasta
que explotan y se sublevan contra vosotras mismas? ¿Cuánto scrolling y
cuántos vídeos, cuánta anestesia necesitáis para dejar por un momento
de pensar y desaparecer de esta vida que queríais amar y acabáis odiando? ¿Qué
haréis con la tristeza que os espera cuando descubráis, un domingo por la
noche, que no sabéis vivir sin trabajar, que la única forma y hábitos que
vuestra vida tiene son los del trabajo?
El rechazo y la
renuncia son modos de invocar estas fuerzas extrañas. Su extrañeza radica
justamente en que no construyen ni destruyen, sino que desmontan, bloquean,
destituyen, desactivan. Vencen sin violencia, aunque lo suyo no es propiamente
vencer: detienen el juego, porque lo que no aceptan son sus normas. En física
de partículas, se denomina fuerza nuclear débil a una de las cuatro fuerzas
fundamentales de la naturaleza, que es responsable de la desintegración
radiactiva de partículas subatómicas y, por tanto, capaz de desencadenar un
proceso de fisión nuclear. ¿Qué otros nombres recibe esta extraña fuerza, capaz
de desintegrar un núcleo y desplegar toda la energía contenida por sus
estructuras, sin destruir ni producir nada? Necesitamos nombrarla para aprender
a escucharla, pues la escucha del malestar y su potencia es el primer paso para
armar una resistencia colectiva.
La fuerza débil es
una fuerza llena de gracia, la contrafuerza por excelencia: ataca aquello mismo
que nos oprime, desmantela los dispositivos del poder. Se dirige al centro de
la violencia para hacerlo estallar. Jacques Derrida la ha llamado fuerza de ruptura,
y también fuerza vulnerable. Cuando Marguerite Duras hablaba de la fuerza de no
hacer nada y confesaba que, por carecer de ella, se dedicaba a hacer películas
y trabajar en general, anhelaba esta misma fuerza, la fuerza para dejar de
hacer y detenerse. Cuando El pressentiment inscribía en uno de
sus carteles «No tengo fuerzas para rendirme», lamentaba también esa carencia,
ansiaba una potencia que nos liberara de todas las cosas que nos abaten. Son
raras y casi inaudibles las fuerzas para desertar, y sin embargo nada hay más
político que desertar, porque la deserción es una enmienda a la totalidad de la
lógica del mundo. Juanpe Sánchez López lo dijo muy bien: no rendir, sino
rendirse; ahí está la fuerza. bell hooks nos enseñó una
Página 62
dulce posición del deseo, aquella que, como voluntad de cambiar, atacaba
la voluntad de poder masculina: se trataba, sin lugar a duda, de una fuerza
vulnerable.
Hace unos años,
Judith Butler describió la fuerza de la no-violencia en términos afines a esta
genealogía de la destitución. Butler sostiene que la no-violencia es «el deseo
por el deseo del otro de vivir», como si dijéramos «quiero que quieras vivir,
así que toma mi deseo como tu deseo, pues el tuyo ya es el mío» (2021, 173). En
esta observación, Butler reconocía además que, si bien el «yo» no es el «tú» en
la frase, la fórmula los vincula, de modo que el «yo» es impensable sin el
«tú»: estando un cuerpo animado y sostenido por el deseo del otro, ambas
posiciones subjetivas se muestran como resultados del vínculo y no como
anteriores a él. Soy los efectos de tu afecto, esa descarga eléctrica en mi
pecho. Nuestros deseos se animan mutuamente, mi deseo sostiene tu deseo, tu
deseo late dentro de mí y afirma la vida a través de mí. Creo que cuando Sylvia
Plath decía que hablaba con los árboles y compartía tiempo con las flores, se
refería a algo parecido. Somos vulnerables porque somos frágiles y terrenales,
sí, pero también porque el otro puede visitarnos y atravesarnos, porque
comparto mi deseo de vivir con el otro, su pasión vibra en mi garganta. Esa
afirmación del deseo de vivir, compartida y alentada en la diferencia, es la
luminosa fuente que brota en las huelgas.
La fuerza de la
no-violencia no solo tiene la cualidad de destituir una estructura opresiva:
esa destitución supone a su vez una relación nueva, de modo que la fuerza
vulnerable es también potencia de vínculo, capacidad para la alianza. Solo un
cuerpo colectivo puede desplegarla, una unión ante un malestar que no se
soporta: la huelga es esa potencia afectiva que se despierta contra el dolor
capital que nos ataca por igual. La noción de poder que Adrienne Rich nos
brinda para pensar El sueño de una lengua común es esta misma
fuerza, que surge de la correlación entre potencia afectiva y
potencia de resistencia, agencia colectiva y agencia vulnerable. Se trata de un
poder que proviene de nuestras heridas, y que la poeta describe como una
botella ambarina perfecta, una cura centenaria para la fiebre, un tónico para
afrontar los más duros inviernos. Este poder otro nos permite soñar con una
lengua nueva, una lengua con la que expresamos una unión, un amor y una
libertad que no éramos capaces de decir antes. Y este vínculo, armado en la
resistencia y enardecido en la diferencia, traerá consigo un pueblo que falta,
una colectividad que aún está por venir.
Página 63
Llamo huelga a ese gesto bellísimo de unión y liberación, cuerpo
agujereado de muchas voces. La huelga es el sueño de una lengua común.
La huelga no tiene
tanto que ver con la voluntad del sujeto culposo, sino con el deseo del cuerpo
revoltoso o el suspiro del cuerpo dolido: es un gesto cetáceo. Oliver Marchart
empleaba el término «fuerza asubjetiva de negatividad» (2024, 44) para describir
un conflicto que quiebra los consensos de la esfera pública y arma una escena
nueva, con vínculos nuevos y un sujeto colectivo que emerge como posición en
disenso. El conflicto libera una fuerza que no puede ser invocada por pura
voluntad, pero sin embargo fundamenta y desfundamenta simultáneamente las
relaciones sociales del espacio político, como ocurre en esas ciudades donde el
precio del alquiler se vuelve impagable y un conjunto de vecinos y vecinas
dejan de ser meros usuarios del espacio para convertirse en un grupo de
inquilinas unido por el malestar y organizado para liberarse de su yugo. Donde
no había relaciones o apenas las había, una esfera pública organizada en torno
a la propiedad privada y la competición de intereses económicos se resquebraja
para alumbrar una nueva escena política articulada por relaciones de cuidado,
empatía y politización del malestar: una nueva lengua, un deseo de vivir de
otro modo.
Las observaciones
de Walter Benjamin en su texto proverbial «Para una crítica de la violencia»
(2007), escrito en 1921, reconocían en la huelga una de las más antiguas
fuerzas vulnerables: él la llamaba «fuerza divina», una fuerza letal, pero
incruenta. Si bien un Estado puede definirse como la instancia que ostenta el
monopolio de la violencia en un territorio, razonaba Benjamin, en el seno mismo
de ese monopolio, esto es, en el sistema legal que vertebra el Estado, se
reconoce, paradójicamente, a otro sujeto de violencia legítimo. Ese sujeto son
los trabajadores organizados, y el modo de reconocer su acceso a la violencia
es el derecho a la huelga. Así, de un lado el Estado se enuncia como el único
sujeto que puede ejercer la violencia en un territorio, y legitima esa
violencia bajo nombres como «seguridad», «protección», «bienestar» o
«desarrollo». Pero acto seguido se contradice y, en un gesto autoinmunitario,
se desarma o incluye entre sus vértebras los mecanismos para su
desmantelamiento: deja la puerta entreabierta, da potestad a otro sujeto para
que ejerza violencia legítimamente. Por ello los huelguistas siempre han sido
enemigos directos del Estado y el capital, y por eso su iniciativa siempre
trata de ser desautorizada, siendo tachados de vagos, delincuentes o
simplemente
Página 64
terroristas. La mera presencia de una huelga es una amenaza a la
estructura íntima del Estado, y sin embargo este la acoge en su seno: como si
estas instituciones estuvieran lentamente deshaciéndose, descomponiéndose,
transformándose en otra cosa gracias a las grietas de sus huelgas. Sostenido en
esta paradoja, el derecho a la huelga es la posibilidad de la diferencia
grabada a fuego en el corazón de un cuerpo jurídico.
El derecho a la
huelga se reconoció por primera vez en Europa a finales del siglo XIX, y a
lo largo de su historia se ha vinculado a aquellos derechos relativos a
acciones colectivas, como son los de asociación y manifestación. El derecho de
huelga estaba prohibido en Francia desde 1791 por la ley Le Chapelier, y
Napoleón III mantuvo esta política represiva al comienzo del Segundo Imperio.
Pero la Revolución Industrial propició la aparición de una clase obrera cada
vez más vigorosa y organizada que, pese a prohibiciones y castigos de toda
suerte, organizó importantes huelgas entre 1862 y 1864. Consiguieron así que
Napoleón III suavizara su política social y promulgara la ley Ollivier el 25 de
mayo de 1864, que suprimía el delito de coalición, un delito reconocido desde
la Revolución francesa. Esta ley permitía a los trabajadores declararse en
huelga siempre que cumplieran ciertas condiciones: que no impidieran trabajar a
los no huelguistas y que no cometieran actos de violencia. Pese a sus
limitaciones, como no reconocer el derecho de reunión, fue el primer paso hacia
los derechos sindicales.
La Trade Union Act
1871 (34 & 35 Victoria I, c. 31) hizo algo similar en el Reino Unido,
ampliando los derechos de los sindicatos y reconociendo el derecho de huelga.
Aunque fue sustituida por la Trade Union and Labour Relations (Consolidations)
Act de 1992, fue una ley fundacional en el derecho laboral británico, y sus
antecedentes se remontan a la Royal Commission on Trade Unions, creada por el
conservador Conde de Derby en 1867. Desde 1825, la Combinations of Workmen Act
había suprimido el derecho a la huelga y limitado la actividad colectiva de los
trabajadores. En 1867, aunque la mayoría de la comisión se mostraba recelosa
ante la idea de despenalizar los sindicatos, un grupo coordinado por Frederic
Harrison, representante de los trabajadores en la Commission, elaboró un
informe donde recomendaba legalizar la actividad, y su propuesta acabó teniendo
éxito. Años más tarde, se promulgó la Conspiracy and Protection of Property Act
1875 (38 & 39 Vict. c. 86), una ley del Parlamento del Reino Unido sobre
las
Página 65
relaciones laborales que, junto con la Employers and Workmen Act 1875,
despenalizó totalmente la labor de los sindicatos.
No fue hasta el
final de la Segunda Guerra Mundial cuando este derecho fue recogido en el
constitucionalismo europeo: el preámbulo de la Constitución francesa de 1946,
al que remite la Constitución del 4 de octubre de 1958, le otorga a la huelga
naturaleza de derecho fundamental. Este reconocimiento tiene un sentido
jurídico determinante, pues prohíbe a su vez las sanciones privadas (los
despidos) que se habían admitido en la fase de huelga libre. Tras la temprana
iniciativa francesa, en 1948 la huelga se reconoció como derecho fundamental en
el artículo 28 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para el que
fueron decisivos los convenios de la Organización Internacional de Trabajadores
de 1919: el Preámbulo de su Constitución contempla el principio de la libertad
sindical como uno de los medios susceptibles de mejorar la condición de los
trabajadores y de garantizar la paz[6]. En 1944, la
Declaración de Filadelfia —que forma parte de la Constitución de la OIT—
declaró que «la libertad de expresión y de asociación es esencial para el
progreso constante» y subrayó que se trata de uno de los «principios
fundamentales sobre los cuales está basada la Organización». Años después, en
1966, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de
la ONU menciona expresamente el derecho a huelga en su artículo 8 (OIT, s. f.).
En el Convenio Europeo de Derechos Humanos de 1953, en particular su artículo
11, se fundamenta el derecho de huelga como parte del derecho más amplio a la
libertad de asociación.
En España, la
huelga estuvo prohibida durante todo el siglo XIX, y no es hasta 1908 que
se estipula por ley la necesidad de crear comités paritarios para conciliar a
las partes en los conflictos laborales colectivos, lo que conducirá a la
entrada en vigor de la Ley de huelgas y coligaciones (27 de abril de 1909[7]). Con la vigencia
de esta ley, tuvo lugar la «Semana Trágica» de Barcelona, la huelga de
ferrocarriles de 1912, la huelga revolucionaria de 1917, la huelga de «La
Canadiense» y toda una formidable oleada de acciones colectivas que, pese a su
furia o gracias a ella, acabaron recibiendo indultos y amnistías bajo el amparo
de esta ley (Marzal Fuentes, 2006). La Constitución española de la Segunda
República de 1931 reconocía en el artículo 39 el derecho a la huelga
proclamándola junto con el derecho de asociación y exigiendo la
Página 66
inscripción de los sindicatos en el registro correspondiente. Largo
Caballero, desde el Ministerio de Trabajo, impulsó la reforma de las relaciones
laborales, creando los jurados mixtos, compuestos por vocales elegidos entre
las organizaciones patronales y las obreras (Montagut, 2018). Pero pasaron
pocos años hasta que el régimen franquista, durante la Guerra civil,
considerara la huelga como un delito grave. El Fuero del Trabajo de 1938
calificaba así los actos individuales o colectivos que perturbasen «la
normalidad de la producción». El Código Penal de 1944 volvió a calificar la
huelga como un delito de sedición.
En la historia
legal de la huelga en el territorio español es indispensable evocar el
decreto-ley de 1977, que derogó la legislación franquista y recogió una serie
de condiciones que debía reunir una huelga para que fuera legal. Por fin, fue
en el segundo punto del artículo 28 de la Constitución de 1978 donde se
reconoció el derecho de huelga de los trabajadores para la defensa de sus
intereses, apelando a una ley cuya misión sería la de regular este derecho y
establecer así «las garantías precisas para asegurar el mantenimiento de los
servicios esenciales de la comunidad» (España, 1978, art. 28.2). Sea como
fuere, la huelga es la oportunidad perenne para deshacer el Estado y vaciarlo
de poder. Entendida como derecho al vacío, derecho a anonadar o a hacer la nada
— holgar, dejar hueco, descargar—, la huelga introduce en un sistema jurídico
aquello que Deleuze llamó «vacuolas de soledad y silencio»: la posibilidad o
«el derecho», en términos del autor, a no decir nada, esto es, a no cantarle al
Estado. La lengua de la huelga es intraducible al lenguaje policial.
Ya son años desde
que este ilustre derecho zanguango campa a sus anchas por Europa, llenando de
vacuolas todos los cuerpos legales. Y sin embargo siempre está en riesgo,
tensado por los reclamos del Estado de totalizar su poder para conservarlo. En
la noche del 10 de abril de 2015, la plataforma No Somos Delito convocó una
huelga ante el Congreso de los Diputados, en Madrid. Reunió a más de dos mil
personas provenientes de todo el mundo, de Rusia a México. Durante casi una
hora, los manifestantes clamaron ante el Congreso lemas como «Pienso, luego soy
delito», o «Les da igual que vivas en la calle, pero no quieren que te expreses
en la calle» (Córdoba, 2015). La singularidad de esta manifestación es que
ninguna de esas personas compareció físicamente ante los leones del Congreso:
allí estaban sus imágenes, como espectros
Página 67
furibundos, pero no sus cuerpos. Era una huelga de hologramas,
elaborados a partir de las fotografías que los militantes habían subido a la
web hologramasporlalibertad.org. El motivo de la huelga era aquello mismo que
la prohibía, a saber, la Ley de Seguridad Ciudadana (Ley Orgánica 4/2015),
aprobada unas semanas antes, el 30 de marzo, y conocida desde entonces como Ley
Mordaza. Los organizadores evitaron convocar a personas físicas frente a la
Cámara para burlar sus prohibiciones. «A partir de ahora, la única forma de
manifestarse en España será a través de hologramas», reconoció con sarcasmo
Carlos Escaño, portavoz de la plataforma No Somos Delito (Córdoba, 2015).
La Ley Mordaza
aumenta los poderes de la policía, lo que acaba limitando desproporcionadamente
el ejercicio de derechos fundamentales de la Constitución, entre los que
destaca el derecho a la huelga. La norma introdujo toda una serie de conductas
que desde entonces son sancionables con multa. Destacan dos sanciones
particularmente preocupantes que le conceden a la policía una autoridad casi
soberana: la sanción por desobedecer a un agente de policía en los casos en que
no es delito, y la sanción por faltarle al respeto a un agente. Puesto que,
cuando un agente denuncia por estos motivos, es otro agente quien examina el
caso y decide sobre la sanción, es la policía quien asume a efectos prácticos
plenos poderes, ya que decide a su arbitrio sobre la violencia que ejerce. Los
sancionados tienen que pagar una multa que no suele ser inferior a los 600
euros sin posibilidades reales de defenderse.
Solo en 2020, la
policía impuso un cuarto de millón de multas por desobediencia, por lo que casi
el 6 por ciento de la población española fue «amordazada» por esta ley (Urías,
2022). El grupo vecinal No a la Tala en Madrid acumula 20 000 euros en multas por
negarse a la tala de árboles en el vecindario, y el Sindicato de Vivienda de
Carabanchel debe más de 44 000 euros en multas desde 2021. Desde la aprobación
de la ley hasta 2022, se han impuesto casi 300 000 sanciones con base a dos
únicos artículos, «resistencia, desobediencia o negativa a identificarse»
(36.6) y «faltas de respeto a la autoridad» (37.4), lo que equivale al 77 por
ciento del total de sanciones impuestas en seguridad ciudadana (Escaño, 2024).
Por suerte, los hologramas no fueron el único modo en que el espectro perezoso
recorrió las calles para holgarlas de policía y protestar contra la autoridad:
sigue ardiendo la rabia por derogar esa ley y hurgar en la llaga, recuperar ese
contradictorio derecho que es la huelga. Si pierde su vacío y
Página 68
su holgura, una institución se desdemocratiza: la justicia queda ahogada
por un Estado de Derecho que vuelve la atmósfera política irrespirable.
Cuerpo espectral,
lengua soñada, idioma intraducible, la huelga es ante todo un derecho a la
imaginación: su capacidad para destituir formas es solo la contrapartida de su
plasticidad. Hay algo en toda huelga de «huelga ontológica», en términos de
Jota Mombaça (2024), donde la verticalidad se desarticula. Lo supimos en las
huelgas feministas que se celebran en todas partes desde 2017: allí no solo se
trata de visibilizar y dignificar los trabajos feminizados, sino también de
desacatar los imperativos de género que asimilan ciertos cuerpos a un destino
metafísico en nombre de la ideología de la feminidad: huelga afectiva, huelga
humana. No es solo un nuevo sujeto laboral el que despliega una fuerza
vulnerable para desmantelar el funcionamiento del capital, sino algo más
íntimo: una desestabilización del sujeto en tanto se articula desde una
economía de la diferencia sexual. A cada época le corresponden sus huelgas,
toda vez que la huelga es desobediencia a los imperativos estatales y
capitalistas convertidos en máximas de la interioridad subjetiva y, por ende,
codificaciones del vínculo político. Huelga social, huelga mundi.
Dime en qué mundo
vives y pensaremos juntas sus huelgas, háblame de tu dolor capital y
aprenderemos una huelga nueva como se aprende una lengua íntima. En agosto de
1931, 90 000 familias barcelonesas decidieron dejar de pagar el alquiler para
conseguir una rebaja del 40 por ciento. La ciudad había casi doblado el número
de habitantes al alcanzar más de un millón de censados tras la llegada de
inmigrantes del sur de España, y la crisis económica de 1929 de Estados Unidos
traía a la península sus desgracias. Aquella protesta, que alcanzó su objetivo
y conllevó el pacto de una bajada de alquileres en 1932, fue el precedente de
lo que en los últimos años llamamos huelgas de alquiler, una huelga en la que
un conjunto de inquilinos se une y acuerda no pagar masivamente sus alquileres
hasta que los propietarios cumplan una serie de demandas: en los últimos años,
los sindicatos reclaman una rebaja del 50 por ciento del alquiler.
Puesto que la
Constitución solo recoge el derecho a la huelga por motivos laborales, las
consecuencias de los inquilinos no pagadores son civiles, pero no penales,
aunque pueden conllevar desahucios en el peor de los casos. Como se indica
desde el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid, «la huelga de
alquileres es una acción colectiva en la que
Página 69
decidimos no pagar la parte del alquiler que consideramos ilegítima.
