© Libro N° 14797. Los Rateros. La Escapada. Faulkner, William. Emancipación. Febrero 7 de 2026
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LOS
RATEROS
La
Escapada
William
Faulkner
Los Rateros
La Escapada
William Faulkner
Traducida al español también con el título La escapada, esta novela, ganadora del premio Pulitzer en 1963, fue la última que escribió Faulkner. Cuenta la fuga de su hogar de un niño sureño de once años que parte hacia la aventura en compañía de un criado negro y el chofer de su abuelo en el coche recién adquirido de éste. El viaje será una iniciación, un aprendizaje, pero a su vez una búsqueda frustrada de la madurez inaprendida, porque la salida finaliza con un regreso y un enfrentamiento con el mundo de los adultos y su propio fracaso.
William Faulkner
Los Rateros
La Escapada
ePub r1.0
Titivillus 17.01.2021
Título original: Título
William Faulkner,1962
Traducción: Jorge Ferrer-Vidal Turull
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
A Victoria, Mark, Paul, William, Burks.
EL AUTOR Y SU OBRA
William Faulkner nace en New Albany, Mississippi, el 25 de septiembre de 1897. Es el mayor de cuatro hermanos, hijos de Murry y Maud Butler. Una sangrienta lucha sostenida por el honor de la familia, que concluyó con el asesinato del abuelo paterno de William, indujo a la familia a trasladarse a Oxford, Mississippi, su ciudad natal. Allí se encontró Faulkner de niño y allí vivó hasta su muerte. En Oxford asistió a la escuela y pronto reveló unas dotes particulares para la pintura, si bien desde niño quiso ser «escritor como su bisabuelo». Gracias a la fama heroica y novelesca que mereció su bisabuelo, William se encontró inmerso en la retórica caballeresca propia del sur de los Estados Unidos, con todos sus tabús de honor, venganzas y nobleza perdida, que llenarían su imaginación, lo mismo que las historias que oyó de su abuelo, hijo del famoso coronel. De él aprendió también, a la vez que las leyendas del profundo Sur, el código de «gentilhombre» que se convertiría en norma moral de sus novelas, llenas de valentía, honor y orgullo por una parte y de piedad, justicia y libertad por otra. Muy pronto manifestó el efecto que había ejercido en su fantasía todo cuanto oyó en su infancia, ya en el colegio se hizo famoso por las historias que contaba a sus compañeros. Cuando publicó sus primeros versos era sólo un adolescente. Muy pronto descifró también con un amigo el Ulises de Joyce, que en aquel momento sólo se conocía en círculos muy reducidos; pero sobre todo durante su vida escuchó interminables historias sobre el «profundo». Sur y sus habitantes, que arraigaron sin esfuerzo en el mundo poético del autor.
En 1918 intentó enrolarse en la aviación americana, y cuando le licenciaron se unió a las fuerzas canadienses; pero la guerra terminó antes de que pudiera participar en el combate. Una vez celebrado el armisticio, regresó a su casa y continuó escribiendo. El poco dinero que necesitaba para sus gastos lo ganaba trabajando como carpintero y pintor de brocha gorda.
Entretanto su padre abandonó el empleo que tenía de conductor del tren que un día había construido su abuelo y entró a trabajar como secretario en la Universidad de Mississippi. A raíz de esto, William fue admitido comoestudiante especial, aunque dos años después abandonó la Universidad, desencantado por el mal estado de la enseñanza. Entonces volvió a sus anteriores trabajos y realizó numerosos viajes a Memphis. Entretanto se iba creando a su alrededor una fama de hombre extraño, holgazán y bebedor; se había dejado crecer la barba y andaba descalzo, siempre meditando y fantaseando. Por fin le persuadieron de que empezara una carrera literaria en Nueva York, bajo la protección de un compañero. La vida en Nueva York le fue en principio muy difícil, ya que durante bastante tiempo tuvo que lavar platos para subsistir, hasta que le ofrecieron un puesto en una célebre librería entonces en manos de la que sería mujer de Sherwood Anderson. Por este empleo le pagaban 11 dólares semanales. Pero la estancia de Faulkner en Nueva York dio escasos frutos, ya que seis meses después volvía a su patria chica. Esta vez se puso a trabajar como distribuidor del correo de la Universidad, pero la ininterrumpida protesta por parte de los destinatarios de las cartas y el grado de confusión y de caos que alcanzó en el oficio, le forzaron a dimitir espontáneamente.
Entonces se fue a Nueva Orleans. Una antigua profesora a la que apreciaba mucho le presentó a Sherwood Anderson, mimado en aquel momento por la fama. Anderson le indujo a dejar la poesía y a escribir en prosa. El resultado de este encuentro fue La paga de los soldados (1926), obra que Anderson recomendó a su propio editor. Bajo el estímulo de esta primera obra, Faulkner escribe sobre la vida bohemia del momento, Mosquitos (1927), que todavía no revela la personalidad del escritor y que no es sino un eco de la prosa puesta en marcha por Hemingway y Dos Passos.
Después de un viaje de vagabundo por Europa Faulkner encuentra por fin su estilo. En Sartoris (1929), donde narra la historia de su legendario bisabuelo, Faulkner se convierte en el evocador del Sur decadente e invicto, protagonista ya de todos sus demás libros. El poco éxito de este libro le incitó a no tener en cuenta en adelante el gusto del público al escribir, ya en plena libertad escribe la obra que tanto él como la crítica posterior han considerado como la más interesante y lograda, El ruido y la furia (1929), en ella acentúa con desdeñosa fuerza el carácter denso y oscuro de su prosa. Benjy, hijo menor de los Compson, sordomudo e idiota, narra la historia de la familia, y a través de los monólogos de este demente, un laberinto de pensamientos inarticulados y nebulosos, con imprevistos golpes de luz que hacen intuir actos de violencia y de sangre, el lector debe construir toda la acción. La obra utiliza la narrativa en primera persona, como medio técnico inspirado en las formas modernas de la novela europea de Joyce y Proust, y con ello, en vez de narrar llanamente los hechos al lector, como hacía la novela clásica, le sugiere, mediante ecos de expresividad caótica y opaca. La obra alcanzó gran éxito crítico, pero el público la ignoró completamente. De todas formas el prestigio ganado le permitió casarse con Estelle, si bien este matrimonio resultó un fracaso. En los años siguientes Faulkner trabaja de fogonero en la Universidad y en sus ratos libres escribe Mientras yo agonizo (1930). Esta novela confirmó su éxito crítico y su falta de éxito económico. Es entonces cuando se decide a escribir Santuario, (1931), con el fin exclusivo de ganar dinero: y esta vez el éxito conseguido alcanzó unas proporciones fabulosas, como suele ocurrir a veces en América. Las obras de Faulkner se empezaron a cotizar muy alto, y los editores que en su día las habían rechazado estaban dispuestos a pagarlas a precios fabulosos. Con los 7000 dólares ganados, Faulkner compró la casa en ruinas y la restauró. Cuando se le acabó el dinero, ya famoso, fue llamado a Hollywood para que realizara una adaptación cinematográfica de Santuario, y a partir de entonces, Hollywood le acogió siempre que se encontró sin dinero.
En 1932, tuvo una hija, Jill, a la que educó con mucho cariño al igual que a sus dos hijastros, fruto del primer matrimonio de Estelle. En 1936, con el dinero ganado en Hollywood, compró una hacienda con la ilusión de ser siempre independiente económicamente. En realidad su trabajo consistió en ir de pesca o de caza con sus paisanos; pero sobre todo consistió en escuchar con inagotable paciencia las leyendas locales de la gente humilde de su país, fuente inagotable para su imaginación. Cuando en 1950 le anunciaron que le habían concedido el Premio Nobel, estaba abonando uno de sus campos.
La fantasía poética de Faulkner se halla tan cerca de la realidad que le circunda, que para evocar las leyendas del pasado, que tan importante lugar ocupan en sus historias, Faulkner imagina un condado casi igual a la región en la que vivió. El condado Yoknapatawpha. Este condado es la sede geográfica de la llamada «Saga Yoknapatawpha» de la que forman parte casi todos sus libros.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el entusiasmo del público y de la crítica por Faulkner casi se desmintió. El interés general por el autor volvió a resucitar en 1946, cuando el crítico Cowley publicó una antología de sus obras e introdujo en ella una serie de notas explicativas que revelaban su calidad de escritor. En 1948 apareció Intruder in the dust y en 1951 Requiem por una monja, trágica continuación de la historia de Temple, la protagonista de Santuario. En 1955 ganó el premio Pulitzer con la novela Una Fábula, y lo volvió a ganar a título póstumo con Los rateros en 1963.
Tanta fama y popularidad provocaron una larga serie de imitadores de escaso interés, ya que su narrativa resulta totalmente personal debido en parte a la herencia bíblica que contiene, tan viva en los estados del Sur; pero sobre todo porque su retórica no es un hecho externo sino con natural a su mundo poético. Así ocurre que imágenes y conceptos de la literatura olvidada reviven en Faulkner con fuerza evocadora. Por otra parte, la habilidad de Faulkner logra que el monólogo interior pase del autor al protagonista y se convierta en la voz de una tercera persona. Esto permite la dinamicidad y coexistencia de estratos de memoria que hacen de su estilo algo personalísimo y convierten el conjunto de su obra en una de las más grandes aportaciones literarias de su época.
El 6 de julio de 1962, Faulkner moría en su casa de Oxford, Mississippi, rodeado del mundo en el que siempre vivió y que tan bien supo expresar.
A. U.
Capítulo 1
El abuelo dijo:
Ésta es la clase de hombre que era Boon Hogganbeck. El mero hecho de colgar su fotografía en una pared hubiese sido su epitafio, hubiera producido el mismo efecto que una ficha Bertillon[1], o que un aviso policial ordenando su detención; cualquier agente del norte del Mississippi podría haberle detenido en medio de una multitud, después de leer someramente su filiación.
Era un sábado por la mañana, a eso de las diez. Tu bisabuelo y yo estábamos en la oficina. Mi padre se sentaba ante su mesa de despacho, contando el dinero que extraía de una bolsa de lona y comprobando la lista de facturas de portes que yo acababa de recoger por la plaza. Yo me sentaba en una silla que apoyaba contra la pared, en espera de que llegase el mediodía y de que me fuese abonada mi paga semanal de los sábados, consistente en diez centavos. Después podría irme ya a casa, comer y quedar libre, al fin, para tomar parte en el partido de pelota base que se estaba desarrollando desde después del desayuno sin mi presencia. El motivo radicaba en la teoría (no mía, sino de tu bisabuelo) de que un hombre, a los once años, debía sacrificarse e incluso pagar por aprender a asumir la responsabilidad necesaria a todo ciudadano, por ocupar el espacio que cubría en el mundo y el engorro que suponía su existencia para la economía (al menos, para la de Jefferson, Mississippi) del mundo. Todos los sábados, por lo tanto, después de desayunar, salía de casa en compañía de mi padre, mientras el resto de los chicos de nuestra calle paseaban ufanos, armados con sus pelotas, sus guantes y sus palos de pelota base. Mis tres hermanos pequeños, y, por lo tanto, más jóvenes que yo, eran mucho más afortunados, ya que la lógica de mi padre se basaba en el siguiente postulado: si un hombre adulto y laborioso podía sostener sobre sus espaldas el problema económico que suponían cuatro hijos, cualquiera de esos hijos, por lo general el mayor, debía ser capaz de colaborar en los desplazamientos que imponía el negocio sobre el cual descansaba la seguridad económica de la familia. En mi caso esos desplazamientos consistían en dar vueltas por la plaza todos los sábados por la mañana con las
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facturas de las cajas y bultos que nuestros porteadores negros habían recogido durante toda la semana en la estación y entregado en las puertas de las tiendas de ultramarinos, en los almacenes y en las granjas, y en regresar de nuevo a las oficinas de nuestras cuadras para que padre comprobase el contenido de mi bolsa de lona y repasase con cuidado sus cuentas. El resto de la mañana tenía que pasarlo también en la oficina con la única misión de atender al teléfono. Todo ello por la suma de diez centavos a la semana, la cual se suponía, por lo visto, que bastaba para mi sustento.
Eso era, precisamente, lo que estábamos haciendo cuando Boon, saltando como un loco, entró por la puerta. Eso es. Saltando. La verdad es que el escalón que separaba nuestra oficina del rellano no resultaba alto ni dificultoso ni para un niño de once años (aunque John Powell, el jefe de los mozos de cuadra, encargó a Son Thomas que buscase, pidiese prestado, cogiese o robase de donde fuese una tabla de madera que sirviese de escalón intermedio para mí), pero Boon lo salvaba siempre como si se tratase de un obstáculo de metro y medio. En esta ocasión, sin embargo, ya dentro de la habitación siguió saltando. En estado normal, su cara nunca ofrecía un aspecto sosegado y amable; pero en aquellos momentos parecía como si fuese a estallar entre sus hombros, tal era el estado de excitación, de inquietud, de lo que fuese, que le impulsaba a acercarse saltando hacia la mesa de despacho de mi padre y gritarle:
—Cuidado, Mr. Maury. Échese a un lado.
Después alargó la mano hacia el último cajón de la mesa, donde reposaba la pistola que teníamos en la cuadra. No puedo precisar si fue Boon quien derribó la silla al intentar abrir el cajón (era una silla giratoria de ruedas), o si, por el contrario, fue padre quien echó el sillón hacia la pared, a fin de tener espacio suficiente para dar una patada a la mano de Boon. Lo cierto es que los ordenados montoncitos de dinero salieron disparados en todas direcciones por encima de la mesa. Padre comenzó entonces a gritar y continuó pegando patadas al cajón o a la mano de Boon o a ambas cosas:
—¡Maldita sea! Estate quieto.
—Voy a matar a Ludus —vociferó Boon—. Ahora debe estar cruzando la plaza. Échese a un lado, Mr. Maury.
—No —replicó padre—. Estate quieto y lárgate.
—¿No me deja usted el revólver? —preguntó Boon.
—¡Maldita sea! Te he dicho que no —repitió padre.
—Muy bien —dijo Boon.
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Comenzó a saltar de nuevo hacia la puerta y salió de la habitación. Padre permaneció sentado donde estaba. Estoy seguro de que te habrás dado ya cuenta de lo ignorantes que suelen ser los hombres que han rebasado los treinta o los cuarenta. No es que tengan mala memoria o que sean olvidadizos. Eso es algo demasiado concreto y fácil. Es demasiado fácil decir: «Oh, papá (o el abuelo), o mamá (o la abuela), son viejos. Sencillamente, se han olvidado…». Existen muchas cosas, muchas realidades en la vida que uno no olvida jamás, tenga la edad que tenga. Un arroyo, un abismo, que de pequeño uno cruzó valiéndose de un simple leño, a guisa de puente. Uno vuelve, decrépito y macilento, al mismo lugar treinta y cinco o cuarenta años más tarde y el leño que hacía de puente ha desaparecido; es posible que ni siquiera sea capaz de recordarlo, pero lo que sí es seguro es que uno detiene el paso y que no se lanza al espacio que salvaba aquel humilde y lejano leño. Mi padre se encontraba en aquellos instantes en tal situación. Boon había penetrado saltando en la oficina y había estado a punto de derribar la silla en la que padre se sentaba, se había aferrado al cajón en el que estaba depositada la pistola hasta que padre había logrado golpear o patear, o lo que fuese, su mano y entonces Boon había dado media vuelta, escapado de la oficina dando saltos, y padre, naturalmente, creyó que el asunto estaba zanjado, que todo había concluido. Dejó incluso de maldecir y con absoluta calma volvió a colocar la silla desplazada en su sitio, ante la mesa, y contempló el dinero esparcido sobre ella. Al darse cuenta de que tenía que comenzar a contarlo de nuevo reanudó sus maldiciones sobre Boon, sin acordarse ya, al parecer, de la existencia de la pistola, como si desease insultar a Boon por el hecho de ser Boon Hogganbeck, hasta que yo le dije:
—Va a pedir a John Powell que le preste la suya.
—¿Qué? —exclamó padre.
Saltó también de su silla, atravesamos la habitación, salimos al rellano y descendimos al patio, donde John Powell y Luster estaban ayudando a Gabe, el herrero, a calzar a tres de las mulas y a un caballo. Padre no se tomó la molestia de maldecir otra vez. Se limitaba a gritar, cada tres pasos: «¡John! ¡Boon! ¡John! ¡Boon!».
Pero en aquella ocasión llegó tarde. Boon nos había engañado. La presencia de la pistola de John Powell en el establo no constituía un simple problema de seguridad, sino que tenía un carácter manifiestamente sentimental. Se trataba de un revólver de calibre 41, de cañón corto, viejo, pero en excelente estado de conservación, porque John lo había mantenido siempre limpio desde el día en que se lo compró a su padre, cuando cumplió
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los veintiún años. Lo que ocurría era que John no pretendía poseerlo. Es decir, oficialmente, el arma no existía. La norma general, que se remontaba al tiempo en que se creó el establo, era que la única pistola de la que se tenía noticia en el mismo estaba depositada en el fondo del último cajón de la derecha de la mesa de la oficina, y el acuerdo tácito entre todos los que trabajaban en el negocio, consistente en que ninguno de los componentes de la plantilla del establecimiento llevaba encima armas de fuego desde el momento en que entraba en el establo hasta que regresaba a casa, gozaba de plena validez, especialmente en el supuesto de que alguno de los porteadores pretendiese llevarla encima durante las horas de trabajo. Sin embargo —John nos lo había explicado todo y había obtenido nuestra simpatía y nuestra comprensión hasta llegar a formar, quizás, un frente común de opinión ante el mundo, en la seguridad por parte de padre de que de ello no se derivaría problema alguno, como hubiese en efecto ocurrido de no ser por Boon Hogganbeck—, John nos había expuesto cómo había adquirido la pistola a cambio de su trabajo extraordinario cuando era joven y que solía realizar después de ayudar a su padre en las faenas de su granja, cuando lo normal hubiese sido comer y dormir, hasta que, al fin, el día de su veintiún cumpleaños, había podido pagar a su padre el último centavo del precio estipulado y recibido la pistola; nos dio a entender que la pistola constituía para él el símbolo de su hombría, la prueba inequívoca de que, a los veintiún años, previamente, había llegado a ser un hombre; que jamás había intentado —e incluso se negaba a imaginar tal posibilidad, que algún día tuviese que hacerlo— apretar el gatillo contra un ser humano, pero que, a pesar de todo, sentía la necesidad absoluta de llevar continuamente el arma encima suyo; se esforzó en hacernos comprender que el hecho de dejar la pistola en su casa supondría para él lo mismo que encerrar su hombría en un cajón o en un armario antes de venir al establo a trabajar; nos dijo (y nosotros le creíamos) que si llegaba el momento de escoger entre dejar la pistola en casa o no ir a trabajar, no existiría para él más que una alternativa.
Al principio, su mujer le confeccionó un bolsillo en el interior de la pechera de su mono de trabajo, en el que llevara la pistola perfectamente sujeta. Pero John pronto se dio cuenta de que aquella solución no era conveniente, no porque el arma pudiese caer al suelo al realizar algún brusco movimiento, sino porque la forma de la misma se distinguía con excesiva claridad a través de la tela. Aquello no podía ser más que una pistola. Como es natural, no se preocupó por nosotros: nosotros sabíamos que la pistola existía porque Mr. Ballott, el capataz blanco del establo, y Boon, su auxiliar
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(que trabajaba en tumo de noche y que por lo tanto, en aquellos momentos debiera estar en la cama), y todos los porteadores y cocheros negros y el encargado de la limpieza de los pesebres e incluso yo, que por toda actividad me dedicaba a cobrar facturas y a atender al teléfono, lo sabíamos. También estaba enterado el viejo Dan Grinnup, un tipo de aspecto astroso, de barba manchada de tabaco, que nunca estaba completamente borracho y que oficialmente no formaba parte de la plantilla del establo, quizá por su afición a beber, pero principalmente en razón de su apellido, que no era Grinnup, sino Grenier. Los Grenier pertenecían a una de las familias más ilustres del condado hasta que les llegó el turno de arruinarse (Huguenot Louis Grenier, después de la Revolución, cruzó las montañas de Virginia y Carolina y en 1790 se estableció en Jefferson y fundó el clan familiar). El viejo Dan, pues, ni siquiera tenía dónde vivir ni tampoco familia, excepto un primo o un sobrino idiota, o lo que fuese, que vivía en una choza, junto al río, en los bosques cercanos al Recodo del Francés, que en otros tiempos habían constituido parte de las propiedades de los Grenier. Él, Dan, solía aparecer — nunca lo suficientemente borracho para impedirle conducir un carro— en el establo todas las mañanas con el tiempo necesario para conducir a la estación el coche de punto y esperar la llegada de los trenes de las 9:30 y de las 4:12 y transportar a los viajantes de comercio al hotel. Otras veces, cuando había algún baile o función de teatro, se presentaba por la noche en las cuadras (en ocasiones, Cuando su borrachera tomaba un cariz despectivo y lúcido, solía afirmar que, en otros tiempos, los Grenier habían sido los rectores de la buena sociedad de Yoknapatawpha y que ahora los Grinnup se limitaban a conducirla en coche). Había quien afirmaba que Dan conservaba su puesto en el establo, porque la primera mujer de Mr. Ballott había sido su hija, aunque la opinión que prevalecía entre nosotros era que padre, cuando era niño, había ido a cazar con frecuencia, en compañía del anciano padre de Dan, más allá del Recodo del Francés. La existencia, pues, de la pistola era obvia, no sólo para nosotros, sino también para padre. Padre también estaba enterado de ello. Tenía a la fuerza que saberlo. Nuestro establecimiento era demasiado reducido, demasiado familiar y recoleto para que pudiese ignorarlo. Así, pues, el problema moral de padre era exactamente el mismo que el de John Powell y ambos lo sabían y lo respetaban mutuamente como correspondía a dos caballeros. Si padre se hubiese visto obligado a reconocer la existencia de la pistola, habría tenido que exigir a John que la dejase en casa el día siguiente o que no volviese a trabajar. Y John, que era también un caballero y adivinaba el dilema de mi padre, jamás se hubiese atrevido a obligarle a reconocer que
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el arma estaba allí. Por lo tanto, en vez de en la pechera del mono, la mujer de John confeccionó otro bolsillo bajo la axila izquierda de la chaqueta, donde la pistola resultaba invisible (y cómoda de llevar), tanto cuando, en invierno, John llevaba la prenda puesta, como cuando la colgaba de su percha particular en el cuarto de arneses, como sucedía en verano. Ésta era la situación en que se encontraba el problema de la pistola cuando Boon, a quien se le pagaba para estar a aquella hora en la cama y que en cierto modo había dado su palabra de estar en su casa y no haraganeando por la plaza, donde se exponía a que le sucediese lo que precisamente le había llevado de nuevo al establo, entró dando saltos en la oficina y, con sus palabras, puso en evidencia a padre y a John, tratándoles implícitamente de mentirosos.
Pero padre llegó otra vez tarde. Boon nos engañó a los dos. Él también tenía noticia del perchero particular de John en el cuarto de arneses. Y se mostró hábil, se mostró lo bastante listo, para no subir de nuevo la escalera ni pasar por el pasillo, lo cual le hubiese obligado a cruzar de nuevo ante la oficina. Cuando llegamos al patio, John Luster y Gabe (y también las tres mulas y el caballo) estaban aún contemplando la puerta giratoria lateral por la que Boon acababa de desaparecer, llevando la pistola en la mano. John y padre se miraron uno a otro durante diez segundos, dándose perfecta cuenta de que todo el edificio que entre ellos habían construido de entendre-de-noblesse[2], se convertía en polvo, si bien la noblesse, la obligue permanecía aún en pie.
—Era la mía —dijo John.
—Sí —replicó padre—. Ha visto a Ludus en la plaza.
—Le cogeré —afirmó John—. Recuperaré mi pistola. Dé usted la orden.
—¡A cogerle quién pueda! —gritó Gabe.
Gabe, aunque de baja estatura, era un hombre terriblemente fuerte, más fuerte, sin duda, que Boon. Tenía una pierna aparatosamente torcida, de resultas de una antigua herida que se produjo en accidente de trabajo. Para herrar, solía coger una de las patas traseras de las mulas y caballos y atarla a su rodilla deformada (apoyándose a un poste, o algo por el estilo, en caso de que hubiese uno a mano) a fin de que el caballo o mula pudiese echarse al suelo como máxima defensa, pero nunca cocearle con alguna de las dos patas por falta evidente de equilibrio.
—Vamos, Luster, ve a cogerle…
—Ludus no corre ningún peligro —dijo John—. Está absolutamente a salvo. He visto disparar a Boon Hogganbeck otras veces. Dé usted la orden, Mr. Maury.
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Al hablar de Boon omitió llamarle «señor», y padre se dio cuenta. John jamás negaba aquel tratamiento a cualquier hombre blanco, aunque fuese su igual, porque, como he dicho, era un verdadero caballero. Pero padre también lo era y decidió pasar por alto la cuestión. Lo que le preocupaba, lo que le resultaba imperdonable era que Boon hubiese puesto de manifiesto la existencia de la pistola.
—No —dijo padre—. Sube a la oficina y llama a Mr. Hampton. (Eso es, Mr. Hampton era también entonces jefe de policía). Dile que detenga a Mr. Boon tan pronto como le sea posible.
Padre se dirigió después hacia la puerta.
—Ve con él —dijo Gabe a Luster—. Puede necesitar ayuda. Y cierra la puerta al salir.
Marchamos los tres por el callejón hacia la plaza (yo corriendo para mantenerme a la altura de los otros) con intención, no tanto de alcanzar a Boon, como de evitar después posibles conflictos entre éste y John Powell, a causa de la pistola. El mismo John había afirmado que Ludus estaba a salvo si Boon disparaba contra él. Todos conocíamos la mala puntería de Boon y nos constaba que no había necesidad de preocuparse por Ludus. Él, Ludus, había sido uno de nuestros cocheros hasta la mañana del martes pasado. Lo que había ocurrido de acuerdo con lo manifestado por Boon, Mr. Ballott, John Powell y el mismo Ludus, fue lo siguiente: una semana o dos antes, Ludus había conocido a una muchacha, que era hija (o la mujer, nunca lo supimos exactamente) del arrendatario de una finca situada a unos diez kilómetros de la ciudad. El lunes por la noche, cuando Boon vino al establo para relevar a Mr. Ballott, todos los troncos de caballos y mulas y todos los carros estaban en las cuadras, excepto Ludus. Mr. Ballott ordenó a Boon que le telefonease tan pronto como llegase Ludus y marchó a su casa. Ésta fue, al menos, la versión que dio Mr Ballott. Y la de Boon, corroborada en parte por John Powell (padre se había ido a casa un poco antes), fue como sigue: Mr. Ballott apenas había cruzado la puerta de la calle cuando Ludus entraba a pie por el patio trasero. Ludus le dijo a Boon que la goma de una de las ruedas de su carro se había desprendido y que se había detenido en nuestra casa y hablado con padre, quien le ordenó que condujese el carro a la charca de una pradera cercana, donde, por efecto de la humedad la madera de la rueda se hincharía hasta adaptarse de nuevo al neumático, y que colocase la pareja de mulas en nuestro establo para recogerlas la mañana siguiente. Todo lo cual resulta verosímil que Boon lo creyese, aunque John Powell dudó inmediatamente de la veracidad de aquellas palabras, ya que, como a cualquier persona con
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sentido común, se le ocurrió pensar que cualquiera que fuese la intención de padre con respecto al carro, siempre habría ordenado a Ludus que condujese el tronco al establo para que pudiese ser alimentado y cuidadosamente lavado. Pero eso fue lo que Boon afirmó que Ludus le había dicho y que, en consecuencia, se abstuvo de interrumpir la cena de Mr. Ballott para notificarle la llegada del cochero, puesto que padre estaba ya enterado acerca de lo ocurrido con las mulas y el carro y, a fin de cuentas, era él y no Mr. Ballott el propietario del negocio.
Y ahora la versión de John Powell, que habló a regañadientes; probablemente, nunca hubiese dicho nada de no haber sido porque Boon habría interpretado su silencio acerca de la verdad como una cualidad moral superior a la lealtad hacia los de su raza. Al comprobar que Ludus entraba en el establo por la puerta trasera con las manos vacías, en el preciso instante que Mr. Ballott salía por la principal, dejando las cuadras al cuidado de Boon, John ni siquiera se molestó en escuchar lo que dijo Ludus. Simplemente se limitó a marchar por el pasillo, hacia el patio, y a seguir callejón arriba, al final del cual encontró el carro de Ludus, y permaneció junto a él hasta que Ludus regresó a buscarlo. El carro contenía un saco de harina, un envase de brea y (según John) una bolsa de caramelos de menta de veinticinco centavos. Esto fue lo que, al parecer, ocurrió. Pero hay que tener en cuenta que, si bien la palabra de John acerca de cualquier mula o caballo era ley, mientras él estaba en el establo, y que prevalecía sobre la de Boon y aún sobre la de Mr. Ballott y la de padre, fuera de las cuadras, en tierra de nadie, era igual a la de cualquier otro asalariado del establo de Maury Priest, y él, Ludus, lo sabía. Es posible que Ludus se permitiese incluso recordárselo, aunque, personalmente, lo pongo en duda, porque todo lo que Ludus necesitaba decir era algo como esto: «Si Maury Priest se entera de que esta noche he tomado prestado ese carro y ese tronco, es probable que también sepa lo que llevas cosido en el interior de la chaqueta».
Pero no creo que llegase a decirle eso, ya que tanto él como John sabían perfectamente que si Ludus esperaba que John informase a mi padre acerca del «haber tomado a préstamo» el carro y el tronco de mulas, padre preferiría no darse por enterado, y si John esperaba que Ludus (o cualquier otro negro de las cuadras) le fuese a padre con el cuento de la pistola, estaba asimismo seguro de que éste decidiría también ignorar el asunto. Lo más probable es, pues, que Ludus no dijese nada y que John se limitase a comentar: «De acuerdo. Pero si las mulas no están de vuelta en los establos, sin señales de látigo o de haber sudado y sin aparecer cansadas, al menos una hora antes de
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que regrese Mr. Ballott mañana por la mañana». Ya habrás notado cómo los dos prescindían totalmente de Boon en el planteamiento y en la solución del problema, puesto que Ludus ni siquiera se molestó en considerar su presencia ni a decir: «Mr. Boon sabe que las mulas no pasarán aquí la noche. ¿No es él el jefe hasta que Mr. Ballott regrese mañana?»; ni tampoco John comentó: «Cualquiera que haya creído el cuento que has traído esta noche aquí en lugar de las mulas, resulta incompetente para ser el encargado de nada. Y me temo que esa persona se llama Boon Hogganbeck. Mr. Maury no solamente sabrá que el carro y las mulas no han pasado aquí la noche, sino que se enterará de donde han estado en realidad».
Pero John no debió tampoco decir tal cosa. Lo cierto es que, a pesar de que las mulas llegaron a las cuadras antes del amanecer, lo hicieron un cuarto de hora después de las seis, la hora de entrada de Mr. Ballott, quien mandó a buscar a Ludus y le comunicó que quedaba despedido.
—Mr. Boon sabía que mi tronco no estaba aquí —alegó Ludus—. Él mismo me envió a buscar un barril de cinco litros de whisky. Se lo traje a eso de las cuatro de la madrugada.
—Yo no te envié a ningún sitio —dijo Boon—. Cuando llegó anoche con el cuento de que las mulas las había dejado en la cuadra de Mr. Maury, ni siquiera me tomé la molestia de oírle. No se me ocurrió ni preguntarle dónde estaba realmente el carro y menos aún porqué demostró anoche tanto interés en sacar un tronco de mulas y un carruaje. Lo que sí le dije esta mañana, antes de que devolviese el carro al establo, es que fuese a buscar a casa de Mack Winbush un barril de whisky que destila el tío Cal Bookwright. Le entregué el dinero: dos dólares.
—Y yo le traje el whisky —dijo Ludus—. No puedo explicarme lo que habrá hecho usted con él.
—Lo que me trajiste fue un cuartillo de un potingue inmundo, a base de lejía y de pimienta —replicó Boon—. Yo no sé qué determinación tomará contigo Mr. Maury por tener las mulas fuera del establo toda la noche, pero sí imagino lo que haría Calvin Bookwright, en caso de que le enseñase el whisky que me trajiste, afirmando que lo había elaborado él.
—Mr. Winbush tiene su establecimiento a más de doce kilómetros de la ciudad —replicó Ludus—. Habría sido media noche antes de que pudiese llegar a…
Se interrumpió.
—Para eso querías tú el carro —dijo Boon—. Para largarte de la ciudad y, una vez en el campo, localizar cierta ventana trasera por donde meterte. Bien,
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ahora tendrás tiempo sobrado de hacerlo. Lo malo será que tendrás que ir a pie.
—Usted me dijo que le trajese un barril de whisky. Se lo traje —repitió Ludus hoscamente.
—No estaba lleno ni la mitad —respondió Boon.
Después se dirigió a Mr. Ballott:
—¡Maldita sea! No tiene usted obligación de pagarle el sueldo de la semana. (El salario semanal de los cocheros, en 1905, era de dos dólares). Me debe esa cantidad por el whisky que me estafó. ¿Qué está usted esperando? ¿Que venga Mr. Maury y le eche a la calle él mismo?
Tanto Mr. Ballott como padre, si hubiesen decidido despedir a Ludus, le habrían pagado su salario semanal. Pero Ludus decidió callar, puesto que sabía que Boon y Mr. Ballott estaban considerando la conveniencia de su despido por haber tenido el tronco de mulas fuera del establo toda la noche, sin tener suficiente autoridad para decidir sobre el particular; lo más probable era que el lunes siguiente Ludus apareciese con los otros cocheros a la hora habitual de entrada al trabajo y que John Powell tuviese ya el carro preparado para él, como si nada hubiese ocurrido. Pero el destino, el rumor, el cotilleo, habían jugado ya su carta.
Así, pues, padre, Luster y yo marchamos callejón arriba, hacia la plaza, yo corriendo tras ellos, pero llegamos tarde. No habíamos alcanzado aún el final de la calleja, cuando sonaron los disparos, los cinco disparos: PAM, PAM, PAM, PAM, PAM. Llegamos a la plaza y (no muy lejos; justo a la derecha de la esquina en la que el primo McCaslin tiene su tienda de ultramarinos) lo vimos todo. Había mucha gente. Boon, sin duda, había escogido bien el día y la hora para tener testigos en abundancia. Los sábados, incluso en mayo, cuando a la gente se le supone trabajando con ahínco en la tierra, son los días en que todos se dedican a compras, al menos en el condado de Yoknapatawpha. Estaban todos allí, blancos y negros. Un grupo lo formaban Mr. Hampton (el abuelo de Little Hub, el actual jefe de policía, que también saldrá elegido el próximo año) y dos o tres viandantes, que se esforzaban en reducir a Boon. En otro grupo un agente de policía mantenía a Ludus a unos cinco metros de distancia. Ludus conservaba aún la actitud propia del que queda paralizado, helado, en plena carrera, o la actitud de intentar romper el hielo que parecía cubrir su cuerpo mediante una feroz carrera, lo que resulte más apropiado. Y, por fin, un tercer grupo se congregaba frente al escaparate de la tienda del primo Ike, que había resultado destrozado por una de las balas disparadas por Boon (los otros cuatro disparos nadie sabía adonde habían ido
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a parar), después de atravesar la nalga de una muchacha negra, que yacía ahora en el suelo gimiendo y cuyos gritos se mezclaban con los clamores del primo Ike que acababa de salir de su tienda, increpando a Boon, no por romperle precisamente la luna del escaparate, sino más bien (el primo Ike era entonces aún joven, pero tenía ya fama de ser el mejor cazador que jamás tuvo el condado) por mostrarse incapaz de dar en el blanco, a pesar de haber disparado cinco tiros a una distancia de cinco metros escasos.
Todo se desarrolló con rapidez. El consultorio del doctor Peabody estaba al otro lado de la calle, encima de la droguería de Christian. Mr. Hampton, con la pistola de John Powell en la mano, se abrió paso entre la multitud y se dirigió a casa del médico, seguido por Luster y por otro negro, que llevaban a la muchacha, la cual seguía sangrando como un cerdo en plena matanza. Comenzaron a subir la escalera y padre, Boon, Ludus, acompañado por el otro agente de policía, y yo, marchábamos a continuación, hasta que Mr. Hampton se detuvo, se volvió hacia todos nosotros y comenzó a gritar. La oficina del juez Stevens radicaba en el mismo rellano que el consultorio del doctor Peabody, y él en persona apareció al final de la escalera que estábamos subiendo. Por lo tanto, nosotros, es decir, padre, Boon, Ludus, el agente de policía y yo, nos metimos en el despacho del juez y esperamos a que Mr. Hampton regresase del consultorio del médico. No tardó mucho.
—Bueno —dijo Mr. Hampton—. No ha sido nada. Apenas un rasguño. Habrá que comprarle un traje nuevo (no llevaba nada debajo), una bolsa de caramelos y darle diez dólares a su padre. La responsabilidad de Boon acabará ahí con respecto a ella. Lo que aún no he decidido es cómo saldará cuentas conmigo.
Miró con aspereza a Boon durante unos segundos. Mr. Hampton era un hombre alto y fornido, de ojos grises, metálicos y duros. Era tan fuerte como Boon, aunque quizás éste le sobrepasase algo en estatura.
—¿Qué tienes que decirme? —preguntó a Boon.
—Me insultó —dijo Boon—. Le dijo a Son Thomas que yo no tenía lo que hay que tener, que era un hijo de perra. Entonces Mr. Hampton se dirigió a Ludus.
—Y tú, ¿qué dices?
—Que no es cierto —replicó Ludus—. Lo único que hice fue llamarle imbécil.
—¿Qué dices? —preguntó Boon.
—Eso es peor —comentó el juez Stevens.
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—Claro que es peor —exclamó Boon—. ¿No se dan cuenta? No me quedaba otra alternativa. ¿Cómo iba a permitir yo, un hombre blanco, que un maldito mulero negro ponga en duda mi virilidad o que afirme ante cinco testigos que soy un imbécil? ¿No se dan ustedes cuenta? No cabe ni el recurso de exigirle que retire el insulto; no se puede hacer nada. Todos sabemos de antemano que es imposible corregirles e inútil castigarles.
Parecía estar a punto de llorar. Su cara adiposa, sus facciones feas, se encogían y se distendían como las de un niño.
—Lo que siento de verdad es que si pudiese obtener otra pistola para disparar contra Son Thomas, volvería a fallarme la puntería.
Padre se levantó de su silla con rapidez y nerviosismo. Era el único que se había sentado; incluso el juez Stevens se encontraba en pie, colocado, con las piernas abiertas y las manos ocultas tras las faldillas del levitón, de espaldas a la chimenea apagada, como si estuviéramos en pleno invierno y ardiera el fuego.
—Tengo que volver al trabajo —dijo padre.
Después, sin dirigirse concretamente a ninguno de los presentes, añadió:
—Me gustaría que Boon y el chico quedasen en libertad bajo fianza, para mantener la paz entre ellos. Cien dólares de fianza cada uno. Yo la deposito en nombre de los dos. Ahora bien, exijo que sean fianzas solidarias, en el sentido de que queden ambas anuladas en el momento en que cualquiera de ellos realice algo que, que…
—Que no le convenga a usted —concluyó el juez Stevens.
—Muchas gracias —dijo padre—. Que… rompa la tregua pacífica que intento establecer entre ellos. No sé si eso es legal o no.
—Yo tampoco lo sé —dijo el juez Stevens. Pero lo haremos igualmente.
Si una fianza de este tipo no es legal, debiera serlo.
—Muchas gracias —repitió padre.
Nosotros, padre, Boon y yo, marchamos hacia la puerta.
—Podría volver ya hoy a trabajar sin esperar al lunes —propuso Ludus—.
Si es que me necesita, claro.
—No —dijo padre.
Nosotros, padre, Boon y yo, bajamos la escalera y salimos a la calle. Era aún sábado y día, por lo tanto, de gran animación como todos los sábados, hasta el momento en que había ocurrido algo más, fuera de lo corriente, es decir, hasta el momento en que alguien llamado Boon Hogganbeck se había apoderado de una pistola. Caminamos por la calle hacia el establo: los tres, padre, Boon y yo: Boon habló, dirigiéndose a padre por encima de mi cabeza:
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—Doscientos dólares a un dólar por semana son cuarenta y ocho semanas. Imagino que el escaparate de Ike me costará otros diez o quince dólares, además de lo de la chica que se metió de por medio. Digamos, pues, que serán dos años y tres meses. Tengo unos cuarenta dólares en metálico ahorrados. Si se los entrego a usted ahora, supongo que no me pondrá a trabajar en una cuadra, con la puerta cerrada, en compañía de Ludus y de Son Thomas ni diez minutos, ¿verdad?
—No —contestó padre.
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Capítulo 2
Eso fue lo que ocurrió el sábado. El lunes por la mañana Ludus volvió al trabajo. El viernes siguiente, mi abuelo —el otro abuelo, el padre de mi madre, es decir, el bisabuelo de tu padre— murió en Bay St. Louis.
Boon ya no pertenecía a nosotros. Quiero decir que no sólo a nosotros, los Priest. O, mejor dicho, a los McCaslin y a los Edmonds, de los que nosotros, los Priest, constituíamos lo que podríamos llamar la estirpe más joven. Boon tenía tres propietarios: por una parte, nosotros, representados por mi abuelo y mi padre y por el primo Ike McCaslin y por nuestro otro primo Zachary Edmonds, a cuyo padre, McCaslin Edmonds, el primo Ike traspasó la plantación McCaslin el día en que aquél cumplió los veintiún años; y, por la otra, pertenecía también al Mayor de Spain y al general Compson, hasta el momento en que éste murió.
Boon era una especie de empresa familiar, una compañía anónima, sobre la cual nosotros tres —los McCaslin, De Spain y el general Compson— poseíamos el mismo cupo de responsabilidad ilimitada y solidaria, ya que la única norma corporativa existente era la de que cualquiera de los socios, por lo general el que estuviese más cercano a Boon, respondiese de los compromisos adquiridos por éste o de las consecuencias que pudiesen reportar sus actos; Boon constituía, por lo tanto, una verdadera asociación mutua benéfica, en la cual él gozaba de los beneficios y nosotros cargábamos con las medidas de protección y prestábamos nuestra benevolencia.
Su abuela había sido la hija de uno de los viejos indios de la tribu de Issetibbeha Chickasaw, que contrajo matrimonio con un blanco, comerciante en whisky; en ocasiones, siempre de acuerdo con la cantidad de licor consumida previamente, Boon se consideraba a sí mismo poseedor de un noventa y nueve por ciento de sangre Chickasaw y se manifestaba descendiente directo, por línea real, del viejo Issetibbeha mismo; sin embargo, dos minutos más tarde era capaz de pelear con cualquiera que se atreviese a sugerir que llevaba sangre india en las venas.
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Era un hombre fuerte, fiel, valiente, en el que nunca se podía confiar. Medía cerca de dos metros, pesaba más de cien kilos y poseía la mentalidad de un niño pequeño; por aquel entonces, padre comenzaba ya a decirme que, en el momento más inesperado, le superaría en inteligencia, a pesar de mi corta edad.
En una palabra: era el resultado en carne y hueso de un proceso biológico normal y perfecto (excepto en los momentos en que sus copas le inducían a buscar pelea con cualquier otro u otros, ya fuese —según le diese el alcohol— en defensa o en contra de su pretendida ascendencia india) y, por lo tanto, a pesar de que, en cierto modo había nacido para nosotros, a los nueve, diez u once años tuvo que estar sometido a la tutela de alguien y ese alguien fuimos nosotros tres, los McCaslin-De Spain-Compson, que nos vimos obligados a ello, como única solución al dilema que se nos presentó un día en el coto de caza del Mayor De Spain.
Se trata del mismo coto que probablemente tú continuarás llamando durante algunos años coto McCaslin una vez haya muerto el primo Ike, del mismo modo que nosotros, tus padres, continuamos llamándolo coto De Spain hasta diez años después de morir el Mayor. Pero en tiempos de mis padres, cuando el Mayor De Spain compraba, arrendaba o cedía tierras (a pesar de que en Mississippi no comenzaron a adquirirse títulos válidos de propiedad hasta 1865 ó 1870) y construyó en ellas los establos, las corralizas y el refugio de caza, era su coto; era él quien seleccionaba los hombres que creía idóneos para cazar las especies que, también él, decretaba. Y así, los que realmente debieran haber sido propietarios del bosque, no sólo no lo poseían, sino que eran los cazados: el oso, el venado, los lobos y las panteras, que, en aquellos tiempos, vivían a treinta kilómetros escasos de Jefferson, en la selva que rodeaba las márgenes del río y que había formado parte del loco sueño del viejo Thomas Sutpen, que, hace años, pretendió fundar un reino en aquella jungla salvaje que llegaba hasta las zonas pantanosas que se extendían desde las montañas hasta las ciudades y las plantaciones, a lo largo del cauce del Mississippi.
Entonces el coto estaba apenas a treinta kilómetros, pues, de Jefferson; nuestros padres podían salir de la ciudad a medianoche, en carros y en jardineras (un hombre a caballo podía ir aún más rápidamente), y encontrarse, al amanecer del quince de noviembre, cazando ya venados y osos. Hacia 1905, la selva se había retraído apenas unos treinta kilómetros más; los carros que llevaban las armas, la comida y las colchonetas de dormir, tenían que partir de Jefferson al atardecer. Pero una compañía maderera había construido
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un ferrocarril de vía estrecha para transportar los troncos de la serrería a la línea de ferrocarril principal, que pasaba a menos de un kilómetro de distancia del coto del Mayor De Spain y, por especial cortesía hacia el Mayor y sus huéspedes, la empresa se avenía a detener el tren los días de caza, para que los cazadores llegasen sin esfuerzo desde Jefferson hasta el lugar del coto donde estaban esperando los carros que habían salido de la ciudad la tarde anterior. En 1925 podía ya adivinarse que el coto estaba condenado a desaparecer. El Mayor De Spain y el resto de su viejo grupo de cazadores, excepto el primo Ike y Boon, habían muerto y (había ya gravilla y alquitrán desde Jefferson hasta la puerta de la finca de De Spain) sus herederos habían unido al tronar de los motores de sus automóviles el sonar de las hachas y de las sierras, que formaban un concierto infernal en donde, años atrás, se percibían tan sólo los ladridos de los perros de presa. Porque tienes que saber que Manfred De Spain era un banquero y no un cazador como lo fue su padre. Redimió las aparceras, vendió la tierra y la madera y en 1940 (fecha en que era ya el coto McCaslin) teníamos que cargar nuestros equipos en camiones y recorrer trescientos kilómetros sobre carreteras pavimentadas, para poder encontrar un bosque lo bastante grande y frondoso en donde levantar nuestras tiendas de campaña. Es posible que en 1980 el automóvil ya no os sirva para llegar a los bosques, de cuya desaparición es él mismo culpable en parte. Pero quizá podáis hallar nuevas selvas en la cara posterior de Marte o en la Luna, y hasta es posible que osos y venados a los que poder perseguir y cazar.
Pero lo cierto es que el día en que Boon, cuando debía tener once, doce o trece años, hizo su imprevista aparición en el coto, el Mayor De Spain, el general Compson, McCaslin Edmonds, Walter Ewell, el viejo Bob Legate y la media docena más que les acompañaban, solamente tenían que viajar unos treinta kilómetros. El general Compson, a pesar de que había mandado tropas con buen éxito en Shiloh, como coronel, y más tarde, como brigadier, había actuado con brillantez en la retirada de Atlanta, a las órdenes del general Johnson, no parecía estar muy ducho en topografía y, a los diez minutos de abandonar el campamento se perdió (la mula que él prefería montar le hubiese devuelto inmediatamente al punto de partida, pero como general de la Confederación, y también como miembro de la familia Compson, se negó a aceptar consejo de una mula). Desde entonces, siempre que iban al coto, al llegar al campamento el último de los cazadores, se dedicaban todos a hacer sonar sus cuernos, hasta que el general Compson regresaba. El sistema fue eficaz durante algún tiempo, pero dejó de ser útil cuando el general Compson comenzó a perder oído. En cierta ocasión, Walter Ewell y Sam Fathers, que
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era medio negro y medio indio chickasaw, estuvieron toda una tarde intentando localizarle y se vieron obligados a pasar la noche con él en pleno bosque. El Mayor De Spain tuvo que enfrentarse entonces con la alternativa de prohibir al general que abandonase el campamento o expulsarle del club, cuando, por suerte para todos, apareció Boon Hogganbeck, con su gigantesco corpachón y sus escasos doce o trece años. Físicamente superaba incluso al mismo general Compson, de quién se convirtió en enfermero o guía o protector y de quien no sabía nada, excepto su nombre. El primo Ike no se atreve a asegurar si no fue McCaslin Edmonds o el mismo Mayor De Spain quienes encontraron a Boon, en el lugar donde había sido abandonado por la persona a cuyo cuidado había estado hasta entonces. Todo lo que Ike sabe o recuerda es que, sea como sea, Boon apareció allí, cuando contaba doce años en la finca del viejo Carothers McCaslin, donde, precisamente, McCaslin Edmonds educaba a Ike, como si fuese su hijo. A partir de aquel momento McCaslin Edmonds adoptó también a Boon, como si se considerase asimismo su propio padre, a pesar de que en aquel tiempo contaba solamente treinta años.
No obstante, tan pronto como el Mayor De Spain se dio cuenta de que, o bien tenía que expulsar al general Compson del club, lo cual sería difícil, o bien prohibirle que abandonase el campamento, lo que era a todas luces imposible, decidió equiparle con algo parecido a Boon Hogganbeck. Y allí, precisamente, estaba Boon, descubierto por McCaslin Edmonds o por los dos a la vez, Edmonds y el mismo De Spain. Ike recuerda que la carga de las colchonetas, de las armas y de las vituallas, que tenía lugar el 14 de noviembre, era efectuada, a partir de entonces, por Tennie’s Jim (el abuelo de Bobo Beauchamp, del cual hablaré pronto), por Sam Fathers y por Boon. (En aquel tiempo, Ike contaba sólo seis años; le faltaba pues, cuatro o cinco para poder echarles una mano). Después marchaban, con McCaslin al frente montado en su caballo, al campamento de caza, donde todas las mañanas Boon vigilaba y seguía al general Compson cabalgando una mula idéntica a la del viejo soldado, a quien, a viva fuerza —a los doce años Boon era más fuerte que su tutelado—, obligaba a tomar el camino correcto que les devolviese al campamento antes del atardecer.
Así, pues, el general Compson, quizá contra su voluntad, acabó por hacer de Boon un conocedor perfecto del bosque. Pero ni el comer en la misma mesa ni el recorrer juntos los mismos caminos ni el dormir bajo la lluvia, ni siquiera las lecciones de Walter Ewell, lograron hacer de él un buen tirador. Una de las historias favoritas que se contaban en el campamento versaba
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sobre la puntería de Boon. Solía contarla Walter Ewell. En cierta ocasión, Walter había dejado al muchacho en uno de los puestos (el viejo general Compson ya había muerto y regresado, en consecuencia, al lugar donde debían acampar sus antiguos soldados de uniforme gris o azul —aunque lo más probable es que insistiese en afirmar que el lugar escogido no le complacía como morada definitiva—, y Boon era ahora un cazador más de la partida, como otro cualquiera), y al cabo de poco rato percibió los ladridos de los perros sonando por delante de los puestos de Boon e imaginó que también ante él había cruzado algún venado, puesto que oyó claramente el estampido de los cinco disparos efectuados con la vieja escopeta que el general Compson había legado al chico (el arma no había estado nunca en buenas condiciones, ni siquiera en los tiempos en que la utilizaba el general, y Walter afirmaba siempre que constituía un verdadero milagro el hecho de que aquella escopeta disparase dos tiros sin estallar), y oyó la voz de éste gritando: «¡Maldito sea! Allá va. Perseguidle, perseguidle…». Walter corrió hacia el puesto de Boon, halló los cinco cartuchos vacíos en el suelo y, apenas a un par de metros, observó las huellas inequívocas de un venado macho, que el muchacho no había sido capaz de alcanzar.
Poco más tarde, el abuelo compró aquel automóvil y Boon encontró en él una especie de alma gemela. Ya en aquellas fechas pertenecía oficialmente (por mutuo acuerdo de McCaslin-Edmonds-Priest; incluso McCaslin Edmonds había renunciado a hacer de él nada de provecho, puesto que el muchacho fracasó al intentar pasar por tercera vez el primer grado y, por otra parte, no demostraba el menor interés en aprender a ser un buen granjero) a la plantilla del personal de los establos. Al principio el trabajo en las cuadras consistía en lo de siempre, es decir: alimentar al ganado, limpiar arneses y engrasar ruedas de carro. Pero creo haberte ya dicho que Boon poseía una especial habilidad en tratar a caballos y mulas, y gracias a ello se convirtió pronto en cochero de nuestros vehículos de alquiler, jardineras y simones, que esperaban la llegada de los trenes en la estación, y de las calesas, birlochos y otros carros ligeros que empleaban los viajantes de comercio para realizar visitas a los almacenes de las zonas rurales.
Él, Boon, vivía ahora en la ciudad, excepto cuando McCaslin y Zachary estaban ausentes, en cuyo caso marchaban a dormir a la finca, para proteger a las mujeres y a los niños. Pero, por lo general, vivía en Jefferson, es decir, tenía aquí su residencia oficial. Había alquilado una habitación en lo que, en tiempos de mi abuelo, era el hotel Comercial, establecido en esperanzada
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competencia con el Holstan House, aunque, en realidad, tal competencia jamás existió. Sin embargo, era un buen hotel y de seria reputación. En él se hospedaban y comían los jueces durante los periodos de funcionamiento de los Tribunales, y los tratantes de caballos y mulas de la región se encontraban allí más a gusto que entre las alfombras y cortinas, las sillas repujadas de cuero y las escupideras de metal que existían en el otro hotel de la ciudad. Más tarde pasó a ser el Snopes Hotel, con sus dos largas eses pintadas a mano sobre la fachada principal. Eso ocurrió cuando Mr. Flem Snopes (el banquero que fue asesinado hace diez o doce años por un pariente loco que, aunque reconoció que no le había mandado a la cárcel directamente, le acusó de no ayudarle a salir) comenzó a trasladar su tribu desde las soledades del Recodo del Francés a la ciudad. Más tarde aún, en los años treinta, el hotel fue arrendado, durante breve tiempo, a una mujer pelirroja, que llegó y se fue de repente y a la que tu padre y la policía conocían por el nombre de «Little Chicago». En la actualidad ese hotel es lo que tú conoces ahora por la casa de huéspedes de Mrs. Rouncewell.
Pero en tiempo de Boon era todavía el hotel comercial; y en los intervalos que mediaban entre las noches en que se veía obligado a dormir en el suelo de las cocinas de algún Compson, Edmonds o Priest, vivía allí. Así que estaba hospedado en el hotel cuando mi abuelo compró el automóvil.
Mi abuelo no necesitaba para nada un automóvil; se vio obligado a comprarlo. Como banquero, como presidente del Banco más antiguo de Jefferson, el más importante de Yoknapatawpha, estaba convencido —y mantuvo ese punto de vista hasta la muerte— de que el vehículo de motor constituía un fenómeno sin importancia —algo así como el canto de una rana o la existencia del moho, que estaba condenado a desaparecer con el sol del día siguiente—, a pesar de que cuando él murió todos los habitantes del condado daban por supuesto que el automóvil había de perdurar para siempre. Pero el coronel Sartoris, presidente del Banco más moderno, el «Banco de Agricultura y Comercio», le obligó a adquirir un coche. O, mejor, fue otro loco entusiasta del progreso mecánico, llamado Buffaloe, quien le convenció. Así, pues, el automóvil de mi abuelo no fue el primero que vio Jefferson. (No tomo en cuenta el coche de carreras rojo de Manfred De Spain. Aunque Manfred era su propietario y recorrió con él diariamente, durante muchos años, las calles de Jefferson, no podía ocupar en la decorosa organización social de nuestra comunidad un lugar más destacado, que el que ostentaba el propio Manfred de Spain, y se le consideraba, como a su dueño, fuera de cualquier relación social seria. Manfred era un solterón incorregible, que
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gozaba de mala fama, no sólo en la ciudad, sino también en todos los lugares que frecuentaba durante las noches de los sábados, a los que acudía puntualmente incluso en su edad madura. El color escarlata del coche constituía, en cierto modo, un desafío a la ciudad, la cual, a su vez, lo contemplaba con aire de rotunda desaprobación).
El del abuelo no fue el primer coche que vio Jefferson, o viceversa. No fue siquiera el primero que radicó en la ciudad. Dos años antes, había llegado uno desde Memphis, cubriendo los ciento veinte kilómetros en menos de tres días. Después comenzó a llover y el coche permaneció en Jefferson durante dos semanas, durante las cuales apenas tuvimos luz eléctrica, y si el establo hubiese dependido únicamente de Boon, nos habríamos quedado también sin transportes públicos. Porque Mr. Buffaloe era el hombre —el único ser humano que vivía a menos distancia de Memphis que sabía cómo hacerlo— que estaba encargado de hacer funcionar la central eléctrica térmica; y a partir del instante en que el maldito automóvil dio señales evidentes de que no pretendía seguir viajes, Mr. Buffaloe y Boon se constituyeron en compañeros inseparables del mismo, en dos sombras —una grande y otra pequeña, una que olía a amoníaco y a grasa de caballo y otra que correspondía a un hombrecillo cubierto de hollín y sucio de carbón, cuyos diminutos ojos semejaban un pedazo de pluma de malvís azul montados sobre un filón de hulla; un hombre que, como máximo, podía pesar cincuenta kilos con todas sus herramientas (que eran también de la ciudad) en el bolsillo—, perpetuas e inmóviles, del coche, al cual dirigían sus miradas con expresión de incrédulo deseo, la una, de tenaz insistencia, como un toro, y la otra, con gesto beatífico, lleno de ternura y ensueño, que llegaba a límites de arrebato cuando su mano, delicada como la de una mujer, tocaba la carrocería rutilante del coche.
Llovió aquella noche y el día siguiente. Y el propietario del coche fue advertido por Mr. Buffaloe —que, a fin de cuentas, era un extraño para todos, ya que jamás nadie le había visto fuera del ámbito de la central eléctrica o del pequeño almacén que poseía en el patio trasero de la misma, y a quien nadie podía imaginar, por lo tanto, profetizando el estado de las carreteras— de que los caminos estarían impracticables, al menos durante una semana a diez días. En vista de ello, el propietario decidió dejar el coche cerrado en la cuadra de Mr. Buffaloe, que estaba en un estado deplorable, y regresó a Memphis en tren. Ninguno de nosotros pudo explicarse eso: cómo Mr. Buffaloe, un hombrecillo vulgar y sin carácter, que parecía inmerso constantemente en un estado de sonambulismo infrahumano y grasiento, pudiese gozar de dotes
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hipnóticas que ninguno de nosotros sabía que poseía suficientes para persuadir a un completo extraño para que dejase aquel juguete, caro y recién estrenado, bajo su custodia. Pero el propietario lo hizo y regresó a Memphis. Y, a partir de entonces, siempre que se producía en Jefferson una avería eléctrica, alguien tenía que desplazarse a pie o a caballo o en bicicleta a casa de Mr. Buffaloe, al otro extremo de la ciudad, donde aparecía el electricista con su aspecto fantasmal, de absoluta ensoñación, caminando sin prisa desde el establo a su casa, frotándose las manos como si desease limpiarlas arrancándose la piel. Padre, por su parte, al tercer día, descubrió, al fin, dónde paraba Boon durante el tiempo en que debía estar en los establos. Porque el mismo Boon reveló su secreto, al verter las judías contenidas en un saco, en su deseo de acabar con rapidez enfermiza su trabajo. Boon y Mr. Buffaloe hubiesen llegado al extremo de pelear a brazo partido, de no ser porque éste último —quién poseía, al parecer, una capacidad inacabable de sorpresas y habilidades—, decidió mantener a raya a Boon mediante la ayuda de una pistola, grasienta y llena de hollín, que extrajo de su mono de trabajo.
Ésa fue, al menos la versión que nos dio Boon. Él y Mr. Buffaloe habían estado de acuerdo, desde un principio, en aunar esfuerzos para que el coche fuese a parar a la custodia de éste y para que su propietario regresase a Memphis; en consecuencia, Boon esperaba que Mr. Buffaloe resolvería con rapidez el misterio de cómo poner el motor en marcha para sacarlo del establo durante la noche y dar una vuelta por el campo. Pero, ante la sorpresa y la indignación de Boon, todo lo que Mr. Buffaloe ambicionaba saber era la razón por la cual el coche andaba.
—Lo ha destrozado —dijo Boon—. Ha sacado todas las piezas para ver lo que había dentro del motor. Nunca será capaz de volver a colocarlas en su sitio.
Sin embargo, Buffaloe las colocó. Cuando dos semanas más tarde regresó el propietario, el electricista le contempló marchar con su mirada aterciopelada, su expresión soñadora y su cuerpo lleno de grasa. Y un año más tarde, Buffaloe fabricó su coche propio, con su motor, sus cambios de marcha y sus frenos, aprovechando el chasis de una jardinera; aquella tarde, armando un alboroto tremendo, al electricista se le ocurrió pasear a gran velocidad por la plaza de Jefferson, en la que se cruzó con el coche del coronel Sartoris, cuyo tronco de caballos, lleno de espanto, volcó el carruaje y lo arrastró hasta destrozarlo. La noche siguiente se publicó una ordenanza municipal prohibiendo la utilización de vehículos autopropulsados de cualquier clase, dentro de los límites del Ayuntamiento de Jefferson.
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Y por lo tanto, como presidente del Banco más antiguo del condado de Yoknapatawpha, mi abuelo se vio obligado a comprar un automóvil para no doblegarse a la voluntad dictatorial del presidente de un Banco con menor solera. ¿Te das cuenta exacta de lo que quiero decir? No se trataba de mantener la primacía en la jerarquía social de la ciudad, y menos aun de establecer rivalidades, pero eran banqueros, sacerdotes dedicados por entero a los impenetrables misterios de las finanzas y, en consecuencia, se veían obligados a cambiar de parecer en cuanto las circunstancias lo aconsejaban. Mi abuelo, pues, a pesar de su larga e irreductible oposición de su negativa a reconocer la llegada de la era del maquinismo, se vio obligado al fin a confesar públicamente que la ilimitada prosperidad que ofrecía el futuro de nuestro país radicaba en la producción masiva —en la pesadilla masiva, decía él— de aquellas carrocerías de chatarra sostenidas sobre cuatro ruedas y accionadas por un motor.
Compró un automóvil y Boon halló en él su alma gemela, el amor virginal que anhelaba su corazón inocente y primitivo. Era un «Winton Flyer[3]». (Éste fue el primer coche que tuvimos, antes que el «White Steamer»[4], que adquirimos cuando la abuela decidió, dos años más tarde, que el olor a gasolina le resultaba insoportable. Se le ponía en marcha con la manivela, colocándose uno frente al radiador, sin mayor peligro (siempre que se hubiese recordado quitar las marchas) que la posible fractura de los huesos del antebrazo; estaba provisto de faros de petróleo para conducir durante la noche, y con el concurso de cinco o seis personas se podía levantar la capota, en diez o quince minutos y cubrir el coche, cuando el cielo amenazaba lluvia. El abuelo lo equipó también con una linterna de petróleo, un hacha pequeña, un rollo de alambre de espino y un par de llaves inglesas, a fin de poder viajar con cierta tranquilidad más allá de los límites de la población. Con ese equipo podía perfectamente —lo hizo en cierta ocasión, de la que hablaré más adelante— llegar hasta Memphis. Todos nosotros, abuelos, padres, tías, primos y nietos, poseíamos una vestimenta especial para ir en el automóvil, consistente en velos, cascos, gafas para protegemos del polvo, guantes y una especie de batas informes que nos sujetábamos en la garganta llamadas guardapolvos, de los cuales también hablaré más adelante.
Por aquellos días, Mr. Buffaloe había enseñado a Boon a conducir su coche de fabricación casera. Como es natural, no podían utilizar para sus prácticas las calles de la ciudad —lo cierto es que el coche nunca jamás volvió a traspasar la cerca de Mr. Buffaloe—, pero tanto Mr. Buffaloe como Boon emprendieron con entusiasmo la tarea de igualar y rasar el pedazo de
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terreno libre que existía frente al establo del electricista, logrando convertirlo en una especie de autódromo. Por tal razón, en el momento en que Boon y Mr. Wordwin, el cajero del Banco del abuelo (era un hombre soltero y uno de los más prominentes y estimados ciudadanos —en el corto plazo de diez años había actuado de testigo en trece bodas—), fueron a Memphis a buscar el coche y traerlo de nuevo a la ciudad (en todo un tiempo récord: menos de dos días), Boon se había ya convertido en la máxima autoridad automovilística de Jefferson.
Sin embargo, Boon no pudo ver sus sueños convertidos en realidad, porque el abuelo pronto prescindió del automóvil. Se limitó a comprarlo, pagó por él lo que Boon llamaba una hermosa cantidad en dinero de curso legal, y después de pasar algunos ratos contemplándolo con expresión inescrutable, lo retiró de la circulación. Naturalmente, él (el abuelo) no pudo realizar sus propósitos de una manera radical; seguía en vigor la ordenanza municipal dictada por el coronel Sartoris, y en su calidad de banquero de mayor solera no podía permitirse el lujo de quedar al margen del progreso automovilista, cualquiera que fuese la opinión que tales vehículos le merecieran. En realidad, en este punto, el abuelo y el coronel Sartoris estaban de completo acuerdo. Hasta la muerte de ambos (cuando éstas ocurrieron el aire de Jefferson estaba ya completamente impregnado de humos y olores de gasolina, y las noches, en especial las de los sábados, se llenaban de chasquidos de parachoques destrozados y de chirridos de frenos), ninguno de sus Bancos prestaron un céntimo a nadie que resultase sospechoso de destinar el dinero conseguido a la compra del automóvil. El crimen, pues, que el coronel Sartoris había cometido con relación a mi abuelo, era sencillamente haber tomado una iniciativa que ambos aprobaban, pero que debía haber correspondido al más antiguo en la profesión, a saber: la prohibición oficial de utilizar coches en las calles de Jefferson antes de que llegase allí el primero de aquellos artefactos. ¿Comprendes? El abuelo compró un automóvil, pero no con ánimo de desafiar la ordenanza del coronel Sartoris. Lo hizo con intención deliberada y serena de revocarla, aunque sólo fuese por medio de la utilización del coche durante una semana.
Antes de la ordenanza del coronel Sartoris, el abuelo había trasladado su coche y sus caballos del patio trasero al establo de las cocheras de alquiler, donde quedaba ventajosamente a disposición de la abuela, ya que le era más fácil llamar por teléfono a las cuadras, en las cuales siempre había alguien que gritar por la ventana trasera para que dispusiesen el carruaje. Ned, en la cocina, o en las cuadras, o donde estuviese (o se creyese que estaba cuando la
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abuela le llamaba), con frecuencia no le oía. La verdad es que Ned solía estar la mayor parte de las veces fuera del alcance de cualquier voz que pudiese surgir de la casa de la abuela, quizá porque una de ellas acostumbraba a ser la de su mujer.
Ya que hemos citado a Ned, vamos a seguir con él. Era el cochero del abuelo. Su mujer (me refiero a la que tenía entonces, porque se casó cuatro veces) era Delphine, la cocinera de la abuela. En aquel tiempo, era tío[5] Ned, al menos para mi madre. Es decir, madre quería que los niños —o sea, tres de nosotros, porque Alexander no podía aún llamar a nadie de ninguna manera— le llamásemos «tío Ned». Nadie, excepto ella, mostraba el menor interés en dirigirse a él de esta manera, ni siquiera la abuela, que era también un McCaslin, ni el propio Ned, quien debía reconocer que no se ganaba tal tratamiento por el mero hecho de vivir el tiempo suficiente para que la estrecha franja de cabello que rodeaba su cráneo comenzase a teñirse de gris, como anticipo de una blancura que nunca llegó a producirse. (Me refiero a su pelo, claro. Cuando murió, a los setenta y cuatro años, apenas había cambiado en nada, excepto de mujer). Probablemente, pues, él no sentía el menor interés en ser llamado tío, como no lo mostraba nadie en la familia, sino madre, la cual, a pesar de no pertenecer propiamente a la familia McCaslin, insistía en ello. Ned era un McCaslin, nacido en 1860, en el patio trasero de nuestra casa. Pertenecía, pues, al esqueleto de nuestra familia; lo heredamos con los demás bienes del patrimonio familiar, junto con la leyenda (de la que era principal defensor el propio Ned) de que su madre era hija natural del mismísimo Lucius Quintus Carothers y de una esclava negra. Ned nunca permitió que ninguno de nosotros olvidásemos que él y el primo Isaac eran verdaderos bisnietos directos de la noble alcurnia de los Lancaster, mientras que nosotros, los Edmonds y Priest, aunque le poseyésemos, no constituíamos otra cosa sino una rama colateral del viejo tronco.
Cuando Boon y Mr. Wordwin llegaron con el coche, la cuadra estaba habilitada como garaje. Se había pavimentado con cemento, y se habían cambiado las puertas, que se cerraban con un nuevo candado que el abuelo sostenía en la mano mientras caminaba alrededor del coche, observándolo de la misma manera como habría examinado un arado, una cosechadora o un carro (o, incluso, al mismo cliente) que un presunto comprador pretendiese adquirir con un préstamo de su Banco. Después ordenó a Boon que metiese el coche dentro del garaje (sí, no te extrañe, en 1904 ya sabíamos en Mississippi que ése era el nombre de los locales donde se cerraban los coches).
—¿Cómo dice? —preguntó Boon.
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—Que lo metas —dijo el abuelo.
—¿Ni siquiera va a dar usted una vuelta para probarlo?
—No —replicó el abuelo.
Boon lo metió en el garaje y volvió a salir. Hasta entonces su expresión había sido de sorpresa absoluta; ahora sus ojos traslucían algo semejante al terror.
—¿Tiene llave?
—¿Qué?
—Llave, palanca. Lo que le ponga en marcha.
Lentamente, Boon extrajo un objeto de su bolsillo y lo depositó en la mano del abuelo.
—Cierra las puertas —ordenó.
Avanzó hacia el garaje y él mismo colocó el nuevo candado, lo cerró con cuidado y se metió la llave en el bolsillo. Boon estaba librando una dura batalla consigo mismo. Se encontraba atravesando una crisis profunda. La situación era desesperada. Nosotros, Mr. Wordwin, la abuela, Ned, Delphine y todos los demás, blancos y negros, que nos encontrábamos en la calle cuando el coche apareció, le observábamos venciéndose a sí mismo, intentando mantenerse sereno.
—Volveré después de cenar para que Miss Sarah (es decir, la abuela) lo pruebe. A la una, más o menos. Si es demasiado tarde, puedes venir antes.
—Ya te mandaré aviso a la cuadra —dijo el abuelo.
Se trataba de una operación a gran escala. No una mera lucha de guerrillas. Había que ganarlo todo o perderlo todo, de una sola vez; resultaba imposible aventurar pronósticos ajustados a la lógica, calcular cuánto tiempo duraría aquella amarga decepción, aquel tira y afloja. Lo mejor era tener paciencia, saber esperar, dejar pasar el tiempo. La situación duró tres días, hasta el sábado. Boon regresó a los establos; durante toda la tarde no se alejó del teléfono ni un solo instante, a pesar de que claramente intentaba disimular su inquietud, no delatar su estado de ánimo; incluso cumplió bien con su trabajo —al menos así lo creían todos, hasta que padre descubrió que sin autorización alguna había comisionado a Luster para que fuese a la estación, con la jardinera, a esperar la llegada del tren de la tarde, que coincidía siempre (a excepción de cuando traía retraso) con la hora en que el abuelo daba por terminada su jornada en el Banco—. Pero aunque la batalla estaba aún planteada en términos defensivos, requería —exigía— una vigilancia, una alerta constante que mantenía el espíritu de Boon en un estado de absoluta confianza:
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—Sí, es cierto. He mandado a Luster. Al paso que va creciendo esta ciudad, pronto necesitaremos que sean dos los coches que vayan a la estación. Y hace tiempo que tengo puesto el ojo encima de Luster para que cubra el puesto de ese segundo cochero. No se preocupe. Yo me encargo de vigilarle.
Pero el teléfono no sonaba. Cada día, a las seis, Boon tenía que reconocer que ya no habría llamada. Su posición debía consistir en mantenerse todavía a la defensiva. Nada se había perdido, y durante las noches podía dedicarse a revisar sus fuerzas y a calibrar posibilidades.
Sin embargo, una mañana, sobre las diez, entró —mejor dicho, entramos — en el Banco, como quien no quiere la cosa, y le dijo al abuelo:
—Deme usted las llaves. Todo el barro y el polvo de la cuenca del Mississippi y todo el polvo y el barro de Tennessee están aun adheridos al coche. Cogeré la manguera del establo en previsión de que Ned haya perdido la de su casa.
El abuelo miró a Boon, le miró sin prisa, como si Boon fuese un cliente que le solicitase un préstamo de quince dólares ofreciendo como garantía un carro o una segadora.
—No quiero que mojes el suelo del garaje —dijo.
Pero Boon le replicó igualando, quizá superando, su calma y su indiferencia, dando a entender que él tenía aun más tiempo que perder en argumentos y discusiones.
—De acuerdo, de acuerdo. Recuerde que el vendedor dijo que el motor debe ponerse en marcha todos los días. Aunque no se tenga que ir a ningún sitio. No importa. Hay que evitar que las bujías y los magnetos se llenen de orín y que tenga que gastarse usted veinte o veinticinco dólares para comprar unos nuevos en Memphis o para llevarlo al taller de la fábrica. No es que pretenda cargarle con tal responsabilidad. Es, sencillamente, lo que dijo aquel hombre. Yo seguiría su consejo, aunque usted puede hacer lo que le plazca. El automóvil es suyo. Si prefiere que se enmohezca de arriba a abajo, es asunto que a nadie le importa. Con un caballo sería diferente. Aún suponiendo que hubiese comprado un caballo por menos de cien dólares, me obligaría usted a sacarlo a la calle y a pasearle para que las tripas le siguiesen funcionando.
El abuelo era un buen banquero y Boon lo sabía. El abuelo, no sólo conocía el momento oportuno de retirar un crédito, sino también el instante apropiado de cancelarlo o protestarlo. Se metió la mano en el bolsillo y entregó a Boon las dos llaves, la del candado y la que ponía en marcha al automóvil.
—Vamos —me dijo Boon, dando media vuelta.
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Mientras caminábamos aún calle arriba, distinguíamos los gritos de la abuela llamando a Ned por la ventana trasera del segundo piso, pero, en el momento en que llegábamos a la puerta, desapareció de allí. Atravesamos el patio con intención de recoger la manguera y, en la puerta de la cocina, hallamos a Delphine.
—¿Dónde está Ned? —nos preguntó—. Le hemos llamado a gritos toda la mañana. ¿No estará en los establos?
—No creo —replicó Boon—. Si le vemos, le diré que venga. Pero será mejor que no le esperéis.
Ned estaba allí. Él y dos de mis hermanos se ayudaban mutuamente para intentar ver el coche a través de las ranuras de la puerta del garaje. Imagino que si Alexander hubiese sabido andar, habría estado allí también; no comprendo como tía Callie se había olvidado de él. Sin embargo, el pequeño llegó inmediatamente. Madre atravesó la calle llevándole en brazos. Debió de pensar que tía Callie estaba aún haciendo sus labores de encaje.
—Buenos días, Miss Alison —dijo Boon. Y añadió después—: Buenos días, Miss Sarah.
Porque ahora la abuela estaba también allí con Delphine detrás de ella. Había también dos vecinas más, dos vecinas, que aún llevaban puestos sus gorros de tocador. La verdad es que Boon podía no ser banquero, ni siquiera un buen comerciante; pero estaba demostrado que sus dotes de guerrillero eran excepcionales. Se dirigió hacia el garaje, introdujo la llave en el cerrojo y abrió las puertas. Ned fue el primero que se metió dentro.
—Bueno —le dijo Boon—. Tú has estado aquí desde el amanecer, mirando entre las ranuras de las puertas. ¿Qué te parece esto?
—Aún no he formado opinión —replicó Ned—. Lo que sí creo es que el amo Priest podía haber comprado el mejor caballo del condado de Yoknapatawpha con el dinero que le ha costado.
—En Yoknapatawpha no existe ningún caballo que valga más de doscientos dólares. Con el precio de este coche se podrían comprar más de diez. Anda, acércame la manguera.
—Acerca la manguera, Lucius —dijo Ned, dirigiéndose a mí.
Ni siquiera se tomó la molestia de mirarme. Avanzó hacia la portezuela del automóvil y la abrió. Era la portezuela trasera. En aquellos tiempos los asientos de delante no tenían puerta de acceso. Ned penetró en el coche.
—Venga, Miss Sarah. Y usted, Miss Alison —dijo—. Delphine puede esperar con los niños para dar otra vuelta cuando regresemos.
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—Haz lo que te he dicho y acércame la manguera —repitió Boon—.
Antes de ponerlo en marcha, tenemos que sacarle del garaje.
—No se te ocurrirá sacarlo a fuerza de brazo, ¿verdad? —dijo Ned—. Creo que podríamos ir con él hasta la manguera. Me temo que tenga que ser yo quien, a fin de cuentas, se vea obligado a conducirlo, en especial si va muy de prisa. Ji, ji, ji. Vamos, Miss Sarah, suba.
—¿Crees que podemos subir, Boon?
—Sí, Miss Sarah.
La abuela y madre subieron al coche. Antes de que Boon cerrase la puerta, Ned ya se había colocado en el asiento delantero.
—Fuera de aquí —gritó Boon.
—Vamos, pon en marcha esto, si es que realmente sabes cómo funciona. Yo no pienso tocar nada hasta que no me entere de cómo se maneja. Anda, ponlo en marcha.
Boon se inclinó sobre el asiento del conductor, quitó las marchas y conectó el motor. Después se colocó ante el radiador y dio a la manivela. A la tercera vuelta, el motor comenzó a roncar.
—¡Boon! —exclamó la abuela.
—No se asuste, Miss Sarah. Todo va bien —contestó Boon, gritando con fuerza para hacer audible su voz entre el estruendo del motor. Después se sentó ante el volante.
—No es que me asuste —dijo la abuela—. Sube, rápido. Estoy nerviosa… Boon manipuló las palancas y, al cabo de escasos segundos, el coche, marcha atrás comenzó a salir lentamente del garaje, llegó al patio, se bañó en
el sol y se detuvo.
—Ji, ji, ji —rió Ned.
—Ten cuidado, Boon —exclamó la abuela, agarrada con firmeza al borde de la portezuela.
—Sí, señora —contestó Boon.
El automóvil comenzó a moverse de nuevo hacia atrás y dio la vuelta. Después echó a andar adelante, con la dirección aún girada. La abuela se aferraba a la portezuela cada vez con más fuerza. La expresión de madre era como la de una niña. El coche avanzó lentamente por el patio, hasta alcanzar la verja que nos separaba de la calle, y de allí salió a la carretera, al mundo, y se paró nuevamente. Boon no dio ninguna explicación; se limitó a permanecer sentado tras el volante —mientras el motor continuaba funcionando, silencioso y pausado— y a volver la cara lo suficiente para observar la de la abuela. ¡Oh, sí! Él no era un viejo lagarto, ducho en el arte de negociar letras
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de cambio, como el abuelo, y aun habría, sin duda, gente en Jefferson que se atrevería a afirmar que era un perfecto inútil, pero como guerrillero, como especialista de escaramuzas, no había quien superase su habilidad y su estilo. La abuela permaneció callada durante medio minuto. Al fin, emitió un hondo suspiro y dijo:
—No, tenemos que esperar a Mr. Priest.
Quizás aquello no constituía aún una victoria, pero sí el descubrimiento por parte de nuestro bando —Boon—, del punto flaco del enemigo —el abuelo—. Aquella misma noche, a la hora de cenar, el mismo enemigo lo había descubierto.
Había descubierto que sus flancos se derrumbaban. Y el sábado siguiente, después del cierre del Banco, y todos los sábados que siguieron a aquél y, en adelante todas las tardes de verano, excepto si llovía, el abuelo y Boon en los asientos delanteros y el resto de nosotros en turnos rotativos —la abuela, madre, mis tres hermanos y yo, tía Callie, que cuidaba de nosotros durante los viajes, e incluso padre, Delphine y varios de nuestros parientes y amigos íntimos del abuelo, por estricto orden de rotación—, nos enfundábamos en los guardapolvos y con las gafas caladas cruzábamos Jefferson para dirigimos al campo. Tía Callie y Delphine tomaban parte en estas excursiones, pero no Ned. Ned tan sólo había subido al coche en dos ocasiones: durante el breve minuto en que Boon lo sacó marcha atrás del garaje, y durante los dos minutos siguientes en los que el automóvil dio la vuelta y se acercó a la verja de la calle, hasta que la abuela perdió el dominio de sus nervios y ordenó que no salieran a la calle, al mundo.
Ya el segundo sábado, Ned se había dado perfecta cuenta, y aceptado —al menos se había convencido de ello— de que aun en el caso de que el abuelo decidiese nombrarle mecánico oficial y guardián del coche, solamente le habría sido posible cumplir sus deseos pasando sobre el cadáver de Boon. Por lo tanto, decidió negarse a reconocer la existencia del coche en la casa y llegar a un tácito acuerdo entre caballeros con el abuelo, en virtud del cual Ned se comprometía a no pronunciar palabra alguna de desprecio o crítica contra el propietario del coche, y el abuelo, por su parte, se obligaba a no ordenar jamás a Ned que limpiase o abrillantase la carrocería cómo solía hacerlo habitualmente con los carruajes de caballos, cosa que tanto el abuelo como Ned sabían que éste se habría negado a hacer, aun contando con la aquiescencia de Boon. Éste fue, precisamente, el motivo por el cual el abuelo infligió el único castigo sobre Ned por su apostasía, es decir: impedirle la
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oportunidad de negarse públicamente a limpiar el automóvil, antes de que Boon pudiese oponerse a que se acercase a él.
