© Libro N° 14796. Réquiem Por Una Mujer. Faulkner, William. Emancipación. Febrero 7 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.co/book/requiem-por-una-mujer/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://assets.lectulandia.co/b/ab/William%20Faulkner/Requiem%20por%20una%20mujer%20(24)/big.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
RÉQUIEM
POR UNA MUJER
William
Faulkner
Réquiem Por Una Mujer
William Faulkner
En esta novela que retoma los personajes de Santuario, el matrimonio de Temple Drake y Gowan Stevens sufre una perdida intolerable: su hija pequeña es asesinada por su niñera, a la que luego se condena a muerte. Sin embargo, poco antes de que se cumpla la sentencia Temple buscará interceder por la muchacha. Y es que no solo está en juego la administración de la justicia, sino también la culpa histórica de toda una sociedad fundada en tierra hostil y manchada por la violencia.
Contada por turnos en una prosa desbordante y como obra de teatro, Requiem por una mujer es una inquietante exploración del impacto del pasado en el presente.
William Faulkner
Réquiem Por Una Mujer
ePub r1.0
Un_Tal_Lucas 25-11-2023
Título original: Requiem for a Nun
William Faulkner, 1950
Traducción: Jorge Zalamea
Editor digital: Un_Tal_Lucas
ePub base r2.1
ACTO I
El tribunal
(Un nombre para la ciudad)
El tribunal es menos viejo que la ciudad, que comenzó en algún momento del final de siglo como un puesto de intercambio de la agencia Chickasaw y continuó como tal cerca de treinta años hasta descubrir, no que carecía de un archivo para sus registros y ciertamente no que necesitara uno, sino que tan solo creándolo o al menos decretándolo podía enfrentarse a una situación que de otra manera iba a costarle dinero a alguien.
El poblado tenía los registros; incluso el simple desposeimiento de los indios engendró con el tiempo un rudimento de archivo, por no mencionar la habitual camada de la ruinosa confederación humana contra el entorno — contra aquel tiempo y aquella tierra salvaje—; en este caso, una mezquina, descolorida, abarquillada, desordenada y a veces ininteligible colección de concesiones de tierras, licencias, traspasos y escrituras, nóminas de milicianos y de propiedades según su tasa impositiva, facturas de ventas de esclavos, listas de contadurías sobre moneda espuria y cotizaciones de cambios, embargos e hipotecas, anuncios de recompensas por negros fugados o robados y por otro ganado, anotaciones parecidas a un diario sobre nacimientos y matrimonios, defunciones, ahorcamientos y subastas públicas de tierras, que se habían acumulado lentamente durante esas tres décadas en una especie de piratesco cofre de hierro, en el cuarto interior de la oficina de correos barra puesto de intercambio barra almacén general, hasta aquel día en que, treinta años más tarde, a causa de una fuga de la cárcel junto con un antiguo y monstruoso candado de hierro transportado a caballo mil seiscientos kilómetros desde Carolina, la caja fue trasladada a un pequeño y nuevo cuarto anexo semejante a un cobertizo para leña o para herramientas construido dos días antes junto al muro exterior de troncos encotanados y unidos con barro
Página 5
de la improvisada cárcel; y de esta manera nació el tribunal del condado de Yoknapatawpha: por mera casualidad, no solo menos antiguo que la propia cárcel, sino venido al mundo por puro azar y accidente: la caja que contenía los documentos no se trasladó desde ningún lugar, sino simplemente a uno; sacada del cuarto trasero del puesto de intercambio no por razón alguna inherente al cuarto trasero o a la caja, sino al contrario: esta —la caja— no solo no se interponía en el camino de nadie en el cuarto trasero, sino que hasta la echaron de menos cuando se la llevaron, por haber servido de asiento o banquillo entre los barriles de pólvora y de whisky y los barriletes de sal y de manteca en torno a la estufa en las noches de invierno; y la sacaron de allí por la simple razón de que repentinamente el poblado (de la noche a la mañana se convertiría en ciudad sin haber sido aldea; un día cien años más tarde se despertaría frenéticamente de su sueño comunal a una erupción de clubes de Rotarios y de Leones y Cámaras de Comercio y de movimientos para embellecer las ciudades: un furioso redoblar de huecos tambores hacia ninguna parte, simplemente para retumbar con mayor estruendo que el pequeño coágulo humano más próximo al norte, al sur, al este o al oeste, llamándose a sí mismo ciudad como Napoleón se llamó a sí mismo emperador e hinchando sus registros censales para defender su maniobra: una fiebre, un delirio en el que el poblado quisiera confundir para siempre inquietud con movimiento y movimiento con progreso. Pero aquello sería a cien años vista; ahora era frontera, los hombres y las mujeres pioneros, rudos, sencillos y duraderos, buscando dinero o aventuras o libertad o simple evasión, sin preocuparse de cómo hacerlo) se descubrió a sí mismo enfrentado no tanto a un problema que tuviera que resolver, sino a un dilema en forma de espada de Damocles del que debía salvarse.
Incluso la fuga de la cárcel fue fortuita: una pandilla —tres o cuatro— de bandidos de la Senda Natchez (según comenzaría a afirmar veinticinco años más tarde la leyenda, y cien años después seguiría insistiendo, que dos de los bandidos eran los propios Harpe, al menos Big Harpe, pues las circunstancias, el método de la fuga, dejaban tras de sí como un olor, un vestigio, una especie de gargantuesco y extravagante espíritu travieso, a la vez humorístico y aterrador, como si el poblado hubiese caído, desatinado, bajo la mirada o dentro del alcance de un ocioso y caprichoso gigante; lo cual —que fueran los Harpe— era imposible, pues los Harpe, y hasta el último de los rufianes de Mason, habían muerto o se hallaban dispersos en aquel tiempo, y los ladrones habrían tenido que pertenecer a la organización de John Murrel, si es que tenían que pertenecer a alguna cofradía que no fuera la simple cofradía de la
Página 6
rapiña) capturada de casualidad por una incidental patrulla de civiles más o menos milicianos y llevada a la cárcel de Jefferson por ser la más próxima, habiendo sido convocada la banda de milicianos a Jefferson dos días antes con ocasión de una barbacoa del 4 de julio, que al segundo día se purgó por robusta eliminación convirtiéndose en una pelea de borrachos que volvió aun a los más intrépidos supervivientes lo bastante vulnerables como para ser expulsados del poblado por los residentes civiles, la patrulla que debía realizar la captura habiendo sido transportada, todavía en estado comatoso, en uno de los vagones del desahucio a una ciénaga a seis kilómetros de Jefferson conocida como Hurricane Bottoms, donde acamparon para recuperar fuerzas o al menos el equilibrio de sus piernas, y donde aquella noche los cuatro —o tres— bandidos, en su fuga a través de la comarca después de su última hazaña en la Senda Natchez, fueron a tropezar con la hoguera. Y aquí se dividen los testimonios: algunos dicen que el sargento al mando de la milicia reconoció a uno de los bandidos como desertor de su cuerpo, otros dicen que uno de los bandidos reconoció al sargento como un antiguo compinche de su profesión, la de los bandidos. Sea como fuere, a la cuarta mañana todos ellos, captores y prisioneros, regresaron a Jefferson en grupo, unos dicen que confederados en busca de más bebida, otros dicen que los captores llevaron de vuelta al poblado a sus presas como desquite por haber sido expulsados de allí. Como aquellos eran tiempos de la frontera y de los pioneros, en los que la libertad personal y la independencia eran casi condiciones físicas, como los incendios o las inundaciones, y a ninguna comunidad se le ocurría intervenir en la moral de nadie mientras el amoral ejerciese en cualquier otro lugar, Jefferson, no hallándose en la Senda ni en el Río, sino a medio camino entre ambos, no quería ninguna porción del submundo de unos o de otros.
Pero ahora tenía una parte, tomada por así decirlo por sorpresa, de improviso, sin advertencia para prepararse y defenderse. Encerraron a los bandidos en la agrietada cárcel de troncos y barro, que hasta entonces no había tenido cerrojo ya que sus clientes habían sido aficionados —camorristas locales, borrachos y esclavos fugados— para los que bastaba una simple traba de madera pesada encajada en la parte exterior de la puerta como en un granero. Pero ahora tenían a quienes hubiesen podido ser cuatro —tres— Dillinger o Jesse James de la época, con precio puesto a sus cabezas. Por tanto, cerraron bien la cárcel; hicieron con un taladro un agujero en la puerta y otro en la jamba, pasaron por ellos una larga y pesada cadena y enviaron un mensajero a la carrera hasta la oficina de correos barra almacén para traer el viejo candado de Carolina procedente de la última valija de correos de Nashville: aquel
Página 7
monstruo de hierro pesaba casi siete kilos y tenía una llave casi tan larga como una bayoneta, y era no solamente el único candado en aquella región del país, sino el candado más antiguo de aquel recoveco de Estados Unidos, llevado allí por uno de los tres hombres que habrían de ser pioneros y colonos contemporáneos del condado de Yoknapatawpha, al que legaron los tres nombres más antiguos: Alexander Holston, que vino como mitad criado y mitad guardaespaldas del doctor Samuel Habersham y mitad niñera y mitad tutor del hijo del doctor, huérfano este de madre y de ocho años, cabalgando los tres a través de Tennessee desde Cumberland Gap en compañía de Louis Grenier, el segundón hugonote que trajo por primera vez esclavos al país y obtuvo la primera gran adjudicación de tierras, convirtiéndose así en el primer plantador de algodón; mientras que el doctor Habersham, con su negro y raído maletín de píldoras y bisturíes y su fornido y taciturno guardaespaldas y su hijo medio huérfano, se convirtió en el poblado mismo (durante una época, antes de que se le diera a este un nombre, se lo conocía como el poblado del doctor Habersham, luego como el poblado de Habersham, luego simplemente como Habersham; cien años más tarde, durante un cisma entre dos clubes de señoras por el nombramiento de las calles para así obtener reparto gratuito del correo, se inició un movimiento, primero, para cambiar de nuevo el nombre por el de Habersham, y luego, habiendo fracasado esto, para dividir al pueblo en dos y llamar una mitad Habersham en memoria del viejo doctor pionero y fundador); amigo del viejo Issetibbeha, el jefe chickasaw (el joven Habersham, huérfano de madre, ya un hombre de veinticinco años, se casó con una de las nietas de Issetibbeha y en los años treinta emigró a Oklahoma con el desposeído pueblo de su esposa), agente de los chickasaw, primero oficioso y luego oficial, hasta que renunció en una carta de colérica denuncia dirigida al propio presidente de Estados Unidos; y —su pupilo hecho ya hombre— Alexander Holston se convirtió en el primer tabernero del poblado al abrir la taberna aún hoy conocida como Holston House, cuyas primitivas paredes de troncos y sus suelos entarimados y sus junturas escopleadas a mano se hallan todavía sepultados en alguna parte bajo los modernos escaparates de vidrio, las fachadas de ladrillo y los tubos de neón. El candado era suyo:
Siete kilos de inservible hierro acarreados a lo largo de mil seiscientos kilómetros a través de un yermo de despeñaderos y ciénagas, de inundación y sequía y de bestias salvajes e indios salvajes y hombres blancos aún más salvajes, desplazando siete kilos que habrían sido más útiles en forma de víveres o de semillas para plantar cosechas o incluso de pólvora para su
Página 8
defensa, con el fin de convertirse en un adorno, una especie de hito, en el mostrador de una venta en tierras salvajes, sin encerrar ni proteger nada, pues nada había tras las pesadas rejas y postigos que necesitase un mayor encierro y seguridad; ni siquiera un pisapapeles, pues los únicos papeles que había en Holston House eran las retorcidas mechas para encender tabaco en un viejo cuerno para pólvora sobre la repisa de la chimenea; siempre estorbando un poco, ya que había que moverlo constantemente: del mostrador al estante, a la repisa, luego otra vez de vuelta al mostrador hasta que finalmente se les ocurrió colocarlo en la valija de correos bimensual; familiar, conocido, de pronto el objeto más antiguo e inalterado del poblado, más antiguo que la gente desde que Issetibbeha y el doctor Habersham murieron y Alexander Holston era un anciano lisiado por la artritis y Louis Grenier tenía un poblado propio en su vasta plantación, la mitad de la cual no estaba siquiera en el condado de Yoknapatawpha, y rara vez se lo veía en el poblado; más viejo que el pueblo, pues había en este más nombres nuevos ahora que cuando la vieja sangre corría en ellos —Sartoris y Stevens, Compson y McCaslin, Sutpen y Coldfield— y ya no se podía matar a tiros un oso o un ciervo o un pavo silvestre con solo quedarse un rato en la puerta de la cocina, por no mencionar la valija del correo —cartas y hasta periódicos— que llegaba de Nashville cada dos semanas traída por un jinete especial que no hacía otra cosa y al que por ello le pagaba un salario el Gobierno federal; y esta fue la segunda fase de la transubstanciación del monstruoso candado de Carolina, el cual se convirtió en el tribunal del condado de Yoknapatawpha.
La valija del correo no siempre llegaba al poblado cada dos semanas, ni siquiera cada mes. Pero más pronto o más tarde llegaba, y todo el mundo sabía que llegaría, porque aquello —la alforja de cuero, ni siquiera lo bastante amplia como para guardar en ella una muda de ropa, que contenía tres o cuatro cartas y la mitad de periódicos de una o dos hojas, mal impresos, tres o cuatro meses atrasados y generalmente a medias desinformados e incorrectos, y a veces por completo— era los Estados Unidos, el poder y la voluntad de la libertad, sin deber vasallaje a hombre alguno, llevando hasta aquellas tierras salvajes aún casi sin caminos la fina y perentoria voz de la nación que había arrebatado su independencia a uno de los más poderosos pueblos de la tierra, defendiéndola luego de nuevo victoriosamente dentro de una misma generación; tan perentoria y audible que el hombre que acarreaba la valija en su galopante caballo ni siquiera portaba arma alguna excepto un cuerno de hojalata, y cruzaba mes tras mes de forma descarada y flagrante, casi de forma despectiva, una región en la que, por menos de lo que valían las botas
Página 9
que calzaba, los hombres mataban a un viajero y lo destripaban como a un oso, un venado o un pez y llenaban la cavidad con piedras para sumergir la evidencia en el agua más próxima; sin dignarse siquiera a pasar en silencio por donde otros hombres, aun yendo armados y en compañía, trataban de pasar en secreto o al menos sin alboroto, sino que por el contrario anunciaba su solitario arribo tan por adelantado como pudiera llegar el sonido del cuerno. Así era no mucho antes de que se trasladara el candado de Alexander Holston a la valija del correo. No es que la valija necesitase uno, tras haber recorrido ya quinientos kilómetros desde Nashville sin candado. (En un principio se proyectó que el candado permaneciese constantemente en la valija. Es decir, no solo mientras la valija estaba en el poblado, sino también mientras se encontraba sobre el caballo en el viaje entre Nashville y el poblado. El jinete se negó, lacónicamente, con tres palabras, solo una de las cuales podría imprimirse. Su razón fue el peso del candado. Le replicaron que aquello no colaba, ya que no solo —el jinete era un hombrecillo frágil e irascible que pesaba menos de cuarenta y cinco kilos— los siete kilos del candado no alcanzaban a elevar su peso hasta el de un varón adulto normal, sino que el peso añadido del candado equivalía al de las pistolas que su jefe, el Gobierno de Estados Unidos, creía que él llevaba y que incluso le pagaba por llevar; el jinete respondió a esto siempre de forma concisa aunque no tan vivaz: que el candado pesaba siete kilos lo mismo en la puerta trasera del almacén del poblado que en la de la oficina de correos de Nashville. Pero que como Nashville y el poblado se hallaban a quinientos kilómetros de distancia, para cuando el caballo lo hubiese llevado de un sitio al otro, el candado pesaría siete kilos por kilómetro, o sea tres mil quinientos kilos. Lo cual era manifiestamente absurdo, una imposibilidad física tanto para el candado como para el caballo. Sin embargo, indudablemente siete kilos multiplicados por quinientos kilómetros eran tres mil quinientas cosas, kilos o kilómetros, especialmente cuando mientras ellos estaban tratando todavía de resolver aquello, el jinete repitió sus tres primeras lacónicas —dos de ellas imposibles de imprimir— palabras). Por lo tanto, menos que nunca necesitaba la valija un candado en el cuarto interior del puesto de intercambio, rodeada y encerrada cada vez más por la civilización, donde su mera integridad, su entereza para recibir un candado, demostraba que no lo necesitaba durante los quinientos kilómetros de la Senda plagada de rapiña; necesitaba un candado tan poco como equipada estaba para recibirlo, ya que hubiese sido necesario rajar el cuero con una navaja exactamente debajo de cada lado de su boca e insertar la mandíbula de hierro del candado en las dos rajas y cerrarla con un
Página 10
estruendo metálico, de tal manera que cualquier mano provista de un cuchillo similar habría podido cortar el cuero y retirar el candado de la valija tan fácilmente como se lo había instalado en ella. Por lo tanto, el viejo candado no era ni siquiera un símbolo de seguridad: era un gesto de saludo, de hombres libres a hombres libres, de civilización a civilización a través no solamente de los quinientos kilómetros de tierra salvaje hasta Nashville, sino de los mil quinientos hasta Washington: de respeto sin servilismo, de lealtad sin humillación frente al Gobierno que ellos habían ayudado a fundar y aceptado con orgullo pero aun así como hombres libres, libres todavía de apartarse de él en cualquier momento en que los dos vieran que no eran ya compatibles, el viejo candado uniéndose a la valija cada vez que llegaba, para abrocharla con hierro e inviolable simbolismo, mientras el viejo Alec Holston, solterón sin hijos, se hacía un poco más viejo y canoso, un poco más artrítico en la carne y también en el carácter, un poco más envarado y rígido en los huesos y también en el orgullo, pues el candado era todavía suyo, solamente lo había prestado, y por tanto, en cierto sentido, en el poblado era el abuelo de la inviolabilidad no solo del correo gubernamental, sino también de un libre Gobierno de hombres libres, en tanto el Gobierno recordase dejar a los hombres vivir libremente, no bajo él sino junto a él.
Aquel era el candado; lo pusieron en la cárcel. Lo hicieron rápidamente, sin esperar siquiera a que pudiese regresar un mensajero de Holston House con el permiso del viejo Alec de retirarlo de la valija del correo o de usarlo para su nuevo propósito. No es que este hubiera objetado en principio ni negado su permiso como no fuera por simple instinto; es decir, posiblemente habría sido el primero en ofrecer el candado si se hubiese enterado a tiempo o pensado en ello primero, pero lo habría rehusado inmediatamente si pensara que la cosa se había decidido sin consultarlo. Cosa que todo el mundo sabía en el poblado, aunque en modo alguno fue esa la razón de que no esperasen al mensajero. En realidad, no se envió ningún mensajero al viejo Alec; no tuvieron tiempo para mandar uno, y menos para esperar tranquilamente su regreso; no querían el candado para mantener dentro a los bandidos, pues (como se demostró más tarde) el viejo candado no habría sido para la fuga de los bandoleros obstáculo mayor que la habitual tranca de madera; no necesitaban el candado para proteger al poblado de los bandidos, sino para proteger a los bandidos del poblado. Pues apenas habían llegado al poblado los prisioneros cuando se descubrió que había una facción decidida a lincharlos inmediatamente, sin pensárselo dos veces, sin preliminares: una pequeña pero resuelta pandilla que trató de arrebatar los prisioneros a sus
Página 11
captores mientras la milicia trataba aún de encontrar a alguien a quien entregárselos, y que hubiera tenido éxito de no ser por un hombre llamado Compson, que había llegado al poblado pocos años antes con un caballo de carreras que le cambió a Ikkemotubbe, sucesor de Issetibbeha en la jefatura chickasaw, por un kilómetro cuadrado de lo que habría de ser la tierra más valiosa de la futura ciudad de Jefferson, el cual, dice la leyenda, sacó una pistola y mantuvo a raya a los asaltantes hasta que se pudo llevar a los bandidos a la cárcel, perforar los agujeros con el taladro y enviar a alguien a que trajera el candado del viejo Alec Holston. Pues ahora había nuevos nombres y rostros en el poblado… rostros demasiado nuevos para tener (según los viejos residentes) antecedentes discernibles aparte de ser mamíferos, ni ningún pasado aparte de los simples años que declaraban; y nombres tan nuevos que no tenían antecedentes discernibles (ni tampoco susceptibles de descubrirse) ni pasado alguno, como si hubiesen sido inventados ayer, y de nuevo los testimonios se dividían: es decir, que aquel día había más gente en el poblado de la que el sargento de la milicia o uno o todos los bandidos podían reconocer.
Así pues, Compson acerrojó la cárcel, y un correo con los dos mejores caballos del poblado —uno para cabalgar y otro para guiar— atajó por los bosques hasta la Senda para recorrer los más de ciento sesenta kilómetros a Natchez con noticias de la captura y con autoridad para regatear la recompensa; y aquella noche en la cocina de Holston House se celebró la primera reunión municipal del poblado, prototipo no solo de la junta municipal después de que el poblado fuese pueblo, sino de la cámara de comercio cuando comenzó a proclamarse a sí mismo ciudad, bajo la presidencia de Compson, no del viejo Alec, que ahora estaba realmente viejo, ceñudo, taciturno, sentado aún aquella cálida noche de julio ante un humeante leño que ardía en su vasta chimenea, la espalda vuelta a la mesa (no estaba interesado en la deliberación; los prisioneros eran realmente suyos puesto que su candado los guardaba; cualquier cosa que la conferencia decidiese tendría que ser sometida de todos modos a su aprobación antes de que nadie pudiese tocar su candado para abrirlo) en torno a la cual los progenitores de los padres de la ciudad de Jefferson celebraron lo que fue casi un consejo de guerra, no solo discutiendo el cobro de la recompensa, sino su custodia y su defensa. Pues ahora había dos facciones de oposición, no solo los partidarios del linchamiento, sino también la patrulla de milicianos, los cuales sostenían que los presos pertenecían como trofeos a sus primitivos captores; que ellos —la milicia— solo habían entregado la custodia de los prisioneros pero no habían
Página 12
renunciado a su recompensa; a cuenta de la cual la banda de milicianos había adquirido más whisky en el almacén del puesto de intercambio y levantado una tremenda hoguera frente a la cárcel, en torno a la cual ellos y los partidarios del linchamiento se habían confederado ahora en una juerga o conferencia propia. O eso pensaban ellos. Pues la verdad es que Compson, en nombre de una crisis de la paz y del bienestar públicos, había hecho una demanda formal del maletín profesional del doctor Peabody, sucesor del viejo doctor Habersham, y ellos tres —Compson, Peabody y el proveedor del puesto de intercambio (su apellido era Ratcliffe; cien años después ese apellido existiría aún en el condado, pero para entonces habría pasado a través de dos herederos que dejaron de usar el ojo en la trasmisión de palabras y usaron solo el oído, de manera que para cuando el cuarto heredero se vio obligado por simple necesidad a aprender a escribirlo de nuevo, había perdido la «c» y también la «fe» final)— agregaron láudano al barrilito de whisky, lo enviaron como regalo del poblado al atónito sargento de la milicia y regresaron luego a la cocina de Holston House para esperar a que se apagaran los últimos restos de la juerga; entonces el partido de la ley y el orden realizó una rápida incursión y arramblaron con toda la comatosa oposición, linchadores y captores, y los metieron a todos en la cárcel con los prisioneros y de nuevo echaron el cerrojo a la puerta y se marcharon a dormir a casa… hasta la mañana siguiente, cuando los primeros en llegar se toparon con un espectáculo semejante al montaje de un escenario al aire libre; y así nació la leyenda de los locos Harpe: algo no solo fantástico sino incomprensible, no solo extravagante sino un poco aterrador (aunque por lo menos fue incruento, lo que no habría satisfecho a ningún Harpe): no solo desapareció el candado de la puerta, no solo desapareció la puerta de la cárcel, sino que el muro entero desapareció, los troncos ensamblados con barro y escoplados con hacha habían sido limpia y silenciosamente destrabados en la oscuridad y apilados ordenadamente a un lado, dejando la cárcel abierta al mundo como un escenario en el que todavía yacían los insurgentes, esparcidos y diversos en un sueño parecido a la muerte, y todo el poblado se reunió para mirar cómo Compson trataba de despertar a patadas al menos a uno de ellos, hasta que un esclavo de Holston —el marido de la cocinera, el mozo-criado-palafrenero— se abrió camino corriendo entre la muchedumbre gritando: «Ojo con el candado, ojo con el candado, el viejo Patrón dice que ojo con el candado».
Había desaparecido (así como tres caballos pertenecientes a tres miembros de la facción de los linchadores). Ni siquiera pudieron encontrar la pesada puerta
Página 13
y la cadena, y en un primer momento casi se traicionaron a sí mismos al creer que los bandidos habían tenido que llevarse la puerta con el fin de robar la cadena y el candado, para después rescatarse a sí mismos desde el borde mismo de esa desenfrenada acusación de racionalidad. Pero el candado había desaparecido: y no tardó mucho el poblado en comprender que no eran los evadidos bandoleros ni la recompensa abortada, sino el candado, y no a una simple situación a lo que se enfrentaban, sino a un problema que los amenazaba, el esclavo regresando a Holston House sin parar de correr y después reapareciendo, de nuevo sin parar de correr desde casi antes de que la puerta misma, los muros, tuvieran tiempo de ocultarlo, de engullirlo y después de expulsarlo de nuevo, cruzando la muchedumbre hasta llegar ahora al propio Compson, diciendo: «El viejo patrón dice que vayan a buscar el candado»; no enviar el candado, sino traer el candado. De modo que Compson y sus tenientes (y aquí fue donde comenzó a aparecer o, mejor, a emerger, el jinete del correo: frágil hilillo de humo sin edad, sin cabellos, sin dientes, demasiado endeble en apariencia para acercarse a un caballo, y mucho menos para cabalgar a solas mil kilómetros cada dos semanas, a pesar de lo cual lo hacía, y no solo eso, sino que también le quedaba aliento suficiente no solo para anunciar y preceder su paso sino también de seguirlo con el burlesco triunfo musical del cuerno: su indiferencia hacia los posibles —probables— saqueadores tan solo igualado por su desprecio hacia la escoria oficial de la que podía ser despojado, y que accedía a permanecer dentro de límites civilizados solo mientras los salteadores tuvieran el buen gusto de refrenarse) se reunieron en la cocina, donde el viejo Alec continuaba sentado ante su leño humeante, de espaldas aún a la estancia, y sin volverse tampoco esta vez. Y eso fue todo. Ordenó la inmediata devolución de su candado. Ni siquiera fue un ultimátum, fue una simple instrucción, un decreto, impersonal, el jinete del correo ahora en la periferia del grupo, sin decir nada y sin perderse nada, como un ingrávido pájaro disecado o fosilizado, no un buitre por supuesto, ni siquiera un halcón, sino digamos un polluelo de pterodáctilo detenido justo al salir del huevo hace diez eras glaciares y tan viejo en la mera infancia como para ser el gastado y agotado antecesor de toda vida posterior. Le hicieron al viejo Alec la observación de que la única razón de que hubiera desaparecido el candado era que los bandidos no habían tenido tiempo o no habían sido capaces de cortarlo de la puerta, y que ni siquiera tres locos fugados en caballos robados podían llevar muy lejos una puerta de roble de dos metros de altura, y que un grupo de mozos de Ikkemotubbe estaba siguiendo ya la pista de los caballos hacia el oeste, hacia el Río y que sin duda
Página 14
el candado sería hallado en cualquier momento, probablemente bajo el primer matorral a la salida del poblado: aun sabiendo que no había límite para lo fantástico y lo aterrador y lo extravagante de que podían ser capaces los hombres que, solo para escaparse de una cárcel de troncos, habían retirado en silencio un muro entero y lo habían apilado ordenadamente y pieza a pieza a un lado del camino, y que ni ellos ni el viejo Alec volverían a ver nunca aquel candado.
Y así fue; el resto de aquella tarde y todo el día siguiente, mientras el viejo Alec continuaba fumando su pipa frente a su leño humeante, los avergonzados y furibundos prebostes del poblado fueron en su busca, y (para entonces: a la tarde siguiente) los chickasaw de Ikkemotubbe ayudaron, o al menos estuvieron presentes, mirando: los hombres salvajes, los desposeídos e indómitos hijos de la tierra salvaje, con aspecto aún más salvaje e indigente aún por la mezclilla y los petos y el fieltro y los sombreros de paja del hombre blanco con que se vestían; de pie o en cuclillas o andando; graves, atentos e interesados mientras los hombres blancos sudaban y maldecían entre los setos que bordeaban su campamento débilmente arañado a la naturaleza; y siempre el jinete, Pettigrew, ubicuo, en todas partes, sin ayudar a buscar y nunca estorbando, pero siempre presente, inescrutable, saturnino, sin perderse nada: basta que finalmente hacia la puesta de sol Compson emergió salvajemente del último seto de zarzal, se apartó el sudor del rostro con un amplio movimiento del brazo suficiente para repudiar un trono, y dijo:
—Está bien, maldito sea, se lo pagaremos.
Pues ya habían considerado este último gambito; ya habían comprendido su seriedad por el mero hecho de que Peabody había tratado de hacer un chiste cuando todo el mundo sabía que ni siquiera Peabody pensaba que tuviera gracia:
—Sí… y deprisa, antes de que tenga tiempo de ponerse de acuerdo con Pettigrew y ponerle precio por kilos.
—¿Por kilos? —dijo Compson.
—Pettigrew lo acaba de pesar por los quinientos kilómetros hasta Nashville. El viejo Alec puede empezar la cuenta desde Carolina. Eso son once mil kilos.
—¡Oh! —dijo Compson.
Entonces convocó a sus hombres haciendo sonar un cuerno de cazar zorros que uno de los indios llevaba al cuello con una correa, aunque incluso ellos se detuvieron para una última y rápida conferencia; y de nuevo fue Peabody quien los detuvo.
Página 15
—¿Quién va a pagarlo? —dijo—. Basta conocerlo para saber que querrá dos dólares por cada kilo de candado, aun en el caso de que, de acuerdo con la escala de Pettigrew, lo hubiese encontrado entre las cenizas de su chimenea.
Ellos —Compson en todo caso— habían pensado ya en eso; que probablemente era la presencia de Pettigrew lo que lo movía a tratar de llevarlos a la presencia del viejo Alec con la oferta tan rápidamente que nadie tendría agallas para negarse a pagar su escote. Pero ahora Peabody lo había estropeado. Compson los miró entonces, sudoroso, severamente encolerizado.
—Eso quiere decir que Peabody probablemente pagará un dólar —dijo—. ¿Quién paga los otros catorce? ¿Yo?
Entonces Ratcliffe, el comerciante, el propietario del almacén, lo resolvió: una solución tan sencilla, tan ilimitada en su retroactividad que nunca comprendieron cómo no se le había ocurrido antes a nadie; la cual no solo resolvió el problema, sino que lo abolió; y no solamente aquel problema, sino todos los problemas, desde entonces y a perpetuidad, abriendo ante sus ojos, como el desgarrarse de un velo o como una gloriosa profecía, el vasto, espléndido, ilimitado panorama de América: aquella tierra de ilimitada oportunidad, aquella destinación, creada no por ni a partir del pueblo, sino para el pueblo, como el celestial maná de tiempos antiguos, sin demandar en pago al hombre nada aparte de la masticación y la deglución ya que a partir de su propio e incomparable Todobién crearía produciría formaría apoyaría y perpetuaría una raza de trabajadores dedicada al único propósito de recoger el maná y ponerlo en su laxa mano o incluso entre sus mandíbulas: ilimitada, vasta, sin comienzo ni fin, ni siquiera un comercio o una industria, sino una beneficencia como lo son el sol y la lluvia y el aire, inalienable e inmutable.
—Ponedlo en el Libro —dijo Ratcliffe.
El Libro: no un libro de contabilidad, sino el Libro de contabilidad —ya que probablemente era el único objeto en su género entre Nashville y Natchez, a menos que resultase haber uno similar unos kilómetros al sur en la primera agencia chocktaw en Yalo Busha—: un cuaderno rayado con tapas de papel, como salido de un aula de escuela, en el que se acumulaba, con Estados Unidos por deudor y en nombre de Mohataha (la matriarca chickasaw, madre de Ikkemotubbe y hermana del viejo Issetibbeha, la cual —como podía escribir su nombre o, al menos, hacer algo con una pluma o lápiz que se tomaba por, o al menos se aceptaba que fuera, una firma válida— firmaba todas las escrituras de traspaso cuando el reino de su hijo pasaba a los blancos, regularizándolo legalmente de todos modos), la reptante y tediosa lista de percal y pólvora, whisky y sal y rapé y pantalones de dril y el azúcar
Página 16
dura como hueso sacados de las estanterías de Ratcliffe por sus descendientes y vasallos y esclavos negros. Eso era lo único que el poblado tenía que hacer: agregar el candado a la lista, a la cuenta. Ni siquiera importaba el precio con que lo incluyeran. Podían incluso evaluarlo según la escala de Pettigrew, multiplicando siete kilos por la distancia no solamente hasta Carolina, sino hasta el mismo Washington, sin que probablemente nadie se percatara nunca de ello; podían cargarle a Estados Unidos once mil dólares por valor de la fosilizada e indestructible azúcar, y nadie leería nunca la entrada. Así se solucionó, se hizo, se terminó, se concluyó. Ni siquiera tuvieron que discutirlo. Ni siquiera pensaron más en ello, salvo quizá de vez en cuando para maravillarse (un poco especulativamente tal vez) de su propia moderación, ya que nada querían —y, menos que nada, escapar a ninguna justa censura— sino una equitativa y decente liquidación del candado. Regresaron al lugar en el que el viejo Alec continuaba sentado con su pipa frente a su oscura chimenea. Pero lo habían sobrestimado; él no quería dinero alguno, quería su candado. Entonces desapareció lo poco que quedaba de la paciencia de Compson.
—Tu candado ha desaparecido —le dijo ásperamente al viejo Alec—. Recibirás quince dólares por él —dijo, bajando ya la voz, pues incluso su rabia podía reconocer un callejón sin salida al verlo. Aun así, la rabia, la impotencia, el sudor, el demasiado (fuera de lo que fuese) le forzó la voz para decir algo más—: O si no…
Se interrumpió definitivamente y permitió a Peabody llenar el hueco:
—¿O si no? —dijo Peabody, y no al viejo Alec, sino a Compson—. ¿O si
no qué?
Entonces Ratcliffe salvó también aquello.
—Espera —dijo—. El tío Alec va a recibir cincuenta dólares por su candado. Una garantía de cincuenta dólares. Nos dará el nombre del herrero de Carolina que se lo hizo, y nosotros mandaremos a alguien y nos hará uno nuevo. Ir y venir y todo costará unos cincuenta dólares. Le daremos al tío Alec los cincuenta dólares para que los tenga como garantía. Luego cuando llegue el nuevo candado, nos devolverá el dinero. ¿De acuerdo, tío Alec?
Y aquello podría haber sido todo. Probablemente lo hubiera sido, si no fuera por Pettigrew. No es que lo hubiesen olvidado, ni siquiera asimilado. Simplemente lo habían sellado —se habían curado de él (eso pensaban)— dentro de su crisis cívica como la desesperada e indefensa ostra inmoviliza su átomo de indesalojable arena. Nadie lo había visto moverse, y sin embargo de pronto estaba de pie en medio de todos ellos, allí donde Compson y Ratcliffe
Página 17
y Peabody se encaraban con el viejo Alec sentado en su silla. Podría haberse dicho que había rezumado hasta allí, si no hubiera sido por aquella adamantina cualidad suya que podía (en caso de emergencia) hacerse invisible pero nunca insustancial y jamás fluida en este mundo; habló con una voz insípida, razonable e impersonal, y luego se quedó bajo todas las miradas, frágil y del tamaño de un niño, impermeable como el diamante y cargado de evidente portento, llevando hasta aquella remota estancia hundida mil seiscientos kilómetros en la tierra salvaje sin caminos, el inmenso e incalculable peso del federalismo, no solo representando al Gobierno, y ni siquiera a sí mismo, sino tan solo al Gobierno; en aquel momento al menos, él era Estados Unidos.
—El tío Alec no ha perdido ningún candado —dijo—. Lo ha perdido el Tío Sam.
Después de un momento alguien dijo:
—¿Cómo?
—Sí, señor —dijo Pettigrew—. Quienquiera que puso ese candado de Holston en esa valija del correo hizo un regalo voluntario a Estados Unidos, y la misma ley que ampara a los niños ampara al Gobierno de Estados Unidos: se les puede dar una cosa, pero no se les puede quitar después o estarían haciendo otra cosa.
Lo miraron. De nuevo tras un momento alguien dijo algo; fue Ratcliffe.
—¿Y qué más? —dijo Ratcliffe.
Pettigrew respondió, todavía desabrido, impersonal, desprovisto de pasión elocuente:
—Cometer una violación de una ley del Congreso expresamente hecha y expedida para castigar la desfiguración de la propiedad gubernamental, pena de cinco mil dólares o no menos de un año en una cárcel federal o ambas cosas. Para quienquiera que hizo las dos rajas en la valija para poner el candado, la ley del Congreso expresamente hecha y expedida para castigar los daños o la destrucción de la propiedad gubernamental, pena de diez mil dólares o no menos de cinco años en una cárcel federal o ambas cosas. —Ni siquiera entonces se movió: simplemente habló dirigiéndose al viejo Alec—: Confío en que comerá usted aquí lo mismo que siempre, más pronto o más tarde, o más o menos.
—Espera —dijo Ratcliffe. Se volvió hacia Compson—. ¿Es eso verdad? —¿Qué demonios importa que sea o no verdad? —dijo Compson—. ¿Qué
crees que va a hacer tan pronto como llegue a Nashville? —Y le dijo
Página 18
violentamente a Pettigrew—: Se supone que tenías que salir para Nashville ayer. ¿Por qué te has quedado?
—No tengo por qué ir a Nashville —dijo Pettigrew—. No necesitáis ningún correo. No tenéis nada para cerrarlo.
—Así que no tenemos… —dijo Ratcliffe—. Dejemos entonces que Estados Unidos encuentre el candado de Estados Unidos.
Esta vez Pettigrew no miró a nadie. Ni siquiera se dirigía a nadie, más distante aún que el viejo Alec al exigir la devolución de su candado.
—Ley del Congreso hecha y expedida sobre remoción o uso sin autorización o uso voluntario o perverso o abuso o pérdida de propiedad del Gobierno, pena del valor del artículo más quinientos a diez mil dólares, o de treinta días a veinte años en una cárcel federal, o ambas cosas. Puede que incluso hagan una ley nueva cuando sepan que habéis cargado un candado de una oficina de correos al Departamento de Asuntos Indígenas. —Se movió; ahora se dirigió de nuevo al viejo Alec—: Voy a buscar mi caballo. Cuando termine la reunión y vuelva usted a la cocina, puede enviar a su negro a avisarme.
Entonces desapareció. Después de un momento, Ratcliffe dijo: —¿Qué suponéis que quiere obtener de todo esto? ¿Una recompensa? Pero eso era un error; todos lo sabían muy bien.
—Está obteniendo exactamente lo que quiere —dijo Compson, y maldijo de nuevo—. Confusión. Solo maldita confusión.
Pero eso también era un error; todos sabían eso también; sin embargo, fue
Peabody quien lo dijo:
—No. Confusión no. Un hombre que cabalga voluntariamente mil kilómetros por estas tierras cada dos semanas, sin nada que lo proteja excepto un cuerno de caza, está realmente menos interesado en la confusión que en el dinero.
De modo que no sabían aún lo que pensaba Pettigrew. Pero sabían lo que iba a hacer. Es decir, sabían que no lo sabían en absoluto, ni lo que iba a hacer, ni cómo, ni cuándo, y que no había nada que hacer hasta que no descubrieran el porqué. Y vieron que carecían de medios adecuados para descubrirlo; se dieron cuenta de que lo conocían desde hacía tres años, durante los cuales, frágil e inviolable e indesviable y precedido un kilómetro y medio o más por el fuerte y dulce sonido del cuerno, a lomos de su vigoroso e infatigable caballo, realizaba su viaje bimensual entre Nashville y el poblado y los tres o cuatro días siguientes vivía entre ellos, a pesar de que ellos nada más sabían de él, e incluso ahora solo sabían que no se atreverían,
Página 19
simplemente no se atreverían, a correr ningún riesgo quedándose un momento más en la estancia que se iba oscureciendo, mientras el viejo Alec continuaba fumando con la espalda todavía vuelta hacia ellos y a su dilema; se dispersaron entonces hacia sus propias cabañas para la cena… con el poco apetito que pudieron ponerle, pues enseguida volvieron a vagar a través de la oscuridad veraniega a la hora en que habitualmente estarían ya en la cama, de vuelta al cuarto de atrás del almacén de Ratcliffe, para sentarse de nuevo mientras Ratcliffe recapitulaba con su mezcla de desconcierto y alarma (y de algo más que reconocieron como respeto cuando se percataron de que él — Ratcliffe— estaba inquebrantablemente convencido de que lo que buscaba Pettigrew era dinero; de que Pettigrew había inventado o desarrollado un plan tan copiosamente productivo que él —Ratcliffe— no había sido capaz de anticiparse a él y hacerlo primero, él —Ratcliffe— ni siquiera había podido sospechar lo que era después de que le diera un indicio) hasta que Compson lo interrumpió.
—Al diablo —dijo Compson—. Todo el mundo sabe cuál es su problema.
Es la ética. Es un maldito moralista.
—¿La ética? —dijo Peabody. Su voz sonaba sorprendida. Rápidamente dijo—: Mal asunto. ¿Cómo podríamos corromper a un hombre ético?
—¿Quién habla de corromperlo? —dijo Compson—. Lo único que queremos es que siga montado en su maldito caballo y sople todo el aire que le quede en su maldito cuerno.
Pero Peabody ni siquiera lo escuchaba. Casi de forma soñadora, dijo:
—La ética. —Y después—: Un momento.
Lo miraron. De pronto le dijo a Ratcliffe:
—Lo he oído en alguna parte… Si hay alguien aquí que lo sabe, tienes que ser tú. ¿Cuál es su nombre?
—¿Su nombre? —dijo Ratcliffe—. ¿El de Pettigrew? Ah. Su nombre de pila. —Ratcliffe se lo dijo—. ¿Por qué?
—Por nada —dijo Peabody—. Me voy a casa. ¿Alguien se viene?
No se dirigía a nadie en particular y dijo solo eso y no quiso hablar más, pero ya era bastante: una gota de agua tal vez, pero al menos una gota de agua; suficiente en todo caso para que los demás se quedasen mirando sin decir nada cuando Compson se levantó y le dijo a Ratcliffe:
—¿Vienes?
Y los tres salieron juntos, hasta que ya no se les pudo oír, y después hasta donde no se les pudo ver. Entonces Compson dijo:
—Está bien. ¿Qué?
Página 20
—Puede que no resulte —dijo Peabody—. Pero los dos me tenéis que respaldar. Cuando yo hable en nombre de todo el poblado, tú y Ratcliffe tenéis que apoyarme. ¿Lo haréis?
Compson lanzó una maldición.
—Al menos dinos algo de lo que vamos a dar por hecho.
Entonces Peabody se lo contó, una parte, y a la mañana siguiente entró en el establo de Holston House, en donde Pettigrew estaba cepillando a su feo caballo de cabeza de martillo y músculos de acero.
—Hemos decidido que, después de todo, no le vamos a cargar el candado a la vieja Mohataha —dijo Peabody.
—¿Ah, sí? —dijo Pettigrew—. Nadie en Washington lo habría descubierto nunca. Desde luego, nadie que sepa leer.
—Vamos a pagarlo nosotros —dijo Peabody—. De hecho, vamos a hacer algo más. Tenemos que reparar el muro de la cárcel de alguna manera; tenemos que construir otro muro de todas formas. Por tanto, si construimos tres más tendremos otra estancia. Vamos a construir una de todos modos, así que eso no cuenta. De modo que, al construir una estancia extra de tres paredes, tendremos otro edificio de cuatro paredes. Será el tribunal.
Pettigrew había estado silbando quedamente entre dientes a cada vaivén del cepillo, como un palafrenero irlandés profesional. Ahora se detuvo, con el cepillo y la mano detenidas a medio vaivén, y volvió un poco la cabeza.
—¿Tribunal?
—Vamos a constituir un pueblo —dijo Peabody—. Ya tenemos iglesia: la cabaña de Whitfield. Y vamos a construir también una escuela en cuanto acabemos esto. Pero hoy vamos a construir el tribunal; ya tenemos algo que poner dentro para que sea un tribunal: esa caja de hierro que ha estado en mitad del almacén de Ratcliffe los últimos diez años. Entonces tendremos un pueblo. Hasta le hemos encontrado un nombre.
Entonces Pettigrew se levantó, muy lentamente. Se miraron el uno al otro.
Después de un momento Pettigrew dijo:
—¿Y bien?
—Ratcliffe dice que te llamas Jefferson —dijo Peabody.
—Así es —dijo Pettigrew—. Thomas Jefferson Pettigrew. Soy de la vieja Virginia.
—¿Ningún parentesco? —dijo Peabody.
—No —dijo Pettigrew—. Mi madre me puso ese nombre por él, para que tuviese algo de su suerte.
—¿Suerte? —dijo Peabody.
Página 21
Pettigrew no sonrió.
—Eso es. Pero ella no quería decir suerte. Nunca tuvo ninguna instrucción. No sabía qué palabra pretendía decir.
—¿Y has tenido suerte? —dijo Peabody.
Tampoco ahora sonrió Pettigrew.