Ante el bloqueo institucional y la falta de soluciones, somos nosotras quienes
vamos a bajar los precios» (Santamaría, 2024). La huelga no solo es sueño de
una lengua en común, sino que esa lengua habla por una vida nueva en común. Una
huelga es una ciudad nueva.
Walter Benjamin
observaba algo crucial para nuestra vindicación de los derechos perezosos.
Poseído por el espíritu de la Goldman, razonaba que, puesto que la huelga
general proletaria aspira a la eficaz destrucción del poder del Estado, debe
calificarse de «anarquista» (2007, 197). Su reflexión es coherente: cuando en
una huelga aspiramos a mejorar nuestros derechos o a promulgar nuevas leyes,
como reducir la jornada laboral, nos estamos sirviendo de los mismos mecanismos
con que actúa el Estado: estamos contribuyendo a armar el cuerpo jurídico. Pero
la huelga general proletaria busca expandir tanto la vacuola que no quepa ya
nada más, ninguna ley ni apenas vértebras, en ese organismo que es el Estado,
para así reventarlo. Si esta huelga es anarquista, es porque aspira a destituir
el arkhé mismo, el principio de poder, el fundamento violento
de la sociedad. Enmienda a la totalidad, holgazanería radical: la
soberanía o se anonada o nos aniquila.
Aunque solo una
huelga, la huelga total, es anarquista de parte a parte, considero que
cualquier huelga cultiva una potencia destituyente: muestra que las leyes que
arman el estado de cosas actual no son eternas, que pueden cambiarse, que no se
sostienen en nada más que en convenciones y en el ritual que día tras día las
confirma. Así entendido, el derecho a la huelga, tan perseguido y menoscabado,
contiene en su interior un programa para la anarquía: el derecho a la huelga es
un derecho anárquico, la posibilidad de desarmar incesantemente las
instituciones para acoger en ellas el devenir de nuestras vidas, abrirlas y
pervertirlas para que nadie se quede fuera. Del mismo modo que Goldman definía
el anarquismo como el derecho a las cosas bellas, el modo aquí de hacer
efectiva la anarquía es, de nuevo, un derecho, el derecho a holgar el centro de
poder. Lo holgamos de un solo golpe o poco a poco, con lenta parsimonia: el
caso es volvernos ingobernables.
Si pensamos las
instituciones desde este bellísimo derecho, y lo hacemos con la lentitud de
otro mundo, observamos que la anarquía solo se hace efectiva como un largo
proceso de deconstrucción: como si, al atravesar el cuerpo de la institución
con esa vacuola de silencio que es el
Página 70
derecho a la huelga, la institución se fuera desmontando poco a poco,
abriéndose cada vez más y convirtiéndose en otra cosa. En términos de Jacques
Lezra (2023), el derecho a la huelga es lo que vuelve defectiva la institución,
lo que le confiere la plasticidad suficiente para transformarse si acaso las
intenciones que marcan su rumbo o los afectos sociales que la motivaban en su
origen han cambiado.
Sin un principio de
anarquía, el funcionamiento de las instituciones se reduce al de una máquina
violenta dispuesta al único fin de perpetuarse en el poder: el Estado al
servicio de sí mismo, las instituciones al servicio de su supervivencia. Solo
cuando la conservación cede su lugar a la holganza en el corazón de las
instituciones, la promesa de la alternativa y la fiesta del horizonte están
presentes: si las instituciones no están abiertas al cambio y dispuestas a la
huelga, no son democráticas. En consecuencia, la democracia descansa en un
principio de anarquía, en una huelga u holgura fundamental (cf. Llevadot y
Jordana, 2024). Las instituciones defectivas, que acogen en su seno las
instrucciones para su desmontaje, constituyen un protocolo para la república
(Lezra, 2024). El derecho a la huelga se nutre así del deseo de cambiarlo todo.
Cansadas de la policía, no nos cansamos de destituir, y ese juego gracioso
define la inquietud de la política.
El derecho a la
huelga da cuerpo de ley a nuestra condición horizontal, es un derecho de no, la
lengua jurídica con la que expresamos la renuncia y el rechazo, la ley del
desacato y la desobediencia. Y si el derecho a la huelga es la pereza hecha
ley, el alfabeto jurídico con el que conjugamos nuestra sublevación, habríamos
de encontrar en cada una de las formas jurídicas con que rechazamos la opresión
del trabajo una forma de huelga, una conjugación de la anarquía: no un programa
operativo para la eficiencia, sino una estrategia inoperante para la
defectividad de las instituciones. Propongo entonces que todos los derechos
perezosos que aquí vindicamos comparten la bellísima y extraña naturaleza del
derecho a la huelga. Todos ellos son un clamor de anarquía frente al orden del
capital y la cultura del trabajo. Hay una huelga en curso en el derecho a la
pereza, en el derecho a la jubilación hay una huelga en curso, hay una huelga
viva cuando reclamamos una ciudad habitable, la universidad y la literatura. Los
derechos perezosos son derechos anárquicos: gracias a ellos podemos no
trabajar, no rendir, no producir. Así, la democracia descansa en una huelga u
holgura fundamental. Los derechos perezosos constituyen el
Página 71
programa de este principio sin principio: nos hacemos un hueco allí
donde parece que no hay sitio.
En sus reflexiones
sobre los conflictos en la metrópolis contemporánea, Paolo Virno evoca una
categoría premoderna que nos es útil para pensar el potencial anárquico del
que, como el derecho a la huelga, gozan todos los derechos perezosos: el ius
resistentiae. «El Derecho de resistencia tiene una significación muy
específica y sutil», observa Virno. «Autoriza el ejercicio de la violencia cada
vez que una corporación de artesanos, o toda la comunidad […] ven alterados por
el poder central algunas de sus prerrogativas positivas, adquiridas de hecho o
admitidas por tradición», razona. «La fundación de la República — concluye
Virno—, aunque descarta la perspectiva de la guerra civil, postula sin embargo
un derecho de resistencia ilimitado» (2003, 112). Heredero del clamor de
Antígona, el Derecho de resistencia es una formulación que engloba una serie de
conductas cuyo denominador común consiste en enfrentarse al poder cuando este
se considera ilegítimo y contrario a un modo de vida orgánico ya establecido
(Ugartemendía 1999, 213).
Así entendidos, los
derechos perezosos son derechos de resistencia, formulaciones contemporáneas
del ius resistentiae en su versión anticapitalista. Si la
metrópolis posfordista de la que habla Virno está gobernada por el capital, los
derechos perezosos enarbolan la resistencia biopolítica contra el poder más
violento e ilegítimo que recorre el planeta. Lezra observaba que las
instituciones defectivas —defectuosas, disfuncionales, ineficaces— son las
propiamente republicanas, y Virno señala que la fundación de la República ha de
postular un derecho ilimitado de resistencia. En ambos casos, es una potencia
negativa la que sostiene, sin sostener, el espacio de vida compartido: nuestra
convivencia se basa en esa holgura, en el gesto íntimo de la hospitalidad. No
hay democracia sin huelga, no hay sistema democrático digno de ese nombre sin
los derechos perezosos que son los derechos del contubernio.
Desde 2020, es
habitual avistar desde la costa norte de África hasta la Bretaña francesa orcas
ibéricas que intimidan o atacan embarcaciones de recreo como veleros o lanchas
turísticas. Se cuentan más de quinientas
Página 72
interacciones, de las que casi el 20 por ciento reporta daños para las
embarcaciones (Alcalde, 2024). Gladis es el nombre popular que
han recibido estas orcas, en honor a la primera ballena que, en mayo de 2020,
arremetió contra un barco. Hay diversas hipótesis para explicar este
extraordinario comportamiento, pero ninguna resulta convincente. Lo que es cierto
es que las ballenas se rebelan contra esa presencia estúpida que amenaza su
sosiego y contamina el mar donde nadan, cantan y moran.
En internet se dice
que estas ballenas son revolucionarias y comunistas, que responden con su
intimidación a las agresiones del turismo, que se rebelan contra una industria
del descanso que devasta los océanos. Cuando la ballena ya no puede más, reúne
todas las fuerzas de su hartazgo y se enfrenta con embestidas y coletazos a
todo aquello que le abate. Ballena poderosa, ballena perezosa, su fuerza es
letal e incruenta. Quiere vaciar el mar de los esbirros de la muerte y la
propiedad privada, ansía los océanos en huelga. Vindico con ellas la
holgazanería cetácea, rabiosa y vital, inhumana y anticapitalista. El deseo de
cambiarlo todo recorre su lomo negro, sus fauces rugen por la banalidad
aristocrática o la soberbia vastedad de las aguas.
Página 73
El derecho a la
jubilación
A lo lejos en el
horizonte se levanta una polvareda. Varias decenas de furgonetas y caravanas se
acercan por la autopista como una manada salvaje de caballos de hierro. Los
vehículos son antiguos, muchos de segunda mano, casi todos con reparaciones
caseras, arreglos y chapuzas con cinta aislante. Sus motores rugen con furia y
arrojo, pero su brío desprende más ruido que fuerza, más rutina que entusiasmo.
Como si los engranajes hubieran funcionado por demasiado tiempo, como si
siguieran girando por necesidad o por hastío, una extraña mezcla de ambas se
escucha mientras se acercan. Llenan el vastísimo cielo con el humo del
hartazgo, su desesperación ha perdido hasta las palabras. Sus conductores miran
con bocas secas y apretadas al horizonte, pero la humareda de su propio hastío
les impide ver la lejanía.
Esta manada de
caballos de hierro galopa en las vastas praderas y desiertos de Estados Unidos.
Está formada por personas mayores de cincuenta años, muchas de ellas ancianas,
la mayoría mujeres. Perdieron sus ahorros y viviendas tras la crisis de 2008, y
tienen una pensión precaria que no les impide vivir: más del 40 por ciento de
hogares en EE. UU. corren el riesgo de quedarse sin dinero al jubilarse. En
lugar de retirarse, millones de estadounidenses en edad avanzada están
obligados a permanecer en sus trabajos después de los setenta años, o a
emplearse en trabajos para los que están sobrecualificados para complementar
sus ingresos (Randall, 2018). Este país nómada ha perdido el derecho a la
jubilación.
En ocasiones, han
tenido que elegir entre pagar el alquiler o el seguro médico, y se han
decantado por el segundo. En consecuencia, millones de estadounidenses viven en
sus coches, que convierten en una suerte de casa rodante con la que recorren
todo el país en busca de empleos temporales: migran al norte para ser
contratados por el programa Amazon
Página 74
CamperForce y servir en las campañas de Navidad empaquetando iPhones,
peregrinan con sus bultos a Minnesota para hacer la cosecha de la remolacha,
se arrastran en verano a San Bernardino para desempeñarse como conserjes
de camping, o limpian, lavan y ordenan por todas partes en Airbnb y
apartamentos turísticos que están vacíos y perfectos cuando cierran la puerta y
se marchan. Como cuenta Jessica Bruder en el reportaje que les dedicó (2016),
estas masas de yayas motorizadas condenadas a trabajar hasta el final componen
una suerte de «Estado sobre ruedas» (Wheel State) y se sostienen con
redes de apoyo mutuo y camaradería que llaman vanily, contracción
de family y van. Una horda de ancianas errantes
recorre el planeta, y habrá de recorrerlo hasta que se rompan los huesos y
caigan. Si les preguntan por su vida, responden que su existencia se llama
trabajo, porque no pueden parar.
El derecho a las
cosas bellas es el derecho a las cosas viejas, y en esas funestas cabalgatas
del pluriempleo se pierde con cada milla recorrida. «Cap revolució no pagarà
la pena si no som capaços d’apreciar i defensar el dret a les coses velles i
decrèpites» (Llevadot 2024). ¿Para qué, una revolución sin
descanso? ¿Qué es una revolución sin pereza? Me gusta mucho la inspiración,
pero quiero sobre todo expirar tranquilo. Sin pereza no hay revolución, sin
expirar no hay respiración, recompensa o repetición que valga. Atender el ocaso
del mundo, cuando refresca y se humedecen las hojas y es hora de volver a casa:
placidez de la retirada. Soltar la vida y sus ansias, dejar caer las cosas.
Cuidarlas en su caída es muy distinto a tirarlas a la basura. La senectud es
una vindicación de la vida holgada, el último aprendizaje que nos queda. Pero
el último aprendizaje es idéntico al primero: aprender a vivir, al fin. Íntima
comprensión de las cosas bellas, que se arrugan con elegancia exquisita porque
están huecas. ¡Al fin se vaciaron! ¡La vieja gloria de la holgazanería!
La vejez, como la
infancia, son etapas de la vida absolutamente exentas de trabajo, o habrían de
serlo. Contaba Georg Simmel que la vida es un largo viaje desde una pereza
hasta otra pereza, como un puente que flotara en el aire, tendido entre dos
holguras: allí se aprende y se place, allí se juega y se descansa, allí se
piensa y se contempla, con una intensidad que a veces es dolor y a veces
alegría. En ambas, una relación nebulosa con la memoria: apenas se empieza a
recordar, o se está dejando de hacerlo. En ambas, una relación nebulosa con la
palabra: las primeras articulaciones son un desafío de su lógica, la torpeza de
las últimas es una
Página 75
venganza contra su imperio. Vejez y niñez celebran el triunfo del
balbuceo o del grito, pues es tiempo de júbilo. Terrible y trágico tantas
veces, en muchas otras tan solo leve y descargado. No decir nada, sino llorar o
reír, bostezar o respirar, solo roncar.
Y si infancia y
vejez son tiempo de jubilar y abrir la boca para no decir nada, los borrosos
extremos de la vida son tiempo de desafío al tiempo. Allí no se cuenta, porque
se aprende a contar o se olvida, y qué gusto. No hay crónica de la vejez ni de
la infancia, pero sí muchísimas historias, todas las leyendas. Como en la mejor
de las fiestas, estamos en un bolsillo del tiempo donde hay más tiempo (cf.
Wark, 2023), discontinuo y viscoso, elástico y poco mensurable: oportunidad
pura. La senectud es la posibilidad de un viaje inmóvil concentrado en la
redundancia de una mecedora. Este viaje, pese a su quietud, tiene sus espacios,
pues infancia y vejez se cultivan en los huecos de la ciudad, sus bastiones de
resistencia holgazana: en las plazas, los parques, los jardines, allí donde
gozosamente se puede no hacer nada. En algunos calendarios, el domingo es el
último día de la semana, y en otros es el primero.
No quiero idealizar
la vida vieja. Menos yo, que no la he vivido nunca, aunque haya visto la
decrepitud y la muerte, la demencia, la agonía y la desmemoria en mis abuelos y
mi padre. Pienso que la senectud es tiempo de júbilo y de jubilación, del gusto
por no tener que trabajar ya más, por descansar y dedicarse a otras cosas: en
eso soy fiel a la etimología, pues en el término jubilar, tomado
del latín iubilare y del hebreo yōbēl, se vinculan
grito y regocijo, un clamor de alegría ante la ausencia de obra. En la
jubilación, el dispendio total de no trabajar rima con el júbilo de no decir,
un clamor que consiste tan solo en dejar que el cuerpo entero salga por la
garganta. Cuando no hay operatividad, la vida es otra, se comprende distinto,
empieza de nuevo.
No quiero idealizar
la vida vieja. Bien sé que las más de las veces está lastrada por el abandono y
la soledad, la incomprensión de la gente y la pérdida de amigos. Sé que la
vida, cuando acaba, a veces, se resigna a una depresión y un desconcierto profundos
por no saber qué hacer, qué demonios hacer con tantísimo tiempo y tanta
lentura. Pasan las tardes interminables con la radio puesta o la luz solitaria
y jaleosa de la tele, vídeos y vídeos en la tablet, la mirada
perdida en el techo: el silencio se vuelve de plomo. Algunos no salen de su
casa, luego no salen de su cama, nada ahí fuera les merece la pena. Otros están
condenados a seguir
Página 76
trabajando de lo que sea, como sea, para no volverse indigentes. Y
otros, aunque estén dispensados del trabajo, siguen yendo a la oficina porque
no saben vivir de otro modo: se aferran a su rutina laboral aunque ya solo sea
un ritual vano, pues ese ritual, cuando fue teatro de la eficiencia, era lo
único que llenaba y daba forma a su vida. Ahora es horroroso verla tan vacía,
sentirse aplastado por la masa muda y sin peso del tiempo. No quiero idealizar
la vida vieja, porque sé que casi siempre es una puta mierda. Por eso vindico
el derecho a las cosas viejas, porque la ancianidad habría de ser jubilosa y
tranquila: se trata de no añadir el malestar del trabajo, o el angustioso
sinsentido de su falta, a los dolores indisociables del crepúsculo. Mientras la
última etapa no sea de gusto y valía, la vida entera tampoco lo será, aunque se
entretenga con los espejismos del placer.
¿Qué haremos cuando
no trabajemos? Si no trabajamos, ¿qué hacemos? Esta pregunta es el colmo de la
inoperancia. Allí donde el derecho a la jubilación no se hace valer con
pensiones dignas, la pregunta es imposible o un insulto o un privilegio
obsceno: los ancianos que viven en sus coches y caravanas no pueden ni dormir
por las noches, pues sueñan que en cualquier momento la policía llamará a la
puerta para multarles o pedirles que se marchen, que allí está prohibido
aparcar. ¡Bien sabe lo que haría quien no puede hacer otra cosa que trabajar si
ganara delicioso asueto! ¡Hacer lo que te venga en gana, serpiente curiosa del
deseo! Dormir más horas, dar paseos y hacer yoga, visitar a familiares y
amigos, ir al cine alguna vez, tirarse pedos, cocinar un poco y leer un rato,
descansar, escuchar la radio, entregarse a juegos y talleres, descansar otra
vez, escuchar los mirlos, regar las plantas, cantar un rato, descansar una
enésima vez.
La pregunta sobre
cómo llenar la vida si no es con trabajo es sintomática: revela que
despreciamos la vida holgada, es decir, que no aguantamos la vida en sí misma,
y por eso la tenemos que llenar con otras cosas. La imaginación que colma
vacíos, como decía Simone Weil, ha de venir en nuestro auxilio para hacernos
creer que somos alguien y tenemos algo que hacer. Vienen los fantasmas a darnos
peso, a distraernos un poco: lo imprevisible nos aterra, la diferencia nos
asusta. Y más hondamente, así reconocemos que no sabemos ocupar otra posición
que la del poder, que no somos capaces de afectarnos por las cosas, que sin la
fantasía de omnipotencia que nos hace creer que llevamos las riendas de nuestra
vida estamos desesperados, presos de una angustia de muerte. Mezclar vida y
Página 77
trabajo se torna una confusión necesaria para levantar esta ilusión vana
de identidad entera y diseñada, de personalidad resuelta y administrada, ajena
al daño y a la falta, cueva oscura donde nadie entra.
¿Qué hacemos si no
trabajamos? La pregunta es retórica o desvela una ética escuálida. Al parecer
no tenemos tiempo que no esté consagrado al trabajo, organizado en torno a los
valores del trabajo —crecimiento, desarrollo, inversión, eficiencia—, y concentramos
todo nuestro deseo en realizarnos: amamos como un empresario y emprendemos como
un amante obsesivo. Pero una empresa solo crece —si no, muere—, y la vida va y
viene, es otra cosa, se repite como hábito, se está perdiendo siempre. En la
noche y en la caída no podemos trabajar, pero no dejamos de vivir. Desde luego,
a cualquier existencia hay que darle forma —tal es nuestro íntimo desafío
político—, y eso es cosa de hábitos, de rutinas, de tratos y vínculos, de
horarios y calendarios, de viajes y desplazamientos, de esfuerzos de toda
suerte. Hoy en día es el trabajo quien nos brinda todas esas cosas, pero puede
no ser así, habría de ser de otro modo: que solo una parte de nuestro tiempo se
la entregáramos al negocio y al oficio, y el resto la conformáramos con otras
pasiones, otros intereses, otras exploraciones. Así entendida, la pereza es la
alegría de la acción, porque derrocha el tiempo, no lo aprovecha: viene a
perder, y lo celebra en compañía. El derecho a la jubilación reconoce que hemos
de parar de trabajar cuando todavía tenemos fuerza y capacidad para hacer algo
distinto. Es un derecho que reconoce el no trabajo, el descanso libre y sin
uso, y reserva tiempo y recursos en la última etapa para esa potencia negativa.