Fue entonces cuando Boon quedó adscrito —adscripción que se realizó de mutuo e instantáneo acuerdo— al tumo de noche de las cuadras, ya que, de otro modo, el negocio de los coches de alquiler no le habría visto más el pelo. La presencia de aquellos habitantes de la clase alta de Jefferson —amigos o conocidos de mi padre o simplemente amigos de los caballos, que solían considerar nuestros establos como una referencia comercial como otra cualquiera, que resultaba útil cuando se esperaba alguna carta o algún paquete —, hubiese sido menos extraña en las cuadras que la del mismo Boon. Supón, por un instante, que fueses mi padre y que necesitases ver a Boon: me enviarías a buscarle al patio del abuelo, donde se pasaba la vida limpiando y sacando brillo al automóvil. Incluso durante las primeras semanas en las que el coche no salía del patio más que de sábado a sábado, lo sacaba todas las mañanas del garaje y lavaba con inusitada aplicación hasta el último tomillo; después se sentaba de guardia, junto al coche, en espera de que se secase la última gota de agua.
—De tanto lavarlo, va a arrancar la pintura de la carrocería —comentó Mr. Ballott—. ¿Está enterado el patrón de que le pasa la manguera todos los días durante cuatro o cinco horas?
—Y si lo hace, ¿qué más da? —dijo padre—. Aunque no lo lavase, se estaría todo el santo día en el patio contemplándolo.
—Póngale en el turno de noche —sugirió Mr. Ballott—. Entonces podría hacer lo que quisiese durante el día y John Powell iría a dormir a su casa, para variar un poco.
—Sí, eso pienso hacer —contestó padre—. Se lo comunicaré tan pronto como encuentre a alguien que se atreva a acercarse a aquel patio.
Había una colchoneta de corcho en el cuarto de arneses, sobre la cual John Powell o cualquier otro de los cocheros o mozos de cuadra a sus órdenes pasaban la noche, principalmente como vigilantes nocturnos contra incendios. A la sazón padre hizo instalar una cama plegable y un colchón en la misma oficina, a fin de que Boon pudiese descansar cuando lo necesitase, y pasarse el día entero, con completa inmunidad, en el patio del abuelo sacando brillo al automóvil o absorto en su contemplación.
Por aquel entonces, todas las tardes se colocaba el turno correspondiente en el asiento trasero y, después de cruzar la plaza, salíamos al campo; el abuelo había instalado un extraño freno de emergencia que constituía ya una
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parte inseparable del equipo del automóvil, para él casi tan importante como el mismo motor que lo movía.
Pasábamos siempre por la plaza. Es posible que hayas pensado que, tan pronto como tuvo en su poder el coche, el abuelo había comenzado a hacer lo que tú hubieras hecho, puesto que lo había comprado para tal fin: esconderse en espera del paso del coche de caballos del coronel Sartoris, hacerle pasar un mal rato y enseñarle que no se podían dictar ordenanzas restrictivas de los privilegios y derechos de los demás, sin tomar en cuenta previamente la opinión de sus mayores. Pero el abuelo no hizo tal cosa. Finalmente, todos nos dimos cuenta de que el coronel Sartoris no le importaba en absoluto. Lo que en realidad le interesaba, cuando salía en automóvil, eran los troncos de caballos y los carros. Ya te he dicho que era un hombre con verdadero sentido del porvenir, un hombre capaz de tener una visión clara del futuro. La abuela se sentaba rígida y tensa, cogiéndose a la portezuela y llamando al abuelo por su nombre propio y no por el de Mr. Priest, como lo hacía siempre desde que la conocíamos. Y cuando el caballo o el tronco a cuyo lado pasábamos se ponía nervioso, se inquietaba, y, a veces, se encabritaba sobre los cuartos traseros, sonaba su voz, una y otra vez repitiendo: «Lucius, Lucius», mientras el abuelo (en caso de que fuese un hombre quien condujese el carro y que éste no transportase mujeres o niños) decía en voz baja a Boon:
—No pares, ahora. Afloja la marcha, pero no pares.
Cuando era una mujer la que llevaba las riendas, ordenaba a Boon que detuviese el coche y él, en persona, se apeaba y hablaba con voz tranquila al caballo asustado, hasta lograr acercarse lo suficiente para cogerle por el bocado y obligarle a rebasar el coche. Después se quitaba el sombrero, saludaba a las señoras del vehículo y regresaba al automóvil, para ocupar de nuevo el asiento delantero.
—Tenemos que ayudarles a que se acostumbren —decía a la abuela—. ¡Quién sabe! Es posible que dentro de diez o quince años haya otro automóvil en Jefferson.
El sueño que Mr. Buffaloe había convertido en realidad valiéndose solamente de sus manos, en el patio trasero de su casa, estuvo a punto de producir en el abuelo el efecto curioso de curarle de un vicio que le tenía dominado desde los diecinueve años. Masticaba tabaco. La primera vez que viajando en coche volvió la cabeza para escupir, los que íbamos en el asiento trasero no nos dimos cuenta de lo que iba a suceder hasta que fue demasiado tarde. ¿Cómo podíamos imaginarlo? Ninguno de nosotros había recorrido en automóvil con anterioridad. Aquélla fue nuestra primera excursión una
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distancia mayor que la que separaba el garaje de la verja de la calle, y menos aún a una velocidad de veinte kilómetros por hora (hay que aclarar que cuando Boon decía que íbamos a diez kilómetros por hora, en realidad lo hacíamos a veinte; cuando decía a veinte, eran cuarenta; en las afueras de Jefferson encontramos un trecho de camino en línea recta, donde Boon decía que el coche avanzaba a veinticinco por hora; pero, más tarde, le oí contar a un grupo de amigos en la plaza, que el automóvil había alcanzado los sesenta; todo esto sucedía, claro está, antes de que nos enterásemos de que aquel aparato del cuadro de mandos que semejaba un medidor de vapor a presión, era, en realidad, un cuenta-kilómetros), y, por lo tanto, no es de extrañar que no supiésemos a qué atenernos. Por otra parte, no podía importamos demasiado; todos llevábamos puestas las gafas, nuestros guardapolvos y velos y, a pesar de que las batas eran nuevas, las manchas y las salpicaduras de tabaco constituían simples manchas y salpicaduras parduscas propias de guardapolvos, ya que aquellas batas, por el mero hecho de llamarse así, no podían servir exclusivamente para protegerse del polvo, sino también del barro y, llegado el caso, hasta del tabaco. Pero la abuela, que se sentaba en el lado izquierdo (en aquellos tiempos los coches se conducían, como los carros, desde el lado derecho; ni siquiera Henry Ford, un hombre con una visión tan clara del futuro como el abuelo, pudo adivinar que el volante acabaría colocándose a la izquierda), justo detrás del abuelo, inmediatamente ordenó a Boon:
—Para el automóvil.
Permaneció sentada en su asiento, sin expresar indignación, aunque sí sintiéndose sorprendida y ultrajada. Acababa de cumplir cincuenta años (tenía quince cuando ella y el abuelo se casaron), durante los cuales jamás se le hubiese ocurrido pensar que ningún hombre —y menos que nadie su marido
— se atreviese un día a escupirle en la cara, del mismo modo que jamás hubiese imaginado que Boon podía tomar una curva sin hacer sonar previamente la bocina. Sin dirigirse concretamente a nadie, sin ni siquiera levantar la mano para limpiarse el salivazo, dijo:
—Llévame a casa.
—Vamos, Sarah —dijo el abuelo—. No te pongas así. Escupió el tabaco que tenía en la boca y ofreció a la abuela el pañuelo, grande y limpio, que llevaba en el bolsillo. Pero la abuela no lo quiso coger. Boon se había apeado con objeto de que en alguna casa cercana le dejasen un cazo con agua, un poco de jabón y una toalla, pero la abuela se negó a utilizar nada de aquello.
—No me toquéis —dijo—. Llevadme a casa.
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Seguimos adelante; la abuela, inmóvil, con el salivazo oscuro de tabaco secándose sobre sus gafas y sobre su mejilla, a pesar de que madre se ofreció a escupir sobre su pañuelo y limpiarle la cara.
—Déjame en paz, Alison —dijo.
Pero a mi madre no le importaba el tabaco, al menos en el coche. Quizás es que fuese tímida. Durante todo aquel verano fuimos solamente madre, nosotros, tía Callie y uno o dos niños vecinos, los que nos sentábamos en el asiento trasero del coche. Madre se sonrojaba, reía y se entusiasmaba como una niña. Había ideado una especie de escudo protector que semejaba su abanico con un largo mango, lo bastante ligero para poder levantarlo sobre casi todos nosotros con la misma rapidez con que el abuelo volvía la cabeza. El abuelo, pues, masticaba ahora su tabaco con absoluta tranquilidad de conciencia, ya que le constaba que, en el asiento de detrás, madre permanecía siempre alerta y dispuesta a levantar el escudo protector; por otra parte, todos nosotros estábamos ya perfectamente entrenados, y cuando nos dábamos cuenta de que el abuelo se disponía a volver la cabeza para echar el salivazo, nos apresurábamos a refugiarnos bajo la pantalla aisladora, lanzándonos hacia el lado derecho del coche, mientras éste avanzaba a más de veinticinco kilómetros por hora.
Aquel verano aparecieron dos automóviles más en Jefferson. Y nos parecía como si sus ruedas estuviesen ya de acuerdo en allanar las carreteras y caminos, mucho antes de que el precio de los coches en el mercado obligase a gastar aún más dinero en asfaltarlas.
—Dentro de veinticinco años no existirá en el país ninguna carretera o camino por los que no se pueda transitar en coche, haga el tiempo que haga.
—¿No costará eso mucho dinero, papá? —preguntó madre.
—Sí, costará dinero —replicó el abuelo—. Pero los constructores de carreteras emitirán acciones y el Banco las comprará.
—¿Nuestro Banco? —preguntó madre—. ¿Comprar títulos que favorezcan la expansión de la industria automovilística?
—Sí —dijo el abuelo—. Los compraremos.
—Pero ¿qué haremos nosotros? Es decir, Maury.
—Seguirá en el negocio de alquiler de vehículos —dijo el abuelo—. Lo único que tendrá que hacer será cambiarle el nombre. «Garaje Priest», quizás, o «Compañía Automovilística Priest». La gente pagará cualquier precio para dar una vuelta en automóvil. Habría algunos que hasta pagarían por trabajar con él y aprender mecánica. Fíjate en lo que ha ocurrido con las bicicletas. Fíjate en Boon. No sabemos explicarnos por qué, pero es así.
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Después llegó el mes de mayo, y mi otro abuelo, el padre de mi madre, murió en Bay St. Louis.
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Capítulo 3
Era de nuevo sábado; el siguiente, para ser exactos. Ludus iba nuevamente a cobrar todos los sábados por la tarde; es posible que dejase, por lo tanto de «tomar prestadas» más mulas. Eran apenas las ocho. Yo estaba en la mitad de mi recorrido por la plaza con mi montón de recibos y mi saco de lona para llevar el dinero, cuando, al salir de «el almacén de los Granjeros», distinguí a Boon que se acercaba a mí precipitadamente, demasiado nervioso para que resultase normal en él. Debí haberlo sospechado en seguida. No; debí haberlo sabido en seguida, después de conocer a Boon toda mi vida, sobre todo, después de observar su conducta durante más de un año con aquel automóvil. Alargó una mano para alcanzar mi saco de dinero y me lo arrancó antes de que yo pudiera cerrar el puño.
—Deja eso —dijo—. Vamos.
—Espera. Acabo de empezar la cobranza.
—He dicho que lo dejes. Anda, date prisa. Tienen que tomar el 23 — concluyó, dando ya media vuelta.
Ignoró las facturas por cobrar. Para él eran simples pedacitos de papel; la Compañía de ferrocarriles tenía infinidad de ellas. Pero el saco contenía el dinero.
Pregunté:
—¿Quién tiene que tomar el 23?
El 23 era el expreso de la mañana, que pasaba por Jefferson con dirección al Sur. Jefferson tenía ya en aquellos tiempos suficientes usuarios del ferrocarril para justificar la numeración de los trenes, a fin de no confundirlos.
—¡Maldita sea! —exclamó Boon—. ¿Cómo voy a darte la noticia con cuidado si ni siquiera estás dispuesto a oírme? Tu abuelo murió anoche. Tenemos que darnos prisa.
—¡No es cierto! —grité—. Estaba en el porche esta mañana cuando pasé por delante de su casa.
Y ahí estaba. Padre y yo le habíamos visto, leyendo el periódico y paseando por la terraza, haciendo tiempo hasta que llegase le hora de
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encaminarse hacia el Banco.
—¿Quién diablos habla del jefe? —protestó Boon—. Me refiero a tu otro abuelo, el padre de tu madre, el que vive en Jackson o en Mobile o en donde sea.
—¡Oh! —exclamé—. ¿Ni siquiera sabes distinguir entre Bay St. Louis y Mobile?
Ahora me encontraba mejor. La cosa era distinta; apenas conocía al abuelo Lessep. Le había visto en contadas ocasiones: dos veces en Jefferson, durante las Navidades, y tres veces, en verano, cuando fuimos a visitarle. Por otra parte, había estado enfermo mucho tiempo. Nosotros —madre y mis hermanos— habíamos ido a verle el verano anterior; fue entonces cuando — sin imaginarlo nosotros— se metió en la cama por última vez. (Madre y tía Callie, porque tu tío abuelo Alexander estaba ya allí desde hacía un mes, se habían trasladado a Bay St. Louis el invierno pasado, ya que estaban convencidos de que iba a morir). Digo sin imaginarlo nosotros, para exceptuar a madre; para un niño, el hecho de que una persona de edad se ponga enferma viene a significar prácticamente que ha dejado de existir; la muerte efectiva no produce otro efecto que el de clarificar el ambiente, por decirlo así; un ambiente que, por sí mismo no puede remplazar lo que ya ha desaparecido.
—De acuerdo —dijo Boon—. Jackson, Mobile, Nueva Orleans, como quieras… Lo único que sé es que tienen que coger el tren para que les lleve donde sea.
Aquel nombre —Nueva Orleans, que no se le había escapado inconscientemente, ni mucho menos— debió de haberme revelado la intención, la determinación, el sueño absurdo que Boon tenía proyectado. Y sus posteriores maquinaciones para seducirme debían haberlo corroborado. Es posible que estuviese aún reponiéndome de la sorpresa; por otra parte, en aquellos instantes no poseía los elementos de juicio que Boon mantenía en su poder. Así, pues, echamos a andar —yo, a trotar para mantenerme a su paso —, y después de cruzar la plaza por el sitio más corto, llegamos a casa.
En casa reinaba una absoluta confusión. Faltaban apenas dos horas para el paso del tren y madre estaba muy ocupada para manifestar su dolor y su tristeza. Se mostraba simplemente pálida, serena y eficiente. En casa me enteré de lo que Boon me había repetido dos veces: que el abuelo y la abuela iban también a enterrar al abuelo Lessep. Él y el abuelo habían sido compañeros de habitación y de clase en la Universidad; habían sido testigos uno de otro en sus respectivos matrimonios, lo cual quizás explicase la razón por la que padre y madre se hubiesen escogido, entre toda la Humanidad,
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para mirarse a los ojos eternamente (creo que ahora a eso lo llamáis cursilerías). El abuelo y la abuela Lessep vivían lo bastante lejos de nosotros para permitir que nuestras relaciones con ellos continuasen corteses y agradables. Además de todo eso, en aquellos tiempos los funerales se tomaban muy en serio. La muerte, no. La muerte constituía una constante familiar perpetua: no había familia cuyos anales no se encontrasen plagados de lápidas funerarias, ni que sus memorias no se hallasen salpicadas hasta de muertos demasiado pequeños incluso para llevar un nombre, que habían arrastrado consigo a sus madres a la misma tumba, hechos que sucedían con mayor frecuencia de lo que era deseable. Todo ello, sin citar, naturalmente, la cantidad de esposos, tíos y tías muertos a los veinte, treinta o cuarenta años, ni los abuelos, tíos abuelos y tías ancianas y sin hijos que volvían a sus casas para morir en las mismas habitaciones y en las mismas camas en que habían nacido. Pero los funerales, la ceremonia del entierro, poseían prestigio y atracción suficientes para justificar un desplazamiento desde Jefferson al golfo de Méjico.
Así, pues, el abuelo y la abuela iban a asistir también al funeral. Lo cual suponía que, careciendo de otros parientes cercanos en la ciudad, nosotros, es decir, mis tres hermanos y tía Callie, seríamos enviados a la granja del primo Zachary Edmonds, que distaba unos veinticinco kilómetros de Jefferson, hasta que padre y madre regresasen; lo cual quería también decir que padre y madre estarían fuera al menos cuatro días, y que el abuelo y la abuela no volverían tampoco antes de esos cuatro días. El abuelo jamás abandonaba Jefferson — ni siquiera para ir a Memphis— sin pasar, ya fuese a la ida o a la vuelta, dos o tres días en Nueva Orleans, ciudad que le entusiasmaba; y, en aquella ocasión, era posible que padre y madre le acompañasen. Todas estas consideraciones venían a confirmar el sentido de las palabras que Boon me había repetido dos veces y que yo, por inconfesable inadvertencia, no había logrado captar: el propietario de nuestro automóvil y todas aquellas personas que podían asumir cierta autoridad sobre él mismo, iban a estar durante cuatro días a más de trescientos kilómetros de distancia. Después me di cuenta de que todas sus torpes maquinaciones para corromperme y seducirme venían a confirmar mis sospechas. Hubiese podido coger el coche él solo, y sin duda lo hubiese hecho si yo hubiese resultado incorruptible, aún constándole que un día u otro tendría que volver, ya fuese con el coche o acompañado por la policía, movilizada por el abuelo. Porque no cabía otra alternativa: tendría que regresar. Porque ¿adónde podía ir, qué lugar podría encontrar dónde los nombres de Jefferson, McCaslin, de Spain, Compson, no significasen nuestra
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casa, concretamente, nuestros abuelos y nuestros padres? En consecuencia, inducido, sin duda, por un instinto virginal y primario de discreción, por un elemental sentido común, decidió probarme antes y averiguar si había posibilidad de mantenerme a su lado, en calidad de rehén. No tuvo necesidad de probarme. Cuando la gente mayor habla de la inocencia de los niños no saben lo que dicen. Si se les demuestra que no hay tal inocencia, sustituirán la palabra por el término ignorancia. No, el niño tampoco es un ignorante. No hay crimen que un niño de once años no haya podido prever. Su única inocencia consiste en ser demasiado joven para desear sus frutos, lo cual constituye más bien cuestión de apetito y no de inocencia; su ignorancia radica en el hecho de no saber cómo perpetrarlo, lo cual no es ignorancia, sino mera carencia de proporciones físicas adecuadas.
Pero Boon ignoraba todo eso. Tenía que seducirme. Y le quedaba poco tiempo para ello: solamente el espacio de tiempo que mediaba entre la salida del tren y la noche. Podía haber iniciado la marcha al día siguiente, o el otro, o cualquier día, antes del miércoles. Pero consideró que aquella noche era mejor, ya que el coche habría estado visible todo el día en Jefferson, yendo de casa a la estación, en plena atmósfera de partida; era como si los mismos dioses le ofreciesen aquellas horas libres, desde las once y dos minutos hasta la puesta del sol, para que él supiese aprovecharlas a su mayor ventaja, sin correr peligros innecesarios.
Apareció el coche. El abuelo y la abuela iban ya montados en él, llevando en una caja de zapatos un pollo asado, unos huevos duros y un pastel para la cena, puesto que el tren no tomaría el coche-restaurante hasta que enlazasen con la línea del Sur, a la una de la madrugada, y tanto la abuela como madre conocían lo suficientemente bien al abuelo y a padre para saber que no iban a esperar hasta la una para cenar, hubiese muerto quien fuese. No. Y la abuela tampoco, a no ser que la muerta hubiese sido madre. No, eso no es cierto. La capacidad afectiva de la abuela iba más allá de la persona de la mujer de su hijo. Pero la ventaja de madre, con respecto a la abuela, es que era una mujer. Porque son los hombres los que conocen bien a la muerte. Los hombres resisten, intentan defenderse y, en consecuencia, se estrellan de cabeza y se saltan los sesos; las mujeres compiten con ella con habilidad, la evitan, la esquivan, se envuelven con un dulce y suave e instantáneo abandono, como protegidas en algodón en rama o en telarañas y se ofrecen inofensivas e inermes a ella, diminutas y útiles, en la medida que es útil un pariente soltero y arruinado o una tía solterona, siempre dispuesta a ocupar un sitio vacío en una mesa o a agasajar a un huésped sin pareja en una cena. Ataron las maletas
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a los guardabarros y seguimos a padre y a madre que, precedidos por Son Thomas, salieron a la calle. Madre llevaba un velo negro y padre un brazalete de luto en la manga izquierda de la chaqueta. Les seguimos, yo, mis hermanos y tía Callie, que llevaba en brazos a Alexander.
—Adiós —dijo madre—. Adiós.
Nos besó a través del velo y comprobamos que olía como siempre acostumbraba hacerlo, o sea, bien, aunque en esta ocasión se me antojó pensar que había también algo negro en su perfume, algo oscuro como aquel velo de luto, que no ocultaba nada, que no servía para nada, que había surgido de improviso como consecuencia de una comunicación telegráfica recibida desde Bay St. Louis, a trescientos kilómetros de distancia. Sí, pude distinguir aquel peculiar matiz de su perfume cuando me besó y me dijo:
—Tú eres el mayor, eres casi un hombre. Debes ayudar a tía Callie y vigilar que tus hermanos no molesten a la prima Louise.
Subió después al automóvil, y se colocó junto a madre.
—Tengo que llenar el tanque de gasolina para ir a la granja de los McCaslin después de comer. Convendría que Lucius viniese con nosotros para ayudarme a la vuelta de la estación —dijo Boon.
¿Te das cuenta de lo fácil que iba a ser todo? Iba a ser todo tan sencillo que uno se sentía un poco avergonzado. Parecía como si todos los atributos de la rectitud y la obediencia se presentasen ante los ojos del abuelo, de padre, de la abuela y de madre, en la persona de Boon. Y ante los míos también. Hasta el hecho de que los automóviles fuesen cosa nueva en Jefferson favorecía a Boon. Mr. Rouncewell, el agente de la Compañía de petróleo que suministraba a todos los almacenes del condado de Yoknapatawpha, a través de sus depósitos situados en la parte izquierda de la calle de la estación, había instalado, hacía dos años, un tanque de gasolina especial, con una bomba elevadora y un negro que la hacía funcionar; todo lo que Boon, o cualquier otra persona que necesitase gasolina, tenía que hacer era simplemente llevar el coche al puesto de gasolina, detenerlo frente a él, con objeto de que el negro levantase el asiento delantero del automóvil, abriese el depósito y midiese, con una especie de regleta numerada, el nivel del mismo, llenarlo después de gasolina y cobrar, o (caso de que Mr. Rouncewell no estuviese allí) pedir al cliente que escribiese su nombre y la cantidad de gasolina adquirida en un viejo y grasiento libro de contabilidad. Pero, aunque el abuelo poseía ya el coche desde hacía más de un año, ninguno de ellos, ni él ni la abuela, ni padre ni madre, tenían la menor idea de cómo funcionaba aquello, ni tampoco el valor (o la falta de curiosidad) de preguntarlo a Boon.
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Él y yo permanecimos unos instantes en el andén, mientras madre agitaba su pañuelo desde el tren en marcha. Aquél era el momento en que Boon tendría que tomar alguna iniciativa. Era preciso que dijese algo para empezar. Había logrado sacudirse de encima la vigilancia de sus mayores y me tenía a mí totalmente en su poder, al menos hasta que tía Callie comenzase a preguntarse dónde habría ido a comer. Pero, al parecer, Boon no se daba cuenta de que no era necesario decirme nada, ni siquiera adonde íbamos a ir, porque el destino de nuestro viaje carecía de importancia. Se había mostrado siempre incapaz de aprender nada acerca de los seres humanos que le rodeaban, e incluso parecía haber olvidado todo lo que un día supo acerca de la psicología de los niños.
Y ahora no sabía por dónde empezar. Había estado pidiendo buena suerte y, a cambio de correo, inmediatamente había recibido tal cantidad que no sabía qué hacer con ella. Antes de que sucediese aquello, me habían dicho que la Fortuna era una especie de mujerzuela caprichosa que siempre concedía en exceso su mercancía, ya fuese en forma de buena o de mala suerte: más cantidad de buena suerte que la que uno (quizá con justicia) creía merecer; más de mala suerte de lo que uno era capaz de soportar. Eso, pues, había ocurrido con Boon. Todo lo que dijo fue:
—Bueno.
Resolví no ayudarle; vengarme negándole mi ayuda. Pero ¿vengarme de quién? Ciertamente, no de Boon. De mí mismo, de mi venganza, quizá de padre y madre, que me habían abandonado a mi vergüenza; quizá del abuelo, cuyo automóvil había hecho posible mi vergüenza. Quién sabe. Quizá también de Mr. Buffaloe, aquel sonámbulo loco y sublime que, hacía dos años había planteado, sin saberlo, todos mis problemas. Sin embargo, sentí pena por Boon, porque tenía poco tiempo disponible. Eran las once pasadas; tía Callie me estaría esperando en casa dentro de pocos minutos, puesto que habría oído el silbido del 23 al pasar por el cruce de la línea del Sur, y sin duda, debía sentirse impaciente ante la perspectiva de nuestro viaje a la granja de los McCaslin. Ella había nacido en el campo y lo prefería a la ciudad.
Boon no me miraba. Procuraba con cuidado desviar su mirada de mi persona.
—Trescientos kilómetros —dijo al fin—. Es un buen asunto que alguien haya inventado los trenes. Si hubiesen tenido que ir en un carro tirado por mulas, como se hacía antes, tardarían más de diez días en llegar y otros diez en volver.
—Padre dijo que sólo estarían fuera cuatro días —comenté.
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—Eso es —siguió Boon—. Eso es lo que dijo. Tendríamos cuatro días para volver a casa…
Regresamos al coche y nos sentamos en los asientos delanteros. Pero Boon no lo puso en marcha.
—Es posible que cuando regrese el jefe, dentro de… de cuatro días, me dé permiso para enseñarte a conducir este cacharro. Eres lo suficientemente mayor para poder hacerlo. Además, ya sabes cómo se maneja. ¿Has pensado alguna vez en conducirlo?
—No —dije—. El abuelo nunca me dará permiso.
—Bueno, al principio no es necesario correr mucho. Ahora tienes cuatro días para obligarle a cambiar de opinión cuando regrese. Aunque yo creo que serán más de cuatro. Quizá diez…
Continuó hablando sin poner en marcha el automóvil.
—¿Cuánta distancia crees que este coche sería capaz de recorrer en diez días? —preguntó.
—Padre dijo cuatro.
—Bueno, en cuatro días.
—Tampoco lo sé —respondí—. No creo que haya nadie por aquí que pueda decírnoslo.
—De acuerdo —concluyó Boon.
Puso en marcha el coche, dio la vuelta y se dirigió a gran velocidad a un lugar que no era la plaza ni el puesto de gasolina de Mr. Rouncewell.
—¿No íbamos a poner gasolina? —pregunté.
Cada vez íbamos a mayor velocidad.
—He cambiado de idea —dijo Boon—. Ya me ocuparé de eso después de comer, antes de salir hacia la granja de los McCaslin. Así evitaremos que parte de la gasolina se evapore y se gaste yendo de un lado para otro.
Pasábamos ahora por un camino bordeado por cabañas de negros, huertas y corralizas de gallinas. Los pollos y los perros saltaban frenéticamente del polvo del camino con tiempo justo de evitar las ruedas del coche, que seguía avanzando a gran velocidad. Después dejamos aquella dirección y nos metimos en un descampado, yermo, en cuyo suelo se distinguían huellas de neumáticos de coche, pero no de ganado o de carros. Lo reconocí en seguida. Era el autódromo de fabricación casera de Mr. Buffaloe, al cual le había confinado la ordenanza del coronel Sartoris dos años antes y donde había enseñado a Boon a conducir un automóvil. Sin embargo, seguía sin comprender nada, hasta que Boon detuvo el coche con un frenazo y me dijo:
—Siéntate aquí.
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Como era de esperar, pues, llegamos tarde a comer; tía Callie estaba de pie en el porche principal, con Alexander en brazos, y comenzó a gritarnos a Boon y a mí, antes de que el coche se detuviese y me apease. Boon, ésa es la verdad, acababa de aplastar mi resistencia en noble y abierta batalla; evidentemente, no había olvidado todo lo que en su juventud llegó a conocer acerca de los chicos. Ahora tengo nociones más claras de las cosas, pero creo que también entonces me daba perfecta cuenta de lo siguiente: que la caída de Boon y la mía fueron instantáneas y simultáneas y que ambas se produjeron en el instante en que madre recibió la noticia del fallecimiento del abuelo Lessep. Pero lo que me halagaba creer era, por el contrario, que Boon me había convencido, que, gracias a su habilidad, había logrado vencer mi resistencia. Sea como fuere, me decía a mí mismo, que, amparado tras la inviolable e ineludible rectitud inherente al apellido que llevaba, forjado en la nobleza y en la caballerosidad por mis antecesores, transmitido a mi persona por mi padre —o, mejor dicho, obligado a aceptarlo—, y moldeado y hecho vulnerable al sentimiento de la vergüenza por mi madre, lo único que había estado haciendo era probar a Boon; no poner a prueba mi virtud, sino las posibilidades de Boon en destruirla, confiando demasiado en el escudo y en la coraza de mi inocencia y esperando, exigiendo, asumiendo más responsabilidades y tentaciones de las que era capaz de soportar mi débil carácter. Digo mi débil carácter con plena intención, puesto que, ya en aquellos tiempos, había observado que, con frecuencia, los abogados y hasta los simples practicantes de la virtud mostraban grandes dudas acerca de la eficacia protectora de la virtud misma y colocaban su fe y su esperanza, no en ella, sino en el dios o diosa a cuya custodia y amparo estuviese confiada, para que, en alianza y estrecho acuerdo con ese dios o esa diosa, a cambio de la virtud les concediese el privilegio de evitar las tentaciones o, al menos, intercediese entre la tentación y ellos. Todo lo cual resulta altamente aleccionador, en especial considerando que la diosa guardiana de la virtud parece ser la misma que la que custodia a la fortuna, y aún, quizás, a la idiotez.
Pero Boon me batió en buena lid, utilizando guantes, como correspondía a un caballero. Cuando detuvo el automóvil y dijo: «Siéntate aquí», pensé que adivinaba sus intenciones. Habíamos hecho lo mismo en cuatro o cinco ocasiones, en el patio del abuelo; me había sentado sobre las rodillas de Boon y había llevado el volante, mientras él hacía avanzar en primera, lentamente, el automóvil. Así, pues, estaba preparado. Estaba en garde[6]; y comencé incluso la contraofensiva, diciendo: «Hoy hace demasiado calor para sentarse
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encima de nadie. Además, es mejor que volvamos a casa», cuando me di cuenta de que él estaba fuera del coche, de pie en el suelo, con una mano apoyada sobre el volante, mientras el motor seguía en marcha. Pasaron uno o dos segundos antes de que pudiese creerlo.
—Date prisa —dijo—. En cualquier momento puede presentarse Callie corriendo por la calle, con el niño debajo del brazo y gritando.
Me coloqué ante el volante y, con Boon a mi lado, junto a mí, encima de mí a veces con una de sus manos sobre la mía para ayudarme a cambiar las marchas, avanzamos, marcha adelante y marcha atrás, por aquel campo yermo, azotado por el sol, unos metros adelante, después hacia atrás, absortos ambos, aislados del tiempo, Boon poniendo en todo aquello tanto interés como yo, animándome, tranquilizándome (pero, en realidad, sin olvidar un instante sus verdaderas intenciones), procurando inmunizarme, hacerme invulnerable al paso del tiempo, hasta que el reloj público de la Audiencia, al dar las doce del mediodía, nos devolvió al mundo, nos retrotrajo a la vida terrenal de las frustraciones y de los desencantos.
—Vamos, date prisa —dijo Boon.
Ni siquiera esperó a que me retirase del volante. Me cogió a viva fuerza y me colocó al otro lado del asiento, mientras él, pasando por debajo de mi cuerpo, ocupaba el mío. El coche comenzó a cruzar de nuevo los campos camino de casa, a velocidad de vértigo. Boon y yo hablábamos de hombre a hombre, cómplices ya en un crimen, aliados en un asunto oscuro y, sin embargo, sin compartir la misma responsabilidad por razón de mi inocencia. Yo había empezado a decir: «¿Qué tengo que hacer ahora? Tienes que decirme lo que debo hacer ahora», cuando Boon me interrumpió, quizá para no ceder la iniciativa:
—Ya te habrás dado cuenta de cómo funciona esto. No tenemos mucho tiempo.
—Sí —dije—. Date prisa. Hay que llegar a casa antes de que tía Callie comience a gritar como una loca. ¿Te das cuenta ahora de lo que significa la Virtud? Es posible que hayas oído —y si no lo has oído lo oirás— a la gente hablar de los malos tiempos de una generación perdida. No hay tal cosa. No hay época en la historia ni ha habido jamás una generación de seres humanos con la suficiente calidad para absorber en sí la plenitud de un vicio, del mismo modo que tampoco han podido absorber todo el aire del mundo en un momento dado. Todo hombre, sea quien sea, aspira siempre a lo mismo: a pasar por la vida ensuciándose lo menos posible. Lo que sí es cierto, y resulta penoso, es que la Virtud no cuide —posiblemente porque no puede— de los
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que la cultivan como lo hace la No-Virtud. Probablemente no puede: aquellos que se dedican a practicar la Virtud no reciben como recompensa más que otra fría inodora e insípida Virtud, que palidece, no sólo comparada con los apetitosos y brillantes alicientes del pecado y del placer, sino también ante la siempre vigilante, omnisciente y firme habilidad —esa inaudita e increíble capacidad para la invención y la imaginación— que preside los vacilantes pasos de la infancia mientras avanza por caminos de ensueño, bordeados de rosas. Porque, ¡oh, sí!, yo había madurado muchísimo desde que el reloj había dado la hora, hacía dos minutos. Siempre he observado que, excepto en contados casos que podrían ser calificados de hipermadurez malintencionada, los niños, como los poetas, mienten más bien porque hallan placer en la mentira en sí misma, que por obtener provecho de ella.
Eso era lo que yo había creído hasta entonces en todos los casos, dejando aparte algunas mentiras encaminadas a defender mi propia persona de los ataques de criaturas (mis padres) más fuertes y mayores que yo. Ahora no ocurría lo mismo. Ahora me sentía tan inclinado a la mentira como Boon —al menos en el paso inmediato que debíamos dar—, y me considero incluso más culpable que él. Porque creía (no, sabía; estaba claro; Boon lo había admitido con palabras, implícitamente) que yo era mucho más inteligente que Boon. Sentí, de pronto, aquella febril y exultante sensación que debió de experimentar el mismo Fausto; aquella sensación que experimentan todos los fatalmente condenados, los ineludiblemente condenados. Y yo era el jefe, el patrón, el responsable de todo aquello.
Tía Callie estaba paseando por el porche de casa, con Alexander en brazos y gritando.
—Cállate ya —le dije—. ¿Está la comida preparada? El automóvil se estropeó y Boon tuvo que arreglarlo. Ni siquiera hemos tenido tiempo para poner gasolina. Tengo que comer en un santiamén y volver con él para ayudarle a llenar el depósito.
Me dirigí al comedor. La comida estaba ya en la mesa. Lessep y Maury habían comenzado a engullir cosas. Tía Callie los había vestido (para viajar los veinte kilómetros que nos separaban de la granja del primo Zack, los había vestido como si tuvieran que ir a Memphis; no me explico el porqué, a menos que no hubiese tenido otra cosa que hacer desde que padre y madre se marcharon al momento de comenzar a comer; porque, tanto Maury como Alexander tenían que dormir la siesta antes de la partida), pero por el aspecto que ofrecía la blusa de Maury, tendría que vestirle y lavarle de nuevo.
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Acabé de comer antes que ellos y después crucé la calle (tía Callie continuaba gritando dentro de la casa, aunque, desde luego, no tan fuerte como lo había hecho en el porche. Pero ¿qué podía hacer ella, sin más armas que sus propias manos y las de otra negra, contra la No-Virtud?) y me dirigí a casa del abuelo. Probablemente Ned había marchado a la ciudad tan pronto como vio desaparecer el coche. Pero también era muy probable que regresase a comer. Lo hizo. Permanecimos ambos en pie en el patio trasero. Me guiñó un ojo. Muchas veces, la mayor parte de las veces, su mirada poseía un fulgor rojizo semejante a la de los zorros.
—¿Por qué no te quedas aquí en vez de ir a la granja de tu primo? —me preguntó.
—He prometido a unos amigos que mañana nos escaparíamos para probar un nuevo tipo de anzuelo que tiene uno de ellos.
Ned volvió a guiñarme el ojo.
—Lo que pretendes, pues, es ir a casa de McCaslin con Boon Hogganbeck y volverte otra vez con él, ¿no es eso? Pero algo tendrás que decir a Miss Louise para que te deje regresar, y entonces necesitarás que yo confirme tu excusa y prometa vigilarte.
—No —repliqué—. No necesito nada de ti. Te digo dónde voy a estar para que estés enterado y no te echen la culpa. Pero no te molestaré. Pienso ir a vivir con el primo Ike.
Antes de que llegasen los otros al mundo, es decir, mis hermanos, las noches que padre y madre salían y el abuelo y la abuela estaban ausentes, solía pasarlas con Ned y Delphine. Otras veces, dormía en su casa toda la noche, simplemente porque me divertía hacerlo. Ahora podría haber hecho lo mismo, si me hubiese convenido. Pero el primo Ike vivía solo en una habitación, situada encima de su tienda de ferretería. Por lo tanto, si Ned (o cualquiera otra persona interesada en ello) le preguntaba si había pasado con él la noche del sábado, no podría hacerlo antes del lunes, y yo había decidido firmemente no pensar en el lunes… ¿Te das cuenta? Si la gente no se negase con decisión y firmeza a pensar «en los lunes siguientes», la Virtud no pasaría por tragos tan amargos.
—Ya —dijo Ned—. No necesitas nada de mí. Tienes el suficiente buen corazón para ahorrarme preocupaciones y disgustos por tu causa. Excepto, claro, la preocupación de saber que no estás en casa de los McCaslin, que es donde tu padre ordenó que estuvieses. Ji, ji, ji.
Me guiñó el ojo.
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—Bueno —dije—. Dile a padre que fui a pescar el domingo, mientras ellos estaban fuera. Fíjate si me importa…
—No pretendo contar nada a nadie acerca de ti —dijo—. No es asunto mío. Es competencia de Callie, hasta que regrese tu madre. A menos que esta noche transfieras la responsabilidad al primo Ike, según me has dicho. ¿Cuándo va a venir a buscaros ese Boon Hogganbeck?
—Vendrá en seguida —dije—. Y será mejor que el abuelo y padre no te oigan llamarle Boon Hogganbeck a secas.
—Oh, le he llamado «Mr.» tantas veces que esperaba que se hubiese ganado el tratamiento. Pero no lo ha hecho. Probablemente no lo merece. Ji, ji, ji.
¿Te das cuenta? Estaba haciendo lo que podía. Mi problema era los medios que había utilizado. La inocencia y la ignorancia. No solamente no poseía la fuerza y el conocimiento suficientes, sino que me faltaba tiempo. Cuando la fatalidad, los dioses —de acuerdo, la No-Virtud—, ofrecen oportunidades, lo menos que se puede exigir es tiempo para realizarlas. Afortunadamente, como era sábado, resultó fácil encontrar al primo Ike.
—Concedido —dijo—. Ven a dormir hoy conmigo. A lo mejor, mañana vamos a pescar. Pero no se lo digas a tu padre.
—No, señor —dije—. No puedo quedarme con usted esta noche. Voy a dormir con Ned y Delphine, como de costumbre. Sólo quería que lo supiese usted, ya que madre no está aquí para pedirle permiso.
¿Te das cuenta? Procuraba sacar el mejor partido de los pobres medios que poseía. No es que fuese perdiendo la confianza en el éxito final; pero se me antojaba que la No-Virtud se empeñaba en probarme, haciéndome perder un tiempo que resultaba imprescindible para lograr mayores fines. Regresé a casa, sin correr. Jefferson no podía verme correr. Pero caminé con la mayor rapidez posible. Me preocupaba la idea de abandonar a Boon, sin ayuda de nadie, en manos de tía Callie.
Llegué a tiempo. En realidad, fueron Boon y su automóvil quienes se retrasaron tía Callie había tenido tiempo hasta de vestir de nuevo a Maury y a Alexander; si habían dormido la siesta después de comer, se trataba, sin duda, de la más rápida y más corta que registraban los anales de nuestra casa. También estaba presente Ned, aunque nada tenía que hacer allí. No, eso no es exacto. Lo que quiero decir es que su presencia era completamente improcedente, aunque resultaba, a la vez, obligada. En ausencia del abuelo y la abuela, Ned solía estar en casa o en cualquier otro lugar donde pudiese ser útil. Ahora estaba sacando de casa el equipaje, transportando una cesta de
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mimbre que contenía los pañales de Alexander y otros objetos delicados, las maletas que guardaban la ropa de Lessep, de Maury y mía para cuatro días, y el bulto, envuelto en un enorme pañuelo, que encerraba los efectos personales de tía Callie. Ned los transportaba los tres a la vez, dándoles bandazos, haciéndolos chocar uno con otro, mientras decía a tía Callie:
—Mejor será que te sientes y descanses los pies. Boon Hogganbeck ha estropeado el coche y le resultará difícil arreglarlo. Si de verdad quieres llegar a casa de los McCaslin antes de la hora de cenar, telefonea a Mr. Ballott y dile que envíe a Son Thomas con un carruaje. Yo os llevaré hasta la granja con el carro y los caballos, que es la manera como deben viajar los seres humanos.
Al cabo de un rato, comenzó a antojársenos que Ned tenía razón. Dio la una y media (durante todo aquel espacio de tiempo, Maury y Alexander podían haber estado durmiendo), y Boon no apareció. Maury y Alexander podían haber dormido lo menos media hora más; Ned insistió tanto en aquello de «ya te lo dije antes», que tía Callie dejó de lanzar improperios contra Boon y a dirigírselos a él, hasta que Ned decidió marcharse hacia el magnolio del jardín para descansar el tiempo que fuese necesario. Tía Callie estaba a punto de enviarme a buscar a Boon y al coche, cuando éste apareció cruzando la puerta de la casa. Al ver a Boon me estremecí de horror. Se había cambiado de ropa. Es decir, se había afeitado y puesto una camisa blanca y limpia, con cuello duro y corbata de lazo. Pensé que cuando descendiese del automóvil para ayudamos a subir, llevaría una chaqueta al brazo. Sin duda, lo primero que vería tía Callie al subir al coche, sería su maletín colocado cuidadosamente en el suelo. Sentí terror y también indignación (en seguida comprendí que no hacia Boon) hacia mí mismo, ya que debiera haber previsto aquello, puesto que sabía, desde toda la vida, que tratar con Boon era como tratar con un niño y, por lo tanto, mi obligación era, no solamente tener que aceptar sus inesperadas excentricidades, sino también preverlas y evitar que se produjesen. La falta de los más elementales rudimentos de sentido común en Boon no me irritaba tanto como mi fracaso en prever aquella situación, ya que era normal que Boon actuase de aquella manera; por lo tanto, me encontré diciéndome a mí mismo, dirigiéndome a Aquel que ejercitase el dominio y control de aquellas crisis inesperadas: «¿No te das cuenta de que sólo tengo once años? ¿No te das cuenta de que me estás poniendo en situaciones de apuro, superiores a mis fuerzas?». Pero, un segundo más tarde, también sentí rabia hacia Boon. No porque su estupidez pusiese en peligro nuestra excursión a Memphis en automóvil (sí, Memphis era nuestra meta, aunque jamás se hubiese mencionado ni una sola vez entre Boon y yo, y yo
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aún no te lo haya dicho. ¿Para qué íbamos a decírnoslo? ¿A qué otro sitio podíamos ir? Algunas criaturas ancianas y cansadas quizás pudiesen contemplar otro destino, tener un largo viaje. Pero, entre esas personas no estábamos ni Boon ni yo). Lo cierto es que en aquellos instantes deseé no haber oído hablar nunca de Memphis, ni de Boon, ni siquiera de automóviles. Me coloqué, de repente, del lado del coronel Sartoris, y elogié su intento de eliminar de la capa de la tierra a Mr. Buffaloe y a su sueño en el mismo instante de su concepción. Mi odio hacia Boon se basaba en el hecho de haber destruido, con su solo manotazo, la frenética y precaria armazón de mis mentiras, de mis falsas promesas y de mis juramentos en falso, poniendo, además, de manifiesto la extrema fragilidad de la comedia que había tramado y en la que había puesto —y condenado— mi alma entera, aquella alma que ahora tendría que poner al descubierto su verdadera calidad mezquina y que, al parecer, había sido capaz de dar por sentado en su inmensa vanidad, que el diablo ayudaba a los suyos. Aquello era algo semejante a la pérdida de la virginidad realizada inconscientemente, a través de alguna desafortunada coincidencia, sin saber dónde iba a acabar uno, sin darse cuenta exacta del placer que producía el pecado. Más, tarde, la rabia, el odio, desapareció. No quedó nada, absolutamente nada. Solamente deseaba marcharme, ir a cualquier sitio. Musité para mis adentros, con absoluto convencimiento (creo fervientemente que fue con absoluto convencimiento, porque me lo he repetido infinidad de veces y aún me lo repito y, por lo tanto, desafío a que me lo refute cualquiera que no lo crea): «Nunca más volveré a mentir. Produce demasiadas preocupaciones. Es casi tan difícil mentir con éxito como lo es mantener en posición vertical una pluma de ave sobre un montón de arena sin que el viento la mueva. La mentira tiene principio, pero no fin. Jamás se tiene el menor descanso. Nunca acaba uno de mentir».
Pero no ocurrió nada. Boon descendió del automóvil, sin llevar ninguna chaqueta al brazo, y Ned comenzó a cargar las maletas y demás equipajes en el coche, mientras, riendo con su peculiar estilo, se dirigía a Boon:
—Ji, ji, ji. Vamos, emprended la marcha en seguida. Dale tiempo para que se estropee otra vez y para que tengas que arreglarlo y puedas estar de vuelta a la ciudad antes de que anochezca. Porque supongo que volverás a la ciudad antes de partir, ¿no?
—Partir, ¿adónde? —preguntó Boon.
—Partir hacia casa, a cenar —dijo Ned—. ¿Dónde quieres que vaya una persona con sentido común, después de que haya anochecido?
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—Oh —replicó Boon—. Preocúpate de tu cena y déjame en paz. Piensa que tu cena será la única que comas.
Nos metimos en el coche y emprendimos la marcha. Yo me senté en el asiento delantero, junto a Boon, y los demás, atrás. Cruzamos la plaza, llena de animación y de gente, porque era sábado por la tarde, y pronto nos hallamos fuera de la ciudad. Sí, allí estábamos. Pronto íbamos a llegar a la desviación que conducía a casa del primo Zack y aún no iríamos en la dirección conveniente. Y aún en el caso de que lo fuésemos, todavía no estaríamos libres; mientras llevásemos a tía Callie, a Lessep, a Maury y a Alexander en el asiento trasero, podíamos sentimos sólo libres de Ned y de su especialidad de aparecer en el lugar donde nadie le esperaba, riendo, «ji, ji, ji», y preguntando si volvería Boon a la ciudad antes de que anocheciese. Boon no me había dirigido la mirada, ni yo tampoco le había mirado a él; es posible que se hubiese dado cuenta de mi espanto al verle aparecer con la camisa limpia, el cuello y la corbata de lazo, recién afeitado en la mitad del día y envuelto en un aura inequívoca de viaje, de partida, de separación; quizá se hubiese dado cuenta de que yo no estaba solamente asustado, sino también lleno de rabia y de furor por el hecho de haberme sentido vulnerable al miedo. Seguimos adelante, atravesando los campos, por una carretera bañada por el sol del primer atardecer, que se extendía por más de veinte kilómetros, durante los cuales debíamos haber cambiado impresiones, decidido definitivamente sobre nuestros planes; seguimos adelante por la alegre campiña de mayo, levantando tolvaneras de polvo que culebreaban y se extendían a nuestra espalda, excepto en los momentos en que nos veíamos obligados a reducir velocidad y a cambiar de marcha, al atravesar puentes o al cruzar tramos de camino arenoso, de piso inestable. Sin embargo, aquellos veinte kilómetros no iban a durar eternamente. A medida que avanzábamos, los números pintados en los mojones de la cuneta se iban reduciendo, con la rapidez característica de cuando hay que decidir algo antes de llegar a algún lugar al que uno se va acercando más y más, en la esperanza de que una voz, un sonido, un sonido humano, revele las intenciones de la No-Virtud, lo que reserva a uno la No-Virtud: la soledad, el abandono, la desazón, el silencio. Al fin, Boon lo intentó. Quizá para él sus palabras constituyesen también silencio o una especie de no-silencio que le resultase preferible a la contemplación de un destino estúpido, largamente predicho. Pero es posible que fuese algo más que eso. Llevábamos más de la mitad del camino recorrido y ambos sentíamos que algo debía hacerse:
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—Las carreteras están ahora en magnífico estado, incluso más allá del condado de Yoknapatawpha. Nadie puede desear mejores carreteras. Ni siquiera los que viajan metidos dentro de un automóvil funerario, como ahora se ha puesto de moda. ¿Qué distancia podría recorrer este coche, desde este momento hasta la puesta de sol?
La voz de Boon sonó impersonal, sin dirigirse a nadie, como surge en la superficie la mano de un hombre que se ahoga y que espera encontrar una brizna de paja. Boon no encontró ninguna.
—No lo sé —dijo tía Callie desde el asiento trasero, donde sostenía en sus brazos a Alexander, dormido a partir del momento en que el coche abandonó la ciudad y que, en consecuencia, no merecía la molestia de darle una vuelta de un kilómetro en coche, y menos aún de ofrecerle un viaje de veinte.
—Ni tú tampoco lo sabrás, a menos que esta noche te dediques a calcularlo encerrándote en el garaje de casa del abuelo.
Estábamos rozando la cuestión.
—Si tienes interés en saberlo… —me dijo Boon, torciendo la boca, con voz lo suficientemente alta para que yo pudiese oírle y que sonó dentro de mi cráneo como un escopetazo o como un puñado de arena estrellándose contra un cristal.
—Cállate —le contesté en la misma actitud que la de él.
La alternativa más fácil y, a la vez, más cobarde, hubiese sido decirle que detuviese el coche, saltar a la carretera y comenzar a correr, ofreciendo a tía Callie dos soluciones: o abandonar a Alexander en manos de Boon y salir en mi persecución por los bosques, o continuar con Alexander en brazos y limitarse a perseguirme con sus gritos e improperios. También cabía la posibilidad de que ordenase a Boon que siguiese la marcha y que, a su vuelta a la ciudad, me recogiese de nuevo en la carretera. Pero eso hubiese sido reconocer su falta absoluta de autoridad sobre mí. Aquélla era, pues, la solución más cobarde y, siendo como era un mentiroso, un ser condenado irremisiblemente por sus falsedades y engaños, no comprendo cómo no lo adopté, cómo no decidí consumar mi propia indignidad, convertirme, de una vez para siempre, en lo que Fausto se convirtió, recrearme en mi propia y gloriosa bajeza, obligar, exigir de mi nuevo dios un respeto integral hacia la perfección de mi maldad, aunque despreciase mi reducido tamaño. Pero no lo hice. La verdad es que no hubiese dado los resultados apetecidos. Al menos uno de nosotros debía actuar con sentido práctico: concedamos que Boon y yo lográsemos ponemos en camino antes de que la prima Louise pudiese mandar a alguien al lugar de la finca donde a las tres de la tarde iba a estar el primo
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Zack en plena época de sementera; concedamos también que posiblemente el primo Zack no hubiese podido darnos alcance con su mejor caballo, cosa que, por otra parte, no hubiese intentado. Lo que sin duda habría hecho es dirigirse a la ciudad, hablar un instante con Ned y con el primo Ike, descubrirlo todo y poner en movimiento las líneas telefónicas y la policía.
Llegamos a la finca. Bajé del automóvil y abrí las puertas (las mismas puertas de los tiempos del viejo Lucius Quintus Carothers; tu actual primo Carothers ha instalado ahora un puesto de vigilancia de ganado, y los coches pueden pasar sin impedimento alguno) y avanzamos por el camino de los algarrobos hacia la casa (la casa aún está allí, aquella edificación de madera de dos habitaciones, mitad vivienda y mitad fuerte de combate que el viejo Lucius construyó en 1813, cuando cruzó las montañas de Carolina con sus esclavos negros y sus perros de caza; y también existen aún muchas de las modificaciones que las sucesivas esposas de los Edmonds añadieron en diversas épocas).
La prima Louise y todos los que estaban allí nos oyeron entrar y se congregaron (quizás a excepción de los que el primo Zack podía ver desde la silla de su caballo) en el porche y en las escalinatas, ante las cuales detuvimos el automóvil.
—Bien —exclamó Boon, torciendo aún la boca en dirección mía—. ¿Cómo vamos a hacerlo?
Porque, como decís ahora, la situación era desesperada. Ya no existía el tiempo ni la posibilidad del secreto, ni el más mínimo indicio de aclarar lo que, sobre todas las cosas, deseaba saber. La situación era desconocida para nosotros. Éramos simples aficionados en la materia: inocentes, vírgenes en el arte de robar coches, aunque ninguno de los dos reconocíamos en aquello un robo, ya que estábamos dispuestos a volver y a entregar el automóvil intacto. Si al menos la gente, el mundo (Jefferson), nos hubiese dejado tranquilos, sin tomar en cuenta nuestra ausencia… Si al menos hubiese sabido qué contestarle, en el caso de que Boon me hubiese preguntado… Porque el momento era peor para mí que para él. La situación era desesperada para ambos, pero la mía constituía una desesperación más urgente, puesto que tenía que actuar con rapidez, hacer algo en cosa de segundos, mientras que su papel consistía en permanecer sentado en el coche con las manos cruzadas. No sabía qué hacer en aquellos momentos. Había contado más mentiras de las que jamás me hubiese creído capaz de inventar y, hasta entonces, me las había creído, o, al menos, aceptado con una naturalidad que me dejaba anonadado, por no decir que lleno de terror. Me encontraba en el mismo trance del negro
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que dijo: «Aquí me tienes, Señor. Si así lo quieres, sálvame. Tú tienes oportunidad de hacerlo, mientras estoy aquí mirándote». Había disparado mi arco. Boon también. Si la No-Virtud deseaba aún más de nosotros, correspondía a ella tomar la iniciativa.
Y la tomó. La tomó encarnada en la persona de la prima Louise Edmonds. En aquel instante apareció él por la puerta principal, y en el mismo momento distinguí a un niño negro que sostenía las riendas de su caballo. ¿Comprendes lo que quiero decir? Zachary Edmonds, el hombre a quien jamás se veía en Jefferson los días de trabajo, desde la sementera hasta la recolección, había estado en la ciudad aquella mañana (un asunto urgente acerca del molino) y se había detenido en la tienda del primo Ike, poco después de haberlo hecho yo, lo cual aliviaba nuestra posición y calificaba a la No-Virtud como gran protectora de los suyos. El primo Zack había regresado a caballo desde la ciudad con el tiempo justo para presenciar nuestra llegada. Se dirigió a mí:
—¿Qué estás haciendo aquí? Ike me dijo que ibas a pasar la noche en la ciudad y que mañana te llevaría a pescar.
Naturalmente, tía Callie comenzó con sus habituales reproches y no tuve necesidad de contestar nada, aún suponiendo que hubiese sabido qué decir.
—¿A pescar? —gritó—. ¿En domingo? Si tu padre oyese eso saltaría del tren en este mismo instante, sin preocuparse de que parase antes. Y su madre lo mismo. Miss Alison no le ha mandado que pasase la noche en la ciudad en compañía de ese señor Ike. Le ha ordenado que venga aquí conmigo y con los otros niños, y si desobedece, espero que usted, Mr. Zack, le reprenda como es debido.
—Vamos, vamos —replicó el primo Zack—. Deja de gritar. No puedo oír lo que dice. Quizás haya cambiado de idea. ¿Has variado tus planes, Lucius?
—¿Cómo, señor? —pregunté—. Sí; es decir, no.
—Bueno, ¿en qué quedamos? ¿Te vas a quedar aquí, o vas a volverte con Boon?
—Sí, señor. Vuelvo a la ciudad —dije—. El primo Ike me pidió que, si me era posible, fuese a su casa.
Tía Callie volvió a protestar (la verdad es que no había dejado de hacerlo ni un solo instante, a excepción de una milésima de segundo, cuando el primo Zack le ordenó que callara), pero ahí acabó todo. Continuó gritando y el primo Zack se vio obligado a repetir una y otra vez:
—Cállate, cállate. Estoy harto de oírte. Si Ike no le trae aquí mañana, mandaré por él el lunes.
Corrí hacia el coche. Boon tenía ya el motor en marcha.
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—¡Maldita sea! Has estado estupendo —me dijo en voz baja con absoluto respeto hacia mi persona, incluso con asombro.
—Vamos —dije—. Larguémonos de aquí.
Comenzamos a avanzar, cada vez con mayor rapidez, sobre la lisa superficie del paseo de algarrobos, con dirección a la puerta.
—Temo que esté malgastando tu talento en una aventura de poca importancia como es este viaje en automóvil —me dijo Boon—. Quizá debiera utilizarte para otras cosas que pudiesen producir dinero.
—Vamos, sigue adelante —le insté.
¿Cómo podía decirle que estaba cansado, harto, de mentir? Porque en aquel momento me di cuenta de que acababa de empezar algo que ya no tendría fin. Mis mentiras no iban a concluir jamás, puesto que me vería obligado a continuar diciéndolas aunque sólo fuese para hacer verosímiles las que había expuesto con anterioridad, ya que nunca me encontraría desligado de ellas, ni siquiera de las primeras y más antiguas, de aquellas de las que había agotado todas sus posibilidades.
Regresamos a la ciudad a velocidad inusitada, sin fijarnos en la belleza de un paisaje que, para los que íbamos en el coche, no existía. Debían de ser cerca de las cinco. De pronto, Boon dijo con expresión comedida, seria y preocupada:
—Tendremos que parar un rato para que se enfríe. Por otra parte, nos vieron salir a todos de la ciudad con dirección a casa de los McCaslin; ahora nos verán regresar a ti y a mí solos y creerán que me propongo encerrar el coche en el garaje. Por lo tanto, convendría que, más tarde, nos viesen a ti y a mí separados, dando un paseo, cada uno por su cuenta, como si no tuviésemos otra cosa que hacer.
Ahora ya no era posible resistirme a obedecer, comenzar a decirle: «No, por favor, iniciemos el viaje ahora mismo. No más mentiras. Si tenemos que contar más mentiras, que sea al menos a extraños, a gente que no conozcamos».
—… coche —Boon seguía hablando—. ¿Qué es lo que nos dijo acerca de nuestra vuelta a la ciudad, antes de salir de casa?
—Que nos dijo, ¿quién?
—Ned. Justo antes de salir.
—No lo recuerdo —dije—. ¿Y qué hacemos con el coche?
—Lo dejaremos en el garaje, mientras yo doy una vuelta por la plaza y tú vas a casa a recoger una camisa limpia o lo que creas que necesites. Tuve que
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descargar todo tu equipaje en casa de los McCaslin. Espero no tener demasiadas dificultades para desembarazarme de los métome en todo.
Me di cuenta de a quién se refería.
—Cerraremos el garaje con llave.
—No tengo la llave. No tengo en mi poder más que el candado. El amo me pidió la llave esta mañana, abrió el candado y se la entregó a Mr. Ballott para que la guardase hasta que él regresara. Esperen que encierre el coche tan pronto como vuelva de casa McCaslin, coloque el candado y que el coche permanezca metido en el garaje hasta que tu abuelo telegrafíe diciendo en qué tren llegan.
—Entonces tendremos que arriesgamos —dije.
—Sí, tendremos que arriesgamos. Es posible que no estando el jefe ni Miss Sarah, Delphine no le vea hasta el lunes por la mañana.
Así, pues, decidimos correr el albur. Metimos el coche en el garaje, y Boon recogió el maletín y la chaqueta en el desván donde los había escondido; después tomó un pedazo de lona, los envolvió y los colocó en el coche, junto al asiento trasero. El bidón de gasolina estaba también preparado: se trataba de un bidón nuevo de quince litros que el abuelo había encargado al hojalatero que nos hacía las cajas para las herramientas. Sin embargo, como el abuelo no le gustaba el olor a gasolina, y como el coche nunca había emprendido un viaje largo, el bidón no había sido hasta entonces utilizado. La bomba de hinchar neumáticos y el gato estaban ya metidos en la caja de las herramientas, junto con los parches y demás accesorios que el coche traía de fábrica, y con el hacha, la linterna, la pala y el rollo de alambre de espino que el abuelo había adquirido. Boon se había provisto, además, de un barril de agua, lo suficientemente manejable para llenarlo con comodidad cuando la carretera bordease un arroyo o un río. Colocó el barril junto a su equipaje, oculto también bajo la lona, al pie del asiento posterior (el barril estaba lleno de agua, lo cual podía haber sido uno de los motivos de su retraso al ir a buscarnos). Quedó todo perfectamente oculto bajo la lona.
—Esconderemos tus cosas en el mismo sitio —dijo—. Así producirá el efecto de que llevamos un trozo de lona que nadie se ha tomado la molestia de doblar. Lo mejor que puedes hacer ahora es ir a casa, recoger tu camisa, volver aquí y esperar. No tardaré mucho. Voy a dar una vuelta a la plaza para enterarme si Ike ha ido preguntando algo. Después emprenderemos la marcha.
Cerramos la puerta del garaje y Boon se dispuso a colgar el candado en la cerradura.
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—No —dije, sin saber por qué, sin darme apenas cuenta de mis progresos en la senda del mal—. Mételo en el bolsillo. Pero él sí comprendió en seguida por qué. Dijo:
—¡Maldita sea! Tienes razón. Hemos sufrido demasiadas aventuras para exponemos a que alguien pase por aquí, vea el candado abierto y lo cierre, creyendo que yo me he olvidado de hacerlo.
Marché a casa. Estaba al otro lado de la calle, donde ahora hay un puesto de gasolina. Lo que antes fue casa de mi abuelo está dividida hoy en apartamentos de gente humilde. La casa estaba vacía y, desde luego, abierta, puesto que en Jefferson, en aquellos tiempos llenos de candor, nadie acostumbraba a cerrar las casas. Era algo más de las cinco de la tarde, poco antes de la puesta de sol, pero el día estaba liquidado, listo. El silencio total de la casa se me antojó lleno de presencias, de suspiros reprimidos; de repente, deseé que mi madre estuviese allí; deseé exclusivamente su presencia aunque ello supusiese renunciar a mi libre albedrío; quería volver sobre mis pasos, rendirme, encontrarme a salvo de decisiones de aquella especie, de tener que aceptar la idea de que iba a robar un automóvil. Pero ya era tarde. Había escogido, elegido mi camino; si hubiese vendido mi alma a Satanás a cambio de un plato de lentejas, tendría al menos el recurso de coger el plato y comérmelo. Boon me lo había recordado, había quizá presentido aquel momento de vacilación, de debilidad, en la casa vacía, y me lo había dicho hacía unos instantes: «Hemos pasado demasiadas aventuras para exponemos a que cualquier imprevisto nos lo eche todo a perder».
Mi ropa —mis camisas limpias, mis pantalones, mis calcetines, mi cepillo de dientes— estaba en casa de los McCaslin. Tenía algunas más en los cajones de mi armario —excepto cepillos de dientes, claro—, que ni tía Callie ni la prima Louise, en ausencia de madre, se atrevían a tocar. Pero no cogí ninguna ropa, no cogí nada; no porque me olvidase de ello, sino porque, quizá, jamás tuviese intención de hacerlo. Me limité a entrar en la casa y permanecí junto a la puerta el tiempo suficiente para reconocer que si Boon o yo —cualquiera de los dos— teníamos que fracasar, lo más probable era que el fracaso fuese imputable a mi persona. Después crucé de nuevo la calle, regresé a casa del abuelo y atravesé el patio. Sí, no era Boon el llamado a hacemos fracasar. Antes de llegar al garaje, percibí el sonido del motor en marcha. Boon estaba detrás del volante. Creo que el coche tenía ya puesta la marcha.
—¿Dónde está tu camisa limpia? —preguntó—. Bueno, no importa. Te compraré una nueva en Memphis. Vamos, sube. Tenemos que marcharnos.
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Sacó el coche marcha atrás. El candado abierto se balanceaba de nuevo en la cerradura.
—Vamos —insistió—. No te entretengas en cerrarlo. Es demasiado tarde. —No —dije nuevamente, sin saberme explicar el por qué. Pensé simplemente que con la puerta y el candado cerrados parecería como si el coche estuviese a salvo. Y, a lo mejor, resultaba ser así. Quizás aquello no constituyese más que un simple sueño del cual podía despertar mañana para encontrarme también a salvo, salvado. Así, pues, cerré la puerta y el candado y abrí la puerta de acceso al patio para que saliesen Boon y el coche, mientras yo permanecía en tierra para cerrarla de nuevo. Salió el coche a paso lento y
subí en él, sin que Boon lo parase por completo.
—Si hubiésemos salido por la puerta trasera podríamos haber evitado la plaza —dije.
—Ya es demasiado tarde —replicó Boon—. Ahora lo único que pueden hacer es gritarnos.
Pero nadie nos gritó. Y al rebasar la plaza nos dimos cuenta de que aún no era demasiado tarde. La decisión irrevocable estaba a dos kilómetros de distancia, en el lugar donde la carretera se bifurcaba: una ruta conducía a casa de los McCaslin y la otra a Memphis. Al llegar allí podría aún decir: «Para el coche. Quiero bajarme». Y, sin duda, Boon habría parado. Podría decir todavía más: «He cambiado de idea. Llévame a casa de los McCaslin». Y me constaba que Boon también lo haría. También estaba convencido de que si le dijese: «Da la vuelta. Pediré la llave del candado a Mr. Ballott y encerraremos el automóvil en el garaje, donde el abuelo cree que está en estos momentos», lo habría hecho inmediatamente, sin protestar. Es más: estaba seguro de que él deseaba que yo le dijese algo de eso, estaba seguro de que me rogaba en silencio que lo hiciese. En aquellos momentos ambos nos hallábamos asustados de nuestra mutua temeridad, de nuestro atrevimiento solidario. Y Boon sabía que él solo no tendría fuerzas suficientes para resistir aquella situación y, por consiguiente, buscaba apoyo en mi fortaleza y en mi rectitud. ¿Te das cuenta? ¿Qué te he dicho antes acerca de los infinitos recursos de la No-Virtud? Si las cosas hubiesen sucedido al revés y hubiese sido yo quien en silencio hubiera pedido a Boon que regresáramos, podría haber esperado algo constructivo de su piedad y de su virtud. Pero Boon no encontraba en mí ni una cosa ni otra.
Así, pues, no pronuncié palabra alguna. La desviación, la última mano frágil e impotente que ofrecía nuestra salvación, pasó junto a nosotros, voló, desapareció irrevocablemente. «De acuerdo —me dije—, vamos allá». Es
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posible que Boon adivinase mis palabras, puesto que todavía era yo el jefe. Sea como sea, dejamos Jefferson atrás; Satanás estaba aún en disposición de defender a sus fieles uno o dos días más.
—Ya no tenemos que preocupamos por nada hasta que lleguemos a Hell Creek mañana por la mañana. Hurricane Creek no es obstáculo —dijo Boon.
—Nadie pretende que lo sea —repliqué.
El desfiladero de Hurricane Creek está a seis kilómetros de la ciudad; seguramente debes haber pasado por allí varias veces, aunque siempre a tal velocidad que es posible que no conozcas siquiera su nombre. Pero la gente que lo cruzaba en aquel entonces lo conocía bien. Había un puente de madera que salvaba el precipicio, e incluso en verano sus inmediaciones estaban llenas de baches y de barro.
—Eso es lo que estoy diciendo, que no es nada —prosiguió Boon—. Mr. Wordwin y yo lo pasamos hace un año sin apenas dificultad. Sólo tuvimos que utilizar un pico y una pala que Mr. Wordwin pidió prestados en una casa vecina, y que, por cierto, no devolvimos a su propietario. Supongo que el individuo iría a buscarlos al día siguiente.
Los hechos vinieron a darle casi toda la razón. Pasamos sin novedad el primer tramo embarrado y cruzamos el puente. Pero otro barrizal nos detuvo. El automóvil resbaló varias veces sobre la superficie del camino, se deslizó peligrosamente y, al fin, quedó clavado, con las ruedas girando en el barrizal. Boon no perdió ni un instante. Se descalzó (me olvidé decirte que se había limpiado los zapatos antes de salir), se arrolló hasta las rodillas las perneras del pantalón y comenzó a caminar sobre el barro.
—Siéntate al volante —me dijo—. Ponle primera y arranca cuando te lo diga. Vamos. Ya sabes cómo se hace, te lo he enseñado esta mañana.
Me coloqué tras el volante. Ni siquiera se molestó en coger la palanca de madera y la pértiga de hierro que llevábamos para esos casos.
—No los necesito. Nos tomaría demasiado tiempo sacarlos del coche y volverlos a meter después.
Y, en efecto, no los necesitó. Había una cerca metálica junto a la carretera; arrancó de ella uno de los postes y, cubierto de agua y barro hasta la rodilla, lo colocó bajo el eje trasero del coche.
—Vamos, dale ahora —dijo.
Levantó a brazo el automóvil y éste arrancó, deslizándose sobre el resbaladizo terreno hasta llegar a un nuevo tramo de carretera completamente seco.
—Páralo, páralo —me gritó.
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Obedecí y esperé su llegada. Se metió en el coche, me desplazó del volante y lo cogió él; ni siquiera se preocupó en bajarse los pantalones enfangados.
El sol ya casi se había ocultado; cuando alcanzásemos Ballenbaugh sería de noche. Tendríamos que pernoctar allí. Marchábamos ahora a la máxima velocidad posible y pronto rebasamos la casa de los Wyott, una familia amiga de la nuestra. Padre solía llevarme allí a cazar pájaros en Navidad. La finca estaba situada a unos diez kilómetros de Jefferson y a seis del río. Recuerdo que, aquel día, el sol se estaba ocultando por detrás de la casa. Seguimos adelante. Dentro de poco saldría la luna, lo cual constituía para nosotros una gran ventaja, ya que nuestros faros de petróleo resultaban más eficaces para señalar nuestra presencia a otros vehículos que circulasen por las inmediaciones, que para iluminar la carretera. De pronto, Boon dijo:
—¿Qué es ese olor? ¿Has sido tú?
Pero antes de que pudiese negarlo detuvo el coche de un frenazo y permaneció un instante inmóvil en su asiento; después se volvió hacia el asiento trasero y levantó la lona que cubría nuestros equipajes. Ned apareció sentado en el suelo. Llevaba su traje negro y su sombrero de los domingos y vestía una camisa blanca, abrochada al cuello con un pasador de oro, pero sin cuello ni corbata; su equipaje consistía en un pequeño maletín de mano, viejo y deteriorado (lo que quizá llamaríais hoy una cartera de negocios), que había pertenecido a Lucius McCaslin cuando mi padre aún no había nacido. No puedo decirte para qué la utilizaba Ned, ni lo que llevaba dentro. Lo único que, en cierta ocasión, le vi transportar en ella fue una biblia (que, asimismo, había pertenecido a mi bisabuela McCaslin), que, desde luego, era incapaz de leer, y un frasco de un cuarto de litro que tal vez contenía unos sorbos de whisky.
—¡El muy hijo de perra! —exclamó Boon—. Ahí le tienes… —También yo quería hacer un viajecito —contestó Ned—. Ji, ji, ji.
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Capítulo 4
—Tengo tanto derecho a viajar como podáis tenerlo tú y Lucius —dijo Ned—. Es decir, tengo más. Este automóvil pertenece al amo, y Lucius no es más que su nieto y tú no tienes ningún parentesco con él.
—Bueno, bueno —dijo Boon—. De lo que me quejo es de que hayas permanecido oculto bajo esa lona y hayas permitido que sacase yo solo el coche del barro.
—Pues no te creas que no he sudado lo mío aquí debajo, amigo —replicó Ned—. No me explico cómo he podido aguantarlo. Eso sin contar con que, cada vez que el coche cogía un bache, he estado a punto de destrozarme la cabeza con esa pértiga de hierro y temiendo que ese maldito bidón de gasolina iba a explotar. ¿Qué querías que hiciese? Estábamos sólo a seis kilómetros de la ciudad. Me hubieses obligado a volver.
—Y ahora estamos a quince kilómetros —dijo Boon—. ¿Qué te hace pensar que no vas a tener que andarlos hasta casa?
Dije con rapidez:
—¿No te das cuenta? Dejamos la casa de los Wyott cuatro kilómetros atrás. Ahora podemos estar a otros cuatro de Bay St. Louis.
—Tienes razón —afirmó Ned—. Mi paseo no sería demasiado largo.
Boon ni siquiera se atrevió a mirarle. Dijo:
—Baja y dobla la lona para que no ocupe más sitio que el que debe ocupar. Y procura ventilarla. Tenemos que viajar con ella.
—La culpa ha sido del zarandeo que nos ha dado —se disculpó Ned—. Parece como si pensases que he cometido una falta de educación con el propósito de que me descubrieseis.
Boon mantuvo los encendidos faros del coche mientras estuvimos detenidos y aprovechó su resplandor para limpiarse con un extremo de la lona, las piernas y los pies, para ponerse de nuevo los calcetines y los zapatos y para bajarse las perneras del pantalón, que estaban ya casi secas.
El sol había desaparecido y se podía distinguir el contorno de las cosas a la luz de la luna. Cuando llegásemos a Ballenbaugh sería noche cerrada.
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Tengo entendido que ahora Ballenbaugh es una reserva de pesca, propiedad de un italiano ex contrabandista en whisky aunque ese «ex» tiene plena vigencia solamente una o dos semanas cada cuatro años, es decir, hasta que cada nuevo jefe de policía del distrito se da cuenta de cuál es la verdadera voluntad de los ciudadanos que le votaron. Toda aquella extensión de terreno junto al río, que formó parte de los sueños de megalómano de Thomas Sutpen y que más tarde fue coto de caza del Mayor de Spain, es hoy día campo de cultivo. Las selvas en las que el mismo Boon cazó durante su juventud (o estuvo al menos presente en las cacerías que organizaban sus mayores), osos, venados y pumas, están ahora cubiertas de algodonales y trigales, e incluso Wyott Crossing no constituye más que un simple nombre que nada significa.
En 1905 quedaban aún en la región algunos vestigios de bosque, si bien los pumas y los osos (al igual que el Mayor de Spain y sus cazadores) habían desaparecido. Tampoco existían ya las barcazas que cruzaban los rápidos del río. Habían sido sustituidas por el Puente de Hierro, al que llamábamos así, es decir, con mayúsculas, porque durante muchos años fue el único que el condado de Yoknapatawpha poseyó dentro de sus fronteras. Pero en los viejos tiempos, en los tiempos de nuestros díscolos reyezuelos Chickasaw, Issetibbeha y Moketubbe y en los de aquel usurpador regicida que se hacía llamar Doom, cuando los Wyott llegaron a aquellas tierras y los indios les mostraron el único acceso de paso del río que bautizaron con su nombre y junto al cual instalaron su casa-almacén y construyeron sus barcazas, aquel paraje se convirtió, no solamente en el único lugar en muchos kilómetros donde el río podía cruzarse, sino también en puerto de abastecimiento. Barcas y piraguas (y con las torrenteras de invierno hasta algún vaporcillo) amarraban en la misma puerta del almacén de Wyott, descargaban whisky, aperos de labranza, carbón y petróleo y se llevaban a Wicksburg importantes cargamentos de algodón y de pieles.
Pero, aún viajando en carro de mulas, Memphis quedaba más cerca de Wicksburg y decidieron, por lo tanto, construir una carretera lo más recta posible desde Jefferson hasta la orilla sur del transbordador de Wyott, y otra desde la orilla norte hasta Memphis. Así, el algodón y demás mercancías comenzaron a transportarse por tierra, en carros de mulas o de bueyes. Fue en aquellos días cuando apareció en los contornos un gigantesco individuo, de origen y ascendencia desconocida, que se llamaba Ballenbaugh; algunos afirmaban que había comprado a Wyott su pacífica cabaña de una sola habitación, que hacía las veces de vivienda y de almacén, así como cualquier derecho que pudiese tener sobre aquel antiguo paso del río de los Chickasaw;
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otros, por el contrario, mantenían que Ballenbaugh había insinuado a Wyott que llevaba ya mucho tiempo en aquel lugar y que consideraba llegado el momento de que se retirase a más de seis kilómetros de la orilla del río e instalase allí una granja.
Fuese como fuese, eso es lo que Wyott hizo. Y lo que hasta entonces había sido un lugar de infinita calma y de ambiente eremita, se convirtió en un establecimiento ruidoso y mugriento en el que dormían, comían y bebían comerciantes, traficantes de ganado y esquiladores de mulas que esperaban la llegada de las caravanas a ambos lados del paso fluvial, con dos, tres (y hasta, a veces, cuatro) troncos de mulas de repuesto, con arneses incluidos, para maldecir el peso exagerado de los carros, que exigía un esfuerzo sobrehumano para colocarlos sobre las barcazas y para depositarlos, una vez cruzado el río, en la otra orilla.
Wyott Crossing se convirtió en un lugar de continuo alboroto, de escándalo permanente, en donde se daban cita verdaderos hombres. Hombres primitivos y duros que se asentaron allí hasta que el coronel Sartoris (no me refiero al banquero que disfrutaba también del tratamiento de coronel, título adquirido, en parte, por herencia y, en parte, por su dinero, y que era responsable de la presencia de Boon y mía en aquellos parajes; sino a su padre, el verdadero coronel de los C.S.A.[7] —soldado, político y duelista, y según la rama colateral de primos y sobrinos de la familia y, en general de todos los jóvenes menores de veintiún años del condado de Yoknapatawpha, también asesino—, construyó allí, hacia la mitad de 1870, una estación para su ferrocarril, y destruyó la animación del lugar.
Pero no pudo desalojar a Ballenbaugh, no era fácil vencer a Ballenbaugh. Aparecieron los vagones de tren y desaparecieron las barcazas del río; se construyó el ferrocarril y, en Wyott Crossing, desapareció, por lo tanto, la necesidad del paso por el río. Pero eso fue todo. Cuarenta años antes, Ballenbaugh se había mostrado perfectamente capaz de anticiparse a la ola de progreso futuro que ya intuía y de superarla, como lo demostró adquiriendo el almacén de aquel pequeño comerciante llamado Wyott; y, en aquel momento, en la persona de su hijo, otro gigante que, según se decía, había regresado a casa de su padre en 1865 con el abrigo forrado de billetes de Banco, después de haber servido en Arkansas al mando de una patrulla de guerrilleros y de obtener el grado de comandante, demostró que conservaba aún su antigua habilidad, destreza y onmisciencia. Años atrás, la gente se dirigía hacia Ballenbaugh para pasar allí la noche; ahora viajaban siempre de noche y con urgencia al mismo lugar, a fin de dar tiempo a Ballenbaugh para que ocultase
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el caballo o la vaca en los bosques de los pantanos, antes de que llegasen sus propietarios o los agentes de la ley. Pero, además de los grupos de granjeros indignados y de agentes de policía que llegaban persiguiendo las huellas de ganado desaparecido, aquellos asesinos recibían, de vez en cuando, la visita de algún incauto inspector de impuestos, que desaparecía también sin dejar rastro. Porque, siguiendo el ejemplo de su progenitor, Ballenbaugh también vendía whisky. Era propietario de lo que, valiéndose de un término vago y lleno de eufemismo, llamaba un salón de baile. Durante más de diez años, Ballenbaugh constituyó en las inmediaciones del condado un sinónimo de horror y desvergüenza. Ministros de la Iglesia y viejas devotas intentaron nombrar agentes de policía especiales, cuya única misión consistiese en hacer desaparecer Ballenbaugh, junto con sus borrachos, jugadores y prostitutas, de la faz del condado de Yoknapatawpha y, a ser posible, del Estado de Mississippi. Pero la verdad es que Ballenbaugh y sus instalaciones —su establo, su almacén y su palacio de placeres, para llamarlo de algún modo— nunca molestaron a nadie de manera directa. Sus moradores jamás salían de su recinto sagrado y, por otra parte, no existía ninguna ley que obligase a ir allí a los que no deseaban hacerlo. Además, su reputación se consolidó de tal manera que corrió la voz de que ya nadie era bien recibido en Ballenbaugh si no llegaba allí con aspiraciones y ambiciones superiores a la simple compra de un caballo o de un semental robados. Lo cual, en cierto modo, tranquilizó a los agentes de la policía, que no sólo eran hombres sensatos, sino también padres de familia, y no olvidaban el ejemplo que les habían dado los inspectores de impuestos que parecían haberse evaporado, no hacía mucho tiempo, en aquellos lugares.
Las cosas siguieron así hasta el verano de 1886, en que un ministro baptista, llamado Hiram Hightower (era también un gigante, casi tan alto y fuerte como el mismo Ballenbaugh, que había ejercido los domingos desde 1861 a 1865, como capellán de la Compañía de Forrest[8], mientras se convertía el resto de la semana en uno de sus más duros y valientes soldados, llegó con su caballo a Ballenbaugh, armado de su biblia, y convirtió a la fe a todo el establecimiento por medio de una eficaz terapéutica de puñetazos, administrados sabiamente cuando era necesario.
Así, pues, cuando, aquel atardecer de mayo de 1905, Boon, Ned y yo nos acercamos a la casa, Ballenbaugh estaba viviendo su tercera época en la persona de una solterona de cincuenta y cinco años, hija única, del anterior propietario.
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Era una mujer delgada, de expresión severa y aspecto grisáceo que cultivaba unas parcelas de fértil tierra en las que cosechaba algodón y trigo. Poseía, asimismo, un pequeño almacén en cuyo piso superior había instaladas unas cuantas colchonetas de corcho, equipada cada una de ellas con su juego de sábanas blancas y limpias y sus mantas, para acomodar a los pescadores y a los cazadores de zorros, quienes, según se decía, volvían en cuanto les era posible a aquel lugar, tentados, más que por la caza o la pesca, por la comida que Miss Ballenbaugh les ofrecía.
Nos oyó llegar. No fuimos los primeros. Nos dijo que, durante los últimos dos años, habían pasado por allí trece automóviles, cinco de los cuales lo habían hecho aquellos últimos días. Había perdido ya dos gallinas, atropelladas por los coches, y aseguraba que, de seguir las cosas de aquel modo, se vería obligada a encerrarlo todo, incluidos los perros de caza. En compañía de la cocinera y de un negro, se hallaba ahora en el porche de la entrada, protegiéndose con la mano los ojos del resplandor de nuestros faros. Conocía a Boon desde hacía tiempo, pero reconoció antes el automóvil. A pesar de los trece coches que había ya contemplado, su capacidad para identificarlos individualmente era notable.
—Así que, al fin, llegasteis a Jefferson —comentó la mujer.
—Dios mío, Miss Ballenbaugh —exclamó Boon—. ¡Si de eso hace ya más de un año! Desde entonces este coche ha estado cien veces más lejos de Jefferson que hoy. Mil veces. Tiene usted que rendirse a la realidad y acostumbrarse a los automóviles, como hace todo el mundo.
Fue entonces cuando nos contó lo de los trece automóviles y lo de las dos gallinas.
—Al menos —dijo—, hay que reconocer en su descargo que un viaje en coche por una gallina muerta no es precio excesivo.
—¿Quiere usted dar a entender con eso que nunca ha subido en uno? — preguntó Boon—. Vamos, Ned, baja de ahí, saca las maletas y deja sentar a Miss Ballenbaugh en el asiento delantero para que pueda verlo todo.
—Espera —dijo Miss Ballenbaugh—. Tengo que decir a Alice que prepare la cena.
—La cena puede esperar —contestó Boon—. Apuesto a que Alice tampoco ha subido nunca en un automóvil. Vamos, Alice, sube también. ¿Quién es ése que está contigo? ¿Tu marido?
—No tengo marido —dijo la cocinera—. Y si lo tuviese nunca sería Ephum.
—Da lo mismo. Dile también que suba —dijo Boon.
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El hombre y la cocinera subieron al coche y se colocaron en el asiento trasero, junto a la lona y al bidón de gasolina. Ned y yo permanecimos en el porche, en la claridad de la luz del interior de la casa, que se colaba por la puerta abierta y se perdía en la noche, y contemplamos el coche, el resplandor rojizo de los faros piloto del automóvil avanzando por el camino. Después el coche se detuvo, dio la vuelta y pasó frente a nosotros.
Boon pulsó la bocina y nos sonrió. Miss Ballenbaugh se sentaba erecta, inmóvil, en el asiento delantero, y Alice y Ephum, en el posterior, nos saludaron con la mano.
—¡Eeeehhhh, muchacho! —gritó Ephum—. Esto es mucho mejor que ir a caballo.
—Se está pavoneando —dijo Ned, refiriéndose a Boon—. Puede estar contento de que el jefe Priest no esté presente. Buena le iba a dar.
El coche se paró y luego dio marcha atrás hasta llegar de nuevo al porche.
Los viajeros se apearon. Después de unos momentos, Miss Ballenbaugh dijo:
—Bien.
Caminó hacia la casa y añadió:
—Vamos, Alice.
Cenamos y nos dimos cuenta del porqué los cazadores y los pescadores solían volver. Después Ned salió del comedor con Ephum y, mientras yo daba conversación a Miss Ballenbaugh, Boon fue en busca de una linterna. Subimos al piso de arriba, a la buhardilla situada sobre el almacén.
—¿No has traído nada? —preguntó Boon—. ¿Ni siquiera un pañuelo limpio?
—No necesitaré nada —dije.
—No puedes dormir así. Fíjate en lo limpias que están las sábanas.
—Al menos quítate los zapatos y los pantalones. Tu madre también te haría limpiar los dientes.
—No podría hacerlo —contesté—. No he traído el cepillo.
—Eso no constituiría una excusa para ella, lo sabes bien. Si no pudieses obtener otro, tendrías que buscarte algo que lo sustituyese.
—De acuerdo —dije, echado ya encima de mi colchoneta—. Buenas noches.
Permaneció en pie unos instantes y luego apagó la linterna:
—¿Estás cómodo? —preguntó.
—Cállate —dije.
—Si quieres que volvamos, sólo tienes que decirlo. Desde luego, no ahora, pero sí mañana por la mañana.
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—¿Ha sido necesario venir hasta aquí para que te asustases?
—Buenas noches —replicó.
Se tumbó sobre su camastro y la oscuridad reinó en la buhardilla. Las roncas ranas de los pantanos vecinos, los sonidos dispares de los bosques y de los habitantes de las selvas, llegaron hasta nosotros: de los jabalíes, de los conejos, de los grandes búhos, de los visones, de las serpientes —mocasines y cascabeles—, e incluso el respirar de los árboles y el suspirar del río y sus fantasmas, los espectros de los viejos chickasaw que dieron nombre a aquellas tierras antes de que llegase el hombre blanco, y también el de los hombres blancos que las poblaron después: Wyott, el viejo Sutpen, el Mayor de Spain y aquellos traficantes que conducían las barcazas de algodón y los carromatos de trigo, y las partidas de ladrones y asesinos que en su día se congregaron en Ballenbaugh, se distinguían nítidamente en la noche de primavera. De pronto, percibí el sonido peculiar que Boon estaba haciendo:
—¿De qué te ríes ahora? —pregunté.
—Estoy pensando en el desfiladero de Hell Creek. Lo alcanzaremos mañana a eso de las once.
—Creí que habías dicho que su paso nos plantearía problemas.
—Y te lo repito otra vez —siguió Boon—. Vamos a tener que echar mano de la pala y el pico, del alambre de espino, de la pértiga de hierro y de los postes de los cercados metálicos, además de contar con la colaboración tuya y la de Ned. Tendremos que trabajar los tres. Y de eso es de lo que me río: de Ned. Cuando lleguemos mañana a Hell Creek se arrepentirá de lo que él llama haber violado las normas de la educación y no haber permanecido debajo de la lona hasta llegar a Memphis.
Me despertó muy temprano, a la misma hora en que se levantaban todos los habitantes de aquella casa. No obstante, nos costó bastante trabajo sacar a Ned del rincón en donde había dormido, en casa de Ephum, y llevarle a la cocina a tomar el desayuno (y aun nos costó más sacarle después de la cocina habiendo una mujer allí). Tomamos nuestro desayuno —si hubiese sido un cazador o un pescador, después de comer todo aquello hubiera sentido la absoluta necesidad de dar un largo paseo—, y Boon dio un nuevo paseo en el coche a Miss Ballenbaugh, esta vez sin que Alice ni Ephum (éste estaba a mano) compartiesen el privilegio. Más tarde, Boon llenó el depósito de gasolina y el radiador, no porque realmente fuese preciso hacerlo, sino para que Miss Ballenbaugh y Ephum pudiesen contemplar la operación. Después puso en marcha el motor y partimos. Comenzaba a amanecer cuando cruzamos el puente de Hierro que salvaba el río (la noche anterior me había
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olvidado de citar el fantasma de los barcos de vapor) y conducía en territorio extranjero, es decir, a otro condado. Por la noche estaría ya en otro estado, en Memphis.
—Eso siempre que podamos pasar Hell Creek —dijo Boon.
—Deja de hablar de eso —comenté.
—¿Qué más da? —siguió Boon—. A Hell Creek le tiene sin cuidado que se hable de él o no. Pero yo no las tengo todas conmigo. Ya veremos.
Al cabo de unos minutos dijo:
—Bueno, aquí está.
Era solamente un poco más de las diez. Habíamos alcanzado un excelente promedio, mientras seguíamos la ladera de las montañas. Las carreteras estaban secas y polvorientas y discurrían entre campos en plena germinación primaveral. La tierra se mostraba solitaria y pacífica, y las gentes, vestidas con sus trajes domingueros, descansaban en los porches de las contadas casas ante las que cruzábamos; los niños y los perros corrían hacia los cercados para vernos pasar. En ocasiones, los habitantes de los pueblos marchaban también por la carretera en sus jardineras y carromatos tirados por caballos y mulas, con dirección a las pequeñas iglesias que surgían inesperadamente entre frondas primaverales. (Un poco antes de las nueve habíamos sobrepasado a otro automóvil; Boon afirmaba que era un «Ford»; tenía tan buen ojo como Miss Ballenbaugh para identificar los coches).
A nuestros pies se extendía un amplio valle, hacia el que la carretera descendía desde los montes. Unos pequeños bosques de cipreses y de sauces marcaban, al fondo, el paso del río. Personalmente, no me pareció que el paraje ofreciese mal aspecto ni dificultades de ningún género. En realidad el paso del río no era más ancho que el que habíamos salvado la tarde anterior, y se podía distinguir claramente la cinta polvorienta de la carretera encaramándose, al otro lado, por las laderas de los montes. Pero Boon había comenzado ya a maldecir y a aumentar la velocidad cuesta abajo, como si estuviese ansioso de alcanzar el fondo del desfiladero y de entrar en lucha con el barro y el agua del cauce del río. Era como si, para él, el hecho de vadear el río constituyese una victoria sobre un enemigo consciente, humano.
—Miradlo —dijo—. Tiene el aire de inocencia de un cordero. Incluso se puede ver la carretera del otro lado, como si se estuviese burlando de nosotros, como si estuviese diciéndonos: «Si podéis llegar hasta aquí, podéis afirmar que estáis ya en Memphis; pero lo que hace falta es que seáis capaces de llegar hasta aquí».
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—Si es tan malo como todo eso, ¿por qué no damos un rodeo y lo salvamos? —preguntó Ned—. Eso es lo que haría yo si me sentase en el lugar donde estás tú.
—Porque es imposible eludir el paso del río —contestó Boon con violencia—. Por un lado, tendríamos que llegar hasta Alabama y, por el otro, al río Mississippi.
—Una vez vi el río Mississippi en Memphis —dijo Ned—. Ahora que hablas de ello, yo he estado ya en Memphis, pero nunca en Alabama. Me gustaría hacer un viaje hasta allí.
—Tampoco has estado nunca en Hell Creek —replicó Boon—. ¿Por qué te crees que los dos únicos automóviles que hemos visto desde que salimos de Jefferson han sido éste y el «Ford» con el que nos hemos cruzado? Porque ningún automóvil de Mississippi se atreve a pasar Hell Creek.
—Miss Ballenbaugh dijo que en estos últimos dos años llegaron a su casa trece automóviles —dije.
—Dos de ellos fueron este mismo —contestó Boon—. Y de los otros once no dijo que hubiesen cruzado Hell Creek, ¿no es así?
—Quizá dependa todo de la pericia del conductor —dijo Ned—. Ji,ji,ji.
Boon detuvo el coche de un frenazo. Volvió la cabeza. Dijo:
—De acuerdo. Baja. Lo mejor que puedes hacer es ir a visitar Alabama. Ya te has retrasado más de un cuarto de hora, que hemos perdido todos en charla inútil.
—¡Cómo te gusta abusar de la gente que tienes sometida a tu santa voluntad! —dijo Ned.
Pero Boon ni siquiera le escuchó. Se apeó del coche, abrió la caja de las herramientas que el abuelo había colocado en el guardabarros y comenzó a extraer la pala, el hacha, la pértiga y la linterna. Lo colocó todo en el asiento trasero, junto a Ned.
—Así no perderemos más tiempo —dijo, hablando con rapidez, pero con calma, sin inquietud ni histeria.
Después cerró la caja de las herramientas y subió al coche.
—Vamos al ataque. No sé qué estamos esperando…
El paso del río seguía sin parecerme demasiado malo. Se me antojaba un tramo más de carretera pantanosa, como tantas había en la región. El camino no estaría, desde luego, seco y polvoriento, pero tampoco excesivamente húmedo. Incluso era posible que los baches y las zonas profundas de fango hubiesen sido ya convenientemente reparadas por otros automovilistas que habían ya pasado por allí, a base de cubrirlas con arena y ramas de árbol. De
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pronto, me di cuenta de que la carretera se había acabado y de que, a pesar de ello, avanzábamos sobre un piso no demasiado humedecido. Por lo tanto, quizá fuese Boon el responsable de nuestras alarmas injustificadas, puesto que era él quien, sin duda, nos había sugestionado con aquel cuadro de su invención, en el cual figuraban cipreses y sauces surgiendo de terrenos pantanosos, de nubes de mosquitos, de automóviles sumergidos en el barro y de automovilistas sudorosos y llenos de indignación. Pero al cabo de unos instantes me pareció que ya habíamos quedado atrapados por el barrizal. No distinguí el más ligero vestigio de carretera seca al otro extremo del pantano, y ni siquiera fui capaz de descubrir el lugar donde efectivamente se cruzaba el río, y (menos aún un puente). El coche siguió, sin embargo, adelante, pero pronto volvió a deslizarse sobre el fango y a patinar sobre sus ruedas traseras, como lo había hecho la tarde anterior en Hurricane Creek. Boon se sacó los zapatos, los calcetines y se subió las perneras del pantalón.
—Anda —dijo a Ned—. Bájate.
—No sé cómo voy a ayudarte —contestó Ned, sin moverse—. No tengo ni idea de lo que es un automóvil. Lo único que haré será molestarte. Es mejor que me quede aquí con Lucius y así podrás trabajar a tus anchas.
—Ji, ji, ji —rió Boon, en tono de burla cruel y acerada—. ¿No querías dar una vueltecita en coche? Pues ahí lo tienes. Anda, baja.
—Llevo puesto el traje de los domingos —se excusó Ned.
—Yo también. Y si yo echo a perder unos pantalones, también puedes hacerlo tú.
—¡Bah! Tú no tienes derecho a hablar sobre eso. Mr. Maury te da su ropa vieja. Cuando mis trajes se estropean o se gastan, tengo que comprármelos nuevos.
—Tú jamás has comprado un traje, ni unos zapatos, ni un sombrero en tu vida —replicó Boon—. Yo sé que aún conservas una levita que llevó el viejo Lucius McCaslin. Y el resto de tu vestuario perteneció al Mayor de Spain, al coronel Compson y al amo. Puedes arremangarte los pantalones y quitarte los zapatos, o no, como quieras. Pero, desde luego, me vas a ayudar a sacar de aquí el coche.
—Que baje Lucius —dijo Ned—. Es más joven que yo y mucho más fuerte.
—Lucius tiene que llevar el volante —dijo Boon.
—Yo puedo llevarlo también, si es eso lo que quieres. Yo he estado toda la vida conduciendo caballos y bueyes, e imagino que el volante de un coche
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no ha de ser muy diferente a unas riendas de carro. —Después, dirigiéndose a mí, añadió—: Vamos, baja, muchacho, y ayuda a Mr. Boon.
—¿Vas a bajar de una vez o prefieres que te coja con una mano y con la otra levante el coche y te meta debajo? —gritó Boon.
Ned, al fin, se movió en su asiento. Pensó que debía aceptar los hechos como venían y, gruñendo, con visible mal humor, comenzó a sacarse los zapatos y a arrollarse las perneras del pantalón. Cuando miré hacia atrás, Boon estaba ya arrastrando sobre el barro dos ramas de abeto que había recogido entre los musgos y la maleza del pantano.
—¿No vas a utilizar aún la pértiga y la plancha de madera? —pregunté. —No —replicó Boon—. Cuando sea el momento de hacerlo, lo haré sin
que tú me lo digas. Tú también te darás cuenta de cuándo es necesario.
«Así, pues —pensé—, es posible que ni siquiera haya un puente. Y, si no hay puente, las cosas se complicarán». Boon debió adivinar mis pensamientos:
—No te preocupes por el puente —dijo—. Aún no hemos llegado a él. Me hubiese gustado saber qué quería decir con aquellas palabras. Lo
sabría más adelante. Ned, con desgana, metió un pie en el agua pardusca. —¡Cuánta porquería hay aquí…! —dijo—. Si hay algo que me molesta es
que se me meta suciedad entre los dedos de los pies.
—Vamos, muévete —le gritó Boon—. Toma esta cuerda. Has dicho que no estabas familiarizado con los automóviles, ¿verdad? Pues, bien, te prometo que no tendrás ocasión de volver a decir eso en el resto de tu vida. Bueno, Lucius, endereza la dirección, ponlo en marcha y cuando notes que toca tierra firme, pisa el acelerador a fondo.
Así lo realizamos. Boon y Ned hicieron fuerza con los troncos de abeto, colocados, a guisa de palanca, bajo el eje trasero del coche. El coche avanzó, pues, dando saltos de medio metro, algunos de un metro, hasta que las ruedas traseras volvieron a rodar sobre el barrizal, llenándoles a ambos de fango desde la cabeza hasta las rodillas, cubriéndoles de una capa espesa de porquería, como si les hubiese rociado con uno de esos pulverizadores que hoy se utilizan para pintar las casas.
—¿Te das cuenta ahora de lo que te quería decir acerca de que ibas a saber lo que era un automóvil? —preguntó Boon, escupiendo barro y pegando un tremendo empujón que levantó en vilo al coche y le hizo avanzar más de un metro—. Se parecen, en efecto, a los caballos y a las mulas. Nunca hay que permanecer detrás de ellos cuando levantan una de las patas traseras.
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Fue entonces cuando distinguí el puente. Habíamos llegado a una zona de terreno relativamente seco, y Boon y Ned, casi indistinguibles en el barro, tenían que correr para mantenerse en contacto con el coche, que ahora avanzaba por sus propios medios.
—Sigue, sigue adelante —gritó Boon.
Vi el puente a unos doscientos metros de distancia y comprendí lo que Boon había querido decirme. Paré el coche. La carretera (o el camino, o como quieras llamarle) que se extendía ante nosotros había sufrido una total transformación, hasta el punto de haber cambiado los elementos que la formaban. Ahora semejaba un inmenso recipiente de café con leche, en el cual surgían, aquí y allá, pedazos de ramas y troncos, impotentes y desesperanzados, y algunos pedazos aislados de tierra, semejantes a los promontorios que, junto a los surcos, levanta un arado. Después percibí algo más y comprendí perfectamente por qué Boon me había estado hablando de manera indirecta de Hell Creek durante más de un año, y por qué aquel paso había constituido para él una especie de obsesión desde el momento en que dejamos Jefferson, el día anterior. Atadas a un árbol, fuera de la carretera (mejor sería decir del canal), había dos mulas con los arreos de labranza puestos; es decir, con las riendas, las cabezadas y los collares y con las cadenas para sujetar el arado colgadas en sendos ganchos del arnés. Apoyado en otro árbol cercano distinguí también un pesado arado de dos hojas, ambas cubiertas de barro seco, del mismo barro que, en aquellos momentos, estaba formando ya una costra compacta sobre los cuerpos de Boon y de Ned. Un poco más allá de las mulas y el arado, contemplé la silueta quebradiza de una cabaña de cazador, construida con madera nueva y sin pintar, en cuyo pequeño porche se sentaba en una silla desvencijada, un hombre descalzo, con los pantalones caídos por debajo de la cintura, y asimismo llenos de barro, y sus zapatos colocados contra la pared, junto a la silla. Entonces deduje que fue aquí y no en Hurricane Creek donde Boon y Mr. Wordwin tuvieron que pedir prestada la pala el año anterior; la pala que, según Boon, Mr. Wordwin había olvidado devolver y que (también según Boon) podía haber olvidado de pedir prestada, visto el poco servicio que les hizo.
Ned distinguió también la casa. Antes había echado un vistazo a la zona pantanosa que aun nos faltaba cruzar. Y ahora observaba a las mulas con los arreos puestos, que permanecían inmóviles junto al árbol, espantándose los tábanos y los mosquitos con movimientos convulsivos de sus colas. Parecía, en efecto, como si aquellos animales estuviesen esperándonos.
—Ésa sí que es una agradable sorpresa… —comentó Ned.
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—Cállate —le interrumpió Boon—. Ni media palabra. No hagas el menor ruido.
Habló como si intentase controlar su ira, mientras impulsaba el coche hacia adelante con la pértiga y arrastraba, a la vez, sobre el barro el hacha, la pala, el pico y el carrete de alambre de espino. Repitió tres o cuatro veces «hijo de perra» y se dirigió a mí.
—Y tú tampoco —me dijo.
—¿Yo? —pregunté extrañado.
—Pero fíjate en las mulas —insistió Ned—. Hasta llevan puesta la cadena para enganchar el arado.
—¿No te he dicho que te calles? —dijo Boon con un murmullo lleno de furor—. Si no he hablado lo bastante claro, perdóname. Pero lo que he intentado decirte es que cierres la boca.
—Pero ¿para qué diablos querrá ese hombre el arado? —preguntó Ned—. Fijaos, está lleno de barro hasta la empuñadura. Parece como si… No pretenderás decirnos que se dedica a arar la carretera para ponerla siempre enlodada, ¿verdad?
Boon llevaba el pico, la pala y la pértiga en las manos. Por un instante, pensé que se disponía a atizar a Ned con alguno de aquellos utensilios, quizá con los tres a la vez.
—¿Quieres que…?
—Sí —dijo Boon—. Será preciso que trabajemos los tres, Mr. Wordwin y yo tuvimos un pequeño altercado con él, el año pasado. Esta vez tenemos que cruzar por nuestros propios medios.
—¿Cuánto os hizo pagar por sacaros de aquí? —preguntó Ned.
—Dos dólares —repuso Boon—. Así que lo mejor es que empieces a quitarte los pantalones. Y también la camisa. Aquí no te verá nadie.
—¿Dos dólares? Eso es mejor negocio que plantar algodón. Eso de arar un barrizal y sentarse después a la sombra, es una gran idea. Le diré al amo que ponga a mi cuidado las zonas enfangadas de alguna carretera.
—Pues toma nota. Aquí puedes aprender perfectamente a hacerlo —dijo Boon.
Entregó a Ned la pértiga y el rollo de alambre.
—Llévalo hasta aquel sauce, el mayor de todos ellos, y átalo fuertemente. Ned tomó el carrete y se dirigió hacia los sauces. Yo me quité también el pantalón y la camisa y me lancé al barrizal. El barro estaba fresco, agradable. Es posible que a Boon le pareciese lo mismo. O quizá lo que sintiese tanto él como Ned, después de haberse desnudado, fuese una sensación de
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tranquilidad, de liberación, por no verse obligados a perder tiempo intentando no mancharse demasiado. Fuese como fuese, a partir de aquel momento Boon ignoró el barro hasta el punto de sentarse sobre la carretera y de hundirse, poco a poco, en la masa viscosa que la cubría. Con absoluta regularidad, continuaba repitiendo aquello de «hijo de perra», despacio y en voz baja, mientras manipulaba con el otro cabo del alambre en el eje delantero del coche.
—Escucha —me dijo—. Trae hacia aquí algunos de aquellos troncos de árbol.
Pareció leer en mis pensamientos, porque aclaró:
—No me explico de dónde han salido esos ramajes. Quizá los haya colocado ahí él mismo, para que la gente se convenza de que se ha ganado los dos dólares.
Arrastré sobre el fango algunas ramas y las coloqué frente al coche, mientras Ned y Boon acababan de sujetar los cabos de alambre. Boon cogió de nuevo la pértiga y se dispuso a seguir impulsando el automóvil por debajo del eje trasero.
—Tu trabajo es fácil —dijo—. Todo lo que tienes que hacer es recoger cable para que el coche se mantenga en su sitio después de cada empujón. Bien, vamos allá.
Aquello constituyó una especie de sueño extraño. No exactamente una pesadilla, sino un sueño extraño. El escenario pacífico, silencioso, remoto, casi primitivo, de barro y cielo azul, las selvas contiguas y el calor en el cual las mismas mulas, a pesar de sus continuos coletazos y patadas, alimentaban miríadas de insectos, que a su vez poblaban el aire, resultaban absolutamente apropiados a aquel ambiente, ya que constituían (las mulas, al menos) el fin biológico de especies ya pasadas de moda ante la presencia de lo que acababa de nacer: el automóvil, que en aquella situación se presentaba como simple objeto mecánico, caro e inútil, el cual, a pesar de atribuírsele una potencia de una docena de caballos, yacía impotente, abandonado, casi infantil, en manos de la alianza temporal de dos elementos pacíficos en sí —la tierra y el agua—, los cuales, como correspondía a todo principio natural y no mecánico de movimiento, habían pasado casi inadvertidos durante interminables generaciones de hombres; nosotros tres constituíamos —tres criaturas irreconocibles, idénticas, inidentificables, cubiertas de barro, librando una lucha a muerte contra él— la idea del progreso, que tenía que avanzar lentamente, centímetro a centímetro, con dolor y agonía. Y, mientras tanto, el hombre permanecía sentado en su silla desvencijada, en el porche de su
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cabaña, contemplándonos, observando cómo Ned y yo nos esforzábamos en recoger el cable después de cada empujón; aquel cable que estaba ya cubierto de barro y que era prácticamente imposible sujetar con las manos. Detrás del coche, Boon se esforzaba como un demonio, como un titán. Introducía su pértiga, debajo del automóvil y lo impulsaba hacia adelante; en cierta ocasión, lanzó al aire la pértiga, se inclinó sobre el coche y lo levantó con las manos haciéndolo avanzar de esta manera, como si se tratase de una carretilla, casi medio metro. Pero ningún hombre hubiese sido capaz de aguantar aquello. Y así lo hice constar. Dejé de tirar del alambre y dije, susurré:
—No…, no podemos hacerlo. Sencillamente…, no podemos.
Boon, con voz tierna y desmayada como un suspiro de amor, me contestó:
—Entonces, échate a un lado o te pasaré el coche por encima.
—No —repetí—. Acabarás matándote.
Me deslicé sobre el fango, hasta llegar hasta él.
—No estoy cansado —dijo Boon secamente—. Al contrario, empiezo a encontrarme bien. Tú y Ned podéis descansar un rato. Mientras recuperáis el fuelle, podéis acercarme unas cuantas ramas más.
—No —dije—, no. Ahí viene ése. ¿Te gusta la idea de que nos vea en este estado?
Podíamos verle tan bien como oírle. Y distinguíamos el chapoteo de los cascos de las mulas en el fango, dirigiéndose hacia el barrizal donde nos encontrábamos; oímos también el resonar de las cadenas de enganchar el arado, dando una contra otra. El hombre conducía a una de las mulas por la brida, y la otra les seguía a paso cansino. Los zapatos del hombre, atados por los cordones, colgaban de las ancas de uno de los animales. Su rifle, colgado del cuello, oscilaba ante sí, al estilo de los viejos cazadores de búfalos de los grabados antiguos.
—Buenos días, muchachos —dijo—. Parece como si necesitaseis mi ayuda, ¿verdad? ¿Cómo estás, Jefferson? —añadió dirigiéndose a Boon—. Parece que el verano pasado lograste pasar, ¿no es cierto?
—Sí, eso parece —contestó Boon.
Boon había cambiado instantáneamente de actitud. Ofrecía una faceta nueva, una página inédita de su personalidad; adoptó la misma expresión del jugador de póquer que contempla caer sobre la mesa el segundo comodín.
—Y esta vez también podríamos pasar si no te dedicases a enlodar la carretera con tu arado.
—No me culpes de eso. El barro constituye la mejor cosecha que se puede recoger en esta región.
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—A dos dólares por barrizal, ya puede ser buena, desde luego —terció Ned.
El hombre observó a Ned unos instantes.
—Quizá tengas razón —dijo el hombre—. Toma, coge las cadenas.
Pareces un chiquillo que nunca ha enganchado una mula.
—Métete en el barro y engánchalas tú mismo —dijo Boon—. No vamos a pagarte dos dólares y, al mismo tiempo, a trabajar para ti. Ya hice eso el año pasado.
—Aquello fue el año pasado —dijo el hombre—. Andar por el agua atando cadenas a los automóviles, ataca a mi salud y me produce reuma. Por lo tanto, no pienso dar un paso en el barro.
Permaneció inmóvil. Se limitó a hacer retroceder a las mulas hacia el coche, con objeto de que Boon y Ned cogiesen las cadenas y las enganchasen en el automóvil. Boon preguntó:
—¿Dónde quieres que las enganche?
—Lo mismo da —contestó el hombre—. Engánchalas en aquello que quieras sacar del barrizal. Si deseas extraer el coche entero, quizá sea lo mejor atar las cadenas en el eje. Pero, antes que nada, meted de nuevo las palas y los picos en el coche. No vais a necesitarlos más, al menos en esta ocasión.
Ned y yo metimos las herramientas en el coche y Boon enganchó las cadenas al eje. Después nos apartamos de las mulas y observamos. El hombre era realmente un experto en la materia, y las mulas también. Liberaron del barro al automóvil, manteniendo el equilibrio sobre la resbaladiza superficie con maestría de funámbulos, sin más dirección que alguna que otra palabra del hombre, que caminaba junto a la más cercana, o el toque ocasional de la vara que éste llevaba en la mano.
Las mulas se detuvieron donde el piso era compacto y firme.
—Vamos, Ned —dijo Boon—. Desata las cadenas.
—Aún no —intervino el hombre—. Hay otro barrizal a este lado del puente, que precisamente estoy cultivando ahora. Hace un año que no han pasado por aquí. Lo que llamo barrizal de seguridad para mi negocio está más arriba.
—Ya —dijo Ned—. Ésa debe ser tu reserva de Navidad, ¿no es cierto?
—Quizá lo sea —dijo el hombre.
Ned se lo explicó:
—Eso era lo que hacíamos en casa de McCaslin, antes de la rendición, cuando aun vivía el viejo Lucius Quintus McCaslin, y lo que todavía hace el chico de los Edmonds. Cada primavera se reserva unas parcelas del mejor
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terreno de cultivo, y todas las plantas de algodón que crecían en ellas pasaban a pertenecer al fondo de Navidad, del cual no se beneficiaba el amo, sino todos los negros de la familia McCaslin. Eso constituía nuestra reserva de Navidad. Es posible que vosotros, los cultivadores del barro, no hayáis oído hablar de ella.
El hombre observó a Ned durante unos instantes. Ned le devolvió la mirada y después rió:
—Ji, ji, ji.
El hombre dijo:
—Mejor que sea broma. Por un momento creí que tú y yo no íbamos a entendemos. Quizá fuese conveniente que alguien llevase el volante del coche —añadió, dirigiéndose a Boon.
—Sí —dijo Boon—, de acuerdo. Sube al coche Lucius.
Me senté frente al volante, sin preocuparme de quitarme el barro de encima. El coche aun no se movía. El hombre dijo:
—Me había olvidado de decirlo, y quizá sea mejor dejarlo bien claro. Los precios se han doblado con relación al año pasado.
—¿Ah, sí? —exclamó Boon—. ¿Por qué? Se trata del mismo coche y del mismo barro. Así reviente si no es el mismo barro…
—Sí, pero no es el año pasado. Ahora hay mayor volumen de negocio, más trabajo del que en realidad puedo atender.
—¡Maldita sea! —exclamó Boon—. Sigue adelante.
Avanzamos, pues, llenos de ignominia, al paso de las mulas, y cruzamos, sin detenemos, el otro barrizal. El puente estaba ahora frente a nosotros. Al lado del mismo distinguíamos ya la seca y polvorienta carretera.
—Bien, ya habéis salido del apuro —dijo el hombre—. Hasta la vuelta, claro…
Boon estaba desenganchando las cadenas, mientras Ned sostenía las mulas por las bridas.
—No volveremos por este camino —dijo Boon.
El hombre replicó:
—Yo tampoco lo haría.
Boon se acercó al último charco e intentó quitarse parte del barro que le cubría las manos. Volvió junto a nosotros y extrajo cuatro billetes de dólar de su cartera. El hombre le miró con indiferencia.
—Son seis dólares —dijo.
—El año pasado eran dos dólares —protestó Boon—. Has dicho que ahora era el doble. El doble de dos son cuatro. Ahí tienes cuatro dólares.
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—Sí, pero ahora también cargo un dólar extra por pasajero —dijo el hombre—. El año pasado sólo erais dos. Hoy el precio se ha doblado. Y sois tres. Por lo tanto, seis dólares. Es posible que tú prefieras volver andando a Jefferson antes que pagarme dos dólares más. Pero estoy seguro de que el chico y el negro prefieren pagar.
—Eso es lo que tú te imaginas —replicó Boon—. Supón que no te pago los seis dólares. Supón que me niego a darte ni cinco céntimos.
—No puedes hacer eso. Estas mulas han tenido un día muy ajetreado, pero, estoy seguro de que aun les quedan fuerzas suficientes para llevar a ese cacharro al mismo sitio de donde lo han sacado.
Pero Boon había ya cedido, se había rendido incondicionalmente. —¡Maldita sea! —rezongó—. ¿No te das cuenta de que este chico es un
niño? Por un niño no vas a hacer pagar lo mismo que por una persona mayor, ¿verdad?
—Es posible que volver a pie a Jefferson sea para él más duro que pagar sus dos dólares.
—De acuerdo —dijo Boon—. Y ese otro, ¿qué? Ten en cuenta que cuando está limpio, sin una brizna de barro encima, no es más blanco que ahora.
El hombre dirigió su mirada al horizonte. Después la fijó en Boon:
—Hijo —concluyó—. También esas dos mulas son negras.
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Capítulo 5
Boon nos había dicho a Ned y a mí que, una vez rebasado el paso de Creek Hell, podríamos considerarnos en un mundo civilizado; según él, más allá de Hell Creek las carreteras estaban llenas de coches que se multiplicaban como las pulgas en el cuerpo de un perro. Mas para ello era necesario dejar aquel paso tan lejos como el limbo, olvidarlo completamente o, al menos perderlo de vista. También era posible que no mereciésemos entrar en la civilización hasta que nos hubiésemos sacado de encima el barro de Hell Creek. Fuese como fuese, la verdad es que no sucedió nada. El hombre tomó sus seis dólares y se alejó en compañía de sus mulas. Observé que no regresaba a su pequeña cabaña, sino que se adentró en el pantano y desapareció como si diese por concluida la jornada. Ned también se dio cuenta de ello. Comentó:
—No parece tener gran amor al trabajo. Quizá no le haga falta más. Aun no es la hora de comer y ya tiene seis dólares.
—Por lo que a mí respecta, sí es la hora de comer —dijo Boon—. Sacad la comida. Tengo hambre.
Cogimos el paquete de comida que nos había preparado Miss Ballenbaugh, y la pértiga, el pico, la pala, nuestros zapatos, nuestros calcetines y mis pantalones (no podíamos remediar el estado de suciedad del coche hasta que llegásemos a Memphis, donde esperábamos no encontrar más barrizales) y volvimos hacia el pantano para limpiar las herramientas. Tampoco fue posible remediar gran cosa el estado en que se hallaban las ropas de Boon y de Ned, a pesar de que Boon se metió vestido en el agua de cuerpo entero y comenzó a frotarse el traje, mientras aconsejaba a Ned que siguiese su ejemplo. Pero Boon tenía una muda completa en la maleta, y Ned, no. Por lo tanto, éste se limitó a quitarse la camisa y a ponerse la chaqueta encima de la piel. Creo que te he hablado ya de su maletín de mano, de aquella especie de cartera de diplomático en la que solía llevar solamente la Biblia y una botella con unos tragos del mejor whisky de mi abuelo y, en ocasiones, menos cosas aún.
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Tomamos nuestra comida —el jamón, el pollo asado, el pan, la compota de pera, de elaboración casera y un vaso de leche—, medimos el contenido del depósito de gasolina y seguimos el viaje. Los dados estaban ya echados; era imposible e inútil experimentar remordimiento, miedo o detenerse en calibrar las consecuencias que podrían derivarse de nuestros actos; si habíamos pasado el Rubicón al cruzar el puente de Hierro y trasladamos a otro condado, al conquistar Hell Creek habíamos consumado nuestra hazaña quemando las naves. Y se nos antojaba que merecíamos un indulto absoluto por nuestra fechoría al menos como recompensa a la firmeza de carácter y a la negativa de reconocer la derrota cuando las circunstancias nos fueron adversas o quizá fuese que la virtud había renunciado definitivamente a nosotros y nos había entregado a la No-Virtud para que nos cuidase a perpetuidad, nos mimase y nos protegiese como si tuviésemos derecho a ello, puesto que era la No-Virtud la que poseía íntegramente nuestras almas.
El paisaje parecía haber cambiado. Las granjas eran mayores y más prósperas, se rodeaban de sólidos cercados y las casas e incluso los graneros y establos estaban pintados. En el mismo aire se respiraba un inequívoco anhelo de urbanismo. Al fin, desembocamos en una amplia carretera que se extendía, rectilínea, hasta el horizonte y en cuyo suelo se percibían innumerables huellas de neumáticos. Boon, con un tono de triunfo en la voz, que hacía pensar que él, en persona, había trazado la carretera y la había construido, creado y apisonado con sus propias manos, nos informó:
—¿Qué os dije? Es la carretera de Memphis.
Podíamos abarcar con la vista varios kilómetros; pero lo importante era la nube de polvo que se levantaba junto a nosotros, que se elevaba al cielo como un portento, como una promesa de buena andanza. Era inevitable, viajando a aquella velocidad por la amplia y hermosa carretera: ni siquiera nos sorprendíamos cuando nos cruzábamos con otros coches; pasábamos uno junto al otro, uniendo nuestras respectivas nubes de polvo en una tolvanera gigantesca, que parecía levantarse contra el cielo como si se tratase de una señal misteriosa que intentase predecir el futuro: el continuo trasiego, el ya incurable deseo de viajar, la mecanización, la movilización del hombre, el insoslayable destino de América.
Ahora, llenos de polvo de pies a cabeza (en especial las ropas húmedas de Boon), podíamos permitirnos el lujo de disfrutar de nuestro tiempo, de perderlo incluso con la merma consiguiente de velocidad. Sin entretenerse en quitar el contacto del motor, Boon descendió del automóvil, dio la vuelta alrededor del mismo y se colocó junto a mi asiento. Dijo:
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—Vamos. Córrete hacia allá. Ya sabes cómo funciona esto. Ten en cuenta tan sólo que no es un ferrocarril de esos que alcanzan hasta los sesenta por hora.
Conduje, pues, el coche, en el esplendor de aquel atardecer de mayo.
No me fue posible disfrutar de la atardecida. Estaba demasiado concentrado, demasiado atento, absorto (de acuerdo, también me encontraba nervioso y lleno de satisfacción y orgullo), para prestar atención a aquella tarde gloriosa de sábado y, en consecuencia, de holganza; para observar el algodón y el trigo que crecía y se desarrollaba al sol; para deleitarme con el espectáculo del ganado, de las mulas y caballos, que intuyendo, quizás, el sábado, se mostraban lánguidos y perezosos sobre los verdes pastos; para contemplar a la gente del campo, vestidos con sus mejores trajes domingueros, sentados en sus porches o en los umbrosos patios ante unos vasos de limonada o ante los restos de los helados que habían sobrado a la hora de comer.
A pesar de la advertencia de Boon, apreté el acelerador con fuerza, hasta que, al fin, me dijo:
—Estamos cruzando demasiados pueblos. Será mejor que tome yo el volante.
Continuamos el viaje. La presencia de la civilización era ahora constante: pequeños villorrios y aldeas colocadas estratégicamente en los cruces de carreteras. En aquellos momentos nos sentíamos libres de agobios y preocupaciones. El sentido de animales sociables volvió a despertar en nuestras almas; el aire venía impregnado de aromas ciudadanos; el mismo polvo que levantaba el automóvil en su marcha desenfrenada olía y sabía, en nuestras narices y en nuestras lenguas, a aromas y gustos genuinamente urbanos; incluso los niños y los perros ya no corrían a los cercados a vernos pasar. Habíamos encontrado otros tres automóviles en los últimos veinte kilómetros.
Al poco rato, el campo desapareció y cesaron los intervalos entre las casas, los espacios libres entre las tiendas y los almacenes. De pronto, apareció ante nuestros ojos un amplio paseo con dos hileras de árboles a cada una de sus márgenes y con un tráfico intenso discurriendo por su calzada central; allí estaban los tranvías. Aquellos tranvías de los que tanto había oído hablar, con su conductor y su cobrador, y que daban la vuelta mediante la sencilla operación de descender el trole anterior y levantar el posterior, para seguir después marchando hacia la calle principal.
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—Las cinco menos dos minutos —dijo Boon—. Hace treinta y tres horas y media estábamos en Jefferson, Mississippi, a más de ciento veinte kilómetros. Todo un récord.
Yo había estado en Memphis con anterioridad y Ned también. (Aquella mañana nos lo había dicho. Dentro de media hora nos probaría que era cierto). Pero yo siempre había ido en tren, nunca como entonces. Era, pues, la primera vez que gozaba del privilegio de ver crecer, poco a poco, a la ciudad a medida de que nos acercábamos a ella, de irla asimilando, despacio, con calma, del mismo modo en que uno deja disolver en la boca una cucharada de helado. Jamás había imaginado que era posible ir a Memphis sin hospedamos en el hotel Gayoso, como solíamos hacer siempre. De nuevo, Boon pareció leer mis pensamientos.
—Vamos a ir a una especie de casa de huéspedes que yo conozco —dijo
—. Te gustará. La semana pasada recibí carta de una de las chicas, bueno, de las señoras que viven en ella. Me decía que su sobrino vendría a visitarla. Ya tendrás alguien con quién jugar. La cocinera nos proporcionará también alojamiento para Ned.
Ned, rió: —Ji, ji, ji.
Junto a los tranvías discurrían por las calles jardineras y simones, faetones y victorias, tirados por caballos que se agitaban ante nuestra presencia, pero que sabían controlar su inquietud; parecía evidente que los caballos de Memphis estaban ya acostumbrados a los automóviles, hecho que permitió a Boon volver la cabeza y observar a Ned.
—¿Qué quieres decir con esa risita? —preguntó.
—Nada —repuso Ned—. No te preocupes de mí. Yo tengo amigos en la ciudad. Dime dónde estará el coche mañana por la mañana, para encontrarme allí con vosotros.
—Y será mejor que llegues con puntualidad, si es que quieres volver a Jefferson en este coche. Ten en cuenta que Lucius y yo no te invitamos a venir con nosotros. Por lo tanto, si algo te ocurre la responsabilidad no será nuestra. Por lo que a mí respecta, no me importa en absoluto que vuelvas a Jefferson o te quedes.
—Cuando volvamos a casa y tengamos que mirar a la cara al jefe y a Mr. Maury, a lo mejor desearemos habernos quedado aquí —concluyó Ned.
Pero ahora era ya demasiado tarde para sacar a colación aquel argumento. Boon se limitó a contestar:
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—De acuerdo. Lo único que he dicho, y lo mantengo, es que si quieres volver a Jefferson en este coche, estés junto a él a la hora en que nosotros proyectamos salir.
Nos acercábamos a la calle principal, la calle de los grandes edificios, de los hoteles, de las tiendas lujosas. El hotel Gaston (hoy desaparecido), el Peabody (que se ha trasladado a otro barrio de la ciudad), el Gayoso, al cual todos nosotros, los McCaslin-Edmonds-Priest, considerábamos como una reliquia familiar, ya que nuestro lejano tío, Theophilus McCaslin, el padre del primo Ike, había tomado parte, junto con la patrulla de caballería (quizá para la gente fuese pura leyenda, mas para nosotros constituía un hecho cierto), que mandaba el hermano del general Forrest, en una escaramuza que les llevó a penetrar a caballo dentro del vestíbulo del hotel, donde estuvieron a punto de capturar a un general yanqui.
Sin embargo, no llegamos hasta donde estaba el hotel. Boon torció a la derecha y penetró en una especie de callejón sin salida, en cuyo extremo había dos bares. Las casas que formaban la calle tenían un aspecto anodino y gris; no parecían viejas ni nuevas y estaban envueltas en un silencio absoluto, como el que solía reinar en Jefferson las tardes de los domingos. Boon comentó:
—Debieras haberlo visto anoche. Cualquier noche de sábado. O cualquiera de entre semana, cuando se celebra algún festival de bomberos o de la policía.
—Quizás hayan ido todos a la iglesia, a oír el sermón —dije.
—No, no creo —replicó Boon—. Lo más probable es que estén descansando.
—Descansando ¿de qué? —pregunté.
—Ji, ji, ji.
Ned rió en el asiento trasero. Parecía como si Boon quisiese enseñarnos algo de nuevo. Ned había estado ya antes en Memphis. Pero estoy seguro de que ni siquiera el abuelo hubiese podido determinar cuántas veces. Yo, ¿te das cuenta?, tenía solamente once años. La calle seguía desierta. Boon volvió la cabeza.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—Qué pasa ¿de qué? —replicó Ned—. Lo único que pretendo es que me digas dónde va a estar el coche mañana por la mañana, para estar sentado dentro de él cuando os marchéis.
Boon miró hacia delante. Después nos acercamos a la casa. Era un edificio como todos los restantes de la calle, que necesitaba también una
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buena mano de pintura y que tenía frente a la puerta principal, cubierta por una marquesina, una pequeña explanada, una especie de patio, sin hierba.
Boon aparcó el coche junto a la acera. Ahora pudo volverse de nuevo y mirar fijamente a Ned.
—Bien —dijo—. Te tomo la palabra. Y lo mejor que puedes hacer es tener en cuenta las mías. Mañana, al sonar la primera campanada de las ocho, debes estar aquí. Ya sabes, la primera campanada, no la última. La última no pienso oírla aquí.
Ned se dispuso a bajar del coche con su cartera de mano y su camisa sucia.
—¿No tienes bastantes preocupaciones propias para cargar también con las que yo pueda producirte? Si tú puedes acabar aquí tus asuntos mañana a las ocho, ¿por qué tienes que creer que no podré haber concluido yo los míos? Comenzó a caminar por la acera y rió sin volver la cabeza:
—Ji, ji, ji.
—Vamos —dijo Boon—. Miss Reba dejará que nos lavemos.
Salimos del coche. Boon se inclinó sobre el asiento trasero y se dispuso a coger su maleta.
—¡Ah!, sí —exclamó.
Y alargó la mano hacia los mandos, extrajo la llave del contacto, se la metió en el bolsillo y volvió a coger la maleta. Después permaneció unos segundos inmóvil, sacó la llave del bolsillo y me la entregó. Dijo:
—Toma, será mejor que la guardes tú. Puedo olvidarla en algún sitio y perderla. Métetela en el bolsillo y procura que no se te caiga. Puedes envolverla en tu pañuelo, para mayor seguridad.
Cogí la llave y se dispuso, una vez más, a tomar su maleta, pero volvió a quedar inmóvil; miró hacia la casa de huéspedes por encima del hombro, se apartó unos pasos de la puerta principal, sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón, extrajo de ella un billete de cinco dólares, la volvió a cerrar, la abrió otra vez, sacó otro billete de un dólar, cerró la cartera y me la entregó con disimulo, mientras me decía en voz baja, con apresuramiento:
—Guárdame también esto. Puedo olvidarlo por ahí. Cuando quiera más dinero, te diré el que necesito y me lo das.
Yo nunca había estado antes en una casa de huéspedes. No olvides que sólo tenía once años. Metí también la cartera en mi bolsillo, y Boon cogió su maleta y comenzó a caminar por el patio y a subir las escaleras cubiertas por la marquesina, donde se encontraba la puerta principal. Apenas había sonado la campanilla, cuando ya se oyeron sonidos de pasos en el interior de la casa.
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—¿Qué te dije? —exclamó Boon—. Lo más probable es que todas estuviesen mirando al coche por detrás de las cortinas.
La puerta se abrió. Era una mujer negra, joven. Pero antes de que pudiese abrir la boca, una mujer blanca la echó a un lado. La mujer blanca era también joven y poseía una cara de facciones duras y hermosas. El tono de su cabello era, sin embargo, demasiado rojizo, y los brillantes que ostentaba en sus orejas los mayores que yo había visto en mi vida.
—¡Maldita sea, Boon! —exclamó—. En el mismo instante en que Corrie recibió tu carta, le ordené que telegrafiase para que no trajeses aquí ese niño. Acabo de tener uno en casa durante más de una semana y estoy saturada de críos. No me vengas ahora con que no recibiste el telegrama a tiempo.
—No lo recibí —dijo Boon—. Seguramente debió llegar a Jefferson
después de salir nosotros. ¿Qué quieres, pues, que haga con él? ¿Atarlo de
una cuerda y dejarlo en el patio?
—Vamos, entrad —dijo ella.
Se retiró de la puerta para que pudiésemos pasar, y tan pronto como lo hicimos la doncella cerró. En aquel entonces no podía explicarme lo que veía a mi alrededor. Pensaba que quizás era aquélla la manera normal como la gente de Memphis solía vivir. La habitación en que me hallaba era, ni más ni menos, como cualquier otro recibidor, con su escalera que ascendía a los pisos superiores y su perfume especial y empalagoso, que parecía esparcirse por toda la casa. Jamás había olido una cosa como aquélla, y la experiencia no me disgustó; me sorprendió solamente.
Quiero decir que, tan pronto como lo percibí, pensé que era precisamente el olor que había estado deseando durante toda mi existencia. Creo que a todo el mundo se le debiera introducir, sin previo aviso, en esos tipos de experiencias que no pensamos gozar en toda la vida. Resulta saludable y educativo. Sin embargo, en los instantes en que se producen estas experiencias inevitables lo primero que se nos ocurre es culpar a las circunstancias, al destino, por no habernos preparado de antemano para disfrutar lo suficiente de ellas. Toda la preparación que yo había recibido para experimentar aquel perfume consistía en haber vivido once años. La mujer continuó hablando:
—Ya sabes que a Mr. Binford no le gusta que los niños tomen estas casas como si se tratase de balnearios donde pasar las vacaciones. Ya recuerdas la que se armó el año pasado cuando Corrie trajo por primera vez a aquel pequeño s.o.b.[9], con la excusa de que en la granja de Arkansas no le daban una educación lo bastante refinada. Como dice muy bien Mr. Binford, los
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niños pueden llegarnos a cualquiera de nosotras en el momento más inesperado, y resulta absurdo, por lo tanto, traerlos antes de hora. Por otra parte, hay que considerar los sentimientos de los clientes que viven de sus asuntos y les molesta encontrarse rodeados por un jardín de infancia.
Pasamos al comedor. La mujer siguió hablando:
—¿Cómo se llama?
—Lucius —dijo Boon. Y dirigiéndose a mí, añadió:
—Vamos, saluda a Miss Reba.
La saludé como siempre solía hacerlo, es decir, del modo como la madre del abuelo le había enseñado a él, como el abuelo le enseñó a padre y como madre nos había dicho que debía hacerse: lo que Ned llamaba «besar el trasero de la gente». Cuando me enderecé, Miss Reba me miró sorprendida. En su cara se dibujaba una expresión curiosa.
—¡Maldita sea! —exclamó—. ¿Has visto eso, Minnie? Está ya Miss Corrie…
—Se está vistiendo lo más rápidamente posible —contestó la doncella.
Y entonces fue cuando me fijé en aquello. Me refiero al diente de Minnie, que era precisamente el detalle por el cual yo, y todo el mundo, recordaba para siempre a Minnie. Poseía unos hermosos dientes, blancos como el marfil, perfectamente emparejados y regulares que resaltaban contra el color chocolate oscuro de su cara siempre que hablaba o reía. Pero había algo más. El diente de la derecha de la mandíbula superior era de oro; en su rostro moreno, aquel diente parecía un rey entre la cegadora blancura de los otros; brillaba, resplandecía como si poseyese un fuego interior o como si estuviese formado por algo aún más valioso que el simple oro. Aquel diente solitario se me antojó todavía mayor que los dos brillantes amarillentos que Miss Reba llevaba en las orejas. (Más tarde —no importa cómo—, me enteré de que había sustituido su diente de oro por otro blanco, como el resto de los que tenía en la boca; lo lamenté. Había llegado incluso a pensar que si yo hubiese pertenecido a su raza y hubiese tenido la edad precisa, me habría considerado capaz de casarme con ella para poder admirar a aquel diente en acción todos los días, a las horas de comer; a mis once años, consideraba que la comida masticada por aquel diente debía tener forzosamente un sabor más perfecto, distinto).
Miss Reba se dirigió a Boon de nuevo:
—¿Qué habéis estado haciendo? ¿Arrastrando leña por un río?
—Nos metimos en un lodazal. Tuvimos que sacar el coche del barro. El automóvil está en la calle.
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—Ya lo he visto —dijo Miss Reba—. Lo hemos visto todas. Pero no me digas que es tuyo. No te estará persiguiendo la policía, ¿verdad? Mr. Binford ha dado órdenes estrictas de que no quiere líos con la policía. Y yo apruebo su decisión.
—No hay problema con el automóvil —dijo Boon.
—Será mejor así —concluyó Miss Reba.
Después fijó en mí su mirada. Sin dirigirse a nadie en particular dijo:
—Lucius, es una lástima que no hayas llegado un poco antes. A Mr. Binford le gustan los niños. Es decir, le gustan hasta el momento en que empieza a sentir escrúpulos. Esta última semana todos hemos comprobado que estaba lleno de escrúpulos. Sin embargo, esta tarde, después de comer, se ha llevado a Otis al zoo. Lucius hubiese podido acompañarles. Pero, por otra parte, es mejor que no haya ido. Si Otis sigue despertando en Mr. Binford los mismos escrúpulos que le producía su presencia aquí, lo más probable es que no vuelva a esta casa; eso suponiendo que no lo acerque a las jaulas de los tigres o de los leones hasta ponerle al alcance de las fieras, y suponiendo, en tal caso, que las fieras estén dispuestas a querer al niño para algo, cosa poco probable si hubiesen vivido con anterioridad una semana con él en la misma casa.
Siguió mirándome y, sin dirigirse a nadie, repitió:
—Lucius…
Después dijo a Minnie:
—Sube y diles a todas que salgan del baño y lo dejen libre durante media hora. Supongo que habrás traído ropa limpia, ¿verdad? —añadió dirigiéndose a Boon.
—Sí —dijo éste.
—Entonces, ve a lavarte y cambiarte. Ésta es una casa decente, no un antro cualquiera. Pueden utilizar la habitación de Vera, Minnie. Vera ha ido a Paducah, a ver a su familia.
Añadió mirando fijamente a Boon, o a Boon y a mí a la vez:
—Minnie ha colocado una cama para Otis en el ático. Lucius puede dormir con él esta noche.
Sonaron unos pasos en la escalera, después en el recibidor y, más tarde, junto a la puerta. Esta vez fue una muchacha gruesa la que apareció; no gorda, sino simplemente gruesa, en el sentido en que Boon era grueso, por ejemplo. Era una chica joven, de cabello oscuro y ojos azules. Sin poder explicar por qué, al primer golpe de vista me pareció que su cara carecía de facciones.
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Entró en la habitación, fijó sus ojos en mí e inmediatamente me tuvo sin cuidado la cara que pudiese tener.
—¿Qué hay, chavala? —dijo Boon.
Pero ella no le prestó la menor atención. Tanto la recién llegada como Miss Reba tenían sus ojos clavados en mí.
—Mira —me dijo Miss Reba—. Lucius, ésta es Miss Corrie. Le saludé, también a mi manera.
—¿Te das cuenta, Corrie? —dijo Miss Reba—. Has traído a tu sobrino a esta casa en busca de refinamiento, ¿no? Pues bien, aquí lo tienes.
—Es posible que este niño no sepa lo que significa su saludo ni por qué lo hace. Pero quizá se lo pueda enseñar a tu sobrino y sea capaz de imitarle. Bueno —añadió dirigiéndose a Boon—, id a lavaros.
—Quizá Corrie se avenga a ayudamos —dijo Boon, tomando la mano de la chica y repitiendo—: ¿Qué hay chavala?
—No mientras tengas ese aspecto de cazador de ratas de pantano — protestó Miss Reba—. Estoy decidida a que esta casa sea un lugar respetable, al menos los domingos. Minnie nos condujo a la habitación y nos mostró el baño. Nos entregó una pastilla de jabón y una toalla a cada uno y volvió a bajar la escalera. Boon colocó su maletín sobre la cama, lo abrió y extrajo una camisa limpia y unos pantalones. Eran sus pantalones de los días de trabajo, ya que los de los domingos, que llevaba puestos, iban a estar inservibles hasta que los limpiase con gasolina.
—¿Te das cuenta? —me dijo—. Te repetí infinidad de veces que trajeses una camisa limpia.
—Mi blusa no está sucia —contesté.
—Pero debieras haber traído otra, por principio, aunque sólo fuese para ponértela después del baño.
—No pienso bañarme —dije—. Me bañé ayer.
—Yo también. Pero ya has oído lo que ha dicho Miss Reba. —Sí, lo he oído. Es la primera vez que veo insistir tanto a una señora para que alguien tome un baño.
—Dentro de un par de horas, cuando conozcas un poco más a Miss Reba, te darás cuenta de que has aprendido muchas cosas acerca de las señoras. Por ahora, te basta saber que si ella sugiere que se haga algo, lo conveniente es cumplir sus deseos, sin perder tiempo en considerar si se va a hacer o no.
Había sacado ya su camisa y sus pantalones. No cuesta gran trabajo sacar de una maleta unos pantalones y una camisa, pero parecía como si Boon encontrase en la operación serios obstáculos, derivados principalmente de no
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saber dónde colocarlos una vez fuera de la maleta a la que miraba con fijeza, sin levantar los ojos de ella, inclinándose sobre ella con aire preocupado, sosteniendo la camisa en una de sus manos, mientras con la otra extraía los pantalones, que no sabía dónde poner, y que al fin, extendía sobre la cama y volvía a recogerlos para colocar la camisa en su lugar; después se aclaró la garganta con sonoridad, con fuerza, se acercó a la ventana, la abrió, escupió a la calle y regresó otra vez junto a la cama, siempre sin mirarme, preocupado, con el agobio propio de alguien que al subir el día de Navidad a la habitación donde está instalado el árbol navideño, comprueba que el regalo que figura colgado del mismo no es el que se pidió por carta a Santa Claus. Boon dijo:
—Resulta tremendo considerar lo mucho que un individuo puede aprender en un corto espacio de tiempo acerca de cosas que, no solamente ignoraba con anterioridad, sino que ni siquiera tenía la menor idea de que deseaba conocerlas, y que, además van a resultar útiles durante el resto de su vida, considerando que guarde ese nuevo conocimiento dentro de sí y que no permita que nadie se lo arrebate. Ponte tú en el caso, por ejemplo. Fíjate, Piensa en lo mucho que has aprendido en dos días: a conducir un automóvil, a ir a Memphis, a campo traviesa, utilizando carreteras, sin preocuparte en absoluto del ferrocarril, e incluso a sacar un coche de un barrizal. Por lo tanto, cuando seas mayor y tengas un automóvil de tu propiedad, sabrás perfectamente cómo conducirlo, cómo ir a Memphis y cómo liberarle de un barrizal.
—El amo afirma que cuando tenga los años suficientes para tener un automóvil ya no existirán barrizales en los que uno se pueda meter, y que todas las carreteras serán tan lisas y estarán tan bien asfaltadas que los coches se agotarán y se harán viejos sin haber visto ni una gota de barro.
—Sí, es posible —dijo Boon—, es muy posible. Pero aunque no haya necesidad de que nadie sepa cómo se saca a un automóvil del barro, tú lo sabrás, y eso nunca estorba. Porque serás el único que pueda hacerlo, si no se lo enseñas a otros, claro.
—¿A quién se lo iba a enseñar? —pregunté—. ¿Quién iba a estar interesado en saber cómo liberar un coche del barro, si no van a existir más barrizales?
—Bueno, bueno —dijo Boon—. Escúchame un instante. Sólo un instante, ¿quieres? No me estoy refiriendo a los barrizales. Estoy hablando, en general, de las cosas que un individuo, un muchacho, puede aprender y que, en el futuro, le pueden ser de utilidad. Porque no habrá nada de todo lo que vayas aprendiendo que en un determinado momento no te sea necesario; siempre
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que, repito, mantengas fresco tu conocimiento o no lo impartas a otros que te puedan hacer la competencia. ¿Te das cuenta de lo que quiero decir?
—No lo sé —repliqué—. Debe de serlo, cuando sigues hablando sobre ello con tanta insistencia.
—Bien, éste es el primer punto. Vamos ahora al punto segundo. Tú y yo hemos sido buenos amigos desde el momento en que nos conocimos. Ahora estamos haciendo juntos una bonita excursión, en la que tú has aprendido una serie de cosas de las que nunca ni siquiera habías oído hablar. Yo me siento orgulloso de haber podido ayudarte a que las aprendieras. Pero esta noche vas a aprender todavía más cosas, que jamás te habría pasado por la mollera que existieran; cosas, hechos y situaciones, que mucha gente de Jefferson y de otros lugares diría que no tienes edad suficiente para conocer ni para preocuparte de ellas. Pero la verdad es que un muchacho que ha aprendido a conducir un automóvil, a ir a Memphis sin necesidad de tomar el tren y a sacar un coche asqueroso de un barrizal, todo en un solo día, se me antoja lo suficientemente mayor para poderse familiarizar con todos los secretos de la vida. Sólo que…
Volvió a toser de nuevo, con fuerza, y se aclaró la garganta, se dirigió a la ventana, la abrió, escupió y volvió a cerrarla. Se acercó otra vez a mí:
—… y ése es el tercer punto que quiero que tengas siempre en cuenta; cuando un hombre o un muchacho ve, oye y aprende algo, aún en el supuesto de que de momento no lo comprenda y ni siquiera imagina que un día pueda servirle de algo, llegará sin falta la ocasión en que le será de utilidad, siempre que sepa guardar dentro de sí eso que ha visto, oído o experimentado y no se lo diga a nadie. Y entonces dará las gracias a su buena estrella por haber tenido un fiel amigo que le llevase de niño sobre sus hombros por el patio de los establos y que le ayudase a montar su primer caballo y que le aconsejase a tiempo para no echar en saco roto, ya sea por olvido, accidente o mala suerte o, quizá por charlar más de la cuenta con un amigo, lo que es asunto suyo y no…
—Si lo que quieres decir es que todo lo que vea en esta excursión me lo guarde y que no diga nada al amo ni a padre, ni a madre, ni a la abuela, cuando volvamos a Jefferson, está comprendido.
—¿Es que no estás de acuerdo con ello? —preguntó Boon—. Creo que es una proposición de sentido común. Este viaje es cosa tuya y mía, ¿no es así?
—Entonces ¿por qué no me lo has dicho desde el principio en lugar de andarte con rodeos?
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Me recordó que tenía que tomar otro baño. El cuarto de baño olía aún más. No más fuerte, sino, sencillamente, más. No estaba muy enterado acerca de la vida en las casas de huéspedes y, por lo tanto, me pareció posible que existiesen algunas exclusivamente para mujeres. Se lo pregunté a Boon cuando nos disponíamos a bajar por la escalera; comenzaba a atardecer y me sentía hambriento.
—Tienes razón en eso de que todos los habitantes de esta casa son mujeres. Tienes toda la razón. Y si te pesco soltando alguna impertinencia a cualquiera de ellas…
—¿No hay ningún hombre que viva aquí? Quiero decir, que se hospede en la casa.
—No. No hay hombres que vivan aquí permanentemente, excepto Mr. Binford. Tampoco existen huéspedes propiamente dichos. Pero las chicas disfrutan de compañía a todas horas, antes y después de cenar y mucho más tarde aún. Ya lo verás. Claro que hoy es domingo y Mr. Binford es estricto en eso: no permite ni bailes ni alboroto. Los que vengan esta noche se limitarán a saludar a sus amigas en silencio, con educación y sin perder el tiempo, Mr. Binford se encargará de que se comporten correctamente mientras estén en la casa. La verdad es que los días entre semana exige también la misma actitud de seriedad. Por lo tanto, lo que tú tienes que hacer es portarte con educación y permanecer en silencio, divertirte y escuchar, en caso de que se le ocurra decirte algo en particular. Ten en cuenta que, al principio, no acostumbra a hablar muy alto y no le gusta tener que repetir las cosas. Ven por aquí. Deben de estar en la habitación de Miss Reba.
Allí estaban, en efecto, Miss Reba, Miss Corrie, Mr. Binford y Otis. Miss Reba vestía un traje negro, que adornaba con tres diamantes más, también amarillentos. Mr. Binford era de baja estatura, el más bajo de todos los que estábamos en la habitación, excluidos Otis y yo. Llevaba un traje dominguero negro con botonadura de oro y una gran cadena de reloj y un enorme bigote y un bastón de empuñadura también dorada y un sombrero negro ribeteado de seda. Sobre la mesa, junto a su codo, descansaba un vaso de whisky. Pero lo primero que llamaba la atención en su persona eran sus ojos, por la razón de que se posaban fijamente sobre uno. Otis vestía también sus ropas de domingo. Ni siquiera era alto como yo, y se me antojó que existía algo en su personalidad que no resultaba agradable.
—Buenas tardes, Boon —dijo Mr. Binford.
—Buenas tardes, Mr. Binford —saludó Boon—. Le presento a un amigo mío, Lucius Priest.
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Cuando le saludé a mi manera no hizo el menor comentario.
Sencillamente, apartó de mí su mirada.
—Reba —dijo—. Da algo de beber a Corrie y a Boon, y dile a Minnie que prepare una limonada para estos chicos.
—Minnie está cuidando de la cena —contestó Miss Reba. Abrió la puerta de un armario, que contenía en sí un bar completo, un estante con vasos y otro con botellas.
—Además, el chico de Corrie no quiere limonada; prefiere cerveza.
—Ya lo sé —dijo Mr. Binford—. Se me escapó en el parque. Estaba dispuesto a entrar en un bar y pedir cerveza, pero nadie quiso acompañarle. ¿También el tuyo es aficionado a la cerveza, Boon?
—No, señor —dije—. Yo no bebo cerveza.
—¿Por qué? —preguntó Mr. Binford—. ¿Porque no te gusta o porque no puedes obtenerla?
—Porque no soy lo suficientemente mayor, señor.
—Entonces, ¿quieres whisky?
—No, señor —repliqué—. No bebo nada. Le prometí a mi madre que jamás lo haría, excepto cuando me lo ofreciesen mi padre o el amo.
—¿Quién es el amo? —inquirió Mr. Binford.
—Se refiere a su abuelo —terció Boon.
—Oh, el propietario del automóvil. Imagino que nadie le prometió que no cogeríais el coche —dijo Mr. Binford.
—No —contestó Boon—. No es necesario prometerle nada. Simplemente ordena una cosa y hay que hacerla.
—Parece como si, a veces, tú también le llamases el amo, ¿no es verdad? —Sí, en ocasiones lo hago —dijo Boon.
Aquello era lo más sorprendente en Mr. Binford. Antes de que uno se diese cuenta de que le estaba mirando, ya lo hacía.
—Pero tu madre no está aquí ahora —dijo—. Estás en compañía y al cuidado de Boon, a ciento veinte, ¿no es eso?, kilómetros de Jefferson.
—No, señor —repetí—. Se lo prometí a mi madre.
—Ya me doy cuenta —concluyó Mr. Binford—. Le prometiste a tu madre que no beberías con Boon, pero no le prometiste que no irías a importunar a las prostitutas.
—¡Hijo de perra! —exclamó Miss Reba.
No sé explicarte cómo lo dijo. Sin mover un solo dedo, ella y Miss Corrie se aliaron, hicieron causa común, se confederaron. Miss Reba permaneció en pie con la botella de whisky en una mano y los tres vasos en la otra.
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—Vamos, cállate. Ya está bien —dijo Mr. Binford.
—No me da la gana de callar —gritó Miss Reba—. Ten presente que puedo echarte de esta casa. No creas que no soy capaz de hacerlo. ¿Cómo diablos te atreves a utilizar aquí ese vocabulario?
—Y el tuyo también —dijo Corrie, dirigiéndose a Miss Reba—. El tuyo es tan repugnante como el de él. ¡Pronunciar esas palabras delante de los niños…!
—He dicho que basta —repitió Mr. Binford—. Aunque uno beba cerveza y el otro no, ambos han venido para adquirir educación esmerada y buenas maneras, ¿no es cierto? Pues ya han aprendido algo. Ya saben que prostituta e hijo de perra son palabras que uno tiene que pensar dos veces antes de soltarlas, porque pueden provocar disgustos.
—Oh, Mr. Binford, por favor… —dijo Boon.
—Bueno, hoy tenemos un nuevo cerdo en esta corraliza —dijo Mr. Binford—. Y muy gordo, por cierto. Vamos, Reba, despierta. Sirve las bebidas antes de que esta gente se muera de sed.
Miss Reba vertió el whisky en los vasos con mano temblorosa, haciendo sonar la botella contra el cristal de las copas, mientras repetía con un murmullo sofocado; hijo de perra, hijo de perra, hijo de perra.
—Así es mejor —prosiguió Mr. Binford—. Tengamos la fiesta en paz.
Vamos a brindar.
Levantó el vaso y comenzó:
—Señores y señoras…
Pero en aquel instante alguien —supongo que fue Minnie— agitó una campanilla en la parte trasera de la casa. Mr. Binford se levantó.
—Estupendo —dijo—. Muy oportuno. Vamos a ejercitar los buenos modales en la mesa, que siempre resulta mucho más provechoso que estar discutiendo cuestiones absurdas.
Nos dirigimos hacia el comedor a paso lento, con Mr. Binford al frente mostrándonos el camino. De nuevo volvieron a sonar pasos apresurados; dos señoras más, dos chicas —es decir, una de ellas era aún una chiquilla—, bajaron por la escalera, abrochándose sus trajes con precipitación y jadeando un poco. Una de ellas llevaba un traje rojo y la otra uno color quisquilla.
—Nos hemos dado la mayor prisa posible. Espero que no lleguemos tarde —dijo una de ellas a Mr. Binford.
—Me alegro de que seáis diligentes —contestó Mr. Binford—. No me parece que sea tarde esta noche.
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Entramos en el comedor. En la mesa sobraban cubiertos, aún contando con Otis y conmigo. Minnie traía y llevaba las fuentes, todas de comida fría —pollo asado, verduras sobrantes de la comida de mediodía—, excepto aquellas destinadas a Mr. Binford. La cena de Mr. Binford era caliente y consistía en un enorme pedazo de carne con guarnición de cebollas. (¿Te das cuenta de cómo Mr. Binford se anticipaba a su tiempo? Entonces era ya un republicano —ignoro cuáles eran sus actividades políticas en Tennessee, si es que ejercía alguna—, es decir, pensaba como un republicano de 1961. Pero era aún más que eso. Era un conservador. Porque la realidad es ésta: el republicano es siempre un hombre que ha hecho dinero; el liberal es el que ha heredado riquezas; el demócrata es el liberal que no ha tenido la fortuna de heredar nada; y el conservador es el republicano que ha aprendido a leer y a escribir). Nos sentamos todos a la mesa, incluidas las dos nuevas señoras; en aquellos momentos había conocido ya a tanta gente que me resultaba imposible retener los nombres de cada uno de ellos. Renuncié a hacerlo. Por otra parte, nunca más volvería a ver a aquellas dos nuevas mujeres. Comenzamos a comer. Es posible que la razón por la cual el solomillo de Mr. Binford oliese tan suculentamente fuese debido a que el resto de la comida había agotado ya su aroma al mediodía. Una de las recién aparecidas, la que ya no era mujer joven, dijo:
—¿Nos da usted permiso, Mr. Binford?
La otra, la chiquilla, dejó también de comer.
—Permiso ¿para qué? —preguntó Mr. Binford.
—Ya sabe usted para qué —dijo la muchacha—. Miss Reba —añadió—, usted sabe perfectamente que hacemos lo que está en nuestra mano: procuramos armar el menor ruido posible, eliminamos la música los domingos, cuando en otros sitios no la prohíben, y obligamos a callar a nuestros clientes siempre que pretenden alborotar más de lo debido. Pero si en el momento de llegar nuestros amigos nos encuentran aún sentadas a esta mesa, se negarán a esperar y el próximo domingo no volverán por aquí.
—Son las normas de la casa —replicó Mr. Binford—. Una casa sin normas no es una casa. El problema está en que vosotras, las prostitutas, os creéis en la obligación de actuar como señoras precisamente cuando no debéis hacerlo. Ya os enseñaré yo a tener un poco de sentido de la oportunidad.
—No permito que usted me hable de esta manera —dijo la señora mayor. —De acuerdo —contestó Mr. Binford—. Daremos la vuelta a la expresión. El problema radica en que no sabéis cuándo conviene dejar de
comportaros como prostitutas.
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La vieja se había puesto de pie. Había también algo raro en su personalidad. No es que fuese vieja en el sentido en que la abuela era vieja, por ejemplo, porque aún le faltaban muchos años para llegar a aquella edad. Quizás fuese todo debido a que daba la impresión de hallarse inmersa en una absoluta soledad. Parecía como si no debiese encontrarse allí pasando por todo aquello, en la soledad y en el abandono más rotundo. Pero tampoco eso era exacto. Su presencia constituía una especie de protesta. Nadie debía ser abandonado de aquel modo total. Dijo:
—Lo siento, Miss Reba. Esta misma noche me voy. Dejo esta casa.
—¿A dónde vas a ir? —preguntó Mr. Binford—. ¿Al otro lado de la calle, a casa de Birdie Watts? Es posible que esta vez te devuelva de nuevo aquí, con el baúl que te requisó hace unos meses, si es que no lo ha vendido, claro.
—Miss Reba —dijo la mujer en voz baja—. Miss Reba…
—Vamos —dijo Miss Reba—. Siéntate y toma tu cena. No te irás a ningún sitio. Sí —añadió—, también yo deseo tener la fiesta en paz. Por lo tanto, voy a limitarme a hacer una observación y después cambiaremos de tema. ¿Qué diablos te pasa a ti esta noche? —preguntó dirigiéndose a Mr. Binford—. ¿Qué te ha ocurrido esta tarde para que estés de ese maldito malhumor?
—Que yo sepa, nada especial —replicó Mr. Binford.
—Eso es —terció de pronto Otis—. No ha ocurrido nada. Ni siquiera le ha dado por correr. No ha avanzado ni un paso.
Quedaron todos inmovilizados, como presos de una corriente eléctrica. Miss Reba permaneció con el tenedor en el aire, a medio camino entre el plato y su boca. Al principio, no comprendí a qué se referían, aunque todos, incluso Boon, parecían estar al corriente. Un minuto más tarde también yo lo entendí.
—¿Quién no quiso correr? —preguntó Miss Reba.
—El caballo —respondió Otis—. El trotón al que apostamos en las carreras, ¿no es verdad, Mr. Binford?
El ambiente en el comedor ya no era simplemente electrizante; se había convertido en una situación exasperada, violenta. Recuerda que ya te he dicho que en Otis parecía haber algo anormal y desagradable. Sin embargo, no creo que lo sucedido con el caballo pudiese explicar su actitud, o, al menos, parte de la misma. Miss Reba siguió investigando. Las mujeres son extraordinarias. Son capaces de sobrellevarlo todo, porque tienen el suficiente sentido común para saber que lo que debe hacerse con las penas y las preocupaciones es considerarlas hasta la saciedad, atravesarlas de parte a parte, hasta llegar al otro lado de ellas y perderlas de vista. Creo que el secreto de esa virtud radica
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en la capacidad que poseen las mujeres de dignificar cualquier categoría de dolor, tomándolo seriamente, de donde se deriva la pérdida absoluta de todo sentimiento de vergüenza ante la idea de la derrota. Por lo tanto, Miss Reba siguió abordando el tema:
—¿Una carrera de caballos? —preguntó, extrañada—. ¿En el zoo? ¿En Overton Park?
—No, en Overton Park, no —aclaró Otis—. Fuimos al hipódromo. Nos encontramos a un hombre en el tranvía que sabía qué caballo iba a ganar y decidimos no ir a Overton Park. Lo que pasa es que el caballo no ganó, ¿no es verdad, Mr. Binford? Pero, a pesar de todo, no perdimos tanto como aquel hombre, no perdimos los cuarenta y seis dólares que él apostó, porque Mr. Binford me dio veinticinco centavos para que no dijese nada. Por lo tanto, sólo perdimos treinta y nueve dólares con setenta y cinco centavos. Pero también es verdad que mis veinticinco centavos los dejamos en el bar donde tomamos las cervezas, ¿no es verdad, Mr. Binford?
Hubo un largo silencio y reinó en la habitación una paz profunda y hermosa. Miss Reba, dijo:
—¡Hijo de perra! Vamos, acaba de una vez tu chuleta.
Mr. Binford permaneció inmóvil y en silencio, en actitud de grave dignidad, negándose, a la vez, a ofrecer excusas y a aceptar insultos. Cruzó el tenedor y el cuchillo sobre su pedazo de carne, que ni siquiera había cortado, dobló su servilleta, la metió en su aro, se levantó y dijo:
—Perdónenme todos.
Salió de la habitación sin mirar a nadie, ni a Otis.
—Dios mío —dijo la más joven de las dos señoras recién llegadas, la que parecía una chiquilla—. ¿Qué hacemos ahora?
Fue entonces cuando noté la presencia de Minnie, observando a través de la puerta entornada de la cocina.
—¿Que qué hacéis? —gritó Miss Reba—. Largaros inmediatamente de aquí. Las dos.
La muchacha y la vieja se levantaron.
—¿Quiere usted decir que nos vayamos para siempre? —preguntó la chica.
—No —dijo Miss Corrie—. Sólo que salgáis. Si no esperáis a nadie, ¿por qué no os vais a la calle a dar una vuelta a la manzana?
No perdieron ni un minuto. Miss Corrie también se levantó.
—Y tú —dijo, dirigiéndose a Otis—, sube a tu habitación y quédate allí.
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—Tendrá que pasar por delante de la habitación de Miss Reba. ¿Te has olvidado de aquellos barrios?
—Fue más de veinticinco centavos. Me costó ochenta y cinco céntimos hacer sonar la máquina para que bailasen.
Y cuando se dio cuenta de que había pedido una cerveza, me la quitó y se la bebió él.
Miss Reba le miró fijamente.
—O sea, que le has delatado por ochenta y cinco centavos —dijo. —Anda, ve a la cocina —dijo Miss Corrie—. Deja que vaya contigo,
Minnie.
—Muy bien —contestó la negra—. Procuraré mantenerlo apartado de la nevera, aunque es demasiado ágil para mí.
—Diablos, déjale en paz de una vez. Que se quede aquí —gritó Miss Reba
—. Ahora ya es demasiado tarde. Debieras haberle mandado a cualquier otro sitio en el mismo instante en que descendió del tren de Arkansas, la semana pasada.
Miss Corrie se sentó en una silla junto a Miss Reba:
—¿Por qué no va usted a ayudarle a hacer las maletas? —preguntó en tono apagado y cortés.
—¿A quién diablos pretendes acusar? —replicó Miss Reba—. Si no fuese por esos malditos caballos, sería capaz de confiarle hasta mi último céntimo.
Se levantó de repente y pude observar su figura rolliza, su cara hermosa, de facciones duras, y su cabello de tonalidad excesivamente rojiza.
—¿Qué iba a hacer yo sin él? ¿Por qué diablos no puedo prescindir de él? —exclamó.
—Vamos, vamos —dijo Miss Corrie—. Necesita usted beber algo. Dele las llaves a Minnie. No, aún no puede entrar en su habitación…
—Se ha marchado —terció Minnie—. He oído la puerta de entrada. No suele entretenerse mucho. Nunca tarda mucho en estos casos.
—Es verdad —dijo Miss Reba—. Minnie y yo lo sabemos por experiencia ¿no es cierto, Minnie?
Le entregó las llaves a la doncella y volvió a sentarse. Minnie salió del comedor y regresó con una botella de ginebra. Bebieron todos, hasta Minnie aunque rehusó beber en compañía de tantos blancos y decidió llevarse el vaso a la cocina, de donde regresó varias veces para volver a llenarlo, pero no Otis ni yo. De aquel modo me enteré de quién era Mr. Binford.
