/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14799. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. II. AA. VV.


© Libro N° 14799. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. II. AA. VV. Emancipación. Febrero 7 de 2026

 

Título Original: © Antología De Novelas Del Oeste. Vol. II. AA. VV.

 

Versión Original: © Antología De Novelas Del Oeste. Vol. II. AA. VV.

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/antologia-de-novelas-del-oeste-vol-ii/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de:  

https://ww3.lectulandia.co/book/antologia-de-novelas-del-oeste-vol-ii/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

ANTOLOGÍA DE NOVELAS DEL OESTE

Vol. II

AA. VV.


Antología De Novelas Del Oeste

Vol. II

AA. VV.

La revista norteamericana The Saturday Evening Post ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años. Las narraciones que contiene este volumen presentan sin duda, un estilo cuidado, y resultan de lectura fácil y amena. Lo que puedan tener en ocasiones de ingenuo, queda compensado por el colorido del ambiente y la gran fuerza de atracción que tiene todo tema de acción presentado con soltura. El asunto, la trama del episodio, que en ocasiones se repite, ya lo conocemos: la inevitable caravana que se adentra por tierra peligrosa, el no menos inevitable saloon, el linchamiento injusto, las galopadas, las flechas que silban, los tiros, los puñetazos… y casi siempre girando todo ello alrededor del eterno tema sentimental. Entre los autores seleccionados figuran Bret Harte, Mark Twain, O’Henry y Jack London.

Aa. Vv.

Antología De Novelas Del Oeste - Vol. II

*

Antología de novelas del Oeste - 2

ePub r1.0

Titivillus 03.11.2019

Título original: Antología de novelas del Oeste

AA. VV., 1962

Diseño de cubierta: Piolin

Editor digital: Titivillus

Coordinador de colección: Ignotus

ePub base r2.1

Índice de contenido

Introducción

De cómo Santa Claus llegó a Simpson’s Bar (Bret Harte)

La suerte de Roaring-Camp (Bret Harte)

El socio de Tennessee (Bret Harte)

El idilio de Red-Gulch (Bret Harte)

Los expulsados de Poker-Flat (Bret Harte)

El entierro de Buck Fanshaw (Mark Twain)

Historia de un correo a caballo (Carlos Dickens)

La historia del «coroner» (William A. Baillie)

Vacaciones en el banco (Edwin Corle)

La novia llega a Yellow Sky (Stephen Crane)

Un hombre y… otros más (Stephen Crane)

La reforma de Calíope (O’Henry)

Los pastelillos de pimienta (O’Henry)

Milagro al atardecer (O’Henry)

La mina perdida (Thomas Allibone Janvier)

El cañón All Gold (Jack London)

La incursión de los navajos (Albert Pike)

Muerte en Dun River (Nina Mc. Cornack)

Dejad que la bandera ondee libremente (Phoebe y Todhunter Ballard)

El perro (William Faulkner)

Los lazos de la camaradería (Philip Verrill)

El barril de sangre (Al Jennings)

Notas

INTRODUCCIÓN

Podemos considerar que la novela del Oeste hace su aparición al establecerse los colonos europeos en el actual territorio de los Estadas Unidos.

Los primeros relatos de estos emigrantes son de carácter costumbrista. La tipología básica del género salta a la literatura: indios, cazadores, granjeros… Pero, al lograr la independencia, la nueva nación trata de incorporarse a las corrientes románticas europeas, olvidando por tanto los temas que le son propios. No obstante, en esta época, James Fenimore Cooper escribe su serie de novelas protagonizadas por «Ojo de Halcón», contrafigura del explorador Daniel Boone.

Sorprende un poco que incluso en las obras de escritores típicamente americanos, como Nathaniel Hawthorne, se prescinda por completo de la situación «sui generis» del sector oeste de su territorio. La explicación de este fenómeno se ha de buscar en la dificultad de desplazamiento existente en la época y en la escasa importancia de estas tierras, débilmente pobladas por los indios. Por las mencionadas razones, los americanos se encuentran tan lejos de ellas como los habitantes de cualquier nación europea de sus colonias.

De esta primera etapa americana, quedan varios libros de viajes por el Oeste y algunos relatos, fruto todos ellos de la experiencia personal, como los de Albert Pike, que recorrió la frontera, hasta Nuevo Méjico, entonces parte de la república azteca.

Hasta que surge la fiebre del oro en California, en 1849, el interés de la nación no se fija en los territorios del Oeste, arrebatados a Méjico en su mayor parte. Los primeros westerns nacen del alud de emigrantes que provocó este acontecimiento.

Al principio, en cierto modo, se basan también en experiencias personales, puesto que los dos autores más destacados del momento, Mark Twain y Bret Harte, habían vivido en California. El primero, tratando de

Página 7

hacer fortuna en las minas; el segundo, casi un adolescente, para reponer su débil salud.

Muchos críticos literarios americanos acusan a ambos, aunque más al segundo que al primero, de haber deformado la realidad, presentando un Oeste falseado. Es muy probable que así sea, pero Bret Harte supo inyectarle tanto vigor en sus relatos que, para todos los lectores, los mineros californianos eran como él los describió. Prueba de ello es su manifiesta influencia en los cultivadores del género que le han seguido. Asimismo, quizás el léxico que emplea Mark Twain no coincida exactamente con el usado en el Oeste, pero ya no es posible pensar en otro.

El interés que despertó en Europa la epopeya californiana hizo que algunos escritores que conocían América, como Mayne Reid, Gustavo Aimard y el mismo Carlos Dickens, probaran fortuna con este tema. Hasta el vizconde de Chateaubriand lo toca en sus libros sobre la Luisiana y la Florida.

Por el contrario, en los Estados Unidos se mantiene, durante muchos años, en manos de Ned Buntline y otros colaboradores de revistas infantiles, pese a los esfuerzos de auténticos escritores. Debía pasar algún tiempo aún antes de la aparición del revalorizador del western: O’Henry. Hombre oriundo de la costa atlántica que vivió en Tejas, como vaquero, según él mismo nos dice, y que recorrió casi todo el Oeste.

En sus obras se advierte la influencia de Bret Harte y de Mark Twain. Del primero toma el rudo e ingenuo sentido del honor; del segundo, su lenguaje pintoresco y su ironía.

Una vez superadas las influencias europeas, el ambiente literario americano estaba predispuesto para aceptar a un novelista verdaderamente autóctono. Y lo acepta sin reservas.

O’Henry abre la puerta a otros escritores y periodistas que, habiendo viajado por los territorios del Oeste, les dedican algunas de sus obras.

Los relatos correspondientes a este largo período, desde la Guerra Civil a la de Cuba, están impregnados de un fuerte americanismo que, más tarde, al contrastarlo con el mundo exterior, amargaría a la generación perdida. Un americanismo que crea un sentido racista anglosajón frente a la América española. Los escritores de esta época reflejan y comparten este sentimiento, pese a seguir blandiendo la «bandera de la libertad de sus antepasados».

Hasta cierto punto dignificado, el western tuvo cultivadores de mejor calidad, como Zane Grey, Peter B. Kyne, y otros, que lo hicieron ingresar en el panorama literario.

Desde entonces, los novelistas americanos no han podido prescindir de él, han ido convenciéndose de que forma parte de su historia y, por tanto, muchas firmas de prestigio, como William Faulkner, John Steinbeck, Howard Fast, etc., han incluido en su temática un género que, hasta hace pocos años, era considerado apto solamente para publicaciones infantiles.

DE CÓMO SANTA CLAUS LLEGÓ A SIMPSON’S BAR

BRET HARTE

E STABA lloviendo mucho en el valle del Sacramento. El North Fork[1] se había salido de madre y era imposible cruzar el Rattlesnake Creek[2].

Los pocos cantos rodados que señalaran el vado de verano en el cruce de Simpson, desaparecían bajo una enorme extensión de agua que alcanzaba la base de las montañas.

La diligencia ascendente tuvo que detenerse en casa de Granger; el último correo fue abandonado y su jinete salvó la vida a nado.

«Una área», afirmaba el Sierra Avalanche con calculado orgullo local, «tan grande como el Estado de Massachusetts, se halla, a estas fechas, inundada». El tiempo no era mejor en la sierra.

El camino de la montaña estaba enfangado. Galeras que ni la fuerza física ni el ingenio podían arrancar de los baches en que habían caído, obstruían la carretera, y los tiros de caballos rezagados y las blasfemias mostraban el camino de Simpson’s Bar[3].

Más allá, aislado e inaccesible, batido por la lluvia, azotado por un viento furioso y amenazado por la subida de las aguas, Simpson’s Bar, en la Nochebuena de 1862, colgaba como un nido de golondrina del rocoso entablamento de rotos capiteles de Table Mountain[4] y temblaba ante la borrasca.

A medida que la noche descendía sobre el campamento, unas luces brillaron, a través de la neblina, desde las ventanas de las cabañas a ambos lados del camino, surcado entonces por riachuelos desordenados que barrían fuertes vientos.

Por fortuna, la mayoría de los vecinos estaban reunidos en el almacén de Thompson, alrededor de una roja estufa, en la cual escupían silenciosamente con tan ostensible y unánime acuerdo que suplía toda conversación.

Hacía ya mucho tiempo que los medios de entretenimiento se habían agotado en Simpson’s Bar; la subida de las aguas suspendió las faenas

Página 10

normales de las minas y del río, y la subsiguiente falta de dinero y de whisky quitaban el gusto hasta para el más ilegítimo recreo.

Mr. Hamlin había abandonado el campamento con cincuenta dólares en el bolsillo, única cantidad que logró ahorrar de las grandes sumas que llevaba ganadas en el lucrativo ejercicio de su ardua profesión.

—Si me pidieran —declaró más adelante— que señalara una bonita aldea en donde un jugador retirado, a quien no le importase mucho el dinero, pudiera ejercitarse a menudo y alegremente, respondería que Simpson’s Bar; mas para un joven con una numerosa familia que dependa de su trabajo, no da lo bastante.

Como la familia de Mr. Hamlin la formaban únicamente damas elegantes, citamos esta observación, más para dar idea de su humor, que de sus deberes.

Los objetos inconscientes de tal sátira hallábanse reunidos esta noche con indiferente apatía, engendrada por la pereza y el aburrimiento.

Ni el repentino resonar de los cascos de un caballo ante la puerta, les hizo volver en sí.

Sólo Dick Bullen se detuvo en la tarea de vaciar su pipa y alzó la cabeza, pero ningún otro demostró el menor interés hacia el recién llegado ni manifestó conocerle.

Era una figura bastante familiar a los reunidos. En Simpson’s Bar le llamaban «El Viejo».

Tendría el hombre unos cincuenta años; de cabello escaso y entrecano, pero aún parecía de complexión fuerte y juvenil; su cara simpática y complaciente tenía una aptitud casi como la del camaleón para adoptar el matiz y el color de las opiniones y estados de ánimo de los que le rodeaban.

«El Viejo» acababa, sin duda, de dejar a unos compañeros muy divertidos, así es que de pronto no se dio cuenta de la seriedad del grupo, limitándose a golpear amistosamente la espalda al más próximo y sentarse después en una silla desocupada.

—¡Acabo de oír la cosa mejor del mundo, muchachos! ¿Conocéis a Smiley, el de allá abajo, Jim Smiley, el hombre más divertido del campamento? Pues Jim nos estaba contando el cuento más gracioso de…

—¡Smiley es un imbécil! —interrumpió una voz sombría.

—Una rata apestosa —añadió otro, en tono sepulcral.

Siguió una pausa a estas declaraciones categóricas.

«El Viejo» lanzó una mirada rápida sobre el grupo. Luego, su rostro fue transformándose poco a poco.

Página 11

—Es verdad —dijo, después de un momento de reflexión—, es realmente una especie de rata y algo tiene de imbécil. No hay que negarlo.

Calló un instante, como en dolorosa meditación de la ignorancia y estupidez del impopular Smiley.

—Mal tiempo, ¿verdad? —añadió engolfándose en la corriente de sentimiento general—. Mala papeleta para los muchachos, y poco dinero correrá esta temporada… Y mañana es Navidad.

Hubo un movimiento entre los concurrentes al anunciar esto, pero no se traslució claramente si era de satisfacción o de disgusto.

—Sí —continuó «El Viejo» en el tono lúgubre que involuntariamente adoptara en los últimos momentos—; sí, Navidad, y hoy es Nochebuena. Mirad, chicos, se me ocurrió la idea, así de pronto, de que tal vez os gustaría veniros a mi casa, y divertirnos un poco. Pero ahora supongo que no tendréis ganas… ¿tal vez no os halléis en buena disposición? —añadió con simpática actitud observando las caras de sus compañeros.

—No diré que no —respondió Tom Flynn, algo más animado—. Pero, ¿y tu mujer, «Viejo»? ¿Qué dice ella?

«El Viejo» titubeó.

Las experiencias conyugales no habían sido felices para él, y el caso era muy conocido en Simpson’s Bar.

Su primera esposa, una mujercita delicada y bonita, había sufrido viva y secretamente las celosas sospechas de su marido, hasta que un día éste convidó a su casa a todo el campamento para hacer patente su infidelidad.

Al llegar la partida, encontraron a la tímida e inocente criatura apaciblemente ocupada en sus obligaciones domésticas y se retiraron avergonzados y corridos.

Pero aquella sensitiva mujer no se repuso fácilmente del choque de tan extraordinario ultraje.

Con dificultad recobró el aplomo preciso para dar suelta a su amante, del armario en que estaba escondido, y escaparse con él. Para consuelo de su esposo abandonado, le dejó un niño de tres años.

La actual consorte de «El Viejo» había sido su cocinera; era mujer corpulenta, leal y agresiva.

Antes de que aquél pudiera contestar, Joe Dimmick expuso en breves razones que la casa era de «El Viejo», y que, invocando el Poder Divino, si de él se tratara convidaría a quien le pareciese, aun cuando haciéndolo pusiera en peligro su salvación. Los Poderes del Mal, añadió, además, lucharían en vano contra él.

Página 12

Todo esto dicho con una sequedad y vigor perdidos en esta traducción. —Naturalmente… seguro… esto es —dijo «El Viejo» frunciendo también

el ceño—. No hay dificultad en ello. Es mi casa; he levantado todos sus maderos por mí mismo. No le temáis, muchachos. Tal vez grite un poco, como hacen las mujeres, pero volverá a las buenas.

«El Viejo» fiaba, para sus adentros, en la exaltación del licor y en el poder de un valeroso ejemplo para sostenerse en semejante aprieto.

Dick Bullen, oráculo y cabeza de Simpson’s Bar, no había hablado aún.

Pero en aquel momento se quitó la pipa de los labios.

—«Viejo», ¿y cómo sigue tu hijo Johnny? Parecía algo enfermizo la última vez que le vi en el camino tirando piedras a los chinos. Y, además, se diría que no le interesaba mucho su tarea. Ayer pasó por aquí una tropa de ellos, ahogados en el río, y pensé en Johnny. ¡Cómo los echará de menos! ¿No estorbaremos si está malo?

El padre, visiblemente afectado, no sólo por este cuadro patético de lo que perdía Johnny, sino también por tan circunspecta delicadeza, se apresuró a asegurarle que el niño estaba mejor y que un poco de fiesta podría animarle.

Entonces Dick se levantó y, desperezándose, dijo:

—Ya estoy. Enséñanos el camino, «Viejo». Allá vamos.

Y con un salto y su aullido característico, colocose en cabeza y se internó en la noche.

Al atravesar el establecimiento, tomó del hogar un tizón ardiente, acción que repitieron los demás de la partida, que le seguían de cerca dándose codazos; y antes de que Thompson, el asombrado propietario del almacén, se diera cuenta de la intención de sus huéspedes, la sala estaba ya desierta.

La noche era oscura como boca de lobo. A la primera ráfaga de viento las improvisadas antorchas se extinguieron, y únicamente los rojos tizones, oscilando en las tinieblas como fuegos fatuos, indicaban su camino.

Éste les conducía cañada del Pino arriba, a cuya entrada se alzaba, pegada a la ladera, una ancha, pero baja cabaña con el techo de corteza de árboles.

Era el hogar de «El Viejo» y a la vez, entrada de la mina en que trabajaba cuando trabajaba algo.

Aquí la comitiva se detuvo un momento por delicada deferencia al anfitrión, que llegó jadeante desde la retaguardia.

—Puede que hicierais bien en aguardar un segundo aquí fuera, mientras yo entro y veo si todo está en orden —dijo con una indiferencia que estaba muy lejos de sentir.

Página 13

La indicación fue aceptada; la puerta se abrió y cerró tras del anfitrión, y sus compañeros, pegándose de espaldas a la pared y cobijándose bajo el alero del tejado, esperaron aguzando el oído.

Durante algunos momentos no se oyó más sonido que el gotear del agua y el crujir de las ramas por encima de sus cabezas.

Al fin los mineros comenzaron a inquietarse y se fueron comunicando sus suposiciones y sospechas, que pasaban de uno a otro.

—Apuesto a que para empezar ya le ha roto la cabeza.

—Le habrá metido en el túnel y allí le va a dejar enterrado.

—Debe tenerle en el suelo para sentársele encima.

—Probablemente está hirviendo algo para echárnoslo; apartaos de la casa, muchachos.

Cabalmente en este momento crujió el pestillo, abriose despacio la puerta, y una voz dijo:

—Entrad.

La voz no era la de «El Viejo», ni tampoco la de su mujer. Era una voz infantil, cuyo débil timbre quebrantaba aquella ronquera antinatural, que sólo pueden dar la vagancia y una prematura seguridad en sí mismo.

Levantábase hacia ellos la cara de un niño, una cara que podía haber sido bonita y aun distinguida a no oscurecerla por dentro las maldades aprendidas y la suciedad y la vida dura por fuera.

Envolvía sus hombros una manta, y sin duda acababa de levantarse de la cama.

—Entrad —repitió— y no hagáis ruido. «El Viejo» está allí hablando con madre —prosiguió señalando un cuarto adyacente que parecía ser una cocina, desde la cual la voz de su padre llegaba en tono suplicante—. Déjame — añadió refunfuñando y dirigiéndose a Dick Bullen, que le había cogido envuelto en la manta y fingía quererle echar al fuego—. ¡Suéltame, maldito viejo loco! ¿Oyes?

Así conjurado, Dick Bullen, reprimiendo la risa, dejole en el suelo, mientras que los hombres entraron silenciosamente colocándose en derredor de una larga mesa de toscas tablas que ocupaba el centro de la habitación.

Después Johnny encaminose gravemente hacia un armario y sacó varios objetos que colocó sobre la mesa.

—Aquí hay whisky y bizcochos; arenques ahumados y queso. (En su camino hacia la mesa dio un mordisco a este último.) Y azúcar. (Sacó con mano muy sucia, un puñado.) Y tabaco. En la alacena encontraréis manzanas secas; pero a mí no me gustan. Llenan demasiado. Ahí lo tenéis todo —

Página 14

terminó— y, ahora, adelante y no temáis: yo no hago ningún caso de la vieja.

No es nada mío. Hasta luego.

Se había retirado al umbral de un reducido cuarto, apenas mayor que un armario, separado de la habitación principal por un tabique, y en cuyo oscuro interior se veía ana pequeña cama.

Allí quedó un momento observando a los invitados, con los desnudos pies que le salían por debajo de la manta, y movió la cabeza.

—¡Hola, Johnny! ¿No irás a acostarte otra vez? —dijo Dick.

—Sí voy —respondió el niño con decisión.

—¿Qué te pasa?

—Estoy malo.

—¿Cómo malo?

—Tengo fiebre. Y sabañones. Y reúma —contestó Johnny. Y desapareció entre las sábanas. Después de una pausa momentánea, añadió desde la oscuridad y al parecer debajo del cobertor—: Y bilis.

Hubo un silencio embarazoso. Los hombres se miraron entre sí y luego al fuego.

A pesar del apetitoso banquete que se les presentaba, parecía que fueran a caer de nuevo en el desaliento del almacén de Thompson, cuando la voz quejumbrosa de «El Viejo», incautamente elevada, llegó desde la cocina.

—Seguro… Es mucha verdad… Claro que lo son. ¡Una cuadrilla de holgazanes y borrachos vagabundos!… y ese Dick Bullen es el peor de todos. No se les ha ocurrido más que venirse aquí, habiendo en casa un enfermo y sin que tengamos provisiones… Ya se lo decía yo… «Bullen», le he dicho, «¿es que estás borracho o loco para pensar en tal cosa?…» ¿Y a Staples? «Pero hombre» le advertí «¿intentas convertir mi casa en un infierno, teniendo a mi niño malo?» Pero quisieron venir, lo quisieron. Esto es todo lo que puede esperarse de esa gentuza que tenemos en el campamento.

Una estertórea carcajada de los aludidos siguió a estas desafortunadas palabras.

Sea que fuera oída en la cocina, o que la iracunda compañera de «El Viejo» hubiese apurado todos los restantes modos de expresar su desprecio e indignación, lo cierto fue que cerraron de súbito y con gran violencia una puerta trasera.

Un momento después reapareció el anfitrión, ignorando por fortuna la causa del último estallido de hilaridad y sonriendo dulcemente.

—La vieja decidió ir a pasar un rato con Mrs. Fadden —dijo a modo de explicación y con aire indiferente, al sentarse a la mesa.

Página 15

Aunque parezca mentira, era necesario este adverso incidente para aliviar el embarazo que la partida comenzaba a sentir, y su audacia natural se recobró con el regreso del anfitrión.

No me propongo contar los chistes del banquete de aquella noche. El curioso lector comprenderá que la conversación se caracterizó por la misma exaltación intelectual, idéntico respeto mutuo, la meticulosa delicadeza, la precisión retórica y similar coherencia lógica de pensamiento que distinguen a parecidas reuniones masculinas en localidades más civilizadas y bajo auspicios más favorables.

Como no había vasos no se rompió uno solo; ni se derramaron licores por el suelo ni sobre la mesa, a causa de la escasez de este artículo.

Era casi medianoche cuando fue interrumpida la fiesta.

—Callad —dijo Dick Bullen alzando la mano.

Era la quejumbrosa voz de Johnny, desde su inmediato dormitorio. —¡Oh, padre!

«El Viejo» se levantó apresuradamente y desapareció en el cuartito. Al poco, regresó.

—El reúma le vuelve con fuerza —dijo— y necesita unas friegas. Tomó de la mesa la damajuana de whisky y la sacudió. Estaba vacía. Dick Bullen dejó su taza de hojalata con una risa forzada. Los demás

hicieron lo mismo.

«El Viejo» examinó el contenido y comentó más animado:

—Me parece que hay bastante. Esperadme un momento; vuelvo pronto. Y desapareció de nuevo en el cuartito, llevándose una camisa de franela y

el whisky.

La puerta quedó entreabierta, y se oyó con claridad el siguiente diálogo:

—¿Dime, hijo mío, dónde te duele más?

—Unas veces aquí y otras ahí abajo; pero es más fuerte de aquí a aquí.

Frota recio, padre.

El silencio parecía indicar que «El Viejo» obedecía. Entonces Johnny dijo:

—¿Pasas un buen rato ahí afuera, padre?

—Sí, hijo mío.

—¿Mañana es Navidad, no?

—Sí, hijo mío. ¿Cómo te sientes ahora?

—Mejor, frota un poco más abajo. ¿Y qué es Navidad? ¿Por qué es tal fiesta?

—¡Oh, es un día!…

Página 16

Esta exhaustiva definición fue al parecer satisfactoria, pues hubo un largo silencio, dedicado sin duda a las fricciones. Al fin Johnny insistió:

—Madre dice que, en todas partes menos aquí, la gente se dan cosas unos a otros por Navidad. Dice que hay un hombre al que llaman Santa Claus, ¿comprendes? No un blanco, sino una especie de chino, que baja por la chimenea en Nochebuena y da cosas a los niños —a los chicos como yo—. ¡Las mete en las botas! Eso… eso es lo que me quería hacer creer… ¿Vamos, padre, dónde frotas? Estás a una milla del sitio… ¿Inventaría eso nada más que para hacernos rabiar a ti y a mí?… No frotes ahí… ¿Qué dices, padre?

En el solemne silencio que de súbito parecía cernirse sobre la casa, se oía claramente el murmullo de los cercanos pinos y el caer de las hojas en el exterior.

—Vamos, no seas así, padre, pues pronto me voy a poner bueno. ¿Qué hacen esos hombres ahí fuera?

«El Viejo» entreabrió la puerta y atisbó.

Sus huéspedes estaban sentados en buena armonía, con unas cuantas monedas de plata y una flaca bolsa de piel de gamuza sobre la mesa.

—Estaban apostando sobre algo… algún juego. Ya se las arreglan — contestó a Johnny, y volvió a sus fricciones.

—Me gustaría ser mano y ganar dinero —dijo reflexivamente el chico, después de una pausa.

«El Viejo» repitió lo que a todas luces era un estribillo eterno, es decir: que si Johnny quisiera esperar hasta que diesen con el filón, en la mina, tendría mucho dinero, etc.

—Sí —dijo el niño—, pero no lo encuentras. Y que des con él o que yo lo gane, es casi lo mismo. Todo es cuestión de suerte. Pero es muy extraño lo de Navidad, ¿no te parece? ¿Por qué la llaman Navidad?

Tal vez por instintivo temor a que le oyeran sus huéspedes o por vago sentimiento de incongruencia, la contestación de «El Viejo» fue tan baja, que no alcanzó más allá del cuarto.

—Sí —dijo Johnny, con interés ya algo decaído—. He oído ya hablar de Él. Bueno, basta, padre. No me hace, ni con mucho, tanto daño como antes. Envúelveme bien en la manta. Así. Ahora —murmuró bajo la ropa— siéntate a mi lado, hasta que me duerma.

Para asegurarse de la obediencia sacó una mano de la manta, y agarrando por la manga a su padre, otra vez se dispuso a descansar. Durante algunos momentos «El Viejo» esperó pacientemente.

Página 17

El insólito silencio de la casa excitó su curiosidad: con la mano libre, y sin levantarse, abrió cautelosamente la puerta y miró a la sala.

Para su infinita sorpresa, estaba oscura y desierta.

Pero en aquel momento un leño que humeaba en el hogar se rompió, y a la luz de su llamarada, pudo ver a Dick Bullen sentado junto a los amortiguados tizones.

—¡Hola!

Dick se sobresaltó, púsose de pie y fue hacia él, medio tambaleándose.

—¿Dónde están los demás? —quiso saber «El Viejo».

—Han subido por la cañada a dar un paseo. Al momento vuelven por mí. Les estoy esperando. ¿Qué miras tan fijamente «Viejo»? —añadió con risa forzada—. ¿Te figuras que estoy borracho?

Podía habérsele perdonado al otro la suposición, pues los ojos de Dick estaban húmedos y su cara encendida.

Se hizo el remolón, y se acercó a la chimenea. Bostezó, desperezose, abrochó su chaqueta, y dijo riendo:

—El licor no anda tan abundante como para eso, «Viejo». No te levantes —prosiguió, cuando éste hizo un movimiento para librar su manga de la mano de Johnny—. No hagas cumplidos. Quédate donde estás; me voy en seguida. Ya están aquí.

Golpearon suavemente en la puerta.

Dick Bullen abriola, con un ademán se despidió de su anfitrión y desapareció.

«El Viejo» le hubiera seguido a no ser por la mano que, aún inerte, seguía asida a su manga. Fácilmente se podía desprender de ella; era pequeña, débil y flaca; pero quizá por ser pequeña, débil y flaca, «El Viejo» cambió de parecer y aproximando aún más la silla a la cama, apoyó sobre ella la cabeza. En esta actitud, le sorprendió el sueño.

La habitación fue oscilando, hasta desvanecerse ante sus ojos; reapareció, se desvaneció de nuevo, oscureciose y le dejó dormido.

En tanto, Dick Bullen cerró la puerta y se reunió con sus compañeros.

—¿Estás listo? —indagó Staples.

—¡Listo! —dijo Dick—. ¿Qué hora es?

—Más de las doce —contestó el otro—. ¿Podrás hacerlo? Son casi cincuenta millas entre ida y vuelta.

—Creo que sí —afirmó Dick brevemente—. ¿Dónde está la yegua? —Bill y Jack la tienen ya en la encrucijada. —Pues que la tengan un momento más.

Página 18

Volviose y entró otra vez silenciosamente en la casa.

A la luz de la goteante vela y del amortiguado fuego, vio que la puerta del cuartito estaba abierta, se fue hacia ella de puntillas y observó.

«El Viejo», echado en su silla, roncaba, con las piernas extendidas, la cabeza hacia atrás y el sombrero encajado hasta los ojos. A su lado, sobre una estrecha cama de madera, yacía Johnny envuelto estrechamente en la manta, que le tapaba todo, excepto una parte de la frente y algunos rizos humedecidos por el sudor.

Dick Bullen avanzó un paso, titubeó y miró por encima del hombro la desierta sala. Todo estaba en silencio.

Con repentina resolución, separó con ambas manos sus grandes bigotes, y se inclinó sobre el dormido muchacho. Pero en el momento de hacerlo, un travieso soplo de aire que le acechaba, giró en torbellino chimenea abajo, reanimando el hogar y despidiendo una viva claridad, de la que Dick huyó avergonzado.

Sus compañeros le esperaban ya en la encrucijada. Dos de ellos luchaban en la oscuridad con un ser extrañamente deforme, el cual, a medida que Dick se acercaba, tomó el aspecto de un enorme caballo amarillento.

Era la yegua. El animal no tenía bonita estampa. Desde su romo hocico hasta sus alzadas ancas, desde su arqueado espinazo, oculto por las raídas y tiesas machillas de una silla mejicana, hasta sus gruesas, rectas y huesudas patas, no tenía una sola línea de gracia equina. En sus blancos ojos medio ciegos, pero malignos, en su labio inferior colgante, en su monstruoso color, no había más que fealdad.

—Bueno —dijo Staples—, cuidado con las herraduras, muchachos, y ¡arriba! ¡No olvides agarrar en seguida las crines, y asegúrate de poner el pie en el estribo opuesto! ¡Arriba!

Saltó el jinete a la silla, pateó luchando el caballo, apartáronse atropelladamente los espectadores, volaron sacudidas en círculo las herraduras, retembló la tierra a los saltos del animal, sonaron las espuelas, y partió «Jovita». Dick, desde las tinieblas, gritó:

—¡Bien va!

—¡A la vuelta no tomes el camino de abajo, a no ser que apremie el tiempo! ¡No la detengas al descender la cuesta! Estaremos en el vado a las cinco. ¡Adelante! ¡Hop! ¡Mula! ¡Anda!

Chispearon las piedras, crujió ruidosamente la grava del camino y Dick desapareció.

Página 19

Canta, ¡oh musa!, ¡la cabalgada de Richard Bullen! Canta, ¡oh musa!, ¡los caballerescos varones, las sagradas empresas, las valerosas hazañas, la caterva de toscos rufianes, la terrible cabalgadura y grandes peligros de la flor de Simpson’s Bar! Pero, desdeñosa se halla la musa… Nada quiere con este agresivo animal ni con su andrajoso jinete, y debo seguirles a pie, en simple prosa.

Era la una y sólo había alcanzado Rattlesnake-Hill[5]. En aquel intervalo «Jovita» sacó a relucir todos sus resabios y puso en práctica todas sus mañas. Tres veces tropezó. Dos veces alzó el romo hocico en línea recta con las riendas, y resistiendo el freno y la espuela, echó a correr locamente a través de los campos. Dos veces se puso de manos, y se dejó caer hacia atrás; y dos veces el ágil Dick, ileso, recobró su asiento, antes de que ella se hubiese repuesto sobre sus nerviosas piernas. Y una milla más adelante, al pie de una prolongada colina, estaba Rattlesnake-Creek. Dick sabía que allí le esperaba la principal prueba de su habilidad para lograr su empresa. Apretó los dientes y encajó las rodillas en los costados de la yegua pasando de su táctica defensiva a una violenta agresividad.

Mortificada y enfurecida, «Jovita» emprendió el descanso de la colina. El artero Richard fingía detenerla tirando de las riendas y simulando gritos de miedo.

Es por de más añadir que «Jovita» en seguida se lanzó a un desenfrenado galope. Ni es preciso fijar aquí el tiempo empleado en el descenso; está inscrito en las crónicas de Simpson’s Bar. Baste saber que al cabo de un momento, tal como le pareció a Dick, la yegua chapoteaba en las inundadas orillas de Rattlesnake-Creek.

Como esperaba Bullen, el empuje que «Jovita» había adquirido le impidió titubear, y, sujetándola con firmeza para un gran salto, se lanzaron en medio de la fuerte corriente. Unos momentos de lucha coceando y nadando, y Dick pudo aspirar hondo en la orilla opuesta.

El camino desde Rattlesnake-Creek hasta Red Mountain[6] era bastante llano.

Quizás el baño en el arroyo había templado su maligno ardor, o bien el arte con que la condujeron hasta allí le había demostrado la superior pericia de su jinete, pues «Jovita» ya no malgastaba sus energías en malas artes. Una vez coceó con las piernas traseras, pero fue por la fuerza de la costumbre; otra vez se espantó, pero a causa de una capilla recién pintada en el cruce de la carretera.

Página 20

Canales, fosos, montones de grava, parcelas de fresca hierba, volaron bajo sus ruidosos cascos. Empezó a resollar; una o dos veces tosió ligeramente, pero no disminuyeron ni su fuerza ni su velocidad.

A las dos habían pasado Red Mountain y comenzaba el descenso a la llanura. Diez minutos más tarde, el cochero de la rápida diligencia Pioneer fue alcanzado y dejado atrás por un «hombre sobre un caballo pinto»; incidente lo bastante excepcional para que se comentase.

A las dos y media Dick se alzó en los estribos y profirió una exclamación. Las estrellas brillaban a través de rasgadas nubes, y frente a él, más allá de la llanura, se veían dos agujas, una asta de bandera y una línea desigual de

objetos negros. Dick hizo tintinear las espuelas y blandió la riata, apretó el paso «Jovita» y un momento después penetraron a la carrera en Tuttleville para detenerse en la plaza del Hotel of all Nations[7].

Lo que ocurrió aquella noche en Tuttleville no forma precisamente parte de esta historia. Pero sucintamente puedo referir, que en cuanto «Jovita» hubo pasado a poder del soñoliento mozo de cuadra, a quien muy pronto sacudió el sueño con un par de coces, Dick salió con el tabernero a dar una vuelta por el dormido pueblo.

Brillaban aún las luces de algunas tabernas y casas de juego; pero evitaron la tentación y se pararon ante una tienda cerrada, y por medio de insistentes golpes en el escaparate y gritos estentóreos, hicieron levantarse de su cama al propietario, obligándole a desatrancar las puertas de su almacén y a exponer sus géneros. Estos actos los repitieron varias veces. Algunas los recibieron con maldiciones, pero los más con interés y cierta buena disposición hacia su demanda, y la entrevista terminó siempre con un brindis.

Eran las tres cuando acabó, y con un pequeño saco de goma impermeable, atado con correas a la espalda, Dick volvió al hotel. Allí le acechaba la Belleza. La Belleza opulenta en encantos, elegante en el vestir, persuasiva en el hablar y española en el acento. No obstante la Belleza fue rechazada por el hijo de las sierras, desaire mitigado, no obstante, por una sonrisa y su última moneda de oro.

Montó a caballo después y emprendió su camino por la solitaria calle hacia la llanura aún más solitaria, donde muy pronto la negra línea de casas, las agujas y el asta de bandera, se fueron hundiendo de nuevo en la tierra hasta perderse en la distancia.

La tempestad había cesado, el aire era penetrante y frío, las siluetas de los cercanos mojones se percibían con claridad, pero eran las cuatro y media cuando Dick alcanzó la capilla del cruce de la carretera.

Página 21

Para evitar la empinada cuesta había tomado un camino más largo y de mayor rodeo, en cuyo lado viscoso «Jovita» se hundía a cada paso. Era un mal comienzo para una dura ascensión de cinco millas; pero «Jovita» la emprendió con su habitual, ciega e irrazonable furia, y media hora más tarde alcanzó la extensa planicie que conducía a Rattlesnake-Creek. Otra media hora y llegarían al arroyo. Dick soltó ligeramente las riendas sobre el cuello de la yegua; excitola con un silbido y comenzó a cantar.

De repente se espantó «Jovita», y dio un salto que hubiera derribado a un jinete menos hábil. Sujetándole las riendas se hallaba un hombre que había saltado desde la cuneta y al mismo tiempo, en el camino, surgió otro jinete envuelto en la sombra.

—¡Arriba las manos! —ordenó con un juramento la segunda aparición.

Dick sintió a la yegua temblar debajo de sí, como si fuera a desplomarse.

Sabía lo que esto significaba, y se preparó.

—Apártate, Jack Simpson, te conozco, maldito ladrón, déjame pasar, o… No terminó la frase. «Jovita» se alzó de manos en el aire, con un salto terrible, desprendiéndose del que la sujetaba con un movimiento de su rebelde

cabeza, y cargó violentamente contra el obstáculo que se le oponía.

Oyose una blasfemia, sonó un disparo, caballo y salteador rodaron por el suelo y al momento «Jovita» estaba a cien yardas de distancia. Pero el brazo derecho de su jinete, destrozado por una bala, colgaba inerte al costado.

Sin reducir la velocidad, pasó las riendas a la mano izquierda.

Poco después viose obligado a detenerse para apretar la cincha, aflojada en el ataque. Esto, en su estado, le ocupó algún tiempo. No temía la persecución pero, mirando al cielo, vio que las estrellas de Oriente palidecían, y que los lejanos picos, perdida su espectral blancura, se destacaban ya con sombrías tintas sobre un cielo que empezaba a aclararse.

El día llegaba.

Entonces, absorbido completamente por una sola idea, olvidó el dolor de su herida y, montando de nuevo, cabalgó hacia Rattlesnake-Creek.

La respiración de «Jovita» era fatigosa. Dick vacilaba en la silla y el cielo se aclaraba más y más.

Cabalga, Richard; corre, «Jovita»; detente, ¡oh día!

En el último trecho sentía un zumbido en los oídos. Era la debilidad por la pérdida de sangre…

Cuando descendió de la colina, estaba deslumbrado y aturdido y no reconoció el paisaje. ¿Había equivocado el camino o aquello era Rattlesnake-Creek?

Página 22

Lo era. Pero el ruidoso arroyo que atravesara nadando algunas horas antes se había desbordado, duplicando su volumen, y revolvíase entonces como rápido e irresistible río entre Bullen y Rattlesnake-Creek.

Por vez primera, aquella noche sintió el corazón oprimido. El río, la montaña, la temprana aurora, bailaban ante sus ojos. Los cerró para recuperar el dominio de sí mismo. En aquel breve intervalo, por algún fantástico proceso mental, el cuartito de Simpson’s Bar, y el grupo del padre e hijo dormidos, surgieron ante él. Y abriéronse sus ojos; tiró su chaqueta, la pistola, las botas y la misma silla, afirmó en su hombro el precioso paquete, y, apretando los costados de «Jovita» con las desnudas rodillas arrojose al amarillento río, al tiempo que gritaba.

Otro grito se alzó desde la orilla opuesta, mientras que la cabeza de un hombre y de un caballo se mostraban por algunos momentos sobre la batalladora corriente, para ser arrastrados luego por entre descuajados árboles y arremolinados despojos.

«El Viejo» despertó sobresaltado.

El fuego se había extinguido en el hogar. La vela de la habitación interior agonizaba y alguien sacudía la puerta. Abriola, pero dando un grito retrocedió ante la empapada y medio desnuda figura que se tambaleaba en el umbral.

—¿Dick?

—¡Calla! ¿Despertó ya?

—No; ¿pero eres Dick?

—¡Calla, estúpido! ¡Dame un poco de whisky, aprisa!

«El Viejo» voló en su busca y volvió con… ¡una botella vacía! Dick hubiera blasfemado, pero sus fuerzas no estaban a la altura de las circunstancias. Tambaleose, se agarró del tirador de la puerta y, con una seña, llamó a «El Viejo».

—Hay algo aquí, en ese saco, para Johnny. Quítamelo. Yo no puedo.

«El Viejo» desató la bolsa de goma y colocola ante su desfallecido interlocutor.

—¡Ábrelo, pronto!

Lo hizo con dedos temblorosos. Contenía tan sólo unos pobres juguetes, bastante baratos y toscos, pero relucientes de pintura y oropel.

Uno de ellos estaba roto; otro irremisiblemente estropeado por el agua; y sobre el último había una mancha de sangre.

—No parece gran cosa, en verdad —balbució Dick con tristeza—. Pero es lo mejor que hemos podido hacer. Tómales, «Viejo», y pónselos en los

Página 23

zapatos y dile… dile… dile, ya sabes… Sostenme… «El Viejo» le recibió en sus brazos.

—Dile —añadió Dick, sonriendo débilmente—, dile que Santa Claus ha venido.

Y así, manchado de lodo y sangre, casi desnudo, anonadado, andrajoso, con un brazo colgando inerte al costado, Santa Claus llegó a Simpson’s Bar y cayó desfallecido en el umbral de la primera puerta.

El albor de Navidad elevose dulcemente poco después, tiñendo los lejanos picos con rosados tonos de inefable amor. Y contempló tan tiernamente a Simpson’s Bar, que la montaña entera, como sorprendida en una acción generosa, se sonrojó hasta los cielos.

Página 24

LA SUERTE DE ROARING-CAMP

BRET HARTE

R OARING-CAMP[8] agitábase en conmoción. No a causa de una reyerta, ya que en 1850 no era esto motivo suficiente para reunir a todo el campamento. Quedaron abandonados los fosos y hasta el almacén de Tuttle

contribuía con sus jugadores.

Todos los vecinos se habían reunido ante una tosca cabaña, situada en el exterior del campamento. La conversación seguíase en voz baja, y se mencionaba de vez en cuando el nombre de una mujer, nombre bastante familiar allí: Cherokee Sal[9].

Cuanto menos hablemos de ella, mejor. Era una mujer grosera y, desgraciadamente, muy pecadora, pero, al fin y al cabo, la única en todo Roaring-Camp; y, en aquellos momentos, sufría la crisis suprema que más necesita de los cuidados femeninos.

Disoluta, descarada e incorregible, padecía, sin embargo, un martirio cruel incluso cuando se está debidamente atendida, y mucho más duro en absoluta soledad.

La maldición de Eva había caído sobre ella en aquel completo aislamiento que tan terrible debió hacer el castigo del primer pecado. Formaba tal vez parte de la expiación de sus culpas, que en los momentos en que más falta le hacían la ternura intuitiva y los cuidados de otras mujeres, sólo se encontrara con las caras desdeñosas de sus compañeros. Sin embargo, creo que algunos de los espectadores se hallaban afectados por sus sufrimientos. Sandy Tipton consideraba que aquello era «muy duro para Sal», y conmovido con tal reflexión, se sintió por un momento superior al hecho de tener escondidos en la manga un «as» y dos triunfos.

Se comprenderá también lo insólito del caso. En Roaring-Camp solían producirse fallecimientos, pero un nacimiento era cosa desconocida por completo. Se había expulsado a varias personas, resuelta y terminantemente,

Página 25

sin ninguna probabilidad de regreso, pero ésta era la primera vez que en él se introducía alguien desde los comienzos de su vida. De ahí la conmoción.

—Entra tú, Stumpy —dijo un prominente ciudadano conocido por Kentuck, dirigiéndose a uno de los ociosos—. Entra ahí y mira lo que puedes hacer, tú que tienes experiencia en estas cosas.

La elección no podía ser más acertada. Stumpy, en otros climas, había sido cabeza nominal de dos familias. A la informalidad legal en ese preceder se debió que Roaring-Camp, pueblo por demás hospitalario, le contase entre sus miembros. La multitud aprobó la elección y Stumpy fue lo bastante sabio para someterse a la voluntad de la mayoría. La puerta se cerró tras del improvisado cirujano y comadrón, y todo Roaring-Camp se sentó en los alrededores de la cabaña, fumó su pipa y aguardó el desenlace.

La asamblea contaba unos cien miembros; uno o dos de ellos verdaderos fugitivos de la justicia, otros eran criminales y otros atrevidos hasta la irresponsabilidad. Físicamente no dejaban traslucir el menor indicio sobre su vida y carácter pasados. El más desalmado tenía una cara propia de un cuadro de Rafael, con profusión de cabellos rubios; Oakhurst, el jugador, tenía el aire melancólico y el ensimismamiento intelectual de un Hamlet; el hombre más sereno y valiente apenas medía cinco pies de estatura, y era poseedor de una voz dulce y ademanes tímidos y afeminados. El calificativo de «truhanes», aplicado en conjunto, constituía más bien una distinción que una definición. Tal vez los detalles menores, como dedos de las manos y pies, orejas, etc., faltaban en el campamento; pero estas leves omisiones no le quitaban nada de su fuerza colectiva. El hombre más fuerte de entre ellos, no tenía más que tres dedos en la mano derecha; el más certero tirador un solo ojo.

Tal era el aspecto físico de los hombres congregados en torno a la cabaña. El campamento se alzaba en un valle triangular entre dos montañas y un río, y era su única salida un escarpado sendero que escalaba la cima de un monte frente a la cabaña, camino entonces iluminado por la luna que se iba elevando en el firmamento. La paciente podía verlo desde el tosco lecho en que yacía. Podía ver cómo serpenteaba, cual un hilo de plata, hasta ir a unirse

en lo más alto con las estrellas.

En el exterior, un fuego de ramas carcomidas hacía más agradable la reunión. Poco a poco reapareció la alegría natural de Roaring-Camp. Se hicieron apuestas con respecto al resultado: tres contra cinco a que Sal saldría bien de la cosa; además, también apostaron a que viviría la criatura y sobre el sexo y el color de tez del presunto forastero. En medio de una animada controversia oyose una exclamación de los que estaban más cerca de la puerta

Página 26

y todo el campamento calló para escuchar. Dominando el rumor del viento que se agitaba entre los pinos, el murmullo de la rápida corriente del río y el chisporroteo del fuego, oyose un grito agudo, quejumbroso, un grito que no se parecía a nada de lo que hasta entonces se había oído en el campamento. Los pinos cesaron de gemir, el río interrumpió su murmullo y el fuego dejó de chisporrotear: parecía como si la naturaleza también se hubiese detenido para escucharlo.

El campamento se puso en pie como un solo hombre. Alguien propuso volar un barril de pólvora, pero prevalecieron más sanos consejos, y sólo se acordó el disparo de algunos revólveres en consideración al estado de la madre, la cual, debido a la tosca cirugía del campamento o a cualquier otro motivo, se acababa por instantes. Antes de una hora, como si ascendiese por aquel escarpado camino que conducía a las estrellas, salió para siempre de Roaring-Camp, de su pecado y de su vergüenza. No creo que tal noticia preocupase a nadie, a no ser por la suerte de la criatura.

—¿Podrá vivir ahora? —le preguntaron a Stumpy.

Su respuesta fue muy vaga. El único ser del mismo sexo de Cherokee Sal que quedaba en el campamento, en condiciones de suplirla, era una burra. Hubo sus dudas respecto a la capacidad de semejante nodriza, pero se hizo la prueba, menos problemática que el antiguo tratamiento de Rómulo y Remo, y al parecer igualmente satisfactoria.

En el arreglo de todos estos detalles, se invirtió aún otra hora. Por fin, se abrió la puerta y la ansiosa muchedumbre, que ya se había formado en cola, desfiló ordenadamente por el interior. Al lado del bajo lecho de tablas, sobre el cual se dibujaba, vagamente perfilado, el cadáver de la madre envuelto en una manta, había una mesa de pino. En ésta se veía una caja de velas, y dentro, abrigado por una franela de un rojo chillón, estaba el recién llegado a Roaring-Camp. Al lado de la caja de velas habían colocado un sombrero; pronto se comprendió el motivo.

—Caballeros —dijo Stumpy, con una extraña mezcla de autoridad y de satisfacción—, los caballeros tendrán la bondad de entrar por la puerta principal, dar la vuelta a la mesa y salir por la puerta trasera. Aquéllos que deseen contribuir con algo para el huérfano, encontrarán a mano un sombrero.

El primero entró con la cabeza cubierta, pero al echar una mirada en torno suyo se descubrió, y así, inconscientemente, dio ejemplo al siguiente, pues en tal comunidad de gentes las acciones buenas y malas son contagiosas. A medida que desfilaba la comitiva, se dejaban oír los comentarios críticos, dirigidos particularmente a Stumpy en su calidad de expositor.

Página 27

—¿Y es eso todo?

—El ejemplar es muy pequeño.

—¡Qué colorado está!

—¡Si no es más largo que un derringer![10].

No fueron menos característicos los donativos: una caja de rapé, de plata; un doblón; un revólver de marina, montado en plata; un lingote de oro; un hermoso pañuelo de señora, primorosamente bordado (de parte de Oakhurst, el jugador); un alfiler de pecho, de diamantes; una sortija de diamantes; una honda; una Biblia (dador incógnito); una espuela de oro; una cucharita de plata (siento tener que decir que sus iniciales no coincidían con las del dador); un par de tijeras de cirujano; una lanceta; un billete del banco de Inglaterra, de cinco libras; y como unos doscientos dólares en polvo de oro y en monedas de plata. Durante toda la ceremonia Stumpy mantuvo un silencio tan absoluto como el de la muerta, que tenía a su izquierda, y una gravedad tan indescifrable como la del recién nacido de su derecha.

Sólo un incidente rompió la monotonía de aquel extraño desfile.

Mientras Kentuck se inclinaba curioso sobre la caja de velas, la criatura se volvió y, con un movimiento nervioso, le agarró un dedo y por un momento lo retuvo con fuerza.

Kentuck puso la estupefacta cara de un imbécil. Algo parecido al rubor se esforzó en asomar a sus mejillas, curtidas por el tiempo.

—¡Maldito pillete! —dijo, retirando el dedo, con mayor ternura y cuidado de los que en él se podían esperar.

Al salir mantenía el dedo algo separado de los demás, examinándolo con curiosidad.

Este examen provocó una original observación respecto a la criatura.

En efecto, parecía regocijarse al repetirlo.

—¡Se ha peleado con mi dedo! —le dijo a Typton, mostrando este órgano privilegiado—. ¡Maldito pillete!

Eran ya las cuatro cuando el campamento se retiró a descansar. Ardía una luz en la cabaña donde seguían velando; Stumpy no se acostó en toda la noche, ni tampoco Kentuck; éste bebió a discreción y relató repetidamente su aventura, terminándola siempre con el calificativo que aplicaba al recién nacido; esto parecía ponerle a salvo de cualquier injusta acusación de sensibilidad; Kentuck tenía las debilidades del sexo fuerte. Cuando se hubieron acostado todos, fue hacia el río silbando con aire pensativo. Después remontó la cañada, y pasó por delante de la choza silbando aún con premeditado descuido. Descansó junto a un enorme árbol, rehízo su camino y

Página 28

otra vez pasó por la cabaña. En las cercanías del río se detuvo de nuevo, retrocedió y llamó a la puerta.

Stumpy le abrió.

—¿Cómo va eso? —dijo Kentuck, mirando por encima de su interlocutor, hacia la caja de velas.

—Todo marcha —contestó el otro.

—¿Ocurre algo?

—Nada.

Hubo una pausa, una pausa embarazosa. Stumpy continuaba con la puerta abierta; Kentuck recurrió a su dedo, que mostró a su interlocutor.

—¡Se peleó con él ese maldito pillete! —dijo, y se retiró.

Al día siguiente Cherokee Sal tuvo la ruda sepultura que podía darle Roaring-Camp: después, cuando su cuerpo hubo sido devuelto al seno del monte, celebrose una reunión formal para discutir lo que debería hacerse con su hijo. La resolución de adoptarle fue unánime y entusiasta. Pero a la vez se levantó una animada discusión respecto a la posibilidad y manera de proveer a sus necesidades. Fue de notar que los argumentos que se esgrimieron carecían de aquellas agresivas características a que conducían, por lo general, las controversias en Roaring-Camp. Typton propuso enviar la criatura a Red-Dog[11], a cuarenta millas de distancia, en donde hallaría cuidados femeninos; pero la desgraciada proposición se enfrentó con una firme y unánime negativa. Viose claramente que no se tomaría en cuenta plan alguno que significara separarse de la nueva adquisición.

—Además —dijo Tom Ryder—, aquella gente de Red-Dog lo cambiaría y nos endosaría otro —dudas respecto a la honradez de los vecinos poblados que prevalecía en Roaring-Camp, como en otros sitios.

La entrada de una nodriza en el campamento también encontró oposición. Arguyose que no encontrarían una sola mujer decente que aceptara como hogar Roaring-Camp, y añadió el orador que no les hacía falta ninguna de la otra especie. Esta indirecta, poco caritativa para la difunta madre, por dura que pareciese fue el primer síntoma de regeneración del campamento. Stumpy nada dijo, tal vez por motivos de delicadeza no quiso intervenir en la elección de su posible sucesor, pero, cuando le preguntaron, afirmó resueltamente que él y «Jinny», el mamífero antes aludido, podían arreglárselas para sacar adelante la criatura. Algo de original, descabellado y heroico había en este plan, que gustó al campamento. Stumpy conservó su cargo, y se le envió a Sacramento a por algunas prendas.

Página 29

—Cuidado —dijo el tesorero, poniendo en manos del mensajero un saco de polvo de oro—, que sea lo mejor que se pueda encontrar; encajes, trabajos de filigrana y puntillas… el precio no importa.

Por extraño que parezca, el niño salió adelante; tal vez el clima vigoroso de la montaña compensó la insuficiencia maternal. La naturaleza amamantó en su robusto pecho a este aventurero. En aquella limpia atmósfera de las colinas, al pie de la sierra, en aquel aire vivo, impregnado de olores balsámicos, halló mi reforzante vivificador que le servía de alimento, y quizá también una química sutil que convertía la leche de burra en cal y fósforo. Stumpy se inclinaba a creer que era esto último, junto con sus buenos cuidados.

—Yo y la burra —decía— le hemos servido de padre y madre.

Y acostumbraba añadir, dirigiéndose al envoltorio mal pergeñado que tenía ante sí:

—Nunca jamás te vuelvas contra nosotros.

Cuando el niño cumplió un mes, hízose evidente la necesidad de darle nombre. Hasta entonces se le conocía como «el choto», «el niño de Stumpy», «el coyote» (alusión a sus facultades vocales) y aun por el tierno diminutivo de «el maldito pillete». Pero comprendieron que todo esto resultaba muy vago y poco satisfactorio. Los jugadores y los aventureros son supersticiosos: Mr. Oakhurst declaró un día que la criatura había llevado la «suerte» a Roaring-Camp. Y lo cierto era que, en los últimos tiempos, el campamento había sido muy afortunado. Así pues, éste fue el nombre convenido, con el prefijo de Tommy, para mayor claridad. No se hizo alusión alguna a la madre, y el padre era por completo desconocido.

—Mejor es —dijo él filósofo Oakhurst— dar de nuevo las cartas, llamarle la Suerte y comenzar bien el juego.

Por consiguiente se señaló día para el bautizo. El lector, que ya se habrá hecho alguna idea acerca de la despreocupada irreverencia de Roaring-Camp, puede imaginar lo que significaba esta solemnidad. El maestro de ceremonias era un tal Boston, célebre bromista, y la ocasión parecía haberle sugerido divertidas ocurrencias. Este ingenioso bufón pasó dos días preparando una parodia del ceremonial de la Iglesia con algunas alusiones locales. El coro fue convenientemente ensayado, y Sandy Typton debía actuar de padrino. Pero después que la procesión llegó a la arboleda, con música y banderas al frente, y la criatura fue depositada al pie de un simulado altar, Stumpy se adelantó hacia la muchedumbre que aguardaba.

Página 30

—No es mi costumbre estropear las diversiones, muchachos —dijo resueltamente el hombrecillo, haciendo frente a las miradas en él fijas—, pero me parece que esto no está bien. Es jugar de mala ley contra el pequeño, eso de mezclarle en bromas que no puede comprender. Y si es que ha de haber padrino, quisiera saber quién tiene más derecho que yo.

Un profundo silencio siguió al discurso de Stumpy. En honor de todos los bromistas sea dicho, que el primero en reconocer que tenía razón fue el organizador del espectáculo, que de esta forma se vio privado de su éxito.

—Pero —añadió Stumpy rápidamente, aprovechando esta ventaja—, estamos aquí para un bautizo y lo tendremos: Yo te bautizo, Tomás La Suerte, según las leyes de los Estados Unidos y de California, y… en nombre de Dios.

Era la primera vez que se mencionaba a Dios en el campamento. Esta forma de bautizo era tal vez más risible que la que había concebido el irreverente Boston pero, aunque parezca extraño, nadie reparó en ello, nadie se rió. Tommy fue bautizado tan seriamente como lo hubiera sido bajo las bóvedas de un templo cristiano, y lloró y fue consolado a la manera ortodoxa. Y de esta manera continuó la obra de regeneración de Roaring-Camp.

Casi imperceptiblemente un cambio se fue operando en el campamento.

La cabaña destinada a Tommy La Suerte, o a La Suerte, como más comúnmente se le llamaba, experimentó las primeras señales del progreso. Fue escrupulosamente blanqueada, luego entarimada, adornada y empapelada. La cuna de palo rosa acarreada durante ochenta millas sobre un mulo; como decía Stumpy, mató al resto del mobiliario. De esta manera la rehabilitación de la cabaña fue un hecho consumado. Los mineros que solían pasar el rato en casa de Stumpy, para ver cómo seguía La Suerte, apreciaban el cambio. En defensa propia, el establecimiento rival, el almacén, de Tuttle, se restauró con una alfombra y un espejo. Las revelaciones de este último acerca de la apariencia de Roaring-Camp tendieron a fomentar medidas más severas en el aseo personal; además, Stumpy impuso una especie de cuarentena a aquéllos que aspiraban al honor de tener a La Suerte en sus brazos. Fue una mortificación para Kentuck, quien gracias al descuido de una varonil naturaleza, y a las costumbres de la vida de la frontera, había llegado a creer que la ropa era una segunda piel que, como la de la serpiente, sólo se cambiaba cuando caía fuera de uso. Sin embargo, fue tan sutil la influencia renovadora que, desde aquella fecha en adelante, apareció regularmente con camisa limpia y la cara reluciente por las abluciones. Tampoco fueron descuidadas otras leyes higiénicas, tanto morales como sociales. A Tommy, al

Página 31

que se suponía en permanente necesidad de reposo, no se le debía estorbar con ruido alguno. La gritería y los aullidos que le habían ganado al campamento su infeliz nombre, no fueron tolerados en las cercanías de la casa de Stumpy. Los hombres conversaban en voz baja o bien fumaban con gravedad india. La blasfemia quedó tácitamente prohibida de estos sagrados lugares; y en todo el campamento la exclamación popular de «maldita sea la suerte» o «maldita suerte» fue desechada, como si se la interpretase en sentido personal. La música vocal se autorizó por suponérsele una cualidad calmante, y cierta canción Man O’War[12], entonada por Jack, marino inglés, desertor de las colonias australianas de S. M. Británica, se hizo popular como canto de cuna. Era el relato lúgubre de las hazañas de la Aretusa, navío de 74 cañones, cantado en tono menor, cuya melodía terminaba con un estribillo prolongado al fin de cada estrofa: «A bo…o…ordo de la Aretusa». Era de ver a Jack meciendo en sus brazos a La Suerte con el movimiento de un buque y entonando esta canción marinera. Sea por el extraño balanceo de Jack, sea por lo largo de la canción (tenía noventa estrofas, que se interpretaban concienzuda y deliberadamente hasta el esperado final), el canto de cuna causaba el efecto propuesto. En tales ocasiones los mineros se tendían bajo los árboles, en el suave crepúsculo de verano, fumando sus pipas y escuchando las melodiosas notas. Una vaga idea de que esto era la felicidad pastoril fue extendiéndose por el campamento:

—Esta especie de cosa —decía Cockney Simons, gravemente, apoyado en su codo— es celestial.

Debía recordarle a Grennwich[13].

En los largos días de verano, solían llevarse a La Suerte al valle de donde Roaring-Camp extraía el oro. Allí, permanecía en una manta extendida sobre ramas de pino, mientras los hombres trabajaban más abajo. El rudo ingenio de los mineros acabó por decorar esta cuna con flores y arbustos olorosos, pues cada cual iba llevándole matas de silvestre madreselva, azalea, o bien los capullos pintados de las mariposas. Los mineros despertaron de repente a la idea de la belleza y significación de muchas bagatelas que durante tanto tiempo habían roto descuidadamente. Un pedacito de reluciente mica, un fragmento de cuarzo de variado color o una piedra pulida por la corriente del río, adquirieron nuevo atractivo y fueron guardadas cuidadosamente para La Suerte. Maravillaba la multitud de tesoros que le brindaron los bosques y las montañas.

Tommy, rodeado de juguetes como jamás los tuvo niño alguno en el país de las hadas, vivía contento. Parecía aceptar su felicidad, pero dominaba en él

Página 32

cierta gravedad infantil, una luz contemplativa en sus grises y redondos ojos que en ocasiones inquietaba a Stumpy. Era muy dócil y tranquilo. Cuentan que una vez, habiendo caminado a gatas más allá de su corral o cercado de ramas de pino entrelazadas que rodeaban la cuna, se cayó de cabeza por encima del cerco, en la tierra blanda, y permaneció con las gordezuelas piernas al aire, por lo menos durante cinco minutos, con una gravedad inalterable. Le levantaron sin que protestase. Vacilo en recordar otros ejemplos de su sagacidad, que desgraciadamente se basan tan sólo en el relato de amigos interesados. Algunos de ellos no carecían de cierto tinte supersticioso.

Cierto día Kentuck llegó en un estado de excitación que no le dejaba respirar:

—Hace un momento —dijo— subí por la colina, y maldito sea mi pellejo, si no hablaba con una urraca que se había posado sobre sus rodillas. Allí estaban los dos tan desenvueltos y comunicativos como tú y yo, charlando tranquilamente.

A todas horas, ya corriese a gatas por entre las ramas de los pinos o, tumbado de espaldas, contemplase las hojas de los árboles, para él cantaban los pájaros, brincaban las ardillas y se abrían las flores. La naturaleza fue su nodriza y compañera de juego. Para él deslizaba entre las hojas doradas flechas de sol que caían al alcance de su mano; enviaba brisas con aroma de laurel y de resina; le saludaban familiarmente los altos árboles y zumbaban soñolientas las abejas, y los cuervos graznaban, para adormecerle. Tal fue el verano, edad de oro de Roaring-Camp.

Era un gran tiempo aquél, y La Suerte estaba con ellos. Los filones rendían enormemente; el campamento estaba celoso de sus privilegios y miraba con prevención a los forasteros; no se fomentaba la inmigración, y, para hacer más perfecto su aislamiento, adquirieron el terreno del otro lado de la montaña que cerraba el campamento. Esto, y una reputación de rara destreza en el manejo del revólver, mantuvo inviolable el recinto de Roaring-Camp. El correo, único eslabón que les unía con el mundo, contaba algunas veces maravillosas historias del campamento. Solía decir:

—Allí arriba en Roaring, tienen una calle que deja atrás a todas las de Red-Dog; adornan sus casas con emparrados y flores, y se lavan dos veces al día; pero son muy duros con los forasteros y adoran a un crío indio.

Con la mejora del campamento les entró un deseo de mayores perfeccionamientos; para la primavera siguiente se propusieron edificar un hotel e invitar a una o dos familias decentes para que residiesen allí en favor

Página 33

de La Suerte, quien tal vez sacaría provecho de la compañía femenina. El sacrificio que esta concesión al bello sexo costó a aquellos hombres, que eran tenazmente escépticos respecto de su virtud y utilidad, sólo puede comprenderse por su afecto a Tommy.

Algunos llegaron a oponerse, pero la resolución no se podía efectuar hasta al cabo de tres meses, y la misma minoría cedió, sin resistencia, con la esperanza de que sucediera algo que lo impidiese, y así efectivamente fue.

El invierno de 1851 se recordará por mucho tiempo en las colinas. Una densa capa de nieve cubría los montes: cada riachuelo de la montaña se convirtió en un río y cada río en un lago; las cañadas se transformaron en torrentes desbordados que se precipitaban por las laderas de los montes, arrancando árboles gigantescos y esparciendo sus arremolinados despojos a lo largo de la llanura. Red-Dog fue inundado por dos veces, y Roaring-Camp se sabía en peligro.

—El agua trajo el oro a estas hondonadas —dijo Stumpy—; ha estado aquí una vez y volverá.

Y aquella noche el North-Forck[14] rebasó bruscamente sus orillas y barrió el valle triangular de Roaring-Camp. En la irrupción del agua que arrebataba árboles quebrados y maderas crujientes, y en la oscuridad que parecía deslizarse con el agua e invadir lentamente el hermoso valle, poco pudo hacerse para proteger el desparramado campamento. Cuando amaneció, la cabaña de Stumpy, la más cercana a la orilla del río, había desaparecido. Más arriba, en la hondonada, encontraron el cuerpo de su desgraciado propietario; pero del orgullo, la esperanza, la alegría, La Suerte de Roaring-Camp, no se halló ni rastro.

Regresaban ya con el corazón triste, cuando un grito lanzado desde la orilla les detuvo; era una barca de socorro que navegaba contra corriente. Dijeron que habían recogido a un hombre y a una criatura medio exánimes, a unas dos millas más abajo. Acaso pudieran identificarles, si pertenecían al campamento.

Les bastó una sola mirada para reconocer a Kentuck, tendido, y cruelmente magullado, pero estrechando todavía en los brazos a La Suerte de Roaring-Camp.

Al inclinarse sobre la pareja, extrañamente unida, vieron que la criatura estaba fría y sin pulso.

—Ha muerto —dijo uno.

Kentuck abrió los ojos.

—¿Muerto? —repitió débilmente.

Página 34

—Sí, buen hombre, y usted también está muriendo.

Una sonrisa iluminó los ojos del desfallecido Kentuck.

—Muriéndome —repitió—, me lleva consigo. Digan a los muchachos que me quedo con La Suerte.

Y el hombre fuerte, asiendo a la débil criatura, como el que se ahoga se aferra en una paja, desapareció en el tenebroso río que corre para siempre hacia el mar.

Página 35

EL SOCIO DE TENNESSEE

BRET HARTE

N O creo que supiésemos su verdadero nombre, pero, esta ignorancia no nos causó el menor disgusto, puesto que en 1854 la mayor parte de la

gente de Sandy-Bar[15] se bautizó de nuevo.

Con frecuencia, los apodos se derivaban de alguna extravagancia en el vestir, como en el caso de Dungaree-Jack, o bien de alguna peculiaridad en las costumbres, como en el de Saleratus-Bill, así llamado por la enorme cantidad de aquella materia química que echaba en su pan cotidiano, o bien de algún desgraciado lapsus, como sucedió al Pirata de hierro, hombre dulce e inofensivo, que obtuvo aquel título por su desgraciada pronunciación del término «pirita de hierro». Puede que esto haya sido el principio de una tosca heráldica; pero me inclino a pensar que, como en aquellos días el verdadero nombre de un individuo descansaba únicamente en su deleznable palabra, no se le daba importancia.

—Se llama usted Clifford, ¿verdad? —dijo Boston, dirigiéndose, con soberano desdén, a un tímido recién llegado—. El infierno está lleno de tales Cliffords.

Y en seguida presentó al desgraciado, cuyo nombre, por casualidad, era realmente Clifford, como Parrot Charley[16], repentina y profana inspiración que pesó sobre él para siempre.

Pero volvamos al Socio de Tennessee, a quien siempre conocimos por este título; aunque más tarde nos enteramos de que existió como una individualidad separada y distinta. Parece que en 1853 se marchó de Pocker-Flats hacia San Francisco, con el propósito manifiesto de buscar mujer, pero no fue más lejos de Stockton.

En aquel lugar se sintió atraído por una joven que servía la mesa en el hotel donde se hospedaba. Una mañana le dijo algo que la hizo sonreír halagada, romper con alguna coquetería un plato de pan tostado contra la seria y sencilla cara de su interlocutor y replegarse luego a la cocina. La siguió, y

Página 36

pocos momentos después regresó cubierto por más pan tostado, pero vencedor. Al cabo de ocho días se casaron ante un juez de paz y volvieron a Pocker-Flats.

Comprendo que este episodio se podría aprovechar mejor, pero prefiero narrarlo tal como corría por las cañadas y tabernas de Sandy-Bar, donde todo sentimiento se modificaba por un fuerte sentido del humor. De su matrimonio poco se supo hasta que Tennessee, que vivía entonces con su socio, tuvo un día ocasión de decirle a la mujer algo que la «hizo sonreír halagada» y retirarse llena de pudor, esta vez hasta Marysville, adonde la siguió Tennessee y donde pusieron casa, sin la ayuda del juez de paz. El Socio de Tennessee soportó la pérdida con sencillez y gravedad, según su costumbre, pero todo el mundo se sorprendió cuando al volver Tennessee de Marysville sin la mujer de su socio, porque ella había sonreído y marchado con otro, el Socio de Tennessee fue el primero en estrecharle la mano y darle afectuosamente la bienvenida. Los muchachos, que se habían reunido en la cañada para presenciar el tiroteo, se indignaron, como es lógico. Su indignación hubiera desembocado en el sarcasmo, a no ser por cierta expresión en los ojos del Socio de Tennessee, que indicaba su falta de ganas de bromear. Era un hombre grave, pero muy dado al detalle práctico, lo que le hacia desagradable en ciertos momentos.

En tanto, el sentimiento público contra Tennessee iba aumentando en Sandy-Bar. Era conocido como tahúr y se le suponía ladrón. Estas sospechas alcanzaron igualmente a su socio; la continuada intimidad con Tennessee después del citado asunto sólo podía explicarse por la hipótesis de complicidad en el crimen. Finalmente, la culpa de Tennessee se hizo manifiesta. Un día alcanzó a un forastero en el camino de Red-Dog[17]; éste contó después que Tennessee le estuvo distrayendo con interesantes anécdotas y recuerdos, pero que con poca lógica terminó la entrevista con las siguientes palabras:

«Y ahora, joven, le voy a molestar pidiéndole el cuchillo, las pistolas y el dinero. Verá usted, las armas podrían ocasionarle algún disgusto en Red-Dog, y el dinero sería una tentación para los malintencionados.»

Creo que mencionó su dirección en San Francisco. Haré lo posible por visitarle.

Hay que advertir que Tennessee poseía una vena humorística, que ninguna preocupación comercial podía dominar por completo.

Ésta fue su última hazaña. Red-Dog y Sandy-Bar hicieron causa común contra el proscrito. A Tennessee le cazaron casi como al oso de las montañas.

Página 37

Cuando le tendían las redes, en el Arcade Saloon[18], se lanzó desesperado a través del bar descargando su revólver contra la muchedumbre, y así consiguió llegar hasta el Girrly Cañón[19], pero al extremo de éste le detuvo un hombre pequeño montado en un caballo. Se miraron un momento en silencio. Ambos eran intrépidos; ambos seguros de sí mismos y muy independientes, y ambos pertenecían a una civilización que en el siglo XVII se hubiera calificado de heroica, pero que en el siglo XIX tan sólo se calificaba de despreocupada.

—¿Qué llevas ahí? Descubre tu juego —dijo Tennessee, tranquilamente. —Dos triunfos y un «as» —contestó el forastero con la misma

tranquilidad, mostrando dos revólveres y un cuchillo bowie[20].

—Paso —repuso Tennessee.

Y con este epigrama de jugador, tiró su inútil pistola y regresó a Sandy-Bar con su aprehensor.

La noche era calurosa. La fresca brisa que de ordinario, al ponerse el sol, descendía por la empinada montaña coronada de chaparrales, le fue negada aquella noche a Sandy-Bar. El estrecho cañón se hallaba invadido por un cálido y fuerte aroma a resina, y la madera podrida del campamento despedía exhalaciones nauseabundas. La excitación del día y sus fieras pasiones dominaban aún en el campamento. Las luces se agitaban sin descanso por las orillas del río, y ni un solo reflejo en la oscura corriente les contestaba.

Por encima de la negra silueta de los pinos, en los balcones del viejo desván del correo resplandecía la luz; y a través de sus ventanas sin cortinas, los desocupados podían ver, desde abajo, las sombras de los que en aquel momento decidían la suerte de Tennessee; y por encima de todo esto, perfilándose sobre el oscuro firmamento, se alzaba impasible la lejana sierra, coronada de las aún más lejanas e impasibles estrellas.

La causa de Tennessee se llevó tan lealmente como era de esperar de un juez y de un jurado que se sentían hasta cierto punto obligados a justificar con su veredicto las irregularidades del arresto y acusación. La ley de Sandy-Bar era implacable, pero no vengativa. La excitación y el resentimiento personal que motivaron semejante caza, habían terminado. Con Tennessee seguro en sus manos, estaban dispuestos a escuchar impasibles la defensa; convencidos de que iba a ser inútil, y no teniendo en su interior duda alguna, querían conceder al preso las ventajas que pudieran surgir. Descansando en la hipótesis de que debía ser ahorcado en virtud de principios generales, le favorecían permitiéndole más amplio derecho del que su despreocupada osadía parecía reclamar. El juez estaba más inquieto que el mismo preso,

Página 38

quien, indiferente para los demás, afectaba al parecer una lúgubre satisfacción en la responsabilidad que creara.

—No tomo parte en este juego —era la contestación invariable, aunque humorística, que daba a toda pregunta.

El juez, que era al propio tiempo su aprehensor, se arrepintió vagamente de no haberle descerrajado un tiro aquella mañana; pero pronto desechó esta flaqueza vulgar como indigna de su mente. Sin embargo, cuando sonó un golpe a la puerta y se dijo que el Socio de Tennessee estaba allí para defender al prisionero, fue admitido en seguida sin la menor disensión; tal vez los miembros más jóvenes del jurado, para quienes los sucesos se prestaban a graves reflexiones, le saludaran como un socorro. En verdad, no era una figura imponente: bajo y fornido, con la cara cuadrada, tostado por el sol, vistiendo una ancha chaqueta y pantalones listados y manchados por barro rojizo; en cualquier circunstancia su aspecto hubiera parecido extravagante, pero en la presente era hasta ridícula. Cuando se inclinó para dejar a sus pies una pesada maleta de lona que llevaba dejó ver que la tela con que estaban remendados sus pantalones fue destinada, originariamente, a un envoltorio más modesto. Sin embargo, se adelantó con gravedad suma y, después de haber estrechado con afectada cordialidad la mano de cuantos estaban en el salón, enjugó su seria y perpleja cara con un pañuelo rojo de seda menos oscuro que su tez, apoyó su robusta mano sobre la mesa, y se dirigió al jurado:

—Pasaba por aquí —empezó, como excusándose—, y se me ocurrió entrar a ver cómo seguía el asunto de Tennessee, mi socio. La noche es sofocante. No recuerdo otra parecida en el campamento.

Calló un instante, pero como a nadie se le ocurrió impugnar esta observación meteorológica, acudió por segunda vez al recurso del pañuelo, y durante algunos momentos se enjugó con diligencia la cara.

—¿Tiene algo que decir en favor del preso? —preguntó, por fin, el juez. —Eso es —dijo con evidente alivio—, vengo aquí como socio suyo. Le

trato desde hace cuatro años, en la comida y bebida, en el mal y en el bien, en la prosperidad y en la adversidad. Sus caminos no son siempre los míos; pero no hay en ese joven cualidad ni ha hecho calaverada que yo no sepa. Y usted me pregunta, me pregunta usted, confidencialmente, de hombre a hombre, me dice: «¿Sabe usted algo en su favor?». Pues yo digo, digo yo, confidencialmente, de hombre a hombre: «¿Qué quiere que uno sepa de su socio?».

Página 39

—¿Es esto todo cuanto tiene que explicarnos? —preguntó el juez impaciente, previendo tal vez que una peligrosa simpatía humorística humanizaría a la sala.

—Vamos a eso —continuó el Socio de Tennessee—. No seré yo quien diga algo contra él. Y ahora veamos el caso. He aquí que a Tennessee le hace falta dinero, que le hace mucha falta, y no le gusta pedirlo a su viejo socio. Bueno; ¿pues qué es lo que hace Tennessee? Echa el anzuelo a un forastero y lo pesca. Y vosotros le echáis el anzuelo y le pescáis a él; una partida igualada. Yo apelo a usted, que es un hombre de recto criterio, y a todos ustedes, señores, como hombres de recto criterio, si esto no es así.

—Preso —dijo el juez interrumpiéndole—. ¿Tiene alguna pregunta que hacer a este hombre?

—¡No! ¡No! —continuó rápidamente el Socio de Tennessee—. Esta partida la juego yo solo. Y para llegar de una vez al filón, esto es lo que hay: Tennessee la ha jugado muy pesada y muy cara contra un forastero y contra este campamento. Y ahora, ¿qué es lo justo? Unos dirán sus más, otros dirán sus menos; en fin, aquí van 1.700 dólares, en oro, y un reloj. Es todo lo que tengo, ¡y no hablemos más de esto!

Y antes de que mano alguna se pudiese levantar para evitarlo, había vaciado ya sobre la mesa el contenido de la maleta de lona.

Por un momento estuvo su vida en peligro. Uno o dos hombres se pusieron en pie en el acto, varias manos buscaron armas ocultas, y sólo la intervención del juez pudo dominar la propuesta de «echarle por la ventana». Tennessee se reía, y su socio, al parecer ignorante de la conmoción que causaba, aprovechó la oportunidad para enjugarse otra vez la cara con el pañuelo.

Cuando se restableció el orden y se hizo comprender al buen hombre, por medio de enérgicas demostraciones, que la ofensa de Tennessee no podía ser expiada con dinero, su fisonomía tomó un color más sanguinolento aún y los que estaban cerca de él notaron que su ruda mano temblaba ligeramente sobre la mesa. Titubeó un momento, antes de volver el oro a la maleta, como si no hubiese comprendido del todo el elevado sentimiento de justicia que guiaba al tribunal y temiese no haber ofrecido bastante. Luego se volvió hacia el juez, diciendo:

—Esta partida la he jugado solo, sin mi socio.

Saludó al jurado e iba a retirarse, cuando el juez le llamó.

—Si tiene algo que decir a Tennessee, es mejor que lo haga ahora.

Página 40

Por primera vez, aquella noche, se encontraron los ojos del preso y los de su extraño abogado. Tennessee mostró sus blancos dientes, con franca sonrisa, y al decir:

—¡Hemos perdido, viejo! —le tendió la mano.

—Como pasaba por casualidad —dijo— entré sólo para ver cómo seguían las cosas.

Después dejó caer pasivamente la mano que le tendieron, añadiendo que «la noche era calurosa», se enjugó de nuevo la cara con el pañuelo, y se fue.

Aquellos dos hombres no se encontraron más en vida. El inaudito insulto de haberle propuesto un soborno a un juez de la ley de Lynch[21], la cual, aunque fanática, débil o estrecha, era por lo menos incorruptible, excluyó de un modo irrevocable de la mente de aquel personaje mítico, toda vacilación respecto al destino de Tennessee; y al amanecer, estrechamente escoltado, se le condujo a la cima de Narley’s Hill, donde debía encontrar su fin.

De cómo lo arrostró, de cuán sereno estaba, de cómo se negó a declarar cosa alguna, de cuán legales eran las disposiciones del comité, de todo se trató debidamente en el Red-Dog Clarion[22], con la añadidura de una amonestación moral a modo de lección para todos los futuros malhechores. Pero no se describía allí la belleza de aquella mañana de verano, la santa armonía de la tierra, del aire y del cielo, la vida que rebosaba de los libres bosques y montes, el alegre renacimiento, las divinas promesas y, sobre todo, la serenidad infinita de la Naturaleza, porque no formaba parte de la lección social. Y, sin embargo, después de que el insignificante acto se hubo consumado y de que una vida, con sus poderes y responsabilidades, hubo salido de aquella cosa deforme que colgaba entre la tierra y el cielo, los pájaros cantaban aún, las flores se abrían y el sol resplandecía tan alegremente como antes. Quizás el Red-Dog Clarion tuviera razón.

El Socio de Tennessee no se encontraba en el grupo que rodeaba el lúgubre árbol; pero cuando los asistentes nos volvimos para dispersarnos, atrajo nuestra atención la presencia de un carricoche tirado por un burro y parado en el borde del camino. Al acercarnos, reconocimos a la venerable «Jenny» y el vehículo de dos ruedas propiedad del Socio de Tennessee, y que éste empleaba para extraer las tierras de su placer[23]. Algunos pasos más allá el propietario en persona, sentado bajo un castaño, enjugaba el sudor de su amoratado rostro.

A las preguntas que le hicieron, dijo que había ido allí por el cuerpo del difunto, si el Comité se lo permitía; que no quería apresurar las cosas; podía

Página 41

esperar, ya que aquel día no trabajaba; y cuando los señores hubiesen concluido con el difunto, se lo llevaría.

—Si alguno de los presentes —añadió a su manera sencilla y seria— gusta tomar parte en el funeral, puede venir.

Tal vez fuera por una de tantas humoradas que, como ya he indicado, eran características de Sandy-Bar, tal vez por algo mucho mejor, el caso es que las dos terceras partes de los desocupados aceptaron en seguida la invitación.

Era ya mediodía, cuando el cuerpo de Tennessee fue puesto en manos de su socio. Al acercarse el carro al árbol fatal, observamos que contenía una tosca caja oblonga, hecha al parecer con tablas de la acequia, medio rellena de cortezas y ramillas de pino. Adornaban el vehículo recortes de sauce y lo perfumaban flores de castaño. Cuando el cuerpo estuvo depositado en la caja, el Socio de Tennessee lo cubrió con una lona embreada, montó gravemente en el estrecho pescante delantero, y con los pies colocados sobre las varas, arreó al asno.

El carro avanzó lentamente, con aquel paso decoroso que, aun en circunstancias menos solemnes, le era habitual a «Jenny».

Los mineros, medio por curiosidad, medio por broma, pero todos de buen humor, marcharon, a ambos lados del carro; unos delante, otros detrás del sencillo ataúd. Pero sea por la estrechez del camino o por algún inesperado sentimiento de decoro, a medida que adelantaba el carro, el acompañamiento se retrasaba en parejas, guardando el paso y tomando el aspecto de una solemne procesión. Jack Folinsbee, que al principio simulaba tocar una marcha fúnebre en un imaginativo trombón, desistió de proseguirla, por no hallar simpática acogida. Faltole acaso la aptitud del verdadero humorista que sabe divertirse con sus propias gracias.

El camino atravesaba el Grimby Cañón, revestido a aquella hora de sombrío y fúnebre ropaje. Los capeches, escondiendo los pies en el rojizo terreno, guarnecían la senda como en fila india, y sus inclinadas ramas parecían echar una extraña bendición sobre el féretro que pasaba. Una liebre, sorprendida en flagrante holgura, sentose sobre las patas traseras, rebullendo entre los helechos del borde del camino, mientras desfilaba el cortejo. Las ardillas se apresuraron a ganar las ramas más altas para atisbar, desde allí, en seguridad y, los gayos azules, tendiendo las alas, revoloteaban a la delantera, como exploradores, hasta que se alcanzaron los arrabales de Sandy-Bar y la solitaria cabaña del Socio de Tennessee.

Aun visto en mejores circunstancias, no hubiese sido aquél un lugar alegre. El emplazamiento poco pintoresco, la tosca y fea silueta y los groseros

Página 42

detalles que distinguen las construcciones del minero californiano, se unían allí a la tristeza de la ruina. A pocos pasos de la cabaña, se extendía un burdo cercado que, en los cortos días de felicidad matrimonial del Socio de Tennessee, había servido de jardín, pero que, entonces, cubrían por completo los helechos. A medida que nos aproximamos al cercado, nos sorprendimos viendo que, lo que habíamos tomado por un reciente intento de cultivo, era sólo la tierra sobrante de una tumba abierta.

La carreta se había detenido ante el cercado; el Socio de Tennessee rehusando las ofertas de ayuda, con el mismo aire de confianza que había demostrado en todo, cargó con la caja y la depositó, por sí solo, en la poco profunda fosa. Clavó después la tabla que servía de tapa, y subiéndose al montículo de tierra que se alzaba al lado, descubriose y se enjugó lentamente la cara con el pañuelo. Los curiosos comprendieron que eran estos los preliminares de un discurso, y se sentaron en troncos de árbol y rocas, quedando a la expectativa.

—Cuando un hombre —comenzó a decir pausadamente el Socio de Tennessee— ha estado corriendo en libertad todo el día, ¿qué es natural que haga? Pues volverse a casa. Y suponiendo que no pueda volver a casa por sí mismo, ¿qué es lo que debe hacer su mejor amigo? ¡Pues llevarle a ella! Y aquí tenéis a Tennessee que ha estado corriendo en libertad, y de sus peregrinaciones le traemos a casa. —Calló, bajose a coger un fragmento de cuarzo, lo frotó pensativo contra la manga y prosiguió—: ¡No es la primera vez que me lo he cargado a la espalda como ahora habéis visto; no es la primera vez que lo he traído a esta cabaña, cuando no era capaz de valerse por sí mismo; no es la primera vez que yo y «Jenny» le hemos esperado allá arriba, para recogerle y traerlo a casa cuando no podía hablar, ni me reconocía! Y hoy que es el último día… ya veis… —Interrumpiose otra vez y frotó el cuarzo contra la manga—. Ya veis que el caso es duro para su socio… Y ahora, señores —añadió bruscamente, recogiendo una pala de largo mango —, se acabó el funeral; les doy gracias y… Tennessee se las da también por la molestia que les hemos causado.

Resistiendo cuantas ofertas de ayuda se le hicieron, comenzó a llenar la tumba dando la espalda al gentío que, después de algunos momentos de indecisión, se retiró lentamente. Al doblar la pequeña cresta que ocultaba Sandy-Bar, algunos, al mirar hacia atrás, creyeron ver al Socio de Tennessee, terminada ya su obra, sentado sobre la fosa, con la pala entre las rodillas y el rostro oculto en su rojo pañuelo de seda; pero otros arguyeron que, a tal

Página 43

distancia, no era posible distinguir la cara del pañuelo, y este punto quedó indeciso.

En la calma que siguió a la agitación febril de aquel día, el Socio de Tennessee no fue olvidado. Una investigación secreta le libró de la supuesta complicidad en el crimen de Tennessee, pero no de cierta sospecha acerca de su lucidez mental. Sandy-Bar hizo caso de conciencia al visitarle ofreciéndole varios regalos toscos, aunque bien intencionados. Pero desde aquel día fatal, su ruda salud y enorme fuerza parecieron declinar visiblemente; y al comenzar la estación de las lluvias, cuando las hojillas de hierba iban asomando por entre el pedregoso montículo que cubría la tumba de Tennessee, se metió en cama.

Cierta noche, cuando los pinos que rodeaban la cabaña, sacudidos por la tempestad, arrastraban sus esbeltas ramas por encima del techo, y a lo lejos se oían el rugido y los embates del tumultuoso río, el Socio de Tennessee alzó la cabeza de la almohada, diciendo:

—Ya es hora. Voy a buscar a Tennessee; engancharé a «Jenny».

Y se hubiera levantado de la cama de no habérselo impedido su criado.

Forcejeando, sin embargo, continuó en su singular delirio:

—¡Cuidado, «Jenny»! ¡Quieta, vieja! ¡Qué oscuro está! Cuidado con los baches, y cuida también de él, vieja. Sabes que a veces, cuando está borracho, cae como un tronco en mitad del camino. Ve, pues, en derechura hasta el pino de allá arriba, en la colina. ¡Bueno… ya te lo dije!… ¡ahí está!… viene hacia aquí… solo… sereno… ¡Cómo brilla su rostro! ¡¡Tennessee!! ¡Socio!

Y así se encontraron.

Página 44

EL IDILIO DE RED-GULCH

BRET HARTE

S ANDY[24] había bebido. Hallábase tumbado, bajo una mata de azaleas, casi en la misma actitud en que había caído algunas horas antes. El tiempo transcurrido desde entonces no lo sabía, ni le importaba. El tiempo que transcurriría antes de que decidiera levantarse era para él cosa igualmente indefinida e indiferente. Una filosofía tranquila, nacida de su situación física,

se extendía por su ser, y lo saturaba.

El espectáculo de un hombre borracho, y de este hombre borracho en particular (duéleme decirlo), no ofrecía en Red-Gulch la novedad suficiente para atraer la atención. A primera hora de aquel día, un humorista del lugar había erigido, junto a la cabeza de Sandy, un cartel que llevaba esta inscripción: «Resultado del aguardiente Mac Corkle; mata a una distancia de cuarenta yardas.» Pero imagino que ésta como otras muchas de las sátiras locales, era personal, y se refería más a la bajeza del medio que a la inmoralidad del resultado. Aparte de esta chistosa excepción, nadie molestó a Sandy. Un mulo extraviado comiose las escasas hierbas de su alrededor, mientras olía curiosamente al hombre tendido; un perro vagabundo, con aquella profunda simpatía que siente la especie por los borrachos, después de lamer sus empolvadas botas se había acurrucado a sus pies, y yacía allí guiñando un ojo a la luz del sol.

En tanto, las sombras de los pinos dieron poco a poco la vuelta hasta llegar al camino. Pequeñas ráfagas de polvo rojizo, levantadas por el paso de los caballos de tiro, se dispersaban en sucia lluvia sobre el hombre acostado. El sol descendió más y más, y Sandy permanecía inmóvil; pero entonces el reposo de este filósofo fue interrumpido, como el de otros filósofos que han sido, por la intrusión del sexo enemigo de la filosofía.

Miss Mary, como la llamaban los alumnos que acababa de despedir de la cabaña de madera, con pretensiones de colegio, situada al extremo del pinar, daba su paseo de tarde. Unas flores de insólita belleza atrajeron su mirada

Página 45

desde un arbusto de azaleas al otro lado de la carretera; la cruzó para arrancarlo, teniendo que atravesar las ráfagas de polvo encarnado, no sin sentir cortos y terribles estremecimientos de asco, y hacer alguna circunvolución felina. De repente, tropezó con Sandy.

Damos por descontado que profirió aquel corto grito stacatto de su sexo. Pero cuando hubo pagado este tributo a la debilidad física, volviose más atrevida y se paró un momento —a unos seis pies de distancia del monstruo tendido—, recogiendo con la mano sus blancas faldas, en actitud de correr. Ni un ruido, ni un movimiento se produjeron bajo la mata. Con su menudo pie derribó entonces el satírico cartel, murmurando: «¡Animales!», epíteto que probablemente, en aquel momento, clasificaba a la población masculina de Red-Gulch. Miss Mary, poseída de ciertas nociones rígidas, no apreciaba debidamente la expresiva galantería por la que el californiano es tan justamente celebrado de sus hermanas californianas. Como recién llegada que era, tenía tal vez muy bien merecida la reputación de ser muy «tiesa».

De pie, como estaba, observó también que los inclinados rayos solares calentaban la cabeza de Sandy, más de lo que ella juzgó saludable, y que su sombrero estaba tirado en el suelo. Cogerlo y colocárselo sobre la cara era obra que requería algún valor, sobre todo teniendo, como tenía, abiertos los ojos. Sin embargo, lo hizo y emprendió la retirada. Pero al mirar hacia atrás, sorprendiose al ver el sombrero lejos de donde lo había dejado, y a Sandy sentado y murmurando algo entre dientes.

La verdad era que Sandy, en las tranquilas profundidades de su mente, estaba persuadido de que los rayos del sol le eran benéficos y saludables. Desde la niñez se había opuesto a echarse con el sombrero puesto, pensando que sólo los rematadamente locos llevaban siempre sombrero, y que su derecho a despojarse de él, cuando le diese la gana, era inalienable. Tal fue la íntima representación de su conciencia. Desgraciadamente su expresión externa era confusa y se limitaba a la repetición de la siguiente frase:

—¡El sol está bien!, ¿qué hay?, ¿qué hay, sol? ¡Bueno!

Parose miss Mary y, sacando nuevo valor de la ventajosa distancia que la separaba de él, le preguntó si le faltaba algo.

—¿Qué ocurre? ¿Qué hay? —continuó Sandy, con voz sonora. —¡Hombre horrible! —dijo miss Mary exasperada—. ¡Váyase a su casa! Sandy se levantó tambaleándose. Medía seis pies de estatura; miss Mary

temblaba. Sandy avanzó con ímpetu algunos pasos y luego se paró.

—¿Por qué me he de ir a casa? —preguntó de repente, con mucha gravedad.

Página 46

—Para tomar un baño —contestó miss Mary lanzando una ojeada a su sucia persona.

De repente, con infinito asombro por parte de miss Mary, Sandy se quitó la levita y el chaleco, tirolos al suelo, se arrancó las botas y, con la cabeza hacia delante, se arrojó precipitadamente cuesta abajo, en dirección al río.

—¡Santo cielo! ¡Este hombre va a ahogarse! —dijo miss Mary.

Y entonces, con femenina inconsecuencia, echó a correr hacia el colegio y se encerró con llave.

Aquella noche, mientras estaba sentada a la mesa con su patrona, la mujer del herrero, se le ocurrió a miss Mary preguntarle, con gazmoñería, si su marido se emborrachaba alguna vez.

—Abner —contestó reflexivamente Mrs. Stidger—, dejad que lo piense:

Abner no ha estado chispo desde las últimas elecciones.

Miss Mary hubiese querido preguntarle si en tales ocasiones le gustaba tenderse al sol y si un baño frío era perjudicial, pero esto hubiera provocado una explicación que no tenía deseos de dar. De manera que se contentó con abrir sus grandes ojos, sonriendo a Mrs. Stidger, bello ejemplar de la eflorescencia del sudoeste, y después dejó de lado el asunto. Al día siguiente escribió a su mejor amiga de Boston:

«Me figuro que la parte de esa comunidad que se emborracha es aún la menos digna de objeción. Por descontado, querida, me refiero a los hombres. No sé de nada que pueda hacer tolerables a las mujeres.»

Antes de una semana, miss Mary olvidó este episodio; pero sus paseos de la tarde tomaron inconscientemente otra dirección.

Observó que todas las mañanas un fresco ramo de flores de azaleas aparecía sobre su pupitre, lo cual no era extraño, puesto que los niños conocían su afición por las flores, y mantenían siempre adornado su pupitre con anémonas, heliotropos y lupinos; pero, al interrogarles, manifestaron ignorar el origen de las azaleas.

Algunos días después, Johnny Stidger, cuyo pupitre estaba próximo a la ventana, fue acometido de repente por una risa espasmódica, al parecer inmotivada, y atentatoria a la disciplina escolar. Todo cuanto miss Mary pudo averiguar fue que había visto a alguien que miraba por la ventana; y ofendida e indignada salió de su colmena para librar batalla al entrometido. Al volver la esquina de la escuela encontró al borracho, a la sazón completamente sereno, avergonzado a más no poder y con cara de delincuente.

Dado su estado de ánimo, miss Mary hubiese sacado de estos hechos una ventaja femenil si no hubiera percibido, algo confusa también, que el hombre,

Página 47

a pesar de algunas leves señales de pasada disipación, tenía un aspecto agradable; era una especie de rubio Sansón, cuya sedosa barba, de color de trigo, jamás había conocido el filo de la navaja del barbero, ni de las tijeras de Dalila. De manera que la punzante frase que bailaba en la punta de su lengua expiró en sus labios y se limitó a recibir una tímida excusa con altiva mirada, recogiéndose la falda como para evitar el peligro de contagio.

Cuando volvió a la clase, sus ojos se posaron sobre las azaleas. Y entonces se echó a reír y todos los alumnos rieron también, y sin saber por qué se sintieron muy felices en aquel momento.

Poco después de esto y en un día caluroso, sucedió que dos chicos pernicortos se cayeron en el umbral de la escuela, cuando llevaban un cubo de agua que habían transportado laboriosamente desde la fuente. La compasiva miss Mary cogió el cubo y echó a andar hacia la fuente. Al pie de la cuesta una sombra cruzó el camino y un brazo cubierto por una camisa azul la alivió con destreza, pero suavemente, de su carga. Miss Mary sintiose a la vez confusa y enojada.

—Si hiciera esto con frecuencia para usted mismo —dijo con despecho al brazo azul, sin dignarse elevar los ojos hacia su posesor—, le irían las cosas mucho mejor.

Ante el silencio sumiso que siguió se arrepintió de su frase. Al llegar a la puerta le dio las gracias tan expresivamente que Sandy tropezó. Los niños rieron, miss Mary rió también, hasta que el color acudió débilmente a sus pálidas mejillas. Al día siguiente apareció un barril al lado de la puerta y con igual misterio cada mañana lo encontraban lleno de agua fresca de la fuente.

No eran éstas las únicas delicadas atenciones que recibía esta joven superior.

El hereje Bill, cochero de la diligencia Slumgullion, famoso en la localidad, por su galantería en ofrecer siempre el asiento del pescante al bello sexo, había exceptuado de esta atención a miss Mary, y bajo el pretexto de que tenía costumbre de blasfemar en las cuestas, cedía la mitad de la diligencia para ella sola. Jack Hamlin, jugador de oficio, después de un silencioso viaje en la misma diligencia que la maestra, arrojó una botella a la cabeza de un colega por haberse atrevido a pronunciar su nombre en una taberna. La muy emperifollada madre de un alumno, cuya paternidad era dudosa, se paraba a menudo frente al templo de esta astuta vestal, sin atreverse jamás a penetrar en su sagrado recinto, contenta con adorar a la sacerdotisa desde lejos.

Página 48

Con tales incidentes, desconocidos para ella, discurrió sobre Red-Gulch la monótona procesión de cielos azules y soles deslumbrantes, de cortos crepúsculos y noches estrelladas. Miss Mary se aficionó a pasear por los bosques apacibles y solitarios. Tal vez creía, como miss Stidger, que los balsámicos olores de los pinos hacían bien a sus pulmones, pues lo cierto era que su tosecilla iba siendo menos frecuente y su paso más firme; tal vez había aprendido la eterna lección que los pacientes pinos jamás se cansan de repetir a oídos ya atentos, ya indiferentes; así es que un día organizó Mary una excursión campestre hacia Buck-eye-hill y llevó a los niños.

Lejos del empolvado camino, de las cabañas, del clamoreo de locomotoras impacientes, del barato lujo de los aparadores, del color chillón de la pintura y de los vidrios de colores y del ligero barniz a que el barbarismo se adapta en tales localidades, ¡cuán infinito desahogo era el suyo! Pasado el último montón de roca triturada y arcilla, cruzando la última zanja, ¡cómo abrían sus largas filas de árboles para recibirles, los hospitalarios bosques! ¡Con cuánta alegría los niños inundaron el aire de risas! Miss Mary, la mujer felinamente desdeñosa, corrió como una codorniz al frente de su nidada hasta que, brincando, riendo, despeinada y sin sombrero se topó de pronto con el malaventurado Sandy.

No es necesario indicar aquí las explicaciones y disculpas que siguieron. Sin embargo, aparentemente miss Mary había entablado con anterioridad algunas relaciones con el ex borracho. Baste decir que fue aceptado como uno más en el grupo; que los niños, con la pronta inteligencia que la Providencia da a los débiles, reconocieron en él a un amigo y jugaron con su rubia barba, largo y sedoso bigote, tomándose grandes libertades como acostumbran los seres débiles. Pero cuando encendió una hoguera y les enseñó otros secretos de la vida de monte, su admiración no conoció límites.

Después de dos ociosas y felices horas de locuras, hallose Sandy tendido a los pies de la profesora, contemplando su rostro, mientras ella, sentada en la pendiente de la cuesta, tejía coronas de laurel y de heliotropo. Su posición era muy parecida a la que tenía cuando se encontraron por vez primera. Creo que Sandy estaba vagamente convencido de que debía hacer algo extraordinario para conseguir el amor. Sé que deseaba con vehemencia hacer algo, matar un oso, partir el cráneo a un salvaje o sacrificarse de cualquier manera por aquella profesora de rostro pálido y ojos grises. Me gustaría presentarle en una situación heroica, con gran dificultad contengo mi pluma en este momento, pero me abstengo de introducir semejante episodio porque estoy convencido de que, generalmente, nada de esto ocurre, en semejantes

Página 49

ocasiones. Espero que la más bella de mis lectoras perdonará la omisión recordando que, en una crisis verdadera, el salvador es siempre algún forastero poco interesante, o bien un antirromántico agente de orden público.

Así permanecieron allí sentados en plácida calma, mientras los picos carpinteros charlaban sobre sus cabezas y las voces de los niños llegaban amortiguadas desde una hondonada cercana.

Lo que dijeron, poco importa. Lo que pensaron —que podría ser interesante— no se traslució.

Los curiosos picos carpinteros sólo pudieron saber que miss Mary era huérfana; que salió de la casa de su tío para ir a California, en busca de salud e independencia; que Sandy era huérfano también; que llegó a California en busca de aventuras, que había llevado una vida de agitación desordenada, y que trataba de reformarse; y otros detalles que, desde el punto de vista de los picos carpinteros, debían considerarse estúpidos. Pero con semejantes bagatelas pasó la tarde; y cuando los niños se reunieron otra vez y Sandy, con una delicadeza que la maestra comprendió perfectamente, se despidió de ellos en los arrabales del pueblo, pareciole aquel día el más corto de su monótona existencia.

A medida que el largo, y árido verano marchitó las plantas hasta la raíz, el Colegio de Red-Gulch —para emplear una frase local— se secó también. Un día más y miss Mary sería libre, o por lo menos Red-Gulch no la vería en toda una estación. Sentada y sola en la escuela, con la mejilla descansando en su mano, los ojos medio cerrados, mecíase en uno de aquellos ensueños, a que —con peligro de la disciplina escolar— se entregaba con frecuencia en los últimos tiempos. Tenía la falda llena de musgo, helechos y otros recuerdos silvestres y tan preocupada se hallaba con estos y con sus propios pensamientos, que le pasó desapercibido un suave golpear en la puerta, o quizá lo relacionó con un lejano recuerdo de picos carpinteros. De pronto, volvió a la realidad y, sobresaltada, se dirigió a abrir la puerta.

En el umbral estaba una mujer cuya apariencia desenfadada formaba extraño contraste con su ademán tímido e irresoluto.

Miss Mary reconoció al primer golpe de vista, a la dudosa madre de su discípulo anónimo. Contrariada quizá, tal vez enojada, la invitó fríamente, a entrar; arreglose instintivamente sus blancos puños y cuello, y recogió castamente su falda. Tal vez fue este motivo de que la turbada forastera, después de dudar un momento, dejase al lado de la puerta su vistosa sombrilla, y se sentara en el extremo opuesto de un largo banco. Su voz, al comenzar, era ronca.

Página 50

—Dicen que usted se va mañana a la Bahía, y no podía dejarla marchar sin venir a darle las gracias por su bondad para con mi Tommy.

Según dijo miss Mary, Tommy era un buen chico y merecía algo más que el pobre cuidado que ella podía dispensarle.

—¡Gracias, señorita, gracias! —dijo la mujer, sonrojándose a través de los afeites, que Red-Gulch llamaba maliciosamente su «pintura de guerra», y procurando en su confusión, acercar el largo banco a la maestra—. ¡Le doy las gracias por esto! Porque aunque yo sea su madre, no hay muchacho más dócil y cariñoso, ni mejor que él. Y…, a pesar que yo no soy quien para decirlo, no existe maestra más paciente, más bondadosa, más comprensiva que la que él tiene.

Miss Mary, sentada muy peripuesta detrás de su pupitre, con una regla al hombro, abrió sus ojos grises, pero nada contestó.

—Ya sé que las mujeres como yo no le pueden agradar —prosiguió, rápidamente—. No debía tampoco estar aquí, a mitad del día, pero vengo a pedirle un favor, no para mí, sino para mi pobre niño.

Animada por el interés que vio en los ojos de la joven maestra, y juntando sobre las rodillas sus dos manos, enguantadas de color de lila, prosiguió en voz baja:

—Ya ve usted, señorita, nadie más que yo tiene derecho sobre el niño y yo no soy la persona indicada para educarle. Pensé vagamente, el año pasado, enviarle a la escuela de Frisco; pero, cuando se habló de traer aquí una maestra, esperé hasta que la vi a usted. Y entonces creí la cosa arreglada por algún tiempo… ¡Ah, señorita, la quiere tanto! Si pudiera oírle hablar de usted, si él pudiera pedirle lo que ahora le pido yo, no sabría usted negárselo. Es natural —continuó rápidamente con una voz que tembló entre orgullosa y humilde—, es natural que la admire; su padre, cuando lo conocí era un caballero, y es forzoso que el niño me olvide tarde o temprano… de manera… que no voy a llorar por esto. Pues bien, vengo a pedirle que se encargue de Tommy. Vengo a… pedirle que… se lo lleve.

Se había levantado y, postrándose de rodillas a los pies de la maestra, le retenía una mano entre las suyas.

—Tengo mucho dinero y todo es para usted y para él. Póngalo en un buen colegio, donde pueda verle y ayudarle a… a… a olvidar a su madre. Haga con él lo que le parezca; lo peor que haga será bueno, comparado con lo que aprenderá si se queda conmigo. Aunque sólo le aparte de esta vida, de este pueblo, de su hogar de vergüenza y de pena. ¿Lo hará? ¡Sé que lo hará! ¿No es verdad? No debe negarse. Y cuando haya crecido le dirá el nombre de su

Página 51

padre, el nombre de Alejandro Morton, a quien llaman aquí Sandy. ¡Miss Mary, contésteme! ¿Se llevará a mi hijo?

Miss Mary se levantó y, a la luz del crepúsculo, llegó hasta la ventana abierta; allí permaneció en pie apoyada contra el marco, con los ojos fijos en los últimos rosados matices que desaparecían por occidente. Todavía quedaba algo de aquella luz en su pura y tersa frente, en su blanco cuello, en sus finas manos entrelazadas; pero todo desapareció poco a poco. La mujer se había acercado a ella.

—Sé que se necesita tiempo para decidirlo. Aquí esperaré toda la noche; pero no puedo marcharme sin que me responda. ¿Se lo llevará? Lo veo en vuestra cara. Lo veo en vuestros ojos, miss Mary. ¡Se llevará a mi hijo!

El último rayo del crepúsculo se reflejó en los ojos de miss Mary con algo de su gloria, fluctuó, apagose y desapareció. El sol se había puesto en Red-Gulch. En el silencio, la voz de miss Mary sonó agradablemente.

—Me llevaré al niño; envíemelo esta noche.

La madre alzó hasta sus labios el borde de la falda de miss Mary. Hubiera sepultado su ardiente cara en sus virginales pliegues, pero no se atrevió, y se puso en pie.

—¿Ese hombre conoce vuestra intención? —preguntó de repente miss Mary.

—No; ni le interesa. Ni siquiera ha intentado conocer al niño.

—Vaya a verle en seguida, ahora. Dígale lo que acaba de hacer. Dígale que me llevo a su hijo, y que jamás debe ver… ver… otra vez al niño. Dondequiera que vaya, él no debe ir; dondequiera que me lo lleve, él no debe seguir. Bueno, márchese ya. Estoy cansada y… me queda aún mucho que hacer.

Juntas fueron hasta la puerta. En el umbral la mujer se volvió.

—Buenas noches.

Se hubiera echado a los pies de miss Mary; pero en aquel momento la joven le tendió sus brazos y estrechó, por un breve instante, contra su puro pecho a la pecadora mujer; después la empujó y cerró con llave la puerta.

Con un repentino sentimiento de responsabilidad, el hereje Bill tomó, a la mañana siguiente, las riendas de la diligencia Slumgullion. La maestra era uno de sus pasajeros.

Al entrar en la carretera, obediente a una agradable voz del interior, refrenó los caballos y esperó respetuosamente mientras Tommy saltaba del coche al mandato de miss Mary.

Página 52

—Aquella mata, no, Tommy, la otra.

Tommy sacó su cuchillo nuevo y cortando una rama de una alta mata de azalea, volvió con ella hacia miss Mary.

—¿En marcha ya?

—En marcha.

Página 53

LOS EXPULSADOS DE POKER-FLAT

BRET HARTE

C UANDO Mr. John Oakhurst, jugador profesional, puso el pie en la calle Mayor de Poker-Flat, en la mañana del día 22 de noviembre de 1850, tuvo el presentimiento de que desde la noche anterior se había efectuado un cambio en la atmósfera moral. Dos o tres hombres que conversaban entre sí, gravemente, callaron cuando se acercó, al tiempo que cambiaban miradas significativas. Reinaba en el aire una tranquilidad dominguera. Esto en un campamento poco acostumbrado a la influencia del domingo, parecía de mal agüero; sin embargo, la cara tranquila y hermosa de Oakhurst no reveló el menor interés por estos síntomas. ¿Tenía conciencia

acaso de alguna causa que lo determinaba? Ésa ya era otra cuestión. «Deduzco que van tras de alguno —pensó—; tal vez tras de mí.»

Metió en su bolsillo el pañuelo con que sacudiera de sus botas el rojizo polvo de Poker-Flat y, con entera calma, desechó de su mente toda otra conjetura.

Y es lo cierto que Poker-Flat andaba tras de alguno. Recientemente había sufrido la pérdida de algunos miles de dólares, de dos caballos de valor y de un ciudadano conspicuo, y en la actualidad pasaba por una crisis de virtuosa reacción, tan ilegal y violenta como cualquiera de los actos que la provocaron. El comité secreto había resuelto liberar a la ciudad de todas las personas indeseables. Esto se hizo, de un modo irrevocable, respecto de dos hombres que colgaban ya de las ramas de un sicómoro, en la hondonada; y de un modo temporal con el destierro de otras varias personas poco gratas. Siento tener que decir que algunas de éstas eran señoras; pero en descargo del sexo, debo advertir que su inmoralidad era profesional, y que sólo ante un vicio tal y tan patente se atrevía Poker-Flat a erigirse en juez.

Razón tenía Oakhurst al suponer que estaba él incluido en la sentencia. Algunos miembros del comité habían insinuado la idea de ahorcarle, como

Página 54

medida ejemplar y procedimiento seguro de reembolsarse, a costa de su bolsillo, de las sumas que les ganara.

—Es contra toda justicia —decía Sim Wheeler—, dejar que ese joven de Roaring-Camp, extranjero por sus cuatro costados, se lleve nuestro dinero.

Pero un imperfecto sentimiento de equidad, emanado de los que había tenido la buena suerte de limpiar en el juego a Oakhurst, acalló las mezquinas preocupaciones locales.

Mr. Oakhurst recibió el fallo con filosófica calma, tanto más meritorio por cuanto tenía sospecha de las vacilaciones de sus jueces. Era demasiado buen jugador para no someterse a la fatalidad. Para él la vida era un juego de azar y reconocía el tanto por ciento usual en favor del que daba las cartas.

Un piquete de hombres armados acompañó a la deportada maldad de Poker-Flat hasta las afueras del campamento. Además de Mr. Oakhurst, reconocido como hombre extremadamente resuelto, y para intimidar al cual se había tenido cuidado de armar la escolta, formaban la partida de expulsados una joven conocida familiarmente por la «Duquesa», otra mujer que se había ganado el título de «madre Shipton», y el tío Billy, sospechoso de robar filones y convicto borracho. La cabalgata no motivó comentario alguno de los espectadores, ni la escolta dijo la menor palabra. Sólo cuando alcanzaron la hondonada que marcaba el último límite de Poker-Flat, el jefe habló brevemente en relación con el caso: quedaba prohibido el regreso a los expulsados, bajo pena de muerte.

Después, cuando se alejaba la escolta, los sentimientos reprimidos se manifestaron en algunas lágrimas histéricas por parte de la «Duquesa» en injurias por la de «madre Shipton» y en blasfemias que, como dardos envenenados, lanzaba el tío Billy. Sólo el filosófico Oakhurst permanecía silencioso. Oyó tranquilamente los deseos de «madre Shipton» de sacar el corazón a alguien, las repetidas afirmaciones de la «Duquesa» de que se moriría en el camino y también las alarmantes blasfemias que al tío Billy parecían arrancarle las sacudidas de su cabalgadura. Con la obligada galantería de los de su clase, insistió en cambiar su propio caballo llamado «El Cinco», por la mala mula que montaba la «Duquesa»; pero ni aun esta acción despertó simpatía alguna entre los de la partida. La joven arregló sus ajadas plumas con cansada coquetería; la «madre Shipton» miró de reojo con malevolencia a la poseedora de «El Cinco», y el tío Billy incluyó a la partida toda en una anatema general.

El camino de Sandy-Bar, campamento que en razón de no haber experimentado aún la depuradora influencia de Poker-Flat, parecía ofrecer

Página 55

algún atractivo a los emigrantes, iba por encima de una escarpada cadena de montañas, y exigía a los viajeros una larga jornada. En aquella avanzada estación, la partida pronto salió de las regiones húmedas y templadas de las colinas, al aire seco, frío y vigoroso de las sierras. La senda era estrecha y dificultosa; hacia el mediodía, la «Duquesa», dejándose caer de la silla de su caballo al suelo, manifestó su resolución de no continuar adelante, y la partida hizo alto.

El lugar era singularmente salvaje e imponente. Un anfiteatro poblado de bosques, cerrado en tres de sus lados por rocas cortadas a pico en el desnudo granito, se inclinaba suavemente sobre la cresta de otro precipicio que dominaba el valle. Era, sin duda, el punto más a propósito para un campamento, si hubiera sido prudente acampar. Pero Mr. Oakhurst sabía que apenas habían hecho la mitad del viaje a Sandy-Bar, y la partida no estaba equipada ni aprovisionada para detenerse. En pocas palabras hizo observar esta circunstancia a sus compañeros, acompañándolas de un comentario filosófico sobre la locura de tirar las cartas antes de acabar el juego. Pero estaban provistos de licores, que en esta contingencia suplieron la comida y todo lo que les faltaba. A pesar de sus protestas no tardaron en caer bajo la influencia de la bebida en mayor o menor grado.

El tío Billy pasó rápidamente del estado belicoso al de estupor; aletargose la «Duquesa» y la «madre Shipton» se echó a roncar. Sólo Mr. Oakhurst permaneció en pie, apoyado contra una roca, contemplándoles tranquilamente. Mr. Oakhurst no bebía; esto hubiera perjudicado a una profesión que requiere cálculo, impasibilidad y sangre fría; en fin, para valernos de su propia frase, no «podía permitirse este lujo». Mientras contemplábala sus compañeros de destierro, el aislamiento nacido de su oficio, de las costumbres de su vida y de sus mismos vicios le oprimió profundamente por vez primera. Apresurose a quitar el polvo de su traje negro, a lavarse las manos y cara y a practicar otros actos característicos de sus hábitos de extremada limpieza, y por un momento olvidó su situación. Ni por una vez sola se le ocurrió la idea de abandonar a sus compañeros, más débiles y dignos de lástima que él; pero, sin embargo, echaba de menos aquella excitación que, extraño es decirlo, era lo que determinaba la tranquila impasibilidad por la cual era conocido Contemplaba las tristes murallas que se elevaban a mil pies de altura, cortadas a pico, por encima de los pinos que le rodeaban, el cielo cubierto de amenazadoras nubes y, más abajo, el valle que se hundía ya en la sombra, cuando oyó de repente que le llamaban por su propio nombre.

Página 56

Un jinete ascendía poco a poco por la senda. En la franca y animada cara del recién venido reconoció Mr. Oakhurst a Tom Simson, llamado el «Inocente» de Sandy-Bar. Lo había encontrado hacía algunos meses en una partidita, ganó al cándido joven toda su fortuna, que ascendía a unos cuarenta dólares. Luego que terminó la partida, Mr. Oakhurst se retiró con el joven especulador detrás de la puerta y allí le dirigió la palabra.

—Tom, eres un buen muchacho, pero no sabes jugar ni por valor de un centavo; no lo pruebes otra vez.

Devolviole su dinero, le empujó suavemente fuera de la sala de juego y así hizo de Tom un amigo incondicional.

El saludo juvenil y entusiasta que Tom dirigió a Mr. Oakhurst recordaba esta acción. Iba, según dijo, a tentar fortuna a Poker-Flat.

—¿Solo?

Completamente solo, no: a decir verdad (aquí se rió), se había escapado con Piney Woods. ¿No recordaba ya Mr. Oakhurst a Piney Woods, la que servía la mesa en el «Hotel de la Templanza»? Tenía relaciones con ella hacía tiempo ya, pero el padre, Jake Woods, se opuso; de manera que se escaparon e iban a Poker-Flat a casarse y ¡aquí estaban! ¡Qué fortuna la suya de encontrar un sitio donde acampar en tan grata compañía!

Todo esto lo dijo rápidamente el «Inocente», mientras que Piney, muchacha de quince años, rolliza y de buena presencia, salía de entre los pinos, donde se ocultaba ruborizándose y se adelantaba a caballo hasta ponerse al lado de su novio.

Poco solía preocuparse Mr. Oakhurst de las cuestiones sentimentales y aún menos de las de conveniencia social, pero instintivamente comprendió las dificultades de la situación. Sin embargo, tuvo suficiente aplomo para largar un puntapié al tío Billy, que ya iba a soltar una de las suyas, y el tío Billy estaba bastante sereno para reconocer en el puntapié de Mr. Oakhurst un poder superior que no toleraría bromas. Después, se esforzó en disuadir a Tom de que acampara allí, pero fue en vano. Le objetó que no tenían provisiones ni medios para establecer un campamento; pero por desgracia el «Inocente» desechó éstas razones asegurando a la partida que iba provisto de un mulo, cargado de víveres, y que había descubierto además como una tosca imitación de choza cerca de la senda.

—Piney podrá ocuparla con Mrs. Oakhurst —dijo el «Inocente», señalando a la «Duquesa»—. Yo ya me arreglaré.

Fue preciso un segundo puntapié de Mr. Oakhurst para impedir que estallase la risa del tío Billy, que aun así hubo de retirarse a la hondonada para

Página 57

recobrar la seriedad. Allí confió el chiste a los altos pinos, golpeándose repetidas veces los muslos con las manos, entre las muecas, contorsiones y blasfemias que le eran propias. A su regreso halló a sus compañeros sentados en amistosa conversación alrededor del fuego, pues el aire había refrescado en extremo y el cielo se encapotaba. Piney estaba hablando animadamente con la «Duquesa», que la escuchaba con un interés y atención que no demostrara desde hacía tiempo. El «Inocente» discurría con igual éxito junto a Oakhurst y a la «madre Shipton», que estaba amable.

«¿Acaso es esto una estúpida partida de campo?», dijo el tío Billy para sus adentros con desprecio, contemplando el silvestre grupo, las oscilaciones de la llama y los animales atados, en primer término.

De repente una idea se mezcló con los vapores alcohólicos que enturbiaban su cerebro. Y, al parecer, la idea era chistosa, pues se golpeó otra vez los muslos y se metió un puño en la boca para contenerse.

Poco a poco las sombras se deslizaron montaña arriba y una ligera brisa cimbreó las copas de los pinos y aulló a través de sus largas y tristes avenidas. La cabaña en ruinas, toscamente reparada y cubierta con ramas de pino, fue cedida a las señoras. Al separarse, los novios cambiaron un beso tan puro y apasionado, que el eco pudo repetirlo por encima de los oscilantes pinos. La frágil «Duquesa» y la cínica «madre Shipton» estaban, probablemente, demasiado asombradas para burlarse de esta última prueba de candor y se dirigieron hacia la choza. Atizaron otra vez el fuego; los hombres se tendieron delante de la puerta, y pocos momentos después dormían todos.

Mr. Oakhurst tenía el sueño ligero; antes de apuntar el día despertó aterido de frío. Mientras removía el moribundo fuego, el viento que soplaba entonces con fuerza llevó a su mejilla algo que le heló la sangre: la nieve. Levantose sobresaltado con intención de despertar a los que dormían, pues no había tiempo que perder; al volverse hacia donde debía estar tendido el tío Billy, vio que éste había desaparecido. Una sospecha acudió a su mente y una maldición salió de sus labios. Corrió hacia donde habían atado los mulos; ya no estaban allí.

Las sendas desaparecían rápidamente bajo la nieve.

Por un momento, Mr. Oakhurst quedó aterrado; pero pronto volviose hacia el fuego, con su serenidad habitual. No despertó a los dormidos. El «Inocente» descansaba tranquilamente, con una apacible sonrisa en su rostro cubierto de pecas, y la virginal Piney dormía entre sus frágiles hermanas, como custodiada por guardianes celestes. Mr. Oakhurst, echándose la manta sobre los hombros, se atusó el bigote y esperó la mañana. Vino ésta poco a

Página 58

poco, envuelta en neblina y en un torbellino de copos de nieve que cegaba y confundía. Lo poco que podía ver del paisaje parecía transformado como por encanto. Tendió la vista por el valle y resumió el presente y el porvenir en cuatro palabras: «Bloqueados por la nieve».

Un escrupuloso inventario de las provisiones que, afortunadamente para la partida, estaban almacenadas en la choza, por lo que escaparon a la rapacidad del tío Billy, le dio a conocer que, con cuidado y prudencia, podían sostenerse aún otros diez días.

—Se entiende —dijo Mr. Oakhurst sotto voce al «Inocente»—, si queréis tomarnos a pupilaje; si no (y tal vez haréis mejor en ello), esperaremos que el tío Billy regrese con provisiones.

Por algún motivo desconocido, Mr. Oakhurst no dio a conocer la infamia del tío Billy, y expuso la hipótesis de que éste se había extraviado del campamento en busca de los animales que se habían escapado sin duda alguna. Echó una indirecta acerca de lo mismo a la «Duquesa» y a la «madre Shipton», que, como es natural, comprendieron la defección de su asociado.

—Dándoles el más pequeño indicio descubrirán también la verdad respecto de todos nosotros —añadió con intención— y no conviene asustarles por ahora.

Tom Simson no sólo puso a disposición de Mr. Oakhurst todo lo que llevaba, sino que parecía disfrutar ante la perspectiva de una reclusión forzosa.

—Haremos un buen campamento para una semana, después se derretirá la nieve y partiremos cada cual por su camino.

La franca alegría del joven y la serenidad de Mr. Oakhurst se comunicaron a los demás. El «Inocente», por medio de ramas de pino, improvisó un techo para la choza, que no lo tenía, y la «Duquesa» contribuyó al arreglo del interior con un gusto y tacto que hicieron abrir grandes ojos de asombro a la joven provinciana.

—Ya se conoce que estáis acostumbrada a casas hermosas en Poker-Flat —dijo Piney.

La «Duquesa» se volvió rápidamente para ocultar el rubor que teñía sus mejillas, aun a través del colorido postizo de las de su profesión, y la «madre Shipton» rogó a Piney que no dijese aquellas cosas. Pero cuando Mr. Oakhurst regresó de su penosa e inútil exploración en busca del camino, oyó el sonido de una alegre risa que el eco repetía en las rocas. Algún tanto alarmado parose pensando en el aguardiente, que con prudencia había escondido.

Página 59

—Sin embargo, esto no suena a aguardiente —dijo el jugador.

Pero hasta que a través del temporal vio la fogata y en torno de ella al grupo, no se convenció de que todo ello era una broma de buena ley. Yo no sé si Mr. Oakhurst había ocultado su baraja con el aguardiente como objeto prohibido a la comunidad, lo cierto es que, valiéndome de las propias palabras de la «madre Shipton», no se habló una sola vez de cartas durante aquella velada. Casualmente pudo matarse el tiempo con un acordeón que Tom Simson sacó solemnemente de su equipaje.

A pesar de algunas dificultades en el manejo de este instrumento, Piney logró arrancarle una melodía recalcitrante, acompañándola el «Inocente» con un par de castañuelas. Pero la pieza que coronó la velada fue un rudo himno de misa campestre que los novios, entrelazadas las manos, cantaron con gran vehemencia y a voz en grito. Temo que el tono de desafío del coro y el aire del Covenanter y no los motivos religiosos que encerraba, fueron la causa de que acabaran todos por tomar parte en el estribillo:

Estoy orgulloso de servir al Señor,

y me obligo a morir en su ejército.

Los pinos oscilaban, la tempestad se desencadenaba sobre el miserable grupo y las llamas de la hoguera se lanzaban hacia el cielo como en testimonio del voto.

A medianoche calmó la tempestad; los grandes nubarrones se corrieron y las estrellas brillaron centelleando sobre el dormido campamento. Mr. Oakhurst, a quien sus costumbres profesionales permitían vivir durmiendo lo menos posible, compartió la guardia con Tom Simson de modo tan desigual, que cumplió casi por sí solo este deber. Excusose con el «Inocente» diciendo que muy a menudo se había pasado sin dormir una semana entera.

—¿Pero haciendo qué? —preguntó Tom.

—El póquer —contestó Mr. Oakhurst, sentenciosamente—. Cuando un hombre llega a tener una suerte loca, antes se cansa la suerte que uno. La suerte —continuó el jugador, pensativo— es cosa extraña. Todo lo que se sabe de ella es que forzosamente debe variar. Y el descubrir cuándo va a variar, es lo que os forma. Desde que salimos de Poker-Flat hemos dado con una vena de mala suerte. Os reunís con nosotros y os pilla de medio a medio. Si tenéis ánimo para conservar los naipes hasta el fin, estáis salvado.

Llegó el tercer día y el sol, a través de las blancas colgaduras del valle, vio a los desterrados repartirse las reducidas provisiones para el desayuno. Por una singularidad de aquel montañoso clima, los rayos del sol difundían

Página 60

benigno calor sobre el paisaje de invierno, como arrepentido de lo pasado; pero al mismo tiempo descubrían la nieve apilada en grandes montones alrededor de la choza. Un mar de blancura sin esperanza de término, desconocido, sin senda, tendíase al pie del peñasco en que se acogían estos náufragos de nueva especie. A través del aire maravillosamente claro, el humo de la pastoril aldea de Poker-Flat se elevaba a muchas millas de distancia. La «madre» lo vio y desde la más alta torre de su fortaleza de granito lanzó hacia aquélla una maldición final.

—Me siento mejor —dijo confidencialmente a la «Duquesa»—. Haz la prueba de salir allí y maldecirles, y lo verás.

Después se impuso la tarea de distraer a la criatura, como ella y la «Duquesa» tuvieron a bien llamar a Piney. La novia del «Inocente» no era una polluela, pero las dos mujeres se explicaban de esta manera consoladora y original que no blasfemara y fuese honesta.

Volvió la noche a cubrir el valle con sus sombras.

Junto a la vacilante fogata del campamento se elevaban y descendían las notas quejumbrosas del acordeón con prolongados gemidos e intermitentes sacudidas. Pero como la música no alcanzaba a llenar el penoso vacío que dejaba la insuficiencia de alimento, Piney propuso una nueva diversión: contar cuentos. Mr. Oakhurst y sus compañeros no deseaban relatar aventuras personales, y el plan hubiera fracasado también a no ser por el «Inocente». Algunos meses antes había hallado por casualidad un tomo desaparejado de la ingeniosa traducción de la Ilíada, por Mr. Pope. Propuso, pues, relatar en el lenguaje corriente de Sandy-Bar los principales incidentes de aquel poema, cuyo argumento dominaba, aunque con olvido de los versos. Aquella noche los semi-dioses de Homero volvieron a pisar la tierra. El pendenciero troyano y el astuto griego lucharon entre el viento, y los inmensos pinos del cañón parecían inclinarse ante la cólera del hijo de Peleo. Mr. Oakhurst escuchaba con apacible fruición; pero se interesó especialmente por la suerte de As-quiles, como el «Inocente» persistía en denominar a Aquiles, el de los pies rápidos.

Así, con poca comida, mucho Homero y el acordeón, transcurrió una semana sobre las cabezas de los desterrados. Otra vez les abandonó el sol y otra vez los copos de nieve de un cielo plomizo cubrieron la tierra. Día tras día les estrechó cada vez más el círculo de nieves hasta que los muros deslumbrantes de blancura se levantaron a veinte pies por encima de sus cabezas. Hízose más y más difícil alimentar el fuego; los árboles caídos a su alcance, estaban sepultados ya por la nieve. Y, sin embargo, nadie se

Página 61

lamentaba. Los novios, olvidando tan triste perspectiva, se miraban en los ojos uno de otro, y eran felices. Mr. Oakhurst se resignó tranquilamente al mal juego que se le presentaba ya como perdido. La «Duquesa», más alegre que de costumbre, se dedicó a cuidar a Piney; sólo la «madre Shipton», antes la más fuerte de la caravana, parecía enfermar y acabarse. A medianoche del décimo día llamó a Oakhurst a su lado:

—Me voy —dijo con voz quejumbrosa de debilidad—. Pero no digáis nada; no despertéis a los corderitos; tomad el lío que está bajo mi cabeza y abridlo.

Mr. Oakhurst lo hizo así. Contenía intactas las raciones recibidas por la «madre Shipton» durante la última semana.

—Dadlas a la criatura —dijo, señalando a la dormida Piney.

—¿Os habéis dejado morir de hambre? —exclamó el jugador.

—Así se llama esto —repuso la mujer con voz moribunda.

Acostose de nuevo y, volviendo la cara hacia la pared, se fue tranquilamente.

Aquel día enmudecieron el acordeón y las castañuelas, y se olvidó a Homero.

Cuando el cuerpo de la «madre Shipton» fue entregado a la nieve, Mr. Oakhurst llamó aparte al «Inocente» y le mostró un par de zuecos para nieve que había fabricado con los fragmentos de una albarda vieja.

—Hay todavía una probabilidad contra ciento de salvarla, pero es hacia allí —añadió señalando a Poker-Flat—. Si podéis llegar en dos días, está salvada.

—¿Y vos? —preguntó Tom Simson.

—Yo me quedaré.

Los novios se despidieron con un largo abrazo.

—¿También os vais vos? —preguntó la «Duquesa» cuando vio a Mr.

Oakhurst, que parecía aguardar a Tom para acompañarle.

—Hasta el cañón —contestó.

Volviose repentinamente y besó a la «Duquesa», dejando encendida su blanca cara y rígidos de asombro sus temblorosos miembros.

Volvió la noche, pero no Mr. Oakhurst. Trajo otra vez la tempestad y la nieve arremolinada. Entonces la «Duquesa», avivando el fuego, vio que alguien había apilado silenciosamente contra la choza leña para algunos días más. Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero las ocultó a Piney.

Las mujeres durmieron poco. Al amanecer, al contemplarse cara a cara comprendieron su común destino. No hablaron; pero Piney, sintiéndose la

Página 62

más fuerte, se acercó a la «Duquesa» y la enlazó con su brazo. En esta posición se mantuvieron todo el resto del día. La tempestad llegó aquella noche a su mayor furia, destrozó los pinos protectores e invadió la misma choza.

Hacia el amanecer no pudieron ya avivar el fuego, que se extinguió lentamente.

A medida que las cenizas se apagaban, la «Duquesa» se acurrucaba junto a Piney y por fin rompió aquel silencio de tantas horas.

—Piney, ¿puedes rezar aún?

—No, hermana —respondió Piney, dulcemente.

La «Duquesa», sin saber por qué, sintiose más aliviada. Apoyó su cabeza sobre el hombro de Piney y no dijo más. Y así, reclinadas, prestando la más joven y pura su pecho como apoyo a su pecadora hermana, se durmieron. El viento, como si temiera despertarlas, cesó. Copos de nieve arrancados a las largas ramas de los pinos, volaron como pájaros de blancas alas y se posaron sobre ellas mientras dormían. La luna, a través de las desgarradas nubes, contempló lo que fue antes campamento. Pero toda impureza humana, todo rastro de dolor terreno había desaparecido bajo el inmaculado manto tendido misericordiosamente desde lo alto.

Durmieron todo aquel día, y al siguiente no despertaron cuando voces y pasos humanos rompieron el silencio de aquella soledad. Y cuando una mano piadosa separó la nieve de sus marchitas caras, apenas podía decirse, por la paz igual que ambas translucían, cuál era la que había pecado. La misma ley de Poker-Flat lo reconoció así y se retiró dejándolas todavía enlazadas una en brazos de la otra.

A la entrada de la garganta, sobre uno de los mayores pinos, hallose un dos de bastos clavado en la corteza, con un cuchillo de caza. Contenía la siguiente inscripción, trazada en lápiz con mano firme:

AL PIE DE ESTE ÁRBOL YACE EL CUERPO DE

JOHN OAKHURST,

QUE DIÓ CON UNA VENA DE MALA SUERTE EL

23 NOVIEMBRE 1850

Y ENTREGÓ SU RESTO EL 7 DICIEMBRE 1850

Y frío y sin pulso, con un revólver a su lado y una bala en el corazón, todavía tranquilo como en vida, yacía bajo la nieve el que a la vez había sido

Página 63

el más fuerte y el más débil de los expulsados de Poker-Flat.

Página 64

EL ENTIERRO DE BUCK FANSHAW

MARK TWAIN

A LGUIEN ha dicho que para conocer a fondo a una comunidad debe observarse el estilo de sus entierros y saber a qué clase de hombres se

dedican los más lujosos.

No se podría determinar cuál era la clase de hombres que se enterraban con mayor pompa en aquella época heroica, si al distinguido filántropo o al conocido matón; posiblemente estas dos grandes capas de la sociedad honraban por igual a sus ilustres fallecidos. Por tanto, el filósofo a quien he citado habría tenido que ver dos entierros representativos en Virginia City antes de formar una idea sobre la ciudad.

Cuando Buck Fanshaw dio su último suspiro, el sentimiento de tristeza fue general. Estaba considerado como uno de nuestros más prominentes ciudadanos; tenía un lujoso saloon y además «había matado a su hombre», y no por motivos particulares, sino por defender a un desconocido que se veía abrumado por el número de sus contrincantes. Estaba casado con una moza casquivana de la que hubiera podido separarse sin las formalidades de un divorcio. Tenía un alto cargo en el cuerpo de bomberos y era un verdadero Warivick[25] en la política. Cuando falleció, un profundo dolor conmovió a toda la ciudad, pero en especial a sus más bajos estratos.

La investigación dio como resultado que Buck Fanshaw, en una crisis de delirio a causa de un pernicioso tifus, había tomado arsénico, se había disparado un tiro en el pecho, rebanado la garganta y luego se había arrojado a la calle desde la ventana del cuarto piso, rompiéndose el cuello. Después de arduas deliberaciones, el jurado, entristecido y apenado, pero sin permitir que el dolor les nublara la mente, dio el veredicto de que la muerte de Fanshaw había sido natural y «por voluntad divina». ¿Qué haría el mundo sin jurados?

Se iniciaron grandes preparativos para el entierro y los funerales. Todos los vehículos de la ciudad fueron requisados, los saloons guardaron un respetuoso luto, la bandera de la ciudad y la del cuerpo de bomberos fueron

Página 65

izadas a media asta, mientras que sus miembros en pleno, luciendo uniforme de gala y con las bombas cubiertas por negros crespones, debían acompañar a la fúnebre comitiva.

Debo hacer observar que en el país de la plata todos los pueblos de la tierra estaban representados por alguno de sus aventureros, y cada uno de ellos había traído consigo la jerga especial de su país. Por consiguiente, no había idioma en el mundo más rico, enérgico y con más diversos y encontrados modos de expresión que el que se hablaba en Nevada, excepto quizás el de California en los primeros tiempos de la fiebre minera. Hasta los oradores sagrados debían decidirse a emplear jeringonza en sus sermones si querían que sus fieles les entendieran frases como «seguro que sí», «no, apuesto a que no», «los irlandeses quedan excluidos» y otras parecidas estaban siempre en labios de todos, salían a relucir inesperadamente y sin guardar la menor relación con el tema que se debatía en aquel instante.

Una vez concluida la investigación por la muerte de Buck Fanshaw, los hombres de pelo en pecho celebraron una asamblea pública; pues en esta costa del Océano Pacífico, no había acontecimiento que no diera lugar a una reunión pública, con objeto de que la voz popular pudiera manifestarse. Se tomaron varios acuerdos relacionados con el entierro y quedaron nombradas varias comisiones, entre ellas una, compuesta por un solo hombre, que recibió el encargo de buscar un cura para la oración fúnebre.

Scotty Briggs, el único componente de esta comisión, fue a visitar al eclesiástico. Éste era un amable y delicado mozo del Este que acababa de salir del seminario y que desconocía completamente los usos y costumbres de la población minera. Cuando, años más tarde, refería las incidencias de su conversación con Scotty valía la pena escucharlo.

Scotty Briggs era un valentón de carácter resuelto y decidido, cuya indumentaria en las grandes solemnidades, como ahora que actuaba en nombre del Comité, consistía en un casco de bombero y una camisa de franela rojo-escarlata; el revólver pendía de un ancho cinturón de cuero; llevaba echada al brazo su chaqueta y los bajos de sus pantalones se escondían dentro de unas altas botas de montar. No es, pues, de extrañar que su aspecto contrastara de un modo extraordinario con el del pálido y desmedrado joven teólogo. Podemos decir, de paso, que Scotty era hombre de ardiente corazón y capaz de todo con tal de ayudar a un amigo. Jamás tomó parte en una pelea si razonablemente podía mantenerse al margen y todas en las que intervenía eran motivadas por asuntos en los que él, personalmente, no tenía nada que ver, y en las que se mezclaba tan sólo para prestar mano fuerte al más débil.

Página 66

Hacía ya años que Buck Fanshaw y Scotty eran amigos inseparables, habiéndose ayudado lealmente en muchas peleas y aventuras. Por ejemplo, se contaba de ellos que en cierta ocasión, al ver a varios mozos forasteros enzarzados en descomunal pelea, se quitaron rápidamente la chaqueta y se lanzaron al combate poniéndose al lado de la parte más débil. Cuando después de una victoria conseguida no sin esfuerzo y desperfectos miraron a su alrededor para ver lo que había sido de sus protegidos, se encontraron con que éstos se habían retirado bonitamente por el foro llevándose como recuerdo las chaquetas de sus protectores.

Pero volvamos a la visita de Scotty al predicador. El semblante de Scotty reflejaba profunda tristeza, a tono con las circunstancias de su fúnebre encargo. Sin más ceremonia, tomó asiento frente al reverendo, depositó su casco de bombero bajo las narices del párroco, precisamente encima del borrador de un sermón que éste estaba concluyendo de escribir, se secó el sudor de la frente con un enorme pañuelo de roja seda y lanzó un profundo suspiro a guisa de introducción apropiada al triste asunto que se le había encomendado. Se atragantó y los ojos se le humedecieron; sin embargo, se dominó con un poderoso esfuerzo de voluntad y dijo con una voz verdaderamente sepulcral:

—¿Es usted el tipo que maneja el terno evangélico?

—¿Que si yo…? Usted perdone… Temo no haberle entendido.

Scotty dejó escapar un doloroso sollozo y otro suspiro aún más profundo que el primero.

—Mire —dijo—. Nos encontramos en un apuro, y los muchachos piensan que puede aliviarnos cargar con usted. Es decir, en el caso de que yo apunte bien y esté hablando con el patrón del taller de aleluyas.

—Yo soy el pastor que tiene a su cuidado el rebaño cuyo redil está en la casa de al lado.

—¿El qué?

—El consejero espiritual de una pequeña comunidad de creyentes cuyo santuario está tocando a mi domicilio.

Scotty se rascó la cabeza, calló unos instantes y murmuró al fin:

—Me ha ganado usted, socio. No puedo ver sus cartas. Hay que correr el cubo.

—¿Cómo?… Dispénseme, pero ¿qué fue lo que dijo?

—Me parece que rumbeamos mal. No fumamos la misma pipa. Pero verá:

Uno de nuestros muchachos ha echado el completo, y quisiéramos despedirlo

Página 67

dignamente; por eso he venido aquí, para reclutar alguien que pueda soplarnos la música adecuada.

—Mi querido amigo, cada vez comprendo menos el sentido de sus palabras. Todo lo que dice me resulta enteramente incomprensible. ¿No podría usted expresarse de un modo más sencillo? Al principio creía haber comprendido lo que deseaba, pero ahora he vuelto a caer en la oscuridad. ¿No le parece que la cosa iría mucho más rápida si usted se limitara a concretar los hechos sin dificultar su comprensión con el empleo de imágenes y alegorías?

Hubo otro largo y embarazoso silencio. Después observó Scotty:

—No puedo servir más: paso.

—¿Cómo?

—Me ha matado el juego, socio.

—No comprendo lo que usted quiere decir.

—Ese farol no lo he visto, y tengo que resignarme.

El párroco se reclinó sobre el respaldo de su silla completamente anonadado, y Scotty apoyó la cabeza en la mano con aire meditativo; sin embargo, pronto levantó de nuevo los ojos y dijo con aire desolado pero lleno de confianza:

—Ahora ya sé cómo vendérselo. Lo que necesitamos es un buen fabricante de sermones, ¿comprende?

—¿Un qué?

—Un fabricante de sermones. Un párroco.

—¿Por qué no me lo ha dicho desde el principio? Yo soy el eclesiástico… el párroco.

—¡Bravo, esto sí que es hablar bien! Me ve perdido en el túnel y se descuelga como un hombre. ¡Chóquela!

Tendió su poderosa mano por encima de la mesa y estrujó la débil y delicada del predicador con cordial y efusivo apretón.

—Ahora ya seguimos buen rumbo, socio —prosiguió—. Vamos a empezar otra vez y si desbarro algo no haga caso, porque estamos pasando un gran disgusto; verá, uno de los muchachos se ha ido al pozo.

—¿Se ha ido adónde?

—Al pozo; que ha tirado la esponja, ¿comprende?

—¿Tirado la esponja?

—Sí, volcado el cubo.

—Ah, ¿quiere usted decir que se ha marchado al misterioso país del cual ningún caminante ha regresado jamás?

—¿Regresar? No, apuesto que no. Él está muerto, socio.

Página 68

—Sí, sí, ya comprendo.

—¿De veras? Temí que empezara a perder el rumbo otra vez. Bueno, pues él vuelve a estar muerto…

—¿Vuelve a estar muerto? ¿Acaso se había ya muerto antes alguna otra vez?

—¿Muerto antes? ¡No! ¿Cree usted que un hombre tiene tantas vidas como los gatos? Pero seguro que el pobre muchacho está completamente muerto. ¡Ojalá yo no hubiese llegado nunca a vivir este día! Un amigo mejor que Buck Fanshaw no lo hay en el mundo. Le conocía hasta de espaldas, y cuando conozco a un hombre y le aprecio, le doy hasta la cantimplora, ¿me oye? Puede echárselo al pecho que no encontrará un hombre más macho en las minas. Jamás dejó Buck Fanshaw a ningún amigo en la estacada. Pero ahora, todo ha concluido. Han podido más que él.

—¿Quiénes, pues?

—¿Quién ha de ser?… la muerte. Sí, sí; no hay más remedio, debemos renunciar a él. Es un mundo bien perverso este en que vivimos, ¿no es verdad? Pero, socio, era todo un luchador. Debía haberle visto cuando se disparaba. Era un macho del sombrero a las botas con un cristal en el ojo. Bastaba escupirle en la cara y darle espacio, de acuerdo con su fuerza, y era estupendo ver cómo se cambiaba de piel y entraba de cabeza. Era el peor hijo de cuatrero que jamás respiró. Socio, entraba de lleno. Era en eso peor que los indios.

—¿En qué?

—Al disparar. Al aguantar. Luchando, ¿comprende? Y no tenía miramientos con… nadie. Perdóneme, amigo, por haber estado a punto de soltarle un taco, pero, verá, estoy como un potro cuando lo ensillan por primera vez. Pero hemos de conformarnos; su cuenta está saldada. Bueno, si usted quiere ayudarnos a plantarle…

—¿Debo asistir a las exequias y pronunciar la oración fúnebre? —Exequias… sí, sí. Ese es nuestro juego. Vamos a hacerlo en grande. Él

en vida no era avaro, y en su entierro no debe economizarse nada en absoluto. Ataúd con incrustaciones de plata y seis banderas enlutadas sobre la carroza fúnebre; en el pescante, un negro de librea y sombrero de copa… ¿qué le parece todo esto para empezar? Y también nos ocuparemos de usted, socio. Vamos a colocarle bien. Pondremos un coche a su disposición, y si desea algo más, no tiene más que soplarlo y lo tendrá al instante. En la casa mortuoria, le prepararemos un estrado. ¡Y no tenga usted miedo! Sople bien fuerte en su trompeta, aunque no venda una escoba. Pinte a Buck tan macho como pueda,

Página 69

pues todo aquel que le haya conocido le dirá que era el hombre mejor de las minas; no tema exagerar. Allí donde se llevaba a cabo alguna injusticia, acudía en seguida a remediarla. Si la ciudad está tranquila y en paz, a él debe agradecerlo. Yo estaba presente cuando una vez apaleó a cuatro «greasers»[26] en once minutos. Cuando se trataba de restablecer el orden y calmar los ánimos, no esperaba que nadie acudiera para ayudarle, sino que ponía inmediatamente manos a la obra. No quería saber nada de los católicos: su lema era: «Los irlandeses quedan excluidos», pero, sin embargo, defendió igualmente sus derechos en cierta ocasión cuando unos indeseables ordinarios quisieron hacer excavaciones mineras en el cementerio católico, y dejó aquello bien limpio. Yo lo vi con mis propios ojos.

—Su acto fue meritorio, por lo menos su intención, si no el modo cómo se llevó a cabo. ¿Tenía el difunto alguna creencia religiosa? Es decir… ¿sentía que dependía de una potencia superior a la humana y que debía conformarse con sus designios?

Nueva meditación.

—Me ha tumbado de nuevo. ¿No podría repetirme la pregunta más despacio?

—Quiero decir solamente, para expresarme con más claridad, si él estaba en relación con alguna comunidad que se mantuviera apartada de los intereses mundanos, que se dedicase al sacrificio en bien de la moralidad.

—Ha errado; pruebe por otro camino, socio.

—¿Cómo dice?

—Es usted demasiado para mí, ¿sabe? Nada más meter la izquierda me

hace comer hierba. En cuanto baraja, saca triunfo; pero yo no estoy de suerte.

Empecemos la partida de nuevo.

—¿Qué? ¿Empezar otra vez?

—¡Eso es!

—Bueno, pues… era él un buen hombre y…

—¡Alto!… ya estoy. No haga apuestas hasta que vea mis cartas. ¿Un buen hombre, dice usted? Socio, no hay bastantes palabras para él. Era el mejor hombre de… Si usted le hubiese conocido le habría querido igual que yo. Podía descalabrar a cualquier gandul de su tamaño en toda América. Fue él quien, en las últimas elecciones, apaciguó los disturbios antes de que empezaran, y todos dijeron que nadie más que Buck habría podido hacerlo. Se paseó con una bandera en una mano y una trompeta en la otra. Catorce hombres hubieron de ser retirados de la plaza en menos de tres minutos. Deshizo el tumulto antes de que nadie pudiera empezar la juerga. Mi amigo

Página 70

no suspiraba más que por la paz, y quería paz a toda costa; no toleraba los desórdenes. Socio, su muerte es una gran pérdida para la ciudad. A los muchachos les agradaría mucho si usted le hiciera la justicia de decir todo esto de Buck. Una vez, cuando los «micks»[27] apedrearon las ventanas de la escuela dominical metodista, Buck Fanshaw, por su propia iniciativa, cerró el saloon, tomó un par de «seis tiros» y estuvo protegiendo el edificio. Decía: «Los irlandeses quedan excluidos». Y así fue. ¡Era el más macho de todas las montañas! No habría quien pudiese correr más de prisa, saltar más alto, pegar más fuerte y beber más que él en diecisiete condados. No olvide esto, socio; los muchachos le aplaudirán calurosamente. Después también puede usted decir que él jamás se sacudió a su madre.

—¿Que nunca sacudió a su madre? —Eso, sí. Cualquiera puede decírselo…

—¿Por qué había de hacerlo? Hubiese sido horrible. —Eso digo yo también, pero hay quien lo hace. —¡Oh, no! ¡Nadie que tenga un átomo de honradez!

—Y sin embargo… algunos que no son tan malos como todo esto lo han hecho…

—A mi entender, todo hombre que ose levantar la mano contra su madre…

—Alto ahí, socio. Ha tirado la pelota fuera de la red. Lo que yo quise decir es que él no trató jamás de sacudirse a su madre, dejarla abandonada, ¿sabe usted? Ni mucho menos. Le había regalado una casa para que viviera, un campo de cultivo y mucho dinero; siempre se preocupó de ella y se aseguró de que nada le faltara. Y cuando su madre pescó la viruela se quedó a su lado cuidándola sin dejarla día ni noche… ¡Que me condene si no es verdad! Perdone este juramento, pero salió tan de pronto que no lo pude evitar. Me ha tratado como a un caballero, socio, y no soy hombre que le ofenda intencionadamente. Es usted bueno, de verdad. Es usted todo un tipo. Me ha sido muy simpático, socio, y a todo el que opine lo contrario le voy a arrear. Le daré tal paliza, que va a creerse que es un cadáver del año pasado. ¡Venga, chóquela usted!

Estrechó otra vez efusivamente la mano al párroco, y se alejó.

El entierro se efectuó tal como los «muchachos» deseaban. Jamás se había visto en Virginia City otro igual. Todos los comercios cerraron sus puertas, los instrumentos de viento lanzaban al aire la armonía de tristes marchas, la carroza fúnebre estaba cubierta por negros crespones, las banderas a media asta. En la luctuosa comitiva figuraban nutridas formaciones de militares,

Página 71

bomberos, miembros de sociedades secretas en uniforme, bombas de incendio enlutadas, coches con delegaciones de las autoridades y ciudadanos ocupando toda clase de vehículos o bien a pie. Este grandioso desfile atrajo una ingente multitud de espectadores que se agolpaban por las callas, ventanas y hasta sobre los tejados. Aun después de muchos años, cuando se quería ponderar en Virginia City el fausto y la grandiosidad de un espectáculo, se tomaba el entierro de Buck Fanshaw como punto de comparación.

Scotty Briggs marchaba detrás del féretro formando parte de la presidencia del duelo. Cuando terminó la oración fúnebre y se hubo rezado la última plegaria por el alma del difunto, dijo, en voz baja y con profunda emoción:

—Amén. Los irlandeses quedan excluidos.

Éste había sido el lema favorito del difunto y Scotty lo repetía en aquel momento, probablemente para honrar la memoria de su desaparecido amigo.

En los años que siguieron se distinguió Scotty Briggs por el hecho de ser el único entre todos los matones de Virginia City que hizo gala de sentimientos cristianos, dedicándose a la enseñanza de la Religión. El hombre que por propio impulso e innata hidalguía había tomado siempre partido en favor de los débiles para defenderlos contra sus enemigos, podía llegar a ser un magnífico miembro de la comunidad cristiana. Su conversión no disminuyó ni su valor ni su generosidad; por el contrario, les dio una dirección más inteligente al tiempo que encontraba otro amplio campo en su nueva actividad. ¿Es de extrañar que su clase dominical progresara mucho más que las otras? No lo creo. Hablaba a los cachorros de minero, en un lenguaje que ellos entendían muy bien.

Un mes antes de su muerte tuve la suerte de poderle escuchar mientras explicaba a su clase la bella historia de José y sus hermanos, de memoria, sin mirar el libro. Dejo al lector que imagine él mismo la impresión que las ardientes palabras salidas de la boca del celoso maestro, en su extraña jerga, producían en los pequeños escolares, que le escuchaban con admirada atención, pendientes de sus labios, y ni él ni ellos sospechaban siquiera que la narración bíblica estaba sufriendo una interpretación que habría asombrado a José y a sus hermanos si hubieran podido oírla.

Página 72

HISTORIA DE UN CORREO A CABALLO

CARLOS DICKENS

H ABÍA llegado la hora de la salida del despacho y todos nos apresuramos a coger los sombreros de sus correspondientes perchas; los libros estaban cerrados y los papeles bajo llave. La tarea del día había

terminado.

El cajero, hombre encanecido en el trabajo, se aproximó a mí con aire oficioso.

—Mr. Walford —dijo—, ¿me haría el favor de quedarse un momento? ¿Quiere usted pasar por aquí? Los jefes desean hablarle.

Para el buen viejo Job Wigintow, los amos eran seres sagrados; había estado al servicio de la empresa durante un cuarto de siglo, llevando sus funciones con una fidelidad y un respeto ejemplares. Job Wigintow, el empleado más antiguo de la casa, era inglés, como yo. Job había llevado los libros de los señores Spalding y Haussermann durante varios años, en Filadelfia, y había seguido a sus principales a California, cuando, cinco años antes, decidieron establecerse en San Francisco.

Los jóvenes oficinistas, en su mayoría franceses y americanos, le tenían cierta manía al viejo y honrado cajero. Pero él y yo fuimos siempre buenos amigos; durante los cuatro años en que estuve empleado en la casa, experimenté un sincero respeto por las leales cualidades de Job Wigintow. No obstante, lo que tan ceremoniosamente acababa de decirme no dejó de embarazarme un poco:

—¿Esos señores desean hablarme? —balbucí, sintiendo que los colores me subían a la cara.

El viejo Job hizo un signo afirmativo. Después tosió y limpió sus lentes con cuidado; yo había notado, a despecho de mi turbación, que el cajero estaba triste y pensativo; en su voz se revelaba la emoción y su mano temblaba. Cuando se puso los lentes, en sus ojos azules brillaban dos lágrimas.

Página 73

Seguí a Job hasta la sala interior donde los negociantes se reunían de ordinario durante el trabajo, pensando en lo que podría haber ocurrido para que me llamasen de un modo tan inesperado. En otros tiempos yo había tenido relación más personal con mis principales; pero desde hacía tres meses, aquella intimidad, sobre todo con el asociado principal, se limitaba a los asuntos de trabajo. Esto no quiere decir que la estimación de mis jefes hubiese disminuido. No era así. Mi comportamiento seguía siendo el mismo, pero ya no encontraba la cordial acogida de antes.

Esta frialdad parcial comenzó el día en que yo me atreví a revelar al rico negociante que amaba a su hija única y que ella me correspondía. Mientras yo decía esto, Emma Spalding estaba confusa y enrojecía sonriendo al escuchar mis palabras. Nuestro amor existía desde mucho tiempo atrás; entonces los dos éramos muy jóvenes. Habíamos visto la luz del día en el mismo hogar, teníamos las mismas ideas, y, en fin, por todo, exceptuando la riqueza, estábamos hechos el uno para el otro. Además, habitábamos juntos en un país extranjero y entre extranjeros.

Nos habían permitido vernos frecuentemente, leer versos, cantar dúos. Emma no tenía madre que la protegiese contra el asedio de los pretendientes pobres. El señor Spalding era un hombre altivo que, por exceso de orgullo, no tenía ninguna desconfianza. Nosotros pasamos, como ocurre en miles de parejas, de la amistad al amor. La idea de que Emma iba a tener una dote considerable no había influido en mí; era solamente amor, un amor puro y desinteresado. Hablé a Emma, sin reflexionar que merecía un falso juicio de Mr. Spalding y que éste sería implacable para el pobre subordinado que se había atrevido a fijar los ojos en su hija.

Debo hacer justicia a Mr. Spalding; rechazó mi proposición en los términos todo lo amables y corteses que las circunstancias le permitieron. Pero no por esto quedé menos deprimido. Una profunda tristeza se apoderó de mí y analicé el proyecto de abandonarlo todo, de llevar una vida excéntrica e inútil, pero después deseché este pensamiento, porque me pareció una postura cobarde. De este modo, conservé mi empleo, pero dejé de visitar a mi principal en calidad de amigo. Mi dolor se aliviaba al pensamiento de que, por lo menos, respiraba el mismo aire que Emma y que obtenía una mirada de sus ojos azules y tristes, cuando iba a la iglesia, aunque estuviésemos tres meses sin cambiar palabra.

Consideren, pues, mi sorpresa cuando Job Wigintow me dijo que me presentase a mi jefe. El corazón me latía con fuerza cuando el viejo cajero empujó la puerta con suavidad. ¿Qué querrán? ¡Yo, que me había abstenido

Página 74

escrupulosamente de presentarme ante él…! ¿Acaso iban a decirme que la pretensión formulada por mí era poco conveniente para un servidor y que debían cesar toda clase de relaciones entre nosotros?

Encontré a aquellos señores en el gran despacho, decorado al estilo español, tapizado con cuero incrustado en oro.

Mr. Spalding, un hombre alto, enjuto, de cabellos blancos, paseaba nerviosamente. Mr. Haussermann, un alemán, estaba sentado ante una mesa atestada de papeles y pronunciaba de vez en cuando palabras de extrañeza, con aire perplejo. El cajero entró conmigo y cerró la puerta.

—¡Ah!, mein Himmel[28] —murmuró Mr. Haussermann, que era un hombre grueso y robusto—. ¡Ah! —dijo con marcado acento alemán—. Sería mejor no haber nacido, antes de ver estas cosas.

Job Wigintow lanzó un gemido de sincera simpatía. Comprendí al instante que se trataba de algo malo y también que no tenía relación con mi amor por Emma. Hay siempre un espectro terrible que hiere la imaginación de las inteligencias inferiores de una casa de comercio: la bancarrota. Pero los principales siempre habían sido prudentes. Tuve tiempo de reflexionar. El señor Spalding interrumpió su paseo, se aproximó bruscamente a mí y me estrechó las dos manos.

—Jorge —me dijo con voz emocionada—, desde hace algún tiempo yo no soy bueno para usted que, en cambio, siempre se ha mostrado un buen amigo.

Después enrojeció y cesó de hablar. Yo miraba a Mr. Haussermann, pero éste tenía un aire tan extraño, sentado en su sillón y murmurando frases en su idioma nativo, que comprendí que no debía esperar ninguna explicación. Aseguré a Mr. Spalding, en el tono más natural que me fue posible, que nuestra estimación mutua había sobrevivido a nuestra intimidad, que yo seguía siendo un amigo sincero para él y para su familia y que estaba dispuesto a probarlo en cualquier ocasión.

—Eso es lo que yo suponía, eso es lo que suponía —respondió con aire satisfecho—. Es usted un buen muchacho, Jorge. Por esto me dirijo a usted en este día… cuando… ¡Pero no importa!

—Siempre he proclamado —exclamó Mr. Haussermann— que Walford era un excelente muchacho.

Aun cuando Mr. Haussermann había vivido un cuarto de siglo entre anglosajones, no lograba hablar la lengua inglesa con toda corrección. Su vida, fuera de las horas de despacho, la pasaba en compañía de alemanes. Podía gozar con ellos de una conversación típicamente alemana, del vino del Rin y del café de su país natal.

Página 75

No llegaría jamás al fin de mi entrevista si repitiera las frases entrecortadas y vagas del más joven de los dos asociados y las observaciones de Job Wigintow.

El cajero compartía los sentimientos de su principal como hubiese podido hacerlo un perro fiel. Era digno de toda confianza: tan discreto como la noche y tan honrado como el día. En cuanto a los cálculos, a la teneduría de libros y a tener bien cerrada la caja, era un verdadero mecánico.

Mr. Haussermann era un aritmético admirable. Podía descubrir un error de medio centavo en un problema de millones. Su escritura era magnífica. No obstante, debía su posición actual en el comercio, no a su talento, sino a los florines que había heredado y al espíritu y a la energía de su socio inglés. Al fin, el jefe de la casa me relató la siguiente historia, entrando en detalles que yo ya conocía: «Él no tenía más que dos hijos: Emma y Adolfo; su esposa había fallecido durante el viaje a Filadelfia. Todo su cariño se había concentrado en sus dos hijos. Desgraciadamente, Adolfo se portaba mal; era insaciable y pródigo. La pensión que su padre le daba, la gastaba entre jugadores y jockeys. Míster Spalding, hombre severo con todo el mundo, era demasiado indulgente con su hijo. El joven era de aspecto agradable y carácter simpático. Había sido el preferido de su madre. Muerta ésta, iba de mal en peor. Contraía deudas enormes y andaba en malas compañías».

Yo sabía todo esto, porque Adolfo era empleado de la casa, es decir, tenía este título, pues casi nunca comparecía en el despacho; pero ignoraba que hubiese robado a su padre para satisfacer una deuda de honor. Había falsificado la firma de Spalding-Haussermann en un bono[29] de treinta mil dólares, pagaderos a la vista. Incluso llegó a apoderarse, en el despacho de su padre, de una cartera que contenía una gruesa suma, que entregó a cierto individuo que tenía tratos con la empresa, junto con el bono.

—Ese bribón ha partido ya para el Norte —dijo míster Spalding—; el martes último se marchó por la ruta de Panamá. Sin duda usted le conoce, porque era muy popular en toda la ciudad.

—¡Es Joram Nechlow, «el doctor Joram Nechlow»! —exclamé yo, acordándome del rostro moreno y espiritual del joven, que tenía un lenguaje brillante y había dirigido un periódico en San Francisco.

—Sí, es el doctor Nechlow —respondió Mr. Spalding con una sonrisa amarga—. Creo que ha tomado un grado imaginario en el ejército; dice que es coronel. Ejercía una gran influencia sobre mi hijo y tengo la seguridad de que es él quien ha tenido la culpa de que me robase. No me cabe la menor duda de que mi hijo no se hubiera atrevido a hacerlo por su cuenta.

Página 76

Pregunté a Mr. Spalding, con la mayor delicadeza posible, cómo había podido obtener estos informes.

A lo que parecía, Adolfo, agotado por la vida que llevaba, se hallaba postrado en cama desde la partida de su amigo.

—Está entre la vida y la muerte —añadió el padre con voz trémula—, y durante el delirio ha confesado su culpa. Emma, que estaba velándole, lo oyó delirar y me llamó. Yo he oído, de labios de mi hijo, del que me sentía tan orgulloso, el relato de la forma en que se realizó el hecho.

Vaciló. Yo veía caer las lágrimas de sus ojos. Procuraba disimular la contracción de su rostro arrugado. Poco a poco se fue tranquilizando. Después, expuso el proyecto que había forjado. Este proyecto demostraba su firmeza habitual, su carácter animoso. Ante todo y necesariamente, había que salvar la reputación de la casa. El valor de la suma que se arriesgaba a perder no era nada en comparación a la vergüenza que podría caer sobre el nombre de los Spalding. Era necesario, costase lo que costase, que este acto deshonroso quedase oculto. No faltaba más que presentar el bono y negociar los billetes para que todo se descubriese. Pero ¿cómo impedir al cómplice que cobrase los beneficios de su acción? Había partido apresuradamente para Nueva York, y por la vía más corta, la de Panamá. Perseguirle era imposible, y esperar la salida de otra embarcación no daría ningún resultado.

Yo me acordé del «Pony Express», que era el más veloz. Este era el medio por el cual nosotros, residentes en California, podíamos comunicarnos rápidamente con el mundo civilizado. Le sugerí este remedio.

El señor Spalding movió la cabeza.

—No —dijo—, no conseguiríamos nada. Yo podría enviar un despacho para evitar que pagasen el bono. También podría hacer que detuvieran a Nechlow cuando llegue a Nueva York, pero esto daría lugar a sospechas y el asunto se publicaría en los periódicos antes de que transcurriese una semana. No —continuó—, no tengo más que una esperanza, una probabilidad; es necesario que envíe una persona en quien tenga entera confianza. Soy demasiado viejo para ir yo mismo. Es preciso que esa persona se apresure a dirigirse a Nueva York por el camino peligroso de las montañas. Debe llegar a Nueva York antes que Nechlow y arrancarle esos papeles, ya sea valiéndose de la violencia o bien de una estratagema. Jorge Walford, usted es el hombre a quien yo he elegido para esta arriesgada misión.

—¿Yo, señor?

Me quedé como el que ve visiones. Semejante a un panorama, se desarrollaba ante mí el largo camino que hacía poco habían explorado. Era un

Página 77

camino lleno de peligros. Todo lo que había oído decir acerca de los viajes por la pradera, del hambre, del fuego, de los asaltos de los animales feroces y de los enemigos humanos, aun menos misericordiosos, acudía a mi memoria. El pensamiento de la gran distancia, de las fatigas inimaginables que debían soportarse, de la barrera glacial de las Montañas Rocosas, que se extendían a través del camino como si quisieran cerrar el paso a los hombres presuntuosos, todo esto me amedrentó.

Aunque no sea menos valeroso que otro, aquello me atemorizaba hasta tal punto que lo notó el mismo Mr. Haussermann, pues suspiró, y dijo:

—¡Bueno! ¿Y qué haremos nosotros?

—Mr. Walford —intervino Spalding—, yo no quiero disimular con usted. Lo que le pido es que emprenda un viaje que trae consigo grandes riesgos y fatigas. Le pido, incluso, que exponga su vida por salvar el honor de la casa y el de mi familia. Pero, naturalmente, no le pediré semejante cosa sin proponerle una recompensa proporcionada. Atiéndame —añadió al notar en mí un movimiento negativo—; no es dinero lo que pienso ofrecerle. Vuelva usted con éxito y entrará como asociado en la empresa Spalding y Haussermann, y antes de tres meses, si usted y Emma piensan como antes…

Sentí una gran alegría al oír a mi principal.

—Señor —le respondí—, iré de muy buena gana y tendré un verdadero placer en ello.

—Es lo que se llama un buen muchacho; estaba seguro de que aceptaría —exclamó el alemán, frotándose las manos de júbilo.

—¿Cuándo cree que estará dispuesto para partir? —preguntó el señor Spalding.

—En seguida, señor; dentro de media hora, si usted quiere.

—Bien, dentro de una hora —dijo, sonriendo ante mi entusiasmo—. Dentro de una hora Bodessan estará a la puerta con el coche y los mejores caballos. Es necesario que ahorre sus fuerzas tanto como sea posible. Le daré una buena cantidad de dinero; gástelo liberalmente, hasta con prodigalidad, y en el camino no escatime ni los caballos ni el oro. Sacrificaría a gusto la mitad de mi fortuna por que estuviese ya en Nueva York. Es usted un embajador con carta blanca, Jorge, y su talento y su valor nos traerán el éxito sin duda alguna. Ahora, prepárese para ponerse en camino.

Yo no parecía muy decidido a salir de la habitación.

—¿Tiene usted algo más que decirme? —me preguntó el comerciante con buen humor.

—Sí, señor; ¿no podría hablar un instante con Miss Spalding?

Página 78

—Está cuidando a su hermano —respondió el anciano algo turbado—.

¡Pero sea! Tiene usted razón: la verá antes de partir.

Me parece que fui de un salto desde el almacén a la casa en que habitaba. No tardé más de diez minutos en arreglar todos mis asuntos. Maravilla pensar lo que un hombre puede hacer en diez minutos cuando es presa de una gran exaltación. Cargué mi revólver, puse alguna ropa en un saco de viaje y regresé a casa de Mr. Spalding a toda velocidad. Éste me dio nuevas órdenes, presentándome un grueso paquete de monedas de oro y de plata, así como otro de billetes de banco, y me dijo que debía guardar los billetes hasta el momento en que llegase al mundo civilizado. Pues era necesario que hiciese regalos en monedas de plata a las tribus nómadas medio civilizadas del Oeste. Seguía hablándome Mr. Spalding cuando Bodessan, uno de los principales empresarios de coches de San Francisco, hizo detener sus caballos españoles a la puerta. Después, el comerciante subió las escaleras para volver acompañado de Emma. La encontré pálida y delgada, pero tenía los ojos brillantes y sus palabras estaban llenas de gracia. Su presencia me dio valor y la resolución de cumplir mi deber o morir en el empeño.

Nuestra entrevista fue corta; solamente se cruzaron algunas palabras murmuradas apresuradamente, algo así como una renovación de nuestros antiguos votos. La tomé en mis brazos y la besé en la frente. Un momento después, partía.

Me senté al lado de Bodessan, que chasqueó el látigo, y los caballos avanzaron por la calle al galope. Abandonamos la ciudad, y bien pronto nos encontramos siguiendo la carretera a todo correr.

Bodessan había sido bien pagado; conducía sus fogosos caballos y con la brida suelta. Me pareció que nuestra partida era alegre y que se efectuaba bajo buenos auspicios. Tenía el corazón henchido de esperanza. El criollo francés, sentado a mi lado, era un buen compañero. Cantaba canciones del Canadá, silbaba, acariciaba los caballos y hablaba continuamente.

—¿El señor va a las praderas? —me preguntó—. ¡Ay! ¡Qué bien! Las praderas son muy interesantes, mucho… Pero el señor debe tener cuidado al llegar; no debe alejarse mucho de los soldados, porque, o los bandidos, o los indios, le arrancarían la cabellera.

Aquel hombre creía que me iba a Salt-Lake[30] por negocios, e imaginaba que viajaría con una caravana bajo la protección del ejército. ¿Qué hubiera pensado al saber que me proponía cruzar solo aquel enorme país?

Mi viaje por las fronteras del oeste de California no tuvo nada especial que me obligue a detenerme en detalles. Gastando mucho dinero, continué mi

Página 79

camino casi siempre en vehículos destartalados y, a veces, a caballo. Dormía de cuando en cuando, durante la noche, si es que el coche en que iba no me traqueteaba mucho.

En varias ocasiones no pude convencer de ningún modo a los conductores americanos de que cruzaran una carretera pedregosa durante los vientos; entonces restablecía mis fuerzas por un reposo inevitable. Pero al canto del gallo me disponía a continuar el camino. Estaba contento, porque pensaba que todo lo que debía hacer era un juego de niños comparado con la recompensa que me esperaba.

Mr. Spalding sabía que yo montaba muy bien a caballo, que era diestro en el manejo de las armas y que tenía un temperamento animoso. No me habían educado para un despacho. Mi padre era muy rico, pero en la época de su muerte ya se había arruinado. Entonces me fue preciso combatir contra la desgracia.

Anteriormente yo tuve caballos de carrera en Oxford, y amaba apasionadamente los deportes. Tenía por costumbre hacer mucho ejercicio. Aquel era el momento de utilizar mi entrenamiento.

Me había metido en una empresa llena de peligros. Tal vez muriese de hambre en el desierto o pereciese, víctima de la ferocidad de algún indio; la fiebre o la sed podían quitarme la vida o quizás llegase demasiado tarde a Nueva York. No dejaba de pensar con amargura que Joram Nechlow avanzaba hacia el Este a toda velocidad de un gran vapor. Esta sola idea me hacía, saltar con violencia sobre las tablas del coche, como si esto pudiese apresurar la, marcha ¡Ah! ¡Cómo rogaba a Dios que los vientos contrarios retrasaran el viaje del buque!

Llegué a Carson-City[31], en la frontera del desierto, y allí hice un pequeño alto con objeto de prepararme lo mejor posible para llegar con seguridad al fin de mi viaje. Sabía ya que la parte del camino más peligrosa y difícil se encontraba entre California y las colonias de los morriones[32]. Una vez pasado el territorio de Utah, me hallaría a salvo de las flechas de los salvajes.

Carson-City estaba llena de emigrantes que volvían de sus viajes; de buscadores de oro que iban a los Estados atlánticos, cargados con sus tesoros; de mercaderes que habían vaciado sus carros en los mercados californianos. Aquellas buenas gentes esperaban la escolta regular de las tropas bajo cuya vigilancia debían viajar. Era imposible, dadas las circunstancias que habían provocado mi viaje, ir tan lentamente. Compré un saco de piel de buey secada al sol, un caballo americano, una brida muy fuerte y una silla mejicana. Este

Página 80

último objeto lo adquirí de un vendedor americano que pareció extrañarse mucho ante la idea de que yo tuviese que atravesar solo la pradera.

—Es usted valiente, señor, pero debería dormir aquí otra noche, con objeto de reflexionar sobre lo que va usted a hacer. Esos indios le arrancarán la cabellera, tan seguro como que la manteca sale del cerdo. Si no quiere creerme, vaya a preguntárselo a cualquier otro.

Me arrastró a una especie de taberna donde había una multitud de hombres y mujeres, franceses y españoles, alemanes, americanos y mulatos, que rodeaban a un jinete de cabellos negros. Vestía éste un traje semimilitar, que le hubiera dado el aire de un comandante de plaza, de no llevar una camisa de franela roja y un sombrero mejicano. Tenía las facciones duras; el trabajo constante y el tiempo no le habían dejado más que huesos y músculos; calzaba botas con espuelas y hacía restallar un látigo, mientras que hablaba alegremente con la multitud que reía de su ingenio, de un modo que demostraba ser el favorito de todos. En efecto, se trataba de uno de los caballistas del «Pony Express», siempre dispuestos a partir con la valija de la correspondencia en cuanto llegaba de San Francisco.

—Sí, coronel; sí, queridas niñas —decía—, tengo un verdadero disgusto en abandonaros, pero el deber me llama. Si los indios me atrapan…

—¿Atraparle a usted, Shem? ¿Es que se puede atrapar a una veleta? — exclamó uno de sus admiradores.

—Cierto —dijo Shem con aire modesto, pero no exento de fanfarronería —, los muy bribones ya lo han intentado una o dos veces, pero se han encontrado con la horma de su zapato. Shem Grindrod no es lo que ellos se figuran. Cuando un hombre se ha criado en Kentucky es difícil arrancarle los cabellos.

Su mirada se fijó en mí, y me dijo:

—Señor forastero, muy buenos días.

—Shem —dijo el traficante de caballos—, aquí tiene usted a un caballero que desea atravesar solo la pradera a caballo; ¿qué opina usted?

—¡Ah, ah! ¡Eso es lo que yo llamo verdadero coraje en un señorito! Forastero, me temo que encontrará usted serpientes en el camino. Desde ahora le aseguro que le robarán su caballo o que se lo van a comer los lobos y que se quedará sin comida más de una vez, eso si no tiene un encuentro con los indios.

Conocía demasiado bien a los americanos para hacer mucho caso de lo que me decía Shem. Evidentemente, me había tomado por un presuntuoso que quería probar a meterse en la boca del león, y trataba de hacerme desistir.

Página 81

Conseguí que nos apartásemos un poco de los demás y hablásemos un rato. Le expliqué que tenía imperiosos motivos para salir en seguida, y que si quería ayudarme le pagaría generosamente. Shem me replicó que tal cosa era contraria a todas las reglas de su compañía, y que lo mejor sería que esperase una caravana.

No esperé nada y partí el mismo día. Todos los habitantes de Carson-City lanzaban exclamaciones irónicas al verme pasar, a caballo, por las calles de la ciudad, meneando la cabeza como si estuvieran delante de alguien que va a suicidarse.

Cabalgué tan aprisa como me fue posible. Mi caballo era fuerte, uno de esos animales criados en Kentucky o en Tennessee, y tenía suficiente resistencia para llegar a la pradera. Era bastante fácil encontrar el camino durante el día. Me constaba que había una especie de carretera hecha por las innumerables caravanas que continuamente cruzaban aquellos parajes.

El primer día hice varias millas; entre los arroyos que afluyen al río Carson; los había de todos tamaños y muchos de ellos proporcionaban grandes riquezas a los agricultores del territorio.

Tomé dos inquebrantables resoluciones; economizar tanto como fuese posible mi provisión de carne de buey, y rechazar todos los ofrecimientos hospitalarios. Continué mi camino, descansando de cuando en cuando, y seguí aquella pista tanto tiempo como me lo permitió la luz de la luna. Llevé mi montura hasta los últimos límites de sus fuerzas. Después, al cerrar la noche, descabalgué y lo até de modo que pudiese comer. Me acosté envuelto en mantas, con la silla por almohada, y no tardé en dormirme.

Me desperté sobresaltado, en medio de las tinieblas. En un principio no me acordé siquiera de dónde estaba. Me habían despertado los movimientos bruscos de mi caballo, que no debía encontrarse muy cómodo. Oí que algo se revolvía entre las altas hierbas y un ruido de pasos, tal como si unos perros estuviesen husmeando por allí. ¿Perros? Allí no hay perros. Eran lobos. Mi caballo temblaba y estaba empapado en sudor. Mi vida dependía de su seguridad. No había encendido fuego, temiendo que la luz atrajese alguna partida de indios, y los lobos se reunían a nuestro alrededor como las moscas se agrupan en torno a la miel. No sentí miedo porque el lobo de América difiere mucho del gris de las selvas alemanas o de los blancos del Pirineo. Pero mi pobre caballo estaba en peligro, y su espanto era una probabilidad menos en favor del viaje. Me levanté y, a ciegas, comencé a buscar leña. Afortunadamente estaba en un lugar donde abundaban la hierba y los arbustos y en el que los gigantescos algodoneros extendían sus ramas sobre las orillas

Página 82

de los arroyos. Bien pronto llegué a un matorral del que cogí tanta leña como pude, y encendí una hoguera con alguna dificultad, el rocío había dejado sus huellas y la madera húmeda exhalaba nubes de humo negro; tardé, por tanto, en conseguir que brillase la llama.

Durante todo aquel tiempo estuve dando gritos y golpeando mi taza de hierro blanco contra el cañón de mi revólver, para intimidar a los lobos; además, tenía que tranquilizar a mi pobre caballo, que tiraba fuertemente de la cuerda con que estaba atado.

Por fin, se elevó una titubeante llama que iluminó un pequeño espacio de la pradera, en el que pude ver, muy próximos a mí, algunos animales; los más pequeños, los más tímidos, pero al mismo tiempo los más feroces de los lobos americanos.

Arrojé un tizón ardiente entre ellos, obligándoles a guarecerse entre las tinieblas durante una media hora; al fin se alejaron definitivamente y oí sus aullidos, cada vez más lejanos.

Después de la desaparición de los lobos, mi caballo se tranquilizó un poco. Yo volví a mis mantas y a mi descanso, no sin antes haber puesto una gran brazada de leña en el fuego.

Me despertó un frío terrible. El fuego se había apagado. Un cielo gris se extendía sobre mi cabeza. Las estrellas habían adquirido ese tinte pálido que nos anuncia el alba. La hierba de la pradera se veía agitada en salvaje confusión. El viento del Norte soplaba violentamente. El viento que hace su aparición todos los años al concluir la mala estación; penetrante y glacial, pero yo lo saludé con alegría porque era desfavorable al barco que atraviesa a las aguas americanas con Joram a bordo.

Al levantarse el sol en aquel cielo azul y pálido, la naturaleza tomó un aspecto más alegre, y el cielo se hizo más agradable a medida que disminuía el frío.

Continué mi viaje siguiendo las huellas de los grandes carros; pero empecé a darme cuenta de que mi caballo no era ya el animal fogoso que piafaba de un modo tan alegre cuando abandonamos Carson-City, el día anterior. Ciertamente había exigido mucho de él. Su paso se hizo tan lento que me alarmé. ¿Qué hacer? Disponía de mucho dinero, pero el dinero no proporciona un talismán en el desierto. Entre el sitio en que me encontraba y el lago Salado no existía siquiera una sola hacienda.

La única probabilidad de agenciarme una montura de refresco era encontrar a alguien que quisiera vendérmela, y esto era poco probable. Iba reflexionando amargamente acerca de mi situación, cuando oí los pasos

Página 83

ligeros de un caballo que galopaba detrás de mí. Volví la cabeza y pude ver a un jinete que iba alegremente sobre su montura. Su traje, entreabierto, dejaba ver una camiseta de franela roja y su sombrero mejicano iba adornado con un cordón de oro. Una carabina pendía del arzón de la silla y a la espalda llevaba un saco de provisiones. Era mi amigo del día anterior: Shem Grindrod.

—¡Buenos días, forastero! —exclamó alegremente—. Por lo visto no le han producido mucho miedo las historietas de los indios que ayer le conté; no obstante, son tan ciertas como el Evangelio. Su caballo no parece estar muy bien, señor; se conoce que ha galopado mucho.

Seguimos juntos nuestro camino durante algún tiempo. El caballo de Shem animaba al mío, que sacaba fuerzas de flaqueza. Encontré al llanero mucho más amable que el día anterior. Me dijo bruscamente que respetaba a un individuo que sabía demostrar que era todo un hombre, pero que lo que más detestaba en el mundo era al señorito que se daba aires de valiente.

Mi manera de montar a caballo me había conquistado la estimación de Grindrod; simpatizó cordialmente conmigo al comprender que yo estaba completamente resuelto a atravesar aquel desierto.

—Tiene usted un buen caballo, señor, pero me temo que esté demasiado fatigado. Ahora, escúcheme; lo mejor que puede hacer es comprarse otro a la primera ocasión que se le presente. Pronto pasarán cazadores y no sería extraño que le vendieran uno. Conserve siempre esa pistola, y si se encuentra con los indios conserve también la calma, no pierda ni una bala; cada trocito de plomo es una vida. Hasta la vista, y buen viaje.

Shem dirigió su caballo hacia una de las estaciones del «Pony Express», un pequeño fuerte solitario, rodeado por una empalizada que encerraba una especie de guarnición de correos y una cuadra con caballos. Contemplé con tristeza el fuerte y la empalizada y, después, espoleé mi cansada montura para proseguir mi fatigoso viaje. Sabía que al mediodía iba a llegar a otra estación del mismo género y allí podría pedir víveres de refresco y albergue, en el caso de que su caballo estuviese fuera de combate; vi cómo mi amigo Shem, montado sobre un buen potro, se alejaba por la llanura, saludándome con la mano. Le miraba con envidia, mientras volaba como una flecha y desaparecía a lo lejos.

Afortunadamente, poco después encontré un grupo de hombres blancos. Eran tres cazadores que regresaban de Oregón con una buena provisión de pieles sobre sus mulos. Iban todos montados en «ponies» indios y uno de ellos conducía con un lazo un caballo fuerte y bien formado, cuyos ojos brillaban y cuyas anchas narices armonizaban bien con sus miembros, fuertes

Página 84

y nerviosos. Era un tipo de potro salvaje. No hacía aún dos meses que lo habían cazado en las llanuras; pero lo habían adiestrado lo bastante para que se pudiera montar.

Entré en tratos con el cazador; le di a cambio mi cuadrúpedo cansado, pero siempre de más valor que el «mustang», todavía medio salvaje. Añadí cuatro saquitos de oro; el arreglo nos convino a los dos, y sus ojos brillaban de placer.

—Permítame que le dé un consejo —dijo el cazador cuando puse el oro en su mano, morena y dura—. Mantenga los ojos muy abiertos durante el camino, y no permita que esos malditos indios le atrapen. Hay señales que indican que andan cerca. Allá abajo, cerca del arroyo, he visto las huellas de un mocasín. Los indios no vienen jamás por este lado con buenas intenciones. No olvide lo que le digo; desconfíe de los «utalisis» y de los «shoshones», que son aún peores; en cuanto a los «ashoshomes», Dios le ayude, coronel, si le pillan solo. Esos son los indios, ya lo sabe usted.

—Estaría más tranquilo si tuviese usted un buen rifle, con el cañón rayado, sobre el hombro, señor —me dijo otro, mientras yo montaba a caballo —; un rifle es muy útil. No hay nada que los indios teman tanto como un buen rifle de cinco pies de largo.

Me despedí de aquellos nuevos amigos que me desearon cordialmente un buen viaje, aunque les pareciese imposible que un hombre sin experiencia pudiera cruzar solo aquel desierto. Mi caballo marchaba bien; la tierra se volvía más seca y la hierba no era tan alta. No se encontraban tantos valles empantanados ni tantos arroyos caudalosos. No tuve ningún nuevo encuentro, ni ninguna aventura, si se exceptúa una vez que mi caballo metió una pata en un agujero y rodamos los dos por el suelo; pero no nos lastimamos ni el uno ni el otro; afortunadamente tenía la brida muy fuerte, y a esto se debió que no perdiese mi montura.

Creía ver a cada instante algo que aparecía en el horizonte. Ignoraba si se trataría de indios, de búfalos, o de potros salvajes. Tras haber recorrido muchas millas, llegué a un sitio donde el camino daba una vuelta brusca, sobre una larga extensión de terreno cortado por un arroyo bastante grande y sombreado por bosques de altos algodoneros. Allí encontré huellas de los cascos de un caballo que debía haber pasado poco antes, porque la hierba pisoteada aún no se había enderezado. Oí un crujido y después unas salvas… Eran detonaciones de rifles y resonaban en el bosque; ruido mezclado con gritos en los que se distinguía la voz terrible de los pieles rojas; gritos de guerra y de sangre. Me lancé entre los árboles y allí vi al pobre Shem,

Página 85

ensangrentado, sobre la silla, rodeado de un grupo de seis o siete indios, todos a caballo, y con sus horribles penachos. La cantidad de sangre que Grindrod perdía le hizo desvanecerse. Pero se había portado valerosamente, a pesar de que tenía tres flechas clavadas en el cuerpo. Un salvaje estaba tendido a sus pies, en la agonía de la muerte. Mi llegada cambió el aspecto del combate. Dos disparos de mi revólver echaron a tierra a un bárbaro pintado de ocre amarillo que se lanzaba contra Shem, armado de un «tomahawk». Esto fue suficiente para derrotarlos y ponerlos en precipitada fuga porque, sin duda, me tomaron por la avanzadilla de alguna partida de cazadores. Huyeron a gran velocidad a través de la llanura.

Llegué a tiempo para impedir que Shem cayera al suelo. Le bajé con cuidado de la silla, mientras él murmuraba con voz débil.

—Gracias, señor; a usted le debo mi cabellera.

Quiso continuar hablando, pero la voz le falló, y se desvaneció en mis brazos.

Tenía una manta, un saco y una botella de metal suspendidos del arzón de la montura; destapé la botella y vertí unas gotas de licor en su boca; después, con ayuda de mi corbata y del pañuelo, probé a vendarle las heridas, tras de haber intentado vanamente extraerle las flechas. Dos de sus heridas eran poco profundas y más dolorosas que graves. Pero la tercera era definitiva, pues la flecha había penetrado en el costado, aunque la hemorragia pasara inadvertida en comparación de los torrentes de sangre que salían de las otras.

Pronto el llanero se repuso lo suficiente para abrir los ojos. Me conmovió la expresión de agradecimiento que leí en su mirada. ¡Pobre muchacho! ¡Sin duda había recibido muy pocos testimonios de bondad en su vida vagabunda!

—¿Sufre usted mucho? —le pregunté—. Beba un poco de este licor y le dará fuerzas para que sigamos hasta el fuerte.

—Señor, de todas maneras le doy las más sinceras gracias; pero todo será inútil —contestó Shem después de haber bebido un poco de whisky—. No tengo ya remedio. Un hombre que se ha batido en los combates de la frontera desde el día en que pudo sostener un rifle, no tiene necesidad de que un médico le diga si va a morir. ¡Oh, no! Yo no pido eso. No puedo hacerme ilusiones.

Shem tenía razón. Su rostro acusaba un cambio terrible y estaba pálido como la muerte. Sus labios se movían convulsivamente. Sus ojos habían adquirido aquella mirada extrañamente encendida, aquel brillo agitado y aquella expresión que parece implorar y que no se nota más que en los que

Página 86

están próximos a morir. Intenté detener la sangre que le manaba del brazo y le supliqué que no se desanimase.

—No vale la pena de que se moleste usted hablando, señor —dijo Shem respirando con dificultad—; ya veo que la muerte me llama; he sentido el dolor frío y punzante que ha seguido a esta maldita herida. Me estoy desangrando por dentro y esto significa el fin; todos los médicos de todos los países iban a serme tan útiles como los mejores cirujanos del Paraná. Pero usted, señor, ha privado a esos malditos perros de mi cabellera; la querían para bailarla alrededor en su maldita aldea. ¡Dios mío, cómo se burlarán sus mujeres cuando vean que vuelven con las manos vacías!

La respiración le faltó y tuvo que hacer grandes esfuerzos para continuar. —¡Está bien! ¡La desgracia de unos es la dicha para otros! Escúcheme, señor, va a tener usted lo que yo no podría darle ni por amistad ni por dinero; tome la valija de la correspondencia, siga hasta la estación y entréguela a aquellas gentes, diciéndoles lo que ha ocurrido. Vendrán en seguida y quizá me entierren antes de que los lobos se coman mi cadáver; otro correo ocupará mi puesto; dígales también que mi deseo al morir era que le diesen un caballo en cada estación y que le permitiesen que siguiera usted su camino con el correo. La compañía no se disgustará por esta violación de la regla, en vista

de que ha salvado la valija; esto sin hablar de mi cabellera.

No podía continuar. Me sentí emocionado al pensar que aquella criatura moribunda tenía tan poco egoísmo como para preocuparse de mí, que aquel hombre medio salvaje y sin educación trataba de que mi viaje fuese rápido y seguro, mientras que su respiración se hacía cada vez más difícil y le temblaban los blancos labios. Le di algunas gotas de whisky, rogándole que me dijese si deseaba que comunicase su última voluntad o sus últimos deseos a algún amigo o a algún pariente.

—Hay una joven que vive en la ciudad de Hampton —dijo Shem con voz casi ininteligible—; la hija de un traficante en mulas; Ruth. ¡Oh! Es una lástima que se aplazase la boda, porque la compañía concede pensiones a las viudas de sus empleados. El padre de Ruth ha tenido desgracias en el comercio, y no le hubiera ido mal recibir unos cuantos dólares cada año.

Le pregunté el nombre de su prometida asegurándole que la casa Spalding y Haussermann haría todo cuanto fuera posible por ella, en el caso de que el servicio que me iba a prestar me ayudase a cumplir mi misión.

—Se llama Ruth Moss —respondió con voz débil— y creo que era una flor demasiado delicada para un salvaje como yo. Asiste a la iglesia regularmente y escribe muy bien.

Página 87

Después me rogó que enviase a Ruth cierto lazo que no recuerdo si había recibido de ella como prueba de cariño o si él se lo había quitado.

Sea lo que sea, en uno de sus bolsillos encontré el lazo, envuelto con exquisito cuidado. Pero una mancha de sangre había ensuciado la seda azul: la flecha estuvo a punto de rasgar aquel símbolo de amor. Shem me rogó también que me acordase de él al pasar por la estación de Bound-Poud, entre Fort Bridge y Red-Crech, y me suplicó que le dijese a su anciano padre, Amos Grindrod, que había muerto como un hombre.

—Me temo que éste sea un golpe mortal para el viejo —murmuró el llanero, cuyos ojos semicerrados se velaban—, pero estará contento de saber que no me han arrancado los cabellos. Dígale que he sido muerto por un grupo de «shoshomies» de Búfalo Rabioso. ¡El chacal! ¡Las veces que le he invitado a beber! Sin embargo me odiaba. ¡Ahora debe de sentirse satisfecho, pero que se guarde de ponerse al alcance del rifle de Amos Grindrod!

A Shem le preocupaba saber si el indio contra quien yo había disparado estaba muerto y cuál era la divisa pintada en su cuerpo. Cuando le describí el ocre amarillo, listado de blanco, me dijo que debía tratarse del pequeño Nebau, uno de los mejores tiradores de Búfalo Rabioso. El otro indio estaba pintado de rojo y de negro y los dos eran cadáveres.

Después, Shem me preguntó con timidez si tendría la bondad de recitarle «un poco de las Sagradas Escrituras». Me dijo que no había ido con frecuencia a la iglesia, pero que Ruth era piadosa y su madre tenía sentimientos muy cristianos. Me arrodillé a su lado y le incorporé la cabeza mientras pronunciaba en alta voz una oración sencilla y corta, como las que se enseñan a los niños. Oí la voz ronca del moribundo que repetía las palabras una o dos veces. De pronto le sobrevino un fuerte estremecimiento. ¡Pobre Shem! Falleció antes de terminar su oración.

Una hora más tarde me dirigí a la estación, montado en mi caballo y conduciendo el de Shem por la brida.

—¡Ah! ¡Deténgase! ¡Deténgase! O le pego un tiro tan cierto como me llamo Brudshard —gritó una voz severa.

Por una tronera del fuerte solitario vi el largo cañón de un rifle, que me apuntaba, y obedecí.

—¡Trae uno de nuestros caballos! —exclamó una segunda voz—: Debe haberlo robado; ¿quién es usted?

—Soy un amigo —exclamé—, un viajero. Déjenme entrar y lo explicaré todo.

Página 88

Uno de ellos comprendió que decía la verdad. Otro insinuó que podía ser yo un proscrito o un indio blanco[33], y que quizá deseara que se abriese la puerta de la fortaleza para dar entrada a los pieles rojas. Otro opinó que lo más prudente sería disparar contra mí. En América es la mayoría la que gana, y la mayoría decidió que debían admitirme. Todos tuvieron una gran sorpresa y un dolor sincero cuando les conté la muerte de su compañero.

Tres hombres recogieron en seguida sus rudos utensilios y suspendieron de sus hombros los largos rifles. Se prepararon para dirigirse al lugar en que quedara el cadáver del infortunado joven, con objeto de enterrar sus restos según las costumbres de la frontera; con gran instinto de la disciplina, alguien se apresuró a ensillar su caballo con la intención de llevar a su destino la valija de la que el pobre Shem no se había desprendido más que con la vida. De todo el grupo, el correo era el más afectado. Hubiera preferido ser de los que iban a enterrar los restos de su antiguo camarada, pero esto le era imposible; él estaba de turno, decía con los ojos llenos de lágrimas, y tenía que cumplir con su deber. Se preparaba tan de prisa como le era posible.

Aventuré mi petición. Con aire tímido y torpe, les rogué que me dieran autorización para conseguir un caballo en cada estación, y les hice saber, con tanta modestia como fue posible, que había sido yo el que había salvado la correspondencia. Los hombres quedaron embarazados y me observaban minuciosamente; después reflexionaron sobre mi demanda. El que me había tomado por un renegado blanco me examinó de nuevo y dijo bruscamente:

—¿Cómo podemos saber que no nos ha largado una serie de embustes? ¡Tal vez fue él quien mató a Shem para procurarse otra montura!

—¡Cállate! —dijo una voz de trueno, llena de indignación. Era la voz del correo que iba a llevar la correspondencia.

—Debería darte vergüenza ese lenguaje; aquí tienes a un hombre que es tan honrado como el primero, que se ha batido al lado del pobre Shem, que ha salvado su cráneo, que nos ha traído la valija de la correspondencia y aún te atreves a insultarle con tu sucia lengua. Fíjate en su caballo, no está cansado; además, nos trae el de Shem y tienes el valor de decir que ha asesinado a un cristiano blanco. ¡Eso es vergonzoso!

—Sí, sí, es vergonzoso —gritaron los otros dos—. ¿Has visto a algún maldito renegado que mirase frente a frente a un hombre, con aire atrevido y leal? Este señor es honrado, y si alguna vez tiene necesidad de amigos en un rudo combate, nosotros seremos sus hombres.

Los tres me dieron un cordial apretón de manos. Había que aprovecharse de la ocasión; por consiguiente, hice un llamamiento enérgico pidiéndoles que

Página 89

me proporcionasen caballos y les afirmé que toda mi dicha, mi porvenir y el de muchas personas dependían de la rapidez de mi viaje. Me escucharon con benevolencia; pero cuando terminé con estas palabras: «Shem también lo ha deseado así a la hora de su muerte, y me ha rogado que os lo dijese», quedó todo solucionado. Mi enemigo murmuró algo de lo que solamente pude distinguir la frase «bonitas palabras»; después habló de la violación del reglamento. Pero el correo le interrumpió afirmando ante todos que si la compañía se quejaba de esta infracción después de los servicios prestados por el forastero demostraría ser una administración abominable y él, por su parte, no la serviría más.

—Venga —añadió—, venga usted, señor; voy a darle un caballo; ya ha perdido bastante tiempo y es preciso que lo recupere. Venga conmigo a la cuadra y elija el que más le guste. Aquí tiene usted un «mustang», al cual su silla le irá como una segunda piel. Pídale a Jonás que le proporcione pan, porque le aseguro que no encontrará muchos hoteles. Cargue su revólver, coronel; tome una botella de whisky. Tenga cuidado con ese potro, señor, porque muerde un poco. Nosotros le guardaremos el suyo hasta su regreso, si es que vuelve por aquí. Hasta la vista, amigo.

El correo, impaciente, terminó sus preparativos y se lanzó sobre la silla, hizo un molinete con su rifle y partió a todo galope. Yo le seguí tan aprisa como me fue posible, despidiéndome de los que se quedaban y de los que estaban a punto de partir para el sitio donde el pobre Shem quedó tendido junto a sus enemigos color de cobre. El «mustang» mosqueado de gris era grueso y perezoso, comparado con el nervioso «pony» que montaba mi guía. Tardé bastante en alcanzarlo. Avanzábamos con una rapidez extraordinaria.

—Haga usted marchar de prisa a su caballo, coronel —gritaba el correo —; llevamos mucho retraso. No le amenace usted; dele con la espuela, porque ese animal es muy atrevido. Tenga cuidado con esas tierras pantanosas donde crecen esos juncos. Si su caballo pisara ese terreno, se hundiría hasta el cuello y usted se quedaría ahí. Adelante, señor, atraviese usted ese arroyo; ya sé que un caballo del Paraná no puede saltar como uno de los Estados Unidos, pero no importa.

Me pareció que Dennis gritaba y ponía su montura al galope para calmar sus excitados nervios. Me convencí de que así era porque, después de haber cabalgado juntos a la mayor velocidad posible durante seis o siete millas, el correo dejó su potro a un paso constante y moderado.

—Bien, señor —dijo—, ahora podemos ir más despacio, me he tranquilizado un poco. Quizá no me crea, coronel, pero he estado a punto de

Página 90

hacer una tontería. Verdad es que conocía al pobre Shem desde hace mucho tiempo. No éramos más altos que las coles y ya jugábamos juntos en la aldea de Pegwotte, cerca de Utaca, en el viejo Kentucky.

Bluck decidió que debíamos dirigirnos hacia el Oeste, y eligió él mismo la dirección.

—Bien tristes son las noticias que hemos de darle al viejo Amos. Es muy anciano pero bastante fuerte, y ahora está en Bound-Poud, para hacer el comercio de pieles. Preferiría que fuese otro el que tuviera que comunicárselo.

El correo se quedó silencioso durante algún tiempo, y no habló más que cuando yo hice un elogio bien merecido del valor de Shem. Le dije que le había encontrado rodeado de siete indios. Los ojos del hombre de la frontera brillaron con una mirada llena de altivez.

—Era un muchacho valeroso, señor; yo presencié su primer combate. Ocurrió al mediodía. También tenía a los indios por enemigos; tres contra uno. Puedo decir que aquello no fue un juego de niños, señor.

El correo abrió su ancho pecho, las narices se le dilataron y sus labios enrojecieron cuando se acordó del terrible encuentro.

Dennis era mucho más fuerte que Shem; alegre y menos ligero, pero no faltaba en su carácter cierta poesía ruda y franca. Me dijo que conocía a la prometida de Shem; que era una muchacha muy bonita y que era difícil encontrar una joven semejante en la frontera, donde todas tenían aire de gato salvaje.

Quizá su dulzura y su piedad habían conmovido a Shem. Bluck hablaba con sentimiento y con una profunda convicción del disgusto que esperaba al anciano Amos Grindrod, que era un cazador de mucha fama, por su habilidad y por su valor tanto en la guerra y en la caza.

—Estas noticias acortarán los días del viejo, señor; pero menos mal que no vive la madre, porque adoraba de tal modo a Shem, que solamente con que tuviese mal en un dedo, temblaba como una gallina a la que van a quitar sus polluelos. Era una buena mujer, y cuidó a mi madre cuando ésta estuvo enferma de las fiebres.

El honrado Dennis tenía demasiada delicadeza instintiva para demostrar la menor curiosidad por el objeto de mi viaje; tanto en esto, como en otras muchas cosas, tenía bastante más tacto que muchas personas que se visten elegantemente y llevan botas lustradas. No obstante, me dio varios buenos consejos:

Página 91

—Sobre todo vaya usted tranquilo —decía—, no se atormente, coronel; tiene usted demasiado calor en las mejillas; cuando le he estrechado las manos, ardían como un pedazo de tela quemada. Me parece que hace bien al no beber whisky, aunque para mí sea un consuelo. Pero si tuviera usted un acceso de fiebre, iba a retrasarle mucho: no se atormente, pues. Duerma tanto como sea posible. En cuanto a los indios, no es muy probable que ataquen a dos hombres blancos cuando se den cuenta de que no somos más que dos corderillos a los que pueden cazar al lazo. Con las caravanas de emigrantes es ya otra cosa, porque a los demonios rojos les gusta mucho el botín, y no son los soldados quienes pueden evitarlo. El rencor es lo que ha hecho que Búfalo Rabioso atacara al pobre Shem, porque éste le dio un latigazo un día en el fuerte Bridgow, cuando el indio estaba borracho con el whisky que algunos traficantes sin escrúpulos le habían vendido. Esos indios no perdonan jamás. Guárdese usted de ellos, señor, sobre todo cuando llegue el paso de las montañas. Los indios que van pintados de negro sólo buscan los caballos y las ropas, pero los otros quieren además las cabelleras.

Recibía los buenos consejos de mi compañero, procurando continuar el viaje con tanta sangre fría como me era posible. Descansaba cada vez que cambiábamos de caballo, aunque la verdad es que en esto no invertíamos más de cinco minutos. Parece imposible el efecto benéfico que sobre mí hacía un sueño de cinco minutos. Más de una vez mi compañero me dijo:

—Coronel, le va venciendo el cansancio; cierre los ojos si quiere y deme las riendas; yo conduciré los dos caballos.

A decir verdad, aquella silla amplia convenía admirablemente a un jinete que se encontraba en mi estado. Una vez me dormí profundamente. Al despertarme me sentí sostenido por el fuerte y potente brazo de mi conductor, que galopaba a mi lado desde hacía mucho tiempo y que llevaba las dos bridas con la mano izquierda.

—Le he dejado que durmiese, coronel —me dijo—, porque imagino que esto le repondrá un poco.

En la pradera, como en todos los sitios, he comprobado que los buenos sentimientos eran la regla y los malos la excepción. Pero las fatigas resultaban mayores de todo lo que puede imaginarse.

Continuamos nuestro camino, de día y de noche, unas veces bajo el sol ardiente y otras con un viento helado del Norte. Cruzamos arroyos, pantanos o llanuras interminables. Vastas extensiones de matorrales, horizontes azules, colinas y peñascos pasaban volando por nuestro lado. Galopábamos siempre, y llegamos por fin a un sitio donde la hierba larga había sido sustituida por

Página 92

otra, corta y dura; la hierba que tanto gusta a los bisontes. El agua era cada vez más escasa y las plantas salvajes sustituían a los floridos arbustos de los primeros días. De vez en cuando, los cascos de nuestros caballos se hundían en una tierra blanca, cubierta por una capa de sal cristalizada que relucía bajo los rayos del sol. Vimos pocos indios y menos caza aún. Esta última había sido ahuyentada por las continuas caravanas de emigrantes.

Me es imposible dar una idea justa de aquel interminable viaje, del estado de mis miembros, de mis dolores, de mis músculos rígidos. Aún podría menos hacer comprender cuánto sufrí por la tensión continua de mi espíritu, que me fatigaba el cerebro tanto como el cansancio del cuerpo.

No olvidaré nunca la tarde en que llegamos a Salt-Lake City, la capital del territorio de Utah y la nueva Jerusalén de los mormones. Desde allí tenía que dirigirme a las regiones más civilizadas.

Con gran sorpresa mía, advertí que el personal de la estación del correo de Salt-Lake City era mucho más desconfiado y rudo que todos los que había visto en las anteriores. Eran gentiles[34] en medio de una población fanática, dominada por aquella extraña creencia cuyo estandarte ha sido enarbolado en las soledades del Oeste.

No tardé mucho en saber el motivo de su aire receloso.

—¿Dónde está Jack Hudson? —preguntó Dennis tan pronto se cambiaron los primeros saludos.

—¿Quién lo sabe? —respondió el hombre a quien se había dirigido—. Yo no sé nada. Seth me ha dicho que se fue a la ciudad. Si esto es así, no ha vuelto aún: esto es todo lo que sé.

—¿Cuándo se marchó, Seth? —preguntó el correo.

—Pues hará cosa de dos días —respondió el aludido sin dejar de picar tabaco con un cuchillo—, antes de la puesta del sol.

—Estoy seguro de que no ha desertado: Jack es demasiado leal para hacer una cosa así —opinó el correo en tono desconfiado.

—¡Desertado! ¡Oh, no! Pero hay algo que debe hacerse constar, y es que no ha vuelto.

El correo contempló fijamente el rostro de Seth con una mirada significativa y levantó lentamente el índice. Seth hizo un signo de asentimiento.

—Cuanto menos se diga de esto, mejor —añadió observándome, intranquilo.

—¡Bah! El coronel no dirá nada; puedes hablar delante de él como delante de mí —exclamó el correo—. ¿Crees que en todo eso tienen algo que ver los

Página 93

sanguinarios mormones?

—¡Chist! ¡Chist! Nos cortarán el cuello a todos —advirtió el hombre de más edad, que se mostraba muy alarmado—. Quizá nos oiga alguno de esos bribones.

Miró por la ventana y hacia la puerta, para cerciorarse de que nadie le estaba escuchando.

—Lo había olvidado —se excusó Seth—, pero dime todo lo que sepas de Jack Hudson. Me temo —añadió en voz muy baja— que se haya ido para siempre. Estaba muy inquieto por su hermana Nelly Hudson, que se había unido a los mormones el invierno pasado, en Illinois, de donde aún no ha vuelto.

—¡Vaya! ¡Vaya! —dijo el correo—, yo también lo he oído decir.

—Esto es lo que yo creo —continuó Seth—. Jack habrá conseguido que lo destinen a una estación desde donde le sea más fácil buscar a su hermana y devolverla a su religión y a su casa. Ya podéis suponer que los mormones no se habrán conformado.

—Lo temo también —convino Dennis.

—De modo que Seth y yo opinamos —siguió el más viejo del grupo— que Jack ha dado un mal paso, y que a estas horas será un «shanssip».

—¡«Shanssip»! —repetí yo—, ¿y qué es eso?

El hombre me miró sorprendido.

—¡Cómo! ¿No ha oído usted hablar nunca de «shanssip», forastero?

Tanto peor para usted. ¿Tampoco ha oído hablar de los «damstes»?

Era cierto; tenía algunas vagas referencias de aquella policía secreta del país de los mormones, de aquellos feroces fanáticos que tan ciegamente obedecían a su profeta.

—Vamos; así tiene usted razón al creer que su camarada…

—Reposa bajo la bóveda salada de uno de esos lagos que hay por aquí cerca, y no estará solo. Faltan muchas personas que jamás han vuelto a California. Seguirán allí hasta el día del Juicio, cuando el lago Salado devuelva a sus muertos.

Pregunté yo si no podría hacerse un llamamiento a los jefes mormones. —Sería inútil, coronel; suponga usted que mañana voy a casa de

Brigham[35] o de Kimball, o de otro cualquiera de sus grandes hombres, ancianos, ángeles, sacerdotes o lo que sea, y le preguntó: «¿Jack Hudson?». Brigham habla muy bien y acabaría marcándome; y quizás algún otro me obsequiara con un vaso de whisky que me produciría la muerte. Tanto es así, que no me extrañaría nada que el recaudador de contribuciones que mandó el

Página 94

gobierno hubiese muerto de este modo, después de tomar un refresco en casa del ángel de Badger. Créame usted, una cosa así es peligrosa y muy expuesta.

Eso es tan verdad como que hemos de morir. La semana última, al pasar por delante del gran lago, vi el rostro inmóvil de una mujer muerta en el fondo.

Seth parecía muy inquieto durante este discurso. Se levantó bruscamente, maldiciendo en voz baja, y abrió la puerta con precaución para saber si alguien había estado escuchando.

—Yo creo —dijo— que haríamos mejor en no hablar de estas cosas. Estamos fuera de la protección del gobierno. Los mormones son muy astutos y se diría que tienen oídos en todas partes. Si tuviesen una ligera idea de lo que estamos diciendo, el coronel no vería jamás Nueva York y yo no volvería a mi casa de Montgomery.

A mí no me preocupaba, después de una interminable carrera a la luz de la luna, encontrarme al despuntar el día cerca de los límites de los mormones. El resto del viaje transcurrió con escasos incidentes. Las fatigas eran las mismas, pero ya no había peligro. Atravesamos un camino sembrado por blanqueados huesos de caballos y mulas; aquí y allá, los pequeños montículos de turba marcaban el último sitio en que había comido un emigrante con su mujer y sus hijos, destinados a no llegar jamás a la tierra de promisión. Los víveres abundaban mucho más. Se encontraba agua con mayor facilidad que cuando los expulsados mormones emprendieron su famosa marcha a través del desierto, que llenaron de tumbas. Estuvimos a punto de ser enterrados por la nieve al cruzar las Montañas Rocosas, pero éste fue el último riesgo.

Ya habíamos cumplido el deber de comunicar al anciano Amos la muerte de su hijo y de entregarle el trozo de cinta manchado de sangre, para que lo devolviera a su prometida. El anciano intentó recibir aquella terrible noticia con el estoicismo de los indios entre los que había pasado la mayor parte de su vida. Y expresó viva alegría al oír que Shem había muerto como un hombre de Kentucky debe morir: con gran valor. Pero algunos momentos después, su naturaleza fue vencida. Las facciones del anciano se transformaron, las lágrimas corrieron por sus rugosas mejillas, mientras decía sollozando:

—¡Shem, mi querido hijo Shem! ¡Yo era quien debía morir, y no tú!

El viaje agotador había concluido, y pronto aparecieron los tejados de una villa. Descabalgué alegremente, y estreché con júbilo las callosas manos del correo de la Compañía Pony Express, dejándole muy preocupado al examinar los cabalísticos signos de un billete de diez dólares que le entregué. Alquilé

Página 95

un coche de dos caballos y partí inmediatamente. Bien pronto lo cambié por otro mejor, que me prestó muy buenos servicios, hasta oír los relinchos de ese buen potro de vapor: la locomotora. Tomé el billete para el tren. ¡Qué lujo, qué delicia viajar así después de un largo recorrido sobre la silla! Dormí de tal manera que desperté la curiosidad de más de un viajero acerca de mis negocios y posición.

Había enviado un telegrama a Nueva York. «¿Vapor “Californian”, ha llegado ya?» La respuesta fue más breve aún: «No.»

Me sentí muy animado.

Mis fatigas no habían sido vanas; podía esperar encontrarme en Nueva York antes que el doctor. Pero no por esto estaba ganada la partida. Aún me faltaban los papeles, los documentos.

El tren se detuvo y oí decir:

—Marsha ¿saltamos aquí? ¿Esto es Nueva York, marsha? Alguien me cogió del brazo, mientras otro mantenía un farol delante de mi cara; eran un criado y el revisor del tren.

—Voy al Metropolitan Hotel —les dije—; necesito un coche, pero no tengo equipaje. ¿Saben si ha llegado el vapor «Californian»?

—Sí, señor, ha llegado —dijo un vendedor de periódicos—, aquí traigo todas las noticias. Tengo The Tribune y The Times.

Compré un periódico y busqué en seguida la lista de viajeros desembarcados: tanto en polvo de oro, tanto en lingotes, un distinguido visitante europeo, el director de una compañía minera, la señora Constantini, los coroneles Joram Nechlow, etc.

El conductor del coche era, como de costumbre, un irlandés y, afortunadamente, podía confiar en él. A aquellas horas todo estaba cerrado. Me condujo al almacén de un judío que se dedicaba al comercio de ropas. Adquirí trajes nuevos, camisas, una maleta, me corté la barba y el cabello. De tal modo me transformé, que el cochero conducía al Metropolitan Hotel a un caballero distinguido y limpio en lugar del californiano con camisa de franela sucia que antes le había alquilado.

Al llegar al hotel pedí cortésmente al dueño que me dejase ver la lista de viajeros antes de alquilar una habitación. El nombre de Nechlow estaba inscrito en el libro.

Tenía el presentimiento de que se alojaría en aquel hotel, porque se lo había oído elogiar muchas veces.

Página 96

Subí las escaleras lentamente.

Después me retiré para reflexionar lo que debía hacer, y confieso que me sentía confuso.

Nechlow, sin duda, se dirigiría al banco a la mañana siguiente para presentar el falso bono y quizá para ingresar los billetes. Tenía que impedirlo; pero ¿cómo? ¿Debía dirigirme a la policía y pedir su ayuda? No, no era esto lo que me habían encargado; además, nada iba a conseguir. Nechlow disponía de medios para presentarse como inocente, y a mí me tomarían por un falso acusador. Después pensé en ponerme frente a él resueltamente y obligarle a que me devolviese lo que era propiedad de la casa, con una pistola si era preciso. Pero éste era un medio demasiado violento para adoptarlo en uno de los mejores hoteles de Nueva York. No sabía qué hacer.

¡Dios mío, cómo olía a quemado! ¡El aire era sofocante, denso! ¡Todo lo invadía el humo! ¡El fuego había hecho presa en la casa!

Salté de la cama y me vestí apresuradamente. «Muchas veces la desgracia de unos es la dicha para otros.» Cuando tocaban las campanas para advertir a los viajeros, yo pensé en Joram Nechlow.

—¡Fuego! ¡Fuego!

Esta terrible palabra despertó a todos los que dormían. Nubes de humo negro invadieron rápidamente los corredores, junto con lenguas de fuego, semejantes a serpientes de plata. Se oían lamentos y se abrían las puertas con violencia. Hombres, mujeres, niños, a medio vestir, salieron a toda prisa de sus habitaciones, lanzando gritos horribles. Todos huían, menos yo. Mi único pensamiento era encontrar la habitación de Joram, de la que conocía la disposición y el número. Sabía que estaba exponiendo mi vida, pero la recompensa merecía aquel riesgo. Estaba casi ahogado por el humo, pero continué mi camino. De pronto, alguien que iba medio vestido tropezó conmigo. Aquel hombre lanzó un grosero juramento. Era Joram Nechlow. No me reconoció y se lanzó hacia delante, no pensando más que en salvarse. ¿Llevaría sus papeles? Me pareció que no. Estaba casi seguro de que no los llevaba encima. Continuaban, pues, en su habitación, cuya puerta entreabierta casi no me dejaba ver el humo. Seguí hacia delante. El aire enrarecido me hacía llorar y la respiración resultaba difícil. Pero nada hubiera podido detenerme. Las ropas y el escritorio estaban en el mismo sitio en que Nechlow los dejara. La caja, aparecía abierta, pero no contenía ningún papel. En la maleta tampoco estaban. ¡Me había arriesgado inútilmente! ¡Emma no sería mi esposa! El humo me ahogaba y el fuego, que ya calentaba de un

Página 97

modo insoportable, había llegado hasta la cama. Las cortinas iban desapareciendo en medio de grandes llamas amarillentas. Las lenguas sutiles del incendio casi me rodeaban; debía huir o perecer.

Oía, en la calle, el ruido de las bombas de incendio y las exclamaciones de la multitud; después, el estruendo del agua arrojada con violencia contra la casa, mientras se hacían esfuerzos prodigiosos para extinguir el fuego.

Salía vacilante, cuando vi una cartera de piel de Rusia medio abierta; en su terror, Joram la había abandonado. Las cortinas inflamadas cayeron sobre mí en fragmentos; mis manos estaban llenas de quemaduras, pero logré apoderarme del objeto precioso y lo abrí.

¡Sí! Los bonos y los billetes estaban allí; los deposité en mi bolsillo. Abandoné la habitación y conseguí retroceder lo avanzado, luchando contra el fuego del corredor; el agua había debilitado hasta cierto punto las llamas, y los bomberos tenían la seguridad de extinguir el incendio en poco tiempo.

Casi asfixiado, quemado, pero con el corazón palpitante de orgullo, bajé las escaleras llenas de humo y de gente. Al llegar a la calle, me desmayé.

………………

Ya nada más tengo que contar. Soy uno de los socios de la empresa. Emma es mi mujer y su hermano se ha regenerado por completo, pero vive en otro país. La casa Spalding, Haussermann y Cía., concedió una pensión a la pobre muchacha que debía casarse con Shem.

Página 98

LA HISTORIA DEL «CORONER»

WILLIAM A. BAILLIE-GROHAM

L A verdad es —iba diciendo el viejo Dr. Potts, coroner[36] de Los Ángeles, a su amigo el juez Van Snyder, mientras recorrían el depósito de cadáveres—, la verdad es que los coroners de San Francisco no saben en

realidad cómo llevar su negocio y sacarle todo el partido posible; no saben cómo hacerlo medrar, por así decirlo.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el juez, un poco asustado.

—Que no saben sacarle a un cadáver todo el dinero que puede extraerse de él. Digamos que no saben llevar el asunto científicamente. Nosotros hacemos esas cosas muchísimo mejor.

—¿Sí, eh?

—Sí. Por ejemplo, hace unos meses, murió aquí un chino, a fuerza de fumar opio; el caso ocurrió en los suburbios y, por supuesto, yo llegué allí y formé y tomé juramento a un jurado antes de que el cadáver se quedase frío; y citando testigos y tomando declaraciones y todo eso, al llegar la noche tenía una cuenta contra el condado, por un total de 96,50 dólares.

—Más de lo que valía el chino, diría yo —comentó el juez.

—Espere. Aquella misma noche llevé el cuerpo al laboratorio e hice que me lo embalsamaran y lo dejaran dispuesto para lo que se pudiera terciar. Bueno, tres noches después, hubo una buena pelea en el campamento indio de Digger y yo corté la celestial coleta, entrelacé en el pelo unas cuantas plumas y escondí el cuerpo bajo un arbusto, no muy lejos de allí. Le encontraron en seguida, claro, y salió la información en los periódicos y, como el jurado no pudo ponerse de acuerdo sobre la tribu a que pertenecía el difunto, yo formé otro —casi el doble de honorarios, ¿comprende?— y envié a los periódicos un artículo muy elocuente, porque, como usted sabe, es siempre un buen sistema llevarse bien con los periodistas.

—¿Cuánto sacó?

Página 99

—La especulación iba ya por alrededor de los 240 dólares. Luego esperé hasta que un grupo de emigrantes «dagos»[37] pasó por la ciudad, y al día siguiente encontraron a uno de ellos tirado en medio de la carretera, muerto de una enfermedad del corazón. ¿Comprende usted? Era el mismo cuerpo, con un gran sombrero de fieltro, unas botas raídas y los bolsillos llenos de macarrones. Creo que en aquella ocasión saqué de los contribuyentes unos 170 dólares más. Entonces lo guardé cuidadosamente durante una semana y luego metí el cuerpo en una caja de embalaje, que fue hallada en el departamento de objetos no reclamados, en la estación del ferrocarril. El asunto apareció en los periódicos como «El caso del asesinato misterioso», y las pesquisas duraron diez días. Veamos, creo que, cuando llegamos al final del asunto, la suma subía a 445,50 dólares. ¿Qué le parece?

—Es la cosa más extraordinaria…

—Pero esto no es nada, mi querido amigo, nada. No he llegado todavía a la mitad de lo que vale el chino. Cuando salí de casa, acababa de dejarlo cuidadosamente colgado de las ramas superiores de un árbol, en el bosque que hay a la salida de la población; todo él vestido de negro, con un viejo telescopio en el bolsillo de la chaqueta y unas gruesas gafas verdes colgadas de la nariz. ¿Ha captado ya mi idea, verdad?

—No, en realidad no la he captado.

—Esta vez será un aeronauta, ¿comprende? Expedición científica, de origen desconocido, cae desde un globo aerostático. Todo ello idea mía. Espléndida, ¿no es verdad? El cuerpo está ya un poco pachucho, ya lo sé, pero ¿qué quiere que haga en este endiablado clima de Los Ángeles, tan insano? Y espero enviar el cadáver a la mujer, y las hijas, en París; aunque tenga que telegrafiarles primero para eso. No, amigo mío; puede usted estar seguro de que esos coroners metropolitanos carecen de empuje, de intrepidez, de inventiva.

De mala gana, el doctor dejó de hurgar especulativamente a un difunto y permitió que el juez se lo llevase a beberse unas copas.

Página 100

VACACIONES EN EL BANCO

EDWIN CORLE

T OM Lobo, cuyo verdadero nombre era Zorro Gris, llegó hasta la puerta. La puerta, que, según él tenía sabido, estaba siempre abierta a ciertas

horas, aparecía cerrada. La mente de Tom Lobo, absolutamente falta de imaginación, no vio nada extraño en aquel inesperado cambio en los acontecimientos. Permaneció allí, bajo el sol brillante y no hizo nada. Estaba pensando: «Esta puerta está cerrada, luego no puedo entrar». Fue hasta la acera y allí se quedó, mirando al edificio.

Pensó que era un edificio muy blanco y muy bonito. Pensó que tenía en los cristales unas letras de oro, muy bonitas. Pensó que hacía un día caluroso y bonito. Pensó que le gustaría beberse un vaso de cerveza.

Y así se estuvo Tom Lobo delante del First National Bank de la pequeña ciudad de Coachella, esperando. Varios comerciantes y rancheros pasaron por delante, y algunos hicieron comentarios sobre el banco. Si Tom Lobo se hubiera molestado en escuchar, hubiera oído algunas frases: «Hasta que consigan poner en orden las cosas», «Los cheques no valen un comino», «Roosevelt», «Congreso», «Talegas de dinero», «Abrirán dentro de tres días», «No abrirán en tres meses». Pero él no escuchaba. Estaba pensando que era un edificio muy bonito.

Charley Joe llegó calle abajo. Él y Tom Lobo se dijeron buenos días con la vista, sin dirigirse la palabra uno a otro. Charley Joe fue hasta la puerta del edificio. No se sintió muy sorprendido cuando la halló cerrada; ni siquiera se le ocurrió atisbar lo que pasaba dentro, como hubiera hecho un hombre blanco. Se dirigió hacia donde estaba Tom Lobo. Charley Joe llevaba unos pantalones azules y una camisa gris, sin corbata. Tom Lobo llevaba unos pantalones viejos azul oscuro y una camisa gris, sin corbata. Apenas había diferencia entre ellos, salvo que Tom Lobo llevaba un sombrero blanco y sucio, de la variedad llamada «Panamá», mientras que Charley Joe no llevaba

Página 101

sombrero. Charley Joe sacó una pipa del bolsillo de su camisa y la llenó de tabaco.

—Cerrado —dijo Tom Lobo.

—Mmm —respondió Charley Joe.

Rascó una cerilla y encendió la pipa.

—Buen tabaco —dijo Tom Lobo.

—Mmm —respondió Charley Joe.

Permanecieron en silencio durante unos minutos. Los dos parecían perfectamente cómodos y no hacían el menor esfuerzo para buscar un motivo de conversación. Después de un rato, se hizo evidente para ellos que los hombres blancos que iban al banco volvían muy excitados, al encontrarlo cerrado. Muchos levantaban la voz, hacían preguntas y hablaban muy de prisa.

—¿Por qué el banco cerrado? —preguntó Charley Joe.

—No sé —repuso Tom Lobo.

—A lo mejor John Agua Blanca sabe —dijo Charley Joe.

—A lo mejor —concordó Tom Lobo.

Aquello acabó con la cuestión del banco, por el momento. Después de otro rato de fumar en silencio, dijo Charley Joe:

—Tengo un caballo nuevo.

—¿Y el viejo? —preguntó Tom Lobo.

—Muerto —dijo Charley Joe.

Entonces Ojo Negro, que había estado sentado a la sombra, cerca de la estación de mercancías, avanzó calle abajo. Ojo Negro era un indio muy viejo, con la cara llena de arrugas y el pelo gris. No era tan alto como Charley Joe o Tom Lobo, pero se suponía que era muy inteligente. Los tres hombres se saludaron sin decir ni una palabra. Ojo Negro no fue a la puerta del banco. Solamente miró hacia ella, y a dos rancheros que pasaban por delante y que iban haciendo aspavientos y asegurándose, nerviosamente, a sí mismos, que «todo estaba O. K.». Los rancheros se subieron a un camión «Ford» y arrancaron. Apareció otro hombre blanco. Éste dio unos golpes en la puerta y hasta echó una ojeada por las ventanas.

—Banco no trabaja —comentó Ojo Negro.

—Mmm —convinieron Tom Lobo y Charley Joe.

—Charley Joe tiene caballo nuevo —dijo Tom Lobo.

—Caballo viejo muerto —añadió Charley Joe.

—Mmm —comentó Ojo Negro.

Página 102

Los tres guardaron silencio. Se volvieron y contemplaron la ciudadela del sistema económico de hombre blanco. Los habitantes de la ciudad charlaban en grupos y se afanaban arriba y abajo. Parecían aterrorizados. «The First National Bank of Coachella», decían las letras doradas de las ventanas. La información apenas era necesaria. Aquél era el único banco de Coachella, e incluso de todo el valle de Coachella. Era el único banco en un radio de setenta y cinco millas. Pero los indios no leían el impresionante rótulo, ni tampoco los nombres de los ejecutivos, pintados en la puerta. Sólo estaban mirando al banco, sencillamente.

—¿Por qué el banco cerrado? —preguntó Charley Joe.

—¿Por qué, Ojo Negro? —preguntó Tom Lobo.

—No sé —asintió Ojo Negro.

—Banco tiene dinero. Vi dinero allí, ayer —dijo Tom Lobo.

—Seguro, banco tiene dinero —corroboró Charley Joe—. Puse dinero en

él.

—A lo mejor John Agua Blanca sabe —dijo Ojo Negro.

—A lo mejor —añadió Tom Lobo.

Y así esperaron, mientras la mañana se iba pasando y el sol del desierto se iba haciendo más ardiente y brillante, a medida que se acercaba el mediodía. John Agua Blanca no llegaba. Pero Tony Gee sí llegó. Tony Gee trabajaba en un rancho datilero, o «jardín» datilero, como se les llamaba por allí, no muy lejos de Indio. Tony Gee era un indio próspero, pero no era una autoridad reconocida, como lo era John Agua Blanca. John Agua Blanca había sido amigo del viejo Higuera, John e Higuera; John era el indio más sabio, al estilo del hombre blanco, en todo el desierto del Colorado. Higuera tenía reputación de haber sido uno de los exploradores de Fremont y de haber matado a cinco hombres. Nadie sabía si tal cosa era cierta, ni nadie se preocupaba demasiado de ello, porque Higuera John estaba muerto. Pero su sabiduría le sobrevivió en la persona de John Agua Blanca. Cuando alguien quería saber algo se dirigía a John Agua Blanca. Por eso, John Agua Blanca sabría, naturalmente, por qué estaba cerrado el banco y por qué los rancheros parecían tan excitados. Lo que había que hacer era esperarlo. No obstante, la llegada de Tony Gee, a mediodía, trajo un fragmento de explicación.

Tony Gee llegó a la ciudad conduciendo su «Ford», tan viejo que parecía una carraca. Subió la calle dando bandazos y paró ante la acera. Tony se sentaba muy tieso en su asiento, llevaba el volante con las dos manos y los codos muy separados del cuerpo. Conducía su cacharro con una dignidad ridícula. Lo dejó en el borde de la acera y fue hasta la puerta del banco. Tony

Página 103

Gee llevaba unos pantalones de pana polvorientos, una camisa gris, sin corbata, y un sombrero de paja. Saludó a sus amigos con un gesto y éstos le devolvieron el saludo.

Tony Gee se paró ante la puerta del banco y estudió muy seriamente un letrero que había en la puerta. Ninguno de los otros se había fijado en él.

«El banco cerrado por vacaciones —deletreó—. Hasta el próximo lunes. Por orden del Gobernador.»

Tony Gee meditó sobre el mensaje. Revolvía en su mente el significado del aviso. El gobernador del hombre blanco había dicho que cerraran el banco. Su dinero estaba en el banco. El gobernador había dicho que él no podía tocar su dinero. Vagamente, se preguntaba por qué. No se sentía belicoso, pero sí extrañado. Él había trabajado para el hombre blanco y ganado honradamente su dinero. Le habían dicho que pusiera su dinero en el banco del hombre blanco. Y ahora el gobernador decía que él no podía tocar el dinero que había ganado. Tony Gee no podía comprender aquello. Se volvió hacia los tres hombres de la acera. Los tres le estaban mirando. Él sabía que ellos no sabían leer el letrero.

—El banco cerrado —dijo Tony Gee.

—¿Por qué? —preguntó Tom Lobo.

Tony Gee esperó un largo rato. Quería conseguir verlo claro él mismo, antes de explicárselo a los demás.

—El banco cerrado porque el hombre lo ha dicho.

—¿Qué hombre?

—El hombre grande dice el banco cerrado.

—¿Por qué banco cerrado? —preguntó Ojo Negro.

Tony Gee no estaba acostumbrado a tantas preguntas. Ni tampoco estaba muy seguro del terreno que pisaba. Sentía un poco de miedo, a causa de Ojo Negro.

—Banco cerrado —insistió.

Luego ya no dio más explicaciones, sino que procedió a liar un cigarrillo. Ninguno de los otros tres hombres dijo nada. Un hombre blanco, en el lugar de Tony Gee se habría sentido violento, hubiese dado alguna excusa y se hubiera ido. Pero Tony Gee se refugió en el estoicismo. El banco estaba cerrado. Sus amigos sabían que estaba cerrado. Y él también lo sabía. Y les había dicho que el letrero lo llevaba escrito. Aquello era todo lo que se podía decir sobre el caso. Fumó su cigarrillo en silencio. Los cuatro permanecieron juntos y esperaron.

—John Agua Blanca lo sabe —dijo Tom Lobo al cabo de un rato.

Página 104

—Quizá —repuso Tony Gee.

—En otros tiempos Higuera John lo sabía todo. Ahora John Agua Blanca lo sabe —hizo notar Charley Joe, desarrollando una línea de pensamiento completa, cosa absolutamente inusitada.

—Quizá —repitió Ojo Negro.

John Agua Blanca había estado acampando, durante unos días, cerca de La Quinta. Había estado cortando madera de yuca y trabajando duramente. Llegó a Coachella a las dos de la tarde. Vio al grupo de hombres delante del banco, pero no se preocupó de ellos. Tenía quehacer en la ciudad. Quería comprar una nueva pala y una hacha pequeña para arrancar las matas de muérdago del desierto, que eran parásitas de la yuca. Pero antes que nada tenía que ir al banco para sacar dinero. Era muy rico, tenía casi cien dólares en el banco y se sentía muy orgulloso de ello. Le gustaba ir al banco. Era algo más profundo que mera vanidad; era orgullo y estimación propia. El grupo le observó mientras se acercaba a la puerta y se quedaba parado ante ella. Ni siquiera John Agua Blanca pudo ir más allá.

Leyó el letrero.

«El banco estará cerrado por vacaciones, hasta el próximo lunes, por orden del gobernador.»

Lo leyó varias veces. Aparte de que el banco estaba cerrado, no significaba gran cosa para él. Él quería una pala y una hacha pequeña. Su dinero estaba en el banco y si pudiera entrar, sabía lo que había que hacer para que el cajero le diera dinero. Pero no había ningún cajero dentro. El banco estaba vacío. Su dinero estaba encerrado. Aquello era algo que jamás había ocurrido hasta entonces. Verdaderamente, no lo comprendía.

Pensando profundamente, se dirigió hacia los hombres que le estaban aguardando. No le hicieron ninguna pregunta; respetaban su experiencia y esperaban a que hablase. Él sabía que se esperaba de él que aclarase la cuestión, pero lo primero que tenía que hacer era comprenderla él mismo. Permanecieron todos juntos, en grupo compacto, mirándose y mirando hacia el banco.

—El banco cerrado —empezó John Agua Blanca, como si estuviera revelando al mundo una noticia nueva. Hubo una pausa de expectación. John Agua Blanca no parecía estar dispuesto a hablar más.

—¿Por qué? —preguntó Ojo Negro. Estaba disfrutando, y su pregunta era un poco acusadora. Era el único entre ellos que no tenía dinero en el banco. No tenía dinero en ninguna parte.

—¿Por qué? —repitió.

Página 105

—Banco cerrado, porque gobierno dice cerrado. Gobierno dice cerrado y por eso banco cerrado. Gobernador del gobierno cierra banco porque él puede. Y cierra hasta lunes.

—¿Y por qué cierra el banco? —preguntó Tom Lobo.

John Agua Blanca lo meditó. Había oído hablar, vagamente, de quiebras en los bancos.

—Quizá banco cerrado porque no tiene dinero. No sé. Quizá no hay dinero en el banco.

Tony Gee no estuvo de acuerdo en eso.

—Sí hay dinero en el banco —dijo—. Yo he traído dinero al banco. Tom Lobo ha traído dinero al banco. Charley Joe ha traído dinero al banco. Mucho dinero en el banco.

—Seguro. Mucho dinero en banco —añadió Ojo Negro.

La primera teoría de John Agua Blanca cayó por los suelos. Él no tenía imaginación creadora y por eso se sintió incapaz de formar otra. Todos se callaron y esperaron a que siguiera adelante. John Agua Blanca no se preocupó. Si él no podía contestar una pregunta la culpa era de la pregunta. Se encogió de hombros y repitió, sencillamente:

—Banco cerrado.

Sus amigos se sintieron decepcionados. Esperaban mayor información. Hacía ya más de tres horas que sabían que el banco estaba cerrado. Y todo ese jaleo del gobernador y el gobierno les sonaba a palabrería y nada más. Sin embargo, John Agua Blanca era John Agua Blanca, y si él no podía explicar las cosas mejor, posiblemente era porque no tenían otra explicación. John Agua Blanca había sido amigo de Higuera John, y aquello era bastante para mantener su prestigio. Permanecieron allí, desamparados, esperando nuevas ideas. Contemplaron cómo los rancheros y las gentes de la ciudad se iban poniendo nerviosos y eran presa de pánico, y cómo corrían y se precipitaban de acá para allá, hablando alto y empleando muchas palabras.

John Agua Blanca le estaba dando vueltas en la cabeza al asunto. Se decía que lo razonable era que el banco tuviese dinero, ya que, como sus amigos habían observado, todos ellos tenían dinero en él, excepto Ojo Negro. Por lo tanto el dinero estaba allí. Aquello ya era algo.

Entonces John Agua Blanca fue de lo general a lo particular, a su propio caso. Antes de que pudiera ponerse a trabajar otra vez, necesitaba una pala y una hacha. Aquello era un hecho. Para comprarlas necesitaba el dinero que estaba en el banco. Aquello era otro hecho. Para conseguir el dinero tenía que

Página 106

hacer ciertas transacciones con el banco. Aquél era el hecho básico, del cual dependía todo lo demás. Todo dependía de que abrieran el banco.

Los otros indios seguían líneas de pensamiento similares, pero sus ideas no eran tan claras y ordenadas como las de John Agua Blanca. Suponían que tenía que pasar algo, pero qué era lo que tenía que pasar, eso no lo sabían. Pero con la llegada de John Agua Blanca las cosas llegarían a una crisis. Su opinión siempre sería su opinión.

—¿Qué hacemos, John? —preguntó Ojo Negro, hablando por la mayoría. John Agua Blanca lo consideró. Se puso a pensarlo sin que la expresión de su cara cambiara lo más mínimo. Pensó en la yuca, la pala, el hacha, el dinero y la apertura del banco. Todo dependía de la apertura del banco. La manera de obrar del hombre blanco a veces era un enigma. No había que tener muy en cuenta sus engañosos procedimientos. Aceptación y paciencia era el método de llevarlos que producía menos molestias. El hombre blanco abriría el banco un momento u otro. A lo mejor dentro de una hora, quizás el lunes próximo, o el año próximo. Precisamente en aquel momento muchos hombres blancos y algunas de sus mujeres estaban yendo y viniendo frente a la puerta cerrada del banco. Todos ellos hablaban continuamente. Muchas de las palabras no las entendía John Agua Blanca. Parecían presa de una gran excitación, y gesticulaban y sudaban más de lo que parecía necesario. John Agua Blanca creía que no tenían nada que ver en todo aquello. No tenía idea de lo que estaba pasando en el mundo de los blancos, y la única solución parecía ser una evasiva aceptación a cualquier cosa que el hombre blanco quisiera hacer. Entonces llegó a la conclusión que iba a determinar la política

a seguir.

—Quizás el banco abierto cualquier momento —dijo John Agua Blanca —. Nosotros esperar.

Y por eso los cinco indios se sentaron en la acera, al calor del sol, y esperaron.

Página 107

LA NOVIA LLEGA A YELLOW SKY

STEPHEN CRANE

E L gran expreso avanzaba con tal lentitud en sus movimientos que, mirando por la ventanilla, parecía que era la llanura de Texas la que se iba deslizando hacia el Este. Vastas extensiones de hierba, oscuros espacios

salpicados de cactus, pequeños grupos de casas de madera, bosques de árboles jóvenes y esbeltos, todo corría hacia el Este, hacia más allá del horizonte, hacia el precipicio.

Una pareja de recién casados había tomado el tren en San Antonio. La cara del hombre estaba enrojecida por los días y días pasados bajo el sol y los vientos y, consecuencia directa de su traje nuevo, negro, sus manos se movían constantemente, de la más concienzuda de las maneras. De vez en cuando, dirigía una respetuosa mirada hacia su propia indumentaria. Estaba sentado, con una mano en cada rodilla, como un hombre que esperase turno en la barbería. Sus miradas destinadas a los otros pasajeros eran tímidas y furtivas.

La novia no era demasiado bonita, ni tampoco muy joven. Llevaba un vestido azul cachemira, con pequeños adornos de terciopelo aquí y allá y abundante cantidad de botones de acero. Continuamente movía la cabeza a ambos lados para contemplar sus mangas «puff», muy altas, huecas y tiesas; era evidente que le molestaban. También saltaba a la vista que había guisado muchas veces y que esperaba seguir haciéndolo. El sonrojo producido por el descarado escrutinio a que la sometieron algunos de los viajeros cuando subió al coche, no concordaba con aquel semblante ingenuo de aspecto plácido, casi vacío de toda emoción.

Sin duda se sentían felices.

—¿Nunca habías estado en un coche-salón antes de ahora? —preguntó él sonriendo.

—No, nunca —contestó ella—. Es fantástico ¿verdad?

—Estupendo. Y luego, dentro de un rato, iremos al comedor y nos daremos un banquete. La mejor comida del mundo. Cuesta un dólar.

Página 108

—¿Tanto? —gritó la novia—. ¿Cuesta un dólar? Pero eso es demasiado… para nosotros… ¿verdad, Jack?

—En este viaje no, por lo menos. Vamos a hacer las cosas bien hechas.

Más tarde, él habló de los trenes:

—¿Ves? Hay más de mil millas de un lado a otro de Texas, y este tren corre a lo largo de ellas, sin pararse más que cuatro veces.

Hablaba con el orgullo de un propietario. Le señalaba con el dedo los deslumbradores accesorios del coche; y ella abría los ojos de par en par, al contemplar el terciopelo que parecía de verde césped; el brillo del latón, la plata y los cristales; la madera, que relucía oscura y brillante, como la superficie de un charco de aceite. A cada lado, unas figuras de bronce y, en lugares convenientes, en el techo, había frescos verde y plata.

En la imaginación de los recién casados, todo cuanto les rodeaba reflejaba la gloria de su matrimonio; celebrado aquella mañana en San Antonio. Aquél era el marco de su nuevo estado; y la cara del hombre, en particular, exultaba con un júbilo que le hacía aparecer ridículo ante los ojos del camarero negro. Dicho individuo le contemplaba de vez en cuando, desde lejos, con una divertida mueca de superioridad. En otras ocasiones se burlaba de ellos con tal habilidad que ni se daban cuenta de ser objeto de sus burlas. Astutamente, adoptaba ínfulas de gran señor, de forma insuperable. Resultaba molesto, pero ellos apenas se daban cuenta; y olvidaban rápidamente la cantidad de viajeros que les lanzaban miradas de burlesco placer. Desde siempre, su situación ha producido en la gente una gran diversión.

—Llegaremos a Yellow Sky a las 3,42 —dijo él, mirándola tiernamente a los ojos.

—¿Sí? —dijo ella como si fuera la primera noticia que recibía sobre el asunto.

El demostrar sorpresa a todo cuanto dijera el marido, era lo que consideraba propio de la amabilidad de una esposa. De un bolsillo, sacó un pequeño reloj de plata y lo sostuvo ante sí con gesto de profunda atención; la cara del marido reciente resplandeció.

—Se lo compré a un amigo, en San Antonio —dijo él, alegremente. —Son las doce y cuarto —repuso ella, mirándole con una especie de

coquetería tímida y desmañada.

Un viajero, al observar aquella escena, se sintió sardónico a más no poder y se guiñó el ojo a sí mismo, a través de uno de los numerosos espejos.

Por último, se dirigieron al salón comedor. Dos filas de camareros negros, con resplandecientes uniformes blancos, les recibieron con el interés y

Página 109

también la ecuanimidad de los que ya están advertidos de antemano. Los enamorados se sentaron en la mesa que atendía un camarero que parecía sentir un gran placer en aconsejarles en la elección de la comida. Los contemplaba como una especie de piloto paternal, con la cara radiante de benevolencia. Aquel patrocinio, mezclado con la deferencia habitual, pasó desapercibido para ellos y, sin embargo, cuando volvieron a su coche, llevaban reflejada en la cara una sensación de alivio.

Hacia la izquierda, a millas de distancia, bajo una ladera púrpura, se distinguía la cinta de neblina que marcaba el curso por donde discurría el río Grande. El tren avanzaba en ángulo y, en el vértice estaba Yellow Sky. A medida que la distancia que los separaba de Yellow Sky se iba acortando, el marido se dejaba ganar por una preocupación. Sus manos dejaron de moverse, y en algunas ocasiones incluso parecía distraído y ausente cuando la novia se apoyaba en él y le hablaba. La verdad es que Jack Potter estaba empezando a sentir la sombra de un hondo pesar que le oprimía como una losa de plomo. Él, el jefe de policía de Yellow Sky, un hombre conocido, querido y temido en su rincón, una persona prominente, se había ido a San Antonio para encontrarse con una muchacha a la que creía que amaba y allí, después de las súplicas de rigor, la había inducido a casarse con él, sin consultar con Yellow Sky. Y ahora llevaba a la novia ante una comunidad que era ajena a todo aquel asunto.

Naturalmente, la gente de Yellow Sky se casaba cuándo y cómo quería, de acuerdo con la costumbre general; pero Potter había formado tal opinión sobre su deber para con sus amigos, o sobre lo que ellos creían que era su deber, o sobre un acuerdo tácito entre los hombres en esas cosas, que tenía la sensación de que su conducta había sido vergonzosa. Había cometido un crimen terrible. En San Antonio, a solas con aquella muchacha y espoleado por un violento impulso, había ido más allá de las conveniencias sociales. En San Antonio era un hombre amparado por la oscuridad; prescindir de todos los deberes que impone la amistad resultaba muy fácil en una ciudad lejana. Pero la hora de Yellow Sky —la hora de la claridad— se acercaba.

Sabía muy bien que allí su matrimonio era una cosa muy importante; un acontecimiento al cual sólo podría superar el incendio del nuevo hotel. Sus amigos no se lo perdonarían. Frecuentemente había pensado en la conveniencia de advertirles por telégrafo, pero una especie de cobardía se apoderó de él. Le dio miedo hacerlo. Y ahora el tren le arrastraba corriendo hacia unas escenas de asombro, alegría y reproches. A través de la ventanilla,

Página 110

lanzó una mirada a la masa de neblina que se acercaba lentamente hacia el tren.

En Yellow Sky había una especie de banda de música que tocaba desmañadamente, para delicia de la población. Cuando se acordó de ella se rió sin ganas. Si sus conciudadanos llegaran a sospechar que llegaba él, acompañado de la novia, le irían a esperar a la estación con la banda de música y le escoltarían hasta su casa de adobes, entre gritos, risas y parabienes.

Resolvió que tendría que obrar con rapidez y astucia para engañarlos y llegar a su casa. Una vez a salvo en aquella ciudadela, podía enviar una especie de boletín verbal y no mezclarse entre sus conciudadanos hasta que empezasen a olvidar y amainara un poco la efervescencia del entusiasmo.

La novia le dirigió una mirada ansiosa.

—¿Por qué estás preocupado?

Él volvió a reírse.

—No estoy preocupado, mujer; solamente pensaba en Yellow Sky.

Ella enrojeció, comprendiendo.

Un sentido de culpabilidad mutua invadió sus mentes, haciendo que su ternura aumentara. Se miraron uno a otro y en sus ojos brillaba una suave dulzura. Pero Potter seguía riendo con aquella risa nerviosa y el rubor de la novia parecía permanente.

El traidor a los amistosos sentimientos de Yellow Sky contemplaba atentamente el paisaje.

—Ya casi estamos llegando —dijo.

En aquel momento entró el mozo del tren y anunció la proximidad del hogar de Potter. Llevaba un cepillo en la mano y, con todos sus aires de superioridad olvidados, cepilló el traje nuevo de Potter, suavemente. Dio una propina al mozo, como había visto que hacían los demás, pero su gesto fue tan torpe como los de un hombre herrando a su primer caballo.

El mozo cogió el equipaje y se dirigió hacia la plataforma del coche. En aquel preciso momento las dos locomotoras y la larga hilera de coches se paraban ante la estación de Yellow Sky.

—Las locomotoras siempre toman agua aquí —dijo Potter con una voz tan triste y oscura como si estuviera anunciando una muerte. Antes de que el tren parase del todo, recorrió con la vista el andén y se sintió feliz y sorprendido de no encontrar más que al jefe de estación, que con aire apresurado y ansioso, se dirigía hacia los tanques de agua. Cuando el tren se

Página 111

detuvo, el mozo bajó primero y colocó un pequeño escabel, para que ellos lo hicieran con más comodidad—. Vamos, muchacha —dijo Potter roncamente.

Mientras le ayudaba a bajar, los dos se rieron con tono falso. Cogió la maleta que llevaba el negro y ofreció el brazo a su esposa, para que se apoyase. Mientras se alejaban rápidamente, echó una ojeada atrás y vio que estaban descargando los dos baúles; y también que el jefe de estación, allá lejos, cerca del vagón de equipajes, se había vuelto y se dirigía hacia ellos a toda prisa y braceando. Se echó a reír al ver el primer efecto que su feliz matrimonio causaba en Yellow Sky. Agarró firmemente el brazo de su mujer y ambos echaron a correr. Detrás quedó el mozo de estación, con una sonrisa burlona.

El expreso de California, de los Ferrocarriles del Sur, llegaría a Yellow Sky veinte minutos después. En el Weary Gentlemen Saloon estaban seis hombres. Uno era viajante de comercio y hablaba por los codos; tres eran tejanos que no tenían ganas de hablar en aquellos momentos, y dos eran pastores mejicanos, que por sistema no hablaban nunca en el Weary Gentlemen Saloon. El perro del dueño del bar estaba echado en la ancha acera, cerca de la puerta, con la cabeza entre las patas; de vez en cuando echaba soñolientos vistazos en torno, como acostumbrado a recibir patadas con relativa frecuencia. Más allá de la polvorienta calle había unos pastos de tan maravillosa apariencia, en medio de las arenas que se abrasaban al sol, que producían dudas en la mente; tenían el mismo aspecto de las esteras de falso césped que se usan en los teatros para representar praderas. En el rincón más fresco de la estación, un hombre, en mangas de camisa, estaba sentado en una mecedora y fumaba su pipa. La fresca corriente del río Grande corría cerca de la ciudad y más allá, al otro lado del río, podía verse un vasto espacio cubierto de yucas, color verde ciruela.

Exceptuando al excitado viajante de comercio y sus compañeros, Yellow Sky dormitaba. El viajante se apoyaba indolentemente en el bar y contaba cosas con la seguridad de un bardo que ha llegado a una región nueva.

—… Y en el momento en que el viejo se caía por las escaleras, con el ramo en la mano, la vieja subía con dos cubos de carbón y, naturalmente…

La historia del viajante quedó interrumpida por la repentina aparición de un joven en la puerta del bar. El joven gritó:

—¡Scratchy Wilson está borracho y siente flojera en las dos manos!

En el acto, los dos mejicanos vaciaron sus vasos de golpe y desaparecieron por la puerta lateral del bar.

Página 112

El viajante, ignorando lo que aquello significaba, contestó alegremente:

—Muy bien, viejo, supongamos que sea así; ven y bébete una copa de

todos modos.

Pero la información había hecho mella en todos; eso resultaba obvio, y el viajante no pudo menos de observarlo y pensar que debía ser importante. Todo había adquirido de pronto cierto aire de solemnidad.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó asombrado.

Sus tres compañeros hicieron un gesto, dispuestos a soltar un elocuente discurso, pero el joven de la puerta se les adelantó:

—Quiere decir, amigo —contestó mientras cruzaba la habitación—, que la ciudad será un sitio poco sano durante las próximas dos horas.

El dueño del bar fue hacia la puerta, la cerró y atrancó; luego fue a las ventanas y les puso gruesos postigos de madera, que también atrancó. Inmediatamente, cayó sobre el lugar una severa penumbra parecida a la de una iglesia. El viajante les contemplaba a todos, uno tras otro.

—Pero díganme —gritó—. ¿Por qué todo esto? ¿Creen ustedes que habrá una lucha a balazo limpio?

—No sé si habrá pelea o no —le contestó sombrío un hombre—; pero desde luego habrá balazos… unos cuantos balazos.

El joven que había traído la noticia agitó las manos en el aire.

—¡Oh! Habrá pelea y muy pronto, si alguien quiere. Cualquiera que quiera pelea no tiene más que salir a la calle. La pelea está allí, esperando.

El viajante parecía oscilar entre la curiosidad de forastero y el temor del peligro personal.

—¿Cómo dijo que se llamaba? —preguntó.

—Scratchy Wilson —le contestaron a coro.

—¿Y matará a alguien? ¿Qué piensan ustedes hacer? ¿Ocurre esto con frecuencia? ¿Suele ponerse furioso periódicamente? ¿Podrá romper la puerta?

—No; no puede romper la puerta —replicó el dueño del bar—. Lo ha intentado ya tres veces. Pero cuando llegue será mejor que se tire al suelo, forastero. Es condenadamente seguro que en seguida disparará contra ella, y una bala puede atravesarla.

Desde aquel momento el viajante mantuvo su mirada fija en la puerta. Todavía no había llegado el momento de tirarse al suelo pero, como medida de precaución previa, se fue deslizando hacia la pared.

—¿Matará a alguien? —volvió a preguntar.

Los hombres soltaron una risa baja y ronca, ante la pregunta.

Página 113

—Él anda por ahí, dispuesto a disparar, dispuesto a dar disgustos. No se saca nada bueno provocándole.

—Pero ¿qué hacen ustedes cuando se presenta un caso así? ¿Qué hacen ustedes?

Un hombre contestó:

—Bueno, él y Jack Potter…

—Pero —le interrumpieron— Jack Potter está en San Antonio. —¿Quién es ése? ¿Qué tiene que ver con esto?

—Es el jefe de policía de aquí. Sale a la calle y pelea con Scratchy cuando se pone violento.

—¡Uf! —dijo el viajante, levantando las cejas—. ¡Vaya un trabajito que tiene!

Las voces habían ido descendiendo en intensidad hasta quedar en murmullos. El viajante tenía ganas de hacer muchas más preguntas que iban brotando de su creciente ansiedad; pero cuando intentaba hacerlas, los hombres le miraban con irritación y le conminaban a guardar silencio. Todos eran presa de una tensa expectación. En la penumbra del bar brillaban sus ojos mientras permanecían escuchando los sonidos de la calle. Un hombre le hizo señas al dueño y este último, moviéndose como un duende, le tendió un vaso y una botella. El hombre llenó el vaso de whisky hasta el borde y volvió a poner la botella en el mostrador, sin hacer el menor ruido. Vació el vaso de un solo trago y se volvió de nuevo hacia la puerta, en el más estricto silencio. El viajante observó que el dueño del bar había sacado un «Winchester» de debajo del mostrador. Un poco más tarde vio que le llamaba por señas, y entonces cruzó la habitación de puntillas.

—Será mejor que se venga usted conmigo detrás del mostrador.

—No, gracias —contestó el viajante, sudando—; prefiero quedarme donde pueda hacer una rápida salida por la puerta trasera.

El propietario insistió amable pero perentoriamente. El viajante le obedeció y cuando estuvo sentado en una caja, con la cabeza por debajo del nivel del mostrador, un bálsamo descendió sobre su alma al contemplar los varios accesorios de cobre y cinc, que convertían el lugar en algo parecido a una cámara blindada. El dueño del bar se sentó a su lado en otra caja.

—¿Sabe usted? —susurró—. Este Scratchy Wilson es un enigma cuando tiene una arma en la mano… un verdadero enigma; y cuando se lanza así por el sendero de la guerra los demás nos escondemos en nuestros agujeros… naturalmente. Es el último de un antiguo grupo de muchachos que solían colgar a la gente aquí, a lo largo del río. Cuando está borracho es un

Página 114

verdadero terror. Cuando está sereno es normal… amable y sencillo… incapaz de hacer daño a una mosca… el muchacho más simpático de la ciudad. Pero cuando se emborracha… ¡uf!

Hubo una pausa y luego continuó:

—Me gustaría que Jack Potter hubiera vuelto de San Antonio. Hirió a Wilson una vez… en la pierna… y le sabría manejar muy bien y acabar con esta chifladura.

En aquel momento sonó un disparo a lo lejos, seguido de tres gritos salvajes. Aquello estableció un lazo de unión entre los hombres que permanecían en la oscuridad del bar. Se oyó el ruido de unos pasos y los hombres se miraron unos a otros.

—Ahí llega —dijeron.

Un hombre vestido con una camisa de franela de color castaño, de las que confeccionan las mujeres judías de la parte este de Nueva York y que generalmente se usan como elementos decorativos, dobló la esquina y empezó a andar por el medio de la calle principal de Yellow Sky. En cada mano llevaba un revólver de color negro azulado. Gritaba de vez en cuando y sus gritos resonaban en la ciudad, que parecía desierta, y volaban sobre sus tejados, con un volumen tal que era difícil relacionarlos con la potencia vocal de un hombre. Era como si la soledad que le rodeaba formase una bóveda de tumba en torno a él; aquellos gritos feroces resonaban contra una muralla de silencio. Sus botas eran rojas, con adornos de charol, como las que usan los chiquillos de la región montañosa de Nueva Inglaterra que, en el invierno, se deslizan por los campos en trineo.

La cara del hombre estaba enrojecida por la rabia engendrada por el whisky. Sus ojos giraban en todas direcciones, agudos, penetrantes y al acecho, buscando tras todas las ventanas y puertas cerradas. Andaba con movimientos insinuantes y felinos, como un gato. De vez en cuando, bramaba amenazadoras advertencias. Los enormes revólveres que llevaba en la mano parecían livianos como pajas y podía moverlos con la rapidez del rayo; con el dedo meñique de cada mano, repiqueteaba sobre las culatas. El cuello abierto de su camisa dejaba ver los tendones de su garganta, que se tensaban y se hundían, se tensaban y se hundían, al compás de la pasión que le dominaba. Las únicas voces que se oían en la ciudad eran sus terribles bravuconadas; el pueblo parecía esperar, tras las paredes de adobes, a que pasara aquella molestia del medio de la calle.

Página 115

No hubo oferta alguna de pelea… ni una sola oferta. El hombre clamaba al cielo, nadie parecía oírle. El hombre rugía, echaba espumarajos de rabia y movía los revólveres en todas direcciones.

El perro del dueño de Weary Gentlemen Saloon, ignorante del desarrollo de los acontecimientos, seguía dormitando frente a la puerta de su amo. Al ver al perro, el hombre se paró y levantó un revólver en gesto humorístico. Y el perro, al ver al hombre, se levantó de un salto y empezó a andar, en diagonal, con la cabeza baja y rezongando. El hombre gritó y el perro emprendió un galope. Cuando ya iba a doblar la esquina, sonó un disparo, un silbido y algo chocó contra el suelo. El perro aulló, dio media vuelta, aterrorizado, y galopó de nuevo, en dirección contraria. Otro estampido, otro silbido y la arena saltó ante sus propios ojos. Medio loco de miedo, el perro volvió a girar y echó a correr como animal en pena. El hombre se reía, con los cañones de sus armas en los labios.

Por fin el hombre se sintió atraído por las puertas cerradas del Weary Gentlemen Saloon. Fue hacia allí y dando golpazos con el revólver, pidió que le dieran de beber.

La puerta no se movió, entonces el hombre cogió un pedacito de papel del suelo y lo clavó en la puerta, con un cuchillo. Luego volvió la espalda al popular establecimiento y se fue al otro lado de la calle; giró sobre sus tacones, rápida y ágilmente, y disparó contra el papel; lo falló por un centímetro; juró y se alejó. Luego disparó a sus anchas contra las ventanas de su mejor amigo. El hombre estaba jugando con la ciudad; la ciudad era su juguete.

Pero nadie se atrevía a hacerle frente. El nombre de Jack Potter, su antiguo antagonista, cruzó por la mente del hombre y llegó a la conclusión de que sería muy divertido ir a casa de Potter y, a fuerza de bombardearlo, inducirle a salir a pelear con él. Se movió en la dirección a que le llevaba su deseo, cantando un himno apache para la ceremonia del escalpelo.

Al llegar a su destino, la casa de Potter tenía el mismo aspecto de firmeza y quietud que las otras que le rodeaban. Tomando posiciones estratégicas, el hombre aulló un desafío, pero la casa le contempló como si fuera un gran dios de piedra. No dio señales de vida. Después de una espera prudencial, el hombre lanzó nuevos desafíos, mezclados con epítetos encantadores.

Y entonces tuvo lugar el espectáculo de un hombre hundiéndose más y más en una rabia cegadora, ante una casa impenetrable. Rugía como el viento aúlla en el invierno, en las praderas del Norte. Desde lejos el ruido que hacía debía parecer el de un tumulto, el de una pelea de doscientos mejicanos.

Página 116

Cuando lo necesitaba, descansaba un rato para respirar o para volver a cargar los revólveres.

Potter y su mujer se dirigían hacia su casa, tímidamente y con bastante rapidez; de vez en cuando se reían, avergonzados, en voz baja.

—Es la próxima calle, cariño —dijo él, por último.

Unieron sus esfuerzos, avanzando un poco inclinados, como contra un fuerte viento. Potter iba a levantar el dedo para señalarle la casa desde lejos cuando, al volver la esquina, se dio de manos a boca con el hombre de la camisa de color castaño que estaba cargando febrilmente un gran revólver. En el mismo instante el hombre tiró el revólver al suelo y, con la velocidad de un rayo, sacó otro de la pistolera y apuntó al pecho del novio.

Hubo un silencio. La boca de Potter parecía ser la tumba de su lengua. Instintivamente soltó el brazo con que llevaba asida a la mujer y dejó la maleta en el suelo. En cuanto a la novia, su cara se había puesto tan amarillenta como un vestido de algodón viejo. Parecía la esclava de algún rito espantoso, contemplando la aparición de una serpiente.

Los hombres se miraron uno a otro a una distancia de tres pasos. El del revólver sonrió con una ferocidad tranquila y nueva.

—¡Intenta apoderarte de mí! —decía—. ¡Anda, inténtalo!

Los ojos parecían írsele a salir de las órbitas. Potter inició un movimiento y el hombre adelantó el revólver.

—¡No! No lo hagas, Jack Potter. No muevas ni un dedo hacia tu revólver. No muevas ni una pestaña. Ha llegado el momento de que ajustemos cuentas tú y yo y voy a hacerlo a mi manera, sin consentir que nada se interponga a esto. Si no quieres que te meta una bala en el cuerpo atiende a lo que te digo.

Potter contempló a su enemigo.

—No llevo armas encima, Scratchy —dijo—. Te digo la verdad, no llevo armas.

Se sentía fuerte y firme pero, en un rincón de su mente, veía el coche-salón: el terciopelo verde, que parecía de césped, el brillo de la plata y los cristales; la madera, que brillaba oscura, como la superficie de un charco de aceite… toda la felicidad de su matrimonio, el marco de su nuevo estado.

—Ya sabes que no rechazo una pelea cuando es necesario, Scratchy Wilson; pero ahora no llevo ninguna arma encima. Tendrás que disparar tú solo.

La cara de su enemigo se puso lívida. Avanzó un paso y agitó el revólver violentamente, ante el pecho de Potter.

Página 117

—No me digas que no llevas armas, cachorro. No me sueltes una trola como ésa. Nadie, en todo Texas, te ha visto nunca así. No. No me tomes por un niño. —En sus ojos brilló un relámpago y su pecho se hinchó como un globo.

—No te tomo por un niño —contestó Potter. Sus pies no habían retrocedido ni un milímetro—. Te considero un maldito loco. Te estoy diciendo que no llevo armas y es la verdad. Si piensas matarme hazlo de una vez; puede que no tengas otra ocasión como esta.

Todas aquellas razones empezaban a hacer mella en la rabia de Wilson; se sentía más calmado.

—Si es verdad que no llevas armas, ¿por qué no las llevas? —se burló—. ¿Ibas a la escuela dominical?

—No llevo armas porque acabo de llegar de San Antonio, con mi esposa. Me he casado —explicó Potter—. Si hubiera sabido que al volver a casa con mi mujer iba a encontrar idiotas como tú rondando por ahí las llevaría; no lo dudes.

—¡Casado! —exclamó Scratchy, sin llegar a comprenderlo del todo.

—Sí, casado. Me he casado —dijo Potter, claramente.

—¿Casado? —repitió Scratchy, fijándose, al parecer por primera vez, en la mujer que estaba al lado de Potter—. ¡No! —gritó. Parecía una criatura a la que dejan echar un vistazo a otro mundo. Retrocedió un paso y el brazo que sostenía el revólver se aflojó—. ¿Ésta es tu esposa? —preguntó.

—Sí; ésta es.

Hubo otra pausa.

—Bueno —dijo por fin Wilson, lentamente—. Supongo que ahora ya se ha acabado todo.

—Ya se ha acabado todo, como tú dices, Scratchy. Ya sabes que no he sido yo quien buscaba camorra.

Potter cogió la maleta.

—Bueno, ya he dicho que se acabó, Jack —dijo Wilson, mirando al suelo

—. ¡Casado!

No es que se sintiera caballeroso; era, sencillamente, que en presencia de

aquel acontecimiento imprevisto se desorientó como un chiquillo que está aprendiendo a dar los primeros pasos. Recogió el revólver que estaba en el suelo, metió las dos armas en su pistolera y se fue. Sus botas dejaban enormes huellas, en forma de embudo, en la dura arena.

Página 118

UN HOMBRE Y… OTROS MÁS

STEPHEN CRANE

I

O SCUROS mezcales se extendían de horizonte a horizonte. No había ni una casa ni un jinete que hicieran pensar en la proximidad de una ciudad o un poblado. Era un mundo despoblado y desierto. A veces, sin embargo, en días en que la niebla estaba ausente, una forma azulada indistinta, semejante a un velo fantasmal, aparecía en el Sudoeste, y un pastor

reflexivo podía acordarse de que existían montañas.

En el silencio de aquella llanura, el simple y repentino ruido de una cacerola de estaño al caer podía producir un estremecimiento instintivo en un hombre de nervios de acero. El cielo aparecía siempre sin tacha, el paso de las nubes era desconocido; pero algunas veces un pastor podía ver, varias millas más allá, la polvareda levantada por las patas de otro rebaño.

Bill estaba guisando su comida, inclinado sobre el fuego. En un instante, algo, tal vez un vislumbre de extraño color, entre los arbustos, hizo que volviera rápidamente la cabeza. Se levantó en seguida y, poniendo las manos sobre sus ojos a modo de pantalla, se quedó quieto, vigilante. Por fin vio a un pastor mejicano que avanzaba hacia él.

—¡Hola! —saludó Bill.

El mejicano no contestó y siguió avanzando hasta que estuvo a unas veinte yardas. Allí se paró y, doblando los brazos, se irguió en forma afectada, como un villano de comedia. Su sarape le tapaba la parte inferior de la cara y el ancho sombrero ensombrecía su frente. Al llegar allí tan misterioso y siniestro como una aparición, ponía en evidencia que su intención era parecer misterioso y siniestro.

La pipa del americano colgaba descuidadamente en una esquina de su boca; la colocó en la posición debida y levantó en el aire su sartén. Observaba, con evidente sorpresa, al mejicano.

Página 119

—¡Hola! José —repitió—. ¿Qué pasa?

El mejicano habló con fúnebre solemnidad:

—Bill, tienes que irte de los pastos. Queremos que te vayas de los pastos.

No nos gusta, ¿entendido?; no nos gusta.

—¿De qué estás hablando? —inquirió Bill—. ¿Qué es lo que no os gusta? —No nos gustas tú aquí, ¿entendido? Demasiados. Tú tienes que irte. No

nos gusta. ¿Entendido?

—¿Entendido? No; no sé a dónde quieres ir a parar. —Los ojos de Bill giraban asombrados y su boca estaba abierta—. ¿Que tengo que irme? ¿Irme de las pastos? ¿Por qué?

El mejicano abrió su sarape con sus pequeñas manos amarillentas; entonces en su cara brilló una ligera sonrisa cuidadamente amenazadora.

—Bill —dijo—. Vete.

Bill bajó los brazos hasta que la sartén le dio en las rodillas. Por último se volvió hacia el fuego.

—¡Vamos, rata amarilla y gruñona! —gritó, por encima del hombro—. Tus amigos no pueden echarme de aquí. Tengo el mismo derecho que cualquiera de ellos.

—Bill —contestó el otro en tono vibrante, moviendo la cabeza y avanzando un pie—. O te vas o te mataremos.

—¿Quién?

—Yo… y los demás. —El mejicano se golpeó el pecho.

Bill reflexionó un rato y luego dijo:

—No tenéis ninguna licencia especial para echarme de aquí y no me moveré ni una yarda. ¿Entendido? Tengo mis derechos y los defenderé, aunque supongo que como soy el único hombre blanco en estos contornos nadie estará dispuesto a ayudarme a daros una paliza. Y ahora escucha: si tus amigos tratan de asaltar el campamento, me cargaré al cincuenta por ciento de los que se presenten, eso es seguro. Y otra cosa: si yo fuera tú, procuraría permanecer en la última fila hasta que hubiera cesado el tiroteo. Porque pondré especial empeño en atravesarte el pecho de un balazo.

Dicho esto despidió al mejicano con un gesto.

El mejicano movió los brazos con estudiada indiferencia.

—Ah, muy bien —respondió. Luego, en un tono de profunda amenaza añadió—: Te mataremos si no te vas. Ellos lo han decidido.

—¿Lo han decidido, eh? Bueno, pues diles de mi parte que se vayan al infierno.

Página 120

II

Bill había sido propietario de una mina en Wyoming. Entonces se le consideraba un gran hombre, un aristócrata, que poseía crédito ilimitado en los saloons, allá abajo, en la quebrada. Tenía tal influencia social que podía interrumpir un linchamiento, o informar a un hombre indeseable de los particulares méritos de algún lugar geográfico remoto. No obstante, los hados hicieron estallar el globo con que habían permitido que jugara Bill y, en una noche, cambió su suerte. Éste es el momento de informar al mundo de por qué Bill consideraba insignificantes todas las calamidades de la vida al compararlas con lo sucedido en una noche, en que recibía tres reyes, con criminal regularidad, cada vez que su oponente tenía póquer.

Más tarde se convirtió en vaquero y se sintió terriblemente desgraciado, precisamente porque antes había sido un aristócrata. Por entonces, lo único que le quedaba de su anterior esplendor era su orgullo, o su vanidad; cosa que es preferible no conservar. Mató al capataz del rancho en una estúpida discusión a propósito de cuál de los dos era un embustero, y el tren de medianoche se lo llevó hacia el Este.

Se convirtió en guardafrenos de la Unión Pacific y ganó grandes honores en la guerra contra los vagabundos que durante muchos años devastaron los bellos ferrocarriles de nuestro país. Siendo él mismo una criatura con mala suerte, practicaba toda clase de crueldades contra otras criaturas con mala suerte. Era tan fiero su talante que los truhanes entregaban en el acto cualquier moneda e incluso el tabaco que pudiera hallarse en su posesión; y si después él les daba una patada y les echaba del tren era sólo porque aquella traición estaba admitida en la guerra contra los vagabundos. En una famosa batalla que tuvo lugar en Nebraska, en 1879, hubiera alcanzado una distinción perdurable, sin la intervención de un desertor del ejército de los Estados Unidos. Se hallaba a la cabeza de una heroica y avasalladora carga que realmente acabó con el poder de los vagabundos en la región durante tres meses; había ya derribado a cuatro truhanes con su llave inglesa, cuando una piedra lanzada por un ex tercera base del equipo de la compañía F[38] le dejó tumbado en la pradera y luego le forzó a una larga estancia en el hospital de Omaha. Cuando se recuperó, buscó un empleo en otra compañía de ferrocarriles y lavó y restregó vagones en innumerables cocheras. En Michigan se dejó llevar de nuevo por la ira. El conductor número 419 estaba en el vagón de cola, a dos pasos de la nariz de Bill, y le llamó embustero. Bill le pidió que emplease términos más suaves. Al capataz del rancho, Tin Can, no le había hecho semejante advertencia, le mató sin más. Volvió a verse

Página 121

perseguido, esta vez por venganza de la compañía, hasta que cambió de nombre. Esa máscara es como la oscuridad, en que gusta de trabajar el ladrón.

Se convirtió en matón de una casa de juego en el Bowery, en Nueva York. Allí todas sus peleas tuvieron el mismo éxito que las que había llevado a cabo contra los vagabundos, en el Oeste. Se ganó la total admiración de los cuatro muchachos que estaban detrás del gran bar resplandeciente. Era un hombre cubierto de honores. Faltó muy poco para que matara a Bad Hennessy, el cual, a decir verdad, tenía más reputación que habilidad, y su fama corrió a todo lo largo y lo ancho de Bowery.

Pero si se deja que un hombre considere las peleas como parte de su trabajo, irá creciendo en él la idea de que su trabajo consiste precisamente en armar broncas. Este proceso se produjo en la mente de Bill precisamente en el orden en que aquí queda descrito. Si dejáis que crezca en la mente de un hombre tal idea, la derrota se cierne sobre él, desde caminos y circunstancias desconocidos.

Una noche de verano llegaron tres marineros del U.S.S. Seattle y se sentaron en el salón, bebiendo y ocupándose de los asuntos del prójimo, amigablemente. Bill estaba orgulloso por haber sacudido a tantos ciudadanos y, de pronto, se le ocurrió que la charla, en voz alta, de los marineros era una ofensa. Por tanto se fue hacia ellos y les advirtió que aquel salón era la florida morada del silencio y la paz. Los marineros le miraron sorprendidos y, sin un momento de pausa, le enviaron a un lugar peor que cualquiera de los que conocen los fogoneros. Bill cogió a uno de ellos y lo echó a la calle, por la puerta lateral, antes que los demás tuvieran tiempo de evitarlo. En el callejón lateral hubo una corta refriega, con muchos enérgicos epítetos flotando en el aire, y luego Bill volvió al salón. Tenía la frente fruncida por la rabia y se pavoneaba como un gallito de pelea. De detrás del mostrador, cogió una de las barras de atrancar la puerta y fue hacia la entrada principal, dándose aires de importancia, para evitar que los marineros volvieran a entrar.

El estado de ánimo de los marineros no es para describirlo. Se reunieron en la calle y ninguno de ellos habló, pero actuaron al unísono. Los hombres de tierra hubieran necesitado una discusión de tres años para llegar a semejante unanimidad. En silencio, e inmediatamente, cogieron un gran madero que se hallaba a mano; uno de ellos se puso delante para guiarles y los otros dos detrás, para producir la fuerza impulsora; dieron una estupenda arremetida con el ariete improvisado y, como los asirios, asaltaron el salón por la puerta principal.

Página 122

Extrañas y mil veces extrañas son las leyes de los hados. Bill, con su aire engallado y su gruesa barra metálica estaba en aquel momento ante la puerta como la personificación de la victoria; su orgullo estaba en su cénit; y en aquel mismo instante el atroz ariete le embistió, dándole de lleno en la boca del estómago y Bill se desvaneció como la niebla. Las opiniones difieren en cuanto al lugar a que le envió el impulso del madero, pero según parece fue al sudoeste de Texas, donde se convirtió en pastor.

Los marineros cargaron tres veces contra el espejo frontal del bar y cuando acabaron parecía que había sido objeto de la atención de una compañía rural contra incendios, en el desempeño de sus funciones.

III

Mientras su amigo mejicano se alejaba alegremente, Bill, con semblante pensativo, volvió a su sartén y al fuego. Después de comer, sacó el revólver de su vieja y desvencijada pistolera y examinó todas sus piezas. Era el revólver con que dio muerte al capataz y también el que había usado en todas sus refriegas. Bill le tenía un gran cariño, porque su lealtad era muy superior a la de un hombre, un caballo o un perro. No hacía preguntas ni de orden social ni moral; obedecía indistintamente a un santo o a un asesino. Era las garras del águila, los colmillos del león, el veneno de la serpiente. Cuando lo sacaba de su pistolera se convertía en un seguro colaborador que daba siempre a donde él apuntaba, aunque apuntara a una moneda de un penique colocada a varios metros de distancia. Como quiera que fuese, era su más preciada posesión y, allí, en el sudoeste de Texas, no la hubiera cambiado ni por un puñado de rubíes.

Durante la tarde siguió con su acostumbrada monotonía de descanso y trabajo, con el mismo aire de profunda meditación. El humo del fuego con el que preparó su cena se elevaba entre el sombrío mar de mezcales, cuando su instinto de hombre de las praderas le advirtió que la quietud y la desolación habían sido invadidas otra vez. Vio la silueta de un jinete, inmóvil, negra, contra la palidez del cielo. La silueta llevaba sarape, sombrero y unas enormes espuelas mejicanas. La figura empezó a moverse hacia el campamento y la mano de Bill se dirigió hacia el revólver.

El jinete se acercó y Bill pudo observar que el hombre tenía marcados rasgos americanos y que su piel era demasiado rosada para pertenecer a un cara mejicana. El puño de Bill se aflojó.

—¡Hola! —saludó el jinete.

Página 123

—¡Hola! —contestó Bill.

El jinete avanzó un poco más.

—Buenas tardes —dijo, sin soltar las riendas.

—Buenas tardes —contestó Bill, sin demostrar excesiva cortesía. Durante un momento, se miraron en una forma que no resulta descortés en

las praderas, donde siempre se está en peligro de toparse con ladrones de caballos o turistas.

Bill vio a un tipo que no pertenecía a la pradera. El joven llevaba vestidos mejicanos caros. Los ojos de Bill recorrieron toda la vestimenta para ver si ocultaba algo, pero no halló nada. A pesar de su indumentaria, estaba claro que el hombre procedía de alguna lejana y oscura ciudad del Norte. Había quitado los enormes estribos de su silla mejicana y los había sustituido por estribos ingleses, y llevaba los pies echados hacia delante de forma que el acero le apretaba estrechamente en los tobillos. Los ojos de Bill, al pasar revista al forastero, cayeron sobre los estribos e, inmediatamente, sonrió amistosamente. Ningún oscuro propósito podía anidar en el corazón inocente de un hombre que cabalgaba de aquella forma en la pradera.

En cuanto al forastero, vio a un andrajoso individuo con una maraña de pelo sobre la cabeza y en la barba y con una cara color de ladrillo, debido al sol y al whisky. Vio un par de ojos que al principio parecían los de un lobo mirando a otro lobo y luego se volvieron como los de un niño. Evidentemente, era un hombre que había asaltado muchas veces las murallas de hierro de la ciudadela del éxito y que ahora, a veces, se valoraba a sí mismo como el conejo valúa sus proezas.

El forastero sonrió afablemente y se apeó del caballo.

—Supongo, señor, que me dejará acampar aquí, esta noche.

—¿Eh? —dijo Bill.

—Supongo, señor, que me dejará acampar aquí, esta noche, con usted. Durante un momento, Bill pareció demasiado asombrado para hablar. —Bueno —contestó, con una voz inhóspita—. No creo que éste sea un

buen sitio para acampar esta noche.

El forastero se volvió y le miró atónito.

—¿Qué? ¿No quiere que me quede? ¿No quiere que acampe aquí?

Los pies de Bill se arrastraron desmañadamente y su vista se fijó en un cactus.

—Bueno, verá usted, señor —dijo—. Me gustaría mucho su compañía, pero… ya ve usted, algunos de estos mejicanos de por aquí van a echarme de los pastos esta noche; y aunque me encantaría la compañía de un hombre, no

Página 124

puedo permitirle que se meta en la danza, ya que no tiene nada que ver en este jaleo.

—¿Que le van a echar de los pastos? —gritó el forastero.

—Bueno; dicen que lo van a hacer.

—Y… ¡Santo Cielo!… ¿Cree usted que le matarán?

—No lo sé. No puedo decírselo hasta después. Ya sabe, cuando un hombre está solo, como yo, y asaltan su campamento, generalmente le meten una buena cantidad de plomo en el cuerpo antes de que pueda defenderse. Se quedan por ahí alrededor y esperan una buena oportunidad, que llega muy pronto. Por supuesto, un hombre solo, como yo, tiene necesariamente que dejar la vigilancia en algún momento. Puede que le cojan dormido y puede que el hombre se canse de esperar y mate a uno o dos de ellos a plena luz del día, sólo para acabar de una vez. Una vez oí contar una historia así. Es demasiado fuerte para un hombre… tener una banda detrás.

—¿Y van a asaltar su campamento esta noche? —exclamó el forastero—. ¿Cómo lo sabe? ¿Quién se lo ha dicho?

—Un muchacho vino y me lo dijo.

—¿Y qué va a hacer usted? ¿Luchar?

—No veo qué otra cosa podría hacer —contestó Bill sombríamente, mirando todavía al cactus.

Hubo un silencio. De pronto el forastero lanzó un grito de asombro:

—¡En la vida había oído nada semejante! ¿Cuántos son ellos?

—Ocho —contestó Bill—. Y escúcheme; no va usted a sacar nada bueno rondando por aquí, y haría muy bien en desaparecer de estos alrededores antes de que anochezca. No necesito ayuda en esta lucha. Comprendo que el hecho de que apareciera por aquí precisamente hoy no me da derecho alguno a pedirle ayuda, y lo mejor que puede usted hacer es largarse cuanto antes.

—Bueno, pero, en el nombre del Cielo, ¿por qué no va usted a avisar al sheriff? —exclamó el forastero.

—¡Oh, infierno! —dijo Bill.

IV

Grandes nubes, ardientes como brasas, brillaban en el cielo, por el Oeste; en el Este, una niebla de plata se extendía sobre la cárdena oscuridad de la llanura.

Finalmente, cuando salió la luna y lanzó sobre los arbustos sus rayos fantasmales, el fuego del campamento brilló como la púrpura, mientras las

Página 125

llamas danzaban alegremente entre las ramas de los mezcales. El silencio se llenó con el coro del fuego, una vieja melodía que seguramente lanza al aire el mensaje de la inconsecuencia de las tragedias individuales. Un mensaje que se repite en el bramido del mar, en el argentino acento del viento que sopla entre los trigales, en el sedoso roce de las ramas de los abetos.

Nada se movía en el rojizo espacio que iluminaba el fuego del campamento y los rayos de la luna no mostraron cosa viviente entre los arbustos. No había aves nocturnas que cantaran la lasitud del silencio que pesaba sobre la pradera.

El rocío daba a las sombras una calidad de terciopelo que hacía que el aire se pareciera mucho al agua. Las ramas, las hojas, que se hallan siempre dispuestas a gritar cuando la muerte se aproxima a los descampados, permanecieron silenciosas, engañadas por aquellos cuerpos sinuosos que avanzaban deslizándose con la agilidad de una serpiente. Se dirigían hacia el último rincón, donde ningún resplandor de fuego pudiera descubrirles y allí se quedaron parados, intentando localizar a su presa.

Un romance cuenta la historia de una cueva profundamente cavada en la tierra, donde, al entrar, no se ve más que los ojillos amenazadores de las serpientes, mirando fijamente. Si un hombre se adentra de noche en los bosques de arbustos, no considerará necesario que se le ericen los cabellos; le bastará, para expresar su terror, con la sensación de la mano helada de la muerte posándose en su nuca y el temblor de sus rodillas.

Dos de aquellas siluetas se acercaron una a la otra y en la oscuridad surgió un rostro, sonriendo plácidamente, con los tiernos sueños del asesinato.

—El muy loco se ha dormido junto al fuego. ¡Dios sea loado!

Los labios del otro se abrieron en una mueca de cariñosa apreciación por el loco y su terquedad. Se hicieron unas señales en la oscuridad y en seguida se iniciaron una serie de ruidos de cuerpos que se arrastran, mezclados con abundantes pausas en las que no se oía nada más que las respiraciones precipitadas.

Un arbusto se erguía al borde del círculo de luz, procedente del fuego del campamento, que proyectaba hacia atrás su larga sombra y por fin, llegó detrás del arbusto. Entre sus ramas, los hombres contemplaron, con gran satisfacción, una silueta envuelta en una manta gris, tendida en el suelo. La sonrisa feliz desapareció en seguida, para dar lugar a la tranquila serenidad del trabajo. Dos hombres levantaron sus armas y, apuntando a través de las ramas, apretaron el gatillo al mismo tiempo.

Página 126

El ruido de la explosión retumbó sobre el mezcal solitario, como si las armas quisieran informar al mundo entero, y, cuando el humo se disipó, el grupo apiñado detrás del árbol vio que la figura envuelta en la manta se retorcía. Ante el espectáculo estallaron en un coro de carcajadas y se levantaron, más alegres que un grupo de juerguistas. Se felicitaban, haciendo gestos, y entraron despreocupadamente en el círculo de luz.

Entonces estalló de pronto una nueva carcajada, procedente de un lugar desconocido. Era una terrible carcajada de burla, odio y ferocidad. Parecía demoníaca. Una carcajada que les laceró, dejándolos inmóviles, en medio de su alegre algazara. Podían haberse confundido con un fantasmagórico grupo de cera; la luz del moribundo fuego iluminaba sus amarillentas caras reflejándose en sus ojos, vueltos hacia la oscuridad, esperando algo terrible y desconocido.

El bulto bajo la manta gris ya no se movía; pero si todos, con el cuchillo en las manos, se dirigían antes hacia él, ahora habían retrocedido y los brazos se elevaban al cielo, como si esperasen que la muerte descendiera de las nubes.

Aquella carcajada había enajenado sus mentes y, por un momento, ni siquiera se les ocurrió huir. Estaban prisioneros de su propio terror. Luego, de pronto, la retardada decisión llegó y, gritando alocadamente se volvieron y echaron a correr. En aquel instante brilló una rojiza llamarada en la oscuridad y uno de los hombres lanzó un amargo quejido, se tambaleó y cayó al suelo.

El silencio volvió al desierto. Las cansinas llamas iluminaban débilmente el bulto cubierto por la manta y el cuerpo del merodeador. Cantaba el antiguo coro del fuego, la vieja melodía que lleva el mensaje de la inconsecuencia de las tragedias humanas.

V

—Ahora está usted peor que antes —decía el joven forastero, con la voz ronca por el temor.

—No, no lo estoy; llevo uno de ventaja —dijo Bill. Después de un rato de reflexión, el forastero añadió: —Bueno, pero quedan siete más.

Se aproximaban al campamento, lentamente, con muchas precauciones. El sol empezaba a enviar sus primeros rayos sobre el desierto. Las hojas más altas y las ramas prominentes brillaban bajo la luz dorada, mientras las sombras, bajo los mezcales, eran aún azul oscuro.

Página 127

De pronto el forastero lanzó un grito de espanto. Había llegado a un lugar desde donde, a través de un claro en la espesura, se podía ver la cara del hombre muerto.

—¡Demonio! —dijo Bill, que, en aquel instante, acababa de verlo—. Al principio creí que era José. Y hubiera sido extraño, después de lo que le dije ayer.

Siguieron su camino, el forastero remoloneando y quedándose atrás, Bill haciendo alarde de una gran curiosidad.

Los amarillos rayos del sol naciente acariciaban las oscuras facciones del mejicano muerto y daban a su cara un efecto inhumano, que le hacía parecer una triste máscara de latón. Una de sus manos yacía descuidadamente sobre la rama de un cactus.

Bill fue hacia él y estuvo mirándole, respetuosamente.

—Conozco a este hombre; se llama Miguel. Es…

Los nervios del forastero debían estar tan tensos como cuerdas de violín; su cuerpo parecía no tener columna vertebral, sino sólo un largo conducto vacío.

—¡Cielo Santo! —exclamó, muy agitado—. No hable así. —¿Cómo? —preguntó Bill—. Sólo he dicho que se llamaba Miguel. Después de una pausa, el forastero añadió:

—Sí, ya lo sé; pero… —agitó las manos en el aire—. Hable más bajo, o algo así; no sé. Todo este asunto me saca de quicio, compréndalo.

—¡Oh, bueno! —replicó Bill, aceptando la extraña manera de ser del otro. Pero, en seguida, estalló violentamente y en voz alta en la más profana de las maneras; los juramentos brotaban de su boca, igual que brotan las chispas de la yesca.

Estaba examinando el contenido del envoltorio de la manta gris y había sacado a la luz, entre otras cosas, su sartén. Ahora no era más que un aro de hierro con un mango; los disparos de los mejicanos se habían concentrado sobre ella. Una arma mejicana se carga, generalmente, con pedazos de hierro, aros de estufas, tubos de cañerías, herraduras viejas, pedazos de cadenas, manijas de ventanas, pernos y pedazos de traviesas del ferrocarril, badajos de campanas y cualquier otra clase de chatarra que pueda hallarse a mano. Cuando una de esas cargas alcanza a un hombre en algún órgano vital es lógico que le produzca una gran impresión; un utensilio de cocina es de suponer que no resista al asalto de semejante mezcla de cosas extrañas.

Bill levantó la destrozada sartén volviéndola de un lado y de otro. Juró y maldijo hasta que se dio cuenta de la desaparición del forastero. Un momento

Página 128

después le vio acercarse con su caballo, entre los arbustos. En silencio y malhumorado, el joven empezó a ensillar el animal. Bill dijo:

—Vaya ¿ya ha decidido largarse?

Las manos del forastero ataban, desmañadamente, la hebilla del pecho. En una ocasión protestó irritado, culpando a la hebilla del temblor de sus dedos. En otro momento se volvió para contemplar la cara del muerto, bajo la luz del sol de la mañana. Por último gritó:

—Ya sé que éste es un cochino asunto… más cochino no podría ser… pero, como quiera que sea, ese hombre me pone fuera de mí —volvió la cabeza para mirarlo otra vez—. Parece que todo el tiempo esté llamándome… hace que me considere un asesino.

—Pero —replicó Bill, asombrado—, usted no disparó, amigo: fui yo quien lo mató.

—Ya lo sé; pero tengo esa sensación, de todos modos. No puedo soportarlo.

Bill meditó un rato; luego dijo, tímidamente: —Amigo, usted es un hombre educado, ¿verdad? —¿Qué?

—Usted es lo que la gente llama un hombre… culto, ¿no es eso?

Era evidente que el joven, perplejo, iba a hacer una pregunta, pero le interrumpieron los estampidos de unas armas; brillaron unos fogonazos y el aire se llenó de silbidos agudos, como producidos por una caldera de vapor. El caballo del forastero emprendió una corta carrera, convulsiva, resoplando salvajemente, en una mortal angustia, luego se cayó sobre las rodillas, se levantó de un salto y huyó en la alocada carrera precursora de la muerte, que los hombres que han visto morir a un caballo bravío conocen muy bien.

—Esto es lo que pasa cuando uno se pone a discutir tonterías —gritó Bill, de mal humor.

Se había tirado al suelo, de frente a la espesura de donde procedía el tiroteo. Pudo ver el humo que se elevaba sobre las copas de los árboles. Levantó el revólver; el cañón del arma apuntó hacia delante, brillando como la cabeza de una serpiente. En su cara se dibujó una ligera sonrisa, cínica, maligna, mortal, de una ferocidad que hizo que al mismo tiempo se le enrojeciera la cara y dos ascuas brillaran en sus ojos.

—¡Hola, José! —dijo amigablemente, con acento satírico—. ¿Habéis vuelto a cargar vuestros trabucos?

El silencio había vuelto a la pradera. Los rayos de sol bañaron el mar de mezcales, pintando las neblinas del Oeste con débiles tonos rosados, y en lo

Página 129

alto volaban grandes pájaros, en dirección al Sur.

—Venid aquí —dijo Bill, dirigiéndose al paisaje—, y os daré algunas lecciones de tiro. Esa no es manera de disparar.

No recibió respuesta alguna, y entonces empezó a inventar epítetos y lanzarlos a la espesura. Era un maestro en el arte del insulto, y además rebuscó en su memoria, para sacar a la luz imprecaciones marchitas desde los días de Bowery. La ocupación le divertía y de vez en cuando se reía, a pesar de lo incómodo que estaba con el pecho aplastado contra el suelo.

Por último, el forastero, tendido también en el suelo, muy cerca de él, dijo cansadamente:

—Se han ido.

—No lo crea —replicó Bill, serenándose rápidamente—. Están ahí todavía… todos ellos.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque lo sé. No nos dejarán tan pronto. No levante la cabeza o le darán, eso es seguro.

Sus ojos, mientras tanto, no habían abandonado el escrutinio de la espesura.

—Están ahí, no le quepa duda y no lo olvide. Y sino escuche —de nuevo levantó la voz—: ¡José! ¡Ojo, José! ¡Habla, hombre! Quiero tener un poco de charla. ¡Eh, tú, tunante amarillo, habla!

Una voz burlona, que Venía de los arbustos, dijo:

—¿Señor?

—¿Lo ve? —Bill se volvió a su aliado—. ¿Qué le estaba diciendo? Toda la camada. —De nuevo levantó la voz—. Oye, José, ¿no empiezas a cansarte? Sería mejor que os fuerais, tú y tus compañeros, y descansarais un poco.

La respuesta fue una repentina y furiosa retahíla en español, elocuente y llena de odio, que atraía sobre Bill todas las calamidades del mundo. Era como si alguien hubiera abierto una jaula llena de gatos salvajes. Los espíritus de todas las venganzas que habían soñado, quedaron sueltos y llenaron el aire.

—Están en un atolladero —susurró Bill—, o no comprendo por qué no disparan.

Empezaba a sentirse fastidiado. Sus enemigos escondidos le llamaron nueve formas distintas de cobarde; le dijeron que era un hombre que sólo sabía batirse en la oscuridad, un bebé que huía incluso de las sombras de aquellos nobles caballeros mejicanos, un perro que sólo sabía ladrar. Describieron la hazaña de la noche anterior y le informaron de la ruin ventaja que había conseguido sobre sus enemigos. En fin, que, con total sinceridad, le

Página 130

dotaron de todas las cualidades que él, no menos honradamente, creía poseer. Se podía notar cómo le herían las frases mientras yacía en el suelo, acariciando el revólver.

VI

Se ha dicho que los hombres hacen las cosas más desesperadas, bajo los impulsos de una emoción casi tan plácida como los pensamientos de un clérigo de pueblo en una tarde de domingo. Pero, en realidad, en esos momentos, dan la sensación de que han cambiado su corazón por el de una pantera.

—¡Por Dios! —Bill habló como si tuviera la garganta llena de polvo—, voy a lanzarme sobre ellos de un momento a otro.

—¡No se mueva! —gritó el forastero, firmemente—. ¡No se mueva ni una pulgada!

—Bueno —dijo Bill, echando un vistazo a los arbustos—, bueno. —¡Baje la cabeza! —volvió a gritar el forastero, pálido de alarma. Sonaron unos disparos. Bill profirió un ronco gruñido y, por un momento,

se apoyó, jadeando, en los codos, mientras los brazos le temblaban como hojas. Luego se irguió, como un enorme y sangriento espíritu de venganza, con la cara enrojecida por la excitación. Los mejicanos se acercaban rápidamente y en silencio.

La acción que se desarrolló en los momentos siguientes fue tan rápida como el rayo y al forastero le pareció que vivía una pesadilla. La lucha cuerpo a cuerpo, no le parecía real. Su mente se hallaba lejos, en las profundas sombras de más allá de las estrellas. Y por eso, la lucha, y la parte que tomó en ella, tuvieron para el forastero la calidad de un cuadro solamente esbozado: pies que se arrastran, disparos, gritos, caras hinchadas, abotagadas, parecidas a máscaras, entre el humo; todo ello parecía una pesadilla en la noche.

Y sin embargo, algunas escenas eran tan vívidas a pesar de su incoherencia, que permanecieron para siempre en su memoria.

Mató a un hombre.

Y, lo que aún era más, de pronto sintió por Bill, aquel oscuro pastor, una profunda forma de idolatría. Bill estaba muriéndose y la dignidad ante la postrer derrota y la superioridad al borde de la sepultura eran la última postura del pastor perdido.

Página 131

VII

El forastero se sentó en el suelo y se limpió el sudor y las manchas de pólvora de la frente. Sonreía, con la sonrisa dulce e idiota de un mendigo viejo, mientras contemplaba a tres mejicanos tambaleándose y cojeando en la distancia. Observó que el único de ellos que aún poseía un sarape no tenía nada de la grandeza de un español embozado, sino que más bien parecía una figura caricaturesca de una postal.

Los mejicanos se volvieron para mirarle y él levantó el revólver. Durante un rato permanecieron quietos, muy juntos, lanzándole maldiciones.

Por último se levantó, anduvo unos pasos y se paró para aflojar las grisáceas manos de Bill, que aún estaban asidas a la garganta de un enemigo. Tambaleándose un poco, como si estuviera borracho, se quedó unos momentos mirando la cara inmóvil.

Le asaltó un repentino pensamiento; empezó a buscar por el suelo, con ojos tristes, hasta que dio con su manta, de alegres colores, tirada en medio de la espesura y manchada con las huellas de muchas pisadas. La limpió cuidadosamente y luego volvió y la colocó sobre el cuerpo de Bill. De nuevo permaneció a su lado, inmóvil, con la boca abierta y la misma mirada estúpida en los ojos. De pronto sintió un estremecimiento de espanto y miró salvajemente a su alrededor.

Había llegado cerca de la espesura cuando se paró de pronto, presa de una profunda conmoción. Un cuerpo contorsionado yacía en el sendero. Lentamente, con gran cautela rodeó el cuerpo. Por un momento, los árboles, inclinándose y susurrando, con las ramas vueltas hacia la escena que dejaba detrás, se mecieron suavemente en el silencio y la paz de la soledad.

Página 132

LA REFORMA DE CALÍOPE

O’HENRY

C ALÍOPE Catesby estaba de nuevo en un período de depresión. El tedio se había apoderado de él. La tierra (en especial la parte conocida con el

nombre de Quicksand) no era para Calíope otra cosa que una pestilente congregación de vapores. En estas circunstancias, el filósofo puede buscar consuelo en la meditación; la gran dama halla solaz en las lágrimas; el débil habitante de la costa atlántica despotrica contra las cuentas de sombreros de su mujer. Tales recursos eran insuficientes para los habitantes de Quicksand. Calíope, sobre todo, sentíase inclinado a expresar su fastidio de acuerdo con su temperamento.

Por la noche, Calíope había dado señales de inminente depresión de espíritu. Aplicó un puntapié a su propio perro en el vestíbulo del Hotel Occidental y se negó a pedir disculpas. Estuvo distraído y quisquilloso. Mientras anduvo por la calle alargó las manos en procura de ramas de mezquite y mascó las hojas enfurecido. Esto era un siniestro presagio. Otro síntoma alarmante para quienes conocían los distintos matices de su carácter, fueron su cortesía excesiva y una tendencia manifiesta a usar frases ceremoniosas. Cierta ronca melifluidad ocupó en su voz el lugar habitual de sus tonos arrastrados. Una urbanidad peligrosa caracterizaba sus modales. Luego, su sonrisa se volvió torcida, un poco inclinado hacia arriba el lado izquierdo de la boca; y Quicksand se puso en guardia.

Al llegar a este punto, Calíope empezaba a beber. Finalmente, a eso de la medianoche, se le veía camino de su casa, saludando a todos cuantos encontraba con cortesía exagerada pero inofensiva. Todavía no estaba en su punto peligroso la melancolía de Calíope. Solía sentarse junto a la ventana del cuarto que ocupaba encima de la barbería de Silvestre y se ponía a cantar baladas lúgubres y desentonadas hasta la mañana, acompañándose con rasgueos de una guitarra de metálicos sones. Más magnánimo que Nerón, ésta

Página 133

era la forma en que avisaba a Quicksand de los trastornos municipales que le tocaba en suerte sufrir.

Fuera de sus crisis, Calíope Catesby se comportaba como hombre tranquilo y amable; tranquilo hasta la indolencia y amable hasta la insignificancia. Lo menos que podríamos decir es que era un vago y un inútil; lo más, que era el terror de Quicksand.

Su ocupación visible era algo más o menos subordinado a la cuestión bienes raíces; acompañaba forasteros engañados, en un auto, para que viesen lotes de terreno y propiedades rurales. Era oriundo de uno de los estados del Golfo; y daban amplia evidencia de su origen su metro ochenta de estatura, el ritmo arrastrado de su manera de hablar y las expresiones dialectales que se mezclaban en su conversación.

Y, sin embargo, después de amoldarse a algunas costumbres del Oeste, este lánguido borracho y vago, buscador de rincones sombreados en los algodonales y plantíos del Sur, cobró fama de matón entre hombres que habían dedicado sus vidas enteras al estudio consciente del arte de la truculencia.

A las nueve, en la mañana siguiente, Calíope estuvo en sus cabales. Inspirado por sus propias melodías bárbaras y el contenido de la jarra, se hallaba en condiciones de conquistar nuevos laureles en pugna con los ceños desafiantes de Quicksand. Rodeado y cruzado por todas partes de cintos con cartucheras, muy adornados y con revólveres, y bien librado por dentro, se lanzó a recorrer la calle principal de Quicksand. Demasiado caballeroso para tomar por sorpresa la ciudad mediante una salida silenciosa, se detuvo en la primera esquina y lanzó su grito característico, aquel aullido espantoso y desvergonzado, que tanto recordaba el órgano a vapor, llamado «Calíope», del cual había heredado el apelativo que suplantaba su nombre bautismal. Al grito siguieron tres disparos de revólver del 45, destinados a templar el arma y probar la puntería. Un perro amarillo, propiedad del coronel Swazey, dueño del «Occidental», cayó, emitiendo su gruñido de despedida. Un mejicano que cruzaba la calle frente al almacén de la fachada azul, llevando en la mano una botella de kerosen, sintió el estímulo necesario para emprender una repentina y veloz carrera sin soltar el cuello de su botella hecha añicos. Tembló la nueva veleta dorada de la residencia de dos pisos, color azul y limón, que tenía el juez Riley; batió las alas y quedó pendiente de una astilla la que fue orgulloso instrumento de las brisas.

La artillería estaba muy bien. La mano de Calíope era firme. Habíase apoderado del hombre el éxtasis de la batalla, aunque ligeramente amargado,

Página 134

al ver que sus triunfos debían limitarse al minúsculo mundo de Quicksand. Calle abajo fue Calíope disparando a diestra y siniestra. Los vidrios caían

como granizo; los perros huían; los pollos volaban espantados; y voces femeninas, chillando, expresaban preocupación por jovencitos que andaban en la calle. A intervalos el estruendo era perforado por el «stacatto» de los revólveres del terror, y los ahogaba periódicamente el temible grito que tanto conocía Quicksand.

Los frecuentes malos humores de Calíope eran días de fiesta legal en Quicksand. Con anticipación al momento los dependientes de comercio, en todo lo largo de la calle principal, bajaron las persianas y cerraron las puertas. Los negocios se paralizaron. La calle era de Calíope, y mientras avanzaba por ella, advirtiendo la ausencia de oposición y las pocas oportunidades que se le ofrecían, su enojo aumentó perceptiblemente. Pero unas cuatro manzanas más lejos se hacían activos preparativos para corresponder dignamente al amor que Calíope sentía por el intercambio de cumplidos.

La noche anterior numerosos habían acudido presurosos a la oficina de Buck Patterson, el sheriff, para ponerle sobre aviso de la inminente erupción caliopiana. Ya era mucho lo que aquel funcionario había exigido de su propia paciencia, tratando de ser condescendiente con las acciones del perturbador. En Quicksand se enjuiciaban con bastante indulgencia las naturales ebulliciones de la naturaleza humana. Con tal de que las vidas de los ciudadanos más útiles no fuesen desperdiciadas a tontas y a locas, o que no se estropease en demasía la propiedad privada, sin necesidad, el sentimiento de la comunidad era adverso a toda aplicación estricta de la ley. Pero las explosiones de Calíope habían sido demasiado frecuentes y violentas para caer bajo la clasificación de «descanso espiritual y saludable».

Buck Patterson estaba aguardando en su pequeña oficina aquel aullido de preliminar, expresión de la tristeza de Calíope. Al percibirlo se puso de pie y se ajustó a la cintura los revólveres. También se levantaron de sus asientos dos agentes y tres ciudadanos, que habían probado ya las cualidades comestibles del fuego, dispuestos a hacer frente a las pesadas expansiones de Calíope.

—¡Duro contra ese individuo! —dijo Buck Patterson, trazando las líneas generales de la campaña—. No se entretengan hablando con él. Hagan fuego en cuanto tengan blanco. Manténganse a cubierto y dispárenle. Es un inútil. Creo que esta vez le toca a él poner los pies en alto. Enfréntenlo con las piernas muy abiertas, muchachos. No se descuiden demasiado, porque donde Calíope pone el ojo pone la bala.

Página 135

Buck Patterson, alto, musculoso y de rostro solemne, con su brillante chapa de sheriff de la ciudad en el pecho, clavada en su camisa de franela azul, dio a sus secuaces las instrucciones necesarias para la masacre de Calíope. El plan consistía en llevar a cabo la derrota del Terror de Quicksand sin pérdidas por parte de la patrulla atacante, si era posible.

Calíope, desconocedor de estos proyectos, seguía avanzando por la calle, cañoneando a diestra y siniestra, cuando de pronto advirtió que lo esperaban. El sheriff y uno de los agentes aparecieron tras de unos cajones de mercancías, a pocos pasos de él y abrieron el fuego. Al mismo tiempo el resto de la delegación, dividida, lo acribilló desde las callejas laterales, en las cuales maniobraban cautelosamente después de una vuelta muy bien ejecutada.

La primera andanada aflojó el gatillo de uno de los revólveres de Calíope, le arrancó muy limpiamente un pedacito de la parte inferior de una oreja e hizo estallar un cartucho de su cinturón, que por cierto le chamuscó las costillas. Animado con ese inesperado tónico a su depresión espiritual, Calíope ejecutó una nota de fortísimo de sus registros superiores, y devolvió el fuego como si fuese el eco. Los defensores de la ley se apartaron rápidamente a un lado al ver el relámpago, pero demasiado tarde para evitar que uno de los agentes recibiese una bala en el hombro y la mejilla del sheriff quedara sangrando a causa de una astilla que se desprendió del cajón tras el cual se parapetaba.

Y entonces Calíope hizo frente con gran estilo a las tácticas del enemigo. Eligiendo con rápida mirada el lado desde el cual le había venido el fuego menos seguro, lo invadió con velocidad redoblada, abandonando el centro de la calle, falto de protección. Con rara astucia, la fuerza opositora situada en esa dirección (uno de los agentes y dos valerosos voluntarios) esperó, oculta tras de barriles de cerveza, hasta que Calíope pasó junto a su escondrijo, y entonces lo atacaron por la espalda. Al instante mismo los reforzaron el alguacil y otro de los civiles, y entonces Calíope advirtió que para prolongar con éxito las delicias de la controversia debía encontrar alguna manera de reducir las ventajas de sus adversarios. Su mirada se posó en una construcción que parecía responder a esta promesa, siempre que lo dejasen llegar hasta allí.

No muy lejos estaba la pequeña estación ferroviaria, consistente en un sólido edificio de madera, de diez por veinte pies, asentada sobre una plataforma que se elevaba cuatro pies del suelo. Por todos lados habían ventanas. Aquello era una especie de baluarte para un hombre tan mal situado frente a fuerzas superiores.

Página 136

Calíope emprendió audaz y rápida carrera, perseguido a muy corta distancia por la humeante patrulla del sheriff. Alcanzó sano y salvo su reducto; pero el encargado de la estación escapó por una ventana, igual que una ardilla, en el preciso instante en que le vio entrar como un bólido por la puerta.

Patterson y sus colaboradores se detuvieron bajo la protección de un montón de madera y celebraron consultas. En la estación se hallaba un hombre dispuesto a todo, que de nada se asustaba y que llevaba consigo metralla en abundancia. En un trecho de veinticinco metros a cada lado de la estación había una extensión de terreno desnudo y abierto. No cabía duda de que quien intentase meterse en aquellos lugares sería detenido por las balas de Calíope.

El sheriff estaba resuelto. Había decidido que Calíope no volvería a despertar el eco de Quicksand con sus estridentes gritos. Lo había declarado así. Oficial y personalmente se sintió obligado a poner un amortiguador en aquel instrumento de discordia. El piano desafinaba mucho.

Cerca de allí había una vagoneta de mano, utilizable para el transporte de cargas pequeñas. Se hallaba al lado de un cobertizo lleno de fardos de lana, consignación de un rancho de ovejas. El sheriff y sus hombres apilaron tres pesados bultos de lana sobre la vagoneta. Buck Patterson, escudado tras ella, emprendió la marcha hacia el fortín de Calíope, lentamente. Los ayudantes, muy separados, estaban prevenidos para atrapar al fugitivo apenas se exhibiese, en su esfuerzo por repeler el escalofriante símbolo de la justicia que se le venía encima.

Sólo una vez dio Calíope señales de vida. Disparó desde una ventana y algunas partículas de lana saltaron de la carretilla. Los tiros con que contestaban los representantes de la autoridad golpeaban contra los marcos de las ventanas. No hubieron pérdidas en ninguno de ambos bandos.

El sheriff estaba demasiado ocupado en conducir su acorazado rodante para advertir la proximidad del tren matutino antes de llegar a pocos pies de la plataforma. Por el otro lado se acercaba el convoy. Sólo se detenía un minuto en Quicksand. ¡Qué excelente oportunidad para Calíope! No tenía más que salir por la otra puerta, subir al tren, y listo…

Abandonando su trinchera, Buck, con el revólver preparado, subió los escalones velozmente, y entró en la estación abriendo la puerta con un vigoroso empujón. Los miembros de su séquito oyeron un tiro disparado dentro, y luego se hizo el silencio.

Página 137

Poco después abrió sus ojos el herido. Tras un lapso en blanco, pudo de nuevo ver, oír, sentir y pensar. Revolviendo los ojos, se vio acostado en un banco de madera. Inclinose sobre él un hombre alto, que llevaba en el pecho una chapa donde decía «sheriff de la ciudad» y cuyo semblante denotaba extrañeza. Una mujercita vestida de negro, de cara arrugada y ojos centelleantes, sostenía un pañuelo húmedo contra una de sus sienes. Estaba procurando fijar estos hechos en su mente, al tiempo en que los relacionaba con acontecimientos pasados, cuando la mujer empezó a hablar.

—¡Muy bien, amigo! Es usted un hombre fuerte. La bala ni siquiera le tocó. Le rozó apenas el lado de la cabeza y lo paralizó, más o menos, durante un rato. No es la primera vez que pasa. Concusión creo que lo llaman. Wadkins solía matar ardillas de ese modo, rozándolas. A usted lo han rozado, pero estará curado en menos que canta un gallo. Quédese quieto un poco más, y deje que le moje la cabeza. Usted no me conoce, por supuesto, y no es raro que no me conozca. He venido de Alabama en ese tren para ver a mi hijo. Grande, mi hijo, ¿verdad? ¡Caramba! Nadie diría que en tiempos fue un niño, ¿no es cierto? Éste es mi hijo, señor.

Volviéndose a medias, la vieja levantó la mirada en dirección al hombre que se hallaba de pie, iluminado su rostro cansado con una sonrisa de orgullo y de asombro. Alargó una mano venosa y encallecida, y tomó la del hijo. Luego, dirigiendo una sonrisa emocionada al hombre postrado, siguió humedeciendo el pañuelo en la jofaina de metal de la salita de espera y se lo aplicó dulcemente a la sien.

—No he visto a mi hijo —siguió diciendo— en estos últimos años. Un sobrino mío, Elkanah Price, es conductor de uno de estos trenes, y me consiguió un pase libre para venir aquí. Puedo quedarme toda una semana, y después viajar de vuelta con el mismo pase. Imagínese, ahora que mi hijo ha llegado a funcionario, sheriff de toda una ciudad. Viene a ser como comisario, ¿no es cierto? Ignoraba que tuviese tanta importancia; no me lo dijo en ninguna de sus cartas. Claro, pensaría en el miedo de su anciana madre al figurarse el peligro que debía correr. Pero, ¡cualquier día! Yo nunca fui asustadiza. ¿De qué sirve asustarse? Cuando bajé del tren oí revólveres que atronaban, y vi humo que salía de la estación, pero seguí andando sin preocuparme. Luego me pareció que mi hijo estaba junto a una ventana. Lo conocí en el acto. Me recibió en la puerta, y me abrazó tanto que casi me ahoga. Y ahí estaba usted, señor, tirado en el suelo, como muerto, y se me ocurrió que viésemos si podíamos hacer algo en su ayuda.

Página 138

—Creo que me puedo levantar —dijo el afectado por la concusión—. Ya estoy bien.

Y se sentó, algo débil aún, reclinado en la pared. Era un hombre corpulento, de buena osamenta y muy estirado. Sus ojos, penetrantes y firmes, parecieron detenerse en la contemplación del hombre que se erguía tan quieto, junto a él. Su mirada se apartó de la cara que estudiaba y se posó en la chapa de sheriff.

—Sí, se le va a pasar todo —continuó la anciana, acariciándole la mano —, si no se le ocurre armar escándalos de nuevo y dar lugar a que la gente se enfrente con usted. Mi hijo me habló de ello, señor, mientras usted estaba inconsciente en el suelo. No achaque a entrometimiento el que una mujer, que tiene un hijo de su edad, le hable del asunto. Y no guarde rencor a mi hijo por haber tenido que dispararle. Un funcionario debe aplicar la ley, porque es su obligación; y los que se comportan mal y viven mal tienen que atenerse a las consecuencias. No la tome con mi hijo, señor; él no tiene la culpa. Siempre ha sido un buen chico. Cuando niño, era bondadoso, obediente y muy educado. ¿Me permite, señor, que le aconseje no hacer más lo que ha hecho hoy? Sea bueno, deje la bebida y viva en paz con Dios y el mundo. Apártese de las malas compañías, trabaje honestamente y duerma bien.

La mano, enguantada en mitones negros, de la anciana que plañía, rozó suavemente el pecho del hombre a quien hablaba. Muy seria y muy ingenua parecía su cara de vieja y ajada. Estaba allí, con su descolorido vestido negro y su bonete antiguo, próxima al fin de su vida, como un epítome de experiencia mundana. El hombre a quien hablaba miraba fijamente por encima de su cabeza, contemplando al hijo de la anciana.

—¿Qué dice, sheriff? —preguntó—. ¿Cree que el consejo es acertado?

¿No sería oportuno que el sheriff hablase y expresase su opinión?

El hombre alto se movió torpemente. Durante un instante tocó con el dedo la chapa que tenía sobre el pecho; después rodeó con un brazo el cuello de la anciana, apretándola contra sí. Ella lo envolvió con la inconfundible sonrisa de una madre de sesenta años, y acarició la mano grande y morena con sus dedos torcidos, metidos en el guante, al tiempo que su hijo hablaba.

—Mi opinión —dijo, clavando la mirada en los ojos del otro— es que si yo estuviera en su lugar, seguiría el consejo. Si fuera un individuo borracho y violento, sin vergüenza ni esperanza, lo aceptaría. Si estuviese en su lugar, y usted en el mío, yo diría: «Sheriff, estoy dispuesto a jurar que si me da una ocasión, abandonaré mis andanzas, dejaré los enredos y las armas y no cometeré más locuras. Seré un ciudadano útil, trabajaré, no haré más

Página 139

tonterías. Si Dios me ayuda.» Eso es lo que yo le diría si usted fuese el sheriff y yo estuviese en su lugar.

—Fíjese qué bien habla mi hijo —expresó la anciana dulcemente—. Óigalo, señor. Prometa portarse bien y no le causará ningún daño: Hace cuarenta años su corazón latía junto al mío, y desde entonces no ha dejado de latir dignamente.

El hombre se puso en pie, probando sus piernas y estirando los músculos. —Entonces, si usted estuviese en mi lugar y dijera eso, y yo sheriff, respondería: «Vaya en paz y haga todo lo posible por cumplir con su

promesa.»

—¡Caramba! —exclamó la anciana repentinamente inquieta—. ¿Cómo he podido olvidar mi baúl? Vi un hombre poniéndolo en el andén en el mismo instante en que advertí la cara de mi hijo en la ventana, y se me fue de la cabeza por completo. Hay ocho potes de dulce de membrillo que hice yo misma, y por nada del mundo quisiera perderlos.

Se marchó con pasitos breves y nerviosos, ágil y anhelante, y entonces

Calíope Catesby habló a Buck Patterson:

—No he podido evitarlo, Buck. Por la ventana la vi llegar. Ella no sabía una sola palabra de la vida que llevo. Me faltó valor para mostrarme ante ella tal como soy, inútil e indeseable, perseguido por la comunidad. Tú estabas en el suelo donde te había dejado mi disparo, igual que si te hubieras muerto. De pronto se me ocurrió; te quité la chapa y me la clavé en el pecho, adjudicándome tu reputación. Le conté que yo era el sheriff y tú el terror del pueblo. Ahora puedes tomar de nuevo la chapa, Buck.

Temblaba la mano de Calíope cuando empezó a quitarse el disco de metal de la camisa.

—¡Despacio! —dijo Buck Patterson—. Deja esa chapa donde está, Calíope Catesby. Que ni siquiera se te ocurra quitártela hasta el día en que tu madre se marche de aquí. Serás sheriff de Quicksand mientras ella se encuentre en el pueblo. Yo me ocuparé de hablar con la gente y te aseguro que nadie le revelará el secreto. Y una cosa, cabeza de chorlito, truhán y perdido, convendría que siguieras el consejo que me has dado a mí. Yo no dejaré de aprovechar una parte también.

—¡Buck! —exclamó Calíope—. Si no tuviese confianza en que puedo… —¡Calla! —replicó Buck—. Ya vuelve.

Página 140

LOS PASTELILLOS DE PIMIENTA

O’HENRY

E stábamos ocupados en un rodeo con el ganado del rancho «Triángulo-O», junto a las riberas del Frío, cuando una rama saliente de un arbusto seco se enredó a mi estribo de madera haciéndome caer del caballo. Sufrí una

luxación en un tobillo y tuve que permanecer en reposo toda una semana.

Al tercer día de mi forzada ociosidad, me arrastré como pude hasta el furgón-cocina. Allí me quedé, indefenso, bajo el fuego graneado de la conversación de Judson Odom, el cocinero del campamento. Jud era monologuista por naturaleza, y el destino, con su torpeza acostumbrada, le había dedicado a una profesión donde rara vez encontraba auditorio.

Por lo tanto, yo fui el maná en el desierto de la obligada taciturnidad de Jud.

Por otra parte yo sentía el capricho, usual en los enfermos, de comer algo que no entrara en los ámbitos del rancho común. Me acometían visiones de la cocina materna,

honda como el amor primero

y de recuerdos engarzada.

Pregunté, pues:

—¿Sabes hacer pastelillos, Jud?

Jud soltó su revólver de seis tiros, con cuya culata se preparaba a machacar un trozo de carne de antílope, y me miró de una manera que casi me pareció amenazadora. La expresión suspicaz de sus claros ojos azules no permitía creer otra cosa.

—Escucha —dijo, con sincera, aunque no excesiva cólera—, ¿hablas de buena fe o para molestarme? ¿Te ha contado algún peón algo de mí y de los pastelillos?

Página 141

—No, Jud —respondí francamente—. He hablado sin segunda intención. He tenido ese capricho y creo que daría mi jaco y su montura a cambio de unos cuantos pastelillos bien tostados, con mucha manteca y recién salidos del fuego, al estilo de Nueva Orleáns. ¿O es que hay algo especial respecto a los pastelillos?

Jud se suavizó al advertir que yo no había querido formular alusión alguna. Sacó de su cajón del furgón-cocina varios misteriosos paquetes y cajitas de lata y comenzó a disponerlos junto al lugar donde yo me había recostado. Yo miraba cómo ponía todo en orden y deshacía los nudos de las cintas que sujetaban diversos mazos de papeles.

—Como haber —dijo Jud— no hay nada propiamente dicho, salvo la lógica exposición de los hechos conectados con la Cañada de la Mula Atollada y con la joven Willella Learight. No tengo inconveniente en referírtelo.

»Yo trabajaba entonces para el viejo Bill Toomey, en el rancho San Miguel. Un día se me antojó comer conservas en cantidad. De modo que monté a caballo y me dirigí a la tienda del tío Emsley Tefair, en la Encrucijada de Pimienta, junto al Nueces.

»Hacia las tres de la tarde até mi caballo a un árbol y anduve a pie los veinte pasos que me separaban del establecimiento del tío Emsley. Me acerqué al mostrador. Emsley estaba allí.

»Momentos después me hallaba provisto de un cucurucho de galletas y de una cuchara de largo mango. Tenía ante mí varias latas de albaricoque, piña, cereza, e incluso legumbres verdes. El viejo Emsley se afanaba abriendo las latas. Yo me sentía como Adán poco antes del exilio producido por la manzana. Y mientras hundía mis espuelas en el suelo, junto al mostrador, y manejaba mi cuchara de veinticuatro pulgadas de longitud, se me ocurrió mirar a través de la ventana que comunicaba con el patio del viejo Emsley.

»Allí había una muchacha muy atractiva. Estaba hilando y contemplaba, al parecer divertida, mi manera de despachar los productos de las fábricas conserveras.

»Me levanté y entregué mi instrumento —mixto, de pala y cuchara— al viejo Emsley.

»—¿Quién es esa muchacha? —le pregunté.

»—Mi sobrina Willella Learight, que ha venido de Palestina para pasar una temporada conmigo. ¿Quieres que te la presente?

»Palestina es Tierra Santa —reflexioné mientras le daba vueltas a una fórmula para colarme en el corral—. Seguramente hay ángeles en Pales…

Página 142

»Y, en voz alta, dije al anciano:

»—Tío Emsley, me satisfaría mucho ser presentado a su sobrina.

»El viejo me llevó al patio e hizo las oportunas presentaciones.

»Nunca me he sentido tímido ante las mujeres. Jamás he comprendido por qué algunos hombres capaces de derribar un árbol antes de almorzar y de afeitarse a oscuras, se sienten torpes, desazonados y sudorosos cuando se hallan en presencia de un vestido de mujer con la mujer dentro. Al cabo de ocho minutos Willella y yo hablábamos con tanta confianza como si fuésemos primos segundos. Ella se burló de la cantidad de fruta en conserva que yo había comido, y yo, impertérrito, le devolví la broma recordándole cierta dama, llamada Eva, que armó el más increíble de los enredos por empeñarse en probar cierta fruta en el Paraíso.

»—Por cierto —añadí— que eso sucedió en Palestina, ¿no?

»Yo procedía con tanta facilidad como si se tratase de echarle el lazo a un becerrillo de un año.

»De este modo adquirí un trato cordial con Willella Learight, y esa cordialidad fue acentuándose a medida que pasaba el tiempo. La muchacha estaba en la Encrucijada de la Pimienta para reponer su salud, que era muy buena, y para gozar del clima, que era un cuarenta por ciento más caluroso que el de Palestina.

»Yo acudía a verla una vez a la semana. Pero luego se me ocurrió que si duplicaba el número de mis visitas podría verla dos veces más que hasta entonces.

»Una semana resolví efectuar un tercer viaje. Y aquí es donde entran en juego los pastelillos y lo demás.

»Al atardecer, mientras permanecía ante el mostrador, con un albérchigo y dos melocotones en la boca, le pregunté al viejo Emsley dónde estaba su sobrina.

»—Ha salido a dar un paseo con Jackson Bird, el pastor de ovejas de la Cañada de la Mula Atollada.

»Sin querer, me tragué los huesos del albérchigo y de los dos melocotones. Comprendí que, en mi ausencia, alguien quería empuñar las riendas de mi negocio.

»Salí y me dirigí al árbol donde había dejado atado mi caballo. »—Willella —cuchicheé al oído del animal— ha salido a pasear con Jack

Bird, la mula alquilona de la Cañada de las Ovejas. ¿Has entendido, amigo mío, tú que haces honor a tus jaeces cuando galopas?

Página 143

»El caballo, a su manera, lloró. Había sido criado como caballo de vaquero y despreciaba a los que sostenían sobre sus lomos a despreciables pastores.

»Retrocedí unos pasos y pregunté al tío Emsley:

»—¿Dice usted que Willella salió con un pastor?

»—Sí —corroboró Emsley—. Ese pastor, del cual has debido oír hablar (¿pues quién no ha oído hablar de Jackson Bird?), posee ocho secciones de pastos y cuatro mil de las mejores cabezas de ganado merino que pacen al sur del Círculo Polar Ártico.

»Salí del almacén y me senté a la sombra de un peral silvestre. Inconscientemente me lanzaba arena contra las botas y monologaba en torno al pajarraco que lucia como plumaje el apellido de Jackson.

»Jamás se me había ocurrido antes causar daño alguno a un pastor de ovejas. Un día vi a uno leyendo una gramática latina y no se me pasó por las mientes el agredirle. No me enfurecían, como solían enfurecer a los demás vaqueros. No me parecía justo atacar a esos pobres hombres, que comen sentados a la mesa, llevan zapatos, y hablan de cosas cultas. Siempre los había dejado tranquilos, como quien deja tranquilo a un conejo. Cambiaba con ellos unas palabras corteses, si las encontraba, y hablaba del tiempo, pero nunca los convidaba al saloon. No me parecía razonable ser violento con un pastor. Y he aquí que, por ser bondadoso y dejar vivir a aquella gente, uno de ellos se dedicaba a salir de paseo con Willella Learight…

»Regresaron a eso de la una, parando a la puerta del viejo Emsley. El pastor ayudó a apearse a Willella y, durante un rato, los dos permanecieron cambiando frases agudas e ingeniosas. Luego, Jackson montó a caballo, se quitó la especie de puchero invertido que llevaba en la cabeza y se dirigió hacia el rancho de los carneros. Ya entonces me había sacudido yo la arena de las botas y separado de la sombra del peral silvestre. A media milla de distancia le alcancé.

»Yo hubiera dicho, en principio, que aquel hombre tenía los ojos encarnados; pero no era así. Los tenía de un color azul claro, sólo que sus pestañas eran rojizas y su cabello de color de arena, y esto creo que describe su traza bastante bien. Como cuidador de ovejas no podía ser más que un hombre manso. Llevaba al cuello un pañuelo de seda amarilla y calzaba zapatos de lazo.

»—Buenas tardes —le dije—. En este momento cabalga usted al lado de un individuo al que llaman Judson Tiro Seguro, porque jamás marra un

Página 144

disparo. Cuando hallo a un forastero me gusta presentarme a mí mismo; sobre todo, porque no me agrada estrechar las manos de espíritus impalpables.

»—Encantado de conocerle, Judson —respondió el hombre—. Yo soy Jackson Bird, de la Cañada de la Mula Atollada.

»En aquel momento divisé a no sé qué pajarraco que apretaba una tarántula con el pico, y a un buitre que se regodeaba con los miembros de un conejo, al lado de un sauce. Disparé y acabé con los dos, sólo para mostrar al tipo mi puntería.

»—Por regla general —expliqué— de cada tres tiros mato dos pájaros.

Cualquiera diría que se ponen a propósito en mi camino.

»—Tiene usted buena puntería —respondió Bird, sin inmutarse—. Pero usted mismo confiesa que no siempre acierta al tercer disparo. A propósito, Judson, ¿verdad que las lluvias de la semana pasada serán muy beneficiosas para los pastos?

»—Willie —repuse, acercando mi caballo al suyo—, sus desconcertantes padres le pusieron el nombre de Jackson, pero no pasa de ser usted un Willie vulgar. Dejemos de conversar sobre la lluvia y los elementos y prescindamos de parlotear como los papagayos. Es una mala costumbre la que tiene usted de salir a pasear con las jóvenes de Pimienta. Por menos que eso he visto servir pajaritos asados para la merienda. Miss Willella —continué— no desea anidar entre los vellones de lana de ningún pajarete de la rama jacksoniana. Ahora, ¿renuncia usted a volver por aquí, o prefiere enfrentarse con Tiro Seguro, quien le da de antemano la certidumbre moral de hacerle unas honrosas exequias fúnebres?

»Jackson Bird se sonrojó primero y, luego, rió.

»—Está usted engañado, Judson —aseveró—. Yo he paseado algunas veces con la joven Willella, pero no con el propósito que usted se imagina. Mi objetivo es puramente gastronómico.

»Eché mano a mi revólver.

»—Si un indecente coyote —empecé— pretende alardear de que… »—Espere un minuto —repuso Bird—, o al menos hasta que me explique.

¡Si viera usted mi rancho por casualidad! Yo cocino y yo remiendo y zurzo mi ropa. Todo el placer que obtengo de criar ovejas consiste en comer. ¿Ha probado usted, Judson, los pastelillos que prepara Willella?

»—¿Yo? No —repuse—, ni nunca creí que entendiese de asuntos culinarios.

»—Pues sus pastelillos —siguió el pastor— parecen animados por los ambrosíacos fuegos de Epicuro. Yo daría dos años de vida por conseguir la

Página 145

receta de esos pastelillos. Y por eso la visito con frecuencia, mas hasta ahora no he conseguido que me dé la fórmula. Parece que es un secreto que guarda celosamente la familia desde hace setenta y cinco años. Va pasando de generación en generación, pero nunca se transmite a los extraños. Si consiguiese la receta, yo prepararía esos magníficos pastelillos en mi rancho.

»Bird concluyó:

»—¡Y sería feliz!

»—¿Me asegura —insistí— que lo que busca usted son los pastelillos y no la mano que los prepara?

»—Desde luego —respondió Jackson—. Miss Learight es una muchacha extraordinariamente gentil, pero yo puedo asegurarle que mis intenciones no van más allá de lo gastro…

»Interrumpió la frase viéndome llevar la mano a la funda de la pistolera, y concluyó:

»—… No van más allá de conseguir esa receta culinaria.

»—No parece usted mal hombre —dije, procurando mostrarme razonable

—. Me había hecho a la idea de dejar huérfanas a sus ovejas, pero por ésta vez le permitiré marchar. En fin, aténgase a los pastelillos y déjese de sentimientos, no sea que haya cantares en su rancho y no pueda usted oírlos.

»—Para convencerle de mi sinceridad —repuso el pastor— voy a pedir su ayuda. Puesto que Willella Learight y usted son íntimos amigos, acaso ella haga en su favor lo que no ha hecho en el mío. Si me proporciona una copia de la fórmula de esos pastelillos, le doy mi palabra de no volver a visitarla.

»—Eso es justo —dije, estrechando la mano de Jackson Bird—. Haré lo que pueda y tendré mucho gusto en servirle.

»Él picó espuelas camino de la Piedra, hacia la Mula Atollada, y yo me dirigí hacia el Noroeste, en busca del rancho de Bill Toomey.

»Cinco días después tuve oportunidad de hacer otro viaje a Pimienta. Willella y yo pasamos una tarde muy agradable en casa del tío Emsley. Ella cantó y atormentó el piano con unos fragmentos de ópera. Yo hice unas imitaciones de los sonidos que emite una serpiente de cascabel, hablé del nuevo método que empleaba Snaky McFee para despellejar las reses, y relaté un viaje a San Luis que había hecho tiempo atrás.

»Parecía que cada vez nos estimábamos más. Yo pensaba que si Jackson se decidía a emigrar todo podría solucionarse. Recordé su promesa para el caso de que yo le consiguiese la fórmula de los pastelillos. Quizá lograse procurársela, y entonces, si después hallaba a Bird fuera de la Mula Atollada, le haría saber lo que era bueno.

Página 146

»Así, a eso de las diez, sonreí y dije a Willella:

»—Si algo hay que me guste más que encontrar un corzo a tiro en una pradera, es comer unos buenos pastelillos rebozados con melaza.

»Willella dio literalmente un salto sobre el taburete del piano y me miró con curiosidad.

»—Realmente —respondió— es un manjar muy rico. ¿Cómo se llamaba esa calle de San Luis donde perdiste el sombrero?

»—La Avenida de los Pastelillos —insistí, con un guiño, para darle a entender que estaba enterado del secreto de la familia y que no me dejaría sacar del corral fácilmente—. Vamos, Willella —añadí—, la idea de que sabes preparar unos pastelillos maravillosos me da vueltas en la cabeza como las ruedas de un carro. Ea, empieza a explicarme la receta: una libra de harina, ocho docenas de huevos, etc. ¿Cuál es el catálogo de los reconstituyentes?

»—Perdóname un momento —murmuró Willella.

»Y se puso de pie. Pasó a la trastienda y el tío Emsley no tardó en aparecer llevando una vasija con agua. Volviose para buscar un vaso y vi que ceñía un revólver del cuarenta y cinco en la cadera.

»—¡Gran Dios! —exclamé para mí—. ¿Qué familia es ésta que defiende sus recetas de cocina con armas de fuego? Cosas más graves he visto que no se han dirimido de tal manera.

»—Bebe esto —mandó el tío Emsley, alargándome el vaso—. Has cabalgado hoy en demasía y estás excitado. Procura calmarte y pensar en otras cosas.

»—Pero la receta de esos pastelillos, tío Emsley… —balbucí.

»—No estoy tan enterado como otras personas —respondió el viejo—. Presumo que todo se reducirá a un poco de levadura, sal, harina de maíz, huevos, manteca y leche, como de costumbre. ¿Va el viejo Bill a enviar sus panales este año a Kansas City como todas las primaveras?

»Tales fueron todos los informes que sobre los pastelillos pude recoger aquella noche. No me maravilló que Jackson Bird encontrase difícil la tarea. Dejé, pues, de tratar del asunto y hablé con Emsley de las características de las caracolas marinas y de los ciclones. Willella apareció, nos dio las buenas noches y yo me fui a tomar el fresco camino del rancho.

»Una semana después, cuando yo me acercaba a Pimienta, encontré a Jackson Bird, que dejaba el lugar. Nos paramos en el camino para cambiar unas palabras intrascendentes.

»—¿Ha conseguido ya los detalles de la receta? —inquirí. »—Todavía no —repuso—. No he tenido el menor éxito. ¿Y usted?

Página 147

»—He hecho lo que he podido —dije francamente—. Pero eso parece tan difícil como hacer salir de su cubil a un perro de las praderas hostigándole con una cáscara de avellana. Por la forma en que la guardan, esa receta debe ser algo extraordinario.

»—Voy a tener que renunciar a mi empeño —murmuró Jackson, con un tono abatido, que me produjo compasión—. Y, sin embargo quisiera conocer el modo de preparar esos pastelillos para comerlos en la soledad de mi rancho. A veces me despierto, en el silencio de la noche, pensando en lo bonísimos que son.

»—Insista en conseguir la fórmula —le aconsejé—, y yo haré lo mismo. Ya verá cómo uno u otro echamos el lazo al cuello de esa misteriosa receta antes de poco. Hasta la vista, Jackson.

»Como se ve, por esta vez los dos nos hallábamos en excelentes y pacíficas relaciones. Convencido de que él no andaba detrás de Willella, yo miraba con mejores ojos a aquel pastor de cabello color de tierra. Para satisfacer las ambiciones de su apetito me esforzaba en obtener de Willella la fórmula de sus pastelillos. Pero siempre que mencionaba tal palabra, la mirada de los ojos de la muchacha adquiría una expresión ausente. En seguida procuraba cambiar de conversación. Y si yo insistía, ella se internaba en la trastienda y era reemplazada por el tío Emsley, siempre con su cántaro de agua y su lanzaobuses al costado.

»Un día llegué al establecimiento llevando un ramo de azules verbenas que había cogido, entre otras plantas silvestres, en la pradera del Perro Envenenado. El tío Emsley me miró entornando un ojo y me preguntó:

»—¿Ya lo sabes?

»—¿El qué?

»—Que Willella y Jackson Bird se casaron ayer en Palestina. Esta mañana he recibido carta de ellos.

»Dejé caer las flores en una caja de galletas. La noticia alcanzó mis oídos, descendió a lo largo del lado izquierdo de mi camisa y me llegó hasta los pies.

»—¿Quiere repetirme eso otra vez, tío Emsley? —rogué—. Acaso no le haya entendido bien. ¿Decía que las novillas últimas pesadas dan 480, o…?

»—Digo que Jackson y Willella se casaron ayer —repitió el viejo Emsley —, y que se han marchado a Wacao y a las cataratas del Niágara en viaje de bodas. ¿Es posible que no te dieses cuenta de que Jackson Bird estaba haciendo el amor a Willella desde el día que la llevó a pasear?

»—¡Entonces —prorrumpí, dando un aullido— todo lo que me hablaba de los pastelillos era una farsa! ¿No es cierto?

Página 148

»Al oír mencionar los pastelillos el tío Emsley dio un paso atrás. »—Alguien ha estado fastidiándome con ese cuento de las empanadillas

—barboteó—, pero yo averiguaré la verdad.

»—Me parece que está usted enterado de todo. Hable, o vamos a tener aquí un alboroto más que regular.

»Salté por encima del mostrador y me lancé sobre el tío Emsley. Quiso echar mano a su revólver, pero lo tenía en un anaquel y no lo alcanzó por una distancia de dos pulgadas. Le cogí por la pechera de la camisa y le acorralé en un rincón.

»—Explíqueme lo de los pastelillos —dije— si no quiere que le haga picadillo y le convierta a usted en pastel. ¿No es cierto que su sobrina hacía unos pastelillos exquisitos?

»—Ni ella los hacía, ni yo he visto uno en mi vida —repuso el viejo—. Pero cálmate, Jud, cálmate. Estás excitado y la lesión que recibiste en la cabeza creo que conturba tu inteligencia. No pienses más en los pastelillos.

»—Déjese de lesiones en la cabeza, tío Emsley —dije—. La única lesión que siento, por el instante, es una que afecta a mis instintos vengativos. Jackson Bird me aseguró que, si visitaba a Willella, era por motivos puramente gastronómicos; esto es, con el objeto de obtener una receta para hacer excelentes pastelillos. Me pidió que le ayudara a conseguir una lista de los ingredientes. Así lo hice, con el resultado que usted ve. De manera que ese tipo se ha burlado de mí, ¿no?

»—No me tires tanto de la camisa —contestó el viejo—, y te lo explicaré todo. Reconozco que, según parece, Jackson Bird se ha mofado de ti. Al día siguiente al de su paseo con Willella vino y nos dijo a ella y a mí que tuviésemos cuidado contigo cuando nos hablases de pastelillos. Aseguró que, estando tú una vez en el campamento, guisando no sé qué aves, un tipo te dio un golpe en la cabeza con una sartén. A juicio de Jackson, cuando te excitas o te sientes dolido por algo, la lesión de la cabeza se te reproduce y te causa una especie de delirio en el que no haces más que soñar con pastelillos. Pero añadió que, si lográbamos desviar la conversación, no habría peligro en tratarte. De modo que Willella y yo hicimos en tu favor todo lo que pudimos. En cualquier caso —concluyó el tío Emsley— veo que Jackson Bird es un hombre astuto.»

Mientras Jud narraba su historia había ido combinando diestramente diversas partes de los contenidos de sus latas y tarros. Y, por último, me ofreció el producto de sus esfuerzos.

Página 149

Era un par de pastelillos calientes, de un espléndido color tostado. Me los sirvió en una bandeja de hojalata. De un recóndito lugar del furgón sacó una pella de excelente manteca y un frasco de dorado jarabe.

—¿Hace mucho que ocurrieron esas cosas? —le pregunté.

—Tres años —dijo Jud—. Los dos viven ahora en la Mula Atollada. No he vuelto a verles. Se asegura que Jackson Bird ha puesto muy elegante su rancho, con mecedoras y cortinas en las ventanas. Por lo visto ya estaba preparándolo todo mientras se burlaba de mí con lo de los pastelillos. Para mí el asunto ha terminado, pero los peones no hacen más que tomar el caso a chacota.

—¿Y estos pastelillos responden a la famosa receta?

—¿No te digo —impacientose Jud— que no había tal receta? Pero como los compañeros claman siempre por pastelillos, yo los hago según una fórmula que recorté de un periódico. ¿Qué te parecen? —Deliciosos —dije—. ¿No comes tú alguno, Jud?

Pareciome percibir un sofocado suspiro.

—No los probaré en toda mi vida —respondió Jud.

Página 150

MILAGRO AL ATARDECER

O’HENRY

J unto a un puente que, sobre un río internacional, forma la frontera de los Estados Unidos, cuatro hombres armados observaban atentamente, desde

dentro de un jacal, a la gente que a intervalos iba llegando del territorio mejicano.

La noche anterior, Bud Dawson, propietario del saloon Top Notch[39], había expulsado violentamente a Leandro García, acusándole de haber quebrantado las normas por las que se regía su establecimiento. García señaló un plazo de veinticuatro horas para que se le diese una satisfacción personal por la ofensa inferida.

El mejicano, si bien bastante fanfarrón, era asimismo muy valeroso y por lo menos una de estas cualidades le había granjeado el respeto de todos los habitantes de ambas orillas del río. Junto con una partida de jinetes que le era muy adicta, solía entretenerse impidiendo que las poblaciones de aquellos contornos se muriesen de tedio.

El día que García señalara para su venganza coincidía en el lado americano con una feria de ganado, una corrida de toros y una barbacoa[40] que organizaron los colonos más antiguos. Consciente de que el mejicano era hombre de palabra y considerando prudente mantener la paz mientras se celebraban aquellos festejos, el capitán McNulty[41], jefe de la compañía de Rurales de guarnición en aquella localidad, destacó a un teniente y a tres hombres en la entrada del puente. Sus instrucciones eran de impedir la llegada de García, fuese acompañado o solo.

Aquella tarde casi no había tráfico por el puente. Los Rurales, ocultos en el interior del jacal, juraban en voz baja mientras se iban secando la frente con sus pañuelos.

Durante una hora nadie cruzó el puente a excepción de una vieja envuelta en su rebozo, que arreaba un burro cargado de haces de leña.

Página 151

De improviso, sonaron a lo lejos, en la calle del pueblo, tres disparos, cuyos estampidos retumbaron claramente en el aire tranquilo.

Los cuatro rurales, que hasta entonces habían constituido otras tantas imágenes de la indolencia, parecieron recobrar vida bruscamente, pero sólo uno de ellos se movió; los otros contemplaron, anhelantes pero sin esperanza, al cuarto que entonces se ceñía la canana. Todos sabían que cuando el teniente Bob Buckley estaba al mando no permitía que nadie interviniese en una reyerta antes de que él lo hubiese hecho.

El ágil, enjuto y moreno oficial no varió la expresión de su melancólico semblante. Se ajustó la hebilla y luego se colocó los revólveres de seis tiros en las fundas. Por último, con la misma parsimonia que una jovencita que da los últimos toques a su atuendo, empuñó el «Winchester» y se encaminó a la puerta. Antes de salir, recordó a sus subordinados que no abandonasen la vigilancia sobre el puente y se internó en el camino que conducía a la calle Mayor.

Los tres rurales recobraron su forzada inercia y se sumieron de nuevo, en sus amargos comentarios.

—A veces se habla —gruñó Broncho Leathers— de tipos que se han casado con el peligro, pero si Bob Buckley no ha cometido bigamia, comprometiéndose además con todos los jaleos del mundo, estoy dispuesto a reconocer que soy el hijo de una marrana.

—Lo más extraordinario —intervino Nueces Kid— es que Bob no tiene la menor preparación para estas cuestiones. Sale con bien de ellas sin explicación posible. Todo hombre que haya de manejar un revólver o una escopeta debe recibir un adiestramiento previo si quiere que después de una acción su nombre figure entre los supervivientes.

—Buckley se comporta de un modo tan solemne —comentó un tercer rural, procedente del Este y cargado de estudios—, que a veces dudo de su espontaneidad. Aunque no comparto su sistema, diría que lucha, como Tibaldo, con arreglo a principios matemáticos.

—Me parece que pegar tiros y barajar números… —objetó Bronco.

—Quizá la trigonometría… —insinuó Nueces Kid.

—No te creía tan enterado —comentó satisfecho el del Este—. Sin embargo, puedo muy bien equivocarme, porque Buckley parece rechazar deliberadamente toda ventaja de su parte. Esto ya es desafiar la suerte, sobre todo cuando hay que vérselas con cuatreros y forajidos que si pueden te tienden una emboscada por la espalda. Buckley piensa demasiado y quiere imitar a Horacio. Cualquier día le harán dar el gran salto.

Página 152

—Bueno, aquí nos ha dejado —añadió Kid bostezando— para impedir que esos mejicanos crucen el puente. De todos modos, cualquier día tendremos que enfrentarnos con ellos.

—Lo que sí aseguro —resumió Bronco— es que Bob Buckley es el tipo más templado de la cuenca del río Grande. ¡Por Sam Huston! Cuidado con ese bicho.

Y aplastó un escorpión de un culatazo. Los tres rurales recobraron su lastimosa melancolía.

Bob Buckley había sabido guardar muy bien su secreto. Aquellos hombres, compañeros desde hacía dos años en cuantas reyertas y escaramuzas surgían a lo largo del río Grande, le alababan casi con fanatismo, sin comprender que Bob era el más completo cobarde físico que pudieran imaginar. Ni sus amigos ni sus enemigos le atribuían otra cosa que un valor extraordinario. Pero, preciso es repetirlo, de continuo le aquejaba una cobardía física que sólo mediante un sobrehumano esfuerzo de voluntad lograba disimular. Castigándose moralmente, cual un monje que se flagela para obtener el perdón de sus pecados, Bob se lanzaba al combate a ciegas, confiando en que la costumbre haría que algún día se viera curado de la despreciable dolencia que le atormentaba. Pero sus muchas y sucesivas pruebas no le proporcionaron alivio alguno y su rostro, antes tan jovial y animado, habíase tornado profundamente melancólico.

Mientras en la frontera admiraban sus hazañas, que se comentaban en los periódicos y corrían de boca en boca por los ranchos y poblados, el corazón de Buckley parecía agonizarle en el pecho. Sólo él conocía la horrible opresión que le acometía ante el peligro, la sensación de sequedad en la boca, la debilidad que sentía en la columna vertebral, el tormento de los nervios desquiciados, todos los síntomas inequívocos de su enfermedad afrentosa.

Uno de los rurales de su compañía tenía la costumbre de entrar en fuego con una pierna cruzada sobre el pomo de la silla, un humeante cigarrillo colgando de la comisura de los labios y contando chistes de su invención. Buckley hubiera dado la paga de un año para llegar a ser aquel despreocupado muchacho. Éste le dijo en cierta ocasión:

—Teniente, cuando usted ataca parece que va a asistir a un entierro. Claro que —añadió, alzando como con un brindis su jarrillo de latón— en eso terminan siempre nuestras operaciones.

La mentalidad de Bob Buckley era la de un auténtico yanqui[42] con algunas características del Oeste. Persistía en infligir a su rebelde cuerpo cuantos castigos le fuera posible y, por tanto, aquella bochornosa tarde

Página 153

resolvió dirigirse, pese a las violentas protestas de sus miembros, al lugar donde se había producido la alarma que amenazaban la paz y la seguridad del Estado.

Dejó otras dos manzanas de edificios y alcanzó el saloon de Top Notch. Allí distinguió signos de una reciente refriega. Unos espectadores curiosos se aglomeraban ante la puerta, pisoteando con sus zapatos numerosos fragmentos de la luna de un escaparate. En el interior, Buckley se encontró a Bud Dawson con una bala en el hombro. Pero el comerciante no le daba mucha importancia a esto y, por el contrario, sollozaba, literalmente, al pensar que no había podido devolverle el golpe al que le pegó el tiro.

Al ver entrar al teniente, Bud se apresuró a darle detalles de la devastación ocurrida.

—De no haberme confiado, Bob, me habría adelantado a él. Pero se presentó aquí vestido de mujer y me largó un balazo. Ni siquiera pensé en el revólver, imaginando que se trataría de Betty Chihuahua, de Mrs. Atwater o de alguna de las chicas del Mayfield. Ni siquiera me acordaba de ese maldito García hasta que…

—¡García! —exclamó Buckley—. ¿Y cómo demonios consiguió llegar hasta aquí?

El camarero tomó al teniente por el brazo y le condujo hasta la puerta. Allí estaba amarrado un borrico gris que comía pacientemente la hierba, junto a la cloaca, y llevaba en los lomos varios haces de leña. En el suelo se veían un rebozo negro y un vestido de mujer.

—Con eso vino disfrazado —explicó Bud, que se resistía a que le curasen la herida—. Estaba seguro de que era una mujer hasta que pegó un aullido y me encañonó.

Añadió entonces el camarero:

—Sé escapó por la calle de al lado. Como iba solo, seguramente se esconderá hasta la noche en espera de que su partida venga a buscarle. Tal vez le encuentre en ese jacal próximo a la estación donde vive su amiga Pancha Sales.

—¿Qué armas llevaba? —quiso saber el rural.

—Dos revólveres de seis tiros, con las culatas incrustadas de perlas, y un cuchillo.

—Entonces, guárdame esto, Billy —respondió el teniente.

Y le tendió su rifle al camarero.

Sin duda alguna era una actitud quijotesca, pero Bob Buckley se comportaba así. Otro hombre, incluso más valiente que Bolo, habría reunido

Página 154

fuerzas para perseguir a García; Buckley, por el contrario, tenía como norma no entrar nunca en fuego llevando ventaja sobre su adversario.

En su fuga, el mejicano había dejado tras de sí una estela de puertas cerradas y de aceras desiertas, pero la gente volvía a asomarse a la calle desde sus escondrijos, dando por seguro que algo grave había pasado. Muchos de los vecinos, que conocían al teniente, le indicaban con júbilo el camino seguido por García.

Buckley, al iniciar la persecución, comenzaba a sentir la habitual sequedad en la garganta, el frío sudor que le empapaba la frente y la sensación vergonzosa de que el corazón se le iba hundiendo cada vez más abajo del pecho.

El correo de la mañana del Ferrocarril Central Mejicano llegó con un retraso de tres horas y no logró enlazar con el I. & G. N. al otro lado del río. Los pasajeros que se dirigían a los Estados Unidos debieron, con muchas quejas, resignarse a pasar la noche en aquel villorrio híbrido de dos razas y dos naciones, porque no había otro tren hasta la mañana siguiente. Les disgustaba el retraso porque dos días más tarde comenzaban la gran feria y las carreras de caballos de San Antonio. San Antonio era, por aquella época, una especie de rueda de la fortuna cuyos radios se llamaban Ganado, Lana, Juego y Carreras de Caballos. En tales y venturosos días los rancheros jugaban a cara o cruz en las aceras con monedas que llevaban grabada una águila doble, y distinguidos caballeros ganaban o perdían en sus partidas de cartas pilas de monedas tan altas como lo permitiese la ley de la gravedad. Abundaban, por tanto, quienes despilfarraban el dinero y quienes lo recogían. Por ese motivo, los titiriteros y demás artistas ambulantes afluían a San Antonio. Se habían levantado ya dos circos enormes y estaban en camino varias docenas de otras diversiones de menor importancia.

Junto a las construcciones de adobes se había detenido un vehículo particular, que dejó por la mañana el tren mejicano y que, a causa de lo irregular de las comunicaciones, debería seguir en enojosa inmovilidad hasta que llegara el convoy del día siguiente.

En otros tiempos, aquel vehículo fue una diligencia, pero sus ocupantes, e incluso el cochero tocado con una alta chistera, no lo sospechaban siquiera gracias a una perfecta transformación. La pintura, unos dorados y ciertos detalles menudos, libraban al coche de la menor sospecha de que anteriormente hubiese estado al servicio del público. Unas cortinas de blanco encaje velaban discretamente sus ventanillas. En el pescante ondeaba al

Página 155

viento la bandera mejicana. En la parte trasera se veía el pabellón de fajas y estrellas, y un pequeño tubo de chimenea, que sugería placeres culinarios, y daba al conjunto la sensación de estar ocupado por gente adinerada y amiga de las comodidades.

Quien examinase los resplandecientes costados del vehículo vería, ocupando toda la extensión del coche, un letrero singular, en unas letras doradas y azules que revelaban audacia, altivez y genio. El letrero decía: «ALVARITA, REINA DE LAS SERPIENTES».

Aquel vehículo, después de una jira triunfal por las principales ciudades de Méjico, se dirigía a San Antonio, donde Alvarita, según rezaban los anuncios, debía exhibir «un maravilloso dominio y un intrépido mando sobre las más venenosas serpientes, manejándolas con suma facilidad y haciéndolas silbar y enroscarse, ante el temor de más de mil enmudecidos espectadores».

Los alrededores de la estación se veían bastante solitarios. Era un barrio mísero y poco hospitalario y lo poblaban los detritus de casi cinco naciones. Sus construcciones se limitaban a tiendas de campaña, jacales y ramadas. La única distracción posible era armar alborotos, frecuentemente con la colaboración de forasteros. Más allá del villorrio, crecía, en una hondonada del terreno, un bosquecillo que, desde lejos, casi ocultaba la población. Por el centro de la arboleda fluía un riachuelo que se perdía en el abrupto cañón del río Grande.

En aquel perdido lugar se veía obligado a permanecer durante varias horas el imponente vehículo de la reina de las serpientes.

La portezuela delantera estaba abierta. Aquella parte había sido transformada en gabinete de recepción. Allí, los admirados y enamorados periodistas podían escuchar y traducir al mejor estilo periodístico las musicales declaraciones de Alvarita. De la pared pendían un retrato de Abraham Lincoln y la fotografía de unas colegialas. El suelo se hallaba cubierto por una mullida alfombra y sobre un frágil soporte había un jarro de agua con hielo. En una mecedora de mimbre, descansaba Alvarita leyendo el periódico.

Era un tipo puro de española. Algunas quizá lo considerasen andaluz, pero en mi opinión era más bien vasca. Un combinado en diamante de fuego y sombras. El cabello era como las uvas rojizas contempladas a medianoche. Los ojos, almendrados y oscuros, inquietaban por la fijeza de su mirada. En su semblante, altanero y decidido, brillaba una insolencia que aumentaba su animación. Y para confirmar el encanto real de aquella mujer era suficiente mirar los carteles blancos, verdes y amarillos que anunciaban sus actuaciones.

Página 156

Allí aparecía con su ropaje profesional. Resultaba irresistible con sus encajes negros y sus cintas amarillas. En cada uno de sus brazos se enroscaba una serpiente azul. Otra, rodeándole por dos veces la cintura y una el cuello, dirigía la cabeza hacia la de Alvarita. Grandes mayúsculas advertían al público que se trataba de «Kuku», la pitón asiática de once pies de longitud[43].

Se apartó la cortina que dividía en dos el vehículo y una mujer entrada en años y ajada, que estaba mondando una patata, preguntó:

—¿Estás ocupada, Alvarita?

—Leo el periódico, mamá. Fíjate. Parece mentira que esa descolorida de Matilde Price, con su melena de estopa, haya conseguido la mayoría de votos del News. ¡Mira que proclamarla la muchacha más hermosa de Gallípoli![44]. ¡Nunca lo hubiese creído!

—De estar tú presente no lo habría logrado. Para otoño habremos regresado. Estoy cansada de danzar por el mundo dando exhibiciones con las serpientes. Pero no es eso lo que venía a decirte. La serpiente grande se ha vuelto a escapar. He buscado por todo el coche, sin encontrarla. Hará cosa de una hora que debió marcharse. Recuerdo que oí unos silbidos y supuse que andarías tú con ella.

—¡Esa vieja pícara! —exclamó la reina, dejando el periódico—. Es ya la tercera vez que se nos escapa. Jorge no cierra nunca bien la caja. Me parece que «Kuku» le asusta. Voy a tener que irla a buscar.

—Vete pronto, no sea que le hagan daño al animalito.

Los dientes de la reina brillaron en una sonrisa desdeñosa.

—No te preocupes. Como vean a «Kuku» echarán a correr y no pararán hasta comprarse bismuto. Por aquí cerca hay un arroyo y es posible que esté dándose un baño. Ya la encontraré.

Poco después, Alvarita saltó del vehículo, dispuesta a iniciar la búsqueda. Llevaba el hermoso cabello negro peinado a la última moda. Su inmaculada camisa, de blanca pechera, era un alivio para la vista en medio de aquel desierto quemado por el sol. Un sombrero de paja, de corte masculino, coronaba su abundante moño. Y bajo la desdeñosa, redonda y provocativa barbilla lucía una corbata de hombre, anudada a un cuello duro, igualmente masculino. Enarbolaba una sombrilla de seda blanca, ribeteada de auténtico encaje amarillo.

Por el traje, Alvarita recordaba Gallípoli, pero sus ojos sólo podían pertenecer a Valladolid o a Sevilla, con el acompañamiento de castañuelas, rejas, mantillas, serenatas, emboscadas, raptos y otros productos locales[45].

Página 157

—¿No te preocupa ir sola, Alvarita? —indagó con ansiedad la reina madre—. Por ahí andan sueltos muchos tipos peligrosos. Quizá sería mejor que…

—No he visto a nadie que me preocupe, mamá. Y no me asusta la gente. Los hombres mucho menos. No te inquietes. Volveré tan pronto como haya encontrado a «Kuku».

El árido terreno se veía cubierto de espeso polvo. Alvarita encontró en seguida las huellas dejadas por la serpiente. A través de la estación, el rastro seguía por una calleja, hacia el arroyo, tal como Alvarita imaginara. La calma que reinaba por todas partes hacíale suponer que nadie habría aún reparado en su formidable visitante. El calor obligaba a todos a permanecer en sus casas. De los zaguanes salían risas o el sonido deprimente de una armónica mal tocada. Algunos niños mejicanos, sentados a la sombra, suspendieron sus juegos para contemplar a Alvarita. De vez en cuando, una mujer atisbaba desde el quicio de una puerta, para ocultarse en seguida, deslumbrada por la sombrilla de seda.

Después de un centenar de pasos, dejando ya a un lado los linderos de la población, Alvarita se encontró en un lugar donde crecían aislados matorrales. A continuación venía el bosque que sombreaba el arroyo. De cerca, más que un bosque semejaba un parque público, impresión reforzada por los papeles y latas de conserva que dejara la gente que allí iba a merendar.

Alvarita remontó el curso del arroyo, entre la seudosalvaje vegetación. En la ancha franja de fina arena que bordeaba el cauce de agua se hallaban pruebas del paso del reptil. La fresca corriente atraía a la pitón, que sin duda no andaba muy lejos.

Tan segura se sentía Alvarita de su proximidad que por unos momentos se detuvo, para recostarse en una gruesa liana que rodeaba el tronco de un sauce enorme. Para alcanzarlo, la reina tuvo que dejar el sendero y subir un empinado desnivel.

En torno suyo se alzaban altos y poblados árboles. Las flores amarillas de unas retamas exhalaban un perfume dulce y penetrante. Una brisa suave refrescaba la pequeña hondonada por la que corría el arroyo. Se percibía el vago aroma de hojas caídas y húmedas.

Alvarita se quitó el sombrero, se deshizo el moño y comenzó a peinarse la espesa cabellera en dos trenzas negras y largas.

Desde las sombrías profundidades de un grupo de siemprevivas, dos ojos brillantes observaban a la joven. Allí se encontraba «Kuku», enroscada cómodamente. «Kuku», la gran pitón, la pitón magnífica, de hocico plateado,

Página 158

con sus once pies de longitud, se ocultaba, mirando a su ama sin hacer movimiento ni ruido alguno que pudiera delatarla. Quizá previera su próxima captura, pero debía querer prolongar el goce de la libertad. Después del calor sufrido en el coche, era delicioso descansar entre las hierbas, aspirando el olor de la corriente y sintiendo la tierra bajo la moteada piel. Muy pronto, la reina iba a encontrar a la serpiente y ésta, indefensa como un gusano en manos de su dueña, debería volver a su angosto cofre en la pequeña casa sobre ruedas.

Alvarita oyó cómo crujía la arena a su espalda. Volvió la cabeza y pudo divisar a un corpulento y bronceado mejicano, de expresión decidida y cruel, que la observaba con ojos turbios.

—¿Qué quiere usted? —preguntó tan claramente como se lo permitían los cinco alfileres que tenía entre los dientes.

Y siguió peinándose mientras le contemplaba con claro desprecio.

El mejicano no le quitaba la vista de encima. Mostró los dientes en una torcida sonrisa.

—No voy a hacerle ningún daño, señorita —advirtió.

—De eso puede estar bien seguro —repuso ella, retorciendo una de sus trenzas—. Y ahora creo que le conviene marcharse.

—Antes tiene usted que besarme. Pero no le causaré ningún daño.

Con otra sonrisa, el mejicano se dispuso a escalar el repecho donde se hallaba Alvarita. Ésta, poniéndose en pie de un brinco, tomó una piedra del tamaño de un coco.

—¡Vamos, fuera de aquí, mestizo sinvergüenza! —ordenó secamente. —Soy un hidalgo —afirmó él, rechinando los dientes—. No tengo sangre

negra. Pero ese insulto te costará caro. Menos mal que eres muy bonita.

Dio un par de zancadas, para escalar el repecho, pero la piedra, lanzada por un brazo, en modo alguno débil, le alcanzó en el pecho. El hombre retrocedió, tambaleándose, y en aquel momento descubrió algo que le hizo olvidarse de la belleza de la muchacha.

Alvarita volvió la cabeza para ver lo que había despertado la atención del mejicano. Vio a un hombre alto, de cabello oscuro. Su semblante curtido y bien afeitado tenía una expresión melancólica. Avanzaba por el sendero y se hallaba aún a unos veinte pasos de distancia. El mejicano llevaba la canana con las revolverás vacías. Se había dejado los «colts» en casa de Pancha y al comenzar a seguir a Alvarita los olvidó por completo.

Echó instintivamente mano a las fundas vacías, pero al comprobar que no tenía armas, abrió los brazos en un elocuente ademán de resignación típicamente latino. Después, quedó en el sendero, inmóvil como una roca. El

Página 159

recién llegado, al advertir la situación en la que se encontraba el mejicano, se soltó la canana con las armas y la arrojó al suelo.

—¡Muy bien! —aprobó Alvarita, con los ojos brillantes.

Cuando Bob Buckley arrojó sus revólveres (según el código de conducta que su mente imponía a sus débiles nervios) y se acercó a su enemigo se sentía casi ahogado por aquella náusea de abyecto temor que tan familiar le era. La respiración le brotaba sibilante de los pulmones. Los pies le pesaban como si fueran de plomo. Tenía la boca seca como el polvo. El corazón congestionado le latía contra las costillas. El caluroso día de junio le parecía entonces frío como en noviembre. Pero seguía adelante, espoleado por su exigente orgullo, que le hacía sobreponerse a la flaqueza de la carne.

Poco a poco, iba disminuyendo la distancia entre los dos hombres. El mejicano seguía esperando, siempre inmóvil. Cuando los dos antagonistas estaban separados apenas por dos pasos, unas piedrecillas cayeron a los pies del teniente.

Éste, alzó la vista con cautela. Unos ojos oscuros, dulces, brillantes, fieramente tiernos, coincidieron con los del rural y sostuvieron su mirada. Acababan de encontrarse el corazón más osado y el más medroso de río Grande y en silencio se transmitían un inescrutable mensaje. Alvarita, sentada aún en la liana, se inclinaba hacia delante. Los altos matorrales le llegaban al pecho. Se apoyaba una mano en el seno. Tenía los labios entreabiertos y su rostro expresaba el mayor de los asombros. Y sus pupilas, fijas en las de Buckley, ejecutaron, sin duda por medio de algún fluido sutil, un auténtico milagro. Así como la chispa entre dos nubes provoca la descarga eléctrica, así los rayos de los ojos de Alvarita infundieron en Bob el complemento de virilidad que le faltaba, mientras la muchacha, al transmitírselo, perdiéndolo ella, adquiría una gracia femenina.

El mejicano, saliendo de su aparente apatía, tiró de su cuchillo. Buckley arrojó a tierra su sombrero. Reía como un niño que prevé una diversión. Sin armas, se adelantó, cuando García le acometía.

El encuentro concluyó con tanta presteza que casi decepcionó al teniente. En vez de asestar el tradicional golpe de abajo arriba, García se lanzó a fondo. Buckley, aprovechando una remota posibilidad de vencer, aferró con fuerza la muñeca de su enemigo. Luego, le asestó un gancho, tan catastrófico para los mestizos, que no suelen tener la mandíbula recia. El mejicano cayó al suelo y hundió la cabeza entre unos espinos. El teniente, alzando los ojos, contempló a la reina de las serpientes.

Página 160

Alvarita descendió hacia el sendero.

—Celebro mucho —dijo Buckley— haber llegado a tiempo.

—Estaba muy asustada —susurró Alvarita.

Ninguno de los dos oyó el largo y apagado silbido de la serpiente pitón. En el lenguaje de las bestias tal sonido debía expresar sin duda la humillación que el animal sentía al ver a aquella temblorosa y ruborosa muchacha que era su dueña y que hasta entonces consideró fuerte poderosa y temible.

En aquel momento llegaban las autoridades de la población, a todo galope de sus caballos. Buckley les entregó al postrado perturbador de la paz pública. Muy maltrecho, le colocaron a la grupa de una de las monturas. Pero Buckley y Alvarita quedaron en el mismo lugar.

Lentamente, echaron a andar. El teniente volvió a ceñirse la canana con los revólveres. Con deliciosa timidez, ella le pidió que le dejara tocar el largo cañón del enorme «colt», entre exclamaciones de infantil entusiasmo, en ella desconocido.

La barranca por la que surcaba el arroyo comenzaba a llenarse de las sombras del crepúsculo. A lo lejos, donde desembocaba el amplio cañón de río Grande, se divisaba un panorama inundado por el esplendor del crepúsculo.

De pronto, un grito de horror escapó de los labios de Alvarita. Retrocedió para refugiarse entre los protectores brazos de Buckley. ¿Qué monstruo provocaría el final del reinado de la antes indomable reina?

Por el sendero avanzaba una oruga; una horrorosa oruga de casi dos pulgadas. «Kuku» quedaba vengada, pues había asistido a la abdicación de la reina de las serpientes. Y puesto que la reina abdicó, ¡viva la reina!

Página 161

LA MINA PERDIDA

THOMAS ALLIBONE JANVIER

E N la parte alta del valle de Río Grande, cerca de la sierra de la Sangre de Cristo, hubo en tiempos una mina llamada La Mina de los Padres, porque se decía que perteneció a los Padres del Monasterio de Santa Clara.

Entre las muchas ricas minas de plata, ésta, al parecer, era la más rica.

Pero su rastro se ha perdido; si una vez existieron planos de ella, han desaparecido, y los años han cubierto de malezas los caminos que a ella llevaban. No obstante, el recuerdo de La Mina de los Padres, subsiste; vive en la mente de los hombres de la región, como una leyenda, aunque ninguno de ellos la haya visto.

No hay más bella perspectiva en toda la hermosa tierra que un día fue el reino de Nueva España, que el panorama que, al ponerse el sol, se ve desde Santa Clara mirando hacia el Oeste, a lo largo del valle de Río Grande. La ciudad —una simple hilera de casitas de adobe, agrupadas en torno a la vieja iglesia y al monasterio medio en ruinas— se yergue cerca de un pequeño promontorio, último de las estribaciones de la cadena de montañas y colinas de la sierra de la Sangre de Cristo. Las montañas forman un baluarte con torres, a cada lado del valle, y se extienden, en magnífica perspectiva, hacia el Oeste, con sus picos irguiéndose, azul-gris, contra el brillante azul-gris del cielo del atardecer. Y allá, hacia el sol poniente, el cielo toma un tinte violento, luego se hace rosado, luego de un rojo muy rico y suave y por fin de un brillante carmesí que parece salpicar el cielo de ígneas llamaradas de oro. Y, en seguida el sol deja de verse, su caída es completa e inmediata, el gran castillo que es la montaña de San Ildefonso alza las oscuras y agudas líneas de sus almenas contra el deslumbramiento de luz y de color, más allá. Al pie de las montañas, como si fuera el camino real que conduce a la poterna del castillo señorial, el río Grande discurre suavemente entre sus bajas márgenes, reflejando en su rápida corriente el dorado resplandor del cielo de la tarde.

Página 162

Cada noche existe un renovado placer en la contemplación de aquellos magníficos resplandores, de aquel cuadro perfecto, recién salido de la mano de Dios.

A Techita, sentada en un rincón, en una piedra, bajo los muros del antiguo monasterio, le gustaba enormemente contemplar aquel cuadro que le regalaba Dios; recrearse en su esplendor creciente, a medida que el sol descendía más allá de la montaña de San Ildefonso, y en la aparición de los ricos coloridos por todo el cielo del Oeste; ver cómo se desvanecía su gloria cuando el sol se hundía aún más detrás de las lejanas montañas, y la armonía de color iba muriendo lentamente. Y luego, cuando la noche llegaba y la gris oscuridad inundaba el cielo desde el Oeste y sólo en el Este quedaban aún unos tintes tenues, le gustaba ir poco a poco hacia la oscura iglesia y allí, ante un viejo cuadro de la dulce Santa Clara, rezar y ofrecer una pura acción de gracias.

Y su acción de gracias fue aún más ferviente cuando, al salir de la iglesia, bajo el crepúsculo, vio a Juan a la puerta de su pequeña casita en un rincón del viejo monasterio y distinguió, incluso en la media oscuridad, un resplandor amoroso en sus ojos. Y, sin embargo, junto con la alegría de saber que Juan le amaba, entraron los tormentos en el corazón de Techita. Porque en aquella vieja ciudad mejicana, los dos jóvenes estaban viviendo una historia tan vieja como la vida humana misma: la historia de un amor sin esperanzas.

Un forastero que llegara a Santa Clara —por lo menos un forastero que procediera del bárbaro país del Norte— no hubiera visto grandes diferencias entre Pedro, el padre de Techita, y el enamorado Juan. Ese forastero, suponiendo que se tomase la molestia de pensar algo sobre ellos, los hubiera «clasificado» a los dos, según esa brusca e incorrecta manera de ser de los americanos, como un par de pobretones mejicanos; y, si hubiese llevado sus pensamientos más allá, se hubiera preguntado cómo se las arreglarían los dos para mantener unidos el alma y el cuerpo. Pero en lo que a Pablo se refiere, pensar aquello hubiera sido ir demasiado lejos. En realidad el viejo Pablo era un hombre rico; media milla de la mejor tierra a lo largo del río era suya; suyo era, también, el gran rebaño de cabras que todas las madrugadas volvía al corral; y suyo el rebaño de vacas que pastaban en la mesa negra, a una media docena de leguas más allá, hacia el Norte; y en sus graneros había una gran provisión de cebada, frijoles y trigo.

¡Y Juan no tenía ni tierras, ni cabras ni ningún ganado! Todo cuanto poseía en la tierra eran las pocas cosas de su ajuar doméstico, en la pequeña casita que el Padre, apiadándose de él le había permitido hacer en un rincón

Página 163

del monasterio. Todas sus riquezas eran su cuerpo, joven y fuerte, su limpio corazón y sus manos.

La verdad era que el apuesto Juan había venido al mundo marcado con la peor de las suertes. Cuando no era más que un chiquillo, una terrible epidemia de viruela atacó a la ciudad de Santa Clara y en un solo mes, su padre y su madre, junto con media población de la ciudad, fueron enterrados en una fosas cavadas apresuradamente. Y era un muchacho cuando su vieja tía, que le había cuidado desde entonces, murió también y le dejó solo, para luchar en la vida. Fue entonces cuando el bondadoso Padre le buscó un hogar en el rincón del monasterio, abandonado desde mucho antes por sus antiguos habitantes, y que se estaba cayendo a pedazos, completamente en ruinas. Y allí llevaba viviendo doce años o más, arreglándoselas para salir adelante, ayudando al Padre en los oficios de la iglesia, pastoreando cabras y trabajando en el campo en la temporada de barbecho. El Padre, que tenía un gran corazón, quería mucho al solitario muchacho, y éste, bajo sus cuidados, se había convertido en un prodigio de saber. ¡Juan sabía leer! Y, lo que aún era más asombroso, sabía firmar con su nombre y rodearlo, además, con una rúbrica más floreada y confusa que la de cualquier otro mejicano de la región. Pero a pesar de sus extraordinarios conocimientos, era el más pobre de los pobres.

No tenía, por tanto, nada de extraño que su amor por Techita fuera sin esperanzas. Pablo era un viejo astuto, a pesar de su aspecto soñoliento, y muy sagaz para todo lo que fuera hacer dinero. La mayor ambición de su vida era que su hija (que era hija única, ya que Pablito y la madre de Pablito murieron un mismo día, durante aquellas terribles viruelas) se casara con un hombre rico. Desde hacía uno o dos años, cuando en Techita empezó a desarrollarse su femineidad, los comadreos de la ciudad afirmaban que el solemne viejo don José, que poseía una gran hacienda en Abiqui, era el marido que Pablo tenía pensado para Techita. Pero había algunos que decían —susurrándolo muy bajito, porque a don Pablo era más prudente no ofenderle— que entregar a Techita a semejante fantoche era un crimen. Y otros, aún más audaces, declaraban que a Juan y a Techita, la más gallarda pareja de todo el valle, los había creado el buen Dios el uno para el otro, y que debían ser marido y mujer. Aquellos murmullos jamás llegaron a oídos de Pablo; y si hubiesen llegado, se hubiera reído de ellos, como de chismes de comadres, tan natural le parecía que la riqueza de su hija emparejara con mayor riqueza; lo absurdo, para él, hubiera sido la idea de casar a su hija con aquel pastor y labrador que era Juan.

Página 164

Aquello era lo que conturbaba a Techita, que conocía bien a su padre y le temía, y lo que hacía que su corazón le doliera en el pecho al saber el amor que Juan sentía por ella y el que ella, a su vez, sentía por él. Y muy a menudo, cuando estaba de rodillas en la iglesia, a la caída del día, pedía a la gentil Santa Clara que ablandara el corazón de su padre, para que la felicidad fuera posible para ella y para su amado. Pero el tiempo pasaba y no ocurría ningún cambio que abriese el camino que deseaba seguir; y cada mes que pasaba, a medida que se iba haciendo mujer, se acercaba más y más el momento en que debía convertirse en la mujer de don José.

Así estaban las cosas cuando el valle se llenó de asombro por la repentina llegada de americanos procedentes del Norte no como un ejército en son de guerra, como habían aparecido treinta y tres años atrás, sino como un ejército dispuesto a construir la vía del ferrocarril. Qué ferrocarril podía ser aquél, las gentes del pueblo —cuyos medios de locomoción se reducían a sus propias piernas, a las patas de sus burros y a algunos pesados carros de madera— lo ignoraban en absoluto; pero como era una invención de los americanos, no cabía duda de que sería algo malo. Y cuando sus canalillos de riego, que tanto apreciaban, fueron descalzados y sus campos quedaron baldíos, cualquier duda que pudiera quedar sobre la maldad del ferrocarril se disipó por completo; aquello era una abominación. Y, cuando al empezar a construirse el ferrocarril, una variada horda de endiablados americanos —asesinos y malhechores, la vanguardia de toda la truhanería que se vierte sobre cualquier región recién abierta del Oeste— cayeron sobre la ciudad, destruyendo la tranquila paz de la región, el odio por sus enemigos de antaño volvió y se hizo más amargo e intenso; tanto más intenso cuanto que, instintivamente, se sentían incapaces de resistir a la avalancha.

La oleada de gentes que les invadió fue realmente impresionante, porque ahora que el ferrocarril había abierto el camino hacia allí, la fama que desde antiguo gozaba la sierra de la Sangre de Cristo de encerrar grandes riquezas volvió a sonar, y, por todas partes, las montañas se cubrieron de campamentos de buscadores. Una vez más revivió la leyenda de la Mina de los Padres, y, en más de un campamento, los corazones latieron más de prisa y la respiración se hizo entrecortada al oír contar de nuevo la historia de las maravillosas riquezas. Otra vez se buscaron, con la misma afanosidad y con más maña que durante los doscientos años anteriores; y de nuevo fue una búsqueda infructuosa. Uno detrás de otro, los buscadores de minas abandonaron la empresa, dándola por imposible, o se conformaron con hallazgos de menor importancia, hasta que sólo quedó un hombre dispuesto a

Página 165

seguir adelante en su empeño. Ese hombre perseveró en el propósito que le había llevado hasta allá, desde los Estados.

Dick Irving llevaba siempre a cabo lo que se había propuesto. Estando en Pueblo, la ciudad de Colorado, en el valle del Arkansas, se encontró con un viejo soldado de la columna de Price, que había luchado en la región de Taos a Santa Fe, en 1847, y que, terminada la guerra, se había casado e instalado en la tierra contra la que había luchado. Todavía quedan no pocos de esos soldados, repartidos por la región, al norte de Santa Fe. Aquel soldado le contó a Irving una historia tan maravillosa sobre la Mina de los Padres, que Dick, inmediatamente, vendió sus intereses en la «Rattling Meg» de Leadville y una semana después estaba en la Sangre de Cristo, trabajando con su equipo de exploración.

—¡Encontraré esa mina o moriré en la empresa! —le había dicho a su antiguo socio, en Leadville; luego añadió, acariciando la culata de su cuarenta y cinco—: ¡Y si alguien se me ha adelantado, le pegaré un tiro y pasaré por encima de sus pretensiones!

Y Dick Irving era un hombre que, en esa clase de asuntos, cumplía siempre su palabra.

Techita se sentó en su rincón, en la piedra junto al muro del monasterio y contempló la puesta de sol; su corazón tenía una terrible pesadumbre. Por fin había ocurrido la catástrofe que llevaba tanto tiempo esperando: su padre acababa de decirle que ya había llegado el momento de que se convirtiera en la esposa de don José. No se dejó conmover por sus súplicas; interrumpió sus palabras, diciendo ásperamente:

—Es mi voluntad —y la dejó a solas con su desesperación.

Aquella noche no había belleza para ella en la puesta de sol y cuando el esplendor del ocaso se perdió en el cielo, Techita se dirigió de la semipenumbra del crepúsculo a la oscuridad de la iglesia, con los ojos inundados de lágrimas. Se arrodilló ante el cuadro de la Santa, como tenía por costumbre, pero de sus labios no salieron las plegarias. ¿Para qué iba a rezar? ¿No le había ya suplicado una y otra vez, con toda la fe de que era capaz, para que la librase de lo que acababa de pasar? La Santa estaba demasiado alta, en el cielo… ¡Ah! ¡Ojalá estuviera ella también a salvo, en el cielo!

Arrodillada allí, en el suelo desnudo, ante el cuadro de la Santa, pensaba con angustia en la vida de felicidad que iba a perder y en la de dolor y tristeza que debería soportar en adelante. Mientras permanecía arrodillada, mirando resueltamente la dulce cara de la Santa, que brillaba en medio de la oscuridad

Página 166

gracias al último rayo de sol que le daba de lleno, a través de la ventana que había bajo el tejado, Techita creyó ver una mirada de amorosa compasión en los dulces ojos, y, en los tiernos labios, una sonrisa de piedad; y olvidando sus dudas, volvió a tener esperanza en la Santa, en su poder para ayudarla y para convertir su tristeza en alegría. Techita sintió que invadía su alma un suave estremecimiento de felicidad.

—¡Techa!

La muchacha se puso a temblar y, por un momento, su corazón dejó de latir, pues creyó que, en verdad, la Santa le había hablado. Pero luego comprendió que la voz que había pronunciado su nombre quedamente era la de Juan.

—¿Estás aquí, Techa? Tengo que hablar contigo. Tengo que decirte algo que te va a llenar de alegría.

Ella le contestó con un leve suspiro, mientras se levantaba rápidamente, con alegre esperanza de que la promesa que encerraban la mirada y la sonrisa de la Santa se iban a convertir en realidad.

—¡Techa mía, escúchame! El buen Dios se ha apiadado de nuestros sufrimientos y la barrera que se interponía entre nosotros ya no existe. Ha ocurrido algo maravilloso que me ha convertido en un hombre mil veces más rico que tu padre. Por la gracia de Dios, he encontrado la antigua Mina de los Padres, que desapareció hace tanto tiempo. Soy rico, más rico de lo que se pueda imaginar. Y rico, sobre todo, porque ahora tú también serás mía.

Entonces Juan le contó la historia extraordinaria que había cambiado su suerte. Un rincón de su vivienda en el antiguo monasterio, el rincón en que se hallaba la chimenea triangular, llevaba mucho tiempo en estado ruinoso. El derrumbamiento acababa de tener lugar y entre los cascotes había aparecido un rollo, cuidadosamente envuelto, con los planos de la antigua mina. Allí los había escondido alguien poco antes de caer muerto, en un día de agosto de hacía doscientos años, cuando los indios Pueblo se levantaron en armas contra sus amos.

Los planos estaban amarillentos por los años, y el dibujo, que antes fuera negro, había palidecido, pero aún estaba claro el diseño y era perfectamente inteligible: mostraba el lugar donde estaba emplazado el monasterio, el largo y angosto camino que subía hacia las montañas desde el arroyo de San Pedro y el emplazamiento de la mina propiamente dicha, a una legua o poco más, al final del sendero. Para alguien que conociera bien la región, y Juan la conocía, el plano era clarísimo. Juan había llevado a las cabras un centenar de veces a la ladera de la montaña debajo de la cual yacía la mina. No había duda

Página 167

ninguna sobre su descubrimiento. ¡Había hallado la Mina de los Padres y era suya!

Con el corazón latiendo apresuradamente, Techita escuchó la maravillosa historia de su buena fortuna y a medida que escuchaba su alma se iba inundando de alegría. Sabía que sólo la riqueza de don José era lo que había impulsado a su padre; ahora no había temor de que rechazase a Juan, con su fortuna incomparablemente mayor. La felicidad la envolvía, sobre todo, porque ahora aquella felicidad era segura. En ferviente acción de gracias, se arrodilló de nuevo ante el cuadro de Santa Clara, e hizo que Juan se arrodillara también junto a ella; como sus corazones estaban demasiado henchidos para que pudieran expresarse en palabras, hicieron silenciosa oración de gracias por la felicidad que, por intercesión de la dulce Santa Clara, les había concedido la Misericordia y el Amor de Dios.

Sin embargo, mientras estaba arrodillada, la duda y el temor asaltaron el alma de Techita. Mezclada con su sangre española, tenía sangre de la raza Pueblo, la de aquellos paganos que trabajaron en las minas en tiempos pasados. Y como junto a la fe cristiana sentía, si no fe, un temor reverencial por los dioses paganos de los Pueblo, había recordado de pronto la profecía de que la maldición de los dioses de los indios Pueblo caería sobre quien hallase la Mina de los Padres.

Apoyados en la puerta de la iglesia, mientras la luna salía sobre las montañas del este, brillando fantasmalmente sobre ellos, Techita habló de sus temores, pero Juan, lleno de alegría ahora que sus tribulaciones habían acabado, se rió suavemente y ahuyentó sus temores.

—Nosotros somos buenos cristianos, Techa mía —le dijo—, y nuestro Dios y los santos nos guardan. ¿Qué necesidad tenemos de temer a unos dioses falsos, que murieron hace mucho tiempo?

Pero mientras así hablaba sintió él también una extraña sensación de temor, porque por sus venas corría igualmente sangre de los indios Pueblo. Se dominó, sin embargo, con un esfuerzo. Bajo la tenue luz que les iluminaba, Techita no notó el súbito cambio que se había operado en sus facciones cuando dejó de hablar, y se sintió confortada por sus palabras. Era cierto, pensó, que los santos benditos eran sus defensores contra las fuerzas del mal y, además, estaba segura ahora de que la gentil Santa Clara le había prometido su poderosa ayuda. Por tanto, tenía un sólido fundamento donde descansar su fe y su esperanza. Y, sin embargo, mientras se dirigía lentamente a su casa, la asaltaron vagas premoniciones de nuevos desastres; toda su esperanza en la felicidad futura no fue bastante para ahuyentar sus negros pensamientos.

Página 168

Dick Irving estaba extrañado. Creía, y con mucha razón, que todo lo que él no supiera sobre prospecciones no valía la pena de tenerse en cuenta. Y, sin embargo, se hallaba ante un problema de prospección que le dejaba atónito y que, para decirlo con sus propias palabras, le asombraba de la «manera más endiablada».

Lo más espinoso de la cuestión, lo que le tenía fuera de sí, era la procedencia de aquel pedazo «flotante» que había encontrado en el arroyo de San Pedro. Cuando descubrió aquel pedazo de roca tan curioso, el corazón se le puso a dar saltos y la boca se le hizo agua. En el curso de su larga experiencia en prospecciones jamás había encontrado nada que, por su riqueza, pudiera parecerse ni de lejos a lo que tenía en las manos; era más rico que los mejores carbonatos de Leadville, que la mejor plata rojiza de Gunnison. A ojo de buen cubero calculó que la vena de donde procedía aquel pedazo debía producir no menos de mil onzas diarias; lo cual representaba muchos más millones de los que podía imaginar de una sola vez, sin sentir mareos.

Pero lo malo era que el principio del prodigioso descubrimiento fue también el final. El pedazo de roca era como la huella del pie en la isla de Robinson; estaba solitaria… No había rastro ninguno de su procedencia. Estaba seguro de que en el arroyo no había más, porque estuvo cerca de un mes allí, levantando cuidadosamente todas las piedras y escudriñando todas y cada una de las grietas de la rocosa ladera. Empezaba a sentirse como loco. Su reputación de buscador estaba en juego. Sabía que muy cerca, al alcance de la mano, en los flancos de una de las dos montañas que le rodeaban como torres, había una mina cuyo descubrimiento le proporcionaría una fortuna fabulosa, y que si no la encontraba perdía la mayor oportunidad de su vida… Y cada día aumentaba en él la descorazonadora sensación de que iba a perderla.

Sabía, naturalmente, que su casi única oportunidad era seguir el rastro del pedazo suelto; ésa era la razón de que hubiera pasado un mes trabajando en el arroyo. Cuando aquello le falló empezó a buscar en las montañas mismas; era una búsqueda desesperada, pero también la única posibilidad que le quedaba. Empleó en ello otro mes, y después se sintió casi dispuesto a declararse vencido; a confesar que, por una vez, había buscado la mina por todo alrededor, sin tener siquiera la menor sospecha de dónde podía hallarse. En una ocasión, es cierto, y por un momento, tuvo ciertas esperanzas. En un pequeño cañón en el que era muy difícil entrar porque grandes masas de rocas desprendidas de las laderas, más arriba, habían obstruido casi la entrada,

Página 169

encontró una roca cuya superficie era idéntica a la del pedazo suelto que había hallado. El borde estaba extrañamente partido por la mitad por un montón de rocas grises, corroídas por la erosión. Irving nunca se había encontrado ante una formación como aquélla y si hubiera sido geólogo hubiera hallado allí muchas cosas de interés; pero como simple buscador de minas, el examen de la roca le resultó completamente desilusionante. Había, claro, trazas de mineral, pero ni el menor indicio de aquella, inagotable riqueza que él sabía tenía que haber en la roca de donde procedía el pedazo que se hallaba en su poder. Finalmente dio una patada furiosa a la roca, juró contra su mala suerte y estupidez con una fluidez y riqueza de vocabulario que sólo pueden adquirirse en largas temporadas de estancia en campamentos mineros, y luego se alejó, hoscamente.

La fe que Dick Irving tenía en su instinto de buscador, y que empezaba a desvanecerse rápidamente, se hubiera fortalecido de saber que era el arte del hombre y no un capricho de la naturaleza el que le había desviado de su camino. Mientras estaba maldiciendo de su mala suerte y estupidez, la Mina de los Padres se hallaba bajo sus pies. Sólo con que hubiera apartado a un lado la roca en que se apoyaba hubiera descubierto —estropeada por el moho, pero aún reconocible— una cabeza de martillo, redondeada por el largo uso. Y eso hubiera bastado a su rápida inteligencia para comprender que había hallado la rica presa que jurara hacer suya, cuando salió hacia el Sur.

La tarde siguiente del día en que Juan contara a Techita su gran descubrimiento, volvió a encontrarla de nuevo en la puerta de la iglesia para decirle que todo había ido bien en su búsqueda por las montañas y que, en verdad, había encontrado la mina perdida desde tanto tiempo atrás. En prueba de la veracidad de sus palabras, le enseñó una cabeza de martillo cubierta de herrumbre y moho, la misma que Dick Irving, a pesar de toda su inteligencia, no había sabido encontrar.

—Dios ha sido muy bueno con nosotros, Techa mía —le dijo, mientras se arrodillaban los dos al pie del cuadro de Santa Clara iluminado por la dulce penumbra del atardecer, que se filtraba por la ventana—. Misericordiosamente, se ha apiadado de nuestro dolor y por mediación de nuestra querida Santa nos ha dado consuelo y esperanza. Ahora todo nos saldrá bien. Tú padre hubiera rechazado, ciertamente, entregarte a Juan, el pastor de cabras; pero al señor don Juan, propietario de la Mina de los Padres, no le dirá que no. Y tú serás mía, Techita. Y durante toda nuestra vida, llenos de amor y felicidad, daremos gracias y veneraremos a la dulce Santa que nos ha librado del dolor y nos ha dado la dicha. Y oye, pequeña mía —siguió

Página 170

diciendo alegremente, después de un rato en que permanecieron con las manos apretadas unidas y los ojos fijos en el cuadro de la Santa—. ¡He encontrado la mina y ninguna maldición ha caído sobre mí! Aquello no era más que un miedo tuyo sin fundamento. Los santos son fuertes y velan por los que tienen fe en ellos.

Pero de nuevo, mientras hablaba, Juan sintió que un estremecimiento de temor le recorría el cuerpo.

El mismo temor pesaba en el corazón de Techita y las palabras animosas de Juan no lograban tranquilizarla. Por el gran amor que sentía hacia él, estuvo a punto de pedirle que olvidara el tesoro que había hallado; que ella prefería sacrificarse, en aras de amor, y casarse de acuerdo con la voluntad de su padre. Aquella horrible desgracia sería mejor que el daño que pudiera sobrevenirle a su amado.

A lo largo de toda la noche oscura, Techita se sintió oprimida por el temor y cuando al fin se quedó dormida, tuvo terribles pesadillas. Tanto despierta como dormida, la obsesionaba el pensamiento de que en medio de su felicidad iban a aparecer la desolación y el dolor.

La brillantez del sol, cuando al fin llegó el nuevo día, no fue bastante para disipar sus negras premoniciones; un gran desfallecimiento se apoderó de su ánimo; le agobiaba la convicción de que las desgracias que iban a ocurrir estaban muy cerca. No le cabía duda de que cualquiera que fuera ese dolor, le llegaría a través de Juan. Juan, se decía, debía haber ido a las montañas, en busca de la mina. Si él estuviera en el pueblo en los campos cercanos, trabajando, ella se habría atrevido a afrontar el enfado de su padre y se hubiera ido con él… tan firme era su convicción de que una fuerza maligna iba a traer el mal sobre Juan.

El día transcurrió lentamente y cada hora que pasaba aumentaba su nerviosidad y temor. Y, al fin, cuando llegaron las pesadas horas del mediodía y toda la ciudad se entregó al sueño, no pudo vencer su impulso de ir a su encuentro; de luchar con él contra el peligro, cualquiera que fuera, de defender su vida; de morir con él, si era preciso. Techita salió de su casa, atravesó la ciudad dormida y se dirigió resueltamente al arroyo de San Pedro; en su corazón crecía el valor al pensar en su amado Juan.

Aquel día también Dick Irving fue a las montañas. En su interior reconocía que había llegado al límite de la resistencia y se dijo que aquél sería el último día de su locura. Tuvo que confesarse que, por aquella vez, se había metido en una empresa mayor de lo que podía abarcar; y lo que más le

Página 171

desesperaba era que el pedazo suelto de roca que llevaba en el bolsillo le había convencido plenamente de que todo lo que le habían contado sobre la Mina de los Padres era cierto. Él sabía que la mina existía en algún lugar, más allá del arroyo de San Pedro, y sabiéndolo así, cada vez que pensaba en los desesperados esfuerzos que había llevado a cabo para encontrarla, sin haber alcanzado el éxito, rechinaba los dientes de rabia.

Se decía a sí mismo que era una completa tontería llevar a cabo aquella última expedición, ya que estaba convencido de que sólo le reportaría otro fracaso. Pero era un trabajador concienzudo —concienzudo en cuanto a buscador, se entiende— y no se sentía satisfecho de volver al norte sin echar otro vistazo al promontorio de rocas en el pequeño cañón. Aquél era el único lugar de las montañas en donde había encontrado unas rocas de idéntica constitución; y aunque su primera inspección le convenció de que la cantidad de mineral hallado no se podía comparar con el pedazo que llevaba en el bolsillo, el hecho de haber fracasado rotundamente en todos los otros sitios le empujó a inspeccionar aquel lugar de nuevo. Más aún, el cuidadoso estudio que había hecho del lugar le había demostrado que el cañón era el más verosímil lugar de procedencia del pedazo suelto. Si no fuera por la masa de rocas de la embocadura del cañón, estaría casi seguro de que dicho especimen procedía de allí. Aquella masa de rocas en la boca del cañón le fastidiaba enormemente. En todos los años que llevaba haciendo prospecciones, jamás había visto una cosa igual. Si tal cosa no le hubiera parecido ilógica, hubiera dicho que las rocas habían sido partidas deliberadamente y dejadas caer desde lo alto del risco, no por la naturaleza, sino por la mano del hombre. Cuanto más daba vueltas a lo extraña que era aquella barrera y lo extraño que era también el grupo de rocas partidas en la pared del cañón, más se despertaba su interés. Había en el lugar algo raro que le atraía y determinó volverlo a ver. Por supuesto, como se decía a sí mismo, en medio de una serie de juramentos escogidos dedicados a su propia insensatez, no encontraría nada allí y sería sólo una búsqueda a lo tonto. Pero a pesar de todo, con la cansina perseverancia que le caracterizaba, se decidió a llevar a cabo el pesado vagabundeo arroyo arriba y luego por la montaña, más allá.

Era una pesada caminata, no había duda, y como no veía razón por la que valiera la pena apresurarse, andaba despacio y haciendo muchas paradas. Aquella no era su manera de trabajar normal, pero su moral estaba en baja forma e iba alimentando sombríos pensamientos, que quitaron a sus pasos la ligereza de costumbre. A cualquiera le produce poquísima satisfacción pensar que durante dos meses ha tenido casi al alcance de la mano una inmensa

Página 172

fortuna y que iba a perderla, después de todo. Dick Irving, cuya manera de ser no era precisamente suave, se hallaba en un estado de sorda rabia; rabia contra su mala suerte, contra él mismo y contra todo el mundo. Sólo una pelea hubiera podido confortarle un poco. Se sentiría bastante consolado de sus malaventuras si pudiera descargarlas sobre las espaldas de cualquier otro.

Las sombras que descendían sobre el arroyo fueron aumentando y entonces se dio cuenta de que el día tocaba a su fin. Como tenía intención de acampar en el cañón la cosa no le preocupó en absoluto, pero aceleró sus pasos. El sol estaba cerca de su ocaso cuando empezó a subir por la masa de rocas que tapaba la embocadura del cañón. Afortunadamente para sus propósitos el cañón miraba hacia el oeste y todo él estaba envuelto en una llamarada de suave luz procedente de los rayos horizontales del sol poniente.

Mientras trepaba por la barrera de roca oyó un ruido seco que le hizo quedarse inmóvil, como si hubiera recibido un golpe; precavidamente, dio un vistazo por encima de la cresta de la barrera y lo que vio hizo que toda la sangre se le agolpara en el corazón y le corriera luego, como fuego, por las venas. Porque el sonido que había oído era el de un pico contra la roca y lo que vio era un hombre, a menos de cien yardas de él, trabajando en la pared del cañón. Si era cierto que allí estaba la mina, había llegado tarde; otro hombre le había tomado la delantera.

Afortunadamente, el otro no había oído los ruidos que él hiciera al trepar por las rocas y así, por lo menos, él era dueño de la situación. Adoptó una cómoda postura para observar y poder ver sin ser visto y estudió cuidadosamente el terreno. Evidentemente, el hombre llevaba varias horas trabajando y lo había hecho de firme: el suelo, al lado de la pared del cañón, estaba cubierto de pedazos de roca, en todas direcciones. Dick no pudo menos de sentir admiración instintiva por los músculos que habían hecho todo el penoso esfuerzo que aquel trabajo implicaba. Aquello era casi todo lo que se había hecho; pero era bastante. Porque allí, claramente definida en el borde de la roca, se hallaba la cuadrada boca de un antiguo pozo. ¡La Mina de los Padres, perdida desde hacía doscientos años, había sido descubierta!

A medida que Dick se daba cuenta de la situación, la rabia que había sentido todo el día llegaba a la culminación. Se sentía al rojo blanco por la pasión y, no obstante, tan tranquilo como una mañana de junio. Allí no había más que una cosa que hacer y estaba dispuesto a ello.

—¡Sólo un greaser[46] después de todo! —murmuró—. La idea de un condenado greaser dueño de la Mina de los Padres es absurda —añadió desdeñosamente, escupiendo en el suelo.

Página 173

Apuntó el revólver cuidadosamente, pero midió con la vista la distancia y decidió que era demasiada para la seguridad del tiro. Ya que el trabajo tenía que hacerse, no quería hacer una chapucería. Y además, como se dijo prudentemente, puede que hubiera alguien por los alrededores del cañón. Con esas juiciosas consideraciones, descendió silenciosamente de la barrera de rocas, procurando quedar siempre a cubierto tras los grandes pedruscos. Una vez en el cañón, le fue fácil deslizarse de peña en peña hasta que llegó detrás de dos enormes piedras y, por una ranura entre ellas, apuntó hacia el hombre, a una distancia menor de doce yardas.

Juan había dejado de trabajar por un momento y se apoyaba en el mango de su pico. Sobre él y a su alrededor brillaba la llamarada rojiza de los últimos rayos del sol. Su rostro tenía expresión de cansancio y sus músculos parecían distendidos; pero por encima del cansancio, su cara resplandecía de alegría e incluso en la postura de su cuerpo fatigado había ganado el gran premio de su vida: por fin se sabía vencedor del hado. En su felicidad, expresó sus pensamientos en palabras:

—¡Tachita mía: el tiempo de la alegría ha llegado para nosotros!

Y mientras decía aquellas palabras, el agudo chasquido del revólver de Dick Irving resonó entre las rocosas paredes del cañón y Juan cayó al suelo, tendido sobre el recién abierto pozo de la Mina de los Padres, con una bala en el corazón. En aquel instante el sol se puso tras las paredes de roca y toda la parte inferior del cañón quedó sumida en la oscuridad, mientras en la parte alta el día era aún claro.

A través del cañón, mezclándose con el eco del disparo, sonó un grito, un lamento de mortal agonía, cargado con el peso de toda una vida de amargo dolor; un grito desolado de desesperación, que hizo que la cara bronceada de Dick Irving se pusiese pálida y que sintiera un estremecimiento en lo más profundo de su duro corazón; y mientras se preguntaba, tembloroso, de dónde venía aquel terrible grito, Techita llegó corriendo desde la barrera de rocas y se acercó al cuerpo de su amado.

Su figura, vista en la penumbra del cañón y a través del humo de la pólvora, que flotaba ante la rendija entre los dos riscos, se divisaba confusamente entre la oscuridad de las rocas de la pared. Dick sólo pudo distinguir su forma; no pudo ver su cara, desencajada por el dolor y la desesperación de ver morir a su amor. Levantando sus manos al cielo, exclamó aquella figura, con la voz enronquecida por la emoción:

—La maldición se ha cumplido… la maldición de los indios Pueblo.

Página 174

Dick estaba satisfecho de cómo se había resuelto el asunto y sus dedos se rebelaban ante la idea de tener que hacer otro trabajito de aquellos. Pero, por otra parte, su sentido común le decía que las cosas se habían puesto de una forma que ya no había más remedio que proseguir, que era demasiado tarde para echarse atrás.

—La situación más desagradable con que he topado en mi vida —se dijo mientras sacaba dos balas de su cinturón y las deslizaba en las cámaras vacías de su revólver. Después, en un estallido de indignación, exclamó—: ¡Maldita sea! Después de todo, no es culpa mía. ¿Por qué no podía avisar que era una mujer? —Y luego, cuando los nervios se le calmaron un poco, añadió, más animadamente—: Bueno, después de todo, no eran más que un par de greasers. ¡Menuda ganga ha sido para mí el venir hoy, justo a tiempo de salvar la mina!

La gloria de la puesta del sol se derramó lentamente por el oeste. Elevándose contra el esplendor rojo dorado, los baluartes almenados de la montaña de San Ildefonso montaban la guardia. En lo alto, el cielo azul-gris lanzaba rayos de oro; en las rápidas aguas del río Grande, jugaban luces rojas y doradas; todo el cielo y la tierra, bajo él, parecían mezclarse en una sinfonía rojo y oro. Luego se desvaneció todo el esplendor, hasta que no quedó nada más que una tenue luz rosada en el lejano este, detrás de las distantes montañas.

En la tranquila iglesia donde colgaba el cuadro de Santa Clara reinaba la soledad; en el cañón, allá en la montaña, reinaba la muerte. Sobre toda la tierra cayó la noche, oscureciendo la silenciosa iglesia, oscureciendo el silencioso cañón.

La Lucky Whack Minning Company, como el propio Dick declaraba —y tenía buenas razones para saberlo, porque era el presidente de la compañía y vivía en el Este, llevando un tren de vida que demostraba que tenía montones de dinero en alguna parte—, era un éxito rotundo. Producía diariamente dos mil onzas… y había millones en perspectiva.

Página 175

EL CAÑÓN ALL GOLD

JACK LONDON

A mitad del cañón, las paredes del desfiladero se separaban un poco y mitigaban la aspereza de sus líneas para formar un pequeño escondrijo.

Allí todo era reposo. Incluso el pequeño arroyuelo olvidaba su turbulenta caída y se paraba para formar un lago apacible. Un gamo de piel rojiza y grandes astas dormitaba con las patas metidas en el agua, la cabeza ladeada y los ojos entornados.

En un lado, se extendía una pequeña pradera, desde la orilla del lago hasta el borde de la tosca pared. Más allá, una suave pendiente de tierra trepaba hasta encontrar la otra pared. La pendiente estaba cubierta de césped y, entre el césped, crecían muchas flores, formando manchas: naranja, púrpura y oro. Mucho más allá se cerraba el cañón. Ya no había vista alguna. Las paredes se juntaban abruptamente y el cañón terminaba en un caos de rocas cubiertas de musgo y ocultas por una verde pantalla de enredaderas, plantas trepadoras y ramas de árboles.

Pasado el cañón se elevaban colinas y picos, con laderas cubiertas de pinos, muy lejanos. Y aún más lejos, como nubes en el límite del cielo, se erguían blancos minaretes donde las nieves perpetuas brillaban eternamente bajo los resplandores del sol.

La suciedad estaba ausente del cañón. Las hojas y las flores aparecían limpias y virginales. El césped era de fresco terciopelo. Cerca del lago, había tres álamos, cuyas pelusas, blancas como la nieve, caían sobre el césped, revoloteando en el aire tranquilo. En la ladera, los capullos de un manzanillo[47] llenaban el aire de olores primaverales, mientras las hojas, llevadas por la experiencia, empezaban ya a volverse hacia arriba, para protegerse del verano que se acercaba. En los espacios libres de la ladera fuera de la sombra del manzanillo, se posaban las mariposas de los lirios. Aquí y allá, el bufón de los bosques, el madroño, que cambia el color verde pálido de su tronco por el rojo oscuro, exhalaba al aire la fragancia de sus

Página 176

grandes racimos de campanitas cerúleas. Las campanitas eran de color blanco cremoso, muy parecidas a los lirios de los valles, y su perfume de la primavera.

No había ni la menor ráfaga de viento; el aire parecía denso de tanto perfume. Flotaba en el ambiente una dulzura que hubiera resultado empalagosa si el aire hubiese sido pesado y húmedo. Pero era seco y ligero. La atmósfera estaba bañada por el sol y embalsamada por el aroma de las flores.

Alguna que otra mariposa iba de acá para allá, entre las manchas de sol y sombra. Y sobre todo flotaba el runruneo sordo y adormecedor de las abejas, golosas y sibaritas, que tropezaban unas con otras al acercarse a un bocado apetitoso, sin perder por ello la compostura, como si estuvieran demasiado ocupadas para enzarzarse en rudas descortesías. El riachuelo se deslizaba plácido, serpenteando a lo largo del cañón. La voz del río era un soñoliento susurro, interrumpido por largos silencios, y siempre iniciado de nuevo, al despertar.

Todo cuanto se movía en el corazón del cañón lo hacía como si flotase. Los rayos del sol y las mariposas flotaban entre los árboles. El zumbido de las abejas y el murmullo del arroyo eran sonidos flotantes. Y todo ello, sonido y color, parecía mecerse al unísono para formar un algo intangible, que era como el espíritu del lugar. Era el espíritu de la paz que no tenía nada que ver con el espíritu de la muerte. Espíritu de vida, de suave impulso, de quietud que no era silencio, de movimiento que no era acción, de un reposo ágil sin las violencias de la brega y el trabajo. El espíritu del lugar era el espíritu de la vida pacífica, somnoliento por su tranquilidad, jamás turbado por rumores de guerra.

El gamo de la piel rojiza y las enormes astas reconocía el señorío del espíritu del lugar y dormitaba en el sombreado y fresco lago, con las patas metidas en el agua. No parecía haber moscas que le molestasen y se sentía lánguido y descansado. De vez en cuando, cuando el río se despertaba y susurraba, sus orejas se movían; pero su movimiento era perezoso, porque de antemano sabía que no se trataba más que del río que gruñía al descubrir que se había dormido otra vez.

Pero hubo un momento en que las orejas del gamo se irguieron, tensas, con repentina ansiedad, al percibir un sonido. Su cabeza se volvió hacia la entrada del cañón. Su nariz, sensitiva y temblorosa, olfateó el aire. Sus ojos no podían atravesar la verde pantalla por la que serpenteaba el río, pero hasta sus oídos llegó la voz de un hombre. Era una voz pesada, que canturreaba

Página 177

monótonamente. Cuando el gamo oyó el áspero roce del metal contra la roca, se levantó de un salto y cruzó el aire, desde el agua hasta la pradera, y sus pezuñas se hundieron en el césped, mientras tendía de nuevo las orejas y volvía a olfatear el aire. Entonces cruzó como a hurtadillas la pequeña pradera, parándose de vez en cuando para escuchar, y desapareció al otro lado del cañón, como un espectro, sin hacer el menor ruido.

El choque de las pesadas suelas herradas contra la roca se hizo más audible y la voz del hombre aumentó de volumen. Estaba cantando y su canción se hizo más clara a medida que se acercaba; pronto pudieron entenderse las palabras:

Vuélvete y vuelve la cara.

No pises las dulces y alegres colinas. (¡Estás desdeñando la fuerza del pecado!) Observa, observa bien a tu alrededor. Arroja al suelo el fardo de tus pecados.

(¡Te encontrarás con el Señor, en la mañana!)

El ruido producido por un hombre al trepar acompañó a la canción y el espíritu del lugar huyó, a lomos del gamo de piel rojiza. La verde cortina se partió en dos y un hombre asomó para echar un vistazo al prado, el lago y la ladera. Era un hombre cauto; dio un vistazo general a toda la escena y luego pasó revista a todos los detalles para ratificar la impresión general. Entonces, y sólo entonces, abrió la boca y dio su aprobación, de forma vívida y solemne:

—¡Por las almas del purgatorio! ¡Ten la bondad de fijarte en esto! ¡Árboles, agua, césped y una ladera! ¡El sueño de un minero y el paraíso terrenal! ¡Fresco verdor para los ojos cansados! ¡Un rincón secreto y tranquilo para el descanso de los exploradores!

Era un hombre de aspecto terroso, en cuya cara la genialidad y el humor parecían ser los rasgos característicos. Sus facciones tenían una gran movilidad y cambiaban constantemente, de acuerdo con sus pensamientos. El pensamiento era un proceso visible en él, las ideas surcaban su cara como las olas surcan un lago. Su pelo, ralo, largo y desaseado, tenía un color tan indeterminado como su piel. Podría creerse que todo el color de su persona se había concentrado en los ojos, que eran intensamente azules. Sus ojos eran, además, alegres, con una mezcla de ingenuidad y asombro de niño y de calma y confianza, fortaleza y resolución, nacidas de la experiencia de sí mismo y de la experiencia del mundo.

Página 178

De la maraña de enredaderas y trepadoras, atrajo hacia sí un pico de minero, una pala y una gamella para lavar oro.

Vestía unos pantalones descoloridos, una camisa de algodón, negra, y calzaba unas botas de suelas claveteadas; se cubría con un sombrero cuya extraordinaria deformidad y suciedad revelaban el rudo trato al que le habían sometido los vientos, la lluvia, el sol y las humaredas de los campamentos. Permaneció un rato de pie, dejando que sus ojos se llenaran de la soledad del plácido escenario, inhalando sensualmente el aire tibio y dulce del cañón-jardín. Sus ojos se entornaban hasta formar una estrecha raya intensamente azul y riente; su cara resplandecía y su boca se curvó en una sonrisa, al exclamar:

—¡Malvas y dientes de león; ah, qué bien huelen! Que me vengan a decir de las rosas y de las fábricas de colonia. ¡Esto es mejor!

Tenía costumbre de hablar solo. Los inquietos rasgos de su cara podían haber expresado cualquier pensamiento y sentimiento, pero la lengua los traducía después, repitiendo, como un segundo Boswell.

El hombre se tumbó a la orilla del lago y bebió, lenta y largamente, de su agua.

—Está buena —murmuró, levantando la cabeza y contemplando, a través del lago, la ladera de la colina, mientras se secaba la boca con el dorso de la mano.

La ladera atraía su atención. Tumbado sobre el estómago, estuvo estudiando la formación de la colina, larga y cuidadosamente. Con ojo experto la escudriñó desde abajo hasta el borde más alto de la pared del cañón y vuelta hacia abajo otra vez, y más allá, hasta la orilla misma del lago. Se levantó y obsequió a la ladera con una segunda inspección.

—Me gusta; parece buena —concluyó, mientras recogía su pico su pala y la gamella.

Cruzó el río, más abajo del lago, saltando ágilmente de piedra en piedra. Donde la ladera se hundía en el agua, recogió una paletada de barro y la puso en la gamella. Se agachó sosteniendo el cacharro entre las dos manos y lo sumergió parcialmente en el agua. Entonces imprimió a la gamella un movimiento circular, que hizo que el agua fuera empapando todo el lodo y la grava; las partículas más grandes y más ligeras salían a la superficie, y el hombre, con un hábil gesto que inclinaba la gamella, las tiraba fuera, sobre la orilla. Algunas veces, para hacer las cosas más de prisa, dejaba el cacharro en el suelo y, con los dedos, quitaba las chinas y los trozos de roca.

Página 179

El contenido de la gamella iba disminuyendo rápidamente hasta que ya no quedaron más que un lodo muy fino y diminutas partículas de grava. A partir de entonces, el hombre trabajó cuidadosamente, poniendo gran atención. Se trataba de un lavado muy bien hecho y él lavaba más y más, llevando a cabo un escrutinio profundo y delicado. Por fin pareció que en la gamella no quedaba más que agua; pero con un rápido movimiento semicircular, que hizo que el agua cayera como lluvia sobre la margen del río, dejó al descubierto una capa de arena oscura, en el fondo de la gamella. Tan ligera era la capa, que parecía una raya de pintura. El hombre la examinó cuidadosamente. En medio de ella había una chispita dorada; dejó que entrara un poco de agua por el borde inclinado de la gamella y con un rápido movimiento la hizo girar en el fondo, haciendo que la negra arena se removiera una y otra vez. Una segunda chispa dorada fue la recompensa a sus esfuerzos.

El lavado se había vuelto verdaderamente minucioso… mucho más minucioso de lo que era necesario para una búsqueda normal. El hombre dividió la negra arena en pequeñas porciones y examinó cada porción cuidadosamente, de forma que sus ojos vieron cada grano, antes de permitir que se deslizaran hasta la orilla. Celosamente, partícula a partícula, fue dejando que la arena se le escurriera entre los dedos. Una pepita dorada, no mayor que la punta de un alfiler, apareció en la orilla, y él, manipulando en el agua, la volvió a introducir en la gamella. Luego apareció otra pepita, y otra. Grande era el cuidado con que las trataba. Como un pastor, vigilaba su rebaño de pepitas, de forma que ni una sola pudiera escapársele. Por último no quedó de la palada de barro más que el dorado rebaño. Lo contó y, después del trabajo realizado, las tiró entre otro remolino de agua.

Sus ojos azules brillaban, cuando se levantó.

—Siete —murmuró en voz alta, haciendo hincapié en el número de pepitas por las que había trabajado tanto—. Siete —repitió, con el énfasis de quien quiere grabar algo en la memoria.

Permaneció quieto, de pie, un largo rato, examinando la ladera. En sus ojos brillaba una curiosidad recién nacida y ardiente. Todo su aspecto reflejaba exaltación y un anhelo muy parecido al del animal carnicero que olfatea una presa cercana.

Anduvo unos pasos río abajo y volvió a cargar otra paletada de barro.

De nuevo empezó el cuidadoso lavado, la búsqueda celosa de las pepitas doradas. De nuevo volvió a tirarlas al río. El dorado rebaño había disminuido:

—Cuatro, cinco —murmuró, y, por último—: Cinco.

Página 180

No pudo evitar el examinar otra vez la colina antes de recoger otra paletada de barro, un poco más allá. El número de pepitas seguía disminuyendo: «Cuatro, tres, dos, dos, una», fueron las cuentas que iba grabando en su memoria, a medida que bajaba por el río. Cuando no apareció ni una sola pepita, para premiar su esfuerzo, dejó su tarea y encendió un fuego de ramas en el cual introdujo la gamella, manteniéndola allí hasta que tomó un color negro azulado. Entonces la sacó y examinó cuidadosamente; movió la cabeza con aprobación, contra un fondo de aquel color podía desafiar a la más diminuta partícula dorada a que intentara eludirle.

Bajó un poco más por el río y volvió a cargar una paletada de barro. El premio fue una sola pepita. La tercera paletada no contenía la menor porción de oro. No se sintió satisfecho y volvió a cargar barro tres veces más, cogiéndolo a un pie de distancia entre una y otra vez. Las tres veces la gamella apareció sin oro, y el hecho, en lugar de contrariarle, le produjo satisfacción. Su alegría iba creciendo en cada prueba, hasta que se levantó y exclamó, lleno de júbilo:

—¡Que me aspen si no es esto lo que yo buscaba!

Volviendo adonde había empezado las operaciones, empezó a investigar río arriba. Al principio el rebaño dorado crecía, crecía prodigiosamente: «catorce, dieciocho, veintiuna, veintiséis», señalaban las cuentas que grababa en su memoria. Justo al borde del lago, encontró la cantidad más elevada: treinta y cinco.

—Casi lo suficiente para ahorrar —recalcó, como lamentándose, mientras dejaba que el agua se llevara las pepitas.

En el cielo, el sol llegaba al punto más alto de su camino, pero el hombre seguía trabajando. Gamella a gamella, río arriba, mientras la cuenta de los resultados decrecía sin cesar.

—Es sencillamente maravilloso como se está portando esto —exclamó, lleno de júbilo, cuando un cuidadoso examen dio como resultado una sola pepita.

Y cuando no apareció ninguna en varias paletadas sucesivas, se levantó de un salto y lanzó a la colina una mirada agradecida.

—¡Ah, Mr. Pocket! —gritó, como si se dirigiera a un auditorio invisible, situado bajo la superficie de la ladera—. ¡Ah, Mr. Pocket; estoy llegando, estoy llegando! Y es seguro que lo conseguiré. ¿Me oyes, Mr. Pocket? ¡Lo conseguiré, tan seguro como que las berzas no son coliflores!

Se volvió y lanzó una calculadora mirada al sol que se posaba desde el azul del cielo sin nubes. Entonces se dirigió hacia el fondo del cañón

Página 181

siguiendo la pista de los agujeros dejados por la pala al excavar en el barro. Cruzó el río más abajo del lago y desapareció entre la verde pantalla de vegetación. Pero todavía no pudo el espíritu del lugar volver allí, con su quietud y reposo, porque la voz del hombre, cantando su burda canción, dominaba aún el cañón, con aire posesorio.

Poco tiempo después volvió el hombre, acompañado del ruido de sus zapatos herrados chocando contra la roca. El verde fondo de vegetación se agitó violentamente hacia delante y hacia atrás, en las angustias del forcejeo. La voz del hombre se elevó aguda, dura e imperativa. Un cuerpo pesado jadeó y embistió. Hubo chasquidos, ruido de rasgaduras, plantas arrancadas y, entre una lluvia de hojas, un caballo atravesó la cortina de hierbas. Llevaba un gran fardo sobre el lomo y de él colgaban enredaderas rotas y plantas trepadoras destrozadas. El animal contempló, atónito, el lugar a que le habían precipitado y luego, bajando la cabeza hasta el césped, empezó a pastar tranquilamente. Un segundo caballo apareció en escena, resbaló en el musgo de las rocas, pero recuperó el equilibrio al apoyar las patas en la suave superficie de la pradera. Nadie lo montaba, aunque iba ensillado con una silla mejicana, ajada y descolorida por un largo uso.

—¡Puf! —dijo—. Hay que ver el hambre que tengo. Podría comerme limaduras de hierro y aún pediría por favor una segunda ración.

Se puso en pie, y al hurgar en su bolsillo en busca de las cerillas sus ojos estaban fijos en la colina, al otro lado del lago. Sus dedos cogieron la caja de cerillas, pero la volvieron a soltar y la mano salió vacía del bolsillo. El hombre titubeaba perceptiblemente. Contempló sus preparativos de comida y volvió a contemplar la colina.

—Creo que volveré a hacer un par de pruebas —decidió al fin, disponiéndose a cruzar el arroyuelo.

—Es una tontería, ya lo sé —murmuraba disculpándose—. Pero comer una hora más tarde tampoco hace daño a nadie, creo yo.

A unos pocos pies de distancia de su primera prueba inició una segunda línea. El sol empezaba a declinar por occidente, las sombras iban aumentando, pero el hombre trabajaba. Empezó una tercera línea de pruebas. Estaba cortando transversalmente la ladera a medida que subía. La parte central de cada línea producía la mayor cantidad de pepitas, mientras que en los extremos no salían muestras en la gamella. A mayor altura en la ladera las líneas eran ostensiblemente más cortas. La regularidad con que iban disminuyendo indicaba que en algún lugar la línea se convertía en un punto. El dibujo se iba desarrollando en forma de «V» invertida.

Página 182

Era evidente que la meta del hombre era el vértice de la «V». Lo llamaba «Mr. Pocket».

—¡Vamos, Mr. Pocket; sal ya de una vez! Sé amable y buen chico y sal de una vez —gritaba, dirigiéndose al punto imaginario.

—Muy bien —diría un poco más tarde, con voz resignada, pero llena de determinación—. Muy bien, Mr. Pocket; ya veo que tendré que llegar hasta arriba y sacarte por los pelos. ¡Y lo haré, vaya si lo haré! —añadió un poco más tarde, amenazadoramente.

Cada vez que llenaba la gamella bajaba al río a lavarla. A medida que ascendía, el contenido de la gamella era más rico. Hasta que empezó a guardar el oro en una caja de levadura en polvo, vacía.

Tan embebecido estaba en su trabajo que no se dio cuenta de la caída del crepúsculo y la llegada de la noche. Hasta que no pudo distinguir el color de la arena en el fondo de la gamella, no comprendió que el tiempo había pasado. Entonces se levantó bruscamente. En su cara se pintó una expresión de asombro y duda, mientras decía, en tono muy bajo:

—¡Que el diablo me llevé si no me he olvidado por completo de comer! Atravesó corriendo el río, en medio de la oscuridad, y encendió el fuego

que tenía preparado. Tortas de sartén, tocino y frijoles recalentados constituyeron su comida. Luego encendió la pipa y fumó largo rato, al calor del rescoldo, escuchando los ruidos de la noche y contemplando los rayos de la luna que bañaban el cañón. Después preparó su lecho, se quitó las pesadas botas y se abrigó con las mantas, tapándose hasta la barbilla. Su cara parecía muy blanca bajo la luz de la luna; tan blanca como la de un cadáver. Pero se trataba de un cadáver que conocía su resurrección, porque el hombre se incorporó repentinamente, apoyándose en el codo y lanzó una mirada a la colina.

—Buenas noches, Mr. Pocket —murmuró, soñoliento—. Buenas noches. Durmió toda la noche y mientras el cielo se teñía con las primeras luces

del alba. Le despertó un rayo de sol al caer sobre sus párpados cerrados; entonces se incorporó de un salto y se mantuvo en pie, contemplando cuanto le rodeaba, hasta que pudo establecer la continuidad de su existencia, enlazando su presente con los días pasados.

El acto de vestirse consistió simplemente en meter los pies en las pesadas botas. El hombre echó un vistazo al fuego y a la colina, dudó un momento, pero venció la tentación y encendió el fuego.

—No te precipites, Bill; no te precipites —se amonestó a sí mismo—. ¿Qué necesidad hay de atosigarse? No vale la pena pasarse el día entero

Página 183

cansado y sudoroso. Mr. Pocket te esperará. No se escapará antes de que hayas desayunado. Lo que ahora necesitas es algo fresco en tu menú. Así que vamos a buscarlo.

En la orilla del lago cortó una rama corta y del bolsillo sacó un pedazo de cuerda y una mosca aplastada, que en otros tiempos fue un magnífico ejemplar.

—Puede que piquen a esta hora de la mañana —murmuró, mientras lanzaba el anzuelo al lago. Un momento después gritaba alegremente—: ¿Qué decía yo, eh? ¿Qué decía yo?

No tenía carrete, ni tampoco tenía afición a perder el tiempo; por eso, dando un tirón muy fuerte, y rápido, sacó del agua una brillante trucha de diez pulgadas. Otras tres más, cogidas en rápida sucesión, le proporcionaron un suculento desayuno. Cuando se dirigía a los escalones formados por los agujeros, ladera arriba, le asaltó un pensamiento repentino e hizo una pausa.

—Tal vez sería mejor que ocultase la entrada, río abajo —se dijo—.

Nunca se sabe quién puede andar curioseando por ahí.

Pero siguió subiendo cuesta arriba, pensando: «Verdaderamente, tendría que tapar ese agujero.» La necesidad de tomar precauciones se le fue de la imaginación y se puso a trabajar.

Al caer la noche se enderezó. Tenía la espalda entumecida del incesante trabajo y, mientras se llevaba las manos a los hombros para darse masaje, murmuró:

—Pero ¿cómo es posible? ¡Otra vez me he olvidado por completo de la comida! Si no tengo cuidado iré degenerando hasta convertirme en un chalado de los de dos comidas al día.

—Esto de las excavaciones es la peor cosa que he visto. Consigue que un hombre se olvide de todo —murmuraba un poco después, mientras se metía entre las mantas—. ¡Buenas noches, Mr. Pocket! ¡Buenas noches!

Se levantó con el sol, al día siguiente, y, después de un desayuno precipitado, empezó a trabajar. Una especie de fiebre se iba apoderando de él y el paulatino aumento de la riqueza en las gamellas no aliviaba su febril estado. Sus mejillas estaban enrojecidas, con un rojo muy distinto del ocasionado por el sol y la intemperie, y era insensible a la fatiga y al transcurso del tiempo. Cuando llenaba de barro la gamella corría al río para proceder al lavado; y no podía evitar el correr cuando subía de nuevo la ladera, jadeando y tropezando como un novato, para llenarla otra vez.

Se hallaba ya a doscientas yardas del agua y la «V» invertida adquiría proporciones claramente definidas. La anchura de la zona que contenía oro se

Página 184

estrechaba constantemente y el hombre trazaba, con la imaginación, las líneas de la «V» hasta el punto en que debían encontrarse. El vértice de la «V» era su meta y el hombre llenó la gamella muchas veces, hasta llegar a localizarlo.

—A unas dos yardas por encima del manzanillo y a una yarda a la derecha —concluyó, al cabo.

Y entonces la tentación se apoderó de él.

—Es tan evidente como la nariz en medio de la cara —dijo.

Abandonó las exploraciones en la colina y trepó hasta el lugar determinado, donde debía hallarse el vértice de la «V». Llenó la gamella y la llevó colina abajo para lavarla: no contenía ni rastro de oro. Cavó superficialmente. Cavó profundamente, llenando y lavando una docena de gamellas, y no se vieron recompensados sus esfuerzos con la menor chispa de oro. Se sintió furioso por haber sucumbido a la tentación y se zahirió a sí mismo humildemente. Luego descendió un poco por la colina y continuó las exploraciones donde las había abandonado.

—Lento pero seguro, Bill; lento pero seguro —rezongó—. El dejarse llevar por la suerte no es tu estilo y ya va siendo hora de que te des cuenta de ello. Sé sensato, Bill; sé sensato. Lenta pero seguramente es la única manera de proceder. ¡Hazlo así! Y sigue así hasta el final.

A medida que el terreno de exploración disminuía, su profundidad iba en aumento. El rastro del oro se iba hundiendo en la colina. Sólo a unas treinta pulgadas bajo la superficie conseguía encontrar pepitas en la gamella. El lodo que recogió a veinticinco pulgadas y a treinta y cinco pulgadas dio un resultado negativo. En la base de la «V», al borde del agua, había encontrado rastros de oro en las raíces del césped. Cuanto más subía más profundo se hallaba el oro. El cavar un agujero de tres pies de profundidad para sacar tierra para una prueba no era, en modo alguno, empresa cómoda; y menos teniendo en cuenta que entre el hombre y el borde de la «V» quedaba aún un número indeterminado de agujeros que cavar.

—¡Ah! ¡Cualquiera sabe a qué profundidad se encuentra! —suspiró, en un rato de descanso, mientras se daba masaje con los dedos, en la dolorida espalda.

Sintiéndose febril de deseo, con la espalda dolorida y los músculos entumecidos, con el pico y la pala abriendo agujeros en la blanda tierra oscura, el hombre siguió penosamente, colina arriba. Delante de él se extendía la suave ladera cubierta de flores y aromatizada con su perfume. Detrás de él no había más que devastación. Parecía como si una terrible erupción hubiera

Página 185

brotado en la suave piel de la colina. Su lento avance era como el de una babosa, que va ensuciando la belleza con su viscoso rastro.

Aunque la creciente profundidad del oro aumentaba el trabajo del hombre, la riqueza del contenido de las gamellas le servía de consuelo. Veinte centavos, treinta centavos, cuarenta centavos, sesenta centavos, valía el oro que aparecía en las gamellas. Al llegar la noche, lavó una gamella que contenía polvo de oro por valor de un dólar, en una sola paletada de tierra.

—Supongo que sería demasiada suerte que no viniera nadie a echar una inquisitiva mirada a mis pastos —murmuró, medio dormido, mientras se subía las mantas hasta la barbilla.

De pronto se incorporó de un salto.

—¡Bill! —gritó ásperamente—. ¡Escúchame bien, Bill; escúchame! De mañana por la mañana no pasa. Tienes que ver si hay alguien cerca de aquí. ¿Entendido? ¡Mañana por la mañana! No te olvides.

Se ladeó y lanzó una mirada a la colina.

—Buenas noches, Mr. Pocket —le dijo.

Por la mañana inició una marcha bajo el sol. Había desayunado muy temprano y ahora trepaba por la pared del cañón. Al contemplar la perspectiva desde lo alto se sintió en medio de la más completa soledad. Hasta donde podía alcanzar su vista, cadenas y cadenas de montañas se elevaban y se sobreponían unas a otras, hasta perderse a lo lejos. Hacia el Este, sus ojos, saltando millas entre cordillera y cordillera, a través de muchas cordilleras, llegaron a percibir los picos nevados de la Sierra… la cresta más alta, donde el espinazo del mundo del Oeste se erguía contra el cielo. Hacia el Norte y el Sur pudo ver distintamente los sistemas rocosos que se quebraban contra la cordillera principal de aquel mar de montañas. Hacia el Oeste las montañas desaparecían una detrás de otra, disminuyendo y convirtiéndose en suaves colinas que, a su vez, descendían hasta el gran valle, invisible desde donde estaba el hombre.

Y en todo aquel vasto panorama no pudo distinguir un solo hombre ni señales de trabajo humano… salvo el destrozado pie de la colina, a sus plantas. Estuvo mirando larga y cuidadosamente. En un momento, allá a lo lejos, en su propio cañón, creyó ver una tenue columna de humo; volvió a fijarse y decidió que no se trataba más que de la neblina que se levantaba del cañón.

—¡Eh, tú, Mr. Pocket! —llamó, dirigiéndose al cañón—. Sal ya de ahí dentro. ¡Ahora voy, Mr. Pocket, ahora voy!

Página 186

Las pesadas botas que llevaba puestas le hacían parecer tardo de movimientos, pero se deslizó por el despeñadero abajo con la agilidad y la gracia de una cabra montés. Una roca cedió bajo sus pies, al borde del precipicio, pero no constituyó motivo suficiente para desconcertarle. Parecía saber el tiempo exacto para que el deslizamiento de la piedra culminara en un desastre y en ese lapso usó la piedra como escalón para ponerse a salvo. Donde la tierra descendía tan verticalmente que era imposible permanecer de pie más de un segundo él no dudaba siquiera, apoyaba firmemente los pies en el difícil terreno, durante una fracción de segundo, y eso le daba ocasión de poder saltar hacia delante. Incluso cuando apoyarse durante una fracción de segundo estaba fuera de toda posibilidad, él no se arredraba; dejaba que su cuerpo se columpiase durante un momento, agarrado a una raíz sobresaliente, a alguna grieta o a alguna mata precariamente agarrada a la tierra. Por último, dando un salto y un alarido salvajes, tomó la superficie del paredón por una pista de deslizamiento y acabó el descenso entre varias toneladas de tierra y grava arrastradas con su caída.

La primera gamella que llevó a lavar aquella mañana produjo oro bruto por valor de dos dólares. Procedía del centro de la «V», a los lados la disminución del oro era rapidísima. Las líneas de las excavaciones eran ya muy cortas, las líneas convergentes de la «V» estaban a unas yardas de distancia. El punto de enlace se hallaba a escasa altura por encima de él, pero la veta se iba hundiendo más y más profundamente en la tierra. A primeras horas de la tarde tenía que excavar hoyos de cinco pies de profundidad para que las gamellas pudieran mostrar rastros de oro.

En realidad la veta de oro se estaba convirtiendo en algo más que una simple veta: era una mina. Y el hombre resolvió volver atrás cuando hubiera encontrado el pozo y trabajar todo el terreno. Pero la creciente riqueza de las gamellas empezó a fastidiarle. A última hora de la tarde, el valor de las muestras subía a tres y cuatro dólares. El hombre meneó la cabeza lleno de perplejidad y miró hacia arriba, adonde el manzanillo marcaba, aproximadamente, el vértice de la «V». Meneó la cabeza una vez más y dijo, en tono de oráculo:

—Una de dos, Bill; una de dos. O Mr. Pocket fue derramándose aquí y allá por toda la colina o Mr. Pocket es tan rico que a lo mejor no puedes llevártelo todo contigo. Y sería una condenada vergüenza, ¿no es verdad? —y chasqueó la lengua ante semejante dilema.

La noche le sorprendió en la orilla del lago, examinando cuidadosamente, a pesar de la oscuridad, el contenido de una gamella, el cual representaba

Página 187

exactamente el valor de cinco dólares.

—Me gustaría tener una luz eléctrica para poder seguir trabajando — murmuró.

Aquella noche le fue difícil conciliar el sueño. Cambió de posición muchas veces y cerró los ojos firmemente para ver si conseguía dormir; pero su sangre estaba agitada, y otras tantas veces abría los ojos y decía cansadamente:

—Me gustaría que el sol saliera ya.

Por fin se quedó dormido, pero sus ojos se abrieron de nuevo con los primeros albores de la aurora, y aún no había amanecido del todo cuando acabó de desayunar. Empezó a trepar colina arriba, en busca del secreto lugar de residencia de Mr. Pocket.

Al iniciar el trabajo sólo quedaba espacio para tres agujeros, tan estrecho era ya el terreno aurífero y tan cerca se hallaba del manantial de aquel río de oro que había estado siguiendo durante cuatro días.

—Ten calma, Bill; ten calma —se aconsejaba a sí mismo mientras cavaba el último agujero, el vértice de la «V».

—Te tengo cogido, Mr. Pocket, y no te me podrás escapar —repetía una y otra vez, mientras se hundía en el agujero, más y más profundamente.

Cuatro pies, cinco pies, seis pies, el hombre iba cavando su camino bajo la superficie de la tierra. La excavación se iba haciendo cada vez más pesada. El pico chocaba con la roca viva. El hombre la examinó: «Cuarzo maldito» fue su conclusión mientras, con la pala, limpiaba el fondo del agujero de partículas de tierra. Atacó al cuarzo con el pico haciendo saltar pedazos de roca a cada golpe.

Metió la pala en la masa que se había soltado. Sus ojos captaron un resplandor amarillo. Tiró la pala y se agachó sobre sus talones. Como el agricultor deshace los terrones de tierra, en busca de patatas tempranas, nuestro hombre, un pedazo de cuarzo en cada mano, los restregaba para quitarles la suciedad.

—¡Por Sardanópolis! —gritó—. ¡Pedazos y pedazos! ¡Pedazos enteros! Sólo uno de los trozos de roca que tenía en las manos era cuarzo; el otro

era oro puro, virgen. Lo colocó en la gamella y examinó otro pedazo; se veían pocas manchas amarillas, pero, con sus poderosos dedos, el hombre quitó las esquirlas del cuarzo deleznable hasta que sus manos no contuvieron más que resplandeciente amarillo. Pedazo a pedazo, fue limpiándolos todos de su suciedad y poniéndolos dentro de la gamella. Aquel pozo contenía un tesoro.

Página 188

En cuanto eliminaba el cuarzo de la roca, aparecía debajo el oro. De vez en cuando arrancaba un pedazo de oro puro.

De pronto, el pico se clavó en el corazón mismo del oro, y saltaron los pedazos, brillando como manojos de joyas amarillas, y el hombre enderezó la cabeza y la movió hacia ambos lados para observar los maravillosos juegos de luz.

—Hablemos de tus excavaciones en Too Much Gold[48] —resopló el hombre, desdeñosamente—. Comparado con esto, aquello no valía más de treinta centavos. Esta excavación es All Gold y desde ahora este cañón se llamará así: All Gold[49]. ¡El cañón All Gold, por los diablos!

Seguía en cuclillas sobre sus talones y continuaba examinando los fragmentos y metiéndolos en la gamella, cuando tuvo la premonición de un peligro. Le pareció como si una sombra hubiera caído sobre él. Pero no había sombra alguna. El corazón le dio un gran salto y siguió latiéndole con fuerza contra el pecho. La sangre se le heló en las venas y sintió en su piel el roce de su camisa empapada en un sudor frío.

No se levantó ni miró a su alrededor; no se movió siquiera. Estaba considerando la naturaleza de la premonición que había tenido, tratando de localizar la fuente de aquella misteriosa fuerza que le había advertido, esforzándose en sentir la imperativa presencia de la cosa invisible que le amenazaba. Existe una aura de cosas malignas, que se manifiesta por medio de mensajeros demasiado sutiles para que los perciban ordinariamente los sentidos; y él sentía esa aura, pero ignoraba por qué la sentía. Su sensación se parecía a una nube que pasa delante del sol. Era como si entre él y la vida se hubiera interpuesto algo oscuro, asfixiante y amenazador; una tenebrosidad, por así decirlo, que absorbía la vida y traía la muerte… su muerte.

Cada una de las fibras de su ser le empujaban a incorporarse y enfrentar el peligro invisible; pero su espíritu dominó el pánico y permaneció en cuclillas, sosteniendo en la mano un pedazo de oro. No se atrevía a mirar a su alrededor, pero ahora ya sabía que había algo detrás de él, sobre él. Fingió estar muy interesado en el oro que tenía en la mano. Lo examinaba con aire crítico, dándole vueltas y más vueltas, rascando toda partícula de suciedad. Y todo el tiempo estuvo sintiendo que algo había detrás de él, contemplando el oro por encima de su cabeza.

Sin dejar de fingir interés en el pedazo de oro que tenía en la mano, escuchó intensamente y oyó el ruido de una respiración. Sus ojos miraron al suelo, en busca de una arma, pero no vieron más que el oro, completamente inútil en aquel momento de extrema ansiedad. Tenía el pico, que puede ser

Página 189

una arma, en caso de necesidad, pero aquélla no era la ocasión. El hombre analizó su situación: estaba metido en un hoyo de siete pies de profundidad y su cabeza no llegaba a la superficie de la tierra. Se hallaba en una trampa.

Todavía seguía agachado, apoyado en sus talones; conservaba su sangre fría y era capaz de reflexionar; pero su mente, al considerar cada factor, no hacía más que patentizarle lo desesperado de su situación. Siguió limpiando de cuarzo los fragmentos que estaban en el suelo y tirándolos en la gamella. No podía hacer otra cosa. Y, sin embargo, comprendía que, tarde o temprano, llegaría un momento en que tendría que levantarse y afrontar el peligro que le amenazaba por la espalda. Pasaron diez minutos y en cada uno de dichos minutos comprendió que se iba acercando el momento en que tendría que enderezarse, o si no —y su camisa volvió a empaparse de sudor frío, al pensarlo—, tendría que recibir a la muerte allí donde estaba, agachado sobre su tesoro.

Permaneció aún agachado, limpiando los fragmentos de oro y debatiendo en su interior el sistema de salir de allí. Podría incorporarse de un salto y salir del agujero para encararse con lo que le estaba amenazando desde lo alto, al nivel del suelo. O podía levantarse lentamente, despreocupadamente, y fingir que se encontraba por casualidad con la cosa que respiraba a su espalda. Su instinto y cada una de las fibras de su cuerpo clamaban por el primer sistema de salir alocadamente a la superficie. Su inteligencia, y su astucia también, se inclinaban por el sistema lento y prudente. Y mientras estaba debatiéndose en sus dudas, un estampido estalló en sus oídos. En el mismo instante recibió un inesperado golpe en la espalda, en el lado izquierdo, y sintió como una llamarada en la carne, en el sitio en que había recibido el impacto. Saltó en el aire, pero, a mitad de camino, los pies le fallaron y se desplomó; su cuerpo quedó arrugado, como una hoja marchita por un repentino calor, tendido con el pecho sobre la gamella de oro y la cara entre la tierra y los fragmentos de roca. Las piernas se le quedaron dobladas y torcidas, por lo reducido que era el fondo del pozo, y se retorcieron convulsivamente varias veces. Su cuerpo se sacudió como bajo los efectos de una violenta fiebre. Sus pulmones se expansionaron lentamente, en un profundo suspiro; luego el aire fue exhalado lenta, muy lentamente, mientras el cuerpo, también lentamente, iba hundiéndose en la inercia.

Arriba, revólver en mano, un hombre le contemplaba desde el borde del agujero. Durante un buen rato, estuvo observando el cuerpo tendido, absolutamente inmóvil, allí abajo. Después, el forastero se sentó en el borde del pozo, de forma que podía ver lo que ocurría dentro y dejar el revólver

Página 190

sobre sus rodillas. Metiéndose la mano en el bolsillo, sacó una delgada hoja de papel oscuro y puso dentro un puñado de tabaco. La combinación dio como resultado un cigarro oscuro y torcido, con los bordes vueltos hacia dentro. Ni una sola vez apartó los ojos del cuerpo que yacía en el fondo del pozo. Encendió el cigarro y aspiró el humo, saboreándolo con delicia mientras se introducía en sus pulmones. Fumaba lentamente. Una vez se le apagó el cigarro y volvió a encenderlo. Y durante todo el tiempo no dejó de estudiar el cuerpo tendido en el suelo.

Al fin tiró la colilla, se puso de pie y se acercó al borde del pozo. Apoyándose con una mano en cada orilla, pero sujetando el revólver con la mano derecha, balanceó el cuerpo y se introdujo en el pozo. Cuando sus pies estaban ya a una yarda del fondo, soltó las manos y se dejó caer.

En el instante mismo en que sus pies daban en el fondo, vio que el brazo del minero se alzaba repentinamente y sintió en las piernas una sacudida tan fuerte que le derribó. Debido a la posición adoptada durante el descenso, la mano que sostenía el revólver quedó por encima de su cabeza; la bajó rápidamente y, sin pararse a apuntar, apretó el gatillo. La explosión, en aquel estrecho recinto, fue ensordecedora. El humo llenó el agujero, impidiendo la visión. Sintió que su espalda chocaba con el suelo y que el cuerpo del minero estaba encima de él, como un gato. En el momento mismo en que el minero se le subía encima, el forastero torció el brazo derecho, para disparar y, también en el mismo instante, el minero, con un rápido movimiento del codo, le dio un golpe en la muñeca; el empujón apuntó el arma hacia arriba, y la bala hizo impacto en la tierra blanda de las paredes del pozo.

En el instante siguiente el forastero sintió que el minero le retorcía la muñeca: hubo una lucha feroz por el revólver; cada uno de los dos hombres porfiaba por quedar sobre el cuerpo del otro. El humo que llenaba el agujero se iba disipando. El forastero, que yacía sobre su espalda, empezó a verlo todo borroso y de pronto quedó cegado por un puñado de barro, que su antagonista le había tirado a los ojos deliberadamente. En el espasmo de la sorpresa, el hombre dejó caer el revólver. Un instante después el forastero sintió que una oscuridad arrolladora le invadía el cerebro.

Pero el minero siguió disparando una vez y otra, hasta que vació el cargador del revólver. Luego tiró el arma y, con la respiración jadeante, se sentó sobre las piernas del hombre muerto.

El minero se ahogaba y tenía que hacer esfuerzos para respirar.

—¡Cerdo roñoso! —jadeó—. ¡Acampar en mi camino y dejar que yo hiciera todo el trabajo, para luego pegarme un tiro por la espalda!

Página 191

Hablaba casi llorando de rabia y extenuación. Miró a la cara del muerto; estaba medio cubierta de barro y grava y era muy difícil distinguir sus facciones.

—Nunca le había echado la vista encima hasta ahora.

El minero siguió con su escrutinio y, por último, murmuró:

—No es más que un ladrón vulgar y corriente, maldito sea. ¡Y me disparó por la espalda! ¡Me disparó por la espalda!

Se abrió la camisa y se examinó el lado izquierdo, pecho y espalda. —¡Sólo me atravesó y no es grave! —gritó, lleno de júbilo—. Si hubiera

apuntado bien… si hubiera apuntado bien yo estaría listo. ¡Pero tiró de cualquier manera, con la mano en alto… el muy perro! ¡Yo sí que le dejé tieso a él! ¡Le dejé tieso!

Con los dedos se examinaba el agujero que le había dejado la bala, y una sombra de pesar cruzó por su cara.

—Esto puede ponerse más malo que el demonio —dijo—. Será mejor que vaya a que me remienden.

Trepó a lo alto del agujero y bajó por la colina hasta su campamento. Volvió media hora después llevando consigo el caballo de carga. Su camisa abierta dejaba ver el desmañado vendaje con que había tratado de protegerse la herida. Los movimientos de su mano izquierda eran lentos y torpes, pero no había perdido el uso del brazo.

Pasó una tela bajo los brazos del hombre muerto, y así pudo arrastrarlo fuera del pozo. Entonces empezó a recoger todo su oro. Trabajó firmemente durante varias horas, haciendo pausas de vez en cuando para dar un descanso a su hombro dolorido; cada vez exclamaba:

—¡Me hirió por la espalda, el cerdo roñoso! ¡Me hirió por la espalda! Cuando todo su tesoro estaba recogido y cuidadosamente envuelto en

varias mantas, calculó su valor.

—¡Cuatrocientas libras, o yo soy un hotentote! —dedujo—. Digamos que doscientas son de cuarzo y tierra… y esto da un resultado de doscientas libras de oro. ¡Bill, despiértate! ¡Doscientas libras de oro! ¡Cuarenta mil dólares! ¡Y todo es tuyo; tuyo!

Se rascó la cabeza con delicia y sus dedos tropezaron con un arañazo desconocido. Fueron investigando a lo largo de unas pulgadas; era una rozadura bastante ancha que le había hecho la segunda bala.

Se volvió furioso contra el hombre muerto.

—¿Querías el oro, no es eso? ¿Lo querías, eh? Bueno, pues vas a tener oro de sobra; y te daré una tumba decente, además. Esto es mucho más de lo que

Página 192

tú hubieras hecho por mí.

Arrastró el cuerpo hasta el borde del hoyo y lo tiró dentro. El cuerpo chocó en el fondo con un chasquido seco y la cara quedó vuelta hacia la luz. El minero miró hacia abajo.

—¡Me heriste en la espalda! —le dijo acusadoramente.

Rellenó el agujero trabajando con el pico y la pala. Luego cargó el oro sobre el caballo. Era demasiado peso para el animal y cuando llegaron abajo trasladó parte de la carga al otro caballo. Aun así se vio obligado a abandonar parte de sus pertenencias… el pico, la pala, la gamella, comida de sobra, utensilios de cocina y otras cosas extrañas.

El sol estaba en su cénit cuando el hombre forzaba a los caballos a atravesar la cortina de vegetación. Para trepar por los altos riscos, los caballos tenían que luchar ciegamente contra la enmarañada masa de enredaderas y trepadoras. Una vez el caballo de silla se cayó pesadamente y el hombre tuvo que quitarle la carga para que pudiera levantarse. Antes de emprender el camino de nuevo, el hombre volvió la cabeza entre las hojas y lanzó un último vistazo a la colina.

—¡El cerdo asqueroso! —dijo, y desapareció.

Durante un rato hubo chasquidos de plantas rotas y arrastradas; los árboles se movían hacia delante y hacia atrás, marcando el camino por donde pasaban los animales. Se oyó luego el ruido de pesadas botas herradas chocando contra la roca, y, de vez en cuando, una aguda voz, dando órdenes. Luego la voz del hombre empezó a cantar:

Vuélvete y vuelve la cara.

No pises las dulces y alegres colinas. (¡Estás desdeñando la fuerza del pecado!) Observa, observa bien a tu alrededor. Arroja al suelo el fardo de tus pecados.

(¡Te encontrarás con el Señor en la mañana!)

La canción iba haciéndose cada vez más y más lejana y, con el silencio, volvió de nuevo al fondo del cañón el espíritu del lugar. El riachuelo volvió a dormitar y susurrar; el runrún de las abejas se elevó, soñoliento. En el pesado aire perfumado, volvieron a volar los blancos vulanos del álamo, tan blancos como la nieve. Las mariposas revolotearon de acá para allá, entre los árboles, y sobre todo ello brillaron los blandos rayos del sol. Sólo las marcas de las herraduras en la pradera y la destrozada falda de la colina quedaron allí para

Página 193

dar fe del turbulento paso de la vida, que rompió la paz del lugar y lo abandonó luego.

Página 194

LA INCURSIÓN DE LOS NAVAJOS

ALBERT PIKE[50]

E RA una fría mañana de finales de noviembre. Salí del angosto cañón rocoso del valle, verdadero laberinto, por el cual había estado viajando durante varias horas, y di al fin vista al pueblo de San Fernández, en el valle de Taos. Por encima, por debajo y en derredor mío, no había más que nieve, cuya blancura reluciente sólo interrumpían las siluetas oscuras de los pinos. Debajo de mí, a la izquierda, medio cubierto de hielos, corría el claro riachuelo que abastecía de agua a los habitantes del valle, a lo largo de cuyo margen había ido discurriendo mi viaje. A derecha e izquierda, los riscos que formaban las oscuras y escarpadas paredes del cañón se ensanchaban para formar un espacioso anfiteatro. A los lados se extendía una tupida capa de niebla, triste y azulada, por debajo de la cual brillaba la blancura de la nieve y, por encima, el verde oscuro de los pinos. A la derecha, las montañas seguían con otras aún más altas y escarpadas, cuyas cumbres, cubiertas de inmaculada blancura, brillaban sobre el llano que se extendía a sus pies. Más allá, hacia la derecha, había un gran claro, donde las montañas parecían hundirse en el llano; y aún más allá, enfrente, se elevaban las soberbias montañas que separaban la región de la ciudad de Santa Fe. Justo frente a mí, con el triste color oscuro de sus edificios contrastando con la deslumbrante blancura de la nieve, yacía el pueblecito, que presentaba un aspecto oriental, con sus casas bajas y cuadradas, de muros de adobe y la iglesia con sus dos torres rectangulares, también de adobe. Por el camino que llevaba al pueblo, unos cuantos mejicanos, arropados en sus mantas de rayas, conducían a sus garañones, sobrecargados de madera, en dirección al pueblo. Tal era el aspecto del lugar, visto desde lejos. Al llegar al pueblo sólo se encontraba uno unas cuantas callejas sucias, polvorientas y muchas casitas de adobe, todas

iguales.

Para un americano, la primera visión de un pueblecito de Nuevo Méjico resulta siempre nueva y singular. Le da la sensación de haber sido trasladado

Página 195

a otro mundo. Todo es distinto, extraño y de una belleza exótica: los hombres con sus pantalones de tela, vistosamente adornados con cordones, abiertos por los lados hasta las rodillas y orlados, en los bajos, con una ancha banda de tafilete; el chaleco de indiana; las botas de cuero labrado y bordado; el sarape, o manta de rayas rojas y blancas; el sombrero de alas anchas, con un pañuelo de seda negro arrollado en torno; los de clases más modestas, con el simple atuendo de unos calzones de cuero hasta la rodilla, una camisa y el sarape; las mujeres con trajes largos y un chal de seda o un mantón rojo sobre la cabeza. Y añadido a todo ello, el habla española. Todo le hace pensar al americano que ha llegado a un país extraño.

En la noche de mi llegada al pueblo, fui a un fandango. Vi a los hombres y las mujeres bailando valses y bebiendo whisky juntos, mientras en una habitación contigua se jugaba al monte. Es un extraño espectáculo el fandango español. Señoras bien vestidas (ellos les llaman damas), meretrices, ladrones, indios, mestizos… todos mezclados bailando el vals. Aquí un tipo vestido andrajosamente con una camisa rota, calzones de cuero, largos calcetines de lana y mocasines apaches daba vueltas por la sala, llevando entre sus brazos a la encantadora señora de Pedro Vigil. Más allá un señor estaba bailando con La Altegracia, que pagaba a su marido una pensión regular para que se mantuviera lejos, apartado de ella, y que vivía con un americano. Cuando empezaba a aburrirme, entre las figuras sin gracia y los vestidos sin gracia de aquel fandango, vi a una mujer joven que me pareció de una belleza excepcional. Era de estatura mediana, esbelta y bien formada. Además de los delicados pies, gráciles caderas y ojos negros y penetrantes, comunes a todas las mujeres del país, tenía un aire modesto y recatado, que no se ve siempre entre las mujeres de Nuevo Méjico.

Me enteré, con gran sorpresa, que había estado casada varios años y que ahora era viuda. Su cara tenía una expresión de suave y profunda melancolía que me atrajo singularmente; pero cuando, una semana después, dejé Taos y volví a Santa Fe, la olvidé por completo.

Entre mis conocidos de Santa Fe se encontraba en particular un americano llamado L… Llevaba muchos años en el lugar, gozaba de gran influencia entre la gente y era persona de gran inteligencia. De sus defectos, cualesquiera que fueran, no tengo nada que decir. Fue él quien, unos días después de mi llegada y cuando ya la viuda era sólo un recuerdo borrado en mi memoria, me contó la historia que voy a repetirles a continuación. Se la contaré a ustedes en las mismas palabras de L., en la medida de lo posible.

Página 196

Cierta o no, así es cómo me la contó y así es cómo yo se la cuento a mis lectores.

—Ya sabe usted —empezó—. Que llevo varios años en este país. Hace unos seis u ocho, me encontraba en Taos, por cuestión de negocios, estaba alojado en casa de un viejo amigo, Dick Taylor. Una noche en que me había acostado muy tarde me despertó Dick repentinamente por la mañana, a primera hora, sacudiéndome por los hombros y diciendo:

»—Despiértate, hombre, despiértate y vístete si quieres ver algo inusitado. »Medio dormido, me levanté y empecé a vestirme. Mientras tanto, oí un inmenso clamor en la calle. Gritos, juramentos, aullidos y lamentos sonaban en todas direcciones. Sabía que era inútil preguntarle la explicación de todo aquello al parsimonioso Dick; por tanto acabé de vestirme tranquilamente, y, tomando mi rifle, le seguí a la calle. Durante un rato, me sentí como perdido, incapaz de comprender lo que pasaba. Los hombres corrían alocadamente; algunos llevaban fusiles que parecían tan grandes como mosquetones, otros arcos y flechas y unos pocos lanzas. Las mujeres iban también de acá para allá, con los negros cabellos flotando al aire, arrastrando los pies desnudos por el polvo de las calles. Entre ellas se veían algunas muchachas indias, con sonrisas reprimidas y mal disimulado aire de triunfo. Hombres, mujeres y niños parecían confiar, más que en sus armas, en el poder del Señor y de los santos. Todos los invocaban fervorosamente, diciendo: “¡Dios bendito! ¡Virgen purísima!”, y suplicaban a todos los santos del calendario, sobre todo a Nuestra Señora de Guadalupe, que les ayudaran y asistieran. Un grito, por fin, me hizo comprender lo que pasaba: “¡Los malditos y bandidos Navajos!”. Los Navajos les habían robado, penetrando en el valle y llevándose todas las manadas y rebaños, sin dejar ni uno. Éste era el motivo de la general consternación. Si usted viera a los Navajos apreciaría cómo se parecen más a los indios del sur de la república de Méjico que cualesquiera otros. Son de aspecto miserable. Cultivan el trigo; tienen grandes rebaños de corderos y manadas de caballos; también hacen mantas, que venden a los españoles. Los principales de entre ellos tienen gran número de siervos bajo su mando y su organización social es, al parecer, patriarcal. Algunas veces eligen un jefe para todo el pueblo; pero incluso así, a veces le obedecen y a veces no, según les place. Viven a tres jornadas de aquí, hacia el Oeste, y la tribu se compone de unas diez mil almas. Como casi todas las otras tribus indias, tienen su hechicero, que intercede por ellos ante el Gran Espíritu, por medio de

extraños ritos y ceremonias.

Página 197

»A través del tumulto, nos dirigimos hacia las afueras del poblado siguiendo apresuradamente a casi todos los hombres. Aún no se divisaba nada en el llano que se extendía desde el pie de las colinas que circundaban el valle. Se habían reunido unos cincuenta mejicanos, irregularmente armados. Detrás de ellos iban una docena de americanos con sus rifles, todos manteniendo su sangre fría, pues los hombres que van a las praderas son valientes. Algunas mujeres iban de un lado a otro, exhortando a sus maridos a pelear valientemente y alabando a los “señores americanos”. Llevábamos esperando una media hora cuando el enemigo apareció ante nuestra vista, avanzando desde el Oeste y dirigiéndose hacia el cañón; iban conduciendo numerosos rebaños y, aparentemente, eran unos cien hombres. Cuando llegaron a cerca de media milla de donde estábamos se dividieron; unos se quedaron con el botín y los otros, todos montados, cayeron sobre nosotros. Como por ensalmo desaparecieron todas las mujeres. Rápidamente nos tendimos en el suelo y esperamos la carga. Los indios ofrecían un curioso aspecto mientras avanzaban contra nosotros, con sus espléndidos caballos, sus escudos adornados con plumas y pieles y sus trajes de piel de ciervo, sin teñir. Cuando se fueron acercando, cada uno de nosotros levantó su arma y, en el momento oportuno, disparó; cinco o seis cayeron de sus sillas y fueron recogidos inmediatamente por sus camaradas, que volvieron grupas y se alejaron lo más de prisa que pudieron. Los americanos que, como yo mismo, no tenían deseos de tomar demasiada parte en las luchas de los mejicanos, cargamos las armas con perfecta calma y permanecimos contemplando a los indios, mientras se reunían con los que guardaban el botín y se disponían a dirigirse hacia el cañón. Los mejicanos trataron de convencernos para que montáramos y los persiguiéramos, pero nosotros, o por lo menos yo, estábamos ya más que satisfechos. En efecto, nadie se preocupó de perseguirles, y ya parecía que los indios iban a poder marcharse tranquilos con su botín cuando de pronto cambió la escena. Unos sesenta indios Pueblo, de Taos, que son una tribu civilizada y ciudadanos de la república, aparecieron de pronto tras las montañas, corriendo a toda velocidad hacia la embocadura del cañón. Ofrecían aquellos hombres un magnífico aspecto, pues eran altos, iban muy bien montados y mostraban extraordinaria valentía. Procedían de una docena de tribus diferentes, que hablaban también lenguas distintas: Taos, Picuris, Poguaque, Tisuqui, Xemes, Santo Domingo, Pecos (las dos últimas, no obstante y aunque viven separadas por una distancia de cincuenta millas, hablan el mismo lenguaje), los San Ildefonso[51] y una o dos más. Todas ellas tenían sus poblados cerca de allí. No es preciso alejarse más

Página 198

de sesenta millas de Santa Fe para encontrar alguno de ellos. Algunas de sus ciudades eran antiguamente mucho más grandes que ahora —por ejemplo la de la tribu Pecos, la mitad de cuya ciudad está ahora en ruinas—. La muralla que originariamente rodeaba la ciudad está ahora distanciada del pequeño poblado que queda en el centro. Este poblado ocupa una superficie de más de cuarenta yardas por quince, y está compuesto de casas de adobe de tres o cuatro pisos a los cuales se sube por unas escaleras de mano. Todo ello está construido con vistas a la defensa. Un solo camino de una anchura de seis pies conduce al poblado. Cuando los españoles llegaron por primera vez a El Paso y fundaron Santa Fe, estas tribus se levantaron contra ellos. Por excepción, las tribus Pecos y Santo Domingo permanecieron fieles a los españoles, y a causa de ello fueron casi exterminados por los otros indios. En la tribu Pecos no hay más que quince o veinte hombres. La tribu Santa Fe fue a las montañas y desapareció, mezclándose tal vez con los Apaches. Otra tribu es la que indios y españoles llaman Moctezuma; no sé si ese es el verdadero nombre o se lo han dado los americanos; pero la última suposición parece improbable. Ésta es también una tribu pequeña, llamada a desaparecer; viven en las montañas, no lejos de Taos, y nunca se casan con miembros de otra tribu. Adoran a una gran serpiente a la que, supongo, han arrancado los dientes, haciéndola inofensiva. No hace mucho se perdió y fue hallada por unos indios del pueblo Taos, que la reconocieron por unos adornos que llevaba. Avisaron a la tribu Moctezuma y el hechicero fue a recogerla. Pero le estoy cansando a usted con mi charla. ¿Sigo con la historia?

—¡Oh! —dije—. Siga hablando de los indios, primero.

—Como usted quiera. Parece ser que mantienen un fuego eterno en el interior de una especie de cueva; cada año bajan allí a un hombre para que lo cuide, y no ve el sol a lo largo de todo el año; los demás le envían comida y agua. Yo no lo he visto, pero me lo han contado españoles dignos de todo crédito. Entre esta región y el país de los Navajos se conservan ruinas de vastos edificios de roca y adobes, que evidentemente fueron templos, a juzgar por su situación aislada y la absoluta diferencia entre ellos y las otras ruinas que hay por los alrededores. Uno de esos lugares está a dos días de caballo de aquí, bajo una montaña en la cual, según se dice, hay tesoros escondidos. Estos indios se diferencian notablemente de los nuestros, incluso de los Eutaws (a los que los españoles llaman Llutas), de los Apaches y de los Comanches. Sus danzas son muy airosas y considerablemente complicadas, tan regulares como nuestras contradanzas, y mucho más bonitas que los jarabes de esos vagabundos mejicanos. Pero están acompañadas por esos

Página 199

monótonos hu a ha hu a ha, que cantan todos los indios, por lo menos los que yo he conocido. Debo decir también, que tienen muy poca de esa sentenciosa gravedad y esa inflexible sobriedad que generalmente se les atribuye. Se ríen, charlan y juegan. Lo mismo hacen todos los demás indios, a despecho de lo que digan Mr. Cooper Heckewelder y otros. Los Osages juegan con sus hijos, delante del hombre blanco, se ríen y gastan bromas; los Choctaws se ríen tanto que a menudo parecen tontos; y usted buscaría en vano esa gravedad y dignidad de que se habla en muchos libros. No quiero decir con esto que nunca se pongan serios, pero, generalmente, un indio es el ser más alegre y despreocupado del mundo. Pero estábamos hablando de la diferencia entre estos indios y los nuestros. Éstos fabrican mantas de lana, Dios sabe desde cuándo, y poseían, antes de que los españoles descubrieran este continente, un profundo conocimiento del arte de la cerámica; prueba de ello son los utensilios de cocina de loza y los jarros sin fondo, los cuales ponen unos encima de otros, para formar chimeneas. Probablemente son una mezcla de mejicanos (sean éstos de origen fenicio, egipcio o aborigen) y de indios del Norte y del Este, las tribus más rudas y fieras. Los mejicanos, según mi opinión, penetraron un buen día, Dios sabe cuándo, en los Estados Unidos y fueron rechazados, dejando allí aquellas fortificaciones, jeroglíficos y otras cosas muy curiosas de estudiar. Verosímilmente, se dirigieron hacia el Norte y dejaron colonias en Nuevo Méjico; pero el frío les impidió que siguieran adelante; no eran un pueblo acostumbrado a montañas y desiertos. Yo me inclino a creer que eran de origen fenicio; como quiera que fuera, eran una porción de la raza humana que vivía muy aislada, muy superior a los nativos del Norte y completamente distanciada de ellos, así como de los de California. En cuanto a la historia de que los Navajos tienen una parte de Biblia galesa y un cáliz de plata[52], la considero pura imaginación. Pero es cierto que tienen barba, que son más blancos que los indios que les rodean y que hablan un lenguaje que nadie puede aprender, el cual es asombrosamente parecido al galés, con sus impronunciables sonidos nasales y guturales. Y después de decir todo esto de los indios, y —acabando así por donde empecé — de los Navajos, seguiré con mi historia.

»Al ver a los Pueblo de Taos entre ellos y la embocadura del cañón, los Navajos lanzaron un agudo grito de desafío y salieron a su encuentro. Dejando unos pocos hombres al cuidado de los rebaños, los demás se lanzaron al ataque, abriéndose como las varillas de un abanico. Cada hombre disparó una flecha mientras se aproximaba. Fueron valientemente recibidos por los Pueblo, con una descarga general de armas de fuego y flechas, y

Página 200

rechazados en todos los intentos. Durante la lucha, varios mejicanos montaron en sus caballos y salieron con intención de unirse a los Pueblo, pero sólo dos o tres llegaron a hacerlo; los otros se quedaron a respetable distancia. Al fin, viendo que la situación empezaba a ser crítica, algunos Navajos se unieron a los que estaban guardando los animales y empezaron a moverse en dirección al cañón. Los demás se agruparon a unas cincuenta yardas y atacaron con audacia desesperada contra un punto. Como los Pueblo no estaban preparados par aquella maniobra, los Navajos atravesaron sus líneas y volvieron a atacar, dispersando a sus enemigos. Casi dos tercios de los rebaños fueron conducidos a través de las líneas. Mientras tanto, yo había montado a caballo, acercándome a unas doscientas yardas de la escena de lucha. Observé a un español alto y apuesto, de mediana edad, que se mostraba especialmente activo en la pelea; había herido a un enorme y atlético jefe Navajo con su lanza y vi que este último le seguía constantemente. Cuando aquel jefe creyó que el rebaño estaba lo bastante cerca de la boca del cañón para considerarlo a salvo, dio un grito agudo, y sus hombres se reagruparon. Pero el jefe se quedó rezagado, para vengarse del español que le había herido. Le agarró con una mano, arrancándole de su silla como si se tratara de un muchacho. Su cuchillo brilló en el aire y distinguí cómo los músculos del español se contraían, para relajarse luego. Al Navajo le bastó un instante para arrancarle el cuero cabelludo; luego dio con él en tierra y toda su gente, con un aullido general, huyó del lugar perseguida de cerca por los Pueblo. En su huida, los Navajos consiguieron llevarse más de la mitad del ganado; quince de ellos murieron, aunque los cadáveres se los llevaron sus camaradas. Los Pueblo tuvieron otras tantas bajas.

»Así fue aquella lucha, señor mío, aquella incursión de los Navajos, que hizo que yo entrara en contacto con la viuda de que antes hablábamos. Entonces la señorita Ana María Ortega era una muchacha preciosa de catorce años. No necesito cansarle haciendo su retrato, pues ya la conoce.

»Ana María era, en verdad, una muchacha envidiable; además de guapa, era inteligente y rica; su casa era la mejor amueblada de Taos; sus sarapes eran del mejor tejido, algunos de ellos procedían de Chihuahua y se hallaban incluso tendidos por la habitación; las rosas que adornaban los muebles eran de seda roja y las imágenes habían sido traídas de Méjico. Tenía también una media docena de espejos y otros muchos adornos que sólo se encontraban en los buenos apartamentos. La medalla que llevaba en torno al cuello, con una imagen de San Pablo, era de oro auténtico. Poseía muchos trajes de indiana y de seda, comprados todos a recién llegados de fuera, a muy altos precios; y

Página 201

sus diminutos pies iban siempre calzados. Eso era un gran lujo en aquellos tiempos. Cuando yo la conocí, Ana María no tenía madre, y todavía estaba guardando “luto” por ella. Toda su capacidad de cariño la había concentrado en su padre. Y cuando el cuchillo del Navajo la dejó huérfana, imagino que sintió, en aquel momento, que su único interés en la vida la había abandonado. Eso era lo que parecía, por lo menos.

»Pero Victorino Alasi estaba enamorado de ella desde hacía mucho. Él jamás pensó en otra, y le había hablado de su amor por lo menos un centenar de veces. Pero un día apareció en el pueblo un joven trampero que hizo temer a Victorino por su tesoro. Henry, o, como le llamaban más generalmente, Hentz Wilson, era un terrible rival. Ana no sabía a quién preferir; la larga amistad y el amor de Victorino quedaban casi sobrepujados por los marcados rasgos americanos y el atractivo desenfado de Hentz. Su vanidad se sentía halagada por el homenaje de un hombre del Norte, y Victorino corría el peligro de perder a su novia. La decidida y franca manera de ser de Hentz, su bravura, así como su saber, que, aunque limitado en su tierra, era extraordinario para todos los habitantes de Nuevo Méjico, hacía suponer que el padre también lo hubiera preferido. Justo antes de su muerte, cada uno de ellos le había pedido por carta (tal era la costumbre) la mano de Ana María. Quince días después de la incursión de los Navajos, cada uno de los amantes recibió, como respuesta, otra carta en la que se decía que Ana María había decidido entregar su mano a aquel de los dos que matara al asesino de su padre. Y con eso los dos tuvieron que contentarse por el momento.

»Después de la incursión volví a Santa Fe. El teniente coronel de la provincia, Viscara, estaba reuniendo un grupo de hombres para ir contra los Navajos, en expedición de castigo por aquella y otras depreciaciones cometidas últimamente contra distintos pueblos. Debía unirme a él con urgencia, pues me había comprometido a ello. Fueron acudiendo voluntarios y en el curso de pocas semanas la expedición estaba dispuesta para la marcha. Nuestra unidad era un tanto abigarrada. Primero iba un cuerpo de tropas regulares, todos ellos armados con mosquetes ingleses y lanzas. Luego venían hombres sin uniformar y seguidamente un grupo de voluntarios locales, todos ellos montados; algunos con lanzas, otros con viejos fusiles. Por último, formaba un grupo de indios de diferentes tribus, con escudos, arcos y flechas; eran, con mucho, las tropas más aguerridas que llevábamos y también los más valientes. Entre la milicia de Taos distinguí al joven Victorino. Hentz había también acudido voluntariamente a la expedición y dormía conmigo en la tienda del teniente coronel.

Página 202

»Abandonamos la ciudad de Santa Fe en pleno verano y nos dirigimos hacia el territorio de los Navajos. Fuimos por el camino de Xemes y, después de cruzar el río Puerco, penetramos en las montañas de los Navajos. Topamos con ellos, luchamos y salieron huyendo, llevándose consigo sus ganados de cabras y ovejas. Como nos encontrábamos en un inmenso desierto de arena, y no teníamos ya provisiones, nos vimos ante el dilema de alcanzarles o morir de hambre. Llevábamos dos días sin beber ni un sorbo de agua y casi todos los animales acusaban señales de agotamiento. Al tercer día, Viscara, quince soldados y yo nos adelantamos al grueso del ejército (el cual había olvidado decir que se componía de mil trescientos hombres). Viscara y sus hombres iban montados, yo iba a pie. Creo que aquel día anduve setenta y cinco millas, con los pies descalzos, sobre la ardiente arena.

—Viscara me dijo que anduvo usted treinta leguas.

—Viscara se equivoca y exagera. Poco antes de anochecer nos encontramos con un gran grupo de Navajos y les atacamos. Les cogimos unos doscientos corderos y trescientas cabras, que nos llevamos a donde estaba el resto del ejército. Cuando caímos sobre ellos, los Navajos supusieron que era el ejército entero el que les atacaba y no se atrevieron a plantarnos cara. Pero supongo que a usted lo que le interesa es la batalla. Atacamos a los Navajos cuando iban siguiendo, parte a pie, parte a caballo, el lecho de un torrente seco. Su clásica manera de luchar consiste en cargar, disparar y retroceder, y si ha visto usted una de sus cargas a caballo las ha visto todas.

»En medio de la lucha, vi a Victorino y a Hentz juntos, en la vanguardia de uno de los grupos. Más que combatientes en la pelea parecían espectadores. Los dos eran apuestos, pero de aspecto muy distinto. Victorino tenía los ojos negros, era delgado, esbelto, y tenía andares felinos; y el duro trabajo había fortalecido todos sus músculos. Hentz, por el contrario, era un joven alto y bien proporcionado, de gran fortaleza y dinamismo, aunque carecía de la agilidad felina de su rival; su piel era tan blanca que parecía incluso afeminada y sus ojos azules quedaban un poco ensombrecidos por una abundante cabellera castaña. Los dos parecían esperar que apareciera alguien entre los enemigos, porque aunque de vez en cuando disparaban sus armas y las volvían a cargar de nuevo, la mayor parte del tiempo permanecían apoyados en sus rifles, mirando fijamente a los Navajos.

»De pronto se oyó un aullido salvaje y un grupo numeroso de Navajos aparecieron corriendo por el lecho del río, todos ellos montados y capitaneados por el gran jefe que había asesinado al padre de Ana María. Entonces la pasividad de los dos rivales desapareció como por encanto. Hentz

Página 203

se llevó rápidamente el arma al hombro, la mantuvo preparada y fue siguiendo atentamente los movimientos del jefe. Victorino hizo lo mismo. Después de dar varias vueltas, descargando contra nosotros todas sus flechas, el grupo de Navajos se dirigió, al fin, a donde estaban Hentz y Victorino. Cuando el jefe estuvo próximo, Victorino apuntó cuidadosamente y disparó. Un momento después los Navajos llegaban junto a ellos, para retroceder en seguida, al igual como se retiran las olas desde la orilla. El jefe permanecía en su silla; lanzó otro grito y volvieron de nuevo al ataque. Cuando estaban a unas cien yardas Hentz levantó su rifle, apuntó y disparó. Los Navajos siguieron avanzando; pero el jefe cayó sobre el cuello del caballo; éste, asustado al parecer por el extraño peso del jinete, se lanzó alocado hacia donde estaba Hentz, que corrió a su encuentro y le agarró por las bridas; entonces saltó hacia un lado y el jefe herido perdió el equilibrio y cayó al suelo. Libre del peso del jinete, el caballo atravesó corriendo nuestras líneas y se perdió de vista en un momento. Los Navajos se precipitaron para recuperar el cuerpo de su jefe y Viscara y yo corrimos en ayuda de Hentz. Pero ni la poderosa culata del rifle de Hentz, con la que golpeaba a diestro y siniestro con la fuerza de un gigante, tarea en la que yo le secundaba con todas mis fuerzas, ni la espada de Viscara, ni el agudo cuchillo de Victorino que, generosamente, había corrido también en ayuda de su rival, hubieran sido bastante contra los Navajos si un grupo de indios Pueblo no hubiera atacado por la espalda, derrotándoles. Inmediatamente, Hentz remató al jefe, que estaba medio sepultado bajo una docena de Navajos, y le arrancó el cuero cabelludo, que vale para los indios más que la vida.

»Después de la derrota que les inferimos en el desierto de arena, los Navajos pidieron la paz y nosotros nos volvimos a Santa Fe. El pobre Victorino cabalgaba siempre solo y no decía una palabra a nadie. Cuando al principio había sido el más alegre de todos nosotros, ahora parecía completamente apesadumbrado. Cabalgaba a solas, sin mirar a derecha ni a izquierda, con las bridas sueltas sobre el cuello de su mula. Intenté consolarle pero no me hizo caso; insistí de nuevo y entonces me dijo, sombríamente:

»—¿Cómo quiere que me anime? ¿Qué me queda en la vida? La he perdido a ella, que es lo único que me importa. No puedo dejar de pensar que si no hubiera sido por este maldito fusil viejo y porque otro hombre ha tenido mejor puntería que yo… ¡Ay, señor!, déjeme solo, se lo suplico, y no intente consolarme. Ya sé que volveré a ser feliz otra vez, pero será en la tumba. ¡Dios me perdone!, pero no me importaría que fuera pronto.

Página 204

»Mientras retrocedía hacia la cola de la expedición, donde generalmente marchaba, Hentz se me acercó y me preguntó por el estado de ánimo del joven mejicano. Le repetí cuanto me había dicho.

»Sin añadir una palabra, Hentz cabalgó hacia donde se hallaba Victorino, se colocó junto a él, y le dio unas palmaditas en la espalda. Victorino le miró con resentimiento, pero Hentz hizo caso omiso y empezó a hablar en un español tan atrozmente malo, que no se comprende cómo pudo entenderlo el pobre muchacho.

»—¡En! —dijo—. Tú quieres a Ana más que yo, ya lo sé, y la conoces desde hace más tiempo y ella te echaría más de menos. Y, después de todo, hubieras matado al jefe si hubieses tenido más suerte… y me ayudaste a rescatar el cuerpo. Toma esto —añadió, entregándole la cabellera del jefe—, y dame la mano.

»Victorino le estrechó la mano fuertemente, y cogiendo la cabellera la guardó en su canana; luego se secó unas lágrimas de los ojos y corrió a juntarse con sus camaradas. Y ésta es toda la historia de la incursión de los Navajos.»

—¿Y qué fue de Victorino? —pregunté.

—Se casó con Ana María cuando ella se quitó el luto y, dos años después, se murió de la viruela, en el territorio Snake. Pobre muchacho… tuvo poca suerte.

Página 205

MUERTE EN DUN RIVER

NINA MC. CORNACK

Mis abuelos cruzaron la llanura y llegaron a Oregón en 1847. Allí nació mi padre en una cabaña de madera, cerca del río de esta historia. Es una historia-leyenda del valle de Willamette, en los primeros años del 1800. Mi padre vivió hasta los noventa y cinco años, y a lo largo de su vida me la contó muchas veces. Como no le gustaba el cotilleo, nunca me dijo los verdaderos nombres de los personajes de esta historia.

D UN River era un riachuelo pequeño y tranquilo, que apenas tenía fuerza y que no hacía ruido. Se deslizaba plácidamente entre sus bajas orillas,

bordeadas de hierbas, bajo los sauces, en silencio, dejando oír sólo una especie de lap lep al chocar con las arenas de la orilla. El lecho del río también era arenoso, de forma que un carromato que cruzara el vado podía verse arrastrado por la corriente de arena que se arremolinaba entre los radios de las ruedas.

Ese era el estado normal del Dun River. Pero una vez al año el pacífico río volvía a la vida. Esto ocurría en el aniversario del día en que Vinney Morgan se ahogó. En tal día se levantaba de pronto el bramido de un gran torrente de agua, como si una enorme obstrucción hiciera salir de madre al río. Esto no duraba más que unos minutos. Mucha gente aseguraba haber oído aquel rápido latir del corazón del río, pero nadie lo había visto. Los granjeros que vivían lejos rehusaban creer tales cosas y dudaban de la cordura de los que las creían. Desconfiaban sobre todo de Crazy Old Preston[53], que aseguraba haber oído aquel ruido todos los años.

Tom Carter, un viejo de reconocida honradez, también aseguraba haberlo oído, y afirmaba que era el alma de Vinney Morgan que se paseaba por el río en busca de una paz que le había sido negada.

Página 206

La historia era siempre la misma; pasaba de boca en boca, de oído en oído; algunos cotillas habían añadido pequeños detalles a la narración, y así, poco a poco, llegó a convertirse en leyenda.

Los hechos eran estos: Andy y Vinney Morgan iban a la ciudad en el carro y Vinney se había ahogado cuando cruzaban Dun River por el vado. La habían empujado del carro o se había caído. Y Andy decía que se había caído. Era un día tranquilo y neblinoso de finales de verano. Pero el tiempo no influía nada en la extraña conducta del Dun River. En el aniversario exacto de tal día, por calor, o sequedad o niebla que hiciera, el soñoliento río se despertaba y rugía como un condenado.

Siempre había forasteros en el valle, dispuestos a oír la historia, a hacer preguntas y a contárselas luego, excitados, a jóvenes y viejos. Para Tom Carter, el cuento era el aliciente de su vida. Todos los días estaba dispuesto a contárselo a cualquiera que quisiera escucharle; contarlo le dejaba satisfecho para el resto del día. Sobre todo le gustaba hablar de ello con sus vecinos, Martha y Joe Stevens. Martha era muy buena oyente, aunque siempre defendía a Andy. Tom decía por centésima vez, como si se le acabara de ocurrir:

—¡Apuesto a que Andy es tan culpable como el demonio! ¿Por qué no iba a empujarla del asiento del carro? Por Dios, Martha, si yo tuviera al lado una mujer tan vil como Vinney me hubiera comprado un carro especial, sólo para que resultara más fácil.

—Tú no eres imparcial, Tom —decía Martha—. Nunca quisiste a Vinney. —¿La quería alguien? Ni siquiera comprendo cómo aquellos dos hombres, tan inteligentes como eran, la dejaron vivir con ellos para que les

amargara la existencia.

—Pero ella era casi como una hermana.

—¡Casi como una hermana! ¡Historias! ¡No tenían con ella ningún parentesco ni ninguna obligación! —exclamó Joe.

—Bueno, alguien debía cuidar de una vieja solterona que no tenía donde ir. —La carcajada de Tom fue larga, sonora y satisfecha—. Y esto no era extraño, porque ningún hombre en todo el valle la miró dos veces… ¡Y con lo escasas que están las mujeres!

Joe volvió a hablar:

—Pero tú no crees que Andy sea culpable, ¿verdad? A veces parece como si no estuvieras muy seguro.

—¡Claro que no lo estoy! Lo que pasa es que a veces me pongo como loco contra él.

Página 207

Con los años, los cuchicheos sobre la vileza de Vinney fueron desapareciendo, pero la leyenda sobre Dun River se mantuvo, creció y ganó en interés a medida que fueron llegando forasteros a la pequeña ciudad de Deadwood.

Cuando llegó el nuevo sheriff, Tom Carter, que acababa de terminar la labranza de primavera, se puso su traje de fiestas, se fue a la ciudad y corrió al despacho del sheriff, en la cárcel nueva. Tenía un miedo horrible de no llegar a tiempo de cazar al sheriff y contarle la historia antes de que lo hiciera otro cualquiera.

Al llegar a la cárcel llamó con su manaza en la puerta que ostentaba la señal de «Sheriff»; la empujó con el pie, entró y saludó:

—Buenos días, sheriff.

El sheriff Bart levantó la vista, se echó para atrás el sombrero de ala ancha y contestó:

—Buenos días, Mr. Carter; entre. ¿Qué puedo hacer por usted?

Tom Carter era un hombre de voz muy suave y modales amables. Con sus vestidos de granjero tenía un aspecto descuidado, pero las ropas de ciudad le daban un aire digno y apuesto. Hizo una mueca y sus ojos brillaron bajo las cejas.

—Llámeme Tom, sheriff; me gustar estar en relaciones amistosas con la ley. Puede ser muy útil en cualquier momento.

El sheriff replicó:

—¿Intenta usted sobornarme? ¡Parece usted culpable! Siéntese, ¿quiere un cigarro?

—No, yo mastico tabaco. He venido, pensando que a lo mejor le gustaría saber algunas noticias.

—¿Noticias? Me extraña; estaba a punto de creer que jamás ocurría nada aquí. Esto parece un funeral. Tendrían que poner lápidas en lugar de hitos. ¿Ocurre algo alguna vez, aquí?

—No. Ya no pasa nada; esto es más aburrido que un domingo por la tarde. Pero hemos conocido días grandes, sheriff. He vivido en este valle el tiempo suficiente para haber visto algunos crímenes, asistido a algún ahorcamiento y todo eso. Incluso he visto una gran batalla contra los indios cerca de la charca de Long Tom. Pero hay una tranquilidad enorme ahora. Se ganará usted su dinero fácilmente, sheriff.

Cris Hardy, el ayudante del sheriff, entró en aquel momento.

—Puede que la ciudad recupere un poco de su reputación. Acabo de oír que ha habido un asesinato en el condado de al lado.

Página 208

—Demasiado lejos para que nos sirva de algo —dijo Tom.

Se echó atrás en su asiento, cómodamente, y dejó el sombrero en el suelo. Cortó un pedazo del paquete de «Honey Dew» que llevaba en el bolsillo y se lo metió en la boca. Luego estiró sus largas piernas y arrastró hacia sí la escupidera de latón, con el tacón de sus botas. Hizo una mueca.

—Podía haberle atinado, pero no valía la pena hacer la prueba, sheriff, ¿ha oído hablar de Vinney? ¿Vinney Morgan, una dama solterona de vil temperamento y peor cocina?

—No. No creo haber oído nada. Pero, después de todo, tenga en cuenta que sólo llevo una semana aquí.

—Demonios —murmuró Tom—. Los chismosos de la ciudad deben haberse callado por una vez. Me alegro de que se me haya ocurrido venir a hacerle una visita; temía que se me hubieran adelantado. Creo que cada nuevo sheriff tiene que conocer bien la ciudad de la que va a ser responsable. —Tom masticó su tabaco tranquilamente durante un minuto, después empujó el tarugo hacia el hueco de la mejilla y se incorporó en su silla—: ¿Dispone de un poco de tiempo, sheriff? No son noticias frescas, sheriff; se trata de una historia. Tiene usted que conocer la historia de Vinney y las cosas que ocurrieron en Dun River.

—Adelante, Tom. Creo que tenemos todo el santo día por delante. —Bien… —Las palabras de Tom siempre se hacían más lentas cuando

disfrutaba con lo que estaba diciendo—. Tiempo atrás, cuando Andy Morgan era sheriff, vivía con su hermano Jason en la granja vecina a la mía. Todavía siguen viviendo allí. Tenían una medio hermana, Vinney, odiosa a más no poder y como ningún hombre en el valle quería cargar con ella, la dejaban vivir con ellos. Se ocupaba de la cocina y de mantener la casa en orden. Los dos hombres por poco se vuelven locos. Ella jamás hizo un guiso decente, tenía el genio de un gato montés y por poco los mata de hambre. A Andy le gustaba vivir en paz y por eso nunca discutía con ella, pero Jason un día ya no pudo más y se fue a vivir a los establos y no volvió hasta que la vieja arpía se largó. —Tom hizo una pausa, pensativo—. Andy era el mejor condenado sheriff que tuvimos. —Bart abrió la boca, pero Tom se le adelantó—. No hay la menor intención ofensiva en mis palabras. Además, tendrá usted tiempo de sobra para comprobar su reputación. Una vez cogió a un par de ladrones de caballos, los tuvo en la cárcel un mes, luego les ordenó que se largaran a otra ciudad menos civilizada y que no volvieran nunca jamás. También les puso una buena multa. Ellos odiaban a Andy y juraron volver.

—¿Y volvieron? —preguntó el sheriff.

Página 209

—Volvieron. Pero estoy adelantando acontecimientos. Un día Vinney pidió a Andy que la llevara a la ciudad y, para ahorrarse una discusión, él la llevó. Enganchó el tronco bayo a un carro nuevo que acababa de comprar. ¿Conoce usted Dun River, sheriff? Un riachuelo delicioso, que se desliza blandamente entre sus orillas de arena.

—Sí. Lo vadeé ayer. Un lugar encantador.

—Y el lecho del río —añadió Tom—, es también arenoso y blando; se agita fácilmente.

—Ya lo observé.

—Bueno, el día en que Andy y Vinney fueron a la ciudad Vinney se ahogó, Andy contó que se había caído del asiento del carro. Aquél fue un día aciago para Andy, porque lo escogieron también los dos bandidos para aparecer de nuevo por la ciudad. Se enteraron en seguida de la noticia; el hecho de que Vinney se hubiera muerto les tenía sin cuidado, pero vieron una ocasión de vengarse de Andy, y empezaron a decir que Andy la había empujado del asiento.

El sheriff le interrumpió:

—¿Pretende usted dar a entender que la palabra de dos bandidos, ladrones de caballos, podía tener algún valor frente a la palabra del sheriff?

Tom se echó a reír:

—¿No está usted fanfarroneando un poco, sheriff?

El sheriff no contestó a esa pregunta, pero observó:

—Esos dos eran un par de sucios bandidos que trataban de aprovecharse del apuro en que se hallaba metido Andy.

—Sí; eso fue lo que planearon. Cuando oyeron hablar de que Vinney se había ahogado imaginaron que era la gran ocasión; se fueron al «Old Tiger Bar» y empezaron a pagar a todo el mundo rondas de whisky y a hablar de la culpabilidad de Andy.

—El mismo truco de siempre —dijo el sheriff—. El whisky gratis, en cantidad suficiente, hace cambiar los sentimientos y consigue que unos cuantos holgazanes se unan a los forajidos.

—Bueno; ellos charlaban sin parar. Decían que Andy era tan culpable como el demonio y que tenía que pagar por eso. Personalmente, creo que tenía que haberla ahogado hacía muchos años.

—¡No diga salvajadas que no siente, Tom! Siga con el cuento. —El nuevo sheriff empezaba a sentir interés por la vieja historia de la ciudad cuya brillante estrella acababa de estrenar—. ¿Qué dijo Andy? ¿Pudo probar su inocencia?

Página 210

—Andy no era un hombre hablador. Llevó a Vinney a la ciudad porque ella machacó y machacó pidiéndoselo. Quería lucirse por ahí con su sombrero nuevo. A Andy le sacan de quicio las discusiones. Nada en el mundo le apetecía menos que la compañía de Vinney (así me lo dijo él mismo), pero a pesar de todo la llevó. Y cuando volvió, llevando a Vinney en el fondo del carro, empapada como una rata, sólo dijo que había saltado del asiento del carro.

El sheriff miró a Tom con una profunda expresión de asombro:

—¡Cómo! Nadie en su sano juicio saltaría del asiento de un carro

vadeando el Dun River.

Tom echó la cabeza hacia atrás y gruñó:

—Bueno, sheriff, pues ella lo hizo y eso prueba algo, ¿no cree?

El sheriff parecía estar de acuerdo, pero no dijo nada. Cris volvió en aquel momento. El sheriff le preguntó:

—¿Hay alguna novedad, Cris?

Cris sacudió la pelada cabeza y se rascó las orejas, como hacía siempre que quería pensar o iba a decir algo.

—El día más tranquilo de la historia, por lo que sé. Me dan ganas de hacer algo.

Los lentos ademanes de Cris y su torpeza eran la causa de que Bart fuera el nuevo sheriff.

—¿Hacer algo tú? Coge una silla y escucha. Tom me está contando un hecho verídico que sucedió en Dun River con cierta hembra.

—¿Tom Carter una historia cierta? No lo crea, sheriff. —El ayudante colgó el sombrero en un clavo de la desnuda pared, se aflojó la pistolera y dejó caer su enorme peso en una silla, dispuesto a escuchar.

—Me estoy quedando sin resuello —dijo Tom—. ¿Qué les parece un trago para reanimarme?

—Sabe muy bien que no hay whisky en una oficina de la ley. Y además no necesita preparación.

Tom se levantó.

—Bueno, lo iré a buscar por mi propia cuenta. Voy un rato fuera a refrescarme un poco el gaznate y en seguida vuelvo.

Salió al calor del mediodía, cruzó la polvorienta calle, llegó al «Old Tiger Saloon», empujó los batientes con el codo, entró y puso un dólar de plata en el mostrador.

—Dame todo su valor en whisky, y no me escatimes.

El encargado del bar le dio una botella y un vaso.

Página 211

—Juzga tú mismo —le dijo.

Tom se sirvió un dólar largo y se lo bebió de un trago.

—¿Más? —preguntó el del bar.

—Nanay, tengo prisa. Me espera un auditorio estupendo y se me escabullirían.

—¿Estás volviendo a lanzar malas noticias por ahí? —Nada de malas. La pura historia sólo. —Siempre lo mismo, ¿no es eso?

Tom no contestó, sino que echó a correr por la calle. El sheriff y Cris estaban aún allí, esperándole. Tom dijo:

—¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Vinney acababa de ahogarse… Bien, pues los bandidos seguían pagando rondas de whisky…

—¿Cómo se llamaban esos bandidos?

—Lem y Truck. Truck era el jefe, el que decía lo que había que hacer. El día en que enterraron a Vinney, Truck decidió ir al funeral. Lem le preguntó por qué quería celebrarlo y Truck contestó: «Nada de celebrar; solamente iremos por ahí, a echar un vistazo y decidir lo que haremos mañana». Y además escucharon buena música, pues Jason tocó el órgano antes de que hablara el predicador. Pero no adelantemos las cosas. Lem no podía creer que Truck sintiera interés por la música. Preguntó: «¿El predicador va a hablar de Vinney? ¿Y qué se le ocurrirá decir? Vamos a empezar a tiros, Truck; no tengo ganas de escuchar a un predicador».

»—Nada de tiros, he dicho. Esto es un funeral con música y plática. No se puede matar a un hombre en un funeral; es la clase de cosa que le quita prestigio a uno.

El sheriff dijo:

—Me parece que está usted divagando un poco.

—Eso es exactamente lo que estoy haciendo. Y también le estoy dando información.

Tom estuvo un rato pensando en los hechos pasados. Luego siguió hablando:

—Era un día como éste. —Volvió a apuntar a la escupidera—. Un día de verano… el tiempo más pacífico y tranquilo de todo el año. Supongo que Vinney debió volverse loca, ¿no cree usted?

—No puedo decirlo —sonrió el sheriff—. No conocía a esa dama. Pero, ¿qué podía el río hacer, aparte de ahogarla?

—Como estaba diciendo, era un día plácido y cálido de verano, a finales de septiembre. Todo el valle, desde Coburgs hasta la cordillera de la costa,

Página 212

por lo menos hasta donde llegaba la vista, estaba cubierto por una tenue neblina. Tiempo propicio para incendios en los bosques. Los árboles parecían grises y apenas se distinguían. A lo largo del río amarilleaban los álamos jóvenes, junto al agua. Pude oír el tañido de un cencerro, a millas de distancia; eran las vacas de Morgan dirigiéndose a los pastos. Yo iba a caballo al funeral y me paraba de cuando en cuando para disfrutar del encanto de la mañana, antes de que la vista de Vinney me estropeara todo el placer. ¡Qué día tan maravilloso era! —Tom se extasió en sus recuerdos—. Un par de faisanes de la China salieron volando por el camino, justo delante de mí, con gran zumbido de sus alas, cuando los cascos de mi caballo estuvieron a punto de pisarles; iban espantados y se escondieron entre los matojos. Me asustaron tanto como ellos mismos lo estaban.

—Siga adelante con la historia, Tom —interrumpió el sheriff—. Estábamos hablando de los funerales de Vinney y de los apuros de Andy. Y son los apuros de Andy lo que me interesa.

—Ahí estábamos —reconoció Tom—. Pero me gusta disfrutar de la naturaleza; soy uno de esos que la gozan con lo que los tipos de las montañas llaman «un magnífico escenario». Todos los vecinos iban al funeral de Vinney. El sendero estaba cubierto de polvo hasta donde llegaba la vista. Algunos iban a caballo y se entretenían en hacer una carrera para alcanzar a los carromatos y saludar a sus ocupantes a gritos, agitando el sombrero. Parecía que iban a un «picnic» o a la semana de Feria del Estado. En la granja de Andy había ya varios caballos atados a la valla. Los ladrones de caballos estaban allí, rondando cerca del porche. Me quedé cerca de ellos, escuchando sus cuchicheos. Lem estaba diciendo: «Matemos a Andy ahora y tendremos un funeral doble»; pero Truck dijo: «Mañana hay tiempo de sobra. El juez es más lento que el deshielo en lo alto del Missouri y le dará a Andy tiempo de intentar defenderse y salvar el cuello. Pero se le puede confundir fácilmente, o sea que trata de que tu historia parezca verosímil para que cuelguen a Andy».

Cris bostezó y se desperezó.

—Nunca había estado la ciudad tan condenadamente quieta. No podría aburrirme más de lo que estoy, Tom, si no fuera por su historia; siga adelante con ella, sea cierta o no. Por lo menos me mantiene medio despierto.

—No deje que los guiños de Cris le incomoden, Tom —dijo el sheriff—.

A mí me gusta su historia.

El interés de Tom pareció renovarse.

—¿Dónde estaba? —dijo—. ¡Ah, sí! Fisgando en lo que decían los bandidos. La sala estaba atestada; todos cuchicheaban unos con otros. Ya sabe

Página 213

cómo se porta la gente en un funeral, aunque tengan interés personal en él. Parece que un funeral sea el sitio indicado para ir a cuchichear. Podía ser que estuvieran hablando de los bandidos, asustados por su presencia allí. Como quiera que fuera, aquel era el día de Vinney; ella era el personaje más importante allí. Martha dijo que le gustaría que Vinney pudiera verlo y sentirse orgullosa de toda aquella gente pendiente de ella. Martha había pasado todo el día en casa de Andy, trabajando, y se sentía exhausta. Pero, por una vez, parecía que en casa de Vinney vivieran seres humanos. Oí decir que también había arreglado a Vinney, pero no estoy seguro. La sala en donde estaba Vinney esperando los acontecimientos era una gran habitación cuadrada con una alfombra de flores rojas en el suelo. Había también una estufa de hierro negra que daba al conjunto un aire solemne; pero en lugar de fuego, había flores en la estufa y parecía una lápida. Después de un rato llegó Jason y se puso a tocar el órgano y todo el mundo dejó de cuchichear para escuchar. Jason era un hombre amante de la música de baile, sus pies siempre seguían el compás. Incluso a la música de iglesia le daba cierto aire de baile; parecía que ponía todo su corazón en ello. —Tom se calló y miró al sheriff—. ¿Me sigue usted?

—Claro, Tom. Pero espere un poco, de todos modos, mientras atizo el fuego. —El sheriff removió y sacudió la estufa—. Todavía no lo acabo de comprender. ¿Volveremos al río o no?

—Deme tiempo, sheriff. Estoy disfrutando con mi historia. Es la primera vez, desde hace más de un año, que la cuento toda entera. Y es que ya la ha oído todo el mundo, según parece. Bueno; el caso es que el Pastor llegó en seguida, y su oración fúnebre por Vinney fue muy buena. Tuvo que haber sudado de firme para discurrir todo aquello que dijo. Andy se estaba poniendo nervioso y yo pensé que a lo mejor estaba oyendo lo que decían los hombres, allá fuera.

Cuando todo acabó, casi todos los vecinos condujeron sus caballos hacia el viejo cementerio de Mason Road; supongo que decidieron dedicar todo el día a Vinney. Pero muchos de los que vivían en la ciudad se fueron a sus casas, ansiosos de hallarse en sus cocinas, donde podían cenar tranquilamente y hacer comentarios sobre el día. Los amigos de Andy dijeron que habría una multitud en el juzgado al día siguiente.

Aquella noche, Jason y Joe decidieron ir a ver al juez y dejar sentadas unas cuantas cosas antes de que fuera demasiado tarde. El juez Eider era mucho más inteligente de lo que suponían los dos bandidos. Fue idea suya

Página 214

hacer el juicio al día siguiente por la mañana. Y dijo que harían bien en conseguir pruebas o las cosas se pondrían mal para Andy.

Tom hizo una pausa para cortar otro pedazo de tabaco.

—Así se me suaviza la lengua —explicó—. Hubo muchas conversaciones aquella noche, muchísimas. Muchos individuos no se acostaron o no pudieron dormir si lo hicieron. Todos los amigos de Andy declaraban que no era posible que hubiera matado a una mujer, ni siquiera Vinney. Como quiera que fuera, no iban a dejar que colgaran a un hombre por falta de pruebas que le salvaran el pellejo.

»Hacia las nueve de la noche o así, me llegué a ver si Martha y Joe habían dejado de discutir. Martha estaba loca de angustia por Andy, y le decía a Joe:

»—Ya sabes tan bien como yo, Joe, que hablar de ahorcar en este valle es como el fuego en la pradera, cuanto más tratas de evitarlo más aumenta.

»Joe también estaba preocupado.

»—Pero Martha —decía—, a lo mejor Andy lo hizo, en su imaginación, por lo menos.

»—¡Tonterías! No se puede colgar a la gente por lo que lleva en la imaginación, o estaría todo el bosque lleno de ahorcados.

»Aquella fue una noche de mucho movimiento, casi la última de esta clase que hemos tenido por aquí. Cuando dejé a Martha y Joe fui a ver a Andy, pero no quiso hablar; dijo que no necesitaba nada y que quería que le dejaran solo. Me puse furioso y le dije: “Eres una vieja cabra testaruda; si te dejamos solo puede que te rompas el cuello antes de la salida del sol”. Andy no hizo más que fruncir el ceño, mirando a lo lejos. “No estoy preocupado, dijo, Jason lo arreglará.” Comprendí que no valía la pena discutir con él, ni siquiera a propósito de su propio cuello, y me fui al café de Joe, a ver si me reanimaba un poco con una buena taza de café… Hombre, ésa es una idea, ¿qué me dice de un poco de café, sheriff?

Cris se levantó. Puso un puñado de café en una negra cafetera, le añadió agua y la puso en la chimenea.

—Espere usted un rato y pasará despierto dos noches seguidas. Y acabe ya de una vez con la historia; la ciudad puede despertarse de un momento a otro y me molestaría tener que perderme el final de los apuros de Andy.

—Puede que tenga razón. Bueno, pues, como iba diciendo, había abandonado ya la idea de tratar de ayudar a Andy, pero cuando salí del café de Joe, Jason salió a mi encuentro en la oscuridad y me llamó: «Vamos al establo, Tom, dijo, tengo un trabajo para ti». Fuimos al establo de Stewart Livery. Había una linterna brillando débilmente detrás de la puerta y allí

Página 215

estaba el tronco bayo de Andy, enganchado en el carro. Jason despertó al mozo y le dijo: «Vístete, a lo mejor te necesitamos». El hombre, medio dormido, se puso los pantalones y las botas y se vino fuera.

»—Subid al carro los dos; tenemos que hacer un recado.

»—¿Un recado, a estas horas de la noche? —pregunté yo—. ¿Qué recado?

¿Vamos a la ciudad?

»—Nanay. Sólo a mitad de camino. Vamos hasta el río.

»Yo estaba furioso:

»—¿Qué demonios vamos a hacer paseando por el país a estas horas de la noche?

»—Una cita en el vado.

»—¿Una cita? ¿Con quién y para qué?

»—¡Oh! Tú, yo y Joe nos encontraremos con el herrero y el predicador. »—¿El herrero y el predicador? ¿Y qué vamos a hacer con esta compañía

tan rara? —pregunté.

—Tom —interrumpió el sheriff—. Estoy aturdido. No entiendo nada de todo esto.

—Eso nos pasaba a todos. Salimos del establo. La noche era negra como el alquitrán. El mozo del establo murmuraba y trataba de permanecer despierto. En el río se movían unos cuantos hombres que parecían fantasmas envueltos en sábanas negras. Una linterna brillaba en el agua. Pude oír hablar en voz baja mientras Jason conducía el carro hasta la orilla: «Agarraros bien, vosotros dos, dijo; voy a cruzar.» Antes de que nos diéramos cuenta estábamos a mitad de camino, en el vado. Unas linternas iban arriba y abajo; alguien dijo: «Un poco hacia arriba, Jason; dirígete hacia los sauces, donde está el tronco».

»Entonces el carro dio de pronto un topetazo, osciló y luego volvió a asentarse sobre sus cuatro ruedas. Aunque faltaban horas para el alba, vi la luz del día cuando oí la risa ahogada de Jason. Entonces comprendí lo que él y los otros estaban intentando probar y pensaban demostrar al juez al día siguiente.

El sheriff escupió en la estufa; el salivazo chisporroteó y se evaporó. —Ése es un pobre final para una historia. ¿Ahorcaron a Andy o no lo

ahorcaron? Me molesta la idea de que un verdadero sheriff pueda acabar así. —No lo ahorcaron, sheriff, no se preocupe. Al día siguiente la Audiencia

estaba tan abarrotada que apenas se podía respirar. Los amigos de Andy estaban delante; los ladrones de caballos, detrás. El juez no perdió el tiempo repitiendo los hechos, ya conocidos: «Parece que algunos forasteros indeseables en Deadwood quieren llevar a la cárcel a Andy Morgan. Todos

Página 216

deseamos un juicio rápido, pero éste se llevará a cabo de acuerdo con la ley y con mi mejor opinión. Nos trasladaremos todos al río y el juicio tendrá lugar en la misma escena del crimen, si es que lo hubo». Y así cargaron a los jurados en un par de carros y el resto de las gentes les fuimos siguiendo. Ya en el río, los jurados se instalaron en unos troncos cerca del vado y el juez dijo: «Jason, conduzca usted el carro de Andy por el vado. Lleve a Tom y al predicador con usted». Por eso volvimos a vadear el río como por la noche. Jason nos advirtió, en voz muy alta: «Agárrense bien ustedes dos; hay rocas aquí». Y cuando casi habíamos cruzado, igual que antes, el carro dio un topetazo y se inclinó hacia un lado y por fin volvió a enderezarse. Jason hizo que los caballos dieran media vuelta y cruzamos de nuevo el río con la arena hasta media rueda. Parecía que el Dun River cantaba una cancioncilla de contento.

»El jurado no tardó mucho en deliberar. Decidieron y declararon que Vinney Morgan se había ahogado al caerse de un carro, mientras cruzaba el Dun River por el vado. Después cada cual se fue a su casa. Andy se vino en el carro, con nosotros. Se reía en la sombra y le preguntó a Jason:

»—¿Habéis estado muy ocupados esta noche, no? ¿Cuánto tiempo os llevó?

»—Alrededor de un par de horas. —Jason sonrió—. Pero un cuello vale todo ese tiempo, ¿verdad, hermano?

»—Claro. Pero, Jason, nadie nos creerá.

»—Sí; lo creerán. Lo contaremos tantas veces que algún día se convertirá en historia y nadie vivirá lo suficiente para probar que no lo es.

»Por eso en el río no se oye más que el suave lap lap del agua contra la orilla. Excepto en un día de septiembre en que se oye el bramido del torrente de agua arrastrada por el viento. Una cosa es segura, afirma tercamente Crazy Old Preston. Dice que una vez él incluso oyó un grito… lo cual es muy posible, si una mujer fue empujada alguna vez desde un carromato.

Página 217

DEJAD QUE LA BANDERA ONDEE LIBREMENTE

PHOEBE Y TODHUNTER BALLARD

J ARBONE Todhunter tenía muy mala opinión de las mujeres. No conocía a muchas, pero todas aquellas con las que había entrado en contacto

durante la guerra fueron mezquinas y le crearon complicaciones.

Tenía poco más de veinte años y era alto y delgado; tenía la cara larga y afilada como la de un halcón y sus ojos, de un negro muy oscuro, podían en ocasiones ser fríos y mordaces. Se sentía desilusionado; harto de guerra, había vuelto a su tierra, Texas, con nada más que un caballo, una cuerda y una pistola.

Era un hombre honrado, por lo menos de acuerdo con su propia conciencia. Jamás se le hubiera ocurrido quitar dinero del bolsillo de otro ni intentar sacar una carta de debajo de la baraja. Pero le dolía en el alma ver un becerro sin marca de hierro, y solía remediarlo tan pronto como podía encender un fuego para calentar su propio hierro.

Esta liberalidad de criterio le mantenía siempre en movimiento, y en dos años recorrió casi todo el inmenso Estado, generalmente con alguien siguiéndole de cerca.

Al principio viajaba siempre solo, porque nunca permanecía en una localidad el tiempo necesario para hacerse amigos; por eso se quedó gratamente sorprendido cuando Juan Rodríguez decidió unirse a él en sus andanzas.

Rodríguez era un hidalgo, bien educado, hundido profundamente en la literatura y el vino, que jamás se tomaba la molestia de explicar por qué él, que podía vivir agradablemente en Méjico, cabalgaba sin rumbo por las llanuras de Texas. Ni tampoco se le ocurrió a Jarbone preguntar. En la sociedad que ellos frecuentaban, las preguntas eran consideradas poco corteses.

En aquella noche oscura se encontraban los dos cabalgando, codo con codo, hacia el Oeste, lo más de prisa que podían llevarles sus caballos de

Página 218

refresco. Detrás de ellos quedaba un jugador que había sido más rápido con las cartas que con la pistola y la culpa de todo la tenía, por supuesto, una mujer, que había metido en el juego al impresionable Rodríguez.

Siguiéndoles la pista iba un excitado grupo de ciudadanos que se habían constituido ellos mismos en fuerzas ejecutivas de justicia, sin previo proceso legal, y que ahora estaban tragando el polvo que Jarbone levantaba y maldiciendo de la impulsividad que les había llevado a escuchar los gemidos de la mujer del jugador difunto.

Jarbone no tenía miedo, pero estaba ya cansado.

—Como llevo observado desde hace tiempo —decía entre el sombrío ruido de los cascos—, las mujeres son la fuente de todos los males y estoy harto de tener que huir siempre. Voy a acabar con esto e instalarme donde no haya mujeres.

—Eso es —contestó Rodríguez entre la oscuridad—. ¿Y dónde está semejante sitio?

Jarbone había tenido ese punto en consideración.

—Estoy pensando en Méjico.

—Eso quiere decir que tendremos que separarnos. —El tono de Rodríguez era pesaroso—. Cruzar el río no es bueno para mi salud.

—¿No serías bien recibido en tu propio país?

—Más o menos tan bien como tú en el tuyo después del tiroteo de esta noche.

Jarbone sentía tener que dejar a su compañero, pero Texas se estaba poniendo demasiado al rojo.

—Por lo menos —dijo—, vente conmigo hasta la frontera.

Juntos cabalgaron toda la noche y la mitad del día siguiente, y llegaron al fin hasta el río que sirve de frontera a los dos países.

A pesar de que la salvación se hallaba enfrente de él, Jarbone no tenía prisa ninguna en cruzar, imaginando, con razón, que los ciudadanos que los perseguían habrían abandonado ya la caza. Se sentó y contempló la orilla pensativamente, hacia arriba y hacia abajo. Rodríguez no decía nada, porque la idea de la separación le tenía casi embargado de emoción. Vio que Jarbone se enderezaba y dirigía su atención a la parte alta del río, llevándose al mismo tiempo la mano a la pistolera.

—¿Qué has visto?

Jarbone habló despacio.

—Juan, ¿aquello que hay al final de la curva es una isla?

Juan miró hacia donde decía. Jarbone puso al caballo en movimiento.

Página 219

—Vamos a verlo.

Era una isla. Una tira alargada de arena, de unos cincuenta acres de extensión, con un canal perfectamente definido a los dos lados, por donde las aguas corrían tranquilamente.

—Éste es —dijo Jarbone, tomando una rápida decisión.

—¿Éste es qué?

—El sitio en que nos vamos a quedar. El mapa dice que los Estados Unidos llegan, por el Sur, hasta este río y por eso la isla no está en los Estados, y el mapa dice también que Méjico llega, por el Norte, hasta el río, y por tanto la isla no está en Méjico.

Rodríguez le miró lleno de dudas.

—Los soldados y los funcionarios de la ley no entienden mucho de mapas en estas tierras salvajes. Disparan primero y deciden la cuestión de jurisdicción después. Y yo no ardo precisamente en deseos de que me peguen un tiro.

—Si la isla estuviera deshabitada tendrías razón. Pero recuerda que tu país y el mío están en paz. Construiremos un pequeño fuerte en la isla. Supongamos que los mejicanos aparecen por la orilla lejana. Yo no tengo rencilla ninguna con los mejicanos. Me exhibo. Izo la bandera americana. Ellos se ponen muy contentos y se van.

—Sigue, te escucho —los ojos de Rodríguez empezaban a brillar. —Supongamos que aparecen los americanos por la orilla del norte. Yo no

aparezco, pero como tú no tienes enemigos al norte de la frontera, izas la bandera mejicana. Los americanos imaginan que la isla es parte de Méjico y nos dejan en paz.

Juan se echó a reír.

—¿A qué estamos esperando? —Cruzaron a caballo el río y tomaron posesión de sus dominios.

—Una cosa —dijo Jarbone, cuando construyeron su fuerte y su cabaña—.

Nada de mujeres en esta isla.

Juan estuvo de acuerdo. Juan era un hombre fácil de contentar, que no apetecía nada mejor que sentarse al sol y contemplar a su camarada cargar con los pesados maderos para la empalizada del fuerte.

Pasaron allí tres meses sin que ocurriera nada desagradable. Una vez pasó cabalgando un destacamento de caballería procedente de Fort Davis y saludaron a la bandera mejicana de Juan, y dos veces aparecieron mejicanos y charlaron con Jarbone, que se hallaba bajo la protección de los colores americanos.

Página 220

—Necesitamos víveres —dijo Jarbone una mañana—; y como sería muy poco sensato por mi parte ir a El Paso, tienes que hacerlo tú.

Contempló cómo chapoteaba Juan por el canal del lado americano y luego volvió alegremente a su trabajo, muy ajeno al peligro que amenazaba su santuario desde el otro lado de la colina.

No lo sospechó siquiera hasta última hora de la tarde siguiente, cuando los chirridos de protesta de ruedas girando sobre ejes resecos llenaron el aire tranquilo. Prudentemente, se dirigió al fuerte, pero volvió la cabeza atrás y ante sus ojos apareció el más lamentable convoy que viera en su vida, dando bandazos por la ladera y forcejeando hacia la orilla del río.

Era un carromato, o lo que quedaba de él, arrastrado por una mula medio muerta de hambre y un caballo miserable. La lona estaba rota y los listones retorcidos.

Detrás cabalgaba Juan, con cierto aire reservón que se veía desde lejos, en el asiento del carromato iba una muchacha con el pelo rubio, que llevaba las riendas. Una rabia enorme se apoderó de Jarbone cuando el caballo y la mula se atrafagaron río adentro arrastrando el temblequeante carromato por el agua y luego sobre la arena de la isla y se pararon allí, resoplando y jadeando como si hubiesen hecho el último esfuerzo.

Aquello era una traición y Jarbone ardía de rabia y enfado mientras se dirigía hacia ellos, observando que su camarada tenía muy buen cuidado de no mirarle.

La muchacha permanecía sentada, sosteniendo aún las riendas, como si temiera que en cuanto las soltase el vacilante tronco se cayera al suelo, muerto. A su lado había un hombrecillo viejo con la cara color de avellana y un sombrero roto, entre cuyos agujeros escapaban mechones de cabellos grises.

—Hola. —El hombrecillo saltó al suelo cuando Jarbone se acercó—. Deberían ustedes arreglar ese vado. No es seguro ni para las personas ni para los animales.

Los ojos acusadores de Jarbone se fijaron en su camarada y el mejicano se irguió, incómodo, en su silla.

—Los encontré en el camino —dijo, defendiéndose—. Estaban casi exhaustos. Necesitan descansar un día o así.

—Nos dirigimos a California —añadió el hombre de buen grado—. Si desengancha usted a «Dolly» y a «Jefferson Davis» se echarán a descansar. Yo no puedo hacer mucho trabajo; me duele atrozmente la espalda.

Página 221

Jarbone sabía que la muchacha le estaba mirando. Sus ojos azules le recordaban a las siemprevivas y su cabello rubio tenía algo del brillo del sol. Jarbone soltó los remendados jaeces. El arnés estaba atado con correhuelas de cuero sin curtir, y por poco se le queda en las manos.

Detrás de él decía Juan en tono conciliatorio:

—Éste es Jarbone Todhunter, mi compañero, miss Milly. Jarbone, saluda a Milly Graves y el abuelo Eaton.

—Es un placer, señor —dijo el viejo, extendiendo una mano dudosa. Jarbone ignoró la mano. Contemplaba a la joven mientras bajaba

ágilmente por la rueda del carromato y le pareció leer hostilidad en sus ojos. O a lo mejor era miedo. Se puso de puntillas y asió un rifle de la silla. Jarbone lo miró y vio que era un Enfield, el arma inglesa que habían usado las tropas confederadas.

—¿No se siente satisfecho de tenerme aquí? —Su voz era cálida, profunda, un poco ronca.

Jarbone enrojeció; se sentía embarazado y eso sólo servía para aumentar su enojo.

—No le impondremos nuestra presencia mucho tiempo —añadió ella. Luego se volvió y se puso a hablar con Juan, haciendo caso omiso de

Jarbone, como si no tuviera importancia.

La miró con el ceño fruncido y luego arrancó el arnés del caballo de un furioso tirón. Una vocecilla aguda dijo encima de él:

—Vas a hacer daño a «Dolly». Eso es lo que vas a hacer. —Jarbone miró hacia arriba y vio una carita triangular, con los ojos negros más grandes que había visto en su vida.

—¿De dónde has salido?

La niña, calculó, tendría seis o siete años, parecía descolorida y mal alimentada y llevaba un vestido que lo habían lavado ya tantas veces que había perdido todo color y no le llegaba más que a las delgadas y desnudas rodillas.

Con la cabeza, ella señaló al interior del carromato.

—Estaba dormida. ¿Dónde estamos?

—En la isla Jarbone.

—¡Qué nombre tan raro! ¿Por quién se llama así?

—Por mí —contestó secamente, mientras tiraba del arnés de la mula y empujaba a los dos animales con su sombrero, ya que estaban demasiado cansados incluso para moverse e ir hacia donde la hierba crecía, lozana, en el

Página 222

extremo de la isla. Luego ayudó a bajar a la niña, y observó lo delgado que estaba su cuerpecito.

—Debes ser muy importante —comentó la niña—, para tener toda una isla.

Él no contestó, sino que se volvió para mirar a la muchacha y al viejo que seguían a Juan hacia la cabaña. Tuvo la sensación de que le evitaban, de que iban a desahuciarle; la premonición se convirtió en realidad cuando Juan apareció llevando sus vestidos y mantas.

Jarbone dejó a la niña y fue hacia su compañero.

—¿Te has vuelto loco?

El mejicano parecía sentirse desgraciado.

—Jarbone; yo también he tenido hambre alguna vez.

—¿Y el hecho de que ella tenga una cara bonita no tiene nada que ver con tu interés?

El mejicano enrojeció ligeramente:

—Están hambrientos. He mirado en el carromato. Tienen un poco de harina, un poco de maíz y unos cuantos guisantes. ¿Te parece eso suficiente para llegar a California?

Jarbone le sacudió los hombros con las manos.

—¿Te has olvidado ya de las molestias que te acarreó la última mujer con que topaste? Si no hubiera sido por mí, yacerías a tres pies bajo tierra.

—No es necesario que me lo recuerdes. Pero ¿qué podía hacer? Estaban en el camino, con un eje torcido. Y el viejo no sirve de gran cosa.

—Por su aspecto nunca ha debido servir de nada; parece un vagabundo cualquiera. ¿Quién es la muchacha? ¿Su hija?

—La hermana de ella se casó con el hijo de él. La niña es hija de ambos.

Miss Milly y el viejo no tienen parentesco alguno.

—Sabes mucho de ellos.

—La niña me lo dijo. La dejé que montara en el caballo, delante de mí, hasta que se cansó. Su padre murió en la guerra y su madre el año pasado. Su tía se ocupa de ella, pero en Tennessee todo iba muy mal y por eso se van a California a encontrarse con su tío.

—¿En ese carromato? ¿Solos? ¿No han oído hablar de los indios, y de que hay que cruzar desiertos?

—Trata de hacérselo comprender a él; agita en el aire el rifle y se pone a hablar de cuando disparaba a las ardillas en los árboles.

Jarbone gruñó.

Página 223

Una hora más tarde la joven les llamó a cenar. Jarbone no tenía ganas de ir pero no sabía cómo rehusar, y además tenía hambre.

Entró en la cabaña y vio que ella había puesto sacos vacíos de harina sobre la tosca mesa y colocado encima cinco platos. La miró mientras ella servía los frijoles y cortaba lonjas de carne de la pierna de vaca que él había puesto en adobo.

Los bizcochos estaban buenos, mejor que los suyos propios, e incluso los frijoles tenían un sabor diferente. Jarbone tuvo que admitir que estaba un poco cansado de sus propios guisos. Pero no le gustaba el aire de permanencia que ella parecía demostrar. Escapó a la oscuridad de fuera tan pronto como le fue posible y fingió dormir cuando llegó Juan y desenrolló sus mantas.

Lo primero que Jarbone vio cuando se levantó por la mañana fue el caballo; estaba apoyado sobre un costado con el vientre hinchado, y antes de llegar hasta él sabía ya que se había muerto.

Le miró furioso, y notó que se había caído sobre un saco de maíz que Juan dejó allí descuidadamente. Empezó a sospechar que el descuido había sido intencionado, para atrasar la salida de los viajeros.

Una sombra le hizo volverse, para encontrar a la joven a su lado, silenciosa; vio que había lágrimas en sus ojos azules.

—«Dolly». —Se arrodilló al lado del animal muerto y le acarició la cabeza—. «Dolly».

Jarbone la levantó, diciendo sin expresión:

—Vámonos.

La acompañó hacia el fuerte, observando cómo se agitaban sus hombros bajo el descolorido vestido de algodón y sintiendo que su corazón se le encogía con el sentimiento de responsabilidad que estaba creciendo en él.

—No se preocupe, señorita. Hay otros caballos.

Ella le miró entonces.

—No tenemos dinero.

Jarbone se sintió asombrado. Jamás se le había ocurrido la idea de que alguien comprara un caballo, habiendo tantos sueltos por ahí.

—Yo le proporcionaré uno —le contestó.

Y se fue.

Estaba clavando la puerta de la empalizada del fuerte cuando oyó ruido a sus espaldas. Por instinto, se agachó y se volvió como una flecha, llevándose la mano al revólver. Luego sonrió bovinamente, porque la niña le estaba contemplando.

—Ven aquí, pequeña. —Su voz era amistosa a causa del embarazo.

Página 224

Ella se acercó hasta donde estaba Jarbone.

—¿Qué haces?

—Estoy clavando la puerta.

—¿Para que no pueda entrar la gente del sheriff?

—¿El sheriff? —se sobresaltó Jarbone—. ¿Quién te ha dicho eso? —Abuelo dice que sois forajidos y que estáis fuera de la ley. ¿Sois

forajidos?

Jarbone nunca se había molestado en pensar en eso.

—Bueno, exactamente no.

—¿Entonces por qué izáis la bandera mejicana cuando pasan los guerreras azules y la bandera americana cuando se acercan los mejicanos?

—¿Quién te ha dicho eso?

—Juan. Me dijo montones de cosas. Me gusta Juan y a tía Milly también; dice que tiene una sonrisa encantadora. Y también al abuelo, aunque no le agradan los extranjeros.

—Ya.

—Yo aún tengo nuestra bandera. Era la de papá; sólo que le mataron. ¿Por qué no estás tú en la guerra?

—Estuve. Nos vencieron.

—El abuelo dice que a uno no le vencen nunca, mientras no abandone.

Jarbone se acercó a la chiquilla.

—Mira, guapita; estás recordando cosas que no te van a hacer ningún bien. Sería mejor que las olvidaras. Esa bandera tuya ya no representa nada; es algo que ya no vale la pena recordar.

—¿Por eso es por lo que siempre pareces triste? Tía Milly dice que… —Puede ser.

Les interrumpió la voz de la muchacha, llamándoles para desayunar. La comida fue silenciosa; nadie se aventuró a hablar, excepto el abuelo, para quejarse de que hubiera frijoles otra vez.

A Jarbone le hubiera encantado recordar al viejo chiflado que tenían mucha suerte en poder comer frijoles otra vez, pero no se atrevió porque cuando levantó la vista se encontró con que Milly le estaba observando.

Terminó su café apresuradamente y salió de la habitación. Cogió una pala y cavó un gran hoyo en la arena. Luego tomó una cuerda y arrastró el cuerpo del caballo muerto hasta el hoyo y volvió luego a rellenarlo de arena. Antes de que terminara su trabajo, Milly estaba a su lado, mirándole.

Jarbone se enjugó la frente con el dorso de la mano, deseando que ella se fuera. Había en su presencia algo que le estorbaba; pero en lugar de irse,

Página 225

Milly habló en voz muy baja.

—Usted procura evitarme.

Él enrojeció pero no dijo nada.

—¿Por qué?

—Bueno. —Jarbone tartamudeó un poco—. Creo que nunca me he ocupado mucho de las mujeres.

Las mejillas de Milly se tiñeron de rosa, pero insistió:

—¿Qué tiene usted en contra de las mujeres? ¿Alguna de nosotras le ha hecho daño?

Jarbone se sentía tan incómodo que apenas podía moverse; era algo que jamás había contado a nadie, pero aquella muchacha tenía una manera de mirar que hacía que un hombre se sintiera un gusano.

—Conocí una chica una vez —dijo—, allá en Austin, cuando no era más que un muchacho. Y luego me fui a la guerra y cuando volví ella se había casado con otro.

—¡Ah!, eso lo explica todo.

De pronto se sintió enojado contra ella, aunque no sabía exactamente por qué.

—No lo explica. A las mujeres, quiero decir. Todas causan molestias, de una forma o de otra. Y cuando ya las han causado, gritan y lloran y ya está. Y el hombre tiene que pensar en arreglárselas como pueda.

—¿Teniendo dos banderas en su isla, por ejemplo?

—¿Qué hay de malo en eso?

—No es muy honrado pretender ser alguien que no se es.

—Honrado o no, es mejor que pretender ser cosas que a uno no le gustan. A mí me hirieron, allá en el Norte, en Pennsylvania. Hubieran dejado que me pudriera en la cárcel, pero me puse el uniforme azul de un hombre muerto y llegué hasta el Sur. Sospecho que no fue muy honrado, pero para mí fue bueno. Y por eso digo que un hombre tiene que saber salir de un caso apurado. Y dice usted de la isla… —Estaba hablando más que nunca en su vida pero, como quiera que fuera, parecía incapaz de pararse—. Cuando volví a Texas las cosas estaban muy mal. Mi vieja había muerto y el rancho se había ido al diablo y todo el país estaba dividido, la mitad de la gente no hacía más que llorar porque habíamos perdido la guerra y la otra mitad eran una pandilla de ladrones que vinieron a robarnos lo poco que nos quedaba. Por eso busqué esta isla, y es mía y pienso mantenerla tal y como está.

—¿Lo cual quiere decir que no nos quiere aquí?

Página 226

Jarbone no los quería allí, aunque ella fuera la mejor cocinera que podía recordar. Pero pensó en el carromato destartalado, en la única mula que les quedaba, y en los comanches y en los apaches y dijo, débilmente:

—¿Tienen planeado quedarse?

Ella contestó en voz baja.

—Juan me ha pedido que me case con él.

—¿Casarse con Juan? —Jarbone adelantó la barbilla; nunca se había sentido tan aturdido, desde que los federales le llevaron a Cemetery Ridge.

—¿Qué tiene eso de extraño? —Su voz tenía un ligero dejo porfiado—.

La gente se casa, ya lo sabe usted.

—Pero, cáscaras; no puede usted estar enamorada. Conoció a Juan anteayer.

—No lo estoy. —Le miró fijamente, y sus ojos de siempreviva eran profundos, remotos e irreales—. Se lo he dicho pero no le importa. Dice que un hombre no debe guisar para sí solo. Y es muy bueno… no hay más que ver su sonrisa… Y hay que pensar en mi sobrina y en el viejo… Y —sus labios temblaron un poco—, y el caballo se ha muerto y no podemos irnos.

Se interrumpió y echó a correr. Jarbone comprendió que iba llorando mientras se dirigía a la cabaña. Acabó de alisar la arena con disgusto. Aquello demostraba lo que siempre decía: las mujeres no sabían cómo arreglárselas en caso de necesidad.

La siguió con los ojos. Luego vio a Juan cerca del fuerte y avanzó hacia él, con las piernas entumecidas. El mejicano rehuía su mirada, mientras se acercaba, y fingía estar interesado en algo, más allá del río. Jarbone le dijo secamente:

—Por fin has dejado que una mujer se interponga entre nosotros.

Rodríguez se rascó las orejas.

—Jarbone, Milly es una chica muy bonita, y necesita ayuda y, además, es una buena cocinera.

—Nunca te quejaste de mis guisos.

Rodríguez lo echó a broma.

—Pero no puedo casarme contigo, Jarbone.

—No permitiré que permanezcan en la isla… esto es definitivo.

—Ya he pensado en ello —contestó Rodríguez—. Tienes que admitir que la isla es mía también, en parte. Trazaremos una línea a todo lo ancho, en la mitad de la isla. Tú puedes elegir entre la parte superior o la inferior.

Esperó la contestación de Jarbone, mirando todavía al río. Cuando el silencio se prolongó, sin que su amigo hablara, se volvió para mirarle. Jarbone

Página 227

no se ocupaba de él. Jarbone estaba mirando fijamente la orilla americana, donde, a lo lejos, se elevaba una nube de polvo entre la neblina.

—Juan, por ahí llegan molestias. Iza tu bandera y vete al fuerte. Rodríguez miró hacia la orilla americana y luego se volvió para echar a

correr hacia la cabaña, donde guardaban las banderas, pero no había dado más que un paso cuando se detuvo.

—Jarbone, amigo; mira hacia Méjico.

Por la orilla mejicana también se acercaba hacia el río una nube de polvo. —Creo —dijo Rodríguez, disponiéndose a sacar su pistola—, que muy

pronto no vamos a tener isla que dividir.

Jarbone dijo rudamente:

—Corre. Coge las dos banderas y vente al fuerte.

Corrió hacia el interior del fuerte y se subió al saledizo que él mismo había construido alrededor de la parte interior de la empalizada.

Allí, verificó los rifles, sombríamente, y se aseguró de que estuvieran cargados; mientras tanto no quitaba ojo de las dos nubes de polvo.

Juan llegó corriendo, llevando las dos banderas; le seguían, a poca distancia, el viejo, la niña y Milly. Ésta miró a Jarbone, que se hallaba, rifle en mano, sobre la empalizada.

—¿Qué va a hacer usted?

—Espero que un bando llegue antes que otro —dijo con acento tenso—. Si los americanos llegan los primeros puede que Juan consiga quitárselos de encima antes de que vengan los mejicanos.

Ella contempló las dos nubes.

—Supongamos que no tiene esa suerte.

—Entonces lucharemos.

—Y nos matarán a todos.

—Puede usted coger al viejo y a la chiquilla y cruzar el río, por cualquier lado. Ninguno de ellos les molestará.

Milly agarró a la chiquilla de la mano y echó a correr lejos del fuerte. Él pensó, amargamente, que aquello era muy propio de una mujer. Ella había aceptado casarse con Juan y en la primera dificultad salía huyendo.

La vio meterse en la cabaña y salir después, sin la niña, y llevando algo en los brazos. Corrió hacia la entrada del fuerte; se paró ante el pedestal que sostenía el asta de la bandera y ató la tela que llevaba. Luego tiró de la cuerda y levantó la tela hasta la punta del asta.

Jarbone parpadeó, incrédulo. Las Estrellas y las Barras[54] flotaban orgullosamente en el aire tranquilo; como impulsado por un recuerdo casi

Página 228

olvidado, saludó a la bandera.

Milly llegó a su lado; la voz de Jarbone no fue del todo firme cuando se volvió a hablarle.

—Es una idea muy bonita —le dijo; y había cierta sombra de humedad en sus ojos—. Pero no nos va a servir de ayuda. No cabe esperar protección de una causa perdida.

—Juan y usted desaparezcan de la vista —replicó ella en un susurro— y déjenme a mí llevar el asunto. —Se subió al saliente y le quitó el rifle de las manos—. Váyanse de aquí —repitió, volviéndose hacia el río y manteniendo el rifle como si supiera manejarlo.

Los mejicanos llegaron primero, corriendo río arriba, en su parte de costa; quince hombres morenos, que miraron asombrados a la inesperada bandera. El oficial avanzó hasta que los cascos de su caballo se hundieron en el agua. Su inglés era muy bueno:

—Señora, nos gustaría cruzar y buscar unos caballos robados.

Ella tardó un poco en contestar, y cuando por fin habló su voz era grave, tranquila y segura.

—Lo siento mucho, coronel, pero esta isla pertenece a los Estados Confederados de América. Es la única parte de mi país que no se ha rendido. Yo mando la posición y no puedo dejar que nadie venga a la isla.

Hubo una conferencia entre los mejicanos; era obvio que se hallaban indecisos. Luego el oficial retrocedió hacia la orilla, diciendo con una rápida sonrisa y un saludo con el sombrero:

—Señora, no la molestaremos puesto que vemos que tiene otros visitantes. —Hizo un gesto hacia el Norte, donde un destacamento de caballería estaba ya tan cerca que los uniformes azules eran claramente visibles.

Se alejó rápidamente, con sus hombres, como si no quisiera ser testigo de la batalla que él sabía que se iba a desarrollar. Jarbone estaba mirando agazapado entre los maderos de la empalizada y maldijo en su interior al contar diez hombres y un oficial en el grupo que se aproximaba.

—Arríe la bandera, rápido.

La muchacha le dirigió una mirada de reproche y anduvo a lo largo de la barricada, para enfrentar a los invasores del Norte. Éstos se pararon a la orilla del río y miraron a la bandera con ojos incrédulos.

Un oficial que lucía en las hombreras los emblemas de segundo teniente penetró en el agua. Milly, tranquilamente, levantó el arma y disparó entre las patas del caballo.

Página 229

El oficial se paró estupefacto y Milly le dijo, con voz serena:

—Soy Milly Graves, de Tennessee. Esta isla es mía y no forma parte de los Estados Unidos, y yo izo la bandera que quiero.

Jarbone supuso que la respuesta sería una rociada de balas. En lugar de eso, los polvorientos soldados lanzaron vítores entusiásticos, que fueron aumentando de volumen, hasta que retumbaron sobre el agua. Incluso la joven estaba asombrada y miraba a los soldados de caballería sin comprender. No podía saber que la mitad de los soldados eran sudistas que habían preferido aceptar el servicio en la frontera, en lugar de quedarse en la prisión federal. La segunda mitad eran irlandeses, que siempre están dispuestos a lanzar vítores, sobre todo a las chicas bonitas.

El joven oficial permaneció un momento indeciso, luego una luz iluminó su rostro tostado. Levantó el sable en el aire y saludó a la bandera gravemente. Luego volvió su caballo, trotó hasta la orilla y dio a sus hombres la señal. Emprendieron el camino y mientras se alejaban en columna de a uno, los sones de Dixie[55] llegaron a los oídos de los habitantes de la isla.

Jarbone se había quedado sin palabras. Milly le miró y sonrió gravemente, pero su voz era un poco tensa.

—¿Sirve o no sirve una mujer en un caso de necesidad?

Él no contestó. Estaba allí, sencillamente, sin saber qué pensar. De pronto ella se levantó y echó a correr hacia la cabaña. Después de un rato salió, acompañada de la chiquilla, llevando en los brazos sus delgadas mantas. Se paró, examinó el carromato, puso dentro las mantas y se dirigió al fuerte andando lentamente.

—¿Puedo coger una hacha?

—¿Para qué necesita una hacha? —preguntó Jarbone, muy despacio. —Tengo que quitar la espiga e intentar arreglar los ejes, para que la mula

pueda arrastrar el carro.

Él la miró estúpidamente.

—¿A dónde va?

—A California.

—Pero yo creía que iba a casarse con Juan.

Milly se volvió a mirar a Juan, que estaba al lado de Jarbone, y sonrió. —Juan no me ama —dijo—. Iba a casarse conmigo para ayudarme y yo

deseaba huir de todo. Estaba acabada, vencida, o por lo menos así lo creía; pero luego, cuando me sentí bajo la bandera, una nueva fortaleza creció en mí.

Página 230

—Está usted loca —dijo Jarbone—. No puede irse sola. La mula no podrá arrastrar el carro. Además están los indios. Y tiene que atravesar desiertos.

—Ya me las arreglaré —replicó ella, mirándole fijamente con aquellos ojos azules.

De pronto Jarbone comprendió que lo haría, que ella era una de esas personas que jamás aceptan la derrota. Y también comprendió que no quería perderla.

—Me iré con usted —dijo.

Milly no se sorprendió; parecía saberlo de antemano.

—Como quiera —aceptó.

Jarbone miró a Juan. Juan estaba mostrando su maliciosa sonrisa.

—Todo está muy bien, amigo, lo comprendo. Lo he estado viendo venir desde el principio. Tú me hacías demasiadas advertencias contra las mujeres. Ven, vamos a elegir los caballos; te ayudaré a ponerles los arneses.

—Tú vendrás con nosotros.

—Sólo un poco de tiempo. No hay sitio para dos hombres en la vida de una mujer. Cabalgaré con vosotros hasta El Paso, por si hay alguna molestia y luego ¡vayan con Dios!

Uncieron al carromato los dos caballos más fuertes que tenían. Cargaron en el carro todas las provisiones y abandonaron la isla. Jarbone conducía, la muchacha se sentaba a su lado y el viejo y la niña iban dentro. Juan les seguía, llevando el caballo de Jarbone.

Cuando vadearon el río, Jarbone miró hacia atrás y vio que habían olvidado la bandera. Paró y quiso volver atrás, pero Milly negó con la cabeza.

—Déjala allí.

Jarbone permaneció indeciso; luego habló a los caballos y siguió adelante, lentamente. Él también se había sentido vencido. Él también había tratado de huir y esconderse. Pero comprendió que mientras aquella bandera ondease libremente al viento no volvería a sentirse vencido jamás. Se dirigió hacia el Oeste, hacia su nueva vida y, en lo que a Jarbone Todhunter se refería, la bandera seguiría ondeando sobre la isla mientras él viviera.

Página 231

EL PERRO

WILLIAM FAULKNER

L A detonación le pareció a Cotton el ruido más formidable que jamás hubiera oído; demasiado formidable para que pudiera oírse entero en un solo instante. Su repercusión se prolongó por los alrededores, en la espesura y

en la penumbra del camino, mucho tiempo después de que el retroceso de la carabina del calibre diez le hubiera dado en el hombro, como un martillazo; mucho tiempo después de que se hubiese disipado la humareda de la pólvora negra y de que el caballo, enloquecido, tras girar dos veces sobre sí mismo, hubiera partido al galope y desaparecido a lo lejos, con los estribos vacíos batiendo contra la silla, sin ocupante.

Aquella detonación había hecho demasiado ruido. Era absurdo, inconcebible: una carabina que tenía desde hacía más de veinte años. Permaneció aturdido, estupefacto, ofuscado, aplastado, por así decirlo, en la maleza. Hubiera podido disparar un segundo tiro, pero ya era demasiado tarde, puesto que el perro había desaparecido.

Entonces sintió la necesidad de huir, pero permaneció donde estaba. Se había preparado desde la víspera: «Unos momentos después —se había dicho

— querrás ponerte a salvo. Pero no podrás irte; tendrás que acabar tu trabajo. Tendrás que dejarlo liquidado. Será duro pero lo conseguirás. Tendrás que quedarte quieto en el bosque y contar lentamente hasta que te sientas capaz de acabarlo».

Y eso fue lo que hizo. Dejó el arma en el suelo y se sentó en el mismo sitio donde antes había estado tendido sobre el vientre, detrás del tronco del árbol. Empezó a contar despacio hasta que dejó de temblar y sus oídos dejaron de percibir el estampido del tiro y el galope del caballo. Había escogido bien el lugar; era un camino tranquilo por donde, durante meses, no pasaba más que el caballo que acababa de huir. Era una vereda entre el almacén Varner y la casa donde vivió el propietario del caballo; un sendero discreto, que desaparecía bajo la hierba, que discurría a lo largo del río. Y allí

Página 232

estaban los dos hombres; uno escondido entre las malezas; el otro tendido en el camino, con la cara contra el suelo.

Cotton era un viejo solterón. Vivía en una cabaña solitaria, situada al borde del río, a unas cuatro millas de donde se hallaba en aquel momento.

Cuando llegó a su casa, era de noche. Sacó agua del pozo y limpió sus botas. No estaban más manchadas de barro que de costumbre y él no se las ponía más que en los días lluviosos; sin embargo, las limpió con cuidado. Después se ocupó de la carabina, y la limpió también esmeradamente, cañón y madera. No hubiera podido explicar la razón, puesto que jamás había oído hablar de huellas digitales. Después cogió el arma, la llevó a la casa y la colocó en su sitio.

Tenía la leña en la cabaña, algunas ramas nudosas de abeto casi carbonizadas en su rincón de la chimenea. Encendió fuego en un hornillo de arcilla, preparó su cena, se la comió y se dispuso a dormir. Dormía sobre un montón de mantas, en el suelo. Atrancó la puerta, se quitó la chaqueta y se acostó. Cuando el fuego se consumió era ya noche cerrada. Permaneció allí, tendido en la oscuridad. No pensaba en nada; ni siquiera reaccionó cuando oyó al perro. Todas las noches, solía oír a los perros, perros solitarios, que vagabundeaban por su propia cuenta por el lecho del río, o jaurías que perseguían a las ratas o a los gatos monteses.

Cotton había concentrado en el radio de cinco millas, desde su casa al almacén Varner, todo lo que representaba su vida, sus costumbres, su heredad. Conocía por sus ladridos a casi todos los perros, lo mismo que reconocía las voces de casi todos los hombres. Conocía muy bien al perro que ladraba. Aquel perro, el caballo del galope tendido, con los estribos colgantes, y el propietario de los dos, perro y caballo, habían sido inseparables. Cuando se veía a uno, podía deducirse que los otros dos estaban cerca.

El perro era pequeño, de carácter vagabundo, que se lanzaba ferozmente sobre cualquiera que se acercase a la casa con una confianza en sí mismo y una arrogancia que recordaban las de su mano. No era aquélla la primera vez que Cotton había intentado matarle, pero ahora era cuando se daba cuenta, plenamente, de que aún no había acabado con él: «Nunca he tenido suerte — se dijo, tendido en su camastro—. Nunca. Si hubiera tenido el valor de matarlo, de matar al perro…».

Cotton no tenía prisa en sentirse triunfante. Aún era demasiado pronto para enorgullecerse, para considerarse libre. Todavía era demasiado pronto. Se trataba de la muerte y Cotton no llegaba siquiera a concebir que un hombre

Página 233

pudiera crear esa irrevocable ruptura, con un solo gesto. Había olvidado completamente el cadáver. Por eso permanecía tendido, agotado por la espera, sin pensar en nada, escuchando al perro. Sus aullidos se dejaban oír a intervalos regulares, sonoros, irreales, llenos de esa tristeza, de esa desolación resignada que tienen los ladridos de los perros en la oscuridad.

Cotton se sentó impulsivamente en su camastro. «Tonterías de negros», pensó, para tranquilizarse. Había oído decir —ya que nunca frecuentó el trato con los negros, a causa de la antipatía y la rivalidad económica que los separaban de las gentes de su raza— que, de creer a los negros, los perros van a aullar a los lugares donde acaban de enterrar a sus amos. «Son tonterías de negros», seguía repitiendo mientras se ponía la chaqueta y las botas que acababa de limpiar. Abrió la puerta. Del lecho oscuro del río, a los pies de la colina donde se alzaba la cabaña, llegaban los ladridos del perro, lúgubres como el doblar de las campanas. De un clavo cercano a la puerta descolgó una cuerda y luego descendió la pendiente. El brillo de las luciérnagas flotaba contra el muro tenebroso, de la espesura; de más allá de ese muro sombrío llegaba el croar de las ranas. Cuando se adentró en el bosque, apenas podía distinguir su propia mano. El suelo, donde posaba los pies, era viscoso, cubierto de plantas trepadoras y zarzas, que tenían la perversidad de las cosas inanimadas y parecían surgir de las tinieblas para atraparle con sus tentáculos cubiertos de púas. Del espacio impenetrable y misterioso que se extendía delante de él, se elevaban regularmente los ladridos del perro.

Anduvo en la dirección del sonido, entre el barro. El aire era fresco, pero él estaba empapado en sudor. Hizo un poco de ruido, el perro se calló y Cotton se lanzó hacia delante, los dientes secos, entre los labios secos, con las manos crispadas tanteando hacia los aullidos que acababan de cesar, hacia el pálido brillo fosforescente de los ojos del perro. Los ojos desaparecieron. Cotton se paró, jadeante, encorvado, con la cuerda en la mano, buscando los ojos. Maldijo del perro, violentamente, en voz baja. No se oía nada; todo era silencio.

Avanzó sobre las manos y las rodillas, orientándose por las siluetas de los árboles contra el cielo. Al cabo de un rato, herido por las zarzas que le arañaban la cara, encontró una zanja poco profunda, que estaba llena de hojas podridas. Cotton hundió los pies hasta los tobillos en algo que no era ni tierra ni agua, en medio de la oscuridad, con los codos levantados a la altura de la cara, para protegerse. Tropezó contra algo que no supo identificar, algo blando al tacto. Cuando lo tocó, aquello lanzó un grito ahogado, parecido al de un niño; Cotton dio un salto atrás y oyó cómo el animal huía

Página 234

precipitadamente. «No es más que una comadreja —se dijo—, sólo una comadreja.»

Se limpió las manos en los muslos. Sus muslos estaban también manchados de cieno; se limpió las manos en la camisa, a lo largo del pecho.

Al fin llegó hasta el cadáver y lo sujetó por los hombros. Anduvo hacia atrás, a trompicones, arrastrándolo. De vez en cuando se paraba y se secaba las manos en la camisa. Se paró al lado de un árbol, un ciprés podrido, hueco, sin copa, de unos diez pies de altura, aproximadamente. Se había guardado el rollo de cuerda bajo la camisa; la anudó en torno al cadáver y trepó al tronco. Cotton no era un hombre corpulento, pero no obstante izó hasta él el cadáver, a pulso, hasta que consiguió colocarlo atravesado sobre el agujero, como un saco de harina a medio llenar. El nudo de la cuerda se había apretado; Cotton sacó un cuchillo, cortó la cuerda y dejó que el cuerpo se deslizara en el interior hueco del árbol podrido.

No se hundió mucho. Cotton le empujó, tanteando con las manos alrededor para averiguar qué le retenía. Anudó la cuerda en torno a una rama del árbol, agarró el otro extremo con la mano, se subió sobre el cadáver y saltó encima de él, con los pies juntos. De pronto el cuerpo se hundió y él quedó suspendido de la cuerda.

Intentó trepar por la cuerda, agarrándose con los dedos a las fibras podridas, respirando un polvillo de madera en descomposición fino y húmedo, parecido al rapé. Oyó crujir el muñón de rama en el que había afirmado la cuerda y notó que empezaba a ceder. Dio un salto, sin punto de apoyo alguno, agitando los pies y las manos para asirse a la madera podrida; al fin lo logró, consiguió agarrar el borde, pero la madera se desmenuzó entre sus dedos. Trepó encarnizadamente, sin conseguir elevarse ni una pulgada. Sus labios estaban crispados sobre los dientes, sus ojos miraban fijamente al cielo.

La madera dejó de desmigajarse. Cotton quedó suspendido de las manos y recuperó el resuello. Se izó y se montó a horcajadas en el borde. Permaneció así un momento; después descendió y se apoyó en el tronco hueco.

Cuando volvió a su cabaña estaba al límite de sus fuerzas. Jamás se había sentido tan fatigado. Se paró ante la puerta. Las luciérnagas seguían reluciendo a la orilla del bosque sombrío, los búhos ululaban y las ranas continuaban croando con voz de bajo. «Nunca me había cansado tanto —se decía, apoyándose contra la casa, contra la pared que él había edificado—. Parece como si me hubieran hecho mal de ojo. Tener que trepar dentro del tronco, y el ruido que hizo el disparo. Como si me hubieran cambiado por

Página 235

otro, sin darme cuenta; o me hubiesen llevado a otro país, donde los ruidos fueran más fuertes y resultara más difícil trepar, sin que me diera cuenta.» Se fue a acostar, se quitó las botas llenas de barro y la chaqueta y se tendió en el catre. Era ya muy tarde. Lo comprendió al ver una estrella que aparecía en el recuadro de su ventana.

Después, como si hubiera estado esperando a que Cotton se instalara cómodamente, el perro volvió a ladrar. Tendido en la oscuridad, el hombre oyó el primer ladrido, lúgubre, prolongado, profundo.

Cinco hombres vestidos con cazadoras de cuero, se acurrucaban contra el almacén Varner. Cotton era el sexto. Estaba sentado en el escalón más alto, con la espalda apoyada en el poste carcomido que sostenía el alero de madera de la terraza. El séptimo estaba sentado en la única silla plegable. Se trataba de un hombre grueso y plácido, en pantalones de algodón y camisa blanca, sin cuello; fumaba una pipa de espiga de maíz. Era un hombre de edad madura, el sheriff del condado. Todos estaban hablando de un tal Houston.

—No tenía motivos para largarse —decía uno—, para desaparecer. Para mandar el caballo a su casa, con la silla vacía. No hay razón alguna. Era dueño de su casa. Todos los años recogía buenas cosechas, estaba en mejor posición que cualquiera en el condado. Y soltero, por si fuera poco. No tenía por qué desaparecer. Y no se ha ido, podéis estar seguros. No sé qué habrá hecho, pero no se ha ido.

—Yo no sé —dijo otro—. Nunca se puede saber lo que un tipo lleva en la cabeza. Houston podía tener razones, que ninguno conocemos, para hacer creer a las gentes que le ha pasado algo. Esto ha ocurrido otras veces. Algunos hombres tienen sus razones para irse a Texas con otro nombre.

Cotton estaba sentado un poco por encima de sus líneas visuales, con la cara escondida a medias bajo su sombrero, sucio y miserable. Estaba tallando un bastón, en una rama de abeto.

—Pero un tipo no puede desaparecer sin dejar rastro —dijo un tercero—. ¿No es verdad, sheriff?

—No lo sé —respondió éste. Dejó la pipa de maíz y escupió en el suelo

—. No se puede saber lo que hará un hombre que tenga alguna molestia, salvo que será algo en lo que nadie haya pensado; algo inesperado. Pero si se puede llegar a saber lo que le está fastidiando, casi siempre se acaba por averiguar lo que ha hecho.

—Houston era demasiado astuto para andar por ahí, contando sus planes —añadió el que había hablado en segundo lugar—. Si hubiera tenido

Página 236

necesidad de desaparecer creo que sabríamos lo mismo que sabemos ahora, poco más o menos.

—¿Y qué es lo que sabemos ahora? —preguntó el tercero.

—Nada.

—Eso es exacto —concluyó el tercero—. Houston era muy reservado.

—No era el único por aquí —repuso un cuarto.

La reflexión le pareció extraña a Cotton, tanto más cuanto el hombre que la hizo había callado hasta entonces.

Cotton estaba sentado, apoyado contra el poste y con el sombrero echado sobre la cara, de forma que nadie se la veía. Tuvo la impresión de que los ojos se fijaban en él. Contempló las virutas que salían lentamente, limpiamente, del bastón, bajo la hoja afilada del cuchillo. «Tendría que decir algo», pensó.

—No era más astuto que otro cualquiera —dijo.

Después sintió haber hablado. Por debajo del borde del sombrero podía ver sus pies. Siguió tallando el bastón, atento al cuchillo, a las virutas que se sucedían. «Es preciso que quede muy liso; no hay peligro de que se rompa.» Luego habló; escuchando su propia voz:

—Se engallaba como si fuera el capitoste principal del condado. Azuzaba a su perro contra el ganado de los demás.

Cotton tenía la impresión de sentir los ojos de los demás; seguía mirando sus pies y las virutas que iba arrancando del bastón, lisas, delgadas, deslizábanse suavemente bajo la hoja del cuchillo. De pronto pensó en el disparo, en el ruido formidable que produjo, en la conmoción de su repercusión. «A lo mejor me veo obligado a matarlos a todos», se dijo. Aquel hombre tranquilo, con su cazadora ajada, su cara descarnada y sus dulces ojos de enfermo, que con una mano falta de vigor labraba un bastón, estaba soñando con matarles a todos. «No a ellos; sólo a su charla.» Su conversación, las entonaciones que daban a las palabras y los gestos que hacían le resultaban familiares: pero Houston también. Había conocido a Houston toda la vida.

—Es como el perro —dijo Cotton, contemplando cómo el cuchillo subía y cortaba otra viruta—. Un perro que comía mejor que yo. Yo trabajo y no como tan bien como su perro. Si yo hubiera sido su perro, no hubiera… Menuda suerte —acabó a bocajarro.

Pudo sentir sus miradas, graves, atentas.

—Siempre estaba molestando a Ernest —dijo el primero.

—Me explotaba —replicó Cotton, los ojos fijos en el imperturbable cuchillo—. Explotaba a cuantos podía.

Página 237

—Era un hombre poseído de sí mismo —dijo el sheriff.

Cotton seguía pensando que no cesaban de mirarle, ocultos tras sus voces indiferentes.

—Muy astuto también —repuso el tercero.

—No lo fue lo suficiente como para ganar a Ernest en aquel proceso del cerdo.

—Es verdad. ¿Cuánto sacó Ernest del proceso? Nunca nos lo ha dicho, ¿no es verdad?

Sabían muy bien, se figuraba Cotton, cuánto había ganado. El cerdo entró en su campo en el mes de octubre. Él lo encerró e intentó averiguar a quién pertenecía. Pero nadie lo reclamó y él lo estuvo alimentando con su maíz durante todo el invierno. En la primavera Houston reclamó el cerdo. Acudieron a la justicia. El cerdo se le atribuyó a Houston, pero éste tuvo que pagar la alimentación del animal durante el invierno, más un dólar de multa por extravío de animales.

—Creo que eso sólo le importa a Ernest —dijo el sheriff, al cabo de un rato.

De nuevo Cotton se oyó hablar a sí mismo.

—Un dólar —dijo, mirando sus nudillos, blancos, en torno al cuchillo—. Un dólar —intentó poner silencio a sus palabras—. Después de todo lo que me hizo…

—Los tribunales hacen cosas raras —dijo el sheriff—, en los asuntos de poca importancia. Pero en los grandes, generalmente tienen razón.

Cotton seguía tallando, con perseverancia, con circunspección. «Te gustaría irte ahora mismo —pensaba—, pero primero tienes que acabar. Si es necesario, cuentas hasta ciento; luego terminas.»

—Todavía se oía al perro la noche última —dijo el tercero.

—¿Sí? —preguntó el sheriff.

—No ha vuelto a la casa desde el día en que el caballo volvió con la silla vacía —prosiguió el tercero.

—Se dedicará a cazar, seguramente —comentó el sheriff—. Volverá cuando tenga hambre.

Cotton seguía trabajando en su bastón; sus manos no temblaron.

—Los negros pretenden que un perro aúlla hasta que se descubre un cadáver —declaró el segundo.

—Ya he oído eso —respondió el sheriff.

Unos instantes después un auto se paró ante ellos y el sheriff se subió en él. El coche iba conducido por un policía.

Página 238

—Vendremos tarde a cenar —dijo.

El auto trepó por la colina; su ruido se apagó. El sol estaba a punto de ponerse.

—No parece preocuparse mucho —comentó el tercero.

—¿Por qué iba a preocuparse? —replicó el primero—. Después de todo, uno tiene derecho a ausentarse de su casa y marcharse de farra, sin decirle nada a nadie.

—De todos modos, creo que hubiera desensillado al caballo —observó el segundo—. Y ese perro. Ahí pasa algo. No ha vuelto a la casa desde entonces y no tiene albergue: Y aúlla. Y no ha vuelto a la casa desde el martes. Ése fue el día en que Houston se marchó del almacén a caballo.

Cotton fue el último en abandonar el almacén. Era ya completamente de noche cuando llegó a su casa. Comió un poco de pan reseco, cargó su carabina y se sentó ante la puerta abierta, permaneciendo allí hasta que el perro empezó a ladrar. Entonces descendió la colina y penetró en el lecho del río…

Los ladridos del perro le guiaron; al cabo de unos instantes el perro se calló y él pudo verle los ojos. Por el momento no ladraba. A la rojiza luz del fogonazo, vio al animal entero, en un vigoroso relieve; le vio en el momento en que desaparecía de un salto, en medio de un remolino de tinieblas; pudo oír el golpe sordo de su cuerpo, pero no lo pudo hallar. Buscó minuciosamente por el lugar, lo recorrió en todos los sentidos, parándose para escuchar. Sin embargo, él había visto que el fogonazo hirió al animal y le hizo retroceder.

Se alejó unos trescientos pies y llegó a una hondonada, en la oscuridad. Tiró el arma, oyó el ruido ahogado de la caída, vio cómo se abría la superficie del agua sombría y estuvo allí mirando hasta que la última onda se extinguió. Después se fue a su casa y se metió en la cama.

Aunque sabía que ya no oiría al perro, no pudo dormir. «Está muerto», pensaba, tendido en la oscuridad, sobre un montón de mantas. «Lo vi caer cuando los perdigones le dieron en el lomo. Hubiera podido contarlos. Está muerto.» A pesar de todo, no podía dormir, ni sentía necesidad de dormir.

A la mañana siguiente no se sintió cansado, pero él sabía que esto nada tenía que ver con el perro. La verdadera causa era la costumbre recién adquirida de pasar las noches sentado en una silla, delante de la puerta, contemplando las luciérnagas y escuchando a las ranas y los búhos.

Cotton se dirigió al almacén Varner. Era mediodía y no encontró a nadie en la terraza, salvo al comisario, que se llamaba Snopes.

—Llevo dos días buscándole —dijo Snopes—. Entre usted.

Página 239

Cotton entró. El almacén olía a queso, a cuero y a tierra recién removida. Snopes fue a la parte de detrás del mostrador y sacó de allí una carabina cubierta de barro.

—Esto es suyo, ¿no? —preguntó—. Vernon Tull ha declarado que esta carabina le pertenece a usted. Un negro la ha encontrado en la hondonada, mientras cazaba ardillas.

Cotton se acercó al mostrador y contempló el arma. No la tocó, no hizo más que mirarla.

—No es mía —dijo.

—Nadie por aquí, excepto usted, tiene de estos viejos Hadley de calibre diez —replicó Snopes—. Tull asegura que es suya.

—No es la mía —repitió Cotton—. Tengo una como ésta, pero está en casa.

Snopes levantó el arma. Examinó la culata.

—Dentro tiene un cartucho cargado y otro vacío. ¿De quién es, en su opinión?

—No lo sé —respondió Cotton—. La mía está en casa.

Había ido al almacén a comprar provisiones y las compró: bizcochos queso, una lata de sardinas. Todavía no era de noche cuando volvió a su casa, pero abrió la lata de sardinas y cenó. Cuando se acostó ni siquiera se quitó la cazadora. Se hubiera dicho que esperaba algo, que no se desvestía para poderse levantar rápidamente y salir en seguida. Todavía seguía esperando ese algo cuando la ventana se tiñó de gris, luego de amarillo y por fin de azul; y cuando en el cuadro de la ventana vio, bajo el cielo fresco de la mañana, una manchita negra, que planeaba. Antes de que el sol se levantase había tres, luego siete.

Durante todo el día las contempló acercarse, volar en negros círculos concéntricos, descender planeando, cada vez más bajas y por último desaparecer detrás de los árboles. Suponía que se trataba del perro. «Habrán terminado antes del mediodía, no era un perro muy grande», pensó.

Cuando llegó el mediodía no se habían ido, incluso había más, y siempre descendían y desaparecían detrás de los árboles. «Es necesario que coma —se dijo—. Con todo el trabajo que tengo esta noche.» Se acercó al hogar, se arrodilló y cogió un tronco de abeto. Todavía estaba de rodillas cuando oyó de nuevo el ladrido del perro, profundo, modulado, lúgubre, que resultaba imposible no reconocer. Guisó su comida y comió.

Página 240

Con el hacha en la mano, Cotton descendió a través de su raquítico campo de maíz. Los aullidos del perro le hubieran podido guiar, pero no necesitaba guía alguna. Aún no había llegado al lecho del río cuando empezó a pensar que era su olfato el que le había guiado. El perro seguía ladrando. No se ocupó de él hasta que el animal, al oírle, se calló como había hecho las otras veces. Una vez más, vio sus ojos. Llegó hasta el tronco del ciprés hueco y le dio un hachazo. El hacha se hundió hasta el mango en la madera podrida. Mientras hacía esfuerzos para arrancarla, algo silencioso y feroz salió de las tinieblas, detrás de él, y le dio un golpe, como un sablazo. Cotton acababa de arrancar el hacha; se volvió, sosteniéndola en la mano; sintió contra su cara el aliento cálido del perro y oyó el entrechocar de sus dientes mientras, con la mano libre, empujaba al animal. El perro saltó de nuevo; sus ojos relucían. Cotton estaba de rodillas, con el hacha levantada con las dos manos, en aquel momento. La abatió, no halló obstáculo, ni oyó nada. Vio los ojos del perro, medio cerrados. Se inclinó hacia los ojos, pero éstos desaparecieron. Esperó un momento, pero no oyó nada. Entonces se volvió al árbol.

Al primer hachazo, el perro se lanzó a él de nuevo, Cotton lo esperaba; se volvió y envió un hachazo en la dirección de los dos ojos. Notó que el arma se clavaba en algo y se le escapaba de las manos. El perro gimió; él le oyó arrastrarse, huyendo. A cuatro patas, buscó el hacha hasta que la encontró.

Volvió a atacar la base del tronco, parándose entre golpe y golpe para escuchar. Pero ni oía nada ni veía nada. Sobre su cabeza, las estrellas declinaban lentamente; reconoció aquella que tenía la costumbre de ver, hacia las dos de la madrugada, en el marco de su ventana. Volvió a atacar, resueltamente, el tronco del árbol.

La madera estaba podrida. A cada golpe, el hacha se hundía hasta el mango, como en arena o en barro. De pronto, Cotton se dio cuenta de que el hedor no era imaginario. Dejó el hacha y empezó a arrancar la madera podrida con las manos. El perro estaba a su lado; gemía. Cotton no se dio cuenta de su presencia, ni siquiera cuando el animal, saltando por encima de él, metió la cabeza por la abertura, aullando.

—Quita —decía Cotton, sin darse cuenta exacta de que se trataba del perro.

Arrastró el cadáver. Torció la cara, con un rictus que dejaba al descubierto sus dientes, reteniendo la respiración anhelosa y atormentada. Vio que el perro se le subía a las piernas, metiendo otra vez la cabeza en la abertura y aullando.

Página 241

Cuando sacó del todo el cadáver, Cotton se cayó de espaldas. Permaneció tendido sobre la tierra húmeda, contemplando por encima de él una porción de cielo estrellado. El perro aullaba sin descanso, en un tono lamentable.

—¡Cállate, bocazas! —dijo Cotton—. ¡Cállate!

El perro no le obedeció: «Pronto amanecerá», se dijo Cotton. «Es preciso que me levante.»

Se levantó y dio una patada al perro. Éste se alejó un poco, pero en cuando Cotton se inclinó para coger las piernas del cadáver y empezó a retroceder, el perro se acercó de nuevo plañendo lastimeramente. Cotton se paró para descansar, el perro volvió a ulular. El hombre volvió a darle una patada. En seguida llegaron los primeros resplandores del alba; los árboles surgieron, como espectros, de las miasmas de la noche. Entonces pudo ver al perro con toda claridad; era un animal pequeño, delgado; tenía una larga herida sangrante que le cruzaba la cabeza.

—Tengo que desembarazarme de ti —le dijo Cotton.

Sin dejar de mirar al perro, se agachó y cogió una rama caída. Estaba podrida y cubierta de limo. La empuñó. Cuando el perro levantó el hocico para aullar, le dio un golpe. El perro se volvió. Se lanzó contra el hombre sin ladrar; Cotton le hirió de nuevo. Después, agarró el cadáver por los tobillos e intentó correr.

Era casi de día cuando Cotton salió del bosque y llegó al río; el cauce parecía una larga franja de algodón, aunque podía oírse el ruido del agua en algún lugar, allá abajo. Hacía fresco allí; los bordes de la alfombra de niebla se retorcían en volutas ondulantes. Cotton se agachó, levantó el cadáver y lo lanzó al banco de niebla. En el momento en que el cuerpo desaparecía, lo vio; observó la lenta gesticulación de tres miembros en lugar de cuatro y comprendió entonces por qué le había costado tanto sacar el cadáver del tronco. «Tendré que hacer otro viaje», se dijo. Oyó entonces un ligero deslizamiento detrás de él. No tuvo tiempo apenas de volverse, el perro se lanzó contra él, tirándole al suelo. Tendido sobre la espalda, Cotton le vio en el aire, como un pájaro, y luego desapareció rápidamente en la niebla, con un ladrido corto y ahogado.

Cotton se levantó, echó a correr, se cayó al suelo y volvió a levantarse. Ya era completamente de día. Vio el tronco y el agujero negro que él había abierto. A sus espaldas, oyó el deslizamiento rápido del perro. En el momento en que el animal se lanzaba sobre él, tropezó, se cayó y el perro pasó volando sobre él, con los ojos ardientes como dos brasas de cigarro. El animal giró sobre sí mismo y se lanzó contra el hombre antes de que tuviera tiempo de

Página 242

levantarse. Cotton golpeó el hocico con sus manos desarmadas y volvió a correr. Ambos llegaron al árbol al mismo tiempo. El perro volvió a atacarle y le mordió en el brazo en el momento en que lo introducía en el árbol, para coger el miembro que había quedado. Durante un momento, el perro saltó contra sus piernas, luego desapareció.

Y entonces se oyó una voz que decía:

—Ya lo tenemos. Puedes salir, Ernest.

La cabeza de partido del condado estaba a catorce millas de allí. Se trasladaron en un viejo Ford. En el asiento trasero iban sentados Cotton y el sheriff, encadenados uno a otro por las esposas. Tenían que recorrer dos millas antes de llegar a la carretera principal. Hacía calor; eran las diez de la mañana.

—¿Quiere cambiar de asiento para protegerse del sol? —le ofreció el sheriff.

—Estoy bien así —contestó Cotton.

A las dos tuvieron un pinchazo. Cotton y el sheriff se sentaron bajo un árbol mientras que el chófer y el otro policía atravesaban un campo y volvían al cabo de un rato con un jarro de cristal lleno de leche y algunos alimentos fríos. Comieron, repararon el neumático y emprendieron el viaje de nuevo.

Cuando estuvieron a cuatro o cinco millas de la ciudad, empezaron a encontrar carretas y coches que volvían del mercado que se había celebrado aquel día. Los tiros de las carretas avanzaban lentamente hacia sus casas, entre la inevitable polvareda que siempre levantaban. El sheriff saludaba a la gente con la mano izquierda.

—Llegarán a su casa a la hora de cenar —dijo—. ¿Qué te pasa, Ernest? ¿Estás mareado? Espera, Joe; párate un momento.

—Sacaré la cabeza —dijo Cotton—. No se preocupen.

El coche siguió su camino. Cotton asomó la cabeza por la abertura en V de la armazón que sostenía la capota. El sheriff levantó el brazo para que Cotton pudiera moverse.

—Vamos —dijo Cotton—. Ya estoy bien.

El coche continuó corriendo. Torciendo un poco la cabeza, consiguió meter el cuello en el ángulo de hierro en forma de V, los lados de dicho ángulo apretándole firmemente en los maxilares, detrás de las orejas. Volvió a cambiar de posición hasta que la cabeza quedó muy apretada contra el ángulo. Luego levantó bruscamente las piernas sobre la portezuela, procurando que todo el peso del cuerpo pendiera del cuello aprisionado. Pudo oír el crujido de

Página 243

sus vértebras; experimentó una especie de rabia contra su propia solidez; luego se debatió contra las sacudidas de las esposas y las manos que le agarraban.

Le tendieron en la cuneta. Le mojaron con agua la cara y la boca, aunque no pudo beber. Se sentía incapaz de hablar. Quiso jurar y juró en silencio. Después le metieron otra vez en el coche y le llevaron por la calle de asfalto, donde los niños, vestidos con trajecitos de colores vivos, jugaban en las aceras umbrosas; donde, en el largo crepúsculo del verano, los hombres y las mujeres volvían a sus casas, para cenar, para sentarse ante sus platos llenos de buenos alimentos y ante sus tazas de café.

En la cárcel llamaron a un médico para que lo cuidara. Cuando el médico se fue, llegó hasta sus narices un aroma de comida guisándose en algún lugar: jamón, pan caliente y café. Estaba tendido en un camastro de campaña: el último rayo de un sol cobrizo, deslizándose a través de la estrecha ventana, dibujaba las sombras de los barrotes, al otro lado de la pared, por encima de su cabeza. Su celda estaba cerca del pasillo donde se hallaban los presos de menor importancia, los que estaban en la cárcel por pequeños delitos, o para poder comer caliente tres veces al día. Una escalera llevaba del entresuelo hasta el interior de aquella celda colectiva. En aquel momento estaba ocupada temporalmente por un grupo de negros de un equipo móvil que trabajaba en las grandes carreteras y estaban presos por vagabundeo, por haber vendido un poco de whisky o por haber ganado, a los dados, diez o quince centavos. Uno de los negros estaba ante la ventana que daba a la calle, insultando a alguien, allí abajo. Los otros charlaban entre ellos, con sus voces cálidas, murmurantes, dulces y monótonas. Cotton se levantó, fue a la puerta de su celda y se agarró a los barrotes contemplando a los negros.

—Todo… —empezó a decir, pero su voz no emitió el menor sonido. Se llevó la mano a la garganta y emitió un ruido seco, como un graznido, que hizo que cesase la charla de los negros, que le contemplaron haciendo girar los ojos.

—Todo iba muy bien —dijo Cotton—, hasta que empezó a partirse en pedazos. Hubiera podido darle su merecido al perro. —Se sujetaba la garganta, su voz era rasposa, seca, carraspeante—. Pero empezó a deshacerse en pedazos…

—¿Quién, él? —preguntó uno de los negros.

—Todo hubiera ido bien —insistió Cotton—, pero empezó a deshacerse en pedazos…

—Tú, blanco, cállate ya; no nos cuentes cuentos como ése.

Página 244

—Todo hubiera ido muy bien —repitió Cotton con un cuchicheo, con la voz ronca.

Luego volvió a fallarle la voz por completo. Se agarraba a los barrotes con una mano y su garganta con la otra, mientras los negros le contemplaban, en grupo compacto, con los ojos blancos y graves. Después, como de común acuerdo, se dieron media vuelta y se precipitaron al fondo de la celda, hacia la escalera. Cotton oyó el ruido de pasos lentos y luego le dio en el olfato el olor de comida. Se agarró a los barrotes, tratando de ver la escalera.

—¿Van a dar de comer a esos negros antes de dar de comer a un blanco? —exclamó, al oler el jamón y el café.

Página 245

LOS LAZOS DE LA CAMARADERÍA

PHILIP VERRILL MIGHELS

L OS resoplidos, frotamientos y temblores de las máquinas, en la media noche, cantaba los febriles anales del campamento minero de Goldenville. Pero sus cantos caían en oídos sordos, ya que Bronson, sentado en su cabina, trataba de aceptar, lentamente, las consecuencias que

sobrevendrían si aquello que le acababa de decir su compañero era cierto.

La luz de la vela iluminaba su camisa de franela, sus pantalones descoloridos y sus viejas y arrugadas botas y revelaba en su cara rasgos de vigorosa y joven masculinidad, más elocuentes aún por el cansancio con que el duro trabajo del día le había marcado. Su rostro reflejaba algo más que cansancio, reflejaba congoja.

Larry Mott permanecía silencioso ante él, contemplándolo. Durante un momento, sintió una punzada de dolor al ver el efecto que había producido en el confiado Bronson la mentira que el amor y los celos le habían impulsado a decir. Pero se le había metido en la cabeza la loca idea de que si Bronson quedaba eliminado, se produciría un cambio y ella… ella tendría… debería olvidar que Bronson había existido. En aquel momento, Mott contemplaba su recuerdo, veía su belleza, su dulce rostro, rojo como la púrpura por el arrobamiento, a medias confesado, que le causaban las atenciones de Bronson.

Observó todas las fases del sufrimiento de su camarada. Bronson no levantó la cabeza, ni cuando habló.

—No —dijo, después de una larga reflexión—, no… Procuraré no volverla a ver. Será mejor.

Mott permaneció callado.

—Quieren que empecemos nuestras prospecciones —añadió Bronson, después de otra pausa—. De manera que tendremos que salir por la mañana temprano.

Página 246

Mott sintió que se le aceleraban los latidos del corazón. Muchos de sus amigos mineros se adentraron en las montañas y no habían vuelto.

—¿A dónde iremos? —preguntó.

—No me importa adónde, Larry —replicó Bronson desmayadamente—.

Yellow Buttes, Iron Valley o las colinas de Death-Trap… lo mismo me da.

—«Lost Gold»[56] está en las colinas de Death-Trap[57] —sugirió Mott.

—Y no hay agua —añadió el compañero.

La cara de Mott enrojeció, como si le hubieran detectado un pensamiento siniestro, pero la mirada de Bronson se fijaba en el suelo.

—Nadie sabe si hay agua o no —contestó Larry— y, desde luego, oro sí hay.

—¡«Lost Gold»! —dijo Bronson amargamente—. ¡«Lost Gold» que nunca encontraré!… Larry puede que las colinas de Death-Trap sea el mejor sitio, en lo que a nosotros concierne. Vamos a probar suerte.

De nuevo los latidos apresurados hicieron saltar el corazón de Larry.

—Muy bien —dijo—. Saldremos mañana, muy temprano.

No pudo rehusar estrechar la mano que le tendía Bronson, pero puso especial empeño en no encontrarse con los ojos de su compañero.

Montañas en cónclave; montañas tan numerosas como olas en el mar; montañas por todas partes, prodigiosamente bordeadas de rocas, increíblemente desnudas, sin un árbol, en su estéril desolación. Viejo, abrupto, arrugado era el mundo en aquel lugar por donde pasaban Mott y Bronson, hollando terreno virgen.

¡Qué insignificantes parecían las tres criaturas vivientes —Bronson, su compañero y el borriquillo gris cargado con mantas, provisiones y los útiles de trabajo— andando entre aquellos cataclísmicos gigantes de la tierra! No eran más que ilusiones creadas por las palpitaciones del aire caliente.

El día era terriblemente cálido. No había más que calor, calor, calor, por cualquier parte hacia donde el hombre se pudiera volver. La superficie del suelo abrasaba; el sol caía despiadadamente, como si entre él y la tierra no se interpusiera el velo de la atmósfera; las rocas reflejaban sus rayos, irradiando calor, incesantemente, de colina en colina; la arena parecía ceniza ardiente. La sequedad de la atmósfera podía palparse en el aire. Todo el vasto universo de aquella ajada superficie del planeta parecía desecada. En las raquíticas malezas cantaban algunas cigarras, como si quisieran prolongar el calor en las vibraciones sonoras. Unos lagartos, negros y brillantes, yacían en los fragmentos de rocas, jadeando en el intenso calor.

Página 247

La cañada por la que estaban subiendo los hombres era estrecha, tortuosa. Bronson iba delante. De pronto, se paró, se echó el sombrero hacia atrás y contempló las desnudas colinas bajo el aire estremecido.

Estaban a quince millas de la corriente de agua más próxima. No habían hecho más que penetrar en la zona en la cual, según se creía, había oro en abundancia. Contra su voluntad, Bronson sintió terror ante ella.

—Larry —dijo—, lo más sensato sería acampar en el primer sitio apropiado que encontremos y empezar las excavaciones allí mismo, por las tardes, cuando refresca, y en las madrugadas.

—Voy a beber agua —dijo Mott, y dirigiéndose al burro quitó el tapón de un pequeño barril, que transportaba, y llenó su cantimplora de agua tibia.

—Debemos administrar el agua lo mejor posible —advirtió Bronson—.

Sólo hemos traído la suficiente para un par de días.

—Si no bebo me moriré —contestó Mott, y se bebió por lo menos una pinta, cuando un solo trago hubiera bastado.

—Acamparemos en el primer sitio bueno que encontremos —repitió su compañero, y emprendió la marcha de nuevo.

Durante media hora caminaron cuesta arriba, en silencio. Dos veces más bebió Mott, pródigamente. A decir verdad, le era necesario porque, para animarse un poco, había bebido una gran dosis de whisky de un frasco que llevaba escondido en el bolsillo. Además, odiaba aquellas horribles colinas, le asustaba el lugar. Aborrecía el calor, las privaciones y el sentirse encerrado entre aquellas desoladas montañas. Su mente enloquecida no pensaba más que en huir hacia Goldenville… y en huir solo. Hora tras hora, día tras día, había estado pensando en la desnuda región, confortándose con un solo pensamiento: ¡vaya un sitio para acabar con un compañero!

Bronson seguía avanzando, buscaba ansiosamente un lugar aceptable donde acampar.

Se hallaban ya a diecinueve millas del agua que dejaron atrás y, tanto los hombres como el burro, estaban exhaustos. Al fin llegaron a una profunda garganta en el fondo de la cual el saliente de un risco daba fresca sombra. Hicieron alto allí. Bronson empezó a descargar el burro, dejando las mantas y los bultos en el suelo.

—Creo que queda muy poca agua en el barril —dijo, mientras levantaba en el aire la preciada provisión—. Has debido beber más de la cuenta.

—¡Oh, hay suficiente —contestó Mott—; no te preocupes!

Su compañero no contestó nada. Simplemente, determinó que a la mañana siguiente tendrían que volverse y abandonar las colinas de Death-Trap.

Página 248

Prepararon la cena y la comieron muy temprano. La oscuridad reinaba en la garganta mientras el sol aún brillaba en los picos del oeste. Hacia las siete prepararon los camastros, y a las nueve, Bronson, que estaba rendido, se durmió profundamente.

Mott permaneció despierto. Durante una hora esperó; su locura le calentaba más y más el cerebro. Por último se levantó, abandonando sus mantas pausadamente, escuchando, con el corazón en un puño. La respiración de Bronson era regular y pesada, ¡qué espantoso silencio rodeada al mundo!

Sin hacer ruido, el hombre se dirigió hacia la carga que se hallaba en el suelo. Sentía la boca seca por la sed y el nerviosismo. Bebió y después llenó su cantimplora y unos frascos, que guardó en sus bolsillos. De nuevo se paró a escuchar. Bronson dormía como un chiquillo.

Cuando ya tuvo guardada su provisión de agua, Mott, deliberadamente, derramó la que sobraba y colocó el barril sobre la mancha de humedad, en el suelo, para que pareciera que se había volcado.

El sudor le empapaba la frente. Bebió otra vez y, serpenteando como un ladrón, fue hacia la estaca en donde estaba amarrado el burro y la arrancó del suelo. Arrastrando la cuerda, se llevó silenciosamente al animal fuera del campamento y lo condujo a una hondonada, en la ladera cercana. De nuevo sintió remordimientos, pero su locura los acalló. Casi al mismo tiempo que los remordimientos le asaltó la pasión. No quería que Bronson pudiera disponer siquiera del burro. Con la culata de su pesado revólver lo derribó y cuando se volvió para marcharse el animal yacía muerto en el suelo, sin ninguna señal de violencia en el cuerpo. Si Bronson lo encontraba allí, podría pensar en cientos de accidentes fortuitos, sin sospechar la traición.

Como un criminal, Mott volvió a la base de la roca, donde su compañero seguía durmiendo. Estremecido por el horror de las cosas que había hecho, el hombre se metió entre sus mantas y permaneció despierto, esperando el amanecer.

Mil veces, antes de que la noche terminara, podría haber recuperado su propio aprecio, intentando arreglar lo que había desarreglado. El silencio llenaba su espíritu de pavor; la fe y la confianza que Bronson le demostraba le pesaban en el ánimo. El pensamiento de la llegada del día y el descubrimiento eran como una pesadilla. Por fin cayó en un inquieto sopor, del que se despertó febril, luchando con una horrible horda de demonios que poblaban sus sueños. El cielo empezaba a palidecer por el Este.

La luz del día despertó a Bronson, que inmediatamente se levantó del camastro. Mott estaba escuchando, mientras permanecía quieto, fingiendo

Página 249

dormir. Oyó que su compañero se levantaba y oyó la exclamación de asombro y preocupación al darse cuenta de la ausencia del burro.

—¡Larry! —llamó Bronson—. ¡Larry! Mott se incorporó y se restregó los ojos. —¡Hola! —le contestó.

—El burro ha desaparecido…, se ha escapado. No comprendo cómo ha podido arrancar la estaca.

Con muy bien fingido enojo, Mott saltó del camastro, maldiciendo al animal copiosamente.

—No puede haber ido muy lejos —dijo Bronson—; pero con todas estas rocas no podremos encontrar su rastro. Tendremos que buscarlo a ciegas.

El rápido éxito de sus planes hizo que aumentara la locura, la astucia y la determinación de Mott.

—¿Vamos a desayunar? —preguntó.

—El estómago puede esperar —replicó su camarada—. Será mejor que busquemos al burro primero, antes de que el sol empiece a achicharrar las colinas.

—Muy bien —convino Mott, controlando la tensión de sus nervios con un violento esfuerzo—. Tú busca hacia arriba y yo buscaré hacia abajo del cañón. El primero que lo encuentre que dispare un tiro al aire como señal.

—No puede haber ido muy lejos, con toda aquella cuerda colgándole del cuello —repitió Bronson—. Espero que lo encontremos antes de que haga demasiado calor.

Con ojos brillantes de emoción, Mott contempló a su compañero, mientras se cargaba a la espalda la cantimplora medio vacía. Si impulsado por la sed, después de trepar por las colinas, consumía la escasa provisión de agua que llevaba, no habría poder en la tierra que pudiera mantenerle vivo para recorrer aquellas diecinueve millas de rocas y precipicios que separaban el campamento de la corriente de agua más próxima, en el camino de Goldenville.

Sin sospechar nada, Bronson echó a andar garganta arriba. Durante un rato, después de su marcha, Mott permaneció en el campamento. Sintió un débil impulso de llamarle, de darle por lo menos una oportunidad de salvar la vida. Luego, todo el ciego y loco amor que le dominaba se apoderó de él con más fuerza que nunca. Seleccionando rápidamente unas cuantas provisiones de la carga empezó a andar tan de prisa como pudo, siguiendo el camino por el que había llegado. Sabía que tenía provisión suficiente de agua para llegar al salto, y que Bronson carecía de ella.

Página 250

En la hora y media que Mott llevaba andando, acompañado de su traición, el sol había salido sobre las desnudas crestas y estaba otra vez abrasando al mundo con sus despiadados rayos.

El hombre andaba ahora con menos prisas. Con frecuencia, hacía pausas para beber agua del segundo de los frascos; el otro, que ya estaba vacío, lo tiró Empezaba a desesperarse, mientras contemplaba las montañas sin vida. En toda la perspectiva que se extendía ante él no había nada que recordase haber visto anteriormente. Y sin embargo, era absurdo creer que se había equivocado de dirección. Recordaba haber trepado y descendido por un gran número de colinas, con su compañero.

¡Qué calientes se estaban poniendo las rocas y la tierra! Bebió toda el agua que le quedaba en el frasco y lo tiró a su espalda. Empezó a trepar por la pendiente que tenía delante. El aire estaba cargado por el zumbido del calor, donde zanganeaban las cigarras. Una ligera neblina ondulante se levantaba de las colinas. Llegó a la cumbre y empezó a descender por la otra ladera. De pronto, se encontró en una hondonada donde por poco cae al suelo, al tropezar con el cuerpo muerto de un animal…, el pequeño borriquillo gris, muerto donde él mismo le había derribado.

El hombre retrocedió, tambaleándose, al verlo. Durante un momento no pudo creer en esta realidad. ¿Cómo podía estar allí aquella carroña? Un sentimiento de horror se fue apoderando de él. ¡No había hecho más que dar vueltas en redondo y ahora se hallaba a pocas yardas del campamento!

La frente se le empapó en sudor; se sintió febril. El agua que le quedaba no sería suficiente para llevarle fuera de aquel odioso mundo de rocas y colinas, a menos que corriese con todas sus fuerzas. Trató de pensar…, de trazar un plan. Puesto que el burro estaba allí, el campamento quedaba justo encima y el camino para volver al mundo exterior estaba un poco a la derecha.

Trepó por las colinas. Al volver un recodo en la odiosa pendiente de granito y piedras se paró y lanzó un grito desmayado.

Allí, bajo la deslumbrante luz en la hondonada, yacía el cuerpo del burro. Mott creyó volverse loco. ¡Apenas le quedaba agua y había vuelto a andar en círculo otra vez! Las colinas parecían girar en torno suyo, en el aire trémulo. ¡Y el canto de las cigarras era tan horriblemente monótono, persistente, burlón! Un pensamiento acudió a su cerebro: ¡Bronson! ¡Bronson

podría salvarle!

Trepó corriendo por la desnuda ladera, bajo el calor, y se lanzó luego cuesta abajo, al otro lado de la vertiente. A medida que andaba giró hacia

Página 251

delante, buscando la peña saliente bajo la que acamparon. No pudo ver peña alguna. Corrió más y más. Sentía los labios tumefactos. Bebió de su cantimplora, con febril ansiedad.

Por último recordó la señal que habían convenido hacer cuando alguno de ellos encontrara al burro. Sacó el revólver de su pistolera y disparó al aire todos los tiros.

Siguió corriendo, jadeante, lanzando desesperadas miradas a las desiertas montañas, parándose solamente para beber. Volvió a cargar y disparar su revólver repetidas veces y el arma empezó a recalentarse insoportablemente. Los disparos sonaban en el aire con sobrecogedoras detonaciones que el eco repetía de colina en colina; no obstante, no había respuesta. El silencio, enturbiado por el pesado canto de las cigarras, volvía al morir el eco del disparo.

Anduvo desatinadamente, alejándose del campamento cada vez más. Llegó el momento en que bebió el último sorbo de agua. Y aún siguió corriendo hacia adelante, colina arriba, colina abajo. Disparando al aire el aborrecido revólver, como un loco.

Cuando un disparo de contestación sonó a lo lejos, hacia la izquierda, se sintió tan desvalido como un chiquillo. Intentó gritar, llamar a Bronson por su nombre, pero tenía la garganta reseca y su resistencia le había abandonado. Sólo pudo bajar, dando tumbos, la ladera por donde había sonado el disparo. Disparando y cargando el arma tan de prisa como podía, fue señalando su camino. Cuando al fin vio a su compañero, se derrumbó en el suelo.

Un momento después Mott estaba mojándose los labios en el agua de la cantimplora de Bronson. Y eran los brazos de Bronson los que le ayudaban a ponerse de pie.

—Procura animarte, Larry —decía—; tenemos que volver al campamento y a la sombra.

El único deseo de Mott era huir de aquel lugar.

—¿Llegaremos hasta el salto de agua? —preguntó, lleno de pánico—. ¿Podrás llevarme hasta allí?

Ni siquiera trataba de ocultar su terror, su desesperación.

—No lo sé —contestó Bronson—. Tal vez podamos, cuando se ponga el sol y refresque un poco. Volví al campamento y me encontré con que tú no estabas allí, y por eso salí a buscarte. El agua del barril se ha volcado.

Mott contestó con un gruñido; la sensación de culpabilidad le impidió otra respuesta. Algo parecido a un estremecimiento de horror ante su propia

Página 252

ceguera y locura le recorrió todo el cuerpo. Sufrió por la humillación de tenerse que dejar llevar por Bronson, cuando éste mismo flaqueaba.

Con un sentido de la orientación tan certero como el de los indios, Bronson escogió el camino más corto para llegar a la peña de la garganta. Estaba a una distancia de más de dos millas. No podía hacer grandes progresos porque el espantoso calor había aumentado y la colina por la que estaban trepando era muy empinada. En media hora no avanzaron más que una milla. Por entonces su estado empezaba a ser desesperado.

Juntos llegaron a un declive rocoso, salpicado de manchas negras de fuego que tuvieron lugar en pasadas centurias. Ni la más raquítica planta podía crecer en aquel terreno tan erosionado. Con pesada lentitud treparon por la ladera de más allá. La cresta parecía arder y estremecerse por el calor insoportable. Al otro lado había un valle y en el fondo, entre la arena, parecía crecer algo de vegetación.

Los dos hombres descendieron hacia aquel lugar. De pronto se pararon al borde de un saliente, a una altura de seis u ocho pies y contemplaron con incredulidad lo que tenían delante. A unos quince pies más abajo, brillando al inexorable resplandor del sol, yacía una límpida charca de agua.

Durante un momento, Mott creyó que había perdido el juicio. ¡Aquello no podía ser cierto! Bronson, que estaba más sereno, creyó en la presencia de un espejismo, o cualquier cosa, salvo que aquello pudiera ser una realidad. Y de pronto un estremecimiento de horror le recorrió todo el cuerpo.

Alrededor de la charca, el espectáculo era espantoso: esqueletos y carroñas de pájaros, conejos, coyotes. Un gato montés, muerto recientemente, yacía sobre el lomo, con las garras al aire, contorsionadas en una actitud de tortura, mudo testigo de la lucha desesperada contra la muerte. Una ardilla se doblaba contra el suelo, con la cabeza medio enterrada en la arena; el implacable destructor la había hecho su presa para siempre.

El horror que se apoderó de Bronson le hizo sentir vértigos. Luego, eran ciertas las historias que alguna vez había oído sobre aguas emponzoñadas por ácidos naturales, vomitados por cavernas envenenadas desde el fondo de la tierra. Todos aquellos relatos acudieron a su mente. Aquellas osamentas retorcidas, silenciosas, contaban la más espantosa de las historias con sus posturas torturadas. La muerte, en una serie de posturas fantasmagóricas, había dejado petrificadas a las criaturas que llegaban allí confiadas, huyendo de la abrasadora desolación, para aplacar la sed en aquel fingido oasis. El hombre se sintió helado por el espanto.

Página 253

Pero Mott sólo tenía ojos para el agua. Su razón, no mayor que la de una ardilla hambrienta, arrastraba a sus músculos. Lanzó un grito de alegría delirante y empezó a correr locamente hacia la charca.

Durante un momento, Bronson no comprendió lo que intentaba su compañero. Luego se dio cuenta del alcance de su locura.

—¡Larry! ¡Larry! —voceó—. ¡No la toques! ¡Está envenenada!

¡Representa la muerte!

Pero Mott no se paró. Bronson le contempló mientras corría con los brazos extendidos, dispuesto a lanzarse a la charca y hundir la cabeza en el brebaje mortal.

—¡Larry! —gritó otra vez.

En una repentina decisión, saltó del saliente de granito, echó a correr para alcanzar a su compañero y se lanzó contra él con todo su peso y violencia. Mott se derrumbó bajo la embestida, pero se levantó casi inmediatamente.

—¡Déjame beber! —gritó, con voz espesa—. ¡Déjame beber!

—¡No! ¡Es venenosa! ¿No comprendes que es venenosa? ¡Mira todos esos cadáveres!

—¡Agua! ¡Es agua! —le interrumpió Mott. Se dirigió, tambaleándose, hacia el pozo.

Bronson también deseaba salvajemente un largo trago. Sabía que su compañero se sentía como si ardiera, pero luchó contra él, para mantenerlo apartado de la charca mortal.

Mott le golpeó, enloquecido. Falló el golpe y Bronson le cogió entre sus brazos. Pero la fuerza de Larry era la de un maníaco. Lucharon bajo el terrible calor del sol, aumentado por el reflejo de las rocas. Avanzaban dando traspiés, hacia la emponzoñada corriente, y retrocedían luego, forcejeando y jadeando roncamente.

La locura con que Mott se empeñaba en llegar al agua crecía y crecía. Maldecía enérgicamente entre violentos jadeos. Su cara parecía diabólica. Agarró a su compañero y le empujó para atrás. Cuando se iba a lanzar sobre él chocó con una piedra. Estuvo a punto de caerse; sus músculos se aflojaron. Instantáneamente, Bronson le dio un puñetazo en la barbilla. Se derrumbó en el suelo, sin sentido, junto a un coyote.

Luchando por recobrar la calma, Bronson permaneció al lado de su camarada, apretándose la garganta con las manos, jadeante la respiración.

—El agua… te mataría… Larry —dijo.

No se atrevió a humedecer los labios de Mott con el agua que aún quedaba en su cantimplora, no fuera que recobrase el sentido e intentara de

Página 254

nuevo beber el agua de la charca; bebió él un poco y luego, recurriendo a la última reserva de fuerzas, que empezaban a fallarle, arrastró el cuerpo inerte llevándoselo de aquel horrible lugar. Llegó por fin a un saliente de roca y, bajo la pequeña sombra que proyectaba, dejó a su camarada tendido en la arena.

La escasa provisión de agua que aún quedaba entre los hombres y la muerte se redujo todavía un poco cuando Mott abrió los ojos. Se sentía débil y sin embargo tenía cierta energía muscular, que el calor parecía aumentar. Apenas había acabado de levantarse cuando empezó a maldecir a su camarada y a pedir que Bronson le llevara a la charca de agua envenenada.

Bronson le oía amenazar, exigir y suplicar sin hacer un solo movimiento. —Larry, no seas loco —le dijo—. Te mataría en quince minutos, o antes. —¡Un trago de agua vale la pena de eso! —contestó Mott, con la voz enronquecida—. ¡De todos modos voy a morir! ¡Es mejor acabar cuanto

antes! ¡Quiero beber!

—Si nos quedamos aquí y esperamos que llegue la noche, puede que podamos salvar la vida —trató de explicarle Bronson, que estaba sufriendo atrozmente, no sólo por la sed, sino a causa de los esfuerzos que había hecho. Añadió—: Es nuestra única oportunidad.

Mott le lanzó una mirada furiosa. Si se sintiera capaz de afrontar las montañas a solas, hubiera matado a Nick Bronson allí mismo, cogido la cantimplora de agua y huido de aquel lugar… Pero perderse, como le había ocurrido antes, y perecer a solas… El solo pensamiento le hacía enloquecer.

—¡Nunca saldremos de aquí! —gritó—. ¡Nunca saldremos de aquí! Bronson no contestó. Distraídamente paseaba los dedos por el borde de la

roca a cuya sombra se hallaban. Era cuarzo deleznable. Un pedazo de roca se le quedó en la mano. Lo miró, sin poner especial atención a lo que hacía. Luego se lo tendió a Mott, con una sonrisa difusa, que más parecía una mueca.

—Un material rico —le dijo—. Hemos encontrado el yacimiento de «Lost Gold».

Durante un momento Mott contempló las amarillas partículas de metal, brillando entre el cascajo, y luego maldijo de nuevo. Maldijo del oro, de las montañas, del mundo. Maldijo de sí mismo y maldijo a su compañero. El calor sofocante, la desolación del paisaje, las despiadadas colinas, llenaban su ánimo de terror y desesperación.

Página 255

—¡Oro! —gritó—. ¡Oro! ¡Oro! ¡Oro!… ¡Cuando lo que yo necesito es agua!

—Te daré un sorbo —dijo Bronson—; y luego, Larry, por amor de Dios, siéntate y estate quieto…, o no podrás salir de aquí esta noche.

—¡Un sorbo! —contestó Mott—. ¡Un sorbo!

Lo bebió y se tumbó en el suelo.

Permanecieron allí durante una hora viendo cómo se estrechaba la cinta de sombra, a medida que el sol subía más y más hacia el meridiano. Las radiaciones de las rocas y la arena eran insoportables. La casi visible atmósfera inició una danza vertiginosa. Salir de allí era correr a echarse en brazos de la muerte; esperar era invitarla a llegar de una forma lenta.

—Dentro de un cuarto de hora no tendremos sombra —dijo Bronson por último—. No podemos quedarnos aquí.

—¡Vamos! —replicó Mott con su voz pastosa—. ¡Vámonos!

—No podemos ir muy lejos.

—¡Vámonos! ¿Qué otra cosa podemos hacer? —preguntó Mott.

—Larry —contestó Bronson—. Aún nos queda una pequeña esperanza… a mí… o a ti. No podemos quedarnos aquí hasta esta noche y no podemos llegar los dos hasta donde haya agua potable. Empezamos esta aventura como camaradas… vamos a afrontarla también como camaradas.

Mott dijo:

—¿Y bien?

Bronson le miró con ingenua afección en la mirada.

—Debe haber agua suficiente para una persona, si la usa cuidadosamente —dijo—. Y es mejor que se salve uno a que los dos perezcamos. Echémoslo a suerte, Larry; el que gane se lleva la cantimplora y se va a casa.

Mott le miró salvajemente durante un rato, luego la astucia cambió la expresión de sus ojos En el fondo de su mente apareció un cuadro de Goldenville. ¡Goldenville y agua! ¡Goldenville y agua! ¡Goldenville y la vida! Pero un repentino miedo a perderse de nuevo destruyó todos sus sueños.

—Si yo gano… no sabré encontrar el camino —contestó, roncamente. —Yo te lo explicaré de forma que no puedas perderte —replicó su

camarada—. ¿Qué te parece?

El corazón de Larry latía desacompasadamente. ¡Aquella cantimplora! Y el calor le estaba enloqueciendo.

—Muy bien —dijo—. Lo echaremos a suerte a las pajas. El que saque la más larga gana.

Página 256

Presa de excitación se volvió de espaldas y preparó, laboriosamente, dos briznas de hierba que cogió de uno de los raquíticos matojos; las dos pajas tenían el mismo tamaño. Volvió la cara y miró a su compañero.

Bronson estaba pálido, pero Mott lo estaba mucho más.

—No podemos hacer nada mejor, ¿verdad Larry? —dijo Nick.

—No —murmuró Mott—. Y es mejor no volverse atrás. ¡Después de todo fue idea tuya!

—Así es —replicó su amigo.

Durante un momento, se miraron los dos, en silencio. Mott tendió las dos manos; entre los dedos de cada una asomaba una de las pajitas.

—Elige —dijo, roncamente.

Bronson apoyó su mano en el brazo de Larry…, el izquierdo.

—Ésta —fue lo único que dijo.

Mott, con ojos febriles, no apartaba la mirada de su camarada, mientras, astutamente, rompía la paja de Bronson, con un ligero movimiento.

—Cógela —murmuró.

Bronson tiró de ella; el pedazo que había quedado apenas tenía una pulgada de largo.

—Ésta es la otra —dijo Larry. Y mientras los febriles ojos de Bronson se fijaban en la otra paja, casi de dos pulgadas de largo, Mott, rápidamente, tiró al suelo el pedacito que tenía en la mano que su camarada había elegido.

Una palidez aún mayor se extendió, durante un momento, por las facciones de Bronson.

—Está muy bien, Larry —dijo—. Me alegro por ti.

Cogió la cantimplora que llevaba colgada del hombro y se la entregó a su compañero. Luego, concisamente, le explicó el camino que debía seguir para salir de la cordillera de Death-Trap.

—No te bebas el agua demasiado de prisa, viejo —le instruyó—. Enjuágate sólo la boca y trágate el agua sólo cuando comprendas que realmente no tienes más remedio. Me gustaría retenerte aún un rato, pero tienes que irte en seguida… Adiós.

Le estrechó fuertemente la mano, como su última despedida.

—¿Qué vas a hacer tú? —murmuró Mott, roncamente.

—Me las arreglaré lo mejor que pueda —contestó Bronson sonriendo suavemente—. Si la cosa se pone muy mal… conozco el camino de la charca envenenada. Vete, no pierdas el tiempo… Y no te olvides de tener cuidado con el agua.

Página 257

Mott, por el momento, no sentía nada, más que el peso de la cantimplora en su hombro. ¡Goldenville y Agnes… Goldenville y la vida! Gritaba su cerebro entumecido. Estrechó la mano de su camarada pero no se atrevió a mirarle a los ojos.

—Adiós —le dijo, y empezó a andar por el tortuoso sendero de roca y piedras.

En la cresta de la colina desde donde iba a ver por última vez a su camarada, Mott se paró y se volvió.

A través de las olas de vaho que el calor producía, entre las rocas auríferas, vio a Bronson, mirándole serenamente. Levantó un brazo y lo agitó.

¡Qué horriblemente solo parecía! ¡Qué horriblemente caliente era todo aquel horno de las montañas! ¡Y Bronson no tenía agua! La mente de Larry se estremecía. ¡Bronson no tenía agua!

De pronto, algo le sacudió en el fondo. Algo le estaba invadiendo todo su ser. Memorias de la infancia, con Bronson como compinche; recuerdos, de cuando ya eran hombres, del cariño y abnegación de Bronson; todos los recuerdos de su vida acudieron a su corazón, arrebatadoramente. De pronto se vio a sí mismo con toda su perfidia, su egoísmo y su culpa. Y los lazos de camaradería rehusaron romperse.

—¡Oh, Nick… no puedo!… ¡no puedo! —gritó en voz alta, preso de una repentina angustia. Corrió como un loco, desandando el camino. Llevaba la preciosa cantimplora en las manos, tendidas hacia adelante—. ¡No puedo! — repetía—. ¡Nick, te he engañado! ¡Te he engañado, te he engañado!

A pesar del cambio que se había operado en sus sentimientos, Mott sólo se sentía capaz de confesar el último engaño, el de la trampa al jugarse el agua. No podía revelar sus anteriores traiciones. Una infantil ansiedad de demostrarle a Bronson su afección, una ansia de sentir su amistad, un miedo atroz a sentirse odiado, menospreciado, aborrecido, le ponían un sello en los labios. Sólo podía pensar, en una especie de plegaria, que Dios le había dado una ocasión para redimirle, antes de que el momento hubiera pasado para siempre.

Sólo pudo decir a su camarada que le había engañado sin piedad. Le suplicó que se llevase el agua y se fuera…, que le dejara allí, con el destino que se había ganado. Le sacudían los sollozos y jadeaba con una penosa sequedad.

Aquello era más de lo que Bronson podía soportar. No se sentía capaz de coger el agua y marcharse para ponerse a salvo. Su cariño por Larry había

Página 258

aumentado mil veces bajo la impresión del momento.

—Larry —dijo—. Larry, anímate, viejo. Vámonos juntos y hagamos el último esfuerzo. —Le tendió la mano, que Mott agarró ansiosamente.

—Nick —le contestó, con su voz pastosa—. No vale la pena que intente salvarme. Estoy perdido…, eso es todo. Si caigo…, vete. Tú puedes salvarte, lo sé…, podrías, si no fuera por mí.

El cielo parecía arder enteramente en sus ojos enloquecidos. Un millón de chispas de mica brillaban entre las rocas. Exhaustos antes de empezar y sufriendo a causa de la sed, los dos camaradas empezaron, no obstante, a andar lentamente por la colina que se alzaba ante ellos. La cantimplora, con su escasa provisión de agua recalentada, iba vaciándose alarmantemente, a pesar del fanático deseo de economizar que se había apoderado de los dos.

Se arrastraron por la desnuda pendiente, descendiendo hacia una depresión y luego a lo largo de un túnel donde el aire parecía azotarlos entre las llamaradas del sol.

—Larry… echa un buen trago… o te vas a desvanecer —dijo Bronson, hablando con dificultad—. Bébetela toda… no representaría gran diferencia… ahora.

Mott la rechazó.

—Cuanto antes acabe… mejor —contestó, sonriendo con sus labios tumefactos. No obstante, levantó un brazo y señaló a lo lejos—: Sombra — dijo.

Un gran saliente de la roca se proyectaba tanto hacia delante que ni el sol de mediodía podía alcanzar una franja de sombra bajo la roca. Hacia allí se dirigieron los dos, tambaleándose. Estaba a medio camino de la ladera, no obstante, y ésta era empinada. Antes de que pudieran llegar al refugio, Bronson se cayó al suelo, inconsciente.

Mott vació la última ración de agua en la garganta de su compañero, sintiendo una especie de alegría febril. Bronson se recobró parcialmente. Mott le arrastró y le ayudó a ponerse de pie. En un desesperado y frenético esfuerzo sobrehumano, consiguieron por fin llegar al refugio de sombra.

Mott se derrumbó en el acto. Se cayó de bruces, sin hacer el menor ruido. Bronson se tumbó a su lado, en la arena. El cielo era como, un monstruo despiadado que lanzaba mortíferos rayos de sol.

Al cabo de un poco Bronson se recuperó ligeramente en la relativa frescura de la sombra y comprendió de pronto que Mott había caído en un estupor del que tal vez no se recuperaría. Su compañero estaba desahuciado;

Página 259

él también estaba desahuciado. Cerró los ojos; sus pensamientos no eran más que una vaga masa de calor y furia.

No supo cuanto tiempo estuvo en aquel estado inconsciente. De pronto se dio cuenta con cierta impaciencia de que la vida podía mantenerse incluso en un individuo acabado, que está sufriendo atrozmente. Luego comprendió que había algo que estaba estimulando a su cerebro para que recobrara la actividad.

Se trataba de un sonido.

De algún lugar, entre el horrible calor y la desolación, venía una tenue nota, como un silbido. Una sola nota, que se repetía de vez en cuando, en rápido staccato.

Por un momento sintió que el pulso se le aceleraba; luego sonrió con amargura, haciendo una mueca. No se trataba más que de un efecto del delirio.

Pero el sonido se repetía. Su sangre corrió alocadamente por sus venas cuando reconoció el sonido. ¡Era el canto de una codorniz!

Si las gotas de un chaparrón hubieran empezado a caer en el suelo su excitación no hubiera sido mayor.

¡Una codorniz en semejante sitio! ¡La pequeña viajera marrón… allí! ¡Y con la lengua lo suficientemente húmeda como para poder silbar!

Era mediodía, la hora en que la codorniz se llega a beber. ¡Debían de conocer alguna corriente!

Con un estremecimiento nervioso en todo su cuerpo, Bronson se puso de pie y salió de la sombra, con sus sentidos a flor de piel, dispuesto a encontrar el lugar de donde provenía la dulce llamada.

Se repitió otra vez. Venía del fondo de la cañada, más allá de la roca. Silenciosamente, con grandes precauciones, el hombre se arrastró por la recalentada arena y empezó a descender por el cañón. El sol caía sobre él con su implacable resplandor. Se sintió desfallecido antes de abandonar el refugio. Toda su fortaleza le había abandonado, a causa de la sed. Se cayó repetidas veces, pero volvía a levantarse. La llamada de la codorniz cesó. Retorció los labios, desesperadamente, en un esfuerzo por imitar la llamada. No salió ni un sonido de su garganta. De nuevo se cayó en la arena. Arrastrándose con las manos y las rodillas, sobre ardientes trozos de roca, reunió toda la fuerza que pudo hallar en su cuerpo para imitar el canto de la codorniz.

Tres… cuatro notas, en claro staccato, salieron de sus labios.

Desde una elevación de tierra y rocas, un pequeño peregrino dio la respuesta.

Página 260

Una última esperanza inundó el pecho del hombre. Se levantó otra vez y con un esfuerzo sobrehumano avanzó, dando traspiés, subió la pendiente y por fin su vista alcanzó a ver una mancha de vegetación. Un sauce enano y reseco extendía sus hojas sobre el lecho de la cañada, dando una sombra apenas perceptible.

Bronson hubiera llorado, de quedarle algo de humedad en el cuerpo. Cegado por las vibraciones del aire caliente, se lanzó como un demente hacia el sauce, espantando a media docena de codornices que había en las ramas, mientras daba traspiés en la hierba y se caía de bruces contra el suelo.

Como un loco, se arrastró hacia el sauce, buscando entre la arena un rastro de agua.

Bajo el sauce, la arena ardía. Bajo la triste hierba había apenas un sombra de humedad, donde un pájaro podía conseguir una limpia gota, de cristal; pero el sol y la arena, celosos, absorbieron toda el agua con insaciable afán.

Bronson hundió la cabeza en la húmeda tierra y respiró profundamente.

Estaba mojada… y era más dulce que el vino.

Con los dedos escarbó en la arena, desenterrando una raíz del sauce. El hoyo que hizo se llenó de agua, pero la grava la absorbió antes de que sus labios llegasen a tocarla. Excavó otra vez frenéticamente, pero el hoyo era demasiado superficial y el calor evaporaba las gotas.

—¡Si por lo menos hubiera sombra! —decía el hombre, desesperado. Con el nuevo vigor que le nacía de la esperanza, arrancó las desmedradas

hierbas y las colocó, formando una especie de tienda, en el sitio mojado.

Una y otra vez, hundía la cabeza en el agujero y conseguía por lo menos respirar sin que el aire le quemara los labios. Pero la sombra que había formado no podía, le pareció, hacer que el agua volviera a rezumar. Volvió a trabajar para conseguir una protección más eficaz.

—Esta noche el agua goteará —se decía repetidamente—. Esta noche. Bajo la pequeña sombra, la arena empezó a refrescarse, al cabo de una

hora. Una gota de agua tembló en el extremo de la raíz descubierta y cayó sobre la tierra. Bronson lanzó un grito desesperado; luego colocó la cantimplora debajo de la raíz y esperó.

Una segunda gota tembló y cayó dentro de la cantimplora. La tercera y la cuarta también fueron recogidas. Como una madre vigilando a su hijo, Bronson permaneció bajo el sauce mirando una a una las gotas cristalinas que se deslizaban de la raíz.

Pasó una hora antes de que tuviera suficiente para llevársela a Larry, que estaba inconsciente en la sombra de la roca. Por entonces Bronson había

Página 261

recobrado mucha de su fortaleza. Corrió hacia el peñasco y tuvo la alegría de reanimar a su camarada lo suficiente para que pudiera mantenerse en pie. Luego fueron los dos juntos al pie del sauce, donde hundieron la cabeza alternativamente para humedecer los labios con las gotas que iban cayendo, y respirar entre la humedad de la arena.

Durante toda la tarde, el sol y la ardiente grava lucharon con los hombres por las gotas de agua. Durante toda la tarde cantó la cigarra; durante toda la tarde ardió aquel horno desolado.

Pero las sombras se fueron deslizando silenciosamente hacia el Este y el crepúsculo descendió, por fin, sobre el mundo, como una dulce presencia. En la noche las rocas aún irradiaban calor, pero el aire era fresco y el goteo del diminuto manantial aumentó. A las doce las estrellas iniciaron su majestuosa procesión sobre el mundo de montañas.

—Las cantimploras están llenas —dijo Bronson—. Mañana por la mañana podremos ponernos a salvo.

Eran dos hombres harapientos y destrozados los que aparecieron en el camino que llevaba a Goldenville, cuando uno de aquellos cálidos y secos días llegaba a su fin. Las privaciones habían labrado profundas arrugas en sus rostros. El sufrimiento aún los tenía entre sus garras, aunque cierta luz de alegría resplandecía en los ojos de Bronson.

Casi habían llegado al campamento minero. Los resoplidos y los temblores de las máquinas sonaban en el aire con una dulzura inconcebible. ¡Allí estaba el hombre!… ¡El hombre, con su tumultuosidad y sus voces, llenas de vida!… ¡El hombre, y por tanto los hogares!

Larry Mott sentía su corazón enfermo de dolor, incluso cuando un grito de alegría se escapó de los labios de su camarada. Se había sacrificado y sufrido silenciosamente queriendo compensar un poco las ruindades que había cometido. Pero ahora le faltaba la más dura y cruel de todas las pruebas: tenía que luchar consigo mismo y contar toda la verdad.

—Nick —dijo roncamente, haciendo una pausa en el camino—. Nick… hay algo que creo que te tengo que decir. Me has traído a casa… me has salvado la vida… has sido un buen camarada todo el tiempo. Pero no querrás volver a estrecharme la mano… nunca más… cuando te diga lo que hice.

—Pero, Larry, ¿qué te pasa? —contestó Bronson—. Si te refieres a cuando echamos el agua a suertes…

—No… No hablo de eso —le interrumpió Mott—. Es aún peor. Te mentí, Nick, antes de que empezáramos la expedición. Te mentí sobre Agnes. Agnes

Página 262

te ama. Yo estaba celoso… loco… cualquier cosa baja y despreciable. Esperaba que te decidieras a ir a las colinas de Death-Trap y cuando llegamos allí, al peñasco, maté al burro, derramé el agua y traté de huir de las montañas y dejarte para que murieras allí. Todo lo hice por mi amor loco. ¡Y la sigo amando aún! No puedo evitar amarla, Nick, con todo mi mezquino corazón; pero… ¡Dios sabe que también quiero a mi camarada! Tenía que decírtelo… ahora que ya estamos en casa… ¡Pero tú no querrás volver a mirarme!

Se apoyó en un gran pedrusco que había al lado del camino y escondiendo la cara entre los brazos empezó a sollozar convulsivamente.

Bronson le miró de forma extraña, mientras la confesión le iba penetrando lentamente en el cerebro. Luego se acercó y apoyó una mano en el hombro de Larry.

—Somos compinches —dijo—. No lo olvides, Larry, no lo olvides. Somos mejores amigos que nunca. Yo hubiera hecho lo mismo, tal vez. Además ya todo ha pasado. Ven, dame la mano y olvidémoslo todo. Ya pasó, viejo, como aquel día en las colinas… Aquel atroz día en que encontramos el yacimiento de «Lost Gold».

Un poco después, cuando volvieron a andar hacia el poblado, el pobre

Mott se atrevió a decir:

—No se lo digas a Agnes, por favor. Espero que algún día me dejará que seamos amigos.

Página 263

EL BARRIL DE SANGRE

AL JENNINGS

E N 1875, Dog Town[58], en el Estado de Nuevo Méjico apenas era más que un ensanche de la vieja carretera que, procedente de Raton

Station[59], corría hacia el Este, para irse a perder en el desierto.

Lo que la gente llamaba Dog Town se componía de un puesto de correos, ruinoso; una antigua posta de relevos de la antigua «Star Route», sin caballos; una forja; unos almacenes, donde la gente de los ranchos iba a aprovisionarse de todo lo que podía necesitar; y una media docena de casas de adobes, habitadas por peones mejicanos y esparcidas aquí y allá, en los alrededores, sin orden ni concierto. Simples cabañas levantadas sobre el espeso tapiz de hierba que recubría el suelo en aquella región desolada de la pradera salvaje.

A unas quinientas yardas de los almacenes, hacia el Este, se levantaba aislada, al borde de la pista que algunos habitantes de Dog Town calificaban pomposamente de Calle Mayor, una casa de dos pisos. En un gran letrero cuadrado, sujeto a dos gruesos pilares muy rectos pero desiguales, se leía, escrita en letras rojas, la inscripción: «El Barril de Sangre». Era el nombre del establecimiento, pues aquella casa, aquella casa siniestra, sombría y provocadora, que se elevaba sobre la línea del horizonte bajo el sol naciente, era el garito, la cantina y el saloon de la localidad. Allí, según la época del año y el flujo y reflujo de los acontecimientos ocurridos en la pradera, una partida de perdidos, una banda de degenerados, un grupo de desesperados iban a entregarse a locas orgías, a partidas que duraban día y noche, mientras les quedaba algún dinero que gastar.

Al caer la noche, los clientes de «El Barril de Sangre» anunciaban su llegada por el rápido galope de sus caballos, que se paraban en seco ante la puerta, dando casi con el vientre en el suelo y encabritándose; por los gritos estridentes que lanzaban los jinetes, de ojos brillantes y garganta seca, que saltaban de la silla sobre las maderas sonoras del porche, por los fogonazos y las detonaciones que herían la noche y que salían, como vomitados, de las

Página 264

bocas de los revólveres que los fieros muchachos llevaban en la mano y descargaban al aire, o contra las botellas de los estantes, cuando entraban en el saloon.

Eran muy raras las noches que no terminaban en una violenta lucha a pistola, resultado de una partida de póker entre aficionados de baja estofa, de algún viejo rencor, de un ajuste de cuentas entre vaqueros del condado, de alguna rivalidad antigua o de una venganza entre vagabundos que se encuentran. En aquellas ocasiones, bajo la luz grisácea del alba, se abría la puerta posterior del local y un cuerpo inerte, y a veces dos y tres, salía despedido hacia afuera y quedaba tirado en el suelo, sobre la tupida hierba.

Cuando llegué a la ciudad por primera vez, en el otoño de 1875, «El Barril de Sangre» estaba regido por Miss Dollie Madison, que era la propietaria del local desde hacía poco tiempo.

Dollie era una rubia de unos dieciocho años y, desde luego, no debía pesar más de ciento veinticinco libras[60]. Iba encaramada sobre altísimos tacones, pero aún así no llegaba a los cinco pies; su figura y su cara eran frágiles y graciosas y sus ojos claros eran tan azules como el agua de un lago de las montañas. Sus cabellos eran una masa de bucles de oro rojizo y su piel — brazos, cara, manos—, era suave y blanca.

Todos los vaqueros del condado estaban enamorados de Dollie. Iban a verla desde cincuenta millas a la redonda, pero ninguno la acosaba demasiado ya que Dollie no quería a ninguno. Un antiguo crupier de «Faraón», que frecuentaba «El Barril» y con el que yo, a veces, echaba un trago, me puso al corriente inmediatamente. Aquel charlatán me confió en voz baja:

—La gacela es una de las personitas más bellas que he visto, ¿verdad? ¡Y además es honesta, fíjate! Ten mucho cuidado, tiene el alma de fuego y el corazón de hielo…

Seis u ocho semanas antes de mi llegada, «El Barril de Sangre» pertenecía aún a un tal Link Cawthorne. Según me habían dicho, el tal Cawthorne era un indeseable pero bastante guapo. Era un tipo de más de seis pies, que pesaba unas doscientas cincuenta libras[61]. Tenía los hombros muy anchos y todo su aspecto reflejaba fuerza. Sus ojos eran oscuros, fríos y penetrantes, y sus cabellos, abundantes y negros, que él llevaba largos y rizados, le caían sobre la espalda. Su vestido era típico: el que llevaban en aquella época las gentes de su especie, los desperados[62] o sea: los jugadores y los asesinos, lo cual viene a ser todo uno, ya que los seres de esa especie son tan hábiles con las cartas como con las pistolas. Añadid un sombrero de ala ancha y estupenda

Página 265

calidad, una camisa blanca con pliegues en la pechera, y un pañuelo flojo, una levita, un chaleco largo y un pantalón a cuadros, metido bajo largas botas de cuero blando y tacones altos y tendréis la imagen exacta de la indumentaria de esa clase de gentes a condición, naturalmente, de que no os olvidéis del accesorio indispensable a todos los habitantes de la pradera: un cinturón de cuero ceñido a la cintura, bajo el chaleco, del cual pende, batiendo en las caderas, un abultado estuche del que sobresale la culata, de nácar y adornada con apliques de plata, de un magnífico revólver «Colt» 45, de seis balas.

Cómo pudo Miss Dollie Madison, una criatura tan frágil, adquirir los derechos de propiedad de un lugar de tan mala fama como «El Barril de Sangre», cuyo legítimo propietario, aquel demonio de Link Cawthorne, era un asesino cínico cuyo solo nombre inspiraba terror y cuya presencia hacía estremecer de pánico, es una historia tan característica de las circunstancias particulares y de la vida y costumbres que teníamos entonces en el Salvaje Oeste, en medio de las soledades de la pradera, que voy a tratar de contarles este drama heroico, brutal, rápido y directo.

Pues bien, una tarde, cerca ya de la caída de la noche de un caluroso día del mes de julio, la desvencijada diligencia semanal, tirada por dos matalones lamentables, se paró, con gran rechinamiento de ruedas y entre una espesa nube de polvo, ante los únicos almacenes de Dog Town.

Alto, delgado, seco, curtido por el sol, los ojos extrañamente claros, de un azul mortecino, y el mostacho amarillento por el jugo de tabaco, el conductor enrolló las riendas en la manivela del freno, se levantó, extendió los brazos, tan largos que parecía que no se iban a acabar, y bostezó largamente antes de tirar al suelo la valija de la correspondencia. Después de hacer esto, como al descuido, se instaló en su asiento lo más cómodamente que pudo, se metió una nueva porción de tabaco en la boca, se caló el sombrero, tomó una actitud de reposo y se puso a contemplar, con aire descorazonado, la monótona extensión de la pradera. Los dos pencos, las colas raídas como escobas, la cabeza baja, las patas abiertas, sudorosos y cansados, ni siquiera tenían fuerzas para quitarse de encima los torbellinos de sucias moscas verdes que se abatían sobre sus flancos húmedos.

Transcurrió un tiempo bastante largo antes de que una mano separara las cortinas de cuero y de que apareciera una cara de hombre en la ventanilla de la diligencia.

—Condenado, maldita carroña del diablo, pedazo de gandul, ¿qué estás esperando?

Página 266

—Que salga usted de la diligencia —respondió el cochero, sin moverse. —¡Infierno y condenación! ¿Y no podías decirlo?

El conductor, sin cambiar ni en una pulgada su indolente postura, volvió a contestar:

—No se me ha ocurrido, señor.

—¡Por menos de diez centavos te mataría! —gritó el viajero, furioso. Esta vez el cochero volvió la cabeza. Su pálida mirada cayó sobre su

furibundo interlocutor.

—Señor —dijo—, si tuviera los diez centavos le juro que se los daría. El matasanos me dijo, hace pocos días, que estoy medio muerto y yo no tengo valor para acabar con la otra mitad. O sea, que si quiere usted hacer el trabajito de balde hágalo y en paz. ¡Eh, baje de una vez y que el diablo se lo lleve!…

—¡Link, Link!

Una dulce voz femenina llamaba desde el interior.

—Link, te lo suplico, no te pelees con ese pobre hombre. Será mejor que me ayudes a bajar; me estoy ahogando aquí dentro.

—¿Y qué? ¿A qué esperas? ¡Vamos! No tienes más que saltar un poco, tontita.

Sin la menor suavidad, Link Cawthorne ayudó a Dollie Madison a bajar de la diligencia. La joven alzó hasta él sus ojos húmedos pero no dijo nada y Cawthorne se fue hacia la parte trasera del vehículo para desatar las cuerdas que sujetaban la maleta de Dollie Madison, en el inmenso portaequipajes.

—¡Al diablo con todos esos nudos!

Cawthorne estallaba de rabia.

Sacando un cuchillo del bolsillo, rompió las cuerdas y, cargado con la maleta de Dollie, se dirigió hacia el almacén para beber un poco.

—¡Pobre Link! —murmuró Dollie—. Debe estar muy cansado. Jamás le había oído jurar antes de ahora.

Y, después de un segundo de vacilación, Miss Madison le siguió.

Dollie sentía cierta inquietud.

Por eso, después de dar tres pasos, se paró y dirigió la mirada en torno suyo. Una profunda decepción se pintó en sus infantiles rasgos. Tenía razón al decepcionarse, ya que Dog Town no le ofrecía nada.

Ante su almacén para rancheros se apilaban cajas vacías y restos de embalajes de todas clases, formando un estercolero casi mayor que el propio edificio. Las casuchas esparcidas por allí tenían un aspecto poco acogedor al

Página 267

contraluz de poniente. En primer plano, en el medio mismo de la calzada sembrada de latas de conservas vacías y desfondadas, que reflejaban, a ras del suelo, el último rayo de sol, una bandada de chiquillos desarrapados y medio desnudos chillaban de puro placer mientras lapidaban a quemarropa a dos cabras viejas atadas de las patas a un pilar, que se contorsionaban y hacían esfuerzos desesperados por desasirse y escapar de sus perseguidores.

Dollie buscaba, en vano, con la vista, un campanario, o algo parecido, que le indicase el emplazamiento de una iglesia, de una simple capilla o de alguna casa un poco más austera y respetable que aquellas cabañas ruinosas, donde un ministro de la religión pudiera celebrar la ceremonia del matrimonio; al no ver nada que ni de lejos recordase a Dios, ni un atrio, ni un porche, ni siquiera una simple cruz hecha con dos trazos de pintura sobre la pared de una granja, fue presa de una vaga angustia y sintió que se apoderaba de ella la incertidumbre y la duda.

¿Por qué Link no la había llevado directamente a su rancho, del cual le había hablado tanto: una gran casa blanca edificada en un bosquecillo de acacias, frente a un bello río…? En su pensamiento, Dollie volvió a ver, allá en el Sur, edificada bajo palmeras, la casita de su abuela que acababa de abandonar y donde habían transcurrido los años de su infancia y su vida joven. Desde la muerte de sus padres, víctimas de una epidemia de fiebre amarilla, había vivido allí. ¿Por qué había escuchado a Link?… Sentada en la terraza, bajo el claro de luna, turbada por la enervante atmósfera del perfume de los jazmines de Virginia, que se abrían a la noche, había dado oídos, cada vez con más complacencia, a sus tiernas proposiciones. Cuando Link iba a verla secretamente, le hacía grandiosas descripciones de su rancho; le hablaba con entusiasmo de sus caballos y de las innumerables cabezas de ganado que pastoreaban libremente en sus campos del lejano Oeste… ¿Cómo pudo creer aquellas bellas palabras? Ahora comprendía muy bien que nada era cierto. Pero Link le había prometido…

Un pesado suspiro hinchó el pecho de la joven.

… ¿Su Link un embustero?… Pero él iba a llevarla a su casa y llamar a un… No, no se había equivocado, era imposible… Link…

Absorta en sus pensamientos, Dollie no se dio cuenta de que Link Cawthorne había vuelto sobre sus pasos y estaba de pie detrás de ella, mirándola, silencioso y sarcástico, con una perversa expresión en sus ojos. Al volverse, Dollie tuvo un brusco sobresalto y sintió remordimientos de las dudas que la habían asaltado.

Página 268

—¡Oh, Link! —exclamó, enrojeciendo confusa—, ¡no sabía que estabas ahí!

—¿En qué pensabas, Doll? —preguntó él.

—¡Link, nunca, hasta ahora, me habías llamado Doll! —dijo, con la sonrisa en los labios, y añadió, zalamera—: Dime Link, tú me quieres ¿verdad?

—Te he preguntado en qué pensabas.

La sonrisa se borró de los labios de Dollie y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Le puso una mano en el hombro y se apretó contra él:

—Cariño, —confesó—, me sentía un poco decepcionada y estaba pensando…

Cawthorne la separó brutalmente y declaró:

—Pues es inútil que te pongas a pensar ahora. Te darás cuenta de la situación y muy pronto. ¡Anda, déjate de lloriqueos y ven!

Se volvió de espaldas y, sin más, echó a andar. Dollie, aturdida y estupefacta, le siguió mansamente.

Dejaron atrás la ciudad. Se alejaban. Sus sombras, desmesuradamente alargadas por los rayos de sol muy bajos en el crepúsculo, les precedían en la carretera, se mezclaban y separaban a ratos, se pisoteaban.

Dollie andaba.

Avanzaba sin pensar en nada y sin ver nada. La violencia de la conmoción la había insensibilizado, por así decirlo. No sufría. Había olvidado las duras palabras. Simplemente avanzaba, a trompicones, por el camino. Mil cosas confusas se entremezclaban en su espíritu. De pronto se dio cuenta de que, desde hacía un buen rato, su atención se concentraba solamente en los pequeños remolinos de polvo que se formaban bajo las botas de Link. ¡Qué cosa tan rara! ¿Los altos tacones curvados? No. Las largas espuelas estrelladas, al hundirse en el polvo de la carretera, levantaban a cada paso pequeñas espirales grises, que se desvanecían apenas formadas, a causa de la refrescante brisa del atardecer, procedente de las nevadas cumbres de la cordillera de los Greenhorns, allí a lo lejos, sobre la raya del horizonte, a millas y millas de distancia, al otro lado de la pradera.

Mientras tanto la noche había caído completamente y cuando Link Cawthorne se paró de pronto, Dollie se encontró ante un edificio alto y sombrío.

El viento, que entonces soplaba con más fuerza, balanceaba un letrero suspendido entre dos pilares, ante la casa.

Página 269

Dollie tardó mucho en poder descifrar la diabólica inscripción que se balanceaba sobre su cabeza y tuvo necesidad de leer y releer varias veces las letras rojas que, según los golpes de viento, le saltaban a la vista o, como Link Cawthorne, le volvía la espalda; no lograba llegar a comprender ni la presencia, ni el sentido, ni la importancia de aquellas trágicas palabras: «El Barril de Sangre».

Una mala música de baile —un clarinete, un violín y una corneta de pistones— salía, a intervalos, del interior de la casa, acompañada de ruido de pies que se arrastraban siguiendo el ritmo y de un estruendo de voces, gritos y aullidos.

Se abrió una puerta y la joven sintió que la cogían por la muñeca y la arrastraban al interior del saloon.

La puerta se cerró ruidosamente, detrás de Dollie.

En la sala, intensamente iluminada, las parejas giraban bajo las lámparas colgadas de las vigas del techo. El aire sobrecargado de la sala de baile era irrespirable. Olía a petróleo, a perfumes baratos, a serrín, a whisky, a cuero, a grasa de cordero, a sudor. A causa del humo de las pipas y de un polvillo que se levantaba del suelo, apenas podían verse las caras, estragadas e irritantes, idiotizadas o excitadas, de los hombres pesados y torpes a causa de sus botas, sus espuelas, los revólveres que les batían en las caderas, los grandes sombreros y las groseras camisas de colorines, que bailaban llevando entre sus brazos a mujeres, vestidas todas de forma muy parecida, con faldas cortas y brillantes que dejaban al descubierto las piernas, bien o mal formadas. Mujeres jóvenes o viejas, que se apretujaban, se bamboleaban, hacían muecas, se pasmaban por todo, lanzando pequeños grititos mimosos y que tenían también las caras parecidas, pintadas, embadurnadas, impúdicas.

El baile se paró cuando Cawthorne entró en la sala llevando a Dollie de la mano y le dio un empujón que la lanzó hacia la escalera que conducía al piso superior.

—¡Salud y buenas noches a todo el mundo! ¡Estoy encantado de volveros a ver! ¿Qué, os divertís, amigos y compañeros? ¡Estoy contento de haber vuelto! —exclamó Link Cawthorne, el patrón de «El Barril de Sangre».

Pero nadie le respondió y todas las miradas se dirigieron hacia la joven que permanecía, postrada, al pie de la escalera.

Hubiera podido oírse el vuelo de una mosca.

Página 270

Dollie Madison comprendió que todas las miradas convergían en ella. Entonces levantó la cabeza, se irguió y les hizo frente, porque era una muchacha orgullosa y no quiso demostrar ante aquella gentuza la vergüenza que la consumía.

Cawthorne, rabioso, se sintió palidecer. Aquel silencio con que le habían acogido le ofendió como una injuria mortal. Era para él una afrenta inimaginable, peor que un latigazo recibido en público: «¡Asquerosos!… ¡Ni uno solo me ha saludado!… ¡Me la pagarán los muy cerdos!…», se decía, fuera de sí. Veía rojo y su furor era tan grande que unos terribles estremecimientos le recorrían la espina dorsal.

—¡Anda, sube! —gritó colérico, agarrando a Dollie por el brazo y poniendo el pie en el primer escalón.

En aquel momento, una de las mujeres tuvo un acceso de rabia y se puso a gritar en medio del silencio que se había hecho intolerable y monstruoso:

—¡Ay, Dios mío, otra más!… ¡No está bien, chiquita, no está bien!… ¡nooo… noooo!…

—¡Eh, cállate estúpida, él te matará! —murmuró una sucia y vieja borracha sacudiendo a su camarada, que se debatía.

Cawthorne se volvió.

Contempló a la multitud. Su boca se contrajo. Sentía la necesidad de matar; no podía contenerse. Dejó a Dollie y avanzó, tres, cuatro pasos. Luego se paró. Buscaba a alguien con la mirada. Volvió a avanzar, empujando a la gente que le rodeaba. Con los hombros, rechazaba a los hombres y a las mujeres, daba codazos, pateaba los pies. Juraba. Necesitaba una víctima, una víctima escogida y no una de aquellas desgraciadas que rodeaban, aterrorizadas, a la histérica que había, gritado.

Cuando abrió «El Barril», Link Cawthorne dejó bien establecida su reputación, matando la primera noche a Bart Rhodes, un perdonavidas, fanfarrón y descreído, de su misma ralea. Durante una pelea a propósito de una mujer, lo dejó seco en el acto, de un balazo en el corazón. Aquella noche comprendió que debía dar un espectáculo sangriento para reafirmar su autoridad. ¡Él era el patrón, qué diablo! Debía imponerse más que nunca, o su casa se hundiría. Por eso, mientras avanzaba entre los bailarines, los bebedores y los jugadores, buscaba a un hombre y, si era posible, un hombre duro, para provocarlo. Los escudriñaba a todos, paseando la vista en redondo. Y su aspecto era tan terrible que se fue haciendo un vacío a su alrededor a medida que avanzaba.

Página 271

De pronto su mirada chocó con la de un hombre de gran talla que se hallaba en el bar, apoyado tranquilamente, con los brazos metidos entre el mostrador y la barra y que le observaba con aire desafiante, contemplándole tranquilamente, mientras se acercaba a él.

Cawthorne sintió como un chispazo eléctrico e inmediatamente su odio se concentró en aquel hombre. Conocía su reputación; se trataba de Jim Stanton, el gerente del rancho «101», el más grande de Colorado.

La elección estaba hecha, su cólera desbordaba. Link Cawthorne se dirigió hacia el hombre, pero, para gran estupefacción de los asistentes, Cawthorne se paró en seco en su camino. Tal vez por primera vez en su vida, se le vio vacilar a las claras. Una cobardía secreta acababa de deslizársele en el corazón y de darle un golpe bajo.

Era que, en lo profundo de su alma, y como cada uno de los espectadores, Link Cawthorne sabía bien que el hombre apoyado en el bar, que no se movía y que parecía reírse de él, desdeñarle, escondía, bajo su descuidada apariencia, una destreza de primer orden. Tirando a ojo, con el revólver apoyado en la cadera, Stanton hacía diana en cada tiro. Jim era el tirador más rápido de la pradera y célebre desde los pastos de Colorado hasta la frontera de Canadá.

Cuando Cawthorne soltó su brazo, Dollie Madison se volvió, asombrada, y le siguió con los ojos mientras atravesaba la barahúnda. Ella fue la primera en adivinar el terror intenso que hacía dudar a aquel gran cobarde. No le quitó la vista de encima y notó el tic nervioso que le torcía la boca y le crispaba la cara. Le vio luego encabritarse, empujar con los brazos a aquellos que le estorbaban el paso, cargar como un toro, pararse de pronto a un paso del desconocido y entonces le vio tender la mano a aquel hombre y le oyó decir:

—No le conocía, Jim Stanton, pero he oído hablar mucho de usted. Es un gran honor para mí tenerle en mi casa.

Jim Stanton, sin moverse en absoluto, con los brazos detrás de la barra, pero mirando fijamente, con sus claros y limpios ojos los furibundos de su interlocutor, le respondió, con la voz más tranquila del mundo:

—Cawthorne, yo jamás estrecho la mano de un individuo de su especie y siento haber venido esta noche a su baile. No me gustan los hombres que hacen trampas en el juego y que pervierten a las mujeres.

La sangre se le subió a la cabeza, sus bellos rasgos se contrajeron y

Cawthorne murmuró:

—¡Dios mío, Stanton, está usted loco! ¿Es que anda buscando pelea?

Página 272

—No, señor; no pensaba en ello. Pero si, por azar, quiere usted vengar su honor, tómese la molestia de coger ese bonito revólver que brilla bajo su levita y le saltaré la tapa de los sesos limpiamente.

Los hombros de Cawthorne se curvaron. No se atrevía a dar la cara; bajó los ojos.

—Creo, Mr. Stanton, que prefiero dejarme de historias esta noche. Estoy muy cansado; acabo de llegar de un viaje. Pero si usted…

—Como usted quiera, señor —le interrumpió Stanton.

Jim se enderezó y, deliberadamente, volvió la espalda a su adversario para pedir al barman otro whisky.

Cawthorne se batió en retirada. Se dirigió hacia Dollie lentamente. Todo el mundo le observaba; nadie osaba hablar a su paso. Al llegar a la escalera se llevó la mano al revólver pero la dejó caer de nuevo. Durante un buen rato, pareció dudar lo que iba a hacer. El silencio reinante le hería y se encogió de hombros. Por último levantó los ojos hasta Dollie y leyó en la cara de la joven, pálida y semejante a la de una muerta, la expresión del más profundo desprecio.

—¡Ven, tú! —le dijo, mientras la empujaba para hacerla subir al otro piso.

En el piso superior, Cawthorne abrió una puerta que daba a la escalera. Dollie se encontró en una pequeña habitación con Cawthorne, que había entrado detrás de ella.

La habitación estaba amueblada con una cama, una cómoda, una mecedora y un sofá desfondado. Sobre el lecho, clavados en la pared, había unos grabados, atestados de manchas de moscas, en los que aparecían bailarinas de saloon.

Cawthorne fue a colocarse delante de la cómoda, vació de un trago un vaso de agua y se puso a contemplar su capa en un espejo desportillado apoyado en la pared. Seguía muy pálido; su emoción estaba lejos de haber cedido. Jamás podría olvidar la afrenta que le habían inferido, la vejación que aquel puerco, aquel desgraciado, aquel maldito ladrón de ganado le había hecho sufrir. «… Que vaya con cuidado ese perro maldito; le arrancaré la piel a ese hijo de…», gruñía entre dientes, sintiendo que se despertaba su antiguo instinto de fiera. De pronto su cólera estalló sobre Dollie, silenciosa e inmóvil:

—No te quedes ahí, plantada como una botella vacía y no me mires como una imbécil. ¿Me oyes? ¡Anda, arregla tus cosas! ¡Guárdalas en esa cómoda!

Página 273

—Pero Link… Link… —Dollie hablaba haciendo un esfuerzo, ya que los sollozos la ahogaban—. ¡Yo no quiero quedarme aquí!

Cawthorne se echó a reír.

—¡Eh! —rugía—. ¡Eh! ¿Y qué crees tú que me importa eso, pobre tonta? Anda; que no tolero que me replique nadie. ¿Crees que porque ese cerdo de vaquero me haya dado en el hocico vas a desafiarme tú? ¡Vamos, muévete, si no quieres que te espabile!

Mientras hablaba, Cawthorne se quitó el cinturón y colocó su pesado revólver sobre la cómoda. Después se despojó de la levita y fue a sentarse a los pies de la cama, cuando oyó el clic de su arma; se levantó a la velocidad del rayo, recibió un disparo a bocajarro y sintió que la bala le atravesaba el cuerpo. Su cara se crispó. Una mancha roja, que iba creciendo rápidamente, empapó su bella camisa. Se llevó la mano izquierda al pecho, buscando un punto de apoyo…, por último se desplomó como una masa, de cara contra el suelo.

Inmediatamente empujaron la puerta desde fuera y la habitación se llenó de curiosos.

De pie, en medio de la habitación, impasible, teniendo aún en la mano, tan delicada, el gran revólver de culata de nácar, Dollie declaró:

—Me mintió; por eso le he matado…

Aquella sola y única explicación fue suficiente. No se hizo encuesta alguna. El veredicto fue unánime. Los curiosos que se habían arremolinado en el cuarto se constituyeron en jurado. Todos estuvieron de acuerdo en declarar, ante el cuerpo aún caliente de su seductor, que Miss Dollie Madison había obrado «en legítima defensa».

Despuntaba el alba.

Abajo, en la sala desierta, el encargado del bar, que había hecho el papel de presidente en el improvisado jurado, se afanaba detrás del mostrador. Preparaba una hilera de vasos destinados a los hombres que habían echado fuera el cuerpo de la víctima de la breve tragedia. Cuando Jim Stanton y algunos otros habituales del establecimiento volvieron a entrar por la puerta trasera, el encargado del bar les sirvió de beber e interpeló a Stanton con aire satisfecho:

—Vaya, Stanton, de modo que ahora tenemos otro patrón en «El Barril de Sangre»; y que es un patrón extraordinario, ¿eh? Me parece que la jovencita de allí arriba es aún más rápida que tú, ¿no crees? Y en vista de eso tienes que

Página 274

pagar, como multa, una ronda ¿hace? De una bala al corazón, la chica ha mandado a Link Cawthorne a los infiernos.

Página 275

Notas

Página 276

[1] Afluente del Norte. <<

Página 277

[2] Arroyo de la Serpiente de Cascabel. <<

Página 278

[3] Barra arenosa de Simpson. <<

Página 279

[4] Monte de la Meseta. <<

Página 280

[5] Colina de la Serpiente de Cascabel. <<

Página 281

[6] Monte rojo. <<

Página 282

[7] Hotel de Todas las Naciones. <<

Página 283

[8] Campamento aullador. <<

Página 284

[9] Sally la cheroky. Cheroky es una tribu del Este. <<

Página 285

[10] Pistola muy pequeña y de dos disparos. <<

Página 286

[11]Perro Rojo. <<

Página 287

[12]Man O’War. Navío de guerra en inglés. <<

Página 288

[13]Barrio popular de Londres. <<

Página 289

[14]Afluente del Norte. <<

Página 290

[15] Bar, barra arenosa que cierra un río. En California se establecían campamentos en las proximidades de estos lugares. Sandy es diminutivo de Alejandro. <<

Página 291

[16] Carlitos el Papagayo. <<

Página 292

[17]Perro Rojo. <<

Página 293

[18] Salón, o café, de las Arcadas. <<

Página 294

[19]Cañón del Oso Gris. <<

Página 295

[20] Arma y herramienta inventada por Jim Bowie, héroe de la independencia tejana. Su tamaño era mayor del normal en los cuchillos y tenía una amplia cruz en la empuñadura para impedir que la mano ge deslizara sobre la hoja.

<<

Página 296

[21] Charles Lynch, juez de paz de un condado de Virginia, estableció el principio, en el siglo XVIII, de que una multitud puede tomarse la justicia por su mano. De aquí surgió el término linchamiento. <<

Página 297

[22] Pregón de Perro Rojo. <<

Página 298

[23]Yacimiento de oro. <<

Página 299

[24]Alejandro. <<

Página 300

[25]Militar y hombre de Estado inglés, del siglo XVI, a quien llamaban el «hacedor de reyes». <<

Página 301

[26] Literalmente «grasientos», nombre dado a los mestizos de indio y mejicano. <<

Página 302

[27] Irlandeses. <<

Página 303

[28]«Cielo mío,» en alemán. <<

Página 304

[29] En aquella época, bono equivalía a pagaré. <<

Página 305

[30] Ciudad del lago Salado, capital del entonces territorio de Utah, hoy Estado. <<

Página 306

[31] Ciudad de Carson, capital del entonces territorio de Nevada, hoy Estado.

<<

Página 307

[32]El territorio de Utah. <<

Página 308

[33] Se llamaban indios blancos a los blancos que, aclimatados a vivir entre los pieles rojas, hacían causa común con ellos contra los colonos. <<

Página 309

[34] Los mormones daban ese apelativo de origen bíblico a quienes no compartían su religión. <<

Página 310

[35] Brigham Young, jefe de la religión mormona, después de la muerte de su fundador y profeta Joseph Smith. Fue quien les condujo a través del desierto y de la llanura, desde sus primeros establecimientos del Este a los actuales de Utah. <<

Página 311

[36]Cargo existente en la jurisprudencia anglosajona encargado de esclarecer las causas de las muertes. <<

Página 312

[37] Nombre despectivo que se da entre los anglosajones a los meridionales.

<<

Página 313

[38]En los equipos de pelota base, del que cada unidad del Ejército tenía uno, el tercera base, por ser el más alejado, debía ser quien tuviera más fuerza para lanzar la pelota y más tino para dar en el blanco. <<

Página 314

[39]Top Notch, «última Muesca». <<

Página 315

[40] Fiesta campestre donde se come carne asada al aire libre y sobre brasas.

<<

Página 316

[41] El capitán McNulty fue, efectivamente, uno de los reorganizadores de los Rurales de Tejas, concluida la guerra civil. Su actuación en aquel revuelto Estado fue tan eficaz que se ha convertido en uno de los héroes tejanos. <<

Página 317

[42] Yanqui, corrupción india de english, con la que se conocía a los primeros colonos de América. Cuando la Guerra de la Independencia, los ingleses dieron este calificativo a los colonos y durante la guerra civil se extendió a todos los del Norte. En América distingue a los habitantes de Nueva Inglaterra. <<

Página 318

[43]Unos 3 metros y 30 centímetros. <<

Página 319

[44]No se trata de la ciudad turca, sino de otra situada en la costa atlántica y de idéntico nombre. <<

Página 320

[45] Como puede verse, la información que sobre España tenía O’Henry era a través de las obras de Próspero Merimée. <<

Página 321

[46] Nombre despectivo que en U. S. A. dan a los hispanoamericanos. — (N. del T.) <<

Página 322

[47]Árbol americano de fruto venenoso. — (N. del T.) <<

Página 323

[48]Demasiado oro. <<

Página 324

[49]Todo oro. — (N. del T.) <<

[50] El autor, hombre de letras y explorador americano, visitó el territorio de Nuevo Méjico cuando aún pertenecía a la república azteca; este relato fue escrito hacia 1831. Faltaban casi 15 años para que los Estados Unidos lo anexionaran por la fuerza. Cuando el autor habla de españoles se refiere a mejicanos de raza blanca, para distinguirlos de los mestizos e indios. Hemos preferido conservar su léxico para que el relato no perdiera espontaneidad. <<

[51]Los Abiqulu. — (N. del A.) <<

[52]El príncipe Madoc, del País de Gales, se alejó de su patria hacia 1168, para no tomar parte en una guerra civil. Con una flota partió hacia el Oeste y al cabo de unos años regresó afirmando haber hallado un país próspero en el que había fundado una colonia. Zarpó con una nueva expedición y nada más se supo de él. Han querido encontrarse sus huellas entre los indios de los Estados Unidos. <<

[53]«Crazy Old» significa viejo chiflado. — (N. del T.) <<

[54] Bandera de los sudistas. No debe confundirse con Estrellas y Fajas, bandera de los del Norte, y actual de los Estados Unidos. <<

[55] Canción que se convirtió en una especie de himno sudista. — (N. del T.)

<<

[56]Oro Perdido. (N. del T.) <<

[57]Trampa Mortal. (N. del T.) <<

[58]Ciudad del perro. <<

[59] Estación de Ratón. <<

[60]Unos cincuenta kilos. <<

[61]Unos cien kilos. <<

[62] Corrupción de desesperado. Se daba este calificativo a quienes no reconocían otra ley que la suya, apoyada por las armas. <<


FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com