Debemos las
pensiones al canciller Otto von Bismarck. Bajo el gobierno del káiser Guillermo
I de Alemania, este canciller creó a finales del siglo XIX lo que hoy
se considera el primer sistema de seguridad social para la vejez. Esta primera
institución del derecho a la jubilación se puso en marcha en 1889 y aseguraba
una pensión a los trabajadores a partir de los setenta años. Constituía un
escudo social al combinarse con el seguro de enfermedad y de accidentes,
creados en 1883 y 1884. Era un sistema estatal que se nutría con aportes
obligatorios, provenientes de una contribución tripartita de los trabajadores,
los empleadores y el Estado. Pese a tratarse de un conjunto de medidas pioneras
para el cuidado de los trabajadores, su implementación fue estratégica para
contener el movimiento sindicalista. Allí donde medidas drásticas como la
prohibición de los partidos obreros no habían dado resultado para calmar las
protestas
Página 78
de los trabajadores, granjearles bienestar a través de este retiro
financiado permitió al gobierno alemán desincentivar la revuelta.
Con inspiración en
el sistema alemán, en España se creó la Comisión de Reformas Sociales en 1883
con el propósito de velar por la mejora y el bienestar de la clase obrera. En
1908 se fundó el Instituto Nacional de Previsión (INP), que tuvo por principal tarea
el diseño de pensiones de vejez en un régimen de afiliación libre subvencionada
por el Estado (Elu Terán 2006, 33). Antes de estas políticas públicas, existían
iniciativas privadas de seguros sociales, como la Caja de Ahorros de Guipúzcoa,
que abrió una sección de retiro en 1900, o la Caja de Ahorros y Pensiones de
Barcelona, fundada como respuesta a la huelga general de 1902 en la Ciudad
Condal y poblaciones aledañas. La incapacidad de estas instituciones para
captar fondos de la clase trabajadora forzó la implicación del Estado y un
sentido público del retiro. Ello supuso un giro político importante hacia el
intervencionismo en un clima ideológico marcado por las ideas liberales y
el laissez faire.
La creación del
instituto consiguió difundir y normalizar la idea de la previsión popular, con
marcado énfasis en las pensiones de retiro. Este sistema funcionaba por la
capitalización individual de la cuota aportada hasta una edad de retiro a
escoger entre los 55, los 60 o los 65 años (Elu Terán 2006, 36). Es cierto, no
obstante, que la fundamentación ideológica del instituto era claramente
paternalista y de defensa social. Asimismo, las medidas aspiraban a pacificar
el mundo del trabajo y acallar las revueltas mejorando el bienestar interno de
los trabajadores, que ya no se preocuparían por su sustento cuando se agotase
su capacidad para trabajar. Con ello, el sistema de pensiones aumentaba su
productividad, disuadía la protesta y acababa generando beneficios para la
empresa. Como el modelo alemán, aquí la pensión tenía más bien carácter de
asistencia o caridad, todavía no era un derecho.
Tras la Conferencia
de Seguros Sociales de 1917, la huelga general de 1917 y la oleada de
alzamientos y protestas de los años siguientes, se aprobó el Real Decreto Ley
de 1919, que se hacía cargo de las demandas sociales de la clase obrera. Como
respuesta, durante el gobierno de Antonio Maura se implantó el Retiro Obrero
Obligatorio. Allí la vejez era concebida como una invalidez por edad, y se
incluían en el plan a todos los asalariados entre 16 y 65 años con una
retribución anual homogénea inferior a 4000 pesetas, unas 365 mensuales (Bretín
Herrero 2009, 21).
Página 79
Esta medida trataba de atender al encarecimiento de la vida tras la
Primera Guerra Mundial y surgía como respuesta a la lucha de los trabajadores,
alentados por la experiencia de la Revolución rusa.
Aunque el Retiro
Obrero Obligatorio no consiguió reunir a una masa sustancial de afiliados, y su
aplicación fue particularmente difícil en sectores como la agricultura y en
regiones como Andalucía, fue pionero en implantar un sistema de pensiones que,
en su origen, fue íntegramente financiado por el Estado y los empleadores. Así,
la clase obrera recibía un subsidio que no pagaba, algo que fue duramente
criticado por la patronal, pero que se justificaba por la poca capacidad de
ahorro de los obreros. El fracaso de la Ley francesa de seguros obligatorios de
1910, que sí contaba con una aportación obrera, fue un aliciente para mantener
un retiro financiado exclusivamente por Estado y patronal. Así pues, el caso
español supuso una excepción a la pauta general que había asentado la
experiencia alemana en sistemas contributivos. Sin embargo, ello reforzaba el
carácter asistencial de las medidas. A partir de la Conferencia de Barcelona de
1922 y la recomendación de la Organización Internacional del Trabajo de 1924, se
instituyó definitivamente una contribución tripartita que contaba, como tercera
pata, con la aportación obrera. Desde entonces, nuestro sistema de seguridad
social es un sistema de reparto: las prestaciones de los pensionistas de hoy se
pagan con el dinero de las cotizaciones de los trabajadores de hoy (Mañas
Sánchez 2014, 15).
En 1931, la
Constitución republicana reconoció el derecho a la jubilación como un derecho
básico. El artículo 46 de la misma proclama que «La República asegurará a todo
trabajador las condiciones de una existencia digna. Su legislación social
regulará los casos de seguro de enfermedad, accidente, paro forzoso, vejez,
invalidez y muerte, trabajo de las mujeres y de los jóvenes y especialmente la
protección de la maternidad; la jornada de trabajo y el salario mínimo y
familiar; las vacaciones anuales remuneradas; las condiciones del obrero
español en el Extranjero» (España, 1931, art. 46). La pertinencia de adaptarse
a las pautas de la OIT agilizó este proceso para implementar una
mejor seguridad social. La proclamación de este derecho suponía también un
cambio definitivo de modelo: ahora las prestaciones serían variables según el
nivel de ingresos. El proyecto se aprobó el 2 de junio de 1936, pero el
estallido de la Guerra Civil impidió valorar su eficacia.
Página 80
Tras la Guerra Civil, con la Ley de 1 de septiembre de 1939 se
reorganiza el Seguro de Vejez sobre nuevas bases: allí se establecen pensiones
de cuantía fija a los trabajadores por cuenta ajena que hubiesen cumplido los
65 años. En 1955 se configura el Seguro de Vejez, Invalidez y Supervivencia
(SOVI), que concede además prestaciones por viudedad (Bretín Herrero 2009, 22).
En los años sesenta (Ley de Bases de Seguridad Social, 1963; Ley de Seguridad
Social, 1966) se unificó toda la protección, fijándose la edad de jubilación a
los 65 años.
En los años
ochenta, gracias a los Pactos de Toledo se produjeron diversas reformas en el
sistema de pensiones, entre las que destaca la paulatina equiparación de las
bases de cotización con los salarios reales o la revalorización de las
pensiones en función del IPC. En coherencia con estas medidas, se
inscribió la Ley 26/1990 de 20 de diciembre de pensiones no contributivas, que
reconoce derecho a pensión a todo ciudadano residente en España que carezca de
rentas y que subsista en el umbral de la pobreza o que no haya podido acceder a
un trabajo o cotizar para la Seguridad Social. En la reforma de 2006 se
aumentaron los años efectivos de cotización hasta 15 para calcular la pensión.
En fin, con la Ley 27/2011 se inició el camino para retrasar la edad de jubilación
a los 67 años, medida que tendrá pleno vigor en 2027.
En las últimas
décadas, las distintas legislaciones europeas han confluido en elevar la edad
legal de jubilación, que se irá retrasando progresivamente en Irlanda hasta los
68 años en 2028 y en Alemania hasta los 65 en 2029. Pese a las numerosas
protestas contra la medida, Francia aumentó en 2023 la edad de jubilación a los
64 años para los nacidos a partir de 1968. En 2021, el ministro español de
Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, hizo unas tristes
declaraciones donde proponía impulsar un cambio cultural para trabajar más
entre los 55 y los 75 años, aunque el gobierno se desentendió de aquello. No
son las únicas opiniones que ponen en riesgo una jubilación holgazana, pues en
2025 la empresa riojana Cartonajes Santorromán declaró en un informe que «la
legislación laboral va encaminada a proclamar derechos absurdos, fomentar la
vagancia y a defender a los malos trabajadores, dejando a las empresas
indefensas ante este tipo de abusos» (Vélez, 2025).
En diciembre de
2024, el Gobierno de España aprobó el Real Decreto-ley 11/2024, con el objetivo
de mejorar la compatibilidad entre la pensión de jubilación y el trabajo. Esta
normativa sospechosa, convalidada por el
Página 81
Congreso de los Diputados el 22 de enero de 2025, introduce
modificaciones significativas en las modalidades de jubilación parcial y
activa, fomentando una transición más flexible y progresiva hacia la jubilación
completa. La reforma promueve que los pensionistas puedan compatibilizar el
cobro de la pensión con un trabajo, y así incentiva la prolongación de la vida
laboral.
El derecho a la
jubilación fue reconocido internacionalmente en la Declaración Universal de
Derechos Humanos de 1948, que recoge en sus artículos 22 y 23 el «derecho a la
seguridad social». Y, sin embargo, este derecho a la vida holgada en su
senectud sigue adoleciendo de las limitaciones con que en un principio fue
concebido. Pese a vindicarse como un derecho básico, sigue guardando una
dimensión caritativa que busca asistir a los trabajadores cuando son inválidos
para trabajar: en estas normas, vejez equivale a invalidez, tal es la razón que
vincula el sistema de pensiones con el seguro de enfermedad. La lógica del
lenguaje jurídico establece sistemáticamente una relación entre jubilación e
incapacidad: no se puede obtener la Incapacidad Permanente después de la edad
de jubilación (art. 195.1 LGSS); además, las pensiones de Incapacidad
Permanente pasan a llamarse directamente de jubilación cuando el causante
cumple la edad de 67 años (art. 200.4 LGSS). Para los funcionarios, se
habla directamente de jubilación por incapacidad (art. 28 del Texto Refundido
de la Ley de Clases Pasivas[8]). Así entendida,
la jubilación no es descanso libre, sino descanso necesario. No es un derecho
perezoso, sino misericordia por el despojo en que se convierte un cuerpo
reventado durante décadas por el trabajo. El Estado asiste a quienes son
incapaces de trabajar y no tienen ya fuerzas para nada. Pero la ancianidad, los
yayos y las yayas, no son inválidos ni incapaces: cada una es sabia a su manera
porque ha experimentado mucho, ha nadado mucho, ha visto cómo las manos se le
llenan y se le vacían y ya conoce sus arrugas: mirándose las manos han leído
durante horas la línea de la vida.
A medida que la
esperanza de vida ha ido aumentando en las últimas décadas en las sociedades
occidentales —si bien no por mucho tiempo más—, se ha extendido el sentido
común de retrasar la edad de jubilación, o dar la hipócrita oportunidad de
combinar jubilación con trabajo — primero lo ofrecen como oportunidad, luego
por desgracia se va a convertir en necesidad—: mientras uno pueda, ha de seguir
trabajando
Página 82
hasta que el cuerpo aguante. Pero si queremos que este sea un derecho
perezoso, si estamos en democracia y no solo valemos para el trabajo, el
derecho a la jubilación no puede ser una mera asistencia para mantener esos
cuerpos rotos que ya no pueden maquinar. Más bien al contrario: ha de cuidar de
nosotros cuando todavía tenemos fuerzas y deseo para hacer algo distinto de
trabajar, allí donde ya hemos cumplido con nuestra parte mínima de operatividad
y nos queda aún lozanía para el jolgorio, la retirada, el descanso, el estudio
o lo que nos plazca.
Para que la
jubilación sea un descanso libre, la edad para su canto ha de avanzarse tanto
como se pueda. Adelantar la edad de jubilación suena disparatado en un contexto
donde los sistemas de pensiones presentan serios problemas de sostenibilidad,
máxime en países con pirámides poblacionales invertidas. Sin embargo, desde mi
punto de vista, más absurdo resulta condenar a millones de ancianos y ancianas
a la indigencia o al trabajo sin término. La financiación de las pensiones, en
ese sentido, no es un problema, es un propósito acuciante. La jubilación como
derecho y no como caridad constituye una exigencia democrática que desvela las
limitaciones y las bajezas de la relación contemporánea entre Estado y Capital,
y cuya solución conlleva, efectivamente, una reforma profunda de la concepción
de Estado: una redefinición del mismo como Estado de cuidados y no como
empresa. La historia demuestra que los sistemas privados de pensiones no pueden
garantizar este derecho, que solo como un asunto público se puede hacer valer.
El sistema político entero habrá de desmontarse para sostenernos en la
retirada, en esta huelga intensa y de larga estancia que es la vida vieja.
El derecho a la
jubilación ha de devolvernos las fuerzas que durante tanto tiempo le hemos
entregado al imperio del trabajo. Ha de ponerlas a nuestra disposición antes de
que se agoten y nos quedemos cenizos y consumidos. ¿Qué haremos con ellas?
Echarlas a perder sin miramientos, derrocharlas en el más promiscuo de los
cuidados, jarana y dominó. Seremos como una manada de caballos de hierro, rumbo
a ninguna parte y gustosos de parar cuando nos plazca, en los márgenes de la
carretera, para beber y cantar y reposar quietamente hasta que la inmensa
polvareda que levantaron nuestros esfuerzos caiga entera, grano a grano, y se
pose como un manto alegre en el musculoso cuerpo de nuestra sombra oscura.
Página 83
El derecho a la
ciudad
Tuve la indecencia
de visitar Venecia por amor. Sontag dijo de ella que es la capital de la
melancolía, y pienso que tiene razón mientras recuerdo mis paseos por el
cementerio. Uno busca entre sus canales y callejas una ciudad que ya no es, una
escena urbana que se ha perdido en los anales de la historia. El deleite
estético que puede sentirse, entre kitsch y anacrónico, viene
inspirado por esa relación apasionada con una pérdida cuyo objeto, sin embargo,
nunca se ha conocido de veras. Ciudad de agua y ciudad de turistas, se ha
vaciado de todo para acoger sus fantasmas, tan numerosos y tan distintos que se
va hundiendo con el peso de su evanescencia. Sontag reconocía también que
Venecia es una ciudad donde se vuelve fácil pensar en la muerte.
Esta no es la
melancolía más triste que recorre Venecia. Hay otra pérdida que Venecia sufre
cada día, o mejor, todas las noches, una pérdida que repite incesantemente,
como un ritual que se celebra cuando se retiran los turistas y sus fantasías.
Conocí por casualidad ese ritual melancólico cuando tomé con P. el último barco
del día, pasada ya la medianoche, un barco que nos llevaría a la estación de
autobuses donde subir a la lanzadera que nos dejaba en el aeropuerto. Estábamos
solos cuando arrancaron los motores, pero a la siguiente parada medio centenar
de personas abarrotó la cabina y ocupó todos los asientos. Eran los
trabajadores de Venecia, que llegaban puntuales al vaporetto y,
como cada noche, cruzaban la ciudad después de una larga jornada sirviendo
copas, cocinando y limpiando, y se apresuraban después, una vez llegados al
intercambiador, a coger el autobús que los llevaba a Mestre o Marghera, donde
los alquileres son asequibles y pueden dormir en paz. Hasta la madrugada
siguiente.
Su cansancio era
oscuro y profundo como el agua negra que surcábamos. La luz de las farolas no
conseguía penetrarla, golpeaba su
Página 84
superficie y desprendía un reflejo de brillo y desconcierto. Cientos de
personas son requeridas cada día por una ciudad que las expulsa cuando
sus trattorias bajan la persiana. Reviven cada día la escena
de su desposesión, como si cada noche volvieran a arrebatarles la ciudad donde
podrían, donde deberían poder vivir. Esa es la única melancolía que importa, en
Venecia y en cualquier otro lugar: la melancolía de lo que se ha vuelto
invivible. El dolor por una desposesión cuyo ritual se celebra puntualmente al
caer la tarde con el silencio del hastío. En ese ritual, los trabajadores
pierden el derecho a la ciudad. Quedan condenados a trabajar donde no pueden
vivir.
David Harvey ha
denominado «acumulación por desposesión» esta dinámica desarrollista que impide
habitar en la ciudad a quienes trabajan en ella. Este proceso consiste en la
captura progresiva de suelo valioso de una población con rentas bajas que ha
podido vivir allí durante mucho (2008, 34). De ello se deduce que hay una
conexión íntima entre el desarrollo del capitalismo y la urbanización: de un
lado, el capitalismo produce el excedente requerido para la urbanización; de
otro, mediante la urbanización absorbe ese sobreproducto que se genera
continuamente (Harvey 2013, 22).
El mundo entero se
va asfaltando al ritmo con que el capitalismo se expande, convirtiéndose en un
gigantesco parque urbano donde las razones económicas vuelven absurda e
imposible la vida en las ciudades. En consecuencia, el crecimiento del capital
requiere la expulsión de vecindarios enteros, su exilio a la periferia y su
condena a alargar la jornada laboral el tiempo que duren sus viajes rutinarios.
Ocurrió en el Born y en la Barceloneta, ocurre en Lavapiés, ocurre en el
Cabanyal; ocurrió en el Soho y ocurre en Queens, en I Quartieri Spagnoli, en
Kreuzberg, Chelsea o Mouraira. La otra cara de la desposesión es un espacio
abandonado, con calles perfectamente limpias y desiertas, consumibles e
inhabitables, a disposición de turistas o de clases pudientes. La ciudad nunca
duerme, como decía el poeta, los fantasmas de quienes vivieron allí le quitan
el sueño. Según la Asociación Mundial del Cemento y el Hormigón (GCCA), se
consumen aproximadamente 150 toneladas de cemento por segundo en el mundo.
Acallar la melancolía, silenciar los fantasmas.
Poco después de que
Haussmann concluyera su remodelación exhaustiva de París y demoliera todo tipo
de calles, callejas y vías oscuras
Página 85
para imponer sus grandes bulevares, los que habitaban en la ciudad «ya
no estaban en ella “como en casa”», nos recuerda Benjamin (2013, 93). En
la Cité, que fue la cuna de la villa, ya no quedaba más que un
cuartel, una iglesia y un hospital tras el paso arrollador de
Haussmann. La crisis en Francia de 1848 trató de contenerse violentamente con
el ascenso al poder de Luis Napoleón Bonaparte, que dio un golpe de Estado en
1851 y se autoproclamó emperador al año siguiente. Para contener revueltas y
alzamientos, así como para absorber capital excedente, invirtió en toda suerte
de infraestructuras, llenó Europa de vías férreas y contrató a Haussmann en
1853 para convertir la vieja capital de la noche a la mañana en la mole
gigantesca que hoy visitamos como viajeros apasionados, destruyendo barrios
enteros y recurriendo a un endeudamiento inédito con nuevos sistemas de crédito
como Crédit Mobilier y la Société Immobilière (Harvey 2013, 25). Ello condujo
al país a la crisis financiera de 1868: Haussmann fue destituido, Napoleón III
se fue a la guerra contra la Alemania de Bismark y cayó derrotado. En ese vacío
de poder se proclamó la Comuna de París en 1871, motivada en buena medida por
el deseo urbano, melancólico, de volver a habitar esa ciudad anterior a la demolición
haussmanniana.
Lo que hizo
Haussmann con París lo hizo después Robert Moses con Nueva York: para combatir
la crisis de la Gran Depresión, redefinió la ciudad a base de grandes
autopistas y el desplazamiento a la periferia de la población acomodada para
generar los suburbios de casitas unifamiliares propios del American Way
of Life. Todo ello se financió con emisión de deuda. Así el país pudo, de
nuevo, absorber un enorme excedente de capital y emplear una gran masa de mano
de obra parada. Como ocurrió con el París del Segundo Imperio, la reforma de
Moses transformó radicalmente el modo de vida en la ciudad y generó rutinas más
individualizadas, donde la vida giraba en torno a la propiedad, a una casa
idéntica a otras casas, en detrimento de la vida de las calles. La respuesta no
se hizo esperar: la crisis financiera vino junto con la oleada de protestas y
rebeliones de 1968 y llevó al estallido de la burbuja inmobiliaria de 1973. Los
procesos de destrucción creativa y desposesión con los que el capital se
expande y aplaza una crisis que no resuelve nunca convierte las ciudades en
espacios invivibles, zonas de débito en lugar de zonas de hábito.