Era el dueño de la casa. Tal era, al menos, su título oficial, aunque no constase por escrito en ninguna parte. Todas las casas como aquélla tenían un
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dueño, debían tenerlo. En el mundo exterior, entre los afortunados que no tenían que ganarse la vida con aquellos medios duros, difíciles y destructivos, su nombre era despreciado por todos. Pero en la casa era el único varón en tierra de mujeres y constituía el elemento catalizador de la histeria y de los dolores; el único ser que jamás daba las gracias por nada ni esperaba recibirlas de nadie; el solitario ordenador de un ambiente que exigía orden y apariencias de respetabilidad para poder mantener el prestigio de todos y dar de comer a todos. Era el agente que contabilizaba los ingresos, que archivaba los recibos de los impuestos y tasas, que trataba con los comerciantes y contrabandistas de licores, con las tiendas de comestibles y los suministradores de carbón y con los fontaneros que desatrancaban las tuberías heladas en invierno y limpiaban las chimeneas y los desagües del patio de entrada. Su mano era la que sobornaba a los representantes de la ley, y su voz la que reñía batallas perdidas con los inspectores municipales o con los chicos que repartían los periódicos, cuando no los habían entregado el día anterior. Y de toda aquella especie (me refiero a los dueños de aquel tipo de negocios), Mr. Binford era el príncipe y el modelo: un hombre de estilo y de presencia, de buenas maneras y de ideales; incorruptible en sus principios, impecable en su moral, más fiel que muchos maridos en los cinco años que llevaba de amante de Miss Reba. Pero su único defecto eran los caballos que tomaban parte en las competiciones deportivas que aceptaban apuestas. No podía resistirse a eso. Le constaba que aquel punto constituía su debilidad y luchaba contra la tentación. Pero cada vez que oía el grito de «¡salida!», se convertía en un juguete a manos de cualquier desconocido que tuviese un dólar que jugar en el bolsillo.
—Él lo sabe perfectamente —dijo Minnie—. Siempre se ha avergonzado de ser tan débil, de que haya en el mundo algo que sea más fuerte que él. Descubrir que él no es lo más fuerte que existe y la idea de que la gente de fuera se pueda enterar de ello, le martiriza, le deja indefenso como un polluelo. Por eso, cuando nos promete corregirse lo intenta en serio, como ocurrió hace dos años, cuando le echamos de casa por última vez. Ya recordará usted lo mucho que nos costó después convencerle para que volviera —dijo, dirigiéndose a Miss Reba.
—Lo recuerdo. Sirve otra ronda.
—No sé cómo se las arregla —siguió Minnie—. Cuando nos deja, no se lleva nada más que su ropa, es decir, las que trajo al llegar aquí, no la que se ha comprado después con dinero de Miss Reba. Estoy segura de que no
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pasarán dos días antes de que mande a alguien a devolverle hasta el último céntimo de esos cuarenta dólares.
—Querrás decir los treinta y nueve dólares con setenta y cinco —dijo Boon.
—No —replicó Minnie—. Los cuarenta dólares, incluidos los veinticinco centavos, porque todos eran de Miss Reba. No quedaría satisfecho si no lo hiciese así. Entonces Miss Reba le mandará a buscar y él se negará a venir. El año pasado le encontramos trabajando con un equipo que estaba colocando una tubería subterránea debajo de la estación de San Francisco. Y hasta que ella no se lo pidió de rodillas…
—Vamos —le interrumpió Miss Reba—. Acaba ya de charlar y sirve más ginebra.
Minnie llenó los vasos. Después permaneció unos instantes inmóvil con la botella en el aire.
—¿Qué es ese griterío? —preguntó.
Lo oímos todos. Se distinguieron gritos en la distancia, en la parte trasera de la casa.
—Ve y entérate —dijo Miss Reba—. Anda, deja aquí la botella.
Minnie le entregó la ginebra y marchó hacia la cocina. Miss Reba se sirvió ginebra y pasó la botella.
—Ahora tiene dos años más —dijo Miss Corrie—. Actuará con mejor sentido…
—Es posible —contestó Miss Reba—. Anda, pásala.
Minnie regresó al comedor. Dijo:
—Hay un hombre en el patio de atrás que está llamando a gritos a Mr.
Boon Hogganbeck. Trae algo voluminoso consigo.
Corrimos, siguiendo a Boon, a través de la cocina y salimos al porche trasero. Era ya completamente de noche y la luna no estaba aún lo suficientemente alta para dar luz. Dos bultos oscuros, uno pequeño y otro grande, estaban en pie en mitad del patio. El pequeño gritaba:
—Boon Hogganbeck, Mr. Boon Hogganbeck. ¡Eh, oiga…!
Siguió gritando hacia las ventanas de arriba, hasta que la voz de Boon se sobrepuso a la suya:
—¡Cállate! ¡Cállate!
Era Ned. Lo que traía consigo era un caballo.
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Capítulo 6
Estábamos todos en la cocina.
—¡Dios Santo! —exclamó Boon—. ¿Cómo se te ha ocurrido cambiar el automóvil del amo por un caballo?
Repitió dos veces las mismas palabras, porque Ned estaba ensimismado observando el diente de Minnie, como si lo deseara para sí. Era posible que también Miss Reba hubiese dicho algo y que incluso Minnie hubiese hablado. Pero lo único que recuerdo no eran las palabras de Minnie, sino el brillo dorado que surgía del mismo centro de su boca. En la luz eléctrica de la cocina, el diente parecía haber ganado más brillantez, más lustre, en comparación con el aspecto que, al resplandor de la linterna, había presentado en la oscuridad del patio. A los ojos del caballo les ocurría lo mismo. El diente había paralizado a Ned durante unos instantes, de la misma manera como me había paralizado a mí la primera vez que lo vi.
Por lo tanto, me constaba perfectamente lo que Ned estaba experimentando. Aunque lo más probable era que su experiencia fuese aún más intensa que la mía. A pesar de no contar más que once años, me di también perfecta cuenta de esto: que me hallaba demasiado distanciado de Ned por circunstancias de raza y de edad, para poder comprender lo que sentía. Pero darme cuenta de lo que sentía me llenaba de terror, de asombro y de complacencia. Yo no podía, como Ned, aspirar a la posesión de aquel diente. En aquel terreno, en el viejo campo de batalla de los sexos, Minnie era un enemigo por el cual valía la pena ejercitar la espada; en la ancestral y mística solidaridad racial representaba la suma sacerdotisa por la cual merecía la pena morir, en caso de que uno poseyese tal capacidad de abnegación. Pero, desde luego, era fácil comprobar que no era eso lo que Ned pretendía de Minnie. De ahí que Boon tuviese que repetir sus palabras dos veces, antes de que Ned le oyese o se diese cuenta de su presencia.
—Sabes tan bien como yo —dijo Ned— que el amo no quiere automóviles. Si compró uno fue porque tenía que hacerlo, porque el coronel Sartoris le obligó a ello. Tuvo que adquirir el coche para colocar al coronel en
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el lugar que le correspondía. Lo que le gusta de verdad al amo son los caballos. No me refiero a esos bichos de carga que Mr. Maury y tú tenéis en los establos, sino a los verdaderos caballos. Y yo le he adquirido uno. En el mismo instante en que vea este caballo, me agradecerá el que haya venido hasta aquí y lo haya comprado antes de que otro pudiera quedárselo…
Era todo un sueño absurdo, una pesadilla; una de esas pesadillas que para desasirse de ellas es preciso tocar algo real, duro, existente y cierto. Boon y yo tuvimos simultáneamente la misma ocurrencia. Yo comencé a correr antes que él, quizá porque mi cuerpo era más ligero. Pero Ned nos detuvo:
—No tenéis necesidad de comprobarlo —dijo—. Ya se lo han llevado. Boon permaneció inmóvil, con las piernas estevadas, mirándome
apabullado, mientras yo buscaba en el interior de mi bolsillo. Las llaves del coche estaban aún allí.
—Sí —dijo Ned—. No ha habido necesidad de utilizar las llaves. Afirmó que él sabía cómo hacer funcionar el coche, metiendo las manos por detrás del cuadro de mandos y dando la vuelta a no sé que cosas. Y lo hizo, lo logró. Yo también me resistí a creerlo hasta que vi el coche en marcha. No le costó el menor trabajo. Se llevó la cabezada del caballo dentro del coche.
Ambos —Boon y yo— nos dirigimos a paso rápido, quizá sin correr, pero sí a paso rápido, hacia la puerta principal. Miss Reba y Miss Corrie nos siguieron. En efecto, el automóvil había desaparecido. Entonces me di cuenta de que Miss Reba y Miss Corrie estaban también allí y que no tenían nada que decir, que se limitaban a no perder palabra de lo que se hablaba, pero sin intervenir en la conversación, como si perteneciesen a otro mundo, a una sociedad distinta a la nuestra, perfectamente diferenciada de Boon, de mí, de mi abuelo, de Ned, del automóvil y del caballo (cualquiera que fuese su propietario), y no tuviesen relación alguna con nuestros actos, excepto divertirse con ellos. Recordé que aquélla era la actitud que solía tomar mi madre cuando nos observaba a mí y mis hermanos jugando en compañía de alguno de los chicos de la vecindad, sin perder detalle, constante y serena, incluso afectuosa, pero aislada de nosotros, hasta que llegaba el momento (si es que ocurría) en que su intervención se hacía necesaria.
Regresamos a la cocina, donde habíamos dejado a Ned y a Minnie. Ned estaba diciendo:
—… dinero estás hablando, guapa. Yo lo tengo o puedo tenerlo. Dame tiempo para preparar a este caballo, darle bien de comer, y tú y yo iremos a donde quieras, a todos los sitios donde ese precioso diente pueda brillar a sus anchas y deslumbrar a todo el mundo.
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—Bueno —interrumpió Boon—. Coge ese caballo. ¿Dónde vive ese hombre?
—¿Qué hombre? —preguntó Ned—. ¿Qué quieres de él?
—Recuperar el automóvil del amo. Después decidiremos si te mandamos a la cárcel, o te llevamos otra vez a Jefferson para que el patrón se divierta contigo.
—¿Por qué no dejas de hablar un momento y me escuchas? —replicó Ned
—. Naturalmente, sé donde vive ese hombre. ¿Cómo no voy a saberlo si le he adquirido un caballo esta tarde? Pero déjale tranquilo. No le necesitamos para nada. No le necesitaremos hasta después de la carrera. Porque no solamente hemos comprado un caballo, no. Hemos adquirido también el derecho de disputar una carrera. Hay un hombre en Possum que tiene un caballo esperando para correr contra éste, tan pronto como lleguemos allí. En caso de que ustedes, señoras, no estén enteradas de donde está Possum, les diré que se encuentra en el cruce de las líneas de ferrocarril de Jefferson y Memphis, donde se cambian las máquinas, a no ser que se viaje en automóvil como hemos hecho nosotros.
—Bueno —dijo Boon—. Un hombre en Possum, ¿eh? —¡Oh! —exclamó Miss Reba—. Parsham.
—Eso es —dijo Ned—. Donde crían perros y gallinas. No hay pérdida posible… Allí existe un caballo que ha retado a éste a una carrera de tres etapas, a razón de cincuenta dólares la etapa. El que gane dos de ellas se lleva, pues, los ciento cincuenta dólares. Pero eso no es más que ciento cincuenta dólares. Total, nada. Lo que haremos después será recuperar el automóvil.
—¿Cómo? —preguntó Boon—. ¿Cómo te las vas a agenciar para recuperar el coche con el mismo caballo por el cual lo has cambiado?
—Es sencillo. Ese hombre está convencido de que el bicho no sirve para las carreras. ¿Por qué te crees que me lo cambió por algo tan barato como el automóvil? ¿Por qué, si hubiese pensado de otro modo, no quedarse con un caballo que fuese capaz de ganarle varios coches, en caso de que desease tener uno, y poseer a la vez un caballo y un automóvil?
—Te voy a arrear una —amenazó Boon—. ¿Por qué?
—Te lo he dicho. Este caballo ha sido ya vencido en dos ocasiones por ese otro de Possum. La razón es que todavía no ha encontrado a nadie que le haya enseñado a correr. Por lo tanto, el hombre debió de pensar que si ya ha sido vencido dos veces, lo normal es que salga también derrotado la tercera. O sea, que lo único que debemos hacer es apostarle el coche contra el caballo, trato que aceptará contento, ya que no le importará en absoluto que el caballo
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vuelva a sus manos mientras el coche siga en su poder. No hay riesgo posible. Lo único que tendremos que hacer será esperar en la meta la llegada del caballo, cogerlo, atarlo a la parte trasera del coche y regresar con las dos cosas a Memphis…
Miss Reba habló entonces por primera vez. Dijo:
—¡Dios mío…!
—… porque él está convencido de que yo tampoco seré capaz de hacer correr al caballo. Pero, a no ser que yo haya olvidado mi oficio y haya cometido un error en el que no creo, pasado mañana en Possum se dará cuenta de que es él quién se ha equivocado. Y mi consejo es que obtengas de estas señoras la mayor cantidad de dinero que te sea posible, a fin de hacerle aún más apetecible la apuesta del automóvil. Y en caso de que mis planes no resulten bien, lo mejor será que no volvamos a presentarnos nunca más ante los ojos del jefe Priest. El trato ya está hecho y haría falta un hombre más valiente que yo para intentar que ese tipo nos devolviese el coche. Sin embargo, el caballo puede salvarte. En el mismo instante en que fijé los ojos en el animal, tuve la corazonada…
—Ji, ji, ji —rió Boon, parodiando brutalmente a Ned—. Cambias el automóvil del jefe por un caballo que no corre y encima me aconsejas que pida dinero prestado para interesar al vendedor en la apuesta.
—Déjame acabar —dijo Ned.
Boon calló.
—¿Vas a dejarme hablar, o no?
—Acaba de una vez —gritó Boon.
—… tuve la corazonada de que iba a pasarme lo mismo que con una mula que tuve hace ya años. Me acordé del asunto de mi mula —dijo Ned.
Ambos callaron y se miraron uno a otro. Los demás les observamos. A los pocos segundos, Ned siguió hablando en voz baja, con aire casi de ensoñación.
—Estas señoras no conocieron a aquella mula. Es natural, ya que se trata de señoras jóvenes y que, además, viven lejos del condado de Yoknapatawpha. Es una pena que el patrón o Mr. Maury no estén presentes para que les contasen ellos mismos la historia.
Podía haberla contado yo. Porque la mula constituía una de las leyendas de mi familia. Todo sucedió cuando padre y Ned eran jóvenes, antes de que el abuelo se trasladase a Jefferson para convertirse en banquero. Un día, en ausencia del primo McCaslin (el tío del primo Zack), Ned metió la yegua pura sangre del tronco del coche en la cuadra del mulo de la granja. Cuando parió
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la yegua, ante el natural jolgorio de todos, el primo McCaslin obligó a Ned a comprarle la cría, a razón de diez centavos semanales que le eran deducidos de su sueldo. Ned tardó tres años en adquirir la mula en propiedad, durante los cuales el animal había ya batido en carreras, a todos los animales de su especie que existían a veinte y a treinta kilómetros a la redonda, y estaba siendo retada por otros que residían a sesenta o setenta kilómetros, a los cuales también batió.
Tú naciste demasiado tarde para conocer a fondo lo que eran las mulas y para valorar, por lo tanto, la importancia y el impacto que causó semejante hecho. Una mula que sea capaz de correr un kilómetro en la dirección que le ordene su jinete, aunque sólo sea una vez, realiza méritos suficientes para convertirse en una leyenda local; pero una que actúe de tal manera una y otra vez, constituye un verdadero fenómeno. Porque, contrariamente a lo que ocurre con los caballos, la mula es demasiado inteligente para partirse el pecho por mero afán de gloria, galopando entre las vallas de un hipódromo. La verdad es que, en mi opinión, las mulas, después de las ratas, son los animales más inteligentes que existen. A la mula le siguen, por estricto orden de talento, el gato, el perro y, por último, el caballo; naturalmente, siempre que se acepte lo que yo entiendo por inteligencia, es decir: la capacidad de adaptación a un ambiente, lo cual significa la aceptación de dicho ambiente, reteniendo, a la vez, parte de la libertad individual.
Desde luego, las ratas ocupan el primer lugar. La rata habita nuestra propia casa y se niega a ayudarnos en nada, ya sea a construir, a reparar o a pagar los impuestos; come lo mismo que nosotros, sin preocuparse en ayudarnos a comprar o a llevar los alimentos a casa. Resulta imposible desembarazarse de ella. Si las ratas no fuesen caníbales, poseerían la tierra. El gato figura en mi clasificación en tercer lugar y participa de algunas de las cualidades de la rata, si bien en grado menor, porque es más débil y más mezquino; tampoco trabaja ni se preocupa de nada, es un verdadero parásito del hombre y no nos quiere; un día dejará de existir, se extinguirá (al menos en su forma doméstica), pero hasta hoy no ha tenido aún necesidad de ello. Hay una fábula, creo que es china, que narra lo que era la Tierra en un período en el cual las criaturas dominantes eran los gatos, quienes después de siglos y siglos de intentar superar las angustias de la mortalidad —el hambre, la enfermedad, la guerra, la injusticia, la necedad, la avaricia, en una palabra, todo lo que define y constituye una sociedad civilizada—, decidieron convocar un congreso de los más sabios filósofos gatunos para ver si había medio de remediar la situación; los filósofos, tras largas deliberaciones,
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llegaron a la conclusión de que el problema era insoluble y la solución más práctica era renunciar a obtener ningún resultado positivo, rendirse a la evidencia y convertirse la raza entera en una especie lo bastante optimista para creer que el dilema de la mortalidad podía ser resuelto y lo bastante ignorante para aceptar esa afirmación sin sentir necesidad de profundizar en la materia. Ésa es la razón por la cual el gato vive hoy a nuestra costa, confiando en que nosotros le proporcionemos comida y abrigo; pero él, por su parte, se niega a ayudar al hombre y aún a amarle. Ahí tienes, en resumen, la explicación de por qué los gatos nos miran como suelen hacerlo.
Al perro le clasifico en cuarto lugar. Es valiente, fiel y monógamo en sus afectos; pero también es un parásito. Su fracaso (comparable con el del gato) estriba en que se brinda a trabajar por el hombre; es decir, se ofrece voluntariamente, con alegría, con espíritu de imitación, hasta el punto de hacer cualquier estupidez con tal de complacernos y de recibir a cambio unas palmadas cariñosas en la cabeza; pero además de ser un parásito como otro cualquiera su defecto capital consiste en que se cree obligado a mostrar su gratitud; no tiene inconveniente en degradarse y en olvidar su dignidad para que el hombre se divierta; se humilla al recibir un puntapié; y se ofrece a defender al hombre y a morir de hambre, lamentándose sobre sus huesos.
Al caballo lo coloco en último lugar. Es una criatura incapaz de albergar más de una idea en su cabeza y su cualidad más destacada es la timidez y el miedo. Un niño puede engañarle y obligarle a romperse los miembros o el corazón corriendo demasiado veloz o saltando demasiada altura o anchura; si no se le cuida como a un recién nacido, languidece y muere. La prueba de que es tonto está en que, si tuviese un adarme de la inteligencia de la rata, él sería el jinete.
La mula ocupa el segundo lugar. Pero sólo en razón de que se le puede obligar a que trabaje por nosotros, aunque haciendo respetar siempre las normas de trabajo que tiene preestablecidas. Jamás comerá en exceso. Se avendrá a tirar de un carro o de un arado, pero nunca a tomar parte en una carrera. Nunca intentará saltar ningún obstáculo, a no ser que de antemano le conste que puede salvarlo. Se negará en redondo a entrar en cualquier lugar sin saber previamente lo que hay dentro. Y es capaz de trabajar pacientemente por su amo durante diez años, con la esperanza de poder arrearle una sola coz. En resumen, la mula, libre de obligaciones de casta y de responsabilidades ante la posteridad, ha sabido dar sentido, no sólo a su vida, sino también a su muerte y, en consecuencia, es inmortal. Si desapareciese hoy de la faz de la tierra, la misma combinación biológica que ayer la produjo volvería a crearla
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dentro de mil años, idéntica, inalterada, incorregible y siempre dentro de las normas vitales que han presidido su existencia hasta nuestros días, que pueden resumirse en estos dos principios generales: libertad y tenacidad.
La mula de Ned, fue, pues, única, un verdadero fenómeno. Si se alinean doce mulas y se da la voz de salida, lo normal es que cada una de ellas siga una dirección distinta, como ocurre con las arañas de agua cuando se lanza una piedra a un estanque; de todas ellas, la que siga por simple casualidad la dirección de la pista de carreras será la que gane. Pero no era tal el caso de la mula de Ned. Padre afirmaba que corría como un caballo, pero sin el frenético entusiasmo, los altibajos y las irregularidades de éstos. La mula de Ned corría como si estuviese realizando un trabajo que conocía a la perfección: adquiría desde el primer instante lo que ya había sido calculado como velocidad conveniente, tan pronto como se daba cuenta de que la voz o la mano de Ned se dirigían a ella; velocidad que no variaba en ningún momento hasta que cruzaba la meta de llegada y Ned la detenía.
Nadie —ni siquiera mi padre, que sin ser el mozo de cuadra de Ned sí era el verdadero cuidador de su mula y su agente de apuestas— supo jamás en qué consistía el secreto de Ned sobre su mula. Como es natural, la leyenda del animal se extendió y adquirió proporciones inusitadas, lo cual no dejó de favorecer nuestro negocio de coches de alquiler. Pero el problema consistía en averiguar la fórmula que Ned había inventado para que aquella mula se comportase de manera tan distinta al resto de las de su especie. No obstante, jamás la descubrieron y nadie fue capaz de montarla como lo hacía Ned, cuando éste comenzó a amontonar años y peso. La mula murió sin conocer la derrota, a los veintidós años de edad. Su tumba (imagino que los Edmonds te la habrán enseñado más de una vez) está ahora en casa de los McCaslin.
A la historia de esta mula es a lo que Ned se refería. Y Boon lo sabía. Se miraron fijamente uno a otro.
—Pero no es una mula; es un caballo —dijo Boon.
—Este caballo posee el mismo sentido que tenía la mula —replicó Ned—. Es posible que no lo tenga tan desarrollado como ella, pero se trata del mismo instinto.
Volvieron a mirarse. Boon dijo:
—Vamos a verlo.
Minnie encendió una linterna, se la entregó a Boon y salimos todos al patio trasero, incluso Minnie, Miss Reba y Miss Corrie. La luna estaba ascendiendo en aquellos momentos en el cielo y pudimos distinguir el caballo con perfecta claridad. Estaba atado al algarrobo de la esquina. Sus ojos
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brillaban en la noche, su hocico resoplaba y una de sus patas, nerviosa, resonaba sobre el pavimento del patio.
—Ustedes, señoras, permanezcan a un poco de distancia —dijo Ned—.
Aún no está acostumbrado a alternar en sociedad.
Nos detuvimos y Boon elevó la linterna; los ojos del caballo brillaban con intensidad cuando Ned se aproximó a él, hablándole amistosamente, hasta lograr acariciarle el lomo y coger las riendas.
—No le deslumbres con la linterna —dijo—. Quédate donde estás y deja a las señoras que contemplen un verdadero caballo. Y al decir caballo me refiero a un ejemplar privilegiado en su especie, no a los pencos que llamáis así en Jefferson.
—Acaba de charlar y acerca el caballo para que podamos verlo —protestó Boon.
—Puedes verlo donde está. Levanta un poco más la linterna.
No obstante, tomó el caballo por las riendas y lo acercó unos pasos. Oh, sí, lo recuerdo como si lo viese ahora: era un media sangre de tres años (quizá llegase a los tres cuartos de pura sangre; no me creía lo bastante experto en la materia para asegurarlo), castrado, de no demasiada cruz, de largo cuello y carnes escurridas que le daban aspecto de buen corredor (y, de acuerdo con Ned, con un corazón y una voluntad de triunfo dignos de un Ned McCaslin). A pesar de que contaba sólo once años me encontré pensando lo mismo que Boon. Boon examinó el caballo. Después miró a Ned. Cuando habló, su voz sonó apenas como un murmullo:
—Este caballo es…
—Espera —interrumpió Miss Corrie.
Ninguno de nosotros se había dado cuenta de la presencia de Otis. Otis ofrecía otra peculiaridad: cuando uno notaba su presencia producía siempre la sensación de que era demasiado tarde. Sin embargo, tampoco era ése el detalle que definía la rareza de su persona.
—Dios mío, es verdad —dijo Miss Reba—. (Siempre te he hecho constar que las mujeres son extraordinarias). Lárgate de aquí, Otis.
—Vuelve a casa, Otis —añadió Miss Corrie.
—Como quieras —concedió Otis—. Vamos, Lucius.
—No —dijo Miss Corrie—. Tú solo. Anda, vete. Sube a tu habitación.
—Es temprano todavía. No tengo sueño —protestó Otis.
—No me obligues a decírtelo dos veces —terció Reba.
Boon esperó a que Otis entrase en la casa. Esperamos todos, mientras Boon sostenía la lámpara en el aire iluminando parte de la cara de Ned.
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Prosiguieron ambos su interrumpida conversación en el mismo tono impersonal, frío y monótono de siempre:
—Este caballo es robado —dijo Boon.
—¿Y cómo calificarías el automóvil por el que lo cambié? —replicó Ned. Sí, maravilloso; el tono de voz de Miss Reba sonó exacto al de Ned y de
Boon; quizá algo más vivo. Dijo:
—Tenéis que salir de la ciudad.
—Ésa es precisamente la intención con que lo traje aquí —dijo Ned—.
Tan pronto como haya cenado, pienso salir hacia Possum.
—¿Te has preocupado de averiguar a cuántos kilómetros está Possum y en qué dirección? —preguntó Boon.
—Eso no tiene la menor importancia. Cuando el patrón se marchó y te dejó al cuidado del coche, ¿te preocupaste de conocer la distancia que te separaba de Memphis?
Miss Reba echó a andar:
—Entremos en casa —propuso—. Nadie verá aquí el caballo, ¿verdad? — añadió, dirigiéndose a Ned.
—No, señora. Tengo el suficiente sentido común para haber previsto esa posibilidad. He tomado mis precauciones.
Ató de nuevo el caballo al algarrobo y seguimos a Miss Reba, que ascendía ya los escalones del porche trasero.
—Entremos en la cocina —dijo—. Pronto empezarán a llegar los clientes.
En la cocina, se dirigió a Minnie:
—Ve a sentarte en mi habitación para oír la campanilla si alguien llama a la puerta. ¿Me devolviste las llaves o las tienes tú…? Bien. No permitas la entrada a nadie que no sea conocido. Pero antes examina quién hay ahora en la casa. Si alguien pregunta por Miss Corrie, dile que su amigo de Chicago, está en la ciudad y que no recibe.
—En caso de que alguno de ellos no te crea, dile que se meta por el callejón y que llame a la puerta trasera —dijo Boon.
—Por amor de Dios —terció Miss Reba—. ¿Es que no tienes suficientes problemas con que entretenerte? Si no te gusta que Corrie tenga amistades, ¿por qué no te la llevas de una vez, en lugar de alquilarla una noche cada seis meses?
—Bueno, bueno —murmuró Boon.
—Toma nota de dónde paran todos los que están en la casa —añadió Miss Reba, dirigiéndose a Minnie.
—Yo me ocuparé de Otis —dijo Miss Corrie.
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—Sí —replicó Miss Reba—. Dile que permanezca en su habitación, que se esté quieto. Ya que él se ha encargado de iniciar esta discusión infernal sobre caballos, que nos deje ahora en paz.
Miss Corrie salió de la cocina, mientras Miss Reba se acercaba a la puerta, la cerraba y permanecía en pie, inmóvil, mirando a Ned.
—O sea, que tú pretendes ir a Parsham con el caballo, ¿no?
—Eso es —respondió Ned.
—¿Sabes a qué distancia está Parsham de aquí?
—No me interesa saberlo —repitió Ned—. Lo único que necesito es ir a Possum. Pero eso es, a la vez, lo que ha hecho variar mis planes: Possum puede estar lejos. Al principio, se me ocurrió la idea de que quizás alguno de sus conocidos, o cualquiera de sus relaciones en este negocio…
—¿Qué diablos quieres decir? Mi negocio es dirigir esta casa, y todo aquel que no tiene la educación suficiente para llamarlo así no merece asomarse ni a esa puerta trasera.
—Me refiero a alguna de las amistades de las señoras que trabajan para usted —replicó Ned—. Pensé que quizás alguno de ellos podía tener un caballo de silla o de tiro o incluso una mula que me llevase hasta Possum, mientras Lucius me seguía montado en el potro. Pero como no sólo vamos a correr una prueba de kilómetro y medio pasado mañana, sino que tendremos que hacerlo tres días y ganar al menos dos de ellas, pienso ir a pie hasta Possum.
—Bien —dijo Reba—. Imagínate que tú y el caballo estáis ya en Parsham. Ya sólo te falta que el caballo sea capaz de correr.
—Cualquier hombre que posea un caballo puede hacer de él un campeón de carreras —dijo Ned—. Lo único que se requiere es que tanto el caballo como el hombre tengan oportunidad de tomar la salida.
—¿Tú crees que seréis capaces de manteneros de pie antes de tomar la salida?
—Sí.
—Y aunque el caballo se mantenga de pie, ¿podrás hacerle correr? —Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo he hecho correr a una mula —afirmó Ned.
—¿Qué mula? —preguntó Miss Reba.
Miss Corrie entró de nuevo en la cocina y cerró la puerta tras de sí.
—Cierra bien la puerta —dijo Miss Reba.
Después, dirigiéndose a Ned, añadió:
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—Bueno, ahora cuéntame algo acerca de esa carrera.
Ned la miró inmóvil, sorprendido, durante más de un cuarto de minuto. El cinismo característico de su actitud, al menos hacia Boon, y el tono imperativo que había adoptado conmigo desde que salimos de Jefferson, desaparecieron por completo.
—Vaya, parece que se decide usted a hablar con un poco de sentido común —dijo.
—Vamos, cuenta —insistió Miss Reba.
—De acuerdo. Un hombre, un blanco con mucho dinero, de cuyo nombre no me acuerdo ahora, pero que será fácil localizar en su momento, posee un caballo como no hay otro en veinte kilómetros a la redonda de Possum; es un pura sangre que ha corrido ya dos veces contra este potro y las dos veces le venció. La derrota que le infirió la primera vez fue considerable, pero la segunda resultó aún peor, porque el otro hombre blanco y también rico que poseía nuestro caballo apostó el doble de la cantidad que se había jugado en la carrera anterior. Y la perdió. Así, pues, cuando, pasado mañana, aparezca otra vez nuestro caballo en Possum, el propietario del otro aceptará correr de nuevo, aunque se sienta en parte orgulloso, y en parte avergonzado, de aceptar el dinero de la apuesta.
—Comprendido. Sigue —dijo Miss Reba.
—Yo puedo hacer correr a este caballo. Y ese detalle lo ignora, hasta ahora, todo el mundo, menos yo. Por lo tanto, señoras, en caso de que deseen ustedes apostar algún dinero, Lucius y Mr. Hogganbeck y yo nos haríamos cargo del mismo con mucho gusto.
—Entre los que no saben que tú puedes hacer correr ese caballo, figura también el hombre a quien se lo cambiaste por el coche, ¿no es así?
—Eso es —asintió Ned.
—Entonces, ¿por qué diablos no nos ahorró a todos este maldito lío y no te mandó a Parsham con el caballo, si le constaba que todo lo que debía hacer para quedarse con el caballo y con el coche era correr esa prueba?
Se hizo un silencio absoluto. Nos miramos todos unos a otros. —Vamos —dijo Miss Reba—. Contesta, di algo. ¿Cómo te llamas? —Ned William McCaslin Jefferson Mississippi —dijo Ned. —¿Y qué?
—No sé. Quizá no tuviese bastante dinero para el desplazamiento. —¡Maldita sea! —exclamó Boon—. Tampoco lo tenemos nosotros… —Cállate —le interrumpió Miss Reba. Después se dirigió a Ned:
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—Me parece recordar que dijiste que era rico.
—Me estoy refiriendo al hombre con quien realicé el cambio —explicó Ned.
—¿Sabes si compró el caballo al otro hombre rico?
—Tenía el caballo en su poder —dijo Ned.
—¿Te entregó algún papel cuando hicisteis el cambio?
—Me dio el caballo.
—¿Sabes leer? —preguntó Miss Reba—. ¿Sabes?
—Me entregó el caballo —repitió Ned.
Miss Reba le miró fijamente.
—De acuerdo. Ya tienes el caballo, ya estás en Parsham. Afirmas que posees la fórmula para hacerle correr. ¿Te servirá esa misma fórmula para recuperar en Parsham el automóvil?
—Utilice su sentido común —dijo Ned—. Tiene usted mucho. Se ha dado cuenta del problema mejor que ninguno de los aquí presentes. Intente profundizar un poco más y comprenderá que a los que cambié el caballo…
—¿A los que cambiaste…? —le interrumpió Miss Reba—. Acabas de decir que era uno solo.
—… están en la misma situación que nosotros: tienen que volver a casa un día u otro.
—Ya… Y Ned William McCaslin, o Boon Hogganbeck, o como se llamen los que te entregaron el caballo, no se avendrían nunca a volver a casa solamente con el automóvil o con el caballo, sino que quieren, ambas partes, las dos cosas, ¿no es verdad? —preguntó Miss Reba.
—Eso es —convino Ned—. Eso es precisamente lo que he estado intentando explicar durante las dos últimas horas. Miss Reba miró a Ned. Lanzó un suspiro hondo, silencioso.
—Y ahora te vas a ir con el animal a Parsham, sabiendo que toda la policía de Tennessee andará por las carreteras en busca del caballo…
—¡Miss Reba! —exclamó, de pronto, Corrie.
—… y en plena luz del día.
—Eso es —afirmó Ned—. Ya es demasiado tarde para que la policía nos detenga. Habrán dejado de buscar. Pero tiene usted razón. Ha hecho bien en decirme eso.
Reba siguió mirándole. Esta vez suspiró dos veces. Ni siquiera movió los ojos para dirigirse a Corrie:
—¿Y el guardafrenos?
—¿Qué guardafrenos? —preguntó Miss Corrie.
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—Ya sabes a quién me refiero. Aquél cuyo tío abuelo o su primo…
—No es un guardafrenos —dijo Miss Corrie—. Es guardavías. Suele ir de servicio en el Express Especial Memphis - New York. Lleva uniforme como los revisores.
—De acuerdo, guardavías —dijo Miss Reba.
Después se volvió hacia Boon:
—Una de las amistades…
Se interrumpió y miró a Ned un instante:
—… de Corrie, una de nuestras relaciones de negocios. Es posible que al final acaben gustándome tus palabras. El tío de su madre es vicepresidente o algo importante de los ferrocarriles que pasan por Parsham…
—Su tío es superintendente de división —aclaró Miss Corrie. —Superintendente de división —confirmó Miss Reba—. Lo cual quiere
decir que siempre que no está en la oficina de cualquiera de las ciudades por las que pasan sus trenes, puede dedicarse a asistir a las carreras de caballos, mientras su sobrino trabaja como un negro para poder llevarse una cucharada de potaje a la boca y pasar inadvertido. ¿Comprendes lo que quiero decir?
—El furgón de equipajes… —exclamó Boon.
—Eso es —dijo Reba—. El tren llegará a Parsham y al amanecer del día siguiente ya se habrá perdido de vista.
—Aún así, facturar el caballo en el furgón costará dinero —dijo Boon—.
Después deberemos permanecer escondidos hasta que comience la carrera.
Por otra parte, tendremos que apostar ciento cincuenta dólares, como mínimo.
Todo mi capital son quince o veinte dólares.
Se levantó de su silla.
—Ve a buscar el caballo —añadió—. ¿Dónde dijiste que vivía el hombre con quién lo cambiaste?
—Siéntate —dijo Miss Reba—. ¡Jesús! Parece mentira que ante el problema que supone para vosotros el regresar a Jefferson os entretengáis aún en contar centavos.
Miró a Ned:
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
Ned repitió su nombre.
—¿Quiere usted saber detalles acerca de la historia de mi mula? Pregunte a Boon Hogganbeck.
—¿Nunca le obligas a que te llame señor? —preguntó la mujer a Boon. —Siempre se lo llamo —dijo Ned—. Mr. Boon Hogganbeck. Pregúntele
lo de la mula.
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Reba se volvió hacia Miss Corrie.
—¿Está Sam en la ciudad esta noche?
—Sí —asintió Miss Corrie.
—¿Puedes localizarle?
—Sí —afirmó la muchacha.
Miss Reba se dirigió a Boon:
—Tú lárgate de aquí. Ve a dar un paseo durante un par de horas. Si lo deseas, puedes entrar en casa de Birdie Watts. Pero, por amor de Dios, no te emborraches. ¿Con qué te crees que Corrie come y paga su alquiler mientras tú te dedicas a robar automóviles y a raptar niños en los pantanos de Mississippi? ¿Del aire?
—No pienso ir a ningún sitio —replicó Boon—. ¡Maldita sea! —exclamó mirando a Ned—, ve a buscar el caballo.
—No necesito ir a buscarle personalmente. Utilizaré el teléfono —dijo Miss Corrie.
No estaba ni contenta ni disgustada; se mostraba, sencillamente, serena. Quizá fuese una muchacha demasiado robusta para sentirse feliz o insatisfecha. Pero su aspecto era el apropiado para expresar serenidad.
—¿Estás seguro? —preguntó Miss Reba.
—Sí.
—Entonces, adelante —concluyó Miss Reba.
—Ven aquí —dijo Boon.
Miss Corrie se detuvo.
—He dicho que vengas aquí —repitió Boon.
La muchacha se acercó, pero se mantuvo fuera del alcance de Boon. Me di cuenta de que ni siquiera le estaba mirando. Me miraba a mí. Quizá fuese por esa razón que Boon, levantándose repentinamente, pudo cogerla por el brazo antes de que ella le esquivase. Boon la estrechó contra su cuerpo, mientras ella se defendía, luchando con toda la fuerza de su vigorosa constitución y seguía mirándome.
—Déjame. Tengo que telefonear.
—Ya tendrás tiempo sobrado para ello —dijo Boon, sin dejar de abrazarla.
Hasta que la chica, con la misma premeditada compostura, con el mismo desesperado deseo, a la vez resuelto e inocente, de aparentar indiferencia con el que uno arroja la manzana que tiene en la mano (o cualquier otro objeto con el que uno puede entretenerse momentáneamente haciéndolo saltar en las manos) contra el toro que de súbito aparece al mismo lado del cercado, se
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inclinó contra él, le besó, le acarició la cabeza con los dedos y trató después de separarse. Pero de nuevo fue demasiado tarde. La mano de Boon descendió y se aferró a una de las nalgas de la chica, en presencia de todos nosotros, mientras ella luchaba aún por desasirse, me miraba con ojos suplicantes y expresión oscura de vergüenza, de pena, no lo sé, y, poco a poco, su sangre se le iba concentrando en la cara, que no parecía plana más que la primera vez que uno la contemplaba. Fue sólo un instante; al parecer, estaba determinada a comportarse como una señora. Incluso luchaba como lo hubiese hecho una señora. Pero era demasiado robusta, demasiado fuerte, para oponerse a alguien tan robusto y tan fuerte como Boon, para resistir la opresión de aquella mano que aún se aferraba a ella. De pronto, quedó libre.
—¿No te da vergüenza? —exclamó.
—¿No eres ni siquiera capaz de esperar a que haga una llamada telefónica? —preguntó Miss Reba—. Si vas a sufrir pensando en la pérdida de su pureza, ¿por qué diablos no te la llevas contigo a algún lugar donde pueda mantenerse pura y al mismo tiempo comer?
Después dijo Miss Corrie:
—Vamos, ve a llamar. Son ya las nueve.
Era tarde, teniendo en cuenta todo lo que teníamos que hacer. La casa había comenzado a despertar, a animarse, como decís ahora. Pero, eso sí, decorosamente: sin ninguna clase de escándalo musical ni de jolgorio humano. La sombra de Mr. Binford parecía aún reinar en aquel antro, ya que solamente dos de las señoras que en el mismo prestaban sus servicios profesionales sabían que se había ya marchado, y los clientes aún no habían echado en falta su presencia. Habíamos oído varias veces la voz dulce y pausada de Minnie al abrir la puerta y los continuos pasos de las ninfas bajando por la escalera. E incluso en el momento en que Miss Corrie colocaba la mano en el picaporte de la puerta y la abría para salir de la cocina, percibimos claramente el tintineo de los vasos y el murmullo de la conversación atenuada y discreta. Momentos más tarde, Minnie regresó. Al parecer, las señoras desocupadas la sustituirían en la puerta, actuando como recepcionista cuando fuese necesario.
Esto te demuestra hasta qué punto el niño es padre del hombre y, en cierto aspecto, también madre de la mujer. En Jefferson había pensado que la razón por la cual la No-Virtud había hallado en mí a un enemigo tan débil radicaba en el hecho de mi poca edad, mi falta de madurez y mi consiguiente inocencia. Alcanzar aquella victoria me llevó tres largas horas, es decir, desde el momento en que me enteré de la muerte del abuelo Lessep, hasta que el
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tren abandonó la estación y me di cuenta de que Boon estaría en posesión indiscutible, durante cuatro días, de la llave del automóvil. Pero allí estaban ahora Miss Reba y Miss Corrie: enemigas ambas, endurecidas por el constante ejercicio, cultivadas por la experiencia diaria de sus ataques y asaltos contra la Virtud, se mostraban ahora desconcertadas y sorprendidas, sin obtener a simple vista la protección incondicional de la No-Virtud. Media hora antes ni siquiera sabían que Ned —y menos aún el caballo— existiese. Ni tampoco podían imaginar que una de ellas, que acababa de dejar la habitación tranquila y llena de confianza, se iba a ver obligada a conquistar a un desconocido utilizando, como única arma, el teléfono. Hacía dos minutos que Miss Corrie había salido de la cocina. Minnie había tomado de nuevo la linterna y había marchado hacia el porche trasero; descubrí que Ned tampoco estaba con nosotros.
—Minnie —dijo Miss Reba, dirigiéndose hacia la puerta trasera—, ¿ha quedado algo del pollo del mediodía?
—Sí, señora —contestó Minnie—. Ya le he servido un plato. Ahora se lo está comiendo.
Oímos que Ned decía algo, que no logramos descifrar. Sonó de nuevo la voz de Minnie:
—Si pretendes satisfacer tu apetito conmigo, temo que te mueras de hambre antes de que amanezca.
Tampoco esta vez oímos la respuesta de Ned. Ahora hacía ya cuatro minutos que Miss Corrie había salido. Boon se levantó de su silla de un salto:
—¡Maldita sea…! —exclamó.
—No te sentirás celoso de un teléfono, ¿verdad? —preguntó Miss Reba
—. ¿Qué diablos puede hacer un hombre a través de un maldito hilo telefónico?
Distinguimos los ruidos que hacía Minnie en el porche. Oyose un golpe sordo y después sus pasos. Entró en la cocina. Respiraba con cierta agitación.
—¿Qué ocurre? —preguntó Miss Reba.
—Nada de particular. Le gusta el pollo. Pero tiene mucho apetito y no parece que esté dispuesto a satisfacerlo con pollo solamente.
—Dale una botella de cerveza —sugirió Miss Reba—. Es decir, si no tienes miedo de volver junto a él.
—No tengo miedo —contestó Minnie—. Lo suyo es natural es un hombre como es debido. Quizás un poco excesivo, pero estoy acostumbrada. Hay muchos hombres que se portan así. Son tan normales que una no tiene descanso hasta que se agotan y se duermen.
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—Comprendo que a ti te ocurra eso —dijo Boon—. Es ese diente. Las mujeres sois verdaderos diablos. No dejáis en paz a nadie.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Miss Reba.
—Sabes perfectamente lo que quiero decir —contestó Boon—. Nunca nos dejáis tranquilos, nunca os consideráis satisfechas. Jamás mostráis la menor compasión, ni siquiera hacia los hombres que están de antemano condenados a perderse. Fíjate en ella. Estoy seguro de que no ha parado hasta ponerse ese diente de oro. Un diente de oro en mitad de la boca con la única finalidad de volver loco a un pobre negro de pueblo…
—… o para perder cinco minutos hablando en una cabina telefónica para volver loco a otro pobre ignorante de pueblo, cuya única ocupación en este mundo es la de robar automóviles y caballos. Jamás conocí a nadie que necesitase casarse tanto como tú.
—Claro que lo necesita —corroboró Minnie desde la puerta—. Eso le curaría. Yo probé dos veces el matrimonio y aprendí buenas lecciones.
Miss Corrie entró en la habitación.
—Todo arreglado —dijo con su peculiar serenidad, ladeando la cabeza y mostrando sus facciones planas, en el sentido que es plana la superficie de una porcelana iluminada interiormente por una vela—. Viene en seguida. Está conforme en ayudamos. Dice que…
—A mí no me ayudará ese hijo de perra, desde luego… —le interrumpió Boon.
—Entonces se acabó —dijo Miss Reba—. Lárgate de aquí. ¿Cómo vas a arreglártelas? ¿Vas a regresar a Jefferson a pie o montado en el caballo? Vamos, siéntate. Siéntate, al menos hasta que él venga. Y ahora cuéntenos tu conversación, Corrie.
—No es un guardafrenos —comenzó Corrie—, es guardavías. Y lleva un uniforme exactamente igual que los revisores. Ha prometido ayudamos.
Todo el mundo ama a quien le ama, dijo, según creo, el Cisne[10], aquel que penetró más profundamente que nadie en el corazón humano. Es una lástima que sus conocimientos humanos no se hubiesen visto completados con los referentes y los caballos, para haber añadido: todo el mundo ama los caballos robados. Miss Corrie nos lo contó todo. Otis estaba ahora de nuevo en la cocina (yo no le había visto entrar), con su aspecto desagradable y extraño de siempre. Me di cuenta de su presencia cuando casi era demasiado tarde:
—Como mínimo, tendremos que comprar un billete para Possum.
—Se dice Parsham —aclaró Miss Reba.
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—Eso está ya arreglado —dijo Miss Corrie—. Sam traerá consigo el billete y un talón para facturar equipaje, el que se utiliza para enviar baúles pesados. Pero el caballo viajará cómodo. Habrá un vagón de mercancías preparado en una de las vías muertas (Sam nos dirá cuál de ellas), y todo lo que tendremos que hacer se reducirá a meter el caballo y cerrar bien las puertas correderas, para que Sam pueda fijarlas con tablones y clavos, a fin de que el animal no se nos caiga. Sam tendrá también preparados los tablones y los clavos. Afirma que, así, de pronto, ésta es la mejor solución que se le ocurre, ya que si le dijese algo a su tío, éste se empeñaría en venir con nosotros. Sam dice, por lo tanto, que el único riesgo que existe es el de llevar el caballo desde aquí al vagón. Afirma que no daría resultado el que…
—Ned William McCaslin Jefferson Mississippi —dijo Ned.
—… que Ned se pasease de noche, aunque fuese por las calles menos transitadas, con un caballo. El primer policía que encontrase le detendría. Así que Sam va a traer también una manta y, como vendrá de uniforme, conducirá el caballo a la estación con Boon y conmigo, sin que nadie se extrañe de ello. ¡Ah, sí! Dice que el tren de pasajeros…
—¡Dios mío! —exclamó Miss Reba—. Una prostituta, un revisor de tren y una rata de pantano de Mississippi del tamaño de un camión aljibe, pretendiendo atravesar Memphis con un caballo en plena noche de sábado, sin que nadie se extrañe de verlos…
—Cállese —gritó Miss Corrie.
—¿Que me calle? ¿Por qué? —preguntó Miss Reba.
—Estamos hablando en presencia de…
—¡Oh! —dijo Miss Reba—. Si hubiese venido aquí desde Mississippi con Boon en plan de visita amistosa, podrías preocuparte de mantener puros sus oídos. Pero, ya que utiliza esta casa como cuartel general de operaciones para sus robos de automóviles y de caballos, tiene que aceptar el mismo tratamiento y oír las mismas palabras que los demás que estamos aquí. ¿Qué decías acerca del tren?
—Que el tren de pasajeros de Washington sale a las cuatro de la madrugada. Será ese tren el que lleve el vagón con el caballo. Llegaremos a Possum antes de que amanezca.
—¡Maldita sea! —exclamó Miss Reba—. No es Possum, es Parsham. ¿Llegaremos…?
—¿No piensa usted venir con nosotros? —preguntó Miss Corrie.
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Capítulo 7
Eso fue lo que hicimos. Pero, antes, Sam quiso ver el caballo. Llegó por la puerta trasera, por la cocina, llevando consigo la manta para el animal. Vestía de uniforme. Era casi tan fuerte como Boon.
Así, pues, nos encontramos todos nuevamente en el patio trasero. Ned sostenía esta vez la linterna que enfocaba, no hacia el caballo, sino hacia los botones plateados del uniforme de Sam y hacia su gorra de plato en la que figuraba, en letras de oro, el nombre de su Compañía. La verdad es que yo había anticipado problemas acerca de Ned, de Sam y del caballo, que, afortunadamente, no se produjeron.
—¿Quién, yo? —preguntó Ned—. ¿Por qué iba a crear conflictos? Nunca hemos estado tan seguros como ahora que tenemos a este policía para ayudamos a llevar el caballo a Possum.
Por el contrario, los problemas iban a producirse entre Sam y Boon. Sam observó el caballo.
—Es un buen caballo —dijo Sam—. Al menos a mí me parece un estupendo caballo.
—Desde luego —replicó Boon—. Y eso que no tiene pitos ni campanas ni nada por el estilo. Ni siquiera lleva un farol en la cabeza. Me sorprende que pueda usted verlo.
—¿Qué quiere usted decir con todo eso? —preguntó Sam.
—Nada en particular —replicó Boon—. Sólo lo que he dicho. Es usted un ferroviario. Lo mejor que puede hacer es volver a su estación y esperar nuestra llegada.
—¡Puerco inmundo! —exclamó Miss Reba—. ¿No te das cuenta de que lo único que intenta este hombre es ayudarnos? ¿No comprendes que se está jugando el empleo y muchas cosas más, para evitar que el primer animal que te encuentres al llegar a Jefferson sea el jefe de policía? Lo que debiera hacer es mandarte al diablo y hacerte volver a tu pueblo con el maldito caballo de la mano. Excúsate.
—De acuerdo —convino Boon—. Olvide lo que le he dicho.
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—¿A eso le llamas tú excusarse? —insistió Miss Reba. —¿Qué quieres que haga? ¿Que me agache y le invite a que…? —Cállate, cállate inmediatamente —gritó Miss Corrie.
—Deja ya de interrumpirme —replicó Boon—. Entre tú y Miss Reba vais a lograr que me olvide del idioma inglés antes de que acabe esta noche.
—Los niños están presentes —siguió Corrie.
—Los niños… —Miss Reba suspiró—. Con el que trajiste de Arkansas teníamos ya suficiente. Su costumbre de meter la mano en la nevera para coger cerveza y su manía de llevarse todo lo que no está clavado a martillazos, me tenía harta. Y ahora Boon Hogganbeck me trae otro ante el que temo incluso abrir la boca.
—Eso no es cierto —rugió Miss Corrie—. Otis no coge nada sin pedir permiso, ¿no es verdad, Otis?
—Sí, eso es, pregúntaselo —añadió Miss Reba—. Siempre será bueno que se entere de lo que ya debiera saber.
—Señoras, señoras, señoras —interrumpió Sam—. ¿Quieren que el caballo salga esta noche para Parsham o no?
Cesó la discusión. Miss Corrie nos miró a Otis y a mí.
—Debieran estar en la cama —dijo.
—Naturalmente —convino Miss Reba—. En la cama y en Arkansas y Mississippi o incluso aún más lejos, si de mí dependiera. Pero es demasiado tarde. No se puede mandar a uno a la cama sin el otro, y ese de Boon es propietario de parte del caballo.
Miss Reba no pudo venir con nosotros. Ni ella ni Minnie podían dejar la casa. En el prostíbulo reinaba ahora gran animación, pero el tono general se mantenía discreto, dentro del decoro que imponían los sábados. La marea vital de los sábados se diluía en espumas silenciosas, en contraste con el jolgorio habitual de los restantes días de la semana.
Ned y Boon cubrieron al caballo con la manta. Después, desde la acera, Ned, Otis y yo contemplamos a Boon y a Sam caminando por la calle, si no amistosamente sí, al menos, concediéndose una tregua mutua, mientras Miss Corrie llevaba el caballo por las riendas tras ellos. Marcharon por la calle, bajo la luz de las farolas, hacia la estación de la Unión de Ferrocarriles. Eran ya más de las diez, y las pocas luces que brillaban en las ventanas de las casas correspondían a otras tantas casas de huéspedes (me consideraba ya un hombre experimentado; me consideraba ya un viejo amigo del vicio, un conocedor de todo lo que había en la vida por conocer. Tan pronto como veía una casa como la de Miss Reba la identificaba inmediatamente). Los garitos
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de juego estaban a oscuras. La verdad es que me hubiese sentido incapaz de reconocer un garito de juego por el mero hecho de pasar ante sus puertas. Existían aún ciertas cosas que ignoraba; pero Ned se encargaba de decírnoslo a Otis y a mí. Nos informaba de que eran casas de juego y de que estaban cerradas. Jamás se me había ocurrido que pudiesen existir aquella clase de establecimientos, ni abiertos ni cerrados; recuerdo que llevaba solamente en Memphis (o, mejor, en Catalpa Street) menos de seis horas y, sin estar en compañía de madre o de padre, no había quién me explicase las cosas, quién me instruyese acerca de ellas. Por lo tanto, a pesar de mi soledad, pensé que estaba aprovechando bien el tiempo.
—Le llaman la ley azul —dijo Ned.
—¿Qué es la ley azul? —pregunté.
—No lo sé con exactitud —confesó Ned—. A menos que se refieran al color con el que salen de ahí todos los que van a jugar y pierden dinero.
—Es un gran negocio el de los garitos de juego —dijo Otis—. Ellos no pierden nunca, porque su principal fuente de ingresos es el contrabando de bebidas. Las botellas que no venden el domingo por la noche las guardan para venderlas, quizás a los mismos clientes, el lunes por la mañana. Pero las casas de lenocinio son todavía mejor negocio. La misma mercancía que se vende una noche puede venderse de nuevo la noche siguiente. No se pierde nada con vender mercancías. A lo mejor, si aplicasen esa ley que tú llamas azul a las casas de lenocinio, la policía podría poner fin al negocio.
—¿Qué son casas de lenocinio? —pregunté.
—Sabes muchas cosas, ¿verdad, hijo? —comentó Ned dirigiéndose a Otis
—. No es extraño que en Arkansas no quieran saber nada de ti y te manden a Memphis. Si el resto de los habitantes de Arkansas saben a tu edad tanto como tú, temo que cuando lleguéis a los veintiún años ni Texas sea suficientemente extenso para albergaros a todos.
—¡Mierda! —espetó Otis.
—¿Qué son cosas de lenocinio? —pregunté de nuevo.
—¿Por qué no te entretienes en pensar con qué vamos a dar de comer al caballo? —me preguntó Ned, casi a gritos—. Mejor será que no preguntes nada hasta que lleguemos a Possum. Especialmente cuando estemos en el tren, guarda silencio. Mientras tanto, piensa en ese revisor del ferrocarril que, al parecer, es capaz de cargar en los trenes baúles y maletas sin ni siquiera sacarse las manos de los bolsillos.
Se interrumpió y añadió mirando a Otis.
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—En cuanto a ti, lo más apropiado sería buscar un cubo de agua y una pastilla de jabón y decirle a tu tía que te limpiase la boca.
—¡Mierda! —repitió Otis.
—O quizás que te arrease con el primer bastón que encontrase a mano.
—¡Mierda! —exclamó Otis.
Y entonces nos encontramos con el policía. Otis distinguió el policía antes de que éste viese el caballo.
—¡Maldita sea! —exclamó Otis.
El policía conocía a Miss Corrie y, al parecer, también a Sam.
—¿Dónde lo lleváis? ¿Lo habéis robado? —preguntó.
—Nos lo han prestado —dijo Sam, sin detenerse—. Lo hemos llevado esta noche al servicio religioso y ahora lo devolvemos a su propietario.
Seguimos adelante. Otis repitió varias veces sus expresiones favoritas:
«maldita sea» y «mierda».
—Nunca hubiese imaginado nada semejante —dijo—. Hasta ahora, siempre que he visto a alguien hablar con un policía ha sido para darle algo. Minnie y Miss Reba, por ejemplo, tienen siempre una botella de cerveza preparada antes de que un policía ponga los pies en su casa, aunque Miss Reba le maldiga mil veces antes de que entre y después de marcharse. Desde que vine aquí por primera vez y lo descubrí, todos los días voy a dar una vuelta por Court Square, donde un italiano tiene su puesto de frutas y verduras y, no falla, todas las mañanas el policía pasa por allí y con la mayor tranquilidad se lleva un par de manzanas y un puñado de nueces.
Corría casi por la calle para mantenerse a nuestra altura. Era mucho más bajo que yo, pero no parecía que lo fuese tanto hasta que no se le veía corriendo al lado de nosotros. Había algo extraño y desagradable en su persona. Cuando uno es pequeño lo natural es pensar: «El año próximo seré más alto de lo que lo soy este año». Porque crecer no es sólo lo natural, sino también lo inevitable; ni siquiera importa imaginar qué aspecto tendrá uno cuando crezca. A todos los niños les ocurre lo mismo; no pueden evitarlo. Pero Otis parecía como si se hubiese detenido en su desarrollo desde hacía dos o tres años y, al mismo tiempo, hubiese ya alcanzado la madurez de los años siguientes, por lo que producía el efecto de que, en lugar de crecer, decreciese. Continuó hablando:
—Por lo tanto, lo primero que se me ocurrió fue que tenía que hacerme policía. Pero ahora me he dado cuenta de que no es negocio. La cosa es limitada.
—Limitada ¿a qué? —preguntó Ned.
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—A cerveza, a manzanas y a nueces. ¿Quién va a perder el tiempo para conformarse con cerveza, manzanas y nueces? Repitió sus palabras soeces habituales.
—En esta ciudad abundan los machos —añadió.
—¿Machos? —dijo Ned—. Claro que los hay. ¿Es que acaso los habitantes de Memphis no necesitan de mulas cómo los de cualquier otro lugar?
—Machos —dijo Otis—. Machacantes. Dinero[11]. Cuando pienso en el tiempo que he desperdiciado en Arkansas antes de conocer la existencia de Memphis… Aquel diente… ¿Cuánto calculáis que debe costar aquel diente? Cuánto le darían en un Banco si se lo sacase y se acercase con él al mostrador y dijese: deme cambio.
—Sí —dijo Ned—. Yo sé de un niño de Jefferson que no hacía más que pensar en el dinero. ¿A que no sabes dónde ha ido a parar?
—Debe de estar aquí, en Memphis, si no es tonto —dijo Otis.
—Nunca llegó tan lejos —dijo Ned—. Se quedó a medio camino, en la penitenciaría del Estado, en Parsham. Y si tú te obstinas en seguir el camino que, según parece, te has trazado, también acabarás allí.
—Pero no tan pronto como tú crees. Desde luego, no mañana. Ni tampoco pasado mañana. Si un maldito policía no puede prescindir de una cerveza, de un par de manzanas y de unas nueces, pon en sus manos algo más sustancioso antes de que lo pida y verás los resultados que obtienes. Con los ochenta y cinco céntimos que empleé anoche en tocar aquella maldita pianola y pagar la cerveza que se tomó el hijo de perra, hubiese habido suficiente para empezar. Todo se había reducido a hacer funcionar la pianola gratis, cosa que no hubiese sido difícil. Mejor habría sido que no hubiese ido allí. ¿Comprendes ahora por qué digo que debiera haberme largado antes?
»Largado de Arkansas. Cuando pienso en los años desperdiciados en aquella maldita granja, con Memphis al otro lado del río y yo ignorando incluso hasta su existencia… Si a los cuatro o cinco años hubiese sabido lo que sé ahora, lo que hace apenas un año que conozco, a buena hora me hubiese quedado allí. Pero quizá pueda aún recuperar el beneficio perdido. ¿Cuánto creéis que podréis sacar de ese caballo?
—No debes preocuparte por el caballo —dijo Ned—. Ahora lo que tienes que hacer es dar media vuelta, regresar a casa de Miss Reba y meterte en la cama.
Volvió la cabeza y aflojó la marcha:
—¿Conoces el camino de vuelta? —preguntó.
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—No hay posibilidad de hacer nada en esa casa. Ya lo he intentado, pero le vigilan a uno demasiado de cerca. No ocurre lo mismo que en Arkansas cuando tía Corrie vivía aún en casa de tía Fittie y yo disponía de aquel agujero. Si lo cambiaste por el automóvil, lo menos lo debes valorar en doscientos dólares.
Esta vez Ned se detuvo y se volvió hacia él. Otis pegó un salto, se apartó y comenzó a maldecirle, llamándole negro y violando el precepto que padre y el abuelo me habían enseñado desde siempre, ya que no recordaba cuándo me lo dijeron por primera vez: que un verdadero caballero nunca debe establecer diferencias por motivos de raza o de religión.
—Sigamos —dije—. Se están distanciando de nosotros.
Y era cierto. Se hallaban casi dos manzanas más adelante y se disponían ahora a doblar una esquina. Corrimos los tres —Ned incluido— y logramos alcanzarles. La estación apareció frente a nosotros, y Sam estaba ya hablando con otro hombre vestido con un mono grasiento y armado con un farol. Era un guardagujas, un empleado de la Compañía del ferrocarril.
—Hasta tenemos un individuo que viene a alumbrar nuestro camino con linterna y todo —comentó Ned.
Pensé que tenía razón; todo el mundo que sirve a la Virtud se encuentra solo, falto de asistencia, en un profundo vacío de reservas humanas; pero si uno se alía a la No-Virtud y roba caballos, todo lo que le rodea entra en ebullición y surgen voluntarios dispuestos a ayudarle. Al parecer, Sam estaba tratando de convencer a Miss Corrie de que esperase en la estación, con Otis y conmigo, mientras ellos localizaban el vagón de mercancías y metían el caballo dentro del mismo. Incluso sugirió voluntariamente que Boon se quedase con nosotros, prestándonos la protección de su fortaleza, de su edad y de su sexo; lo cual venía a demostrar que Sam, a pesar de sus rencillas con Boon acerca de la misma mujer, constituía, en el fondo, un ejemplo de responsabilidad y compañerismo. Pero Miss Corrie no quiso saber nada de aquel plan y habló por boca de los tres. Por lo tanto, les seguimos, a la luz de la linterna, por un verdadero laberinto de vías y andenes. Ned se había adelantado ahora para tomar el caballo por las riendas y tranquilizarlo, mientras los demás nos sentíamos envueltos en un vaho pestilente de amoníaco (¿no te has dado cuenta nunca de cómo huele un caballo asustado?) y en el rumor de las palabras de Ned hablando al animal. Ambos elementos, el hedor y el murmullo de la voz de Ned, surgían espesos, densos, concentrados entre las siluetas de los vagones de mercancías ligeras y de los coches de pasajeros y entre los destellos verdes y rojos de las señales de las
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vías. Continuamos marchando, hasta dejar atrás el sector de pasajeros, y comenzamos a caminar por un sendero de ceniza hacia un almacén oscuro y enorme, ante el cual había un andén para carga y descarga. Y allí estaba también nuestro vagón, separado un par de metros del andén y envuelto en el resplandor solitario de la luna (eso es. Ahora nos movíamos a la luz de la luna, libres de las luces de la calle y de la estación). La distancia que separaba el vagón del andén suponía un buen salto, incluso para un caballo de carreras que, según Ned, no tendría dificultad alguna en convertirse en un campeón. Sam, en voz baja, maldijo a todo el personal de la estación: a los guardagujas, a los estibadores, a los vendedores de billetes.
—Tendremos que ir a buscar «la cabra» —dijo el hombre de la linterna. —No necesitamos ninguna cabra —replicó Ned—, aún cuando sea capaz
de saltar cualquier distancia. Lo único que nos hace falta es traer más cerca ese vagón o mover el andén.
—Se refiere a la máquina de maniobras —dijo Sam—. La llamamos «la cabra». No —añadió, dirigiéndose al hombre de la linterna—. Esto estaba previsto. Para los estibadores, dejar un espacio de dos metros entre un vagón y el andén no significa nada. Por eso te dije que trajeses las llaves del almacén. Ve a buscar las palancas. Es posible que a Mr. Boon no le importe ayudarte.
—¿Por qué no le ayuda usted? —contestó Boon—. Éste es su ferrocarril.
Yo, aquí no soy más que un extraño.
—¿Por qué no llevas a estos niños a la cama si te sientes tan tímido entre extraños? —preguntó Miss Corrie.
—¿Por qué no los llevas tú? —replicó Boon—. Tu viejo amigo aquí presente, te ha dicho más de una vez que no nos haces ninguna falta.
—Yo le ayudaré a traer las palancas —dijo Miss Corrie a Sam—. ¿Querrás, mientras tanto, vigilar a los chicos?
—Bueno, bueno —dijo Boon—. Ya iré yo. De otro modo temo que, aunque ese tren salga dentro de cuatro o cinco horas, nos deje aquí discutiendo quién tiene derecho al primer lametón del perro. ¿Dónde está ese almacén, Jack?
Boon y el hombre de la linterna se marcharon; ahora solamente teníamos la luz de la luna. El caballo apenas olía ya y, como si fuese un animal doméstico, restregaba su testuz contra la chaqueta de Ned. Y Sam estaba pensando lo que yo pensaba desde el momento en que vi aquel andén.
—Hay una rampa al otro lado. ¿Ha subido alguna vez por una rampa? — preguntó—. ¿Por qué no le acercas ahora para que la vea? Cuando el vagón
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esté colocado en su sitio, te ayudaremos todos a meterlo, si es preciso.
—No malgaste su tiempo preocupándose por nosotros —replicó Ned—. Ocúpese solamente de poner ese vagón en donde no tengamos que saltar dos metros. Este caballo tiene tanto interés como usted en perder de vista a Memphis. Por un instante, temí que Sam añadiese: «¿Por qué no te acompaña ese chico?». Mi máximo interés consistía ahora en ver cómo movía el vagón. No creía que pudiesen hacerlo. Esperamos. No por mucho tiempo. Boon y el hombre de la linterna regresaron con dos barras de hierro que debían medir, como mínimo, dos metros cada una, y observé (Miss Corrie y Otis también) cómo lo hacían. El hombre dejó la linterna en el suelo, se encaramó por la escalerilla del vagón y quitó el freno. Boon y Sam colocaron un extremo de las barras entre las ruedas traseras y los raíles y, dando golpes secos, intermitentes, como si estuviesen accionando una bomba de agua, comenzaron a mover el vagón. Me costaba creerlo. El vagón, que aparecía oscuro y cuadrado a la luz de la lima, sólido y rectangular como una pared negra levantada en mitad del plateado resplandor lunar, con una pequeña sombra humana manipulando en la rueda del freno situado en lo alto, y otras dos diminutas sombras con dos palancas de plata en las manos, agachándose y levantándose detrás de él, ofrecían un aspecto de tal inamovilidad y pesadez, que, al principio, se me antojó que no era el vagón lo que avanzaba, sino más bien que Boon y Sam estaban representando una pantomima consistente en acercarse a saltitos a la masa ingente del vagón, el cual permanecía, en realidad, inmóvil, en el corazón mismo de la tierra iluminada por la luna; cuando lograron poner el vagón en movimiento, Boon y Sam arrojaron sus palancas y lo empujaron con las manos, como si se tratara de un cochecito de niños, a lo largo del andén, hasta situarlo en la posición deseada. Sam dijo:
—Bien, ya vale.
Y el hombre que estaba sobre el vagón fijó de nuevo la rueda del freno. Ahora, pues, lo único que restaba por hacer era meter el caballo dentro, que era como decir: «Ya estamos en Alaska. Todo lo que tenemos que procurar ahora es encontrar la mina de oro». Dimos la vuelta al almacén y allí estaba la rampa. Era una rampa de listones. Pero el andén había sido construido a altura adecuada para cargar y descargar los vagones y la rampa constituía tan sólo un trayecto adecuado para equipaje de mano y para carretillas; era de construcción sólida y medía más de un metro de anchura, lo que hacía innecesaria la existencia de barandillas. Ned estaba allí, hablando al caballo:
—Ya ha visto la rampa —dijo—. Sabe que queremos que pase por ella, pero aún no ha decidido si va a hacerlo o no. No hubiese estado de más que el
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señor de la estación hubiese pedido prestado un látigo.
—Tú tienes uno —dijo Boon.
Se refería a mí. Aquél era uno de mis trucos, una de mis gracias. Golpeé la lengua contra el paladar y con la garganta emití un sonido agudo y fuerte, tan agudo y tan fuerte que pareció exactamente el chasquido de un látigo. Madre me había prohibido realizar aquel truco en el interior de nuestro patio y, naturalmente, dentro de casa. En cierta ocasión hice saltar al abuelo de su silla y le obligué a que soltase un juramento. De aquello hacía ya más de un año y me extrañó que no me hubiese olvidado de hacerlo.
—Es verdad —dijo Ned—. Tenemos un látigo.
Después se dirigió a mí.
—Busca una vara larga. Encontrarás alguna en aquel seto. Era un seto abandonado. Todo aquello había sido, sin duda, un jardín o una pradera particular, antes de que la industria, el comercio, el progreso y los ferrocarriles llegaran allí. Corté una rama larga y flexible y regresé. Ned colocó el caballo de cara a la rampa.
—Ahora ustedes dos, los hombres fuertes, Mr. Boon y el señor de los ferrocarriles, pónganse cada uno a un lado para evitar que salte.
Lo hicieron así. Ned ascendió por la rampa, tirando de las riendas del caballo, mirándole y hablando con él:
—Vamos —decía—. Haz un esfuerzo. Éste es el camino que te llevará a la gloria. Mañana al amanecer estarás en Possum, Tennessee.
Dio media vuelta con el caballo y se dirigió a mí:
—No ha visto aún el látigo. Ponte detrás de él. Pero no le toques hasta que te avise.
Así lo hice. Los tres —Ned, el caballo y yo— nos separamos unos veinte metros de la rampa y, sin detenernos, Ned obligó al animal a dar media vuelta. El caballo siguió corriendo hasta que llegó al borde del andén, donde se iniciaba la subida de la rampa. Cuando la distinguió, se detuvo en seco.
—Dale —gritó Ned.
Emití mi chasquido y el caballo se inquietó un poco. Ned volvió a repetir la operación. Retrocedió y corrió de nuevo hacia la rampa.
—Cuando te diga ahora que vuelvas a hacer sonar la fusta, tócale con la vara. Sin pegarle, ¿eh? Dale con cuidado en la cola, un segundo después de que des el chasquido. Pasamos otra vez entre Boon y Sam y llegamos a la rampa. El caballo no parecía decidido aún a tomar una resolución, dudaba entre negarse a subir por ella y echar a correr, sembrando confusión a su paso, e intentaba descubrir qué camino sería para él el más fácil: si derribar a Sam y
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a Boon o, simplemente dar media vuelta y atropellamos a nosotros. Casi podíamos adivinar lo que iba a suceder. Quizá Ned contaba ya de antemano con ello: el caballo, como todo ser tímido y asustado, es sólo capaz de acariciar una sola idea, puesto que la intromisión de otra le conduciría al caos y a la destrucción.
—Dale —gritó Ned.
Esta vez le di en las ancas con la vara, tal como Ned me lo había ordenado. El caballo se estremeció, pegó un salto y fue a caer hacia la mitad de la rampa, con una de las patas traseras fuera de ella (la del lado de Boon), golpeando el borde de la misma, hasta que Boon, antes de que Ned pudiese abrir la boca, la cogió con ambas manos y la colocó sobre la superficie del pasadizo, mientras apoyaba todo el peso de su cuerpo contra el costillar del caballo, que ahora permanecía inmóvil, tembloroso, atemorizado, al verse con las cuatro patas sobre la rampa colocada en medio del andén.
—Ahora —gritó Ned—, coge la vara y átale con ella los corvejones traseros. Así se dará cuenta de que no puede retroceder.
—Buena idea —dijo Sam—. Pero vamos a necesitar una de las palancas.
Charley, ve a buscar una de ellas.
—Eso es —confirmó Ned—. Vamos a necesitar la barra de hierro dentro de un segundo. Pero ahora lo más importante es utilizar correctamente esa vara. Tú eres demasiado pequeño. Entrégasela a Mr. Boon y al señor del ferrocarril para que se la aten a los corvejones.
Así lo hicieron. Ned siguió dirigiendo la operación.
—Ahora empújenlo hacia arriba. Esta vez, cuando te diga que pegues el chasquido, procura darlo bien fuerte para que crea que el fustazo que va a seguir le escocerá.
Pero no fue necesario imitar el chasquido del látigo. Ned se dirigió al caballo:
—Vamos, hijo. Vámonos a Possum.
El animal, empujado por Boon y Sam echó a andar hacia delante, con las patas traseras enredadas en la vara flexible y las delanteras resonando sobre la rampa de listones como si marchase sobre un puente de madera.
—Temo que vamos a necesitar algo más que esa vara y ese chico chasqueando la lengua para meterlo en el vagón —opinó Sam.
—Lo que le va a obligar a entrar en el vagón va a ser la palanca —dijo Ned—. ¿Aún no la han traído?
Llegó en aquel mismo instante.
—Despejen esa maldita pasarela —gritó Ned.
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—Espera. ¿Qué te propones hacer? —preguntó Sam.
—Sencillamente, que se meta en el vagón —contestó Ned—. Ya se ha acostumbrado a él. Ya se ha convencido de que en su interior no hay nada que pueda dañarle o asustarle.
—No creo que haya podido oler todavía el interior del vagón. Al menos eso es lo que a mí me parece —añadió Sam.
Sin embargo, la idea de Ned resultaba más lógica. Por otra parte, habíamos ido ya demasiado lejos para retroceder; y aún suponiendo que Ned nos ordenase ahora que era preciso derrumbar las cuatro paredes del almacén para evitar que el caballo se escapara, lo hubiéramos hecho. Así, pues, Boon y el hombre del ferrocarril cogieron la rampa y la levantaron del andén.
—¡Maldita sea! —exclamó Sam—. A ver si no armáis ruido…
—¿No está usted aquí con nosotros? —contestó Ned—. Seguramente esos botones plateados le servirán para algo más que para lucirlos por ahí.
Fue necesario el concurso de todos, incluso de Miss Corrie, para levantar la rampa del andén y llevarla junto al vagón, a fin de que sirviese de puente entre el andén y la negra puerta del mismo. Ned condujo el caballo allí y entonces me di cuenta de lo que Sam había querido decir. El caballo no había olido nunca un vagón de ferrocarril, pero, contrariamente a lo que sucede con los seres humanos, podía intuir y saber lo que había dentro. Recuerdo que pensé: «Ahora que hemos levantado la rampa del andén, ya no existe posibilidad de colocarla de nuevo para que el caballo se acostumbre a ella. Tenemos poco tiempo y nos cogería el amanecer». Pero no sé exactamente lo que ocurrió; ninguno de nosotros lo sabía. Ned condujo al caballo —sus cascos resonaban con rotundidad sobre las tablas— hasta el final de la rampa, que ahora hacía las veces de puente entre el andén y el vagón, y se colocó en el extremo de la misma, ya en el interior de la puerta. Comenzó a hablar al caballo y a tirar ligeramente de las riendas, hasta que el animal colocó una pata sobre el puente y después otra y avanzó: No podía determinar lo que estaba pensando. Hacía unos instantes, creía que en todo Memphis no habría gente suficiente para obligar a aquel caballo a meterse por el oscuro orificio de la puerta del vagón; después había estado esperando que un salto parecido al que había dado al subir la rampa colocada en el andén le llevase dentro del vagón. Pero cuando el caballo colocó un pie sobre la rampa —ahora puente— y luego otro y avanzó y, al fin, se detuvo y permaneció mirando a Ned, y Ned mirándole a él, como si compusiesen un cuadro, no pensé nada. Oí la voz de Ned susurrando:
—Ustedes, apártense hasta la pared.
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Obedecimos todos y no me fue posible distinguir lo que hizo entonces. Le
vi simplemente sosteniendo con una mano la rienda del animal, y acariciarle el cuello y el hocico con la otra. Después se introdujo en el vagón y desapareció. Las riendas se pusieron tirantes y su voz sonó de nuevo:
—Vamos, hijo, entra. Ya lo tengo.
—¡Maldita sea! —exclamó Sam, lleno de asombro.
Porque aquello fue todo. El puente sobre el que pasó el caballo retumbó un poco y en la oscuridad absoluta del vagón resonaron los cascos del animal. Eso fue todo, repito. Llevamos la linterna al interior del vagón. Los ojos del caballo brillaron intensamente en el rincón donde se hallaba en compañía de Ned.
—¿Dónde están los tablones y los clavos de que nos habló usted? — preguntó Ned a Sam—. Metan la rampa dentro del vagón. Puede servir perfectamente de pesebre para el animal.
—¡Maldita sea! —exclamó Sam—. Sólo faltaría eso…
—La gente que venga aquí mañana por la mañana y se dé cuenta de que falta un vagón, no se entretendrá en averiguar dónde para esa asquerosa rampa que parece robada de un gallinero.
Todos, a excepción de Ned —incluso Miss Corrie—, metimos la rampa en el vagón, y la colocamos donde Boon nos indicó, mientras éste, Sam y el hombre del farol (Sam tenía ya preparados los tablones y los clavos) construían una especie de establo para el caballo en uno de los ángulos del vagón. Antes de que Ned pudiese abrir la boca, Sam hizo traer un cubo, un saco de grano y un montón de paja, que, al parecer, tenía dispuestos de antemano. Permanecimos todos en pie, participando de la satisfacción del caballo, que comenzó a comer con visible contento.
—Aquí se encuentra ya tan cómodo como si estuviese en Possum —dijo Ned.
—Lo que todos vosotros estáis deseando es que pasado mañana cruce la línea de meta en plan de vencedor —comentó Sam—. ¿Qué hora es?
Se contestó a sí mismo:
—Algo más de las doce. Tenemos tiempo de echar una cabezada antes de que salga el tren. Sale a las cuatro —añadió, dirigiéndose ahora a Boon—. Imagino que usted y Ned querrán permanecer aquí con el caballo. Para eso traje más paja de la precisa. Por lo tanto, pueden acostarse junto a él; yo acompañaré a Miss Corrie y a los niños a casa y nos encontramos aquí a las…
—Eso es lo que usted se cree —replicó Boon, sin aspereza, pero con absoluta frialdad—. ¿Por qué no es usted quién se queda con el caballo? A las
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cuatro, vendremos por aquí. Vamos, Corrie.
Dio media vuelta con intención de marcharse.
—No irás a dejar el automóvil de tu amo, es decir, el caballo de tu amo…, bueno, ese caballo, sea de quien sea, sin otra vigilancia que la de este negro —dijo Sam.
—No —replicó Boon—. Ese caballo pertenece ahora a la Compañía de ferrocarriles. Tengo el resguardo de facturación para probarlo. Es posible que usted utilice su uniforme para impresionar a las mujeres y a los niños, pero más le convendrá que nada le ocurra al caballo. En otro caso, a la Compañía podría no gustarle.
—¡Boon! —exclamó Miss Corrie—. No pienso ir a casa en compañía de nadie. Lucius, y tú, Otis, vámonos.
—De acuerdo —refunfuñó Sam—. Tendré en cuenta que Boon tiene que sufrir cinco o seis meses de esclavitud en una plantación de algodón o donde sea, para poder pasar una noche en Catalpa Street. Marchaos todos. Yo os esperaré en el tren.
—¿No puedes siquiera dar las gracias? —preguntó Miss Corrie a Boon. —Naturalmente —dijo Boon—. ¿Qué le debo? ¿El caballo? —Déjese de bromas —replicó Sam.
Después se dirigió a Ned:
—¿Quieres que me quede aquí contigo?
—Bah, nosotros estamos bien. Es posible que si se va usted con ellos tengamos aquí más silencio para intentar dormir un poco. Lo único que lamento es no haber pensado en traer un…
—Yo sí lo he pensado —dijo Sam—. ¿Dónde está el otro cubo, Charley? El hombre del farol —guardagujas o lo que fuese— también había
pensado en ello. Estaba en el mismo rincón del vagón, junto a los tablones y los clavos, las herramientas y el pienso; contenía un gran bocadillo de jamón, una botella de un cuarto de litro de agua y un botellín de whisky.
—Ahí lo tienes —dijo Sam—. Y también el desayuno. —Ya lo veo —dijo Ned—. ¿Cómo se llama usted? —Sam Caldwell —replicó Sam.
—Sam Caldwell. Se me antoja que Sam Caldwell sea un nombre más apropiado para negociante de caballos que el de muchos de los que están aquí presentes. Me gustaría que usted y yo siguiésemos asociados después de este episodio. Muchas gracias por todo.
—No hay de qué —contestó Sam.
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Así, pues, dimos las buenas noches a Ned, a Sam y a Charley (es decir, todos, menos Boon y Otis) y regresamos a casa de Miss Reba. Ahora las calles estaban vacías y en silencio. Memphis parecía aprovechar las cenizas del fin de semana para obtener un poco de reposo, un descanso reparador, con objeto de enfrentarse con la mañana del lunes; caminamos también en silencio, entre ventanas y paredes a oscuras, aprovechando el resplandor de los arcos de luz de los faroles de las calles. De vez en cuando, algún débil destello detrás de una ventana descubría, a mi instinto recién adquirido e infalible, la existencia de un competidor de Miss Reba. Se trataba de la misma luz enfermiza y fantasmal que reinaba detrás de las cortinas echadas de Miss Reba y que ya a aquellas horas debía haberse agotado definitivamente. Así era; hasta Minnie estaba en la cama, o en su casa, o dondequiera que acostumbrase a retirarse cuando Miss Reba daba por concluida su jornada laboral. Miss Reba en persona nos abrió la puerta principal. Olía fuertemente a ginebra y sus modales correctos, competentes y refinados, comenzaban a confirmar que había bebido. Se había cambiado de traje. El que ahora llevaba dejaba al descubierto buena parte del escote, y su rostro, sin maquillaje, me permitió ver, por primera vez, su verdadero aspecto. También llevaba una buena cantidad de diamantes, amarillos y grandes, como los otros dos que ya conocía. Ahora eran cinco las piedras. Pero Minnie no se había ido a la cama. La descubrimos esperando a la puerta de la habitación de Miss Reba, con expresión de absoluto agotamiento.
—¿Todo arreglado? —preguntó Miss Reba, cerrando la puerta detrás de nosotros.
—Sí —contestó Miss Corrie—. ¿Por qué no se ha ido ya a la cama? Minnie, oblígale a que se meta en la cama.
—Debiera haberme dicho usted eso hace una hora —protestó Minnie—. Y espero que nadie tenga que repetírmelo dentro de dos. Pero usted no estaba aquí hace dos años, cuando ocurrió algo parecido.
—Vamos todos a la cama —dijo Miss Corrie—. Cuando el miércoles regresemos de Possum…
—¡Maldita sea! —gritó Miss Reba—. ¡Parsham!
—De acuerdo —convino Miss Corrie—… el miércoles, Minnie puede enterarse de dónde para y le iremos a buscar.
—Sí —dijo Miss Reba—. Y esta vez si aún nos queda un resto de sentido común en la cabeza, le enterraremos en la mismísima zanja, con el pico, la pala y el resto de las herramientas. ¿Queréis tomar algo? Minnie ha resultado
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ser una maldita afiliada a alguna extraña secta científico-cristiana y se niega a beber nada.
—Alguien debe mantenerse aquí sin probar el alcohol. No es necesario pertenecer a sectas para darse cuenta de ello. Lo único preciso es estar derrengada y tener ganas de meterse en la cama.
—Eso es lo que necesitamos todos —dijo Miss Corrie—. El tren sale a las cuatro y ya casi es la una.
—Entonces, id a dormir. ¿Quién diablos os lo impide? Subimos al piso de arriba. Después Otis y yo ascendimos aún más escaleras; él sabía el camino. En la buhardilla no había más que algunos baúles y maletas y un colchón en el suelo, convertido en cama. Otis tenía un camisón de dormir, pero (el camisón mostraba aún las mismas arrugas con las que se lo habían vendido a Miss Corrie en la tienda) se metió en la cama como yo lo hice: se quitó los pantalones y los zapatos, apagó la luz y se acostó. La buhardilla tenía una pequeña ventana a través de la cual podía contemplar la luna, cuyo resplandor hacía posible distinguir los objetos en el interior de la habitación. Había algo extraño y desagradable en su personalidad. Me encontraba cansado y, al subir la escalera, había pensado que me dormiría casi antes de tumbarme en la cama. Pero notaba ahora su presencia junto a mí, le imaginaba no completamente despierto, pero tampoco dormido, como si fuese un ser que no tuviese necesidad de dormir y no lo hubiese hecho en su vida. Y, de pronto, me convencí de que también en mí había algo raro. No podía concretar aún exactamente de qué se trataba: me constaba tan sólo que era algo extraño y que dentro de un instante iba a enterarme en qué consistía y que, al saberlo, me iba a odiar a mí mismo. Más tarde, pensé que me disgustaba profundamente encontrarme allí. No quería permanecer en Memphis, me repelía incluso oír hablar de Memphis. Deseaba volver a casa. Otis pronunció sus habituales maldiciones y obscenidades. Después dijo:
—Aquí hay dinero. Se palpa, se huele. No resulta justo que sólo las mujeres puedan ganar dinero en este negocio, en el que todo lo que uno puede hacer es tratar de obtener una propina, si se pasa en el momento oportuno por delante de una habitación que está justo debajo de ésta.
Volvió a pronunciar de nuevo las palabras que yo no comprendía y que le había pedido dos veces que me explicase qué querían decir. Pero ahora no dije nada. Permanecí tumbado, tenso y rígido, contemplando los rayos de la luna que caían sobre mis piernas y sobre las de Otis. Intenté no escuchar sus palabras, pero me resultó imposible.
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—En las noches de los sábados, si hay mucho trabajo, se les puede oír a través del suelo. Pero no existe la menor oportunidad. Ni aun suponiendo que tuviese un berbiquí y pudiese hacer un agujero, la negra y Miss Reba no me permitirían dejar subir a nadie para que lo viese a cambio de unos dólares. Y si me dejasen hacerlo, me cogerían después el dinero, como lo ha hecho hoy ese hijo de perra con los ochenta y cinco centavos de la pianola. En casa de tía Fittie era todo distinto; cuando Bee…
Se detuvo. Permaneció totalmente inmóvil. Maldijo de nuevo.
—¿Bee…? —pregunté.
Pero era demasiado tarde. No, no era demasiado tarde, porque ahora ya lo sabía todo.
—¿Qué edad tienes? —me preguntó.
—Once —dije.
—Tienes un año más que yo. Es una pena que no estés aquí más que esta noche. Si volvieses la semana próxima, podríamos hacer lo del agujero.
—¿Para qué? —pregunté.
Tenía que preguntarlo, ¿comprendes? Pero lo que en realidad deseaba era volver a casa. Quería estar en compañía de mi madre. Uno tiene que estar preparado para recibir experiencias, conocimientos, saber: es imposible resistir el paso violento de la oscuridad a la verdad cegadora. Ten en cuenta que sólo tenía once años. Existen cosas, circunstancias y situaciones en el mundo que no debieran existir y que ahí están, sin que uno pueda escapar de ellas; y, lo que es peor: si uno pudiese huir de ellas no las esquivaría, puesto que también esas cosas, circunstancias y situaciones forman parte del Movimiento, de la participación humana en la vida, del estar y sentirse vivo. Pero lo correcto sería que llegasen a uno con decencia y con gracia. En aquellos momentos, tenía que asimilar demasiadas cosas, con rapidez extraordinaria y sin la asistencia de nadie. Y no encontraba dónde almacenar aquel conocimiento, carecía de receptáculo apropiado para que pudiese ser aceptado sin dolor y sin sentirme atormentado. Otis estaba, como yo, tumbado boca arriba. No moví ni siquiera los ojos y, sin embargo, me parecía que me estaba observando fijamente.
—No sabes muchas cosas, ¿verdad? ¿De dónde dijiste que eras? — preguntó.
—De Mississippi —dije.
—¡Mierda! —exclamó—. Así, no es raro que estés en babia.
—En babia, ¿eh? —dije—. Bee es Miss Corrie.
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—Ya ves… Aquí me tienes, tirando el dinero como si nada… Pero es posible que tú y yo podamos sacar algún provecho de ello. Estoy seguro de que sí. Su nombre es Everbe Corinthia. La bautizaron igual que a la abuela. Vaya nombre, ¿verdad?, para tener que trabajar con él a cuestas… Algunos de los clientes de Kiblett, que lo sabían lograron acostumbrarse, pero otros llevaban demasiada prisa para que les importase como se llamaba. Pero aquí, en Memphis, en una casa como ésta, en la que pretenden ingresar todas las chicas de la ciudad tan pronto como hay una plaza vacante, es distinto. Allí carecía en absoluto de importancia, tanto cuando trabajó con Kiblet, después de la muerte de su madre, como cuando tía Fittie comenzó a adiestrarla en la profesión al cumplir los años estrictamente necesarios. Pero, más tarde, al descubrir que en Memphis había mucho más dinero, se trasladó aquí, donde nadie la conocía por Everbe, y se hizo llamar Corrie. Siempre que vengo a visitarla, tanto el verano pasado como ahora, me da cinco centavos diarios para que no cuente a nadie su secreto, ¿comprendes? Si en lugar de estar aquí contándote cosas que no tienes por qué saber, fuese a verla ahora y le dijese: «Por cinco centavos intentaré olvidarlo todo, pero si me das diez diarios, es seguro que lo olvide definitivamente», tendría ahora cinco centavos más. Pero no importa. Mañana le diré que tú también lo sabes y quizás, entre los dos, podamos…
—¿Quién es tía Fittie? —pregunté.
—No lo sé —repuso—. Todo el mundo la llamaba tía Fittie. Es posible que tuviese algún parentesco con nosotros, pero no estoy seguro. Vivía sola en una casa en las afueras de la ciudad, hasta que recogió a Bee cuando murió la madre de ésta. Al cabo de poco tiempo, Bee creció lo suficiente —a los diez u once años estaba ya perfectamente desarrollada—, para comenzar a dedicarla al asunto.
—Dedicarla, ¿a qué? —pregunté.
Tenía que preguntarlo, ¿comprendes? Había ido demasiado lejos para detenerme en aquel punto. Me ocurría lo mismo que el día anterior en Jefferson. ¿O no fue el día anterior? ¿Fue el año pasado? ¿Fue hacía aún más tiempo? ¿En otra vida? ¿Otro Lucius Priest?
—¿Qué es una casa de lenocinio? —pregunté de nuevo.
Me lo explicó, con gesto despectivo, con incredulidad y, a la vez, con asombro respetuoso y aterrorizado.
—Allí era donde tenía el negocio del agujero. El boquete lo abrí en la pared trasera y lo tenía cubierto con un pedazo de hojalata, para que nadie pudiese utilizarlo excepto yo. Solía comenzar cuando tía Fittie se encontraba
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en la parte delantera de la casa, recogiendo el dinero de los clientes y saludando a los amigos. La gente de tu tamaño tenía que subirse a un cajón para poder mirar. Les hacía pagar diez centavos. Todo fue viento en popa hasta que tía Fittie se enteró de que, por veinticinco centavos, dejaba mirar a hombres hechos y derechos, que, de otro modo, podían haber entrado normalmente en la casa, previo pago de medio dólar. La tía comenzó entonces a gritar como una loca, afirmando que mi negocio era competencia ilegal.
De pronto, ante su sorpresa y la mía, me encontré de pie, inclinado sobre él, pegándole, hasta que de un brutal empujón lo arrojé fuera de mi alcance. No tenía la menor idea de boxeo y menos aún pelear de cualquier otra forma. Pero sabía perfectamente lo que quería hacer: más que dañarle, deseaba destruirle. Recuerdo que durante un segundo lamenté (como solía ocurrirme siempre en los campos de juego de Eton) que él no tuviese exactamente la misma estatura que yo. Pero no fue más que un instante. Le golpeaba, le arañaba, le daba de puntapiés, que no dirigía propiamente a él, a un niño desgraciado de diez años, sino a Otis y a su celadora: a aquel niño de diez años que degradaba las intimidades de su tía, y a la bruja que se ensañaba con su inocencia. Mis golpes se dirigían contra unas carnes que eran susceptibles de ser flageladas, que acusaban el castigo, contra unos músculos que se encogían con terror y con angustia. Más aún: aquellas bofetadas no iban destinadas a ellos dos, sino también a todos aquellos que, de un modo u otro, habían intervenido en su degradación; contra los que la explotaron directamente desde el principio, contra aquellos niños degenerados e insensibles que pagaban sus monedas para observarla indefensa y contra aquellos hombres brutales y repugnantes que, a través del agujero, disfrutaban también con su impureza. Se arrojó sobre el colchón y, gateando sobre las manos y las rodillas, se acercó hasta donde yacían sus pantalones. Jamás comprendí (ni me interesaba hacerlo) cómo salió su mano del bolsillo del pantalón y se alzó contra mí. Lo único que vi fue la hoja de la navaja que surgía de su puño cerrado, pero tampoco aquello me importó. En cierto modo, aquello establecía entre nosotros un plano de igualdad; aquello constituía para mí, mi carte blanche. Le arrebaté el cuchillo. No recuerdo, no puedo precisar cómo lo hice; no sentí la hoja en la mano. Cuando tiré la navaja a un rincón de la buhardilla y volví a pegarle, la sangre que vi en su cara la consideré como suya.
En aquel momento llegó Boon y me agarró con sus brazos, mientras yo lloraba y pataleaba. Boon estaba descalzo y sólo llevaba puestos los pantalones. Miss Corrie estaba también allí, vestida con un kimono y con el
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pelo suelto, que le llegaba hasta más abajo de la cintura. Otis permaneció apoyado contra la pared, sin llorar, maldiciendo como solía hacerlo Ned.
—¿Qué diablos ocurre aquí? —preguntó Boon.
—La mano —dijo Miss Corrie.
Se detuvo un instante para mirar hacia Otis.
—Vete a mi habitación. Vamos, rápido.
Otis salió. Boon volvió a ponerme en el suelo.
—Déjame verla —dijo Miss Corrie.
Por primera vez me di cuenta de dónde provenía aquella sangre. Tenía un tajo considerable en el interior de los cuatro dedos. Debí coger la hoja en el preciso instante en que Otis la retiraba. Todavía sangraba. Es decir, sangraba cuando Miss Corrie me abrió la mano.
—¿Por qué os habéis peleado? —preguntó Boon.
—Por nada —dije, retirando la mano.
—Cierra el puño hasta que yo vuelva —ordenó Miss Corrie. Salió y a los pocos instantes regresó con una palangana de agua, una toalla y una botella de un líquido desconocido. También traía un retal de tela blanca, que parecía arrancado de una camisa de hombre. Me limpió la sangre y quitó el tapón de corcho de la botella.
—Te escocerá —dijo.
Y escoció. Rasgó un pedazo de camisa y me vendó la mano.
—Se obstina en no decirnos por qué se han pegado —comentó Boon—. Espero, al menos, que haya sido Otis el que comenzó. No abulta ni la mitad que tú y tiene un año menos. No es de extrañar que echase mano de una navaja.
—Es aún más joven de lo que crees. Tiene diez años —dije.
—A mí me aseguró que tenía doce.
Fue entonces cuando descubrí lo que había de raro en la persona de Otis. —¿Doce años? —exclamó Miss Corrie—. El próximo lunes cumple
quince.
Miss Corrie me miró fijamente:
—¿Quieres que…?
—Quiero que no vuelva por aquí. Estoy cansado. Deseo dormir.
—No te preocupes por eso. Mañana por la mañana le enviaré de nuevo a casa. Hay un tren que sale a las nueve. Mandaré a Minnie a la estación con él, con la orden de que compruebe que sube y de que permanezca allí hasta que pueda ver su cara a través de los cristales del vagón, cuando el tren esté ya en marcha.
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—Desde luego —convino Boon—. Y si lo desea puede llevarse mi maleta para meter en ella su cultura y sus buenos modales. Mira que traerle a Memphis a pasar una semana…
—Cállate… —gritó Miss Corrie.
—… en una casa como ésta. Es posible que aquí haya adquirido, en efecto, su educación social y sus buenos modos. A lo mejor en Arkansas hubiese estado cien años rondando por garitos y prostíbulos sin encontrar jamás a nadie de su talla a quien asestar navajazos.
—Oh, calla, calla…
—Sí, ya me callo —siguió Boon—. Después de todo, Lucius debe saber el nombre del lugar donde está, aunque sólo sea para que pueda pavonearse de ello.
Apagaron la luz y salieron de la buhardilla. Al menos, eso creí yo. Pero Boon volvió a encender la luz.
—Quizá sea mejor decirme lo que ha pasado.
—No ha pasado nada —contesté.
Me observó inclinando la cabeza hacia el suelo, fuerte, inmenso, desnudo de cintura para arriba.
—Once años y apuñalado ya en una reyerta de prostíbulo. Me gustaría haberte conocido hace treinta años. Contigo de maestro, es posible que ahora tuviese un poco de sentido común. Buenas noches.
—Buenas noches —dije.
Apagó la luz al salir. Más tarde, cuando estaba ya dormido, fue Miss Corrie la que se arrodilló junto a mi colchón. Pude distinguir la forma de su cara y su cabello iluminado a la luz de la luna. Esta vez, era ella quien lloraba. Se me antojó que era demasiado gruesa para saber llorar con elegancia.
—Le obligué a que me lo contase —dijo—. Te has peleado por mi causa. En ciertas ocasiones, ha habido gente, algún borracho, que se ha pegado por mí. Pero tú eres el primero que lo has hecho desinteresadamente. No estoy acostumbrada a eso, ¿comprendes? Y, por lo tanto, no sé qué debo hacer. Excepto una cosa. Eso sí pienso hacerlo. Voy a hacerte una promesa. Lo que ocurrió en Arkansas fue culpa mía. Pero de ahora en adelante no volverá a suceder.
¿Te das cuenta? Uno tenía que aprender demasiado de prisa; uno tenía que saltar del dolor y de la oscuridad absoluta a la esperanza de que algo, «él», «ellos», «los dioses», «lo que fuese», volviesen a poner los pasos de uno en el buen camino. Después de todo, era posible que en el mundo existiesen otros
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elementos, aparte de la Pobreza y de la No-Virtud, que cuidasen también de los suyos.
—No, no fue culpa suya —dije.
—Sí, lo fue. Una puede escoger. Se puede decidir, decir que No. Se puede buscar un empleo y trabajar. Pero no volveré a caer en el mismo error. Ésta es la promesa que quiero hacerte. Y pienso cumplirla como tú cumples aquella que has revelado a Mr. Binford esta noche, durante la cena. Te pido que me la aceptes. ¿Me la aceptas?
—De acuerdo —dije.
—Tienes que decir que la aceptas. Tienes que decirlo en voz alta.
—Sí —repetí—. La acepto.
—Ahora, intenta dormir de nuevo. He traído una silla y voy a sentarme aquí para despertarte con tiempo suficiente para llegar a la estación.
—No, es mejor que se vaya a la cama —dije.
—No tengo sueño. Deja que me siente contigo. Tú duerme tranquilo.
En aquel instante entró Boon de nuevo. Los rayos de la luna no penetraban ya por la ventana, por lo que deduje que había estado durmiendo. Boon apareció aún desnudo de cintura para arriba, hablando en un susurro, que se me antojó lleno de monotonía. Se inclinó sobre la silla de cocina en la que se sentaba Miss Corrie y colocó una de sus enormes manos sobre el brazo de la mujer.
—Vamos. Apenas nos queda una hora.
—Déjame en paz —murmuró Corrie—. Ya es demasiado tarde. Déjame en paz, Boon.
Después volvió a sonar el susurro violento, insistente, de Boon.
—¿Para qué te crees que hecho este viaje, he esperado tanto y he estado ahorrando durante tanto tiempo…?
Miré hacia la ventana y observé la oscuridad de la noche; oí el graznido de una corneja en la vecindad y noté que mi mano cortada, que tenía debajo de mí, dolía. El dolor hizo que me despertase completamente. Por lo tanto, no pude determinar si lo que siguió fue continuación de la escena anterior, o si, por el contrario, se habían ido los dos y estaban con los susurros de siempre. La corneja seguía graznando, como dando a entender que ya era hora de levantarse. Y, ¡oh, sí!, ella lloraba nuevamente.
—No quiero, no quiero. Déjame en paz…
—Como gustes. Pero esta noche es sólo esta noche. Mañana, cuando estemos instalados en Possum…
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—No. Mañana tampoco. ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Déjame en paz! ¡Por favor, Boon, por favor…!
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Capítulo 8
Los tres —Everbe, Boon y yo— llegamos a la estación con tiempo sobrado. O al menos eso creíamos. La primera persona que vimos fue a Ned, que nos esperaba frente al edificio. Se había puesto una camisa blanca limpia; no sabíamos si era la nueva o la otra, que había logrado lavar de un modo u otro. Sin embargo, las cosas comenzaron pronto a complicarse hasta el punto de hacerse difíciles de comprender, y resultó que la camisa blanca pertenecía a Sam. Ned ni siquiera dio tiempo a Boon a abrir la boca.
—Cálmese —dijo—. Mr. Sam ha quedado al cuidado de Relámpago, mientras yo termino de cumplimentar los detalles en el exterior. El vagón ya ha sido recogido y enganchado en el tren que está situado en la vía principal de la estación, esperándoles a todos ustedes. Cuando Mr. Sam se compromete a hacer marchar a un tren, sabe cumplir su palabra. Al caballo le hemos puesto el nombre de Relámpago.
Se fijó en mi vendaje. Se sorprendió hasta el punto de dar un salto.
—¿Qué te has hecho en la mano? —preguntó.
—Me corté. No es nada.
—¿Un corte profundo? —inquirió de nuevo.
—Sí —dijo Everbe—. Se ha cortado los cuatro dedos. No debiera mover la mano.
Ned decidió no perder más tiempo allí. Nos dirigió una rápida mirada.
—¿Dónde está el otro? —preguntó.
—El otro ¿qué? —dijo Boon.
—El otro hombrecito. Aquel piquito de oro que vino con nosotros anoche. Vamos a necesitar dos manos para montar él caballo. ¿Quién crees que va a llevarlo en la carrera? ¿Yo? ¿O tú, que pesas el doble? Lucius podría hacerlo, de acuerdo, pero ya que teníamos a aquel otro, no había necesidad de que éste arriesgase el físico. El otro todavía pesa menos que Lucius, y aún aceptando que tiene menos juicio que él, le supera en picardía, en malos instintos y en amor al dinero. Por otra parte, es lo suficiente cobarde para exponerse a caer o
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dejar que al caballo se le corra una caña. Todas ésas son las virtudes que necesitamos que concurran en la persona que lo monte, ¿no? ¿Dónde está?
—Ha vuelto a Arkansas —dijo Boon—. ¿Cuántos años crees que tiene? —Los que aparenta —contestó Ned—. Unos quince, ¿no es eso? ¿Y ha
regresado a Arkansas? Creo que lo mejor que podemos hacer es ir a buscarle cuanto antes.
—Bueno —dijo Everbe—. No se preocupen por eso. Ya no hay tiempo para ir a buscarle. Yo me quedaré aquí y saldré con él hacia Possum en el tren de esta tarde.
—Eso está mejor —dijo Ned—. Ése es el pito del tren de Mr. Sam. Puede usted confiar a piquito de oro»a Mr. Sam. Él le meterá en cintura.
—Perfecto —confirmó Boon—. El plan te dejará una hora libre para que practiques tus «No» con Sam. Es posible que resulte más hombre que yo y se niegue a aceptarlos.
Ella se limitó a mirarle.
—Si lo prefieres, ¿por qué no te quedas tú aquí, recoges a Otis y nos encontramos todos en Parsham esta noche? —pregunté a Boon.
—Bueno, ¿cómo es aquello que dijo Mr. Binford anoche? Ya tenemos otro cerdo en la piara… Sólo que éste es apenas un cachorro. Al menos eso era lo que yo creía hasta este momento —afirmó Boon.
—Por favor, Boon —dijo Everbe—. Por favor, Boon.
—Bien, quédate a recogerle y volved los dos a aquella casa de criminales, en Arkansas, de la que nunca debisteis haber salido —gritó Boon.
Esta vez, ella no dijo absolutamente nada. Permaneció allí, inmóvil, mirando al suelo. Su silencio, su calma, armonizaban con su robustez.
—Quizá sea yo quien se vuelva a casa —dije—. Y ahora mismo. Ned ya tiene a otro para montar el caballo, y tú no pareces sentir la menor gratitud hacia la gente que intenta ayudarnos.
Me miró un instante con los ojos exageradamente abiertos.
—De acuerdo —dijo, al fin.
Avanzó unos pasos hacia la mujer. Repitió: —He dicho de acuerdo. ¿Conforme? —Conforme —afirmó ella.
—Estaré esperando la llegada del primer tren que pase por Possum. Si no llegas en él, esperaré a que pasen los otros. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Everbe. Y se marchó.
—Apuesto a que ninguno de vosotros se ha acordado de traer mi maleta —dijo Ned.
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—¿Qué? —preguntó Boon.
—¿Dónde la dejaste? —inquirí.
—En un rincón de la cocina. Aquella presumida del diente de oro, a la fuerza tiene que haberla visto —se lamentó Ned.
—Miss Corrie la traerá esta noche —dije—. Vamos. Entramos en la estación. Boon adquirió nuestros billetes y pasamos al andén donde el tren estaba formado. Los viajeros subían ya a los coches. Inmediatamente detrás de la máquina distinguimos el vagón. Sam y el revisor estaban de pie, junto a la puerta abierta; uno de ellos iba a conducir la máquina. ¿Comprendes? No gozábamos solamente de la protección de un simple guardagujas, sino de toda la dotación de un tren en pleno viaje.
—¿Vais a hacerle correr hoy? —preguntó el revisor.
—Mañana —contestó Boon.
—Bueno, primero tenemos que llevarle hasta allí —comentó el revisor, mirando a su reloj—. ¿Quién va a viajar con él?
—Yo —dijo Ned—, tan pronto como encuentre un cajón o algo sobre lo que pueda encaramarme.
—Dame tu pie —dijo Sam.
Ned dobló la rodilla y Sam le impulsó hacia la puerta del vagón.
—Nos veremos mañana en Parsham —dijo Sam.
—Creía que iba usted a seguir la ruta de Washington —comentó Boon. —¿Quién? ¿Yo? —exclamó Sam—. Ésa es la ruta del tren. Yo me apearé
esta noche en Chattanooga, con el 209. Y mañana, a las siete y media de la mañana, estaré en Parsham. Podría irme con ustedes ahora y tomar el 209 en Parsham esta noche, pero prefiero dormir un poco. Por otra parte, no voy a serles necesario. Puede usted confiar en Ned hasta entonces.
También Boon y yo lo necesitábamos. Me refiero a dormir. Logramos descabezar un sueño, hasta que el revisor nos despertó, diciendo que nos encontrábamos ya en la estación de Parsham. A la luz vacilante del amanecer, observamos que la máquina dejaba en una vía muerta nuestro vagón, volvía a recoger el tren y proseguía su camino por la línea del Sur, hacia Jefferson. Después, los tres —Ned, Boon y yo— desmontamos el pesebre construido en el vagón y sacamos el caballo al andén. Fue entonces cuando un negro joven, de unos diecinueve años, que surgió de pronto entre un rebaño de ganado que estaba embarcando en otro tren, se acercó a Ned y le dijo:
—¿Cómo está usted, Mr. McCaslin?
—Muy bien muchacho —replicó Ned—. ¿Por dónde vamos?
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Salimos de la estación y abandonamos a Boon. Ahora le correspondía a él cumplir con la misión que le asignaba el destino, a saber, encontrar un sitio para vivir, no sólo él y yo, sino también Everbe y Otis cuando llegasen aquella misma noche, y localizar a un hombre cuyo nombre desconocíamos y del que tan sólo nos constaba —según Ned— que era propietario de un caballo. Una vez localizado, habría que persuadir a ese hombre a que aceptase concertar una carrera —segunda premisa en la imaginación de Ned— contra el mismo caballo que había ya batido dos veces, y —tercera premisa de Ned
— recuperar el coche del abuelo gracias al desenlace feliz de la competición. Y Boon, debía hacer todo aquello sin levantar sospechas de nadie y sin que nadie le preguntase quién era, en realidad, el verdadero dueño del caballo. Nosotros —Ned, el muchacho y yo— caminábamos ya por las afueras de la ciudad, que en aquellos tiempos se cruzaba en seguida, puesto que no era más que una pequeña aldea, compuesta por unos cuantos edificios, almacenes y tiendas, la estación, el depósito de mercancías y un apeadero especial para las balas de algodón, así como una casita de guardagujas en el lugar donde se cruzaban las dos líneas del ferrocarril. Aún hoy día, gran parte de todo aquello no ha cambiado. El enorme y destartalado hotel de varios pisos e infinitos pasillos —cuya fachada imitaba torpemente un gótico florido de la peor especie—, donde vestidos con sus ropas de trabajo, los profesionales y aficionados en el adiestramiento de perros de caza se reunían con los dueños de éstos generalmente millonarios del Norte, durante dos semanas del mes de febrero (una noche, en el vestíbulo de ese hotel, en 1933, oí a Horace Lytle[12] declinar la oferta de cinco mil dólares que le hicieron por su perra, a pesar de que su negocio en Ohio y todos sus bienes se encontraban en situación difícil, debido a la cancelación de créditos exigida por los bancos federales), continuaba allí. A Paul Rainey[13] también le gustaba nuestro Estado (o al menos, los osos, las panteras y los ciervos de nuestro Estado), lo suficiente para invertir en tierras de Mississippi parte de su capital de Wall Street y venir a cazar aquí con sus amigos. Pero Paul Rainey era sobre todo un amante de los perros de presa y llegó al extremo de trasladar a África a su jauría para ver quién podía más, si un león o ellos.
—Este chico blanco se va a dormir andando —dijo el muchacho negro—. ¿No habéis traído una silla de montar? Pero no iba a dormirme todavía. Tenía que investigar, preguntar, antes de hacerlo.
—No sabía que conocieses a nadie aquí y menos aún que hubieses avisado para que viniesen a buscarte.
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Ned continuó caminando como si no hubiese oído mis palabras. Después de un rato, me dijo por encima del hombro:
—Quieres enterarte de todo, ¿verdad?
Continuó andando y añadió:
—El abuelo de este muchacho y yo somos masones.
—¿Por qué lo dices con tanto misterio? —pregunté—. El amo es masón y nunca he oído que lo ocultase.
—Yo no sabía que lo fuese —dijo Ned—. Pero imagino que debe serlo. Y en tal caso, ¿para qué va a querer uno pertenecer a una logia, si no es para mantenerlo en secreto y darse importancia? Por lo tanto, de ahora en adelante debes guardar silencio sobre el particular. Debes comportarte como si también tú fueses masón, ¿comprendes?
—¿Cómo le avisaste?
—Déjame que te explique algo —siguió Ned—. Si alguna vez quieres hacer algo con rapidez y en silencio, por medio de alguien en quien puedas confiar sin temor a que se vaya de la lengua o pierda el tiempo en tonterías, busca a tu alrededor hasta que encuentres a un hombre como Mr. Sam Caldwell y confíale tus planes. Recuerda esto: ¡Entre la gente de Jefferson es posible encontrar a algún Sam Caldwell, pero no abundan! Por eso, cuando llegamos aquí nos maravillamos de que existan tantos.
Y allí estábamos. El sol lucía ya en el firmamento. Era una casa pequeña, sin pintar, pero con aspecto de solidez y limpieza, situada entre algarrobos y arbustos de cinamomo que formaban un rectángulo casi perfecto en el interior de una cerca, que poseía todas sus vallas y una puerta que giraba sobre sus goznes con absoluta normalidad. Había gallinas y pollos husmeando entre el polvo del suelo, y una vaca y una pareja de mulas en el establo que se levantaba detrás de la casa. Dos hermosos perros de caza, que demostraban conocer a nuestro joven acompañante negro, corrían por dentro de la empalizada. Y un viejo que estaba sentado en el porche —un viejo moreno, vestido con una camisa blanca, calzado con botas de goma y con un sombrero de cultivador de algodón en la cabeza—, se pasó la mano por su bigote blanco, descendió los escalones, atravesó el patio y procedió a observar el caballo. Sin duda, conocía, recordaba al caballo. Debía reconocerlo, de acuerdo con las premisas establecidas por la imaginación de Ned.
—¿Lo habéis comprado? —preguntó. —Sí, lo hemos adquirido —contestó Ned. —Para dedicarlo a las carreras, ¿no es así?
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—Esperamos hacerle correr, al menos una vez —dijo Ned—. Saluda a tío Possum Hood, Lucius —añadió dirigiéndose a mí.
Le saludé con mi habitual reverencia.
—No te esfuerces, muchacho —dijo tío Parsham—. Supongo que estaréis dispuestos a desayunaros, ¿no es verdad? Desde aquí se huele ya el jamón frito.
—Todo lo que deseo es dormir —dije.
—Ha pasado la noche en vela —explicó Ned—. Los dos la hemos pasado. La única diferencia ha sido que él ha estado toda la noche en una casa llena de mujeres libertinas, y yo la he pasado en un vagón de tren en compañía del caballo. Pretendí dar de comer a Relámpago y alojarle en el establo. Pero no me dejaron hacerlo.
—Ve con Licurgo y échate —dijo Ned—. Voy a necesitarte pronto, antes de que empiece a hacer demasiado calor. Tenemos que averiguar algunas cosas acerca de este caballo, y cuanto antes comencemos, mejor.
Seguí a Licurgo. Era también una habitación abuhardillada; la cama estaba cubierta por una colcha remendada y limpia, de colores arlequinados; me pareció que me dormía aún antes de acostarme sobre ella y que Ned me estaba ya sacudiendo antes de que me quedase dormido. Llevaba en la mano un calcetín y un pedazo de cuerda. Me sentía hambriento.
—Puedes desayunar más tarde —me dijo—. Es mejor que montes el caballo con el estómago vacío. Toma.
Me mostró el calcetín.
—Piquito de oro aún no ha aparecido —añadió—. Quizá sea mejor que no volvamos a verle nunca más. Pertenece a esa clase de gente que, a pesar de que la necesite uno con urgencia, más tarde se cae en la cuenta de que hubiese sido más conveniente prescindir de ella. Estira tu mano.
Se refería a mi mano vendada. Me metió el calcetín por el brazo y me lo ató con el pedazo de cuerda, alrededor de la muñeca.
—Puedes utilizar el pulgar. Pero el calcetín te impedirá olvidar que no puedes abrir la mano e impedir la cicatrización de los cortes.
Tío Parsham y Licurgo nos esperaban fuera con el caballo. Tenía ahora la cabezada puesta y ostentaba una silla McClellan, vieja y usada, pero en perfecto estado de conservación. Ned la observó. Dijo:
—Podríamos hacerle correr a pelo, pero es posible que nos obliguen a utilizar la silla. Será mejor dejarla. Podemos probar de las dos maneras y que él nos diga cuál prefiere.
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Había una pequeña pradera vecina, llana y de suelo uniforme, que concluía en el borde de un pequeño precipicio. Ned acortó las correas de los estribos para adaptarlos a mi medida y a la suya y me subió encima del caballo.
—Ya sabes lo que tienes que hacer —dijo—. Lo mismo que con los potros de casa McCaslin. Sobre todo, hazle notar la existencia de una mano que le dirige. Probablemente, lo máximo que le habrán enseñado es a correr con todas sus fuerzas en la dirección que le indique el que lleva las riendas. Lo cual es exactamente lo que nosotros queremos que haga. Por ahora no necesitas una fusta. No queremos que aprenda a obedecer gracias a una fusta. Lo que nos interesa es que corra sin necesidad de utilizarla. Vamos, andando…
Lo llevé, al trote, hasta los pastos. Ofrecía una total resistencia al bocado; una tela de araña hubiese sido suficiente para excitarle. Se lo dije así a Ned. El negro contestó:
—Apuesto que debe tener más callos producidos por el látigo en las ancas que cicatrices del bocado en los labios. Vamos, haz que se mueva.
Pero el animal se negó a ello. Le golpeé, le clavé los talones en los ijares, pero se limitó a seguir trotando con un poco más de rapidez cuando dábamos la vuelta y nos dirigíamos hacia donde había salido. (Estaba montando en círculo, como acostumbraba a hacerlo en el picadero del primo Zack). Pronto me di cuenta de que lo que realmente interesaba al caballo era Ned, ya que aumentaba su velocidad siempre que nos acercábamos a él. No obstante proseguía manifestándose extraordinariamente sensible al bocado. Mantenía la cabeza torcida y el cuello casi doblado, como si pretendiese evitar el contacto físico del filete con su boca, como si el filete fuese un pedazo de cerdo y él un mahometano (o una espina de pescado y él un candidato a agente de policía de Mississippi acusado por la oposición baptista de mendigar los votos de los católicos; o una de las cartas autógrafas de Mrs. Roosevelt y un secretario de Consejo de ciudadanos; o la colilla del cigarro del senador Goldwater y el afiliado más reciente de la A.D.A.[14]). Al llegar a Ned se desasió de la cabeza con un movimiento brusco y comenzó a olfatear la camisa del negro.
—Uuuhhh —dijo Ned.
Tenía una mano detrás de la espalda, en la que podía distinguir ahora una vara larga, recién cortada.
—Dale la vuelta —me dijo.
Después se dirigió al caballo.
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—Tienes que aprender la lección, hijo. No debes correr hacia mí hasta que yo te lo ordene.
Después siguió hablándome:
—Esta vez impídele que pare. Ponte en su lugar. Un paso antes del que tú escogerías para dar la vuelta y venir hacia mí, golpéale con la mano en las ancas. Ahora, agárrate bien. Se apartó unos pasos y descargó la vara con fuerza sobre las ancas del animal.
El caballo pegó un salto y salió al galope; el movimiento (no la velocidad, ni tampoco nuestro avance, sino el movimiento del caballo, exclusivamente) se me antojó terrible; desde luego, falto de armonía, pero, a la vez, terrible. La razón era que aquella galopada era el simple reflejo de un susto, y los sustos no constituyen un medio apropiado para domar caballos. No los asimilan. Los caballos son animales compuestos de dos elementos, uno físico y otro espiritual, contradictorios: cuerpo —masa— y simetría. Y el susto, el terror, exige, para ser provechoso, fluidez, gracia, elegancia y capacidad de encantamiento, de asombro e incluso de repulsión, como ocurre con los impalas, las jirafas o las serpientes. Cuando el susto desapareció, noté que el movimiento del animal se convertía en mera obediencia, en sumisión a la mano que le obligaba a galopar en círculo; al colocarnos frente a Ned, cumplí al pie de la letra lo que éste me había ordenado; un paso antes del lugar donde el animal se había dirigido, la vez anterior, hacia Ned, le golpeé con la palma de mi mano sana en las ancas, y de nuevo volvió a saltar, a galopar, pero sin rebasar en ningún momento los límites de la obediencia, de la alarma; pero sin mostrar enojo ni malestar.
—Eso está bien —gritó Ned—. Tráelo hacia aquí.
Lo llevé y nos detuvimos. El animal sudaba un poco, pero eso era todo.
—¿Qué tal marcha ahora? —preguntó Ned.
Intenté explicarle que producía la sensación de que su mitad delantera se negaba a correr.
—Salió disparado nada más tocarle con la vara —dijo Ned.
Me expliqué de nuevo:
—No me refiero a sus patas delanteras. Es su cabeza la que no parece tener interés en ir a ningún sitio.
—¡Bah! —exclamó Ned—. ¿Presenció usted las carreras? ¿Qué ocurrió? —añadió, dirigiéndose a tío Parsham.
—Vi las dos —dijo tío Parsham—. No ocurrió nada de particular. Corrió las dos muy bien, hasta el momento en que levantó la cabeza y pareció darse cuenta de que delante de él no había nada más que una pista vacía.
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—¡Uuhh! —exclamó Ned—. Anda, baja.
Bajé del caballo. Ned le sacó la silla.
—Dame el pie —dijo.
—¿Cómo sabes que el caballo ha sido montado a pelo con anterioridad? —preguntó tío Parsham.
—No es que lo sepa —contestó Ned—. Ahora pretendo averiguarlo. —Ese chico sólo tiene una mano disponible. Licurgo podría… Pero Ned había tomado ya mi pie.
—Este chico ha aprendido a sostenerse a pelo sobre los potros de Zack Edmonds, en Mississippi. Más de una vez le he visto montar en ellos y me he preguntado con qué diablos se agarraba a sus lomos.
Me impulsó sobre el caballo, que permaneció inmóvil, pateando un par de veces, estremeciéndose, temblando imperceptiblemente; eso fue todo.
—¡Uuhh! —dijo Ned—. Será mejor que bajes y vayas a tomar tu desayuno. Piquito de oro estará aquí esta tarde y podrá trabajarlo. Es posible que entonces Relámpago ponga en práctica sus travesuras, si es que se guarda alguna.
La madre de Licurgo —hija de tío Parsham— estaba ahora preparando la comida; la cocina olía a verduras cocidas. Pero, al mismo tiempo, había conservado caliente mi desayuno, consistente en carne frita, sémola, pan tostado, mantequilla y café con leche. Fue ella quien me quitó el guante de montar que cubría mi mano herida, con objeto de que pudiese comer. Quedé un poco sorprendido al comprobar que, mientras yo no había probado jamás el café, Licurgo lo venía tomando todos los domingos por la mañana desde que cumplió dos años. Creí que estaba realmente hambriento, pero, a pesar de ello, caí dormido allí mismo, encima de mi plato, y Licurgo, tuvo que llevarme, a rastras, hasta mi cama en la buhardilla.
Como Ned había afirmado, Mr. Sam Caldwell era mucho Sam Caldwell. Everbe y Otis descendieron del furgón de un tren de mercancías que se detuvo en Parsham poco antes del mediodía. Era un tren directo que no debía haberse detenido hasta Florence, Alabama, o algún lugar parecido. No podía determinar exactamente cuánto carbón extra suponía el hecho de poner en funcionamiento los frenos de aire comprimido para pararlo en Parsham y rellenar después la caldera para recuperar la velocidad y el tiempo perdido. Pero lo cierto es que el tren paró. Era un gran tipo Sam Caldwell.
Así, pues, cuando una voz desconocida me despertó y la madre de Licurgo volvió a colocarme el calcetín de montar en mi mano herida, tal y como lo tenía antes de caer dormido sobre mi plato, y salí al patio, estaban ya
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todos allí. Distinguí un birloche junto a la puerta, a tío Parsham de pie en el porche principal, con su sombrero aún puesto, a Ned sentado en el último escalón del mismo y a Licurgo también de pie, colocado en el ángulo que formaba la fachada de la casa y las escalinatas, como si los tres se aprestasen a defender el edificio de un ataque; y en el patio, frente a ellos, Everbe (sí, la había traído; me refiero a la maleta de Ned), Otis, Boon y el otro hombre que estaba hablando en voz alta —un tipo casi tan fuerte y tan feo como Boon, de cara congestionada y con una pistola metida en el bolsillo trasero del pantalón
— descendían del birloche. El hombre, cuyo vozarrón me había despertado, estaba entre Boon y Everbe, la cual intentaba desasirse de la mano que estrujaba su brazo.
—Hola —dijo el hombre—. ¿Quién no conoce al viejo Possum Hood? Y, lo que es más, ¿quién me conoce a mí mejor que el viejo Possum Hood? ¿No es así, muchacho?
—Todos le conocemos en esta casa, Mr. Butch —contestó tío Parsham, sin alterar su habitual tono de voz.
—Y si alguien aún no me conoce, es un descuido que debe corregirse inmediatamente. Si las mujeres de esta casa están demasiado ocupadas, fregando y barriendo, para invitarnos a entrar en ella, diles que saquen unas sillas aquí fuera, para que al menos se siente esta joven. Anda, chico — añadió, dirigiéndose a Licurgo—. Baja esas dos sillas del porche para que la señorita y yo podamos sentarnos a la sombra y trabar amistad mientras Sugar Boy[15] —se refería a Boon, sin que supiese determinar por qué le llamaba así
— lleva a los muchachos a echar un vistazo al caballo. ¿De acuerdo?
Tomó a Everbe por el brazo y con movimiento rítmico comenzó a atraerla y a separarla de sí mismo hasta que la chica estuvo a punto de perder el equilibrio. Después, con un verdadero empujón, la cogió por la cintura, mientras ella se esforzaba en desasirse de él, utilizando ahora la otra mano y arañándole la muñeca. Observé a Boon.
—¿Estás segura de que no nos hemos visto en algún sitio? ¿Quizás en casa de Birdie Watts? Si no ha sido allí, ¿dónde ha podido esconderse una chica tan guapa como tú?
Ned se levantó lentamente:
—Buenos días, Mr. Boon —dijo—. ¿Quieren usted y Mr. Shurf que Licurgo saque el caballo?
Butch dejó de sacudir a Everbe. Sin embargo, la mantuvo aún bien cogida. —¿Quién es ése? —preguntó—. Como regla general, no aceptamos por aquí la presencia de negros desconocidos. No obstante, no nos metemos con
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ellos siempre que nos digan quiénes son y mantengan la boca cerrada.
—Ned William McCaslin Jefferson Mississippi —dijo Ned.
—Tienes un nombre muy largo —comentó Butch—. Aquí te hará falta algo más corto y más sencillo hasta que seas capaz de obtener el prestigio que tío Possum se ha ganado. No nos importa de dónde puedas venir; lo único que aquí te hará falta es un lugar al que poder volver. Pero, a pesar de todo, creo que te adaptarás a nuestras costumbres. Al menos tienes el buen sentido de reconocer la ley tan pronto como la ves.
—Sí, señor —contestó Ned—. Conozco la ley. En Mississippi también la tenemos. ¿Quiere usted el caballo? —añadió dirigiéndose a Boon.
—No —dijo Everbe.
Había logrado liberar su brazo; se separó de Butch con rapidez; sin duda lo habría logrado antes si se lo hubiese pedido a Boon, que era, precisamente, lo que Butch —a pesar de su calidad de agente de policía o lo que fuese— había estado deseando, según nos consta a todos. Corrió con agilidad notable para una muchacha de su corpulencia hasta tenerme a mí entre ella y Butch. Me tomó por el brazo y noté que su mano temblaba cuando cogió la mía:
—Vamos, Lucius —me dijo—. Enséñame el camino. Su voz sonaba tensa; era un murmullo casi apasionado. —¿Cómo sigue tu mano? ¿Te duele? —Está muy bien.
—¿De veras? Tienes que decirme la verdad. ¿Te alivia llevar ese calcetín? —Está muy bien, ya te lo digo —repetí.
Caminamos hacia el establo de aquella manera: Everbe casi arrastrándome para tenerme siempre entre Butch y ella. Pero el sistema no dio resultado. Butch, me echó simplemente a un lado. Ahora podía olerle a placer: apestaba a sudor y a whisky; distinguí también el cuello de una botella que asomaba por el otro bolsillo de su pantalón. Butch cogió de nuevo el brazo de la muchacha y, de repente, me asusté; me asusté porque me constaba —y creía que Boon estaba en el mismo caso que yo— que aún no conocía a Everbe lo suficiente para calibrar sus reacciones. No, no me asusté; no era aquélla la palabra apropiada; no me asusté, porque —al menos Boon lo habría hecho— hubiésemos podido arrebatarle la pistola con facilidad y después arrearle una buena paliza; pero mi desazón tenía su origen en la misma Everbe y en tío Parsham y su familia, por lo que pudiese ocurrir dentro de los límites de su casa. En realidad, estaba más que asustado. Estaba lleno de vergüenza por reconocer la existencia de aquello que me causaba temor, es decir tío Parsham y su familia, que vivían precisamente allí; y me sentía rebosante de odio (no
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era en tío Parsham de donde nacía el odio, sino en mí mismo) hacia todo; hacia todos nosotros por ser frágiles víctimas propiciatorias de la vida, por empeñamos en seguir vivos; hacia Everbe por mostrarse en todo instante vulnerable y débil; hacia Boon por aparecer indefenso y abandonado ante los acontecimientos; hacía tío Parsham y Licurgo por estar donde tenían que estar, en su propia casa, y por mostrarse incapaces de impedir que un puñado de blancos se comportase como —según los blancos— solían conducirse los negros; hacia Otis por haberme contado lo ocurrido con Everbe en Arkansas; pero, especialmente, sentí odio hacia Everbe porque su fragilidad le había llevado a constituirse en el objetivo de la degradación humana; y me odiaba a mí mismo por haber escuchado a Otis, por haber aceptado a aprender lo que me había enseñado. Odié la realidad, el que todo aquello tuviese que existir, debiese existir forzosamente si la vida quería seguir adelante y el género humano participar de ella.
Y, también, de pronto, me encontré lleno de añoranza hacia casa; de una añoranza que me anulaba, que me martirizaba, que me estremecía de angustia: estar en casa, no sólo para volver atrás, sino para borrar lo sucedido, para olvidarlo. Me asaltaron unos deseos irreprimibles de decir a Ned que cogiese el caballo y lo devolviese a quien se lo hubiese cambiado por el coche, y que recuperase el automóvil del abuelo para llevarlo de nuevo a Jefferson, aunque fuese arrastrándolo, aunque fuese marchando contra viento y marea, o para introducirnos con él en el No-Ser, en la No-Existencia, a través de infinitas carreteras llenas de barro, de lodazales, de hombres que alquilaban mulas, de mujeres como Miss Ballenbaugh y de negros como Alice y Ephum, que en aquellos momentos, por lo que a mí se refería, se me antojaba que jamás había existido. De pronto, en mi interior, sonó una voz, serena y grave, preguntándome: «¿Por qué no lo haces?». Porque podía hacerlo. Hubiese bastado con decirle a Boon: «Volvemos a casa». Y Ned se hubiese visto obligado a devolver el caballo, y mi propia confesión ante la policía habría traído como consecuencia la localización y recuperación del automóvil, al módico precio del sacrificio de mi soberbia y de mi orgullo. Pero lo cierto era que no podía hacerlo. Era ya demasiado tarde. El día anterior, mientras era aún un niño, quizás hubiese podido llevarse a cabo. Pero ahora había visto demasiadas cosas, sabía demasiado. Ya no era un niño: mi infancia y mi inocencia se habían perdido para siempre, habían desaparecido de mi ser para siempre. Y Everbe se había liberado nuevamente de Butch. No me había dado cuenta de cómo lo hizo esta vez. Pero estaba libre de sus garras y le miraba
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fijamente; pronunció atropelladamente unas palabras, apenas audibles. Él ni siquiera la tocaba ahora. Se limitaba a contemplarla sonriendo.
—Bueno, bueno —dijo—. Hazte un poco la mojigata. Eso no me disgusta y a Sugar Boy le parecerá correcto. Vamos, muchacho —añadió, golpeando a Ned en el hombro—. Enséñame ese caballo.
—Tú quédate aquí —me dijo Ned—. Licurgo y yo lo traeremos. Permanecí, pues, con Everbe, junto a la valla; ella, con mano temblorosa,
volvía a cogerme el brazo. Ned y Licurgo sacaron el caballo de la cuadra. Ned nos estaba mirando. Preguntó con agitación:
—¿Dónde está el otro?
—No me habíais dicho que había dos caballos —comentó Butch.
Pero yo sabía a lo que Ned se estaba refiriendo. Y también Everbe. Se volvió nerviosamente:
—¡Otis! —gritó.
Pero no se le vio aparecer por ningún sitio.
—Corre —dijo Ned a Licurgo—. Si no se ha metido todavía en la casa, le encontrarás en el patio. Dile que su tía le llama y no te separes de él ni un instante.
Licurgo ni siquiera se entretuvo en decir que sí: entregó la cuerda por la que llevaba el caballo y salió corriendo. Los demás permanecimos a lo largo de la valla. Everbe se esforzaba en mantenerse inmóvil, ya que en la quietud pretendía hallar anonimato; pero resultaba demasiado gruesa para la inmovilidad absoluta, al igual que es demasiado voluminosa la paloma que busca refugio y salvación entre las ramas de los ciruelos, Boon se mostraba furioso e irritable y procuraba vencer sus sentimientos, cosa que jamás había logrado ni intentado en su vida. Y no por miedo, te lo aseguro. No le intimidaba la pistola y menos aún la insignia de la policía: hubiese sido capaz de arrebatar a Butch ambas cosas y, en un rasgo de glorioso desprecio, arrojar la pistola entre ambos y dar a Butch el primer paso de ventaja hacia ella, aunque sólo fuese para demostrar su lealtad hacia mí y hacia mi familia (que era también la suya), sin que le importase en exceso el desarrollo de la batalla ni quién resultase vencedor. Porque, sin duda, el otro motivo que podía inducir a Boon a la pelea era su sentido de caballerosidad: proteger a una mujer, aún cuando fuese una prostituta, de las arteras mañas de un simple corruptor, que denigraba las insignias policiales utilizándolas para satisfacer impunemente sus bajos instintos. A una distancia prudencial de nosotros, como si pretendiese estar presente y a la vez nada tener que ver con nuestros
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asuntos, tío Parsham, el patricio (usaba como nombre propio el de la misma tierra que pisábamos ahora), parecía erigirse en juez y árbitro de todos.
—¡Maldita sea! —exclamó Butch—. Jamás ganará ninguna carrera si sigue parado en el interior de una cerca. Vamos, hazle trotar por el picadero.
—He mandado a buscar al jinete —contestó Ned—. En cuanto venga le verá usted correr. A menos de que tenga usted prisa en volver a sus asuntos —añadió.
—Mis ¿qué? —preguntó Butch.
—Sus asuntos legales —repitió Ned—. En Possum o donde sea el lugar en que los ejercite.
—¿Después de haber venido hasta aquí para ver un caballo de carreras? —exclamó Butch—. Por ahora, todo lo que veo, es un cadáver paseándose por un picadero.
—Me alegro de oírle a usted eso —contestó Ned—. Temí que esto no le interesara.
Se volvió hacia Boon y añadió:
—Lo mejor que podrían hacer usted y Miss Corrie es volver inmediatamente a la ciudad para recibir a los otros cuando llegue el tren. Pueden enviar de nuevo el birlocho aquí para recoger a Mr. Butch, a Lucius y al otro chico, después que hayamos hecho sudar a Relámpago.
—¡Ja, ja, ja! —rió Mr. Butch, sin alegría y sin nada—. Qué te parece esa idea, ¿eh, Sugar Boy? Tú y tu enamorada como dos bobitos en el hotel y yo viajando a medianoche por el campo con dos criaturitas.
Caminó a lo largo de la valla hacia donde estaba Boon, mirándole fijamente, pero dirigiéndose, al hablar, a Ned.
—No puedo permitir que Sugar Boy se vaya sin mí. Tengo que seguir cerca de él o exponerme a que nos meta en un lío a todos. Hace poco han promulgado una ley que prohíbe hablar a las chicas guapas dentro de las fronteras del Estado, a fin de evitar situaciones inmortales[16]. Sugar Boy es un extraño en estas tierras; no se sabe con exactitud por dónde cae la frontera de nuestro Estado, y podría sacar un pie fuera de ella mientras su cabeza permanecía dentro…, su cabeza o cualquier otra cosa que no es precisamente un pie… Al menos no lo llamamos pie por aquí, ¿eh Sugar Boy?
Dio una palmada en el hombro de Boon y siguió sonriendo, observándole. Fue una de esas palmadas que los hombres joviales acostumbran a darse mutuamente en la espalda, pero un poco más fuerte. No demasiado fuerte, pero sí más de lo normal. Boon no se movió. Sus manos permanecieron sobre la valla superior de la puerta. Sus manos estaban demasiado quemadas por el
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sol o aún excesivamente impregnadas de polvo, para que pudiesen palidecer.
Pero pude observar sus músculos.
—Sí, señor —continuó Butch, observando a Boon y sonriendo—. Vamos a comportarnos como buenos amigos, al menos por ahora. Si se queda uno, nos quedamos todos; si se va uno, nos vamos todos. Es una buena norma a seguir hasta que ocurra algo que ponga fuera de la circulación a un hombre que debe ser privilegiado, es decir, a un extranjero que no sería echado en falta por nadie, ¿eh, Sugar Boy?
Volvió a golpearle la espalda, más fuerte aún esta vez, mientras le miraba con fijeza y sonriendo.
Everbe observó también esta vez la mano de Boon. Dijo con rapidez, en voz baja:
—Boon.
Así:
—Boon…
—Ahí viene el chico —dijo tío Parsham.
En efecto, Otis doblaba, en aquellos instantes, una de las esquinas de la casa. Licurgo, casi el doble de alto que él, le seguía corriendo. El hecho de saber ya lo que había de raro en su persona, no favorecía demasiado a Otis. Ned era quien ahora fijaba con dureza sus ojos en él. Llegó hasta nosotros tranquilo, casi como si estuviese allí de paso. Preguntó:
—¿Alguien desea algo de mí?
—Yo —dijo Ned—. Nunca te había visto a la luz del día y espero que me sea posible cambiar de opinión acerca de ti. Coge la cuerda —añadió dirigiéndose a Licurgo.
Así, pues, Licurgo tomó el caballo por la cuerda y nos dirigimos todos hacia la pradera, Licurgo y el caballo en primera posición, seguidos por el resto de nosotros, por Butch incluso, que parecía ahora prestar atención al asunto que traíamos entre manos (a menos que, como los pescadores de caña, estuviese otorgando a Everbe un pequeño descanso a fin de que la muchacha recuperara fuerzas para revolverse una vez más contra el anzuelo representado por aquella estrella de latón que Butch ostentaba sobre su sudada camisa). Cuando llegamos a la pradera, Ned y Otis estaban ya frente a frente, a una distancia de dos palmos entre sí. Detrás de ellos, Licurgo permanecía inmóvil con el caballo. Ned parecía nervioso y cansado. Que yo supiese, no había dormido en absoluto, a no ser que hubiese podido conciliar el sueño durante una o dos horas en la paja del vagón. Pero así era él: no se mostraba
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exhausto por falta de sueño, sino molesto por sentirlo. Otis se metía los dedos en la nariz con calma y serenidad.
—Tú eres un chico listo —le decía Ned—. El chico más listo que he conocido en mi vida. Espero que cuando tengas el doble de la edad que ahora tienes continúes sabiendo aunque sólo sea la mitad de lo que sabes hoy.
—Muchas gracias —dijo Otis.
—¿Sabes montar a caballo?
—He estado viviendo en una granja de Arkansas durante un número considerable de años —contestó Otis.
—Te he preguntado si sabes montar a caballo, no dónde has estado viviendo.
—Bueno, eso depende… —replicó Otis—. Creí que iba a volver a casa esta mañana. A estas horas imaginaba que ya estaría en casa de Kiblett, Arkansas. Pero ya que se han variado mis planes sin que nadie haya pedido mi opinión, aún no he decidido qué es lo que voy a hacer. ¿Cuánto me vas a pagar por montar ese caballo?
—¡Otis! —exclamó Everbe.
—No vamos a tratar de eso todavía —dijo Ned con tanta calma como Otis
—. Antes hay que correr las tres carreras y llegar en primera posición en dos de ellas, como mínimo. Después hablaremos de cuánto vas a cobrar.
—Je, je, je —exclamó Otis, sin reír—. Es decir, que, según tú, nadie va a ver un centavo hasta que se ganen las carreras, ¿no es así? Pero, en mi opinión, no se puede hacer correr a un caballo sin alguien que lo monte. ¿Estamos de acuerdo?
—¡Otis! —repitió Everbe.
—De acuerdo —dijo Ned—. Pero todos nosotros estamos trabajando cada uno en lo suyo, con la esperanza de que más tarde tengamos algo que repartir entre todos. Tu posición es esperar, como el resto de nosotros.
—Sí —dijo Otis—. Ya he visto esa modalidad de trabajo en común, para repartir después, en las plantaciones de algodón de Arkansas. El problema consiste en que la parte del tipo que lo organiza todo o que trabaja para obtener el beneficio es siempre distinta a la del que realiza el reparto. El tipo que trabaja se muere esperando su parte, por la razón de que nunca sabe dónde ha ido a parar. Por lo tanto, lo que propongo es que me deis mi parte por anticipado y que después dividáis beneficios entre vosotros.
—¿En cuánto valoras tu participación? —preguntó Ned.
—Quizá te parezca exagerado, puesto que aún no hemos corrido la primera carrera, ni por lo tanto, la hemos ganado. Pero, en confianza, puedo
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decirte que lo que pido son diez dólares.
—¡Otis!
Everbe se acercó a él. Exclamó:
—¿No te da vergüenza?
—Déjeme a mí, señorita. Yo trataré con él —dijo Ned. Parecía extenuado, pero eso era todo. Sin prisas, extrajo un saquito de harina del bolsillo posterior de su pantalón, lo abrió y sacó su viejo monedero.
—Extiende la mano —dijo a Licurgo.
Licurgo abrió la mano y Ned contó lentamente seis arrugados billetes de un dólar y varias monedas de distinto valor.
—Faltan quince centavos —dijo—, pero Mr. Hogganbeck los pondrá de su bolsillo.
—Pondrá de su bolsillo, ¿qué? —preguntó Otis.
—Lo que tú has dicho. Los quince centavos que faltan para los diez dólares —dijo Ned.
—Parece que estás sordo —replicó Otis—. Lo que yo he dicho es veinte dólares.
Ahora Boon avanzó unos pasos.
—¡Maldita sea! —exclamó.
—Quieto, por favor —le dijo Ned.
Su mano recogió, una por una, las monedas que yacían en la de Licurgo y después los arrugados billetes de un dólar; los metió de nuevo en su monedero, lo cerró y lo envolvió en el saco de harina, que introdujo después en su bolsillo.
—Así que te niegas a montar el caballo —dijo a Otis.
—Sí, si no me dais lo que pido —dijo éste.
—Mr. Boon Hogganbeck estaría dispuesto a darte lo que te mereces en este mismo instante —dijo Ned—. ¿Por qué no confiesas como un hombre que no piensas montar el caballo? No importan los motivos que tengas para negarte.
Se miraron en silencio:
—Vamos, habla…
—No —dijo Otis—. No pienso montarlo.
Añadió algo más, grosero, conforme a su personalidad; repugnante, conforme a su personalidad; innecesario, conforme a su personalidad. Sí, aun conociendo de antemano lo que le hacía aparecer extraño a ojos ajenos, Otis no mejoraba. Everbe lo cogió por su cuenta. Le zarandeó con fuerza. Y esta vez murmuró algo. La maldijo.
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—Quieta —amenazó—. Aún no he acabado de hablar, si no te importa.
—Ordénamelo y le mando al infierno, en estricto cumplimiento del deber. Ni siquiera disfrutaré pegándole. Lo haré por principio —dijo Butch—. No comprendo cómo Sugar Boy ha sido capaz de traerle hasta aquí, sin haberle partido la cabeza al menos una vez.
—¡No! —exclamó Everbe.
Mantenía aún a Otis agarrado por el brazo.
—Vas a volver a casa en el primer tren —le dijo.
—Eso sí que es bueno… —dijo Otis—. Si no fuese por ti, estaría ya allí.
Everbe le soltó.
—Vuelve al birlocho.
—No puedes arriesgarte —terció Boon—. Tienes que ir con él.
Después añadió:
—De acuerdo, volved todos a la ciudad. Mandadme el birlocho al atardecer para recogernos a Lucius y a mí.
Sabía lo que suponían para él aquellas palabras; me daba cuenta de la lucha que había mantenido consigo mismo y de su heroica decisión. Pero Butch nos engañó a todos; el confiado pescador de caña permitía a su presa unos instantes más de libertad.
—¡Magnífico! —exclamó—. Mandaré a buscaros.
Everbe y Otis se marcharon.
—Bueno, ahora que se ha liquidado esta cuestión, ¿quién va a montar el caballo?
—Este chico —dijo Ned—. Y con una sola mano.
—¡Je, je, je! —rió Butch.
Esta vez reía de verdad.
—Vi correr a ese caballo el invierno pasado. Con una mano es posible que se le logre despertar, pero hacen falta más manos que una araña para mantenerle delante del caballo del coronel Linscomb.
—Quizá tenga usted razón —contestó Ned—. Eso es precisamente lo que pretendo averiguar ahora. Hijo —se dirigió a Licurgo—, dame mi chaqueta.
No había visto hasta entonces su chaqueta, pero Licurgo la tenía en la mano; llevaba también la vara. Ned tomó ambas cosas y se puso la chaqueta. Después dijo a Boon y a Butch:
—Pónganse a la sombra de aquellos árboles, con tío Possum. Allí estarán más frescos y no distraerán al animal. Vamos, dame tu pie.
Se lo ofrecí. Ned me subió al caballo y Butch, Boon y Licurgo marcharon hacia el árbol donde estaba observando tío Parsham. Aunque aquella mañana
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solamente habíamos dado tres vueltas a la pradera, al parecer, debimos dejar vestigios de nuestro paso sobre el suelo, que Relámpago distinguía, aunque yo no los viese. Ned le condujo por la brida al lugar del cual habíamos salido por la mañana. Hablaba despacio y en voz baja, con calma. Ahora no se parecía a tío Remus. La verdad es que procuraba disimular su semejanza con aquel prototipo de su raza cuando estaba en presencia mía o de cualquier individuo de color.
—La pista en la que correrás mañana no tiene más de medio kilómetro. Por lo tanto, tendrás que dar dos vueltas. Imagínate que ahora estás en ella. Así, cuando mañana se encuentre en la verdadera pista sabrá de antemano lo que esperas que haga, ¿comprendes?
—Sí —contesté—. Que dé dos vueltas completas.
Me entregó la vara.
—Mantenle a galope tendido y pégale con esto antes de que te lo vea. Después no vuelvas a pegarle hasta que yo te lo diga. Oblígale con los talones a marchar a la máxima velocidad. Háblale y no le molestes: limítate a ir encima suyo. Ten siempre presente que tienes que dar dos vueltas y procura hacérselo entender también a él, como hacías con los potros de McCaslin. Antes no lo has logrado; ahora llevas la fusta. Pero no la utilices hasta que yo te lo diga.
Dio media vuelta. Estaba ahora haciendo algo con el forro de su chaqueta; manipulando algo diminuto entre sus manos escondidas; de repente, distinguí un olor dulzón y penetrante; ahora me doy cuenta de que debiera haberlo identificado inmediatamente, pero en aquellos momentos no fui capaz de hacerlo. Volvió a acercarse a nosotros; de la misma manera como había acariciado al caballo para meterlo en el vagón aquella madrugada, le pasó ahora la mano por los labios durante un segundo. Después, retrocedió de nuevo, y Relámpago le hubiese seguido de no haberle tirado yo de las riendas.
—Vamos, dale ahora —gritó Ned.
Le pegué con la fusta. El caballo saltó, se estremeció de susto; nada más; dio un paso al frente, volvió la cabeza y después avanzó un paso más y emprendió un galope nervioso al darse cuenta de que lo que se le pedía era que siguiese el camino recorrido anteriormente; le espoleé con los tacones lo máximo que pude, antes de que la impresión del susto se desvaneciera del animal. Volvía a ocurrir lo mismo que por la mañana: marchaba bien, obediente, lleno de poder, pero con el mismo resabio de siempre, como si su cabeza no mostrase el menor interés en llegar a ningún sitio. Pero fue solamente hasta que enfilamos la última recta y distinguió a Ned al otro
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extremo del círculo. Entonces se produjo otra vez la explosión. Pegó un tirón y me arrebató las riendas de la mano; dejó la dirección que le había marcado y corrió hacia Ned en línea recta, sin darme tiempo de recuperar el equilibrio y de utilizar mi mano sana para volver a coger las riendas y obligarle a seguir el camino que le había trazado. Galopó a increíble velocidad. Al fin logré detenerlo y le obligué a retroceder para colocarlo nuevamente en el lugar desde el cual podía distinguir a Ned frente a él; y una vez más pareció correrse una caña y salió disparado hacia el negro; ahora utilicé también mi mano herida para mantenerle en la dirección deseada. Aquellos instantes se me antojaron eternos, hasta que Ned gritó:
—Pégale y tira la fusta.
Le golpeé y arrojé la fusta hacia atrás. El caballo volvió a saltar y a estremecerse, pero pude dominarlo con facilidad, puesto que sólo fue necesario tirar de una de las riendas —la interior— para mantenerlo en la dirección deseada. Avanzó con normalidad durante media vuelta, y me dispuse a luchar con él otra vez cuando doblamos el círculo y nos colocamos ante Ned, pero el caballo siguió galopando sin hacer el menor caso. Ned estaba situado a unos cincuenta metros más allá de donde habíamos fijado nuestra línea de meta y hablaba en voz alta a Relámpago, exactamente igual como se había dirigido a él la noche anterior en el vagón de tren. Esta vez, en efecto, no hubiera necesitado la vara; no habría tenido tiempo de usarla, en caso contrario. Pensé que no era la primera vez que montaba un caballo sin domar, ya que mi experiencia con los medio-purasangres del primo Zack constituyeron mi aprendizaje. Pero nunca me había encontrado con un animal como aquél, que se manifestaba a base de saltos y tirones escalofriantes y que galopaba lleno de espanto como si llevase arrastrando por el suelo un tronco de árbol atado de la cola. Pero, al fin, la voz de Ned pareció romper definitivamente aquella cuerda:
—Acércate, hijo. Ya es nuestro.
Nos acercamos a Ned y el caballo enterró el hocico en el cuenco de su mano. Sin embargo, ahora solamente distinguía el aroma que despedía el sudor del animal y sólo vi el puñado de hierba que estaba comiendo.
—Ji, ji, ji.
Ned rió tan quedamente y con tanto arrobo, que pregunté en voz baja. —¿Qué hay? ¿Qué pasa?
Boon se acercó a nosotros gritando:
—¡Maldita sea…! Pero ¿qué le has dicho?
—Nada —replicó Ned—. Que si quiere su cena, que venga y se la daré.
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Butch se acercó también a nosotros con su habitual actitud de osadía, de incredulidad, sin mostrar la menor consideración hacia nosotros.
—Bueno, bueno… —exclamó.
No se contentó con separar la cabeza de Relámpago de la mano de Ned, sino que, con un fuerte empujón, la apartó de ella; después se la levantó y colocó el bocado en su sitio cuando el animal comenzó a retroceder.
—Deje que lo haga yo —pidió Ned—. ¿Qué es lo que pretende usted encontrar?
—Siempre que veo adiestrar caballos por aquí me gusta echar un vistazo de cerca. Imagino que en Mississippi mis colegas harán lo mismo —dijo Butch—. ¿No sabes que está prohibido drogar a los caballos que van a tomar parte en una carrera? Es posible que en vuestros pantanos no hayáis oído hablar de eso, pero es así.
—Tenemos doctores de caballos en Mississippi —dijo Ned—. Haga usted venir a uno de los que tengan aquí y que le diga si este caballo está drogado.
—Claro, claro —siguió Butch—. Lo que no acabo de comprender es por qué se lo das un día antes de la carrera. ¿Para comprobar si es eficaz?
—Así sería, en el caso de que le hubiese dado algo —contestó Ned—. Pero no le he dado nada. Si entendiese usted de caballos se daría cuenta de ello.
—Claro, claro. No me gusta hurgar en los secretos del prójimo. Pero ¿tú crees que este caballo va a correr así mañana las tres carreras?
—Sólo necesita hacerlo en dos —dijo Ned. —De acuerdo: dos. ¿Tú crees que correrá así?
—Pregunte usted a Mr. Hogganbeck si no será mejor para todos que así sea.
—No tengo que preguntar nada a Mr. Sugar Boy. Estoy hablando contigo.
—Puedo hacerle correr así dos veces —concedió Ned.
—Es natural —sonrió Butch—. Aún suponiendo que tengas tres dosis más, no te arriesgarías a usar más que dos. Y en caso de que falle la segunda, siempre podrás utilizar la tercera para salir de estampida hacia Mississippi.
—Sí, ya había pensado en eso —contestó Ned con socarronería—.
Llévalo al establo —me dijo— y que se refresque. Después lo lavaré.
Butch observó también aquella operación, o al menos parte de ella. Llegamos a la cuadra y quitamos la silla al caballo; después Licurgo trajo un cubo de agua y un trapo y procedió a lavarlo y a secarlo con un trozo de tela de saco, antes de colocarlo en el establo y darle de comer. Butch dijo:
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—Oye, chico. Deja el cubo lleno de agua y una pastilla de jabón en el porche. Mr. Sugar Boy y yo vamos a lavarnos un poco.
Licurgo no se movió hasta que tío Parsham dijo:
—Ve.
Butch y Boon le siguieron. Tío Parsham permaneció en la puerta de las cuadras, observándoles —es decir, observando a Butch—. Era un viejo delgado, de aspecto trágico, vestido en blanco y negro: pantalones negros, camisa blanca, cara negra y sombrero negro y, entrambos, su espesa cabellera blanca. Con calma, frialdad y absoluto desprecio, dijo:
—Ésa es la ley…
—A un hombre que jamás ha tenido nada en este mundo, resulta normal que se le suba a la cabeza la insignia esa de la policía —comentó Ned—. Pero en este caso creo que lo que le ha subido a la cabeza, más que la estrella, es la pistola, que probablemente era lo que le gustaba ya manejar cuando era niño. Sólo que de niño podía jugar con ella y ahora la ley se lo prohíbe. Por otra parte, la estrella es lo que le impide seguir sus instintos e ir a parar a la cárcel. Le gusta ostentarla en el pecho y tiene miedo de que se la arrebaten; con ella y la pistola puede seguir siendo un niño, a pesar de haber crecido. Lo malo es que una pistola, que no es de juguete, en manos de un niño, puede dispararse en el momento más inesperado y sin apuntar a ningún blanco.
Licurgo regresó.
—Te están esperando —me dijo—. El birlocho.
—¿Ha vuelto ya de la ciudad? —pregunté.
—Nunca salió hacia la ciudad —dijo Licurgo—. Ella ha permanecido sentada en el carruaje con el otro chico, esperándoos a todos. Me ha dicho que vayas.
—Espera —dijo Ned.
Me detuve. Aún tenía puesto el calcetín de montar y creí que iba a quitármelo. Pero me estaba mirando a la cara.
—Ahora vas a entrar en relación con mucha gente —dijo.
—¿Qué gente? —pregunté sin comprender.
—Gente que te hablará de la carrera. Ha corrido la voz.
—¿Quién la ha hecho correr?
—Los rumores no necesitan de ningún mensajero. Lo único que hace falta es que dos caballos aptos para carreras se encuentren a menos de diez kilómetros de distancia. ¿Cómo crees que llegó aquí la ley? ¿Imaginas que olió a esa joven blanca a tres kilómetros, como los perros? No. Quizá yo esperaba que fuese todo como Boon Hogganbeck aún cree que ocurrirá: que
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pudiéramos hacer correr a los dos caballos reservadamente, ganar o perder la carrera, y tú, y yo y él volvemos a casa o ir a cualquier otro sitio fuera del alcance de la mano del patrón Priest. Pero ahora va a ser imposible. Vas a empezar a encontrarte con gente que estará al corriente de todo. Y mañana todavía más.
—Pero ¿tú crees que vamos a poder tomar parte en esa carrera?
—Ahora tenemos que hacerlo. Es posible que estuviésemos ya predestinados a Correrla desde el momento en que Boon comprendió que el amo abandonaba el automóvil durante veinticuatro horas. No hay más remedio que correrla.
—¿Qué quieres que haga yo? —pregunté.
—Nada. Solamente te aviso para que no te sorprendas. Lo que debemos hacer es colocar los dos caballos en la misma pista, hacerlos galopar en la misma dirección, sostenerte con firmeza sobre Relámpago y obedecer mis órdenes. Y ahora, vete, antes de que comiencen a reclamarte a gritos…
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Capítulo 9
Ned tenía razón. Me refiero a que el rumor había corrido por doquier. Cuando Everbe me quitó el calcetín, comprobé que mi mano estaba casi normal. Es decir, presentaba el aspecto de toda mano que ha sufrido un corte a lo largo de los dedos el día anterior. Creo que ni siquiera sangró al esforzarme tirando de las riendas de Relámpago. Pero Everbe no se mostró conforme. Y nos detuvimos en casa del doctor, situada a un kilómetro de la ciudad. Butch le conocía y se dejó persuadir por Everbe (ignoro por qué medios) para que nos llevase allá. Es posible que Everbe le amenazase, o le insistiese hasta la saciedad, o le prometiese algo, o sencillamente se limitase a representar el papel de trucha hembra tan preocupada en proteger a su cría que hasta olvidase la existencia del anzuelo y obligase al pescador a ceder en sus propósitos, al menos hasta desembarazarse del retoño. Era también posible que no fuese Everbe la que hubiese determinado su actitud, sino su botella vacía, lo cual suponía que su próximo trago no iba a tener lugar hasta que llegase al hotel de Parsham. Porque al dar la vuelta a la esquina de la casa, distinguí a la madre de Licurgo de pie en el borde del porche, sosteniendo una jarra de agua, mientras Boon y Butch, que acababan de lavarse en el cubo, apuraban sus respectivos vasos y Licurgo recogía la botella vacía que Butch había arrojado entre los rosales.
Así, pues, Butch nos llevó al médico. Vivía en una casa pequeña y blanca, rodeada de un jardín en el que crecían esa especie de flores malolientes y descoloridas que florecen a fines del verano y en el otoño. Una mujer gruesa y de cabello gris, con gafas y aspecto de maestra de escuela jubilada, que a pesar de sus muchos años de no ejercer su magisterio sigue aún odiando a los niños de ocho y diez años, nos abrió la puerta, nos dirigió una rápida mirada y gritó hacia el interior de la casa.
—Son los tipos de las carreras.
(Ned, una vez más, tenía razón).
Después la mujer nos dio la espalda y se metió en la casa. Butch la siguió, jovial, alegre y dicharachero, haciendo gala de una cordialidad que no poseía
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(efecto también de la estrella, ¿te das cuenta?; de llevarla o simplemente de constarle que los otros sabían que la llevaba. Para él, entrar en una casa en otra actitud hubiese supuesto una traición a sí mismo y una traición degradante al espíritu de casta que representaba), diciendo:
—Eh, doctor. Le traigo un paciente.
El médico era también un hombre de cabello gris, excepto el del bigote que estaba teñido con jugo de tabaco. Llevaba una camisa blanca como la de Ned, aunque mucho más sucia, y una chaqueta negra con una gran mancha en la solapa del huevo comido el día anterior. Olía a algo extraño, una especie de tufo a alcohol, que no era propiamente alcohol.
—El hermano Hogganbeck y yo esperaremos en el recibidor —dijo Butch
—. No se moleste, ya sé dónde guarda la botella. Tampoco te preocupes tú por el doctor —añadió mirando a Boon—. Nunca prueba el whisky, excepto cuando tiene verdadera necesidad de ello. La ley le autoriza a tomar un trago de éter por cada paciente que presenta hemorragias o un hueso roto. En los casos en que se trata de un pequeño corte o de un dedo roto o de una piel rasgada, el doctor comparte el tratamiento con el paciente: él se bebe todo el éter y autoriza al paciente para que tome su whisky. Je, je, je. Ven por aquí.
Butch y Boon salieron de la habitación, y Everbe y yo (habrás notado que nadie había echado aún de menos a Otis; habíamos subido al birlocho; era Butch, al parecer, quien iba a conducirlo; nos retrasamos algo en salir de casa del tío Parsham, porque Butch trató de convencer primero, ordenar después y, por fin, forzar a Everbe para que se sentase a su lado en el pescante, cosa a la que ella se negó, refugiándose en el asiento trasero, agarrándose a mí con un brazo y sosteniendo a Otis en el interior del carruaje con el otro; por fin, Boon se colocó delante, con Butch; después, casi sin saber cómo, primero Butch y después los demás nos encontramos dentro de la casa del médico; pero nadie se acordaba de Otis en aquellos momentos) seguimos al doctor y penetramos en otra habitación que contenía un sofá de pelo de caballo cubierto por una colcha remendada y una almohada sucia y una mesa despacho repleta de botellas de medicinas. También distinguí botellas en el interior de la chimenea, sobre las cenizas del último fuego del invierno que no habían sido aún recogidas. En uno de los rincones del cuarto había un lavabo, y en otro una escupidera que ofrecía el aspecto de no haber sido vaciada durante años. Observé, asimismo, una escopeta apoyada contra una de las paredes; si madre hubiese estado allí no habría permitido que nadie, sino ella, desenvolviese las heridas de mis cuatro dedos; evidentemente, Everbe compartía su punto de vista. Everbe dijo:
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—Yo le quitaré el vendaje.
Y así lo hizo. Repito que mi mano estaba ya bien. El doctor la observó a través de sus gafas de montura metálica.
—¿Qué le pusiste? —preguntó. Everbe se lo explicó. El doctor la miró. —¿Y cómo tenías eso a mano?
Después se levantó un poco las gafas, la observó de nuevo, con detenimiento y añadió:
—Oh, bueno, bueno…
Volvió a colocarse los lentes y suspiró:
—Hace más de treinta y cinco años que no he estado en Memphis… Permaneció un minuto en silencio. Ya sabes, suspirando.
—Sí, treinta y cinco años —repitió—. Si yo estuviese en su lugar, no me preocuparía más de esa mano. Me limitaría a vendarla de nuevo.
Sí, la vendó exactamente igual como lo hubiese hecho madre.
—¿Eres tú el chico que va a montar mañana el caballo? —preguntó el médico—. Derrota al caballo de Linscomb esta vez, ¡maldita sea…!
—Lo intentaremos —dijo Everbe—. ¿Qué le debo?
—Nada —contestó—. Eso ya lo había curado usted. Lo único que deseo es que mañana ganen a ese maldito caballo de Linscomb.
—Quiero pagarle algo por la molestia de haber visto la herida. Por habernos dicho que está curada —insistió Everbe.
—No —contestó el médico.
La miró. Los ojos del viejo, tras sus gruesas gafas, aparecían dilatados, inmensos, como huevos. Daban la impresión de que uno podía cogerlos y retenerlos después en la mano. Everbe volvió a insistir:
—Sí —dijo—. ¿Cuánto es?
—Bueno, quizá si tuvieses un pañuelo que te sobrase o algo por el estilo… Sí, treinta y cinco años… En cierta ocasión, tuve un hijo. Entonces yo era joven, tenía treinta o treinta y cinco años. Después se casó y…
Repitió:
—Sí, sí, treinta y cinco años…
—¡Oh! —exclamó Everbe.
Se volvió de espaldas a nosotros y se inclinó hacia el suelo; se oyó el crujir de sus faldas. Permaneció en aquella posición unos segundos; después volvieron a sonar sus faldas y dio media vuelta.
—Tenga —dijo.
Era una liga.
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—Derrotad a ese maldito caballo —gritó—. Batidle. Podéis hacerlo.
Se distinguieron voces —una de ellas la de Butch— sonando en el recibidor antes de que llegasen hasta nosotros.
—¿Saben lo que ha ocurrido? Sugar Boy no quiere beber más. Somos amigos, hacemos las paces, le convido a beber juntos y ahora me insulta.
Contempló a Boon sonriendo, triunfante, osado. Boon tenía aspecto de hombre cansado, harto y peligroso. Como Ned (como todos nosotros), andaba falto de sueño. Pero toda la carga que Ned tenía que soportar sobre sus hombros era el caballo. Everbe y la estrella de Butch no constituían para él ningún problema.
—¡Eh, muchacho…! —gritó Butch.
Se dispuso a golpear de nuevo a Boon en la espalda, con la actitud jovial de siempre, pegando más fuerte que lo normal, pero no demasiado fuerte.
—No vuelva a hacerlo —dijo Boon.
Butch se detuvo. Pero no reaccionó, no hizo ademán de rectificar la posición de su mano. Se limitó a detenerse y a seguir sonriendo a Boon.
—Mi nombre es Mr. Lovemaiden —dijo—. Pero me llaman Butch.
Al cabo de unos segundos, Boon repitió:
—Lovemaiden.
—Butch —dijo Butch.
Al cabo de unos segundos, Boon repitió:
—Butch.
—Así me gusta. Buen chico. ¿Te atendió bien el doctor? —preguntó a Everbe—. Quizás debiera haberte avisado de cómo es. Dicen que cuando era joven, hace más de cincuenta y cinco años, se apropiaba de carteras ajenas con la misma facilidad con que se quitaba el sombrero.
—Vámonos ya —dijo Boon—. ¿Le has pagado?
—Sí —repuso Everbe.
Salimos al jardín. Fue entonces cuando alguno de nosotros preguntó: «¿Dónde está Otis?». Lo preguntó Everbe, naturalmente; echó un vistazo a su alrededor y dijo, en voz alta, con urgencia, con desesperación:
—¡Otis…!
—No me digas que le asustan los caballos hasta atados a una valla — comentó Butch.
—Vamos —dijo Boon—. Lo más probable es que haya seguido hacia delante. No tiene otro sitio donde ir. Ya le alcanzaremos.
—Pero ¿por qué… por qué no…? —preguntó Everbe.
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—¿Cómo voy a saberlo? —replicó Boon—. A lo mejor éste tiene razón —añadió refiriéndose a las palabras de Butch. Después se refirió a Otis:
—Es el hijo de perra más descomunal que han producido Arkansas y Mississippi juntos. Pero, además de eso, es un perfecto cobarde. Vamos.
Subimos al birlocho y nos dirigimos hacia la ciudad. Yo compartía la opinión de Everbe acerca de Otis. Cuando no se le tenía delante resultaba imposible predecir dónde estaba y por qué. Jamás había conocido a nadie en quién se perdiese la confianza tan pronto como en él. Seguramente, le había pesado en exceso aquello de encontrarse solo en el birlocho, hasta el punto de creerse justificado para marcharse a cualquier sitio, sin previo aviso. Por otra parte, estaba convencido de que no iba a pasar mucho rato sin encontrar en Parsham alguna compañía.
No le alcanzamos. No le vimos en la carretera que nos llevó al hotel. Y Ned se equivocó. Es decir, no encontramos el creciente tropel de aficionados a las carreras que había augurado. Es posible que yo creyese que íbamos a encontrar todo el vestíbulo del hotel lleno de aquella gente, esperándonos, observando nuestra llegada. Sí, en efecto, eso creí, me equivoqué. No había absolutamente nadie. En invierno, durante la temporada de la caza de la perdiz y en especial durante las dos semanas de las pruebas de tiro nacionales, era distinto. Pero en aquellos tiempos Parsham no constituía un lugar de veraneo. La gente se iba a cualquier otro sitio: al mar o a las montañas, a Raleigh, cerca de Memphis o a Iuka, orillas del Mississippi o a Ozarks o a Cumberlands. (Entre paréntesis, hay que aclarar que hoy día tampoco es lugar de veraneo ni, si me aprietas mucho, de invernada. La verdad es que la justificación de esos lugares, con la instalación de aire acondicionado que ofrece temperaturas de dieciocho grados en verano y veinte en invierno, ha dejado de existir. Ya no hay estaciones. Los que, como yo, somos tipos refractarios a esa clase de adelantos técnicos, en invierno nos vemos obligados a salir a la calle para tomar un poco el fresco, y en verano para sentir un poco de calor; hasta en los automóviles tenemos hoy calefacción; en esos automóviles que, si ayer constituyeron una necesidad de tipo económico, hoy son, por el contrario, una exigencia social, de modo que si de repente su movimiento se detuviese, la tierra y los hombres quedarían momificados, solidificados. Había ya demasiadas cosas en el mundo y sólo faltaban los coches para acabar de complicarlo todo: la Humanidad es excesivamente numerosa, pero no se destruirá por fisión, no temas, sino por su desusado afán de reproducirse. Yo no lo veré, pero tú puedes verlo; no pasará mucho tiempo antes de que alguna ley prohíba a las mujeres tener más de un hijo, al igual
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que hoy no se les permite tener más que un marido. Y ello vendrá determinado no por razones económicas, sino sociales; concretamente, por una especie de desesperación social).
Pero, desde luego, en invierno (como ahora) era distinto, gracias a la temporada de la caza de la perdiz, a las grandes pruebas nacionales de tiro, a los grandes propietarios de petróleo y agricultores de Wall Street, Chicago y Saskatchewan, a los hermosos perros de raza, más altivos y orgullosos que príncipes, y a las famosas jaurías, cuyas jaulas se encontraban a pocos minutos de la carretera y, por lo tanto, cerca de los automóviles de sus propietarios —conocidas por los nombres de Red Banks, Michigan City, La Grange y Germantown—; gracias también al coronel Linscomb, cuyo caballo suponíamos que iba a correr contra el nuestro el día siguiente, a Horace Lytle y a George Peyton, tan famosos entre los criadores de perros como Babe Ruth y Ty Cobb entre los aficionados a la pelota base, a Mr. Jim Avant, de Hickory y a Mr. Paul Rainey —que vivía a poca distancia de la línea del ferrocarril de Jefferson, del coronel Sartoris—, todos ellos criadores de perdigueros, de setters y de las más celebradas especies caninas cazadoras; en aquellas ocasiones, pues, el enorme hotel presentaba un aspecto de inusitada animación, se encontraba atestado y elegante y parecía como si el mismo aire que en él se respiraba estuviese impregnado del suave murmullo, del aroma grato del dinero. Los salones del hotel estaban llenos de alfombras y cortinas multicolores y de trofeos deportivos de plata.
Pero, ahora, allí no había nadie. La calle, silenciosa y vacía, parecía dormir bajo el polvo de mayo (eran las cinco pasadas; todo Parsham estaba en sus respectivas casas cenando o preparándose para cenar), privada incluso de la presencia de Butch. Butch nos acompañó hasta la puerta del hotel, nos dejó allí y sé alejó con su birlocho, después de dirigir a Everbe una sarcástica sonrisa y a Boon una mueca de desprecio, quizás un poco más intensa que la dedicada a la muchacha, mientras le decía:
—No te preocupes, muchacho. Volveré. Si tienes todavía algún asunto pendiente, te aconsejo que lo resuelvas antes de que regrese, a menos de que prefieras plantearte problemas.
Y se alejó con su birlocho. Al parecer, también él tenía algún lugar en el que debía hacer acto de presencia forzosamente: su casa. Yo era aún un ser ignorante e inocente (no tanto como hacía veinticuatro horas, pero ostentaba aún un rastro de luminosa inocencia perdida) y estaba, naturalmente, al lado de Boon; mi lealtad hacia él y hacia Everbe era absoluta. Había asimilado lo suficiente desde el día anterior (aunque muchas revelaciones no las había
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digerido completamente) para saber con exactitud lo que deseaba cuando pensé que era posible que tuviese una esposa en casa, una mujer inocente, extraída de algún convento, cuya existencia supusiese un nuevo cargo contra la impía bajeza natural de Butch; o, mejor, una vieja arpía, ambidextra y cruel, que fuese capaz de grabar en su cara cada una de sus victorias extramatrimoniales. Porque lo más probable era que el mayor placer que Butch encontraba en la fornicación radicase en el hecho de que hubiese más de una víctima. Pero le juzgué mal: era soltero.
Otis tampoco estaba en el hotel. No había en el vestíbulo más que un solo empleado tras el mostrador de recepción y un camarero que sacudía su servilleta a la puerta del comedor absolutamente desierto, con las mesas enfundadas, a excepción de una de ellas preparada para viajeros de paso, como nosotros. No encontramos ni rastro de Otis.
—No me cuesta demasiado imaginar dónde puede estar —dijo Boon—. Y me temo que nos meta a todos en un lío antes de que podamos evitarlo.
—No —exclamó Everbe—. Es sólo un niño.
—Sí, desde luego. Pero un niño peligroso. Cuando crezca y pueda dedicar todo su tiempo a robar ya…
—¡Calla! —gritó Everbe—. No permitiré jamás…
—Bueno, bueno —siguió Boon—. Ya te convencerás. Dale dinero para que se compre un cuchillo con una hoja de quince centímetros y no sería yo quien me pusiese de espaldas a él sin llevar una de esas armaduras que se ven en los museos. Pero dejemos eso. Tengo que hablar contigo. Vamos a cenar en seguida; después tenemos que ir a esperar el tren. Por otra parte, ese garañón de la estrella de hojalata puede aparecer aquí otra vez, en el momento más impensado.
La tomó por un brazo:
—Vamos —dijo.
Tomé buena nota de aquellas palabras de Boon. Tenía que escucharlas con detenimiento, porque Everbe me obligaba a ello. Ella se negaba a ir con él si yo no les acompañaba. Nos metimos los tres en una de las salitas del hotel; no disponíamos de mucho tiempo; pronto tendríamos que tomar nuestra cena y marchar a la estación para recoger a Miss Reba. En aquellos tiempos las señoras no entraban y salían de las habitaciones de los hombres cuando les venía en gana, como, según dicen, ocurre hoy, en que es incluso corriente que lo hagan vestidas con esas prendas leves y reducidas que se ven en los anuncios y que permiten una rápida huida en caso necesario. La verdad es que nunca había visto en aquellos días a una mujer sola en un hotel (a madre
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jamás se le hubiese ocurrido hospedarse en uno, sin padre) y recuerdo que me extrañó que Everbe fuese aceptada en el de Parsham sin llevar siquiera en la mano un anillo de matrimonio. Los hoteles tenían en aquel entonces salitas destinadas exclusivamente a señoras —en una de ellas nos encontrábamos—, de pequeñas dimensiones y elegantemente decoradas. También los muebles que ornaban aquella salita estaban cubiertos por fundas blancas. Yo seguía estando, por lealtad, al lado de Boon. En consecuencia, no me atreví a traspasar la puerta de la sala y permanecí junto a ella, para que Everbe distinguiese mi silueta a través de los cristales esmerilados o pudiese llamarme, en caso de que en algún momento me perdiese de vista. Así, pues, oí su conversación. Sí, la escuché entera. Había ido ya tan lejos en mi carrera hacia la perversión que nada era capaz de detenerme. Después de robar coches y caballos y de enterarme de los secretos de la vida, todo lo demás me parecía nimio. Por lo tanto, les escuché con atención. Apenas había penetrado en la sala cuando Everbe comenzó a llorar.
—¡No! ¡No quiero! Déjame en paz…
—Pero ¿por qué? —preguntó Boon—. ¿Debo suponer, entonces, que todo ha sido mentira?
—Te quiero. Ése es el porqué. Suéltame, no me toques… ¡Lucius!
¡Lucius!
—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Boon.
Se hizo un profundo silencio que duró más de un minuto. Yo no me atreví a mirar, a echar un vistazo. Sólo escuché: mejor dicho, oí:
—Si llego a saber antes que no pretendías más que coquetear, a la vez, conmigo y con ese maldito tipo de la estrella…
—No, no, no.
Añadió algo que no pude percibir y oí de nuevo la voz de Boon:
—¿Qué? ¿Qué quiere decir cambiar de vida, retirarse?
—Sí, pretendo cambiar de vida. Se acabó. Nunca más —dijo Everbe. —¿Y de qué vas a vivir? ¿Qué vas a comer? ¿Dónde vas a dormir? —
preguntó Boon.
—Buscaré un empleo. Puedo trabajar.
—¿Qué sabes hacer? Tienes tan poca cultura como yo. ¿Qué vas a hacer para ganarte la vida?
—Lavar platos. Sé lavar y planchar. Puedo aprender a cocinar. Cualquier cosa, aunque sea sembrar y recoger algodón. Déjame, Boon. Por favor, por favor… ¿No te das cuenta de que tengo que regenerarme? ¿No te das cuenta…?
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Distinguí sus pies corriendo por la habitación sobre la espesa alfombra. Después abrió la puerta y desapareció. Boon me cogió a mí por su cuenta. Su cara presentaba mal aspecto. Ned era afortunado: todo lo que tenía que hacer era preocuparse por un caballo.
—Mírame —dijo Boon—. Mírame bien. ¿Qué ves de extraño en mí? ¿Qué hay en mí de raro? Hasta hoy creía que…
Su cara parecía que iba a estallar. Comenzó a hablar de nuevo:
—¿Y por qué he de ser yo? ¿Por qué diablos tiene que escogerme a mí para regenerarse? ¡Maldita sea! Es una prostituta… ¿No se da cuenta de que es una prostituta? Le he pagado para que esté a mi servicio exclusivo mientras yo esté aquí, del mismo modo que el amo y Mr. Maury me pagan para que esté a su servicio en cualquier momento, o al menos mientras yo esté donde están ellos. Pero ahora resulta que abandona su profesión. Por razones de tipo privado… No piensa ejercer más. Tiene el mismo derecho a dejar su profesión sin previo aviso, como el que tengo yo a dejar al amo y a Mr. Maury.
Se detuvo furioso y agitado, tembloroso y lleno de rabia. Y, lo que es peor, aterrorizado. Distinguió al camarero negro, que se abanicaba con su servilleta a la puerta del comedor, y pareció reaccionar. Ned, a pesar de tener a su cargo un caballo de carreras que se negaba a correr, no sabía, en realidad, lo que eran problemas.
—Anda, ve a decirle que venga a cenar. Tenemos que ir a la estación. Su habitación es la número cinco.
Pero Everbe se negó a bajar. Boon y yo comimos solos. Su cara aún ofrecía mal aspecto. Comió maquinalmente, como si colocase la carne en una rueda de molino, y no en su boca, sin demostrar tener ganas de ello ni tampoco necesitarlo. Al cabo de un rato dijo:
—Es posible que emprendiese la marcha a pie hacia Arkansas. Esta tarde ha dicho dos o tres veces que estaría ya en Arkansas si no nos hubiésemos empeñado en meternos en sus cosas.
—Quizás tengas razón —convino Boon—. Es posible que haya marchado con anticipación a fin de encontrar un trabajo de lavaplatos para su tía. O quizá se haya regenerado él también y pretenden los dos ir directamente al cielo, sin siquiera pasar por Arkansas. En tal caso, él habrá salido antes para averiguar si se puede ir al cielo sin tener que cruzar Memphis, donde ella es tan conocida…
Llegó el momento de ir a la estación. Durante unos minutos estuve observando el borde de una falda, más allá de la puerta del comedor. Al
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abrirse la puerta apareció el camarero.
—El de las 8:02 acaba de pasar por el cruce situado a un kilómetro de aquí. Ha dado el silbido —dijo.
Marchamos hacia la estación, caminando los tres juntos, conforme requería nuestra calidad de huéspedes únicos del hotel. Ahora hubo paz entre ellos. Incluso parecían estar en disposición de hablar y conversar mutuamente. Everbe, desde luego, lo hubiera hecho. Pero Boon pretendía, por lo visto, aclarar antes ciertas cosas. La estación no estaba lejos. Atravesamos un par de vías y llegamos al andén cuando el tren estaba ya a la vista. Ellos dos, Boon y Everbe, seguían sin hablarse, daban la amarga impresión de sentirse ligados uno a otro y a la vez aislados; extraños y a la vez unidos indisolublemente; confusos y malhumorados por lo que, según Boon, constituía un simple capricho de la muchacha. Lo inexplicable era que Boon, que por sus años era mucho mayor que yo, ni siquiera supiese que las mujeres son incapaces de tener caprichos, del mismo modo que no pueden albergar en su alma ilusiones o dudas ni padecer enfermedades de la próstata. La máquina del tren pasó ante nosotros, lanzando humaredas silbantes y chispazos de las zapatas de los frenos. Se trataba de un tren largo, de muchas unidades, el especial. Inmediatamente detrás de la máquina pasaron los vagones de mercancías, después el furgón, más tarde los coches cama y los de pasaje de día y, por último, cuando ya el tren comenzaba a detenerse, el coche restaurante. Era el expreso de Sam Caldwell, y si bien Everbe y Otis se habían visto obligados a marchar a Parsham en el furgón de un mercancías, era posible que ahora Miss Reba viajase en un butacón de primera, si no el saloncillo particular del presidente de la Compañía. El tren se detuvo, aunque no abría ninguna de sus puertas ni apareció en ellas la chaqueta blanca de ningún camarero ni el uniforme de ningún revisor, a pesar de constamos que Sam Caldwell debía estar pendiente de nosotros. Al fin, Boon dijo:
—¡Maldita sea! Debe de estar en el coche de fumadores. Comenzamos a correr y entonces les vimos, casi al otro extremo del andén. Sam Caldwell ayudaba a Miss Reba a descender de su vagón, que no era precisamente el de fumadores, sino la mitad del furgón destinado a los negros que deseaban viajar. Con Miss Reba se apeó otra mujer. Después el tren comenzó a marchar nuevamente —era, creo que ya te lo he dicho, el especial de Washington y Nueva York, en el que solían darse cita las mujeres ricas, llenas de diamantes, y los hombres que fumaban cigarros de un dólar para, en delicada y grácil trasmigración, gozar aisladamente de los nuevos encantos que proporcionaba la vida moderna—. El tren comenzó a moverse y Sam se vio obligado a correr
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hacia el estribo de uno de los vagones y a saludarnos desde allí con la mano hasta que el convoy entero fue perdiéndose hacia el Este, disminuyendo de tamaño hasta que desaparecieron las pequeñas nubecillas de humo blanco de la máquina y las dos luces rojas del furgón de la cola. Las dos mujeres permanecieron inmóviles sobre la ceniza humedecida del andén: Miss Reba erecta, hermosa y elegante, y Minnie, junto a ella, descompuesta como si hubiese visto la muerte.
—Hemos pasado un mal trago —dijo Miss Reba—. ¿Dónde está el hotel? Nos dirigimos allí, en la claridad del vestíbulo iluminado, pudimos observar a Minnie. Su rostro tenía aspecto mortuorio. No, no es exacto. La muerte es paz. Y la expresión preocupada de Minnie, su frente rugosa y su ceño fruncido, sus labios apretados, no eran, ni mucho menos, exponente de
paz. Llegó el empleado:
—Soy Mrs. Binford —dijo Miss Reba—. ¿Recibió usted mi cable diciendo que instalasen en mi habitación un catre para mi doncella?
—No se preocupe, Mrs. Binford —contestó el empleado—. Tenemos habitaciones especiales para el servicio, con comedor propio inclusive…
—Guárdeselos —le interrumpió Miss Reba—. He dicho un catre en mi habitación. Necesito que esté cerca de mí. Esperaremos en alguna salita mientras usted arregla esos detalles.
Penetró en la salita de señoras y nosotros le seguimos.
—Dónde está ¿quién? —preguntó Everbe.
—Ya sabes tú quién —dijo Miss Reba.
De repente comprendí a quién se refería. Y un instante más tarde me di cuenta del porqué. Pero no tuve tiempo de nada más. Miss Reba se sentó:
—Siéntate —dijo a Minnie.
Minnie ni se movió. Reba prosiguió:
—De acuerdo. Cuéntalo todo.
Minnie nos sonrió. Fue horroroso. Fue un rictus repulsivo, un angustioso esfuerzo para cubrir, de un modo u otro, el hueco en el que poco antes resplandecía su maravilloso diente. Comprendí por qué Otis había abandonado Parsham, aunque fuese a pie; oh, sí, en aquel momento, hace cincuenta y seis años, me sentí estremecido y horrorizado, lleno de incredulidad hacia lo que veía. Minnie y Miss Reba nos lo explicaron todo:
—Fue él —dijo Minnie—. Me consta que fue él. Me lo quitó mientras dormía.
—¡Maldita sea! —rugió Boon—. ¿Cómo es posible que alguien te saque un diente de la boca y tú no te despiertes?
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—Escucha —terció Miss Reba—. El diente de Minnie se podía poner y quitar a voluntad. Para obtenerlo hizo trabajos extras durante ¿cuántos años, Minnie? Tres, ¿no es así? Ahorró y se sacrificó hasta conseguir el dinero suficiente para arrancarse uno de sus dientes y ponerse el de oro. Naturalmente, yo hice lo que estuvo en mi mano para disuadirle de la idea. Me parecía una monstruosidad arruinar una dentadura natural maravillosa, por la que cualquiera hubiese dado un millón de dólares; le costó, pues, mucho dinero, y eso sin tomar en consideración los gastos extraordinarios de montar el diente de tal forma que fuese posible quitárselo a las horas de comer…
—¿Que se lo quitaba a las horas de comer? —se extrañó Boon—. Entonces, ¿para qué diablos quería el diente?
—Quería que me durase el mayor tiempo posible —contestó Minnie—.
Trabajé y ahorré para adquirirlo. Y no iba a gastarlo comiendo con él.
—Bien —siguió Miss Reba—. Se lo quitaba para comer y solía colocarlo delante de su plato, en un sitio donde pudiese verlo continuamente y también disfrutar de él, mientras comía. Pero fue de otro modo cómo se lo quitó él. Ella afirma que volvió a colocárselo en la boca, al acabar el desayuno, y yo la creo; nunca se había olvidado de hacerlo antes por la sencilla razón de que estaba orgullosa de su diente, le había costado dinero y tenía un valor considerable; no, no creo que lo olvidase, como tú tampoco olvidarías a ese maldito caballo en algún lugar donde pudieses perderlo de vista definitivamente.
—Es verdad —confirmó Minnie—. Me lo volví a colocar tan pronto como acabé de comer. Lo recuerdo como si fuese ahora, a pesar de que estaba terriblemente cansada.
—Eso es —prosiguió Miss Reba, dirigiéndose ahora a Everbe—. Creo que anoche, cuando volvisteis de la estación, yo estaba un poco alegre. Amanecía cuando comencé a sentirme con la cabeza algo despejada, hacía rato que había salido ya el sol cuando logré persuadir a Minnie para que echase un buen trago de ginebra, comprobase si la puerta estaba bien cerrada y se volviese a la cama. Yo me encargué de despertar a Jackie y de decirle que mantuviese la puerta cerrada y que no hiciese el menor caso si algún cornudo del sur de San Louis llamaba al timbre. Le dije que no dejase entrar a nadie en casa antes de las seis de esta tarde. Así que Minnie volvió a su habitación y se acostó en su catre en la despensa, junto al porche trasero, de modo que, al principio, creí que había olvidado cerrar su puerta con llave.
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—Claro que la cerré —interrumpió Minnie—. Es allí donde guardamos la cerveza. He cuidado de cerrarla siempre, especialmente desde que el chico ese llegó a casa. Me acordaba de lo que hizo el verano pasado durante su visita.
—Ella estaba, pues, en su cuarto —siguió Miss Reba—, cansada y profundamente dormida en su catre, con la puerta cerrada y sin darse cuenta de nada hasta que…
—… me desperté —dijo Minnie—. Estaba tan cansada que dormí demasiado, igual que usted; permanecí unos instantes en la cama y noté que en mi boca ocurría algo raro. Pero pensé que podía ser un resto de comida que me había quedado entre los dientes. De todos modos, me levanté y me miré al espejo…
—Me extrañaría que no se hubiesen oído sus gritos en Chattanooga o en Parsham —comentó Miss Reba—. Y su puerta seguía cerrada…
—¡Fue él…! —gritó Minnie—. Sé que fue él. Desde que llegó a casa no dejó de preguntarme varias veces al día cuánto me había costado y por qué no lo vendía y que cuánto me darían por él si decidiese venderlo.
—Está claro —ratificó Miss Reba—. Por eso se puso como una furia esta mañana cuando le dije que tenía que ir contigo a Parsham, en lugar de volver a casa —dijo a Everbe—. Y ahora, al oír silbar el tren que nos traía aquí, ha volado, ¿no es verdad? ¿Dónde creéis que puede estar? Porque estoy dispuesta a recuperar el diente de Minnie.
—No tenemos la menor idea —contestó Everbe—. Lo único que podemos decir es que a eso de las cinco y media desapareció del birlocho. Creíamos que íbamos a encontrarle aquí, porque no tiene otro sitio dónde ir. Pero aún no ha aparecido.
—Es posible que no hayáis buscado bien —dijo Miss Reba—. No es de ese tipo de chicos que aparezca con sólo darle un silbido. Hay que ahogarle con humo, como a las ratas o a las serpientes, para que salga a la superficie.
El empleado del hotel entró en la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó Miss Reba.
—Todo está dispuesto a su gusto, Mrs. Binford.
Miss Reba se levantó.
—Voy a acostar a Minnie y a hacerle compañía hasta que se duerma — dijo—. Después cenaré algo, no importa lo que sea.
—Es un poco tarde —contestó el empleado—. El comedor…
—Y todavía será más tarde dentro de un par de horas —le interrumpió Miss Reba—. He dicho que no me importa lo que me den de cenar. Vamos, Minnie.
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Ella y Minnie salieron. El empleado también se fue. Los demás permanecimos allí, sin atrevernos a sentamos. Everbe estaba inmóvil y la quietud, y también la pena, parecían sentar bien a su cuerpo rollizo. Más que pena, lo que sentía era, quizá, vergüenza.
—No hacía nada bueno en su casa —dijo—. Por eso pensé en traerlo una semana conmigo, el verano pasado. Y este año volví a hacer lo mismo, y me alegré de que tú y Lucius vinieseis. Esperaba que tan pronto como viese a Lucius se diese cuenta de que era así como yo deseaba que él se comportase. Porque yo nunca fui capaz de decírselo ni de enseñarle a conducirse correctamente. Tenía esperanzas de que conviviendo con Lucius dos o tres días…
—Comprendo —dijo Boon—. Esperabas que se refinase, que adquiriese buenos modales.
Se acercó a ella con torpeza y ni siquiera pretendió ponerle una mano encima. No la tocó. Le dio unas palmadas en el hombro, que me parecieron tan fuertes y violentas, tan insensibles y rudas como las que Butch le había dado a él por la tarde. Pero eso no fue todo.
—Bueno —dijo—, no tiene importancia, ¿comprendes? Lo has hecho lo mejor que has sabido, con buena voluntad. Y ahora, vámonos.
Entró el camarero.
—Su cochero está en la cocina, señor.
—¿Mi cochero? —exclamó Boon—. Yo no tengo cochero.
—Debe de ser Ned —dije, caminando hacia la puerta.
Everbe salió también con prisa, delante de Boon. Seguimos al camarero hasta la cocina. Ned estaba de pie, junto a la cocinera, una negra enorme que lavaba platos en el fregadero; estaba diciendo:
—Si lo que tú quieres es dinero, preciosa, yo soy el tipo que… Nos vio y leyó al instante los pensamientos de Boon.
—Cálmese —dijo—. Ha salido de Possum. ¿Qué ha hecho esta vez? —¿Qué? —preguntó Boon.
—Se refiere a Otis —dije—. Ned le ha encontrado.
—No, no le he encontrado —denegó Ned—. Nunca le he perdido. Los perros de tío Possum lo encontraron. Lo até a un árbol detrás del gallinero hace una hora y allí se ha estado hasta que Licurgo ha ido a buscarle. No quiso venir aquí conmigo. La verdad es que parecía no tener el menor interés en ir a ningún sitio por ahora. ¿Qué ha hecho esta vez?
Se lo contamos.
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—O sea, que ella también ha venido… —dijo—. Ji, ji, ji… Entonces él ya no estará allí cuando yo vuelva.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Boon.
—Si estuviese usted en su lugar, ¿se quedaría allí? —preguntó Ned—. Él sabe que la chica ya se ha despertado y ha echado en falta el diente. Por otra parte, conoce a Miss Reba desde hace tiempo y debe constarle que no parará hasta echarle la mano encima, volverle del revés y sacudirle para que el diente caiga al suelo. Yo mismo le dije que venía hacia aquí en la mula, y como, por otra parte, le resultará fácil enterarse de la hora que ha llegado el tren y el tiempo que se tarda en volver desde Parsham a casa del tío, no es probable que se quede allí, en caso de que, en efecto, tenga el diente.
—¿Tienes idea de lo que puede hacer con él? —preguntó Boon.
—Si ese maldito chico fuese otra persona —dijo Ned—, tendría tres alternativas: venderlo, esconderlo o regalarlo. Pero como se trata precisamente de él, me atrevo a reducirlas a dos: venderlo o esconderlo. De todos modos, creo que si pretendiese tan sólo esconderlo no le importaría hacerlo en la propia boca de la chica. Por lo tanto, lo venderá. El lugar más apropiado para vender un diente, pronto y a buen precio, es sin duda, Memphis. Pero Memphis queda lejos y para tomar el tren, lo cual le costaría dinero, aunque en la apurada situación en que se encuentra es posible que decidiese emplear el suyo tiene que venir a Possum para tomarlo, y aquí podrían verle. En consecuencia, si eliminamos la posibilidad de ir a Memphis, el segundo lugar adecuado para vender el diente es aquí, durante la carrera de mañana. Si él fuese usted o yo, mañana apostaría el diente a favor de un caballo. Pero el chico no es jugador. Obtener dinero mediante apuestas es un medio inseguro y no lo bastante rápido para él. No obstante, creo que el lugar más idóneo para comenzar a buscarle será mañana en la pista. Ha sido una lástima que no supiese nada del diente, mientras le he tenido esta tarde en mis manos. Posiblemente hubiese podido convencerle de que me lo entregase. Si ese chico dependiese de mí, lo tendría mañana en la estación, a las seis y cuarenta, a la hora en que llegará el tren de Mr. Caldwell, lo pondría bajo la custodia de Mr. Sam y le pediría que no le quitase la mano de encima hasta que le metiera en el primer tren con destino a Arkansas.
—¿No será posible encontrarle mañana en algún sitio? —preguntó Everbe
—. Tengo que encontrarle. No es más que un niño. Yo pagaré el diente. Le compraré a Minnie otro igual. Pero tengo que encontrarle. Ya sé que él dirá que no lo ha cogido, que no tiene la menor idea de dónde para, pero…
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—Claro —dijo Ned—. Eso es lo que yo también diría si estuviese en su lugar. Yo vendré mañana, a primera hora, a recoger a Lucius. Pero insisto en que el lugar más apropiado para encontrarle será mañana en la pista, poco antes de empezar la carrera.
Después dirigiéndose a mí, añadió:
—Comienza ya a caer gente por casa de tío Possum, pretendiendo averiguar quiénes son los que creen aún que el caballo es capaz de ganar una carrera. Lo más probable es que mañana tengamos allí una pequeña muchedumbre. Bien, ya es tarde. Tienes que dormir en seguida. Yo vuelvo a casa de tío Possum con la mula y también pienso dormir un rato. ¿Dónde está tu calcetín? ¿Lo has perdido?
—Le tengo en el bolsillo —dije.
—Procura no perderlo —añadió Ned—. Es el calcetín derecho, y no se puede llevar el calcetín izquierdo sin su pareja en el pie derecho. Trae mala suerte.
Se volvió hacia la cocinera gorda y dijo:
—A menos que decida pasar la noche en la ciudad. Si me quedo, ¿a qué hora me darías de desayunar, preciosa?
—Tan pronto como me prometiese desaparecer de mi vista.
—Entonces, buenas noches —dijo Ned.
Se marchó. Regresamos al comedor, donde el camarero, en mangas de camisa y sin cuello ni corbata, servía a Miss Reba el plato de chuletas de cerdo con patatas fritas y la tarta de bizcocho con mermelada que habíamos tomado todos para cenar. No fue propiamente una cena fría ni tampoco caliente, sino tibia, en deshabillé[17], podríamos decir, como el propio camarero.
—¿Ha logrado que se duerma? —preguntó Everbe. —Sí —contestó Miss Reba—. El pequeño hijo de… Se interrumpió unos instantes y prosiguió:
—Perdona. Siempre he creído que había visto todo lo que hay por ver en mi negocio. Jamás se me ocurrió pensar en la posibilidad de que se robase un diente en mi casa. Me revientan esos tipos. Son como pequeñas culebras. Una puede luchar contra las serpientes grandes porque se advierte en seguida su presencia. Pero las culebras le pueden morder a una antes de que se dé cuenta de que existen. ¿Dónde está mi café?
El camarero se lo trajo y volvió a retirarse. Y, de pronto, aquel enorme y enfundado comedor pareció rebosar de gente; cada vez que Butch y Boon estaban en la misma habitación las paredes semejaban crecer, aproximarse
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una a otra y no dejar sitio para nada más. El —Butch— había vuelto sin duda a casa del médico, o a casa de cualquier otro ciudadano que se creyese en la obligación de dar de beber gratis a los funcionarios del cuerpo de la estrella de hojalata. Era tarde, me encontraba terriblemente cansado, pero él estaba allí de nuevo. Y de repente comprendí que hasta aquel preciso instante no habíamos empezado todavía a tener dificultades con él. Se detuvo junto a la puerta, congestionado, con los ojos brillantes, lleno de confianza en sí mismo; su estrella de latón parecía querer deslumbrarnos como si poseyese luz y vida propias, independientes de la camisa sudada sobre la cual resplandecía. Butch no la ostentaba como un simple distintivo de su cargo, sino como si se tratase, por el contrario, de una condecoración adquirida por méritos extraordinarios; y la maldita estrella, tanto en su carácter de recompensa como en el de simple emblema de una profesión especializada que eliminaba el posible mérito de cualquier otra actividad, nos deslumbró a todos con su aureola de misticismo. En aquel momento Everbe se levantó de su silla, dio la vuelta a la mesa y volvió a sentarse junto a Miss Reba, a la que Butch miraba ahora, oscilando sobre las puntas de sus pies. Fue en aquel momento cuando me di cuenta de que Everbe llevaba en el asunto la peor parte, puesto que Boon tenía que habérselas sólo con Butch, mientras ella tenía enfrente a Butch y a él mismo.
—Vaya, vaya —exclamó Butch—. Veo con satisfacción que Catalpa Street, ha decidido trasladarse un poco al Este y llegar a Possum.
Sus palabras me hicieron pensar que era amigo o al menos conocido de Miss Reba. Pero si en realidad lo era había olvidado su nombre. Entonces, a mis once años, comencé a aprender que en el mundo hay gente como Butch que jamás recuerdan a nadie mientras no necesitan de sus servicios o de su favor. Y lo que ahora él necesitaba (simplemente para uso personal) era otra mujer, sin importarle en absoluto que fuese más o menos joven o simpática. No, no era exactamente que necesitase una mujer. Había encontrado ya una en su camino, pero como el león que encuentra otro león y le disputa la posesión de un antílope al que también le apetece lamer, consideraba sin duda una estupidez entablar una lucha cuando el destino le ofrecía la presencia de otro antílope inesperado en mitad de su camino. Pero Miss Reba resultó no ser un antílope, sino otro león. Butch dijo:
—Eso es lo que yo llamo hacer uso de la cabeza, Sugar Boy. ¿Por qué vamos a pelear por un pedazo de carne, cuando hay otro igual en todos los detalles esenciales, aunque tenga el pellejo algo distinto?
—¿Quién es ése? ¿Amigo tuyo? —preguntó Miss Reba a Everbe.
—No —contestó Everbe.
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Parecía como si Everbe desease encoger su cuerpo hasta hacerlo desaparecer. Pero era demasiado gruesa para lograrlo.
—Por favor… —musitó.
—No, no es amigo suyo —terció Boon—. Ya no quiere tener más amigos. No los necesita. Ha dejado la profesión, se ha retirado. Tan pronto como acabemos este asunto de la carrera, piensa ir a no sé dónde y buscar un empleo de friegaplatos. Pregúnteselo, ya verá…
Miss Reba miró a Everbe.
—Por favor —repitió ésta.
—¿Qué desea usted? —preguntó Miss Reba, dirigiéndose a Butch. —Nada —dijo Butch—. Nada en absoluto. Yo y Sugar Boy hemos sido
rivales durante unas horas, pero usted ha aparecido y ya todo marcha estupendamente.
Se acercó a la mesa y tomó a Everbe por un brazo.
—Vamos —dijo—. El birlocho está fuera. Vamos a dar una vuelta.
—Llama al empleado —me dijo en voz alta Miss Reba.
No tuve necesidad ni de dar un paso; probablemente, si hubiese mirado hacia la puerta, habría distinguido la figura del empleado al otro lado de la misma. Se acercó a nosotros.
—¿Representa a la ley ese hombre? —preguntó Miss Reba.
—Todos conocemos a Butch por estos contornos, Mrs. Binford —dijo el empleado—. Tiene más amigos en Parsham que ninguna otra persona. Naturalmente, es el agente de policía de Hardwick; aquí, en Parsham, no tenemos comisaría; no somos aún lo bastante importantes para ello.
La aparatosa afectividad de Butch había envuelto al empleado antes de que éste entrase en la habitación; era como si aquel pobre hombre se hubiese sumergido voluntariamente en la ampulosa condescendencia del policía como un ratón en un pastel de queso de nata. Sin embargo, los ojos de Butch le miraban fríamente, con dureza.
—Y quizás eso sea el defecto que tiene esta ciudad —dijo al empleado—. Quizá por ello no seáis capaces de manteneros a la altura que exige el progreso. Si tuvieseis un poco más de respeto a la ley…
—¡Oh, Butch! —exclamó el empleado.
—¿Significa eso que cualquiera de los de este asqueroso pueblo puede salir a la calle y llevarse a la forastera que más le guste a la cama más próxima, como hacen los gatos? —preguntó Miss Reba.
—¿Llevarse a quién? —preguntó Butch—. ¿Con qué? ¿Con un billete de dos dólares?
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Miss Reba se levantó:
—Vámonos —dijo a Everbe—. Hay un tren para Memphis esta noche. Conozco al dueño de este repugnante hotel. Creo que mañana iré a verle…
—¡Oh, Butch! —exclamó de nuevo el empleado—. Espere, Mrs. Binford. —Vuelve a tu puesto, Virgil —le contestó Butch—. Sólo faltan cuatro meses para que llegue noviembre, y algún millonario criador de perros puede aparecer en el momento más inesperado y encontrarse con que no hay nadie que le diga dónde tiene que firmar el libro de registro. Vamos, aquí todos
somos buenos amigos.
El empleado salió del comedor.
—Bueno, ahora ya no hay quien nos moleste —siguió Butch, agarrando a Everbe por un brazo.
—Usted nos molesta —dijo Miss Reba—. ¿Por qué no viene conmigo al vestíbulo o a cualquier otro sitio dónde podamos hablar a solas? Quiero cambiar un par de palabras con usted.
—¿Acerca de qué? —inquirió Butch.
Miss Reba no le contestó. Comenzó a caminar hacia la puerta.
—¿A solas, ha dicho? Bien, de acuerdo. No tengo el menor inconveniente en tratar a solas con una mujer con buenas carnes. Estoy seguro de que Sugar Boy daría su vida por ello.
Salieron los dos. No tuvimos oportunidad de verles, desde el vestíbulo en el salón de señoras, porque al cabo de un minuto escaso Miss Reba volvió a salir, caminando con calma y elegancia, con expresión dura, hermosa y serena. Un instante más tarde, apareció también Butch, diciendo:
—Conque esas tenemos, ¿eh? Ya me ocuparé yo de eso.
Miss Reba llegó sin detenerse hasta donde le esperábamos y observó cómo Butch cruzaba el vestíbulo, sin mirarnos siquiera.
—¿Todo bien? —preguntó Everbe.
—Sí, perfectamente —corroboró Miss Reba—. Y tú, aplícate también el cuento —añadió dirigiéndose a Boon. Después me miró a mí y exclamó:
—¡Jesús!
—¿Qué demonios le has dicho? —preguntó Boon.
—Nada —replicó ella por encima del hombro, sin dejar de mirarme—. Creía conocer todos los problemas que podían presentarse en una casa de nuestra industria, hasta que he visto una con niños. Tú trajiste uno —dijo a Everbe— que echó a la calle al dueño de la casa y después roba todos los dientes sueltos que encuentra y catorce dólares en cerveza; y por si eso no bastara, Boon Hogganbeck me endosa otro que se dedica a conducir a mis
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pobres chicas por el camino de la miseria y de la respetabilidad. Bien, yo me voy a la cama, y vosotros…
—Vamos —insistió Boon—. ¿Qué ha dicho a Butch? —¿De qué ciudad eres tú? —preguntó Miss Reba. —De Jefferson —respondió Boon.
—Vosotros, las gentes de las grandes ciudades como Jefferson o Memphis, con vuestras manías de grandeza os olvidáis de conocer la ley. Para ello tenéis que venir a los pueblos pequeños, como éste. Yo sé de esas cosas, porque me crié en un lugar semejante a Parsham. Él es agente de policía. Podría pasar una semana entera en Jefferson o en Memphis y nadie se daría cuenta de su existencia. Pero aquí, entre la misma gente que le eligió para el cargo (la mayoría de doce o trece votos por él, y la minoría compuesta por los restantes ocho, nueve o diez que no lo hicieron, están igualmente arrepentidos de que fuese elegido), no le importa en absoluto ni el jefe de policía ni el gobernador del Estado ni el presidente de los Estados Unidos. Porque antes que nada Butch es un baptista. Es decir, primero es baptista y después agente de policía. Cuando le es posible ser a la vez ambas cosas, lo es. Pero siempre que la ley está en oposición a sus creencias, la ley sabe cómo hacerse respetar. Supongo que habréis oído hablar de aquel viejo faraón que reinó con tanto acierto y de aquel otro que en la Biblia le llaman César, que tampoco lo hizo mal. Pues bien, creo que debieran darse una vuelta por nuestro país y ver cómo actúan nuestros agentes de policía rurales en Tennessee, Arkansas o Mississippi… Se quedarían con la boca abierta al comprobar lo estrictamente vigilados que están.
—Pero, ¿cómo sabe usted que está vigilado? —preguntó Everbe. —Todos ellos lo están —contestó Miss Reba—. ¿No te he dicho que viví
en un sitio como éste hasta que me harté de él? No necesito saber nada más. Lo único que tuve que decirle a ese cerdo es que le denunciaría. Y ahora me voy a…
—Pero ¿qué le dijo exactamente? —preguntó otra vez Boon—. Siempre es útil saber esas cosas.
—Ya te lo digo: nada —contestó Miss Reba—. Si no supiese desde hace años cómo tratar a esa clase de cerdos, estaría ya en un asilo. Simplemente, le comuniqué que si volvía a verle por aquí esta noche, despertaría a ese empleado con cara de carnero para que fuese a buscar al pastor baptista y le dijese que el agente de policía de Hardwick había alojado a dos prostitutas de Memphis en el hotel de Parsham. Me voy a dormir y vosotros debierais hacer lo mismo. Vamos, Corrie. Hace unos minutos he puesto en evidencia tu
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ultrajada virtud delante de ese empleado y es preciso que la recobres viendo que subes a dormir conmigo.
Salieron del vestíbulo. Boon también se había marchado; probablemente había salido al porche principal para convencerse de que el birlocho de Butch no estaba ya allí. De pronto, Everbe volvió a aparecer y se inclinó hacia mí, con toda su gordura, musitando:
—No has traído nada, ¿verdad? Quiero decir, ropas. Siempre te he visto con las mismas puestas.
—¿Qué hay de malo en ellas? —pregunté.
—Nada, pero quiero lavarlas. Quiero lavarte los calzoncillos, los calcetines y la camisa. Y también el calcetín que te pones para montar. Anda, quítate todo eso.
—Pero me quedaré sin nada encima.
—Eso es. Métete en la cama. Cuando te levantes, lo tendrás todo preparado otra vez. Anda…
Ella permaneció, pues, a la puerta de mi habitación mientras me desnudaba y le entregué las prendas por la puerta entornada. Le di las buenas noches, cerré la puerta y me metí en la cama. Entonces pensé que quedaba algo importante que aún no habíamos celebrado: la conferencia secreta que debía tener lugar antes de la carrera y en la que se debía discutir la táctica del cercano, oscuro y difícil acontecimiento del día siguiente; pero la verdad era que ni siquiera teníamos elementos acerca de los cuales trazar planes. Todo lo que poseíamos era un caballo, de propiedad incierta (a menos que Ned supiese exactamente quién era el propietario) y de cuyo pasada sólo conocíamos que reiteradamente se había empeñado en correr menos que el caballo al que íbamos a enfrentarlo de nuevo; íbamos, pues, a competir mañana contra otro caballo al que ninguno de nosotros había visto con anterioridad, además de que su existencia se basaba, para nosotros, en simples referencias y palabras ajenas. Después me conformé pensando que, de todas las actividades humanas, las carreras de caballos, con todos los problemas y preocupaciones que planteaban, era la que, en su resolución, quedaba con mayor certeza en manos de Dios. Boon entró en mi habitación cuando yo estaba en cama medio dormido.
—¿Qué has hecho con tus ropas? —preguntó.
—Everbe las está lavando.
Boon se quitó los zapatos y los pantalones y alargó un brazo para apagar la luz. De pronto, se detuvo y quedó inmóvil.
—¿Quién dijiste que te las está lavando?
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Estaba completamente despierto, pero era tarde. Permanecí con los ojos cerrados, sin mover un dedo.
—¿Qué nombre dijiste?
—Me refería a Miss Corrie.
—La llamaste de otro modo.
Casi podía sentir su mirada sobre mi cuerpo.
—La llamaste Everbe. ¿Es ése su verdadero nombre? —seguía notando su mirada.
—O sea, que a ti te dijo su verdadero nombre, ¿eh? Después añadió en voz baja, con evidente resignación:
—¡Maldita sea!
A través de mis párpados entornados comprobé que apagó la luz.
Más tarde, oí el crujir de su cama al echarse en ella, como solían hacer siempre todas las camas sobre las que dormía, quizás en protesta de su enorme corpulencia. Aquel sonido metálico de su cama lo distinguía siempre que me acostaba con él en la misma habitación: recordaba haberlo oído una o dos veces en casa, cuando padre estaba ausente y él dormía en casa para que madre no tuviese miedo; también había sonado hacía dos noches en casa de Miss Ballenbaugh y anoche en Memphis. Pero, de pronto, caí en la cuenta de que en Memphis no había dormido con él sino con Otis.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches —contesté.
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Capítulo 10
Amaneció el día siguiente; el día en que iba a tomar parte en mi primera carrera de caballos (si la ganaba, el resultado sería colocar a Ned y a Boon en estado de absoluta inmunidad; situación que no afectaba a mi persona, porque yo no era más que un niño y pariente, además, de los robados. Sin embargo, en caso de ganar, los tres podríamos regresar a casa, si no con honor y libres de culpa, sí, al menos, con cierta dignidad), por la cual habíamos luchado y sufrido y dado tantas vueltas (además de cometido otros delitos accesorios que arrancaban del principal, del espontáneo e inocente robo del coche del abuelo). Había llegado, pues, el momento.
—Así que ella te dijo su verdadero nombre, ¿eh? —preguntó Boon. Ahora, ¿comprendes?, era ya demasiado tarde para volver atrás. La noche
anterior estaba cansado y me cogió desprevenido.
—Sí —contesté.
Después me di cuenta de que mi afirmación era falsa. Ella no me lo había dicho. Ni siquiera estaba enterada de que yo lo sabía, de que la estaba llamando Everbe desde el domingo por la noche. Pero ahora era ya demasiado tarde.
—Pero tienes que prometerme —dije— que nunca la llamarás así, hasta que te lo diga.
—Te lo prometo —contestó—. Puedes estar tranquilo. Sabes que nunca te he mentido; es decir, en cosas serias…, me refiero a… Bueno, de acuerdo. Prometido.
Después, añadió, como la noche anterior, en voz baja y asombrada:
—¡Maldita sea…!
Mi ropa —mi camisa, mis calzoncillos, mis calcetines y el calcetín de montar—, planchada y lavada, la encontré cuidadosamente puesta sobre una silla, junto a la puerta. Boon me la entregó.
—Si te pones ropa limpia, tendrás que bañarte de nuevo —dijo.
—Me hiciste bañar el sábado —contesté.
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—Y estuvimos viajando toda la noche del sábado. No llegamos a Memphis hasta el domingo por la mañana.
—Sí, fue el domingo.
—Y hoy es martes —prosiguió—. Dos días.
—No, un día —protesté—. Dos noches, pero sólo un día.
—Has estado viajando desde entonces. Ahora llevas dos capas de polvo encima.
—Son casi las siete. Ya llegamos tarde a desayunar.
—Debes bañarte antes —insistió.
—Tengo que vestirme inmediatamente para darle las gracias a Everbe por haberme lavado la ropa.
—Pero báñate antes.
—Me mojaré el vendaje.
—Ponte la mano en la cabeza. No tienes necesidad de lavarte la cabeza.
—¿Y por qué no te bañas tú? —pregunté.
—No estamos ahora hablando de mí, sino de ti.
Me metí en el cuarto de baño, me bañé, me puse la ropa limpia y bajé al comedor. Ned demostró nuevamente tener razón. La noche anterior sólo había una mesa preparada, que era la nuestra. Ahora distinguí en el comedor a siete u ocho personas, todos hombres (pero no forasteros, tenlo bien en cuenta; en realidad, eran extraños solamente para nosotros, que no vivíamos en Parsham. Ninguno de ellos había descendido de trenes de lujo, cubiertos en sedas y fumando puros «Upmann»; nosotros no habíamos abierto la temporada cosmopolita de los deportes de invierno en Parsham, por la sencilla razón de que estábamos a mediados de mayo. Algunos de aquellos hombres vestían un sencillo mono y sólo uno llevaba corbata; eran, pues, gente como nosotros, con la única diferencia de que ellos vivían allí, pero en compañía de las mismas pasiones, de las mismas esperanzas, del mismo idioma, incluso que nosotros; gozando también —hasta Butch— nuestro inalienable derecho constitucional de la libertad de pensamiento y de iniciativa privada —que ha hecho a nuestra nación lo que es hoy—, mediante la organización de una carrera particular de caballos; si alguien, ya fuese persona física o jurídica, hubiese venido del condado próximo a alterar sus planes, o a interferir en ellos, o a suspenderlos, o incluso a apostar de manera exagerada al caballo de sus preferencias, se habrían levantado todos como un solo hombre y le habrían expulsado del pueblo). Además del camarero, percibí la presencia de una doncella de uniforme, que salía por la puerta giratoria de la despensa y la cocina, y a dos hombres (uno de ellos el que llevaba corbata) sentados en
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nuestra mesa, hablando con Boon y con Miss Reba. Pero Everbe no estaba allí, y por un instante —un segundo— tuve la horrible visión de que Butch la había, por fin, capturado y violentado a la fuerza, sorprendiéndola en un pasillo, quizá mientras estaba llevando la silla con mi ropa hasta la puerta de la habitación de Boon. Pero fue sólo un segundo excesivamente fantástico; si ella había lavado mi ropa anoche, sin duda habría estado despierta hasta muy tarde y lo más probable es que estuviese aún durmiendo. Así, pues, me dirigí a la mesa, cuando uno de los hombres decía:
—¿Ése es el chico que va a montarlo? Parece como si le hubieseis vendado para tomar parte en un combate de boxeo.
—Sí —dijo Boon, pasándome la bandeja del jamón—. Se cortó el otro día jugando al escondite.
Miss Reba me pasó los huevos y las patatas fritas.
—Ja, ja —rió el hombre—. De todos modos, esta vez el caballo llevará menos peso que en las dos ocasiones anteriores.
—Sí, naturalmente —dijo Boon—, a menos que éste se coma hasta los cuchillos y los tenedores cuando dejemos de mirarle y se lleve parte del jamón para tomárselo a media mañana.
—Ja, ja —dijo el hombre—. Si nos guiamos por el modo como ocurrió el
invierno pasado va a necesitar algo más que poco peso. Pero imagino que
tendréis vuestro secreto, ¿eh?
—Claro —dijo Boon.
Comenzó a comer de nuevo.
—Aún suponiendo que no hubiese secreto, tendríamos que actuar como si lo hubiera.
—Ja, ja —rió el hombre, levantándose de la mesa—. Os deseo buena suerte. A ese caballo le hará falta tanta suerte como poco peso.
La camarera se acercó a nuestra mesa, trayéndome un vaso de leche y una bandeja de bizcochos calientes. Era Minnie, vestida con un delantal y una toca que Miss Reba debía haber alquilado o pedido prestados al hotel a cambio de que ayudase en el comedor. En su cara quedaba aún un rastro de amargura y de rabia, si bien su expresión se había dulcificado con el sueño; sin duda había descansado, incluso dormido profundamente, aunque no hubiese perdonado aún al culpable de sus desdichas. Los dos extraños se marcharon.
—¿Veis? —dijo Miss Reba, sin dirigirse a nadie en concreto—. Todo lo que necesitamos es que nuestro caballo resulte el mejor y un millón de dólares para apostar.
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—Ya oyó usted lo que dijo Ned el domingo por la noche —contestó Boon
—. Usted fue la única que le creyó. Es decir, decidió creerle voluntariamente. Lo mío es distinto. Después de desaparecer el maldito automóvil, nuestro último recurso es el caballo. No tengo más remedio que creer en él.
—De acuerdo —contestó Miss Reba—. Pero no te juegues la camisa. —Y tú deja también de preocuparte —me dijo Boon—. Ella ha ido a la
estación para comprobar si los perros volvieron a cogerle anoche y si Ned le ha llevado al tren. Eso es, al menos, lo que dijo…
—¿Le encontró Ned? —pregunté.
—No —contestó Boon—. Ned está ahora en la cocina. Pregúntaselo. Eso es, al menos, lo que dijo ella… Sí, después de todo quizá tengas motivos suficientes para preocuparte un poco. Miss Reba se encargó anoche de eliminar el peligro que representa el tío de la estrella, pero aún queda el otro…, ¿cómo se llama…?, Caldwell… Llega a Parsham en ese tren…
—¿De qué estás hablando ahora? —preguntó Miss Reba.
—De nada —contestó Boon—. No tengo absolutamente nada de qué hablar. Me he retirado. Lucius es quien tiene ahora por rivales al de la estrella y al de la gorra de visera acharolada.
Me levanté de la mesa, porque ahora sabía perfectamente dónde se encontraba.
—¿Es ése todo el desayuno que vas a tomar? —preguntó Miss Reba. —Déjalo en paz. Está enamorado —dijo Boon.
Crucé el vestíbulo. Era posible que Ned estuviese, una vez más, en lo cierto, y que lo único necesario para dar a entender que se iba a celebrar una carrera de caballos era tener a mano dos de ellos, dentro de un radio de diez kilómetros. El rumor había corrido como un reguero de pólvora. Pero, por ahora, no había llegado aún a la salita de señoras. Por lo tanto, si digo que el llanto sentaba bien a Everbe, quizá fuese debido a que era suficientemente gruesa para llorar cuanto creyese necesario y conveniente y dejar la habitación llena de lágrimas para que se secasen con el paso del tiempo. Estaba sola, sentada en la sala de señoras y llorando por tercera vez. No, por cuarta vez, contando las dos ocasiones en que lloró el domingo. Me pregunté por qué, cuál era el motivo de sus lágrimas. Nadie le había obligado a venir con nosotros y, por consiguiente, era libre de tomar el primer tren que regresase a Memphis. Y, sin embargo, permanecía allí, lo cual daba a entender que deseaba seguir a nuestro lado. Pero, a pesar de ello, era la segunda vez que lloraba desde que habíamos llegado a Parsham. Por lo visto,
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tenía tal capacidad de llanto que sus lágrimas no se agotaban cuando pensaba en Otis. Dije:
—Está bien. Ned le encontrará hoy. Muchas gracias por lavarme la ropa.
¿Dónde está Mr. Sam? Creí que venía en este tren.
—Ha tenido que tomar el tren de Memphis para quitarse el uniforme — dijo ella—. No puede asistir a la carrera de caballos con el uniforme de la compañía. Vendrá en el mercancías del mediodía. No sé dónde he metido mi pañuelo.
Lo busqué y se lo di.
—Quizá fuese conveniente que se lavase la cara —dije—. Cuando Ned le encuentre devolverá el diente.
—No es por el diente —dijo—. Pienso comprarle otro a Minnie. Es… Nadie le ha educado. El… ¿Has prometido tú alguna vez a tu madre que nunca robarías nada?
—Esas cosas no se prometen a nadie —contesté—. Se dan por sabidas. —Pero ¿se lo habrías prometido si te lo hubiese pedido? —Nunca me lo pediría. Esas cosas se dan por sabidas —repetí.
—Tienes razón —dijo. Y añadió:
—No voy a quedarme más en Memphis. He hablado con Sam en la estación esta mañana y opina también que es una buena idea. Me buscará trabajo en Chattanooga o en cualquier otra parte. Pero como tú seguirás en Jefferson, podré mandarte una postal para que sepas dónde paro.
—Sí —contesté—. Te escribiré. Vamos. Aún están desayunando.
—Hay algo acerca de mí que tú no sabes, que no puedes imaginar siquiera.
—Lo sé todo. Tú eres Everbe Corinthia. Te he estado llamando así para mis adentros durante estos últimos dos días. Sí, fue Otis. Pero no se lo diré a nadie, aunque no veo la razón de ocultarlo.
—¿La razón de ocultarlo? —preguntó ella—. ¿Un nombre pasado de moda y pueblerino como ése? ¿Puedes imaginar a alguien en casa de Reba diciendo que quiere pasar un rato con Everbe Corinthia? Se avergonzarían de ese nombre. Se reirían. Pensé en cambiármelo por Yvonne o por Billie, pero Reba dijo que Corrie quedaba mejor.
—A mí sigue pareciéndome un bonito nombre —dije.
—¿Tú crees? A ver, dilo una vez…
Escuchó con atención. Escuchó exactamente igual que si estuviese esperando que sonase un eco.
—Sí —dijo—. Así me llamaré de ahora en adelante.
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—Entonces —dije—, vamos a desayunar. Ned me está esperando y tengo que marcharme.
Pero Boon llegó antes de que nosotros saliésemos.
—Hay demasiada gente ahí fuera —dijo—. Temo haber cometido una torpeza al decirle a aquel tipo que tú ibas a montar hoy el caballo. Quizá no debiera haberte sacado nunca de Jefferson.
Me miró fijamente. Detrás de una cortina del fondo de la habitación había una pequeña puerta.
—Vamos —dijo.
Salimos a otro pasillo, que nos condujo a la cocina. La cocinera gorda estaba de nuevo ante el fregadero. Ned, sentado a una mesa, acababa su desayuno, mientras decía:
—Cuando yo camelo a una mujer, no lo hago por matar el rato. Las mujeres no podéis comprar nada con simples palabras…
Al vernos se detuvo y se levantó. Se dirigió a mí.
—¿Estás listo? Ya es hora de que tú y yo vayamos un rato al campo. Hay demasiada gente por aquí. Si todos ellos tuviesen dinero y lo apostaran y el caballo sobre el que apostasen perdiese, y nosotros tuviésemos la fortuna de haber apostado al ganador, no sólo volveríamos a Jefferson esta misma noche con el automóvil: nos llevaríamos todo Possum para tratar de dulcificar el mal genio del amo Priest.
—Espera —dijo Boon—. ¿No vamos a trazar ningún plan previo?
—El único de nosotros que necesita un plan es Relámpago —dijo Ned—. Y el único plan que necesita es tomar la salida en primera posición y conservarse en ella hasta que alguien le diga que pare. Pero ya sé a lo que usted se refiere. Vamos a correr en la pista del coronel Linscomb. La primera carrera será a las dos. Tenemos seis kilómetros hasta allí. Relámpago, Lucius y yo, apareceremos con dos minutos de antelación sobre la hora fijada. Pero ustedes es mejor que estén antes. Lo ideal sería que saliesen hacia allí tan pronto como llegase el mercancías de Mr. Sam. Porque éste es el plan que nos interesa a todos: que lleguen ustedes a la pista con tiempo suficiente para apostar el dinero, y que aún tengan algún dinero cuando lleguen allí, claro.
—Espera —dijo Boon—. ¿Qué hay del automóvil? El dinero no va a servimos de nada si tenemos que volver a casa sin…
Ned le atajó:
—Acabe ya de preocuparse por ese maldito automóvil. ¿No le he dicho que los chicos volverán a casa esta noche lo más tarde?
—¿Qué chicos? —preguntó Boon.
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—Vaya, hombre… El problema con los blancos es que nunca entienden nada de nada.
Entró Minnie con una bandeja de platos sucios. En su expresión se revelaba toda la grandeza, el desconsuelo y la ansiedad de la tragedia humana.
—Vamos —le dijo Ned—. Dedícame una sonrisa para que pueda darme cuenta del tamaño del hueco en el que te colocaré el diente esta noche.
—No le sonrías, chica —terció la cocinera gorda—. Es posible que los ardides de este conquistador de Mississippi le den buenos resultados en su tierra; pero no tienen por qué alcanzar éxito en Tennessee, y menos aún en esta cocina.
—Espera —dijo Boon.
—Será mejor que espere usted a Mr. Sam y él se lo contará todo —le interrumpió Ned—. Mientras Lucius y yo ganamos la carrera, usted y Mr. Sam podrían dedicarse a localizar a ese crío y el diente.
Esta vez había traído la jardinera de tío Parsham y una de sus mulas. Y una vez más tenía razón. Desde la noche anterior, la pequeña aldea había cambiado. El cambio no radicaba propiamente en el hecho de que hubiese más gente en todos los sitios, sino que se palpaba en el aire, en el ambiente de exaltación que reinaba en el pueblo. Por primera vez me di perfecta cuenta de que dentro de pocas horas iba a montar un caballo en una carrera.
—Creo recordar que anoche dijiste que Otis ya se habría marchado antes de que regresases de la ciudad —dije.
—Y se había marchado —asintió Ned—. Pero no muy lejos. No tiene ningún sitio dónde ir. Los perros ladraron anoche dos veces junto al granero. Le han tomado la misma antipatía que despierta en los seres humanos. Probablemente, poco después de que saliese yo esta mañana él habrá vuelto a tomar su desayuno.
—Supón que vende el diente antes de que podamos cogerle.
—Ya he calculado eso —contestó Ned—. No lo venderá. No encontrará a nadie que se lo compre. En caso de que no haya aparecido para desayunar, Licurgo cogerá los perros hasta encontrarle de nuevo y le comunicará que anoche, al regresar yo de Parsham, le dije que un hombre de Memphis había ofrecido veintiocho dólares a la chica, en dinero contante y sonante, por el diente. Lo creerá a pies juntillas. Si le dijese que le habían ofrecido cien o cincuenta dólares no lo creería. Pero una cifra tan caprichosa como veintiocho dólares le convencerá, aunque sea solamente porque la juzgue pequeña. Pensará que ese individuo de Memphis intentaba engañar a Minnie. Y cuando intente venderlo durante la carrera de esta tarde, nadie le ofrecerá ni la mitad
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de esa cantidad y no le quedará otro recurso que no venderlo y regresar a Memphis con él. Por lo tanto, quítate ese diente de la cabeza y piensa sólo en la carrera. En las dos últimas pruebas de la carrera. Como vamos a perder la primera, tampoco hay que preocuparse acerca de ella.
—¿Qué? —pregunté extrañado—. ¿Por qué?
—¿Por qué no? Lo que necesitamos es ganar dos de ellas.
—Pero ¿por qué perder la primera? ¿Por qué no ganarla y adquirir la mayor ventaja posible desde el principio? Durante medio minuto condujo la jardinera en silencio.
—El problema de esta carrera radica en el hecho de que hay demasiadas cosas mezcladas en ella —dijo.
—Demasiadas ¿qué? —pregunté.
—Demasiado de todo —contestó—. Demasiada gente. Pero, en especial, demasiadas pruebas. Si constase sólo de una prueba a celebrar en un lugar desierto, sin más espectadores que tú, yo y Relámpago y el otro caballo y la persona que lo montase, todo iría mejor. Porque ayer quedó demostrado que es posible hacer correr a Relámpago una vez. Ahora tendrá que hacerlo correr tres veces.
—Pero tú hiciste correr a aquella mula —dije.
—Este caballo no es una mula —contestó Ned—. Aún no se ha parido el caballo que fuese como aquella mula. Ni tampoco otra mula. Este caballo, sobre el que nos jugamos nuestro futuro, ni siquiera tiene el instinto que suelen poseer los demás caballos. Así, pues, date cuenta de la magnitud de nuestro problema. Nos consta que podemos hacerle correr una vez, pero sólo tenemos esperanzas de que sea capaz de realizar dos veces una buena carrera. Ahí está el problema. Sólo albergamos esperanzas de que lo haga. Por lo tanto, no podemos desperdiciar la ocasión en que estamos seguros de que correrá, hasta que no nos sea absolutamente imprescindible, es decir, en las dos últimas pruebas, ya que lo más que correrá será dos veces. Y como debemos perder forzosamente una vez, lo mejor es hacerlo en la primera carrera, de la que se podrán obtener enseñanzas que resulten de utilidad para las otras.
—¿Le has contado a Boon todo eso? Temo que…
—Dejaremos que pierda dinero en la primera carrera, siempre que no invierta todo el que lleve encima, más el que pida prestado a las señoras, que, por lo que deduzco de la actitud de esa Miss Reba, es la intención que tiene. Bien, que pierdan… Eso motivará que las posturas de la segunda carrera sean
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mucho más sustanciosas para nosotros. Por otra parte, si queremos hacerlo, siempre podremos decirle lo que va a suceder antes de comenzar cada prueba.
—No me refería exclusivamente a lo de las apuestas, sino al problema nuestro con el amo.
—Nuestro problema con el amo se resuelve si ganamos la carrera. Una cosa implica la otra. Y ahora deja de preocuparte por todo eso. No te pido que no pienses en la carrera, porque sé que no puedes hacerlo. Pero no te atormentes demasiado acerca de si la vamos a ganar o a perder. Piensa solamente en lo que Relámpago te enseñó ayer. Eso es lo que debes hacer. Yo me ocuparé de todo lo demás. ¿Llevas tu calcetín?
—Sí —dije.
De pronto, me di cuenta de que no íbamos a casa de tío Parsham. No seguíamos aquella dirección.
—Tenemos nuestra cuadra particular para esta carrera —aclaró Ned—. La tenemos en una pradera, situada en una hondonada, que pertenece a un miembro de la iglesia baptista de Possum. Desde allí no se tarda ni un cuarto de hora en llegar a la pista. Y, por otra parte, no tendremos a nadie que nos moleste, hasta que llegue el momento de tomar la salida. Licurgo y tío Possum salieron para allá, con Relámpago, inmediatamente después de desayunar.
—La pista… —dije.
Naturalmente, habría una pista. Nunca había pensado acerca de ello. Sin saber por qué, había imaginado siempre que alguien vendría con el caballo rival a casa de tío Parsham, para celebrar la carrera en los pastos del viejo.
—Sí —dijo Ned—. Una pista reglamentaria, igual que las de las grandes ciudades, pero de dimensiones más reducidas y sin bares ni mostradores en donde venden cerveza o whisky, como deben tener todas las pistas de carreras de caballos que se precien. Está en las tierras del propio coronel Linscomb, el propietario del otro caballo. Licurgo y yo fuimos a verlo anoche. Me refiero a la pista, no al caballo. Al caballo todavía no lo conozco. Pero vamos a tener una buena oportunidad para observarlo hoy a nuestras anchas, aunque sólo sea la grupa. Lo importante, y lo que debemos lograr a toda costa, es que, al menos en dos de las pruebas, sea ese caballo el que vea hasta el final la grupa de Relámpago. Para eso tengo que hablar al chico que va a montarlo; es un negro, conocido de Licurgo. Pretendo hablarle de tal modo que no se dé cuenta de lo que le he dicho hasta que todo haya concluido.
—¿Ah, sí? ¿Cómo vas a hacer eso? —pregunté.
—Deja que lleguemos antes allí —contestó Ned.
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Seguimos adelante; aquél era, para mí, un paisaje nuevo. Resultaba obvio que estábamos atravesando las plantaciones del propio coronel Linscomb o las de cualquier otro gran propietario. Eran unos extensos campos de algodón en flor y de grano y enormes extensiones de pastos, con sus cabañas de aparceros y sus cercas en magnífico estado de conservación; se distinguían también cobertizos para almacenar las cosechas de algodón. Al poco rato, vi los edificios de las cuadras y establos y, en lontananza, observé la silueta blanca y ovalada de la pequeña pista. Ned dio la vuelta y tomó un camino, apenas perceptible, que nos introdujo en una espesa arboleda de hayas, por entre las que discurría un cristalino arroyo. Junto a Licurgo, Relámpago, limpio y reluciente, brillando casi a la luz moteada del hayedo, fue lo primero que distinguí. Después, vi la otra mula de tío Parsham, pastando entre los árboles, y al propio tío Parsham, con su dramática indumentaria en blanco y negro, regio, principesco, con toda la dignidad y solvencia de su edad, sentado sobre la silla que Licurgo había, sin duda, apoyado contra un árbol, a fin de improvisar una especie de sillón para el viejo. Nos estaban esperando. Y al instante caí en la cuenta de lo que ocurría: me estaban esperando. Aquél fue el momento en que Relámpago y yo ya estábamos identificados uno con otro, respirábamos el mismo aire que envolvía la pista, escasamente a medio kilómetro de distancia, a diez minutos del lugar donde nos hallábamos, me hice a la idea de que no solamente Relámpago y yo compartíamos ya el mismo destino, sino que éramos también responsables del destino de Boon y de Ned, ya que dependían de nosotros las condiciones en las que podrían regresar a casa, lo cual se me antojó una responsabilidad ingente, que no debiera nunca afrontar un niño de once años. Es posible que, debido a ello, me sintiese incapaz de fijarme en nada de lo que ocurría a mi alrededor, excepto de los movimientos de Licurgo, quien entregó a tío Parsham la soga por la que conducía a Relámpago, y se acercó a nosotros para coger las riendas que le ofrecía Ned.
—¿Le hiciste llegar mi mensaje? —preguntó éste.
Licurgo respondió afirmativamente, y Ned me dijo:
—¿Por qué no vas a coger la cuerda del caballo hasta el árbol, para que tío Possum no tenga que levantarse?
Lo hice así y dejé a Licurgo hablando con Ned, junto a la jardinera. Pero no pasó mucho rato antes de que Ned se uniese a nosotros, dejando a Licurgo encargado de enganchar la otra mula al carruaje, ponerle las bridas y riendas y colocarlas junto a su compañera. Cuando terminó la operación vino también con nosotros. Ned estaba ya sentado junto a tío Parsham.
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—Explíqueme otra vez cómo fueron las carreras del invierno pasado. Dijo usted que no había pasado nada. ¿Qué entiende por nada? —preguntó Ned.
—¡Oh! —exclamó tío Parsham—. Se trataba de una carrera de tres pruebas, como esta de hoy. Pero sólo se corrieron dos de ellas. No hubo necesidad de celebrar la tercera. La gente se hubiese cansado.
—Cansado de echarse la mano al bolsillo trasero del pantalón… — comentó Ned.
—Es posible —siguió tío Parsham—. La primera vez, vuestro caballo tomó la salida con anticipación, y la segunda, demasiado tarde. Quizá fuese que en la primera carrera utilizasen el látigo demasiado pronto, y en la segunda con un poco de retraso. Sea como fuere, la primera vez vuestro caballo salió en cabeza y mantuve un cuerpo de distancia hasta tomar la primera curva, a pesar de que ya para entonces habría olvidado los efectos del látigo, como ocurre con todos los caballos y también con los hombres. Pero después de doblar la curva y, al presentarse ante él toda la recta, pareció como si se dijese a sí mismo: «Esto es excesivo, es una falta de educación; soy un simple forastero aquí». Y decidió aflojar la marcha y fijar su cabeza a la altura de la rodilla del jinete del coronel Linscomb, hasta que alguien le dijo que parase. En la segunda prueba, vuestro caballo tomó la salida como si creyese que aún no había concluido con la primera; su cabeza permaneció rozando cortésmente la rodilla del jinete de Linscomb, hasta que tomaron la primera curva; entonces el chico de Memphis que lo montaba le pegó con la fusta, pero el latigazo no sirvió para nada más que para anticipar el panorama de la larga recta ante sus ojos. Y eso que el muchacho le pegó en el momento oportuno.
—Y llegó hasta a asustar a McWillie —dijo Licurgo.
—A asustarle ¿en qué medida? —preguntó Ned.
—A inquietarle seriamente —replicó Licurgo.
Ned permaneció sentado. La noche anterior había logrado, sin duda, dormir algo, a pesar de los ladridos de los perros, que habían denunciado la presencia de Otis. Sin embargo, no parecía haber descansado mucho.
—Bueno —me dijo Ned—. Tú y Licurgo daos una vuelta por el establo.
Vais a echar la ojeada de rigor al caballo con el que os enfrentáis esta tarde.
Deja que Licurgo hable con ellos y no mires hacia atrás cuando vuelvas.
Ni siquiera le pregunté el porqué. Me constaba que no me lo habría dicho. El establo no estaba lejos: apenas doscientos metros más allá de la pista. Lo rodeaba una cerca pintada de blanco. Pensé que era hermoso ser rico, y que si el primo Zack tuviese unas cuadras como aquéllas en su granja McCaslin, la
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prima Louise probablemente nos invitaría a todos a pasar largas temporadas en su casa. No había nadie a la vista. Aún no sé qué era lo que esperaba. Es posible que esperase encontrar allí más aficionados vestidos con mono y sin corbata, sentados a lo largo de las paredes de las cuadras, y masticando tabaco, como lo habían hecho por la mañana en el comedor, a la hora del desayuno. Quizá fuese aún demasiado temprano. Y quizá por esta razón Ned nos había enviado allí a aquella hora precisamente. Nos metimos en el patio de las cuadras, que era bastante mayor y estaba más limpio que el nuestro de Jefferson, hasta que llegamos a una habitación que debía de ser el cuadro de arneses, situada junto a otra que parecía la oficina. Al fondo de la habitación había un negro limpiando un pesebre y un chico que, por su tamaño, edad y color hubiese podido ser hermano gemelo de Licurgo. El muchacho, tumbado sobre un montón de heno, adosado contra la pared, se dirigió a Licurgo:
—¿Qué hay muchacho? ¿Te interesas por algún caballo?
—Hola —respondió Licurgo—. Me intereso por dos. Hemos pensado que quizás el otro estuviese aquí.
—¿No ha llegado aún Mr. Van Tosch?
—Esta vez no vendrá —dijo Licurgo—. Esta vez son otros los que van a correr a Coppermine. Gente blanca. El jefe de ellos se llama Mr. Boon Hogganbeck. Este chico blanco es quien va a montarlo. Éste es McWillie.
McWillie me miró durante un minuto. Después se dirigió hacia la puerta de la oficina, la abrió y pronunció unas palabras en el interior de la misma. Volvió a salir, seguido de un hombre blanco.
—El entrenador —murmuró Licurgo en voz baja—. Se llama Mr. Walter. —Buenos días, Licurgo. ¿Dónde tenéis escondido a ese caballo? No nos
estaréis gastando una broma, ¿verdad?
—No, señor —replicó Licurgo—. Supongo que aún no habrá llegado de la ciudad. Pensamos que podrían haberlo traído aquí y hemos venido a averiguarlo.
—¿Y venís andando desde Possum?
—No, señor. Hemos venido montados en las mulas —dijo Licurgo. —¿Dónde las habéis dejado? No las veo en ningún sitio. Quizá las habéis
pintado con la pintura invisible que pusisteis ayer por la mañana al caballo, al bajarlo del vagón, ¿eh?
—No, señor —dijo Licurgo—. Hemos venido montándolas hasta la pradera y las hemos soltado para que pasten. El resto del camino lo hemos hecho a pie.
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—Bien. De todos modos, ya que veníais a ver un caballo no quiero decepcionaros. Sácalo fuera, McWillie, para que puedan echarle un vistazo.
—Ahora podréis verle la cara, para variar un poco —comentó McWillie
—. Todos los que el pasado invierno montaron a Coppermine conocen a la perfección los cuartos traseros de Acheron, pero ninguno le ha visto aún la cara.
—Sí, me parece una buena idea que por lo menos este chico conozca su cara la primera vez que lo ve. ¿Cómo te llamas, hijo? ¿Eres de estos contornos?
—No, señor. Soy de Jefferson. Mississippi.
—Ha venido con Mr. Hogganbeck, el señor que ahora corre a Coppermine.
—Ya —dijo Mr. Walter—. ¿Ha comprado el caballo, Mr. Hogganbeck? —No lo sé, señor —respondió Licurgo—. Sólo sé que ahora lo corre él. McWillie sacó el caballo al patio y, con ayuda de Mr. Walter, le quitó la
manta que lo cubría. Era negro, más corpulento que Relámpago, y muy nervioso. Salió de la cuadra poniendo los ojos en blanco, y cada vez que alguien se movía o hablaba cerca de él encogía las orejas y una de las patas traseras como si estuviese a punto de dispararla. Tanto McWillie como Mr. Walter le hablaban y le acariciaban, pero sin dejar de observar sus movimientos, con manifiesta precaución.
—Bueno, ya está bien —dijo Mr. Walter—. Dale de beber y enciérralo otra vez en la cuadra.
Le seguimos hacia la oficina.
—No os dejéis descorazonar por ese animal —dijo—. Al fin de cuentas, no es más que un caballo de carreras.
—Sí, señor —respondió Licurgo—. Eso es lo que dice la gente. Muchas gracias por dejar que lo viésemos.
—Muchas gracias —dije yo también.
—Adiós, hijos —contestó Mr. Walter—. No hagáis esperar a las mulas. Ya nos veremos en la pista esta tarde.
—Sí, señor —dije.
Cruzamos el patio, caminamos entre los establos y llegamos de nuevo al camino.
—Recuerda lo que nos ha dicho Mr. McCaslin —observó Licurgo. —¿Mr. McCaslin? —pregunté—. Ah, sí…
Esta vez ni siquiera le pedí que me lo recordara. Creo que lo sabía. O, mejor, prefería creer que lo sabía. O también era posible lo contrario: que no
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quisiese creer que lo sabía, que no quisiese aceptar, a los once años, que la ilusión podía perderse con tanta facilidad; es posible que si hubiese preguntado: «¿Qué?», habría tenido que reconocer que mis ilusiones estaban totalmente destrozadas.
—Ese caballo no me gusta —dije.
—Está asustado —contestó Licurgo—. Eso es lo que dijo anoche Mr.
McCaslin.
—¿Anoche? Creí que habíais venido a ver la pista.
—¿Para qué íbamos a querer ver la pista? —preguntó Licurgo—. La pista siempre es la misma. Vine a ver el caballo.
—¿De noche? —pregunté—. ¿No tienen aquí ningún guarda nocturno?
¿No encontrasteis las cuadras cerradas?
—Cuando Mr. McCaslin se empeña en hacer una cosa, la hace —dijo Licurgo—. ¿Aún no te has dado cuenta de ello?
—Así, pues, no miré hacia atrás. Regresamos a nuestro santuario, donde Relámpago —es decir, Coppermine— y las dos mulas pastaban y pateaban en la claridad moteada del bosque. Ned seguía junto a tío Parsham, y otro hombre se sentaba sobre sus talones, al otro lado del riachuelo, frente a ellos. Era también un negro. Me hizo la impresión de que ya le conocía, de que le había visto antes, que le había conocido siempre. Ned dijo:
—Es Bobo.
Y todo quedó perfectamente aclarado. Se trataba de otro McCaslin, de Bobo Beauchamp, primo de Lucas —Lucas Qintus Carothers McCaslin Beauchamp, que la abuela, cuya madre, o sea, la bisabuela, le había descrito la figura del viejo Lucius, decía que era (y se conducía con la misma arrogancia, altivez y orgullo) exactamente igual que él, excepto en el color—. Bobo era otro Beauchamp de madre desconocida, al que tía Tennie había criado y mantenido junto a ella, hasta el momento en que la atracción del mundo exterior constituyó para él una tentación irresistible y marchó a Memphis hacía tres años.
—Bobo ha trabajado con el propietario de Relámpago y ha venido a verle correr —dijo Ned.
Todo estaba, pues, en orden, a excepción de algo que seguía atormentándome y que la presencia de Bobo exacerbó: sin duda. Bobo debía saber dónde paraba nuestro coche. Incluso era posible que él mismo lo tuviese guardado en algún sitio. Pero esta última suposición no podía ser cierta, ya que en tal caso Boon y Ned se lo hubiesen quitado sin consideraciones de ningún género. Pero a poco, pensé que otra vez me equivocaba; porque si
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podíamos recuperar el automóvil por el sencillo procedimiento de ordenar a Bobo que nos lo entregase inmediatamente, ¿qué diablos estábamos haciendo allí? ¿Para qué nos habíamos tomado tantas molestias y preocupaciones? ¿Por qué habíamos cruzado Memphis a medianoche con el caballo para llevarlo a la estación y meterlo en un tren, valiéndonos del soborno y de los encantos de unas mujeres para obtener un vagón que lo trajese a Parsham? Eso, sin tener en cuenta el resto de todo lo que nos habíamos visto obligados a pasar: el tener que aguantar a Butch, el episodio del diente de Minnie, la invasión de la casa de tío Parsham, la falta de sueño, el cansancio y (sí) la añoranza de casa, de la que había salido sin llevarme siquiera una muda de ropa interior. Todos esos esfuerzos y luchas previos a la celebración de una carrera, corriendo un caballo, que ni siquiera era nuestro, con objeto de recuperar el automóvil, se me antojaban absurdos y ridículos, si en cualquier momento hubiese habido una posibilidad de lograr la devolución del coche valiéndonos de los buenos oficios de uno de los muchachos negros de nuestra familia. ¿Comprendes lo que quiero decir? Si el resultado satisfactorio de la carrera de aquella tarde no constituía la finalidad esencial de todos nuestros esfuerzos; si Relámpago y yo no constituyésemos la única barrera protectora entre Boon y Ned y la rabia furiosa del abuelo; si, sin ganar la carrera o sin correrla siquiera, Ned y Boon podían regresar a Jefferson (que era el único hogar que Ned conocía y el único medio ambiente en el que Boon era capaz de subsistir) como si nada hubiese ocurrido, y pudiesen reintegrarse a la vida normal como si nunca hubiesen salido de allí, había que reconocer que todos estábamos representando una farsa parecida al juego de ladrones y policías de los niños. Era posible que Bobo supiese dónde estaba el automóvil; era lo normal, lo lógico. Y Bobo era uno de los nuestros. Así, pues, se lo dije a Ned, quien me contestó:
—Creí que te había dicho que dejases de preocuparte por el automóvil. ¿No te he prometido que yo me encargaré de eso en el momento oportuno? Tienes otras muchas cosas en las que pensar ahora: la carrera. ¿Te parece poco tener una carrera de caballos por delante?
Después se dirigió a Licurgo.
—¿Todo bien?
—Creo que sí —respondió éste—. No hemos vuelto la cabeza para mirar atrás.
—Magnífico —dijo Ned.
Pero Bobo se había ya marchado. Había desaparecido sin haber pronunciado palabra y sin hacer el menor ruido.
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—Trae la cesta —dijo Ned a Licurgo—. Ahora es el momento de tomar un bocado y de disfrutar de la paz y del silencio que reinan aquí.
Licurgo trajo una cesta de mimbre, cubierta con una servilleta, que contenía bocadillos de carne frita y pan de maíz. A la orilla del arroyo, había una botella de leche refrescándose en el agua.
—¿Has desayunado? —me preguntó tío Parsham.
—Sí, señor —dije.
—Entonces, no comas más. Conténtate con mordisquear un pedazo de pan y beber un poco de agua.
—Sí —convino Ned—. Es mejor correr con el estómago vacío.
Me dio un pedazo de pan de maíz y nos sentamos los cuatro alrededor de la silla de montar de tío Parsham; colocamos la cesta y la botella de leche en el centro del círculo y comimos hasta que, al otro lado del arroyo, percibimos ruido de pasos. Al cabo de unos segundos, sonó la voz de McWillie, diciendo:
—¿Qué hay, tío Possum? Buenos días, reverendo (este saludo iba dirigido a Ned).
Se acercó hacia nosotros y comenzó a observar a Relámpago.
—Sí, señores —exclamó—. El mismísimo Coppermine. Estos chicos han asustado a Mr. Walter esta mañana. Temía que le soltasen ustedes otro caballo en lugar de éste. ¿Lo va a correr usted, reverendo?
—Llámale Mr. McCaslin —dijo tío Parsham.
—Lo corre un blanco llamado Mr. Hogganbeck —dijo Ned—. Le estamos esperando.
—Es una pena que sólo tengáis a Coppermine para que le espere. Si hubiese otro caballo, quizás Acheron se viese obligado a hacer una verdadera carrera.
—Eso es lo que yo le dije a Mr. Hogganbeck —rió Ned. Comió un trozo de bocadillo. Después alargó la mano hacia la botella de leche y tomó unos sorbos sin demostrar la menor prisa. McWillie le observó. Ned dejó de nuevo la botella en el suelo.
—Siéntate y come algo —dijo al muchacho.
—Muchas gracias, ya he comido. Quizás el motivo del retraso de Mr.
Hogganbeck sea que trae con él otro caballo.
—No. No hay tiempo para ello —replicó Ned—. Aunque no quisiéramos, tendríamos que correr a éste. El problema que planteará este caballo no será grave, si el que monte al otro tiene el buen sentido de no permitirle que galope detrás de él. A este animal no le gusta ir en cabeza. Marcha siempre atrasado, hasta el momento en que distingue la línea de meta y se hace a la
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idea de que hay algo que justifique su esfuerzo. No le he visto correr nunca, pero apostaría lo que quisieras a que, cuanto más lento marcha el caballo que va delante de él, mayor empeño pone en no tomar la delantera, donde se encontraría sin compañía. Todo ello, como te digo, hasta que ve delante la línea de llegada y se da cuenta de que se trata de una carrera. Así, pues, todo lo que hay que hacer para derrotarlo es mantenerle tranquilo, darle la delantera y hacer que marche confiado, para que se dé cuenta de que corre una carrera, cuando sea ya demasiado tarde. Quizás algún día encuentre algún rival que consiga dejarle tan atrás que se sienta también asustado. Pero eso no va a ocurrir en la carrera de esta tarde. Lo malo es que todas esas peculiaridades debe saberlas también la persona que menos nos interesa que las sepa.
—¿Quién? —preguntó McWillie.
Ned comió otro bocado.
—El que hoy monte el otro caballo.
—Lo montaré yo —dijo McWillie—. No me haga usted creer que Licurgo y tío Possum no se lo habían dicho.
—En tal caso, tendrías que ser tú quien me hablase de nuestro caballo.
—Siéntate y come. Tío Parsham ha traído mucha comida.
—Gracias —dijo McWillie de nuevo—. Bueno, Mr. Walter se alegrará de saber que no existe otro animal. Teníamos miedo de encontramos con uno desconocido a la hora de la carrera. Ya les veré en la pista. Se marchó. Pero dejé pasar un minuto antes de hablar.
—¿Por qué le has contado todo eso? —pregunté.
—No lo sé —dijo Ned—. Quizá no hubiese sido necesario hacerlo. Pero, en caso de que pueda serlo, ya lo sabe todo. Recuerda que esta mañana te he dicho que lo malo de esta carrera es que hay en ella muchas cosas mezcladas. Bien, hoy correremos en una pista y en una tierra que no son las nuestras; ni siquiera el caballo con el que tomamos parte en la carrera es nuestro, sino prestado, por así decirlo. Por lo tanto, tenemos que ponemos a la altura de las circunstancias y aceptar todos esos elementos ajenos a la carrera, pero que de un modo u otro intervienen en ella. Lo mejor que podemos hacer, pues, es introducir, por nuestra parte, nuevos hechos extraordinarios de cosecha propia. Y eso es lo que acabo de hacer. Ese caballo es sobre el papel, un pura sangre; y, sin embargo, en lugar de estar en Chicago, en Louisville o en Memphis tomando parte en carreras de importancia, lo tienen perpetuamente confinado a correr en un pueblo contra cualquiera que pueda caer, como nosotros, por las cercanías de estos prados. ¿Por qué? Porque es un caballo
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que carece de fondo y que, como máximo, aguanta un par de kilómetros, pero si se le hace correr cincuenta metros más, se dobla y te lo encuentras en el suelo antes de que te des cuenta de ello. Por lo tanto, todo lo que ese chico…
—McWillie —dije.
—… McWillie procurará es mantenerse firme sobre él y obligarle a seguir la misma dirección; ha ganado dos veces y, probablemente, cree que si tuviese una oportunidad podría desplazar a Earl Sande y a Dan Patch[18] del negocio de caballos de carreras. Ahora, con mis palabras, hemos metido otra idea en su cabeza y se encuentra en su caletre con dos conceptos incompatibles y contradictorios. Sólo nos resta esperar y ver qué consecuencias se derivan de todo ello. Y mientras esperamos, lo mejor que puedes hacer es irte detrás de aquellos arbustos, tumbarte en el suelo y descansar un rato. Pronto la gente se enterará de que estamos aquí y empezarán a venir para intentar descubrir algo nuevo. Si te alejas un poco, no te molestarán. Hice lo que me ordenó, pero no dormí; oí las voces. Si hubiese querido saber cómo eran los que hablaban, qué aspecto presentaban, no habría tenido necesidad de levantarme y de echar un vistazo por encima de los arbustos. Imaginaba los mismos monos, de siempre, los mismos cuellos sin corbata, los mismos sombreros sudados, el mismo modo de mascar tabaco, de hablar despacio, de sentarse en el suelo, sin prisas, mirando al caballo. Al fin, creo que debí dormir algo, puesto que, de pronto, me encontré con Licurgo, en pie, a mi lado. El tiempo había transcurrido con rapidez y la luz del bosque se me antojó de anochecida.
—Es hora de marchar hacia la pista —me dijo.
Ahora no había nadie más que Ned y tío Parsham con Relámpago; y si los demás estaban ya en la pista esperando, debía aún ser más tarde de lo que yo creía. Hubiese deseado ver allí a Boon, a Sam, a Everbe y a Miss Reba. (Pero no a Butch. Ni siquiera pensaba ahora en Butch; quizá Miss Reba se hubiese desembarazado de él definitivamente y estuviese de vuelta en Hardwick o en el lugar que el empleado del hotel dijo anoche que tenía su dinero. Le había olvidado. Y me daba cuenta de la paz que semejante olvido había proporcionado a mi alma). Lo dije:
—¿No han venido todavía?
—Nadie les ha dicho que vengan aquí —replicó Ned—. Ahora, Boon Hogganbeck no nos hace ninguna falta. Vamos… Súbete en el animal y procura desentumecerle los músculos.
Monté en el caballo; la vieja y cuidada silla de tipo McClellan y las viejas y cuidadas riendas debían constituir parte del botín militar de tío Parsham,
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procedente de aquella Causa que, aunque tus tías solteronas opinen lo contrario, cuanto más vivo más me convenzo de que no fuimos nosotros quienes debimos perderla.
—Quizás estén buscando a Otis —dije.
—Sí, es posible —contestó Ned—. La pista es el lugar apropiado para buscarle, aunque eso no quiere decir que forzosamente le encontremos allí.
Seguimos avanzando. Tío Parsham y Ned caminaban frente a Relámpago. Licurgo conducía la jardinera por el otro camino, con las dos mulas, hacia la pista, donde probablemente encontraría dificultades para dejar el vehículo; porque ya la pradera próxima a la pista estaba llena de gente, de carruajes de todas clases y de troncos de caballos, atados a los maderos de las vallas, que se ocultaban tras los cuerpos apretados de caballos, mulas y jumentos; el público, blanco y negro, con sus monos y sus camisas sin corbata, era ya numeroso y se agolpaba alrededor de la pista y del patio de caballos. Recuerda que aquella carrera poseía un carácter acentuadamente local; aquello era una demostración democrática perfecta; no de democracia planificada y triunfante, porque nada que sea espontáneo, sincero y que esté protegido, guardado y amparado por su propia e inocente fragilidad, puede ser triunfante, sino de democracia en pleno funcionamiento. El coronel Linscomb, el aristócrata, el señor, el poderoso, no estaba presente. Por lo que pude deducir, nadie sabía dónde paraba. Y, por lo que también deduje, a nadie le importaba su paradero. El coronel era el propietario de uno de los caballos, (todavía no estaba seguro de a quién pertenecía el que yo montaba en aquellos instantes); del terreno sobre el que íbamos a correr y de la magnífica valla blanca que lo limitaba, así como también de las praderas adyacentes, que a la sazón estaban atestadas de simones y jardineras y en las que, de vez en cuando, algún fogoso caballo de silla de los que permanecían atados a las vallas se asustaba de todo aquel bullicio, se encabritaba y corveteaba entre la multitud, sin que nadie se preocupase en calmarle.
Nos dirigimos hacia el patio de caballos. Oh, sí, había uno. Había todo lo que debía poseer un hipódromo, excepto, como dijo Ned, mostradores y puestos donde vendiesen cerveza o whisky; eso aparte, teníamos lo mismo que podía ofrecer cualquier pista de primera categoría y, además, democracia; el jurado lo iban a componer el radiotelegrafista nocturno de la estación y Mr. McDiarmid, propietario de la cantina de la estación y hombre famoso por su habilidad de cortar el jamón en lonchas tan transparentes que el beneficio que, en cierta ocasión, obtuvo de uno de ellos le permitió realizar un viaje de placer a Chicago en compañía de toda su familia. Nuestro cuidador y maestro
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de ceremonias era un tratante en perros que se ganaba la vida cazando perdices para venderlas en el mercado y que, en aquellas fechas, se encontraba en libertad bajo fianza, por su participación en un homicidio que había tenido lugar, el pasado invierno, en una destilería de whisky cercana. ¿Tengo o no tengo razón al afirmar que aquélla era la más pura manifestación del ejercicio de la libre determinación y de la iniciativa privada? Y allí estaban Boon y Sam esperando nuestra llegada.
—No le hemos encontrado. ¿Le habéis visto vosotros? —preguntó Boon.
—Visto, ¿a quién? —inquirió Ned—. Baja del caballo —me dijo.
El otro caballo también estaba allí y se mostraba aún nervioso, con la agitación que, tanto Ned como Licurgo, atribuían al estado de susto total en que se encontraba.
—¿Qué te enseñó ayer…?
—¡Maldito, chico! —le interrumpió Boon—. Dijiste que esta tarde aparecería por aquí.
—Quizás esté buscando algo —dijo Ned—. ¿Qué te enseñó ayer este caballo? También ayer diste dos vueltas a una pista. ¿Qué enseñanza sacaste de ello? Piénsalo un poco. Pensé un rato, sin sacar ninguna conclusión.
—No saqué nada —dije—. Lo único que hice fue obligarle a seguir en línea recta y evitar que galopase hacia ti en cuanto te veía.
—Y eso es exactamente lo que debes hacer en la primera prueba: colocarle en el centro de la pista y dejar que galope sin molestarle demasiado. No utilices la fusta; de todas maneras, vamos a perder la primera prueba, y eso es mejor…
—¿Perderla? —exclamó Boon—. ¿Por qué diablos…?
—¿Voy a dirigir yo la carrera, o lo va a hacer usted? —le preguntó Ned. —De acuerdo, de acuerdo —concedió Boon—. Pero dijiste que ese
maldito crío…
—Permítame que le formule otra pregunta: ¿prefiere dirigir usted la carrera y dejar que yo me encargue de encontrar ese diente?
—Ahí están —terció Sam—. No queda tiempo para discutir. Dame tu pie. Subí al caballo. No tuvimos tiempo ni para que Ned me diese más instrucciones. Pero tampoco las necesitamos; mi victoria en la primera prueba (no era propiamente una victoria, sino un dividendo del que nos beneficiaríamos más tarde) no se debió ni a Relámpago ni a mí, sino a Ned y a McWillie. Yo no me enteré de lo que estaba ocurriendo hasta más tarde. A causa de mi corta estatura y de mi indudable inexperiencia y del estado de excitación en que se encontraba el otro caballo, acordamos que ambos
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animales serían llevados de la brida por nuestros cuidadores hasta la línea de salida, donde les dejarían libres cuando sonase la voz ordenando el comienzo de la competición. Así se hizo. Relámpago se comportó como siempre solía hacerlo cuando Ned estaba lo suficientemente cerca para olerle la americana o la mano. Acheron se condujo también (aunque sólo lo había visto una vez, llegué a la conclusión de que aquello era lo normal en él) como de costumbre, cuando alguien se colocaba cerca de su cabeza: intentaba patear, embestir a su cuidador, quien, poco a poco, le fue situando en la línea de salida. Dentro de un instante iba a dar comienzo la carrera. Creí incluso oír la voz del juez de meta gritando «¡Adelante!», pero no sé aún exactamente qué ocurrió. Ned dijo de repente:
—Agárrate bien.
Y mi cabeza, mis brazos y mis piernas se estremecieron. No tengo la menor idea de qué era lo que utilizaba, si un punzón, una aguja o un clavo en la palma de la mano. Fuese lo que fuese, sobrevino el salto, el estirón. Después sonó la voz que nunca había gritado «¡Adelante!», diciendo:
—¡Alto! ¡Alto! ¡Ohhh! ¡Ohhh!
Relámpago y yo obedecimos y distinguimos al mozo de Acheron de rodillas, aún en el lugar donde le había mandado el animal, y al propio Acheron y a McWillie al galope tendido por la pista. McWillie tiraba fuerte de las riendas intentando detener al cuadrúpedo, que torcía el cuello como si quisiese desasirse de la cabezada. Inmediatamente, el juez de salida y cuatro o cinco espectadores se interpusieron en su camino con intención de detenerle en la segunda recta, con el mismo resultado que si hubiese querido detener al express de Sam con dos banderitas rojas. Por entonces McWillie había logrado ya aminorar el galope de Acheron. Ahora dominaba ya al caballo y todo se reducía a un simple problema de elección: o seguir adelante por la pista, o dar la vuelta y volver a la línea de salida por donde había ido. La distancia era aproximadamente la misma. McWillie —o quizás fuese Acheron
— escogió la primera solución. Ned dijo rápidamente, a la altura de mi rodilla:
—Bueno, ya lleva encima un kilómetro más que nosotros. Sin embargo, la próxima vez dependerá de ti, porque ahora los jueces van a…
Allí estaban, en efecto; se acercaban. Ned siguió:
—Recuerda que esta prueba no tenía para nosotros ninguna importancia. Le descalificaron, aunque en realidad no habían visto nada, excepto que
había soltado las riendas de Relámpago antes de que sonase la señal de salida. En consecuencia, en la segunda prueba iba a tener otro mozo, escogido entre
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la multitud. McWillie me miraba sonriente mientras Acheron se agitaba nervioso debajo de él y el mozo volvía a colocarle en posición de salida. Pero esta vez la mala suerte se ensañó con McWillie. ¿Comprendes lo que quiero decir? No hace ninguna falta que la No-Virtud sepa nada acerca de carreras de caballos. No tiene necesidad de ello. Lo único preciso fue tener a mano a Sam para que todos nosotros pudiésemos dar un paso más, profundizar un paso más en la naturaleza misma del mal, por medio de un simple proceso de ósmosis o de yuxtaposición. Ni siquiera esperé que me tomasen a Relámpago por las riendas, no sé decir por qué, quizá porque tenía seguridad suficiente en la eficacia de mi bocado. No obstante, más tarde tuve que requerir los servicios de mi nuevo mozo para colocar al caballo en línea; y, de repente, vi las suelas de los zapatos del mozo de Acheron y al mismo Acheron galopando ya por segunda vez por la pista, mientras Relámpago y yo permanecíamos inmóviles. En esta ocasión McWillie logró dominarlo en la primera recta, antes de que se hiciera precisa la intervención de la cuadrilla que le había detenido antes. Dominó al caballo y dio la vuelta. Por lo tanto, según las cuentas de Ned, nuestro rival llevaba doscientos metros más que nosotros en los cascos. Pero la mayor ventaja que adquirimos gracias a aquella maniobra, consistía en el estado de ánimo que se encontraba McWillie; ahora no estaba solamente loco de rabia, sino también asustado. Me miraba con algo más que odio, mientras dos mozos se esforzaban en colocar de nuevo a Acheron en posición de salida. Relámpago y yo nos apartamos para dejarle sitio. Fue entonces cuando sonó la voz de: «¡Adelante!».
Y aquello fue todo. Salimos. Relámpago, fuerte y poderoso, poniendo de manifiesto todas las cualidades que son de desear en un caballo de carreras, excepto interés por lo que está haciendo. Su cerebro no parecía aún darse cuenta de que estaba corriendo una prueba; McWillie procuraba frenar el impulso desordenado de Acheron con objeto de mantener una marcha regular en la primera recta. A pesar de ello, Relámpago se movía cada vez con mayor lentitud, enfrentándose valerosamente con aquella soledad que reinaba en la pista y que no podía, en manera alguna, tolerar. Acheron le alcanzó primero y después le rebasó, sin tener en cuenta las intenciones y los deseos de McWillie. Al verse superado por su enemigo, Relámpago reaccionó y logró colocarse junto a él, en plan de buen compañerismo. Comenzó así la recta final: Acheron llevaba sobre nosotros un cuello de ventaja y la multitud comenzó a gritar como si estuviesen ya obteniendo el beneficio de sus apuestas.
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A la vista de la meta, McWillie hincó los talones en los ijares de su caballo y le propinó un brutal fustazo. Aún estoy convencido de que si la carrera hubiese tenido veinte metros más, Relámpago la habría ganado. Pero aquellos veinte metros no existieron. McWillie me dirigió una mirada en la que leía aún miedo, odio, pero también satisfacción por su triunfo. Detuve mi caballo, di la vuelta y lo vi todo: no era propiamente una pelea; era una especie de tumulto, un trasiego infinito de cabezas y de cuerpos humanos en ebullición, que se agitaba alrededor de la tribuna de los jueces, en medio de los cuales surgió, de repente, como un pino poderoso entre matorrales, la figura de Boon, con su camisa rasgada de distintos sitios y aprisionado entre los brazos de varios hombres. Le vi perfectamente; abría la boca como si estuviese gritando. Después su figura se desvaneció y distinguí a Ned corriendo por la pista, hacia mí. Más tarde, Butch y otro hombre surgieron entre la multitud y avanzaron hacia nosotros.
—¿Qué pasa? —pregunté a Ned.
—No te preocupes —dijo, cogiendo las riendas con una mano y metiendo la otra en el bolsillo trasero del pantalón—. Ese Butch ha vuelto otra vez. No importa para qué. Toma.
Levantó su mano hacia mí. Lo hizo con rapidez, pero sin precipitarse, con serenidad.
—Guárdalo. A ti no te molestarán.
Era una bolsa de tabaco que contenía un pedazo de algo duro, del tamaño de una pecana[19].
—Guárdalo y procura que no te lo encuentren. No lo pierdas. Recuerda de quién es: de Ned William McCaslin. ¿Recordarás eso Ned William McCaslin Jefferson Mississippi.
—Sí —dije.
Metí el paquete en el bolsillo de mi pantalón.
—¿Qué…?
No me dejó terminar.
—Localiza tan pronto como puedas a tío Possum y quédate con él. No te preocupes por Boon ni por el resto de nosotros. Si le detienen a él, detendrán a todos los demás. Ve directamente a casa de tío Possum y quédate a vivir allí. Él sabrá lo que tiene que hacer.
—Sí —asentí.
Butch y el otro hombre habían alcanzado ya la puerta de acceso a la pista; parte de la camisa de Butch estaba también rasgada. Avanzaron con la mirada fija en nosotros.
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—¿Es éste? —preguntó el hombre que acompañaba a Butch.
—Sí.
—Trae ese caballo —dijo el hombre a Ned—. Lo necesito.
—Estate quieto —me ordenó Ned.
Y llevó el caballo hasta donde estaban esperando.
—Baja de ahí, hijo —me dijo el hombre con amabilidad—. A ti no te necesito para nada.
Me apeé.
—Dame las riendas —le pidió a Ned.
Ned se las entregó.
—Te llevaré en la grupa —añadió el hombre, mirando a Ned—. Quedas detenido.
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Capítulo 11
Íbamos a tener que pasar entre toda aquella multitud. Permanecimos allí unos instantes, inmóviles, ante Butch y el otro hombre que ahora sostenía las riendas de Relámpago.
—Detenido, ¿por qué? —preguntó Ned.
—Para meterte en la cárcel, hijo —dijo el hombre—. Así es como llamamos aquí el lugar a donde vas a ir. Ignoro cómo le llamaréis en tu tierra.
—Sí, señor —contestó Ned—. También tenemos cárceles en mi tierra. Pero antes de encerrar en ellas a un ciudadano, aunque sea negro, se les suele decir el motivo.
—Sabes más que un abogado, ¿eh? —dijo Butch—. Si quieres ver tu orden de arresto, te la enseñaré.
Extrajo algo del bolsillo trasero del pantalón. Era una carta metida en un sobre mugriento y sucio. Ned la tomó en sus manos y permaneció sin moverse.
—¿Qué os parece eso? —preguntó Butch—. Un hombre que no sabe leer pretendiendo ver su orden de detención. Anda, huélela, al menos. A lo mejor, huele bien.
—Sí, señor —dijo Ned—. Huele bien.
Teníamos que aguantar aún a toda aquella multitud. Butch cogió de nuevo el sobre, volvió a metérselo en el bolsillo y se dirigió a todos los que nos rodeaban:
—Oíd, muchachos —dijo—. Se trata de resolver un pequeño problema legal referente a la propiedad de este caballo. La carrera no queda suspendida. La primera prueba es válida. Pero las próximas tendrán que ser aplazadas hasta mañana. ¿Me podéis oír todos?
—Si las apuestas también tienen que ser aplazadas, preferiríamos no oírte —gritó una voz.
Sonó una carcajada unánime y se formó un poco de alboroto.
—En mi opinión —respondió Butch—, cualquiera de vosotros que haya apostado a este caballo, después de haberle visto correr contra Acheron el
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pasado invierno, ha perdido ya su dinero en el mismo instante en que formalizó la apuesta.
Esperó las carcajadas, pero en esta ocasión nadie se rió.
Poco después la misma voz —u otra— dijo:
—¿Es Walter Clapp de tu misma opinión? Si la carrera hubiese tenido hoy diez metros más, ese muerto habría ganado.
—Bueno, bueno —replicó Butch—. Mañana se aclararán las cosas. Nada ha cambiado; sencillamente, las dos próximas pruebas se aplazan hasta mañana. Los cincuenta dólares están aún en el tejado. El coronel Linscomb no ha ganado más que una prueba. Ahora, abrid paso. Tenemos que llevar el caballo y los testigos a la ciudad para aclararlo todo y poder reanudar mañana la carrera. Alguno de los del fondo, que avise para que traigan mi birlocho. Entonces distinguí a Boon, cuya cabeza sobresalía sobre todas las demás. Su rostro reflejaba ahora absoluta calma, aunque mostraba señales evidentes de haber sido golpeado (suponía que iría esposado, pero me equivoqué; estábamos aún viviendo en una democracia; él constituía una minoría, no un hereje). Se había anudado las mangas rasgadas de su camisa al cuello, a fin de cubrirse el pecho. Después vi a Sam; su cara también aparecía marcada, ya que él había sido el primero en emplear los puños para defenderse.
—Bien, Sam —le dijo Butch—. Hemos estado intentando acercarnos a ti durante media hora y no nos has dejado hacerlo.
—Naturalmente que no os he dejado —contestó Sam—. Te lo pregunto por última vez. ¿Estamos detenidos?
—Estáis detenidos, ¿quiénes? —preguntó Butch.
—Hogganbeck y yo. Y ese negro…
—Aquí tenemos a otro abogado —dijo Butch al otro hombre.
En seguida me di cuenta de que aquel individuo desconocido representaba a la Ley en Parsham; era él, precisamente, acerca de quien nos había hablado Miss Reba la noche anterior, el jefe de policía electo del distrito, ante el cual Butch, a pesar de su estrella y su pistola, era un simple ciudadano como cualquiera de nosotros, puesto que el origen de su cargo se encontraba en algún documento misterioso que descansaba en los archivos del jefe de policía del condado, cuya oficina, en la que sin duda solían producirse innumerables actos de nepotismo, radicaba en Hardwick, a unos veinte kilómetros de allí.
—Quizá quiera ver también algún papel.
—No —dijo el jefe de policía—. No estáis arrestados. Podéis ir a dónde os plazca.
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—Entonces, voy a regresar a Memphis para buscar la protección de la ley. Me refiero a la clase de ley a la que un hombre como yo puede arrimarse, sin que le destrocen los pantalones y la camisa. Si no estoy de vuelta esta misma noche, llegaré mañana por la mañana.
Me distinguió a mí. Dijo:
—Vamos. Tú vienes conmigo.
—No —contesté—. Me quedo aquí.
El jefe de policía me miraba.
—Puedes ir con él, si lo deseas —dijo.
—No, señor. Me quedo aquí.
—¿Quién tiene la custodia de este chico? —preguntó el policía.
—Yo —repuso Ned.
Pero el policía siguió hablando como si no hubiese oído nada.
—¿Quién le trajo aquí?
—Yo. Trabajo para su padre —dijo Boon.
—Y yo trabajo para su abuelo —terció Ned—. Por lo tanto, los dos debemos compartir la responsabilidad.
—Esperadme —siguió Sam—. Procuraré volver esta misma noche.
Entonces nos ocuparemos de este asunto como se merece.
—Cuando vuelvas —dijo el policía—, recuerda que no estás en Memphis ni en Nashville. Ten presente que ni siquiera estás en el condado de Hardwick. Donde estás ahora y donde estarás cuando desciendas de nuevo del tren, es Beat Four.
—Eso dígaselo a éstos —dijo Boon—. Por lo visto, se creen que están en el Estado libre de Possum, Tennessee…
—Tú, aplícate también el cuento —añadió el hombre mirando a Butch—.
Quizá seas quien deba recordarlo con mayor interés.
El birlocho llegó hasta donde estaban agarrando a Boon. El policía, con un gesto, indicó a Ned que subiese al carruaje. De pronto, Boon comenzó a luchar de nuevo; Ned le decía algo. El policía se volvió hacia mí.
—Ese negro dice que vas a ir a vivir con el viejo Possum Hood.
—Sí, señor —contesté.
—No me gusta la idea. Un chico blanco no debe vivir con una familia negra. Ven a mi casa.
—No, señor.
—Sí —insistió el policía con amabilidad—. Vamos, tengo prisa.
—Hay algo que le detendrá —dijo Ned.
El policía se detuvo. Se volvió hacia él:
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—¿Qué dices? —preguntó.
—Que con frecuencia la ley acaba con lo que la gente comienza.
El policía permaneció inmóvil durante un segundo más. Era un hombre mayor de lo que parecía a primera vista; ágil y fuerte, pero ya viejo. No llevaba pistola en el bolsillo ni en ningún otro sitio. Y si ostentaba una estrella de latón, no estaba a la vista.
—Tienes razón —dijo—. ¿Con quién quieres ir a vivir? ¿Con el viejo Possum? —me preguntó.
—Sí, señor.
—De acuerdo —dijo.
Se volvió.
—Subid, muchachos.
—¿Qué vas a hacer con el negro? —preguntó Butch.
Butch había tomado las riendas de manos del hombre que había traído el birlocho. Tenía el pie en el estribo para subir al pescante. Sam y Boon se habían sentado ya detrás.
—¿Vas a dejarle llevar tu caballo?
—Tú vas a llevar mi caballo, muchacho —dijo el policía a Ned—. Sube.
Tú eres aquí el experto en caballos.
Ned tomó las riendas de manos de Butch y colocó la rueda en posición para facilitar al policía que subiese y se sentase junto a él. Boon seguía mirándome desde el carruaje, con su cara agitada y llena de golpes, inexpresiva, bajo las manchas de sangre coagulada.
—Vete con Sam —me dijo.
—No, no te preocupes. Estoy bien.
—No —insistió—. No puedo…
—Conozco a Possum Hood —dijo el policía—. Si esta noche sigo preocupado por el chico, iré a buscarle y le llevaré a casa.
Se marcharon. Desaparecieron de mi vista. Me quedé solo. Si me hubiesen dejado solo al igual que cuando se separan dos cazadores en el bosque, para volverse a encontrar más tarde en el campamento, habría sentido menos aquella exasperante desazón. Aunque, en realidad, distaba mucho de estar solo. Yo constituía una especie de isla en un mar de sombreros sudados, de camisas sin cuello ni corbata, de monos, de caras desconocidas y extrañas, anónimas, que procuraban ocultarse cuando yo las miraba y que no eran capaces de pronunciar ni un «sí» ni un «no» ni un «bueno» ni un «quédate» ni un «vete». Entre aquellas gentes tenía la impresión de haber sido abandonado de nuevo, de haber padecido un nuevo abandono que sumaba a mi primitiva
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soledad. Y creía que, a los once años, no se es lo suficiente mayor para sufrir aquella clase de prueba. Aquel abandono total le eliminaba a uno, le borraba de la faz de la tierra, le disolvía, le vaporizaba. Hasta que uno de ellos dijo:
—¿Buscas a tío Possum? Creo que está allí con su jardinera, esperándote. Y allí estaba, en efecto. Los otros carros y jardineras habían emprendido ya la marcha; la mayor parte de ellos, y todos los que habían ido a la pista montados en caballos y mulas, habían ya desaparecido. Llegué hasta la jardinera de tío Parsham y me detuve. No sé por qué, pero me detuve. Quizá pensaba que había otros sitios a dónde ir. Parecía como si no tuviese espacio
suficiente para dar otro paso hasta el carro, a menos que alguien lo moviera. —Sube —dijo tío Parsham—. Iremos a casa y esperaremos a Licurgo. —Licurgo… —dije, como si nunca hubiese oído pronunciar ese nombre. —Fue a la ciudad con la mula. Se enterará de lo que ocurre y vendrá a
decírnoslo. También se enterará de a qué hora sale el tren hacia Jefferson esta noche.
—¿Hacia Jefferson? —pregunté.
—Sí, para que vuelvas a casa.
Y añadió sin mirarme:
—Si así lo deseas, claro.
—No puedo ir a casa todavía. Tengo que esperar a Boon.
—He dicho: si querías… —dijo tío Parsham—. Sube.
Condujo la jardinera hasta el camino, a través de los pastos.
—Cierra la puerta —dijo tío Parsham—. Ya es hora de que alguien se acuerde de hacerlo.
Cerré la puerta y volví a subir al carruaje.
—¿Nunca has conducido una jardinera tirada por una mula? —preguntó.
—No, señor.
Me entregó las riendas.
—Nunca lo he hecho.
—Así aprenderás —dijo—. Una mula no es un caballo. Cuando a un caballo se le mete una idea en la cabeza, todo lo que debe hacerse es sustituírsela por otra, lo cual se puede lograr fácilmente con un látigo, una espuela o asustándole a base de gritos. Una mula es distinto. Puede albergar en su mente dos ideas a la vez, y el único modo de hacerle cambiar una de ellas es comportándose como si uno creyese que va a abandonarla espontáneamente. La mula es algo muy diferente de un caballo, por la simple razón de que tienen instinto. Sin embargo, una mula es también un ser lleno de caballerosidad, y si uno se comporta hacia ella con respeto y
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consideración, corresponde con consideración y con respeto, siempre que uno no se exceda. Por eso no puede mimarse a las mulas como suele hacerse con los caballos. Las mulas adivinan que esas caricias no obedecen a un sincero afecto hacia ellas; saben que con aquellas carantoñas lo único que se pretende es engañarlas para que hagan algo que no tienen intención de realizar. Y eso las ofende. Trátalas de esa manera. Ésta, por ejemplo, conoce de memoria el camino a casa y sabe que no soy yo quien ahora la conduce. Por lo tanto, todo lo que tienes que hacer es indicarle con las riendas que tú también sabes el camino, pero que ella vive allí y que tú no eres más que un niño y que, por consiguiente, prefieres que ella vaya delante.
Marchamos a trote rápido, la mula ágil y ligera, levantando la mitad del polvo que hubiera producido un caballo; yo comprendía lo que tío Parsham había querido decir; a través de la riendas llegaba hasta mí una extraña sensación, más que de fuerza, de inteligencia y de sagacidad; una sensación, no sólo de capacidad para escoger entre dos alternativas, sino también de voluntad y deseo de hacerlo cuando llegaba el momento de tomar una decisión sin titubeos.
—¿Qué haces en tu casa? —preguntó tío Parsham.
—Los sábados, trabajo —dije.
—Entonces, tendrás ahorrado algún dinero. ¿Qué vas a hacer con él?
Y de pronto me encontré hablando, contándoselo todo: lo de los perros. Le dije que quería ser cazador de zorros como el primo Zack y le conté que, según el primo Zack, la mejor manera para llegar a ser un buen cazador era ensayar con una jauría de sabuesos y con conejos; le expliqué que padre me pagaba, todos los sábados, en el establo, diez centavos, y que estaba, además dispuesto a completar mis ahorros para que pronto pudiese comprarme la primera pareja de perros que iniciasen mi jauría, y que, de acuerdo con sus cálculos, iba a costarme alrededor de ocho dólares; y, de repente, me encontré llorando a voz en gritos; me encontraba cansado, no por haber corrido la carrera, cosa que había hecho antes muchas veces, aunque no se tratase propiamente de competiciones, sino por todo: por haberme levantado temprano, por pasar el día yendo y viniendo por los campos, sin comer más que un mísero pedazo de pan de maíz. Quizá lo que me ocurría fuese eso: que estaba hambriento. Lo cierto es que comencé a llorar como un niño —como hubiesen podido hacerlo Alexander o incluso Mary—, mientras escondía la cabeza contra el pecho de tío Parsham, quien me sostenía con un brazo y llevaba las riendas con la otra mano. Tío Parsham no me dijo nada durante un largo rato. Al fin, me dio unas palmadas en el hombro.
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—Ahora deja de llorar. Estamos ya cerca de casa. Vas a tener el tiempo justo de lavarte la cara en la fuente, antes de que entremos. No querrás que las mujeres te vean en este estado, ¿verdad?
Acepté la sugerencia. Es decir, desenganchamos primero la mula, le dimos de beber, colgamos el arnés en la cuadra y lo sacudimos para quitarle el polvo. Después, colocamos el animal ante el pesebre, le servimos el pienso y metimos la jardinera debajo del cobertizo. Fue entonces cuando me lavé la cara con el agua de la fuente y me la sequé con el calcetín de montar. Entramos en la casa. La comida —la cena— de la tarde estaba ya preparada, aunque no eran más que las cinco, hora en la que la gente del campo, los granjeros, suelen comer. Tío Parsham, su hija y yo nos sentamos a la mesa (Licurgo no había regresado aún de la ciudad), y tío Parsham dijo:
—Supongo que en tu casa también bendecís la mesa.
—Sí, señor —contesté.
—Inclina la cabeza.
Inclinamos los tres la cabeza y pronunció la oración; fue una oración breve, dicha con cortesía y con dignidad, sin falsas humildades y sin ansias de rebajarse: unas palabras de hombre inteligente y honesto dirigidas a otro hombre de iguales características, con las que pretendía notificar que nos disponíamos a comer y que cumplía, por lo tanto, dar las gracias por aquel privilegio, pero recordando, al mismo tiempo, que comíamos debido a la ayuda de Aquél cuyos manjares nos otorgaba y a quien se mostraba agradecido; dando por supuesto que si alguien llamado Hood o Briggins (éste era, al parecer, el apellido de Licurgo o de su madre) no hubiese ofrecido su sudor y su esfuerzo para mantenerse vivo, aquella acción de gracias se habría tenido que llevar a cabo sobre platos vacíos. Finalizó con un «Amén» sonoro, desdobló su servilleta y se metió un extremo de la misma en el cuello de la camisa, exactamente igual como solía hacer el abuelo. Comenzamos a comer. Tomamos un plato de verduras frías, que debieran haberse servido calientes; pero, en compensación, el pan estaba tierno, recién salido del horno, y la carne y la mantequilla frescas. Y después de cenar aún no se había puesto el sol. Contemplé el largo y luminoso crepúsculo desde una ventana y pensé que pronto caería la noche y que todavía no sabía dónde iba a dormir. Tío Parsham permanecía sentado a la mesa, limpiándose los dientes con un alfiler de oro, como también solía hacer el abuelo. Leyó en mis pensamientos como si utilizase para ello una linterna mágica:
—¿Te gusta pescar? —preguntó.
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La verdad era que no me gustaba, pero también era cierto que no me encontraba en situación de hacer lo que me viniese en gana y satisfacer mis caprichos. Contesté:
—Sí, señor:
—Entonces, vamos. Cuando llegue Licurgo estaremos ya de vuelta. Había tres cañas, con sus sedales, sus anzuelos y sus corchos, colgadas de
dos clavos en la pared del porche trasero. Cogió dos de ellas.
—Vamos —repitió.
En el establo recogimos un cubo de latón, cuya tapa aparecía agujereada con clavos.
—Es el cubo que Licurgo utiliza para guardar los gusanos. Me gusta escoger los gusanos personalmente.
Los gusanos estaban en un barreño de madera, lleno de tierra.
—Déjeme a mí, yo lo haré —dije.
Cogí la pequeña pala rota de madera que estaba ya empuñando y cavé en la tierra para meter los gusanos en el recipiente de latón.
—Vamos —dijo.
Colocó su caña sobre el hombro, pasamos frente a las cuadras y nos dirigimos hacia la hondonada por donde pasaba el río. No estaba lejos. Marchamos por un camino flanqueado de zarzamoras y sauces y llegamos a la orilla del riachuelo. En la decreciente claridad de la tarde, el agua se remansaba y devolvía el reflejo de los últimos rayos del sol. Había un tronco especialmente colocado para sentarse a pescar.
—Aquí es donde viene a pescar mi hija. Le llamamos la hondonada de Mary. Tú puedes quedarte aquí. Yo voy un poco más abajo.
Me dejó solo. La atardecida se precipitaba; pronto sería ya de noche. Me senté en el tronco y percibí un suave zumbido de mosquitos. No iba a resultar demasiado difícil. Todo lo que tenía que hacer consistía en negarme a pensar cuando fuese necesario hacerlo. Al cabo de un rato decidí introducir el anzuelo en el agua; después observé el tiempo que tardaba el corcho flotador en desaparecer en la oscuridad. Más tarde, llegué hasta acariciar la idea de colocar alguno de los gusanos de Licurgo en el anzuelo, pero los gusanos no eran fáciles de coger, y Licurgo, que vivía junto al río, iba a necesitarlos más que yo. Así que pensé: «No quiero pensar». Ahora distinguía el corcho con más claridad que nunca, flotando sobre las aguas; probablemente, iba a ser lo último que desaparecería en la oscuridad, puesto que el agua sería lo que más tarde perdería de vista. No veía ni oía a tío Parsham; no tenía la menor idea de la distancia desde la cual había gritado orilla abajo y, por lo tanto, aquél era el
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momento apropiado para comportarme como un niño; sin embargo, me pareció absurdo llorar de nuevo como un crío, constándome de antemano que no había nadie junto a mí que me ofreciese su simpatía; porque aquello era lo que necesitaba, una mano amiga que me consolase de la desazón de no estar en casa, de no tener una cama familiar y blanda en la que echarse y dormir. Sonaban ahora los graznidos de las chotacabras y los lamentos de un búho, más allá de la orilla opuesta del río, donde crecían los grandes y extensos bosques. Pensé que si los perros de Licurgo (o quizá perteneciesen a tío Parsham) eran tan buenos cazando como hábiles se habían mostrado la noche anterior en localizar a Otis, sin duda obtendrían con facilidad buenas cantidades de conejos, ardillas y torcaces. Y decidí preguntárselo. Hacía ya un rato que era noche cerrada. Él dijo a mis espaldas. (No le había oído hasta entonces):
—¿No han picado aún?
—No me considero un buen pescador —contesté—. ¿Qué tal se portan tus perros?
—Bien —dijo, sin levantar la voz.
Después añadió:
—Papá.
La camisa blanca de tío Parsham resplandecía en la oscuridad. Llegó hasta nosotros, recogió las dos cañas de pescar, se las puso al hombro y le seguimos camino arriba, donde los perros se unieron a nosotros. Después penetramos en la casa y nos acercamos al resplandor que despedía la luz de la mesa, en la que había un plato, cubierto por una servilleta, preparado para Licurgo.
—Siéntate —dijo tío Parsham—. Mientras cenas, cuéntanos lo que hayas visto.
—Aún están allí —dijo Licurgo.
—¿No les han llevado a Hardwick todavía? —preguntó tío Parsham—. Possum no tiene cárcel —me aclaró—. Suelen encerrarlos en un almacén que hay detrás de la escuela hasta que les trasladan a la cárcel de Hardwick. A los hombres, claro. Antes, nunca habían detenido a mujeres.
—No, señor —dijo Licurgo—. Las damas siguen en el hotel, con un guarda a la puerta. En el almacén sólo han metido a Mr. Hogganbeck. Mr. Caldwell regresó a Memphis en el 3. Se ha llevado al otro chico con él.
—¿Otis? —pregunté—. ¿Sabes si han recuperado el diente?
—No me lo dijeron —prosiguió Licurgo, comiendo precipitadamente—. El caballo está bien. Fui a verlo. Está en las cuadras del hotel. Antes de marcharse, Mr. Caldwell depositó una fianza para que Ned pueda cuidar del
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animal. Hay un tren que sale para Jefferson a las nueve y cuarenta. Si nos damos prisa, podemos alcanzarlo.
Tío Parsham extrajo un gran reloj de plata del bolsillo y miró la hora.
—Podemos alcanzarlo —repitió Licurgo.
—No —dije—. Tengo que esperar.
Tío Parsham guardó el reloj de nuevo. Se levantó. Gritó sin alzar mucho la voz:
—¡Mary!
La muchacha estaba en la habitación contigua. Sin hacer el menor ruido, se presentó en la puerta.
—Todo está preparado —dijo—. Tu colchoneta está en el recibidor — añadió, dirigiéndose a Licurgo—. Y tú vas a dormir en la cama de Licurgo, como hiciste ayer.
—No necesito la cama de Licurgo —protesté—. Puedo dormir con tío Parsham. No me importa.
Me miraron los tres, con calma, con mansedumbre:
—He dormido con el amo muchas veces —añadí—. También él ronca y no me importa.
—¿Con el amo? —preguntó tío Parsham.
—Así es como llamamos al abuelo. El también ronca y no me importa.
—De acuerdo, déjale —dijo tío Parsham.
Fuimos a su habitación. La pantalla de la lámpara estaba decorada con flores, y sobre la cabecera de la cama había un retrato con marco dorado que representaba una mujer joven, pero vestida a la moda antigua; la cama estaba cubierta por una colcha de vivos colores y, al igual que en la habitación de Licurgo y en la de Mary, los restos de un fuego humeaban en la chimenea. Había también una silla y una mecedora, pero no me senté. Permanecí en pie. Al poco rato, tío Parsham entró de nuevo en la habitación. Llevaba un camisón de dormir y daba cuerda al gran reloj de plata.
—Desnúdate —me dijo—. ¿Te deja tu madre dormir así en tu casa? —No, señor —confesé.
—No has traído nada contigo, ¿verdad?
—No, señor.
Dejó el reloj en la mesilla de noche, se asomó a la puerta y gritó:
—¡Mary!
La muchacha contestó.
—Trae uno de los camisones limpios de Licurgo.
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A los pocos instantes, la mano de Mary alargó el camisón por la puerta entreabierta. Tío Parsham lo cogió.
—Toma —dijo.
Lo cogí y me lo puse.
—¿Rezas tus oraciones metido en la cama o arrodillado antes de acostarte?
—Arrodillado —dije.
—Pues rézalas.
Me arrodillé junto a la cama y recité mis oraciones. Cuando acabé, la cama estaba ya abierta. Me metí en ella, apagué la luz y oí de nuevo el crujir de la cama. Aquella noche, la luna tardaría aún algunas horas en ascender a lo alto del firmamento, pero, sin embargo, había suficiente claridad. Podía verle perfectamente, blanco y negro contra la blanca almohada. Estaba tumbado boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho y con su gran bigote blanco, imperial, inmóvil.
—Mañana por la mañana —dijo— te llevaré a la ciudad e iremos a ver a Mr. Hogganbeck. Si te dice que ya has hecho aquí lo que tenías que hacer y que puedes volver a casa, ¿le obedecerás?
—Sí, señor —dije.
—Ahora, duérmete.
Aún antes de que él lo dijese, me di cuenta de que aquello era lo que en realidad deseaba hacer, lo que había estado deseando probablemente desde el día anterior: volver a casa. A nadie le gusta recibir una bofetada, pero hay ocasiones en las que uno no puede impedirlo. Boon y Ned tampoco pretendían evitarlo; de otro modo, no habrían llevado las cosas hasta aquel extremo. Pero es posible si ellos supiesen mis íntimos deseos de volver a casa, se avergonzasen de mí. Quizás era demasiado pequeño, demasiado joven para representar correctamente el papel que me había asignado el destino; era también posible que si yo hubiese sido mayor y más inteligente, el castigo que temíamos los tres hubiese podido evitarse. ¿Comprendes? Mi deseo específico e irrebatible era regresar a casa, pero carecía del valor suficiente para confesarlo así y, menos aún, para hacerlo. Por lo tanto, una vez aceptada la idea de que había fracasado y de que, además, era un perfecto cobarde, me sentía tranquilo y me disponía a dormir como un niño, tal y como lo estaba ya haciendo tío Parsham, que roncaba con estruendo, casi tan escandalosamente como el abuelo. La verdad es que ya todo importaba poco. Mañana volvería a estar en casa, con las manos vacías: sin caballos robados, sin prostitutas celosas de su castidad, sin revisores bohemios de tren, y en compañía de Ned
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y de Boon Hogganbeck, vueltos a su condición normal, purificados, por el cinto de padre. Todo, pues, carecía de la suficiente importancia para impedir llevar a cabo mis deseos de dormir, que satisfice cumplidamente durante toda la noche, la amanecida y parte de la mañana, hasta que distinguí la voz. La parte de la cama correspondiente a tío Parsham estaba vacía y escuché la voz gritando fuera de la casa:
—Hola, Licurgo. ¡Licurgo!
Salté de la cama, corrí hacia la ventana y dirigí la mirada hacia el patio.
Era Ned. Y traía el caballo.
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Capítulo 12
Nuevamente, a las dos de la tarde, McWillie y yo nos sentábamos en nuestras fogosas (al menos lo era la de McWillie) monturas. La tarde anterior habíamos asustado a Mr. Clapp lo suficiente para justificar que en aquella ocasión se sortease el lugar de salida, es decir, quién iba a correr junto a la valla y quién fuera de ella. McWillie ganó. Los caballos se encontraban en posición de salida, bajo la vigilancia del juez de meta (el cazador-comerciante de perdices, complicado en homicidios). «¡Adelante…!».
Pero, antes, ocurrieron otras cosas. Uno de nuestros problemas era Ned. Tenía mal aspecto. Presentaba un aspecto terrible. No era sólo falta de sueño; todos sufríamos de falta de sueño. Pero al menos Boon y yo, desde que salimos de Jefferson, habíamos pasado cuatro noches en una cama, mientras que Ned sólo lo había hecho dos. Las dos restantes se había visto obligado a pasarlas en el vagón del ferrocarril y en el establo respectivamente, acostado sobre paja. Sus ropas también estaban en desorden. Su camisa había perdido su blancura y sus pantalones negros estaban impresentables. Al menos a mí, Everbe me había lavado alguna ropa la noche anterior, pero Ned ni siquiera se la había quitado de encima. Ahora, vestido con un mono desteñido y limpio de tío Parsham, mientras Mary le lavaba la camisa y adecentaba sus pantalones, se sentaba a la mesa de la cocina y me acompañaba a desayunar. Tío Parsham se unió a nosotros y escuchó con atención. Nos informó de que, poco antes del amanecer, uno de los hombres blancos —no era Mr. Poleymus, el policía— le despertó, puesto que se había dormido sobre un montón de paja, y le dijo que cogiese el caballo y saliese con él de la ciudad.
—¿Tú y Relámpago solamente? —pregunté—. ¿Dónde están los demás? —Donde les metieron aquellos tipos blancos —siguió Ned—. Así que le
di las gracias, tomé a Relámpago y…
—¿Por qué? —inquirí.
—Cómo ¿por qué? Lo que ahora nos interesa es estar a las dos de esta tarde en la línea de salida de aquella maldita pista y ganar las dos pruebas que
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faltan. Después localizaremos el automóvil del amo y regresaremos a Jefferson, de donde nunca debimos haber salido.
—No podemos volver sin Boon —protesté—. Si te dejaron salir a ti y a Relámpago, ¿por qué no soltaron también a Boon?
—Mira —dijo Ned—. Tú y yo tenemos ya bastante que hacer con correr las dos pruebas que faltan. ¿Por qué no acabas tu desayuno y te echas a descansar hasta que sea la hora y te avise?
—Acaba de mentir al chico —intervino tío Parsham.
Ned inclinó su cabeza sobre el plato y comió con avidez. Estaba cansado. Sus pupilas habían pasado, de enrojecidas, a dos glóbulos completamente rojos…
—Mr. Boon Hogganbeck no podrá ir a ningún sitio durante algún tiempo. Esta vez le han metido en la cárcel. Se lo van a llevar a Hardwick esta misma mañana para tenerle a buen recaudo. Pero olvídate de eso. Lo que tienes que hacer es…
—Cuénteselo todo —insistió tío Parsham—. Hasta ahora, desde que llegó aquí, ha sido capaz de afrontar todos los problemas en los que le habéis metido; ¿qué te hace pensar que no pueda arrostrar lo que suceda hasta el momento en que sentéis la cabeza y lo llevéis de nuevo a casa? ¿No tuvo que contemplar aquí mismo, en el propio patio de mi casa, en mis propios pastos, e imagino que también en la ciudad, el galanteo procaz y repugnante de aquel hombre hacia la chica y los deseos de ésta de huir de él y de no tener quién la protegiera sino un niño de once años? Ni Boon, ni el representante de la ley, ni blancos ni negros, se mostraron dispuestos a ofrecerle refugio; pero él, sí. Cuéntaselo todo.
Y, sin embargo, dentro de mí oía una voz diciendo, repitiendo: «No, no, no digas nada. Déjalo correr, no digas nada».
—¿Queréis que os cuente lo que hizo Boon? —preguntó Ned, masticando sobre su plato y mostrando los ojos enrojecidos como si los hubiesen restregado con arena—. Pegó al tipo de la estrella. A ese tal Butch. Estuvo a punto de descalabrarlo. Le dejaron en libertad antes que a Relámpago y a mí. Pero ni siquiera se detuvo a pensarlo un instante. Se fue directamente a buscar a aquella chica.
—A Miss Reba, ¿verdad? —pregunté—. Sería a Miss Reba.
—No —dijo Ned—, la otra. La gorda. Nunca me acuerdo de su nombre… Le dio la gran paliza.
—¿Qué le pegó? —exclamé—. ¿Boon pegó a Ever… a Miss Corrie?
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—¿Es ése su nombre? Sí. Después dio media vuelta y se puso a buscar al tío de la estrella. Cuando le encontró, sin importarle ni la estrella ni la pistola ni nada, se lió a bofetadas con él. Tuvieron que separarles…
—Boon le pegó… —repetí.
—Eso es —confirmó Ned—. Ella es la causa de que Relámpago y yo estemos ahora libres. Ese Butch se dio cuenta de que el único modo de lograr sus propósitos con ella era hacerle ver que Boon, tú y yo teníamos que ganar la carrera de hoy, como requisito previo para volver a casa. Como es natural, le fue fácil convencerla de que quién debía ganar la carrera era Relámpago y, en consecuencia, lo acogió y decidió encerrarlo. Eso es lo que ha ocurrido. Eso es todo. Tío Possum acaba de decirte cómo adivinó las intenciones de ese Butch el pasado lunes, y yo las hubiese adivinado también de no estar tan ocupado con el caballo y si hubiese conocido mejor a ese tipo.
—No puedo creerlo —dije.
—Pues eso es lo que ocurrió —repitió Ned—. Fue cuestión de mala suerte, de esa clase de mala suerte que ni siquiera se puede prever de antemano. La mala suerte comenzó ya el lunes, al encontrarse él donde estaba y poder verla. Debió creer, sin duda, que su estrella y su pistola sería todo lo que iba a necesitar para rendirla; lo más probable es que ambas cosas resulten argumentos irresistibles para las chicas de por aquí. Pero esta vez no ocurrió así y se vio obligado a reconsiderar su posición. Y descubrió que todos dependíamos de Relámpago para recuperar el automóvil y poder regresar a casa.
—¡No! —grité—. No, ella no pudo hacer eso. Ni siquiera estaba ya aquí. Volvió a Memphis con Sam, ayer por la tarde. No te habrás enterado, pero ella se marchó anoche. Debe tratarse de alguna otra. Debe ser otra.
—No —confirmó Ned—. Era ella. Tú mismo pudiste verlo aquí el lunes. Sí, durante el viaje de vuelta en el birlocho, en casa del médico y en el
hotel aquella misma noche Everbe había sufrido un asedio sin cuartel, hasta que Miss Reba despidió a aquel zángano, según creímos todos (yo, al menos) definitivamente. Porque Miss Reba era también una mujer y comprendió la situación.
Dije:
—¿Por qué no la defendió nadie? ¿No había nadie que pudiese defenderla? Aquel hombre, aquel tipo que te detuvo a ti y a Relámpago y que dijo a Sam y a Butch que en Memphis o en Nashville o en Hardwick podían hacer lo que les diese la gana, pero que en Possum era él quien… ¿Dónde estaba ese hombre? No puedo creerlo.
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—Sí —prosiguió Ned—. A ella tenemos que agradecer que Relámpago pueda correr hoy. Boon, yo y los demás no contamos. Butch nunca ha demostrado el menor interés por nosotros. Lo único que quizá perseguía era mantener a Boon encerrado hasta esta mañana, para que no se inmiscuyera en sus proyectos. A lo que en realidad deseaba echar mano era a Relámpago, y si nos detuvo también a Boon y a mí fue para cubrir el expediente ante Mr. Poleymus y para que éste le creyera. Porque lo cierto es que Butch le engañó, se valió también de él para lograr lo que ha ocurrido esta mañana. Es posible que ahora que Butch ha logrado sus propósitos se considere bien pagado y diga que todo ha sido un error, que Relámpago no es el caballo que él busca; pero es también posible que Mr. Poleymus sospechase desde el primer momento que todo ha sido oscuro y decidiese, de pronto, poner en libertad a todo el mundo. Y probablemente, cuando Boon, apenas salido a la calle, pegó a la chica e intentó después arrancar la cabeza a Butch, a pesar de la estrella, la pistola y todo lo demás, Mr. Poleymus debió darse cuenta de que allí había gato encerrado y Mr. Poleymus puede ser bajito y viejo, pero es un hombre. Me contó que el año pasado su mujer tuvo un ataque, que en la actualidad aún no puede mover ni un dedo y que todos sus hijos están casados y viven a muchos kilómetros de aquí, y que él tiene que lavarla y darle de comer y meterla y sacarla de la cama, además de hacer la comida y cuidar de la casa día y noche, a menos que algún día vaya una de las vecinas a limpiar un poco. Pero debierais haberle visto actuar. Apareció cuando varios hombres sostenían a Boon y otros pretendían evitar que Butch le golpease con la pistola; se acercó a Butch, le quitó la pistola de la mano y le arrancó la estrella y la mitad de la camisa. Después telefoneó a Hardwick para que mandasen un automóvil, a fin de mandarlos a todos a la cárcel, mujeres incluidas. A las mujeres se les acusa de fragancia.
—Vagancia —corrigió tío Parsham.
—Eso es lo que he dicho —replicó Ned—. Pero llámelo como quiera. Lo cierto es que están en la cárcel.
—No puedo creerlo. Ella se había retirado —dije.
—En tal caso, debemos darle las gracias por haber vuelto al ejercicio de su profesión —dijo Ned—. Y especialmente tú, yo y Relámpago tenemos que estarle muy agradecidos.
—Se ha retirado —insistí—. Me lo prometió.
—Lo importante es que hemos recuperado a Relámpago —dijo Ned—. Y lo que tenemos que hacer es hacerle correr como es debido. ¿No nos prometió
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Mr. Sam que regresaría hoy enterado de las gestiones a realizar para que Boon, tú y yo pudiésemos volver a casa?
Permanecí sentado. Aún era temprano. Aún no habían dado las ocho. Iba a hacer calor, iba a ser un día de verdadero calor, precursor del verano. ¿Te das cuenta? Permanecí allí, diciéndome: «No lo creo». Pero tales pensamientos no tenían validez más que en el momento en que se producían. Al repasarlos en la imaginación se disipaban, morían y engendraban angustia, rabia, pena, tristeza.
—Tengo que marchar inmediatamente a la ciudad —dije a tío Parsham—.
Si me deja una de sus mulas, le mandaré el dinero tan pronto llegue a casa.
Se levantó en seguida.
—Vamos —dijo.
—Espera —terció Ned—. Ahora ya es demasiado tarde, Mr. Poleymus hizo venir un automóvil. A estas horas, ya se habrán marchado.
—Puede interceptarles el paso —dijo tío Parsham—. La carretera por la que tienen que pasar corre a medio kilómetro de aquí.
—Yo tengo que dormir un rato —dijo Ned.
—No te preocupes. Yo le acompañaré. Le prometí anoche que lo haría — afirmó tío Parsham.
—No pienso ir a casa todavía. Sólo voy a acercarme a la ciudad un minuto. Después volveré aquí.
—De acuerdo —accedió Ned—. Pero, por lo menos, déjame acabar mi café.
No le esperamos. Una de las mulas no estaba en la cuadra. Probablemente se la había llevado Licurgo al campo. Pero la otra permanecía allí. Ned llegó antes de que comenzásemos a ponerle los arreos. Tío Parsham nos mostró el atajo que conducía a la carretera de Hardwick, pero no le presté atención. Quiero decir que ahora no me importaba dónde pudiese encontrarlo. Si no estuviese ya harto de carreras de caballos, de mujeres, de agentes de policía y de toda la cantidad de personas que, debiendo estar en su casa, no lo estaban, quizás habría preferido entrevistarme con Boon en algún lugar cercano y en privado. Pero ahora, repito, no importaba. Podía ser en mitad de la amplia carretera o en mitad de la plaza, al menos por lo que a mí se refería. O incluso en el coche, en presencia de todos ellos. Pero no encontramos el automóvil; sin duda, alguien me protegía, porque haber sostenido en público aquella entrevista habría resultado intolerable, absolutamente intolerable en alguien que, como yo, había servido a la No-Virtud durante cuatro días, sin pedir nada a cambio, excepto el no tener que verles más de lo que era estrictamente
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necesario. Lo cual me fue concedido; el automóvil, aún vacío, se hallaba ante la puerta del hotel cuando llegamos; era un «Stanley Steamer» de siete plazas, con sitio suficiente para el equipaje de dos mujeres —no, de tres, si contamos a Minnie— en viaje de Memphis a Parsham, las cuales debían estar en aquellos momentos en sus habitaciones arreglando las maletas. Ned utilizó el freno de la jardinera para que yo me apeara.
—¿Aún no quieres decirme para qué has venido? —me preguntó.
—No —respondí.
Ninguna de las sillas colocadas en hilera en el porche estaban ocupadas. El ambiente ofrecía toda la soledad y el aislamiento requerido por el nuevo estado de Boon y de Butch. El vestíbulo se hallaba también desierto y Mr. Poleymus podía haber obtenido también ventaja de ello. Pero era todo un hombre. Estaban en la salita de señoras: Mr. Poleymus, el conductor del automóvil (era otro policía, que también ostentaba una estrella), Butch y Boon, marcados por la reciente batalla. En realidad, a mí sólo me importaba la presencia de Boon, quien, al verme (quizá leía en mi cara, que conocía desde hacía mucho tiempo; o quizás a impulso de su corazón o por dictado de su conciencia), dijo:
—Cuidado, Lucius, ten mucho cuidado.
Se levantó de su silla, alargó un brazo hacia mí, se adelantó unos pasos y volvió a retroceder. Me acerqué a él, y debido a mi baja estatura, tuve que esforzarme, saltar incluso para golpearle en la cara; sí, lloraba, gimoteaba de nuevo. Le pegué con todas mis fuerzas, dando un salto cada vez que lo hacía, para alcanzarle el rostro. Mr. Poleymus, detrás de mí, decía:
—Dale fuerte. Ha pegado a una mujer; no importa lo que esa chica sea. Después, él (u otra persona) me cogió entre sus brazos, me separó de
Boon, pero yo luché por desasirme, di media vuelta y, ciego de rabia, me dirigí hacia la puerta. La mano que antes me sostenía guiaba ahora mis pasos.
—Espera —dijo Boon—. ¿Quieres verla?
Estaba tan cansado que me dolían los pies. Me sentía completamente extenuado y necesitaba dormir. Y, lo que era peor, estaba sucio. Quería cambiarme de ropa. Ella me había lavado algunas piezas la noche anterior, pero lo que anhelaba era ropa nueva, ropa que no hubiese sido utilizada durante algún tiempo, como la que me ponía en casa, impregnada del sosiego y del silencio de los armarios y planchada con almidón y azulete. Pero, de manera especial, deseaba nuevos calcetines y zapatos.
—No quiero ver a nadie —grité—. ¡Quiero ir a casa!
Boon contestó:
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—De acuerdo. Cualquiera de los aquí presentes puede llevarte mañana al tren. Tengo dinero. Conseguiré el que sea necesario.
—¡Cállate! —exclamé—. No pienso ir a ningún sitio.
Seguí hacia la puerta, ciego aún de rabia, y llevado por la misma mano.
—Espera —gritó Boon—. Espera, Lucius.
—Cállate —repliqué.
La mano me hizo dar la vuelta. Me dirigió contra una pared.
—Límpiate la cara —dijo Mr. Poleymus.
Sacó de su bolsillo un pañuelo color de plátano, pero no lo cogí. Mi vendaje empapaba el llanto a la perfección. El calcetín de montar estaba acostumbrado a recoger mis lágrimas. ¡Quién sabe! Si lo llevaba puesto más tiempo, quizás consiguiese ganar la carrera. Ahora podía ver con claridad: estábamos en el vestíbulo. Intenté moverme, pero él me detuvo.
Miss Reba y Everbe, con sus maletas, bajaban la escalera. Minnie no iba con ellas. El chófer policía estaba esperando. Les cogió las maletas y siguieron adelante, sin mirar hacia nosotros. Miss Reba caminaba con la cabeza tiesa, erguida, en actitud de absoluta altivez; si el chófer no hubiese caminado con presteza, le habría atropellado con maletas y todo. Salieron a la calle.
—Yo te tomaré el billete de tren para casa —dijo Mr. Poleymus—.
Tomarás el próximo expreso. Temo que te has quedado aquí sin amigos.
Mientras tanto, yo cuidaré de ti. Te confiaré al revisor.
—Voy a esperar a Ned —contesté—. No puedo irme sin él. Si ayer usted no lo hubiese estropeado todo, a estas horas los tres estaríamos en casa.
—¿Quién es Ned? —preguntó. Se lo dije.
—¿Pretendes insinuar que piensas montar esta tarde ese maldito caballo? ¿Crees que tú y Ned seréis capaces de obrar el milagro? ¿Dónde está Ned ahora? Se lo dije.
—Vamos —concluyó—. Podemos salir por una de las puertas laterales. Ned estaba de pie, junto a la mula. El coche permanecía aparcado a
espaldas de nosotros. Minnie aún no había subido en él. Era posible que hubiese decidido regresar a Memphis la noche anterior, en compañía de Sam y de Otis. Era posible que ahora que había echado mano a Otis estuviese determinada a no soltarle hasta que le entregase el diente. Al menos, eso hubiera hecho yo en su lugar.
—¡Vaya! —exclamó Ned—. Veo que Mr. Poleymus también te ha cogido a ti, ¿eh? ¿Qué pasa? ¿Es que no hay esposas del tamaño de tus muñecas?
—Cállate —dije.
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—¿Cuándo vas a llevarlo a casa, muchacho? —preguntó Mr. Poleymus a Ned.
—Espero que esta noche —contestó Ned.
Al parecer, ahora Ned no pretendía alardear de ingenio ni de inteligencia. —Tan pronto como nos desembaracemos de ese caballo de carreras y
podamos colocarlo en algún sitio.
—¿Tienes dinero suficiente?
—Sí, señor —dijo Ned—. Muy agradecido. Después de la carrera, nos arreglaremos estupendamente.
Subimos a la jardinera. Mr. Poleymus colocó la mano en la llanta de la rueda. Dijo:
—O sea que estáis decididos a enfrentaros esta tarde con el caballo de Linscomb, ¿verdad?
—Vamos a vencer al caballo de Linscomb, en efecto —dijo Ned.
—Eso es lo que vosotros esperáis.
—Estamos seguros de ello.
—¿En qué basáis esa seguridad? —preguntó Mr. Poleymus.
Ned respondió:
—Me gustaría tener cien dólares para apostarlos esta tarde.
Se miraron el uno al otro durante un buen rato. Después Mr. Poleymus levantó la mano de la jardinera y extrajo del bolsillo un billetero sucio y usado. Tan pronto como lo vi, me di cuenta de qué se trataba. Aquel billetero era exactamente igual que el de Ned. Mr. Poleymus lo abrió, sacó dos billetes de un dólar, volvió a cerrarlo y entregó el dinero a Ned.
—Apuesta esto por mí —dijo—. Si tus pronósticos resultan ciertos, te regalo la mitad.
Ned tomó el dinero.
—Lo apostaré por su cuenta —contestó—. Muchas gracias. Esta misma tarde, al caer el sol, se lo devolveré multiplicado por tres o por cuatro.
Emprendimos la marcha. Ned llevaba las riendas. No pasamos ante el automóvil, sino que dimos la vuelta.
—Has llorado otra vez, ¿eh? —me dijo Ned—. Un jinete de carreras, y te pasas la vida llorando…
—¡Cállate! —exclamé.
Dobló otra esquina y la jardinera comenzó a avanzar por lo que habría sido el otro lado de la plaza, en caso de que Parsham hubiese poseído una lo suficientemente grande para ser llamada así.
Después detuvo el carruaje ante una tienda.
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—Ten las riendas —dijo.
Descendió del pescante y se metió en el almacén, para salir de nuevo, al cabo de poco rato, con una bolsa de papel en la mano. Subió a la jardinera, tomó las riendas y nos pusimos en camino hacia casa —es decir, a casa de tío Parsham—, mientras, con su mano libre, extraía de la bolsa de papel otra de menor tamaño, llena de caramelos de menta.
—Toma —dijo—. Tengo también algunos plátanos, y tan pronto como llevemos a Relámpago a la pradera del arroyo, en la que estuvimos ayer, comeremos algo y procuraremos dormir un rato. Necesito dormir antes de que me olvide cómo se hace eso. Mientras tanto, deja de preocuparte por esa chica. Ya le has dicho y dado su merecido a Boon Hogganbeck. Por lo demás, pegar a una mujer no perjudica a nadie. Contrariamente a lo que ocurre con los hombres, las mujeres no se acobardan por una bofetada. Se limitan a recibirla con serenidad, y cuando uno vuelve la espalda echan mano del atizador de la chimenea o del cuchillo de cocina. Por eso motivo no se viola ninguna norma moral al pegar a una mujer. El único perjuicio que se deriva de ello es que puede dejarse un ojo negro o una boca ensangrentada en una cara bonita. Pero, en realidad, eso tampoco supone nada para una mujer. ¿Por qué? Porque un ojo morado o un corte en un labio es la mejor demostración que puede obtener una mujer de que un hombre se ha encaprichado de ella.
Así, pues, con los caballos nerviosos y excitados, mantenidos a raya por la mano experta de nuestros respectivos cuidadores, que los sujetaban por la brida, McWillie y yo nos encontrábamos de nuevo, frente a frente, en la línea de salida. (Eso es: nerviosos y excitados, los dos, Relámpago inclusive; el día anterior, había aprendido, y hoy se acordaba de ello, que se le exigía por nuestra parte que se mantuviese, como mínimo, a la altura de Acheron, desde el mismo instante en que diese comienzo la contienda, aún cuando no estuviese aun bien enterado de que también pedíamos que fuese en cabeza al concluir la prueba).
Esta vez, las instrucciones finales de Ned fueron breves, concisas y explícitas.
—Recuérdalo —me dijo—. Me consta que se le puede hacer correr una vez y, probablemente, también dos. Lo importante es reservamos esa ocasión en que estamos seguros de que correrá para cuando nos haga verdadera falta. Lo que quiero que hagas en esta primera prueba es lo siguiente: en el momento en que los jueces den la orden de salida, repítete a ti mismo: «Mi nombre es Ned William McCaslin». Y después hazlo.
—Hacer ¿qué? —pregunté.
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—Yo tampoco lo sé todavía —dijo él—. Pero Akrun es un caballo, y con un caballo puede suceder cualquier cosa, tanto más si lo monta un chico negro. Tienes que vigilarle en todo momento y estar siempre preparado, a fin de que, cuando ocurra, ya hayas dicho «mi nombre es Ned William McCaslin», y estés en disposición de hacerlo pronto y bien. No te preocupes. Si no te sale bien y no ocurre nada, esperaremos hasta la recta final, a ver qué pasa. Al final de la carrera intervendré yo. Porque estoy convencido de que, al menos una vez, es capaz de correr.
La voz dijo: «Adelante», y nuestros cuidadores retrocedieron, como si intentasen salvar el pellejo, y desaparecieron de nuestra vista (como he dicho antes, habíamos echado suertes y McWillie corría por la parte interior de la pista, pegada a la valla). Salimos disparados. O salió sólo McWillie. Porque no recuerdo bien si lo había planeado a conciencia o me salió de aquel modo por instinto; pero lo cierto es que cuando McWillie emprendió la carrera, yo estaba aún frenando a Relámpago, cuyo primer paso —un salto de cabra— me obligó a agarrarme a su cabeza. Cuando Acheron, a pleno galope, nos llevaba tres largos de ventaja, Relámpago comenzó a correr. Nos mantuvimos a esta distancia durante un buen rato y observé que McWillie, por debajo de la axila, nos dirigía una rápida mirada con el rabillo del ojo. Sin duda esperaba encontrarme a la altura de su rodilla. Volvió a mirar y siguió a galope tendido durante algunos trancos. Después, su vista debió comunicar a su inteligencia que no estaba donde él esperaba encontrarme. Volvió la cabeza para mirar nuevamente hacia atrás y todavía recuerdo la estúpida expresión de sus ojos asombrados y de su boca abierta. Vi cómo tiraba brutalmente de las riendas de Acheron para reducir su marcha. Creo incluso que le oí gritar: «¡Maldito blanco! ¿Vas a correr o no?». La distancia entre los dos caballos se redujo con rapidez; porque, de pronto Acheron se encabritó, comenzó a desviarse de su camino, a cruzar la pista transversalmente, y, al fin, se quedó ante la valla exterior, inmóvil, como pensativo, durante un instante, un momento; estoy convencido de que la imaginación caprichosa y desordenada de McWillie acariciaba la idea de dar la vuelta, retroceder y comenzar a galopar de nuevo, con Relámpago a la cabeza. Por mi parte, no hubo premeditación. No. Me limité a decir mentalmente: «Mi nombre es Ned William McCaslin», y golpeé con la fusta a Relámpago tan fuerte como pude. Le clavé los talones en los ijares y le hice meter la cabeza en el hueco existente en las ancas de Acheron y la valla interior de la pista. Recuerdo que pensé: «Voy a destrozarme la pierna», pero mantuve mi posición con absoluta indiferencia, dispuesto a pegar otra vez con la fusta, sin esperar nada en concreto, excepto satisfacer la
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curiosidad que en mí despertaba la inminente caída, el golpe, el chorro de sangre y de pedazos de hueso que creía iba a surgir de mi pierna destrozada. Pero la verdad es que tuvimos espacio suficiente para seguir galopando los dos, uno junto al otro; o quizá fue simplemente suerte. Ni mi pierna ni las ancas de Relámpago, que rozaron el cuerpo de Acheron, sufrieron el menor daño. En aquel mismo instante, volví a emplear la furia de la fusta. Ningún juez de pista ni de meta, aunque fuese criador de perros, cazador, comerciante en perdices y presunto asesino, hubiese podido declarar jamás de modo exacto a cuál de los dos caballos había golpeado; en aquellos momentos estábamos los cuatro tan entrañablemente unidos que sólo Acheron hubiera sido capaz de decir quién recibió el fustazo.
Después seguimos galopando. Me refiero a Relámpago y a mí. No pude ni deseé tampoco volver la cara. Por lo tanto, me vi obligado a esperar para saber qué había sucedido. Dijeron después que Acheron ni siquiera intentó saltar la valla; que, sencillamente, se lanzó contra ella y cayó al suelo en el remolino de polvo y de astillas blancas, y que, a continuación, se levantó y galopó con frenesí hacia los pastos, hasta que McWillie logró dominarlo; afirmaron que esta vez McWillie intentó regresar a la pista saltando la valla (era demasiado tarde para volver hasta el agujero que había hecho antes; Relámpago y yo llevábamos gran ventaja), como si se tratase de un concurso hípico de saltos; pero Acheron se negó a ello y comenzó a galopar desesperadamente a todo lo largo de la valla, por la parte de afuera, obligando a los espectadores a saltar como ranas, mientras el animal se abrió paso entre ellos. Fue entonces cuando volví a notar de nuevo su presencia. Se acercaban a nosotros con rapidez, pero por el otro lado de la valla; Relámpago, con toda la pista para él solo, marchaba con el ritmo poderoso y elegante que solía adoptar precisamente cuando ya no era necesario hacerlo. Al otro lado de la valla, Acheron, que ya había corrido al menos unos cincuenta metros extra y que, sin duda, aún tendría que galopar otros tantos, logró rebasamos y colocarse en cabeza. Ahora me daba cuenta de que la imaginación calenturienta de McWillie pretendía llevar a la realidad la idea de aminorar la marcha de Acheron en el momento oportuno e intentar reintegrarlo en la pista por el mismo boquete que, en la vuelta anterior, había abierto en la valla; sin embargo, el caballo decidió seguir el nuevo camino trazado en el exterior, que se le presentaba libre de obstáculos.
Ganó el conservadurismo (como suele y debe ocurrir siempre); seguimos corriendo, tomamos la última curva y, a pesar de que era para Acheron mucho más extensa que para mí, mantuvieron su ventaja. En la recta final nos
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sacaron más de un largo de ventaja. Pensé en utilizar otra vez la fusta, pero deseché la idea. Los espectadores gritaban alborotados. La verdad es que nadie podía culparles por ello. Pocos, quizá ninguno, habían presenciado antes una carrera como aquélla entre dos caballos, galopando, uno, por dentro de la pista, y otro por fuera. Acheron siguió avanzando a toda velocidad por su nuevo camino, con tal avidez que parecía dirigirse al cielo. Cuando Relámpago cruzó la meta, la distancia que nos separaba de él era de dos largos. Y siguió galopando. Galopó hasta completar la tercera vuelta, hasta que McWillie pudo dominarlo y conducirlo en círculos concéntricos hasta los pastos. A la sazón se levantaba un verdadero tumulto a nuestras espaldas. La gente gritaba:
—¡Fuera! ¡Fuera! No. Sí. Juego sucio. No es válido. Sí, vale. No, no vale. Que decidan los jueces. Preguntádselo a Ed. ¿Qué ha sido Ed?
La parte del público que había sido desplazado de su sitio por el galope enloquecido de Acheron se metía ahora en la pista por el boquete abierto en la valla. Busqué a Ned con la mirada. Creí, en cierta ocasión, verle, pero resultó que era Licurgo. Se acercó a mí, tomó el caballo por la brida y le hizo dar media vuelta.
—Vamos —me dijo—. No puedes pararlo ahora. Tienes que refrescarlo un poco. Mr. McCaslin ha ordenado que lo saques de la pista y lo lleves al bosque de algarrobos. Allí está la jardinera y lo limpiaremos con tranquilidad. Intenté permanecer donde estaba.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté—. ¿Es válida esta prueba? La ganamos, ¿no es verdad? Nosotros cruzamos la línea de meta por la pista. Ellos lo hicieron por fuera. Llévate el caballo, mientras yo voy a enterarme.
—Te digo que no —insistió Licurgo, haciendo trotar a Relámpago—. Mr. McCaslin no quiere que vayas allí. Me ha ordenado que te diga que no te separes de Relámpago y que lo prepares para la próxima carrera. La próxima carrera se celebrará antes de una hora y no tenemos más remedio que ganarla, porque si anulan ésta, no nos queda otra alternativa que ganar la siguiente.
Nos marchamos. Levantamos la valla del final de la pista y nos dirigimos hacia el bosquecillo de algarrobos, situado a unos quinientos metros del hipódromo; pronto distinguí la jardinera de tío Parsham, con su mula atada a uno de los árboles. Podía oír aún las voces acaloradas que surgían de la tribuna del jurado, y de nuevo sentí deseos de volver atrás para enterarme del resultado de la carrera.
Pero Licurgo también me impidió satisfacer mis deseos. Tenía las esponjas, los cepillos y los trapos en la mano y había bajado de la jardinera un
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cubo de agua. Nos pusimos inmediatamente a lavar al caballo.
Así, pues, la primera información que obtuve acerca de lo ocurrido consistió en simples rumores y en lo que el pequeño Licurgo había oído, antes de que Ned le mandase a buscarme. Las manifestaciones de protesta y de aprobación (sí, incluso después de perder dos carreras, pruebas o lo que fuesen, el pasado invierno, y la primera prueba corrida ayer, había aún gente que se atrevía a apostar a favor de Relámpago; entonces, todavía no me había enterado de que no existe caballo capaz de marchar sobre cuatro patas que no reciba apuestas a su favor en cualquier clase de carreras), que en dos o tres ocasiones degeneraron en puñetazos, sorprendieron a Ned, quien, en el centro geográfico de las mismas mantuvo con educación y calma, pero con insistencia y firmeza, la opinión de que la carrera había sido válida, repeliendo los ataques que se le formulaban.
—No ha habido tal carrera. Hacen falta dos caballos para correr una prueba. Y uno de ellos ni siquiera estaba en la pista.
A lo que Ned replicaba:
—No, señor. El reglamento no menciona el número de caballos. Se refiere concretamente a las normas que debe observar uno de ellos. Si un caballo no comete faltas, ni se detiene durante la carrera, ni tira a su jinete y cruza la meta en primera posición, gana.
Otro de los espectadores dijo:
—Con eso reconoces que el negro ha ganado; no ha cometido falta alguna, excepto cargarse varios metros de valla, y la prueba de que nunca se ha detenido está en el gran número de espectadores que han tenido que salir corriendo para dejarle paso. Por otra parte, ha cruzado la línea de meta con dos largos de ventaja sobre el castaño. Ned replicó:
—No, señor. La línea de meta cruza la pista de una valla a la otra; no se extiende hasta Mississippi. Si tenemos en cuenta esa opinión, la carrera puede haberla ganado cualquier caballo del condado que haya cruzado la línea desde el amanecer, sin que nosotros ni siquiera nos hayamos dado cuenta. No, señor. Fue una pena que el caballo se llevase la valla por delante, pero, como pueden comprender, estábamos demasiado ocupados en hacer correr al nuestro para esperar a que volviera.
De pronto, aparecieron tres recién llegados. Al menos, así me lo contaron. No se trataba, sin embargo, de simples desconocidos. Uno de ellos era el mismísimo coronel Linscomb, a quien todos conocían, puesto que eran sus vecinos. Lo más probable era que los otros dos fueran sus invitados, gente de ciudad, de la misma edad, aproximadamente, que el coronel y con aspecto de
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solvencia moral y económica. Vestían chaquetas de corte y cuellos con corbatas. Uno de ellos se introdujo entre la multitud que gritaba a Ned y pareció tomar a su cargo la solución del problema.
—Señores, permítanme que ofrezca una solución. Como dice este hombre —se refería a Ned—, su caballo corrió de acuerdo con las normas del reglamento y cruzó la meta en primera posición. Sin embargo, todos hemos podido apreciar que el otro caballo ha realizado una carrera más rápida y se ha mantenido en cabeza, desde el principio hasta el fin. Los propietarios del caballo son estos señores que están detrás de mí: el coronel Linscomb, su vecino y Mr. Van Tosch, de Memphis, a quien, sin duda, no vacilarían ustedes en considerarle también vecino, si le conocieran mejor. Ambos están de acuerdo, y los jueces aprobarán la decisión, en considerar que esta prueba debe ser, por decirlo con jerga bancaria, suspendida. Todos ustedes, lo hayan o no deseado, han tenido contacto con banqueros y, por consiguiente saben que en esa profesión existe un nombre para cada cosa y para cada situación…
Se detuvo para dar tiempo a que la multitud riese, y lo logró.
—La palabra más importante para un banquero es interés —gritó una voz.
Se produjeron las carcajadas, a las que el orador unió las suyas.
—Lo que quiero decir suspender no es exactamente lo mismo que cancelar o invalidar. Las apuestas, por lo tanto, siguen en pie, tal y como ustedes las establecieron. Nadie ha ganado ni nadie ha perdido; quien desee incrementarlas puede hacerlo, y quien quiera disminuirlas o retirarlas definitivamente, también. El dinero apostado se jugará en la última carrera y se considerará que el caballo ganador de ella, habrá ganado también la que acaba de celebrarse. Quien gane, pues, la próxima prueba, lo gana todo. ¿De acuerdo?
Eso es, a grandes rasgos, lo que más tarde nos contaron a Licurgo y a mí. Pero mientras preparábamos el caballo todavía no sabíamos nada. Cuando acabamos de lavar al animal, le pusimos una manta, y Licurgo siguió paseándole para que se refrescase. Yo me senté al pie de uno de los árboles, me quité el calcetín de montar y expuse mi vendaje al sol para que se secase. Me pareció que permanecíamos así durante horas, como si el tiempo discurriese concentrado masivamente. Al fin, llegó Ned, caminando con paso rápido y nervioso. Ya te he dicho que, aquella mañana, Ned tenía mal aspecto, debido, en parte, al estado en que se encontraba su ropa. Sin embargo, ahora su camisa volvía a ser blanca y sus pantalones estaban limpios. Esta vez, aún suponiendo que hubiese seguido astroso, su mal aspecto no hubiera tenido nada que ver con la ropa. Era su cara. Parecía como si viniese, no de
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presenciar una simple carrera de caballos, sino de enfrentarse con el destino o con la muerte, como si la muerte le hubiera dicho: «Cálmate. Aún tienes treinta o cuarenta minutos antes de que reclame tu presencia. Estate, pues, entretanto, tranquilo no te preocupes y atiende a tus asuntos». No nos dio tiempo a preguntarle nada. Fue derecho a la jardinera, tomó su chaqueta negra y se la puso, mientras decía:
—Han anulado la carrera, lo cual significa que el que pierda la próxima, lo pierde todo. Ensillad.
Licurgo había quitado ya la manta al caballo y ensillamos con rapidez. Después, monté. Ned permaneció de pie, junto a la cabeza de Relámpago, sostenía las riendas con una mano, mientras con la otra buscaba algo en el bolsillo.
—Esta vez va a ser fácil para ti —dijo—. Ayer le desconcertamos ya un poco, y hoy todavía más. No creo que intente más trucos. No importa. Tampoco tú tienes que emplearlos. Lo único que debes hacer es permanecer junto a él en la recta final. Y no caerte. Esas dos cosas es todo lo que tienes que hacer hasta llegar a la meta. Mantén a Relámpago entre las dos vallas y no permitas que te tire. Recuerda la lección que te dio el lunes. Cuando llegues a la recta final, antes de que caiga en la cuenta de donde estaba yo el pasado lunes, pégale con fuerza. No te preocupes por el otro caballo, ni por lo que haga ni por donde esté. Atiende solamente al tuyo. ¿Recordarás todo esto?
—Sí —dije.
—Bien. Es todo cuanto debes hacer. Cuando rebases la última curva y te acerques, por la recta final, a la línea de meta, no te limites a creer que Relámpago ve perfectamente la totalidad de la pista que se extiende frente a él. Compruébalo. Cuando llegues allí, comprenderás por qué te lo digo. Sobre todo, asegúrate en este último punto. No te conformes con pensar que posiblemente ve toda la pista, o que efectivamente la ve. Convéncete que la está viendo. Si el otro caballo marcha delante de ti, échate hacia un lado y lleva a Relámpago hacia la valla exterior, donde pueda ver sin dificultad la meta y lo que haya detrás de ella. No te preocupes si pierdes terreno. Limítate a colocar el caballo donde pueda ver sin impedimentos.
Extrajo su otra mano del bolsillo. Relámpago hundió en ella su morro y yo distinguí el perfume dulzón, empalagoso, que el lunes pasado había percibido por primera vez en los pastos de tío Parsham. Era un olor inolvidable que me fue fácil recordar inmediatamente.
—¿Te acordarás de todo?
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—Sí.
—Entonces, vete ya. Acompáñale, Licurgo.
—¿Tú no vienes? —pregunté.
Licurgo tiró del caballo por la brida. Tuvo que apartar por la fuerza el morro del animal de la mano de Ned. Después, Ned volvió a meter la mano en su bolsillo.
—Adelante —nos dijo—. Ya sabes lo que tienes que hacer. Licurgo volvió a tirar del caballo; se vio obligado a arrastrarlo durante algún tiempo, y, aún así, Relámpago intentó soltarse varias veces para volver hasta Ned.
—Pégale un poco —sugirió Licurgo—. Haz que preste atención a lo que está haciendo.
Así lo hice. Seguimos adelante.
Por tercera vez, pues McWillie y yo nos encontrábamos sobre nuestras monturas en la línea de salida. Como, al parecer, el mozo de McWillie se negaba a ser lanzado al suelo por tercera vez y nadie se ofreció voluntario para sustituirle, para reducir al caballo e inmovilizarle en la meta, emplearon un pedazo de tela de saco sujetado en cada extremo por dos demócratas espectadores que se prestaron a ello incondicionalmente. Era, sin lugar a dudas, la mejor manera de dar la salida que habíamos disfrutado en las tres carreras. Acheron, que ni por un instante había dudado en lanzarse contra una valla de seis centímetros de espesor, se resistía a mantenerse a un metro del saco. Relámpago, por el contrario, permanecía inmóvil como una vaca; imagino que debía estar buscando a Ned entre la multitud en el preciso instante en que el juez de salida gritó: «Adelante», y el saco cayó al suelo y Acheron y McWillie pasaron, como estrellas, junto a nosotros mientras éste me gritaba:
—Ahora verás lo que es bueno, blanco.
Pero esta vez Relámpago obedeció mansamente a las riendas y, al cabo de poco rato, logró salvar la ventaja de un largo que nos llevaba Acheron y se colocó junto a él, luciendo su paso rítmico y poderoso, encelándose en su galope hasta dar la impresión, por vez primera, a los espectadores de que aquélla era, en efecto, una carrera de caballos. Los dos animales se mantuvieron pegados uno a otro en la primera recta, cambiando posiciones entre sí, Acheron en cabeza la mayor parte del tiempo, dando la impresión de que iba a distanciarse de nosotros en cualquier momento, pero mostrándose, a la vez, incapaz de resistir las reacciones de Relámpago, que, siempre que veía un hueco entre su rival y la valla, lo ocupaba. Era un verdadero duelo. Distinguía el griterío del público hacinado a todo lo largo de la pista,
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admirándose ante el espectáculo que ofrecía un Relámpago para ellos desconocido hasta entonces, que se mostraba reacio a abandonar la lucha. Cuando tomamos la primera recta, Relámpago pegó un tirón como si, al final de ella, esperase ya descubrir a Ned. Te doy mi palabra de honor de que gimió del esfuerzo; a pesar de marchar a galope tendido, gimió. Fue la primera y última vez que he oído relinchar a un caballo en plena carrera. Nunca hubiese imaginado que podían hacerlo.
Le clavé los talones tan fuerte como pude y después frené su marcha; le habíamos hecho a McWillie el regalo de dos largos de ventaja. Le sofrené otra vez; el caballo se estremeció todo él y sacudió la cabeza.
Iniciose la segunda vuelta llevando nuevamente dos largos de desventaja sobre Acheron, que se mantuvo invariable hasta tomar otra vez la curva, al final de la cual Relámpago debió esperar, una vez más, descubrir a Ned; en aquel instante recuperamos con facilidad el terreno perdido y nos situamos junto a Acheron —la cabeza de Relámpago junto a la rodilla de McWillie—, procurando en todo momento ocupar los huecos que formaban entre nuestro rival y la valla. Relámpago marchaba con regularidad, haciendo funcionar maquinalmente aquella maravillosa organización muscular autónoma que no recibió reflejo alguno de su cerebro, quizá porque en aquel cerebro no había lugar a la captación de sensaciones ni a la recepción y almacenamiento de experiencias, excepto la idea fija de llegar el primero a alguna parte.
McWillie utilizaba ahora la fusta y, en consecuencia, yo no tuve que hacerlo. No podía separarse de Relámpago, de igual manera que tampoco podía distanciarse de él. Así tomamos la última curva y enfilamos la recta final (Relámpago y yo formábamos un solo cuerpo, compenetrados y pletóricos de moral de victoria), y me dispuse a cumplir las instrucciones finales de Ned; frenar la marcha, dar al animal un instante de respiro y regalar a McWillie otro largo de ventaja, hasta salvar todo obstáculo que impidiese a nuestra caballo contemplar con facilidad toda la extensión de la pista, la meta y lo que pudiese haber tras ella.
Relámpago vio a Ned antes que yo. Me enteré de que le había visto por la tremenda sacudida que estremeció todo su cuerpo, como si, de pronto, se hubiese liberado de un yugo o de unas ataduras invisibles que entorpeciesen sus movimientos. Al cabo de unos instantes distinguí también a Ned; estaba situado a unos cincuenta metros más allá de la meta, y, en la soledad de la pista, aparecía pequeño y abandonado. De pronto, percibí que Acheron y McWillie se acercaban a nosotros, se colocaban a nuestro lado y los perdíamos de vista; Cruzamos la meta.
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—Ven aquí, hijo —rió Ned—. Aquí tengo lo que a ti te gusta. Relámpago, al detenerse, casi me tiró al suelo (Acheron, a nuestra
espalda, intentaba —esperaba—, asimismo, detenerse), marchó hacia Ned, con su trote mortecino e indiferente y, al alcanzarle, se detuvo y enterró el morro en la palma de su mano, lanzándome por encima de las orejas, dejándome en el aire, buscando algo en qué agarrarse. Grité:
—Lo conseguimos, lo conseguimos. Hemos ganado.
—La primera parte ha salido bien —contestó Ned—. Espero que ahora tu buena estrella no se nos eclipse.
Había corrido mi primera carrera y la había ganado. ¿Comprendes lo que eso significaba? Se trataba de una carrera para hombres hechos y derechos, con público de gente adulta, la mayor cantidad de gente que recordaba haber visto junta hasta entonces. Todos habían sido testigos de mi victoria, y parte de ellos, al menos los que habían apostado a mi favor, cobrarían dinero por mi triunfo.
No tuve tiempo de percibir, de notar nada especial en su cara, en su voz o en lo que estaba diciendo, porque el público había traspasado la valla y se dirigía hacia nosotros por la pista, formando una multitud indiferenciada de sombreros sudados y de cuellos sin corbata. En las caras de algunos de ellos, aún boquiabiertos, se leía la sorpresa.
—Ve con cuidado ahora —me dijo Ned.
Se limitó a pronunciar estas palabras impersonales y frías, mientras el público se arremolinaba junto a mí, como un mar.
—Así se monta, chico. Eso es llevar un caballo.
Pero no lograron detenemos. Ned se abrió paso entre el gentío, llevando a
Relámpago por la brida y diciendo:
—Dejen paso, señores. Dejen paso.
La multitud retrocedió lo suficiente para permitir nuestra marcha, pero siguió moviéndose, oscilando a nuestro alrededor como las olas del mar. Por fin llegamos hasta la puerta de acceso a la pista, donde los jueces nos estaban esperando, y Ned repitió:
—Cuidado, ahora.
Y ya no recuerdo nada más. Solamente que Ned detuvo el caballo y se quedó con la mano en la brida y que, por encima de las orejas de Relámpago distinguí al abuelo, apoyándose ligeramente en su bastón (el de la empuñadura dorada); le acompañaban otras dos personas, que estaba seguro de hacer conocido en alguna parte, hacía mucho tiempo, y que ahora permanecían de pie detrás de él.
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—Amo —exclamé.
—¿Qué te ha pasado en la mano? —preguntó.
—Nada, señor —dije.
—Ahora estás ocupado —siguió—. Yo también.
Hablaba con frialdad y corrección.
—Esperaremos hasta llegar a casa —concluyó.
Desapareció de mi vista. Las otras dos personas que iban con él eran Sam y Minnie. Minnie me dirigió una mirada con su habitual expresión de desconsuelo. Me pareció que transcurría un espacio de tiempo interminable hasta que noté la mano de Ned, pegándome en la pierna.
—¿Dónde está la bolsa de tabaco que te di ayer para que me la guardaras?
No la habrás perdido, ¿eh?
—¡Oh, no! —dije, sacándomela del bolsillo.
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Capítulo 13
—Enséñaselo —dijo Miss Reba a Minnie.
Estaban en nuestro automóvil; es decir, en el de Boon; o, mejor, en el del abuelo. Estaban allí Everbe, Miss Reba, Minnie, Sam y el chófer del coronel Linscomb, que era el padre de McWillie. El coronel Linscomb también tenía un automóvil. El chófer, Sam y Minnie habían ido a Hardwick a buscar a Everbe, a Miss Reba y a Boon, y los habían llevado de nuevo a Parsham, donde Miss Reba, Minnie y Sam tomarían el tren de Memphis. Pero Boon no regresó con ellos. Como seguía en la cárcel —por tercera vez— se detuvieron en casa del coronel Linscomb para comunicárselo al abuelo. Miss Reba fue la encargada de informarle. Lo hizo sentada en el coche, sin apearse, porque se negó a entrar en la casa. El abuelo, el coronel Linscomb y yo la oímos de pie, junto al automóvil. Nos contó lo ocurrido con Boon y Butch.
—La pasamos bastante mal en el automóvil, durante el viaje de ida. Afortunadamente, llevábamos un agente como conductor y también nos acompañaba ese jefe de policía, pequeño y viejo, que la gente de por aquí parece tomarse con un poco de cuidado. Cuando llegamos a Hardwick tuvieron el buen sentido de colocarlos en celdas separadas. El problema surgió cuando se dieron cuenta de que no había medio de cerrar la boca del nuevo amigo de Corrie…
Se interrumpió. Me resistí a dirigir la mirada a Everbe. Era una muchacha gruesa, demasiado gruesa para que le ocurrieran cosas sin importancia, para que, por ejemplo, le hincharan un ojo o le cortasen un labio y se contentase con una u otra alternativa, o con ambas a la vez. Ahora se sentaba en el coche, inmóvil, sin tener ningún lugar a donde ir, sin tener siquiera una habitación donde poder ejercer su oficio, con una mejilla aún salpicada de sangre, como pude comprobar al levantar la cabeza.
—Lo siento, chico. Olvídalo —dijo Miss Reba—. ¿Dónde estaba…? —Estaba usted contando lo que había hecho Boon esta vez —dijo el
abuelo.
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—¡Ah!, sí —prosiguió Miss Reba—. Los encerraron en celdas separadas, uno a cada lado del pasillo, y después se encargaron de Corrie y de mí. La verdad es que nos trataron muy bien, como corresponde tratar a las señoras. Nos metieron en la habitación de la mujer del carcelero, y allí estábamos cuando sonó la voz de, ¿cómo se llama?, Butch, diciendo: «Bueno, por lo menos se ha logrado algo. Sugar Boy y yo hemos perdido un poco de sangre, rasgado la piel y destrozado un par de camisas, pero también nos hemos desembarazado de esas prostitutas de Memphis. A la calle con ellas». Entonces Boon —continuó Miss Reba— comenzó a arañar y a pegar puñetazos a la puerta de hierro, que habían tenido la precaución de cerrar bien después de meterle en la celda. Pero comprobar que la puerta no podía abrirse, debió de calmarle. Ya saben: debió de sentarse en el camastro y clavar los ojos en ella. Al menos eso era lo que creíamos nosotros. Más tarde, cuando Sam llegó con los documentos, o lo que fuese, que fue a buscar a Memphis, y permítame que le dé las gracias por todo lo que usted ha hecho —dijo dirigiéndose al abuelo—, que imagino, además, le habrá costado mucho, por lo que le agradeceré que me mande la nota de gastos a casa, donde será debidamente atendida; Boon sabe mi dirección y me conoce…
—Muchas gracias —interrumpió el abuelo—. Si hay algún gasto, se lo haré saber. ¿Qué pasó con Boon? Aún no nos lo ha contado.
—¡Ah, sí! Soltaron a ése…, como se llame, antes. Lo cual fue un error, porque aún no habían dado la vuelta a la llave en la puerta de Boon cuando éste estaba ya encima de…
—Butch —dije.
—Butch —sonrió Miss Reba—. Le derribó de una bofetada y se lanzó al suelo sobre él, antes de que nadie pudiese reaccionar. Después, volvieron a encerrarle. Por lo tanto, toda la libertad de que disfrutó consistió en un pequeño paseo por aquel pasillo. Volvieron a meterle en la celda y dieron otra vez vuelta a la llave, que ni siquiera habían tenido tiempo de sacar de la cerradura. De todos modos, tienen ustedes que reconocer que su actitud fue admirable.
—Admirable ¿por qué? —pregunté.
—¿Qué dices?
—Sí hizo, en efecto, algo digno de admiración, aún no nos lo ha contado. ¿Por qué tenemos que admirarle?
—¿Crees que intentar partir de nuevo la cara a ese… —Butch —dije.
—… Butch, apenas puesto en libertad, no es nada?
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—No tenía más remedio que hacerlo —dije.
—¡Maldita sea! —exclamó Miss Reba—. Será mejor que nos vayamos.
Tenemos que coger el tren. No olvide usted enviarme la nota de gastos.
—Bajen del coche y entren en mi casa —terció el coronel Linscomb—.
Tenemos la cena preparada. Pueden tomar el tren de medianoche.
—Muchas gracias —contestó Miss Reba—. Aunque su mujer esté ahora en Monteagle, regresará a casa algún día y le pedirá explicaciones.
—No diga tonterías —dijo el coronel Linscomb—. En mi casa mando yo.
—Y espero que siga usted mandando siempre —contestó Miss Reba—.
¡Oh, sí! —añadió, dirigiéndose a Minnie—, enséñaselo.
Ella, Minnie, no sonrió a todos los presentes; me sonrió a mí. Fue un hermoso espectáculo. La inmaculada procesión de blancura marfileña, parecía curvarse para abrazar con pasión al diente de oro recuperado, que daba la impresión de ser tres veces mayor que cualquier otro de sus hermanos blancos. Después cerró de nuevo los labios, con serenidad, una vez más segura de sí misma, invulnerable hasta el punto de que nuestros frágiles cuerpos de carne y hueso clamaron estentóreamente por un poco de aquella inmensa invulnerabilidad.
—Bien —dijo Miss Reba.
El padre de McWillie puso en marcha el motor y el automóvil comenzó a moverse. El abuelo y el coronel Linscomb volvieron hacia la casa y yo les seguí en el preciso instante que sonaba la bocina del coche. Volví la cabeza y observé que el automóvil se detenía y que Sam, de pie junto a él, me hacía señas para que me acercara.
—Ven aquí —dijo—. Miss Reba quiere hablar contigo un momento.
Me miró fijamente mientras me acercaba.
—¿Por qué no me dijisteis tú y Ned que el caballo iba a correr? — preguntó.
—Creíamos que lo sabía —dije—. Siempre he creído que para eso vinimos aquí.
—Claro, claro —siguió—. Ned me lo dijo. Tú me lo dijiste. Todos me lo dijeron. Pero ¿por qué ninguno de vosotros me lo hizo creer? La verdad es que nunca he sido demasiado valiente. Si llego a tener la osadía de Miss Reba, ahora podría llenar un vagón de mercancías con esto.
Me entregó un montón considerable de billetes.
—Es de Ned —siguió—. Dile de mi parte que la próxima vez que encuentre un caballo que se niegue a correr, no se moleste en venir a buscarme hasta aquí. Bastará con que me telegrafíe.
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Miss Reba, con su expresión severa y hermosa, se inclinó hacia el exterior del coche.
—No esperaba, al venir aquí, acabar en la cárcel. Pero también es cierto que tampoco lo consideraba imposible. Sea como sea, Sam apostó también por mí. Aposté cincuenta dólares por cuenta de Mr. Binford y cinco por cuenta de Minnie. Sam obtuvo una postura de tres por dos. Yo…, es decir, nosotros queremos ir en todo a medias contigo. En este instante no llevo encima todo ese dinero y, menos aún, después de la inesperada excursión de esta mañana, pero…
—No lo quiero —dije.
—Estaba convencida de que dirías eso —afirmó Miss Reba—. Y, por lo tanto, le dije a Sam que apostase cinco dólares por ti. Te corresponden siete dólares y medio. Toma. Me ofreció el dinero.
—He dicho que no lo quiero.
—Le dije que no lo aceptaría —comentó Sam.
—¿Por qué no lo quieres? ¿Porque es dinero ganado en el juego?
—¿También prometiste eso?
Yo no lo había prometido. Era posible que madre aún no hubiese pensado en el juego. Por otra parte, no hubiese sido necesario prometérselo a nadie. Pero lo cierto era que no sabía decirle que no. Yo mismo ignoraba la razón de ello. Quizá todo fuese debido a que no había hecho aquello por dinero; quizá porque el dinero habría sido lo último en que se me hubiese ocurrido pensar. Una vez metidos en el lío, nuestro objetivo había consistido, sencillamente, en seguir hasta el final. Ned y yo, aunque el resto de nosotros abandonase el campo de batalla, nos vimos obligados a mantener nuestras posiciones. Tuvimos que hacer correr a Relámpago y llevarlo a la meta ganador para poder justificar nuestra conducta (no digo eludir las consecuencias, sino justificamos). Con ello no pretendíamos atenuar la falta que había dado origen a nuestra aventura —falta que Boon y yo cometimos en Jefferson con absoluto y total consentimiento hacía cuatro días—, sino concluir lo que deliberadamente habíamos comenzado. Pero no supe cómo expresar todas estas ideas. Por consiguiente, dije:
—No, no lo quiero.
—Vamos, cógelo, y así nos podremos ir. Tenemos que tomar el tren. Si no lo quieres para ti, dáselo a Ned o a aquel otro negro que cuidó de ti la noche pasada. Ellos sí sabrán en qué emplearlo.
Así, pues, tomé el dinero. Ahora tenía en mis manos dos montones de billetes, el grande y el pequeño. Y durante todo aquel tiempo, Everbe ni
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siquiera se había movido. Permanecía con sus manos palma arriba sobre el regazo, gorda, demasiado gorda, para que pudieran ocurrirle cosas sin importancia.
—Al menos dale una palmada amistosa en la mano —dijo Sam—. Espero que Ned no te haya aconsejado ensañarte con el árbol caído, ¿eh?
—No te molestes. No lo haré —dijo Miss Reba—. Mírale. ¡Dios, lo que sois los hombres…! Y eso que apenas tiene once años. A fin de cuentas, ¿qué importa uno más? Además ¿no se retiró el pasado domingo? Si tú hubieses tenido que aserrar tantos troncos como ella, ¿te importaría aserrar uno más después de haberte retirado de la profesión y haber cerrado tu taller de carpintería?
Di la vuelta al coche y me coloqué al otro lado. Ella siguió permaneciendo inmóvil, demasiado gruesa, sí, para que le ocurriesen cosas sin importancia, debido, quizás, a que, por su tamaño, forzosamente tenía que ser recipiendaria de infinidad de accidentes molestos e inevitables, como, por ejemplo, las claraboyas suelen serlo de los excrementos de los pájaros. Permaneció sentada en el automóvil, demasiado gruesa para poder encogerse de vergüenza (Ned tenía otra vez razón), con la boca un poco hinchada y los ojos completamente negros; en ella, cualquier mínimo hematoma resultaba mayor, más patente, más difícil de disimular que en otra persona.
—No te preocupes —dije.
—Tuve que hacerlo —dijo ella—. No veía otra solución. —¿Comprendes? —preguntó Miss Reba—. ¿Te das cuenta de lo sencillo
que es? Podéis decirnos lo que queráis y lo creemos a pies juntillas. El más asqueroso y piojoso ejemplar de vuestro sexo menor de setenta años, puede hacer creer a una mujer que no hay otra solución.
—Y fue la única solución —acepté—. Gracias a ello Relámpago llegó con tiempo suficiente para tomar parte en la carrera. Sea como sea, ahora ya no importa. Lo mejor es que se marchen hacia la estación, no vaya a ser que pierdan el tren.
—De acuerdo —dijo Miss Reba—. Además, ella tiene que hacer la cena. Aún no te has enterado de eso; es una verdadera sorpresa. Ella no vuelve a Memphis con nosotros. Sencillamente, se ha reformado y no quiere saber nada de nuestra vida llena de tentaciones; eso suponiendo, claro está, que sea cierto lo que ella pretende; es decir, que en Parsham no existen tentaciones de ninguna clase, excepto aquellas que se derivan de los deseos y apetitos normales del hombre. Ha aceptado un empleo en Parsham, en casa del jefe de policía. Su cometido consiste en lavar, guisar y levantar y meter en la cama,
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antes y después de lavarla, a la mujer del policía. Así que, además de reformarse, no tendrá problemas para repeler los ataques del primer tipo que se presente con una estrella en la camisa, porque dispondrá de sartenes y perolas suficientes para mantener a raya al más pintado. Y ahora, vámonos — dijo a Sam—; ni siquiera tú puedes hacer que ese tren nos espere.
Se marcharon y yo me encaminé hacia la casa. Era un edificio grande, con columnatas y pórticos, un espacioso jardín y amplios establos (en los que se encontraba Relámpago), cuadras y lo que, en su día, había servido de alojamiento a los esclavos negros de la finca Parsham, cuyas plantaciones habían dado nombre a aquella localidad y también a algunos de sus habitantes, como tío Parsham Hood. Atardecía y pronto el día llegaría a su fin. Y en aquellos momentos, me di cuenta por primera vez, de que todo había concluido, de que aquellos cuatro días de miedo, de aprensión, de ansiedad y de mentiras, habían finalizado. Todo estaba liquidado, excepto nuestro castigo. El abuelo, el coronel Linscomb y Mr. Van Tosch debían de estar en algún lugar de la casa, tomando las consabidas copas antes de la cena; sin embargo, podía pasar aún más de media hora antes de que sonase la campanilla anunciando la comida. Di, pues, media vuelta, y me dirigí hacia la rosaleda del jardín, paseé por ella y volví a la casa. Entonces distinguí a Ned sentado en los escalones del porche trasero.
—Toma —le dije, ofreciéndole el gran fajo de billetes que me había entregado Sam—. Sam dice que es tuyo.
Lo cogió.
—¿No vas a contarlo? —pregunté.
—Supongo que él lo habrá hecho —replicó.
Extraje el fajo pequeño del bolsillo. Ned lo miró.
—¿También te lo dio él? —interrogó.
—Me lo entregó Miss Reba. Lo apostó por mí.
—Es dinero procedente del juego —dijo Ned—. Eres demasiado joven para tener nada que ver con dinero ganado en apuestas. Eso no quiere decir que exista gente lo suficientemente crecida que pueda legítimamente quedarse con ganancias de juego, pero tú, desde luego, eres el menos indicado para ello.
Y tampoco a él fui capaz de explicárselo. Entonces me di cuenta de que siempre había esperado de Ned que comprendiese mis sentimientos sin necesidad de tener que exponerlos. Y, en efecto, una vez más, los comprendió.
—Ni tú ni yo hemos hecho esto por dinero —dijo.
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—¿No vas a quedarte lo tuyo tampoco?
—Sí, me lo quedaré —contestó—. Es demasiado tarde para mí. Pero tú aún estás a tiempo. Voy a darte una oportunidad, aunque, en realidad, no sea otra cosa que quitarte la ocasión de que lo hagas voluntariamente.
—Sam sugirió que se lo diese a tío Parsham. Pero temo que tampoco él acepte dinero procedente del juego.
—¿De verdad quieres dárselo?
—Sí —afirmé.
—De acuerdo —dijo.
Tomó mis billetes, sacó un monedero del bolsillo y los guardó con el montón grande que acababa de entregarle. Era ya casi de noche y percibí perfectamente la campana, que anunciaba la cena.
—¿Cómo recuperaste el diente? —pregunté.
—No fui yo —contestó—. Lo recuperó Licurgo. Fue durante la primera mañana, mientras yo estaba en el hotel para buscarte. No hubo problema. Los perros le habían localizado de nuevo y lo primero que Licurgo pensó fue en amenazarle con que ordenaría a los animales que le despedazasen si no entregaba el diente. Pero, al parecer, Licurgo estaba un poco intrigado acerca de las ideas que el maldito chico tenía acerca de los caballos, especialmente acerca de Relámpago. Pero como Relámpago tenía que correr aquella tarde, decidió utilizar una de las mulas. Me contó que el sabelotodo intentó valerse de su pequeña navaja, pero Licurgo se la arrebató con facilidad y piensa guardarla hasta que encuentre a alguien que le haga más falta que a él.
Se interrumpió. Tenía mal aspecto. Aún no había tenido oportunidad de dormir. Es posible, sin embargo, que para él constituyese un descanso enfrentarse, al fin, con su destino, y comenzar a preocuparse por el castigo inminente.
—¿Y qué? —pregunté—. ¿Qué pasó?
—Ya te lo he dicho. Recuperó el diente gracias a la mula —repuso.
—Pero ¿cómo? —insistí.
—Licurgo le montó en la mula, sin brida ni silla, y le ató los pies por debajo del vientre del animal. Le dijo que en el momento en que decidiese entregarle el diente que guardaba en la gorra, detendría la mula. Licurgo propinó un leve fustazo en las ancas del animal, y cuando éste recorría su segunda vuelta alrededor del picadero el chico arrojó la gorra. Pero aquella vez no había nada en ella. Por lo tanto, Licurgo se la devolvió y arreó otro fustazo a la mula, sin recordar —eso me dijo— que era precisamente la mula saltadora, la cual, después de salvar el seto de metro y medio, pareció
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decidida a llevarse al maldito crío hasta Possum. Pero no llegó muy lejos. Pronto dio media vuelta, saltó de nuevo el seto y penetró en el picadero. En aquel instante, el chico volvió a tirar la gorra, dentro de la cual estaba el diente. La verdad es que, por el provecho que yo he sacado de él, podía haberlo guardado indefinidamente. Ella ha regresado a Memphis, ¿verdad?
—Sí —contesté.
—Eso es lo que me figuraba. Probablemente ella sabe, tan bien como yo, que va a pasar mucho tiempo antes de que Boon Hogganbeck o yo volvamos a poner los pies en Memphis. Y si Boon no sale de la cárcel, dudo incluso que regresemos a Jefferson, Mississippi, esta noche.
También yo tenía mis dudas acerca del particular; pero decidí no preocuparme por aquello; lo único que deseaba en aquellos instantes era no tener que adoptar más decisiones, no afrontar más responsabilidades; ni siquiera deseaba pensar en las que ya había tomado, al menos hasta el momento en que me viese obligado a enfrentarme con los resultados que iban a derivarse de ellas. Fue entonces cuando el padre de McWillie apareció en la puerta situada detrás de nosotros, vestido con una chaqueta blanca; era también criado.
Me había lavado y cambiado de ropa (el abuelo había traído una maleta para mí con una muda y un par de zapatos). Seguí al criado hasta el comedor y permanecí allí, de pie. El abuelo, Mr. Van Tosch y el coronel Linscomb entraron, a poco, en la habitación; el coronel llevaba cogido por una cadena al viejo setter Llewellin. Nos acercamos a la mesa y seguimos de pie, mientras el coronel Linscomb pronunciaba las oraciones. Después nos sentamos todos, y el perro se estiró sobre el suelo, junto a la silla de su propietario. Nos sirvió la comida el padre de McWillie, asistido por una doncella que se encargaba de cambiar los platos. Yo había dejado definitivamente de tomar decisiones y de asumir responsabilidades. Estuve a punto de dormirme sobre mi plato, de hundir la cabeza en el del postre, cuando el abuelo dijo:
—Bien, señores, ¿quién va a romper el hielo?
—Vamos al despacho —propuso el coronel Linscomb. Aquélla era la habitación más hermosa que había visto nunca. Me hubiese gustado que el abuelo hubiera tenido una igual. El coronel Linscomb era también abogado y poseía amplios anaqueles en los que guardaba numerosos volúmenes de leyes, junto a otras obras de agricultura y ganadería. En una de las paredes distinguí dos aparejos de pesca, metidos dentro de una urna de cristal. En las otras paredes había escopetas de caza, grabados de caballos y de jockeys, con sus correspondientes escarapelas multicolores, sus nombres y las fechas en que
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habían resultado vencedores. Sobre la repisa de la chimenea descansaba una figura de bronce de Mannassas (entonces me enteré de que el coronel Linscomb había sido el propietario de Mannassas). La habitación estaba amueblada con sillones y sofás, dispuestos en círculo alrededor de la chimenea, frente a la cual se extendía una alfombra para que descansase el setter. También llamó mi atención un atril colocado en uno de los rincones, que sostenía un inmenso libro abierto. En la mesa central había una caja de cigarros, una licorera y un jarro de agua, vasos y un plato con azúcar. Por la ventana, estilo francés, abierta sobre la rosaleda del jardín, se percibía el perfume de las rosas, de las madreselvas y el trino de un sisonte que cantaba en las cercanías.
Al poco rato, entró en la habitación el criado, acompañado de Ned y cargado con una silla, que colocó en uno de los rincones de la chimenea para que Ned se sentase en ella. Nosotros también nos sentamos. El coronel Linscomb vestía un traje de hilo blanco y Mr. Van Tosch llevaba la indumentaria propia de las grandes ciudades, en su caso Chicago, de donde provenía. (En cierta ocasión, había visitado Memphis, le había gustado el lugar y había comprado una finca en la que también se dedicaba a la cría caballar; allí fue donde, hacía cuatro o cinco años, dio empleo a Bobo Beauchamp). El abuelo, por el contrario ostentaba aún la levita gris del Ejército confederado, que había heredado de sus mayores. (No me refiero a que hubiese heredado la levita, sino su apego hacia el uniforme gris de la Confederación, que él mismo había defendido con las armas; le sorprendió la guerra a los catorce años, cuando vivía en Carolina, y en su calidad de hijo único tuvo que permanecer junto a su madre, mientras su padre, sargento de Wade Hampton, fue sorprendido y muerto por una patrulla de Fitz-John Porter, durante uno de los cruces del río Chickahominy, la mañana siguiente al desastre de Gaines Mill. El abuelo quedó junto a su madre hasta la muerte de ésta, en 1864, y permaneció aún en Carolina, hasta que el general Sherman confiscó sus bienes el año siguiente. Entonces emigró a Mississippi, en busca de un pariente lejano llamado McCaslin, que llevaba los mismos nombres de pila que él: Lucius Quintus Carothers, encontró esposa en una de las biznietas de su protector, Sarah Edmonds, con la que casó, en 1869).
—Ahora —dijo el abuelo, dirigiéndose a Ned—, empieza por el principio.
—Espere —interrumpió el coronel Linscomb.
Se inclinó hacia la mesa y llenó un vaso de whisky, que ofreció a Ned.
—Toma —dijo.
—Muchas gracias, señor —contestó Ned.
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Mantuvo el vaso en su mano, sin atreverse a beber. Después lo colocó sobre la repisa de la chimenea y volvió a sentarse. Aún no había dirigido la mirada hacia el abuelo y siguió sin hacerlo. Parecía limitarse a esperar.
—Empieza —repitió el abuelo.
—Bébelo —dijo el coronel Linscomb—. Lo necesitas.
Ned tomó el vaso de nuevo y lo apuró de un trago. Volvió a sentarse, sosteniendo en su mano el vaso vacío, sin osar aún mirar al abuelo.
—Bien, cuenta…
—Espere un instante —terció Mr. Van Tosch—. ¿Cómo fuiste capaz de hacer correr a ese caballo?
Ned permaneció sentado, inmóvil, con el vaso en la mano, mientras le observábamos todos, esperando a que hablase. Al fin, dirigiéndose al abuelo, dijo:
—Con el permiso de estos caballeros blancos, ¿podría hablar con usted a solas?
—¿Acerca de qué? —preguntó el abuelo.
—Ya se lo diré. Si cree que ellos también pueden saberlo, se lo cuenta usted después.
El abuelo se levantó.
—Con permiso —dijo.
Avanzó hacia la puerta que conducía al recibidor.
—¿Por qué no van al porche? —sugirió el coronel Linscomb—. La noche es escenario apropiado para la conspiración o para las confesiones.
Marchamos hacia la galería. Me levanté para seguirles y el abuelo se detuvo. Preguntó a Ned.
—¿Puede venir Lucius?
—No hay inconveniente —replicó Ned—. También él debe saberlo. Salimos al porche. En la oscuridad de la noche, además del perfume de las
rosas y de la madreselva y del trino de sisonte en un árbol vecino, distinguimos la monótona canción de los grillos y, como sucede siempre en las noches de Tennessee y de Mississippi, los ladridos de un perro.
—Era un arenque podrido —dijo Ned.
—No me mientas —contestó el abuelo—. Los caballos no comen sardinas.
—Éste sí las come —afirmó Ned—. Tú estabas allí y lo viste. Lucius y yo lo probamos antes de la carrera. Aunque, la verdad es que no hubiese habido necesidad de hacerlo. Tan pronto como le vi, el pasado domingo, me convencí de que tenía los mismos gustos que una mula.
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—¡Ah! —exclamó el abuelo—. Entonces era eso lo que tú y Maury hacíais con aquella mula.
—No, señor —replicó Ned—. Mr. Maury nunca conoció el secreto. Nadie lo conoció, excepto la mula y yo. Ese caballo era exactamente igual. Cuando esta tarde corrió la recta final, tenía en mi bolsillo el arenque podrido, y él lo sabía.
Entramos en la casa. Nos miraron al entrar.
—Sí —dijo el abuelo—. Se trata de un secreto de familia. Sólo pienso revelarlo en caso de necesidad o previo acuerdo. ¿Cuáles son sus condiciones? Desde luego, Van Tosch tiene derecho preferente sobre nuestro secreto.
—En tal caso, me ofrezco a comprarle a usted a Ned o a venderle a Coppermine. Pero ¿no sería mejor esperar a que su otro hombre, Hogganbeck, esté también aquí?
—Usted no conoce a Hogganbeck —contestó el abuelo—. Fue él quien ideó llevarse mi coche a Memphis. Cuando mañana le saque de la cárcel, lo conducirá de nuevo a Jefferson. Estoy seguro de que su ausencia allí se ha notado tan poco como se hubiera notado su presencia.
Esta vez, no fue necesario que nadie indicase a Ned que comenzase a hablar.
—Bobo se metió en líos con un hombre blanco —dijo.
—¡Ah! —exclamó Mr. Van Tosch.
Y así fue como comenzamos a enteramos de todo, por mediación, a la vez, de Ned y de Mr. Van Tosch. Mr. Van Tosch era allí un extraño, un forastero que no había vivido en nuestra tierra el tiempo suficiente para saber en lo que es capaz de convertirse un negro joven del campo que marcha a la ciudad en busca de diversión y de jolgorio, y lo fácilmente que suele caer en manos de blancos desaprensivos. Probablemente, el lío debió de comenzar jugando. Pero después debieron de seguir otras cosas, que ni siquiera el mismo Ned era capaz de recordar, pero que, sin duda, pertenecían al mundo de los hombres blancos. Sea como fuese, de acuerdo con las palabras de Ned, la situación fue agravándose hasta el punto de llegar a deber ciento veintiocho dólares al hombre blanco, quien amenazó a Bobo con denunciar el hecho a Mr. Van Tosch, a fin de que, si no pagaba, perdiese el empleo. Lo más lógico era que Bobo pensase que el problema podría eludirse si lograba dar esquinazo al blanco, o si éste se avenía a conceder un plazo más amplio de pago. Pero, al fin, la situación llegó a un momento de crisis, y Bobo se vio obligado a acudir a Mr. Van Tosch para pedirle un préstamo de ciento
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veintiocho dólares y obtener la respuesta que esperaba de un hombre que, no solamente era blanco y forastero, sino que había llegado a aquellas tierras a una edad en la que era ya difícil recordar las pasiones y deslices de la juventud. La respuesta fue negativa. Todo esto ocurrió el otoño pasado.
—Lo recuerdo perfectamente —dijo Mr. Van Tosch—. Le ordené que no volviese más por mi casa. Creí que se había marchado. ¿Comprendes lo que te quiero decir? Él, Mr. Van Tosch, era un buen hombre. Pero era un forastero. Bobo, pues, perdida la última esperanza —en la que nunca había creído—, «levantó», utilizando su propia palabra (Ned ignoraba cómo o, quizá, lo supiese y prefiriese no mencionarlo, por considerar que era una reserva debida a un miembro de su raza y, además, de su misma sangre) quince dólares, que entregó al hombre y obtuvo, en respuesta, lo que era de esperar y lo que, probablemente, Bobo esperaba. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿A quién podía recurrir? Solamente las amenazas y las presiones eran capaces de hacerle sacar algún dinero de debajo de las piedras.
—¿Por qué no acudió a mí? —preguntó Mr. Van Tosch.
—Lo hizo —contestó Ned—, y le negó usted el dinero. Permanecimos unos instantes sentados en silencio.
—Usted es un hombre blanco —siguió Ned—. Bobo es un muchacho negro.
—Entonces, ¿por qué no me lo dijo a mí? —preguntó el abuelo—. ¿Por qué no volvía al sitio del que no debió salir nunca, en vez de ponerse a robar caballos?
—¿Qué hubiese hecho usted en su lugar? —inquirió Ned—. Si hubiese llegado sin aliento de Memphis y hubiese entrado en su oficina, diciendo: «No haga preguntas. Deme doscientos dólares y otros veinte sueltos para el viaje a Memphis y comenzaré a devolvérselos el sábado siguiente a mi regreso aquí», ¿qué le habría contestado?
—Hubiese podido explicarme para qué los quería —dijo el abuelo—. Yo también soy un McCaslin.
—Y un hombre blanco —concluyó Ned.
Así, pues, Bobo descubrió en seguida que aquellos quince dólares en los que había depositado sus esperanzas de salvación no hicieron sino arruinarle. De acuerdo con las palabras de Ned, el demonio que Bobo llevaba dentro no le daba un momento de descanso. O quizá ocurriese que el hombre blanco comenzase a temerle, que no se considerase satisfecho recibiendo, de vez en cuando, unos cuantos dólares. Cabía también la posibilidad de que, debido a su miedo y a su desesperación, y a lo que el hombre blanco consideraba
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ineptitud natural de la raza de Bobo, éste cometiese algún error grave, incluso un delito, que echase a perder el negocio entero. Fuese como fuese, a partir de aquel momento, el hombre blanco comenzó a proyectar, en colaboración con Bobo, la realización de un golpe que le liberase a la vez del deudor, de la preocupación de obtener su dinero y de todos los inconvenientes que concurrían en aquella situación. Al principio, pensó en apropiarse del rifle que Mr. Van Tosch tenía en su despacho, en cargar su jardinera, birlocho o lo que fuese con todas las bridas, sillas de montar y arneses que encontrase en los establos del antiguo amo del negro y huir con todo ello; sin duda, al descubrirse el robo, todos sospecharían de Bobo, y él estaría a salvo y lejos ya de allí; por otra parte, si Bobo se movía con rapidez y lograba eludir a sus perseguidores, tenía toda la amplia geografía de los Estados Unidos para encontrar nuevas tierras donde instalarse y trabajar. Pero (dijo Ned) el hombre blanco abandonó la idea, porque de haberla realizado, no sólo se hubiese encontrado con un carro lleno de arreos sin caballos, sino que hubiese tenido que emplear demasiados días para deshacerse de ellos, vendiéndolos pieza por pieza. Entonces fue cuando pensaron en hacerse con un caballo, a fin de completar con él la colección de arreos existente en el interior del birlocho y venderlo todo en una pieza y —si el hombre blanco se daba un poco de prisa
— sin demasiado retraso. Es decir, el blanco, no Bobo, creía que Bobo iba a robar un caballo para él. Pero Bobo no tenía intención de hacerlo, ya que vio la solución favorable de todo —de su empleo, de su libertad, de todo— el lunes siguiente por la mañana. (La crisis había llegado a su punto crucial el sábado, es decir, el mismo día en que Boon, Ned y yo partimos de Jefferson en el automóvil). La razón de que la crisis llegase a aquella situación desesperada radicaba en el hecho de que existía un caballo, propiedad de Mr. Van Tosch, que podía ser fácilmente robado, que parecía, incluso, que lo hubiesen puesto donde estaba para tal fin. Naturalmente, ese caballo era Relámpago (o sea, Coppermine), el cual se encontraba en el establo de una tienda de productos agrícolas, situada a más de un kilómetro, y donde Bobo era conocido como uno de los mozos de Mr. Van Tosch (fue él, precisamente, quien había llevado allí el caballo) y podía, por tanto, presentarse de nuevo, en cualquier momento, ensillar el animal y emprender con él la marcha, sin ser molestado. Todo ello hubiese sido fácil de llevar a la práctica. Pero el problema surgió cuando el hombre blanco se enteró de que aquel caballo, a pesar de ser pura raza y de haber sido criado para participar en carreras, se negaba a correr y gozaba de tan poco aprecio por parte de Mr. Van Tosch y de Mr. Chapp, el cuidador, que lo habían trasladado al almacén de la tienda en
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espera de que alguien hiciese una oferta por él. Por todo ello, resultaba factible que Bobo pudiese ir a recogerlo impunemente, e incluso que Mr. Van Tosch no se enterara de nada, hasta que decidiese preguntarlo. Así, pues, en caso de que lo cogiese. Bobo tendría, como mínimo, toda la mañana del día siguiente (lunes) para pensar la manera más beneficiosa de desembarazarse del animal.
Ésta era la situación cuando Ned nos dejó, el domingo por la tarde, ante la puerta de la casa de Miss Reba, y se dirigió, doblando la esquina de Beale Street, al primer garito que encontró a mano, dentro del cual Bobo intentaba eludir su destino con una botella de whisky ya terciada. El abuelo dijo:
—Bien, empiezo a comprenderlo todo. Un negro en noche de sábado. Bobo ya borracho y tú con la lengua fuera de ganas de meterte en el primer antro que encontrases.
Se detuvo y pareció vacilar: tartamudeó casi:
—Espera. Me he equivocado. Ni siquiera era sábado. Llegasteis a Memphis el domingo por la tarde.
Ned le miró, inmóvil aún en su silla, con el vaso vacío en la mano.
Dijo:
—Para la gente como yo, la noche del sábado se prolonga durante todo el domingo.
—Y también en la mañana del lunes —dijo el coronel Linscomb—. Las mañanas de los lunes acostumbráis amanecer en la cárcel, mareados, con resaca, y sucios. Y allí os estáis hasta que algún blanco paga la multa y os lleva de nuevo a las plantaciones de algodón o dondequiera que trabajéis, sin daros tiempo ni para tomar el desayuno. En el trabajo sudáis el resto del alcohol que os queda dentro y al atardecer comenzáis a pensar que ya no os morís; el día siguiente y el otro y el otro, arrimáis el hombro, tiráis del arado o cargáis con los sacos y volvéis, tan pronto como os es posible, a encontraros en la cárcel, en la que amanecéis sin falta los lunes por la mañana. ¿Por qué lo hacéis? No acabo de comprenderlo.
—No puede comprenderlo —contestó Ned—. No tiene el color apropiado para ello. Si pudiese usted convertirse en un negro un sábado por la noche, no desearía volver a ser blanco nunca más.
—De acuerdo —dijo el abuelo—. Sigue.
Bobo puso a Ned al corriente de sus apuros. Le explicó que el caballo estaba a menos de un kilómetro, prácticamente pidiendo ser robado; y el hombre blanco lo sabía y había dado a Bobo un ultimátum de escasas horas.
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—Bien —interrumpió el abuelo—. ¿Dónde empieza a jugar su papel mi automóvil?
—Estamos llegando a eso —dijo Ned.
Ambos —Ned y Bobo— marcharon al establo para echar un vistazo al caballo.
—Tan pronto como lo vi, me recordó a mi mula.
Bobo era demasiado joven para recordar aquella mula; pero, al igual que yo, había crecido arropado por su leyenda.
—Decidimos ir a visitar al hombre blanco y le dijimos que habían sucedido algunos imprevistos que impedían a Bobo sacar el caballo del establo y entregárselo, pero que, en sustitución del animal, podíamos ofrecerle un automóvil. Espere —añadió con rapidez, al darse cuenta de que el abuelo iba a interrumpirle—. Desde el principio, nos constó que el automóvil estaría a salvo, al menos durante el tiempo que necesitábamos para realizar nuestros planes. Es posible que dentro de treinta o cuarenta años, uno pueda colocarse en una esquina de Jefferson y contar doce o trece automóviles, desde que salga el sol hasta que decline. Pero en la actualidad eso aún no es posible. Quizás entonces se puedan robar coches y venderlos, sin tener que preocuparse demasiado de su procedencia, de quién lo vende y por qué lo vende. Pero tampoco hoy día ocurre eso. Por lo tanto, para un hombre de la catadura moral de aquel blanco, tratar de vender un coche con discreción y rapidez iba a resultar tan difícil como vender un elefante. Imagino que no tuvieron ustedes la menor dificultad en localizarle, tan pronto como usted y Mr. Van Tosch iniciaron la busca, ¿verdad?
—Sigue —dijo el abuelo.
—El hombre blanco preguntó qué clase de automóvil era el que le ofrecíamos, y Bobo permitió que yo se lo explicase; el hombre se mostró extrañado de que yo tuviese un automóvil y que me mostrara dispuesto a entregarlo para saldar la deuda de Bobo, en lugar del caballo; Bobo le informó entonces de que yo estaba interesado en el caballo, puesto que tenía la seguridad de poder hacer de él un buen corredor; le dijo que habíamos concertado ya una carrera para el martes y que, si el hombre blanco lo deseaba, podía venir a presenciarla y a apostar el dinero necesario sobre nuestro caballo para cubrir con creces su deuda de ciento trece dólares, en cuyo caso no tendría necesidad de aceptar en pago el automóvil y se evitaría los problemas que tal solución implicaba. Porque, sin duda, aquel hombre poseía la experiencia precisa para saber perfectamente qué cosas podían hacerse con facilidad y cuáles podían suscitar problemas. Y esto era lo que
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estábamos haciendo hasta que llegaron ustedes y lo estropearon todo. Es decir, dejamos que el hombre viese, antes de apostar, cómo Relámpago perdía la primera carrera, igual que había perdido siempre todas las que con anterioridad había disputado; y al disponemos a correr la última prueba le hubiésemos propuesto que apostase el automóvil contra el propio caballo, cosa que habría aceptado sin tenerle que recordar que, si ganaba, pasaba a ser propietario de ambos. Imagino que a estas horas el hombre se habrá enterado de nuestras intenciones.
Los tres —el abuelo, Mr. Van Tosch y el coronel Linscomb— miraron a Ned. No intentaré describir sus expresiones. Sería imposible.
—Entonces llegaron ustedes y lo echaron todo a perder —insistió Ned.
—Comprendo —dijo Mr. Van Tosch—. Todo fue para salvar a Bobo. Pero, suponte que hubieras fracasado en hacer correr a Coppermine y lo hubieses perdido también a él. ¿Qué habría ocurrido entonces con Bobo?
—No podía fracasar. Dese usted cuenta…
—Pero suponlo. Aunque sólo sea una hipótesis —insistió Mr. Van Tosch. —En tal caso, Bobo hubiese tenido que buscar solución por sí mismo. No fui yo quien le aconsejó que dejase las plantaciones de Mississippi y que
viniese a Memphis a juerguearse y a jugar.
—Tengo entendido, según ha dicho Mr. Priest, que Bobo es tu primo — arguyó Mr. Van Tosch.
—Todo el mundo tiene parientes con tan poco seso como Bobo.
—Sí, de acuerdo —aceptó Mr. Van Tosch.
—Tomemos un ponche —propuso el coronel Linscomb—. Se levantó y comenzó a prepararlo.
—Tú también —añadió, mirando a Ned.
Ned le entregó su vaso y el coronel Linscomb lo llenó. Esta vez, cuando Ned colocó el vaso intacto sobre la repisa de la chimenea, nadie hizo la menor observación.
—Sí —dijo Mr. Van Tosch—. La verdad es, amigo Priest, que usted ha recuperado su automóvil y yo mi caballo. Y hasta es posible que ese sinvergüenza esté lo suficientemente asustado para no volver a acercarse nunca más a mis cuadras. En mi caso, ¿qué harías tú con Bobo? —preguntó dirigiéndose a Ned.
—Quédeselo —contestó Ned—. No le despida. La gente de mi raza, en especial los hombres jóvenes, no son fáciles de convencer con meras palabras y…
—No es cierto —protestó Mr. Van Tosch—. Los negros no son así.
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—Quizá se refiera a los McCaslin —sugirió el coronel Linscomb.
—Eso es —afirmó Ned—. Cuando la sangre McCaslin se mezcla con la de otros negros, ya se sabe el resultado. Sin embargo, ahora me estaba refiriendo, en general, a la gente joven, aunque sean McCaslin. No se les convence con decirles que es aconsejable comportarse bien. Tienen que darse cuenta de que la mala vida no produce beneficio alguno. Creo que Bobo habrá aprendido la lección esta vez. ¿No resulta eso más beneficioso para usted que el tener que exponerse a que su sustituto tenga también que aprenderla?
—Sí, —dijo Mr. Van Tosch—. Sí. Repito, pues, que o bien tengo yo que comprar a Ned, o usted tiene que comprar a Coppermine. ¿Serías capaz de hacerle correr de nuevo, Ned?
—Le he hecho correr una vez —contestó Ned.
—He dicho otra vez más. Priest, ¿cree usted que podría hacerlo?
Permanecían todos sentados.
—Sí —dijo el abuelo.
—¿Con probabilidades de éxito?
—¿Me lo pregunta usted como banquero? —inquirió mi abuelo.
—No. Vamos a considerar que la pregunta la formula un honesto agricultor del suroeste de Tennessee a un honrado ciudadano del noroeste de Mississippi —dijo el coronel Linscomb.
—De acuerdo —concedió Mr. Van Tosch—. Le apuesto Coppermine contra su secreto, a una sola carrera de mil quinientos metros. Si Ned logra batir de nuevo al caballo negro de Linscomb, usted me cuenta el secreto y se queda con Coppermine. Si Coppermine pierde, como ya no me hará falta su secreto, se lo guarda, y se queda, por el contrario, con Coppermine o me entrega quinientos dólares.
—Es decir —aclaró el abuelo—, si pierde me quedo con Coppermine o le pago quinientos dólares y, si le pago, me releva usted de la obligación de cargar con el animal.
—Eso es —confirmó Mr. Van Tosch—. Y, además, le doy otra oportunidad. Le apuesto la cantidad que desee, en la proporción de dos contra uno, a que Ned no le hace correr de nuevo.
—O sea, que mi alternativa es, en todo caso, o bien ganar el caballo o pagar para no tenerlo.
—Es posible que olvide usted que ha sido joven. Deje de pensar que es un banquero y acepte un margen de aventura. Está aquí entre amigos. Inténtelo.
—Doscientos cincuenta —dijo el abuelo.
—Quinientos —replicó Mr. Van Tosch.
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—Trescientos cincuenta.
—Quinientos.
—Cuatrocientos veinticinco.
—Quinientos —repitió Mr. Van Tosch.
—Cuatrocientos noventa y cinco —dijo el abuelo.
—Hecho —exclamó Mr. Van Tosch.
Así, pues, por cuarta vez, McWillie sobre Acheron y yo sobre Relámpago (es decir, Coppermine) nos encontramos de nuevo en la línea de salida, tras una frágil cuerda de yute. McWillie ni siquiera me dirigió la palabra; parecía asustado, rabioso, decepcionado y decidido a vencer. Sabía que el día anterior había ocurrido algo que jamás debió suceder; algo que, en cierto modo, no tenía por qué suceder a nadie y menos aún a un muchacho de diecinueve años que sólo pretendía ganar una carrera de caballos que de antemano consideraba fácil. No es que él exigiese para ello condiciones ventajosas, pero sí que sus rivales no acudiesen a la quiromancia. Esta vez no echamos suertes para determinar nuestra posición en la pista. Tanto McWillie como yo nos ofrecimos a celebrar el sorteo, pero Ned declinó hacerlo. Dijo:
—No importa esta vez. McWillie necesita sentirse seguro después de lo de ayer. Déjale que corra junto a la valla y que comience la carrera en mejor estado de ánimo.
Sin embargo, McWillie, ya fuese por orgullo o por caballerosidad, se negó a aceptar el favor; permanecimos los dos en el centro de la pista hasta que uno de los jueces —el que tenía pendiente la vista por homicidio— resolvió el asunto con rapidez, diciendo:
—Bueno, muchachos. Si vais a correr la prueba colocaos junto a la valla interior.
Ned tampoco realizó sus exorcismos previos, consistentes en frotar el morro de Relámpago. Con ello no quiero dar a entender que se olvidase de hacerlo. Ned nunca solía olvidarse de nada. Cabía la posibilidad de que lo hubiese efectuado anteriormente. Pero ahora era ya demasiado tarde. Por lo demás, tampoco me dio las instrucciones de última hora, como lo hizo en las ocasiones precedentes. Pero, en realidad, ¿qué le quedaba por decir? La noche anterior, Mr. Van Tosch, el coronel Linscomb y el abuelo habían acordado que, como se trataba de una carrera privada, debíamos todos esforzamos para que la misma no perdiese tal carácter. Lo cual, en Parsham, era tan fácil como intentar mantener en secreto el tiempo que hacía en los pastos del coronel y, en caso de ser lluvioso, limitar a ellos los beneficios del agua. Una comunidad compuesta por un hotel de temporada invernal, dos almacenes, un matadero
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de ganado, una estación en el cruce de dos líneas de ferrocarril, y un par de capillas, escuelas y granjas esparcidas por los campos, constituye un vehículo ideal para la rápida difusión de noticias y rumores, especialmente si se trata de la celebración de una carrera de caballos entre los dos rivales de siempre. La noticia, pues, se esparció por todo Parsham como un reguero de pólvora. Estaban todos allí, incluido el juez telegrafista nocturno que, al parecer, no dormía nunca. Había muchos de los que presenciaron la carrera el día anterior; quizá no todos, pero sí muchos más de los que el abuelo y Mr. Van Tosch daban la impresión de desear. Distinguí, como siempre, los monos, las camisas sudadas y los cuellos abiertos, sin corbata. De pronto, alguien dio la voz: «Adelante», la cuerda de yute cayó al suelo y comenzó la carrera.
McWillie y Acheron, como de costumbre, habían dado ya dos pasos, antes de que Relámpago cayese en la cuenta de que aquello había dado comienzo. Pero reaccionó pronto y bien —obedeciendo dócilmente a las riendas— y a los pocos metros su cabeza rozaba ya la rodilla de McWillie. Durante la primera vuelta a la pista alternamos el orden de mando varias veces, procurando cerrar huecos entre ambos caballos, de un modo que debe ser familiar a los que vuelan en aviones en plena formación. Al iniciar las rectas, me limitaba a aplicar un ligero fustazo a Relámpago con el fin de evitar que se acordase de buscar a Ned al final de las mismas. Yo dirigía rápidas miradas a la gente que se arremolinaba sobre la valla exterior intentando descubrir a Ned, y el caballo hacía lo mismo, concentraba su atención, no en lo que estaba haciendo, sino en el amasijo de caras que contemplaban la carrera. Pero ninguno de los dos logramos localizarle. Al llegar a la recta final, separé a Relámpago de Acheron para que pudiese ver sin dificultad alguna toda la pista que se extendía ante sus ojos. Pero si Relámpago vio a Ned esta vez, no lo manifestó ostensiblemente. Tampoco yo pude decirle que mirase con atención hacia delante, que se fijase en lo que tenía frente a él, por la razón de que Ned no estaba allí. Solamente se distinguía la infinita soledad de la pista, más allá de la línea de meta. McWillie comenzó a castigar a Acheron, y Relámpago respondió con bravura a la furia desatada de su rival, que le sacaba ahora un cuello de ventaja; si Acheron hubiese sido capaz de correr a ochenta kilómetros por hora, nosotros también lo habríamos hecho, pero a un cuello de distancia; si Acheron hubiese decidido detenerse a dos metros de la meta, nosotros habríamos hecho lo mismo, pero un cuello más atrás. No se detuvo. Seguimos galopando, uno cerca de otro, rozando, en ocasiones, uno con otro.
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Y así cruzamos la meta. McWillie y yo volvíamos a hablarnos de nuevo. Es decir, era él quien hablaba, quien volvía la cabeza y gritaba, con una especie de alegría caníbal:
—¡Ya, ya, ya, ya, ya…!
Gritó, mientras intentaba detener el caballo, que iba directamente (me imagino) hacia las cuadras. La verdad es que tanto él como Acheron lo habían merecido. Di media vuelta a Relámpago y volvimos hacia atrás. Ned corría en dirección a nosotros. Detrás de él, sin correr, venía el abuelo. Nuestros aduladores y entusiastas de ayer nos habían abandonado. César ya no era César.
—Vamos —dijo Ned, tomando la brida con rapidez y serenidad, quizás algo impaciente, distraído—. Dame…
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el abuelo—. ¿Qué diablos ha ocurrido? —Nada —contestó Ned—. Esta vez no llevaba encima el arenque
podrido, y él lo sabía. ¿No le he dicho varias veces que este caballo posee un gran instinto?
Después se dirigió a mí:
—Bobo está esperando al otro lado de la pista. Devuélvele esta bujía para que pueda conducir el coche hasta Memphis. Esta noche regresamos a casa.
—Espera —dije—. Espera…
—Olvida este caballo —dijo Ned—. No nos hace ninguna falta. El amo ha recuperado su coche y todo lo que ha perdido son cuatrocientos noventa y cinco dólares. Se pueden pagar cuatrocientos noventa y cinco dólares con tal de no tener este caballo. Imagínate que un día pierda el gusto por oler pescado podrido, ¿qué íbamos a hacer con él? Es mejor que se lo quede Mr. Van Tosch; quizás algún día el propio Coppermine les cuente a él y a Bobo lo que ocurrió ayer aquí.
Pero aquella noche no marchamos a casa. Después de cenar, estábamos de nuevo en el despacho del coronel Linscomb. Boon parecía cansado, considerablemente apaciguado. Aparentaba calma y resignación. Se había lavado, afeitado y puesto una camisa limpia y nueva, que debía de haber comprado en Hardwick. Estaba sentado en la misma silla que ocupó Ned la noche anterior.
—No —dijo—. No iba a pelearme con él por eso. Ni siquiera me irritó. Era asunto de ella. Por otra parte, no podía remediarse. Uno tenía que…
—¿Dejarlo? —preguntó el abuelo.
—No —dijo Boon—. Las cosas no deben abandonarse hasta no haber retirado toda la basura que las cubre, sin que importe el resultado. No, no era
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eso. Por lo que quería partirle la cabeza es por llamar prostituta a mi futura esposa.
—¿Quieres decir que te vas a casar con ella? —preguntó el abuelo.
Pero no fue al abuelo a quien contestó Boon excitado, saltando casi sobre su silla, sino a mí.
—¡Maldita sea! —exclamó—. Si he sido capaz de salir en su defensa y de luchar contra un hombre armado con un cuchillo, ¿por qué no puedo casarme con ella? ¿No valgo yo lo mismo que tú, a pesar de no tener once años?
Y eso es todo. Hacia las seis de la tarde del día siguiente, el automóvil coronó la carretera de la última colina y distinguimos ya la torre del reloj del Ayuntamiento, que asomaba por encima de los árboles de la plaza. Ned dijo:
—Ji, ji, ji. Parece como si hubiésemos estado dos años ausentes.
Se sentaba con Boon en el asiento delantero.
—Cuando, esta noche, Delphine te coja por su cuenta, quizá desees volver a largarte —comentó el abuelo.
—O no haber regresado nunca —dijo Ned—. Pero una mujer se cansa de estar siempre lavando, cocinando y limpiando. Necesita, de vez en cuando, que suceda algo imprevisto.
Llegamos a Jefferson. El automóvil se detuvo. Yo ni siquiera me atreví a moverme. El abuelo descendió del coche y entonces le seguí.
—Mr. Ballott tiene la llave —dijo Boon.
—No, no la tiene —replicó el abuelo.
Se sacó la llave del bolsillo y se la entregó a Boon.
—Vamos —añadió.
Cruzamos la calle y caminamos hacia casa. ¿Sabes lo que pensaba en aquellos instantes? Pensaba: «Nada ha cambiado». Y, sin embargo, las cosas debían haber experimentado cambios, aunque fuesen de poca importancia. No quiero decir que tenían que haber cambiado en sí mismas, sino en mí, ya que yo traía a casa las experiencias de aquellos últimos cuatro días, que me habían convertido en un hombre nuevo. Si durante aquellos cuatro días —de mentiras y engaños, de decisiones y de indecisiones, de haber oído, hablado y descubierto cosas que madre y padre jamás me hubiesen permitido aprender ni saber— había almacenado en mis nuevas experiencias, que, al parecer, resultaban incapaces de hacerme ver las cosas de otro modo, era indudable que la aventura había constituido una pérdida de tiempo lamentable. Por lo tanto, o bien la nueva vida que había descubierto durante mi ausencia
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resultaba falsa y, en consecuencia, no merecía tomarse en consideración, o bien era yo el falso, el débil, el equivocado, el ser despreciable, indigno de ella.
—Vamos —dijo el abuelo con tono indiferente, sin mostrarse particularmente cariñoso ni severo.
Pensé: «Ahora “tía”. Callie saldrá y, al verme, lleve o no en brazos a Alexander, comenzará a regañarme a gritos». Pero no salió nadie: No distinguí a nadie. Solamente aparecía la casa ante mis ojos, aquella casa que había conocido antes que ninguna otra, envuelta en la paz de las seis de una tarde de mayo, cuando ya la gente comienza a pensar en la cena; por fin, entramos en la casa y me fueron recibiendo, uno a uno; primero madre, en cuya cabeza noté algunas canas, me abrazó durante un minuto; después, padre, a quien siempre había… temido un poco —no era ésta la palabra exacta para describir el sentimiento que la presencia de mi padre despertaba en mí, pero no se me ocurre otra—. Me sentí avergonzado ante ambos.
—Maury —dijo el abuelo.
—Aquí, no, jefe —dijo padre.
—Vamos a liquidar este asunto. Ven conmigo.
—Sí, señor.
Le seguí; cruzamos el recibidor y llegamos al cuarto de baño. Me detuve en la puerta. Padre cogió la correa de afilar la navaja, que pendía de un clavo colocado en una de las paredes, y me eché a un lado para dejarle salir. Seguimos nuestro camino; sabía que madre estaba en el descansillo de la escalera que conducía a las bodegas; percibía sus sollozos ahogados, pero nada más, a pesar de que hubiese bastado con que ella dijese: «Espera», o «Por favor», o «Maury», e incluso, quizá, «Lucius», para evitar todo aquello. Pero se negó a decir nada y seguí a padre y tuve que detenerme otra vez mientras abría la puerta de la bodega, en la que guardábamos la leña en invierno y una caja de zinc con hielo en verano, donde madre y tía Callie habían instalado unas estanterías en las cuales guardaban las mermeladas y la gelatina. En la bodega había también una vieja mecedora, sobre la que madre y tía Callie solían encaramarse para colocar los tarros y en la que ésta última dormía a veces la siesta, después de comer, aunque después dijera que no había pegado un ojo. Por fin estaba, pues, allí. Aquellos cuatro días de inquietud, de aventura, de falsedades, me habían conducido a aquel fin. Un fin que desagradaba a ambos, tanto a padre como a mí. Quiero decir, que, si después de aquella interminable serie de intrigas, desobediencias, deslealtades y mentiras, todo lo que podía hacer padre era azotarme, se demostraba
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claramente que él no estaba a mi altura, que quedaba por debajo de mi espíritu de iniciativa. Y si encima tenía que hacerlo valiéndose de una correa de afilar navajas, ambos quedábamos degradados. ¿Comprendes? La situación era difícil y permanecimos inmóviles, hasta que el abuelo llamó a la puerta. La puerta no estaba cerrada, pero el padre del abuelo le había enseñado y el abuelo a mi padre, que, para la gente bien educada, ninguna puerta necesitaba cerradura: incluso la puerta de un retrete era obstáculo suficiente para detener a un caballero, hasta comprobar con certeza que el lugar está o no desocupado. Pero esta vez el abuelo no esperó a que se le diese permiso para entrar.
—No —dijo padre—. Éste es el castigo que tú me hubieses impuesto hace veinte años.
—Quizá tenga ahora más sentido común —contestó el abuelo—. Dile a Alison que vuelva arriba y que acabe de gimotear.
Padre salió y la puerta se cerró de nuevo. El abuelo se sentó en la mecedora. No era un hombre gordo, pero tenía el abdomen suficiente para llevar decentemente el chaleco blanco, en uno de cuyos bolsillos guardaba su gran reloj de oro, del que pendía una cadena también de oro.
—He mentido —dije.
—Ven aquí.
—No puedo. Te digo que he mentido —repetí.
—Ya lo sé.
—Entonces haz algo. Lo que quieras, pero haz algo.
—No puedo —dijo.
—¿No se te ocurre ningún castigo? ¿Nada?
—No he dicho tal cosa. He dicho que no puedo. En cambio, tú sí puedes hacer algo.
—¿Qué? —pregunté—. Lo único que quisiera hacer es olvidarlo. Pero no sé cómo.
—No, no debes olvidarlo. No se puede olvidar nunca nada. Especialmente cuando nada se ha perdido. Cualquier experiencia tiene demasiado valor para ser olvidada.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
—Vivir con ellas —dijo el abuelo.
—¿Vivir con ellas? ¿Para siempre? ¿Durante el resto de mi vida? ¿Sin poder desembarazarme nunca de esto? No puedo. ¿No te das cuenta de que eso es imposible?
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—No es imposible. Lo harás. Un caballero debe hacerlo. Para un caballero no hay nada imposible. Lo afronta todo. Acepta la responsabilidad de sus actos y carga con las consecuencias, aun cuando no haya asumido la iniciativa y se haya limitado a jugar un papel pasivo, en lugar de decir «No» en el momento oportuno. Ven aquí.
Me eché a llorar sonoramente y me lancé (no de rodillas, sino de pie; mi estatura me lo permitía) hacia él, me refugié entre sus piernas y él colocó una de sus manos sobre mi espalda y la otra en la nuca, manteniendo mi cara oculta en su hombro, contra el cuello de su camisa que olía a almidón, a loción de afeitar, a tabaco de mascar y a gasolina procedente de la última mancha de su chaqueta que Delphine o la abuela habían limpiado; y, como siempre, distinguí también el vago perfume a whisky que envolvía la persona entera del abuelo, desde que tomaba el primer ponche todas las mañanas en la cama, antes de levantarse. Ned (que no tenía chaquetas blancas y que, incluso a veces se le veía sin chaqueta ni camisa de ningún género, y que, a mayor abundamiento, desde que el abuelo le mandó a ir a dormir a las cuadras, apestaba siempre a caballo) penetraba en la habitación del abuelo llevando una bandeja con la licorera, un jarro de agua y un plato con azúcar, y el abuelo se sentaba en la cama, se preparaba un ponche y lo bebía. Después, si yo dormía con él, tomaba el vaso vacío, echaba un poco de whisky, añadía un chorrito de agua y mucho azúcar y me lo entregaba para que yo lo bebiese. Pero un día nos sorprendió la abuela y aquello se acabó.
—Bueno —dijo, al fin—. ¿Aún no has consumido la cisterna? Los caballeros también lloran cuando hay que hacerlo, pero siempre se lavan la cara.
Y eso fue todo. El lunes por la tarde, al salir de la escuela (padre no permitió que mi madre escribiese a la maestra una tarjeta dispensando mis faltas de asistencia y tuve que cargar con el castigo correspondiente por ausencia injustificada, aunque Miss Rhodes no se ensañó conmigo), Ned estaba sentado en la escalera del porche de casa de la abuela, tomando el fresco a la sombra. Le dije:
—Si hubiésemos apostado el dinero que Sam nos entregó, procedente de su apuesta a favor de Relámpago en la segunda carrera, ya no tendríamos la preocupación de pensar en qué emplearlo.
—Ya me he encargado de distribuirlo equitativamente —dijo Ned—. La última vez aposté a razón de cinco contra tres. El viejo Possum Hood ganó,
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pues, veinte dólares, que dedicará a las atenciones de su iglesia.
—Pero perdimos la carrera… —dije extrañado.
—Tú y Relámpago la perdisteis, en efecto. Pero yo aposté mi dinero a favor de Acheron.
—¡Oh! —exclamé—. ¿Cuánto apostaste?
Permaneció inmóvil. Es decir, no hizo ni dijo nada. No experimentó el menor cambio. Era, como si aquello estuviese sucediendo el viernes anterior y no entonces. Aquellos cuatro días de ansiedad, de aventura, de inquietud, no parecían haberle afectado, a pesar de haber pasado privaciones, sueño y hasta falta de lo más elemental, como eran las ropas, de las que anduvo escaso. (Me empeño en seguir hablando de cuatro días, cuando lo cierto es que Boon y yo salimos de Jefferson la tarde del sábado y no regresamos de nuevo a Jefferson hasta el mediodía del viernes siguiente. Mas, para mí, los cuatro días que mediaron entre la noche del sábado, que pasamos en casa de Mrs. Ballenbaugh, donde Boon se ofreció a regresar a casa el día siguiente, si así lo deseaba, y el momento en que distinguí la figura del abuelo el miércoles, desde Relámpago, eran los que, en realidad, contaban. A partir de aquel instante, tanto Ned como yo declinamos nuestra responsabilidad en el abuelo, a fin de que fuese él quien hiciese volver las aguas a sus cauces normales. Reconozco que mi actitud fue egoísta, ya que un caballero debe, en todo momento, mantenerse adicto a sus propios engaños, sin confiar en nadie la solución de las consecuencias que de ellos se deriven). Contaba solamente once años. No sabría explicar siquiera cómo me constaba aquello con tanta certeza, pero era así: nunca había que preguntar a nadie cuánto había ganado o perdido en el juego. Dije:
—¿Ganaste lo suficiente para devolver al abuelo los cuatrocientos noventa y cinco dólares?
Él, Ned, permaneció sentado, inmóvil. ¿Por qué había descubierto canas en el cabello de madre, si yo no había cambiado en absoluto? Me daba cuenta de lo que el abuelo había querido decir: que el ambiente, el mundo que le rodea a uno, no es más que un lugar donde vivir, donde dormir y donde comer, pero que nada tiene que ver con la propia e íntima personalidad de uno ni con lo que uno hace.
—Has aprendido muchas cosas acerca de los hombres en esta excursión —dijo Ned—. Me extraña que no hayas aprendido, en la misma medida, acerca del dinero. ¿Quieres que el amo me insulte o que yo insulte al amo? ¿Cuál de las dos alternativas prefieres?
—¿Qué quieres decir?
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—Si me ofrezco a pagar lo que perdió apostando, es como decirle a la cara que no tiene ni idea de lo que es un caballo. Y si le digo de dónde procede el dinero con el que ofrezco pagarle, no hago sino probar claramente el supuesto anterior.
—Aunque sea así, no veo que constituya ningún insulto.
—Podría tomarlo a mal —concluyó Ned.
Y llegó, al fin, el último día. Everbe me mandó llamar. Atravesé la ciudad y me dirigí hacia el callejón en el que Boon había comprado una casita —casi del tamaño de una de muñecas—, con un préstamo que había recibido del abuelo y que se comprometía a devolver a razón de cincuenta centavos cada sábado. Everbe tenía una niñera y debiera haber estado en la cama. Pero estaba sentada, esperándome, con un chal sobre los hombros; llegó incluso a levantarse de la silla y se acercó a la cuna. Permaneció en pie unos minutos, con una mano sobre mi hombro, mientras contemplábamos a la criatura.
—Bueno —dijo—. ¿Qué te parece?
No me parecía nada. Era simplemente un niño casi recién nacido, tan feo
como Boon, aunque tuviese que esperar aún veinte años para llegar a ser tan
fuerte como él. Así, pues, dije:
—¿Cómo le llamaréis?
—¿No lo adivinas? —preguntó ella.
—No.
—Se llamará Lucius Priest Hogganbeck —concluyó Everbe.
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WILLIAM FAULKNER. Escritor estadounidense, William Faulkner es considerado como uno de los más grandes autores del siglo XX, galardonado en 1949 con el Premio Nobel de Literatura y considerado como uno de los padres de la novela contemporánea.
Nacido en el Sur de los Estados Unidos, Faulkner no llegó a acabar los estudios y luchó en la I Guerra Mundial como piloto de la RAF. Como veterano tuvo la oportunidad de entrar en la universidad pero al poco tiempo decidió dedicarse por completo a la literatura.
Tras cambiar habitualmente de trabajo, Faulkner publicó su antología de cuentos La paga de los soldados (1926) tras encontrar cierta estabilidad económica como periodista en Nueva Orleans. Poco después comenzaría a publicar sus primeras novelas en las que reflejó ese Sur que tan bien conocía, El ruido y la furia (1929) es la más conocida de este periodo. Luego llegarían obras tan famosas como Luz de agosto (1932), ¡Absalón, Absalón! (1936) o El villorrio (1940).
Santuario (1931) fue, a la larga, su novela más vendida y la que le permitió dedicarse a la escritura de guiones para Hollywood. Sus cuentos más conocidos de esta época pueden leerse en ¡Desciende, Moisés! escrito en 1942.
Como guionista, habría que destacar su trabajo en Vivamos hoy (1933), Gunga Din (1939) o El sueño eterno (1946).
En el apartado de premios, Faulkner tuvo un reconocimiento tardío aunque generalizado. Además del ya nombrado Nobel de Literatura también recibió el Pulitzer en 1955 y el National Book Award, este entregado ya de manera póstuma por la edición de sus Cuentos Completos.
Notas
[1] Bertillon chart: Ficha de identificación policial. (Nota del traductor.). <<
[2] En francés en el original. (Nota del traductor.). <<
[3] Probablemente uno de los coches fabricados por Alexander Winton, que produjo automóviles desde 1896 hasta 1924. (N. de José Luis López Muñoz).
<<
[4] Modelo de coche a vapor, de la casa Hudson. (Nota del traductor.). <<
[5] Tratamiento familiar que recibían, en los Estados del Sur, los viejos servidores negros. (Nota del traductor.). <<
[6] En francés en el original. (Nota del traductor.). <<
[7] C.S.A.: Confederated States of America. Estados confederados de América. (Nota del traductor.). <<
[8] General Forrest: general jefe de las fuerzas de caballería de la Confederación, durante la guerra de Secesión Americana. (Nota del traductor). <<
[9] s.o.b.: Abreviatura de son of a bitch. Hijo de perra. (Nota del traductor.).
<<
[10] The Swan: El Cisne. El autor alude a William Shakespeare. (Nota del traductor.). <<
[11] Juego de palabras de imposible traducción. (Nota del traductor.). <<
[12] J. Horace Lytle, de Dayton, Ohio, ejecutivo del sector publicitario, deportista y autor de libros sobre perros. Fue uno de los tres jueces de las pruebas nacionales de campo de 1933. (N. de José Luis López Muñoz <<
[13]Rico deportista que, en 1898, compró un terreno de cinco mil hectáreas en Mississippi y lo pobló con distintos animales para caza, incluidos lobos y osos. (N. de José Luis López Muñoz) <<
[14] ADA, Americans for Democratic Action, asociación no partidista de talante liberal fundada en 1947. (N. de José Luis López Muñoz) <<
[15]«Sugar Boy». El chico del azúcar. (Nota del traductor.). <<
[16] Inmortal, en el original. Sin duda Mr. Butch confunde el término «inmoral» con «inmortal». (Nota del traductor.). <<
[17] Prenda de vestir femenina, amplia, de tela fina, ligera y transparente a menudo adornada con lazos y cintas, que cubre el cuerpo, tiene distintos largos y se abrocha por delante; se usa al levantarse de la cama y antes de acostarse. (En francés, en el origina)l. (Nota del traductor). <<
[18] A Earl Sande se le llegó a llamar el «jinete más famoso de Estados Unidos», y ganó tres veces el Kentucky Derby; Dan Patch fue un famoso caballo de tiro vendido por 60.000 dólares en 1903, que mejoró dos veces su propio récord mundial para una milla y cuarto. (N. de José Luis López Muñoz)
<<
[19] pecana: Fruto del pacano, comestible, en drupa, muy similar a la nuez pero más alargado y de cáscara lisa. (N. del Ed.) <<
FIN

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