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Libro N° 14800. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. III. AA. VV.


© Libro N° 14800. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. III. AA. VV. Emancipación. Febrero 7 de 2026

 

Título Original: © Antología De Novelas Del Oeste. Vol. III. AA. VV.

 

Versión Original: © Antología De Novelas Del Oeste. Vol. III. AA. VV.

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

ANTOLOGÍA DE NOVELAS DEL OESTE

Vol. III

AA. VV.


Antología De Novelas Del Oeste 

Vol. III

AA. VV.

La revista norteamericana «The Saturday Evenin Post» ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años. Las dieciséis narraciones que contiene este volumen presentan sin duda, un estilo cuidado, y resultan de lectura fácil y amena. Lo que puedan tener en ocasiones de ingenuo, queda compensado por el colorido del ambiente y la gran fuerza de atracción que tiene todo tema de acción presentado con soltura. El asunto, la trama del episodio, que en ocasiones se repite, ya lo conocemos: la inevitable caravana que se adentra por tierra peligrosa, el no menos inevitable «saloon», el linchamiento injusto, las galopadas, las flechas que silban, los tiros, los puñetazos… y casi siempre girando todo ello alrededor del eterno tema sentimental. Tenemos narraciones —reducidas cada una a un solo episodio— con enorme poder de sugestión. Entre los autores seleccionados figuran Mark Twain y Jack London.

AA. VV.

Antología De Novelas Del Oeste Vol. III

Antología de novelas del Oeste - 3

ePub r1.0

Titivillus 09.10.2019

Título original: Antología de novelas del Oeste

AA. VV., 1963

Diseño de cubierta: Piolin

Editor digital: Titivillus

Coordinador de colección: Ignotus

ePub base r2.1

Índice de contenido

Una ingenua de las sierras. — Bret Harte La historia del californiano. — Mark Twain El hotel azul. — Stephen Crane

Una odisea del norte. — Jack London Pasó por aquí. — Eugene Manlowe Rhodes

La oficina de correos de Wolftail. — Frank B. Linderman Partida de guerra. — James Warner Bellah

La mujer del viejo Isbell. — H. L. Davis Carnada para Foothill. — Edwin K. Sloat Malcriar al muchacho. — Howard Fast Una cuestión de sangre. — Ernest Haycox Patrulla de exploradores. — Ernest Haycox

El viento y la nieve del invierno. — Walter van Tilburg Clark La llama de la frontera. — Dorothy Johnson El matador. — Steve Freeze

La boda. — Conrad Richter

Notas

UNA INGENUA DE LAS SIERRAS

BRET HARTE

TODOS contuvimos el aliento mientras la diligencia rodaba a través de la semioscuridad de Galloper’s Ridge[1]. El propio vehículo era una sombra apenas visible; sus luces laterales estaban cuidadosamente apagadas, y Yuba Bill había sacado cortésmente de los labios de un pasajero el puro que estaba fumando. Se había rumoreado que la banda de forajidos de Ramón Martínez nos estaba acechando y que después de localizar nuestras luces en el Galloper’s nos saldría al paso a campo abierto, en un terreno lleno de matorrales muy propicio para una emboscada. Si conseguíamos cruzar el Galloper’s sin ser vistos y pasar el matorral antes de que los bandidos llegasen a él, estábamos salvados. Si nos seguían, se produciría una dura caza, con

todas las desventajas a nuestro favor.

El pesado vehículo iba de un lado para otro, brincando, pero Bill mantenía su dominio como si, tal como susurró el encargado del correo, pudiera «sentir y oler» el camino que no podía ver. Sabíamos que a veces rodábamos peligrosamente cerca de los barrancos que de cuando en cuando se abrían a una profundidad de mil pies por debajo de nosotros, pero sabíamos que Bill también estaba enterado de ello. Las medio visibles cabezas de los caballos, mantenidas juntas por las tensas riendas, parecían rascar la oscuridad como una reja de arado sostenida por las rígidas manos de Bill. Incluso el golpeteo de los cascos de los seis caballos se había convertido en un sonido vago, monótono, lejano. Finalmente cruzamos el risco y nos sumergimos en la oscuridad todavía más negra del matorral. Teníamos la impresión de que no éramos nosotros los que avanzábamos, sino el fantasma de la noche el que salía a nuestro encuentro. Los caballos podían haber sido sumergidos en algún arroyo Leteo; por encima de ellos sólo se erguía el techo de la diligencia y la rígida mole de Yuba Bill. Sin embargo, incluso en aquel terrible momento nuestra velocidad siguió inalterable; era como si Bill no guiara, sino que se limitara a conducir, como si la dirección del pesado armatoste corriera a cargo

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de unas manos que no eran las suyas. Alguien aventuró la desoladora sugerencia de que podíamos «encontrar otra banda»; para sorpresa de todos, Bill no descartó aquella sugerencia; para asombro de todos replicó:

—No sería imposible…, aunque creo que el peligro mayor ha pasado ya…

No eran unas palabras muy alentadoras precisamente, pero nos sentimos aliviados…, ya que Bill había hablado. Casi inmediatamente el camino se hizo más ancho y más visible delante de nosotros; los árboles se fueron espaciando hasta que nos encontramos en la amplia llanura, fuera de peligro y al parecer sin que nadie nos persiguiera ni nos hubiera visto.

Sin embargo, en la conversación que se entabló de nuevo al ser encendidas otra vez las lámparas, y entre los comentarios, felicitaciones y parabienes que fueron intercambiados, Yuba Bill mantuvo un insatisfecho e incluso rencoroso silencio. Las alabanzas más generosas a su habilidad y a su valentía no obtuvieron ninguna respuesta.

—Supongo que el viejo se había hecho la ilusión de tomar parte en una buena pelea y ahora está decepcionado —dijo un pasajero.

Pero los que conocían íntimamente a Bill, y sabían que no era hombre amigo de pelear sin ton ni son, estaban más o menos preocupados y no le quitaban la vista de encima. Por espacio de cuatro o cinco minutos siguió conduciendo en la misma actitud rígida que había mantenido hasta entonces, aunque sus ojos permanecían igualmente vigilantes bajo el ancho sombrero. Luego, relajando su tensa actitud, dio paso a un gesto de impaciencia.

—Está usted preocupado por: algo, ¿verdad, Bill? —inquirió el encargado del correo en tono confidencial.

Bill alzó los ojos con una leve expresión de sorpresa.

—No estoy preocupado por lo que pueda venir. Lo que no sé exactamente es lo que ha ocurrido. No he visto ninguna señal de que la banda de Ramón se haya desentendido de esto, y no comprendo por qué no nos ha atacado.

—Creo que la explicación es sencilla —dijo uno de los pasajeros—. Nuestra argucia ha tenido éxito. Esperaban ver nuestras luces en el risco y, al no verlas, no se dieron cuenta de nuestra presencia hasta que habíamos pasado. Ésta es mi opinión.

—No apostaría usted nada en favor de esa opinión, ¿no es cierto? — preguntó Bill cortésmente.

—No, desde luego.

—En Frisco hay un periódico humorístico que paga bien esos chistes, y he visto algunos peores que el que acaba de hacer usted.

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—Vamos, Bill —replicó el pasajero, ligeramente molesto por las risitas de sus compañeros—. Entonces ¿por qué ha apagado usted las luces?

—Bueno —dijo Bill con una mueca—, debe de haber sido porque no quería que echasen ustedes a correr ante la primera sombra que creyeran haber visto moverse, provocando con ello una alarma general.

La explicación, aunque insatisfactoria, no era del todo improbable y creímos que lo mejor era aceptarla con una carcajada. Sin embargo, Bill volvió a asumir su abstraída expresión.

—¿Quién ha subido en Summit? —le preguntó bruscamente al encargado del correo.

—Derrick y Simpson, de Cold Spring, y uno de los muchachos del Excelsior —respondió el interpelado.

—Y aquella muchacha de Dow’s Fiat con sus bultos. No se olvide de ella —añadió irónicamente el pasajero que había hablado antes.

—¿Alguien de ustedes la conoce? —preguntó Bill, pasando por alto la ironía.

—Sería mejor que se lo preguntara usted al juez Thompson; se mostró muy atento con ella; le buscó un asiento junto a la ventanilla y se preocupó de colocar sus maletas y sus cosas.

—¿Le buscó un asiento junto a la ventanilla? —repitió Bill.

—Sí. La muchacha deseaba contemplar el paisaje y, no tenía miedo de que pudieran disparar.

—Sí —intervino un tercer pasajero—. Y el juez se mostró tan galante, que cuando la muchacha dejó caer su anillo encendió una cerilla y la ayudó a buscarlo hasta que lo encontraron. Y esto sucedió precisamente cuando estábamos cruzando el matorral. Lo vi todo a través de la ventanilla, ya que yo estaba en la parte de afuera con mi rifle preparado para entrar en acción. Y si la banda no nos vio y no la emprendió a tiros con nosotros no fue precisamente por culpa del juez Thompson.

Bill profirió un leve gruñido, pero siguió empuñando las riendas con mano firme y ni siquiera volvió la cabeza hacia el hombre que acababa de hablar.

Ahora nos encontrábamos a cosa de una milla de distancia de la casa de postas donde teníamos que cambiar de caballos. Las luces brillaban en la distancia, y en las colinas que se alzaban al Este una leve claridad anunciaba la proximidad del amanecer. De repente, de un camino que parecía correr paralelo al nuestro surgió un jinete. Todos los ocupantes de la diligencia nos sobresaltamos ligeramente; sólo Yuba Bill conservó la calma.

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—¡Hola! —dijo.

El desconocido se colocó a nuestro lado mientras Bill refrenaba la marcha de los caballos. El recién llegado parecía ser un acarreador de los que se dedican al transporte de mercancías.

—¿No te han asaltado en la Divisoria? —preguntó Bill alegremente.

—No —respondió el mulero con una sonrisa—. No llevo ningún tesoro.

Pero les he visto a ustedes cuando cruzaban el Galloper’s.

—¿Dice que nos vio? —inquirió Bill en tono de incredulidad—. Llevábamos las luces apagadas…

—Sí, pero vi brillar algo blanco, un pañuelo o un velo de mujer, que colgaba de la ventanilla. Era solamente un puntito blanco en medio de la oscuridad, pero pude verlo perfectamente. ¡Buenas noches!

Se apartó de nosotros y continuó su camino. Tratamos de mirarnos al rostro unos a otros y ver la expresión de Bill en la oscuridad, pero Bill no habló ni se movió hasta que soltó las riendas cuando la diligencia se detuvo ante la casa de postas. Los pasajeros descendieron rápidamente del techo; el encargado del correo iba a seguirles, pero Bill le cogió de la manga de su chaqueta.

—Voy a echarle una mirada a la diligencia y a los pasajeros antes de que nos marchemos.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que pasa?

—Bien —dijo Bill mientras se quitaba uno de sus enormes guantes—, cuando estábamos cruzando el matorral vi a un hombre, tal como le estoy viendo a usted ahora, que había estado acechando nuestra llegada. Pensé que era un miembro de la banda y que íbamos a ser atacados, pero el hombre retrocedió, hizo una señal y dejó que pasáramos de largo.

—¿Y bien?

—Esto significa que le dieron paso libre a la diligencia —dijo Bill. —¿Está usted seguro? Yo creo que hemos tenido mucha suerte,

sencillamente.

Bill se quitó el otro guante con la misma lentitud.

—Hace mucho tiempo que me juego la vida tres veces por semana en esta condenada línea —dijo con fingida humildad— y estoy dispuesto a aceptar y a agradecer la suerte cuando me es propicia. Pero —añadió sarcásticamente— cuando un maldito bandido me deja el paso libre y alguien lo atribuye a una providencia especial, no puedo aceptarlo. ¡No, señor, no puedo aceptarlo!

II

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Los pasajeros oyeron con encontradas emociones la noticia de que el autocrático Bill había ordenado un retraso de un cuarto de hora para repasar los ejes de la diligencia. Algunos estaban ansiosos por desayunar en Sugar Pine, en tanto que otros no parecían disgustados ante la idea de reemprender la marcha a la luz del día, que les garantizaba una mayor seguridad en el camino.

El encargado del correo, conociendo el verdadero motivo del retraso impuesto por Bill, no acertaba a comprender su objeto. Los pasajeros eran todos gente conocida; cualquier idea de complicidad con los bandidos era absurda e imposible, y, suponiendo que entre ellos se encontrara un cómplice de la banda, era más lógico suponer que hubiese tratado de favorecer un asalto en vez de evitarlo. Además, el descubrimiento de tal cómplice —al cual debía su salvación— y su detención hubieran estado en pugna con el californiano sentido de la justicia, y hubieran sido ilegales hasta cierto punto. Parecía evidente que el quijotesco sentido del honor de Bill le estaba llevando demasiado lejos.

La casa de postas consistía en un establo, un cobertizo para los carruajes y un edificio de tres habitaciones. La primera estaba ocupada por unos camastros para los empleados; la segunda era la cocina; y la tercera —la más amplia de todas— era una especie de comedor y se utilizaba como sala de espera para los pasajeros. En la casa de postas no se hacían paradas largas y por ello no había bar. Pero una misteriosa orden del omnipotente Bill hizo aparecer una damajuana de whisky, con la cual obsequió a los pasajeros. La influencia del licor desató la lengua del galante juez Thompson. Admitió que había encendido una cerilla para ayudar a la muchacha a encontrar su anillo, aunque al final se comprobó que había caído en su regazo. La muchacha era «una joven de aspecto saludable…, un verdadero ejemplar del Oeste; una auténtica flor de la pradera, caballeros…, pero tan sencilla y tan ingenua como un chiquillo». Se dirigía a Marysville, según creía el juez, «aunque ella esperaba encontrar amigos —un amigo, en realidad— más adelante». Era su primera visita a una gran ciudad —en realidad, a cualquier centro civilizado

— desde que cruzó las llanuras hacía tres años. Su infantil curiosidad resultaba impresionante, y su ingenuidad irresistible. En realidad, en un territorio cuya tendencia era la de producir «frivolidad y precocidad en las jóvenes, resultaba una persona muy interesante». En aquel momento, por ejemplo, se encontraba en el patio del establo viendo cómo enjaezaban a los caballos, «prefiriendo satisfacer una curiosidad muy saludable a escuchar los vacíos cumplidos de los pasajeros más jóvenes».

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La figura a la cual vio Bill satisfaciendo aquella curiosidad parecía justificar, efectivamente, la opinión del juez. Tenía aspecto de una muchacha campesina muy desarrollada, cuyos sinceros ojos grises y franca risa expresaban una absoluta gratitud por el don de la vida y de todo lo que la rodeaba. En aquel momento estaba contemplando el traslado de los equipajes. Cuando uno de sus propios paquetes fue lanzado al techo sin grandes miramientos, Bill aprovechó la oportunidad para decirle al mozo:

—¡Un poco de cuidado, amigo! No está usted manejando piedras… —Y, volviéndose hacia la muchacha, añadió—: ¿Alguna de sus cosas, señorita?

La muchacha asintió sonriendo, y Bill, apartando al mozo a un lado, cogió un enorme baúl y lo levantó. Por exceso de celo, o por otra causa cualquiera, su pie tropezó y Bill cayó pesadamente al suelo, arrastrando en su caída el baúl, que se abrió, dejando ver en su interior una gran cantidad de ropa interior femenina con muchos lazos y adornos, y al parecer de excelente calidad.

La joven lanzó un grito y se precipitó hacia adelante, pero Bill se deshizo en excusas, ató el baúl con una cuerda y declaró su intención de reclamar a la compañía para que le abonaran el importe del baúl. Luego acompañó a la muchacha hasta la puerta de la sala de espera, entró, buscó un lugar para ella junto al fuego, para lo cual se limitó a levantar por el cuello de la chaqueta al más joven de los pasajeros, y, después de haber instalado a la dama, apartó a otro hombre que estaba de pie delante de la chimenea, y colocando sus seis pies de estatura delante de la muchacha, sacó del bolsillo la lista de pasajeros.

—Se llama usted miss Mullins, ¿verdad? —preguntó.

La muchacha levantó la mirada, repentinamente consciente de que ella y su interrogador eran el centro de atención de los demás pasajeros, y, ruborizándose ligeramente, respondió:

—Sí.

—Bien, miss Mullins. Me gustaría hacerle un par de preguntas. Se las formularé directamente delante de todos. Podría hacerlo a solas…, pero no es mi estilo; no soy detective. No sería necesario hacer las preguntas, sino actuar como si conociera las respuestas, o también podría dejar que las preguntas las hicieran otros. No está obligada a contestar si no desea hacerlo. Tiene usted un buen amigo aquí —el juez Thompson—, de modo que no está usted desasistida en esta especie de jurado. Bien, la única pregunta que voy a hacerle es la siguiente: ¿Hizo usted alguna señal a alguien desde la diligencia cuando pasamos por el Galloper’s hace una hora?

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Todos pensamos que el valor y la audacia de Bill acababan de alcanzar su punto más alto. Acusar abierta y públicamente a una «dama» delante de un grupo de caballeros californianos, teniendo en cuenta además que la dama en cuestión poseía el atractivo de la juventud, de la belleza y de la inocencia, era un acto francamente desesperado. Se produjo un murmullo de evidente adhesión a la linda forastera, aunque lo inesperado del acto había dejado estupefactos a todos los presentes. El juez Thompson, con una blanda sonrisa de apaciguamiento, empezó a decir:

—Realmente, Bill, me parece que debo protestar en nombre de esta dama…

Pero la linda acusada, alzando los ojos hacia su acusador, para

consternación de todos, respondió con la leve pero convincente vacilación de

la sinceridad:

—La hice.

—¡Ejem! —se apresuró a intervenir el juez—. Sí…, es cierto… Sacó usted el pañuelo por la ventanilla… Pude verlo… casualmente…, pero usted no le dio ningún significado especial.

La muchacha, mirando a su defensor con una extraña mezcla de orgullo y de impaciencia, replicó secamente:

—Hice una señal.

—¿A quién hizo usted la señal? —preguntó Bill.

—Al joven caballero con quien voy a casarme.

Se oyó una exclamación proferida por las gargantas de los pasajeros más jóvenes, reprimida inmediatamente por una furiosa mirada de Bill.

—¿Qué significado tenía aquella señal?

—Indicarle que yo estaba aquí y que no había novedad —contestó la muchacha, que no parecía intimidada en lo más mínimo.

—¿Que no había novedad? —repitió Bill.

—En efecto. Significaba que no me había seguido nadie y que podía reunirse conmigo en el camino que hay detrás de la casa de postas de Cass’s Ridge —vaciló unos instantes y luego, con expresión orgullosa, a la cual iba mezclada una buena dosis de juvenil desafío, añadió—: Me he escapado de casa para casarme con él. ¡Y voy a hacerlo! Nadie podrá impedirlo. A mi padre no le gusta mi novio porque es pobre, y a mi padre le gusta el dinero. Mi padre quería casarme con un hombre al cual odio y que me regaló un montón de vestidos y de cosas para deslumbrarme.

—Y usted se las ha llevado en su baúl cuando se ha fugado para casarse con otro, ¿no es cierto? —dijo Bill.

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—Sí, ya le he dicho que es pobre —replicó la muchacha en tono de reto.

—Entonces, ¿su padre se llama Mullins? —preguntó Bill.

—No se llama Mullins. Fue… fue el primer nombre que se me ocurrió.

—¿Cómo se llama su padre?

—Eli Hemmings.

Una sonrisa de alivio apareció en los rostros de los oyentes. La fama de Eli o «Skinner»[2] Hemmings, como hombre mísero y usurero, había traspasado incluso los límites del Galloper’s Ridge.

—El paso que va usted a dar, miss Mullins, es de una extraordinaria gravedad, como no necesito decirle —dijo el juez Thompson con cierto aire paternal, en el cual, sin embargo, nos alegramos de descubrir una evidente afectación—. Y espero que usted y su novio lo habrán meditado bien. Lejos de mi ánimo el tratar de inmiscuirme en los problemas amorosos de dos jóvenes, pero… ¿puedo preguntarle si conoce bien al joven caballero por el cual está usted sacrificándose hasta ese punto? Por ejemplo, ¿cuánto tiempo hace que le conoce?

Miss Mullins, que había acogido con cierta prevención el comienzo de ese exordio, sonrió con alivio y dijo rápidamente:

—Hace casi un año.

—Y —dijo el juez con una sonrisa—, ¿en qué se ocupa? ¿Tiene algún negocio?

—¡Oh, sí! Es recolector.

—¿Recolector?

—Sí, recolecta facturas, ya sabe, dinero —contestó la muchacha con infantil avidez—. No para él… Él no tiene nunca dinero, pobre Charley…, sino para su empresa. Es un trabajo muy pesado, ¿sabe? Le tiene ocupado día y noche, por malos caminos y con mal tiempo. A veces, cuando venía al rancho a verme, apenas podía mantenerse en la silla, de cansado que estaba. Y es un trabajo peligroso también. A veces la gente no quiere pagar dé buen grado, y en cierta ocasión le pegaron un tiro en el brazo y tuve que ayudarle. Pero a él no le importa. Es muy valiente…, tan valiente como bueno.

—Y ¿en qué empresa trabaja? —preguntó amablemente el juez.

—No lo sé con exactitud… Charley no me lo ha dicho nunca; pero creo que es una empresa española. Verán —nos incluyó a todos en la inocente sonrisa que acompañó a sus palabras—, lo único que sé lo descubrí a través de una carta que encontré en el bolsillo de Charley, y que le había enviado su empresa, diciéndole que debía ponerse inmediatamente en camino; la firmaba un tal Martínez…, sí, Ramón Martínez.

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En el mortal silencio que siguió —un silencio tan profundo que pudimos oír los caballos piafar impacientes en el distante establo—, uno de los muchachos del «Excelsior» estalló en una histérica carcajada, pero la fiera mirada de Yuba Bill cayó sobre él anonadándole. La joven, sin embargo, no se dio cuenta de nada. Con encantadora franqueza continuó diciendo:

—Sí, es un trabajo muy pesado, pero él dice que lo hace todo por mí y que en cuanto estemos casados cambiará de profesión. Podía haberlo dejado antes, pero no quería aceptar ningún dinero mío, aunque le he dicho mil veces que lo obtendría de mi padre. No es de esa clase de hombres. Mi Charley, aunque pobre, es muy orgulloso. El dinero que mamá me dejó está en el banco y yo podía haberlo sacado —tenía perfecto derecho a hacerlo—, y habérselo entregado a Charley, pero no quiso ni oír hablar de ello. Si supiera la verdad no aceptaría tampoco ninguna de las cosas que llevo. De modo que se ve obligado a cabalgar de un lado para otro, adelgazando cada día más, y siempre preocupado por su negocio, y viéndose obligado a marcharse repentinamente cuando venía a verme, y diciéndome: «Ahora tengo que marcharme, Polly, pero por duro que sea mi trabajo no me olvido nunca de ti…». Y debió cabalgar millas y millas para llegar al matorral al pie del Galloper’s y ver si todo iba bien, y yo tenía que hacerle la señal aunque me hubiese costado la vida. Eso es todo lo que sé de Charley… y por eso me he escapado de casa…, y no me importa que se entere todo el mundo. Lo único que siento es no haberlo hecho antes, y lo hubiera hecho… si… si… si él me lo hubiera pedido.

La muchacha se interrumpió, jadeando. En su rostro se reflejaron claramente todas las emociones de un corazón juvenil. Y… ¡y entonces empezó a llover!

Creo que este simple hecho completó nuestra absoluta desmoralización. Sonreímos débilmente, mirándonos el uno al otro, con aquella presunción de superioridad masculina, la cual tiene plena consciencia de su desamparo en tales momentos. Miramos a través de la ventana, nos aclaramos la garganta y murmuramos: «¿Eh?», y «¿Qué?», y «Yo diría…», y quedamos grandemente aliviados, aunque aparentemente sorprendidos, cuando Yuba Bill, que había vuelto la espalda a la muchacha y estaba removiendo los troncos del hogar con el pie, se dirigió súbitamente hacia el exterior, indicándonos con una seña que le siguiéramos y dejando a miss Mullins sola. Luego habló aparte con el juez Thompson durante unos instantes; a continuación, acercándose de nuevo a nosotros, nos ordenó autoritariamente que no hiciéramos ningún comentario delante de miss Mullins acerca de lo que ella nos había contado, volvió a

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entrar en la casa de postas, reapareció con la joven, trepó al pescante y la diligencia se puso en marcha.

—Entonces, ¿cree usted que la muchacha no sabe a qué se dedica realmente su novio? —preguntó el encargado del correo.

—Desde luego.

—¿Está usted seguro de que es un miembro de la banda?

—No puedo estar completamente seguro de eso. Puede tratarse de un joven que actúe con la banda de un modo esporádico, sin pertenecer a ella de un modo fijo… A raíz del asalto de que fue objeto Keeley se dijo que uno de los atacantes resultó herido en un brazo, y esto coincidiría con lo que nos ha contado la chica.

—Pero ¿qué es lo que piensa usted hacer?

—Eso depende del individuo que venga a reunirse con ella.

—¿Y tratará usted de echarle mano? Eso sería jugarles una mala pasada. —¡No se precipite, Jimmy! El juez y yo decidiremos acerca de la catadura

moral de ese joven bandido en cuanto aparezca para llevarse a la chica, y le interrogaremos debidamente. Si reconoce que ha cometido una mala acción y se muestra arrepentido, casaremos a la pareja en la próxima casa de postas y el propio juez llevará a cabo la ceremonia.

—Pero ¿no supondrá usted que vendrá a ponerse en la boca del lobo sin más ni más?

—Polly le hará una seña indicándole que no hay novedad.

—¡Ah! —dijo el encargado del correo.

De todos modos, en aquellos breves instantes los hombres parecían haber cambiado de estado de ánimo. El encargado del correo miró dudosamente, críticamente e incluso cínicamente, delante de él. El rostro de Bill se había relajado, y algo parecido a una leve sonrisa flotaba en él mientras conducía la diligencia con mano segura.

El día, despejado y radiante en las cumbres de las montañas que nos rodeaban, era todavía nebuloso e incierto en los valles por los cuales se deslizaba la diligencia. En las cabañas brillaban aún las luces nocturnas, lo mismo que en los escasos ranchos desperdigados por aquel terreno. Y las sombras eran aún más espesas cuando llegamos a unos matorrales, y el juez Thompson le hizo una seña a Yuba Bill, el cual empezó a refrenar la marcha de los caballos hasta que la diligencia se detuvo cerca de un cruce de caminos. Inmediatamente miss Mullins descendió de la diligencia y, agitando la mano en un saludo de despedida al juez que le había ayudado a bajar del vehículo, desapareció en la semioscuridad. Ante nuestra sorpresa, la diligencia esperó,

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sin que Bill soltara las riendas. Pasaron cinco minutos…, una eternidad de expectación en medio de un impresionante silencio, que quedó roto por una voz desconocida procedente del camino:

—¡Sigan! ¡Nosotros iremos detrás!

La diligencia se puso en marcha. De pronto oímos el sonido de otras ruedas detrás de nosotros. Alargamos nuestros cuellos tratando de ver algo, pero lo único que conseguimos averiguar fue que éramos seguidos por un pequeño buggy con dos personas montadas en él. ¡Evidentemente, Polly Mullins y su novio! Teníamos la esperanza de que pasarían delante de nosotros. Pero el vehículo, aunque tirado por un caballo rápido, conservaba siempre la misma distancia y no cabía duda de que su conductor no sentía el menor deseo de satisfacer nuestra curiosidad. El encargado del correo recurrió a Bill.

—¿Es ese el hombre que usted pensaba? —preguntó.

—Creo que sí.

—Pero —continuó el encargado del correo, volviendo a su anterior escepticismo— ¿cómo es que se mantienen pegados a nosotros?

—El equipaje de la muchacha.

—¡Oh! —exclamó el encargado del correo.

—Sí —continuó Bill—. No soltaremos el equipaje de la chica hasta que este asunto quede liquidado y se hayan casado como tiene que ser. Y, lo que es más, joven —añadió mirando fijamente a su interlocutor—, usted se encargará de llevar los baúles de la muchacha a través de Sacramento con las etiquetas de su compañía y les entregará un recibo para que los recojan allí, en contacto con hombres blancos y con la civilización. Esto creo que le quitará al joven las ganas de volver a reunirse con la banda. Cuando su anciano abuelo o, para decirlo más claramente, este viejo bebedor de whisky conocido por Yuba Bill toma un asunto entre sus manos, no descuida un solo detalle.

Cuando la casa de postas de Sugar Pine, a la distancia de un tiro de rifle en la llanura, y claramente visible a la luz creciente del día, se alzó delante de nosotros, el buggy aumentó bruscamente su velocidad y pasó por nuestro lado con tanta rapidez que apenas pudimos distinguir los rostros de sus ocupantes. El ligero vehículo no tardó en tomarnos medio centenar de yardas de ventaja, de modo que cuando la diligencia se detuvo ante la puerta de la casa de postas los dos jóvenes ya habían desaparecido en su interior. Era evidente que habían decidido eludir nuestra curiosidad y lo habían conseguido.

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Pero el apetito de los pasajeros, agudizado por el aire matutino de la montaña, fue más fuerte que su curiosidad, y, como la campana avisando para el desayuno sonó en el preciso instante en que la diligencia se detuvo, la mayoría corrió hacia el comedor sin prestar atención a la joven pareja ni al juez y a Yuba Bill, que también habían desaparecido. Por otra parte, la diligencia a Marysville y Sacramento estaba esperando, ya que Sugar Pine era el límite del trayecto de Bill, y la diligencia en la cual habíamos llegado no seguía adelante. Sin embargo, al cabo de veinte minutos aproximadamente se oyó un fuerte rumor de voces en el vestíbulo y en la veranda, y Yuba Bill y el juez reaparecieron. El juez le daba el brazo a miss Mullins, en tanto que Yuba Bill llevaba afectuosamente cogido por el hombro al joven del buggy. Todos nos precipitamos a la ventana para ver al misterioso desconocido y probablemente exbandolero cuya vida estaba ahora atada a la de nuestra linda pasajera. Temo, sin embargo, que todos experimentamos cierta decepción y cierta duda. El joven, de aspecto vigoroso, era guapo e incluso tenía un aire de distinción. No obstante, su expresión medio avergonzada, medio desafiante, no resultaba demasiado agradable, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un recién casado… y con una esposa como Polly Mullins. Pero el sincero, alegre e inocente rostro de la muchacha, resplandeciente de confianza y de felicidad, ablandó nuestros corazones y nos hizo olvidar el aspecto del joven. Agitamos nuestras manos despidiendo a la pareja; y creo que hubiésemos proferido los tres hurras de rigor si el omnipotente ojo de Yuba Bill no nos hubiese fulminado. Hicimos bien, ya que casi inmediatamente fuimos llamados a la presencia de aquel autócrata de corazón blando.

Le encontramos en compañía del juez en una de las habitaciones de la casa de postas, de pie junto a una mesa sobre la cual había una botella y varios vasos. Cuando hubimos entrado en la habitación y la puerta se hubo cerrado detrás de nosotros, Yuba Bill nos envolvió en una mirada de benévola tolerancia.

—Caballeros —dijo lentamente—, esta mañana han asistido ustedes al comienzo de un pequeño juego, y el juez, aquí presente, cree que deben ustedes conocer también el final. Personalmente, opino que no les importa a ustedes nada, por así decirlo; pero ya que el juez se ha empeñado en que participen ustedes del secreto, les he llamado para que echen un trago a la salud de mister y mistress Charley Byng, los cuales acaban de contraer matrimonio. Lo que ustedes saben o lo que sospechan del joven que se ha casado con miss Mullins no le importa un bledo a nadie, pero el señor juez opina que deben ustedes dar su palabra de que no hablarán del asunto con

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nadie. Ésta es su opinión. En cuanto a mi propia opinión, caballeros — continuó Bill con gran dulzura y una aparente cordialidad—, deseo simplemente poner de manifiesto, de un modo general, que si me entero de que algún cabeza de chorlito, lengualarga, trata de airear su opinión…

—Un momento, Bill —le interrumpió el juez Thompson con una grave sonrisa—. Déjeme explicar. Todos ustedes, caballeros —dijo, dirigiéndose a nosotros—, comprenden la singular y delicada situación que el buen corazón de nuestro amigo ha sabido manejar de modo que tuviera lo que esperamos sea un final feliz. En mi calidad de juez, puedo asegurarles que lo que les pide ahora no está en contradicción con ninguno de los principios por los cuales se rige un buen ciudadano amante de la ley. Deseo decirles también que no poseemos ninguna prueba legal de los antecedentes delictivos de mister Charles Byng, a excepción del inocente relato de una muchacha, que al convertirse en su esposa ha quedado incapacitada para prestar testimonio contra él. En resumen, ningún juez podría acusar, ningún jurado podrá condenar a mister Charles Byng con tales pruebas. Si añado que la joven es mayor de edad, que no existen pruebas de que haya actuado influida por otras personas y que he sentido una gran satisfacción como magistrado al celebrar el enlace, creo que no tendrán ustedes inconveniente en dar su palabra para la seguridad de la esposa y en beber un trago a la salud de la pareja.

No necesito decir que lo hicimos alegremente y que incluso llegamos a arrancarle a Bill un gruñido de satisfacción. Sin embargo, la mayoría de los pasajeros debían continuar viaje a Sacramento, y mientras les acompañábamos a la veranda pudimos ver que los baúles de miss Polly Mullins habían sido trasladados ya al otro vehículo, bajo los protectores sellos y etiquetas de la todopoderosa empresa Express Company. Luego, el látigo chasqueó en el aire, la diligencia se puso en marcha y las últimas huellas de la feliz pareja desaparecieron envueltas en el polvo que levantaban las ruedas del carruaje.

Yuba Bill parecía sentirse extraordinariamente satisfecho por el agradable final del episodio. Cómodamente recostado en una silla, en el centro del bar ahora desierto, se mostraba más locuaz que de costumbre con el encargado del correo.

—Mire, joven —dijo con aire soñador—, cuando el viejo tío Bill toma entre manos un trabajo como este, lo deja resuelto, y bien resuelto. Sin embargo, tengo que confesar que hubo un momento en que pensé que iba a fracasar. Fue cuando le comunicamos a ese bribón que tenía que contarle a la chica la clase de pájaro que era. Si Polly hubiera caído histérica o si se

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hubiese echado atrás de su propósito, le hubiésemos concedido cinco minutos para desaparecer de nuestra vista y de la de la muchacha, y hubiésemos devuelto la chica a casa de su padre. Pero contó la verdad, y ella se echó a llorar en su regazo, y luego empezó a reír y a gritar y a decir que nada podría separarles. De modo que los casamos a toda prisa. Después de todo, bastante castigo ha tenido con la vida que se ha visto obligado a llevar, durmiendo al raso la mayor parte de las noches y galopando como un condenado… Me parece que el valle se ha librado de un miembro de la banda de Ramón Martínez.

—¿Quién está hablando de la banda de Ramón Martínez? —inquirió una voz potente.

Bill se volvió rápidamente. Era la voz del superintendente de la Express Company —un hombre de carácter decidido y uno de los pocos a los cuales el autocrático Bill reconocía como igual—, que acababa de entrar en el bar. Su polvorienta chaqueta y el sombrero blando que llevaba indicaban que había llegado en visita de inspección.

—No te preocupes, me serviré yo mismo —anunció, en respuesta al gesto de invitación de Bill, echando a andar hacia el mostrador—. Bien, ¿qué estabas diciendo acerca de la banda de Ramón Martínez? No le habrás metido mano a uno de esos bandidos, ¿verdad?

—No —respondió Bill, parpadeando ligeramente, mientras alzaba de modo ostentoso el vaso para mirarlo al trasluz.

—Ni le verás el pelo a ninguno de ellos —añadió el superintendente, sorbiendo lentamente su licor—. La verdad es que la banda se enfrenta con muchas dificultades. No para dar un golpe de cuando en cuando, sino para disponer del producto de sus robos. Desde que hemos cursado las nuevas instrucciones a los agentes de nuestra compañía, en el sentido de que revisen cuidadosamente todos los paquetes confiados a ellos, los bandidos no pueden trasladar su botín a un sitio donde puedan gozarlo. El oro que robaron en la Excelsior, por ejemplo, puede ser identificado con tanta facilidad como si estuviera marcado con el sello de la compañía. No pueden transportarlo por sí mismos; no pueden dárselo a otras personas para que lo transporten; ni pueden embarcarlo en Marysville ni en San Francisco, ya que no se lo admitirían sin nuestro certificado y nuestros sellos; y nosotros no admitimos en nuestras líneas ningún equipaje que no haya sido revisado por nuestros agentes. ¿No es así, Jimmy? —inquirió, dirigiéndose al encargado del correo.

Posiblemente lo inesperado de la pregunta hizo que al encargado del correo se le atragantara el whisky que estaba bebiendo. Dejó el vaso sobre

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una mesa con mano temblorosa y murmuró: —Sí…, desde luego…, evidentemente…

—No, señor —continuó el superintendente en tono alegre—, no tienen la cosa fácil. Y la mejor prueba de ello es que últimamente han tenido que dedicarse a robar equipajes de viajeros. El otro día, en Lower Fiat, había un carro cargado de maletas y baúles, la mayoría de los cuales desaparecieron. Precisamente me han encargado de localizar el equipaje de una recién casada, muy rica, que se quedó sin ajuar. Es una tarea difícil, pero no imposible…

El encargado del correo se volvió ansiosamente hacia Bill, el cual, después de beberse de un trago el whisky que quedaba en su vaso, se puso en pie y se acercó a una de las ventanas. Luego empezó a quitarse lentamente uno de sus enormes guantes.

—¿No ha conocido por casualidad a un tal «Skinner» Hemmings? — preguntó finalmente con voz ligeramente enronquecida.

—Sí.

—¿Y a su hija?

—No tiene ninguna hija.

—¿Una muchacha de aspecto inocente, muy ingenua? —insistió Bill, con el rostro amarillento, una calma mortal y una satánica decisión.

—No. Ya le he dicho que no tiene ninguna hija. El viejo Hemmings es un empedernido solterón. Es demasiado avaro para decidirse a mantener a una esposa.

—¿Y conoce usted por casualidad a alguno de los miembros de la banda? —continuó Bill, dispuesto a llegar hasta el fin.

—Sí. Les conozco a todos. French Pete, Cherokee Bob, Kanaka Joe, One-eyed Stillson, Softy Brown, Spanish Jack y dos o tres greasers[3].

—¿Y no ha conocido a un hombre llamado Charley Bing? —No —respondió el superintendente con aire de cansancio.

—¿Un joven moreno, de ojos negros y un bigote rizado? —continuó Bill tercamente.

—No. Mira, Bill, tengo un poco de prisa…, pero supongo que deseas gastarme la broma de costumbre antes de que nos separemos. ¿No es eso? Bueno, vamos a ver de qué se trata esta vez, Bill.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Bill con repentina brusquedad. —Vamos, no te hagas el tonto. Lo sabes perfectamente. Me estás dando la

descripción, con pelos y señales, del propio Ramón Martínez en persona. ¡Ja, ja! No, Bill, esta vez no me cogerás… Eres muy listo, pero te repito que esta vez no vas a cogerme.

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Empezó a marcharse, sonriendo con socarronería. Bill volvió hacia el encargado del correo un rostro de piedra. Repentinamente, en sus ojos apareció una expresión divertida. Se inclinó sobre el joven y murmuró:

—Pero lo conseguí, después de todo…

—¿Cómo?

—¡Está atado para siempre a aquel diablillo con faldas!

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LA HISTORIA DEL CALIFORNIANO

MARK TWAIN

HACE treinta y cinco años[4] me encontraba en el Stanislaus, manejando el pico y la pala todo el santo día, limpiando una enorme cantidad de arena fangosa aquí y allá siempre esperando encontrar un rico filón y no consiguiéndolo nunca. Era una región encantadora, llena de bosques, balsámica, deliciosa, y había sido muy populosa, hacía muchos años, aunque ahora la gente se había desvanecido y el hermoso paraíso estaba solitario. La gente se marchó cuando se agotaron los filones. En un determinado lugar, donde se había alzado una ciudad pequeña pero bulliciosa, con Bancos, periódicos, compañías de seguros y hasta un alcalde, reinaba ahora una espantosa soledad. Todo estaba cubierto por la hierba de color esmeralda, y no había la más leve huella de que en una época no demasiado lejana el hombre estuvo allí presente. El lugar se encontraba río abajo, hacia Tuttletown[5]. Y por aquellos contornos, a lo largo de polvorientos caminos, se encontraban a intervalos casitas de aspecto muy agradable, cubiertas de parras y de rosales hasta el punto de que puertas y ventanas quedaban ocultas a la vista: señal de que aquellos hogares habían sido abandonados hacía años por familias fracasadas y desengañadas, que no pudieron vender su casa ni llevársela a otra parte. De cuando en cuando, separadas por media hora de camino, aparecían unas grandes cabañas, edificadas en los primeros tiempos de la avalancha minera por los buscadores de oro, predecesores de los constructores de casitas. A veces, muy pocas, desde luego, aquellas cabañas estaban todavía ocupadas, y cuando esto ocurría podía asegurarse que el ocupante era el mismo pionero que la había edificado. También podía asegurarse otra cosa: que estaba allí porque tuvo la oportunidad de marcharse enriquecido de aquella región y no lo hizo; en vez de eso había perdido su fortuna, y en su amargura había decidido cortar toda comunicación con parientes y amigos, prefiriendo que le dieran por muerto a que lo supieran fracasado. En la California de aquellos días había una legión de esos muertos-

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vivos, con el pelo completamente blanco a los cuarenta años, cuyos pensamientos secretos estaban hechos de pesar, por sus vidas perdidas, y del anhelo de apartarse de la lucha.

¡Era una tierra solitaria! Ni un sonido en todas aquellas apacibles extensiones de hierba y de bosques, aparte del zumbido de los insectos; ningún hombre, ningún animal a la vista; nada que contribuyera a elevar el espíritu y a infundir la alegría de estar vivo. Por eso, al final, a la caída de la tarde, cuando le eché la vista encima a un ser humano, experimenté un gran júbilo. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, y estaba de pie ante la verja de una de aquellas casitas a las cuales me he referido. La casita en cuestión, sin embargo, no tenía aspecto de hallarse deshabitada; por el contrario, parecía que su ocupante la cuidaba con un cariño especial. Bastaba con mirar el jardín de la parte delantera, un jardín lleno de flores, alegre, resplandeciente… El hombre me invitó a pasar, desde luego, diciéndome que estaba en mi casa: era la costumbre del país.

Resultaba delicioso encontrarse en un lugar como aquel después de haber pasado largas semanas en diurna y nocturna familiaridad con las cabañas de los mineros, con todo lo que ello supone de suelos sucios, camas sin hacer, platos y tazas de estaño, tocino, alubias y café, y fotografías de la guerra[6] recortadas de revistas ilustradas como único adorno de las paredes. Todo aquello era rudo, desagradable, desolado, pero aquí había un nido en el cual podían descansar el cuerpo y la mente. Nunca hubiera imaginado que una modesta alfombra consiguiera despertar en mí tal sensación de comodidad; ni que las mil chucherías que la mano de una mujer distribuye en un hogar lograse infundir en mi alma tan agradables impresiones. El placer que experimentó mi corazón debió reflejarse en mi rostro, y el hombre se dio cuenta de ello y quedó complacido; lo vio tan claramente, que me contestó como si yo le hubiese hablado.

—Todo lo hizo ella —dijo en tono soñador—. Lo hizo todo con sus propias manos.

Dirigió una mirada cargada de afecto a su alrededor. Una mirada en la cual se reflejaba el orgullo más sincero. Luego me acompañó a un dormitorio para que pudiera lavarme las manos. Hacía muchos años que no había visto un dormitorio como aquel: paredes empapeladas, cuadros, tocador con espejo, cepillos y peines, almohadas blancas, suelo alfombrado… Y en un rincón un lavamanos, con una jarra y una palangana de auténtica porcelana, con una pastilla de jabón en un plato del mismo material, y una jarra limpia y blanca en el colgador, una toalla demasiado limpia y demasiado blanca para que

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pudiera utilizarse sin experimentar un vago sentimiento de profanación. Mi rostro habló otra vez, y el hombre contestó con palabras agradecidas:

—Lo hizo todo ella. Lo hizo todo con sus propias manos. No hay nada aquí que no conserve la impresión de sus manos. Pero, no debo hablar tanto… Yo me estaba secando y miraba a mi alrededor con la curiosidad de todo el que se encuentra en un lugar nuevo, y todo lo que ve es un descanso para

sus ojos y para su espíritu. Y adquirí consciencia, de un modo inexplicable, de que en aquella casa había algo que el hombre deseaba que yo descubriera por mí mismo. Lo sabía perfectamente, y sabía también que estaba tratando de ayudarme por medio de furtivas indicaciones con la vista. De modo que me esforcé en descubrirlo, mirando atentamente a una y otra parte. Al final, mis esfuerzos quedaron recompensados. Supe que era «aquello», por el placer que emanó del hombre en invisibles oleadas. Se echó a reír, con una risa feliz, se frotó las manos y exclamó:

—¡Eso es! Lo ha encontrado usted. Sabía que lo encontraría. Es su retrato. Me acerqué al retrato colgado de la pared, y vi el semblante de muchacha más encantador que había visto hasta entonces… o al menos eso me pareció en aquel momento. El hombre leyó la admiración en mi rostro y quedó

satisfecho, por completo.

—Cumplió diecinueve hace poco —me explico—. Esa fotografía fue tomada el día que nos casamos. Cuando la vea… ¡Oh! Espere a verla…

—¿Dónde está? ¿Cuándo vendrá?

—Ahora no está aquí. Se marchó a visitar a su familia. Viven a cuarenta o cincuenta millas de aquí. Se marchó hace dos semanas.

—¿Cuándo espera que regrese?

—Estamos a miércoles… Regresará el sábado, por la noche, a eso de las nueve.

Experimente una especie de decepción.

—Lo siento, pero el sábado ya no estaré aquí.

—¿No estará aquí? ¿Por qué tiene que marcharse? Ella va a sentirse defraudada.

¿Defraudada… aquella hermosa criatura? Si aquellas palabras hubiesen sido pronunciadas por los propios labios de la muchacha, no creo que me hubiesen impresionado más. Experimentaba un profundo deseo de verla… un deseo tan intenso, tan insistente, que llegó a asustarme. Me dije a mí mismo: «Tienes que marcharte inmediatamente de aquí, si quieres conservar la paz de tu alma».

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—Verá, a ella le gusta tener a alguien en casa… alguien que sepa cosas y pueda contarlas… alguien como usted. Siempre está de conversación, igual que un pájaro, y ha leído muchos libros. Quedaría usted asombrado si supiera los libros que ha leído. No se marche; sólo tendrá que esperar un par de días, y ella quedaría muy decepcionada.

Oía las palabras, pero apenas comprendía su significado, sumido como estaba en mis propios pensamientos. Al cabo de un instante, me di cuenta de que el hombre había descolgado el retrato de la pared y lo ponía ante mis ojos, diciendo:

—Vamos, dígale a ella, cara a cara, que pudo usted quedarse para verla y que no quiso hacerlo.

Aquella segunda mirada al retrato acabó con todos mis buenos propósitos.

Me quedaría, para aceptar el riesgo.

Aquella noche fumamos la pipa de la paz y hablamos hasta muy tarde de muchas cosas, pero especialmente de ella; y, desde luego, hacía muchísimo tiempo que no pasaba una velada tan agradable. Llegó el jueves y se deslizó con la misma agradable placidez. Al atardecer, se presentó un minero —uno de aquellos envejecidos pioneros de los cuales ya he hablado—, y nos saludó calurosamente. Luego inquirió:

—Me he dejado caer por aquí por si había alguna noticia de la señora. ¿Cuándo estará de regreso? ¿Hay alguna noticia?

—¡Oh, sí! Una carta. ¿Te gustaría oír lo que dice, Tom?

—Desde luego, me gustaría mucho oírla, si a ti no te importa, Henry. Henry sacó la carta de un bolsillo de su chaleco y dijo que pasaría por alto

algunas frases de carácter íntimo. Luego empezó a leer: una carta encantadora, serena, con una posdata llena de cariñosos recuerdos y mensajes para Tom, y Joe, Charley, y otros amigos y vecinos.

Cuando Henry terminó la lectura, miró a Tom y exclamó:

—¡Oh! ¡Ya vuelves a las andadas! Quita las manos de ahí y déjame ver tus ojos… Siempre haces lo mismo cuando leo una carta suya. Cuando le escriba se lo contaré.

—No, Henry, no lo hagas. Me estoy haciendo viejo, ¿sabes? Y la más pequeña emoción me llena los ojos de lágrimas. Además, esperaba encontrarla aquí, y sólo he podido oír lo que dice en su carta…

—Pero ¿quién demonios te ha metido esa idea en la cabeza? Creí que todo el mundo sabía que no regresaría hasta el sábado…

—¿Hasta el sábado? Sí, claro que sí. No sé lo que me pasa últimamente. Claro que lo sabía. Bueno, ahora tengo que marcharme. Pero estaré por aquí

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cuando ella llegue.

El viernes, a última hora de la tarde, llegó otro veterano que tenía su cabaña a una milla de la casa aproximadamente, y dijo que los muchachos deseaban celebrar una pequeña fiesta el sábado por la noche, si Henry creía que ella no se sentiría demasiado cansada después del largo viaje.

—¿Cansada? ¿Ella, cansada? ¡Oh! Sabes perfectamente, Joe, que estaría en pie seis semanas seguidas para complacer a cualquiera de vosotros.

Cuando Joe se enteró de que había una carta, quiso oír su lectura, y quedó tan impresionado como Tom. Y, como Tom, dijo que se estaba haciendo viejo y que las emociones le afectaban mucho.

—¡La echamos tanto de menos! —dijo.

El sábado por la tarde me sorprendí a mí mismo consultando mi reloj con mucha frecuencia. Henry se dio cuenta de ello y me dijo, con una expresión de sorpresa:

—No creerá usted que pueda llegar tan pronto, ¿verdad?

Me sentí atrapado y un poco desconcertado; pero, me eché a reír, y expliqué, que tenía la costumbre de mirar el reloj cuando me encontraba en un estado de expectación. Pero él no pareció completamente satisfecho; y a partir de aquel momento su actitud se hizo menos natural. Cuatro veces me llevó a una elevación del terreno desde la cual se divisaba una amplia extensión del camino; permanecía allí de pie, mirando, protegiéndose los ojos con la mano. Y me dijo varias veces:

—Estoy preocupado, francamente preocupado. Sé que no tiene que llegar hasta las nueve, pero una especie de presentimiento me dice que le ha sucedido alguna cosa. Usted no cree que le haya sucedido nada, ¿verdad?

Empecé a sentirme avergonzado de él por su infantilismo; y, al final, cuando me repitió aquella implorante pregunta por enésima vez, perdí la paciencia y le hablé casi brutalmente. Quedó tan anonadado, pareció tan dolorido y tan humillado después de aquello, que me odié a mí mismo por haberme portado de un modo tan innecesariamente cruel. Y me alegré mucho cuando Charley, otro veterano, llegó al filo del anochecer y le pidió a Henry que le leyera la carta, y habló de los preparativos que habían hecho para darle la bienvenida a ella. Charley habló incansablemente, haciendo todo lo que estaba en su mano para disipar los temores y las aprensiones de su amigo.

—¿Qué puede haberle ocurrido? No dices más que tonterías, Henry. Vamos, alegra ese ánimo. ¿Qué dice la carta? Que está bien, ¿no es cierto? Y dice que estará aquí el sábado, a las nueve de la noche, ¿no? ¿Ha faltado nunca a su palabra? Sabes perfectamente que no. Por lo tanto, puedes estar

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completamente seguro de que esta noche, a las nueve, estará aquí. ¡Alegra esa cara, muchacho!

No tardaron en llegar Tom y Joe, cargados de flores que repartieron por la casa. A eso de las nueve, los tres mineros dijeron que iban a afinar sus instrumentos, para que los muchachos y las muchachas que no tardarían en llegar no tuvieran que esperar ni un momento para iniciar el baile. Un violín, un banjo y un clarinete: esos eran los instrumentos. El trío se instaló en las sillas preparadas al efecto y empezó a interpretar una alegre melodía, marcando el compás con sus grandes botas.

Eran casi las nueve. Henry estaba en la puerta de la casa, contemplando ansiosamente el camino. Repetidas veces le habían obligado a beber a la salud de su esposa y Tom gritó una vez más:

—¡Las manos quietas, muchachos! ¡Vamos a echar otro trago, y la tendremos aquí!

Joe colocó los vasos en una bandeja y sirvió la ronda. Fui a coger uno de los vasos, pero Joe me susurró en voz baja:

—¡No, ese no! ¡El otro!

Así lo hice. El vaso que yo había elegido fue destinado a Henry. Apenas hubo apurado su contenido, cuando el reloj empezó a dar las nueve. Henry se quedó escuchando hasta que el reloj dejó de sonar. Su rostro estaba cada vez más pálido. Finalmente, dijo:

—Muchachos, me siento terriblemente mal. Ayudadme, por favor… quiero tumbarme un poco.

Le ayudaron a tumbarse en el sofá. Quedó completamente inmóvil, como amodorrado, pero de súbito preguntó como si hablase en sueño:

—¿No son caballos eso que se oye? ¿Ha llegado ya?

Uno de los veteranos contestó, muy cerca de su oído:

—Es Jimmy Parish que ha venido a decirnos que la fiesta se ha retrasado un poco. Dentro de media hora estará todo listo.

—No le ha sucedido nada, ¿verdad? ¡Cuanto me alegro, Dios mío! Estaba dormido casi antes de que las últimas palabras hubieran salido de

sus labios. Inmediatamente, los tres mineros le cogieron en brazos y le trasladaron a la cama del dormitorio donde yo me había lavado las manos. Cerraron la puerta y salieron de la habitación. Parecían dispuestos a marcharse. Yo les advertí:

—Por favor, caballeros, no se marchen. Ella no me conoce. Soy un forastero.

Se miraron el uno al otro. Finalmente, Joe comentó:

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—¿Ella? ¡Pobrecilla! ¡Murió hace diecinueve años!

—¿Cómo?

—Sí. Se marchó a visitar a su familia medio año después de su boda y cuando regresaba, un sábado por la noche, los indios la capturaron a cinco millas de aquí y nada ha vuelto a saberse de ella.

—¿Y por eso él perdió la razón?

—Completamente. Pero sólo se le manifiesta la locura en esta época del año. Entonces nos dejamos caer por aquí, tres días antes de la fecha del aniversario, para animarle un poco, preguntándole si ha tenido noticias de ella, y el sábado nos presentamos con flores y con los instrumentos para el baile. Lo hemos estado haciendo durante diecinueve años. El primer sábado éramos veintisiete, sin contar a las muchachas; ahora quedamos solamente tres, y todas las muchachas se han marchado. Le emborrachamos hasta que se queda dormido como un tronco, ya que de no hacerlo así su locura sería peligrosa; y se queda tranquilo por espacio de otro año. Cuando falten tres o cuatro días para el aniversario, volveremos aquí a pedirle que nos lea la carta… ¡Era una muchacha realmente encantadora!

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EL HOTEL AZUL

STEPHEN CRANE

I

EL Palace Hotel, de Fort Romper, estaba pintado de color azul turquesa, un tono que se encuentra en las patas de cierta especie de garza, y que es la causa de que este animal sea localizado contra cualquier fondo. El Palace

Hotel, en consecuencia, resultaba la mar de chillón y hacía que el deslumbrante paisaje invernal de Nebraska pareciera una grisácea marisma. Se erguía solitario en medio de la pradera, y cuando empezaba a nevar, la ciudad situada a doscientas yardas de distancia no resultaba visible. Pero cuando el viajero se apeaba en la estación del ferrocarril, estaba obligado a pasar por delante del Palace Hotel antes de que pudiera llegar al grupo de casitas de madera que constituían Fort Romper, y no cabía ni pensar que cualquier viajero pudiera pasar por delante del Palace Hotel sin mirarlo. Pat Scully, el propietario, había demostrado grandes cualidades de estratega al escoger la pintura. Es cierto que en los días claros, cuando los grandes expresos transcontinentales, las largas hileras de oscilantes coches-cama, cruzaban ante Fort Camper, los pasajeros quedaban subyugados por el espectáculo, y los que conocían los pardo-rojizos y las subdivisiones de los oscuros verdes del Este expresaban con una carcajada de vergüenza, su compasión o su horror. Pero, para los ciudadanos de este pueblo de la pradera y para las personas que tenían que detenerse allí, Pat Scully había realizado una proeza. Con esta opulencia y esplendor, los credos, clases y egotismos que pasaban día tras día a través de Romper sobre los raíles no tenían ningún colorido en común.

Como si el espectáculo de un hotel azul no fuera suficientemente atractivo, Scully tenía la costumbre de acudir cada mañana y cada atardecer a recibir a los trenes que se detenían en Romper, para ejercer su poder de

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reducción sobre cualquier hombre con aire de despistado que quedara en el andén, maleta en mano.

Cierta mañana, cuando una locomotora cubierta de nieve hubo arrastrado su larga hilera de vagones de mercancías y el único de pasajeros hasta la estación de Romper, Scully realizó la hazaña de capturar a tres hombres. Uno de ellos era un destartalado sueco de ojos inquietos, cargado con una gran maleta de material barato; otro era un vaquero alto y bronceado, que se dirigía a un rancho situado cerca de la divisoria de Dakota; el otro era un silencioso hombre del Este, que no lo parecía, y que no lo anunció. Scully los hizo prácticamente prisioneros. Se mostró tan activo, y tan amable, que aquellos hombres pensaron, probablemente, que tratar de escapar sería el colmo de la brutalidad. Echaron a andar por las crujientes aceras de tablas en pos del vehemente y pequeño irlandés. Scully llevaba un gorro de pieles muy apretado en la cabeza. Esto hacía que sus dos rojas orejas quedaran dobladas hacia los costados, muy tiesas, como si estuvieran hechas de estaño.

Al final, Scully, rebuscadamente, con bulliciosa hospitalidad, consiguió que los tres hombres cruzasen las puertas del hotel azul. La estancia en la cual entraron era pequeña. Parecía ser simplemente un templo adecuado para una enorme estufa, la cual, en el centro, rugía con deífica violencia. En diversos puntos de su superficie, el hierro se había hecho luminoso y brillaba con tonalidades amarillentas a causa del calor. Al lado de la estufa, el hijo de Scully, Johnny, estaba jugando a cartas con un viejo granjero de patillas grises y rojizas a la vez. Se estaban peleando. De vez en cuando, el viejo granjero volvía el rostro hacia una caja de serrín —de color parduzco a causa del jugo de tabaco acumulado sobre él— que estaba detrás de la estufa, y escupía con un aire de gran impaciencia e irritación. Con un florido repertorio de epítetos, Scully interrumpió la partida y envió a su hijo escaleras arriba con una parte del equipaje de los nuevos huéspedes. El mismo les acompañó a tres palanganas que contenían el agua más fría del mundo. El vaquero y el Occidental chapuzaron valientemente sus rostros en aquella agua, hasta que sus rostros quedaron enrojecidos y relucientes. El sueco, en cambio, se limitó a mojarse prudentemente las puntas de los dedos. Resultaba curioso que a través de aquella serie de pequeñas ceremonias los tres viajeros recibieran la impresión de que Scully era muy benévolo. Les estaba concediendo grandes favores. Tendió la toalla de uno a otro con un aire de impulso filantrópico.

Más tarde, regresaron a la primera estancia, y, sentados en torno a la estufa, oyeron las oficiosas reconvenciones que Scully dirigía a sus hijas, las cuales estaban preparando el almuerzo. Reflexionaron al modo silencioso de

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los hombres experimentados que se mueven cuidadosamente entre gentes nuevas para ellos. No obstante, el viejo granjero, estacionario, inamovible en su silla cerca de la parte más caliente de la estufa, se desentendía de vez en cuando de la caja de serrín y dirigía una frase convencional a los forasteros. El vaquero y el Occidental solían darle breves aunque adecuadas respuestas. El sueco no decía nada. Parecía estar ocupado en estudiar furtivamente a cada uno de los hombres que se encontraban en la estancia. Hubiera podido creerse que experimentaba la sensación de improcedente suspicacia que deriva de la culpabilidad. Parecía un hombre terriblemente asustado.

Más tarde, a la hora del almuerzo, habló un poco, dirigiéndose únicamente a Scully. Explicó que había llegado de Nueva York, donde por espacio de diez años había trabajado como sastre. Aquellos hechos parecieron fascinar a Scully, el cual explicó a su vez que había vivido en Romper durante catorce años. El sueco se interesó por las cosechas y por los salarios que pagaban a los obreros. Pero no pareció prestar atención a las minuciosas respuestas de Scully. Sus ojos seguían vagando de uno a otro hombre.

Finalmente, con una carcajada y un guiño, dijo que algunas de aquellas comunidades del Oeste eran muy peligrosas; y después de su afirmación, extendió las piernas debajo de la mesa, ladeó la cabeza y estalló en otra carcajada, más fuerte que la anterior. Se hizo evidente que la demostración carecía de significado para los demás. Se lo quedaron mirando con aire de extrañeza y en silencio.

II

Mientras los hombres regresaban a la habitación que daba a la calle, las dos pequeñas ventanas ofrecían el espectáculo de un encrespado mar de nieve. Los enormes brazos del viento realizaban tentativas —vigorosas, circulares, inútiles— para abrazar a los copos a medida que caían. Scully anunció campechanamente la presencia de una cellisca. Los huéspedes del hotel azul, encendiendo sus pipas asintieron con gruñidos de perezosa satisfacción masculina. Ninguna isla del mar podía ofrecer tanta seguridad como esta pequeña estancia, con su rugiente estufa. Johnnie, el hijo de Scully, en un tono que definía su opinión de su habilidad como jugador de cartas, desafió al viejo granjero de patillas a la vez grises y rojizas a una partida de High-Five. El granjero aceptó el reto con una desdeñosa y amarga risita. Se sentaron junto a la estufa y metieron sus rodillas debajo de un ancho tablero. El vaquero y el Occidental contemplaron el juego con interés. El sueco se

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quedó cerca de la ventana, apartado, pero con un semblante que mostraba síntomas de una inexplicable excitación.

La partida entre Johnnie y el viejo granjero quedó repentinamente interrumpida por otra discusión. El anciano se puso en pie, dirigiendo una mirada de helado desprecio a su adversario. Se abrochó lentamente la chaqueta, y a continuación salió de la estancia con increíble dignidad. En medio del discreto silencio de todos los demás, se oyó la risa del sueco. Una risa algo infantil. Los hombres habían empezado ya a mirarle con expresión de extrañeza, como si se preguntaran qué mosca le había picado.

Inmediatamente se formó una nueva partida. El vaquero accedió a jugar de compañero con Johnnie, y luego se volvieron todos hacia el sueco para preguntarle si quería probar suerte formando pareja con el pequeño Occidental. El sueco hizo algunas preguntas acerca del juego, y, tras enterarse de que era conocido con varios nombres, y de que lo había jugado bajo uno de sus apodos, aceptó la invitación. Se acercó a los hombres nerviosamente, como si temiera ser asaltado. Finalmente, se sentó, contempló uno a uno los rostros que le rodeaban y se echó a reír estridentemente. Su risa fue tan extraña, que el Occidental levantó la mirada rápidamente, el vaquero se quedó con la boca abierta y Johnnie dejó de barajar las cartas, sosteniéndolas entre sus inmóviles dedos.

A continuación, se produjo un breve silencio. Luego, Johnnie dijo:

—Bueno, vamos a ello. Empecemos.

Arrastraron las sillas hacia adelante hasta que sus rodillas quedaron debajo del tablero. Empezaron la partida, y su interés por el juego hizo que los otros olvidaran la extraña conducta del sueco.

El vaquero era de los que golpean la mesa al jugar. Cada vez que tenía una buena jugada dejaba caer las cartas, una a una, con terrible fuerza, sobre la improvisada mesa, y recogía las bazas con un aire de suficiencia y de orgullo que provocaba escalofríos de indignación en los corazones de sus adversarios. Una partida con un jugador de los que golpean la mesa tiene que resultar forzosamente emocionante. Los semblantes del Occidental y del sueco aparecían desolados cada vez que el vaquero dejaba caer sus ases y reyes, en tanto que Johnnie, con los ojos brillantes de alegría, cloqueaba y cloqueaba.

Debido a lo absorbente del juego, ninguno prestaba atención al sueco. Su interés estaba concentrado en la partida. Finalmente, durante un momento de calma que procedió a un nuevo reparto de cartas, el sueco se dirigió bruscamente a Johnnie:

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—Supongo que en esta habitación habrán matado a muchos hombres.

Todos se lo quedaron mirando con la boca abierta.

—¿De qué diablos está usted hablando? —inquirió Johnnie.

El sueco dejó oír de nuevo su estridente risa, que sonaba a la vez a falso valor y a desafío.

—¡Oh! Sabes perfectamente lo que quiero decir —respondió.

—Que me cuelguen si lo sé —protestó Johnnie. El juego quedó interrumpido, y los hombres miraron fijamente al sueco. Johnnie pensó, evidentemente, que como hijo del propietario debía hacer una pregunta directa—. ¿A qué se refiere usted concretamente, mister? —preguntó.

El sueco le hizo un guiño. Fue un guiño lleno de astucia. Sus dedos repiquetearon sobre el tablero.

—¡Oh! ¿Crees que no he estado en ninguna parte? ¿Crees acaso que soy un novato?

—No sé nada acerca de usted —respondió Johnnie—, y no me importa donde haya podido estar. Lo único que digo es que no sé de qué está usted hablando. En esta habitación no han matado nunca a nadie.

El vaquero que había estado mirando fijamente al sueco, intervino entonces:

—¿Qué es lo que le pasa, mister?

Por su aspecto se hubiera dicho que el sueco estaba terriblemente amenazado. Se echó a temblar, y su rostro se puso tan pálido como el de un cadáver. Envió una suplicante mirada en dirección al pequeño Occidental. Durante aquellos momentos, no se olvidó de fingir un valor que estaba muy lejos de sentir.

—Dicen que no saben lo que quiero decir —observó burlonamente, dirigiéndose al otro.

Tras una prolongada y prudente meditación, el Occidental respondió:

—No le comprendo a usted.

El sueco hizo un movimiento queriendo indicar que había encontrado traición en el único lugar en que había esperado simpatía, si no ayuda.

—¡Oh! Ya veo que están todos contra mí. Ya veo…

El vaquero se hallaba en un estado de profunda estupefacción.

—¡Oiga! —gritó, dando un violento puñetazo sobre el tablero—. ¿Qué demonios le pasa?

El sueco pegó un salto con la rapidez de un hombre que acaba de ver una serpiente a sus pies.

—¡No quiero luchar! —chilló—. ¡No quiero luchar!

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El vaquero estiró sus largas piernas indolente y deliberadamente. Tenía las manos en los bolsillos. Escupió en dirección a la caja de serrín.

—Bueno, ¿quién ha hablado aquí de luchar? —inquirió.

El sueco retrocedió rápidamente hacia un rincón de la estancia. Tenía las manos cruzadas protectoramente sobre el pecho, pero estaba realizando un evidente esfuerzo para dominar su pánico.

—Caballeros —murmuró con voz temblorosa—, supongo que van a asesinarme antes de que pueda dejar esta casa…

En sus ojos había la mirada del cisne moribundo. A través de las ventanas podía verse la nieve volviéndose azul a la sombra del ocaso. El viento chocaba contra la casa, y algún objeto suelto golpeaba a intervalos regulares los maderos, como un duende que solicitara entrada.

Se abrió una puerta y apareció Scully. Se detuvo, sorprendido, al notar la trágica actitud del sueco. Luego dijo:

—¿Qué es lo que pasa aquí?

El sueco respondió ávidamente:

—Esos hombres van a matarme.

—¡Matarle! —exclamó Scully—. ¡Matarle! ¿Qué está usted diciendo? El sueco hizo el gesto de un mártir.

Scully se acercó a su hijo con expresión torva.

—¿Qué es todo esto, Johnnie?

La expresión del muchacho no tenía nada que envidiar a la de su padre. —Que me cuelguen si lo entiendo —respondió—. No sé de qué está

hablando. —Empezó a barajar las cartas—. Dice que en esta habitación han matado a muchos hombres, o algo así. Y que también a él van a matarle aquí. No sé qué le pasa. Está loco, seguramente.

Scully se volvió hacia el vaquero, en demanda de una explicación, pero el vaquero se limitó a encogerse de hombros.

—¿Matarle a usted? —le preguntó Scully al sueco—. ¿Matarle a usted? Vamos, no diga tonterías.

—¡Oh! Lo sé —gimió el sueco—. Sé lo que ocurrirá. Sí, estoy loco… sí. Sí, desde luego, estoy loco… sí. Pero sé una cosa… —Su rostro estaba sudoroso, aterrorizado—. Sé que no saldré vivo de aquí.

El vaquero aspiró una profunda bocanada de aire, como si su mente estuviera pasando por las últimas fases de la disolución.

Scully se enfrentó repentinamente con su hijo.

—¡Has estado molestando a este hombre!

Johnnie reaccionó vivamente ante la injusticia que se cometía con él.

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—¡Te juro que no le he hecho nada!

El sueco intervino.

—Caballeros —dijo—, no se lo tomen así. Me iré de esta casa. Me iré, porque… —acusó dramáticamente a todos los hombres con la mirada— porque no quiero que me asesinen.

Scully estaba furioso con su hijo.

—¿Me dirás lo que pasa, maldito demonio? ¿Qué es lo que pasa? ¡Habla! —¡Ésta si que es buena! —exclamó Johnnie, desesperado—. ¿No te he dicho que no lo sé? Dice… dice que queremos matarle, y eso es todo lo que

sé. No puedo decir lo que le pasa.

El sueco seguía repitiendo:

—No importa, mister Scully, no importa. Me iré de esta casa. Me iré, porque no quiero que me asesinen. Sí, desde luego, estoy loco… sí. Pero sé una cosa. Me iré de esta casa. No importa, mister Scully, no importa. Me iré.

—Usted no se irá —dijo el hotelero—. Usted no se irá hasta que yo me entere de lo que pasa. Si alguien le ha molestado, yo me encargaré de él. Ésta es mi casa. Usted está bajo mi techo, y no permitiré que ningún hombre pacífico sea molestado aquí.

Dirigió una terrible mirada a Johnnie, al vaquero y al Occidental.

—No importa, mister Scully, no importa. Me iré. No quiero que me asesinen.

El sueco avanzó hacia la puerta que se abría a la escalera interior. Era evidente que se proponía subir en busca de su equipaje.

—¡No, no! —gritó Scully en tono perentorio; pero el hombre de rostro pálido no le hizo caso y desapareció—. Ahora —dijo Scully severamente—, díganme: ¿quién ha sido el culpable de todo esto?

Johnnie y el vaquero gritaron a la vez:

—¡Nosotros no le hemos hecho nada!

Los ojos de Scully estaban fríos.

—¿No? —dijo—. ¿No han sido ustedes?

Johnnie soltó un taco.

—Es la cosa más estúpida que he visto en mi vida —dijo—. No le hemos hecho absolutamente nada. Estábamos sentados, jugando a cartas, y de repente…

El padre se volvió bruscamente hacia el Occidental.

—Mister Blanc —dijo—, ¿qué es lo que han estado haciendo estos muchachos?

El Occidental reflexionó largamente.

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—No he visto que hicieran nada malo —terminó por decir, lentamente.

Scully empezaba a perder la paciencia.

—Pero ¿qué ha pasado? —Miró ferozmente a su hijo—. Luego ajustaremos cuentas tú y yo.

—Bueno, ¿qué es lo que he hecho? —le preguntó por enésima vez a su padre.

III

—Por lo visto se han vuelto todos mudos —dijo Scully finalmente a su hijo, al vaquero y al Occidental; y tras pronunciar la sarcástica frase salió de la estancia.

Arriba, el sueco estaba abrochando apresuradamente las correas de su enorme maleta. En un momento determinado, quedó de espaldas a la puerta, y, oyendo un ruido allí, pegó un salto, lanzando un grito. El arrugado rostro de Scully se crispó a la luz del farol que llevaba en la mano. La amarillenta claridad del farol, proyectada hacia arriba, iluminaba solamente sus prominentes facciones, dejando a sus ojos, por ejemplo, en una misteriosa sombra. Parecía un asesino.

—¡Vamos, vamos! —exclamó—. ¿Se ha vuelto usted loco?

—¡Oh, no! ¡Oh, no! —replicó el sueco—. Hay personas en este mundo que saben casi tanto como usted… ¿Comprende?

Por un instante se quedaron en pie, mirándose uno a otro. En las mejillas mortalmente pálidas del sueco había dos manchas de color carmesí de perfiles limpiamente recortados, como si hubieran sido pintadas. Scully dejó el farol sobre la mesa y se sentó en el borde de la cama. Habló reflexivamente.

—Desde luego, nunca oí una cosa igual en toda mi vida. Esto es un lío que no hay quien lo entienda. Y no llego a comprender cómo se le ha metido esa idea en la cabeza. —De pronto alzó la mirada y preguntó—: ¿De verdad creyó usted que iban a matarle?

El sueco contempló fijamente al anciano, como si deseara leer su pensamiento.

—Completamente seguro —respondió finalmente.

Era evidente que sospechaba que esta respuesta podía precipitar la explosión. Mientras apretaba una de las correas de la maleta, su brazo temblaba como una hoja de papel.

Scully dio una impresionante palmada sobre la cabecera de la cama.

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—Mire, míster, la próxima primavera tendremos una línea de tranvías eléctricos en esta ciudad.

—Una línea de tranvías eléctricos —repitió el sueco, estúpidamente.

—Y van a construir una nueva línea de ferrocarril desde Broken Arm hasta aquí. Y no hablemos de las cuatro iglesias y de la gran escuela, toda de ladrillo. Luego tenemos también una gran fábrica. En un par de años, Romper se convertirá en una me-tro-pol-i.

Habiendo terminado la preparación de su equipaje, el sueco pareció recobrar el dominio de sí mismo.

—Mister Scully —dijo, con repentina audacia—, ¿cuánto le debo? —No me debe usted nada —dijo el anciano, furiosamente. —Sí, tengo que pagarle a usted —replicó el sueco.

Sacó setenta y cinco centavos de su bolsillo y se los tendió de Scully; pero el anciano se apartó con un gesto de indignado desdén. Sin embargo, los dos hombres se quedaron mirando de un modo muy extraño las tres monedas de plata que el sueco tenía en la palma de la mano.

—No aceptaré su dinero —dijo Scully finalmente—. Después de lo que ha pasado, no lo aceptaré. —Súbitamente, se le ocurrió una idea—. ¡Un momento! —gritó, cogiendo su farol y dirigiéndose hacia la puerta—. ¡Un momento! Venga conmigo.

—No —dijo el sueco con creciente alarma.

—Sí —apremió el anciano—. ¡Vamos! Quiero que vea un retrato… sólo tenemos que cruzar el vestíbulo… en mi habitación.

El sueco debió llegar a la conclusión de que había sonado su última hora. Su rostro palideció todavía más y sus dientes castañetearon ruidosamente. Por último se decidió a seguir a Scully a lo largo del pasillo, pero andaba arrastrando los pies como si los llevara cargados de cadenas.

Scully levantó la luz de modo que iluminara un trozo de la pared de su habitación. En el recuadro de luz apareció una ridícula fotografía de una niña. Estaba apoyada contra una balaustrada de un brillante decorado, y tenía recogido el pelo en lo alto de la cabeza, en un moño descomunal. La figura era tan graciosa como una estaca de trineo colocada en posición vertical, y, además, tenía un color plomizo.

—Mire —dijo Scully con ternura—, este es el retrato de mi hijita que murió. Se llamaba Carrie. Tenía el pelo más bonito del mundo. La quería con locura, la…

Al volverse vio que el sueco no estaba mirando el retrato, sino que no perdía de vista la oscura retaguardia.

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—¡Mire, hombre! —gritó Scully cordialmente—. Éste es el retrato de mi niña, que murió. Se llamaba Carrie. Y allí está el retrato de mi hijo mayor, Michael. Ejerce la abogacía en Lincoln, y lo hace estupendamente. Le di al muchacho una gran educación, y ahora me alegro de haberlo hecho. Es un gran chico. Mírelo. Ahora vive en Lincoln, convertido en un caballero honorable y respetado. ¡Un caballero honorable y respetado! —repitió Scully en tono envanecido.

Y, así diciendo, palmeó jovialmente la espalda del sueco.

El sueco sonrió débilmente.

—Ahora —dijo el anciano—, quiero que vea otra cosa. —Se dejó caer repentinamente al suelo y metió la cabeza debajo de la cama. El sueco pudo oír su apagada voz—. Lo guardaría debajo de la almohada, si no fuese por Johnnie. Y luego está la vieja… ¿Dónde lo habré metido? Nunca lo pongo dos veces en el mismo lugar… ¡Ah, aquí está!

Salió trabajosamente de debajo de la cama, arrastrando con él una chaqueta vieja enrollada sobre sí misma.

—Por fin lo he atrapado —murmuró.

Arrodillándose en el suelo, desenrolló la chaqueta y de su interior extrajo una gran botella de whisky de color amarillo-parduzco.

Su primer movimiento consistió en acercar la botella a la luz. Tranquilizado, al parecer, acerca de su contenido, se la tendió generosamente al sueco.

El tembloroso sueco estuvo a punto de aferrarse ávidamente a aquel elemento fortalecedor, pero súbitamente apartó su mano y dirigió una mirada de horror a Scully.

—¡Beba! —dijo el anciano afectuosamente. Se había puesto en pie y ahora se encontraba en frente del sueco.

Se produjo un silencio. Luego, Scully repitió:

—¡Beba!

El sueco estalló en una salvaje carcajada. Agarró la botella y se la llevó a la boca; y mientras sus labios se curvaban absurdamente alrededor del gollete, y su garganta tragaba, mantuvo su mirada, ardiente de odio, sobre el rostro del anciano.

IV

Después de que Scully se hubo marchado, los tres hombres, sosteniendo aún el tablero sobre sus rodillas, guardaron durante largo rato un atónito

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silencio. Luego, Johnnie dijo:

—Es el sueco más majareta que he visto en mi vida.

—No es sueco —dijo el vaquero, sarcásticamente.

—Bueno, ¿qué es entonces? —gritó Johnnie—. ¿Qué es entonces?

—En mi opinión —respondió el vaquero lentamente—, es una especie de holandés. —En el país existía la venerable costumbre de llamar suecos a todos los hombres de pelo rubio que hablaban pastosamente. En consecuencia, la idea del vaquero no dejaba de tener su atrevimiento—. Sí, señor —repitió—. En mi opinión, ese individuo es una especie de holandés.

—Bueno, él ha dicho que es sueco —murmuró Johnnie en tono huraño. Se volvió hacia el Occidental—. ¿Qué opina usted, mister Blanc?

—¡Oh! No lo sé —respondió el Occidental.

—Bueno, ¿qué cree usted que le hace obrar de ese modo? —preguntó el vaquero.

—Está asustado. —El Occidental golpeó su pipa contra un canto de la estufa—. Es evidente que está asustadísimo.

—¿De qué? —gritaron a la vez Johnnie y el vaquero.

El Occidental reflexionó sobre su respuesta.

—¿De qué? —gritaron de nuevo los otros.

—¡Oh! No lo sé, pero a mi parecer ese hombre ha estado leyendo novelas baratas, y ahora cree que está en medio de todo eso… tiros, puñaladas, asaltos…

—Pero —dijo el vaquero profundamente escandalizado—, esto no es Wyoming, ni ninguno de aquellos lugares. Esto es Nebraska.

—Sí —añadió Johnnie—. ¿Por qué no espera hasta que llegue al lejano Oeste?

El Occidental se echó a reír.

—No creáis que allí es distinto… ya no es como antes. Pero él piensa que está en medio del infierno.

Johnnie y el vaquero reflexionaron un buen rato.

—Es terriblemente divertido —observó finalmente Johnnie.

—Sí —dijo el vaquero—. Pero a mí no me hace mucha gracia. Espero que no seguirá nevando, porque entonces tendríamos que aguantar aquí a ese hombre. Y no sería agradable, ni mucho menos.

—Quisiera que mi padre le echase —dijo Johnnie.

De pronto, oyeron un fuerte pataleo en el peso de arriba, acompañado por unas exclamaciones del viejo Scully y unas risas del sueco. Los hombres reunidos alrededor de la estufa se miraron uno a otros.

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—¡Vaya! —dijo el vaquero.

La puerta se abrió de par en par y el viejo Scully, más alegre que unas pascuas, entró en la estancia. Hablaba con el sueco, que le seguía, riéndose a carcajadas. Fue una aparición sumamente espectacular.

—¡Vamos! —dijo Scully en tono perentorio a los tres hombres sentados

—. Muévanse y déjennos sitio junto a la estufa.

El vaquero y el Occidental apartaron obedientemente sus sillas para dejar

sitio a los recién llegados. Johnnie, en cambio, se limitó a retreparse más en su asiento, y luego se quedó inmóvil.

—¿No has oído lo que he dicho? —le gritó su padre.

—Hay mucho sitio al otro lado de la estufa —replicó Johnnie.

—¿Crees que queremos sentarnos en plena corriente de aire? —rugió Scully.

Pero el sueco intervino con gran magnanimidad.

—No, no —dijo—. Deje que el muchacho se siente donde quiera.

—¡De acuerdo! ¡De acuerdo! —dijo Scully, con gran deferencia.

El vaquero y el Occidental intercambiaron unas miradas de asombro.

Las cinco sillas fueron dispuestas en forma de media luna alrededor de uno de los lados de la estufa. El sueco empezó a hablar; hablaba arrogantemente, irreverentemente, furiosamente. Johnnie, el vaquero y el Occidental guardaban un adusto silencio, en tanto que el viejo Scully se mostraba sumamente atento y cordial, salpicando el discurso del sueco de exclamaciones de aprobación y de simpatía.

Finalmente, el sueco anunció que tenía sed. Apartó su silla y dijo que iba en busca de un vaso de agua.

—Yo iré a buscárselo —se apresuró a decir Scully.

—No —dijo el sueco, desdeñosamente—. Iré yo mismo.

Se puso en pie y echó a andar con aires de propietario hacia el interior del hotel.

En cuanto el sueco estuvo fuera del alcance de su voz, Scully se puso en pie de un salto y susurró excitado a los otros:

—Arriba, creyó que trataba de envenenarle.

—Esto me pone enfermo —dijo Johnnie—. ¿Por qué no le has puesto de patitas en la calle?

—Ahora se encuentra perfectamente —declaró Scully—. Claro, venía del Este, y creía que esto era un lugar peligroso. Eso es todo. Pero ahora se encuentra perfectamente.

El vaquero miró con admiración al Occidental.

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—Tenía usted razón —dijo—. Acertó lo que le pasaba a ese holandés. —Bueno —le dijo Johnnie a su padre—, tal vez se encuentre

perfectamente, pero yo no lo veo claro. Antes estaba asustado, pero ahora se muestra demasiado fresco.

El lenguaje de Scully era siempre una mezcla de dialecto irlandés y de vocabulario del Oeste, salpicado de frases académicas extraídas de las novelas y periódicos. En aquel momento dejó caer un chorro de elocuencia sobre la cabeza de su hijo.

—¿Qué es lo que hago? ¿Qué es lo que hago? ¿Qué es lo que hago? — preguntó, con voz de trueno. Palmeó su rodilla de un modo impresionante, para indicar que él mismo iba a dar la respuesta, y que todos debían prestar atención—. Dirijo un hotel —gritó—. Un hotel, ¿comprendes? Un huésped de mi hotel tiene privilegios sagrados. Nadie puede intimidarle. No debe oír ninguna palabra que le empuje a marcharse. No hay lugar en esta ciudad donde puedan decir que han tenido que albergar a un huésped de mi hotel, porque le asustaba quedarse aquí. —Se encaró repentinamente con el vaquero y con el Occidental—. ¿Tengo razón?

—Sí, mister Scully —dijo el vaquero—, creo que tiene usted razón.

—Sí, mister Scully —dijo el Occidental—, creo que tiene usted razón.

V

A las seis, mientras cenaban, el sueco se mostró animadísimo. A veces parecía a punto de estallar en desenfrenados cantos, y todas sus locuras eran estimuladas por el viejo Scully. El Occidental se había encastillado en una pertinaz reserva; el vaquero permanecía con la boca abierta de asombro, olvidándose de comer, mientras Johnnie tragaba vorazmente grandes platos de comida. Las hijas de la casa, cuando se vieron obligadas a servir más panecillos, se acercaron cautelosamente, como si fueran indias, y, tras conseguir su propósito, huyeron sin disimular su pánico. El sueco dominaba todo el festín, dándole el aspecto de una bárbara bacanal. Parecía haber aumentado repentinamente de tamaño; miraba fijamente, con desdeñosa brutalidad, a los demás comensales, su voz llenaba la estancia. En cierta ocasión, al pinchar con su tenedor, como si fuera un arpón, un panecillo, el arma casi traspasó la mano del Occidental, que la había alargado silenciosamente para coger el mismo panecillo.

Después de cenar, mientras los hombres desfilaban hacia la otra habitación, el sueco golpeó rudamente a Scully en el hombro.

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—Bueno, viejo, la cena ha sido excelente.

Johnnie miró a su padre con una expresión esperanzada; sabía que tenía aquel hombro algo delicado a consecuencia de una antigua caída; y, desde luego, por un instante pareció que Scully iba a estallar, pero terminó por sonreír forzadamente y permaneció silencioso. Por su expresión, los otros comprendieron que estaba empezando a admitir su responsabilidad por los nuevos puntos de vista del sueco.

Johnnie, sin embargo, se dirigió a su padre en un aparte.

—¿Por qué no le dejas que te eche escaleras abajo de un puntapié? — preguntó sarcásticamente.

Scully contestó con un bufido.

Cuando estuvieron reunidos alrededor de la estufa, el sueco insistió en jugar otra partida de High-Five. Scully trató amablemente de quitarle la idea de la cabeza, pero el sueco le dirigió una terrible mirada que le dejó mudo. A continuación, el sueco consultó a los demás. En su tono había una nota de amenaza. El vaquero y el Occidental aceptaron la invitación con cierta indiferencia. Scully dijo que tenía que marcharse en seguida a recibir al tren de las 6,58, de modo que el sueco se volvió hacia Johnnie con aire amenazador. Por un instante, sus miradas se cruzaron como espadas, y luego Johnnie sonrió y dijo:

—Sí, jugaré.

Se colocaron por parejas, con el tablero sobre las rodillas. El Occidental y el sueco eran de nuevo compañeros. A medida que avanzaba el juego, se vio que el vaquero no golpeaba la mesa como de costumbre. Entretanto, Scully, cerca de la lámpara, se había puesto los lentes y, con un aspecto curiosamente parecido al de un viejo clérigo, estaba leyendo un periódico. A su debido tiempo se marchó a recibir el tren de las 6,58, y, a pesar de sus precauciones, una ráfaga de viento polar penetró en la estancia cuando abrió la puerta. Además de hacer volar las cartas, heló hasta los tuétanos a los jugadores. El sueco blasfemó espantosamente. Cuando Scully regresó, su entrada interrumpió una agradable y amistosa escena. El sueco blasfemó de nuevo. Pero no tardaron en volver a dedicar toda su atención al juego, con las cabezas inclinadas hacia adelante y las manos moviéndose velozmente. Ahora era el sueco el que golpeaba el tablero a cada jugada.

Scully cogió su periódico y durante un largo rato permaneció sumergido en la lectura. La lámpara empezó a humear, y Scully se levantó para arreglar la mecha. El periódico crujía agradablemente al volver las páginas…

Súbitamente, oyó tres terribles palabras:

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—¡Están haciendo trampa!

Sucesos como este demuestran a menudo que el escenario puede tener muy poca importancia dramática. Cualquier habitación puede presentar una cara trágica; cualquier habitación puede ser cómica. Aquel pequeño antro era entonces espantoso como una cámara de tortura. Los propios rostros de los hombres habían cambiado en un momento. El sueco paseó un enorme puño por delante de la cara de Johnnie, mientras Johnnie miraba fijamente por encima del puño a los desorbitados ojos de su acusador. El Occidental se había puesto pálido; el vaquero había caído en aquella expresión de asombro bovino que era una de sus características. Después de las tres palabras, el primer sonido que se oyó en la habitación fue producido por el periódico de Scully al caer olvidado a sus pies. Sus lentes también habían caído de su nariz, pero Scully consiguió atraparlos en el aire. Su mano, al coger los lentes, quedó inmóvil, muy cerca del hombro. El viejo hotelero miraba absorto a los jugadores de cartas.

Probablemente, el silencio duró lo que tarda en transcurrir un segundo. Luego, si el suelo se hubiese hundido repentinamente debajo de los hombres, éstos no se hubieran movido con mayor rapidez. Los cinco se lanzaron hacia adelante al mismo tiempo, con un objetivo común. Sucedió que Johnnie, al ponerse en pie dispuesto a lanzarse sobre el sueco, había tropezado ligeramente a causa de su instintiva preocupación por las cartas y por el tablero. Aquella leve pérdida de tiempo permitió la llegada de Scully, y permitió también al vaquero propinar un fuerte empujón al sueco, el cual salió proyectado hacia atrás, tambaleándose. Los hombres recuperaron el habla al mismo tiempo, y unos gritos de rabia, de apelación o de miedo brotaron de todas las gargantas. El vaquero empujó una y otra vez al sueco, y el Occidental y Scully agarraron salvajemente a Johnnie; pero a través del aire lleno de humo, por encima de los oscilantes cuerpos de los pacificadores, los ojos de los dos guerreros no dejaron de dirigirse miradas de reto que eran a la vez cálidas y aceradas.

Desde luego, el tablero había sido volcado, y ahora todas las cartas estaban esparcidas por el suelo, donde las botas de los hombres aplastaban a los gordos y pintarrajeados reyes y reinas que contemplaban con ojos inocentes la guerra que se estaba librando encima de ellos.

La voz de Scully se alzó, dominando los aullidos:

—¡Basta ya! ¡Basta, he dicho! ¡Basta ya!

Johnnie, mientras luchaba por cruzar la trinchera formada por Scully y el

Occidental, gritaba:

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—¡Dice que hago trampas! ¡Dice que hago trampas! ¡No le permito a ningún hombre decir que hago trampas! ¡Si dice que hago trampas, es un…!

El vaquero le estaba diciendo al sueco:

—¡Caliese ya! ¡Cállese de una vez!

Los chillidos del sueco no se interrumpieron:

—¡Ha hecho trampas! ¡Lo he visto! ¡Lo he visto!

En cuanto al Occidental, estaba murmurando en un tono que nadie oía:

—Cálmense, ¿quieren? Cálmense. ¿Es que van a pelearse por una partida

de cartas? Cálmense…

En aquel tumulto, no se oía con claridad ninguna frase completa.

—Trampas…

—Cállese…

—Dice…

Ésos eran los fragmentos que sobresalían de la barahúnda general. Resultaba curioso el hecho de que Scully, a pesar de ser indudablemente el que producía más ruido, era a quien, menos atendían de los cinco hombres.

Luego, repentinamente, se produjo un silencio. Fue como si todos se hubieran detenido a tomar aliento; y aunque la habitación estaba aún llena de la rabia de los hombres, se hizo evidente que no existía peligro inmediato de conflicto. De pronto, Johnnie, en su lucha por avanzar al encuentro de su adversario, casi consiguió quedar a la altura del sueco.

—¿Por qué ha dicho usted que he hecho trampas? ¿Por qué ha dicho usted que he hecho trampas? ¡No he hecho trampas, y no permito a ningún hombre que lo diga!

El sueco dijo:

—¡Te he visto! ¡Te he visto!

—¡Bueno! —gritó Johnnie—. ¡Lucharé con cualquier hombre que diga que hago trampas!

—No, no lo harás —dijo el vaquero—. Aquí, no.

—¿Te quieres estar quieto de una vez? —dijo Scully, interponiéndose entre ellos.

La pausa fue suficiente para permitir que la voz del Occidental fuese oída.

Estaba repitiendo:

—Cálmense, ¿quieren? ¿Es que van a pelearse por una partida de cartas? ¡Cálmense!

Johnnie, mostrando su enrojecido rostro por encima del hombro de su padre, increpó de nuevo al sueco:

—¿Dice usted que he hecho trampas?

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El sueco enseñó los dientes.

—Sí.

—Entonces —dijo Johnnie—, tenemos que luchar.

—Sí, luchar —rugió el sueco. En aquel momento parecía un demonio—. ¡Sí, luchar! ¡Te demostraré la clase de hombre que soy! ¡Te demostraré con quién quieres luchar! ¡Tal vez crees que no puedo luchar! ¡Tal vez crees que no puedo! ¡Ya te lo demostraré; granuja, tahúr! ¡Sí, has hecho trampas! ¡Has hecho trampas! ¡Has hecho trampas!

—Bueno. Entonces, vamos a ello, mister —dijo Johnnie, fríamente.

La frente del vaquero estaba empapada en sudor a causa de sus esfuerzos por interceptar toda clase de incursiones al campo enemigo. Se volvió desesperadamente hacia Scully.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

En el céltico rostro del viejo se había producido un cambio. Ahora era todo impaciencia; sus ojos brillaban.

—Les dejaremos luchar —respondió—. No puedo soportarlo más. Ya he aguantado bastante a este condenado sueco. Les dejaremos luchar.

VI

Los hombres se prepararon para salir a la calle. El Occidental estaba tan nervioso, que tuvo grandes dificultades para introducir los brazos en las mangas de su chaqueta de cuero nueva. Mientras el vaquero se cubría las orejas con su gorro de pieles, sus manos temblaban. En realidad, Johnnie y Scully eran los únicos que no mostraban ninguna excitación. Aquellos preliminares se desarrollaron en silencio.

Scully abrió la puerta.

—Bueno, vamos —dijo.

Inmediatamente, una terrible ráfaga de viento apagó la llama de la lámpara, al tiempo que una bocanada de humo negro salía por la chimenea. La estufa estaba en medio de la corriente de aire, y su voz aumentó de tono hasta igualar el rugido de la tormenta. Algunas de las cartas esparcidas por el suelo salieron proyectadas contra la pared más lejana. Los hombres inclinaron sus cabezas y se hundieron en la tormenta como en un mar.

Había cesado de nevar, pero unos grandes remolinos y nubes de copos, arrastrados por los frenéticos vientos, volaban hacia el sur con la velocidad de un proyectil. El suelo estaba azul con el resplandor de la nieve, y hasta donde alcanzaba la vista no había otro color, a excepción de la luz que brillaba como

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un diminuto rubí en la estación del ferrocarril, la cual parecía increíblemente lejana. Mientras los hombres avanzaban penosamente por aquella capa de nieve, el sueco no cesaba de rezongar en voz baja. Scully se acercó a él, apoyó una mano en su hombro y tendió un oído.

—¿Qué es lo que está diciendo? —gritó.

—Digo —rezongó de nuevo el sueco— que no resistiré mucho contra toda esta pandilla. Sé que tendré que luchar contra todos.

Scully le palmeó el brazo en señal de reproche.

—Cállese… —aulló.

El viento arrancó las palabras de los labios de Scully y las esparció por el aire.

—Son ustedes una pandilla de… —gritó el sueco, pero la tormenta se llevó también el resto de la frase.

Volviendo sus espaldas al viento, los hombres habían llegado a una esquina del hotel, resguardada del viento por la propia casa. Allí, en medio de la nieve, veíase una extensión de hierba en forma de V que crujía bajo los pies. Cuando el grupo alcanzó la relativa calma de aquel lugar, el sueco seguía rezongando.

—¡Oh! ¡Ya conozco este truco! ¡Sé que tendré que luchar contra todos!

¡No puedo vencerles a todos!

Scully se volvió hacia él como una pantera.

—No tendrá usted que luchar contra todos nosotros. Tiene usted que luchar con mi hijo Johnnie. Y el hombre que le moleste a usted durante la pelea, tendrá que entendérselas conmigo.

Los preparativos quedaron rápidamente terminados. Los dos hombres se enfrentaron el uno al otro, obedientes a las voces de mando de Scully, cuyo rostro, a la débil claridad reinante, mostraba los austeros rasgos impersonales que aparecen en los grabados de los veteranos Romanos. Los dientes del Occidental castañeteaban, mientras daba saltitos como un juguete mecánico. El vaquero estaba de pie, firme como una roca.

Los contendientes no se habían quitado ninguna prenda de ropa. Los dos llevaban su atuendo habitual. Sus puños estaban alzados, y se miraban fijamente con una calma que estaba llena de los elementos de la crueldad leonina.

Durante aquella pausa, el cerebro del Occidental, como una cámara fotográfica, registró las impresiones de tres hombres: el maestro de ceremonias, de nervios de acero; el sueco, pálido, inmóvil, terrible; y Johnnie, sereno pero feroz, brutal pero heroico. Todo el prólogo tenía en sí un cariz

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trágico superior a la tragedia de la acción, y este aspecto quedaba acentuado por el prolongado aullido de la cellisca, mientras arrastraba hacia los negros abismos del sur los grandes remolinos de copos.

—¡Ahora! —dijo Scully.

Los dos combatientes saltaron hacia adelante y chocaron uno contra otro como bueyes. A continuación se oyó el apagado sonido de los puñetazos y el de las maldiciones entre dientes de uno de los luchadores.

En lo que respecta a los espectadores, el Occidental había proferido un suspiro de alivio, de completo alivio de la tensión de los preliminares. El vaquero daba grandes saltos profiriendo alaridos. Scully estaba como asombrado del furor de la lucha que él mismo había permitido y organizado.

Durante unos momentos la lucha en la oscuridad fue un lío tal de brazos en el aire, que no ofreció más detalle que el que podría ofrecer una rueda girando rápidamente. De cuando en cuando un rostro, como iluminado por un relámpago, se hacía visible, fantasmal y señalado con manchas de color rojizo. Un instante después los hombres podían haber sido confundidos con dos sombras, de no ser por la involuntaria profusión de juramentos que proferían sus labios.

De pronto el vaquero se sintió inundado de una corriente de deseo bélico y saltó hacia adelante con la velocidad de un caballo.

—¡Dale, Johnnie! ¡Dale! ¡Mátale! ¡Mátale!

Scully se enfrentó con él.

—¡Atrás! —ordenó.

Y, por su mirada, el vaquero hubiera podido saber que aquel hombre era el padre de Johnnie.

El Occidental se estaba aburriendo soberanamente. Aquel revoltijo de brazos se estaba eternizando, y lo único que a él le interesaba era el desenlace. En un momento determinado los combatientes quedaron cerca de él, y mientras retrocedía precipitadamente pudo oírles respirar como hombres torturados en el potro.

—¡Mátale, Johnnie! ¡Mátale! ¡Mátale! ¡Mátale!

El rostro del vaquero estaba contraído como una de aquellas máscaras agónicas que se ven en los museos.

—¡Cállese! —dijo Scully en tono helado.

Luego se oyó un grito incompleto, interrumpido, y el cuerpo de Johnnie se apartó de súbito del sueco y cayó pesadamente sobre la hierba. El vaquero apenas tuvo tiempo de impedir que el enloquecido sueco se lanzara sobre su indefenso adversario.

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—No, ahora no —dijo el vaquero interponiendo un brazo—. Espere un segundo.

Scully estaba al lado de su hijo.

—¡Johnnie! ¡Johnnie, hijo mío! —su voz tenía una melancólica ternura—. ¡Johnnie! ¿Puedes seguir luchando?

Contemplaba ansiosamente el ensangrentado y machacado rostro de su hijo.

Se produjo un breve silencio, y luego Johnnie respondió con su voz normal:

—Sí… puedo…, sí.

Ayudado por su padre, consiguió ponerse en pie.

—Espera un poco hasta que recobres el aliento —le aconsejó el anciano.

A unos pasos de distancia el vaquero estaba conteniendo al sueco.

—No, ahora no. Espere un segundo.

El Occidental tiró de la manga a Scully.

—¡Oh, ya hay bastante! —suplicó—. ¡Ya hay bastante! Déjenlo correr. ¡Ya hay bastante!

—Bill —dijo Scully—, deje el camino libre.

El vaquero se apartó a un lado.

—¡Ahora!

Los combatientes avanzaron uno hacia otro con nuevas precauciones. Se miraron por espacio de unos segundos, y de repente el sueco lanzó un centelleante puñetazo, apoyándolo con todo el peso de su cuerpo. Johnnie estaba medio atontado por la debilidad, pero esquivó milagrosamente el golpe y su puño chocó contra la mandíbula del sueco, el cual, en inestable equilibrio a causa de su propio impulso, cayó al suelo.

El vaquero, Scully y el Occidental estallaron en un griterío que era como un coro de soldadesca victoriosa, pero antes de que terminara, el sueco se puso ágilmente en pie y avanzó con descuidado abandono contra su rival. Se produjo otro lío de brazos en el aire, y el cuerpo de Johnnie volvió a separarse del de su adversario y cayó al suelo, desplomándose como un saco. Inmediatamente el sueco se dirigió con paso tambaleante hacia un pequeño árbol agitado por el viento y se apoyó en él, respirando como una locomotora, mientras sus salvajes y encendidos ojos vagaban de uno a otro de los hombres inclinados sobre Johnnie. En su actitud había cierta calidad de espléndido aislamiento, que el Occidental captó al apartar la mirada del muchacho tendido en el suelo y posarla en aquella misteriosa y solitaria figura expectante.

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—¿Te encuentras bien, Johnnie? —preguntó Scully con voz quebrada.

El hijo jadeó y abrió los ojos lánguidamente. Al cabo de un rato respondió:

—No…, no estoy… bien.

Luego, sintiéndose enfermo y avergonzado, empezó a sollozar, y unas lágrimas se deslizaron a través de las ensangrentadas heridas de su rostro.

—Era demasiado… demasiado… demasiado fuerte para mí.

Scully se puso en pie y se dirigió a la expectante figura.

—Forastero —dijo en tono firme—, por nuestra parte, la lucha ha terminado. —Luego su voz adquirió aquel tono ronco con que suelen anunciarse los acontecimientos más sencillos y más graves—. Johnnie está vencido.

Sin contestar, el vencedor se puso en marcha hacia la puerta principal del hotel.

El vaquero estaba profiriendo nuevas y escalofriantes blasfemias. El Occidental quedó intrigado al descubrir que estaban al aire libre en medio de un ventarrón que parecía llegar directamente del Polo Norte. Oyó de nuevo el gemido de la nieve mientras volaba hacia su tundra del Sur. Ahora sabía que durante todo aquel tiempo el frío había estado hundiéndose en él más y más profundamente, y se maravilló de no haber perecido. El estado del vencido le tenía sin cuidado.

—Johnnie, ¿puedes andar? —preguntó Scully. —¿Le he hecho… daño? —preguntó el hijo. —¿Puedes andar, muchacho? ¿Puedes andar?

La voz de Johnnie adquirió una repentina firmeza. Había en ella una fuerte impaciencia.

—¡Te he preguntado si le he hecho daño!

—Sí, sí, Johnnie —respondió el vaquero para consolarle—. Se ha llevado lo suyo.

Le levantaron del suelo, y en cuanto se vio en pie echó a andar con paso vacilante, rechazando todas las tentativas de ayuda. Cuando el grupo dio la vuelta a la esquina, los cuatro hombres quedaron casi cegados por los remolinos de nieve. Los copos quemaron sus rostros como si fuesen de fuego. El vaquero ayudó a Johnnie a cruzar el umbral de la puerta. Cuando entraron en la habitación, algunas cartas se alzaron otra vez del suelo y se estrellaron contra la pared.

El Occidental corrió hacia la estufa. Estaba tan profundamente helado, que sintió deseos de abrazar el incandescente hierro. El sueco no estaba en la

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habitación. Johnnie se dejó caer en una silla y, doblando sus brazos sobre las rodillas, enterró el rostro en ellos. Scully, calentándose un pie y luego el otro en uno de los cantos de la estufa, murmuraba algo en voz baja con céltica melancolía. El vaquero se había quitado su gorro de pieles y con aire apesadumbrado se pasaba una mano por los despeinados cabellos. Encima de sus cabezas crujían las tablas del techo, mientras el sueco se movía de un lado a otro en su habitación.

La triste quietud se vio interrumpida por el repentino abrirse de la puerta que conducía a la cocina. Inmediatamente apareció un grupo de mujeres, las cuales se precipitaron hacia Johnnie entre un coro de lamentos. Antes de llevarse su presa a la cocina para bañarla y arengarla con aquella mezcla de simpatía y de insultos propios de su sexo, la madre se encaró con el viejo Scully, mirándole con ojos llenos de reproches.

—¡Debería darte vergüenza, Patrick Scully! —gritó—. ¡Tu propio hijo!

¡Debería darte vergüenza!

—Bueno, cállate de una vez —murmuró el anciano débilmente. —¡Debería darte vergüenza, Patrick Scully!

Las muchachas, por su parte, fulminaron con el desdén de sus miradas a los dos temblorosos cómplices, el vaquero y el Occidental. A continuación se llevaron a Johnnie, dejando a los tres hombres entregados a sus amargas reflexiones.

VII

—Me gustaría luchar con ese holandés —dijo el vaquero, rompiendo un largo silencio.

Scully sacudió tristemente la cabeza.

—No, eso no sería justo. No sería justo. No sería justo.

—Bueno, ¿por qué no lo sería? —arguyó el vaquero—. No veo ningún mal en ello.

—No —respondió Scully con melancólico heroísmo—. No sería justo. La pelea ha sido un asunto de Johnnie, y ahora no podemos zurrar al hombre sólo porque él ha zurrado a Johnnie.

—Sí, eso es cierto —dijo el vaquero—. Pero… será mejor que no se meta conmigo, porque no respondo de mí mismo.

—No hará usted absolutamente nada —ordenó Scully, y en aquel preciso instante oyeron los pasos del sueco, que bajaba las escaleras. Su entrada fue

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teatral a más no poder. Cerró de golpe la puerta detrás de él y avanzó hasta el centro de la habitación. Nadie le miró.

—Bueno —gritó, insolentemente, dirigiéndose a Scully—, supongo que ahora me dirá cuánto le debo.

El anciano no se alteró.

—No me debe usted nada.

—¡Huh! —exclamó el sueco—. ¡Huh! No le debo nada.

El vaquero se dirigió al sueco.

—Forastero, no comprendo cómo le queda tan buen humor… El viejo Scully intervino rápidamente. —¡Basta! —gritó—. ¡Cállese, Bill!

El vaquero escupió descuidadamente en la caja de serrín.

—¿Acaso he dicho algo? —inquirió.

—Mister Scully —dijo el sueco—, ¿cuánto le debo a usted? Se había vestido para marcharse y tenía su maleta en la mano.

—No me debe usted nada —repitió Scully con la misma imperturbabilidad.

—¡Huh! —dijo el sueco—. Creo que tiene usted razón. Creo que es usted el que me debe algo. Eso es lo que creo. —Se volvió hacia el vaquero—: ¡Mátale! ¡Mátale! ¡Mátale! —remedó, y luego se rió estrepitosamente—: ¡Mátale!

Estalló en una carcajada estridente, insultante.

Pero fue como si se hubiera reído en las barbas de un cadáver. Los tres hombres siguieron inmóviles y silenciosos, mirando con ojos velados hacia la estufa.

El sueco abrió la puerta y se hundió en la tormenta, dirigiendo una última y burlona mirada a los tres hombres.

En cuanto se hubo cerrado la puerta, Scully y el vaquero se pusieron en pie de un salto y empezaron a proferir maldiciones. Anduvieron de un lado para otro, agitando los brazos y golpeando en el aire con sus puños.

—¡Oh, qué momento más duro! —se lamentó Scully—. ¡Qué momento más duro! ¡Riéndose en nuestras barbas! ¡Hubiera dado cuarenta dólares por aplastarle la nariz de un puñetazo! ¿Cómo pudo usted aguantarlo, Bill?

—¿Cómo pude aguantarlo? —gritó el vaquero con voz temblorosa—. ¿Cómo pude aguantarlo? ¡Oh!

El anciano ni siquiera le escuchaba.

—Me gustaría coger a ese sueco —dijo—, atarlo a un árbol y apalearlo hasta que quedara convertido en gelatina.

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El vaquero no se quedó atrás.

—Me gustaría cogerlo por el cuello y golpearle la cabeza contra una piedra hasta convertírsela en pulpa.

—Le apalearía hasta que…

—Yo le enseñaría a él algunas cosas…

Y luego, los dos a la vez, gritaron fanáticamente:

—¡Oh-o-oh! Si pudiéramos…

—¡Sí!

—¡Sí!

—Y luego yo…

—¡Oh-o-oh!

VIII

El sueco, aferrando fuertemente su maleta, navegaba a través de la tormenta como si llevara velas. Estaba siguiendo una línea de árboles semienterrados en la nieve, los cuales debían señalar el camino. Su rostro, recientes las huellas de los puños de Johnnie, experimentaba más placer que dolor al contacto del viento y de la nieve. Finalmente, divisó un grupo de formas cuadradas y supo que se encontraba cerca del principal núcleo de viviendas de la ciudad. Encontró una calle y se internó por ella, avanzando penosamente contra el viento que allí soplaba como expelido por un enorme embudo.

Parecía que estaba en un pueblo desierto. El mundo que conocemos está lleno de una engreída y endiosada humanidad, pero allí, en medio del sonido de los clarines de la tormenta, resultaba difícil imaginar una tierra habitada. La existencia del hombre adquiría allí perfiles de maravilla. Sin embargo, el sueco encontró un saloon.

Enfrente de él ardía una indomable luz roja, y los copos de nieve adquirían un color sanguinolento al volar a través del espacio iluminado por la lámpara. El sueco empujó la puerta del saloon y entró. Delante de él había un espacio cubierto de arena, y al otro lado de aquella improvisada playa había cuatro hombres sentados ante una mesa bebiendo. A un lado de la estancia se extendía un brillante mostrador, y su guardián estaba inclinado sobre sus codos, escuchando la conversación de los hombres de la mesa. El sueco dejó caer su maleta al suelo y, sonriendo fraternalmente al camarero, dijo:

—Deme un poco de whisky, ¿quiere?

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El hombre colocó una botella, un vasito pequeño y otro vaso mayor lleno de agua helada sobre el mostrador. El sueco se sirvió una abundante ración de whisky y se la bebió en tres sorbos.

—Mala noche —observó el camarero por decir algo. Estaba fingiendo la indiferencia que suele atribuirse a los de su profesión, pero era evidente que examinaba de un modo furtivo las huellas sangrientas que cubrían el rostro del sueco—. Mala noche —repitió.

—¡Oh! Para mí es bastante buena —replicó el sueco mientras se servía otra ración de whisky.

El camarero cogió la moneda que le había entregado el sueco y manipuló en la niquelada caja registradora. Sonó un timbre; había aparecido una cartulina con la inscripción «20 cts».

—No —continuó el sueco—, este tiempo no es malo del todo. Para mí es bastante bueno.

—¿Sí? —murmuró lánguidamente el camarero.

Las copiosas libaciones habían humedecido los ojos del sueco y habían hecho un poco más agitada su respiración.

—Sí, me gusta este tiempo. Me gusta. Me conviene.

Al parecer, tenía la intención de dar un profundo significado a aquellas palabras.

—¿Sí? —murmuró de nuevo el camarero.

Se volvió a mirar soñadoramente las fotografías de muchachas ligeritas de ropa que habían sido pegadas con jabón al espejo colocado detrás del mostrador.

—Bueno, creo que echaré otro trago —dijo el sueco repentinamente—. ¿Quiere tomar algo?

—No, gracias, no bebo —respondió el camarero. Al cabo de un rato preguntó—: ¿Cómo se ha lastimado usted la cara?

El sueco levantó inmediatamente la voz.

—En una pelea. Le di una paliza a un hombre en el hotel de Scully.

El interés de los cuatro hombres de la mesa pareció despertarse.

—¿Quién era? —preguntó uno de ellos.

—Johnnie Scully —fanfarroneó el sueco—. El hijo del dueño. Tendrá que guardar cama unas semanas, se lo aseguro. Le di una buena lección, desde luego. Tuvieron que llevárselo a la casa. No podía tenerse en pie. ¿Un trago?

Los hombres parecieron encastillarse instantáneamente en una prudente reserva.

—No, gracias —dijo uno de ellos.

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El grupo era de curiosa formación. Dos de sus componentes eran importantes hombres de negocios de la ciudad; otro era el fiscal del distrito; y el otro era un jugador profesional, del tipo conocido como «honorable». Pero un atento examen del grupo no hubiera permitido a un observador distinguir al jugador de los hombres de actividades respetables. Era, en efecto, un hombre de modales tan delicados cuando se encontraba entre personas honradas y tan juicioso en su elección de víctimas, que en el sector estrictamente masculino de la vida de la ciudad había llegado a ser explícitamente aceptado y admirado. La gente decía de él que era un pura sangre. El temor y el desprecio que había inspirado su profesión fueron indudablemente el motivo de que su tranquila dignidad brillase todavía más al lado de la tranquila dignidad de unos hombres que podían ser simplemente sombrereros o dependientes de ultramarinos. Aparte de algún ocasional viajero despistado que llegaba por ferrocarril, el jugador se dedicaba a desplumar únicamente a granjeros descuidados y seniles, los cuales, cuando se forraban de dinero con las buenas cosechas, bajaban a la ciudad con todo el orgullo y toda la confianza de una estupidez completamente invulnerable. Al oír el relato del desplume de uno de aquellos granjeros, los hombres importantes de Romper se reían invariablemente a costa de la víctima, y si por casualidad pensaban en el lobo, lo hacían con una especie de orgullo al saber que nunca se le ocurriría atacar a su listeza y valor. Además, era del dominio público que el jugador tenía una esposa legal y dos hijos legales en una limpia casita de los suburbios de la ciudad, donde llevaba una ejemplar existencia hogareña; y cuando alguien sugería alguna discrepancia en su carácter, la multitud vociferaba inmediatamente descripciones de este virtuoso círculo familiar. Los hombres que llevaban una ejemplar existencia hogareña y los hombres que no llevaban una ejemplar existencia hogareña se apaciguaban en un santiamén, diciendo que no se hablase más del asunto.

Sin embargo, cuando le imponían una restricción —como, por ejemplo, cuando un grupo de socios del nuevo Polliwog Club se negó a permitir que apareciese, ni siquiera en calidad de espectador, por los salones de la organización—, el candor y la amabilidad con que aceptaba las decisiones desarmaban a muchos de sus enemigos y le conquistaba un mayor aprecio entre sus amigos. Establecía una distinción tan rápida y tan sincera entre él mismo y un respetable ciudadano de Romper, que sus modales parecían realmente un continuo cumplido sembrado al voleo.

Y no debemos olvidar el hecho fundamental al que se debía toda su posición en Romper. Era irrefutable que en todos los asuntos al margen de su

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negocio, en todos los problemas que se presentan eterna y corrientemente entre hombre y hombre, aquel tahúr era tan generoso, tan justo, tan moral, que en un conflicto hubiera podido poner en fuga a las conciencias de las nueve décimas partes de los ciudadanos de Romper.

Por eso estaba sentado en el saloon con los dos importantes hombres de negocios y el fiscal del distrito.

El sueco seguía bebiendo whisky y tratando de inducir al camarero a que le acompañara en sus libaciones.

—Vamos. Eche un trago. Vamos. ¿Cómo que no? Esta noche he zurrado a un hombre y quiero celebrarlo. Le he zurrado bien, desde luego. Caballeros —el sueco se dirigió a los hombres de la mesa—, ¿quieren un trago?

—¡Ssh! —dijo el camarero.

El grupo de la mesa, aunque furtivamente atento, había estado fingiendo una interesante conversación, pero en aquel momento uno de los hombres levantó sus ojos hacia el sueco y dijo secamente:

—Gracias. No deseamos beber más.

Al oír aquellas palabras el sueco abombó su pecho como un gallo. —Bueno —estalló—, por lo visto no puedo convencer a nadie de esta

ciudad para que beba conmigo. Por lo visto es así. Bueno.

—¡Ssh! —dijo el camarero.

—Oiga —gruñó el sueco—, deje de hacer la lechuza para que me calle. No tengo por qué callarme. Soy un caballero y quiero que la gente beba conmigo. Y quiero que ellos beban conmigo ahora. Ahora, ¿comprende?

Golpeó el mostrador con los nudillos.

Años de experiencia habían endurecido al camarero. Se limitó a aumentar su obsequiosidad.

—Ya le he oído a usted —respondió.

—Bueno —gritó el sueco—, oiga lo que voy a decirle ahora. ¿Ve a esos hombres? Bueno, van a beber conmigo, no lo olvide. Ahora, fíjese bien.

—¡No! —aulló el camarero—. No lo haga…

—¿Por qué no quieren beber? —preguntó el sueco. Habló por encima de la mesa y por casualidad su mano cayó sobre el hombro del jugador—. ¿Qué es lo que les pasa? —inquirió airadamente—. Les he pedido que beban conmigo.

El jugador se limitó a sacudir la cabeza y habló por encima de su hombro.

—Amigo mío, no le conozco a usted.

—¡Oh! ¡Qué importa! —replicó el sueco—. Venga a echar un trago.

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—Ahora, amigo mío —advirtió el jugador amablemente—, quite la mano de mi hombro y ocúpese de sus propios asuntos.

Era un hombre bajito, delgado, y resultaba extraño oírle emplear aquel tono condescendiente con el corpulento sueco. Los otros hombres de la mesa no dijeron nada.

—¡Cómo! ¿No quiere usted beber conmigo, lagartija? ¡Veremos si bebe!

¡Veremos si bebe!

El sueco había agarrado al jugador por el cuello y le estaba arrastrando fuera de la silla. Los otros hombres se pusieron en pie de un salto. El camarero dio la vuelta rápidamente al mostrador. Se produjo un gran tumulto y luego apareció la hoja de un cuchillo en la mano del jugador. La mano salió proyectada hacia adelante, y un cuerpo humano, aquella ciudadela de virtud, de sabiduría y de poder, quedó atravesada con la misma facilidad que si hubiese sido un melón. El sueco cayó con un grito de supremo asombro.

Los importantes hombres de negocios y el fiscal del distrito habían desaparecido como por arte de magia. El camarero se encontró fuertemente asido al respaldo de una silla y contemplando los ojos de un asesino.

—Henry —dijo el asesino en cuestión mientras limpiaba su cuchillo en una de las servilletas que colgaban de un extremo del mostrador—, diles dónde pueden encontrarme. Estaré en casa esperándoles.

Y desapareció. Un momento después el camarero estaba en la calle gritando a través de la tormenta para encontrar ayuda y, además, compañía.

El cadáver del sueco, solo en el saloon, tenía los ojos clavados en un horrible letrero colocado encima de la caja registradora: «Esta caja registra el importe de su compra».

IX

Meses más tarde, el vaquero estaba friendo tocino en la estufa de un pequeño rancho cerca de la divisoria de Dakota, cuando de pronto se oyó en el exterior un rápido sonar de cascos. Poco después entraba el Occidental con las cartas y los periódicos.

—Bueno —dijo el Occidental de buenas a primeras—, al individuo que mató al sueco le han salido tres años. No es mucho, ¿verdad?

—¿Tres años? —El vaquero apartó la sartén del fuego mientras reflexionaba sobre aquella noticia—. ¡Tres años! No es mucho.

—No. Es una sentencia benigna —dijo el Occidental mientras se desabrochaba las hebillas de las espuelas—. Al parecer, contaba con muchas

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simpatías en Romper.

—Si el camarero hubiese tenido dos dedos de frente —observó el vaquero pensativamente— le hubiera dado un botellazo en la cabeza al holandés antes de que empezara el jaleo y habría evitado la tragedia.

—Sí, podían haber ocurrido mil cosas —dijo el Occidental con acritud. El vaquero volvió a poner en el fuego la sartén, pero su filosofía siguió

fluyendo.

—Es curioso, ¿verdad? Si no le hubiera dicho a Johnnie que hacía trampas, en estos momentos estaría vivo. Estaba completamente loco. Y, además, en una partida de cartas en la cual no nos jugábamos nada. Simplemente para pasar el rato. Creo que estaba loco.

—Lo siento por el jugador —dijo el Occidental.

—¡Oh! También yo lo siento por él —dijo el vaquero—. No merecía que le condenaran por matar a aquel imbécil.

—Al sueco no le hubiesen matado si todo el mundo se hubiera portado como es debido.

—¿No le hubieran matado? —exclamó el vaquero—. ¿Portarse como es debido? ¿Quién dijo que Johnnie estaba haciendo trampas y actuó como un asno? Y luego, en el saloon, ¿quién provocó todo el jaleo?

Con estos argumentos el vaquero consiguió enfurecer al Occidental. —¡Eres un estúpido! —gritó el Occidental rencorosamente—. Eres un

millón de veces más borrico que el sueco. Ahora deja que te diga una cosa. Deja que te diga algo. Escucha: ¡Johnnie estaba haciendo trampas!

—Johnnie… —empezó a decir el vaquero. Pero se interrumpió y guardó unos instantes de silencio. Luego continuó en tono firme—: No puede ser. Jugábamos para pasar el rato.

—Para pasar el rato o no —dijo el Occidental—, Johnnie estaba haciendo trampas. Yo lo vi. Yo lo sabía. Y me negué a confirmarlo y a portarme como un hombre. Dejé que el sueco luchara solo. Y tú…, tú también estabas deseando luchar con él. ¡Y el propio Scully! ¡Todos fuimos culpables! Ese pobre jugador no es ni siquiera un nombre. Es una especie de adverbio. Todo pecado es el resultado de una colaboración. Nosotros, cinco de nosotros, hemos colaborado en el asesinato del sueco. Habitualmente, en cada asesinato hay complicadas de doce a cuarenta mujeres, pero en este caso sólo hay complicados cinco hombres: tú, yo, Johnnie, el viejo Scully y aquel desgraciado jugador que fue simplemente una culminación, el ápice de un movimiento humano, y que ha cargado con todo el castigo.

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El vaquero, dolido y rebelde, gritó ciegamente en medio de aquella niebla de misteriosas teorías:

—Bueno, yo no hice nada, ¿no es cierto?

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UNA ODISEA DEL NORTE

JACK LONDON

LOS trineos entonaban su eterno lamento, hecho del repiqueteo de las campanillas del tiro delantero y del crujido de la madera; pero los hombres y los perros estaban cansados y no hacían el menor ruido. El camino estaba cubierto por la nieve recién caída, y los animales hundían obstinadamente sus patas en la blanda y nívea alfombra, con una tenacidad casi humana. La oscuridad se les estaba echando encima; pero por aquellos alrededores no había ningún campamento para pasar la noche. La nieve seguía cayendo suavemente a través del aire inmóvil, no en copos, sino en delgados cristales helados de delicadas formas. Hacía calor —apenas diez grados bajo cero—, y a los hombres no les importaba. Beyers y Bettles se habían subido las orejeras de sus gorros, en tanto que Malemute Kid se había

quitado incluso los mitones.

Los perros habían desfallecido algo a primera hora de la tarde, pero ahora empezaban a mostrar un nuevo vigor. Entre los más astutos había una evidente inquietud: una impaciencia ante la tensión de los tirantes de cuero, una indecisa rapidez de movimientos, un resollar de hocicos y aguzar de orejas. No tardaron en contagiar a sus compañeros más flemáticos. Al fin, el perro guía del primer trineo lanzó un aullido de satisfacción y tiró del collar. Los demás siguieron inmediatamente. Los hombres parecieron contagiarse también de la excitación de los animales y empezaron a gritar azuzando a los perros. Éstos contestaron con alegres ladridos y avanzaron a través de la creciente oscuridad a un sostenido galope.

«¡Gee! ¡Gee!», gritaron los hombres, unos detrás de otros, mientras sus trineos abandonaban bruscamente el camino principal, raudos como el viento.

De pronto se encontraron ante la iluminada ventana de la cabaña que era su hogar, en la cual rugía la estufa Yukón y hervía la tetera. La cabaña había sido invadida. Los perros estallaron en una algarabía de aullidos, en tanto que la puerta se abría de par en par y un hombre, cubierto con la roja chaqueta de

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la Policía Montada, avanzaba entre la furiosa jauría, repartiendo calmosa y tranquilamente blanda justicia con el extremo de un látigo de los que se utilizan para azuzar a los perros. Después de esto los hombres se estrecharon las manos; y, de este modo, Malemute Kid fue acogido en su propia cabaña por un forastero.

Stanley Price, el hombre que le había acogido y que era responsable de que la estufa Yukón rugiera y de que la tetera silbara, estaba ocupado con sus huéspedes. Había una docena de ellos aproximadamente, de origen muy diverso, aunque su vida común habíales moldeado unas características determinadas: todos eran enjutos y flexibles, de músculos endurecidos, rostros bronceados por el sol y almas sin complicaciones, que se asomaban a unos ojos de mirada abierta y franca. Conducían los perros de la Reina, llevaban el temor al corazón de sus enemigos y eran felices. Habían visto la vida, llevado a cabo muchas proezas y protagonizado más de una novela; pero ellos no lo sabían.

Y había muchos de ellos en la casa. Dos estaban tendidos en el camastro de Malemute Kid, cantando canciones cuyo origen se remontaba a la época en que sus antepasados franceses llegaron al Noroeste y se casaron con las mujeres indias. El camastro de Bettles había sufrido una invasión similar, y tres o cuatro voyageurs[7] escuchaban atentamente el relato de uno de sus compañeros que había servido en la brigada de Wolseley[8] cuando se abrió paso hacia Khartum. Y cuando se cansó de hablar, un vaquero habló de cortes, de reyes, de lords y de damas a los cuales había visto cuando Búfalo Bill visitó las capitales de Europa con su famosa troupe. En un rincón, dos mestizos, antiguos camaradas en una campaña perdida, remendaban arneses y hablaban de la época en que el Noroeste hervía con las insurrecciones y Luis Riel era rey[9].

Las chanzas y los chistes subidos de tono iban y venían, y las hazañas sólo eran recordadas en sus aspectos humorísticos o lascivos. Prince se sentía arrastrado por aquellos hombres que habían sido testigos del nacimiento de una nación y que consideraban lo grande y lo romántico como factores normales de la rutina de la vida. Prince les invitó a fumar de su valioso tabaco, y los hombres resucitaron olvidadas odiseas en beneficio suyo.

Cuando la conversación languideció y los viajeros llenaron las últimas pipas y desenrollaron sus petates de pieles, Prince se dirigió a su camarada en busca de información.

—Bueno, ya sabes lo que es el vaquero —respondió Malemute Kid, empezando a desatarse los cordones de sus mocasines—. Y no resulta difícil

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intuir la sangre británica de su compañero de cama. En cuanto a los demás, todos son hijos de los coureurs du bois[10], mezclados con Dios sabe qué otras sangres. Los dos que están junto a la puerta son mestizos o Boisbrules. El tipo que lleva los pantalones ceñidos a las piernas con vendas —fíjate en sus cejas y en el aspecto de su mandíbula— es de ascendencia escocesa. Y aquel guapo muchacho que está doblando su capote para colocárselo debajo de la cabeza, como almohada, es un mestizo de francés; ya le has oído hablar. No le gustan los dos indios que tiene junto a él. Verás, cuando los mestizos se sublevaron al mando de Riel, los indios se mantuvieron neutrales y desde entonces no simpatizan mucho unos con otros.

—Me estoy preguntando quién será aquel tipo de rostro fúnebre que está al lado de la estufa. Juraría que no habla inglés. No ha abierto la boca en toda la noche.

—Estás en un error. Sabe el inglés perfectamente. ¿No le has visto mover los ojos mientras escuchaba? Yo sí. Pero no quiere establecer contacto con los otros. También yo me he estado preguntando quién será. Y voy a averiguarlo. Acercándose al hombre en cuestión y mirándole rectamente a los ojos,

Malemute Kid ordenó, alzando la voz:

—¡Eche un par de troncos en la estufa!

El hombre obedeció inmediatamente.

—Le han acostumbrado a la disciplina en alguna parte —comentó Prince en voz baja.

Malemute Kid asintió, se quitó los calcetines y se dirigió hacia la estufa, sorteando a los hombres tumbados junto a ella. Allí colgó su húmedo calzado.

—¿Cuándo espera usted llegar a Dawson? —preguntó en plan de tanteo.

El hombre le estudió un momento antes de contestar.

—Dicen que hay setenta y cinco millas. ¿No? Tal vez dos días.

El acento, aunque muy ligero, era claramente perceptible, a pesar de que el hombre hablaba sin vacilaciones para formar las frases.

—¿Ha estado antes en esta región?

—No.

—¿Es del Territorio del Noroeste?

—Sí.

—¿Nacido allí?

—No.

—Bueno, ¿dónde diablos ha nacido usted? Usted no es de ésos — Malemute Kid señaló a los conductores dormidos, incluidos los dos policías

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que estaban en el camastro de Prince—. ¿De dónde viene usted? He visto caras como la suya antes de ahora, aunque no puedo recordar dónde.

—Yo conozco a usted —contestó el hombre, como si con estas palabras diera por zanjadas las preguntas de Malemute Kid.

—¿Me conoce? ¿Acaso me ha visto?

—No; a su socio, él un cura, en Pastilik, hace mucho tiempo. Él preguntó si yo visto a usted, Malemute Kid. Él me dio comida. No me detuve mucho tiempo. ¿Le habló él de mí?

—¡Oh! Usted es el hombre que cambió pieles de nutria por perros, ¿no es eso?

El hombre asintió, golpeó contra el suelo la cazoleta de su pipa y mostró su deseo de dar por terminada la conversación, envolviéndose en sus pieles. Malemute Kid apagó la lámpara y se deslizó debajo de las mantas con Prince.

—Bien, ¿quién es?

—No lo sé… De momento contestó a mis preguntas, pero luego cerró la boca y no hubo modo de arrancarle una palabra más. Pero es un individuo que merece que te ocupes de él. Hace unos ocho años, toda la costa estaba interesada en sus andanzas. Un individuo misterioso, ya sabes. Llegó procedente del Norte, al final del invierno, bordeando el Mar de Bering, a mil millas de distancia de aquí, y viajando como si llevara el diablo pegado a los talones. Nadie supo nunca de dónde procedía, pero debe de ser de muy lejos. Estaba fatigadísimo cuando se presentó en busca de comida en la misión sueca de la Bahía de Golovin, y preguntó cuál era el camino del Sur. Más tarde nos enteramos de eso. Luego abandonó la línea de la costa, dirigiéndose directamente a través de Norton Sound. El tiempo era terrible, con tormentas de nieve y fuertes ventiscas, pero él consiguió pasar por donde un millar de otros hombres hubieran muerto, evitando St. Michael y llegando hasta Pastilik. Lo había perdido todo menos dos perros, y estaba a punto de morir de inanición.

»Estaba tan ansioso por marcharse, que el padre Roubeau le proporcionó un equipo; lo que no pudo proporcionarle fueron perros, ya que estaba esperando mi llegada para obtenerlos para él. Este nuevo Ulises sabía perfectamente que no podría llegar a ninguna parte sin animales y vagó malhumorado por aquellos alrededores durante varios días. En su trineo tenía un montón de pieles de nutria maravillosamente curtidas, nutrias marinas, ya sabes, que valían su peso en oro. En Pastilik había también un viejo comerciante ruso que era el propio Shylock[11], que tenía perros para matar. Bueno, no regatearon mucho, pero cuando el forastero se encaminó de nuevo

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hacia el Sur, iba detrás de un tiro de perros. El viejo Shylock, a cambio, tenía las pieles de nutria. Yo las vi y eran magníficas. Las valoramos y calculamos que los perros le habían costado al forastero por lo menos a quinientos dólares cada uno. Y no era que el forastero desconociera el valor de las pieles de nutria marina; era una especie de indio, y lo poco que habló demostraba que había estado entre hombres blancos.

»Cuando pasó la época de los hielos, llegaron noticias de que se había presentado en la isla Nunivak en busca de provisiones. Luego se perdió de vista y esta es la primera vez que se le ha visto en ocho años. ¿De dónde viene? ¿Y qué estaba haciendo allí? ¿Y por qué ha venido de allí? Es indio, ha estado nadie sabe dónde y tiene disciplina, lo cual es algo desacostumbrado entre los de su raza. Otro misterio del Norte para que lo resuelvas, Prince.

—Muchas gracias, pero ya tengo demasiados problemas entre manos — contestó Prince.

Malemute Kid había empezado a respirar pesadamente; pero cuando el joven ingeniero de minas que le acompañaba se quedó dormido, su cerebro siguió trabajando, formulándose preguntas acerca del desierto blanco luchando con los perros en caminos interminables, y vio hombres que morían, luchaban y morían como hombres.

A la mañana siguiente, horas antes de que se hiciera de día, los conductores y los policías se marcharon hacia Dawson. Pero los poderes que velaban por los intereses de Su Majestad y regulaban los destinos de sus más insignificantes súbditos no permitieron descansar mucho a los correos, ya que una semana más tarde aparecieron en Stuart River, cargados de cartas para Salt Water. Sin embargo, sus perros habían sido sustituidos por otros de refresco, aunque no eran más que perros.

Los hombres habían esperado obtener un merecido descanso; además, Klondike era un nuevo sector de los territorios del Norte y deseaban visitar un poco la ciudad dorada, donde el oro en polvo corría como el agua y los saloons ofrecían una ininterrumpida diversión. Pero secaron sus calcetines y fumaron sus pipas nocturnas con el mismo placer que en su anterior visita, aunque un par de mentes exaltadas especularon con la posibilidad de la deserción y de cruzar las inexploradas Rockies[12], en el Este, y luego, por el Valle Mackenzie, regresar a sus puntos de origen en la región Chipewiana. Dos o tres de ellos decidieron incluso regresar a sus hogares por aquella ruta cuando su contrato hubiera terminado, y empezaron a elaborar planes por anticipado, del mismo modo que un hombre que vive en la ciudad planea una excursión al campo.

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El hombre de las pieles de nutria parecía muy impaciente, aunque mostró muy poco interés por la discusión, y al final arrastró a Malemute Kid a un lado y habló con él en voz baja un buen rato. Prince les dirigió una mirada llena de curiosidad, y el misterio se hizo más profundo cuando los dos hombres se pusieron los gorros y los mitones y salieron de la cabaña. Cuando regresaron, Malemute Kid colocó la balanza de pesar oro sobre la mesa, pesó unas sesenta onzas del precioso metal y lo transfirió al saco de viaje del forastero. A continuación el jefe de los conductores se unió al cónclave y los dos hombres efectuaron cierta transacción con él. Al día siguiente el grupo emprendió la marcha río arriba, pero el hombre de las pieles de nutria tomó varias libras de alimentos y encaminó sus pasos hacia Dawson.

—Ignoro por qué motivo —dijo Malemute Kid en respuesta a las preguntas de Prince—, pero ese hombre deseaba verse libre del servicio. Parecía ser muy importante para él, aunque no dejó adivinar por qué razón. Verás esto es como el ejército: firmó por dos años, y el único modo de verse libre consistía en comprar su libertad. No podía desertar y luego quedarse aquí, y estaba como loco por seguir en esta región. Dijo que deseaba regresar a Dawson; pero nadie le conoce, no tenía un centavo y yo era el único que había cambiado un par de frases con él. De modo que me habló de ir a ver al teniente-gobernador y arreglar su caso si podía obtener de mí el dinero necesario…, prestado, desde luego. Dijo que me lo devolvería en el plazo de un año y, si yo lo deseaba, me indicaría un asunto muy rico. No lo ha visto, pero sabe que es rico de veras.

»Cuando salimos de la cabaña estaba a punto de echarse a llorar. Sollozó y suplicó, arrodillándose en la nieve, hasta que le obligué a levantarse. Parecía haber enloquecido. Juró que trabajaba en un objetivo desde hacía años y años, y no podía renunciar ahora que estaba al alcance de su mano. Le pregunté qué objetivo era el suyo, pero no quiso decírmelo. Dijo que si continuaba en el servicio era más que probable que no pudiera regresar a Dawson en dos años, y entonces sería demasiado tarde. En toda mi vida no había visto a un hombre que pareciera tan apurado como él. Y cuando le dije que le prestaría el dinero, tuve que levantarle de nuevo de la nieve. Le dije que lo considerase como un simple préstamo. ¿Cree que lo hizo? ¡No señor! Juró que me entregaría todo lo que encontrara y que me convertiría en un hombre tan rico como pudiera soñar el más avaro de los mortales. Desde luego, un hombre que se ha esforzado como él no acepta normalmente entregar ni la mitad de lo que encuentra. Algo hay detrás de todo eso, Prince; harás bien en tomar nota. Si ese hombre se queda en la región, oiremos hablar de él…

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—¿Y si no se queda?

—Entonces, mi bondadosa naturaleza sufrirá un rudo golpe y tendré unas sesenta onzas de menos.

El frío había llegado con las largas noches, y el sol había empezado a jugar al escondite como venía haciéndolo desde tiempo inmemorial, a lo largo de la línea meridional de nieve, sin que Malemute Kid oyera hablar de su préstamo. Y entonces, una mañana de principios de enero, un trineo pesadamente cargado se detuvo delante de su cabaña de Stuart River. Pieles de Nutria estaba allí, acompañado de un hombre de un aspecto tal, que los dioses habían casi olvidado el modo de crear su forma. Los hombres nunca hablaban de suerte, y de decisión, y de quinientos dólares puestos a una sola carta sin pensar en Axel Gunderson; ni podían contar historias de nervio y de valor sin el recuerdo de su presencia. Y cuando la conversación languidecía, recobraba nuevos bríos al mencionar a la mujer que compartía su fortuna.

Como ya ha sido señalado, al crear a Axel Gunderson los dioses habían recordado viejos moldes y le dieron la forma de los hombres que nacieron cuando el mundo era joven. Tenía siete pies de estatura[13] y su pecho, su cuello y sus miembros eran los de un gigante. Para sostener sus trescientas libras de huesos y músculos[14], sus raquetas de nieve eran una yarda[15] más largas que las de los otros hombres. Su cuadrada mandíbula y el acerado brillo de sus ojos azules revelaban que era un hombre que no reconocía más ley que su voluntad. Su paso mientras andaba delante de los perros tenía una vaga tradición marina; y llamó a la puerta de la cabaña de Malemute Kid con la punta de su látigo, tal como lo hubiera hecho un pirata escandinavo en un país meridional, pidiendo ser admitido en un castillo.

Prince dirigió una mirada de intensa curiosidad a los tres huéspedes…, tres huéspedes que muy difícilmente pueden verse reunidos bajo el techo de un hombre. El forastero, a quien Malemute Kid había apodado Ulises, seguía fascinándole; pero el interés de Prince gravitaba especialmente entre Axel Gunderson y la esposa de Axel Gunderson. Esta última se sentía afectada por el largo viaje, ya que había permanecido en cómodas cabañas desde que su marido descubrió la riqueza de los filones helados, y estaba cansada. Contestó lánguidamente a las palabras de bienvenida de Malemute Kid, y conmovió extrañamente la sangre de Prince con alguna ocasional mirada de sus profundos ojos negros. Prince era un hombre lleno de salud y había visto pocas mujeres en los últimos meses. Y ella tenía algunos años más que él y

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además era india. Pero era distinta de todas las mujeres nativas que Prince había conocido: había viajado…, había estado en su país, entre otros, según se desprendió de la conversación; y sabía la mayoría de las cosas que las mujeres de su propia raza conocen, y muchas más que no están en la naturaleza de las cosas que ellas sepan. Sabía hacer un guiso de pescado secado al sol, o improvisar una cama en la nieve; conocía las costumbres del oso, del pequeño zorro azul y de los anfibios salvajes de los mares del Norte; era muy experta en la ciencia de los bosques y de las corrientes de agua, y la historia escrita por el hombre y por las aves y otros animales sobre la delicada corteza de nieve era para ella un libro abierto; sin embargo, Prince captó el súbito brillo de sus ojos mientras leía las Reglas del Campamento. Aquellas reglas habían sido redactadas por el insaciable Bettles en una época en que su sangre circulaba vigorosamente, y eran notables por la concisa sencillez de su humor. Prince siempre las colocaba de cara a la pared cuando llegaban señoras; pero no había podido sospechar que esta india… Bueno, ahora era ya demasiado tarde.

De modo que esta era la esposa de Axel Gunderson, una mujer cuyo nombre y fama habían viajado con los de su marido a través de todo el Norte. En la mesa, Malemute Kid la trató con la seguridad de un viejo amigo, y Prince olvidó la timidez de los primeros momentos y se unió a la charla. Pero ella manejó a los dos hombres con sin igual maestría, mientras su marido, menos hábil en la conversación, se limitaba a sonreír satisfecho. Era evidente que estaba muy orgulloso de su esposa; cada una de las miradas que le dirigía ponía de manifiesto la magnitud del lugar que ella ocupaba en su vida. Pieles de Nutria comía en silencio, olvidado en medio de la alegre contienda. Y antes de que los demás terminaran se levantó de la mesa y salió a arreglar a los perros. Sus compañeros de viaje no tardaron en ponerse sus mitones y parkas y le siguieron.

No había nevado hacía varios días y los trineos se deslizaban sobre el endurecido camino tan fácilmente como si hubiera sido una pista de hielo. Ulises conducía el primer trineo; en el segundo iban Prince y la esposa de Axel Gunderson, mientras que Malemute Kid y el gigante de pelo amarillo ocupaban el tercero.

—Es sólo un presentimiento, Kid —dijo Axel Gunderson—, pero creo que es exacto. Nunca ha estado allí, pero lo que cuenta tiene visos de verosimilitud y muestra un mapa del cual oí hablar cuando estaba en la región de Kootenay hace años. Me gustaría que viniera usted allí; pero es un hombre muy raro y jura que lo dejará correr todo si alguien participa en ello. Pero a

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mi regreso pasaré a buscarle a usted, le reservaré una parcela junto a la mía y la mitad de la ciudad que se edifique al lado será suya.

—¡No, no…! —interrumpió cuando Malemute Kid iba a protestar. He tomado el asunto en mis manos, y para que dé buen resultado serán necesarios dos cerebros. Si los informes son exactos, será un segundo Cripple Creek. ¿Se entera? ¡Un segundo Cripple Creek! Se trata de cuarzo, no de un placer; y si trabajamos como es debido nos haremos con millones y millones. Había oído hablar de ese lugar con anterioridad. Edificaremos una ciudad…, miles de obreros…, buenas conducciones de agua…, líneas fluviales…, un gran comercio…, un ferrocarril quizás…, aserradoras…, luz eléctrica… Seremos nuestros propios banqueros… Tendremos una compañía comercial…, un sindicato[16]… ¡Guarde el secreto hasta que yo regrese!

Los trineos llegaron a una altura en la cual el camino cruzaba la desembocadura del Stuart River. Un mar de hielo cegaba la ruta que conducía al desconocido Este. Las raquetas de nieve fueron desatadas de los trineos. Axel Gunderson estrechó las manos a los hombres que iban a quedarse, mientras su esposa se colocaba detrás del último trineo, demostrando su larga práctica en el arte de servirse de aquel extraño calzado. El silencio se vio interrumpido por las alegres despedidas; los perros aullaron, y Axel Gunderson y Pieles de Nutria hablaron con su látigo a un recalcitrante can.

Una hora más tarde la pequeña caravana de trineos se había perdido de vista.

II

Una noche, muchas semanas más tarde, Malemute Kid y Prince se entretenían resolviendo los problemas de ajedrez que aparecían en la página de entretenimientos de una antigua revista. Kid acababa de regresar de sus propiedades de Bonanza y estaba descansando mientras preparaba una expedición de caza. Prince, por su parte, había pasado casi todo el invierno viajando de un lado para otro y sentía verdaderos deseos de pasar una semana haciendo vida de hogar en la cabaña.

—Muevo el caballo negro y obligo a mover el rey… No, no es eso. Verás, el siguiente movimiento…

—¿Por qué avanzar el peón dos cuadros? Puede ser tomado al paso, y con el alfil fuera de la línea…

—¡Un momento! Esto deja un línea abierta, y…

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—No. Está protegida. ¡Adelante! Verás cómo sale bien.

Era muy interesante. Alguien llamó a la puerta por segunda vez antes de que Malemute Kid dijera: «Entre». La puerta se abrió de par en par. Algo penetró en la cabaña. Prince le dirigió una mirada y se puso rápidamente en pie. El horror que se reflejó en sus ojos intrigó a Malemute Kid, el cual quedó también sorprendido, a pesar de que había visto muchas cosas extrañas durante su vida. La cosa avanzó ciegamente hacia ellos. Prince se acercó lentamente al lugar donde estaba colgado su Smith & Wesson.

—¡Dios mío! ¿Quién es? —le preguntó en un susurro a Malemute Kid. —No lo sé. Tiene aspecto de haber pasado mucho frío, sin ningún

alimento —contestó Kid, deslizándose en dirección contraria—. No le pierda de vista. Puede estar loco advirtió, mientras se acercaba a la puerta con objeto de cerrarla.

La cosa avanzó hacia la mesa. La brillante llama de la lámpara se reflejó en sus ojos. Estaba divertido, al parecer, y de repente empezó a cantar una extraña canción como las que cantan los marineros cuando el mar ruge en sus oídos:

El barco yanqui baja por el río.

¡Hala, muchachos! ¡Remad!

¿Deseáis saber qué capitán lo gobierna?

¡Hala, muchachos! ¡Remad!

Es Jonathan Jones, de Carolina del Sur.

¡Hala, muchachos…!

Se interrumpió bruscamente, se acercó con paso vacilante a la despensa y antes de que pudieran evitarlo había clavado los dientes en un trozo de tocino crudo. La lucha entre él y Malemute Kid fue dura; pero la fuerza que le prestaba la locura le abandonó tan repentinamente como le había llegado y se quedó quieto. Le llevaron hasta una banqueta, en la cual se dejó caer con medio cuerpo apoyado encima de la mesa. Una pequeña dosis de whisky le reanimó, de modo que fue capaz de hundir la cuchara en el bote de azúcar que Malemute Kid colocó delante de él. Cuando hubo satisfecho su apetito, temblando mientras comía, Prince le sirvió una taza de té.

En los ojos del hombre se reflejaba un sombrío frenesí que se encendía y se apagaba con cada bocado. En su rostro había muy poca piel. Por tal motivo, su cara, demacrada y hundida, tenía escasa semejanza con la de un

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ser humano. Helada tras helada habían ido depositando una especie de costra sobre la piel. La seca y dura superficie era de un color negro sanguinolento, y tenía numerosas grietas por las cuales asomaba la carne roja. Su chaquetón de piel estaba sucio y hecho jirones.

Malemute Kid se dirigió al hombre, silabeando lentamente las palabras:

—¿Quién… es… usted?

El hombre no prestó la menor atención.

—¿De dónde viene?

—El barco yanqui baja por el río —fue la temblorosa respuesta.

—No hay duda de que baja —dijo Kid, apoyando su mano en el hombro del desconocido para infundirle confianza.

Pero el hombre se estremeció al contacto y se llevó una mano al costado, dando muestras de evidente dolor. Se puso lentamente en pie, medio apoyado sobre la mesa.

—Ella se rió de mí… con odio en sus ojos; ella… no… quiso… venir. Su voz se apagó, pero Malemute Kid le agarró por la muñeca y gritó: —¿Quién? ¿Quién no quiso venir?

—Ella. Unga. Ella se rió y me golpeó… Y luego… —¿Sí?

—Y luego…

—Y luego ¿qué?

—Y luego él quedó tendido, inmóvil sobre la nieve mucho tiempo. Está… todavía… en la nieve.

Malemute Kid y Prince se miraron con expresión desolada.

—¿Quién está en la nieve?

—Ella, Unga. Ella me miró con odio y luego… —Sí, sí.

—Y luego cogió el cuchillo; y una vez, dos veces… Ella era débil. Yo viajé muy lentamente. Y hay mucho oro en aquel lugar, mucho oro.

—¿Dónde está Unga?

Por todo lo que Malemute Kid sabía, Unga podía estar muriéndose a una milla de allí. Sacudió al hombre salvajemente, repitiendo una y otra vez:

—¿Dónde está Unga? ¿Quién es Unga? —Ella… está… en… la… nieve. —¡Siga!

Malemute Kid apretaba cruelmente su muñeca.

—De… modo… que… yo… quise… quedarme… en… la… nieve…, pero… tenía… una… deuda… que… pagar…, una… deuda… que… pagar…

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tenía…

Se interrumpió para llevarse la mano al bolsillo y sacar un saquito de piel de gamo.

—Una… deuda… que… pagar…, cinco… libras… de… oro… a… Male… mute… Kid…

La exhausta cabeza cayó sobre la mesa. Malemute Kid no pudo levantarla de nuevo.

—Es Ulises —dijo en voz baja, recogiendo el saquito de polvillo de oro

—. Sospecho que se refería a Axel Gunderson y a la mujer. Vamos, le tenderemos en la cama.

Mientras le desnudaban se dieron cuenta de que en el pecho, cerca de la tetilla derecha, tenía la huella sangrienta de dos cuchilladas.

III

—Hablaré a mi manera de las cosas que encontré; pero ustedes comprenderán. Empezaré por el principio, y hablaré de mí mismo y de la mujer, y, después de esto, del hombre.

Pieles de Nutria se arrimó a la estufa como hacen los hombres que se han visto privados de fuego y temen que el regalo de Prometeo pueda desvanecerse en cualquier momento. Malemute Kid colocó la lámpara de modo que la luz cayera de lleno sobre el rostro del narrador. Prince se deslizó de su camastro y fue a reunirse con ellos.

—Soy Naass, un jefe, y el hijo de un jefe, nacido entre una puesta de sol y el amanecer, en los mares oscuros, en el oomiak[17] de mi padre. Durante toda una noche los hombres remaron furiosamente, mientras las mujeres achicaban el agua que entraba en la embarcación. Durante toda una noche lucharon con la tormenta. El agua salada mojó el pecho de mi madre mientras yo venía al mundo, pero yo… yo alcé mi voz con el viento y la tormenta, y viví.

»Vivíamos en Akatan…

—¿Dónde? —preguntó Malemute Kid.

—Akatan, que está en las Aleutianas; Akatan, más allá de Chignik, más allá de Kardalak, más allá de Unimak. Como decía, vivíamos en Akatan, que se encuentra en medio del mar, en el confín del mundo. Recorríamos los mares en busca del pescado, de la foca y de la nutria; y nuestros hogares se tocaban unos a otros en la franja rocosa que hay entre la orilla de un bosque y la amarillenta playa donde reposaban nuestros kayaks. No éramos muchos, y

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el mundo era muy pequeño. Hacia el Este había extrañas tierras…, islas como Akatan; de modo que creíamos que todo el mundo estaba compuesto de islas, y no nos importaba.

»Yo era distinto de mi gente. En las arenas de la playa reposaban los restos de una embarcación que mi gente no había construido. Se dice que en aquella embarcación llegaron dos hombres. Eran blancos como usted y débiles como los chiquillos cuando el mar no permite salir de pesca y los cazadores regresan de vacío. Me enteré de esas cosas por los ancianos y ancianas, que a su vez se habían enterado por boca de sus padres y de sus madres. Aquellos hombres blancos acabaron por adaptarse a nuestras costumbres y construyeron sus propias casas, y tomaron a nuestras mujeres, y con el tiempo tuvieron hijos. Así nació el que había de convertirse en el padre del padre de mi padre.

»Como decía, yo soy distinto de mi gente, ya que llevaba en mis venas la sangre del extraño hombre blanco que llegó del mar. Se dice que en la época anterior a la llegada de aquellos hombres teníamos otras leyes; pero eran orgullosos y pendencieros, y lucharon con nuestros hombres hasta someterlos a todos. Entonces se nombraron jefes a sí mismos, y abolieron nuestras antiguas leyes y nos dieron otras nuevas, tales como la de que el hombre es hijo de su padre, y no de su madre, como habíamos creído hasta entonces. También dispusieron que el hijo nacido en primer lugar debe tener todas las cosas que pertenecieron a su padre, y qué los hermanos y hermanas deben arreglárselas por sí mismos. Y nos dieron otras leyes. Nos enseñaron nuevos métodos de pesca y de caza; y a almacenar víveres para las épocas de hambre. Y esas cosas eran buenas.

»Pero cuando se hubieron convertido en jefes y no hubo ya hombres que se enfrentaran con ellos, los extraños hombres blancos lucharon entre sí. Y aquel cuya sangre llevo en mis venas hundió su arpón en el cuerpo del otro. Sus hijos reanudaron la lucha, y los hijos de sus hijos; y existía un gran odio entre ellos hasta la época de mi nacimiento. Llegó un momento en que yo era el único de mi sangre; de la del otro hombre sólo había una muchacha, Unga, que vivía con su madre. Su padre y mi padre no regresaron de la pesca una noche; pero más tarde las olas arrojaron sus cadáveres a la playa, y estaban estrechamente enlazados.

»Los ancianos sacudieron sus cabezas y dijeron que la lucha continuaría cuando Unga tuviera hijos y yo tuviera hijos. Me contaron todo esto cuando yo era un chiquillo, hasta que llegué a creerlo y a mirar a Unga como a una enemiga destinada a ser la madre de unos hijos que iban a luchar con los

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míos. Pensaba en aquellas cosas día tras día, y cuando me hice mayor llegué a preguntar por qué las cosas tenían que ser de aquel modo. Y me contestaron: “No lo sabemos, pero así es como actuaron tus padres”. Y a mí me maravillaba que los que iban a venir tuvieran que librar las batallas de los que se habían ido, y no me parecía justo. Pero mi gente decía que así debía ser, y yo no podía oponerme a la voluntad general.

»Y me decían que debía apresurarme y tener hijos que se hicieran fuertes antes que los hijos de ella. Esto era fácil, ya que yo había heredado los bienes de mi padre y era un hombre rico. Y las doncellas me miraban con buenos ojos, pero no encontraba a ninguna que me gustara. Y los ancianos y las madres de las doncellas me decían que debía apresurarme, ya que los muchachos empezaban a rondar a Unga; y si los hijos de Unga se hacían fuertes antes que los míos, los míos morirían con toda seguridad.

»No encontré a una doncella hasta una noche al regresar de la pesca. La luz del sol agonizaba, el viento soplaba impetuoso y los kayaks iban acercándose a la orilla. De repente, el kayak de Unga pasó junto al mío y ella me miró, con su pelo negro flotando como una nube nocturna sobre su húmeda mejilla. Yo era un jovenzuelo, y Unga tenía los ojos iluminados por el moribundo sol. Y en aquel momento supe que Unga me gustaba. Como ya he dicho, el kayak de Unga pasó junto al mío, y ella se volvió a mirar hacia atrás varias veces —mirando como sólo la mujer Unga podía mirar—, y supe de nuevo que me gustaba. La gente gritaba mientras íbamos dejando atrás a los perezosos oomiaks. Pero Unga era muy rápida con el remo, y la emoción ponía plomo en mis brazos, y no pude ganar la carrera.

Naass, sentado en una banqueta, estaba en la actitud de un remero empeñado en una loca carrera. En alguna parte más allá de la estufa estaba viendo el kayak de Unga y su negro cabello flotando al viento. La voz de la brisa marina resonaba en sus oídos, y su salobre olor llenaba sus fosas nasales.

»Pero Unga llegó a la playa y corrió por la arena, riendo, hacia la casa de su madre. Y aquella noche se me ocurrió una gran idea…, una idea digna del que era jefe de todo el pueblo de Akatan. De modo que cuando la luna hubo salido me fui a la casa de su madre y miré los bienes de Yash-Noosh, los cuales estaban amontonados en la puerta: los bienes de Yash-Noosh, un fuerte cazador que había decidido convertirse en el padre de los hijos de Unga. Otros jóvenes habían amontonado allí sus bienes y habían tenido que llevárselos de nuevo; y cada uno de los jóvenes había depositado un montón mayor que el anterior.

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»Y yo reí a la luna y a las estrellas, y fui a mi propia casa, donde estaba almacenada mi riqueza. Hice muchos viajes, hasta que mi montón fue más alto que el montón de Yash-Noosh. Allí había pescado secado al sol y ahumado, y cuarenta pieles de foca, y diez pieles de oso que había matado en los bosques con mis propias manos. Y había abalorios y mantas y telas de color rojo que yo había comprado a la gente que vive al Este, y que ellos habían comprado a su vez a la gente que vive todavía más al Este. Y miré el montón de los bienes de Yash-Noosh y me eché a reír, ya que yo era el hombre más importante de Akatan, y mi riqueza era mayor que la riqueza de todos los jóvenes de la isla, y mis padres habían llevado a cabo muchas hazañas, y habían dado leyes a mi pueblo, y habían dejado un recuerdo imperecedero en la mente de todos.

»De modo que, al hacerse de día, me dirigí a la playa, mirando con el rabillo del ojo hacia la casa de la madre de Unga. Mi oferta no había sido tocada. Y las mujeres sonreían, y se decían cosas en voz baja unas a otras. Quedé intrigado, ya que nunca había sido hecha una oferta como la mía; y aquella noche añadí más cosas al montón, y puse además un kayak de pieles curtidas que nunca había estado en el mar. Pero al hacerse de día el montón seguía allí, expuesto a la risa de todos los hombres. La madre de Unga era muy astuta, y me puse furioso ante la vergüenza que me hacía pasar delante de mi gente. De modo que aquella noche añadí todavía más cosas al montón, incluyendo mi oomiak, cuyo valor era el de veinte kayaks. Por la mañana el montón había desaparecido.

»Entonces empecé los preparativos para la boda, y la gente que vivía al Este vino a tomar parte en la fiesta. Unga tenía cuatro soles más que yo, tal como nosotros reconocíamos los años. Yo era sólo un mozalbete; pero era un jefe, y el hijo de un jefe, y la edad no tenía importancia.

»Pero una embarcación mostró sus velas en el océano y fue haciéndose mayor a impulsos del viento. A medida que se acercaba a la orilla pudimos distinguir a sus ocupantes. En la popa había un hombre de aspecto impresionante, el cual medía la profundidad del agua y daba órdenes con una voz de trueno. Sus ojos eran azules, del color de las aguas profundas, y su cabeza parecía la de un león marino. Y su pelo era amarillo como las cosechas en el Sur.

»Estábamos acostumbrados a ver embarcaciones que surcaban el mar a lo lejos, pero aquella era la primera vez que una embarcación atracaba en la playa de Akatan. La fiesta quedó interrumpida, y las mujeres y los niños corrieron a esconderse en sus casas mientras los hombres se disponían a hacer

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frente a los intrusos, templando los arcos y enarbolando los arpones. Pero cuando la quilla de la embarcación tocó la arena de la playa, sus ocupantes no parecieron interesarse por nosotros, ocupados con su propio trabajo.

»Era evidente que no venían en plan agresivo, y poco a poco las mujeres y los niños volvieron a acercarse para que continuara la fiesta. Los forasteros desembarcaron, nos hicieron regalos y se mostraron muy amistosos; de modo que correspondí a sus cordiales sentimientos, ya que era el día de mi boda, y yo era el hombre más importante de Akatan. Y el hombre con aspecto de león marino estuvo allí, mirando fijamente a Unga, con los brazos plegados, hasta que el sol se ocultó y aparecieron las primeras estrellas. Entonces regresó a su embarcación. Después de esto tomé a Unga por la mano y la conduje a mi propia casa. Y todo el mundo cantaba y reía en voz alta, y las mujeres decían las cosas que acostumbran a decirse en tales ocasiones. Pero a nosotros no nos importaba. Luego, la gente nos dejó solos y todo el mundo regresó a sus casas.

»El último ruido no se había apagado del todo cuando el jefe de los forasteros apareció en la puerta de mi casa. Y traía unas botellas negras de las cuales bebimos con gran alegría. Yo no era más que un mozalbete y había pasado toda mi vida en el confín del mundo. De modo que mi sangre se encendió como fuego y mi corazón estaba tan ligero como el vuelo de un ave marina. Unga permanecía sentada en un rincón, silenciosa, con los ojos agrandados por algo que parecía un oculto temor. Y el hombre con aspecto de león marino no cesaba de mirarla fijamente. Luego llegaron sus hombres con montones de bienes, y él amontonó ante mí una riqueza superior a la que había en todo Akatan. Armas grandes y pequeñas, y pólvora, y balas, y hachas y cuchillos de brillante acero, y herramientas de todas clases, y cosas muy raras que yo no había visto nunca. Cuando me hizo un gesto indicándome que todo aquello era mío, pensé que era un gran hombre para mostrarse tan generoso; pero me señaló también a Unga, para darme a entender que todo aquello me lo ofrecía a cambio de que Unga se marchara con él en su embarcación. ¿Comprende? Que Unga se marchara con él en su embarcación. La sangre de mis antepasados hirvió repentinamente en mi pecho y me lancé contra él empuñando mi arpón. Pero el espíritu de las botellas había robado la vida a mi brazo, y el intruso me cogió por el cuello y golpeó mi cabeza contra la pared de la casa. Y me sentí tan débil como un niño recién nacido, y mis piernas se negaron a sostenerme. Unga empezó a gritar, mientras el intruso la arrastraba hacia la puerta. Luego la cogió entre sus enormes brazos, y cuando

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ella tiró furiosamente de su pelo amarillo, él se echó a reír como si la cosa le divirtiera mucho.

»Corrí hacia la playa y llamé a mi gente, pero estaban muy asustados. Sólo Yash-Noosh era un hombre, pero le golpearon en la cabeza hasta que cayó con el rostro enterrado en la arena y no se movió más. Y los hombres izaron las velas entonando alegres canciones, y la embarcación se alejó empujada por el viento.

»La gente dijo que aquello era bueno, ya que no habría más guerra de familia en Akatan; pero yo no dije una palabra y esperé hasta el tiempo de la luna llena; entonces puse pescado y aceite en mi kayak y me marché hacia el Este. Vi muchas islas y mucha gente, y yo, que había vivido en el confín del mundo, vi que el mundo era muy grande. Hablaba por signos; pero nadie había visto a un hombre con aspecto de león marino, y me señalaban siempre hacia el Este. Y dormí en extraños lugares, y comí cosas extrañas, y conocí extraños rostros. Muchos se reían de mí, ya que pensaban que estaba loco; pero a veces los ancianos me miraban con simpatía y me daban su bendición, y los ojos de las doncellas adquirían una expresión soñadora mientras me dirigían preguntas acerca de la extraña embarcación, y de Unga, y de los hombres del mar.

»De este modo, a través de mares embravecidos y de grandes tormentas, llegué a Unalaska. Allí había dos embarcaciones parecidas a la que yo estaba buscando, pero ninguna era la que había atracado en la playa de Akatan. De modo que seguí más hacia el Este, dándome cuenta de que el mundo era cada vez mayor, y en la isla de Unamok no sabían palabra de la embarcación, lo mismo que en la de Kadiak, y en la de Atognak. Y un día llegué a una región rocosa, donde los hombres excavaban grandes agujeros en las montañas. Y allí había una embarcación que no era la que yo buscaba, y los hombres la cargaban con las piedras que extraían de las montañas. Pensé que era una cosa infantil, ya que el mundo está hecho de piedras; pero aquellos hombres me dieron comida y trabajo. Cuando la embarcación estuvo cargada, el capitán me dio dinero y me dijo que me marchara; pero yo le pregunté adonde se dirigía y me señaló hacia el Sur. Le hice señas de que deseaba ir con él, y al principio se echó a reír; pero luego, como andaba corto de personal, aceptó llevarme en el barco. Así aprendí el oficio de marinero, y lo aprendí con facilidad. No era nada extraordinario, ya que la sangre de mis antepasados era sangre de marinos.

»Me había imaginado que encontrar al hombre que buscaba sería una tarea relativamente fácil una vez me hallara entre su propia gente; y cuando

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llegamos a tierra y desembarqué en un puerto, vi tantas embarcaciones que no pude contarlas con los dedos de mis dos manos. Y cuando subí a ellas preguntando por un hombre con aspecto de león marino se echaron a reír y me contestaron en muchos idiomas desconocidos. Y descubrí que procedían de las más remotas partes de la tierra.

»Y fui a la ciudad para mirar los rostros de todos los hombres. Pero eran como el bacalao cuando surca los mares en espesos bancos y no pude contarlos. Y el ruido se me hizo insoportable, y el movimiento me aturdía. Y fui de un lado para otro, y visité grandes ciudades donde los hombres viven como mujeres, con falsas palabras en sus bocas y sus corazones negros por la codicia del oro. Y todo ello mientras en Akatan la gente cazaba y pescaba, y era feliz con la idea de que el mundo era muy pequeño.

»Pero la mirada de los ojos de Unga aquel atardecer en que regresábamos de la pesca me acosaba constantemente, y yo sabía que acabaría por encontrarla cuando llegara el momento. En sus ojos había leído una promesa que sólo la mujer Unga podía dar.

»De modo que recorrí un millar de ciudades. En unas la gente era amable y me daba comida, en otras se reía de mí, y en otras incluso me insultaba; pero yo mantenía la boca cerrada, y seguía recorriendo extraños caminos y contemplando extraños espectáculos. A veces yo, que era un jefe, e hijo de un jefe, servía a hombres de lenguaje rudo y duros como el hierro que ganaban el oro con el sudor y el sufrimiento de sus semejantes. No dije ni una palabra de mi investigación hasta que regresé al mar, del mismo modo que una foca regresa a su refugio entre las rocas. Pero ahora me encontraba en otra región, más al Norte, y allí oí hablar del hombre de pelo amarillo, y me enteré de que era un cazador de focas y que en aquellos momentos estaba recorriendo el mar.

»De modo que me enrolé en un barco destinado a la captura de focas y seguí las huellas del hombre en dirección Norte, donde la caza estaba en su apogeo. Y navegué meses enteros, y hablé con muchos marineros, y oí hablar de las hazañas del hombre de aspecto de león marino; pero ni una sola vez me crucé con él en el mar. Fuimos hacia el Norte, hasta las Pribilofs, y matamos las focas a manadas en las playas, y llevamos sus cuerpos todavía calientes a bordo, hasta que nuestros imbornales rezumaron grasa y sangre y ningún hombre pudo permanecer en pie en cubierta. Luego nos vimos perseguidos por un buque de poco calado, el cual disparó contra nosotros con grandes cañones. Pero nosotros huimos a toda vela hasta que las olas barrieron la

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cubierta y la dejaron completamente limpia, y acabamos por perdernos entre la niebla.

»Se dijo en aquella época, mientras nosotros huíamos con los corazones llenos de temor, que el hombre de pelo amarillo había asaltado la factoría más importante de las Pribilofs, y mientras una parte de sus hombres amenazaban a los empleados de la compañía, el resto se apoderó de diez mil pieles sin curtir. Eso es lo que se dijo, pero yo lo creí, ya que en los viajes que había hecho a la costa pude darme cuenta de que tenía aterrorizada aquella región de los mares del Norte con su audacia y su intrepidez, hasta que las tres naciones ribereñas de aquellos mares decidieron darle caza con sus barcos. Y oí hablar de Unga, ya que los capitanes cantaban alabanzas en su honor, y ella seguía estando con él. Había aprendido las costumbres de los blancos, decían, y era feliz. Pero yo sabía algo más: sabía que su corazón añoraba a su gente y a la amarillenta playa de Akatan.

»De modo que, después de mucho tiempo, regresé el puerto y allí me enteré de que había cruzado el gran océano para ir a cazar focas al este de las tierras cálidas que discurren al sur de los mares rusos. Y yo, que me había convertido en un marinero, me embarqué con hombres de su propia raza y me marché detrás de él a la caza de la foca. Y en aquella tierra nueva había muy pocos barcos; pero nosotros nos colocamos en el flanco de la manada de focas y navegamos hacia el Norte durante toda la primavera. Y cuando los animales cruzaron la línea de demarcación rusa, nuestros hombres gruñeron y se asustaron, ya que allí había mucha niebla y cada día se perdían hombres en los botes. No querían trabajar, de modo que el capitán viró el barco para tomar el camino por el cual habíamos venido. Pero yo sabía que el hombre de pelo amarillo no estaba asustado y que iría en busca de más botín incluso a las islas rusas, donde pocos hombres van. De modo que cogí un bote en la oscuridad de la noche, cuando el vigía dormitaba en el castillo de proa, y me marché solo hacia la tierra cálida y amplia. Y viajé hacia el Sur hasta encontrar los hombres de Yeddo Bay, que son salvajes y no temen a nada. Y las muchachas de Yoshiwara eran pequeñas y brillantes como el acero, y agradables a la vista; pero yo no podía detenerme, ya que sabía que Unga estaba navegando hacia las guaridas de focas del Norte.

»Los hombres de Yeddo Bay procedían de todos los rincones de la tierra y no tenían dioses ni hogares; navegaban bajo el pabellón japonés. Fui con ellos a las ricas playas de Copper Island, donde hicimos una gran provisión de pieles. Y en aquel silencioso mar no vimos a ningún hombre hasta que nos disponíamos a marcharnos. Entonces, un día, la niebla nos envolvió durante

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largo rato, y al disiparse empujada por un fuerte viento vimos a una goleta muy cerca de nosotros, perseguida por un buque de guerra ruso. Largamos todo el trapo para huir, con la goleta pegada a nosotros. Y en la popa dé la goleta estaba el hombre con aspecto de león marino, riéndose a carcajadas. Y a su lado estaba Unga —la reconocí en seguida—, pero él la mandó abajo en cuanto el cañón empezó a hablar a través del mar. Inmediatamente me di cuenta de la maniobra: trataba de adelantarnos, a fin de que el buque ruso se ocupara de nuestra embarcación y dejara en paz la suya. Y así sucedió. Los cañones rusos abatieron nuestro palo mayor y nos dejaron sin velamen, mientras el hombre que yo había estado buscando desaparecía por la línea del horizonte… en compañía de Unga.

»¿Qué podíamos hacer? Fuimos capturados; nos llevaron a un puerto ruso y después a una región solitaria, donde nos obligaron a trabajar en las minas de sal. Y algunos murieron, y… y algunos no murieron.

Naass tiró de la manta que cubría sus hombros, dejando al descubierto la carne señalada con las inconfundibles huellas del Knout. Prince se apresuró a taparle de nuevo, ya que no era un espectáculo agradable de ver.

«Pasamos allí una penosa temporada, y a veces algunos hombres huían hacia el Sur, pero siempre regresaban. De modo que cuando los de Yeddo Bay decidimos sublevarnos y atacar a los guardianes durante la noche, nos dirigimos hacia el Norte. Y la tierra era un espacio interminable, con llanuras, cursos de agua y grandes bosques. Y llegó el frío, con mucha nieve en el suelo, y ningún hombre conocía el camino. Durante meses enteros vagamos por el interminable bosque…, y sólo recuerdo que teníamos muy poca comida y que más de una vez nos tumbamos en el suelo, dispuestos a morir. Pero al final llegamos al mar, aunque solamente llegamos tres. Uno había embarcado en Yeddo como capitán, y se sabía de memoria la situación de las grandes tierras y el lugar por donde los hombres pueden cruzar de una a otra sobre el hielo. Y nos condujo durante mucho tiempo, hasta que sólo quedamos dos. Cuando llegamos al lugar donde encontramos cinco de aquellas extrañas personas que viven en aquel país, vimos que tenían perros y pieles, en tanto nosotros éramos muy pobres. Luchamos en la nieve hasta que murieron, y el capitán murió, y los perros y las pieles fueron míos. Entonces crucé sobre el hielo, que estaba roto, y estuve a punto de ahogarme hasta que una afortunada racha de viento procedente del Este me arrojó a una playa. Después de esto, Golovin Bay, Pastilik y el sacerdote. Luego, el Sur, el Sur hacia las cálidas tierras bañadas por el sol donde había buscado primero.

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»Pero el mar no resultaba ya provechoso, y los que se dedicaban a la captura de la foca obtenían muy pocos beneficios y corrían muchos peligros. No había posibilidad de embarcarse, y los capitanes y los marineros no sabían una palabra del hombre por el cual les preguntaba. De modo que volví la espalda al océano que nunca descansa y me metí tierra adentro, donde los árboles, las casas y las montañas permanecen siempre en el mismo lugar. Viajé mucho y llegué a aprender muchas cosas, incluso a leer y a escribir. Creo que debía hacerlo, ya que tenía la impresión de que Unga había aprendido aquellas cosas y que algún día, cuando fuera el momento…, nosotros…

»De modo que vagué de un lado para otro como aquellos pececillos que se ven arrastrados por las corrientes. Pero mis ojos y mis oídos estaban siempre abiertos, y me acercaba a los hombres que viajaban mucho, ya que sabía que ellos eran los que podían haber visto a las personas a las cuales buscaba. Al final llegó un hombre, procedente de las montañas, con unos trozos de roca en los cuales había unas pepitas de oro del tamaño de un guisante, y él había oído hablar de ellos, les había encontrado, les había conocido. Eran ricos, dijo, y vivían en el lugar donde extraían el oro del suelo.

»Era una región salvaje y estaba muy lejos; pero a su debido tiempo llegué al campamento oculto entre las montañas, donde los hombres trabajaban día y noche, fuera de la vista del sol. Pero el momento no había llegado aún. Escuché la charla de la gente. El hombre con aspecto de león marino se había marchado —los dos se habían marchado— a Inglaterra, decían, a fin de encontrar hombres con mucho dinero para formar compañías. Vi la casa donde habían vivido; parecía un palacio como los que se ven en los países antiguos. Por la noche me introduje en la casa a través de una ventana para ver de qué modo trataba a Unga. Fui de habitación en habitación y todo era muy bueno, hasta el punto que pensé que los reyes y las reinas debían vivir de aquel modo. Y todos decían que la trataba como a una reina, y muchos se maravillaban de que una indígena pudiera ser como era ella. Sí, Unga era una reina; pero yo era un jefe, y el hijo de un jefe, y había pagado por ella un incalculable precio en pieles, y embarcaciones, y abalorios.

»Pero ¿por qué tantas palabras? Yo era un marinero y conocía el camino de los barcos sobre los mares. Les seguí a Inglaterra y luego a otros países. A veces oía hablar de ellos, a veces leía noticias suyas en los periódicos; pero ni una sola vez conseguí verles, ya que tenían mucho dinero y viajaban rápidamente, en tanto que yo era un hombre pobre. Luego tuvieron dificultades y su riqueza se desvaneció un día como una voluta de humo. Los

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periódicos hablaron extensamente del caso en aquella época; pero después no dijeron ni una sola palabra acerca de ellos y supe que habían regresado al lugar donde podían obtener más oro del suelo.

»Ahora eran tan pobres como yo, de modo que vagué de campamento en campamento hasta el norte de la región de Kootenay, donde conseguí noticias suyas. Se fueron por este camino, decían unos; por aquél, decían otros, y aun otros me dijeron que se habían marchado a la región del Yukón. Y yo seguí este camino y luego el otro, viajando incansablemente hasta sentirme agotado por la idea de lo grande que era el mundo. Pero en Kootenay había encontrado a un mestizo del Noroeste que estaba a punto de morir a causa de las penalidades que había tenido que soportar. Había estado en el Yukón por un camino desconocido a través de las montañas, y cuando vio que llegaba su hora me entregó el mapa y el secreto de un lugar en el cual había mucho oro. Y me juró por sus dioses que estaba diciéndome la verdad.

»Después de esto todo el mundo empezó a afluir hacia el Norte. Yo era un hombre pobre; me vendía a mí mismo, convirtiéndome en conductor de perros. El resto ya lo conoce usted. Les encontré a los dos en Dawson. Ella no me conoció, ya que cuando me había visto por última vez yo no era más que un mozalbete, y su vida había estado llena de acontecimientos, de modo que no había tenido tiempo para recordar al que había pagado un incontable precio por ella.

»¿Después? Usted me dio el dinero para rescindir mi compromiso. Me dispuse a arreglar las cosas a mi modo, ya que había esperado durante mucho tiempo, y ahora que lo tenía al alcance de mi mano no tenía prisa. Como le he dicho, quería hacer las cosas a mi modo, ya que repasaba mi vida anterior, a través de todo lo que había visto y sufrido, y recordaba el frío y el hambre de los interminables bosques junto a los mares rusos. Como usted sabe, le conduje hacia el Este —a él y a Unga—, hacia el Este, donde muchos habían ido y pocos habían regresado. Le conduje al lugar donde los huesos y las maldiciones de muchos hombres descansaban junto al oro que no habían podido obtener.

»El viaje era largo y el camino difícil. Llevábamos muchos perros, los cuales comían mucho. Nuestros trineos no podían hacer el viaje directamente. Tuvimos que detenernos en diversos lugares a fin de obtener provisiones. En el McQuestion había tres hombres y allí construimos un depósito de víveres, y lo mismo hicimos en Mayo, donde había un campamento de caza con una docena de Pellys, los cuales habían cruzado la divisoria desde el Sur. Después de esto, mientras avanzábamos hacia el Este, no vimos a ningún hombre; sólo

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el soñoliento río, el bosque inmóvil y el blanco silencio del Norte. Como ya he dicho, el viaje era largo y el camino difícil. A veces, durante todo un día no recorríamos más que ocho o diez millas, y por la noche dormíamos como muertos. Y ni una sola vez soñaron que yo era Naass, el jefe de Akatan, el que enderezaba lo que estaba mal hecho.

»Ahora construíamos más depósitos y por la noche nos dedicábamos a ocultarlos de modo que no llamaran la atención de los posibles ladrones, aunque en aquellas soledades resultaba casi descabellado pensar en ladrones. Llegó un momento en que tuvimos que ir sacrificando perros, uno a uno, para alimentar a sus compañeros. El último perro murió la noche en que llegamos al oro y a los huesos y a las maldiciones de los hombres.

»Para alcanzar aquel lugar, en el corazón de las grandes montañas —el mapa decía la verdad—, hicimos una especie de escalera cortando el hielo de la pared de una divisoria. Esperábamos encontrar un valle detrás, pero allí no había ningún valle. La nieve se extendía de modo interminable por las llanuras, y aquí y allá enormes montañas mostraban sus blancas cabezas entre las estrellas. Y en medio de aquella extraña llanura que debió de haber sido un valle, la tierra y la nieve parecían descender hacia el corazón del mundo. De no haber sido nosotros antiguos marineros, el espectáculo hubiera hecho rodar nuestras cabezas, pero permanecimos de pie sobre la escarpada pared buscando un camino para bajar. Y en un lado, y sólo en un lado, la pared había caído dejando una abertura, a cuya vista él exclamó: “Es la boca del infierno; vamos a bajar”. Y bajamos.

»Y en el fondo había una cabaña, construida por algún hombre, de troncos que había arrastrado desde arriba. Era una cabaña muy vieja, y varios hombres habían muerto en ella, solos, en distintas épocas, y en trozos de corteza que encontramos allí pudimos leer sus últimas palabras y sus maldiciones. Uno había muerto de escorbuto; el socio de otro le había robado los últimos alimentos y toda la pólvora que le quedaba, y se había marchado; un tercero había sido atacado por un enorme oso gris; un cuarto… Y así por el estilo. Todos habían venido en busca del oro y habían muerto junto a él de un modo u otro. Y el oro que habían reunido amarilleaba en el suelo de la cabaña como en un sueño.

»Pero el hombre al cual había conducido hasta aquel lugar tenía el espíritu recio y la mente clara. “No tenemos nada que comer —dijo—, de modo que nos limitaremos a comprobar dónde está el oro y cuánto hay. Entonces nos marcharemos rápidamente, antes de que el brillo del metal ciegue nuestros ojos y nuble nuestra capacidad de juicio. Luego regresaremos con todo lo

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necesario y el oro será nuestro”. De modo que nos dedicamos a localizar la gran veta aurífera, incrustada en la pared, y la medimos, y clavamos las estacas que afirmaban nuestros derechos sobre aquella pertenencia. A continuación, con las rodillas temblorosas por la falta de alimento, y los vientres enfermos, y nuestros corazones pegados a nuestras bocas, trepamos por la alta pared por última vez y nos dispusimos a emprender el camino de regreso.

»La última parte del trayecto hasta el primer depósito que habíamos construido la recorrimos sosteniendo a Unga entre los dos, y cuando llegamos a la cabaña descubrimos que los lobos se habían comido las provisiones que habíamos dejado. Pero Unga era valiente y sonrió, y puso su mano en la del hombre, hasta que mi corazón no pudo soportarlo.

»—Descansaremos junto al fuego —dijo Unga— hasta la mañana y cobraremos algunas fuerzas renunciando a nuestros mocasines.

»De modo que cortó nuestros mocasines en tiras y las hirvió en medio de la noche hasta que pudimos masticarlas y tragarlas. Y por la mañana hablamos de las posibilidades que teníamos. La siguiente cabaña estaba a cinco días de viaje; no podíamos llegar hasta ella. Teníamos que encontrar algún alimento.

»—Saldremos a cazar —dijo el hombre.

»—Sí —dije yo—. Saldremos a cazar.

»Y decidió que Unga se quedara junto al fuego para ahorrar energías. Y nosotros salimos en busca de algún animal. Y por la noche, cuando regresábamos al campamento, cayó varias veces a causa de la gran debilidad. También yo estaba muy débil, aunque mi capacidad de resistencia al hambre era mucho mayor. Además, el deseo de venganza me sostenía. Y al llegar a la cabaña recuperamos algunas fuerzas a base de nuestros mocasines.

»Era un gran hombre. Su espíritu sostuvo a su cuerpo hasta el final. Sólo estaba preocupado por Unga. Al segundo día le seguí, presintiendo que el desenlace estaba próximo. Por la noche estaba casi acabado; pero por la mañana juró débilmente y volvió a salir. Era como un hombre borracho, y varias veces tuve que ayudarle a levantarse, pero su fortaleza era enorme, y su alma era el alma de un gigante. Y aquel día abatió a dos lagópodos, pero no quiso comerlos. No necesitaba ningún fuego; aquellas aves significaban la vida; pero él sólo pensaba en Unga y regresó al campamento. No había andado mucho cuando cayó sobre la nieve. Me acerqué a él y leí la muerte en sus ojos. Incluso entonces no era demasiado tarde para comer los lagópodos. Soltó su rifle y se llevó el lagópodo a la boca como un perro. Yo estaba en pie

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a su lado. Y él me miró mientras descansaba, preguntándose los motivos de mi fortaleza. Pude adivinarlo, aunque no me dijo nada; y cuando sus labios se movieron no salió de ellos ningún sonido. Como he dicho, era un gran hombre, y mi corazón quería ablandarse; pero miré hacia atrás y recordé el frío y el hambre de los interminables bosques junto a los mares de Rusia. Además, Unga era mía, y yo había pagado por ella un incontable precio en pieles y en embarcaciones y en abalorios.

»Y de este modo atravesamos el bosque blanco, con el silencio pesando sobre nosotros como una húmeda niebla marina. Y los fantasmas del pasado estaban en el aire y encima nuestro y yo vi la amarillenta playa de Akatan, y, los kayaks regresando de la pesca, y las casas alineadas a la orilla del bosque. Y los hombres que se habían hecho jefes estaban allí, los legisladores cuya sangre circulaba por mis venas y cuya sangre había decidido compartir con Unga. Sí, y Yash-Noosh andaba a mi lado, con la arena húmeda en su pelo, y su arpón de guerra todavía en la mano, mientras se desplomaba sobre la playa. Y supe que el momento había llegado, y leí la promesa en los ojos de Unga.

Como he dicho, atravesamos el bosque hasta que el olor del humo del campamento llegó a nuestro olfato. Y yo me incliné sobre él y arranqué el lagópodo de sus dientes. Él se volvió de costado y descansó, con la sorpresa reflejada en sus ojos. Su mano se deslizó hacia el cuchillo que llevaba en la cintura. Pero yo llegué antes al cuchillo, sonriendo muy cerca de su rostro. Ni siquiera entonces comprendió. De modo que le obligué a beber de las negras botellas y amontoné de nuevo sobre la nieve todos mis bienes, y reviví para él las cosas que habían ocurrido la noche de mi boda. No dijo nada, pero comprendió. Sin embargo, no estaba asustado. El conocimiento pareció infundirle nuevas fuerzas, animadas por una fría cólera. No estábamos muy lejos del campamento, pero la nieve era profunda y él se arrastraba muy lentamente. Una vez descansó durante tanto tiempo, que me volví y le miré a los ojos. Y a veces parecía vivo, y a veces parecía muerto. Pero reemprendió la marcha. Y así llegamos al fuego. Unga se acercó inmediatamente a él. Sus labios se movieron silenciosamente. Luego me señaló para que Unga pudiera comprender. Y después de esto se quedó tumbado en la nieve, completamente inmóvil, durante un largo rato. Incluso ahora está allí, en la nieve.

»No dije ninguna palabra hasta que hube cocido el lagópodo. Entonces le hablé a ella en su propia lengua, la cual no había oído desde hacía muchos años. Ella se sorprendió enormemente, y sus ojos se abrieron como platos, y me preguntó quién era, y dónde había aprendido aquella lengua.

»—Soy Naass —dije.

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¿Tú? —dijo—. ¿Tú?

»Y se acercó más a mí para contemplarme fijamente.

»—Sí —contesté—. Soy Naass, el jefe de Akatan, el último de mi sangre, del mismo modo que tú eres la última de tu sangre.

»Y ella se echó a reír. Juro que nunca había oído una risa como la suya. Una risa que llenó mi alma de temor, sentado allí, en medio del blanco silencio, solo con la muerte y con una mujer que reía.

¡Vamos! —dije, creyendo que ella comprendería—. Cómete esto y nos marcharemos. Hay un largo trecho desde aquí hasta Akatan.

«Pero ella se echó a reír con más fuerza, hasta que pareció que los cielos iban a desplomarse sobre mis oídos. Yo había creído que iba a alegrarse muchísimo al reconocerme, al recuerdo de los viejos tiempos, pero aquella parecía una forma muy extraña de manifestar la alegría…

»—¡Vamos! —grité, cogiéndola fuertemente de la mano—. El camino es largo y oscuro. Tenemos que darnos prisa.

»—¿Dónde? —me preguntó, sentándose y cesando de reír.

»—A Akatan —contesté, pensando que la idea iluminaría su rostro. Pero ella reaccionó tal como había reaccionado él, con una fría cólera.

»—Sí —dijo—, iremos a Akatan, cogidos de la mano, tú y yo. Y viviremos en sucias chozas, y comeremos pescado y grasa de pescado, y engendraremos hijos…, unos hijos que nos harán sentir orgullo todos los días de nuestra vida. Olvidaremos el mundo y seremos felices, muy felices. Bueno, muy bueno. ¡Vamos! Démonos prisa. ¡Vámonos a Akatan!

»Y pasó la mano por los rubios cabellos del muerto y sonrió de un modo que no era bueno. Y en sus ojos no había ninguna promesa.

»Yo permanecí sentado, en silencio, maravillándome de lo raras que son las mujeres. Recordé la noche que la arrancaron de mis brazos, y ella había gritado, y se había aferrado salvajemente al pelo de su raptor…, a su pelo, que ahora no quería abandonar. Luego recordé el precio que había pagado y los largos años de espera; y la agarré fuertemente, y ella luchó como un gato salvaje para desasirse. Y cuando el fuego estuvo entre nosotros y el hombre la solté, y ella se sentó y escuchó. Y yo le conté todo lo que había ocurrido en los extraños mares, y todo lo que había hecho en extrañas tierras; le hablé de mi búsqueda incesante, y de los años de hambre, y de la promesa que había sido mía desde el principio. Sí, se lo dije todo, incluso lo que había pasado aquel día entre el hombre y yo. Y mientras hablaba vi crecer la promesa en sus ojos, tal como va creciendo la claridad de la aurora. Y leí en ellos la piedad, la ternura, el amor, el corazón y el alma de Unga. Y me sentí

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convertido de nuevo en un mozalbete, ya que la mirada era la mirada de Unga mientras corría por la playa, riendo, hacia la casa de su madre. La inquietud había desaparecido, y el hambre, y la penosa espera. Había llegado la hora. Oí la llamada de su pecho, y me pareció que aquella era la almohada donde debía recostar mi cabeza y olvidar. Ella me abrió sus brazos y yo me precipité en ellos. Entonces, súbitamente, el odio llameó en sus ojos y su mano se hundió en mi costado. Y una vez, dos veces, clavó el cuchillo.

»—¡Perro! —escupió, mientras yo me desplomaba sobre la nieve—. ¡Cerdo!

»Y luego se echó a reír con la misma risa descompuesta que tanto me había atormentado.

»Como he dicho, me clavó el cuchillo por dos veces; pero estaba muy débil y las heridas no fueron profundas. Sin embargo, yo deseaba quedarme allí y cerrar mis ojos en el último sueño con aquellos cuyas vidas se habían cruzado con la mía y habían conducido mis pies por desconocidos caminos. Pero tenía una deuda que pagar, y la idea de morir sin haberla pagado no me dejaba descansar.

»Y el camino era largo, el frío amargo y el alimento escaso. Los Pellys no habían encontrado ningún alce y habían saqueado el depósito. Quedaban los tres hombres blancos, pero cuando pasé por su cabaña los encontré muertos de hambre. Después de esto no recuerdo apenas nada hasta que llegué aquí y encontré comida y fuego…, mucho fuego.

Al terminar de hablar se arrimó todavía más a la estufa. Durante largo rato las sombras de la lámpara proyectaron tragedias en la pared de la cabaña.

—Pero ¿y Unga? —gritó Prince, inclinándose sobre él.

—¿Unga? No quiso comerse el lagópodo. Se tumbó con los brazos alrededor de su cuello y el rostro enterrado en la rubia mata de sus cabellos. Acerqué más el fuego, de modo que no sintiera frío, pero ella se arrastró hacia el otro lado. Y encendí un fuego allí; pero de poco podía servirle, puesto que se negaba a comer. Y así quedaron los dos allí, en la nieve.

—¿Y tú? —preguntó Malemute Kid.

—No lo sé; pero Akatan es pequeño, y siento muy pocos deseos de regresar y vivir en el confín del mundo. Puedo ir a Constantine para que me carguen de hierros, y un día me colgarán del extremo de una cuerda, y dormiré para siempre. Pero… no… Todavía no lo sé.

—Pero Kid… —protestó Prince—. Este hombre ha cometido un asesinato…

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—¡Silencio! —ordenó Malemute Kid—. Existen cosas mayores que nuestra sabiduría, cosas que están por encima de nuestra justicia. No podemos hablar de la razón o la sinrazón de esto, ni estamos autorizados para juzgarlo.

Naass se acercó todavía más al fuego. Se produjo un gran silencio, y en los ojos de cada uno de los hombres muchas lágrimas fueron y vinieron.

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PASÓ POR AQUÍ

EUGENE MANLOWE RHODES

LAS excepciones son tan inevitables, que no hay regla que no las tenga, salvo la que acabamos de enunciar. Por lo tanto, a nadie puede extrañarle que insistamos en el hecho de que las enfermeras son las mujeres más eficientes, más hábiles y más sacrificadas del mundo. Su profesión es una

de las más nobles que existen.

Sin embargo, es evidente que el uniforme oficial de las enfermeras tiene un reprobable atractivo. Y esto lo explican de modo muy diverso, hombres, mujeres y médicos. «Nada de lacitos ni de ricitos… ¡Estupendo!», dicen los hombres. «¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué? Aunque la mona se vista de seda…», dicen las mujeres, que tienen motivos para entender en la materia. «Un bonito uniforme ejerce una saludable influencia sobre los enfermos», dicen los médicos.

Desde luego, esa influencia era la que debía ejercer el uniforme de Jay, limpio, fresco y recién planchado; de Jay Hollister, que estaba sentada en el amplio porche del hospital de Álamo Gordo. No era su enfermera principal, pero sí su principal ornato, según muchos, y no sólo de aquel hospital, sino también de la importante vía férrea que lo mantenía. Álamo Gordo era una estación de ferrocarril, una ciudad nueva, una ciudad en pleno crecimiento que venía a continuación de Toyland.

Ben Griggs era también un estudio en blanco: pantalón blanco, chaqueta blanca y sombrero blanco; un privilegiado visitante que se aprovechaba de sus privilegios; casi un adorno en aquel agradable peristilo.

—¡Qué vida esta! —exclamó Ben—. Tendré que ir a tirar piedrecitas al río… ¡Estás añorada!

—¿Añorada? —repitió Jay sarcásticamente—. ¿Añorada? Estoy enferma, deshecha, aburrida… aquí en este horrible país, entre esta horrible gente. ¿Añorada? ¡Oh, Ben! Creo que lo que estoy es condenada.

—Mi corazón, en cambio, está lleno de deleite —dijo Ben, el privilegiado —. Fíjate en mí.

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Miss Hollister no pareció tranquilizarse lo más mínimo ante aquella reconfortante afirmación.

—¡Tu precioso Nueva Méjico! ¡Arena! —exclamó—. ¡Arena, serpientes, escorpiones, viento, polvo, calor, soledad y aburrimiento!

—Dadas las circunstancias —dijo Ben—, difícilmente podías dirigirme un cumplido mejor que éste. «Donde tú vayas iré yo», y todo eso. ¡Buena chica! Este tributo que no he solicitado…

—No seas estúpido —le advirtió la buena chica—. Me quedaré aquí un año, desde luego, ya que fui lo bastante imbécil como para comprometerme a ello. Pero eso es todo. No quiero que te llames a engaño. Esta gente nunca será mi gente.

—No hay mejor gente en el mundo. En todas las cosas esenciales… —¡Oh! ¿A quién le importan las cosas esenciales? —exclamó Jay en tono

impaciente, alzando la voz quizás un poco más de la cuenta—. Un plato de estaño sirve perfectamente para comer, si eso es lo que quieres decir. Pero yo prefiero la porcelana. Quiero marcharme a un lugar donde pueda ver flores, hierba verde, jardines y relojes de sol.

—No sé lo que opinarán otros —observó Ben seriamente—, pero en lo que a mí respecta puedes quedarte con los relojes y yo me quedaré con el sol. Me quedo aquí, donde la gente trepa en busca de agua y cava en busca de alimento. Lo que te pasa es que no tienes bastante trabajo. En este clima infernal, a la gente no se le ocurre ponerse enferma. El oficio de enfermera carece de porvenir —tenía las manos entrelazadas detrás de la cabeza, los pies cruzados, los ojos medio cerrados, voluptuosamente—. ¡Ah, la ociosidad! ¡Mal asunto, mal asunto! —murmuró—. En tu casa no eras tan gruñona. Eras más bien una buena compañera.

Los ojos de Ben eran azules y soñadores. Se abrieron un poco más y se posaron indolentemente en la figura de miss Hollister, que estaba muy erguida en su silla, con los labios fuertemente apretados. Ella le devolvió la mirada con una expresión de enojo. Ben parpadeó, apartó las manos de la nuca y unió las puntas de sus dedos con delicada precisión. Luego continuó diciendo, plácidamente:

—Pero la principal dificultad, la fuente y el origen de tu decepcionante conducta es, como ya te he dicho antes, la añoranza. Se trata de una molestia mucho peor que el dolor de estómago, aunque los síntomas tienen una sorprendente semejanza. La nostalgia, más que cualquier otro sentimiento, es fatal para las facultades críticas, y creo, mi querida ciudadana, que cuando

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contemplas esta tierra, tu futuro hogar, miras todas las cosas con ojos ofuscados.

—¡O-o-o-h! —exclamó Jay indignada—. ¡Miren quién habla! ¡Miren quién habla!

El hospital estaba edificado a la sombra de unos grandes chopos de Virginia. Jay miró a través de un arco de verdor hacia la enorme extensión del desierto, gris y monótono; un espejo cegador de dos millas de diámetro.

Ben siguió la dirección de su mirada, y el azul de sus ojos se convirtió en un azul más oscuro, de exultación, algo que no podía ser fingido.

—Es más que hermoso: ¡fascinante! —murmuró.

—¡Es repulsivo, odioso, maligno, aplastante! —exclamó Jay Hollister amargamente—. Hierba agostada, blanquecina, tierra reseca, arbustos canijos…, todo tan miserable, tan espantoso… ¡Es el colmo de la desolación!

—Muchacha, si sigues diciendo tonterías voy a cerrarte la boca con media docena de besos…, que es lo que tenía que haber hecho ya. Pero creo que sé lo que quieres decir —Ben sacudió la cabeza con aire comprensivo—. He captado tu idea. Pustulentos y leprosos, ¿eh? Suelo árido, arbustos espinosos, sol agostador… ¡Oh, sí! ¿Como aquel pájaro de Brownig? Colinas como gigantes a tu alrededor…, la torre redonda y rechoncha…, todas las perdidas aventuras, amigos míos…, la Torre Oscura, ruidos sobrenaturales, aumentando como el sonido de un billete, quiero decir de una campana…, aumentando como el sonido de una campana, quejándose como un violín… ¡O-o-o-h-h-h! ¿Qué has he-cho-o-o-o con tus pa-a-a-gas del verano? ¡De modo que esto es París! Sí, sí, pero ¿por qué no prescindes de tu trabajo de segunda mano y vuelves a tu verdadera ocupación?

—Ben Griggs —dijo miss Hollister con tranquila y fría convicción—, eres el bicho más venenoso que nunca ha calzado zapatos. No tienes nada que se parezca ni remotamente a un alma.

—Cuando estemos casados… —empezó a decir Ben, pero se interrumpió y, tras una breve pausa, añadió—: Es decir, si no cambio de pensamiento…

—¡Casados! —dijo miss Hollister en tono despectivo—. ¿Casarme yo contigo?

Sus ojos le fulminaron.

—¡Cuidado, mujer! —dijo Ben—. Confundes las partes del discurso. Conviertes en simples interjecciones los pronombres, las preposiciones, los verbos y todo lo demás. Utilizas demasiados latiguillos…

—Tienes un modo delicioso de desviar las conversaciones —dijo Jay.

—Bueno, si insistes podemos volver al tema de nuestro matrimonio.

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—Mi pobre y equivocado amigo —dijo Jay—, no te confundas. Me comprometí contigo porque habíamos jugado juntos cuando éramos niños y porque los dos somos forasteros aquí, en una tierra extraña. Los dos procedíamos de la ciudad…

Ben la interrumpió.

—Dos almas solitarias que caminan juntas —tarareó alegremente, marcando el compás con un dedo—. Dos almas ciudadanas…

—¡Eres insoportablemente imbécil! —exclamó Jay, haciendo un delicioso mohín—. Y voy a decirte algo para que lo anotes en tu cuaderno de apuntes. Jay Hollister no se casará nunca con un haragán y un despilfarrador. Y tú eres un vago rematado.

—Todo el mundo quiere a los vagos —protestó Ben—. Además, como dijo Alice, si las circunstancias fuesen distintas sería otra cosa. En cuanto a lo del despilfarro…

—Ahí llega tu amigo, el jugador —dijo Jay fríamente.

—¿Quién, Monte? ¿Dónde está? —Ben se volvió rápidamente.

—Está cruzando la calle. No, por el otro lado.

Aunque sentía una profunda aversión hacia Monte, en aquel momento Jay se alegraba de su llegada. Cada día le resultaba más difícil mantener a Ben en el lugar que le correspondía y no deseaba entablar una discusión acerca del despilfarro.

—Es un tipo pintoresco, ¿no? Y parece muy complacido por algo, ¿te das cuenta? Bueno, iba a decirte una cosa y ahora no la recuerdo.

—Se está riendo solo —dijo Jay.

—Se estará contando algún chiste a sí mismo… Ben alzó la voz.

—¡Eh, Monte! Ven a contarnos ese chiste que te ha hecho tanta gracia.

II

La madre de Monte le había puesto el nombre de Rosalío Márquez. El apodo era profesional. Jugaba al monte juiciosamente, aunque no demasiado bien. Tenía casi treinta y cinco años, la edad más fácil de todas; era delgado y de movimientos elásticos; vestía un traje de sarga azul y un sombrero negro, de copa baja y ala ancha, que en aquel momento, mientras subía las escaleras del porche, llevaba en la mano. Se inclinó cortésmente ante Jay, murmurando unas palabras de saludo en castellano, y dirigió un amistoso gesto con la mano a Ben.

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—Sí —dijo Ben—. Lo acepto de todo corazón. Tu comentario acerca de la belleza del día es correcto en todos sus extremos, y me complace muchísimo ver que tu opinión coincide con la mía. Pero, después de todo, mi querido amigo, ése es un punto secundario. Lo que deseamos conocer son los motivos de tu diversión.

Monte vaciló, casi imperceptiblemente, con una interrogación en sus ojos.

—Sí, puede coger una silla —dijo Jay— y contarnos ese chiste.

—Estoy bien aquí, gracias —dijo Monte. Se sentó en el peldaño más alto y colgó el negro sombrero en una de sus rodillas; su rostro se iluminó con una sonrisa—. ¿El chiste? ¡Oh! Es algo relacionado con el sheriff, Jim Hunter. Voy a contárselo.

Hizo una pausa para ordenar sus ideas. Por lo general, Monte hablaba con la rapidez de una ametralladora. Pero cuando quería ser cortés se expresaba lentamente, pensando cada frase antes de pronunciarla[18].

Como miss Hollister no entendía su jerga habitual, Monte tuvo que hacer un gran esfuerzo, procurando ser comprendido; y, de un modo inconsciente, hizo los gestos que correspondían a la historia mientras la estaba contando.

—Cuando Jim era un chamaco así tamañito —Monte acercó una a otra sus manos para señalar el tamaño—, soñaba a menudo que encontraba muchas canicas para jugar… ¡Oh, muchas canicas! Este sueño le hacía sentirse muy contento. Luego se hizo tamañote —las manos de Monte señalaron el crecimiento del sheriff—, y entonces soñaba que encontraba mucha plata en vez de canicas. Y ahora Jim es tan hombrón y es sheriff, y anoche se jue pa casa mucho tarde y mucho cansado. Voy a decirles lo que sucedió, aunque Jim no lo sabía. Resulta que Melquíades se puso a jugar un tantito —miró de soslayo a miss Hollister, como pidiéndole disculpas y un poco de tolerancia por aquel tantito de juego—. Sólo jugaron níqueles y dimes[19]. Y el que ganó, por lo visto, tenía un agujero en el bolsillo. Pero Jim no lo sabía. Bueno, Jim había estado en Tularosa, en Mescalero, en Fresnal, en todos los sitios rumbrando tres cuates que la pasada semana le entraron al Banco de Belén, y había regresado en un tren de carga a eso de las tres de la mañana. Estaba mucho cansado y le quiebraba el sueño. Y cuando andaba por la calle a la luz de la luna vio una larga hilera de níqueles y de dimes a sus pies. —Sin moverse, Monte describió la cansina marcha de aquel hombre en dirección a su casa y su repentina sorpresa—. De modo que Jim se echó a reír, diciéndole al sombrero: «¡A mal haya! Aquí está el sueño otra vez…». Y continuó su camino. Pero siguió viendo aquellos níqueles y se agachó y los recogió, y vio que eran monedas de verdad y no un sueño. Sí. No retrocedió,

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sino que siguió adelante, pero recogió un dólar y sesenta centavos en níqueles

y dimes.

—No había oído hablar de ningún atraco, Monte —dijo Ben—. ¿Qué es lo que pasó?

—Sí, cuéntenoslo. Y ¿dónde está Belén? —inquirió Jay—. No estará por aquí, seguramente. Nunca he oído hablar de ese pueblo.

—¡Oh, no! Muy lejos, a milientas leguas. Belén cae un poco más acá de Alburquerque. Yo he ido allí cantidad de veces, pero no por el camino recto, sino dando rodeos —trazó una espiral en el aire con la mano para ilustrar sus palabras— por las Vegas, y luego hacia abajo, o por las Cruces, y luego hacia arriba. Puede que sean ciento cincuenta o doscientas millas por el camino corto… Quién sabe.

—¿Hubo algún herido? —preguntó Ben.

—¡Oh, no! No hubo balasera. Fue muy divertido. Don Noma Frenger y don Néstor Trujillo tienen unos abanotes mucho grandes donde todo se puede mercar: herramientas, cobijas, comida…, de todo. Y la pasada semana, el viernes o el sábado, Néstor se jue a cenar, y Noma Frenger se quedó escotero.

»En esto que entró un güero…, perdón, un cabeza roja. Mercó tomates, queso, tortillas, sardinas, cosas así no más, y luego pidió que le mostraran alguna carabina. Don Numa le mostró dos, tres, y el güero escogió la mejor. Después pidió bala para cazar aves y bala para cazar gamos, y le metió dos de los grandes a la carabina y se aseguró de que funcionaba bien. Volvió a meterle bala a la carabina. “¡Funciona muy bien!”, dijo; y luego: “¿Tiene usted cantimploras?”.

»Entonces, Numa Frenger agarró el largo palo con que descuelga las cantimploras de la viga y alcanzó una, y al volverse vio que el cliente le estaba encañonando con la carabina.

»—¿Tiene usted plata en la caja? —preguntó el extranjero. Y Numa se mordió los labios—. ¿Será su merced tan amable de entregármelo? Así podré pagarle lo qui mercao.

»De modo que sacaron la plata de la caja. Y el ladrón no se limitó a llevarse los billetes. “El oro también sirve —le dijo a don Numa—. No me importa ir cargado”.

»Entonces pagó lo que había mercao y corrigió a Don Numa cuando se equivocó en los números —a su favor, naturalmente— y le exigió el cambio. Y luego dijo: “¿Sería tan amable de enseñarme el mejor camino para salir de la ciudad en dirección al vado del río?”.

»Y Numa rechinó los dientes, pero la cosa no tenía remedio.

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»De modo que echaron a andar a lo largo de la calle bordeada de árboles, mientras los pájaros cantaban alegremente, y el ladrón pelaba la mazorca y changueaba, conduciendo a su cuaco por la brida y con la carabina colgada del brazo. Y la gente se asomaba a la puerta de su casa y decía: “¡Ah! Don Numa, y qué retegüeno lo pasa con su cuaterón”.

»Y cuando estuvieron en las afueras de la ciudad, el ladrón montó en su cuaco. “Gracias por su amabilidad —le dijo a don Numa—. A sus pies. ¡Con Dios!”. Y salió al galope, riendo, y unos pasos más allá arrojó la carabina en unos chaparros y empezó a cruzar lentamente el río. Pero cuando Numa Frenger vio esto echó a correr, a pesar de que es muy panzón y que hace mucho tiempo que no está muchacho. Recogió la carabina; apoyó la culata en su hombro y apretó el gatillo. ¡Nada! Abrió el arma y miró la recámara. ¡Nada! ¡Oh, caballeros y conciudadanos!

Las manos de Monte empuñaban ahora la carabina y en su mirada se reflejaba la ferocidad de la desesperación.

—¡Ah! ¡Qué frase más estupenda! —exclamó Jay—. Suena muy bien. Quiero aprenderla. ¡Dígala otra vez!

—No es ninguna frase de doble sentido —aclaró Monte—. Es una especie de introducción que no significa nada. Cuando los políticos van por ahí diciendo sus tarugadas y se les corta el hilo del discurso, para ganar tiempo exclaman con emoción: «¡Oh, caballeros y conciudadanos!». Nada más.

—Bueno, ¿y la historia? —dijo Ben—. El ladrón cruzó el río, dirigiéndose al Este, ¿no es eso?

—Sí. Bueno, cuando Numa Frenger se dio cuenta de que el arma estaba descargada se puso muy quemado. Se puso más quemado de lo que lo había estado en todos los días de su vida. Movilizó a todo Belén, envió telegramas a Sabinal, a La Joya, a Socorro, a San Marcial, reunió inmediatamente una partida y ofreció tres mil dólares de recompensa por la captura de aquel hombre. «No le tronéis —pedía don Numa—. Traédmelo aquí. Yo me encargaré de él».

—No le veo la gracia —dijo Jay—. Un hombre comete un atraco a la descarada, y usted lo convierte en un motivo de risa.

Monte colocó firmemente el dedo corazón de su mano derecha contra la palma de la izquierda, apretó como si allí hubiera algo, y luego alzó los ojos y miró a miss Hollister.

—Entonces, ¿por qué se reía usted? —preguntó.

—Usted gana —dijo Jay—. Siga con la historia.

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—Bueno —dijo Monte—, el ladrón, después de cruzar el río, se jue pa la alta meseta de Sierra Montoso y las montañas de Los Pinos, en el rumbo de Chupadero Mesa y las ruinas de Gran Quivira. Pero cabalgaba muy poco a poco. Y el grupo de hombres que había salido de La Joya y Santa Acacia rastreándole cabalgaba ya por Alamillo Cañón y a través de la meseta —sus ágiles manos modelaron jinetes, montañas, mesetas y llanuras—. Eran Page Otero y otros cinco hombres. Y cabalgaban muy rápidamente, de modo que al llegar a Chupadero vieron al cristiano al cual perseguían. El sol estaba a punto de ponerse.

»Inmediatamente el hombre le picó a su cuaco. Pero el animal estaba más cansado que los de sus perseguidores y no tardó en estar a tiro de rifle. Y cuando el güero se dio cuenta, metió la mano en la bolsa de su silla, sacó un puñado de billetes y… ¡puf!, los lanzó al aire, y los billetes empezaron a revolotear de un lado pa otro y cayeron entre los chaparros. El güero cabalgó un poco más y sacó otro puñado de billetes y jizo lo mismo. De modo que cuando sus perseguidores llegaron allí, la plata estaba tirada en el suelo y entre los chaparros. Había cincuenta dólares en billetes en un mesquite, veinte dólares en otro y más billetes rodando por el suelo de un lado para otro, empujados por el viento. De modo que los perseguidores desmontaron pa agarrarlos… y el viento soplaba muy fuerte, como siempre a la hora de ponerse el sol.

«¡Vamos! —dijo Page Otero. ¡Vamos, ese tipo se nos juye!». Y los hombres que le acompañaban le miraron sin entender y dijeron: «¿Es a nosotros?». Y empezaron a agarrar billetes. De modo que el cabeza roja pudo juir.

—¿Recuperaron todo el dinero? —preguntó Ben.

—Numa pues dice que sí. No sabe cuánto se le llevó el bandido, pero cree que se lo devolvieron todo o casi todo.

—¿No saben quién era aquel hombre?

—Por cierto, no. Pero por la descripción que dieron de él y de su caballo, creen que se trata de un vaquero de Quemado que se llama… No puedo pronunciar el nombre, mister Ben. Pero lo tengo aquí, en La Voz del Pueblo.

De uno de los bolsillos sacó un periódico doblado, impreso en castellano, y se lo mostró a Ben.

—Ross McEwen…, de veinticinco años de edad aproximadamente, pelo rojo, ojos grises, cinco pies y nueve pulgadas de estatura… ¡Hum! — Devolvió el periódico a Monte—. ¿Crees que le cogerán?

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Monte se quedó pensando. Miró lentamente a las lejanas colinas; luego se inclinó para contemplar un jinete de una pulgada de alto, imaginario, que cabalgaba a sus pies por la enorme inmensidad.

—El mundo es mucho grande en esta región —terminó por decir—, pues se me figura que no le agarrarán. Pero ¿quién sabe? Ese cristiano necesita agua… y por aquí no abunda. Numa Frenger ha mandado aviso a todos los lugares, al condado de Lincoln, a Jim Hunter, a Pat Garrett de Doña Ana, y Pat está vigilando el Paso de San Agustín, en Parker Lake; también El Paso está vigilado para impedir que ese hombre pueda jalar los pies a Méjico. Vigilan donde hay agua. De todos modos, ese hombre no parece lerdo, ¿verdad? —Se levantó para marcharse—. Pero ya he hablado demasiado. Ahora tengo que atender a mis negocios.

—Un negocio muy pobre para un hombre como usted —le reprochó Jay. —Pero si juego muy limpio —replicó Monte tranquilamente—. ¡A sus

pies, señorita! Hasta luego, mister Ben.

—No hay quien entienda su modo de hablar —dijo Jay—. Es una vergüenza, pero al oírlo me entran ganas de reír.

—No te preocupes. Peor sería que intentáramos imitarle.

—Me disgusta pensar en ese hombre perseguido por haber robado ese dinero —dijo Jay—. Hunter y ese Pat Garrett sólo le persiguen por la recompensa, a lo que parece. Resulta terrible el modo que tiene esta gente de convertir en héroes a sus asesinos y cazadores de hombres.

—No hables así —dijo Ben—. Si un ladrón comete un robo, el sheriff tiene la obligación de perseguirle. Esto es de sentido común. Si no hay recompensa, el sheriff tiene que cumplir con su deber, ¿no es cierto? Y si se ofrece una recompensa, sigue obligado a cumplir con su deber. La recompensa no le convierte en un cazador de hombres. Creo que el cerebro no te funciona como es debido, muchacha. En lo que respecta a Pat Garrett y a otros veteranos, están gozando de una inmortalidad temporal a la cual tienen perfecto derecho. Mientras estén vivos serán una tradición. ¿Te has dado cuenta del modo que hablan todos esos hombres de la vieja época? El mundo está dividido en tres partes. Una parte es de la vieja época, y las otras dos no. Son la gente que tiene más arraigado el espíritu de clan. Y esto nos conduce, por sus pasos contados, a la principal consideración, la cual deseaba exponerte antes de marcharme. Y cuando hablo de exponer, quiero decir que no hay nada expuesto hasta que se ha expuesto correctamente. ¿De acuerdo? —Ben se puso en pie; mientras Jay se levantaba le cogió las manos—. Ya sabes a qué me refiero, Jay. Si las circunstancias fuesen otras, ¿crees que…?

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Ella evitó sus ojos.

—No me preguntes ahora, Ben. No lo sé… Sinceramente no lo sé. No debes apremiarme ahora. No sería justo por tu parte.

Apartó sus manos de las de Ben.

—¡Dios ayude a todos los pobres marineros en una noche como esta! — murmuró Ben fervientemente—. Mira, hermanita, me voy a trabajar, ¿sabes? Quiero responder cumplidamente a todas tus esperanzas.

—Quisiera verlo —replicó Jay con una sarcástica sonrisa—. ¿Trabajar?

¿Tú?

—Yo. Yo mismo. Un corazón débil no va a ninguna parte —dijo Ben—. Voy a conseguir un trabajo y a conservarlo. Métete esa idea en tu linda cabecita. Adiós. ¡A tus pies!

Mientras se alejaba calle abajo, Jay le oyó cantar alegremente:

Pero ahora mi pelo ha empezado a caer

y he empezado a descender por la pendiente que conduce a la vejez… ¡John Baleycorn, mi Jo!

III

Al este del Río Grande se extiende una ancha meseta, rodeada de altas montañas que la encierran en una especie de pared natural. Esta meseta es conocida en la región con el nombre de El Corredor. Es un lugar agradable y sano. El zacatón y la saladilla son de un verde agrisado, y alternan con parches de tierra pelada, blanca y reluciente. Las últimas lluvias cayeron sobre aquellos rodales de tierra hacía muchos meses, quizás años, dejando en ellos una capa cenagosa que los soles posteriores se encargaron de resecar y que había terminado por resquebrajarse. Pero en las laderas de las montañas había una delgada capa de hierba amarillenta y rala. El terreno era rico en mineral de hierro, y la arena rojiza, en tanto que el suelo era blanco y las laderas de las colinas de granito rojo, que amarilleaba con la hierba. Las crestas más altas eran de color cremoso, no gris, que es el color que en otras partes tiene la piedra caliza. La luz del sol era allí muy suave, mientras el astro rey enrojecía detrás de las crestas de las montañas. Y Ross McEwen huía a través de aquel dorado pasillo.

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De haber cabalgado directamente hacia el Sur, en aquellos momentos se encontraría muy lejos de allí, en la carretera que conducía a Méjico. Pero su plan consistía en llegar al Panhandle[20] de Texas; había tratado de derivar hacia el Este y fracasó. Por tres veces había intentado cruzar la barrera montañosa, más allá de la meseta salobre.

La primera vez fue empujado hacia atrás por los hombres que le esperaban en Chupadero. La segunda, por la noche, se había visto obligado a retroceder ante la presencia de unos hombres que no le vieron: había tratado de pasar por el viejo camino que recorrían las diligencias que se dirigían a Oscuro, pero el camino estaba vigilado; y la tercera vez, hoy, tuvo que retroceder obligado por unos hombres a los que ni siquiera había visto. A la entrada del Mockingbird Pass[21] había encontrado huellas recientes de muchos caballos que se dirigían al Este. También el paso por Mockingbird le estaba vedado.

Ross McEwen captó la ironía de su situación. ¡Con un maravilloso panorama abriéndose ante sus ojos, se veía obligado a huir, vigilado, acosado! Habló de ello con su caballo, el cual irguió una oreja, como si estuviera escuchando. Era un caballo color de miel y se llamaba precisamente Miel.

—¿No crees, dulzura —dijo Ross McEwen en tono plañidero—, que hay aquí espacio suficiente para satisfacer a cualquier hombre razonable? Y, sin embargo, esos tipos me están acosando para que me marche…

Se daba cuenta de que habían desplegado una desacostumbrada actividad para capturarle y sonrió, un poco amargamente, al pensar que todos aquellos hombres que le perseguían, que se habían convertido en sus implacables enemigos, ni siquiera le conocían. Para ellos no era más que un fuera de la ley.

No tardaron el jinete y su montura en abandonar la llanura para enfilar, por entre los matorrales, el declive del San Andrés. Ante ellos se extendían los mil acantilados y abismos de la abrupta región montañosa. De repente el brioso caballo se sintió cansado, agotado. Ross se detuvo y echó pie a tierra para descansar.

McEwen no pensaba ya dirigirse a Panhandle. Ahora intentaba salvar la mayor distancia posible hacia el Sudeste a través de las mesetas salinas situadas al sur de White Sands[22] y, disimulando su rastro por la línea fronteriza entre este territorio y Texas, llegar finalmente, siempre en dirección Este, al Scaked Plains[23]. Conocía muy bien aquel territorio; mejor dicho, lo conoció diez años antes. Claro que debían haberse producido ciertos cambios. Por lo que había oído decir, existía un nuevo tendido de ferrocarriles de El

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Paso a Tularosa, y luego hacia el Norte. Y asimismo habría otras novedades: nuevos ranchos, nuevos colonos… A sus espaldas, por ejemplo, allí donde la pendiente iniciaba el descenso, se le habían presentado, como una barrera que le cerraba el paso, tres insospechados molinos de viento que le obligaron a dar un gran rodeo para pasar inadvertido.

A menos de que la persecución fuese abandonada muy pronto, los mejores pasos estarían sin duda estrechamente vigilados. Se veía acorralado por las probabilidades.

Pero el fugitivo aún tenía confianza y no se sentía, ni mucho menos, al cabo de sus recursos. Conocía un sendero indio situado sobre un elevado paso, más allá de Salinas Peak[24]. Se iniciaba en Grapevine Spring[25], el rancho del capitán Jack Crawford.

—Y una vez en Grapevine —dijo Ross en voz alta— podré comprar, pedir, tomar prestado o robar un caballo. Supongo que en el rancho no habrá nadie. Y si hay alguien, primero tendré que arrebatarle el revólver y luego iniciar los tratos. Apropiarse de un caballo no es una cosa recomendable, pero es mejor que matarlo.

Al frente, a su derecha, se veía entre brumas el valle de la Jornada del Muerto, vasto y misterioso. A sus espaldas, y también a la derecha, la corriente de lava del Pascual se extendía negra y siniestra por la hondonada; y detrás suyo —muy lejos y mucho más abajo de su nivel— se divisaba un remolino de polvo, justo frente al molino central de los nuevos ranchos, a unas doce millas de distancia. McEwen contempló con interés aquella polvareda, al tiempo que liaba y encendía un pitillo. Después apuró el último sorbo de agua de su cantimplora.

—Vamos, proscrito —se dijo—, sigue moviéndote, que tus perseguidores conocen bien su oficio.

Puso un pie en el estribo y montó a caballo.

—Miel, viejo amigo, aguanta cinco o seis millas más y habrán terminado tus sufrimientos. En Grapevine conseguiré un caballo fresco, sea como sea. Vamos, Miel, tómatelo con calma. No corras. Sigue adelante.

El remolino de polvo no parecía avanzar, pero tampoco se desvanecía. —Me apuesto cualquier cosa —siguió diciéndose Ross— a que alguno de

esos muchachos lleva consigo un catalejo. ¿No será eso antirreglamentario? Además, estoy seguro de que se les han unido nuevos hombres de cada rancho. Yo mismo lo haría si no fuese por mi maldito pelo rojizo. ¿Por qué no habrán de confundirme con cualquier otro pelirrojo y llevárselo, dejándome a mí tranquilo? ¡Esto sería estupendo! Hice bien en no volver a la región de

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Quemado. Y seguro que alguno de los muchachos se metería en un lío por ocultarme. ¡Es mejor así!

Atravesó la antigua ruta militar que antes pasaba por Lava Gap hasta Fort Stanton; sonrió al ver las señales de herraduras; luego llegó a las primeras lomas, agradablemente salpicadas de manadas de yeguas —yeguas americanas, yeguas dóciles, yeguas Corporal Tanner—. Reunió un grupo con cuatro o cinco caballos de silla y lo condujo lentamente por el cañón Grapevine. Miel enderezó la cabeza y se relajó visiblemente. Sabía lo que aquello significaba. El sol se ocultaba detrás de las colinas. Grapevine Canyon resultaba fresco y agradable. El proscrito no actuaba con prisas. Aún disponía de una hora o más. Se volvió en la silla para echar una última ojeada al Norte y a los fartallones del Monte Oscuro, que brillaba a los últimos rayos rojizos del moribundo sol. Observador despierto y soñador, McEwen creyó ver en el silencio de aquel sangriento atardecer el incandescente corazón del mundo. De aquel territorio sería para siempre un desterrado.

—¡Un país de lo mejor que se encuentra en la tierra! —exclamó Ross McEwen—. He visto algunos sitios donde sería agradable trabajar con un equipo de buenos vaqueros; comida abundante y todo lo demás; serenatas de armónica junto a una fogata después de cenar. No me importaría siquiera cuidar ovejas.

Grapevine Spring estaba en la misma desembocadura del cañón. Al Este, al Sur y al Oeste las colinas empezaban al pie mismo de las cercas de los corrales. McEwen condujo las yeguas hacia el abrevadero y luego llamó en voz alta en dirección a la casa. Su grito quedó sin respuesta, salvo el ronco graznido de las águilas sobre el acantilado más próximo.

—¡Ha habido suerte! —contestó McEwen.

Procedió a cerrar la cerca y le dio a Miel su primera ración de agua. Después se dirigió a la casa. Estaba abierta y deshabitada. Las cenizas en la rejilla del hogar se encontraban frías.

Cogió dos latas de habichuelas y una buena porción de tocino. También había una gran provisión de forraje y cogió cierta cantidad para el desayuno del nuevo caballo, del que iba a agenciarse. Halló una vieja silla de montar y se apropió de ella, así como de una brida, cambiándolas por las suyas. Después encendió la lamparita colocada sobre una mesa y sonrió alegremente.

—Hallarán a Miel, mi silla de montar y esta luz —pensó— y creerán que me he marchado hacia los breñales.

Regresó junto al abrevadero, donde laceó y ensilló un caballo de color castaño, ancho de pecho y sin herraduras. Las marcas que éstas dejan son muy

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fáciles de rastrear. Luego se rascó su pelirroja nuca y volvió a sonreír. El corral lo formaban varios postes y tablas ensambladas, excepto en la parte delantera; a ambos lados crecía la maleza. De la parte posterior arrancó dos tablas, apartando dos postes; dejó que las yeguas salieran al exterior, asegurándose de que algunas iban hacia la casa y el resto al otro lado del corral. Ya había casi oscurecido.

—Bueno —exclamó con tono de triunfo—, los muchachos llegarán en grupo a buscar caballos de refresco y van a tener que cazarlos. Trabajo les doy en medio de las tinieblas. Además, les va a costar lo suyo poder dar con mis huellas en medio de tantas. Y ahora ya es tiempo de que me largue.

Antes fue a la fuente; se lavó las manos y la cara y llenó su cantimplora; después volvió junto al fatigado Miel, que casi no se le veía en la negrura. Pasó su mano suavemente por el cuello del animal.

—Miel, viejo amigo —le susurró—, has sido un buen compañero. ¡Buena suerte! —Guió a su caballo castaño hacia la empalizada, diciéndole—: Me molestan los tontos.

Apartó la barra de la entrada y cabalgó hacia los matorrales a la derecha del cañón, empezando a subir la empinada cuesta. Era un sendero difícil, debido al espeso ramaje que había crecido en la tierra no hollada desde mucho antes. No estaba aún a la mitad del camino hacia la cumbre cuando oyó, abajo y muy lejos, el golpear de cascos de caballo en la maleza y el sonido de risas y juramentos. Sus perseguidores habían llegado ya a Grapevine.

Alcanzó la cima del paso sin nombre un hora más tarde y siempre hacia el Este, se internó por un oscuro cañón, sólo para topar con una situación bastante comprometida. Desde la última vez que lo cruzó, una gran tormenta había pasado por allí. Donde antaño la tierra había sido llana no había ahora más que rocas de pulimentadas aristas, cantos rodados y guijarros en hacinada confusión, salvo algunas amplias grietas y profundas hendiduras. Pero era el único camino que podía seguir. Resultaba imposible ascender por las laderas de la colina, formadas de granito y lava endurecida, o por grandes y engañosas masas de porfirio. Ross se apeó para conducir el caballo. En aquel estrecho y sombrío sendero, con su accidentado suelo y los pedruzcos y cantos que se desprendían continuamente, cada paso constituía una auténtica hazaña. Tardó más de dos horas en recorrer la angostura de unas dos millas de largo. Desde allí el cañón se ensanchaba y las laderas se suavizaban, por lo que pudo volver a cabalgar, remontando el peligroso sendero a la luz de las estrellas. Finalmente dobló hacia una serie de lomas escalonadas en dirección Norte y casi a medianoche llegó al Dripstone[26], situada muy alta en una

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hendidura de la roca. A la luz de las estrellas la voluminosa masa del Salinas Peak emergía misteriosa e imponente por encima del jinete.

Ató el caballo a un tronco y le bautizó con el nombre de Porch Climber[27]. Encendió un fuego y asó varias lonjas de tocino sobre las brasas. Luego apresuróse a extender las mantas en el suelo, con su sombrero y la silla de montar como almohada, y se tendió en busca de un apacible sueño.

IV

Se despertó con las primeras luces del alba. Una luna muy delgada lucía en el cielo y las montañas empezaban a perfilarse ya por el Este. Se humedeció los soñolientos ojos con agua de la cantimplora. Hizo una especie de morral llenándolo de grano y lo colgó del cuello de Porch Climber. Había perdido el que adquiriera en Belén días antes. Reunió varias ramitas secas y las encendió, haciendo un poco de café caliente, ya que su chaqueta no era muy gruesa y el aire de la noche bastante fresco, casi helado. Bebióse el café con fruición, ensilló el caballo y lo llevó al Oripstone a abrevarlo, al tiempo que él llenaba su cantimplora. El animal bebió con calma.

—Mejor será que te aproveches ahora, viejo —le aconsejó Ross—.

Seguro que luego te hará falta.

Del Salinas partían varios espolones a semejanza de los dedos de una mano. El terreno, por la parte Este, quedaba casi a una milla más bajo que la meseta existente al Oeste de la montaña, y aquellos espolones eran compactos y perfectamente escalonados. Descendió por uno de ellos. La llanura se extendía a sus pies, oscura y fría, pero los montes no tardaron en tomar forma y adquirir grandes proporciones: Capitán, Carrizo, Sierra Blanca, Sacramento y en la parte más baja, hacia el Sur, Guadalupe, formando la vanguardia de las Montañas Rocosas. Withe Sands era un páramo triste y sin vida en medio de la meseta.

El esplendoroso día se iba adueñando de aquella parte del mundo. Durante la huida el jinete había visto algunas reses, mas al llegar al llano

comprobó la presencia de mucho ganado disperso en lo que parecían puntitos perdidos en la vasta planicie; mucho más del que viera en el lado oeste de los montes. Tiró de las riendas, súbitamente alerta, y con suma atención empezó a escudriñar la enorme extensión de terreno. Su vista percibió en seguida un centelleo plateado hacia el Norte; las aspas de acero de un molino de viento, a unas seis millas de la falda del mayor de los montes. Su mirada recorrió

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lentamente toda la llanura. Le sorprendió divisar un segundo molino a seis u ocho millas al sur del primero y a la misma distancia de las colinas, y cuando logró distinguir el centelleo de un tercero, aún más al Sur, se dejó dominar por la indignación. La llanura era completamente lisa, sin ningún posible escondrijo, salvo unos pocos arbustos esparcidos muy de vez en cuando. Y precisamente la línea formada por los molinos quedaba en la ruta que conducía a El Paso. Por donde había esperado encontrar un camino fácil, le obligaban a seguir entre las quebradas; aventurarse en terreno abierto era exponerse a que le descubrieran. Giró hacia el Sur por entre los riscos.

A su anterior caballo, Miel, le había hablado siempre con toda libertad, mas hasta ahora no se había atrevido a hacerlo con Porch Climber, el cual todavía no había merecido su confianza. Pero ahora no tuvo más remedio que abrirle su corazón.

—Otro país magnífico que se estropea —se lamentó—. Era de esperar. Este lado del Salt Creek no es mala tierra para el ganado y, naturalmente, la están colonizando. Al este del Salt Creek no vive nadie, ni siquiera los ovejeros. Y nosotros tampoco podremos pasar por culpa de las marismas y el infierno de White Sands. ¡Es ridículo!

Estuvo meditando sobre sus últimos errores cometidos, y por fin volvió a la carga con nuevas ideas.

—Cuando estuve por esta comarca, la única agua existente al este de los montes era el Wildy Wells[28], junto al maldito White Sands. Los viajeros que seguían el sendero tenían que subir a las colinas si querían agua. No vale la pena ir a Tularosa. Allí nos estarán aguardando. No señor, no tenemos más remedio que ir por entre la maleza. Y va a resultarte muy pesado; como una pulga por una tabla de lavar.

Cuando alcanzó la cima de la siguiente loma condujo su caballo hacia una hendidura. Allí desmontó y escudriñó los alrededores a través de un mesquite, apartando las ramas. A una milla hacia el Sur, dos jinetes bajaban pausadamente por una loma…, la loma que salía directamente desde el paso de Grapevine.

—¡Qué chicos más inteligentes! —exclamó el fugitivo entre admirado y colérico—. ¿Qué puede hacerse con muchachos así? Lo preparé todo para que sin la menor vacilación creyeran que me había ido a pie a las montañas. Por tanto, han creído lo contrario. Apuran todas las posibilidades. Esto es lo que yo llamo pensar sabiamente. Supongo que algunos se han quedado allá abajo, pero estos dos han estado siguiendo mi mismo camino toda la noche, por si acaso. Se han atrevido a pasar por aquel paso tan peligroso. Seguro que les

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hablarán de esta hazaña a sus nietos… si es que viven hasta entonces, cosa que no dudo, dada la forma en que se desenvuelven. Esto me está produciendo lo que se conoce técnicamente por ataque de nervios. Bueno — prosiguió—, será mejor que nos detengamos un rato y veamos lo que estos tipos van a hacer.

Desensilló el caballo y lo trabó para que descansara y paciese mientras él vigilaba. Lo que hicieron los jinetes fue dirigirse al molino del centro, de cuya construcción salía un penacho de humo. McEwen aguardó los acontecimientos. Y, mientras, se comió las habichuelas de la otra lata, como una obligación.

—Están esparciendo la noticia a todos los ranchos —adivinó tristemente

—. Y mientras en cada uno se queda un hombre de vigilancia, los demás se unen a la persecución. ¡Esto se pone mal!

Sus pronósticos se confirmaron. Tras una larga espera, debida al desayuno, un jinete empequeñecido por la distancia trotó lentamente en dirección Norte, hacia el primero de los molinos. Poco después dos hombres cabalgaban despacio en dirección Sur, hacia el tercer rancho.

—¡Así, extended la noticia, malditos seáis, y haced que todo el mundo me odie! —exclamó Ross.

Ensilló nuevamente al animal y les fue siguiendo, paralelamente a su curso, pero resguardándose tras el amparo de las altas matas.

El camino era fatigoso y pesado, debido a los guijarros que se alternaban con el blando suelo, donde se hundían los cascos de Porch Climber; grava, arena o rocas en los aluviones; continuas vueltas entre la maleza y rodeos para evitar los claros.

Varias veces le asaltó la idea de huir hacia los picachos, desembarazarse de Porch Climber y ocultarse en alguna cima profunda, o en alguna cueva, hasta que abandonaran la persecución. Pero era muy obstinado y se había propuesto llegar a Guadalupe; no le atraía la perspectiva de someterse a una dieta de conejo y fruta, y quizás algún venado sin sal. Un factor importante en su decisión, aunque no se diera cuenta, fue la repugnancia instintiva del caballista a ir a pie. Podría ocultarse sin dificultad; de eso estaba seguro. Pero ¿y cuando saliera del refugio? Un hombre que no venía de ninguna parte, a pie, sin pasado, sin nombre y con una gran barba rojiza no tardaría en llamar la atención. Inconscientemente se rascó la pelusa que le cubría las mejillas. Sí, un hombre en tales circunstancias se vería obligado a dar alguna referencia, y en un momento u otro iba a tener que presentarse en un poblado. Los verdes

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algodoneros de Independent Spring[29] se alzaban sobre la colina de su derecha. Ross se encaminó hacia el Sur.

Así llegó a la boca del Salphur Spring Canyon[30]. Más allá se abría una llanura al pie del monte Kaylor; y casi en medio de la planicie se levantaba otro molino, con una amplia construcción de forma achatada y grandes corrales. McEwen ya estaba cansado de molinos. Pero éste se hallaba muy cerca de la montaña, mucho más al oeste de los demás ranchos y del camino de El Paso. McEwen comprobó interesado que sus perseguidores abandonaban el sendero y se dirigían hacia el edificio. Esto significaba que iban a comer.

—Verdaderamente —dijo McEwen con convicción— ésta es la buena política. La hora de la pitanza para algunos; para mí sólo a mediodía. Aún es temprano para el pienso. Pero veamos: ¿cómo es posible que unos tipos tan listos me persigan marchando en cabeza? No es razonable. ¿Cuándo se ha visto que los alguaciles vayan delante, con un bandido pegado a la cola? Esto no está bien. Ni es moral. Voy a dar un rodeo. Además, si no lo hago, esto puede alargarse para siempre; molinos y más molinos hasta la ciudad de Méjico, o el Perú, o Chile. Ya me he hartado de tanto molino. Porch Climber —continuó McEwen—, ¿eres capaz de correr un poco? Porque en cuanto estos dos ayudantes de sheriff lleguen al rancho y entren en la casa, tú y yo salimos a campo abierto, tranquilamente y sin ostentación, hasta alcanzar las riberas del Salt Marsh. Y si esos tipos nos descubren habrá llegado el momento de correr como diablos. Y puede que tengan caballos de refresco. Pero si no nos ven, todo irá bien. Iremos hacia el Sur, protegidos por la margen del río, y les adelantaremos mientras se llenan la tripa.

Media hora más tarde, Ross encaminó a Porch Climber hacia el Este, cabalgando sin prisas por la llanura, confiando en no levantar polvo. El jinete se inclinó hacia delante, afirmándose en los estribos, mientras una vieja tonada acudía a sus labios. La entonaba con aire burlón, pero con una agradable voz de barítono un tanto nasal.

Le ordenaron en Monroe, Virginia,

diciéndole: «Pete, tu camino queda más allá del tiempo».

—Me parece natural que se cante cuando un buen caballo se come las millas —comentó McEwen—. Este potrito se está portando muy bien después de las penalidades de esta mañana.

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Entonces miró en torno, viendo a su negro y grasiento fogonero:

Mete un poco más de ca-a-arbón,

y cuando atravesemos el antiguo monte veremos al viejo Noventa y Siete.

—¡Eh, Porch Climber! Estás perdiendo el tiempo. Vamos, muévete un poco. Y ahora veamos: debe haber unas veinte millas hasta el viejo Wildy’s Wells. Me pregunto si vamos a encontrar nuevos ranchos hasta llegar allí. Probablemente. ¡Diantre de país, tan superpoblado!

Hay una senda magnífica de Lynchburg a Danville y un repecho de tres millas de pendiente. Allí fue donde pe-e-erdió su sombrero,

y hay que ver el salto que pegó.

Llegó a un viejo camino de carros que ascendía lentamente hacia la meseta; al pie de ésta se alzaba el inevitable molino.

McEwen fue siguiendo el camino con el aire del que nada tiene que temer. Se había adelantado a la noticia de su huida, por lo que podía presentarse tranquilamente en aquel rancho. Pero, por si acaso, frenó al caballo, haciéndole cambiar a un ligero trote. Sus perseguidores podían acercarse lo necesario para descubrirle en aquel páramo desnudo. Un jinete que se dirige al trote al rancho en que trabajaba no era objeto de sospecha, pero sí podía serlo quien galopase frenéticamente.

No encontró a nadie en el rancho. El agua era salobre y sin cuerpo, pero los dos fugitivos bebieron con ansiedad. No se veían señales de que allí abrevasen caballos; imaginó que los vaqueros se habían ido a las colinas con sus monturas en busca de buenos pastos y agua dulce, o quizá simplemente para perder de vista al White Sands, abandonando la llanura al ganado.

—Supongo que deben bajar de vez en cuando para echarle aceite al molino —se dijo—. Yo lo haría. Cuatrocientas millas cuadradas de arena como cristal, trescientos sesenta y cinco días que tiene el año… ¡No, gracias! Mi vista ya no es lo que era.

En la puerta del rancho y en los postes del corral había grabadas las iniciales J. B. En un armario se veían varias latas y unos cuantos bizcochos secos y pasados. Cogió una lata de salmón y se la guardó para luego.

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—No es momento de glotonerías —reflexionó. También se llevó la caja de los bizcochos para comérselos por el camino.

—Esto me servirá de pan —se consoló McEwen—. Hace ya varios días que no lo pruebo.

Sobre una mesa había un lápiz y una libreta. De pronto sus ojos se iluminaron. Arrancó una página de papel y escribió unas cuantas palabras de consejo y advertencia.

«Eh, compadre del J. B.: Vigilad a un tipo pelirrojo y de ojos grises, de tamaño regular. Asaltó el Banco de Belén y dicen que vino hacia aquí. Se ofrece una buena recompensa por él. Creo que unos dos mil. Pero no estoy seguro. Avisad a los ranchos del Norte. Yo iré diciéndolo hacia el Sur, hasta Organ.

Jim Huntley».

Colgó luego la misiva bien visible en un clavo, sobre la estufa. —¡Estupendo! —exclamó satisfecho—. Si estos tipos que me siguen

tuviesen un poco de sentido común iban a darse cuenta de que es inútil ir más lejos y se quedarían aquí a descansar. Pero no lo harán. Van a decirse: «Por aquí ha ido; ha gastado otra bromita. ¿Pero cómo se las habrá ingeniado el chico para llegar hasta aquí sin que le descubriéramos? ¡Vaya salto!». No me gusta ser descortés —prosiguió McEwen en otro tono—, pero he de despegarme de esos individuos. Tengo ganas de dormir. Y ahora, en nombre del cielo, ¿quién será Jim Huntley?

Había pasado ya el momento de ocultarse y debía cifrarlo todo en la rapidez. Cabalgó, pues, hacia el camino con toda osadía y a buen paso; se comió los secos bizcochos empapados en el agua salada y caliente de la cantimplora.

No había espacio para otro rancho entre aquél y Wildy’s Wells. Era ésta una hacienda establecida desde antiguo. Existía la posibilidad de que allí se tropezase con algún viejo conocido cuya vista ya debilitada no advirtiese que estaba de paso y aun le proporcionara un caballo de refresco. Ahora debía animar a Porch Climber tanto con las espuelas como con la voz. De súbito le vino a la memoria que Wildy había muerto. Frunció las cejas en su afán por recordar. Sí, a Wildy le había matado un caballo al caer. Por lo tanto, era muy probable que no encontrase a nadie junto al pozo. Y no es que fuese mala el agua del rancho de Wildy…, pero con toda seguridad estarían en las colinas en busca de mejores pastos.

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El caballo de Ross estaba cubierto de sudor y avanzaba penosamente por el reseco camino. El jinete tenía los ojos enrojecidos por el calor e hinchados por el ardiente polvo. El agua salada que bebió se le había vuelto amarga en el estómago. Su tez mostraba un color grisáceo a causa del polvo acumulado y la surcaban finos canalitos de sudor. Y de pronto, McEwen se sintió asqueado por aquel asunto.

Poseía una mente inquieta, por lo que no tardó mucho en comprender la causa de su disgusto. ¡La maldita cancioncilla! Era música para bailar. Recordó que había sitios donde la gente baila, donde incluso bailarían aquella misma noche. Existía, por ejemplo, un salón en Ruthenford…

V

No había nadie en Wildy’s Wells, ni siquiera caballos o señal de que acudiesen por allí. McEwen bebió la deliciosa agua dulce, de agradable frescura. Cuando Porch Climber le hubo imitado, McEwen hundió los brazos y la cabeza en el abrevadero. El hombre y el animal suspiraron a la par; sus ojos se encontraron, comprendiéndose y consolándose mutuamente.

—Chiquito —dijo McEwen—, opino que fue el agua salada, más que nada, lo que te había quitado las energías. Te hizo muy lento. ¡Pero ahora ya vuelves a ser el de siempre! Pero ya acabo.

Tomó el lazo, cortando un trozo de la extensión de sus brazos. Luego procedió a anudar tres cabos de la misma y lo sumergió todo en el abrevadero. A continuación retorció la cuerda hasta exprimir el agua y se la anudó en torno a la cintura. Entonces examinó el ganado que había estado bebiendo allí. Las reses se retiraron al otro extremo cuando llegó Ross y ahora parecían inquietas.

—Hacía más de un año que no veía ganado Durham. Hoy en día todos tienen caras blancas. Supongo que deben destinarlas al mercado de El Paso. Pero nadie las comprará, a menos que hagan una buena rebaja en el precio.

Cerró la entrada del corral. Le dolían todos los huesos del cuerpo. Al levantarse una ligera brisa empezaron a girar las aspas del molino; el engranaje gimió como protestando. Ross levantó la vista con interés.

—El agua era muy buena —dijo— y supongo que, en compensación, debo engrasarlo.

Sin pensarlo dos veces, subió a la torre. Tras echarle aceite, Ross examinó el territorio con ansiosa mirada. No distinguió polvaredas…, pero al Norte casi pudo adivinarlas.

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Meneó la cabeza.

—Estos tipos son inteligentes de verdad —dijo—. Y me están poniendo nervioso.

Bajó con cierta rapidez y se dispuso a hacer lo que había proyectado. Ató el extremo del lazo al pomo de la silla, apretó las cinchas, montó de un brinco y dispuso la reata. Abalanzándose contra la empalizada, el ganado daba vueltas en torno al corral, levantando nubes de polvo. McEwen cabalgaba entre ellos, fija la mirada en un novillo de color ruano, mientras volteaba el lazo lenta y acompasadamente. En un momento dado el novillo se colocó en cabeza; entonces Ross lanzó la reata y atrapó al animal por las patas delanteras. Porch Climber giró vivamente a la izquierda y el novillo cayó pesadamente. Ross descabalgó; mientras corría tiró de la cuerda que le rodeaba la cintura. Porch Climber piafaba con coraje. Ross, agachándose, ató juntas tres de las patas del novillo. Todo ocurrió casi al mismo tiempo.

Después, McEwen procedió a desensillar a su caballo.

—Bueno —le dijo—, por un día puedes descansar.

A continuación abrió la entrada del corral y dejó salir al asustado ganado.

—Aquí —exclamó— es donde entro yo en funciones.

Cortó una correa de la silla de montar, con la que ató el revólver para que no bailase en la funda. Hizo un paquete con la lata de salmón, la chaqueta y la manta del caballo, que anudó con las bridas, afirmándolo todo tras el arzón. Soltó las cinchas y corrió las correas hasta el último agujero.

El novillo sacudía el testuz frenéticamente, lanzando amenazadores mugidos. McEwen tomó la silla de montar y la colocó sobre el lomo del animal. Al pie de la torre halló un pequeño listón de madera, con el que empezó a hurgar en busca de la cincha anterior, por debajo del caído, mientras éste no cesaba en sus vanos intentos de levantarse; por fin la alcanzó y pudo sujetar la anilla con los dedos. Pero antes se vio obligado a atar la pata libre del novillo a las tres ya aseguradas, pues no cesaba de cocear con bravura y decisión, impidiéndole realizar la tarea que se había propuesto. Luego ató el cabo suelto a la anilla, pasándola entre el cuerpo y las patas del animal; acto seguido se anudó la cuerda dos veces alrededor de las caderas, hundió los tacones asentándolos en la arena y resistió decidido cada vez que el novillo se agitaba; por fin, aunque penosamente, logró pasar la cincha por debajo hasta que la silla quedó debidamente asegurada sobre el lomo del animal. Entonces pasó la correa del látigo, tirando hasta que estuvo en su sitio. A cada tirón el novillo mugía angustiado. Después pasó la cincha posterior por detrás de las

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ancas y debajo de la cola del animal, de modo que la montura no se deslizara en las siguientes operaciones.

McEwen se enderezó y se enjugó el sudor de la cara, frotándose luego la dolorida espalda. Fue al abrevadero a llenar la cantimplora y, tras de beber, volvió a lavarse. Lió un cigarrillo y aseguró firmemente el recipiente de metal a un gancho de la silla. Porch Climber se revolcaba en la arena. McEwen le sujetó por las crines y le condujo hasta la puerta abierta.

—Por si te interesa —le dijo—, en este corral habrá pronto mucho barullo, así que no es buen sitio para ti.

Levantó la mirada hacia la senda del Norte. Nada a la vista.

Regresó junto al novillo. Se subió los zahones, se apretó el cinturón y bizqueó los ojos contra la luz del sol; le soltó una pata al animal y enrolló el lazo en torno al arzón. Luego acomodóse con cautela sobre la silla. El novillo lanzó un mugido, retorciendo el cuello con la sana intención de cornear a su verdugo, mientras con la pata libre coceaba furioso. Pero McEwen consiguió colocarse en la silla sin sufrir ningún daño, aunque por el escaso margen de una pulgada; el novillo casi se rozó la pata con un cuerno y estuvo a punto de cocearse en el morro. McEwen se asentó firmemente en la silla de montar.

—¿Listo? —se preguntó McEwen.

—¡Listo! —contestó Ross.

—¡Adelante! —volvió a gritar, y tiró de la cuerda.

El novillo se puso en pie, luego quedó inmóvil, como asombrado, y por último pegó un brinco. Embistió, dando saltos, coceó contra los estribos, intentó cornear las piernas del jinete y corrió mientras mugía furioso; sin cesar en sus cabriolas fue a dar de costado contra la empalizada, cayendo y volviendo a levantarse en un instante. Aún no habían inventado el shimmy[31], pero el novillo no lo bailaba muy mal; silla y jinete se bamboleaban de continuo. Entonces, por primera vez, advirtió la puerta abierta y se lanzó por ella, sin otro pensamiento que correr.

Aunque con el cuerpo contusionado, McEwen había vencido. Era un caballista. Según diría años después, se sentía «un poco molido, pero no derrotado». Sin embargo, no salía indemne. Cuando el animal chocó contra la valla, Ross apartó a tiempo la pierna, pero recibió un fuerte golpe en la cadera. Toda la operación, y más aún los pasos de shimmy, no había contribuido a aliviarle el dolor de sus maltrechos huesos.

Y lo peor de todo era que la cantimplora quedó inutilizada entre la silla y la valla. El precioso líquido se había perdido.

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Aún empuñaba Ross la cuerda, pero no sentía deseos de dejarla para que los curiosos empezaran a preguntarse su significado. Hasta que su montura aminoró el galope a un trote moderado no decidió Ross intentar guiarle, porque la dirección que tomara el novillo no se apartaba mucho de la que a él le interesaba seguir. Quería llegar a Luna’s Wells[32], una antigua estación de diligencias en pleno desierto.

En el momento preciso, McEwen se inclinó para darle al animal con el sombrero en el lado derecho de la cara para que girase hacia la izquierda, rumbo Este.

El primer intento de guía y los cuatro siguientes provocaron nuevos brincos del animal. McEwen no le atosigó entre las lecciones; lo que más temía era que el novillo rehusara seguir adelante, quedándose inmóvil. Cuando el animal se detenía, Ross esperaba a que reanudase la marcha por su voluntad, y si seguía la dirección que a él le interesaba no intervenía. Las ramas de los mesquites y de los arbustos habían dejado sus huellas en la carne de McEwen, desgarrándole la camisa. Jugándose la vida a cada momento y con enorme paciencia, Ross consiguió llegar a una senda bien marcada, hacia el Este. Gruñendo y de mala gana, el novillo la siguió.

Todo esto costó mucho tiempo, pero también había intervenido el factor rapidez. Cuando McEwen se atrevió a volver la cabeza no pudo ver más que medio molino por encima de los arbustos. Wildy’s Wells quedaba a varias millas.

—¡Bien, muchachos —exclamó entonces—, si esta vez sois capaces de seguirme, es que sois buenos de verdad!

El novillo vacilaba y jadeaba, intentando guiarse por sus impulsos; a menudo se detenía a descansar con la lengua colgando y babeando a causa del calor. McEwen no le apremió.

La situación de McEwen era difícil. Le envolvía una nube de polvo, la sed le atormentaba, tenía los labios agrietados y sangrando, los ojos hundidos, la cara contraída y la fatiga le dominaba por completo.

—El agua pizarrosa es la mejor —gimió.

Pronto abandonaron aquel terreno calizo y lleno de maleza para salir a otro mejor, aun mísero y árido, pero donde el aire era por lo menos respirable. El sol estaba ya bajo y las sombras alargadas de las colinas se extendían por la llanura. Entonces vio, casi enfrente, las relucientes aspas de un molino. No divisó más que la parte superior —la otra parecía tocar el suelo—, pero con mucha claridad. Esto le devolvió los ánimos. No se trataba de Luna’s Wells,

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que quedaba más allá. Era sin duda un rancho nuevo. Si estaba asentado sobre un lugar ahondado, como debía ser, no podía encontrarse lejos. ¡Agua!

Por primera vez, McEwen azuzó su montura, suavemente, no usando más que la cuerda. Una vez fue suficiente. El novillo se detuvo, escarbó y se declaró en franca rebeldía. Durante diez minutos, McEwen trató de animarle. Pero fue inútil. El animal había abandonado. Ross se quitó la cuerda anudada a su cuerpo. Cautelosamente pasó uno de los lazos por la pata que escarbaba el suelo. Después la alzó con toda la fuerza de que era aún capaz, volteándola rápidamente. El novillo, cogido de sorpresa, pegó un salto y cayó a tierra. McEwen volvió a atarle tres patas, aunque ya no era necesario. Le quitó la silla, la arrastró hasta la espesura más próxima y, levantándola con dificultad, la colocó entre las ramas ahorquilladas de un árbol, asegurándola con las correas y las cinchas.

—Mi caballo quedó agotado. Yo cargué con la silla durante un buen trecho, pero pesaba demasiado; así que la colgué para que las vacas no se la comieran —dijo con el tonillo de quien recita una lección.

Desató al animal, volviendo luego junto al árbol por si se le despertaban instintos de lucha. Pero el novillo estaba rendido. Se levantó bamboleando la testuz y con el morro cubierto de baba espumeante; se quedó quieto unos instantes y luego se alejó lentamente.

—Menos mal que no ha recordado que tiene cuernos —se consoló McEwen—. Me temí lo contrario. Pero está muy cansado. Y a mí me ha hecho un buen servicio. Ahora será mejor que me vaya.

Fue una marcha sumamente difícil. Cien yardas…, un cuarto…, media…, una milla. El molino era cada vez mayor; estaba ya soplando la primera brisa de la noche, y McEwen vio cómo giraban las aspas al sol. ¡Cien yardas…, quinientas…, una milla! Transcurrió una hora. Las sombras se abatieron sobre él, le adelantaron; de repente vio muy cercanas las colinas, como manchones negros contra un cielo carmesí. La sed le torturaba continuamente, y el molino y el viento del atardecer le urgían a continuar su camino. Por fin llegó al borde de la hondonada donde se alzaba el rancho; desde allí distinguió una pequeña corraliza, una fuente y algo más lejos una casa; se acercó a la fuente y hundió la cara en el agua.

El molino gruñía y gemía con un chirrido de engranajes secos. Sin embargo, de la chimenea salía una ligera espiral de humo. ¿Cómo era posible? La puerta estaba abierta. Salvo los chirridos del engranaje, un silencio de muerte pesaba sobre el lugar como presagio de algo ominoso y siniestro. Renqueando, maltrecho y dolorido, McEwen se arrastró hasta la

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puerta del rancho. Oyó una tos y el desvalido llanto de un niño. Puso el pie en el umbral.

—¿Qué pasa? ¿Qué es? —preguntó en voz alta.

Una débil voz le dio una respuesta que no logró entender. Después apareció un hombre por la puerta del interior; un viejo mejicano que se apoyaba en las paredes para sostenerse.

—El garrotillo[33] —dijo con voz cascada—. La asfixia…, la difteria.

—He venido a ayudarle —proclamó McEwen.

VI

McEwen jamás tuvo un claro recuerdo de cuanto sucedió aquella noche, excepto en las dos primeras horas. En los oídos semejaban zumbarle las abejas y acariciarle su continuo aleteo. Se sentía como envuelto por una niebla ligera e irreal, vacilante y turbia, deshecho por la sed, la inquietud y la falta de sueño, y, sobre todo, envenenado por el polvo alcalino que le llenaba los pulmones. En los días que siguieron, aunque cada vez descansaba menos, no estuvo tan cerca de un colapso como en aquella interminable primera noche. Le quedaron unas imágenes borrosas del mísero cuarto de los enfermos, del hedor que manaba, del ir y venir de un lecho a otro cada vez que uno de los pacientes se debatía bajo la angustia de la asfixia.

De una voz, ya débil y lejana, ya clara y fuerte, que insistía en sus preguntas, en demanda de consejo y ayuda; de una lámpara que parpadeaba, debilitándose, para avivarse de nuevo; del chirriar y crujir del hierro de los engranajes, en un horrible ritmo, monótono, intolerable. Debía ser el molino. ¿Pero dónde estaba? ¿Y qué molino era?

De terror, de llanto y de un niño muy pequeño que chillaba. Aquella mujer… A Ross le habían dicho que la difteria no ataca a las personas mayores. Pero ella la tenía. La tenía como los dos pequeños. Al parecer, era su madre. Sí, Florencio se lo había explicado. Y era una gran pena que los niños muriesen… ¿Pero quién diablos sería Florencio? El molino giraba desmayadamente…, chirriando, quejándose, gruñendo.

Aquél era quien menos se ahogaba: Félix. Había que limpiarle la garganta. ¡Aguante así la lámpara! ¡Con cuidado…! Así. Hay que quemar esto para desinfectarlo. Más gasa, viejo. Sostenga la luz… ¡Pobrecito! Bueno, listo. Algo se movía por los rincones entre las sombras. Había que investigar. ¿Qué pasa? ¿Qué decía? ¡Ah! ¿Hacer café? Seguro. Café. Buena idea. Café con sal.

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El molino sacaba agua salada. Golpear, triturar y chillar. Girar y girar. Girar y girar… Le diré una cosa. Voy a engrasar este maldito molino. ¡Ahora mismo! ¿Cómo…? ¿Aguardar hasta mañana? De acuerdo. Seguro.

Sus pies parecían de plomo. Sus brazos se portaban bastante bien, pero sus manos eran sencillamente maravillosas. Unas manos sorprendentemente diestras. ¡Qué firmes se mostraban al limpiar las membranas de las pequeñas gargantas! ¡Manos hábiles! También sabían llevarle el agua a aquella gente, verterla en las tazas y sostenerlas sin derramar una sola gota. Sabían, asimismo, refrescar los cuerpecitos de los niños cuando se agitaban gritando en su delirio. ¡Y escurrir los trapos! ¡Maravillosas manos! Algún día iba a mostrarle a la gente aquellas manos extraordinarias. Déjame que te lave un poco más con esta estupenda agua fría. Ahora…, así… ya no te molestará nada. El tío Happy[34] ya está aquí para cuidarte. Y ahora a dormir… ¡A do-o-or-mir!

Pero sus pies eran demasiado grandes, pesados y torpes, y las piernas ya no le obedecían. Sobre todo las pantorrillas. Cada una, que antaño estuvieron formadas por unos buenos músculos de acero, estaban ahora repletas de agua estancada, imbebible. Y esto no era lo peor. Había un espacio en blanco, un vacío, como una burbuja de aire en el éter, que flotaba en su interior mientras el agua iba salpicando todo su cuerpo. Se preguntaba si alguien se habría dado cuenta.

Debía ser ya de madrugada. Se dice que las personas enfermas empeoran entre las dos y las cuatro. Pero, en cambio, aquéllos estaban mejor ahora. Los dos niños dormían, aunque moviéndose inquietos. Y la madre empezaba también a dormitar. Sí, señor, también se la veía soñolienta. ¿Cómo la había llamado el viejo? Estefanía. Sí. Estefa…

Cuando se despertó, el sol le daba directamente en los ojos. Tenía un brazo sobre una mesa, en la que apoyaba la cabeza. Se levantó, bizqueando, y dio una ojeada a su alrededor. Se encontraba en la cocina, que presentaba un aspecto lamentable. La habitación de los enfermos quedaba detrás de la puerta entreabierta. Se sentó en el umbral, desde donde podía abarcar todo el cuarto.

Todos dormían. La mujer se agitaba inquieta, sacando un brazo de la cama. El viejo se había tendido sobre un catre junto a la mesa.

McEwen los examinó. Le había bajado la fiebre y su cabeza ya estaba bastante clara. Frunció la frente en su afán de recordar fragmentos sueltos de lo ocurrido aquella noche. El viejo se llamaba Florencio Téllez, la mujer estuvo casada con su difunto hijo, y aquellos niños eran sus nietos. Uno se llamaba Félix. No recordaba el nombre del otro. Una semana antes habían

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vuelto de un viaje a El Paso, donde debieron contagiarse. Primero cayó uno con la difteria y luego el otro. Y el pozo debía estar contaminado. Habría que hervir el agua para beber. A esto lo llamaban el Rancho Perdido. Un nombre bien aplicado. El viejo se expresaba correctamente en inglés.

McEwen se defendía con el castellano y, por lo que recordaba de aquella noche, la conversación se sostuvo indistintamente en los dos idiomas. ¡Vaya noche!

Se levantó y anduvo de puntillas con suma precaución. El viento había parado. Fue hasta el aljibe y buscó el aceite; subió al molino y engrasó los soportes y el engranaje. Se sorprendió al darse cuenta de lo débil y dolorido que se hallaba; era la primera vez que sentía mareos, hasta el punto de tener que aferrarse a alguna viga con una mano para poder moverse por la plataforma… ¡Él, Ross McEwen!

Cuando volvió, el anciano salió a su encuentro con un dedo sobre los labios. Se sentaron sobre el cálido suelo, desde donde podían vigilar la habitación de los enfermos a través de dos puertas; pero lo bastante lejos como para poder hablar sin que les oyesen.

—Dejemos que duerman. Cada minuto de sueño es para ellos como una moneda de oro. No debemos hacer nada que pueda despertarles. ¿Y tú cómo estás, hijo mío, cómo estás?

—Estupendamente. Cuando llegué aquí ayer noche tenía mil dolores y ahora no me queda más que uno.

—Que te pilla todo el cuerpo, ¿verdad?

—Eso es. Pero no se preocupe por mí. Pronto estaré bien. ¿Desde cuándo dura esto?

—Creo que el chico mayor lleva así cinco días. El primero que lo cogió fue Demetrio. Al principio creímos que no era más que una irritación en la garganta. Tal vez haga seis días. Estoy algo confuso.

—No me extraña. Ahora, escuche. Algo sé acerca de la difteria. No mucho, pero a conciencia. Oiga lo que tiene que hacer, viejecito: tan pronto como todos se despierten váyase a la cama y acuéstese. De seguir trabajando así va a morirse. Ahí tiene su horóscopo gratis.

—¡Oh, no estoy muy mal! No toso mucho. La difteria no ataca a los viejos como yo.

Tal vez lo creyese, pero cada palabra le costaba un verdadero esfuerzo. —¡Ah, no, no está usted muy mal! ¡Es poco más que un cadáver que

anda! Váyase a la cama y ahorre fuerzas. Cuando cualquiera de los dos niños

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se ahogue tendrá ocasión de esforzarse en ayudarme, ¿comprende? ¿Duermen tanto rato a menudo?

—Oh, no. Ésta es la primera vez. Por la mañana siempre se encuentran mejor, pero hasta ahora nunca habían conseguido dormirse todos a la vez. Mi nuera sufre tanto por la angustia como por la enfermedad. Pero ahora que tú estás aquí se sentirán más animados. Si Dios quiere les sacaremos adelante.

—¡Escuche! —exclamó McEwen—. Luna’s Wells no puede estar muy lejos. ¿No habrá por aquí un caballo con el que ir allí en busca de ayuda y para que llamen a un médico?

—No hay nadie allí. Francisco Luna y Casimiro se llevaron el ganado a los Montes Guadalupe hace varias semanas. Por aquí ha habido demasiada sequía. Y ahora nadie utiliza la antigua ruta. Todos los viajes se hacen por la nueva, más allá del tendido del ferrocarril.

—Ayer no hallé a nadie en los ranchos del Oeste —afirmó McEwen. —No. Todo el mundo está en las colinas. La sequía ha sido muy mala. Por

aquí no hay nadie más que tú. El sitio más próximo para ir en busca de ayuda es Álamo Gordo, a treinta y cinco millas. Y si te marchas allí, seguramente se morirá alguno antes de que regreses. Yo ya no tengo fuerzas. Estoy seguro de que hoy caeré rendido.

—Ya le he dicho que se acueste. Y no se preocupe. Cuidaré de la familia y les prepararé la comida. ¿Qué tienen para guisar?

—No mucho. Frijoles, cecina, tocino, harina, algunas latas y melocotones secos.

McEwen frunció el ceño.

—Me parece que necesitaríamos huevos y leche.

—Cuando venga el ganado a abrevar puedes entraillar un vaca y una ternera —o dos—, y obtener así un poco de leche para esta noche. Ya te enseñaré qué vacas son las más a propósito. Como te dije ayer, solté a la vaca que tenemos por miedo a caer enfermo y que la pobre muriese en el aljibe.

—Don Florencio, temo que no recuerde casi nada de lo que me dijo ayer —replicó McEwen pensativo—. Estaba tan excitado como un halcón. Llegué a pensar que el ruido del molino iba a volverme loco. Fue la fiebre, supongo.

El anciano asintió.

—Ya lo vi, hijo mío. Me dolía pedirte que me ayudaras, pero no tuve más remedio. Debía hacerlo. Me hallaba ya al final de mis fuerzas. El pequeño Félix, y quizá también el otro, se habrían muerto ya si Dios no nos hubiera hecho la merced de guiar tus pasos hasta aquí.

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McEwen quedóse sobrecogido al oír esto. Inclinó la cabeza con dificultad, ya que tenía el cuello envarado; frunció los labios y se los cogió entre el índice y el pulgar, meditando profundamente.

—¡Así que eso era! —exclamó al fin—. ¡Comprendo! Siempre había oído decir que Dios dispone las cosas de forma misteriosa para cumplir sus altos designios. ¡Y ahora puedo afirmar que es cierto!

El desayuno fue ligero, aunque agradable; luego intentó poner un poco de orden en la confusión que reinaba por doquier. Los ojos de la enferma seguían a McEwen mientras éste trabajaba. Un singular encanto se había apoderado del lugar, incluyendo al anciano, que descansaba. McEwen se ciñó la pistola y llevó un martillo y el cubo de la manteca junto a la cama de Florencio.

—Si me necesita, golpee con esto y vendré corriendo. Me marcho al corral y mataré un carnero para hacer caldo. Ahora descríbame cuáles son las vacas lecheras.

Don Florencio le hizo la correspondiente descripción.

—Cualquiera de éstas servirá. No todas acuden a beber a diario, sino más bien un día por otro, ya que van hasta muy lejos en busca de buen pasto. Mi marca es T. T., por mi hijo Timoteo, el que murió. Verás que el ganado no está en muy buena forma, pero con un poco de paciencia descubrirás alguna res pasable.

—Estaba pensando —asintió McEwen— que necesito algunos sacos de harina. Colgaré los mejores bajo la plataforma de la torre del molino a fin de que no molesten las moscas.

Poco después oyeron un disparo. Y mucho más tarde, Ross apareció con un enorme pedazo de carne, disponiéndose a preparar el caldo.

—Encerré una vaca —explicó—. Llegó también una remada de caballos de silla y los metí en el corral. En el tanque queda muy poca agua. Y el ganado no tardará mucho en balar y en quejarse si el agua escasea, lo que alborotará la familia. Hay que evitarlo. Por lo tanto, voy a ponerle los arreos a un caballo, le vendaré los ojos y lo ataré a la bomba. Dígame cuál es el caballo que trabajará mejor.

El viejo le describió varios potros.

—¡Estupendo! —aprobó McEwen—. Tengo a dos de éstos en el corral. El montón de la leña está muy bajo. Tuve que abatir una de sus corralizas traseras para hacer leña.

Y se marchó a realizar su propósito. Más tarde, después de servir el caldo, Ross se sentó en la cama de Florencio.

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—No hay aquí medicina de ninguna clase —se lamentó—, y la leche no es tampoco muy buena, a juzgar por el aspecto de las vacas; por lo menos para los enfermos. Por lo tanto no me fijé en las marcas. Sacrifiqué la mejor que pude encontrar y colgué el resto de la empalizada. Y no creo que en Nueva Méjico haya nadie tan mezquino que vaya a quejarse, dadas las circunstancias. Pero si no es así, ahí está la piel y yo acepto la responsabilidad. No les pasará nada. La marca era D. W.

—Se trata de mi buen amigo Dave Woods, de San Nicolás. No tiene importancia. Don David es muy simpático. Y ahora vete a dormir, hijo mío; duerme un poco mientras puedas hacerlo. No será mucho rato. Te espera una noche muy mala.

—Me voy a la colina en busca de un poco de maleza para hacer una hoguera —anunció McEwen al anochecer—. Tal vez su resplandor atraiga la atención de alguien. Volveré en seguida. Y luego, a eso de las diez, encenderé otra, y mañana por la noche lo mismo. Seguro que alguien tendrá que verlo. Una sola vez puede pasar desapercibido. Pero si ven una hoguera en el mismo lugar dos o tres veces seguidas es fácil que se les despierten las entendederas, ¿no le parece?

—Pues, sí —asintió Florencio—. Nada se pierde con probar.

—Estos niños no han mejorado nada. Y su hija está peor. De modo que algo debemos hacer. Incluso pondré una manta delante del fuego, y luego la retiraré y volveré a ponerla, como haciendo señales, para que se den cuenta. A menos que el que se fije en ello suponga que se trata de una señal convenida de antemano con otra persona.

—Pruébalo —le instó Florencio—. Puede dar resultado. Pero no estoy seguro de que nuestros enfermos no estén un poco mejor. Y no es que lo estén, ciertamente, ni siquiera con tu caldo. Pero, suponiendo que haya mejoría, no podemos esperar que se note antes de varios días. Además, ya te dije que todas las mañanas parecen reanimarse para decaer por las noches. El sol les presta nueva vida y luego el calor les deja postrados. Sea como sea, trata de hacer tus señales. Necesitamos toda la ayuda posible. Pero me gustaría que comprendieras cuán menos solo me siento desde que llegaste, amigo mío…

—¡Debió ser para usted un verdadero infierno! —contestó el buen amigo.

—¿Hay algo más que pueda hacerse? —preguntó McEwen al día siguiente, estrujándose los sesos. La noche había sido terrible. Las vidas a su

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cargo estuvieron parpadeando, como a punto de agotarse. Estefanía se encontraba peor, sin la menor duda. Florencio estaba muy débil, a pesar de no haber tenido más que algunas convulsiones como consecuencia de los primeros ataques.

—Nada. Muchacho, ningún hombre hubiera podido hacer más. No hay nada por hacer.

—¡Sí lo hay! —exclamó McEwen, animándose, pese a su agotamiento—. Aquí tenemos todos los obstáculos del mundo, y una sola de sus ventajas, que no aprovechamos. El sol libra una batalla con todos los gérmenes del mundo; y esta casa fue construida para dar sombra en tierra caliente. Pues bien, voy a sacarles a todos al sol, con sus camas, y les dejaré fuera un buen rato. Y mientras estén allí excavaré un agujero en el extremo sur del viejo muro de adobe para que entre la luz. Cuando el aire quede libre de polvo volveré a meterles dentro. Entonces apalearemos un poco más de carbón mientras pensamos alguna otra cosa. Y esta noche volveré a hacer señales con el fuego. Seguramente alguien será lo bastante curioso como para querer averiguar qué es lo que ocurre.

Varias horas después, tras haber ejecutado todo el programa, McEwen se levantó de su siesta de diez minutos y se frotó los ojos con los puños.

—Don Florencio, ¿está despierto? —preguntó en voz baja.

—Sí, hijo, ¿qué pasa?

—Creo recordar —observó McEwen— que en los casos de difteria suele quemarse azufre. Y si vacío la pólvora de mis cartuchos, la humedezco, dejándola luego secar un poco y la chamusco, no toda de una vez, la cosa puede dar buen resultado. En la pólvora hay azufre. Podríamos probarlo. — Había ya empezado a trabajar con unas tenazas de herrero para extraer las balas. Levantó la mirada pensativamente—: ¿No tiene un poco de alquitrán? Del que usa para tapar los agujeros del abrevadero de estaño.

—Hijo, me estás avergonzando. Hay una lata con resina de pino, que es lo que uso para mis aljibes, en la parte superior del segundo abrevadero. No lo recordaba.

—Cada vez vamos mejor —bromeó el joven—. Haremos un poco de humo con esta resina, y también pondremos un poco dentro de agua hirviendo para que puedan aspirar el vapor que se desprenda; además, quemaremos la pólvora húmeda y, cuando todo esté hecho, pensaremos algo mejor… ¡Y lograremos llegar todos a viejos, maldita sea! Por Jove, mañana, en mis ratos libres, cogeré su viejo rifle y me iré a tirar a las codornices.

—¿En tus ratos libres? ¡Madre mía! ¡Qué cosas tienes, Happy!

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—Bueno, ya sabe a lo que me refiero… —Sólo otra palada de carbón— …, más vale bromear que lloriquear. Estefanía, ¿ha oído esto? Vamos a fabricar un poco de medicina. Sí, tenemos. Pregúntele a don Florencio si no es cierto. Ahora voy a buscarla.

Al saltar por la ventana, camino del corral, oyó un sollozo. Se detuvo, temiendo que fuese Félix. Pero era Estefanía.

—¡Madre de Dios, ayúdele a Su enviado! McEwen se alejó de puntillas ruborizado.

VII

Dos hombres estaban acampados en el paso de San Agustín, tendidos en sus lechos de campaña, detrás de un peñasco; uno joven y alto, y otro más alto, pero no tan joven. El más alto se llamaba Pat Garrett[35] y era el sheriff de Doña Ana y a veces de otros condados. El más joven era Clint Llewellyn, su alguacil, y aquel campamento tenía carácter oficial. Iban en busca del bandido de Belén después de haberle seguido por distintos lugares.

—Seguro que está ya muy lejos —decía Pat con su voz de acento sosegado—, pero también podría ser que regresase por este camino.

Estaban a punto de dar las diez de la noche cuando Pat vio una luz en el desierto.

—¿Ves aquel fuego? —le preguntó a Clint, señalando la hoguera—. Tú tienes mejor vista que yo. ¿No se enciende y se apaga continuamente?

—Así parece —convino Clint—. Precisamente cuando usted llevó a abrevar a los caballos al anochecer vi un fuego allí mismo… o tal vez eran dos.

—¿De veras? —dijo Pat. Se acarició el bigote con la ancha mano—. Tal vez hay alguien que intenta llamar la atención.

—Seguramente —asintió Clint—. ¿Le parece que habrá alguien a quien se le haya caído un caballo encima?

—¿Sabes? —comentó Pat—, esa idea me da escalofríos. Pero una cosa está clara: alguien está pidiendo ayuda para otra persona. Y sospecho que es a nosotros. De aquí a allá hay un buen trecho, y a lo mejor para nada. Sí, pero nuestro deber es investigarlo todo. ¿Hacia dónde dirías que está situado ese fuego, Clint?

—Es difícil de decir. Quizá no muy lejos de Luna’s Wells.

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—Demasiado al Oeste —le corrigió Garrett—. Yo diría que es en el Rancho Perdido. Bien, iremos a hacer algunas preguntas por allá abajo. Si nosotros estuviéramos aquí tendidos con las costillas hundidas o una pierna rota… ¡Vamos!

Y así fue cómo ambos jinetes llegaron al Rancho Perdido entre las tres y las cuatro de aquella madrugada. En la ventana brillaba una débil luz. Clint condujo a abrevar los caballos mientras Garrett se dirigía a la casa. Se detuvo ante el portal. En el interior había un hombre acostado sobre una yacija…, un hombre al que Garrett conocía: el viejo Florencio. Sobre un cobertor doblado en el suelo se veía un joven pelirrojo con una enmarañada barba del mismo color. Ambos dormían profundamente. La mano de Florencio colgaba fuera del lecho y el joven se aferraba a ella con fuerza. Garrett se frotó la barbilla, frunciendo el entrecejo.

De repente, asustando al sheriff, en la habitación del fondo se oyó un fuerte ataque de tos y la apremiante llamada de una mujer.

—¡Hijo! —gritó Florencio débilmente, y agitó la mano que estaba asiendo

—. ¡Happy, despierta!

El desconocido se puso en pie, vacilante, y se dirigió a la otra habitación,

aún medio dormido.

—Sí, Félix, ya voy… ¡Bueno, muchacho, todo va bien! Veamos… No te pasa nada. En un minuto lo arreglo.

Garrett entró en la casa.

—Clint —le dijo Pat Garrett—, ahí dentro hay varias personas muriéndose y un hombre que se mata por salvarles. Coge los dos caballos y vete a todo correr al Hospital de Álamo Gordo. Difteria. Manda un doctor y enfermeras lo más de prisa que Dios te lo permita —Garrett estaba desensillando su montura al tiempo que hablaba—. Envía también comida y todo lo que puedas. De regreso, el camino es fácil y no te entretendrás mucho. Yo me quedo aquí, por lo que no hace falta que vuelvas. Si te parece, puedes echar un vistazo en Jarilla, a tu juicio. Pero ahora corre. Cada minuto es precioso.

Un espectro fue hacia el portal.

—Será mejor que traigan una cuba de agua —dijo cuando Clint se marchaba—. Este pozo puede estar envenenado. Ya sabe, gérmenes y todo eso.

—Sí —asintió el alguacil—, y ropas de cama. Me cuidaré de todo, y también del tabaco. ¡Adiós!

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—Amigo —terció entonces Garrett—, será mejor que se acueste. Ya haré yo su trabajo. Ahora le toca dormir.

—Sí, hijo —la cascada voz de Florencio les llegó casi gozosa—. Duerme y descansa. Don Patricio ya se cuidará de todo.

McEwen se tambaleó ligeramente. Contemplaba a Garrett con mirada embotada y estúpida.

—Le ha llamado Patricio. ¿No será usted Pat Nunn?

—¿Por qué no? —dijo Garrett.

La voz de McEwen era cada vez más débil.

—Mi padre le conocía —acertó a decir con dificultad. Se tendió en el camastro.

—¿Quién era su padre? —preguntó Garrett.

McEwen volvió a abrir sus turbios ojos al oír la pregunta.

—Yo no le honro mucho —dijo. Y cerró los párpados—. ¡Hierva el agua! —murmuró luego.

—Ya se ha dormido —indicó Pat Garrett—. Se caía de cansancio.

—¡Oh, Pat, nunca vi a nadie como él! —alabó Florencio. Se empinó sobre el codo y contempló con orgullo y afecto al joven que estaba tendido en el suelo—. ¡Don Patricio, en mi vejez he tenido un nuevo hijo, lo mismo que Abraham!

—Le quitaré las botas —dijo Pat Garrett.

El sheriff se arrodilló junto a McEwen y le sacudió vigorosamente. —¡Eh, muchacho, despierte! ¡Vamos, Happy, arriba! ¡Espabílese! El sol

está bajo, y hace mucho que se desnudó y se acostó.

McEwen, al final, se incorporó, restregándose los ojos. Durante un instante estuvo mirando al rubicundo y amable rostro con cierto asombro. Luego asintió.

—Me acuerdo de usted. Envió a su compañero en busca del doctor. ¿Cómo están los chicos?

—Creo —contestó Pat— que van a salir de ésta. Lo ha pasado usted mal, ¿verdad?

—Sí. ¿Viene ya el médico?

—Ya se le ve… a él y a las enfermeras. Por eso le he despertado. Y me duele hacerlo, con lo bien que dormía. Pero vienen señoritas, y usted no está presentable. ¡Parece la cólera de Dios!

McEwen se puso de pie penosamente y flexiono los brazos.

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—Siento un dolor enorme —admitió—. ¿Quiénes son esos tipos? — preguntó entonces.

Dos hombres estaban limpiando afanosamente la casa, dos hombres a quienes no había visto nunca.

—¿Esos tipos? Monte, el mejicano, es sobrino del viejo Florencio. Se enteró de la noticia esta misma mañana y vino a escape. Hace ya varias horas que llegó. El otro vino con él. Es un joven del Este. No le conozco ni sé por qué vino. Oiga, mister Happy, debería lavarse los ojos con agua fría o caliente, o ambas a la vez. Parecen dos agujeros hechos a fuego en una manta. Seguro que el doctor tendrá que recetarle también una buena dosis de whisky. ¡Amigo, está usted casi deshecho!

—Sabía que había algo —dijo mister Happy—. Necesito un nombre. ¡Ah, cielos, estoy tan cansado! Con frecuencia soy un embustero bastante aceptable, pero ahora tendré que pedirle ayuda para salir del atolladero. Andy Hightower, ¿qué tal suena? Conocí a un tal Alan Hightower en el Mangas.

—¿No pasaba ganado robado por las cercanías de Quemado?

—Sí —contestó McEwen.

—Pues no le aconsejaría Hightower.

—Mi nombre —decidió McEwen— es Henry Clay[36].

El doctor Lamb, conduciendo él mismo la carretela, llegó al Rancho Perdido al atardecer. Le acompañaban dos enfermeras: miss Mason y miss Hollister, además de Lida Hopper, que iba de cocinera; asimismo traía muchos alimentos y mucha ropa de cama. Según explicó el doctor, papá Lucas iba más atrás con otro carro con agua y otras cosas sumamente necesarias. Garrett le acompañó al cuarto de los enfermos.

Monte ayudó a Garrett a descargar el carrito y a cuidar del tiro. Lida Hopper fue a la cocina a preparar la cena.

Mister Clay se había eclipsado discretamente junto con el otro joven. Ahora estaban en el corral trabando amistad. Su interlocutor no era otro que Ben Griggs; y su discreción era tal que miss Hollister no se enteró de su presencia hasta la mañana siguiente.

Mister Clay, fatigado aún, se acostó bajo las estrellas, en tanto que Monte le acreditaba ante los demás. Cuando llegó papá Lucas, los hombres acamparon en torno al carromato.

—Bueno, doctor —preguntó Garrett—, ¿qué hay de los enfermos? ¿Qué tal están?

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—Creo que hay excelentes probabilidades de que se salven —opinó el médico—. Si logro impedir una recaída no pasará nada. Pero se han escapado por los pelos. Y todo gracias a ese joven que los cuidó… La verdad, mister Garrett, nadie habría podido hacerlo mejor, considerando todas las dificultades que ha tenido. En realidad no poseía nada más que sus dos manos.

—Se equivoca usted, doctor —replicó Garrett—. Tiene una recia espina dorsal desde la nuca hasta el fondo de los calzones. Ese hombretón será siempre un compañero útil.

—¿Dónde está ahora, mister Garrett? ¿Quien es? El viejo le llama hijo y los chicos tío Happy. ¿Cuál es su verdadero nombre?

—Clay —dijo Garrett—. Pero ahora ha muerto para el mundo. No creo que le vea usted mucho. Por lo menos necesita dormir durante una semana entera. Pero acabo de recordar algo. Si me lo permite, me gustaría hablar con todos ustedes. Sólo un segundo. ¿Le importaría avisar a las enfermeras mientras yo voy en busca de la cocinera?

—Con mucho gusto.

—Quiero pedirles a todos un favor —empezó Garrett cuando el doctor hubo reunido a las enfermeras—. No les retendré apenas. Solamente quiero presentarme. Alguno de ustedes ya me conoce, y otros no. Me llamo Pat Garrett y soy el sheriff del condado de Doña Ana, al Oeste. Pero por motivos que solamente a mí incumben me gustaría que por el momento me llamasen Pat Nunn. Eso es todo. Y gracias.

—Naturalmente —asintió el doctor—, si es que eso tiene algo que ver con el servicio de la ley.

—No diría yo tanto —replicó Garrett—. Pero sí digo que tal es mi propósito y tal vez estaremos más cerca de la verdad. Además, esto no es una cosa oficial. Aquí no soy el sheriff. Este rancho pertenece al condado de Otero. El viejo Florencio paga las contribuciones en Otero. Lo que les he pedido no es más que un favor personal y sólo por unos días. Es muy sencillo. Nada más. Gracias de nuevo.

—¿Se lo pidió también a los hombres de fuera?

—No. Me limité a decírselo —contestó Pat Nunn—. Para una dama no sería agradable descubrirme; para un hombre sería una indiscreción.

—Papá Lucas —manifestó el doctor— es un bergante cínico, un hombre sin principios y además una lengua viperina.

—Es todo lo que usted ha dicho y otras cosas que ni siquiera sospecha — corroboró Garrett—, pero si le digo que yo soy Santa Claus, papá Lucas

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jurará que incluso me ha visto bajar por la chimenea —levantó el índice de cada mano—. Papá Lucas y yo somos como estos dos dedos. Juntos nos hemos enfrentado con situaciones muy difíciles…, y no hay cosa que una tanto. Y otra vez, gracias a todos. La conferencia ha terminado.

Al día siguiente el Rancho Perdido era la imagen de la actividad. Una escena llena de alegría, a pesar del inclemente sol, del reseco desierto y de las grietas de la vieja construcción. Los informes del cuarto de los enfermos eran esperanzadores. Los hombres habían cubierto el carromato con una tela embreada, eligiendo a papá Lucas como cocinero. Se habían apoderado de una navaja de Florencio y la estaban utilizando a conciencia. Monte y Ben Griggs, después de cenar, debían uncir el tiro de papá Lucas al carromato de Florencio para ir en busca de raíces de mesquites. Entre tanto, Monte había estado arrastrando troncos para el fuego, atándolos al asta de la silla de montar, y Ben se encargó de que el caballo de la noria no se detuviera. Pat Garrett, a su lado, lavó las ropas de Henry Clay. O mejor dicho, fue Pat Nunn quien efectuó este trabajo con grave y concienzuda seriedad.

—Henry Clay y yo, después de haber permanecido tanto tiempo en este rancho —decía mister Nunn—, tendremos que hervir nuestros vestidos antes de irnos, o nos expondremos a ir propagando los microbios de la difteria por todas partes.

—¿Y qué pasará si los lleva usted encima?

—Una de dos: que nos muramos o nos curemos —contestó pausadamente mister Nunn—. En cualquier caso, todo seguirá igual. Henry Clay ya está a salvo, pues de otro modo habría caído ya. El peligro está en los tres primeros días de contacto con la enfermedad. O algo por el estilo. Por si acaso, tendremos que quedarnos un poco más, a ver qué pasa.

—¿Adónde irá usted, mister Nunn? —preguntó Ben.

—Pues a Tularosa. El viejo Florencio tendrá que prestarme un caballo. Y a Clay también. No tiene. Aunque no sé dónde piensa ir. No se lo he preguntado. La fatiga no le permite hablar mucho. Su caballo se desplomó no sé dónde y él se vio obligado a colgar su silla de montar y seguir a pie. Así me lo contó Florencio. Mañana volverá allí a recoger la silla.

Mientras miss Mason cumplía sus funciones de enfermera, miss Jay Hollister había estado desayunando y ahora sintió la necesidad de salir a tomar un poco el aire. Así fue cómo llegó junto al lavadero donde mister Nunn y Ben se aplicaban a sus respectivas tareas.

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—¿Cómo se encuentra esta mañana la novia del trabajador? —la saludó Ben alegremente.

—¡Por el espíritu de César! Ben Griggs, ¿qué estás haciendo aquí? —le preguntó Jay ruborizándose.

—Trabajar —contestó Ben, señalando orgullosamente el mono azul—. Ya te dije que iba a ponerme a trabajar. Y aquí es precisamente donde se me necesita. Fíjate, somos cuatro, sin contar a las muchachas y al doctor, para hacer lo que Clay ha estado haciendo solito. Tenías que habernos visto a Monte y a mí cuando ayer limpiábamos la casa.

—¿De veras? —sonrió Jay dulcemente—. ¿A qué casa te refieres? —Bueno —se lamentó Ben, herido en su orgullo de trabajador—, si esa es

tu opinión, deberías haber visto la casa antes de que llegáramos.

—Estás cometiendo una locura. Vas a coger la difteria.

—Y tú ¿qué? A la difteria me refiero. ¿Es que a ti va a respetarte? —Lo mío es distinto. Es un riesgo de mi profesión. Es mi oficio. —Tú eres mi oficio —sentenció Ben.

Jay lanzó una ojeada a mister Nunn y meneó la cabeza. —Comprendo —afirmó Ben—. Jovencita, ¿conoces a mister Nunn? Sin soltar el jabón de las manos, el aludido levantó la mirada.

—Buenos días, señorita. No se preocupe por mí —continuó—. Y siga despellejándole.

—Buenos días, mister Nunn. Perdone, por favor. Es que he quedado muy asombrada de hallar aquí a ese mentecato, donde no tiene nada que hacer. ¿Hemos sido presentados ya, mister Nunn? ¡Oh, sí, dos veces! El doctor nos presentó una vez, y luego lo hizo usted mismo.

Mister Nunn acogió esta broma con una mirada de júbilo. Miss Hollister tendió la mirada a su alrededor y se estremeció.

—¡Vaya lugar horrible! —se quejó—. No puedo comprender de ninguna manera cómo hay gente que pueda vivir aquí con tanto calor. Ayer pasamos por algunas zonas particularmente desagradables, pero esto es aún mucho peor. Sinceramente, mister Nunn, ¿no es éste el rincón más desolado y abandonado del mundo?

Mister Nunn suspendió su trabajo momentáneamente y la miró sonriendo. De modo que éste era Pat Garrett, de quien ella había oído hablar tanto; el hombre que había matado a Billy el Niño[37]. Bueno, tenía personalidad. Jay no pudo por menos de admirar su cabeza cuadrada, la anchura de sus hombros y la turbadora serenidad de su tranquilo rostro.

—Pues no lo sé —confesó mister Nunn—. ¡Mire esto!

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—¿Dónde? No veo nada —replicó Jay—. ¿Que mire el qué?

—Estas abejas —le indicó Pat—. Son abejas salvajes. Hacen miel. Una pequeña familia en cada colmena. Y este viejo rancho medio arruinado… No, miss Hollister, he visto lugares peores aún que éste.

VIII

Los enfermos iban mejorando. El viejo Florencio, que sufrió un ligero contagio, se recuperaba de prisa. Más que la dolencia en sí, era el cansancio físico lo que le abatía. Demetrio y Félix lo hacían más despacio, y Estefanía era la más débil.

Esto último era lo contrario de lo que podía esperarse. Normalmente, la difteria es más grave con respecto a los jóvenes. Pero, en fin, todos estaban ya camino de la convalecencia. El doctor Lamb y papá Lucas se fueron a la ciudad. El último había regresado con regalos para los pacientes.

Jay Hollister, que cumplía su turno de guardia matinal, se sentía molesta. Mister Pat Garrett y aquel Clay quisieron marcharse, y el joven tuvo que entrar en el cuarto de los enfermos para despedirse. Como es natural, Jay no estaba dispuesta a permitir que molestaran a sus pacientes. Lo que necesitaban era paz y sosiego. Pero Garrett había insistido y era hombre de mucha personalidad. Bueno, la despedida resultó bastante tranquila y breve por parte de Clay, aunque más bien cálida por parte del viejo Florencio y de su nuera. Jay suponía que esto último se debía a la sangre española. Ahora todo había concluido, y aquellos personajes se hallaban ya camino de Tularosa.

Cuando miss Mason la relevó, Jay fue en busca de Ben Griggs para participarle sus quejas, consciente de que no las acogería con simpatía, cosa que no le importaba mucho. No pudo encontrar a Ben. Entonces se fue a la cocina.

—¿Dónde está el tonto de Ben, Lida?

—¿Ben? No sabría decirle, Jay. Ese mejicano acaba de subirse en lo alto de la casa. Supongo que él lo sabrá.

Jay se apresuró a subir la rústica escalerilla, apoyada sobre el muro de adobe, y llegó al tejado. Monte se sentaba a horcajadas sobre la pared fronteriza, mirando hacia la meseta con tanta atención, que no la oyó llegar.

—¿Sabe usted dónde está Ben? —le preguntó Jay.

—¡Oh, sí! —Monte bajó del muro—. Se fue con el señor Lucas a buscar un tantito de leña, miss Hollister. ¿Puedo servir en algo a su merced?

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—¿Qué vamos a hacer con el agua? —dijo la joven—. No queda más que un barril. Claro está que puede hervirse la del pozo, pero es repugnante.

—Mi cuate Ben volverá muy prontito y los dos nos iremos a la fuente de San Nicolás —con la mano señaló a uno de los picachos de granito del San Andrés—. Está allí mero.

—¿Tan lejos?

—Es el más próximo, y el agua es mucho dulce y sabrosa.

Jay dirigió nuevamente la vista al punto indicado, tratando de medir la distancia, pero no lo consiguió.

—¡Qué país más extraño! ¿Cuánto habrá hasta allí?

—Oh, unas veinte millas. No es nada. Podemos ir allá al anochecer y volver ya con las estrellas.

—Bueno, siéntese —le rogó Jay— y póngase el sombrero. Es usted tan cortés que me pone nerviosa. El calor parece no preocuparle —siguió la joven —, a juzgar por la manera cómo se sienta aquí, por gusto, bajo este sol insoportable.

—¿Por gusto? ¡Oh, no! —replicó Monte—. ¡Mire! —Se giró para señalar de nuevo—. No, no tan acá. A unas tres o cuatro millas. Fíjese, pasado este clarito y aquel bosque de mesquites; junto a una vaca. Bueno, bueno, pos jale los ojos hasta encontrar unas yuquitas. ¿Lo ve ahora?

Jay siguió sus indicaciones, hasta que al fin divisó dos jinetes muy lejos, y como unas siluetas negras contra la infinita extensión del desierto. Entonces asintió.

—Estoy mucho triste —explicó Monte— al despedirme de un caballero tan valiente… Me refiero a ese güerito.

—No es usted muy cortés con mister Garrett que digamos —se burló Jay. —No, no, no, no me comprende su buena merced —Monte entornó las pupilas, dominado por la compasión y el asombro—. Pat Garrett es un hombre muy macho. Y muy mentao. Pero ese tan muchacho… ha jugado un buen albur, pobrecito. ¡Oh, miss Hollister, es tan desgraciado! Ya me perdonará su merced, miss Jay…, pero no sé palabras lindas; sólo las que

platican los hombres…

—Sé lo que hizo el joven —le cortó Jay—. ¿Y qué importancia tiene? Pero aquí hay algo que no entiendo. Y no se trata del peligro de la difteria.

—No se trata de eso, miss; no hay conjuraciones. Los hombres sabemos que hay cosas que es mejor que no se mienten —por una vez las manos de Monte estaban quietas Miraba a lo lejos, a los dos jinetes ya casi perdidos en la distancia—. Pero se lo diré a su merced porque es mijor que lo sepa. Claro

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que, su merced disimule, yo no sé palabras lindas y grandes. Pregúntele a Ben cuando vuelva.

—No, por favor. Dígamelo ahora.

—Bueno, pues fue así, miss Jay. Hace ya mucho tiempo, sí, antes de que su gente cruzara el Atlántico, los míos estaban ya en este país y viajaban de un rumbo pa otro hasta las playas de California. Y cuando pasaban por el mero Zuñi y El Morro, esa roca que ustedes llaman… ¿cómo es, miss Hollister? Lo he olvidado.

—Sí —dijo Jay—. Inscription Rock.

—¡Sí, sí! Este mero es el nombre. Bueno, pues El Morro es un buen campamento, con agua, leña y esa roca que da sombra y protege el viento. Y cuando pasa por allí algún compita, exclama: «¡Adiós, mundo! ¡Qué desierto tamañote! Y yo lo voy a cruzar escotero y quién sabe si regresaré. ¡Bueno, pues me voy a hacer una losa!». Y entonces con su daga escribía en la roca: Pasó por aquí don Fulano de Tal, con la fecha. Otros vieron lo que aquél había escrito y decían: Con razón, y también pusieron sus nombres.

Sus manos escribían letras en el aire y tenía una mirada de orgullo en los ojos.

—Yo no la molestaría con mi humilde persona en este mundo tamañote, miss Hollister, pero uno de éstos, ni el primero ni el más grande, era mi mero tatarabuelo. ¡Hace mucho tiempo! Y puso «Pasó por aquí Salvador Holguin». Yo lo oí contar en los fuegos de campamento cuando era un chamaco. Y cuando estuve grande me jui a verlo.

Su mirada seguía a los dos jinetes, que no eran más que dos puntitos negros en la distancia.

—Y ese cuate, el güerito, también Pasó por Aquí —la morena mano volvió a escribir en el aire—, y dejó bien en vez de mal. Pero, antes de esto, yo no soy Diosito —se encogió de hombros como para alejar toda responsabilidad—, creo que fue un ladrón —terminó—. Sí, él fue quien robó el Banco de Numa Frenger la semana pasada en Belén.

Los ojos de Jay se agrandaron por el horror y se llevó la mano a la garganta.

—¿Le han detenido?

Monte perdió su compostura por primera vez. Se le habían empequeñecido las pupilas y habló con mayor dificultad.

—¡Oh, no, no, no! ¡Su merced no comprende! Esto es imposible porque Pat Garrett no sabe nada, está decidido a no saber nada. Y ese joven cree de veras que es Pat Nunn quien le acompaña a Tularosa. Ni siquiera sospecha

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que sea sheriff. Pat Garrett no quiere hacerle ninguna tarugada. Y esto es porque ese joven está ya arrepentido de su mala vida y se ha dicho: «Me apartaré de esto y volveré junto a mi viejo».

Jay empezaba a comprender. Dirigió su mirada al desierto, a la blanca caliza, a la arena. El sol le atormentó los ojos. ¡Qué gente! Rústicos, jugadores, asesinos, ladrones… Sintió acelerarse el pulso de su garganta.

—Y en Tularosa Pat Garrett es muy mentao. Todos son del país. No es como en Álamo Gordo, donde sólo hay recién venidos. Y cuando en Tularosa vean cómo Pat Garrett va a despedir al joven a la estación, nadie hablará. ¡Nadie! ¡Adiós!

Y volvió a encaramarse al parapeto, agitando su mano hacia la nada, saludando a los dos jinetes ya inexistentes en la distancia.

—¡Vaya con el sheriff! —exclamó Jay pensativa—. Pero eso podría costarle caro si se descubre. Podrían destituirle incluso.

Monte levantó la vista sonriendo.

—¿Pero quién hablará? —preguntó. Sus manos se movieron triunfantes —. Todos nosotros somos personas honradas.

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LA OFICINA DE CORREOS DE WOLFTAIL

FRANK B. LINDERMAN

LA diligencia se detuvo en una cabaña situada lejos de cualquier otra vivienda. El conductor, sin ninguna prisa, tiró al suelo una saca de correos, aparentemente vacía, delante de la cabaña. Luego, empuñando de

nuevo las riendas, escupió violentamente, ya que estaba mascando tabaco.

—¡Wolftail, compañero! —dijo—. Aquí es donde se apea usted.

Un joven bajó de la diligencia. Llevaba una maleta en la mano, y sus elegantes zapatos y su blando sombrero decían bien a las claras que se trataba de un novato, ya que su atuendo no era el más adecuado para andar por aquella región.

El sol estaba alto y quemaba. Las desérticas llanuras habían sido cocidas por aquel calor implacable hasta resquebrajarse. Todo aparecía reseco. Las charcas de agua se veían vacías, y hasta donde alcanzaba la vista del forastero no había la menor señal de vida.

El forastero llamó a la puerta de la cabaña. No le contestó nadie. Entonces le dio vuelta al pomo y la puerta se abrió, ya que no estaba cerrada. La frescura de la cabaña le invitó a entrar y pasó a su interior con un aire de insolente suficiencia.

—¡Diablo! —exclamó, y dejando la maleta en el suelo se enjugó el rostro con un fino pañuelo.

Era fresco el interior de la cabaña, ya que el doble tejado la protegía contra el sol. Un moscardón se afanaba, tratando de taladrar el sucio cristal de una ventana, sin que sus repetidos fracasos le hicieran desistir de sus esfuerzos.

Aparte del forastero, la cabaña estaba ocupada en aquellos momentos por un gato que, al verse despertado, se desperezó para dedicarse después a inspeccionar al recién llegado. Lo que vio no debió gustarle mucho, ya que corrió a refugiarse en un rincón. Desde allí contempló al intruso con ojos en los que brillaba un verde descontento.

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—Minino, minino, minino —llamó nuestro amigo al animalito.

Pero el gato no estaba dispuesto a aceptar aquella invitación a la amistad. A continuación, la mirada del forastero se fijó en la colección de rifles

colgados de la pared.

—Armas, armas, armas… —murmuró.

Había también una litografía de Lincoln y otra de Washington en Monmouth. Además un calendario y un anuncio de un jabón pegados en la cabaña. La marca del propietario había sido grabada liberalmente en la puerta, pero por la parte de fuera, de modo que aquello no podía incluirse en la decoración interior.

El forastero terminó por sentarse y encendió un cigarrillo.

—Voy a decirle unas cuantas cosas a ese señor cuando aparezca — murmuró—. Muy bonito, sí, muy bonito, pero voy a demostrarle…

Su monólogo se vio súbitamente interrumpido. Alguien se había detenido delante de la puerta, alguien que montaba un sudoroso caballo. El recién llegado echó pie a tierra, se detuvo a recoger la saca de correos que el conductor de la diligencia había dejado en el suelo y entró en la cabaña.

Mientras silbaba con aire ausente, cruzó la habitación dirigiéndose a la mesa situada cerca de la ventana; luego tomó una llave y abrió la saca. A continuación vació su contenido sobre la mesa. Había cinco cartas y dos periódicos con su correspondiente faja. Uno de los periódicos cayó sobre los platos sucios que allí se encontraban y volcó un jarrillo; el azúcar que contenía se esparció por el mueble. El hombre profirió un juramento y empezó a barrerlo con una mano, dirigiéndolo hacia el azucarero que con la otra sostenía en el borde de la mesa. Apenas había terminado aquella tarea cuando se dio cuenta de que no estaba solo.

—¿Cómo está usted, forastero? —saludó.

—Muy bien, señor. Gracias. ¿Es usted el encargado de la oficina de correos?

—No, desde luego que no. Vivo cerca del río. Mi marca es Círculo-Punto. He venido a ver si había algo para mí, pero no hay nada…

En uno de los rincones de la habitación se encontraba una caja que el forastero no advirtiera hasta entonces. El recién llegado tomó las cartas y los periódicos y fue a meterlos en aquella caja, en la cual había ya una docena de cartas, que fue examinando minuciosamente.

Apartó tres o cuatro y al final se las guardó en un bolsillo juntamente con un periódico.

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—Veo que hay correo para el personal del SY y, como me pilla de camino, voy a llevárselo. Dígame, ¿qué hay en su cigarrillo que echa esa peste de mil diablos?

—Es un cigarrillo turco, señor.

—¡Demonio con los turcos! Huele peor que un mocasín quemado… Hasta la vista, forastero.

Y se marchó.

El joven sacó un cuaderno de notas y apuntó algunos datos.

«Será un buen trabajo —murmuró—. Caeré sobre él inesperadamente y menuda la sorpresa que se va a llevar».

A continuación sacó otro cigarrillo de una pitillera dorada y lo encendió. El sol había empezado a hundirse en el horizonte cuando otro jinete llegó

a la cabaña. No cabía duda de que se trataba de un hombre alegre, con un amplio sentido del humor.

—¡Hola! —saludó—. ¿Quién es usted, forastero? ¿Tiene hambre?

—¿Es usted el encargado de la oficina de correos? —preguntó severamente el joven, como si no hubiese oído lo que acababan de preguntarle.

—Sí.

—Bien… Soy un inspector de las oficinas de correos de los Estados Unidos y…

—¡Diablos!

—Sí, señor, y me veré obligado a informar al departamento que tiene usted esta oficina en un lamentable estado, con un descuido total de…

—¿Cómo?

El hombre se había quedado con la boca abierta, estupefacto. Cuando consiguió reaccionar, cogió la saca de correos vacía y la metió en la caja que hacía las veces de buzón.

—Mire, hijo mío, voy a darle más materia para su informe. En el departamento no han oído nunca hablar de mí. Dígales de mi parte que pueden irse al infierno. Aquí tiene su maldita oficina de correos. ¡Puede llevársela!

Y tiró la caja más allá de la puerta.

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PARTIDA DE GUERRA

JAMES WARNER BELLAH

RESULTA bastante deprimente que se pueda llegar al término de una vida, dormir plácidamente durante las negras horas de una última noche y que al concluir éstas seamos capaces de abrir los ojos, sabiendo por el tono

sombrío de nuestra alma que todo ha concluido.

Nathan Brittles apartó las mantas y apoyó los pies en el suelo. Procedió a vestirse en la oscuridad: pantalones, botas y guerrera con las barras plateadas de capitán en las hombreras, mohosas a causa del tiempo.

Permaneció de pie, con la puerta abierta, en el umbral de su tosco alojamiento, escuchando atentamente cómo el viento del amanecer soplaba en el patio, con el sable sujeto con el brazo. Estaba escuchando por última vez.

A muchas millas al Norte se estaba desarrollando una de las habituales escaramuzas sin fin que ahora otro debería llevar a buen término. Los comanches de Muñeca Rota habían acampado junto al Paradise River[38], con los arapahoes del Sable Canyon[39] y los kiowas del Wind River[40]. Todos juntos estaban fumando sus pipas mientras discutían acerca de los incumplidos tratados. Habían abandonado su quietismo, amenazando nuevamente la paz.

El capitán Brittles se dirigió a buen paso hacia los barracones el puesto militar, desafiando las tinieblas. Al llegar a los establos se detuvo y se apoyó en el sable. Dos de las compañías de Fort Starre se habían destacado a Memphis para prevenir una posible revuelta en las elecciones, y Cohill y la compañía C habían ido a entendérselas con Muñeca Rota. En el cuartel no había más que setenta almas, entre hombres, mujeres y niños, y todos los soldados llevaban ya varias semanas de servicio permanente.

El toque de diana sonó alegremente junto al mástil de la bandera, frente al puesto de mando. Brittles se encaminó pausadamente hacia el barracón de la compañía B, mostrando su enteca y huesuda figura, viejo ya para la vida y viejo para su profesión. Sesenta y cuatro años, de los cuales cuarenta y tres

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los dedicó a seguir la bandera desde Micanopy con el 2.º de Dragones contra los Seminolas en el 36 hasta esta última diana.

Pero el tiempo va muriendo en el recuerdo, y el paso de los años no es más que un ayer, hasta que un mojón vuelve a resucitar su memoria a lo largo del camino recorrido. Del Fuerte Bent a Santa Fe en el 45[41]. Contreras y toda la campaña hasta Agua Fría, con Winfield Scott[42]. La acción de retaguardia que salvó al Congreso en el primer Bull Run, y la larga y fatigosa excursión a Apoomattox, con Phil Sheridan[43]. Y después de esto, otra vez aquí, con el resumen de todo aquello encerrado en una breve orden, con el botín obtenido con todo ello dentro de un baúl, sin más que esperar la diligencia de las cuatro en punto hasta Elkhorn, para luego llegar hasta Salem, en el Este, a fumar su pipa, a estar junto al hogar y a charlar con unos cuantos viejos faltos de mollera.

Al llegar junto a la puerta del barracón de la compañía B, en la oscuridad se oyó un seco taconazo.

—Buenos días, sargento Tyree.

—Buenos días, señor. Ha llegado un correo de mister Cohill. Muñeca Rota ha abandonado el Paradise, señor.

—Pero Cohill no le habrá perdido el rastro, ¿verdad?

—No, señor. Sigue manteniéndose al este y al sur de su línea de marcha, entre la partida de guerra y el fuerte. Mister Cohill no le perderá, pero tiene que contentarse con vigilarle.

En aquel momento la compañía se alineó en el barracón, destacándose los hombres contra las luces amarillentas, al tiempo que daban media vuelta con sonoro chocar de tacones y los fusiles en posición de firmes.

El sargento Tyree pasó lista, volvió a poner la compañía en posición de firmes y dio la novedad a Brittles. Entonces apareció el oficial de día que se dirigía a hacerse cargo de su servicio, haciendo sonar las espuelas y arrastrando el sable.

Brittles dio media vuelta y le saludó con la hoja de acero que refulgía a la mediocre luz del barracón.

—¡La compañía B presente, señor!

El oficial de día le devolvió el saludo con un centelleo de su sable, volvió a meterlo en la vaina, y dobló en dirección al puesto de mando.

—Rompa filas, sargento.

El sargento Tyree, sin embargo, no cumplió la orden. Había ya bastante luz para que pudiera ver claramente los ojos del capitán Brittles.

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—Si me permite, señor… —dijo—. Le pido perdón, pero mis hombres desean entregarle un pequeño recuerdo como homenaje… Todos mis hombres, señor. Y ya que ésta será la última vez que presida usted la formación…

—¿Qué es ello, sargento? —preguntó el capitán con voz inflexible, como metálica.

Tyree dio dos pasos al frente y le presentó un pequeño estuche.

—Es un reloj con cadena, señor, de la compañía B, como muestra de gratitud… y de amistad… y… Un reloj con cadena de Kansas City, señor. De plata. Por recolecta general. La compañía B, señor, le desea mucha suerte a su capitán.

Brittles extendió la mano y engarfió sus dedos con tanta fuerza sobre el estuche que sintió como se hundía el cartón.

—Gracias, sargento —contestó—. Gracias. La compañía B es una excelente compañía. La mejor que he visto en toda mi vida. Dura de ancas, pero buena. ¡Buena suerte a todos!

Había ya amanecido, por lo que podía distinguir ya todos los rostros, y hubiera deseado decirles algo. Pero no podía. Nunca había sido capaz de hablar. Eran los mismos semblantes que había estado viendo toda su vida. Los sombreros y los barboquejos habían cambiado, pero los rostros eran iguales. Se quedó quieto un momento, mirándoles, deteniendo su vista en cada uno de los hombres. Hubiera querido hablarles.

—Gracias. Gracias —fue todo lo que acertó a balbucir—. Rompa filas, sargento. —Y volvió el sable a su funda, dirigiéndose con paso vivo a su despachito.

El parte matinal estaba abierto sobre la mesa esperando su firma. Subrayó la línea que decía:

«Brittles, Nathan, capitán, pasa del servicio activo al retiro, al toque de diana del 30» y puso sus iniciales al margen. Cuando Tyree entró en la pieza, Brittles firmó el parte.

—Sargento —le dijo—, usted no me dará de baja hasta esta medianoche, poniendo: «De servicio a retiro, día 30, a las doce de la noche», en el parte de mañana. El retiro siempre se hace efectivo a medianoche.

—Sí, señor.

Brittles se retrepó en su silla, taponando su pipa con su rechoncho pulgar.

—Con respecto a Joker, sargento, voy a regalárselo a mistress Allshard. Joker se quedará en los establos de la compañía B hasta que le avise a usted mistress Allshard.

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Como ocurre muy a menudo, aquellas palabras le trajeron a la mente estas otras: «Edad total del caballo y su dueño, ochenta y cinco años». Esto es lo que el joven Pennell le había dicho al senador Lichtenthales seis meses antes en voz baja, pero no lo bastante para que escapara a unos oídos acostumbrados al Oeste.

Nathan Brittles prosiguió:

—Joker ya tiene edad para votar este año, sargento. Cuide que lo haga el día de elecciones.

Pero la sonrisa solamente estaba en los ojos de Brittles y en los de Tyree. Y fue entonces cuando el capitán comprendió que debían alargarle el plazo; que no podría abandonar.

Fue a girar su inspección matinal y se detuvo en los establos. Mientras la trompeta tocaba «pienso», un soldado le avisó que le esperaban en el puesto de mando; Brittles, en aquel momento se hallaba hundido por completo en sus recuerdos. En su olfato tenía aún la neblina de Salem junto al Atlántico, y en sus ojos el claro sol de Massachusetts, tal como los había visto en su último permiso, pero no eran más que un vino clarete comparado con el whisky del Oeste, o un tabaco muy refinado al lado del más fuerte de las praderas. No tenían sabor ni aroma. Echó a andar hacia el puesto de mando y el sonido de sus pasos le recordaba la pierna de palo de su sobrino, en aquella linda casita de Salem, en tanto volvía a ver de nuevo la parte norte del Crazy Man Creek[44], donde una flecha le había atravesado la pierna a Ambrose. El segundo teniente Ambrose Butt, U. S. A., retirado. Dos años de servicio a los cuarenta y tres. Nadie era capaz de resistir su amarga y resentida conversación o la verruga de la barbilla del ama de llaves.

Golpeó levemente la puerta del comandante. El mayor Allshard se sentó detrás de su mesa de despacho, después de su habitual «Buenos días, Brittles. Siéntese». Dejó el papel que tenía en la mano sobre la mesa, con todo cuidado.

—He hecho lo que usted me pidió, Brittles, cuando se fue en su último permiso. He solicitado del departamento que le permitan quedarse aquí como explorador civil. Yo podía solicitar cuatro. Me los han asignado. Y su nombre no está entre ellos.

—Sí, señor.

—Aún hice más, Brittles. Usé la poca influencia política que pueda poseer y tampoco prosperó. No es que usted haya llegado ya a la edad del retiro definitivo en el ejército. Esto no tiene nada que ver. Simplemente, es mala suerte.

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—Gracias, señor.

—Quiero que sepa, Brittles, que ha sido para mí un privilegio estar de servicio con usted, y que si mi esposa y yo vamos alguna vez a Salem confiamos en poderle visitar. Me honraré presentando mis respetos a un militar cuya amistad es para mí de gran precio, y cuyo cumplimiento de su deber me ha aliviado muchas veces la abrumadora carga de comandante de este fuerte.

—Gracias, señor.

Brittles se puso de pie y por primera vez en su vida se sintió viejo e inútil. Viejo y sin nada que hacer. Un hombre gris a quien el sol de las praderas ya no volvería a curtir porque el color gris estaba en su alma…, en el modo como viviría. Deseaba desesperadamente que Allshard le informara sobre Cohill y el movimiento efectuado en el Sur por Muñeca Rota. Pero no se lo preguntó. Ya no tenía derecho a preguntar nada.

—La diligencia para Elkhorn sale a las cuatro —dijo, en cambio, Allshard —. A petición suya, no habrá revista, pero todos estarán aquí, señor.

Aquel «señor» era el respeto debido por los veinticuatro años de servicio de Allshard a los cuarenta y tres de Brittles. El comandante se levantó. Brittles miraba ansiosamente el mapa colgado de la pared. Allshard frunció las cejas.

—Las noticias enviadas por Cohill no son buenas —explicó quedamente

—. Muñeca Rota se ha trasladado con todos los suyos hacia el Sur durante los tres últimos días. Si hoy vuelven a moverse en la misma dirección, al atardecer estarán a sólo diez u once millas de Starke. Aproximadamente por el Río Amarillo —y el comandante puso un dedo sobre el mapa.

Por las ventanas entró el eco de la llamada a ejercicios de tiro. Brittles miró a Allshard inquisitivamente.

—He ordenado ejercicios de tiro a cuatro compañías esta mañana — explicó sonriendo— con la única compañía que poseo.

—¿Puedo preguntar por qué, señor?

—Lo hago en beneficio de los posibles espías comanches. Cada hombre disparará cuatro veces más que de costumbre y he triplicado las llamadas de corneta. Bien, capitán, usted tendrá que ocuparse de cosas personales. Espero no necesitarle a partir de medianoche.

Brittles no podía ir al cementerio del puesto o, mejor dicho, no quería ir, ya que tal clase de sentimentalismos no entraba en sus cálculos. Pero al regreso del puesto de mando se dejó caer por el cobertizo del cantinero, que estaba más allá de los establos del Comisario, cerca de la valla del

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cementerio. Cruzó ésta lentamente, deteniendo su mirada sobre tres cruces: Mary Cutting Brittles, Nathan Cutting Brittles y George Brittles. Pareció como si unas manos suaves le acariciaran por un momento, mientras se apoderaba de él una agonía espantosa que durante años había rechazado. El calor del mediodía volvía a ser la fiebre rojiza de la viruela…, el terrible fuego que un alma no quería aceptar. Durante meses había llevado esta agonía en su corazón, ahogándola en whisky, hasta que quedó insensible a su dolor y agotado para el trabajo. Aquellos meses de abandono y melancolía casi le habían costado su empleo. Un tribunal investigador, en realidad un consejo de guerra, había estado a punto de borrar su nombre de la lista del Ejército, ya que Brittles se había negado a confesarse con aquellos hombres desconocidos que lo formaban. Y es que su orgullo nunca le había permitido excusarse.

Poco a poco fue pasando su tristeza y la antigua agonía desapareció con el transcurrir de los años, y ahora se sentía sumamente satisfecho de haberla vencido, de haber ganado ante el tribunal y de haber seguido en el Ejército, aun con la certeza de no poder ascender jamás a un grado superior, de no pasar de simple capitán.

Regresó lentamente, deteniéndose en la cantina, y de repente lo vio todo muy claro en su mente, sin necesidad de meditarlo en absoluto. Era como si lo hubiera venido planeando todo durante su último viaje de Salem a Fort Starke.

—Banjo, me llevaré uno de tus mulos.

—¿Qué mulo, capitán? —preguntó Banjo—. ¿Y adonde se lo va a llevar? Nathan Brittles sacó seis dólares de su bolsillo. —El que me vendas. El mejor.

—¡Diablos! No son muy buenos. Se los vendo a los inmigrantes… —Me llevaré un mulo, Banjo.

En el barracón, el sargento Tyree vigilaba a un pelotón que sudaba a mares por culpa de una orden desobedecida sobre una ración extra de quince días para hombres y caballos, para caso de emergencia.

—Capitán, acaba de llegar esta orden. La munición va incluida. Creo que es para reforzar a mister Cohill.

—Yo me cuidaré de ello —le dijo Brittles. Estuvo dedicándose a empaquetarlo todo en los carromatos de la escolta hasta que la corneta anunció el rancho del mediodía.

—Sargento Tyree, encárguese del mando de la compañía hasta que le asignen un nuevo oficial. —El capitán le tendió la mano.— Adiós y buena

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suerte, y tenga a Joker junto a mi alojamiento, ensillado, a las doce y media en punto.

Una vez en su cuarto, Brittles había ya adoptado la única posible respuesta a su vida. Salvo durante el período de la campaña de los Seminolas en el 36, y cuando la guerra civil, siempre había marchado hacia el Oeste, siempre hacia delante, abriendo el camino para los colonizadores que venían detrás. Ensanchaba ante sí las fronteras de su país, donando su vida entera al despertar de la nación y dejando atrás las tumbas de sus amigos, de sus seres más queridos. Ahora no volvería al Este. Bajaría lentamente hasta Santa Fe, con Joker y el viejo mulo, siguiendo la senda, y saldría a la Costa, con su brillante sol, por el antiguo Camino Real[45]. Aquello estaba ahora ya muy poblado y sería una buen lugar para establecerse.

Abrió su pequeño baúl, sacando los calcetines y la ropa interior, y el traje de color castaño que había traído de Salem. La fotografía de Mary y el pequeño Nate, de pocos meses. Sus pistolas, su uniforme de campaña y el retrato del general Scott, con su dedicatoria, regalo personal del general. En ella se veía a un Scott grueso y enfurruñado, con una cadena en la cruz de su espada y con la levita desabrochada. Brittles se puso los pantalones y la camisa de campaña, las botas de montar y se anudó un pañuelo amarillo al cuello. Volvió a meter el resto de las cosas en un saquito y astilló el baúl para que sirviera de leña.

Cuando Hockbauer, su asistente, apareció llevando a Joker y al mulo no le quedaba a Brittles nada por hacer. La nota para mistress Allshard. Sus alforjas y el mulo albardado con el saquito y el morral de avena, junto con el tocino, la harina, el café y la sal. Se ciñó las pistolas y colocó su rifle de caza atravesado en la silla de montar de Joker.

Hockbauer estaba firme junto a la puerta trasera.

—Limpia el alojamiento, Hockbauer. Está un poco revuelto y tendrá que vivir en él otro oficial. La palangana te la regalo, así como el cubo, para que puedas venderlos. Lleva esta leña al cuarto del teniente Pennell. Y la nota a mistress Allshard.

—¿No espera la diligencia, señor?

—Hockbauer, procura que no te metan en el calabozo —le advirtió el capitán—. Le debes ya a los Estados Unidos mucho más dinero del que podrías sacar de una mina de oro[46].

Espoleó a Joker y empezó a andar, llevando al mulo del ronzal. Se dirigió hacia los corrales viejos y abandonó el puesto militar por la puerta del Oeste.

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Prosiguió su marcha en esta dirección, aunque levemente más hacia el Sur, a fin de llegar al sendero de Latham, lo que consiguió a las tres y media. Abrevó a los sedientos animales en el Sand Cruke. Le quedaban aún ocho horas y media. Durante largo rato se quedó allí mirando hacia el Norte. Si Cohill se mantenía al sur y al este de Muñeca Rota, debía encontrarse muy al sur y al este del cacique indio, vigilando no la partida guerrera, sino su polvareda. Y Cohill debía estar rabiando porque debido a las órdenes del mando no podía hacer otra cosa que observar. Si Cohill estaba situado al Sur y al Este, y Muñeca Rota se estaba dirigiendo hacia el Yellow Creek, Cohill debía estar unas tres horas más al Norte que Brittles.

Tuviera o no raciones para quince días, Allshard no tenía poderes para ordenarles a sus últimos cincuenta hombres que salieran a luchar contra los indios… Se veía impotente contra las órdenes del mando. Y Cohill lo sabía. Sabía que lo único que podía hacer, si Fort Starke resultaba amenazado, era volver grupas hacia el fuerte y defenderlo a toda costa hasta que llegasen los refuerzos.

Los músculos del cuello de Brittles se contrajeron a impulsos de la cólera. ¡La caballería no es esto! Tenía tan tensas las rodillas y los hombros que durante un momento le fue imposible moverse. Joker se dio cuenta de aquella tensión y giró la cabeza para mirarle. La caballería nunca había actuado así. Si Muñeca Rota, con seiscientos comanches, kiowas y arapahoes se dirigían al Sur, hacia Fort Starke, es que pensaba atacarlo. Cohill lo sabía, Allshard lo sabía y Brittles también lo sabía. Y las acciones para retrasar aquel movimiento debían haber dado principio tres días antes, con las manos libres y sin órdenes prohibitivas. Disparar y replegarse. Mantenerse en los flancos para hostigar sin descanso. Atacarles una y otra vez, asaltándoles con el afilado machete de la caballería, dejando un rastro de sangre a cada milla y desbaratando el nudo del grupo guerrero poco a poco, pieza por pieza, hasta que se extinguiera por muerte lenta a lo largo del camino.

—Joker, vamos hacia el Norte —Brittles volvió a montar y espoleó a su caballo.

Cohill era su obra perfecta. En cierto sentido era como su propio hijo. «Nunca hay que excusarse, mister Cohill —solía decirle—; es un síntoma

de debilidad».

A las cinco empezó a distinguir una leve línea de polvo y a las seis divisó un jinete solitario a unas tres millas de distancia. Se trataba del propio Cohill, colérico hasta lo indecible.

—¿Le ha enviado el comandante, señor?

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La voz de Cohill sonaba ronca a causa del polvo, y el sudor que goteaba de su labio partido se tornaba negro al llegar a su poblada barbilla.

—No, vine yo —respondió Brittles.

Cohill, por la fuerza de la costumbre, levantó un brazo trazando un ancho círculo para situar su posición.

—Muñeca Rota está vivaqueando a lo largo de la ribera norte del Yellow Creek. Nosotros nos hemos estado moviendo todo el día en un arco de seis millas… y ahora nos hemos concentrado aquí por breves momentos —señaló a lo lejos—. Aquel es el sargento Shattuck, que viene con su pelotón.

—Yo no estoy de servicio —replicó Brittles.

Cohill se inclinó ligeramente.

—Todavía es usted el oficial de más graduación presente, señor.

—Sólo hasta medianoche —le recordó Brittles.

—Yo podría irrumpir en el campamento indio —explicó Cohill— y sorprenderles, ahora que tienen a sus mustangs pastando. Podría atacarles con la compañía C y dejarles sin resuello. Desorientarles.

—¿Se están moviendo hacia Fort Starke?

—¡Claro que se mueven hacia Fort Starke, señor! ¡De sobra saben que contamos con menos de la mitad de la guarnición! Llevan varios días burlándose de mí. Mañana dejarán a sus mujeres y caerán sobre mí, y entonces ¿qué hará el departamento? ¿Redactar un parte? ¿Cómo, en nombre del cielo, podrá sostenerse Fort Starke con dos compañías reducidas contra novecientos guerreros?

—¿Tantos?

—Por lo menos, señor —Cohill escupió.

—¿Lo sabe el mayor Allshard?

—Hace dos horas que le he enviado mi último correo, señor, explicándole este incremento de las fuerzas indias y suplicándole la orden de detenerlas.

—El comandante no se la dará. No debe usted esperarlo —observó Brittles.

—Ya lo sé.

—Ni puede esperarlo; es imposible —recalcó Brittles—. Una orden, mister Cohill, es una orden.

Cohill trató de sonreír, pero el dolor le obligó a cerrar de nuevo los labios. —Usted fue quien me enseñó esta verdad, señor. Usted fue. En fin, usted

ha sido quien me ha educado militarmente, señor.

—Cohill —dijo entonces Brittles—, mi retiro será efectivo dentro de seis horas. Pero hasta entonces sigo siendo un oficial del ejército de los Estados

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Unidos. Hasta entonces, pues, puede usted considerar que estoy de servicio. Si le doy una orden por escrito ¿la obedecerá?

Cohill le miró sorprendido y distinguió algo en las pupilas del viejo militar que ya había visto antes, mucho tiempo atrás. «Esto no es un colegio, mister Cohill…». Y durante el resto de su vida, Cohill se sintió satisfecho de haber contestado:

—De usted no necesito órdenes por escrito, señor.

—Sin embargo, se la, daré por si acaso se instruye un expediente. Deme su mapa y un lápiz.

Brittles volvió el mapa del revés y escribió, tras consultar su reloj nuevo:

«Seis y diez de la tarde. 30 agosto. A. F. Cohill, teniente. Me entregará el

mando de la compañía C al instante. N. Brittles, capitán».

Cohill lo leyó y asintió. El sargento Shattuck y sus hombres se acercaron para descabalgar.

—Sargento Shattuck —le advirtió Cohill—, el capitán Brittles acaba de relevarme del mando.

—Desmonte y desensille, sargento —le ordenó Brittles—. Estaque a los caballos. Haga que los hombres coman y descansen. Dentro de una hora necesitaré tres exploradores buenos. A caballo.

Acto seguido Brittles descabalgó y estiró sus cansadas piernas.

Pólvora y cuero empapado en sudor. Caballos inquietos y cuerpos cansados bajo uniformes gastados por el uso. Cincuenta centavos diarios para poner en marcha un imperio. Cuarenta hombres en la cumbre de una nación, sin más autoridad que sus carabinas, contra un millar de guerreros salvajes establecidos unas millas al norte de su campamento.

Soldados muertos, hinchados y con sus sucias camisas desgarradas a lo largo de las solitarias millas de la pradera. Colonos con el cuero cabelludo arrancado, mujeres mutiladas y mestizos nacidos de jóvenes blancas.

Los tres exploradores que Brittles había enviado de reconocimiento regresaron a las nueve con la información que necesitaban.

Hacia el Sudoeste se levantó una ligera brisa, a impulsos de la cual la neblina se agrupó en largos remolinos que cubrieron la senda de tinieblas. Brittles pudo sentir la niebla pasando sobre sus hombros. Del Panhandle llegó un viento seco. Corría en dirección Norte y silbaba por entre el estrecho valle del Yellow Creek, enroscando el humo gris de las atestadas tiendas indias y enviando las hojas secas de los árboles contra los perros indios que aullaban sobrecogidos de histérico espanto. Se veía una gran humareda, y Brittles comprendió que el brujo de Muñeca Rota le estaba diciendo que si atacaba

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Fort Starke, en un mes podría expulsar a los hombres blancos de las praderas. Y sabía que Muñeca Rota se lo estaba comunicando a los kiowas y a los arapahoes.

El fin justifica los medios cuando las probabilidades son de veintitrés contra una y hay un imperio en juego. Brittles ordenó ensillar los caballos y luego agrupó en su torno a la compañía C, y les dio órdenes precisas, hablando con ellos escuetamente.

—¿Alguna pregunta? ¡Monten! ¡Adelante!

La compañía C, con su viejo capitán al frente, trazó un círculo hacia el Oeste y cruzó el Yellow Creek por encima del campamento de Muñeca Rota, aún en tinieblas, moviéndose lentamente hacia la línea señalada como punto de partida. Se mantenían en las sillas tan unidos que se tocaban las rodillas, esperando ver el plateado ramaje de los árboles destacándose a la luz de la luna. El viento había ganado en intensidad y enviaba el humo del campamento de Muñeca Rota en torno a los postes de los tipis y más abajo, hacia las aguas del río, soplando de cara a los soldados y a espaldas de los perros indios, que permanecían silenciosos.

La luna reinó en el horizonte, mirando fijamente en dirección Oeste. —¡Atención! —dijo Brittles—. ¡Preparados! —aspiró una profunda

bocanada de aire y se volvió a los hombres gritando—: ¡Adelante! ¡Al trote!

¡A galope!

Y el diablo lanzó un aullido; el diablo y cuarenta jinetes a todo galope, que sentían el viento en las sienes y tenían los ánimos crispados.

Al momento se desató el infierno; ladraron los perros y relincharon los poneys enloquecidos, mientras los indios abandonaban apresuradamente el consejo reunido en torno a la hoguera. Las llamas prendieron en uno de los tipis.

La compañía C, según estaba previsto, logró abrir brecha en el campamento enemigo, dirigiéndose tan sólo hacia los caballos y disparándoles a los pies hasta lograr lanzarles en una estampida a lo largo del Yellow Creek. Estuvieron rodeándoles y disparando hasta, que todos huyeron aterrados.

Entonces, Brittles condujo la compañía hasta una loma, donde desmontaron y, aprovechando la clara luz de la luna, siguieron disparando con sus carabinas sobre los mustangs rezagados. Finalmente sólo se oyó el tumulto que formaban los kiowas, los arapahoes y los comanches, que aullaban de coraje, avergonzados de aquella afrenta a su dignidad.

Brittles ordenó montar a la compañía y examinó a los soldados con fijeza.

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—¡Pase lista, sargento Shattuck! —Cuando todos hubieron respondido, indagó—: ¿Algún herido?

Shattuck sonrió al responderle:

—La compañía C sólo recibe magulladuras, señor, pero nunca heridas.

Unos cuantos nada más.

—Esto —comentó Brittles en voz baja, dirigiéndose a Cohill— es lo que yo llamo la bendición de los sanitarios. Mister Cohill —agregó, cambiando de tono y tras consultar su reloj—, son las doce menos cuarto. La compañía es suya, señor. Y recuerde que la orden del departamento se refería al ataque contra los indios. Pero no decía nada sobre el ataque a sus caballos. Si el gobierno de los Estados Unidos quiere retirarme la paga del retiro por el trabajito de esta noche, puede hacerlo.

Los huesos de los caballos en estampida todavía están a lo largo de las riberas del río, blanqueados y resecos; novecientos mustangs de los comanches, los kiowas y los arapahoes. Por lo tanto, Muñeca Rota y sus desmontados guerreros tuvieron que irse a pie, con sus mujeres, sus perros y sus hijos a sus talones. Y los kiowas no hablaban con los comanches, y los arapahoes iban con el ceño fruncido en ominoso silencio, pues faltaban aún muchas millas hasta Sable Canyon y muchas más hasta la reserva del indio Wind River…, muchas millas sin comida, cargados con los vacíos parfleches, los postes rotos y las rasgadas telas de los tipis. Y detrás de ellos, siempre a cuatro millas de distancia, cabalgaba la Compañía C, al mando de Cohill, con sus cuarenta jinetes recortados contra el cielo, acorralándoles hacia sus reservas.

El correo de Fort Starke alcanzó a Cohill al segundo día de marcha. Eran el teniente Pennell y dos hombres.

—No —contestó Cohill a la pregunta del otro oficial—. Estaba con nosotros, pero nos dejó inmediatamente después de…

Ross Pennell sonrió.

—El mayor Allshard juró que estaría con ustedes al ver que no estaba en la diligencia. Y Hockbauer dijo que…

—Ahora está camino de Santa Fe con Joker y un mulo viejo en dirección Oeste.

—¡Mire esto! —Pennell sacó unos documentos de su camisa—. Mire los nombres que confirman el nombramiento. Allshard lo consiguió porque se dirigió a gente situada aún más arriba del departamento. Mandó una carta personal a Washington. Y le han nombrado jefe de exploradores para Latham y Starke, asimilado al grado de mayor.

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Cohill miró los nombres. Uno era el de Sherman. Otro el de Sheridan. El último era el del propio Presidente de los Estados Unidos.

—¡Alcáncele, Ross! Para saber la hora se guía por su nuevo reloj de Kansas City. ¡Y con toda seguridad acabará extraviándose si intenta adaptarse a la vida civil!

Ross Pennell hizo dar media vuelta a sus hombres hacia el Sudoeste y partió al galope en medio de una nube de polvo.

—¡Y dígale —gritóle Cohill, formando bocina con las manos— que, según la fecha de esta orden, se ha ausentado sin permiso durante cuarenta y ocho horas! Pero añada que yo le recomiendo: «Nunca hay que excusarse; esto es síntoma de debilidad».

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LA MUJER DEL VIEJO ISBELL

H. L. DAVIS

LA ciudad vaquera había nacido como estación de descanso provisional en la antigua Ruta Militar que cruzaba por el este de Oregón hasta Idaho. Los acarreadores necesitaban un lugar para desuncir los carros y quitarse de la boca el regusto de la artemisa. No les importaba tener que pagar algo para conseguirlo y por tanto construyeron aquel punto de parada ciertas personas a quienes, por encima de todo, les gustaba el dinero que se había conseguido con dificultad; no para ganarlo ellos también con dificultad, sino

para sacárselo a quienes lo habían logrado.

Todo el poblado no fue más que un mero accidente. Cuando lo construyeron, la única idea que se perseguía era la de edificar un lugar donde los acarreadores pudiesen comprar todo lo que necesitaran. Levantaron casas; casas de comidas, casas donde uno podía emborracharse, casas para dormir, casas en las que poder estar despierto y casas donde encerrar los caballos; y, como consecuencia, casas donde se albergaban los propietarios de la ciudad mientras se dedicaban a quitarles el dinero a los acarreadores y a los conductores de manadas. Y el dinero empezó a acudir; no muy de prisa, pero sí con una regularidad que se hizo monótona. No hubo sorpresas, no hubo años de hambre, no hubo ganancias o beneficios fabulosos; simplemente, año tras año, lo bastante para vivir y algo para guardar. Empezaron a desechar la idea de que el lugar era solamente un punto de parada del que sacar dinero. En vez de ello, comenzaron a considerar como un sitio estable donde vivir. Esto, al este de Oregón, significó un cambio, un paso hacia adelante. Había desaparecido la posibilidad de que se abandonara aquel lugar; allí, afincada en la larga ruta de Fort Dallas en el Columbia, a Fort Boise en el Snake River[47], había ya una ciudad.

Pero el cambio no tuvo efectos visibles sobre su apariencia. La población había comenzado fea y pequeña, y seguía lo mismo. Los edificios eran destartalados y viejos, con la pintura descascarillada, e incluyendo el montón

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de chatarra detrás de la herrería, el conjunto cubría un área de diez bloques de casas. Dos acres[48] de población, en medio de una zona ganadera de diez mil millas cuadradas. Sin embargo, entre aquellos diez bloques de casas un hombre podía pasar toda su existencia sin carecer de nada y quizá sin echar en falta nada. Comida, calor, licores, trabajo y mujeres; amor, avaricia, miedo, envidia, cólera y, aunque de manera especial, que no se encontraba en otro sitio, alegría.

Todos los ciclos de la humanidad habían pasado por aquella zona de diez mil millas —indios con armas de pedernal, indios que ya poseían caballos, españoles de California, emigrantes, ganaderos— y cada uno había dejado estampada su huella sin alterar la forma ni el color. La población vaquera en sí era de esas huellas, aunque no la principal; pero esta reflexión no la había hecho ninguno de sus habitantes. Estaban todos demasiado acostumbrados a ella y tenían otras muchas cosas en que pensar. Lo que les interesaba eran sus diez bloques de casas y la gente que en ellos vivía.

La gente del campo suele estar enterada de los asuntos de los demás, como algo corriente, porque no tienen nada más que les preocupe. Pero los habitantes de aquella ciudad lo hacían no para matar la ociosidad, sino con pasión. Preferían este entretenimiento a cualquier otro. Y no era que se tuvieran mutua simpatía…, aunque también se daba este caso. No, su curiosidad no tenía nada que ver con sus preferencias. Era porque creían que la vida era tan sólo lo que ocurría en la ciudad; lo que la hacía reconocible e interesante, y nada más. Se ceñían a lo que les resultaba familiar. Debe recordarse que aquellas gentes no eran aventureros. Se parecían más bien a los vagabundos que van siguiendo a un ejército sin tomar parte en la lucha, pero viven de los hombres que lo hacen por profesión. Los acarreadores, los ganaderos y los hombres de la pradera eran algo distinto; la misma llanura era un elemento extraño; y ellos eran demasiado insignificantes a su lado para que les inspirase curiosidad. Las mujeres eran las más insignificantes en este aspecto. Y fueron ellas las que iniciaron el movimiento popular para expulsar de la ciudad al Viejo Isbell.

El Viejo Isbell vivía en el poblado vaquero porque no podía vivir en ningún otro sitio. Había recorrido la llanura, ejerciendo ya un trabajo, ya otro, durante más de cincuenta años, y la ciudad le hubiera resultado extraña aun cuando le hubiese recibido bien. Lo que no era el caso. Por una parte, no era un ciudadano, sino un miembro de la raza de cuyo dinero vivían. Por otra, tenía ochenta y cinco años, era de pocas entendederas, falto de seso, achacoso, sucio y una continua molestia. Le costaba más de una hora

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comprender una pregunta y otra hora meditar la respuesta adecuada. Nunca se anudaba los zapatos, teniendo que arrastrar los pies al andar para impedir que las botas se le salieran. Tampoco llevaba botones en los calzones, hecho que era citado por las señoras de la ciudad como ejemplo del mayor relajo moral. Debía enviársele, afirmaban, a alguna institución donde cuidaban adecuadamente de tales casos.

El dependiente del almacén general estaba de acuerdo con ellas y quizás él fuese quien tuviese más derecho. Una de sus obligaciones era venderle a diario al viejo Isbell algunos comestibles, y el anciano nunca lograba recordar lo que quería. A veces le costaba varias horas, y mientras él estaba en la tienda, las señoras de la localidad no podían entrar a causa de sus calzones desabrochados y de su pipa.

Su pipa era otro motivo de queja. Era más negra que el alquitrán y húmeda como un hongo, olía a carroña y hacía un ruido similar al de un caballo al que estrangulan. Tardaba varias horas en encenderla porque le temblaban tanto las manos que no lograba sostener la cerilla sobre la cazoleta. No hay duda de que la parálisis era la causa de los calzones desabrochados, los cordones siempre sueltos de sus botas y las manchas de comida que lucía en la ropa y en el bigote. Pero esto no era una evidencia concluyente de que tuviese el cerebro reblandecido. Incluso un hombre sano tendría dificultades en atarse las botas, o en abrocharse un botón, si las manos le saltaran a unas dos pulgadas del objetivo a cada latido del corazón. Las señoras lo incluían en la lista de pruebas contra el viejo, pero no debían habérselo tolerado. La mayor anormalidad del viejo Isbell era mucho más antigua. Era simplemente, y ante todo, un auténtico rollo.

La estupidez de su charla resultaba un don divino. Durante sus ochenta y cinco años había vivido la más espléndida época que un hombre puede vivir en la tierra —la guerra civil, la campaña contra los indios, los días de los buscadores de minas, de los reyes del ganado, los acarreos a larga distancia, los salteadores de caminos, la guerra de los ganaderos—; el cambio, realizado con una rapidez y decisión desconocidas hasta entonces, en la historia de todo un país y sus gentes; sí, y también de una nación. Y no como simple espectador. Había vivido en medio de todo ello, interviniendo en cada una de sus fases. Pero en cuanto se refería al interés de sus conversaciones, lo mismo podía haber pasado toda la vida en su casa haciendo ojales.

—Me acuerdo de Lincoln —decía—. Le llevé durante un viaje electoral a Illinois. A él y a Stephen A. Douglas. Yo fui su conductor.

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Cualquiera al oír esto se decía: «¡Vaya! Pues el viejo debe saber algo bueno al fin y al cabo». Se esperaba, naturalmente, que relatase alguna anécdota ocurrida durante los debates electorales entre Lincoln y Douglas, algo que quizá todo el mundo ignorase. Pero no había nada de eso. No sabía ninguna anécdota. Habían hecho el viaje de elecciones. Él fue quien condujo el coche. Ellos iban en el vehículo. Y esto era todo lo que le había impresionado.

También se acordaba de cuando no había existido aún la Ruta Militar, ni la ciudad, ni siquiera ganado, y sí, únicamente, grandes manadas de venados pastando una hierba riquísima que llegaba al vientre de los caballos. Manadas de venados salvajes, altos como mulos, tan apiñados que no había ninguna dificultad en tirar el lazo, y esto había ocurrido allí mismo donde ahora la ciudad se levantaba. Pero cuando se pretendía averiguar algo más sobre tales manadas se limitaba a decir que habían corrido por allí…, y esto era todo. Habían estado allí. A centenares. Las había visto muy de cerca. Y se acababa la historia. Una vez le pregunté si se acordaba de Boone Helm, uno de los primeros forajidos y una auténtica mala persona. Meditó la pregunta, chupó la pipa produciendo una vaharada de humo y finalmente contestó:

—Sí que hubo un bandido de este nombre. Le cortó las orejas a un tipo. Pero esta frase no fue un preludio, sino simplemente todo lo que

recordaba. Algunos ancianos recuerdan más de lo que en realidad sucedió; algunos, incluso, recuerdan cosas que jamás sucedieron. El viejo Isbell recordaba exactamente lo que había visto y nada más. Debió encargársele la redacción de despachos militares. ¿Lo habría hecho acaso? Jamás le pasó por la cabeza el afán de exagerar o de disminuir la auténtica verdad, y aumentar lo que había visto no rezaba con él.

Jamás pareció prestar la menor atención a los acontecimientos de la ciudad. Tampoco concedió la menor importancia a la gente, y aunque lo achacaban al estado de su cerebro, no podía por menos que irritarles. En realidad no era más que la indiferencia de un viejo llanero por las cosas que consideraba de poca importancia. Se mostraba bastante agudo cuando alguna cosa le interesaba; por ejemplo, el marcaje del ganado en los corrales próximos a la ciudad o el estado del agua en la pradera. Al sur de la población había una cuesta y, casi en la cima, un manantial rodeado de buena hierba, salvo cuando la fuente se secaba. Entonces la hierba se tornaba amarillenta. El viejo jamás dejaba de observarlo. Y paraba a la gente en la calle para indicárselo.

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Todos se reían a sus espaldas. ¿Qué podía importarle a él que el ganado sufriera o no un año de sequía? Vivía de una pensión ganada en la guerra contra los indios, y lo mismo la seguiría cobrando si el ganado se moría de hambre. Pero, claro está, él se acordaba del aspecto de las reses cuando están sedientas, sufriendo por el excesivo calor, con las lenguas colgando y llenas de polvo. Este pensamiento le excitaba y le convertía en un pelmazo. A veces llegaba a parar a los forasteros para hablarles del asunto, lo que prestaba mala reputación a la ciudad. Además, añadían sus críticos, olía mal. Como no era capaz de servirse de sus manos, y nunca se había preocupado de asearse ni de hacerse lavar la ropa, olía bastante mal. El lugar más adecuado para el viejo, aseguraban, era un buen hogar donde le cuidasen decentemente. Necesitaba que alguien se ocupara de él.

Y en esto tenían razón. Él no se cuidaba. Lo malo era que el plan del vecindario consistía en enviarle lejos de la región de la artemisa, y esto hubiera sido igual que golpearle la cabeza con un hacha. Era un viejo llanero, criado entre la artemisa. Llevárselo lejos de aquel territorio —con sus flores amarillas, la artemisa plateado-verdosa, los resineros de hojas negras, llenas sus flores de dulce miel; los juníperos de color púrpura y aroma intenso, y las cerezas salvajes con sus florecitas medio dulces y medio amargas, y sus suculentos frutos oscuros; los ribazos de color rojizo y las rocas astilladas mostrando sus colores escarlatas, anaranjados o negros—, no poder verlo nunca más, era tanto como matarle. Es a causa de todas estas cosas que vive un viejo llanero. Lejos de ellas, aunque parezca una tontería, se moriría. He visto ya varios casos.

El viejo Isbell, incapacitado y falto de mollera, desamparado por su edad y, al menos en cuanto pudiera saberse, sin la menor sospecha de lo que pensaban de él ni de lo que estaban tramando en contra suya, hizo lo único que podía salvarle. No tenía a nadie que le cuidara. Y para verle bien atendido querían enviarle lejos. Pues bien, seguramente sin saberlo les salió al paso, cortando toda posible acción contraria. Se casó.

La boda sumió a toda la ciudad en un enorme pánico, en un agradable horror. Era una de esas cosas que nos dan el placer de vivir. Otras gentes, otras comunidades, tienen diversiones de las que la ciudad carecía; pero aquello les compensaba por completo. Una vez el juez de paz hubo celebrado la ceremonia, se dirigió a toda prisa a su casa para comunicárselo a su esposa. Ésta, al saberlo, salió a la calle sin peinarse siquiera y estuvo recorriendo las casas de ambos lados de la calle, llamando a todas las puertas y gritando, sin esperar que abriesen:

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—¡El viejo Isbell se ha casado! ¡Y no adivinaréis con quién!

La novia también era tema para un cuento. Tendría unos veintiocho años de edad —y el viejo Isbell, como ya he indicado, frisaba en los ochenta y cinco—, pero el resto de su persona aún era más incongruente que su edad. Pesaba unas trescientas libras[49], siendo casi tan ancha como alta, y debía afeitarse la cara con regularidad para quitarse una espesa barba negra, que aún podía verse en aquellas arrugas de grasa donde la navaja no lograba penetrar.

Si el viejo Isbell era el engorro de la ciudad, ella era la burla. Incluso en aquel lugar bastante escaso de mujeres, donde sólo las muchachas más feas se quedaban cuando ya tenían edad para cuidarse de sí mismas, no había tenido jamás un pretendiente. Los hombres no tenían gustos muy refinados, pero nadie había osado cortejarla por miedo a ser objeto de mil bromas. Era tan gorda, que ir hasta el almacén en busca de la comida del viejo Isbell le costaba más de una hora. Uno llegaba a cansarse de verla. Hasta las mujeres indias, cuando cabalgaban por la ciudad con sus ampulosos vientres que sobresalían de la silla de montar, refrenaban las monturas para admirar a la esposa del viejo Isbell, cuyas disposiciones oscurecían las suyas propias. Ellas estaban gordas, sí, pero ¡por todos los santos…! Y parloteaban entre ellas, señalándola.

Las amas de casa se apresuraban a espiar a la joven de veintiocho años que estaba en tan mala situación, que tuvo que casarse con un anciano puerco y falto de cerebro, de ochenta y cinco. Los desocupados que se reunían ante el almacén la examinaban con descaro y hacían comentarios en voz alta acerca de su matrimonio. Pero a despecho de todo, a pesar de las bromas, de la crueldad y el asombro, y de su fatiga personal, iba a diario a comprar la comida de su marido. Guisaba y limpiaba la casa, y la tenía muy aseada. Una de las primeras cosas que compró al casarse fue una cuerda para tender la ropa. Y cada día la tenía llena, y las prendas se veían muy blancas. Lo mismo que las del viejo Isbell. Éste se sentaba en el porche, sosteniendo cerillas sobre la cazoleta de su pipa, sin otra preocupación más que su pipa y el manantial de la empinada cuesta al sur de la ciudad. Sus calzones estaban bien abrochados, atados los cordones de sus botas, y su barba bien arreglada, aseados sus vestidos, bien cepillados y ajustados, sin una sola mancha que pudiera delatar lo que había comido aquel día, ni cuándo.

Con las burlas de la ciudad, o sin ellas, la mujer gorda se estaba cuidando de él. Era una buena ama de casa que atendía sus deberes, igual que las demás mujeres de la ciudad atendían los suyos, y esto era algo que la gente no había esperado. En todo esto no había diversión alguna para el pueblo. Querían

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poder seguir burlándose de ella; y no podían bromear sobre su trabajo doméstico porque hubiera sido como burlarse del suyo propio. Y se vengaron dejándola sola. Ninguna mujer de la ciudad le dirigía jamás la palabra a la esposa del viejo Isbell, salvo mi madre, que por estar casada con el maestro no pertenecía en realidad a la gente del pueblo, y, de haber pertenecido, con toda seguridad habría repudiado sus prejuicios. Se enteró de toda la historia de la gruesa mujer…, bueno, no de toda, sino de cuanto la protagonista quiso contarle.

La gordinflona había llegado al país con su padre, el cual se había establecido en Tub Springs Ridge[50]. Pero le habían metido en la cárcel por haberse apropiado de reses que no le pertenecían, y ella se había trasladado a la ciudad hasta el término de la condena. Durante una temporada pudo vivir gracias a la venta del material agrícola que su padre le había dejado. Pero aquel dinero no le había durado mucho.

—Y no es que coma demasiado —añadía en seguida la gorda—. En realidad como… lo mismo que las personas normales.

Pero al terminarse el dinero se había acabado todo. Según afirmaba, esto era lo que la indujo a escuchar al viejo Isbell la primera vez que éste le habló de boda. Estaba desesperada. Aquel era su único recurso, y a pesar de ello le pareció tan increíble que dudó.

Finalmente, consiguió que el conductor de una diligencia la llevase de balde, y se dirigió a la cárcel del condado para que su padre la aconsejara. Éste conocía al anciano. Y le dijo que podía casarse con él. Pero que no lo hiciera sin antes darse cuenta exacta del trabajo que se le venía encima y estuviera dispuesta a hacerlo. No debía comprometerse pensando así que luego podría volverse atrás. Al viejo había que cuidarle lo mismo que a un niño pequeño; el esfuerzo sería el mismo y tan necesario; además, el viejo era más feo, más egoísta y más puerco. Si estaba dispuesta a cumplir con el contrato, adelante; pero debía cumplirlo o rechazarlo. Cuando el viejo Isbell se muriese sería suyo el dinero que aquél tuviera ahorrado y la pensión por guerra india. Probablemente sería suficiente para vivir. Pero debía ganárselo.

—Me hizo prometer que así lo haría —le contó a mi madre—, y bien sabe Dios que lo cumplo. Todo ha sido tal como mi padre me dijo. Isbell es lo mismo que un niño. Se pasa horas enteras sentado, mirando el manantial, sin que le importe en absoluto lo que ocurre en casa. Así todo el tiempo. A veces quiere alguna cosa, pero se olvida del nombre y se enfurece porque no lo adivino en seguida. Tengo que ir cogiendo cosas y enseñárselas una a una hasta que ve lo que desea y se va enfadado cada vez que no acierto. Igual que

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un niño. ¿Y sus vestidos…? Con ellos ocurre lo mismo —suspiró, haciendo retemblar su papada cubierta de vello—. Me tiene ocupada todas las horas del día. Es un trabajo muy pesado.

—Pero su marido va muy limpio —objetó mi madre—. ¡Estábamos acostumbradas a verle tan sucio y desaliñado! Todo el mundo habla de lo aseado que usted lo tiene ahora.

—De lo que más hablan es de que me haya casado para tener su pensión —replicó la gordinflona—. Dicen que estoy esperando que se muera pronto; lo sé.

—Esto lo dicen unas pocas personas —la consoló mi madre— pero ignoran toda la verdad. Debe usted seguir trabajando y no hacer caso de habladurías.

—Nunca ha venido a visitarme ninguna de las señoras de la población — se lamentó la pobre mujer.

—Dudo que a usted le agradase que vinieran a verla —dijo mi madre—. Debe estar usted tan atareada, que no creo que le quede tiempo para visitas. Y probablemente ellas opinan que es mejor no molestarla.

—Sin embargo, me gustaría que vinieran —manifestó la obesa mujer—. Y además van a visitar a las otras señoras tanto si tienen mucho trabajo como si no. Fueron a casa de mistress Melendy, al otro lado de la calle, y sus mellizos están sacando los dientes.

—Bueno, a mí no me importaría que vinieran o no a verme —insistió mi madre.

—Pues a mí sí —repitió la gruesa mujer—. Tengo un hogar y un marido lo mismo que las demás. Y también me cuido de mi casa. Me gustaría poder enseñarles todo el trabajo que hago, cómo conservo las cosas limpias y de qué forma las cuido. Si vinieran lo verían.

Mi madre asintió. No había la menor probabilidad de que fueran a visitarla, y bien lo sabía. Pero la gordinflona lo ignoraba, y era lo único en este mundo que de verdad le interesaba. Había renunciado a todas las demás cosas que a las otras mujeres las llenan de orgullo o de vanidad; y debido a esta renuncia se obsesionaba con más fuerza en la idea de que la visitasen las señoras del vecindario, de ser recibida por ellas como un ama de casa definitivamente establecida en la comunidad. Quizás este deseo no tuviera sentido, pero le era igual. No le importaba cómo ni por qué iban a su casa, pero quería recibirlas. Aunque fuesen con el ánimo de criticarla, de chismorrear acerca de lo que viesen, se alegraría de verlas. Cuando las demás

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señoritas del pueblo se casaban, las señoras iban a visitarlas. Ahora ella se había casado y debían ir a visitarla también.

Y lo peor de todo era que no había forma de convencerla de lo contrario. Mi madre trató varias veces de hacerla entrar en razón, pero resultó inútil. Lo deseaba tanto que no podía renunciar. Algunos días acudía a la verja contenta y esperanzada porque una de las damas la había saludado; otras veces se mostraba triste y deprimida.

—Ya sé lo que las mantiene alejadas —le confió a mi madre—. ¡Él!

Y alargó un brazo muy grueso en dirección a su esposo, sentado al sol y con la boca totalmente abierta.

—¡Oh, no! —protestó mi madre—. ¿Por qué?

—¡Sí, es por él! —insistió la gorda—. Y no las censuro. ¿Quién puede querer visitarme sabiendo que para entrar en la casa han de pasar ante un personaje así? No les reprocho que se mantengan alejadas. Creo que yo haría lo mismo.

—Pero usted se cuida de él —le recordó mi madre.

—Sí, eso hago. Le prometí a papá que no me arrepentiría y lo estoy cumpliendo. Pero mientras le tenga a mi alrededor estoy segura de que nadie vendrá a verme. Puedo abandonar toda esperanza.

Suspiró, y mi madre intentó consolarla, sabiendo cuán profundo era aquel estúpido deseo y cuán imposible era que se cumpliera. Había procurado que las señoras del pueblo fuesen a visitarla. Pero no valía la pena de perder más tiempo en convencerlas. Sin embargo, decirle a la otra lisa y llanamente que todas se habían negado hubiera sido tonto y cruel, y mi madre no era capaz de semejante cosa. Así, pues, le disfrazó la verdad, con promesas e insinuaciones bastante vagas, mientras el viejo Isbell dormitaba o encendía cerillas para su pipa sin la menor idea de vanidad humana, de esperanza o desaliento, o nada que no fuese cómo iban a madurar los pastos durante el invierno. Al verle, nadie podía creer que le hubiera pedido a la mujer gorda que se casase con él. Era mucho más verosímil que la idea básica hubiera partido de ella. Yo imaginaba que algún día lo descubriríamos, cuando el viejo fuera capaz de olvidarse de la pradera durante unos minutos.

Pero no llegamos a averiguarlo. Murió antes de que los pastos invernales madurasen lo bastante para alimentar al ganado.

Fue una mañana de octubre, al amanecer, que mi madre se despertó sobresaltada al oír gritos y alaridos en casa de Isbell. Se levantó a mirar y vio a través de sus ventanas una lámpara encendida todavía, aunque la claridad del día era ya más que suficiente. Mientras estaba atisbando, la lámpara se

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apagó, y no a causa de una corriente de aire, sino porque se había agotado por completo. Esto significaba que algo ocurría que les tenía demasiado ocupados para atender la lámpara. Mi madre se vistió y se precipitó a la casa vecina.

El viejo Isbell se moría. Su gorda esposa le había estado velando toda la noche. Se había sentado junto a la cama mientras él agitaba sus descarnados y peludos brazos y gritaba. En el regazo, ella tenía un rifle antiguo y pesado, modelo Sharps, de los usados por los llaneros.

—¡Cuidado, cuidado! —desvariaba el viejo Isbell—. ¡Están cortando la artemisa y se están cubriendo con ella para engañarme y poder escabullirse! ¡Si ves un arbusto que se mueve, dispárale! ¡Dispara, maldita sea!

La mujer gordinflona se echó el rifle en el hombro y apretó el gatillo.

—¡Bang! —dijo.

—¡Así, así! —aprobaba el viejo, volviendo a caer tendido—. ¡Esto les enseñará! ¡Esta vez le has tumbado a ese perro bastardo! ¡No dejes de vigilarles!

—Cree que está peleando contra los indios —explicó la gordinflona—. Vuelve a sentirse joven. Cree que está de nuevo en la pradera rodeado de indios. He tenido que seguirle la corriente… Sí, querido, les estoy vigilando —volvió a dirigirse a él—. ¡Bang!

Mi madre guisó algo y encendió el fuego para que cuando las señoras de la población fuesen a ayudarla hallasen una salita agradable donde poder sentarse. Porque su resolución de mantenerse apartadas valía en vida. Pero cuando alguien se estaba muriendo se derrumbaban los prejuicios sociales. Además, una defunción era algo que no se habrían perdido por nada de este mundo. Acudieron todas; todas las mujeres con las que la gorda había deseado mantener amistad; y ninguna se dio cuenta de que en lugar de ser el viejo Isbell el que las había mantenido alejadas, era él mismo quien las traía después de todo.

Pero a la mujer gorda ya no le preocupaba si venían o no. Incluso la dejaron insensible sus observaciones sobre la limpieza de la casa. Tenía otras cosas más importantes en que pensar ahora. El viejo estaba conduciendo una diligencia que corría por la pendiente de Claro Grande y se le había roto la varilla del freno. El carruaje descendía por una pendiente de veinte grados que se revolvía en peligrosas curvas. El viejo iba hostigando a los caballos para evitar que el carruaje se les echara encima. Gritaba, maldecía y se agitaba bajo las ropas de la cama, instando a su mujer para que subiera a la parte posterior y tratase de frenar las ruedas traseras, insertando una barra de madera entre los radios.

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—¡Hazlo de prisa, maldita! —gritaba—. Frénalas antes de que el coche resbale.

Las mujeres de la vecindad lo miraban todo con la boca abierta, ensimismadas. Aquello era algo que jamás habían oído. No comprendían qué era lo que obligaba al viejo a gritar de aquella manera. Pero la mujer gorda no vaciló, ni les hizo el menor caso. Se subió al borde de la cama, alcanzó una escoba de un rincón y colocó el mango como atravesado, volviendo a sentarse. Mantenía la boca cerrada con firmeza y respiraba entrecortadamente debido a la excitación. Parecía tomar aquella especie de juego casi con la misma seriedad que el viejo, asegurándole que ya había interceptado las ruedas, como si de ello dependiera la salvación de sus vidas, aunque la suya no corría peligro, mientras que la del anciano se estaba consumiendo como una candela en una tormenta.

Las señoras trajeron comida y se la pusieron a ella en la boca como si fuera un ser peligroso. No estaban acostumbradas a esa clase de juegos, excepto en los niños y los moribundos. Puesto que no era ninguna de las dos cosas, la mujer gorda no tenía derecho a jugar de aquel modo; y le metieron en la boca un pedazo de pan con mantequilla, frunciendo el ceño como para darle a entender que habían comprendido la causa de sus tonterías y lo consideraban improcedente. Ni su pan con mantequilla ni su desaprobación pareció importarle. El viejo le estaba diciendo que debía aguantar una rueda, y ella, con la papada temblándole de fatiga y de falta de sueño, le contestó que ya lo estaba haciendo.

Por la tarde al viejo le acometió otro desvarío. Estaba en un campamento, de noche, y había una manada de mustangs salvajes alrededor de su fogata, tratando de provocar la estampida de sus acémilas. La gorda simulaba echarles piedras para espantarlos.

—¡Allí está el garañón! —murmuraba el viejo—. ¿Dónde diablos tengo mi revólver? ¡Dios mío, si no fuese por no atraer a los condenados Siwash[51], ya le daría yo! ¡No dispares! ¿No sabes que los indios nos acorralarían en cuanto oyeran el tiro? ¡Tírales piedras! ¡Mira aquel grupo! ¡Mira cómo relucen sus ojillos, malditas sean sus almas! ¡Tírales! ¿Quieres que perdamos nuestros caballos y nos quedemos a pie en territorio indio?

Todo el día, y hasta después del crepúsculo, las señoras de la localidad estuvieron contemplando cómo la gorda arrojaba piedras cuando el viejo se lo ordenaba; y cuando al anochecer él se lanzó en pos de una estampida de ganado, ella cabalgó a su lado para enderezarlos, volteando un lazo

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imaginario con su rollizo brazo, gritando y chillando mientras su esposo la dirigía, brincando sobre la cama hasta lograr que la casa entera retemblase.

Casi a medianoche el viejo había agotado ya la última chispa de inteligencia de su agotado cerebro, y la mujer gorda no tuvo necesidad de ayudarle. Isbell se incorporó en la cama y exclamó:

—¡Hola, maldita y envarada petimetra! ¿Cómo demonios has venido a parar a este país?

Parecía contento y con ganas de mostrarse amable. A la gente del pueblo no se le había ocurrido jamás que nunca tuvo un amigo. Incluso entonces, a muchas personas se les escapó este detalle, ya que mientras hablaba estaba mirando fijamente a una de las mujeres que le visitaban como si se dirigiese a ella. Alguien se echó a reír, y la mujer, indignada, se marchó, dando un portazo. Todo el mundo se sobresaltó, siguiéndola con la mirada. Cuando volvieron la vista, el viejo Isbell yacía sobre la almohada, muerto.

La gorda no quería dejarle. Se sentía embotada y casi sin fuerzas a causa de la debilidad, pero cuando las señoras se le acercaron, compasivas, para acompañarla a la cama, para que descansara, se rebeló contra ellas.

—Puede volver otra vez —insistía—. Sí, quizá vuelva a reanimarse. A lo mejor se acuerda de algo que necesita. ¡Dejadme en paz!

Trataron de hacerle comprender que esto no era posible y que, aunque lo fuera, debía dormir. No podía morir de fatiga para complacer a un hombre con el cerebro reblandecido.

—¡Quiero quedarme! —gritaba—. ¡Dejadme en paz! ¡Jamás me dijo una sola palabra de todas las cosas que había hecho, visto o sabido, y ahora quiero enterarme! Nunca supe que había sido un hombre de espíritu tan aventurero. ¡Me gusta lo que estaba haciendo!

Forcejeó con ellas hasta que, convencidas de la inutilidad de sus esfuerzos, la dejaron en paz. Cuando más tarde volvieron a la casa la hallaron dormida junto a la cama de su difunto esposo; una mujer muy gorda, de veintiocho años, junto al cadáver de un hombre de ochenta y cinco.

Después del funeral vino a visitar a mi madre. Su traje de luto procedía de una empresa que los enviaba contra reembolso por correo, y aunque tenía muchas yardas[52] de tela, las suficientes para los toldos de tres carretas, según me pareció, todavía había uno o dos sitios, en los que se debía ensanchar un poco, y necesitaba que la aconsejasen.

—Para arreglarlo de manera que me lo pueda poner inmediatamente — explicó—. Claro está que podría devolverlo, pero no quiero esperar tanto tiempo. Quiero demostrarles a todas que mi esposo fue para mí una pérdida

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tan grande como para ellas lo serían los suyos. Y lo fue. Era un hombre mucho mejor que todos los demás.

Se restregó los ojos con el dorso de las muñecas para secarse unas lágrimas. Mi madre la consoló y le dijo que ahora, por lo menos, todas sabrían ya de qué manera le había estado cuidando.

—No me importa que lo sepan o no —replicó la gordinflona mujer—. Ninguna viene a verme y, por lo que a mí respecta, pueden quedarse bien lejos. La manera cómo se comportaron la única vez que vinieron a casa me dejó harta de ellas.

—¡Pero le prestaron una buena ayuda durante los momentos difíciles! — objetó mi madre—. Quisieron mostrarse amables.

—Sí. Me ayudaron. Y luego empezaron a murmurar y a comadrear, comentando lo satisfecha que debía haberme quedado al perder a mi marido. Lo fastidioso que resultaría tener que cuidarle, y que era una suerte haberme librado de él. ¡Me vi obligada a decirles unas cuantas cosas! Seguro que se mantendrán lejos de mí durante una larga temporada

Estaba sentada bien derecha en la butaca y había dejado en el suelo el traje de luto.

—Me gustaba cuidarle —siguió diciendo—. ¡Sí, señor! Me sentía orgullosa de mi marido. De todas las cosas que había hecho, de los peligros que había desafiado, mientras los hombres de esta ciudad se caían de borrachos y envasaban leche condensada.

Lanzó un profundo suspiro y, olvidando que mi madre estaba allí, empezó a hablar de la época en que el viejo se vio acorralado por los indios, que avanzaban con las cabezas cubiertas de artemisa. Les hizo frente y venció a toda la banda; y su voz se elevaba y temblaba de orgullo, emocionándose ante las escenas que interpretó junto al viejo Isbell cuando, embotado, quemaba la pila de sus recuerdos, encendiendo cada uno de ellos antes de que se apagasen en la nada.

La gordinflona revivía las escenas casi con desafío, como si se viera obligada a defender aquellos recuerdos igual que si le pertenecieran y fuesen mejor, aun siendo de segunda mano, que todo lo que cualquiera de los habitantes de la ciudad hubiera podido nunca experimentar. Ninguna de las realidades cotidianas de éstos le fue dada a conocer: ni la belleza, ni el amor, ni siquiera la amistad. En su lugar se había casado con un viejo embrutecido de ochenta y cinco años, cubriéndose de ridículo ante el pueblo. Y la única vez que había estado cerca del heroísmo, del peligro y de la gloria fue al ver

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morir al viejo. Pero aquella única vez lo había vivido todo plenamente, en todo su valor. Y una sola vez había sido suficiente para ella.

—¡Los indios nos están acorralando! —gritaba con entusiasmo—. ¡Perros bastardos…!

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CARNADA PARA FOOTHILL

EDWIN K. SLOAT

EN el condado todos sabían que el viejo Sam Figgen tenía un sobrino. El propio Sam no permitía que lo olvidase nadie que pudiera oírle cuando se presentaba en Foothill, a la entrada de Coldwater Canyon[53], en una de sus

visitas a la civilización, que consistía en realidad en una visita al «saloon» de Joe Rack. Y cuanto más bebía, más se dedicaba a cantar las excelencias de aquel sobrino suyo, Jim, que se hallaba en Texas.

Al final el viejo Sam se plantaba en medio del local, como un gigante de cabellos blancos y ampulosa y descuidada barba, empujando su viejo seis tiros. Mientras todos se apresuraban a quitarse de en medio por si se perdía alguna bala, el viejo Sam se divertía disparando contra la lámpara central.

Era entonces cuando Brice, el alguacil, tenía que intervenir. El viejo Sam siempre se apaciguaba al hablarle Brice, porque ambos habían recorrido juntos el río en otros tiempos. Brice, entonces, le cogía por un brazo y se lo llevaba a la cárcel. Claro que esto no era más que un medio de aplacar al que se consideraba mejor elemento de la población, ya que Brice nunca cerraba la pequeña celda y el viejo Sam hubiese podido abandonarla en cualquier momento.

A la mañana siguiente el viejo Sam volvía siempre al «saloon» y abonaba los daños causados con un poco de oro en polvo y en pepitas que sacaba de su pequeña bolsa. Luego adquiría un cargamento de víveres en el almacén general de Wick, montaba en el viejo Duke, su caballo, y regresaba a su cabaña en Elbow Creek[54], siete millas más arriba de Coldwater Canyon.

Pero una noche el viejo Sam tomó una copa de más.

Fue la misma noche en que el alguacil Brice se enteró de que dos desconocidos habían llegado a la población procedentes de las mesetas. El viejo Sam no llegó siquiera a disparar en aquella ocasión. En cambio, perdió el equilibrio, fue dando traspiés a lo largo del local y al llegar al porche se cayó cuan largo era.

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Al intentar incorporarse de nuevo notó que la pierna izquierda se negaba a colaborar y fueron precisos tres hombres para trasladarle a la cárcel. Brice llamó al doctor Sherwood, que por casualidad estaba en su casa, el cual se presentó casi inmediatamente.

—¿Cuál es su dictamen, Doc[55]? —se interesó Brice cuando el médico se incorporó después de palparle la pierna al viejo Sam.

—Opino que la pierna no está rota —diagnosticó el doctor Sherwood—. Probablemente se trata de una dislocación que podría ser tan mala o peor que una fractura. Durante unos días tendrá que permanecer en cama.

El viejo Sam había empezado a roncar plácidamente, por lo que el alguacil Brice se apresuró a taparle con una manta, dirigiéndose después al «saloon». Joe Rack, el orondo propietario, iba a invitar a todo el mundo en conmemoración de que por aquella vez no se habían producido daños que lamentar.

—El doctor dice que el viejo Sam tal vez tenga la pierna rota, o por lo menos una grave dislocación, y que tendrá que quedarse en cama durante cierto tiempo —anunció Brice—. En mi casa tengo pasando una temporada a mi cuñada y sus dos hijos, y no queda sitio para él. Así que ¿quién de vosotros, muchachos, quiere tenerle hospedado en su casa hasta que pueda volver a valerse por sí mismo?

Todos los asistentes se agitaron inquietos y empezaron a mirarse los unos a los otros, apresurándose en seguida a apartar la vista. Joe Rack comenzó a limpiar una imaginaria mancha del mostrador.

—¿Por qué no le dejas en la cárcel? —preguntó.

—No puedo hacerlo —protestó el alguacil—. No hay más que la celda que él ocupa. Suponte que tengo que encerrar a otro borrachín… o algo peor. Bueno, escuchadme: cualquiera de vosotros puede hacerse cargo del viejo y tenerle en su casa. No será para muchos días, y tan pronto pueda sostenerse de pie cogerá su caballo y se marchará de nuevo a Elbow Creek. Además, pagará lo que sea por la estancia.

—No se trata de dinero —Joe Rack dejó el trabajo—. Todo el mundo sabe que el viejo posee bastante oro en polvo. Pero mi mujer preferiría que trajese un oso antes que al viejo Sam. No, en mi casa es imposible.

—Igual que en la mía —agregó otro de los asistentes.

—Se me ocurre una cosa —terció Williams, el nuevo propietario del rancho Pitchfork—. No llevo mucho tiempo en la región, pero me parece haberle oído hablar al viejo Sam de su sobrino Jim. ¿Por qué no le

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notificamos a ese Jim lo que ocurre, pidiéndole que venga aquí unos días a cuidar a su tío? Es fácil que acceda. Creo que el viejo Sam está llegando ya a la edad en que todo hombre necesita que alguien le cuide. El alguacil podría tener al viejo encerrado en la cárcel hasta que llegase el sobrino y luego ambos se irían a Elbow Creek.

—¡Creo que es una excelente idea! —aprobó Joe Rack—. ¡Y se merece una invitación de la casa! ¡Indiquen sus venenos, caballeros!

Todos los presentes respondieron a la llamada, precipitándose al mostrador.

—¿Dónde vive el sobrino? —preguntó Williams.

Nadie lo sabía. Joe Rack se volvió hacia el alguacil.

—Tú tendrías que saberlo —le reprochó—. Conoces a Sam desde mucho antes que todos nosotros.

—Nunca oí que lo mencionara —confesó Brice—. Pero se lo preguntaré mañana mismo.

Todo estaba ya acordado, por lo que procedieron a echar otro trago, esta vez por cuenta del alguacil.

A la mañana siguiente, Brice durmió hasta muy tarde; fue Joe Rack quien le despertó.

—Ven a la cárcel —le instó Joe jadeando—. El viejo Sam se ha levantado y está intentando ensillar su caballo. Tiene que sostenerse sobre una sola pierna y está jurando como un condenado.

Brice se vistió apresuradamente y siguió a Joe Rack al exterior. Frente a la cárcel se había reunido un compacto grupo, y Brice pudo observar que los dos forasteros permanecían un poco alejados del resto de la muchedumbre en silencio.

—¡Ayudadme a ensillar! —gritaba el viejo Sam—. ¿Creéis que puedo perder todo el día? He de volver a mi casa. Tengo mucho trabajo por hacer.

—El doctor Sherwood dice que quizá tengas la pierna rota —arguyó Joe Rack, que había acompañado al alguacil hasta allí.

—¡El doctor Sherwood es un idiota! —bramó el viejo Sam—. ¡A mí no me pasa nada!

—¿Por qué no vuelves a la cama, Sam? —trató de aplacarle Brice—. Mira lo que estuvimos pensando todos anoche: ya es hora de que dejes de vivir solo en tu cabaña; por lo tanto, hemos decidido enviarle aviso a tu sobrino Jim.

El viejo Sam le echó una venenosa mirada.

—¿Qué es lo que vais a hacer?

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—Vamos a enviarle una carta a Jim diciéndole que te has lastimado una pierna y que será mejor que venga a cuidarte una temporada.

—¡Que no se os ocurra hacerlo! —exclamó el viejo Sam furioso—. No quiero molestar ni a él ni a nadie. Además, no le he visto desde que se me subía a las rodillas como un gato y no tengo ganas de que me encuentre así. ¡De ninguna manera! Ya le mandaré venir cuando mi pierna vuelva a estar en condiciones. Y ahora, ayudadme a ensillar a Duke y dejadme marchar.

Joe Rack cruzó su mirada con las de Brice y Williams como desistiendo de su empeño. Brice sacudió la cabeza, y Williams alzó las manos en señal de abandono. Uno de los presentes había cinchado ya la montura del viejo Sam y luego, entre todos, le ayudaron a montar. Wick apareció entonces con un saco lleno de víveres que había seleccionado de memoria y que colgó del pomo del arzón, anudándolo fuertemente para que no pudiera caerse.

—¿Pero cómo piensas descabalgar? —preguntó Brice.

—Cayéndome —se burló el viejo Sam—. Y Duke tendrá que desensillarse él mismo. Bueno, apártate, pajarraco.

El caballo emprendió la ruta lentamente hacia la salida del Coldwater Canyon. Los reunidos le miraron hasta que desapareció al doblar el recodo, y luego se dirigieron al «saloon» de Joe Rack. Sólo cuando llegaron junto al mostrador, el alguacil Brice echó de menos a los dos desconocidos.

Nadie supo el sufrimiento que tuvo que soportar el viejo Sam durante el largo y penoso trayecto, en que a cada milla la rodilla le iba doliendo más. Llegó un momento en que se vio obligado a dejarse resbalar de la silla cuando Duke llegó al lado del corpulento abeto azulado que estaba de centinela delante de la cabaña, en Elbow Creek. Nunca conocería la gente el insoportable dolor que sintió al desensillar a Duke y luego al penetrar en la choza, arrastrando la pierna inútil y el saco de víveres.

Empujó la puerta abierta, llegó como pudo hasta la cocinita y luego pasó al dormitorio, donde se dejó caer en uno de los dos catres sin fuerzas ya para nada más.

Se despertó a media tarde. Incorporándose de la cama con gran dificultad se dirigió al hogar y encendió un fuego con troncos de pino para hacerse un buen café. Tenía la pierna tan hinchada que le fue imposible quitarse la bota que aquella mañana, en la cárcel, se puso a la fuerza, y se vio obligado a cortar el cuero con su cuchillo de monte.

A la mañana siguiente se arrastró hacia el Elbow Creek, a cincuenta pies[56] de la puerta de su cabaña, para bañarse el hinchado tobillo en la helada corriente. Aquello le produjo un gran alivio. Seguro ya de que la

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pierna iría mejorando, volvió, siempre arrastrándose, a la cocina, y empezó a prepararse un ligero desayuno.

Al cabo de una semana pudo caminar ya sin el apoyo de una muleta que se había construido con una rama de pino verde.

Estaba sentado en un banco bajo el abeto de la puerta de la cabaña, pensando en que debería volver a Foothill en busca de algunas cosas que Wick había olvidado ponerle en el saco, cuando divisó a un desconocido que estaba subiendo por la senda; era un hombre[57] enjuto, con un palo en la mano, en el que se apoyaba pesadamente como si se hallase muy fatigado.

—Tómeselo con calma, amigo —le gritó el viejo Sam por encima del rumor del riachuelo—. Aquí arriba el aire es más fresco, pero ya se acostumbrará usted.

El desconocido no tardó en llegar al pie del abeto y se sentó bajo su sombra. Se enjugó el rostro con el dorso de la mano y un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo.

—Es dura esta región —comentó—. Cuando estás al sol te quemas, y en cambio la sombra le hiela a uno.

El viejo Sam se echó a reír.

—Así es, y aún hiela más de noche, incluso en junio. Soy Sam Figgen.

Casi todos mis amigos me llaman el viejo Sam.

El desconocido le examinó con fijeza. El viejo Sam pudo darse cuenta de que el joven poseía una mirada aguda y perspicaz, como si hubiera vivido mucho durante sus veinte años, y no de muy buena manera. El viejo Sam también había vivido muy intensamente y sabía mucho de tales cosas.

—Soy su sobrino, Jim Figgen —declaró el desconocido en tono de desafío.

—¡Jim…, Jim Figgen…! —repitió el viejo Sam, como para sí mismo. Quedóse callado unos momentos y luego sonrió a través de la barba, al tiempo que le tendía su nudosa mano.

—Me siento encantado de verte, Jim, y te doy la bienvenida a Elbow Creek. Muchacho, has llegado muy oportunamente, aunque si hubieras venido un poco más tarde yo ya habría estado perfectamente bien. Este cañón resulta un poco solitario y será agradable tener compañía. Espero que esto te guste.

—Sí, me gustará —respondió lacónicamente el joven—. ¿Siempre produce ese ruido el riachuelo?

—Invierno y verano —fue la respuesta—. En lo alto de la colina existe una gran masa de hielo a la que llaman Old Squaw Glacier[58]. Durante el verano, el sol funde el hielo y el agua se precipita furiosamente por el cañón,

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yendo a juntarse con el Coldwater Creek. Este cañón donde estamos resultaría enormemente triste si el Elbow Creek no hablara constantemente a quienes viven en él, haciéndonos compañía con su rumor. Ven. Te enseñaré tu cama y podrás comer algo.

La comida transcurrió en silencio. Jim parecía mostrar cierta inquietud. El viejo Sam lavó y secó los platos, luego cogió el balde de madera que había en un rincón y se dirigió al pequeño establo para ensillar a Duke. —¿A dónde vas? —le preguntó Jim, que le había seguido.

—Voy a subir a la mina.

—¿La mina? —la voz de Jim denotaba gran interés—. ¿Dónde está?

—A una media milla río arriba. No es realmente una mina, sino una especie de túnel excavado en el acantilado. El agua pasa por él; se hiela durante el invierno y en primavera llega a tener tres pies de espesor[59]. Así consigo tener hielo para mi nevera todo el verano.

Jim quiso verlo y acompañó al viejo caballo hasta el abandonado túnel. Bajo la dirección de Sam, cogió un hacha y cortó, del suelo del túnel, hielo suficiente para llenar el gran balde de madera que su tío llevaba balanceándose del pomo del arzón. Jim pareció un poco decepcionado y examinó los alrededores antes de emprender el regreso.

—Una vez hallé un poco de oro en polvo entre aquellas rocas —le explicó el viejo en tanto seguían el curso del río.

—¿Oro? —se interesó Jim vivamente—. ¿Mucho? —Dos…, quizá tres onzas. Casi no valía la pena molestarse.

—Me gustaría coger una sartén —replicó Jim— y lavar un poco de oro cuando me viniera en gana.

El viejo Sam sonrió.

—No es tan sencillo, Jim. Primero tienes que descubrir el lugar apropiado, luego tienes que quitar la arena y el barro con una pala hasta conseguir llegar al lecho de roca. El oro es más pesado y se filtra hasta el fondo. Por lo tanto, es necesario limpiarlo bien y, con mucha suerte, se consiguen una o dos pepitas de oro. Es fatigoso para el cuerpo y para el espíritu.

Jim se encogió de hombros y no hizo el menor comentario.

A la mañana siguiente el viejo Sam anunció que debía bajar a Foothill a hacer unas compras. Añadió que probablemente estaría fuera todo el día y que suponía que Jim ya sabría apañárselas solito. Había tocino y patatas en una pequeña cueva excavada entre las rocas, justo encima de la cabaña.

—Lo pasaré muy bien —se apresuró a tranquilizarle Jim.

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Por tanto, el viejo Sam se dirigió hacia el sendero y le dejó solo en la cabaña.

Cuando llegó a Foothill, el viejo Sam fue primero al «saloon» de Joe Rack, ató a Duke a la barandilla del porche y entró cojeando. El alguacil Brice estaba apoyado contra la pared contemplando una partida de cartas. Levantó la vista sorprendido.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Va peor tu pierna?

—Mi pierna está en perfecto estado. Sólo quería que todos vosotros, avestruces, supiérais que mi sobrino Jim ha venido a vivir conmigo —declaró el viejo Sam dándose importancia—. Por eso necesito más comida. ¡Joe — añadió—, una ronda de mi cuenta!

Todos se apresuraron a rodear a Sam, estrechándole las manos y felicitándole. Le pidieron que la próxima vez que bajase al pueblo trajese a Jim consigo, lo que el viejo, orgullosamente, prometió hacer.

Pero el alguacil Brice permanecía silencioso y meditabundo. Al fin abandonó el establecimiento, dirigiéndose a su oficina, donde empezó a releer todos los carteles de recompensa.

Cuando a la hora del crepúsculo regresó el viejo Sam a su cabaña, encontró a Jim sentado junto a la puerta de la cocina. Su afilado rostro tenía una viva expresión de disgusto y respondió secamente al saludo del otro. No había preparado la cena, y el viejo Sam tuvo que hacerla. Frió grandes pedazos de tocino y cocinó unos bizcochos. También puso en la mesa la mantequilla que había comprado en el pueblo y un gran pote lleno de café.

El viejo Sam simuló no darse cuenta de que al menos una docena de objetos estaban fuera de su lugar, como si alguien se hubiera dedicado a inspeccionar la cabaña buscando algo y hubiese olvidado volver a dejarlo todo tal como lo había encontrado.

Jim comió como un lobo hambriento y sin decir una sola palabra se fue a la cama. El viejo Sam lavó los platos, ordenó nuevamente la cabaña y se arrastró hasta el camastro. Permaneció largo tiempo tendido sobre el colchón intrigado, escuchando en las tinieblas el rumor del agua en el río antes de caer dormido.

Por la mañana, Jim pareció haber cambiado. Se mostró como resignado, y durante los días siguientes se entregó a todas las delicias que podía brindarle la vida en aquel cañón, ayudando a Sam en sus tareas, pescando truchas en los remansos del riachuelo y acarreando hielo desde la mina abandonada. El viejo Sam le habló de la ardilla que habitaba debajo de la choza y le enseñó los

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nombres de varios pájaros y árboles desconocidos para Jim. El joven aprendía de prisa.

No tardó en establecerse entre ambos hombres una especie de amistad que alegró a Sam sobremanera. Era tal como había imaginado que sería su vida con Jim, solos los dos en la primitiva soledad del cañón Elbow. Al invierno siguiente instalarían unas cuantas trampas. A él y a Jim no les vendrían mal vender unas cuantas pieles.

Jim hizo una o dos referencias bastante vagas a su pasado.

El viejo Sam no le apremió nunca ni insistió para saber más detalles. —¿Sabes, tío? —le confió Jim un atardecer—. Si ese río desapareciese de

pronto, llegaría a echarle de menos. Por eso me parece que, cuando yo no era mayor que un renacuajo, debí vivir en algún lugar parecido a éste. Me da la impresión de que esto es mi propio hogar…

Se interrumpió de súbito y miró de reojo al viejo Sam, pero éste pareció no haberse dado cuenta de su repentino silencio.

Al finalizar la semana, una mañana el viejo Sam se marchó, y cuando regresó al mediodía traía de la brida a un caballo bayo ensillado.

—Es tuyo, Jim —anunció—. Se llama Deacon[60] y es tan ligero como la brisa del verano.

—¡Mío!

Los ojos del joven se agrandaron por el asombro.

El viejo había observado cómo durante aquella última semana se habían suavizado un poco las duras líneas del rostro de Jim y cómo su flaco cuerpo había mejorado visiblemente. Jim estuvo acariciando el cuello del caballo y de repente meneó la cabeza.

—No tenías que haberlo hecho —dijo con brusquedad—. Llevo aquí demasiado tiempo. Tienes la pierna completamente curada y ya no me necesitas. Tengo que marcharme. Debí haberlo hecho antes.

El viejo Sam no habló durante un largo minuto y luego asintió con la cabeza.

—Bueno, de todos modos Deacon es tuyo —declaró con firmeza—. Será como un recuerdo mío para tu casa. Me había imaginado que este otoño nos divertiríamos cabalgando juntos por las colinas. Te gustaría mucho. Oye, muchacho, ¿por qué no te quedas un poco más? Subiremos a ver el Old Squaw Glaciar y verás dónde nace el Elbow Creek.

—No puede ser —contestó Jim apesadumbrado—. Mañana mismo he de estar lejos de aquí.

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El viejo Sam esbozó una mueca. Luego tragó con fuerza para aclararse un poco más la garganta.

—A pesar de todo, el caballo es tuyo.

Jim vaciló, pero finalmente aceptó.

—Sí, me llevaré el animal.

No hablaron mucho más. El viejo Sam se dirigió renqueando al interior y dispuso la cena. De vez en cuando miraba hacia fuera. Jim permanecía de pie bajo el enorme abeto con las manos en los bolsillos, contemplando fijamente los sombríos pinos, el rumoroso río y las altas rocas, como si quisiera grabarlo todo en su memoria.

Comieron en silencio. El viejo Sam le preparó algo de comida para el viaje, y Jim se encaramó a la silla de Deacon. Le estrechó la mano al viejo Sam.

—Hasta la vista —le dijo, y se alejó por el sendero.

El viejo Sam no se movió hasta que el joven hubo desaparecido y luego se dejó caer con pesadez en el banco situado junto a la puerta. Ahora el cañón le parecía muy solitario.

—Resulta muy triste —le dijo a la ardilla que había salido de su nido bajo la cabaña y le estaba contemplando con ojillos inteligentes— haber hallado a mi sobrino al cabo de tantos años y volver a perderle… A pesar de lo que haya sido…

Al día siguiente estaba el viejo comiendo su solitaria comida cuando oyó que Duke se movía inquieto, relinchando, en el establo. El viejo Sam se apresuró a levantarse de la mesa y fue renqueando hasta la puerta. Pero no era Jim quien subía por el sendero. Eran dos desconocidos a caballo.

A medida que se iban acercando, el viejo Sam creyó haberles visto ya anteriormente. Entonces recordó. Eran el par de forasteros que habían permanecido cerca de los muchachos del pueblo la noche en que él se había lastimado la pierna, un par de bribones.

Llegaron junto al abeto y saltaron de las sillas con sus pistolas golpeándoles las caderas.

—Hola, abuelo —saludó el más bajo de los dos, un sujeto de rasgos atezados, con una ligera cicatriz en la mejilla—. ¡Vaya! Parece que huelo café. Creo que no nos vendría mal un poco de alimento. ¿Qué dices tú, Jake?

El otro hombre, bastante más alto, sin afeitar y con una nariz más que regular, asintió.

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—Creí que era mi sobrino Jim que volvía —explicó el viejo Sam, ansioso de hablar con alguien—. Bueno, entren y les prepararé cualquier cosa.

—¿De veras? —dijo el más bajo, y luego inquirió bruscamente—: ¿Dónde está?

—¿Jim? Se marchó esta mañana. Había venido a visitarme y me dijo que hoy, sin falta, debía estar en no sé dónde.

Entraron en la cabaña, mientras los dos desconocidos cambiaban una mirada de sorpresa.

—¿Se lo llevó consigo? —preguntó por fin el más bajo con voz desprovista de entonación.

—¿Llevarse el qué?

—¡Oye, Al! ¡Me pregunta qué se llevó el chico! —exclamó Jake.

Al dirigió su aguda vista al viejo Sam.

—¿No se llevaría, por casualidad, un buen puñado de oro, abuelo?

El viejo Sam se acordó de la carabina de postas que tenía oculta detrás de la puerta de la cocina: Pero el arma quedaba fuera de cuestión. Y entonces cayó en la cuenta de que Jim estaba complicado en aquel asunto y que su llegada había tenido por único objeto localizar el posible escondrijo del oro para revelárselo a sus dos compinches. Esto era el motivo del desorden que encontró en la cabaña a su regreso de Foothill.

—Jim no se habría atrevido a hacerme esto a mí —exclamó el viejo con energía—. Es mi sobrino…

—¡Dice que es su sobrino, Jake! —se mofó Al.

—Sí, es el mejor chiste de cuantos he oído en toda mi vida.

Al, de pronto, se encaró con el viejo Sam.

—¡Pasa al dormitorio! —le ordenó salvajemente, golpeándole el rostro. El viejo Sam se tambaleó hacia atrás, cayendo al suelo. Pero los otros dos

le obligaron a incorporarse sin miramientos.

Al volvió a cruzarle la cara, arrojándole contra una butaca que estaba adosada a una de las paredes.

—El chico no lo encontró, Jake, o el viejo no hablaría así. Vamos a buscarlo. Y el abuelo nos dirá dónde lo esconde. Vamos, será mejor que te olvides que estás en la segunda infancia y hables de prisa, viejales. Esto te evitará males peores.

Del labio partido del viejo Sam empezaron a manar unas gotitas de color carmesí que no tardaron en teñir la blancura de la barba.

—No había más que un poco de oro que me llevé yo mismo para comprarle a Jim su caballo —dijo tristemente.

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El puño de Al volvió a golpearle el rostro y la cabeza rebotó sobre el respaldo de la butaca.

—Piénsalo bien, abuelo. Te aseguro que no estamos bromeando.

El viejo Sam se hundió en el asiento. No contestó, agotado por el dolor y la amargura. Sabía que estaban dispuestos a matarle. Y esperaba poder resistir hasta entonces.

—¿Has perdido el habla, abuelo? Bueno, conozco una manera estupenda de hacer que la recuperes, y a lo mejor vuelves a andar bien.

El viejo Sam les miraba a través de una espesa neblina. Jake sacó una brillante navaja. La hoja relució intensamente.

En aquel instante alguien habló desde la puerta.

—Déjale en paz, Al. No hay oro. Lo sé. Lo revolví todo. Es ya muy viejo y no puede buscarlo. Además, me prometisteis que no le maltrataríais.

El sonido de aquella voz traspasó la neblina y el viejo Sam distinguió a Jim de pie en la puerta. Su delgado rostro estaba muy pálido y tenso. Al hablar casi no movía los labios. Y entonces el viejo Sam reparó en la carabina que solía ocultar detrás de la puerta de la cocina y que ahora estaba en manos de Jim, quien la sostenía descuidadamente, como si se hubiera olvidado de su existencia.

—¡Vaya, hombre, si es el chico…! —quiso bromear Al—. Mira, Jake, ha vuelto después de haber huido de nosotros.

—Fui al refugio a buscaros tal como habíamos quedado —la voz de Jim tenía un acento metálico—. Fui allá para haceros desistir de este negocio. Pero ya no os encontré. Comprendí que pretendíais estafarme y volví aquí. Si fuerais un poco inteligentes os largaríais ahora mismo. El alguacil de Foothill, que es muy amigo de este anciano, viene por el sendero. No os he delatado. Ni siquiera me acerqué a él. Pero hace unos minutos le vi subiendo la cuesta. Aunque cuando os larguéis no me iré con vosotros. Para mí habéis terminado.

»Tal vez seas mi hermanastro, Al, como me aseguraste, aunque no lo creo. Ni siquiera un hermanastro obligaría a un niño a sujetar los caballos mientras él asalta un banco, para recordárselo después y hacerle seguir a su lado diciéndole que así evitaría el reformatorio. Ya sé que a los ojos de la ley soy tan culpable como vosotros mismos, igual que si os hubiera seguido por mi propia voluntad, pero ya se acabó. Y no volveréis a molestar a este hombre.

Al entornó sus malignos ojillos, pero en nada cambió la torva mueca de sus labios.

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—¿Oyes lo que dice el chico, Jake? Se imagina que ya conoce todas las preguntas y respuestas, y que…

De improviso echó hacia atrás el cuchillo disponiéndose a lanzarlo. Al instante sonó un disparo y luego otro; con el ruido producido por la doble explosión retemblaron los vidrios de las ventanas. El aire se tiñó de azul por el humo y el olor de la pólvora llenó la cabaña.

Al quedó tendido en el suelo con el cuchillo fuertemente asido, pero aquella mano era ya la de un cadáver.

Jim bajó la humeante carabina a la altura de la cadera.

—Esto atraerá al alguacil —dijo lentamente—. Quizá podré escabullirme.

Por fortuna no me ha visto.

—Jim, ocultas en tu propio colchón hay unas doce mil libras en polvo y pepitas —le explicó el viejo Sam—. Toda la semana estuviste durmiendo encima. Si de verdad quieres huir, llévatelas. Pero yo sé que tú deseas quedarte.

—¡Pero es que van a colgarme más alto que…! —empezó a protestar Jim. —Además, es demasiado tarde para marcharte —le interrumpió el viejo Sam atisbando por la ventana—. Brice ya está pasando por debajo del abeto.

Mira, dame el arma y ve a su encuentro. No hables. Dile tan sólo que entre. Jim le miró desamparado y luego entregó la carabina al viejo Sam; a

través de la cocina salió al exterior. Al verle, Brice amartilló su revólver. —¡No te muevas, chico! —le advirtió—. Oí los disparos. ¿Has matado al

viejo Sam?

Jim sacudió la cabeza y con la mano señaló la puerta a sus espaldas.

—Ve delante de mí —le previno Brice— y nada de trucos.

Hallaron al viejo Sam sentado en su butaca con la carabina cruzada sobre las rodillas.

Brice examinó a los dos hombres tendidos en el suelo y después a Sam. —Penetraron violentamente en la cabaña y trataron de robamos a mí y a

Jim —explicó el viejo sin más preámbulo—. Les maté en defensa de mi hogar, como haría cualquier hombre macho, de sangre roja.

—Es la primera vez —comentó Brice— que veo a dos hombres muertos de espaldas al sitio en que estás sentado. Supongo que el caballo bayo que hay aquí fuera, ensillado y con muestras de gran fatiga, no pertenecerá al chico, ¿verdad?

—¿Dudas de mis palabras, perro de presa? —se exaltó el viejo Sam poniéndose en pie—. Te repito que les maté en defensa propia, y en toda esta

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parte del país no habrá un solo jurado que dude de mis palabras. Jim, sal fuera y cuida de los caballos mientras le meto un poco de sentido en esa cabezota.

El muchacho salió sin pronunciar palabra. Después de su marcha, Brice habló con tono irritado.

—Seamos sensatos, Sam. Estos dos granujas que están en el suelo son Al Krogg y Jake Climpson, reclamados en media docena de Estados por robo y asesinato. Este mocoso que presentas como tu sobrino Jim es el Chico, el hermanastro de Al Krogg. Los tres estaban concertados para robarte. Y voy a decirte lo que sucedió: se pelearon entre sí para ver quién iba a quedarse con todo el botín y Jim les asesinó. Probablemente estos dos habían proyectado quedarse con la parte del Chico. Si no estuvieras al borde de la chochez verías que el Chico no puede ser tu sobrino, Sam.

El viejo Sam le dirigió una desdeñosa mirada.

—Si ya has acabado, Tom Brice, déjame que te diga una cosa. Sabía que no era mi sobrino antes que tú u otro cualquiera lo sospechase; en primer lugar porque nunca tuve ningún sobrino. Jamás he tenido un solo pariente en este mundo, pero cada vez que bajaba al «saloon» de Joe Rack oía cómo todos se envanecían hablando de sus hijos. Y deseé tener también un hijo o alguien que le sustituyese para poder alardear a mi vez.

»Por fin decidí haceros creer que tenía un sobrino, un huérfano al que llamé Jim. Y cada vez que me emborrachaba hablaba de todas sus hazañas y cualidades. Cuando este muchacho, al que tú llamas el Chico, apareció subiendo por el sendero y me dijo que era Jim, comprendí en seguida que podía ser el sobrino que yo tanto había deseado tener, si es que él quería serlo. Y te aseguro que quiere serlo o, de lo contrario, no habría arriesgado el cuello volviendo aquí para ayudarme contra estos dos granujas que me tenían acorralado y dispuestos a machacarme los huesos hasta descubrir dónde tenía escondido el oro.

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MALCRIAR AL MUCHACHO

HOWARD FAST

LA primera mañana que papá se marchó, traté de montarme en una de las mulas. No creí que hubiera ningún mal en ello, ya que las mulas no estaban ensilladas. Pero Maude se lo dijo a mamá, y mamá me dio una paliza. Mamá estaba en el carro y no me hubiera visto. Le dije a Maude que me

acordaría.

Papá se marchó a eso de las seis, mientras mamá estaba aún durmiendo.

—¿Vas en busca de carne? —le pregunté.

Llevaba su rifle.

Papá asintió.

—¿No puedo ir contigo?

—Quédate con mamá, hijo —me contestó—. No está muy bien. —Dijiste que me llevarías a cazar… —Quédate con mamá, hijo.

Maude se levantó unos minutos después. Aún se veía a papá, que semejaba un puntito negro en la pradera. Se lo señalé a Maude.

Le dije:

—Mira, por allí va papá. Ha ido de caza.

Maude se estaba peinando y no me prestaba la menor atención. Entonces traté de montarme en la mula. Papá nunca me dejaba montar en su caballo. Había pagado por él cuatrocientos dólares. Mamá decía siempre que podríamos vivir un año con lo que había costado aquel caballo.

Maude despertó a mamá. Mamá era una mujer alta y delgada, con un eterno aire de fatiga. No se encontraba bien. Se veía en seguida que no se encontraba bien.

—Dave, bájate de la mula —me dijo—. ¿Dónde está papá?

—Se ha marchado a cazar.

—Ven aquí. No sé cómo voy a meterte en la cabeza que debes portarte bien —me acerqué y me dio unas cuantas bofetadas—. Deja en paz a las

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mulas. ¿Cuándo ha dicho que estaría de regreso? No podemos quedarnos aquí.

—No ha dicho nada.

—Trae unos cuantos troncos para el fuego —me dijo mamá—. En mi vida había visto a un chico más desvergonzado que tú…

Pero no lo dijo del modo que lo decía siempre, como si deseara verme desaparecer. Parecía demasiado cansada como para preocuparse realmente por mis travesuras.

Con mamá salía a paliza diaria. Decía que yo era malo…, mucho peor de lo que cabe esperar de un chiquillo de doce años. A esa edad los chicos no suelen ser tan malos.

—Así aprenderás a dejar a las mulas en paz —me dijo Maude.

—Cállate la boca —le repliqué.

Maude tenía quince años y era muy bonita. Tenía un pelo sedoso y una cara fina y delicada. Mamá decía que algún día Maude se convertiría en una dama. De mí, en cambio, no esperaba nada bueno. Decía que yo sería como papá.

Me alejé del carro en busca de los troncos. Papá ya se había perdido de vista, y por donde él se fue la pradera era una extensión amarillenta y parduzca, con unas amenazadoras nubes encima. A mí me asustaba estar solo en la pradera. Papá se reía de mis temores y decía que la pradera era lo más hermoso del mundo. Pero a mí me daba miedo.

Llevábamos una semana en la pradera. Papá decía que en pocas más llegaríamos a Fort Lee, hacia el Oeste. Decía que si conseguía reunir un rebaño de ovejas se establecería allí definitivamente. Pero mamá no creía mucho en sus palabras.

Regresé junto al carro y empecé a encender el fuego. Mamá estaba dentro del vehículo y Maude se había instalado en el asiento del conductor.

—Ya podrías bajar a echarme una mano —le dije a Maude.

—No veo que estés tan agobiado de trabajo —me replicó.

—Sería mejor que aprendieras a callarte la boca.

Desde el interior del carro, mamá gritó:

—¡Ten cuidado con lo que dices, Dave, si no quieres que baje a repetir la función!

—Eres un salvaje —me dijo Maude.

—Ya me las pagarás —murmuré.

Me acerqué al barrilete, saqué un poco de agua y la puse a hervir. Por el sonido me di cuenta de que quedaba muy poca. Papá había dicho que no

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tardaríamos en encontrar algún manantial.

Cuando el fuego estuvo encendido, dirigí una mirada al cielo. Era una inmensa copa de azul ardiente, cruzado únicamente por un zopilote que giraba lentamente, como un pez que estuviera nadando. Me olvidé de todo. Me quedé contemplando el zopilote.

Mamá bajó del carro.

—Eres igual que tu padre —exclamó—. Perezoso y malo.

Su rostro se había endurecido. Durante las últimas semanas apenas había sonreído y ahora parecía que no volvería a hacerlo nunca más.

—Y un fresco —añadió Maude.

Puse el agua en el fuego sin decir nada.

Mamá volvió a subir al carro. Antes de meterse dentro me recordó:

—Abreva a las mulas.

Fui hacia el barrilito. Sabía que no había bastante agua para las mulas. Esperaba que papá no tardaría en regresar; sentía un miedo extraño y terrible de lo que podría ocurrir si no volvía pronto. Dirigí una ansiosa mirada a la pradera.

Papá tenía comezón en los pies. Mamá decía que yo estaba creciendo del mismo modo: con una comezón en los pies. Mamá se lamentaba siempre de haberse casado con un hombre que tenía comezón en los pies. A veces decía que era a consecuencia de la guerra, que después de la guerra entre el Norte y el Sur los hombres habían quedado destrozados o con un insaciable afán de andar, como papá. Siempre hacia el Oeste.

Nosotros vivíamos en Columbus. Luego nos trasladamos a St. Louis; después a Topeka. Papá no podía estarse quieto en ninguna parte, y mamá se mostraba cada vez más preocupada. Decía que una tierra salvaje no era un lugar adecuado para educar a unos niños. Papá no le hacía ningún caso. Cuando marchábamos hacia el Oeste se convertía en una persona completamente distinta. Mamá nunca se quejaba a él. Se desahogaba conmigo.

Les di a las mulas una mezquina ración de agua.

Mamá se asomó para advertirme:

—No les has dado bastante agua.

—No hay más —dije.

—¡No mientas! —exclamó mamá.

Y me dio un coscorrón.

—Siempre está mintiendo —opinó Maude—. Es incorregible.

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Mamá se me quedó mirando un momento con expresión lúgubre; luego empezó a preparar el desayuno: gachas y bizcocho.

—Un poco de carne fresca nos sentaría bien —dijo.

Se quedó contemplando la pradera, tal vez preguntándose cuándo regresaría papá. Yo sabía cuán preocupada estaba por él. Hablaba mucho de los hombres que tenían comezón en los pies, pero no eran más que palabras.

Después de desayunar di un poco de avena a las mulas y Maude fregó los platos. Me quedé mirando a Maude y ella sabía lo que significaba mi mirada. Pero no se preocupaba por ello, por lo menos mientras mamá me tuviera al alcance de su mano.

—No creo que tarde en regresar —dijo mamá.

Y trepó al carro. Era una carreta enorme, de las llamadas de carga, con un gran toldo de lona.

Maude advirtió:

—Vas a dejarme en paz.

—Te dejaré en paz —le dije a Maude—. Voy a dejarte en paz. Tal vez sepas lo que le pasa a mamá…

—Nada que te importe —me interrumpió Maude.

—Me importa mucho, ¿sabes?

—No eres más que un chiquillo.

Me dirigí a la parte trasera del carro y cogí la carabina de papá. Era la que había utilizado durante la guerra, una carabina de caballería, de cañón corto.

Mamá me vio; asomó la cabeza y pude oír su fatigosa respiración. Me preguntó:

—¿Viene ya papá?

—Todavía no.

—Bien, en cuanto regrese me avisas. Y no hagas ninguna diablura.

—No, mamá.

Me senté enfrente del carro y me dediqué a limpiar el arma con un trozo de trapo. Maude me estaba contemplando. Finalmente, dijo:

—Voy a decirle a mamá que estás haciendo el tonto con la carabina de papá.

—Será mejor que cierres el pico.

Mamá se quejó en voz baja, y Maude y yo volvimos la cabeza y nos quedamos mirando hacia el carro. Sentí que un escalofrío recorría mi espina dorsal. ¿Dónde estaba papá? Ya era tiempo de que hubiera regresado. Dejé el arma en el suelo y di una vuelta alrededor de la carreta. En un círculo la

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pradera se alzaba y caía como un mar de susurrante hierba amarillenta. Allí no había nada, ningún ser viviente.

Maude estaba llorando.

—¿Por qué no ha regresado papá? —murmuró.

No le contesté. Creo que se me ocurrió por vez primera que papá podía no volver nunca. Sentí deseos de echarme a llorar. Sentí deseos de esconderme en un rincón y echarme a llorar. Hacía mucho tiempo que no me había sentido tan pequeño. Sería un consuelo que mamá me diera unos cuantos azotes. Cuando a uno le dan unos azotes se da cuenta de que es un chiquillo y de que no tiene que preocuparse por nada.

Le dije a Maude:

—Sube al carro y quédate con mamá.

—No tienes por qué darme órdenes.

—De acuerdo.

Le volví la espalda. No se saca nada discutiendo con chicas de esa edad. Entonces Maude subió al carro y se metió dentro. La oí llorar, y oí que

mamá le pedía:

—Deja de llorar de una vez.

Cargué la carabina. Desaté una de las mulas, monté en ella y empecé a cabalgar por la pradera en la dirección que había tomado papá. No sabía lo que iba a hacer, pero sabía que ya era hora de que papá estuviera de regreso.

No resultaba fácil cabalgar en la mula sin ensillar. Las mulas son unos animales muy extraños. Avanzábamos muy despacio. Me alegré de que mamá y Maude estuvieran en el carro, ya que de no ser así probablemente lo hubiera pasado mal.

Al cabo de media hora el carro era solamente una diminuta mancha negra. Miré hacia el sol para recordar la dirección que había tomado. Luego, una elevación del terreno ocultó la carreta. Seguí adelante. Sabía que si me detenía, aunque sólo fuera un instante, me echaría a llorar.

Vi un coyote. Parecía un perro y se quedó mirándome. Pasó un antílope muy cerca de mí, contra el que pude haber disparado. Pero no quise arriesgarme a hacer fuego. Quizá fallase el tiro y quién sabe lo que sucedería entonces.

Encontré a papá. Creo que había estado cabalgando durante una hora cuando le vi caído en el suelo. Un zopilote bajó en línea recta hacia nosotros y se me hizo un nudo en la garganta al pensar que podía atacarme. Pero el pajarraco volvió a remontar el vuelo. Bajé de la mula y eché a andar lentamente.

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Papá estaba muerto, desde luego. Quizás hubieran sido los indios, y tal vez no fueron ellos; lo ignoraba. Le habían disparado cuatro balazos y su rifle había desaparecido.

El zopilote volvió a descender hacia nosotros; disparé contra él. El retroceso de la carabina me lastimó el hombro. Me acordé de que papá decía siempre que yo era un esmirriado. Decía que no iba a crecer más. Tal vez por eso no lloré.

Me aparté unos pasos de allí y me senté. No miré a papá. Traté de recordar dónde estábamos, lo que él me había dicho acerca de dirigirnos siempre hacia el Oeste. Cuando pensé en mamá, me sentí muy asustado.

La mula se acercó a mí y refregó su hocico contra mi hombro. Me alegré de que la mula estuviera allí. De no haber estado, no sé qué hubiera hecho yo.

Había que enterrar a papá. Sabía que los hombres hay que enterrarlos, pero yo no podía hacerlo. El suelo de la pradera era de barro reseco, cocido. Regresé al lugar donde estaba mi padre y me incliné sobre él; creo que fue la cosa más difícil que había hecho en toda mi vida. Puse en orden sus ropas. Le quité las botas. Los hombres del Oeste siempre estaban hablando de morir sin las botas puestas. No sabía qué querían decir con ello, pero pensé que papá estaría contento si no llevaba las botas.

Luego monté en la mula y emprendí el camino de regreso hacia el carro. Traté de no pensar que sólo tenía doce años. Si uno se dedica a pensar que no es más que un chiquillo, está perdido. Cuando llegara, mamá me iba a propinar una buena azotaina.

La mula debía de haber encontrado el camino de regreso, ya que marchaba sin que yo la dirigiera. Dejé las riendas sueltas y permití que avanzara a su antojo. Y entonces vi la carreta.

Pensé: «No puedo decírselo a mamá ahora…, quizá más tarde». Nadie me había hablado nunca de esas cosas, pero yo sabía que de momento no debía decírselo a mamá. Creo que lo comprendí de un modo instintivo, pero sabía que papá ya no importaba. Sólo la vida importaba entonces y la vida resultaba tan frágil cual un remolino de polvo en la llanura. Era como una pesadilla pensar en la inmensidad de la pradera y en lo solos que estábamos.

Al acercarme al carro vi que Maude y mamá estaban de pie junto al vehículo. En el rostro de mamá pude leer lo preocupada que había estado por mí.

—¡Aquí está! —gritó Maude.

Mamá dijo:

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—Estoy convencida de que no hay nada que hacer contigo, Dave. Baja de la mula.

Obedecí. Volví a atar la mula. Procuré que mi cara no reflejara nada de lo que había visto. Me acerqué a mamá.

—¿Dónde has estado? —me preguntó.

—Cazando.

—No tienes remedio. Ven aquí.

Me dio una bofetada no demasiado fuerte. Sospecho que estaba llegando al límite de sus fuerzas. Me eché a llorar, pero mis lágrimas no tenían nada que ver con el coscorrón que acababa de recibir. Había recibido correctivos mucho más severos sin abrir siquiera la boca. Pero el llanto me pareció que rompería la tensión que había en mi interior y le di rienda suelta. Me senté con la espalda apoyada en una de las ruedas del carro.

Maude pasó por delante de mí para decirme:

—Así aprenderás…

Me limité a mirarla sin contestar. Saqué mi navaja y empecé a raspar una de las tablas del carro. Luego mis ojos se fijaron en el barrilito del agua.

Me levanté y me acerqué al lugar donde estaba mamá de pie, mirando hacia la pradera, en la dirección en que papá se había marchado.

Sin volverse, me preguntó:

—¿Has visto alguna señal de tu padre?

—No.

El sol era ahora un disco rojo que bañaba en fuego toda la pradera. Comprendí lo que mamá sentía en aquel momento; sabía lo que era la soledad.

—Enciende el fuego —me dijo—. Debí imaginar que no tenía bastante sentido común para regresar pronto. Un hombre como tu padre es el peor regalo que puede tocarle a una mujer.

Empecé a encender el fuego. Cuando cogí agua para las gachas, el barrilito estaba casi vacío. No le dije nada a mamá. Preparaba la cena lentamente, de un modo desmañado, y Maude la miraba asustada.

Mamá volvió la vista hacia el Oeste.

—Pronto se hará de noche —dijo.

—Papá llegará de un momento a otro —murmuró mamá.

Pero yo estaba seguro de que no creía lo que estaba diciendo.

—Seguramente —asentí.

Comimos sin apenas hablar. Mamá muy poco. En cuanto hubimos terminado volvió a meterse en el carro.

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Maude estaba diciendo:

—No sé cómo voy a fregar los platos sin agua. Trae un poco de agua, Dave.

—No hay —respondí.

Maude se me quedó mirando con ojos asustados. Había oído contar muchas historias, lo mismo que yo, acerca de caravaneros que se habían quedado sin agua. Abrió la boca para decir algo.

—¿Qué le pasa a mamá? —le pregunté en voz baja, señalando hacia el carro.

—¿Por qué no ha regresado papá?

—No tiene sentido pensar en papá, puesto que no está aquí. ¿Qué le pasa a mamá?

Maude sacudió la cabeza.

—No tienes por qué asustarte —le dije—. Asustarse no sirve de nada. De todos modos, ya hemos pasado lo peor de este viaje.

—¿Dónde está papá? —susurró Maude—. ¿Qué ha sucedido?

—¿Cómo puedo saber lo qué ha sucedido? Las chicas me ponen enfermo.

Sois insoportables.

Me dirigí de nuevo hacia el barrilito del agua. Lo sacudí, con una estúpida esperanza, sin tener ningún motivo para albergarla. Sabía que estaba casi vacío. Teníamos mucha comida —carne ahumada, harina y judías—, suficiente para un mes. Pero mamá necesitaría agua.

Maude estaba llorando.

—¿Por qué no te vas a la cama? —le propuse.

—No eres nadie para darme órdenes.

—Bueno, vete a la cama —dije—. Puedes dormir con mamá. Yo me quedaré aquí.

—No eres lo bastante mayor para quedarte aquí solo —comentó Maude, pero yo sabía que estaba asustada por la idea de encerrarse en el carro con mamá. Sabía lo que sentía, y no se lo reprochaba porque al fin y al cabo era una chiquilla. Me hubiera gustado poder decírselo, ya que los dos nos habríamos sentido mucho mejor. Pero no podía.

—Ya soy lo bastante mayor —repliqué.

En el interior del carro mamá gruñó, mientras que a lo lejos, en la pradera, se oyó el aullido de un coyote. No hay nada que me impresione tanto como el aullido de un coyote. Yo estaba temblando y me di cuenta de que Maude deseaba quedarse a mi lado. Pero comprendí que aquello no hubiera servido de nada.

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—¡Métete en el carro de una vez! —grité.

Temí que mamá pudiera oírme. De ser así, nadie me hubiera librado de una tanda de azotes. Pero no me oyó.

Maude me miró sorprendida. Luego, sin decir palabra, se metió en el carro.

Me quedé solo. Estaba oscureciendo rápidamente. En el cielo había un pálido reflejo de la luz del sol, pero no tardaría en ser de noche. Me acerqué al vehículo y cogí una de las mantas de las mulas. Era una noche cálida, veraniega. Decidí tender la manta debajo del carro y tumbarme allí.

Oí a Maude recitar sus oraciones dentro de la carreta, pero ningún sonido procedente de mamá. Yo no pude decir mis oraciones. Habitualmente, mamá se encargaba de que lo hiciera, pero en aquellos momentos no podía pronunciar una sola palabra. Lo intenté, abriendo la boca, pero fue inútil. Traté de recitarlas mentalmente. Traté de no pensar en papá. Me envolví en la manta, dejando la carabina al alcance de mi mano. Me parecía que era una parte de papá y todo lo que me había dejado.

No podía dormir. Lo intenté durante largo rato, pero me fue imposible. Era completamente de noche y no había luna. Las mulas se movían inquietas; probablemente porque deseaban beber.

Creo que me amodorré un poco. Cuando de nuevo abrí los ojos, la luna empezaba a salir, hinchada y amarilla. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Poco a poco, los acontecimientos del día volvieron a mi memoria, mucho más reales de lo que habían sido a la luz del sol. Mientras estaba allí tumbado, pensando, oí el rumor de cascos de caballos. Al principio no presté mucha atención, y sólo adquirí conciencia de ellos cuando las cabalgaduras se recortaron en la oscuridad: eran dos, con sus correspondientes jinetes. Avanzaban lentamente.

Los jinetes estaban iluminados por la luz de la luna, y yo estaba oculto en la sombra del carro. No podían verme. Se detuvieron a una docena de yardas del vehículo erguidos en sus caballos y mirando las mulas. Las mulas se movieron inquietas.

Cuando comprobé que eran indios no pude moverme: me quedé allí tendido mirándoles. Iban desnudos hasta la cintura y el pelo les caía en dos largas trenzas encima de los hombros. Los dos llevaban rifle.

Pensé en papá. Pensé en gritar para despertar a Maude y a mamá. Pensé:

«Si han disparado contra papá…».

Estaban desatando las mulas.

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Cogí la carabina y di media vuelta sobre mí mismo hasta quedar con el vientre apoyado en el suelo. Uno de los hombres había desmontado y se estaba acercando al carro. Llevaba el rifle en una mano y un cuchillo en la otra. Le apunté al centro del pecho y oprimí el gatillo.

Recuerdo el sonido del disparo en medio del silencio de la pradera. Dentro del carro, alguien gritó. El indio se detuvo en seco, pareció mirarme, se bamboleó un poco y cayó al suelo. También recuerdo el agudo dolor que sentí en el hombro a causa del retroceso de la carabina.

El caballo del otro jinete se encabritó. El hombre que lo montaba disparó contra mí. El proyectil se estrelló a unos centímetros de mi cabeza, llenándome el rostro de arena. Yo tenía unos cuantos cartuchos en el bolsillo y traté frenéticamente de volver a cargar el arma. Los proyectiles se deslizaban a través de mis dedos.

Entonces el indio se marchó. Cogió al otro caballo de las riendas y oí el ruido de sus cascos mientras se alejaban por la pradera. Solté la carabina. El hombro me dolía terriblemente. Dentro del carro, Maude estaba llorando y mamá gruñía.

Salí de debajo del carro. El indio había caído de espaldas, con el malévolo rostro mirando al cielo. Me quedé de pie a su lado contemplándole.

Maude salió del carro.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Entonces vio al indio y empezó a chillar.

—Nada —dije—. He disparado contra él.

Maude estaba como petrificada, tapándose la boca con la mano.

—Será mejor que vuelvas a meterte en el carro. Sospecho que es el que ha matado a papá. Pero no se lo digas a mamá.

Maude sacudió la cabeza. Mamá se estaba quejando. —No puedo entrar en el carro —dijo Maude. —¿Por qué?

Y entonces lo supe. Debí imaginármelo por el modo cómo mamá se estaba quejando. Me acerqué a Maude y la abofeteé. Ella no pareció darse cuenta. Volví a abofetearla.

—Vete con mamá.

—No puedo…, está oscuro.

—¡Vete con mamá! —grité.

Cogí uno de los fanales de la carreta y lo encendí. Ahora ya no temblaba.

Le di el fanal a Maude y repetí:

—Vete con mamá…

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Maude trepó al carro llevándose el fanal. Entonces me eché a llorar. Me acurruqué debajo del vehículo apretando la carabina entre las manos mientras me caían las lágrimas.

Finalmente me forcé a salir de mi escondrijo y acercarme al indio. El rifle que llevaba estaba medio oculto debajo de su cuerpo. Tiré fuertemente del arma: era la de mi padre.

No sé cuánto tiempo permanecí allí de pie con el rifle en la mano. Luego lo puse debajo del asiento, junto a la carabina. No quería mirar al interior del carro.

Desaté las mulas. Uncirlas al vehículo fue una tarea muy difícil. Pero conseguí llevarla a cabo. Al final me dolía todo el cuerpo, aunque no tanto como el hombro.

Me encaramé al asiento del conductor. Las cortinas estaban echadas y no podía ver el interior de la carreta, pero la luz seguía encendida. Cogiendo el látigo de papá, lo descargué sobre el lomo de las mulas. Había visto hacer aquello a papá muchas veces. El látigo tenía catorce pies de longitud y me resultaba difícil manejarlo, pero las mulas empezaron a moverse. Tenían que seguir moviéndose. Teníamos que encontrar agua.

Por la noche, bajo la luna, la pradera era negra y plateada al mismo tiempo. Y no me asustaba tanto como a la luz del día. Estaba allí sentado sin pensar en nada concreto, consciente del cambio que se había operado dentro de mí.

Seguimos adelante. Mantuve las mulas a un paso lento para que el carromato no se moviera demasiado. Me sentía muy cansado y al cabo de un rato ya no tuve que utilizar el látigo.

Luego Maude salió del interior del vehículo y se sentó a mi lado. Me miró y la miré, pero no dijimos una sola palabra. Maude se acercó más a mí.

Arreé a las mulas.

Dentro del vagón se oyó un llanto que no era el de mamá. Al oírlo me eché a temblar.

—Tenemos que encontrar agua pronto —le dije a Maude.

Ella asintió maquinalmente. Me amodorré un poco. Pasé toda la noche amodorrado y al amanecer me quedé dormido.

Maude me despertó. El carro estaba inmóvil y el sol había empezado a elevarse en el horizonte. Las mulas se habían detenido a la orilla de un arroyo bordeado de chopos hasta donde alcanzaba la vista.

Maude me indicaba el agua.

—No empieces a llorar ahora —le dije, frotándome los ojos.

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—No tengas miedo —me tranquilizó Maude. Mamá me llamó con voz no muy alta: —Dave, ven aquí.

Entré en el carro. Mamá estaba en la cama rodeando algo con su brazo izquierdo. Lo miré.

—¿Sabes lo que es? —me preguntó mamá.

—Desde luego. Es un niño. Las niñas no sirven para nada.

Mamá estaba llorando…, pero no mucho.

—¿Dónde estamos? —me preguntó.

—Hemos estado viajando toda la noche. Nos encontramos a la orilla de un río. Creo que no tendremos que preocuparnos por el agua.

—Toda la noche… ¿No ha regresado papá?

Murmuré lentamente:

—Anoche maté a un indio, mamá. Llevaba el rifle de papá.

Entonces se me quedó mirando y yo permanecí en pie delante de ella, apoyando alternativamente el peso de mi cuerpo sobre cada uno de mis pies, deseando echar a correr. Pero me quedé allí. Pasaron casi cinco minutos y mamá no pronunció una sola palabra. El niño empezó a llorar.

Entonces mamá me preguntó:

—¿Has ensillado las mulas?

—Sí. Maude no me ayudó…

Mamá dijo:

—No te metas con Maude. Deja en paz a Maude si no quieres vértelas conmigo. Nunca había visto a un chico tan buscalíos como tú.

—Sí, mamá —asentí.

—Eres igual que tu padre —susurró mamá—. ¡Dios mío! ¡Pobre de la mujer que tropieza con un hombre así!

No supe qué decir.

Mamá me preguntó:

—¿Adónde vamos a ir ahora?

—Hacia el Oeste. Nos faltan por recorrer unos centenares de millas. No será difícil. Papá dijo…

Mamá me estaba mirando, con los labios temblorosos. Nunca la había visto mirarme de aquel modo. Deseé ocultar mi cabeza en su regazo, descansar allí…

Pero no podía hacerlo. Continué:

—Papá me dijo que íbamos hacia el Oeste.

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Y salí del carro. Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en una de las ruedas, contemplando el río.

Le dije a Maude:

—Con un niño… un hombre está más divertido.

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UNA CUESTIÓN DE SANGRE

ERNEST HAYCOX

AQUEL otoño de 1869, cuando Frank Isabel se estableció en las Yellow Hills[61], la ciudad más próxima estaba a cuatro días de camino a caballo, y su vecino blanco más cercano vivía en un rancho recién construido —el Hat—, a setenta millas, en el Valle Two Dance[62]. Los indios vivían en reservas, pero, de todos modos, vivir solo en aquella región representaba un

serio peligro para un hombre.

A Isabel no le importaba. Era joven, voluntarioso y había crecido en aquella empobrecida y turbulenta parte de Missouri donde los chiquillos se convierten en hombres en cuanto son capaces de sostener un revólver. Tenía unas espaldas de leñador, sus ojos eran casi negros y, aunque siempre iba cuidadosamente afeitado, sus mejillas mostraban una sombra azulada. La tierra estaba libre, abundaban en ella la hierba y el agua, y resultaba ideal para un hombre que tuviera ambición. Por eso había venido.

Pero por mucho que se bastara a sí mismo, Isabel no había calculado algunas de las imperiosas necesidades que, tarde o temprano, acosan a un hombre solitario. De modo que un día se vio obligado, en vista de que no había perspectivas de encontrar una mujer blanca por allí en muchos años, a dirigirse a la reserva y a llevarse una muchacha Crow[63] después de pagarle a su padre el precio de la transacción: un caballo y un cuarto de galón de whisky.

La muchacha era silenciosa, menuda y limpia, con unos enormes ojos que animaban su rostro suave y redondo. El precio pagado por ella era bastante bajo y aquello hirió el orgullo de la muchacha, aunque el saber que quien la compraba era un hombre blanco contribuyó a suavizar rápidamente sus lastimados sentimientos. Se instaló en la cabaña de troncos de Isabel e inició su nueva existencia sin proferir una queja.

La muchacha era más de lo que Isabel había esperado encontrar en una mujer india: se adaptó rápidamente a sus deseos e incluso le demostraba

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cierto afecto. Antes de que naciera el niño, Isabel recorrió con ella las trescientas millas que les separaban de Cheyenn y se casó legalmente con la india.

Lo que le movió a obrar de aquel modo fue su sentido de la justicia más que los deseos de la muchacha, quien, por otra parte, no los había manifestado directa ni indirectamente. Isabel comprendió que el caballo y la botella de whisky tenían para ella la misma fuerza legal que cualquier otra ceremonia que pudiera celebrarse; y comprendió también que, a pesar de que una mujer india era una mujer obediente, la guiaban costumbres inmemoriales con tanta fuerza que él no podía esperar modificarlas en lo más mínimo. El hombre tenía sus obligaciones y sus tareas específicas; la mujer tenía las suyas, y la línea de separación era clara y terminante. Al principio la muchacha se había sentido avergonzada al ver que Isabel se rebajaba hasta el punto de cortar la leña para el fuego, por ejemplo; y a Isabel le costó Dios y ayuda convencerla de que debía comer en la mesa, en vez de hacerlo en el suelo, sobre una manta, con las piernas cruzadas. Estaba agradecida por el descanso que para ella representaba que Isabel realizara ciertas tareas, pero detrás de aquel rostro infantil había una implacable voluntad. Hervían en ella los hábitos de mil generaciones.

A menudo, por la noche, mientras fumaba ante el fuego, contemplando cómo el niño se arrastraba torpemente por el suelo, Isabel experimentaba una extraña sensación al ver a su esposa acurrucada en un rincón, sumida en pensamientos que él no podía comprender. A veces, el colorido y los ruidos familiares de sus primeros años en Missouri acudían a su memoria con una rara intensidad, y en aquellos momentos hubiera deseado que ella pudiese saber lo que pasaba en su mente. Pero él hablaba muy mal el dialecto de los Crow, y ella no sabía el inglés; de modo que el silencio reinaba entre ellos.

Entretanto, en la vacía pradera había nacido la ciudad de Two Dance, a sesenta millas de distancia, y el valle empezó a llenarse de ovejeros, mucho antes de lo que él había imaginado. Mirando hacia las laderas de las Yellow Hills, podía ver los ranchos que se iban levantando como símbolo de la desaparición de una época de selvática soledad. Y, no tardando mucho, los hombres de su propia raza se fijaron en Isabel. Y entonces supo que se había convertido en un squaw-man[64].

Uno a uno, los pocos colonos que se habían establecido anteriormente en las Yellow Hills, empezaron a devolver a sus squaws y a sus hijos mestizos a la reserva, como confesión avergonzada de un error que debía ser reparado. Isabel no dijo nada de esto a la mujer Crow, pero cuando vio que el miedo

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ponía sombras en sus ojos, supo que había oído hablar de ello. Entonces le dijo:

—Ésos hombres están locos. Yo no estoy avergonzado de ti.

Y se sintió feliz al ver que el miedo desaparecía.

Por eso la llevó a Two Dance. Le complacía que la vieran en aquella pequeña y encantadora ciudad, ya que era una mujer muy bonita, con su pelo negro recogido en dos gruesas trenzas y sus vestidos limpios y de vivos colores. Pero había olvidado las costumbres de su esposa, y, cuando iban por las calles del pueblo, ella anduvo detrás de él como hacen siempre las squaws, obedientes y con la cabeza baja. Isabel sabía la interpretación que Two Dance daría a aquello, y en el camino de regreso la cólera tiñó su voz:

—La esposa de un hombre blanco anda siempre a su lado, no detrás.

Vio de nuevo la sombra del temor en los ojos de su mujer y no supo cómo desvanecerla. Después de aquello, no volvieron a la ciudad.

Isabel sabía lo que iba a ocurrir. En la época de la siega, cuando fue a ayudar a los rancheros del Hat, notó claramente que los demás se apartaban de él. Se había convertido en un hombre blanco… que no era completamente blanco. Una noche de otoño, en la ciudad, se detuvo a contemplar el baile que se celebraba semanalmente, y sintió crecer en su pecho la amargura de su situación. Las lindas y agradables muchachas que tomaban parte en el baile le miraban con ojos en los cuales se reflejaba claramente el desprecio. Más tarde, mientras apuraba una botella de whisky en el saloon de Faro Charley, comprendió lo fatal del error que había cometido, y cuán caro iba a pagarlo.

Aquella noche regresó a su casa muy tarde, completamente borracho. Por la mañana, la muchacha Crow se marchó con su hijo.

Isabel no la siguió, ya que sabía que ella regresaría o no regresaría, pero que nada de lo que él hiciera iba a modificar sus propósitos. Al tercer día, la muchacha Crow se presentó sin decir una palabra. A la hora de la cena, Isabel tuvo que sentarse solo a la mesa. El plato de su esposa y el de su hijo estaban en el suelo, sobre una manta, en un rincón de la habitación.

Aquella era la decisión que había tomado. Isabel no le había dicho nada de lo que pensara en los últimos tiempos, pero ella lo sabía sin necesidad de que se lo dijeran y le había contestado. Él era blanco y podía comer en su mesa. Pero ella era india, lo mismo que el niño, y la mesa no era para ellos.

En los días que siguieron, Frank Isabel se contuvo gracias a un enorme esfuerzo de voluntad. Recordaba el caballo y la botella de whisky, y los días en que los labios de la muchacha Crow estaban llenos de alegría. En aquella época, las Yellow Hills eran una región salvaje y su mundo no había llegado a

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recordarle su error, pero ahora sentía la profundidad y la extensión de aquel error. Se había equivocado, y tenía que pagarlo. Pero la equivocación había afectado a la muchacha Crow y al niño que no era ni Crow ni blanco. Para él, pensó Frank Isabel, no había solución. Para la muchacha, tampoco. Pero ¿y el niño?

Una noche de invierno, a la hora de la cena, Jim Benbow, del Hat, entró en la casa para tomar una taza de café. Habló con Isabel de un rebaño que estaba sitiado por la nieve, y luego se puso el sombrero y se dirigió hacia la puerta. Al pasar, su mirada se cruzó con la de la mujer Crow y con la del niño, acurrucados en un rincón. Benbow dijo:

—Tu hijo está creciendo mucho, Frank… Y se marchó.

Fuera de la cabaña soplaba el viento, mientras en el interior reinaba el más profundo silencio. Isabel estaba sentado con los codos apoyados sobre la mesa, recordando las palabras de Benbow, las cuales contenían una especie de reproche. De repente, se puso en pie y acercó otra silla a la mesa. Luego se dirigió al rincón donde estaban su esposa y su hijo. Cogió al niño y lo sentó en la silla. Se lo quedó mirando.

—A partir de ahora, comerá en la mesa —dijo.

Ella se encogió más y más en su rincón, como si tratara de desaparecer. Y entonces, súbitamente, Frank Isabel oyó el terrible grito de su esposa quebrando el silencio de la habitación.

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PATRULLA DE EXPLORADORES

ERNEST HAYCOX

EL puro que fumaba el coronel reposaba entre sus dedos mientras hablaba con el teniente Parke Stobo, formando un ojo rojizo en la oscuridad de la noche. El increíble calor del día había empezado a amenguar y una débil

brisa procedente de las cumbres de las Mesquites refrescaba el ambiente. En el cielo relucían miríadas de estrellas, aunque ninguna de aquellas luces infinitamente brillantes tocaba la tierra.

—Tomará usted una patrulla de veinticinco hombres, con Charley Boren como guía, y se dirigirá a las Mesquites pasando por el rancho de Pete Kemmel. No irá por detrás del Paso de Stagecoach[65]. Raciones para tres días. Se trata de una operación rutinaria. Su objetivo consiste simplemente en familiarizar con la región al teniente Wells, el cual está todavía un poco verde.

—Sí, señor —asintió Parke Stobo.

Y se marchó hacia el alojamiento de los oficiales, llevándose en sus fosas nasales la fragancia del puro que estaba fumando el coronel.

En el patio central de Fort Tonto, los cornetas tocaban retreta y las agudas notas se deshacían en el aire en largas y hermosas cintas de sonido.

En su alojamiento el joven teniente Philip Wells estaba sentado ante su pupitre de campaña y ponía su diario al corriente a la pálida luz de una vela. Como era el oficial más novato del puesto, su alojamiento era el último de la hilera y consistía simplemente en un cuartucho de paredes de adobe, con el suelo de tierra y un tejado de ramas y barro seco. Sólo hacía un mes que había salido de West Point, y el sentido del orden que le habían inculcado en la Academia se manifestaba en el cuidado que prestaba a sus efectos personales. Su uniforme de gala estaba impecablemente colgado de una improvisada percha, y la franja amarilla de la capa se reflejaba intensamente contra la luz. Delante de él, en el pupitre, había varios libros de su profesión,

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cuidadosamente alineados. Y estaba anotando en su diario una solemne afirmación que sus descendientes podrían leer algún día.

«De modo que estoy convencido de que un riguroso despliegue de fuerzas sometería a los apaches. Existe mucha falta de decisión entre los jefes que mandan las tropas de nuestras fronteras. Los indios sólo entienden el lenguaje del terror, y hay que hablarles con él y con toda claridad. Es ridículo suponer que unos indisciplinados salvajes puedan presentar batalla a nuestra caballería, la cual, cuando es utilizada de un modo adecuado, es el cuerpo militar más magnífico del universo. Mañana haré mi primera patrulla».

Philip Wells cerró el cuaderno, dejó la pluma a un lado y se acercó al umbral de su alojamiento. Era un joven alto y su cabello negro estaba peinado hacia atrás, muy largo sobre la nuca, al estilo de la caballería. Sus labios formaban una línea recta, poniendo de manifiesto una implacable determinación, muy propia de la juventud. Cuando los cornetas desfilaron tocando por la plaza de armas, un escalofrío de emoción corrió por la espalda del teniente Wells.

Más allá de la plaza de armas, a lo largo del desierto plateado por la luz de la luna, se estaban repitiendo las grandes tradiciones del servicio. El arma de caballería era el arma adecuada, y luchar en el Oeste era el ideal de un joven de sangre ardiente cuyos ídolos eran el impetuoso Sheridan y el gallardo Custer. Las notas de la última corneta se extinguieron, cerrando el día militar con una especie de triste inestabilidad, mezclándose al lejano aullar de los coyotes en las colinas de las Mesquites. Las luces se apagaron en el patio central de Fort Tonto. El relevo de la guardia pasó marcando el paso ante los pabellones de los oficiales. Philip Wells apagó la vela y se tendió en el camastro, entregándose a los sueños que acompañan el reposo nocturno de un joven que tiene abierta la vida ante él…

Al amanecer cruzó el patio de armas para reunirse con la patrulla que ya estaba formada. Veinticinco soldados veteranos con una uniforme tez bronceada le contemplaron desde las sillas con el disimulado interés de la tropa.

Parke Stobo dijo:

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—Éste es Charley Boren, nuestro guía. Charley, te presento al teniente Wells. Es nuevo en el fuerte.

Charley aceptó la mano de Philip Wells con un buen apretón que nada significaba. El guía, un paisano, era un hombre flaco de baja estatura y su aspecto nada tenía de impresionante. Lo que más destacaba en su rostro era su amarillento y descuidado bigote, que caía formando semicírculo sobre unos labios que de cuando en cuando escupían un trozo de tabaco para mascar. Sus ojos tenían el color del ágata y estaban medio ocultos por los caídos párpados. Llevaba unos pantalones azules, un chaleco y un sombrero ladeado sobre la sien. Era un ropaje muy sencillo que no tenía la menor semejanza con la imagen del llanero del Oeste que Philip se había formado de las litografías de Currier y de Ives.

Parke Stobo gruñó una orden que hizo erguirse a la patrulla en las sillas de sus caballos. El joven Wells trató de montar en el más impecable de los estilos, lo cual fue un error por su parte; el caballo pareció desmoronarse súbitamente y el oficial se encontró sentado en el suelo, más avergonzado que lastimado. Charley Boren se había apresurado a coger las riendas del caballo y se las entregó a Wells cuando éste se hubo puesto en pie.

Stobo dijo:

—Olvídese de lo que le enseñaron en West Point, teniente. Aquí los caballos están acostumbrados a que se les monte de un salto.

Se hizo un gran silencio mientras Wells, con el rostro color de púrpura, se dispuso a montar de nuevo. Aleccionado por su experiencia anterior, sujetó firmemente al caballo y montó de un salto. Parke Stobo murmuró otra orden, sin el tono de autoridad que el joven Wells consideraba necesario; la patrulla desfiló en columna de a dos, saliendo de Fort Tonto por la puerta meridional. El centinela del puesto número uno se cuadró en un rígido saludo.

Cabalgando en cabeza de la columna con Stobo y Charley Boren, Philip Wells se sintió un poco decepcionado ante la sencillez de aquella salida. Ni banda de música, ni coronel saludándoles marcialmente, ni damas agitando sus pañuelos perfumados en romántica despedida. Eran simplemente veinticinco siluetas cabalgando a la taciturna claridad del amanecer, mientras un polvillo impalpable empezaba a introducirse en las fosas nasales. Más allá del campamento de los pacíficos indios de Kaminzin enfilaron el camino que conducía directamente a las Mesquites. Al sur se extendía el interminable desierto, lleno de cactus —especialmente de gigantescos saguaros— y envuelto en un débil halo azulado. El sol se levantaba por el Este y, de pronto, al posarse en las solitarias laderas de las Mesquites, la tierra empezó a brillar.

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A las ocho de la mañana el sol empezó a morder la aún no acostumbrada piel del joven teniente y la patrulla había alcanzado la primera meseta de las Mesquites. No se advertía una sola zona completamente despejada; era un mar de picachos y macizos rocosos, de cortantes aristas, con grupos de mesquites y de raquíticos arbustos desperdigados aquí y allá. A lo lejos, y mucho más alto en el cielo, erguíase un picacho en forma de sombrero, con las laderas oscurecidas por los pinos.

—El Pico del Indio —dijo Parke Stobo.

Las habladurías de Fort Tonto habían informado ya a Philip Wells de que cada pie de este territorio era peligroso. La consigna era: si ves señales de indios, ten cuidado; si no ves ninguna señal, ten más cuidado aún. Sin embargo, no observó ninguna vigilancia especial en Stobo ni en Charley Boren, el cual no volvía nunca la cabeza ni parecía abrir por completo los ojos. Lo que no observó fue la continua inquietud de la mirada de Boren. Se posaba en el terreno más próximo y recorría el camino hasta sus límites visuales; escrutaba las Mesquites y los reductos naturales formados por la acumulación de tierra. Detrás de Wells, los jinetes cabalgaban con aquella perfecta disposición que sólo se alcanza tras una larga campaña. El rostro irlandés del sargento O’Mara era del color de la terracota, y sus negros bigotes de dragón, colgando de las comisuras de sus labios, le daban una expresión de perpetua melancolía. Von Lauff, el otro sargento, era un antiguo miembro de la Guardia Imperial Prusiana. Tenía un cuello prusiano y unas facciones angulosas y talladas en piedra, de viejo soldado. El trompeta Martín era sólo un chiquillo, un chiquillo endurecido en las calles del Este; llevaba subida el ala delantera del sombrero y sus mejillas eran imberbes. Detrás de ellos, la columna avanzaba estólidamente, medio envuelta en el polvo que levantaban los cascos de sus propios caballos.

Stobo dijo:

—¿Qué noticias hay de Tucson, Charley?

—Oí decir que Gerónimo está de nuevo en los Dragoon Mountains[66]. La semana pasada, Bill Mantis mató a Brady King, por algo relacionado con una tal mistress Cameron. Ed Shafter cree que ha encontrado una mina en las Supersticiones. El whisky que sirven en la ciudad no ha mejorado en absoluto.

—Estaba pensando en las fresas —dijo Parke Stobo—. Un plato de fresas con nata.

Stobo era un oficial muy reservado, de piel olivácea, de recias caderas y piernas, pero esbelta cintura y algo difícil de conocer. No era mucho mayor

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que Wells, pero llevaba tres años en la frontera y esto le había envejecido. Cualquier hombre que ha luchado contra los apaches envejece prematuramente.

Charley Boren extendió su brazo derecho.

—Allí…, en la ladera de aquella loma…, acabaron con la cuadrilla de Parker.

Su mirada se posó un breve instante en Philip Wells para apartarse inmediatamente.

—¿Por qué hemos salido hoy? —preguntó Wells.

Stobo dijo:

—Una patrulla; rutina. Tenemos que dejarnos ver en este lado de las Mesquites a fin de que los apaches se mantengan en la otra parte, lo cual servirá para que las tropas de Bowie puedan localizarlos más fácilmente. Así solemos hacerlo.

—¿Quiere usted decir que los apaches nos están observando?

—Es lo más probable.

—¿Ahora?

—Creo que sí —contestó Stobo en un tono seco y reservado—. El juego se desarrolla de ese modo… por ambas partes. Los apaches son listos. Muy listos. No podemos enseñarles nada… y sí aprender bastante de ellos.

—Un salvaje es un salvaje —dijo Philip Wells—. Mi opinión es la de que hemos contemporizado demasiado. Éste ha sido nuestro error. Teníamos que haberlos aplastado de una vez para siempre.

—Es una opinión como otra —comentó Parke Stobo.

Philip Wells notó la mirada de Charley Boren, pero cuando miró al guía sólo pudo ver su inmóvil perfil.

El aire era cortante y a la vez despedía el radiante calor de un horno. Cuando Philip Wells acercó la cantimplora a sus labios, su cuello de metal le produjo una intensa quemazón. La nube de polvo era constante; se posaba como una capa de talco sobre su rostro y le cortaba la piel alrededor de sus ojos. El terreno formaba suaves ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista; la distancia existente entre la columna y el Pico del Indio no parecía disminuir. A mediodía, y sin previo aviso, la columna se encontró ante un rancho de adobes situado a la sombra de un bosquecillo de altos mesquites. El agua de un arroyuelo se remansaba en una balsa poco profunda. Era el rancho de Pete Kemmel.

La patrulla hizo un alto para comer: un bocadillo de tocino frío que los soldados llevaban en sus mochilas. Unos cuantos hombres salieron del

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sombreado interior del edificio de adobes, y uno de ellos se acercó a Charley Boren. Era un anciano alto y delgado, con un ancho sombrero asentado sobre sus enormes orejas; andaba arrastrando los pies, como si estuviera exhausto.

—¿De dónde diablos sales, Charley?

—¿Has visto señales de indios por aquí, Pete?

—No me he fijado.

—Hay muchas señales. Frescas.

—Es lógico.

En aquel momento apareció una muchacha cuya vista hizo parpadear a Wells. Tendría unos dieciocho años y su pelo era el más rubio que el teniente había contemplado nunca en una mujer. Un vestido sin forma alguna cubría su robusta figura. Sus hombros eran firmes y sus senos rotundos hinchaban la pechera de su vestido. Sonrió a Parke Stobo y habló con Charley Boren; y entonces Philip Wells se dio cuenta de que iba descalza. Los ojos de la muchacha se posaron en el joven oficial y éste sintió la fuerza de aquella mirada. Esto le hizo sentirse incómodo y se quitó el sombrero.

Parke Stobo dijo:

—Éste es el teniente Wells, Pete. Es nuevo aquí. Wells, le presento a Kitty Kemmel.

Philip Wells se inclinó. Charley Boren y Parke Stobo charlaron un poco con el ranchero, y alrededor de la una la patrulla se puso de nuevo en marcha. Poco antes de perder de vista el rancho, Philip Wells se volvió a mirar y vio a la muchacha de pie junto a la pared de adobes, protegiéndose los ojos con la mano para contemplar a la patrulla mientras se alejaba. Luego hizo un ademán de despedida.

—Si esta región es tan peligrosa —dijo Wells—, ¿por qué están aquí? —Pete cree que tiene que vivir en algún sitio —dijo Charley Boren—.

Lleva luchando contra los apaches muchísimos años.

—Aunque así sea, creo que tendría que preocuparse un poco de la seguridad de su hija.

—Kitty es también muy buena tiradora.

Pero Charley Boren mantenía ahora una actitud más vigilante que la que había mantenido anteriormente. De cuando en cuando se inclinaba hacia el suelo para examinar el terreno y volvía la cabeza con frecuencia.

—Están por aquí cerca, Stobo —anunció—. Son muchos. No sería extraño que tropezáramos con ellos al dar la vuelta a las Mesquites. Tal vez en Tucson están en lo cierto y Gerónimo se encuentra en los Dragoon Mountains.

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Una hora más tarde dijo «A la izquierda», y la columna se metió por un terreno más abrupto. Poco después descubrieron los restos de una fogata y huellas de hombres.

—Acamparon aquí —dijo Charley Boren—. No más tarde que ayer.

—¿Indios? —preguntó Wells.

—Aún se percibe su olor —dijo Charley Boren.

—Yo no huelo nada. Ni veo nada.

—Es algo que adquirirá con el tiempo —dijo Parke Stobo.

El calor que desprendía la tierra era cada vez más intenso, y el halo azulado que envolvía el Pico del Indio se espesaba por momentos. En el centro de la columna el trompeta Martín estaba contando alguna de sus aventuras amorosas en Tucson con un crudo realismo.

—Las muchachas mejicanas son así —concluyó.

El sargento O’Mara gruñó:

—Eads, ¿es cierto que te alistaste en el ejército por motivos de salud?

La voz del soldado Eads era la de un hombre culto y sonaba de un modo extraño entre aquel grupo de rudos soldados.

—Por motivos de salud, desde luego. Pero no la clase de salud que usted se imagina, O’Mara.

—Tal vez no soy tan ciego como crees, Eads —replicó O’Mara.

Pero incluso aquella insulsa conversación languideció bajo los efectos de un calor que quemaba como un ácido al establecer contacto con la piel. El aire no tenía cuerpo; los pulmones de un hombre no podían morder en él. Philip Wells cabalgó unos instantes con la boca abierta hasta que el polvo le llenó la garganta, obligándole a cerrar fuertemente los labios. Entonces comprendió por qué Charley Boren tenía la costumbre de mantener los ojos entornados. La columna de soldados era el único signo de vida en aquel implacable día. Todo lo demás estaba inmóvil, agobiado por el intenso calor. Todo estaba silencioso. El agua de la cantimplora de Wells se había recalentado y no servía para apagar la sed. La ropa le pesaba enormemente y su corazón palpitaba con inusitada violencia. A veces se sentía invadido por una leve modorra.

A las cuatro de la tarde se detuvieron a beber en una charca bastante profunda, e incluso Philip Wells vio las huellas de los caballos sin herrar en la tierra blanda que la rodeaba.

Charley Boren dijo:

—Fue esta mañana. Son muchos. Empiezo a sospechar que Gerónimo anda por aquí.

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—Somos una patrulla; pura rutina, Charley —dijo Parke Stobo con una nota de ironía en la voz—. Nuestro único objetivo consiste en desplegar la solemne majestad del gobierno ante los ojos de los salvajes, y de este modo introducir el santo temor de Dios en sus sencillos corazones. La equivocación, Wells, reside en que los apaches no se impresionan por el espectáculo de una patrulla de caballería cabalgando a tres millas por hora.

Charley Boren añadió:

—Puede usted decirlo sin tapujos. Los apaches no se asustan fácilmente.

Parke Stobo murmuró:

—Durante todo el día me ha bailado por la cabeza una condenada canción…

Alzó ligeramente la voz y la melodía acudió repentinamente a sus labios:

Cuando descanso en mi cama,

perezoso o pensativo,

brillan…

Dijo:

—¿Conoce usted el resto de la canción, Wells?

—No.

—Bueno, no es más que una distracción tonta. Pero si pasa usted mucho tiempo en la frontera, llegará a apreciar esta clase de distracciones.

A las seis, sin que el Picacho del Indio estuviera aparentemente más cerca de lo que antes había estado, acamparon en el corazón de las Mesquites. Los caballos fueron trabados y confiados a la custodia de un centinela; además se instalaron otros puestos de vigilancia alrededor del campamento. El rojizo sol se hundió súbitamente detrás de las altas montañas y la tupida oscuridad de una noche de Arizona, sin luna, cayó sobre ellos. El olor del tocino frito y del café se esparció a través de las sombras. Las pequeñas fogatas de los soldados semejaban ojos rojizos sobre la tierra.

Philip Wells acabó con su cena y se tumbó en el suelo, increíblemente cansado. Se dio cuenta de la inquietud de Boren, que no cesaba en su vigilancia. Alguien estaba cantando y el trompeta Martín estalló en una juvenil carcajada.

—Von Lauff, usted no conoce a las mujeres mejicanas, se lo aseguro.

Aquella chica de Bowie casi le volvió loco. Me lo dijo ella misma.

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El sargento O’Mara se inclinó sobre el fuego y el resplandor de las llamas iluminó su rostro, el cual reflejaba la perpetua melancolía de un viejo soldado.

Parke Stobo dijo:

Perezoso o pensativo,

brillan…

Charley Boren se puso en pie y dio media vuelta con el sombrero echado hacia atrás. Tenía el rostro vuelto hacia el Sur y escuchaba atentamente. Más allá de las sombras más próximas llegó la voz del soldado Eads:

Brillan en aquel ojo oculto

que es el deleite de la soledad;

y entonces mi corazón se llena de gozo

y danza con los narcisos.

Stobo dijo:

—Gracias, Eads.

Philip Wells miró a su alrededor y vio que el rostro del soldado Eads se apartaba del resplandor de las llamas.

Boren se dio una vigorosa palmada en el muslo. Inmediatamente, Parke Stobo y Philip Wells se pusieron en pie. Un poco más allá, el sargento O’Mara estaba diciendo:

—Cuidado, muchachos. Huele mal en alguna parte.

Todos los miembros de la patrulla se habían levantado y procuraban alejarse del resplandor de las fogatas. Inmóvil sobre sus temblorosas piernas, Philip Wells aguzó el oído para percibir algún sonido que rompiera el terrible silencio, pero no oyó nada en absoluto. Se sintió oprimido por el peso de la noche, cálida y salvaje. La oscuridad despertaba en él una viva sensación de soledad. Un estremecimiento le recorrió la espalda.

—Un jinete —murmuró Charley Boren.

Pero transcurrieron cinco minutos largos antes de que Philip Wells oyera el ruido de los cascos del caballo. A lo lejos el jinete empezó a gritar:

—¡Eh, los del campamento! ¡Eh, los del campamento!

El sargento O’Mara echó a correr y desapareció. Philip Wells intuyó que ocurría algo desagradable. La voz del suboficial irlandés rompió el silencio

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nocturno:

—Acérquese…, acérquese. Cabo Gibbs, ¿dónde diablos está usted?

El jinete penetró en el débil círculo de luz y se detuvo allí. Era un vaquero alto, de pelo muy largo y rojizo, con el rostro manchado de sudor y de polvo.

—Pertenezco al rancho de Pete Kemmel. Les he visto a ustedes por allí algunas veces. Los apaches han sorprendido a todo el mundo menos a mí, creo.

Se oyó la tranquila llamada de Stobo:

—¡O’Mara!

Pero la patrulla ya estaba en la silla y formada. Philip Wells subió al caballo que le entregó el trompeta Martín, y unos instantes después galopaban al trote a través de la oscuridad de la noche. Charley Boren y el vaquero pelirrojo abrían la marcha.

Stobo le dijo a Wells:

—Ésta es una simple patrulla, rutina; pero nunca se sabe lo que puede ocurrir. Durante todo el día he tenido un presentimiento que ahora se ha cumplido. A usted le sucederá lo mismo si permanece en la frontera el tiempo suficiente. Nunca hay que confiar en un apache. No hemos visto a nadie desde que salimos del fuerte, y sin embargo esas colinas hervían de diablos rojos.

Cabalgaron alternativamente al trote y al galope a través de las ondulaciones de las colinas de las Mesquites, y en algún momento de la noche —hacía largo rato que Wells había perdido la noción del tiempo— el olor a madera quemada empezó a viciar el cálido aire nocturno. De pronto, después de salvar un promontorio, Wells vio el resplandor de un gran fuego. Reconoció el lugar: correspondía al rancho de Kemmel. Stobo dio una orden y la patrulla se desplegó en abanico para descender al galope.

El rancho había ardido en parte y en el exterior quedaba otra gran fogata. Esta última, ya en los rescoldos, proyectaba una saturnal claridad sobre la escena. Wells desmontó con los demás. Charley Boren corrió hacia la puerta de la casa y se dejó caer de rodillas. Desde otro rincón del patio alguien gritó:

—¡Aquí están Pete y Ben Vorhees!

Pero Stobo y Wells siguieron a Charley Boren y entonces Wells vio a la muchacha de pelo rubio tendida en el suelo, muerta. Su pelo había dejado de ser largo y rubio. Al recordar cómo le había sonreído la muchacha aquel mismo mediodía, Wells sintió una extraña opresión en el estómago y le invadió una sensación de mareo. Tuvo que apoyarse en su caballo para no caer.

La voz de Stobo era desesperantemente lenta y normal.

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—No han dejado a nadie con vida —dijo—. ¿Cuánta gente había aquí? —Cinco personas —respondió Charley Boren—. Pete había luchado

demasiado tiempo contra los apaches. Esto provocó en él una confianza excesiva.

—¿Dónde se encuentra el mejor manantial de agua, Charley?

—En el extremo norte del Pico del Indio.

—Habrán ido hacia allí. O’Mara, entre esos cadáveres en la casa y bloquee la puerta de entrada.

Los soldados empezaron a moverse en la oscuridad transportando los cadáveres de Pete Kemmel y de los otros ocupantes del rancho. El vaquero superviviente dijo:

—Voy a llegarme a la mina Glory para que los muchachos vengan aquí esta misma noche.

Los soldados se estaban reuniendo de nuevo. Parke Stobo se acercó a Philip Wells. El resplandor de la fogata iluminaba vagamente su rostro. Miró a Wells a los ojos.

—La primera patrulla suele ser un poco dura —dijo, y montó de un salto. Philip Wells le imitó y la patrulla se alejó del rancho de Kemmel para perderse de nuevo en las negruras de la noche. Wells oyó a Charley Boren

que decía:

—Reconozco el estilo de Tansan en este golpe. Bien, a Tansan le gusta el terreno rocoso que se encuentra al noroeste del Pico. Por el camino inferior, Stobo.

Wells se acomodó en la silla y recordó de nuevo la sonrisa de la muchacha. Seguía doliéndole el estómago y la sensación de mareo no había desaparecido por completo. De repente la noche había dejado de ofrecerle seguridad y su confianza se tambaleó. Aquellos indios eran tan evasivos como las sombras que le rodeaban; parecían viajar con el viento. Detrás de él, la columna avanzaba a paso rítmico marcado por el roce del cuero de las sillas y el sonido de las espuelas de metal. Aparte de esto no se oía el menor ruido. Nadie hablaba. El calor del día iba disolviéndose en el frescor de la madrugada. Su caballo estaba cansado y al propio Wells le dolían todos los huesos. El polvo se había introducido en sus ropas y se había pegado a su piel. Lo tenía pegado también al paladar y obturaba sus fosas nasales.

Avanzaron lentamente a través de un mundo que Philip Wells no podía ver. De cuando en cuando Charley Boren desaparecía de su campo visual para no reaparecer hasta quince minutos o media hora después. Al cabo de mucho tiempo se tomaron un descanso; y luego continuaron la marcha. La oscuridad

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se iba haciendo más profunda a medida que avanzaba la noche, y una sombra más densa se alzaba ante ellos. Las estrellas salpicaban la bóveda celeste como polvo de diamantes. Desde alguna parte llegó una débil brisa.

Mucho después de medianoche, tras un par o tres de descansos, Stobo dijo:

—Hágase cargo de la patrulla, Wells. Espere aquí.

Y desapareció con Charley Boren.

Wells desmontó y se sintió más solo que nunca. Sus sentidos estaban anormalmente excitados, y falsas sombras empezaron a moverse a su alrededor, mientras sus oídos se llenaban con un millar de sonidos. Dio una vuelta completa a la patrulla. La voz del sargento O’Mara llegó a él desde poco más de un brazo de distancia.

—¿Decía algo, mi teniente?

—No —dijo Wells, pero experimentó una sensación de alivio.

—No hay noches más oscuras que las de Arizona —dijo O’Mara en su tono tranquilizador—. Como si el buen Dios estuviera avergonzado del esplendor de sus días y lo compensara con la oscuridad nocturna.

Stobo y Charley Boren regresaron al cabo de un largo rato. La columna se puso de nuevo en movimiento. El terreno que pisaban era ahora ascendente. De pronto, Stobo murmuró:

—El Pico del Indio…

Wells calculó que en aquel momento eran las tres de la mañana. Pasaron por un estrecho sendero abierto entre las rocas. El viento tenía ahora la inconfundible fragancia de los pinos.

Stobo dijo:

—O’Mara, vamos a dejar los caballos aquí.

Al poner los pies en el suelo, Philip experimentó un intenso dolor; los tenía casi insensibles. Los músculos de las pantorrillas le pesaban como plomo. El sol había requemado su rostro, y al volver la cabeza el cuello de su camisa irritaba su recocida piel. En la lejana línea del horizonte se había encendido una débil claridad, preludio de la aurora. Stobo murmuró:

—Aquí…

La columna se aplastó contra el suelo. A los oídos de Wells llegó el ladrido de un perro muy lejano. Se sentó, apoyando la espalda contra una roca.

Algo le golpeó en las costillas. Abrió los ojos y se avergonzó al darse cuenta de que se había quedado dormido. Parke Stobo murmuró:

—A partir de este momento no se separe de mi lado.

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A la gris claridad del amanecer, Wells vio la patrulla aplastada contra una especie de parapeto de roca. Detrás de ellos el terreno cubierto de pinos descendía gradualmente. Volviéndose, Wells vio a Charley Boren, arrodillado, mirando por encima del parapeto natural. Wells percibió un olor a madera quemada. Charley Boren se apartó del parapeto y se colocó el sombrero más firmemente en la cabeza. Miró a Stobo y asintió. O’Mara miró el rostro del teniente y captó una indicación; y el sargento alzó la mano haciendo una señal a sus hombres.

Wells tenía la boca completamente seca. Los soldados estaban apoyados en el parapeto, de rodillas, como si rezaran. El trompeta Martín, cuyo puesto estaba oficialmente detrás del mando de la patrulla, se arrastraba sobre el estómago, y sus juveniles labios se abrían en una sonrisa a través de una sólida máscara de polvo alcalino. Charley Boren se ajustó de nuevo el sombrero y dio un mordisco a su pastilla de tabaco. El soldado Eads, junto a Wells, inclinó su delgado rostro y dejó escapar un profundo suspiro. Wells pensó que no se trataba de la reacción de un hombre asustado, sino más bien el gesto de alguien que se ve mezclado en un asunto desagradable por el cual no siente el menor interés. Parke Stobo hizo otra señal, se puso en pie y cruzó el parapeto de roca. Toda la patrulla se levantó inmediatamente.

En aquel momento, empuñando su revólver de reglamento, Philip Wells vio la escena con toda claridad. Delante de ellos, a un centenar de yardas, las grises nieblas matinales se abatían sobre un claro entre los altos pinos. Allí ardía un fuego y los indios acababan de levantarse; y vio a una squaw. En aquel instante los soldados se lanzaron a la carga profiriendo feroces aullidos y sus fusiles empezaron a romper el silencio de la mañana.

Vio a los apaches caer, y tambalearse, y correr. Algunos de ellos se lanzaron en busca de los caballos trabados en el lindero del claro. Los fusiles de la patrulla enfocaron aquel rincón, abatiendo indios y caballos juntamente. La escena era dantesca, con los aullidos de los soldados mezclados con los gritos de los apaches en retirada y con el estampido de los disparos, todo ello entre nubes de polvo. Wells se encontró a sí mismo delante de la squaw, que empuñaba un largo cuchillo, disponiéndose a atacarle. Desvió la punta del arma con su revólver y notó el roce del acero al rasgarle la piel del brazo. El soldado Eads apareció en aquel momento y puso fuera de combate a la squaw. Un indio saltó como un gato y disparó contra Wells a quemarropa. La pólvora chamuscó el rostro de Wells, el cual disparó a su vez y vio cómo el salvaje se desplomaba sin vida.

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Les vio levantarse y les vio caer. Todo era una mezcla de gris, y azul, y pardo. Los apaches corrían alocadamente y los caballos se desplomaban sobre sus patas delanteras. El sargento O’Mara apareció junto a Wells y disparó dos veces, y Wells, girando sobre sí mismo, vio caer a un indio medio desnudo. O’Mara aulló:

—¡Cuidado, teniente!

Pero la lucha podía darse por terminada: los indios supervivientes huían a todo correr perseguidos por los disparos de los soldados. Y de repente los disparos cesaron y un pesado silencio envolvió aquel claro situado en las altas laderas del Pico del Indio. Wells vio caballos y apaches caídos en el suelo. En cuanto a él, no podía recordar lo que había hecho, y casi se sorprendió al encontrarse empuñando un revólver descargado.

El trompeta Martín se llevó el instrumento a los labios y tocó llamada.

Parke Stobo, con el rostro muy serio, se acercó a Wells y le dijo:

—¡Muy bien, teniente!

Los soldados renunciaron de mala gana a perseguir a los fugitivos. Wells vio al soldado Eads caído en el suelo, muerto, junto al fuego del campamento.

—Esto es todo —dijo Stobo.

Dirigió una larga mirada a Eads, caído en el suelo…

A última hora de la tarde, la patrulla de Parke Stobo llegó al puesto número uno de Fort Tonto con el cadáver del soldado Eads colgado en su caballo.

Wells desmontó con grandes dificultades después de treinta y seis horas de cabalgar sin descanso.

Parke Stobo le dijo al coronel:

—Informe al regreso de la patrulla, mi coronel. Una banda al mando de Tansan atacó el rancho de Pete Kemmel y asesinó a todos sus moradores. Perseguimos a los asesinos y conseguimos darles caza en Salduro Park, matando a varios de ellos y dispersando al resto. Lamento tener que informarle de la pérdida del soldado Eads.

—Muy bien, teniente.

Charley Boren estrechó la mano del teniente Parke Stobo y estrechó la mano del teniente Philip Wells…, un apretón tan breve e impersonal como siempre. Philip Wells se encaminó a su alojamiento, sintiendo que las piernas le pesaban como plomo, sin oír la observación que Stobo le hacía en voz baja al coronel:

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—Ya está maduro, mi coronel…

Wells encendió una vela e inmediatamente llenó la palangana de agua y hundió ávidamente el rostro en ella, bebiendo como un animal sediento. El agua resbaló hasta empaparle la camisa. Abrió las piernas, sintiéndose oprimido por el calor de su reducida vivienda. Había perdido toda suficiencia. Seguía en pie con dificultad, casi embrutecido por la fatiga. Tenía el quemado rostro cubierto de polvo alcalino y casi no podía mover los labios. A través de una nube rojiza vio su elegante uniforme de gala y la bien alineada hilera de libros. Recordaba a la muchacha de cabellos rubios cuando se fijó en su diario. Con torpe lengua murmuró:

—¡Dios mío!

Extendió la mano y tomó el diario. Lo arrojó a un rincón y se sentó en el camastro para tenderse luego. Quedó dormido incluso antes de poder lanzar otro suspiro.

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EL VIENTO Y LA NIEVE DEL INVIERNO

WALTER VAN TILBURG CLARK

EL sol empezaba a ocultarse en el horizonte cuando Mike Braneen llegó a la última pendiente de la antigua carretera que había conducido a Gold Rock[67], procedente del Este, desde la época de Comstock[68]. La carretera consistía en dos surcos trazados en la dura tierra, bordeados de arbustos, y estaba llena de inclinadas pendientes y de pronunciadas curvas. Descendía más a medida que se acercaba a Gold Rock, en una serie de zig-zags, por la ladera del cañón. Al otro lado del paso había ahora una carretera pavimentada, pero Mike no la utilizaba nunca. Los automóviles que circulaban por ella le molestaban hasta el punto de que no podía dedicarse a pensar a sus anchas, pendiente como estaba de que Annie, su burra, caminara arrimada a la cuneta. A Mike no le gustaban los automóviles, y en la carretera antigua podía olvidarse de ellos por completo. Podía olvidarse también de Annie, excepto cuando el ligero y rápido golpeteo de sus cascos se detenía detrás de él. Pero ni siquiera entonces se interrumpía el curso de sus pensamientos. El golpeteo era como otro sonido de su mecanismo interior, y cuando se detenía él se detenía también y se volvía a mirar lo que estaba haciendo el animal. Cuando echaba a andar de nuevo al mismo paso lento y perezoso, sin mover apenas los brazos, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, no se daba cuenta de que había existido una interrupción del recuerdo o de la historia que estaba rumiando. A Mike no le gustaba que sus

historias quedaran interrumpidas, a no ser por su propia voluntad.

Una luz intensa, dorada, casi líquida, iluminaba los picachos situados encima de él y se extendía hacia Oriente bajo el cielo gris, y la nieve que ocasionalmente hormigueaba a través de aquella luz era fina y seca. Los diminutos copos habían estado cayendo durante todo el día, y sin embargo no podía decirse realmente que había nevado: el suelo estaba casi seco, y sólo en los arbustos veíase una capa de polvillo blanco que el viento había empujado contra ellos. Pero Mike Braneen no se dejó engañar. No se trataba

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simplemente de un día tormentoso: era el comienzo del invierno. Esta noche, o mañana, o pasado mañana, la nieve caería en abundancia hasta convertir el paisaje en una interminable llanura, hasta blanquear el desierto en el espacio de una hora. Cincuenta y dos años de estancia en la región le habían dado a Mike Braneen un seguro conocimiento de tales cosas, aunque no pensaba mucho en ellas, sino en lo que tenía que hacer a causa de ellas. Tres noches antes había sido despertado por un cambio en el viento. No era ya un viento nacido en las cercanas montañas, frío por la noche y por la altura, sino un viento procedente de lugares más lejanos, lleno de una humedad que traspasaba sus mantas y se introducía en sus huesos. Las estrellas eran aún claras y compactas encima de los oscuros picachos de las montañas, y encima de su cabeza las constelaciones se habían movido lentamente en forma de panoplia, pero Mike permaneció despierto un buen rato oyendo al nuevo viento azotar los arbustos a su alrededor, oyendo a Annie relinchar con inquietud y golpear el suelo con los cascos. Medio adormilado, pensó: «El tiempo huele a invierno». Y luego: «Este año se ha retrasado mucho. Estamos casi a finales de diciembre». Luego volvió a quedarse dormido, feliz en sueños porque el cambio significaba que podría regresar a Gold Rock. Gold Rock era la otra mitad de la vida de Mike Braneen. Cuando llegaba el invierno, Mike regresaba siempre a Gold Rock. Desde marzo o abril hasta principios de invierno vagabundeaba por las montañas sin más compañía que la de su burra. Luego cambiaba el tiempo y regresaban indefectiblemente a Gold Rock.

Mike había viajado con muchos burros durante su vida, dieciocho o veinte calculó, aunque no estaba seguro. No podía recordarlos a todos, sino únicamente los primeros que había tenido cuando era joven, y el regreso a Gold Rock significaba para él, por encima de todo, ver mujeres. También recordaba a los que habían tenido alguna rareza, como Baldy, que tenía una amplia matadura a un lado del vientre, o a los que les había ocurrido algo raro como María. Podía recordar lo que había sucedido aquella noche. Había sido en Hamilton. Se había sentido desdichado porque podía recordar Hamilton cuando estaba lleno de gente y de edificios, y todo era nuevo y activo. Se había ido a dormir a uno de los cobertizos de la Wells Fargo, y toda la noche estuvo oyendo el golpeteo de un postigo de hierro contra la pared, movido por el viento. Por la mañana, María se había marchado. Mike había seguido el rastro del animal, fácil de localizar porque a María le faltaba una herradura. El rastro le había conducido hasta el viejo camino de Treasure Hills[69] y allí desapareció junto a las negras gargantas que se abrían como bocas insaciables

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al borde del camino. Un hombre recuerda una cosa como esta. No había muchos burros tan locos. Pero los burros que no tenían ninguna rareza eran difíciles de recordar…, especialmente los que Mike había tenido en los últimos veinte años, aproximadamente, cuando había dejado paulatinamente de apreciarlos de un modo casi personal y había empezado a llamar Annie a todas las hembras, y Jack a todos los machos.

El golpeteo de los cascos detrás de él se detuvo y Mike se detuvo también, volviéndose a mirar. Annie estaba mordisqueando la hierba amarillenta que crecía junto al camino.

—Vamos, María —dijo Mike pacientemente.

La burra dejó de mordisquear la hierba y echó a andar, moviendo el hocico, a ambos lados del cual asomaban los extremos de la hierba que estaba masticando. Mike reanudó la marcha delante de Annie.

Hacía mucho tiempo, también, que no había sido atrapado por un invierno. Mike no podía recordar el tiempo que hacía. Todos los comienzos de los inviernos acudieron juntos a su mente, como si se tratara del comienzo de un solo invierno, tan lejano, que casi lo había olvidado. Sin embargo, podía recordar claramente el invierno que a propósito se quedó en las montañas hasta enero. En aquella época era un hombre joven; tendría treinta y cinco, o cuarenta, o quizá cuarenta y cinco años. Resultaba casi imposible fijar los recuerdos del pasado, ya que sus idas y venidas habían sido tan semejantes, que apenas se distinguían unas de otras. Pero Mike recordaba que había sido joven y que no temía a nada, excepto a quedarse sin agua; ni siquiera le temía al invierno. Se había quedado en las montañas porque creyó que tenía un buen filón y quiso asegurarse. Podía recordar ahora lo que sintió en medio del invierno de las montañas, rodeado de nieve por todas partes. Sabía que había sido joven, porque podía recordar su vagabundeo de colina en colina, entre la nieve blanca y las azules sombras de las montañas, en una especie de vacaciones. Se había engañado a sí mismo diciéndose que iba en busca de un filón e incluso se había llevado el pico y la pala, pero lo único que había hecho era vagar de un lado para otro ociosamente. Tal vez no había cumplido aún los treinta y cinco años, aunque el detalle importaba poco. Lo cierto era que recordaba perfectamente aquel invierno y el tiempo que hizo. Un tiempo «azul intenso», como él lo llamaba. Había dos clases de tiempo azul-intenso, además de invierno propiamente dicho, de la primavera, del verano y del otoño. En la primavera el viento era blando y arrastraba lentamente grupos de nubes que proyectaban su sombra silenciosamente a través de las colinas. En otoño no había nubes en el cielo, pero el aire era dorado y la luz del sol tenía

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una especie de tristeza, muy distinta a la excitación que provocaba en primavera. En primavera un hombre se sentía impulsado a pensar en las mujeres que había conocido o que desearía conocer, o en mujeres imaginarias creadas con la ayuda de las fotografías de actrices o de jóvenes de la buena sociedad que aparecían en los periódicos, o de los cuadros pintados al óleo del Lucky Boy Saloon, en los cuales veíanse mujeres pálidas sobre fondos oscuros y suntuosos: mujeres de cabellos largos o de cabellos rizados, rostros tranquilos y virtuosos, manos y pies pequeños, y exuberantes figuras. En otoño, a pesar de que hacía bastante tiempo que no había visto a una mujer, un hombre se sentía más inclinado a pensar en los viejos amigos, en los hombres o en los lugares de los cuales había oído hablar o que no había visto desde hacía mucho tiempo. El propio Mike pensaba a menudo en Goldfield[70], tal como lo había visto por última vez en el verano de 1912. Goldfield era el lugar más meridional de Nevada que Mike había visitado. Desde entonces no había llegado más al sur de Tonopah. Cuando se acercaba el invierno empezaba a pensar en Gold Rock. De cincuenta y dos inviernos, solamente en tres o cuatro ocasiones había dejado de ir a Gold Rock, a su vieja habitación en casa de mistress Wright, y a sus comidas en el comedor de la International House[71], y al Lucky Boy[72], donde podía charlar con Tom Connover y sus otros amigos, y jugar a cartas, o permanecer sentado, con un vaso en la mano, recordando.

Este viaje había sido un poco distinto de los otros, pensó. Había empezado igual, pero su estado de ánimo no era el mismo. Le parecía que se sentía más joven y más despierto, y al mismo tiempo, y en cierto sentido, se sentía más viejo, repentinamente más viejo. Había estado seguro de que disponía de tiempo más que suficiente, y no obstante había temido verse atrapado por la tormenta de nieve. No había dejado de mirar delante de él para ver si las montañas se recortaban aún claramente contra el horizonte o si, por el contrario, su perfil se ensombrecía con las nubes bajas. Había pensado más de una vez lo malo que sería para él verse atrapado por la tormenta antes de llegar a Gold Rock, y los primeros copos de nieve le habían asustado. También le había asustado la idea de tener que andar hasta tan lejos. No había dejado de pensar en la distancia que le separaba de Gold Rock. Y el frío había ido infiltrándose hacia aquellas partes de su cuerpo que conservaban las cicatrices de antiguas heridas. Se había quitado muchas veces el guante de la mano izquierda para soplarse los dedos que se le helaron cuando tenía sesenta y tres años, de modo que ahora no hacía falta mucho frío para ponerlos blancos y doloridos. El extraño dolor que sentía en la espalda, en el punto

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donde había sido alcanzado por la explosión de un barrilete de pólvora, era más intenso que nunca. También era más agudo el dolor reumático en sus articulaciones y en el lugar por donde se había roto la pierna, en el noventa y siete. Todo esto le hizo creer que andaba más lentamente que de costumbre, aunque sabía que nada podría hacerle cambiar el paso, ni siquiera una tentativa deliberada. En ocasiones incluso llegaba a pensar, con una repentina sensación de temor, que estaba fatigándose.

En cambio, su mente estaba más clara y más fuerte que nunca. Recordaba cosas con una claridad que era como si volviera a vivirlas…, casi todas ellas acontecimientos que se remontaban a muchos años, a la época en que había sido realmente activo y no temía a nada, y cada burro había tenido su propio nombre. Algunos de aquellos acontecimientos, como la noche en que había conocido en Eureka a una pequeña bailarina de pelo castaño, una noche de otoño del año 1888 o 1889, no los había recordado durante años. Ahora podía recordar incluso el nombre de aquella muchacha. Le había dicho que se llamaba Armandy, un nombre muy curioso. Las muchachas de su clase solían cambiarse el nombre y adoptar otro romántico como Cecily, o Rosamunde, o Claire, o Bella, o un nombre duro como Diamond Gert[73], o Horseshoe Sal[74], o un nombre antojadizo como Indian Kate o Roman Mary, pero Armandy era distinta.

Mike podía recordar a Armandy como si estuviera ahora con ella, aunque no el color de sus ojos; acerca de esto último, Mike no recordaba nada en absoluto. Había otras mujeres cuyos rasgos podía recordar más claramente, mujeres a las cuales había tratado más a menudo. Su amistad con Armandy duró un solo día. Recordaba pequeños detalles acerca de ella, cosas que hacían muy agradable el recuerdo. Armandy tenía una habitación en el piso de un hotel. Desde allí podía oírse el sonido de un piano que alguien estaba tocando al otro lado de la calle. Mike podía oír la melodía, una melodía conocida, aunque no sabía su nombre. Era una melodía alegre que se repetía incesantemente, pero que sonaba con cierta tristeza al ser oída a través de la ventana de la habitación de un hotel, con las luces de los bares y de los hoteles brillando en la calle, y la gente paseando arriba y abajo al resplandor de aquellas luces, y luego, detrás de las luces, la oscuridad, en medio de la cual se alzaban las montañas. Armandy llevaba un vestido blanco, de seda, con un corpiño muy alto y un medallón colgando de una cadena de oro. El vestido la hacía parecer más morena y le daba un aspecto juvenil. Llevaba el rostro empolvado con unos polvos que olían a violetas, pero que no ocultaban del todo su color moreno. El medallón tenía forma de corazón y representaba

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a un hombre dando la mano galantemente a una mujer, como si la ayudara a cruzar una calle. El medallón tenía dos iniciales, pero Armandy no le dijo a quién correspondían, ni siquiera si el medallón era realmente suyo. Mike se quedó de pie junto a la ventana contemplando la iluminada calle, y Armandy permaneció de pie a su lado con el hombro apoyado en su brazo y un vaso de vino en la mano. Su enorme sombrero adornado con plumas blancas y negras estaba sobre el tocador, detrás de ellos. La chaqueta de cuero de Mike, forrada de piel de oveja, colgaba de una silla. Una lámpara de aceite ardía en medio de la habitación. Armandy era una muchacha que hablaba en voz baja, cariñosa y un poco asustada, que le miraba continuamente como si se preguntara en qué estaba pensando. Mike estaba de pie con los brazos cruzados. Unos brazos fuertes y musculosos sobre su poderoso pecho. Estaba allí, de pie, con la barbilla oculta debajo de la espesa barba, contemplando a un hombre que cabalgaba por el centro de la calle en dirección Oeste. El caballo era un animal de fina estampa, negro y alzaba orgullosamente las patas y la cabeza al nadar. El hombre se mantenía muy erguido en la silla con las riendas en alto, y algo en sus vestidos y en su sombrero daba la impresión de que iba de uniforme, aunque lo que llevaba no era ningún uniforme. El hombre saludaba también a los amigos que circulaban por la acera, y su saludo recordaba el de un oficial: inclinaba ligeramente la cabeza y se llevaba la mano al ala del sombrero en vez de levantarlo. Mike Braneen le preguntó a Armandy quién era aquel hombre, y luego se enfureció por que ella le conocía y porque era un hombre importante que poseía una mina muy productiva. Se burló de los aires que se daba el hombre y de sus principescos saludos. Se burló ingeniosamente del hombre, y Armandy se echó a reír regocijada, y repitió las palabras de Mike, y le dio un poco del vino que estaba bebiendo como recompensa. Mike había estado bebiendo whisky y no le gustaba el vino, pero aquel no era momento para rechazar una invitación tan agradable.

El viejo Mike recordaba todo esto que el paso de los años había borrado de su mente. No podía recordar lo que Armandy y él habían dicho, pero recordaba todo lo demás, y el recuerdo de Armandy le hizo sentirse muy solo, con una soledad mucho más intensa que de costumbre, que le dio la sensación de que de nuevo era joven. Recuerdos como este habían acudido incesantemente a su cerebro durante los últimos tres días. Era como empezar a vivir de nuevo. Había pensado más de una vez: «El próximo verano daré con un buen filón, apartaré lo necesario para el resto de mi vida y dejaré de vagabundear de un lado para otro como un perro sin amo». Hacía ya mucho tiempo que había dejado de hacerse aquella reflexión.

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En el paso estaba oscureciendo rápidamente. Una racha de viento lanzó contra su rostro un torbellino de nieve con tanta fuerza, que Mike se dio cuenta de que estaba nevando con más intensidad y levantó la mirada. La luz estaba todavía allí, aunque el resplandor iba agonizando en ella y la nieve caía más espesa a través de la moribunda claridad. Mike se acordó de Dios. No pensaba nada concreto. No pensaba en sus propias relaciones con Dios. Sentía simplemente la idea como una presencia reconfortante. Siempre había pensado en Dios cuando contemplaba una puesta de sol, especialmente una puesta de sol que llegaba bajo una tormenta de nieve. Había sido el más fuerte de sus sentimientos hasta que los recuerdos tales como el de Armandy habían empezado. Incluso en este último viaje su extraño temor a la tormenta había penetrado en él un par de veces, pero ahora que había mirado a la luz y pensado en Dios, el temor había desaparecido. Dentro de unos minutos tendría ante sus ojos el espectáculo de la ciudad iluminada. El pensarlo le infundió una sensación de felicidad.

Llevaría a Annie al establo de John Hammersmith, donde la dejaba siempre. Le procuraría paja tierna y comprobaría si el cobertizo estaba convenientemente resguardado de la nieve y del viento. También le diría a John que le sirviera una ración de grano. Luego se marcharía a casa de mistress Wright, al final de la calle Cuatro, y dejaría sus cosas en la habitación que siempre había ocupado, en la parte delantera, con vistas a los tejados y chimeneas de su ciudad y a la pared oriental del cañón, por encima de la cual se alzaba el sol cada mañana. Se recortaría la barba con las tijeras de mistress Wright y se afeitaría la parte superior de las mejillas. Se bañaría en el barreño azul, se secaría el cuerpo con la toalla que tenía bordadas unas flores amarillas y se pondría el traje oscuro de lana, los zapatos negros, recién limpiados, y el sombrero negro que había dejado colgado en el armario de su habitación. Ésta era la ceremonia que ponía fin a la vida del desierto e iniciaba la vida de Gold Rock. Luego se iría a la International House y saludaría a Arthur Morris en el resplandeciente mostrador del bar, y entraría en el comedor y encargaría lo mejor que tuvieran para cenar, a base de carne fresca y verdura, torta recién hecha y dos tazas de café caliente. Le serviría la camarera rubia, regordeta, que siempre bromeaba con él, y no le pondría en la cuenta los pequeños extras con que siempre le obsequiaba en su primera cena, incluidas las bebidas, que Arthur Morris le enviaba siempre desde el bar.

Al llegar a este punto, Mike Braneen notó una leve vacilación en el proceso mental que estaba desarrollando. No podía estar seguro de verse atendido por la camarera rubia y regordeta. Por un momento la vio con su

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larga falda, y el comedor de la International House, detrás de ella, tenía macetas de plantas en los rincones, y estaba lleno de las risas y de las conversaciones en voz alta de muchos clientes que llevaban chalecos altos, y bigotes y barbas. Estaban reclinados hacia atrás ante unas mesas cubiertas de platos vacíos. Se daban palmadas en los chalecos y encendían unos enormes cigarros. Mike conocía todos aquellos rostros. Si hubiese pasado junto a las mesas, todos le hubiesen dirigido la palabra. Pero también le parecía recordar el mismo comedor con unas cuantas mesas únicamente, ante las cuales se sentaban unos jóvenes vestidos con la ropa de trabajo: forasteros que trabajaban para el departamento de carreteras, o que estaban simplemente de paso, y que hablaban de negocios de minas en voz baja o en términos que Mike no comprendía y que le enfurecían.

No, no le atendería la camarera rubia y regordeta. No sabía quién le atendería. No importaba demasiado, después de todo. Terminada la cena, subiría por la Canyon Street hasta llegar al porche del Lucky Boy Saloon, y allí las cosas estarían como siempre. Habría las mismas ramas de laurel en los mismos vidrios opacos de las puertas y la misma muestra sobre la ventana, una muestra que era más vieja que Tom Connover, casi tan vieja como el propio Mike Braneen. Abriría la puerta y vería las botellas, las mujeres blancas de los cuadros colgados de las paredes, la mesa de juego en el rincón más apartado, la enorme estufa y las sillas alineadas a lo largo de la pared. Tom miraría a su alrededor desde su puesto detrás del mostrador.

—Bueno, muchachos, mirad quién está aquí —gruñiría—. ¿Os convencéis ahora de que ha llegado el invierno?

Algunos de los interpelados serían muchachos muy jóvenes, desde luego, e incluso habría algunos forasteros, pero esto no haría más que añadir una nota de dignidad a su recepción, y allí estarían también sus amigos… Henry Bray, con su gran bigote gris, y Mark Wilton, y Pat Gallagher. Todos ellos le acogerían con exclamaciones de júbilo.

—¡Mike! ¿Cómo estás, chico? —gruñiría Tom, dando la vuelta al mostrador para estrecharle la mano calurosamente—. ¿Qué vas a tomar? ¿Lo de siempre? —preguntaría, como si Mike hubiese estado allí no más tarde que la noche anterior.

Mike le seguiría el juego.

—Lo de siempre —diría.

Entonces habría regresado realmente a Gold Rock, y no le importaría la camarera rubia y regordeta.

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Mike llegó al final de la antigua carretera, se detuvo y miró hacia abajo. Por un momento se sintió perdido de nuevo, como lo había estado cuando pensó en la camarera rubia y regordeta. Había esperado ver la Canyon Street mucho más iluminada. Había esperado ver una profusión de ventanas anaranjadas, prolongándose hasta el otro lado del cañón. Pero sólo vio unas cuantas luces dispersas a través de la oscuridad y eran blancas. No daban un resplandor de conjunto: no eran más que unas solitarias agujas de luz que taladraban la oscuridad de un modo individual y secreto. La Canyon Street estaba muy oscura. La calle que Mike tanto amaba sólo estaba iluminada por los escasos faroles del alumbrado público.

—Te estás convirtiendo en un viejo cascarrabias —se dijo Mike Braneen a sí mismo en voz alta, y se sintió mejor. Así era Gold Rock ahora, y él tenía que aceptarlo. Era un lugar que envejecía con un hombre y que algún día tenía también que morir. Y era obligado aceptarlo.

Mike reemprendió lentamente la marcha hacia la Canyon Street, seguido por Annie. Lentamente, con la cortina de nieve detrás de ellos, llegaron a la primera manzana de casas y pasaron por debajo del primer farol. Un trecho de oscuridad, y luego el segundo farol. Entonces Mike Braneen se detuvo en medio de la calle y Annie se detuvo a su lado sacudiendo la cabeza para librarse de la nieve que seguía cayendo. Un enorme camión tuvo que maniobrar en dirección contraria para sortearles. Al pasar junto a ellos el chófer asomó la cabeza por la ventanilla y gritó:

—¡Un poco de cuidado, abuelo! ¡Ahora está usted en la ciudad!

Mike Braneen no le oyó. Tenía la vista clavada en el Lucky Boy. El Lucky Boy estaba a oscuras, y en la ventana encima de la cual campeaba la muestra del establecimiento había unas tablas clavadas. Al final Mike se subió a la acera de tablas para mirar desde más cerca. Annie le siguió, pero se detuvo en el borde de la acera y se rascó el cuello contra uno de los postes del porche. Allí estaba la otra muestra colgando debajo del porche, e incluso al débil resplandor del farol Mike pudo ver que decía Lucky Boy y que tenía pintada una sota de diamantes. No se había equivocado. La muestra del Lucky Boy se agitaba, movida por el viento, debajo del porche.

Se oyeron pasos sobre la acera de tablas. Las tablas sonaban a hueco y de cuando en cuando crujían peligrosamente. Mike Braneen apartó lentamente la vista de la muestra para fijarla en la figura que se acercaba. Era un hombre que llevaba una chaqueta de piel de oveja con el cuello subido. Andaba rápidamente, como un hombre que sabe adonde va, y por qué, y dónde ha estado. Mike estuvo a punto de dejarle pasar de largo. Luego lo pensó mejor.

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—Oiga, amigo…

Incluso alargó una mano como si quisiera agarrar al hombre por la manga, aunque no llegó a tocarlo. El hombre se detuvo y preguntó en tono impaciente:

—¿Diga?

Mike dejó caer lentamente la mano a lo largo de su costado.

—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó el hombre.

Mike movió la mano en dirección al Lucky Boy.

—Está cerrado —murmuró.

—Ya me he dado cuenta, abuelo —dijo el hombre. Se echó a reír. De repente toda su prisa parecía haber desaparecido.

—¿Cuánto hace que está cerrado? —preguntó Mike.

—Desde finales de junio, creo —dijo el hombre—. El viejo Tom Connover, el dueño del local, murió a finales de junio.

Mike esperó un momento antes de preguntar:

—¿Ha muerto Tom?

—Sí. Creo que tenía esto abierto porque le gustaba el lugar. Pero hacía muchos años que había dejado de ser un negocio. Después de su muerte nadie ha mostrado el menor interés por volver a abrir el local.

El hombre dio un paso hacia adelante como disponiéndose a marcharse, pero acabó por volverse y se quedó mirando fijamente a Mike como si tratara de reconocerle.

—¿Este junio? —preguntó éste al fin.

—Sí. Este último junio.

—¡Oh! —dijo Mike.

Y se quedó allí de pie. No pensaba en nada. Al parecer, allí no había nada en que pensar.

—¿Le conocía usted? —preguntó el hombre.

—Desde hacía treinta años —dijo Mike—. No, creo que hacía más tiempo… —Y empezó a calcular desde cuándo conocía a Tom Connover, pero se perdió en el cálculo y añadió, como si lo que decía dejara aclarada la cuestión—: Era mucho más joven que yo, desde luego.

—Oiga —dijo el hombre acercándose más—. Usted es Mike Braneen, ¿no es cierto?

—Sí —dijo Mike.

—¡Vaya! De momento no le reconocí a usted. Lo siento.

—No importa —dijo Mike.

No sabía quién era aquel hombre ni por qué había dicho que lo sentía.

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Volvió la cabeza lentamente y se quedó mirando la calle. La nieve caía ahora con mayor violencia. La calle estaba completamente blanca. Mike vio a Annie con la cabeza debajo del porche y la nieve cayéndole sobre el lomo.

—Bueno, creo que será mejor que lleve a Molly a cubierto —dijo Mike. Dio un paso en dirección al animal, pero inmediatamente se detuvo. —Oiga, amigo…

El hombre había empezado a marcharse, pero retrocedió de nuevo. —Creo que la noticia acerca de Tom me ha trastornado un poco. —Desde luego —dijo el hombre—. Resulta duro enterarse de la muerte

de un viejo amigo.

—¿Por dónde tengo que ir para llegar a casa de mistress Wright?

—¿Mistress Wright?

—Mistress William Wright —dijo Mike—. Su marido era capataz del Aztec. Murió asesinado.

—¡Oh! —dijo el hombre.

No dijo nada más. Se quedó allí de pie, mirando la oscura masa del viejo Mike.

—¿No habrá muerto también ella? —preguntó éste lentamente.

—Siento tenerle que decir que sí, mister Braneen —dijo el hombre—. Mire —añadió en tono más alegre—, lo que usted busca es la casa de mistress Branley, donde pasó el último invierno, ¿no es eso?

Finalmente, Mike dijo:

—Sí, creo que sí.

—Yo voy en aquella dirección. Le acompañaré a usted —dijo el hombre. Echaron a andar, y Mike pensó que sería mejor llevar primero a Annie al establo de Jack Hammersmith, pero no se atrevió a preguntar por él. Bajaron por la Canyon Street, doblaron la primera esquina a la derecha y se adentraron en una calle tan escasamente iluminada como la que acababan de dejar. No había acera, y Annie les seguía pisándoles los talones. A alguna distancia un

farol esparcía una claridad mortecina a su alrededor.

Cuando estaban a medio camino del farol, Mike preguntó:

—¿Murió también ella este verano?

El hombre volvió la cabeza para que el alto cuello de piel no le impidiera oír la pregunta.

—¿Cómo?

—¿Murió ella también este verano?

—¿Quién?

—Mistress Wright —dijo Mike.

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El hombre le miró, intentando verle el rostro al acercarse a un farol. Luego, se volvió de nuevo y su voz quedó algo apagada por el cuello de la pelliza.

—No, murió hace bastante tiempo, mister Braneen.

—Oh —murmuró Mike al fin.

Llegaron por fin a la travesía iluminada y el viento se arremolinó en torno a ellos. Pasaron bajo el farol y sus tres sombras alargadas quedaron ocultas por los innumerables copos de nieve.

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LA LLAMA DE LA FRONTERA

DOROTHY JOHNSON

UN domingo por la mañana, vistiendo un sobrio traje de hombre blanco, un jefe sioux llamado Little Crow[75] asistió a los oficios religiosos de la Lower Agency y más tarde saludó cordialmente al pastor. Aquel domingo

por la tarde, Little Crow, pintarrajeado y emplumado al estilo sioux, dirigió una expedición contra los colonos y llevó a cabo una sangrienta matanza entre ellos. Todo sin previo aviso…

Hannah Harris le habló duramente a su hija mayor, Mary Amanda.

—Te he dicho dos veces que vayas al pozo a buscar más mantequilla[76].

¡Date prisa! Los hombres quieren comer.

Los hombres —Oscar Harris y sus dos hijos, de dieciséis y dieciocho años

— estaban sentados con estólida paciencia en un banco enfrente de la cabaña esperando ser llamados a la mesa.

Mary Amanda soltó el libro que había pedido prestado a un vecino y salió de la cabaña de mala gana. Le gustaba leer y estaba orgullosa de saber leer, pero no volvió a tener otro libro en sus manos en todos los días de su vida. Mary Amanda Harris, en aquel día de agosto de 1862, acababa de cumplir los trece años.

Su hermana menor, Sarah, se dirigía también al pozo a falta de otra cosa mejor que hacer. Estaba saludablemente hambrienta, y el olor de pollo frito la había puesto insoportable, hasta que su madre la advirtió: «¿Es que quieres ganarte un coscorrón?».

Las dos muchachas disputaban mientras recorrían el acostumbrado camino.

—¿Tengo que llevarte siempre pegada a mis faldas? —preguntó Mary Amanda. Deseaba permanecer, sin ser molestada, en el mundo del libro que había estado leyendo.

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Sarah dijo:

—Creo que tengo tanto derecho como tú a andar por aquí.

Se estremeció, no a causa de alguna premonición, sino porque el aire era frío. Miró a través del arroyo y vio un rostro pintarrajeado. Antes de que pudiera terminar su grito, el indio había cruzado el arroyo de un salto y le había tapado la boca.

En la cabaña oyeron aquel grito inmediatamente ahogado. Sabían lo que tenían que hacer; lo habían planeado, porque este día podía llegarle a cualquier granjero de la frontera.

Hannah Harris cogió en brazos al más pequeño de los chiquillos, Willie, y vaciló únicamente el tiempo para gritar:

—¿Y las muchachas?

El padre, ya en el interior de la cabaña, entregó un rifle a su hijo mayor y cogió otro para él. A Jim, que tenía dieciséis años, le gritó:

—El hacha, hijo mío.

Hannah sabía lo que tenía que hacer —correr y esconderse—, pero aquella parte del plan había incluido también a las muchachas. Tenía que hacerse cargo de los cuatro hijos más pequeños, incluido Johnny. Pero estaba demasiado preocupada por el significado de aquel breve grito para ser capaz de cambiar el plan y marcharse sin las muchachas.

Oscar aulló:

—¡Corre a esconderte! ¿Estás loca?

Aquello acabó con su indecisión. Con el pequeño Willie en brazos, echó a correr hacia un lugar junto al río donde los arbustos crecían más altos.

La única razón por la cual Hannah pudo llegar a los arbustos con sus dos hijos menores fue porque los hombres, Oscar y Jim y Zeke, contuvieron a los indios durante unos minutos. Los hombres blancos podían haberse atrincherado en la cabaña y resistir a los atacantes durante un largo período de tiempo, pero los indios hubieran advertido aquella frenética huida hacia los arbustos del río.

Oscar y Jim y Zeke no se defendieron. Atacaron. El padre delante, salieron al encuentro de los indios. La breve lucha sirvió para que los tres fugitivos tuvieran tiempo de esconderse, un tiempo que los hombres pagaron con sus vidas.

Hannah, la madre, escogió otro modo de ganar tiempo. Oyó a los invasores cuando saqueaban la cabaña. Oyó sus alaridos de júbilo cuando encontraron vestidos, y cacerolas, y comida. Permaneció escondida en los arbustos hasta que percibió el olor del humo de la cabaña en llamas. Sabía que

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los indios iban a dedicarse a escudriñar los alrededores para ver lo que encontraban.

Entonces depositó a Willie en los brazos de Johnny y dijo fieramente:

—Cuida de él y no dejes que te lo quiten hasta que te maten.

No le dio ninguna instrucción acerca del modo de encontrar un lugar seguro. Tal lugar quizá no existiera.

Besó a Johnny en la frente y besó a Willie dos veces, debido a que era tan pequeño y estaba tan desvalido, y a pesar de todo no lloraba.

Se arrastró hacia la izquierda, alejándose de los chiquillos, de modo que no pudiera ser vista saliendo directamente de aquel escondite. Luego salió del precario refugio que le ofrecían los arbustos y se dirigió directamente hacia los indios.

Cuando los salvajes se dieron cuenta de su presencia y empezaron a correr hacia ella, vaciló y dio media vuelta. Echó a correr, gritando, hacia el río, como si hubiera enloquecido y no supiera lo que estaba haciendo. Pero ella lo sabía. Lo sabía perfectamente. Hacía exactamente lo que hace una alondra cuando su nido está amenazado: salir a campo abierto, gritando con frenesí, para que los perseguidores no capturen a las crías.

Pero la alondra obra por instinto, no de un modo premeditado. Hannah Harris tuvo que luchar con su instinto, que era el de tratar de salvar su propia vida.

Cuando unas manos como garras la cogieron, se cubrió los ojos con el brazo para no ver llegar a la muerte…

De las dos muchachas, sólo Sarah gritó. Mary Amanda no tuvo tiempo de hacerlo. Una maza, manejada por un brazo fuerte, chocó contra su cabeza.

Sarah Harris oyó el ruido de la breve escaramuza y reconoció la voz de su padre, pero no llegó a ver los cadáveres. Uno de los indios se apoderó de ella sin dificultad. Era una chiquilla delgada de nueve años.

Mary Amanda estaba inconsciente y pudo haberse ahogado, sólo que su guardián la sacó del arroyo y la dejó sobre la orilla boca abajo.

Las muchachas no volvieron a ver su cabaña. Sus captores les ataron las manos a la espalda y reemprendieron el camino por el que vinieran para reunirse con la banda de indios en pie de guerra. Las muchachas estaban demasiado asustadas para llorar o para hablar. Echaron a andar por entre la maleza.

Mary Amanda cayó muchas veces. Finalmente, en una de sus caídas se quedó quieta, esperando morir, mientras sollozaba quedamente. Su guardián gruñó y alzó su maza.

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Sarah se lanzó contra él. Tenía las manos atadas, pero sus pies estaban libres y podía correr.

—¡No le haga daño a mi hermana! —gritó—. ¡No lo haga, le digo! Inclinó la cabeza y arremetió contra él.

El indio, que no había tratado nunca con personas blancas y sólo las había visto a distancia, quedó asombrado e impresionado por la valentía de la muchacha. Todo lo que sabía de las muchachas blancas era que echaban a correr gritando y luego eran capturadas. Pero esta chiquilla tenía la misma furia, desesperada y salvaje, de sus propias mujeres.

El encontronazo le había hecho perder el aliento, pero estaba divertido.

Ayudó a la mayor de las muchachas a ponerse en pie.

La madre, Hannah, fue conducida por el mismo camino, a cosa de una milla detrás de ellos, pero no sabía que sus hijas estaban aún vivas. A una de ellas volvió a verla seis años más tarde. A la otra no la vio nunca más.

Durante horas caminó y rezó:

—¡Dios mío! Ten misericordia de mí y haz que me maten rápidamente… Cuando no lo hicieron, sintió renacer su esperanza, y cuando acamparon

aquella noche empezó a preguntar tímidamente: —¡Dios mío! ¿Podrás ayudarme a escapar?

Aquella noche no le dieron comida ni agua. Un indio la había atado de un modo seguro.

Al día siguiente sus captores se unieron a una banda que transportaba mucho botín y otras tres mujeres blancas. Las tres eran más jóvenes que Hannah. Esto fue lo que la salvó.

Siendo ya una anciana, Hannah lo contó del modo siguiente:

—Rogué a Dios que me ayudara a escapar, y Él hizo que los indios me dieran la espalda y se metieran en el bosque, y así fue cómo pude huir.

Lo que no contó fue que seguía oyendo los gritos de las otras mujeres blancas incluso cuando estaba lo bastante lejos de ellos como para echar a correr.

Corrió a través de los árboles, escondiéndose a cada ruido, rezando para encontrar un camino, pero aterrorizada cuando llegaba a uno de ellos por miedo a que hubiera más indios. Cuando finalmente se decidió a seguir uno de aquellos caminos, tenía un compañero, un lanudo perro.

Durante, dos días se alimentó de bayas. Luego sorprendió al perro comiéndose un lagópodo que había cazado y trató de quitárselo, pero el perro

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gruñó.

—¡Perrito guapo! —murmuró Hannah—. ¡Mi viejo Seppy!

Siguió murmurando palabras cariñosas hasta que el animal — probablemente porque se había comido ya otro pájaro y no tenía hambre— dejó que cogiera los ensangrentados y mordidos restos del lagópodo. Hannah lo desplumó con dedos temblorosos, lavó la carne en el arroyo y se la comió mientras andaba.

A la mañana siguiente percibió un olor a leña quemada y se arrastró a través de la maleza hasta que pudo ver un claro. Vio a varias personas blancas enfrente de una cabaña y mucho bullicio. Oyó el llanto de unos chiquillos y las autoritarias voces de las mujeres. Entonces se puso en pie y corrió hacia la cabaña gritando, con el perro saltando y ladrando a su lado.

Una de las histéricas mujeres empuñó un rifle y le disparó un tiro a Hannah antes de que un hombre gritara «¡Es blanca!» y corriera a su encuentro.

En aquella cabaña o cerca de ella había dieciséis personas refugiadas de otras granjas. Hannah Harris no cesó de preguntar mientras comía como un lobo:

—¿Ha visto alguien a dos chiquillas? ¿Ha visto alguien a un muchacho y un niño?

Nadie les había visto.

Las asustadas mujeres de la cabaña estaban ocupadas con sus hijos, pero Hannah Harris ya no tenía hijos; ella, que había tenido cuatro niños y dos niñas. Vagó entre los refugiados preguntando:

—¿Puedo ayudarles en algo? ¿Hay algo que yo pueda hacer?

Una anciana muy atareada le dijo con ruda simpatía:

—Mistress Harris, lo mejor será que se tumbe un poco a descansar y trate de dormir. Está usted agotada.

Hannah Harris comprendió que allí no había sitio para ella. Salió de la cabaña y se tumbó en la hierba, en un lugar sombreado. Se quedó dormida, aunque no tardaron en despertarla el llanto de los chiquillos y las voces de las mujeres.

De pronto oyó unas voces conocidas y corrió hacia la parte delantera de la cabaña. Vio a dos hombres que llevaban una improvisada camilla.

Sobre la camilla estaba tendido Johnny, con el niño en brazos, y los dos estaban llorando.

Arrodillándose, Hannah vio que los pies de Johnny estaban ensangrentados y pensó con horror: «¿Le han hecho eso los indios?». Luego

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recordó: «No, cuando echamos a correr iba descalzo».

Johnny no quería soltar al niño ni siquiera cuando su madre se lo pidió. Estaba muy delgado y las costillas se le marcaban debajo de la camisa hecha jirones. Sus ojos estaban parcialmente abiertos y mantenía los labios muy apretados. Sólo estaba medio consciente, pero conservaba la fuerza suficiente para apretar entre sus brazos a su hermanito, que lloraba de hambre y de miedo.

Hannah repitió su petición, esta vez en tono más firme:

—Johnny, puedes soltar ya al niño. Puedes soltar a Willie. Soy tu madre…

Johnny abrió los brazos.

Durante el resto de su vida, y vivió otros cincuenta años, sufrió continuas pesadillas y a menudo se despertaba gritando.

Con dos de sus hijos allí, Hannah se había equiparado a cualquiera de las otras mujeres. Discutió con ellas para obtener comida, para encontrar ropa con que envolver los lastimados pies de Johnny, para conseguir un poco de espacio para que sus hijos pudieran dormir.

Durante unos cuantos meses consiguió un hogar para sus hijos cuidando la casa de un viudo llamado Lincoln Bartlett, cuyas dos hijas habían sido asesinadas por los indios en una cabaña vecina. Luego se casó con él.

El pequeño, Willie, no vivió mucho tiempo a pesar de los sacrificios que por él se habían hecho. Murió de difteria. Mientras Link Bartlett cavaba una pequeña fosa, Hannah permaneció sentada, muy triste, pero con los ojos secos, sosteniendo el cuerpecito inmóvil entre sus brazos.

Johnny, que no estaba muy bien de la cabeza, exclamó bruscamente:

—Después de todo no ha servido para nada, ¿verdad?

Y su madre comprendió. Le habló con firmeza:

—¡Oh, sí! Sí que ha servido. Lo que has hecho no ha sido inútil. Ahora está muerto, pero ha muerto en mis brazos, con un techo sobre su cabeza. Sé dónde está enterrado. No es igual que si los indios le hubieran matado en algún lugar desconocido para mí.

Con el cadáver en brazos cruzó la habitación y lo colocó tiernamente en la caja que había sido la cama de Willie y que ahora sería su ataúd. Se volvió hacia su otro hijo y murmuró:

—Johnny, ven a sentarte en mi regazo.

Era un muchacho ya mayor, puesto que había cumplido los doce años, y quedó intrigado por aquella invitación, del mismo modo que le intrigaban

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otras muchas cosas. Se sentó torpemente sobre las rodillas de su madre y torpemente permitió que ella le recostara la cabeza sobre su hombro.

—¿Cuánto tiempo hace que tu madre no te ha besado? —preguntó Hannah.

—No lo sé —respondió Johnny.

Hannah le besó en la frente.

—Eres mi niño querido. Eres mi Johnny…

El muchacho permaneció inmóvil entre los brazos de su madre, muy intrigado. Al cabo de un rato, no sabiendo por qué era necesario llorar, rompió en sollozos y su madre le meció dulcemente. Ella no tenía ya lágrimas que derramar.

Entonces Johnny dijo algo que había pensado muchas veces con la suficiente frecuencia como para estar seguro de ello.

—Él era quien más importaba, ¿verdad? Hannah se le quedó mirando sorprendida.

—Era hijo mío y le quería —dijo—. Estaba preocupada por él…, pero confié en ti.

El muchacho se removió inquieto. Su madre inclinó la cabeza.

—Nunca te lo he dicho porque creí que lo sabías. Cuando lo dejé en tus brazos aquel día, puse más confianza en ti que la que había puesto en Dios.

Aquello fue uña cosa que Johnny recordó siempre: el momento en que su madre le hizo comprender que por unos momentos había sido más importante que Dios.

Las hermanas Harris fueron vendidas dos veces; la segunda vez a un guerrero sioux llamado Runs Buffalo[77], cuyo pueblo vivía muy al Oeste.

Sarah gozaba entre los indios de los privilegios de una niña. Era alimentada y cuidada como las chiquillas indias, y tenía más libertad de la que había tenido en la cabaña que fue quemada. Al igual que las otras chiquillas, gozaba de más libertad que los muchachos. Sus responsabilidades no empezarían hasta dentro de tres o cuatro años. Cuando llegara el momento sería iniciada en los secretos del paciente trabajo de las mujeres, sería preparada para convertirse en una esposa útil. Pero, mientras fuera pequeña, podía jugar.

Mientras los muchachos aprendían a disparar y a seguir huellas, mientras ponían a prueba su resistencia y su fortaleza, las chiquillas jugaban y reían al sol. Sarah no tenía siquiera un niño a quien cuidar, debido a que era la

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chiquilla más joven del tipi[78] de Runs Buffalo. Era un capricho, la niña mimada, y lo único que no podía hacer sin peligro de ser castigada era profanar los objetos sagrados. En cierta ocasión, en su casa, su padre la había abofeteado porque colocó un plato encima de la gran Biblia familiar. En el poblado indio aprendió a no tocar los amuletos medicinales y a mantenerse silenciosa en presencia de hombres que comprendían los misterios religiosos.

Mary Amanda, por su parte, pasaba hora tras hora manejando herramientas de hierro y de hueso, debido a que este era un trabajo de mujeres y ella era casi una mujer. Las muchachas indias que la rodeaban discutían de las mismas cosas y con las mismas palabras que las muchachas blancas. «¡Eres una…!». «¡No lo soy!».

Las muchachas indias aprendían algunas palabras de inglés. Sarah aprendió el idioma sioux tan rápidamente, que no necesitaba el inglés para nada, y hubiera dejado de hablarlo totalmente de no haber sido por la insistencia de su hermana mayor.

Mary Amanda aprendió a ser humilde a base de golpes. Para ella todas las cosas acerca de los indios eran discutibles. Aprendió su lenguaje sencillamente para evitar el verse despreciada por las ancianas de la tribu, las cuales estaban menos asombradas de la ignorancia de sus habilidades que de su mala disposición de ánimo para aprender el trabajo que para una mujer era un privilegio realizar. Si hubiese sido más dócil podría haber gozado de una posición de privilegio en la tribu. Pero era una esclava rebelde. Mary Amanda recordaba lo que Sarah olvidaba a menudo: que era blanca. Mary Amanda no perdió nunca la esperanza de ser rescatada algún día. El nombre que los indios le dieron fue el de La Extranjera.

Cuando trataba de llevarse a Sarah aparte para hablar inglés, la anciana del tipi refunfuñaba.

Mary Amanda hablaba humildemente en sioux:

—Bluejay (los indios llamaban así a Sarah) está olvidando el hablar como nuestra propia gente. Quiero que sepa cómo hablar.

La anciana gruñía.

—Ahora sois indias.

Y Mary Amanda replicaba:

—Para los indios es bueno saber hablar como hablan los blancos.

El argumento era válido. Una mujer intérprete no sería admitida nunca en las reuniones de jefes y caciques, pero ¿quién podía decir que aquella habilidad no pudiera ser útil en alguna ocasión? Entonces se autorizaría a las muchachas para que hablaran en inglés, pero Sarah prefería el sioux.

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Cuando La Extranjera cumplió los dieciséis años tuvo cuatro pretendientes. Sabía lo que un joven quería decir cuando enviaba un regalo a su tienda y luego permanecía en pie delante de ella, envuelto en una manta y en silencio.

Cuando llegó el primer joven, Mary fingió no darse cuenta y la anciana lo fingió con ella, pero en el interior de la tienda se oyeron murmullos en voz baja, ya que todo el mundo se preguntaba si La Extranjera iba a salir, tal vez con el pretexto de ir a buscar agua al arroyo.

Sarah la apremió.

—Anda, sal. Lo único que tienes que hacer es dejar que te rodee los hombros con su manta y hablar. Sal. Otras muchachas lo hacen.

—Lo hacen las muchachas indias —replicó tristemente Mary Amanda—.

A las muchachas blancas no las cortejan de ese modo.

Los jóvenes eran pacientes. A veces había hasta tres de ellos sentados en la oscuridad silenciosos y esperando. Eran jóvenes casaderos, hábiles en la caza y en la captura de caballos, de probado valor, iniciados en los misterios de los hechizos protectores. Todos ellos habían contado coup[79] en alguna batalla.

Mary Amanda se sentía arrastrada hacia la abertura de la tienda. ¡Sería tan fácil salir!

Preguntó a Sarah humildemente:

—¿Crees que tienen derecho a comprar a sus esposas como lo hacen? Desde luego, los parientes de la muchacha entregan otros presentes a cambio.

Sarah se encogió de hombros.

—Aquí no existe otro medio. Si yo estuviera en tu lugar habría salido corriendo. ¡Espera a que sea mayor! —recordó a su hermana algo que ella se complacía en olvidar—. No tienen necesidad de esperar a que te decidas. Pueden venderte a un viejo como tercera esposa…

Cuando Mary Amanda cumplió los diecisiete años, un hombre de cuarenta, que tenía una esposa que estaba envejeciendo, la miró con buenos ojos. Mary Amanda se decidió. Una cálida noche de verano se puso en pie sin decir una palabra a nadie, abrió la abertura de la tienda y salió al exterior. Temblaba de pies a cabeza al pasar por delante de Hawk[80] y de Grass Runner[81], eludiendo sus ávidas manos. Se detuvo delante de un joven llamado Snow Mountain[82]).

El joven quedó sorprendido, tan sorprendido como las mujeres de la tienda. Cortejar a La Extranjera se había convertido casi en una tradición entre los jóvenes, debido a que parecía inalcanzable y el espíritu de lucha

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presidía sus vidas. Rodeó los hombros de la muchacha con su manta y notó que el corazón de La Extranjera latía tumultuosamente.

No le dijo que era bonita. Le dijo que él era valiente y astuto. Le dijo que era un hábil cazador y que en su tienda no faltaba nunca la carne. Tenía muchos caballos, la mayoría de ellos robados a los crows[83] en rápidas y desesperadas incursiones.

Mary Amanda dijo:

—Tú darás caballos para comprar lo que deseas. ¿Te dará Runs Buffalo algún presente a cambio?

Esto era terriblemente importante para ella. El intercambio de regalos constituía en sí mismo la ceremonia. Si se entregaba a él sin dar nada, quedaría deshonrada.

—No puedo pedirlo —dijo él—. Lo hará el hermano de mi madre.

Pero Runs Buffalo se negó.

—Vendo a la mujer blanca a cambio de caballos —dijo—. Me pertenece.

Yo pagué por ella.

Mary Amanda entró sin ninguna ceremonia, un día de otoño, en la nueva tienda de Snow Mountain. Entró sin orgullo, sin dote. La tienda era nueva y bonita, estaba equipada con todos los utensilios necesarios, pero todos aquellos utensilios pertenecían a su marido, no eran suyos. Cuando ella se echó a llorar, su marido la consoló.

Para ella no hubo luna de miel. Su conciencia la obligaba a trabajar duramente para compensar a Snow Mountain por los presentes que no le habían sido entregados. Pero ya no era una esclava, era una reina en su propia tienda. Una anciana, parienta de la madre de su marido, vivía con ellos para hacer los trabajos más pesados. El hermano más joven de Snow Mountain vivía con él, ayudándole a cazar y aprendiendo las cosas que un hombre necesita saber.

Mary Amanda era una esposa feliz… excepto cuando recordaba que no había nacido india. Y siempre estaba pensando que la mayoría de los guerreros tenían dos esposas y que a menudo las dos esposas eran hermanas.

—Trabajas demasiado —le decía Snow Mountain—. En cambio, tu hermana no trabaja bastante.

—Es muy joven —le recordaba La Extranjera, disculpando la pereza de su hermana.

Snow Mountain dijo:

—Cuando sea mayor, tal vez la traiga aquí.

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Más tarde supo que su marido había dicho aquello por cariño hacia ella. Pero el pensar en Sarah como su rival en la tienda, como su hermana-esposa, heló el corazón de Mary Amanda. Se limitó a contestar:

—Bluejay es joven.

Sarah Harris, conocida como Bluejay, tenía ya dos pretendientes a pesar de que acababa de cumplir los catorce años. Uno de ellos era solamente un par o tres de años mayor que Sarah y no era adecuado para marido; tenía pocos honores de guerra y era muy poco respetado, excepto por sus padres. El otro era mayor, un joven guerrero llamado Horse Ears[84], muy apropiado, y en realidad mucho mejor de lo que la caprichosa muchacha tenía derecho a esperar.

Cuando Sarah visitó a su hermana, le habló de los dos jóvenes.

Mary Amanda se horrorizó.

—¡Oh, no! Eres demasiado joven para casarte. Debes esperar un par de años, quizá tres. Sarah, algún día regresarás a casa.

Dos años después de la matanza empezó a esparcirse el rumor de que las hijas de Harris estaban vivas, pero su madre no se atrevió a creerlo. El rumor llegó a oídos de Link Bartlett, el segundo marido de Hannah, de labios de un soldado del fuerte, el cual lo había recogido de otro soldado, que se había enterado a través de un comerciante blanco, que había obtenido la noticia de boca de un cheyenne. El rumor aseguraba que las dos hermanas blancas estaban en un poblado sioux situado muy al Oeste. Constantemente corrían rumores parecidos. Después de aquella famosa incursión habían desaparecido doscientas mujeres.

Pasaron otros dos años antes de que pudieran convencerse de que en aquel poblado había efectivamente dos hermanas blancas, y que eran probablemente las hijas de Harris.

Tuvo que pasar otro año para que el comandante de las tropas que guarnecían el fuerte más próximo al poblado se convenciera y empezaran las negociaciones para su rescate.

Link Bartlett reunió todo el dinero que pudo —vendió algunas de sus mejores tierras— para comprar los regalos para aquel rescate.

En el sexto año de su cautiverio, un destacamento de caballería fue enviado al poblado sioux con una delicada misión diplomática: encontrar y comprar a las muchachas si ello era posible.

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Link Bartlett tenía ensillado su caballo y estaba dispuesto a salir de la cabaña, para marcharse con los soldados, cuando Hannah gritó:

—¡Link, no te vayas! ¡No te vayas dejándome sola con los niños!

Los niños eran Johnny y un rapaz de dos años llamado Lincoln, como su padre, el último hijo que Hannah había tenido.

Link trató de tranquilizarla.

—Vamos, Hannah, ya sabes que decidimos que yo acompañaría a los soldados para tratar de encontrarlas…

—No voy a dejar que te marches —exclamó Hannah—. Si los soldados no pueden prescindir de ti, ¿qué clase de soldados son? —Entonces se dejó caer de rodillas y se agarró a sus piernas. Murmuró—: Link, si te perdiera a ti, me moriría.

Aquella fue la única vez que Hannah le confesó que le amaba. Link no se lo había preguntado nunca. Se quedó en casa porque ella deseaba que se quedara.

El hijo de Mary Amanda tenía seis meses cuando las muchachas se enteraron de que existían posibilidades de que fueran rescatadas.

Un día el pregonero del campamento recorrió todas las tiendas con la noticia:

—Mujeres, deben quedarse en el campamento protegiendo a los niños en un lugar seguro. Hay peligro. Algunos soldados blancos han acampado al otro lado de las colinas. Tres hombres han salido a parlamentar con ellos. Los tres hombres son Runs Buffalo, Big Moon[85] y Show Mountain.

Mary Amanda no le preguntó nada a Snow Mountain. Le contempló mientras se alejaba con los otros hombres y se sentó en el suelo delante de su tienda dándole el pecho a su hijo. Bluejay llegó a la tienda de su hermana y las dos muchachas se sentaron juntas en silencio mientras pasaban las horas.

Los hombres del campamento sioux no regresaron hasta tres días más tarde. Cuando Snow Mountain estuvo dispuesto a hablar, dijo:

—Los soldados blancos van en busca de dos muchachas blancas. Traen regalos para pagar si las muchachas blancas desean marcharse.

Mary Amanda respondió:

—¡O-o-oh!

La exclamación fue una especie de suspiro, como un hálito de la brisa que acaricia la verde pradera.

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En la oscura y sombría cara de Snow Mountain no había ninguna emoción. Miró a Mary Amanda largo rato y luego miró al niño. Luego dio media vuelta sin decir nada. Mary Amanda le llamó, pero él no respondió a su llamada. Sintió la mirada de los oscuros ojos, oyó los comentarios en voz baja. Volvía a ser una extraña, como no lo había sido durante mucho tiempo.

Las muchachas se enteraron de que en el parlamento con los soldados no se había acordado nada definitivo. Los soldados se presentarían de un momento a otro con regalos para el rescate, y si los regalos eran bastante buenos se entablarían negociaciones y regateos. Mary Amanda experimentó súbitamente la necesidad de preparar a Sarah para la vida entre su propio pueblo. Le recordó todas las cosas que creyó podían serle útiles.

—Tendrás que cocinar en un fogón —le dijo— y coser con hilo, y tendrás que aprender a hacer calceta.

Bluejay murmuró:

—Quiero que vengas conmigo.

—Él no me dejaría marchar, desde luego —respondió Mary Amanda en tono complacido—. No dejaría que me llevara al niño, y yo no me marcharía sin él. Diles que tengo un marido bueno. No te olvides de decírselo.

Por la noche, recordando el paraíso perdido de la cabaña quemada, recordando la vida que había llevado hacía tanto tiempo, lloró un poco. Pero ni siquiera se le ocurrió la idea de empezar a conquistar a Snow Mountain para que la dejara marchar. Ella le había ofendido, pero no tardarían en hacer las paces. Snow Mountain no le había dirigido la palabra desde que la había sometido a prueba diciéndole el rescate que había sido ofrecido.

Ni siquiera le dijo que iba a marcharse. Dio órdenes a la anciana en la tienda y discutió planes con su hermano menor, pero ignoró por completo a su esposa. Dijo que saldría con otros cuatro hombres a robarles caballos a los Crows. Mary Amanda se estremeció.

Antes de marcharse con sus compañeros pasó algún tiempo jugando con el niño, haciéndole saltar en sus rodillas y riéndose cuando el niño se reía. Pero no le dijo nada a Mary Amanda, y todo el poblado sabía que estaba enojado con ella y que ella merecía aquel enojo.

Sus manos y sus pies estaban completamente fríos mientras contemplaba alejarse a su marido, y su corazón estaba lleno del temor que forma parte de la vida de toda mujer india: «Tal vez no regrese nunca…».

Hasta que los soldados blancos no se presentaron a parlamentar no comprendió cuán cruelmente había herido a su esposo.

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Soñaba en su hogar mientras esperaban noticias de las negociaciones, y trató de que Bluejay compartiera aquellos sueños.

—Encontrarás las cosas algo distintas, pero mamá te pondrá al corriente. Seguro que mamá se deshace llorando cuando te vea llegar… —Los ojos de Mary Amanda se llenaron de lágrimas al imaginar aquel encuentro—. No recuerdo haberla visto llorar nunca —añadió pensativamente—, pero seguro que alguna vez debió hacerlo… Mamá tiene que haberse preocupado de este rescate. ¿Quién podría haberlo hecho sino ella? Me pregunto si consiguió salvar a Johnny y a Willie. Dile que hablo mucho de ella. No te olvides de decírselo, Sarah. Y cuéntale lo guapo que es mi hijo.

Bluejay, anormalmente silenciosa, soñaba con los ojos abiertos en la reunión, en el casi olvidado paraíso que iba a encontrar…

—Háblale a mamá de Snow Mountain —le recordó Mary Amanda a su hermana—. No te olvides de hacerlo. Dile que es un gran cazador, que tenemos todo lo que necesitamos y más. Y que todo el mundo le respeta. Dile que es bueno para mí y para el niño… Pero no se te ocurra hablarle de los robos de caballos. No lo comprenderían… Y no digas una sola palabra acerca de las cabelleras. Si alguien te habla de eso, dile que nuestros hombres desconocen esa práctica.

—Eso sería una mentira —replicó Sarah—. Hace falta ser valiente para detenerse a arrancar una cabellera cuando hay otros que intentan matarle.

Al mirar a su hermana, Mary Amanda comprendió que a Sarah no se le había ocurrido la idea de que arrancar la cabellera a un hombre fuese una cosa mala.

—Tendrás que olvidar muchas cosas, querida —la advirtió con un suspiro.

Poco después, Big Moon, el brujo, se presentó en la tienda de La Extranjera. Llevaba algo envuelto en piel de gamo.

—Diles a los soldados los nombres de la gente que había en tu tienda antes de venir con los sioux —dijo Big Moon entregándole el envoltorio que llevaba en la mano—. No están seguros de que seáis las mujeres que buscan.

En el envoltorio había una cuartilla y un lápiz negro.

Sarah se acercó a su hermana y miró fascinada cómo ésta escribía cuidadosamente en una cuartilla:

«Popa, Moma, Zeke, Jim, Johny, Wily»[86].

Cuando terminó, Mary Amanda estaba sin aliento. Cogió a Sarah por el brazo:

—¡Ahora es cuando creo de veras que vas a regresar a casa!

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Sarah asintió sin hablar. Empezaba a sentirse asustada.

Al día siguiente fue pagado el rescate, y entonces fue cuando La Extranjera se enteró de lo mucho que había ofendido a Snow Mountain.

Big Moon trajo los regalos a la tienda y los amontonó en el interior: un rifle, pólvora, balas, vestidos, espejos, herramientas y una cacerola de cobre.

—La Extranjera puede marcharse —dijo Big Moon.

Mary Amanda se lo quedó mirando.

—No puedo regresar con los blancos. Soy la esposa de Snow Mountain.

Éste es su hijo.

—Los regalos incluyen también el pago del niño —dijo Big Moon—.

Snow Mountain tendrá otra esposa, otros hijos. No necesita a La Extranjera.

La ha vendido al hombre blanco.

—No quiero ir con los hombres blancos —dijo furiosamente—. Cuando Snow Mountain regrese verá que los parientes de La Extranjera se han acordado de ella. Le han enviado estos regalos como dote.

Big Moon sacudió la cabeza.

—Es posible que Snow Mountain no regrese. Tuvo un sueño, y el sueño era malo. Su corazón está enfermo y no desea regresar.

En calidad de viuda en el campamento sioux, su situación podía ser muy delicada. No podía volver a la casa de sus parientes, ya que no tenía parientes. Pero tampoco podía marcharse del campamento e ignorar para siempre si Snow Mountain estaba vivo o muerto. Sarah la estaba mirando con una expresión de horror.

—Le esperaré —dijo Mary Amanda obstinadamente—. ¿Quiere Big Moon orar y hacer conjuros por él?

El anciano se la quedó mirando sorprendido. Sabía reconocer el valor cuando lo encontraba y admiraba a quien se atrevía a aceptar grandes riesgos.

—Todos estos regalos serán de Big Moon —prometió Mary Amanda— si Snow Mountain regresa.

El brujo asintió y dio media vuelta.

—Bluejay debe venir conmigo —dijo—. La llevaré a los soldados blancos y les diré que La Extranjera desea quedarse aquí.

Mary Amanda contempló a Sarah mientras se alejaba en compañía del brujo. Agitó la mano en un saludo de despedida y volvió a entrar en su tienda.

La anciana dijo:

—Snow Mountain tiene una buena esposa…

Pasaron diez días antes de que regresara la expedición de guerreros. Mary Amanda esperó, sin aliento, la aparición de su marido. Pero Snow Mountain

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llegó al campamento en una improvisada camilla, herido de gravedad.

Big Moon dijo:

—Su sombra ha abandonado su cuerpo. No sé si regresará a él.

—Estoy convencida de que regresará —dijo La Extranjera—, porque yo he rezado por él y he ofrecido un sacrificio.

Al sonido de la voz de Mary Amanda, Snow Mountain abrió los ojos. Se quedó muy quieto, mirándola, como si no diera crédito a lo que estaba viendo. Dos lágrimas resbalaron por sus oscuras mejillas.

La llamaron siempre La Extranjera, pero durante el resto de su vida fue la esposa de un guerrero sioux.

Sarah Harris, que había sido llamada Bluejay, era difícil de domar, según decían en el pueblo. Su madre se horrorizaba ante sus costumbres paganas. ¡La muchacha no sabía ni siquiera hacer pan!

—Pero sé curtir pieles —protestaba furiosamente Sarah—. Sé también descuartizar un búfalo y preparar carne curada. Y desmontar una tienda y cargarla en un caballo para salir huyendo.

Pero esas habilidades no le servían para nada a una mujer blanca, y Sarah encontró el pueblo menos agradable de lo que había creído. Echaba de menos la continua charla y las risas de las tiendas de la tribu. Tuvo que aprender un nuevo sistema de conducirse correctamente. En el pueblo imperaba el comercio y el regateo en vez de un orgulloso intercambio de hermosos regalos. Un joven vecino sentado en un banco enfrente de la cabaña, hablando con su padrastro mientras reunía el valor suficiente para preguntarle si Sarah estaba en casa, era menos arrogante como pretendiente que un joven guerrero, pintarrajeado y adornado con plumas, montado en su caballo. A veces Sarah pensaba que lo realmente agradable era la vida que había dejado atrás.

Pero nunca volvió con los indios. Cuando cumplió diecisiete años se casó con el herrero, Herman Schwartz, y su primer hijo nació seis meses después.

El hijo mayor de Sarah tenía seis años, y el segundo tres, cuando el indio apareció en la puerta de su cabaña y se quedó mirándola silenciosamente.

—¡Fuera de aquí! —gritó Sarah cogiendo la escoba.

El indio contestó en lenguaje sioux.

—Bluejay ha olvidado —dijo.

Sarah hizo objeto a Horse Ears de una calurosa bienvenida en su propio lenguaje, y el chiquillo pequeño empezó a llorar. Sarah levantó la mano para

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el acostumbrado bofetón, pero la dejó caer inmediatamente: las madres indias no abofetean a sus hijos.

Pero ella ya no era india, recordó. Acogió a Horse Ears tal como una mujer blanca acoge a un invitado. Habló cortésmente con él, ya que como mujer blanca tenía ese privilegio. No estaba obligada a guardar el rígido silencio de las mujeres indias.

Sacó pan y mantequilla y comió con Horse Ears. Esto era también un privilegio de mujer blanca.

—¿Cómo está mi hermana? —preguntó.

Horse Ears no había visto a La Extranjera desde hacía mucho tiempo.

Horse Ears se había marchado de aquel poblado.

—¿Tiene mucha carne el marido de Bluejay? —preguntó Horse Ears—. ¿Es un hombre con muchos honores en la guerra?

Sarah se echó a reír.

—Tiene mucha carne. Ha contado muchos coups. Somos ricos.

—He venido a saberlo —dijo Horse Ears—. En mi tienda sólo hay una mujer.

Sarah comprendió y su corazón se llenó de orgullo. Horse Ears había venido de muy lejos para enterarse de cómo le iban las cosas. Si no se sentía feliz, le ofrecía un refugio en su tienda. Y no solamente ahora, sino en cualquier momento, siempre.

Una sombra apareció en el umbral de la puerta; una voz ronca llenó la estancia.

—¿Qué está haciendo aquí este indio? —gruñó el marido de Sarah—. ¿Estáis todos bien?

—Desde luego, todos estamos perfectamente —respondió Sarah—. No sé quién es. Tenía hambre.

Los ojos del herrero brillaron de rabia. —¿Es acaso uno de los indios que conocías?

El cuerpo de Sarah se puso tenso, invadido por el temor.

—¡Ya te he dicho que no le conozco!

Su marido le habló al indio en sioux, pero Horse Ears era listo. No contestó.

—¡Fuera de aquí! —ordenó el herrero, y el indio obedeció en silencio. Mientras Sarah le contemplaba alejarse por el camino, sin volver la

cabeza, deseó fervientemente poder decirle adiós, poder darle las gracias por su visita. Pero no podía traicionarle dirigiéndole la palabra.

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Herman Schwartz avanzó hacia ella en silencio, hecho una furia. Sarah se apresuró a poner la mesa entre ella y su marido. Pero el herrero le dio un bofetón alargando el brazo por encima de la mesa.

Sarah cogió el pesado martillo de hierro.

—No lo hagas otra vez, porque te mataré —le advirtió a su marido. Herman Schwartz contempló a su esposa con una expresión de orgullo,

sabiendo que estaba dispuesta a hacer lo que decía.

—No veo por qué tengo que hacerlo otra vez —murmuró en tono complacido—. Si pongo los ojos de nuevo sobre ese salvaje, le mataré. Ya lo sabes, maldita squaw…

Sarah se encogió de hombros.

—Hablar no cuesta nada.

Cuando salió con un cántaro camino de la fuente, iba cantando.

Su adolescencia había terminado y su libertad había quedado atrás. Tenía dos hijos y un tercero en camino. Pero dos hombres la amaban y los dos lo habían demostrado.

Cuarenta años más tarde, su tercer hijo fue elegido gobernador del Estado. Su madre, una viejecilla arrugada, de pelo blanco, fue a verle. Se sintió orgullosa, pero no tan orgullosa como se había sentido un día de verano, tres meses antes de que naciera el nuevo gobernador.

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EL MATADOR

STEVE FREEZE

EL joven Bill Orahood, propietario del Sky Hood, estaba esperando a Ken Baylor en el lugar donde se bifurca el camino, cerca del cauce seco del Little Teton Creeck[87]. Orahood era todo brazos y piernas, unidos a un largo cuello. Sin pronunciar una sola palabra se colocó al lado de Baylor y juntos

cabalgaron hacia Crowheart.

Recorrieron un cuarto de milla antes de que Orahood formulara la pregunta que todo el mundo se estaba haciendo en Crowheart:

—¿Qué supones que le ha ocurrido a Paxton?

Baylor sacudió la cabeza. Tal vez el doctor Raven lo supiera en aquellos momentos. Raven no estaba en la ciudad en la tarde del día anterior, cuando un jinete había traído el cadáver de Paxton de la cuenca del Big Ghost[88].

—¿Viste a Paxton? —preguntó Orahood—. ¿Después de…?

—Sí.

Era algo que debía ser olvidado, suponiendo que un hombre fuese capaz de olvidarlo.

A una milla de la ciudad se encontraron con Arn Kullhem. Era un hombre alto y robusto, con la mandíbula cubierta de pelos rubios. Kullhem les miró con sus ojos hundidos y ni siquiera gruñó cuando le dirigieron la palabra. Su Doble K estaba situado en las inmediaciones del Big Ghost. Había sufrido las consecuencias de lo que estaba pasando en la cuenca más que cualquier otro ranchero.

El roce del cuero de las sillas y el golpeteo de los cascos de los caballos contra el camino fueron los únicos ruidos que oyeron hasta llegar a Crowheart.

Entonces Kullhem dijo:

—El doctor Raven no nos sirvió de ninguna ayuda en los otros dos casos. Bill Paxton era el tercer hombre que moría en el Big Ghost. Primero fue un jinete desconocido, y luego Parry Franks, el capataz de Kullhem. Ambos,

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Franks y Paxton, uno de los gemelos de Crow Tracks, habían montado guardia en la cuenca para descubrir a los desconocidos que estaban arruinando a los rancheros de Crowheart.

Si hubieran muerto a balazos, pensó Baylor, la situación estaría bastante más clara.

—¿Quién va a montar guardia ahora en la cuenca? —gruñó Kullhem. Orahood y Baylor se miraron uno a otro. La preocupación que se reflejaba

en el rostro de Orahood iba en aumento conforme se acercaban a la ciudad. Él y Baylor miraron por encima de sus hombros hacia los altos farallones que se extendían encima de los lúgubres bosques de Big Ghost.

Allí había una buena hierba, pero cuando los arroyos bajaban secos, el ganado descendía hasta la zona pantanosa de la cuenca… y entonces desaparecía. Big Ghost era una reserva india, pero sin ningún indio. Los malos espíritus, los fantasmas de los muertos en una antigua batalla con los sioux, vagaban por los oscuros bosques de la cuenca, según decían los shoshones. Incluso los indios más salvajes se mantenían alejados de Big Ghost.

Los ganaderos no tenían ningún derecho a la cuenca. Habían sido advertidos repetidamente acerca de la conveniencia de no pisar terreno indio, pero el ganado no se dejaba impresionar por las órdenes del gobierno. Esto convertía la cuenca en campo abonado para los abigeos de las praderas del Oeste, los cuales llegaban a aquella región cruzando el Wall[89] y daban golpes perfectamente planeados. Durante un tiempo los rancheros de Crowheart habían tratado de evitar aquellas incursiones dejando a un hombre de guardia en Big Ghost. Primero, Franks; luego, Bill Paxton. Baylor sabía que no se encontraría un tercer hombre que se ofreciera voluntario para montar guardia en la cuenca, a menos que el doctor Raven pudiera afirmar que con quien tenían que enfrentarse allí era con otro hombre.

Cruzaron el Miller Creek[90], al oeste de la ciudad. Un vaquero, montado en un ruano de largas patas, cabalgaba hacia ellos. Baylor vio en la calle a un pequeño grupo de hombres, delante del consultorio de Raven, y al otro lado un grupo mucho mayor a la sombra del porche del Shoshone Saloon.

Kullhem escupió.

—¿Sigues convencido, Baylor, de que detrás de todo este infierno no está Baldray?

—Desde luego.

Jim Baldray, el inglés, era propietario del I. O. T. Tenía cercados con espino todas sus propiedades. Y además poseía el dinero suficiente para

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mantener el espino en su sitio. El ganado del I. O. T. no se perdía en la cuenca del Big Ghost. En realidad no había nada contra él, pensó Baylor, excepto una especie de envidioso resentimiento que había conducido a las sospechas.

—Entonces tú y tu cuñado no estáis de acuerdo —dijo Kullhem en tono hostil.

Pierce Paxton, el hermano gemelo del hombre que en aquellos momentos estaba tendido sobre la mesa de operaciones del doctor Raven, no era aún cuñado de Baylor, pero iba a serlo dentro de un mes.

Hap Crossby se reunió con ellos al final de la calle. Era el ranchero más antiguo de la comarca. El sudor corría a raudales por su arrugado rostro. Miró a Baylor.

—Baldray está aquí. Pierce desea hacerle unas cuantas preguntas… si el doctor Raven no puede dar la respuesta.

Todos los Paxton habían sido sumamente impetuosos cuando la rabia se apoderaba de ellos. Pierce, el último, hacía las preguntas, se las contestaba él mismo y luego echaba mano a su revólver. Baldray se vería obligado a matarle. El manejo del revólver era la primera costumbre del país que el inglés había aprendido; y se había convertido en un maestro.

—De acuerdo, Hap.

Baylor miró de nuevo a la calle. Y ahora lo vio. Tuvo que haberse dado cuenta antes: la tensión bajo el porche del Shoshone Saloon era tan tangible como la sensación del ardiente sol.

—¿Ha dicho ya el doctor…? —preguntó Orahood.

—No, todavía no —respondió Crossby—. Baldray está bebiendo con el hombre que trajo el cadáver de Bill Paxton.

—¿Crees que eso significa algo? —preguntó Baylor rápidamente.

—No he querido decir eso —replicó Crossby.

Otros cuatro rancheros esperaban con Pierce Paxton delante de la oficina del doctor Raven. Paxton no miraba a su alrededor. De rasgos afilados, tenso, su negro sombrero echado hacia atrás, moreno, con el pelo rizado, mantenía la vista clavada en la puerta que se abría al porche del Saloon. Estaba corriendo un gran peligro, pensó Baylor. Se estaba buscando que le enterrasen aquella misma tarde en compañía de su hermano.

De repente, Kullhem dijo:

—¡Dios mío! Creo que tiene razón.

—¿Cómo estáis dispuestos a sostenerlo? —preguntó Baylor—. ¿Cruzando al otro lado de la calle?

Los profundos ojos de Kullhem no se alteraron.

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—A veces me pregunto con quién estás en este asunto, Baylor. El viejo Crossby se envaró y su voz sonó autoritaria al decir: —¡Cerrad el pico los dos! Ya tenemos bastantes dificultades…

El ruido de la puerta trasera de la oficina del doctor Raven y luego el sonido de sus pasos aliviaron la tensión y dieron a Baylor y a Kullhem la oportunidad de mirar hacia otra parte.

Las rancheros estaban allí, a pleno sol, escuchando cómo el doctor Raven se lavaba las manos. Unos cuantos ociosos de los que se encontraban bajo el porche del Saloon empezaron a cruzar la calle.

El doctor Raven se acercó, secándose las manos en el faldón de su camisa. Era un hombre bajito, de pelo gris, que había llegado al país con el propósito de retirarse de la medicina y estudiar geología.

—¿Bien? —inquirió Kullhem antes de que el médico se hubiera unido al grupo.

Raven sacudió la cabeza. Sus ojos eran agudos y penetrantes; tenía la piel tersa y sonrosada, como si nunca necesitara afeitarse.

—Recibió por lo menos una docena de golpes, cualquiera de los cuales bastaba para producirle la muerte. Tenía las ropas literalmente arrancadas del cuerpo. No puedo ni siquiera sospechar quién lo hizo.

El sudor seguía deslizándose por las mejillas de Crossby y caía en menudas gotas por un lado de su mandíbula.

—¿Tal vez un oso, doctor?

Raven sacó una pipa de cuerno de su bolsillo. Asintió.

—Un oso gris podría haberlo hecho, desde luego. Pero en el cadáver de Paxton no hay ningún arañazo ni la señal de ninguna garra.

—Entonces, no fue un oso —murmuró Orahood.

Raven encendió una cerilla.

—Es igual que en los otros dos casos. No sé quién ha podido asesinarles.

Sin perder de vista a Pierce Paxton, Baylor sugirió:

—Pudieron haberle arrojado por una pendiente pedregosa…

—No —dijo Raven—. Las rocas son de granito y hubieran dejado partículas en las ropas y en la carne.

Pierce Paxton había vuelto la cabeza para mirar al doctor. Luego se dispuso a cruzar la calle. Baylor le cogió del brazo y le detuvo.

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—No, Pierce. Creo que vas a dar un mal paso.

El rostro de Paxton era como una cuña.

—¡Vete al diablo! —exclamó—. ¿Cuántas reses tuyas había en el corral de Baldray aquella vez?

Baylor dijo:

—Sabes que sus hombres han empujado el ganado más allá de la cerca de espino. Había un hombre en camino hacia Crow Tracks para decírtelo.

—Eso es cierto, Pierce —dijo Crossby.

—No me importa —los labios de Paxton estaban fuertemente apretados contra sus dientes—. Quiero preguntarle a Baldray cómo es que él puede cabalgar hasta Big Ghost, acampar allí siempre que le da la gana y regresar tranquilamente, en tanto que Franks y mi hermano…

—Yo también he estado allí —dijo Raven.

Paxton se apartó un paso de Baylor.

—Ellos saben perfectamente que a usted sólo le interesan las piedras, doctor.

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Kullhem.

—Eso es lo que voy a preguntarle a Baldray.

Paxton apartó de un manotazo la mano de Baylor y empezó a cruzar la calle. Uno de los mirones se había ya deslizado al interior del saloon. Baylor echó a andar al lado de Paxton, hablando en voz baja. Las palabras no tuvieron ningún efecto, y en aquel momento apareció Baldray en el umbral del saloon mirando de soslayo.

El propietario del I. O. T. era un hombre alto y muy delgado, con la mandíbula poco acusada. No llevaba sombrero. Tenía unas grandes bolsas de carne alrededor de los ojos, las cuales le daban un aire de extremada miopía. Los dos últimos hombres que se habían dejado engañar por aquella expresión eran bravucones vagabundos que se burlaron de Baldray por ser extranjero hasta obligarle a luchar. No hubo más de dos disparos y los dos los hizo Baldray.

El inglés parpadeó rápidamente.

—¿Está usted metido también en esto, Baylor?

Paxton se detuvo con las piernas abiertas. El inglés avanzó un paso y se quedó inmóvil ante el umbral.

—Baldray… —comenzó a decir el otro.

La mano derecha de Baylor golpeó a Paxton debajo de la oreja. El impacto le hizo caer de costado en el polvo. Crossby y el doctor Raven llegaron corriendo.

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—¡Eh, vosotros! ¡Echadme una mano! —gritó Raven.

Dos de los mirones se acercaron para ayudarle a llevarse a Paxton.

—Al hotel —dijo Crossby. Se volvió a mirar a Baylor: —Yo me ocuparé de él. Baldray sonrió con aire indeciso. —¡Vamos a echar un trago, muchachos!

Al otro lado de la calle el pequeño grupo de rancheros contemplaba silenciosamente la escena. Luego, Kullhem dijo algo a los demás en voz baja. Orahood fue el último. Baylor entró en el Shoshone.

La amplia y mal alumbrada estancia le recordó los silenciosos y lúgubres bosques del Big Ghost. Se acercó al mostrador y se colocó al lado de Baldray, que era media cabeza más alto que él. Kreider, que había encontrado a Bill Paxton en Battleground Park[91], se llevó su vaso a una mesa. Tendría unos veinticinco años, pensó Baylor. La espesa barba negra le hacía parecer más viejo. ¿Un simple jinete a la deriva?

Baldray llenó los vasos.

—Mal asunto, Baylor, hace un momento. Me hubiese visto obligado a matarle.

—Sí.

Baylor apuró el contenido del vaso.

—¿Encontró algo Raven?

—Nada…, igual que en los otros dos casos. ¿Qué opina usted de ello, Baldray?

El caballuno rostro del inglés estaba pensativo. Se alisó el cabello.

—Una bestia. Tiene que haber sido un animal. Cuando era joven estuve en África y vi cosas que usted no imaginaría, Baylor. Sin embargo, sigo creyendo que tenía que existir alguna explicación verosímil… Pero hay cosas extrañas que nunca se han visto explicadas y que le sumirían a usted en la mayor de las incertidumbres.

La voz de Baldray tenía una nota lúgubre, y Baylor sintió que un escalofrío recorría su espinazo al pensar en el Big Ghost y en el trágico fin de Bill Paxton.

—Los ladrones de ganado van y vienen por la cuenca, desde luego —dijo Baldray—. Casi me arruinaron antes de que me decidiera a cercar mis terrenos y contratase un equipo más numeroso. Ustedes lo evitaban estableciendo un centinela en la cuenca, pero ahora, con lo que ha ocurrido…

Baldray volvió a llenar los vasos.

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La «cosa» no se apartaba de la mente de Baylor.

—¿No le parece raro que ese animal se dedique a atacar exclusivamente a nuestros hombres, Baldray? Después de esta última hazaña no encontraremos un jinete con redaños suficientes para pasar allí una noche. Esto quiere decir que estaremos a merced de los ladrones de ganado.

Baldray asintió.

—Parece como si ese animal…, o lo que sea, trabajase por cuenta de los ladrones o fuera utilizado por ellos. La solución, desde luego, consiste en que Big Ghost sea declarado dominio público.

—Dentro de cincuenta años, quizás.

—O tal vez antes —el rostro de Baldray adquirió un tinte rojizo—. Cercas, eso es lo que hace falta. Puedo prestar lo necesario para cercar treinta millas de terreno. Después de todo, Baylor, todos somos vecinos.

Había hecho aquella misma oferta anteriormente y Kullhem la había considerado inaceptable. El cercar sus propiedades no era una solución para los pequeños rancheros. Lo era para el I. O. T., debido a que Baldray poseía una enorme hacienda, y debido a que el ganado de los Otros rancheros se desperdigaba por la cuenca. Si se impedía que el ganado bajara a la cuenca, los ladrones se dedicarían a cortar las cercas durante la noche. Los pequeños rancheros no dispondrían de hombres suficientes para evitarlo.

Baylor se quedó mirando pensativamente el fondo de su vaso. La mejor solución del problema consistía en ir al Big Ghost y descubrir las causas de aquellas muertes. Se acercó a Kreider.

—¿Le importaría acompañarme al lugar donde encontró a Bill Paxton? Ningún hombre era capaz de simular la preocupación que asomó al rostro

de Kreider.

—¿Cree usted que estaremos de regreso antes de que anochezca?

—¿Por qué?

—Creo que ese Paxton estaba acostado cuando le atacaron. Vació su revólver antes de… —Kreider apuró rápidamente el contenido de su vaso—. No, creo que no estoy dispuesto a ir a la cuenca, ni siquiera a la luz del día…, por lo menos durante una temporada.

Miró a Baldray:

—Usted no tiene allí ganado, ¿verdad, mister Baldray?

Baldray sacudió negativamente la cabeza.

De modo que el inglés había contratado los servicios de aquel hombre, pensó Baylor. No había nada anormal en ello, pero Baylor no se quedó tranquilo con aquella idea.

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—Tiene usted miedo de volver allí, ¿eh? —inquirió.

Kreider estaba mirando a un punto indeterminado del espacio.

—Desde luego —asintió—. Tengo miedo.

Cuando Baylor se marchó, Kreider seguía contemplando algo invisible para los demás.

La muchacha era joven, tenía el pelo dorado y una firme silueta que llamaba la atención. Podía cabalgar como un demonio y a veces maldecía como uno de ellos. Ken Baylor miró a su hermana por encima de la mesa mientras estaban cenando en su rancho del Hitchrack, y luego descargó el primer puñetazo sobre la madera.

—¡Sherry! —exclamó—. Estoy dispuesto a propinarte unos azotes, como los que te daba tu padre de cuando en cuando, si hablas siquiera de volver allí.

—Te creo capaz de hacerlo. Pero sabes perfectamente que eso no solucionaría nada.

Baylor se reclinó hacia atrás en su silla. Al cabo de unos instantes preguntó:

—¿Dónde estaba aquella huella de mocasín?

—Junto a un tronco caído, un poco más al sur del lugar donde Bill Paxton había acampado.

Ningún indio. Raven llevaba a veces mocasines.

—Había un montón de tierra donde Bill había encendido el fuego.

Alisado.

Kreider había mencionado el montón de tierra, pero no que estuviera alisada.

—Por lo menos, eso indica la intervención de un hombre —dijo Baylor.

Sherry le dirigió una rápida mirada.

—¿Tienes esa impresión?

—¿Qué impresión?

—La de que alguien está allí acechándole a uno, la de que tal vez los shoshones no son tan imbéciles como suponemos —se apresuró a añadir—: Desde luego ya sé que lo que sea debemos relacionarlo de algún modo con los ladrones de ganado, pero aun así…

Tras un largo silencio, la muchacha habló de nuevo:

—Nadie ha querido acompañarte, ¿verdad?

—Orahood. Sólo para demostrar que no estaba asustado.

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Después de haberse marchado de Crowheart aquella mañana, Baylor había encontrado a los rancheros reunidos en casa de Kullhem. De no haber sido por Crossby, no le hubieran invitado a entrar; e incluso entonces, desesperados, al borde de la ruina, sospechaban de todo el mundo, incluso de Baylor.

—El viejo Hap Crossby no estaba asustado, ¿verdad? —preguntó Sherry. —No. Pero no estaba seguro de que al acabar con la «cosa» liquidáramos a los ladrones de ganado. Se mostró partidario de presionar a los

representantes territoriales para que el Big Ghost deje de ser terreno de la reserva. Entonces podríamos acampar allí en grupo.

Los otros tenían también sus propias ideas, pero a través de toda la conversación se había puesto de manifiesto su gran desconfianza y el temor que les inspiraba la cuenca del Big Ghost. Baylor se lo dijo así a su hermana.

—¡Malditos idiotas! —exclamó Sherry—. En el fondo, todos ellos saben que Baldray es el único ranchero que puede estar mezclado en los robos de ganado.

Baylor confiaba en que así fuera. Ayudó a su hermana a fregar los platos y arregló los caballos. Oyeron llegar a Gary Owen, uno de los hombres de Hitchrack.

—Llévatelo a él —dijo Sherry—. No tiene miedo ni del mismo diablo.

Baylor asintió.

—Voy a ir a Crowheart —dijo Sherry—. Si Pierce desea aún armarle jaleo a Baldray, estará en la ciudad. Procuraré que no lo arme.

Se marchó al cabo de un rato gritando:

—¡Hasta luego, Murciélago! ¡Ten mucho cuidado!

El moreno rostro de Owen se puso rígido cuando oyó la última advertencia. Estaba en el corral con Baylor.

—¿Es que piensa usted ir al Big Ghost? —preguntó.

—Esta noche.

—Vi a dos hombres en el Snake Hip Trail, a mucha distancia de aquí — Owen se quitó su gorra escocesa y volvió a ponérsela. Encendió una pipa de boquilla corta—. ¿Quiere que vaya con usted?

Era evidente que se obligaba a sí mismo a formular aquella pregunta.

Baylor trató de hablar en tono casual.

—Creo que un hombre solo conseguirá mejor lo que me propongo.

—Si me necesita, no tiene más que decirlo.

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Baylor sacudió la cabeza. Hablando no iban a solucionar nada.

Por tres veces los rancheros habían subido a la escarpadura, a la luz del día, dispuestos a luchar. En el segundo intento habían encontrado huellas de caballos que conducían al lugar donde un vaquero había reunido el ganado a través de la West Wall[92]. Crossby insistió en que los ladrones tenían a un hombre permanentemente en la cuenca actuando de espía. Baylor opinaba lo mismo. Pero la idea había sido abandonada en la desconfianza general que siguió al tercer fracaso.

Baylor no pensaba en hombres mientras cabalgaba en la creciente oscuridad. La noche y el Big Ghost le habían afectado antes de llegar al primer arroyo de la cuenca.

Se detuvo a escuchar. Los sutiles dedos del miedo elemental empezaban a deslizarse insidiosamente por entre las grietas del cerebro de Baylor. Se removió en la silla, y cuando volvió a enfundar su pistola se dijo a sí mismo que estaba cometiendo una tontería.

Las tiras de musgo que colgaban a través del camino le golpearon el rostro. El contacto le hizo perder el dominio de sí mismo por unos instantes. Golpeó salvajemente el musgo, pero se recobró inmediatamente. El War Dance Creek corría a su derecha silenciosamente, sin el menor rumor ni chapoteo.

Todos los arroyos estaban silenciosos. Imaginación, se dijo Baylor. Nadie le había visto llegar. El musgo demostraba que hacía mucho tiempo que nadie pasaba por aquel camino. Ningún jinete, quizá. ¿Qué hay ahora detrás de ti? Sin poder contenerse, se volvió con tanta rapidez que el caballo se encabritó.

Detrás de él no había más que oscuridad y silencio. Se esforzó por ver algo, impulsado por la imaginación. Su rostro estaba empapado en un frío sudor. Baylor se acusó de ser un cobarde.

En el lugar donde el camino cruzaba el arroyo se dispuso a acampar para pasar la noche. Allí estaba seguro. Aquella noche, de todos modos, no podía hacer nada. Por la mañana…

Era de noche cuando la “cosa” alcanzó a Paxton…

Baylor desmontó y permaneció unos instantes en pie sobre la húmeda hierba, impresionado al darse cuenta de lo asustado que estaba. El caballo refregó el hocico contra su hombro, como si le interrogara. Baylor acarició al animal y montó de nuevo. Si alguien estuviera siguiéndole, el caballo no se mostraría tan tranquilo.

«… hay cosas muy extrañas que nunca serán explicadas, Baylor…».

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Baldray le había dicho eso en el Shoshone, y ahora Baylor estaba convencido de que no había tratado de burlarse de él o de sugerirle una idea preconcebida.

Baylor pasó la noche recostado contra un árbol, envuelto en sus mantas. El caballo estaba atado al otro lado del árbol. La carabina de Baylor estaba al alcance de su mano, en la funda de la silla de montar. La carabina era de calibre demasiado pequeño, pensó Baylor, demasiado pequeño para lo que estaba buscando. Pero ¿qué estaba buscando?

En medio del mortal silencio, desde el antiguo y acechante bosque, llegó otra inquietante pregunta: ¿Quién te está acechando a ti, Baylor?

La noche avanzaba lentamente con sus pies fríos. Finalmente, concluyó. Baylor se levantó aterido de frío. Comió carne asada que llevaba en sus alforjas y terminó su desayuno con unas patatas hervidas frías. Raven era el único hombre que conocía a quién le gustaban las patatas hervidas y frías. Raven había llegado a la región de Crowheart en la época en que los robos de ganado se habían recrudecido después de un largo período de inactividad.

Los innominados temores que había pasado eran ahora sustituidos por las sospechas de su mente consciente.

Empezaba a asomar el sol cuando Baylor hizo penetrar su caballo en el Battleground Park. Localizó las huellas de la pequeña yegua de Sherry, procedentes del Snake Hip Trail[93]. Owen había visto a dos jinetes en el Snake Hip el día anterior, pero no había el menor indicio de que hubieran llegado tan lejos. Siguió las huellas de Sherry, las cuales conducían directamente al lugar donde Bill Paxton había sido asesinado.

Baylor estudió el montón de tierra que cubría el fuego encendido por Paxton. Estaba demasiado liso y, sin embargo, daba la impresión de que por allí había pasado algo dotado de mucha fuerza.

Baylor examinó minuciosamente los árboles que rodeaban la apagada fogata. Aquí y allá faltaban algunas ramas, cortadas recientemente. No cabía duda de que Paxton las había cortado para encender el fuego. Más hacia el sur del improvisado campamento encontró las huellas de Sherry otra vez, pero ninguna impronta de mocasín.

De pronto el caballo relinchó. Baylor sacó su pistola y se escondió detrás de un árbol. Al cabo de unos instantes apareció Baldray acompañado del doctor Raven.

—Hemos reconocido tu caballo —dijo el médico.

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Baylor observó que el doctor llevaba mocasines shoshones.

El rostro de Baldray se puso tenso al ver un jirón de ropa prendido en un arbusto.

—¡Oh! Éste es el lugar, ¿eh? —Desmontó ágilmente—. Vamos a echarle una mirada, Raven.

El doctor anduvo unos instantes de un lado para otro.

—¡El diablo! —murmuró—. Fíjese cómo han tapado el fuego…

Su rostro terso y sonrosado estaba intrigado. Examinó el jirón de ropa.

Baldray pisó un manojo de pinaza.

—¿Ha descubierto usted algo, Baylor?

—Nada.

Baylor sacudió la cabeza. Las alforjas de Raven estaban ya llenas de piedras. Gary Owen decía que el doctor se traía media región con él en cada una de sus expediciones.

—¿Han bajado ustedes por el Snake Hip?

Raven estaba estudiando los nudos de los árboles.

—Pasamos ayer por allí —dijo—, pero yo había olvidado un manual que necesitaba, de modo que anoche regresamos a Crowheart —miró a Baldray

—. Mira, James, en aquel terreno quemado he visto semillas de pino completamente incrustadas en los troncos. Tengo una teoría…

—Rocas, esta vez —dijo Baldray—. Si desea usted echar una mirada al cuarzo de la West Wall antes de que se haga de noche, será mejor que se olvide de las semillas de árbol —parpadeó—. ¿Semillas de árbol? ¿No les parece algo raro?

Cuando los dos hombres se alejaron en dirección Oeste, Baylor se quedó mirando sus espaldas, no sabiendo qué pensar.

Baylor pasó el día vagando por las orillas pantanosas a lo largo del War Dance inferior. Las reses se revolcaban por la hierba. Baylor estaba intrigado, ya que no sabía lo que buscaba exactamente. Había esperado encontrar alguna huella en el lugar donde Paxton había sido asesinado, al menos la huella del mocasín.

Al atardecer regresó al lugar del gran incendio. Varios años antes los indios habían encendido una gran fogata para quemar la maleza en las laderas de la cuenca. Pero el viento había cambiado de dirección, y el fuego, en vez de descender hacia la cuenca, se había esparcido en todas direcciones,

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quemando todos los árboles en el espacio de una milla cuadrada. Los indios dijeron que los malos espíritus habían soplado para que el viento cambiara.

Con los desnudos farallones a su espalda, Baylor miró a través de las puntiagudas copas de los árboles. Los cotos eran verdes islas, y la mayor de ellas era Battleground Park, donde había muerto Bill Paxton. El Wall estaba a su derecha, una barrera de granito rojo que parecía insalvable; pero Baylor sabía que tenía numerosas hendiduras, por las cuales pasaban las reses de Crowheart para descender a la cuenca.

A cosa de media milla de distancia un caballo gris surgía del borde de uno de los cotos de color esmeralda. Bill Paxton había salido montado en un caballo gris. Kreider sólo se había traído la silla.

Una vez en el bosque, Baylor invirtió una hora en encontrar el coto que buscaba. El caballo que estaba pastando en la hierba era el de Paxton, desde luego. Era el que había visto Baylor cuando condujo a su propio caballo a través del bosque. El animal relinchó y se encabritó como si estuviera en estado salvaje. No había ya posibilidad de capturarlo.

Baylor recogió su lazo mientras contemplaba alejarse al caballo gris. El animal estaba asustado por la misma «cosa» que había caído sobre su amo durante la noche.

Estaba oscureciendo. Una espesa niebla se cernía sobre los árboles. Los leves sonidos del día iban muriendo.

Estás asustado, dijo el Big Ghost. Si te quedas aquí, acabarás como el caballo de Paxton.

Baylor continuó avanzando entre los árboles. A la moribunda luz del día recorrió el camino que había hecho por la mañana. Además de las huellas de su caballo, en medio de un rodal de barro, vio una huella redonda. Un hombre que calzaba mocasines había pasado por allí. El hombre había apoyado un solo pie en el barro para saltar a la hierba, donde los pasos no dejaban ninguna huella. El impulso del salto había hecho que el pie apoyado en el barro se deslizara hacia atrás, de modo que no podía apreciarse si el pie era grande o pequeño.

Baylor se sintió aliviado. No le importaba vérselas con un hombre, aunque se tratara de uno que recurría a aquellos trucos indios. Si el individuo deseaba jugar al escondite, Baylor se ocuparía de él… y acabaría por capturarle y hacerle confesar por qué había borrado las huellas que Sherry había visto.

Fatigado, decidió acampar, sin encender fuego, en un lugar lo bastante alejado del arroyo de War Dance como para que el murmullo del agua no cubriera los otros sonidos. Dejó que el caballo pastara a su gusto, comió un

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bocado y se envolvió en sus mantas. El viento soplaba a través de los árboles del bosque.

Baylor lió un pitillo, pero antes de encenderlo lo aplastó con el pie. El olor del tabaco podía atraer desde muy lejos a un hombre atento a los sonidos y a los olores que flotaban en el aire.

No fue un hombre el que asesinó a Paxton y a los otros.

Baylor se tumbó, completamente despierto, tratando de taladrar la oscuridad. Permaneció durante largo rato, hasta que finalmente se quedó dormido.

El sol matinal le despertó amistosamente. Baylor se lavó la cara con la helada agua del arroyo. El caballo dejó de retozar en la húmeda hierba y se acercó a él.

Cabalgó en dirección Sur y luego giró hacia el Wall, cruzando cotos que no había visto antes. Marchaba a paso lento sin mirar hacia atrás. A mediodía, después de cruzar un coto exactamente igual a los que había pasado anteriormente, desmontó en un lugar poblado de árboles y decidió hacer un experimento.

Durante una hora estuvo al acecho detrás de una roca. El primer ruido que llegó a sus oídos fue el chasquido de una rama al quebrarse, al otro lado del coto. Baylor se había quedado medio adormilado. Demasiado fácil, pensó; algo marchaba mal. Oyó ruido de pasos.

Esperaba ver llegar a un hombre a pie. Se arrastró hasta el lugar donde se encontraba su caballo y le agarró por el hocico a fin de impedirle relinchar. Poco después oyó ruidos a su izquierda. El hombre estaba dando la vuelta, rodeando el bosque. Lentamente, Baylor condujo su caballo hacia el lugar de donde procedían los ruidos. El otro hombre avanzaba también lentamente, y luego Baylor vio un caballo y el perfil de su jinete.

Soltó las riendas y avanzó tan rápidamente como pudo. Hizo ruido. El caballo relinchó. El otro jinete saltó al suelo. Un rifle disparó, destrozando la rama de un árbol delante mismo de Baylor. Baylor hizo fuego con su pistola hacia el lugar de donde procedía el disparo.

Un caballo cruzó a toda velocidad por un espacio relativamente abierto.

Baylor lo reconoció inmediatamente: era el de Pierce Paxton.

—¡Dios mío! —murmuró—. ¡Pierce!

Y a continuación gritó:

—¡Pierce!

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Se produjo un silencio antes de que llegara la respuesta.

—¿Baylor?

Era Pierce Paxton. Iba sin afeitar y tenía los ojos enrojecidos.

—¿A quién diablos tratabas de darle? —inquirió.

Baylor enfundó de nuevo la pistola.

—A Moccasin Joe. ¿A quién disparabas tú?

—A cualquiera que tratara de acercarse demasiado a mí —la tensión no había abandonado aún las delgadas facciones de Paxton—. ¿Quién es Moccasin Joe?

Baylor le contó todo lo que sabía acerca del hombre.

Paxton sacudió la cabeza, mirando a los árboles que se erguían a su alrededor.

—No es Raven. Les he estado vigilando, a él y a Baldray, desde que cruzaron el Agate Park.

—¿Por qué?

Paxton se le quedó mirando.

—Ya sabes por qué —se frotó los ojos con la mano—. Es posible que estuviera equivocado. Nosotros perdimos dos hombres aquí, Baylor; pero Baldray y Raven no han tenido ningún problema. Ahora sé por qué. Tienen una cabaña oculta en las rocas cerca del Wall. No están a campo abierto.

Paxton vio la sospecha reflejada en el rostro de Baylor.

—Sí, también yo lo pensé al principio, Ken. Pensé que estaban de acuerdo con los ladrones de ganado. Pero les he vigilado durante un día y medio. Todo lo que han hecho ha sido coleccionar trozos de roca y reír como dos chiquillos. Puede que estén locos, Baylor, pero no creo que tengan nada que ver con los ladrones de ganado.

Paxton se frotó de nuevo los ojos.

—El otro día me porté como un estúpido, ¿verdad? ¿Qué es lo que dijo Sherry?

—Casi nada. Hace unos instantes nos hemos portado los dos como unos perfectos estúpidos, Pierce… No dejes alejarse a tu caballo.

El caballo de Paxton se había detenido en el coto más cercano, al Oeste. Paxton se acercó al animal, el cual trató de echar a correr. Pero Pierce le agarró brutalmente y le golpeó en el hocico. Aquello no era propio de Paxton. Las noches pasadas en el Big Ghost habían afectado también a sus nervios.

Regresaron al bosque y se tendieron en el suelo. Paxton se cubrió el rostro con las manos.

—¿Quieres comer algo? —preguntó Baylor.

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—No tengo hambre, a pesar de que no he comido nada desde ayer —dijo Paxton.

Pero acabó por comer y estuvo mirando de soslayo a Baylor hasta que terminó por preguntarle:

—¿Has pasado aquí dos noches?

—Sí.

—¿Alguna dificultad?

—No, pero he pasado mucho miedo —respondió Baylor—. ¿Y tú?

—No puedes imaginártelo. Desde la primera noche que he pasado aquí, daba un salto cada vez que una ardilla pasaba corriendo por mi lado…

Paxton había empezado a hablar en voz baja, pero se fue animando a medida que avanzaba en su relato.

—El caballo estaba tan asustado como yo. Encendí un fuego en el Hellion Creek, pero no conseguí pegar un ojo, en tanto que el caballo no cesaba de moverse, tirando de la cuerda como si quisiera romperla. Por su actitud comprendí que nos amenazaba algún peligro, aunque no pudiera precisar su naturaleza. Me levanté, di una vuelta al campamento, y oí crujir una rama.

Baylor notó que los pelos de su nuca se erizaban.

—Ya sabes cómo actúan los pumas —dijo Paxton—. No era un puma. A la mañana siguiente, en la tierra removida donde una ardilla había estado excavando debajo de un árbol, vi una huella —Paxton juntó sus manos— de este tamaño. ¿Qué crees que era? ¿La «cosa» que atacó a Bill?

La «cosa». ¿Qué otro nombre podía dársele?

Baylor dijo:

—Todas las cosas tienen una explicación.

—Entonces, explícame esa…

—Tómatelo con calma, Pierce. Daremos con ello.

La idea de la acción siempre conseguía animar a Paxton.

—¿Cómo? —preguntó.

—En primer lugar, tenemos que localizar a ese Moccasin Joe —a Baylor se le ocurrió algo tan evidente que se preguntó cómo era posible que lo hubiera descuidado—. ¿Te detuviste en Battleground Park?

—No, bajé por el Snake Hip.

—El viejo Moccasin Joe me siguió, y ahora creo que sé por qué lo hizo — la idea provocó en él un escalofrío—. Esto es lo que vamos a hacer…

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Más tarde, Baylor repartió las provisiones, consistentes en maíz tostado y en tasajo. Tenían para dos días si aguantaban el hambre.

—Hasta pasado mañana —dijo Baylor.

Tomaron direcciones distintas, regresando Baylor a Battleground Park. Allí encontró el manojo de pinaza que Baldray pisara y lo recogió para contemplarla antes de tirarla de nuevo. Pinaza. Allí sólo había abetos. Un detalle que se le escapó la primera vez.

La pinaza procedía de una rama que Moccasin Joe había empleado para borrar las huellas. Con seguridad había traído la rama desde el otro lado del arroyo. Moccasin Joe sabía lo que era la «cosa». Y procuraba ocultarla.

El caballo relinchó. Baldray cabalgaba por la parte inferior del coto. Viró en redondo cuando vio el caballo de Baylor.

—¡No te has movido de aquí! —exclamó, haciendo una mueca para demostrar que estaba bromeando.

Iba recién afeitado. Estaba tranquilo. La cosa resultaba más fácil cuando un hombre duerme en una cabaña y come a su gusto, pensó Baylor.

—Tienes mal aspecto —dijo Baldray.

—Me encuentro perfectamente.

El rostro de Baldray empezó a enrojecer.

—No es bueno dormir al aire libre. Ya sabes lo que pasa. Tengo una cabaña cerca del Wall. La construí hace cuatro años. Raven está ahora allí. Me gustaría que la utilizaras, Baylor. Te diré cómo puedes llegar hasta ella.

Paxton le había informado.

—Sé dónde está —dijo Baylor.

Baldray parpadeó.

—¡Oh! —Alzó sus pálidas cejas—. Bueno, sí, he sido un poco egoísta. Se trata de un terreno de la reserva. Si se hubiera sabido que alguien había edificado una cabaña en esos terrenos…

Baylor recogió la pinaza que había estado examinando.

—¿De qué árbol es esto?

Baldray se encogió de hombros.

—De pino o de abeto, no lo sé con seguridad.

Baldray era uno de los ingleses que no regresaron a casa después de los años de sequía. Debería saber la diferencia entre el pino y el abeto…, o tal vez no.

El rostro de Baldray estaba muy serio cuando preguntó:

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—¿Ha habido suerte?

Baylor sacudió la cabeza.

—Sé que la opinión que merezco a muchos no es muy favorable —la voz del inglés era crispada—. Llevo quince años aquí y aún no he conseguido que se me considere como un residente, excepto por parte tuya y por la de Crossby —Baldray echó una mirada a su alrededor—. Esto no será siempre terreno de la reserva. Aquí hay terreno para el I. O. T., así como para los demás ranchos… en cuanto hayamos terminado con los ladrones de ganado y el gobierno se decida a atender nuestra petición.

Baldray se recostó en la silla, liando un cigarrillo.

—He estado examinando los pasos abiertos en el Wall desde las rocas próximas a mi cabaña. Existe una especie de camino por el cual van y vienen los bandidos. Creo, Baylor…, es una simple sospecha, pero me gustaría comprobarla…, creo que la próxima incursión llegará a través del Windy Trail[94].

Después de encender su cigarrillo, Baldray empezó a alejarse.

—Windy Trail. Voy a decírselo a Crossby y a alguno de los otros. Un buen hombre, Crossby. Inglés, desde luego.

Se alejó definitivamente.

El dolor de estómago que experimentaba Baylor al día siguiente, mientras cabalgaba a través de los terrenos del gran incendio, no se debía enteramente al hambre. Como las demás, la noche anterior había sido muy mala, con sus pensamientos y los inmóviles bosques susurrando inconcretas amenazas. No sabía si le estaban siguiendo, pero había representado al pie de la letra el papel que se había asignado, y si Paxton había cumplido su parte, las cosas saldrían tal como las planearon.

Paxton estaba allí, tumbado en las rocas cerca del lado oriental del terreno del gran incendio. Se cambiaron las ropas detrás de los peñascos.

—Ayer fui a tu rancho —dijo Paxton—. Sherry desea verte mañana por la mañana en Battleground Park.

—¿Por qué no la disuadiste?

—Ya sabes cómo es —Paxton rellenaba de papel la tira de cuero del sombrero de Baylor.

—¿Qué es lo que quiere?

—No lo sé. Me dijo que me fuera al diablo cuando le ordené que no viniera por aquí. Luego se marchó al I. O. T. para ver a Baldray. Dejé una

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nota en el rancho para que Gary Owen la acompañara.

—En marcha —dijo Baylor.

—De acuerdo —Paxton cogió las riendas—. Hace un par de semanas Kullhem descubrió que Kreider cabalgaba con los ladrones de ganado.

—Estupendo. Una buena noticia. En marcha.

Contempló a Paxton mientras se alejaba cabalgando por entre los árboles. Los dos hombres habían cambiado de ropas y de caballo. Si Moccasin Joe continuaba siguiéndole, el truco podría resultar efectivo.

El sol murió detrás del rojo Wall. Se levantó un vientecillo que agitó las ramas de los árboles. De pronto se oyó un leve ruido procedente de la cuenca.

El hombre llegó por el extremo oriental del terreno del gran incendio. Vestía una chaqueta de gamuza. Probablemente calzaba mocasines. Su pelo rubio, muy largo, caía de un amplio sombrero. Se detuvo y se quedó mirando hacia el lugar por donde había desaparecido el caballo de Baylor.

Éste le espiaba desde una grieta entre las rocas. El hombre llegaba a pecho descubierto, sin adoptar ninguna clase de precauciones. Se dirigió directamente hacia las rocas y luego dio un ligero rodeo. Baylor preparó su pistola y tomó posición detrás de una roca ante la cual tenía que pasar el hombre.

Los pasos se acercaron muy cerca de la roca. Se detuvieron. Con el estómago encogido, respirando con la boca completamente abierta, Baylor esperó a que el hombre reemprendiera la marcha. Pasaron unos segundos que se le hicieron interminables.

Súbitamente, el hombre echó a andar de nuevo. Baylor se irguió una fracción de segundo demasiado tarde, para encontrarse ante un rostro barbudo, dos ojos sorprendidos y aquella mata de pelo rubio. Alzó la pistola.

Moccasin Joe saltó hacia atrás con la agilidad de un gato, echando mano al cuchillo que llevaba en la cintura. Baylor falló el disparo. El hombre tenía ya el cuchillo en la mano. Baylor cargó contra él como un huracán. El cuchillo empezaba a bajar cuando el hombro de Baylor chocó contra el cuerpo de Moccasin Joe.

Al caer, Baylor quedó encima de su adversario. Le agarró el brazo con que empuñaba el cuchillo y apretó con todas sus fuerzas. La mano del hombre chocó contra una roca. Baylor empezó a restregársela por la pared de granito.

La roca se tiñó de rojo antes de que Moccasin Joe soltara el arma. Con la fuerza de un venado arqueó el cuerpo, proyectando a Baylor contra la roca. Una de las rodillas del hombre se encogió como un muelle, y luego el pie salió disparado y golpeó de lleno a Baylor.

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Moccasin Joe se puso en pie de un salto. No corrió. Se lanzó de cabeza. Baylor le agarró con una mano por debajo de la barbilla. La cabeza del hombre se echó hacia atrás, pero su rodilla alcanzó a Baylor en el bajo vientre.

El dolor fue terrible, y Baylor se aferró instintivamente con ambas manos al largo pelo de su rival. Sacudió la cabeza de Moccasin Joe contra la roca hasta que cesó la resistencia y tuvo un peso muerto entre sus brazos.

Durante unos instantes Baylor permaneció tendido bajo aquel peso, rechinando los dientes de dolor; luego apartó al hombre a un lado y se puso trabajosamente en pie. El punto de mira de su pistola se había roto, la boca se había desmontado y posiblemente el cañón se había doblado un poco.

Pero tenía en su poder al hombre que iba a decirle quién asesinaba a los centinelas que los rancheros tenían en la cuenca del Big Ghost. A excepción del cuchillo, Moccasin Joe no llevaba ninguna otra arma. Baylor cortó el cinto de su prisionero y le ató las manos detrás de la espalda. El largo pelo rubio estaba salpicado de sangre.

Baylor no le había visto nunca.

Mientras se dirigían hacia el terreno del gran incendio, el prisionero anduvo tambaleándose, pero antes de llegar al coto donde al anochecer se les reuniría Paxton, su paso era ya casi normal. Estaba oscureciendo. Una vez que estuvieron al amparo de los árboles, Baylor obligó a Joe a tumbarse boca abajo y le ató las piernas con el cinturón de Paxton.

La claridad y el calor de las llamas resultaban muy agradables después de las noches oscuras y frías.

—El primer hombre asesinado era uno de los suyos, Joe —dijo Baylor—. Sus muchachos pusieron en juego algo que ha hecho imposible que podamos mantener una guardia aquí. ¿Qué es?

Después de un largo silencio, Baylor le quitó al hombre uno de sus mocasines. Los ojos del prisionero giraron en sus órbitas mientras miraba hacia el fuego. Baylor dio vuelta lentamente al cuchillo en medio de las brasas hasta que la punta estuvo al rojo vivo.

¿Dónde diablos estaba Pierce Paxton? —¡Apague el fuego! —dijo Moccasin Joe.

—Lo haré cuando se le suelte un poco más la lengua —Baylor no había dejado de darle vueltas al cuchillo—. Aquel primer hombre era uno de los suyos, ¿no es cierto?

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—Sí…

Moccasin Joe había empezado a sudar. La piel que dejaba ver su barba se estaba poniendo amarillenta.

Baylor levantó el cuchillo para que el otro pudiera verlo.

—La «cosa» ha conseguido pararnos los pies —dijo Baylor—. ¿De qué se trata?

Los ojos del cautivo, iluminados por las llamas, dejaron ver el creciente temor que sentía. Empezó a hablar y luego se dejó caer hacia atrás.

—Primero, la hoja plana aplicada al empeine, luego la punta entre la corva y el tendón. Y volveré a calentarlo cada vez, desde luego.

Al propio Baylor le pareció que sus palabras tenían una nota convincente. —¡Apague el fuego!

Baylor volvió a levantar el cuchillo. La hoja estaba ahora al rojo blanco.

—En cierta ocasión vi a Teton Sioux hacer esto —mintió tranquilamente.

Moccasin Joe respiraba trabajosamente.

—Usted ocultó algo en el lugar donde Paxton fue asesinado, ¿no es cierto? Y luego retrocedió y borró las huellas que había dejado.

—Sí.

—Siga hablando.

—Necesito fumar. No le diré nada hasta que me dé un cigarrillo.

Baylor contempló el rostro del hombre, cuyos ojos reflejaban un intenso terror. Un individuo que en las rocas se había mostrado tan duro de pelar, se ablandaba demasiado rápidamente bajo la amenaza de la tortura…

Baylor dejó el cuchillo de modo que la hoja no se enfriara. Lió dos cigarrillos y los encendió. Puso uno en la boca de Moccasin Joe.

—Tiene usted que desatarme las manos.

—Puede fumar perfectamente con las manos atadas.

El cigarrillo se deslizó de los labios del cautivo y fue a caer sobre su barba. Echó la cabeza hacia atrás y el cigarrillo cayó al suelo. Baylor lo recogió y volvió a colocarlo en la boca del hombre. Luego le desató las manos.

Moccasin Joe chupó ávidamente el cigarrillo.

—Hable de una vez —dijo Baylor.

—La banda que ha estado actuando aquí no es la del llano del Oeste, como ustedes creían. Nosotros hemos operado desde dentro de la reserva. El agente recibía su parte.

Sonaba como una mentira repentinamente improvisada.

—¿Pertenece Kreider a la banda?

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El cautivo vaciló.

—Seguro.

Moccasin Joe lo hizo con bastante exactitud.

—¿Quién asesinó a Paxton?

—¿Quién era ese Paxton?

—El último que murió… en Battleground Park.

—Voy a decírselo…

Moccasin Joe chupó con fuerza, tratando de sacar humo de un cigarrillo apagado.

Baylor cogió un tizón encendido del fuego. Se inclinó. Las manos del cautivo se abatieron sobre su nuca con la rapidez del rayo. Al mismo tiempo, Moccasin Joe embistió con la cabeza. Baylor sintió que su rostro chocaba contra un montón de duros huesos.

Se protegió instintivamente la cara con las manos, y esto le libró de un aplastamiento que hubiera resultado fatal para él. De todos modos, sintió crujir su nariz y le pareció que le saltaban todos los dientes. A continuación, los pulgares de Moccasin Joe se hundieron en su garganta. Baylor lanzó hacia adelante su pierna derecha.

Las manos de Moccasin Joe aflojaron su presa. Se desplomó hacia atrás sin un gemido. Baylor se quedó de pie frotándose la rodilla. Durante un buen rato no pudo sostenerse sobre aquella pierna. Los sensibles ligamentos habían golpeado a Moccasin Joe en plena mandíbula.

Una vez más, Baylor ató las manos del hombre a su espalda. Había estado a punto de morir por culpa de un cigarrillo. La sangre goteó sobre el fuego mientras Baylor añadía unos troncos. Se quedó contemplando el cuchillo, calentado al rojo, y por un instante deseó estar lo bastante endurecido como para utilizarlo.

¿Dónde diablos estaba Paxton?, pensó.

La sangre empezó a deslizarse de sus labios. Baylor se acercó al arroyo y se lavó el rostro y la nuca con agua fría. Al cabo de un rato la hemorragia quedó cortada. Los dos lados de su nariz estaban tan hinchados que no podía respirar a través de ella. Tenía los labios cortados.

«He tenido suerte —se dijo a sí mismo— al salir simplemente con la nariz aplastada después de haberme dejado sorprender con un truco tan viejo…».

No te has salido aún de esto, Baylor. Vuelve a ser de noche.

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Una vez más las antiguas voces del Big Ghost resonaban en su cerebro. Baylor llenó de agua el sombrero de Paxton y se acercó al fuego y a Moccasin Joe.

—Siéntese si desea beber un poco de agua.

Para Moccasin Joe representaba un gran esfuerzo, pero lo llevó a cabo. Sus ojos estaban aún algo aturdidos, pero se clavaron en Baylor con una expresión de odio.

Baylor sacó el cuchillo del fuego y se inclinó sobre su prisionero, pisando con su bota su pie descalzo. Moccasin Joe miró el acero calentado al rojo y luego a Baylor. Sus ojos no reflejaban ningún temor.

—Le falta a usted valor para torturarme.

La amenaza no había surtido efecto. Baylor dejó caer el cuchillo al suelo cerca del fuego.

—Tengo el valor suficiente para hacerle colgar a usted —dijo—. Sabemos que es usted uno de los ladrones de ganado, y sabemos que ha estado merodeando por los lugares de la cuenca donde fueron asesinados nuestros hombres. Será mejor que hable, Joe.

—No me llamo Joe.

—El nombre no tendrá importancia cuando se balancee usted en el extremo de una cuerda.

—Habla usted demasiado, vaquero.

«No está asustado de mí —pensó Baylor—, pero no las tiene todas consigo porque sabe lo que sucede aquí».

Lo que sucede aquí, dijo la noche.

Paxton tenía que estar a punto de llegar. Debió de haber llegado hacía ya una hora.

Baylor fue hasta el lindero del coto y tendió el oído por si conseguía escuchar el sonido de los cascos de su caballo. Pero no oyó absolutamente nada. El rumor de un cuerpo que se arrastraba le hizo regresar corriendo junto a la fogata. Moccasin Joe estaba tratando de huir, arrastrándose como una serpiente. Había recorrido ya casi veinte pies.

Baylor le envió rodando hacia el fuego.

—Me matarán —dijo el hombre—, pero esto es lo mejor que puede ocurrir. ¡Apague el fuego! ¡Hágame caso!

—Le hice caso antes y no me dio buen resultado.

—¡Apague el fuego!

Un miedo brutal se desprendía del hombre como un mal olor. Baylor se dispuso a acercarse al arroyo para llenar otro sombrero de agua.

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Se oyó un blando caminar procedente del bosque.

—¡Se está acercando! ¡Desáteme! —gritó desesperadamente Moccasin Joe—. ¡Oh, Jesús…!

Y luego se quedó silencioso.

De pie junto a la fogata, con la pistola de cañón doblado en la mano, Baylor se sintió inundado de un sudor frío.

Se oyó la voz de Paxton procedente del bosque.

—¡Baylor!

—¡Aquí!

Baylor vaciló antes de devolver la pistola a su funda. Cuando apareció Paxton, conduciendo al caballo de la brida, el miedo de Baylor se había trocado en furor.

—¡Podías haberte quedado más tiempo de visita y haberte afeitado, aprovechando el viaje!

Paxton no estaba de buen humor precisamente. Su rostro aparecía hinchado a consecuencia de las picaduras de los mosquitos.

—¡Me quedé clavado en un terreno pantanoso! —exclamó—. Y perdí tu carabina —miró a Moccasin Joe—. Veo que le has… ¿Qué diablos le pasa?

Los ojos de Moccasin Joe estaban desorbitados. La mandíbula le colgaba y de sus labios se escapaban hilillos de saliva hasta su barba.

Baylor sintió que un escalofrío le recorría el espinazo. —¡Hum! —murmuró—. Imaginó que tú eras la «cosa»…

—¡La «cosa»! ¡Dios mío! —Paxton abrió unos ojos como platos—. Tu caballo se encabritó como un demonio hace unos momentos.

El caballo estaba temblando, con las orejas tendidas en dirección al arroyo. Paxton empuñó su pistola.

—¡Enfunda el revólver! —gritó Baylor—. Ayúdame a montar a este hombre en el caballo —cogió el cuchillo y cortó el cinto atado a las piernas de Joe—. ¡Ponte en pie!

El hombre se levantó obedientemente. Todavía estaba temblando. Paxton sostuvo las riendas del animal con mano firme para evitar que echara a correr hacia el coto.

Baylor ató a Moccasin Joe a la silla.

—¡Saca al caballo de aquí!

Se pusieron en marcha hacia el coto, con el caballo luchando para escaparse y con Baylor luchando para mantener a Moccasin Joe pegado a la

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silla. El potro siguió tratando de escapar hasta que hubieron cruzado el coto.

Entonces se tranquilizó.

—¿A qué distancia se encuentra la cabaña de Raven? —preguntó Baylor. —A unas cuatro millas —respondió Paxton—. Esta vez procuraré no

meterme en un terreno pantanoso.

Se echó a reír con una risa que sonó a falsa.

Hablaron muy poco mientras avanzaban a través de la profunda noche de la cuenca del Big Ghost. Baylor marchaba detrás. Paxton rompió una rama y la utilizó para explorar el camino por encima de su cabeza en cuanto estuvieron entre los árboles. Cada vez que decía: «¡Cuidado!», oían a Moccasin Joe gruñir un poco mientras se aplastaba contra el caballo.

Baylor supuso que era ya medianoche cuando Paxton se detuvo en las rocas y dijo:

—Está cerca de aquí… en algún sitio. Voy a adelantarme a mirar.

Baylor se quedó solo. Oyó los pasos de Paxton mientras andaba por el roquedal. El caballo tenía la cabeza hundida entre las patas. Moccasin Joe no era más que un bulto oscuro en la silla.

Un suspiro de alivio salió del pecho de Baylor cuando oyó el murmullo de voces a muy poca distancia, y de pronto regresó Paxton.

—La cabaña está a unas cien yardas de aquí. Raven está allí.

Paxton se encargó del caballo. Raven y Baylor entraron al cautivo en la cabaña. Moccasin Joe era como un robot. La claridad de una lámpara alumbró una habitación con cuatro camastros y un gran hogar en uno de los extremos. Cerca de éste había un estante con libros y por todas partes veíanse trozos de roca.

Raven tenía el pelo revuelto. Iba en camiseta y llevaba las botas sin atar. Su sonrosado rostro estaba excitado y sus ojos mostraban una expresión de dureza. Miró a Moccasin Joe y dijo:

—Creí saberlo todo acerca de los ejemplares raros… Moccasin Joe estaba mirándole fijamente.

Raven cogió la mano derecha del hombre y examinó los lastimados nudillos. Examinó también las heridas que Baylor le había causado al golpearle la cabeza contra la roca.

—Le di un poco fuerte —dijo Baylor.

—No le produjo ninguna herida seria —Raven pasó su mano por delante del rostro del hombre—. ¡Oregón! ¡Oregón! —dijo.

—¿Eh? —inquirió el preso torpemente.

—¿Le conoce usted? —preguntó Baylor.

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—Le vi en la pradera hace cosa de un mes, acampado con un grupo de hombres. Así le llamaban.

—Ladrones de ganado, ¿no?

—Probablemente. Yo cabalgaba por donde quería. Nadie me molestaba.

Curé a un par de ellos, sin preguntarles en qué se ocupaban.

—¿Qué es lo que tiene éste? —preguntó Baylor.

—Shock. Está obsesionado por algo. ¿Trató usted de asustarle?

—Sí, pero sin conseguirlo. Lo que le asustó fue otra cosa. Y quizá si supiéramos de qué se trata, estaríamos tan asustados como Moc… como Oregón.

Paxton entró en la cabaña. Raven le miró a la cara.

—Lávese y no se rasque, Paxton. Póngase un poco de grasa de aquel jarro que está junto a los libros —llevó a Oregón hasta una silla—. Siéntese aquí.

El doctor Raven empezó a trabajar. Limpió y vendó la mano de Oregón y atendió a los cortes que tenía en la cabeza, cortándole el largo pelo con evidente satisfacción.

Baylor pensó que en aquellos momentos Raven era completamente feliz.

—Busquen algo que comer, muchachos —dijo el doctor.

Oregón comió maquinalmente y permaneció mirando a Raven la mayor parte del tiempo. Más tarde, mientras le acompañaba a uno de los camastros, el doctor le preguntó de un modo casual:

—¿Se curó Martín de aquella dislocación del hombro?

—Sí —dijo Oregón—. Sí, se ha curado.

Y sus ojos volvieron a adquirir la expresión ausente que habían tenido hasta entonces.

Raven miró a Paxton y a Baylor.

—Creo que estará completamente bien después de una noche de descanso.

Podéis acostaros, muchachos. Yo me quedaré leyendo.

—No me gustaría que ese hombre desapareciera —dijo Baylor—. Mañana por la mañana quiero que me diga una cosa.

Raven sacudió la cabeza.

—No le sacará nada, Baylor. En cierta ocasión le extraje dos balas del pecho y no profirió un solo gemido.

Raven sonrió ante las suspicaces miradas de los dos rancheros.

—Soy médico —dijo—. Y ahora vais a hacerme el favor de acostaros.

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Raven estaba preparando el desayuno cuando Baylor despertó. Paxton estaba aún profundamente dormido. Oregón permanecía tumbado en su camastro despierto. En sus ojos no había el menor temor cuando miró a Baylor.

Éste indagó:

—¿Está dispuesto a hablar?

—¡Váyase al infierno! —contestó el otro.

Paxton se despertó mientras Baylor estaba vistiéndose. Tomó la pistola de debajo de la almohada y cruzó la habitación, acercándose al prisionero.

—Ese animalito que tenéis por ahí asesinó a mi hermano hace dos días — dijo.

—Mala suerte —replicó Oregón.

Paxton se volvió hacia Baylor.

—¡A ese canalla le voy a dejar esta noche junto a una hoguera y solo! — exclamó furiosamente.

—¡Basta! —intervino Raven en tono seco—. Oregón está en vuestras manos, pero no quiero oír más esa clase de palabras.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Paxton—. Esta mañana quería ir contigo en busca de Sherry, y…

Miró a Raven.

—Tú te quedarás aquí —dijo Baylor—. Yo veré a Sherry. ¿Qué diablos quiere?

La primera comida caliente en varios días fue como agua en un desierto. Después de desayunar, Baylor llevó a su caballo a un espacio cerrado en el cual un manantial había puesto un tapiz de hierba, rodeado de rocas por todas partes.

Paxton rezongó ante la idea de quedarse a vigilar al prisionero. Sherry le haría perder la costumbre de rezongar cuando estuvieran casados, pensó Baylor.

Antes de marcharse, éste se dirigió de nuevo a Oregón.

—Sé que me ha estado mintiendo usted al decirme que su banda sólo operaba fuera de la reserva, Oregón. ¿Qué me dice de Kreider?

—Descúbralo usted mismo.

—Baylor miró a Paxton.

—Tranquilízate —dijo Paxton—. No le perderé de vista.

Raven le acompañó al exterior.

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—Sé lo que sentís, Baylor. Pero las cosas no son nunca completamente blancas ni completamente negras. Hay muchos matices intermedios. Yo no defiendo a Oregón. Pero tampoco le condeno. ¿Comprendes?

—Estoy tratando de hacerlo.

—Menos mal. ¿Quieres llevarte mi rifle?

Baylor sacudió la cabeza.

—No, gracias. Es de poco calibre.

Sherry y Gary Owen estaban esperando en Battleground Park cuando Baylor llegó allí. Se hallaban muy cerca del lugar donde Bill Paxton había sido asesinado.

—¿Qué te ha ocurrido en la nariz? —preguntó Sherry.

—Se me heló en el arroyo. Bonito lugar el que has escogido para nuestro encuentro.

—Sí —Owen miró hacia el pequeño montón de tierra que cubría los residuos del fuego—. Ella lo escogió.

Sherry dijo:

—¿Viste a alguien la pasada noche?

—Pierce y yo encontramos a un hombre, aunque no en plan amistoso, desde luego. ¿Por qué me lo preguntas?

—Los rancheros se han decidido a formar una partida armada para tender una trampa a los bandidos. La dirigen Crossby y Baldray. Creen saber el lugar por el cual entrarán los abigeos para dar el próximo golpe.

—¿Ha sido idea de Baldray? —preguntó Baylor.

Owen asintió.

—Suya y de Kreider.

—¡Kreider!

—Es un agente especial del Departamento Indio —dijo Owen—. Le enviaron aquí para investigar acerca de la veracidad del rumor de que una banda de abigeos estaba operando en terrenos de la reserva. Ha pasado una temporada con los bandidos. A lo que parece, tiene aún un compañero entre ellos que le ha advertido de la próxima incursión.

Esto explicaba por qué Oregón había podido identificar a Kreider como a un miembro de la banda. Mañana o pasado mañana… Tiempo más que suficiente para lo que Baylor tenía que hacer. Miró el Winchester 45-50 que colgaba de la silla del caballo de Owen.

—Tendrías que prestarme tu rifle, Gary.

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—He traído uno para ti —dijo Sherry—. Un 577. Me lo prestó Baldray.

Es para cazar elefantes.

Le entregó a su hermano, uno a uno, media docena de cartuchos. —Pierce me dijo que había visto las huellas de algo que le asustó. ¿Dónde

está Pierce?

Su hermana era toda una mujer, pensó Baylor. Les contó a ella y a Owen lo que había sucedido y la captura de Oregón.

—Creo que nos será más fácil localizar la «cosa» ahora que hemos puesto a Oregón fuera de combate.

Owen se quedó contemplando el lindero del coto, poblado de árboles.

—La «cosa»… —murmuró—. Me quedaré contigo, Ken.

—Lo que vas a hacer es llevarte a Sherry de aquí…

—Conozco el camino —dijo Sherry—. ¿Sabes una cosa? Kreider dice que en la próxima sesión del Congreso se presentará un proyecto de ley declarando el Big Ghost terreno libre.

—Owen te acompañará —insistió Baylor.

—¿Y sabes quién inició la acción que ha hecho posible el proyecto? — preguntó Sherry—. Jim Baldray.

—Sí —dijo Owen—. Incluso Kullhem admite ahora que estaba equivocado en lo que respecta a Baldray. Me quedaré aquí contigo, Ken.

—Veo que os entendéis perfectamente —dijo Baylor—. De acuerdo, Sherry. Márchate sola, pero procura estar en casa antes de que anochezca.

La muchacha montó en su caballo. Su rostro estaba muy pálido.

—No te fíes enteramente del rifle, Ken. Súbete a un árbol o algo por el estilo.

—Ya había pensado en eso —dijo Baylor—. Hasta luego, Red.

Los dos hombres estuvieron contemplando a la muchacha hasta que desapareció detrás de los árboles que se erguían en el lindero del Battleground Park.

—Luchar contra los ladrones de ganado no me asusta más de lo que un hombre tiene derecho a asustarse —dijo Owen repentinamente. Sacó su pipa de boquilla corta, la llenó de tabaco y la encendió—. Pero después de haber visto a Paxton… y a los otros dos, admito que me faltaría valor para pasar la noche aquí solo. Pero ahora ya estoy aquí, y aquí me quedo.

Baylor se alegraba de tenerle a su lado… con aquel Winchester de gran calibre.

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—No sé qué es lo que vamos buscando —dijo Baylor—, pero es posible que dentro de un par de horas hayamos salido de dudas. Vamos.

Emprendieron el camino entre los árboles y estuvieron fuera de la vista hasta que llegaron al coto que estaba situado debajo del terreno del gran incendio, el lugar en el cual Baylor había encendido la fogata la noche anterior. El recuerdo de la noche empezó a actuar sobre Baylor.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando vio que el fuego que él y Paxton habían dejado ardiendo en su rápida retirada, había sido cubierto con un gran montón de maleza. En el terreno circundante había unas señales muy amplias, pero ninguna huella profunda. La historia estaba allí. El fuego no se había apagado del todo con el primer montón de maleza que le echaron encima, y la «cosa» había continuado echando maleza, con salvaje frenesí, hasta que cesó el humo. Fuego. Ése era el cebo.

Owen chupó nerviosamente su pipa, intrigada —¿Quién habrá sido? —inquirió. Baylor sacudió la cabeza.

—Sé lo mismo que tú…

La noche está llegando de nuevo, dijeron las voces.

Baylor y Owen permanecieron muy juntos mientras exploraban las inmediaciones. En un lugar del arroyo descubrieron que la «cosa» había cruzado el curso del agua de un salto: cuatro huellas en el blando barro.

—¡Dios mío! —exclamó Owen con voz quebrada—. ¡Estas huellas no corresponden a nada que yo haya visto antes!

La misma blandura del barro había impedido que las huellas tuvieran una forma definida. De todos modos, no parecían corresponder a ningún ser viviente que Baylor hubiera visto antes de entonces o del cual hubiese oído hablar.

—No es un oso —dijo.

—Cuando estábamos en Irlanda, mi abuela solía asustarnos… Owen sacudió la cabeza.

Un poco más arriba encontraron un mechón de pelo corto y muy recio. —No existe nada en el mundo que tenga un pelo como éste —exclamó

Owen.

En la completa inmovilidad del Big Ghost, Baylor se sintió de repente como un ser primitivo, lleno de temores a lo desconocido, y por un momento

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dejó de ser un hombre civilizado, ya que lo que estaba viendo no encajaba con ninguna de sus anteriores experiencias.

—Los ladrones de ganado deben de haberlo visto —dijo Baylor—. Oregón dijo que atacó a uno de sus hombres. No hubieran cubierto el fuego si no hubieran temido que nosotros pudiéramos reconocer la señal —se quedó mirando fijamente a Owen—. ¡Fuego, Gary! ¡El fuego es lo que le atrae!

—Yo he estado aquí de noche… con fuego.

Owen se encogió de hombros.

—Eso no significa nada —objetó Baylor—. Un hombre puede estar de suerte durante mucho tiempo, y de repente una noche… ¿Dónde van a reunirse los rancheros?

—Acamparán en pequeños grupos en las inmediaciones del West Wall. Cuando vean la señal de humo que hará Crossby desde el risco…

—Tenemos que ir a advertirles, Gary. Orahood es incapaz de acampar al aire libre sin una hoguera. Vas a ir allí y les dirás que no enciendan fuego.

—¿He de dejarte solo?

—He pasado varias noches solo. Llévate el caballo. No quiero que le pase nada.

—¡Santo cielo, Ken! No quieres que le pase nada al caballo, pero tú… —Procura pasar inadvertido, Gary, de modo que no estropees la trampa

que tienen preparada.

Baylor tomó las reatas de las dos monturas. Cuando estaba a punto de marcharse, Owen dijo:

—Quédate con mi rifle. Ese mataelefantes sólo dispara dos veces.

—Tengo más que suficiente con dos disparos… si es que puedo hacerlos.

Esta noche te gustará sentir el cañón del rifle sobre tus rodillas, Gary.

—No me asustes. Ya sé que soy un cobarde. Deseo marcharme de aquí.

Lo reconozco.

Owen se alejó.

Baylor no se hubiera decidido a admitir lo solo que se sintió.

Las noches del Big Ghost parecían hechas para convertir la cuenca en un oscuro agujero. Desde la plataforma formada con las reatas en las ramas de un abeto, Baylor contempló la pira de leña dispuesta para prenderle fuego. Había amontonado más madera en las cercanías para que la hoguera durase toda la noche. Y había llegado el momento de encenderla. Cuanto más pronto, mejor. El humo dejaría un largo rastro a través del bosque, las llamas producirían un resplandor visible desde gran distancia, y la «cosa» podría sentirse atraída por

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el fuego. Desde su escondite, en lo alto de un árbol, ofrecería un blanco magnífico.

¿Un blanco magnífico? Tal vez la «cosa» trepara a los árboles.

Baylor encendió el fuego. Esperó hasta convencerse de que no se apagaría, y entonces subió al abeto que había escogido de antemano.

La oscuridad rió a su alrededor.

El humo que ascendía de la fogata le envolvió. Era algo que Baylor no había previsto; pero repentinamente el fuego tomó un gran incremento, aguijoneado por un ligero vientecillo que empujó el humo en otra dirección.

Baylor trató de instalarse cómodamente entre las reatas. Apoyó el rifle de doble cañón en una rama en forma de horquilla, de modo que no pudiera caer. Los cuatro cartuchos que tenía, aparte de los dos que estaban en el arma, asomaban por el bolsillo superior de su chaqueta. Sin embargo, Baylor sabía que aquellos cuatro cartuchos no contaban. Si no conseguía su objetivo con los dos primeros disparos…

El cuarenta y cinco de Bill Paxton estaba vacío cuando Kreider lo encontró.

La noche se rezagaba. El Big Ghost iba reuniendo todos sus secretos para ella, y la oscuridad estaba llena de susurros. Baylor bajó tres veces del árbol para añadir leña a la fogata. Cada vez se llevó el pesado rifle, y cada vez su carne se estremeció hasta que estuvo de regreso en su refugio.

Se fumó todo el tabaco que llevaba. Se sintió sediento. El arroyo quedaba muy cerca.

Baja a beber un trago de agua, Baylor.

Trató de cerrar los oídos a la insidiosa voz. Su sed aumentó en proporciones descomunales, y Baylor sabía que no podía ser real. No podía estar sediento; había bebido antes de que empezara a oscurecer.

Baja a beber un trago. No seas tonto.

Esperó hasta que el fuego necesitó más leña. Después de avivar la fogata permaneció un momento junto al árbol con una mano apoyada en el tronco que conducía a la seguridad.

Vamos, Baylor. ¿Tienes miedo de ir a beber?

El agua le pareció helada cuando le humedeció el sudoroso rostro. Bebió haciendo copa con las manos, y luego las restregó contra su chaqueta mientras miraba fijamente más allá del arroyo tratando de taladrar la oscuridad. La pasada noche, la «cosa» había estado por allí. Y en aquel momento podía encontrarse también allí.

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Dio un par de pasos en dirección al fuego. Algo chapoteó en el agua detrás de él. Dio media vuelta en redondo empuñando el rifle, aunque sabía perfectamente que el chapoteo procedía de una rata almizclera.

Permaneció unos instantes con las manos tendidas sobre la fogata para secárselas, como un desafío a lo desconocido, pero al subir al árbol lo hizo de un tirón a toda prisa.

En las frías horas que siguieron a la media noche bajó una vez más para alimentar el fuego. De repente oyó un sonido detrás de los límites de la claridad que esparcía la fogata. Empuñó el rifle mientras su corazón empezaba a latir tumultuosamente.

Está allí. Te está espiando.

Decidió volver a subir al árbol. Oyó el crujido de las secas agujas de pino. Baylor se volvió, con la espalda apoyada en el tronco del árbol. Más allá del fuego se movió algo. Una forma enorme, sombría, surgió de la oscuridad. Un ronco gruñido envolvió a Baylor.

Apretó el gatillo derecho y luego el izquierdo. La «cosa» avanzó rugiendo. Baylor empuñó el rifle como una maza. No pensó en volver a cargar el arma. En aquel momento había dejado de ser una persona civilizada.

El rugido se convirtió en un estrangulado gruñido. La «cosa» se había desplomado con las patas traseras en las llamas. Trató de arrastrarse hacia Baylor y luego se quedó completamente inmóvil. Entonces Baylor colocó otro cartucho en el rifle e hizo un tercer disparo. La gran masa caída en el suelo recibió el terrible impacto sin estremecerse.

El olor de la cordita llenaba las fosas nasales de Baylor cuando se acercó al fuego y empezó a añadir leña con mano temblorosa. El hedor del pelo quemado le mareaba. Apartó las llamas de las patas traseras de la bestia.

Había sabido lo que era desde el momento en que el animal se había erguido hasta una altura más alta que la de un caballo.

Baylor había matado a un oso gris.

Cuando las llamas estuvieron más altas examinó al animal. Tenía unos pies deformes, grotescos: unos muñones de carne que habían crecido tras sufrir los efectos de unas terribles quemaduras.

Baylor levantó una de las patas del oso con las dos manos. También allí se acusaban los efectos de unas crueles quemaduras.

¡El gran incendio, cinco años antes! El oso era entonces una cría o se encontraba en plena infancia. El pobre diablo, atrapado por las llamas,

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probablemente contra las rocas, ya que solamente tenía quemado un lado del cuerpo, debió cubrirse el rostro con las patas delanteras. Y cuando no pudo resistir más, salió galopando a través del mar de llamas.

Antes de recobrarse debió ser un animal despellejado y torturado. No era extraño que el olor del humo o la vista de las llamas le volviera loco.

Baylor descubrió el agujero de uno de sus proyectiles en la garganta del animal. Aquel había sido su primer disparo, cuando el oso estaba en pie. El otro debió penetrar por su hombro…

Baylor apartó la vista, lleno de compasión por el desdichado animal.

Estaba dormido junto al apagado fuego cuando el salvaje estampido de unos disparos rompió la calma del amanecer. Se puso en pie rápidamente. El tiroteo, muy intenso, procedía de algún lugar cercano al West Wall. Luego fue haciéndose más espaciado, hasta que cesó por completo. El Big Ghost volvió a quedar en calma.

Baylor esperó que la trampa contra los ladrones de ganado hubiera dado el resultado apetecido. Por primera vez en muchos días oyó el canto de los pájaros al despertar. Antes había estado esperando oír otra clase de sonidos.

Se quedó dormido de nuevo. El sol estaba ya alto cuando el ruido de los cascos de varios caballos volvió a despertarle: llegaban los rancheros. Kullhem, con el brazo izquierdo en cabestrillo, cabalgaba al lado de Baldray. Un poco más atrás un hombre estaba tendido a través de la silla de su caballo.

Owen y Paxton se acercaron rápidamente a Baylor, el cual señaló con un gesto al hombre cruzado en la silla de su cabalgadura.

—Orahood —dijo Owen lacónicamente—. Es la única baja que hemos tenido.

Baylor quedó anonadado al pensar en la esposa de Orahood, sola en el Sky Hood, esperando un bebé.

Paxton dijo:

—Atrapamos a los bandidos en el Windy Trail. Les obligamos a salir huyendo.

—¿Y Oregón? —preguntó Baylor.

—Trató de poner en práctica uno de sus pequeños trucos.

Owen estaba mirando hacia el bosque.

—Está allí —dijo Baylor sencillamente.

Los hombres daban vueltas alrededor del oso.

—¡Dios mío! —decía Crossby—. ¡Fijaos en el tamaño de este animal!

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—Tiene que haber sido algo muy divertido, ¿eh, Baylor? —Baldray frunció el ceño, insatisfecho de sus propias palabras.

Raven se movía alrededor del oso como una mosca.

—Un ejemplar magnífico —murmuró—. ¿Cómo se las arreglaría para obtener comida mientras se reponía de sus quemaduras?

—Estaría oculto en uno de los pantanos —dijo Kullhem—. Y allí nunca falta alimento.

—Un magnífico ejemplar —repitió Raven—. Me gustaría echarle una mirada al estómago y a otros órganos internos. —Vaciló—. Desde luego, el oso es suyo, Baylor. ¿No le importa?

—Sí, me importa —Baylor sacudió la cabeza lentamente—. Déjele en paz, Raven. El pobre diablo ya sufrió bastante cuando estaba vivo.

Raven se apartó del animal, aunque era evidente que lo hacía de mala gana.

—Creo que le comprendo, Baylor —murmuró.

El huesudo rostro de Baldray demostró que él sí había comprendido. —¡El matador! —dijo—. ¡Pobre animal!

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LA BODA

CONRAD RICHTER

DURANTE dos días, el rostro curtido de Asa Putman era como un mensaje cifrado que podía leer todo el que poseyera la clave. Desde el sábado, un solo viajero había pasado por su solitaria posta, que se reducía a una

pequeña construcción de adobes y un corral con cercas de maderos, perdida en la enorme y arenosa extensión del llano de Santa Ana. Allí, hasta donde alcanzaban sus ojos desde el umbral de la posta, la ruta de El Paso, sin cunetas ni postes de teléfonos, marcada sólo por las roderas de llantas de hierro, por las pezuñas de caballos, vacas, ovejas y cabras, e incluso por las zarpas de algún lobo furtivo, yacía apacible, cubierta de polvo.

Generalmente pasaban por allí acarreadores chascando sus látigos, seguidos por galeras que iban dando tumbos. Patrullas del ejército, que iban y venían de los fuertes, solían plantar sus tiendas para pasar la noche más allá del riachuelo. Los coches particulares de los comerciantes de Santa Fe y Colorado, de los grandes ganaderos y de los altos funcionarios del Gobierno paraban ante la casa el tiempo suficiente para que los hijos de Putman pudieran admirar las elegantes señoras que viajaban, los magníficos artesonados de los coches y los lujosos almohadones del interior. Grandes rebaños de novillos rojos y flacos bramaban en busca del agua del abrevadero, y parejas o grupos de hombres a caballo pasaban ante la casa, camino del Norte o del Sur.

Pero desde el sábado no había aparecido ni siquiera una solitaria carreta procedente de los lejanos poblados de Los Cedros. Sólo una muchacha, que venía de Blue Mesa, cabalgó hasta allí para recoger su correo y el de sus vecinos. Cenó con los Putman, rehusó quedarse a pasar la noche e inició el largo camino de regreso hasta su casa.

Un forastero que procediera del Este hubiera hecho comentarios sobre aquella soledad, aquella mortal espera, y hubiera preguntado, inquieto, por

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qué no venía tío Gideón, tal como prometió. Pero en casa de los Putman ni siquiera se mencionaban esas cosas.

Asa se afanaba deliberadamente de acá para allá, en la posta, llenando de frijoles y café verde el depósito que había debajo del mostrador, hojeando el paquete de cartas que se amontonaba en la mesa y convirtiendo en una especie de rito lento el acto de preparar y llevar la comida a los animales que había en los corrales. Cuatro de los caballos estaban ya frescos para la primera diligencia.

Rife, que acababa de cumplir quince años, se ocupaba de acarrear el agua. Ignacita, la criada mejicana, escupía enérgicamente en las pesadas planchas de hierro de la tórrida cocina y miraba constantemente por encima del hombro hacia la puerta y la ventana, que estaban abiertas.

Y Nancy Belle, que tenía diecisiete años, hacía y deshacía un enorme baúl con conteras de hierro que su padre le había comprado en Santa Fe y cantaba dulcemente en voz baja, al estilo de cincuenta o sesenta años atrás.

Nancy Belle se iba a casar el sábado siguiente en Gunstock, a doscientas millas de distancia, cinco días de viaje en el carromato, cuatro cabalgando.

Durante seis meses apenas había pensado en otra cosa. El almanaque se abría por sí solo en el mes de junio, tan naturalmente como la Biblia de su madre se abría en el Salmo treinta y tres. Tantas veces había paseado el dedo por la página que estaba casi borrada la fecha en que Nancy Belle y Stephen Dewee se convertirían en marido y mujer. Los Dewee vivían a cuatrocientas millas, al oeste del territorio, en la región de Beaverhead. Stephen y Nancy Belle iban a explotar un rancho en la montaña, cerca de la familia. Para la boda habían elegido Gunstock porque estaba casi a mitad de camino entre las dos casas y en un lugar conveniente para los amigos que vivían desparramados a lo largo de Río Grande.

Había caído la oscuridad y Nancy Belle encendió una vela cuando una figura se detuvo de mala gana en el umbral. Asa Putman nunca se había sentido cómodo en el dormitorio de su hija. Era un hombre alto, que parecía repujado en cuero; llevaba una chaqueta raída y sin botones, que le quedaba suelta y se sentía visiblemente embarazado ante cualquier mueble que sugiriese refinamiento. Iba siempre cubierto, incluso en el interior de su casa. También entonces lucía su sombrero de copa plana y grandes alas, aunque no tanto como las que se ven hoy día en el Oeste. Nancy Belle sabía que la familia de su madre jamás le había perdonado que se llevase a su joven esposa y a sus dos hijos a aquella posta solitaria, a merced de los forajidos y de los más crueles apaches.

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Estaba claro que algo preocupaba a su padre aquella noche. La miró de través, con su expresión aguda y característica.

—Supongo, Nancy Belle, que no podrás retrasar la boda.

La muchacha permaneció inmóvil, contemplándole con aquella cara que era copia exacta de la de su madre, pero bajo el vestido de seda gris de estrechísimo talle y amplias faldas sintió un estremecimiento que la dejó helada. Parecía mucho mayor de lo que en realidad era. Había heredado el cabello suave, propio de la gente bien nacida, y los ojos grises, un tanto separados, de su madre, pero tenía la barbilla enérgica y resoluta de su padre.

—No, papá.

Las dos palabras tenían la serena firmeza del desierto.

—Me imaginaba que dirías eso —asintió él, evitando mirarla a los ojos—. Sólo quería preguntártelo. Yo hubiera hecho toda la jornada[95] a pie para llegar a tiempo a tu boda. Pero ahora no puedo contar con que venga Gideón a ayudarme.

—¿Quieres decir con eso, papá, que no puedes salir para Gunstock mañana?

Su voz era tranquila, pero ahora matizada de una gran frialdad. Entre toda la gente que había imaginado a su alrededor el día de su boda, el que más imprescindible le parecía, después del propio Stephen, era la figura alta y grave de su padre.

—Pues me temo que no voy a poder —respondió éste con sencillez—. Rife podría ocuparse de los relevos y de alimentar a los animales, pero a esta posta vienen algunos hombres que no puede gobernar un muchacho —Asa cambió de postura—. Había pensado en cerrar hasta que volviera, pero van a llegar los relevos y el correo. Y los acarreadores cuentan conmigo para la comida y la de los animales. Y además tengo que defender mi propia hacienda, y el correo, y las mercancías para la región de Los Cedros, que están en el almacén.

—Ya lo sé. Puedo ir a Gunstock yo sola.

A Nancy Belle le pareció que en lo más profundo de los ojos de su padre brillaba una lucecita de orgullo.

—Eres ya toda una mujer, Nancy Belle, y Rife se ha hecho un hombre. El camino hasta Río Grande es sencillo, una vez hayáis torcido en la vieja posta abandonada. Tanto Rife como tú habéis estado allí otras veces. Naturalmente me encantaría asistir a la boda, pero Rife me contará cómo ha sido todo cuando vuelva —se fue hacia la ventana—. ¡Rife! —llamó.

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El hermano de Nancy Belle apareció en seguida. Un muchacho esbelto con los ojos azules de su padre. Era muy pausado y nunca hacía aspavientos, ni siquiera cuando mató a aquel pato perdido en el abrevadero o trajeron el último cedro de las colinas a Santa Fe, entre las iluminaciones de la plaza. Cuando su padre le habló no demostró tampoco ninguna pena ni entusiasmo; solamente se enderezó.

—Claro que puedo llevarte, Nancy Belle —dijo.

El corazón le dio un vuelco a la muchacha bajo el ajustado corpiño. Recordó las largas millas que debían recorrer en el carromato, los campamentos en parajes solitarios, las sombras siniestras que parecían estar siempre rondando, las avanzadas fronterizas y la plaga que desde el sábado semejaba haber caído sobre él sendero. Sus ojos se nublaron. Entonces, en el último minuto, se rindió.

—Si me dejas ir a caballo, papá, puedo esperar un día más a ver si llega tío Gideón —prometió.

Los ojos del padre se clavaron en las cortinas de indiana roja que adornaban las ventanas sin cristales.

—Empiezo a sospechar que Gideón no vendrá, Nancy Belle. Además el camino hasta Gunstock es demasiado largo para ir a caballo, sobre todo para una chica a punto de casarse. Llegarías rendida y tendrías que dejar aquí el baúl. No podrías ponerte el traje de boda.

Se volvió de espaldas y salió de la habitación. Rife le siguió. Nancy pudo en seguida oír la voz de su padre, lenta y grave, procedente de uno de los corrales.

Estaba demasiado lejos para oír las palabras, pero cuando regresaron advirtió que su hermano había palidecido ligeramente bajo el bronceado del sol.

—Será mejor que duermas un poco, Nancy Belle —dijo su padre—. Tú y Rife iréis antes de que amanezca. Si viene Gideón, yo os seguiré a caballo.

Apenas habían salido de la habitación cuando Ignacita vino desde la cocina, con sus ojos negros brillando sobre una pila de ropa blanca, recién planchada, que llevaba en los brazos.

—¡Nancy Belle, chinita! —murmuró, tirando de la manga de la muchacha

—. ¡No le digas a tu papacito que hemos platicado! He prometido no decirte nada que te amiede. ¡Pero no puedo dejarte ir sola por esas tierras, pobrecita! Algunas veces la gente va segura de un sitio para otro, ¡oh, sí! ¡Pero muchas veces no vuelven, chinita! Tú no eres tan vieja como Ignacita. ¡Ay! Te aseguro que estos ojos han visto hombres y mujeres descuartizados colgando

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de un árbol como si fueran corderos; y también atados a una estufa, como no tengo palabras para explicarte.

Nancy Belle no contestó; solamente se dedicó a colocar en el baúl, una a una, las piezas recién planchadas: un camisón de novia de muselina, adornado con plumas azules y rojas, cosidas a la tela; enaguas profusamente guarnecidas de frunces, y batas largas con el cuello muy alto, llenas de frunces en el borde de las mangas y en el pecho. La mejicana siguió hablando sombríamente. La muchacha dobló aparte su traje de invierno de cachemira, abotonado hasta arriba y con una chorrera blanca. Envolvía y desenvolvía vez tras vez, en un pedazo de tela, las zapatillas rojas que aquel anciano viajero de la diligencia le había enviado desde Filadelfia como regalo de bodas.

Cuando Ignacita se fue, Nancy Belle abrió una caja cubierta con conchas de colores. El espejo del interior de la tapa le devolvió la imagen de una cara tan tranquila como las doradas nubecillas que brillaban al atardecer en el Este, para llegar al ocaso en el desierto. Pero mucho tiempo después de haberse desnudado y puesto la camisa de noche todavía notaba un peso en el corazón que la oprimía y la hacía revolverse en la cama.

Al primer ruido que Ignacita hizo en los fogones Nancy Belle saltó de la cama. Se vistió sobre la piel de burro, color marrón, que era la única alfombra que había en su cuarto. Por la ventana que daba al oeste pudo aún ver la estrella de la mañana brillando como una vela encendida. También la distinguirían, se dijo, desde Gunstock y en Beaverhead, donde, en aquel momento, Stephen yacía en la cama de su nuevo rancho, pensando en ella.

Desayunaron en la cocina, a la luz de las velas. Nunca en su vida había observado todos los detalles con tanta atención, los platos y las tazas, grandes y blancas, los viejos y usados cuchillos de acero, las pantallas de papel de la lámpara, medio chamuscadas, el olor familiar de la casa, los ojos inescrutables de su padre, de Rife y de Ignacita.

El propio Asa Putman cargó con el baúl y lo sacó fuera. En el carromato había ya preparada paja de heno, un saco de piel lleno de avena, comida metida en un cajón de latas de tomates y utensilios de cocina en otro, una cuba de agua y unos rollos de colchones para preparar las camas, un hacha, unas bridas y la silla de montar de Nancy Belle.

A la luz de la linterna, los ojos de la muchacha pudieron observar el brillo de un rifle colocado en una esquina, junto al asiento. Fancy, la yegua de Nancy Belle, estaba atada a la parte trasera del carromato y tenía las orejas erguidas: seguía a su dueña hasta su nuevo hogar. La muchacha se dijo que

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aún estaba rodeada de todos los objetos familiares, pero más allá del pequeño círculo de luz de la linterna empezaba la oscuridad y lo desconocido.

Cuando se despidió de su padre, Asa la besó… algo que no había hecho en muchos años.

—¿No has cambiado de opinión, Nancy Belle? —le preguntó.

Ella subió rápidamente al carro, apoyándose en la rueda y se metió dentro antes de que Asa pudiera darse cuenta de que estaba llorando. Rife trepó como un mono por el otro lado y empujó el rifle metiéndolo bajo un almohadón del asiento. Las riendas se tensaron y el carromato avanzó con una sacudida.

—¡Que Dios te lleve sana y salva a donde te aguarda tu marido, Nancy Belle! —gritó Ignacita a sus espaldas.

El lucero del alba se había ocultado. Avanzaron en un mundo silencioso y oscuro. Nancy Belle no podía comprender cómo se las arreglaban los caballos para seguir el sendero. Cuando volvió la cabeza atrás, la única luz que pudo ver en todas aquellas millas de tierra negra y hostil era la amarillenta ventana de la posta de su padre.

Era casi como una visión dorada y lejana, como un símbolo de todas las cosas bellas. Nancy Belle no se atrevió a mirar de nuevo.

Dos horas después, el carromato era como una diminuta embarcación que surcaba aquel inconmensurable mar verdoso, bajo el sol. El toldo de lona del vehículo, firmemente agarrado a los arcos de madera, era como una vela y el mar de arena no dejaba de ondularse a sus pies, hasta las azules y apenas visibles rompientes de la Cordillera del Espíritu, allá en la lejanía.

Un poco antes de torcer hacia el oeste, en el cruce del camino que llevaba a Río Grande, un carromato tirado por una junta de bueyes y con una vaca atada detrás, llegó arrastrándose penosamente hasta las medio desmoronadas tapias de la vieja posta abandonada. Un hombre barbudo y una mujer muy delgada con la cara muy pálida se sentaban en el asiento. La mujer tenía un niño de pecho en brazos y otros tres chiquillos de ojos negros les miraron desde el interior del carro.

El hombre de la barba les saludó y paró su yunta. Lo mismo hizo Rife. La mujer fue la primera en hablar; lo hacía muy deprisa y su voz era un tanto áspera.

—¡Lo mejor que pueden hacer ustedes es dar la vuelta y seguir con nosotros, si quieren salvar la cabellera! —gritó—. Anteayer nos dijo un pastor que había visto…

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El hombre de la barba la interrumpió enérgicamente y la mujer cayó en un adusto silencio. Luego le preguntó a Rife hacia dónde pensaban dirigirse; después saltó del pescante y le dijo que quería hablar con él un momento. El muchacho le siguió de mala gana detrás del carromato. Nancy Belle podía oír la voz del hombre, grave y pausada como la de su padre, mientras la mujer forastera se entregaba a una mímica silenciosa y terriblemente expresiva.

Rife volvió, andando con cierta rigidez. El hombre de la barba subió a su carromato, al lado de la mujer.

—Tienen que seguir adelante —le explicó en voz baja, luego les saludó con el látigo—. ¡Buena suerte, muchacho! ¡Y a usted, señorita!

Rife agitó también el látigo en acción de gracias. Los carromatos se separaron. Nancy Belle contempló ante sí el camino hasta Río Grande, que casi se reducía a dos surcos impresos por las ruedas y que se perdía de vista en la solitaria llanura. Rife parecía aliviado de que ella no le preguntase qué le dijo el hombre de la barba. Pero a la muchacha le bastaba con no olvidar las señas aterrorizadoras que le había hecho la mujer, en silencio, sus espantados gestos y el miedo que se había quedado prendido en los ojos de los niños.

Los hermanos hablaron muy poco. Nancy Belle contempló a su hermano mientras los ojos de éste no se apartaban del camino, escrutando el horizonte. Matorrales de hierba, que podían ocultar plumas y troncos de cactus de los que parecían sobresalir cañones de rifles. Cuando pasaban por arroyos donde la vegetación era más espesa, Nancy Belle observaba como su hermano afirmaba los pies en el pescante. Una vez Rife cogió el rifle, pero se trataba sólo de una manada de antílopes que cruzaba la desierta pradera.

Cuando todavía brillaba el sol en lo alto empezaron a preparar el campamento para pasar la noche. Nancy Belle no preguntó nada cuando el muchacho llevó carromato y animales muy lejos del camino, en el fondo de una cañada. Cantó en voz muy baja mientras freía el tocino salado y preparaba las tazas llenas de café negro.

Rife trabó a Antón Chico y al caballo del Bar X y amarró a Fancy a una estaca, cerca del carromato.

Nancy Belle fingió no darse cuenta de nada cuando Rife antes de que anocheciera, ahogó el fuego con arena, para que no brillase ninguna chispa ni flotase la menor nubecilla de humo en el aire. Luego le observó de reojo cuando el muchacho trepó a lo alto de la cañada y permaneció largo rato estudiando la región desde la punta del cerro. Su figura destacaba, esbelta y tensa, bajo el sombrío resplandor del ocaso.

—No hay novedad —dijo al regresar—. Puedes acostarte.

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—¿Por qué dices que no hay novedad? —preguntó Nancy Belle.

—Por los caballos —replicó el muchacho, y Nancy Belle sintió que se le encogía el corazón de pena de ver que el muchacho tenía que aceptar tan joven las responsabilidades de los hombres y decir las mentiras propias de hombres.

Se acostó en el carro, entre las mantas extendidas en la paja de heno, con la cabeza apoyada en su silla de montar y la Biblia, cerrada, entre las manos. Oyó a Rife preparar su camastro en el suelo, debajo del carromato. La ausencia de su padre hacía que todo pareciera extraño y hostil. Sólo logró calmarse un poco acariciando las páginas de su Biblia y recordando el día lejano, allá en la posta, en que viera a Stephen por primera vez.

Su padre nunca la había dejado alternar con los hombres que vivían en el camino. Siempre, cuando la primera nubecilla de polvo se levantaba en el horizonte, el padre encargaba a sus dos hijos que subieran arriba a revisar los cereales, que llenaran los tanques de agua o que llevaran a la casa sillas de montar y bridas. Pero aquel día Asa Putman y su hijo Rife se habían ido a Fort Summer y el tío Gideón era incapaz de negarle algo a su sobrina.

Había sido un día verdaderamente caluroso. Nancy Belle estaba sentada a la sombra, en el borde del abrevadero, con los pies desnudos dentro del agua, contemplando las ondas que el viento dibujaba en la fresca superficie. Las hojas de los álamos tintineaban sobre su cabeza y no oyó nada hasta que levantó la vista y vio ante ella a un hombre joven, montado en un caballo bayo, con el sombrero y el bigote cubiertos de polvo. Sus ojos eran tan penetrantes como los de un águila. Eran firmes los rasgos de su enjuto semblante. Pero en lo que más se fijó Nancy Belle fue en la corbata de lazo que llevaba sobre la negra camisa.

Instantáneamente, Nancy Belle escondió los pies y las piernas, desnudas y húmedas, bajo el vuelo de la falda. Se le encendió el rostro de vergüenza, pero el joven forastero le preguntó por su padre y le habló tranquilamente, como si ella, una muchacha de quince años, no hubiera sido sorprendida con los pies descalzos. Luego hizo lo que a juicio de Nancy Bell constituía un gesto muy noble. Cuando apareció tío Gideón le volvió la espalda para que pudiese correr hacia la casa y ponerse las medias y los zapatos.

Nancy Belle pensó en Stephen constantemente durante todo el día siguiente y el otro. Ahora ya se había acostumbrado un poco a aquellas largas jornadas sin su padre: a las tranquilas e inciertas noches bajo las mantas del carromato, sentada o echada, escuchando, esperando; a los días menos inciertos, con el sol sobre los espacios sin fin; a pasar el día entero

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encaramada en su asiento del pescante, bajo los arcos de madera de la lona; a los topetazos, crujidos y bandazos del carromato; a la arena saltando suavemente entre los ejes de las ruedas rojas; al sol dándoles en la cara toda la tarde; mientras allá, a lo lejos, todavía permanecían escondidos Gunstock y Río Grande y bailaba ante sus ojos la columna de humo del aire caliente. Nancy Belle casi había olvidado ya al hombre de la barba que guiaba el carromato tirado por los bueyes y el curioso y profundo terror retratado a los ojos de los chiquillos.

Desde la mañana del tercer día su marcha se hizo más lenta. El camino parecía llano pero la pesada respiración de los caballos demostraba lo contrario. Cuando Nancy Belle volvió la vista atrás pudo darse cuenta de lo empinada que era la cuesta que habían subido. De pronto, a media tarde, comprobó que la gran Cordillera del Espíritu había desaparecido tras una ladera cubierta de pinos que era su última estribación hacia el sur. Era como el lagarto, que se devora a sí mismo. Y en aquel momento estaban trepando por la cola del lagarto.

—¡Cedros! —dijo Rife de pronto, señalando con el látigo hacia unas manchas negras, desparramadas ante sus ojos.

—¡Aquí se puede respirar mejor! —exclamó Nancy Belle, bebiendo a pleno pulmón el aire puro.

Rife también aspiró el aire, pero sus ojos azules no se apartaban de la alta colina cubierta de negros ramajes, bajo cuyos hoscos riscos tenían que pasar.

—Pronto podremos ver las Gunstock Mountains[96] —dijo Nancy Belle. —Y la cabaña de Martín Cross —añadió Rife—. Allí vamos a encontrar

agua por última vez hasta que lleguemos a Río Grande.

—Martín es un viejo muy simpático —comentó Nancy Belle distraída—.

Será agradable acampar cerca de su cabaña y charlar con él un rato.

El muchacho inclinó la cabeza asintiendo. Tras unos momentos empezó a silbar quedamente. Cuando llegaron bajo el primer cedro, Nancy Belle saltó del carro y volvió a subir en seguida, blandiendo una rama muy verde. Al estrecharla con fuerza, despedía un perfume muy penetrante, parecido al de cierto almacén de Santa Fé.

Por fin llegaron a la cumbre. Allí soplaba la brisa procedente del sudoeste y los caballos pudieron refrescarse. Rife dejó de silbar repentinamente y la ramita de cedro cayó sobre la falda de Nancy Belle. Los oscuros riscos de la empinada colina estaban allí, pero la cabaña de Martín Cross se había convertido en un lugar de desolación, en un montón de cenizas. Mientras lo contemplaban, una ráfaga de viento removió las cenizas y un ojo rojo pareció

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abrirse y mirarles desde los rescoldos. Nancy Belle sintió un incontenible estremecimiento que hizo que se le erizaran las raíces del cabello.

Cuando el sendero que iba hasta la cabaña de Martín Cross se unía al camino, Rife detuvo la carreta de mala gana y se pasó la lengua por los labios, resecos por el viento.

—La cuba de agua está vacía y los caballos tienen sed. Si papá nos acompañara iría a la cabaña.

—Yo soy la mayor —dijo Nancy Belle firmemente—. Cabalgaré hasta allí; a lo mejor hay algo que podamos hacer.

El muchacho saltó al suelo rápidamente. Sus ojos parecían recordar algo que su padre le había dicho.

—Tú puedes venir luego con el carro, si te hago señas.

Le tiró las riendas y salió por la parte trasera del carro tomando la brida de Fancy y el rifle. Montó a pelo y se dirigió a las humeantes cenizas al pie de los acantilados de la colina. La cola del caballo brillaba como si fuera de oro, al balancearse con el viento.

Cuando Nancy volvió a mirar al camino, su mirada descubrió algo ligero que se destacaba en una de las roderas, al lado del caballo del Bar X. Era una pluma larga y gris. En seguida se dijo que pertenecería a algún pato salvaje que Martín Cross debió matar. Y, sin embargo, nunca la atmósfera le resultó tan horrible y sofocante como entonces en aquel cañón.

Rife no le hizo señal de que se acercara con el carro. La muchacha le vio regresar a toda velocidad. La yegua venía resoplando. Cuando la obligaron a detenerse junto al carro, volvió la cabeza para mirar hacia atrás, a lo que antes fuera una cabaña. Rife la ató de nuevo a la trasera del carro y subió al pescante con el rifle entre las manos.

—¡El agua… no la hubieras querido! —dijo pesadamente. Nancy Belle vio que tenía la cara tan blanca como el yeso.

—Rife —la muchacha le tocó el brazo cuando empezaron a descender el cañón—. ¿Qué has visto en la cabaña?

Rife, sentado a su lado, se hizo el sordo y siguió mirando fijamente hacia adelante. Sus manos se agarraban aún nerviosamente al cañón del rifle.

Cuando llegaron a la meseta envuelta en sombras, detuvieron los caballos y escucharon. No había estrellas, ni un solo ruido, excepto el del vaivén de la lona del carromato bajo el viento y el crujido de la cafetera y el cubo al entrechocar en el interior del carro. Casi de pie en el pescante, Nancy Belle sacó el vehículo del camino, bajo la intensa oscuridad. Con mano experta, ayudó al tembloroso muchacho a trabar a los caballos y a amarrar a Fancy. No

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encendieron la linterna. Rife se negó a cenar y Nancy Belle se conformó con un bocado frío.

El viento siguió soplando en la oscuridad, intensamente. Siseaba entre la hierba, gemía en la lona del toldo del carro y silbaba entre los radios de las ruedas y las cuerdas del freno. Aquella noche Rife no preparó su camastro bajo el carromato, en el suelo; recogió los bordes de la lona y se acostó en el interior, junto a su hermana. Permanecieron en silencio durante un buen rato. Cuando Nancy Belle oyó la pesada respiración del muchacho y comprendió que se había dormido le quitó el rifle del pecho.

La tormenta arreció. La arena empezó a azotar la lona del toldo y a colarse por dentro del carromato. Una invisible nube de polvo en remolinos se metía por los ojos, por la boca, por las orejas, e invadía los pulmones. Nancy Belle dejó un momento el rifle en el suelo para cubrir la cara de su hermano con una manta. Rife se removió y gimió penosamente pero no se despertó.

Como por obra de magia, la lluvia, cuando comenzó a caer, acabó con la arena y el polvo. Nancy Belle respiró con fruición el aire limpio. Al romper el alba saltó del carro. La meseta, que se extendía bajo la débil claridad estaba salpicada de hilachas de neblina y hubiera sido un espectáculo hermoso a no ser por una nueva y aguda sensación de soledad: ¡los caballos habían desaparecido!

Al oír sus gritos, Rife saltó del carromato. Su vergüenza por haber dormido como un tronco toda la noche quedó olvidada ante aquella desgracia.

Hallaron la estaca en la que había estado amarrada Fancy, arrancada de su sitio y tirada en el suelo. Unos metros más allá, por las huellas que había dejado Anton Chico, comprendieron que las trabas se habían roto.

Nancy Belle hizo que el muchacho volviera al carromato, le llenó los bolsillos de bizcochos y carne de antílope y le dijo que para cuando volviera le tendría preparado un desayuno caliente. Tal vez los caballos estuvieran en algún barranco a donde se guarecieron del viento.

Cuando Rife partió, llevándose el rifle, Nancy Belle llenó la cafetera con agua que cogió del arroyo más próximo. Frió patatas y cebollas y al ver que su hermano tardaba en volver puso unos bizcochos[97] en el hornillo, colocó un pedazo de tocino salado en cada uno, que al asarse esparcieron un apetitoso aroma.

A mediodía le pareció oír un disparo. Por más que miró por todas partes de la inmensa meseta no pudo ver la figura de su hermano. Al caer la noche aún se hallaba sola. Estaba leyendo su Biblia y pensando en cuantas mujeres, como ella, habrían leído aquellas páginas en sus horas de ansiedad. Sentada a

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la sombra del carromato, de cara a la dirección hacia la que su hermano había partido, levantaba la vista cada pocos minutos para escrutar el horizonte. Pero todo lo que podía distinguir eran las sombras que proyectaban las nubes sobre la superficie de la inmensa y solitaria meseta. Todo lo que podía oír eran los desolados lamentos de las invisibles alondras.

La oscuridad y el silencio cayeron sobre la desierta tierra. Nancy Belle subió al carromato y se sentó en su interior, con las manos rígidas, abrazándose las rodillas. Una y otra vez se repetía que de haberse llevado alguien los caballos, hubieran descubierto las huellas de los cuatreros. Cuando unos agudos aullidos salvajes rompieron el silencio de la noche un estremecimiento recorrió todos sus miembros. Nancy empezó a hablar consigo misma, en voz alta, un poco incongruentemente, recordando su vida en la posta; no se interrumpió ni un instante mientras la oscuridad de la noche se iba haciendo más densa y los aullidos y ladridos se repetían en la lejanía… No eran ladridos parecidos a los de los perros sino una especie de carcajadas absurdas, que se elevaban como una escala de discordancia y de pesadilla.

—Me gustaría que papá me hubiera regalado dos de las sillas —se repetía Nancy—. Mamá decía que son de roble de Tejas. Decía, también, que se volvieron blancas a fuerza de lavarlas. Me gustan mucho los sillones con el asiento de cuero crudo, con los pelos y todo; son muy cómodos y muy suaves cuando uno se sienta. Las butacas de la sala eran negras y las de la cocina rojas, pero la que más me gusta a mí es la de piel de tejón que había en mi cuarto.

El alocado estrépito en torno al carromato se hacía insoportable. Nancy Belle supuso que no debía haber más de tres o cuatro animales, pero el eco de las montañas repetía sus aullidos hasta producir un estruendo pavoroso.

—Cuando era pequeña me gustaba mucho ir al almacén —seguía diciendo con una voz apenas inteligible a sus propios oídos—. Todo estaba oscuro y fresco y olía a arpilleras, a petróleo y a whisky y también había un aroma dulzón de azúcar moreno. Me parece estar viendo los sacos de café verde. Las latas de petróleo eran redondas y tenían asas a los lados. Y los sacos de harina llevaban unos letreros en tinta roja. Mamá una vez nos hizo ropa interior con la tela de los sacos. Todavía recuerdo el olor del tocino ahumado, en sus sacos.

Por los sonidos que percibía, Nancy Belle pudo darse cuenta de que uno de los animales estaba andando como un loco de un lado a otro, cerca del carromato. Nunca, hasta entonces, se había dado cuenta de que los animales aullaban tanto al inhalar el aire como al expelerlo. De pronto hubo un

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silencio. Esto le hizo ponerse en guardia. Instintivamente buscó el hacha con la mano.

—¡Nancy Belle! —llamó en la oscuridad, desde lejos, la voz ansiosa del muchacho.

Ella lanzó un grito de bienvenida y se apoyó en la espiga del carro. Tres sombras difusas se acercaban por la meseta a la luz de las estrellas. Nunca los caballos le habían parecido tan hermosos.

—¿Estabas muy asustada? —le preguntó Rife al llegar—. ¿Te ha molestado alguien?

—Nada. Sólo los coyotes.

—He tenido que dejar las riendas de Fancy sueltas antes de que se hiciera de noche. —El muchacho se dejó caer al suelo, pesadamente.— Nos ha traído directamente hasta el carro.

A Nancy Belle le hubiera gustado abrazar a su hermano; en lugar de ello abrazó al caballo. Rife comió unas cuantas galletas y un enorme plato de patatas frías y se bebió varias tazas de café. Nancy Belle colgó de las cabezas de los caballos los morrales llenos de avena.

—He tenido que ir hasta la mitad del camino de las montañas —dijo Rife. —Ayúdame sólo a uncirlos al carro y te puedes dormir toda la noche —

prometió Nancy Belle.

Alrededor de las doce comenzó a caer una lluvia lenta y pesada. Los trallazos de los relámpagos iluminaban el empapado llano. En ocasiones y durante varios segundos, unos dedos temblorosos de azul luminiscencia se agitaban en torno a las orejas de los animales. Al alba, Nancy Belle seguía aferrada a las riendas, mientras el carromato traqueteaba en el barro, que se había formado, a través de una atmósfera bañada de resplandor púrpura.

Durante cuatro días, habían atravesado unas ciento sesenta millas de llanura desolada. Ahora, el final de aquella soledad estaba a la vista. Hacia el oeste, aparecía un país quebrado y abrupto, como estrujado por una mano poderosa. Las colinas sucedían a las colinas, cadenas de montañas asomaban tras cadenas de montañas, todas ellas indescriptiblemente violentas, excepto en las cumbres, en donde el sol aún invisible las convertía en flamantes torres de cobre.

Era una tierra nueva, la tierra de promisión, la tierra de Stephen, se dijo Nancy Belle a sí misma, donde nadie quemaba, para calentarse, excrementos de vaca, sino cedros chisporroteantes y pinos, donde el agua fresca corría en los cañones umbríos y donde los ojos, cansados de la desolada redondez del llano hallaban dibujos geométricos sin fin, como para descansar la retina.

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Nancy empezó a cantar suavemente mientras el carro avanzaba por el borde de un gran valle sombrío, y desierto, que corría de norte a sur y que parecía desolado excepto por la línea blanca y ondulante que brillaba bajo el cielo, y cuyas orillas estaban cubiertas de apretada y verde vegetación.

—¡Rife! —exclamó Nancy Belle—. ¡El Río Grande!

Una hora después pudieron refugiarse del calor del sol en la sombra de un gran bosque de álamos. Nancy Belle ya no cantaba. Donde ella recordaba haber visto anchas playas de arena brillando por el reflejo del cielo, cubiertas de espuma del agua, pasaba ahora una corriente de un tono rojo oscuro. Donde había estado la isla, montones de brozas y troncos de sauces flotaban de acá para allá en la corriente.

Antón Chico y el caballo del Bar X se detuvieron en el camino por propia iniciativa, con las orejas erizadas hacia la revuelta corriente. Mientras Rife soltaba los tres caballos para que pastasen, Nancy Belle frió en silencio el tocino y preparó las tazas de café. Cuando la muchacha hubo lavado la sartén y los platos en el río, el muchacho había ya dirigido el vehículo hacia lo que parecía un vado. Ató firmemente uno de los extremos de la cuerda a la pértiga del carro. Nancy Belle sabía que el otro extremo lo ataría al pomo de su silla de montar.

—No me importaría nada cruzar el río si tuviera mi propia silla — murmuró Rife.

Engancharon el tiro en silencio. Rife cinchó a Fancy con la silla de mujer. El único estribo que tenía era inútil para un hombre. Nancy Belle subió al carro y se hizo cargo de las riendas. La otra orilla del río parecía tan lejana como las montañas del Espíritu lo estaban de la posta. Deseó decirle algo a su hermano, algo que fuera como su despedida si no lograban cruzar el río, pero todo lo que hizo fue chasquear la lengua para avivar a los caballos.

De mala gana, avanzando una sola pata cada vez, el tiro abandonó el camino y se metió en el agua.

—¡Mantén firmes las riendas! —gritó Rife desde detrás.

Nancy Belle sujetó una rienda en cada mano. La rojiza corriente de agua llegó a la espiga del carromato, la cubrió y empezó a bañar el pecho de los animales. El tronco quiso detenerse. La muchacha agitó el látigo: una fusta con una larga lengua de cuero crudo. El carromato siguió avanzando. Los cuellos de los animales se sumergían en el agua, pero no se hundían por completo. A pesar de las dificultades siguieron vadeando, hasta que el lento tronco alcanzó la firme orilla de la isla.

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Dos tercios del río quedaban aún ante el carromato. La orilla oeste no parecía nada próxima, pero la otra a sus espaldas, se había alejado considerablemente. Nancy Belle tuvo que fustigar a los caballos para conseguir que se sumergieran de nuevo en la violenta corriente. El agua agitaba su blanca espuma entre las ruedas del vehículo. De pronto los animales parecieron tropezar y se hundieron completamente en el agua; sacaron las cabezas en seguida, agitándolas salvajemente, echando agua por las ventanas de la nariz. El barro que llevaba el agua ocultaba sus patas, pero por sus movimientos Nancy Belle dedujo que estaban nadando.

—¡Manténles bien en dirección a la orilla! —gritó Rife.

En seguida notó que el carro estaba flotando. Flotaba río abajo, con la corriente; entonces Rife tiró de la cuerda que llevaba sujeta a la silla y lo enderezó. Los caballos jadeaban al respirar. El caballo del Bar X nadaba rígido en el agua, con el cuello y parte del lomo fuera de la corriente color chocolate, pero todo lo que Nancy Belle podía ver de Antón Chico eran las orejas y el belfo.

El agua llegaba al interior del carro y le mojaba los tobillos. Nancy Belle pensó en sus sábanas bordadas, colocadas en el fondo del baúl, en las toallas y en las fundas, con sus encajes de ganchillo rematados con lazos. Su vestido de pana azul estaría ya probablemente mojado, así como todos los preciosos delantales estampados, que hacían juego con el vestido. El agua del río no estropearía la lechera de esmalte amarillo, ni el azucarero y el plato de mantequilla, con su tapa, que habían pertenecido a su madre. Y el traje de batista podía lavarse. Lo que más le preocupaba era su vestido de novia y la caja de recuerdos, especialmente los retratos que contenía, uno de los cuales era de Rife, vestido con un trajecito infantil orlado con una cinta negra y un sombrero flamante en las rodillas.

Un Rife ya mayor estaba gritando algo a sus espaldas en aquel momento. Al principio no pudo captar las palabras. Luego, se dio cuenta de lo que decía. El cuello y parte del pecho de Antón Chico salió de pronto del agua y los dos caballos empezaron a gatear por la orilla del vado. Sólo un trabajo rápido con las riendas pudo evitar que el carromato volcara. A salvo ya y en tierra firme, los dos caballos se sacudían el agua como cachorros.

Nancy Belle no podía continuar sin antes abrir el baúl y apreciar los daños que había ocasionado el agua. Rife desensilló a Fancy y se encargó del tronco ya descansado. A sus espaldas, en el interior del carro, Nancy Belle se puso el vestido de pana azul, que apenas se había mojado. Luego se peinó, arregló las cosas del baúl, milagrosamente intactas.

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Media docena de caballistas se acercaron al carromato, a pocas millas de distancia de Gunstock Canyon[98]. Todos ellos, según Nancy Belle pudo observar, llevaban armas. Stephen vestía una camisa blanca nueva y un sombrero gris de ala ancha, que Nancy Belle no le había visto antes. Stephen se irguió en el estribo, la alzó y la montó en el caballo, donde la besó. Nunca sus labios le parecieron tan rígidos a la muchacha.

—Papá no podía venir —explicó Nancy Belle—, y por eso me ha traído Rife.

Los brazos de Stephen le estrecharon la cintura.

—Nosotros acabamos de llegar de Beaverhead.

—Quiere decir que las noticias no llegan nunca a Beaverhead, y hubiéramos ido más al este, a recibiros —explicó Tío Billy Williams. Tenía una voz aguda pero muy amable—. Los apaches por lo visto andan sueltos otra vez. Es muy extraño que no os enterarais de nada de esto en vuestra región.

Nancy Belle le lanzó una mirada inescrutable con sus grises ojos. Tío Billy sacó un pañuelo y se sonó las narices.

—Cogieron a mi viejo amigo el juez Hower, a su mujer y a un hijo, mientras atravesaban en coche la montaña del Espíritu. Me dijeron que el hombre que los encontró y vio lo que habían hecho con ellos lloraba como un chiquillo.

—Ya basta, Tío Billy —dijo Stephen con voz muy suave.

Nancy Belle miró a Rife. La cara de su hermano tenía el color de la cera y sus ojos la misma expresión que la tarde en que volvió a todo correr del montón de cenizas que fuera la cabaña de Martín Cross.

Cerca de cincuenta personas reunidas en el salón del piso superior del hotel, saludaron a Nancy Belle. Un hombre viejo, cuyos ojos de brillo juvenil le guiñaron por encima de la tupida barba que le cubría toda la cara, le dijo que estaba encantado «de que hubiera llegado con la cabellera en su sitio». Rife descargó el baúl y la madre de Stephen se la llevó a una habitación para que pudiera cambiarse de ropa.

Hubo un silencio cuando Nancy Belle apareció otra vez en el salón con su vestido blanco de novia. El corpiño le sentaba como un guante. Llevaba una falda interior de seda, que le llegaba hasta el borde del pie y una exterior, hueca y llena de lazos, que le llegaba hasta la rodilla. Se había peinado con raya al medio, dejando que el pelo le cayera a los dos lados de la frente. Nancy Belle sentía la cabeza muy poco segura. Aún le parecía que el carromato seguía dando bandazos bajo sus pies.

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Se dio cuenta de que Rife le estaba observando atentamente, con expresión de arrebato en sus azules ojos. Se sintió muy contenta de saber que se había peinado. La lámpara de bronce estaba encendida y habían adornado los oscuros paneles de madera del salón con guirnaldas y ramitas verdes; de cada esquina de la habitación salían hileras de banderolas que se juntaban bajo una campana blanca, de cartón piedra, que se hallaba suspendida en el techo. Nancy Belle vio también a dos chiquillos que espiaban curiosamente desde el oscuro vestíbulo.

Stephen se acercó a ella, muy elegante con su vestido nuevo y su cuello duro, con corbata negra. La acompañó hasta la campana de cartón. El pastor de Gunstock, con su voz susurrante, propia de un hombre de iglesia, se informó del nombre completo de Nancy Belle. Luego carraspeó y empezó la ceremonia. Tenía una voz profunda, pero Nancy Belle no prestó atención al servicio. Sus pensamientos volvían a un hombre alto y grave, que estaba solo en una posta de paredes de adobe, en el inmenso llano de Santa Ana. Después de decir: «Si quiero», sus labios se movieron en una silenciosa plegaria; pero Nancy Belle no rezaba por Stephen, su marido.

Notas

[1] Cordillera del cañón. Galloper es un antiguo cañón ligero de campaña. <<

[2] Esquilador. <<

[3] Literalmente grasiento. Nombre que se da a los hispanoamericanos con sangre india. <<

4] Mark Twain escribió este relato hacia el año 1890. <<

[5] Ciudad de Tuttle. << 

[6] Se refiere a la Guerra Civil Americana. <<

[7]Nombre que se da en el Canadá a los acarreadores y conductores mestizos o de origen francés. <<

[8] Se refiere a la campaña del Sudán, de 1885. <<

[9] Luis Riel, maestro mestizo francés, dirigió dos sublevaciones de sus hermanos de raza, en 1868 y en 1885. Fue ejecutado un año después. <<

[10] Nombre que se da en el Canadá a los cazadores de origen francés. <<

[11] Personaje de «El Mercader de Venecia», de William Shakespeare, que personifica la avaricia y la crueldad. <<

[12] Nombre familiar de las montañas Rocosas. <<

[13] Equivale a dos metros 10 centímetros. <<

[14]Unos 120 kilos. <<

[15] Unos 94 centímetros. <<

[16] Se ha respetado la palabra inglesa que equivale a consorcio. <<

[17] Canoa esquimal de gran tamaño. <<

[18]Para mejor comprensión del lector, se ha adaptado ligeramente al dialecto charro de Méjico la charla de Monte. En la traducción no era posible conservar su forma de expresión y su pronunciación. <<

[19] Níqueles se llaman las monedas de cinco centavos. Dimes son las de diez centavos. <<

[20] Panhandle, mango de la sartén. Se denomina así la región noroeste del estado de Texas, que fue uno de los últimos refugios del antiguo Oeste. <<

[21] Paso del Pájaro Burlón. <<

[22] Arenas Blancas. <<

[23]Llano Estacado. Los ciboleros mejicanos y los exploradores españoles colocaron palos en esa terrible extensión de desierto, para guiarse hacia los pozos de agua y no perecer de sed. <<

[24]Pico Salinas. <<

[25] Fuente de la Cepa. <<

[26] Fuente que gotea. <<

[27] Escalador de porches. <<

[28]Pozo de Wildy. <<

[29] Fuente Independiente. <<

[30] Cañón de las fuentes sulfurosas. <<

[31] Baile negro, que se puso de moda a principios de siglo. <<

[32] Pozo de Luna. <<

[33] Las palabras en cursiva estaban en castellano en el original. <<

[34]Happy en inglés significa feliz. <<

[35]Pat Garrett existió efectivamente. Fue sheriff y más adelante se indica el hecho más importante de su vida. <<

[36] Famoso político del Sur que vivió a principios del siglo XIX. Además de unos cigarros que llevan su nombre, puso en boga una clase de cuellos duros.

<<

[37]Famoso pistolero a sueldo americano. Había nacido en Nueva York y se llamaba William Booney. Su apodo se debía a que quebrantó la ley por primera vez a los 13 años. Murió a los 21. <<

[38] Río Paraíso. <<

[39]Cañón Sombrío. <<

[40]Río del Viento. <<

[41]En 1846, al iniciarse la guerra con Méjico, las tropas del departamento de Misuri emprendieron la marcha desde Fort Bent, el más avanzado, hacia Santa Fe, entonces parte de la vecina república, a las órdenes del general Kearny. <<

[42] Contretas. <<

[43]Phil Sheridan fue el más afortunado jefe de caballería del ejército del Norte en la guerra civil. Hacia el final de la contienda, fue jefe de operaciones en Virginia y su acción de desgaste obligó a los sudistas a rendirse en Apoomattox. <<

[44]Arroyo del Loco. <<

[45] En castellano en el original. Es el nombre de la antigua carretera española.

<<

[46] A los soldados americanos, en aquella época, se les descontaba dinero de la paga a modo de castigo. <<

[47]Río de las Serpientes. El Columbia es la vía de agua más importante del Noroeste americano. <<

[48]Unos cinco kilómetros cuadrados. <<

[49]Unos ciento veinte kilos. <<

[50]Risco de los manantiales Tub. <<

[51]Siwash, una tribu india del Noroeste. <<

[52] Cada yarda equivale a unos 90 centímetros. <<

[53] Cañón de Agua Fría. <<

[54]Arroyo del Codo. <<

[55]Diminutivo que en América se aplica a los médicos. <<

[56] Unos 15 metros. <<

[57]En castellano en el original. <<

[58]Glaciar de la Vieja India. <<

[59] Unos noventa centímetros. <<

[60]Diácono. <<

[61]Colinas amarillas. <<

[62]Dos bailes. <<

[63]Tribu india de las llanuras del Norte. <<

[64]En la época de la colonización, a los blancos que vivían con una squaw, mujer india, se les llamaba, despectivamente, squaw-man. <<

[65]Diligencia. <<

[66] Montes Dragón. Se refiere a dragón de caballería. <<

[67] Roca de oro. <<

[68]La mina Comstock fue la más rica, desde que se descubrió el primer filón en Virginia City, Nevada, hacia 1850. Durante años fue la más importante de todo el territorio. <<

[69]Colinas del Tesoro. <<

[70]Campo de Oro. <<

[71]Casa Internacional. <<

[72]Chico Afortunado. <<

[73]Gertrudis Diamante. <<

[74]Sally Herradura. <<

[75] Cuervo Bajo. Esta sublevación es absolutamente histórica. Tuvo lugar durante la guerra civil americana en el territorio de Minessota. Debido a la guerra, había pocas tropas y los indios obtuvieron grandes éxitos iniciales. Sin embargo, el envío de prisioneros confederados, convertidos en soldados de la Unión, y el reclutamiento de voluntarios entre los granjeros, acabó pronto eón sus victorias. <<

[76]Debido al calor, los granjeros conservaban la mantequilla en el interior de los pozos. <<

[77]Hace correr los Búfalos. <<

[78]Tienda india de las llanuras. <<

[79] Los indios llamaban contar coup a los honores obtenidos en la guerra. El mayor de todos era derribar vivo a un enemigo, con un simple palo. <<

[80]Halcón. <<

[81]Corredor de Hierba. << 

[82]Nieve de la Montaña. <<

[83]Crows, tribu india de la llanura, vecina y enemiga de los sioux. <<

[84] Orejas de caballo. <<

85]Luna Grande. <<

[86] En la traducción se ha conservado la ortografía defectuosa que puso el autor, lógica en una campesina escasamente educada. << 

[87]Arroyo del Pequeño Tetón. <<

[88] Gran Fantasma. << 

[89] Muro. Equivale a una gran barrera rocosa. <<

[90]Arroyo Miller. <<

[91] Parque del Campo de Batalla. <<

[92]Muro Occidental. <<

[93] Senda de la serpiente Hip. <<

[94]Camino batido por el viento. <<

[95] En castellano en el original como todas las palabras en bastardilla. <<

[96]Montes Gunstock. <<

[97] Se llamaba bizcocho el pan sin levadura que hacían los colonos de la colonización del Oeste. <<

[98] Cañón de Gunstock. <<


FIN

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