Página 86
En este sentido, desde sus primeros exponentes en el siglo XIX, la
versión metropolitana de la ciudad siempre ha constituido no solo la
materialización de la lógica expansiva del capital, sino el espacio económico
por excelencia, un espacio cuyas condiciones están definidas por y para el tipo
de sujeto que requiere el capital: ora para la masa proletaria, ora para la
masa de consumidores, ora para la masa de turistas. Ciudad de trabajadores,
ciudad de familias, esfera pública exclusiva para hombres, ciudad inhabitable.
Los diagnósticos de Marc Augé sobre la proliferación de los no-lugares no
señalan, entonces, un fenómeno específico de los años noventa, sino más bien un
largo proceso que atraviesa los tres últimos siglos de urbanización. Augé se
lamentaba por la generalización de aquellos espacios impersonales que se regían
tan solo por el intercambio económico: aeropuertos, centros comerciales,
gasolineras, estaciones, aquellos lugares donde toda forma de convivencia había
sido reemplazada por el pago al contado o las fórmulas protocolarias de la
gestión de intereses. Pero en su lamento por la deshumanización resuena aquel
«no se sienten en casa» de los parisinos de finales de siglo. La ciudad
moderna, desde su primera versión en la villa de París, es un gigantesco
no-lugar, un espacio predispuesto para el capital y no para la vida, orientado
al trabajo y no a la habitación, a la producción y no a la convivencia.
En sus escritos,
Henri Lefebvre reconocía un proceso dialéctico en la génesis de las ciudades.
Un doble proceso que él definía como «industrialización y urbanización,
crecimiento y desarrollo, producción económica y vida social» (2017, 27), y
donde la primera parte correspondía a los avances del capital a costa de la
gente básica. De un lado, las dinámicas de crecimiento y producción económica,
sean industriales o no, son estrategias desde arriba para organizar la vida en
favor del capital. De otro lado, las dinámicas de urbanización eran para
Lefebvre los modos en que la vida colectiva toma cuerpo y se articula, como
ciudad, en un sinfín de encuentros, coincidencias y sincronías: el juego entero
de la diferencia, la celebración de la extranjería, la vida contra el capital.
La ciudad es ese espacio donde somos desconocidos en relación con otros
desconocidos, donde podemos desaparecer y hasta desertar de la identidad que
nuestra familia nos impuso, ser extranjeros y perder países: allí reina una
ética de la hospitalidad.
Página 87
En este conflicto entre dos fuerzas podemos reconocer dos concepciones
de la ciudad: la ciudad como espacio de hábito (valor de uso) o la ciudad como
bien de consumo. Agamben distinguía el uso del consumo con un solo elemento: el
consumo comporta propiedad, y por tanto privación; no así el uso. Hay un
proyecto de ciudad completamente distinto desde una perspectiva que la concibe
como un espacio habitable, dispuesto para el uso de sus gentes, donde los
bienes comunes son banales, sin dueño y a disposición de cualquiera, y desde
una perspectiva que la concibe como una zona de consumo o un bien de mercado,
donde los habitantes quedan privados o excluidos de espacios e infraestructuras
que pertenecen solo a algunos, o cuyo uso común ha devenido en consumo privado.
¿En qué ciudad vives?
En suma, a juicio
de Lefebvre una ciudad oscila entre dedicarse a «la movilización de la riqueza»
o a «la inversión improductiva», a «la acumulación de capital» o a «su derroche
en fiestas»; en definitiva, entre «producción económica» y «vida social» (2008,
26). Todo depende de si la calidad de la vida urbana está al servicio de
quienes viven en la urbe o si, al contrario, se convierte ella misma en una
mercancía que, bajo la forma de «experiencia inolvidable», está disponible y a
la venta de quien pueda adquirirla. Que el consumo y la consiguiente
apropiación supongan una privación de uso es algo que aquí se hace evidente:
esas playas italianas llenas de tumbonas de alquiler vacías, o aquellas otras,
en Puerto Rico, que por derecho son suelo público, pero, de hecho, solo son
accesibles desde las mansiones edificadas en la costa, que acaparan sus
entradas. ¿En qué ciudad amas?
Así, la ciudad
puede estar al servicio del capital y convertirse en un circuito de Fórmula 1,
en un parque de atracciones gigantesco, en un centro comercial donde
desembarcan cientos de cruceros. Pero puede, también, ser un espacio entregado
a la vida buena en común, a una convivencia cuya banalidad sea bellísima: un
lugar que ya no va a crecer ni aumentar ni volverse más rentable, sino tan solo
celebrar el ritual incesante de la convivencia, por y para sí misma,
radicalmente inútil e inservible para propósitos ajenos a la delicia de los
hábitos. Por eso el derecho a la ciudad es un derecho perezoso: si no están
orientadas al descanso y al reposo, las urbes son poco más que el recibidor de
empresas, lobbies y fábricas, danza macabra de la explotación.
¿En qué ciudad duermes?
Página 88
Henri Lefebvre escribió El derecho a la ciudad en 1967,
cien años después de que Marx pergeñara El capital. Su propósito
era que este derecho alcanzara la concreción material de toda una serie de
derechos abstractos que cantaban la igualdad y la libertad sin dejar muy claro
cómo hacerlas viables. Lefebvre entendía el derecho a la ciudad como el derecho
«a la vida urbana, a la centralidad renovada, a los lugares de encuentros y de
intercambios, a los ritmos de vida y empleos del tiempo que permiten el uso pleno
y entero de estos momentos y lugares». En suma, el derecho a la ciudad supone
«la proclamación y la realización de la vida urbana como reino del uso» (2008,
165). El sociólogo concebía la ciudad como la forma misma de la convergencia y
el encuentro, como un conjunto de diferencias o un campo de relaciones. Para
él, era el lugar donde se celebra la belleza de la extranjería, donde late en
todo la promesa del disenso. Una ciudad es un haz de relaciones, y por ello
pensar qué ciudad queremos es pensar, también, cómo queremos relacionarnos, qué
tipo de personas queremos ser, cómo podemos vivir y transformarnos a la vez que
la propia ciudad va mutando al ritmo de nuestras diferencias. Y aquí, la
disyuntiva es clara: pereza o trabajo, vida o capital, derecho o privilegio,
hábito o privación. La ciudad puede ser el escenario de la cruel expropiación
de nuestro tiempo —mi vida no me pertenece—, como si fuera el lugar de una
mudanza perenne y no de un hábito continuo. Pero puede también, por suerte, ser
la pista de un baile masivo, una siesta multitudinaria, un cuidado promiscuo.
¿De qué ciudad vienes?
El derecho a la
ciudad encarnaba para Lefebvre algunos de los principales valores de los
Derechos Humanos, pero para nosotros constituye el modo de hacer valer los
derechos perezosos. Bien sabemos que las ciudades se ordenan por criterios que
favorecen la circulación del capital. Sus calles están diseñadas para un sujeto
productivo, funcional, predominantemente masculino, dispuesto al consumo o al
trabajo. Aquellos cuerpos que desatienden los rasgos de este sujeto abstracto
encuentran difícil la ciudad, inconveniente o peligrosa: la ciudad no está
hecha para niños, la ciudad no está hecha para ancianos, la ciudad no estuvo
hecha durante mucho tiempo para mujeres, la ciudad no está hecha para un cuerpo
con capacidades diferentes. Aquellas características de nuestra vida o nuestro
cuerpo que no se conjuguen con el sujeto productivo se convierten de inmediato
en índices de vulnerabilidad. La
Página 89
ciudad, sin embargo, habría de ser para todo el mundo, para todos los
cuerpos, para todos los tiempos: la hospitalidad convertida en espacio.
En una entrevista
de 2022, la arquitecta Izaskun Chinchilla se preguntaba con sarcasmo por qué
podía dejar su coche en cualquier lugar de la ciudad, pero no su nevera o su
sofá. También yo me pregunto por qué no puedo dejar mi cama en cualquier calle,
o por qué no puedo tumbarme a descansar o incluso dormirme en un parque o una
acera: por qué es tan incómodo el mobiliario urbano, en el que no puedo poner
mi culo sin clavarme algo, por qué el único modo de reposar en la calle es
consumir en un bar o sentarse en un restaurante. ¿Por qué la ciudad no está
hecha para mi culo ni para mi lumbar? ¿Por qué solo acepta mi tarjeta de
crédito? ¿Por qué la ciudad solo me acoge como trabajador o consumidor, y me
expulsa si me quito esa máscara, cuando divago o me canso, cuando soy niño y no
adulto?
Una ciudad pensada
para ser habitada habría de ser diferente. En una ciudad se tiene que poder
vivir, es un espacio para la vivienda. En una ciudad se tiene que poder dormir,
es un espacio de codurmencia. En una ciudad se tiene que poder habitar, y habitar
es cuestión de juego, de sueño, de pausas, de encuentros: una tentativa en el
arte de perderse. Si el derecho a la ciudad ha de proclamarse como derecho
perezoso es para darle forma urbana a los hábitos inútiles donde la convivencia
no es competencia ni circulación, sino una forma de cuidado y atención entre
desconocidos. Una ciudad de perezosas es una ciudad que reniega de la
especulación y se orienta, de parte a parte, hacia la reproducción social,
hacia la socialización del cuidado. Por ello el derecho a la ciudad es el más
alto, el más carnal, el más concreto de los derechos perezosos.
Así mirados, todos
los lugares que en una ciudad desobedecen el consumo y la circulación
generalizada se tornan extraños espacios de resistencia, como nos enseñó Jenny
Odell (2021). Aquellas zonas oscuras e indeterminadas, la candidez festiva de
los parques, las plazas a disposición del juego o la conversación, la paz
íntima de las bibliotecas son lugares donde por un momento se desacata la
eficiencia y perdemos nuestro tiempo. Allí donde el consumo no medie y la
circulación se atrofie, allí donde podamos parar y reposar, o practicar la
dulce ociosidad, allí hay algo que resiste. Zonas blandas para el juego,
espacios vacíos y plenamente disponibles para inventar algo nuevo, lugares de
reposo y conversación, otros para la lectura, algunos para el baño: miles de
Página 90
desobediencias, de resistencia suave contra la economía capitalista de
la atención. Pero también rincones oscuros, sitios inescrutables, zonas opacas
y todas esas callejuelas y barrios ingobernables, donde desaparecen quienes
entran —si acaso pueden—. Bien puede la administración reconocer en todo ello
formas de inseguridad o insalubridad, pero su preocupación enmascara un interés
de clase. La ciudad se practica y se hace a medida que los hilos de nuestras
vidas van entrelazándose y tejiéndose, y esa escritura urbana, donde un pueblo
va confundiéndose con el medio que habita hasta ser uno con el territorio,
tiene formas y dinámicas intraducibles a la vigilancia. Habitar no es ocupar un
lugar, instalarse en un sitio y no en otro, sino que consiste en volverse
ciudad.
De este modo, si la
ciudad es la oportunidad para los encuentros, ese espacio donde la reunión con
lo distinto se hace posible, el derecho a la ciudad es un derecho colectivo,
mucho más colectivo que individual. Vindicar el derecho a la ciudad consiste en
devolverle a la gente básica su cuerpo, un cuerpo solazado. Es más, la ciudad
como espacio de convivencia, donde un hombre solo jamás podría asentarse, nos
permite satisfacer nuestros intereses comunes allí donde los derechos
individuales de propiedad privada se muestran incapaces de atender el hecho
social en su integridad. Por ello también la ciudad es un bien común, un
conjunto de bienes comunes. Para David Harvey, los bienes comunes no han de
considerarse como un tipo particular de cosas distinto de las privadas, sino
como una relación social entre un grupo y los aspectos de su entorno social y
físico que este considera sustanciales para su pervivencia (Harvey 2013, 116).
Como si los bienes comunes fueran el resultado, pero también la condición, de una
práctica social de comunalización, de un devenir común. Vindicar el derecho a
la ciudad consiste en devolverle a la gente la capacidad para dirigir el
proceso de urbanización, la constitución del espacio político.
En su vindicación
urbana, Lefebvre se mostraba particularmente crítico con el funcionalismo de su
época, que desatendía la dimensión vivencial y social del espacio público en
aras de organizarlo a partir de un conjunto de funciones predefinidas. Debord hizo
algo similar en La sociedad del espectáculo, publicada en 1967,
cuando lamentaba que la ciudad se había reducido a un espacio para
coches y camiones, un circuito donde el ciclo «Métro, boulot, dodo»
(«metro, trabajo, cama») era la única pauta válida para estar en las calles: la
disciplina y la planificación
Página 91
apartaban de la ciudad los momentos de placer y devaneo, la
discontinuidad de tiempos y la intensidad de las experiencias que no computaban
en ese esquema. Ahora, como observa Martha Rosler en Clase cultural,
las ciudades de Occidente ya no se rigen exactamente por ese
esquema funcionalista, sino por un modo artístico de producción que insiste en
la creatividad, la autonomía y la flexibilidad (2017, 21), y que reconoce en el
espacio público un lugar plenamente dedicado al consumo de experiencias. En él,
cualquier aliciente para el compromiso político queda absolutamente disipado, y
la cultura es el modo de crear valor y fetichizar el entorno: tu grafiti me
sube el alquiler, tu bubble tea me sube el alquiler, tu
kombucha y tu flat white me suben el alquiler y me echan de mi
casa.
Así las cosas, las
puertas que Jaume Plensa diseñó en 2022 para el Liceu de Barcelona tienen esta
doble función: de un lado, impiden dormir y refugiarse por la noche en los
amplios soportales del edificio. Son una muestra sofisticada de urbanismo
hostil, y se instalaron con el hipócrita pretexto de «proteger el espacio
cubierto que queda entre el interior y la acera, donde se dan situaciones de
inseguridad» (Martín Valbuena, 2022). De otro lado, continúan gentrificando la
ciudad para gusto y consumo de turistas, que se hacen fotos junto a ellas
sacando la lengua. El gesto más cruel y el más hortera coinciden de un solo
portazo.
Este proceso de
gentrificación o de «devenir creativo» de los núcleos urbanos y de las zonas
posindustriales de la ciudad, orientado a convertir su habitabilidad en
fetiche, es el modo en que las ciudades de hoy actualizan la destrucción
creativa y la acumulación por desposesión que describía Harvey. Contra esta
dinámica, el derecho a la ciudad es el derecho de los desposeídos a recuperar
sus lugares y sus hábitos, o a no perderlos nunca. Recuerdo una pintada en el
metro, cuando llegué a Madrid, que decía «Nos quitasteis Malasaña, no nos
quitéis Lavapiés». Alguien había tachado los nombres de ambos barrios y, en una
revisión triste pero certera del lema, lo había corregido: «Nos quitasteis
Lavapiés, no nos quitéis Vallecas».
Bajo esta lógica,
todos los bienes comunes dirigidos al tiempo lúdico y al cuidado en la ciudad
serán tan solo alicientes al consumo turístico de experiencias si la ciudad no
se protege contra la especulación y la apropiación del suelo. El derecho a la ciudad
solo puede hacerse valer con un plan de vivienda pública, la limitación del
precio de los alquileres y la
Página 92
expropiación sistemática de inmuebles a fondos buitre. Sin medidas de
estas características, que reclamen la ciudad como espacio habitable y no
consumible, los espacios urbanos quedan desiertos y a la espera del siguiente
crucero.
En suma, el espacio
político que se hace patente como ciudad ha de ser banal antes que auténtico,
debe entregarse al cuidado infraordinario antes que engalanarse para ser
extraordinario y pintoresco. Bastani llamó «comunismo de lujo totalmente
automatizado» (2020) a esta apuesta por la banalidad de una ciudad que se vive
y no se exhibe, que está orientada hacia los hábitos y no hacia el crédito o el
débito. Con menos grandilocuencia, podemos tomar la expresión de Izaskun
Chinchilla para pensar el espacio político como una ciudad de los cuidados
(2020), reconocemos con ella que los derechos perezosos piensan una ciudad
nueva, armada desde abajo.
Quizá el problema
radique, como han observado Helen Hester y Nick Srnicek, en que «nunca se pensó
en la posibilidad de un proceso colectivo de reproducción social» (2024, 69).
En la configuración moderna de las ciudades predomina como principio organizador
la división sexual del trabajo, que relegaba a las mujeres y los trabajos de
cuidados al espacio privado, y dejaba para los hombres y el trabajo productivo
la esfera pública toda. Pese a los desarrollos tecnológicos concernientes a la
reproducción social, las horas de tareas domésticas apenas han disminuido en
las últimas décadas precisamente porque el proceso de reproducción social se
concibe individualmente, y todas las máquinas electrodomésticas están pensadas
para una casa y unas pocas personas, y permanecen sin usarse o medio vacías la
mayor parte del tiempo. Pensar una ciudad en perspectiva feminista y holgazana,
desde los cuidados y los encuentros, pensar el hábito de la convivencia, en
suma, supone también cuestionar esta división sexual del trabajo que estructura
la ciudad como un conjunto de familias. Todavía hoy las viviendas están
diseñadas para familias, y en la ciudad prevalecen los vínculos capitalistas
del parentesco por encima de los vínculos políticos de camaradería. Pero una
ciudad no es un encuentro de familias, sino un canto a la belleza de los
desconocidos. Por eso una ciudad holgada habría de inspirarse en proyectos como
el falansterio de Fourier para colectivizar los cuidados y librarlos de la
privatización a la que se someten por medio de la familia y el parentesco:
comedores y lavanderías públicos, dormitorios comunes, cocrianza. ¿Podemos
imaginar
Página 93
en el nombre de la pereza esta banalidad bellísima? ¿Podemos llevarla a
cabo?
En sus escritos,
Henri Lefebvre defendía que el sujeto urbano era el nuevo sujeto revolucionario
de los tiempos contemporáneos. Y es que los vínculos que generamos con nuestros
vecinos parten de unos deseos y de un malestar donde la conciencia de clase se
amplía a una conciencia crítica urbana basada en la idea de cómo vivir. Los
alquileres impagables, el secuestro de la ciudad por el turismo, la desposesión
cotidiana a base de franquicias y todas las discriminaciones sociales que
garantizan la explotación urbanística generan un vínculo entre aquellos que los
sufren y pierden sus casas. Ese enemigo común inaugura una escena antagonista,
articula un vínculo entre quienes no lo toleran, y ahí crece la resistencia,
entre cuerpos durmientes condenados a una ciudad insomne. En nuestro tiempo, la
revolución perezosa es una revolución urbana.
Esta revolución es
una vindicación de la banalidad, y no hemos de entender los derechos perezosos
sino como los derechos a la banalidad: el derecho de la gente básica a las
cosas de uso común, sin nombre ni dueño que las consuma. El término banal,
de ascendencia francesa, refiere a aquello que es «común a todos los habitantes
de una población», y primitivamente a aquello que era perteneciente a un ban,
es decir, a una circunscripción feudal (Corominas, 1987, 82). Eran cosas
banales el molino o el pozo, aquellas dependencias a disposición de todos los
villanos. Una larga historia de pedantería y fetichismo nos ha llevado a
desprestigiar las cosas banales por no ser auténticas o singulares, por ser tan
solo los mimbres de la existencia infraordinaria, pura carne de cotidianía.
Pero estamos hartas de tanta vanidad, y el cansancio nos brinda una
lección lúcida: las cosas bellas son las cosas banales. El derecho a la ciudad
trae consigo un clamor: no nos arrebataréis la banalidad, no nos quitaréis
nuestras bajezas, no acabaréis con nuestra forma de vivir en común.
En nuestra práctica
de la ciudad vamos escribiendo e imaginando esa forma de vida bellísima, tan
deseable y gustosa como ajena al capitalismo. La ciudad nunca ha de ser el
lugar donde sobrevivimos y nos vamos muriendo, o donde nos matamos a trabajar
para exiliarnos cada noche sin una almohada que nos abrace. La vindicación de
la vida holgada es la reivindicación de la vida urbana.
Página 94
Vuelvo en moto por
la noche a casa si se me hace tarde. Recorro de un silbido las calles dormidas,
la oscuridad calma y el silencio hondo de un cuerpo gigantesco sumido en su
respiración. Hace fresco, el cielo de Madrid es enorme, y más se agranda con el
sosiego de las máquinas apagadas, del asfalto que se enfría, de los insectos
verdosos que bailan y brillan tranquilos. Paso cerca de varios hoteles, me
pregunto a veces cuántos de los apartamentos que me encuentro serán alquileres
vacacionales, me pregunto por qué no los expropian de una vez por todas. Paso
cerca de plazas y parques, me pregunto cómo sería disfrutarlas sin sentarse en
una terraza, o si alguna vez tendremos que pagar por acceder al Retiro. Dejo a
mi paso luces de neón de mil franquicias y restaurantes, paso de largo la Casa
de las Carcasas, encuentro gente durmiendo entre cartones en las esquinas de
Gran Vía. Pienso en las habitaciones vacías mientras voy saliendo de Madrid, el
sueño profundo de las calles no nos recupera nunca de su devastación. Bolsas y
papeles van rodando al son del viento, zumbidos y estertores a lo lejos me
recuerdan que siempre hay alguien trabajando al otro lado, en alguna oficina o
garaje, bajo una luz fría. Es triste tocar las heridas de un cuerpo, conforta
pensar que por un segundo duelen menos y casi no se notan.
Pocas cosas hay más
bellas que una ciudad
cuando descansa,
pero nunca la veo descansar.
Página 95
El derecho a la
literatura
Una de las últimas
cosas que hice en Buenos Aires fue soñar una tarde entera. Acudí a un lugar
fascinante donde, en una gran habitación a oscuras, yacía tumbada una multitud
de personas[9]. Cojines y mantas
por el suelo de muchos colores invitaban a formar parte de aquella codurmencia.
Ya recostado, se encontraban entre las almohadas auriculares y antifaces. Con
ellos, empezaba la aventura onírica.
Entregados los
cuerpos a la oscuridad, la sensación era una fiesta. En esa delicia frondosa de
piernas y torsos complacidos en el descanso, todos los rumores de la sala
confluían en una escucha colectiva. A través de los auriculares, distintas
voces iban recitando sus sueños: un niño contaba que iba en bicicleta por un
bosque y perdía su pelota, una anciana describía con suma precisión la sonrisa
de su perro al lamer un helado que se había caído al suelo, un señor hablaba de
plantas amarillas que lucían rostros en lugar de flores. En esta comunidad
onírica no teníamos todas el mismo sueño, la unión de la utopía no era lo que
nos convocaba allí. Antes bien, nos reunía la escucha de una extrañeza,
historias que nunca existieron pero que insisten cuando cerramos los ojos, y
convocan una lógica exacta y perfecta que, sin embargo, es ajena a la razón.
Quienes se habían
ofrecido, semanas antes, a grabar el relato de su diversión nocturna, nos
prestaban aquella tarde una noción de desorden, el mundo reensamblado por manos
nuevas, el derroche de la narración. Una escucha nos vinculaba, pero allí
resonaba lo desconocido, lo incongruente, lo alternativo: aquello que, en las
palabras, es ajeno a las palabras, y sin embargo hace cuerpo, cuerpo colectivo
o comunidad desobrada. Asamblea de una incógnita encarnada, entendíamos que el
futuro no está delante, sino al lado del presente, y a veces detrás de él o
cabe sí.
Una comunidad a la
escucha de sus impensados, un espacio donde, por un momento, el desorden de la
lógica asume el protagonismo: no
Página 96
encuentro mejor imagen para cantar el derecho a la literatura, el último
y más alegre de los derechos perezosos. La alegría de este derecho descansa en
su vocación múltiple: bien mirado, el derecho a la literatura incluye el
derecho a la filosofía que Jacques Derrida concibiera desde que fundó en 1975
el Group de Recherche sur l’Enseignement Philosophique (GREP h); contiene
también el derecho a narrar, que Homi K. Bhabha propusiera en 2013 como un
derecho cultural de las minorías, y el derecho de mirada sobre el que
reflexiona Cristian Gómez-Moya (2012). Para todos estos derechos, una sola
institución es indispensable: la universidad, una universidad sin condición.
El acceso a la
universidad es indispensable para el ejercicio de los derechos perezosos y el
disfrute de la vida holgada en una sociedad democrática. Una universidad
pública, gratuita y de calidad constituye el paradójico espacio institucional
donde se celebra el placer de la sensación inútil, «el deseo de saber por
saber, del saber sin finalidad práctica», como observaba Derrida en Du
droit à la philosophie (1990, 464). La universidad, como una inmensa
biblioteca donde se celebran lecturas y lecciones, es esa selva de signos donde
exploradores y vagabundos gustan perderse, donde se puede pasear con los ojos,
donde se escucha lo que ha sido, lo que no fue y lo que podría ser. Práctica de
la contemplación, la universidad le restituye al término skholé su
sentido perezoso: es el espacio de aprendizaje libre y de curiosidad intensa,
donde leer a tiempo perdido con la sola guía del deseo, en un derroche de
atención que hace palidecer el término «improductivo». La universidad es una
cosa bella porque es una cosa inútil, insolente por no estar al servicio de
nadie, desdeñosa con cualquier principio de autoridad. Podría quedarme toda la
vida en un aula enceguecido por el fulgor de sus preguntas. Si un sabio ciego
proclamó que el paraíso es una biblioteca, es porque allí el tiempo se volvió
de papel y fluye a raudales por las estanterías, para que lo bebamos sin
saciarnos nunca.
Esta condición
inútil de la universidad tiene un sentido político, y es su vocación por el
desorden. En la universidad, los interrogantes no tienen fondo, nunca se
cierran: son los fundamentos de nuestra sociedad lo que se cuestiona, se
desmonta, se revisa, a veces en nombre de la Historia, otras por condena de la
violencia, tantas otras por el mero gusto de saber. Fuera de la universidad,
necesitamos fundamentos para vivir, y articulamos nuestra vida cotidiana con
unas estructuras y unas normas que no
Página 97
cuestionamos, pues de lo contrario nos caeríamos. Los fundamentos son a
veces leyes, a veces costumbres, otras son un relato consensuado de la Historia
o el conjunto de convenciones que sostienen nuestros valores morales, políticos
y estéticos. Todos estos cimientos sociales pueden revocarse en la universidad,
como si se tratara de una institución que desborda la institución, que somete
la práctica instituyente a debate y observación mediante su continuo
desmontaje: taller o laboratorio. La universidad puede ser, quizá, el espacio
donde se cuida la verdad, pero este cuidado se ejerce como desorden de la
verdad en nombre de la verdad: la justicia y la alteridad se dan aquí la mano.
En suma, su vocación por el desorden y el cuestionamiento perenne de la definición
jurídica, histórica y discursiva de las instituciones hace de la universidad un
espacio político: la policía tiene vedado el acceso a las facultades[10], el orden del
mundo se detiene o se contiene —se para, se expone— en el seno de la
universidad, pues solo parado puede estudiarse. Y solo si se estudia puede
cambiarse. La contemplación designa una relación con la potencia negativa de
los cuerpos: aquello que no son, pero podrían ser; lo que son capaces de decir,
aunque no lo digan todavía; lo que son capaces de mover, aunque permanezcan
quietos. All Cops Are Bastards, All Campus Are Beautiful!
El sentido político
de la universidad como institución defectiva o inoperante proviene, además, de
la relación íntima entre pensamiento y pereza, del vínculo que guarda el
pensamiento con la facultad de detenerse y el derecho de parar. En sus
reflexiones sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt reconocía que ese mal
horroroso pero ordinario que todos y todas toleramos y ejercemos está vinculado
a una asombrosa incapacidad de pensar (Arendt, 1995). En una sociedad
tecnificada y burocratizada donde el mundo gira gracias a la obediencia
automática y la ejecución de protocolos, la razón instrumental permite
ejecutar, pero no juzgar sobre el sentido y el fin último de las cosas: es el
pensamiento quien se encarga de ello, de ahí que para Arendt sea praxis y no
teoría, y constituye la forma más alta de acción —allí donde la reflexión no
persigue ningún fin, sino que es algo así como un medio sin fin, capaz de
cuestionar la conveniencia y justicia de toda finalidad—. Con este diagnóstico,
Arendt desvela un presupuesto necesario para ejercer la facultad del
pensamiento, una facultad sin la cual nos volvemos incapaces de poner límites a
la devastación de lo peor: la incapacidad de pensar corresponde punto por punto
a la incapacidad de parar.
Página 98
No podemos pensar si no estamos parados, no podemos pensar si no
desobedecemos los protocolos, desacatamos las normas, detenemos la maquinaria,
desordenamos los funcionamientos. La belleza de la pereza es aquí asunto de
desastre y desorden, nunca de cosmética. No hay inutilidad más política que la
del pensamiento, pues allí se cuestiona el sentido de lo útil, el sentido de la
productividad, la razón de ser de la eficiencia. Cualquier acción digna de ese
nombre traerá consigo desorden e insubordinación, un derroche sin economía.
Extraña y casi peregrina es la institución que no está al servicio del
rendimiento ni la eficiencia, sino que se consagra al puro gusto de saber, a la
sabiduría o sabor de todas las cosas.
Así, la universidad
es una institución para la imaginación, para una política de la imaginación: se
trata allí de crear imágenes que puedan sostener nuestra agencia y desplegar
nuevas condiciones de vida, de modo que la investigación en la universidad viene
siempre alentada por la promesa de desbordar los límites capitalistas de
nuestra imaginación, sea para desestabilizar nuestras imágenes del pasado o
para revitalizar nuestros relatos sobre el presente y el futuro. En la
universidad, todos los tiempos, el reino mismo de la posibilidad, están
yuxtapuestos y no son sucesivos, caben dentro de una biblioteca, unos al lado
de otros. Es en la universidad donde puede articularse un futuro ajeno al
progreso y al crecimiento, y donde el presente puede concebirse distinto. Y es
en la universidad donde, estando el tiempo fuera de sus goznes, la Historia no
es tan solo un legado o una tarea para la memoria, sino una praxis política de
escritura y reescritura: derecho a la imaginación, derecho a narrar, derecho a
la mirada.
En su esfuerzo de
concebir un cosmopolitismo vernáculo, el teórico Homi K. Bhabha ha definido un
«derecho a narrar» que, como derecho cultural de las minorías, consiste en una
reivindicación de la escritura de las experiencias desde sus propias experiencias,
con la perspectiva del dolor, de la víctima, del desaparecido, del subalterno
y, en fin, de aquellas que tuvieron vedado el acceso a la enunciación. Allí
donde esta privación de la palabra supuso una imposibilidad de acceder al
espacio público político, el derecho a narrar se hace valer como forma de
cuidado y reparación. El derecho a narrar se instala en las palabras como
praxis, y permite volver a sumergirnos en las mareas profundas de la Historia
para construir una narrativa que, aunque no salvífica, sí nos permite
sobrevivir,
Página 99
sobrellevar la vida, impedir la borradura (Bhabha, 2013, 64; cf.
Ripamonti, 2018). Se trata de atribuir una agencia insólita, una agencia de
discurso (Bhabha 2013, 56) a un sujeto imprevisto donde «la textualidad no es
simplemente una expresión ideológica de segundo orden o un síntoma verbal de un
sujeto político dado» (Bhabha 2013, 55). Antes bien, es la condición de
posibilidad de la reparación, de una agencia renovada donde la memoria de los
olvidados ha de ser el punto de partida para proponer cambios y políticas
sociales. No se trata para Bhabha de pugnar por una posición en el canon, ni
disputar la hegemonía de relatos históricos, sino de contradecir el principio
mismo de la unidad del relato, esa univocidad de la historia que borra las
versiones alternativas y las lecturas de los hechos que comprometen la
coherencia del relato omniabarcante. El derecho a narrar, que abre un tercer
espacio entre el pensamiento y la acción donde traducir y confrontar culturas y
perspectivas, aspira a tejer una condición híbrida de la Historia, donde se
mezclen lógicas y relatos, en una redistribución plural de la sensibilidad
instituida.
El derecho a narrar
nos exige reconsiderar las condiciones de posibilidad de las narraciones de la
Historia, y supone pensar una relación nueva, democratizada, con los archivos.
Cristian Gómez-Moya reclama esta nueva relación como un «derecho de mirada»:
«El derecho a ver en el archivo […] constituye en sí mismo un derecho de
mirada», razona. «En una época en que el secreto de la historia ha ocasionado
la emergencia de su propia desclasificación —prosigue—, el acto político de la
mirada parece ser una forma efectiva de rellenar el espacio vacío de la
memoria, con toda la ambigüedad que reivindica su derecho» (2012, 17). Este
derecho de mirada comporta una política del conocimiento que aspira a liberar
bases de datos y desclasificar archivos. Los crímenes y las violencias que en
ellos quedan grabados tienen un doble poder, pues evidencian la opresión y, por
ende, constituyen un argumento innegable para emprender una reparación. El
derecho de mirada, como el derecho a narrar, son inherentes a la universidad
como forma de imaginación, pensamiento y justicia: un desvío o una alternativa
se hace viable con ellos, pura fuerza vulnerable. Estos derechos al tiempo
perdido (narrar, mirar) buscan cobijo en la institución universitaria,
dispuesta a hacer delirar la Historia.
La institución
universitaria cobró una importancia particular en Francia a finales de los años
setenta. Ya en el otoño de 1968 se había fundado la
Página 100
Université de Vincennes, impulsada por intelectuales como Hélène Cixous,
Gilles Deleuze y Jean-François Lyotard. En 1974, Valéry Giscard d’Estaing fue
elegido presidente de la República tras vencer por la mínima a François
Mitterrand. Durante su gobierno, Francia vivió un período de ajuste económico
que trajo consigo recortes en diversos sectores, incluida la educación: se
redujo la inversión en infraestructuras universitarias, se disminuyó la
contratación de profesores y se redujeron los recursos y las subvenciones para
estudiantes. Fueron las formaciones técnicas y profesionales las que recibieron
mayor apoyo, en detrimento de otras disciplinas. La filosofía fue una de las
materias más amenazadas, tanto en la enseñanza secundaria como en la
universidad. Ante ese clima de incertidumbre y desierto de la filosofía,
Jacques Derrida fundó, junto con otros investigadores de renombre como Jean-Luc
Nancy, el Group de Recherche sur l’Enseignement de la Philosophie
(GREP h), para defender la enseñanza de la filosofía en Francia.
Una de las
principales iniciativas del GREP h fue convocar en 1979 los États
Généraux de la Philosophie, unas jornadas de estudio que reunieron en la
Sorbona a unas mil doscientas personas, y cuyo discurso inaugural se publicó a
los pocos días en el periódico Libération. Como observaba Derrida
en una entrevista con Didier Eribon, Robert Maggiori y Jean-Pierre Salgas
publicada en el mismo diario en noviembre de 1981 (cf. Derrida 1990, 499 ss.),
el proyecto del GREP h defendía blindar la filosofía en los curricula de
secundaria, así como aumentar la contratación de profesores universitarios y la
financiación de sus instituciones. Atento a aquellas jornadas de estudio,
François Mitterrand se había comprometido durante la campaña para las
elecciones de 1981 a fomentar la enseñanza filosófica siguiendo el tableau
noir de los États Généraux de la Philosophie, y encomendó a Jacques
Derrida fundar lo que sería, en 1983 —y sigue siendo hoy— el Collège
International de Philosophie (CIP h): una institución paralela a la
universidad que ofrece cursos de filosofía gratuitos para el público general de
los temas más diversos, motivada por un afán de combinar perfiles consagrados
con voces jóvenes, temas clásicos de estudio con áreas de trabajo emergentes y
novedosas.
Aunque las
propuestas de Derrida y del GREP h iban dirigidas a la práctica
filosófica, no se reducían solo a esta: abordaban más bien una reflexión
profunda sobre los modos en que se desarrolla el pensamiento en
Página 101
todas las disciplinas universitarias. Defender la filosofía no consistía
tan solo en cuidar la disciplina y el estatuto de sus facultades, sino que
también conllevaba espolear el pensamiento y la reflexión a lo largo de todas
las disciplinas, en un empeño transversal que hiciera de ellas algo más que la
aplicación de una vieja fórmula o la repetición de una coreografía intelectual.
En los textos que escribió entonces, como «Les pupilles de l’Université» (1990,
461 ss.), Derrida observa la preponderancia que recibían en Francia las
llamadas recherches finalistes, investigaciones con una
aplicabilidad clara, un retorno social directo y una mayor competencia
profesional. El auge de estos estudios venía en detrimento de las
llamadas recherches fondamentales, todos aquellos trabajos que, aun
sin aplicación clara, cultivaban el rigor y el afán crítico y podían
preguntarse por el estatuto de las disciplinas y las condiciones discursivas en
que estas se desarrollaban. Allí donde el saber se tumba y se deshace, allí donde
deja de funcionar para ser pensado, allí late la pereza, esto es, la filosofía.
El amor al saber es incompetente y no sabe de méritos ni utilidades. De ahí su
belleza, de ahí su política.
La divergencia de
estas dos modalidades de investigación ha de cuidarse como una tensión
irresoluble. Mientras que las primeras «no cuestionan jamás la normatividad
científica, empezando por el valor de la objetividad o la objetivación, que
regula y autoriza su discurso» (490), las segundas disponían la institución
para transformar «los modos de escritura, la escena pedagógica, los
procedimientos de locución entre disciplinas» (491). Las vindicaciones de
Derrida para la universidad se caracterizan por este doble gesto, que consiste
tanto en asegurar la competencia profesional y la tradición universitaria más
seria, como el desarrollo del «pensamiento más abismal de lo que fundamenta la
Universidad» (íd.). El derecho a la filosofía que proclama Derrida, comprendido
como una vindicación interdisciplinar de la crítica, implica concebir la
universidad como una institución que da espacio «a lo que todavía no tiene un
rostro reconocible» (409).
Esta doble tarea de
respetar lo instituido y acoger lo intraducible mantiene viva la dinámica de la
institución universitaria: de un lado, programas y protocolos, finalidades y
profesionalización; de otro lado, una exigencia destituyente, una suerte de hospitalidad
o capacidad para acoger lo nuevo y transformarse. No hay universidad sin
currículum, sin tradición, programas o planes de enseñanza, es indispensable
este
Página 102
momento de autoridad; pero se diría que, sin el momento de inoperancia
que Derrida reconoce en la filosofía, parece que la institución no vale
demasiado la pena. En un contexto en que las instancias «tecnopolíticas»
implantaban en nombre de la eficiencia y la utilidad un plan de austeridad que
acababa con el pensamiento en las universidades, defender esa potencia
negativa, la pereza o ineficiencia de la universidad, era lo que podía
preservar en ella un espacio crítico con el orden del mundo y sus razones de
ser. Para la filosofía «es lícito romper con todo compromiso institucional»,
clamaba Derrida en un congreso de 1984. «Lo extrainstitucional ha de tener sus
instituciones sin pertenecerles», reflexionaba, paladeando la contradicción
(1990, 511). ¿Cómo conciliar respeto y transgresión en el seno de una
institución? ¿Cómo mantener viva una paradójica institución que cuenta con el
noble propósito de deshacer la institución para rehacerla de nuevo? La aporía,
allí donde no hay caminos reconocibles, es, bien mirado, el mejor lugar para
esperar o tumbarse, la filosofía del tiempo regalado.
La dinámica que
Derrida describe en la universidad de su tiempo es la que encontramos hoy,
varias décadas después, tanto en la universidad española como en las de otros
países de Occidente. Me gustaría reconocer esta tensión en las instituciones de
educación superior como la pugna entre dos instancias que se disputan
continuamente el espacio educativo: la academia y la universidad. Si la primera
representa el orden, el fundamento y la corrección, la norma de las cosas, la
segunda es un principio de desorden y perversión. Si la academia es la custodia
del arkhé, a la universidad le corresponde la posición más lenta,
la rezagada, la anterior: el momento de la anarquía. Si la academia
se muestra hoy, por todas partes, al servicio del capital, al compás de sus
tiempos, sus vínculos y sus dinámicas, la universidad siempre ha estado,
siempre estará, al servicio de la gente básica. El afán de utilidad de la
primera solo se detiene por la celebración de la inutilidad de la segunda; los
reclamos de excelencia de la primera no arredran la voluntad de banalidad de la
segunda. La universidad vuelve legible la condición horizontal. Y, sin embargo,
desde la implantación en España del plan Bolonia regulado por el Real Decreto
1393/2007, el principio académico ha venido creciendo en detrimento de la
universidad y su genuina vocación por el desorden inoperante. Aquí también
reina la competencia, y ya sabemos que donde
Página 103
hay competición no puede haber amistad, mucho menos amor por el saber,
que es la ternura de la pereza.
¿Qué es la academia
hoy en día, que se confunde con la universidad y amenaza con acabar con ella?
La academia es, de un lado, saber, autoridad, canon, tradición, programas,
ejecución: «limpia, fija y da esplendor» es el lema de la RAE, que resume
perfectamente la vocación conservadora de estas instituciones, dedicadas a
preservar unos saberes y no otros, unos archivos y no otros, unas bibliotecas y
no otras. La soberbia con que presumen tantos estudiantes es el certificado de
que han aprendido a obedecer mucho mejor de lo que lo hacían en el instituto.
De otro lado, esta vocación conservadora se vincula, extrañamente, con su
virtud capitalista: la gestión de la educación como una empresa, y su
progresiva privatización. El capitalismo académico de nuestros días comprende
las instituciones educativas como una empresa neoliberal que subcontrata muchos
de sus servicios, contrata a consultants —profesores con una
vinculación precaria que no corresponde con su verdadera dedicación—, no
financia sus infraestructuras y se guía por un «éxito» que mide en términos de
productividad, la satisfacción y la empleabilidad de sus clientes —los alumnos—
ante los servicios prestados —la docencia— y su posición en tal o cual ranquin
internacional.
La academia como
espacio empresarial hace de la investigación una dinámica de producción
de paper de escritura homogénea y contenido habitualmente
redundante, una producción sujeta a tendencias y modas temáticas, cuyos
resultados tienen un valor variable en función del medio que los publique. La
academia hace de sus trabajadores población infantilizada migrante sin ningún
arraigo que vaga por el mundo en busca de un nuevo contrato de dos años,
sujetos a una formación permanente y acumulativa, sometiéndose aún más a estas
lógicas en tanto sienten, como buenos empresarios, que están haciendo su
carrera, que están trabajando para ellos tan íntimamente como se entregan a los
mandatos de calidad y excelencia que les dictan.
El trabajo
académico es siempre, también, un metatrabajo: además de asumir las tareas por
las que les pagan, los profesores han de atender un interminable proceso
burocrático donde continuamente justifican el valor y la importancia de dichas
tareas, explicando, primero, cuándo, cómo y por qué las harán —para obtener
financiación (aunque lo harían igualmente sin ella)— y contando, después, lo
bien que han salido y el fabuloso impacto
Página 104
de sus resultados —para no perder la financiación que han obtenido—. Así
van acumulando proyectos, pues su estabilidad no es otra que la duración del
proyecto. Si han de justificar lo que hacen antes y después de hacerlo,
implícitamente reconocen en el proceso que lo que hacen no vale nada: por eso
han de probar nerviosamente y en todo momento su valía. Si hubiera alguna duda,
su sueldo mileurista se lo confirma.
Su cultura afectiva
es la del optimismo cruel: alentados por una fantasía que nunca llega de vida
buena y realización personal-profesional, permanecen sujetos a una vida
material que sencillamente no funciona, que es miserable y está lastrada por
los continuos sacrificios en nombre del fantasma de uno mismo. Los casos
contrarios son, las más de las veces, cuestión de privilegios que ofrecen
comodidad y estabilidad para volver soportable la carrera académica, que no es
sino pura emprendeduría, pura dinámica viciada de soberbia y entusiasmo cínico.
Aquí la ciencia está privada de libertad, pues su condición de posibilidad es
el estrés constante, la circulación constante: publish or perish no
es sino la versión académica de la máxima neoliberal según la cual aquello que
no crece no vive. La ciencia sin pausa no es ciencia, es la industria cultural
por otros medios, el juego empresarial por otros medios.
Por eso mismo las
instituciones educativas de hoy en día son muy académicas, pero quizá poco o
nada universitarias: en ellas se olvida el derecho a la filosofía y la
literatura, aquella universidad sin condición que Derrida defendiera décadas
atrás. No se liberan en ninguno de sus espacios de la sombra alargada de la
meritocracia y la carrera profesional. Se parecen muy poco a un juego y
demasiado a una asamblea de negocios. El auge de las universidades privadas,
particularmente en la Comunidad de Madrid, no es sino un efecto natural de esta
colonización neoliberal del sentido de las casas de estudios. Allí, la
operatividad del saber y su razón instrumental ahogan todo lo que la
universidad puede, toda su potencia para articular horizontes de vida buena allende
el capitalismo: su apertura y su inoperancia. Y, sin embargo, lo vuelvo a
repetir: la incapacidad de pensar se corresponde con la incapacidad de parar.
Sabiduría y productivismo se oponen como libertad y estrés se oponen. Sin una
concepción del saber y del trabajo no capitalistas, seguiremos privadas de
futuro, sumidas en el desguace sistemático de nuestro presente y la
comercialización espectacular de nuestro pasado. El don del tiempo es el don de
las bibliotecas.
Página 105
Derrida impartió en el curso académico 1978-1979 un seminario titulado
«Du droit à la littérature». Fue uno de los primeros trabajos que Derrida
consagró a pensar la institución de la literatura y su relación con el derecho,
la universidad y la democracia, una cuestión sobre la que escribiría
profusamente en los noventa, con textos como Passions (1993), Donner
la mort (1999) o su famosa entrevista con Derek Attridge de 1989, publicada
solo muchos años después en francés (cf. Derrida y Attridge, 2009). En aquel
seminario, Derrida observaba que «la institución universitaria no sería posible
sin las condiciones jurídicas de lo que llamamos literatura, de lo que ella
llama literatura, y es precisamente a la universitas a quien
confiamos la custodia, la tesaurización, la tradición, la interpretación
autentificante de aquello que se garantiza por derecho». De este modo,
sostenía, «no debemos decir tan solo que la institución universitaria está aquí
condicionada por cierta historia y cierta estructura jurídica; hay que decir
también que, recíprocamente, la universidad se hace para permitir decir el
derecho, para garantizar y autentificar, para decidir todos los límites
exigidos por el derecho» (1978-1979, S1, 9). Tal es el double bind que
estas instituciones han de guardar: ni la universidad ni la literatura serían
posibles sin el marco convencional que les brinda el orden jurídico, pero el
orden jurídico no sería posible, ni pensable, sin ese laboratorio inmenso que
son la universidad y la literatura. Universidad y academia se disputan un mismo
espacio institucional, un espacio que consiste en esa misma disputa, y que se
esfuma tan pronto como aquella tensión se resuelve.
Aquí reside, quizá,
la particularidad de esos paradójicos derechos perezosos, filosofía y
literatura, que se ejercen en una universidad sin condición: derechos que
permiten deshacer el derecho, instituciones que aspiran a desbordan la
institución, cuestionar sus límites, su vocación y su estructura jurídica. La
filosofía y la literatura son el derecho a la huelga de las bibliotecas, la
juerga de la lectura, la fiesta del significante: es allí donde el mundo se
detiene. No en vano Derrida observaría en Force de loi que la
deconstrucción era una forma de huelga, «en la medida en que se toma el derecho
de contestar, y de forma no solo teórica, los protocolos constitucionales, el
estatuto mismo que rige la lectura en nuestra cultura y, sobre todo, en la
academia» (1994, 93). La pereza de la sabiduría es un detenerse tan intenso que
comienza a marchar hacia atrás o a caminar de lado, con tal de no avanzar y con
el gusto de demorarse en la pregunta por
Página 106
los recursos del camino. Bien mirado, la filosofía se parece más a un
cangrejo que a una lechuza: nunca llega tarde, pues lo suyo es rodear y
retroceder.
En consonancia con
los diagnósticos de Michel Foucault (2013) y Jacques Rancière (2007), Derrida
reconoce que la literatura es una institución reciente, una invención moderna
que solo es posible gracias a una serie de condiciones jurídicas: es solo con la
consolidación moderna de los derechos de autor, desarrollados en Francia a
tenor de la Revolución de 1789, que algo así como la institución literaria, un
espacio textual que no se somete a los tribunales de la moral, la religión o
las academias, y que solo es propiedad de quien la escribe, puede cobrar forma:
la literatura «no tiene existencia ni consistencia sino bajo las condiciones de
la ley, y no deviene “literaria” sino en una época determinada del derecho»,
valora Derrida en «Préjugés. Devant la loi» (1985, 133). No hay literatura sin
ley, su existencia es estrictamente convencional o heterónoma: sin condición ni
esencia propia, el inmenso conjunto de textos que se designan como literatura
está huérfano y al amparo y protección que el derecho le ofrece.
Pero si la
literatura es clave aquí para pensar la universidad, la filosofía y la magna
pereza que nos une, es porque dibuja un espacio institucional donde puede
ejercerse el derecho a decirlo todo. «La literatura vincula así su destino a
cierta no-censura», apunta Derrida, y ello va de la mano del «derecho ilimitado
de plantear todas las preguntas, de sospechar de todos los dogmatismos»,
sentencia en Passions (1993, 64). El derecho a decirlo todo
consiste en burlar las prohibiciones, es una ley que puede desafiar la ley, una
institución que excede la institución (cf. Derrida y Attridge 2009, 256). Fue
quizá Blanchot el primero que pensó el espacio literario como un lugar donde no
regía la productividad, ni la operatividad del sentido ni la transmisión de la
voz del poeta, sino la pura exterioridad: mientras nos aproximamos al espacio
literario y nos adentramos en la espesura de un texto, nos alejamos de la
semántica del mundo, de su sintaxis y su vocabulario. Vamos desobrándonos y
liberándonos del instrumentalismo de las palabras para tenerlas junto a
nosotros como cuerpos y como marcas, heridas, puros medios. El derecho a la
literatura es el derecho al desobramiento o la inoperancia gramatical, a la
huelga o la potencia destituyente de la pereza. Allí deshacemos las identidades
y las convenciones sociales para recuperar la oportunidad de inventar otras
relaciones, otras historias, otros mundos.
Página 107
Sin la anarquía perezosa que nos confiere el derecho a la literatura,
una ley para desarmar la ley, no hay tal cosa como la democracia. «No hay
democracia sin literatura, no hay literatura sin democracia», sentencia
Derrida. «No podemos, en ningún caso, disociar una de la otra» (1993, 64). Sin
la destitución y el detenimiento que invoca para sí el pensamiento filosófico y
el juego literario, que encuentran en la universidad su institución por
antonomasia, la democracia sería poco más que una ergocracia consumada, el
reino insomne del trabajo. Cada vez que la academia le gana el pulso a la
universidad, que se limita el pensamiento por la lógica empresarial y se
censura la indolencia o la insolencia de las palabras, la democracia pierde
cuerpo.
Para pensar es
preciso parar, para juzgar es preciso parar, para saber es preciso parar. La
condición esencial para la democracia es la condición horizontal.
En lo profundo del
oído, confundí un sueño ajeno con un sueño mío. Estaba tumbado en la arena, en
la costa breve de Playa Sucia, las horas de sol intenso cedían su liderazgo a
un viento suave[11]. Bandas de
lagartijos manchados descendían de los árboles para robar trozos de un
bocadillo que no había terminado, y los changos revoloteaban con sus alas de
azabache para disputar algún pedazo. La algarabía me iba meciendo, me traía y
me llevaba del sueño hasta la playa, ora seco ora mojado, dando vueltas sobre
la toalla para darle un mordisco a la siesta. En uno de esos giros, vi el
primer cangrejo.
Iba caminando hacia
atrás, con mucha parsimonia, desandando un camino que nadie anduvo, exhibiendo
una vetusta caracola dorada y rosa. Si me detenía lo suficiente, si yo también
iba desacelerando y retardando el nerviosismo de mi ánimo y mi percepción, el
camuflaje se desvanecía y la escena era muy distinta: hasta diez cobitos —como
allí llaman a los ermitaños— cruzaban el claro del bosque en que me había
tumbado para dar su paseo de los domingos. Todos marchaban hacia atrás,
avanzando en su lentitud y escribiendo vías que no existían antes, pero
insistían en su imaginación de letargo. Brillaban sus conchas, refulgían como
una certidumbre extraña y de otro mundo. Me tenían rodeado, aunque me iban
Página 108
esquivando, en su ociosa tarea de deshacer la playa con sus pasos
invertidos.
Apenas levanté los
ojos para mirar a la costa —mi amiga se había alejado nadando— y me encontré
con diez cangrejos fantasma: chiquitos y muy blancos, velocísimos, recorrían la
orilla caminando de lado. Parecían casi un susurro de las olas o un espejismo,
su cuerpo plateado como un relámpago, con la singular tarea de no ir a ninguna
parte, de moverse sin finalidad en su ánimo lateral de explorar el territorio.
Mientras contemplaba embobado aquella danza, uno de los ermitaños trepó por mi
nuca hasta alcanzar mi oreja izquierda. Me quedé paralizado. Los lagartos se
comían mi bocata. Entonces, con sus pinzas, el cangrejo me abrió dulcemente el
oído.
Me susurraba:
«Imagina una carrera donde gana el competidor más lento. Quien la juega, ha de
empezar por no avanzar, luego se queda muy quieto, y después comienza a
retroceder. El delirio del camino o de la lengua, esa es la clave. Mira
nuestras patas, caminamos de lado o hacia atrás, nuestro movimiento es la
lentitud más intensa. Así ganamos la carrera, la ignorancia es nuestro premio,
pues cada vez sabemos menos y estamos más lejos de la línea de salida». Con
estas palabras, el cangrejo abandonó su concha y se metió dentro de mi oído.
Corrió el tímpano como una cortina y pasó dentro de la casa, alojándose allí
para siempre.
Ahora soy la concha
de un cangrejo caribeño, y escucho su enseñanza filosófica como un monólogo
interno, rotundo. Si encuentro un camino, lo bordeo. Si me hacen una pregunta,
respondo con otra. Leer es para mí una incesante relectura. Con recreos y rodeos
abordo a mis compañías y me gusta que me traten de igual modo, pues así el
espacio ante mí aumenta, aumenta, un vacío gigantesco. Tras años con mi sabio
huésped, he aprendido la escucha crustácea, que sabe que las cosas suenan
distinto si dejas que resuenen.
En mi vida tengo
que avanzar e ir a mil sitios, el trabajo me lo requiere, pero a cada paso noto
cómo la bestia se retuerce. Y se retuerce porque prefiere, como desde entonces
yo prefiero, la vida horizontal, que aprendí tumbado en la playa.
Solo conozco la
filosofía perezosa. Para aprender a pensar,
como para vivir,
hay que saber parar primero.
Coda sobre la vida
holgada
Tuve que caer
enfermo en invierno para escribir este ensayo. Mi vida estaba ocupada por mil
historias y tareas, y siempre posponía la escritura. Es algo que me pasa en
general, tristemente: la escritura es demasiado vertiginosa, demasiado leve,
demasiado incierta, y la reservo o la dejo de lado para aplicarme en tareas más
seguras. No sé si la amo tanto que a veces me asusta. A finales de diciembre,
cuando ya no tenía ninguna excusa para afrontar el proyecto, estaba agotado y
necesitaba descansar. Me sentaba frente al ordenador a mirar las nubes y en
seguida me inventaba un nuevo pretexto, las plantas requerían mi atención o
tenía que pasar urgentemente la aspiradora, iba a la cocina y me ponía a
ordenar la nevera o me entraba la imperiosa necesidad de escribirle a ese viejo
amigo al otro lado del Atlántico que había visto por última vez hace cinco o
diez años. Nunca me ha abandonado la certeza de que la escritura es lo más
distinto al trabajo. Con ella todo se desmonta.
Este libro nació
del descanso. Primero tuve que trabajar para escribir, pero no era suficiente.
Luego tuve que dejar de trabajar para escribir, pero no era suficiente. Después
tuve que descansar para escribir, y ni siquiera eso era suficiente. La escritura
es diferente a todas las cosas. «Más abajo, más abajo», me decía, «todavía no,
todavía no», me espetaba. La escritura me habla siempre con repeticiones. Así
me reclama una inmovilidad infinita, una lentitud cada vez más intensa. Parar,
parar, parar, parar, parar hasta quedarse, como si abrazara la tierra con la
espalda.
Cuando cae la
lluvia, el agua empieza a tumbarse en el suelo y forma charcos. Tras la
tormenta, los charcos se vuelven cristales por su lentitud, apenas una libélula
o un gato los perturban. Pero el agua persevera e insiste, sigue tumbándose,
ahonda en su parsimonia. Diría que se tumba tanto que la tierra al final la
absorbe, en el entendido de que tumbarse es hundirse, traspasar y ser
traspasado, comprender la porosidad de las cosas, el arte de la fusión. Yo
quería ser como la lluvia, sin gravedad ni peso alguno, con la gracia de la
evanescencia. Anular los egos y las identidades, las fantasías del éxito y los
proyectos, aplacar el estrés y la euforia. Liberar
Página 113
el deseo de todas sus cargas, no imponerle ningún cauce, atender a lo
que dibuja. Y el deseo lluvioso forma un charco y atraviesa la piel del mundo.
Descansar ni
siquiera era suficiente para escribir, y entonces mi cuerpo me tumbó del todo,
me quitó la firmeza, aplacó todo atisbo de agenda con la implacable furia de la
fiebre. Tuve que caer enfermo en invierno para escribir este ensayo. La
escritura ha venido por los caminos del sueño, la divagación, la lucidez
horizontal. Con una fuerza que deshace y disuelve. Pero esa disolución descarga
y libera, afirma otra cosa, aunque esa otra cosa no es nada. «La deconstrucción
está del lado del sí», afirmó Derrida en la última entrevista que concedió
antes de morir. «Procede en mí de una afirmación incondicional de la vida»
(2005, 54).
Me ocurre algo
extraño con la escritura. Una convicción doble me anima a emprenderla:
cualquiera podría escribir estas cosas, cualquiera lo haría mil veces mejor que
yo, y sin embargo he de creer, con íntima confianza, que solamente yo puedo
escribirlas. He de desear hacerlo a toda costa, pese a mí mismo, como si mi
poder fuera mi impotencia. Separar la escritura de la obra coincide con la
comprensión de esta extraña disyuntiva, donde el deseo se conjuga con la
pérdida y la diferencia, no con la gravedad o la acumulación. No se trata de
escribir como especialista, sino como amateur, decía Barthes:
primero, escribir como aprendiz, como diletante, siempre del lado del comienzo,
«todo esto es nuevo para mí», cada vez es única, siempre nueva, cada repetición
es repetición de la diferencia. Después, escribir como amante, escritura enamorada,
porque nadie sale indemne de la farra de la escritura, sino transfigurado: al
volver del viaje no reconocieron su rostro, se levantó tras días de sueño con
un alma nueva. Te amo porque te desconozco, esa íntima distancia generosa.
Nada poseemos en el
mundo, salvo el poder de decir yo. Y, sin embargo, eso es lo que tenemos que
destruir, pues no hay otro acto libre que nos esté permitido, salvo la
destrucción del yo, nos contaba Simone Weil. Ese gusto y esa demora, ese
abandono y esa entrega, esa tremenda zambullida sin flotador alguno en la
piscina cósmica es lo que yo llamo pereza. Por eso he llegado hasta aquí, a
fondo perdido, arrastrándome con fuerzas de carestía, para vindicar la vida
holgada. Esta escritura brota del vacío, del baldío, de la hondura, de una
grieta o un hueco, de una huelga minúscula pero persistente. Moisés golpeó una
roca con su bastón y el
Página 114
agua brotó, en medio del desierto. Allí todavía se vive, todavía algo
resiste.
Yo tenía mucho
miedo y muchos nervios, me agarraba al trabajo en este gran naufragio, mi
voluntad se volvía loca. Pero quería hablar, quería escribir, quería tocarme
con los labios, mover la boca y también las manos; yo quería decir, quería
nombrar la belleza, una belleza superlativa y para todos los cuerpos, sin orden
ni concierto, sino algarabía y jaleo, ruido y balbuceo es lo que yo quería. Yo
quería las cosas bellas a pesar del mundo entero, como la Goldman, yo quería
morir por la belleza, como la Dickinson. Y escribir, vivir, escrivivir, aun
bajo tierra y en la tumba, a manos llenas, a fondo perdido, hasta que el musgo
me tape la boca, me llegue hasta los labios y cubra nuestros nombres.
Escrivivir hasta volverme pájaro o nutria, o confundirme con la mesa o con el
ruido de la calle, como en una pista de baile tu perfil se perturba y se
disuelve, ravescrivir. Tuve que caer enfermo en invierno para escribir este
ensayo, mi perdición. El gusto de vivir coincide de parte a parte con el gusto
de perder.
La vida holgada es
una vida que comprende su falta y la celebra. ¿Qué es esa falta? Su noche, su
oscuridad, su caída, su reverso, su inmensa ignorancia, también su ironía: una
vida es un cuerpo vacante, la disonancia feliz entre yo y mi reflejo, lo que Derrida
señalaba con la fórmula la vie la mort. A todo eso me refiero con
holgura, ¡negatividad sin empleo! ¡Ausencia de obra! Esa falta son
mis manos abiertas, son los miles de agujeros de mi cuerpo, son mis oídos: así
escucho y te encuentro, no te puedo tocar si no es con agujeros, cómo te voy a
leer si no. Aprehender es ser traspasado. Si la vida no me transfigura, apenas
es un programa, y no uno bueno. ¡Brindemos por el bello no ser de nuestros
cuerpos!
Cuando Husserl
describía la suspensión o èpokhé fenomenológica en sus Meditaciones
cartesianas, decía que «este universal poner fuera de validez […] no nos
enfrenta, por tanto, con una nada». «Aquello de lo que nos apropiamos —decía,
aquello que descubrimos, apunto— es mi propia vida pura con todas sus vivencias
puras y la totalidad de sus menciones puras» (2018, §8). Vida elegante, vida
inútil, afirmación de extranjería, el azar del encuentro. Cuando aparto el
mundo del trabajo, no me queda una nada, sino el horizonte. Y aunque soy
vertical, prefiero, siempre prefiero, siempre prefiero ser horizontal.
Página 115
Then the sky and I are in open conversation.
The trees may touch
me for once,
and the flowers
have time for me.
Página 116
Gratitud
He escrito
íntegramente este ensayo en los primeros meses de 2025 en Madrid, donde me mudé
con resignación hace unos años. Pese a mi desánimo, esta ciudad me ha permitido
algo que creía imposible: vivir a la vez en los lugares que más quiero,
combinar la Ciudad de Barcelona y la Plaza de las Californias, fusionar mis
experiencias y deseos de antaño en el desafío renovado de empezar a vivir de
cero.
Gracias, Paula, que
me has enseñado a quedarme. Sigo recordando la primera vez que cruzamos el
Puente de Toledo, como dos villanos muy antiguos que abandonan la fortaleza y
se pierden en el bosque del extrarradio.
Algunas de las
ideas que recorren este ensayo se compartieron por primera vez en el congreso
internacional «An-arkhé. La filosofía contemporánea y la crítica a la violencia
del fundamento», celebrado en la Universidad de Barcelona en junio de 2022 y
organizado por el equipo de investigación Pensamiento Contemporáneo
Posfundacional. Estoy muy feliz de formar parte de este grupo, y no puedo dejar
de celebrar y dar las gracias a mis compañeros y compañeras por todos los
aprendizajes que me brindan y la inspiración que compartimos. Laura, Ester,
Xavi, Virginia, Paula, Adrià, Fede, Delmiro, Berta, Xabi, Alejandro, que la
insurrección no desfallezca.
Discutí la noción
de derecho perezoso en un encuentro de mayo de 2023 del seminario del Center on
Modern Culture, Materialism, and Aesthetics (COMMA) de la University of
California - Santa Barbara, dirigido por Maurizia Boscagli, siempre generosa y
alegre. Volví sobre el tema en una sesión del ciclo «Capitalismo, técnica y
metafísica», celebrada en diciembre de 2023 en el seno del Grupo de Estudios
sobre Problemas Sociales y Filosóficos del Instituto Gino Germani de la
Universidad de Buenos Aires, coordinado por el queridísimo Daniel
Página 117
Alvaro. Brindo por ambos encuentros, por la dicha y la inteligencia que
me regalaron y los frutos que traerán en lo sucesivo.
Doy las gracias a
José María Goerlich Peset, catedrático de Derecho del Trabajo de la Universidad
de Valencia y viejo amigo, por facilitarme algunas referencias bibliográficas
clave y orientarme en la historia europea de la legislación social, además de invitarme
a pensar sobre la Gran Dimisión en su seminario de doctorado en abril de
2024. Vive ut Semper Vivas, desde luego.
Este proyecto sobre
la vida holgada se ha nutrido desde sus formulaciones iniciales con la
confianza y la ambición de Caterina, mi editora. Me siento muy agradecido por
su empuje, su perseverancia, su buen humor y sus consejos.
En agosto de 2024,
en Roma, tuve la suerte de compartir una semana con Marcela Rivera, Paz López y
Claudio M., días llenos de paseos y vino, de muchas conversaciones avivadas por
el agua de las fuentes. Todas esas horas juntos me ayudaron a entender la condición
horizontal.
Hay muchos modos de
acompañar la escritura, y uno de ellos, de belleza singular, es la más honda de
las escuchas. Gracias por el análisis, Ana.
Gracias a mis
colegas y amigos de la capital por su acompañamiento tranquilo: a Marta
Lumbreras, a Sofía Batko, a mis compañeros de despacho, a las servidoras de
SEyTA, al equipo de «Estética contemporánea». Así la ciudad parece otra cosa.
Sé bien que para
conversar con el cielo
hay que tumbarse
mucho y escuchar más rato.
Mi único
aprendizaje ahora es viajar
sin moverme,
perseverar hacia abajo,
la lentitud
celeste.
Página 118
Bibliografía
AGAMBEN, Giorgio
(1996), «L’immanenza assoluta», Aut Aut, n.º 276
(noviembre-diciembre).
—(2017a), Creazione
e anarchia, Neri Pozza, Venecia.
—(2017b), El
uso de los cuerpos, trad. de Adriana Hidalgo, Adriana Hidalgo, Buenos
Aires.
—(2022), «Sobre
el derecho a la resistencia», en <https://lapeste.org/2022/08/giorgio-agamben-sobre-el-derecho-de-resistencia/>.
AHMED, Sara
(2012), On Being Included. Racism and Diversity in Institutional Life,
Duke University Press, Durham.
—(2021a), Complaint!,
Duke University Press, Durham.
—(2021b), La
promesa de la felicidad, Caja Negra, Buenos Aires.
— (2004),
«Affective Economies», Social Text, vol. 22, n.º 2, pp. 117-139.
AHSAN, Hamja
(2023), Tímidos radicales. La política antisistémica del militante
introvertido, Caja Negra, Buenos Aires.
ALCALDE, Sergi
(2024), «Orca Gladis: Ataques en Gibraltar», National Geographic, en <https://www.nationalgeographic.com.es/mundo-animal/orca-gladis-ataques-gibraltar_20079>.
ALVARO, Daniel
(2024), «La ergontología de Marx: consideraciones sobre la determinación
metafísica del trabajo a partir de Heidegger y Derrida», Anales del
Seminario de Historia de la Filosofía, vol. 41, n.º 2, pp. 369-379, <https://dx.doi.org/10.5209/ashf.84238>.
ARENDT, Hannah
(2020), La condición humana, Austral, Barcelona.
—(2006), Los
orígenes del totalitarismo, trad. de Guillermo Solana Díez, Alianza,
Madrid.
Página 119
—(1995), «El pensar y las reflexiones morales», en De la
historia a la acción, trad. de Fina Birulés, Paidós, Buenos Aires,
pp. 109-137.
—(2020), La
condición humana, Austral, Barcelona.
BARUKH MILSTEIN,
Cindy (ed.) (2024), Constellations of Care. Anarcha-Feminism in
Practice, Pluto Press, Londres.
BASTANI, Aaron
(2020), Comunismo de lujo totalmente automatizado, Antipersona,
Barcelona.
BHABHA, Homi K.
(2014), Nuevas minorías, nuevos derechos. Notas sobre cosmopolitismos
vernáculos, Siglo XXI, Madrid.
BLANCHOT, Maurice
(1988), L’espace littéraire, Gallimard, París.
BENJAMIN, Walter
(2007), «Hacia la crítica de la violencia», en Obras, vol. II, 1,
trad. de Jorge Navarro Pérez, Abada, Madrid, pp. 183-204.
— (2013), «París,
capital del sigloXIX», en Obra de los pasajes, vol. 1, ed. de Rolf
Tiedemann, trad. de Juan Barja, Abada, Madrid, pp. 53-99.
BENNETT, Jane
(2010), Vibrant Matter. A Political Ecology of Things, Duke
University Press, Londres.
BERARDI, Franco
«Bifo» (2022), El tercer inconsciente, trad. de Tadeo Lima, Caja
Negra, Buenos Aires.
—(2024), Desertemos,
trad. de Darío Bursztyn, Prometeo, Buenos Aires.
BLASI, W. (2020),
«“Nobody Wants to Work Anymore” Has Been Said for 100 Years. It Wasn’t True
Then and It Isn’t True Now», Market Watch, 28/07/2022, en <https://www.marketwatch.com/story/nobody-wants-to-work-anymore-has-been-said-for-100-years-it-wasnt-true-then-and-it-isnt-true-now-11659019444>.
BRETÍN HERRERO,
Constantino (2009), «Evolución de la Seguridad Social en España», en 100
años de Seguridad Social en España (1900-2000), Dykinson, Madrid,
pp. 21-30.
BROWN, Wendy
(2020), «Los derechos como paradojas», Las Torres de Lucca, vol. 9,
n.º 17, pp. 243-261.
Página 120
BRUCKNER, Pascal (2024), Vivir en zapatillas. Sobre la renuncia
al mundo en la actualidad, Siruela, Barcelona.
BRUDER, Jessica
(2017), Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century,
WW Norton & Co, Nueva York.
BUTLER, Judith
(2006), Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, trad. de
Fermín Rodríguez, Paidós, Barcelona.
—(2021), La
fuerza de la no violencia, trad. de Marcos Mayer, Paidós, Barcelona.
CABANAS, Edgar e
Illouz, Eva (2019), Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la
felicidad controlan nuestras vidas, Paidós, Barcelona.
CADAHIA, Luciana
(2024), República de los cuidados. Hacia una imaginación política de
futuro, Herder, Barcelona.
CARE COLLECTIVE (2021), El
manifest de les cures, trad. de Lourdes Bigorra, Tigre de Paper, Barcelona.
CHINCHILLA, Izaskun
(2020), La ciudad de los cuidados, Catarata, Madrid.
CHIRICOSTA,
Alessandra (2023), Contra el mito
de la fuerza viril.
Autodefensa en
clave feminista, Tinta Limón, Buenos Aires.
CIXOUS, Hélène
(1983), Le livre de Prométhéa, Gallimard, París.
—(1995), La
risa de la Medusa. Ensayos sobre la escritura, trad. de Ana M.ª Moix,
Anthropos, Barcelona.
COCCIA, Emanuele
(2017), La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura, Miño
y Dávila, Buenos Aires.
—(2021), Metamorfosis,
trad. de Pablo Ires, Cactus, Buenos Aires.
COIN, Francesca
(2024), La gran Deserción. El nuevo rechazo del trabajo y el tiempo de
recuperar nuestra vida, Tercero incluido, Barcelona.
Constitución de la
República Española de 1931, Gaceta de Madrid.
Constitución Española
(1978), Boletín Oficial del Estado, en <https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-1978-31229>.
Página 121
Constitución soviética de 1936, en <https://www.marxists.org/espanol/tematica/histsov/constitucion19 36.htm>.
CÓRDOBA, Carlos
(2015), «Hologramas contra la “ley mordaza”», El País,
11/04/2015,
en <https://elpais.com/ccaa/2015/04/10/madrid/1428698276_149818.ht ml>.
COROMINAS, Joan
(1987), Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, 3.ª
edición, Gredos, Madrid.
CVETKOVICH, Ann
(2012), Depression: A Public Feeling, Duke University Press,
Durham.
DE SCHUTTER,
O. (2024), Towards an EU-wide right to politically strike: A
constitutional perspective, estudio solicitado por el Comité de Asuntos
Constitucionales
del Parlamento Europeo, en <https://www.europarl.europa.eu/RegData/etudes/STUD/2024/757 656/IPOL_STU(2024)757656_EN.pdf>.
DEBORD, Guy (2005),
«Informe sobre la construcción de situaciones y sobre las condiciones de la
organización y la acción de la tendencia situacionista internacional», Bifurcaciones:
revista de estudios
culturales urbanos, n.º 5, en
<http://www.bifurcaciones.cl/005/reserva.htm#inicio>.
Declaración de la
Acción Comunista Europea (ACE) (2024), «Sobre el derecho al descanso y las
vacaciones de la clase obrera y los sectores
populares»,
03/08/2024, en <https://www.pcte.es/internacional/sobre-el-derecho-al-descanso-y-las-vacaciones-de-la-clase-obrera-y-los-sectores-populares/>.
DELEUZE, Gilles
(1996), Crítica y clínica, trad. de Thomas Kauf, Anagrama,
Barcelona.
—(1999 [1990]),
«Post Scriptum a las sociedades de control», en Conversaciones
1972-1990, trad. de José Luis Pardo, Pre-Textos, Valencia,
pp. 277-281.
DE RASPAIL,
Honoré (2020), «1848 ou la deuxième défaite du prolétariat:
Louis
Blanc et le droit
au travail», LVSL, 24/02/2020, en
Página 122
<https://lvsl.fr/1848-ou-la-deuxieme-defaite-du-proletariat-louis-blanc-et-le-droit-au-travail/>.
DERRIDA, Jacques
(1978-1979), Séminaire Du droit à la littérature. Texto inédito,
consultado en los Jacques Derrida Papers del Critical Theory Archive de la
University of California – Irvine (Box 14, folder 13-18).
—(1985), «Préjugés,
devant la loi» en Derrida, Jacques et al.: La faculté de juger, Les
Éditions de Minuit, París, pp. 87-141.
—(1990), Du
droit à la philosophie, Galilée, París.
—(1993), Passions,
Galilée, París.
—(1999), Donner
la mort, Galilée, París.
—(2001), L’Université
sans condition, Galilée, París.
—(2005), Apprendre
à vivre enfin. Entretien avec Jean Birnbaum, Galilée, París.
—(2009), «Cette
étrange institution qu’on appelle littérature», en Dutoit, Thomas y Romanski,
Philippe (éds.): Derrida d’ici, Derrida de là, Galilée, París,
pp. 253-293.
—(2014 [1985]),
«Au-delà du principe de pouvoir», Rue Descartes, vol. 3, n.º 82,
pp. 4-13.
—(2024a), Répondre
- du secret. Séminaire (1991-1992), Gallimard, París.
—(2024b), Pensar
es decir no, Herder, Barcelona.
DIATKINE, Daniel
(2016), «Les ambiguïtés du droit au travail: les débats de 1848», L’Économie
politique, n.º 71, pp. 54-64.
DOMÍNGUEZ MARTÍNEZ,
J. M. (2013), «Robert Skidelsky y Edward Skidelsky: ¿Cuánto es suficiente? Qué
se necesita para una “buena
vida”», Extoicos,
n.º 11, p. 121, en <http://www.extoikos.es/n11/pdf/21.pdf>.
DUCANGE, Jean-Numa
(2011), «Paul Lafargue, cent ans après…», NOTE.
Fondation Jean
Jaurés, n.º 110, pp. 1-7.
El
pressentiment (2014), «No tengo fuerzas para rendirme», El pressentiment,
n.º 39, en <http://elpressentiment.net/no-39>.
Página 123
ELU TERÁN, Alexander (2006), «Las primeras pensiones públicas de
vejez en España. Un estudio del Retiro Obrero, 1909-1936», Revista de
Historia Industrial, n.º 32, año XV, pp. 33-68.
ESCAÑO, Carlos
(2024), «Leyes Mordaza: Análisis de 9 años de restricciones y libertad de
expresión en España», Amnesty.org,
01/07/2024, en <https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/ley-mordaza/>.
ESPOSITO, Roberto
(2022), Institución, Herder, Barcelona.
FANJUL, Sergio
(2020), «Izaskun Chinchilla: “¿Por qué puedo aparcar mi coche en la calle, pero
no mi sofá o mi nevera?”», El País, 17/12/2020,
en <https://elpais.com/icon-design/arquitectura/2020-12-16/izaskun-chinchilla-por-que-puedo-aparcar-mi-coche-en-la-calle-pero-no-mi-sofa-o-mi-nevera.html>.
FEDERICI, Silvia
(2018), El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo,
trad. de María Aránzazu Catalán Altuna, Traficantes de Sueños,
Madrid.
—(2022), Ir
más allá de la piel. Repensar, rehacer y reivindicar el cuerpo en el
capitalismo contemporáneo, Traficantes de Sueños, Madrid.
FERNÁNDEZ-SAVATER,
Amador (2024), Capitalismo libidinal. Antropología neoliberal,
políticas del deseo y derechización del malestar, NED Ediciones,
Barcelona.
FISHER, Mark
(2016), Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, trad. de
Claudio Iglesias, Caja Negra, Buenos Aires.
—(2018), Los
fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos,
Caja Negra, Buenos Aires.
—(2020), K-Punk
- Volumen 2. Escritos reunidos e inéditos (Música y política), Caja Negra,
Buenos Aires.
—(2024), Deseo
postcapitalista, trad. de Maximiliano Gonnet, Caja Negra, Buenos Aires.
FONTAINE, Claire
(2020), La grève humaine et l’art de créer la liberté, Diaphanes,
Zúrich.
Página 124
FOUCAULT, Michel (2013), La grande étrangère. À propos de
littérature, Éditions EHEES, París.
—(2016), Nacimiento
de la biopolítica: curso del Collège de France, (1978-1979), Akal, Madrid.
FUJITA, Jun
(2021), ¿Cómo imponer un límite absoluto al capitalismo? Filosofía y
política de Gilles Deleuze, Tinta Limón, Buenos Aires.
GAGO, Verónica
(2019), La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo, Tinta
Limón, Buenos Aires.
GALINDO HERVÁS,
Alfonso (ed.) (2024), La institución o la vida. Un análisis filosófico,
Guillermo Escolar, Madrid.
GARCÍA, Dora (ed.)
(2024), Amor y revolución (Kollontai), Arcadia, Barcelona.
GOLDMAN, Emma
(2006), Living my Life, Penguin Classics, Londres.
—(2014), Viviendo
mi vida, vol. 1, trad. de Ana Useros, Capitán Swing, Madrid.
GÓMEZ-MOYA,
Cristian (2012), Derecho de mirada. Arte y visualidad en los archivos
desclasificados, Palinodia, Santiago de Chile.
GÓMEZ VILLAR,
Antonio (2022), Los olvidados. Ficción de un proletariado reaccionario,
Bellaterra, Barcelona.
GÓMEZ VILLAR,
Antonio y Romero, Manuel (2024), «Mark Fisher y la crítica cultural
militante», Jacobin Magazine, 24/07/2024, en
<https://jacobinlat.com/2024/07/mark-fisher-y-la-critica-cultural-militante/#_ftn8>.
GOTBY, Alva
(2023), They Call It Love: The Politics of Emotional Life, Verso,
Nueva York.
GROYS, Boris
(2022), Filosofía del cuidado, Caja Negra, Barcelona.
GRUPO KRISIS (2018), Manifiesto
contra el trabajo, Virus, Barcelona.
GUATTARI, Félix y
Rolnik, Suely (2005), Micropolítica: cartografías del deseo, Tinta
Limón / Traficantes de Sueños, Buenos Aires.
Página 125
GUILLUY, Christophe (2024), Los desposeídos. El instinto de
supervivencia de las clases populares, Katz Editores, Buenos Aires.
HAMACHER, Werner
(2012), Lingua Amissa, trad. de Laura S. Carugati y Marcelo G.
Burello, Miño y Dávila, Buenos Aires.
—(2017), «Del
derecho a tener derechos. Derechos humanos; Marx y Arendt», Pléyade.
Revista de Humanidades y Ciencias Sociales, n.º 19, pp. 29-66.
— (2020), «Working
on Working», en On the Brink. Language, Time, History, and Politics,
Rowman & Littlefield, Nueva York, pp. 147-182.
HAN, Byung-Chul
(2010), La sociedad del cansancio, Herder, Barcelona.
HARDT, Michael
(2017), «Red Love», South Atlantic Quarterly, vol. 116, n.º 4,
pp. 781-796.
HARVEY, David
(2008), «El derecho a la ciudad», New Left Review, n.º 53,
pp. 23-39.
—(2013), Ciudades
rebeldes. Del derecho de la ciudad a la revolución urbana, trad. de
Juanmari Madariaga, Akal, Madrid.
HEIDEGGER, Martin
(2000), Carta sobre el humanismo, trad. de Helena Cortés y Arturo
Leyte, Alianza, Madrid.
—(2009), La
autoafirmación de la universidad alemana, trad. de Ramón Rodríguez, Tecnos,
Valencia.
HEMMENS, Alastair
(2019), The Critique of Work in Modern French Thought. From Charles
Fourier to Guy Debord, Palgrave & Macmillan, Londres.
HESTER, Helen y
Srnicek, Nick (2024), Después del trabajo. Una historia del hogar y la
lucha por el tiempo libre, Caja Negra, Buenos Aires.
HONG, Renyi
(2022), Passionate Work. Endurance after the Good Life, Duke
University Press, Durham.
HONIG, Bonnie
(2021), A Feminist Theory of Refusal, Harvard University Press,
Cambridge.
Página 126
HUSSERL, Edmund (2018), Meditaciones cartesianas, trad. de
Mario A. Presas, Tecnos, Madrid.
ILLOUZ, Eva
(2007), Intimidades congeladas: las emociones en el capitalismo,
Katz, Buenos Aires.
IRIGARAY, L.
(1983), L’oubli de l’air chez Heidegger, Éditions de Minuit, París.
JACKSON, Timothy
(2023), Poscrecimiento, NED Ediciones, Barcelona.
JÜNGER, Ernst
(1990), El trabajador: dominio y figura ensayo, Tusquets,
Barcelona.
— (2002), Guerra,
técnica y fotografía, ed. de Nicolás Sánchez Durá, trad. de Joan B.
Llinares Chover, PUV, Valencia.
KANT, Immanuel
(2010), «Ideas para una historia universal en clave cosmopolita», en Ideas
para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre
Filosofía de la Historia, Tecnos, Madrid.
KERN, Leslie
(2020), Feminist City: Claiming Space in a Man-Made World, Verso,
Nueva York.
KROPOTKIN, Piotr
(1931), La conquista del pan, Editorial B. Bauza, Barcelona.
KULCSÁR-SZABÓ,
Zoltán, Lénárt, Tamás y Hamacher, Werner (2019), «Lo torcido ante todo lo
recto: diálogo con Werner Hamacher», Revista de humanidades,
n.º 37, pp. 235-252.
LAFARGUE, Paul
(1970), Textes choisis, introducción y notas de Jacques Girault,
Éditions Sociales, París.
—(1973), El
derecho a la pereza, introducción de Manuel Pérez Ledesma, Fundamentos,
Madrid.
—(2010), Le
droit à la paresse. Réfutation du «droit au travail» de 1848, La
Découverte, París.
—(2016), El
derecho a la pereza, Virus, Barcelona.
—(2022), La
religion du capital, Éditions de l’éclat, París.
Página 127
LAPOUJADE, David (2017), Les existances moindres, Minuit,
París.
—(2024), El
cuerpo que no aguanta más. Nietzsche y Deleuze, trad. de Marcela Rivera,
Luciole ediciones, Santiago de Chile.
LAVAL, Christian y
Dardot, Pierre (2013), La nueva razón del mundo.
Ensayo sobre la
sociedad neoliberal, Gedisa, Barcelona.
LAZZARATO, M.
(2017), Marcel Duchamp y el rechazo del trabajo: seguido de Miseria de
la sociología, Casus-Belli, Madrid.
LEFEBVRE, Henri
(2017), El derecho a la ciudad, trad. de Ion Martínez Lorea,
Capitán Swing, Madrid.
LEWIS, Sophie
(2023), Abolir la familia. Un manifiesto por los cuidados y la
liberación, Traficantes de Sueños, Madrid.
LEZRA, Jacques
(2023), «Instituciones defectivas: un protocolo para la república», Enrahonar.
An International Journal of Theoretical and Practical Reason, n.º 71,
pp. 43-63.
LEZRA, Jacques
(2024), Defective Institutions. A Protocol to the Republic, Fordham
University Press, Nueva York.
LIPOVETSKY, Gilles
(1990), L’ère du vide: essais sur l’individualisme contemporain,
Gallimard, París.
LLEVADOT, Laura
(2024), «El dret a les coses velles i decrèpites», El Punt Avui, 27/09/2024, en <https://www.elpuntavui.cat/opinio/article/8-articles/2461601-el-dret-a-les-coses-velles-i-decrepites.html>.
LLEVADOT, Laura y
Jordana Lluch, Ester (2024), «Democracia y anarkhé», en Virginia Fusco y Andrea
Greppi (eds.), Democracia radical, Lengua de Trapo, Madrid,
pp. 91-108.
LÓPEZ, Paz
(2021), Velar la imagen. Figuras de la pietà en el arte chileno,
mundana ediciones, Santiago de Chile.
LÓPEZ AHUMADA,
José Eduardo (2005), «Orígenes y formación del derecho al descanso
semanal», AFDUA, pp. 58-89.
LÓPEZ
DEL PASO, R. (2013), «¿Cómo ha evolucionado la jornada laboral en España
desde una perspectiva histórica?», Extoicos, n.º 11, p. 100.
Página 128
LORDE, Audre (2019), «Poetry is not a luxury», en Sister
outsider: Essays and speeches, Penguin Modern, Londres, pp. 36-39.
LORDON, Frédéric
(2019), Vivre sans? Institutions, police, travail, argent…,
La fabrique, París.
LYOTARD,
Jean-François (2015), Économie libidinal, Minuit, París.
LUXEMBURGO, Rosa
(2015 [1906]), Huelga de masas, partido y sindicatos, trad. de
Aricó, J. y Rosenfeld, N., Siglo XXI, Madrid.
MAÑAS SÁNCHEZ,
Carmen Belén (2014), Evolución del sistema de pensiones en España.
Comparativa con Europa, Universidad de Almería, TFG.
MARCHART, Oliver
(2009), El pensamiento político posfundacional, FCE, Buenos Aires.
—(2019), «Sobre la
primacía de la política. El “giro ontológico” como forma del actuar
político», Pensamiento al margen. Revista digital, n.º 10,
pp. 136-148.
—(2024), Estética
conflictual, trad. de Juan Evaristo Valls Boix, NED Ediciones, Barcelona.
MARZAL FUENTES,
Antonio (ed.) (2006), La huelga hoy en el derecho social comparado,
J.M. Bosch Editor, Barcelona.
MARTÍN VALBUENA,
Cristina (2022), «Plensa vuelca su imaginario en la fachada del Liceu», The
New Barcelona Post, 10/05/2022, en <https://www.thenewbarcelonapost.com/jaume-plensa-vuelca-imaginario-fachada-liceu/>.
MARX, Karl
(2017), El capital, ed. de Pedro Scarón, Siglo XXI, Madrid.
—(2018), El
capital. Antología, trad. de Manuel Sacristán; edición, selección y notas
de César Rendueles, Alianza, Madrid.
MILLÁN, Víctor
(2021), «¿Qué países tienen más y menos días de vacaciones?: El mito (o no) del
agosto español», El Economista,
31/05/2021,
en <https://www.eleconomista.es/economia/noticias/11245581/05/21/Q
Página 129
ue-paises-tienen-mas-y-menos-dias-de-vacaciones-El-mito-o-no-del-agosto-espanol.html>.
MILLET, Kate (1995
[1970]), Política sexual, Cátedra, Madrid.
MOMBAÇA, Jota
(2024), No nos van a matar ahora, Caja Negra, Buenos Aires.
MONTAGUT, Eduardo
(2016), «El derecho de huelga en España», Nueva
tribuna, 16/01/2018,
en <https://www.nuevatribuna.es/articulo/historia/derecho-huelga-espana/20160118150703124449.html>.
MOS, Lucía (2021),
«A la conquista del tiempo libre: una historia de las vacaciones», Yorokubu,
12/08/2021, en <https://yorokobu.es/a-la-conquista-del-tiempo-libre-una-historia-de-las-vacaciones/>.
MYERS, Robin
(2019), Tener, trad. de Ezequiel Zaidenwerg, Kriller71, Madrid.
NANCY, Jean-Luc
(2021), «Restitution», trad. de Philip Armstrong, Ill Will, en <https://illwill.com/restitution>.
NIETZSCHE,
Friedrich (2000), Crepúsculo de los ídolos o Cómo se filosofa con el
martillo, trad. de Andrés Sánchez Pascual, Alianza, Barcelona.
—(2011), Así
habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie, trad. de Andrés Sánchez
Pascual, Alianza, Madrid.
O’BRIEN, M. E.
(2023), Family Abolition. Capitalism and the Communizing of Care,
Pluto Press, Londres.
ODELL, Jenny
(2021), Cómo no hacer nada: Resistirse a la economía de la atención,
Ariel, Barcelona.
Oficina del Alto
Comisionado para los Derechos Humanos (2018), «Artículo 24: derecho al descanso
y al tiempo libre», Noticias ONU, 03/12/2018, en <https://news.un.org/es/story/2018/12/1447471>.
Organización
Internacional del Trabajo (s.f.), Derechos fundamentales en el trabajo
y normas internacionales del trabajo, en <https://www.ilo.org/es/media/314046/download>.
Página 130
Organización Mundial de la Salud (2023), «Depresión», 31/03/2023, en
<https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/depression>.
PALACIO-AVENDAÑO,
Martha (2023), «El derecho a descansar desde el feminismo poscolonial de gloria
anzaldúa», Res Publica, n.º 26, vol. 1, pp. 57-66.
PELBART, Peter Pál
(2009), Filosofía de la deserción. Nihilismo, locura y comunidad,
trad. de Santiago García Navarro y Andrés Bracony, Tinta Limón,
Buenos Aires.
Plan C (2014),
«We are all very anxious», 4/04/2014, en <weareplanc.org>.
PLATH, Sylvia (2015
[1981]), Collected Poems (T. Hughes, Ed.), Faber and Faber,
Nueva York.
PORTA CABALLÉ,
Adrià (2025), «Una topografía del vacío en las artes plásticas: Klein, Chillida
y Heidegger», en Laura Llevadot y Juan Evaristo Valls Boix (eds.), Estética
posfundacional. Arte político y políticas del arte en el pensamiento
contemporáneo, Dykinson, Madrid, pp. 215-240.
QUINTANA, Laura
(2021), Rabia. Afectos, violencia, inmunidad, Herder, Barcelona.
RANCIÈRE, Jacques
(2007), Politique de la littérature, Galilée, París.
RANDALL, Kate
(2018), «Millones de estadounidenses se enfrentan a la pobreza al
jubilarse», World Socialist Website, 26/06/2018, en <https://www.wsws.org/es/articles/2018/06/26/jubi-j26.html>.
RICH, Adrienne
(1978), The Dream of a Common Language. Poems 1974-1977, Norton
& Company, Londres.
RIPAMONTI, Paula
(2018), «El derecho a narrar: una lectura cruzada entre Los orígenes
del totalitarismo y La condición humana», VI Jornadas
Internacionales
Hannah Arendt, en <https://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/112048>.
RIVERA HUTINEL,
Marcela (2024), «Imágenes de la inclinación y la caída: contra la vida
capital», Laocoonte. Revista de Estética y Teoría de las Artes,
n.º 11, pp. 31-47.
Página 131
RODRÍGUEZ, Pau (2019), «Un siglo de la huelga de La Canadiense o cómo se
consiguió tu jornada laboral de 8 horas», Eldiario, 02/02/2019,
en <https://www.eldiario.es/catalunya/huelga-canadiense-consiguio-jornada-laboral_1_1723723.html>.
RODRÍGUEZ-PIÑERO ROYO,
Miguel (2024), «La gran dimisión. Perspectivas jurídicas», LABOS
Revista De Derecho Del Trabajo Y Protección Social, vol. 5, n.º 2,
pp. 180-193.
ROLNIK, Suely
(2019), Esferas de insurrección. Apuntes para descolonizar el
inconsciente, Tinta Limón, Buenos Aires.
ROSLER, Martha
(2017), Clase cultural. Arte y gentrificación, trad. de Gerardo
Jorge, Caja Negra, Buenos Aires.
SAINT-AMAND,
Denis (coord.) (2023), Les
écrits sauvages de la
contestation, Fabula, París, en
<https://doi.org/10.58282/colloques.9277>.
SANTAMARÍA, Elena
(2024), «Guía para la huelga del alquiler en España: ¿es legal? ¿Mi casero me
puede echar del piso?», Cosmopolitan, 30/10/2024, en <https://www.cosmopolitan.com/es/consejos-planes/familia-amigos/a62727875/que-es-huelga-alquiler-legal/>.
SEGATO, Rita
(2020), «Coronavirus: Todos somos mortales. Del significante vacío a la
naturaleza abierta de la historia», Lobosuelto, 19/04/2020, en <https://lobosuelto.com/todos-somos-mortales-segato/>.
SLOTERDIJK, Peter
(2011), Estrés y libertad, trad. de Paula Kuffer, Godot, Buenos
Aires.
SONTAG, Susan
(2018), Declaración. Cuentos reunidos, Random House, Barcelona.
SRINIVASAN, Amia
(2022), El derecho al sexo, Anagrama, Barcelona.
TAYLOR, Dan (2019),
«Affects of Resistance. Indignation, Emulation, Fellowship», Pli,
n.º 30, pp. 23-48.
TIQQUN (2009), Contributions
à la guerre en cours, La fabrique, París.
—(2016), Théorie
du Bloom, La fabrique, París.
Página 132
UGARTEMENDÍA ECEIZABARRENA, Juan Ignacio (1999), «El derecho de
resistencia y su “constitucionalización”», Revista de estudios
políticos, n.º 103, pp. 213-245.
URÍAS, Joaquín
(2022), «¿Qué es la ley mordaza, por qué es un peligro y
qué significa
derogarla?», CTXT, 14/02/2022, en <https://ctxt.es/es/20220201/Firmas/38745/derechos-fundamentales-ley-mordaza-policia-jueces-libertades-reforma.htm>.
VALDÉS, Alicia
(2024), Política del malestar, Debate, Barcelona.
VALLS BOIX,
Juan Evaristo (2024), «Break My Soul (please don’t). El acontecimiento de la
Gran Renuncia y la política de los afectos», Labos: Revista de Derecho
del Trabajo y Protección Social, vol. 5, n.º 2, pp. 194-208.
VÉLEZ, Antonio M.
(2025), «Un empresario acogido a la amnistía fiscal dice que las leyes
laborales fomentan “la vagancia” y protegen
“derechos
absurdos”», Eldiario, 05/01/2025, en <https://www.eldiario.es/economia/empresario-acogido-amnistia-fiscal-dice-leyes-laborales-fomentan-vagancia-protegen-derechos-absurdos_1_11940451.html>.
VIRNO, Paolo
(2003), Virtuosismo y revolución, la acción política en la época del
desencanto, trad. de Sánchez Cedillo, R., Traficantes de Sueños,
Madrid.
—(2021), Sobre
la impotencia. La vida en la era de su parálisis frenética, trad. de Emilio
Sadier, Tinta Limón, Buenos Aires.
WARK, McKenzie
(2021), El capitalismo ha muerto. El ascenso de la clase vectorialista,
Holobionte, Madrid.
WARK, McKenzie
(2023), Raving, Caja Negra, Buenos Aires.
WEEKS, Kathy
(2021), El problema del trabajo: Feminismo, marxismo, políticas contra
el trabajo e imaginarios más allá del trabajo, Traficantes de
Sueños, Madrid.
WEIL, Simone
(2004), La gravedad y la gracia, trad. de Montserrat Abelló,
Trotta, Madrid.
Página 133
—(2023), La Ilíada o el poema de la fuerza,
trad. de Agustín López y María Tabuyo, Trotta, Madrid.
WILLIAMS,
Alex (2010), «On Negative Solidarity and
Post-Fordist
Plasticity», en
<https://splinteringboneashes.blogspot.com/2010/01/negative-solidarity-and-post-fordist.html>.
WITTIG, M. y Zeig,
S. (1976), Brouillon pour un dictionnaire des amantes, Grasset,
París.
WOLLSTONECRAFT,
Mary (2014), Vindicación de los derechos de la mujer, trad. de
Alfredo Brotons Muñoz y Marta Lois González, Akal, Madrid.
WOOLF, Virginia
(1980), Una habitación propia, trad. de Laura Pujol, Seix Barral,
Barcelona.
ZAFRA, Remedios
(2017), El entusiasmo, Anagrama, Barcelona.
ZAMBRANO, María
(1986), Senderos, Anthropos, Barcelona.
ŽIŽEK, Slavoj
(2011), En defensa de las causas perdidas, trad. de Francisco López
Martín, Akal, Madrid.
Webgrafía
CNN en Español,
«Análisis: Jubilación sin dinero, perspectivas en México», <https://cnnespanol.cnn.com/video/analisis-jubilacion-sin-dinero-perspectivas-mexico-tv-fast/>.
FIAP Internacional,
«EE. UU.: Casi 53 millones de estadounidenses viven en la pobreza al jubilarse», <https://www.fiapinternacional.org/ee-uu-jubilacion-casi-53-millones-de-estadounidenses-viven-en-la-pobreza/>.
Historia, «14 de
junio de 1791: en Francia se promulga la Ley Le Chapelier», <https://www.historia.com/magazine/14-junio-1791-en-francia-se-promulga-la-ley-le-chapelier/>.
Justizia, «Los
derechos paso a paso: derecho a huelga y a sindicarse»,
<https://www.justizia.eus/noticia/2018/los-derechos-paso-a-paso-
Página 134
derecho-a-huelga-y-a-sindicarse/webjus00-contentgen/es/#:~:text=El%20derecho%20a%20huelga%20se,como%
20derecho%20fundamental%20en%20la>.
Onda Cero, «Huelga
de alquileres: qué es y cómo propone el Sindicato de
Inquilinas acabar
con la crisis de vivienda», <https://www.ondacero.es/noticias/economia/huelga-alquileres-que-consiste-propuesta-sindicato-inquilinas-acabar-crisis-vivienda_20241013670bc635afcb530001e750e9.html>.
Passerelles, «Loi
Ollivier sur le droit de grève»,
<https://passerelles.essentiels.bnf.fr/fr/chronologie/article/3cefea5b-5145-4256-8342-1f5e70fe0e1e-loi-ollivier-sur-droit-greve#:~:text=La%20loi%20Ollivier%20du%2025,commettre%20d’ac
te%20de%20violences>.
Notas
[1] Muchas de
las reflexiones sobre el vacío que se filtran en este ensayo se las debo a mis
conversaciones con Adrià Porta y a su excelente trabajo (cf. Porta,
2025). <<
[2] Conocí la
poesía de Robin Myers, así como el pensamiento de Adriana Cavarero y David
Lapoujade, gracias a Marcela Rivera Hutinel. Nuestras conversaciones en el
verano de 2024 y su trabajo sobre las imágenes de la inclinación y la caída
(cf. Rivera Hutinel, 2024) me han resultado muy valiosos para explorar algunas
ideas de este capítulo. Además, he conocido la ergontología por las
investigaciones de Daniel Alvaro, y con gratitud lo reconozco. <<
[3] Un
trasfondo que recuperó gracias a los valores del nacionalcatolicismo
franquista, en el Fuero del Trabajo de 1938. <<
[4] El
siguiente mapa del World Policy Center se organiza según las vacaciones reconocidas legalmente
a lo largo del mundo: <https://www.w orldpolicycenter.org/policies/is-paid-annual-leave-available-to-worker s>. <<
[5] En
castellano se podría traducir como la «alegría de perderse algo». <<
[6] Cabe
observar que la OIT nunca ha reconocido la huelga como derecho, si bien puede
entenderse que esta queda comprendida en la libertad sindical —como ocurre en el
Convenio Europeo de Derechos Humanos. <
[7] Es
menester puntualizar que, previamente, una circular de 1899 de la fiscalía del
Tribunal Superior reinterpretaba los tipos penales y limitaba la
criminalización de la huelga. <<
[8] Muestro
aquí mi gratitud hacia José María Goerlich Peset, que me ha asistido en este
estudio. <<
[9] Evoco
aquí con libertad imaginativa el acto que tuvo lugar el 21 de diciembre de 2023
en el Centro de Arte Sonoro (CASo) de Buenos Aires, donde se presentó el
libro Escuchando en sueños. Un compendio de sueños sonoros,
meditaciones y rituales para soñar profundamente, de IONE,
editado por Dobra Robota. Agradezco a Verónica Balduzzi que me hablara del
evento y me invitara a acompañarla. <<
[10] Así lo
recoge la Constitución española en su artículo 27.10, que se desarrolla en la
Ley Orgánica de Universidades (LOU), si bien la autonomía cuenta con
excepciones. Países como Francia, Argentina o México gozan también de autonomía
universitaria. No es el caso de Estados Unidos. <<
[11]Con inmenso
cariño, doy gracias a Franchesca Rotger por enseñarme en agosto de 2024 Puerto
Rico y sus mil playas. <<
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario