© Libro N° 14798. Antología De Novelas Del Oeste - Vol. I. AA. VV. Emancipación. Febrero 7 de 2026
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ANTOLOGÍA
DE NOVELAS DEL OESTE
AA. VV.
Antología De Novelas Del Oeste - Vol. I
AA. VV.
La revista norteamericana The Saturday Evenin Post ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años. Las diecinueve narraciones que contiene este volumen presentan sin duda, un estilo cuidado, y resultan de lectura fácil y amena. Lo que puedan tener en ocasiones de ingenuo, queda compensado por el colorido del ambiente y la gran fuerza de atracción que tiene todo tema de acción presentado con soltura. El asunto, la trama del episodio, que en ocasiones se repite, ya lo conocemos: la inevitable caravana que se adentra por tierra peligrosa, el no menos inevitable saloon, el linchamiento injusto, las galopadas, las flechas que silban, los tiros, los puñetazos… y casi siempre girando todo ello alrededor del eterno tema sentimental. En algunas ocasiones, sin embargo, como en «El diablo en el desierto», el autor se aparta del tema clásico, y da mayor profundidad a su historia. Pero tenemos siempre narraciones —reducidas cada una a un solo episodio— con enorme poder de sugestión. Entre los autores seleccionados figuran Conrad Richter, Paul Horgan y MacKinlay Kantor, los tres ganadores del Premio Pulitzer, el más alto galardón literario de Norteamérica.
AA. VV.
Antología de novelas del Oeste - Vol. I
*
Antología de novelas del Oeste - 1
ePub r1.0
Titivillus 05.10.2019
Título original: Antología de novelas del Oeste
AA. VV., 1961
Traducción: José María Aroca
Diseño de cubierta: Piolin
Editor digital: Titivillus
Coordinador de colección: Ignotus
ePub base r2.1
Índice de contenido
Introducción
La ley del látigo. — Prentiss Combs
Senda de forajidos. — S. Omar Barker
Diligencia a Yuma. — Marvin Devries
Estrategia femenina. — Cliff Farrell
La dama de la quebrada roja. — Michael Fessier La prueba del tormento. — Williams Forrest La boda de Rayo de Luna. — Bill Gulick
Una viuda del valle de Santa Ana. — Bret Harte La senda del hombre muerto. — Ernest Haycox ¡Vienen los Dakotahs! — McKinlay Kantor
Cómo llegó a Cheyenne Mr. Hickok. — Alfred Henry Lewis El linchamiento. — Morgan Lewis
La sonrisa del muerto. — Eugene Manlove Rhodes Un vaquero de primera. — Luke Short
El oro del huésped. — Stewart Edward White El pistolero. — Robert Patrick Wilmot
El caballo regalado. — Owen Wister El diablo en el desierto. — Paul Horgan Humo sobre la pradera. — Conrad Richter
Notas
INTRODUCCIÓN
Un tema importante en la novelística de los últimos tiempos —al menos desde hace un siglo— ha sido, en todos los países, pero muy especialmente, claro está, en Norteamérica, la aventura del hombre blanco en el lejano Oeste. Como tema de acción, el cine lo ha popularizado extraordinariamente, al igual que ha sucedido con el tema policíaco. Y al igual que ha sucedido con este último, el episodio en el Oeste no ha sido presentado siempre — como tampoco en el cine— con la atención y el cuidado que requiere toda la producción literaria. Con la preocupación de darle nivel superior —que en la traducción se ha conservado con todo cuidado— la revista norteamericana The Saturday Evenin Post ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años. Las diecinueve narraciones que contiene este volumen presentan sin duda, un estilo cuidado, y resultan de lectura fácil y amena. Lo que puedan tener en ocasiones de ingenuo, queda compensado por el colorido del ambiente y la gran fuerza de atracción que tiene todo tema de acción presentado con soltura. El asunto, la trama del episodio, que en ocasiones se repite, ya lo conocemos: la inevitable caravana que se adentra por tierra peligrosa, el no menos inevitable saloon, el linchamiento injusto, las galopadas, las flechas que silban, los tiros, los puñetazos… y casi siempre girando todo ello alrededor del eterno tema sentimental. En algunas ocasiones, sin embargo, como en «El diablo en el desierto», el autor se aparta del tema clásico, y da mayor profundidad a su historia. Pero tenemos siempre narraciones —reducidas cada una a un solo episodio— con enorme poder de sugestión. Entre los autores seleccionados figuran Conrad Richter, Paul Horgan y MacKinlay Kantor, los tres ganadores del Premio Pulitzer, el más alto galardón literario de Norteamérica.
LA LEY DEL LÁTIGO
PRENTISS COMBS
P ADRAIC Conmaire era un hombre con un camino trazado. Y un hombre debe seguir hasta el final el camino que ha escogido. Fangoso o seco, rocoso o llano, un hombre no puede volverse atrás. Puede cambiar su nombre, sus vestidos y el lugar donde vive, pero no puede renunciar a la aventura
emprendida.
Padraic Conmaire procedía de Ballyshannon. Tenía el pelo dorado y los ojos color verde mar. Descendía de reyes y en su rostro de facciones agradables destacaba el prominente arco de una noble nariz, delgada y sensitiva como la de un profeta. Era un compositor de melodías, y todas sus melodías hablaban de Deirdre, pálida y rubia, con nombre de princesa antigua. Deirdre era la luz de Ballyshannon y todo el mundo de Padraic Conmaire y la piedra imán que le arrastraba a la conquista de un reino para sí mismo y para su princesa.
Pero en Irlanda corrían malos tiempos y su búsqueda incesante de un lugar donde establecerse le condujo de fracaso en fracaso. Y el hambre empezaba a dejar sus huellas en los ojos de Padraic y en el enfermizo rostro de su esposa. Hasta que un día, Padraic susurró unas palabras en los encantadores oídos de Deirdre:
—Voy a marcharme a América. Tres meses allí, y tus manos de hada no podrán contener el oro que te enviaré. Dentro de un año, a lo sumo, seré el Caballero Padraic Conmaire, llevaré chistera y ricos trajes, recorreré mis posesiones en un corcel de pura sangre y mi encantadora esposa, Deirdre, llevará guantes de terciopelo y lucirá las joyas más hermosas del mundo.
Era una fábula maravillosa. Deirdre la creyó, y, lo que es peor, también la creyó el propio Padraic. Pero América no era lo que contaban las fábulas. La vida era dura y Padraic Conmaire uno más en la legión de los soñadores que pretendían conquistar la riqueza rápidamente. Los más débiles se quedaban en las ciudades. Los orgullosos y los tenaces se dirigían hacia el Oeste a través
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de las montañas y llanuras. Allí se construía un ferrocarril. Un trabajo duro y una paga escasa, pero un hombre debe empezar por algo. La aventura era superior a las fuerzas de muchos, y algunos morían, pero el número de los aventureros iba siempre en aumento.
Padraic Conmaire era un hombre orgulloso. ¿Podía un hombre orgulloso escribir a su reina que no recogía el oro a manos llenas por las calles? ¿Podría escribirle que pasaría un año antes de que tuviera un centavo que pudiera llamar suyo? Indudablemente, no. Lo único que podía hacer era seguir ayunando y trabajar.
El día de paga era un día de borracheras en el campamento, mas Padraic se limitaba a remojar su gaznate. En aquella ocasión, sin embargo, se le acercó un robusto mestizo, con el cuello y los hombros de un toro de lidia. Clavó sus ojos de cerdo en él y le insultó soezmente.
—Voy a demostrarte lo que son los hombres —dijo.
Padraic se echó a reír. Era un hermoso día, con el dinero de Deirdre en su bolsillo.
—Vamos a verlo —respondió suavemente.
Los dos se despojaron de la camisa. Debajo de su piel blanca, el cuerpo de Padraic Conmaire era un manojo de músculos.
El mestizo era fuerte y rápido, y la espalda de Padraic estableció contacto con el suelo más de una vez. Pero se levantaba rápidamente, y sus puños eran diestros. Finalmente, consiguió asestar a su amigo un terrible golpe que le hizo desplomarse inconscientemente: su cabeza chocó sordamente contra uno de los raíles.
De este modo el dinero de Deirdre tuvo que servir para pagar los gastos de hospital del mestizo, que tuvo que ser conducido a la ciudad. Lo poco que le quedaba se lo gastó Padraic en bebida.
Poco antes del día de paga del siguiente trimestre, llegó un tren de trabajadores. El último en descender fue Michael Noolan, de Ballyshannon. Un hombre amargado, enclenque, cuya lengua destilaba toda la amargura de su corazón. Sus ojos estaban más hundidos que nunca.
—¡Michael Noolan! —gritó Padraic con su voz cantarina—. ¿Traes alguna noticia para mí?
—Sí, Padraic Conmaire, te traigo una noticia —respondió lentamente, con los ojos clavados en Padraic.
Y mientras Padraic se acercaba a él, los azules ojos de Noolan se llenaron de lágrimas. Pronunció una sola palabra, pero aquella palabra detuvo tan en seco la carrera de Padraic como lo hubiera hecho un balazo.
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—¡Deirdre! —sollozó.
—¡No! —gritó Padraic—. ¡No me digas que ha muerto!
—Asesinada —murmuró Michael Noolan tristemente.
A Padraic no se le hubiera ocurrido nunca que el pequeño Michael Noolan estuviera enamorado de Gold Deirdre. Pero en aquel momento supo que había muerto en brazos de Michael.
—¿Quién la asesinó? —preguntó Padraic, sintiendo que la locura se apoderaba de él.
—Los asesinos fueron tres, Padraic. La tristeza, el hambre y el orgulloso Padraic Conmaire. Nunca le enviaste un penique, orgulloso Paddy. No le enviaste nunca ni una sola línea, ni un solo penique.
El rostro de Padraic se quedó tan pálido como el de un cadáver. Al verlo, Michael Noolan se volvió de espaldas, con una leve sonrisa en sus descoloridos labios: había esperado mucho tiempo que llegara aquel instante.
Padraic abatió sus hombros y empezó a andar. Dejó atrás el camino de hierro y siguió adelante, por la inmensidad de la llanura. Al oscurecer no era más que una pequeña sombra avanzando sobre el desolado paisaje. Caminó durante toda la noche con el mismo paso decidido. Al amanecer del día siguiente Padraic estaba caído en el polvo, con la lengua demasiado hinchada para que pudiera caber en su boca.
De lo primero que se dio cuenta, al recobrar el conocimiento, fue de la frescura del agua que llenaba su boca; luego, una mano amable sostuvo su cabeza, en tanto que una voz pronunciaba algunas palabras en un idioma desconocido. Padraic alzó la mirada hacia un rostro moreno, en el que destacaban unos ojos negros, grandes y melancólicos, y una profunda cicatriz que lo cruzaba de parte a parte. A su alrededor, en semicírculo, habían ocho o diez jinetes que llevaban unos grandes sombreros y muchos adornos de plata. Al frente de ellos, montado en un enorme caballo negro, vio a un hombre con la marca del poder y del diablo grabada en él como con un hierro candente. Con sólo mirarle, supo que aquel hombre era un jefe, que su nombre andaba de boca en boca y que nadie hablaba bien de él. Era un gigante y en sus ojos negros brillaba una luz salvaje y demoníaca. Su ancho rostro estaba picado de viruelas. Resopló mientras le sonreía a Padraic, como resopla un caballo nervioso obligado a permanecer quieto.
—Levántate y echa a andar, gringo —ordenó rudamente. Padraic denegó lentamente con la cabeza.
—Entonces, voy a hacer que te muevas.
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Era un hermoso látigo. Relucía en el pomo de la extraña silla, y en la inmensa mano del hombre pareció convertirse en una cosa viva, dibujando una S en el aire. Cayó sobre Padraic dos veces. Los dientes del hombrón, al abrir su boca en una carcajada, eran amarillos. Padraic, el orgulloso Padraic, obedeció al látigo y anduvo cuatro, seis, ocho pasos antes de volver a caer. El siguiente latigazo le hirió en pleno rostro, aplastando su nariz. Padraic quedó inmóvil.
Despertó con la confusa sensación de que la pata de un caballo golpeaba su rostro. Estaba tendido boca abajo, de través, sobre un caballo en movimiento. Una mano amable palmeó su espalda y una voz conocida volvió a hablarle en aquel extraño idioma. A veces era de día, a veces de noche. El agua se deslizaba a través de su garganta y deliraba a consecuencia de la fiebre.
Cuando recobró por completo la conciencia estaba en la cama. En el exterior no se oía el menor ruido. Al lado de la cama había una jarra de barro llena de agua, y Padraic bebió ansiosamente. Volvió a quedarse dormido. Al despertar de nuevo se sintió hambriento, con una hambre saludable.
Anduvo con paso incierto por un largo y fresco corredor, hasta salir a un patio lleno de árboles, en cuyo centro manaba agua de una fuente. En alguna parte sonó el tañido de una campana.
Detrás de él habló una voz profunda y amable. Padraic se volvió y se encontró ante un fraile.
—Bienvenido, Lázaro —dijo el fraile en inglés—. Por fin has conseguido levantarte de la tumba.
Era un hombre alto, robusto, de pelo canoso y amables ojos castaños. —¿Es bueno estar vivo? —preguntó, con una sonrisa. Padraic aspiró
profundamente y encontró que era bueno.
—¿Dónde estoy, y quién me ha traído aquí? —inquirió.
—Estás en la Misión de San Gabriel. El pequeño Eusebio obró el milagro. —¿Un hombrecillo moreno, con una cicatriz en el rostro?
—Sí. La cicatriz es obra del Sátiro. Algunos le llaman también «el Fuerte». El nombre le cuadra perfectamente. Con el látigo y con las mujeres es el mismo Satanás. Eusebio arriesgó su vida para traerte hasta aquí. El Sátiro te dejó para que murieras.
—Entonces, ¿es que no existe Ley aquí? —preguntó Padraic.
—Estamos en Méjico, amigo mío. El Sátiro es la Ley.
El fraile miró a Padraic con sus amables ojos y le hizo una pregunta:
—¿Eres un perseguido?
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Padraic denegó lentamente con la cabeza.
—¿Puede un hombre encontrarse a sí mismo? —preguntó a su vez.
Y el fraile respondió a la extraña pregunta tristemente, sospechando su significado:
—Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.
Así fue como Padraic Conmaire entró a formar parte de la Misión. Sus fuerzas volvieron a él rápidamente, pero su nariz había quedado destrozada y sus ojos ya no eran los ojos sonrientes de un soñador. Ahora estaban apagados por completo. Padraic era un hombre acabado. Estaba convencido de que su lucha con el mestizo había matado a Deirdre, y sabía que nunca más podría volver a golpear a un hombre con rabia.
Los meses fueron deslizándose plácidamente. Trabajaban, dormían, y hablaban muy poco. Si el Sátiro llegaba al pueblo de la Misión a emborracharse con su cuadrilla, Padraic abandonaba su celda para pasar la noche al raso, durmiendo bajo las estrellas. No quería verse obligado a luchar. A su lado, tembloroso y preocupado, estaba el pequeño Eusebio, que había salvado su vida. Mientras contemplaba las estrellas, Padraic recordó que no había dado nunca las gracias a Eusebio por su acción.
La vida en la Misión era muy tranquila. Los mejicanos y los indios trabajaban poco, dormían largas siestas al calor de la tarde, y al llegar la noche poblaban el aire con sonidos de canciones y de guitarras. El fraile poseía un corazón de los más comprensivos. Poco a poco, fragmento a fragmento, había llegado a conocer toda la historia de Padraic. Era un hombre cargado de paciencia, que nunca trataba de violentar las confidencias de un alma.
—Lázaro —le dijo un día a Padraic, llamándole por el nombre que el pueblo le había aplicado—, quiero pedirte un favor. A orillas del río, hay un trozo de terreno del que nadie se ocupa. Podrías edificar una pequeña casa y plantar maíz y legumbres. Eusebio te ayudaría.
Padraic le miró con sus ojos inexpresivos y asintió.
—Todo me da lo mismo, Padre —murmuró.
La preparación del suelo, la siembra, la inquietud por los tallos que nacen, la alegría de la cosecha, pueden curar muchas cosas. Por lo pronto, le hacen sentirse a uno convertido en una parte del misterioso ciclo de la tierra.
Edificar una casa es también una hermosa tarea. Especialmente una casa hecha de adobes, una especie de ladrillos de barro mezclado con paja. Cada ladrillo recibe la caricia de una mano humana. Padraic confeccionaba los
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ladrillos, acariciándolos y moldeándolos, y los dejaba secar al sol. Luego los iba colocando, uno encima de otro, y al tiempo que la pared crecía, algo nuevo crecía también en su interior. Cuando la casa estuvo terminada, Padraic y Eusebio la decoraron con madera de sauce y cuerpo crudo. En los suaves atardeceres se sentaban en el umbral, fumando y contemplando el lento ritmo de la vida a su alrededor: el parpadeo de las fogatas, los juegos de los niños, el paso de las mujeres cargadas con los cántaros… Aquello era un bálsamo para Padraic.
El Padre iba muchas noches a fumar una pipa en su compañía y a charlar un rato con ellos.
No era raro que las muchachas pasaran ante la casa de Lázaro. Las madres enviaban a sus hijas a pasear por allí: Lázaro era un hombre guapo, a pesar de la marca que había dejado en él el látigo del Sátiro, y muy trabajador. Padraic no las miraba siquiera.
Pero un atardecer pasó una muchacha distinta a todas las demás. Acarreaba una vasija llena de agua en la cabeza, llevaba los pies descalzos y su paso era tan leve como el de una gacela, sus senos firmes y su rostro tan claro y despejado como un amanecer.
El Padre suspiró.
—¡Dios mío! —murmuró en voz baja—. A veces, ser un ministro del Señor resulta muy duro. Esa pobre huérfana se ve obligada a ir de casa en casa, golpeada y despreciada por todos. Nadie, si no yo, se preocupa de ella. El Sátiro le echó la vista encima en su última visita, y la próxima vez que venga se la llevará con él. La tendrá a su lado unas cuantas semanas, y luego se la regalará a alguno de sus hombres como un trasto viejo. ¿Y qué puedo hacer yo?
Movió pensativamente la cabeza, mientras Padraic experimentaba la sensación de que algo se rompía en su interior.
La muchacha volvió a pasar el atardecer siguiente, y el otro; y el Padre volvía a mover pensativamente la cabeza y a suspirar.
Padraic alzó la cabeza, siguió con la mirada el gracioso caminar de la muchacha y preguntó en voz baja:
—¿Cómo se llama?
—María de la Luz —respondió rápidamente el fraile—. Un nombre que le encaja perfectamente. Es como un rayo de sol. Y pensar que pueda caer en las garras de aquella bestia… —Miró de reojo a Padraic—. Desde luego, si un hombre se casara con ella se evitaría ese peligro. Incluso el Sátiro siente respeto hacia el sacramento del matrimonio. ¡Pobrecilla!
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De repente, agarró por el brazo a Padraic.
—Te lo pido por el amor de Dios, Lázaro. Tráela a tu casa. Cásate con ella. Ayúdame a salvarla de las garras de ese malvado.
Padraic se estremeció.
—Padre —murmuró—, sabe usted muy bien que yo no soy un hombre.
—Te lo suplico por amor de Dios.
Y Padraic, sin comprender el súbito anhelo que se había despertado en él, accedió. Fue una boda sencilla. Cuando salieron de la iglesia para dirigirse a la pequeña casa de Padraic, María de la Luz se quedó atrás, con las demás mujeres.
Padraic se detuvo, la cogió cariñosamente del brazo y la hizo andar a su lado. La sonrisa de su esposa, tímida y agradecida, llenó su corazón de una profunda dicha.
Así fue cómo Padraic Conmaire se apartó del camino que se había trazado y llevó a María de la Luz a vivir a su casa. Ella tenía un hombre para protegerla, y Padraic una mujer cariñosa para cuidarle. Pero habían otras pequeñeces que él podía hacer por ella y agradecerle, de modo que Padraic pudo empezar a pensar en otras cosas, además de en sí mismo.
Un atardecer, el Padre llegó a la casa y encontró en ella algo que hizo asomar a su rostro una sonrisa de felicidad. No había imaginado siquiera que «aquello» pudiera ocurrir tan pronto. Y no estuvo realmente seguro hasta que vio a Padraic acariciar tiernamente los hermosos cabellos de María de la Luz. En aquella casa había entrado el amor. En la suave oscuridad de una noche, los dos esposos se habían encontrado a sí mismos. Aquellos dos pobres seres habían encontrado el maravilloso regalo del amor. Sus dos vidas se habían fundido en una, y el espectáculo de su felicidad era digno de verse.
Padraic no había hecho ningún voto mientras estuvo en la Misión, pero su profunda aversión a la violencia había arraigado profundamente en su corazón.
Un indio penetró en su maizal para robar una gran cantidad de maíz, y Padraic no dijo una sola palabra. El perezoso Emeterio dejó que sus vacas pisotearan las huertas de Padraic, y éste continuó callado. Antonio le pidió prestado su caballo una vez, y luego otra y otra, hasta que acabó utilizándolo como si fuera suyo: Padraic cerró los ojos al abuso. Una leve sombra empezó a dibujarse en los cariñosos ojos de María de la Luz.
Una noche llegó el Sátiro al pueblo, más borracho que nunca. El pequeño Eusebio, atrapado en la plaza, fue perseguido de esquina a esquina, gritando, mientras el Sátiro arrancaba tiras de su piel con su famoso látigo.
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Padraic y María de la Luz permanecían ocultos en la sombra.
—Tu amigo necesita ayuda —murmuró ella.
Padraic empezó a temblar violentamente y se volvió de espaldas, cubriéndose los ojos con la mano.
El Sátiro descubrió su presencia y acercó su caballo a la pareja. —Acércate, gringo. ¿Acaso has perdido ya el miedo? ¿Cómo es que no
estás metido en un agujero?
Estalló en una horrible carcajada y alzó su látigo. —¡Corre, gringo! ¡Busca un agujero! ¡Corre, corre!
Padraic se quedó inmóvil, con la mano cubriéndose el rostro, mientras el látigo mordía sus carnes. María de la Luz, a su lado, se dio cuenta de que el pueblo entero presenciaba cómo su marido era humillado.
—Esto es un pequeño regalo de boda del Sátiro —gritó el bandido, enrollando el látigo—. Y a ti, palomita, te haré mía en cuanto me plazca — añadió mostrando a María de la Luz la roja punta de su lengua. Fijó de nuevo la mirada en Padraic y dijo—: Ya sé que en el pueblo te llaman Lázaro, pero voy a bautizarte con otro nombre que te sentará mejor. Desde hoy te llamarás Ratón Gringo.
Todo el pueblo sabía que el bandido era una bestia asesina y que estaba loco. Sin embargo, decían, un amigo era un amigo, y el amor propio…
—Vale más morir que verse deshonrado de ese modo —comentó alguien. Resulta muy fácil decir esas cosas. A partir de aquella noche, Padraic dejó de llamarse Lázaro, el resucitado. La gente volvía la cabeza y escupía al pasar por su lado. Los chiquillos, con su gran capacidad para la crueldad, galopaban junto a él, blandiendo imaginarios látigos y llamándole por el nombre que el
Sátiro le había aplicado.
La pequeña casa de Padraic se convirtió para él en un infierno. Eusebio no tardó en regresar, arrastrado por los lazos que le unían a los dos esposos, pero María de la Luz se negó a aceptar la justificación que el propio Eusebio ofrecía a la cobardía de su marido: la vergüenza había convertido su corazón en una piedra. Cuando iba al mercado, andaba de prisa, con la cabeza baja. Su vida había sido maravillosa, pero ahora tenía una losa de plomo en el pecho y la boca llena de ceniza.
Pasaron los días, llenos de tristeza. Padraic seguía trabajando sus campos, y de cuando en cuando alzaba los ojos al cielo y se echaba a temblar. Sus ojos estaban cada vez más hundidos en sus cuencas y un surco pronunciado empezó a marcarse a ambos lados de su nariz, descendiendo hasta las comisuras de la boca.
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Era una época de espera. Y la espera terminó un día. El Sátiro llegó a la plaza del pueblo montado en su enorme caballo negro. El Padre estaba en la plaza y el Sátiro se encaró con él.
—¡Hola, hombre con faldas! —gritó—. ¡Manda que asen un ternero y que preparen vino abundante! ¡Vas a celebrar una boda! ¡El Sátiro tomará una esposa!
El Padre se puso pálido y preguntó:
—¿Quién es ella?
—La palomita de Ratón Gringo —rió el Sátiro.
—Está casada —murmuró el Padre, sonriendo forzadamente.
—Dentro de una hora será viuda —prometió el Sátiro, palmeando su pistolera.
El Padre envió a toda prisa a un chiquillo a la pequeña casa próxima al río, para que repitiera a Padraic las palabras del Sátiro. El chiquillo, temblando de excitación, vio que los esposos se miraban uno a otro.
—¿Debo ir a su encuentro? —preguntó tranquilamente María de la Luz. Padraic inclinó la cabeza y miró al suelo; luego alzó los ojos y dirigió una
mirada a su alrededor, hacia lo que había sido la paz de su vida.
—Iremos a hablar con él —terminó por decir.
María de la Luz inclinó también la cabeza y empezó a empaquetar sus cosas.
—¿Qué estás haciendo, amor mío?
—Voy a llevarme las cosas que traje a esta casa.
—He dicho que iría a hablar con él.
—Si es eso lo que piensas hacer, necesitaré estas cosas.
Padraic volvió a inclinar su cabeza, y los dos esposos salieron juntos de la casa, cruzando los campos sembrados que habían trabajado juntos. Pasaron ante la Misión y finalmente llegaron a la plaza.
Al verles, el Sátiro estalló en una carcajada y se relamió los labios con su roja lengua. Hizo restallar su látigo de modo que su extremo quedara arrollado a la breve cintura de María de la Luz, y la atrajo hacia él hasta que el cuerpo de la joven chocó contra su pierna.
Sus ojos negros se inclinaron para mirarla, y se relamió de nuevo los labios con la lengua, mientras decía:
—Un hombre, ¿eh? Ahora sabrás lo que es pasar una temporada con un hombre de veras.
María de la Luz arrancó el látigo de su cintura, se volvió orgullosamente a mirar a Padraic Conmaire y le dirigió una pregunta:
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—¿Debo enviarte a tu hijo cuando nazca, marido mío?
Padraic oyó aquellas palabras. La sonrisa que dirigió a María de la Luz no podía ser más cariñosa. Alzó su pálido rostro y respondió, con aire ausente, como hablando consigo mismo:
—No vas a marcharte, amor mío. Si te marchas, es que yo habré muerto.
Y un hombre muerto no siente nada.
Aspiró una profunda bocanada de aire y alzó la mirada hacia el gigante montado sobre el enorme caballo negro, y en sus ojos había el mismo brillo demoníaco que reflejaban los ojos del Sátiro. Su sonrisa era helada.
—Tú lo has querido. Has querido sangre y la tendrás. También yo puedo ser un asesino. —Su voz sonó como una especie de salmodia.
El Sátiro hizo restallar el látigo en el aire, viendo ante él a un Padraic completamente distinto, y dijo:
—¿Un asesino? Un ratón, eso es lo que eres. Yo te bauticé con ese nombre, Ratón Gringo. Voy a destrozarte.
Padraic, sin dejar de sonreír, se acercó más al caballo.
—Inténtalo, y eres hombre muerto. Inténtalo, y mis manos se clavarán en tu garganta hasta que pierdas la vida.
Una oleada de energía hizo temblar todos sus miembros. Al darse cuenta de ello, el Sátiro se echó a reír y gritó:
—No tiembles. Sólo voy a darte una pequeña lección.
El látigo restalló en el aire, arrancando un trozo de la oreja izquierda de Padraic. Éste, como preguntándose qué había pasado, se llevó la mano a la parte herida y la retiró cubierta de sangre. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron, en un impulso salvaje, y cuando el látigo volvió a caer lo detuvo en el aire con una mano de hierro. Dio un rápido tirón, y el Sátiro se vio arrancado de la silla.
La mano del Sátiro se dirigió a su pistolera mientras caía, rodando, pero una pequeña figura se destacó de la multitud que rodeaba a los dos nombres y Eusebio, con una horrible sonrisa en su destrozado rostro, lanzó un puntapié a la muñeca del Sátiro y el revólver que el bandido había empezado a empuñar salió volando. Eusebio se arrojó sobre el arma y la agarró con mano firme, apuntando con ella a los hombres del Sátiro. Con su mano libre, se acarició las cicatrices que el látigo había dejado en su rostro.
Ahora estaban frente a frente. Dos hombres, medio locos. Uno de ellos con la locura de sus salvajes antepasados creciendo y creciendo en su interior, infundiéndole la fuerza de diez hombres, todos ellos locos. «¡Sangre!»,
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gritaban las antiguas voces, y Padraic avanzó, con una terrible sonrisa en su rostro. El otro hombre, engendrado por el propio diablo, ávido de lucha y sangre.
Chocaron uno contra otro con terrible impulso, y el gigante moreno notó la firmeza de la mano de su enemigo y estalló en una carcajada, ya que su placer al destrozar a un rival fuerte sería mucho más intenso.
Padraic, sin dejar de sonreír con su helada sonrisa, sintió acudir a su garganta las palabras que los hombres dirigen a los rivales que se disponen a matar. Porque Padraic sabía, con una terrible certidumbre, que iba a matar al hombre moreno.
En el grupo de espectadores que contemplaban la lucha, los hombres gritaban salvajemente y las mujeres volvían sus cabezas.
Luchaban como animales: a patadas, a rodillazos, a mordiscos. Había sangre en el suelo, y cuando los dos hombres no pudieron ya sostenerse en pié lucharon de rodillas, y cuando no pudieron sostenerse sobre sus rodillas se arrastraron como dos serpientes por la sangre y el sudor, sin soltarse de su terrible abrazo.
Finalmente, el gigante moreno sintió que el miedo hacía presa en él. Se dio cuenta de que, hiciera lo que hiciera, no podría librarse de su rival, y recordó las palabras que había pronunciado Padraic antes de empezar la lucha, e imaginó los dedos de su enemigo aferrados a su garganta, hasta hacerle perder la vida. Se dio cuenta, invadido por el pánico, de que Padraic no renunciaría a su empeño aunque él tuviera unas manos como garfios y arrancara con ellas el corazón de su rival.
Padraic consiguió agarrar el brazo del gigante en una presa cruel, y apretó y apretó hasta oír un horrible chasquido de huesos. Ahora, el gigante estaba a su merced y Padraic acercó las manos a su palpitante garganta, dispuesto a estrangularle. ¿Quién era el hombre con valor suficiente para decirle que no debía hacerlo o para ponerle una mano encima para impedirlo?
Los ojos del gigante estaban completamente abiertos por el terror y de su boca escapó un aterrorizado lamento. Las rojas manos de Padraic cayeron sobre su garganta, y en aquel mismo instante María de la Luz salió corriendo de entre la multitud y se arrodilló al lado de su marido. Apretó los labios contra el oído de Padraic hablando rápidamente, ansiosamente, mientras su pequeña mano se aferraba a una de las muñecas de Padraic Conmaire.
—¡Vuelve conmigo, corazón de mi corazón y vida de mi vida! ¡No mates a ese cerdo! ¡Te lo suplico, amor mío! Su cadáver se interpondría entre nosotros. ¡Piensa en el hijo tuyo que llevo en mis entrañas!
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El rostro de Padraic se crispó, su respiración se hizo más jadeante y se volvió a mirar a María de la Luz sin soltar el cuello del Sátiro. María de la Luz le miró a los ojos, reflejando en los suyos todo su amor. Mientras los ojos del Sátiro se hinchaban y su rostro empezaba a amoratarse, Padraic Conmaire reconoció a su esposa desde las profundidades de su locura y sus manos soltaron la garganta de su enemigo.
Se puso en pie, asombrado, y miró a su alrededor, al nuevo mundo que acababa de abrirse ante él, y de pronto se sintió invadido por un terrible cansancio, y María de la Luz le sostuvo entre sus brazos, apretando su destrozado rostro contra su pecho y murmurando amorosas frases en sus oídos. El rostro de María de la Luz reflejaba la agonía del terrible juego que acababa de ganar, en tanto que al rostro de Padraic asomaba una intensa paz.
Constituían un espectáculo digno de verse. Aquel fue el final de un camino para Padraic Conmaire, pues en aquel instante acababa de encontrar, definitivamente, su reino.
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SENDA DE FORAJIDOS
S. OMAR BARKER
E RA un muchacho muy delgado, un poco bajo para sus dieciséis años, tenía el cuello rojizo y el pelo de color de paja; procedía de Arkansas.
Su nombre, si hacía al caso, era Elnathan Calhoun. Estaba sentado sobre un tocón procedente de un venerable patriarca de la familia de los chopos de Virginia, situado en la parte meridional de un extenso bosque de descendientes suyos, de satinadas hojas, cerca de la única calle del Bosque Largo, Territorio de Nuevo Méjico, más o menos U. S. A.
El tocón estaba provisto de unas abrazaderas de cuero, muy gastadas por el uso, y la pisoteada tierra que rodeaba su base demostraba a las claras que era utilizado con alguna frecuencia para amarrar cabalgaduras. Pero en aquel momento no había ningún caballo atado al tocón. Su único ocupante era Elnathan Calhoun, que había ocultado prudentemente su montura y se había acomodado a sus anchas para entregarse a su capricho favorito: tocar la armónica. La melodía que interpretaba era una tierna balada campesina, muy melancólica, cuyo tema era la vendimia y una muchacha llamada Bárbara Ellen.
Que el jinete que se acercaba por el camino del sudeste, levantando una nube de polvo, era un vagabundo, parecía evidente por el equipaje que llevaba a lomos de su caballo. Visto a distancia, su aspecto era el de un hombre alto, de rostro curtido, y convenientemente armado. Su nombre, si hacía el caso, era Tonk McSpadden, y hacía seis días que había salido de Texas.
Que el jinete que se acercaba en dirección opuesta no era un vagabundo se infería fácilmente de lo atildado de su aspecto, desde sus relucientes botas negras hasta su negro sombrero de ala ancha, pasando por la brillante culata de nácar de su seis-tiros. Su nombre era Pete Hadlock; llevaba una insignia de comisario y montaba un lustroso ruano con evidente orgullo, como un hombre consciente de su propia importancia.
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Estaba a unos diez pies de distancia del tocón, cuando a Elnathan Calhoun se le ocurrió repentinamente averiguar cuál sería la reacción de un caballo ruano ante el pitido de un tren, sin tener ningún tren a la vista. Interrumpió la melodía que estaba interpretando y su armónica dejó oír un prolongado silbido, que imitaba perfectamente el de una máquina de vapor. El ruano reaccionó desfavorablemente. Al instante, como dicen los vaqueros, «se tragó su propia cabeza», y su igualmente sorprendido jinete voló por encima de ella.
—Caballero —declaró Elnathan Calhoun con la más amistosa de sus sonrisas—, no podía usted haber volado mejor, ni siquiera teniendo alas…
Por un momento, el comisario Hadlock permaneció sentado sobre el polvo renegando furiosamente, y seguía renegando cuando se puso en pie y avanzó hacia el muchacho de Arkansas, cuya sonrisa se había hecho aún más amplia.
Una mano morena agarró la pechera de la camisa de Elnathan Calhoun, que se vio flotando en el aire.
—Encuentras divertido espantar a los caballos, ¿eh? —bramó el burlado comisario-vaquero—. ¡No sé si abofetearte, darte una patada en el trasero o encerrarte en una jaula!
Alzó su mano derecha, evidenciando que se había decidido por la primera de las tres soluciones.
Seis días de cabalgar por la ruta de Texas, a dos semanas de distancia de la amargura de un perdido amor, tenían que haber predispuesto a Tonk McSpadden a pensar en sus propios asuntos… pero no era así. Se acercó sin ser observado, volteó un lazo por encima de su cabeza y lo lanzó sobre el levantado brazo de Hadlock, dándole un rápido tirón.
—¡Que me aspen —observó, con una sequedad que no era del todo debida al polvo acumulado en su garganta—, si no acabo de atrapar al viejo Culata de Nácar Pete!
—¡Tonk! ¡Eres tú, maldito Injun! —exclamó Hadlock, volviéndose en redondo. Su acogida no fue demasiado cordial—. ¿Qué estás haciendo en Nuevo Méjico?
—He venido a efectuar un censo… a contar los hombres que se dedican a vapulear chiquillos… y al parecer tú eres el número uno de la lista. —Tonk avanzó lo suficiente para que Hadlock pudiera librar su brazo del nudo corredizo—. ¿Hay algo que no marcha bien, Pete?
—Imité el pitido del tren y su bronco se asustó —explicó Elnathan Calhoun, sonriendo de nuevo al recuerdo de lo ocurrido—. No podía haber
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volado mejor, ni siquiera teniendo alas. Pero le aseguro que no necesitaba su ayuda, vaquero.
Tonk McSpadden hizo avanzar unos pasos a su caballo y se colocó entre los dos hombres.
—Tonk —dijo Hadlock, con el rostro enrojecido—, no me importaría zurrarte, lo mismo que al muchacho. ¡Y a fe que me gustaría hacerlo!
—Algún día, si no dejas de portarte como un cerdo, voy a complacerte. Pero, en este momento, a la única persona que aborrezco es a mí mismo. Además, pareces estar muy acalorado y yo me encuentro completamente fresco. Te pagaré un vaso de cerveza y dejaré que me cuentes el secreto de tus éxitos.
—Existen dos cosas —declaró Hadlock, acariciándose su bigote castaño
— que no encajan con este Territorio, Injun: los pistoleros y los políticos deshonestos. Y tú eres un lobo experto en las dos cosas. No ha habido un atraco ni el robo de un caballo en Tuloso County desde que me puse al servicio de la Ley. Ni lo habrá. Aunque se presente el propio Curly Jack Marcotte y su salvaje cuadrilla, y el sheriff esté a cien millas de aquí.
—Le aseguro que soy tan inocente como un corderillo —aseguró Elnathan Calhoun, mientras sus ojos azules sonreían con expresión de candor.
Pero la sonrisa no aplacó en absoluto a Pete Hadlock.
—Jovencito —dijo—, esta es una ciudad honesta, donde los vagabundos no tienen cabida. Dispones de diez minutos para largarte… a menos que quieras verte entre rejas.
—Da la casualidad de que no tengo reloj —replicó Elnathan Calhoun—. Sólo poseo buena suerte y dinero.
Lanzó al aire un dólar de plata —el último que le quedaba—, lo recogió, lo devolvió a su bolsillo y se dirigió a Tonk McSpadden, como si Hadlock hubiera dejado de existir.
—No puedo invitarle a usted a un vaso de cerveza, señor… Mi papá era un predicador abstemio y yo he heredado sus buenas costumbres. Pero puedo invitarle a un plato de alubias con tocino y entretanto podremos hablar de asaltar bancos, disparar contra los representantes de la Ley y atropellar a muchachas desvalidas.
—Por mi parte, prefiero un buen plato de sardinas, Serrucho —dijo el vaquero de ojos negros—. Vamos.
El destartalado muchacho de Arkansas y el vaquero cruzado de indio de Texas se sentaron en los escalones de entrada a la tienda de Ike Bamberger,
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dispuestos a dar cuenta de las alubias, del tocino y de las sardinas, empleando sus cuchillos como cuchara.
El dólar de plata de Elnathan Calhoun reposaba ahora en el cajón del mostrador de Ike Bamberger, pero a Elnathan no le importaba. Tonk le trataba como a un igual, y esto le infundía una agradable sensación de madurez. El caballo de Pete Hadlock estaba ahora atado a la barra exterior del «saloon» de Bosque.
—Si me hubiera usted dejado, le habría arreglado las cuentas a ese tipo — fanfarroneó Elnathan—. Le hubiera hecho una exhibición de mis puños, para acabar con un rodillazo en el bajo vientre.
—Es un modo tan bueno como cualquiera para que te dejen seco de un balazo —opinó secamente Tonk—. Pero Pete no es un mal sujeto: su único defecto es que se adora a sí mismo. Hemos cabalgado juntos durante mucho tiempo. Cuando nos separamos, él se dirigió hacia aquí y obtuvo una insignia de comisario. Yo regresé a Texas, pero las cosas habían cambiado algo, de modo que salí en busca de nuevos horizontes.
—¿Quiere usted decir que su novia le dejó plantado?
—Date prisa en comer, Serrucho. Voy a marcharme. ¿Vas a salir de esta ciudad, como te han dicho? Te han dado diez minutos de tiempo y ya has gastado más de veinte.
—Tonk —dijo Elnathan Calhoun en tono serio—, voy a confiarle un secreto. No he dejado a ninguna chica detrás de mí, pero estaba hasta la coronilla de los palos que me daba mi padrastro. Hace un mes que me marché de casa, y por lo que he oído, estoy a punto de llegar al lugar que me proponía —Elnathan Calhoun bajó el tono de su voz—: ¡Me había propuesto unirme a la cuadrilla de Curly Jack y convertirme en un forajido!
Durante un largo rato Tonk McSpadden permaneció sentado en silencio, sintiendo despertar en su interior la sensación de soledad y de amargura que había cabalgado con él largas millas, desde las colinas de Texas. Cuando al fin habló, su voz tenía un tono áspero:
—La vida de forajido es muy peligrosa, muchacho.
—¡No me asusta! —replicó petulantemente Elnathan Calhoun—. ¿Cree que me faltan redaños?
De nuevo, Tonk se tomó algún tiempo antes de responder.
—No me gusta ver a un hombre que va a pie —terminó por decir—. Mi equipaje es muy reducido. ¿Te importará montar fuera de la silla?
Cuando abandonaron Bosque Largo, el caballo de Pete Hadlock seguía atado a la barra del «saloon». Una milla más lejos, Elnathan Calhoun se
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deslizó del caballo.
—Tengo otro secreto, Tonk —dijo—. Espere aquí.
Andando a saltitos, como una liebre, el muchacho se adentró en un espeso bosque de chopos. Al cabo de unos instantes volvió a salir montado a horcajadas sobre una mula de color rojizo, tan esquelética como el propio Elnathan Calhoun, desprovista de silla, pero con un antiquísimo seis-tiros atado a su flaca cintura. Ante él, sobre el lomo de la mula, sostenía un hatillo envuelto en un desteñido abrigo negro de predicador. Un trozo de cuerda hacía los oficios de brida.
—Muchacho —dijo Tonk—, no será cortés que te lo diga, pero me dejé mis buenos modales en Texas. El hecho de que escondas esta mula y ese revólver cuando te acercas a un pueblo, hace sospechar que son robados.
—El revólver se lo compré a un mejicano con… con mi penúltimo dólar.
Y la mula se limitó a seguirme.
—Es una costumbre que tienen las mulas —comentó secamente Tonk—, especialmente cuando alguien les ata una cuerda al cuello y tira de ella.
Elnathan no respondió, pero mientras proseguía su marcha, sacó su armónica y la emprendió de nuevo con «Bárbara Ellen».
—Conocí a un imbécil que solía cantar esa melodía —dijo Tonk en tono desabrido—. ¡Toca otra cosa o cállate!
—Tonk —Elnathan Calhoun se quitó la armónica de los labios—. ¿Viene usted conmigo en busca del viejo Curly Jack?
—Puede ser. —El vaquero dio una chupada a su cigarrillo—. Curly Jack y yo crecimos juntos, allá en Texas.
—¡Estupendo! —exclamó el joven Calhoun—. ¡Eso puede arreglar las cosas! Temí que Curly Jack pudiera sospechar que soy un espía encargado de introducirme en su banda para hacer que lo detengan. De este modo sabrá que soy persona de fiar, ¿no es cierto?
Tonk McSpadden no respondió. Él y Curly Jack Marcotte habían sido amigos antes de que Marcotte se convirtiera en un bandido. Tonk había pensado que nada se oponía a que fueran amigos de nuevo en los páramos de Nuevo Méjico. La idea había sido una especie de bálsamo para la herida de su corazón… y de su orgullo. Al infierno las mujeres falaces, al infierno el dinero ganado honradamente, al infierno Texas, al infierno todo.
La fama de la salvaje cuadrilla de Curly Jack había llegado hasta Texas… y al parecer también hasta Arkansas. En el corazón de Tonk McSpadden había nacido el ardiente deseo de que aquella fama, unida a su nombre,
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llegara un día a oídos de la muchacha de ojos azules que él había deseado convertir en su esposa… que se enterase del daño que había hecho. Muchos de los forajidos de aquella dura época debían su triste celebridad a un desengaño amoroso.
Tonk McSpadden cabalgaba con un seis-tiros en la cadera, un corto treinta-treinta colgado del arzón de su silla, y sabía cómo disparar con aquellas armas. Lo que Curly Jack había aprendido a hacer, podía aprenderlo también Tonk McSpadden. Empezaría con un espigado muchacho de Arkansas… ¿Por qué no?
Aquella noche acamparon juntos en un barranco a veinte millas de Bosque Largo. Durante la hora que siguió a la cena, el salvaje aullar de los coyotes acompañó a ráfagas las melodías surgidas de la armónica de Elnathan Calhoun… que ahora se guardaba de interpretar «Bárbara Ellen».
El muchacho no tenía saco de dormir. Tonk desplegó el suyo para los dos. —No necesita preocuparse por mí —dijo Elnathan—. Estoy
acostumbrado a dormir al raso.
—Haz lo que te dé la gana —contestó Tonk, dando media vuelta.
Seguía despierto una hora más tarde, cuando el muchacho se introdujo debajo de la cubierta del saco.
—Ahí fuera hace un poco de frío —se excusó—. De todos modos, estaba usted despierto, ¿verdad, Tonk?
Por toda respuesta, el vaquero se limitó a emitir un gruñido. Tonk había visto cómo un perro extraviado se pegaba a un hombre sólo porque éste le dirigía una palabra amable, y luego seguirle a todas partes, le gustara al hombre o no. El muchacho se consideraba ya, al parecer, su «compinche» de aventuras, lo cual, en aquella época, significaba algo más que simple «compañero». De todos modos, en la actitud del muchacho había una buena dosis de admiración, cosa que le disgustaba.
—Tonk —murmuró tímidamente Elnathan en la oscuridad—. ¿Cree usted que el comisario sospechó lo que íbamos a hacer?
—En cuanto oscurece, mi cerebro deja de funcionar —replicó—. ¡Cierra la boca y duérmete de una vez!
Samuel F. Loftis, poco favorecido por la suerte y con escasos conocimientos del negocio ganadero, tenía algunas dificultades con su toro… un mal asunto para un granjero que sólo disponía de una delgaducha hija de catorce años, montada en un caballo de labor, para ayudarle a manejar la vacada. Con el dinero que le había prestado el banco de Tuloso, capital del
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condado del mismo nombre, Loftis había iniciado un pequeño negocio ganadero: treinta vacas centonas y un toro semental de temperamento arisco, al cual Janie, con su juvenil fantasía, había bautizado con el nombre de Sir Roanyred.
Ahora, estando a cinco millas del hogar con la vacada, el toro les había puesto en un aprieto: había burlado la vigilancia de Loftis y de su hija y se había metido en un cañaveral pantanoso, del cual no le inducían a salir ni las piedras que le arrojaban, ni los juramentos de Loftis ni las cariñosas admoniciones de Janie.
Desde lo alto de un promontorio cercano, Tonk McSpadden resumió su punto de vista a Elnathan Calhoun:
—Cuando uno se halla dispuesto a convertirse en un forajido, no debe ayudar a nadie a salir de un atolladero. Debe continuar su camino, sin volver la vista atrás.
Elnathan se puso la armónica en el bolsillo.
—¡Mire! —exclamó—. ¡Aquello parece una muchacha! —Para ser tan joven —dijo Tonk—, tienes la vista muy aguda.
En vez de «continuar su camino, sin volver la vista atrás», Tonk dirigió su caballo hacia el cañaveral, seguido por Elnathan. Al ver acercarse a los dos jinetes, Janie Loftis se escondió detrás de su caballo, avergonzada de que la vieran con zahones.
—Parece que está usted en un apuro —dijo Tonk, dirigiéndose al granjero.
—¿En un apuro? ¡Por menos de nada le pediría prestado su revólver y lo vaciaría en la cabeza de ese condenado animal!
—Un toro muerto no les sirve de nada a las vacas —observó Tonk—. Lástima que mi lazo no alcance hasta donde se encuentra: podría arrastrarlo hasta aquí.
—¡Tonk! —gritó Elnathan Calhoun, al tiempo que descabalgaba—. ¡Tenga el lazo preparado!
Ante la sorpresa de los tres, el muchacho se adentró en el fangal, saltando de un rodal de hierba a otro. Cuando había avanzado unos diez metros, las pezuñas delanteras de Sir Roanyred empezaron a escarbar en el fango. Su cola se puso erecta y su cuello se hinchó peligrosamente.
—¡Cuidado! —gritó Janie Loftis—. ¡Se prepara para atacar!
Elnathan Calhoun cogió un puñado de barro y lo arrojó con tanta puntería, que fue a estrellarse entre los dos ojos de Sir Roanyred. Tal vez existan sistemas más provocativos para insultar a un toro furioso, pero Sir Roanyred
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debió considerar aquél más que suficiente. Con un terrorífico bufido, agachó la testuz y se dispuso a embestir.
Elnathan retrocedió, en busca del suelo firme, mientras gritaba:
—¡El lazo, Tonk! ¡Prepárese a lanzarlo!
El fango dificultaba el avance del muchacho y el del toro, aunque el animal ganaba terreno a ojos vistas.
Cuando se hallaba a unos seis metros del suelo firme, Elnathan puso un pie en falso y quedó semihundido en el pantano. Un afilado cuerno destrozó el faldón de su camisa, rozando al propio tiempo una pulgada de carne viva. Mientras el toro balanceaba su maciza testuz disponiéndose a embestir de nuevo, el lazo de Tonk quedó repentinamente enrollado a la base de sus cuernos, y un segundo después el animal estaba en el suelo.
En respuesta a esta nueva injuria, el toro salió rápidamente del fangal y se dispuso a embestir al caballo de Tonk. Pero aquel astuto corcel de Texas se las había visto antes con astados belicosos. Esquivó airosamente la ciega embestida, mientras Tonk, lanzando un salvaje alarido, como en sus mejores tiempos de vaquero, ponía patas arriba al enfurecido toro, que sintió desaparecer inmediatamente sus ansias de lucha.
Tonk obligó al toro a correr unos metros detrás de su caballo, para que acabara de desahogar todo su mal humor. Cuando los resoplidos de Sir Roanyred hubieron perdido virulencia, detuvo el caballo.
—En Texas sabemos cómo hay que tratar a los animales díscolos —dijo
—. Serrucho, puedes librar del lazo a nuestro amiguito. No creo que dé más quebraderos de cabeza a esta buena gente.
El vaquero tenía razón: Sir Roanyred se colocó mansamente a la cola de la vacada, sin dirigir una sola mirada hacia atrás.
—Le agradezco muchísimo su intervención —exclamó calurosamente el granjero—. Mi nombre es Sam Loftis. Esta es mi hija Janie. A no ser por ustedes, se nos hubiera echado la noche encima en este lugar, Mr…
—Smith… John Smith. No, dejémoslo en Bill Jones. Hay ya demasiados vagabundos que cabalgan bajo el sombrero de John Smith —exclamó Tonk —. Mi compañero atiende por el nombre de Caballero Casanova cuando no desea que le localice el sheriff, pero creo que será mejor que le llamen Johnson.
—Nos sentiríamos muy honrados si aceptaran pasar la noche en nuestra casa —ofreció Sam Loftis.
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—Muchas gracias —respondió Tonk—. Es usted muy amable, pero a nosotros nos gusta cabalgar de noche, ¿no es verdad, Johnson?
—¡Válgame el cielo! —exclamó Elnathan—. ¿Se ha vuelto usted loco?
A los ojos de Sam Loftis asomó una sombra de preocupación. La sospecha y el temor lucharon con su innata buena disposición… y perdieron la batalla.
—Muchachos —dijo amablemente—, no me importa en absoluto el motivo que les induce a ocultar sus verdaderos nombres. Pueden pasar la noche en mi casa… y bienvenidos a ella.
—Sí, por favor —intervino tímidamente Janie—. Nunca tenemos invitados. Con ese Curly Jack Marcotte y su cuadrilla aterrorizando la región, mamá no se atreve a abrir la puerta a ningún forastero.
—¡Cállate, niña! —dijo Loftis en tono cariñoso.
«Aquí está de nuevo —pensó Tonk—. Curly Jack… un nombre para ser susurrado con temor; una nube de terror planeando sobre una tierra soleada. ¿Qué diablos te importa a ti, Tonk McSpadden?»
En voz alta, dijo:
—¿Te das cuenta, Serrucho? No podemos rechazar su amable invitación. De acuerdo, vamos a llevar la vacada hasta la casa… y a comprobar si la mamá de este pajarito sabe confeccionar unos buenos bizcochos.
La mamá del pajarito confeccionaba unos bizcochos excelentes. Acompañados de huevos fritos con jamón, eran maná y ambrosía. La mirada cargada de sospechas de Mrs. Loftis se dulcificó cuando su esposo y Janie le hubieron contado, a ella y a tres chiquillas de ojos grandes más pequeñas que Janie, cómo se las habían arreglado los forasteros para sacar el toro del fangal.
—Estuvo a punto de cornear a Serrucho… quiero decir a Mr. Johnson, mamá —Janie obsequió a Elnathan con una sonrisa de admiración—. ¡Estuvo a dos dedos de la muerte!
—Nada de eso —denegó modestamente Elnathan, al tiempo que untaba de mantequilla otro bizcocho—. No fue más que un truco que solía emplear en Arkansas para inducir a acercarse a las reses testarudas. Sabía que el lazo de Tonk le atraparía antes de que llegara a cornearme.
—Mr. Johnson toca también la armónica, mamá… y lo hace estupendamente.
—¡Magnífico! —La sonrisa de Mrs. Loftis se hizo cálida y maternal—. Tal vez después de cenar quiera obsequiarnos con un concierto. Pásale los bizcochos a Mr. Jones, Janie.
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Mientras Janie y su madre fregaban los platos, Elnathan Calhoun se sentó en el umbral de la puerta y empezó a tocar la armónica: las melodías que interpretaba, incluso «Bárbara Ellen», habían perdido su anterior melancolía.
En la fría oscuridad del exterior, lo bastante apartados de la cocina para que sus voces no pudieran ser oídas desde ella, Tonk McSpadden confesaba sus preocupaciones a su huésped.
—Mr. Loftis —empezó—, no ignora usted que mi nombre no es Jones. No importa cómo me llame. Lo que importa es que ese muchacho se ha pegado a mí como un perrillo extraviado… y ello no le reportará ningún beneficio.
—Lo dudo, joven.
—Escuche, Mr. Loftis: cuando un hombre hecho y derecho escoge un camino, sea equivocado o no, sólo le incumbe a él mismo. Pero ese muchacho de Arkansas no es más que un chiquillo descarriado, con la cabeza llena de pájaros y una infantil sed de aventuras, y corre el peligro de escoger un camino erróneo. Quiero pedirle que le acoja en su casa, le dé trabajo y comida, y sea como un padre para él. A cambio, él hará por usted algún día lo que haría un hijo.
—Me intriga usted, joven —respondió lentamente el granjero—. Pero haré lo que me pide… si el muchacho quiere quedarse.
—Haga lo que voy a decirle: oblíguele a dormir dentro de la casa. Dígale que yo no puedo soportar sus infernales coces mientras duerme. Por la mañana, cuando se despierte, estaré muy lejos de aquí. Muchas gracias, Mr. Loftis. Y, ahora, buenas noches.
—Un momento, Jones, Tonk, o como quiera que se llame usted. —El tono del ranchero se hizo repentinamente serio—: No quisiera parecer demasiado curioso, pero hay una cosa que desearía saber: ¿está usted espiando por cuenta de Curly Jack Marcotte?
—Es usted lo bastante listo para saber que si fuera así no se lo confesaría. —Si Curly Jack atracara el banco de Tuloso —dijo lentamente Loftis—, me arruinaría por completo, lo mismo que otras gentes honradas de estos
alrededores.
—Por lo que he oído decir —replicó secamente Tonk—, ningún banco está a salvo si Marcotte merodea por sus cercanías. En lo que a mí respecta, Mr. Loftis, puedo decirle que sólo me interesan mis propios asuntos.
El ranchero pareció desconcertado.
—Estoy convencido de ello —murmuró—. De todos modos, estaba dispuesto a sacar del banco mis ahorros… si es que llego a tiempo.
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Con sus edificaciones de adobes, las más antiguas, y de madera de pino, las más modernas, el pueblo de Tuloso, territorio de Nuevo Méjico, reposaba placenteramente y con cierta prosperidad como un oasis en el centro de un valle rodeado de altas mesetas rocosas.
Al dejar el hogar de los Loftis, Tonk había decidido dar un amplio rodeo, a fin de que el muchacho de Arkansas perdiera sus huellas, si por casualidad se le ocurría seguirle. Seguro de haberlo logrado, el vaquero acababa de darse cuenta de que había sobrestimado el alcance de su saco de provisiones y cabalgaba hacia Tuloso para llenarlo de nuevo.
Mirando hacia el pueblo, desde lo alto de una colina, recordó otros pueblos similares hundidos entre las colinas de su lejana Texas, y una oleada de nostalgia invadió su pecho.
¿Hasta dónde debía cabalgar un jinete solitario para escapar a la amargura de los recuerdos? ¿Hasta qué punto debía endurecerse para que se cicatrizara por completo la herida de su corazón? Lo que había hecho para poner al muchacho de Arkansas en el camino recto, acallaba cualquier posible escrúpulo de su conciencia. En cuanto a sí mismo, se hallaba a punto de convertirse en un forajido. Al día siguiente, por la noche, habría alcanzado la guarida de Curly Jack Marcotte, y, para bien o para mal, la suerte estaría echada.
—¡Eh, Tonk! —La mula rojiza de Elnathan Calhoun se acercaba envuelta en una nube de polvo—. ¡Válgame el cielo! Si llego a imaginar que iba usted a jugarme esa mala pasada, le ato a usted al pesebre en vez de atar a la mula. Es inútil que trate de librarse de mí: donde usted vaya iré yo… y… y nada podrá detenerme.
—Por todos los diablos del infierno —exclamó Tonk—, que voy a llevarte a la presencia de Pete Hadlock para denunciarte por el robo de esa mula…
Elnathan se limitó a hacer una mueca que no expresaba nada. Cabalgaron en silencio, uno al lado de otro, en dirección a Tuloso. A la entrada del pueblo ataron sus monturas a la sombra de unos chopos y avanzaron a pie por una de las calles en busca de un almacén.
Al llegar a la primera esquina, Tonk reconoció el carromato de Sam Loftis, parado junto a la acera. Con toda seguridad, el ranchero se había decidido a retirar sus ahorros del banco, tal como había sugerido. Enfrente mismo del Banco de Tuloso, un sujeto barbudo sujetaba las riendas de cinco caballos ensillados con una mano, en tanto que con la otra empuñaba un pavoroso revólver. Cerca de él, un segundo hombre[1] que vestía una camisa
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negra mantenía a otros dos y a una mujer de cara a la pared, con los brazos levantados, bajo la amenaza de su seis-tiros.
El sujeto que estaba al cuidado de los caballos apuntó con su revólver a los recién llegados.
—¡Poneos cara a la pared y levantad los brazos, muchachos! —ordenó en un tono de insolente confianza—. ¡Curly Jack está en el pueblo!
La advertencia hablaba por sí misma.
En el interior del banco sonó un disparo. Tres hombres salieron corriendo. Dos de ellos acarreaban unos pesados saquitos. El tercero arrastraba a una coceante y enfurecida Janie Loftis, utilizándola como escudo contra un posible ataque.
La repentina salida de los forajidos excitó a los caballos, y el bandido que los sujetaba apenas pudo contenerlos.
—¡Aguanta el tipo hasta que estemos montados, Cuff!
La voz del jefe tenía un acento que resultó familiar a los oídos de Tonk McSpadden, y le hizo comprender inmediatamente de qué lado estaba. Su mano descendió hacia su revólver.
—¡La armónica, Serrucho! —murmuró en voz baja por encima de su hombro—. ¡Hay que espantar a los caballos!
Elnathan Calhoun captó inmediatamente la idea.
Cuando la armónica emitió su primer pitido, los inquietos caballos perdieron definitivamente la cabeza. Uno de ellos golpeó con su flanco la mano libre del hombre que los sujetaba, de modo que su disparo contra Tonk McSpadden se perdió en el vacío. Otro arrastró en su huida al bandido que aprisionaba a la muchacha, derribándole al suelo.
Viéndose libre, Janie no perdió el tiempo. Cogiendo el revólver del derribado, le golpeó en la cabeza con el arma al tiempo que el anticuado seis-tiros de Elnathan Calhoun, tras fallar en su intento de hacer fuego, se hundía en el cráneo de otro de los forajidos. Un tercer asaltante cayó con ambas piernas agujereadas por un balazo de Tonk.
Dos de los bandidos consiguieron montar y huir como alma que lleva el diablo, calle abajo. La última bala del revólver de Tonk McSpadden alcanzó a uno de ellos. El otro se dio de manos a boca con un jinete que llegaba tarde, pero no demasiado tarde. El comisario Hadlock, cuando no estaba dedicado a lucir su figura, sabía disparar…
La lucha terminó tan rápidamente como había empezado, y el último atraco de Curly Jack Marcotte se saldó con la muerte de uno de la banda y la captura de otros cuatro, tres de ellos heridos.
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Janie Loftis se detuvo a dar un rápido abrazo a Elnathan Calhoun, y luego salió corriendo al encuentro de su padre, que apareció en la puerta del banco en brazos de dos empleados cuyos rostros estaban blancos como la cera. Mr. Loftis sangraba aparatosamente de una herida de bala en la pierna…, su recompensa por haber tratado de evitar el atraco.
Tonk dirigió una breve mirada al rostro del bandido de pelo rizado al que en otros tiempos había conocido como un honrado vaquero.
—Bien, Serrucho —dijo—, ahora ya sabemos a qué atenernos respecto a la vida de los forajidos.
—Injun —dijo el comisario Hadlock, y en su voz no había el menor acento de desprecio—, tú y el muchacho acabáis de hacer un buen trabajo. Si uno de vosotros desea darme un coscorrón por mi estúpida conducta de hace unos días, lo aceptaré de buena gana.
—¡Válgame el cielo! —exclamó Elnathan Calhoun—. Lo que voy a hacer es salir pitando, antes de que el comisario descubra que he robado una mula…
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DILIGENCIA A YUMA
MARVIN DEVRIES
E N cuanto la diligencia penetró en el cañón, Tate Ibsen empezó a sentirse preocupado. No podía explicarse los motivos de su preocupación. Sus
ojos inquietos recorrieron las altas paredes de roca, sin ver nada anormal, pero no por ello desapareció su sensación de incomodidad. No se atrevió a hablar de ello, aunque la necesidad de decir algo le empujó a comentar el terrible calor que hacía, cosa que todos los ocupantes de la diligencia, desgraciadamente, habían tenido ya ocasión de comprobar.
—El infierno debe ser algo parecido a esto. ¿No le parece, Miss Quimby? Miss Quimby había oído muchas estupideces en los últimos días, pero aún
no había conseguido habituarse a ellas.
—No… no lo sé, realmente —respondió, tratando de mostrarse cortés y severa al mismo tiempo.
La diligencia se dirigía a Yuma. Tate Ibsen era uno de sus seis pasajeros. Prefería ir a caballo. No le gustaba viajar en diligencia. Por regla general, entre los viajeros no faltaba un crío llorón o una dama neurasténica. Pero en esta ocasión su negocio le llevaba muy lejos y se había visto obligado a apechugar con los inconvenientes de aquel medio de locomoción.
No había ningún niño llorón entre los pasajeros, pero estaba la pequeña Miss Quimby, con su sombrilla pasada de moda, y estaba el doctor, reventando las costuras de su traje y con su rostro de borrachín. El doctor, aferrado a su botella de whisky, estaba sentado junto a Ibsen. Miss Quimby, que no ocupaba más espacio del que hubiera ocupado una escoba, estaba en el rincón opuesto. Watts, con una estrella de comisario prendida al pecho, y Deuce, su prisionero, el cual tenía una pierna estirada, estaban sentados enfrente de Ibsen. El sexto pasajero, un muchacho mejicano muy endomingado, iba al lado del conductor. De cuando en cuando se le oía hablar en español con el auriga. El muchacho se dirigía a la escuela de una Misión de Faraway, que era también el punto de destino de Miss Quimby. Ibsen sumó
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dos y dos, y llegó a la conclusión de que uno era el alumno y otra la profesora.
Oleadas de intenso calor invadían el interior del vehículo. Miss Quimby abanicaba sus ásperas mejillas y sus ojos enrojecidos con un pañuelo húmedo. El doctor bebió otro trago. Ibsen le vio mirar pensativamente el contenido de la botella a punto de vaciarse. El comisario se quitó el sombrero y se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. El esposado prisionero movió la pierna que tenía estirada, la cual fue a chocar con las botas de Ibsen.
—Lo siento —murmuró Ibsen.
Deuce le miró y empezó a decir algo. El comisario le dio un fuerte codazo y le dijo que se callara.
—No molestes a los pasajeros —rezongó.
—No molesto a nadie —replicó Deuce—. Son ellos los que me molestan a mí. Ese cabezón…
—Ha sido culpa mía —dijo Ibsen amablemente.
—¡Váyase al diablo! —exclamó Deuce—. Ande, golpéeme la pierna cuanto guste. No me importa tener piernas o dejar de tenerlas.
—No diga eso —respondió Ibsen—. Pueden hacerle más falta de lo que usted cree.
—Sí, para patalear debajo de una soga.
Miss Quimby se inclinó hacia delante para ver mejor al prisionero. —¿Qué es lo que has hecho, hijo mío? —preguntó en tono cariñoso. —Deuce la miró fijamente y susurró:
—Asesinato. —Alzó sus esposadas manos y pasó uno de sus dedos por su garganta—. Ya sabe, el cuello rebanado… ¡zas!… con un cuchillo. Pero yo no lo hice.
—De todos modos —dijo Ibsen—, tiene usted un buen motivo para hacer este viaje. No puede usted impedirlo. En cambio, nosotros que lo hacemos por nuestra propia voluntad no demostramos muy buen sentido. ¿Por qué viaja usted en esta diligencia, doctor, si no es indiscreta la pregunta?
El doctor enrolló la pesada cadena de oro que pendía de su chaleco alrededor de su dedo índice y meditó unos instantes antes de responder. Su rostro enrojeció ligeramente.
—Estoy buscando un lugar donde establecerme —terminó por decir—. Me encuentro algo cansado de la vida normal, ¿comprende? ¿Y usted? —La pregunta fue como una especie de boomerang.
—Voy a ser tan sincero como usted, doctor —respondió Ibsen—. Tengo un amigo en el penal de Yuma y voy a tratar de sacarlo de allí. —Volvió sus
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sardónicos ojos hacia el comisario, esperando su comentario.
—Nadie saca a nadie del penal de Yuma —dijo Watts.
—Sin embargo, algunos lo intentan, por amistad —replicó blandamente Ibsen.
Deuce deseaba fumar, y Watts, con estudiada lentitud, lió un cigarrillo, pero cuando hubo terminado de hacerlo se lo puso en la boca, lo encendió, y arrojó una bocanada de humo al rostro de Deuce, sonriendo a los demás pasajeros.
—Siempre he dicho que no hay nada demasiado bueno para un hombre que va destinado al penal de Yuma. Tengo un corazón muy tierno.
—Su sentido del humor es admirable —dijo el doctor. Su voz sonó como si admirara sinceramente al comisario, pero sus ojos desmentían esa impresión.
Ibsen pareció a punto de decir algo, pero se arrepintió y volvió su curiosidad hacia Miss Quimby.
—Si no me equivoco, es usted maestra de escuela.
Miss Quimby asintió.
—Voy a ejercer mi profesión en Faraway.
—Comprendo. —Ibsen conocía el lugar. Estaba en una región poco poblada, y no creía que en todo el distrito hubiera más allá de media docena de chiquillos. La pobre mujer no tenía la más leve idea, y él quiso prepararla un poco—. Incluso en un lugar pequeño como ése —le dijo—, se encontrará usted, probablemente, con alguien dispuesto a aprender. En todas partes hay gente deseosa de recibir enseñanza. ¿No opina lo mismo, doctor?
—Desde luego —respondió el doctor.
—Mi trabajo es parecido al de un misionero —dijo Miss Quimby—. Sé que ahora, por ejemplo, me dirijo a un lugar muy poco poblado.
Lo dijo con cierta satisfacción, pero Ibsen se dio cuenta de que detrás de sus palabras había el mismo orgullo que manifestaba el doctor, y se imaginó perfectamente el desaliento que la invadiría en cuanto llegara a Faraway. Procedía de un lugar donde la habían acogido mal, y se dirigía a otro donde la acogerían aún peor. Su viaje era la retirada de un vencido, el último movimiento desesperado en el que había todo el orgullo que le quedaba, pero no podía evitarlo, igual que Deuce, con sus manos esposadas, no podía evitar el ser conducido a Yuma.
—Estoy convencido de que allí la necesitan a usted —dijo Ibsen tratando de que sus palabras sonaran en un tono convincente.
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—Es mejor edificar escuelas para los chiquillos que cárceles para los hombres —afirmó el doctor—. ¿Eh, Deuce?
—Puede ser —convino Deuce.
—Existe un único bien —insistió el doctor—, la enseñanza; y un único mal, la ignorancia.
—Diógenes —dijo Miss Quimby, con los ojos brillantes.
El doctor se echó a reír.
—El hombre con la linterna, y Eliza Cook. Señora, si encuentra usted allí un solo chiquillo al que pueda enseñarle algo, su misión será más fructífera que la cualquiera de nosotros. ¿No lo cree usted así, Ibsen?
A pesar de que estaba muy lejos de creerlo, Ibsen asintió.
—En cualquier caso, procuraremos que llegue usted allí sana y salva, ¿verdad, doctor?
—Usted y el chiquillo llegarán allí como la esperanza del futuro —afirmó el doctor.
Cuando Tate Ibsen volvió a mirar hacia las paredes del cañón, divisó un reflejo solar sobre un brazo moreno apoyado contra una roca. El brazo se deslizó hacia atrás mientras lo miraba, con un movimiento parecido al de una serpiente, y desapareció. Ibsen juzgó llegado el momento de hablar a sus compañeros de viaje de lo que había visto. Al cabo de unos instantes, ordenó al conductor que detuviera el vehículo. Éste obedeció sin recelar nada, ya que de cuando en cuando alguno de los viajeros debía apearse imprescindiblemente.
El conductor descendió del pescante, entregando las riendas al chiquillo mejicano que se enorgulleció ante esa muestra de confianza. Ibsen se alejó un poco e hizo una seña al conductor para que le siguiera. Cuando estuvieron fuera del alcance de los oídos de los demás viajeros, le contó lo que acababa de ver.
Boggs no pareció impresionado.
—Nunca se han metido conmigo —dijo—. Además, por estos alrededores no hay indios.
—Yo he visto uno —insistió Ibsen.
—¡Por todos los diablos del infierno! —estalló Boggs—. Un apache, bueno o malo, no tiende una trampa.
—De todos modos —dijo Ibsen—, creo que será mejor que el chiquillo pase al interior de la diligencia y yo viajaré en el pescante, por lo menos hasta que hayamos atravesado el cañón.
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El chiquillo renunció a su asiento de mala gana, y Boggs le prometió que más tarde volvería a ocupar aquel lugar.
—Este señor necesita tomar un poco el aire —le explicó.
Subió al pescante, mientras Ibsen se instalaba a su lado. El cañón tenía la forma de embudo, y la diligencia viajaba por el sector más estrecho. El camino estaba muy próximo a la pared meridional. Ibsen, sin dejar de vigilar las alturas, vio otra forma morena y preparó su rifle. Antes de que pudiera utilizarlo, hirió su oído el silbido de una flecha, que fue a clavarse entre las costillas del conductor, junto al sobaco. Boggs se desplomó del asiento antes de que Ibsen pudiera sujetarlo y cayó de cabeza al suelo. Otra flecha hirió a una de las mulas, haciéndola desplomarse, mientras el resto del tiro se detenía bruscamente, en un confuso montón. No fueron disparadas más flechas ni apareció ningún otro indio.
Ibsen agarró el rifle y saltó del pescante. Tomó el rifle de las manos de Boggs y penetró en el interior de la diligencia con las dos armas.
—Que no se mueva nadie —advirtió—. Manténganse apartados de las portezuelas. Si se les ocurre bajar, nos darán trabajo.
A pesar de esta orden, el doctor descendió del carruaje para echar una mirada al cuerpo de Boggs.
—No sirvo para disparar un rifle —dijo—, pero soy médico.
—Temo que no le sirva de nada en este caso —declaró Ibsen, que le había acompañado, dirigiéndose a aquietar las mulas.
El animal alcanzado por la flecha estaba muerto. Ibsen cortó los arreos y trató de atarlos a los de la otra mula delantera. En aquel momento silbó otra flecha, alcanzando a una segunda mula. Las dos restantes se sintieron atacadas por el pánico. Se agitaron nerviosamente, tratando de librarse de sus ataduras. Ibsen sacó su cuchillo y cortó las correas, para dejar sueltos a los animales. Luego regresó al interior de la diligencia.
El chiquillo quedó sentado entre Ibsen y el doctor. Las manos de Watts estaban temblando. Ibsen comprendió que no serviría para nada en una lucha seria.
—Dos de las mulas están muertas —anunció—, y me he visto obligado a soltar a las otras dos. Si salimos de aquí, tendremos que hacerlo a pie, pero entretanto debemos protegernos de las flechas permaneciendo en el interior de la diligencia. No creo que los indios se atrevan a bajar.
Miss Quimby abrió su enorme bolso y sacó un frasquito de sales, que se aplicó a la nariz. Después de aspirarlo profundamente, lo ofreció a sus compañeros.
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—Tal vez más tarde, señora —dijo Ibsen, con una apagada sonrisa. Estudió las paredes del cañón y luego dijo al chiquillo que echara un vistazo, pensando que sus juveniles ojos podían ser más agudos que los suyos, pero ninguno de ellos pudo divisar el menor signo de vida.
—¿Quiere usted echar un trago, Watts? —preguntó el doctor, comprendiendo que el comisario lo necesitaba.
Watts aceptó el ofrecimiento, y echó un largo trago.
—¡Basta! —dijo jovialmente el doctor—. Va usted a acabar con la botella.
El chiquillo puso sus manos juntas entre sus rodillas, muy quieto y muy atento a lo que ocurría, pero sin dar la menor muestra de temor. Miss Quimby, asimismo, se había hecho a la idea de mostrarse valerosa. Si había llegado su última hora, quería morir como una dama, oliendo su frasco de sales.
Ibsen se echó el sombrero hacia atrás y se rascó la cabeza.
—No creo que haya muchos indios ahí arriba. Sí se sintieran bastante fuertes, ya habrían bajado. Supongo que sólo tratan de divertirse un poco. De no ser así, hubieran disparado contra mí en vez de hacerlo contra la mula. —Hemos de salir de aquí —murmuró Watts, pálido como un cadáver.
Deuce se echó a reír en sus narices.
—Tendrá que soltar al prisionero, Watts —dijo Ibsen—. Podemos necesitarle. —Cogió el rifle de Boggs y se lo tendió a Deuce.
Watts agarró el arma por el cañón y la apartó.
—No se le ocurra darle ese rifle. ¿Qué cree usted que está haciendo? —Estoy tratando de que salgamos de esta situación lo mejor librados
posible —dijo Ibsen, sin perder la paciencia—. No me gusta atribuirme el papel de jefe, pero en estos momentos deben ustedes obedecerme.
—No seré yo quien lo haga.
—¿Qué opina usted, doctor?
El doctor frunció los labios.
—Deseo hacerle una pregunta. Tengo la impresión de que ha emprendido usted este viaje para ayudar a escapar a Deuce. Ese jaleo acerca de la pierna del preso no me sonó a sincero. Y me parece que ahora deberíamos saber qué es lo más importante para usted en este momento: nuestras vidas, o ayudarlo a escapar, si es eso lo que quiere usted hacer.
Ibsen vaciló un breve instante, pero terminó por asentir.
—Desde luego, esa es mi intención. Tengo caballos dispuestos a la salida del cañón. Deuce es amigo mío. Es, también, el mejor tirador que conozco.
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Por eso deseo que el comisario deje sus manos libres. Lo que ahora importa es librarnos de los indios.
Watts no esperó a conocer la opinión del doctor. Alzó su revólver y apuntó directamente a Ibsen.
Ibsen no hizo el menor movimiento.
—Yo no haría eso —dijo—. Este no es el mejor momento para armar jaleo. Deje libre a Deuce, y cuando hayan desaparecido los indios podrá usted esposarlo otra vez y entonces discutiremos la situación.
Watts no atendió a razones.
—Vamos a bajar del coche. Andará usted delante de mí. Los indios se han marchado ya.
El doctor empinó la botella. Echó un largo trago y luego, inesperadamente, golpeó fuertemente el brazo de Watts. El revólver cayó al suelo, siendo inmediatamente recogido por Ibsen.
—Gracias, doctor —dijo—. Ha hecho usted un buen trabajo.
—Sé cómo utilizar una botella —reconoció modestamente el doctor—. Confieso que no me gustaba la idea de verle a usted desarmado en la situación en que nos encontramos. No debí hacerle aquella pregunta. La cosa era evidente.
Ibsen abrió las esposas. Entregó un rifle a Deuce y obligó a Watts a volverse de espaldas. Quiso dar el revólver al doctor, pero éste dijo que el chiquillo sabría manejarlo mejor que él.
—¿Cómo te llamas, hijo mío?
El chiquillo respondió que se llamaba Porfio, igual que su tío muerto.
—¿Podrás manejar un revólver?
—Sí.
—De acuerdo. Si bajan los indios a atacarnos, dispara rápido. Pero aguarda a que estén lo bastante cerca. Es el único modo de que esta arma sea eficaz.
—Lo sé —dijo Porfio.
—Siento lo ocurrido —declaró Ibsen, dirigiéndose a Miss Quimby.
Miss Quimby asintió con la cabeza, sin hablar.
—A propósito, no deben preocuparse por la pierna de Deuce —explicó Ibsen—. Recibió una herida en ella, pero ya está curada. Simuló lo contrario para que Watts estuviera más confiado, creyendo que no podía moverse con rapidez.
En aquel instante, otra flecha vino a clavarse en la caja del vehículo, recordándoles el apuro en que se hallaban. Ibsen se asomó por la ventanilla y
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su mirada recorrió las altas paredes. Las mulas habían desaparecido de la vista y el sonido de sus cascos resonaba a lo lejos. Inmediatamente se oyó un salvaje alarido y Miss Quimby se estremeció visiblemente y apretó el húmedo pañuelo contra su boca. Una nueva flecha se clavó en el techo, zumbando siniestramente.
El convencimiento de Ibsen de que la emboscada era obra únicamente de un par o tres de indios se hizo más intenso. Sin embargo, existía la posibilidad de que otros indios vinieran a sumarse a ellos al anochecer. No confiaba en absoluto en la dudosa aserción de que los apaches no atacan por la noche.
—Los caballos de que les hablé se encuentran en un pequeño prado situado a la salida del cañón —explicó—. Porfio, ¿sabrás montar un caballo a pelo?
—Sí, señor.
—¿Y usted, doctor?
—No. No sirvo para nada de todo esto, pero no se preocupe por mí. Trate de salvar a Miss Quimby y al chiquillo. La enseñanza es lo más importante.
Porfio alzó los ojos.
—No quisiera causar molestias debido a mis pocos años —anunció gravemente.
El doctor sonrió.
—¿Se da usted cuenta, Ibsen? —Se volvió hacia Miss Quimby—. Tome al chiquillo de la mano, señora, y procure escapar.
Los ojos de Miss Quimby se ablandaron. Su delgado rostro enrojeció ligeramente.
—Doctor —dijo, olvidándose por un instante de sus temores—, a veces pienso que los niños tienen más necesidad de protección que de enseñanza, pero yo enseño lo que puedo.
Las palabras salieron de su corazón con profunda humildad. Estaba convencida de la eficacia de su labor y su esperanza era inquebrantable.
—Señora —dijo el doctor—, me gustaría volver a ser joven.
Habló en su habitual tono desabrido, de modo que resultó difícil saber si era o no sincero.
Para Ibsen, todo aquello no era más que una charla entre Diógenes y Eliza Cook, pero comprendió sus puntos de vista. La mayoría de los hombres estropean sus vidas inútilmente; Watts con sus temores, el doctor con su afición a la bebida, Deuce con su temperamento, él mismo con su desdén por todo… Especialmente Watts, pensó, con sus estúpidos temores.
Volvió a recorrer con la mirada la pared norte del cañón.
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—No se ve nada —dijo—. Tal vez estemos perdiendo el tiempo, encerrados aquí.
—¿Cree que deberíamos aventurarnos a salir? —preguntó el doctor. —No podemos estar seguros de que no haya indios en el otro lado del
cañón.
Watts sacó la cabeza por la ventanilla y echó una mirada. Recorrió con la vista la pared del cañón, de arriba abajo y de extremo a extremo. Ibsen le contempló despreciativamente, sabiendo lo que bullía en su cabeza. Deuce dirigió a Ibsen una mirada intrigada. Ibsen sacudió brevemente la cabeza, como recordando a Deuce que debía preocuparse de sus propios asuntos. Deuce miró al doctor, que parecía tan desconcertado como él.
—Creo que no deberíamos arriesgarnos todos —afirmó finalmente Watts, sin sombra de rencor en su voz—. Podría intentarlo yo.
—No le pido que lo haga —dijo Ibsen.
—No importa —insistió Watts—. Alguien de nosotros debe arriesgarse. Su tono era de generosidad, mucho más notable después de lo que había
ocurrido, pero el comisario no podía ocultar del todo la asustada expresión de sus ojos, la mirada ávida de un cobarde dispuesto a salvar su vida a costa de los demás.
—No obstante —dijo Ibsen—, existe la posibilidad de que alguien salga de aquí.
—Desde luego —convino Watts, demasiado rápidamente. Estaba claro que sólo pensaba en sí mismo—. Yo me arriesgaré.
Ibsen asintió.
—De acuerdo. Nosotros vigilaremos esa pared y procuraremos detenerlos si salen detrás de usted.
El comisario saltó al suelo en silencio. Permaneció unos instantes inmóvil, sin decidirse a abandonar la protección que ofrecía el carruaje, y finalmente echó a correr, zigzagueando como una aturdida perdiz hasta que estuvo fuera de tiro.
—Supongo que no ignoras que Watts está escapando de nosotros —dijo Deuce.
—Por lo menos, eso es lo que trata de hacer.
Pero Watts no consiguió su propósito. Ibsen vio cómo la flecha se hundía en su pecho. El comisario se desplomó sobre una roca y quedó inmóvil.
—Sabías lo que iba a ocurrir, ¿verdad? —inquirió Deuce.
Ibsen sacudió negativamente la cabeza.
—En absoluto —dijo.
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—Cualquier imbécil podía suponerlo.
—La suposición no nos servía de nada. Ahora tenemos una certeza. —¿Tiene usted realmente caballos a la salida del cañón? —preguntó el
doctor—. ¿O fue sólo un cebo para Watts?
—Los caballos están allí.
El doctor se reclinó hacia atrás en el asiento y miró con expresión desolada su vacía botella de whisky.
—Sin embargo, fue un cebo —dijo—. Yo no hubiera hecho eso, Ibsen. No pretendo hacerle un reproche. Sólo quiero decir que hubiera preferido ir por mí mismo a enviar a otro.
—No lo hice para divertirme, doctor. Trataba de encontrar un modo de que alguno de nosotros pudiera salir vivo de aquí.
—¿Miss Quimby y el chiquillo?
—Posiblemente. Y Watts estuvo a punto de escapar.
—Estoy de acuerdo en que podemos prescindir de Watts más que de cualquiera de nosotros, incluyéndome a mí. Creo que todos nos dimos cuenta de la clase de sujeto que era, aunque un hombre puede ser cobarde en unas circunstancias y valiente en otras.
—Aquí existe una sola circunstancia —replicó secamente Ibsen… —¿Por qué no me envió usted a mí? —Aún estoy a tiempo de hacerlo, doctor.
Pronunció aquellas palabras contra su voluntad, pero estaba obligado a decirlas. Un hombre en peligro de muerte no puede andarse con rodeos. Utiliza lo que tiene a mano para salvar lo que puede, sin importarle el resto. Investiga las posibles vías de escape, y si están cerradas sacrifica lo que sea. No tiene elección.
Pero Ibsen, al margen de la charla entre Diógenes y Eliza Cook, estaba convencido de que debía ocuparse de salvar a Miss Quimby y al chiquillo con preferencia a todos los demás. Los motivos que encontraba para ello eran muy vagos. Un hombre puede decir que los débiles y los desvalidos están bajo el cuidado de los fuertes, pero nadie puede probar con argumentos tal afirmación. Sin embargo, Ibsen no necesitaba argumentar con su convicción, y ahora que sabía que la salida estaba bloqueada, trataba de hallar otra posible solución.
—Creo que lo que preocupa a los indios —pensó en voz alta—, es no saber cuántos hombres estamos aquí. Por tanto, no es descabellado suponer que su número es inferior al número de hombres que lógicamente puede esperarse que viajen en una diligencia.
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—Desean luchar con ventaja, e ignoran si la tienen —dijo Deuce.
Ibsen asintió.
—Pueden ser seis… ocho… diez…
—Si no hay más que ésos, podríamos mantenerles perfectamente a raya en caso de que se decidieran a bajar —opinó Deuce.
—Hablando de luchar con ventaja —continuó Ibsen—, ellos saben que aquí hay un hombre y un chiquillo. Vieron al conductor y el chiquillo en el pescante, al doctor y a mí.
—Y a Watts —añadió el doctor.
—Sí, pero supongo que desde el lugar en que se encuentran no han podido notar la diferencia entre Watts y yo, de modo que han visto a cuatro personas, y dos de ellas están muertas. Quedan un hombre y un chiquillo. Esto les concede todas las ventajas, desde su punto de vista, para bajar a atacarnos. Debemos esperar a ver lo que ocurre.
Esperaron largo rato. El doctor tiró la botella vacía, que se rompió con una pequeña explosión. Deuce se secó el sudor de las manos. Miss Quimby volvió a oler su frasco de sales, cuya intensa fragancia hirió el olfato de los demás ocupantes de la diligencia. Una flecha se clavó en la caja.
—Parece que están impacientes —observó el doctor.
—Más motivos tenemos nosotros para estarlo —afirmó Ibsen—. En cuanto anochezca, nuestra situación se hará más crítica. En la oscuridad no puede apreciarse el punto desde donde son disparadas las flechas.
—Si es eso lo que están esperando, voy a salir —dijo Deuce—. A mí no me cazarán tan fácilmente como a Watts.
—No —replicó Ibsen—. Tú eres el mejor tirador de todos nosotros. Debes permanecer aquí hasta el final.
—En tal caso, debo intentarlo yo —dijo el doctor.
—Temo que sí, doctor.
—De acuerdo. ¿Qué debo hacer?
—Debemos tratar de que los indios crean que usted y el chiquillo son los únicos que quedan aquí. Si sale usted despacio, sin correr, los indios no dispararán hasta ver lo que ocurre. Saldrá usted con el chiquillo. Es un riesgo para él, pero hay que correrlo. Cuando hayan andado unos pasos, el chiquillo regresará aquí y usted se las compondrá como pueda.
—Comprendo su idea —dijo el doctor—. Hay que salvar al chiquillo. Fue el último en llegar y debe ser el último en marcharse. —Sonrió a Miss Quimby—. Y, además, tiene a alguien que velará por él.
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Miss Quimby tragó saliva varias veces antes de poder pronunciar una palabra.
—Procuraré que no le falte, doctor —murmuró.
—Sería mejor que saliera yo —dijo Deuce, mirando a Ibsen.
Ibsen sacudió negativamente la cabeza.
—¿Por qué tiene tanto interés en que se quede? —preguntó el doctor.
—Ya le he dicho a usted que Deuce es el mejor tirador de todos nosotros.
Hace más falta aquí.
—Comprendo —dijo el doctor—. Vamos, hijo mío.
Sin dejar de gruñir, como si la vejez fuera la mayor de sus preocupaciones, salió de la diligencia, llevando a Porfio cogido de la mano.
Ibsen no quiso mirar. Miss Quimby agarró el mango de su sombrilla hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Deuce ojeó la pared del cañón. El doctor y Porfio avanzaron unos pasos, y luego el chiquillo retrocedió corriendo en busca de la seguridad del carruaje. El doctor siguió andando.
Deuce profirió un juramento y levantó su rifle. Ibsen agarró el cañón y lo inclinó hacia abajo.
—Procura no dejarte ver —dijo—. Ya sabes cuál es mi idea.
—He visto a uno de los indios… Va a…
Repentinamente, el doctor profirió una exclamación. Ibsen le oyó caer.
Miss Quimby sollozó y se tapó el rostro con las manos.
—Pude haberlo impedido —estalló Deuce—. Tú…
—¡Cierra el pico! —ordenó Ibsen—. Si tienes que decir algo, hazlo en voz baja. Y no te dejes ver.
El doctor empezó a moverse de nuevo. Ibsen oyó el sonido de sus botas al arrastrarse. Probablemente andaba a gatas. Otra flecha se clavó en su cadera. El doctor empezó a gritar algo, pero las palabras murieron en su garganta. Miss Quimby trató de bajar del carruaje, pero Ibsen la empujó hacia atrás. No se oyó ya moverse al doctor.
Ibsen tenía siempre gran dominio de sus nervios, y ello le servía de mucho en aquellos momentos. Había que esperar, esperar, esperar… mientras el sol seguía su carrera y las sombras cambiaban de forma en el cañón. Deuce estaba conteniendo su furor, y Miss Quimby alimentaba vivos y encontrados resentimientos. Un salvaje alarido resonó a través del cañón: Ibsen vio unas sombras que se movían a lo largo de la pared meridional. Deuce las vio también y masculló un juramento.
Ibsen contó las sombras: eran ocho, tres que avanzaban por la pared norte del cañón y cinco por la meridional. Como medida de precaución, Ibsen
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añadió mentalmente un par a su cuenta. Supuso que se dirigían hacia el carruaje, esperando no encontrar resistencia. Dijo a Miss Quimby que se tendiera en el suelo, entre los asientos, y ordenó a Porfio que se arrodillara detrás de ella.
—Apoya el revólver sobre la espalda de Miss Quimby —le dijo al chiquillo—. Y no dispares hasta que yo dé la orden. No hay que desperdiciar ni una sola bala. Y tú, Deuce, procura refrenar tu temperamento. Debemos disparar todos a la vez.
Deuce se tendió sobre el asiento, dando frente a la pared norte. Ibsen, en el otro asiento, apuntaba en dirección opuesta. Con el mayor cuidado. Porfio apoyó el revólver en la espalda de Miss Quimby, apuntando al frente. Los apaches no trataban ya de ocultarse. Se acercaban riendo y vociferando, pero de repente, antes de haberse aproximado lo suficiente para que los disparos de los ocupantes de la diligencia tuvieran algún efecto, se detuvieron. Ibsen pensó que había fracasado, a pesar de todas sus precauciones.
—¡Arriba! —susurró Deuce—. ¡Hay uno arriba!
Ibsen alzó la mirada y vio que alguien levantaba una de las tablas del techo de la diligencia. Por el agujero asomó una hacha de piedra y luego un ojo acerado. Ibsen disparó. Se oyó un gemido agónico y el apache rodó por uno de los lados del vehículo, cayendo finalmente al suelo, muerto.
Sus compañeros atacaron furiosamente y las flechas empezaron a penetrar por las aberturas de las puertas y ventanillas.
—¡Dejad que se acerquen! ¡Dejad que se acerquen! —gritó Ibsen. Cuando los indios estuvieron a tiro, dio la voz de fuego. Las tres armas
rugieron a la vez, llenando de humo el interior de la caja.
Un jinete llegó junto al carruaje, pero Ibsen le disparó un tiro en pleno rostro antes de que el salvaje pudiera hacer uso de su maza o intentara abrir la portezuela. Siguieron unos gritos de rabia, de sorpresa y de agonía. La lucha se desarrollaba conforme había previsto Ibsen, incluso en lo relativo a sus temores por el temperamento de Deuce. En aquel momento éste vio algo que le hizo hervir la sangre; y antes de que Ibsen pudiera impedirlo saltó del carruaje. Ibsen no se entretuvo en mirarle. Estaba demasiado ocupado en disparar.
Los atacantes avanzaban y retrocedían como las olas del mar. De pronto, no hubo ya ningún salvaje contra el cual disparar. El ímpetu de la lucha murió repentinamente. Ibsen llamó a Deuce, sin obtener respuesta. Saltó del carruaje y le vio tendido en el suelo, junto a Boggs y a un apache muerto.
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Evidentemente, el apache había tratado de arrancar la cabellera a Boggs. Esto había hecho encender la sangre a Deuce, y al querer evitarlo perdió la vida.
Ibsen se inclinó para recoger el enorme revólver que había pertenecido a Boggs y se lo colocó en la cintura.
«El doctor creyó que le engañaba —murmuró Ibsen—. Si te encuentras con él, Deuce, cuéntale lo ocurrido. Me gustaría que lo supiera.»
Dio una vuelta, contando a los caídos, y luego llamó a Miss Quimby y a Porfio.
—No podemos perder tiempo —les dijo—. He contado a los indios muertos, y creo que dos de ellos han conseguido escapar. Debemos marcharnos antes de que regresen con refuerzos.
El prado donde Ibsen había dejado sus caballos era un pequeño espacio cerrado, con algo de hierba seca y una filtración de agua. Las paredes eran altas y descendían hasta el suelo en una serie de balcones de roca. Las monturas de los caballos estaban ocultas muy cerca.
Los animales acudieron dócilmente a su llamada; Ibsen no perdió tiempo en ensillarlos y obligó a Miss Quimby y al chiquillo a montar en ellos. Los segundos eran preciosos. Los dos apaches que habían escapado trataban, evidentemente, de cortarles el paso en la angosta salida del cañón. Ibsen no tenía ya comisarios ni médicos que sacrificar: sólo podía sacrificarse a sí mismo.
La cosa estaba lejos de ser fácil. Pero Ibsen no podía negarse a ello, a menos, desde luego, que quisiera hacer válidas las sospechas del doctor. El doctor había visto cómo Ibsen dejaba caer el cebo para que Watts saliera del carruaje, y él mismo se había decidido a morder en el mismo anzuelo cuando Ibsen le hubo prometido que salvaría a los inocentes a costa de los pecadores. Ahora no podía faltar a aquella promesa. Y aunque quisiera hacerlo era ya demasiado tarde. Detuvo los caballos cerca de la salida del cañón y señaló hacia arriba.
—Están allí —dijo.
—Sí, señor —asintió Porfio, con acento tranquilo—. Les he visto.
—Voy a subir y trataré de distraer su atención. Cuando vea que tenéis escapatoria, gritaré. En cuanto me oigáis, alejaos rápidamente. No me esperéis. Miss Quimby, ¿podrá usted sostenerse en el caballo?
—Lo intentaré —respondió Miss Quimby.
Ibsen meditó en la conveniencia de dejar a Porfio una de las armas, pero decidió no hacerlo. El revólver de Boggs sólo tenía un cartucho, y no podía
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prescindir del otro para lo que trataba de hacer. Repitiéndoles que aguardaran hasta oír su señal, se alejó:
Al principio, la subida resultó fácil. Ibsen trazó un ancho círculo para mantenerse fuera de tiro, pero no trató de ocultarse, cosa que por otra parte hubiese resultado casi imposible. Mientras ascendía podía ver a Miss Quimby y a Porfio, esperando pacientemente su señal.
La ascensión se hizo más penosa. Ante Ibsen se erguían paredes de roca cortadas a pico, y todo lo que podía hacer era gatear de balcón en balcón. El enorme revólver de Boggs, metido en su cintura, era un estorbo. Enfundó su propia arma de modo que pudiera utilizar ambas manos. No podía ver a los apaches, pero imaginaba el lugar donde se encontraban y cuando juzgó que había llegado a su altura avanzó hacia delante. Sin embargo, antes de haber recorrido cincuenta metros se vio obligado a trepar por otra pared de unos diez pies de altura.
En la subida, perdió su rifle, debido a un paso en falso. A medio camino de la cima, tropezó contra una roca saliente. Tuvo la suerte de no perder pie, pero el encontronazo provocó la salida del rifle de su funda. En su caída el arma fue a chocar contra una roca y uno de los cartuchos estalló.
La explosión repercutió como un trueno de roca en roca y espantó al caballo que montaba Miss Quimby. Porfio hizo lo que pudo por contenerlo, pero el animal salió disparado. Miss Quimby empezó a resbalar de la montura. Porfio corrió para colocarse delante del otro caballo, obligándole a detenerse. Miss Quimby resbaló definitivamente y cayó al suelo. Una flecha se clavó cerca de ella.
Un poco más, y la hubiera alcanzado, pensó Ibsen. Siguió trepando. Por fin consiguió llegar a la parte superior de la pared. Desde allí, los dos apaches eran perfectamente visibles. Corrió hacia ellos.
Los apaches no le oyeron. Uno de ellos estaba vigilando el lugar donde había estallado el rifle, mientras el otro colocaba una flecha en su arco. Abajo, Porfio ayudaba a montar de nuevo a Miss Quimby, cuyas faldas se lo dificultaban. Su figura resultaba ridícula y patética al mismo tiempo.
La situación no era nada favorable para un hombre con un solo proyectil en su rifle, pero Ibsen pensó que existía aún alguna posibilidad de salvación para Miss Quimby y para Porfio. Los apaches no sabían que se acercaba a ellos por la espalda. El accidental disparo les había inducido a sospechar que Ibsen se encontraba escondido en otra parte. Una rápida carrera, y los dos jinetes quedarían libres. Representaba un riesgo, pero era la única posibilidad
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de escapar que les quedaba. ¿Acertarían a comprenderlo así, sin necesidad de que Ibsen les diera el aviso que había prometido?
Ibsen, por su parte, podría retirarse silenciosamente y tratar de encontrar una de las mulas de la diligencia, o, por lo menos, alguna munición para el rifle. Boggs debía ir bien provisto de balas. Sí, esto era lo más razonable que podía hacer, y todo lo demás eran locuras. Pero al instante recordó el brillo que había asomado a los ojos de Miss Quimby cuando el doctor le había dicho que Porfio tendría a alguien que velara por él, y la respuesta que ella le había dado. No, no podía traicionar ahora su confianza.
Corrió hasta el borde de la pared rocosa y lanzó un grito. Los apaches, sorprendidos, levantaron la cabeza. Ibsen miró hacia atrás y vio el estupor que reflejaban los rostros de los dos salvajes. Se escondieron rápidamente detrás de una roca, y, mirando hacia abajo, Ibsen vio que los dos caballos se lanzaban al galope.
Ahora no podía ver a los apaches, pero oyó el sonido de los cascos de sus caballos. Ibsen comprendió lo que intentaban. Uno de ellos se dirigía a la salida del cañón para bloquear a los dos jinetes, mientras el otro atacaría a Ibsen por la espalda. Ibsen sólo tenía un proyectil en su rifle. ¿Por cuál de los dos apaches debía decidirse? ¿Por el que iba al encuentro de los dos jinetes, o por el que trataba de atacarle a él? En el primer caso, renunciaba definitivamente a sus posibilidades de salvación. Alzó el rifle y disparó. El apache que se dirigía a la salida del cañón se desplomó del caballo, como un pájaro herido en pleno vuelo. Su cuerpo cayó rebotando de roca en roca, arrastrando consigo un alud de piedras y polvo.
Su compañero seguía detrás de Ibsen. Sólo era visible él extremo de su arco. Sus labios proferían horribles insultos, pero se mantenía a cubierto. El rifle de Ibsen humeó por última vez. Ahora era una arma inútil, tan inútil como un palo, pero Ibsen la introdujo en su funda. Porfio miró hacia arriba; Ibsen le saludó con la mano, pero el chiquillo no respondió a su saludo. O no le había visto, o estaba demasiado ocupado ayudando a Miss Quimby a sostenerse en el caballo.
«Se han ido, doctor», murmuró Ibsen. Comprendió que con los dos jinetes se iban también Deuce, y Boggs, y aquel Diógenes, e incluso Watts, y el mismo doctor, e incluso él mismo.
El apache asomó la cabeza. Maquinalmente, Ibsen desenfundó el rifle. El apache desapareció rápidamente. La punta de su arco se movió a lo largo del risco, alejándose cada vez más. Luego desapareció de la vista, y, mucho más tarde, Ibsen vio al apache dando la vuelta por el extremo más lejano del
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cañón: iba a todo galope. Ibsen quedó sorprendido, hasta que cayó en la cuenta de que un rifle no está enteramente vacío si el que es apuntado por él no lo sabe.
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ESTRATEGIA FEMENINA
CLIFF FARRELL
F INALIZABA el otoño cuando don Rafael de Soto se presentó montorio, a un extremo de la pradera, y experimentó una sensación de desaliento. La vista de una papalina y unas faldas debajo del arco del pescante le hizo
comprender que los ocupantes del vehículo venían dispuestos a establecerse. La región, reflexionó Eb, estaba labrada de extremo a extremo. Aunque le
doliera admitirlo, estaba obligado a reconocer que los comanches habían servido para algo, después de todo. Por lo menos, habían asustado lo bastante a la gente para que no se les ocurriera establecerse por aquellas cercanías.
Este era el tercer carromato en el espacio de un mes. Iba arrastrado por un par de caballos de labranza y llevaba uncidas dos vacas lecheras a su parte posterior.
El dueño del carromato le informó, con una sonrisa, que procedía de Missouri, lo mismo que su familia. Se llamaba Lute Rasmussen. Habían seguido la ruta militar de Austin. Llevaban seis semanas de viaje, y…
—Cinco semanas, cinco días, menos tres… cuatro horas —le corrigió su esposa, desde lo alto del pescante.
—Cinco semanas, cinco días, mamá —convino Lute, mostrando con ello que no era amigo de discusiones—. Tiene usted una bonita choza, joven leñador.
—Yo la hubiera edificado más cerca de la cresta de la loma —declaró Mrs. Rasmussen—, y más encarada al oeste. Tendría más luz.
Eb fue en busca de un lomo de venado para ofrecérselo a los recién llegados, y Mrs. Rasmussen lo olfateó y declaró que debía llevar colgado bastante tiempo.
—Cazaré un par de patos para ustedes —prometió Eb—. He oído guglutear algunos hace muy poco. Se dirigen ustedes hacia el río Nueces, ¿no es cierto?
Lute asintió.
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—Nos dijeron que por allí hay buena tierra. —Tenía la costumbre de volver sus ingenuos ojos azules hacia su esposa cada vez que afirmaba algo, como buscando la confirmación de sus palabras.
—¿Hay mujeres por aquí? —preguntó Mrs. Rasmussen.
—Aquí no hay ninguna mujer.
El tono con que Eb Irons pronunció esas palabras estaba justificado, hasta cierto punto. Eb tenía sus recuerdos. Recordaba aquella muchacha de Arkansas a la que había conocido un invierno, en Kerrville. Y aquella otra de ojos castaños que había tratado de atraparle en el poblado de Pedernales. Pero Eb había sido más listo que ellas: desapareció antes de que las cosas llegaran demasiado lejos.
Mrs. Rasmussen echó hacia atrás unos rizos rebeldes que caían sobre su frente, Eb se dio cuenta de que su barbilla era muy voluntariosa.
—¿Es usted soltero?
—Soy soltero —asintió Eb. No le sorprendió el belicoso brillo que apareció en los ojos de Mrs. Rasmussen. Eb había pescado lubinas y Mrs. Rasmussen le recordaba ahora a uno de aquellos peces. Todas las mujeres eran iguales. Tuvieran la edad que tuvieran, todas se imaginaban que la soltería de Eb era un reto, y llegaban a la conclusión de que había que hacer algo para remediar aquel estado de cosas.
Eb hizo una seña a Lute, invitándole a que le acompañara a la parte trasera de la cabaña. Una vez allí sacó un recipiente de barro y un vaso de cuero. Llenó un vaso del licor contenido en el recipiente y se lo tendió a Lute.
—¿Qué le parece este whisky? —preguntó—. Me lo traje de Kerrville el mes pasado. Está destilado en Arkansas.
Lute dijo que le parecía excelente. Luego dio una rápida ojeada a su alrededor, sacó algo del bolsillo, rompió un trozo y se lo ofreció a Eb.
—Es corteza de sasafrás —le advirtió—. Será mejor mascarla. Mi esposa la huele a dos millas de distancia.
Los dos la mascaron.
—Conque soltero, ¿eh? —murmuró Lute.
Eb tuvo la desagradable sensación de que en el tono de Lute, mezclada con algo de admiración y de envidia, había una especie de profética advertencia.
—Soy soltero —declaró Eb en tono firme.
—Yo no tenía mucho más de veinte años cuando mamá se casó conmigo —explicó Lute—. Y el próximo enero cumpliré cuarenta y tres.
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—Yo voy a cumplir veinticuatro —afirmó Eb, sin poder evitar que su voz sonara algo jactanciosa.
—¡Lute! —El tono de Mrs. Rasmussen era sumamente imperativo.
A Eb le quedó el tiempo justo para esconder el whisky en el interior de la cabaña, antes de que apareciera la esposa de Lute. La aguda mirada de Mrs. Rasmussen examinó a los dos hombres con aire de sospecha. Acercándose a su marido, olfateó ostensiblemente. Luego dirigió una mirada a Eb que el joven no olvidaría en mucho tiempo.
—Empieza a hacerse tarde y debemos acampar —declaró Mrs.
Rasmussen.
—Aún es temprano, mamá —protestó Lute—. El sol está todavía muy alto. Podemos recorrer media docena de millas más antes de que oscurezca.
—He decidido que nos quedemos aquí —dijo Mrs. Rasmussen—. No creo que en la región del Nueces encontremos mejor tierra que ésta.
Eb se alarmó. Sin embargo, confiaba que Lute se opondría al proyecto de su esposa. Lute le debía algo a cambio de aquel trago de whisky destilado en Arkansas.
Lute trató de cumplir con su obligación.
—Estaremos más seguros en la región del Nueces —dijo, pero era evidente que sabía que estaba perdiendo el tiempo—. Allí hay más colonos, y los Injuns no se atreven a acercarse.
—¡Los Injuns! —murmuró despectivamente Mrs. Rasmussen—. ¿No oíste contar en Kerrville que los Rurales les habían dado un buen escarmiento? No lo olvidarán fácilmente.
Eb se sintió obligado a defenderse por sí mismo.
—No existe ninguna prueba de que no vayan a regresar —dijo—. Y lo mismo puede decirse de los comanches. Aquí les sería muy difícil obtener ayuda. El poblado más próximo es Kerrville, y se encuentra a sesenta millas.
—Usted vive aquí —replicó Mrs. Rasmussen—, y lleva aún una hermosa cabellera.
—Yo soy un hombre —dijo Eb, como si aquello lo explicara todo—. Sé cuidar de mí mismo.
—¡Un soltero! ¡Bah! —exclamó Mrs. Rasmussen—. La ropa se le cae a pedazos y no sabe lo que es un peine. No se distingue mucho de un Injun. Y esta choza parece una pocilga. Lo que usted necesita es una mujer que se ocupe de tenerlo todo en orden.
Era, pensó Eb, una mujer muy obstinada.
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—Un poco más abajo hay una tierra mucho mejor que ésta —insistió—.
No necesitarán apenas labrarla.
—¿A qué distancia? —preguntó Mrs. Rasmussen sin el menor interés.
—A unas cinco o seis millas de aquí.
En realidad, eran diez o doce. Pero Eb juzgó que en el caso presente quedaba justificada una pequeña mentira. Incluso esa distancia le parecía corta. Una presencia como la de Mrs. Rasmussen alborotaría el cotarro en un considerable radio.
—Prefiero quedarme aquí —dijo Mrs. Rasmussen, y Eb comprendió que la discusión había terminado.
Lute, con expresión de perro apaleado, rehuyó encontrar la mirada de Eb mientras regresaban al carromato.
Eb se detuvo en seco, mirando lo que había junto al carruaje. Le entraron unas repentinas ganas de echarse a correr. Empezó a comprender la profética advertencia que encerraba el tono de Lute, unos momentos antes.
La muchacha tenía dieciocho o diecinueve años y llevaba un vestido de percal. Eb tuvo que mirar hacia abajo para contemplarla, ya que no era más alta que un chiquillo. Tenía el largo pelo ondulado y unos encantadores ojos castaños. La naricilla remangada y algunas pecas. Llevaba incluso botines, lo cual indicaba que anteriormente había permanecido escondida en el interior del carromato, sin dejarse ver hasta que se hubo emperifollado. Era el sistema que empleaban todas.
—Vamos a quedarnos aquí, Josie Belle —dijo Mrs. Rasmussen—. Este caballero es Mr…
—Irons —murmuró secamente Eb—. Eb Irons.
Miró de reojo a Lute, y éste aceptó humildemente el justificado reproche que reflejaban los ojos del joven.
Josie Belle se inclinó graciosamente ante Eb. Palmeó la cabeza del perro, pegado a su amo, y luego miró a Eb, y hacia la cabaña de Eb… con mirada calculadora, pensó el joven.
—Será encantador tener un vecino —dijo Josie Belle.
Lo peor del caso es que la muchacha no era fea. Pero las chicas guapas eran las peores. Estaban seguras de sí mismas. Se imaginaban que un hombre caería en sus brazos como una breva madura.
—Eb cenará esta noche con nosotros —dijo Mrs. Rasmussen, dando por sentado que el joven aceptaría la invitación.
Eb trató de defenderse.
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—Había pensado salir al atardecer para apostarme en un lugar frecuentado por los patos —murmuró débilmente.
Pero estaba vencido, y lo sabía. Las buenas maneras le impulsaron a ofrecerse a Lute para ayudarle a descargar el carromato. Y por el tamaño del vehículo calculó que anochecería antes de que hubieran terminado de descargarlo.
No se equivocó. Sus planes para la cacería se vinieron abajo.
Mrs. Rasmussen escogió un lugar situado a un cuarto de milla, junto al riachuelo. Eb se dio cuenta, desalentado por completo, de que su cabaña era perfectamente visible desde aquel punto.
Josie Belle se quitó los botines y el vestido de percal para ayudar a la instalación.
Su madre le encargó que se ocupara de la cocina. Josie Belle, según informó Mrs. Rasmussen a Eb, había sido la mejor cocinera de toda la región del Pike. Por el modo que tuvo de decirlo, pareció como si Lute se hubiera visto obligado a encerrar a la muchacha bajo siete llaves para librarla de las docenas de pretendientes que aspiraban a su blanca mano.
Josie Belle, por su parte, tenía poco que decir. Eb no se enteró de si la muchacha le miraba, ya que puso el mayor cuidado en no prestarle la menos atención.
Josie Belle sabía cocinar. Al menos en esto, su madre no había exagerado la nota. Para demostrar que era un hombre sin prejuicios, Eb reconoció la bondad de la comida que Josie Belle había preparado.
—La cabeza de cerdo no estaba mal —declaró, inclinándose hacia la muchacha—. Y el potaje se podía comer.
—Algún día sabrá de lo que es capaz mi hija —vaticinó Mrs. Rasmussen. Sin embargo, Eb se imaginó que no le sería difícil evitar el peligro. Él era un hombre que tenía mucha experiencia. La chica de Arkansas a la que había conocido en Kerrville era también muy buena cocinera, lo mismo que la de Pedernales. Y tampoco eran feas, ni mucho menos. Pero Eb había sabido escapar a tiempo, aunque le habían impresionado algo… especialmente la de
Pedernales.
Cuando dio las buenas noches a Lute, éste le advirtió:
—Si estuviera en su lugar, joven, escondería aquel whisky fuera de su cabaña. Mi esposa no tardará en husmearlo.
La casa de un hombre, afirmó calurosamente Eb, es su castillo. Podía guardar su whisky donde mejor le pareciera.
—Sólo quiero advertirle —dijo Lute lúgubremente.
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Había salido la luna. Antes de meterse en casa, Eb echó un ronzal a su bayo y salió a dar un corto paseo. En las pacanas alineadas a lo largo del arroyo, los patos silvestres dormían tranquilamente, lo cual indicaba que no había ningún depredador nocturno en la vecindad. Satisfecho de comprobarlo, Eb regresó a su cabaña. Las recientes lluvias habían llenado los charcos de la pradera. Luna llena y charcos llenos; dos cosas que habían impulsado más de una vez a los comanches a bajar de sus colinas. Sin embargo, no hubo ninguna señal de indios al sur del San Saba desde que los Rurales les habían dado aquella lección en el Pipecreek, el otoño anterior. Eb había tomado parte en aquella lucha. En su cabaña, como recuerdos del episodio, guardaba un arco de madera de naranjo y unas cuantas pipas de piedra.
Eb se levantó antes del amanecer. Preparó sus armas: un rifle y un revólver. El revólver era de modelo antiguo, pero mejor, en opinión de Eb, a los nuevos modelos que conocía, más ligeros pero menos seguros.
Ensilló su bayo y se alejó, de la cabaña antes de que saliera la primera voluta de humo del campamento de los Rasmussen. El día anterior había comentado que iría a arar un campo para plantar maíz, pero luego decidió que era preferible que un hombre mostrase su independencia desde el primer momento.
El mundo, pensó, estaba lleno de maizales, y la mayoría de ellos habían sido plantados por hombres que hubieran preferido hacer alguna otra cosa más de su gusto. Cazar antílopes, por ejemplo. O pescar.
Lute Rasmussen, sin ir más lejos, pasaría las mañanas arando sembrando, sin poder gozar del placer de tener una arma en la mano y muchas millas de terreno abierto por delante. Las mujeres esclavizaban a los hombres. Por lo que tocaba a Eb, el maíz podía esperar.
A media mañana alcanzó a un antílope con el tiro más certero que había disparado en su vida. Al mediodía voló la cabeza a un enorme pato silvestre que permanecía escondido entre la sombra del follaje de una pacana. No se había dado mal el día, pensó.
A última hora de la tarde volvió a ensillar el bayo para regresar a su cabaña, cargado con los restos del pato y los cuartos traseros del antílope.
Antes de llegar a la cabaña, Eb supo que alguien había andado en ella. Desmontó y se quedó en pie ante la puerta, con los ojos abiertos por el asombro. El suelo había sido barrido y fregado: todavía estaba húmedo y olía a jabón. Los asientos y la mesa aparecían colocados en orden militar en el centro exacto de la cabaña. En el hogar no había ni rastro de ceniza, y los
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cacharros de cocina herían los ojos con sus brillantes reflejos. Alguien los había fregado concienzudamente con arena. La mayor parte de sus prendas de vestir habían desaparecido.
Lute Rasmussen le sorprendió cuando estaba contemplando aquel desastre. Lute había estado arando todo el día.
—Encontraron también el whisky —murmuró tristemente—. Mamá estrelló el cacharro contra una roca. Ya se lo advertí. Mi esposa me ha mandado traerle estas tortas recién hechas. Insistió en que le dijera a usted que las ha confeccionado Josie Belle con sus propias manos.
Más tarde, Eb recorrió los alrededores de la cabaña. Pudo localizar la mayoría de sus pertenencias, aunque algunas habían sido lanzadas a gran distancia. Las pérdidas, sin embargo, seguían siendo considerables.
Al día siguiente, cuando regresó del arroyo con una ristra de barbos, encontró plegadas sobre la mesa las prendas de ropa que le habían desaparecido, limpias y planchadas. Una camisa de cazador, confeccionada en Kiowa, de la que se sentía especialmente orgulloso, estaba tan rígida como un trozo de madera y había encogido considerablemente. Incluso una mujer de Missouri, pensó rabiosamente Eb, podía pasar su tiempo haciendo algo mejor que estropear camisas a base de jabón y de agua caliente.
Desde la puerta de la cabaña podía ver a Josie Belle trasteando en su cocina provisional, al aire libre. Oh, ya procuraba ella dejarse ver. Estaba cantando algo acerca de un enamorado que moría con el nombre de su amada en los labios. Su voz no era desagradable. Eb tuvo que reconocerlo. Y ella lo sabía, desde luego. Siempre tan segura de sí misma.
A cada minuto que pasaba, Eb sentía unos deseos más imperiosos de huir. Pero también él era testarudo. No era la inconveniencia de trasladarse a unos nuevos pastos lo que le retenía allí. La cosa se había convertido en una cuestión de principios. Tenía que demostrar que a él no le atrapaba ninguna mujer, aunque fuera tan guapa como Josie Belle.
De todos modos, no tenía prisa. Podía permitirse permanecer allí hasta la época de la caza. Entonces tendría un pretexto justificado para huir a las colinas.
Eb se quedó. Ayudó a Lute a cortar los troncos y a levantar las paredes de su casa.
Los ojos de Josie Belle brillaban más que nunca mientras ayudaba a arreglar la nueva cocina, y las miradas que dirigía a Eb eran cada vez más incendiarias.
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Eb sabía que era una mariposa agitando las alas alrededor de la llama de una vela, pero saboreaba el peligro. Era una cosa casi tan divertida como luchar con los comanches: un deporte en el cual un hombre puede jugárselo todo a la carta de un falso movimiento o de una emboscada.
Mrs. Rasmussen no le perdía de vista. Estaba dispuesta a terminar con su independencia, la cual era una afrenta y un estímulo al mismo tiempo para ella.
Como un mariscal de campo, Mrs. Rasmussen dirigía las operaciones. Su sistema era parecido al del general Hood, a cuyo mando había luchado Eb: ataque frontal, acompañado de frecuentes golpes de mano. La principal maniobra de Mrs. Rasmussen consistía en dejar a Josie Belle a solas con Eb. Pero Eb era demasiado escurridizo y siempre encontraba el modo de retirarse airosamente.
Hacía un mes que los Rasmussen vivían bajo techado. Eb, que había plantado su maíz y también unos rodales de alubias, empezó a creer que había subestimado las habilidades culinarias de Josie Belle. No cabía duda, por ejemplo, que sabía preparar una pierna de venado mejor que nadie a quien Eb hubiera conocido.
Cuando se dio cuenta del curso que seguían sus ideas, Eb se alarmó.
Comprendió que había estado agitándose demasiado cerca de la llama.
Aquella noche empaquetó sus cosas. A la mañana siguiente se marcharía.
Pero había tardado demasiado tiempo en decidirse. Mrs. Rasmussen llamó a su puerta al amanecer. Eb estaba enrollando su saco de dormir cuando el carromato de los Rasmussen se detuvo ante la cabaña.
Mrs. Rasmussen se presentó acompañada de su marido.
—Vamos a marcharnos a Kerrville —dijo Mrs. Rasmussen—, a hacer algunas compras. Prepare una lista de lo que necesite y nosotros se lo traeremos. Le agradeceré mucho que vigile un poco nuestras cosas. Josie Belle se quedará para cuidar de las vacas.
Eb contempló el carromato hasta que desapareció detrás del promontorio, a un extremo de la pradera. Los Rasmussen estarían fuera cuatro, cinco días en el mejor de los casos. Con toda seguridad, una semana.
Dio un puntapié a su mochila y la envió rodando al otro extremo de la cabaña. Naturalmente, no podía marcharse ahora, dejando sola a Josie Belle. Tal vez no corría ningún peligro. Pero había luna llena y los charcos rebosaban de agua, ya que el verano estaba siendo muy lluvioso.
Al parecer, los comanches habían aprendido la lección recibida y en todo el año no habían dado señales de vida. Sin embargo… Eb dio otro puntapié a
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su mochila.
Decidió que podía salir bien librado si planeaba bien las cosas. Lo esencial era mantener a la muchacha en su lugar. Sacó su caña de pescar y sus anzuelos y se encaminó hacia el arroyo. Josie Belle debió espiarle, ya que apenas se había instalado en su habitual lugar de pesca cuando se presentó la muchacha, empuñando una caña de pescar.
—Entre los dos —dijo—, atraparemos en un santiamén suficiente pescado para el desayuno. Su anzuelo es demasiado grande, Eb, ¿no le parece?
—A mí me ha ido siempre perfectamente.
—Será mejor que ponga otro más pequeño —decidió Josie Belle—. Mire, aquí le traigo uno.
Al día siguiente ocurrió lo mismo. Eb había tratado de ponerse a salvo marchándose a cazar patos. Pero no había cosa que Josie Belle deseara tanto en el mundo como disparar contra un pato.
Eb pasó muchos apuros mientras enseñaba a la muchacha cómo debía colocarse para obtener un tiro perfecto. Josie Belle erró el tiro, y se lo reprochó amargamente a Eb, diciéndole que la había puesto nerviosa con su proximidad mientras se disponía a disparar.
Las muchachas guapas, pensó Eb, nunca cometen un error. Estuvo a punto de echarle en cara lo que su madre y ella habían hecho con su camisa de caza. Pero se contuvo.
Eb contaba los días. Seguía teniendo dispuesta su mochila y trepaba a escondidas al promontorio con la secreta esperanza de ver regresar al carromato. Su propósito, en cuanto estuviera seguro de que Lute y su esposa estaban de regreso, era el de marcharse antes de la llegada de los Rasmussen.
Era el sexto día y Josie Belle le había preparado una comida digna de un rey. Luego habían salido paseando hasta un grupo de ciruelos que se erguían a orillas del riachuelo, y Eb estaba medio adormilado a su sombra mientras Josie Belle recogía ciruelas para hacer compota.
Estaba entregada a aquella tarea como se entregaba a todo lo que hacía: de un modo decidido y enérgico. De pronto, llegó corriendo al lugar donde estaba tumbado Eb y le dijo, en tono excitado:
—Tenemos visitas, Eb. —Parecía complacida ante la perspectiva de un acontecimiento de aquella naturaleza—. Acabo de ver a dos jinetes.
Eb se incorporó rápidamente. Su primer pensamiento fue el de que había sido un imprudente al dejarse el rifle en la cabaña. Tenía su revólver, pero no le serviría de gran cosa en una lucha seria.
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—¿Dónde? —preguntó.
—Les he visto cuando cruzaban el promontorio. Iban dos. Uno llevaba una tapadera redonda, como la de una marmita, en la mano. Aunque tal vez fuera otra cosa. Sólo les he echado un vistazo.
Eb cogió la cesta de las ciruelas.
—Ya tenemos bastantes —dijo—. Será mejor que regresemos a casa. Josie Belle no entró en sospechas hasta que vio que Eb tomaba un camino
intrincado de maleza, en vez de salir a campo abierto, para regresar. Eb percibió el alterado ritmo de su respiración. La muchacha se pegó más a él, hasta el punto de que sus pies descalzos iban pisando sus talones. Se agarró al faldón de su camisa, como un chiquillo que no quiere quedarse atrás.
Cuando llegaron al borde de la maleza, Eb se detuvo, estudiando el terreno. Entre los dos jóvenes y la cabaña había un centenar de pies de tierra labrada, y el maíz tenía escasamente un palmo de altura.
El bayo relinchó, detrás de la cabaña, y Eb decidió aventurarse. La maleza no les ofrecía ninguna protección. Estarían más resguardados en la cabaña.
Agarró el brazo de Josie Belle y echó a correr, atravesando el campo labrado. Los pies de la muchacha apenas tocaban el suelo, llevada materialmente en volandas por su compañero.
Eb miró en dirección al bayo, y al verlo tan tranquilo pensó que se había alarmado sin motivo. Pero, repentinamente, el animal enderezó las orejas y volvió a relinchar, mientras sus ojos inquietos contemplaban algo que se hallaba a espaldas de Eb y de la muchacha. Él no quiso perder tiempo volviéndose. Colocó a Josie Belle delante de él y siguió corriendo, protegiendo con su cuerpo el de la muchacha.
Estaban a media docena de pasos de la cabaña cuando Eb oyó el agudo silbido de una flecha y vio cómo ésta se clavaba en el marco de la puerta. Inmediatamente, una bala de rifle pasó zumbando cerca de su oreja.
Un par de pasos les separaban de la puerta cuando algo golpeó la espalda de Eb. La fuerza del impacto le hizo caer hacia delante, de rodillas, arrastrando en su caída a Josie Belle.
La muchacha se puso inmediatamente en pie. Eb vio que sus ojos brillaban en la palidez de su rostro. Trató de avanzar apoyándose en sus manos y rodillas, pero una extraña inercia se había apoderado de él. Le parecía estar flotando en el espacio, como le sucedía después de haber bebido demasiado whisky. Clavó sus dedos en el suelo, impotente.
Las manos de Josie Belle le asieron por los sobacos, arrastrándole hacia la puerta. Demostraba un vigor sorprendente.
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Antes de que la muchacha cerrara y barrara la puerta, Eb vio a los comanches. Eran media docena y en aquel momento cruzaban el maizal, todos montados. Algunos llevaban escudos de piel de búfalo en los brazos. Aquellas eran las tapaderas de marmita que Josie Belle había visto.
El cerebro de Eb se despejó un poco. Se arrastró hasta la pared de la que pendía su rifle, y trató de ponerse en pie para alcanzarlo. Pero el conseguirlo era superior a sus fuerzas.
Josie Belle descolgó el arma. Eb la contempló mientras se acercaba a la ventana, apoyaba el cañón del rifle en ella y disparaba.
Por el sonido de las postas desparramándose en la distancia, supo que había disparado demasiado alto.
Pero oyó también el sonido de los cascos de caballos sin herrar que se alejaban. Los comanches se retiraban a la maleza para planear su ataque. Los indios no solían atacar una casa a la luz del día. La oscuridad podía ser su mejor aliada.
Josie Belle incorporó ligeramente a Eb y mojó su rostro con agua. —Vuelva a cargar el rifle —murmuró Eb, ya que la muchacha se había
olvidado de hacerlo.
Mientras Josie Belle efectuaba la operación, Eb exploró su herida.
Se trataba de una flecha, y la punta se había clavado en su hombro izquierdo.
Miró a Josie Belle.
—Procure arrastrarme hasta el camastro —le dijo—. Tiene usted que arrancarme la punta de esta flecha.
—¡Oh, Eb!
—Haga lo que le digo, muchacha —ordenó Eb.
Josie Belle le arrastró hasta el camastro y se dispuso a cumplir lo ordenado, aunque estuvo a punto de desmayarse antes de terminar su tarea.
Eb perdió el sentido. Cuando recobró el conocimiento, estaba tan débil como un corderillo recién nacido. Apenas pudo levantar la cabeza. Descubrió que Josie Belle había envuelto su cuerpo con una especie de vendaje.
Descubrió también, horrorizado, que la muchacha le había despojado de su camisa y de sus pantalones. Estaba tendido en su camastro, tapado con una manta.
No tardó en descubrir qué había sido de sus ropas. Josie Belle se había vestido con ellas. La camisa y los pantalones podían contener a otra muchacha de su mismo tamaño, pero ella había remangado los brazos de la camisa y las perneras de los pantalones.
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Sostenía el rifle entre sus manos. Eb la vio desatrancar la puerta, abrirla y permanecer unos segundos en su marco, mientras vaciaba el contenido del rifle en dirección a la maleza.
Luego se inclinó hacia un lado y cerró rápidamente la puerta. En respuesta al suyo sonó otro disparo. Eb escupió, ya que el proyectil fue a estrellarse encima del camastro y provocó la caída de unas brozas contra su rostro.
Josie Belle le miró y condescendió a explicarle su conducta.
—Pensé que sería mejor que los indios creyeran que está usted en condiciones de luchar —dijo—. Se lo pensarán dos veces antes de atacar la cabaña, si creen que deben enfrentarse con un hombre. Por eso cogí sus ropas, Eb, y me he dejado ver a través de la puerta.
Eb tuvo que reconocer que la idea era buena, desde el punto de vista estratégico.
Después de la explicación de la muchacha se sintió mucho mejor. A continuación vio cómo Josie Belle cargaba de nuevo el rifle con una generosa cantidad de pólvora y de postas. Le pareció que la carga era excesiva, pero no hizo ningún comentario. Pero, al cabo de unos instantes, vio que la muchacha introducía por el cañón del arma algo más. Lo identificó vagamente como un trozo de eje de acero, de unas dos pulgadas de longitud, que rodaba por la cabaña desde hacía meses.
—Está usted cargando el rifle con exceso —no pudo menos de advertirle.
Pero Josie Belle sopesó el rifle y pareció satisfecha.
—Vale más pecar por carta de más que por carta de menos —afirmó.
Era inútil advertir a una mujer, pensó Eb. Por lo menos a una mujer guapa. Estaban demasiado seguras de sí mismas.
Fue recobrando el vigor a medida que el sol iba hundiéndose en el horizonte. Se incorporó en el camastro, pensando que si los indios se decidían a atacar lo harían entre la caída de la tarde y la salida de la luna. Josie Belle necesitaría su ayuda.
Al cabo de un rato se encontró sentado en el camastro.
—Quiero mis pantalones —dijo en tono firme.
Josie Belle estuvo a punto de negarse a aquella petición, pero Eb la miró con fijeza. Obedientemente, la muchacha se retiró a un rincón mientras Eb volvía la cabeza. Unos instantes después Josie Belle, vistiendo de nuevo sus ropas femeniles, le tendía la camisa y los pantalones.
Eb empezó a vestirse. La cabaña danzó a su alrededor cuando se puso en pie, pero pasado un rato su cabeza se despejó.
Tomó el rifle de manos de Josie Belle.
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—Puede usted utilizar el revólver —le dijo. Y, tras una breve pausa, añadió—: Cuente los disparos. Cuando haya hecho cuatro, guarde el otro. Puede hacerle falta.
—Comprendo —dijo Josie Belle—. No dejaré que me cojan viva, Eb.
Eb tragó saliva. Se acercó a la ventana y miró al exterior. Empezaba a oscurecer y los alrededores de la cabaña estaban silenciosos… demasiado silenciosos.
Josie Belle, a su lado, susurró que tal vez los comanches se habían marchado. Eb no respondió. Sabía que no se habían ido. Desde la maleza no llegaba ni siquiera el sonido de un grillo.
Cuando la oscuridad cayó por completo, Eb les oyó atravesar el maizal. —¡Cuidado! —murmuró a Josie Belle—. ¡Se están acercando!
Se aproximaban en silencio, tratando de alcanzar la cabaña por sorpresa. Eb apoyó el cañón del rifle en el repecho de la ventana y esperó hasta ver a dos o tres de los indios, recortados contra el crepúsculo, a un par de metros de distancia. En el instante en que una maza descargaba contra la puerta de la cabaña, Eb apretó el gatillo.
Se produjo un trueno y una enorme llamarada. Eb cayó de espaldas en el centro de la cabaña, y pasó un rato antes de recordar su vaticinio de que Josie Belle había cargado el rifle con exceso.
Un indio moribundo respiraba penosamente al otro lado de la puerta, y Eb escuchó los pasos precipitados de los que huían a través del maizal.
—¡Están huyendo! —exclamó Josie Belle—. Eb, ha alcanzado usted a alguno de ellos…
Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, Eb se arrastró hasta la ventana. En su camino, su mano tropezó con el rifle, caído en el suelo. A Eb le pareció que acababa de perder a un amigo muy querido. El rifle estaba destrozado. La mitad del cañón había desaparecido.
—Lo cargó usted demasiado —dijo—. Aquel trozo de eje fue la gota que hizo desbordar el vaso. Se lo advertí.
—Sí, me lo advirtió usted, Eb —reconoció generosamente Josie Belle—.
Pero fue usted quien destrozó el rifle, no lo niegue.
—De acuerdo. ¡Lo destrocé yo! ¡Lo destrocé yo! —rugió Eb.
Había dos indios pintarrajeados tendidos delante de la puerta, completamente muertos. Salió la luna, iluminando brillantemente los contornos. Al cabo de unos instantes, los grillos empezaron a dejar oír sus discordantes voces.
—Creo que se han marchado definitivamente —dijo Eb.
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El inaudito estruendo del rifle había obrado el milagro. Eb sabía esto, pero también sabía que confesárselo a Josie Belle hubiera sido un error táctico.
—En cuanto se haga de día —continuó—, nos marcharemos a Kerrville a avisar a la gente. —Y tras una breve pausa añadió, como si acabara de ocurrírsele—: Me parece que lo mejor será que nos casemos, Josie Belle. La gente podría interpretar equivocadamente el que nos hayamos quedado solos tantos días.
—¡Oh, Eb!
Josie Belle besó a Eb. Y Eb besó concienzudamente a Josie Belle.
—Con un poco de suerte —dijo Eb—, podríamos encontrar al pastor en Kerrville. El pasado domingo le tocaba ir allí, pero tal vez, haya ya marchado.
—Le encontraremos —aseguró Josie Belle en tono convencido—. Mamá dijo que le retendría allí unos días, hasta que llegáramos nosotros. Dijo que le necesitaríamos.
Eb se dio por vencido. Era inútil tratar de luchar contra la estrategia femenina. Lo tenían todo previsto, y los comanches no habían hecho más que precipitar los acontecimientos.
Pero allí estaba el destrozado rifle, como un símbolo. Debía guardarlo para que le recordara siempre aquella lección. ¿Acaso no le había advertido a Josie Belle que lo cargaba con exceso? Al verlo, también Josie Belle recordaría que en aquel caso, por lo menos, su marido había demostrado su superioridad de criterio sobre ella. Y, además, allí estaba su encogida camisa de cazador, para mostrársela cuando Josie Belle tratara de alzar el gallo. Un hombre debe mantener a las mujeres en el lugar que les corresponde.
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LA DAMA DE LA QUEBRADA ROJA
MICHAEL FESSIER
F INALIZABA el otoño cuando don Rafael de Soto se presentó por primera vez en el Chinaman’s Chance Saloon, de Buffalo Bend, y, con sus tintineantes espuelas de plata y la culata de nácar de su revólver golpeándole la cadera, se acercó al mostrador y pidió un vaso de aguardiente. Se quedó allí un momento, con una arrogante mirada en su hermoso rostro, y luego se dirigió a la mesa de póquer; sin pedir permiso, se sentó, arrojó un puñado de monedas de oro sobre el verde tapete y pidió cartas. Después, mientras Bud Conyears, Bart McCormack y algunos de los otros elementos más pendencieros de nuestro censo ciudadano le observaban con evidente hostilidad, empezó a jugar de un modo abstraído, como si su mente estuviera
en otra parte.
—Ha sido una partida muy insípida —declaró, echando hacia atrás su silla. Luego sonrió casi amablemente a sus compañeros de juego—. ¿Con cuál de ustedes, caballeros, tendré el honor de batirme primero? —preguntó.
—¿Quién habla de batirse? —inquirió el Juez Gorman, el cual, para hacer honor a su cargo, era un decidido partidario de la ley y del orden.
—Yo —respondió don Rafael—. Creo que estos caballeros están bajo la impresión de que les he hecho trampas.
—Yo sé que las ha estado haciendo —dijo Billy Feeney, nuestro chismoso número uno, cuyos deportes favoritos, en calidad de espectador, eran la mutilación criminal y el asesinato—, pero no crea que aquí nos chupamos el dedo. Bart McCormack va a demostrárselo inmediatamente — anunció, echándose a un lado, mientras Bart se abalanzaba contra el delicado caballero español.
Entonces, ante el asombro general, don Rafael propinó a Bart la mayor paliza de toda su vida. El gigante experimentó la sensación de que acababa de ser atacado por un enjambre de avispas: don Rafael se movía ágilmente a su alrededor, en círculos cada vez más estrechos, hasta que Bart dio con su
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inmensa humanidad en el suelo, sin haber conseguido acertar con un solo golpe.
—Bueno —exclamó Bart desde el suelo, contemplando admirativamente a su adversario—, si quiere saber lo que pienso, le diré que sigo estando convencido de que nos ha hecho usted trampas. Pero —añadió, escupiendo un diente y mirándolo con expresión lastimera—, debo reconocer que no le he visto hacerlas.
Don Rafael sonrió amablemente, ayudó a Bart a ponerse en pie, le sacudió el polvo de la espalda y le acompañó hasta el mostrador, donde encargó bebidas para todos. La atmósfera de hostilidad que había saludado la llegada de don Rafael se desvaneció casi por completo.
Al día siguiente, un tejano perdonavidas entró en el Chinaman’s Chance y golpeó a un inofensivo pastor de ovejas; luego, en tono fanfarrón, se ofreció a enfrentarse, revólver en mano, con los tres hombres que escogiéramos para luchar contra él. Don Rafael se enfrentó con el tejano con aire frío e insolente, aguardó a que el forastero bajara la mano a su pistolera y lo mató de un balazo que le perforó limpiamente el corazón.
En el curso de la comilona que sigue siempre a una boda, un bautizo o un funeral en Buffalo Bend, Montana Martin, propietaria del Chinaman’s Chance, declaró lo que opinaba de don Rafael.
—Pretende ser un noble de Castilla —dijo—, pero estoy convencida de que no es más que un fullero y un tahúr de baja estofa. No me fiaría de él más que de un búfalo. Sin embargo —añadió juiciosamente— a un hombre que propina una paliza a Bart McCormack y pasaporta al otro mundo a un pistolero tejano en el espacio de cuarenta y ocho horas se le puede perdonar algún pecadillo, tal como el de esconderse los ases en la manga.
—Hasta que le atrapen haciéndolo —sentenció el juez Gorman.
Tras esta sentencia, don Rafael de Soto se convirtió en un miembro más de nuestra comunidad. Aunque no gozaba de la admiración general, era querido por algunos y respetado por todos, y, a excepción de algunas trifulcas de poca monta en el juego, vivió pacíficamente entre nosotros durante un mes. Entonces llegó a la ciudad Tenney Grant.
Tenney era de la misma edad de don Rafael, aproximadamente, tenía los hombros anchísimos y la cintura muy estrecha, y en sus ojos azules había una expresión de sufrimiento soportado largo tiempo. Entró en el Chinaman’s Chance, se acercó al mostrador, pidió un vaso de whisky y miró a su alrededor, como si buscara a alguien.
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Don Rafael, que estaba jugando al pinacle con Montana Martin, tiró las cartas sobre la mesa, cruzó la sala, y estrechó entre sus brazos a Tenney.
—¡Oh, hermano mío, amigo mío! —exclamó gozosamente—. ¡Cuánto tiempo sin verte!
—Mucho tiempo, desde luego —replicó Tenney, cuyos ojos, tras un brillo fugaz, habían adquirido una expresión sombría—. Más de cinco años.
—Pero la pena de la separación queda siempre compensada por la dicha del reencuentro —dijo don Rafael—. Ven, primo mío, vamos a celebrar este feliz acontecimiento. —Se volvió hacia el encargado del mostrador y pidió una botella de aguardiente. Luego sonrió a Tenney y añadió—: ¿Qué es lo que te trae a esta ciudad, hijo mío?
—Matarte, Rafael —respondió suavemente Tenney.
Don Rafael se echó a reír.
—Me estaba temiendo que alimentases esa descabellada idea —dijo. Después se encogió de hombros—. Dado que soy el beneficiario de ese gran honor, dime, ¿quieres decirme cuándo va a ser la cosa?
Dio un paso atrás, con una expresión de alerta en los ojos, pero su mano derecha no descendió a su cadera.
—A ti te toca fijar el momento, Rafael —dijo Tenney—. En cuanto saques tu revólver.
—Pero, yo te aprecio mucho, hijo mío —afirmó don Rafael—. ¿Qué te hace suponer que sacaré mi revólver contra el mejor de los amigos que he tenido en mi vida?
—Lo sacarás —replicó fríamente Tenney—, porque estás impaciente, Rafael… impaciente y nervioso. Y, además, sientes curiosidad. Siempre te has preguntado si conseguirías adelantarte a mí sacando.
—Es verdad, es verdad —admitió don Rafael—. Pero mi curiosidad tiene sus límites. No puedo llevarla hasta el extremo de matarte, hijo mío.
—No te preocupes por mí, camarada —dijo Tenney—. Será tu funeral. —Después del cual celebraremos una gran comilona —dijo Billy Feeney,
relamiéndose los labios. Luego miró alternativamente a los dos hombres—. Díganme, ¿qué clase de duelo a revólver es ese? —preguntó—. ¿Por qué no empiezan ya a disparar?
—No sea usted impaciente —respondió Tenney—. Sólo deseo que mi amigo se tome todo el tiempo que necesite para meditar lo que representan cinco años de cárcel —añadió, mirando a don Rafael a los ojos.
—Lo he meditado a menudo —dijo don Rafael en tono triste—. Y me ha hecho estremecer.
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—¿Quiere usted dar a entender que es un ex convicto? —preguntó escandalizado Billy Feeney, dirigiéndose a Tenney.
Tenney dirigió su mirada al techo y habló en una especie de murmullo. —En cierta ocasión —dijo—, tuve una pertenencia minera a medias con
un amigo en California. La pertenencia no rendía casi nada, y mi amigo se impacientó. De modo que se le ocurrió atracar el banco de Angels Camp y se llevó diez mil dólares…
—Ocho mil —intervino don Rafael, el cual escuchaba con la mayor atención.
—Bueno, los bancos exageran siempre sus pérdidas —dijo Tenney—. De todos modos, mi amigo no pudo disfrutar del botín: acosado por sus perseguidores, tuvo que desprenderse de él.
—¿Y qué ocurrió después? —preguntó Bart McCormack vehementemente.
—Atribuí el atraco a mi hijo, a mi primo, a mi querido amigo Tenney — dijo don Rafael en tono desconsolado—. Nunca podré perdonármelo.
—Tampoco yo —replicó lúgubremente Tenney.
—Sin embargo, debes reconocer que las circunstancias justificaban, hasta cierto punto, mi conducta —se defendió don Rafael—. Tú te libraste con cinco años. A mí me hubieran colgado. Recuerda, hijo mío, que el jurado que te condenó y que me hubiera condenado a mí estaba compuesto, en su gran mayoría, de hombres casados cargados de prejuicios, y que algunos de ellos sospechaban injustificadamente de sus deliciosas y adorables esposas.
—Lo sé —reconoció Tenney, en el tono de un hombre que no quiere pecar de injusto—. Pero, aun teniendo eso en cuenta, Rafael, opino que cinco años de mi vida fue un precio demasiado elevado para pagar tu incapacidad en descubrir un anillo de boda en la oscuridad.
De repente, las puertas batientes del saloon se abrieron violentamente y una muchacha de pelo rubio, que a primera vista no parecía tener más de dieciséis años, entró corriendo, perseguida de cerca por Jim Jessup, el conductor de la diligencia. El brazo izquierdo de Tenney salió disparado para agarrar a la muchacha y atraerla protectoramente hacia él, al tiempo que su mano derecha aparecía armada, como por arte de magia, con un revólver, cuyo negro cañón apuntó peligrosamente a Jim Jessup.
—¿Qué clase de hombre es usted para venir persiguiendo a una chiquilla hasta un lugar como este? —preguntó Tenney en tono de reproche.
—¡Yo no soy una chiquilla, y haga el favor de soltarme! —gritó la muchacha, propinando a Tenney un vigoroso puntapié en la espinilla.
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Tenney la soltó, y todos los que estábamos en el local contemplamos a la muchacha. Era tan linda como una potrilla en un prado primaveral, y la expresión de sus ojos hizo que algunos de nosotros decidiéramos que tenía más de dieciséis años. Probablemente dieciocho.
—Yo sé quién es usted —le dijo la muchacha a Montana Martin—. He oído hablar mucho de su establecimiento y deseo trabajar en él.
—Lo cual, sin que deba molestarse usted por lo que voy a decir, Montana, es la cosa más disparatada que he oído en mi vida —dijo Jim Jessup—. Esta muchacha es Corabelle Larkin, de la Quebrada Roja. Conocí a sus padres, que ahora están muertos, y ella ha llevado siempre una vida hogareña y no es la clase de mujer que pueda trabajar en un establecimiento como este. Y le pido de nuevo disculpas por mis palabras, Montana. La llevaba en mi diligencia hasta el Parador de O’Leary, donde debía tomar un tren que la conduciría a casa de su tía, que vive en el Este, pero cuando me detuve aquí para recoger el pasaje, dijo que quería ser bailarina y echó a correr delante de mí.
—Mi tía me aborrece —declaró la muchacha—. Lo único que desea es que le sirva de cocinera y de doncella… Por favor, Miss Montana, déjeme trabajar para usted.
—¿Y qué clase de trabajo crees que puedes hacer para mí? —preguntó Montana.
—Deseo vivir y conocer la vida —respondió Corabelle—. Estoy cansada de llevar una existencia hogareña. Adoro la excitación. Sé cantar muy bien, Miss Montana, y también bailar. Mire…
Ante el asombro general, inició una danza estrambótica: parecía un ternerillo buscando a su madre con paso todavía torpe; al mismo tiempo, de sus labios salió el más horrible sonido que imaginarse pueda. No tardó en comprender, por la expresión de nuestros rostros, el deplorable efecto que nos causaba su exhibición. Dejó de cantar, interrumpió su danza y en aquel momento no pareció tener ni un día más de diecisiete años.
—Bueno, de todos modos —murmuró desesperadamente—, soy joven y tengo deseos de trabajar. ¿No hay nada que pueda hacer aquí?
Don Rafael se adelantó unos pasos y se inclinó ante ella.
—Desde luego, hay cosas que puede usted hacer —dijo—. No puede usted bailar, pero su andar es tan gracioso como el de una gacela. No puede usted cantar, pero su voz es tan dulce al oído como el arrullo de una paloma. De modo que puede usted andar entre nosotros, y hablarnos, y llenar nuestros corazones de tiernos sentimientos. La convertiremos en nuestra reina y beberemos inmensas cantidades de aguardiente en su honor.
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Corabelle se lo quedó mirando, con expresión dubitativa al principio, pero sus ojos no tardaron en iluminarse y sus labios se abrieron en una sonrisa. Aquel rostro moreno la fascinaba, casi la hipnotizaba. Cuando don Rafael se acercó más a ella y rodeó su cintura con su brazo, alzando al mismo tiempo su rostro para darle un beso, apenas se movió para escapar del abrazo. Pero, en aquel momento, Tenney agarró a don Rafael por un hombro, le hizo dar media vuelta y le envió rodando al suelo de un puñetazo. El caballero español quedó semiinconsciente.
—Esta —le dijo Tenney— es una de las cosas por las que no sentías curiosidad, Rafael. Siempre has sabido que podía tumbarte.
—Con tus puños, sí —admitió don Rafael, cuyo rostro había recobrado la habitual sonrisa—. Pero, si deseas esta muchacha para ti —añadió—, tendrás que utilizar tu revólver como medio de persuasión. Yo te aprecio mucho, hijo mío, y no deseo hacerte ningún daño, pero debo recordarte que eres un presidiario y que tu compañía no sería la más adecuada para una tierna paloma como Miss Larkin.
—¿Querrás sacar ahora, Rafael? —inquirió Tenney, luchando por conservar el dominio de sí mismo.
Montana avanzó hacia Tenney y le empujó a un lado; luego se volvió a la asustada Corabelle.
—¿Sigues deseando convertirte en una bailarina? —le preguntó—. ¿Deseas ver a los hombres luchando por ti como fieras?
—No —murmuró Corabelle humildemente.
—Entonces, tal vez podamos hablar de negocios —dijo Montana—. Soy también la dueña del Café y Restaurante Primrose, que está al otro lado de la calle. Minnie Redwing, mi cocinera, se ha despedido. ¿Quieres ocupar su puesto?
Los ojos de Corabelle se apagaron y sus sueños de convertirse en la reina de los salones del Oeste quedaron reducidos a cenizas.
—Sí —respondió—. Lo prefiero a vivir con mi tía.
Quedó demostrado que Corabelle Larkin no podía tampoco cocinar. Convertía los filetes de ternera en algo duro y poco jugoso como las suelas de zapato, y sus bizcochos hubieran estropeado el aparato digestivo de un camello. Sin embargo, su belleza iba en aumento, y los hombres acudían de muchas millas a la redonda al Café y Restaurante Primrose para gozar de su presencia.
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Don Rafael y Tenney, cuyos estómagos parecían inmunes a todos los estragos alimenticios, empezaron a olvidar sus antiguas diferencias, empeñados en una nueva lucha para conquistar el afecto de Corabelle. Sus posibles rivales, de estómago más delicado, resistían poco tiempo la calidad de los alimentos que eran servidos en el Café y Restaurante Primrose. Ellos, en cambio, hacían tres comidas diarias en el establecimiento y, cada uno a su manera, cortejaban a Corabelle.
Mientras Tenney hablaba sobriamente a la muchacha de sus proyectos de comprar un rancho, instalarla en él y llenarlo de ganado, de caballos y de chiquillos, en el orden enunciado, don Rafael vertía en sus oídos cantos de sirena, hablándole de viajes y de agitación, de hermosos vestidos y de luces brillantes. Cuando esto ocurría, Corabelle se reclinaba en el mostrador, con los ojos relucientes, y parecía como si sus sueños de antaño resurgieran de sus propias cenizas, como el ave fénix.
Esto hizo pensar a más de uno que don Rafael llevaba una leve ventaja en la contienda, pero Corabelle —por lo menos en apariencia— los trataba a los dos con estricta imparcialidad. Sabía que tenían una cuenta pendiente y parecía temerosa de hacer algo que pudiera contribuir a provocar lo que todo el mundo consideraba inevitable.
En ocasiones, el duelo parecía inminente. Tenney y don Rafael se encontraban en el Chinaman’s Chance, por ejemplo, y una palabra, un gesto, ponía en los ojos de los dos hombres una sombra de muerte y sus manos se acercaban peligrosamente a sus revólveres. Luego, tras un largo instante cargado de electricidad, se encogían de hombros y se alejaban uno de otro. Tenían tanto orgullo y tanta confianza en sí mismos, que ninguno de los dos quería efectuar el primer movimiento. Montana Martin les tenía por dos brillantes ejemplos de valor y de autodominio, pero Billy Feeney, que veía alejarse cada vez más la comilona subsiguiente a un entierro, no estaba de acuerdo con ella.
—También yo me mostraría valiente —decía—, si tuviera un enemigo al que supiera incapaz de sacar el revólver contra mí…
Al cabo de unas semanas, don Rafael desapareció repentinamente, una hora antes de que llegara a la ciudad un Comisario, portador de una orden de detención relacionada con el asalto a una diligencia que transportaba correo gubernamental. Pasó el tiempo, sin que llegara ninguna noticia del ausente, y Tenney Grant empezó a hacer rápidos progresos en su cortejo a Corabelle. En los ojos de la muchacha no había ya ni sombra de fastidio cuando Tenney le hablaba del rancho que se disponía a comprar. Ahora le escuchaba con
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profundo interés, y la suya era la serena expresión de una mujer que acababa de decidirse en favor de una sobria realidad al alcance de la mano, y en contra de una dudosa ilusión flotando en el aire.
Sin embargo, no dio a conocer su decisión a Tenney hasta el día en que llegó a la ciudad Chuckawalla Johnnie, un mestizo comanche. Chuckawalla llenó primero su cuerpo de tequila, de mescal, de aguardiente y de un tónico capilar que robó en el almacén de la ciudad, y luego se dirigió al Café y Restaurante Primrose, a almorzar. Tras contemplar durante un rato a Corabelle con sus brillantes ojos negros, decidió que la muchacha resultaba más apetitosa que cualquiera de los platos relacionados en el menú. Se acercó a ella y se permitió un gesto cuya generosidad no tenía precedentes: introdujo la mano en la pechera de su sucia camisa y sacó su más preciada posesión: el cuero cabelludo de un enemigo de tribu al que había escalpelado con sus propias manos. Se lo ofreció a Corabelle como si fuera un valioso collar de perlas.
El grito de horror y de indignación que profirió la muchacha enervaron al piel roja, que había esperado una mejor acogida a su inestimable presente. Esto, unido a los efectos retardados del tónico capilar, cambió bruscamente sus modales. Agarró a Corabelle por el pelo, la izó por encima del mostrador, la arrastró hasta su desensillado caballo y la montó a su grupa, huyendo con ella con sólo Dios sabe qué oscuros propósitos.
Tenney Grant, que cabalgaba en dirección opuesta, les vio pasar por su lado envueltos en una nube de polvo y, haciendo dar media vuelta a su caballo, emprendió la persecución. Les alcanzó a una milla del pueblo, arrojó a Chuckawalla de la montura, le despojó de los tres cuchillos y del revólver con que iba armado y le propinó una paliza de padre y muy señor mío. Luego se volvió a mirar a Corabelle, la cual, profiriendo exclamaciones de alivio y de felicidad, cayó en sus brazos.
Mientras Chuckawalla se revolcaba en el suelo, profiriendo horribles amenazas contra Tenney, Corabelle se colgó del cuello de su salvador murmurando tiernas frases de gratitud y de cariño. Luego, repentinamente, se separó de Tenney y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Oh, Tenney! —exclamó—. Te amo, y deseo casarme contigo, pero antes debo confesarte algo. ¡Te he traicionado, querido! ¡Soy una mujer malvada!
—Si tú eres una mujer malvada, amor mío, no hay ninguna mujer buena en el mundo —murmuró cariñosamente Tenney—. Pero nadie, ni siquiera tú, puede hacerme creer que has hecho algo que un ángel no hubiera podido
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hacer en una iglesia, ante una congregación de fieles, el día de Pascua. Y en presencia de un obispo —añadió, para dar más fuerza a la imagen.
—Ningún ángel —sollozó Corabelle— hubiera besado a don Rafael de Soto detrás del establo de Patt Barr, a las dos de la madrugada. Y yo lo he hecho.
—Estoy de acuerdo contigo —admitió Tenney, sintiéndose el hombre más desgraciado del mundo—. No puedo imaginar a un ángel en compañía de don Rafael. Pero, ¿por qué no me lo dijiste antes, Corabelle? Por si no había bastante con verme obligado a matarle uno de estos días, ahora resulta que he salvado a su novia de las garras de Chuckawalla Johnnie…
—¡Yo no soy su novia! —protestó Corabelle.
—¿Quieres decir que sólo le besaste una vez? —preguntó Tenney, sintiendo renacer su esperanza.
—Varias veces —confesó la muchacha, inclinando la cabeza sobre su pecho—. Por las noches, cuando todo el mundo dormía y nadie podía ver ni escuchar, don Rafael se acercaba a mi ventana con una mandolina y me daba una serenata. Yo cerraba la ventana y me tapaba los oídos con las manos, pero no podía impedir que el sonido llegara a mi corazón y, sin darme cuenta de lo que hacía, me levantaba y salía a pasear con él, a la luz de la luna. Entonces, él me hablaba como no debía hacerlo, y yo le escuchaba como no debía escucharle, y luego él me rodeaba con sus brazos y hacía lo que no tenía derecho a hacer, y yo me odiaba a mí misma por permitirle que lo hiciera. — Retrocedió ante la dolida expresión de los ojos de Tenney—. Pero yo no deseaba hacerlo —declaró—. El motivo de que me odiara tanto a mí misma, querido, era que siempre he sabido que estaba enamorada de ti.
—Vaya un modo que escogías para demostrar tu cariño —dijo Tenney lúgubremente—. Supongo que cuando me has besado, hace unos instantes, te estabas odiando a ti misma por hacerlo, pensando que estabas enamorada de Rafael.
—¡Oh! ¡No es eso, querido, te lo juro! —exclamó apasionadamente Corabelle—. No estoy enamorada de Rafael, ni lo he estado nunca. Lo único que sucedía es que Rafael me excitaba, en contra de mi voluntad; sacaba a la superficie todas las cosas malas que hay dentro de mí. ¡Oh, Tenney! Te asombrarías si supieras las cosas malas que hay en mí cuando estoy cerca de don Rafael.
—En tal caso —dijo Tenney tras meditar unos instantes—, sólo puedo hacer una cosa: buscar a Rafael y matarle. De este modo no te importunará más.
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—¡No! ¡No! —gritó Corabelle, aterrorizada—. ¡Disparando contra Rafael no conseguirás matar lo malo que hay en mí!
—Entonces, ¿debo disparar contra ti, Corabelle? —inquirió Tenney, espantado.
—No, tonto —murmuró la muchacha, riendo y llorando al mismo tiempo
—. Lo único que tienes que hacer es casarte conmigo. En seguida. Antes de que sea demasiado tarde.
—¿Quieres decir —preguntó alegremente Tenney— que no es aún demasiado tarde?
Corabelle volvió a caer en sus brazos, y la caricia de sus labios disipó todos los temores que Tenney hubiera podido sentir. Dejando a Chuckawalla sentado en el suelo, escupiendo dientes, los dos jóvenes montaron en el caballo de Tenney, cabalgaron hasta el Parador de O’Leary y allí se casaron.
Al día siguiente, Tenney se presentó en el Chinaman’s Chance, invitó a beber a todo el mundo y declaró públicamente que había perdonado a don Rafael de Soto.
—Podéis enviarle a decir que le he perdonado la faena que me hizo en Angels Camp hace cinco años —anunció—, y que he renunciado a mi venganza. A no ser —añadió— que se le ocurra rondar mi casa con una mandolina, en cuyo caso le mataré como a un perro rabioso.
Poco tiempo después, Corabelle y Tenney se establecieron en un rancho situado en las afueras de la ciudad; y, casi simultáneamente, don Rafael de Soto regresó a Buffalo Bend. Penetró sonriendo en el Chinaman’s Chance, se acercó al mostrador, encargó un vaso de aguardiente y miró a su alrededor, con el aspecto de un hombre que nunca ha tenido la menor preocupación.
—Por aquí anduvo un Comisario que le buscaba a usted —le informó Billy Feeney.
—Y me encontró —declaró don Rafael con una sonrisa de satisfacción. Se llevó la mano a un bolsillo y sacó una insignia dorada, arrojándola displicente sobre el mostrador: estaba agujereada limpiamente por un balazo.
—En tal caso, no creo que el Gobierno le perdone a usted la muerte de uno de sus agentes —dijo Montana—. Lo mejor sería que se alejara de estos lugares, antes de que llegue la caballería.
—Todo a su debido tiempo —replicó calmosamente don Rafael—. En primer lugar debo felicitar a mi amigo Tenney, por su boda con la adorable Corabelle.
—¿De modo que está usted ya enterado? —preguntó Montana.
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—Pasé por delante de su rancho cuando venía hacia el pueblo —explicó don Rafael—. Desgraciadamente, Tenney no estaba allí, pero Corabelle me lo contó todo con sus encantadores labios. Debo añadir —continuó en tono petulante— que descubrí una leve nota de pesar en el tono de su voz cuando me daba la desagradable noticia.
—Y yo sé el motivo —dijo Montana—. De modo que si conserva usted un adarme de decencia, se marchará inmediatamente, don Rafael.
—¿Y si los sentimientos que inspiré a Corabelle no se hubieran desvanecido del todo? —sugirió don Rafael.
—Supongo —dijo Montana— que no se le habrá ocurrido pensar que, en un momento de debilidad, la muchacha pueda seguirle…
—¡Quién sabe! —respondió don Rafael, sonriendo. Luego se volvió y sus ojos se iluminaron—. ¡Tenney, amigo mío! —gritó.
Tenney había entrado en el salón y estaba de pie junto a la puerta; su figura, bañada por un rayo de sol que penetraba a través de una ventana, se destacaba claramente en la semioscuridad del local.
Don Rafael avanzó unos pasos hacia Tenney y se detuvo.
—Deseaba felicitarte por tu dichoso matrimonio —anunció.
—Te lo agradezco —dijo Tenney—, y espero que ahora no me obligarás a sacar el revólver contra ti. Corabelle lo sentiría mucho.
—Corabelle —dijo don Rafael— tiene un corazón muy tierno y yo la quiero mucho. Por ello me siento inmensamente feliz al comprobar que has decidido no obligarme a matarte. Sólo quiero estrechar tu mano, hijo mío, y luego me marcharé.
Alargó su mano, y Tenney sonrió y avanzó con su propia mano extendida. De repente, don Rafael bajó la mano hacia su pistolera y sonaron dos disparos, casi simultáneos. Las gentes de Buffalo Bend no han conseguido ponerse de acuerdo acerca de cuál de los dos hombres disparó primero, pero el que cayó lentamente al suelo fue don Rafael, mientras Tenney Grant permanecía en pie, con un humeante revólver en su mano derecha.
—Siempre sentiste curiosidad por saber quién de los dos era más rápido —murmuró tristemente Tenney—. Ahora ya lo sabes, Rafael.
—Sí —dijo don Rafael débilmente, pero sin dejar de sonreír—, ahora ya lo sé.
—Puedes creer que lo lamento muchísimo —dijo Tenney.
—No te preocupes, hijo —respondió don Rafael—. Es mi hora.
En aquel momento, Corabelle entró corriendo en el saloon y se arrojó en los brazos de Tenney.
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Más tarde, no faltó quien insinuó que la mayor parte de las lágrimas que derramó Corabelle habían sido de alivio al ver sano y salvo a su marido, aunque algunas de ellas eran de dolor por la muerte definitiva del maravilloso sueño que desaparecía con don Rafael de Soto.
Tenney se llevó a Corabelle y Billy Feeney se acercó al caído cuerpo de don Rafael.
—En toda mi vida no había visto un acto de traición como éste —afirmó. A continuación se relamió los labios por anticipado—. Bueno, creo que ahora podremos celebrar el acontecimiento —dijo.
—Podrás celebrarlo por partida doble —observó Bud Conyears—. Detrás de aquella ventana encontrarás otro cadáver, Billy.
Billy corrió hacia la ventana y, efectivamente, vio otro cuerpo tendido en la acera. Era el de Chuckawalla Johnnie, y sostenía un pesado rifle entre sus manos yertas.
—Don Rafael no disparo contra Tenney Grant, ni mucho menos —dijo Bud—. Vio el cañón de un rifle apoyado en la ventana y apuntando a la cabeza de Tenney, y su bala iba dirigida contra Chuckawalla, el cual no había olvidado la paliza que le propinó Tenney y trataba de asesinarle por la espalda.
Montana Martin se reclinó sobre el mostrador y lloró silenciosamente durante un rato. Luego alzó su rostro mojado por las lágrimas y dijo:
—La bebida corre a cuenta de la casa, muchachos… en honor del mejor caballero de Castilla que no asaltó nunca una diligencia.
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LA PRUEBA DEL TORMENTO
WILLIAMS FORREST
E L trampero norteamericano, uno de aquellos endurecidos y solitarios hombres de la montaña, había llegado al pie de las colinas de Sierra Madre, en el viejo Méjico. Corría el verano de 1839. Iba montado en un caballo castaño, y atados al mismo podían verse dos animales de carga. Su rostro estaba completamente afeitado y parecía viejo. Sus ojos eran de un azul intenso y bizqueaban un poco. Parecía haber nacido encima de una silla de montar y el calor no le incomodaba lo más mínimo. Con aire casi indolente, condujo su caballo hacia la cabaña de tablas de madera y barro. El pastor mejicano y su ayudante, un muchacho indio, estaban en cuclillas al lado de la cabaña, preparando la cena. Las ovejas, cuyo número calculó el trampero en unas dos mil, aparecían desparramadas por la llanura, al cuidado de los
inteligentes perros.
El pastor se incorporó al oír acercarse al jinete. La puerta del jacal, hecha de pieles de cordero, se abrió para dar paso a una oveja, seguida de un corderillo que trotaba alegremente. El mejicano miró hacia el recién llegado con sus grandes ojos negros, que brillaban debajo de su sombrero. Su rostro era amable, como el de la mayoría de pastores de ovejas, y la soledad el temor y la pobreza habían dejado sus huellas en la morena piel. El muchacho apache se puso en pie, a su vez, y permaneció con todos los músculos de su cuerpo tensos y vigilantes. Su largo pelo negro asomaba por debajo de su sombrero. Tenía las piernas cortas y el ancho tórax propios de su raza. Parecía fuerte pero extrañamente intimidado.
—Buenos días, señor —dijo el pastor en español.
Sin responder al saludo, el trampero desmontó, desensilló y descargó sus caballos, frotando luego sus lomos, en los que el calor y el peso habían dejado su huella; dirigiéndose al apache, dijo:
—Abreva a mis caballos, muchacho.
Le habló en el idioma de los apaches.
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Mientras el chico corría en busca de un recipiente de agua, el trampero se sentó con las piernas cruzadas cerca del fuego.
El pastor le miró.
—Me sentiría muy honrado, señor, si se dignara usted compartir mi cena. El trampero sonrió para sí; su actitud al sentarse junto al fuego era tan
elocuente, que el ofrecimiento resultaba una simple formalidad.
Mientras el trampero comía, el apache le contemplaba con admiración. No comía: tragaba. El mejicano permanecía de pie cerca de él, con el talante de un criado presto a obedecer las órdenes de su amo. El trampero comía como si el alimento contenido en una vasija formada por el cuenco de las montañas no hubiera de bastar a satisfacer su apetito. Había algo tan fiero en su modo de comer, que despertaba los temores de cualquiera.
El trampero comió tortillas, leche de cabra, cordero y pimientos. La grasa caía por su barbilla. Cuando hubo terminado, se limpió la grasa de su rostro tostado por el sol. Luego pidió algún entretenimiento. Su voz era tan potente, que el mejicano dio un paso atrás como si el viento salido de la garganta del trampero le hubiera empujado y el sonido de sus palabras hubiera roto algo en sus oídos. Movió la cabeza una y otra vez, sacudiendo su sombrero. Estaba demasiado asustado para sentirse con ánimo de divertir al trampero. Éste gruñó:
—¡Ve en busca de tu hijuela! ¿No sabes que soy tu huésped?
—Sí, sí —murmuró el mejicano.
Se precipitó hacia el jacal y salió con la guitarra que el trampero sabía que poseían la mayoría de los pastores. La noche estaba llegando. Las ovejas producían un rumor suave, como si andaran sobre su propia lana. De las montañas llegó una cálida corriente de aire. El mejicano pulsó las cuerdas de su guitarra y empezó a interpretar una melancólica melodía, tan triste como su solitaria vida de pastor.
El trampero empezó a llorar silenciosamente. Sin avergonzarse, las lágrimas se deslizaban por su rostro. El apache se lo quedó mirando con expresión de incredulidad. Los apaches no podían, no sabían llorar. Y, sin embargo, este hombre no lloraba como una mujer. Había algo recio e impresionante en su llanto. Intrigado, el apache seguía contemplándole y maravillándose. La noche cayó sobre la tierra. Finalmente, la música cesó…
Por la mañana, el trampero preguntó:
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Me llaman Tuzimo.
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El trampero estaba mirando a la lejanía, hacia el rebaño de pacientes y resignadas ovejas.
—Eres un esclavo, Tuzimo.
—Sí —el rostro del muchacho se endureció: ningún apache serviría a un pastor de no ser esclavo.
—¿Cuánto hace que estás en la esclavitud, Tuzimo?
—Lo ignoro, señor.
—Trata de recordarlo.
Los oscuros ojos del muchacho se clavaron en las montañas. Luego dijo:
—He estado aquí cuatro veces.
El trampero asintió.
—¿Y has estado con las ovejas todo el tiempo de tu esclavitud? —Sí.
—Entonces, hace cuatro años que eres esclavo. Has venido a estos pastos de verano cuatro veces.
—Sí.
Con voz más suave, el trampero dijo:
—Eres libre. Yo te llevaré conmigo. Un apache debe ser libre.
Tuzimo no hizo la menor demostración de gratitud, pero subió rápidamente al caballo del trampero. El pastor avanzó tan precipitadamente que su sombrero cayó al polvo. Palabras de protesta salieron atropelladamente de sus labios.
El trampero se rió en pleno rostro del mejicano.
—¡Un apache debe ser libre! —gritó—. ¡Dios los hizo libres! Waagh! — gritó repentinamente como suelen hacer los tramperos, imitando el rugido de un oso—. Waagh! —luego aulló como un coyote, y las asustadas ovejas se alejaron balando lastimosamente. El pastor miró al trampero, a sus poderosos hombros. Luego echó a correr para detener a las asustadas ovejas.
Horas después, los caballos levantaron sus cabezas y relincharon. El trampero les hizo andar al paso, hasta que encontraron un riachuelo. Tuzimo podía oler también el agua a distancia. Cerca del riachuelo, el trampero se detuvo al lado de un hormiguero y su risa sonó poderosa en el silencio. Dejó que los caballos bebieran, aunque no con exceso. Cuando los animales hubieron satisfecho su sed, el trampero bebió. Luego hizo una seña al apache, permitiéndole beber a su vez.
Habían hecho el camino en completo silencio. Después de beber, se prepararon para acampar. El trampero dejó sus ropas sobre el hormiguero.
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Luego ordenó a Tuzimo que se desnudara, y cuando lo hubo hecho le llevó al hormiguero.
—Túmbate boca abajo sobre este hormiguero, Tuzimo —dijo.
Sin hacer ninguna pregunta, Tuzimo obedeció. El trampero taponó los oídos del apache con trozos de ropa.
—Tápate la nariz con los dedos y respira a través de los dientes —le ordenó.
Tuzimo siguió obedeciendo. Por su propia cuenta, cerró los ojos tan fuertemente como pudo. La agonía empezó repentinamente… lenta, exquisita. Se obligó a sí mismo a permanecer inmóvil, sumergiéndose en antiguos recuerdos para olvidar su torturada carne. En su mente se dibujó la forma de un rostro joven e inmóvil. ¿Era su hermano mayor? Su pierna había tenido que ser cortada. Y él hablaba de cacerías cuando se la cortaban. Y su rostro estaba tranquilo.
El trampero se inclinó sobre el muchacho.
—Las hormigas acabarán con todos los piojos —dijo—. En este momento están sacando millones de piojos de tu pelo.
Tuzimo no se permitió a sí mismo hacer una pregunta. ¿Cuándo le permitiría incorporarse? Los recuerdos de tribu afluyeron a él, como si su aprendizaje no se hubiera interrumpido nunca. Ninguna lágrima asomó a sus ojos, ningún sonido a sus labios. Recordó lo que había ocurrido cuando lloraba antes de ser capturado por los mejicanos y convertido en esclavo por el patrón, dueño de tantas ovejas. Recordó el gusto de la piel de animal que había ahogado sus gritos y secado sus lágrimas. Había aprendido a no llorar. Era mejor no hacerlo que quedar ahogado. Había aprendido que un chiquillo apache que no puede aprender a ser valiente tiene muchas posibilidades de morir bajo los pliegues de la piel doblada sobre su rostro.
—Levántate, Tuzimo.
Obedeció. Su cuerpo estaba lleno de agujas. Su carne gritaba por él silenciosamente. Ahora, cuando viera a un hombre condenado al tormento de las hormigas, sabría cuáles eran sus sensaciones. En su interior sonrió. Veía ya a varios mejicanos boca abajo sobre un hormiguero.
—Acércate, Tuzimo.
El trampero frotó su cuerpo con whisky. Las agujas se calentaron al rojo vivo. Su boca sintió el gusto de la sangre: se había mordido la lengua para no estallar en gritos. Una odiosa lengua que deseaba gritar, para deshonrarle.
—Mira, Tuzimo, lo que he hecho para ti.
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—Mientras Tuzimo había permanecido inmóvil, saboreando su bravura, sintiendo que su dolor quedaba absorbido paulatinamente por una vaga sensación de bienestar, el trampero había estado trabajando con su cuchillo y un trozo de piel. Y ahora Tuzimo tenía un mandil, al más puro estilo indio.
Después de cenar, el trampero tendió una manta a Tuzimo. La oscuridad les rodeaba por todas partes. El perfil de las montañas se había difuminado. El fuego de ramas de mesquite ardía lentamente.
Al día siguiente, varias horas antes de que acamparan, Tuzimo comprendió que el trampero leía las huellas impresas en el camino. Leía los mensajes que los animales y los hombres habían impreso en el sendero cuando pasaban por él; mensajes a veces tan leves que sólo los más avisados rastreadores podían encontrarlos; y esta vez, evidentemente, las huellas correspondían a seres humanos, pues de no ser así el trampero no hubiera adoptado tantas precauciones.
Cuando acamparon, no encendieron ningún fuego. Pero Tuzimo no estaba dispuesto a hacer preguntas, ni el trampero estaba dispuesto a ofrecerle ninguna explicación. Comieron un poco de tasajo y bebieron unos sorbos de agua. Se echaron a dormir; el trampero escuchaba mientras dormía, y Tuzimo escuchaba con él, sin adivinar los sonidos que esperaba oír. Los caballos reposaban tranquilamente a poca distancia de los dos hombres. El viento había amainado. Todo estaba silencioso y tranquilo.
¿Qué es lo que había visto el trampero? ¿Qué le hacía permanecer desvelado? Tuzimo se hizo a sí mismo esas preguntas y deseó haber podido leer por sí mismo los signos que el trampero había descubierto en el terreno. Tuzimo deseaba ser un gran apache, y el saber leer las huellas impresas en la tierra era imprescindible para llegar a serlo. Se necesitaban otras cosas, desde luego; una de ellas, el anticiparse al futuro… saber lo que iba a ocurrir. Las visiones, por ejemplo, eran muy estimadas entre los apaches. La gente deseaba tenerlas, pero muy pocos lo conseguían. Y las visiones eran fácilmente creídas. Todo el mundo deseaba creer que eran ciertas. Y, recordando su vida con los apaches, Tuzimo sintió que el deseo era natural. En el mundo habían muchas cosas misteriosas: cualquiera que llevara una vida nómada lo sabía; cualquiera que viviera en los desiertos y en las montañas, en estado salvaje, libre y bajo las estrellas. ¿No había un profundo misterio en el hecho de que el trampero, un hombre desconocido, se hubiera presentado a rescatarle a él, Tuzimo, de la esclavitud? Nadie podía negar esto,
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se dijo Tuzimo. Seguramente, el Gran Espíritu había enviado al trampero para que le liberara.
Al pensarlo, Tuzimo se sintió feliz. Después de cuatro años, había ocurrido un hecho significativo y maravilloso. Y antes de que el sueño cerrara definitivamente sus párpados, se preguntó si los signos que el trampero había leído habrían sido impresos por los apaches. Sería maravilloso que sus compañeros de raza anduvieran cerca. ¿Qué otras gentes podían haber pasado por aquí, capaces de inspirar serios cuidados al trampero, hasta el punto de que no había encendido siquiera una fogata?
Tuzimo se quedó dormido placenteramente con esta última idea, ya que, después de todo, también él era un apache. Era un apache Coyotero, de los que creían que el coyote era un animal que podía transmitir agradables mensajes. El propio trampero había dejado oír el aullido de un coyote en el momento de liberarle. ¿No constituía esto una significativa señal? Sí, evidentemente.
En su sueño, el muchacho vio a un coyote. Estaba muy cerca y oyó su jadeante respiración. Miró sus brillantes ojos y tuvo una visión.
Las gentes de su pueblo estaban siguiendo al coyote, y Tuzimo se encontraba entre ellos. Su pueblo estaba hambriento y desfallecido. Sólo Tuzimo era fuerte. Corría al lado del coyote y le rogaba que esperara a las gentes de su pueblo, las cuales no podían seguir su rápida carrera. El coyote le escuchaba, y los otros apaches se maravillaban al verlo y emitían murmullos de admiración. La noche era muy oscura y los ojos del animal eran la única luz que alumbraba el camino.
Al amanecer bajaron de una colina y el coyote empezó a correr. Tuzimo no le rogó ya que se detuviera, puesto que ahora había dejado de ser necesario. El coyote estaba empujando a un rebaño de ovejas hacia la colina. Tuzimo le dio las gracias. El coyote cogió entre sus dientes a un corderino y comenzó a devorarlo. Los apaches, profiriendo gritos de alegría, sacaron sus cuchillos y cayeron sobre las ovejas. Aquel era el primer festín que podían permitirse en muchísimo tiempo. Nadie podía decir cuántos días habían pasado desde el último. Pronto no hubo ninguna oveja en la llanura. Incluso la sangre había desaparecido. Y todo el mundo sonreía. Y los apaches saludaban a Tuzimo como a un jefe y le rogaban que se dignara aceptar la jefatura de su pueblo. Y en el lugar donde habían muerto las ovejas, crecía una hierba maravillosa. Unos grandes caballos blancos y negros se acercaban a comerla y eran capturados por los apaches. Y luego llegaban hombres mejicanos para ser asesinados, y mujeres y niños para ser tomados en cautiverio. Todos los
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apaches sabían que podían efectuar otras incursiones como aquélla, y Tuzimo les conduciría a ellas, sabiendo siempre dónde debían ir. Sus visiones llevarían a la tribu al poder y a la riqueza, y ninguno de los apaches moriría.
Por la mañana, Tuzimo dijo resueltamente:
—He tenido una visión. En esta visión, yo estaba con mi pueblo.
—Tu visión no te ha engañado —dijo el trampero—. Pronto estarás con tu pueblo.
—¿Me llevarás hasta él?
—Ante ti hay una cordillera. Cruzarás la cordillera y andarás hacia el oeste. Será mejor que corras, ya que cuanto más rápidamente camines, más pronto estarás con tu pueblo.
Tuzimo miró fijamente al trampero, y éste reconoció la oscura piel morena, la ancha línea de la barbilla, el pelo largo, el poderoso pecho y las cortas piernas de los apaches, y comprendió la mirada que no expresaba gratitud ni amistad, que sólo reflejaba cierta admiración y una especie de superstición.
Luego, el muchacho dijo:
—No sé por qué has querido ayudarme.
El trampero quedó sorprendido. Un apache no le hubiera dicho, normalmente, aquellas palabras. Miró fijamente al muchacho. Y parecía incómodo.
—Dios ha dicho que ni los hombres ni los chiquillos deben ser esclavos. ¿Conoces a Dios?
Tuzimo asintió solemnemente:
—Fui enviado a la escuela de la Misión.
El trampero sonrió.
—Bien. Eso es bueno. Existe una palabra cristiana: compasión. Significa ser bueno y amable, pero valerosamente. Como un hombre.
Tuzimo se irguió.
—No sólo los mejicanos tienen esclavos —prosiguió el trampero—.
También nosotros los tenemos. Muchacho, recuerda la compasión.
Tuzimo no pareció haberle oído; no miró siquiera a su benefactor.
—Vete —dijo el trampero.
Cuando se hubo alejado unos pasos, el muchacho se volvió y agitó la mano en señal de despedida. El trampero le devolvió el saludo. El muchacho corrió en dirección oeste, desapareciendo detrás de la colina. Y el trampero empezó a trabajar activamente: debía hacer desaparecer sus huellas, en la medida de lo posible.
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Pronto se puso en camino, alejándose de aquel lugar. No lamentaba su bravata al librar al apache de la esclavitud y enviarle hacia la banda de sus hermanos de raza, que no podía estar a muchas horas de distancia. Aquella clase de bravatas eran las propias de un hombre libre y que ama la libertad. Pero apresuró su marcha. En cierta ocasión, hacía mucho tiempo, se había fiado de los apaches, pero ahora no podía fiarse de ellos. Por la simple razón de que los apaches no podían confiar en un hombre como él; sus «amigos» habían atropellado a los apaches; y los apaches odian a los que roban sus territorios o su libertad, y luchan con tanta ferocidad que sus cabezas están puestas a precio.
Un precio muy elevado: cien dólares por la de un hombre, cincuenta por la de una mujer y veinticinco por la de un chiquillo. Tan elevado, que muchos hombres se habían dedicado a su caza. El trampero sabía que el peligro en que se encontraba tenía su razón de ser en un motivo de justicia. Y se apresuró a alejarse. Sabía que Tuzimo no intercedería por él; un apache mataría incluso a la mujer que le había amamantado, si no era una mujer apache.
Tuzimo corrió en línea recta, sin detenerse una sola vez a descansar. Gracias a su juventud, no había sido ablandado por los años de deambular con las ovejas, ni por el hambre ni por los sufrimientos. Su vigor permanecía intacto, y, ahora, un espíritu más poderoso que él mismo guiaba sus pasos.
Había sido observado durante algún tiempo sin que se diera cuenta de ello. Avanzaba a través de un cañón cuando un guerrero salió de repente de detrás de una roca y se plantó a su lado. Tuzimo no dio la menor muestra de sorpresa ni de temor, y el guerrero hizo un gesto de aprobación. No tardaron en llegar al campamento de los apaches. La noticia de su llegada le había precedido. Mujeres y chiquillos se agolpaban ante sus tepees, contemplándole curiosamente y en silencio. Tuzimo se encontró ante un hombre alto provisto de una larga nariz y cuya cabeza aparecía cubierta con un trapo rojo. Otros hombres le rodearon, y Tuzimo se sintió extrañamente perdido en medio del penetrante olor de los seres de su raza, que había llegado a olvidar.
Tuzimo no olvidaría nunca la media hora que siguió a su llegada. Al principio, la cosa resultó difícil para él; era incapaz de hablar coherentemente para explicar de dónde venía y por qué. Trató de contar su historia en apache, y no pudo. El jefe le habló en español, y su mirada era amable. Llevaba una sucia blusa blanca y un sucio taparrabo. Junto a él había un hombre bajito, con la cabeza cubierta por un alto sombrero negro. Era el hechicero de la tribu.
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Tuzimo habló del trampero, y luego dijo que había tenido una visión y que podía conducir a la tribu a un lugar en el cual abundaba la comida. Nadie se rió y los hambrientos apaches se acercaron más a él.
Los hombres palmearon amistosamente sus hombros mientras hablaba. ¿Encontrarían caballos en el lugar a donde les conduciría?, preguntaron. Y aunque el pastor con el que había trabajado no tenía ningún caballo, Tuzimo respondió que encontrarían caballos. Su visión se lo había indicado. Luego le preguntaron cuántos hombres habría allí. Y Tuzimo respondió que unos cuantos, y no sólo uno, y que algunos serían viejos y otros jóvenes. Y que el número de ovejas bastaría para cubrir una extensa llanura. Y que habría mujeres y chiquillos.
Los apaches asintieron y meditaron las palabras de Tuzimo. Estaban hambrientos y deseaban guerrear. Tuzimo temblaba interiormente de excitación, pero procuró que sus hermanos de raza no se dieran cuenta.
Dijo, casi impremeditadamente:
—Creo que el hombre blanco ha hecho posible todo esto.
Pero los apaches gruñeron hostilmente, y el hombre pequeñito ataviado con el alto sombrero, dijo:
—Es un enemigo nuestro, un rostro pálido, y debe morir. Tal vez haya ido en busca de tropas para que nos persigan y nos maten.
Tuzimo sacudió la cabeza.
—No hará nada de esto —murmuró.
El hombre pequeñito exclamó:
—Los rostros pálidos tienen lengua de serpiente. Nosotros llegamos a Nuevo Méjico. Nuestros amigos blancos y mejicanos nos invitaron a un festín. Nos dieron mucha comida. Y luego nos llevaron a un gran patio y nos dijeron que escogiéramos lo que deseáramos de todas las cosas buenas que allí había. Y cuando nos acercamos a las cosas buenas, dispararon un cañón contra nosotros. Murieron hombres, mujeres y niños. Dentro del cañón había trozos de hierro, y los apaches murieron. Y los que no murieron quedaron abandonados, sin comida y con los corazones sedientos de venganza. ¿Acaso no están todos los hombres blancos en contra de los apaches?
Luego, el hombre pequeñito añadió:
—Seguiremos a Tuzimo. Seguiremos también al rostro pálido, y encontraremos la llanura, con las ovejas.
El jefe dijo:
—Espera. Tuzimo hablará. Él ha tenido la visión.
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Tuzimo deseó protestar contra el hechicero, pero algo le impidió hacerlo. Si, después de vivir cuatro años con los mejicanos, seguía siendo un verdadero apache, podría demostrarlo escuchando sin rechistar los lamentos del trampero sometido a tormento. Y podría demostrarlo, también, como juez de hombres, si el bravo trampero permanecía silencioso. Tuzimo sabía que entre sus hermanos de raza el tormento era bueno; demostraba lo débiles que eran sus enemigos, y cuán elevado podía ser el valor de un hombre. No había nada comparable a torturar a un ser débil y no sentir otra cosa que desdén por su debilidad, y a torturar a un hombre fuerte y sentir el deseo de ser tan valiente como él.
—Iremos —dijo el jefe.
En la tribu había treinta guerreros y sesenta mujeres y chiquillos. Diez guerreros se quedaron con las mujeres y los niños, fijando un lugar de cita en un punto situado hacia el sur, donde podían ocultarse y alimentarse muchas ovejas. El resto de los guerreros y Tuzimo se dirigieron al lugar donde el trampero y Tuzimo habían acampado la segunda noche.
Allí encontraron huellas de un fuego reciente, y los guerreros rastrearon las señales que indicasen la dirección que había tomado el rostro pálido. El hombre pequeñito salió con un grupo de guerreros detrás del trampero. Los otros continuaron su marcha.
Tuzimo tenía una gran confianza. Iba a la cabeza de un grupo de bravos guerreros, en busca de lucha y de alimento. Seguramente, la visión era cierta y había reflejado la realidad. La lógica le decía que encontrarían el pastor y el rebaño, y nada más. Pero la lógica carecía de todo valor ante una visión.
Al atardecer del segundo día de penosa marcha llegaron al jacal. Los guerreros rastrearon todas las huellas. Luego siguieron adelante, sobre los pasos del rebaño. Había oscurecido ya cuando divisaron el fuego del campamento. Alrededor del fuego vieron varias sombras humanas. Oyeron relinchar a un caballo Tuzimo se sintió feliz. Le fue permitido esperar junto al jefe que se desvaneciera la oscuridad, que pasaran las horas durante las cuales no es lícito atacar, porque pertenecen al reino de los muertos. Y cuando el sol asomó por el horizonte, corrió hacia delante con sus apaches y ayudó a capturar al pastor y a los demás.
Tuzimo reconoció a los hombres: allí estaba el vaquero, el jinete, encargado del pastor de Tuzimo y de otros varios pastores; allí estaba otro de los pastores que trabajaba para el mismo patrón; allí estaba el capataz del rancho, y con él tres hombres armados. En el carromato estaban los dos hijos menores del capataz y la anciana que cuidaba de ellos; y también estaban la
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esposa del capataz y su hija mayor, que tenía trece años. Evidentemente, el capataz estaba recorriendo la hacienda de su patrón, y llevaba consigo a su familia, como había ocurrido alguna otra vez que Tuzimo recordara.
Todos fueron capturados sin disparar un tiro, aunque uno de los hombres armados había sido golpeado en la cabeza y ahora estaba tendido en el suelo, agonizando. Las armas estaban en poder de los apaches, además de cuatro caballos, dos hachas, tres borricos y dos rebaños de ovejas que totalizaban unas cuatro mil cabezas. Los cautivos fueron atados y dejados en el suelo, mientras los apaches se hartaban de carne.
Al caer la tarde llegó el hombre pequeñito y sus guerreros, conduciendo al trampero por el extremo de una cuerda atada a su cuello. El hombre pequeñito iba montado en el caballo castaño. El trampero fue atado juntamente con el pastor de Tuzimo. Fueron encendidos unos pequeños fuegos muy cerca de sus cabezas. Los otros hombres blancos fueron atados a las ruedas del carromato, cabeza abajo, y se encendieron fuegos debajo de sus cabezas. Cuando las llamas se elevaran, prenderían en los cabellos de los cautivos.
—¡Espera! —gritó el trampero—. ¡Tuzimo, acércate!
El muchacho se acercó a él, dominado por la curiosidad. Se sintió poseído por el desprecio y por la vergüenza al creer que el trampero iba a pedirle clemencia, apelando a su gratitud.
Pero el trampero dijo:
—¿Conoces a Dios?
—El Dios a que te refieres no es el mío.
—Entonces, ¿conoces esto? —dijo el trampero, al tiempo que luchaba con sus ataduras para conseguir acercar su cabeza al fuego. Su pelo empezó a arder. Sin dar ninguna muestra de temor, como pudiera hacerlo el más bravo de los apaches, el trampero mantuvo su cabeza tan cerca del fuego como le fue posible.
—Tuzimo —dijo—, no hago esto por mí mismo, sino por los demás. Waagh! —gritó, pero sonrió al dolor—. Tuzimo, si yo soy valiente, ¿dejarás libres a los otros, como yo hice contigo? Waagh! —gritó, y se echó a reír. El tormento era brutal—. ¿Lo harás, Tuzimo?
Tuzimo contempló el largo pelo del trampero, completamente encendido. Miró sus ojos, abiertos, sin la menor sombra de miedo. Los ojos estaban fijos en él. Y un extraño fuego de simpatía se encendió en su interior.
Y, repentinamente, sintió por un enemigo suyo lo que hubiera sentido por un miembro de su propia tribu, y acercándose al fuego lo arrojó de un puntapié lejos de la cabeza del trampero.
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—¡No hagas eso! —gritó el hombre pequeñito—. ¡No hagas eso!
Y trató de arrastrar de nuevo el fuego al lugar donde había estado. Tuzimo se lo impidió.
El jefe se acercó, con el rostro sombrío.
—Tuzimo —dijo—. ¡Habla!
—El rostro pálido es mi amigo —dijo Tuzimo—. Y afirmo que no será bueno para nosotros que él y sus compañeros mueran. Tuzimo luchará por él.
El jefe le miró largo rato en silencio. Luego miró hacia las ovejas y las otras cosas —los caballos, el carromato— a que Tuzimo les había conducido. Todo aquello era bueno y Tuzimo debía ser respetado.
Asintió lentamente.
—Tus labios han dicho verdad antes de ahora; y debemos creer lo que ahora dices. Los prisioneros deben quedar libres.
Llegó la noche. El trampero se había ido, así como los mejicanos. Los apaches comían carne de cordero alrededor de los fuegos. Tuzimo estaba tendido en el suelo, mirando a las estrellas.
Pensaba en lo ocurrido desde que el trampero le libró de la esclavitud. Y una felicidad tan profunda y misteriosa como el insondable cielo llenó su corazón.
«Yo, Tuzimo —se dijo—, he sentido compasión y he librado a mis enemigos del tormento. Pero la he sentido valientemente: como un hombre.»
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LA BODA DE RAYO DE LUNA
BILL GULICK
A QUELLA era su última noche en la senda. Hacia el noroeste, los picachos coronados de nieve de los montes Wind River se proyectaban contra el
cielo, y la brisa que llegaba desde las tierras altas estaba perfumada con la intensa fragancia de las salvias y los pinos. Pero Tad Marshall no estaba interesado ni en el espectáculo de las montañas ni en la fragancia de la brisa. Era un joven de veinte años, de pelo rubio y rizado y penetrantes ojos azules, y en aquel momento se inclinaba hacia delante para hablar con el ex trampero que se hallaba sentado al otro lado del fuego.
—¿Harás eso por mí?
—Lo intentaré —gruñó Buck Owens—. Pero no quiero hacerme responsable de lo que pueda ocurrir. Como ya te he dicho antes, Slewfoot Samuels se come a los novatos.
—Como me hinque el diente a mí, le entrará la peor clase de cólico que haya tenido nunca.
—Creo que tienes demasiada confianza en ti mismo.
—No es eso. Lo que ocurre es que vine al Oeste para convertirme en un trampero y no para cuidar mulas.
—Con la habilidad que tienes para manejar las mulas, el capitán Sublette no desea que te marches. Oyó los rumores de que pretendías asociarte con Slewfoot y se enojó mucho.
Tad sacudió la cabeza. Apreciaba a Sublette y le estaba muy agradecido por la oportunidad que le había dado de venir al Oeste, pero estaba deseando perder de vista su actual ocupación.
—Sublette dirá lo que quiera, pero yo no pienso regresar a Missouri en una buena temporada.
—¿Qué es lo que te hace temer el regreso? ¿Te enfadaste con tu padre? —No. Mi padre siempre me trató muy bien. —¿Algún jaleo con la ley? ¿Mataste a alguien, quizá?
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—Nada de eso.
—Entonces, sólo queda una cosa. ¿Un disgusto amoroso?
Tad, algo turbado, se pasó los dedos por el pelo.
—Un disgusto, precisamente, no. Pero había tres muchachas que pretendían que yo debía casarme con ellas. Y las tres tenían hermanos que se daban mucha maña en apretar el gatillo.
—¿Tres muchachas que deseaban casarse contigo? ¿Y las tres a la vez? — inquirió Owens, con franca admiración—. ¿Cómo ocurrió la cosa?
—Que me aspen si lo sé. Las mujeres siempre me han buscado complicaciones. Ahora, cuéntame algo más de Slewfoot. Tú trabajaste cinco años con él, ¿no es eso?
—Sí, fue todo lo que pude resistir a su lado. Slewfoot tiene un extraño sentido del humor.
—Un poco de broma no está nunca de más. Creo que podré resistirlo. —Y, en caso de que no pudieras —dijo Buck, con un repentino brillo en
sus descoloridos ojos—, ¿volverías con las mulas como el capitán y yo deseamos?
—Desde luego.
—¡Magnífico! Mañana te presentaré a Slewfoot.
Novato como era, Tad había aprendido muchas cosas durante el viaje desde St. Louis. Existían varias clases de tramperos, descubrió. Algunos trabajaban a sueldo y algunos a comisión, pero la crema del negocio estaba constituida por los tramperos libres: hombres que vagabundeaban por donde querían, vendían sus pieles al mejor postor y no estaban atados a nadie.
Habitualmente, tales hombres trabajaban en parejas, pero Slewfoot, que había sido siempre un hombre raro y cuyas rarezas iban en aumento con los años, trabajaba sin otra compañía que la de una muchacha india, de la tribu de los shoshones, a la cual había comprado hacía unos años. En las charlas entabladas alrededor de los fuegos de los campamentos se decía que las partidas de guerreros indios se desviaban muchas millas de su camino para no encontrarse con él; que los osos se asustaban y se enterraban en lo más hondo de sus madrigueras con sólo oír mencionar su nombre; y que los castores, cuando se enteraban de que él rondaba por la vecindad, se morían del susto.
Nada de todo esto asustó a Tad, pero le hizo aguardar con verdadera impaciencia el momento de conocer al hombre con el cual deseaba asociarse.
Antes del mediodía llegaron al Green River y acamparon. El valle estaba ya lleno de tramperos y de indios de muchas tribus, llegados de todos los
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rincones del Oeste para un carnaval de quince días de duración de chalaneo, de juego, de borracheras, de carreras de caballos y de duelos y peleas. Tad lo miraba todo con ojos tolerantes. Pero otros ojos contemplaban aquel cuadro con menos tolerancia.
Con la brigada viajaba aquel año un Pastor llamado Thomas Rumford, un hombre alto, de mejillas hundidas y rostro solemne, que regresaba a una misión que había fundado algunos años antes entre los indios Nez Perce, en la ruta de Oregón. El Pastor Rumford no había ocultado nunca lo mucho que desaprobaba el lenguaje y las costumbres de los muleros, y le desagradaba aún más la conducta de los tramperos. Mientras Tad ayudaba a descargar las mulas, el Pastor Rumford se acercó a él, con una expresión de reproche en la mirada.
—Hijo mío, ¿qué hay de verdad en lo que he oído acerca de que piensas convertirte en trampero?
—Quiero probar suerte —respondió Tad.
—¿Sabes ya qué clase de hombre es Slewfoot Samuels? —Sí, me han hablado de él. Pero creo que podré manejarlo.
El Pastor Rumford sacudió la cabeza y prosiguió su camino. Sintiendo un indefinible malestar, Tad terminó de descargar las mulas. Entonces vio que se acercaba el capitán Sublette, y el brillo divertido de los oscuros ojos de Sublette le hizo olvidar al Pastor.
—¿Has conocido ya a tu socio?
—No. Pero Buck me prometió presentármelo hoy mismo.
—Bien, lo menos que puedo hacer es desearte buena suerte.
—Muchas gracias, capitán.
—Y no olvides que, si te van mal las cosas, puedes volver cuando lo desees.
Sintiéndose cada vez más nervioso, Tad fue a reunirse con Buck y ambos se encaminaron hacia el sector shoshone del campamento.
—Después de vivir tanto tiempo con esa mujer india, Slewfoot es más Injun que blanco —explicó Buck—. Incluso piensa como un Injun.
—No debiste contar a todo el mundo lo que yo pensaba hacer. Estoy harto de que me miren con lastima, como si fuera a embarcarme en una terrible aventura.
—No andan muy lejos de la verdad. Slewfoot sabe arreglárselas como nadie para hacer lo que pueda enojar más a un hombre. Se aprovecha siempre de su punto flaco. ¿Cuál es tu debilidad, muchacho?
—Que yo sepa, no tengo ninguna.
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—La mía es el miedo a las serpientes de cascabel. No puedo remediarlo. Y en cuanto Slewfoot lo descubrió, convirtió mi vida en un infierno. Imagínate a un hombre que se despierta de un sueño placentero y se encuentra una serpiente de cascabel de cinco pies de longitud enroscada al pecho… aunque esté muerta.
—¿Eso te hizo Slewfoot?
—Sí, y encima se rió hasta reventar.
Se detuvieron ante un tepee a cuya sombra dormitaba un hombre de pelo rojo, que llevaba unos mugrientos pantalones de piel de gamo. Buck señaló hacia él con la cabeza.
—Ahí está. ¿No es todo un ejemplar?
Antes de que Tad pudiera contestar, Slewfoot Samuels abrió los ojos. Tad recibió una extraordinaria impresión. Uno de los ojos era verde, el otro negro, y juntos producían el más desagradable efecto que imaginarse pueda. Slewfoot alzó la vista para fijarla en Buck, bebió un sorbo de whisky de la botella que sujetaba entre las piernas y luego escupió.
—Hola, Buck. ¿Es ese el palomino que desea trabajar conmigo? —El mismo. Se llama Tad Marshall. —Sentaos —gruñó Slewfoot.
Se sentaron y Buck cogió la botella de whisky. Slewfoot tendió su mano a
Tad y le dijo:
—Chócala, muchacho.
Tad alargó su mano derecha a Slewfoot, y éste trató de convertírsela en gelatina de un apretón. Pero Tad había esperado algo de eso, y tensó sus músculos de modo que la presa de Slewfoot no le produjo el menor efecto. Slewfoot tomó entonces la botella de whisky de manos de Buck.
—¿Bebes, Tad? ¿O estás aún a régimen de leche?
Tad se llevó la botella a los labios y la mantuvo allí hasta que su nuez de Adán se movió media docena de veces.
—Este whisky está algo aguado, ¿verdad? —dijo, al devolver la botella a Slewfoot.
En aquel momento salió de la tienda la mujer de Slewfoot, una india de aspecto limpio y robusto, y cogió una brazada de leña del montón apilado junto al tepee. Slewfoot le dijo algo en el idioma de los shoshones. La india contempló con curiosidad a Tad durante un momento, gruñó una respuesta y desapareció en el interior de la tienda.
Varios perros dormitaban en la sombra. Un cachorro blanco de pelo largo y suave salió de la tienda gimiendo con el rabo entre las piernas, seguido por
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los gritos de la india. El cachorro se acercó a Slewfoot en demanda de protección, la obtuvo en forma de un par de amistosos cachetes y luego trotó hacia Tad, saltó a su regazo y se echó a dormir.
Slewfoot sonrió.
—Parece que le has gustado, muchacho.
—Sí, los perros suelen simpatizar conmigo.
—Este es un cachorro muy bueno. Tengo proyectado algo para él.
Una atractiva muchacha india de ojos oscuros se presentó en aquel momento e inició la entrada en la tienda; Slewfoot la llamó y la muchacha se detuvo y se quedó contemplando a Tad con la boca abierta por la sorpresa. Repentinamente, se echó a reír en voz baja, murmuró algo en shoshone y luego entró rápidamente en la tienda.
—¿Quién es? —preguntó Buck.
—La hermana de mi squaw. Se llama Rayo de Luna.
—Tad es todo un caballero con las mujeres —dijo Buck, en el tono más inocente del mundo—. Estuvo comprometido con tres muchachas a la vez, allá en su pueblo. Al parecer, tuvo que salir huyendo.
—Una mujer puede llegar a importunar de veras a un hombre —dijo Slewfoot—, a menos que él sepa cómo manejarla. A la mía tengo que ponerle las peras a cuarto de cuando en cuando.
—¿Ponerle las peras a cuarto? —preguntó Tad.
—Sí, zurrarla.
—Yo no sabría pegar a una mujer.
—Bien, tal vez tengas que zurrar a Rayo de Luna para que te deje en paz —sonrió Slewfoot—. Al parecer, tu pelo amarillo le ha impresionado mucho. —A continuación bostezó—. Estoy hambriento. He dicho a las mujeres que preparen algo de comer.
La squaw se asomó a la puerta de la tienda. Habló unas palabras con Slewfoot, éste miró tristemente a Tad.
—Mi squaw dice que andamos escasos de carne —dijo—. Siento verme obligado a hacer esto, pero cuando un hombre está hambriento tiene que comer. Me veo obligado a hacerlo. Tad, dame ese cachorro.
—¿El cachorro?
—Sí. Es el más tierno que tenemos.
—Yo no tengo hambre, desde luego. He desayunado muy bien.
Slewfoot agarró al cachorro por el pescuezo, se lo tendió a la india y ésta desapareció en el interior de la tienda. Slewfoot empezó a contar una larga historia a Buck. La mente de Tad no atendía a la conversación de los dos
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hombres, estaba ocupada en otros pensamientos. ¿Despellejaría la india al animalito, se preguntó, o lo introduciría en la cazuela con pelo y todo? Por primera vez en su vida, sintió que se le revolvía el estómago.
Al cabo de un rato, la india salió con tres escudillas de madera llenas de una carne grasienta, y Tad, esperando que su rostro no traicionaría el malestar que le embargaba, aceptó la suya con una débil sonrisa.
—¿Hay hambre ahora? —preguntó Slewfoot.
Con ojos vidriosos, Tad miró el contenido de la escudilla. Si no había comido carne de perro, la había comido de cuervo, y de las dos comprobó que la primera era más fácil de tragar. Cogió valerosamente la cuchara.
—Sí, desde luego —respondió—. Me comería un caballo. Lástima que no tenga usted uno bien cebado para guisarlo.
Un poco más tarde, cuando se encaminaban a su propio campamento,
Buck preguntó:
—¿Qué te ha parecido la carne? —Excelente, aunque era demasiado grasienta. —La carne de oso suele serlo. —¿Oso? Creí que era carne de perro.
—Los shoshones no se comen a los perros. Aunque Slewfoot hubiera zurrado a su mujer hasta el día del juicio final, ella no hubiese cocinado el cachorro para nosotros. Esto es lo que Slewfoot entiende por gastar una broma.
—No me pareció muy divertida.
—Dijiste que te veías con fuerza para resistirlo.
—Y sigo diciéndolo.
—Bien, procuraré estar cerca y no perderme la función.
Durante la semana que siguió, hubo veces en que Tad no creyó poder resistirlo. Una de ellas fue el día que Slewfoot estuvo a punto de ahogarle fingiendo que le iba a enseñar a parar una trampa para cazar truchas. Otra, la noche que Slewfoot puso purgante en el whisky. Pero cuando estuvo realmente a punto de perder la paciencia fue la noche en que Rayo de Luna le despojó de su pelo a la vista de todo el campamento.
Slewfoot había preparado la cosa, evidentemente, aunque todo pareció puramente accidental. Los muchachos habían empezado a echar el pulso alrededor de la fogata. Luego, dos tramperos se enfrentaron, entrelazando los dedos de ambas manos. A la voz de «¡Va!», cada uno trataba de obligar al otro a caer de rodillas o de espaldas, según la resistencia del vencido.
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Slewfoot consiguió arrastrar a todos los que se enfrentaron con él. Mirando a su alrededor en busca de nuevos rivales, se permitió aludir despectivamente a los jóvenes de Missouri, de modo que a Tad no le quedó otro remedio que ponerse en pie y participar en el juego.
El capitán Sublette era uno de los espectadores. También estaban allí Buck Owens, el Pastor Rumford, todos los muleros y un gran número de indios. Se cruzaron apuestas, mientras Tad y Slewfoot se ponían en guardia. Mirando por encima del hombro de Slewfoot, Tad se encontró a sí mismo con los ojos clavados en Rayo de Luna, la cual estaba sentada en el suelo con sus profundos ojos negros brillando a la luz de las llamas y sus suaves labios rojos entrabiertos de anticipada excitación. «Es muy bonita», pensó Tad. Mucho más bonita que las tres muchachas de su pueblo. Pero, le miraba de un modo…
—¡Va! —gritó el capitán Sublette.
Slewfoot profirió un gruñido, movió las manos, y cuando Tad quiso darse cuenta estaba tumbado de espaldas al suelo. Mientras recobraba la vertical, oyó el rugido de entusiasmo de los espectadores.
Slewfoot le sonrió con expresión divertida. —¿Quieres probar otra vez, compañero? —Desde luego.
Esta vez, la llave de Slewfoot no le cogió de sorpresa. Forcejearon unos instantes, hasta que Tad vio llegada la ocasión de aplicar sus propios conocimientos de aquella clase de lucha: Slewfoot dio con sus costillas en el suelo. Los espectadores rugieron con más entusiasmo que antes.
—¿Se ha lastimado? —preguntó Tad en tono solícito.
—Vamos a probar otra vez —gruñó Slewfoot, poniéndose en pie.
Se cogieron de las manos. A juzgar por la expresión de su rostro, Slewfoot estaba realmente interesado en la lucha. Y lo mismo podía decirse de Tad. Pero la idea que bullía en el magín de Slewfoot era muy distinta a todo lo que Tad pudiera imaginar. Tras el tanteo preliminar, Slewfoot dio una rápida media vuelta sobre sí mismo e, inclinándose un poco, tiró fuertemente de las manos de Tad y le hizo salir disparado por encima de sus hombros.
Tad salió volando por los aires y fue a caer contra los espectadores, cabeza abajo. Su cráneo golpeó el suelo junto al regazo de Rayo de Luna. Medio inconsciente, alzó los ojos hacia la muchacha india. Ésta le dirigió una tímida sonrisa. De repente, Rayo de Luna sacó un gran cuchillo de los empleados por los indios para escalpelar a sus enemigos, agarró todo el pelo
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que pudo del indefenso Tad y se lo seccionó limpiamente. Luego salió corriendo.
Los rugidos de la multitud se hicieron insoportables. Al menos para Tad. Se puso en pie, dispuesto a perseguir a Rayo de Luna, pero la muchacha había desaparecido entre la multitud. Profiriendo exclamaciones de furor, Tad quiso lanzarse contra Slewfoot, que se retorcía de risa, pero Sublette, Buck Owens y otra media docena de hombres se lo impidieron.
—¡Calma, muchacho, calma! —le recomendó Sublette, conteniendo difícilmente la risa—. No hay muchos hombres que hayan sido escalpeados por un indio o una india y hayan quedado vivos para contarlo…
Al cabo de un rato, Tad dejó de oponer resistencia y los hombres le soltaron. Con el rostro encendido, se hundió en la oscuridad.
Lentamente, Tad terminó su desayuno y aceptó la taza de café que le sirvió Buck. Pelo-Amarillo-Escalpelado-Por-Una-Mujer. Este era el nombre que los indios le habían dado. Buck miró a su compañero con expresión de simpatía.
—Ya te advertí la clase de elemento que era Slewfoot —dijo—. Pero, te crees tan listo…
—Me pilló descuidado. No me ocurrirá más.
—Es demasiado astuto para ti, muchacho. Te apuesto lo que quieras a que está tramando ya una nueva jugarreta.
—Te repito que no me cogerá desprevenido.
—Míralo, ahí llega.
En efecto, Slewfoot se acercaba a ellos, fresco como una rosa. —Buenos días, compañeros —saludó—. ¿Queda algo de café para mí? Buck le sirvió una taza. Slewfoot se sentó en el suelo, y su ojo negro
observó a Tad mientras el verde contemplaba las distantes montañas.
—Lo que te hice anoche fue una sucia jugarreta, Tad —dijo—. Te aseguro que tengo un peso sobre la conciencia, de modo que he decidido hacer algo por ti.
—¿De veras? —inquirió irónicamente Tad.
—Sí. Sé que no te gusta el nombre con que te han bautizado los Injuns. Por tanto, he hablado con un jefe sohshone que es muy amigo mío. Me ha dicho que lo arreglará.
—¿Cómo?
—Hará que su tribu te adopte y te darán otro nombre. Esto anulará el anterior. He tenido que hacerle un regalo, pero ya te he dicho que deseaba
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ayudarte.
—¿Adoptarme?
—Sí. Los indios lo hacen una que otra vez.
Buck miró a Slewfoot con los ojos cargados de sospechas.
—¿Quién es ese jefe? —preguntó.
—Siete Osos.
—Pero, ¿no es…?
—Sí, es el jefe de la tribu —le interrumpió Slewfoot—. Ningún indio se atreverá a reírse de un blanco al que Siete Osos haya adoptado por hijo.
Tad meditó la propuesta. Si había algo anormal en ella, era incapaz de descubrirlo. Miró a Buck.
—¿Qué opinas de esto, Buck?
—Me reservo la opinión.
—Bien —dijo Tad—. En tal caso…
La ceremonia en la tienda del jefe Siete Osos duró un par de horas. Estaban presentes una docena de los miembros más importantes de la tribu, y al mirar sus rostros solemnes Tad se dijo que aquel era un asunto muy serio para ellos. Slewfoot estaba también muy serio, pero su seriedad obedecía al hecho de que se había visto obligado a entregar a Siete Osos, a cambio de sus servicios, un par de caballos, media docena de mantas rojas, un mosquetón viejo, varias libras de pólvora y de plomo y otras chucherías.
Cuando terminó la ceremonia, salieron de la tienda y Slewfoot le acompañó hasta el borde del campamento shoshone. Su sonrisa parecía sincera.
—¿Cómo te sienta ser un Injun?
—Muy bien. ¿Qué nombre me han dado ahora? —Mula Blanca. Es un nombre muy bonito. —Le agradezco lo que ha hecho por mí.
—¡Bah! Ni hablar de ello, muchacho. Bien, te veré más tarde.
Buck estaba durmiendo la siesta cuando Tad llegó a su tienda, pero al oír los pasos del recién llegado los ojos del viejo trampero se abrieron.
—¿Cómo ha ido la cosa? —preguntó.
—Muy bien. Se han portado muy amistosamente conmigo. Ahora me llamo Mula Blanca.
—¡De modo que era verdad! ¿Cuánto le ha costado a Slewfoot? —Creo que ha dado a Siete Osos algunas mantas, un par de caballos…
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—¿Caballos? Por un par de caballos podía comprarte una… —Se interrumpió repentinamente y se quedó mirando algo situado detrás de Tad—. Y lo ha hecho. Mira detrás de ti, muchacho.
Tad se volvió en redondo. Allí estaba Rayo de Luna, sonriendo tímidamente. Detrás de ella había cuatro caballos, en dos de los cuales Tad reconoció a los que Slewfoot había entregado a Siete Osos aquella misma mañana, y los cuatro iban cargados con el menaje propio de un hogar indio. Mientras Tad se quedaba mirando a Rayo de Luna con ojos intrigados, ella le señaló a él y luego a sí misma, y después hizo un gesto envolvente con ambas manos.
—Rayo de Luna desea saber dónde quieres instalar tu tienda.
—¿Mi tienda?
—Tuya y de ella.
—¿Acaso… acaso es mía?
—Desde luego, Slewfoot la ha comprado para ti.
—Pero, Siete Osos…
—Siete Osos es su padre. Y da la casualidad de que también es el padre de la squaw de Slewfoot.
—¡Dile que no quiero saber nada de ella! ¡Dile que se vuelva a su casa! Buck agarró a Tad por el antebrazo.
—En lo que a ti y a Slewfoot se refiere, esto no pasa de ser una broma, tan pesada como quieras. Pero no creo que le hiciera mucha gracia a Siete Osos, ni tampoco a su hija. A ella debes gustarle. Y Siete Osos debe quererla mucho, ya que de otro modo no se hubiera desprendido de los caballos de Slewfoot para ofrecértelos como regalo de boda.
—Pero, yo no puedo vivir con la muchacha…
—Calma. No hay que precipitarse. Deja que Rayo de Luna instale su tienda. Entretanto, tú y yo iremos a hablar con el capitán Sublette.
El capitán Sublette no tenía la costumbre de perder los estribos, pero cuando Tad y Buck le hubieron contado lo que había ocurrido se mostró a punto de estallar. El Pastor Rumford también estaba presente. Cuando Tad declaró que la solución que él veía al asunto era la de romperle la cabeza a Slewfoot y luego devolver a Rayo de Luna a su padre y explicarle todo el asunto, el Pastor se mostró de acuerdo con aquella idea. Pero Sublette sacudió la cabeza.
—No puedes devolvérsela a su padre. Los shoshones no aceptarían tu explicación, fuera la que fuese, y se pondrían tan furiosos que no me
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extrañaría nada que nos pasasen a todos a cuchillo. Tienes que aceptarla y vivir con ella, al menos en teoría, hasta que encontremos una solución.
—¡Esto es inaceptable! —protestó el Pastor.
—He dicho en teoría… Cuando la brigada regrese a St. Louis, puedes marchar con ella, Tad. Yo le diré a Rayo de Luna que regresarás el próximo verano para quedarte definitivamente. Esto puede poner a salvo su amor propio y nuestros pescuezos.
—Pero yo no regresaré. ¿No es eso?
—Exactamente.
Tad contempló los nevados picos de las montañas que rodeaban el valle. —Eso sería jugarle una mala pasada a la muchacha. Dejarla esperando a
un hombre que nunca va a regresar sería un terrible engaño.
—Vale más un pequeño engaño que una guerra con los indios. De todos modos, no tendrá que esperar mucho tiempo. El año próximo le diré que has muerto de viruelas o de algo por el estilo, y ella quedará libre para casarse con otro hombre.
Tad asintió de mala gana, pero la idea de engañar a la muchacha no acababa de satisfacerle.
—Rayo de Luna es una chiquilla inocente y no se merece esto. Me gustaría regalarle algo para que tuviera un recuerdo mío… por una temporada, al menos. ¿Podría adelantarme algo de mi sueldo para que pueda comprarle un par de regalitos?
Sublette sonrió comprensivamente.
—Desde luego.
Tras haber adquirido algunas cosas que creyó podían gustar a Rayo de Luna, Tad se encaminó al paraje donde había plantado su tienda. Pero la tienda había desaparecido. En su lugar había surgido un confortable tepee de pieles, alrededor del cual se agitaban una docena de mujeres indias, que charlaban y reían mientras ayudaban a Rayo de Luna a instalar su nuevo hogar.
Al ver a Tad, las mujeres sonrieron, cambiaron entre sí miradas significativas y desaparecieron rápidamente Cuando se hubieron marchado, Tad se acercó a Rayo de Luna, que estaba arrodillada encendiendo un fuego.
—Rayo de Luna, he comprado algo para ti.
Los ojos de la muchacha se alzaron hasta él. Unos ojos negros, tiernos y profundos. Tad pensó repentinamente que no sabía si iba a zurrarla por lo que le había hecho la noche anterior, o a acariciarla ya que ahora era su esposa. La tomó de la mano y la obligó a ponerse de pie.
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—Te he traído estos regalos.
Dejó el paquete en manos de Rayo de Luna. Ésta examinó los regalos uno por uno. Primero, el brillante espejo con mango de plata. Luego el collar de doble vuelta de perlas falsas. Después el diminuto anillo de oro, que por casualidad encajaba en el dedo anular de su mano derecha. La muchacha se quedó contemplando aquellas cosas largo rato. De repente, echó a correr en dirección al campamento shoshone.
Su ausencia se prolongó tanto que Tad, cansado de esperarla, entró en el tepee y se tumbó a descabezar un sueño. A excepción de una desagradable pesadilla relacionada con Slewfoot, durmió perfectamente. De pronto le despertaron unas furiosas voces que sonaban en el exterior de la tienda, discutiendo violentamente en el idioma de los shoshones. Tad se levantó y se asomó para descubrir el motivo de aquel alboroto.
Los causantes del jaleo eran Slewfoot y su squaw, erguidos uno ante el otro como dos gallos de pelea. Cerca de ellos, admirando los regalos de Tad, estaba Rayo de Luna.
Repentinamente, Slewfoot vio a Tad y se encaró con él. —¿Qué diablos te has creído que estás haciendo? —gritó. —¿Yo? —inquirió Tad—. Estaba durmiendo la siesta… —¡No me refiero a eso!
—No sé de qué me está usted hablando —dijo Tad.
—¿No? ¿Y esos regalos? —rugió Slewfoot, señalando con mano temblorosa los adornos que Rayo de Luna seguía admirando—. ¿Sabes cuánto vale todo eso?
—Desde luego. Lo compré yo mismo. ¿Qué tiene que ver con usted? —¿Qué tiene que ver conmigo? ¡Mi squaw quiere que le compre también
esas tonterías!
—Bien, cómpreselas.
—¿Gastarme mis ingresos de un año en esas estupideces?
—Entonces, no se las compre.
—Si no lo hago me amargará la existencia.
—Póngale las peras a cuarto; esto la amansará.
Slewfoot miró de soslayo a su squaw y sacudió la cabeza.
—Ahora no puedo hacerlo: se lo contaría a sus parientes y me rebanarían el pescuezo. —Se acercó más a Tad, con una mirada suplicante en los ojos—. Mira, muchacho, la broma ya ha durado bastante. Lo que debes hacer ahora es quitarle todas esas chucherías a Rayo de Luna. Si lo haces, mi mujer dejará de sentir celos de ella.
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Tad miró a la squaw de Slewfoot, que en aquel momento se había acercado a Rayo de Luna y hablaba excitadamente con ella acerca de las perlas, el espejo y el anillo. Algunos hombres, pensó Tad, gastan lo que les viene en gana para sí mismos, pero no se desprenderían de un centavo para obsequiar a sus mujeres. Sonrió y sacudió la cabeza.
—Lo siento, pero no soy partidario de fastidiar a las mujeres. Trátalas bien, me digo, y obtendrás lo mejor de ellas. Hacerles regalitos, ayudarlas en las tareas domésticas, guardarles el respeto que merecen… así es como entiendo yo que debe tratarse a las mujeres, y así es como trataré a la mía.
Slewfoot le miró fijamente.
—¿Es que vas a quedarte con ella?
—Desde luego. Voy a casarme con Rayo de Luna, legalmente, en cuanto encuentre al Pastor Rumford. Quiero que sea una boda sonada. Invitaré a sus padres y a todos sus parientes. Invitaré al campamento entero. Después de la boda, habrá comida y bebida para todo el mundo.
—¡Te quedarás sin un céntimo!
—¿Qué importa? Los hombres como yo sólo se casan una vez en la vida. —Pero, cuando mi mujer vea todo eso —sollozó Slewfoot—, querrá
recibir el mismo trato; no podré ponerle la mano encima, tendré que comprarle un collar, un espejo y un anillo, me hará cortar leña y cuidar de los caballos, incluso me obligará a limpiarme los pies antes de entrar en el tepee… ¡Dios mío! ¡Tendré que portarme como un marido de veras!
—No me sorprendería lo más mínimo —dijo Tad, y se alejó en busca del Pastor Rumford.
La doble boda fue algo sonado y todo el mundo se divirtió horrores. Todo el mundo, a excepción de Slewfoot Samuels, el cual no pareció disfrutar de la alegría general. De repente, perdió por completo su famoso sentido del humor. Tal vez llegara a recobrarlo después de pasar unos cuantos meses en las montañas, cazando castores. Tad tenía la íntima esperanza de que sucedería así. Lo peor que puede ocurrirle a un hombre es tener un socio incapaz de reír una broma.
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UNA VIUDA DEL VALLE DE SANTA ANA
BRET HARTE
L A viuda Wade estaba de pie ante la ventana de su dormitorio mirando hacia el exterior con aquel vagó instinto que impulsa a la humanidad, en momentos de duda y de perplejidad, a buscar en las alturas un remedio a sus inquietudes. Y no es que las inquietudes de Mrs. Wade tuvieran un carácter de gravedad. Había pasado la etapa más aguda de la viudez hacía ya dos años, y sus párpados levemente enrojecidos y la desanimación de su linda boca no eran más que el reconocimiento externo y los signos visibles de la vigilancia a que era sometida por la comunidad de rígidos principios en que vivía. La mañana que estaba contemplando se adaptaba también a su triste estado de ánimo. Mrs. Wade gozaba de una desahogada situación económica. Era dueña de un gran rancho en el valle, que había aumentado de importancia en los últimos tiempos a causa de la construcción de una carretera que lo atravesaba por el centro. Mrs. Wade estaba preocupada, simplemente, por la idea de si debía o no aceptar la invitación para asistir a una «fiesta de sociedad», que finalizaría con un «baile» —una innovación introducida por algunos forasteros—, en el nuevo hotel, o rechazar de plano aquella locura que era, de
acuerdo con las creencias locales, inadecuada para «un valle de lágrimas». En aquel momento, la perspectiva que contemplaba distraídamente
parecía justificar aquella lúgubre definición. El Valle de Santa Ana —una extensa y monótona llanura— era apenas visible a través de las cortinas de lluvia o de los velos de niebla de aquella oscura mañana. Siempre tenía el mismo aspecto. El valle —en alguna época remota un brazo de la bahía de San Francisco— parecía empeñado en volver a su antigua condición en cuanto llegaba la estación de las lluvias. Sin embargo, sobre aquel rico suelo de aluvión, las lágrimas de la naturaleza no hacían más que favorecer las tierras de la viuda y beneficiar sus cosechas. Sus vecinos gozaban de igual prosperidad. Durante seis meses del año la expresión de Santa Ana era de tristeza, y durante los otros seis meses… de resignación. Mrs. Wade había
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cedido fácilmente a esta influencia principalmente porque era una mujer de carácter débil, más acusado a partir de la singular tragedia que la había convertido en una viuda.
El difunto Mr. Wade había sido hallado muerto, de un tiro en la cabeza, en un apartado paraje de la carretera de Heavy Tree Hill, en el condado de Sonora. Cerca del suyo se encontraron otros dos cadáveres, uno de los cuales fue identificado más tarde como el de John Stubbs —un habitante de la colina y, probablemente, un compañero de viaje de Wade—, y el otro como el de un notable desesperado y salteador de caminos, todavía enmascarado, como en el momento del ataque. Wade y su compañero habían vendido probablemente muy caras sus vidas, ya que fue encontrada otra máscara en el suelo, lo cual demostraba que el ataque no había sido obra de un solo bandido, y como el cadáver de Wade no había sido saqueado, era evidente que el otro bandolero había huido a uña de caballo. La alarma había sido dada por el único de los viajeros que, al parecer, había conseguido escapar, pero como tenía mucha prisa en tomar la diligencia del Este, su testimonio no pudo ser sometido a la consideración del Coroner[*]. Los hechos, sin embargo, estaban suficientemente claros para que pudiera dictarse un veredicto de asesinato contra el bandido, aunque todo el mundo creyó que el testigo ausente había desertado cobardemente dejando a sus compañeros en la estacada, o bien, como surgieron otros, se trataba de un cómplice. A raíz del suceso, Mrs. Wade se marchó de Santa Ana, donde su anciano padre había comprado unos terrenos. Pero el viejo sobrevivió muy pocos meses a Mr. Wade, y dejó el terreno y el rancho que había edificado a su hija. Los vecinos ayudaron generosamente a la viuda en el gobierno del rancho, hasta el punto que, de un terreno que apenas producía nada, se convirtió en una próspera hacienda. La delicada figurilla de la «hermana Wade» era un motivo de orgullo para aquella religiosa comunidad, y la viuda, por su parte, descubrió que el brazo de aquellos dispépticos de alma y de cuerpo podía ser, a pesar de todo, un buen punto de apoyo. Por ello no es de extrañar que vacilara pensando si debía asistir a aquella fiesta, que era una especie de culto rendido a la frivolidad.
Pero, aparte de esa razón superficial, existía otra más profunda en el tímido corazón de Mrs. Wade, la cual había guardado cuidadosamente en secreto. El difunto Mr. Wade había sido, en realidad, un singular ejemplo de hombre frívolo y ocioso. Además de ser un modelo para todo lo que significara diversión, Mr. Wade era jugador, pendenciero y bebedor. Pasaba días enteros fuera de su hogar, y bastantes noches. Y no es que esa conducta
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fuera excepcional en la agitada época de Heavy Tree Hill, pero había dado a Mrs. Wade, quizás, el deseo de una vida menos insegura y más seria. Su trágica muerte fue, desde luego, una especie de honrosa expiación que había santificado su recuerdo en la mente de su esposa, aunque Mrs. Wade no dejaba de tener ciertas dudas. Se comentaba, con morboso placer, que la viuda de Abner Drake, en una visita de condolencia a la llorosa Mrs. Wade unos días después de la muerte de su marido, le había dicho: «Ha sido una gran desgracia, Mrs. Wade, pero estoy segura de que la olvidará pronto, del mismo modo que yo he llegado a olvidar la pérdida de mi marido. Y, al fin y al cabo, yo supe siempre dónde pasaba las noches Abner…» La pulla encerraba un gran fondo de verdad, y la pobre Mrs. Wade tuvo que aceptarla sin rechistar.
Tras un intenso aguacero, el cálido suelo desprendía una capa de vapor neblinoso. A través de la niebla, se adivinaba el tímido reflejo del sol, todavía oculto, para ser seguido casi inmediatamente por otro chaparrón. El tiempo se mostraba tan cambiante como el estado de ánimo de Mrs. Wade, sumergida en sus dudas y vacilaciones. Mientras contemplaba el triste paisaje, se dio cuenta de que una figura de hombre había venido a unirse al panorama; en aquel momento andaba por la carretera con un fardo a la espalda, como los prospectors que la viuda había visto a menudo en Heavy Tree Hill. Aquel recuerdo tuvo la virtud de fijar sus vacilantes ideas: decidió que no asistiría a la fiesta. Pero cuando estaba a punto de apartarse de la ventana, una segunda figura, la de un jinete, apareció en otra dirección por un camino lateral que pasaba muy cerca de su hacienda. No tuvo ninguna dificultad en reconocer al jinete como a uno de los forasteros que habían organizado la fiesta. El domingo anterior, en la iglesia, se había dado cuenta de su presencia. Cuando pasaba ante la casa, el hombre se quedó contemplando la fachada con tanto descaro, que Mrs. Wade se apartó de la ventana, no deseando ser vista allí. Y entonces, sin ningún motivo aparente que lo justificara, cambió una vez más de pensamiento y resolvió asistir a la fiesta. Anunció gravemente este hecho a la esposa de su capataz, que cuidaba de la casa en sus ausencias. Iría de luto, aunque tal vez se pondría un cuello blanco a su vestido.
Era evidente, sin embargo, que Santa Ana pensaba, aún más que ella, en aquella fiesta, lo cual parecía formar parte de la innovación que había empezado con la construcción del nuevo hotel. Algunos opinaban que si la nueva iglesia y la nueva escuela habían sido inauguradas con oraciones, era natural, hasta cierto punto, que el nuevo hotel fuera inaugurado con una pequeña fiesta.
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—Desde luego, reconozco que el bailar hace que a la gente le entren ganas de tomar un refresco, y creo que esa ha sido la idea del propietario del hotel al celebrar esta fiesta —opinó un ciudadano muy severo, pero poseedor también de un gran sentido práctico, en la terraza del «Emporio del Valle».
—Sí —convino un convecino—. En la última caja de píldoras contra el resfriado que compré, las instrucciones decían que un «ejercicio agradable», no demasiado violento, ayuda mucho a la acción de las píldoras.
—Mr. Brooks se saldrá con la suya al organizar el baile —afirmó otro de los contertulios—. Dicen que incluso ha enviado una invitación a la viuda de Wade.
—Bueno, caballeros —resumió el que había hablado en primer lugar—. Creo que este asunto debe ser dejado en manos de las mujeres, que son las que en definitiva decidirán. Sé que la vieja Miss Ford, por ejemplo, ha dicho que no había dado un paso de danza desde que salió de Missouri, pero que no le importaría intentarlo de nuevo. Y, a propósito, ahí llega Brooks en persona, montado en su caballo negro.
El hombre al que la viuda había visto desde su ventana el día anterior, avanzaba lentamente por la calle. Al ver al grupo reunido en la terraza, desvió al caballo en aquella dirección, desmontó ágilmente y fue a reunirse con ellos. Era un hombre despierto, decidido, de unos treinta y cinco años, cuyos sonrientes ojos no encajaban con el ambiente lúgubre de Santa Ana. Miró a los deprimidos ciudadanos que le rodeaban y su rostro adquirió una ominosa seriedad.
—¿Cuándo ha ocurrido la cosa? —preguntó en tono grave.
—¿Qué es lo que ha ocurrido? —inquirió el más próximo a él de los contertulios.
—El funeral, el fuego, la inundación o la guerra. ¿Cuál de esas cuatro cosas ha sido?
—¿De qué está usted hablando? —preguntó desabridamente otro de los reunidos.
—De ustedes —replicó Brooks—. Están desperdiciando esta hermosa mañana graznando aquí como cuervos. No hace ni una hora que he pasado ante su granja, Johnson, y el trigo brotaba de la tierra pródigamente; ¿de qué tiene usted que quejarse? He visto su rebaño, Briggs, pastando en el Two Mile Bottom, gordo y reluciente; ¿qué le preocupa a usted? Y en cuanto a usted, Saunders —añadió, volviéndose hacia el tercero de los contertulios—, su almacén rebosa con el grano de la última cosecha, que compró usted a bajo precio y que venderá con un doscientos por ciento de ganancia; ¿qué motivos
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tiene para refunfuñar? El oírles quejarse es motivo bastante para que se produzca un incendio o una epidemia, y procuren que no ocurra algún día, para que les sirva de lección.
Todo aquello era tan completamente cierto, que los tres prósperos contertulios se quedaron un instante sin saber qué replicar. Pero Briggs no tardó en recurrir a lo que juzgó como una eficaz contraofensiva.
—He oído decir que le ha pedido usted a la viuda Wade que asista a su baile —dijo, mirando de reojo a sus compañeros—. No cabe duda de que habrá aceptado su invitación, ¿verdad? —preguntó socarronamente.
—Desde luego —replicó fríamente Brooks—. Acabo de recibir la nota en que me comunica su aceptación.
—¡Cómo! —exclamaron los tres hombres a la vez—. ¿Mrs. Wade ha aceptado la invitación?
—Sí. ¿Por qué no había de hacerlo? Y les aconsejaría que fueran ustedes también a la fiesta, para sacudirse un poco las telarañas que cubren sus espíritus —dijo Brooks, montando de nuevo en su caballo y alejándose al trote.
—Que me aspen si Brooks no tiene el ojo puesto en la viuda —dijo Johnson.
—O en sus terrenos —añadió Briggs lúgubremente.
Llegó la noche de la fiesta. El hotel apareció brillantemente iluminado. No tardó en presentarse la viuda, la cual parecía un poco más delgada que de costumbre en su vestido negro, completamente cerrado con un cuello blanco. Sus ojos y su pelo —que había peinado un poco más artísticamente que los demás días— brillaban de excitación y con el reflejo de las luces del salón en que iba a celebrarse el baile. Su rostro se mostraba alternativamente pálido y ruboroso, debido a la agitación que en su ánimo producía esta tentativa de volver a la vida mundana, y el efecto resultaba encantador y virginal. Los preliminares estuvieron presididos por una vaga solemnidad, haciéndose evidente un singular deseo de sociabilidad en la parte «social» de la diversión. La gente hablaba en susurros o con aquella gravedad que resulta de buen tono para las comunidades rurales; hablaban unos con otros a pesar de que no sentían el menor deseo de conversar, pero lo preferían a estar solos. La viuda era el centro de gravedad de todas las miradas y conversaciones, a pesar de los intentos de Brooks por impedirlo, con sus desesperados esfuerzos por infundir un poco de alegría a sus invitados. Arregló las parejas para el baile —un cotillón—, el cual corría a cargo, en su parte musical, de un piano y dos
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violines. El pianista era el encargado de tocar el órgano en la iglesia, y a cada instante movía desesperadamente los pies, en busca de los fuelles, cosa que le hacía perder el compás. El cotillón fue un desastre; los danzarines contemplaban el pasillo abierto entre ellos como si en él hubiera un ataúd, y Mrs. Johnson abandonó su puesto repentinamente, con el rostro cubierto de lágrimas, pues acababa de recordar que dos años antes había perdido a su único hijo, de corta edad. Pasó el cotillón. Le siguió una danza española, y sus alegres compases pusieron una nota de alegría en el ambiente, la cual no dejó de afectar a los más jóvenes de los asistentes, que empezaron a bailar con un poco más de despreocupación. Algunas de las jóvenes, todas ellas vestidas con trajes de muselina blanca, dejaron oír incluso su risa. Pero entre los danzarines de más edad seguía reinando un rígido decoro, como si la fiesta fuese una función religiosa. Brooks, en un desesperado intento, se volvió hacia Mrs. Wade, su compañera en la danza:
—¿Le gustaría a usted bailar un vals, Mrs. Wade?
La viuda vaciló. Antes de su matrimonio, había valseado muy bien.
—Me gustaría —respondió tímidamente—, pero creo que ellos…
Antes de que la pobre viuda pudiera expresar sus temores por la acogida que pudiera merecer un «baile redondo», Brooks se había acercado al pianista, y casi inmediatamente el salón se pobló con los ecos de los primeros compases de un vals. Un vals excitante, provocativo, irresistible, supremo. Sin darle tiempo a protestar, el brazo de Brooks enlazó la leve cintura de Mrs. Wade y la arrastró hacia el centro del salón. Una repentina oleada de alarma… y de curiosidad, recorrió la muchedumbre. Los diminutos pies de la viuda giraban con rapidez y su larga falda negra se abría en un amplio vuelo; los asistentes a la fiesta pudieron descubrir, no sólo lo lindo de sus pantorrillas, sino incluso el hecho de que sus enaguas estaban fruncidas y llenas de lazos, lo cual hizo evidente a las espectadoras que Mrs. Wade se había estado preparando desde hacía muchos días para bailar aquel vals. Pero incluso esto fue olvidado prontamente en medio de la excitación general provocada por la música y el movimiento. Los más jóvenes no tardaron en entregarse en cuerpo y alma al ritmo del vals, y, lo que resulta más inconcebible, también los más viejos se dejaron arrastrar por el torbellino. Y cuando, enrojecida y jadeante, Mrs. Wade se soltó del brazo de su compañero, estuvo a punto de ser atropellada por la pareja formada por Johnson y Mrs. Stubbs, que giraban vertiginosamente. El vals seguía. Nadie sabía, ni a nadie le importaba, cuánto iba a durar: sólo terminaría cuando los músicos quedaran desmayados sobre sus instrumentos. Era el último baile… el vals era el único
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acontecimiento de la fiesta y de la historia de Santa Ana. Y más tarde, aquella noche, cuando la tímida Mrs. Wade se desvestía en la soledad de su cuarto miró sus fruncidas enaguas llenas de lazos y una leve sonrisa —la primera desde que se había quedado viuda— curvó los ángulos de su linda boca.
Santa Ana guardó una semana de ominoso silencio acerca de la fiesta. El periódico local publicó con todo detalle las particularidades de la inauguración del hotel, pero en lo que se refiere a la fiesta se limitó a decir: «Los festejos terminaron con un baile». Mr. Brooks, que durante aquella semana se sintió impelido a hacer un par de visitas a su encantadora pareja de baile, acalló los temores que la viuda sentía por el resultado de la aventura.
—Nadie la criticará, Mrs. Wade, puede estar segura de ello. Todos están mezclados en el asunto. El otro día, sin ir más lejos, el viejo Johnson trató de mostrarse desagradable diciendo que esperaba que usted se hubiese recobrado de los excesos de aquella noche; yo le repliqué que, a pesar de que no se había recobrado usted del todo de la impresión que le produjo el verse a punto de ser atropellada por una alocada pareja formada por él mismo y por Mrs. Stubbs, se encontraba perfectamente. Esto le cerró la boca con un candado.
—No debió usted decirle eso —dijo Mrs. Wade con una tímida sonrisa. —Quise poner los puntos sobre las íes —replicó alegremente Mr. Brooks
—, ya que voy a marcharme y no quiero que en mi ausencia sigan criticando. —Va usted a marcharse… —repitió Mrs. Wade con una sincera
preocupación.
—Pero no por mucho tiempo —sonrió Brooks—. Vine aquí para establecerme y no pienso marcharme definitivamente. Entretanto, creo que he abierto los ojos a esa gente.
—Ha abierto usted los míos —dijo la viuda con tímida franqueza. Cuando estaban abiertos, eran unos ojos encantadores, a pesar de los
párpados levemente enrojecidos, y Mr. Brooks pensó que Santa Ana mejoraría mucho si continuaban abiertos. Su mirada debió dejar traslucir lo que estaba pensando, ya que Mrs. Wade se apresuró a añadir:
—Quiero decir… que… que he estado pensando que la vida no debe ser siempre triste, como hemos creído hasta ahora en Santa Ana. Incluso aquí, Mr. Brooks, tenemos seis meses de buen tiempo, aunque siempre nos olvidemos de ello en la estación de las lluvias.
—Desde luego —asintió calurosamente Brooks—. En cierta ocasión, perdí mucho dinero en un negocio descabellado, pero me las he arreglado para olvidarme de ello, y ahora creo que fue una verdadera suerte, ya que me
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ha obligado a venir a Santa Ana. De modo que ahora le digo adiós, pero no por mucho tiempo.
Cuando se hubo marchado, la viuda sintió que en su corazón se había despertado una gran simpatía hacia aquel hombre, una simpatía mezclada con gratitud, no sabía por qué.
La sensación la acompañó toda la tarde e incluso infundió una especie de dicha a su espíritu. Y cuando, más tarde, mientras las sombras empezaban a espesarse, le anunciaron que un forastero deseaba hablar con ella, se encaminó hacia el salón menos incomodada que de costumbre con este aspecto de su existencia. Ya que Mrs. Wade estaba acostumbrada a recibir a viajantes, comerciantes, a agentes que deseaban una ocupación, como dueña que era del rancho, y la cosa no resultaba nueva para ella. Pero al entrar en el salón que en parte utilizaba como despacho, encontró alguna dificultad en clasificar al forastero, que al primer golpe de vista le recordó al minero que había visto hacía unos días desde su ventana. Iba vestido de un modo más bien incongruente, y daba la impresión de que estaba acostumbrado a dormir vestido. Lo que la viuda pudo ver de su rostro sin afeitar a aquella incierta luz, expresaba una especie de obstinada concentración. El forastero se puso en pie cuando ella entró en la estancia, y tras saludarla con un breve «¿Cómo está usted?», cerró la puerta de la habitación detrás de ella y dirigió una mirada furtiva a su alrededor.
—Lo que he venido a decirle, Mrs. Wade —ya que supongo que es usted la viuda del difunto Mr. Wade—, es estrictamente privado y confidencial. ¿Está usted segura de que nadie vendrá a interrumpirnos?
Superando su instintiva sensación de repugnancia, Mrs. Wade respondió:
—Puede hablar tranquilamente; nadie vendrá a interrumpirnos… a menos
que yo les llame —añadió, con femenina precaución.
—Y a mí me consta que usted no llamará a nadie —afirmó el forastero con una desagradable sonrisa—. Es usted la viuda de Pulaski Wade, que murió en Heavy Tree Hill, ¿verdad?
—Sí —respondió Mrs. Wade.
—Y su marido está enterrado en el cementerio de la iglesia, con una lápida sobre su tumba que habla de sus virtudes como cristiano y como ciudadano modelo. Y dice también que fue asesinado por un bandolero, ¿no es cierto?
—Sí —dijo Mrs. Wade—, eso dice la inscripción. —¡Nunca fueron grabadas tantas mentiras en una lápida! Mrs. Wade se puso en pie, medio asustada, medio indignada.
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—No se mueva —dijo el forastero, alzando su mano—. Espere a que termine de hablar, y entonces llame a todo el estado de California… si es que le quedan ganas de hacerlo.
Los modales del forastero revelaban tanta confianza en sí mismo, que Mrs. Wade se dejó caer de nuevo en la silla, temblando. El hombre colocó su deteriorado sombrero sobre sus rodillas y luego dijo, con la misma obstinada deliberación:
—El bandolero en aquel asunto era su marido… Pulaski Wade y su cuadrilla… y fue muerto por uno de los hombres a los cuales estaba atracando. A su marido, señora, le gustaba mucho jugar al póquer en el saloon de Jim, el español —ya veo que ha oído usted hablar del lugar en cuestión—, y cuando no podía limpiar a sus compañeros de juego, o éstos mostraban más dinero del que arriesgaban a las cartas, les aguardaba en un paraje solitario del camino y les atracaba. Eso es lo que hizo aquella noche… y por eso resultó muerto.
—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Mrs. Wade con labios temblorosos. —Yo era uno de los hombres a los que su marido atracó antes de caer
muerto. Traté de recuperar mi dinero, pero en aquel momento llegó el resto de la banda y lo único que pude hacer fue ponerme a salvo. Recordará usted que hubo un hombre que escapó y que dio la alarma, pero aquella misma noche debía tomar la diligencia hacia el Este y no pudo presentarse a declarar como testigo. Aquel hombre era yo. Había pagado el viaje por anticipado y no podía resignarme a perder también el pasaje, después de haber perdido todo mi dinero, de modo que me marché.
Mrs. Wade quedó aturdida. Recordó el olvidado testigo y cuánto había deseado ver al hombre que había sido el último en ver vivo a su marido; recordó el saloon de Jim, el español: uno de los lugares más frecuentados por Wade; sus frecuentes ausencias; las grandes cantidades de dinero que manejaba, y que decía haber ganado en el juego; el anillo de diamantes que le había regalado, tras ganarlo en una «apuesta»; los atracos llevados a cabo por una banda de enmascarados, que habían cesado de repente; recordó otras muchas cosas que le habían preocupado instintivamente, vagamente. Ahora sabía, también, el significado de la intranquilidad que la había atormentado desde que ocurrió lo de Heavy Tree Hill… los extraños temores que no habían dejado de asaltarla. Y sabía, asimismo, que se hallaba completamente desvalida… sabía que estaba en manos del forastero, que podía negar sus acusaciones, pedir pruebas, pero que no le serviría de nada.
—¿Cómo… cómo sabe usted que… que era mi marido? —tartamudeó.
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—En la lucha, cayó la máscara con que se cubría el rostro; no ignora usted que fue encontrada una máscara en el suelo; era la suya. ¡Le vi tan claramente como le estoy viendo en aquel retrato! —Señaló una fotografía de su marido puesta en un marco sobre la mesa escritorio.
Mrs. Wade se quedó sin habla; sólo pudo mirar al forastero con expresión ausente, desalentada. Tras una pausa, el hombre continuó en un tono menos agresivo, más confidencial, que paradójicamente aumentó el terror de Mrs. Wade:
—No trato de insinuar que usted estuviera enterada de las actividades de su marido, señora, y aunque otras personas podrían sentirse inclinadas a sospecharlo, yo no creo que usted lo supiera.
—Entonces, ¿a qué ha venido aquí? —preguntó la viuda en tono de desesperación.
—¿A qué he venido aquí? —repitió el forastero sonriendo, al tiempo que miraba a su alrededor—. Es usted una mujer rica, Mrs. Wade. Y yo quiero recuperar los 600 dólares que me robó su marido, eso es todo. No pretendo nada más. No pido ni siquiera los intereses. No pido ninguna compensación por los daños materiales y morales que me causó la conducta de su marido, Mrs. Wade. Y —miró de nuevo a su alrededor, como evaluando la cómoda instalación de la estancia— no pido nada que usted no pueda darme.
—Pero, esta casa nunca fue suya… era de mi padre —murmuró Mrs. Wade—. No tiene usted derecho…
—Tal vez sí, y tal vez no —la interrumpió el forastero—. Pero, ¿qué me dice usted de los cheques al portador, de doscientos dólares cada uno, que fueron encontrados entre los efectos de su marido y que su abogado recogió para usted? ¡Eran mis cheques, Mrs. Wade!
La viuda recordó los dos cheques que habían sido encontrados en el cadáver de su marido, detalle que únicamente conocían ella y su abogado. Los había hecho efectivos, creyendo que Wade los había ganado en el juego.
—Tendrá usted que probarlo… ante testigos.
—¿Desea usted que lo pruebe ante testigos? —preguntó el hombre, acercándose a ella—. ¿Desea usted aceptar mi palabra y dejar que el asunto quede entre nosotros, o desea que llame al sheriff, y a todo Santa Ana, para demostrar ante ellos que su marido era un atracador y un asesino? ¿Desea usted verse obligada, incluso por sus vecinos, a pagarme hasta el último céntimo de lo que su esposo me robó? Si es eso lo que desea, ya puede llamar a sus testigos…
Echó a andar hacia la puerta, pero ella le detuvo.
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—¡No! ¡No! ¡Espere! Seiscientos dólares es mucho dinero… y en este momento no lo tengo en casa —murmuró.
—Necesito esa cantidad inmediatamente.
—¡Concédame algún tiempo! —suplicó Mrs. Wade—. ¡Mire! Le entregaré cien dólares ahora mismo —es todo el dinero que tengo— y el resto otro día. —Abrió nerviosamente un cajón de su mesa escritorio y sacó una bolsita de piel de gamo, que contenía varias monedas de oro, y se la tendió al forastero—. ¡Tome! ¡Tome este dinero y márchese! —Se llevó las manos al rostro, desesperada—. ¡Márchese, por favor!
El forastero pareció impresionado por la actitud de Mrs. Wade.
—No deseo mostrarme duro con una mujer —dijo lentamente—, pero no quiero perder lo que es mío. Voy a marcharme, pero volveré a las nueve de la noche. Para entonces quiero el dinero… o un cheque al portador, me da lo mismo. Y, si quiere un consejo, no pida su parecer a otras personas, a no ser que desee que el secreto deje de serlo. Conmigo está seguro. Soy un hombre cabal, aunque me haya visto obligado a mostrarme exigente con usted. A fin de cuentas, sólo reclamo lo que me pertenece.
Cuando el forastero se hubo marchado, Mrs. Wade se puso en pie, pero la impresión que acababa de recibir había sido demasiado fuerte para su frágil constitución. Dio un paso adelante, la habitación empezó a dar vueltas a su alrededor y tuvo que volver a sentarse, a punto de perder el conocimiento.
No supo el tiempo que había pasado cuando sintió que alguien se inclinaba sobre ella y una voz —la voz de Mr. Brooks— llegó a su oído, diciendo:
—Perdone. Parece usted enferma. ¿Quiere que llame a alguien?
—¡No! —murmuró Mrs. Wade, haciendo un enorme esfuerzo por recobrarse—. ¿Cuándo… cuándo ha entrado usted?
—Ahora mismo. Tengo que marcharme esta misma noche, antes de lo que esperaba, y quise despedirme de usted. Me dijeron que estaba atendiendo a un forastero. Le pido perdón… ya veo que no se encuentra bien. No quiero entretenerla más.
—¡No! ¡No! ¡No se vaya! Estoy mejor… mucho mejor —murmuró febrilmente la viuda.
Al mirar el rostro fuerte y agradable de Brooks, una repentina idea había cruzado por su cerebro. Brooks era aquí un forastero, no pertenecía a Santa Ana, como ella misma. ¿Por qué no pedirle a él el consejo que no se hubiera atrevido a solicitar a ninguno de sus amigos del valle? Brooks debió intuir
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algo de lo que ocurría en la atormentada mente de Mrs. Wade, ya que preguntó amablemente:
—¿Puedo hacer algo por usted?
—Sí —murmuró la viuda, decidida a confiárselo todo—. Deseo que me ayude a guardar un secreto.
—Puede confiar en mí —respondió Brooks.
La pobre Mrs. Wade estalló en lágrimas. Entre sollozos le contó a Brooks la visita del forastero, sus terribles acusaciones, sus exigencias… la inminencia de su regreso y su propia impotencia ante aquel desastre. Mientras hablaba, se dio cuenta con creciente terror de que el amable rostro de Brooks experimentaba una singular transformación: la estaba escuchando con una extraña tensión. La viuda había esperado que Brooks se reiría de sus temores. Pero no lo hizo.
—¿Y dice usted que ese hombre reconoció positivamente a su marido? —Sí, sí —sollozó Mrs. Wade—. Y reconoció también su fotografía. —Y
señaló la que había encima de la mesa escritorio.
Afortunadamente, la viuda no miró el rostro de Brooks en aquel momento y no pudo ver, por tanto, el repentino brillo que asomó a sus ojos. El brillo desapareció instantáneamente, y su anterior tensión se convirtió en una cariñosa amabilidad.
—Sólo tiene usted la palabra de ese hombre —dijo—, y al participar el secreto a otra persona ha destruido, en parte, el poder que él tenía sobre usted. Y él lo sabe. Ahora, olvide este asunto y déjelo en mis manos. Vendré unos minutos antes de las nueve. Me dejará usted solo en esta habitación. Cuando llegue su visitante, ordene que le hagan pasar aquí… y procure que nadie nos interrumpa.
Faltaban unos minutos para las nueve cuando Mr. Brooks entró en el salón de Mrs. Wade. En cuanto se quedó solo examinó cuidadosamente puertas y ventanas y, satisfecho de la inspección, fue a sentarse en una silla colocada detrás de la puerta. No tardó en oír el sonido de voces y de pasos que se acercaban por el corredor. Se llevó la mano al bolsillo del chaleco, como para convencerse de que llevaba su pequeño revólver, una arma terriblemente eficaz, cuyo cañón sobrepasaba apenas las dos pulgadas de longitud.
La puerta se abrió y alguien penetró en la estancia. Inmediatamente, Brooks cerró la puerta y la cerró con llave. El recién llegado se volvió rápidamente, para encontrarse frente a Brooks, que le apuntaba con su revólver. El hombre retrocedió unos pasos, más asombrado que asustado.
—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Qué juego es este?
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—No se trata de ningún juego —respondió fríamente Brooks—. Usted ha venido aquí a vender un secreto. Y tendrá que tratar conmigo.
—¿Con usted? ¿Y quién es usted?
—La pregunta resulta un poco extraña dirigida al hombre cuya personalidad trata usted de usurpar… pero a mí no me asombra. ¡Lo está haciendo usted pésimamente!
—¿Que trato de usurpar la personalidad… de usted? —preguntó el forastero con los ojos abiertos como platos.
—Sí, la mía —afirmó Brooks—. Yo soy el único hombre que aquella noche escapó del atraco en Heavy Tree Hill.
El forastero pareció impresionado, pero se recobró rápidamente y estalló en una carcajada.
—¡Oh! Comprendo, amigo: los dos andamos detrás de lo mismo, al parecer. Los dos tratamos de vender a la viuda el secreto de su marido.
—Se equivoca —replicó Brooks, mirando fijamente al forastero—. Usted ha venido a denunciar a un bandido que está muerto y que escapó a la justicia. Y yo he venido a denunciar a uno que está vivo. ¡Cuidado! Tenga quietas las manos, si no quiere recibir un disgusto serio. Ahora no está usted hablando con una mujer indefensa.
—No puede usted probarlo —murmuró rencorosamente el forastero.
—Es usted más estúpido de lo que creía. En la historia que contó a Mrs. Wade se fabricó usted mismo la trampa. El bandido atracó solamente a dos viajeros. Uno resultó muerto… y el otro soy yo. ¿Dónde estaba usted? ¿Quién podía saber, no siendo yo, que el asaltante era Wade, más que usted, su cómplice?
El rostro del forastero se puso blanco como la pared. Un fulgor de rabia y de impotencia asomó a sus ojos.
—Si se trata de acusarme, acusará al mismo tiempo a Wade y herirá de rechazo a su viuda —escupió venenosamente.
—Ya he pensado en ello —replicó Brooks—, y he decidido que Mrs. Wade renuncie a los cien dólares que le ha entregado antes. ¡Pero no recibirá ni un centavo más! Ahora, siéntese en aquella mesa y escriba lo que voy a dictarle.
El forastero, tras una leve vacilación, obedeció.
—Escriba —ordenó Brooks—. «El abajo firmante declara que sus acusaciones contra el difunto Pulaski Wade, de Heavy Tree Hill, son completamente falsas, especialmente en lo que se refiere a la participación del
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indicado Pulaski Wade en el atraco a John Stubbs, fallecido, y Henry Brooks, ocurrido en la noche del treinta de agosto de 1854, en Heavy Tree Hill».
El forastero le dirigió una repulsiva sonrisa.
—¿Quién es el loco ahora? —preguntó.
—¡Escriba! —gritó furiosamente Brooks.
El sonido de una pluma deslizándose por encima de una cuartilla siguió a esta primera explosión del tranquilo Brooks.
—¡Firme! —ordenó a continuación.
El forastero estampó su firma al pie de la declaración.
—Ahora, márchese —dijo, abriendo la puerta—. Pero recuerde, si se le ocurre la idea de hacer otra visita a Santa Ana, que me encontrará también a mí viviendo aquí.
El forastero salió de la estancia como un animal salvaje volviendo a la noche y a la oscuridad. Brooks cogió el papel, fue a reunirse con Mrs. Wade en el comedor y se lo dio a leer.
—Pero —dijo la viuda, temblando de alegría—, ¿cree usted… cree usted que estaba realmente equivocado?
—De medio a medio —respondió fríamente Brooks—. Es cierto que la equivocación le ha costado a usted cien dólares… pero existen algunas equivocaciones que es preferible evitar que salgan a la luz.
Se casaron un año después, pero no existe la menor prueba de que en el curso de los años de relaciones conyugales con una débil y encantadora mujer, Henry Brooks se sintiera nunca tentado de contarle la verdad acerca del atraco de Heavy Tree Hill.
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LA SENDA DEL HOMBRE MUERTO
ERNEST HAYCOX
J OHNNY Potter acababa de sentarse en el umbral de la cabaña para fumar un cigarrillo, cuando oyó los pasos de Plez Neal, que regresaba de la
ciudad. Al llegar ante la cabaña, hizo una misteriosa seña a Johnny y le dijo:
—Entra.
Johnny siguió a Plez al interior de la cabaña y cerró la puerta. Un tercer socio, Thad Jessup, estaba tendido sobre un camastro, adormilado, pero al oír que entraban sus compañeros se despertó rápidamente y sus ojos adquirieron una expresión de alerta.
—Buck Miller está de nuevo en la ciudad —explicó Plez Neal—. Estaba de conciliábulo con aquel camarero de rostro patibulario del Blue Bucket. Hablaban de mí… me di perfecta cuenta. —Se acercó a una caja que había contenido jabón, para llenar su pipa de tabaco.
—Añade a aquellos tres individuos que rondaban ayer por aquí —dijo Thad—. Han olido algo.
—Nos han olido a nosotros —dijo Plez—. Saben que tenemos oro. —¿Cómo crees que se han enterado de que vale la pena atracarnos? —
preguntó Thad.
—Por las habladurías del campamento. Me fastidia tener tanto tiempo con nosotros ese condenado montón de oro.
Johnny Potter se sentó en el filo de una caja vacía y entrecruzó sus manos por delante de sus rodillas. Permaneció en silencio, escuchando la conversación de sus dos compañeros. Plez y Thad eran dos hombres de edad madura que habían dejado a sus familias en Willamette para venir a este lugar en busca de oro para regresar y comprarse un rancho. Él era más joven y tenía muchos años por delante; no temía tanto como ellos perder el oro que habían llegado a recoger, pero comprendía los sentimientos de sus compañeros. Se pasó los dedos de la mano derecha por el pelo y su mirada se dirigió hacia el rudimentario hogar, bajo cuyas piedras reposaban veinte mil dólares en
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pepitas. Sus ojos parecían más azules en contraste con el moreno curtido de su rostro; era un joven alto y delgado, de expresión casi infantil.
—Deberíamos largarnos —dijo Thad—. Ya tenemos bastante oro.
—No creo que nos convenga hacerlo. En el campamento estamos algo protegidos. Si nos marcháramos ahora, les resultaría fácil seguir nuestras huellas y dar buena cuenta de nosotros.
—Pero, si nos quedamos aquí —replicó Thad—, harán lo mismo. Si se han propuesto apoderarse de nuestro oro, no pararán hasta conseguirlo. No les faltarán ocasiones para sorprendernos.
Siguió un largo silencio, durante el cual Johnny Potter llegó a la conclusión de que sus compañeros no encontraban ninguna solución al problema. Se puso en pie y golpeó sus piernas con ambas manos.
—Los tres juntos viajaríamos con demasiada lentitud —dijo—, pero uno solo podría viajar con más rapidez. Me llevaré mi caballo y el tuyo, Plez. Esta noche. Con un poco de suerte, puedo llevar el oro a Dalles en menos de cuatro días.
—¿Por qué dos caballos? —inquirió Plez.
Johnny señaló con la cabeza hacia el hogar.
—El oro pesará unas noventa libras. Tendré que cambiar de caballo. —Tendrás que llevarte pan y algo de tocino —dijo Plez—. No puedes
estar sin comer.
—Sólo necesito café —respondió Johnny—. Poned el oro en las dos bolsas de la silla.
—Si nos espían —dijo Thad—, mañana por la mañana se darán cuenta de que te has marchado.
—Mientras vosotros preparáis el oro —dijo Johnny—, yo me dejaré caer en el Blue Bucket y fingiré estar enfermo. Mañana por la mañana podéis poner un trapo rojo en la puerta de la cabaña, como si hubiera en ella alguien atacado de viruelas. De este modo creerán que estoy en la cama.
Plez meditó la propuesta de Johnny, chupando su pipa.
—Hasta Dalles hay un largo trecho, Johnny. Si descubren tus huellas, vas a pasarlo muy mal.
—Correré ese riesgo —replicó Johnny, abriendo la puerta y hundiéndose en la oscuridad del exterior. Las luces de las cabañas y las fogatas del campamento parpadeaban a través de los árboles y a lo largo de la quebrada mientras las voces de los hombres resonaban en el aire nocturno. Johnny tomó la senda de la parte inferior del arroyo, pasó por delante de las tiendas de los buscadores de oro y se encaminó hacia Canyon City, situada a poca distancia
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del campamento. Desde el interior de los saloon llegaba a él el rumor de las conversaciones y las risas de los parroquianos. Entró en el Blue Bucket, componiendo un gesto preocupado; vio a unos cuantos amigos sentados ante las mesas de póquer, y les saludó con la cabeza sin demostrar el menor entusiasmo; luego se acercó al mostrador, procurando colocarse cerca de Pete Hewitt; el camarero de rostro patibulario se hallaba a un extremo del mostrador, hablando con un hombre cuyo rostro no pudo ver Johnny. El camarero interrumpió su charla un momento para poner ante Johnny una botella y un vaso; inmediatamente volvió a su conversación. Johnny se sirvió un vaso; mientras lo hacía, se dio cuenta de que el hombre que conversaba con el camarero había cambiado de posición y le estaba observando con disimulo.
Pete Hewitt le preguntó:
—¿Qué es lo que te preocupa, Johnny?
—Me duele la cabeza. Tengo calor, frío y me encuentro muy mal.
—Habrás cogido las fiebres. Tómate una buena ración de whisky.
Johnny avanzó el cuerpo para verle el rostro al hombre que hablaba con el camarero. Era Buck Miller, no cabía duda: nariz grande, color grisáceo y ojos de mirada turbia.
Johnny llamó al camarero para pagar su bebida. Mientras lo hacía, le dijo a Hewitt:
—Voy a acostarme, Pete, y no me levantaré en una semana.
Mientras salía del bar, sintió los ojos de Buck Miller clavados en él. Una vez fuera del establecimiento, recordó que tenía que comprar munición para su revólver y se encaminó al Mercantile; cuando salió de la tienda, vio que Buck Miller estaba de pie ante la puerta del Blue Bucket, siguiéndole con la mirada. En su camino de regreso a la cabaña, Johnny estaba completamente convencido de que Miller había decidido apoderarse del oro.
Plez le aguardaba en la oscuridad del patio trasero de la cabaña y murmuró, al oírle llegar:
—Ven conmigo.
Johnny siguió a Plez a lo largo del arroyo, hasta un corral situado al pie mismo de la colina. Allí estaban los dos caballos, dispuestos para emprender la marcha. Había dos ristras de saquitos, una detrás de la silla del caballo de Johnny y otra atada a la del otro caballo. Plez le dijo:
—El tocino y el pan están envueltos con las mantas. También hay café, pero procura pasarte sin él. No te conviene encender fuego.
—Pase lo que pase, tengo que tomar café.
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—También encontrarás tabaco y cerillas. Te llevas el rifle de Thad.
Dispara mejor que el tuyo.
Johnny Potter montó su caballo y empuñó las riendas. Thad susurró:
—¡Cuidado! ¿No oís?
Los tres hombres se quedaron inmóviles, como si fueran de piedra, auscultando la noche con todos sus sentidos alerta. Se oyó el sonido de unos pasos, y una figura humana pasó ante el resplandor de una fogata.
—Alguien está rondando la cabaña —anunció Thad en voz baja—.
Márchate en seguida, Johnny.
Plez murmuró, con voz que no conseguía disimular su preocupación:
—No cometas ninguna locura, Johnny. Si te encuentras en peligro, suelta
el condenado oro y escapa.
Johnny espoleó a su caballo y marchó a lo largo de la quebrada, en dirección norte, hacia el ancho curso del John Day, a dos millas de distancia. Por primera vez, la magnitud de la aventura que acababa de emprender se le apareció con toda claridad; esperaba oír, de un momento a otro, el sonido de un disparo detrás de él; mientras pasaba revista a lo que había hecho hasta aquel momento, para ver si había cometido algún error, se encontró de pronto en el lugar donde el John Day se ensanchaba y vio el reflejo del agua del vado delante de él.
Refrenó su caballo y miró hacia atrás. A lo largo del valle se veían las luces de gran número de cabañas, y la senda que conducía a Canyon City se veía cruzada de cuando en cuando por hombres que iban o venían de la ciudad. En aquel momento no vio ni oyó nada, y abandonó el refugio de las sombras de la colina. Pronto hubo cruzado el arroyo. El golpeteo de los cascos de sus caballos sobre el lecho del arroyo fue como una señal que no tardó en obtener respuesta: mirando detrás suyo, Johnny vio una forma humana que se deslizaba entre las sombras del cañón y se acercaba al vado. Johnny se apartó del camino y se escondió entre los sauces que bordeaban el arroyo.
Esperó, oyendo cómo el jinete cruzaba el arroyo y se adentraba en la senda, a unos doscientos pies del lugar donde él se hallaba escondido, permaneciendo inmóvil durante tres largos minutos. Repentinamente, Johnny cayó en la cuenta del error que había cometido: entrar en la tienda a comprar la munición. Un hombre enfermo no se entretiene en esas cosas.
El jinete volvió a encaminar su caballo hacia el vado. Johnny respiró, aliviado, pero antes de llegar al arroyo el jinete volvió a hacer marcha atrás; al parecer, no había quedado convencido. Había llegado el momento, pensó
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Johnny, de enseñar un poco las uñas; sacando su revólver, apretó el gatillo y el sonido del disparo resonó claramente en el silencio nocturno. El jinete fustigó a su caballo, cruzó el vado y se encaminó a toda velocidad hacia Canyon City. Regresaba, seguramente, en busca del resto de la cuadrilla de Miller.
Johnny salió del provisional refugio de los sauces y volvió a tomar la senda a todo galope, pasando ante cabañas y fogatas, y oyendo a veces el saludo de algunos hombres; la senda corría paralela al arroyo; Johnny escrutó la oscuridad que se abría ante él; oyó el rumor de cascos de caballo a sus espaldas, y de pronto, se detuvo para dar un respiro a sus caballos y para localizar mejor la dirección que seguían sus perseguidores. Cerca de medianoche llegó a las proximidades de otro grupo de cabañas, oscuras y silenciosas, y dejó el valle para galopar por las colinas. Ante él se extendían unas doscientas millas de terreno montañoso, de llanuras abiertas y llenas de hierba y de ríos discurriendo por las profundidades de los valles de los cañones.
Puso los caballos al paso, mientras la noche se hacía más negra y el silencio más profundo. A las primeras luces del amanecer se detuvo junto a un arroyo para fumar un cigarrillo y echar un trago, y el mediodía le encontró en una altura desde la cual se dominaba perfectamente la senda principal. Johnny se quedó contemplándola unos minutos; luego trabó los caballos, se preparó café y se tendió en el suelo cubierto de hierba para descansar.
No durmió, en realidad. Oía moverse los caballos, en una duermevela durante la cual no llegó a perder plenamente la conciencia. Se despertó del todo antes de la puesta del sol, cansado. Desató a los caballos y los llevó al fondo del cañón, para que pacieran la hierba fresca que crecía junto al arroyo, mientras él se preparaba otro bote de café. Luego reemprendió la marcha, y mientras duró la luz del día no perdió de vista la senda que discurría a sus pies, como una pálida línea destacándose contra sus verdes orillas. Johnny debía tomar la senda para poder correr más, pero el hacerlo suponía aumentar sus riesgos. Hasta entonces, las colinas le habían ofrecido un relativo refugio. En adelante, pensó, la senda discurría por un terreno más abierto, propicio a las emboscadas. Buck Miller lo sabía y podía estar aguardándole allí.
La oscuridad se hizo casi absoluta. Johnny siguió avanzando. Se detuvo en un arroyo para abrevar a los caballos, y antes de reemprender la marcha escuchó atentamente, pareciéndole oír la rápida carrera de otros caballos, aunque el sonido estaba tan desfigurado por la distancia que le resultó imposible localizar su situación. Cabalgó hacia el oeste. La senda se hacía
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ahora descendente, hasta formar una especie de embudo en la base de dos colinas. El caballo que montaba Johnny vio algo extraño, dio un salto para salir de la senda y un momento después caía de rodillas en una depresión del terreno, despidiendo a Johnny Potter de la silla.
Todo su cuerpo quedó magullado, pero no se rompió ningún hueso. El caballo, en cambio, se había roto una de las patas delanteras. Johnny lo descubrió en la oscuridad, pasando su mano a lo largo de las patas del animal. Sintió una imperiosa necesidad de fumar, hubiera o no peligro en hacerlo; llenó su pipa y la encendió, procurando ocultar la llama del fósforo. Luego trasladó la carga del caballo caído a la otra montura, que pacía tranquilamente.
Cuando estuvo dispuesto a reemprender la marcha, disparó un tiro a la cabeza del caballo caído, para evitarle sufrimientos. El eco del disparo resonó y se esparció en todas direcciones. Pareció seguirle cuando se puso de nuevo en marcha.
Al amanecer se encontraba en el bosquecillo de sauces del Bridge Creek, próximo al lugar donde este arroyo se une al John Day. A partir de aquí, la senda se hacía mucho más peligrosa, y Johnny pensó en la posibilidad de ascender de nuevo a las colinas y encaminarse, a través de aquellas alturas, hacia el Oregón central Pero el hacerlo retrasaría enormemente su marcha, y por otra parte no conocía lo bastante el terreno como para atreverse a dejar la senda. Espoleó a su montura y siguió adelante.
Tan pronto como el terreno se lo permitió, se encaramó a una altura paralela a la senda y avanzó por ella hasta que sintió jadear a su caballo. Entonces desmontó, dejó pacer al animal y se tumbó a descansar.
Despertó repentinamente al oír el golpeteo de los cascos de varios caballos inmediatamente debajo de él. Empuñó el rifle, se arrastró hasta el borde de la altura, y desde allí pudo ver a cuatro jinetes que avanzaban lentamente por la senda; el que iba en cabeza estaba muy inclinado sobre su montura, estudiando cuidadosamente las huellas del camino. De pronto, alzó la mano indicando a sus compañeros que se detuvieran e hizo dar media vuelta a su caballo, de forma que pudo verse claramente su rostro: era Buck Miller. Los cuatro hombres se reunieron en un pequeño grupo mientras hablaban. Sus palabras llegaban claramente hasta Johnny.
—No —decía Buck Miller—, hemos equivocado el camino. El muchacho dejó la senda mucho más atrás, donde empieza el risco. Debemos retroceder y localizar sus huellas.
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—Yo creo que se está burlando de nosotros —respondió otro de los hombres—. A lo mejor está agazapado detrás de una roca, esperando que pasemos ante él para dispararnos impunemente.
—No es más que un chiquillo —dijo Buck Miller—. No se detendrá a luchar. Lo único que le interesa es correr delante de nosotros y llegar a Dalles.
El otro hombre no quedó convencido.
—Puedes volver atrás y tratar de localizar sus huellas —dijo—, mientras yo continúo adelante un par de millas. Si no veo nada, me encaramaré al risco para reunirme contigo.
—No —replicó Buck Miller—. Si yo veo algo moviéndose delante de mí, dispararé sin previo aviso, y puedo hacerlo contra ti. Debemos continuar juntos. El muchacho no puede estar muy lejos. Lleva dos caballos, y el peso del oro retrasará bastante su marcha.
El otro hombre dijo:
—Nos lleva ventaja, y eso no me gusta un pelo. Puede vernos llegar y disparar contra nosotros a mansalva.
Miller sacudió la cabeza.
—Si estuviéramos persiguiendo a un hombre curtido —dijo—, estaría de acuerdo contigo. Pero ese muchacho no ha disparado nunca contra un hombre. Y hemos de tenerlo en cuenta, Jeff. Resulta difícil decidirse a apretar el gatillo si uno no lo ha hecho nunca… y mientras él tratara de decidirse, le habríamos echado la mano encima. Creo que podemos sorprenderle en uno de los altos que forzosamente tendrá que hacer. Entonces, uno de nosotros puede deslizarse por detrás y caer encima de él. Yo puedo alcanzarle con el primer disparo, desde trescientos metros de distancia.
Johnny Potter apoyó la culata del rifle contra su mejilla. Las palabras que acababa de pronunciar Buck Miller no le dejaban ninguna duda acerca de lo que iba a ocurrir; era un problema de matar o ser asesinado. Estaba asombrado de que Buck Miller le conociera tan bien; en efecto, le resultaba difícil decidirse a apretar el dedo índice sobre el gatillo. Matar era algo muy duro, algo que Johnny no había sabido hasta aquel momento. «Bueno —pensó —, duro o no, tengo que hacerlo». Pero, en el instante en que se disponía a disparar, el grupo de jinetes se puso en movimiento y emprendió el camino de regreso por la senda, tal como había sugerido Buck Miller. Johnny había desperdiciado la oportunidad.
La puesta en práctica del plan sugerido por Miller exigiría unas dos horas, como mínimo, pensó Johnny. Esto le dejaba la posibilidad de volver a la senda y galopar rápidamente, y tal vez de tender una emboscada a sus
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perseguidores delante de él, el cañón se apartaría de la senda y por otra parte, no sentían ningún miedo especial hacia él… lo cual haría posible, tal vez, que pudiera tenderles una trampa.
Llegó a un arroyo y encaminó el caballo hacia aquel lugar; desmontó y se dejó caer boca abajo en el agua, a los pies de su caballo, bebiendo a grandes sorbos. En alguna parte delante de él, el cañón se apartaría de la senda y ésta discurriría más cerca de las colinas. Cuando llegara allí, sus enemigos tendrían muchas más ventajas. Junto al arroyo, que se hallaba cerca de su nacimiento, había un espeso bosque de sauces. De pronto, Johnny dejó la senda y se dirigió hacia los árboles. Dejó suelto al caballo, se preparó un escondite desde el cual se dominara la senda y se sentó a esperar, empuñando el rifle. Cerró los ojos, invadido por una dulce somnolencia. Había dejado a Canyon City cien millas detrás de él, y Dalles estaba a una distancia aproximada, en dirección opuesta.
A media tarde oyó el ruido de los cascos de los caballos sobre la senda. Johnny se tumbó sobre su estómago y empuñó firmemente el rifle. Sus perseguidores llegaban en fila india, cabalgando lentamente, sin dejar de estudiar el terreno. Estaban convencidos de que Johnny no se detendría a luchar. Buck Miller iba en cabeza, como de costumbre.
Miller era su hombre, pensó Johnny. Apuntó cuidadosamente, pero los terribles momentos de indecisión que siguieron cambiaron la situación: el jefe de los perseguidores retrasó la marcha de su cabalgadura, estudiando con más atención el terreno, y sus compañeros se adelantaron un poco, formando una especie de pantalla protectora ante su jefe. Johnny se decidió a disparar contra el hombre que ahora iba en cabeza. Se hallaba a unos cincuenta pies de distancia, y el disparo de Johnny le alcanzó en el pecho, matándolo en el acto.
Johnny dejó caer el rifle y empuñó el revólver, mientras contemplaba caer a su víctima y la huida precipitada del caballo sin jinete. Los compañeros del caído corrieron en busca de un refugio Dos de ellos lo consiguieron, pero el disparo del revólver de Johnny alcanzó al caballo del tercero; el animal cayó, arrastrando al jinete y terminando por aplastarlo con su peso. El hombre profirió un horrible grito, trató de ponerse de rodillas y volvió su rostro ensangrentado hacia Johnny. Luego cayó de nuevo y quedó inmóvil.
Johnny retrocedió en busca de su caballo, montó rápidamente y galopó en dirección a la senda. Los dos perseguidores que estaban escondidos no dieron ninguna señal de vida. El caballo sin jinete marchaba delante de Johnny, por la senda, ahora al paso. Johnny lo tomó de las riendas, al pasar por su lado, y sin dejar de cabalgar lo ató a su propia montura. La senda formaba un
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pronunciado recodo en aquel punto, ofreciéndole una buena protección, pero media milla más adelante volvía a quedar al descubierto.
Aprovechó el respiro para cargar de nuevo su rifle. No tardó en quedar al descubierto. Miró hacia atrás, pero no pudo ver a sus perseguidores. Cabalgaba con todos los nervios en tensión, y el sonido del disparo le hizo saltar en la silla. La bala, que había quedado corta, chocó contra una piedra de la senda. Johnny se tendió sobre su montura, expuesto a las balas de sus perseguidores, sin tener ningún lugar donde refugiarse.
Probó suerte con su revólver, y vio que los dos hombres daban un salto en el momento de sonar el disparo, pero Johnny sabía que la bala no podía alcanzarles. Inmediatamente respondieron al fuego, aunque sus tiros volvieron a quedar cortos. Ahora, una depresión del terreno ofrecía alguna protección a Johnny, que quedó pasajeramente fuera de la vista de sus perseguidores; pero muy pronto el terreno volvió a ser llano, finalizando con ello aquel breve respiro. Johnny miró hacia atrás y vio que los dos hombres habían soltado sus rifles y estaban inclinados sobre su compañero tendido en la senda. Clavó las espuelas en los ijares de su caballo, y una hora después llegaba a la cima de la colina.
Desmontó para dar un descanso a los caballos mientras él se sentaba en el borde del risco para vigilar a las dos sombras oscuras que se movían a lo lejos, debajo de él. No parecían dispuestos a emprender el ascenso. Desde su posición, Johnny les vio dirigirse al bosquecillo de sauces próximo al arroyo. Evidentemente, pensaban quedarse allí hasta que se hiciera de noche. Johnny se puso en pie, montó en el caballo que había pertenecido a su víctima y emprendió de nuevo la marcha. Un poco más adelante, la colina formaba un pronunciado declive; debajo, se extendía el amplio desierto, hacia el norte y el oeste; y más lejos, también hacia el oeste, Johnny divisó las vagas siluetas de los picos cubiertos de nieve de las Cascadas.
Cuando empezó a hacerse de noche, Johnny se detuvo junto a una filtración de agua. Dio de comer a los caballos la mitad de la avena que le quedaba, comió pan y tocino y encendió un fuego para prepararse un poco de café. Luego apagó el fuego y se dispuso a fumar un pipa, cómodamente sentado. Una espesa capa de niebla cubría el cielo, haciendo completa la oscuridad; los caballos se revolcaban en la hierba. Johnny se levantó y fue a sentarse a unas veinte yardas del lugar donde había encendido el fuego. Pensaba en sus perseguidores; sabían que Johnny se encontraba dentro de aquella zona y no cabía duda de que sospecharían que acamparía en un lugar
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próximo al agua. Si él estuviera en el pellejo de sus perseguidores, decidió, no trataría de encontrar a un hombre en medio de aquella oscuridad: se instalaría en algún punto elevado y aguardaría a que el hombre se hiciera visible. La senda —la senda principal hacia Dalles— estaba a un par de millas al oeste del lugar donde se encontraba Johnny.
Le pareció que se ahogaba; sacudió la cabeza y abrió los ojos: se había quedado dormido. Se acercó al riachuelo y se tendió sobre su estómago, bebiendo y hundiendo su cabeza en el agua, alternativamente, hasta que la frescura del líquido despejó su cerebro. Luego condujo los caballos al agua y les dejó beber hasta hartarse, y a continuación reemprendió la marcha, a paso muy lento, ya que apenas podía ver el terreno que pisaba. Una hora más tarde llegó a un lugar situado encima de la senda principal y giró hacia el norte. Había hecho este mismo camino en otra ocasión y sabía que ante él se encontraba el profundo cañón de los Deschutes, cruzado por un puente de madera sujeto a peaje, aunque no tenía la menor idea de la distancia a que se encontraba de su actual posición. Alrededor de medianoche reconoció el perfil de una casa situada delante de él; se trataba de un parador, y Johnny dejó la senda para dar un rodeo por detrás de la casa. Cuando clareó la luz del día Johnny cruzaba un estrecho desfiladero entre dos pequeñas colinas, y se dispuso a acampar, para dar un descanso a los caballos. Desde allí era visible todo el camino que había dejado atrás: dos jinetes se acercaban al desfiladero a través de la llanura.
Johnny apoyó el rifle sobre una roca y, mientras esperaba, retorció su cuerpo contra el duro suelo, como un animal reuniendo sus fuerzas para saltar. Los dos jinetes no estaban aún a tiro cuando bajaron de sus monturas y se detuvieron; con profundo disgusto, Johnny se dio cuenta de que no caerían por segunda vez en la misma trampa. Los dos hombres hablaron un momento, y Buck Miller señaló con su mano hacia el desfiladero. Luego, Miller dejó la senda y avanzó en dirección este a lo largo del pie del risco, alejándose de Johnny, y a cosa de media milla de distancia dio un cuarto de vuelta y empezó a trepar por el declive. El otro hombre dejó también la senda, y pasó a lo largo del pie del risco, por debajo de Johnny.
Johnny abandonó su refugio y se deslizó por entre las rocas, paralelamente al hombre que marchaba debajo de él. Anduvo un cuarto de milla antes de detenerse y asomar su cabeza por el borde del risco: el jinete empezaba a trepar. Johnny retrocedió y recorrió otra corta distancia, hasta encontrar un escondite entre dos rocas que le permitía vigilar todos los movimientos del hombre que avanzaba hacia él. Miró a su izquierda, para no
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perder de vista a Buck Miller, y vio que éste se alejaba todavía más de él mientras trepaba por la ladera. Volvió su atención al hombre que estaba debajo de él, y colocó su rifle en posición de tiro; vio cómo el hombre se iba agrandando a medida que se acercaba, divisó sus ojos que observaban cuidadosamente el risco. De repente, Johnny se puso en pie entre las rocas que le servían de escondite y disparó. El hombre le había visto y trató de hacer dar media vuelta a su caballo, pero la bala del rifle de Johnny le traspasó el pecho de parte a parte.
El asustado caballo arrojó al jinete de la silla y salió huyendo. Johnny dejó de prestarle atención, para pasar a ocuparse inmediatamente de sus propios caballos. Miller, que había alcanzado la cresta de la colina, a media milla de distancia, se detuvo un instante al oír el disparo, tratando de localizar a su autor. Luego corrió ladera abajo hacia el puente, hacia Dalles. Johnny encontró a sus caballos y se detuvo a llenar su pipa, mientras contemplaba a Miller perdiéndose de vista en las depresiones del terreno, en dirección al norte. Ahora, el peligro estaba para Johnny delante de él, en vez de hallarse detrás como hasta entonces, ya que el único camino para llegar a Dalles pasaba por el puente. Pero la situación, en conjunto, había mejorado extraordinariamente, ya que sólo quedaba con vida uno de sus perseguidores. Cuando terminó de fumar su pipa, reemprendió la marcha, haciendo que sus caballos anduvieran al paso.
Un par de horas después llegaba a la vista del puente: una hilera de tablones clavados sobre dos troncos, encima de unas aguas hirvientes que se deslizaban entre las angostas paredes del cañón. En el extremo más lejano se veía un montón de equipajes y cuatro hombres sentados en el suelo. Mientras se acercaba al puente, Johnny dirigió una mirada a aquellos hombres, al puente y a la casita del encargado de cobrar el peaje. Este último se le acercó:
—Son dos dólares —le dijo.
—¿Puede usted llenarme esta bolsa de avena?
—De acuerdo.
Johnny Potter llevó los caballos hacia un charco y les dejó beber, mientras esperaba que el encargado del puente le trajera la avena. En cuanto lo hubo hecho, Johnny sirvió una buena ración a sus caballos. Al pagar la avena y el peaje, preguntó al encargado:
—¿Ha pasado un hombre por aquí hace muy poco tiempo?
El encargado asintió y señaló hacia el norte. Johnny se quedó contemplando la colina que se erguía delante de él, y las curvas de la senda que aparecían y desaparecían de trecho en trecho.
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—¿Qué distancia hay hasta Dalles? —inquirió.
—Unas diez o doce horas.
—¿Conoce al hombre que ha pasado antes que yo?
—Le conozco —respondió secamente el encargado. Y luego añadió—: Y él me conoce a mí. —Tras una breve pausa, preguntó a su vez—: ¿Le conoce usted a él?
—Sí.
—Bien —dijo el encargado, como si con aquello estuviera dicho todo. Aquello despejaba un poco la situación, pensó Johnny. Dado que Miller
sabía que el encargado del puente le conocía, no se atrevería, probablemente, a cometer un asesinato existiendo tan cerca un testigo que podría reconocerle. Supuso que podría avanzar por el cañón sin demasiado peligro de caer en una emboscada; era sólo una suposición, pero decidió aceptarla como buena.
De pronto, se le ocurrió una idea esperanzadora.
—Esos hombres que están allí sentados, ¿tienen que seguir el mismo camino que yo?
—No. Van hacia el sur.
Johnny montó y volvió a la senda. Tras media hora de cabalgar entre paredes de roca, el camino salía de nuevo a campo abierto. La conciencia del inminente peligro tensó los músculos de Johnny hasta llegar a producirle un intenso dolor, mientras sus nervios brincaban.
A media tarde llegó a una gran depresión del terreno. Allí, la senda discurría entre altas paredes de roca. Johnny penetró en el desfiladero, el cual se le antojaba ideal para una emboscada. Avanzó, observando cuidadosamente las paredes de roca y las ocasionales matas de maleza que crecían entre las piedras. De un momento a otro esperaba oír el sonido de un disparo. De pronto, la senda formaba una pronunciada curva y Johnny se encontró ante una cabaña de troncos situada a un centenar de yardas de distancia, con el techo hundido en algunos puntos, la puerta cerrada y una ventana encarada directamente hacia él. No se trataba de una ventana propiamente dicha, con su marco, sino de un espacio abierto en el que en otro tiempo hubo una ventana.
Johnny se detuvo. Empuñó su rifle, sintiendo que aquel lugar no era de su agrado. La cabaña, al parecer, no estaba habitada y sólo era utilizada por los ocasionales viajeros que iban y venían. ¿Por qué, entonces, tenía cerrada la puerta? Mantuvo la atención fija en el agujero de la ventana, dándose cuenta de que no podía dar media vuelta y colocarse de espaldas a ella: la bala de un rifle le alcanzaría mucho antes de que hubiera llegado a la protección que
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ofrecía la curva del camino. Tampoco podía trepar para dar la vuelta por detrás de la cabaña, ya que su silueta, recortándose contra la desnuda ladera, ofrecería un blanco excelente.
Se apeó del caballo y avanzó hacia la cabaña, sin perder de vista la ventana, y con el rifle a punto de disparar. Al llegar a unos doscientos pies se detuvo a escuchar, sabiendo que si Miller estaba allí tendría a su caballo con él. No oyó el menor rumor. Siguió avanzando, sintiendo aumentar su tensión a cada paso que daba: era como andar contra un fuerte vendaval.
El sol se había escondido ya detrás de las colinas de occidente y las sombras empezaban a poblar la hondonada; el avance de Johnny se hizo cada vez más lento; el agujero de la ventana era como un ojo enfocado directamente hacia él. Experimentó una insoportable sensación de malestar en la boca del estómago. Gritó:
—¡Eh! ¿Hay alguien ahí?
Su voz se perdió en el vacío. Johnny se detuvo, sin perder de vista un solo instante el agujero de la ventana, y se inclinó a recoger un puñado de grava del suelo. Se incorporó, y cuando estaba a un centenar de pies de la cabaña lanzó la grava contra la ventana. No acertó la abertura, pero los diminutos guijarros chocaron contra la pared de troncos y casi inmediatamente Johnny oyó algo más: el relincho de un caballo en el interior de la cabaña. Saltó rápidamente a un lado y apuntó con su rifle a la abertura de la ventana. Una sombra se movió en el interior de la cabaña y desapareció. Johnny dio una pequeña carrera hacia delante y saltó de nuevo a un lado. Había pensado que no quedaba una gota de humedad dentro de su cuerpo después de aquella jornada tan brutal, pero empezó a sudar copiosamente, mientras su corazón golpeaba en sus costillas. Por la ventana asomó el cañón de un rifle y la bala fue a estrellarse en el suelo, detrás de Johnny. Éste vio la sombra que se movía detrás de la ventana. Vio el rostro de Miller, medio oculto por su brazo levantado y por su revólver.
Disparó contra la ventana, dio un salto de costado y volvió a disparar. El pecho y los hombros de Buck Miller retrocedieron; el revólver del hombre se disparó, pero el proyectil se perdió en el aire. Johnny disparó otros dos tiros contra aquel torso balanceante y vio que había dado en el blanco. Corrió rápidamente hacia una de las esquinas de la cabaña, mientras oía relinchar desesperadamente al caballo de Miller. Johnny se acercó a la puerta, descorrió el cerrojo y la abrió de par en par; se apartó con la mayor rapidez, esperando oír un disparo. Pero éste no se produjo.
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Johnny se quedó inmóvil unos segundos hasta que se apoderó de él un gran temor: el de que Buck Miller hubiera saltado por la ventana y estuviera dando la vuelta a la cabaña, para atacarle por detrás. Retrocedió hasta que tuvo a la vista las dos esquinas de la cabaña. A través de la puerta, pudo ver el rincón más alejado de la pequeña choza: allí, agachada o caída, había una forma humana. Se acercó a la puerta, demasiado exhausto para mostrarse precavido. La forma no se movió, y cuando cruzó el umbral Johnny encontró a Buck Miller arrodillado en el suelo, con la cabeza y los hombros apoyados en el rincón de la cabaña. Parecía muerto.
Johnny desató al caballo de Miller y lo condujo hasta la puerta; lo soltó y el animal salió corriendo. Johnny se acercó entonces a Miller. Le cogió de un hombro, y el cuerpo del bandido se desplomó en el suelo: estaba muerto. Este era el hombre que había dicho que él, Johnny Potter, preferiría correr a detenerse y matar a un hombre. ¿Cómo sabía tanto acerca de él?, se preguntó el muchacho. No se había equivocado en su juicio, pero, ¿cómo lo sabía? Johnny se sentía enfermo y exhausto. Se alejó lentamente de la cabaña. Sus rodillas temblaban mientras andaba en busca de sus caballos; le costó un enorme esfuerzo montar en la silla y sólo por un milagro de su voluntad se mantuvo en ella.
Incluso ahora, que se sabía a salvo, seguía contemplando las sombras y el camino con la misma tensión. En cuanto ésta desapareciera, se derrumbaría como un saco vacío. Llegó a Dalles cerca de las diez de la noche, habiendo dejado cuatro cadáveres detrás de él. Las oficinas de la «Wells & Fargo» estaban cerradas. Tuvo que buscar las señas del agente, hacerle levantar de la cama y arrastrarle casi literalmente a su oficina; se apoyó contra la mesa escritorio mientras el agente pesaba el oro y luego tomó el recibo. Encontró un establo para sus caballos y después se encaminó al hotel Umatilla, donde alquiló una habitación. Apoyado contra el mostrador del bar, comió un bocadillo y luego subió a su habitación, se quitó las botas y puso su revólver debajo de la almohada. Se dejó caer sobre la cama, completamente vestido.
«Bueno, ya está hecho —pensó—. Plez y Thad podrán comprarse sus condenados ranchos.»
Permaneció inmóvil, con todos los músculos de su cuerpo agarrotados, como si sufriera parálisis. Cuando trataba de cerrar los párpados, el dolor se hacía insoportable. A través de la ventana penetraba en la habitación el rumor de la ciudad, y una ligera brisa agitaba las cortinillas. Abriendo bien los ojos, Johnny tuvo la sensación de que en el cuarto había una presencia extraña. Finalmente, descubrió el origen de aquella sensación: la claridad de la calle
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penetraba por la ventana y ponía una raya de luz en una de las paredes; las cortinillas, agitadas por el viento, reflejaban su movible sombra sobre aquella claridad. Contemplando el extraño juego de la luz y las sombras, Johnny se quedó dormido. Pero no dormía tranquilo; se había entregado a la misma duermevela de la senda, con todos sus sentidos luchando por permanecer en guardia. De pronto, saltó del lecho empuñando el revólver y disparó contra la pared.
El estampido del disparo le despertó completamente y descubrió que había colocado una bala a través de la sombra de la cortina que seguía moviéndose en la pared. Se sentó en la cama, esperando oír de un momento a otro los pasos de alguien que acudía a informarse de lo que había ocurrido. Pero no subió nadie; al parecer, en aquel hotel estaban acostumbrados a las mayores extravagancias de los huéspedes que llegaban de las tierras situadas más al oeste. Johnny dejó el revólver sobre la mesilla de noche, se desnudó, se metió entre las sábanas y se quedó tan profundamente dormido, que ni siquiera un cañonazo le hubiera despertado.
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¡VIENEN LOS DAKOTAHS!
MCKINLAY KANTOR
S OBRE una árida elevación del terreno a la cual los hombres daban el nombre de Backbone —Espina dorsal—, los tres fugitivos dieron un descanso a sus monturas, en tanto ellos examinaban la pradera de tonos grises
y castaños que acababan de dejar atrás, hacia el norte y hacia el este.
Una leve brisa procedente del noroeste arrastraba perezosamente las altas nubes grises de una tarde de abril. El aire olía a primavera. Pero las mariposas que la semana anterior habían abandonado sus crisálidas para tender al tibio sol sus alas negras, habían tardado muy poco en darse cuenta de su equivocación al efectuar tan temprana salida.
Jo Phister le dijo a Anse Chambers:
—Dame el catalejo.
En silencio, Chambers hurgó entre los pliegues de su manta y sacó un catalejo de bronce. Con gestos lentos y estudiados, Phister graduó el aparato y oprimió la lente contra su ojo.
El tercer miembro del grupo, Samuel Rague, se inclinó hacía delante para restregar el hocico de su caballo.
—Con mi baqueta —dijo— puedo ver una mancha en la pradera, a tanta distancia como puedas verla tú con tu aparato.
Anse Chambers sonrió al hombrecillo que estaba a su lado.
—Con mi catalejo puedo ver las estrellas más maravillosas que imaginarte puedas, cosa que nunca conseguirás con tu baqueta.
Rague preguntó:
—¿Dónde arramblaste con ese aparato, Anse?
El joven, de elevada estatura, se quitó el gorro de piel y se pasó los huesudos dedos por el pelo.
—Fue hace tres años, en el cincuenta y cuatro, en la región del río Cedar.
Lo que más me atrajo fue lo brillante que era. Creí que sería de oro.
Pertenecía a un pastor metodista, y no creo que lo necesitara para nada.
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Jo Phister limpió el cristal frotándolo en su silla y devolvió el catalejo a Anse.
—¿Has visto algo? —le preguntó Rague.
—Una liebre —respondió Jo.
Sus compañeros se echaron a reír.
—¿Iba al trote o a medio galope?
Phister se acarició la roja barba.
—Iba en dirección al sur, hacia la arboleda de los Suecos —respondió con su acento de Missouri.
Rague gruñó con satisfacción y empezó a llenar su pipa. Anse Chambers cerró las pistoleras que colgaban del arzón de su silla y extendió los pliegues de su manta para cubrirlas.
—Entonces, hemos conseguido despistar a los que nos seguían.
—Sí —dijo Phister—, aunque opino que lo mejor será que no nos acerquemos a Larkin City en una temporada.
Rague llevaba un viejo pañuelo azul anudado alrededor de su recio cuello. —Resulta divertido que no den nunca con las huellas de los caballos en las inmediaciones del Boxtrap. Esta última vez había más nieve de la que pensaba encontrar; temí que íbamos a perder todos los caballos. Y pasamos
sus buenos diez días recogiéndolos.
—Te olvidas del río Bull —le recordó Chambers.
—Tienes razón. Pasamos un día allí.
—Y una noche —añadió Phister—. Tuvimos que hacer correr la pólvora, perdimos un escondite y estuvimos a punto de recibir un disgusto serio.
Se llevó la mano al brazo izquierdo y palpó con dedos cuidadosos la herida de arma blanca que tenía por encima del codo.
Rague gruñó:
—Pero sólo conseguimos treinta y ocho dólares y un maletín de muestras de bisutería. De modo que pasamos diez días enteros en conseguir los cuatro caballos. Creo que haría un mejor negocio dedicándome a sembrar trigo.
—No creo que el tirar de un arado te produjera otro beneficio que el perder la grasa que tienes, Sammy —dijo Chambers. Luego escrutó de nuevo la pradera—. De acuerdo, muchachos. Los ciudadanos han regresado a Larkin City y tenemos el camino libre. ¿Dónde deseáis pasar la noche?
—Podríamos regresar a Boxtrap Grove —opinó Phister—. Bonner tendrá ya ocultos los caballos; haremos que nos corte un buen trozo de jamón y le diremos a la vieja que nos prepare unos bizcochos. Hace unas salsas estupendas.
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Anse Chambers sacudió su rizada cabeza.
—La última salsa que me sirvió no sabía a nada. Desde la escabechina de Spirit Lake no es la misma. La idea de que los indios puedan arrancarle el cuero cabelludo la tiene atemorizada.
—Creo que eso le ocurre a todo el mundo en Iowa —dijo Phister—. ¡El pensar que puedan escalpelarle a uno pone la carne de gallina! Pero sigo creyendo que es una cocinera de primera categoría, con indios o sin indios. Si no deseas ir allí, Anse, podríamos pasar la noche en casa de Limpy Corbin.
Sammy Rague objetó:
—Pasar la noche en casa de Corbin nos costará cinco dólares. A veces pienso que sería mejor darle en la cabeza con la culata del revólver.
—¡Cuidado! —advirtió Anse en voz baja.
Sus compañeros siguieron la dirección de su mirada. Al cabo de unos instantes Phister desenfundó su rifle, al tiempo que tomaba el catalejo. Se lo llevó al ojo y permaneció un rato en silencio, mirando hacia la pradera.
—Se mueve —anunció finalmente—. ¿Quieres mirar tú, Anse, que tienes mejor vista?
Chambers tomó el catalejo de manos de Jo y vio a un jinete solitario, que estaba ladeando la orilla más próxima de una charca.
Mientras los hombres contemplaban al jinete, el viento del noroeste se hizo más intenso, haciendo olvidar la primavera y surgiendo la llegada de un gélido noviembre. Chambers y Rague se echaron sus mantas sobre los hombros; sus caballos agitaron las colas al viento, esperando pacientemente con las cabezas inclinadas.
Phister se echó a reír.
—Creo que se trata de Teke Howell, ¿verdad, Anse? Me ha parecido reconocer a su pequeño potro.
—Sería preferible que nos escondiéramos —dijo Rague, con expresión alarmada—. Conozco a Tecomseh Howell, y es un hombre peligroso con un rifle. Es uno de los Exploradores de la Frontera de Larkin City.
Anse ordenó:
—¡Quieto, Sammy! Howell no puede vernos mientras no hagamos ningún movimiento.
—Conozco muy bien al viejo Teke Howell —afirmó Phister—. Solía bailar con su hija cuando vivían en Homer. Nunca viaja sin una buena botella de whisky. Y yo tengo la garganta reseca.
Chambers frunció el ceño:
—Teke Howell es uno de los Exploradores de Larkin City.
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—Esto no importa en absoluto —replicó Phister rápidamente—. Persigue a los Dakotahs y no a los caballeros de la ruta como nosotros. No me importa admitir que he dormido en el establo de Teke Howell en más de una ocasión. Eso era cuando los Vigilantes andaban detrás de mí. No, no está interesado en averiguar cuánta gente pierde sus caballos en la parte meridional del condado.
Chambers empuñó las riendas de su caballo.
—En tal caso, vayamos detrás de él. Hace quince horas que no hemos comido nada. Un trago de whisky no me vendría tampoco mal.
Encaminaron sus monturas hacia el sudoeste. Anse Chambers galopaba en cabeza, seguido de sus dos compañeros. Tomaron una senda que en épocas anteriores habían trazado los búfalos, en su huida hacia las tierras libres del norte de la región, adonde se habían retirado la mayor parte de los indios.
La mancha de color pardo se convirtió en un insecto con pies y cabeza; permanecía inmóvil, como si el explorador se hubiese detenido a observar a los jinetes. Jo Phister profirió un alarido y agitó en el aire los flecos de su manta. El jinete solitario avanzó rápidamente hacia delante.
—¡Viene a nuestro encuentro! —gritó Sammy Rague—. ¡Espero que traerá el whisky!
—¡Mirad! —dijo Anse—. Está dando la vuelta a la charca, para alejarse de nosotros…
La maniobra del solitario explorador le había acercado más a los tres fugitivos; éstos pudieron ver las manchas blancas y pardas del potro que montaba, y Jo Phister juró que podía ver el largo pelo de Teke Howell flotando al viento.
—Por lo visto se ha asustado de nosotros —añadió Anse.
—Cree que somos indios —opinó Jo Phister, y empezó a gritar como lo hacían los Dakotahs.
Sam Rague se retorcía de risa en su silla.
—¡Mira como corre la vieja cabra! —chilló.
—Le hemos asustado de lo lindo —dijo Jo.
Galoparon juntos tras las huellas de Teke Howell; Rague se unió a los gritos de guerra de Phister, y sus alaridos hicieron levantar el vuelo a media docena de asustadas codornices que estaban ocultas entre la hierba. Anse protestó furiosamente, pero sus voces quedaron ahogadas por las de sus compañeros.
Se detuvieron a descansar en las proximidades de la orilla de la charca. El viejo Teke Howell era sólo una nube de polvo que volaba a una milla de distancia por delante de ellos.
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Anse estaba de muy mal humor cuando se reunió con sus compañeros. Pero éstos se habían tranquilizado ya, y Jo lamentaba ahora haber iniciado aquella broma, la cual les había costado, como mínimo, un buen trago de whisky.
—Se dirige directamente hacia el ingenio de Morton —dijo—. No creo que podamos atraparle, y yo deseaba oler su whisky.
Anse ordenó:
—Cierra el pico, Missouri. Se me ha ocurrido una idea estupenda.
Sus dos compañeros se acercaron más a él.
—Se acerca el tiempo de recoger la caña, ¿no es cierto? —preguntó Anse. —Sí —asintió Rague—. Aunque creo que el tiempo no es aún
suficientemente bueno.
—Sin embargo —replicó Anse—, anoche vi muchas fogatas encendidas en los lugares donde la gente estaba cortando la caña. Los últimos diez días fueron bastante cálidos, y este año la cosecha es muy grande.
Jo y Sammy asintieron, algo perplejos.
—Take Howell se dirigió al ingenio de Morton. Anunciará que ha visto acercarse indios por la pradera, ya que a sus ojos le habremos parecido unos auténticos Dakotahs. ¿Qué creéis que harán los hombres del ingenio?
Phister se golpeó la pierna.
—Se marcharán corriendo a casa, advirtiendo a toda alma viviente que encuentren en su camino.
—Exacto —dijo Anse—. Huirán a toda velocidad hacia Larkin City, procurando avisar a todos los colonos. Existen veinte cabañas en las próximas doce millas, algunas en la pradera y otras a lo largo del bosque. ¿Qué creéis que harán esas veinte familias?
Phister murmuró, asombrado y admirado al mismo tiempo:
—Huirán como alma que lleva el diablo. No se detendrán ni a tomar aliento. Cargarán con los carros a sus mujeres y a sus hijos; creo que al oscurecer los ciudadanos de Larkin City habrán levantado barricadas alrededor del hotel Palmer.
El rostro de Sam Rague brillaba de excitación.
—¡Veinte cabañas, y ni un alma viviente en ellas! Lo malo es que se llevarán consigo todo el dinero y todas las cosas de valor que posean, por mucha prisa que se den en huir.
—Seguramente —convino Anse—. Pero quedarán muchas cosas que no tendrán tiempo o no pensarán en llevarse. Se llevarán los caballos de tiro, pero alguno dejarán. Encontraremos cerdos, gallinas y otras muchas cosas que
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podremos vender si actuamos con rapidez. Podremos cargar un carromato y venderlo todo en Waterloo o en Iowa City.
—¿Estáis seguros de que es eso lo que harán? —preguntó Sam.
—Si no lo crees, vamos hacia la casa de Corbin. Es el primer lugar que visitarán cuando huyan del ingenio. Llegaremos a tiempo de escondernos en el bosquecillo que hay junto a la casa.
Media hora después, los tres hombres estaban escondidos entre los avellanos que bordeaban la casa de Limpy Corbin. El viento había arreciado, y los tres amigos tiritaban debajo de sus mantas.
Ni Corbin ni ningún otro miembro de su familia estaban a la vista. Un perro gemía desconsoladamente ante la puerta de la cabaña; en el corralillo anexo a la vivienda, gruñían dos cerdos. Al cabo de unos minutos Anse siseó suavemente, y sus compañeros divisaron un grupo de jinetes que galopaban en dirección oeste. De repente, el perro empezó a ladrar.
Tres jinetes se acercaban a la cabaña. Limpy Corbin salió al umbral empuñando un rifle.
—¡Dakotahs! —gritó una voz—. ¡Vienen los Dakotahs!
Jo Phister profirió una ahogada exclamación y su mano derecha cayó sobre el revólver que pendía de su costado.
—¡Quieto! —ordenó furiosamente Anse.
—Es el joven Millard Morton —susurró Jo en tono rabioso—. Ha capitaneado dos veces a un grupo de hombres contra nosotros. Me gustaría dejarlo seco.
Chambers golpeó el codo de Jo.
—Si disparas contra él, estamos perdidos. Y, de todos modos, nunca disparé a un hombre por la espalda, ni creo que se te hubiera ocurrido a ti esa idea antes de ahora.
—No —gruñó Phister—, pero me fastidian los hombres tan presumidos y tan virtuosos como Millard Morton.
Chambers se llevó un dedo a los labios, indicando a Jo que se callara. Observaron la casa que estaba situada cerca de ellos. Los tres hombres del ingenio agrupados ante la puerta. Chambers no consiguió reconocer a dos de ellos, aunque sus rostros le resultaban familiares. La figura del joven Millard Morton, en cambio, era inconfundible. Era un hombre robusto, de mejillas redondas y completamente afeitadas, y se mantenía erguido en su montura como si tuviera un cañón de rifle por espinazo.
—Teke Howell vio a sus exploradores —le estaba contando al viejo Limpy Corbin—. Salieron en su persecución hacia nuestro ingenio. Teke
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cruzó el río para ir a advertir a los de la otra orilla.
Limpy Corbin gritó a su hijo, que estaba en el interior de la cabaña:
—¡Engancha los caballos, Algy! No podemos quedarnos aquí. — Dirigiéndose a los jinetes, añadió—: Daos prisa, muchachos. Yo tomaré el camino del río, y avisaré a los Fisher y a los O’Connor.
Se metió de nuevo en la cabaña, mientras los jinetes proseguían su camino, lo cual les hizo pasar peligrosamente cerca del lugar donde estaban escondidos los tres forajidos.
Jo Phister rechinó los dientes a la vista de la redonda y sonrosada cara de Millard Morton.
—Nunca se me presentará otra ocasión como esta —gruñó, cuando los jinetes se hubieron alejado—. Dicen que está prometido a la chica de Ezra Hampstead, lo cual me parece una locura por parte de ella. Una vez oí a Morton hablarle en tono despectivo a su madre en las calles de Larkin City. Un hombre que es capaz de hablarle de aquel modo a una anciana, merece que le arranquen el cuero cabelludo.
—No te preocupes —le dijo Anse—. También hay mucha gente que te arrancaría gustosamente el tuyo. Respetas mucho a las ancianas… pero a la primera ocasión que se te presenta les robas sus cubiertos de plata.
—De todos modos —replicó Phister, sin darse por vencido—, siempre me he dirigido a ellas en un tono cortés y amable. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Nos dirigiremos a casa de Hampstead —dijo Chambers.
—Llegarán antes que nosotros.
—No. Podemos tomar el atajo de Mormon Hollow, que ellos no conocen, y adelantarles un buen trecho.
—Eso es —convino Sam Rague—. Llegaremos a la casa de Hampstead por el sudoeste. Morton llegará por el norte, y apuesto lo que queráis a que le sacamos más de diez minutos de ventaja.
Rague hubiese perdido la apuesta. El Vanishing Creek venía muy crecido, debido a la nieve de las montañas que se había licuado en los últimos días, y tuvieron grandes dificultades para cruzarlo, hasta el punto de que cuando llegaron ante la casa de Hampstead sabían que disponían solamente de unos instantes para ocultarse. Lo hicieron entre unos matorrales que se erguían a poca distancia de la vivienda, confiando en no ser descubiertos.
—¿Tienen perro los Hampstead? —preguntó Chambers.
—Recuerdo haberle oído decir, en Larkin City, que el que tenía se murió en el mes de febrero. No sé si habrá adquirido otro, aunque supongo que si fuera así ya hubiera olfateado nuestra presencia.
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—Voy a acercarme un poco más a la casa —dijo Anse—. Quiero oír la conversación.
Procurando hacer el menor ruido posible, fue acercándose a la casa por su parte posterior, hasta llegar junto al establo. Mirando por un ventanuco, pudo ver la cabeza de una vaca. Alargó la mano y acarició cariñosamente el hocico del animal, antes de saltar al interior.
Profirió una exclamación de sorpresa. En el establo había también un caballo, e incluso Chambers, un recién llegado a la región, sabía que Ezra Hampstead no poseía ni caballos ni bueyes. Las tierras de Hampstead eran cultivadas con la ayuda de una pareja de bueyes que pertenecían a su yerno, el cual vivía a dos millas de distancia de la pradera.
El animal alzó la cabeza al ver entrar a un extraño. Anse le acarició en silencio y luego se metió debajo de un montón de heno húmedo, dejando sobresalir únicamente la cabeza. Su observatorio era excelente: pudo haber contado los botones de madera de la chaqueta de piel de gamo de Millard Morton, mientras los tres mensajeros penetraban en el patio.
Antes de llegar empezaron a dar gritos llamando a los habitantes de la casa, de modo que cuando desmontaron Iowa Hampstead les aguardaba en el umbral de la puerta.
Chambers no había visto hasta entonces a la hija de Ezra Hampstead. Era pelirroja y muy delgada, y Anse comprobó que no llevaba el pelo recogido en un alto moño sobre la nuca, como las otras mujeres de la región. Por el contrario, caía en cascada sobre sus hombros, y Anse comprendió que acababa de peinárselo precipitadamente.
—No hagas mucho ruido, Mill —le dijo a Morton.
El hombre de rostro sonrosado no desmontó.
—Iowa —dijo—, dile a tu padre que salga. Tenéis que marcharos en seguida. ¡Vienen los Dakotahs!
La muchacha se cubrió la boca con las manos.
—Dese prisa —dijo otro de los jinetes—. No pueden perder tiempo, si quieren ponerse a salvo.
—¡No podemos irnos! —sollozó la muchacha—. ¡No podemos!
—Mira, querida —dijo Millard Morton, inclinándose hacia la muchacha y palmeando su hombro—, ya sé que no tenéis ningún carro para marcharos. Pero recoge las cosas que puedas llevar contigo y dile al viejo que haga lo mismo. Dos de nosotros podemos llevar otro tanto hasta que lleguemos a casa de Guthrie; allí podrás montar en su carromato.
Iowa sacudió la cabeza y su pelo brilló con maravillosos reflejos.
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—No podemos marcharnos —repitió—. Dru está en casa, en la cama grande, y Granny Norton la está atendiendo. Papá fue a buscar a Granny esta mañana, pero ella dice que todavía faltan un par de horas…
El rostro de Morton enrojeció.
—¡Drusilla! ¿Qué diablos está haciendo aquí tu hermana? ¿No podía haber dado a luz en su propia casa?
—Pete tuvo que marcharse a Larkin City. Ayer trajo aquí a su esposa. —Bueno —dijo el compañero de Morton que había hablado antes—, en
un trance como éste yo no dejaría sola a mi esposa.
La muchacha gritó, enfurecida:
—¡Pete Carson tuvo que hacerlo! No tenía nada para comer, y supuso que podría convencer al doctor Lester para que viniera a echar una mirada a Drusilla. Se sentía muy débil, y…
Morton desmontó y se quedó de pie ante Iowa, con las manos apoyadas en sus caderas.
—Tienes que marcharte inmediatamente de aquí —dijo—. Los Dakotahs os pasarán a todos a cuchillo.
La muchacha volvió a sacudir la cabeza.
—No, Mill —respondió—. Creo que no lo harán. Tal vez ni siquiera sepan que nuestra casa está aquí. Desde la pradera no puede verse.
—¡Wahpakootah lo sabe! —gritó Morton—. Antes de convertirse en un salvaje, anduvo tres años por estos alrededores.
En aquel momento se oyó un ruido dentro de la cabaña y la muchacha entró en ella rápidamente, cerrando la puerta.
—Mill —dijo uno de los jinetes—, debemos darnos prisa.
—Lo sé.
Anse Chambers había abandonado su refugio en el interior del montón de heno. Su primer impulso había sido el de salir al patio, echarse a reír y decir que todo aquello era un error de Howell. Pero, estaba desarmado: sus revólveres y su rifle colgaban del arzón de su silla. Yendo desarmado, estaba seguro de que aquellos hombres no vacilarían en disparar contra él; todos ellos llevaban rifles. Millard Morton sería el primero en disparar, y sentiría una gran satisfacción al hacerlo.
Iowa Hampstead volvió a salir de la cabaña.
—Dru tiene los dolores —dijo—. No puedo abandonar a mi hermana, ni podemos sacarla de aquí.
—Entonces, me quedaré —dijo Morton, en voz baja.
Sus dos compañeros gritaron:
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—¡No puedes hacer eso, Mill Morton! Tenemos que avisar a todo el mundo entre esta cabaña y Larkin City. Veinticinco vidas humanas dependen de nosotros.
Morton se quedó meditando aquellas palabras; su novia le contemplaba en silencio, y Anse Chambers sintió que sus propios labios se torcían en una mueca de disgusto.
«Si la muchacha fuera mi novia —pensó—, me importaría un pepino que dependiera de mí un millar de vidas humanas.»
Iowa murmuró en tono tranquilo:
—Debes marcharte, Mill.
Morton volvió a montar rápidamente en su caballo.
—Todo se arreglará —dijo—. Yo me dirigiré a la casa de Guthrie, mientras Luke y Patrick marchan hacia el este y hacia el sur, respectivamente. Enviaré a uno de los Taggart a avisar a los demás, y yo regresaré con el resto de los hijos de Taggart.
—Necesitarás a alguien más que a los Taggart —murmuró uno de sus compañeros.
Los jinetes emprendieron el galope. De pronto, Morton refrenó a su montura y se volvió hacia Iowa, que permanecía inmóvil en el umbral, y gritó:
—¡Atranca la puerta, querida, y dile a tu padre que tenga el rifle dispuesto! ¡Regresaré antes de que se haga de noche!
Chambers volvió al lugar donde le esperaban sus amigos y les contó lo que había ocurrido.
Rague se echó a reír, pero Phister se mostró indignado.
—Ya os dije que Morton era un gallina, a pesar de todo su corpachón — exclamó—. ¡Incluso una gallina tendría más valor que él! ¡No abandonaría a sus polluelos sin luchar por ellos!
—Voy a acercarme a la casa y a decirle a esa gente que no debe preocuparse por la amenaza de los indios —dijo Anse, echando a andar hacia la cabaña.
Rague dijo:
—Ten cuidado, Anse Chambers. Si se enteran de que hemos asustado a la gente fingiendo que éramos indios, nos darán caza aunque tengan que seguirnos hasta Wisconsin.
—Sam tiene razón, Anse —añadió Jo Phister.
Chambers se volvió hacia ellos.
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—De acuerdo, muchachos. Pero me duele en el alma hacer sufrir a una muchacha como esa.
—Es un verdadero bombón —reconoció Rague—. ¿Habéis visto nunca un pelo como el suyo?
—¡Cierra el pico! —replicó Anse.
Emprendieron la marcha en silencio, aunque los dos hombres más viejos intercambiaron significativas miradas a espaldas de Chambers.
Cuando llevaban un rato de marcha, Rague inquirió:
—¿A dónde vamos ahora?
Anse Chambers se inclinó para palmear los flancos de su cansada montura.
—Deberíamos ir en busca de algún caballo de refresco. Los nuestros están agotados, y esas gentes habrán dejado alguno en su huida.
—Podríamos empezar con Limpy Corbin —opinó Rague—. Así podríamos recuperar algo del dinero que nos ha estado robando.
—¡Cállate! —gritó Anse.
Phister dirigió una mirada de disgusto a su amigo.
—Sólo se te ocurren tonterías, Sammy. Lo que sugieres sería una cochinada.
—Nos dirigiremos a la casa de Guthrie —dijo Anse—. Cuando lleguemos allí ya se habrán marchado. Peter Guthrie tiene un hermoso gorro de piel de castor que le iría estupendamente a Jo, y no creo que haya caído en la cuenta de llevárselo.
Jo Phister sonrió, con expresión satisfecha.
—Tal vez se haya olvidado también de llevarse su reloj de oro… Anse, se te ocurren unas ideas magníficas; tu cabeza no está llena de serrín, como la de Sammy.
Siguieron adelante. Estaban a punto de salir del bosque de avellanos, cuando divisaron una larga hilera de jinetes, a media milla de distancia. La hilera era muy larga… y los jinetes se cubrían con mantas de brillantes colores.
Los tres amigos descabalgaron rápidamente, y Jo Phister se cortó la mejilla con la rama saliente de un avellano. Cubriendo con sus manos las bocas de sus cabalgaduras, retrocedieron en el mayor silencio.
—¿Son indios? —preguntó Sammy Rague con voz ahogada.
—¿Es que no has visto ningún Dakotah en tu vida? —replicó Anse.
Jo Phister se enjugó la sangre que brotaba de su mejilla. Chambers examinó sus revólveres; su mano recorrió la cartuchera de su cinto.
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—¿Cuántos proyectiles tenemos, muchachos? —preguntó.
Los contaron con dedos temblorosos. Entre los tres disponían de cuarenta y nueve balas de revólver y un número algo mayor de balas de rifle.
Phister abrió la funda de su rifle.
—Si fuera un hombre con principios religiosos —murmuró—, diría que Jehová ha dispuesto las cosas de este modo para castigarnos.
—Podría ser —dijo Anse—, aunque no creo que el castigo deba incluir también a las mujeres y a los niños de estos alrededores. Debemos regresar a la casa de Hampstead, antes de que lleguen a ella los Dakotahs. Tal vez podamos ayudar a esa gente.
Cuando se acercaban a la cabaña de Ezra Hampstead, a toda la velocidad que lo escabroso del terreno y los árboles les permitían, Jo preguntó:
—¿Crees que dispararán contra nosotros? Tal vez sería mejor avisarles con un grito.
—Nada de gritos —dijo Anse Chambers. Se detuvo ante la puerta de la cabaña y descabalgó.
En el interior de la cabaña se oyó un asustado murmullo de voces y el ruido de pesados muebles al ser arrastrados.
Anse golpeó con los nudillos la puerta de la cabaña.
—¡Ezra Hampstead! —gritó—. ¡Abra la puerta!
Oyó que la muchacha decía, con acento de incredulidad:
—¡Son hombres blancos, papá!
Luego, la voz temblorosa de un anciano preguntó quién llamaba. —Conoce usted nuestros nombres —respondió Chambers—, pero le
aseguro que no tratamos de hacerles ningún daño. Me llamo Anse Chambers, y están conmigo Jo Phister y Sammy Rague. ¡Una banda de Dakotahs está cruzando la pradera y no tardará en llegar aquí!
En el interior de la cabaña se produjo un silencio —un silencio demasiado largo—, y Chambers hundió las uñas en las palmas de sus manos. Luego volvió a oírse el ruido de un pesado mueble al ser arrastrado, y la puerta se entreabrió unas tres pulgadas. Por la abertura apareció el rostro de Iowa Hampstead. Tenía el pie apoyado contra la parte inferior de la puerta y empuñaba un diminuto revólver. Estaba muy pálida, pero miró a Anse con una especie de orgulloso desdén.
—No le conozco a usted de nada —dijo—, pero conozco a sus compañeros. ¿Es cierto lo que acaba de decir?
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—¡Claro que es cierto! —exclamó Chambers—. Estábamos al borde del bosque de avellanos y vimos como se dirigían hacia aquí.
—¿Cómo sabe que van a molestarnos?
—¡Por Dios, señorita! ¿Olvida usted lo que ocurrió en Spirit Lake? Los voluntarios y los soldados han estado dando caza a los Dakotahs desde Fuerte Ridgely hasta este condado. Cuando vienen por aquí no lo hacen en plan de paz, y dentro de unos instantes asaltarán esta casa.
Jo Phister sacó su pastilla de tabaco y cortó un gran trozo con los dientes. —Aunque no ocurrirá nada de eso si nosotros podemos impedirlo, señora
—afirmó con la mayor seriedad.
Iowa apartó hacia atrás un rebelde mechón de pelo que caía sobre sus ojos; la puerta se abrió un poco más.
—He oído contar muchas cosas desagradables de ustedes —dijo la muchacha.
—Comparados con el asesino de Wahpakootah —replicó Rague—, somos tres angelitos.
La muchacha abrió del todo la puerta y dejó caer el revólver.
—Mi hermana —murmuró—, la esposa de Peter Carson, está… está a punto…
—Lo sé —la interrumpió Anse, y la muchacha se le quedó mirando, con los ojos muy abiertos.
Chambers se volvió y entregó las riendas de su caballo a Sammy Rague. —Deja que Sam coja tu caballo, Jo —dijo—. Y tú, Sammy, llevarás a los
tres animales al bosquecillo de cedros que hay encima del arroyo; tal vez los indios no consigan descubrirlos allí.
Iowa le informó:
—Granny Norton vino hasta aquí en un caballo…
—Lo sé —volvió a replicar Anse—. Está en el establo… Sam, será mejor que te lleves también el caballo de Granny Norton.
—Ni lo pienses —declaró Rague—. ¿Qué bicho te ha picado, Anse? Ese caballo no me conoce y empezará a cocear y a relinchar como un poseso. Debemos dejarle donde está.
Phister bajó de su montura y se acercó a la cabaña, rifle en mano. La muchacha dio un paso atrás, aterrorizada; con un gesto nervioso invitó a los hombres a entrar.
La estancia estaba oscura y fría; Iowa había apagado el fuego después de que Morton se había ido. Su padre, Ezra Hampstead, estaba sentado en un camastro colocado en uno de los ángulos de la habitación. Tenía un viejo
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mosquetón entre las manos y trataba de cargarlo, pero como lo hacía sosteniendo un gran libro con las rodillas vertía la pólvora a derecha e izquierda.
Anse miró hacia él y sonrió. Había oído hablar de Hampstead y de sus excentricidades. El padre de Iowa había sido maestro de escuela en Dubuque antes de marchar hacia el Oeste; se había casado con una de sus alumnas, y Chambers quedó sorprendido del maravilloso fruto que había brotado de aquella unión invernal.
Ezra Hampstead estaba muy delgado. Tenía los huesos muy salientes y los ojos adormilados detrás de los cristales de sus gafas, y cada uno de sus movimientos parecía el de un hombre que estuviera soñando. Alzó la mirada hacia los dos forasteros y movió vagamente la cabeza.
—Resulta extraño —dijo— que puedan ocurrir al mismo tiempo cosas tan distintas como el nacimiento de un nuevo ser humano y esta clase de violencia.
Su hija gritó:
—Papa, ¿no sabes quiénes son estos hombres? Son Phister y Anse Chambers, y su compañero estará aquí dentro de un momento. Has oído hablar de ellos. Son…
El anciano parpadeó.
—Sí —dijo—. He oído hablar de ellos. Ya sabes lo que dice Montaigne… —y su mano se posó sobre el volumen que tenía abierto sobre las rodillas—: «El peor estado del hombre es aquel en el cual ha perdido el conocimiento y el gobierno de sí mismo».
Anse dijo:
—Lo siento, señorita, pero me olvidé de recoger las municiones para mi rifle.
Phister se asomó al exterior y dijo:
—Sam las ha recogido y las trae hacia aquí. Nunca creí que pudieras ser tan distraído, Anse.
Rague entró en la cabaña, respirando fatigosamente. Entregó las municiones a Chambers y le dijo:
—¿Con qué pensabas disparar contra los Dakotahs, Anse?
—Bueno, trataré de remediar mi distracción, utilizando bien mis proyectiles Lo que me preocupa es… quiero decir que en la habitación de al lado…
El anciano se puso en pie, con una gran cantidad de pólvora sobre sus pantalones.
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—Hablando de recién nacidos, caballeros —dijo—, no acierto a comprender cómo un hombre tan sabio como Montaigne se mostró tan refractario a los chiquillos. Me refiero al compañerismo con la gente menuda y los jóvenes. Yo tenía cuarenta alumnos en mi clase, y…
Iowa Hampstead se había ido a su dormitorio, pero en aquel momento acababa de regresar.
—¿Cómo se encuentra su hermana, señorita? —preguntó Chambers. —No muy bien —respondió la muchacha—. Está pasando un mal rato. Phister murmuró:
—Alguien debería vigilar aquel lado de la casa —y los hombres arrastraron sus pies por el suelo.
Iowa dijo, con voz estridente:
—Mi padre cuidará de ello. ¡Papá puede hacerlo! Hay una ventana que da
al oeste y podemos acercar a ella un viejo baúl. Puede vigilar cuidadosamente
desde allí. ¿Verdad, papá?
El anciano asintió.
—Desde luego. Puedo vigilar mientras leo.
Chambers frunció el ceño. Se acercó a Hampstead y tomó el mosquetón de sus manos. Tras echarle un vistazo, volvió a cargarlo cuidadosamente.
—Si ve usted algo que parezca un indio, Mr. Hampstead —le dijo al anciano—, dispare inmediatamente. ¿Podemos confiar en usted?
—Sí —respondió el anciano—. Oh, sí, desde luego. No deseamos que los indios lleguen aquí —y se estremeció ante aquella idea.
La muchacha acompañó a su padre a la otra habitación y los tres hombres se miraron uno a otro con expresión de desaliento.
Sammy Rague murmuró:
—Espero que no se les ocurra venir por el oeste; si así fuera, otro de nosotros tendría que meterse en esa habitación.
—Jo —dijo Anse—, vigilará el norte. Tú, Sam, cuidarás de vigilar el este.
Y yo me ocuparé del sur.
Los tres hicieron sus preparativos con toda la eficiencia posible en un ambiente que les resultaba tan poco familiar. La transición de un despreocupado bandidaje a una furiosa defensa les dejó silenciosos e inseguros.
Tenían confianza en sí mismos, pero sabían que Ezra Hampstead no serviría para nada cuando llegase el momento de luchar. Se quedaron mirando al mundo de bosques y de barro medio helado… al reino de crudeza y de
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incomodidad que hasta entonces habían recorrido con una especie de salvaje satisfacción.
Allí no había cuervos que graznaran en señal de alarma. Allí no había ningún perro que pudiera actuar de centinela; los hombres esperaban en sus posiciones, tensos y silenciosos. Podían oír a la joven esposa quejándose en la habitación vecina, y de repente Iowa salió y cerró la puerta detrás de ella. Se sentó en el camastro colocado en el rincón opuesto al hogar y trató de sonreír a Jo Phister.
Anse se hallaba en la ventana que miraba al sur. La ventana estaba provista de cristales, pero resultaría fácil romper uno de ellos en cuanto empezaran las hostilidades. Se volvió a mirar a la muchacha. Su pelo era como una llama; daba más claridad que las grasas del semiapagado fuego, que seguían brillando entre las cenizas. Anse volvió a fijar su mirada en la ventana. Deseó que cuando llegaran los indios pudiera ver a Millard Morton entre ellos, convertido en un traidor, como el Simon Girty de las antiguas leyendas.
Phister había hecho un agujero en la pared norte de la cabaña, y Rague había efectuado la misma operación en la que miraba al este. No le gustaba ocupar este puesto, ya que la colina se erguía abruptamente delante de aquel lado de la cabaña y Sammy estaba ansioso por ser el primero en disparar. Chambers sabía que no erraría el tiro. En sus ojos había la seguridad y la experiencia de un consumado tirador. A veces mostraba una medalla que había ganado en un concurso de tiro, mucho antes de desertar del Ejército en el Fuerte Leavenworth.
Iowa murmuró en voz baja:
—Siento mucho que hayan tenido ustedes que agujerear las paredes de la cabaña. Recuerdo el trabajo que le costó a papá tapar todas las rendijas. Hacía mucho frío, y la arcilla estaba helada.
—¿Puede trabajar? —se maravilló Rague.
Iowa sonrió nerviosamente.
—Desde luego. Pero cuando consigue un nuevo libro no hay quien le separe de él. En el mes de enero le regalaron esa obra de Montaigne, y desde entonces no se ha separado de ella ni un solo instante.
—¿Veis algo? —preguntó Chambers.
Jo y Sammy respondieron negativamente. De repente, se abrió la puerta de la habitación y apareció Ezra Hampstead. Su rostro reflejaba una gran satisfacción.
—¿Ha visto usted algo, Mr. Hampstead? —preguntó Anse.
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—Desde luego, desde luego —respondió el anciano—. Estoy releyendo el libro y he encontrado una cita que le va a usted como anillo al dedo. Está en la página dieciocho. —Se acercó el volumen a los ojos y empezó a leer—: «El engaño puede ser útil de momento, pero la verdadera victoria no es la que se obtiene mediante el engaño o la casualidad, sino la que se consigue a fuerza de valor, en lucha abierta y leal».
Phister miró por la abertura de la pared.
—Oiga, viejo —dijo, sin volverse—, si desea usted salvar su pellejo y el de sus hijas, haga el favor de no volver a abandonar su puesto.
Chambers estalló:
—¿Está usted loco, Hampstead? ¡Vuelva inmediatamente a la otra habitación!
—De acuerdo —dijo el anciano—. Pero no trate de engañar a esos indios. Si tiene que luchar con ellos, hágalo honradamente, cara a cara. Si no lo hace así, su victoria no tendría ningún valor, ya que sería desleal —y se alejó a paso lento hacia la otra habitación.
Iowa dijo precipitadamente:
—No se preocupen por lo que diga mi padre. Yo iré con él para que no deje su puesto.
—¡Hágalo, por amor de Dios! —exclamó Chambers—. Y procure que vigile, en vez de leer.
La muchacha se marchó y Rague anunció que había visto dos conejos que bajaban huyendo la ladera de la colina. Los hombres redoblaron su vigilancia; una hoja o una hierba moviéndose al viento era para ellos una señal de alarma.
Anse contó otras dos veces los cartuchos alineados en el repecho de la ventana que le servía de observación. De repente, se oyeron los relinchos de los caballos de los indios, que acababan de olfatear el agua del arroyo. Y a continuación, los Dakotahs se hicieron visibles.
Anse rompió uno de los cristales de la ventana.
—Trazarán un círculo —murmuró Phister— y se acercarán por el sur. Eso es lo que suelen hacer siempre.
Los indios eran un par de docenas; resultaba difícil precisar su número, ya que estaban ocultos entre la maleza que una hora antes había servido de refugio a los tres hombres.
Hasta la casa llegaron los gritos excitados de los salvajes.
—Han encontrado nuestras huellas —dijo Anse.
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—Tal vez se decidan a seguirlas —murmuró Rague desde su observatorio — y pasen de largo.
Era una esperanza completamente descabellada; y Sammy Rague lo sabía. Se acercó a la puerta de la otra habitación y llamó con los nudillos. La muchacha pelirroja se asomó. /
—Vienen por el sur —dijo Rague—. Dígale a su padre que tenga dispuesto el rifle, y asegúrese de que está en condiciones de disparar.
—¡Y usted —gritó Anse por encima de su hombro— métase debajo de una cama!
La muchacha le dirigió una mirada de desdén.
—Dru no puede esconderse debajo de la cama. Y yo tengo que quedarme a su lado. —Y cerró la puerta.
Cuatro de los Dakotahs abandonaron su escondite y empezaron a arrastrarse rápidamente hacia el establo. Se hundían en el barro mientras avanzaban, y gritaban el nombre de Hampstead, o por lo menos trataban de hacerlo. «Hap-sed —llamaban, una y otra vez—. Hap-sed». Llegó un momento en que ofrecían un blanco excelente.
—Ven aquí, Sam —dijo Anse—. Apunta al hombre alto que va en cabeza.
Jo se encargará del siguiente y yo del pequeñito que cierra la marcha.
Phister gruñó:
—Ni hablar. No podemos disparar aún contra ellos. Tal vez podamos parlamentar y conseguir que se marchen.
—¡Estás loco! —replicó Chambers, pero no disparó.
Uno de los Dakotahs llevaba un sombrero negro y una chaqueta que habían pertenecido a un hombre blanco. Sus piernas estaban desnudas y calzaba mocasines. El más alto de los indios, que tenía aspecto de jefe, se envolvía en una manta a rayas verdes y rojas y llevaba unos pantalones vaqueros. A excepción del más pequeño, todos iban armados de rifles o mosquetes. Uno de ellos estaba borracho.
—Estoy convencido de que han visitado un par de cabañas antes de venir aquí —dijo Anse.
Los indios se detuvieron un instante en la esquina del establo y observaron atentamente la casa. No parecieron muy satisfechos del silencio que reinaba en ella, ya que avanzaron más cautelosamente. Uno de los indios seguía llamando a Hampstead; el borracho se movió haciendo eses y contemplando una pequeña sierra que agitaba en una mano.
—Sería mejor acabar con ellos —dijo Chambers.
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—No —insistió Jo—. Podemos parlamentar: otras veces se ha hecho. Si disparamos un solo tiro, la cosa no tendrá remedio.
Anse murmuró, en tono apremiante:
—Entonces, haz algo, por el amor de Dios.
Phister gritó:
—¿Quién va?
Los indios retrocedieron hasta la esquina del establo y pegaron sus cuerpos contra la pared, a fin de evitar el ser alcanzados por un disparo.
Una voz preguntó, en el idioma de los Dakotahs:
—¿Quién está en la casa además del hombre con cuatro ojos llamado Hampstead?
—Diez hombres —respondió Phister—. Tenemos muchos rifles, y os mataremos a todos si tratáis de atacarnos. Si me prometes que os marcharéis de aquí, te regalaremos un caballo.
Siguió una agitada discusión. En la esquina del establo apareció una manta a rayas verdes y rojas. Una voz preguntó:
—¿Dónde está el caballo?
—En el establo.
Se produjo un silencio. Temiendo que otros Dakotahs pudieran arrastrarse hasta la cabaña desde otras direcciones, Rague volvió a su observatorio en la pared norte y Anse le dijo a Iowa Hampstead, a través de la puerta, que mantuviera una cuidadosa vigilancia en la ventana que miraba al oeste.
Los indios debían haber penetrado en el establo a través de la ventana orientada al sur, ya que de repente apareció uno de ellos en las sombras del portalón de entrada al establo.
—Es un caballo viejo y sus dientes están enfermos. No queremos el caballo. Queremos azúcar y whisky, y un cuchillo para matar que dispare.
Phister tradujo las palabras a sus compañeros, en voz baja, y dijo: —Se refiere a un revólver. ¿No crees que deberíamos regatear un poco? —No —respondió Chambers.
—El hacerlo significaría ganar tiempo. Pasará mucho rato antes de que nos lleguen refuerzos. Será ya noche cerrada.
Anse dijo:
—Si podemos resistir una hora, no creo que se queden aquí cuando se haga de noche. Saben que hay muchas casas por estos alrededores y que alguien puede oír los disparos.
Desde el establo llegó un asustado mugido, seguido de un disparo.
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—Han matado la vaca —dijo Anse—. Los indios no resisten nunca a la tentación de un buen filete. ¿Ves algo por ahí, Sammy?
—Nada —respondió Rague.
—Entonces, ven aquí. En cuanto veamos a un indio empezaremos a disparar.
El Dakotah borracho que llevaba la sierra en la mano abandonó la protección del establo, y Anse disparó. El salvaje se desplomó sin lanzar un gemido y sin soltar la sierra.
En el interior del establo, sus compañeros empezaron a proferir alaridos; otros alaridos se dejaron oír procedentes del cercano bosquecillo.
—¿Estás satisfecho? —preguntó secamente Jo—. Ahora no podremos evitar la lucha.
—Me alegro —respondió Chambers, volviendo a cargar su rifle—. ¿Te has fijado en esa sierra? Está llena de sangre. Ese tipo debió utilizarla para rebañarle el gaznate a alguien.
Los indios del establo empezaron a disparar contra la casa. Sus proyectiles se estrellaban inofensivamente contra los recios troncos de la cabaña. Iowa Hampstead salió de la otra habitación y Chambers avanzó hacia ella, con el catalejo en una mano y el rifle en la otra. Pensó que la muchacha estaría temblando de terror, pero el rostro de Iowa aparecía simplemente frío y serio.
—El chiquillo está naciendo —anunció—. Pete Carson y Dru tendrán otra boca que alimentar.
Anse sonrió.
—No había pensado en ello hasta ahora —dijo— pero tampoco a nosotros nos vendría mal alimentarnos un poco.
La boca de la muchacha se plegó en una mueca que quiso ser una sonrisa, para corresponder a la de Anse. Sus manos estaban envueltas en trapos blancos.
—Es usted muy juiciosa, Miss Iowa —murmuró Anse.
Ella le miró a los ojos.
—También usted parece un hombre juicioso. Resulta difícil creer las cosas que he oído contar de usted… Será mejor que me vaya a ayudar a Granny. En aquel armario encontrará usted carne en conserva, tocino y torta de maíz. Había hecho un poco de café, pero estará frío.
Volvió a entrar en la otra habitación, cerrando la puerta.
Rague y Phister no habían disparado un tiro. Se hallaban en la ventana orientada al sur, con los rifles preparados, mirando atentamente al exterior. Cuando se acercó Anse, Phister le cedió su puesto.
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Chambers le habló de la comida, y el hombre de Missouri alzó las cejas. —Daré un vistazo en las otras direcciones —dijo— y luego me ocuparé
de las provisiones. ¡Maldito establo! No pensé en ello antes, pero constituye un excelente refugio para los indios; pueden disparar desde allí sin ser vistos.
Una bala penetró a través de la ventana e hizo añicos un jarro colocado sobre una estantería, en la pared opuesta. Rague se echó hacia atrás, parpadeando. En aquel mismo instante, una docena de Dakotahs se puso en movimiento y salió de la maleza donde habían permanecido ocultos. Avanzaron en dirección al establo. Sam Rague apoyó el cañón de su rifle en el antepecho de la ventana, al tiempo que decía a Chambers:
—¡Prepara tu rifle! ¡Y también el de Jo!
Disparó y dejó caer su arma en la mano de Anse, cogiendo inmediatamente el rifle de su amigo. Un indio se revolcaba en el barro, alcanzado por el disparo de Rague, mientras los otros seguían adelante. Sammy volvió a disparar, pero falló el tiro; su tercer disparo, con el rifle de Phister, alcanzó a un indio en el vientre en el instante en que iba a entrar en el establo. El salvaje se dobló sobre sí mismo y cayó muerto.
Iowa Hampstead abrió la puerta de la habitación y se detuvo en el umbral, limpiándose las manos en su delantal. Consiguió decir:
—¡Es una niña! ¡Drusilla ha tenido una niña!
—Espero que llegará a convertirse en una pelirroja tan encantadora como usted —dijo Anse. Se preguntó por qué Iowa se mostraba tan aterrorizada en aquel momento, cuando hasta entonces no había perdido la serenidad.
—¡No se burle de mi pelo rojo! —murmuró.
—¡Me encanta el pelo rojo, señorita! —replicó Chambers.
Iowa se cubrió la boca con las manos, como había hecho un momento antes, al asomarse a la puerta. Evidentemente, estaba muy asustada.
—¿Es que no lo comprenden? —murmuró—. Se trata de Drusilla. Está… Chambers oyó que Phister murmuraba: —Sammy, me temo que esa joven haya muerto.
—¡No! ¡No! —sollozó Iowa Hampstead—. Pero ella… La niña ha nacido sin novedad. Pero Dru está cada vez más débil; ha perdido mucha sangre, y Granny Norton no sabe qué hacer. Si estuviera aquí el doctor Lester…
—¿Qué distancia hay desde aquí a Larkin City, por el camino más corto? —preguntó Anse.
—Unas trece millas —murmuró Phister detrás de él.
Otra bala penetró a través de la ventana, y el plomo fue a estrellarse contra las piedras del hogar.
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El rostro de la muchacha estaba rígido.
—Tal vez Pete Carson esté de regreso en estos momentos con el doctor Lester —dijo—. Prometió regresar tan pronto como le fuera posible convencer al doctor. Dru no se sentía bien, y… el viaje hasta aquí en el carromato, y la amenaza de los Dakotahs, y…
Chambers se volvió a sus compañeros.
—Los indios no han encontrado nuestros caballos —dijo—. Están ocultos entre los cedros, al norte de esta cabaña.
—¿Cómo podría un hombre llegar hasta allí? —inquirió Phister.
La muchacha susurró:
—En la otra habitación hay una ventana orientada al norte…
—¡Dios mío! —exclamó Phister—. ¡Hasta ahora no se le ha ocurrido decirnos que hay una ventana orientada al norte!
Chambers dijo:
—Déjeme dar un vistazo.
Empujó la puerta de la habitación y entró en el dormitorio. No dirigió una sola mirada a la parturienta, ni a la anciana que estaba junto al lecho, ni al viejo soñador con su mosquete y su Montaigne. La ventana de que le había hablado Iowa era pequeña, pero permitía el paso del cuerpo de un hombre.
—No perdamos tiempo —se oyó decir a sí mismo—. Jo, encárgate de mi rifle. No voy a necesitarlo. —Cerró la puerta.
Iowa permanecía en pie, completamente inmóvil.
—¿Y si le cogen a usted? —murmuró.
—No le cogerán —replicó Jo Phister—. Si atrapan a alguien, será a mí. Rague miró a Phister, y luego a Chambers, y sonrió. Después cogió una
silla de la habitación y, lenta y deliberadamente, ensanchó un pequeño agujero de su tapizado.
—El que saque la libra más larga irá en busca del doctor —dijo. Sosteniendo el rifle en su mano derecha, cogió la silla con la izquierda y la tendió hacia Phister—. ¡Tú primero, querido Jo!
Jo Phister hundió dos huesudos dedos en el agujero del tapizado y cuando los sacó empuñaba en ellos una fibra vegetal de unas cuatro pulgadas de longitud.
—Ahora tú, Anse —dijo Rague, y Chambers se adelantó.
Metió los dedos en el agujero y sacó una fibra de una pulgada más larga que la de Phister.
Rague dijo:
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—No tenéis la menor idea de cómo se hace esto, muchachos. Ahora vais a ver.
Colocó la silla sobre la mesa y hurgó en el agujero hasta hacer asomar por él unas cuantas fibras. Las estudió cuidadosamente unos instantes, hasta decidirse por una de ellas. Tiró de la misma hacia fuera: la fibra fue haciéndose más y más estrecha, pero cuando hubo salido del todo pudo verse que era más del doble de larga que las de sus compañeros.
—Sospecho que hemos destrozado su silla, señorita —continuó Rague—.
No creo que su padre pueda sentarse ya en ella a leer aquel libraco tan grande.
Anse se había quedado sin habla. Phister murmuró:
—Llévate un revólver cuando menos, Sammy.
—Uno —asintió Rague—. Las otras armas os harán más falta a vosotros. Extrajo uno de sus pesados revólveres y lo colocó al lado de la silla, la cual continuaba sobre la mesa como un grotesco trono. A continuación sacó
su segundo revólver, revisó el tambor y volvió a introducirlo en su funda. —¡No podrás pasar por aquella ventana! —exclamó Anse—. Estás
demasiado gordo…
—No te preocupes —respondió Rague—. Siempre has dicho que soy como una bola de sebo, y el sebo se desliza fácilmente por todas partes. — Palmeó el hombro de Phister y dio un codazo a Chambers—. Ahora tendrán ustedes que disparar por tres, caballeros —dijo—. Miss Zanahoria, ¿tiene usted la bondad de abrir aquella puerta?
Hasta ellos llegó la voz del anciano, murmurando como el que recita una lección. «Me opongo enérgicamente a toda clase de violencia en la educación de una alma joven».
Sonaron varios disparos, y algo se rompió y cayó en la otra habitación. —¡Regresad al frente, muchachos! —gruñó Rague, mientras luchaba por
deslizarse a través de la ventana—. No les dejéis pensar que sois mancos, o se decidirán a asaltar la casa.
Phister y Anse se marcharon a la otra habitación, cerrando la puerta detrás de ellos; las rodillas de Chambers temblaban. Se acercó a la ventana. Dos indios estaban en cuclillas ante la puerta del granero, y otro se arrastraba hacia delante, en dirección a la puerta de la cabaña. Chambers disparó y el indio que se arrastraba rodó sobre sí mismo.
Detrás de Anse, Phister dejó oír un sonido sibilante; luego cruzó la habitación y empezó a arrastrar un viejo y pesado cofre colocado detrás de la puerta de la cabaña.
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Chambers oyó la voz de Sammy Rague. Parecía llegar desde una gran distancia, y en ella había todo el rencor de un millar de guerreros irlandeses.
—¡Largo de aquí, malditos cochinos! —gritaba.
Phister apartó el cofre a un lado, pero Chambers le dio un empujón y Jo cayó al suelo.
—¡Por el amor de Dios, Anse! —exclamó—. ¡Van a cogerle! El viejo no les verá…
—Iré yo —dijo Anse.
Quedó de pie en el umbral de la puerta, empuñando sus dos revólveres. Los Dakotahs corrían hacia él desde el granero y desde sus esquinas. Más tarde, supo que sólo eran siete u ocho, pero en aquel momento le pareció que el mundo estaba lleno de cabezas negras, de rostros teñidos de bermellón y de sombreros andrajosos. Vació sus revólveres. Varios de los Dakotahs se desplomaron, muertos o heridos, pero los demás siguieron avanzando, y uno de ellos agarró a Anse por la cintura. Rodaron por el suelo. Una hoja de acero brilló en el aire, pero sólo rozó la cabeza de Chambers. Anse dobló las rodillas, apoyó los pies en el abdomen del indio y los, impulsó hacia delante: el Dakotah voló por los aires y fue a estrellarse contra el suelo.
Chambers trató de ponerse en pie, pero otros dos indios cayeron sobre él. Pensó morir ahogado bajo el hedor de la grasa y de la suciedad que cubría el cuerpo de los salvajes; pensó que tal vez había sido un error abrir la puerta de la cabaña, y hundió su dedo pulgar en la cuenca de un ojo: la pulpa del ojo al estallar se deslizó por su mano.
Alguien estaba chillando. No era Phister, ni los indios, sino una vociferante tropa que descendía la ladera poblada de árboles, como si los propios árboles avanzaran para tomar parte en la lucha. El griterío cesó. Ahora se oían disparos, y el chapotear de unos caballos en el agua; Anse se dio cuenta de que los árboles iban montados; no había nada de fantástico en la idea de que los árboles galopaban en su ayuda. Una voz dominada por la rabia gritó algo en el lenguaje de los Dakotahs, y otra voz le respondió. Anse tenía sus manos enroscadas a una garganta que temblaba y se combaba, y que terminó por quedar rígida, como si fuera de piedra.
La presión sobre su cuerpo cesó repentinamente. Cuando se incorporó, para quedar sentado en el suelo, pudo ver a varias formas que corrían hacia la espesura donde los indios habían ocultado sus caballos. Oyó la voz de Millard Morton, y lamentó oírla. Iowa Hampstead salió por la puerta de la cabaña y flotó hacia él; empuñaba un revólver, cuyo cañón estaba humeante.
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«Me gusta el color de su pelo», murmuró Anse antes de perder el conocimiento.
Vio a los hijos de Taggart y los reconoció. Le contaban, una y otra vez, cómo ellos, al igual que los Morton, habían estado cortando caña de azúcar. El viejo Mr. Dummer se había cortado medio pie con el alfanje y todos los vecinos se hallaban en la casa de los Taggart, lo mismo que el doctor Lester, cuando llego Millard Morton a avisarles lo que ocurría.
—Pero, ¿dónde está Sammy Rague? —preguntó Anse—. Tengo que verle.
Trataron de convencerle para que no lo hiciera, pero se negó a descansar hasta que le llevaron a la espesura del norte de la cabaña y le mostraron los restos de Sammy, cubiertos con una vieja manta.
Habían cubierto su cadáver porque los Dakotahs le habían escalpelado y su aspecto era horroroso. No estaba solo. Había otro cadáver tendido a diez pies de distancia del suyo, un cadáver con el rostro pintarrajeado. Iowa había disparado desde la ventana orientada al norte, y el indio cayó al lado de Sammy. Esto explicaba el humo que salía del cañón de su revólver cuando fue a reunirse con los hombres.
En total, eran once los Dakotahs que habían dejado el pellejo en los alrededores de la casa de Hampstead.
Los Taggart y otros vecinos estaban reunidos en el patio, contemplando a Anse y a Phister, sentados en los escalones del porche. La oscuridad era cada vez más intensa.
Phister apenas podía hablar. Su mandíbula estaba tumefacta a consecuencia del culatazo de un rifle, recibido en el instante en que salía de la cabaña. Cuando el cuñado de Iowa estrechó su mano y la de Anse, dándoles las gracias con voz emocionada, Phister trató de decir algo, pero al mover la mandíbula sintió un dolor insoportable, que hizo asomar las lágrimas a sus ojos.
Los otros hombres hablaban y de repente se oyó la voz de Mill Morton, más fuerte que las demás:
—¿Tengo que recordaros a todos vosotros que dijisteis que había que colgarles, en cuanto cayeran en nuestras manos?
Todo el mundo habló a la vez y Winn Taggart se llevó a Morton aparte y le increpó duramente.
En la cabaña habían vuelto a encender el fuego. Su resplandor llegó hasta la puerta mientras salía el doctor Lester. Todos los hombres guardaron
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silencio.
—Nunca he conocido a una comadrona que sirviera para ayudar a una parturienta —dijo el doctor Lester en voz alta—. Fue una verdadera suerte que yo estuviera en casa de los Taggart y no me viera obligado a cabalgar hasta aquí desde Larkin City.
—Sí —dijeron todos—, fue una verdadera suerte.
Luego salió Iowa Hampstead, y Anse se puso en pie. El vendaje que rodeaba su frente era muy molesto.
—Quiero pedirle una cosa, Miss Hampstead —dijo—. ¿Cuidará usted de que Sam sea enterrado cristianamente?
Ella asintió sin hablar.
—Tendrá un ataúd de madera —afirmó Pete Carson—, aunque para ello tuviera que utilizar los troncos de mi cabaña. Y una tumba decente, aunque tenga que cavarla con mis propias manos…
El doctor Lester le interrumpió.
—¿Cree que nuestra comunidad lo permitiría? —y se marchó a comprobar si el agua estaba hirviendo.
—Tenemos que cabalgar hasta muy lejos —dijo Anse, y Phister asintió con expresión dolorida—. Hace un rato han traído nuestros caballos desde los cedros.
Alguien preguntó:
—¿Qué hay acerca de esos otros caballos, Anse? Uno de ellos pertenecía a la familia de mi hermana.
—Están en Boxtrap Grove —respondió Chambers—. Frank Bonner los tiene ocultos para nosotros. Pero tienen ustedes que prometerme que no le lincharán.
Winn Taggart dijo:
—Tiene usted nuestra palabra, Chambers. Bonner tendrá que marcharse a otra parte, ahora que sabemos la clase de individuo que es, pero no levantaremos un solo dedo contra él… opine lo que opine Mill Morton, o cualquier otro.
Chambers se inclinó a mirar a la muchacha. Murmuró: —¿Tiene Mill Morton algún derecho sobre usted? —En absoluto, Anse —respondió la muchacha.
—¿Es usted el tipo de muchacha que da calabazas a un hombre?
Iowa susurró:
—Según sea el hombre. A usted, por ejemplo, no podría dárselas.
—Entonces, volveré.
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Iowa murmuró apasionadamente:
—¡Prométeme que no robarás nunca más, Anse!
—En otra época aprendí el oficio de guarnicionero, pero me pareció muy aburrido. Tendré que probar de nuevo.
—Papá me dijo que te diera esto —Iowa puso el libro de Montaigne en sus manos—. Te está muy agradecido, lo mismo que todos nosotros. —Tras una breve pausa, inquirió—: ¿Cuándo piensas regresar?
—Tan pronto como pueda —prometió Chambers. Se quedó mirando el libro—. No soy muy aficionado a la lectura, pero conservaré siempre este libro porque me ha venido de tus manos. ¿Podrías darme algunas provisiones?
—Tienes un gran saco lleno colgado del arzón de tu silla, o de una de las sillas.
Iowa acompañó a Anse y Jo hasta el lugar donde esperaban sus caballos. Phister, farfullando como si estuviera borracho, dijo, mientras entregaba a Iowa las riendas del caballo de Sammy Rague:
—Guarde este caballo aquí… hasta que regrese Anse Chambers.
La abierta puerta de la cabaña tenía un resplandor anaranjado debido al reflejo del fuego. La oscuridad más completa rodeaba a Iowa Hampstead y a los dos hombres. Sabían que Millard Morton y los otros vecinos no podían verles.
—Recuerda —dijo Iowa en tono apasionado— que no debes robar más caballos, porque aquí guardo uno para ti.
—Déjame tocar tu pelo —murmuró Anse—. Deseo convencerme de que es real.
Los labios de la muchacha se aplastaron contra los suyos. Iowa se mantuvo convulsivamente apretada contra su pecho unos instantes. Luego, Anse Chambers la apartó suavemente y montó en su caballo.
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CÓMO LLEGÓ A CHEYENNE MR. HICKOK
ALFRED HENRY LEWIS
A los dos días de su llegada, Mr. Hickok se había introducido en la mejor sociedad de Cheyenne. Esto, teniendo en cuenta el rígido exclusivismo
de los círculos elevados de Cheyenne, hablaba muy alto en favor de Mr. Hickok. Era algo de lo que cualquier caballero podía enorgullecerse. El Inter-Ocean, hotel que se honraba teniéndole por cliente, era como su hogar; su principal distracción, la mesa de faro.
Dos semanas antes, Mr. Hickok se hallaba en Kansas City, paseando por aquella zona de la Main Street conocida como Battle Row. El estado de ánimo de Mr. Hickok era pesimista y melancólico. No resultaba difícil adivinarlo en sus apagados ojos y en su caído bigote, cuyas afiladas puntas solían erguirse petulantemente. Pero, había algo más. Algo que demostraba de un modo fehaciente que Mr. Hickok atravesaba unos momentos de depresión: su pelo, tan largo como el de una mujer, y que en los momentos de euforia caía en rubia catarata sobre sus anchos hombros, no asomaba ahora por debajo de su sombrero.
Particularmente, no soy partidario de que los hombres lleven el pelo largo. Pero Mr. Hickok era un caso aparte. Había dejado crecer su pelo en la época en que las vicisitudes de su existencia le llevaron a tener un trato frecuente con los indios. Y los pieles rojas poseían unos puntos de vista particularísimos. Creían, por ejemplo, que todos los rostros pálidos que se cortaban el pelo muy corto lo hacían por miedo a que sus enemigos les escalpelaran. Los que se lo dejaban largo, en cambio, demostraban que no sentían el menor temor a la suerte que el destino les reservara. De modo que Mr. Hickok se dejó crecer el pelo y ya no volvió a cortárselo. Lo tenía tan largo y tan áspero como el de un potro. Como iba diciendo, pues, el hecho de que Mr. Hickok llevara su abundante pelo escondido debajo del sombrero era una señal inequívoca de que su espíritu estaba deprimido.
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¿Qué era lo que afectaba hasta tal punto el humor de Mr. Hickok? Kansas City era una ciudad llena de barro y de polvo, que sofocaba toda alegría y empujaba a sus habitantes masculinos a beber. ¿Era el ambiente lo que tenía entristecido a Mr. Hickok? No; si se hubiese tratado de un problema de ambiente, Mr. Hickok no hubiera tardado en largarse a otro lugar donde brillara el sol.
Mr. Hickok, simplemente, estaba meditando en la pérdida de su último dólar, hecho que acababa de producirse en la mesa de faro del Marble Hall Saloon. Mientras paseaba lentamente por Battle Row, pensaba en lo vacío de sus bolsillos y en lo negro del porvenir que se abría ante él, y era este desalentador presente, prometedor de un desalentador futuro, lo que mantenía caídas las guías del bigote de Mr. Hickok y oculto su abundante pelo. Un hombre con el pelo corto podía estar sin un centavo e inspirar respeto. Un hombre de pelo largo sin un dólar en el bolsillo es un ser que inspira risa.
Sumergido en sus negros pensamientos, Mr. Hickok miró distraídamente al otro lado de la calle. Una de las tiendas ostentaba un letrero pintado en negro sobre fondo blanco: Old Fellow. Y la «O» de Old permitía ver el color de la madera a lo largo de todo su trazo.
Habían pasado algunos años desde el día en que Mr. Hickok, para complacer a unos turistas y con autorización de Mr. Speers, en aquella época jefe de policía, había vaciado su seis-tiros contra aquella «O». Fue una hazaña de la que los turistas hablaron durante mucho tiempo en sus clubs del Este.
Mr. Hickok movió pensativamente la cabeza mientras contemplaba los agujeros que sus proyectiles habían hecho en la negra línea pintada sobre la madera. El motivo de aquel gesto se explicaba con facilidad: Mr. Hickok acababa de recordar que en aquella ocasión, en contraste con su actual bancarrota, llevaba en los bolsillos mil cuatrocientos dólares. Había hecho saltar la banca en el Old Number Tree, y exultaba optimismo por todos los poros de su piel.
«Creo que disparo mucho mejor cuando tengo un buen fajo de billetes.» Este fue el comentario que salió de los labios de Mr. Hickok al
contemplar lo que sus revólveres habían sido capaces de realizar hacía unos años. Pero Mr. Hickok pudo haber generalizado más: un hombre hace mejor todas las cosas cuando tiene un buen fajo de billetes en el bolsillo.
La vida de Mr. Hickok había sido muy agitada y cambiante. Dos años antes ocupaba el cargo de sheriff en Hays, con la general complacencia. Pero un mal día llegaron al pueblo tres soldados procedentes del cercano Fuerte Lanigan y, tras tomar unas copas, se permitieron un comentario sarcástico a
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propósito del pelo de Mr. Hickok. La rudeza del comentario hirió profundamente el tierno corazón de Mr. Hickok, que envió a los tres soldados a una región de la que no regresarían para lastimar la sensibilidad de las gentes.
No faltó quien dijo que Mr. Hickok se había precipitado un poco al disparar, cosa que terminó de herirle y le decidió a marcharse a Abilene. En esta población le recibieron con los brazos abiertos. Precisamente acababan de quedarse sin sheriff, ya que el hombre que ocupaba el cargo había sido pasaportado al otro mundo por un vaquero que era un genio con los revólveres. Abilene ofreció el cargo vacante a Mr. Hickok, y para estimularle a aceptarlo le mostraron el lugar donde habían colgado al vaquero. Mr. Hickok aceptó, recurrió al erario público para comprar quinientos proyectiles para sus revólveres y tomó posesión de su cargo.
El reinado como sheriff de Mr. Hickok duró ocho meses. Abilene se convirtió en una balsa de aceite. Hasta que ocurrió lo de Mr. Coe. Mr. Coe era un caballerete muy aficionado a la bebida. Cuando su cerebro estaba nublado por los vapores del alcohol la calle era suya. Mr. Hickok discrepó de esa opinión, y el resultado de ello fue una apasionada trifulca, cuyas consecuencias fueron de lo más lamentable para Mr. Coe, que murió con la cabeza atravesada por un balazo.
Como había ocurrido en Hays, no faltaron en Abilene espíritus conservadores que opinaron duramente acerca de la conducta seguida por Mr. Hickok en aquel asunto, el cual, según ellos, podía haberse resuelto con un simple culatazo en la cabeza de Mr. Coe; el caballero en cuestión había sido objeto ya de ese trato en anteriores ocasiones. Añadieron que la intemperante actitud de Mr. Hickok había eliminado de Abilene a un ciudadano que gastaba su dinero a manos llenas; la desaparición de Mr. Coe beneficiaba a la paz de Abilene, pero representaba un rudo golpe para su prosperidad.
A Mr. Hickok, estos razonamientos le parecieron de lo más sórdido y renunció al cargo de sheriff de Abilene, como había renunciado al de Hays, lanzándose de nuevo mundo adelante en busca de mejor suerte.
Apenas había librado a sus mocasines del polvo de Abilene, cuando llegó a manos de Mr. Hickok una propuesta de Mr. Cody para que se uniera a él en la representación de una obra teatral de altos vuelos. Se trataba de montar una obra que había de describir el arcádico Oeste; en ella, como es natural, las diligencias eran asaltadas, las doncellas rescatadas y los indios lo pasaban muy mal. Mr. Hickok estaba muy familiarizado con la vida del Oeste, lo que inducía a Mr. Cody a creer que su participación en el drama sería un éxito. El
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aspecto financiero de la cuestión sería tratado personalmente entre ellos, caso de que Mr. Hickok aceptara. En cuanto a su vida social, explicaba Mr. Cody, sería esplendorosa y gozaría de todos los refinamientos de la civilización occidental.
Mr. Hickok recibió la propuesta de Mr. Cody cuando estaba a punto de quedar arruinado ante una mesa de faro. Afortunadamente, le quedaba el dinero suficiente para emprender el viaje hasta Nueva York, cosa que se apresuró a hacer. Encontró a su personaje instalado en el Hotel Brevoort.
—¿Dónde está su equipaje? —preguntó Mr. Cody, mientras estrechaba la mano de Hickok.
—No llevo ninguno —respondió Mr. Hickok, cuyo equipaje había quedado en una casa de huéspedes, para responder de la cuenta—. Pero me he traído mis revólveres —añadió en tono esperanzado.
—Muy bien —dijo Mr. Cody, al que nada sorprendía ya—. Un caballero puede pasar sin cambiarse la camisa, pero nunca debe caer tan bajo como para no poder cambiarse de revólveres.
Mr. Hickok desconocía por completo el mundo de la escena, y el penetrar en él le desconcertó un poco. Era un hombre que se tomaba todas las cosas muy en serio, y detrás de las candilejas había muchas cosas que le fastidiaban bastante. No le permitían, por ejemplo, disparar de veras con sus seis-tiros: cartuchos sin bala, tantos como quisiera, pero nada de plomo.
Para Mr. Hickok, el utilizar cartuchos sin bala era una especie de irreverencia. Un Colt 45 no era un juguete; su mecanismo no había sido ideado para bromear con él. Era un instrumento de vida y de muerte; tenía una misión; y convertirlo en un objeto de guardarropía era un sacrilegio a los ojos de Mr. Hickok.
Además, disparar a la cabeza de la gente con aquellos cartuchos le hacía perder la confianza en sí mismo. ¡Era como si fallara todos los tiros! Y a Mr. Hickok nunca le había ocurrido eso.
Se le ocurrió que, disparando a las desnudas piernas de los comparsas disfrazados de indios, las quemaduras de la pólvora no dejarían de producir algún efecto. Y así fue. Los comparsas proferían unos gritos que no tenían nada de fingidos, y el público agradecía calurosamente el realismo de la representación.
Pero los comparsas protestaron y se negaron a seguir trabajando en aquellas condiciones. Podían amar su arte, pero no hasta aquel punto. No hubo modo de ponerse de acuerdo. Mr. Hickok insistió en su actitud, y los comparsas se negaron a seguir trabajando en aquellas condiciones.
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Finalmente, tras un agrio intercambio de pareceres entre las dos partes, Mr. Hickok abandonó la compañía y regresó a la vida a que estaba acostumbrado. Una vida que tenía sus naturales altibajos, pero que nunca dejaba de ser real. Fue entonces cuando llegó a Kansas City, y, tras recorrer todas sus mesas de faro, llegó a la situación en que le hemos encontrado al principio de este relato.
Habíamos dejado a Mr. Hickok en Battle Row, meditando en los extraños avatares de la existencia. Volvamos rápidamente a su lado.
Tras haber contemplado largamente el efecto de sus disparos de otro tiempo en la muestra de la tienda que hemos citado, Mr. Hickok se disponía a reemprender su paseo. En aquel mismo instante, un muchacho repartidor de Telégrafos se acercó a él. Había llegado corriendo, y la agitación de la carrera le obligó a permanecer unos instantes jadeando ante Mr. Hickok, sin poder pronunciar palabra. Finalmente, sacó un mensaje de su cartera.
—¿Es usted Mr. Hickok? —preguntó.
—Sí, muchacho —replicó suavemente Mr. Hickok. Mr. Hickok se mostraba muy tolerante con los jóvenes.
—¿Mr. Wild Bill Hickok?
Mr. Hickok frunció el ceño; aborrecía aquel feroz prefijo. Le había sido aplicado por ciertos románticos, inclinados a la fantasía, en recuerdo de las proezas que había llevado a cabo mucho tiempo antes, en el curso de su errabunda existencia. Y resultaba mucho más extraño por cuanto el nombre de pila de Mr. Hickok no era Williams, sino James.
Pero le había bautizado «Wild Bill», y con «Wild Bill» se quedó; sin embargo, atendiendo a los conocidos deseos de Mr. Hickok —en cierta ocasión arrancó de un tiro un vaso de whisky de la mano de un caballero que le había llamado Wild Bill—, no le llamaban de ese modo más que a espaldas suyas. Cuando la gente aludía a él le llamaba Wild Bill; cuando se dirigían a él le llamaban Mr. Hickok. En el instante en que el mundo y Mr. Hickok se comprendieron mutuamente en lo que respecta a ese apodo, todo motivo de fricción cesó. Se llegó a una fórmula de compromiso, tácitamente aceptada; y todo el mundo quedó satisfecho, dado que todo el mundo vio triunfar parcialmente su punto de vista.
Mr. Hickok abrió el mensaje, mientras el muchacho que acababa de entregárselo le observaba, admirado. El mensaje era largo y Mr. Hickok dedujo de ello, sagazmente, que era importante. Mr. Hickok no era lo que pudiéramos llamar un experto en el inglés escrito; en el teatro había sido considerado como hombre al que costaba mucho trabajo aprenderse su papel.
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A fin de ganar tiempo, Mr. Hickok empezó por leer la firma. Era una actitud muy inteligente. Por regla general, cualquier hombre puede decirle a uno, con sólo mirar la firma, el tema de la carta de ocho páginas que acababa de recibir. Esto es especialmente cierto cuando la persona que firma la carta es una dama.
Sin embargo, en esta ocasión falló la regla. Mr. Hickok, a pesar de conocer el nombre del firmante, tuvo que leer el mensaje para poder hacerse una idea de su contenido. Lo leyó lenta y trabajosamente, saltando de una palabra a otra como el que atraviesa una rápida y peligrosa corriente. Pero, cuando lo hubo leído, las sombras de su rostro quedaron iluminadas por una sonrisa, como las nubes quedan iluminadas por un rayo de sol. Evidentemente las noticias eran buenas.
Mr. Hickok volvió a mirar la firma. Era la de un hombre agradecido cuya vida había salvado Mr. Hickok en cierta ocasión. Existen algunas descripciones de Mr. Hickok que le pintan como un hombre para quien la matanza de sus compañeros era algo tan necesario como el aire para respirar. Son totalmente injustas, y la prueba de ello es que había salvado muchas vidas. El que vinieran a recordárselo en aquel mensaje, llenó de gratitud y de satisfacción el corazón de Mr. Hickok, ya que a menudo lo exponía en sus conversaciones.
«Si he matado a algunos hombres —solía decir—, también he salvado la vida a muchos. Puestos a contar, he salvado a muchos más de los que he matado. El saldo, por tanto, me es netamente favorable.»
En el mensaje, el hombre al que había salvado la vida decía, lo siguiente: había adquirido una pertenencia en el distrito de Deadwood; los análisis habían demostrado que existía abundante oro. Mr. Hickok era dueño de la mitad de la pertenencia. Mr. Hickok comprobaría que los hombres de Cheyenne eran agradecidos. A propósito, el hombre agradecido había notificado al American National que libraran a Mr. Hickok doscientos dólares, de modo que la falta de medios no pudiera impedir a Mr. Hickok el trasladarse a Cheyenne inmediatamente.
Mr. Hickok empezó a actuar sin pérdida de tiempo. Al cabo de media hora tenía en el bolsillo los doscientos dólares; diez minutos más tarde había enviado tres telegramas. El primero iba dirigido al hombre agradecido, prometiéndole su inmediata salida para Cheyenne. Los otros tenían un objetivo más ambicioso, e iban dirigidos a Hays y Abilene, respectivamente. Se trataba, nada menos, que de poner a salvo la dignidad de Mr. Hickok.
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Cuando Mr. Hickok ingresó en el mundo de la farándula, en Hays y en Abilene hubo comentarios para todos los gustos. Gentes envidiosas y maldicientes proclamaron a los cuatro vientos que Mr. Hickok había buscado en el teatro una especie de refugio. Se había hecho enemigos, como es de rigor en cualquiera que recorra el Oeste disparando a diestro y siniestro; algunos de ellos se encontraban en Hays y en Abilene. Y Mr. Hickok, según aquellas malas lenguas, temiendo las consecuencias de sus anteriores pendencias, se había convertido en un actor de teatro y se pasaba el tiempo disparando cartuchos sin bala contra unos comparsas disfrazados de indios. Esta ocupación le mantenía alejado de sus enemigos: este era el motivo de que se hubiera dedicado a ella; y demostraba su cobardía. Esto era lo que decían los detractores de Mr. Hickok; y nadie se preocupaba de negarlo, ya que el honor de Mr. Hickok era un asunto exclusivamente suyo, y en el Oeste rige el aforismo de que: «cada hombre debe despellejar su propia anguila».
Mr. Hickok no ignoraba las habladurías de que era objeto; se había enterado de ellas hacía algún tiempo. Y ahora estaba dispuesto a refutarlas personalmente; iba a proporcionar a cuantos la desearan la oportunidad de enfrentarse con él. En su camino hacia Cheyenne pasaría por Hays y por Abilene. Los charlatanes debían enterarse de sus propósitos. Los que proclamaban la cobardía de Mr. Hickok debían demostrar que eran más valientes acudiendo a su encuentro con los revólveres preparados. De modo que Mr. Hickok mandó un telegrama a los editores de los periódicos de Hays y Abilene, respectivamente, diciéndoles:
«Llegaré tal y tal día, a tal y tal hora. Y llevaré el pelo más largo que nunca.»
La prensa es un poderoso agente. ¿Y quién está más interesado que los editores en que ocurran cosas? Los de Abilene y Hays se apresuraron a dar la mayor publicidad posible a los mensajes de Mr. Hickok y se dispusieron a la tirada de números extraordinarios para ofrecer el completo relato de lo que seguramente iba a suceder.
Mr. Hickok limpió y engrasó cuidadosamente sus revólveres, y tomó el tren. Su corazón estaba más alegre a medida que se acercaba a Hays y a Abilene. La experiencia le había enseñado que los hombres hablan cincuenta veces por cada vez que disparan, y el propio Mr. Hickok no desconocía la ferocidad de los encuentros verbales. Por el contrario, siendo como era un filósofo, trataba de justificar aquélla actitud.
«Un hombre —decía Mr. Hickok—, dispara más fácilmente con su boca que con su revólver. Y esto obedece a dos causas. La primera —y, al decir
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esto, Mr. Hickok levantaba su dedo índice—, porque se dispara más rápidamente con la boca que con el revólver; y la segunda, porque la munición resulta más barata. Un individuo puede cargar y disparar su boca más de cuarenta veces con sólo diez centavos de licor.»
De todos modos, podía ser que alguien, en Abilene o en Hays, se atreviera a salir al encuentro de Mr. Hickok y plantarle cara. Por lo tanto, como hombre previsor que era, Mr. Hickok cargó su Colt 45.
«No quiero que me cojan desprevenido —se dijo a sí mismo—, en el caso de que alguien recoja mi guante.»
Parecía raro que Mr. Hickok razonara de este modo, en plan puramente defensivo. Pero tenía sus motivos para hacerlo. A Mr. Hickok sólo le importaba dejar a salvo su honor. No se proponía atacar; se limitaría a defenderse, y Mr. Hickok conocía lo bastante el país en que vivía como para saber que la Constitución vigente garantizaba su derecho a defenderse. El peligro personal que pudiera correr no pasó siquiera por la mente de Mr. Hickok.
Como la mayoría de los hombres que ven transcurrir sus vidas en las inmensas llanuras del Oeste, Mr. Hickok era un fatalista. Viviría lo que tuviera que vivir; hasta que le llegara su hora, estaba a salvo de la soga, del cuchillo y del revólver. Si alguien hubiera preguntado a Mr. Hickok por qué había nacido, no hubiese sabido responder a la pregunta. Pero hubiera dicho que tampoco le importaba averiguarlo. Inconscientemente, Mr. Hickok había llegado a convertirse en una especie de indio blanco, y su existencia estaba basada en una inquebrantable falta de temor y en una indiferencia total hacia todo. Él era lo que era; y sería lo que tuviera que ser. Los hombres eran simples flechas en el aire, disparadas por un arquero invisible: unas volaban más altas y otras más bajas, y todas terminaban por hundirse en la tierra. Este era el pensamiento de Mr. Hickok, o, mejor dicho, el instinto de Mr. Hickok, ya que nunca se preocupó de darle la forma de una idea ni de describirla con palabras.
Ocurrió lo que Mr. Hickok había previsto: lo mismo en Hays que en Abilene, acudió mucha gente a saludarle, pero nadie lo hizo en actitud hostil. Cuando el tren se detuvo, Mr. Hickok saltó de la plataforma y se quedó de pie en el andén, con la espalda apoyada contra el vagón. Allí recibió a sus amigos y trató de localizar a los posibles enemigos. Se mantenía alerta y su pelo flotaba al aire como una bandera de combate.
Cuando sonó la campana, Mr. Hickok retrocedió de espaldas, sin dejar de sonreír, pero sin perder de vista ambos lados del andén: no quería exponerse
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tontamente al ataque de un enemigo dotado del suficiente talento militar como para haber ideado una maniobra sobre uno de sus flancos. Sin embargo, la paz no fue alterada, y el honor de Mr. Hickok volvió a brillar con todo su esplendor. Esto tranquilizó mucho a Mr. Hickok, ya que, a pesar de que nunca se le hubiera ocurrido pensarlo, tenía su orgullo.
Ahora que el problema de Hays y de Abilene estaba resuelto, Mr. Hickok se dedicó a meditar en su próxima llegada a Cheyenne. Sería la primera vez que visitaba aquella metrópoli. Que él supiera, no conocía a nadie de aquella población. Nadie le conocía a él. Teniendo todo esto en cuenta, Mr. Hickok decidió entrar en Cheyenne lo más modestamente posible.
«Si hay algo que me fastidie por encima de todas las cosas —se dijo Mr. Hickok a sí mismo—, es ser objeto de la curiosidad general, como si fuera un bicho raro.»
Mr Hickok tenía el propósito de llegar a Cheyenne como uno de tantos. Nadie conocería su identidad. Quería que Cheyenne fuera descubriendo sus méritos uno por uno, a medida que los acontecimientos le permitieran ponerlos de manifiesto. No quería gozar de privilegios que estuvieran apoyados en su fama. Deseaba hallarse situado al mismo nivel que el más corriente de los hombres.
Este era el plan de Mr. Hickok, plan que no podía ser más sencillo ni menos retorcido. La melena que en Hays y en Abilene había llameado al viento, quedó oculta —como en Kansas City— debajo de un sombrero incapaz de despertar la curiosidad de nadie. La chaqueta que vestía era negra y larga —para cubrir su artillería—, y casi clerical. Para acabar de dar una impresión de conjunto que sugiriera en él la apacibilidad de un cordero, Mr. Hickok, que cojeaba ligeramente a causa de una sombra de reumatismo, adquirido durante la época en que se vio obligado a dormir muchas noches en el suelo de la pradera, empapado por las lluvias, llevaba un bastón. Este último aditamento constituía un adorno muy brillante, ya que estaba fabricado con un viejo taco de billar de madera de palisandro, y era tan fuerte como la clava de guerra de los sioux. Este era el aspecto de Mr. Hickok cuando llegó a Cheyenne. Cualquiera que se hubiera detenido a observarle mientras andaba por una de las calles de la población le hubiera tomado por uno de esos pastores evangelistas tan frecuentes en el Oeste, llegado con el propósito de ayudar a sus hermanos en el Señor.
El amigo de Mr. Hickok no había llegado aún de Deadwood. En el Hotel Inter-Ocean había una nota suya, diciendo que no regresaría hasta dentro de una semana. Ante aquella situación, Mr. Hickok decidió divertirse un poco.
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Eran las diez de su primera noche de estancia en Cheyenne cuando Mr. Hickok decidió echar una amistosa ojeada a la población. Deseaba trabar contacto con sus moradores, para que éstos, a su vez, empezaran a trabar contacto con él.
«Pero, nada de jaleos —se advirtió Mr. Hickok a sí mismo, según era en él costumbre, al tiempo que movía enérgicamente la cabeza—. ¡Nada de jaleos! Los jaleos no conducen a nada bueno. Ya es hora de sentar la cabeza. Tanto va el cántaro a la fuente, que acaba por romperse. —Y Mr. Hickok asintió juiciosamente. Luego añadió, como el que acaba de adoptar una acertada resolución—: A partir de ahora, me mantendré apartado de todo jaleo. Y si alguien trata de meterse conmigo, me lo llevaré a un rincón apartado para que me demuestre de un modo fehaciente que desea hacerme la pascua. Sólo entonces obraré en consecuencia. Pero, nada de jaleos. Nunca gané nada metiéndome en uno de ellos. Además, un jaleo se sabe cómo empieza pero nunca se conoce el final que va a tener…»
Tales eran las lucubraciones de Mr. Hickok cuando entró en el Gold Room Saloon.
—¿Qué va a ser, cazador? —preguntó el camarero.
—Whisky —respondió Mr. Hickok, encaminándose hacia el mostrador.
El camarero le sirvió un vaso de whisky, sonriendo socarronamente. Había llamado «cazador» a Mr. Hickok en son de mofa, ya que Mr. Hickok tenía aspecto de todo, menos de ser hombre capaz de empuñar un rifle, ni siquiera para disparar contra un ratón. Más bien parecía un agricultor que había bajado por primera vez a la ciudad.
—¿Le sirvo un poco de paja con el whisky, amigo? —se chanceó el camarero.
Mr. Hickok encajó la pulla sin pestañear. Tampoco rechistó cuando el camarero le pidió astutamente el doble de su valor por el vaso de whisky. Sabía que le estaba tomando el pelo, y que le estaba estafando; pero, dispuesto a mantener sus propósitos pacíficos, siguió representando su comedia.
«Si este camarero supiera quién soy —pensó—, se escondería bajo tierra.»
Mr. Hickok se acercó a una de las mesas de juego. Aunque no llevaba más que cien dólares en el bolsillo, y esa cantidad era todo su capital, apostó la mitad a la carta más alta. El que llevaba la banca volvió las cartas boca arriba: Mr. Hickok tenía un tres; el banquero un rey. Sin descorazonarse, Mr. Hickok vio cómo la raqueta del banquero arrastraba hacia el otro extremo de la mesa
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sus cincuenta dólares. Inmediatamente, apostó los otros cincuenta, también a la carta más alta. En esta ocasión, la suerte le favoreció: su carta era una sota, en tanto que la del banquero era un ocho. El banquero empujó hacia él veinticinco dólares.
—¿Cómo es eso? —preguntó Mr. Hickok.
—El límite de las apuestas es de veinticinco dólares —explicó el banquero. Y el encargado de las mesas de juego, que se había detenido junto a ellos, confirmó:
—El límite son veinticinco dólares.
—Pero, usted tomó cincuenta cuando perdí —observó agudamente Mr.
Hickok.
—¡Oh! Si pierde usted, el límite son cincuenta —replicó insolentemente el banquero. Y el encargado confirmó, con esa insolencia:
—Si pierde usted, el límite son cincuenta.
En aquel momento, Mr. Hickok se alegró de que el reumatismo le hubiera obligado a usar su excelente bastón.
¡Bing! ¡Bang!
El banquero y el encargado de las mesas de juego se desplomaron sin lanzar un gemido. Mr. Hickok, una vez emprendido el camino, no estaba dispuesto a retroceder. Agarró un fajo de billetes que, según expresión del escandalizado camarero, era «lo bastante grande como para ahogar una vaca».
Viendo que los espectadores de aquella escena caían sobre él, Mr. Hickok recurrió de nuevo a su bastón. Una docena de cabezas sufrieron sus efectos. Mr. Hickok retrocedió hasta una de las paredes del local. En sus manos, como por arte de magia, habían aparecido dos enormes revólveres.
—¡Todo el mundo manos arriba! —gritó.
El sombrero de Mr. Hickok había caído al suelo, y su melena rubia flameaba como un estandarte bélico. Apoyado contra la pared y blandiendo sus terroríficos Colts, Mr. Hickok mostraba un aspecto impresionante. Los ciudadanos de Cheyenne presentes en el local no olvidarían en mucho tiempo aquella escena. De repente, uno de ellos gritó:
—¡Es Wild Bill!
La identidad de Mr. Hickok fue aceptada sin discusión. Inmediatamente, todos los hombres se lanzaron de cabeza por puertas y ventanas, en grupos de cinco. Mr. Hickok, así abandonado, echó a andar lentamente hacia la puerta de la calle. Cuando pasaba ante el mostrador, el camarero que le había atendido antes asomó la cabeza por encima del mármol y preguntó tímidamente:
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—Mr. Hickok, ¿desea usted tomar una copa? La casa paga…
La tarde del día siguiente, Mr. Hickok recibió la visita del sheriff de Cheyenne, a quien acompañaba el propietario del Gold Room Saloon. El sheriff se mostraba apesadumbrado.
—Mr. Hickok, creo que no debió usted presentarse disfrazado en Cheyenne —murmuró—. Pudo haber costado la vida a algunos de nuestros mejores ciudadanos. Si no se tratara de usted, me atrevería a decir…
Pero, como se trataba efectivamente de Mr. Hickok, el sheriff no se atrevió a completar la frase.
Le tocó el turno al dueño del saloon.
—No trato, ni mucho menos, de exigirle que me devuelva el dinero que se llevó anoche —empezó—. Pero, debo controlar todas las mesas de juego y sus ingresos, Mr. Hickok. Únicamente a estos fines, me atrevo a rogarle que me informe de la cantidad que recogió usted…
—Siento no poder facilitarle la información que me pide —replicó lánguidamente Mr. Hickok—. Verá, no he contado todavía el dinero. — Luego, como asaltado por un repentino impulso de generosidad, añadió—: De todos modos, no voy a permitir que pierda usted todo el dinero: estaré más tranquilo si lo repartimos entre los dos, como buenos amigos.
—Me sentiré encantado —accedió cortésmente el dueño del saloon.
—¡Magnífico! —exclamó el sheriff, maravillado de la generosidad de Mr. Hickok—. Y ahora, amigos —añadió, tomando por el brazo a Mr. Hickok y al dueño del saloon—, vamos a celebrarlo con un trago.
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EL LINCHAMIENTO
MORGAN LEWIS
L A cafetera arrojó un chorro de vapor por su embocadura, arrancando a Chris Holden de sus dolorosas meditaciones. La apartó del fuego y volvió a sentarse junto a la estufa. Era un joven alto y fuerte de poco más de veinte años. Sus ojos grises vagaron por la estancia, contemplando las paredes y los objetos que le eran tan familiares: el viejo y estropeado aparador, la mesa y las sillas que había confeccionado con sus propias manos durante sus ocios invernales, los grabados recortados de alguna revista pegados a las paredes y, en la habitación contigua, su camastro y el rollo de mantas atadas,
ya que el joven se disponía a emprender un viaje.
Había tenido que valerse por sí mismo desde los catorce años, y la lucha por sobrevivir y por llegar a ser algo había impreso sus huellas en su moreno rostro. Se había educado a sí mismo para ser duro y práctico, como Jim Dunkle, el dueño del rancho Box D, pero en sus ojos se reflejaba una sombra de tristeza: comer por última vez en lo que hasta entonces había sido su hogar no resultaba fácil de soportar. La nieve del invierno le había castigado duramente. Ahora, llegada la primavera, los cadáveres de su ganado se pudrían en los lugares donde los animales habían encontrado la muerte. Y no existía ninguna posibilidad de empezar de nevo; el pánico se había apoderado de la comarca, los precios eran inferiores a los de coste y el dinero iba tan escaso como el agua en el desierto.
Alguien gritó su nombre desde el porche de la cabaña. Jim Dunkle, un hombre robusto y sólido, con un rostro aplastado como una azada, se hallaba junto a la casa montando en su ruano, con el cuello de la chaqueta levantado para protegerse de la fresca brisa primaveral. Todo el terreno que se veía detrás de él era suyo, hasta el pie de las altas colinas que servían de fondo al paisaje.
Se golpeó el muslo con una mano enguantada.
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—¡Ensilla tu caballo, Chris y vente conmigo! ¡Hemos atrapado a los cuatreros que nos robaban el ganado! Ed Fuller y Stumpy los tienen a buen recaudo en Pawnee Flats.
Su voz vibraba de cólera.
Como de costumbre, Chris asintió y se encaminó hacia el corral. Había estado tres años al servicio de Dunkle, el ranchero le había ayudado a establecerse por su cuenta y Chris se sentía obligado a aquel hombre. Pero cuando había dado media docena de pasos, dio media vuelta y se acercó de nuevo al ranchero.
—Creo que no podré acompañarle, Mr. Dunkle. He decidido marcharme de aquí y lo tengo todo dispuesto para ponerme en camino.
Los ojos color ámbar del ranchero se abrieron con una leve expresión de sorpresa.
—El último invierno fue muy duro, pero ignoraba que te hubiera afectado hasta ese punto. —Su voz era grave—. No me gusta verte marchar de aquí… Prefiero tener a mi alrededor a hombres en los que pueda confiar. —Sus modales y su tono al dirigirse a Chris eran los de un señor feudal—. Procuraremos arreglarlo para que puedas empezar de nuevo. —Su tono se hizo impaciente—. De todos modos, ve a ensillar tu caballo y acompáñame. Luego hablaremos del asunto.
Chris sentía una gran admiración hacia este próspero ranchero. Jim Dunkle era un hombre que iba directamente a obtener lo que deseaba, sin importarle los obstáculos. Había conseguido llegar a la cumbre. Y Chris deseaba también llegar a lo más alto.
—De acuerdo, Mr. Dunkle —dijo, y penetró en la cabaña en busca de sus revólveres. Jim Dunkle cumplía siempre su palabra; si prometía a un hombre su ayuda, no se volvía atrás.
Dunkle se había puesto ya en marcha cuando Chris se reunió con él. Dijo:
—Esos tipos son los que asesinaron a Sam Helfinger cuando se dirigía a
Sentinel.
—¿Lo han confesado?
—No, naturalmente. Pero tienen su ganado, no tienen ningún recibo de venta y Sam está muerto. La cosa está clara.
Chris asintió. No parecían existir dudas.
—¿Cuántos son? —inquirió.
Dunkle vaciló una fracción de segundo.
—Tres. —Se volvió en la silla y miró fijamente a Chris—. Un linchamiento huele siempre mal cuando es obra de un solo equipo. —Su voz
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era completamente tranquila—. Por eso deseo que vengas conmigo. Así podrás comprobar que las cosas se hacen como es debido. —A sus ojos asomó una chispa de humor.
Chris se removió en su silla, inquieto.
—¿Acaso no piensa llevarlos a Sentinel para que sean juzgados?
—No. Lo hice el año pasado con un par de cuatreros, y el jurado les dejó libres. Las gentes de la ciudad no tienen los mismos puntos de vista que nosotros, los que vivimos y luchamos en el campo.
—Pero, habiendo de por medio el asesinato de Sam Helfinger, colgarían a esos hombres.
—Suponiendo que pudiéramos probar que fueron ellos los asesinos. Pero nadie les vio hacerlo. —Sacudió la cabeza—. No, nos ocuparemos nosotros mismos del asunto, y de este modo sabremos que se ha hecho justicia.
No tardaron en llegar a Pawnee Flats. Junto a un grupo de pinos se alzaba una cabaña, y mientras los dos jinetes se acercaban a ella surgió en el umbral la figura de Ed Fuller, un individuo de pelo y ojos negros. Dunkle descabalgó, dejando caer las riendas al suelo.
—¿Alguna novedad? —preguntó.
—Ninguna. —Fuller miró a Chris—. ¿Has venido a presenciar el espectáculo? —le preguntó.
Chris frunció ligeramente el ceño.
—¿Te parece que va a ser un espectáculo divertido? —inquirió a su vez. Fuller se limitó a gruñir por toda respuesta. Era un hombre que nunca
sonreía ni daba la menor muestra de emoción.
Mientras Chris bajaba de su montura, se presentó Stumpy, llevando un cacharro lleno de agua. Dunkle le hizo una seña y Stumpy le acercó el agua. Dunkle bebió un largo trago.
—Cuando un hombre está sediento, no hay nada como el agua, muchachos —dijo, al tiempo que se frotaba los labios con la manga de su chaqueta.
Stumpy miró hacia la cabaña y murmuró:
—Para según qué trabajos, es mejor el whisky.
—Lo que hacen falta son redaños —replicó bruscamente Dunkle.
En aquel lugar resguardado no soplaba un hálito de aire y el sol apretaba de firme. Chris ató su caballo a la sombra de un árbol y luego preguntó:
—¿Dónde está el ganado?
Ed Fuller se le quedó mirando fijamente con sus negros ojos. —Lo llevo metido en este bolsillo. ¿Es que quieres verlo todo?
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—¿Y por qué no? —El tono de Chris era desabrido.
—Llévale a ver el ganado, Stumpy —intervino Dunkle—. Deseo que lo compruebe todo con sus propios ojos.
El ganado estaba escondido en una especie de hondonada, por la que discurría un pequeño riachuelo. Llevaba distintas marcas, aunque todas las reses habían sido vueltas a marcar recientemente con el hierro LL. Los únicos animales que no llevaban esa marca, eran una docena de novillos que pertenecían al Box D.
Mientras regresaban a la cabaña, Chris dijo:
—Creo que esa LL es una marca provisional. La llevan todas las reses, excepto las que pertenecen a Dunkle.
—Todos los animales llevaban marcas distintas —dijo Stumpy—. Les habrán puesto esa nueva marca para despistar.
Dunkle se acercó a los dos hombres.
—¿Satisfecho? —le preguntó a Chris.
Chris asintió.
—Tengo la impresión de que se trata de un rebaño en ruta. ¿Cómo estaba en poder de Helfinger?
—La gente que conducía ese rebaño estaba sin un céntimo cuando llegó a Sentinel. Sam compró un lote a bajo precio. Esos individuos —señaló con la cabeza hacia la cabaña— le mataron para robarle el lote en cuestión.
—¿Cómo se ha enterado usted?
—Ayer estuve en Sentinel. —Dunkle se volvió hacia Ed Fuller—. Saca ya a esa gente.
Fuller abrió la puerta de un puntapié.
—¡Fuera! —gritó.
Salieron, uno detrás de otro: un anciano alto, de pelo blanco; un joven de mirada extraviada y pelo largo que caía sobre el cuello de su camisa azul; y —Chris sintió que un estremecimiento recorría su cuerpo— una muchacha.
Chris se dio cuenta de que era casi tan alta como el joven. Calculó que no tenía más de dieciocho años. Tenía el pelo de color de miel y lo llevaba sujeto con una cinta. Sus ojos eran de un azul purísimo, aunque en aquel momento estaban empañados por una sombra de angustia.
Sin embargo, despedían chispas cuando la muchacha se enfrentó con Dunkle.
—¡No tiene ningún derecho a detenernos! —gritó—. ¡No hemos hecho nada malo!
El joven apoyó su mano en el brazo de la muchacha, al tiempo que decía:
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—Cállate, Lissa.
Chris se llevó a Dunkle a un lado y le dijo, en voz baja:
—No me había dicho usted que había una muchacha mezclada en esto. ¿No sería mejor llevar a esa gente a Sentinel?
—Este es el motivo principal para que no lo haga —replicó Dunkle—. Una mujer puede hacer vacilar a un jurado. Además —añadió—, no te he traído aquí para pedirte tu opinión, sino para que puedas ser testigo de que las cosas se hacen como es debido.
Se dirigió de nuevo hacia los tres prisioneros, y Chris se encogió de hombros y le siguió. La muchacha era, probablemente, la esposa de aquel joven, y Dunkle no se equivocaba al suponer que un jurado se lo pensaría dos veces antes de condenarla. De todos modos, a él no le iba ni le venía en el asunto: era cosa de Dunkle.
El ranchero se acercó a los presuntos culpables.
—Vamos a darles una oportunidad para que pongan las cosas en claro — dijo—. En primer lugar, ¿quiénes son ustedes?
—Me llamo Randolph Fickett —respondió el joven—. Este es mi tío, Jake Fickett, y esta mi hermana, Melissa.
—De acuerdo, Fickett. Les atrapamos a ustedes con ganado que llevaba cinco o seis marcas distintas. ¿Cómo puede explicarlo?
—Ya se lo conté a su capataz. Pertenecen a un rebaño, que estaba siendo conducido al mercado. El dueño tuvo que vender un lote. Y estábamos buscando un lugar con buenos pastos para el verano. Oí hablar de un sitio a propósito en los Owls.
Dunkle frunció el ceño.
—¿Y qué hay de la docena de reses de mi rancho mezcladas con ese rebaño?
—Supongo que se habrán mezclado durante la noche. Creo que tiene usted a su ganado pastando por estos terrenos.
—De modo que ha sido una casualidad —dijo Dunkle en tono sarcástico
—. Bien, dejemos esto. Dice que compraron ustedes el ganado. ¿Puede mostrarme el recibo de venta?
La seguridad que hasta aquel momento había mostrado Fickett se desvaneció en parte. Volvió sus preocupados ojos azules hacia el anciano, que contemplaba con aire ausente los pinos de los alrededores.
—No sé dónde ha ido a parar. Tío Jake lo cogió, pero no puede recordar donde lo puso.
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Chris comprendió que el joven estaba mintiendo. Era la clásica historia que contaban todos los ladrones: habían perdido el recibo… había desaparecido misteriosamente.
Dunkle clavó sus ojos en el anciano.
—¿Qué le pasa al viejo? —preguntó—. ¿Chochea acaso?
—¡No! —gritó la muchacha—. Pero… —bajó la voz— un caballo le dio una coz. Puede usted ver la señal en su cabeza. Cuando se excita por algo, pierde la memoria. No sabe…
—¿Espera usted que me trague un cuento como ese? —la interrumpió Dunkle—. ¿Acaso dejarían manejar sus negocios al viejo si éste fuera un idiota?
Todo rastro de color desapareció del rostro de la muchacha. —Cuando le entregaron el recibo estaba bien —replicó. —¿De veras? —inquirió Dunkle—. ¿Por quién iba firmado? La muchacha vaciló y se volvió hacia su hermano. —¿Cuál era el nombre, Randy?
—No… —Randy Fickett se interrumpió, con el ceño fruncido—. No he conseguido recordarlo.
—¿Era por casualidad Sam Helfinger?
Los ojos de Randolph Fickett consultaron a su hermana.
—Creo que sí. Creo que fue ese el nombre que nos dio. Pero el tío Jake se hizo cargo del recibo…
La voz de Dunkle se hizo ominosamente suave:
—¿Fue antes o después de que dispararan ustedes sobre él?
Los dos jóvenes se le quedaron mirando con expresión de asombro. La muchacha se llevó las temblorosas manos a la garganta, mientras sus ojos azules se hacían demasiado grandes para su rostro.
—¿Ha… ha muerto?
Por un instante, el escepticismo de Chris se vio sometido a prueba; posiblemente, la muchacha ignoraba lo que su hermano había hecho. Pero en seguida descartó aquella idea: los Fickett daban la impresión de estar estrechamente unidos.
Randolph Fickett se echó hacia atrás, sin resultado positivo, un mechón de pelo. Se pasó la lengua por los labios.
—¿Cuándo le mataron?
—La noche que ustedes le robaron el ganado.
—¡Eso no es cierto! ¡No es cierto! —gritó Fickett con rabiosa desesperación—. Le compramos el ganado. Cuando nos separamos de él, se
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encontraba perfectamente.
—Ni siquiera sabe usted mentir —replicó Dunkle con acento desdeñoso
—. Primero, dijo que había adquirido el ganado de un rebaño que viajaba hacia el mercado; ahora, reconoce que lo adquirió de Helfinger. —Se volvió hacia Ed Fuller—: Trae la cuerda, Ed. Acabemos de una vez.
El rostro de la muchacha palideció de temor mientras Fuller echaba a andar hacia su caballo.
—¡Espere! —gritó—. ¡No puede usted hacer esto! Las reses pertenecían a un rebaño que viajaba hacia el mercado, pero Mr. Hel… Helfinger las compró, y luego nos las vendió a nosotros. Supongo que… que quiso hacer un pequeño negocio. —Apoyó una mano sobre el brazo de su hermano—: ¿No puedes recordar dónde puso tío Jake el papel?
Randolph Fickett sacudió la cabeza.
—No lo sé, Lissa. Helfinger le dio el recibo a tío Jake y luego fue conmigo a ver el ganado; no sé dónde lo puso. —Alzó los ojos hacia Dunkle —. Pero sí que lo tenía. Vi cómo se lo entregaba Helfinger.
—¿Han mirado en sus bolsillos? —preguntó Dunkle, en el tono de un hombre que se ha formado una opinión definitiva.
—Lo hicimos, pero podemos probar otra vez. —Fickett se acercó al anciano y lo sacudió por los hombros—. ¿Dónde está el recibo, tío Jake? ¿Qué hiciste con él?
Algo indefinido se movió en las profundidades de aquellos ojos grises. El anciano asió las alas de su sombrero con ambas manos y se lo encasquetó más firmemente en la cabeza. Chris vio por primera vez la cicatriz de su frente, encima de las cejas.
—¡No puede recordarlo! —exclamó Fickett, moviendo la cabeza con expresión de desaliento.
Empezó a hurgar en los bolsillos del anciano, sacando todo lo que contenían, volviéndolos del revés… Todo inútil: el recibo de Helfinger no apareció.
—Mire en sus botas —sugirió Dunkle en tono sarcástico.
—¡No había pensado en eso!
Fickett hizo sentar al anciano en el suelo y le quitó las botas con dedos nerviosos. Las volvió boca abajo y las sacudió. Puso la mano en su interior. A continuación le quitó también los calcetines y los Volvió del revés, mientras el anciano contemplaba estólidamente sus pies descalzos.
Fickett dejó caer los calcetines y sacudió la cabeza.
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—Tal vez lo llevaba en el bolsillo y se le cayó al sacar el tabaco, sin que se diera cuenta. —En su voz se reflejaba la mayor desesperación.
—¿Está seguro de que no lo tiene usted?
El tono de Dunkle era aparentemente grave, pero Chris se dio cuenta de que el ranchero se estaba burlando de Fickett, convencido de que el recibo no existía y de que nunca había existido.
Fickett sacudió la cabeza.
—No, puedo jurar que no me lo dio. —Sin embargo, empezó a mirar en sus propios bolsillos. Se arrodilló e hizo un pequeño montón en el suelo: una navaja, un pañuelo de hierbas, algún dinero suelto, las cosas que un hombre suele llevar encima. Levantó la mirada hacia Dunkle—: Es inútil, no aparece.
—¿Por qué no mira en sus botas?
Fickett se puso en pie. Sus labios temblaron, al tiempo que su rostro enrojecía violentamente.
—¡De modo que me estaba tomando el pelo! —exclamó rabiosamente.
Se inclinó de nuevo a recoger sus cosas.
Chris se llevó una mano al rostro y, con gran sorpresa por su parte, lo encontró húmedo. Una cosa era colgar a un hombre, y otra muy distinta tomarle el pelo de aquel modo para ahorcarle después. Y el que la muchacha estuviera presente empeoraba la situación.
Dunkle se volvió hacia Fuller, que estaba de pie a su lado con la cuerda colgada del brazo.
—El viejo primero —dijo.
Fuller avanzó hacia el tío Jake y Lissa profirió un doloroso grito y se abrazó al anciano.
—¡No puede usted hacerlo! ¡Él no ha hecho nada! No… —Su voz se quebró en un sollozo.
Fickett se acercó a Dunkle.
—Al menos, llévenos usted ante un jurado. —Su voz era ronca, como si hubiera estado gritando—. Denos una oportunidad. —El sudor perlaba su rostro—. Si nos mata usted, ¿qué será de mi hermana? Quedará sola en el mundo. Si usted nos diera una oportunidad…
Por primera vez, Dunkle puso de manifiesto el furor que le consumía. Sus ojos se clavaron en Fickett con una expresión de evidente desprecio.
—No existe nada en el mundo que me inspire tanto asco como un asesino, como un hombre que mata a otro sin tener un motivo justo para hacerlo. A Sam Helfinger le mataron de dos balazos por la espalda. ¡Les daré la misma oportunidad que ustedes le dieron a él! —Se golpeó el muslo con los guantes
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que llevaba en la mano—. Conozco muy bien a los tipos como ustedes; vagabundean por el país, robando todo lo que se les pone a tiro. ¡No merecen ninguna compasión!
Le apartó de un empujón y se acercó al grupo formado por el anciano y su sobrina. Cogió a la muchacha de los hombros y la apartó de tío Jake.
—¡Llévate al viejo, Ed! —ordenó.
La muchacha empezó a chillar. Se debatió desesperadamente entre las manos de Dunkle, que no la había soltado. Fickett se lanzó contra el ranchero, que soltó a Lissa y golpeó a su hermano en la mandíbula, haciéndole perder el equilibrio.
—¡Stumpy! —gritó con voz ronca—. ¡Encañónale con tu revólver! ¡Si hace el menor movimiento, dispara!
Fickett se puso en pie lentamente, mientras Stumpy se colocaba detrás de él, con el revólver a punto. Dunkle se acercó al lugar donde Fuller estaba obligando al anciano a montar en un caballo al que previamente habían quitado la silla.
Lissa tomó entre sus manos el rostro de su hermano, enrojecido en el lugar donde le había alcanzado el puño de Dunkle, y permaneció unos instantes en aquella posición. Luego avanzó hacia Chris.
—Por favor… —sollozó. Su rostro estaba a muy pocas pulgadas del de Chris, y éste vio las lágrimas que se deslizaban por las tersas mejillas—. Por favor: ¿no puede… no quiere usted impedir esto? —Su voz se quebró—. ¿No hay en su pecho ninguna compasión?
La voz de Lissa Fickett le hirió como el filo de una espada. Una oleada de calor invadió su cuerpo y se sintió sacudido por un estremecimiento. Miró a su alrededor y se encontró con la expresión escéptica de los ojos de Dunkle. Chris volvió a mirar a la muchacha; su rostro se había endurecido.
—¿Acaso tuvieron ellos compasión de Sam Helfinger? —preguntó. —¡No lo hicieron! ¡Le juro que no lo hicieron! —Los ojos de la
muchacha se abrieron del todo, mostrando su fuego interior—. ¿No quiere creerme?
La emoción que despertaban en él las súplicas de la muchacha le hicieron sentirse furioso consigo mismo.
—No puedo hacer nada —replicó ásperamente—. Será mejor que se meta en la cabaña; esto es algo que no debe presenciar.
—¡No me moveré de aquí! —gritó la muchacha—. ¡Lo veré todo! ¡Quiero recordarlo, para no sentir ni una brizna de piedad cuando vea colgar a ese Dunkle!
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Sus ojos azules se clavaron en los de Chris. Luego regresó junto a su hermano, con los hombros erguidos. Pero de repente empezaron a temblar y Lissa se precipitó contra el pecho de su hermano, sollozando desesperadamente. Randolph Fickett miró a Chris con terrible violencia por encima del hombro de su hermana.
Chris se volvió y se encaminó al lugar donde Fuller y Dunkle estaban trabajando. Había pasado la mayor parte de su vida viendo las cosas en sus aspectos más desagradables; había visto colgar a muchos hombres, había sido testigo de diversas formas de muerte violenta y se había endurecido a sí mismo para poder sobrevivir en un mundo hostil. La conducta del próspero Dunkle era la única posible para triunfar… pero las palmas de sus manos estaban húmedas y por unos instantes se sintió asaltado por la duda. Luego se encontró con la tranquila seguridad de la mirada de Dunkle, y sintió que la confianza llenaba de nuevo su pecho.
Tío Jake estaba sobre el caballo, con el lazo corredizo alrededor de su cuello y los pies todavía descalzos. Fuller agarró la brida del animal y le obligó a avanzar hasta colocarlo inmediatamente debajo de una fuerte rama de árbol; lanzó la cuerda por encima de la rama y recuperó el extremo libre, atándolo al tronco mientras el anciano miraba estúpidamente hacia delante, sin que al parecer se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
Lo único que ahora se oía era el sonido de los sollozos de Lissa Fickett. Chris se sintió extrañamente desasosegado. Al volverse vio que el rostro de la muchacha seguía enterrado en el pecho de su hermano. Detrás de él se hallaba Stumpy empuñando su revólver, con los ojos fijos en el anciano. Tenía los labios apretados.
Un extraño latido empezó a golpear las sienes de Chris mientras Fuller cortaba una delgada rama y la descortezaba para utilizarla como fusta.
Dunkle, con un gruñido de impaciencia, arrancó la rama de manos de Fuller. Ahora, un músculo brincó dolorosamente en la mejilla de Chris. El ranchero gritó:
—¡Cuidado!
Inmediatamente, levantó el brazo armado con la rama y la dejó caer sobre la grupa del caballo.
El animal dio un salto hacia delante y la cuerda arrastró al anciano hacia atrás: sus piernas se deslizaron por encima del caballo y quedaron colgando en el aire. Un tirón, y la cuerda quedó tensa. Las piernas del anciano se agitaron desesperadamente, sus manos se alzaron hasta su cuello y volvieron
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a caer. Quedó inmóvil, balanceándose lentamente. Chris vio su alargada y negra sombra en el suelo.
Entonces se dio cuenta de que los sollozos de Lissa habían dejado de oírse. Miró de reojo a la muchacha: estaba arrodillada, con las manos dobladas debajo de la barbilla, y sus labios se movían silenciosamente. Fickett estaba de pie detrás de ella, mirando fijamente al suelo, como si una fuerza invisible le impidiera alzar los ojos. Stumpy había desaparecido: Chris le oyó carraspear desde el interior de la cabaña.
Chris fue en busca del caballo, que se había detenido a un centenar de pies de distancia. El sol empezaba a perder su fuerza. Chris alzó los ojos y vio que el astro rey había comenzado a descender por detrás de los Owls. Pronto se haría de noche. Debían apresurarse a terminar lo que habían empezado. Ahora no podían volverse atrás: el retroceder era tan imposible como detener la marcha del sol en su camino hacia poniente.
Volvió con el caballo mientras Fuller desataba el extremo de la cuerda, dejando que el anciano quedara tendido en el suelo.
Dunkle se inclinó y libró del lazo corredizo al cuello de tío Jake. —Terminemos de una vez con esto —dijo. Su voz no reflejaba ninguna
emoción.
La cabeza del tío Jake, con su blanca cabellera, reposaba ahora sobre un lecho de pardas agujas de pino. Parecía indecoroso dejarle allí, con los pies descalzos apuntando rígidamente al cielo. Chris cogió el sombrero del anciano y lo alisó maquinalmente. Conservaba aún el calor de su cabeza, y la badana estaba algo húmeda.
Chris miró a Lissa y a Randolph Fickett, de pie ante la puerta de la cabaña. El horror y la fiereza que reflejaban los ojos de la muchacha golpearon a Chris como un latigazo a través de la distancia que lo separaba de ella.
En aquel momento salió Stumpy de la cabaña, con el rostro pálido, y volvió a ocupar su lugar de vigilancia detrás de la pareja. Era muy raro que Fickett no hubiese aprovechado la ocasión para intentar la huida que acababa de brindarle Stumpy al meterse en la cabaña, pensó Chris. Pero inmediatamente comprendió lo que le había impedido hacerlo: Lissa era para él un guardián mucho más efectivo que cualquier hombre armado; todos los temores que sentía Randolph Fickett tenían la misma fuente. El desamparo de su hermana.
Los dedos de Chris se crisparon sobre el sombrero de tío Jake. De pronto, un helado escalofrío recorrió su cuerpo; acababa de percibir el crujido de un
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papel debajo de la badana. Lentamente, introdujo la mano en el interior del sombrero, mientras nacía en él la conciencia de una irreparable tragedia. Antes de desdoblar el papel supo que era el recibo de Sam Helfinger. Alzó sus angustiados ojos hacia Dunkle.
El ranchero se había detenido y estaba contemplándole con una extraña atención. Luego se acercó a Chris y empezó a leer por encima del brazo del muchacho.
Chris se dio cuenta del cambio que experimentaba el ritmo de la respiración de Dunkle. En sus manos, el papel pareció adquirir un peso terrible, insoportable, un peso que le obligó a dejar caer los brazos, como empujados por una fuerza a la que no había posibilidad de resistir.
Murmuró:
—Hemos cometido una terrible equivocación.
Miró a su alrededor con ojos extraviados y vio el caballo de pie debajo de la rama que había servido para colgar al tío Jake; vio el cuerpo del anciano tendido en el suelo, completamente inmóvil; vio a Fuller, con la cuerda enrollada en sus manos, contemplándoles, como si sospechara, y el sospecharlo le divirtiera, el rumbo que acababan de tomar los acontecimientos. Y vio a Stumpy, con el rostro preocupado, acercándose a Fuller con su habitual paso cansino.
Vio que el rostro de Dunkle perdía su expresión de seguridad.
—Hemos cometido una terrible equivocación —repitió.
Dunkle volvió a medias su robusto cuerpo, miró a Lissa y a Fickett, miró el cadáver de tío Jake, alzó sus ojos hacia Chris; todo ello lentamente, dándose tiempo a sí mismo para pensar. Cuando habló, lo hizo con la determinación de un hombre que acaba de encontrar una respuesta al problema que le preocupaba.
—Tal vez nos hayamos equivocado… y tal vez no. Sam Helfinger está muerto. Estoy convencido de que esos hombres le mataron; nada demuestra que no fueron ellos. Y, además, tenían entre sus reses a una docena de las mías.
Chris no conseguía ver claro a través de la bruma que nublaba su cerebro. —Es posible que esté usted en lo cierto, Mr. Dunkle —murmuró con acento inseguro—. Pero también cabe la posibilidad de que a Sam Helfinger le hubiera asesinado otra persona, para robarle el dinero de la venta del ganado. Debemos comprobarlo. Y si se demuestra que estaba usted equivocado… Bueno, en tal caso tendremos que apechugar con las
consecuencias.
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—¿Comprobarlo? —El rostro de Dunkle perdió algo de su color—. ¿Te has vuelto loco? ¿Sabes lo que ocurriría si dejáramos marchar a esa pareja? ¡Se irían directamente al encuentro del sheriff!
Chris asintió.
—Desde luego. ¿Acaso no haría usted lo mismo?
Unas gotas de sudor aparecieron en la frente de Dunkle. Acercó un poco más su rostro al de Chris.
—Si no hubieras encontrado ese recibo, hubiéramos colgado a ese otro hombre y asunto liquidado. —Sus ojos se estrecharon un poco más—. ¿Hay algo que nos impida prenderle fuego?
Algo tan frío como una hoja de acero penetró por entre las costillas de Chris. Se quedó mirando fijamente al ranchero.
—¿Y qué ocurriría entonces? —inquirió.
Los ojos de Dunkle no trataron de rehuir los de Chris.
—Sería como si el recibo no hubiera existido nunca. La muchacha no podría probar nada. Mi palabra contra la suya, ¿comprendes? Además, la llevaríamos fuera de la región, donde no pudiera causarnos ninguna molestia.
Una helada garra oprimió el corazón de Chris. Se pasó la lengua por los labios.
—¿Sabe lo que está diciendo, Mr. Dunkle? Hace un rato dijo usted que no había nada en el mundo que le inspirase tanto asco como un asesino…
El color volvió repentinamente al rostro del ranchero. Sacó su pañuelo de hierbas y se enjugó la frente.
—Chris —dijo, en tono solemne—, habló por ti tanto como por mí mismo. Ese recibo de venta no demuestra que esos hombres no mataran a Sam. Deja que haga las cosas a mi modo y verás como todo sale bien.
Puso una mano sobre el hombro de Chris.
—Dije que te ayudaría y lo haré. Te daré una punta de ganado para que empieces de nuevo. ¿Acaso no te gustaría disponer de unos prados que fueran tuyos? Los tendrás, Chris.
Chris había visto morir a algunos hombres por mucho menos de lo que le era ofrecido a él en aquel instante. Y tal vez Dunkle tuviera razón. Hundió la mano en su bolsillo y sus dedos se crisparon sobre el papel. Ahí estaba el gran rancho que siempre había deseado… Dunkle se había convertido en un hombre poderoso porque siempre procuró ir en línea recta hacia lo que deseaba, sin preocuparse de mirar a los lados, sin importarle nada ni nadie que pudiera apartarle de su objetivo. Este era el modelo a seguir. Si lo hacía, no se
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vería obligado a abandonar su hogar y a trabajar rudamente al servicio de otros hombres.
Sus ojos se posaron en el cadáver del tío Jake, tendido en el suelo, sobre un lecho de pardas agujas de pino, y algo invisible pareció flotar en el aire y asirle por la garganta. Podía tener el rancho que deseaba, pero sobre aquel rancho y sobre todas las tierras que pudiese conseguir planearía la sombra de dos hombres colgados. Y el recuerdo de la muchacha sería un tormento para su alma, hasta que su alma se convirtiera en una cosa muerta, como… como la de Dunkle.
Miró al ranchero y le vio bajo un aspecto completamente nuevo: se dio cuenta del profundo egoísmo que empujaba a Dunkle a sacrificarlo todo a sus propios fines; y supo, en aquel instante, que nunca podría convertirse en un hombre como él.
Lentamente, dijo:
—No deseo nada a ese precio, Mr. Dunkle.
El rostro de Mr. Dunkle, que hasta aquel momento había mostrado una expresión amistosa y persuasiva, se endureció. Dio un paso atrás, demudado, y Chris comprendió que estaba en peligro: el ranchero no se detendría ante nada.
Dunkle retrocedió unos pasos más, y el moreno rostro de Fuller adquirió una repentina expresión de alarma. Más allá, Stumpy, empuñando su revólver, carraspeó nerviosamente.
—¡Chris! —La voz de Dunkle sonó como un trallazo—. ¡No permitiré que sueltes a esa pareja! ¡Dame ese recibo!
Se había detenido, con la cabeza algo inclinada, como un toro furioso a punto de embestir. Al verlo, Chris comprendió lo que iba a suceder: había llegado la hora final para uno de los dos. En tono tranquilo, respondió:
—No pienso hacerlo, Dunkle —y esperó, con todos los músculos en tensión.
Por un instante, tuvo la loca esperanza de que Dunkle se diera por vencido, pero la esperanza murió apenas nacida: la mano de Dunkle se dirigía rápidamente hacia su cadera. Pero Chris era mucho más rápido en sacar que el ranchero.
Dunkle cayó de rodillas, con una expresión de asombro en los ojos, mientras se ensanchaba una mancha roja en la pechera de su camisa. El revólver se deslizó de su mano inconsciente. Hizo un sobrehumano esfuerzo por incorporarse, pero no lo consiguió. Cayó de bruces al suelo, muerto. Fuller intentó sacar su revólver, pero le detuvo en seco la voz de Stumpy:
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—¡Quieto, Ed! ¡Ya ha habido bastantes muertos por hoy!
Chris se volvió rápidamente y dijo:
—Gracias, Stumpy. ¿Deseas utilizar el revólver, Ed? —inquirió después, dirigiéndose a Fuller.
Fuller miró el cadáver de Dunkle, caído en el suelo, y sacudió la cabeza. —No, Chris —murmuró—. Yo trabajo por dinero. ¿Quién me pagaría
ahora si te matara?
Se encogió de hombros, fue en busca de su caballo y montó en él.
Empuñó las riendas y se volvió hacia Stumpy.
—Voy a largarme —dijo—. Y, si tienes un poco de sentido común, harás lo mismo, Stumpy.
—Desde luego, Ed —respondió fervientemente Stumpy—. Estoy de acuerdo contigo.
Montó en su caballo, agitó la mano en dirección a Chris y desapareció, en compañía de Fuller, entre los pinos.
Mientras el sonido de los cascos de los caballos se perdía en la distancia, Chris se sintió invadido por una repentina sensación de soledad, de fracaso. Acababa de matar al hombre que le había servido de modelo, y con él habían desaparecido todos sus antiguos puntos de vista. Se sentía tan perdido como un niño en un bosque.
En las sombras que empezaban a llenar el claro, el rostro inmóvil de Jake Fickett era una muda acusación para el atormentado Chris, que se dio cuenta con repentina claridad de lo lejos a que le había conducido el seguir las huellas de Dunkle.
Una mano se posó sobre su brazo.
—He visto lo que sucedía. ¿Encontró usted el recibo? —Los ojos azules de Randolph Fickett resplandecían. Se echó hacia atrás un rebelde mechón de pelo.
Chris le tendió el recibo.
—Lo llevaba en la badana del sombrero.
Los ojos de Fickett se alzaron hacia Lissa mientras ésta se acercaba a los dos hombres. Al ver el recibo, el rostro de la muchacha demostró lo que sentía en aquel instante; lo habían encontrado cuando ya era demasiado tarde para el tío Jake.
—Y, después de encontrar el recibo, ¿deseaba todavía Dunkle colgar a Randy?
Chris captó la nota de horror en la voz de Lissa. Vio encarnadas en ella la lealtad y la rectitud. Se dio cuenta, con gran claridad, que si su mente no
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hubiera estado oscurecida por el egoísta deseo de obtener un beneficio, nunca hubiese podido creer que aquella gente había matado a Sam Helfinger.
Sin esperar una respuesta a su pregunta, la muchacha dio media vuelta y echó a andar lentamente hacia el lugar donde se hallaba tendido el cadáver de Jake Fickett. Se arrodilló en silencio a su lado. Sus dedos cerraron los ojos grises y alisaron amorosamente el pelo encanecido. Cogió los calcetines del anciano y volvió a ponerlos en sus pies descalzos.
La sensación de culpabilidad creció más y más, hasta convertirse en un insoportable tormento, en el pecho de Chris. Se acercó a la muchacha, dispuesto a disculparse, pero sólo pudo balbucir:
—Lo siento…
La voz se quebró en su garganta. Nada de lo que pudiera decir cambiaría las cosas. El daño cometido era irreparable: ésta era la dura y amarga verdad.
Melissa levantó hacia Chris sus azules ojos, llenos de lágrimas.
—Lo sé —murmuró, sin la menor nota de rencor en su voz—. Sé lo que siente usted en estos momentos. Este es un país rudo y salvaje, donde la ley cuenta muy poco. A veces, los hombres se ven obligados a tomarse la justicia por su propia mano. Pero, de no haber sido por usted, Randy no estaría ahora vivo. —Una amable expresión acudió a su rostro—. No debe culparse de nada; por nuestra parte, le debemos demasiado para censurar su actitud.
Chris había esperado encontrarse con una explosión de odio, y encontraba perdón. Esto le hizo sentirse mucho peor. Experimentó un irresistible deseo de ayudar a Lissa Fickett.
—No tienen ustedes que preocuparse por el ganado —dijo—. Poseo unos pastos excelentes: pueden llevar las reses allí, y no les faltará buena hierba durante todo el verano. Mi casa está a su disposición…
La muchacha abrió los ojos, sorprendida. Un leve rubor acudió a sus mejillas y su mano se posó impulsivamente sobre el brazo de Chris.
—Es muy generoso por su parte —murmuró—, pero no podemos aceptar su ofrecimiento. Si lo hiciéramos, nos convertiríamos en una pesada carga para usted.
—No nos debe usted nada —dijo Fickett detrás de él—. Saldó sobradamente la cuenta cuando disparó contra Dunkle.
La muchacha soltó su brazo, pero Chris siguió sintiendo su cálida y turbadora presión.
Sus ojos se posaron en el cadáver de Dunkle y un leve estremecimiento recorrió su cuerpo. Murmuró:
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—Tendré que llevar el cadáver de Dunkle a Sentinel, para informar al sheriff de lo ocurrido.
—Nosotros le acompañaremos —dijo Randolph Fickett con voz firme—, por si surgiera alguna complicación. Disparó usted en defensa propia, pero no le perjudicará lo más mínimo disponer de un par de testigos presenciales que lo declaren.
—¡Desde luego! —exclamó Melissa Fickett—. Y pondremos también en claro lo del tío Jake. No pueden acusarle a usted de nada. ¡Fue cosa de Dunkle! Cuando usted se dio cuenta de que era un error, arriesgó su vida para salvar a Randy. ¡Ningún jurado podría condenarle!
Chris, aturdido, fijó la mirada en el bosque de pinos, que empezaba a llenarse con las sombras del atardecer. No podía pedirse más generosidad de la que demostraban aquellos dos seres, a pesar del dolor que les embargaba. Deseaban ayudarle porque sus almas eran leales y rectas. Esto despertó en Chris un sentimiento de profunda humildad: no merecía aquel trato, después de haberse negado a escuchar la súplica de la muchacha.
Se volvió hacia Fickett.
—Hablaba completamente en serio cuando les ofrecí mi casa y mis prados —dijo—. No serán ninguna carga para mí, se lo aseguro. Todo mi ganado murió el pasado invierno. Había decidido ya marcharme de esta región.
Fickett movió la cabeza, pensativamente, mientras a su rostro asomaba la expresión comprensiva del hombre al que las propias dificultades han enseñado a hacerse cargo de los momentos difíciles que se presentan en la existencia de los demás. Se quedó mirando a su hermana, y durante un espacio de tiempo que a Chris le pareció interminable, los dos jóvenes se consultaron mutuamente, sin pronunciar una sola palabra.
—Nos encontramos en un apuro —terminó por decir Randolph Fickett—. Estamos solos para manejar todo ese ganado, no disponemos de hierba ni de un lugar para instalarnos… —Se interrumpió, y volvió a consultar con la mirada a su hermana antes de continuar—: Si ha perdido usted su ganado, podríamos hacer un trato. Para nosotros sería una solución, y usted no tendría que marcharse: aceptaremos su ofrecimiento, a condición de que se quede a nuestro lado para ayudarnos. ¿Le parece bien?
Al ver la expresión de anhelante esperanza que asomaba a los ojos de Lissa Fickett, una cálida sensación inundó como un torrente el pecho de Chris. Nunca, hasta entonces, había tenido ocasión de conocer a unas personas que se parecieran a los Fickett. Su conducta, fiel reflejo de unas íntimas convicciones, era muy distinta a la que había servido de modelo a
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Chris hasta aquel instante. Pero Chris comprendió repentinamente que esta de ahora era la mejor, y la que le gustaría imitar.
Aquella súbita comprensión le alivió de un enorme peso, le hizo sentirse un hombre nuevo. De los actos más reprobables, se dijo, podía surgir algo bueno. De no haber sido por la despiadada ambición de Dunkle, aquellos tres seres hubieran pasado uno junto a otro sin conocerse, ignorando que podían ayudarse mutuamente a resolver sus dificultades.
Chris alargó su mano a Randy Fickett, al tiempo que su mirada se posaba en Lissa.
—Acepto el trato —declaró en tono firme—. Estoy convencido de que saldremos adelante.
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LA SONRISA DEL MUERTO
EUGENE MANLOVE RHODES
C HARLEY Ellis no sabía dónde se hallaba; no sabía hacia dónde se dirigía; todos sus bienes en este mundo eran las ropas que vestía, el seis-tiros
que colgaba de su cinto, el caballo que montaba, la silla, las bridas y las espuelas. No tenía ni un centavo, ni un amigo en quinientas millas a la redonda. Y, sin embargo, silbaba y cantaba; iba orgullosamente montado en su caballo; y, de cuando en cuando, echaba una mirada de admiración al mundo que le rodeaba: un mundo solitario en aquellos instantes, pero muy hermoso.
Poco más de veinte años; una estatura algo superior a la normal; rubio, tostado por el sol, de mejillas hundidas. Añádase una cabellera pelirroja, una nariz respingada y atrevida, y tendremos el inventario completo.
Había cabalgado todo el día, lentamente, a través de un terreno ondulado, hacia el norte, siempre hacia el norte; a su izquierda se alzaba una gran mole de basalto gris, una colina interminable; a su derecha, la gran mole negra de San Mateo; y en todo aquel largo día el jinete no había visto una sola casa, un solo camino, un solo ser humano.
Una cosa le preocupaba ligeramente: su ruano estaba agotado por la caminata y había perdido su habitual aspecto reluciente. Había perdido también una herradura y cojeaba un poco.
Por lo tanto, Charley se sintió muy complacido al observar, desde lo alto de una pequeña colina, que alguien había hecho una profunda incisión en el recio lomo de basalto; y al divisar, enmarcadas en aquel enorme agujero, las edificaciones de un rancho situado en una llanura, al otro lado de la loma gris. A ambos lados de las edificaciones se erguían las altas paredes de lo que parecía un cañón.
Las paredes aparecían cortadas a intervalos por otras hendiduras cubiertas de pinos. Indudablemente, las aguas de todos aquellos pequeños valles descendían hasta la llanura inferior, donde estaba situado el rancho.
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Era tarde. El valle empezaba a cubrirse de sombras. Detrás, el rancho solitario tenía un aspecto misterioso, iluminado por los últimos rayos del sol poniente. Ellis notó que la sangre le corría excitadamente por sus venas y obligó al caballo a un supremo esfuerzo, haciéndole trepar cada vez más alto; luego el camino se hizo descendente; unos pasos más y llegó al lugar.
Bajó del caballo, para dejarle reposar de su penosa marcha sobre el suelo pétreo. Lo tomó de la brida y anduvo hasta encontrar un camino; el camino les llevó a un turbulento y rápido arroyo, de aguas espumeantes.
Bebieron; chapotearon en el agua.
A un lado del camino se erguía un enebro. Clavada a él, una tabla de madera, con un letrero toscamente dibujado:
RANCHO BOX O, CINCO MILLAS
Debajo, a lápiz, un añadido:
No se adentre en el Cañón Box. Está vallado.
Además, el camino es peligroso. No deje la senda.
«Vinegaroan, tendrás que quedarte aquí —murmuró Charley, dirigiéndose a su caballo—. Aquí tendrás buena hierba y podrás descansar. Si andas un poco más por esas piedras, descalzo de un pie como vas, te harás polvo. Robaré una herradura en ese rancho y por la mañana te la pondré.»
Colgó la silla en lo más alto del enebro, ya que el ganado vagabundo, prefiere una silla de sesenta dólares a todo alimento. Las tiendas de campaña y los colchones son nutritivos, pero muy secos. Una sábana de hilo tiene su atractivo para los paladares delicados; las botas constituyen unos bocados exquisitos; los arneses son muy apreciados por los entendidos; pero como alimento completo, substancioso, picante, las sillas no tienen rival. Las bridas y mantas son el habitual condimento de la silla, pero el buen ganado no se entretiene en esas minucias.
Charley ató al viejo Vinegaroan al enebro, y se trabó a sí mismo calzándose sus botas altas. Mientras echaba a andar en dirección del rancho, se recreó pensando en la inmortal leyenda de Sam Bass:
Sam Bass llegó de Indiana, donde había nacido; llegó de Indiana a Texas, y aquí encontró su nido. Bebía el mejor whisky, gastaba su dinero,
y nadie encontró nunca más noble compañero.
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El rancho Box O se alza sobre una amplia meseta, a dos millas de distancia del curso de agua. Es una construcción cuadrada, de adobes; dentro de ella hay una gran cisterna, capaz de almacenar el agua de la lluvia que cae desde todos los tejados. El lugar fue escogido como refugio en tiempo de los indios; se encuentra a cubierto de todo posible ataque. Ante la casa hay un cedro solitario, sin que pueda verse ningún otro árbol. La casa fue edificada allí, y no en otro lugar, a causa de aquel único árbol. A una milla de distancia se encuentran las primeras estribaciones del Cañón Nogales, angosto, profundo y oscuro; a un millar de pies de profundidad, un riachuelo conduce sus heladas aguas, a las que nunca besa el sol, hacia el lejano río. Las edificaciones del rancho y los establos están encerrados en un espacio de tres millas cuadradas, completamente vallado; al sudoeste, la valla está formada por las estribaciones del Cañón Nogales.
Hacia el oeste, se yergue el maravilloso pico de San Mateo, como un león dormido al sol. Pero la belleza de San Mateo es poco apreciada. San Mateo está en Norteamérica.
Dos hombres llegaron al Box O a media tarde: un hombre alto, huesudo, de rostro duro y nariz aguileña; un hombre más joven y más bajito, moreno, de labios delgados y ojos diminutos, de color gris. Tenía también unas espesas cejas y una nariz afilada y puntiaguda.
El hombre alto llevaba un pesado revólver colgado al cinto; el bajito llevaba una pistola automática; los dos, un rifle colgado del arzón de la silla. Iban cubiertos de polvo y estaban agotados; los caballos tropezaban al andar; estaban empapados en sudor y el polvo había llegado a formar una costra sobre su epidermis, que se había secado en las últimas millas de marcha lenta, resultando imposible saber cuál era su color.
El rancho, sin ninguna cerradura, encontrábase silencioso y vacío; la estufa estaba fría; sobre la mesa se acumulaba el polvo de muchos días.
—¡Estupendo! —cloqueó el hombre bajito—. La suerte nos acompaña. Abrió la marcha en su camino hacia la cisterna. Los dos hombres bebieron
ávidamente, prudentemente; luego se limpiaron el pegajoso polvo del rostro, del cuello y de los cabellos.
—¿No es estupendo? —preguntó el hombre bajito.
—¡Hum! —gruñó su compañero—. Esto no ha sido nada. Espera a estar seco de veras… con los labios agrietados y la lengua hinchada: entonces sabrás lo que es bueno.
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—¡Ni soñarlo! Voy a salirme de esto. Buscaré la región más húmeda que pueda encontrar; y me quedaré allí para siempre.
—¡Si podemos seguir nuestro camino! ¿Y si no encontramos caballos de refresco en los pastos? No hay ninguno a la vista.
—Reed tiene siempre caballos en los pastos. Están abajo, en el cañón, donde no se seca nunca la hierba. Saldremos de aquí, ya lo verás.
—Han salido detrás nuestro, Laxon… pero les hemos dejado una pista falsa. De noche no podrán seguir nuestras huellas, y no pueden haber imaginado siquiera el camino que hemos tomado.
—¿No dejas margen alguno a la casualidad? ¿O a… cualquier otra cosa? Seguro que no merecemos salir de aquí —dijo Laxon.
Se acercó a su caballo, lo tomó de la brida y sacó medio cubo de agua. El pobre animal bebió ávidamente y luego miró a Laxon con ojos brillantes, como pidiéndole más.
—Ahora no, Bill. Tienes que esperar diez minutos —dijo Laxon, en respuesta a la muda petición del caballo, lo desensilló y contempló el escaldado lomo—. Te dejaré beber unos cuantos cubos cuando tu compañero haya bebido.
Volvió la cabeza. El hombre bajito estaba reclinado contra la pared, con expresión sombría. No hizo ningún movimiento. El rostro de Laxon se endureció. Era un rostro feo y brutal… con fealdad acentuada por un ligero estrabismo. En aquel momento era el rostro de un diablo.
—¡Vamos, trasto inútil, ocúpate de tu caballo! Anoche, cuando mataste al pobre Mims, pensé que eras un cobarde… y ahora estoy convencido de ello. No había ninguna necesidad de hacerlo… ninguna. Pudimos coger su rifle y su dinero sin disparar un tiro. Me entraron ganas de colgarte con mis propias manos…
—No busques jaleo, Jess. Me ocuparé del caballo, desde luego —dijo Moss en tono desabrido—. Estaba descansando un poco, eso es todo. ¡Dormiría una semana seguida!
—¿Crees que tu caballo no está cansado, cerdo? No me hagas perder la paciencia. ¡Y ojalá pudiera buscarte jaleo a ti! Me gustaría que levantaras la voz… ¡Dormir, dice! Dormir, cuando pueden caer sobre nosotros en cualquier momento… Todo lo que podrás dormir será una hora. Cabalgaremos toda la noche y mañana dormiremos todo el día, en algún agujero de las colinas, detrás de la Divisoria. Hasta que crucemos el Gila, no habrá luz del día para nosotros.
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Moss no respondió. Laxon se dirigió hacia el interior de la casa y regresó con algunos tomates en conserva y una lata de carne. Comieron en silencio.
—¡Duerme ahora, niño! —dijo Laxon—. Yo montaré guardia.
Tendió las mantas al sol; dio de beber a los caballos y a continuación los limpió cuidadosamente. Los flancos de los animales estaban cubiertos de magulladuras. La noche anterior y todo aquel día habían sido de verdadera prueba para las monturas, acuciadas por sus jinetes, que dejaban detrás de ellos al pagador de la mina Harqua Hala con una bala en el corazón, después de haberle robado el dinero de los jornales.
Laxon encontró una lata de levadura y untó con ella los escaldados lomos de los caballos.
—Tienes que resistir un poco más, Bill —murmuró, palmeando el cuello de su montura—. Pronto podrás descansar todo lo que quieras.
Sus pensamientos retrocedieron a los caballos de Bluewater. Laxon los había matado a la salida del sol. No podía dejarlos sueltos para que se atiborraran de agua helada y murieran en medio de horribles dolores. No podía encerrarlos en el corral para prolongar la agonía de la sed hasta que llegaran sus perseguidores… unos perseguidores que era muy posible hubieran perdido su rastro en aquella comarca rocosa y no llegaran nunca a Bluewater. Había sido una decisión muy dura de tomar.
Encendió una fogata, preparó café y dio una vuelta por la meseta, observando cuidadosamente los alrededores. Luego volvió junto a Moss: la hora había pasado.
Moss dormía profundamente; en su sueño, gruñía y murmuraba palabras ininteligibles; sus ojos estaban hundidos, y la piel de sus mejillas parecía a punto de ser agujereada por los huesos. Laxon era más resistente; sus reservas de vitalidad no habían sido afectadas en lo más mínimo. Al contemplar al dormido, el hombretón sintió que su odio hacia él se convertía en compasión; la hora que había fijado de plazo se había alargado a casi dos cuando Laxon sacudió a Moss por los hombros.
—¡Arriba, Moss! Ya has descansado bastante, lo mismo que tu caballo. He hecho un poco de café. Métete una buena taza entre pecho y espalda, y te sentirás como nuevo. Luego, lleva los caballos a los pastos, hasta que oscurezca. Mientras tú te ocupas de eso, yo prepararé la cena. Iría yo mismo a apacentar los caballos, pero tú pesas cincuenta libras menos que yo. Además, conoces los pastos…
—No te preocupes, lo haré yo —dijo Moss, mientras se bebía el café—. En el fondo del cañón, hay un pequeño corral. Tal vez tengamos suerte y
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encontremos allí caballos de refresco.
—En caso de que sea así, escoge los mejores y suelta a los otros —dijo Laxon—. No quiero que nuestros perseguidores encuentren caballos de refresco si llegan aquí. Y, desde luego, llegarán.
—Sí, pero perderán un tiempo precioso tratando de localizar, entre tantas huellas, las nuestras. Voy a dejar el dinero aquí, y el rifle —dijo Moss, desde el corral—. Libraremos de ese peso a los caballos. —Desató un impermeable colocado detrás de la silla; al dejarlo en el suelo, se oyó un sonido de monedas de oro—. Oye, Jess, ¿quieres olvidar cómo me he portado hace un rato? Comprendo que debí ocuparme de mi caballo, pobre diablo; pero, me sentía tan cansado, tan agotado, que ni siquiera podía tenerme en pie. —Tras una breve pausa, añadió—: Y, en cuanto a Mims… te doy la palabra, Jess, creí que iba a sacar su revólver, y por eso disparé.
—Creo que no supe hacerme cargo de lo cansado que estabas —dijo Jess, enormemente aliviado—. Vamos a olvidarlo. Estamos en un apuro, y sólo podremos salir de él si actuamos estrechamente unidos.
A la caída del sol, Moss regresó con una docena de caballos que había encontrado en el corral del cañón. Iba montado en un hermoso alazán.
—He escogido éste para mí —anunció, mientras descabalgaba.
—Yo me quedaré con ese negro —dijo Laxon—. Ahora, vete a cenar. Entretanto, yo prepararé las cosas. Lo empaquetaré todo y llenaré las cantimploras. Será mejor que cada uno de nosotros lleve su parte de provisiones y de dinero. Así no habrá líos.
—De acuerdo —dijo Moss—. Arréglalo todo mientras yo como.
Laxon atrapó al caballo negro, lo ensilló y ató uno de los saquitos de provisiones detrás del borrén; envolvió su bolsa de dinero en la manta y la ató de través a su montura. Luego efectuó la misma operación con el saco de provisiones y la bolsa de dinero de su compinche. Abrió la otra poterna del corral y condujo a los caballos sin trabar a la meseta oriental.
—¡Quietos aquí! Dentro de unos minutos vendremos a por vosotros y os haremos correr de lo lindo… Vamos a ver cómo está Bill.
Bill estaba tumbado en un rincón de la cuadra. Laxon le obligó a levantarse y le condujo a los pastos. La puerta del rancho se abrió silenciosamente; Moss apoyó su automática en el marco de la puerta y esperó. —¡Vete con tu compañero, viejo Bill! Desde este momento eres libre.
¡Buena suerte! —dijo Laxon.
Cerró la poterna.
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Moss apuntó a la espalda de Laxon y disparó. Laxon giró sobre sí mismo y cayó de bruces; la automática siguió disparando. Laxon se alzó sobre un codo, mientras las balas se iban incrustando en su cuerpo. Disparó al alazán, que cayó al primer tiro, con una bala entre los ojos. El segundo disparo de su 45 alcanzó al negro en el pecho; mientras se desplomaba, otro proyectil se incrustó en su cuello. Luego, Laxon sonrió… y murió.
Pálido, frenético, echando maldiciones, el emboscado asesino salió de su escondite. Temblando horriblemente, se aseguró de que Laxon estaba muerto.
—¡Bizco del diablo! —escupió.
Corrió hacia la otra poterna. La manada de caballos estaba cerca y no se había alarmado con los disparos, pero el crepúsculo se echaba encima. Tenía que actuar con toda la rapidez posible.
Se dirigió hacia el portillo que conducía a los pastos. Allí estaba el viejo Bill. Le puso la brida y saltó a su lomo, sin ensillarlo. Con infinitas precauciones, trazó un ancho círculo por detrás de la manada de caballos y fue empujándolos lentamente hacia el portillo, que había dejado abierto.
Al principio pareció que la cosa resultaría fácil; pero, al llegar ante el portillo, los animales se detuvieron, relincharon, dieron media vuelta y empezaron a alejarse al trote.
Moss no pudo detenerlos. El viejo Bill era incapaz de seguirlos. El trote se convirtió en un galope y los caballos desaparecieron en dirección al cañón.
Las primeras estrellas brillaban en el cielo; una fresca brisa nocturna había empezado a soplar, procedente del norte.
Moss renunció definitivamente a hacerse con los caballos y regresó lentamente al corral. Todo su cuerpo temblaba, sacudido por la rabia y el temor.
Se acercó a la cisterna y bebió hasta saciarse; recargó su automática; se dirigió al lugar donde habían caído los caballos. No podía abandonar el dinero, pasara lo que pasase. Después de todo, existía una posibilidad de salvación. Podía quedarse con los billetes; podía esconder el oro en algún abrupto paraje del cañón; podía trepar por las paredes de roca, para no dejar ninguna huella; podía andar de noche, escondiéndose durante el día; podía llevar consigo alimentos y agua; podía llevarse el rifle, y en cuanto viera a un jinete solo podía tener un caballo.
Desató ávidamente las dos bolsas del tesoro y las vació en una sola. Echó a andar hacia la casa. Y en aquel instante, su corazón empezó a latir
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desordenadamente en su pecho. A sus oídos había llegado una voz, que se iba acercando:
… y aquí encontró su nido. Bebía el mejor whisky…
Aterrorizado, el asesino soltó su tesoro y empuñó el rifle. Corrió hacia el portillo y se escondió en la sombra. Sus cabellos se habían puesto de punta; su corazón golpeaba contra sus costillas; sus rodillas temblaban violentamente.
… gastaba su dinero,
y nadie encontró nunca más noble compañero.
Era una voz alegre y juvenil, que procedía del oeste, cada vez más próxima. Ocultándose entre las sombras, Moss llegó a una de las esquinas de la casa. A la luz de las estrellas vio a un hombre, muy cerca ahora, que avanzaba a pie por el camino, cantando:
Sam Bass llegó de Indiana, donde había nacido…
¿Venía, del oeste? Sus perseguidores tenían que llegar del norte, siguiendo sus huellas… no llegarían cantando, y serían más de uno. ¿Por qué iba a pie ese hombre? Con un desesperado esfuerzo de su voluntad, Moss se obligó a sí mismo a actuar. Entró en la cocina del rancho y encendió la lámpara. Añadió unos troncos al moribundo fuego y el agradable aroma de la madera de cedro, parecido al olor del incienso, llenó la habitación. Moss frotó su encendido rostro con una toalla húmeda y pasó rápidamente un peine por sus cabellos. La imagen de su rostro que le devolvió el espejo —pálido, agotado, con unas profundas ojeras y las mejillas chupadas— le asustó.
¿Es que el hombre no iba a llegar nunca? Moss sintió el repentino impulso de dejar de luchar, de dejar que las cosas sucedieran como tuvieran que suceder, de modo que él pudiera dormir, y morir, y descansar. Pero, no tenía elección posible; debía continuar luchando. Debía utilizar de algún modo al hombre que se acercaba, debía servirse de él para salir de la situación en que se encontraba. ¿Por qué diablos no traía un caballo aquel hombre? De haberlo traído, las cosas hubiesen sido mucho más fáciles. Moss notó que su boca y su garganta estaban secas; bebió un largo trago de agua fresca y una nueva vida pareció circular por sus venas.
Luego concentró sus esfuerzos en eliminar el temblor de sus manos; llenó y encendió una pipa.
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—¡Eh! ¿Hay alguien en la casa?
Moss abrió la puerta; la danzante claridad de las llamas iluminó el exterior. Por aquel pasillo de luz avanzaba un hombre, sonriendo.
—¡Bienvenido, amigo! —exclamó Moss—. Llega usted un poco tarde.
Lleve su caballo al corral mientras le preparo algo de comer.
—Dejé mi caballo a unas millas de aquí, junto al camino —explicó Charley—. Me gusta andar. Y sentía la necesidad de estirar un poco las piernas. —Al cruzar la puerta tendió su mano a Moss—. Antes de que pase al interior, permítame que ponga una cosa en claro. ¿Va usted a darme carne en conserva para cenar? Si es así, no podré aceptar su amable invitación. No quiero ni oír hablar de la carne en conserva.
—Nada de eso —respondió Moss—. Pase y siéntese. ¿Qué me dice de un poco de tocino frito con cebolla? ¿Le conviene?
—¡Estupendo, estupendo! —Ellis acercó una caja al fuego y empezó a quitarse trabajosamente una bota—. ¡Tengo los pies llenos de ampollas! — declaró.
Moss se inclinó sobre el fuego.
—No es usted de por aquí, ¿verdad? —preguntó, al tiempo que apartaba unas brasas para colocar la cafetera encima de ellas.
—No. Vengo de Arizona… en busca de trabajo. Aunque no creo que aquí haya nada bueno.
—Desde luego. Estos alrededores están deshabitados. Tampoco yo vivo aquí. Estoy sólo de paso, por motivos de salud…
«Si pudiera hacerme con el caballo de este hombre… si pudiera dejarle a él en la trampa… los perseguidores llegarán aquí mañana por la mañana… ¡Cuidado! Debo representar bien mi papel.»
—… ¿De modo que dejó su caballo a unas millas de aquí?
—Sí. Estaba agotado, y, además, ha perdido una herradura de su pata delantera. ¿Podrá usted darme una herradura, si no es abusar de su amabilidad?
—¡Desde luego!…
«Pero, este hombre contará la historia. No puedo llegar muy lejos con un caballo agotado… me alcanzarán en seguida; llegarán aquí mañana por la mañana. Tal vez pueda simular que este hombre y Laxon se mataron mutuamente… No… las huellas de este hombre proceden de una dirección contraria a la mía. ¿Qué hacer?»
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—… Lo que siento es no poder ofrecerle otro caballo. Todos los que tenía en el corral se han escapado. Hace un rato, vi un coyote, corrí para disparar contra él… ¿No oyó usted los tiros, Mr…? Bueno, ignoro su nombre. El mío es Moss.
—Me llamo Ellis… Charley Ellis. No, no oí nada. Debió ocurrir cuando estaba detrás de la colina. Tiene usted muy mal aspecto, Mr. Moss.
—No es nada… mi corazón no marcha demasiado bien —dijo Moss—. Pero no es nada importante…
«¿Qué hacer? Yo me quedaré aquí. Seré el engañado, la víctima… y este hombre debe ocupar mi puesto, debe escapar, debe morir al resistir a los que traten de detenerle…»
—… Unas pequeñas punzadas, simplemente. Ya estoy acostumbrado. ¿Qué le estaba diciendo? Ah, sí… los caballos. Bueno, por lo visto me olvidé de cerrar bien el portillo, y mis caballos se escaparon todos. Fui un idiota, lo reconozco. Y por cierto que esta noche pensaba hacer una pequeña excursión, poca cosa, unas diez millas… De noche no molesta el calor. Esto me recuerda que hice unas cuantas tortas de harina… sí, las tengo en el hatillo preparado para la excursión. Mientras usted se lava, iré por ellas. Allí está la palangana…
«Este Ellis fue el asesino. Me robó el caballo mientras yo estaba durmiendo… Trató de escapar en mi caballo. No puede estar muy lejos; el caballo estaba casi agotado. Cuando desperté y eché de menos a Ellis, encontré el hombre muerto en el corral…»
La idea fue tomando forma en su cerebro, perfilándose en sus menores detalles, mientras sacaba las tortas de las bolsas de provisiones y escondía el saquito de dinero. Encendió una cerilla y sacó un fajo de billetes de cinco dólares; separó uno y se lo metió en el bolsillo, escondiendo los demás debajo de una piedra, en una de las esquinas del rancho.
A continuación fue en busca del saquito de oro que Laxon había atado a su caballo negro. Lo apretó contra la espalda del cadáver de Laxon, de modo que el saquito quedara manchado de sangre.
Luego corrió hacia la casa, llevando las tortas, y dejó caer el saquito que contenía el oro junto a la puerta del rancho. Había actuado con gran rapidez. Cuando volvió a entrar en la cocina, Ellis se estaba peinando.
—¡Ya está! El café a punto y la cebolla dorada. Siéntese. ¿Dónde dijo usted que había dejado a su caballo?
—A orillas del arroyo, junto al camino… donde hay un letrero clavado a un árbol.
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—¿Un letrero? Hay varios… en distintos lugares.
—Aquél indicaba que faltaban cinco millas para llegar al rancho Box O. —Supongo que dejaría atado al animal…
—Sí. Aunque, en realidad no era necesario… no hubiera ido muy lejos. Es un caballo excelente, aunque ahora está algo delgado. Sólo le luce el pelo cuando tengo trabajo. Pero el viejo Vinegaroan nunca se queja. Cuando da muestras de estar cansado, es que está cansado de veras. Es el mejor caballo que he tenido nunca, a pesar de sus modales algo salvajes. Claro que si no hubiera sido por esos mismos modales, los del VR no me hubieran dejado poner la mano encima de él. Nunca habían criado un caballo mejor que ése, pero les resulta imposible dominarlo.
—Comprendo. De modo que es un caballo ruano, que lleva la marca VR y tiene el genio algo vivo, ¿verdad?
—Lo ha descrito usted exactamente.
—¿Es un… ruano rojo?
—No… ruano azulado. Cuando está gordo, tiene una estampa muy bonita, el viejo carcamal.
—¿Es un caballo viejo? ¿O se trata solamente de un apelativo cariñoso? Charley se echó a reír.
—Es sólo un nombre cariñoso. No tiene más que siete años.
Moss llenó una taza de café para su invitado y se sirvió otra para él. —Ya… —dijo—. Tomaré una taza de café con usted —añadió—. ¿Es un
caballo grande?
—Unos diez palmos de alzada… Este rancho parece enorme después de tantos días de no ver una casa. La pasada noche dormí en una pequeña cabaña de troncos al sur del pico…
Moss le interrumpió:
—¿Tenía muchas habitaciones? Se lo pregunto porque tal vez sepa de qué cabaña se trata…
—Únicamente dos. En la puerta había grabadas las iniciales «H. G.» Y en los baúles había una etiqueta con la inscripción: «Chas. J. Graam, Cañada Alamosa». En la cabaña no había nadie. No había más que carne en conserva, harina y café. La noche anterior la pasé en el rancho Anchor X. Tampoco había nadie en la casa. Encontré una nota explicando que se habían ido a Magdalena a embarcar unos novillos. Allí no había nada para comer… excepto carne en conserva. Ni siquiera había café. Que me cuelguen si he visto a un hombre en los últimos tres días. Antes había pasado un par de días
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con un viejo mejicano en el Black Range, cazando y dejando descansar a mi caballo.
—En cierta ocasión, en el norte, conocí una marca VR —dijo Moss pensativamente—. A las yeguas las marcaban en la cadera; a los castrados en el muslo; y a las reses en el costado.
—El mío es de un rancho que se encuentra más allá del Gila: el Old Man Hearn. A los caballos les ponen la marca en los cuartos delanteros; y a las reses en los cuartos traseros.
—Permítame que llene otra vez su taza —dijo Moss—. Me gustaría que se quedara aquí conmigo. Sí, me gustaría mucho. Pero si de veras le interesa trabajar, y su caballo puede recorrer dieciocho o veinte millas ante del mediodía de mañana, creo que puedo indicarle un lugar donde le aceptarán encantados. En Rosedale tengo unos amigos que se dedican al ganado y que están siempre faltos de hombres. Creo que el empleo puede convenirle. Tiene que seguir el camino por el que ha llegado aquí por espacio de una milla. Entonces tiene que girar a la izquierda, a través de la meseta, como si se dirigiera al noroeste. Cuando haya andado siete u ocho millas encontrará un camino llano, paralelo al río, que le conducirá directamente a Rosedale. Pero tiene que llegar allí antes del mediodía, porque mis amigos van a llevar su ganado más al norte.
—¡Estupendo, estupendo! —exclamó Ellis—. Ahora, ¿podrá facilitarme una herradura del número uno y algunos clavos? ¿Y prestarme una raspa y un martillo? Dejaré las herramientas debajo del árbol que le indiqué. En cuanto amanezca pondré la herradura al caballo y emprenderé la marcha inmediatamente. A eso de las diez de la mañana estaré en Rosedale.
—Pero, ¿pasará la noche al raso?
—Estoy acostumbrado. Dormiré junto a mi caballo, y de este modo estaré a punto para emprender la marcha en cuanto amanezca.
—Bien, siento mucho que se vaya usted, pero me alegraría mucho haberle dado ocasión de encontrar un buen empleo. ¿No quiere más café? ¿Un cigarrillo, entonces? —Le tendió una bolsita de tabaco y papel de fumar—. Le agradecería que me enviara a un muchacho mejicano con un caballo. ¿Se acordará de hacerlo?
—¡Desde luego! ¡No lo olvidaré! Ahora, ¿podría lavarme, un poco los pies antes de marcharme?
—Naturalmente. No se mueva; yo le traeré el agua. Iré también a ver si alguno de los muchachos se dejó por casualidad algunos calcetines limpios. Y le prepararé un poco de comida para desayunar.
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—¡Bueno, a esto se le puede llamar buena suerte! —exclamó Charley unos instantes después, con los pies sumergidos en agua tibia y lanzando anillos de humo, mientras su huésped le preparaba unos bocadillos—. Un empleo, una herradura para mi caballo, calcetines, cena y desayuno… ¡Y nada de carne en conserva! ¡Quién me lo hubiera dicho hace unas horas! Me hubiera conformado con encontrar un conejo sobre el cual poder disparar… Pero, vi este rancho, me dio una especie de corazonada… ¡y acerté!
Moss se echó a reír.
—Bien, creo que debo empezar ya a marcharme —añadió Charley. —¡Un momento! No he terminado aún con usted, amigo. Lleva un par de
botas muy buenas…, pero con esas ampollas que tiene en los pies no creo que pueda andar muy a gusto. ¿Por qué no se prueba las mías, que son más viejas? Mi pie es el cuarenta y uno.
—También yo calzo ese número. Pero no quiero abusar de usted. ¡No faltaría más!
—¿Abusar de mí? ¡No me haga reír! ¿Por qué cree que quiero hacer un cambio con sus botas? Porque son casi nuevas —lo menos valen diez dólares —, y las mías no valen diez centavos. Las mías no le apretarán tanto los pies, de acuerdo. Pero no me atrevería a proponerle un trueque mondo y lirondo. Vamos a hacer un trato: usted me dará sus botas y su cuarenta y cinco, con el cinturón y la pistolera, a cambio de mi pistola, mis botas y cinco dólares. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, pero nada de dinero. Cambiaremos simplemente las botas y las armas. —Charley empezó a desatar las espuelas de sus botas.
—¡No sea tonto! Coja el dinero. Hasta que cobre su primera paga, el tiempo se le hará muy largo. Sé lo que son esas cosas, muchacho. Y si no tiene usted dinero —más de una vez me he encontrado en ese caso—, no estaría bien que de buenas a primeras pidiera un anticipo a sus nuevos patronos.
—En ese caso… bueno, incluyamos también mis espuelas en el trato. —¡Ni hablar! Guárdese las espuelas. Las mías son unos trastos viejos y en
un vaquero resultarían ridículas. Tome el dinero y no se preocupe. Me gustaría poderle ofrecer algo más. Tengo bastante dinero, pero no aquí. Si lo prefiere, acéptelo como un préstamo y devuélvamelo cuando las cosas le vayan bien. O, mejor todavía, déselo a alguien que lo necesite.
Charley se rindió.
—Siendo así… lo aceptaré. Tiene usted razón, Mr. Moss. Pruébese las botas y vea cómo le van.
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—Estupendamente —dijo Moss, tras ponerse las botas de Charley—. No me irían mejor si fueran hechas a medida. Son unas botas excelentes. Todos los vaqueros jóvenes hacen lo mismo: se gastan el dinero en presumir. Llevan una silla nueva… y ni un solo centavo en el bolsillo.
—Bueno, algo de eso hay —convino Charley, sonriendo—. La mía me costó cincuenta y cuatro pesos, hace menos de un año. Pero es una silla estupenda.
—¿Con estribos?
—¡Nada de estribos! No, señor; no necesito estribos de ninguna clase. ¡Soy vaquero!
Moss sonrió con indulgencia.
—Bien, voy a ver si encuentro la herradura. Quédese aquí y descanse un rato. Ha dicho usted del número uno, ¿no es cierto?
Cuándo regresó con la herradura y las herramientas, llevaba también el saquito que había contenido el dinero, y que ahora contenía una generosa ración de avena.
—Esto es para Vinegaroan, con mis saludos —dijo, riendo, y palmeando el hombro de Ellis.
Charley se sintió emocionado.
—Le estoy muy agradecido por todo, Mr. Moss. Muy agradecido. Si el viejo Vinegaroan pudiera hablar, le daría también las gracias. Ahora, me marcho para que usted pueda acostarse. No tiene aspecto de estar enfermo como dijo, pero parece algo cansado. ¡Adiós! Y espero que volveremos a vernos algún día.
—¡Oh, seguro que volverá usted a verme! ¡Adiós!
Se estrecharon la mano. Charley se colgó el paquete al hombro y echó a andar por el camino, iluminado por la luz de las estrellas, volviéndose para gritar un último adiós a su amable anfitrión. Moss agitó una mano desde el umbral. Hasta sus oídos llegaron las notas de una alegre canción:
Sam Bass llegó de Indiana, donde había nacido; llegó de Indiana a Texas…
—Seguro que volverás a verme, amigo —murmuró Moss, sonriendo diabólicamente.
Luego cerró la puerta.
Rancho Box O, quince de agosto
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Declaración de Elmer Moss
Me llamo Elmer Moss. Salí de Florence, Arizona, hace tres semanas, en busca de trabajo. No habiéndolo encontrado, me dirigí hacia este rancho. Pasé aquí un par de semanas, hace seis años, cuando estaba al cuidado de George Sligh.
La pasada noche, mi caballo estaba muy cansado y, además, había perdido una herradura; de modo que lo dejé en el cruce del Nogales Creek y me vine andando hasta el rancho.
Llegué cuando ya había oscurecido y encontré a un hombre que dijo llamarse Charley Ellis; me explicó que trabajaba aquí. Era un muchacho joven, de rostro más bien agradable. Tenía mi estatura, aproximadamente, los ojos azules y la nariz respingona. Me recibió amablemente. Dijo que no podía asegurarme que hubiera trabajo para mí en el rancho, pero que podía quedarme hasta que regresara el patrón. Charlamos bastante rato.
Me desperté a primera hora de la mañana. Ellis no estaba en su cama. Supuse que habría ido a llevar a los caballos a pastar y volví a dormirme, ya que estaba muy cansado después de la fatigosa marcha sobre un caballo cojo. Al cabo de un rato volví a despertarme y me levanté. Ellis no había regresado aún. Salí al corral. Y allí encontré a un hombre muerto. Le habían disparado muchos tiros… no sé cuántos. También había dos caballos muertos a tiros, ensillados los dos.
Encontré las huellas de las botas de Ellis que se alejaban en dirección al cruce del Nogales Creek. Trataba, por lo visto, de apoderarse de mi caballo y de dejarme con el cadáver de un hombre asesinado, para que me las compusiera como pudiera.
Estaba tan asustado, que no sabía qué hacer. Trepé a una elevación del terreno desde la cual se dominaba todo el cañón. Si podía conseguir un caballo, me alejaría inmediatamente del rancho. Localicé un caballo, justamente al pie de mi observatorio. Habían cabalgado en él hasta casi reventarlo. No hubiera resistido una marcha de cinco millas. A mi regreso al rancho encontré otro, en peor estado que el primero, en la parte trasera del corral. En el suelo se veían las huellas de numerosos caballos.
No sabía qué hacer. Ignoro lo que ha ocurrido aquí. Puede pasar una semana antes de que llegue alguien a este rancho. Si llega alguien hoy mismo, o antes de que las huellas se hayan borrado, no tengo por qué preocuparme. Se comprobará fácilmente que yo llegué y que Ellis se marchó, ya que mis botas son nuevas y las suyas son muy usadas. No existe la posibilidad de un error. Y mi caballo perdió una herradura de su pata delantera izquierda; de
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modo que no será difícil localizar sus huellas. Si alguien llega hoy, podrán atraparle fácilmente. Si no es así, no sé qué va a ocurrir.
Acabo de tapar con una manta al hombre muerto. Cuando murió estaba sonriendo. Sonreía todavía… y sus ojos están muy abiertos. ¡Es algo horrible! He dejado todo lo demás tal como estaba. No sé qué hacer. Lo mejor sería coger uno de los caballos y marcharme de aquí. Pero, no; no puedo marcharme ahora. Si lo hiciera, sería tanto como confesar que yo había matado a ese hombre. Si me atraparan, no cabe duda de que me colgarían sin atender a razones.
Nada puede salvarme como no sea la verdad. Y la verdad no podrá ser puesta en claro, a menos que llegue alguien a este rancho hoy mismo. El tal Ellis era un hombre de mi estatura… pero esto ya lo dije antes. Lleva unos zahones azules y una camisa de franela, de color gris. No me fijé en su sombrero; no lo vi colgado en ninguna parte. Tampoco vi que llevara revólver.
Esto me ha hecho pensar. He estado examinando cuidadosamente el suelo, para ver de localizar el sitio desde el cual Ellis había disparado. Y he encontrado nueve casquillos recién disparados… nueve casquillos de pistola automática del calibre treinta y dos. Estaban junto a la puerta de entrada al rancho, lo que demuestra que Ellis asesinó a su víctima a traición. Me acerqué al muerto y comprobé que, efectivamente, tenía dos balazos en la espalda. Por lo que he podido ver, le alcanzaron seis disparos. No he podido soportar el tocarle. Tiene un aspecto demasiado terrible, sonriendo de ese modo… En su cuello hay un agujero de un tamaño semejante al que podría producir un proyectil del treinta y dos.
En el suelo, cerca de su mano, había un revólver con tres cartuchos vacíos en el cilindro. Esos cartuchos deben ser los que sirvieron para matar a los caballos… supongo que después de que el hombre hubo recibido el primer tiro. He vuelto a cubrirlo. Ahora me doy cuenta de que no debí acercarme a él para nada. Me doy cuenta —demasiado tarde— de que no debí dejar una sola huella de mis botas en ese corral. Si lo hubiera sabido…, si lo hubiera pensado a tiempo… Esas huellas pueden comprometerme. Pero, ¿cómo podía pensar en eso?
Más tarde:
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Hay un árbol enfrente de la casa y he empezado a cavar una tumba debajo de él. Si a la puesta del sol no ha llegado nadie, enterraré a ese infeliz.
El trabajo de cavar ha tranquilizado mis nervios y me ha sentado muy bien. Estaba a la mitad y decidí descansar un poco. Ahora voy a terminarlo.
Más tarde: las diez de la mañana.
¡Gracias a Dios! Cuando la tumba estaba terminada y yo salía de ella, divisé una gran polvareda que se acercaba al rancho procedente del norte. ¡Estoy salvado! Ahora están muy cerca y avanzan rápidamente: diez o doce hombres a caballo. He repasado cuidadosamente esta declaración, y no creo haber olvidado nada. Esta es la verdad y nada más que la verdad, y que Dios me ayude.
Deseo hacer una última declaración: mi nombre verdadero no es Elmer Moss. Lo he utilizado en los últimos nueve años. Pertenezco a una buena familia y tuve excelentes oportunidades en la vida; pero siempre fui algo alocado. Ocurra lo que ocurra, deseo continuar siendo Elmer Moss. No quisiera que el nombre de mi familia quedara manchado, aunque fuera a causa de un error. Los hombres están ya muy cerca. Dejo mi revólver encima de estas cuartillas. Voy a salir a su encuentro.
—Y esto es todo —dijo Tom Hall.
Nadie respondió. Sólo se oyó una especie de suspiro colectivo, seguido del ruido de pies que se arrastran.
Las miradas hostiles clavadas en Moss, sentado ante la mesa de la cocina, se suavizaron hasta convertirse en miradas de compasión y de amistad. En la cocina había una docena de hombres, además de Moss, algunos de ellos pálidos todavía por la impresión que les había causado el espectáculo que contemplaron en el corral.
Los hombres se miraron unos a otros. El joven Broyles apoyó amistosamente su mano sobre el hombro de Moss. El viejo Teagardner se acarició la barba y dijo:
—Su historia parece cierta, Mr. Moss. Las huellas de las botas que se alejan de esta casa son las mismas huellas que encontramos en Bluewaters Pens, y los dos caballos de los hombres a quienes perseguimos llegaron de Bluewaters. Si lo que usted cuenta es verdad, seguro que habrá pasado un mal rato. Sin embargo, debe usted quedarse con nosotros en calidad de preso… al menos de momento, hasta que encontremos a ese hombre. Ahora, deseamos hacerle unas cuantas preguntas. ¿Qué clase de caballo montaba usted?
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—Un ruano azulado, con la marca VR, delgado, de unos diez palmos de alzada; tiene siete u ocho años y le falta una herradura en la pata delantera izquierda. La silla es casi nueva —respondió Moss en tono apagado. Luego irguió la cabeza y su voz adquirió un acento de irritación:
—En vez de perder el tiempo haciéndome preguntas, ¿por qué no salen en busca de ese Ellis? ¡Eso es lo que deben hacer! A cada minuto que pasa se aleja más. Desde luego, comprendo que quieran tenerme a buen recaudo. No soy tan tonto como para suponer otra cosa. Pero creo que debería usted enviar a una parte de sus hombres detrás de Ellis, mientras yo respondo a todas las preguntas que se le ocurra dirigirme.
—Hijo mío —respondió Teagardner suavemente—, ese Ellis no llegará muy lejos. Puedo asegurarle que no se escapará. Enviamos hombres o mensajes a todos los rincones de la comarca, y todo el mundo se encuentra en estado de alerta. Todos los sospechosos serán detenidos. Algunos de los muchachos seguirán las huellas de ese hombre dentro de un rato, pero le apuesto diez a uno a que en estos momentos Ellis ha sido atrapado… o está muerto. Vamos, muchachos, salgamos un poco al aire libre.
—Ellis no ofrecerá resistencia, puede estar seguro de ello —dijo Moss, mientras seguía a los hombres—. Será tan inocente como un corderillo, ya lo verá. Si no consigue escapar sin ser visto, su juego consistirá en cargarme a mí el mochuelo.
—Razón de más, en tal caso, para que conteste usted todas nuestras preguntas.
—¡Preguntas! —exclamó amargamente Moss—. También a mí me gustaría que me respondieran a unas cuantas. ¿Quién era el hombre asesinado? ¿Por qué motivo le asesinó ese Ellis? ¿A quién estaban persiguiendo ustedes?
—Ignoramos el nombre de la víctima. Ninguno de nosotros le había visto nunca —dijo Cook—. Llevábamos dos días persiguiendo a esos hombres. Les perseguíamos por robo y asesinato. Uno de ellos mató a su compañero para robarle su parte en el botín.
—Entonces, ¿no conocían ustedes a los hombres a quienes perseguían? — inquirió Moss—. En tal caso, ese hombre puede haber sido asesinado por otros motivos. Puede, incluso, no tener nada que ver con el robo que les interesa a ustedes… Por estos alrededores hay una infinidad de huellas de caballos… las he visto esta mañana. Tal vez correspondan a los bandoleros.
Teagardner se acarició su larga barba blanca y respondió:
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—Un par de muchachos seguirán esas huellas, para no dejar suelto ningún cabo, aunque opino que será completamente inútil. No creo equivocarme acerca de lo que ocurrió. Ese hombre muerto y Ellis cometieron el robo y el asesinato. Al llegar aquí, Ellis disparó contra su compinche, y éste, antes de morir, mató a los caballos para que su matador no pudiera huir. Al llegar usted, Ellis vio la posibilidad de hacerse con un caballo, y, al mismo tiempo, de cargarle a usted con el muerto… ¡Bien! Cal, tú y Hall seguiréis las huellas de Ellis. No perdáis de vista ningún rastro; puede que alguno indique que se ha detenido a esconder el dinero. No creo que se deje atrapar llevándolo encima. Nosotros buscaremos por aquí.
—De acuerdo, tío Ben.
—Antes de marcharos, tomaréis un bocado. Broyles, tú y Dick seguiréis las huellas de esa manada de caballos, aunque no creo que eso nos conduzca a ninguna parte. Pero hay que probarlo. Sam, tú y Spike prepararéis la comida. Y los demás se encargarán de hacer una especie de ataúd. Moss os ayudará. Luego echaremos un vistazo por aquí para comprobar si Ellis dejó escondido el dinero.
En la cocina, Teagardner dio las últimas instrucciones a los hombres que iban a seguir las huellas de Ellis.
—Ocurra lo que ocurra, quiero que traigáis a ese hombre vivo, ¿entendido? Nada de disparos. El asunto no me parece claro. Ese Moss presenta una coartada perfecta, pero hay que ver lo que hará Ellis.
En aquel momento, el joven Broyles entró precipitadamente en la cocina. —¡Mirad lo que he encontrado! Estaba en una esquina del corral, debajo
de una piedra. ¡Diecinueve billetes de cinco dólares!
—¡Déjame ver! —dijo Hall—. Sí, son diecinueve billetes atados con una goma. Parece un fajo de los que entregan en el banco. Pero… en el banco suelen hacer los fajos de cien dólares, ¿no es cierto? Si es así, aquí falta un billete…
—Sí —asintió Cal—. Creo que debemos decírselo a Moss.
—Yo se lo diré —dijo Teagardner.
Cuando terminaron de comer, Broyles y Dick se marcharon en cumplimiento de la tarea que les había asignado Teagardner. El ataúd estaba terminado y el muerto había sido colocado en su interior.
—¿Le enterrará usted ahora? —preguntó Moss.
—¡Eso espero! —dijo Spike lanzando un suspiro.
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—También yo —convino Sam—. No puedo soportar aquella horrible risa helada en su rostro. Cuanto antes le perdamos de vista, mejor, tío Ben.
—No. Deseo que Ellis lo vea. Tengo mis motivos para ello. Por otra parte, tal vez el sheriff desee ver el cadáver. Además, es posible que enterremos aquí al asesino y que llevemos ese cadáver a San Marcial.
Moss se pasó la lengua por los labios.
—¿Por qué no ponerlos a los dos en la misma fosa? —sugirió Cook—. Es bastante profunda. Los dos mataron al viejo Mims… Si los enterramos juntos, podrán hablar del asunto…
Nadie se rió.
—Sólo un hombre disparó contra Mims —dijo Teagardner—. Tal vez no fuera ese desgraciado. El hombre que le asesinó a él —su propio compinche —, el hombre que le disparó por la espalda y que luego dejó aquí a un inocente para que cargara con el mochuelo… ese es el hombre que disparó contra Mims. No creo que tengamos derecho a imponerle su compañía después de muerto. ¡Vamos! ¡A trabajar!
Arrastraron a los caballos muertos hasta que no fueron visibles desde el rancho; cubrieron con arena los charcos de sangre seca; luego registraron la casa, el corral y el terreno de los alrededores palmo a palmo, en busca del dinero robado.
—Se olvidan ustedes de una cosa —dijo Moss—. Como soy todavía su prisionero, estoy aún bajo sospecha. Después de todo, puedo ser el asesino y Ellis puede ser la víctima… cosa que, desde luego, pretenderá él. Alguien debería encargarse de seguir mis huellas hasta el lugar donde anduve esta mañana.
Teagardner le miró fijamente, con un mudo reproche en sus ojos.
—No se preocupe, Mr. Moss. No dejaremos ningún cabo suelto. Antes de comer, mientras usted descansaba, hicimos lo que ahora nos sugiere usted. No ha dado usted, un paso que no hayamos tenido en cuenta. Lo que deseamos es encontrar el dinero. Lo necesitamos… como pieza de convicción.
—Bueno, en tal caso, me gustaría descansar un poco. Si pudiera dormir un rato… ¡Estoy agotado!
—Sí… tiene usted mal aspecto. No es extraño… está pasando usted un mal trago. Y hace un calor horrible. Vamos a ir todos a descansar un poco a la sombra de aquel árbol, junto a la fosa. Es el único lugar fresco de estos alrededores. Traed un poco de agua, muchachos.
—Un lugar muy agradable para echar una siesta —murmuró Sam, cuando estuvieron junto a la tumba—. ¿No podríamos ir a la parte sombreada de la
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casa?
—Allí no corre el aire —dijo Moss—. Creo que estaremos muy bien aquí. Teagardner se sentó en una piedra y se quedó mirando fijamente la fosa, mientras daba largas chupadas a su pipa. Era un hombre muy viejo. Había llegado a Norteamérica en la época de la colonización. Después, a una edad en que la mayoría se limitan a ser espectadores, se había embarcado en busca de nuevas aventuras; tras haber pasado un cuarto de siglo en Australia y en el Lejano Oriente —la última ciudad en que había vivido era Hong-Kong—, había regresado al país donde pasó los mejores años de su juventud… para morir en él. Si Napoleón, a los ochenta años, hubiera regresado de Santa Elena, su situación hubiera sido semejante a la del tío Ben. La leyenda y el mito habían aureolado su nombre, y se contaban historias espeluznantes acerca de él en los viejos tiempos: en la época en que no era el tío Ben, sino el más fuerte entre los fuertes. A pesar de sus setenta y siete años, se había puesto a la cabeza de los perseguidores de los asesinos del viejo Mims y nadie
pensó siquiera en disputarle la jefatura.
—Es una fosa muy honda… y el suelo es duro —murmuró finalmente el tío Ben—. ¿Ha sido usted minero, Mr. Moss?
—Hasta cierto punto… sí.
—Debió usted trabajar duramente para cavar esa fosa.
—Desde luego. Pero me hizo mucho bien. Estaba nervioso y excitado. A decir verdad, lo que sucedía era que estaba asustado.
—Dice usted que vino de Arizona. ¿Dónde pasó usted la última noche antes de llegar aquí?
—En una cabaña de troncos situada debajo del Pico de San Mateo, hacia el sur. Era el rancho H. G… o lo había sido, ya que en la puerta estaban marcadas esas letras. No había nadie allí.
Spike asintió.
—Se refiere a la casa de Charley Graham. Charley salió con otro grupo de perseguidores.
—Del modo que se han presentado las cosas, siento no haberle encontrado allí; pero si envía usted a alguien a comprobarlo, encontrará la lata de carne que abrí —no había más que carne en conserva, harina y café—, las huellas de mi caballo y la herradura que perdí en alguna parte del camino. Esto prueba mi coartada… al menos en lo que respecta al robo en el banco.
—Si es necesario, enviaremos un hombre allí, descuide —dijo el tío Ben
—. Y no fue un banco el atracado… fue una mina… un pagador —añadió. —No me habían aclarado ustedes ese extremo.
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—No, no le habíamos hablado de ello. ¿Dónde pasó la noche anterior? —En el rancho Anchor X. Tampoco allí encontré a nadie; y no había café.
Sólo carne en conserva. ¡Ah! Encontré una nota diciendo que el equipo se había marchado a Magdalena, a embarcar una partida de novillos.
De nuevo los tranquilos ojos de Teagardner recorrieron el círculo de hombres, y otra vez la historia que contaba Moss fue confirmada por un vaquero.
—Es cierto, tío Ben, los del Anchor X fueron a Magdalena. Creo que debería usted dejar dormir ya a ese hombre. Todo lo que ha dicho es verdad.
Pero el tío Ben insistió:
—¿Y antes de llegar al rancho Anchor X? Debió ver usted a algún hombre en alguna parte, en algún momento…
Moss sacudió la cabeza impacientemente.
—Unos días antes estuve acampado un par de días con un viejo cazador mejicano, dejando descansar a mi caballo y cazando gamos. Mejor dicho, él cazaba y yo le acompañaba, para no estar solo. Se llamaba Delfín No-se-qué y dijo que vivía en Springerville. ¡Estoy harto de su interrogatorio! ¿Acaso tengo la culpa de que no viva nadie en esta condenada región? Si llego a imaginar lo que iba a pasar, hubiera alquilado un testigo y lo habría traído conmigo.
—Si pudiéramos ver en el futuro, alguno de nosotros tendría una gran sorpresa —respondió fríamente Teagardner—. ¡Vamos! Podéis dormir un rato. Yo dormí la pasada noche. Ya os llamaré cuando sea hora.
Fue a sentarse en un lugar más blando que la dura piedra que hasta entonces le había servido de asiento; se acarició su larga barba blanca y se quedó mirando fijamente la fosa. Moss le observó a través de sus entreabiertos párpados. Pero acabó por vencerle el cansancio, más fuerte que el horror, el odio y el miedo, y se quedó dormido.
—¡Sois un hatajo de imbéciles! —gritó Charley Ellis.
—No hay que ser tan impulsivo —le reprochó Tom Hall—. Esto no hace más que empeorar las cosas.
Tres hombres sujetaban a Charley, uno de cada brazo y otro del cuello. Sus ojos echaban lumbre; su enrojecido rostro parecía a punto de estallar, tras su tentativa de romperle el cuello a Mr. Moss… una tentativa que estuvo a punto de resultar afortunada. Para impedirlo tuvieron que intervenir más de tres hombres. Moss, pálido y sonriente, se pasó nerviosamente una mano por el rostro. El sol, asomando de cuando en cuando entre las nubes, iluminaba
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con su luz despiadada la extraña escena: un grupo de hombres alrededor de un ataúd y de una fosa, ambos abiertos.
—Calma, muchachos —dijo Teagardner pacientemente—, no nos precipitemos. Hemos estado tan ocupados explicándole la situación a Mr. Ellis, que no hemos oído todavía tu informe, Tom. ¡Adelante!
—Tío Ben, este es el hombre que buscábamos —dijo Tom Hall—. Encontramos el lugar donde había puesto una herradura a su caballo… Moss, desde luego, no conocía ese detalle. Seguimos sus huellas, hasta que encontramos a esos tres hombres de Rosedale que venían hacia aquí con él. Los hombres se habían justificado diciéndole que tenían órdenes de detener a todos los forasteros. No hizo la menor resistencia… se dejó desarmar sin decir ni pío. Llevaba una pistola automática del calibre treinta y dos. El caballo y la silla eran los mismos que había descrito Moss… y, además, llevaba atado a la silla uno de los saquitos que habían contenido el dinero robado.
Teagardner sacudió la cabeza.
—La cosa no es tan sencilla como parece, Tom. Todo responde a lo que nos contó Moss… pero también responde a lo que nos ha contado Ellis. Lo único cierto es que hay un solo caballo, una sola silla y un interesante pasado entre esos dos hombres.
—Son ustedes más tontos de lo que pensaba —dijo Charley—. Si me hubieran dicho que describiera a mi caballo, como le dijeron a Moss, podría citar detalles que él desconoce por completo. Tiene las pezuñas blancas; lleva varios arañazos de alambre espinoso; y la silla está cosida con tripa de gamo. Moss no puede haber dicho nada de todo esto, porque lo ignoraba. ¿Van a darme acaso una oportunidad de defenderme? No, caballeros; son ustedes tan tontos, que creen a pies juntillas que Moss es el dueño del viejo Vinegaroan.
—Moss no nos ha dado tantos detalles porque no se los hemos preguntado —replicó Sam.
—Tampoco se los hemos preguntado a Ellis —intervino Hall—. Me parece…
—¿Qué me dices del saquito que llevaba atado a la silla? —le interrumpió triunfalmente Sam.
—Muchachos —dijo el tío Ben—, creo que seguís un camino equivocado. Mr. Ellis dijo que se había llevado el saquito con avena para su caballo… Parece una explicación razonable. Y el hecho de que conservara el saquito es una baza a su favor, en mi opinión.
—Desde luego —dijo Cal—. Y puedo asegurar que, si llevaba dinero en el saquito, tuvo que comérselo, moneda a moneda y billete a billete. Podéis
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estar seguros que no lo escondió después de haberse marchado de aquí. Conozco palmo a palmo el terreno que ha recorrido y no he encontrado la menor huella de que lo hubiera escondido. Para asegurarme más, fui hasta el lugar donde le encontraron los hombres de Rosedale. Juraría que no escondió nada.
—Entonces, ¿de dónde ha sacado esto? —gritó Spike con expresión de triunfo; era uno de los que sujetaban a Ellis—. Acabó de encontrarlo en su bolsillo.
Era un billete de cinco dólares, completamente nuevo. Teagardner lo comparó con los del fajo que habían encontrado: la numeración era correlativa.
Un terrible rugido brotó de una docena de gargantas, entre ellas la de Moss. Los hombres avanzaron hacia el prisionero en actitud que no dejaba lugar a dudas.
—¡Vamos a colgarle! ¡Vamos a colgarle!
—¡Atrás! —gritó Teagardner—. ¿Os habéis vuelto locos? Dispararé contra el primero que ponga la mano encima de Ellis. ¡Atrás!
—No colgaréis a nadie, imbéciles —dijo fríamente Ellis—. Estamos exactamente donde estábamos antes: mi palabra contra la de Moss.
—¡Desde luego! —asintió el tío Ben—. Tengamos un poco de sentido común. Cook, si fueras ese hombre, y fueras culpable, ¿qué dirías para justificar la posesión de ese billete?
—Diría que me lo dio Moss, desde luego.
—Y tú, Spike, si supieras a ciencia cierta que Ellis era inocente, ¿cómo justificarías el que tuviera ese billete?
—Diría que se lo había entregado Moss —murmuró Spike a regañadientes.
Charley se echó a reír.
—Bien, así es como llegó a mis manos —dijo—. Me lo entregó Moss cuando hicimos el trato con las botas y los revólveres, como ya les conté.
—¡Eres un maldito embustero!
Nadie sujetaba los pies de Charley. Su pierna derecha salió disparada contra el pecho de Moss, que fue a caer sobre el montón de tierra extraída al cavar la fosa y estuvo a punto de rodar hasta el interior de la tumba.
—Caballero… o tío Ben, como le llaman esos hombres —dijo entonces Charley—, usted parece ser el jefe aquí y es lo bastante viejo para no dejarse llevar de simples apariencias. Éstas nos condenan por igual, a Moss y a mí. ¿Es cierto o no?
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—Hasta el momento… así es.
—Bien. Entonces, ¿por qué no se nos hace objeto del mismo trato? ¿Por qué me sujetan a mí estos hombres, en tanto que Moss está completamente libre?
—Tiene mucha razón —dijo Cal.
—A ver, que un par de hombres sujeten a Moss —ordenó el tío Ben—. Ahora, Mr. Ellis, mire esto. —Apartó la manta que cubría el cadáver de modo que pudiera verse su rostro—. ¿Conoce usted a ese hombre? —preguntó.
—¡Diablo, se está riendo! No, es la primera vez que le veo. ¿De qué se está riendo?
—De su asesino.
—A ése sí que le conozco —dijo Charley—. Y ustedes también le conocerían, si no fueran tan duros de mollera.
Teagardner volvió a cubrir el rostro del muerto.
—Todo lo que sabemos —por ahora—, es que se está riendo, o bien de ti, o bien de Moss. ¿Qué es lo que debemos hacer ahora? Desde luego, nadie será colgado hasta que se demuestre de un modo fehaciente su culpabilidad.
—¡Enciérrennos a los dos! —dijo Charley—. No nos pierdan de vista, ni de día ni de noche. Amárrennos con todas las cuerdas que encuentren en el rancho. Uno de nosotros es un embustero. Envíen algunos hombres a investigar, hasta que consigan descubrir el punto donde la historia del embustero no encaja con la verdad. El viejo cazador mejicano, si consiguen dar con él, podrá reconocerme. ¿No sería ésta una prueba suficiente?
—Hijo mío —dijo Teagardner—, tu idea es excelente, y creo que daría un excelente resultado si la pusiéramos en práctica… pero no tendremos necesidad de hacerlo. No has tenido en cuenta una cosa. Toda mentira tiene dos finalidades… y una de las finalidades de esta mentira está relacionada con el dinero robado… Si encontramos el dinero en el lugar donde lo escondiste después de marcharte del rancho… tú pierdes, Ellis. Si lo encontramos escondido en el rancho… bueno, en ese caso estamos igual que antes: los dos podéis haberlo hecho. Todas las cosas que han ocurrido en el rancho han podido ser obra de cualquiera de vosotros dos… Todas, menos una.
Se volvió lentamente a mirar a Moss, que estaba de pie junto al ataúd, pálido y tembloroso, con dos hombres que le sujetaban, uno por cada brazo.
La voz del tío Ben se hizo más intensa, más dura.
—Todas, menos una —repitió—. Ellis no ha tenido nada que ver con una cosa… Moss cavó la fosa. Y la fosa es demasiado profunda. Desde el primer
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momento me di cuenta de que la fosa era demasiado profunda. ¡Métete en la fosa, Sam, y comprueba por qué Moss la cavó tan profunda!
Moss se derrumbó sobre sus rodillas; sus guardianes le obligaron a mantenerse en pie y le hicieron avanzar hasta el borde de la fosa. Un estremecimiento recorrió la multitud; un rayo de sol cayó directamente sobre la fosa, llenándola de una luz dorada.
—Moss cavó esta fosa tan honda… porque temió que alguien quisiera ahondarla un poco más —continuó Teagardner—. ¿No hay nada en este extremo? —preguntó a Sam, que rebuscaba en la fosa—. Mira en el centro.
En el otro extremo, el suelo estaba blando. Sam paleó furiosamente, hasta que encontró un paquete envuelto en un impermeable. Lo sacó al exterior. Desataron las cuerdas; desliaron el impermeable; en el mismo borde de la fosa, dejaron caer el dinero manchado de sangre a los pies del asesino.
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UN VAQUERO DE PRIMERA
LUKE SHORT
G US Irby se hallaba en la acera, ante la puerta de entrada del Elite, abriendo un barril de cerveza, cuando pasó el muchacho, camino de las caballerizas del pueblo. Gus observó que el caballo que montaba tenía muy buena estampa y que el muchacho iba muy encorvado bajo los efectos del frío de aquella mañana de octubre. A pesar de la amplia capa de grasa que recubría todo el cuerpo de Gus y le protegía de los rigores del invierno en aquella región montañosa, la vista del aterido muchacho le hizo tiritar bajo las mangas cortas de su camisa y volvió a entrar en el saloon, pensando
distraídamente:
«Otro despistado al que han puesto de patitas en la calle después del rodeo.»
Más tarde, mientras preparaba los cambios para el negocio del día y abría unas cajas de cigarros, Gus vio al muchacho entrar en el Café Pride en busca del desayuno, seguramente, y luego salir con un mondadientes en la boca y cruzar la calle principal de Wagon Mound con aire despreocupado.
Después de esto, para Gus no fue ninguna sorpresa oír que se abría la puerta del saloon y ver cómo el muchacho se acercaba al mostrador. Llevaba una camisa limpia, muy usada, y tenía aspecto de haber soportado durante muchas horas los rigores del frío. Gus le dio los buenos días y, tomando su mejor whisky y un vaso, los depositó ante el muchacho.
—El primer cliente de la mañana bebe a cuenta de la casa —anunció Gus. —Ahora comprendo por qué he cabalgado toda la noche —dijo el
muchacho, sonriendo a Gus.
Tenía un rostro simpático, cuyos ojos claros no resultaban tímidos, ni adustos, ni desvergonzados, y tal vez debido a ello no encajaba fácilmente en ninguno de los encasillados que manejaba Gus para clasificar a sus clientes. Gus había visto jóvenes vagabundos como ése antes de entonces, pero se trataba de muchachos rudos y pendencieros, y para un hombre de costumbres
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pacíficas como Gus, charlar con ellos era como tratar de domesticar a un tigre.
Gus se reclinó contra el mostrador y contempló cómo el muchacho bebía su whisky y se secaba los labios con la manga de su camisa. De repente, Gus se sintió curioso. Dotado de una gran habilidad, fruto de una prolongada práctica, para hacer preguntas que no lo parecieran, Gus observó:
—Si tienes que viajar mucho por esta región, será mejor que te pongas una chaqueta, muchacho. Por aquí el frío aprieta de firme.
—Creo que ya he llegado a mi destino —respondió el muchacho.
—Oh, bueno, si alguien te ha enviado a buscar, la cosa cambia. —Gus se dispuso a liar un cigarrillo.
El muchacho puso un dólar de plata sobre el mostrador y luego se sirvió otro vaso de whisky, que seguramente no deseaba tomar; pero la buena educación le hacía sentirse obligado a pagar una consumición, para corresponder a la invitación de la casa.
—Nadie me ha enviado a buscar —declaró el muchacho—. Lo que pasa es que no tengo dinero.
Gus cogió el dólar y se acercó a la caja en busca de cambio, que dejó ante el muchacho; cuando se disponía a encender el cigarrillo, se produjo lo que estaba esperando.
—Soy vaquero —dijo el muchacho, mirando directamente a Gus—. ¿Sabe usted de alguien que pudiera darme trabajo?
Gus se alegró de estar encendiendo el cigarro mientras el muchacho hablaba; de no ser así, su sonrisa hubiera podido causar mal efecto a su cliente. Si hubiera habido un segundo cliente, Gus le hubiera guiñado el ojo subrepticiamente; pero, como estaban solos, Gus mantuvo su rostro inexpresivo, dio una larga chupada a su cigarrillo y luego observó, en tono amable:
—Pareces muy joven para ofrecerte como vaquero.
—La mejor vaca que he visto en mi vida tenía cuatro años —replicó sarcásticamente el muchacho.
Gus sonrió francamente y sacudió la cabeza.
—Has escogido una mala época. El rodeo ya ha terminado.
El muchacho asintió, se bebió de un trago su segundo whisky y aguardó a que su respiración recobrase el ritmo normal. Entonces dijo:
—Muchas gracias por todo. Hasta la vista —y se encaminó hacia la puerta.
Un repentino impulso hizo exclamar a Gus:
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—¡Un momento!
El muchacho se paró en seco y, dando media vuelta, regresó al mostrador. Sus movimientos poseían una gracia felina que sugerían una gran elasticidad y unos músculos endurecidos en el trabajo. Pero su rostro juvenil no reflejaba la menor doblez, y Gus sintió que se desvanecía la aprensión que por unos instantes, al ver avanzar al muchacho hacia el mostrador, le había asaltado.
—Supongo que te propones visitar a todos los equipos de la comarca, uno por uno, ¿verdad? —inquirió.
El muchacho asintió y Gus frunció el ceño y quedó silencioso unos instantes. Luego murmuró, casi para sí mismo:
—Se me ha ocurrido una idea… Pero, no sé…
—Adelante —dijo el muchacho, sonriendo agradablemente—. Haré lo que sea.
—Mira —dijo Gus—, aquí tenemos un periódico: el Wickford County Free Press. Sale todos los martes, es decir, hoy. ¿Por qué no insertas un anuncio en el periódico, que diga, por ejemplo, «Vaquero de primera desea un empleo de cuarenta dólares mensuales»? Puedes explicar lo que sabes hacer, y si alguien necesita a un vaquero te mandarán a llamar. En un par de días puedes tener el asunto resuelto. Y de este modo te ahorrarás el cabalgar un centenar de millas. Además, no te costará mucho dinero.
El muchacho meditó unos instantes y luego preguntó, sin sonreír:
—¿Dónde están las oficinas de ese periódico?
Gus se lo dijo y el muchacho se marchó. Gus volvió a colocar la botella en su estado y enjuagó el vaso, sonriendo socarronamente a sus propios pensamientos. ¡Lo que iban a divertirse los muchachos cuando leyeran aquello en el Free Press!
Johnny McSorley salió a la calle, bañada por un anémico sol otoñal. El último dólar de plata en el bolsillo de sus pantalones golpeaba contra su pierna al andar, y Johnny tenía la impresión de que no tardaría en verse libre de él, para pagar el anuncio en el periódico. Pero no le importaba, si con ello se le ofrecía la oportunidad de encontrar trabajo.
Cuatro jinetes desmontaron en aquel momento de sus cabalgaduras, a poca distancia de Johnny, y se reunieron en grupo, charlando. Johnny se fijó de un modo especial en el que parecía su jefe, un hombre alto, robusto, cejijunto, de unos treinta y cinco años. Acercándose a él, Johnny le dijo:
—¿Conoce usted a alguien que pudiera darme un empleo como vaquero? —y sonrió agradablemente.
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Por un instante, Johnny pensó que el hombre iba a sonreír. Pero, se equivocó: el ceño del interrogado continuó fruncido.
—Nunca he visto a un vaquero que no pudiera votar —replicó adustamente.
Johnny se lo quedó mirando con fijeza, ahora sin sonreír, y dijo: —Entonces, ahora se le presenta la ocasión de ver a uno. Cuando se alejaba del grupo, pensó:
«Por lo visto, en este país los hombres deben empezar a trabajar cuando se hacen viejos…»
Cruzó la calle y se detuvo un momento ante un escaparate en el que unas letras doradas anunciaban: Wickford County Free Press. Trabajos de imprenta. D. Melaven, Editor y Propietario. Empujó la puerta encristalada. Vio a una muchacha sentada ante una mesa escritorio, mirando hacia la calle, mordisqueando pensativamente el extremo de un lápiz. Johnny se acercó a la mesa, mientras llegaba a sus oídos el infernal estrépito de una pequeña máquina de imprimir manejada por un par de hombres en un local contiguo al espacio reservado a oficina.
—¡Hola! —dijo Johnny.
La muchacha se volvió y murmuró, con acento aburrido:
—¡Hola, chico!
Llevaba un vestido azul con el talle muy alto y un cuello de encaje. Era una muchacha bastante linda, pero de aspecto aburrido, pensó Johnny. Su saludo no le había sentado nada bien, por lo que se apresuró a decir:
—Quiero poner un anuncio en el periódico, hermanita.
—¡No me llame hermanita! —replicó la muchacha—. Si le he dicho «hola, chico» es porque tengo la costumbre de llamárselo a todos los que no conozco por su nombre. Lo aprendí de papá. Johnny dijo, en un tono más amable:
—Y yo tengo la costumbre de llamar hermanita a todas las muchachas cuyo nombre desconozco. Lo aprendí de mamá.
El brillo repentino de los ojos de la muchacha demostró que había comprendido la indirecta, y que no le había resultado graciosa, precisamente. Con aire de reina ofendida, alargó la mano y dijo:
—¡Venga el anuncio! Veré si puede insertarse en el número de la semana próxima.
—Demasiado tarde —dijo Johnny—. Quiero que aparezca en el de esta semana.
—¿Por qué?
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—No tengo bastante dinero para estar siete días mano sobre mano.
La muchacha le contempló con nueva atención.
—¿Para qué es el anuncio?
—Para solicitar trabajo. Soy vaquero, y necesito encontrar un empleo. El dueño, o lo que sea, del saloon me dijo que podía poner un anuncio en el periódico ofreciendo mis servicios, en vez de cabalgar de rancho en rancho pidiendo trabajo.
La muchacha guardó silencio unos instantes y luego dijo:
—Gus ha querido tomarle el pelo.
—Me lo imaginaba —asintió Johnny—. Sin embargo, no me parece una mala idea. Cuando uno se encuentra apurado, cualquier solución le parece buena.
La muchacha sacudió la cabeza.
Lo siento, pero es demasiado tarde. El periódico ha entrado ya en máquina.
Con aquellas palabras pareció que quería dejar zanjado el asunto, pero Johnny no se dio por aludido.
—¿Es usted D. Melaven? —preguntó.
—No. Es mi padre.
—¿Dónde está?
—Allí detrás. Pero está muy ocupado.
Johnny vio la puerta vidriera que separaba la oficina de la tienda, y se encaminó hacia ella. Oyó el ruido de una silla al ser apartada violentamente y la excitada voz de la muchacha:
—¡No pase usted esa puerta! ¡No está permitido!
Johnny miró por encima de su hombro, sonrió y dijo:
—Voy a demostrarle que la prohibición no cuenta para mí —y empujó la puerta, oyendo los precipitados pasos de la muchacha detrás de él. Se encontró ante un hombre fuerte, macizo, cuyo pelo era más gris que negro—. ¿Es usted D. Melaven? —le preguntó.
—Soy Dan Melaven, chico. ¿Qué puedo hacer por ti?
Johnny miró a su interlocutor. Le agradó su rostro cuadrado, que reflejaba inteligencia, franqueza y obstinación; los ojos eran a la vez agudos y amables. Oyendo que la muchacha se detenía detrás de él, Johnny dijo:
—Quisiera poner un anuncio en el periódico que va a salir hoy.
La muchacha intervino rápidamente:
—Le he dicho que era ya demasiado tarde, papá. Díselo ahora tú, y tal vez se convenza.
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—¡Cassie! —exclamó Melaven, en tono de reproche.
—No podemos rehacer la tirada para darle gusto al primero que se presente, papá. Además, creo que es un elemento de la cuadrilla de Alec Barr. —La muchacha habló con vehemencia, furiosamente, y Johnny la escuchaba con cierta sorpresa.
—¿Alec qué? —preguntó.
—Le he visto hablando con él antes de entrar en la oficina —respondió calurosamente la muchacha.
—Le estaba preguntando si sabía de algún trabajo para mí.
—No creo una palabra.
—Cassie —dijo Melaven en tono severo—, ven acá un momento.
La tomó por el brazo y se la llevó a un rincón de la tienda, donde sostuvo con ella un rápido intercambio de palabras.
Johnny sacudió la cabeza, intrigado, y luego dirigió una mirada a su alrededor. La máquina de imprimir de mayor tamaño, observó, no funcionaba en aquel momento. Y sobre una mesa en la que había estado trabajando Melaven, se veían varias páginas y clisés de diversos tamaños. Johnny McSorley sabía muy pocas cosas acerca del trabajo de un periódico, pero el sentido común le hizo intuir que Cassie le había mentido al decirle que era demasiado tarde para aceptar su anuncio. El periódico no había entrado en máquina, y no sería demasiado difícil para hacer un huequecito en cualquier página para las escasas líneas de que debía constar el anuncio. Dándole vueltas a esta idea, se preguntó qué habría detrás de la extraña negativa de Cassie Melaven.
De pronto, terminada su conversación, Melaven y Cassie volvieron a acercarse a Johnny, y éste se dio cuenta de que Cassie, a pesar de sus esfuerzos por disimularlo, continuaba estando enojada.
—De acuerdo. ¿Cuál es el anuncio que deseas insertar en el periódico? — preguntó Melaven.
Johnny se lo dijo y Melaven lo anotó en una cuartilla. Cuando hubo terminado, le indicó:
—Págalo a mi hija.
Y se dirigió hacia una de las cajas, para componer seguidamente el anuncio.
Cassie volvió a sentarse detrás de su mesa escritorio y Johnny, que la había seguido, le preguntó:
—¿Cuánto le debo?
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Cassie se lo quedó mirando especulativamente; la expresión de enojo no había desaparecido aún de sus ojos.
—¿Cuánto dinero tiene usted?
—Algo más de un dólar.
—El importe del anuncio son dos dólares —dijo Cassie.
John se sacó del bolsillo su único dólar de plata y lo depositó sobre la mesa.
—De momento, le pagaré la mitad; más tarde vendré a traerle el otro dólar.
Cassie replicó, con evidente picardía:
—Si no hubiera estado bebiendo a primeras horas de la mañana, podría pagar ahora todo el anuncio, chico.
Johnny se quedó sin habla unos instantes. Luego puso ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia la muchacha.
—¿Qué edad tiene usted? —preguntó suavemente.
—Diecisiete años.
—Soy mayor que usted —murmuró Johnny—. De modo que la próxima vez que me llame usted «chico», voy a cogerla por las trenzas y tiraré de ellas hasta que me canse. ¿Entendido?
Una vez en la calle, de camino hacia el Elite, se sintió mucho mejor. Sonrió… en parte debido al recuerdo de Cassie. Era una fierecilla, pero realmente encantadora, y Johnny se dijo que le gustaría saber qué le había dicho su padre para que se pusiera tan furiosa, y por qué se había mostrado enojada desde el primer momento.
Gus estaba abriendo una caja de whisky y alineando las botellas en la estantería colocada detrás del mostrador y debajo del gran espejo. No interrumpió su trabajo a la entrada de Johnny, que se acodó en el mostrador y se quedó contemplando pensativamente una de las mesas de póquer. Al cabo de unos instantes bostezó, con expresión soñolienta.
Cuando hubo terminado su tarea, Gus se acercó a Johnny y le interrogó:
—¿Ha ido todo bien?
Johnny asintió pensativamente y dijo:
—¿Se muestra siempre tan desagradable con todo el mundo?
—¿Quién? ¿Cassie?
—Primero me dijo que no podía aceptar el anuncio, pero su padre la obligó a rectificar. Luego me pidió por el anuncio más dinero del que yo llevaba en el bolsillo. Después me dijo que hubiera podido pagar el importe
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del anuncio si no hubiera estado bebiendo a primeras horas de la mañana. Y no dejó de llamarme «chico», como si yo fuera un crío.
—Es una costumbre que tiene. Llama chico a todo el mundo.
—A mí no volverá a llamármelo —aseguró Johnny, y volvió a bostezar.
Gus, sonriendo, se acercó a la caja y anduvo en ella unos instantes. Cuando volvió a acercarse a Johnny, puso diez dólares de plata sobre el mostrador y dijo:
—Me los devolverás cuando cobres tu primera paga. Y, si necesitas una habitación, puedo alquilarte una. No tienes más que subir esa escalera. —Y señaló al fondo del saloon—. Necesitas dormir un rato, muchacho.
Johnny sonrió.
—¿Ha hablado usted de dormir? Creo que dormiría un mes entero. — Cogió los diez dólares, diciendo—: Le estoy muy agradecido. —Se apartó del mostrador, pero de repente volvió a acercarse a Gus—: Dígame, ¿quién es ese Alec Barr?
Johnny vio que los ojos de Gus se dirigían rápidamente hacia la mesa de póquer y luego volvían a fijarse en él. Pero no respondió a la pregunta.
—Le veré a usted luego —dijo Johnny.
Subió la escalera que conducía al piso superior del saloon, preguntándose por qué Gus se había mostrado tan cauteloso acerca de Alec Barr.
Le despertó el estampido de un disparo en algún lugar de la calle. El sol no daba ya en la habitación, por lo que Johnny pensó que debía ser media tarde. Se calzó las botas, vertió un poco de agua en la palangana y se lavó. Pasándose la mano por el rostro, decidió que debía afeitarse y bajó la escalera, en el saloon no había nadie, así como tampoco en el mostrador. Sobre las mesas, y en el mismo mostrador, en cambio, había unos periódicos con la tinta todavía fresca. De pronto, Johnny recordó que estaba en deuda con el Wickford County Free Press por la cantidad de un dólar. Abrió uno de los periódicos por la página de los anuncios.
Después de leerlos minuciosamente, comprobó que el suyo no aparecía allí. Al pensar que la muchacha y su padre le habían tomado definitivamente el pelo, la cólera invadió su pecho y, con paso decidido, salió del Elite y cruzó la calle en dirección a las oficinas del periódico. Ante la tienda que daba enfrente del local donde estaba instalado el periódico, vio un grupo de hombres pero no paró mientes en ellos. Pero, cuando iba a entrar en la oficina, un hombre que estaba apoyado contra la pared —un vaquero, indudablemente — se detuvo ante él y le dijo:
—No se puede entrar ahí, muchacho.
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—Impídalo, si puede —replico Johnny, apartándole de un empujón.
Oyó que el vaquero rezongaba, detrás de él:
—Está bien; tú te lo has buscado, cabezota.
Cuando entró en la oficina, sus botas pisaron unos cristales rotos. Se dio cuenta, entonces, que el cristal del escaparate tenía un gran agujero, precisamente en el lugar que habían ocupado las letras doradas, de las que sólo quedaba la W de Wickford. Desde el otro lado de la calle, llegó hasta Johnny una voz que advertía:
—¡Sal de ahí, muchacho!
La voz no le resultaba desconocida, y mirando en dirección a la otra acera vio a Alec Barr rodeado de otros hombres.
En la oficina no había nadie. Johnny avanzó hacia la habitación contigua, donde estaban las máquinas de imprimir, y vio a Cassie Melaven y a su padre semiescondidos detrás de la máquina grande. Sin explicarse la razón de aquella actitud, empezó a decir:
—Les debía a ustedes un dólar, pero…
Se interrumpió bruscamente. Dan Melaven empuñaba un Colt. Johnny se quedó mirando el arma y luego levantó los ojos hasta el rostro de Melaven, y vio que el propietario del periódico le contemplaba con una expresión entre amarga y divertida en los ojos. Miró entonces a Cassie, pero la muchacha no parecía haberse dado cuenta de su presencia. Estaba muy pálida. La mano de Johnny señaló el arma que empuñaba Melaven y preguntó:
—¿Qué sucede?
—Una pequeña dificultad, muchacho —respondió Melaven en tono amable—. ¿Vienes a por tu dinero?
—Sí —respondió Johnny.
Repentinamente, comprendió que la pequeña dificultad a que acababa de aludir Melaven tenía su origen en Alec Barr y en los hombres que le rodeaban, a los que podía ver a través del cristal roto del escaparate. Aquel estropicio explicaba, seguramente, el ruido del disparo que le había despertado unos momentos antes.
Miró de nuevo a Melaven, al tiempo que el propietario del periódico ordenaba a su hija:
—Devuélvele su dinero, Cassie.
Cassie pasó por delante de Johnny para dirigirse a la mesa escritorio. Una vez allí, abrió uno de los cajones y sacó un dólar de plata, que entregó al muchacho. Sus miradas se encontraron.
«Ha estado llorando», pensó Johnny, con un extraño desasosiego.
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—Esto era lo que trataba de hacerle comprender —dijo Cassie—. No queríamos hacernos cargo de su anuncio, pero usted se empeñó en ello.
—Pero, ¿qué es lo que ocurre? —inquirió Johnny.
—¿No ha leído usted el periódico?
Johnny movió negativamente la cabeza y Cassie añadió:
—Viene en primera página. El Gobierno ha puesto a la venta un gran lote de terreno a orillas del Artillery Creek. Alec Barr desea adquirir ese terreno, pero no quiere que nadie pueda pujar contra él. Sabía que papá iba a publicar la noticia de que los terrenos estaban en venta. Trató de convencer a papá para que demorase la publicación de la noticia hasta que fuera demasiado tarde para presentarse a la subasta. A cambio de ello, papá conseguiría una parte del terreno o su equivalencia en dinero. Alec Barr sabe que nos vendría muy bien. Pero papá rechazó su propuesta.
Johnny miró a Melaven, que se había acercado a ellos y estaba escuchando las palabras de su hija.
—Sabía que Alec y su cuadrilla se presentarían hoy aquí —dijo Melaven —, y que se empeñarían en echar un vistazo a la composición del periódico para asegurarse de que la noticia de la venta no iba a ser publicada. Bueno, Cassie y Dad Hopper trabajaron conmigo toda la noche imprimiendo el verdadero periódico, con la noticia de la venta y un editorial en primera página acerca de la propuesta que me hizo Barr.
—Antes de amanecer teníamos el periódico impreso y escondimos los ejemplares —explicó Cassie.
Melaven miró sonriendo a su hija, y en sus ojos se reflejó una cariñosa admiración. Luego dijo a Johnny:
—De modo que lo que viste esta mañana no eran los moldes del periódico de esta semana. Por ello Cassie no quería aceptar tu dinero. —Sonrió de nuevo—. Apenas te marchaste, llegó Barr. Quiso comprobar la composición, y le dejamos ver los moldes que teníamos preparados al efecto. Dejó a uno de sus hombres de guardia ante la casa, la mayor parte de la mañana. Pero terminó por marcharse, y entonces sacamos el periódico y lo enviamos a Willow Valley, para que fuera repartido por toda la ciudad antes de que Barr se diera cuenta de ello.
Johnny quedó unos momentos silencioso, pensando en aquella situación.
Luego señaló con la cabeza hacia el otro lado de la calle, y dijo:
—¿Se ha enterado Barr de la jugarreta?
—Desde luego.
—Y ese cristal, ¿lo ha roto él?
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—No, he sido yo —respondió Melaven—. Creo que podré mantenerle a raya hasta que alguien de la ciudad tenga los redaños suficientes para echarle de ahí.
Johnny miró unos instantes el dólar que tenía en la mano y terminó por metérselo en el bolsillo. Cuando alzó los ojos hacia Cassie, se sorprendió al ver que la muchacha le estaba mirando, y Johnny sonrió, como pidiéndole perdón.
A continuación preguntó:
—¿Puedo ayudarles en algo?
Melaven le miró pensativamente y luego asintió:
—Sí. Podrías acompañar a mi hija a casa.
—¡Oh, no! —protestó Cassie. Se apoyó de espaldas contra la pared y miró alternativamente a su padre y a Johnny—. No me iré. Mientras yo esté a aquí, Barr no hará nada.
—Tarde o temprano, Barr se decidirá a entrar —dijo Melaven en tono sombrío—. No quiero que estés aquí cuando se decida a hacerlo.
—Déjale que entre —replicó Cassie tozudamente—. Puedo manejar una llave inglesa mucho mejor de lo que alguno de sus compinches sabe manejar el revólver.
—Debes marcharte, Cassie.
—No, papá —denegó la muchacha, sacudiendo la cabeza—. En esta ciudad todavía quedan algunos hombres. Estoy convencida de que acabarán por reaccionar y vendrán a echar a Barr.
Melaven lanzó una exclamación en voz baja y regresó a la tienda. Se veía a las claras que la actitud de su hija le disgustaba profundamente. En cuanto a la muchacha, Johnny vio que sus ojos reflejaban un evidente temor. Luchaba contra el miedo, pero éste era más fuerte que su voluntad, y Johnny pensó que no podía echárselo en cara. Demostraba más valor del que algunos hombres hubieran demostrado en su caso. El verdadero valor consiste en luchar contra el miedo.
—Si yo hubiese llevado un revólver encima, no creo que esos hombres me hubieran dejado entrar aquí, ¿no le parece? —preguntó Johnny.
—Puede estar seguro de ello —respondió Cassie.
—¿De veras no quiere salir conmigo?
—No me moveré de aquí.
—Bien —dijo Johnny.
Salió a la calle y miró fijamente a Alec y a los tres hombres que le acompañaban y que le contemplaron en silencio mientras salía de la oficina.
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El vaquero que había tratado de impedir que entrara en la oficina continuaba en el mismo sitio, y al ver salir a Johnny se acercó a él.
—¿Va a salir la muchacha? —le preguntó.
—Lo está pensando —respondió Johnny.
El vaquero llamó a Barr a través de la calle.
—¡La muchacha está pensando en salir! —anunció. Johnny se encaminó directamente hacia el Elite.
«¿Qué clase de ciudad es ésta —pensó—, donde los hombres dejan que ocurran estas cosas?»
En su camino hacia el saloon vio a varios hombres que estaban a la puerta de sus tiendas, mirando en dirección al local del Free Press. Detrás de Johnny, un hombre gritó:
—¡Haz que salga la chica, Melaven!
Gus estaba también ante la puerta de su establecimiento. Johnny se detuvo ante él.
—¿Qué piensa usted hacer? —le preguntó.
—Ocuparme de mis propios asuntos, lo mismo que tú —respondió Gus, pero su mirada se apartó de la de Johnny, como avergonzada.
Al verlo, Johnny se decidió. Pasó por delante de Gus y entró en el saloon con paso decidido. Dio la vuelta al mostrador y miró cuidadosamente debajo de él. Apoyado contra un barril de cerveza encontró lo que andaba buscando: un rifle. Tomándolo en sus manos, comprobó que estaba cargado. Se dirigió rápidamente hacia la puerta trasera del saloon y salió a la calle, pensando:
«Era una casa de ladrillo, y la contigua estaba pintada de color pardo, al menos la fachada.»
Avanzó hasta llegar a la parte trasera de una casita edificada con ladrillos, separada de la contigua por un estrecho pasadizo lleno de cañas, botellas y botes de hojalata vacíos. Mirando a través del pasadizo, Johnny pudo ver el codo de un hombre: no se había equivocado en sus cálculos.
Avanzó, procurando no tropezar con ninguno de los botes y botellas esparcidas por el suelo hasta llegar al extremo del pasadizo. Asomando ligeramente la cabeza, vio a Barr, revólver en mano, conversando tranquilamente con sus tres acompañantes. La sorpresa, pensó Johnny, sería completa.
De un salto se plantó en la acera, detrás de los cuatro hombres, y gritó:
—¡Barr! Suelte el revólver y desaparezca de ahí cuanto antes, sino quiere
tener un disgusto serio.
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Los cuatro hombres se volvieron lentamente, no moviendo más que sus cabezas. Vieron a Johnny, a diez pies de distancia, con el rifle apoyado en la cadera. Johnny no perdía de vista a Barr, y vio que sus ojos calculaban rápidamente las posibilidades que ofrecía la situación y que terminaba por hacerse cargo de los riesgos que encerraba para él. Johnny sonrió. Los otros tres hombres estaban pendientes, asimismo, de los movimientos de Barr.
—¡Vamos! —apremió Johnny, y en el mismo instante oyó el leve ruido que producía un bote de hojalata al ser pisado, detrás de él. De un salto se apartó del pasadizo, en el instante que sonaba un disparo de revólver.
Barr alzó rápidamente la mano, armada del revólver, y Johnny no levantó siquiera el rifle: disparó desde la misma cadera y vio cómo Barr daba un traspiés y caía en medio de la calle.
Sus tres compañeros se dispersaron rápidamente, corriendo como perseguidos por el diablo por la acera opuesta. Y, al mismo tiempo, los hombres que habían permanecido ante sus establecimientos contemplando lo que sucedía, corrieron hacia Barr, encabezados por Gus Irby. Johnny regresó al Elite por el mismo camino que había tomado para acudir a aquel lugar.
El saloon estaba vacío. Johnny dejó el rifle sobre el mostrador y se sirvió a sí mismo un vaso de agua. Mientras bebía, no dejaba de pensar:
«Algo me pasa, porque me siento cambiado.»
Estaba todavía bebiendo agua cuando regresó Gus. El dueño del saloon se lo quedó mirando largo rato mientras se servía un gran vaso de whisky y lo vaciaba en su garganta.
Finalmente, Gus dijo:
—Te has portado como un hombre, muchacho, pero no creo que te den una medalla por tu acción. Y eso que, en mi opinión, deberían dártela.
Johnny se limitó a apartar el vaso a un lado, sin pronunciar palabra.
Gus añadió:
—Melaven desea verte.
—Muy bien —murmuró Johnny.
Pasó por delante de Gus y éste le dejó marchar hasta que Johnny llegó junto a la puerta del establecimiento. Entonces, como en una ocasión anterior, Gus sintió un repentino impulso que le obligó a exclamar:
—¡Un momento!
Johnny se detuvo y luego se volvió lentamente hacia Gus. Éste, con aspecto avergonzado, dijo:
—Quería disculparme por lo de ese anuncio en el periódico. Confieso que quise tomarte un poco el pelo, pero me arrepiento de haberlo hecho.
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Johnny se quedó silencioso, y Gus continuó:
—¿Recuerdas al hombre que estaba junto a la puerta de la oficina del periódico? Bien, trabaja para mí, cuida algunas reses por mi cuenta. En realidad, trabajaba, ya que no pienso seguir utilizando sus servicios después de haberse puesto de parte de Barr en contra de Melaven. ¿Aceptarías su puesto? Son cuarenta dólares al mes, vaquero.
—Desde luego —respondió Johnny rápidamente.
Gus sonrió, completamente tranquilizado ahora. Carraspeó ruidosamente y dijo:
—Vamos a celebrarlo con un trago. Paga la casa.
Johnny respondió:
—Acepto la invitación… pero lo dejaremos para mañana. No quiero que alguien de este pueblo pueda pensar que me paso todo el día bebiendo.
Gus se lo quedó mirando, intrigado, y luego se echó a reír:
—¿A quién puede interesarle eso, muchacho? —inquirió—. ¿Quién…? — Se interrumpió repentinamente y exclamó—: ¡Oh! Ya comprendo…
Johnny esperó un largo rato para ver si Gus sonreía, y al ver que no lo hacía, abrió la puerta del saloon y salió a la calle.
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EL ORO DEL HUÉSPED
STEWART EDWARD WHITE
N IFTY Barnes era un huérfano. Tenía diecinueve años. Había pasado la mayor parte de ellos viviendo por su cuenta y riesgo, en los suburbios de una gran ciudad: Boston. Había desempeñado los más variados oficios,
desde limpiacristales a vendedor de periódicos. El haberse visto obligado a luchar por la existencia desde su más temprana edad, y en un ambiente que no era precisamente blando, había desarrollado enormemente en él la capacidad de lucha. Un par de veces había intentado canalizar aquella capacidad por los caminos del ring, pero la experiencia no le había convencido. En la profesión de boxeador existían demasiadas oportunidades para el doble juego; y no precisamente en lo que respecta a los propios boxeadores, sino en lo que se refiere a los cuidadores, promotores y demás tipos con los que los boxeadores se veían obligados a tratar. Nifty prefería arreglárselas por sí mismo. No había defraudado nunca la confianza que en él depositaron los seres humanos con los cuales había entrado en contacto, pero estaba convencido de que él, por su parte, no podía confiar en ningún ser humano. Por este motivo, no se había unido a ninguna de las bandas que pululaban por la gran ciudad. Y a pesar de que en algunos momentos se sentía como un animal acorralado, Nifty conservaba inalterable la confianza en sí mismo. Que en algunas ocasiones la cooperación es fundamental, aunque sólo sea en beneficio de uno mismo, lo aprendió Nifty después de haber vapuleado a Bugs McCoy. Bugs era el cabecilla de una de las bandas de Boston.
En otras palabras, Nifty Barnes era un muchacho «difícil», y ello le había llevado a una desagradable situación. Tan desagradable, que no vaciló en enrolarse en la tripulación de un buque, el Mercury, que efectuaba la travesía a California. Su capitán era Ezekiel Stanton, y su primer oficial Michael Dolan. Nifty se enroló sin el menor entusiasmo, ya que no poseía ningún conocimiento acerca de la navegación; además, la idea de la disciplina le
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resultaba antipática. Sin embargo, cualquier cosa era mejor que enfrentarse a la organizada venganza de la banda de bugs McCoy.
La vida a bordo del Mercury era poco más o menos la de la mayoría de los buques en aquella época, hace cien años. La comida, desde luego, era mala. Stanton era un capitán enamorado de su barco y exigía que todos los trabajos se hicieran a conciencia. Y Mike Dolan era un primer oficial «eficiente». No sentía antipatías particulares, pero, por otro lado, en su pecho no cabían los sentimientos de compasión, de generosidad, ni siquiera de solidaridad humana hacia los tripulantes. Les golpeaba con sus propios puños o con un vergajo cuando se mostraban tozudos, lentos o simplemente torpes, pero habría quedado sorprendido si hubiese oído que alguien le describía como un «bruto», o hubiera comprobado que alguien sentía animosidad contra él; a excepción, desde luego, de la natural malquerencia de cualquier tripulación hacia su primer oficial. Si un hombre no cumplía con su trabajo, había que hacerle cumplir con su obligación. El trabajo debía hacerse, ¿no es cierto?
Cuando alcanzaron la costa de California. Nifty Barnes había concretado sus impresiones en tres apartados: a) Había sido un estúpido; hubiera sido preferible correr los riesgos que llevaba implícitos el permanecer en Boston, que embarcarse en aquella aventura. b) El mundo era cruel, injusto y estaba contra él; uno no podía confiar en nadie; todo el mundo estaba dispuesto a fastidiarle a uno. Aunque esto hacía mucho tiempo que lo sabía. c) Mike Dolan personificaba, de momento, aquella crueldad e injusticia.
Lo que Nifty iba a hacer para poner remedio a su situación, no estaba aún claro para él. Su impotencia no hacía más que aumentar su amargura, en la cual había algo de cínico desprecio, pues su espíritu no se había aún doblegado. A pesar, incluso, de Mike Dolan.
El Mercury, a media vela, avanzaba lentamente a lo largo de la costa. El sol se iba hundiendo en el Pacífico. Su disco, en contacto ya con el horizonte, había crecido desmesuradamente, al tiempo que adquiría un tono rojo escarlata, y parecía haberse quedado colgado unos instantes, antes de dar la zambullida final, sobre la verdiazul alfombra del mar.
Hacia levante, las aguas cosquilleaban los desnudos pies de las montañas, dorado terciopelo a la luz del atardecer.
Toda aquella belleza se perdía para Nifty Barnes. Abría y cerraba sus dedos, rígidos a consecuencia de la reciente presión de las cuerdas en sus muñecas. Un marinero estaba bajando la reja contra la cual había sido tendido
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Nifty. Su espalda estaba ardiendo. Otro marinero derramaba un cubo de agua sobre sus hombros. El agua que caía al suelo, después de resbalar por su espalda, era de color rosado. Los ojos de Nifty estaban obstinadamente fijos en el puente. No veía a nadie, pero tenía clara conciencia, como si lo viera, del silencioso grupo de hombres que se encontraba allí, del capitán Stanton en lo alto de la barandilla, mirando hacia abajo, y de Dolan, con las piernas separadas y la cabeza ligeramente inclinada, muy cerca del propio Nifty.
—Te lo has estado buscando desde que salimos de Cape Stiff —decía el primer oficial en tono de indiferencia.
Nifty no miró hacia él ni respondió nada. Alguien le entregó su camisa. Al ponérsela, la aspereza del tejido lastimó su espalda, pero Nifty no pestañeó siquiera. Echó a andar hacia delante.
—¡Atención, Barnes! —le detuvo la voz del primer oficial—. Preparate para ir a tierra en el bote. El remar un poco te curará la espalda.
Nifty avanzó unos cuantos pasos y se apoyó en la barandilla de la cubierta. No veía nada. Su rostro era como una máscara de obstinación.
Alguien se detuvo silenciosamente a su lado. Nifty no le prestó la menor atención. Una voz amable empezó a hablarle. Era Marco. ¡Maldito portugués! Para Nifty, resultaba inconcebible que pudiera ser objeto de la compasión de alguien. Resultaba inconcebible, incluso, que existiera la compasión. ¿Por qué motivo rondaba siempre Marco a su alrededor? Buscaba algo, aunque Nifty no imaginaba lo que pudiera ser. Esos extranjeros eran muy astutos. De todos modos el portugués no conseguiría lo que andaba buscando, fuera lo que fuese.
—Malo, muy malo —decía Marco—. ¿Por qué te portas de este modo? Eres demasiado tozudo. Y esto no te trae ningún beneficio. Al contrario. No debes darles motivos para que se metan contigo de este modo.
Nifty Barnes no se dignó responder. Su mirada se fijó en la cercana costa. El dorado terciopelo se había oscurecido hasta convertirse en morado. La
noche iba llenando de sombras las montañas y el brillante mar.
—Eso es California —prosiguió diciendo la voz de Marco, sin sentirse ofendido, al parecer, por el silencio de su compañero—. Yo he estado allí muchas veces: con el Red Wing, con el Flyng Spray y ahora con el Mercury. Antes pertenecía a España; ahora pertenece a Méjico. —Marco se echó a reír, mostrando la blancura de sus dientes, pero Nifty no le miró—. Méjico se porta muy mal con California. Méjico le dice a California que sólo debe comprar cosas mejicanas, y luego se olvida de llevar cosas para que California las pueda comprar. ¡Un mal asunto! —Rió de nuevo—. Pero esas
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gentes necesitan cosas. No pueden vivir de los árboles. De modo que nosotros se las llevamos, y al diablo con Méjico. Pero debemos andarnos con mucho cuidado, para que no nos atrapen los mejicanos. Vamos contra la ley. Ir contra la ley es una cosa mala —continuó Marco—, pero los pobres californianos tienen que comprar cosas, para no morirse de hambre. Muy pronto, cuando se haga de noche, verás un fuego en la playa. Lo encienden los californianos. Entonces embarcaremos en el bote.
El sonsonete de la voz del portugués acabó por impacientar a Nifty.
—¿Qué diablos me importa a mí todo eso? —replicó violentamente.
Marco se alejó.
El buque viró lentamente hacia la costa, que ahora era una franja negra entre la luminosidad gris del cielo y la luminosidad metálica del agua. De repente, en medio de aquella negra franja brotó una llama.
—¡Al bote! —ordenó el primer oficial.
Nifty Barnes y tres de sus compañeros remaban lentamente en dirección a la costa. El Mercury se había detenido ya en San Diego, San Pedro, San Buenaventura, Santa Bárbara y en el puerto de San Luis Obispo. Sin embargo, hacía ocho meses que Nifty no había puesto los pies en el suelo. Dolan se cuidó de evitar que el joven desembarcase en lugares habitados, para que no pudiese escapar. De modo, reflexionó Nifty, que el hecho de que le permitieran formar parte de aquella expedición indicaba, lógicamente, que la parte de la costa hacia la cual se dirigían estaba completamente deshabitada. El pensarlo, empero, no alteró su satisfacción. Resultaría muy agradable sentir de nuevo la tierra firme debajo de sus pies.
El fuego de la playa se había apagado. Nifty no podía ver nada de lo que le rodeaba. El mar y la tierra parecían haber concentrado en ellos toda la oscuridad del mundo, al objeto de hacer más triunfal la aparición de la luna. Nifty sentía los remos contra las palmas de sus manos y la resistencia del agua contra sus golpes de remo. Oía el rumor de las olas rompiendo contra la pequeña embarcación, pero durante un buen rato no consiguió ver absolutamente nada de lo que le rodeaba.
Luego, de repente, el bote penetró en unas aguas tranquilas. Estaban en una pequeña cala y no tardaron en encallar en la arena.
Desembarcaron y arrastraron el bote hasta que estuvo fuera del agua. Dolan gruñó una orden. Los tres compañeros de Nifty se sentaron en la playa, apoyando sus espaldas contra un costado de la embarcación. Dirigiéndose a Nifty, el primer oficial del Mercury dijo:
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—Tú vendrás conmigo. No quiero perderte de vista.
Seguir a Dolan no le resultó fácil. La oscuridad era más intensa aquí que en el mar, si ello era posible. Cruzaron la playa y tomaron un camino de tierra endurecida; Nifty gozaba de la sensación de sentirla debajo de sus pies.
El cielo estaba lleno de estrellas, pero parecían haberse concentrado en la parte occidental del firmamento, donde permanecían agrupadas, como un expectante auditorio. Hacia el este, la cadena de montañas se erguía orgullosamente contra el cielo.
De pronto, tres hombres surgieron de la oscuridad y se detuvieron delante de ellos. Dolan entabló una conversación en español con uno de aquellos hombres. Nifty no entendía nada. Para distraerse, se sumergió en sus propios pensamientos. ¿Por qué había dicho Dolan que «no quería perderle de vista»? ¿Pensaba, acaso, que estaba loco? ¿Qué podía hacer Nifty en una región como ésta, si echaba a correr? No, Nifty no era tan tonto. Soportaría todo lo que hubiera que soportar. Pero, una vez regresaran a Boston, ya vería Dolan lo que era bueno. El pensarlo le hizo temblar, con un escalofrío de excitación. Su mirada se clavó, con una incontenible expresión de aborrecimiento, en la ancha espalda del primer oficial.
Sus ojos se habían ido acostumbrando a la oscuridad, que ahora era menos intensa. Nifty distinguía claramente los contornos de las cosas. Y vio que el hombre que estaba hablando con Dolan era un sacerdote. Los otros dos eran indios.
No eran, ni con mucho, la clase de indios que estaban acostumbrados a ver los hombres blancos de aquella época, pero para Nifty, que había crecido en una ciudad, personificaban todas las salvajes leyendas del salvaje Oeste. Les contempló, fascinado, y se apartó un poco de ellos, acercándose más a Dolan, que, en aquel momento, se convirtió también en una personificación: la de lo conocido, lo familiar y lo seguro. Los salvajes, por su parte, le miraron estúpidamente, con ojos que no parecían ver. Nifty experimentó una sensación de alivio cuando finalmente terminó la conferencia y Dolan emprendió el camino de regreso hacia el mar.
Al parecer, la conversación que había sostenido con el cura no había sido satisfactoria para Dolan. Al menos, estaba de un humor muy sombrío. Insultó soezmente a Nifty por no mantenerse a su lado, y cuando Nifty, en su precipitación, chocó contra él en la oscuridad, le golpeó duramente en el rostro, y a continuación le propinó un puntapié con sus recias botas de mar.
El golpe pareció despertar en Nifty un mundo de sensaciones largo tiempo reprimidas. No quería seguir siendo tratado como una bestia. Por primera vez,
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estaba a solas con el primer oficial. Dolan no estaba en el barco, había dejado de ser el amo. Ahora eran hombre contra hombre. La disciplina había desaparecido. Y Nifty era joven y fuerte; su azarosa juventud y sus aventuras en el ring, le habían proporcionado una gran dosis de experiencia, en lo que a luchar se refiere. Y el intenso odio que sentía le daba una gran ventaja sobre su adversario. Se lanzó furiosamente contra Dolan y su puño se estrelló en la barbilla del primer oficial.
—¡Voy a matarte! —rugió Nifty.
Dolan había caído de bruces y comprendió que llevaba las de perder.
Mientras se incorporaba trabajosamente, gruñó:
—¡Espera que te coja a bordo!
Aquella media docena de palabras fueron para Nifty Barnes como un jarro de agua fría. Inmediatamente, comprendió cuál sería su situación a bordo del Mercury. Golpeó de nuevo el rostro del primer oficial y echó a correr. En aquel momento, apareció la luna.
Cuando Nifty Barnes se despertó, había salido el sol. Abrió los ojos. A lo lejos, en la tranquila superficie del mar, vio unas velas. Permaneció inmóvil unos instantes, recordando.
No tenía idea del tiempo que había durado su carrera, la noche anterior. Había echado a correr sin ningún propósito determinado, excepto el de que debía alejarse todo lo posible de la playa, y el de que no debía dejarse coger y llevar de nuevo al barco. Había atravesado varias colinas, hasta llegar a un valle por cuyo fondo discurrían las aguas de un río. Sabía que el agua va a desembocar al mar, de modo que subió valle arriba. Durante horas enteras. Se había extraviado en medio de una espesa maleza. Había tropezado con varios animales de gran tamaño que resoplaron al verle. Tal vez se trataba de osos, que en aquella época abundaban mucho, aunque por su aspecto parecían toros salvajes, mucho más peligrosos para un hombre que marchaba a pie. Paulatinamente, el terror se fue apoderando de Nifty. Era un muchacho valeroso, pero había vivido siempre en la ciudad. Aquella clase de cosas era completamente desconocida para él. El temor instintivo a la vida salvaje que había despertado en su corazón la vista de los dos indios volvió a inquietarle. Finalmente, cuando estaba a punto de caer desfallecido, un resto de sentido común le impulsó a meterse en un lugar abrigado, debajo de una roca.
Dio media vuelta sobre sí mismo al tener conciencia de que ante él se encontraban tres jinetes. Eran unos hombres morenos, vestidos de un modo
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muy caprichoso. Los ojos de Nifty se clavaron en ellos, llenos de sospechas No le gustaba su aspecto; eran demasiado extravagantes, comparados con la gente que hasta entonces había visto Nifty. Uno de los hombres dijo algo a sus compañeros, y los tres se echaron a reír, mostrando unas dentaduras muy blancas. A continuación, el mismo individuo dijo unas palabras a Nifty, que el muchacho no comprendió. El hombre señaló con la mano hacia el mar, y se echó a reír de nuevo. Nifty se puso en pie y empezó a correr hacia la espesura. Pero algo silbó en el aire y se enroscó entre sus hombros. Nifty se dio cuenta de que le habían atrapado con un lazo. Trató de librarse de él, pero otro lazo inmovilizó sus brazos. Luchó furiosamente, pero estaba indefenso.
Los hombres hicieron dar media vuelta a los caballos y echaron a andar lentamente. Como las piernas de Nifty estaban libres, tuvo que seguirles. Le conducían como a un animal atado al extremo de una cadena. Cada vez que trataba de forcejear con sus ataduras, uno de sus captores hacía trotar ligeramente a su caballo. Al cabo de un rato, cuando Nifty se hubo resignado a su suerte, le libraron de los dos lazos. Era inútil pensar en huir. Nifty siguió andando.
Al cabo de un rato, los jinetes se detuvieron y desmontaron. Aflojaron las cinchas de los animales y les dejaron pastar libremente.
Los tres hombres se sentaron. Sacaron pan y queso y empezaron a cortarlo a grandes trozos con los cuchillos de monte que llevaban en una funda colgada al cinto. Ofrecieron pan y queso a Nifty. Se mostraban alegres y amistosos, sin dar a entender que llevasen malas intenciones. Hablaban a Nifty sin cesar, sonriendo, pero Nifty no comprendía sus palabras, así como tampoco comprendía que se mostraran amistosos hacia él. De todos modos, sabía que le llevaban de nuevo en dirección a la playa. Aceptó el pan y el queso porque se sentía muy hambriento, pero al principio se mostró insensible a sus insinuaciones. Pero luego cambió de idea. Al parecer, efectuaba un esfuerzo para responder a sus preguntas, y murmuró la media docena de palabras portuguesas que había aprendido de Marco. Esto despertó el interés de sus captores, ya que comprendieron aquellas palabras de un idioma que tenía muchos puntos de contacto con el suyo. Pero, de repente, Nifty se lanzó contra uno de los hombres y le golpeó en el mentón, derribándole. Esta maniobra, no hace falta decirlo, no era el resultado de un plan cuidadosamente elaborado, por la sencilla razón de que cualquier plan resultaba de imposible aplicación. Nifty tenía la vaga idea de apoderarse de uno de los caballos… de cualquier cosa. Estaba desesperado, y su impulso había obedecido a la desesperación. Sólo estaba seguro de una cosa: esos
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hombres le llevaban al barco para cobrar la recompensa que se ofrecía por los marineros que desertaban. Y cualquier cosa era preferible al barco y a los dos años de terribles torturas a que le sometería Dolan.
Al ver caer a su compañero, los otros dos captores se quedaron paralizados por el asombro, y Nifty aprovechó la ocasión para disparar su puño contra otro de ellos, que cayó también al suelo. Pero el tercero no se dejó sorprender.
Los californianos de aquella época no estaban acostumbrados a utilizar los puños para dirigir sus diferencias. Con toda seguridad, el experto Nifty hubiera podido dar buena cuenta del tercer adversario. Pero, a pesar de su desconocimiento del arte pugilístico, el vaquero era fuerte y ágil. Antes de que Nifty hubiera podido hacer valer su superioridad, los otros dos se habían ya recobrado.
Tres contra uno es el mal asunto para el que lucha en solitario, por muy experto luchador que sea y por poca habilidad que tengan sus adversarios. A pesar de ello, la pelea que se entabló a continuación fue digna de verse. Nifty conocía todos los trucos del pugilismo anglosajón. Sus tres rivales no distinguían un «uppercut» de «uno-dos», y no sabían defenderse. Pero eran fuertes. Nifty podía golpearles, casi impunemente, pero al mismo tiempo debía procurar que no le agarrasen. Si conseguían llevar la lucha al terreno de la pura fuerza bruta, estaba perdido. Todo el vigor y la habilidad de sus puños no le servirían para nada. Por lo tanto, se revolvía furiosamente, golpeando ora a uno, ora a otro, escurriéndose como una anguila. Algunos de sus golpes daban en el blanco preciso. Uno de los hombres caía. Pero inmediatamente volvía a levantarse. Y el propio Nifty recibía lo suyo. Una de las veces cayó al suelo, y dos de sus adversarios se echaron encima de él, pero una rápida flexión de sus piernas le permitió librarse de la incómoda carga.
La lucha no podía prolongarse por mucho tiempo. Se produjo una de esas curiosas pausas que tienen lugar en todas las contiendas, y durante las cuales los dos bandos, como puestos de acuerdo, se detienen a tomar aliento. Nifty estaba en pie, sangrando por la nariz, con las ropas destrozadas, jadeando penosamente. No estaba aún vencido; pero las fuerzas empezaban a fallarle y el momento de la derrota no estaba lejano, sobre todo si ahora, pasado el primer calor del encuentro, sus captores se decidían a utilizar los cuchillos o los lazos. De todos modos, estaba dispuesto a vender cara su piel.
Por primera vez, se dio cuenta de la presencia de otros dos hombres. Iban montados a caballo, y permanecían un poco apartados. Debieron acercarse sin
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ser vistos en el curso de la lucha. Nifty se los quedó mirando con expresión de desaliento. ¡Esto era ya demasiado para sus fuerzas!
Los recién llegados pertenecían a un tipo distinto al de los captores de Nifty. Eran más jóvenes. Llevaban vestidos muy llamativos y vistosos, adornados con muchos botones de plata, y… con muchos lazos. ¡Igual que los vestidos de las mujeres! Sus rostros eran de facciones correctas y guapos… ¡como mujeres! Llevaban unos bigotes muy finos, parecidos a unas cejas. Sus caballos, que relucían como la seda y erguían orgullosamente sus cabezas y colas, despertaron la admiración de Nifty, mucho más por cuanto no sabía absolutamente nada acerca de caballos. Para Nifty, los caballos y los jinetes que los montaban representaban el compendio de todas las elegancias. Los dos hombres se estaban riendo. Uno de ellos, el que llevaba la guitarra en bandolera, aplaudió calurosamente.
—¡Bravo, bravo! —gritó.
¡Afeminados del demonio!, pensó Nifty. Pero ambos llevaban unos finos estoques colgados de su cintura. Y Nifty se dio cuenta de que otros dos jinetes, del tipo de sus tres antagonistas, se mantenían discretamente en un segundo plano.
—¡Diablo! —exclamó, en tono de desaliento—. ¡Me rindo! ¡No puedo luchar contra toda California!
Ante su sorpresa, el joven de la guitarra le respondió en un inglés perfecto:
—¡Hola! ¡Creo que podría usted hacerlo! —Hizo avanzar a su caballo y se inclinó un poco sobre la silla. Nifty adoptó una actitud defensiva. Pero el joven se limitó a palmearle en el hombro—. ¡Nunca había presenciado una lucha como ésta! —exclamó. Parecía entusiasmado. Se volvió y habló rápidamente a los tres californianos que habían luchado con Nifty, en tono de cierta altivez. Cuando terminó su discurso, introdujo la mano en la bolsa que colgaba de su silla y arrojó una moneda a cada uno de los tres hombres.
Las monedas brillaron al sol, de modo que Nifty supuso que eran de oro.
—Sí, señor —dijeron los hombres en tono sumiso, e inmediatamente se dirigieron en busca de sus caballos.
El joven de la guitarra les contempló unos instantes, y luego volvió su atención a Nifty.
—Me llamo —dijo—, Ramón Rivera. Y este es mi amigo, don Justo de la Cuesta. No habla inglés. Estábamos haciendo una visita al rancho de sus gentes. —Agitó la mano, señalando los terrenos del valle—. Vendrá usted con
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nosotros, ¿no? Mi amigo se sentirá muy honrado de tener como huésped a un luchador tan valiente. ¿No es así, amigo? —le preguntó su compañero.
—Sí, sí, Ramón —asintió don Justo de la Cuesta.
Ramón dio una orden. Los dos jinetes que se mantenían apartados se acercaron. Uno de ellos desmontó. El joven hizo un gesto de invitación.
—Monte —dijo—. Vamos a marcharnos.
Nifty vaciló unos segundos, pero terminó por obedecer. ¿Qué otra cosa podía hacer? De todos modos, el rancho en cuestión estaba situado evidentemente en la parte alta del valle, es decir, en dirección contraria al mar. El vaquero sujetó a su caballo, que mostraba un justificado escepticismo, hasta que Nifty se hubo encaramado a la silla. Luego montó a su vez detrás del otro vaquero.
—¡Adelante! —gritó Ramón.
Los animales emprendieron un rápido galope. Nifty estuvo a punto de caer de su montura. Era la primera vez que montaba a caballo. Se agarró desesperadamente al cuello del animal, hasta que se acercó el joven de la guitarra y le ayudó a recobrar la posición normal. A un paso más moderado ahora, treparon valle arriba en dirección al Rancho de la Cuesta.
Nifty no salía de su asombro. Meditaba en lo ocurrido, sin encontrarle ninguna explicación lógica. Ramón Rivera había pagado a los tres hombres que capturaron a Nifty, para compensarles por la pérdida de la recompensa ofrecida a los que entregaban a un marinero que hubiera desertado de su barco. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué era lo que deseaba de Nifty? Porque, indudablemente, deseaba algo de él, aunque Nifty no podía imaginar qué cosa pudiera ser. A menos que deseara hacerle luchar… Los ricos suelen permitirse esos caprichos. Y Rivera, al parecer, se complacía en exhibirle ante todo el mundo. Continuamente le llamaba a este objeto, le palmeaba amistosamente el hombro y le aturdía con un torrente de palabras que el pobre Nifty era incapaz de comprender.
Algunas de las personas ante las cuales era exhibido Nifty, le palmeaban también amistosamente el hombro y le sonreían con expresión complacida. Nifty sabía que detrás de aquello llegaría inevitablemente la explicación de lo que deseaban de él. Bien, si se trataba de luchar, estaba dispuesto. Sabía que era capaz de hacer morder el polvo a cualquiera de los hombres que le rodeaban. Pero, tal vez no se tratara de luchar con un hombre; quizá su contrincante sería un toro, o una bestia salvaje. Nifty había oído hablar de esas cosas. Y no resultaría fácil, ni mucho menos. Cuanto más pensaba en el
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asunto, más inclinado se sentía a dar como válidas sus suposiciones. Aquella gente le alimentaba, le había regalado un montón de excelente ropa; le habían preparado una pequeña habitación, independiente, para dormir. Todo el mundo que se cruzaba con él le sonreía, como si saboreara de antemano el acontecimiento que se avecinaba, y del cual Nifty estaba destinado a ser protagonista de excepción. Por lo menos, así era como interpretaba Nifty las sonrisas de aquella gente, desprovistas para él de todo significado amistoso. Sus sospechas quedaron confirmadas cuando se encontró cara a cara con los tres vaqueros que le habían capturado en la parte baja del valle. El cuerpo de Nifty se puso rígido, pero los tres hombres le saludaron cordialmente, y por lo que pudo intuir a través de sus gestos, también ellos, al igual que Ramón Rivera, trataban de expresarle su admiración. Nifty se enfureció. Se estaban burlando de él, desde luego, aprovechando su ventajosa situación. También ellos sabían lo que iba a sucederle, y se sentían satisfechos de ello, fuera lo que fuese, pues les serviría de venganza indirecta. Ramón, que estaba junto a él, le explicó las cosas de un modo muy distinto.
—Esos hombres no le desean a usted el menor daño; no son enemigos suyos —le dijo—. Mientras el barco estuvo por aquí, trataron de cobrar la recompensa que se ofrece por la entrega de un marinero desertor. Pero, en cuanto el barco se dio a la vela, se convirtieron en amigos suyos y están dispuestos a prestarle toda la ayuda que puedan. Les agrada ser amigos de un hombre tan valiente como usted.
Se volvió hacia los tres hombres y les repitió en español lo que había dicho a Nifty. Los tres asintieron calurosamente, mostrando sus blancas dentaduras.
—Sí, sí, sí. —exclamaron a coro.
Nifty aceptó el apretón de manos que le brindaron; no porque creyera ni por asomo en aquella explicación, sino porque estaba dispuesto a seguirle el juego a toda aquella gente hasta que estallara lo que tenía que estallar.
Así fue como conoció —o fue exhibido— a un gran número de personas. Hacia todas ellas, excepto una, sentía un profundo y secreto desdén. Eran extranjeras; y Nifty, por principio, aborrecía a todos los extranjeros. Sus modales eran exquisitos… y los modales exquisitos eran algo que Nifty no podía soportar. Iban vestidos de un modo muy llamativo… y Nifty había vivido siempre en Boston[2]. En resumen, eran el compendio viviente de todas las cosas que Nifty aborrecía. Odiaba verse exhibido ante ellos por el entusiasta Ramón. Percibía la velada expresión humorística de su mirada, de sus sonrisas. La percibía, pero sin comprender que aquella expresión no le
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tenía a él como objeto. No se reían de él, sino del entusiasmo que demostraba Ramón. Y tampoco comprendía por qué todo el mundo trataba de mostrarse lo más amable que podía hacia el forastero. El viejo don Cristóbal, por ejemplo, parecía un pavo relleno, con sus largas patillas blancas; y la vieja gorda de su esposa, que siempre parecía estar esperando que los demás se arrodillaran en su presencia; y tres o cuatro jovencitos afeminados, insoportables, hermanos de don Justo. Nifty les despreciaba a todos. A la única persona a la que le resultó imposible odiar, desde el primer momento, fue a la muchacha; a Conchita, como la llamaban todos. Era una muchacha muy bonita, pero esto no tenía nada que ver con la actitud de Nifty. Era, simplemente, el modo que la muchacha tenía de mirarle. Pero Nifty terminó por aborrecer también aquella mirada, por la sencilla razón de que se creía obligado a huir de cualquier cosa capaz de enternecer su corazón.
Se dio cuenta de que Ramón era el novio de Conchita. Y por algún oscuro motivo que no acertó a explicarse, esto hizo que su resentimiento aumentara.
La casa habitada por aquella gente era una construcción baja y espaciosa, de paredes recias y suelos de pulida madera. Nifty pudo verlo a través de la amplia sala que se divisaba desde la ventana de su propia habitación. También desde allí podía ver el patio contiguo a la misma sala. La habitación de Nifty se hallaba en un pequeño edificio anexo al cuerpo principal. A pesar de la inicial y entusiástica invitación de Ramón, el californiano tenía plena conciencia de la posición social de Nifty, y éste era considerado como un huésped sólo en un sentido. La curiosidad de Nifty le empujaba, en ocasiones, a echar una ojeada al interior de las habitaciones que se abrían al patio. En uno de sus paseos, se detuvo un día ante la puerta de una de ellas. Un criado, un indio, estaba barriendo la estancia en cuestión. Nifty vio un enorme lecho endoselado, dos pesados butacones, un crucifijo en la pared y, cerca de la puerta, una mesa adornada con un florero. Debajo de la mesa, como olvidado allí, un recipiente de barro lleno hasta el borde de unos pequeños discos de metal. Los discos estaban llenos de polvo. El indio se quedó contemplando al norteamericano. No interrumpió su tarea, pero la intensa curiosidad que dedicaba al forastero le había distraído hasta el punto de que su escoba chocó violentamente contra el recipiente de barro. El recipiente cayó con un ruido sordo, y los discos de metal se esparcieron en todas direcciones.
El indio profirió una exclamación. Don Justo y don Cristóbal se echaron a reír. Ramón les acompañó en la risa, pero su hilaridad obedeció a la contemplación de la expresión que apareció en el rostro del marinero.
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—Esto es el dinero para el huésped de la casa —explicó Ramón—. Es una vieja costumbre —añadió—, que actualmente ha caído en desuso. Pero algunos de los viejos hidalgos —como don Cristóbal, o como don Silvestre, mi propio padre— la conservan aún. Para el viajero que pueda necesitar ese oro. Aunque, ¿para qué puede necesitar oro un viajero? —inquirió—. En todas partes puede encontrarse un caballo, comida y un lecho para descansar. Como puede ver, ese oro lleva ahí mucho tiempo; está cubierto de polvo.
El rostro de Nifty expresó la mayor sorpresa.
—¿Quiere usted decir —inquirió— que cualquiera puede tomar lo que desee de ese oro?
—¿Y por qué no? —replicó Ramón.
—¿Es… es oro de verdad?
Ramón recogió una de las monedas y la lanzó hacia Nifty. Era una moneda mayor que cualquiera de las que Nifty había visto en toda su vida, pero no cabía duda alguna de que era de oro puro: un doblón. Volvió a entregársele a Ramón, el cual se la dio al indio, que había puesto en pie el recipiente de barro y estaba ocupado en recoger las monedas esparcidas por toda la habitación.
Nifty esperó algunos días, para estar seguro de que el Mercury se había alejado de aquellas costas. Entonces, el plan resultó de una facilidad pasmosa. En el Rancho de la Cuesta no parecía ejercerse ninguna clase de vigilancia, y todo el mundo dormía profundamente, cuando, después de medianoche, la casa quedó en silencio. Nifty cargó con todo el oro que podía transportar sin que estorbase su marcha. Substituyó las monedas del fondo del recipiente por piedras, de modo que no se notase el hurto. Luego tomó el camino que conducía a la parte baja del valle. Se había informado previamente que aquel mismo camino conducía a Monterrey, ciudad que se hallaba a una distancia de cinco… ¿De cinco qué? No pudo poner en claro si se trataba de millas, leguas u horas. Una vez llegara a Monterrey con sus monedas de oro. Nifty sabía ya lo que tenía que hacer. A bordo del barco había oído hablar del portugués Joe. Joe le tendría escondido en su casa, por dinero, hasta que llegara al puerto otro barco en el que Nifty pudiera embarcar, o tomar pasaje.
En la oscuridad, bajó por el camino, que era apenas más ancho que una senda. Andaba con toda la rapidez posible. Debía llegar a Monterrey antes de que su ausencia fuese descubierta. La cosa sería tan fácil como el robo del oro, incluso suponiendo que las «cinco» en cuestión fuesen cinco horas. Aun en este caso, llegaría a su destino antes del amanecer.
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Pero, desgraciadamente, el amanecer le sorprendió en pleno campo. A su entender, no se había desviado del camino. Ahora, demasiado tarde, comprobó que aquella parte de la región estaba llena de senderos trazados por los rebaños de ganado, senderos que se entrecruzaban unos con otros; en algún momento, durante su marcha nocturna, había tomado uno de esos senderos, apartándose del camino principal. Era un serio contratiempo. Pero Nifty sabía que el mar estaba al oeste, y que Monterrey se hallaba en la misma dirección del mar. No le sería difícil orientarse. Reemprendió la marcha, dando la espalda al sol naciente. Mirando hacia atrás, vio una pequeña nube de polvo que avanzaba. Al cabo de unos instantes llegó a la conclusión de que la nube de polvo era producida por un grupo de jinetes, y que éstos iban siguiendo, lentamente, las huellas que él había dejado.
Tras un repentino desaliento, la confianza volvió a nacer en él. Al paso que iban, los jinetes tardarían bastante en darle alcance. Inmediatamente, se ocupó de borrar sus huellas. Finalmente, llegó junto a una encina muy corpulenta. Trepó al árbol y se dio cuenta, con gran satisfacción por su parte, de que la bifurcación de las ramas formaba una especie de cavidad, tan profunda que le ocultaba por completo a la vista. Desde aquel escondite pudo identificar a sus perseguidores. Éstos eran cuatro: Ramón Rivera, su hermano Justo, un vaquero, y aquella muchacha que era la novia de Ramón y que tenía aquella sonrisa tan sorprendente, Conchita de la Cuesta. ¿Por qué se habría unido a los perseguidores? ¿Y cómo era posible, pensó Nifty desconcertado, que se hubieran dado cuenta tan pronto de su huida? El vaquero llevaba a otro caballo de la brida, además del que montaba.
«Para llevarme en él al rancho —pensó Nifty—. Bueno, antes tienen que encontrarme.»
Se sentía seguro; estaba convencido de haber llevado a cabo un buen trabajo. Sus labios se curvaron en una sonrisa cuando vio que sus perseguidores se detenían junto al lugar donde terminaban las huellas de Nifty.
Los tres hombres se alzaron sobre sus estribos y echaron una ojeada a su alrededor. Luego conferenciaron entre ellos. A continuación, el vaquero entregó a don Justo las riendas del caballo que conducía detrás del suyo y empezó a cabalgar lentamente, en círculos cada vez más amplios, en busca de alguna huella. ¡No encontraría absolutamente nada! Pero la alegría de Nifty duró, muy poco. Los dos jóvenes y la muchacha se encaminaron directamente hacia la encina que servía de refugio a Nifty.
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Cuando llegaron al árbol, descabalgaron y ataron las riendas de sus monturas a una rama baja.
—¡Baje, amigo! —dijo Ramón.
Pero los agudizados sentidos de Nifty intuyeron que la orden no era más que un tiro al azar, disparado casualmente por Ramón mientras el vaquero buscaba algo tangible. Se enroscó sobre sí mismo como una serpiente, sintiendo que se desvanecía su momentáneo terror. Cada vez estaba más convencido de que no lograrían dar con él. Luego vio que Ramón se inclinaba a recoger un objeto del suelo. Cuando lo tuvo en la mano, se echó a reír.
—¡Baje, amigo! —repitió. Pero esta vez su tono revelaba una absoluta seguridad—. ¡Está usted descubierto!
El objeto era una de las monedas de oro, que se le había caído a Nifty del bolsillo cuando trepaba al árbol.
Se enfrentó con ellos con el rostro sombrío, adivinando el placer que sentían en aquellos momentos por haber conseguido su captura en tales condiciones.
Los tres hombres y la muchacha se quedaron mirándole. Al cabo de un instante, Ramón se dirigió a él, sacudiendo la cabeza en señal de reproche.
—No debió usted aventurarse a pie por esta región —le dijo—. Los toros son muy peligrosos para la gente que va a pie. Podrían matarle si se tropezaba usted en su camino. ¿Acaso no lo sabía usted? Por esta región hay que ir siempre a caballo. —A pesar del tono de reproche, no había en su voz la menor huella de enojo—. Además —continuó, en el mismo tono—, se ha perdido usted. Este no es el camino para ir a Monterrey. Si deseaba usted ir a Monterrey, ¿por qué no lo decía? ¿Por qué no vino usted a decirnos adiós? ¿Es que alguien de nosotros no lo ha tratado bien? ¿Acaso no nos hemos esforzado todos en complacerle? Si tenía usted alguna queja, podía habérnoslo dicho a don Justo o a mí…
La muchacha intervino, hablando en un español muy vivaz. Su cabeza estaba erguida; sus ojos expresaban disgusto. Ramón le contestó en aparente disconformidad con las palabras de la muchacha. Ésta apoyó la mano en el brazo de su novio. Ramón se volvió de nuevo hacia Nifty. Su rostro había enrojecido…
—La señorita de la Cuesta —dijo, como si estuviera transmitiendo el mensaje de una reina—, conoce algo de inglés, pero muy poco. Desea que le traduzca a usted sus palabras. Yo me limito a obedecer a la señorita de la Cuesta. —Se volvió hacia la muchacha, como esperando sus órdenes. Sus modales se habían vuelto ceremoniosos y el rubor coloreaba sus mejillas.
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Después de escuchar unos instantes a la muchacha, se dirigió a Nifty. —La señorita de la Cuesta dice que le comprende a usted perfectamente
—tradujo—. Se dio perfecta cuenta de la situación, y se sintió mortificada al ver que la gente de su rancho era tan estúpida. Dice, también, que si ella fuese un hombre, no se quedaría a vivir ni un minuto con gentes que pueden obrar de ese modo. A ningún hombre le gusta que lo exhiban ante los demás como si se tratara de un toro o de un caballo…
—Como un oso —intervino la muchacha.
—Como un oso —tradujo Ramón. Luego continuó—: La señorita de la Cuesta afirma que si alguien le hiciera a ella algo parecido, también se hubiera marchado.
—Y también digo —añadió doña Conchita lenta y cuidadosamente—, que me siento avergonzada de mi rancho y de mis gentes.
A continuación, la muchacha inclinó la cabeza con una encantadora dignidad. Nifty se quedó mirando a la señorita de la Cuesta. Estaba sumamente intrigado por toda aquella palabrería, sin saber a dónde conducirían tantos circunloquios. Mientras habló Ramón, había tomado sus palabras como una broma sangrienta, demasiado sutil para su capacidad de comprensión. Aquella gente estaba dispuesta a divertirse un poco a su costa, y luego…
Pero, cuando habló la muchacha, y Nifty la miró, y ella le obsequió con su dulce sonrisa, todos sus resentimientos habían muerto, para dar paso a una profunda perplejidad; en la muchacha no había el menor asomo de burla; y con la perplejidad, algo nuevo, algo que nunca había sentido hasta entonces, penetró en el corazón de Nifty.
Ramón estaba hablando de nuevo, pero Nifty no podía apartar sus ojos de la muchacha.
—Si incurrí en lo que dice la señorita de la Cuesta —decía Ramón—, no lo hice en ningún mal sentido. ¡No, no y no! Me sentía orgulloso de un hombre tan valiente, y deseaba que todos le vieran y se sintieran también orgullosos de él. En mi corazón no había más que sentimientos amistosos… no hay más que sentimientos amistosos. Tenía la esperanza de que cuando regresara a mi rancho, que está en el valle de Salinas, accedería usted a acompañarme. Muchas veces, el marinero americano que deja su barco pasa una temporada con nosotros, y en ocasiones se ha quedado para siempre y se ha convertido en un buen californiano. Uno de ellos es don Juan Gilroy, que también fue marinero. Le presento mis excusas, señor. —Hizo una seña al vaquero, que desde hacía un rato se había unido al grupo. Ofreciendo las
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bridas del caballo sobrante a Nifty, le dijo—: Usted desea ir a Monterrey, ¿verdad? Creo que hay allí un barco… no el que le trajo a usted… otro. ¿No es eso lo que usted desea? Este hombre, Ricardo, le acompañará a usted para enseñarle el camino. Luego regresará con el caballo. Vaya con Dios, señor.
Alzó la mano en un gesto lleno de dignidad, gesto que fue imitado por don Justo. En cuanto a la muchacha, Conchita, sonrió con gravedad e inclinó su cabeza.
—Adiós, señor —murmuró suavemente.
—Adiós…
Nifty se oyó a sí mismo pronunciar aquella palabra, pero no había sido más que un involuntario reflejo. Se quedó de pie junto al árbol, con la boca abierta, vacía de toda expresión la mirada. El vaquero, montado a caballo, parecía una estatua de bronce.
De pronto, Nifty avanzó hacia delante, tropezando como un ciego en las olorosas matas de artemisa.
—¡Espere! ¡Espere! —gritó, con voz que a duras penas atravesaba su garganta.
Mientras avanzaba, sus manos hurgaban en los bolsillos de sus pantalones. Cuando llegó ante la señorita de la Cuesta y sus dos acompañantes, se detuvo un momento, jadeando penosamente, y luego tendió a Ramón un puñado de monedas de oro.
—¡Lo robé! ¡Lo robé! —exclamó Nifty—. ¡Esto es de ustedes! ¡Lo robé del recipiente de barro! ¡Tómelo, es suyo!
Tendía sus manos implorantes, formando una copa llena de monedas de oro.
Ramón le miró desde lo alto de su caballo, con el aire de alguien que acaba de perder el habla a causa de la sorpresa.
—Pero, amigo mío —terminó por decir en tono amable—, ¿quién habla de robo o de nada que se le parezca? ¿Cómo puede ser esto? ¿Acaso no es ese el oro del huésped, para su viaje?
Nifty se quedó mirando a los tres jinetes mientras se alejaban. Al cabo de unos instantes, el vaquero se acercó a él con el otro caballo. Nifty montó trabajosamente y en compañía de Ricardo emprendió la marcha en dirección a Monterrey.
Los dos jóvenes, Ramón Rivera y Justo de la Cuesta, pasaban revista a la situación después de aquella cabalgata matinal. Cuando la puerta se hubo
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cerrado detrás de doña Conchita, Justo se volvió hacia Ramón con aire acusador.
—Incluso yo, que no he tenido tus ventajas en el mundo, que no soy más que un simple ranchero, sabía que ese individuo no pertenecía a la gente de razón, ni siquiera entre los americanos. Es inútil que trates de decirme que no lo sabías.
—No te diré eso —replicó Ramón—. Te diré algo más: he visto a muchos individuos de ese tipo durante mi estancia en Filadelfia, y es más que probable que no sólo no pertenezca a la gente de razón, sino, que puede haber estado mezclado con las clases criminales. Sin embargo —añadió—, es un hombre valiente y un excelente luchador. Cuando le dije que tenía la esperanza de que me acompañara a mi hacienda, era completamente sincero. Durante un tiempo acaricié ese deseo, ya que un hombre de esa clase es alguien en quien se puede confiar cuando entre libremente al servicio de uno.
—La definición me parece excelente —dijo Justo en tono sarcástico. Ramón hizo un gesto como dando a entender que aceptaba el reproche
implícito en la observación de su amigo.
—Es un hombre endurecido… tal vez por su propia naturaleza, tal vez por la vida. Es lo que los americanos llaman un hombre duro… un tipo correoso.
—La definición me parece excelente —dijo Justo en tono admirativo. —Únicamente un milagro puede ablandar a un hombre así. Y confieso
que yo —dijo Ramón, encogiéndose de hombros— no soy precisamente un santo capaz de hacer milagros.
—Los santos andan muy escasos —bromeó Justo.
—Sí, muy escasos —convino secamente Ramón.
—Lo que no comprendo es que le permitieras marcharse con el oro del huésped, como hubiese hecho un verdadero hidalgo. Sabías perfectamente que había robado el oro.
—Es que yo soy un hidalgo —afirmó sencillamente Ramón—, y debo comportarme como tal.
Justo encajó sin pestañear la indirecta, mientras Ramón le contemplaba con un brillo malicioso en los ojos. Al cabo de unos instantes, apoyó una mano en el brazo de su amigo.
—Amigo mío —le dijo—, ¿has olvidado las palabras que pronunció doña Conchita a propósito de ese hombre? Tú y yo conocemos el mundo, de acuerdo, pero, ¿qué importancia tiene un puñado más o menos de oro comparado con una fe tan maravillosa en la humanidad?
Justo terminó por echarse a reír.
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—Perdóname, amigo —dijo—. No quiero ofenderte. Pero yo veo a Conchita únicamente con mis ojos de hermano.
—¡Conchita es una santa bajada del cielo! —exclamó fervorosamente Ramón.
Justo se estaba divirtiendo ahora de lo lindo, pero no replicó nada a las últimas palabras de su amigo.
La conversación quedó interrumpida por la aparición, en aquel mismo instante, de dos jinetes que se encaminaban hacia el rancho. Uno de ellos era el vaquero; el otro era Nifty Barnes.
Nifty se deslizó torpemente de la silla y se acercó a los dos jóvenes. No se atrevió a alzar los ojos del suelo.
—He estado pensando en lo que usted dijo —murmuró al cabo de unos instantes de silencio—. En realidad, no tengo nada que me ate a un lugar determinado. Me gustaría quedarme aquí, si usted desea aún que me quede. —Miró a los ojos a Ramón—. Soy fuerte y puedo, aprender rápidamente lo que sea —añadió—. Usted me ha tratado como a un ser humano. Necesita usted un hombre en el que pueda confiar… usted y doña Conchita… si ella desea también que me quede —concluyó en tono azarado.
—¡Hola! —exclamó Ramón. Se volvió hacia don Justo, con el rostro radiante. Le tradujo rápidamente las palabras de Nifty—. Tú o yo hubiéramos metido a este hombre en la cárcel —le dijo a don Justo—, pero ella… ella es más inteligente que tú y que yo, amigo. ¿Te das cuenta?
Justo no consiguió eliminar del tono de su voz la expresión de su escepticismo de hermano.
—Por lo menos en este caso —convino—, mi hermana ha demostrado una indudable perspicacia.
El exaltado espíritu de Ramón, sin embargo, no captó la ironía de aquellas palabras.
—¡Desde luego! —afirmó rotundamente—. Tú y yo, amigo, somos dos personas inteligentes. Mas nuestra inteligencia radica en el cerebro. Pero doña Conchita posee la inteligencia del corazón.
Justo sonrió:
—Veo, señor —bromeó—, que amáis a mi hermana muy profundamente. —Un hecho, caballero —le remedó Ramón—, que nunca he tratado de
ocultar.
Nifty Barnes, olvidado, reclamó la atención de los dos jóvenes aclarándose ruidosamente la garganta.
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—Tal vez sea mejor que vuelva ahora estas monedas a su sitio —dijo, haciendo sonar los doblones en su bolsillo—. Creo que ya no voy a necesitarlos.
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EL PISTOLERO
ROBERT PATRICK WILMOT
M I abuelo me contó la historia de Matt Howard, y tenía excelentes motivos para conocerla al dedillo, a pesar de que Matt había llegado a
Dragoon Springs antes de que mi abuelo naciera.
Matt llegó solo, y llegó a pie. No llevaba ni botas ni pantalones, y sí, en cambio, una flecha chiricahua, a la que faltaba la mitad superior, enterrada en los músculos de su pecho. El día había sido tormentoso, con nubes bajas y gélidos vientos. La única calle de Dragoon Springs estaba tan vacía como el día que precedió a la creación del mundo, cuando el herido se desplomó ante la puerta de la casa de Secundino García. Matt iba sucio como si no se hubiera lavado en toda su vida, y su camisa de largos faldones y sus calzoncillos de algodón le daban el aspecto de un desastrado fantasma.
Secundino García, que era el dueño de la única caballeriza de Dragoon Springs, no creía en fantasmas ni aparecidos, al menos durante el día. Cuando Matt se presentó a su puerta en aquel frío atardecer, el mejicano estaba pidiendo al Cielo que obrara un pequeño milagro, a fin de que su negocio prosperase un poco, y un hombre que no iba a caballo no podía ser, en modo alguno, la respuesta a su plegaria. Se disponía a reflexionar seriamente acerca de diversos temas, incluido el de los probables antepasados de Matt, cuando vio la mancha de sangre que se iba agrandando en la camisa del forastero. Se inclinó sobre el caído, y un instante después sus gritos pidiendo socorro penetraban en el salón La Última Oportunidad.
Salieron cuatro hombres: tres, vaqueros que estaban lo bastante sobrios para andar, y un ovejero que estaba lo bastante sobrio para correr. Este último fue enviado a buscar al doctor Applegate, en tanto que los primeros, ayudados por Secundino, transportaban al herido al Hotel Esmeralda, propiedad de Mike Corbett. Colocaron a Matt en la cama del propio Mike y cortaron una sábana a tiras para hacerle un vendaje provisional y detener la hemorragia.
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Luego hicieron pasar un vaso de whisky entre sus dientes, mientras esperaban la llegada del médico.
Dice mi abuelo que, según le contaron, la espera fue bastante prolongada. El doctor Applegate no era un hombre inhumano, pero aquel atardecer se hallaba bajo los efectos de una generosa dosis de whisky, y al ovejero le costó Dios y ayuda convencerle de que debía acompañarle. El doctor vivía en una cabaña muy cerca del cementerio de Dragoon Springs, un lugar aislado y muy a propósito como escenario de una guerra privada contra John Barleycorn. Cuando, finalmente, el doctor llegó junto al lecho en que reposaba Matt, tuvo que beberse un buen tazón de café sin azúcar para despejar su cabeza, y un buen vaso de whisky para eliminar el temblor de sus manos. Cuando extrajo la punta de la flecha del pecho de Matt, había pasado más de una hora.
Matt permaneció tendido todo aquel tiempo, mirando al techo de la habitación con sus ojos azules, que era lo único claramente identificable en un rostro cubierto de mugre desde la raíz del pelo hasta la nariz, y poblado en el resto por el espeso matorral de una barba rojiza. En los ojos azules no había el menor asomo de temor, y no cambiaron perceptiblemente de expresión cuando el doctor Applegate hurgó en la herida para extraer la punta de la flecha.
El médico no tenía éter, ya que los apaches chiricahuas habían asaltado y quemado el establecimiento que se lo suministraba, y Matt se vio obligado a ingerir una buena dosis de whisky durante la ordalía a base de bisturí y aguja a que fue sometido. Al día siguiente era un hombre enfermo: tan enfermo como pudiera estarlo cualquiera después de haber llevado pegados a los faldones de su camisa a los indios chiricahuas por espacio de dieciséis horas, de haber sido alcanzado por una flecha, y de haber sido sajado y cosido por un cirujano que había prescrito tanto whisky para su paciente como para él mismo.
Durante las veinticuatro horas que siguieron a la operación, Matt permaneció sumido en una especie de sopor. Sólo recordaba, muy vagamente, la presencia de una muchacha que había lavado su rostro, le había hecho tragar algunas cucharadas de caldo, y le había sujetado dulcemente por los hombros cuando Matt gritaba a pleno pulmón que quería levantarse para ir a borrar del mapa a toda la nación apache. Pero su segunda noche de estancia en Dragoon Springs la pasó durmiendo apaciblemente, y cuando despertó su mente funcionaba con bastante normalidad, aunque por unos instantes, al ver a Kathleen Corbett sentada junto a la cama, Matt creyó que estaba soñando.
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Kathleen era sobrina de Mike Corbett, tenía dieciocho años y hacía menos de un año que había llegado de su nativo Donegal. Matt no había visto hasta entonces a nadie parecido a ella, ni vería a nadie como ella en lo sucesivo, ya que después de haber conocido a Kathleen, Matt Howard no miró a ninguna otra mujer en todos los días de su vida.
Al ver a la muchacha, el herido se incorporó rápidamente en el lecho, para contemplar un rostro que tenía la serenidad de las estatuas griegas, unos dulcísimos ojos grises y un pelo tan negro como la boca de un túnel a las tres de una madrugada sin luna. La nariz era respingadilla y muy graciosa, y el cutis estaba amasado con melocotones, leche y pétalos de rosa. Al contemplar aquel rostro, Matt comprendió que acababa de perder su corazón más irremediablemente de lo que había perdido sus botas y sus pantalones.
—¡No se mueva! —ordenó Kathleen, obligándole a recostarse de nuevo en la almohada y hablando con un acento irlandés que hizo pensar a Matt en la miel y en el vuelo de los pájaros—. Está aún demasiado débil para pensar en sentarse. Tiene que permanecer tumbado, y descansar. Voy a darle a usted un poco de caldo.
—No es caldo lo que necesito —dijo Matt Howard, sorprendido de su propia debilidad, pero sobreponiéndose a ella—. Ni caldo, ni descanso. Lo que necesito es oír la música que va a sonar el día de nuestra boda. Porque usted y yo vamos a casarnos. Será algo digno de verse: la iglesia adornada con algo viejo, y algo nuevo, y algo prestado, y algo azul. Tendremos que esperar a que yo gane algún dinero, desde luego, ya que todos mis ahorros estaban en los pantalones que perdí. Pero podemos, para empezar, fijar ya la fecha.
—No me gustan los hombres que agarran a la ocasión por los pelos en cosas tan serias —replicó seriamente la muchacha—. Y, hablando de pelos, mi tío Michael dice que ha tenido usted mucha suerte de que los indios no le hayan arrancado la cabellera. —Una sonrisa asomó a sus labios, pero desapareció rápidamente—. Pudo haberla perdido, lo mismo que perdió los pantalones.
—Hablando de cabelleras —dijo Matt Howard—, puedo asegurarle que nunca he visto un pelo tan maravilloso como el suyo.
—Hablando de cabelleras —replicó Kathleen—, no puedo decir que su pelo sea maravilloso, pero sí, al menos, que es muy abundante. Si los indios llegan a escalpelarle, hubieran podido llenar tres colchones con su pelo. Y, ahora, ¿puedo hacerle una pregunta… delicada?
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—¡Pregúnteme todo lo que quiera! —afirmó calurosamente Matt—. El caso es que siga sonando su deliciosa voz.
—Bien —dijo Kathleen, con la sonrisa jugueteando de nuevo en sus labios—. ¿Cómo es que ha llegado aquí con tan… con tan poca ropa? Es imposible que los apaches le hayan sorprendido bañándose o lavándose la ropa, ya que su aspecto y el olor que despide demuestra que no es usted aficionado a esas cosas.
Matt sonrió.
—He pasado tres semanas montado a caballo —explicó—, y es un hecho sabido que un caballo no perfuma a un hombre. En el lugar donde me encontraba, a duras penas conseguía disponer de agua para beber, y esto justifica que no me bañara. La banda de guerreros apaches me sorprendió durmiendo, antes del amanecer, y no tuve tiempo de ponerme los pantalones. Y, ahora que he respondido a, su delicada pregunta, ¿puedo preguntar a mi vez cuándo vamos a casarnos? Cuanto más pronto sea, mejor. No podemos perder tiempo, si queremos fundar una familia.
Kathleen se puso en pie. Sus juveniles mejillas se habían coloreado intensamente.
—Ya le he dicho a usted que no me gustan los hombres que corren demasiado —dijo. A continuación puso en las manos de Matt la taza de caldo que tenía en las suyas—. ¡Tendrá que tomarse el caldo usted mismo, amigo! Un hombre que esté lo bastante fuerte para pensar todas esas cosas no necesita mi ayuda para beberse un poco de caldo.
—Pero, volverá usted, ¿verdad? —inquirió ansiosamente Matt mientras la muchacha se dirigía hacia la puerta.
—Ni lo piense —respondió Kathleen Corbett en tono firme—. Me espera mucho trabajo, sirviendo las mesas y ayudando a la cocinera. Hago más falta abajo que aquí, y, de todos modos, no podría estar en dos lugares al mismo tiempo, ni que tuviera alas como un pájaro.
Pero Matt pareció tan desconsolado, que Kathleen sonrió desde la puerta y su voz era más amable cuando habló de nuevo:
—Lo primero que tiene que hacer es ponerse bien. Tranquilícese, descanse, y luego hablaremos de matrimonio, si es que sigue usted tan empeñado en la idea. Aunque le advierto de antemano que había decidido ya quedarme soltera… En una región tan salvaje como esta, una muchacha puede convertirse en viuda antes incluso de haber sido una mujer casada de veras.
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—Es usted irlandesa —dijo Matt Howard—, y eso quiere decir que es tan tozuda como una mula. Pero la quiero a usted tal como es, y en muy poco tiempo me habré convertido en el mejor hombre de todo el territorio de Arizona.
El doctor Applegate, un cínico que no creía en el amor ni en los milagros, atribuyó a su propia habilidad profesional todo el mérito por el rápido restablecimiento de Matt; pero Kathleen Corbett conocía los verdaderos motivos por los que su herido admirador había abandonado el lecho con mucha más rapidez de lo que les hubiera estado permitido a la mayoría de hombres.
La mañana del día en que se levantó por primera vez después de su llegada a Dragoon Springs, Matt Howard se comió un filete de ternera, se bañó en la cuba de estaño de Mike Corbett y se afeitó con sus propias manos. Su paso era bastante firme cuando, embutido en uno de los trajes usados del doctor Applegate, bajó las escaleras que desembocaban en el vestíbulo del hotel.
Kathleen, que estaba allí con su tío, vio que Matt era un joven pasablemente guapo, con una mandíbula cuadrada y una boca humorística; un joven bien formado, ni muy alto ni muy bajo, de anchos hombros y caderas estrechas. A Kathleen le gustó lo que vio, pero luego pensó que le habría gustado de todos modos, ya que desde el primer momento había quedado prendida en el encanto de los ojos azules de Matt Howard.
Corbett le había ofrecido crédito hasta que Matt consiguiera un empleo, y cuando el hotelero puso el libro-registro ante él, Matt, por motivos que únicamente él conocía, no firmó con su verdadero nombre. El nombre que escribió, en una caligrafía tan legible como la letra de imprenta, fue el de «W. H. Bonney».
Corbett se quedó mirando pensativamente el nombre que Matt acababa de inscribir en el registro, y luego miró a su huésped de los pies a la cabeza. El moreno rostro del irlandés adquirió una expresión de gravedad al decir:
—Mr. Bonney, bienvenido a Dragoon Springs. En lo que toca a encontrar un empleo, creo que de momento va a resultarle difícil. En los últimos tiempos, debido a la actividad de los apaches, la mayor parte de las minas han sido cerradas y los ganaderos atraviesan una mala época. Pero el puesto de alguacil está vacante en el pueblo…
—Muchísimas gracias —le interrumpió cortésmente Matt—. Pero preferiría un empleo más… más pacífico, que me permitiera permanecer más
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tiempo en el mundo de los vivos.
Corbett se quedó unos instantes silencioso, y luego volvió a mirar el libro-registro y apoyó su dedo índice debajo del nombre que Matt había escrito.
—Un hombre que tiene este carácter de letra —dijo—, ha de poseer forzosamente alguna educación. En la actualidad no tenemos tampoco maestro de escuela. Tal vez pudiera usted desempeñar ese cargo.
—Creo que sería más honrado —intervino Kathleen—, contarle a Mr. Bonney por qué se ahorcó el último maestro de escuela que tuvimos en el pueblo.
—¡Cierra el pico, muchacha! —gruñó Mike Corbett—. Cualquier hombre que posea una chispa de carácter puede manejar perfectamente a los chiquillos de este pueblo. ¡Mantener la escuela en orden será un juego de niños para Mr. Bonney!
Matt estuvo a punto de decir que prefería enfrentarse de nuevo con los chiricahuas, pero Kathleen apoyó una mano sobre su brazo, y, cuando habló, su voz fue como el arrullo de una encantadora sirena.
—Por exasperantes que puedan resultar los chiquillos —dijo—, no creo que exista una tarea más hermosa que la de hacer penetrar en sus cabecitas los rudimentos del saber. —La nieta de Corbett obsequió a Matt con una intensa mirada de sus ojos grises, y luego los veló púdicamente—. Estoy segura de que a ningún hombre ni a ninguna mujer decente se le ocurriría traer hijos al mundo en un territorio donde no existe instrucción de ninguna clase.
—Bueno —dijo Matt Howard—, al parecer mi destino es convertirme en maestro de escuela, aunque es casi seguro que algunos de los escolares saben mucho más que yo. Si es así, aprenderé de ellos la lista de los reyes de Inglaterra.
—No mencione usted los reyes de Inglaterra en nuestra presencia — exclamó Mike Corbett. Matt no había tenido en cuenta que el hotelero era irlandés—. Y, descuide, Mr. Bonney, ninguno de los chicos de la escuela podrá enseñarle a usted nada. Y como mi garganta me está indicando que ha llegado la hora de echar el primer trago de la mañana, vamos a acercarnos al saloon para cerrar el trato.
Dejaron a Kathleen al cuidado del hotel y se encaminaron hacia La Última Oportunidad, situado dos puertas más arriba. Mort Beggs, el dueño del saloon, atendía en persona al mostrador. Era un hombre de rostro cadavérico, aquejado por una perpetua melancolía. Pero aquella mañana su habitual aspecto melancólico era más acusado que de costumbre, y pareció acentuarse todavía más cuando Mike y Matt entraron en el saloon. El hecho no se debía a
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que no simpatizara con Mike, ni a que no apreciara debidamente el que el dueño del hotel le trajera un nuevo cliente. No. La verdad era que Mort estaba preocupado por la presencia en su establecimiento de un hombre llamado Salinas, que bebía solo en un extremo del mostrador.
Salinas era un hombre alto como un castillo y fuerte como un toro, con unos brazos de gorila y una imponente barba negra. Sus actividades no estaban muy claras, y se sospechaba que utilizaba su cabaña, situada en las afueras del pueblo, como una guarida para los forajidos que infestaban la región.
Aquella mañana, en el establecimiento de Mort, Salinas estaba bebiendo vaso tras vaso de whisky, y sus ojillos aparecían ya inyectados en sangre, por los efectos del alcohol y de sus propios pensamientos, más venenosos que el peor de los tóxicos. El gigante llevaba un enorme 44 colgado de la cintura, en la parte izquierda, con la pistolera atada al muslo.
Mort Beggs estaba preocupado porque sabía que Salinas bebía los vientos por Kathleen Corbett, y sabía también que su pecho se había inflamado de feroces celos al enterarse de que la sobrina de Mike hacía el papel de enfermera cerca del forastero herido. El dueño del saloon temía que se produjera un conflicto, y la situación no tardó en justificar sus temores. Salinas se volvió a mirar a los recién llegados, clavó sus porcinos ojillos en Matt y dejó oír un explosivo gruñido. En aquel momento estaba mascando tabaco, y cuando Matt pasó por su lado escupió por el colmillo un chorro de líquido pardo oscuro, que fue a incrustarse en la bota derecha de Howard. Un ominoso silencio llenó el saloon.
El propio Salinas rompió el silencio, con una voz que resonó como el estallido de un trueno en plena montaña.
—¡Mirad quién está aquí! —exclamó—. ¡Que me aspen si no es el héroe de la guerra contra los Injuns en carne y hueso! Había oído decir que eras muy poquita cosa, pero veo que se quedaron cortos. ¡No me extraña que perdieras las botas y los pantalones de tanto correr delante de los indios!
Mike Corbett dirigió a Salinas una mirada despreciativa y habló a Matt en tono deliberadamente desdeñoso.
—Le ruego que no preste la menor atención a ese tipo —le dijo—. Lo que tiene ante sus ojos no es más que una hedionda mofeta de dos patas, comida por la lujuria. Puso sus asquerosos ojos sobre mi sobrina, hasta que ella se los cerró con una cacerola de cobre, el día que ese sujeto se atrevió a seguirla hasta la cocina del hotel. No le haga caso.
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Salinas profirió una horrible blasfemia y acercó su mano a la pistolera. Matt no llevaba ninguna arma, y la velluda mano de Salinas se posó unos instantes sobre la funda de su revólver, como si aguardase a que su rival hiciera el menor gesto que pudiera justificar el disparar sobre él.
Matt Howard avanzó unos pasos y alzó los ojos hasta el rufianesco rostro de Salinas.
—No aconsejaría a ningún hombre que me buscase las cosquillas —dijo Matt en voz baja y penetrante—. Ignoro los motivos que le han inducido a insultarme y a buscar camorra, pero le aseguro que si desea jaleo, quedará complacido. —El rostro de Matt, muy pálido a consecuencia de su reciente enfermedad, tenía un aspecto tan mortalmente frío como el sonido de su voz
—. Tal vez le convenga enterarse de una cosa antes de llevar adelante este asunto: no sé quién es usted, pero mi nombre es Bonney.
Cuando Matt terminó de pronunciar este nombre que no era el suyo, los ojillos de Salinas quedaron desencajados y el gigantón pareció encogerse hasta quedar convertido en un enano. Su mano se apartó de su pistolera, como si el contacto con ella quemara sus dedos, y retrocedió un paso mientras miraba a Matt con una expresión de incontenible terror en los ojos.
—¿Ha dicho usted Bonney? —inquirió, con voz temblorosa.
—He dicho Bonney —respondió tranquilamente Matt—. ¿Tiene usted algo que objetar?
El vaso de whisky que había estado bebiendo Salinas resbaló del mostrador y cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos, al ser empujado por el codo del hombretón, que había retrocedido otro paso.
—Le ruego que no tome en cuenta mis palabras —murmuró Salinas—. He bebido un poco más de la cuenta y no sabía lo que estaba diciendo. No tenía la menor intención de ofenderle, Mr. Bonney. Acepte mis disculpas.
Los ojos de Mort Beggs se abrieron como platos al ver que Salinas giraba repentinamente sobre sus talones y se dirigía hacia la puerta del saloon como alma que lleva el diablo. Cuando el gigante hubo salido, Mort exclamó:
—¡Si no lo veo no lo creo! ¡De modo que por fin ha salido alguien que le pusiera las peras a cuarto a ese fanfarrón de los diablos! Quienquiera que sea usted, Mr. Bonney, contrato sus servicios… al menos para obligar a ese cerdo indecente a que me pague todos los espejos que me ha destrozado.
Pero Mike Corbett, enjugándose el rostro con un pañuelo, se quedó mirando a Matt con una extraña sonrisa.
—Ha sido una verdadera suerte que llevara usted la chaqueta del doctor Applegate —exclamó fervorosamente—. De no ser así, ese tipo se hubiera
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dado cuenta de que iba usted desarmado. Puede usted decir que acaba de volver a nacer en este momento, Mr. Bonney. Mort, sírvenos un buen trago para olvidar el mal rato que acabamos de pasar.
El corazón de Kathleen Corbett dejó de latir unos instantes cuando la muchacha oyó el relato del encuentro entre Salinas y Matt Howard. Kathleen expresó sus temores de que Salinas pudiera preparar una emboscada a Matt y disparar contra él a traición. Pero Matt afirmó que no creía que Salinas hubiera quedado con ganas de meterse con él, y Mike Corbett juró que Salinas pagaría muy cara cualquier posible traición.
Aquella noche, Matt Howard se acostó sintiéndose el más feliz de los mortales, pensando en la preocupación que Kathleen había demostrado por él. Cuando, a la mañana siguiente, se hizo cargo de la escuela, estaba tan alegre como no lo hubiera estado ningún hombre obligado a enfrentarse con treinta y cinco alumnos, incluidos algunos que eran tan altos como el propio Matt.
Matt daba las clases en un edificio de una sola planta, construido de adobes, que había perdido una parte de su tejado. El último maestro de escuela —el que se había ahorcado— había quemado todos los libros de texto en el curso del acceso que le llevó a destruirse a sí mismo, y la disciplina estaba también muy relajada. Matt actuó con toda rapidez para subsanar ambas deficiencias. Pidió prestada una Biblia a George Turner, el herrero, y utilizó los evangelios como libro de texto, diciendo que si habían sido lo bastante buenos para innumerables santos, no podían dejar de ser igualmente buenos para los jóvenes pecadores de Dragoon Springs.
La mañana en que empezaba su segunda semana de actuación como maestro de escuela, antes de que su herida estuviese completamente cicatrizada, Matt zurró la badana a los gemelos Tolliver, un par de muchachotes de diecisiete años, tan desarrollados como un hombre, que eran los elementos más díscolos de la clase y los que encabezaban todas las revueltas escolares. Con esa demostración, Matt consiguió que las clases se desarrollaran en un ambiente tan tranquilo como una balsa de aceite. Pero, a pesar de la importancia que concedía al éxito que representaba el restablecimiento de la disciplina, el nuevo maestro comprendía que su sistema de enseñanza dejaba mucho que desear, aunque se esforzaba poniendo a contribución sus mejores esfuerzos.
Su existencia se deslizaba plácidamente, sin problemas que le inquietaran, ya que aparte de dar clase no tenía más ocupación que la de hacer la corte a Kathleen Corbett.
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Matt cortejaba a Kathleen cada noche, con un trapo de cocina en las manos. Entre las diversas obligaciones de la muchacha contaba la de fregar los platos de la cena en el hotel de su padre. Kathleen sugirió que un hombre de veras no podía permanecer sentado contemplando cómo trabajaba una mujer, y añadió que el trabajo de esa mujer sería menos pesado si el hombre la ayudaba. De modo que Matt se hizo cargo del trapo de cocina para secar los cubiertos y los platos. Mike Corbett se mofaba despiadadamente de Matt por sus actividades en la cocina, pero Matt perseveró en el secado de platos y cubiertos y perseveró también en su cortejo, hasta que, al llegar la Nochebuena, Kathleen le dio el anhelado «sí». Fue entonces cuando Matt le contó a la muchacha que estaba utilizando un nombre que no era el suyo, pero al disponerse a dar una explicación del hecho, Kathleen le dijo que no le importaba un pepino que se llamara Gerónimo o Magnus Colorado. En aquel momento, Kathleen estaba entre los brazos de Matt, y los nombres carecían para ella de importancia.
Los jóvenes enamorados decidieron casarse en cuanto Matt hubiese encontrado un empleo estable y hubiera ahorrado lo suficiente para la boda. Mike Corbett, luchando entre su deseo de no perder a su sobrina y su convicción de que Dragoon Springs debía mantener a cualquier precio una institución de enseñanza, decidió finalmente que Matt —que al fin y al cabo pertenecía, aunque fuera provisionalmente, a la nobleza intelectual— era un marido adecuado para la hija de su hermano. Cuando se cumplió el primer mes de la actuación de Matt Howard como maestro de Dragoon Springs, Mike Corbett reunió a los padres de los alumnos de Matt, y dijo que cada mes les reuniría a fin de que hicieran entrega de su donativo voluntario como pago de la enseñanza de sus hijos. Antes de pasar el sombrero, el irlandés anunció brevemente que si su joven amigo no era recompensado con la suficiente largueza por sus servicios, él mismo pasaría a ocupar el puesto vacante de alguacil del pueblo y se ocuparía personalmente de que todos los muchachos permaneciesen confinados entre las cuatro paredes de sus casas las veinticuatro horas del día.
Cuando Mike le entregó la suma recaudada, Matt quedó asombrado al comprobar que había ganado más dinero del que ganaba en un mes el capataz de un rancho. A la vista de aquello, decidió que a principios de mayo habría ahorrado lo suficiente para contraer matrimonio.
Para los dos enamorados fue un invierno muy largo. En cambio, para Mike Corbett, que había llegado a esa edad en que el tiempo vuela tan rápidamente como un pájaro, fue una estación muy corta. A últimos de
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febrero, una columna de la Caballería Federal pasó por la única calle de Dragoon Springs, y dos semanas después volvió a cruzarla en sentido contrario, acompañada ahora de una columna de bravos chiricahuas prisioneros, con el cadáver de su jefe atravesado como un saco vacío sobre el lomo de su propio caballo. La normalidad quedó restablecida, y Mike, estimulado por las perspectivas de paz y de prosperidad, apremió a sus vecinos para que le ayudaran a poner un tejado nuevo en el edificio que albergaba la escuela. El trabajo quedó terminado a finales de invierno. Y el primer día de primavera vio llegar a Dragoon Springs al joven forastero.
Los viejos del lugar contaron a mi abuelo que el sol apareció aquel día tan rojo como la sangre, y la mayoría de los habitantes de Dragoon Springs estaban en la calle, observando el fenómeno, cuando llegó el forastero procedente del este. Matt Howard, que estaba junto a Mike Corbett enfrente del Hotel Esmeralda, oyó el sonido de los cascos de un caballo y fue el primero en ver al jovenzuelo montado sobre un potro que, al parecer, había efectuado una larga carrera. No hubiese mirado dos veces al insignificante forastero, de no haber sido por sus ojos.
Eran unos ojos pálidos, fríos y grises como una nube invernal, y reflejaban la luz del mismo modo que la refleja una superficie helada. Estaban muy hundidos en un rostro afilado, acompañando a un duro mentón y a una boca más dura todavía, pero las mejillas tenían aún la tersura juvenil, y el vello rubio que las cubría recordaba más la sedosa pelusilla del melocotón que la barba de un adulto. Por debajo de su sombrero asomaban unos mechones de pelo igualmente rubio. Matt Howard no vio que el recién llegado llevara arma de ninguna clase.
El potro que montaba el forastero no era un modelo de elegancia, precisamente. Se adivinaba un animal resistente… y poca cosa más. Salinas, que estaba de pie en la acera del saloon, estalló en una carcajada cuando el insignificante forastero pasó por delante de él. Salinas acababa de regresar de una de sus acostumbradas correrías, y estaba acompañado de Ab Powell y de un mestizo mohave llamado Charlie One. Powell era un pistolero delgado y alto, en tanto que Charlie One era bajito y robusto. Los dos llevaban un revólver en cada cadera, y habían ingerido tanto whisky como el propio Salinas.
—¿Qué es eso, amigo? —inquirió burlonamente Salinas—. ¿Un caballo o una vaca? Tiene cuatro patas, como los caballos, pero ahí termina su parecido con un jamelgo.
Los tres compinches se hicieron coro en una estrepitosa carcajada.
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El joven rubio tiró de las riendas de su montura y la obligó a avanzar en dirección a Salinas y sus dos amigos.
—Un compañero mío me dijo en cierta ocasión que había leído un libro —dijo el forastero con voz suave—. Un libro acerca de un mosquetero francés. Alguien se rió de su caballo, y el mosquetero afirmó que el que se reía de su caballo se reía también de él. —De repente, el forastero clavó las espuelas en los ijares de su montura y el feo animal se alzó sobre sus patas traseras: al recobrar su posición normal, sus cascos se posaron sobre el pecho de Salinas, derribándole—. Yo opino igual que aquel mosquetero, amigo — concluyó el forastero.
Salinas se incorporó rápidamente, profiriendo horribles blasfemias, y agarrando uno de los delgados brazos del forastero tiró con todas sus fuerzas, arrancando al joven de la silla. Cuando las botas del recién llegado tocaron el suelo, Salinas le soltó y su puño fue a estrellarse contra el pecho del joven, que perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Matt Howard, que había contemplado la escena, vio que los ojos grises del muchacho se llenaban de lágrimas de humillación y de rabia, aunque de sus delgados labios no salió el menor sonido.
—¡Voy a romperte la crisma, insolente mequetrefe! —gritó Salinas disponiéndose a lanzarse sobre el caído.
Pero Matt Howard había decidido intervenir. Acercándose por detrás a Salinas, le tocó en el hombro cuando el gigante iniciaba su acometida. Se volvió, sorprendido, y sin previa explicación Matt le golpeó en plena boca con su puño cerrado.
Mi abuelo decía que, cuando él era un muchacho, la gente hablaba casi tanto de aquel primer puñetazo como de los acontecimientos que siguieron. Salinas debió pensar que le resultaría fácil vapulear a Matt, pues en caso contrario le hubiera disparado un tiro en aquel mismo instante. Pero no lo hizo. Con una sonrisa de lobo, Salinas se desabrochó el cinto con el revólver y se lo entregó a Ab Powell. Luego avanzó hacia Matt moviendo sus enormes brazos como las aspas de un molino de viento.
Matt inició la lucha con un uppercut al rostro y una izquierda al hígado, y Salinas gruñó y escupió sangre cuando el puño de Matt se aplastó de nuevo contra su boca. El gigante vaciló bajo la inesperada lluvia de golpes que le llegaba de todas partes, y trató desesperadamente de acercarse más a Matt, para aferrarlo entre sus poderosos brazos, pero Matt Howard se mostraba más escurridizo que media docena de anguilas.
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Sin embargo, a pesar de su habilidad, Matt no podía eludir todos los golpes que Salinas lanzaba al azar, y su ojo izquierdo estaba ya cerrado, su nariz sangraba y sus fuerzas empezaban a flaquear. Hubo un instante terriblemente angustioso, cuando Matt cayó al suelo, alcanzado por un puñetazo de su rival y la bota de Salinas salió disparada hacia su rostro, pero Matt consiguió rodar ágilmente sobre sí mismo y evitar el brutal impacto. Inmediatamente, Matt se puso en pie; Salinas había perdido el equilibrio en su esfuerzo por aplastar la cara de su adversario, y Matt aprovechó su momentáneo desconcierto para atacar a fondo: un uno-dos al estómago, seguido de un terrorífico gancho a la mandíbula, acabaron con Salinas, que cayó de espaldas, jadeando penosamente, y no hizo el menor esfuerzo por levantarse.
Matt Howard dio media vuelta sin dedicar una sola mirada a su derrotado adversario y se encaminó hacia el saloon. No quería que Kathleen le viera con el rostro cubierto de sangre y decidió ponerse un poco más presentable antes de enfrentarse con ella. Cuando entró en el saloon vio que el caballejo que había dado origen a la pelea estaba parado en medio de la calle, pero el rubio jinete no se veía por parte alguna. Matt estaba demasiado cansado para preguntarse dónde habría ido el muchacho.
Cuando Mike Corbett entró en el saloon, Matt se había ya lavado y estaba bebiendo un trago de agua fresca del botijo colocado a un extremo del mostrador. Mike se dirigió directamente al lugar donde se encontraba Matt, y aunque el rostro del irlandés estaba pálido, su voz era firme cuando dijo:
—Se dirigen hacia aquí, muchacho. Vienen los tres… y nosotros no tenemos un solo revólver. Debemos estar dispuestos para lo peor…
Salinas fue el primero en entrar, seguido a poca distancia por Charlie One y Ab Powell. El vapuleado gigante se tambaleaba al andar, y su jadeante respiración producía unos extraños sonidos al pasar por su garganta, pero la paliza le había serenado y en sus ojos había una frialdad mortal. Se detuvo a unos seis pies de distancia de Matt y sus dos compañeros tomaron posiciones a su lado, desplegándose en orden de batalla.
—¡Reconozco que me has vencido con los puños! —jadeó Salinas, con los ojos clavados en Matt—. ¡Ahora veremos qué tal te portas con un revólver en la mano! Cuando llegaste a esta ciudad nos metiste el resuello en el cuerpo diciendo que te llamabas Bonney, y todo el mundo sabe que Bonney es el pistolero más rápido de todo el territorio de Nuevo Méjico. Pero esta mañana el conductor de la diligencia me ha contado que el verdadero Bonney, el
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pistolero, está encerrado en la cárcel de San Juan. ¡De modo que te has caído con todo el equipo, Bonney, o como quiera que te llames!
Salinas hizo una seña a Charlie One. El mestizo sonrió diabólicamente, sacó uno de los dos revólveres que llevaba al cinto y lo lanzó haciéndelo deslizar por el suelo, hacia Matt. El arma fue a chocar contra una de las botas de Matt Howard, que en aquel instante pensó en Kathleen Corbett. La muerte le acechaba detrás de tres pares de ojos, pero Matt poseía el indomable orgullo de la juventud, que era más fuerte que todos los temores y todas las nostalgias. Cuando se disponía a recoger el revólver de Charlie One, vio al joven rubio.
El joven había entrado en el saloon tan silenciosamente como un gato, y se había detenido tan cerca de Ab Powell que podía tocarle con sólo alargar el brazo. El forastero llevaba la chaqueta desabrochada y de su cinto colgaba un 38 que había robado en la tienda de Amos Tolliver, mientras Amos, el armero del pueblo, contemplaba la lucha entre Salinas y Matt. El pálido rostro del joven no demostraba la menor emoción, pero Matt no olvidaría nunca la terrible mirada de sus ojos grises.
—¡Un momento! —La voz, a pesar de su suavidad, restalló como un latigazo en el silencio del saloon. La terrible mirada de los ojos grises estaba clavada en el rostro de Salinas—. ¡Creo que tengo el derecho de prioridad en este asunto!
Los tres hombres eran rápidos, pero el muchacho fue más rápido que ellos. Sacó el 38 a una velocidad imposible de ser seguida por el ojo humano. El revólver ladró por tres veces. Ni Salinas, ni Ab, ni Charlie tuvieron tiempo de «sacar».
Más tarde, Mike Corbett dijo que el aspecto del joven en el momento de disparar era la viva imagen del dios de la venganza y de la muerte. Matt ratificó la opinión del irlandés. De los tres hombres que se enfrentaron al joven rubio, únicamente uno de ellos, Charlie One, sobrevivió a sus heridas.
El muchacho enfundó rápidamente su revólver cuando el asunto hubo terminado y miró a Matt: de sus ojos grises había desaparecido la terrible expresión que tenían unos segundos antes. Cuando habló, lo hizo en el tono cortés que un joven bien educado emplea para dirigirse a una persona mayor.
—Voy a pedirle un favor, señor —dijo—. Deseo que me explique usted por qué ha venido utilizando el nombre de Bonney. Creo que tengo derecho a pedirle esa explicación, porque se trata de mi nombre.
Matt, cuyos oídos estaban aún aturdidos por el reciente estallido de los disparos, volvió su rostro sorprendido hacia el muchacho, y le miró a través
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del humo que flotaba como un oscuro velo ante sus ojos.
—Hace un año, en Kansas, maté a un hombre en el curso de una pelea a puñetazo limpio —explicó Matt, en tono cansado—. Yo ignoraba que aquel hombre estaba enfermo del corazón, pero hubiera podido evitar la lucha si no me hubiese dejado llevar de mi exaltado temperamento. Después de ocurrir aquella desgracia, me juré a mí mismo que no volvería a luchar nunca más, si podía evitarlo. El pasado otoño anduve por Alamogordo y oí hablar de usted. —No pudo evitar el llamarle de «usted», a pesar de la evidente juventud de su interlocutor—. Pensé que si me hacía pasar por Bonney mientras estuviera aquí, la gente me dejaría en paz y no me provocarían a una pelea. Creí que todo el mundo estaba enterado de que Billy el Niño se llama, en realidad, Will Bonney.
El muchacho sonrió, pero su sonrisa no revelaba ninguna alegría interior:
era una sonrisa pálida, descolorida.
—Me encontraba encerrado en la cárcel de San Juan —explicó, con su voz suave, que contrastaba extrañamente con el huracán de violencia que había desencadenado hacía unas instantes y que indefectiblemente se asociaba con su famoso apodo—. Oí comentar que un hombre estaba utilizando mi apellido en este pueblo. Me escapé de la cárcel y cogí el primer caballo que se puso a mi alcance, sin disponer siquiera de un revólver. Me dije a mí mismo: «Billy, si es que verdaderamente te encuentras en aquella parte del territorio de Arizona, debes ponerte en camino inmediatamente, para ver lo que estás haciendo allí».
A continuación, el joven rubio, al que Matt contemplaba como fascinado, se inclinó sobre el cadáver de Salinas, extrajo el 44 de la funda del gigante, se lo colocó en la cintura y echó a andar lentamente hacia la puerta de salida del saloon. Casi todos los habitantes de Dragoon Springs se habían aglomerado ante el saloon, pero se apresuraron a abrir un pasillo para dejar paso a Billy el Niño.
El muchacho se detuvo ante la puerta, miró hacia atrás y sonrió de nuevo a Matt.
—Maneja usted los puños como nadie, amigo mío —dijo, con su voz suave—, y puede estar seguro de que le envidio sinceramente. Si yo estuviera en su lugar, no me preocuparía demasiado por lo que ocurrió en Kansas, hace un año. Las cosas ocurren siempre como tienen que ocurrir, sin que podamos hacer nada para evitarlo. Y no ocurre nada que no tenga una finalidad determinada. Si usted no hubiera matado a un hombre que no merecía morir, no se me hubiera presentado la oportunidad de liquidar a dos bandidos de la
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peor especie, los cuales hubieran asesinado, seguramente, a un gran número de honrados ciudadanos si yo no hubiera acabado con ellos. Siempre sucede lo que tiene que suceder, amigo. ¡Hasta la vista! ¡Y buena suerte!
Y Billy el Niño cruzó la puerta del saloon y desapareció para siempre de la vista de Matt Howard y de los ciudadanos de Dragoon Springs.
Todo lo que acabo de contar sucedió hace muchísimo tiempo. Kathleen llevaba un año de casada y estaba amamantando a su primer hijo cuando se enteró de que Pat Garrett había matado a Billy el Niño en Fuerte Sumner; y, a pesar de que el joven rubio había sido un fuera de la ley, Kahleen lloró la muerte del muchacho que había salvado la vida a su marido.
Kathleen Corbett y Matt Howard vivieron muchos años y llevaron una existencia plácida y tranquila; y Kathleen repetía siempre que en el peor de los hombres puede encontrarse algo noble y generoso. Y decía también que Dios tiene sus propios caminos, que a veces resultan extraños o incomprensibles para los seres humanos.
Mi abuelo, que fue el séptimo hijo de Kathleen Howard, me enseñó a creer en esas cosas, y yo creo todavía en ellas.
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EL CABALLO REGALADO
OWEN WISTER
D ESDE lo alto del monte Winter, contemplé el panorama que se extendía a mis pies: Wind River, diminuto como un pueblo de belén, en un soleado valle. Resultaba un paisaje adormilado, soñoliento. Escondido en
algún rincón de aquel valle estaba mi problema: Still Hunt Spring.
Había efectuado muchas investigaciones acerca de Still Hunt Spring. Era un lugar que todo el mundo parecía conocer, pero en el que nadie había estado. Tengo que exceptuar a Scipio; Scipio me aseguró que había estado allí en una ocasión. No era un lugar fácil de encontrar; un hombre podía pasar junto a él una y otra vez, sin sospechar su existencia: eso es lo que decía todo el mundo. Los indios creían que cambiaba continuamente de posición, lo cual era absurdo a todas luces; sin embargo, fueron los indios los que mostraron el lugar por primera vez al hombre blanco. Se decía que era un valle de doscientos pies de profundidad, una milla de longitud y un cuarto de milla de anchura, y la leyenda de que estaba rodeado, el hecho de que se especulara con su posible aparición y desaparición, habían terminado por convertir su nombre en una especie de obsesión para mí. Durante los días del mes de noviembre que pasé cazando en las montañas que rodeaban a Wind River, el nombre acudía una y otra vez a mi mente, como las notas de un tema musical. ¡Still Hunt Spring! Allí estaba, en alguna parte del valle que se extendía a mis pies. Sólo un camino conducía a él; de una parte a otra de aquel valle —decía la gente— crecía una hilera de árboles tan esbeltos y tan altos, que era como si se hubieran montado en unos zancos para contemplar el paisaje que se extendía más allá de sus copas, y en el extremo más lejano había un manantial de aguas frías y cristalinas; y a pesar de que discurría por el centro de una región árida y desértica, el agua —decía la gente—, era dulce, sin el menor rastro alcalino.
—¡Still Hunt Spring!
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Una noche, a la hora de la cena, anuncié repentinamente a mis dos
compañeros de campamento mi nuevo proyecto; el próximo verano me
proponía descubrir Still Hunt Spring.
—¿Sólo? —me preguntó Scipio.
—Sí, a menos que desees acompañarme.
—No es empresa para un novato…
—Mucho mejor. De este modo, si consigo descubrir el lugar, habré dejado de ser un novato.
—Iremos allí —dijo Scipio en tono indulgente—. No podemos permitir que te extravíes.
—No es un lugar para un novato —murmuró el cocinero.
—Entonces, ¿has estado allí? —le pregunté.
El cocinero sacudió negativamente la cabeza.
—Estoy aquí por motivos de salud —respondió.
Me di cuenta de que mis dos compañeros se miraban el uno al otro y sonreían disimuladamente. Me asaltó una repentina sospecha, de la que no hablé hasta la tarde del día siguiente, cuando abandonamos aquel campamento y descendimos hacia el Horse Creek y Wind River.
—No creo que exista un lugar como Still Hunt Spring.
Hice esta afirmación cuando estábamos sentados en la cabaña conocida más tarde en el mapa de la Ruta Postal como Dubois. La oficina de correos más próxima se hallaba entonces a setenta millas de distancia. Después de que hube pronunciado aquellas palabras, nadie habló por espacio de un minuto. Luego, un hombre murmuró:
—Algunos dan a ese lugar el nombre de Blind Spring.
Inmediatamente intervino otro hombre:
—He oído decir que su verdadero nombre es el de Arapaho Spring.
—El nombre verdadero es Still Hunt Spring. —El que acababa de hablar era un hombre robusto, de rostro sonrosado y aspecto decidido. Vestía unas ropas de buena calidad, pero lo que más llamaba la atención en él era su sombrero de paja, de color pardo, inadecuado para aquella estación del año. Habló en tono cortante, y en su voz había una nota de autoridad, como si estuviera acostumbrado a mandar—. Algunos aseguran que el lugar existe — continuó, mirándome con una evidente expresión de curiosidad—, y otros afirman que es pura invención. —Hizo una breve pausa y luego añadió—: Pero yo puedo asegurarle que los primeros están en lo cierto.
Pensé si aquellos hombres se estarían divirtiendo a costa de la credulidad de un novato. Trataba de encontrar una respuesta que no me comprometiera,
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cuando en el exterior de la cabaña se produjo un pequeño revuelo.
—Ha sido abajo, en el corral —dijo alguien.
Y otra voz añadió:
—Ese caballo salvaje del demonio…
Scipio entró corriendo en la cabaña.
—¿Hay algún médico aquí? —preguntó—. McDonough se ha roto una pierna, al parecer.
Pero el médico estaba a setenta y cinco millas de distancia, como la oficina de correos.
—¿Quién es McDonough? —preguntó el hombre del rostro sonrosado y el sombrero de paja.
Se trataba de un joven que había llegado de Colorado el verano anterior, le explicaron. Había adquirido unos terrenos en la región norte de Wind River y se había edificado una cabaña. Mala suerte la suya si se había roto una pierna; tenía una manada de caballos; se dedicaba a criar caballos; tenía buenos caballos. ¡Mala suerte!
Encontramos al joven McDonough en el corral, tendido en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas de un vecino. El caballo salvaje resoplaba furiosamente en el rincón más apartado del corral, mostrándonos sus ollares enrojecidos y el blanco de sus ojos; se había encabritado cuando le echaban el lazo, arrastrando al joven McDonough. Éste, a pesar del intenso dolor que debía sentir, nos dirigió una sonrisa cuando nos acercamos a él, y sus extraños ojos azules chispearon humorísticamente.
—¡Condenado bicho! —exclamó—. Debí temer que pasaría algo de eso… No…
Pero en aquel instante le acometieron unos violentos vómitos y tuvo que renunciar a seguir hablando. Sin ser médico, comprendí que los síntomas indicaban algo más grave que una simple fractura de pierna. Pero no vomitó sangre, y al cabo de un momento el joven McDonough estaba hablando de nuevo con nosotros, aplicándose a sí mismo los peores calificativos por su imperdonable imprevisión.
Le llevamos al interior de la cabaña y le acomodamos en el único catre que había en ella. De su boca no se escapó ningún gemido, aunque sus labios estaban pálidos y cerraba los ojos cuando creía que nadie le observaba; pero si se aproximaba alguien a él, abría de nuevo los ojos y se esforzaba en sonreír con ellos. Tal como se comprobó más tarde, no tenía ninguna lesión interna, pero su pierna derecha, por lo que pudimos apreciar, estaba fracturada por debajo del muslo. El hombre del rostro sonrosado y el sombrero de paja
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anunció que se dirigía al puesto más cercano en busca de socorro, y lamentó no haber cruzado el río en su carromato; de haberlo hecho, podría llevarse en él al herido. Cuando se hubo marchado, pensé que su actitud apresurada, de hombre de negocios, no encajaba en el cuadro de las costumbres de Wind River. Para los habitantes de Wind River, la prisa era una cosa absolutamente desconocida.
—¿Quién es ese hombre? —pregunté, viendo alejarse al hermoso ruano que montaba el desconocido.
Mi pregunta dejó sorprendidos a aquellos a quienes iba dirigida. ¿Era posible que no conociera a Lem Speed, el ganadero más importante de la región, dueño de una tienda y de un banco en Lander, que tenía una casa en Salt Lake, y una esposa en Los Ángeles, y un hijo estudiando en Yale?
—¿Ha venido aquí a velar por sus intereses? —proseguí.
—Ha venido aquí a velar por sus intereses.
Alguien había repetido exactamente mis palabras detrás de mí, en aquel tono especial que demostraba que mi interrogatorio no era del agrado de mis interlocutores.
—¿Qué tienen de malo mis preguntas? —inquirí.
—¿Qué tienen de malo nuestras respuestas? —replicó uno de los hombres.
Realmente, me estaba portando como lo que era: un novato. Me senté y me mantuve silencioso.
Los pálidos labios de McDonough no recobraron el color en toda la noche. El joven se esforzaba en ocultar la intensidad de su sufrimiento, pero era evidente que el dolor que sentía era terrible. No preguntó ni una sola vez si había llegado el carromato que debía conducirle al hospital. Suponíamos que llegaría a eso de las siete de la tarde, pero no llegó hasta medianoche; lo encontraron a quince millas del río, en vez de las dos que habían supuesto. Los hombres empezaron una partida de cartas, y McDonough mostró deseos de jugar. Ante su insistencia, uno de los hombres accedió a jugar sus manos y a efectuar las apuestas por él. McDonough se quedó contemplando el juego con sus extraños ojos azules, medio cerrados.
Hice cuanto pude por él, aunque fue muy poco. Me había dado cuenta de que su pierna ardía y sus manos estaban frías, por lo que fui en busca de mi coñac y le apliqué compresas de agua fría en la pierna. Aceptó el coñac y las compresas sin pronunciar palabra. De entre los elementos de que constaba mi pequeño botiquín, sólo el láudano me pareció aplicable en aquel caso. Le di veinte gotas, que tomó sin hacer ningún comentario, pero no se durmió, ni se
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amodorró siquiera. Sentí tanto no haber podido aliviar su terrible agonía que, mientras le transportaban desde el catre al carromato, acomodándole lo mejor posible a fin de hacer más cómodo su viaje, garabateé unas líneas para el cirujano militar del Puesto.
«Haga todo lo que pueda por él —escribí—. Y como dudo de que tenga dinero para pagar sus servicios, ponga la cuenta a mi nombre.»
Le entregué la nota a McDonough, sin hablarle de su contenido, y Scipio resumió en un comentario lo que todos estábamos pensando:
—No creo que las setenta y cinco millas de camino que tiene que recorrer sirvan para mejorar su estado, precisamente.
En los días que siguieron, de campamento en campamento, no volví a mencionar el nombre de Still Hunt Spring. Pero pensaba muy a menudo en aquel lugar, y mis propósitos de descubrirlo permanecían inalterables. Aunque, sí, hablé de Still Hunt Spring en cierta ocasión. El viejo Washakie, jefe de la tribu de los shoshones, me concedió el honor de comer conmigo en el puesto militar que lleva su nombre. No hay palabras que sirvan para descubrir el rostro y el aspecto de aquel anciano, cuyos harapos que vestía no le restaban un ápice de dignidad. Un pasado tan antiguo como el principio del mundo asomaba a sus ojos; su cuadrado mentón y su pelo negro, larguísimo, producían la misma impresión que producen en un hombre las altas montañas. Cuando hubimos comido y le hube entregado algunos regalos, Washakie dibujó en la arena, con su dedo índice, una especie de mapa. Contra lo que yo esperaba —y debo confesar que con cierta desilusión por mi parte—, mis preguntas acerca de Still Hunt Springs no le inclinaron a mostrarse reservado ni misterioso.
—¡Aquí! —dijo, señalando un punto en el tosco mapa dibujado en la arena—. No difícil encontrar. ¿Tú desear verlo? Agua muy buena, sí. Árboles muy altos. ¿Tú quieres hacer rancho allí?
Cuando le dije que mi deseo era simplemente visitar aquel lugar, no estoy seguro de que me comprendiera, o, en todo caso, de que creyera mis palabras.
—Tú ir allí —dijo—. Ir por este camino —y empezó a trazar un sendero en la arena.
Saqué de mi bolsillo un pedazo de papel y copié exactamente el mapa que el viejo Washakie había trazado en el suelo. El lugar no estaba tan lejos como yo había creído. Le di las gracias, y le dije que volvería «después de una nieve» a visitarle a él y a Still Hunt Spring. Washakie asintió gravemente con la cabeza, montó en su caballo y se alejó sin despedirse de mí, al estilo indio. Pensé que el anciano jefe acababa de obsequiarme con un tesoro.
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La pierna de McDonough se había soldado bien, y me crucé con él, que andaba ayudándose de unas muletas, en la plaza de armas. Había abandonado ya el hospital, y debo confesar que al ver que se limitaba a dirigirme un saludo con la cabeza me sentí defraudado, pensando que su acogida, bastante fría, no correspondía en modo alguno a la buena voluntad que yo le había demostrado a raíz de su accidente. Sin embargo, su sonrisa era muy agradable, y aunque observé que su rostro había perdido el color bronceado para adquirir la palidez natural en un hombre que acababa de pasar una temporada encerrado en un hospital, noté que sus ojos azules conservaban el mismo brillo burlón que ya había notado en ellos cuando conocí a McDonough. ¿Por qué debía darme las gracias? Mientras el joven se alejaba en sus muletas, me reí interiormente de mi momentáneo desencanto.
El médico, con el que había entablado amistad durante mi primera estancia en el Puesto, aquel mismo año, no quiso oír hablar de dinero cuando le pregunté lo que importaban sus servicios a McDonough. Los cirujanos del Ejército, me dijo, debían prestar a los civiles toda la ayuda que pudieran, como si se tratara de atender a un soldado; desde luego, si tenían medios económicos debían sufragar los gastos ocasionados, pero únicamente para impedir que los ciudadanos se acostumbraran a considerar al «Tío Sam» como una institución puramente benéfica. McDonough había prometido pagar lo que pudiera, cuando pudiera. El médico le había mostrado el contenido de la nota que yo le había dirigido, pero McDonough insistió en sufragar los gastos de su propio bolsillo.
—¿Qué comentario hizo a la nota? —pregunté.
—Ninguno, como de costumbre.
—¿Se mostró disgustado, quizás?
—En absoluto. Sus miopes ojos no cambiaron en absoluto de expresión.
—¡Pobre muchacho! ¡Es un buen chico! —exclamé.
—¡Hum! —gruñó el doctor.
—¿Sabe usted algo desfavorable de él? —inquirí.
—Conozco ese tipo de jóvenes. Desde Assiniboin a Lowell Barracks hay muchos como él.
—Es usted un hombre muy escéptico, doctor.
—¡Hum! —volvió a gruñir.
—¿Cree que no le pagará?
—Tal vez. O tal vez no.
—Bueno, hasta la vista, señor Cínico.
—Hasta la vista, Novato.
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La mañana siguiente, de haber tenido ocasión de ver al doctor, podía haberle demostrado que su escepticismo no tenía razón de ser. En el momento en que me dirigía a la diligencia en la cual debía marcharme, tuve una sorpresa. McDonough había estado desayunando en el hotel y no me había dirigido la palabra; una simple inclinación de cabeza, como de costumbre, y se acabó. Cuando terminé de desayunar, la diligencia se había detenido ante la puerta del hotel. Yo era el único pasajero que debía subir allí, de modo que me levanté de la mesa, murmuré una palabra de despedida al pasar junto a McDonough y éste repitió su inclinación de cabeza. Salí a la calle, comprobé que mi equipaje era atado a la parte trasera de la diligencia y me despedí de Scipio. Ya tenía un pie en el estribo del carruaje, cuando oí que alguien decía, detrás de mí:
—De modo que se marcha usted…
Me volví rápidamente. Allí estaba McDonough, con su atractiva sonrisa. Respondí afirmativamente, creyendo que con ello terminaría nuestra
conversación, pero me equivoqué. McDonough, ante mi sorpresa, me dirigió otra pregunta:
—¿Regresará usted el próximo año?
Dije que sí otra vez, y otra vez McDonough me miró con sus sonrientes ojos azules. Y entonces salieron las palabras que la timidez había frustrado hasta aquel momento:
—Cuando vuelva, tendrá usted el mejor caballo de toda esta región. Antes de que yo pudiera contestar, McDonough volvió a entrar, cojeando,
en el hotel… Pero, al fin, las palabras que llenaban su corazón habían asomado a sus labios.
La diligencia se puso en marcha. Pensé en mi triunfo sobre el doctor. Pensé también en lo que había sido mi vida en los últimos meses; en los campamentos, en Scipio… en Still Hunt Spring. Pero la mayor parte de mis pensamientos estuvieron dedicados al muchacho de la pierna rota y los extraños ojos azules.
En Lander me dijeron que, de haber llegado dos días antes, hubiera gozado de la compañía de Lem Speed. De modo que también él y su sombrero pardo de paja vinieron a ocupar mi pensamiento. El doctor de la diligencia —yo había cambiado mi asiento en la caja del vehículo por la compañía del conductor en el pescante— me informó de que Lem Speed se dirigía a California. Aseguró que era un hombre muy rico, aunque yo llevaba mejor whisky que él. Alguien iba a pasarlas «moradas», me dijo el conductor (después de echar otro trago de mi whisky). Sí, alguien las pasaría moradas;
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¿por qué, si no, se había quedado tanto tiempo aquí Lem Speed? Normalmente, sólo acudía en la época del rodeo. El conductor «suponía» que el poderoso ganadero estaba dispuesto a hacer una demostración por el estilo de las que había llevado a cabo en Dry Cheyenne y en Box Elder. Comprendí que la «demostración» a que se refería el conductor consistía en el linchamiento de alguien. Me repugnaba pensar que podía colgarse a una persona sin darle la posibilidad de defenderse ante un jurado, y expresé mis dudas de que un acto de aquella clase fuese necesario en esta región; no había oído hablar de robos de ganado o de caballos. El conductor no respondió a mis objeciones, limitándose a repetir que Lem Speed no era amigo de perder el tiempo inútilmente. Abandonamos el tema y pasamos a hablar de minas; de las minas pasamos a otros temas, hasta que en un momento determinado le conté la historia de McDonough.
—Desde luego, no pienso aceptar ese caballo que me ofreció —terminé. —¿Por qué no?
—Pues… bueno… no creo que deba aceptarlo.
—Es usted muy dueño de hacer lo que le plazca —dijo el conductor—; pero yo no me andaría con tantos remilgos.
—¿Quiere usted decir que «a caballo regalado no le mires el diente», como dice el refrán?
—No entiendo mucho de refranes —respondió el conductor. Sorteó un bache del camino antes de continuar—: Pero creo que no tendría derecho a hacer un favor a una persona, si después iba a negarme a que me lo devolviera.
—Pero, en realidad, yo no hice nada por él.
—Son puntos de vista. Tal vez en el Este las gentes sean distintas. —Bueno —dije, sonriendo—, no quiero que, a través de mí, se quede
usted con una impresión desagradable de las gentes del Este. Le comprendo a usted perfectamente, y el próximo verano aceptaré ese caballo, si usted acepta ahora echar un trago conmigo.
Finalizamos el viaje en excelentes relaciones de amistad.
Los meses que siguieron no debilitaron en lo más mínimo los propósitos que había alimentado en relación con mi regreso a las Montañas Rocosas; así, a últimos de junio tomé la diligencia, dispuesto a recorrer los treinta y dos días de camino que me separaban de mi punto de destino. En mi bolsillo, como un tesoro, llevaba el mapa que el viejo Washakie había trazado para mí y que me permitiría llegar a Still Hunt Spring. Mi amigo, el conductor, iba en la diligencia que efectuaba el viaje en sentido inverso, de modo que con gran
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sentimiento por mi parte no pudimos reanudar la conversación en el punto en que la habíamos interrumpido. Sin embargo, pude captar que la atmósfera general estaba mucho más enrarecida, sin que pudiera precisar las causas, que meses atrás, cuando había abandonado aquella comarca. En una de las paradas del trayecto —en Crook’s Gap, concretamente— oí hablar de Lem Speed, y pregunté si había llegado de nuevo a cuidar de sus intereses.
—¿Es usted amigo suyo? —me preguntó un hombre que iba a caballo. Respondí negativamente, y el hombre se puso a maldecir a Lem Speed en
todos los tonos, mirando a su alrededor como buscando a alguien a quien no le sentaran bien sus palabras; luego, en vista de que nadie parecía tener nada que objetar, prosiguió su camino, dejando un extraño silencio detrás de él.
La tarde del día siguiente llegamos a Washakie. Cuando pasaba ante la oficina de correos, para estirar un poco las piernas después de haber tomado un substancioso refrigerio, pude ver, a través de la ventana, a un grupo de hombres reunidos alrededor de una mesa, discutiendo acaloradamente. Pero lo que me llamó la atención no fue esto, sino el sombrero pardo de paja que vi sobre una de las sillas de la habitación. El encargado del puesto salió en aquel instante del interior del edificio y se acercó a mí, estrechándome calurosamente la mano. Tras un intercambio de frases corteses, me dijo:
—Venga esta noche a pasar un rato aquí. Sin saber por qué motivo, pregunté: —¿Acaso lleva siempre el mismo sombrero?
—¿Sombrero? ¿Quién? —El encargado del puesto siguió la dirección de mi mirada, asombrado al principio, pero al comprender a quién me refería se echó a reír—. ¡Oh! ¡No, claro que no! —exclamó, en tono divertido.
A continuación fui a visitar al doctor, el cual me informó inmediatamente que McDonough le había pagado sus servicios. Pero esto no había modificado en lo más mínimo su opinión del joven, aunque no había oído nada desfavorable de él; en realidad, ni siquiera había oído mencionar su nombre; repitió su cantinela de que había conocido a muchos jóvenes del tipo de McDonough desde Assiniboin a Lowell Barracks, y yo volví a llamarle «cínico», y él volvió a llamarme «novato». Nos despedimos amistosamente y me dirigí a la oficina para charlar con el encargado del puesto, tal como habíamos convenido horas antes. Le encontré tan acogedor como siempre, aunque parecía estar algo preocupado; no dejó de juguetear con un largo cigarro, que no se decidió a encender mientras duró nuestra entrevista.
Todos los tópicos que saqué a relucir para animar la conversación —mis noticias del Este; mis planes veraniegos para dirigirme, en compañía de
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Scipio, hacia el Snake, junto a la Divisoria; la proyectada ampliación del Parque de Yellowstone— perdieron rápidamente interés. La mente de mi anfitrión estaba a mil millas de lo que yo le contaba.
—Esta tarde tenía usted una reunión muy interesante, al parecer —dije, viendo que se agotaban mis recursos dialécticos.
—Sí. Ha venido un grupo de caballeros. Muy amables todos. Sí —repitió, llevándose a los labios el largo cigarro sin encender.
—¿Ganaderos, supongo?
—Sí. Ganaderos.
—Espero que los negocios marchen bien.
—Sí, no andan del todo mal. Como siempre.
Mis recursos se habían agotado por completo, y empecé a ponerme en pie. En aquel momento, mi anfitrión me dirigió una pregunta que me hizo sentar de nuevo.
—¿Ha visto ya a su amigo McDonough?
—¿Cómo sabe usted que es amigo mío? —repliqué.
—Eso ha dicho cada vez que ha venido al Puesto.
—¡Bueno, el doctor estaba completamente equivocado acerca de ese muchacho! —exclamé; y a continuación le expliqué al encargado del puesto lo ocurrido durante mi última estancia allí.
Me dejó hablar, sin cesar de sonreír irónicamente, jugueteando con el largo cigarro, hasta que llegué a lo del caballo. Entonces, la sonrisa desapareció de su rostro. Se puso en pie y empezó a pasear lentamente de un extremo a otro de la habitación. Luego se detuvo ante su mesa escritorio, revolvió algunos papeles y finalmente clavó sus ojos en los míos.
—Si le regala ese caballo, comuníquemelo.
—¿Cree usted que mantendrá su ofrecimiento? De todos modos, aunque lo hiciera, sólo lo aceptaría en calidad de préstamo para el tiempo que pase aquí.
—En caso de que se lo regale, comuníquemelo —repitió el encargado del Puesto.
Con aquellas palabras di por terminada la visita.
En mi camino hacia el hotel, me pregunté a qué obedecería la extraña actitud del encargado del Puesto. Comprendía que me había estado ocultando algo. A la mañana siguiente, mientras tomaba mi desayuno, se me acercó un hombre al que no conocía y me preguntó:
—¿Piensa usted encontrarse con su amigo McDonough? —No, a no ser que él desee verme y salga a mi encuentro.
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La respuesta pareció desconcertarle un poco. Se quedó silencioso unos instantes, pero no tardó en volver a la carga.
—Últimamente no se le ha visto por aquí.
—Supongo que su pierna no le producirá ya ninguna molestia —dije.
—¡Oh! Su pierna marcha perfectamente.
El tono en que pronunció estas palabras me intrigó. Le miré y dije:
—Espero que se encuentre bien del todo.
La respuesta tardó unos instantes en llegar:
—Según los últimos informes, McDonough gozaba de una salud excelente.
Realmente, no había forma de sacarle a uno de aquellos hombres alguna información.
La tarde de aquel mismo día me encontré con McDonough. La cosa ocurrió entre Dinwiddie y Red Creek, en un llano que me pareció a propósito para acampar. Había descargado mis bártulos para inspeccionar más detenidamente el terreno, cuando le vi avanzar hacia mí, montado a caballo. No pude ocultar la alegría que me producía verle. McDonough era el mismo de antes: hablaba muy poco y en sus extraños ojos azules había el malicioso brillo de siempre. Me di cuenta de que montaba un caballo de muy fina estampa.
—Hay muy poca agua para esta época del año —dijo.
—¿Acaso no nevó lo suficiente?
—Apenas nada. La nieve se fundió en seguida.
Aquella noche dormí en su cabaña.
—¿Tanta prisa tiene? —me preguntó McDonough a la mañana siguiente, al ver que estaba preparando mis bártulos para marcharme.
No tenía ninguna prisa, desde luego. Aquellos días carecían de toda prisa, y sólo por ello bendigo su recuerdo. Me senté en un tocón, fumando un cigarrillo, y le conté mis proyectos. Me pareció que prestaba mucha atención a los detalles del camino que pensaba seguir.
—¿De modo que va usted a quedarse al otro lado de las montañas? —me preguntó.
—Sí —respondí—. Regresaré a casa por Idaho.
—¿No regresará por este camino?
—Este año, no.
Tras un breve silencio, dijo:
—¿Está usted decidido?
—Completamente.
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Se quedó en silencio unos instantes, y luego señaló con su cabeza hacia el corral.
—¿Le gusta? —preguntó brevemente.
Se refería al caballo que montaba cuando nos encontramos la tarde anterior. Me di cuenta de que el animal estaba ensillado.
—Me gusta —respondí, adaptándome a la brevedad de su estilo.
Se puso en pie y fue en busca del caballo.
—Lléveselo —dijo.
—Pero… —empecé a protestar.
—Lléveselo —repitió—. Éste no es el que me rompió la pierna —añadió, a guisa de explicación.
De este modo tan sencillo fue ofrecido y aceptado el regalo. Di un breve paseo en el animal. Luego pregunté:
—¿Cómo me las voy a arreglar para devolvérselo?
McDonough se me quedó mirando.
—Puede llevárselo al Este —protestó.
Sonreí.
—No, mi querido amigo. Eso no. Cuando me marche quiero devolvérselo. ¿Qué haría yo en el Este con un caballo?
Pareció comprenderlo y nos pusimos de acuerdo para la devolución. Pasamos el resto del día pescando. El caballo demostró ser un excelente animal. McDonough volvió a retrasar mi marcha.
Me gustaría que pudiera usted apreciar mis habilidades de cocinero —dijo —, y… y usted no va a regresar por este camino.
Para McDonough, aquello había sido un largo discurso, y lo pronunció sin mirarme, ocupado en encender el fuego. En aquel instante pensé en el doctor. ¡Cuán equivocado andaba respecto al joven McDonough! Mis sentimientos se reafirmaron más tarde con algo que me dijo el joven y que me llegó al corazón. Durante la noche se me había ocurrido una idea que me pareció excelente: dejar mi equipaje aquí, dejar una nota para Scipio en el rancho E. A., descender por el río hasta Sand Gulch, desviarme hacia el noroeste al llegar a Crow Hearth Butte, y dirigirme, solo, a Still Hunt Spring a lomos de mi hermoso corcel. El viaje no me llevaría más de un par de días. El motivo predominante de este plan era la vanidad. Pensaba en el asombro que causaría la noticia de que yo, un novato, había conseguido encontrar, sin la ayuda de nadie —no tenía por qué divulgar la que me había prestado Washakie—, el misterioso Still Hunt Spring. Pero no podía negarme el placer de
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comunicárselo inmediatamente a McDonough, ni de anticiparle la noticia a Scipio Le Moyne.
Redacté una breve nota para este último.
«Distinguido amigo (este encabezamiento le haría botar de rabia): Si no tienes miedo a perderte, ven a buscarme a Still Hunt Spring. En el caso probable de que sientas miedo, no te aventures: el próximo viernes por la noche te contaré detalladamente cómo está aquello. Sinceramente tuyo, Novato.»
Le mostré la nota a McDonough, que estaba haciendo un solitario con unas cartas.
—Scipio se tirará de los pelos cuando reciba esta nota —le dije.
Con cierto disgusto por mi parte, la nota no pareció causar el menor efecto en mi joven amigo. Se la acercó a los ojos, confirmando el diagnóstico del doctor al hablar de su miopía, y me la devolvió, diciendo simplemente:
—Está muy bien.
—La dejaré en el rancho E. A. para que se la entreguen —expliqué.
—Sí. Muy bien —repitió McDonough, como si el asunto no le interesara en absoluto.
Preparé algunas provisiones y llené una cantimplora para el viaje. McDonough observó con la curiosidad reflejada en su rostro aquellos preparativos.
—¿Va a dejar aquí su equipaje? —preguntó.
—Sí, desde luego. Regresaré a por él. Ahora voy a acercarme al rancho E. A. ¿Le gusta a usted la poesía? —continué—. He empezado un pequeño poema. —Y le entregué los versos que había escrito, y que había titulado: «En el rancho del Caballo Regalado»—. ¿Le parece adecuado?
—¿Adecuado? ¿Qué?
—El título, «En el rancho del Caballo Regalado».
Apartó el papel de sus ojos y me di cuenta de que su rostro había enrojecido violentamente. Parpadeó dos o tres veces, y luego dijo:
—Me gustaría oír ese poema.
—Lo oirá, cuando esté terminado.
De nuevo parpadeó antes de hablar.
—No crea que le estoy tomando el pelo —murmuró—. Lo que pasa es que no sé leer ni escribir. Nadie me enseñó nunca nada.
—¡Oh! —exclamé, notando que enrojecía a mi vez.
—Ni siquiera he tenido padres… es decir, no he llegado a conocerlos.
Bueno, le deseo un feliz viaje.
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Había recorrido una docena de pasos cuando caí en la cuenta de que McDonough no sabía nada de mi inmediato proyecto. Tiré de las riendas de mi montura y grité, por encima del hombro:
—¡McDonough! ¿Cree usted que este caballo puede llevarme a Still Hunt Spring?
La respuesta tardó unos segundos en llegar, y me volví a mirar al joven, creyendo que no me habría entendido. Ahora estoy convencido de que la expresión de su rostro había cambiado por completo, pero en aquel momento no le concedí ninguna importancia, ya que inmediatamente volvió a sonreír.
—¡Le llevará a usted a cualquier parte! —gritó—. ¡A Méjico, incluso al infierno!
—¡Oh, no tengo ninguna prisa en llegar al infierno! —repliqué jovialmente.
Por lo visto, tampoco McDonough me creía capaz de llegar por mis propios medios a Still Hunt Spring. Mejor que mejor. El próximo viernes les dejaría a todos con la boca abierta.
Llegué al rancho E. A. en menos de dos horas. El dejar la nota para Scipio no me llevó más de un minuto, y el camino que conducía a Sand Gulch era descendente, de modo que antes de las diez de la mañana había llegado a la primera etapa de mi viaje. Siete millas al norte de Sand Gulch se hallaba el punto de partida del camino que el viejo Washakie había dibujado para mí; al llegar allí empezaría lo misterioso y lo desconocido.
Desde las altas montañas que rodean a Wind River, esta región me había parecido siempre monótona; pero ahora no la encontraba aburrida, ni mucho menos. Mi deliciosa soledad estaba amenizada por el interés que sentía en ir descubriendo los detalles del terreno que Washakie había señalado a mi observación. El primero de ellos era una enorme piedra de color rojizo, que la mano de algún ser primitivo había labrado toscamente para darle la forma de una tortuga. En otro estado de ánimo, tal vez el aspecto amenazador de ese monstruo me hubiera parecido un presagio funesto, pero me sentía tan alegre que el descubrirlo no hizo más que aumentar mi sensación de triunfo.
Después de la tortuga, fueron apareciendo los otros detalles señalados por el jefe indio: un antiguo corral, al llegar al cual debía torcer hacia la izquierda; un montón de blancos huesos de búfalo, cinco millas más adelante; unas pequeñas colinas desprovistas de vegetación y de colorido distinto, algunas rosadas, otras de tono magenta. No había el menor rastro de agua (Washakie me lo había advertido). A derecha e izquierda, los perfiles de las lejanas montañas, y por todas partes un profundo silencio. Pero lo aparentemente
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desolado del paisaje no me inspiraba ninguna idea melancólica; me sentía como un explorador penetrando en una región hollada hasta entonces por la planta de ningún ser humano. En un momento determinado, traté de continuar el poema que había empezado en la cabaña de McDonough:
Aunque sólo fuera una parte.
Quisiera plasmar en mis versos
la belleza y la libertad que me rodean,
aunque sólo fuera una parte.
Para que cuando estuviera lejos de aquí las recordase mi corazón.
El tiempo parecía haber dejado de existir. Tan completamente, que la repentina conciencia de que la tarde agonizaba me produjo un sobresalto. El cielo tenía ahora un tono rosado, y no tardaría en llenarse de estrellas. El mapa que había consultado hasta entonces había pronunciado ya su última palabra, y me encontraba en un punto a partir del cual, según las indicaciones de Washakie, debía andar hacia la derecha «un corto trecho». Esto es lo que hice, preguntándome si se me echaría la noche encima antes de llegar a mi destino. Por primera vez sentí una leve ansiedad. Después de «un corto trecho» no encontré nada nuevo: la llanura sin fin, las matas de artemisa, el suelo reseco… y nada más. Un poco más adelante, y el paisaje siguió inmutable, mientras empezaban a caer las primeras sombras del crepúsculo y mi inquietud iba en aumento. No tenía miedo a extraviarme, pero sí a fracasar en mi empeño de encontrar el lugar oculto. No podía permanecer allí, dando vueltas y más vueltas en la oscuridad. Necesitaba agua, lo mismo que mi caballo, y el Sand Gulch había quedado ocho horas detrás nuestro. Cuando más desmoralizado estaba, noté que mi caballo parecía conocer el camino a seguir. En efecto, había emprendido un ligero trote, y no tardé en darme cuenta de que el terreno que ahora pisaba era completamente distinto.
Cuando descubrí este hecho me sentí profundamente impresionado. ¡Lo que yo no había conseguido descubrir, lo había descubierto mi caballo! El aura de leyenda que envolvía el lugar me dominó por unos instantes, a pesar de que mi subconsciente de hombre civilizado trataba de tranquilizarme con una sencilla explicación: el animal, sediento, había venteado el agua, el agua cristalina y dulce de Still Hunt Spring. Miré hacia abajo y descubrí las formas de la hilera de altos chopos, erguidos «como si estuvieran montados sobre unos zancos para contemplar el paisaje que se extendía más allá de sus copas». Mientras descendíamos hacia el fondo del valle, divisé a un grupo de
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caballos —veinte o treinta, la oscuridad no me permitía precisarlo— pastando tranquilamente entre los árboles. Mi llegada provocó una leve alarma entre ellos; corrieron de un lado a otro, resoplando y relinchando.
El cansancio y la satisfacción me invadían a partes iguales mientras me dirigía al manantial; la bondad del agua superaba todas las esperanzas. El mapa de Washakie me sirvió hasta el último momento, ya que lo utilicé para encender el fuego con que prepararme la cena. ¡No necesitaba ningún mapa para regresar! ¡Había triunfado en la empresa! En mi entusiasmo del momento, olvidé lo mucho que debía a mi caballo. Mientras buscaba ramas secas descubrí lo que resultaron ser unos hierros de marcar ganado, hecho que se avenía perfectamente con la presencia de los caballos. Evidentemente, el lugar era utilizado por algún ganadero, o por varios, para guardar ganado. Tal vez alguno de ellos estuviera acampado por los alrededores. Grité varias veces, pero sólo me respondió el silencio.
Cuando hube devorado la cena y bebido unas tazas de café, me sentí demasiado cansado para intentar cualquier clase de exploración. Me preparé un lecho con la manta de la silla, utilizando la propia silla como almohada. Me tumbé, sin oír más sonido que el rumor de los caballos, y sin ver nada más que los altos chopos, las oscuras sombras del valle y un trozo de cielo, sobre mi cabeza, lleno de estrellas. Los efectos del café no me impidieron quedarme inmediatamente dormido.
Abrí los ojos cuando ya era de día, y el primer objeto sobre el que descansaron fue un sombrero de paja, pardo. Con la confusión mental que suele asaltar a un viajero en su primer despertar en un lugar desconocido, me pregunté dónde estaba. Comenzaba a incorporarme, cuando Lem Speed, ganadero, propietario de una tienda y de un banco en Lander, que tenía una casa en Salt Lake, una esposa en Los Ángeles, y un hijo en Yale, me apuntó con un rifle.
—¡No se mueva! —ordenó.
Me eché a reír.
—¡Bonito despertar! —exclamé—. Pero, puedo asegurarle que no podría perjudicarle a usted aunque deseara hacerlo.
Ya no me perjudicará usted nunca más.
Otra voz añadió:
—No nos perjudicará a ninguno de nosotros nunca más.
—¿Por quién me toman ustedes? —pregunté, asombrado.
—Por uno de los hombres que deseábamos encontrar.
La cosa resultaba divertida.
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—Me alegra saber que deseaba usted encontrarme. Y me gustaría conocer los motivos. Llegué aquí anoche, para…
—Siga. ¿A qué vino usted aquí?
—Para nada concreto. Para ver este lugar, simplemente. Hacía un año que deseaba venir aquí. Deseaba comprobar si era capaz de encontrarlo sin la ayuda de nadie.
Y les conté quién era y dónde vivía.
—Es listo el tipo, ¿verdad? —dijo un tercer hombre a Lem Speed.
—De modo —dijo el ganadero— que pretende usted convencerme de que es un novato en esta región, y al mismo tiempo pretende haber encontrado este lugar en su primer viaje al mismo, sin la ayuda de nadie, a través de cincuenta millas de terreno desconocido, en el que se extravían incluso los hombres que conocen la región. ¿No es eso?
—Bueno, no puedo decir que viniera sin la ayuda de nadie. Washakie me dio un mapa.
—Veamos ese mapa.
—Lo utilicé anoche para encender el fuego.
Alguien se echó a reír. Me di cuenta de que estaba rodeado por cinco o seis hombres.
—Les agradecería, caballeros, que me informaran acerca de quién creen que soy, y qué es lo que creen que he hecho…
—No sabemos cómo se llama usted, ni nos importa. En cuanto a lo que ha hecho, lo sabe usted tan bien como nosotros, de modo que no trate de hacerse el tonto. Le hemos pillado con las manos en la masa, incluso con los hierros de marcar.
—Me parece que empiezo a comprender. Si no me equivoco, creen ustedes haber atrapado a un ladrón de ganado.
—A un ladrón de caballos —corrigió uno de los hombres.
—De las dos cosas, probablemente —añadió otro.
—Bien, no voy a pedirles que crean mis palabras —dije—. Llévenme a Washakie. Allí me conocen perfectamente.
—No vamos a llevarle a ninguna parte. Va usted a quedarse aquí para siempre.
La verdad, la terrible, la increíble verdad se abrió paso en mi cerebro: aquellos hombres estaban decididos a lincharme, sin atender a explicaciones de ninguna clase. El asombro me dejó paralizado, y cuando volví a hablar mi voz salió temblorosa, lo que a los ojos de aquellos hombres debió ser una prueba más de mi culpabilidad.
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—Pero… —murmuré—. Lo que dicen ustedes no es cierto…
—¿Por qué hemos de perder el tiempo hablando con él? —dijo uno de los hombres a Lem Speed.
Lem Speed se dirigió a mí.
—Pretende usted lo siguiente: es un viajero procedente del Este. Ha venido aquí por simple curiosidad. Ha corrido usted el riesgo de extraviarse en la región más enmarañada de esta comarca… por curiosidad. Pero ha llegado directamente a este lugar, gracias al mapa que le dio un indio, pero da la casualidad de que ha quemado el mapa. Es usted un forastero y no sabía que este lugar es un escondrijo de los ladrones de ganado. Eso es lo que usted pretende. Pero los hechos que nosotros conocemos son muy distintos. El pasado año, usted y otro hombre, que está reclamado en varios lugares y al que tratamos ahora de dar caza, anduvieron juntos. Usted se ofreció a pagar los gastos que acarreara la curación de una herida que recibió ese hombre. Regresa usted a la región donde opera ese hombre, y lo primero que hace es venir directamente al escondrijo donde ese hombre trae los caballo robados, y viene usted montado en un caballo que todo el mundo sabe que pertenecía a ese hombre, y que lleva la marca del ganado de ese caballero —señaló a uno de sus acompañantes—. Y todo por simple curiosidad.
—Hemos encontrado otros seis caballos míos aquí —dijo el caballero señalado por Speed.
Repetí mi historia en tono excitado. Describí todos y cada uno de mis movimientos desde que había llegado a aquella región, afirmando una y otra vez mi ignorancia y mi inocencia. Pero vi que no me escuchaban siquiera; me miraban de cuando en cuando, se hablaban en voz baja el uno al otro, señalando hacia el otro extremo del valle, y se volvieron, mientras yo estaba aún hablando, para escuchar el informe de otro hombre, que acababa de llegar de entre los caballos robados.
Decidí callarme. Me senté en la silla que me había servido de almohada y crucé las manos por delante de mis rodillas, mirando ora a los hombres que me rodeaban, ora al paisaje circundante. Me invadió un helado desaliento. Los primeros rayos del sol iluminaban ya el paisaje; las piedras erguidas a ambos lados del valle; las elevadas copas de los chopos; la fina arena y la hierba color esmeralda del fondo del valle… Mis ojos se posaron en el apagado fuego y en el ennegrecido pote que había utilizado la noche anterior para hacer el café. «Su amigo McDonough», me habían dicho en Washakie, y yo me había preguntado qué había detrás de su reticencia cuando yo les dirigía alguna pregunta acerca del joven. Siempre estaban dispuestos a
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embromar a un novato, contándole mentiras, pero nunca quisieron hablarme claramente de sus sospechas respecto a la honradez de McDonough, nunca quisieron pronunciar una palabra que hubiese podido ahorrarme lo que ahora me estaba sucediendo. Era lógico, desde luego; ahora todo resultaba lógico. Ahora comprendía por qué McDonough había insistido tanto en conocer el camino que yo pensaba seguir a mi regreso. Si viajaba por Idaho, no había ningún peligro de que el caballo fuese reconocido, y, por tanto, yo estaría seguro. Pero, incluso con toda aquella cadena de pruebas circunstanciales: la factura del médico, el caballo, mi desdichado cuento del mapa y los hierros de marcar con los cuales creían que iba a alterar las marcas originales, ¿qué derecho tenían aquellos hombres a negarme la oportunidad de defenderme?
El hombre que acababa de unirse al grupo dio cuenta a sus compañeros del resultado de sus investigaciones entre los caballos robados:
—Hay treinta y dos cabezas, de cinco marcas distintas: NY, Bar Cicle, Goose Egg, 66 y VR.
—Ninguno de ustedes puede acusarme de nada concreto —dije—. Sólo me acusan a través de pruebas circunstanciales, que el encargado del Puesto destruiría inmediatamente. Tengo derecho a reclamar que me lleven ustedes a Washakie.
—¿No crees que esto ya va durando demasiado, Lem? —preguntó uno de los hombres.
—Son ya las ocho —dijo otro, mirando su reloj.
—¡Levántese! —ordenó Lem Speed.
Viéndome tratado como un vil delincuente, todo mi amor propio se sublevó y a duras penas pude contener las lágrimas de rabia y de impotencia que asomaron a mis ojos.
—Si desea usted escribir algún mensaje… —¡No! —grité.
—Entonces, terminaremos antes.
—Me consta que no darían curso a cualquier mensaje que yo escribiera, porque sería tanto como ponerse ustedes mismos la soga al cuello. En cuanto a usted, Mr. Lem Speed, con su tienda, su banco, su casa, su esposa y su hijo, espero que viva lo bastante para verles en la mayor ruina y aflicción posibles en este mundo.
Me acercaron un caballo y monté en él, flanqueado por dos jinetes. Apenas recuerdo lo que siguió. Emprendimos la marcha hacia el otro extremo del valle, pero no puedo decir lo que se hablaba a mi alrededor, ni siquiera si alguien habló; sólo recuerdo las altas paredes del valle y el cálido contacto del
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sol sobre mis hombros. Tampoco puedo decir si la cólera que me sostenía en aquellos momentos me hubiese sostenido hasta el último instante, ya que antes de que nos detuviéramos junto al árbol escogido para mi ejecución el ruido de unas piedras procedentes de las alturas del valle nos hizo mirar a todos hacia arriba: allí, galopando desesperadamente y gritándonos algo con verdadero frenesí, estaba Scipio Le Moyne. Comprendí que me había salvado.
Scipio se acercó a nosotros como un huracán, saltó del caballo y se encaró furiosamente… no con mis captores sino conmigo.
—¡Necesitas una niñera! —gritó roncamente—. ¡No sé cómo tu mamá te deja ir solo por el mundo!
Le falló la respiración; se reclinó contra un árbol —el árbol que debía servir para ahorcarme—, jadeando penosamente. Cuando se hubo recobrado un poco, se encaró con Speed.
—¡De modo que he llegado a tiempo! He cabalgado toda la noche. Hubiera llegado una hora antes, pero perdí una vez el camino y tuve que volver atrás. Me temí algo de esto cuando recibí la nota.
Mostró la nota que había dejado para él en el rancho E. A. Esto, unido a las explicaciones de Scipio, me dejó libre de toda sospecha. Se había demostrado que todo lo que yo había dicho era cierto. Entonces se dieron cuenta de la barbaridad que habían estado a punto de cometer.
—¡Pensar que hemos estado a punto de ahorcarle! —exclamó uno de los hombres.
—Menos mal que se ha aclarado todo —añadió otro.
—Sí —convino un tercero—. Menos mal. Pero hemos estado al borde de hacer una tontería irreparable.
Lem Speed se acercó a mí.
—Espero que no me guarde rencor —dijo, alargándome la mano.
Me volví hacia Scipio.
—Dile a ese sujeto que cualquier cosa que desee decirme me la transmita a través tuyo.
Speed enrojeció violentamente. Quedó desconcertado. Pero la brutalidad de su temperamento acabó por imponerse y rugió:
—Antes ha dicho usted algunas cosas acerca de mi esposa y de mi hijo que me gustaría repitiera ahora.
Me volví de nuevo a Scipio.
—Dile a ese individuo que no deseo ningún daño a su familia. Bastante desgracia tienen al verse obligados a soportar un marido y un padre como él.
Creí que iba a atacarme, pero los demás hombres se echaron a reír.
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—Ahora le toca a él, Lem. Deja que se desahogue. Esta mañana ha pasado un mal trago, y es natural que quiera desquitarse un poco.
Se dispusieron a emprender el viaje de regreso con los caballos recuperados.
—¿Vendréis con nosotros tú y tu amigo? —le preguntó a Scipio uno de los hombres.
—Gracias —respondí—. Es usted muy amable, pero ya he visto todo lo que deseaba ver de cualquiera de ustedes.
La tensión de mis nervios había sido demasiado fuerte para mí; apenas pronunciadas las anteriores palabras, me deslicé del caballo y perdí el conocimiento.
Cuando lo recobré, el grupo de hombres había desaparecido; Scipio y yo estábamos solos en el valle. Miré a mi alrededor. Era un lugar maravilloso, sereno, y lo contemplé con la sensación de lánguido placer de un hombre que sabe que acaba de volver a la vida después de una larga enfermedad. Las rocas, los árboles… los altos chopos calzados con zuecos… sus hojas temblando suavemente a impulsos de la brisa… Me volví a mirar a Scipio, que estaba sentado a mi lado, contemplándome con una expresión mezcla de reproche y burla. Me contó que mis captores habían dejado el caballo para mí, pero yo no estaba dispuesto a aceptar limosnas de aquellos tipos. Me llevaría el caballo a Wind River y desde allí lo devolvería a su dueño, acompañado de un cheque, como si le hubiera alquilado el animal. Scipio me reprochó mis deseos de venganza; al fin y al cabo, no me habían causado ningún daño, arguyó. Pero no me dejé convencer y persistí en mi propósito.
—Esos salvajes merecerían algo más de lo que me propongo hacer —dije
—. Comprendo que exista el linchamiento en lugares donde no hay ninguna clase de Ley. Pero, ¿te das cuenta hasta dónde pueden llegar los que lo practican? Esos hombres estaban tan seguros de sí mismos, que no atendían a ninguna razón. Se negaban incluso a llevarme ante el encargado del Puesto… ¡que está de acuerdo con ellos! Me juzgaban por las apariencias. No creo que a eso se le pueda llamar siquiera «justicia natural».
Scipio no encontró respuesta a mis palabras, aunque no quedó convencido.
—Los novatos no deben aventurarse solos por una región como ésta — murmuró obstinadamente.
Confieso que en aquel momento estuve completamente de acuerdo con él. Pasamos el día y la noche en Still Hunt Spring. No teníamos ninguna prisa, y mi cuerpo apetecía más un buen descanso que una larga travesía a
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caballo. Nos bañamos en el manantial y Scipio me contó que hacía tiempo se susurraba que los ganaderos iban a efectuar una «demostración», y que Still Hunt Spring se había convertido en un escondrijo para el ganado robado. También me dijo que se puso en camino en cuanto le entregaron la nota con que yo había querido embromarle, sin pensar que yo corriera un peligro tan serio, pero temiendo por mi seguridad.
Aquella noche dormí mucho más profundamente que la anterior. Scipio, tras haberse pasado una noche a caballo, durmió como yo; no nos despertamos hasta que el sol estuvo muy alto y calentaba de firme. Después de desayunar con las últimas provisiones que nos quedaban, bebí un último trago de agua del manantial del valle donde acababa de experimentar tan terribles emociones, y luego emprendimos la marcha en silencio hacia la salida del valle. De repente, mi caballo se encabritó y relinchó, asustado por algo que acababa de ver. ¡De uno de los árboles colgaba el cuerpo sin vida de McDonough! Le habían sorprendido cuando se dirigía a su escondrijo, y le habían colgado mientras nosotros dormíamos junto al manantial, al otro extremo del maravilloso valle.
En aquel momento recordé las palabras del joven McDonough, al decirme, sin ninguna amargura, que no sabía leer ni escribir, que «nadie le había enseñado nunca nada». ¡Pobre muchacho, con su rostro sonriente y sus extraños ojos azules! ¡Pobre diablo! La vida no le había dado más que una mezquina oportunidad, y la había perdido.
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EL DIABLO EN EL DESIERTO
PAUL HORGAN
U NA mañana de verano, hace casi un centenar de años, en la ciudad de Brownsville, situada cerca del punto donde el río Grande vierte sus aguas en el Golfo de Méjico, el Padre Pierre se despertó antes del alba, muy
preocupado.
«Ayer —se dijo a sí mismo amargamente—. Debí habérselo dicho ayer.» Se quedó escuchando en la oscuridad de su habitación, por cuya pequeña ventana asomaba la primera claridad del día. Sí, oyó lo que había temido oír. Ruido de pasos que se extendían por toda la casa, de una parte a otra. El Padre Pierre hubiera podido decir por dónde andaba el hombre que daba aquellos pasos, y qué estaba haciendo. Ahora se hallaba en el estudio recogiendo material impreso: un breviario, un misal, unos cuantos formularios para certificar los bautizos, las bodas y las Primeras Comuniones. Los pasos retrocedieron en dirección al refectorio, y la bolsa de viaje, de cuero, quedaría pronto llena con un queso, dos panes, una lonja de carne ahumada, una botella de vino tinto y una cantimplora de agua. Luego se oyó el ruido de una puerta al abrirse y cerrarse, y los pasos resonaron en el jardín en dirección a la sacristía, donde la otra bolsa de cuero quedaría llena de ornamentos sagrados, confeccionados con fina seda de Lyon, la cajita de los Santos Óleos, el cáliz,
el copón y las pequeñas bandejas para administrar la Santa Eucaristía.
La puerta de la sacristía volvió a abrirse, y el Padre Pierre supo que los pasos se encaminaban ahora hacia el establo donde los dos curas de la parroquia guardaban sus caballos. Allí sería ensillado el viejo Pancho, un caballo del color de la maleza que crecía a orillas del río, para ser llevado después al patio, donde aguardaban las dos bolsas de cuero. Para entonces habría ya suficiente claridad y el Padre Pierre tendría que bajar al patio.
Por los sonidos que podía oír y las actividades que podía imaginar, el Padre Pierre disponía de una exacta composición de lugar acerca del hombre que se disponía a marcharse. Aunque los pasos sonaban como los de un
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anciano, había en ellos una obstinada fortaleza. El ruido que armaba antes de que amaneciera, cuando los demás podían estar durmiendo, demostraba su desdén por las comodidades humanas; parecía estar diciendo que si un hombre podía levantarse y hacer todo aquel ruido en nombre de Dios, cualquier otro hombre debía sentirse contento de haber sido despertado por él.
El Padre Pierre sabía que el mundo estaba lleno de felicidad, aquella mañana, para su amigo y colega el Padre Louis Bellefontaine. Sabía también que el Padre Louis se esforzaba en dominar una capacidad para el enfurecimiento que podía arder en él tan rápida y tan agresivamente como en un gato. En la nueva casa parroquial, edificada de piedra y ladrillo, los dos hombres vivían juntos, en santa armonía la mayor parte del tiempo. El conseguirlo exigía en los dos un férreo dominio de sus respectivos temperamentos, ya que existía una dificultad que hacía muy enojosa la situación, y era que el Padre Pierre, mucho más joven que su compañero, era el párroco; en tanto que el Padre Louis, que había llegado de Francia una generación antes que el Padre Pierre, era el vicario y, por tanto, estaba a las órdenes de su joven compañero. Esto era motivo de chanzas entre ellos, como lo era la esmerada educación del Padre Pierre. El Padre Louis conocía solamente a su Dios, sus obligaciones y lo que había aprendido en sus rudos contactos con la Naturaleza. Sabía que era muy lógico que un caballero tan fino como el Padre Pierre fuera su superior; y su viejo rostro resplandecía de admiración cuando el Padre Pierre le contaba cómo era la vida en la madre Patria, es decir, en Francia, donde algún día, indudablemente, el joven sacerdote sería consagrado obispo. Pero el Padre Louis no envidiaba a su superior en nada, ya que estaba convencido de ser un gran dominador en su propio mundo: un dominador de las distancias, del calor, de la fatiga; de la ruda vegetación del desierto y del peligro de los implacables indios, cuya alma no estaba aún completamente formada; dominador de los temores, de las esperanzas y de las necesidades de las familias cristianas que vivían tan aisladas a lo largo del curso del río Grande. Por espacio de más de un lustro el Padre Louis había cabalgado, la mayor parte de las veces solo, y dos veces al año, río arriba.
Aquellos viajes eran para él, no sólo el cumplimiento de un deber, sino también una especie de evasión. Nunca se sentía tan cerca de Dios como cuando cabalgaba por aquella región inhóspita para llevar consuelo, noticias y los Sacramentos a alguna familia que habitaba en la más recóndita soledad. Cuanto más viejo se hacía, más imprescindibles le eran aquellas evasiones de la ciudad y de la parroquia. Cuanto más se debilitaba físicamente con el paso
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de los años, más fuerte era en él su espíritu misional. Cada vez que se disponía a emprender uno de aquellos viajes, cuya duración oscilaba entre dos y tres meses, el Padre Pierre descubría en el arrugado rostro del anciano un brillo juvenil. Sus ojos estaban apagados por la edad, pero su espíritu se mantenía más vivaz que nunca, mostrándole claramente lo que la gente esperaba de él y lo que él podía llevar a la gente. Si su mano temblaba hasta el punto de dificultarle el escribir los nombres en los certificados de bautismo o de matrimonio, nunca dejaba de asomar a sus labios una sonrisa burlona hacia su propia debilidad, ni dejaba de asegurar a sus feligreses que, de todos modos, la administración del Sacramento había quedado registrada en el Cielo. Si a veces su corazón se agitaba como un pájaro herido en la jaula de sus costillas, se tumbaba unos instantes y esperaba a que cesara la agitación; y siempre terminaba por sonreír sardónicamente, pensando que no había llegado aún el momento en que su corazón le jugara una mala pasada definitiva. Tenía muchas cosas que hacer, y las haría.
El Padre Pierre sabía muchas de estas cosas de un modo intuitivo, y las recordó aquella mañana, al levantarse. Se dio prisa a vestirse, ya que iba a salir al encuentro del Padre Louis y a decirle lo que hubiera debido decirle el día anterior, e incluso mucho antes. Debía darse prisa.
«¿No será —pensó el Padre Pierre— que le tengo miedo? ¿O que temo que resulte lastimada mi dignidad? ¿Qué ocurrirá si se niega a escucharme? Cuando no le ha interesado escucharme, se ha hecho el sordo, como un anciano. ¿O será, acaso, que no deseo ver reflejado el dolor en sus diminutos ojos azules? En realidad, es muy posible que lo que tengo que decirle le impresione hasta el punto de hacerle caer enfermo.»
El Padre Pierre se encogió de hombros ante sus propias dudas y trató de contestarse a ellas de un modo razonable:
«Tonterías. Después de todo, tengo una carta del obispo aprobando mi decisión y autorizándome a hacer lo que crea más prudente. ¿Por qué debo detenerme a considerar los sentimiento personales de nadie, ni siquiera los míos, cuando se trata de cumplir con un deber? Si he sido un cobarde durante muchos días, a pesar de mis continuas plegarias para obtener el valor y la clarividencia suficientes para hacer lo que tengo que hacer, hoy debo mostrarme más firme que nunca.»
Y, sin embargo, mientras bajaba la escalera que conducía al patio, iluminado ya por los primeros rayos del sol naciente, el Padre Pierre tenía mucha más conciencia de la que había tenido nunca hasta entonces de la diferencia de edad existente entre él mismo y el anciano que en aquel
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momento estaba atando las bolsas de cuero a la silla del viejo Pancho, con una rodilla alzada y apoyada contra un costado del animal para ayudarse a hacer más fuerte la atadura.
El Padre Pierre se detuvo unos instantes a contemplar el cuadro. El caballo se mostraba de lo más paciente. Llevaba un sombrero de paja que había sido cuidadosamente cepillado y por el que asomaban sus orejas. La brida era de pelo de caballo entretejido. La silla muy voluminosa, y muy gastada por el uso; el Padre Louis la utilizaba también como almohada. No llevaba ningún aditamento para una arma: el Padre Louis viajaba siempre desarmado.
El anciano sacerdote llevaba una larga chaqueta de confección casera y unos pantalones de tejido muy basto y resistente. Al igual que el caballo, llevaba un sombrero de paja. Sus botas altas eran del color de la arcilla seca. Ahora, en presencia de su joven superior, redobló sus esfuerzos para terminar los preparativos. Efectuaba movimientos innecesarios, para demostrar lo difícil que era la tarea que tenía entre manos, y los completaba con un gesto levemente jactancioso, para demostrar la facilidad con que la había llevado a cabo. Su respiración era acelerada, haciendo que su voz sonara ligeramente aflautada al hablar.
—Bueno, Pierre, ya estoy terminando con esto. Esperaba verle antes de emprender la marcha.
El Padre Pierre sonrió. Su corazón latía aceleradamente. Se dijo a sí mismo:
«Ahora, ahora, debo decírselo ahora.»
Pero se oyó decir en voz alta:
—¿Cree usted que alguien puede dormir con todo este ruido?
El Padre Louis se limitó a encogerse de hombros, con absoluta indiferencia. Luego alzó la mirada y clavó los ojos en los de su superior. Lo que vio en ellos le hizo apresurarse.
—Bien, ya lo tengo todo dispuesto. Le mandaré recado si encuentro a alguien que baje a la ciudad.
—Sí, hágalo. Pero, antes de irse…
El Padre Louis empezó a rebuscar en sus bolsillos con repentino desaliento.
—¡Oh, Pierre! Por poco me olvido de mis lentes, los nuevos, ya sabe usted a los que me refiero: esos que mi sobrina me envió desde Vitry-le-François.
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—Sí, creo haberlos visto. Tienen los cristales verdes y la montura de metal, ¿verdad?
—¡Exactamente! ¿Quiere hacerme un gran favor? No me obligue ahora a subir escaleras… Vaya a buscármelos, Pierre. Tienen que estar en mi habitación.
—¿Me esperará usted?
—¡No faltaría más!
—En seguida bajo.
No podía ser, y, sin embargo, era. El Padre Pierre, cuando estaba a punto de cumplir con su penoso deber, había sido enviado a un encargo por su víctima. Sacudió la cabeza. ¿De qué tenía miedo? ¿Del estallido de cólera del Padre Louis? ¿De los años de callada sumisión del más anciano al más joven? ¿De los humanos achaques que pueden invadir los corazones de los hombres, incluso los de aquellos hombres consagrados a Dios? No lo sabía Sólo estaba seguro de una cosa: de que el anciano que esperaba en el patio junto al caballo ensillado, con sus manos temblorosas y sus ojos azules, era más fuerte que él. El Padre Pierre era alto, y esbelto, y su rostro poseía una gran nobleza de líneas. Su sotana estaba siempre limpia. Su rostro pálido y sus ojos oscuros inspiraban respeto. Pero en aquellos momentos se sentía incapaz de imponer su autoridad a un anciano de ropas remendadas y rostro arrugado, sin afeitar.
La habitación del Padre Louis mostraba un desorden absoluto. El Padre Pierre sonrió al verlo. Revolvió montones de papeles, apartó a un lado manzanas resecas por el tiempo y cacharros cubiertos de polvo, pero los lentes no aparecieron. El Padre Pierre volvió a bajar al patio.
El Padre Louis estaba ya montado en la silla. Blandió los lentes en su mano derecha.
—Los encontré —dijo—. Siento que haya tenido usted que molestarse buscándolos. Adiós, Pierre. Deme su bendición.
A través de su voz cascada y de sus apagados ojos, hablaba un muchacho que marchaba a una agradable excursión. Al mirarle, el corazón del Padre Pierre se rindió. Comprendió que no iba a decirle lo que tenía el deber de comunicarle. Disgustado de su propia debilidad, alzó su mano y trazó la señal de la cruz, mientras el Padre Pierre inclinaba la cabeza.
Después de todos aquellos años llevaba un mapa en su cabeza. El río trazaba una larga diagonal. Un viejo camino indio corría en dirección noroeste. Cuanto más se avanzaba tierra adentro, más se separaban uno de otro. Hacia el interior, el terreno era muy distinto a como se presentaba en las
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cercanías de la costa. El viaje del Padre Louis terminaba a una distancia de semanas, en lugares donde el mapa no tenía nada que anotar, como no fueran datos basados en los rumores y en las leyendas. Los límites naturales de su resistencia estaban determinados por el agua. Su mapa privado tenía marcada una X al final de cada una de las etapas de su viaje: un campamento, una granja, un arroyo, un manantial, una charca de agua… suponiendo que no estuviera seca.
Durante los primeros siete días de viaje, no tenía la sensación de ausentarse de su hogar. La tierra era aún baja y arenosa, y el Padre Louis podía leer en ella que el mar llegó hasta aquellos parajes en otras épocas, lamiendo con sus olas los caminos que ahora pisaba su caballo. El aire era húmedo y unas pequeñas nubes blancas se formaban y se desvanecían continuamente en él. El Padre Louis no podía seguir el río muy de cerca, ya que el curso de agua formaba innumerables recodos y en algunas partes parecía doblarse sobre sí mismo. De modo que seguía el camino trazado por los indios, y sólo lo abandonaba para dirigirse a las granjas aisladas situadas a orillas del río.
Allí pasaba la noche, o más tiempo, según lo que encontraba. A veces la muerte visitaba a una de aquellas familias, y el Padre Louis administraba los últimos Sacramentos. A veces había niños por bautizar. Por la mañana, improvisaba un altar debajo de un árbol y allí celebraba la Santa Misa y administraba la Comunión. Oía las noticias que llegaban de Méjico a través del río Grande: se hablaba de otra guerra entre los rancheros de Coahuila y las tropas mejicanas; hacía ciento setenta días que no había llovido; unos bandidos habían cruzado el río y matado a cuatro hombres, después de robar ganado y caballos; en el Bolson de Mapimi había nacido un niño que a los tres días hablaba claramente, hablando de una inundación que estaba a punto de producirse, pero que después había perdido repentinamente el habla; y así por el estilo.
El Padre Louis, a su vez, hablaba de cómo estaban las cosas en Brownsville, y más arriba en la costa, en Corpus Christi y en Galveston, y al otro lado del mar, en Francia, donde, bajo el reinado del nuevo emperador, los negocios florecían, y el comercio con Méjico crecía de continuo, como podía apreciarse por los muchos barcos que llegaban al Golfo de Méjico procedentes de Marsella y El Havre. Tras haber sido obsequiado con algunas provisiones por la familia, el jinete se apartaba del río y volvía al camino trazado por los indios, siempre avanzando hacia el noroeste.
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Días después, aunque el aire no se enfriaba durante las horas nocturnas, la calidad del calor era distinta. Ahora, el calor era seco, y las tierras bajas de la costa empezaban a dar paso a una región más árida, cubierta de arbustos espinosos. El suelo empezaba a ser rocoso. De cuando en cuando, el paisaje se alegraba con el verdor de unos olivos, pero no con aquella dulzura que el Padre Louis recordaba en el paisaje de la Francia meridional, donde los olivos ponían una nota de melancolía en el paisaje.
A medida que avanzaba, la región trataba de impedir su avance. Los pinchos de los mesquites se agarraban a sus botas y a las perneras de sus pantalones. Pancho era muy experto en evitar la mayor parte de los peligros, pero había lugares donde la maleza era tan espesa, que lo único que podían hacer, hombre y caballo, era avanzar con el mayor cuidado posible. Pero esto no era nada nuevo. El Padre Louis había luchado antes contra los pinchos y siempre había salido vencedor de la contienda.
En cuanto al agua, siempre había, o demasiada, o muy poca. Muy poca cuando, en años de sequía, los arroyos y manantiales que el Padre Louis esperaba encontrar a lo largo de su camino sólo mostraban su seco fondo rocoso. Demasiada, cuando una tormenta de terrible violencia asolaba la región, y el agua caída en cantidades terribles del cielo no conseguía penetrar en la tierra recocida, produciendo una especie de inundación hasta que el suelo se había ablandado lo suficiente como para permitir que se filtrara a través de sus grietas.
Cuando se producía una de esas tormentas, el caudal más insignificante se convertía en un impetuoso torrente capaz de arrastrar como una pluma a un hombre montado a caballo. Cuando acababa de cruzarse uno de ellos sin novedad, otro aguardaba ya con sus fauces dispuestas a engullir a su presa. No había ningún lugar donde guarecerse. Cuando cesaba la lluvia, salía el sol y lo secaba todo el mismo día, excepto los arroyos, que quedaban secos al día siguiente.
Y no había que olvidar tampoco las nubes de polvo que volaban empujadas por el cálido viento. Para defenderse de ellas, el Padre Louis se cubría el rostro con un gran pañuelo de hierbas que había sido comprado en Nueva Orleans.
Y seguían avanzando, hombre y caballo, lentamente pero con seguridad, a través de aquella inhóspita e inmensa región, en la que de cuando en cuando aparecían pequeños racimos de vida humana, que para el Padre Louis eran como faros en la oscuridad.
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¿Que era un viaje muy duro? De acuerdo, era un viaje muy duro. Pero también era dura la vida que el Padre Louis encontraba al término de cada una de las etapas de su viaje. En sus visitas, había visto envejecer a muchos hombres, y sus hijos seguían trayendo nuevas almas al mundo. El aislamiento, el calor y la hostilidad del mundo animal y vegetal les habían enseñado varias lecciones. Cada uno de ellos —el chiquillo, el abuelo, el marido, la esposa, el joven, el caballo, la doncella— luchaba incesantemente, desde que salía el sol hasta el anochecer, contra el polvo, los pinchos, la ignorancia y la escasez. El gran mundo no era allí más que un rumor, y un rumor totalmente desfigurado cuando llegaba. Pero detrás de los ojos de toda aquella gente morena, obediente a las condiciones naturales de sus vidas, había un mundo sin dimensiones y sin límite; el mundo del alma humana, en el cual pueden vivir promesas tan hermosas y satisfacciones tan intensas que las dificultades y las perfidias de la impersonal Naturaleza pueden ser soportadas, con tal de que de cuando en cuando llegue alguien con un poco de alimento espiritual.
Para el Padre Louis era un hecho evidente —tan duro como la roca, tan misterioso como el agua, tan sorprendente como la luz— que, sin Dios, la vida más rica del mundo era más árida que el desierto; y, con Él, la vida era, después de todo, completa, en una armonía de la que estaban compuestas todas las cosas. Ser el agente de tal transacción colocaba sobre los hombres del Padre Louis un deber, a la luz del cual todos los peligros de sus viajes se convertían, en el peor de los casos, en simples inconvenientes. En aquella región desolada, todo el mundo necesitaba y merecía lo que sólo él, bajo las circunstancias imperantes, podía proporcionarles.
El Padre Louis estaba aún aterrado por el misterio de su oficio. Y, como ser humano que era, no podía negarse a sí mismo la alegría que le inspiraba ver en los rostros de aquella gente lo que su llegada significaba para ellos. Sabían los peligros que había desafiado. Estaban orgullosos al pensar que merecían tales esfuerzos y tales riesgos. Le amaban.
Su mente no permanecía ociosa ni un instante en la soledad a través de la cual cabalgaba día tras día, a lomos del fiel Pancho. Una de sus meditaciones favoritas era la siguiente: entre Dios en el cielo, cualquier pequeño rancho hacia los cuales cabalgaba a través de los días y él mismo, existía un triángulo. Era un triángulo siempre cambiante, ya que uno de sus extremos no era fijo: el que le correspondía a él. A medida que se acercaba más y más a su objetivo del momento, la gran hipotenusa entre él y Dios se hacía más y más corta, hasta que finalmente, cuando alcanzaba su destino, no había ya más que una sola línea recta en perfecta comunión. Se sonreía de esta idea, pero al
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mismo tiempo le inspiraba un gran respeto; y a veces sacaba un tizón de un fuego y dibujaba una serie de cuadros de lo que pensaba, explicando su significado a las gentes a quienes visitaba, y oía con suma complacencia sus murmullos de asentimiento, y observaba cómo se consultaban unos a otros, y cómo gozaban de aquella idea con él, maravillados.
Al mediodía de una jornada de su actual viaje, divisó las paredes de un alto cañón, cuyas rocas amarillas aparecían veteadas de grandes franjas azules. En el fondo de aquel cañón se veían todas las huellas de un río, aunque nunca corría agua por él. Aquí y allá había profundas charcas alimentadas por la corriente subterránea, demasiado escasa para flotar a la superficie, excepto cuando llovía intensamente. El Padre Louis se detenía siempre en aquel lugar a tomar un baño. Normalmente, era media tarde cuando llegaba al cañón. El sol empezaba ya a descender y el lugar estaba muy sombreado. Para el Padre Louis era como un palacio, abierto al cielo. Se bañaba, dormía un poco y luego se sentaba a la sombra a leer su breviario. Sabía el momento exacto en que debía reemprender la marcha para llegar a la caída de la tarde a la casa y al pozo de Encarnadino Guerra, para pasar allí la noche.
Encarnadino era un muchacho de diez años cuando el Padre Louis lo vio por primera vez. Ahora era padre de seis muchachos, marido de una mujer silenciosa y risueña llamada Cipriana, e hijo de una viuda llamada doña Luz, la cual, en su última visita, había dicho al Padre Louis que no viviría lo suficiente para recibirle cuando volviera a la casa. Recordaba el rostro de la anciana, marcado con las huellas del tiempo, de las preocupaciones, del trabajo y de las penas, mientras le decía: «Cada noche, cuando todo está silencioso y yo me despierto —ya que duermo muy poco—, alguien me habla y me dice que esté dispuesta para emprender el último viaje, que no haga planes de ninguna otra clase».
Le miró con sus ojillos casi desprovistos de luz, y el Padre Louis supo que la anciana estaba en lo cierto. Y ahora, cuando avanzaba hacia la casa, se preguntó si, por un milagro de tenacidad semejante a la del desierto, estaría aún viva.
Pero cuando descabalgó ante el pórtico de la casa de los Guerra, la primera noticia que le dieron, después de saludarle calurosamente fue que doña Luz había fallecido durante el verano, sentada a la sombra, en su banco favorito.
A la luz del farol, los miembros de la familia miraron al Padre Louis y luego se miraron unos a otros. Quedaron impresionados por lo mucho que
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había cambiado desde el año anterior. Requemado por el viento y por el sol, su rostro parecía más menudo. Sus manos temblaban sin cesar. Respiraba profundamente, con la boca ligeramente abierta. De repente, se habían dado cuenta de que era un hombre viejo, muy viejo. Pero esto sería para ellos un pequeño secreto que procurarían ocultarle.
Tras los saludos de rigor, las mujeres empezaron a preparar la cena. Los niños perdieron su timidez y acabaron por trepar a las rodillas del Padre. Para ellos, el Padre olía a sequedad y a polvo, como la tierra.
Después de cenar, examinó de catecismo a los niños que al día siguiente debían hacer su Primera Comunión. Los padres y los dos hijos mayores escuchaban atentamente.
Terminado el examen, quedó un pequeño espacio para el intercambio de noticias. Las de la familia eran las mismas de todas las temporadas. Las del Padre Louis se referían casi exclusivamente a las cartas y periódicos que le habían llegado de Francia. Los Guerra sabían ya que el gran amor de su vida era, en el aspecto terreno, su país natal, en el que no había puesto el pie en los últimos treinta años, pero que seguían reflejándose en sus vivaces ojillos azules, en su sociabilidad y en el acento con que hablaba el castellano. Le escuchaban respetuosamente mientras trazaba cuadro tras cuadro de lo que tanto había amado, aunque no podían ver, ni con los ojos de su imaginación, los campos verdes, las antiguas granjas de piedra labrada, los árboles, los ríos que el Padre Louis describía; ni las antiguas ciudades, ni las gloriosas catedrales, ni su querida ciudad de París.
Pero se sentían honrados con tenerle allí, entre ellos, oyéndole hablar de todas aquellas maravillas, y preparándoles para que al día siguiente pudieran recibir, en perfecta disposición de espíritu, los Sacramentos.
Por la mañana, el Padre Louis visitó la tumba de doña Luz. Le acompañaron todos los miembros de la familia. Doña Luz estaba enterrada a poca distancia de la casa de adobes. Cuando vio la poca tierra que había desplazado el cuerpo de la anciana, el Padre Louis asintió y sonrió, ya que aquello encajaba perfectamente con el carácter humilde de la difunta, que él conocía tan bien. Guerra había traído agua en un recipiente de barro… muy poca, sólo la suficiente. El Padre Louis tomó el recipiente con ambas manos y se quedó contemplándolo unos instantes. Luego les recordó cuán preciosa era el agua sobre la tierra, ya que su presencia determinaba la presencia de la vida. A continuación la bendijo, y todos supieron lo que ello significaba en términos de su lucha diaria. Después rodeó el pequeño montón de tierra rezando por la difunta y esparciendo agua bendita, y todos supieron que en
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aquel momento renovaba una promesa establecida entre el cielo y la tierra hacía muchísimo tiempo.
Regresaron a la casa y el Padre Louis recibió a solas a cada uno de los miembros de la familia y oyó la confesión de sus pecados, de los cuales les absolvió. A continuación, en un altar improvisado contra la pared donde doña Luz solía sentarse por espacio de muchas horas, celebró la Santa Misa, vistiendo sus ornamentos de seda francesa.
La familia se arrodilló en el suelo, frente al altar, en línea recta. El famoso triángulo del Padre Louis se cerró también en línea recta por uno de sus lados. Dios y el género humano se habían fundido en uno. Mientras recitaba las palabras del Ofertorio: «Oh, Dios, que has ennoblecido la naturaleza humana…», el Padre Louis sintió detrás de él la presencia corporal de aquella familia aislada, y una sensación casi dolorosa de la bondad de cada una de sus almas le postró humildemente ante su altar.
Terminó la misa y volvieron a entrar en la casa, donde, en la mesa gastada por los innumerables contactos de todos los miembros de la familia, el Padre Louis llenó los certificados de Primera Comunión de los niños. Llevaba consigo un frasco de tinta indeleble y una pluma de acero alemán. Sentado tan lejos como pudo de los documentos, para ver mejor, empezó a escribir. Una expresión de disgusto asomó a sus ojos al darse cuenta de que su mano temblorosa le dificultaba la tarea. Con una exclamación de impaciencia, apoyó su mano izquierda sobre la muñeca contraria para hacer más firme su mano, pero la maniobra le sirvió de muy poco. Cuando hubo terminado, empujó los papeles hacia el cabeza de familia, diciendo:
—No creo que nadie, excepto Dios, pueda leer lo que acabo de escribir.
Y, tras un breve silencio, añadió:
—Pero, es suficiente con que Él pueda leerlo, ¿no es cierto?
Tuvieron un alegre desayuno, y todo el mundo quería hablar a la vez, como si pensaran que aquella era la última oportunidad que se les ofrecía de conversar con el Padre, lo cual era cierto; todo el mundo, excepto Guerra que se disponía a hablar de algo tan pronto como se hubiera hecho el silencio. Finalmente, se presentó la ocasión.
—Padre —dijo, reclinándose hacia atrás en su silla y entrecerrando los ojos, para ocultar lo que sentía en aquel instante en lo más profundo de su corazón—, cuando se marche de aquí no irá a visitar a nadie más, ¿verdad?
—¡Oh, sí!
—¿A dónde se dirigirá usted, Padre?
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—Tengo la intención de marchar directamente hacia el río. Hay allí un par de familias a las que quiero visitar, y tal vez me acerque a la ciudad de San Ignacio, para ver si los Padres de Mier llegan hasta allí en sus visitas. ¿Por qué?
Guerra inclinó la cabeza a un lado y se encogió de hombros. No deseaba decir que el anciano estaba agotado y que no debía ir tan lejos por aquella desolada región, sufriendo los efectos del implacable sol. No sería cortés decirle que parecía más viejo de lo que realmente era, aunque tenía más de setenta años. No se atrevía a decir que a todo el mundo le llega el instante, después de una vida de duro trabajo, de detenerse a descansar y de dejar que la gente más joven y más fuerte haga lo que es necesario hacer. No se atrevía a proponerle que se quedara unas semanas en su casa, descansando, y luego él mismo, que podía dejar todas las cosas en manos de sus dos hijos mayores, lo acompañaría hasta Brownsville.
El Padre Louis acercó su rostro al de su amigo y captó lo suficiente de aquellos pensamientos para ponerse hecho una furia.
—¿Qué pasa? —inquirió, golpeando con sus nudillos la frente de Guerra
—. ¿Qué es lo que hay ahí dentro?
Estaba sumamente irritado. ¿Qué es lo que imaginaban? ¿Que era un
anciano desvalido? Su estado de salud era cuenta suya, y de nadie más. —Ten mucho cuidado, muchacho —le dijo a Guerra, entrecerrando sus
ojillos hasta que no fueron más que dos diminutos puntos azules—. ¿Eh? Algo te baila en el magín, ¿verdad? Pues bien, guárdate tus opiniones para ti. Cuando desee conocer tus opiniones, ya te lo diré. He venido aquí, ¿no es cierto? ¿Cuántas veces he venido? ¿Y por qué he venido? ¿Acaso me ha dicho alguien que viniera? ¿Me ha dicho alguien dónde tenía que ir? ¿O cuándo? ¿O por qué? Entonces, muchacho, quédate en el lugar que te corresponde, y da gracias a Dios por las bendiciones que derrama sobre ti, y sobre tus amigos, y ten en cuenta que un mal pensamiento es tan pecaminoso como una mala acción. ¿Eh? —Su cuerpo entero temblaba de pasión, a pesar de sus esfuerzos por dominarse—. Sí, tan pecaminoso. De modo que ten mucho cuidado, es todo lo que tengo que decirte. ¿Te has enterado?
La familia quedó desconcertada ante aquel estallido del Padre Louis. Permanecían sentados, con la vista clavada en el suelo, pensando que sería una falta de respeto mirar al Padre en aquel acceso de furor. Pero lo tembloroso de su voz les indicaba que no iban desencaminados en sus suposiciones acerca del estado de salud del misionero. Guerra, que era más indio que cualquier otra cosa, podía dominar perfectamente sus emociones.
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No respondió a las invectivas del sacerdote. Sabía que su preocupación por la salud de aquél estaba plenamente justificada. Admiraba el vigor espiritual del anciano, su indomable tenacidad. Ahora, tras haber intentado lo que había intentado, Guerra estaba en paz consigo mismo.
El más pequeño de los muchachos, sin comprender lo que estaba ocurriendo, percibió lo enrarecido de la atmósfera y no tardó en estallar en llanto. El Padre Louis lo cogió y lo sentó en su regazo, y acercó la cara del chiquillo a la suya, cactus y melocotón juntos, y en un murmullo apenas audible tranquilizó al niño y se tranquilizó a sí mismo.
Pasados cinco minutos, el visitante estaba de nuevo sonriente y la familia había dejado de sentir temor por él.
—Bueno, tendré que marcharme —dijo el Padre Louis, dejando el chiquillo en el suelo y poniéndose en pie—. ¿Queréis ensillarme el caballo?
Guerra ordenó a uno de sus hijos que fuera a buscar a Pancho. Salieron todos. Cipriana había preparado algunas tortillas, que puso en la bolsa de cuero. Se arrodillaron, para recibir la bendición del anciano. El sol calentaba con fuerza. Se habían entretenido mucho después del desayuno. Era tarde. El Padre Louis, montado y dispuesto a emprender la marcha, bendijo tres veces a la familia y empezó a cabalgar hacia el sur. La familia seguía arrodillada. Cuando el Padre Louis se volvió a mirarles, apenas los pudo distinguir, ya que incluso a aquella pequeña distancia hacían la misma sombra que las matas de arbustos que crecían en el reseco suelo, y parecían tan arraigadas a él como las propias matas.
Tuvo una mala mañana. El sol le pareció más cálido que antes. Los pinchos de la maleza se clavaban en sus piernas y el propio Pancho, tan acostumbrado a la región, se encabritaba de cuando en cuando.
—¡Quieto, animal! —gritaba cuando esto ocurría—. ¿Te has vuelto loco? Pero se dirigía a sí mismo tanto como al caballo. Durante las primeras horas de viaje de aquel día, recordó muchas veces el espectáculo que había dado en casa de los Guerra, al dejarse llevar por su temperamento. Trató de razonar con la lógica que sólo es posible en un francés, que su actitud al reprochar a Guerra lo que pensaba acerca de él había sido no sólo natural, sino realmente necesaria. Pero, ¿y los golpes con los nudillos en la frente de su amigo? ¿Habían sido también necesarios? Desde luego, tenía que hacerle
comprender a su amigo… ¿Comprender qué?
No se había portado bien. Como siempre le sucedía, al final perdió la discusión que había entablado consigo mismo. La verdad, pura y simple, era que había ofendido a Dios y a su amigo con su pecado de orgullo, y que lo
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único que podía hacer, que debía hacer, era arrodillarse y rogar que le fuese perdonado.
Él mismo se impuso la penitencia por su pecado, resolviendo que no comería ni bebería hasta la noche.
A media tarde, la maleza se hizo más espesa. Muy espaciados aparecían pequeños claros entre las matas de mesquites, las cuales sobrepasaban en altura al Padre Louis montado sobre Pancho. A pesar de sus gafas de cristales verdes, el reflejo del sol hería sus ojos. Miró hacia delante, pero no consiguió descubrir ni rastro del otro cañón que había de llevarle, después de varios días de viaje, al río Grande. Mantuvo el sol a su derecha, ya que estaba declinando hacia el oeste y él se dirigía al sur.
Pero, ¿qué era aquello? Le pareció oír un viento cantarín, pero cuando se volvió para ver levantarse la nube de polvo que acompañaba a cada racha de aire no percibió ningún signo de viento. Volvió la cabeza. Sí, oía algo, ora hacia delante, ora junto a su oído. Se detuvo para examinar los alrededores, pero no vio nada que le pareciera anormal.
Al reemprender la marcha, el sonido se hizo más intenso. Era como la voz del calor del desierto. El Padre Louis sacudió la cabeza, molesto por no acertar a descubrir el misterio. Y repentinamente comprendió, y se llamó estúpido a sí mismo por no haberlo sabido comprender antes.
Lo que producía el sonido eran las cigarras que cantaban al calor entre los mesquites. Había millares, millones de ellas. Seguían ciegamente el impulso de sus naturalezas, respondiendo colectivamente a la llamada del sol y del desierto. La atmósfera parecía estar en llamas, y el sonido de los incansables insectos contribuía a aumentar esa sensación.
El Padre Louis había tocado el desierto con bastante frecuencia. Lo había olido. Lo había gustado cuando el viento levantaba nubes de polvo. Lo había visto desde todos los ángulos posibles. Pero, hasta entonces, no podía decir que lo hubiera oído.
De repente, se sintió agotado. Se detuvo en un pequeño claro y desmontó, trabando a Pancho a la rama de un mesquite. Una nube de cigarras salió volando en busca de otro arbusto. El zumbido de los insectos era ensordecedor. El Padre Louis no podía oír siquiera el patear de los cascos de Pancho golpeando el suelo para espantarse las moscas. Batió palmas, pero quedaron ahogadas por el estridente zumbido del aire. Se sintió transportado fuera de sí mismo. Todos los elementos del desierto se habían combinado para convertirle en un ente impersonal. Aquí, humillado no sólo desde dentro sino también desde fuera, pudo encontrar su contrición real. Cayó de rodillas
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y empezó a orar. Siempre rezaba en francés, el idioma a través del cual se había entendido con Dios por vez primera.
No solía rezar durante mucho rato, ya que sabía que la plegaria era más importante desde el punto de vista de su intensidad que de su extensión. Más calmado, se puso trabajosamente en pie y buscó una sombra para tenderse a descansar. Cerró los ojos. Era delicioso poder reposar unos instantes y recobrar fuerzas para el camino.
A través de las embrolladas armas del mesquite bajo el cual estaba tendido, caían sobre él pequeñas monedas de luz. Estaba tan inmóvil y tan sólido como una roca. Y si él utilizaba a la Naturaleza, la Naturaleza le utilizaba a él sin que se diera cuenta, ya que estaba dormido.
No vio, ni olió, ni oyó lo que se acercaba a él reptando por el suelo, en busca de sombra y de frescor. La serpiente de cascabel, de cabeza triangular, se acercó al durmiente con infinito cuidado, como si temiera despertarle, y se tendió a la sombra que proyectaba su hombro derecho.
Durante un rato, los durmientes permanecieron completamente inmóviles. Luego, el Padre Louis se despertó, bostezó y se incorporó, quedando sentado en el suelo, preguntándose dónde estaba y cómo había llegado allí.
La serpiente, al percibir la primera señal de movimiento a su lado se había erguido sobre su cola. Pero el sonido no pudo ser percibido entre el estridente zumbar de las cigarras.
«¡Ah, sí!», murmuró el Padre Louis.
Acababa de descubrir dónde estaba, y por qué, y hacia dónde se dirigía. Puso una mano en su nuca y se dejó caer pesadamente hacia atrás, para descansar unos minutos más. La serpiente le mordió en el hombro, y volvió a morderle.
La primera impresión del Padre Louis fue que le había golpeado la rama de un mesquite. Al volverse, vio la clase de rama que le había golpeado. La serpiente continuaba erguida, y el Padre Louis pudo ver sus brillantes ojillos. Su corazón empezó a latir aceleradamente, al tiempo que una oleada de furor invadía su ser. Deseó matar a la serpiente y se incorporó sobre una rodilla en busca de algo con que atacar al animal: una piedra, una rama, cualquier cosa… Pero no encontró nada. Se dejó caer de nuevo de espaldas y, dominando sus rabiosos impulsos, cruzó las manos sobre su pecho, con los pulgares juntos, en actitud de orar.
«No, no debo enfurecerme», se dijo a sí mismo con los ojos cerrados. Acababa de superar una de sus crisis de orgullo y de amor propio, y no
debía dejarse dominar por otra. Abrió los ojos y vio que la serpiente
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continuaba erguida a la sombra del mesquite más próximo.
—Vete —le dijo.
Lo que esto significaba se le hizo más y más claro en la hora de calma y de lucha que siguió. La serpiente, como si le hubiese entendido, empezó a retroceder lentamente hasta que se perdió de vista entre los altos arbustos donde las incansables cigarras seguían cantando y cantando.
—Sí, vete —repitió amargamente el Padre Louis.
Se avergonzó al descubrir que estaba sollozando. Lo que de humano había en él sollozaba al comprender que se acercaba la muerte. El Padre Louis cayó de bruces al suelo y se colocó las polvorientas manos sobre el rostro. Su boca estaba abierta y por ella penetraba el áspero sabor de la tierra. Sus lágrimas se deslizaban por entre sus dedos. Su corazón latía desordenadamente contra el suelo. Era como si la tierra estuviese temblando. El Padre Louis comprendió que estaba muy asustado.
«¿Asustado? ¿De qué? —pensó—. ¿Asustado de la muerte? He pasado con ella toda mi vida y he luchado por evitar sus terrores a los que sabían que iban a morir. ¿No es la muerte la única victoria de la vida? ¿Por qué, pues, debo temerla?»
Permaneció inmóvil unos instantes, sin pensar en nada. Si conservaba todas sus energías, su vitalidad conseguiría derrotar a la asesina del desierto. Se obligó a sí mismo a relajarse, pensando que al cabo de unos instantes su corazón se habría tranquilizado y él podría levantarse, montar en su caballo y marchar lentamente hacia el cañón, donde le esperaba una conocida charca de agua fresca. Una noche de reposo y de oración, y al día siguiente podría llegar a casa de unos amigos que le atenderían, le darían de comer y le dejarían en condiciones de seguir realizando su tarea en este mundo, adquiriendo méritos para el otro.
Pero el veneno actuaba rápidamente, y no tardó en percibir el cambio que se operaba en su cuerpo y en su mente. Su vista se nubló y su cabeza cayó hasta que la mejilla chocó contra el suelo. El Padre Louis trató de decir: «Acógeme en tu seno, Señor». Pero las palabras no salieron de sus labios.
Atado a la rama del mesquite, Pancho seguía aguardando pacientemente. De pronto, el Padre Louis creyó despertar. Su mente funcionaba con la mayor lucidez, con una lucidez que no había conocido hasta entonces. Vio todos sus pensamientos como a través de un purísimo cristal. Sabía que estaba a la sombra de un mesquite, y lo que le había ocurrido, y sabía todo esto con una pureza de sensaciones que sólo había experimentado después de recibir o de administrar los Sacramentos. Era algo más que un simple bienestar físico. Era
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una sensación de liberación de su propia arcilla y del exasperante peso de lo terreno. Era un estado que no podía definirse, que no necesitaba ser definido. Estaba allí, dentro, y estaba allí, fuera. Era una comunión perfecta con el todo. Y cuando llegaba a conocerse el todo, nada resultaba sorprendente.
El Padre Louis no se sorprendió, por tanto, cuando vio que a su lado, a la luz del sol, estaba la serpiente, mirándole con sus penetrantes ojillos.
El Padre Louis habló a la serpiente.
—No te guardo ningún rencor. Me basta con haberte reconocido.
La serpiente contestó:
—Esa es mi condenación.
—Sí —dijo el Padre Louis—. Cuando el diablo es reconocido, todos los demás poderes se unen para derrotarle.
—Y, sin embargo, nunca le derrotan. ¿Cómo te explicas esto?
—¡Ah! Tú y yo no vemos las cosas desde el mismo ángulo. Tú crees que la derrota sería la posible muerte del diablo, después de la cual sólo el bien sobreviviría.
—Desde luego.
—Ese es tu pecado de vanidad. La verdad es que el diablo debe morir una y otra vez, con cada acto de Vida. Puede decirse, incluso, que ese acto repetido es esencial para la supervivencia de la misma Vida. Si todos los actos de muerte terminaran de una vez para siempre, al alma no le quedaría nada sobre lo cual triunfar.
La serpiente sacudió despectivamente su cabeza triangular y dijo:
—¿No crees posible que yo pueda triunfar repetidamente sobre todos los actos de bien —es decir, de Vida—, hasta quedar como única potencia?
—No puedo admitir la posibilidad de tu triunfo repetido sobre todos los actos de Vida. Desde el punto de vista histórico tu premisa es insostenible.
—Y, sin embargo, yo he desempeñado un papel muy importante en la vida humana. Y sigo desempeñándolo en todas y cada una de las vidas humanas.
—No lo niego. No estamos discutiendo ahora el hecho de que tus poderes tengan una existencia más o menos real; sólo discutimos sus límites.
La serpiente sonrió.
—¿De veras crees que mis poderes tienen un límite? —preguntó, en tono irónico.
—¿A qué te refieres? —preguntó el Padre Louis, que no había comprendido la ironía.
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—Si mis poderes tienen un límite —dijo la serpiente—, ¿cómo he podido matarte? ¿Crees que existe algún poder superior a éste?
El Padre Louis se pasó la mano por el rostro para disimular su regocijo. —Tú sabes —dijo— que la muerte de la materia carece de toda
importancia, excepto para otra materia. El materialismo sólo ve el final de sus poderes en la destrucción. Yo, y mis hermanos, y mis hijos, sabemos que detrás de la materia está el espíritu, y que es en el espíritu donde se encuentran todas las respuestas, donde la verdad se convierte en un lugar común, donde esfuerzos como los tuyos, tan incansables, tan ingeniosos, tan llenos de apasionada vanidad, se ven en sus verdaderas dimensiones, tal como realmente son.
La serpiente frunció el ceño y quedó silenciosa unos instantes. Luego, disimulando su irritación tras un barniz de cortesía, no desprovista de cierto encanto, como el Padre Louis fue el primero en reconocer, dijo:
—Todos y cada uno deben hacer lo que su naturaleza les impulsa a realizar.
—Permíteme que te diga —respondió el Padre Louis en tono grave— que detrás de la formación de la naturaleza a que aludes hay muchas cosas que no tienes en cuenta.
—¿De veras? Después de todo, yo soy una serpiente, procedo de las serpientes, hago lo que debe hacer una serpiente. ¿Cómo podría comportarme de un modo que no correspondiera a la conducta que debe seguir una serpiente?
—La forma exterior no tiene nada que ver en el asunto. Carece de importancia. A fin de cuentas, tú puedes adoptar la forma que escojas, ¿no es cierto?
La serpiente tardó unos segundos en responder. A su rostro asomó una expresión admirativa, como si le maravillara la astucia que demostraba el Padre Louis.
—Confieso, aunque seamos enemigos —terminó por decir— que te admiro y me resultas simpático.
—Gracias —dijo el Padre Louis—. Desde un punto de vista puramente abstracto, también tú posees grandes y hermosas cualidades —añadió.
—¿De veras crees eso?
—Sí, desde luego —asintió el Padre Louis—. Pero debo añadir que esas cualidades, a fin de cuentas, me parecen menos importantes de lo que tú las consideras.
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—Me doy cuenta de que no eres, precisamente, un hombre demasiado cortés.
—No trato de mostrarme rudo, ni mucho menos —dijo amablemente el Padre Louis—. Y lo que importa, en realidad, no es el modo de decir o de hacer las cosas, sino las cosas que se hacen o se dicen. Por ejemplo, creo que tú puedes hacer cosas mucho mejor que yo. Pero cuando se trate de averiguar la clase de cosas, estimo que mi superioridad sobre ti es evidente.
La serpiente acogió las palabras del Padre Louis con evidente disgusto.
El Padre Louis continuó:
—Yo no puedo, por ejemplo, adoptar la forma que desee, como puedes hacerlo tú. Conservo siempre el mismo aspecto, el de un hombre, el de un anciano; un anciano sucio cuando el agua escasea, un anciano lleno de orgullo, de pecado y de vanidades; pero mi aspecto no engaña a nadie pues siempre soy lo que realmente parezco, y con todos mis errores de forma, el jardín que yo cultivo no cesa de dar flores.
—¿Y yo?
—Tú eres a veces una serpiente, y a veces un látigo, y a veces un sueño, un hervor en la sangre, un rostro bonito, una ambición, un proyecto para ganar dinero, una tarea para un ejército. A veces puedes ser incluso un hombre y desarmar a cualquiera que no pueda ver tu corazón. Pero siempre acabas por ser descubierta. La bondad puede pasar inadvertida en algunas ocasiones. Pero el diablo siempre termina por ser reconocido.
—Sí, creo que la mayoría de la gente me conoce más a mí que a las otras cosas.
—No debes enorgullecerte de ello —dijo el Padre Louis— ya que cuando eres reconocida estás a punto de sufrir una de tus incontables derrotas.
El Padre Louis se dio cuenta de que la serpiente acabaría por enfurecerse, a menos que cambiaran de tema.
La serpiente cambió de tema.
—Me pregunto —murmuró— cómo es que no te he conocido hasta ahora.
El Padre Louis se encogió de hombros.
—Más pronto o más tarde —respondió—, teníamos que conocernos. —¿Acaso me esperabas?
—Te he estado esperando toda mi vida; aunque no exactamente del modo que has llegado. Me has sorprendido mientras dormía, como un mal sueño.
—No quería más que descansar un poco. Tenía mucho calor. No podía soportarlo.
El Padre Louis sonrió con deleite.
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—¿Te das cuenta? Por comodidad, incluso tú has tenido que acercarte al bien.
—¿Por qué me dejaste marchar?
—No tenía ninguna arma.
—Podías haberme aplastado.
—No creo en el asesinato.
—Pero, yo soy enemiga tuya.
—Sí, lo eres. Pero creo que existen otros medios, que no son la venganza, para triunfar de ti.
—Di, mejor, que no te dejé tiempo para defenderte. Si te hubiera dejado tiempo, me hubieras matado antes de que te atacara. ¿No es cierto?
—Tal vez. Pero tú hablas como si yo pudiera haber dispuesto del tiempo a mi voluntad. Y no es así. ¿Cómo puedo yo saber el tiempo que me pertenece?
La serpiente pareció desconcertada por esa afirmación. Sacudió repetidamente la cabeza y acabó por preguntar, como contra su voluntad.
—¿Quién puede decidir, si no eres tú mismo, el tiempo que te pertenece?
¿A quién te refieres?
La serpiente se removía, inquieta. Parecía presa de la angustia, como si obedeciera a un deseo que había de lastimarle, pero al que no podía resistir.
—No creo que desees oírlo —dijo el Padre Louis compadecido del evidente malestar del animal.
—¡Oh, sí! ¡Lo deseo! ¡Dímelo! —sollozó la serpiente, sufriendo por anticipado con la respuesta que esperaba oír.
El Padre Louis se inclinó sobre la serpiente, sintiendo una intensa piedad. —Puesto que lo deseas, voy a responderte; yo, y todos los seres vivientes,
recibimos nuestra parte de tiempo de Dios, nuestro Padre Celestial.
Al oír estas palabras, la serpiente, con la velocidad del rayo, golpeó una y otra vez la tierra con su cabeza, levantando una nube de polvo, que ascendió en partículas doradas por un rayo de sol.
Calmado aquel acceso, y casi exhausta, la serpiente preguntó en tono rencoroso:
—Entonces, ¿no crees que ha sido mi voluntad la que ha determinado que mueras?
—No.
—¿Crees que he sido sólo un medio?
—Sólo, un medio —respondió el Padre Louis.
—¿Crees que la hora de tu muerte había sido fijada de antemano?
El Padre Louis alzó la mirada al cielo. Su arrugado rostro estaba radiante.
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—La hora de mi muerte había sido fijada por nuestro Padre Celestial.
La serpiente cerró los ojos y un estremecimiento recorrió su cuerpo.
—¿Y la hora de mi muerte? —murmuró.
—Morirás, en tu forma corporal, cuando lo disponga la Voluntad Divina.
—Yo no quiero morir.
—Pero vivirás en tu calidad de diablo por Su Voluntad.
—¿Estás seguro?
—Sí. Pero reinarás únicamente sobre la tierra, adoptes la forma que adoptes.
La serpiente palideció.
—¡Oh, no!
—Sí —dijo el Padre Louis—. Sólo en la tierra, porque el diablo no puede vivir en el Cielo y en el Infierno cumple una misión y un castigo.
La serpiente permaneció con la boca abierta, asomando por ella su lengua como una pequeña lengua de fuego, temblando de desesperación, los ojos abiertos sin ver. Estaba vencida, destrozada, convertida en una insignificancia. El Padre Louis sacudió la cabeza y deseó no haber pasado el mal rato que acababa de pasar. Luego se dio cuenta de que su cabeza latía como si en su interior resonaran mil martillos. ¿Cómo era posible que se sintiera tan enfermo, después de haberse sentido tan extraordinariamente bien?
—Y, ahora, te ruego que me disculpes —dijo a la serpiente—, pero tengo muchas cosas que hacer. Además, no me encuentro bien. Te agradeceré que me dejes solo.
Miró para ver si la serpiente se alejaba, pero el animal ya había desaparecido.
El Padre Louis miró a su alrededor. El aire estaba completamente silencioso. Esto era debido a que en su cabeza resonaba un martilleo que le impedía oír el ininterrumpido zumbar de las miríadas de insectos.
Vio a Pancho atado al mesquite.
—No, no debes quedarte conmigo —dijo el Padre Louis, tratando de ponerse en pie.
Le resultó imposible, ya que sus piernas estaban paralizadas, de modo que tuvo que arrastrarse hasta llegar junto al caballo. Se agarró al estribo y consiguió ponerse en pie, apoyándose en el viejo Pancho.
—No tienes por qué morir aquí, atado a, un mesquite —le dijo al caballo —. Deja que coja mis cosas y podrás marcharte.
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Con un poderoso esfuerzo de su voluntad consiguió librar al caballo de la silla. La dejó caer al suelo. A continuación le libró de la brida.
—¡Vete! ¡Vete! —gritó el Padre Louis, palmeando a Pancho en el lomo para que emprendiera el trote, como había hecho tan a menudo en Brownsville, después de desensillar al animal, para que se dirigiera hacia el establo.
Pero el viejo Pancho no se movió.
—Bueno, bueno; ya te marcharás cuando quieras, amigo —dijo el Padre Louis. Arrastrándose sobre manos y rodillas, regresó a la sombra del mesquite. El sol había iniciado su caída sobre la línea del horizonte.
«Magnificat anima mea Dominum», murmuró el Padre Louis en latín, mientras mil espadas de dolor atravesaban su carne. Pero ni siquiera aquel terrible sufrimiento le impidió saborear el dulce privilegio de conocer en su hora final lo que los santos habían gustado desde el principio del mundo.
La plegaria murió en sus labios.
Ante el Padre Louis acababa de abrirse una puerta. Y el Padre Louis la cruzó.
Al día siguiente, Pancho se decidió a emprender el camino de regreso a la casa de Encarnadino Guerra. La familia se dio cuenta de que el animal no llevaba silla ni brida. Guerra y sus hijos mayores recorrieron el desierto durante varios días, pero no encontraron nada. A finales de aquel año, cuando los supervivientes de una expedición del Ejército de los Estados Unidos pasaron por su casa, de camino hacia Brownsville, Guerra les informó de lo sucedido, rogándoles que comunicaran la noticia a las autoridades competentes, entregando, al mismo tiempo, al viejo Pancho a la parroquia.
Ocho años más tarde, Guerra se dirigía a San Ignacio para conocer a su nieto, que acababa de nacer. Su hijo mayor vivía ahora en aquella población. Al detenerse a descansar en un pequeño claro, descubrió por casualidad lo que había buscado durante tanto tiempo. Lo que quedaba no era mucho, ya que el desierto y los coyotes son muy voraces. Reverentemente, Guerra recogió los huesos que el viento no había esparcido y las escasas pertenencias del Padre Louis que el tiempo y los animales salvajes habían respetado: el cáliz, el copón, un rosario confeccionado con diminutas conchas marinas, tres dólares norteamericanos de plata, las gafas de cristales verdes y la brida de pelo de caballo.
En cuanto tuvo ocasión, efectuó un viaje a Brownsville, llevando consigo las reliquias de su querido amigo. Fue a visitar al Padre Pierre Arnoud.
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—¡Cuántos recuerdos nos traen estas cosas! —dijo el Padre Pierre, después de oír el final de la historia que había empezado ocho años antes. Miró a Guerra y vio que era un hombre que había perdido a un amigo muy amado y que podía comprender cualquier cosa que se le dijera en nombre del Padre Louis. Añadió—: Voy a marchar pronto a Francia. ¿Sabe usted dónde está Francia?
—Sí. El Padre Louis nos hablaba siempre de ella.
El Padre Pierre regresaba a Francia para ser consagrado obispo de una de sus diócesis.
—Voy allí a hacerme cargo de un nuevo puesto —dijo—. Estas cosas, este sacrificio —añadió, señalando los objetos que Guerra había traído—, me ayudarán a desempeñarlo mejor.
Guerra asintió.
—Le enterraremos aquí, en el patio de la iglesia —continuó diciendo el Padre Pierre—, y usted debe estar presente. Como era su amigo, y le ha servido tan bien, quisiera pedirle permiso para quedarme con esto.
Y le mostró el rosario de conchas marinas.
—Sí —dijo Guerra, aceptando con la mayor sencillez el poder de disponer de los bienes del Padre Louis.
—Me estoy preguntando de qué moriría —murmuró el Padre Pierre—. ¿Indios? ¿Un ataque al corazón?
—No fueron los indios.
—¿Por qué no?
—No hubieran dejado marchar al caballo. —Es cierto. ¿Cuál sería la causa de la muerte?
Guerra conocía muy bien el desierto y los peligros que acechaban en él.
—Creo que lo sé —afirmó.
—¿De veras?
—No murió de repente.
—¿No?
—No. Dispuso de tiempo para dejar en libertad a su caballo.
—Es verdad.
—Si hubiera creído que podía salvarse, hubiera marchado con el caballo.
—Indudablemente.
—Pero no lo hizo. Se quedó allí. Eso significa que sabía que no podía salvarse.
—Eso parece.
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—El lugar donde le encontré, era justamente el lugar más a propósito para que sucediera.
—¿Para que sucediera qué?
Guerra alzó la mano y trazó en el aire una línea sinuosa, de inconfundible significado.
—¡No! —exclamó el Padre Pierre—. ¿Una serpiente?
Guerra asintió.
—Eso es lo que yo creo —dijo.
El Padre Pierre se estremeció ante aquella terrible sugerencia, y de repente acudió a su memoria el recuerdo de una antigua debilidad.
—Quiero contarle a usted algo —dijo—. Nuestro querido amigo era un anciano, agotado y enfermo, cuando emprendió aquel último viaje. Muchos días antes de que se marchara, tenía que decirle que no debía ir. Intenté hacerlo una y otra vez, pero no pude. Ni siquiera la mañana en que se marchó pude darle la orden de quedarse. —El Padre Pierre juntó las manos, emocionado con el recuerdo—. ¿Qué hubiera evitado con ello? ¿Que muriera en el desempeño de su labor? Creo que así es como deseamos morir todos cuando nos llegue la hora.
Miró ávidamente a Guerra, pero si creyó que encontraría en aquel hombre el abstracto perdón de la vida, se equivocó. Guerra se limitó a apartar la mirada de él, con el criterio impersonal del mundo.
—No, no pude dar la orden —continuó el Padre Pierre—. Y estoy convencido de que el Padre Louis sabía que yo tenía que dársela. Pero no me dejó hacerlo. En el último momento, me envió incluso a su habitación a buscar sus gafas verdes. No las encontré. Cuando volví a bajar, las tenía en la mano. Había sido una excusa para que yo no pudiera hablar.
Guerra se echó a reír en voz alta: aquello había sido muy propio del viejo astuto que fue el Padre Louis. Luego se inclinó a coger un par de gafas de cristales verdes, con la montura de metal, y se las entregó al Padre Pierre.
—Guárdelas usted, Padre —dijo.
—Gracias —respondió sencillamente el nuevo obispo.
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HUMO SOBRE LA PRADERA
CONRAD RICHTER
E L fiscal frunció os labios. Frotó los nudillos de su mano izquierda sobre la palma de la derecha hasta que los huesos crujieron secamente. En la
sala del juzgado planeaba el extraño silencio que suele acompañar al acto de reconocer y aceptar a los miembros de un jurado. Más allá de las ventanas de la estancia, que habían sido abiertas para permitir que circulara un poco de aire, caía una fría y monótona lluvia otoñal.
El fiscal preguntó:
—¿Se llama usted Wesley Shelton?
—Sí, señor.
—Trabaja en el rancho R-Y, ¿no es cierto?
—Ahora no, señor. Trabajé en ese rancho hasta finales de la primavera pasada. A partir de entonces, registré mi propia marca de ganado y me establecí por mi cuenta en los terrenos que habían pertenecido a Langley.
—Sí, lo recuerdo.
Tras una breve pausa, Anse Louhead prosiguió su interrogatorio. —¿Cuánto tiempo lleva usted viviendo en esta comarca, Shelton?
El hombre de rostro curtido por el sol y la intemperie que estaba sentado en el escaño reservado a los jurados respondió, tras pensar unos instantes:
—Unos cuatro años.
—¿Conoce al demandante y al acusado del caso que se va a juzgar? —Desde luego. Durante mi estancia en el R-Y tuve ocasión de conocer a
Jeff Romaine.
—¿Y a Harvey Chapel, el acusado?
Shelton dirigió una mirada al hombrecillo que estaba sentado, junto con su defensor, ante una mesa situada a la izquierda del escaño del jurado. Chapel irguió la cabeza; su situación era muy crítica, pero en su rostro rojizo y en sus ojos azules había una expresión de reto, a pesar de la gravedad de los cargos acumulados contra él.
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—Harv es una especie de vecino mío —manifestó Wesley Shelton—. Cuando me veía obligado a pasar por las inmediaciones del Brule Creek solía llegarme hasta su casa y pasar allí un rato.
—De modo que mantenía usted relaciones cordiales con él, ¿no es eso? —Bueno… yo diría relaciones de vecindad.
El fiscal frunció el ceño, en tanto dirigía una mirada especulativa hacia los bancos ocupados por el público.
En el primero de ellos se había situado la familia de Harv Chapel, como aislada entre la multitud de ganaderos que llenaba la estancia: su esposa, una mujercilla gris, pobremente vestida; su hijo Johnny, que acababa de cumplir los catorce años, y la muchacha; Louhead detuvo su mirada sobre Beth Chapel. Era menuda, como sus padres; bastante bonita, aunque un poco delgada, y con los mismos ojos azules de Harvey.
A continuación, la mirada de Anse Louhead se posó en Jeff Romaine, sentado en el segundo de los bancos. Pensativamente, Louhead volvió su atención al escaño de los jurados.
—¿Puede usted afirmar honradamente, Mr. Shelton, que no se ha formado una opinión preconcebida sobre el presente caso? ¿Podemos confiar en su imparcialidad?
—Desde luego. Desconozco los pormenores del caso y, por otra parte, preferiría no haber sido llamado para formar parte de este jurado. Tengo bastante trabajo con mis propios asuntos.
Louhead asintió, satisfecho, y se dirigió al juez:
—Todo en orden, Señoría. El Ministerio Fiscal acepta a este jurado.
El juez Haynes miró al abogado defensor, invitándole a que expusiera su opinión.
Noah Backus había temido que las cosas se presentaran peor para su cliente. Después de todo, ninguno de los amigos íntimos de Jeff Romaine había sido incluido en el jurado. Esto era ya algo. Los doce hombres sentados detrás de la barra no estaban implicados directamente en las rencillas que separaban a los ganaderos y agricultores; la mayoría eran comerciantes que hacían negocio con los dos bandos, indistintamente.
La única dificultad consistía en que un hombre tan pobre como Harv Chapel no podía haber procurado grandes ganancias a los comerciantes. Además, aquel Colby era ganadero, a pesar de vivir en la ciudad, y el miembro más importante del jurado era un elemento del R-Y; el propio Wes Shelton representaría, sin duda alguna, un voto más a favor de los ganaderos…
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Backus se limitó a decir:
—La defensa está conforme, Señoría.
Se produjo un expectante silencio, interrumpido solamente por algunas toses aisladas, que hacían más evidente la expectación. Shelton se dio cuenta de que Frank Youngdahl, sentado junto al pasillo que dividía en dos el espacio destinado al público, le estaba mirando. Youngdahl era un hombre corpulento, seguro de sí mismo, cuyo pelo empezaba a encanecer. Lo acompañaba su hija Lucy, que al darse cuenta de que Shelton la miraba alzó la mano en un gesto de saludo.
El diamante que llevaba en su dedo anular lanzó unos destellos y Shelton se sintió repentinamente orgulloso, cosa que le sucedía siempre que miraba a la hija de Frank Youngdahl. Apartó la mirada de la muchacha y se dispuso a escuchar el parlamento del fiscal, mientras en el exterior de la sala la lluvia seguía cayendo monótonamente.
El tribunal se enfrentaba con un caso evidente de desprecio de la Ley y de destrucción de la propiedad ajena, estaba diciendo el fiscal Louhead. La acusación iba a pedir la pena máxima y no le cabía la menor duda de que el jurado se pronunciaría de acuerdo con su petición, tras oír el relato de los hechos.
Cuando Louhead se hubo sentado, el juez miró a Noah Backus. El abogado defensor estaba sudando y, después de secarse la frente con un enorme pañuelo de hierbas, movió la cabeza en sentido negativo: no tenía que hacer ninguna manifestación, por el momento.
El acusado pareció hundirse todavía más en la silla que ocupaba y se quedó mirando hacia el escaño de los jurados, mientras el fiscal llamaba al primero de sus testigos. Se trataba de Tom Quinn, capataz del rancho de Jeff Romaine.
Quinn era un hombre robusto, de unos cuarenta años, que empezaba a quedarse calvo; la mano que extendió encima de la Biblia para prestar juramento era dos veces mayor que la del aguacil que sostenía el libro.
Era evidente que le complacía muchísimo verse convertido en el centro de la atención general. Se sentó cómodamente en la silla destinada a los testigos y contó que el jueves anterior, habiendo oído unos disparos mientras cabalgaba por el rancho de su patrón, se dirigió hacia el lugar de donde procedía el ruido y encontró al acusado con un novillo recién muerto a sus pies; el acusado empuñaba un cuchillo y se disponía, indudablemente, a descuartizar al animal. Cuando se dio cuenta de la presencia de Quinn, el
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acusado disparó contra él, asustando al caballo que montaba; a continuación montó en su propio caballo y huyó de aquel lugar.
—¡De modo que disparó contra usted! —remarcó enfáticamente Louhead
—. ¿Más de una vez?
—No. Me hizo un solo disparo y salió huyendo.
—¿Cree usted que tenía intención de matarle?
Noah Backus dejó oír su cansada voz:
—¡Protesto! La pregunta se aparta del relato de los hechos. Estimo que la opinión del testigo sobre los mismos no interesa al jurado.
—Se acepta la objeción —declaró el juez Haynes.
Louhead dirigió una mirada de resentimiento al abogado defensor y continuó interrogando al testigo.
—De modo que Chapel disparó contra usted y salió huyendo. ¿Qué hizo usted entonces? ¿Trató de perseguirle?
—No; por fin le habíamos pillado con las manos en la masa y consideré que el asunto debía ser puesto en manos de la Ley. De haberle perseguido, seguramente me hubiese visto obligado a matarle. Por lo tanto, me fui a informar a Mr. Romaine y él me envió en busca del sheriff.
—El cual arrestó al acusado —asintió Louhead—. Dentro de unos instantes llamaremos al sheriff Allen a prestar declaración. Pero antes quisiera que explicara el sentido de las palabras que ha pronunciado hace un momento. Dijo usted que por fin le habían cogido «con las manos en la masa». ¿Qué quiso usted dar a entender con esas palabras, Mr. Quinn?
El capataz se encogió de hombros.
—Verá —dijo—, para nosotros no era ninguna novedad el hecho de que Chapel se dedicaba a sacrificar nuestro ganado. Sabíamos que lo había hecho más de una vez. Ese Chapel es un…
Backus empezó a protestar débilmente:
—Señoría…
—Limítese a contar los hechos, por favor —rogó Louhead a su testigo—. Con anterioridad al día de autos, ¿había usted encontrado los restos de otros animales sacrificados del mismo modo?
—Sí, señor.
—¿Cuántas veces?
—Cuatro o cinco.
—¿Y en qué período de tiempo?
Quinn alzó los ojos al techo, como meditando.
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—En cosa de medio año —respondió finalmente—. Desde principios de la última primavera.
—O sea, desde que Harvey Chapel llegó a Brule Creek, ¿no es cierto? —Exactamente.
Louhead se volvió hacia el abogado defensor.
—El testigo está a su disposición, Mr. Backus —anunció.
Noah Backus se puso lentamente en pie. Era un hombre al que el abuso del alcohol había envejecido prematuramente. Sus manos temblaban siempre, sin que él pudiera impedirlo. Pero aquella ruina humana había sido en otros tiempos un excelente abogado, y en aquellos momentos estaba efectuando un denodado esfuerzo por ordenar las ideas en su cerebro y sacar adelante la causa de su defendido.
El motivo de su actitud no podía ser el dinero; Chapel era más pobre que una rata y no podía costearse un abogado. De repente, la verdad penetró de pronto en la mente de Shelton: ¡Backus defendía a Harv Chapel porque estaba convencido de su inocencia! ¡Su latente sentido del honor le impulsaba a cumplir con lo que consideraba un deber!
Backus empezó a interrogar al testigo:
—Mr. Quinn, ¿sería usted tan amable que nos contara dónde se produjo, aproximadamente, su encuentro con el acusado?
—En una llanura situada a un par de millas del Snake.
—¿A qué hora?
Quinn se encogió de hombros.
—¿Cómo diablos podía saberlo? —replicó—. No suelo llevar un reloj encima.
—Pero puede calcularlo, más o menos. ¿Era a primera hora de la tarde?
¿La una, quizás?
—Más bien las dos.
—¿No era más tarde?
—Creo que no. Yo diría que eran las dos.
—Muchas gracias. Eso es todo.
Tom Quinn se puso en pie y volvió a ocupar su asiento entre los espectadores. Wes Shelton, viéndole andar, se preguntó cuáles serían las verdaderas intenciones del capataz de Jeff Romaine.
Harv Chapel, insignificante como era, no parecía un tipo capaz de matar y despellejar un novillo. Claro está que la desesperación despierta fuerzas increíbles en un hombre. Y Chapel era un hombre muy próximo a la desesperación. Desde que se había establecido en el Brule Creek, su vida, así
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como la de su familia, había sido un infierno. Más de una vez, durante el último verano, Shelton se había desviado a propósito de su camino para acercarse a la granja de los Chapel y dejarles una libra de café o de harina…
Pero, desesperado o no, el delito de que se le acusaba era muy difícil de aceptar. Especialmente para un ganadero. Y Shelton era ganadero de pies a cabeza.
Louhead había llamado a su siguiente testigo; se trataba del sheriff Allen, el cual explicó cómo fue requerido por Tom Quinn para que detuviera a Harvey Chapel… A Shelton le resultaba difícil concentrarse para atender a las preguntas del fiscal y las respuestas del testigo. Los bancos destinados a los jurados eran sumamente incómodos, la sala olía a lana y a sudor y desde el exterior no cesaba de llegar el ruido monótono de la lluvia.
Los pensamientos de Shelton vagaban hacia su propio rancho y sus propios asuntos. Pensaba en el corral de invierno que no había terminado de edificar; en la necesidad de llevar a su ganado a los pastos invernales del Gunsight, que pertenecían a su antiguo patrón, Frank Youngdahl, el cual le había autorizado a utilizarlos. Un hombre, para ser buen ciudadano, debía aceptar de buena gana el cargo de jurado; pero a Shelton no podían habérselo endosado en peores circunstancias.
La voz cascada de Noah Backus le volvió a la realidad; sin levantarse de su asiento, el abogado defensor dirigió al sheriff una única pregunta:
—Cuando llegó usted a la granja de los Chapel para arrestar al acusado, ¿vio, por casualidad, un carro cargado de varas de fresno recién cortadas?
El sheriff se quedó mirándolo, intrigado.
—No puedo decir que lo viera —respondió—. Desde luego, no fui allí para ver varas de fresno sino a cumplir con una obligación.
—Nada más, Mr. Allen.
El fiscal anunció que no deseaba interrogar a más testigos.
Noah Backus, por su parte, se puso en pie y dirigió una breve ojeada al reloj de pared colgado encima del estrado que ocupaba el juez Haynes.
—Pase al asiento de los testigos, Chapel, por favor —murmuró en tono cansado.
Parecía un hombre necesitado de un buen trago imposible de obtener. Lentamente, Chapel se encaminó a la silla colocada a la izquierda del
estrado. Prestó juramento en voz baja pero perfectamente audible y sus ojos se enfrentaron valientemente con las miradas hostiles que le llegaban de los bancos ocupados por los espectadores. Cuando tropezaron con los rostros de
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su esposa y de sus dos hijos, Chapel les envió una sonrisa como para infundirles ánimos.
Shelton pensó que, culpable o inocente, ningún hombre merecía pasar por esta prueba…
—Harv Chapel —dijo el abogado defensor, apoyando los pulgares en las sisas de su chaleco—. ¿Ha matado usted en alguna ocasión ganado perteneciente al rancho de Jeff Romaine?
—No, señor. Ni de ése ni de ningún otro rancho.
La voz del acusado era firme.
—¿Dónde se hallaba usted el pasado jueves?
—En el bosque que se encuentra en la ladera sur del monte Link, cortando varas de fresno. Las necesitaba para una cerca.
—¿A qué distancia del Snake se encuentra ese bosque?
—A unas veinte millas.
—Supongo que no podía usted hallarse en los dos lugares a la vez…
No era una pregunta, era una afirmación, y Backus la hizo en tono humorístico; sin embargo, Chapel estaba demasiado nervioso para captarlo.
—En todo el jueves no estuve en ningún lugar próximo al Snake — respondió—. Pasé toda la tarde en el bosque. Corté una gran cantidad de varas de fresno.
—¿Había alguien con usted?
—Sí —Chapel señaló hacia el primero de los bancos ocupados por los espectadores—. Mi hijo Johnny. Estuvo todo el tiempo conmigo.
—Bien, Chapel. Y, mientras estuvieron allí, ¿vieron a alguien más?
—Sí, señor. Vimos a un hombre montado en una yegua. Pasó bastante lejos, de modo que no creo que pudiera vernos. Pero nosotros le vimos perfectamente.
—¿Le reconocieron?
—Sí, señor. Era Tom Quinn.
Se produjo un intenso silencio, interrumpido por el grito del capataz de Jeff Romaine.
—¡Mentira!
—¡Es cierto! —gritó otra voz—. ¡Usted estuvo allí y nosotros lo vimos!
¡Mi padre no es ningún mentiroso!
Incluso Shelton se puso en pie, mientras el joven Johnny Chapel intentaba lanzarse contra Tom Quinn. Su hermana se lo impidió, sujetándole fuertemente. El muchacho estalló en sollozos de rabia y de impotencia; Beth se vio obligada a emplear toda su fuerza para contenerle.
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—¡Por favor, Johnny! —murmuraba, una y otra vez. Su voz se perdía en el tumulto que acababa de organizarse en la sala, pero Shelton pudo leer las palabras en sus labios.
El juez agitó enérgicamente la campanilla y el tumulto fue acallándose lentamente. Johnny Chapel volvió a sentarse, pero su madre y su hermana no apartaban los ojos de él, asustadas por el curso de los acontecimientos.
Shelton miró a Jeff Romaine y se dio cuenta de que su rostro había perdido la expresión de seguridad en sí mismo que caracterizaba al ranchero…
Una vez restablecido el orden, el juez instó a Noah Backus para que prosiguiera su interrogatorio; pero el abogado parecía incapaz de hacerse de nuevo con el hilo de sus ideas, roto en el curso del incidente que acababa de producirse. Sacudió la cabeza como un gran perro de aguas y dijo:
—Ya he terminado, Señoría. A menos que el fiscal quiera interrogar al acusado, creo que no hay nada más a decir.
En sus conclusiones, Anse Louhead manifestó al jurado que estaba sorprendido por el hecho de que el acusado tratara de eludir su responsabilidad poniendo en entredicho la honorabilidad de un hombre tan conocido y respetado como Tom Quinn.
Noah Backus, por su parte, convino en que alguien estaba mintiendo. —¡Pero no mi cliente! —exclamó—. Estoy tan convencido de ello, como
de que en estos momentos estoy hablando a una docena de hombres inteligentes y honrados…
Se pasó el pañuelo por la sudorosa frente antes de proseguir:
—Me constan los prejuicios que existen contra el acusado, debido al hecho de que es un agricultor, y los agricultores no gozan de simpatías en tierras de ganaderos. Lo único que les pido es que tengan en cuenta que Harvey Chapel es un ser humano, como ustedes y como yo mismo. Y que tengan en cuenta, también, que el futuro de su pobre familia dependerá de la decisión que tomen ustedes.
Se interrumpió, fatigado de su propia oratoria. Tras una breve pausa, terminó:
—Eso es todo.
Los miembros del jurado recibieron las instrucciones finales y empezaron a desfilar hacia la habitación contigua, en que tenían que deliberar. Shelton miró hacia atrás un brevísimo instante. Trataba de ver a Lucy Youngdahl, pero no lo consiguió, por impedírselo la multitud que se aglomeraba en dirección a la puerta de salida. En cambio vio a la otra muchacha, a Beth
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Chapel: sus ojos se encontraron y Shelton se sintió extrañamente impresionado por la angustia que reflejaban aquellas pupilas azules.
La habitación era muy fría; uno de los miembros del jurado apiló unos leños en la estufa y les prendió fuego, en tanto que los demás tomaban asiento alrededor de la larga y destartalada mesa que ocupaba el centro de la estancia. El presidente del jurado, un vaquero de edad madura llamado Ed Billman, después de comprobar que el fuego ardía bien se sentó a la cabecera de la mesa y se quedó mirando a sus once compañeros.
—Bueno —dijo—, no estoy muy al corriente de los procedimientos que se emplean en estos casos, pero creo que deberíamos empezar por escribir nuestra opinión en una papeleta. Veo que hay papel y lápiz para todos.
Homer Watkins, que trabajaba como vigilante nocturno en el Hotel Colby, protestó:
—¿Para qué vamos a perder el tiempo llenando papeletas? —inquirió con voz nerviosa—. Bastará con que alcemos las manos para expresar nuestra opinión. ¿Quién de vosotros cree que el acusado es culpable? —Levantó su propio brazo, mirando a sus compañeros de jurado con expresión de reto—. ¡Vamos! ¿A qué aguardáis? ¿Acaso hay alguna duda? Tom Quinn atrapó a ese Chapel con las manos en la masa, ¿no es cierto? ¿O es que alguno de vosotros se atreve a pensar que Tom es un embustero?
Alrededor de la mesa, las manos empezaron a alzarse, presionadas por la mirada de Watkins. Cuando se detuvo sobre Shelton, éste no hizo el menor movimiento. Permaneció con un codo apoyado sobre la mesa y el otro contra el respaldo de la silla en que estaba sentado.
—¿Qué pasa, Shelton? —preguntó Watkins en tono desabrido—. ¿Acaso no piensas como la mayoría?
Wes Shelton respondió lentamente:
—No entiendo mucho de estos asuntos, Watkins, pero creo que el sistema a emplear en nuestras deliberaciones corresponde fijarlo al presidente del jurado. ¿Es usted acaso el presidente?
Ed Billman carraspeó y aprobó vigorosamente con la cabeza las palabras de Shelton.
—¡Desde luego! —exclamó—. El presidente del jurado soy yo y las cosas se harán del modo que yo diga. Vamos a expresar nuestra opinión en una papeleta. A menos que penséis —añadió— que antes hay que estudiar el caso.
Las manos que habían permanecido levantadas recobraron su posición normal. Homer Watkins estaba congestionado de rabia. Shelton lo miró
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fijamente y dijo:
—¿Qué mosca le ha picado, Homer? No sabía que fuera usted tan amigo de Jeff Romaine. Aunque tal vez —la idea se le había ocurrido repentinamente— lo que teme es formar parte de un jurado que decida que Tom Quinn es un embustero…
—¡De ningún modo!
Pero, a pesar de lo vehemente de la protesta, Shelton comprendió que había dado en el blanco. Watkins estaba realmente aterrorizado al pensar en la posibilidad de colocarse enfrente de Tom Quinn.
Matt Kohl, el dueño de la tienda, se removió nerviosamente en su asiento y dijo:
—No te entiendo, Shelton. La culpabilidad de ese Chapel es evidente. ¿Quieres dar a entender, en serio, que tienes alguna duda acerca de ella?
—Tengo un montón de dudas —replicó Wes.
Todos se quedaron mirándole. Sobre la habitación planeó un extraño
silencio, en medio del cual sólo se percibía el monótono ruido de la lluvia y el
crepitar de los troncos en la estufa.
Shelton miró a Ed Billman.
—Dígame una cosa, Ed. ¿No fue el pasado jueves cuando usted y yo cabalgamos juntos hasta Gunsight?
—No me acuerdo —respondió Billman—. Estoy demasiado ocupado para llevar la cuenta de los días.
—Fue el jueves, estoy completamente seguro —insistió Shelton—. La noche anterior había caído una gran helada… A primera hora de la tarde pasamos muy cerca del monte Link… ¿lo recuerda usted ahora? Y oímos a alguien que manejaba una hacha en el cercano bosque.
Billman movió estólidamente la cabeza.
—Eso no demuestra nada, Wes —dijo—. En primer lugar, no estoy seguro que ese día fuera el jueves, como tú dices. Además, en esta época del año hay siempre alguien cortando leña en el bosque. En cuanto caen las primeras heladas, la gente se apresura a recoger leña para el invierno. Nada prueba que la persona que oímos fuese Harvey Chapel.
—Desde luego, Ed. Pero, hay algo más. A muy poca distancia de allí vimos a un jinete montado en una yegua. Me acuerdo perfectamente de que usted dijo: «Mira: aquella parece la yegua de Tom Quinn…» ¿Lo recuerda, Billman?
Tras unos instantes de reflexión, el viejo vaquero acabó por admitir:
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—Sí, creo que dije algo por el estilo… Pero el animal estaba demasiado lejos…
—No tan lejos, Ed. A mí también me pareció que el jinete era Tom Quinn. Y, si era él, la ruta que seguía le hizo pasar, inevitablemente, por el lugar donde Chapel afirma que lo vio. De modo que no podía estar al mismo tiempo en el Snake, a más de veinte millas de distancia del monte Link.
Ed Billman se quedó callado, mirándose fijamente las manos, analizando mentalmente el nuevo aspecto que presentaba la cuestión. Al mirarle, Shelton comprendió las dudas en que se debatía la mente del viejo vaquero.
Había cabalgado en compañía de Billman durante más de tres años, mientras estuvo al servicio del R-Y; sabía que Billman era un hombre recto y consciente… pero vaquero hasta la médula. Ahora se veía en la disyuntiva de tener que pronunciarse en contra de alguien tan importante como el capataz del rancho de Jeff Romaine; se le pedía que fallara en favor del destripaterrones que había tenido la osadía de ocupar las ricas tierras de pastos a orillas del Brule Creek.
Era una disyuntiva muy cruel.
Los demás miembros del jurado miraban a Shelton. Matt Kohl habló de nuevo y su voz estaba llena de oscuros temores.
—Supongo que te das cuenta de lo que estás haciendo, Shelton —advirtió a Wes—. ¿Qué crees que dirá Frank Youngdahl cuando se entere?
Shelton se le quedó mirando, con una expresión de perplejidad en el semblante.
—¿Qué quiere usted decir con esas palabras, Kohl? —inquirió fríamente. —Bueno… creo… creo que te estás olvidando un poco de que esta es una
región ganadera. Y de que tú mismo eres un vaquero.
—¡Santo Cielo! —exclamó Shelton—. Precisamente porque Harvey Chapel es un agricultor y esta es una tierra de ganaderos no debemos hacerle objeto de una canallada. Lo que un hombre sea no debe afectar para nada a los encargados de juzgarle. No puede condenarse a un inocente…
—¡Inocente! —repitió sarcásticamente Homer Watkins—. ¡No tienes ninguna prueba de ello! No puedes jurar que el hombre al que viste montado en la yegua era Tom Quinn… ni sabes quién cortaba leña en el bosque. ¡Ni siquiera estás seguro de que fuera el pasado jueves!
Shelton miró el corro de rostros hostiles que le rodeaban. Comprendió que había llegado el momento de elegir. Todavía no era demasiado tarde para volverse atrás. Todavía estaba a tiempo de escoger el camino más fácil: cerrar los ojos a la injusticia y pensar en su propia posición en aquella comarca, en
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su situación respecto a la gente con la que tenía que convivir. Un hombre que trataba de establecer un rancho en una región ganadera, que empezaba a valerse por sí mismo, tenía que enfrentarse con demasiados problemas personales para cargar, además, con la responsabilidad de defender a un don nadie como Harv Chapel…
Los once hombres sentados alrededor de la larga mesa esperaban ansiosamente su respuesta. Cuando Shelton habló, lo hizo con voz tranquila.
—Se equivoca, Homer. ¡Estoy completamente seguro de que el jinete era Tom Quinn!
Apoyó ambas manos sobre la mesa y se dispuso a iniciar la lucha.
Con la llegada del crepúsculo, la impaciencia empezó a apoderarse de Frank Youngdahl. Apenas probó la cena que les sirvieron en sus habitaciones del Hotel Colby, donde él y su hija Lucy esperaban la decisión del jurado. Ahora que había llegado la noche, no hacía más que pasear nerviosamente por la habitación, asomándose con frecuencia a la ventana desde la cual se divisaba la puerta de entrada a la sala del juzgado.
La lluvia seguía cayendo con una monotonía exasperante, repicando sobre el tejado de cinc de la galería del hotel.
Lucy permanecía sentada ante la mesa, con las manos apoyadas en el regazo, contemplando los nerviosos movimientos de su padre. Jugueteaba descuidadamente con el anillo de compromiso que lucía en su dedo anular y al que la luz de la lámpara arrancaba brillantes destellos. La piedra —un diamante— no era muy grande, pero para Wes el adquirirla había significado un sacrificio y Lucy no la hubiera cambiado por la mejor de las piedras preciosas que pudieran adquirirse en la más lujosa de las joyerías de Tucson. La muchacha pensó cuán juvenil y cuán serio a la vez le había parecido Wes aquella tarde, mientras estaba sentado en el escaño de los jurados; el recuerdo le produjo un escalofrío de emoción y, viendo que su padre no la observaba en aquel instante, acercó el anillo a sus labios y lo besó fervorosamente.
Después, Lucy Youngdahl abrió la boca en un prosaico bostezo. Estaba cansada de esperar y, normalmente, aquella era su hora de irse a la cama.
De pronto, el reloj de pared inició una serie de campanadas. Frank Youngdahl se apartó de la ventana y exclamó:
—¡Las diez! ¡Llevan casi seis horas deliberando! ¿Qué diablos puede haber ocurrido?
—¿Tanta importancia tiene este caso, papá? —inquirió la muchacha—.
No lo entiendo.
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—¡Desde luego que tiene importancia! ¡Y mucha! Asesinar al ganado es algo que ningún ranchero puede tolerar, y tú no lo ignoras.
—Pero, si el hombre y su familia estaban realmente hambrientos… — Lucy sacudió su linda cabecita rubia y en sus ojos castaños se dibujó una sombra de preocupación—. ¡Pobre gente! Tenían aspecto de hambre. Debe ser muy triste no tener nada que llevarse a la boca…
Su padre replicó, en tono irritado:
—Es triste, desde luego, y yo soy el primero en reconocerlo. Lo siento por esa familia, y no me hubiera importado hacer cualquier cosa, dentro de lo razonable, para tratar de ayudarles. ¡Pero eso no justifica el robo, ni mucho menos! Además, en este asunto hay una cuestión de principios. Toda esta comarca está bajo la amenaza…
—¿De un agricultor y su familia? —le interrumpió la muchacha—. Oí a Jeff hablar en esos mismos términos y me pareció que lo que decía no tiene ningún sentido.
—Ya veremos lo que opinas cuando una nube de esos agricultores invadan la región como una plaga de langosta y desgarren con sus arados las tierras de pastos. En otros lugares, los agricultores han sido la ruina de muchos ganaderos. Chapel ha sido el primero en intentar establecerse aquí; esto es lo que realmente da importancia a su caso y nos obliga a proceder con la mayor severidad. Si no lo hiciéramos así, nuestra tolerancia sería una invitación a otros agricultores.
—¿Cómo puede evitarse que vengan? —replicó Lucy calurosamente—. Esta es una región libre y las tierras pertenecen al Gobierno. Incluso tú no eres dueño más que de los terrenos sobre los cuales está edificado nuestro rancho y de unos cuantos pastos.
—¡Esta es una región ganadera y debe continuar siéndolo! —afirmó el padre de la muchacha.
—Wes me contó que ese Chapel había trabajado duramente para mejorar la zona del Brule Creek. Al parecer, su trabajo no será baldío, lo que demuestra que esta región puede ser también agrícola. Además, Chapel y su familia tienen tanto derecho como nosotros a la vida.
Lo cierto de aquella afirmación no podía ser discutido, y Youngdahl dio la callada por respuesta. Volvió a acercarse a la ventana y murmuró:
—¡No comprendo lo que está sucediendo! Estando Ed y Shelton en el jurado… ¿Qué diablos estarán haciendo?
Al cabo de unos instantes, exclamó:
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—¡Ahora! Uno de los peones de Romaine acaba de salir corriendo de la sala del juzgado. Debe ir a avisar a su patrón… —Tomó su sombrero de ala ancha y, volviéndose hacia su hija, le preguntó—: ¿Vienes conmigo?
Lucy vaciló unos instantes. Algo parecido a una premonición le hizo responder negativamente.
—No, papá —dijo—. Estoy muy cansada. Prefiero quedarme.
—Como quieras.
Y Youngdahl salió rápidamente de la habitación.
Al llegar a la calle mojada por la lluvia se encontró con Romaine, Quinn y dos de sus vaqueros que salían del Bar de los Ganaderos, donde habían pasado aquella interminable tarde. Habían estado bebiendo; sus alientos olían a whisky y la voz con que Romaine saludó a Frank Youngdahl estaba pastosa por los efectos del alcohol.
—¡Ya era hora! —exclamó en tono desabrido—. ¿Es que ese condenado vaquero tuyo, Ed Billman, no ha podido llevar la cosa más aprisa?
Youngdahl se creyó en la obligación de justificar a su empleado.
—Ed no está acostumbrado a estas cosas —murmuró.
La sala del juzgado estaba casi vacía. La familia del acusado en el primer banco, donde debió permanecer mientras duraron las deliberaciones; las dos mujeres y el chiquillo parecían estar muy agitados, y cuando Beth Chapel se volvió hacia la puerta de entrada para mirar a los recién llegados, sus ojos azules destacaron profundamente en la intensa palidez de su rostro.
El sheriff Allen se había ocupado ya de hacer comparecer al prisionero. El juez ocupó su asiento en el alto estrado y se dirigió seguidamente a Ed Billman, en su calidad de presidente del jurado.
—¿Han dictado ustedes su veredicto?
El nerviosismo de Ed Billman era evidente. Al igual que los demás miembros del jurado, el vaquero tenía aspecto de agotamiento.
—Sí, Señoría —murmuró, en tono apenas audible.
—¿Han encontrado al acusado culpable o inocente? —inquirió el juez.
Ed Billman carraspeó antes de responder:
—Inocente, Señoría.
Un extraño silencio cayó sobre la sala, interrumpido al momento por el grito de alegría que profirió el pequeño Johnny Chapel. Al mismo tiempo, Tom Quinn lanzó un rugido y trató de avanzar hacia los primeros bancos.
Jeff Romaine le cogió del brazo y le ordenó:
—¡Quieto, Tom!
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Pero el rostro del propio Romaine reflejaba claramente la incredulidad y la rabia.
El juez Haynes fue el primer sorprendido por las palabras del presidente del jurado. Se quedó mirando fijamente a Ed Billman, con la boca abierta, y luego se dirigió a los otros miembros del jurado, preguntando:
—¿Están ustedes de acuerdo con el veredicto que acaba de anunciar su presidente?
Uno tras otro, todos asintieron. A continuación, el juez Haynes golpeó la mesa con su maza y dijo:
—La causa ha terminado. Sheriff Allen, deje usted en libertad al acusado.
La persona más asombrada de la sala era, quizás, el abogado defensor. Lentamente, Noah Backus se dio cuenta de que había ganado el caso; su cuerpo pareció más erguido y su voz más potente cuando se puso en pie para anunciar:
—Señoría, mi cliente se reserva el derecho de entablar una querella criminal por calumnia y difamación…
Pero, en aquel mismo instante, Harv Chapel estaba ya en la puerta de salida, que cruzó acompañado de su esposa y de sus dos hijos.
Así terminó aquel sorprendente proceso.
Notas
[1] En español en el original. <<
[2] En la época a que se refiere la presente narración, Boston estaba considerada como la ciudad más puritana de los EE. UU. (N. del T.) <<
[*] Juez de instrucción. (Nota del Editor Digital.) <<
FIN

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