—Perdóname —dijo Peabody—. Olvídalo. —Y luego agregó—: Hemos decidido llamar al pueblo Jefferson.
Ahora pareció que Pettigrew ni siquiera respiraba. Estaba simplemente allí de pie, pequeño, endeble, más pequeño que un niño, sin hijos y soltero, incorregiblemente sin parientes y sin ataduras, mirando a Peabody. Después respiró y, alzando el cepillo, se volvió hacia el caballo y por un instante Peabody pensó que volvería a su cepillado. Pero, en vez de frotar, dejó la mano y el cepillo sobre el flanco del caballo y permaneció inmóvil por un momento, vuelto el rostro y meneando un poco la cabeza. Luego levantó la cabeza y volvió de nuevo el rostro hacia Peabody.
—Podéis llamar al candado «grasa para ejes» en esa cuenta de los indios —dijo.
—¿Cincuenta dólares en grasa para ejes? —dijo Peabody—. Para engrasar los vagones que van a Oklahoma —dijo Pettigrew.
—Podría ser —dijo Peabody—. Pero el nombre del pueblo es ahora Jefferson. Eso ya no podremos olvidarlo nunca. Y eso fue el tribunal: el tribunal que les había llevado casi treinta años no solo percatarse de que no lo tenían, sino descubrir que jamás lo habían necesitado, echado de menos, requerido; y del que, antes de que pasaran seis meses de tenerlo, descubrieron que nunca lo tenían lo bastante cerca. Pues, en algún momento entre el anochecer de aquel primer día y el amanecer del siguiente, algo les ocurrió. Comenzaron aquel mismo día; reconstruyeron el muro de la cárcel, cortaron nuevos troncos, partieron tablillas, levantaron el pequeño cobertizo con suelo de tierra y trasladaron el cofre de hierro del cuarto trasero de Ratcliffe; les llevó solamente dos días y nada les costó aparte del trabajo y no mucho trabajo per cápita ya que el poblado entero participó, hasta el último hombre, sin mencionar a los dos esclavos del poblado —el de Holston y el del herrero alemán—; Ratcliffe, por su parte, todo lo que tuvo que hacer fue colocar la tranca en el interior de su puerta trasera, pues de un solo vistazo podía contar a toda su clientela sudando y maldiciendo entre los troncos y las tablillas de la cárcel medio desmantelada al otro lado de la calle; incluyendo a los chickasaw de Ikkemotubbe, aunque estos ni sudaban ni maldecían: los graves hombres oscuros vestidos con sus trajes dominicales excepto los pantalones,
Página 22
los cuales llevaban pulcramente enrollados bajo el brazo o quizá atados por las dos perneras al cuello como capas o mejor como dolmanes de húsares cuando vadeaban el riachuelo, acuclillados o descansando en la sombra, corteses, interesados y reposados (hasta la misma Mohataha, la matriarca, descalza y vestida con un camisón de seda púrpura y un sombrero emplumado, sentada en una silla Imperio de brocado dorado sobre una carreta tirada por dos mulos, bajo un parasol parisino de puño de plata que sostenía una niña esclava): porque ellos (los otros hombres blancos, sus camaradas, o —durante aquel primer día— sus cofrades) no habían observado todavía aquella cosa… una cualidad… algo… esotérico, excéntrico, en las maneras y en la actitud de Ratcliffe… no una obstrucción o un impedimento, ni siquiera cuando el segundo día descubrieron lo que era, porque él estaba entre ellos, atareado también, sudoroso y maldiciente también, pero un poco semejante a una simple astilla, infinitesimal, sobre una ininterrumpida inundación o marea, un solo cuerpo o sustancia extraña e irreconciliada, una sola voz delgada y a penas oída gritando delgadamente entre el rugido de la multitud: «Un momento, mirad, escuchad…».
Pues todos ellos estaban muy atareados rabiando y sudando entre los troncos desmantelados y cortando otros nuevos en el bosque cercano y desbastándolos y haciéndoles muescas y arrastrándolos y mezclando la aguada arcilla para cementarlos; hasta el segundo día no se enteraron de lo que preocupaba a Ratcliffe, pues ahora tenían tiempo, no es que el trabajo fuera más despacio, no se regateaba sudor sino al contrario, si acaso el trabajo iba incluso un poco más deprisa porque ahora había una ligereza en la velocidad y lo único que se había aplacado eran la rabia y la indignación, pues en algún momento entre el anochecer y el amanecer del primero y del segundo día algo les había ocurrido: los hombres que habían pasado aquel primer largo, cálido, interminable día de julio sudando y rabiando en la cárcel derruida, apartando indiscriminada y salvajemente los troncos desmantelados y los reclusos dormidos por el láudano y parecidos a su vez a troncos a fin de reconstruirla, maldiciendo al viejo Holston y al candado y a los cuatro —tres
— bandidos, y a Compson y Pettigrew y Peabody y a los Estados Unidos de América… los mismos hombres se reunieron en la obra antes del amanecer del día siguiente, que prometía ya ser cálido e interminable también, pero con la rabia y la furia ausentes ahora, callados, no graves sino sobrios, un tanto asombrados, inseguros, pestañeando un poco acaso, mirándose un poco de reojo los unos a los otros bajo la nueva luz de color narciso, mirando en torno
Página 23
a ellos el exiguo agolpamiento de toscas cabañas plantadas desordenadamente y cada una un poco descarriada de las demás y todas empequeñecidas al tamaño de casas de muñecas por la vasta presencia de los bosques que las rodeaban… el minúsculo claro débilmente arañado no en el flanco de la tierra salvaje sin caminos sino en la entraña, en la ingle, en las partes secretas, lo cual era el irrevocable golpe de dados de sus vidas, destinos, pasados y futuros… ni siquiera hablando un rato ya que cada uno probablemente creía (con un poco de vergüenza además) que el pensamiento era solo suyo, hasta que finalmente uno habló por todos y entonces todo estuvo bien pues había hecho falta un aliento aunado para dar forma a aquel sonido, y el que habló no lo hizo en voz muy alta, sino de forma insegura y tentativa, como se inserta la primera leve tentativa de soplo en la boquilla de un extraño cuerno de caza aún no usado.
—Dios mío. Jefferson.
—Jefferson, Misisipi —agregó otro.
—Jefferson, condado de Yoknapatawpha, Misisipi —corrigió un tercero; y quien quiera que fuese no importa esta vez, pues aquello era todavía un aliento aunado, un estado de sueño compuesto, meditativo y extático, muy capaz de durar hasta pasado el amanecer, aunque probablemente sabían que no lo haría, ya que todavía estaba allí Compson: el mosquito, la espina, el catalizador:
—No lo será hasta que no terminemos esta maldita cosa —dijo Compson
—. Vamos. A ello.
Así que lo terminaron aquel día, trabajando rápidamente, con velocidad y
ligereza, concentrados aunque inatentos, para acabar con ello deprisa, no para terminarlo, sino para sacárselo de en medio, para dejarlo atrás; no para terminarlo rápidamente y que así les perteneciera, no para poseerlo cuanto antes, sino para ser capaces de obliterarlo, de borrarlo cuanto antes, como si hubieran sabido bajo aquella primera luz amarilla que ni siquiera se acercarían, que aquello no sería siquiera el comienzo; que el pequeño cobertizo que estaban construyendo ni siquiera sería un modelo y ni siquiera podría llamarse un ensayo, trabajando hasta el mediodía, hora de detenerse y comer, hora a la que Louis Grenier llegó de Frenchman’s Bend (su plantación: su mansión, sus cocinas y establos y perreras y viviendas de esclavos y jardines y paseos y campos que cien años después habrían desaparecido, como su nombre y su sangre, dejando solo el nombre de su plantación y su propia borrosa y corrupta leyenda como una tenue capa del polvo nativo, efímero aunque indesalojable en una sección de las tierras que
Página 24
rodeaba un pequeño, perdido y despintado almacén de cruce de caminos), a treinta kilómetros de allí, tras un cochero esclavo y un lacayo en su carruaje importado de Inglaterra y el que decían era el mejor tronco de caballos fuera de Natchez o de Nashville, y Compson dijo:
—Creo que esto es suficiente…
Aunque todos sabían lo que quería decir: no abandonar, terminarlo, desde luego, pero faltaba tan poco que los dos esclavos podían rematarlo. Los cuatro en realidad, aunque tan pronto como se asumió que los dos negros de Grenier les echarían una mano a los dos negros locales, Compson objetó alegando que quién se atrevería a violar el rígido protocolo de la esclavitud ordenando a un mozo de establo, y mucho menos a un criado doméstico, ejecutar un trabajo manual, por no mencionar la temeridad de irle al viejo Louis Grenier con la sugerencia. Peabody agarró el asunto al vuelo.
—Uno de ellos puede contar conmigo —dijo—. Nunca se acobardarán teniendo consigo a un doctor blanco.
Y se ofreció además a ser el emisario ante el viejo Grenier, pero el propio Grenier se les anticipó. Comieron, pues, el habitual almuerzo de Holston, mientras los chickasaw, todavía acuclillados e inmóviles en el mismo lugar aunque la sombra al desplazarse los había dejado en el centro mismo del feroz fulgor del mediodía de julio en torno a la carreta en la que la vieja Moliatalia continuaba sentada bajo su parasol parisino sostenido por la esclava, comían también su almuerzo, el cual (el de Mohataha y de su séquito personal salió de una canasta de pescador tejida en mimbre de roble blanco y extraída del fondo de la carreta) parecían haber traído de lo que, imitando a los hombres blancos, llamaban su plantación bajo el brazo y dentro de sus enrollados pantalones. Luego regresaron al porche delantero y —ya no el poblado: el pueblo; era un pueblo desde hacía treinta y una horas— miraron a los cuatro esclavos colocar el último tronco y clavar la última tabla en el techo y colgar la puerta, y después, Ratcliffe arrastrando algo como el chambelán de la corte a través del patio del castillo, cruzó la calle de vuelta al almacén, entró y salió llevando el cofre de hierro, los graves chickasaw mirando a los esclavos del hombre blanco sudando la considerable densa inescrutable medicina del hombre blanco en su nuevo santuario. Y entonces tuvieron tiempo para descubrir lo que turbaba a Ratcliffe.
—Ese candado —dijo Ratcliffe.
—¿Cómo? —dijo alguien.
—Esa grasa para ejes de los indios —dijo Ratcliffe.
—¿Cómo? —dijeron de nuevo.
Página 25
Pero ahora sabían, comprendían. No se trataba del candado ni de grasa para ejes, sino de los quince dólares que habrían podido cargarse al Departamento de Indios en los libros de Ratcliffe que nadie habría encontrado, ni dado cuenta de ello ni echado de menos. No era codicia por parte de Ratcliffe, y mucho menos propugnaba la corrupción. La idea ni siquiera era nueva para él; no necesitaba un hombre cualquiera a caballo cada dos o tres semanas para revelarle aquella posibilidad; había pensado en ello desde la primera vez que cargó el primer saco de pastillas de menta para el primer nieto de cuarenta años de la vieja Mohataha y durante diez años se había abstenido de agregar dos ceros a los diez o quince centavos cargados, preguntándose cada vez por qué se refrenaba, sorprendiéndose de su propia virtud o al menos de su fuerza de voluntad. Era una cuestión de principios. Era él —ellos: el poblado (ahora el pueblo)— quien había pensado en cargar el candado a Estados Unidos como un candado probable, un riesgo comunal, un objeto concreto e inextirpable, victoria derrota o empate, y que cayeran las fichas donde quisieran en aquel turbio día en que algún inspector federal pudiera, apenas pudiera, auditar las cuentas de los chickasaw; eran los propios Estados Unidos los que se habían ofrecido a mostrarles cómo trasmutar el inevitable candado en improbable y efímera grasa para ejes… el pequeño hombre escuálido y del tamaño de un niño, solitario inerme invulnerable e impertérrito, ni siquiera desafiándolos, ni siquiera ahora representante de Estados Unidos, sino los Estados Unidos mismos, como si Estados Unidos hubiese dicho: «Por favor, aceptad un regalo de quince dólares» (el pueblo le había pagado al viejo Alec quince dólares por el candado; él no quiso más) y ellos ni siquiera lo habían rechazado, sino simplemente abolido puesto que, tan pronto como Pettigrew convirtió su aliento en sonido, Estados Unidos lo había perdido para siempre; como si Pettigrew hubiese puesto aquellas quince considerables monedas de oro en unas manos —digamos de Compson o de Peabody— y se hubieran caído en una ratonera o en un pozo, sin beneficio para nadie; ni restauración de la destrucción ni emolumento para el destructor, dejando en realidad a toda la raza humana, por el tiempo que perdurase, un eterno e irrevocable déficit de quince dólares, quince dólares en rojo.
Esta era la inquietud de Ratcliffe. Pero ellos ni siquiera escucharon. Le oyeron sin duda alguna, pero no le escucharon. O quizá ni siquiera le oyeron, sentados a la sombra en el porche de Holston, mirando, viendo, a un año ya de distancia; era apenas el 10 de julio; quedaba el largo verano, el brillante suave seco otoño hasta las lluvias de noviembre, pero esta vez no necesitarían dos días, sino dos años y acaso más, con un invierno de hacer planes y
Página 26
prepararse de antemano. Tenían incluso un instrumento disponible y preparado, casi como providencia: un hombre llamado Sutpen había llegado al poblado aquella primavera… un hombre alto, flaco y sin amigos, consumido por la pasión y taciturno que andaba rodeado de una tenue aura de anonimato y de violencia como un hombre que entra en una habitación caldeada o en un refugio durante una tormenta de nieve, trayendo consigo treinta y tantos hombres esclavos más salvajes y equívocos que los salvajes nativos, los chickasaw, a los que se había habituado el poblado, que hablaban (los nuevos negros) no inglés, sino lo que Compson, que había estado en Nueva Orleans, dijo ser el caribe-español-francés de las Islas del Azúcar, y el cual (Sutpen) había comprado o heredado o de todas formas adquirido una extensión de tierra en la dirección opuesta y estaba aparentemente resuelto a establecer una finca en una escala todavía más ambiciosa y grandiosa que la de Grenier; incluso había traído consigo a un manso arquitecto parisino… quizá cautivo, pues se decía en el cuarto trasero de Ratcliffe que el hombre dormía por las noches en una especie de foso en el lugar del palacio que estaba planeado, atado codo con codo con uno de los esclavos caribes de su captor; en realidad, al poblado le bastó verlo una vez para saber que no era más dócil que su captor, así como la comadreja o la serpiente de cascabel no son menos indóciles que el lobo o el oso, ante los que solo se rinden cuando están total y desesperadamente acorralados: un hombre no más grande que Pettigrew, con humorísticos sardónicos invictos ojos que lo habían visto todo y no se habían creído nada, con un ancho y caro sombrero y un chaleco de brocado y puños fruncidos de un individuo mitad artista y mitad hombre de mundo; y ellos —Compson tal vez, Peabody sin duda— podían imaginárselo con sus brocados y sus encajes rajados por los escaramujos y salpicados de barro de pie en una tierra salvaje sin caminos soñando con columnatas y pórticos y fuentes y avenidas al estilo de David, teniendo casi pegado a cada uno de sus codos un idéntico y semidesnudo esclavo negro que ni siquiera lo vigilaba, solo respiraba, moviéndose cada vez que él daba un paso o cambiaba de postura, como su sombra repetida en dos y henchida hasta un tamaño gigantesco.
De modo que hasta tenían un arquitecto. Los escuchó alrededor de un minuto en el cuarto de atrás de Ratcliffe. Luego hizo un gesto indescriptible y dijo:
—Bah. Vosotros no necesitáis que os aconsejen. Sois demasiado pobres. Solo tenéis vuestras manos, y arcilla para hacer buenos ladrillos. No tenéis dinero. Ni siquiera tenéis nada que copiar: ¿cómo podríais equivocaros?
Página 27
Pero, aun así, les enseñó a moldear los ladrillos; diseñó y construyó el horno para cocer los ladrillos, muchos ladrillos, pues probablemente sabían también desde aquella primera mañana amarilla que un solo edificio no iba a ser suficiente. Pero, aunque ambos fueron concebidos en el mismo instante y planeados de forma simultánea durante aquel invierno y a continuación construidos durante los siguientes tres años, por supuesto el tribunal se construyó primero, y después en marzo el arquitecto trazó en un bosquecillo de robles frente a la taberna y el almacén, con estacas y bobinas de sedal, los cuadrados y sencillos cimientos, el irrevocable plano no solo del tribunal sino también del pueblo, y les dijo lo siguiente:
—Dentro de cincuenta años querréis cambiarlo en nombre de lo que llamaréis progreso. Pero fracasaréis; pero nunca seréis capaces de salir de esto.
Pero ellos habían visto aquello, hundidos hasta el muslo en la tierra pero con más de una visión que contemplar ya que al menos tenían el sedal y las estacas, quizá en menos de cincuenta años, quizá —¿quién sabía?— en menos de veinticinco años: una Plaza, el tribunal con su arboleda en el centro; cuadrangular en derredor, las tiendas, todo de dos pisos, arriba las oficinas de los abogados y los médicos y los dentistas, los cuartos de alquiler y los auditorios; la escuela, la iglesia, la taberna, el banco y la cárcel cada una en su lugar determinado; las cuatro anchas avenidas divergentes rectas como tiradas con plomada en las cuatro direcciones, convirtiéndose en la red de carreteras y caminos secundarios que llegó a cubrir todo el condado: las manos, los dedos prensiles arañando arrastrando hacia la luz y desde la tierra salvaje que año a año iba desapareciendo como subiendo desde el fondo del mar en retirada, los vastos ricos fecundos pujantes campos, empujando impeliendo cada año más y más la tierra salvaje y a sus pobladores: el oso y el ciervo y el pavo salvaje, y a los hombres salvajes (o ya no salvajes, familiares ahora, inofensivos, recién obsoletos: anacronismo de un antiguo tiempo muerto y de una era muerta; deplorable desde luego, incluso realmente deplorado por los ancianos, fieramente en el caso del viejo doctor Habersham, y con menos pasión pero tan irreconciliable y tercamente en el caso del viejo Alec Holston y unos cuantos más, hasta que unos pocos años más tarde el último de ellos muriese y desapareciese, obsoleto también: pues aquella era una tierra de hombres blancos; ese era su destino, o ni siquiera su destino sino su meta, su alta meta en la jerarquía de la tierra); las venas, las arterias, la corriente de vida y latido a lo largo de la cual fluiría la multiplicación de la cosecha: el oro: el algodón y el grano.
Página 28
Pero por encima de todo, el tribunal: el centro, el foco, el buje; inmóvil y amenazante en el centro de la circunferencia del condado, como una nube solitaria en el anillo de su horizonte, acostando su vasta sombra hacia el borde último del horizonte; cavilando, rumiando, simbólico y considerable, alto como una nube, macizo como una roca, dominándolo todo: protector del débil, judicatura y freno de las pasiones y concupiscencias, repositorio y guardián de las aspiraciones y las esperanzas; levantando hilada tras hilada de ladrillos durante aquel primer verano, un simple cuadrado, el más simple georgiano colonial (esto, obra del arquitecto parisino que estaba creando en la finca de Sutpen algo semejante a un ala de Versalles vislumbrada en una pesadilla gótica de Liliput… en venganza, diría Gavin Stevens cien años después, cuando la propia leyenda de Sutpen en el condado incluyera la anécdota de aquella vez en que el arquitecto se escapó de alguna manera de su calabozo y trató de darse a la fuga y Sutpen y su capataz y cazador negro lo persiguieron con perros por el pantano y lo trajeron de vuelta) ya que, como les había dicho el arquitecto, no tenían dinero con que comprar mal gusto y ni siquiera nada de donde pudieran copiar el mal gusto que entrase en su alcance; aquello solo costaba el trabajo y —ya en el segundo año— la mayor parte lo hacían esclavos ya que había más propietarios de esclavos en aquel poblado que se había convertido en pueblo y recibido un nombre hacía ya casi dos años, pues era ya un pueblo y había recibido su nombre cuando los primeros hombres se levantaron aquella mañana amarilla de dos años atrás: hombres distintos a Holston y al herrero (Compson era ya uno de ellos) que poseían uno, dos o tres negros, además de Grenier y Sutpen, los cuales habían levantado campamentos al lado del arroyo, en el pasto de Compson, para que viviesen en ellos sus dos bandas de negros hasta que los dos edificios —el tribunal y la cárcel— quedasen terminados. Pero los trabajadores no abonados, los no libres, sin ser del todo esclavos, pues todavía estaban allí los hombres blancos, los mismos que en aquella calurosa mañana de julio dos y ya tres años atrás se habían reunido con una especie de ultrajada incredulidad para arrojar, para lanzar hacia lo alto con sudorosa e impotente furia el pequeño cobertizo de tres paredes… los mismos hombres (con asuntos propios que deberían haber estado atendiendo o trabajo propio o por el que habían sido contratados y pagados y que deberían haber estado desempeñando) de pie o sentados en torno al andamiaje y las pilas de ladrillos y los charcos de mortero de arcilla durante una hora o dos horas o medio día, y después apartando a uno de los negros y ocupando su puesto con paleta, sierra o azuela, no solicitados y tampoco reprobados, ya que no había allí
Página 29
nadie con autoridad para ordenar o prohibir; un forastero podría haber dicho que era probablemente por esa razón, sencillamente porque ahora no tenían que hacerlo, pero en realidad era más que eso, trabajando en paz ahora que no había indignación y furia, y el doble de rápido porque no había urgencia, pues aquello eran tan poco susceptible de ser apresurado por un hombre o por los hombres como la pujanza de una cosecha, trabajando (una paradoja para cualquiera excepto para hombres como Grenier, Compson y Peabody, que habían crecido desde niños entre esclavos, respirando el mismo aire y aun mamando del mismo pecho que los hijos de Cam: negros y blancos, libres y no libres, hombro a hombro en la misma incansable sustentación y en el mismo ritmo que si tuviesen el mismo propósito y esperanza, lo cual era cierto hasta donde era capaz el negro, pues incluso Ratcliffe, hijo de un largo y puro linaje de montañeses anglosajones y —futuro— padre de un igualmente largo y puro linaje de palurdos granjeros que jamás poseyeron un esclavo y no habrían querido, pues cada uno había bebido con la leche de su madre una antipatía personal y violenta no en manera alguna por la esclavitud sino por la piel negra, podría haber explicado lo siguiente: la mente simple e infantil del negro se había de inmediato inflamado al pensar que estaba ayudando a construir no solo el edificio más grande de la comarca, sino probablemente el más grande que jamás había visto; eso era todo pero era suficiente) como un solo hombre porque era de ellos, mayor que cualquiera porque era la suma de todo y, siendo la suma de todo, debía elevar sus esperanzas y aspiraciones al nivel de la aspirante y encumbrada cúpula del tribunal, de modo que, sudando, incansables e infatigables, se miraban unos a otros un poco tímidamente, un poco asombrados, con algo semejante a la humildad, como si se hubieran dado cuenta de, o como si por un momento fuesen al menos capaces de creer, que los hombres, todos los hombres, incluso ellos mismos, eran un poco mejores, acaso también más puros, de lo que pensaban, esperaban, o necesitaban que fuesen. No obstante, todavía tenían un pequeño conflicto con Ratcliffe: el dinero, los quince dólares del candado de Holston y de la grasa para ejes de los chickasaw; en realidad no un conflicto pues nunca había sido un obstáculo ni siquiera tres años atrás cuando era nuevo, y tres años después incluso la leve y no estorbosa astilla había sido reducida por la familiaridad y la costumbre a algo menos que un mondadientes: meramente presente, meramente visible, es decir audible; y no había conflicto con Ratcliffe porque él también planteó uno, se opuso al mondadientes; más aún: fue su víctima principal, su damnificado, pues mientras que con los demás se tuvo principalmente desatención, un poco de
Página 30
humor, de vez en cuando una pizca de aburrimiento e impaciencia, con él fue vergüenza, perplejidad, un poco de angustia y desesperación como un hombre que luchase contra un vicio congénito, sin esperanza, indomable, derrotado ya. Ni siquiera se trataba ya del dinero, de los quince dólares. Era el hecho de que los habían rechazado y de que, al rechazarlos, quizá habían cometido un error fatal e irremediable. Quiso explicarlo: «Es como si el Viejo Moster y todos los demás que manejan la suerte desde allá arriba bajasen la vista hacia nosotros y dijesen: “Vaya, vaya, parece que esos malditos pájaros carpinteros de allá abajo no quieren los quince dólares que íbamos a darles regalados-gratis-por-nada. Así que quizá no quieren nada de nosotros. Así que quizá lo mejor será que hagamos lo que parece que quieren y los dejemos sudar y retorcerse y arañar lo mejor que puedan por cuenta propia”».
Y eso fue lo que ellos —el pueblo— hicieron, a pesar de que el tribunal no estuvo terminado hasta seis años después. No porque pensasen que lo estuviese: completo: simple y cuadrado, con pisos y techos y ventanas, con un pasillo central de entrada y cuatro oficinas: sheriff y recaudador de impuestos, secretario del tribunal de circuito y del tribunal de equidad (la cual —la oficina del oficial de equidad— contendría las casetas y las urnas para las votaciones) abajo, y el tribunal y la sala del jurado y las oficinas del juez arriba… incluso las palomas y los gorriones ingleses, inmigrantes también pero no pioneros, inevitablemente urbanos en realidad, recorrieron todo el camino desde la costa atlántica tan pronto como el pueblo se convirtió en un pueblo con nombre, tomando posesión de los canalones y los aleros casi antes de que se diese el último martillazo, sumisas e interminables las unas, gárrulos y a miríadas los otros. Luego al sexto año el viejo Alec Holston murió y legó al pueblo los quince dólares que este había pagado por el candado; dos años antes había muerto Louis Grenier y sus herederos aún mantenían en fideicomiso los mil quinientos que su testamento legara al pueblo, y ahora había otro recién llegado al condado, un hombre llamado John Sartoris, con esclavos, maquinaria y dinero, como Grenier y Sutpen, pero que era para Sutpen un neutralizador aún mejor de lo que lo fuera Grenier porque enseguida se hizo evidente que él, Sartoris, era el tipo de hombre que podía enfrentarse a Sutpen en el sentido en que un hombre con un sable o con una pequeña espada y agallas suficientes puede enfrentarse a uno que lleva un hacha; y aquel verano (el arquitecto parisino de Sutpen hacía mucho tiempo que había regresado al lugar de donde vino y adonde había hecho un abortado y nocturno intento por regresar, pero su goteo y flujo de ladrillos nunca había siquiera flaqueado: sus moldes y sus hornos habían
Página 31
terminado la cárcel y estaban levantando ahora los muros de dos iglesias, y a mediados de siglo terminarían lo que habría de conocerse en todo el norte de Misisipi y este de Tennessee como la Academia, el Instituto Femenino) hubo un comité: Compson, Sartoris y Peabody (y Sutpen in absentia: tampoco el pueblo sabría nunca exactamente qué porción del costo adicional fue producto artificial de Sutpen y Sartoris): y al año siguiente las ocho desmontadas columnas de mármol fueron desembarcadas en Nueva Orleans de un barco italiano a un vapor que subió por el Misisipi hasta Vicksburg, y después a un vapor más pequeño por el río Yazoo y el Sunflower y Tallahatchie hasta el viejo desembarcadero de Ikkemotubbe que ahora pertenecía a Sutpen, y desde allí fueron acarreadas con bueyes los veinte kilómetros hasta Jefferson: los dos idénticos pórticos de cuatro columnas, uno al norte y otro al sur, cada uno con su balcón de verja de hierro forjado de Nueva Orleans, en uno de los cuales —el del sur— aparecería Sartoris en 1861 vistiendo el primer uniforme confederado que viese nunca el pueblo, mientras que en la plaza de abajo el oficial de alistamiento de Richmond enroló y tomó juramento al regimiento que, con Sartoris como coronel, se llevaría a Virginia como parte de la brigada de Bee para ser la extrema izquierda de Jackson frente a la colina de Henry House en la primera batalla de Manassas, y a partir de ambos cada mayo y noviembre durante cien años los alguaciles nombrados ordenadamente casi por sucesión hereditaria gritarían sin inflexión ni puntuación: «Oigan oigan la honorable corte de circuito del condado de Yoknapatawpha se reúne y seréis oídos» y bajo los cuales durante el mismo espacio de tiempo, con excepción de los siete años transcurridos entre 1863 y 1870 que en realidad no contaban un siglo después excepto para unas pocas viejas damas irreconciliables, los ciudadanos blancos del condado pasarían para votar en las elecciones del condado y del estado, pues, cuando en 1863 una fuerza militar de Estados Unidos incendió la plaza y el distrito comercial, el tribunal sobrevivió. No escapó: simplemente sobrevivió: más duro que las hachas, más tenaz que el fuego, más fijo que la dinamita; rodeado por las desplomadas y ennegrecidas ruinas de muros menores, aún se mantenía en pie, incluso con las columnas decapitadas y manchadas de humo, destripado, claro y sin techo, pero inmune, ni un pelo diferente de la casi olvidada plomada del arquitecto parisino, de manera que todo lo que tuvieron que hacer (se tardaron nueve años en construirlo; hicieron falta veinticinco para restaurarlo) fue poner nuevos suelos para las dos plantas y un nuevo tejado, esta vez una cúpula con reloj de cuatro caras y una campana para dar las horas y sonar las alarmas; para entonces, la Plaza, los bancos, los almacenes y las
Página 32
oficinas de abogados, médicos y dentistas habían sido reconstruidos y también los gorriones ingleses habían regresado pues en realidad nunca desertaron… los gárrulos ruidosos independientes enjambres que, como si fuesen concomitantes e inseparables de las regularizadas y deterioradas querellas humanas, habían reaparecido en posesión de las cornisas y aleros casi antes de que se clavase el último clavo… y ahora las palomas también, en interminable arrullo, anidando en, y ya usurpando, el campanario, aunque no parecían poder acostumbrarse a la campana, estallando desde la cúpula a cada toque de la hora en frenéticas nubes, para hundirse y estallar y dar vueltas de nuevo a cada toque, hasta el último, y después desapareciendo a través de las lucernas de listones hasta que nada quedaba salvo el frenético y murmurador arrullo como el eco agonizante de la campana misma, la fuente de la alarma nunca reconocida y aun la alarma misma olvidada, tal como el propio tañido real de la campana no es recordado por el aire en el que se disipan las vibraciones. Porque ellos —los gorriones y las palomas— perduraron, duraderos, cien años, lo más viejo del lugar aparte del centenario y sereno tribunal dominando el pueblo muchos de cuyos habitantes no sabían ya ni siquiera quiénes habían sido, quiénes fueron, el doctor Habersham, el viejo Alec Holston y Louis Grenier; centenario y sereno sobre el cambio: la electricidad y la gasolina, el neón y el aire multitudinario y cacofónico; incluso los negros que pasaban bajo los balcones y entraban en la oficina del secretario de equidad para votar ellos también, y que votaban por los mismos sinvergüenzas de piel blanca, demagogos y supremacistas blancos a los que votaban los blancos… —duradero: cada pocos años los padres del condado, soñando con sobornos, instigaban un movimiento para derribarlo y construir uno moderno, pero alguien los derrotaba en el último momento; lo intentarán de nuevo, por supuesto, y quizá serán derrotados una vez más o incluso dos veces más, pero no más. Pues su destino es permanecer en pie en el interior de la tierra americana: su condena es su longevidad; como en un hombre, su mera edad es su propio reproche, y después de los cien años se hará intolerable. Pero no al menos durante un rato; todavía un rato más los gorriones y las palomas: gárrula miríada e independiente los unos, sumisas e interminables las otras, a la vez frenéticas y tranquilas…— hasta que el reloj vuelva a dar la hora, a lo cual incluso después de cien años parecen incapaces de acostumbrarse, estallando desde el campanario como si la hora, en vez de agregar un ínfimo infinitesimal a la larga y agotadora acumulación desde el Génesis, hubiese quebrado el prístino aire virginal con el primer sonoro ding-dong del tiempo y de la ruina.
Página 33
ESCENA I
El tribunal. Las cinco y media de la tarde. 13 de noviembre.
El telón está bajado. A medida que comienzan a encenderse las luces:
VOZ DE HOMBRE (detrás de la cortina)
Que se ponga en pie la presa.
Se levanta el telón, simbolizando el levantarse de la presa en el banquillo de los acusados y descubriendo un sector del tribunal. No ocupa la totalidad del escenario, sino solamente la mitad superior izquierda, dejando la otra mitad y el fondo del escenario a oscuras, de manera que la escena visible está no solo iluminada sino también ligeramente elevada, otro simbolismo que se hará más evidente al comenzar el Acto II: el simbolismo de un elevado tribunal de justicia del que este tribunal de condado es solo el estrado intermedio, no el más alto.
Esto es una sección del tribunal: la barandilla, el juez, los funcionarios, los abogados de oficio, el jurado. El abogado de la defensa es Gavin Stevens, de unos cincuenta años. Más parece un poeta que un abogado y en realidad lo es: un solterón descendiente de una de las familias pioneras del condado de Yoknapatawpha, educado en Harvard y en Heidelberg, y de regreso al suelo nativo para ser una especie de bucólico Cincinato, campeón no tanto de la verdad como de la justicia, o de la justicia como él la ve, la cual tiene constantemente que ver consigo mismo, a menudo sin paga, en cuestiones de equidad y pasión e incluso de crimen entre su pueblo, tanto de blancos como de negros, algunas veces oponiéndose directamente a su puesto como fiscal del condado que ha desempeñado años, como en el presente caso.
La presa está de pie. Es la única de pie en la escena: una negra, bastante oscura, de unos treinta años —es decir, podría tener cualquier edad entre los veinte y los cuarenta—, con un sereno rostro impenetrable casi aturdido, la
Página 34
más alta de todos los presentes, con todos los ojos fijos en ella pero sin mirar ella a nadie, sino mirando lejos y hacia arriba, como si mirase hacia algún distante rincón de la sala, como si estuviese sola en ella. Es —o fue hasta hace poco, hasta hace dos meses para ser exactos— una criada doméstica, niñera de dos niños blancos, al segundo de los cuales, un bebé, asfixió en su cuna hace dos meses, acto por el cual se la juzga ahora con posibilidad de pena de muerte. Pero probablemente ha hecho muchas otras cosas: recolectar algodón, cocinar para cuadrillas de trabajadores, cualquier clase de trabajo manual dentro de sus capacidades, o mejor limitaciones en tiempo y disponibilidad, ya que su reputación principal en la pequeña población de Misisipi en la que nació era de vagabunda, borracha, prostituta ocasional, apaleada por algún hombre o por apuñalar o ser apuñalada por la esposa o por la otra amante de aquel. Probablemente estuvo casada, al menos una vez. Su nombre —así lo dice ella y probablemente así lo deletrearía si pudiese deletrear— es Nancy Mannigoe.
Hay un silencio absoluto en la sala y todo el mundo la mira.
JUEZ
¿Tiene algo que decir antes de que se pronuncie la sentencia del tribunal?
Nancy no responde ni se mueve; ni siquiera parece estar escuchando.
JUEZ
Que usted, Nancy Mannigoe, en el décimo tercer día de septiembre, voluntaria y premeditadamente, mató y asesinó a la hija de meses del señor y la señora de Gowan Stevens en la ciudad de Jefferson, condado de Yoknapatawpha…
Este tribunal sentencia que sea usted llevada de aquí de nuevo a la cárcel del condado de Yoknapatawpha y que allí, el decimotercer día de marzo, sea colgada por el cuello hasta la muerte. Y que Dios tenga piedad de su alma.
NANCY (bastante fuerte en el silencio, sin dirigirse a nadie, muy tranquila, sin moverse)
Sí, Dios mío.
Se oye un grito sofocado, un ruido, proveniente de los invisibles espectadores en la sala, de escándalo por aquella inaudita violación del procedimiento: el
Página 35
comienzo de algo que podría ser consternación y aun alboroto, en medio de lo cual, o más bien por encima de lo cual, Nancy permanece inmóvil. El juez golpea con su mazo, el alguacil se pone en pie, el telón comienza a bajar apresuradamente y a tirones como si el juez, los funcionarios, el tribunal mismo lo estuviesen tironeando frenéticamente para ocultar aquel desgraciado suceso; de entre los invisibles espectadores llega el sonido de una voz femenina: un gemido, un llanto, un sollozo tal vez.
ALGUACIL (gritando)
¡Orden! ¡Orden en la sala! ¡Orden!
El telón baja rápidamente, ocultando la escena, las luces se extinguen hasta la oscuridad: un momento de oscuridad: luego el telón sube lisa y normalmente sobre la:
Página 36
ESCENA II
Sala de estar de los Stevens. Las seis de la tarde. 13 de noviembre.
Sala de estar, mesa central con una lámpara, sillas, un sofá al fondo a la izquierda, lámpara de pie, lámparas de pared, una puerta a la izquierda da al vestíbulo, doble puerta al fondo abierta al comedor, a la derecha una chimenea de leños a gas. La atmósfera de la habitación es elegante, moderna, a la moda, aunque la habitación misma tenga el aire de otro tiempo: el alto techo, las cornisas, algunos de los muebles; tiene el aire de ser una casa antigua, una casa anterior a la guerra civil heredada finalmente por una solterona superviviente que la ha modernizado (véanse la chimenea de gas y dos sillones extramullidos) dividiéndola en apartamentos que alquila a parejas jóvenes o familias que pueden permitirse pagar un alquiler tan alto para vivir en la calle correcta cerca de otras jóvenes parejas que pertenecen a la iglesia correcta y al club de campo.
Ruido de pisadas, después se encienden las luces como si alguien a punto de entrar hubiese pulsado un interruptor de pared, después la puerta de la izquierda se abre y entra Temple, seguida por Gowan, su marido, y el abogado, Gavin Stevens. Ella tiene unos veinticinco años, es muy elegante, soignée, con un abrigo de piel abierto, lleva sombrero y guantes y porta un bolso. Su aire es frágil y tenso, pero controlado. Su rostro no expresa nada mientras va hasta la mesa del centro y se detiene.
Gowan es tres o cuatro años mayor que ella. Es casi un estereotipo; había muchos como él en el sur de Estados Unidos entre las dos grandes guerras: hijos únicos de padres financieramente seguros que viven en bloques de apartamentos de una ciudad, alumnos de las mejores universidades, en el sur o en el este, donde pertenecían a las hermandades correctas; casados ahora y formando familias pero aún adscritos a sus facultades, desempeñando trabajos aceptables que ellos no pedían, relacionados habitualmente con el dinero: futuros de algodón, o acciones, o bonos. Pero este rostro es un poco diferente,
Página 37
un poco más que eso. Algo le ha sucedido a ese rostro —tragedia—, algo contra lo cual no había recibido advertencia y para enfrentarse a lo cual (como descubrió) no había recibido equipamiento, pero que sin embargo ha aceptado y está tratando, real y sincera y desinteresadamente (acaso por primera vez en su vida) de hacerlo lo mejor posible de acuerdo con su código. Él y Stevens tienen puesto el abrigo y llevan el sombrero en la mano. Stevens se detiene apenas entra en la habitación. Gowan tira su sombrero al sofá al pasar y se acerca a Temple que, junto a la mesa, se quita uno de los guantes.
TEMPLE (toma un cigarrillo de la caja que hay sobre la mesa: imita a la presa; su voz, áspera, revela por primera vez histeria reprimida, controlada)
Sí, Dios. Culpable, Dios. Gracias, Dios. Si esa es tu actitud ante la horca, ¿qué otra cosa puede esperarse de un juez y de un jurado excepto complacerte?
GOWAN
Deja ya eso, Boots. Ahora silencio. Tan pronto como encienda el fuego, te invito a una copa.
(a Stevens)
O mejor que se ocupe del fuego Gavin mientras yo hago de mayordomo.
TEMPLE (tomando el encendedor)
Yo me ocupo del fuego. Tú sirve las copas. Así el tío Gavin no tiene que quedarse. Después de todo, lo único que quiere es decir Adiós y enviarme una postal. Puede hacerlo casi con dos palabras si se esfuerza. Luego puede irse a su casa.
Va a la chimenea, se arrodilla y abre la espita del gas, el encendedor listo en la otra mano.
GOWAN (ansiosamente)
Ahora, Boots.
TEMPLE (prende el encendedor y acerca la llama al escape)
¿Podrías por el amor de Dios ponerme una copa?
GOWAN
Página 38
Claro, cariño.
(se vuelve: hacia Stevens)
Deja el abrigo por ahí.
Sale hacia el comedor. Stevens no se mueve, mirando a Temple mientras el leño prende.
TEMPLE (todavía de rodillas, de espaldas a Stevens)
Si vas a quedarte, ¿por qué no te sientas? O viceversa. Al revés. Aunque solo es lo primero lo que va al revés: si no te sienta, ¿por qué no te vas? Déjame estar afligida y vindicada, pero al menos déjame hacerlo en privado, pues bien sabe Dios que si algo debe excretarse en privado es el triunfo…
Stevens la mira. Luego cruza la escena hacia ella, sacando el pañuelo del bolsillo del pecho, se detiene tras ella y extiende el pañuelo de manera que ella pueda verlo. Temple mira el pañuelo, después lo mira a él. Tiene el rostro más bien sereno.
TEMPLE
¿Para qué es eso?
STEVENS
Está bien. Y además está seco.
(extendiendo todavía el pañuelo)
Para mañana, entonces.
TEMPLE (se levanta rápidamente)
Ah, para el hollín. En el tren. Pero iremos en avión; ¿no te lo ha dicho Gowan? Salimos del aeropuerto de Memphis a medianoche; iremos en coche después de cenar. Y mañana por la mañana California; quizá incluso vayamos a Hawái en primavera. No; mala estación; Canadá, tal vez. El lago Louise en mayo y junio…
(se interrumpe, escucha un momento hacia el comedor)
Página 39
Entonces ¿por qué el pañuelo? No es una amenaza, pues no tienes nada con que amenazarme, ¿verdad? Y, si no tienes nada con que amenazarme, yo no debo de tener nada que quieras tú, por lo que tampoco puede ser un soborno, ¿no es así?
(ambos escuchan a través de las puertas del comedor el ruido que anuncia que Gowan se acerca. Temple baja de nuevo la voz, rápidamente)
Míralo de esta manera. No sé qué quieres, porque no me importa. Porque, sea lo que sea, no lo obtendrás de mí.
(el ruido está ahora próximo: pasos, sonido de cristales)
Ahora él te ofrecerá una copa, y también te preguntará qué quieres, por qué nos has acompañado hasta casa. Yo ya te he contestado. No. Si para lo que has venido es para verme llorar, dudo que vayas a obtener ni siquiera eso. Pero desde luego no obtendrás nada más. No de mí. ¿Lo entiendes?
STEVENS
Te escucho.
TEMPLE
Lo que quiere decir que no me crees. Está bien, touché, entonces.
(más rápida y tensamente)
Me he negado a responder a tu pregunta; ahora te hago yo una: hasta qué punto…
(al entrar Gowan cambia lo que estaba diciendo tan suavemente, en mitad de la frase, que nadie que entrase podría percatarse siquiera de que el tono de su voz se ha alterado)
… eres su abogado, ella debe haber hablado contigo; incluso una drogadicta que asesina a un bebé debe tener lo que ella llamaría alguna excusa para hacerlo, incluso una negra drogadicta y un bebé blanco… o quizá especialmente una negra drogadicta y un bebé blanco…
GOWAN
Página 40
Ya te he dicho que dejaras eso, Boots.
Trae una bandeja con una jarra de agua, un cuenco de hielo, tres vasos altos vacíos y tres vasos de whisky que ya ha llenado. La botella le asoma por el bolsillo del abrigo. Se acerca a Temple y le ofrece la bandeja.
GOWAN
Eso es. Yo también me voy a tomar una. Para variar.
Después de ocho años. ¿Por qué no?
TEMPLE
¿Por qué no?
(mira la bandeja)
¿No has preparado combinados?
GOWAN
Esta vez no.
Temple toma uno de los vasos llenos. Gowan le ofrece la bandeja a Stevens, que toma el segundo. Luego deja la bandeja en la mesa y toma el tercer vaso.
GOWAN
Ni una gota en ocho años; los podéis contar. Así que quizá este es un buen momento para empezar de nuevo.
Al menos no será demasiado pronto.
(a Stevens)
Bebamos. ¿Un poco de agua para después?
Como si no se diera cuenta de lo que hace, vuelve a dejar su vaso sin probar en la bandeja, vierte salpicando agua de la jarra en uno de los vasos altos vacíos y se lo pasa a Stevens mientras este vacía su vaso de whisky, lo deja y toma el vaso de agua. Temple tampoco ha tocado el suyo.
GOWAN
Quizá ahora el abogado defensor Stevens quiera decir nos para qué ha venido.
Página 41
STEVENS
Ya te lo ha dicho tu mujer. Para decir adiós.
GOWAN
Pues dilo. Una última copa, y ¿dónde está tu sombrero, eh?
Toma el vaso de manos de Stevens y vuelve a la mesa.
TEMPLE (coloca su vaso sin probar en la bandeja)
Y esta vez ponle hielo, y quizá también un poco de agua.
Pero primero coge el abrigo del tío Gavin.
GOWAN (saca la botella del bolsillo y prepara un combinado para Stevens en el vaso alto)
No será necesario. Si puede levantar el brazo en un tribunal blanco para defender a una negra asesina, segura mente puede doblarlo en algo tan poca cosa como un abrigo de lana… al menos para tomarse una copa con la madre de la víctima.
(rápidamente a Temple)
Perdón. Quizá has tenido razón siempre y yo estaba equivocado. Tal vez los dos tenemos que decir cosas como esta hasta que podamos deshacernos de ellas, algunas de ellas, unas pocas de ellas…
TEMPLE
Está bien. ¿Por qué no? Ahí va.
(está mirando no a Gowan sino a Stevens, que la mira a su vez, grave y sobrio)
No olvides al padre, querido.
GOWAN (mezclando la bebida)
¿Por qué habría de hacerlo, querida? ¿Cómo podría, querida? Pero el padre del niño por desgracia no es más que un hombre. A los ojos de la ley, se supone que los hombres no deben de sufrir: son simples apelantes o apelados. La ley solo muestra ternura hacia las mujeres y los niños…
Página 42
especialmente hacia las mujeres, y aún más especialmente hacia las negras putas y drogadictas que asesinan a niños blancos.
(tiende el combinado a Stevens, que lo toma)
¿Por qué habríamos de esperar entonces que el abogado defensor Stevens fuese amable con un hombre o una mujer que resultan ser los padres del niño asesinado?
TEMPLE (con aspereza)
Por el amor de Dios, ¿quieres acabar ya? ¿Y después por el amor de Dios puedes callarte?
GOWAN (rápidamente: se da la vuelta)
Perdón.
(se vuelve hacia ella, ve su mano vacía, luego su vaso lleno junto al suyo en la bandeja)
¿No bebes?
TEMPLE
No quiero esto. Quiero un poco de leche.
GOWAN
Vale. Caliente, claro.
TEMPLE
Por favor.
GOWAN (dándose la vuelta)
Ya. Ya lo había pensado. Puse un cazo a calentar mientras cogía la bebida.
(mientras sale por el comedor)
No dejes que el tío Gavin se vaya hasta que yo regrese. Si es necesario, cierra con llave. O, si no, simplemente llama a ese agente liberador de negros… ¿Cómo se llama?
Página 43
Sale. Ellos no se mueven hasta que se oye el golpe de la puerta de la despensa.
TEMPLE (rápida y dura)
¿Cuánto sabes?
(apresuradamente)
No me mientas; ¿no ves que no hay tiempo?
STEVENS
¿Que no hay tiempo para qué? ¿Antes de que salga tu avión esta noche? Ella tiene todavía un poco de tiempo… cuatro meses, hasta marzo, hasta el trece de marzo…
TEMPLE
Sabes lo que quiero decir… eres su abogado… la has visto todos los días… una simple negra, y tú un hombre blanco… incluso aunque necesitara algo para asustar la… la pudiste convencer simplemente con una dosis de cocaína o una botella de…
(se detiene, lo mira fijamente, con una especie de asombro, de desesperación; su voz es casi tranquila)
Dios mío, Dios mío, ella no te dijo nada. Soy yo; soy yo la que… ¿No lo ves? Es que no lo puedo creer… no pienso creerlo… es imposible…
STEVENS
¿Imposible creer que en realidad no todos los seres humanos… como tú dirías… apestan? ¿Incluso… como tú dirías… las putas drogadictas y negras? No, ella no me dijo nada más.
TEMPLE (apresurada)
Si es que había algo más.
STEVENS
Si es que lo había.
TEMPLE
Página 44
Entonces ¿qué crees saber? No importa de dónde lo hayas sacado; dime solamente lo que tú crees.
STEVENS
Aquella noche había un hombre.
TEMPLE (rápida, voluble, casi antes de que él termine)
Gowan.
STEVENS
¿Aquella noche en la que Gowan salió en coche con Bucky a las seis de la mañana en dirección a Nueva Orleans?
TEMPLE (rápida, áspera)
Entonces yo tenía razón. ¿La asustaste o simplemente la compraste?
(interrumpiéndose)
Lo intento, de verdad que lo intento. Quizá no sería tan difícil si al menos pudiera comprender por qué no apestan… qué razón hay para que no apesten…
(se detiene; es como si hubiese oído un ruido anunciando el regreso de Gowan, o quizá supiese simplemente por instinto o por conocimiento de su propia casa que ya había tenido tiempo de calentar una taza de leche. Luego continúa rápida y tranquila)
No había ningún hombre allí. ¿Sabes? Te he dicho, te he advertido que no podrás obtener nada de mí. Oh, ya sé; podrías haberme llamado al estrado si hubieras querido, bajo juramento; naturalmente, a tu jurado no le habría gustado… esa caprichosa crucifixión de una madre desconsolada, pero ¿qué pesa eso en la balanza de la justicia? No sé por qué no lo hiciste. O quizá todavía pretendes… si es que consigues atraparnos antes de que crucemos la frontera de Tennessee esta noche.
(rápida, tensa, dura)
Está bien. Lo siento.
Sé cómo funciona. Quizá, después de todo, sea de mi propia peste de lo que me resulta imposible dudar.
Página 45
(la puerta de la despensa golpea de nuevo; ambos la oyen)
Porque ni siquiera me voy a llevar a Gowan conmigo cuando me despida y vaya al piso de arriba. Y quién sabe…
Se detiene. Entra Gowan, trayendo una pequeña bandeja con un vaso de leche, un salero y una servilleta, y se dirige a la mesa.
GOWAN
¿De qué estáis hablando ahora?
TEMPLE
De nada. Le estaba diciendo al tío Gavin que tiene algo de Virginia o algo de caballeresco que debe haber heredado de ti a través de tu abuelo, y que iba a subir para bañar a Bucky y darle de comer.
(toca el vaso para comprobar la temperatura, luego lo coge y le dice a Gowan)
Gracias, querido.
GOWAN
De nada, querida.
(a Stevens)
¿Ves? No una servilleta cualquiera: la servilleta correcta. Así me lo han enseñado.
(se interrumpe repentinamente al darse cuenta de que Temple en apariencia no ha hecho nada: tan solo ha permanecido de pie con la leche en la mano. Pero él parece saber qué está ocurriendo. A ella)
¿Para qué es esto?
TEMPLE
No lo sé.
Él se le acerca; se besan, no largamente pero tampoco con un beso superficial; definitivamente, es un beso entre un hombre y una mujer. Luego, llevando el vaso de leche, Temple cruza la escena hasta la puerta del vestíbulo.
Página 46
TEMPLE (a Stevens)
Adiós, pues, hasta el próximo junio. Bucky os enviará una postal a ti y a Maggie.
(va hacia la puerta, se detiene y mira otra vez a Stevens)
Puede que también me equivocara respecto al olor de Temple Drake; si llegas a oír algo que no hayas oído hasta ahora y que sea verdad, puede que yo lo ratifique.
Quizá puedas creer eso… si puedes creer que vas a oír algo que no has oído hasta ahora.
STEVENS
¿Lo crees tú?
TEMPLE (tras una pausa)
No vendrá de mí, tío Gavin. Si alguien quiere irse al cie lo, ¿quién soy yo para detener a esa persona? Buenas noches. Adiós.
Sale y cierra la puerta. Stevens, muy serio, se da la vuelta y deja el combinado en la bandeja.
GOWAN
Bebe. Después de todo, todavía tengo que cenar y hacer las maletas. ¿Qué te parece?
STEVENS
¿Qué me parece qué? ¿Las maletas o la copa? ¿Y tú?
Creía que te ibas a tomar una.
GOWAN
Sí, sí, claro.
(toma el vaso pequeño con whisky)
Quizá sea mejor que te vayas y nos dejes con nuestra venganza.
STEVENS
Ojalá eso pudiera consolaros.
Página 47
GOWAN
Ojalá Dios lo quisiera. Ojalá quisiera Dios que solo deseara yo venganza. Ojo por ojo…, ¿ha habido alguna vez palabras más vanas? Pero hay que haber perdido el ojo para saberlo.
STEVENS
Y aun así ella todavía tiene que morir.
GOWAN
¿Y por qué no? Aun en el caso de que supusiera alguna pérdida… una negra puta, borracha, drogadicta…
STEVENS
… una vagabunda, una vaga, sin esperanza hasta el día en que el señor Gowan Stevens y su esposa, por simple compasión y humanidad, la sacaron del arroyo para darle otra oportunidad…
(Gowan permanece inmóvil, apretando lentamente los dedos en torno al vaso. Stevens lo mira)
Y luego, en pago de eso…
GOWAN
Mira, tío Gavin. ¿Por qué no te marchas a tu casa, por el amor de Dios, o al infierno, o a cualquier lugar fuera de aquí?
STEVENS
Ya me voy, dentro de un momento. ¿Por eso crees… por eso dirías que ella debe morir?
GOWAN
No. No tengo nada que ver con eso. Ni siquiera fui el demandante. Ni siquiera interpuse —es así como se dice, ¿verdad?— la demanda. Lo único que tengo que ver es que da la casualidad de que soy el padre de la criatura que ella… ¿Quién demonios ha dicho que esto es una copa? Arroja el whisky, con vaso y todo, dentro del cuenco del hielo, agarra rápidamente uno de los vasos altos con una mano y al mismo tiempo inclina sobre él la botella de whisky con la otra para servirse. Al principio no hace ningún sonido, pero de pronto se hace evidente que se está
Página 48
riendo: risa que comienza normalmente, pero que casi enseguida se hace irrefrenable, bordeando casi la histeria, mientras continúa sirviendo whisky en el vaso que desbordaría si Stevens no extendiese la mano para agarrar la botella y detenerlo.
STEVENS
Basta. Basta ya. Vamos.
Le quita la botella, la deja sobre la mesa, toma el vaso alto y vierte parte de su contenido en el otro vaso alto vacío, dejando una copa razonable, verosímil, que alarga a Gowan. Este la toma, detiene su desatinada risa y se controla de nuevo.
GOWAN (levantando el vaso sin probar)
Ocho años. Ocho años de abstinencia… y esto es lo que obtengo en pago: mi hija asesinada por una puta droga dicta negra que ni siquiera habría corrido si un policía o cualquiera la hubiese matado como a un perro rabioso…
¿Lo ves? Ocho años sin beber, y ahora tengo lo que es taba comprando al no beber, y ahora tengo lo que estaba pagando y ahora está pagado, así que puedo beber de nuevo. Y ahora no quiero beber. ¿Lo ves? Es como si lo que yo estaba comprando no solo fuera algo que yo no quería, sino que lo que estaba pagando en realidad no valía nada, no era ni siquiera una pérdida. Por eso me da la risa. Es un triunfo. Pues encuentro una ganga incluso en lo que no quiero. Me hacen una rebaja. He tenido dos hijos. Y solo he tenido que pagar con uno de ellos para saber que en realidad no me estaba costando nada… A mitad de precio: una hija, y una negra drogadicta en la horca: es todo cuanto tengo que pagar por la inmunidad.
STEVENS
Eso no existe.
GOWAN
Por el pasado. Por mi locura. Mi alcoholismo. Mi cobardía, si quieres…
STEVENS
Tampoco existe el pasado.
GOWAN
Página 49
Eso sí que es gracioso. Pero no hables tan alto, ¿eh?, para no molestar a las señoras… molestar a la señorita Drake… la señorita Temple Drake… Sí, cobardía, por qué no. Pero, por eufonía, llamémosla simplemente exceso de educación. ¿Sabes? Gowan Stevens, formado en Virginia para beber como un caballero, se emborracha como diez caballeros, lleva a una chica de una universidad rural, una doncella: ¿quién sabe?, quizá incluso una virgen, a través del estado en coche hasta un partido de béisbol en otra universidad rural, se emborracha como veinte caballeros, se pierde, se emborracha como cuarenta caballeros, estrella el coche, supera a ochenta caballeros, pierde por completo el conocimiento mientras la doncella, la virgen, es secuestrada y llevada a un burdel de Memphis…
(murmura una palabra ininteligible)
STEVENS
¿Cómo?
GOWAN
Claro; cobardía. Llámalo cobardía; ¿qué importa una pequeña eufonía para un matrimonio de años?
STEVENS
Al menos no lo fue casarse con ella después. Qué…
GOWAN
Claro. Casarse con ella fue pura Virginia de Antaño.
Fueron de hecho los ciento sesenta caballeros.
STEVENS
La intención lo fue, desde cualquier punto de vista. La prisionera en el burdel; no he oído bien…
GOWAN (deprisa: estirando el brazo hacia la botella) ¿Dónde está tu vaso? Tira esa agua sucia… Aquí tienes…
STEVENS (sujetando el vaso)
Así está bien. ¿Qué decías de la prisionera del burdel?
GOWAN (con aspereza)
Página 50
Eso es todo. Ya lo has oído.
STEVENS
Has dicho: «… y le encantó».
(se miran fijamente el uno al otro)
¿Eso es lo que no has podido perdonarle nunca…? ¿No por haber sido el instrumento que creó aquel momento de tu vida que nunca puedes recordar ni olvidar ni explicar ni justificar ni dejar de pensar en él, sino porque ella misma no sufrió, sino que, por el contrario, hasta le gustó… aquel mes o lo que fuera, como el episodio de esa vieja película en que la joven blanca es prisionera en una cueva del príncipe beduino…? ¿Porque tuviste que perder no solo tu libertad de soltero, sino tu propio respeto varonil por la castidad de tu esposa y también por tu hijo, por tener que reparar algo que tu esposa jamás había perdido, que ni siquiera lamentaba, que jamás había echado en falta? ¿Es por eso por lo que ha de morir esa pobre, perdida, condenada, loca negra?
GOWAN (con tensión)
Sal de aquí. Vete.
STEVENS
Dentro de un momento… O si no, ¿qué?, ¿volarse la tapa de los sesos: dejar de tener que recordar, dejar de ser perpetuamente incapaz de olvidar: la nada; sumergirse en la nada y hundirse y ahogarse para siempre jamás, nunca más tener que recordar, nunca más despertarse en mitad de la noche retorciéndose y sudando porque no puedes, no puedes nunca, dejar de recordar? ¿Qué más sucedió durante aquel mes, durante el tiempo en que aquel demente la tuvo prisionera en aquella casa de Memphis, que nadie sabe salvo tú y ella, quizá ni siquiera tú?
Mirando todavía a Stevens, lenta y deliberadamente Gowan vuelve a dejar el vaso en la bandeja, levanta la botella y la agita al revés sobre su cabeza. No tiene tapón, y al instante el whisky comienza a derramarse, cayendo por su brazo y su manga hasta el suelo. Él ni siquiera parece darse cuenta. Su voz es tensa, apenas inteligible.
GOWAN
Página 51
Ayúdame, Cristo… Ayúdame, Cristo.
Una pausa, después Stevens se mueve, sin prisa, coloca su vaso en la bandeja y se vuelve, coge su sombrero cuando pasa por delante del sofá, llega a la puerta y sale. Gowan permanece un momento más con la botella, ahora vacía, en el aire. Luego exhala un largo suspiro tembloroso, parece animarse, despertarse, vuelve a poner la botella vacía en la bandeja, ve su vaso de whisky sin beber, lo levanta por un momento: luego se vuelve, estrella el vaso en la chimenea, contra los falsos leños en que arde el gas y permanece de pie, de espaldas al público, exhala otro largo suspiro tembloroso y después se frota con fuerza la cara con ambas manos, después se da la vuelta mientras mira su manga mojada, saca el pañuelo y frota con él la manga mientras regresa a la mesa, se mete de nuevo el pañuelo en el bolsillo, toma de la pequeña bandeja la servilleta doblada junto al salero y se seca la manga con ella, ve que no sirve de nada, tira la servilleta arrugada en la bandeja del whisky; y ahora, aparentemente tranquilo de nuevo, como si nada hubiese sucedido, pone todos los vasos en la bandeja grande, coloca también en ella la bandeja pequeña y la servilleta, la levanta y se dirige en silencio hacia la puerta del comedor mientras las luces comienzan a decrecer.
La luz se apaga totalmente. La escena está a oscuras.
Se encienden las luces.
Página 52
ESCENA III
Sala de estar de los Stevens. Las diez de la noche. 11 de marzo.
La habitación está igual que hace cuatro meses, excepto por que ahora la única luz encendida es la de la lámpara de la mesa, el sofá se ha vuelto en parte cara al público y tiene encima un pequeño objeto inmóvil envuelto en una manta, una de las sillas está colocada entre la lámpara y el sofá, de modo que la sombra de su respaldo cae sobre el objeto sobre el sofá, volviéndolo más o menos indistinguible, y las puertas del comedor están ahora cerradas. El teléfono se halla colocado sobre una mesita, en la esquina de la derecha, como en la escena II.
Se abre la puerta del vestíbulo. Entra Temple, seguida por Stevens. Ahora viste una larga bata; tiene el pelo recogido hacia atrás con una cinta, como si se preparase para ir a la cama. Stevens trae ahora en las manos el abrigo y el sombrero y lleva un traje diferente. Aparentemente ella le ha pedido que no haga ruido; la actitud de él lo denota. Ella entra, se detiene, deja que Stevens pase delante. Él se detiene, pasea la vista por la habitación, ve el sofá y se queda mirándolo.
STEVENS
Esto es lo que se llama una falsa evidencia.
Cruza la escena hasta el sofá, mientras Temple lo observa, y se detiene a mirar el objeto en la sombra. Retira en silencio la silla que lo sombrea y revela a un niño pequeño, de unos cuatro años, envuelto en la manta, dormido.
TEMPLE
¿Por qué no? ¿No nos han dicho los filósofos y otros ginecólogos que las mujeres devuelven golpe por golpe con cualquier arma, incluso con sus hijos?
Página 53
STEVENS (mirando al niño)
¿O como el somnífero que me has dicho le has dado a Gowan?
TEMPLE
De acuerdo.
(se acerca a la mesa)
Si yo dejase de resistirme, ¿cuánto tiempo ganaríamos? He venido desde California, pero parece que no puedo abandonar. ¿Crees en las coincidencias?
STEVENS (volviéndose)
No, a menos que me ocurran.
TEMPLE (junto a la mesa, coge un telegrama amarillo doblado, lo abre, lee) Fechado en Jefferson, el 6 de marzo. «Todavía tienes una semana hasta el 13. Pero ¿adónde irás después?». Firma do, Stevens.
Dobla el papel, lo desdobla, lo vuelve a doblar, mientras Stevens la mira.
STEVENS
¿Y bien? Hoy es 11. ¿Es esa la coincidencia?
TEMPLE
No. Es esta.
(se interrumpe, arroja el papel doblado sobre la mesa, se vuelve)
Fue aquella tarde… el seis. Estábamos en la playa, Bucky y yo. Yo estaba leyendo y él… oh, sobre todo hablando, ya sabes: «¿California está lejos de Jefferson, mamá?», y yo digo: «Sí, cariño»… ya sabes: y estaba yo aún leyendo o tratando de leer y me dice: «¿Cuánto tiempo nos que daremos en California, mamá?», y yo digo: «Hasta que nos cansemos», y él dice: «¿Nos quedaremos aquí hasta que ahorquen a Nancy, mamá?», y entonces ya es demasiado tarde; debería habérmelo esperado, pero ahora ya es demasiado tarde; le digo: «Sí, cariño», y entonces me lo suelta, directamente salido de las bocas de… ¿cómo era…? ¿los sabios bebés y los lactantes? «¿Y a dónde iremos después, mamá?». Y luego regresamos al hotel, y allí estás tú. ¿Y bien?
Página 54
STEVENS
¿Y bien qué?
TEMPLE
De acuerdo. Por el amor de Dios, basta.
(se acerca a una silla)
Ahora que ya estoy aquí, no importa de quién fuera la culpa, ¿qué quieres? ¿Una copa? ¿Quieres algo de beber? Al menos deja el abrigo y el sombrero.
STEVENS
Ni siquiera lo sé todavía. Por eso regresaste…
TEMPLE (interrumpiendo)
¿Yo regresé? No fui yo quien…
STEVENS (interrumpiendo)
… quien dijo: por el amor de Dios, basta. Se miran: pausa.
TEMPLE
Está bien. Deja el abrigo y el sombrero.
Stevens deja su abrigo y su sombrero sobre una silla. Temple se sienta. Stevens ocupa una silla frente a ella, de manera que el niño dormido en el sofá queda entre ambos al fondo.
TEMPLE
Así que hay que salvar a Nancy. Así que tú me convocaste, o tú y Bucky entre los dos, o de todas formas aquí estás tú y aquí estoy yo. Porque aparentemente sé algo que no he contado aún, o quizá tú sabes algo que yo no he contado aún. ¿Qué crees tú que sabes?
STEVENS
Nada. No quiero saberlo. Todo lo que yo…
TEMPLE
Página 55
Dilo de nuevo.
STEVENS
¿Que diga qué de nuevo?
TEMPLE
¿Qué es lo que crees que sabes?
STEVENS
Nada. Yo…
TEMPLE
Está bien. ¿Por qué crees que hay algo que yo no he dicho aún?
STEVENS
Porque has vuelto. Desde California…
TEMPLE
No es suficiente. Prueba de nuevo.
STEVENS
Tú estabas allí.
(Temple, apartando el rostro, extiende la mano hacia la mesa, tantea hasta encontrar la caja de cigarrillos, saca uno y con la misma mano tantea hasta encontrar el encendedor, los lleva hasta su regazo)
En el tribunal. Todos los días. Cada día, en cuanto se abría la sala…
TEMPLE (todavía sin mirarlo, supremamente relajada, se lleva el cigarrillo a la boca, hablando en torno a él, el cigarrillo subiendo y bajando)
La madre desconsolada…
STEVENS
Sí, la madre desconsolada…
TEMPLE (el cigarrillo subiendo y bajando; aún sin mirar a Stevens)
… acechando en persona la realización de su venganza; la tigresa sobre el cuerpo de su cachorro muerto…
Página 56
STEVENS
… que debería estar demasiado sumida en su dolor como para pensar en la venganza… como para soportar ver a la asesina de su hija…
TEMPLE (sin mirarlo)
Se me antoja que la dama protesta demasiado.
Stevens no responde. Ella prende el encendedor con un chasquido, enciende el cigarrillo, vuelve a dejar el encendedor sobre la mesa. Stevens se inclina y empuja el cenicero sobre la mesa hasta ponerlo al alcance de ella. Ahora Temple lo mira.
TEMPLE
Gracias. Y, ahora, deja que la abuela te enseñe cómo sorber un huevo. No importa lo que yo sepa, lo que tú crees que yo sé, lo que haya podido pasar. Pues ni siquiera necesitamos eso. Todo lo que necesitamos es una declaración jurada. Que está loca. Lo está desde hace años.
STEVENS
También pensé en eso. Pero es demasiado tarde. Eso debió hacerse hace unos cinco meses. El proceso se ha terminado. Ha sido condenada y sentenciada. A los ojos de la ley, ya está muerta. A los ojos de la ley, Nancy Mannigoe ni siquiera existe. Aunque no hubiese una razón mejor. La mejor razón de todas.
TEMPLE (fumando)
¿Sí?
STEVENS
No tenemos ninguna.
TEMPLE (fumando)
¿Sí?
(se recuesta en la silla, fumando con rapidez, mirando a Stevens. Su voz es amable, paciente, apenas demasiado rápida, como su manera de fumar)
Es verdad. Intenta escuchar. Inténtalo de verdad. Yo soy la declaración jurada; ¿qué otra cosa estamos haciendo aquí a las diez de la noche a menos de un día de su ejecución? ¿Por qué otra razón regresé —como
Página 57
dices tú— desde California, por no mencionar una —como probablemente también has dicho— fingida coincidencia para no perder —como supongo lo hubiese dicho yo— la dignidad? Todo lo que tenemos que hacer ahora es decidir cuánto y qué hemos de poner en la declaración. Inténtalo; después de todo, quizá sea mejor que te tomes una copa.
STEVENS
Tal vez más tarde. Ahora mismo ya estoy bastante aturdido con el perjurio y el desacato al tribunal.
TEMPLE
¿Qué perjurio?
STEVENS
No venial, peor: inepto. Después de que mi clienta ha sido no solamente acusada, sino condenada, aparezco con el testigo principal de la acusación con evidencia que invalida todo el proceso…
TEMPLE
Diles que yo lo había olvidado. O diles que he cambiado de opinión. Diles que el fiscal del distrito me sobornó para que mantuviese la boca cerrada…
STEVENS (perentorio pero sereno)
Temple.
Ella fuma rápidamente y se quita el cigarrillo de la boca.
TEMPLE
O, mejor aún… ¿no es obvio? Una mujer cuya hija fue asfixiada en la cuna, deseosa de venganza, capaz de todo por obtener venganza; luego, cuando la obtiene, se da cuenta de que no puede hacerlo, de que no puede sacrificar una vida humana por ello, ni siquiera la de una ramera negra.
STEVENS
Basta. Cada cosa a su tiempo. Al menos hablemos de lo mismo.
TEMPLE
¿De qué otra cosa hablamos sino de salvar a una clienta que ha sido condenada y cuyo experto abogado ha admitido ya su fracaso?
Página 58
STEVENS
De modo que tú realmente no quieres que muera. Tú inventaste la coincidencia.
TEMPLE
¿No acabo de decirlo? Al menos, por el amor de Dios, basta de esto, ¿de acuerdo?
STEVENS
Hecho. De modo que Temple Drake tendrá que salvarla.
TEMPLE
La señora de Gowan Stevens tendrá que hacerlo.
STEVENS
Temple Drake.
Ella lo mira, fumando ahora despacio. Despacio, se quita el cigarrillo de los labios y, sin dejar de mirar a Stevens, alarga el brazo y aplasta el cigarrillo en el cenicero.
STEVENS
Está bien. Cuéntamelo otra vez. Puede que esta vez lo entienda, o al menos escuche. Presentamos una… declaración jurada de que la asesina estaba loca cuando cometió el crimen.
TEMPLE
Que tú escuchaste, ¿a que sí? Quién sabe…
STEVENS
¿Basada en qué?
TEMPLE
… ¿Cómo?
STEVENS
La declaración jurada. ¿Basada en qué?
(ella lo mira)
Página 59
¿En qué prueba?
TEMPLE
¿Prueba?
STEVENS
Prueba. ¿Qué pondrá en la declaración? ¿Qué vamos a afirmar ahora, que, por alguna razón, cualquier razón, nosotros —tú— nosotros no juzgamos conveniente presentar o en todo caso no presentamos hasta después de que ella…?
TEMPLE
¿Cómo voy yo a saberlo? El abogado eres tú. ¿Qué quieres que ponga? ¿Qué es lo que pone en esas declaraciones, qué hace falta que ponga, para que funcionen, para garantizar que funcionan? ¿No tienes ejemplos en tus libros de leyes —informes, como quiera que se llamen— que se puedan copiar para que después tú me los hagas jurar? ¿De los buenos, de los que funcionan? Ya que estamos cometiendo lo que sea, elige uno bueno, uno tan bueno que nadie, ni siquiera un abogado sin experiencia, pueda estropearlo…
Su voz cesa. Lo mira, mientras que él sigue mirándola firmemente a ella, sin decir nada, tan solo mirándola, hasta que al final ella respira ruidosa y ásperamente; su voz también es áspera.
TEMPLE
¿Qué quieres entonces? ¿Qué más quieres?
STEVENS
A Temple Drake.
TEMPLE (rápida, áspera, inmediata)
No. La señora de Gowan Stevens.
STEVENS (implacable y tranquilo)
A Temple Drake. La verdad.
TEMPLE
¿La verdad? Estamos tratando de salvar a una asesina sentenciada, cuyo abogado ha admitido ya su fracaso.
Página 60
¿Qué tiene que ver la verdad con esto?
(rápida, áspera)
¿Nosotros?
Yo, yo, la madre del bebé que ella asesinó; no tú, Gavin Stevens, el abogado, sino yo, la señora de Gowan Stevens, la madre. ¿No puedes meterte en la cabeza que haré cualquier cosa, cualquier cosa?
STEVENS
Menos una. Que lo es todo. No se trata aquí de la muerte. Eso no es nada: cualquier puñado de hechos triviales y de documentos jurados puede remediar eso. Todo eso terminó ya; podemos olvidarlo. De lo que se trata ahora es de la injusticia. Y a eso solo puede enfrentarse la verdad. O el amor.
TEMPLE (ásperamente)
Amor. Dios mío. Amor.
STEVENS
Llámalo entonces piedad. O valor. O simplemente honor, honestidad, o simple deseo de tener derecho a dormir por la noche.
TEMPLE
¿Me vienes tú a parlotear sobre dormir, a mí, que aprendí hace seis años a ni siquiera percatarme ya de que no me importaba no dormir por la noche?
STEVENS
Y, sin embargo, tú inventaste la coincidencia.
TEMPLE
¿Quieres callarte ya, por Dios? Quieres… Está bien.
Entonces, si su muerte no es nada, ¿qué quieres? En nombre de Dios, ¿qué quieres?
STEVENS
Ya te lo he dicho. La verdad.
Página 61
TEMPLE
Y yo te he dicho a ti que lo que tú insistes pesadamente en llamar la verdad nada tiene que ver con esto. Cuando te presentes ante la… ¿Cómo se llama esa otra agrupación de expertos abogados?, ¿Tribunal Supremo?… lo que necesitarás serán hechos, papeles, documentos, testimonios jurados, incontrovertibles, en los que ningún abogado experto o inexperto pueda estropearlo, encontrar ningún defecto.
STEVENS
No vamos a ir al Tribunal Supremo.
(ella lo mira)
Todo eso se ha terminado. Si eso se hubiese podido hacer, si hubiera sido suficiente, ya lo habría pensado yo y me habría ocupado de ello hace cuatro meses. Vamos a ir a ver al gobernador. Esta noche.
TEMPLE
¿El gobernador?
STEVENS
Quizá él tampoco la salve. Probablemente no quiera.
TEMPLE
Entonces ¿por qué pedírselo? ¿Por qué?
STEVENS
Ya te lo he dicho. La verdad.
TEMPLE (con sereno asombro)
Solo por eso. Por ninguna otra razón mejor. Solo por que se cuente, se respire, en forma de palabras, de sonido. Solo para que sea escuchada por, contada a alguien, cualquiera, cualquier desconocido del que esto no es asunto suyo, es imposible que lo sea, simplemente porque es capaz de escuchar, de comprender. ¿Por qué eludes tu propia retórica? ¿Por qué no me dices de una vez que es por el bien de mi alma… si es que tengo alma?
STEVENS
Página 62
Lo he dicho. Lo digo, para que puedas dormir de noche. TEMPLE
Y yo te repito que hace seis años olvidé lo que significa echar de menos el sueño.
Lo mira. Él no responde, la mira. Sin dejar de mirarlo, Temple extiende la mano hacia la mesa, hacia la caja de cigarrillos, luego se detiene, se queda inmóvil, la mano suspendida, mirándolo fijamente.
TEMPLE
Entonces hay algo más. Al menos ahora vamos a saber lo que es verdad.
Está bien. Dispara.
Él no responde, no hace ningún gesto, la mira. Pausa: ella vuelve entonces la cabeza y mira hacia el sofá y el niño dormido. Sin dejar de mirar al niño, se levanta, se acerca al sofá y se queda de pie mirando al niño; su voz es serena.
TEMPLE
De modo que, después de todo, se trataba de una falsa evidencia; pero no supe para quién.
(mirando al niño)
Te lancé a ti el hijo que me queda. Y ahora tú me lo de vuelves.
STEVENS
Pero no lo desperté.
TEMPLE
Entonces te he pillado, abogado. ¿Qué podría ser mejor para la paz y el sueño de él que ahorcar a la asesina de su hermana?
STEVENS
¿Sin que importen los medios, ni la mentira?
TEMPLE
Ni de quiénes.
STEVENS
Y sin embargo tú inventaste la coincidencia.
Página 63
TEMPLE
Lo hizo la señora de Gowan Stevens.
STEVENS
Lo hizo Temple Drake. La señora de Gowan Stevens ni siquiera está luchando en esta categoría. Esto es obra de Temple Drake.
TEMPLE
Temple Drake está muerta.
STEVENS
El pasado nunca muere. Ni siquiera queda atrás.
Temple regresa a la mesa, saca un cigarrillo de la caja, se lo pone en la boca y busca el encendedor. Él se inclina como si quisiera alcanzárselo, pero ella ya lo ha encontrado, lo prende y enciende el cigarrillo, hablando a través del humo.
TEMPLE
Escucha. ¿Qué sabes tú?
STEVENS
Nada.
TEMPLE
Júralo.
STEVENS
¿Me creerías entonces?
TEMPLE
No. Pero júralo de todas formas.
STEVENS
Está bien. Lo juro.
TEMPLE (aplastando el cigarrillo en el cenicero)
Entonces escucha. Escucha atentamente.
(está de pie, tensa, rígida, frente a él, mirándolo con fijeza)
Página 64
Temple Drake está muerta. Temple Drake llevará muerta siempre seis años más que Nancy Mannigoe. Si todo lo que tiene Nancy Mannigoe para salvarse es Temple Drake, que Dios ayude a Nancy Mannigoe. Y ahora fuera de aquí.
Lo mira; otra pausa. Luego él se levanta, sin dejar de mirarla; Temple le devuelve fija e implacablemente la mirada. Entonces él se mueve.
TEMPLE
Buenas noches.
STEVENS
Buenas noches.
Vuelve a la silla, recoge su abrigo y su sombrero, se dirige a la puerta del vestíbulo y pone la mano en el picaporte.
TEMPLE
Gavin.
(él se detiene, con la mano en el picaporte, y se vuelve a mirarla)
Quizá me haga falta ese pañuelo, después de todo.
(Stevens la mira un momento más, suelta el picaporte, saca el pañuelo del bolsillo del pecho mientras cruza la escena hacia ella y se lo ofrece. Ella no lo toma)
Está bien. ¿Qué querrías que yo hiciese? ¿Qué sugieres, entonces?
STEVENS
Todo.
TEMPLE
Lo cual naturalmente no voy a hacer. No lo haré. Puedes entenderlo, ¿verdad? Al menos puedes oírlo. De modo que comencemos de nuevo, ¿quieres? ¿Cuánto tengo que contar?
STEVENS
Todo.
Página 65
TEMPLE
Entonces no voy a necesitar el pañuelo después de todo. Buenas noches.
Cierra la puerta de fuera cuando salgas. Está haciendo frío otra vez.
Él se da la vuelta, va de nuevo a la puerta sin detenerse ni volver a mirarla, sale, cierra la puerta tras de sí. Tampoco ella lo mira ahora. Durante unos instantes, después de que se cierre la puerta, no se mueve. Luego hace un gesto semejante al de Gowan en la escena II, pero ella simplemente aprieta por un momento las palmas de las manos contra su rostro, su rostro sereno, inexpresivo, frío, deja caer las manos, se da la vuelta, recoge el aplastado cigarrillo al lado del cenicero, lo pone en él, coge el cenicero y se dirige a la chimenea, echando una mirada al niño dormido cuando pasa junto al sofá, vacía el cenicero en la chimenea, regresa a la mesa, pone el cenicero en ella y esta vez se detiene ante el sofá y arropa mejor al niño dormido con la manta y va luego al teléfono y levanta el auricular.
TEMPLE (al teléfono)
Dos tres nueve, por favor.
(mientras espera de pie la respuesta, hay un leve movimiento en la oscuridad tras la puerta abierta al fondo, un movimiento silencioso que basta apenas para indicar que algo o alguien está allí o se ha movido allí. Temple no se da cuenta pues ocurre a su espalda. Luego habla al teléfono)
¿Maggie? Temple… Sí, de repente… Oh, no sé; quizá nos aburrimos del sol… Por supuesto, quizá me acerque mañana. Quisiera dejar un mensaje para Gavin… Lo sé; acaba de irse de aquí. Algo que se me olvidó… Si puedes decirle que me llame cuando regrese… Sí… ¿No era…?
Sí… Si me haces el favor… Gracias.
(cuelga el auricular y comienza a darse la vuelta hacia la sala cuando suena el teléfono. Se vuelve de nuevo, coge el auricular y habla)
Hola… Sí. Otra coincidencia; lo tenía en la mano; acabo de llamar a Maggie… Ah, desde la gasolinera. No pensé que te hubiese dado tiempo. Puedo estar lista en media hora. ¿Tu coche, o el nuestro…? De acuerdo. Escucha… Sí, sigo aquí. Gavin… ¿cuánto tendré que contar?
(apresuradamente)
Página 66
Oh, ya sé: me lo has dicho ocho o diez veces. Pero quizá no oí bien. ¿Cuánto tendré que decir?
(escucha por un momento, quieta, con el rostro helado, luego comienza a bajar lentamente el auricular hacia el teléfono; habla en voz queda sin inflexiones)
Oh, Dios. Oh, Dios.
Cuelga el auricular, cruza la escena hasta el sofá, apaga la lámpara de la mesa, toma en brazos al niño y cruza hasta la puerta del vestíbulo, apaga las demás luces al salir, de manera que la única luz que hay en la sala es la que entra del vestíbulo. Tan pronto como desaparece de la vista, entra Gowan por la puerta del fondo, vestido, pero sin chaqueta, chaleco ni corbata. Evidentemente no ha tomado ningún somnífero. Va hasta el teléfono y permanece inmóvil ante él, de frente a la puerta del vestíbulo y obviamente esperando a que Temple esté lejos. Ahora se apaga la luz del vestíbulo y la escena queda completamente a oscuras.
VOZ DE GOWAN (quedamente)
Dos tres nueve, por favor… Buenas noches, tía Maggie.
Gowan… De acuerdo, gracias… Sí, mañana en algún momento. Tan pronto como regrese el tío Gavin, ¿podrías decirle que me llame? Estaré aquí. Gracias.
(ruido del auricular al colgar)
Telón
Página 67
ACTO II
La cúpula dorada
(En el comienzo fue τὸ ἔν)
Jackson. Alt. 900 metros. Pob. (1950 d. C.) 201 092.
Localizada por una expedición de tres comisionados seleccionados nombrados y enviados con ese exclusivo fin, sobre un alto peñasco junto al río Pearl, aproximadamente en el centro geográfico del estado, destinada a ser no un mercado ni una ciudad industrial, ni siquiera un lugar para que viviesen los hombres, sino una capital, la capital de un territorio.
En el comienzo ya estaba decretado este redondo montículo, esta pústula dorada, delante y más allá del vaporoso claroscuro, atemporal e inmaduro miasma sin invierno; ni agua ni tierra ni vida aún sino todo junto, inextricable e indivisible: un único hervor un único desove una única madre-útero, una única furiosa tumescencia, padre-madre-uno, una única vasta incubante eyaculación fisionando ya en un único bullente barullo de crías desde la experimental Mesa de Trabajo celestial; un único engendrador reptar y arrastrarse que imprimió con huellas mastodónticas de tres dedos los verdes y humeantes ropajes que envolvían como a un bebé el carbón y el petróleo, sobre los cuales las reptilianas cabezas de diminutos cerebros curvaban el pesado aire en el que resonaban alas correosas.
Después el hielo, pero todavía este montículo, esta pústulabóveda, este sepultado hemisferio semiesférico; la tierra daba bandazos, virando hacia la noche el largo flanco continental, arrastrando hacia arriba bajo el casquete polar su furioso útero ecuatorial, el párpado obturador del frío despojándose en el inexpresivo e indiferente vacío de un último sonido, un grito, una raquítica y copiosa denuncia apagándose ya y después ya no más, la ciega tierra sin lengua girando aún, trazando el bucle de la larga órbita sin huella,
Página 68
helada, sin mareas, aunque ya estaba allí este diminuto fulgor, esta chispa, esta miga dorada de la eterna aspiración humana, esta cúpula dorada preordenada e invulnerable, este minúsculo destello-feto más resistente que el hielo y más duro que la escarcha; la tierra dio un nuevo bandazo, mudando de piel; el hielo con velocidad infinitesimal restregando los valles, restregando las colinas y desapareciendo; la tierra inclinada aún más para hacer retroceder el borde del mar mediante un collar liminar de conchas de crustáceos en un contorno replegante de líneas como las espirales del tocón aserrado que dicen la edad del árbol, desnudando un retrocedente sur tras otro hasta este destello mudo y convocante, la confluente depresión continental, desnudando a la luz y al aire la ancha y vacía página del centro del continente para el primer arañazo de metódico registro: una fábrica-laboratorio que cubriría el equivalente a veinte estados, establecida y decretada con el propósito de manufacturar uno: la ordenada y nunca apresurada rotación de las estaciones, de la lluvia y la nieve y la escarcha y el deshielo y el sol, y la sequía para airear y soltar el suelo, la confluencia de cien ríos en un vasto padre de ríos acarreando el rico limo, las ricas reservas, hacia el sur y hacia el sur, tallando los farallones para soportar la larga marcha de las ciudades fluviales, inundando las tierras bajas del Misisipi, engendrando el rico manto de limo aluvial con capa tras capa de limo primaveral, levantando centímetro por metro por año por siglo la superficie de la tierra que con el tiempo (no remoto ya, en la medida de esta larga crónica anónima) se estremecería al paso de los trenes como cuando el gato cruza el puente colgante.
El rico, profundo y negro suelo aluvial en el que crecería el algodón más alto que la cabeza de un hombre a caballo, una jungla ya un matorral una impenetrable densidad de zarzas y cañas y enredaderas trabando la altanería del liquidámbar y el ciprés y la pacana y el roble y el fresno, impreso ahora con las huellas de criaturas no ajenas —osos y venados y panteras y bisontes y lobos y caimanes y la miríada de pequeños animales, y quizá también hombres no extranjeros para darles nombre— los (ellos mismos) innominados aunque registrados predecesores que construyeron terraplenes para defenderse de las inundaciones primaverales y dejaron allí sus escasos artefactos: los obsoletos y los desposeídos, desposeídos por los que a su vez fueron desposeídos pues también ellos eran obsoletos: los salvajes algonquinos, chickasaw, choctaw, natchez y pascagoula, atisbando con virginal asombro desde los altos farallones una canoa chippewa en la que venían tres franceses… y apenas tuvieron tiempo para volverse y ver a sus espaldas diez y luego cien y luego mil españoles venidos por tierra desde el océano
Página 69
Atlántico: una marea, un aluvión, un triple flujo y reflujo de movimiento tan rápido y veloz dentro de la lenta crónica aluvial de la tierra que se asemejaba a la flexible movilidad de la mano que el prestidigitador agita ante la otra que sostiene el mazo de inconstantes naipes: el francés un instante, luego el español quizá dos instantes, luego el francés otros dos y luego el español de nuevo y luego el francés en el último segundo, media respiración; pues luego vino el anglosajón, el pionero, el hombre alto, rugiendo escrituras protestantes y con whisky hervido, Biblia y jarro en una mano y (seguramente) un tomahawk indígena en la otra, camorrista, turbulento no por vicio sino simplemente por sus sobresaturadas glándulas: monógamo y polígamo: un irreductible solterón casado, arrastrando tras de sí a su esposa embarazada y a la casi totalidad de la familia de su suegra a la espesura sin caminos, engendrando aquel hijo probablemente tras la barricada de un tronco ahorquillado de rifles a muchas leguas vírgenes de ninguna parte y dejándola después preñada con otro antes de llegar a su final destino de andariego, y al mismo tiempo dispersando su bullente semilla en un centenar de vientres oscuros a través de mil seiscientos kilómetros de tierras salvajes; inocente y crédulo, sin redaños para la avaricia o la compasión ni la premeditación, cambiando la faz de la tierra: derribando un árbol que necesitó doscientos años para crecer para extraer de su interior un oso o llenar su gorra de miel silvestre.
Obsoleto también: todavía estaba derribando el árbol de doscientos años cuando ya el oso y la miel silvestre no existían y no había en él nada excepto un mapache o una zarigüeya cuya piel valdría como mucho dos dólares, transformando la tierra en un aullante erial del que quisiera ser el primero en desaparecer, ni siquiera a la zaga sino simultáneamente con los hombres salvajes ligeramente más oscuros a los que ha desposeído, porque, como a ellos, solo la tierra salvaje podía alimentarlo y nutrirlo; y por tanto desapareció, pavoneándose de su rugiente hora eupéptica, y dejó de ser, legando su fantasma, paria y proscrito, sin escrituras ahora ni armado más que con la pistola del salteador, del asesino, rondando las márgenes de la tierra salvaje que él mismo ayudó a destruir, pues las ciudades fluviales marchaban ahora retrocediendo hacia el sur a lo largo de los farallones procesionales: San Luis, Paducah, Memphis, Helena, Vicksburg, Natchez, Baton Rouge, pobladas por hombres con las bocas henchidas de leyes, vestidos con paño fino y chalecos floreados, dueños de esclavos negros y de camas Imperio y de armarios Boulle y de relojes de ormolú, paseando, fumando sus cigarros a lo largo de los farallones debajo de los cuales en las chozas y barcazas aledañas
Página 70
gastó en juergas lo último de una noche destinada al fracaso, perdiendo su inútil vida una y otra vez por culpa de los fieros cuchillos de los de su ebria e inútil calaña… esto cuando no andaba perseguido y acosado en sus avatares que iban desapareciendo de Harpe y Hare y Mason y Murrel, recibiendo disparos en cuanto era visto o colgado de una pierna y sacado a rastras de lo que aún quedaba de sus secretas guaridas en tierras salvajes a lo largo de la Senda de Natchez (un día alguien trajo a la comarca una curiosa semilla y la hundió en la tierra, y ahora vastos campos blancos no solo cubrían los inútiles claros que abriera con su hacha desenfrenada e indiferente, sino que estos estaban borrando, eliminando la tierra salvaje con mayor rapidez aún que él, de modo que escasamente tenía un abrigo a sus espaldas cuando, agazapado en su seto, miraba ferozmente a su desposeedor con impotente e incrédula e ignorante rabia) y llevado a los pueblos para su apoteosis oficial en un tribunal y luego en un patíbulo o en la rama de un árbol.
Pues aquellos tiempos habían pasado, los viejos, valientes, inocentes, tumultuosos, eupépticos días sin mañana; la últimas barcazas, una plana y otra alargada (Mike Fink era una leyenda; pronto ni siquiera los abuelos lo recordarían, y el héroe del río era ahora el tahúr de barco de vapor que vadeaba hasta la orilla con sus enlodadas galas desde el banco de arena en que lo abandonara el capitán), se habían vendido a pedazos como leña en Chartres y Toulouse y en la calle Dauphine, y los guerreros choctaw y chickasaw, con el pelo corto y monos de trabajo y armados con látigos de muleros en vez de mazos de guerra y ya con el equipaje hecho para trasladarse al oeste, a Oklahoma, se quedaban mirando los vapores que surcaban hasta los más poco profundos y remotos ríos de las tierras salvajes en los que se estremecían suavemente, con el movimiento de las ruedas de palas, los ahuecados huesos cargados con piedras de las víctimas de Hare y Mason; un tiempo nuevo, una nueva era, el comienzo de un milenio; una sola inmensa red de comercio entretejía de capilares el abrazo fluvial del centro continental; Nueva Orleans, Pittsburg y Fort Bridger, Wyoming, eran suburbios unos de otros, inextricables en su destino; las bocas de los hombres estaban henchidas de ley y de orden; las bocas de todos los hombres se redondeaban con el sonido del dinero; una unánime afirmación dorada ululaba el mañana ilimitado e inconmensurable de la nación: ganancia más orden igual a seguridad: una nación de territorios; aquella miga, aquella cúpula, aquella dorada pústula, aquella Idea que se había alzado, suspendida como un globo o como un portento o como una nube de tormenta sobre lo que fue las tierras salvajes, atrayendo, reteniendo todas las miradas: Misisipi: un estado: un territorio;
Página 71
triunvirato del legislativo, el judicial y el ejecutivo, pero sin una capital, funcionando como un cuartel general de campaña, operando como si todavía se hallase de camino hacia ese alto lugar inevitable en la galaxia de los territorios, así que en 1820 desde su cuartel general de campaña en Columbia la legislatura seleccionó, nombró y despachó a los tres comisionados Hinds, Lattimore y Patton, no tres políticos y menos aún tres oportunistas de la política, sino soldados, ingenieros y patriotas —el soldado para enfrentarse a la realidad, el ingeniero para enfrentarse a la aspiración, el patriota para aferrarse al sueño—, tres hombres blancos en una piragua choctaw ascendiendo lentamente las vacías extensiones de un río de la tierra salvaje, al igual que dos siglos atrás los tres franceses se habían dejado ir aguas abajo en su norteña piragua de corteza por un río aún más vasto y vacío.
Pero estos no se dejaban llevar por las aguas: remaban: porque esto era aguas arriba, adentrándose no libres de volición en el misterio y la autoridad desconocidos, sino estableciendo en tierras salvajes un punto de reunión para los hombres que quisieran ir allí en plenitud de conciencia y libertad, explorando, acechando las densas, inescrutables riberas, conscientes de los incorregibles ojos de los nativos, pero rechazándolos ya, no porque los oscuros habitantes de las tierras salvajes, desposeídos ya en Doak’s Stand, fuesen ahora menos recalcitrantes, sino porque aquella canoa no llevaba la humilde y ensangrentada cruz de Cristo y de san Luis, sino la balanza, la venda y la espada… río arriba hasta el peñasco de La Fleur, el almacén del puesto de intercambio en el alto y suave promontorio establecido por el voyageur canadiense, cuyo apellido, pronunciado y escrito ahora «Leflore», sería el del primer jefe de la nación choctaw, mitad francés y mitad choctaw, el cual, poniéndose de parte de los hombres blancos en el concilio de Dancing Rabbit, se quedó en Misisipi después de que su gente partiera hacia el oeste, para convertirse con el tiempo en uno de los primeros grandes propietarios de esclavos y plantadores de algodón y dejar tras de sí un condado y su sede bautizados con su nombre y una plantación bautizada en honor de la amante de un rey francés… deteniéndose al final aunque remando todavía suavemente para mantener la piragua contra la corriente, mirando no hacia arriba hacia los oscuros rostros desposeídos que los acechaban desde la cima del peñasco, sino más bien mirándose fijamente entre sí en la observada canoa, diciendo: «Esta es la ciudad. Este es el estado».
1821, el general Hinds y sus co-delegados, con Abraham DeFrance, superintendente de edificios públicos en Washington, como consejero,
Página 72
trazaron la ciudad de acuerdo con el plan impuesto por Thomas Jefferson al gobernador territorial Claiborne diecisiete años antes, y construyeron la cámara legislativa, nueve metros por doce de ladrillo, cal y piedra caliza de la región, lo bastante amplia para albergar el sueño; la primera legislatura se reunió allí en el año nuevo de 1822;
Y llamaron a la ciudad con el nombre del otro viejo héroe, hermano de armas del héroe Hinds en las derrotas de ingleses y seminolas y llamado ahora a ser presidente —el viejo duelista, el camorrista, flaco, fiero, desaliñado, longevo y viejo león que colocó el bienestar de la Nación por encima de la Casa Blanca, y la salud de su nuevo partido por encima de ambos, y por encima de todo esto, no el honor de su esposa, sino el principio de que el honor debe ser defendido tanto si lo fue como si no, pues, defendido, fue, quiérase o no—, Jackson, para que la nueva ciudad creada no para ser ciudad sino punto central del gobierno de los hombres, pudiera participar del victorioso coraje del soldado, de su resistencia y de su suerte, y llamaron al área circundante «condado de Hinds» por el héroe menor, como si los cuarteles del héroe, aunque vacíos, no solo participasen de su dignidad, sino también conservasen y aumentasen su estatura.
Y necesitaban las tres cosas, al menos la suerte: en 1829 el senado aprobó una ley que autorizaba el traslado de la capital a Clinton, la cámara la rechazó; en 1830 la misma cámara votó el traslado a Port Gibson, a orillas del Misisipi, pero al siguiente aliento reconsideró, renegó, y votó al día siguiente el traslado a Vicksburg, pero nada de eso sucedió, no quedaron testimonios (Sherman los quemó en 1863 y se lo notificó a su superior, el general Grant, en una nota verbal de reconfortante y estimulante brevedad) que mostrasen exactamente lo que sucedió; un ensayo, una prueba quizá o quizá aún canalizado por el surco del hábito de una semana o quizá inocente por la juventud, ausente o en todo caso carente de la unánime voz o presencia de los tres patriotas soñadores que forzaron la corriente y anticiparon el sueño, como un niño con dinamita: inocente de su propio poder de alteración: hasta que en 1832, tal vez por simple autodefensa o tal vez por simple cansancio, se redactó una constitución que designaba a Jackson como la capital si no a perpetuidad al menos en depósito hasta 1850, cuando (esperanzas acaso) una más madura legislatura se compondría de hombres más maduros o en todo caso hartos de la novedad de la manipulación.
Página 73
Lo cual fue bastante para aquella época; Jackson estaba segura, inexpugnable al simple jugueteo; fijada y cimentada con fuerza, duraría para siempre; los hombres habían llegado a vivir allí y los ferrocarriles los habían seguido, suprimiendo con tachaduras de acero la edad del barco de vapor: en el 36 hasta Vicksburg, en el 37 hasta Natchez, después finalmente el empalme de dos líneas proporcionó una ruta de Nueva Orleans a Tennessee y la línea Southern hasta Nueva York y el océano Atlántico; segura y consolidada: en 1836 el mismo Jackson presidió la legislatura en sus propios salones, cinco años después Henry Clay fue invitado bajo aquel tejado; conoció la convención convocada para considerar el postrer compromiso de Clay, vio aquella convención de 1861 que declaró a Misisipi la tercera estrella de la nueva galaxia de estados consagrada al principio de que las espontáneas comunidades de hombres no deberán estar tan solo a salvo de intromisión federal sino por completo libres de ella, y vio al general Pemberton cuando defendía este principio y derecho, y a Joseph Johnston: y a Sherman: y el fuego: y nada quedó, una Ciudad de Chimeneas (en otro tiempo los cerdos hozaban en las calles; ahora lo hacían las ratas) gobernada por un general del ejército de Estados Unidos mientras afluía hasta allí la sangre nueva: hombres que habían seguido a los ejércitos federales, arrimándose a ellos con grano echado a perder y carne podrida y mulas cojas, arrimándose ahora a los prebostes federales con bolsas repletas de papeletas electorales en blanco que los esclavos liberados podrían firmar con sus X formales.
Pero perduró; el Gobierno, que huyó ante Sherman en 1863, regresó en el 65 e incluso creció a pesar de que un Gobierno municipal de oportunistas persistiese mucho tiempo después de que el estado al completo los desalojase; en 1869 se fundó el Tougaloo College para negros, en 1884 se trajo de Natchez el Jackson College para negros, en 1898 se trasladó de Vicksburg el Campbell College para negros; los líderes negros educados en estas universidades intervinieron cuando en 1868 un tal «Buzzard» Egglestone solicitó el uso de tropas para expulsar al gobernador Humphries de las oficinas oficiales y de su mansión; en 1887 las mujeres de Jackson patrocinaron el Baile de Kermis, de tres días de duración, para recoger dinero destinado al monumento a la extinta Confederación; en 1884 Jefferson Davis habló por última vez en público en el viejo Capitolio; en 1890 la gran convención del estado redactó la constitución actual.
Y todavía más gente y ferrocarriles; el de Nueva Orleans y el Great Northern a lo largo del valle del río Pearl, el Gulf Mobile y el Northern al nordeste;
Página 74
Alabama y las negras praderas orientales estaban casi a un trasbordo de distancia y una línea a Yazoo City y a los pueblos río arriba convirtieron los Grandes Lagos en cinco estanques suburbanos; el golfo de México y Ship Island iniciaron el auge maderero del sur de Misisipi y se escucharon voces de Chicago entre las magnolias y el olor a jazmín y a adelfa; la población se duplicó y se triplicó en una década, en 1892 el Millsaps College abrió sus puertas y asumió su puesto entre los primeros establecimientos de enseñanza superior; luego vinieron el gas natural y el petróleo, las matrículas de Texas y Oklahoma revolotearon como una migración de pájaros sobre la tierra y las altas llamas de las chimeneas en las refinerías se elevaron como incandescentes penachos sobre las cenizas, frías desde hacía un siglo, de las fogatas de los campamentos choctaw y las desvanecidas huellas de los ciervos; y en 1903 se concluyó el nuevo Capitolio: la cúpula dorada, el montículo, la fulgurante miga, la dorada pústula durante más tiempo que los miasmas y los gigantescos saurios efímeros, más duradera que el hielo y el frío prenocturno, remontándose, pendiendo como un deslumbrante esferoide sobre el centro mismo del territorio, imposible tanto de ser mirada en su totalidad como eludida, perentoria, indiscutible y reconfortante.
En el registro de los apellidos de Misisipi:
Claiborne. Humphries. Dickson. McLaurin. Barksdale. Lamar. Prentiss.
Davis. Sartoris. Compson.
En el registro de ciudades:
JACKSON. Alt. 900 metros. Pob. (1950 d. C.) 201 092.
Ferrocarriles: Illinois Central, Valle del Yazoo y del Mississippi, Alabama y Vicksburg, Golfo y Ship Island.
Autobuses: Tri-State Transit, Varnado, Thomas, Greyhound, Dixie-Greyhound, Teche-Greyhound, Oliver.
Líneas aéreas: Delta, Chicago & Southern.
Transportes: Autobuses urbanos, taxis.
Alojamientos: Hoteles, campings para turistas, pensiones.
Emisoras de radio: WJDX, WTJS.
Diversiones: crónicas: Asociación Atlética Intercolegial de los Estados del Sur, Campeonato de Baloncesto, Festival de Música, Junior Auxiliary Follies, Festival del Primero de mayo, Torneo Estatal de Tenis, Desfile
Página 75
Acuático de la Cruz Roja, Feria del Estado, Espectáculo Ecuestre de las Girls Scouts, Festival de Villancicos.
Diversiones: agudas: Religión, Política.
Página 76
ESCENA I
Despacho del Gobernador del Estado. Las dos de la madrugada. 12 de marzo.
Todo el fondo del escenario se halla a oscuras, como en la Escena I del Primer Acto, de manera que la escena visible da la impresión de hallarse contenida en el haz luminoso de un reflector. Y además suspendida, ya que se trata de la parte superior izquierda y está todavía más elevada sobre la sombra del escenario propiamente dicho que lo estuviera en la Escena I del Primer Acto, acentuando aún más el simbolismo de la todavía más alta, de la última, de la postrera sede del juicio.
Es un rincón o sección del despacho del Gobernador del estado, tarde, más o menos las dos de la madrugada —un reloj de pared marca las dos y dos minutos—, un macizo escritorio plano, desnudo excepto por un cenicero y un teléfono, tras él una pesada silla de alto respaldo, como un trono; en la pared detrás y encima de la silla, está el emblema, el símbolo oficial del estado, soberanía (mítica, ya que es más bien el estado del cual el condado de Yoknapatawpha es una unidad): un águila, la ciega balanza de la justicia, acaso una divisa latina, contra una bandera. Hay otras dos sillas frente al escritorio, ligeramente vueltas la una hacia la otra, la longitud del escritorio entre ambas.
El Gobernador está de pie frente a la silla alta, entre esta y el escritorio, bajo el emblema de la pared. También él es simbólico: no es una persona conocida, no es ni viejo ni joven; podría ser la idea que alguien tiene no de Dios sino de Gabriel tal vez, el Gabriel no de antes de la crucifixión sino el de después. Es evidente que lo acaban de sacar de la cama o, al menos, de su estudio o de su vestidor; lleva una bata, pero debajo lleva cuello y corbata, y su pelo está cuidadosamente peinado.
Temple y Stevens acaban de entrar. Temple lleva el mismo abrigo de piel, sombrero, bolso, guantes, etc. que llevaba en la Escena II del Primer Acto.
Página 77
Stevens viste exactamente como en la Escena III del Primer acto y trae el sombrero en la mano. Se dirigen hacia las dos sillas colocadas en los extremos del escritorio.
STEVENS
Buenos días, Henry. Aquí estamos.
GOBERNADOR
Sí. Siéntense.
(mientras Temple se sienta)
¿La señora fuma?
STEVENS
Sí. Gracias.
Saca un paquete de cigarrillos del bolsillo de su abrigo, como si hubiese venido preparado para la necesidad, la emergencia. Saca a medias uno de ellos y le tiende el paquete a Temple. El Gobernador se lleva la mano al bolsillo de su bata y vuelve a sacarla con algo en el puño cerrado.
TEMPLE (toma el cigarrillo)
¿Qué, no me vendan los ojos?
(el Gobernador tiende su mano por encima del escritorio. Tiene un encendedor en ella. Temple se lleva el cigarrillo a la boca. El Gobernador prende el encendedor)
Pero claro. La única persona que está a la espera de que la ejecuten está en Jefferson. De manera que todo lo que tenemos que hacer aquí es disparar y esperar que al menos el disparo nos libre de la metáfora.
GOBERNADOR
¿Metáfora?
TEMPLE
La venda. El pelotón de fusilamiento. ¿O es incorrecto decir metáfora? Quizá es mejor decir broma. Pero no se disculpe; explicar una broma es
Página 78
como tratar de excusar a un huevo, ¿verdad? Lo único que puede usted hacer es enterrarlos a los dos, pronto.
(el Gobernador acerca la llama al cigarrillo de Temple. Ella se inclina y acepta la lumbre, luego se recuesta en el sillón)
Gracias.
El Gobernador cierra el mechero, se sienta en la silla alta tras el escritorio, aún con el mechero en la mano, sus dos manos reposando ante él sobre el escritorio. Stevens se sienta en la otra silla, enfrente de Temple, dejando el paquete de cigarrillos a su lado.
GOBERNADOR
¿Qué es lo que tiene que decirme la señora de Gowan Stevens?
TEMPLE
Decirle no: pedirle. No, me equivoco. Podría haberle pedido que revocase o conmutase o lo que sea una sentencia a la horca cuando nosotros… El tío Gavin le telefoneó a usted anoche.
(a Stevens)
Vamos. Díselo. ¿No eres tú el portavoz…? ¿No lo dijiste? ¿No recomiendan siempre los abogados a sus pacientes… quiero decir clientes… que nunca digan nada, que los dejen hablar a ellos?
GOBERNADOR
Eso es solo antes de que el cliente ocupe la tribuna de los testigos.
TEMPLE
De modo que esta es la tribuna de los testigos.
GOBERNADOR
Ha hecho usted todo el camino de Jefferson hasta aquí a las dos de la madrugada. ¿Cómo lo llamaría usted?
TEMPLE
Está bien. Touché, pues. Pero no la señora de Gowan Stevens: Temple
Drake. Ya recuerda usted a Temple: la típica debutante de Misisipi cuya
Página 79
educación culminó en el lupanar de Memphis. Hará unos ocho años, ¿recuerda? Y no es que nadie, y desde luego no el principal funcionario a sueldo del estado soberano de Misisipi, necesite que se le recuerde aquello, si es que podía leer los periódicos hace ocho años o estaba emparentado con alguien que supiese leer hace ocho años o que tuviese un amigo que supiera o simplemente lo hubiese oído o simplemente lo recordase o simplemente creyese lo peor o simplemente lo desease.
GOBERNADOR
Creo que lo recuerdo. ¿Qué tiene Temple Drake que decirme, entonces?
TEMPLE
Eso no va primero. Lo primero es cuánto tendré que contar. Quiero decir, cuánto que usted no sepa ya, de manera que no malgastemos el tiempo repitiéndolo. Son las dos de la mañana; usted querrá —acaso incluso lo necesite— dormir un poco, aunque sea nuestro primer funcionario a sueldo; y tal vez por eso mismo… ¿Ve usted? Ya estoy mintiendo. ¿Qué me importa a mí cuánto sueño pierda el primer funcionario a sueldo del estado y qué le importa eso al primer funcionario a sueldo, parte de cuyo trabajo consiste en perder el sueño con las Nancy Mannigoe y las Temple Drake?
STEVENS
No está mintiendo.
TEMPLE
Bueno. Andándome con rodeos entonces. De modo que si su excelencia, o su señoría, o como quiera que lo llamen, quiere responder a mi pregunta, podemos proseguir.
STEVENS
¿Por qué no dejamos la pregunta, y continuamos simplemente?
GOBERNADOR (a Temple)
Hágame su pregunta. ¿Cuánto de qué sé yo ya?
TEMPLE (tras una pausa: al principio no responde, mira fijamente al Gobernador; luego:)
Página 80
Tiene razón el tío Gavin. Quizá es usted el que hace las preguntas. Pero hágalo de la forma menos dolorosa posible. Porque va a ser un poco… doloroso, para decirlo eufónicamente —al menos «eufónico» es correcto, ¿verdad?—, por mucho que alguien presumiese sobre vendas en los ojos.
GOBERNADOR
Hábleme de Nancy… Mannihoe, Mannikoe… ¿cómo lo escribe ella?
TEMPLE
No lo escribe. No puede. No sabe leer ni escribir. La va a ahorcar usted con el nombre de Mannigoe, que también puede ser incorrecto, aunque mañana por la mañana ya no importe.
GOBERNADOR
Ah, sí, Manigault. Un viejo apellido de Charleston.
STEVENS
Más viejo aún. Maingault. Por los ancestros de Nancy —o en todo caso por su patronímico— corre sangre normanda.
GOBERNADOR
¿Por qué no empieza hablándome de ella?
TEMPLE
Qué sabio es usted. Era una puta drogadicta a la que mi marido y yo sacamos del arroyo para que cuidara a nuestros hijos. Asesinó a uno de ellos y la van a ahorcar mañana por la mañana. Nosotros —su abogado y yo— hemos venido a pedirle a usted que la salve.
GOBERNADOR
Sí. Ya sé todo eso. ¿Por qué?
TEMPLE
¿Que por qué yo, la madre de la hija que ella asesinó, le estoy pidiendo que la salve? Porque la he perdonado.
(el Gobernador la mira, Stevens también, ambos esperan. Ella le devuelve la mirada al Gobernador con fijeza, no desafiante: apenas alerta)
Porque se volvió loca.
Página 81
(el Gobernador la mira: ella le devuelve la mirada, fumando con rapidez su cigarrillo)
Está bien. Usted no me pregunta por qué le estoy pidiendo que la salve, sino por qué yo… por qué nosotros escogimos a una puta y una vagabunda, a una drogadicta para cuidar a nuestros hijos.
(fuma rápidamente, hablando a través del humo)
Para darle otra oportunidad… también es un ser humano, aunque fuese una negra drogadicta y puta…
STEVENS
No es eso.
TEMPLE (rápidamente, con una especie de desesperación)
Ah, sí, ahora ni siquiera doy rodeos. ¿Por qué no se puede dejar de mentir? Es decir, dejar de mentir un rato o una temporada de la misma manera que se puede dejar de jugar al tenis o de correr o de bailar o de beber o de comer dulces en la cuaresma. Es decir: no reformarse: solo dejarlo un tiempo, limpiar el sistema de uno, descansar para una nueva canción o una nueva gente o una nueva mentira. En fin. Fue para tener a alguien con quien hablar. Y ahora, ¿ve usted? Tendré que contarle el resto en orden para decirle por qué tenía que tener una prostituta drogadicta con quien hablar, por qué
Temple Drake, la mujer blanca, la típica debutante de Misisipi, descendiente de un largo linaje de estadistas y soldados altos y altivos en los altos anales altivos de nuestro estado soberano, no pudo encontrar a nadie excepto una negra drogadicta y puta que pudiera hablar su idioma…
GOBERNADOR
Sí. Ahora que ha llegado hasta aquí, ahora que es tan tarde. Cuéntelo.
TEMPLE (aspira rápidamente el humo de su cigarrillo, se inclina y lo aplasta en el cenicero y vuelve a sentarse erguida. Habla con una voz dura, rápida, frágil, insensible)
Puta, drogadicta; sin esperanzas, condenada ya antes de nacer, cuya única razón para vivir era hallar la oportunidad de morir como una asesina en la horca… Que no solo entró en el hogar de los aristocráticos Stevens desde
Página 82
el arroyo, sino que hizo su presentación en la vida pública de su ciudad natal cuando yacía en el arroyo con un hombre blanco que trataba de hacerle tragar a patadas sus propios dientes o al menos sus palabras… Tú te acuerdas, Gavin: ¿cómo se llamaba?, esto fue antes de mi llegada a Jefferson, pero tú te acuerdas: el cajero del banco, el pilar de la iglesia o lo que fuere en nombre de su esposa sin hijos; y aquella mañana del lunes, borracha todavía, llega Nancy mientras él abre la puerta principal del banco con cincuenta personas detrás para entrar, y Nancy pasa entre la gente hasta donde está él y le dice: «¿Dónde están mis dos dólares, blanco?», y él se volvió y la golpeó, pisándole la cara y dándole patadas en la cara o al menos a su voz que aún decía: «¿Dónde están mis dos dólares, blanco?», hasta que la multitud lo agarró y lo detuvo todavía dando patadas a la cara tendida en la cuneta, que escupía sangre y dientes y decía aún: «Eran dos dólares más que hace dos semanas y has vuelto dos veces desde entonces…».
Deja de hablar, se oprime el rostro con ambas manos por un instante, después las retira.
TEMPLE
No, nada de pañuelo; el abogado Stevens y yo hicimos ya una prueba con pañuelos antes de salir de casa esta noche. ¿Por dónde iba?
GOBERNADOR (citando sus palabras)
«Eran ya dos dólares»…
TEMPLE
De modo que ahora tengo que contarlo todo. Pues esto es solo Nancy Mannigoe. Temple Drake estaba en algo más que un burdel de dos dólares. Y, sin embargo, he dicho touché, ¿no es así?
Se inclina hacia delante para coger el cigarrillo aplastado en el cenicero. Stevens toma el paquete del escritorio y se dispone a ofrecérselo. Ella retira su mano del cigarrillo aplastado y se incorpora de nuevo en la silla.
TEMPLE (mirando el cigarrillo que le ofrece Stevens)
No, gracias; después de todo, no lo necesito. De aquí en adelante, todo va a ser anticlímax. Coup de grâce. La víctima nunca siente eso, ¿verdad…? ¿Por dónde iba?
Página 83
(rápidamente)
No importa. También he dicho eso antes, ¿verdad?
(se queda un momento sentada en silencio, las manos entrelazadas sobre el regazo, inmóvil)
Parece que hay algo de eso, mucho de eso, de lo cual ni siquiera nuestro primer funcionario a sueldo está enterado; acaso porque no hace ni dos años que es nuestro primer funcionario a sueldo. Aunque tampoco esto es correcto; podía leer hace ocho años, ¿no es verdad? En efecto, no podría haber sido elegido gobernador ni siquiera de Misisipi si no hubiera sido capaz de leer por lo menos tres años antes, ¿verdad?
STEVENS
¡Temple!
TEMPLE (a Stevens)
¿Por qué no? Estoy dando rodeos, ¿no es eso?
GOBERNADOR (mirando a Temple)
Silencio, Gavin.
(a Temple)
Coup de grâce no solo significa gracia, lo es. Dígalo.
Dele el cigarrillo, Gavin.
TEMPLE (se inclina hacia delante de nuevo)
No, gracias. De verdad.
(después de un segundo)
Perdón.
(rápidamente)
Se dará usted cuenta de que siempre me acuerdo de decir eso, siempre recuerdo mis buenos modales… la «educación», como decimos. Para demostrar que desciendo de gente bien, no de caballeros normandos como
Página 84
Nancy, pero al menos de gente que no insultan a su anfitrión en su propia casa, especialmente a las dos de la mañana. Solo que yo he descendido mucho, en tanto que Nancy solo tropezaba modestamente: de nuevo una dama, como ve.
(después de un momento)
Ahí lo tiene otra vez. Ahora ni siquiera estoy mintiendo: estoy sorteando… ¿cómo se llama eso?, soslayando. Ya sabe: de nuevo estamos ante el obstáculo; esta vez tenemos que saltar o estrellarnos. Ya sabe: aflojar el freno, dejar que lo muerda un poco, luego tirar, tirar apenas, apenas lo necesario para tener algo contra lo cual saltar; después, espolearla. De modo que aquí estamos, otra vez en el punto de partida, y podemos comenzar de nuevo. De modo que ¿cuánto tengo que contar, que decir en voz alta para que todo el mundo lo oiga, sobre Temple Drake lo cual jamás pensé que nadie sobre la tierra, y menos que nadie la asesina de mi hija y la ejecución de una negra puta y drogadicta, me obligaría a decir nunca? ¿Lo que quiero que escuche y por eso he venido aquí a las dos de la mañana a despertarlo, después de ocho años de estar segura o por lo menos callada? Ya sabe: ¿cuánto debo decir para que sea eficaz y doloroso claro, pero también rápido, para que usted pueda conmutar o revocar la sentencia o lo que sea y podamos irnos a casa a dormir o por lo menos a acostarnos? Doloroso, claro, pero el dolor justo… Creo que usted dijo que «eufónicamente» era correcto, ¿verdad?
GOBERNADOR
La muerte es dolorosa. Una muerte vergonzosa, más aún… y en el mejor de los casos no es demasiado eufónica.
TEMPLE
Oh, la muerte. No estamos hablando ahora de la muerte. Estamos hablando de la vergüenza. Nancy Mannigoe no tiene vergüenza; todo lo que tiene que hacer es morir. Pero touché también para mí; ¿acaso no he traído a Temple Drake hasta aquí a las dos de la mañana porque lo único que tiene que hacer Nancy Mannigoe es morir?
STEVENS
Díselo, entonces.
Página 85
TEMPLE
Todavía no ha contestado a mi pregunta.
(al Gobernador)
Trate de contestarme. ¿Cuánto tendré que contar? No se limite a decir «todo». Eso ya lo he oído.
GOBERNADOR
Sé quién fue Temple Drake: la joven estudiante de la universidad que hace ocho años salió del campus en un tren especial para estudiantes para ir a presenciar en otra facultad un partido de béisbol y desapareció del tren en algún lugar del trayecto, y se desvaneció, nadie sabe dónde, hasta que reapareció seis semanas después como testigo en un proceso por asesinato en Jefferson, presentada allí por el abogado del hombre que, como se supo luego, la había abducido y tenido prisionera…
TEMPLE
… en el burdel de Memphis: no lo olvide.
GOBERNADOR
… a fin de presentarla para establecer su coartada en el asesinato…
TEMPLE
… que Temple Drake sabía que él había cometido por la sencilla razón de que…
STEVENS
Espere. Déjame jugar a mí también. Ella bajó del tren por instigación de un joven que se acercó al tren con su automóvil en una parada intermedia, con el plan de ir en coche hasta el partido de béisbol, pero el joven estaba borracho en aquel momento y se emborrachó más aún, y estrelló el coche y ambos quedaron tirados en el antro donde se cometió el asesinato y donde el asesino la secuestró y la llevó a Memphis, para tenerla allí hasta que necesitara su coartada. Más tarde él —el joven del automóvil, su acompañante y protector en el momento del secuestro— se casó con ella. Es ahora su marido. Es mi sobrino.
TEMPLE (a Stevens, amargamente)
Página 86
También tú. Qué sabio, también. ¿Por qué no puedes creer en la verdad? Al menos yo estoy tratando de contarla. Al menos tratando de decir la verdad ahora.
(al Gobernador)
¿Por dónde iba yo?
GOBERNADOR (citando)
Que Temple Drake sabía que él había cometido el asesinato por la sencilla razón de que…
TEMPLE
Ah, sí…, por la sencilla razón de que lo vio cometerlo, o por lo menos a su sombra: y, así, fue presentada por el abogado de él ante el tribunal de Jefferson para salvar con su perjurio la vida del hombre acusado del crimen.
Oh, sí, eso es. Y ahora ya le he dicho a usted algo que ni usted ni nadie excepto el abogado de Memphis sabía, y ni siquiera he comenzado. ¿Ve usted? Ni siquiera puedo regatear con usted. Hasta ahora no ha dicho siquiera sí o no, si puede salvarla o no, si quiere salvarla o no, si piensa salvarla o no; lo cual, si alguna de nosotras dos, Temple Drake y la señora de Gowan Stevens, tuviera algún juicio, habría debido pedirle lo primero.
GOBERNADOR
¿Quiere pedírmelo primero?
TEMPLE
No puedo. No me atrevo. Podría usted decir que no.
GOBERNADOR
Entonces no tendría que hablarme de Temple Drake.
TEMPLE
Eso tengo que hacerlo. Tengo que decirlo todo, o no estaría aquí. Pero, a no ser que pueda creer que podría usted decir que sí, no veo cómo podría hacerlo. Lo cual es otro touché para alguien: para Dios, quizá…, si es que existe. ¿Ve usted? Eso es lo más terrible de todo. Ni si quiera lo necesitamos a Él. El simple mal es suficiente.
Página 87
Incluso ocho años después es suficiente. Hace ya ocho que el tío Gavin dijo… oh sí, también él estaba allí; ¿no le ha oído usted? Él podría haberle contado por teléfono todo esto, o al menos la mayor parte, y ahora estaría usted durmiendo en su cama…, dijo que es corrupción tan solo mirar el mal, incluso por accidente; que uno no puede regatear, negociar con la putrefacción… no se puede, no te atrevas a hacerlo…
(se interrumpe, tensa, inmóvil)
GOBERNADOR
Tome el cigarrillo ahora.
(a Stevens)
Gavin…
(Stevens toma el paquete y se prepara a ofrecerle un cigarrillo)
TEMPLE
No, gracias. Ahora es demasiado tarde. Porque allá vamos. Si no podemos saltar la valla, al menos podemos abrirnos paso…
STEVENS (interrumpiendo)
Lo que significa que de todos modos uno de nosotros saltará por encima sin caerse.
(respondiendo a la reacción de Temple)
Oh, sí, todavía estoy jugando; y esta tampoco me la pierdo. Continúa.
(insinuante)
Temple Drake…
TEMPLE
… Temple Drake, la virgen necia; es decir, virgen en tanto nadie lo desmintió oficialmente, pero desde luego necia según el punto de vista y el cálculo de cualquiera; de diecisiete años, pero más necia de lo que ser simplemente virgen o tener diecisiete años podía excusar o explicar; de
Página 88
hecho, a todas luces capaz de un extremo de necedad que ni siete ni tres, y mucho menos la mera virginidad, podrían igualar…
STEVENS
Dale una oportunidad al pobre animal. Trata al menos de cabalgarlo hasta la valla en vez de hacer que la atraviese.
TEMPLE
Quieres decir el caballero de Virginia.
(al Gobernador)
Es mi marido. Fue a la Universidad de Virginia, formado, como diría el tío Gavin, en Virginia no solamente en la bebida sino también en elegancia…
STEVENS
… y las dos se le acabaron en el instante, ese día hace ocho años en que la sacó del tren y estrelló su automóvil contra ese antro.
TEMPLE
Pero reincidente al menos en una de ellas, pues al menos se casó conmigo en cuanto pudo.
(a Stevens)
No te importa que le diga eso a su excelencia, ¿verdad?
STEVENS
Reincidente en ambas. Y desde ese día no ha vuelto a dar un trago.
También debe tener esto en cuenta su excelencia.
GOBERNADOR
Lo haré. Lo hago.
(hace la pausa necesaria para que ambos se callen y lo miren)
Casi hubiera preferido…
Página 89
(ambos lo miran; es la primera insinuación que recibimos de que algo pasa allí, una corriente sumergida: que el Gobernador y Stevens saben algo que Temple ignora: a Temple)
No ha venido con usted.
STEVENS (amable pero deprisa)
¿No habrá más tarde tiempo para eso, Henry?
TEMPLE (apresurada, desafiante, recelosa, dura)
¿Quién no ha venido?
GOBERNADOR
Su marido.
TEMPLE (rápida y áspera)
¿Por qué lo dice?
GOBERNADOR
Ha venido usted aquí a rogar por la vida de la asesina de su hija. También su marido era padre de ella.
TEMPLE
Se equivoca. No hemos venido aquí a las dos de la madrugada para salvar a Nancy Mannigoe. Nancy Mannigoe ni siquiera tiene nada que ver en esto pues el abogado de Nancy Mannigoe me dijo antes de que saliésemos de Jefferson que usted no iba a salvar a Nancy Mannigoe. Para lo que hemos venido hasta aquí y lo hemos despertado a las dos de la mañana ha sido para darle a Temple Drake una buena, limpia y honesta oportunidad de sufrir… ya sabe: la angustia por la propia angustia, como ese ruso o quien fuera que escribió un libro entero sobre el sufrimiento, no sufrimiento por algo o sobre algo, tan solo sufrimiento, como alguien inconsciente que no respira por nada, sino que simplemente respira. O quizá eso también sea un error y a nadie en realidad le importa —nadie sufre— el sufrimiento más de lo que les importa la verdad, la justicia, la vergüenza de Temple Drake o la vida sin sentido de la negra Nancy Mannigoe…
Página 90
Deja de hablar, sentada muy quieta, erguida en la silla, su rostro levemente levantado, sin mirar a ninguno de los dos mientras ellos la miran.
GOBERNADOR
Dele ahora el pañuelo.
Stevens saca un pañuelo limpio de su bolsillo, lo sacude y se lo tiende a Temple. Ella no se mueve, con las manos todavía entrelazadas sobre su regazo. Stevens se levanta, se le acerca, deja caer el pañuelo sobre el regazo de ella, regresa a su silla.
TEMPLE
Muchas gracias de verdad. Pero ahora ya no importa; estamos demasiado cerca del final; casi sería mejor que fueras bajando al coche para ponerlo en marcha y que se calentase el motor mientras termino.
(al Gobernador)
¿Ve usted? Todo lo que tiene que hacer usted ahora es callarse y escuchar. Ni siquiera escuchar, si no quiere: simplemente callar, esperar. Y ya ni siquiera por mucho tiempo, y después podremos irnos todos a la cama y apagar la luz. Y después, la noche: oscuridad: quizá incluso dormir, cuando con el mismo brazo con que apaga la luz y se arropa en la cama olvide para siempre a Temple Drake y cuanto usted haya hecho por ella, y a Nancy Mannigoe y cuanto usted haya hecho por ella, si es que va a hacer algo, si es que siquiera importa que lo haga o no lo haga, y nada de todo esto nos molestará ya nunca más. Porque el tío Gavin tiene razón solo en parte. No es que no deba uno ni siquiera ver el mal y la corrupción; a veces no se puede evitar, no siempre está uno prevenido. Ni siquiera se trata de resistirse a él siempre. Porque hay que empezar mucho antes de eso. Es necesario estar preparado para resistir, para decir no, mucho antes de verlo; debe haber tenido que decirle no mucho antes de saber siquiera lo que es. Ahora sí querría un cigarrillo, por favor.
Stevens toma el paquete, saca de él un cigarrillo a medias y se lo ofrece. Ella coge el cigarrillo, comenzando a hablar de nuevo, mientras Stevens vuelve a dejar el paquete sobre el escritorio y toma el encendedor que el Gobernador, sin dejar de mirar a Temple, empuja sobre el escritorio para que Stevens pueda alcanzarlo. Stevens prende el encendedor y lo levanta. Temple no hace
Página 91
ningún esfuerzo por encender el cigarrillo, manteniéndolo en la mano y hablando. Deja luego el cigarrillo sin encender en el cenicero y Stevens cierra el encendedor y se sienta de nuevo, dejando el encendedor al lado del paquete de cigarrillos.
TEMPLE
Porque a Temple Drake le gustaba el mal. Fue al partido de béisbol solo porque para hacerlo tenía que tomar un tren y así podría bajarse del tren en la primera parada, y meterse en un automóvil para recorrer casi doscientos kilómetros con un hombre…
STEVENS
… al que no le sentaba bien la bebida.
TEMPLE (a Stevens)
Está bien. ¿No estaba diciendo yo exactamente eso?
(al Gobernador)
Un optimista. No el joven; él hacía lo mejor que sabía, que podía. No fue él quien sugirió el viaje; fue Temple…
STEVENS
Sin embargo, era el coche de él. O el de su madre.
TEMPLE (a Stevens)
Está bien. Está bien.
(al Gobernador)
No, la optimista era Temple: no es que ella lo hubiese previsto, planeado de antemano: simplemente tenía una ilimitada confianza en que su padre y sus hermanos conocerían el mal en cuanto lo viesen, de manera que lo único que ella tenía que hacer era la única cosa que sabía le prohibirían ellos si tenían oportunidad de hacerlo. Y tenían razón respecto al mal, y naturalmente también ella tenía razón, aunque incluso entonces no fuera fácil: incluso tuvo que viajar en el coche un rato para que comenzásemos a darnos cuenta de que el joven andaba mal, que se había graduado demasiado pronto en el curso de bebidas de su formación virginiana…
Página 92
STEVENS
Era Gowan quien conocía ese antro y quien insistió en ir allí.
TEMPLE
… e incluso entonces…
STEVENS
Era él quien conducía cuando se estrellaron.
TEMPLE (a Stevens: rápida y áspera)
Y por eso se casó conmigo. ¿Es que debe pagarlo dos veces? En realidad no valía la pena pagarlo ni una vez, ¿no crees?
(al Gobernador)
E incluso entonces…
GOBERNADOR
¿Cuánto merecía la pena pagar?
TEMPLE
¿Cuánto merecía la pena pagar por qué?
GOBERNADOR
Por casarse con usted.
TEMPLE
Se refiere usted le merecía a él, obviamente. Menos de lo que pagó por ello.
GOBERNADOR
¿Es eso también lo que piensa él?
(se miran fijamente el uno al otro, Temple alerta, muy despierta, aunque más impaciente que otra cosa)
Usted va a decirme algo que él no sabe, porque si no lo hubiera traído con usted. ¿Tengo razón?
TEMPLE
Página 93
Sí.
GOBERNADOR
¿Lo diría si él estuviese aquí?
(Temple mira fijamente al Gobernador. Stevens, sin que ella se dé cuenta, hace un gesto débil. El Gobernador lo detiene con un leve movimiento de la mano que tampoco Temple nota)
Ahora que ha llegado usted hasta aquí, ahora que, como dice usted, tiene que contarlo, que decirlo en voz alta, no para salvar a Nan… a esa mujer, sino porque antes de salir esta noche de su casa ya había decidido usted que lo que hay que hacer es contarlo.
TEMPLE
¿Cómo puedo saber yo si quiero o no decirlo?
GOBERNADOR
Suponga que él estuviera aquí… sentado en esa silla en la que Gav… en la que está su tío…
TEMPLE
… o detrás de la puerta, o acaso en uno de los cajones de su escritorio… No está aquí. Está en casa. Le di un somnífero.
GOBERNADOR
Pero supongamos que estuviera, ahora que usted tiene que decirlo. ¿Aun así lo diría?
TEMPLE
De acuerdo. Sí. Y, ahora, ¿quiere callarse usted también y dejarme contarlo? ¿Cómo voy a poder, si usted y Gavin no se callan y me dejan? Ni siguiera puedo recordar qué estaba diciendo… Ah, sí. De modo que vi el asesinato, o al menos su sombra, y aquel hombre me llevó a Memphis, y también esto lo sabía yo, tengo dos piernas y puedo ver, y hubiese podido gritar simplemente en la calle principal de cualquiera de los pueblos por los que pasamos, de la misma manera que hubiese podido escaparme del coche después de que Gow… chocamos contra un árbol y paramos un camión o un coche que me podría haber llevado a la ciudad o
Página 94
a la estación del tren más cercana o incluso de regreso a la universidad o, puestos ya en esto, de regreso a mi casa, a las manos de mi padre y mis hermanos. Pero yo no iba a hacer eso, Temple Drake no. Elegí al asesino…
STEVENS (al Gobernador)
Él era un psicópata, aunque no se revelara en el juicio, y cuando se reveló o pudo revelarse, fue demasiado tarde.
Yo estaba allí; también vi aquello: una pequeña cosa negra con nombre italiano, como una limpia y levemente deforme cucaracha: un híbrido, sexualmente incapaz.
Pero, claro, eso también se lo dirá ella.
TEMPLE (con amargo sarcasmo)
Querido tío Gavin.
(al Gobernador)
Oh, sí, eso también, la mala suerte de ella también: quedarse con una cosa cuya debilidad no era el sexo, sino solo el asesinato…
(se detiene, sentada sin moverse, erguida, las manos apretadas sobre el regazo, los ojos cerrados)
Si al menos quisieran callarse los dos, dejarme hablar. Me siento como si tuviera que meter una gallina en un barril. Tal vez si al menos actuasen como si quisiesen mantenerla apartada del asunto, evitar que entre en…
GOBERNADOR
No lo llame barril. Llámelo túnel. Es una vía, pues el otro extremo está abierto. Atraviéselo. No hubo… sexo.
TEMPLE
No por parte de él. Era peor que un padre o un tío.
Aquello era peor que ser una rica menor bajo la tutela del más indulgente trust o compañía de seguros: arrastrada a Memphis y encerrada en aquel burdel de Manuel Street como una novia de diez años en un convento español, con una madama de ojos más agudos que cualquier niñera… y la
Página 95
criada negra custodiando la puerta mientras la madama estaba fuera, a dondequiera que fuese, a dondequiera que van las patronas de los lupanares en sus tardes libres, a pagar multas o protección a la comisaría, o al banco, o quizá simplemente a hacer visitas, lo cual no sería tan malo porque entonces la criada abría la puerta y entraría y podríamos…
(vacila, se detiene menos de un segundo; luego deprisa)
Sí, por eso… hablar. Una prisionera desde luego, y quizá en una jaula no muy dorada, pero al menos había una prisionera. Yo tenía perfume a litros; escogido naturalmente por cualquier vendedora, y era del tipo equivocado, pero al menos lo tenía, y él me compró un abrigo de piel — aunque no tenía dónde llevarlo, claro está, porque no me dejaba salir, pero tenía el abrigo— y ropa interior elegante y negligés, todo elegido también por vendedoras, pero en todo caso lo mejor o al menos lo más caro, al gusto al menos de la parte gorda de la billetera de un pez gordo de los bajos fondos. Porque él quería que yo estuviera contenta, ¿sabe?; y no solo contenta, tampoco le molestaba que yo fuese además feliz: estaba bien que fuera así mientras yo estuviera allí cuando o en caso de que, finalmente, la policía lo relacionara con aquel asesinato de Misisipi; no solo no le molestaba que yo fuese feliz, sino que incluso se esforzó por que lo fuera. Y así finalmente hemos llegado, pues he tenido que contarle esto para darle una razón válida de por qué lo he despertado a las dos de la mañana para pedirle que salve a una asesina.
Deja de hablar, alarga la mano hacia el cigarrillo sin encender en el cenicero y lo coge, percatándose luego de que está apagado. Stevens toma el encendedor del escritorio y comienza a levantarse. El Gobernador, sin dejar de mirar a Temple, detiene a Stevens con un leve gesto de la mano. Stevens se detiene, empuja luego el encendedor a través del escritorio para ponerlo al alcance de Temple, y se vuelve a sentar. Temple toma el encendedor, lo prende, enciende el cigarrillo, apaga el encendedor y lo coloca de nuevo sobre el escritorio. Pero, después de aspirar una sola vez el cigarrillo, vuelve a dejarlo en el cenicero y se sienta como antes, hablando de nuevo.
TEMPLE
Porque todavía tenía los dos brazos y las piernas y los ojos; podría haberme escapado por el tubo de desagüe en cualquier momento, solo que no lo hice. Nunca salía del cuarto excepto a altas horas de la noche,
Página 96
cuando llegaba él en un coche cerrado del tamaño de un furgón funerario, y él y el chófer en el asiento delantero, y yo y la madama en el de atrás, corríamos a sesenta y ochenta y cien kilómetros por hora de arriba abajo por las callejuelas del barrio de las prostitutas. Las cuales —las callejuelas
— fueron todo lo que vi por allí. Ni siquiera se me permitía conocer o visitar a las otras muchachas en mi propio local, ni siquiera sentarme con ellas después del trabajo a oírlas hablar mientras contaban sus fichas o sus ampollas o lo que quiera que hicieran sentadas unas en las camas de otras en el dormitorio que fuera…
(de nuevo hace una pausa, continúa con una especie de sorpresa, de asombro)
Sí, era como el dormitorio del colegio: el olor: de mujeres, de mujeres jóvenes atareadas todas en pensar no en los hombres sino en el hombre: aunque un poco más fuerte, un poco más tranquilo, menos nervioso… sentadas en las camas transitoriamente libres hablando de las exigencias —esa es seguro la palabra correcta, ¿verdad?— de su profesión. Pero yo no, Temple no: recluida en aquel cuarto las veinticuatro horas del día, sin nada que ver aparte de hacer desfiles de moda con el abrigo de piel y las lujosas braguitas y negligés, sin nada que ver aparte de un espejo de algo más de medio metro y una sirvienta negra; colgando como un hueso seco y a salvo en medio del pecado y del placer como si estuviese suspendida a cuarenta metros de profundidad en una escafandra oceánica. Porque él quería que ella estuviese contenta, ¿entiende? Incluso se esforzó bastante por ello. Pero Temple no quería estar simplemente contenta. Así que Temple tuvo que hacer lo que nosotras las chicas alegres llamamos enamorarse.
GOBERNADOR
Ah.
STEVENS
Esto está bien.
TEMPLE (a Stevens: deprisa)
Cállate.
STEVENS (a Temple)
Página 97
Cállate tú.
(al Gobernador)
Él… Vitelli… lo llamaban Popeye… llevó él mismo al hombre hasta allí. Él… el joven…
TEMPLE
¡Gavin! ¡Te digo que no!
STEVENS
Te estás ahogando en un orgasmo de abyección y de moderación cuando lo único que necesitas es la verdad.
(al Gobernador)
… era conocido en su propio círculo como Red, Alabama Red; no por la policía, o no oficialmente, ya que no era un criminal, o en todo caso aún no, sino simplemente un matón, posiblemente sufriendo por una simple eupepsia más que por cualquiera otra cosa. Era un empleado —el portero
— en el club nocturno, garito, que poseía Popeye en los suburbios de la ciudad y que era el cuartel general de Popeye. Poco después murió en la callejuela de detrás de la prisión de Temple, a causa de una bala de la misma pistola que cometió el asesinato de Misisipi, aunque Popeye murió, ahorcado en Alabama por un asesinato que no cometió, antes de que se pudiera encontrar la pistola y relacionarla con él.
GOBERNADOR
Ya veo. Ese… Popeye…
STEVENS
¿… descubrió que lo había traicionado uno de sus propios sirvientes y se vengó regiamente de quien había mancillado su honor? Estaría usted equivocado. Menosprecia usted a ese précieux, a esa flor, a esa joya. Vitelli. Qué nombre para él. Un híbrido, impotente. Fue ahorcado al año siguiente, desde luego. Pero incluso eso fue un error, su misma aniquilación rebajaba, hacía befa de la dignidad que el hombre ha dado a la necesaria abolición humana. Habría que haberlo aplastado de alguna manera bajo una enorme e indiferente bota, como una araña. Él no la vendió; viola usted y ultraja su misma memoria con esa grosera y
Página 98
corpórea impugnación. Era un purista, un amateur siempre: ni siquiera asesinaba por vil interés. Ni siquiera lo hacía por simple lujuria. Era un gourmet, un sibarita, siglos y quizá hemisferios adelantado a su tiempo; en espíritu y en glándulas pertenecía a aquella época de príncipes despóticos para quienes hasta el hecho de leer era vulgar y plebeyo y, reclinándose sobre seda entre sedosos aires y perfumes, poseían esclavos eunucos para ese menester y sentenciaban a muerte al esclavo al término de cada lectura, cada noche, para que ningún ser viviente, ni siquiera un esclavo eunuco, pudiese participar, compartir, recordar la evocación del poema.
GOBERNADOR
No creo entenderle.
STEVENS
Inténtelo. Desate su capacidad de ira y de asco… la ira y el asco que suscita el aplastar a un gusano. Si Vitelli no logra inspirarle eso, su vida habrá sido verdaderamente un desierto.
TEMPLE
O mejor no lo intente. Déjelo pasar. Por el amor de Dios, déjelo pasar. Conocí a ese hombre, no importa cómo, y me enamoré de él, como he dicho, y lo dijera o no lo dijera no importa, pues lo que importa es que escribí las cartas…
GOBERNADOR
Comprendo. Esto es lo que su marido ignora.
TEMPLE (al Gobernador)
¿Y qué importa eso? ¿Qué importa que lo sepa o no lo sepa? ¿Qué puede importar otro rostro o dos o muchos o dos, si él sabía que yo viví durante seis semanas en un burdel de Manuel Street? ¿Y qué importa un cuerpo o dos en la cama? ¿O tres o cuatro? Estoy tratando de decirlo, de decirlo todo. ¿Lo entiende? Pero ¿es que no puede hacer que me deje en paz para que yo pueda hacerlo? Por el amor de Dios, haga que me deje en paz.
GOBERNADOR (a Stevens, mirando a Temple)
Basta, Gavin.
Página 99
(a Temple)
De modo que usted tropezó con el amor.
TEMPLE
Gracias por eso. Quiero decir: por el «amor». Solo que no caí, ya estaba abajo: la mala, la perdida: que en cualquier momento habría podido fugarse bajando por el tubo de desagüe o por el pararrayos, o más sencillo aún: disfrazarme yo misma de la criada negra con una pila de toallas y un abrebotellas y cambio de diez dólares e ir directamente a la puerta de entrada. De modo que escribí las cartas. Escribía una cada vez… después, después de que ellos… él se hubiera marchado, y a veces yo escribía dos o tres cuando pasaban dos o tres días de por medio, cuando ellos… él no…
GOBERNADOR
¿Cómo? ¿Cómo dice?
TEMPLE
… ya sabe: algo que hacer, que ir haciendo, para llenar el tiempo, mejor que los desfiles de moda frente al espejo de poco más de medio metro sin nadie que pudiera ser molestado por llevar… braguitas, o incluso por no llevarlas. Buenas cartas…
GOBERNADOR
Espere. ¿Qué es lo que ha dicho?
TEMPLE
Dije que eran buenas cartas, incluso para…
GOBERNADOR
Ha dicho: después de que ellos se hubieran marchado.
(se miran unos a otros. Temple no responde: a Stevens, aunque mirando aún a Temple)
¿Se me está diciendo que aquel… Vitelli estaba también en la habitación?
STEVENS
Página 100
Sí. Para eso trajo al otro hasta allí. Ahora entiende usted lo que quise decir con connaisseur y gourmet.
GOBERNADOR
Y también lo que quería decir con la bota. Pero está muerto. Usted lo sabe.
STEVENS
Oh, sí. Está muerto. Y también dije «purista». Para terminar: ahorcado el verano siguiente en Alabama por un asesinato que ni siquiera había cometido y que nadie mezclado en el asunto creía que hubiera cometido, pero ni siquiera su abogado pudo persuadirlo de que admitie se que no hubiese podido hacerlo aunque hubiera querido, o no hubiese podido hacerlo aunque se le hubiera ocurrido la idea. Oh, sí, está muerto; pero no hemos venido aquí en busca de venganza.
GOBERNADOR (a Temple)
Sí. Continúe. Las cartas.
TEMPLE
Las cartas. Eran buenas cartas. Quiero decir… buenas cartas.
(mirando fijamente al Gobernador)
Lo que intento decir es que eran la clase de cartas que si una se las ha escrito a un hombre, aunque sea hace ocho años, una no querría… preferiría que su marido no las viese, sin importar lo que él piense de su… pasado.
(mirando todavía al Gobernador mientras hace su dolorosa confesión)
Mejores de lo que podría esperarse de una amateur de diecisiete años. Quiero decir, usted se habría asombrado de que alguien de diecisiete años, y sin siquiera haber terminado el primer año de universidad, conociera las… palabras adecuadas. Aunque no se habría necesitado más que un viejo diccionario de los tiempos de Shakespeare, cuando dicen que la gente no había aprendido todavía a ruborizarse por las palabras. Es decir, cualquiera excepto Temple Drake, que no necesitaba de diccionario, que aprendía deprisa y a la que habría bastado una sola lección, y no digamos tres o cuatro o una docena o dos o tres docenas.
Página 101
(mirando fijamente al Gobernador)
No, ni siquiera una lección pues la mala estaba ya dispuesta ahí, desde antes de que supiese siquiera que debía resistir a la corrupción, no solo desde antes de verla sino desde antes de saber siquiera lo que era, ni a qué se oponía resistencia. De modo que escribí las cartas, no sé cuántas, suficientes, más que suficientes, pues con una sola habría bastado. Y eso es todo.
GOBERNADOR
¿Todo?
TEMPLE
Sí. Seguramente habrá oído usted hablar de chantaje.
Las cartas reaparecieron, por supuesto. Y por supuesto, tratándose de Temple Drake, la primera forma de comprarlas que se le ocurrió a Temple Drake fue producir material para una nueva colección de cartas.
STEVENS (a Temple)
Sí, eso es todo. Pero tienes que decirle por qué es todo.
TEMPLE
Ya sabía eso. Escribí algunas cartas que usted pensaría que hasta la misma Temple Drake se habría avergonzado de poner sobre papel, y luego el hombre a quien se las escribí murió, y me casé con otro hombre y me reformé, o pensé que lo había hecho, y tuve dos hijos y alquilé a otra puta reformada para tener a alguien con quien hablar, e incluso creí que había olvidado las cartas hasta que reaparecieron y entonces descubrí que no solamente no había olvidado las cartas, sino que jamás me había reformado…
STEVENS
Está bien. ¿Quieres entonces que lo cuente yo?
TEMPLE
Y eras tú quien predicaba moderación.
STEVENS
Predicaba contra los orgasmos de moderación.
Página 102
TEMPLE (amargamente)
Oh, ya sé. Sufrimiento. Por nada: mero sufrimiento.
Solo porque es bueno para la salud, como el calomelano o la ipecacuana.
(al Gobernador)
Y bien. ¿Qué?
GOBERNADOR
El joven murió…
TEMPLE
Ah, sí. Murió, le dispararon desde un automóvil mientras se deslizaba por la callejuela que había detrás de la casa para trepar por el mismo tubo de desagüe por el cual habría podido yo escaparme en cualquier momento, para verme… la única vez, la primera vez, la única vez que creímos haberlo despistado, engañado, para estar juntos, los dos solos, después de todos los… otros. Si el amor puede ser, significar algo, aparte de la novedad, el aprendizaje, la paz, la intimidad: sin vergüenza: ni siquiera conscientes de estar desnudos porque uno está usando la desnudez porque es parte de ello; después él murió, asesinado a tiros mientras pensaba en mí, cuando quizá apenas un minuto después habría podido estar en la habitación conmigo y la puerta cerrada por fin para los dos solos; y luego acabó todo y fue como si nunca hubiese sido, sucedido, tenía que ser como si nunca hubiera sucedido, pero eso fue aún peor…
(rápidamente)
Luego el tribunal de Jefferson y no me importó, ya no me importaba nada, y mi padre y mis hermanos esperando y luego el año en Europa, París, y todavía nada me importaba, y después al cabo de un tiempo se hizo más fácil. Ya sabe. La gente tiene suerte. Es maravillosa. Al principio piensas que solo puedes soportar hasta un punto y que después serás libre. Luego descubres que puedes soportar cualquier cosa, que realmente puedes y que después ni siquiera importará. Pues de pronto parece que aquello no hubiera sido nunca, ocurrido nunca. Ya sabe: alguien —¿no fue Hemingway?— escribió un libro sobre cómo realmente no le ocurrió nunca a una mucha… a una mujer, con solo que esta se negase a aceptarlo, sin importar quién lo recordase o se jactase de ello. Y, además,
Página 103
los que podían… recordar estaban muertos. Después Gowan vino a París aquel invierno y nos casamos… en la embajada, con banquete después en el Crillon, y, si aquello no pudo fumigar un pasado americano, ¿qué otra cosa bajo el cielo podría disipar el hedor? Por no mencionar un automóvil nuevo y una luna de miel en una casa apartada construida en Cap Ferrat por un príncipe mahometano para su amante europea. Y sin embargo…
(hace una pausa, vacila por un instante, prosigue) …
nosotros… pensé que nosotros… en realidad yo no quería borrar el hedor…
(rápidamente ahora, tensa, erguida, con los puños apretados nuevamente sobre el regazo)
Ya sabe: casarnos habría sido suficiente: sin la embajada y el Crillon y Cap Ferrat sino tan solo arrodillarnos, los dos, y decir: «Hemos pecado, perdonadnos». Y quizá entonces habría amor esta vez… la paz, la quietud, la ausencia de vergüenza que yo… no eché de menos aquella otra vez…
(vacila de nuevo, luego rápidamente otra vez, versátil y concisa)
Amor, pero más que amor también: no depender solamente del amor para mantener juntas a dos personas, para hacerlos mejores de lo que cada uno de ellos habría sido por separado, sino tragedia también, sufriendo, habiendo sufrido y causado daño; teniendo algo con lo que tener que vivir, porque se sabe que ninguno de los dos podrá olvidar jamás. Y entonces comencé a creer algo más todavía: que había algo todavía mejor, más fuerte, que la tragedia para mantener juntas a dos personas: el perdón. Pero parece que eso fue un error. Quizá no fuera el perdón lo que estaba mal, sino la gratitud; y quizá la única cosa peor que tener que dar gratitud constantemente, todo el tiempo, sea tener que aceptarla…
STEVENS
Pero es exactamente lo contrario. Lo que estaba mal no era…
GOBERNADOR Gavin.
STEVENS
Página 104
Cállese ahora, Henry. Lo que estaba mal no era el buen nombre de Temple. Ni siquiera era la conciencia de su esposo. Era la vanidad de este: el aristócrata formado en Virginia sorprendido con su nobleza por las rodillas, como quien entra en el cuarto de baño trucado de Hollywood. Por eso el perdón no le bastaba a él, o quizá no había leído el libro de Hemingway. Pues, después de más o menos un año, su intranquilidad ante la obligación de aceptar la gratitud comenzó a adoptar la forma de dudar de la paternidad de su hijo.
TEMPLE
Dios mío. Dios mío.
GOBERNADOR
Gavin.
(Stevens se detiene)
Basta, he dicho. Considérelo una orden.
(a Temple)
Sí. Dígame.
TEMPLE
Eso intento. Creía que nuestro principal obstáculo sería el desconsolado demandante. Aparentemente, sin embargo, es el abogado defensor. Es decir, estoy tratando de hablarle de una Temple Drake y nuestro tío Gavin le está mostrando otra. De manera que en realidad tiene usted a dos personas diferentes suplicándole la misma clemencia; si se continúa dividiendo en dos a cada persona interesada, ni siquiera va usted a saber a quién perdonar, ¿no es así? Y, ahora que lo menciono, aquí estamos, de vuelta a Nancy Mannigoe, y ahora seguramente no nos llevará mucho tiempo. Veamos, hemos regresado también a Jefferson, ¿no es cierto? De todos modos, ya estamos allí. Quiero decir de regreso en Jefferson, de regreso a casa. Ya sabe: enfrentarse a eso: a la desgracia, a la vergüenza, hacerle bajar los ojos para siempre, para que ya nunca más nos acose; juntos, formando un solo frente contra el hedor, porque nos amamos el uno al otro y lo hemos perdonado todo, fuertes en nuestro amor y en nuestro mutuo perdón. Teniendo además todo lo necesario: los Stevens, jóvenes, populares: un nuevo chalet en la calle correcta para pasar las
Página 105
resacas de los sábados por la noche, un club de campo con una pandilla de jóvenes socios del club de campo para que la resaca del sábado por la noche mereciera el nombre de la resaca de un sábado por la noche en el club de campo, un banco en la iglesia correcta para recobrarse de esta, en caso naturalmente de que la resaca no fuera excesiva como para ir a la iglesia. Luego llegó el hijo y heredero; y ahora tenemos a Nancy: niñera: guía: mentor, catalizador, aglutinante, o como quiera llamarla, manteniendo unido todo el grupo… no solo un centro magnético para el heredero natural y los otros pequeños príncipes o princesas en su ordenada sucesión, para que hagan corro en torno, sino también para los dos grandes pedazos de masa o de materia o de tierra o lo que quiera que sea formado a imagen de Dios, en una apariencia al menos de orden y de respetabilidad y de paz; no una vieja mama negra para mecer la cuna, pues los Stevens son jóvenes y modernos, tan jóvenes y modernos que todo el resto de la pandilla de jóvenes miembros del club de campo aplaudieron cuando sacaron del arroyo a una negra puta y exdrogadicta para que cuidase a sus hijos, porque el resto de la pandilla de jóvenes miembros del club de campo ignoraba que no habían sido los Stevens, sino Temple Drake quien había escogido a la negra exdrogadicta y puta por la simple razón de que una negra exdrogadicta y puta era el único animal que hablaba en Jefferson el lenguaje de Temple Drake…
(rápidamente toma el cigarrillo encendido del cenicero y fuma, hablando a través de las bocanadas)
Oh, sí, también voy a contar esto. Una confidente. ¿Comprende? Ya sabe: el jugador de la primera división de béisbol, el ídolo en el pedestal, el venerado; y el adorador, el acólito, el que nunca salió y nunca saldría, sin importar la fuerza con que lo intentara, de los solares de tierra, de las liguillas. Ya sabe: las largas tardes, con el último botón eléctrico pulsado en el último trasto de cocina o de limpieza y el bebé durmiendo a salvo un rato, y las dos hermanas en el pecado intercambiando, trocando secretos de profesión y vocación mientras beben Coca-Colas en la cocina silenciosa. Alguien con quien hablar, como todos parecemos necesitar, desear, como tenemos que tener, no para que converse con nosotros o para que nos dé la razón, sino para que se quede callada y escuche. Que es todo lo que la gente realmente quiere, lo que realmente necesita; quiero decir, para comportarse, para no meterse en la vida de los demás; los desajustes que nos dicen crían a los pirómanos y violadores y asesinos y
Página 106
ladrones y al resto de enemigos antisociales, no son realmente desajustes, sino simplemente que los asesinos y ladrones embrionarios no tuvieron nunca a nadie que los escuchase: lo cual es una idea que la Iglesia católica descubrió hace dos mil años, pero que no llevó lo bastante lejos o quizá estaba demasiado ocupada siendo la Iglesia como para ocuparse del hombre, o quizá no fuera culpa de la Iglesia en absoluto sino que simplemente tenía que lidiar con seres humanos y quizá, si el mundo estuviera poblado por un tipo de criaturas la mitad de las cuales fuesen mudas, entonces no podrían hacer otra cosa aparte de escuchar, no podrían evitar tener que escuchar a la otra mitad, y entonces no habría guerras. Y eso es lo que Temple tenía: alguien a quien pagaba semanalmente por escuchar, lo cual uno habría pensado que sería suficiente; y después llegó el otro bebé, la criatura, la víctima del sacrificio (aunque por supuesto eso no lo sabemos aún) y uno habría pensado que eso era de sobra suficiente, que ahora incluso Temple Drake habría sentido que estaba a salvo, que se podía contar con ella, ahora que tenía dos… ¿cómo los llaman los marineros?, ah, sí, áncoras de salvación. Pero no era suficiente. Porque Hemingway tenía razón. Quiero decir, la muchach… la mujer de su libro. Solo se pueden hacer dos cosas, rehusar o aceptar. Pero una tiene que… rehusar…
STEVENS
Ahora bien, las cartas…
GOBERNADOR (mirando a Temple)
Guarde silencio, Gavin.
STEVENS
No, ahora voy a hablar un poco. Podemos continuar con las metáforas deportivas y llamar a esto una carrera de relevos, en la que el miembro de mayor edad del equipo lleva el… testigo, la ramita, el palito, el árbol… como queramos llamar a la madera simbólica, hasta la cima de lo que aún quede de la simbólica colina.
(las luces titilan, decrecen ligeramente, luego brillan de nuevo y permanecen fijas, como una señal, una advertencia)
Las cartas. El chantaje. El chantajista era el hermano menor de Red… un criminal desde luego, pero al menos un hombre…
Página 107
TEMPLE
¡No! ¡No!
STEVENS (a Temple)
Guarda silencio tú también. Esto lleva solo a la cima de una colina, no a un precipicio. Además, solo es un palo. Las cartas no fueron lo primero. Lo primero fue la gratitud. Y ahora llegamos también al marido, mi sobrino. Y, cuando digo «pasado», me refiero a esa parte de este que el marido conoce hasta ahora, y que aparentemente era suficiente según él. Pues esto fue no mucho antes de que ella descubriese, comprendiese, que iba a pasar buena parte del resto de sus días (y de sus noches) siendo perdonada por aquello; no solo recordándoselo constantemente —bueno, acaso no específicamente recordándoselo—, sino digamos haciéndola, manteniéndola, consciente de ello a fin de ser perdonada y así poder estar agradecida a su perdonador, sino además teniendo que emplear más y más el tacto que pudiera tener… y la paciencia que probablemente ella no sabía que tenía, ya que hasta entonces no había tenido ninguna ocasión de necesitar paciencia… para hacer que la gratitud —en la que seguramente tenía tan poca experiencia como la que tuviera con la paciencia— fuera aceptable para estar a la altura e igualar las altas exigencias del perdonador. Pero ella no estaba muy preocupada. Su marido —mi sobrino
— había hecho lo que probablemente consideraba el sacrificio supremo para expiar su participación en aquel pasado; ella no tenía dudas respecto a su capacidad para seguir proporcionando el creciente grado de gratitud que el creciente apetito —o capacidad— de su adicto demandaba a cambio del sacrificio que, eso creía ella, había aceptado ella por razón de la misma gratitud. Además, ella tenía todavía piernas y ojos; podía irse, escapar de aquello en cualquier momento que quisiera, aunque ya su pasado debía haberle demostrado que probablemente nunca querría usar su capacidad de locomoción para huir de la amenaza y del peligro. ¿Aceptas esto?
TEMPLE
De acuerdo. Continúe.
STEVENS
Luego, ella descubrió que el niño —el primero— estaba en camino. En aquel primer momento, debió de sentir algo semejante al frenesí. Ahora ya no podía escapar, había esperado demasiado tiempo. Pero era peor aún.
Página 108
Era como si por primera vez se diese cuenta de que uno… todo el mundo… debe, o al menos está obligado a, pagar por el pasado; que el pasado es como un pagaré con una cláusula dolosa, que, mientras nada vaya mal, puede cancelarse en forma normal, pero que el destino o la suerte o el azar puede traer el embargo sin previo aviso. Es decir, ella había sabido, había aceptado esto todo el tiempo y lo había ignorado porque sabía que podía hacerle frente, que ella era invulnerable gracias a la mera integración, a su propia independiente feminidad. Pero ahora habría un hijo, tierno e indefenso. Pero uno nunca pierde del todo la esperanza, ya se sabe, ni siquiera después de darte cuenta de que la gente no solo es capaz de soportar cualquier cosa, sino que probablemente se verá obligada a hacerlo, de manera que probablemente, antes de que el frenesí tuviera tiempo de extinguirse, en contró una esperanza: que no era otra que la propia tierna e indefensa inocencia del hijo: que Dios —si es que había un Dios— protegería al niño… no a ella: ella no pedía ni quería dinero; ella podía enfrentarse a ello, podía enfrentarse o soportarlo, pero el hijo era el giro pagadero a la vista de su pasado… porque era inocente, aunque no fuese tan ingenua, pues todas sus observaciones le habían mostrado que Dios no quería o no podía —en todo caso no lo hacía— salvar a la inocencia simplemente por ser inocente; que cuando Él dijo: «Sufrid que los niños se acerquen a mí», quería decir exactamente eso: quería decir sufrir; que los adultos, los padres, los ancianos en el pecado y capaces de este debían estar dispuestos a y preparados para —e incluso anhelantes de— sufrir en cualquier momento que los niños acudieran a Él sin angustia, sin temor, sin mancha. ¿Acepta esto?
GOBERNADOR
Prosiga.
STEVENS
De modo que al fin las cosas se acomodaron. No esperanza: comodidad. Precario, desde luego, un equilibrio, pero también ella podía andar por la cuerda floja. Era como si hubiese firmado, no un trato, sino un armisticio con Dios… si es que había un Dios. No había intentado hacer trampa; no había intentado eludir el pagaré de su pasado interponiendo el cheque en blanco de la inocencia de un niño —había nacido ya, un chico, el hijo y heredero de su marido— entre ellos. No había tratado de impedir el nacimiento; sencillamente nunca había pensado en el embarazo en conexión con esto; pues hizo falta el hecho físico del embarazo para
Página 109
revelar la existencia de aquel pagaré que llevaba su firma con fecha posterior.
Y, puesto que Dios —si es que había un Dios— debía saber aquello, ella cumpliría su parte del trato no exigiéndole a Él una segunda vez ya que Él —si es que había un Dios— al menos jugaría limpio, se portaría al menos como un caballero. ¿Y esto?
GOBERNADOR
Continúe.
STEVENS
Así que puede usted escoger respecto al segundo hijo. Tal vez estaba demasiado atareada con los tres como para tener cuidado; con los tres: la condenación, el des tino, el pasado; el trato con Dios; el perdón y la gratitud. Como dice el Malabarista, no con tres inertes y reemplazables mazos indios o pelotas, sino con tres ampollas de vidrio llenas de nitroglicerina y ni siquiera manos suficientes para una: una mano para ofrecer la expiación y otra para recibir el perdón, necesitando una tercera para ofrecer la gratitud, y todavía una cuarta mano más y más perentoria a medida que pasaba el tiempo para rociar con permanentes y constantemente crecientes dosis, un poco más y un poco más, de azúcar y especias sobre la gratitud para hacerla grata al paladar de su tragador… quizá es eso: quizá ni siquiera tuvo tiempo para ser lo bastante cuidadosa, o quizá fue desesperación, o quizá fue cuando por primera vez su marido refutó o puso en duda o en todo caso impugnó —como quiera que fuese— la paternidad de su hijo. En todo caso, quedó embarazada de nuevo; había roto su palabra, destruido su talismán, y probablemente sabía quince meses antes de las cartas que aquello era el fin, y cuando apareció el hombre con las viejas cartas posiblemente ni siquiera se sorprendió: durante quince meses había estado preguntándose solamente qué forma adoptaría la condena. Y también aceptó aquello…
En este momento la luz titila y decrece de nuevo, luego brilla normalmente.
STEVENS
Y también alivio. Pues por fin todo había terminado; se había derrumbado el techo, la avalancha había rugido; incluso la indefensión y la impotencia se habían terminado, pues ahora ni siquiera la vieja fragilidad de hueso y carne era un factor… y ¿quién sabe?, a causa de esa fragilidad, una
Página 110
especie de orgullo, de triunfo: has esperado la destrucción: tú resististe, era inevitable, ineludible, no había esperanza. No obstante, no te encogiste meramente, te agachaste, tu cabeza y tu visión enterradas en tus brazos; no estuviste acechando aquel freno preparado, es verdad, pero no porque no lo temieras, sino porque estabas muy atareada en cuidar cada paso que dabas, sin siquiera por un instante vacilar, tropezar, aun a sabiendas de que era en vano…; triunfo en la fragilidad misma que no tiene que preocuparte más, por que ya todo, ya lo peor que la catástrofe puede causarte es aplastar y arrasar la fragilidad; fuiste la más honesta, habías arrostrado incluso la catástrofe, habías sobrevivido a ella, la habías obligado a hacer el primer movimiento; ni siquiera la habías desafiado, ni siquiera desdeñado: sin otro instrumento o implemento que aquella fútil fragilidad, habías mantenido el desastre a distancia como se soporta con una mano el liviano dosel de seda de una cama, durante seis largos años, mientras que aquello, con todo su peso y su poder, no podría ni siquiera prolongar la obliteración de tu propia fragilidad durante más de cinco o seis segundos; y aun durante esos cinco o seis segundos serías la más honesta, puesto que todo lo que aquello —la catástrofe— podía arrebatarte, ya lo habías amortizado seis años antes como algo inherentemente frágil y precisamente por eso, sin valor.
GOBERNADOR
Y ahora, el hombre.
STEVENS
Pensé que se daría usted cuenta. Incluso el primero llamaba la atención como un dedo hinchado. Sí, él…
GOBERNADOR
¿El primer qué?
STEVENS (hace una pausa, mira al Gobernador)
El primer hombre, Red. ¿No sabe usted absolutamente nada de las mujeres? Nunca he visto a Red, ni tampoco al siguiente, su hermano, pero los tres, los otros dos y su marido, probablemente todos se parecían bastante o actuaban de forma parecida… quizá sencillamente haciéndole exigencias imposibles, irrealizables o sintiéndose tan atraídos por ella que aceptaron, arriesgaron, casi increíbles condiciones… para ser al menos sus primos.
Página 111
¿Dónde ha estado usted toda su vida?
GOBERNADOR
De acuerdo. El hombre.
STEVENS
Al principio, todo lo que él pensó, planeó, le interesaba, pretendía era el dinero… cobrar por las cartas y largarse, salir echando leches. Por supuesto, incluso al final, lo único que de verdad quería era el dinero, no solo tras descubrir que tendría que llevársela a ella y al bebé para conseguirlo, sino incluso cuando parecía que todo lo que iba a sacar de aquello, al menos por un tiempo, era una esposa fugitiva y un bebé de seis meses. De hecho, el error de Nancy, su acto en verdad fatal aquella fatal y trágica noche, fue no darle a él el dinero y las joyas cuando descubrió el lugar en que Temple los había escondido, y haberse apoderado de las cartas y haberse librado de aquel hombre para siempre, en lugar de esconder de Temple el dinero y las joyas… que fue lo que la propia Temple pensó, según parece, ya que ella —Temple— le dijo a él una mentira acerca de cuánto dinero tenía, diciéndole que eran solo doscientos dólares cuando en realidad eran casi dos mil. De modo que se habría dicho que él quería solo el dinero, y cuánto, con cuánta urgencia, para estar dispuesto a pagar semejante precio por él. O quizá estaba siendo más prudente —«listo», habría dicho él— de lo que habría cabido esperar dadas su edad y su época y, sin haberlo planeado, en realidad estaba inventando un nuevo y seguro método de secuestro: elegir a una víctima adulta capaz de firmar sus propios cheques —con un bebé en brazos para mayor persuasión— y, sin forzarla sino persuadiéndola a marcharse con él de su propia voluntad —todavía amistosamente—, sacarle más tarde todo el dinero a ritmo, usando el tierno bienestar del bebé como fulcro de su palanca. O acaso este mos equivocados ambos y tengamos ambos que dar crédito (por pequeño que sea), si crédito (por pequeño que sea) le es debido, ya que al principio para ella era también solo el dinero, aunque probablemente él todavía creía que se trataba del dinero en el preciso momento en que ella, tras haber reunido sus joyas y encontrado el lugar en que su marido guardaba la llave de la caja fuerte (y tras, imagino yo, abrirla una noche mientras su marido dormía y contar el dinero o al menos cerciorarse de que había dinero o en todo caso de que la llave la abría), se encontró a sí misma tratando de racionalizar por qué no había pagado el dinero y recuperado y destruido las cartas para así librarse para
Página 112
siempre de su techo de Damocles. Que fue lo que no hizo. Porque Hemingway —su muchacha— tenía razón: lo único que se puede hacer es rehusar o aceptar. Pero a uno deben decirle honradamente y de antemano qué debe rechazar; los dioses nos deben eso… al menos una imagen clara y una elección clara. No ser engañado por… ¿quién sabe?, probablemente incluso la gentileza, en cierto modo, en aquellas tardes o lo que fueran en Memphis… de acuerdo: una luna de miel, incluso con un testigo; en este caso cualquier cosa mucho mejor faltó, y, de hecho, ¿quién sabe? (ahora soy Red), incluso un poco de asombro, de incrédula esperanza, incluso un poco de temblor ante tanta fortuna, tanta suerte cayendo del cielo a sus brazos; al menos (Temple ahora) ninguna multitud: incluso la violación se hace tierna: solo uno, un individuo, todavía rechazable, dándole a ella al menos (esta vez) la apariencia de ser cortejada, de una oportunidad para decir Sí primero, dejándola creer incluso que podía decir sí o no. Me imagino que él (el nuevo, el chantajista) incluso se parecía a su hermano… un Red más joven, el Red de unos años antes de ni siquiera conocerla, y —si me lo permite— menos manchado, de manera que en cierto sentido pudo parecerle a ella que ahora por lo menos podía destruir la mancilla de seis años de lucha y arrepentimiento y terror inútiles. Y, si eso es lo que quería usted decir, entonces tiene razón: era un hombre, al menos un hombre, después de seis años de esa especie de perdón que no solo envilecía al perdonado, sino también a la gratitud del perdonado, un mal hombre desde luego, un criminal en potencia dada la falta de oportunidades que hasta aquel momento había tenido; y capaz de chantaje, vicioso y no solamente competente para el vicio, sino destinado a él, sin traer otra cosa que el mal y el desastre y la ruina a quien estuviera lo bastante necio como para entrar en su órbita, para unir su suerte a la suya. Pero —en comparación, aquellos seis años de comparación— al menos un hombre, un hombre tan individual, tan duro e insensible, tan impecable en la amoralidad, que llegaba a tener una especie de integridad, de pureza, que no solamente nunca necesitaría ni intentaría perdonar nada a nadie, pues nunca imaginaría que nadie esperase que él perdonara nada a nadie; que ni siquiera se molestaría en perdonarla a ella si alguna vez se le iluminase el pensamiento de que tenía la oportunidad, sino que en vez de ello simplemente le dejaría los ojos morados y le rompería unos cuantos dientes y la arrojaría al arroyo: de modo que ella podría estar segura para siempre sabiendo que, aunque se encontrase en el arroyo con
Página 113
un ojo morado o escupiendo dientes, él ni siquiera sabría nunca que tuviera nada que perdonarle.
Esta vez las luces no titilan. Comienzan a decrecer constantemente hasta la oscuridad total mientras Stevens continúa.
STEVENS
Nancy era la confidente, al comienzo, mientras que ella —Nancy— probablemente creía aún que el único problema, factor, era cómo conseguir el dinero que pedía el chantajista, sin dejar que el patrón, el amo, el marido se enterase; encontrando, descubriendo —se trata todavía de Nancy—, percatándose probablemente de que en realidad ella no había sido una confidente durante mucho tiempo antes de descubrir lo que en realidad era, una espía: de su señora: sin percatarse hasta después de descubrirlo de que, si bien Temple había tomado el dinero y también las joyas de la caja fuerte de su marido, ella —Temple— todavía no había pagado al chantajista y recuperado las cartas, que el pago del dinero y las joyas era menos de la mitad del plan de Temple.
Las luces se apagan totalmente. El escenario queda completamente a oscuras.
La voz de Stevens continúa.
STEVENS
Entonces fue cuando Nancy descubrió a su vez dónde había ocultado Temple el dinero y las joyas, y —Nancy— los tomó a su vez y los escondió de Temple; esto fue la noche del día en que Gowan partió para pasar una semana de pesca en Aransas Pass, llevándose consigo al hijo mayor, el varón, para dejarlo en casa de sus abuelos en Nueva Orleans, donde su padre lo recogería al regresar de Texas a su hogar.
(a Temple en la oscuridad)
Ahora, cuéntale.
El escenario está totalmente a oscuras.
Página 114
ESCENA II
Interior del saloncito privado o tocador de Temple. Las nueve y media de la noche. 13 de septiembre anterior.
Las luces se encienden, en la parte inferior derecha, como en la transición del Acto I de la sala del tribunal al salón de los Stevens, pero en vez del salón, la escena es ahora la habitación privada de Temple. Una puerta, a la izquierda, comunica con la casa propiamente dicha. Una puerta, a la derecha, conduce a la habitación de los niños, donde el bebé duerme en su cuna. Al fondo, una puerta acristalada se abre sobre una terraza: es una entrada privada que lleva al exterior. A la izquierda, la puerta de un armario empotrado permanece abierta. Hay prendas esparcidas por el suelo junto a este, lo que indica que el armario ha sido registrado, no tanto de forma precipitada como salvaje, ruda y total. A la derecha, una chimenea de leños a gas. Un escritorio, colocado contra la pared del fondo, está abierto y muestra huellas del mismo salvaje y despiadado registro. Sobre una mesa, en el centro, el sombrero de Temple, unos guantes y un bolso; también una bolsa para las cosas de los bebés; dos maletas, evidentemente de Temple, llenas y cerradas en el suelo, al lado de la mesa. Toda la habitación indica la inminente partida de Temple y que alguien ha buscado algo en vano aunque de forma salvaje y completa, quizá incluso frenética.
Cuando se encienden las luces, Pete se halla de pie ante el armario abierto con una última prenda, un negligé, en las manos. Tiene unos veinticinco años. No parece un criminal. Es decir, no es un típico criminal identificado ni tampoco el tipo del gánster. Se parece más bien a la imagen común del universitario, o de un afortunado vendedor de automóviles o de electrodomésticos. Sus ropas son ordinarias, ni llamativas ni discretas, simplemente las que usa todo el mundo. Pero hay en él un aire nítidamente «indómito». Es guapo, atractivo para las mujeres, en absoluto impredecible porque uno sabe —o ellos saben— exactamente qué va a hacer, aunque uno espera que no lo haga esta vez. Hay algo en él duro, despiadado, no inmoral sino amoral.
Página 115
Viste un traje ligero de verano, lleva el sombrero embutido en la parte posterior de la cabeza, de modo que, según lo que está haciendo ahora, parece exactamente un joven detective de ciudad en una película de gánsteres. Está registrando el tenue negligé, rápidamente y sin dulzura, lo deja caer y se da la vuelta, enredándose los pies en los otros vestidos esparcidos por el suelo, y sin detenerse se libra de ellos a patadas, va al escritorio y se queda allí mirando su contenido en desorden en el que ya ha buscado antes salvaje y meticulosamente, con una especie de desalentado y desdeñoso disgusto.
Temple entra por la izquierda. Viste un traje oscuro de viaje, debajo de un abrigo ligero, no lleva sombrero, trae en el brazo el abrigo de piel que ya le hemos visto, una bata o manta de niño y, en la otra mano, un biberón lleno de leche. Se detiene lo necesario para echar una ojeada al desorden de la habitación. Luego avanza y se acerca a la mesa. Pete vuelve la cabeza; aparte de eso, no se mueve.
PETE
¿Y bien?
TEMPLE
No. Las personas con quienes vive dicen que no la ven desde que salió esta mañana para venir a su trabajo.
PETE
Eso podía habértelo dicho yo.
(mira su reloj de pulsera)
Todavía tenemos tiempo. ¿Dónde vive?
TEMPLE (hablando a la mesa)
¿Y después qué? ¿Ponerle un cigarrillo encendido en la planta del pie?
PETE
Son cincuenta dólares, aunque tú estés acostumbrada a pensar en cientos. Además de las joyas. ¿Qué sugieres, entonces? ¿Llamar a la policía?
TEMPLE
No. No tendrás que escaparte. Te estoy dando una salida.
Página 116
PETE
¿Una salida?
TEMPLE
Sin pasta no hay secuestro. ¿No lo dirías tú así?
PETE
Creo que no te entiendo.
TEMPLE
Ahora ya puedes largarte. Desaparecer. Marcharte. Sacarte de encima el problema. Salvarte. Después solo tienes que esperar a que regrese mi marido y empezar de nuevo.
PETE
Creo que aún no te entiendo.
TEMPLE
Todavía tienes las cartas, ¿verdad?
PETE
Ah, las cartas.
(Busca dentro de su abrigo, saca el paquete de cartas y lo arroja sobre la mesa)
Ahí las tienes.
TEMPLE
Te dije hace dos días que no las quiero.
PETE
Ya. Eso fue hace dos días.
Por un momento se miran el uno al otro. Luego Temple deja caer de su brazo el abrigo de pieles y la bata sobre la mesa, coloca cuidadosamente el biberón sobre la mesa, recoge el paquete de cartas y extiende su otra mano hacia Pete.
TEMPLE
Dame tu encendedor.
Página 117
Pete saca el encendedor del bolsillo y se lo ofrece. Es decir, se lo tiende, sin hacer ningún otro movimiento, de manera que ella tiene que dar uno o dos pasos hacia él para alcanzarlo y tomarlo. Luego se vuelve y se dirige hacia el fondo, chasca el encendedor. Falla dos o tres veces y luego se enciende. Pete no se ha movido, la mira. Ella se queda inmóvil por un momento, con el paquete de cartas en una mano y el encendedor prendido en la otra. Luego vuelve la cabeza y lo mira. Durante unos instantes, se miran el uno al otro.
PETE
Vamos. Quémalas. La otra vez que te las di, las rechazas te para seguir pudiendo cambiar de idea y aceptarlas. Quémalas.
Se miran de nuevo durante unos instantes más. Luego ella vuelve la cabeza y queda con el rostro vuelto, el encendedor prendido todavía. Pete la mira de nuevo un instante más.
PETE
Entonces deja esa basura y ven aquí.
Ella apaga el encendedor, se vuelve, va a la mesa, pone el paquete de cartas y el encendedor sobre la mesa al pasar y va al sitio del cual no se ha movido Pete. En este momento, Nancy aparece en la puerta de la izquierda. Ninguno de los dos la ve. Pete rodea con sus brazos a Temple.
PETE
Yo también te he dado una salida.
(la atrae aún más hacia sí)
Muñeca.
TEMPLE
No me llames así.
PETE (apretando los brazos, acariciándola y salvaje a la vez)
Red lo hacía. Y yo valgo tanto como él. ¿No es así?
Se besan. Nancy cruza en silencio el umbral y se detiene apenas entra en la habitación, mirándolos. Lleva ahora el uniforme habitual de las sirvientas, pero sin cofia ni delantal, bajo un abrigo ligero; en la cabeza lleva un
Página 118
estropeado y casi deforme sombrero de fieltro que debió de pertenecer a un hombre. Pete interrumpe el beso.
PETE
Venga. Salgamos de aquí. Hasta tengo moral o algo por el estilo. Ni siquiera quiero ponerte las manos encima en esta casa.
Ve a Nancy por encima del hombro de Temple, y reacciona. Temple reacciona a su reacción, se vuelve rápidamente y ve también a Nancy. Nancy entra en la habitación.
TEMPLE (a Nancy)
¿Qué haces aquí?
NANCY
He traído mi pie. Para que él pueda aplastar su cigarrillo contra él.
TEMPLE
Así que no solo eres una ladrona: también eres una espía.
PETE
Quizá tampoco es una ladrona. Quizá lo ha traído.
(miran a Nancy, que no responde)
O quizá no fue ella. Quizá es mejor que usemos el cigarrillo.
(a Nancy)
¿Qué me dices? ¿Para eso has venido, estás segura?
TEMPLE (a Pete)
Calla. Coge las maletas y vete al coche.
PETE (a Temple pero mirando a Nancy)
Te espero. Puede que me quede alguna cosilla por hacer aquí, después de todo.
TEMPLE
¡Vete, te digo! Por el amor de Dios, sal de aquí. Vete.
Página 119
Pete sigue mirando un momento más a Nancy, que permanece frente a ellos pero sin mirar a nada, inmóvil, casi aturdida, el rostro triste, caviloso e inescrutable. Pete se vuelve entonces, va a la mesa, recoge el encendedor, parece a punto de decidirse, luego se detiene de nuevo y con una vacilación casi infinitesimal toma el paquete de cartas, lo vuelve a colocar en el interior de su abrigo, levanta las dos maletas y se dirige a la puerta acristalada, pasando por delante de Nancy que todavía sigue sin mirar a nada ni a nadie.
PETE (a Nancy)
No es que no me gustaría hacerlo, ¿sabes? Y por me nos de cincuenta dólares. Por los buenos tiempos pasados.
(Se pasa las dos maletas a una sola mano, abre la puerta acristalada, comienza a salir, se detiene a medio camino y se vuelve a mirar a Temple)
Estaré cerca, por si cambias de opinión respecto al cigarrillo.
Sale, cerrando la puerta tras de sí. Antes de que esta se cierre, Nancy empieza a hablar.
NANCY
Espera.
Pete se detiene y comienza de nuevo a abrir la puerta.
TEMPLE (rápida, a Pete)
¡Sal! ¡Sal! ¡Por el amor de Dios, sal!
Pete sale dando un portazo. Nancy y Temple quedan de frente una a la otra.
NANCY
Quizá me equivoqué al pensar que con solo esconder ese dinero y esos diamantes iba a impedir que lo hiciera. Quizá debí dárselos a él ayer en cuanto descubrí dónde los había escondido. Entonces de aquí a Chicago o Texas nadie habría visto de él otra cosa que el polvo de su coche.
TEMPLE
Así que los robaste. Y ya has visto de qué te ha servido, ¿verdad?
NANCY
Página 120
Si usted lo puede llamar robo, yo también. Porque suya era solo una parte, para empezar. Solo eran suyos los diamantes. Por no mencionar que en dinero hay casi dos mil dólares, que usted me dijo eran apenas doscientos y a él le dijo que eran todavía menos que eso, solo cincuenta. No me extraña que no estuviera preocupado… por solo cincuenta dólares. Ni siquiera se habría preocupado si hubiera sabido que eran casi dos mil, así que imagine los doscientos que me dijo a mí. Ni se preocupará tampoco por saber si tiene usted o no un centavo cuando suba al coche. Sabe que todo lo que tiene que hacer es esperar y tenerla sujeta y quizá machacarla lo justo, y entonces obtendrá otro aluvión de dinero y diamantes de su marido o de su papá. Pero esta vez la tendrá agarrada y le costará un poco contarle que son cincuenta dólares en vez de casi dos mil…
Temple avanza rápidamente y le da una bofetada a Nancy en la cara. Nancy retrocede. Al hacerlo, el paquete de dinero y el joyero caen al suelo del interior de su abrigo. Temple se detiene, mirando el dinero y las joyas. Nancy se recupera.
NANCY
Sí, ahí está lo que causa toda la aflicción y la ruina. Si usted no hubiera sido una persona que tiene un joyero y un marido en cuyo bolsillo del pantalón puede encontrar casi dos mil dólares mientras está dormido, ese hombre no habría intentado venderle esas cartas. Tal vez si yo no lo hubiese encontrado y escondido, se los habría dado antes de llegar a esto. O tal vez si yo simplemente se los hubiese dado ayer y cogido las cartas, o tal vez si saliese al coche y le dijese: Toma, hombre, aquí está tu dinero…
TEMPLE
Inténtalo. Recoge eso y llévaselo, y verás. Si quieres esperar a que yo termine de hacer la maleta, por lo menos podrás llevarla.
NANCY
Lo sé. Ya no se trata de las cartas. Tal vez nunca se trató de ellas. De lo que se trataba era de quien fuese capaz de escribir el género de cartas que todavía ocho años después pueden causar desolación y ruina. Las cartas nunca importaron. Usted pudo hacer que se las devolviera en cualquier momento; él trató de dárselas dos veces…
TEMPLE
Página 121
¿Cuánto nos has estado espiando?
NANCY
Lo sé todo… Ni siquiera necesitaba dinero y diamantes para recuperarlas. Una mujer no necesita eso. Todo lo que necesita una mujer es ser una mujer para sacar a los hombres lo que quiera. Hubiera podido hacerlo aquí mismo, en la casa, sin siquiera embaucar a su marido para que se fuera de pesca.
TEMPLE
Un ejemplo perfecto de la moral de las putas. Pero entonces, si yo puedo decir puta, tú también puedes decir puta, ¿verdad? Quizá la diferencia esté en que yo me niego a serlo en mi propia casa.
NANCY
No estoy hablando de su marido. Ni siquiera estoy hablando de usted.
Estoy hablando de dos niños.
TEMPLE
Y yo también. ¿Por qué crees que he mandado a Bucky a casa de su abuela, si no es para sacarlo de una casa en donde el hombre al que ha aprendido a llamar padre puede decidir en cualquier momento decirle que no tiene padre? Una espía tan inteligente como tú seguramente ha oído a mi marido…
NANCY (interrumpiendo)
Lo he oído. Y también la oí a usted. Por entonces se enfrentaba a él… en aquel tiempo. No por usted misma, sino por ese niño. Pero ahora ha abandonado.
TEMPLE
¿Abandonado?
NANCY
Sí. Ha tirado la toalla. Y ha renunciado también al niño.
Dispuesta a correr el riesgo de quizá no volver a verlo nunca más.
(Temple no responde)
Página 122
No pasa nada. No tiene que excusarse de nada conmigo.
Tan solo dígame qué ha pensado explicarle a la gente que le va a preguntar. Está dispuesta a correr ese riesgo. ¿Es así?
(Temple no responde)
Está bien. Diremos que ha contestado. Eso en cuanto a Bucky. Ahora contésteme a esto. ¿Con quién va a dejar a la otra?
TEMPLE
¿Dejarla? ¿A un bebé de seis meses?
NANCY
Eso es. Por supuesto que no puede dejarla. Con nadie.
No puede dejar con nadie a una niñita de seis meses cuando abandona a su marido por otro hombre, de la misma forma que no puede tampoco llevarse en ese viaje a una niñita de seis meses. De eso estoy hablando. Así que quizá mejor la deja ahí, en la cuna; llorará un rato, pero es demasiado pequeña como para llorar muy fuerte y así tal vez nadie la oiga y venga a entrometerse, especialmente si la casa está cerrada y con llave hasta que el señor Gowan regrese la semana próxima, y probablemente para entonces ya se haya callado…
TEMPLE
¿De verdad quieres hacer que te pegue otra vez?
NANCY
O quizá llevársela sea igualmente fácil, al menos hasta la primera vez que escriba al señor Gowan o a su papá para pedirles dinero y ellos no se lo manden tan rápido como su nuevo hombre crea que deberían, y entonces las eche a las dos, a usted y a la niña. Y entonces ya puede simplemente tirarla a un cubo de basura para que no la moleste ni a usted ni a nadie, y entonces ya se habrá librado de los dos…
(Temple hace un movimiento convulsivo, luego se domina)
Pégueme. Encienda el cigarrillo también. Ya les he dicho a los dos, a usted y a él, que he traído el pie. Aquí está.
Página 123
(levanta un poco el pie)
Lo he intentado todo; supongo que también puedo intentar esto.
TEMPLE (reprimiéndose, furiosa)
Cállate. Te lo digo por última vez. Cállate.
NANCY
Ya me callo.
(No se mueve. No está mirando a Temple. Hay un leve cambio en su voz o en sus gestos, aunque hasta más tarde no comprenderemos que no se está dirigiendo a Temple)
Lo he intentado. He intentado todo lo que sé. Ya lo ve.
TEMPLE
Nadie te lo negará. Me has amenazado con mis hijos, y hasta con mi marido… si es que se puede llamar a mi marido una amenaza. Me has robado el dinero para mi fuga. Oh, sí, nadie negará que lo has intentado. Aunque al menos trajiste el dinero. Recógelo.
NANCY
Ha dicho que no lo necesita.
TEMPLE
No lo necesito. Recógelo.
NANCY
Tampoco yo lo necesito.
TEMPLE
De todos modos, recógelo. Puedes descontar de ahí el pago de tu próxima semana cuando se lo devuelvas al señor Gowan.
Nancy se agacha y recoge el dinero, vuelve a poner las joyas en el joyero y deja todo sobre la mesa.
TEMPLE (más tranquila)
Nancy.
Página 124
(Nancy la mira)
Lo siento. ¿Por qué me obligas a esto… a pegarte y gritarte, cuando has sido siempre tan buena con mis hijos y conmigo… y con mi marido también… tratando de mantenernos juntos como un hogar, como una familia, cuando cualquiera hubiese sabido siempre que no era posible mantenernos juntos, ni siquiera en la decencia, por no hablar de la felicidad?
NANCY
Supongo que soy una ignorante. Todavía no sé eso.
Además, yo no estoy hablando de ningún hogar ni de felicidad…
TEMPLE (con un brusco tono de orden)
¡Nancy!
NANCY
… estoy hablando de los dos niños.
TEMPLE
He dicho que te calles.
NANCY
No puedo callarme. Le voy a hacer otra pregunta. ¿Lo va a hacer?
TEMPLE ¡Sí!
NANCY
Tal vez yo sea una ignorante. Me lo tiene que decir usted misma en palabras, para que yo pueda oírlo. Diga: voy a hacerlo.
TEMPLE
Ya me has oído. Voy a hacerlo.
NANCY
Con dinero o sin dinero.
TEMPLE
Con dinero o sin dinero.
Página 125
NANCY
Con hijos o sin hijos.
(Temple no responde)
Dejar a uno con un hombre que está dispuesto a creer que el niño no tiene padre, dispuesta a llevar a la otra con un hombre que no quiere saber nada de los niños…
(se miran fijamente la una a la otra)
Si puede hacerlo, puede decirlo.
TEMPLE
¡Sí! ¡Con hijos o sin hijos! Y ahora sal de aquí. Coge tu parte del dinero y sal. Toma…
Temple va rápidamente a la mesa, toma dos o tres billetes del montón y se los tiende a Nancy, que los coge. Temple recoge el resto del dinero, levanta su bolso de la mesa y lo abre. Nancy se dirige lentamente hacia el cuarto de los niños, recogiendo al pasar el biberón con leche que está sobre la mesa. Con el bolso abierto en una mano y el dinero en la otra, Temple se da cuenta de la acción de Nancy.
TEMPLE
¿Qué haces?
NANCY (andando todavía)
Este biberón se ha enfriado. Voy a calentarlo en el cuarto de baño.
Nancy se detiene y se vuelve a mirar a Temple, con algo tan extraño en la mirada que Temple, a punto de continuar guardando el dinero en el bolso, se detiene también, mirando a Nancy. Cuando Nancy habla, sucede lo mismo que en su réplica anterior: solo después comprenderemos lo que significa.
NANCY
Lo he intentado. He intentado todo lo que sé. Ya lo ve.
TEMPLE (perentoria, autoritaria)
Nancy.
Página 126
NANCY (tranquila, volviéndose)
Ya me callo.
Sale por la puerta del cuarto de los niños. Temple termina de guardar el dinero en el bolso, lo cierra y lo vuelve a dejar sobre la mesa. Luego se vuelve hacia la bolsa del bebé. La ordena, revisa rápidamente su contenido, levanta el joyero, lo mete en la bolsa y la cierra. Todo esto en unos dos minutos; acaba de cerrar la bolsa cuando Nancy sale en silencio del cuarto de los niños, sin la botella de leche, y atraviesa la habitación, deteniéndose junto a la mesa apenas el tiempo necesario para volver a dejar sobre ella el dinero que le dio Temple; luego se encamina hacia la puerta por la cual entró antes en la habitación.
TEMPLE
¿Qué pasa ahora?
(Nancy sigue avanzando hacia la otra puerta.
Temple la mira)
Nancy.
(Nancy hace una pausa, sin mirar todavía hacia atrás)
No pienses tan mal de mí.
(Nancy espera, inmóvil, sin mirar a nada. Como Temple no continúa, sigue andando hacia la puerta)
Si yo… si esto se sabe alguna vez, le diré a todo el mundo que hiciste lo que pudiste. Lo intentaste. Pero tenías razón. Ni siquiera eran las cartas. Era yo.
(Nancy sigue avanzando)
Adiós, Nancy.
(Nancy llega a la puerta)
Tú tienes llave. Aquí te dejo tu dinero, sobre la mesa. Puedes cogerlo…
Página 127
(Nancy sale)
¡Nancy!
No hay respuesta. Temple mira durante unos instantes más la puerta vacía, se encoge de hombros, da unos pasos, recoge el dinero dejado por Nancy, lo mira, se acerca al desordenado escritorio y toma un pisapapeles, regresa a la mesa y coloca el dinero debajo del pisapapeles; moviéndose ahora rápida y con determinación, recoge la manta de la mesa y va a la puerta del cuarto de los niños y sale por ella. Un segundo o dos, después grita. Las luces titilan y decrecen, apagándose rápidamente hasta la oscuridad total, sobre el grito.
La escena queda completamente a oscuras.
Página 128
ESCENA III
Lo mismo que en la escena I. Despacho del Gobernador. Las tres y nueve de la madrugada. 12 de marzo.
Las luces se encienden en la parte superior izquierda. La escena es la misma que antes, escena I, solo que ahora Gowan Stevens está sentado en la silla de detrás del escritorio, en la que antes estaba sentado el Gobernador, y que este no se halla ya en la estancia. Temple está ahora de rodillas ante el escritorio, con los brazos sobre el escritorio y el rostro hundido entre los brazos. Stevens está ahora de pie a su lado y sobre ella. Las manecillas del reloj marcan las tres y nueve minutos.
Temple no sabe que el Gobernador se ha ido y que su marido se encuentra ahora en la habitación.
TEMPLE (con el rostro oculto todavía)
Y eso es todo. Llegó la policía, y la asesina estaba aún en una silla de la cocina, en la oscuridad, diciendo: «Sí, Dios mío, yo lo hice», y después en una celda de la cárcel diciéndolo todavía…
(Stevens se inclina y le toca el brazo, como para ayudarla a levantarse. Ella se resiste, sin alzar todavía la cabeza)
Todavía no. Es mi papel estar postrada aquí hasta que su señoría o excelencia nos conceda lo que pedimos, ¿no es así? ¿O es que ya he perdido mi entrada para siempre, aunque el estado soberano me ofrezca un pañuelo sacado del bolsillo de su vestimenta elegida en votación pública?
(levanta el rostro, un tanto cegada, sin lágrimas, sin mirar todavía a la silla en la que podría ver a Gowan en vez del Gobernador, bajo todo el resplandor de la luz)
Página 129
Todavía no hay lágrimas.
STEVENS
Levántate, Temple.
Comienza a ayudarla de nuevo, pero, antes de que pueda hacerlo, ella se levanta, irguiéndose, todavía apartado el rostro del escritorio, todavía ciega; levanta el brazo casi con el ademán de una niñita a punto de llorar, pero en vez de eso simplemente resguarda sus ojos de la luz mientras sus pupilas vuelven a acostumbrarse a ella.
TEMPLE
Y cigarrillo tampoco; esta vez seguramente no llevará mucho tiempo, ya que lo único que tiene que decir es no.
(sin volver todavía la cabeza para mirar, a pesar de que ahora está hablando directamente al Gobernador, que ella todavía cree sentado tras el escritorio)
Porque no va a salvarla, ¿verdad? Porque todo esto no era por el alma de ella porque su alma no lo necesita, sino por la mía.
STEVENS (amablemente)
¿Por qué no terminar primero? Cuenta lo que queda.
Habías empezado a decir algo sobre la cárcel.
TEMPLE
La cárcel. Hicieron el entierro al día siguiente… Gowan apenas había llegado a Nueva Orleans, así que alquiló un avión para regresar aquella mañana… y, en Jefferson, todo lo que va al cementerio, o a cualquier otro lugar en realidad, pasa frente a la cárcel, directamente bajo las altas ventanas enrejadas… los calabozos y las celdas en las que los presos negros… y los jugadores de dados y los vendedores de whisky y los vagabundos y los asesinos y las asesinas también… pueden mirar abajo y disfrutar, disfrutar también con los funerales. Así. Algún blanco conocido suyo está en cárcel o en el hospital, y enseguida dices: ¡Qué horror!, no por la vergüenza o el dolor, sino por los muros, los cerrojos, y, antes de que te des cuenta, les estás enviando libros para leer, barajas, puzles para que jueguen. Pero no a los negros. Ni siquiera piensa uno en las barajas y los puzles y los libros. Y así de pronto uno descubre con una especie de
Página 130
terror que no solo han escapado a tener que leer, han escapado a tener que escapar. Así que cada vez que uno pasa por la cárcel, puede verlos… no, no a ellos, a ellos no se los ve en absoluto, solo las manos entre las rejas de las ventanas, no dando golpes o inquietas o ni siquiera sujetando, asiendo los barrotes como harían las manos blancas, sino simplemente yaciendo entre los intersticios, no solo descansando, sino incluso relajadas, ya hechas, cómodas y sin angustia, a los mangos de los arados y las hachas y los azadones, y a las fregonas y escobas y a los balancines de las cunas de la gente blanca, hasta que los mismos barrotes de acero se conforman también a ellas sin alarma y sin angustia. ¿Comprende usted?, no nudosas y retorcidas por el trabajo, sino más bien nervudas y ágiles por él, alisadas y hasta suavizadas, como si con solo el cambio de una monedita de sudor hubiesen adquirido ya ellos lo mismo por lo que los blancos han de pagar dólares por cada onza de pomada. No inmunes al trabajo, y comprometidas con el trabajo tampoco es la palabra exacta, sino confederadas con el trabajo y por tanto libres de él; en armisticio, paz: las mismas manos largas, ágiles e inmunes a la angustia, de manera que todos sus propietarios necesitan mirar hacia fuera con ellas, ver con ellas… mirar hacia fuera al exterior… los entierros, los viandantes, la gente, la libertad, la luz del sol, el aire libre… son solo las manos: no los ojos: las simples manos yaciendo allí, entre los barrotes, y mirando hacia fuera, que pueden ver la forma del arado o del azadón o del hacha antes de que llegue la luz del día; e incluso en la oscuridad, sin tener que encender la luz, pueden no solo encontrar al niño, al bebé —no su hijo, sino el suyo, el blanco—, sino también la desazón y la incomodidad… el hambre, el pañal húmedo, el imperdible abierto… y ponerles remedio. Ya ve. Si al menos pudiese yo llorar. Hubo otro, un hombre, antes de mi llegada a Jefferson, pero el tío Gavin se acordará de él. Su mujer acababa de morir —solo habían estado casados dos semanas— y él la enterró y luego trató, al principio, de andar simplemente por los caminos rurales, de noche, buscando la fatiga y el sueño, pero eso no funcionó y entonces trató de emborracharse para poder dormir, y eso no funcionó, y entonces intentó meterse en peleas y entonces le cortó el cuello a un hombre blanco en una partida de dados y por fin pudo dormir un poco; y allí lo encontró el sheriff, dormido en el suelo de madera del porche de la casa que había alquilado para su mujer, su matrimonio, su vida, su vejez. Pero eso lo despertó, y por eso aquella tarde en la cárcel de pronto se necesitaron un carcelero y el ayudante del sheriff y otros cinco presos negros solo para
Página 131
tumbarlo sobre el suelo y sujetarlo allí mientras le ponían las cadenas… tendido allí en el suelo con más de media docena de hombres jadeando para mantenerlo en el suelo, y ¿qué cree que decía? «Parece que no puedo parar de pensar. Parece que no puedo parar».
(deja de hablar, parpadeando, se restriega los ojos y luego extiende una mano a tientas hacia Stevens, que ha sacudido su pañuelo y se lo ofrece. Todavía no hay lágrimas en su rostro; tan solo coge el pañuelo y se frota con él los ojos, se da golpecitos, como si fuese una borla de polvos, hablando de nuevo)
Pero ya hemos pasado por la cárcel, ¿verdad? Ahora estamos en el tribunal. Allí fue lo mismo; el tío Gavin la había preparado, desde luego, lo cual fue fácil, pues lo único que hay que decir cuando te piden que respondas a una acusación de asesinato es: No Culpable. Si no, ni siquiera habría proceso: tendrían que salir corriendo y encontrar a otro asesino antes de dar el siguiente paso oficial. Así que le preguntaron, todo correcto y oficial entre los jueces y abogados y alguaciles y jurado y la Balanza y la Espada y la bandera y los fantasmas de Coke sobre Littleton sobre Bonaparte y Julio César y todo el resto, sin mencionar los ojos y los rostros que estaban viendo una película gratis pues para eso habían pagado impuestos, y sin escuchar nada realmente pues solo había una cosa que ella pudiese decir. Pero no la dijo: levantando la cabeza apenas lo necesario para que se la oyese naturalmente —no ruidosamente: solo naturalmente— dijo: «Culpable, Dios mío»… así, quebrando y confundiendo y dispersando y derribando dos mil años, todo el edificio del corpus juris y las reglas de evidencia que habíamos venido trabajando para que se mantuviesen por sí mismas desde César, como cuando, sin tener siquiera conciencia de sí mismo, sin saber siquiera lo que se está haciendo, se tiende la mano y se da vuelta a una lasca y se expone al aire y a la luz y a la vista el frenético y despavorido desorden de un hormiguero. Y de nuevo mueve la lasca, cuando ya ni siquiera las hormigas podían pensar que hubiera ninguna otra a su alcance: cuando finalmente le explicaron a ella que el decir que era no culpable nada tenía que ver con la verdad, sino con la ley, entonces lo dijo correctamente: No Culpable, y así pudo entonces el jurado decirle que mentía y otra vez todo volvió a ser correcto y, como todo el mundo pensaba, incluso seguro, ya que ahora no le pedirían a ella que dijese nada más. Pero estaban equivocados; el jurado dijo Culpable y el juez dijo Horca y ahora todos
Página 132
estaban cogiendo ya sus sombreros para marcharse a casa, cuando también ella levantó la lasca: el juez dijo: «Y quiera Dios tener piedad de su alma» y Nancy respondió: «Sí, Dios mío».
(se vuelve repentinamente, casi enérgicamente, hablando con tanta energía que su impulso la transporta más allá del momento, y entonces ve y reconoce a Gowan sentado donde durante todo aquel tiempo ella creía que estaba sentado el Gobernador escuchándola)
Y eso es todo, esta vez. Así que ahora nos lo puede decir. Ya sé que no va a salvarla, pero ahora puede decirlo. No será difícil. Solo una palabra…
(se detiene, interrumpiéndose, totalmente inmóvil, pero incluso ahora es la primera en recobrarse)
Dios mío.
(Gowan se levanta rápidamente. Temple se vuelve ágilmente hacia Stevens)
¿Por qué has de creer siempre en las falsas evidencias? ¿Lo necesitas? ¿Es porque lo necesitas? ¿Porque eres abogado? No, eso no es así. Perdón; yo fui la primera en empezar con trucos entre nosotros, ¿verdad?
(rápidamente: volviéndose a Gowan)
Por supuesto; no te tomaste el somnífero. Lo que quiere decir que no tenías necesidad de venir aquí a esconderte detrás de la puerta o bajo el escritorio o donde quiera que fuese que él estaba tratando de decirme que estabas escondido y escuchando, porque después de todo el gobernador de un estado del sur tiene que intentar obrar como si lamentase dejar de ser un caballero…
STEVENS (a Temple)
Basta.
GOWAN
Quizá nosotros dos comenzamos a ocultarnos demasiado tarde… unos ocho años… y no en cajones de escrito rio, sino en dos minas abandonadas, una en Siberia y la otra en el Polo Sur, tal vez.
Página 133
TEMPLE
Está bien. No quise esconderme. Lo siento.
GOWAN
No lo sientas. Descuéntalo de los intereses acumulados en ocho años.
(a Stevens)
Está bien, está bien; dime también a mí que me calle.
(sin dirigirse a nadie directamente)
En realidad, quizá sea ya hora de que yo comience a decir «lo siento» durante los próximos ocho años.
Solo necesito un momento. Ocho años de gratitud pueden ser un hábito un poco difícil de romper. Así que ahí va.
(a Temple)
Lo siento. Olvídalo.
TEMPLE
Te lo habría dicho.
GOWAN
Lo hiciste. Olvídalo. ¿Ves qué fácil es? Podías haberlo hecho tú durante ocho años: cada vez que yo dijera: «Di lo siento, por favor», todo lo que necesitabas responder era: «Ya lo he dicho. Olvídalo».
(a Stevens)
Supongo que esto es todo, ¿verdad? Ahora podemos irnos a casa.
(comienza a salir de detrás de Temple)
Espera.
(Gowan se detiene; se miran el uno al otro)
¿Adónde vas?
Página 134
GOWAN
He dicho que a casa, ¿no? A coger a Bucky y llevarlo a su cama. (se miran el uno al otro)
¿No vas a preguntarme ni siquiera dónde está ahora?
(respondiéndose a sí mismo)
Donde dejamos siempre a nuestros hijos cuando los problemas…
STEVENS (a Gowan)
Quizá ahora deba decirte que te calles.
GOWAN
Pero déjame terminar primero. Iba a decir: «Con la familia más cercana». (a Temple)
Lo llevé a casa de Maggie.
STEVENS (moviéndose)
Creo que ahora podemos irnos todos. Vamos.
GOWAN
Yo también lo creo.
(rodea el escritorio y se detiene de nuevo; a Temple) Decídete. ¿Vienes en mi coche o en el de Gavin?
STEVENS (a Gowan)
Vete tú. Puedes recoger a Bucky.
GOWAN
Bien.
(se da la vuelta y se dirige hacia la escalera por la cual entraron Temple y Stevens, pero se detiene)
Es verdad. Supongo que tengo que usar de nuevo la entrada de los espías.
Página 135
(se da la vuelta de nuevo, comienza a rodear el escritorio una vez más, se dirige a la puerta del fondo, ve los guantes y el bolso de Temple sobre el escritorio, los coge y se los tiende a ella: casi con brusquedad)
Toma. Esto es lo que se llama falsa evidencia; no los olvides.
(Temple toma el bolso y los guantes. Gowan se dirige a la puerta del fondo)
TEMPLE (tras él)
¿No has traído sombrero ni abrigo?
(él no responde. Sigue andando y sale)
Oh, Dios. Otra vez.
STEVENS (tocándole el brazo)
Vamos.
TEMPLE (sin moverse todavía)
Mañana y mañana y mañana…
STEVENS (expresando el pensamiento de ella, terminando la frase)
… estrellará nuevamente el coche contra el árbol equivocado, en el lugar equivocado, y tendrás que perdonarlo de nuevo durante los próximos ocho años, hasta que nuevamente pueda estrellar el coche en el lugar equivocado, contra el árbol equivocado…
TEMPLE
Yo también conducía. Yo conducía el coche a ratos.
STEVENS (amablemente)
Deja, entonces, que eso te consuele.
(la toma nuevamente del brazo, guiándola hacia la escalera)
Vamos. Es tarde.
TEMPLE (retrocediendo)
Espera. Él dijo: No.
STEVENS Sí.
Página 136
TEMPLE
¿Dijo por qué?
STEVENS
Sí. No puede.
TEMPLE
¿No puede? ¿El gobernador de un estado, con todo el poder legal para perdonar o por lo menos aplazar, no puede?
STEVENS
Eso es solo la ley. Si se tratara solo de la ley, yo habría podido alegar para ella locura en cualquier momento, sin necesidad de llevarte aquí a las dos de la mañana…
TEMPLE
Y también al padre; no lo olvides. No sé cómo lo hiciste. Sí, Gowan llegó aquí primero; solo fingía dormir cuando subí a Bucky y lo acosté en su cama; sí, por eso tú hablaste de la válvula floja cuando nos detuvimos en la gasolinera para cambiar la rueda: para dejar que él se nos adelantara…
STEVENS
Es verdad. Él ni siquiera estaba hablando de justicia.
Hablaba de un niño, de un niño pequeño…
TEMPLE
Eso es. Pero dilo bien: el mismo niño que, para mantener su normal y natural hogar unido, la asesina, la negra, la puta, la drogadicta no vaciló en jugar el último gambito —y quizá esta es la palabra equivocada, ¿no es así?— que conocía y tenía: su propia vida degradada y sin valor. Oh, sí, también conozco esa respuesta; también salió a relucir aquí esta noche: que un niño no deberá sufrir para venir hasta Mí. Así, el bien puede surgir del mal.
STEVENS
No solo puede, así debe ser.
TEMPLE
Página 137
Touché, entonces. Porque ¿qué clase de hogar natural y normal puede tener ese niño si su padre puede decirle en cualquier momento que no tiene padre?
STEVENS
¿No has estado tú misma respondiendo a esa pregunta todos los días durante ocho años? ¿No respondió Nancy por ti cuando te dijo que habías estado luchando, no por ti misma, sino por ese niño? No para demostrarle al padre que estaba equivocado, ni siquiera para demostrarle al hijo que el padre estaba equivocado, sino para dejar que el niño aprendiese con sus propios ojos que nada, ni siquiera eso, que pudiera entrar en esa casa podría nunca hacerle daño.
TEMPLE
Pero yo abandoné. Nancy también te dijo eso.
STEVENS
Ahora ella ya no cree eso. ¿No es eso lo que va a demostrar el viernes por la mañana?
TEMPLE
Viernes. El día negro. El día en que no se debe salir de viaje. Pero este viaje de Nancy no comenzó con la luz del día ni al amanecer o cuando quiera que sea de buena educación y cortés ahorcar a la gente, pasado mañana.
Su viaje comenzó aquella mañana hace ocho años, cuando me bajé del tren en la universidad…
(se detiene: pausa; después en voz baja)
Dios mío, también fue un viernes: aquel partido de béisbol fue un viernes…
(rápidamente)
¿Lo ves? ¿Es que no lo ves? Esto está lejos de haber terminado. Claro que no iba a salvarla. Si lo hubiera hecho, se habría terminado: Gowan podría haberme echado de casa, lo cual aún puede hacer, o yo podría echar a Gowan de casa, lo cual podría haber hecho hasta que fue demasiado tarde,
Página 138
demasiado tarde ya para siempre, o el juez podría habernos echado a los dos de casa y haber entregado a Bucky a un orfanato, y todo se habría terminado. Pero ahora puede seguir, mañana y mañana y mañana, para siempre y para siempre y para siempre.
STEVENS (amablemente trata de llevársela)
Vamos.
TEMPLE (retrocediendo)
Dime exactamente lo que dijo él. No esta noche: no ha podido ser esta noche… o lo dijo por teléfono, y entonces ni siquiera necesitábamos…
STEVENS
Lo dijo hace una semana…
TEMPLE
Sí, más o menos cuando enviaste el telegrama. ¿Qué dijo?
STEVENS (citando)
«¿Quién soy yo para tener la descarada temeridad y osadía de poner los mezquinos atributos de mi oficio en la balanza contra ese simple y recto designio? ¿Quién soy yo para abrogar y anular la compra que hizo ella con su pobre, loca, perdida e inútil vida?».
TEMPLE (salvajemente)
Y buena también… buena y mansa también. Así que ni siquiera tenía yo esperanza de salvar su vida cuando vine aquí a las dos de la mañana. Y tampoco he venido para que me dijera que él ya había decidido no salvarla. Ni si quiera para confesarme ante mi marido, sino para hacer lo ante dos desconocidos, algo que he pasado ocho años tratando de expiar para que mi marido no tuviera que saber nada. ¿No lo ves? Esto es solo sufrimiento. No sirve de nada: solo sufrimiento.
STEVENS
Has venido aquí para afirmar el propio hecho por el que mañana Nancy va a morir postulando: que los niños pequeños, mientras sean niños pequeños, deben permanecer intactos, sin angustia, sin quebranto, sin temor.
Página 139
TEMPLE (quedamente)
Está bien. Así lo he hecho. ¿Podemos irnos ahora a casa?
STEVENS
Sí.
Ella se da la vuelta y se dirige a la escalera, con Stevens a su lado. Cuando llega al primer escalón, vacila, parece tropezar ligeramente, como una sonámbula. Stevens la sostiene, pero ella libra inmediatamente su brazo y comienza a bajar.
TEMPLE (en el primer escalón: sin dirigirse a nadie, todavía con ese aire sonámbulo)
Para salvar mi alma… si es que tengo un alma. Si es que existe un Dios para salvarla… un Dios que la quiera…
Telón
Página 140
ACTO III
La cárcel
(Ni siquiera ahora renunciando por completo…)
Así, aunque en un sentido la cárcel era a la vez más antigua y menos antigua que el tribunal, en la realidad, en el tiempo, en la experiencia y en el recuerdo, era incluso más antigua que la ciudad misma. Pues no hubo ciudad hasta que no hubo tribunal, ni tribunal hasta que (como una criatura inconsciente y sin destetar arrancada con violencia de la ubre materna) el cobertizo conejera con suelo de tierra que albergaba el cofre de hierro fue descuajado del flanco de troncos de la cárcel y metamorfoseado en un edificio semi-neo-griego-georgiano-inglés plantado en el centro de lo que sería con el tiempo la Plaza de la ciudad (a resultas de lo cual la ciudad misma se trasladó toda una manzana al sur, o más bien, no siendo entonces todavía ciudad, el tribunal mismo fue el catalizador: un mero ensanchamiento polvoriento de la senda, camino, sendero en un bosque de robles y fresnos y pacanas y sicómoros y floridas catalpas y cornejos y árboles de Judas y caquis y ciruelos silvestres, teniendo a un lado la vieja taberna y cochera de Alec Holston y un poco más allá el puesto de intercambio-almacén de Ratcliffe y la herrería, y diagonal a ellas, en face y solitaria tras el polvo, la cárcel de troncos; trasladada —la ciudad— completa e intacta, una manzana hacia el sur, de modo que ahora, un siglo y cuarto después, la cochera y el almacén de Ratcliffe habían desaparecido y la vieja taberna de Alec y la herrería se habían convertido en un hotel y un garaje, frente a una calle principal bastante auténtica, pero todavía una calle lateral de negocios, y la cárcel frente a ellas, aunque transformada ahora en dos pisos de ladrillo georgiano por mano [o al menos por billetera] de Sartoris y Sutpen y Louis Grenier, que ya no daba ni siquiera a una calle secundaria sino a un callejón).
Página 141
Y así, siendo más antigua que todo lo demás, lo había visto todo: la mutación y el cambio: y, en este sentido, los había registrado (de hecho, como habría dicho Gavin Stevens, el abogado y el Cincinato aficionado del condado, si uno quisiera examinar en continuidad no rota —eso es, superpuesta— la historia de una comunidad, no ha de mirar en los registros eclesiásticos ni en los archivos del tribunal, sino por debajo de los sucesivos estratos de cal, creosota y yeso en los muros de la cárcel, ya que solo en esa encarcelación forzosa puede encontrar el hombre el ocio en que componer, en los burdos y simples términos de sus burdos y simples deseos y anhelos, las burdas y simples recapitulaciones de su burdo y simple corazón); invisible e incrustado, no solo más allá del anual enjalbegamiento con yeso y creosote de celdas y dependencias comunes, sino también sobre los ciegos muros exteriores, primero los sencillos de troncos y barro y luego los de simétricos ladrillos, no solo los ripios garabateados, analfabetos, repetitivos e inimaginativos y los dibujos sexuales, sin perspectiva y casi prehistóricos, sino las imágenes, el panorama no solo de la ciudad, sino de sus días y sus años hasta que cumplió más de un siglo, llenos no solo de su mutación y cambio desde lugar de paso: a comunidad: a poblado: a pueblo: a ciudad, sino de las formas y movimientos, los gestos de la pasión y la esperanza y el trabajo y la resistencia, de hombres y mujeres y niños en sus sucesivas, superpuestas generaciones mucho después de que los sujetos que reflejaran las imágenes hubieran desaparecido, reemplazados una y otra vez, como cuando uno está digamos solo en una habitación oscura y vacía y uno cree, hipnotizado por el vasto peso del increíble y duradero Fue humano, que acaso con volver la cabeza se pueda ver con el rabillo del ojo el girar de un miembro en movimiento… un viso de crinolina, un puño de encaje, quizá incluso un penacho de caballero… ¿quién sabe?, con que haya suficiente voluntad, tal vez hasta el rostro mismo trescientos años después de haberse convertido en polvo… los ojos, dos congeladas lágrimas henchidas de arrogancia y orgullo y hartura y conocimiento de la angustia y presentimiento de la muerte, diciendo no a la muerte a través de doce generaciones, formulando todavía las mismas preguntas sin respuesta tres siglos después de que aquellos que reflexionaron sobre ellas aprendieron que la respuesta no importaba o —mejor aún— olvidaron la pregunta… en las profundidades sombrías e insondables y oníricas de un espejo antiguo en el que se han mirado demasiado tiempo.
Pero no en la sombra, este no, este espejo, estos troncos: acuclillado bajo el pleno fulgor del claro picado de tocones durante aquellos primeros veranos,
Página 142
solitario en su lado del polvoriento ensanchamiento marcado por una rueda ocasional pero sobre todo por huellas de caballos y de hombres: el pony exprés privado de Pettigrew hasta que fue reemplazado por una diligencia mensual desde Memphis, el caballo de carreras que Jason Compson le dio a Ikkemotubbe, hijo de la vieja Mohataha y último jefe chickasaw en ejercicio en aquella región, a cambio de un cuadrado de tierra tan grande que, como reveló la primera inspección oficial, el nuevo tribunal habría sido una dependencia más de Compson si la corporación municipal no hubiese comprado el terreno suficiente (al precio impuesto por Compson) para evitar ser intrusos en su tierra, y la yegua ensillada que cargaba el gastado maletín negro del doctor Habersham (y que tiró de su calesa cuando el doctor Habersham se volvió demasiado viejo y rígido para subirse a la silla), y las mulas que tiraron de la carreta en la que, sentada en una mecedora, bajo un parasol francés sostenido por una niña negra esclava, la vieja Mohataha acudía los sábados al pueblo (y acudió aquella última vez para poner una X mayúscula en el papel que ratificaba la desposesión de su pueblo para siempre, también entonces en la carreta, descalza como siempre, pero vestida con el traje de seda púrpura que su hijo Ikkemotubbe le trajo de Francia y con un sombrero coronado con el penacho de colores reales de una reina, todavía bajo el parasol sostenido por la esclava y con otra niña esclava acuclillada a su otro lado portando las zapatillas encostradas en las que nunca pudo meter los pies, y en la trasera de la carreta el insignificante resto de los despojos estilo Imperio que trajo su hijo y que eran lo bastante pequeños como para trasladarlos; saliendo por última vez de los bosques al polvoriento ensanchamiento frente al almacén de Ratcliffe, en donde el agente federal de tierras y su alguacil la esperaban con el papel, paró las mulas y permaneció sentada un rato, los jóvenes de su cortejo serenamente acuclillados en silencio en torno a la carreta detenida después de la caminata de trece kilómetros, mientras que desde el porche del almacén y desde la taberna de Holston, el poblado —los Ratcliffe y los Compson y los Peabody y los Pettigrew [no Grenier, ni Holston, ni Habersham, porque Louis Grenier se negó a ver aquello, y por la misma razón el viejo Alec Holston se sentó solo en aquella cálida tarde ante el humeante leño de la chimenea de su bar, y el doctor Habersham había muerto y su hijo se había marchado ya al oeste con su nueva esposa, nieta de Mohataha, y con su suegro Ikkemotubbe, hijo de Mohataha]— miraba, observaba: el rostro inescrutable, arrugado y sin edad, el gordo cuerpo sin forma cubierto con las ropas desechadas de una reina francesa, que en ella parecían el vestido dominical de la madama de un rico
Página 143
burdel de Natchez o Nueva Orleans, sentada en lo alto de una estropeada carreta dentro del círculo acuclillado de sus tropas domésticas, sus jóvenes vestidos con las ropas dominicales para viajar: y entonces dijo: «¿Dónde está ese territorio indio?». Y ellos le dijeron: al oeste. «Volved las mulas hacia el oeste», dijo ella, y alguien lo hizo, y ella tomó la pluma del agente y trazó su X sobre el papel y devolvió la pluma, y la carreta se puso en marcha, los jóvenes se levantaron también, y así desapareció ella en aquella tarde de verano entre el majestuoso e infinitesimal rechinar y lento paso de las ruedas sin engrasar, inmóvil bajo el rígido parasol, grotesca y regia, extravagante y moribunda, como el yo de la obsolescencia saliendo de escena en su propio obsoleto catafalco, sin mirar atrás ni una vez, sin mirar atrás ni una sola vez a su hogar).
Pero, por encima de todo, las huellas de los hombres —los ajustados zapatos que el doctor Habersham y Louis Grenier habían traído de la costa del Atlántico, las botas de caballería con que Alec Holston cabalgaba tras Francis Marion—, y en más miríadas casi que las hojas, sobrepasando en número a las demás juntas— los mocasines, las sandalias de piel de venado del bosque, llevadas no por indios, sino por hombres blancos, los pioneros, los cazadores de largas distancias, como si no solamente hubiesen vencido a la tierra salvaje, sino que además se hubieran metido en el calzado de aquellos a quienes habían desposeído (lo cual es muy apropiado, pues fue gracias a sus pies y sus piernas que el hombre blanco conquistó América; la úes cerradas y abiertas de sus caballos y su ganado superponiéndose siempre a sus propias huellas, meramente consolidando su victoria); los observaba (la cárcel) a todos ellos, hombres rojos y blancos y negros: los pioneros, los cazadores, los hombres de los bosques con fusil, que dejaban las mismas breves, rápidas, silenciosas, zambas huellas casi sin talones que los hombres rojos a los que desposeían y que en realidad desposeyeron a los hombres rojos por esa razón: no por el estriado cañón, sino porque podían entrar en el hábitat del hombre rojo y dejar las mismas pisadas que él dejaba; el granjero que dejaba profundas huellas con los duros tacones de sus botas por el peso que llevaba en sus hombros: hacha y sierra y mango de arado, que desposeyeron al hombre del bosque por la razón opuesta: porque con su sierra y su hacha simplemente quitaban, obliteraban el hábitat en el que el hombre del bosque podía existir; luego los especuladores de tierras y los traficantes de esclavos y whisky que siguieron al granjero, y los políticos que siguieron a los especuladores de tierras, marcando más y más profundamente el polvo de aquel polvoriento ensanchamiento, hasta que finalmente no quedó allí
Página 144
ninguna huella chickasaw: observándolos (la cárcel) a todos ellos, desde los primeros y cándidos días en que el doctor Habersham y su hijo y Alec Holston y Louis Grenier fueron primero huéspedes y después amigos del clan chickasaw de Ikkemotubbe; luego un agente de indios y una oficina de tierras y un puesto de intercambio, y repentinamente Ikkemotubbe y sus chickasaws eran huéspedes sin ser amigos del Gobierno federal; después Ratcliffe, y el punto de intercambio dejó de ser simplemente un puesto de intercambio indio, aunque los indios aún eran bienvenidos, por supuesto (ya que, al fin y al cabo, poseían la tierra o en todo caso llegaron primero y la reclamaban como suya), luego Compson con su caballo de carreras y poco después Compson comenzó a adueñarse de las cuentas de tabaco y percal y pantalones de dril y ollas que tenían los indios en los libros de Ratcliffe (con el tiempo se adueñaría también de los libros de Ratcliffe) y un día Ikkemotubbe fue dueño del caballo de carreras y Compson fue dueño de la tierra misma, parte de la cual los padres de la ciudad tuvieron que comprarle al precio que él quiso a fin de fundar una ciudad; y Pettigrew con su correo trisemanal, y luego una diligencia mensual y los nuevos rostros llegando tan deprisa que el viejo Alec Holston, artrítico e irascible, encorvado como un oso malhumorado ante su humeante hogar incluso en el calor del verano (solo él sabía ahora de aquellos tres del principio, pues el viejo Grenier ya no iba al poblado, el viejo doctor Habersham había muerto y el hijo del viejo doctor, en opinión del poblado, se había vuelto indio y renegado antes de cumplir doce o catorce años), ya no hacía ningún esfuerzo por, ni quería, asociarles nombres, y ya nadie hacía ningún esfuerzo, ni deseaba hacerlo, por asociar nombres a esos nuevos rostros; y ahora de hecho la última huella de mocasín había desaparecido del polvoriento ensanchamiento, la última huella zamba, sin talón, ligera, suave, rápida, de larga zancada, señalando al oeste por un instante, borrada luego de la vista y la memoria del hombre por un pesado tacón de cuero atareado no con el tráfico de la resistencia y la fuerza de voluntad y la supervivencia, sino con el dinero… llevándose con ella (la huella) no solo los mocasines, sino las polainas de piel de venado y los chalecos, pues los chickasaws de Ikkemotubbe vestían ahora pantalones de mezclilla y zapatos hechos en fábricas del este y vendidos a crédito en el almacén general de Ratcliffe y Compson, entraban a pie en el poblado los sábados del hombre blanco, con los incongruentes zapatos cuidadosamente envueltos en los pantalones bajo el brazo, y se detenían en el puente sobre el arroyo de Compson el tiempo necesario para lavarse las piernas y los pies antes de ponerse pantalones y zapatos, y después iban a quedarse en cuclillas todo el día en el porche del
Página 145
almacén comiendo queso y galletas y pastillas de menta (compradas también a crédito en el aparador de Compson y Ratcliffe) y ahora no solo ellos, sino también Habersham y Holston y Grenier permanecían allí tolerados a regañadientes, anacrónicos e incongruentes, todavía no una molestia sino una mera incomodidad.
Y después se marcharon; y la cárcel lo presenció: la carreta detenida sin engrasar y sin pintar, la pareja de mulas malnutridas uncidas a ella con pedazos de arneses del este suplementados con correas de piel de venado sin curtir, los nueve jóvenes —los salvajes, indómitos y orgullosos, que incluso en la memoria de su propia generación habían sido libres y, en la de sus padres, herederos de reyes— acuclillados alrededor, esperando, quietos y compuestos, ni siquiera vestidos ya con las antiguas pieles de ciervo de su libertad, ablandadas por el bosque, sino con las galas formales de los inexplicables y ritualistas días festivos del hombre blanco: pantalones de velarte y camisas blancas con pecheras almidonadas (porque ahora estaban de viaje; serían visibles para el mundo exterior, para los extraños…, y llevando bajo el brazo los zapatos manufacturados en Nueva Inglaterra, pues la distancia sería larga y era mejor caminar descalzo), las camisas sin cuello ni corbata, es cierto, y con los faldones por fuera del pantalón, pero aún rígidas como tablas, relucientes, prístinas, y en la mecedora sobre la carreta, bajo el parasol sostenido por la esclava, la gorda e informe vieja matriarca vestida con la regia y sudada seda púrpura y su sombrero emplumado, descalza también, por supuesto, pero, al ser una reina, con otra esclava que le llevaba las sandalias, poniendo su cruz sobre el papel y partiendo luego, desapareciendo lenta y majestuosamente entre el lento y majestuoso rechinar y crujir de la carreta sin engrasar… aparentemente y solo aparentemente, pues en realidad fue como si, en lugar de poner una cruz de tinta al pie de una hoja de papel, hubiese encendido la mecha de una mina colocada bajo una presa, un dique, una barrera ya bajo presión, hinchada, abombada, la cual no solo dominara desde lo alto toda la región sino que se inclinara, amenazante, en inminente colapso, de tal manera que solo requería el mero y leve contacto de la pluma con aquella mano morena y analfabeta, y la carreta no desapareció lenta y majestuosamente de la escena al majestuoso son de sus ruedas sin engrasar, sino que fue barrida, lanzada, arrojada no solamente fuera del condado de Yoknapatawpha y de Misisipi, sino de Estados Unidos, inmóvil e intacta —la carreta, las mulas, la vieja india rígida e informe y las nueve cabezas que la rodeaban— como una boya o un fragmento de escenario velozmente arrastrado entre los bastidores, a través del telón de fondo y en
Página 146
mitad del ajetreo de los tramoyistas que preparaban la próxima escena y acto antes siquiera de que el telón tuviera tiempo de caer.
No había tiempo; el siguiente acto y escena despejaron por sí mismos su propio escenario sin esperar a los tramoyistas; o más bien sin ni siquiera molestarse en despejar el escenario sino comenzando el nuevo acto y escena en medio de los fantasmas mismos, de los borrosos espectros de aquella antigua época que había quedado agotada, desgastada, para no volver nunca más: como si la mera y simple, ordenada y ordinaria sucesión de los días no fuese suficientemente grande, no tuviese suficiente amplitud, de manera que semanas y meses y años tuvieran que condensarse y combinarse en una sola explosión, en un brotar, en un mudo rugido lleno de una sola palabra: pueblo: ciudad: de un nombre: Jefferson; las bocas de los hombres y sus rostros incrédulos (rostros a los que desde hace mucho el viejo Alec Holston dejó de tratar de poner nombres o, por lo menos, de reconocer) se llenaron de ella; esto fue apenas ayer, y al día siguiente la vasta, refulgente embestida y el rugir habían trasladado la ciudad entera una manzana hacia el sur, dejando en el remanso sin mareas de una apartada calle la vieja cárcel que, como el espejo antiguo, había visto ya demasiado durante demasiado tiempo, o como el patriarca que, decretase o no la conversión de la cabaña de troncos y barro en una mansión, al menos la había previsto, está no solo contento ahora sino que prefiere la vieja silla en el porche de atrás, libre del susurro de los planos y del alboroto de las discusiones entre arquitectos en el ya desmantelado salón.
A ella (a la vieja cárcel) no le importó aquello: sin mareas en aquella recesión de aguas, aislada por el espacio de una manzana urbana del bullicioso nacimiento de una ciudad, los muros de troncos y barro aprisionando todavía los despojos de una época más antigua en su también rápida fuga: un ocasional esclavo fugitivo o un indio borracho o un heredero de pacotilla de la antigua tradición de Mason o Hare o Harpe (matando el tiempo hasta que, concluido el tribunal, también fuese edificada en ladrillo la cárcel, pero, a diferencia del tribunal, apenas una capa de ladrillo, los antiguos troncos unidos con barro del piso de abajo aún intactos tras la funda estampada y simétrica); ya ni siquiera observando, meramente consciente, recordando: apenas ayer era una institución no oficial en tierra salvaje, un almacén, una herrería, y hoy no era ya un pueblo, una ciudad, sino el pueblo y la ciudad: nombrados; no un tribunal, sino el tribunal, elevándose y brotando como el chorro fijo de un cohete, todavía sin terminar pero ya amenazantes, faro, foco
Página 147
y estrella polar, más grandes que cualquier otra cosa, separados de la rápidamente declinante naturaleza… no es que la naturaleza salvaje retrocediera ante los ricos y arables campos como retrocede la marea, sino más bien que los campos mismos, ricos e inagotables bajo el arado, se levantaban hacia el sol y hacia el aire por sobre de los pantanos y las ciénagas, ellos mismos aplastando hacia atrás y hacia abajo soto y matorral, marisma y ribera y bosque, junto con los habitantes ya sin cobertura —los salvajes y los animales— que en otros tiempos los habitaban sin desear ni soñar ni imaginar otra cosa…; estrella guía y polo, atrayendo a la gente… los hombres y las mujeres y los niños, las doncellas, las muchachas casaderas y los muchachos, fluyendo, acudiendo en muchedumbres con sus herramientas y bienes y ganado y esclavos y monedas de oro, a la zaga de yuntas de bueyes o de mulas, por barco desde el Misisipi hasta el viejo río de Ikkemotubbe; apenas ayer el pony exprés de Pettigrew había sido desplazado por una diligencia, pero ya se hablaba de un ferrocarril a menos de ciento sesenta kilómetros al norte que iría de Memphis al océano Atlántico.
Y ahora iba deprisa: apenas siete años, y no solo se terminó el tribunal, sino también la cárcel: desde luego no una cárcel nueva, sino la vieja recubierta de ladrillo, de dos pisos, con blancas y simétricas ventanas enrejadas: únicamente su fachada construida así, pues tras el revestimiento aún perduraban los viejos huesos inextirpables, los viejos recuerdos inextirpables: los viejos troncos emparedados, intactos y sin luz bajo las simétricas hiladas de ladrillos y el yeso del revoque inmunes ahora incluso a tener que mirar, ver, observar esa nueva era que en unos pocos años ni siquiera recordaría que los viejos troncos estaban ahí, tras los ladrillos, o que habían existido alguna vez; una era de la que había desaparecido el indio borracho, dejando solo al salteador de caminos que había confiado su libertad a la suerte y al negro fugitivo que no teniendo libertad que jugarse había apostado su mero hábitat; así de rápido, así de veloz: el indómito arquitecto parisino de Sutpen había partido hacía mucho tiempo, regresado (esperaba uno) a dondequiera que tratara de regresar en aquella abortada tentativa nocturna cuando fue capturado y apresado en el pantano, no (como entonces supo la ciudad) por Sutpen y el capataz de los indios salvajes del oeste de Sutpen y por los perros cazadores de osos de Sutpen, y ni siquiera por el destino de Sutpen ni tampoco por el suyo (el del arquitecto), sino por el de la ciudad: el largo brazo invencible del Progreso mismo extendiéndose en aquel pantano de medianoche para arrancarlo del aullante círculo de perros y de negros desnudos y antorchas de pino y estampando con él la ciudad como con un
Página 148
sello de caucho y liberándolo luego, no desechado como un tubo de pintura exprimido, sino más bien (aún distraída) apenas abriendo los dedos, su mano; estampando su impronta (del arquitecto) no solo en el tribunal y la cárcel, sino sobre todo en el pueblo, en el flujo y reguero de sus ladrillos ya para siempre incontenible, sus modales, sus hornos que construyeron las dos iglesias y después esa Academia Femenina cuyos certificados tendrían para una jovencita del norte de Misisipi o del oeste de Tennessee el mismo significado místico que una invitación del castillo de Windsor firmada por la reina Victoria para una joven de Long Island o Filadelfia.
Tan deprisa ahora: llegó el mañana, y el ferrocarril corrió sin interrupción de Memphis a Carolina, las locomotoras de ruedas ligeras, de bulbosas chimeneas y calderas llenas de madera chillando entre los pantanos y cañaverales donde oso y puma aún acechaban, y a través de los abiertos bosques donde los ciervos que pastaban aún vagaban en pálidas manadas como humaredas sin viento: porque ellos —los animales salvajes, las bestias
— permanecieron, salieron adelante, perdurarían; un día, y después huirían, moviéndose pesadamente, escabulléndose a través de los claros ya invadidos y abandonados por las sombras en forma de halcón de los aviones correo; ellos perdurarían, solo los salvajes se habían marchado; mañana, de hecho, y habría en Jefferson hombres hechos y derechos que ni siquiera podrían recordar a un indio borracho en la cárcel; otro mañana —tan rápido, tan raudo, tan veloz— y ya ni siquiera un salteador de caminos de la vieja calaña auténtica y sanguinaria en la tradición de Hare y Mason y los locos Harpe; incluso Murrel, su triple heredero y su apoteosis, que había tomado su herencia de simple rapacidad y sanguinaria concupiscencia para convertirla en un sangriento sueño de imperio criminal, ya no estaba, había concluido, tan obsoleto como Alejandro, puesto en jaque y desposeído ni siquiera por el hombre, sino por el Progreso, por un impenetrable frente de moralidad de clase media, que le negaba incluso la dignidad de ejecutarlo como a un felón, marcándolo en cambio simplemente en la mano como a un ratero de la época isabelina… hasta que todo lo que para la cárcel quedó de los días de antaño por encarcelar fue el esclavo fugitivo, por una horita más, un breve minuto aún mientras el tiempo, la tierra, la nación, el planeta americano giraban más y más deprisa hacia el precipitado despeñadero de su destino.
Tan deprisa, tan velozmente: una mercancía ahora en la tierra que hasta ahora
había comerciado principalmente con indios: más tarde con acres,
propiedades y lindes…: una economía: el Algodón: un rey: omnipotente y
Página 149
omnipresente: un destino del cual (obvio ahora) el arado y el hacha fueron meros instrumentos; no hacha y arado los que borraran el erial, sino el Algodón: triviales glóbulos de Movimiento sin peso y en miríadas aun en la mano de un niño incapaz de meter la baqueta en un mosquete, no digamos de cargarlo, pero lo bastante potentes como para arrancar las mismas raíces del roble y la pacana y el liquidámbar, dejando que las copas que daban sombra a acres enteros se marchitaran y desaparecieran en una sola estación bajo su feroz mirada monetaria no el rifle ni el arado arrinconaron finalmente al oso y al venado y al puma en el último fuerte del bosque, que eran las riberas profundas, sino el Algodón; no la encumbrada cúpula del tribunal que atraía gente a la comarca, sino esa misma blanca marea que los barría: esa tierna nata que cubría la oscura tierra invernal, germinando durante la primavera y el verano hasta la blanca espuma de septiembre rompiendo contra los flancos de las desmotadoras y los almacenes y repicando como campanas sobre los marmóreos mostradores de los bancos: alterando no solamente la faz de la tierra, sino también el carácter de la ciudad, creando su propia aristocracia parasitaria no solo detrás de las columnas de los pórticos y las casas de las plantaciones, sino en los escritorios de mercaderes y banqueros y en los sanctasanctórums de los abogados, y no solo en estos, sino finalmente en el nadir completo: también en las oficinas del condado: del sheriff y del recaudador de impuestos y del alguacil y del carcelero y del escribiente; haciendo de la noche a la mañana con la vieja cárcel lo que el arquitecto de Sutpen, con todos sus ladrillos y hierro fundido, no fue capaz de realizar: la vieja cárcel que había sido inevitable, una necesidad como un retrete público, y que, como el retrete público, no era ignorada sino simplemente, por consenso general, no vista, no mirada, no nombrada según su objetivo y propósito, pero que no obstante continuaba siendo para las más viejas gentes del pueblo, a despecho de la fachada del arquitecto de Sutpen, la vieja cárcel, traducida ahora a un número entero, un peón móvil en el tablero político del condado como la estrella del sheriff o la banda del secretario o el bastón de mando del alguacil; convertida ahora desde luego, elevada (una apoteosis) tres metros por encima del nivel de la ciudad, de manera que los viejos y sepultados muros de troncos contenían ahora la vivienda de la familia del carcelero y la cocina desde la cual su esposa proveía, a tanto la comida, a los presos de la ciudad y del condado —beneficio obtenido no por el trabajo o la capacidad de trabajo, sino por la lealtad política y por el número de electores emparentados por sangre y alianza—, un carcelero o celador, también él primo de alguien y con suficientes primos y parientes políticos propios para
Página 150
asegurar la elección del sheriff o del secretario del tribunal de equidad o del secretario judicial —un granjero fracasado que en modo alguno era víctima de su tiempo, sino, por el contrario, su amo, ya que su heredada e inevitable incapacidad para mantener a su familia por sus propios esfuerzos lo igualaba a su época y a una tierra en las que el gobierno se basaba en la productiva premisa de ser esencialmente un asilo para la ineptitud y la indigencia, pues el fracaso en los negocios privados de sus parientes o de los de su esposa, a los que de otra manera tendría uno que mantener— hasta tal punto dueño de su propio destino, que, en una tierra y época en que la supervivencia de un hombre depende no solo de su habilidad para abrir un surco recto y derribar un árbol sin mutilarse o aniquilarse, ese destino le había deparado un hijo: una endeble niña anémica con estrechas manos inútiles que carecían hasta de la fuerza para ordeñar una vaca, y coronó su propio vencimiento y eterna sujeción con la paradoja de darle como patronímico el nombre de la vocación en la que iba a fracasar: Farmer, «granjero»; este fue el beneficiario, el celador, el carcelero; los viejos y resistentes troncos que habían conocido a los chickasaws borrachos de Ikkemotubbe y a los vociferantes braceros y tramperos y marineros de agua dulce (y —en aquella corta noche de verano— «a los cuatro salteadores», uno de los cuales pudo ser el asesino Wiley Harpe) eran ahora la pérgola que enmarcaba una ventana en la que fantaseaba hora tras hora y día y mes y año la endeble muchacha rubia no solo incapaz de (o por lo menos dispensada de) ayudar a su madre a hacer la comida, sino incluso de secar los platos después de que su madre (o su padre tal vez) los hubiera lavado…, fantaseando, ni siquiera esperando algo o a alguien, hasta donde el pueblo sabía, ni siquiera pensativa, hasta donde el pueblo sabía: tan solo fantaseando bajo sus rubios cabellos en la ventana que se abría sobre la calle de la ciudad rural, día tras día y mes tras mes —tal como lo recordaba el pueblo—, año tras año durante quizá tres o cuatro, inscribiendo en algún momento la frágil e indeleble firma de su meditación en uno de sus cristales (de la ventana): su endeble e inútil nombre, rayado con un anillo de diamante por su endeble e inútil mano, y la fecha: Cecilia Farmer, 16 de abril de 1861.
Momento en el cual el destino de la tierra, de la nación, del sur, del estado, del condado estaba ya girando en la caída al precipicio, sin que el estado ni el sur lo supiesen, pues los primeros segundos de la caída parecen siempre una ascensión: una leve deliberación preliminar al precipitarse, no hacia abajo, sino hacia arriba, revertido durante aquel segundo, por transubstanciación, el cuerpo que cae en una erupción de la tierra; una ascensión, un ápice, la propia apoteosis del destino y orgullo del sur, no los últimos en ella Misisipi y el
Página 151
condado de Yoknapatawpha, Misisipi entre los primeros once que ratificaron la secesión, el regimiento de infantería que John Sartoris levantó y organizó con cuartel general en Jefferson, yendo a Virginia con el número Dos en la jerarquía de los regimientos de Misisipi, la cárcel mirando todo esto mediante su mera consciencia desde una manzana de distancia: aquel mediodía, el regimiento ni siquiera un regimiento aún sino apenas una voluntaria asociación de hombres no seleccionados que se sabían ignorantes y esperaban ser valientes, los cuatro lados de la Plaza con sus padres o abuelos y sus madres y esposas y hermanas y novias alineados, el único uniforme presente allí todavía el que vestía Sartoris con su sable virgen y sus prístinos galones de coronel en el balcón del tribunal, desnuda la cabeza mientras el ministro anabaptista oraba y el oficial de reclutamiento de Richmond tomaba juramento al regimiento; y luego (el regimiento) se fue; y ahora no solo la cárcel, sino también la ciudad fluctuó inmóvil en un embalse sin mareas: el cuerpo en caída avanzó entonces lo suficiente en el espacio para perder todo sentido de movimiento, liviano e inmóvil bajo la ligera presión del aire invisible, desaparecida ahora toda mengua del borde del precipicio, todo incremento de la vasta tierra inalterable: una ciudad de hombres viejos y mujeres y niños y algún ocasional soldado herido (el propio John Sartoris, destituido de su cargo de coronel por una elección regimental después de la segunda batalla de Manassas, regresó a su casa e inspeccionó la siembra y recolección de una cosecha en su plantación antes de aburrirse y congregar una pequeña patrulla de caballería irregular que llevó a Tennessee para unirse con Forrest), estática en quo, rumores y murmullos de guerra le llegaban solo de una grande e increíble distancia onírica, como remoto trueno de verano: hasta que la primavera del 64, la antes vasta, fija, impalpable, lisa y no amenazante tierra ahora un omnívoro rugido de roca (un rugido tan vasto y tan vomitante, lanzado delante de sí mismo como la espuma sobre el Maelstrom, el preliminar anestésico del golpe para que la agonía del hueso y la carne ni siquiera se sienta, para así contener y barrer consigo el comienzo, la primera y efímera fase, de esta historia, permitiendo que bulla por un instante en la superficie como un trocito de madera o una ramita —una cerilla o una burbuja, digamos, demasiado ingrávida como para ofrecer ninguna resistencia y que la destrucción obre contra ella: en este caso, una burbuja, un diminuto glóbulo que era su propia impunidad, pues lo que aquella —la burbuja— contenía, no perteneciendo a lo racional y desdeñoso de los hechos, era inmune incluso a la racionalidad de la roca)— una súbita batalla centrada en torno a la casa de la plantación del coronel Sartoris seis kilómetros y
Página 152
medio al norte, la línea de un arroyo mantenida el tiempo suficiente por el cuerpo principal de los confederados para pasar a través de Jefferson a una línea más fuerte en la parte alta del río al sur de la ciudad, una acción de retaguardia de la caballería en las calles de la ciudad misma (y esta fue la historia, su comienzo, toda ella también, según debió de pensar la ciudad para justificarse, suponiendo que habían tenido tiempo para ver, advertir, observar y luego recordar incluso tan poco) —el traqueteo y la explosión de las pistolas, los cascos de los caballos, el polvo, el precipitarse y escabullirse de un puñado de jinetes mandados por un teniente, calle arriba y frente a la cárcel, y ellos dos— la endeble e inútil muchacha fantaseando en la rubia neblina de sus cabellos junto al cristal de la ventana en el que tres o cuatro (o los que fueran) años atrás había inscrito con el anillo de diamante de su abuela su paradójico e insignificante nombre (y donde, según le parecía a la ciudad, había estado desde entonces), y el soldado flaco y harapiento, sucio por la batalla y huyendo invicto, se miraron el uno al otro en aquel momento a través de la furia y la confusión de la batalla.
Y después desaparecieron; aquella noche la ciudad fue ocupada por las tropas federales; dos noches después, estaba en llamas (la Plaza, los almacenes y tiendas y las oficinas profesionales), destripada (el tribunal también), los ennegrecidos y mellados muros de ladrillo sin techo encerrando como una mandíbula estropeada la ennegrecida carcasa del tribunal entre sus dos filas de decapitadas columnas, las cuales (las columnas) solo estaban ahumadas y manchadas, por ser más resistentes que el fuego: pero no la cárcel, que escapó, intacta, aislada del fuego por su remanso sin viento o acaso cauterizada por el fuego contra la furia y la confusión, el largo rugido de la omnívora roca asaltante extinguiéndose hacia el este con el decreciente tumulto de la batalla: y, en efecto, se anticipó un año a Appomattox (solo las mujeres invictas e invencibles, vulnerables solo a la muerte, resistieron, perduraron, irreconciliables); ya, antes de que hubiese un nombre para ellos (ya su prototipo antes siquiera de que existiesen como especie), aparecieron los políticos oportunistas en Jefferson: un hombre procedente de Misuri llamado Redmond, un especulador en algodón y aprovisionamientos de intendencia, que había seguido en el 61 al ejército del norte hasta Memphis y (nadie sabía exactamente cómo o por qué) había estado con (o al menos al lado de) la casa militar del brigadier que comandaba la fuerza que ocupó Jefferson, él mismo —Redmond— ya sin ir más lejos, deteniéndose, quedándose, nadie supo el porqué de eso tampoco, por qué eligió Jefferson, por qué seleccionó aquel ajeno lugar destripado por el fuego (él mismo uno, o
Página 153
por lo menos socio, de los que habían encendido la cerilla) como su futuro hogar: y un soldado alemán, un herrero, desertor de un regimiento de Pensilvania, que apareció en el verano del 61 a lomos de una mula trayendo (así decía más tarde la historia, cuando su familia de hijas se convirtieron en matriarcas y abuelas de la nueva aristocracia de la ciudad) como albarda hojas y hojas de vírgenes billetes de banco de Estados Unidos aún sin cortar: de esta manera Jefferson y el condado de Yoknapatawpha subieron el Gólgota y fueron más allá de Appomattox con un año de anticipación, con soldados de regreso a la ciudad, no solo los heridos en la batalla de Jefferson, sino también hombres enteros; no solo los licenciados de Forrest en Alabama y de Johnston en Georgia y de Lee en Virginia, sino también los rezagados, los ilesos despojos y desechos de aquella única batalla que ahora cerraba su final lazo constrictor desde Old Point Comfort, en el océano Atlántico, hasta Richmond: hasta Chattanooga: hasta Atlanta: hasta de nuevo el océano Atlántico en Charleston, los cuales no eran desertores, pero no podían reincorporarse a ninguna intacta unidad confederada por la razón de que había ejércitos enemigos de por medio, de modo que en el casi apagado crepúsculo de aquella tierra no se oyó el toque de difuntos de Appomattox; cuando en la primavera y a comienzos del verano del 65, los soldados oficial y formalmente puestos en libertad bajo palabra y licenciados comenzaron a regresar gota a gota al condado, hubo un anticlímax; regresaban a una tierra que no solo había pasado por Appomattox un año antes, sino que había tenido todo un año para asimilarlo, todo un año no solo para ingerir la rendición, sino también (siguiendo la metáfora, la cifra) para transformarla, para metabolizarla y defecarla luego como un fertilizante para la tierra dejada en barbecho durante cuatro años y a la que estaban ya en camino de rehabilitar un año antes de que el toque de difuntos de Virginia anunciase el cambio oficial, los hombres del 65 regresando para encontrarse a sí mismos extranjeros en la misma tierra en que fueron concebidos y nacieron y en cuya defensa habían peleado cuatro años, buscando una fecunda y ya solvente economía basada en la premisa de que podía pasarse sin ellos; (y ahora el resto de esta historia, pues ocurrió, aconteció, aquí: poco antes de junio del 65; aquel hombre, desde luego, no había perdido tiempo para regresar: un forastero, solo; la ciudad ni siquiera sabía si lo había visto antes, pues desde la otra vez había pasado un año y apenas había él pasado al galope disparando hacia atrás una pistola al ejército yanqui, y montaba entonces un caballo — una buena yegua aunque quizá demasiado pequeña y de sangre demasiado delicada— mientras que ahora cabalgaba una gran mula, que por esta razón
Página 154
—su tamaño— era mejor mula que caballo fuera el caballo, pero seguía siendo una mula, y naturalmente la ciudad no podía saber que él había permutado la yegua por la mula el mismo día en que había cambiado su sable de teniente —todavía tenía la pistola— por una media repleta de semilla de maíz que había visto crecer en un campo de Pensilvania y de la que ni siquiera había dejado que la mula tomase un bocado en todo el largo viaje a través de la arruinada tierra entre la costa del Atlántico y la cárcel de Jefferson, cabalgando hasta la misma cárcel, todavía flaco y harapiento y sucio y todavía invicto y no huyendo ahora sino antes bien llevando a cabo o por lo menos planeando un asalto individual contra lo que cualquier hombre racional hubiese considerado tener ínfimas posibilidades [pero aquella burbuja había sido siempre inmune a las fruslerías de los hechos]; tal vez, probablemente —sin duda: aparentemente ella llevaba allí apoyada fantaseando tres o cuatro años en 1864; desde entonces nada había sucedido, no en una tierra que incluso se había anticipado a Appomattox, capaz de sacudir una meditación tan arraigada, tan duradera, tan veterana— la muchacha lo vio desmontarse y atar la mula a la valla, y quizá mientras él iba de la valla a la puerta la miró a ella por un momento, aunque posiblemente, tal vez incluso probablemente, no, pues ella no era entonces su objetivo inmediato, en aquel momento no tenía en realidad relación alguna con ella, pues tenía tan poco tiempo, en realidad no tenía tiempo: debía llegar aún hasta Alabama, hasta la pequeña granja de la colina que había sido de su padre y que ahora sería suya si llegaba —no, cuando llegase— hasta allí, y si no había quedado arruinada por cuatro años de guerra y abandono, y aun si en la tierra se podía plantar, aun si podía él comenzar a plantar la media llena de maíz al día siguiente, habría llegado semanas e incluso meses tarde; durante el trayecto a la puerta y mientras levantaba la mano para llamar, debió de pensar con una especie de cansado e indómito ultraje que, además de llegar meses tarde, ahora debía perder un día más o acaso dos o tres antes de poder cargar a la muchacha en ancas de la mula, a su espalda, y dirigirse por fin hacia Alabama…, esto en una época en que todas las cosas requerían paciencia y cabeza clara, tratando de ser por ellos [cortesía además que ahora le sería exigida] paciente y urgente y amable, invicto, tratando de explicar, en términos que ellos pudiesen comprender o al menos aceptar, su simple necesidad y urgencia, a la madre y al padre que no lo habían visto nunca y a los que él nunca pensaba, o en todo caso esperaba, ver de nuevo, no porque tuviese nada contra ellos: simplemente porque preveía estar demasiado ocupado el resto de su vida en cuanto pudiesen subir a la mula y partir para su
Página 155
casa; sin ver a la muchacha entonces, durante la entrevista, sin siquiera pedir verla por un momento cuando se terminó la entrevista, porque ahora tenía que conseguir la licencia y encontrar al predicador: de modo que la primera palabra que le dirigió a ella fue una promesa formulada a través de un desconocido; probablemente solo cuando estuvieron sobre la mula —las endebles manos inútiles cuya única fuerza parecía suficiente para guardar la licencia matrimonial en la pechera del vestido y luego sujetarse al cinturón de él— él se volvió a mirarla o [ambos] tuvieron tiempo de aprender sus respectivos nombres).
Esa fue la historia, el incidente, efímera de una tarde de finales de mayo, no registrada por la ciudad y el condado porque también ellos tenían poco tiempo: aquellos (el condado y la ciudad) se habían anticipado a Appomattox y tomado esa ventaja, de manera que en efecto el mismo Appomattox nunca los alcanzó; fue un esfuerzo a largo plazo, desde luego, pero tenían —como lo comprenderían más tarde— ese invaluable, ese incomparable año; el día de Año Nuevo de 1865, mientras el resto del sur se sentaba a mirar el horizonte nordeste tras el cual se encontraba Richmond, como una familia que clava sus ojos en la cerrada puerta del cuarto de un enfermo, el condado de Yoknapatawpha llevaba ya nueve meses de reconstrucción; para el Año Nuevo del 66, los mancillados muros (la lluvia de dos inviernos los había lavado y limpiado del humo y del hollín) de la Plaza habían sido techados provisionalmente y de nuevo había tiendas y almacenes y oficinas, y habían empezado a restaurar el tribunal: no de forma temporal, en este caso, sino restaurado exactamente como había sido, entre las columnas de sus dos pórticos, uno al norte y otro al sur, que habían sido más resistentes que la dinamita y el fuego, porque era el símbolo: el Condado y la Ciudad: y ellos sabían cómo, quién lo había hecho antes; el coronel Sartoris estaba ahora en casa, y el general Compson, el primer hijo de Jason, y aunque una tragedia les ocurrió a Sutpen y a su orgullo —un fracaso no de su orgullo ni de sus propios huesos y carne, sino de los huesos y carne menores que él había creído capaces de soportar el edificio de un sueño—, todavía tenían los viejos planos de su arquitecto e incluso los moldes del arquitecto, y aún más: dinero (extrañamente, curiosamente), Redmond, el domesticado aventurero de la ciudad, símbolo de una ciega rapacidad casi semejante a un instinto biológico, destinada a cubrir el sur como una migración de langostas; en el caso de este hombre, llegado un año antes de su hora y que dedicaba ahora no poca parte del fruto de su rapiña a restaurar precisamente el edificio cuya destrucción había sido la señal para que se levantase el telón e hiciese él su aparición en
Página 156
escena, había sido el visado oficial de su pasaporte al pillaje; y para el Año Nuevo del 76, ese mismo Redmond con su dinero y el coronel Sartoris y el general Compson habían construido un ferrocarril de Jefferson a Tennessee que se conectaba por el norte con el que iba de Memphis al océano Atlántico; no contentos allí ni uno ni otro, ni norte ni sur: tras otros diez años (Sartoris y Redmond se pelearon con Compson, y Sartoris y Redmond compraron — probablemente con el dinero de Redmond— la participación de Compson en el ferrocarril, y habiéndose peleado al año siguiente Sartoris y Redmond, un año después, por simple miedo físico, Redmond mató a Sartoris en una emboscada en la plaza de Jefferson y se fugó, y finalmente los mismos valedores de Sartoris —no tuvo amigos: solo enemigos y admiradores frenéticos— comenzaron a comprender el resultado de aquella elección del regimiento de finales del 62) el ferrocarril era una parte de aquel sistema que cubría todo el sur y el este como las venas en una hoja de roble y este mismo mutuamente accesorio a los otros intrincados sistemas que cubrían el resto de Estados Unidos, de manera que ahora podía uno tomar un tren en Jefferson y, cambiando y esperando unas cuantas veces, ir a cualquier parte de Norteamérica.
No ya a Estados Unidos, sino al resto de Estados Unidos, pues el esfuerzo a largo plazo había terminado ya; solo las todavía invictas y envejecidas mujeres permanecían irreconciliadas, irreconciliables, opuestas e irrevocablemente atávicas contra toda la movediza unanimidad del panorama hasta que, como viejos, desordenados y desocupados pilotes emergiendo de la marea, ellas mismas tuvieron una ilusión de movimiento, enfrentándose irreconciliablemente, retrospectivamente, a las viejas batallas perdidas, a la vieja causa abortada, a los viejos cuatro años ruinosos cuyas muy físicas cicatrices diez y veinte y veinticinco cambios de estación habían recocido de vuelta al seno de la tierra; no solo murió un siglo y una era, sino también una manera de pensar; la ciudad misma escribió el epílogo y el epitafio: 1900, en el Día de la Condecoración Confederada, la señora Virginia DuPre, hermana del coronel Sartoris, tiró de un cordel y los banderines inquietos por la primavera se vinieron abajo ondeando, abandonando la efigie de mármol, el soldado de infantería en su pedestal de piedra en el lugar exacto en que cuarenta años antes el oficial de Richmond y el ministro anabaptista de la localidad pasaron revista al regimiento del coronel, y los viejos en sus grises y engalanadas levitas (todos oficiales ahora, ninguno menos de capitán) salieron tambaleándose a la luz del sol y dispararon escopetas al insulso cielo y elevaron sus cascadas y temblorosas voces en el estridente y escalofriante
Página 157
griterío que Lee y Jackson y Longstreet y los dos Johnston (y Grant y Sherman y Hooker y Pope y McClellan y Bemside, por cierto) escucharon entre el humo y el estrépito; epílogo y epitafio, pues aparentemente ni las damas de la U. D. C. que promovieron y compraron el monumento, ni el arquitecto que lo planeó, ni los albañiles que lo erigieron se dieron cuenta de que los ojos de mármol bajo la mano de mármol dando sombra miraban fijamente no hacia el norte y al enemigo, sino hacia el sur, hacia (sin duda) su propia retaguardia…, avizorando acaso, según los ingeniosos dijeron (podía decirlo ahora, con la vieja guerra treinta y cinco años atrás hasta se podía hacer bromas sobre ella… excepto las mujeres, las damas, las irreductibles, las irreconciliables, que todavía otros treinta y cinco años más tarde se levantarán y saldrán majestuosamente de los salones de cine en los que se exhiba Lo que el viento se llevó), la llegada de refuerzos; o quizá no era en realidad un combatiente, sino un oficial civil buscando desertores, o buscando para sí mismo un lugar seguro en el que correr a refugiarse: porque aquella vieja guerra estaba muerta; los hijos de aquellos tambaleantes viejos de gris habían muerto ya con sus casacas azules en Cuba, y los macabros mementos y homenajes y templetes de la nueva guerra usurpaban ya la tierra antes de que el estallido de las salvas y la liviana caída de los banderines hubiesen descubierto los últimos dedicados a la vieja guerra.
No solo un nuevo siglo y una nueva manera de pensar, sino también de actuar y de comportarse: ahora podía uno acostarse en un tren de Jefferson y despertarse a la mañana siguiente en Nueva Orleans o Chicago; había luces eléctricas y agua corriente en casi todas las casas de la ciudad, excepto en las cabañas de los negros; y ahora la ciudad compraba y traía desde una gran distancia una especie de piedra de balasto gris y triturada que llamaban macadán y que pavimentaba toda la calle entre la estación y el hotel, de manera que, a la llegada de los trenes, los simones atestados de viajantes de comercio y abogados y testigos no tenían ya que dar bandazos ni saltos ni ladearse sobre los barrizales de invierno; cada mañana, un camión llegaba hasta la puerta de la casa de uno con hielo artificial y lo dejaba en la nevera del porche trasero de casa, los niños en las rotativas pandillas del barrio siguiéndolo (el camión), comiendo los trocitos de hielo que el conductor negro picaba del bloque para ellos; y aquel verano un carro de riego especialmente diseñado comenzó a recorrer las calles cada día; un tiempo nuevo, una nueva era: ahora había persianas en las ventanas; la gente (la gente blanca) podía realmente dormir al aire en las noches de verano y lo encontraba inofensivo, amistoso: como si de repente se hubiese despertado en
Página 158
el hombre (o en todo caso en su parte femenina) la creencia en su inalienable derecho civil a quedar libres de polvo y de insectos.
Moviéndose más y más deprisa: de la velocidad de dos caballos a cada lado de una pulida lanza, a la de treinta y luego cincuenta y luego cien bajo una capota de hojalata no más grande que una bañera: la cual, casi desde su primera explosión, hubo de ser controlada por la policía; ya en un patio trasero de las afueras de la ciudad un exaprendiz de herrero, un hombre cubierto de grasa y con ojos de monje visionario, estaba construyendo una calesa a gasolina, fundiendo y taladrando sus propios cilindros y bielas y levas, inventando sus propios carretes y bujías y válvulas a medida que le parecía necesitarlas, que funcionarían, y que funcionaron: salió despacio del callejón, petardeando y apestando en el preciso instante en que el banquero Bayard Sartoris, hijo del coronel, pasaba en su carruaje: como resultado de lo cual, existe hoy en los libros de Jefferson una ley que prohíbe el funcionamiento en las calles de toda la ciudad a todo vehículo de propulsión mecánica: el cual (el mismo banquero Sartoris) murió en uno (así era el progreso, tan veloz, tan rápido) que perdió el control en una carretera helada y que conducía su nieto (del banquero), el cual acababa de regresar de (así era el progreso) años de servicio como piloto de combate en el frente occidental y ahora la pintura de camuflaje está siendo lentamente borrada por los elementos en una pieza de artillería francesa de setenta y cinco milímetros agazapada en un flanco de la base del monumento confederado, pero incluso antes de que se borrase ya había neón en la ciudad y A. A. A. y C. C. C. en el condado, y W. P. A. («y X. Y. Z. y demás» —como «Tío Pete» Gombault, un delgado y limpio anciano mascador de tabaco, beneficiario de una sinecura política con la denominación de alguacil de Estados Unidos… un puesto que, en la época de la reconstrucción, cuando el estado de Misisipi era un distrito militar de Estados Unidos, ostentaba un hombre negro que aún vivía en 1925… deshollinador, barrendero, portero y fogonero de cinco o seis abogados y médicos y de uno de los bancos… y conocido todavía como «Morero» por la afición que había mantenido antes, durante y después de su ocupación como alguacil: la reventa de whisky de contrabando en botellas de litro y medio litro extraídas de un escondrijo entre las raíces de una enorme morera que había detrás de la farmacia de quien había sido propietario de Morero antes de 1865— solía decir) en ambos; W. P. A. y X. Y. Z. marcando la ciudad y el condado como ni siquiera la guerra había marcado: ya no estaba el último de los árboles del bosque que antes dibujaba la forma de la Plaza, sombreando el balcón corrido del segundo piso sobre el cual se abrían las
Página 159
oficinas de abogados y médicos, que, a su vez, sombreaba las fachadas de los almacenes y la acera de abajo; y tampoco estaba el propio balcón con su balaustrada de hierro forjado en la que en las largas tardes de verano apoyaban los abogados los pies mientras charlaban; y la interminable cadena de acero curvándose entre los postes de madera a lo largo de la circunferencia del patio del tribunal, para que los granjeros sujetasen a ella sus troncos de caballos; y el abrevadero público en el que se les podía dar de beber, porque ya no estaba la última carreta que se detenía en la Plaza durante los sábados y días laborables de primavera, verano y otoño, y no solo la Plaza sino las calles que llevaban a ella estaban ahora pavimentadas y tenían rótulos de prohibición y admonición fijos aplicables únicamente a algo que podía moverse más deprisa que cincuenta kilómetros por hora; y tampoco estaba ya el último árbol del bosque en el patio del tribunal, reemplazado por formales y sintéticos árboles enanos ideados y amaestrados en los invernaderos de Wisconsin, y en el tribunal (y también en el ayuntamiento) un grupito de tribunal y ayuntamiento, en miniatura desde luego (aunque no era culpa suya, sino del tamaño y población y riqueza de la ciudad y del condado), pero basada en el modelo de Chicago y Kansas y Boston y Filadelfia (y de la que, aparte de su tamaño minúsculo, ni Filadelfia, ni Boston ni Kansas ni Chicago se habrían avergonzado) y que cada tres o cuatro años trataría de demoler el viejo tribunal para construir uno nuevo, no porque les desagradase el viejo o deseasen el nuevo, sino porque el nuevo traería a la ciudad y al condado mucho más incremento de moneda federal sin hacer nada a cambio.
Y ahora la pintura se prepara para ser borrada por los elementos de un obús antitanque agazapado sobre sus llantas de caucho en el flanco opuesto al monumento confederado; y ya no están en las fachadas de los almacenes los viejos ladrillos hechos con arcilla nativa en los viejos moldes del arquitecto de Sutpen, reemplazados ahora por láminas de vidrio más altas que un hombre y más anchas que una carreta y su tiro, prensadas intactas en las fábricas de Pittsburgh y hay interiores de armazón bañados en el fulgor cadavérico y sin sombras de la luz fluorescente; y, ahora y por último, el fin del silencio también: el cóncavo e invertido aire hecho un solo resonante estruendo y ulular de radio: y así ya no existe el aire de Yoknapatawpha, ni siguiera el aire de Mason y Dixon, sino el de América: la cháchara de los cómicos, los berridos de barítono de las cantantes, la gárrula presión para comprar y comprar y siempre comprar que llega más rápida que la luz, desde Nueva York y Los Ángeles, a tres mil kilómetros de distancia; un aire, una nación: el fluorescente fulgor cadavérico sin sombras bañando a los hijos e
Página 160
hijas de hombres y mujeres, tanto negros como blancos, que pasaron toda su vida en petos de mezclilla y percal como sus padres, comprando al contado o a plazos los trajes copiados de la última entrega de Harper’s Bazaar o Esquire en los talleres del East Side: porque ha desaparecido una generación entera de granjeros, no exactamente de Yoknapatawpha, sino de la tierra de Mason y Dixon: el autoconsumidor: la máquina que desplaza al hombre porque el éxodo del hombre no deja a nadie que conduzca la mula; hubo un tiempo en que las mulas se agrupaban en recuas al amanecer en los corrales para mulas de la plantación, al otro lado de la carretera de la plantación, frente a las apretadas, idénticas filas de abarrotadas chozas de dos habitaciones donde vivía en tropel con su familia el negro copropietario o jornalero que la embridaba (a la mula) en el corral al alba y la seguía a través de la plúmbea monotonía de los idénticos surcos y regresaba al corral a la noche, con (el hombre) un ojo hacia donde iba la mula y el otro en sus patas (de la mula); ya no está ninguno de los dos: la una a la última de las fincas de las colinas de veinte, veinticinco, treinta hectáreas, inaccesible desde los caminos de tierra sin marcar, el otro, a los guetos de Nueva York y Detroit y Chicago y Los Ángeles, o al menos nueve de cada diez, ascendiendo el décimo de la esteva de un arado al bamboleante sillín sin resortes de un tractor, desposeído y desplazando a los nueve restantes exactamente igual que el tractor desposeyó y desplazó a las otras dieciocho mulas de las que estas nueve habrían sido complemento; luego Varsovia y Dunkerque desplazaron a su vez a este décimo, y entonces el hijo todavía no reclutado del granjero manejó el tractor: y luego Pearl Harbor y Tobruk y la playa de Utah desplazaron a este hijo, dejando al propio granjero en el sillín del tractor, tan solo un rato, o eso pensaba él, olvidando que victoria y derrota se compran al mismo exorbitante precio de cambio y mudanza; una nación, un mundo; jóvenes que nunca habían salido del condado de Yoknapatawpha más que para ir a Memphis o Nueva Orleans (y no a menudo) hablan ahora locuazmente de cruces de calles en capitales asiáticas y europeas, tras regresar no ya para heredar los largos, monótonos, interminables, inacabables surcos de los algodonales de Misisipi, viviendo ahora (con esposa ahora y el año que viene con esposa y un hijo y el año siguiente con esposa e hijos) en caravanas y barracas militares en las inmediaciones de las universidades de artes liberales, y el padre y ahora abuelo conduciendo todavía el tractor a través de los campos que disminuyen gradualmente entre las largas madejas curvas de las líneas eléctricas que traen energía eléctrica de los montes Apalaches, y las subterráneas venas de acero que traen el gas natural de las praderas del oeste a las pequeñas, perdidas
Página 161
solitarias granjas centelleantes y relucientes con cocinas automáticas y lavadoras y antenas de televisión.
Una nación: ya no en parte alguna, ni siquiera en el condado de Yoknapatawpha, una última, irreconciliable fortaleza desde la cual entrar a Estados Unidos, porque al final hasta la última seca, indómita, invicta viuda o tía solterona había muerto y la antigua e inmortal Causa Perdida se había convertido en un desvaído (aunque aún selecto) club social o casta, o forma de conducta cuando se acordaba uno de observarla en las ocasiones en que jóvenes de Brooklyn, estudiantes de intercambio en las universidades de Misisipi, Arkansas o Texas, vendían minúsculas banderas de batalla confederadas los sábados por la tarde en las atestadas graderías de los estadios de fútbol; un solo mundo; el cañón de tanque tomado a un regimiento alemán en un desierto africano por un regimiento de japoneses con uniformes americanos, cuyas madres y padres se hallaban mientras en un campo de concentración de California para extranjeros enemigos, y acarreado (el cañón) once mil kilómetros hasta colocarlo como una especie de segundo arbotante en un monumento conmemorativo de la ciudad bíblica de Silo y la Tierra Salvaje; un solo universo, un solo cosmos: contenido en una sola América: un altanero, frenético edificio suspendido como un castillo de naipes sobre el abismo de las hipotecadas generaciones; un solo estruendo, una sola paz: un solo arremolinado rugido de cohete llenando el resplandeciente cénit con plumas de oro, hasta que la vasta esfera vacía de su aire, la vasta y terrible carga bajo la cual intenta mantener erecta y levantada su golpeada e indómita cabeza —la auténtica sustancia en la que vive y faltándole la cual desaparecería en cuestión de segundos— se llena del murmullo de sus temores y terrores y renunciamientos y repudios y sus aspiraciones y sueños y sus infundadas esperanzas, reflectando de vuelta hasta él en ondas de radar desde las constelaciones.
Y todavía —la vieja cárcel— perduraba, asentada en su silencioso callejón sin salida, en su remanso casi sin estaciones en mitad de aquel alud y estruendo de progreso cívico y mudanza y cambio social como un viejo sin cuello de camisa (y razonablemente limpio: tan solo deslucido: una barba de un día y sin ligas en los calcetines) sentado en tirantes y calcetines en la escalera trasera de la cocina que da a un patio tapiado; en realidad aislada no tanto por su ubicación como aislada por obsolescencia: por supuesto camino a la desaparición (para desvanecerse de la faz de la tierra con el resto de la ciudad el día en que toda América, después de derribar todos los árboles y nivelar
Página 162
colinas y montañas con sus máquinas excavadoras, tenga que meterse bajo tierra para hacer sitio a los automóviles y apartarse de su camino), pero como el que camina sobre las vías por el túnel, el trueno del expreso creciendo a su espalda, que se encuentra frente a un nicho o hendidura exactamente a su medida en la pared de viva e inexpugnable roca, y entra en él, inviolable y seguro mientras el estruendo destructor pasa y se aleja ineluctablemente aferrado a los hilos de araña que son los rieles de su destino y destinación; ni siquiera —la cárcel— haciéndose valer ante Estados Unidos para lograr alguna asignación igualitaria del tesoro federal; ni siquiera (tan rápido, tan lejos fue el Progreso) ya un verdadero peón, no digamos caballo o torre, en el tablero político del condado, ni siquiera un puestazo en el verdadero sentido de la palabra: simplemente una modesta sinecura para el marido de la prima de alguien, que había fracasado no como padre, sino meramente como agricultor de cuarta clase o jornalero.
Sobrevivía, perduraba; tenía su lugar inevitable en la ciudad y en el condado; hasta contribuía aún modestamente a la historia, no exactamente suya, sino de la ciudad y también del condado: en alguna parte tras la deslucida fachada de ladrillos, en mitad de los viejos y duraderos ladrillos hechos a mano y del agrietado mortero impregnado de creosota de los muros interiores (aunque fuesen ya pocos los que en la ciudad o el condado supiesen que estaban ahí), se hallaban los viejos, hendidos y ensamblados troncos que (esto sí lo recordaban la ciudad y el condado; era parte de su leyenda) habían encerrado a alguien que pudo ser Wiley Harpe; durante aquel verano de 1864, el brigadier federal que incendió la Plaza y el tribunal usó la cárcel como sala de guardia del oficial civil; y hasta los alumnos de segunda enseñanza recordaban que la cárcel hospedó al gobernador del estado cuando este hubo de cumplir una condena de treinta días por desacato al tribunal al negarse a rendir declaración en un proceso de investigación de paternidad contra uno de sus lugartenientes: pero aislada, hasta en su leyenda y crónica e historia, indiscutible en su autenticidad aunque un tanto oblicua, elíptica o quizá simplemente elipsoidal, cubierta apenas con un tenue y sosegado matiz de relatos apócrifos: porque ahora había gente nueva en la ciudad, forasteros, extranjeros que vivían en nuevas y minúsculas casas con paredes de cristal, tan limpias, ordenadas y antisépticas como cunas en un cuarto de los niños, en nuevos ensanches llamados Fairfield o Longwood o Halcyon Acres que antes fueron prados o patios o huertas traseras de las antiguas casas residenciales (las antiguas, obsoletas casas con columnatas todavía en pie en medio de las otras como viejos caballos repentinamente surgidos del sueño en mitad de un
Página 163
rebaño de ovejas), gente que nunca había visto la cárcel; es decir, la habían mirado al pasar, sabían dónde estaba, cuando sus parientes o conocidos del este o del norte o de California los visitaban o pasaban por Jefferson de camino a Nueva Orleans o Florida, podían incluso contarles parte de su leyenda o de su historia: pero no tenían contacto con ella; no formaba parte de sus vidas; tenían cocinas automáticas y hornos y reparto de leche y jardines con césped del tamaño de alfombras compradas a plazos; nunca tuvieron que ir a la cárcel a la mañana siguiente del 19 de junio o del 4 de julio o del Día de Acción de Gracias o de Navidad o de Año Nuevo (o, ya que estamos, casi todos los lunes por la mañana) para pagar una fianza de criado o jardinero o jornalero para que este pudiese regresar cuanto antes a casa (luciendo aún la resaca o sus apenas restañadas heridas de navaja) para ordeñar la vaca o limpiar el horno o cortar el césped.
De manera que ya solo los viejos ciudadanos conocían la cárcel, no la gente vieja sino los viejos ciudadanos: hombres y mujeres viejos no solo en años, sino en fidelidad a la ciudad, o contra esa fidelidad, concordantes (no contemporáneos naturalmente, ahora la ciudad tenía ya un siglo y cuarto, pero en acuerdo contra esa continuación) con esa tenue, duradera continuidad nacida ciento veinticinco años atrás de un puñado de bandidos capturados por una patrulla de milicianos borrachos, y de un amargo, irónico, incorruptible correo a caballo a través de tierras salvajes, y de un monstruoso candado de hierro forjado…, esa inmutable y duradera e inapremiable continuidad contra o a través de las vanas y centelleantes naderías del progreso y la mudanza lavadas por olas insustanciales, repetidas, evanescentes, sin cicatrices, como la aguada y el brillo del letrero de neón de lo que todavía se conocía como Holston House diagonalmente enfrente, que desaparecía con cada amanecer de los viejos muros de ladrillo de la cárcel sin dejar huella; solo los viejos ciudadanos la conocían aún: los intratables y obsoletos de la ciudad que todavía insistían en las estufas de leña y las vacas y las huertas y los jornaleros a los que hay que sacar bajo fianza en las mañanas siguientes a las noches del sábado o de fiesta; o los que de hecho pasaban las noches de sábado o de fiesta tras las enrejadas puertas y ventanas de las celdas y calabozos por embriaguez o peleas o apuestas…, los criados, sirvientes y jardineros y jornaleros, que debían ser rescatados a la mañana siguiente por sus familias blancas, y los otros (a los que la ciudad llamaba los Nuevos Negros, independientemente de esa entidad) que dormían allí todas las noches, bajo la tenue y cuadriculada aguada rubí de la insignia del hotel, mientras trabajaban en la calle; y el condado, ya que sus cuatreros y
Página 164
destiladores clandestinos fueron a juicio desde allí, y sus asesinos —ahora mediante la electricidad (tan veloz, tan rápido era el Progreso)— a la eternidad desde allí; de hecho era todavía (la cárcel) tal vez no un factor, pero al menos un número entero, una cifra, en la institución política del condado; usada al menos todavía por la Junta de Supervisores, si no como una palanca, al menos como algo semejante a la porra acolchada de Punch, no pensada para romper huesos, no dirigida a dejar cicatrices permanentes.
De manera que solo los viejos la conocían, los irreductibles jeffersonianos y yoknapatawphianos que tenían (y pretendían sin duda alguna continuar teniendo) relaciones reales y personales con ella en las melancólicas mañanas posteriores a las fiestas, o durante las sesiones semestrales del tribunal itinerante o de la corte federal: hasta que repentinamente tú, un extranjero, un forastero del este, del norte o del lejano oeste, que pasa por simple accidente por la pequeña ciudad, o quizá por ser pariente, conocido o amigo de una de las familias forasteras que se habían trasladado a uno de los flamantes y recientes ensanches, saliéndote de tu camino para andar a tientas entre señales de tráfico y gasolineras, movido por franca curiosidad, tratando de investigar, penetrar, comprender las razones que tuvo tu primo o amigo o conocido para elegir este lugar para vivir —no específicamente Jefferson, claro está, sino un lugar como este, como Jefferson—, de pronto te das cuenta de que algo curioso está ocurriendo aquí o ha ocurrido: que en lugar de desaparecer con el tiempo como sería lógico, era como si aquellos viejos irreductibles aumentaran en número; como si con cada entierro de uno, dos más llenasen el hueco: cuando en 1900, solo treinta y cinco años después de aquello, no podía haber más de dos o tres capaces de ello, ya fuese por conocimiento, por memoria o por ocio, o aun por simple gusto o inclinación, ahora, en 1951, ochenta y seis años más tarde, podían contarse por docenas quienes (y en 1965, cien años después, por centenares porque —ahora ya has comenzado a comprender por qué tu pariente o amigo o conocido eligió venir aquí con su familia y llamar esto su vida— para entonces los hijos de esta segunda invasión de forasteros tras una guerra serían no exactamente misisipianos, sino jeffersonianos y yoknapatawphianos: y para entonces —¿quién sabe?— no solo el cristal, sino toda la ventana, y quizá la pared entera, podrían haberse desmontado de su lugar y conservado intactas en un museo por un club de señoras histórico, o en todo caso cultural…, y para entonces ni siquiera lo sabrán, ni necesitarán saberlo: solo sabrán que el cristal de la ventana que lleva el nombre de la muchacha y la fecha es muy antiguo, lo cual es suficiente; ha durado tanto tiempo: un pequeño rectángulo de vidrio
Página 165
ondulado, casi opaco, burdamente prensado, con unas pocas rayas tenues que no parecen más duraderas que la leve y seca baba dejada por el paso de un caracol, y que sin embargo ha durado cien años) eran capaces y estaban deseosos de dejar cualquier cosa que estuvieran haciendo —sentados en el último banco de madera bajo las últimas robinias y jaboncillos entre las coníferas enmacetadas de la nueva era que bordean el patio del tribunal, o en las sillas a lo largo de la acera sombreada de la Holston House, donde una brisa siempre sopla— para acompañarte cruzando la calle hasta la cárcel y (con corteses excusas vecinales a la esposa del carcelero que remueve o voltea en la estufa los guisantes y las gachas y el tocino —comprado todo en cantidades a los precios más bajos después de una sagaz e infatigable peditación de tienda en tienda— que servirá a los presos para el almuerzo o la cena a tanto por cabeza —plato— pagadero por el condado, lo cual no es factor baladí en la sinecura a cargo de su marido) hasta la cocina y así hasta el nublado cristal que ostenta los leves arañazos que, al cabo de un momento, verás que son un nombre y una fecha.
No al principio, claro, sino después de un momento, un segundo, porque al principio estarás un poco extrañado, un poco impaciente por tu incomodidad tras ser arrastrado sin previo aviso o preparación a la cocina privada de una mujer desconocida que está preparando comida; tan solo pensarás: ¿Qué? ¿Y qué?, fastidiado e incluso un poco ultrajado, hasta que repentinamente, mientras aún piensas en ello, algo ha ocurrido: los arañazos leves, frágiles, sin sentido e incluso sin posibilidad de inferencia, en el antiguo cristal de mala calidad que estás mirando se han movido ante tus ojos, mientras los mirabas, se han fundido, pareciendo haber entrado en otro sentido distinto al de la vista: un aroma, un susurro que llena esta habitación sofocante y estrecha, feroz ya con el sonido y el hedor de la grasa de cerdo friéndose: los dos en conjunción —el antiguo cristal lechoso y obsoleto y los arañazos en él: aquel tierno y sin dueño nombre de muchacha y la vieja fecha muerta que en abril cumplirá un siglo— hablando, murmurando, desde, surgiendo de, a través de, un tiempo tan antiguo como la lavanda, más antiguo que un álbum o un estereopticón, tan antiguo como el daguerrotipo mismo.
Y siendo un desconocido y un huésped habría sido suficiente, pues, como desconocido y huésped habrías mostrado la simple cortesía y gentileza de hacer las preguntas que naturalmente espera de ti tu anfitrión o en todo caso espontáneo guía, que dejó lo que estuviera haciendo (aunque solo fuera estar sentado con otros como él en un banco del patio del tribunal o en la acera de
Página 166
un hotel) para traerte aquí; por no mencionar tu perfectamente natural deseo, acaso no de venganza, pero al menos de compensación, restitución, vindicación por la conmoción y el fastidio de haber sido arrastrado hasta aquí sin previo aviso o preparación, a las habitaciones privadas de una mujer desconocida ocupada en algo tan íntimo como la preparación de una comida; pero para entonces ya has comenzado a comprender no solo por qué tu pariente o amigo o conocido eligió no Jefferson, sino algo como Jefferson, para vivir, sino que has oído esa voz, ese susurro, murmullo, más frágil que el aroma de lavanda, aunque (al menos durante aquel segundo) más fuerte que todo el hervor y furor de la grasa frita; de modo que haces las preguntas no solo que se esperan de ti, sino cuyas respuestas tú mismo necesitas si has de regresar a tu automóvil y vagar sin atención ni concentración por entre las señales de tráfico y las gasolineras, para regresar al sitio del cual partiste cuando por azar o accidente paraste en Jefferson durante una hora o un día o una noche, y tu anfitrión —guía— responde a ellas lo mejor que puede, echando mano de la compleja herencia de recuerdos de tan largo pasado de la ciudad, contada, repetida, legada a él por su padre; o más bien su madre: por su madre: o, mejor aún, legada a él cuando era niño todavía directamente por su tía abuela: las solteronas, doncellas y estériles, descendientes de un tiempo en que había demasiadas mujeres porque demasiados jóvenes quedaron mutilados o murieron: las indomables e invictas, vírgenes progenitoras de solteronas y estériles descendientes todavía capaces de levantarse y salir majestuosamente en mitad de Lo que el viento se llevó;
Y de nuevo un sentido asume el oficio de dos o tres: no solo oír, escuchar y ver, sino que te encuentras de pie en el mismo sitio que ocupaba ella aquel día en que escribió su nombre en la ventana y en donde el otro, tres años más tarde, mirara y escuchara a través y más allá de ese débil, frágil deterioro el repentino alud y trueno: el polvo: el restallar y salpicar de las pistolas: luego el rostro flaco, sucio por la batalla, con barba de varios días; urgente, por supuesto, pero meramente hostigado, acosado; no derrotado, volviéndose en un fugaz instante entre la confusión y la furia, desapareciendo luego: y la muchacha aún en la ventana (el guía —anfitrión— no dijo ni lo uno ni lo otro; sin duda después de cien años en el recuerdo de la ciudad había cambiado varias veces de rubia a morena y de nuevo a rubia: lo cual no importa, ya que en tu propio recuerdo esa tierna neblina y salutación será siempre rubia) ni siquiera esperando: fantaseando; un año, y aún ni siquiera esperando: meditadora, ni siquiera sin impaciencia: simplemente ajena a la paciencia, en el sentido en que la ceguera y el cénit son ajenos al color; hasta que
Página 167
finalmente la mula, no saliendo del largo panorama nordeste de derrota y polvo y humo fugitivo, sino arrancada de él por esa inexpugnable, esa invencible, esa increíble, esa aferradora pasividad, vino desde Virginia para realizar su tarea sin fatiga ni flaqueza —la mula que en 1865 era mejor mula que la yegua purasangre fuera caballo en el 62 y 63 y 64, por la razón de que ahora era el 65, y el hombre, todavía flaco e invicto: meramente hostigado y urgente y falto de tiempo para llegar a Alabama y ver las condiciones de su granja —o (lo que es más) si es que aún poseía una granja— y ahora la muchacha, la frágil y ociosa muchacha no solo incapaz de ordeñar una vaca, sino a quien nunca se le había pedido, solicitado, sugerido que reemplazase a su padre en la tarea de secar los platos, montada a las ancas de una mula, detrás de un suboficial de caballería licenciado bajo palabra de un ejército rendido, que había permutado su caballo de batalla por una mula y el sable de su jerarquía y de su orgullo invicto por una media llena de semilla de maíz, al que no conocía ni con quien había hablado lo suficiente siquiera para saber su nombre o comida preferida, o haberle dicho a él los suyos, y sin tener tampoco ahora tiempo para hacerlo: cabalgando, apresurándose hacia una comarca que ella nunca había visto, para comenzar una vida que ni siquiera era simple frontera, comprometida únicamente con la tierra salvaje y los salvajes descalzos y la tierna mano de Dios, sino una que había sido convertida en desierto (suponiendo que todavía estuviese allí para regresar a ella) por el hierro y el fuego de la civilización.
Lo cual era todo lo que tu anfitrión (guía) podía decirte, pues esto es todo lo que sabía, heredado, heredable de la ciudad: lo cual era suficiente, más que suficiente en realidad, ya que todo lo que necesitabas era el rostro enmarcado por su rubia y delicada neblina tras el cristal arañado; tú mismo, el forastero, el foráneo de Nueva Inglaterra o de las praderas de la costa del Pacífico, no venido ya por azar o accidente de parentesco o amistad o conocimiento o mapa de carreteras, sino arrastrado también desde noventa años atrás por esa increíble y aterradora pasividad, mirando a tu vez a través y más allá del viejo, empañado, lechoso, deteriorado cristal esa forma, esa delicada, frágil e inútil carga de carne y huesos partiendo en la grupa de una mula sin una mirada hacia atrás, al reclamo de una abandonada y sin duda arrasada (acaso usurpada también) granja en las colinas de Alabama, subida a la mula (probablemente la primera vez que él la tocaba, excepto para ponerle el anillo: no para probar ni siquiera sentir, tocar, si realmente había una muchacha bajo el percal y los chales; todavía no había tiempo para eso; sino simplemente para subirla a la mula y poder así partir) para recorrer ciento sesenta
Página 168
kilómetros y convertirse en la madre sin granja de granjeros (pariría una docena, todos varones, y ella no más vieja, todavía frágil, todavía ociosa en medio de batidoras y hornillos y escobas y pilas de leña que incluso una mujer puede partir para hacer astillas; inmutable), legándoles con su matronímico la herencia de aquella invencible e inviolable ineptitud.
Luego de pronto te das cuenta de que aquello estaba lejos de bastar, no para ese rostro…; noviazgo, maternidad, abuelez, y luego viudez y al final la tumba…, el largo y pacífico proceso connubial hacia el matriarcado en una mecedora en la que a nadie más se permitía sentarse, luego una lápida de piedra en un cementerio rural…; no para esa pasividad, esa parálisis, esa invencible capitanía del alma que ni siquiera necesita esperar, sino simplemente ser, respirar sosegadamente, y alimentarse…, infinita no solo en capacidad, sino también en intención: ese rostro, una virgen fantasiosa que había arrancado a un hombre de la atropellada confusión de una batalla de caballería, todo un año en torno al largo perímetro de hierro del deber y del juramento, desde el condado de Yoknapatawpha, Misisipi, a través de Tennessee hasta Virginia y subiendo hasta el borde de Pensilvania antes de curvarse de regreso en su nudo final a lo largo de las cabeceras del río Appomattox y por fin retiró de él su mano de hierro: donde, a una distancia segura en el interior de los lluviosos bosques de las líneas avanzadas y las banderas arriadas y las filas de fusiles, un puñado de hombres conduciendo agotados caballos, las pistolas todavía calientes sueltas aún y al alcance de la mano en las fundas abiertas, reunidos bajo el crepúsculo agonizante — soldados y capitanes, sargentos y cabos y suboficiales— hablando un poco de una última carta desesperada que podría jugarse hacia el sur donde (según el último parte) Johnston estaba todavía intacto, sabiendo que ellos no lo estarían, que no solo habían opuesto vana resistencia, sino que también habían sido indomables; disgregados ya en realidad aquella mañana hacia Texas, el oeste, Nuevo México: una nueva tierra aunque no todavía (agotados también —como los caballos— por el largo acoso y la angustia de permanecer indomables e invictos) una nueva esperanza, dejando para siempre tras ellos la pérdida de ambas: la joven desposada muerta…; arrancándolo a él (aquel rostro) también de esto, al tener que continuar invicto más tiempo aún: que permutó el caballo de batalla por la mula y el sable por la media de semilla de maíz: de regreso a través de la tierra arruinada y del desastroso año por aquella virgen, inevitable pasividad más ineludible que la estrella polar.
Página 169
No ese rostro; aquello estaba lejos de ser suficiente: ningún símbolo aquí de conyugal matriarcado, sino fatal en cambio con toda la insaciable e imperecedera esterilidad: solteras, infecundas y sin descendencia; ni siquiera pidiendo más que eso: simplemente requiriéndolo, requiriendo todo…, el perdido e insaciable rostro de Lilith extrayendo la sustancia —la voluntad y la esperanza y el sueño y la imaginación— de todos los hombres (también de ti: de ti mismo y del anfitrión también) con una brillante y frágil red y cebo; ni siquiera ser apresado, sobrepujado en un solo infalible lance, sino arrastrado para esperar en paciente y multitudinario turno la auténtica textura de las estranguladoras hebras de oro…; arrastrándoos a los dos a su vez desde casi cien años atrás: tú, el forastero, el foráneo licenciado o (tal vez incluso) doctorado en Harvard o Northwestern o Stanford, de paso en Jefferson por azar o por accidente de camino hacia otra parte, y el anfitrión que en tres generaciones no ha salido de Yoknapatawpha más allá de unas pocas noches de sábado prolongadas en Memphis o Nueva Orleans, que ha oído hablar de Jenny Lind, no porque haya oído hablar de Mark Twain y porque Mark Twain hablase bien de ella, sino por la misma razón por la que Mark Twain habló bien de ella: no que cantase canciones, sino que las cantó en el viejo oeste en los viejos tiempos, y el hombre autorizado por consenso público a llevar abiertamente una pistola en el cinturón como personaje ineludible del sueño de Misuri y Yoknapatawpha, pero nunca de la Duse o de la Bernhardt o de Maximiliano de México, por no hablar de si el emperador de México tuvo o no una esposa (diciendo —el anfitrión—: «¿Quiere usted decir que era de una de ellas? ¿Quizá incluso la mujer de ese emperador?», y tú: «Por qué no? ¿No era una muchacha de Jefferson?») para estar de pie, en esta habitación agobiante y estrecha y extraña, furiosa con la grasa friéndose, entre el registro y la crónica, el murmullo imperecedero de lo sublime y nombres imperecederos y rostros imperecederos, los rostros omnívoros, insaciables y para siempre descontentos: demonio-monja y ángel-bruja; emperatriz, sirena, Erinia: Mistinguette, también, invencible poseedora de medio siglo más de años que la simple triple cuenta de que ella se jacta y alardea, para que tú escojas cuál de las tres fue —no debió haber sido, ni tampoco pudo haber sido, sino fue: tan vasta, tan ilimitada en capacidad es la imaginación del hombre para dispersar y quemar los desperdicios, la escoria del hecho y la probabilidad, dejando solo verdad y sueño…, y después ya no están, y de nuevo estás fuera, bajo el caliente sol de mediodía: tarde; ya has perdido demasiado tiempo: para no andar a tientas entre las señales de tráfico y las gasolineras de regreso a la carretera que conoces, de regreso a Estados
Página 170
Unidos; no es que esto importe ya que ahora sabes de nuevo que no hay tiempo: no hay espacio: no hay distancia: un frágil y ocioso arañazo casi superficial en una hoja de vidrio apenas transparente, y (todo lo que tuviste que hacer fue mirarla; todo lo que tienes que hacer ahora es recordarla) aquí está la clara voz sin distancia como si saliera de la delicada madeja de antenas de radio, más allá del trono de la emperatriz, de la espléndida insaciabilidad, incluso de la pacífica mecedora de la matriarca a través de la vasta intervención instantánea, desde el hace ya mucho, mucho tiempo: «Escucha, extranjero; esto fui yo misma: eso fui yo».
Página 171
ESCENA I
Interior, la cárcel. Las diez y media de la mañana. 12 de marzo.
La sala común. Está en el segundo piso. Una puerta con pesadas barras a la izquierda es la entrada a todo el bloque de celdas, las cuales —las celdas— están indicadas por una fila de puertas de acero, cada una con su pequeña ventana individual enrejada, empotradas en la pared de la derecha. Un estrecho pasillo al final de esta pared conduce a otras celdas. En la pared del fondo, una sola ventana, con gruesos barrotes, da sobre la calle. Es media mañana de un día de sol.
La puerta de la izquierda se abre hacia fuera con un pesado ruido metálico de su cerrojo de acero. Entra Temple, seguida por Stevens y el Carcelero. Temple se ha cambiado de vestido, pero lleva el abrigo de piel y el mismo sombrero. Stevens viste exactamente como en el Acto II. El Carcelero es un típico guardia penitenciario de provincias, en mangas de camisa y sin corbata, con las pesadas llaves en un gran anillo de hierro que golpea su pierna igual que un granjero lleva su linterna. Está cerrando la puerta después de entrar.
Temple se detiene en cuanto entra en la sala, forzando a Stevens a detenerse también. El Carcelero cierra la puerta, le echa el cerrojo interior con nuevo estrépito y golpear de acero y se da la vuelta.
CARCELERO
Bueno, Abogado, la escuela de canto cierra esta noche, ¿eh?
(a Temple)
Usted ha estado fuera, claro. No sabe nada de eso, no está al corriente de…
(se interrumpe bruscamente; está a punto de incurrir en lo que él mismo llamaría una terrible descortesía, lo que dentro de los dogmas de su clase y
Página 172
especie sería de la mayor torpeza y peor gusto: referirse directamente a un reciente duelo en presencia del doliente, especialmente tratándose de un duelo de esta índole, aunque mañana a esta misma hora, el propio estado haya efectuado la restitución con la vida del responsable. Trata de rectificarlo)
No es que no lo quisiera yo también, si fuera yo la mamá de…
(interrumpiéndose de nuevo; la cosa va peor que nunca; ahora no solo mira a Stevens, sino que se dirige a él)
Todos los domingos por la noche, y todas las noches desde el último domingo, excepto la noche pasada… y ahora que pienso en ello, Abogado, ¿dónde estaba usted anoche? Le echamos de menos… aquí el Abogado y Na… y la presa han estado cantando himnos en su celda. La primera vez él se quedó ahí en la acera mientras ella se asomaba a esa ventana de ahí. Y estuvo muy bien, no hacían daño a nadie, solo cantaron himnos religiosos. Porque todos nosotros, nativos aquí de Jefferson y del condado de Yoknapatawpha, conocemos al abogado Stevens, aunque algunos de nosotros puedan haber pensado que se pasó un poco de la raya…
(de nuevo se le está yendo de las manos; se da cuenta, pero ya no puede hacer nada; es como quien anda sobre un tronco flotante: lo único que puede hacer es moverse tan deprisa como le sea posible hasta llegar a tierra firme o al menos esperar a que pase otro tronco al que pueda saltar)
… al defender a una negra asesina, por no hablar de que fue su propia sobrina la ase…
(alcanza otro tronco y salta a él sin detenerse: por fin uno que se mueve en ángulo recto un tramo hacia simples generalidades)
… imagine por ejemplo que algún forastero, algún maldito turista yanqui se le hubiera ocurrido pasar por aquí en su coche, con lo que ya nos critican los yanquis…, además, un blanco de pie ahí fuera, al frío, mientras una maldita negra asesina está aquí arriba calentita y cómoda; así que, como ni yo ni la señora Tubbs habíamos ido al grupo de oración esa noche, lo invitamos a entrar; y, si quiere que le diga la verdad, al final nos gustó. Porque, en cuanto se dieron cuenta de que no habría objeción, los
Página 173
otros presos negros (ahora tengo cinco más, pero voy a sacarlos y a encerrarlos en la carbonera para que ustedes puedan estar solos) se unieron, y, para el segundo o tercer domingo por la noche, la gente se paraba a oírlos en la calle en vez de ir a la iglesia. Claro que los otros negros querían estar fuera los sábados y domingos por la noche para pelear o hacer apuestas o hacer el vago o emborracharse, de manera que cuando ya comenzaban a ponerse a tono, el coro al completo fue un éxito total. De hecho, se me ocurrió la idea de que la policía peinase los garitos y otros sitios de reunión de los negros no en busca de borrachos y jugadores, sino de bajos y barítonos.
(comienza a reírse, suelta una carcajada, se domina; mira a Temple con algo casi amable, casi articulado, en su rostro, tomando [como si dijéramos] por los cuernos, enfrentándose franca y abiertamente al dilema de su propio ineludible vicio)
Excúseme, señora Stevens, hablo demasiado. Lo único que quiero decir es que en todo el condado no hay un hombre ni una mujer, esposa o madre ni tampoco en todo el estado de Misisipi, que no… que no sienta…
(interrumpiéndose de nuevo, mirando a Temple)
Y aquí estoy otra vez, hablando de más. ¿No quiere que la señora Tubbs le traiga una taza de café o tal vez una Coca-Cola? Suele tener una o dos botellas en la nevera.
TEMPLE
No, gracias, señor Tubbs. Si pudiésemos ver a Nancy…
CARCELERO (volviéndose)
Claro, claro.
Se dirige al fondo, a la derecha, y desaparece por el pasillo.
TEMPLE
Otra vez la venda. Salida ahora de una botella de Coca-Cola o de una taza de café propiedad del condado. Stevens saca el mismo paquete de cigarrillos del bolsillo de su abrigo, aunque Temple los ha rehusado antes de que él pueda ofrecérselos.
Página 174
TEMPLE
No, gracias. Mi piel ya se ha endurecido. Apenas lo siento. Las personas. De verdad son amables y compasivas y buenas de forma innata, hereditaria. El miembro de la turba que interrumpe la ceremonia durante segundos o hasta minutos mientras desaloja a una familia de insectos o de lagartos del tronco que va a echar al fuego…
(se oye el rechinar de otra puerta de acero fuera de la escena cuando el Carcelero abre la celda de Nancy. Temple hace una pausa, se vuelve, escucha y continúa luego rápidamente)
Y ahora tengo que decir: «Hermana, te perdono» a la negra que asesinó a
mi bebé. No: es aún peor: tengo incluso que trasponerlo, darle la vuelta.
Tengo que comenzar mi nueva vida siendo perdonada otra vez.
¿Cómo puedo decir eso? Dímelo. ¿Cómo puedo?
Se interrumpe de nuevo, volviéndose más aún al entrar Nancy de la celda del fondo, seguida por el Carcelero que se le adelanta, trayendo el anillo de llaves cada vez más a la manera como un campesino lleva su linterna.
CARCELERO (a Stevens)
De acuerdo, Abogado. ¿Cuánto tiempo necesita? ¿Treinta minutos? ¿Una hora?
STEVENS
Bastarán diez minutos.
CARCELERO (todavía andando hacia la salida de la izquierda)
De acuerdo.
(a Temple)
¿De verdad no quiere el café o la Coca-Cola? Puedo subirle una mecedora…
TEMPLE
Gracias de todos modos, señor Tubbs.
CARCELERO
Página 175
De acuerdo.
(en la puerta de salida, abriéndola)
Entonces, diez minutos.
Corre los cerrojos, abre la puerta, sale, la cierra y echa los cerrojos tras de sí; el cerrojo produce un estrépito metálico y sus pasos se pierden a lo lejos. Nancy ha demorado el paso y se ha detenido cuando el Carcelero ha pasado a su lado; ahora se halla a unos dos metros detrás de Temple y Stevens. Su rostro está sereno, igual que antes. Viste exactamente como antes, excepto por el delantal; todavía lleva puesto el sombrero.
NANCY (a Temple)
Me han dicho que ha estado en California. Solía pensar que algún día yo también iría. Pero esperé demasiado para intentarlo.
TEMPLE
Yo también. Demasiado tarde y demasiado tiempo. Demasiado tarde cuando fui a California, y demasiado tarde cuando he regresado. Es decir, demasiado tarde y demasiado tiempo, no solo para ti, sino también para mí; demasiado tarde ya cuando nosotras dos debimos escapar como de la propia muerte del aire mismo que respirase cualquiera llamado Drake o Mannigoe.
NANCY
Pero no lo hicimos. Y usted regresó ayer por la noche.
También me han dicho eso. Y sé dónde estuvo anoche, usted y él juntos.
(señalando a Stevens)
Fueron a ver al alcalde.
TEMPLE
Oh, Dios, el alcalde. No: al Gobernador, al mismísimo Gran Hombre, en Jackson. Claro; lo supiste en cuanto te diste cuenta de que el señor Gavin no vendría anoche a ayudarte a cantar, ¿verdad? En realidad, lo único que no es posible que sepas es lo que nos dijo el Gobernador. No lo puedes saber todavía, por muy clarividente que seas, porque nosotros —el
Página 176
Gobernador, el señor Gavin y yo— ni siquiera hablamos de ti; la razón por la cual yo… nosotros tuvimos que ir a verlo no fue para suplicar o apelar o atar o desatar, sino porque era mi derecho, mi deber, mi privilegio… No me mires, Nancy.
NANCY
No la estoy mirando. Por otra parte, no importa. Sé lo que le dijo el Gobernador. Quizá se lo podría haber dicho yo misma anoche y se habría ahorrado el viaje. Quizá tenía que haberlo hecho…: enviarle unas palabras en cuanto me dijeron que estaba de vuelta y supe lo que usted y él…
(de nuevo señala a Stevens con ese escasamente perceptible movimiento de su cabeza, las manos enlazadas sobre la cintura como si llevase aún el delantal ausente)
… se proponían. Aunque no lo hice. Pero no importa.
TEMPLE
¿Por qué no lo hiciste? Sí, mírame. Esto es peor, pero lo otro es terrible.
NANCY
¿Qué?
TEMPLE
¿Por qué no me enviaste el recado?
NANCY
Porque habría sido tener esperanza: lo más duro de romper, de abandonar, de lo que más cuesta librarse, la última cosa de la que el pobre pecador quisiera desprenderse. Quizá porque es lo único que tiene. Al menos se aferra a ella, se cuelga de ella. Aun teniendo la salvación en la mano, y todo lo que tiene que hacer es elegir; aun con la salvación ya en la mano y cuando lo único que tiene que hacer es cerrar los dedos, el viejo pecado es todavía demasiado fuerte para él, y algunas veces antes de saberlo siquiera ha arrojado de sí la salvación para aferrarse de nuevo a la simple esperanza.
Pero no importa…
Página 177
STEVENS
¿Quiere usted decir que cuando se tiene la salvación no se tiene esperanza?
NANCY
Ni siquiera la necesitas. Todo lo que se necesita, todo lo que hay que hacer es simplemente creer. Así que quizá…
STEVENS
¿Creer en qué?
NANCY
Solo creer. Así que quizá sea mejor que lo único que hiciera anoche fuera imaginarme a dónde habían ido. Pero ahora lo sé, y sé lo que el Gran Hombre les dijo. Y no importa. Hace mucho tiempo que acabé con todo eso, aquel mismo día en el tribunal. No: antes de eso: aquella noche, en el cuarto de los niños, antes de levantar la mano…
TEMPLE (convulsivamente)
Calla. Calla.
NANCY
Está bien. Me callo. Porque no importa. Puedo rebajarme por Jesús también. Puedo rebajarme por Él también.
TEMPLE
¡Calla! ¡Calla! Al menos no blasfemes. Aunque ¿quién soy yo para criticar el lenguaje con que hablas de Él, cuando Él mismo no podría criticarlo, ya que es el único lenguaje que Él dispuso que aprendieras?
NANCY
¿Qué hay de malo en lo que he dicho? Jesús también es un hombre. Tiene que serlo. Los hombres escuchan por lo que se les dice. Las mujeres no. No les importa lo que se les dice. Escuchan por quién lo dice.
TEMPLE
Entonces deja que Él me hable. También yo puedo rebajarme por Él, si eso es lo que Él quiere, demanda, pide. Haré todo lo que Él quiera con solo que Él me diga lo que tengo que hacer. No: cómo hacerlo. Yo sé lo
Página 178
que tengo que hacer, lo que debo hacer, lo que tendré que hacer. Pero ¿cómo? Nosotros… creí que todo lo que tenía que hacer era regresar e ir a ver al Gran Hombre para decirle que no fuiste tú quien mató a mi bebé, sino que lo hice yo, ocho años antes, el día en que salí por la puerta trasera de aquel tren, y que eso sería todo. Pero estábamos equivocados. Luego yo… nosotros creímos que todo se reduciría a que viniese yo aquí para decirte a ti que tienes que morir; hacer todo el camino de vuelta, tres mil kilómetros desde California, conduciendo toda la noche hasta Jackson y hablando una o dos horas y de nuevo otra vez en coche hasta aquí para decirte que tienes que morir; no solo para traerte la noticia de que tienes que morir, pues eso podía hacerlo cualquier mensajero, sino porque tenía que ser yo quien velase toda la noche y hablase una o dos horas y luego te trajese la noticia. Ya sabes: no para salvarte a ti, no se trataba de eso: sino solamente por mí, tan solo por el sufrimiento y pagar: un poco más de sufrimiento simplemente porque había un poco más de tiempo reservado para un poco más de sufrimiento, y ya que lo estábamos pagando bien podíamos usarlo; y eso sería todo; entonces habríamos terminado. Pero nos equivocábamos de nuevo. Eso era todo, pero solo para ti. Nada peor te habría sucedido si yo no hubiera regresado de California. Ni siquiera te habría sucedido nada peor. Y, mañana a estas horas, ya no serás nada. Pero no yo. Porque está mañana y mañana y mañana. Todo lo que tienes que hacer es simplemente morir. Pero deja que Él me diga lo que tengo que hacer yo. No, me equivoco: yo sé lo que tengo que hacer, lo que voy a hacer; también yo lo supe aquella noche en el cuarto de los niños. Pero deja que Él me diga cómo. ¿Cómo? Mañana y mañana y otra vez mañana. ¿Cómo?
NANCY
Confíe en Él.
TEMPLE
Confiar en Él. Mira lo que Él me ha hecho ya. Lo cual no importa; tal vez lo merezca; desde luego no seré yo quien Le critique o Le corrija. Pero mira lo que Él te ha hecho a ti. Y sin embargo todavía puedes decir eso. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Es porque no hay nada más?
NANCY
No lo sé. Pero tiene que confiar en Él. Quizá ese sea su pago por el sufrimiento.
Página 179
STEVENS
¿El sufrimiento de quién y el pago de quién? ¿Cada uno a su ganancia?
NANCY
Todos. Todos los que sufren. Todos los pobres hombres pecadores.
STEVENS
La salvación del mundo está en el sufrimiento del hombre. ¿Es eso?
NANCY
Sí, señor.
STEVENS
¿Cómo?
NANCY
No lo sé. Tal vez cuando las personas sufren están demasiado ocupadas para hacer el mal, no tienen tiempo para atormentarse y entrometerse entre sí.
TEMPLE
Pero ¿por qué hay que sufrir? Él es omnipotente, al menos eso nos dicen. ¿Por qué no pudo Él inventar otra cosa? O, si es necesario sufrir, ¿por qué no es posible que lo hagamos con nuestro propio sufrimiento? ¿Por qué no se pueden redimir los pecados con la propia agonía? ¿Por qué tenéis que sufrir tú y mi bebita porque hace ocho años decidí ir a un partido de béisbol? ¿Hay que sufrir la angustia de todos los demás solo para creer en Dios? ¿Qué clase de Dios es este que tiene que chantajear a Sus clientes con el dolor y la ruina del mundo entero?
NANCY
Él no quiere que usted sufra. A Él tampoco le gusta el sufrimiento. Pero no puede evitarlo. Es como un hombre que tiene demasiadas mulas. De repente, una mañana mira en torno y ve más mulas de las que puede contar de una vez, por no hablar de encontrarles ocupación, y lo único que sabe es que son suyas, pues al menos nadie más las reclama, y que la noche antes la cerca del pasto las mantenía aún donde no podían hacerse daño a sí mismas ni a nadie más, en lo posible. Y que cuando llega la mañana del lunes puede ir y encerrar a algunas e incluso agarrar a algunas
Página 180
si tiene cuidado de no dar la espalda a las que aún no ha encerrado. Y que una vez que les ha puesto los aperos, harán su trabajo y lo harán bien, solo que todavía tiene que tener cuidado de no acercarse mucho a ellas y de no olvidar que siempre hay una de ellas a su espalda, incluso cuando les está dando de comer. Ni siquiera cuando otra vez es sábado al mediodía y las lleva de nuevo al pasto, donde hasta una mula sabe que por lo menos tendrá hasta el lunes por la mañana para correr libremente tras sus pecados y placeres de mula.
STEVENS
¿También hay que pecar?
NANCY
No es que tenga uno que hacerlo. Es que no se puede evitar. Y Él lo sabe. Pero usted puede sufrir. Y Él también sabe eso. Él no le dice a usted que no peque, simplemente le pide que no lo haga. Y Él no le dice a usted que sufra. Pero le da la oportunidad. Le da lo mejor de lo que Él cree que es usted capaz de hacer. Y Él lo salvará.
STEVENS
¿A usted también? ¿Una asesina? ¿En el cielo?
NANCY
Puedo trabajar.
STEVENS
El arpa, la túnica, los cánticos puede que no sean para Nancy Mannigoe… todavía no. Pero aún queda trabajo por hacer… lavar y barrer, quizá también niños a los que cuidar y alimentar y preservar del dolor y del daño y no dejar que los mayores los pisen.
(hace una pausa momentánea. Nancy no dice nada, inmóvil, sin mirar a nadie)
¿Quizá incluso ese bebé?
(Nancy no mueve un pelo, sin mirar aparentemente a nada, su rostro inmóvil, perplejo, inexpresivo)
Página 181
¿También ella, Nancy? Porque usted quería a esa niña, incluso en el momento mismo en que levantó la mano contra ella, sabía que no quedaba por hacer otra cosa que levantar la mano.
(Nancy ni responde ni se mueve)
Un cielo en que esa niñita solo recuerde de sus manos su gentileza porque ahora esta tierra solo habrá sido un sueño que no cuenta. ¿Es eso?
TEMPLE
O quizá no ese bebé, no el mío, porque, ya que yo misma destruí al mío cuando me deslicé por la puerta trasera de aquel tren aquel día hace ocho años, necesitaré todo el perdón y el olvido de que es capaz un bebé de seis meses. Pero sí el otro: el tuyo: del que me hablaste: el que habías llevado seis meses en tu vientre cuando fuiste al pícnic o al baile o convite o pelea o lo que fuera y aquel hombre te dio una patada en el vientre y lo perdiste. ¿Ese también?
STEVENS (a Nancy)
¿Cómo? ¿El padre le dio a usted una patada en el vientre cuando estaba embarazada?
NANCY
No lo sé.
STEVENS
¿No sabe quién le dio la patada?
NANCY
Eso sí lo sé. Creí que se refería a si era el padre.
STEVENS
¿Quiere decir que el hombre que le dio la patada no era el padre?
NANCY
No lo sé. Cualquiera de ellos podía serlo.
STEVENS
¿Cualquiera de ellos? ¿No tiene usted idea de quién era el padre?
Página 182
NANCY (mira impaciente a Stevens)
Si se sienta usted sobre una sierra, ¿podría decir qué diente lo hirió primero?
(a Temple)
¿Qué pasa con él?
TEMPLE
¿Podría también ese bebé estar allí, que nunca tuvo padre y que nunca nació, para perdonarte? ¿Hay un cielo al que pueda ese bebé ir para perdonarte? ¿Hay un cielo, Nancy?
NANCY
No lo sé. Yo creo.
TEMPLE
¿Crees en qué?
NANCY
No lo sé. Pero yo creo.
Todos se interrumpen al ruido de pasos que se aproximan al otro lado de la puerta de entrada, todos miran la puerta cuando la llave golpea de nuevo el cerrojo y la puerta se abre y entra el Carcelero cerrando la puerta tras de sí.
CARCELERO (cerrando la puerta)
Treinta minutos, Abogado. Usted lo dijo, ¿sabe?: no yo.
STEVENS
Volveré más tarde.
CARCELERO (se vuelve y se acerca a ellos)
Con tal de que no venga demasiado tarde. Quiero decir, si se espera hasta la noche para volver, puede que tenga compañía; y, si lo deja para mañana, ya no tendrá clienta.
(a Nancy)
Página 183
Encontré al predicador que querías. Dijo que estaría aquí hacia el atardecer. Su voz suena como si pudiera ser un buen barítono. Y nunca se tienen suficientes, especialmente porque después de esta noche ya no te hará falta uno, ¿eh? No me guardes rencor, Nancy. Cometiste el crimen más horrible que ha visto el condado, pero estás a punto de pagar por ley, y si la propia madre del niño…
(vacila, se interrumpe casi, se domina y continúa rápidamente, moviéndose de nuevo)
Ya estoy otra vez hablando de más. Vamos, si es que el Abogado ha terminado contigo. Podrás empezar a tomarte tu tiempo mañana al amanecer, porque puede que tengas un duro y largo viaje.
Pasa junto a ella y se dirige rápidamente hacia la celda del fondo. Nancy se da la vuelta para seguirlo.
TEMPLE (rápidamente)
Nancy.
(Nancy no se detiene. Temple continúa, rápida)
¿Y qué pasa conmigo? Aun en el caso de que haya uno y alguien esté esperándome en él para perdonarme, siempre queda el mañana y el mañana. E imagina mañana y mañana, y que después no haya nadie, nadie esperándome para perdonarme…
NANCY (andando tras el Carcelero)
Crea.
TEMPLE
¿Creer en qué, Nancy? Dímelo.
NANCY
Crea.
Sale de escena entrando en la celda tras el Carcelero. La puerta de acero fuera de escena golpea con sonido metálico y suena el estrépito de las llaves. Luego reaparece el Carcelero, se aproxima y cruza hacia la escena hacia la salida. Corre los cerrojos y nuevamente abre la puerta. Pausa.
Página 184
CARCELERO
Sí, señor. Un duro y largo camino. Si alguna vez enloqueciese yo hasta el punto de cometer un asesinato que me llevase a meter la cabeza en un nudo corredizo, la última cosa que querría ver sería un predicador. Mil veces mejor creer que no hay nada después de la muerte que arriesgarse al puesto al que seguramente iría yo a parar.
(espera, sujetando la puerta y mirando atrás hacia ellos. Temple permanece inmóvil hasta que Stevens le toca ligeramente el brazo. Entonces se mueve, tropieza ligera e infinitesimalmente; tan infinitesimal y rápidamente se recobra que el Carcelero apenas alcanza a reaccionar, aunque lo hace: con rápido interés, con ese modo casi gentil, casi articulado que hay en él, apartándose de la puerta, dejándola incluso abierta cuando comienza a dirigirse rápidamente hacia ella)
Aquí; siéntese en el banco; le traeré un vaso de agua.
(a Stevens)
Maldita sea, Abogado, por qué ha tenido que traerla…
TEMPLE (recobrada)
Estoy bien. Se dirige con paso firme hacia la puerta. El Carcelero la mira.
CARCELERO
¿Está segura?
TEMPLE (andando firme y rápidamente hacia él y luego hacia la puerta) Sí. Segura.
CARCELERO (volviéndose hacia la puerta)
Muy bien. Desde luego no la censuro. Maldito si entiendo cómo puede soportar este hedor ni siquiera una negra asesina.
Pasa por la puerta y sale, invisible pero aún sujetando la puerta y esperando para cerrarla. Temple, seguida por Stevens, se aproxima a la puerta.
VOZ DEL CARCELERO (fuera de escena: sorprendido)
Buenas. Gowan, aquí está su esposa.
Página 185
TEMPLE (andando)
Alguien que lo impida. Alguien que quiera hacerlo. Si no hay nadie, estoy hundida. Todos lo estamos. Condenados. Malditos.
STEVENS (andando)
Claro que lo estamos. ¿No nos lo ha estado diciendo Él desde hace dos mil años?
VOZ DE GOWAN (fuera)
Temple.
TEMPLE
Voy.
Salen. Se cierra la puerta con un estrépito metálico, el estrépito y el golpear de la llave, mientras el Carcelero echa de nuevo el cerrojo y luego los tres pares de pisadas suenan y van desapareciendo por el pasillo exterior.
Telón
Página 186
William Faulkner nació en 1897 en New Albany, Misisipi, y murió en 1962 en este mismo condado. Su primera novela, La paga de los soldados, es de 1926. Tras una breve estancia en Europa, publicó Mosquitos (1927) y Sartoris (1929), pero su gran periodo creativo comenzó sin duda con El ruido y la furia (1929), a la que siguieron Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932), Pilón (1935), ¡Absalón, Absalón! (1936), Los invictos (1938), Las palmeras salvajes (1939), El villorrio (1940), Intruso en el polvo
(1948), Réquiem por una mujer (1950), Una fábula (1954, Premio Pulitzer
1955), La ciudad (1957), La mansión (1959) y La escapada (Premio Pulitzer
1962), publicada poco antes de su muerte. También fue autor de cuentos, poemas, ensayos, obras teatrales y guiones cinematográficos, y está considerado uno de los mayores escritores estadounidenses del siglo XX. En 1949 recibió el Premio Nobel de Literatura.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario