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Libro N° 14801. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. IV. AA. VV.


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Título Original: © Antología De Novelas Del Oeste. Vol. IV. AA. VV

 

Versión Original: © Antología De Novelas Del Oeste. Vol. IV. AA. VV

 

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Guillermo Molina Miranda




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ANTOLOGÍA DE NOVELAS DEL OESTE

Vol. IV

AA. VV.


Antología De Novelas Del Oeste 

Vol. IV

AA. VV.

La revista norteamericana «The Saturday Evenin Post» ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años. Las dieciséis narraciones que contiene este volumen presentan sin duda, un estilo cuidado, y resultan de lectura fácil y amena. Lo que puedan tener en ocasiones de ingenuo, queda compensado por el colorido del ambiente y la gran fuerza de atracción que tiene todo tema de acción presentado con soltura. El asunto, la trama del episodio, que en ocasiones se repite, ya lo conocemos: la inevitable caravana que se adentra por tierra peligrosa, el no menos inevitable «saloon», el linchamiento injusto, las galopadas, las flechas que silban, los tiros, los puñetazos… y casi siempre girando todo ello alrededor del eterno tema sentimental. Tenemos narraciones —reducidas cada una a un solo episodio— con enorme poder de sugestión. Entre los autores seleccionados figuran Stephen Payne y Jack London.

AA. VV.

Antología de novelas del Oeste Vol. IV

Antología de novelas del Oeste - 4

ePub r1.0

Titivillus 17.10.2019

Título original: Antología de novelas del Oeste

AA. VV., 1964

Diseño de cubierta: Piolin

Editor digital: Titivillus

Coordinador de colección: Ignotus

ePub base r2.1

Índice de contenido

La iliada de Sandy Bar. — Bret Harte

Tres soldados maravillosos. — Stephen Crane Un hombre digno de confianza. — Jack London Un caso departamental. — O. Henry

El último de los trovadores. — O. Henry La venganza de Cisco Kid. — O. Henry

El numismático. — Eugene Manlove Rhodes

Hombres buenos y sinceros. — Eugene Manlove Rhodes El lobo fantasma. — H. L. Davies

Como era en el principio. — Conrad Richter Una mujer de la frontera. — Conrad Richter

La manta tachonada de estrellas. — Shirley W. Schoonover Una noche en el «saloon» de Red Dog. — Hal G. Evarts MI hermana y el pistolero. — Ray Gaulden

La hermana perdida. — Dorothy M. Johnson Conciencia de asesino. — Stephen Payne Notas

LA ILIADA DE SANDY BAR

BRET HARTE

ANTES de las nueve, se sabía perfectamente a lo largo del río que los dos socios del «Filón Amistad» se habían peleado y separado al romper el día. A aquella hora, la atención de su vecino más próximo había sido atraída

por los gritos de un altercado, seguidos de dos consecutivos disparos de revólver. Al salir apresuradamente había visto vagamente entre la niebla gris, que ascendía del río, la alta figura de Scott, uno de los socios, descendiendo la colina hacia el cañón; un momento después, York, el otro socio, había salido de la cabaña y se había marchado en dirección contraria, hacia el río, pasando a unos pies de distancia del curioso espectador. Más tarde se descubrió que un chino muy serio, que cortaba leña delante de la cabaña, había presenciado parte de la pelea. Pero John[1] era estólido, indiferente y reticente.

—Mí cortar madera, mí no luchar —fue su calmosa respuesta a todas las preguntas.

—Pero ¿qué es lo que decían, John?

—Mí no sabe.

El coronel Starbottle citó los diversos epítetos que un generoso sentimiento público puede aceptar como razonable provocación para una pelea. Pero John no reconoció ninguno de ellos.

—¡Y pensar que individuos como éste son llamados a veces a prestar testimonio contra un hombre blanco! ¡Fuera de aquí, pagano! —dijo el coronel, con cierta severidad.

Pero la pelea permaneció inexplicable. Aquellos dos hombres, cuya amabilidad y sentido del tacto les habían ganado el título de «Los Pacificadores», en una comunidad no demasiado inclinada a las virtudes pasivas; aquellos dos hombres, que hasta entonces habían vivido el uno para el otro, habían reñido súbita y violentamente, y el hecho había excitado la curiosidad de las gentes. Unos cuantos hombres, más decididos, visitaron el escenario del conflicto, abandonado ahora por sus anteriores ocupantes. En la

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cabaña no había ningún rastro de desorden ni de confusión. La tosca mesa estaba preparada para el desayuno; la sartén con amarillos bizcochos[2] estaba en el centro de la mesa, como un emblema de paz, en contraste con las rudas pasiones que habían estallado allí una hora antes. Pero el ojo del coronel Starbottle, aunque algo debilitado por la edad, era más ducho en captar los detalles prácticos. Un detenido examen permitió encontrar un orificio de bala en el marco de la puerta, y otro enfrente, en el marco de la ventana. El coronel llamó la atención sobre el hecho dé que uno de los orificios «estaba de acuerdo» con el calibre del revólver de Scott, y el otro con el del derringer[3] de York.

—Debían estar de pie, uno frente a otro —dijo el coronel—, a unos tres pies de distancia, y… fallaron el tiro.

La voz del coronel tenía una nota de dramatismo que no escapó a sus interlocutores, los cuales se estremecieron al comprender la oportunidad perdida.

Pero el Bar estaba destinado a experimentar una decepción todavía mayor. Los dos antagonistas no se habían visto desde que tuvo lugar la pelea, y se rumoreaba que habían decidido matarse el uno al otro en cuanto se encontraran. Por consiguiente, se produjo la natural expectación —y, triste es confesarlo, cierta alegría— cuando, a eso de las diez, York salió del Magnolia Saloon y echó a andar hacia el centro del pueblo, al mismo tiempo que Scott salía de la tienda del herrero y emprendía el mismo camino, aunque en sentido contrario. Era evidente, a simple vista, que el encuentro sólo podría ser evitado si uno de los dos hombres volvía la espalda.

En un instante, las puertas y ventanas de los saloons contiguos se llenaron de rostros. Incontables cabezas aparecieron detrás de las grandes rocas que orillaban el río. Un carro vacío, en un extremo de la calle principal, quedó súbitamente lleno de gente que parecía haber surgido de las entrañas de la tierra. El creciente murmullo hacía pensar en un enjambre de abejorros. En el camino que conducía a la colina, Mr. Jack Hamlin había detenido su caballo y estaba de pie encima del asiento de su buggy[4]. Y los dos objetos de tan absorbente atención se acercaban el uno al otro.

—A York le molestará el sol…

—Scott se detendrá a la altura de aquel árbol… —Esperan para afinar la puntería…

Y así, comentarios para todos los gustos, seguidos de un profundo silencio. Pero por encima de aquel silencio humano, el río seguía cantando, y el viento susurraba en las copas de los árboles con una indiferencia casi

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insultante. El coronel Starbottle se dio cuenta de ello y, en un momento de sublime preocupación, sin mirar a su alrededor, agitó amenazadoramente su bastón en dirección a toda la Naturaleza y exclamó:

—¡Silencio!

Los dos hombres estaban ahora a unos pies de distancia uno de otro. Una gallina cruzó la calle por delante de uno de ellos. Una rama que parecía de plumón, desprendida de un árbol, cayó a los pies del otro. Pero sin prestar la más mínima atención a esos hechos, los dos adversarios siguieron avanzando, erguidos y rígidos, mirándose rectamente a los ojos, y… ¡pasaron de largo!

Al coronel Starbottle estuvo a punto de darle un ataque.

—Este campamento ha perdido categoría —murmuró lúgubremente, mientras se encaminaba hacia el Magnolia.

La explicación que seguramente habría dado a sus palabras no llegó a salir de sus labios, porque en aquel preciso instante Scott se unió al grupo.

—¿Decía usted algo? —le preguntó el coronel, dejando caer su mano, con insolente familiaridad, sobre el hombro de aquel caballero.

El coronel, reconociendo una oculta calidad en la presión de la mano, y una desconocida cantidad en la mirada del interrogador, se limitó a contestar con la mayor dignidad:

—No, señor.

Unos pasos más allá, la conducta de York fue igualmente singular.

—Ha tenido usted una buena oportunidad para liquidarle. ¿Por qué no la ha aprovechado? —preguntó Jack Hamlin, en el momento en que York pasaba junto al buggy.

—Porque le odio —fue la respuesta, que solamente oyó Jack. Contrariamente a la creencia popular, la respuesta en cuestión no fue

«escupida» por el que había hablado, sino que fue proferida en tono normal. Pero Jack Hamlin, que era un observador del género humano, se dio cuenta de que las manos de York estaban frías y sus labios secos, y aceptó la paradoja con una sonrisa.

Cuando Sandy Bar empezó a convencerse de que la pelea entre York y Scott no iba a desarrollarse de acuerdo con los acostumbrados métodos locales, dejó de interesarse por ella. Pero, de pronto, corrió el rumor de que el «Filón Amistad» estaba en litigio y que su posesión sería disputada por todos los medios por cada uno de los socios. Como se sabía que el filón en cuestión estaba ya agotado, y que los socios se habían enriquecido a costa de él y habían decidido abandonarlo un par de días antes de la pelea, la noticia produjo gran sensación. Más tarde, dos abogados de San Francisco hicieron

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su aparición en aquella dulce Arcadia, y a su debido tiempo empezaron a frecuentar los saloons y —cosa inevitable— a intimar con los vecinos del campamento. Los resultados de aquella intimidad estuvieron a la vista el día del juicio: todo Sandy Bar en masa acudió a presenciar cómo terminaba el pleito por la posesión del «Filón Amistad». En un radio de millas y millas, todas las pertenencias quedaron desiertas.

No me propongo describir aquel ya famoso juicio. Me limitaré a repetir la homérica frase que hizo el coronel Starbottle a propósito de él: «Una cuestión que dos caballeros podían haber resuelto en diez minutos junto a un par de vasos de whisky, si lo enfocaban desde el punto de vista del negocio; o en diez segundos con un revólver, si lo que querían era diversión».

El tribunal falló en favor de Scott, pero York apeló inmediatamente contra el veredicto. Se dijo que había jurado gastarse hasta el último dólar en el pleito.

Así, Sandy Bar empezó a aceptar la enemistad de los antiguos socios como una querella de toda la vida, y el hecho de que habían sido amigos fue olvidado. Los pocos que esperaban enterarse en el juicio del origen de la riña quedaron decepcionados. Entre las diversas conjeturas, no faltó la que atribuía la pelea a alguna oculta influencia femenina.

—Les doy mi palabra, señores —dijo el coronel Starbottle, que en Sacramento era conocido como un Caballero de la Vieja Escuela—. En el fondo de todo este asunto hay alguna encantadora criatura…

El galante coronel había ilustrado a continuación su teoría con diversas historias, del género que cabe esperar en un Caballero de la Vieja Escuela, y las cuales, por respeto a los caballeros que pertenecen a una escuela más reciente, me abstendré de transcribir aquí. Pero la teoría del coronel era falsa. La única mujer que personalmente podría haber ejercido alguna influencia sobre los dos socios era la encantadora hija del «viejo Folinsbee», de Poverty Fiat, de cuya hospitalaria casa, provista de comodidades y de lujos muy raros en aquellas inhóspitas regiones, York y Scott eran asiduos visitantes. Pero, un mes después de la pelea, York entró una noche en aquel encantador retiro y al ver que Scott estaba sentado allí, se volvió hacia la bella anfitriona y le preguntó abruptamente:

—¿Le gusta a usted este hombre?

La joven así interrogada respondió a la pregunta del modo ingenioso y evasivo que se le hubiera ocurrido a cualquiera de mis simpáticas lectoras en un caso semejante. Sin pronunciar palabra, York abandonó la casa. «Miss Jo» dejó escapar un suspiro mientras la puerta se cerraba detrás de la ancha

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espalda de York, y luego, como una buena muchacha, se volvió hacia el insultado huésped.

—Pero ¿querrás creerlo, querida? —le contó más tarde la muchacha a una íntima amiga suya—. El otro individuo, después de mirarme fijamente unos instantes, se puso en pie, cogió su sombrero y se marchó.

Los actos subsiguientes de los dos rivales estuvieron caracterizados por el mismo ciego rencor. Cuando York compró los terrenos detrás de la nueva pertenencia de Scott, y obligó a este último a dar un gran rodeo para entrar en su propiedad, Scott replicó construyendo un dique que impedía que el agua del río llegase a la propiedad de York. Scott fue quien, en unión del coronel Starbottle, organizó por primera vez una oposición activa a los chinos, oposición que condujo a la expulsión de los trabajadores de origen mongol de York; York fue quien estableció una diligencia que dejó anticuados los acarreos por medio de mulas de Scott; Scott fue quien puso nuevamente en funciones el Comité de Vigilantes, el cual expulsó al amigo de York, Jack Hamlin; York fue quien fundó el «Sandy Bar Herald», el cual calificó la expulsión de «ultraje ilegal» y a Scott de «rufián de la frontera»; fue Scott quien, a la cabeza de veinte hombres enmascarados, una noche de luna, asaltó el local donde estaba instalado el periódico y tiró las máquinas al río. Estos procedimientos fueron recibidos en las distantes y más civilizadas ciudades fronterizas como una vaga manifestación de progreso y de vitalidad. Tengo ante mí un ejemplar del «Poverty Fiat Pioneer» del 12 de agosto de 1856, en el cual, bajo el título de «Mejoras en el Condado», el editor dice:

«La nueva iglesia presbiteriana de la calle C., en Sandy Bar, está terminada. Se levanta en el solar antiguamente ocupado por el Magnolia Saloon, el cual resultó incendiado tan misteriosamente el pasado mes. El templo que se alza ahora como un Fénix de las cenizas del Magnolia es virtualmente un regalo a la comunidad de H. J. York, Esq., de Sandy Bar, que compró el solar e hizo donación de los materiales de construcción. En la vecindad se están alzando otros edificios, pero el más notable es el “Sunny South Saloon”[5] construido por el capitán Mat Scott, casi enfrente de la iglesia. El capitán Scott no ha ahorrado gasto alguno para el embellecimiento de este saloon, que promete ser uno de los lugares de diversión más agradables del viejo Tuolumne. Recientemente, ha importado dos nuevas mesas de billar de primera clase. Nuestro viejo amigo “Mountain Jimmy” despachará bebidas en el bar. Recomendamos a nuestros lectores la lectura del anuncio del nuevo establecimiento que se publica en otra página de este

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mismo periódico. Los visitantes de Sandy Bar no pueden dejar de pasar a saludar a Jimmy».

Entre las noticias de carácter estrictamente local, hay la siguiente:

«H. J. York, Esq., ha ofrecido una recompensa de 100 dólares por el descubrimiento de la pandilla que destrozó la escalinata de la nueva iglesia presbiteriana de la calle C. de Sandy Bar, durante el servicio divino, el pasado sábado por la tarde. El capitán Scott añade otros 100 dólares por la captura de los indeseables que destrozaron los magníficos ventanales del nuevo saloon en el curso de la noche siguiente. En Sandy Bar, se habla de reorganizar el antiguo Comité de Vigilantes».

Cuando después de muchos meses de sequía, el duro e implacable sol de Sandy Bar lo hubo resecado todo, se habló de mediación. De un modo especial, el pastor de la iglesia a la cual acabo de referirme, un hombre sincero, valeroso, aunque no demasiado listo, aprovechó alegremente la ocasión que le ofrecía la liberalidad de York para tratar de volver a reunir a los antiguos socios. Preparó un sermón, excelente, sobre lo pecaminoso de la discordia y del rencor. Pero los excelentes sermones del reverendo mister Daws iban dirigidos a una congregación ideal que no existía en Sandy Bar… una congregación de seres que no mezclaban vicios y virtudes, de impulsos únicos, obedeciendo a motivos perfectamente lógicos, de sencillez preternatural, de fe infantil y responsabilidades de adulto. Como, desgraciadamente, el rebaño a cargo del reverendo Mr. Daws estaba compuesto de seres muy humanos, algo solapados, más inclinados a disculpar sus propios defectos que a confesarlos, y decididamente débiles, olvidaron inmediatamente la parte del sermón que se refería a ellos mismos y aceptaron a York y a Scott —que se hallaban presentes— como curiosos ejemplos de aquellos seres ideales anteriormente mencionados —lo cual temo que no era un punto de vista muy cristiano—. Si Mr. Daws había esperado que York y Scott se estrecharan la mano después del sermón, quedó decepcionado. Pero no renunció a su propósito. Con aquella tranquila intrepidez y decisión que le había ganado el respeto de unos hombres inclinados a considerar la piedad como una actitud femenina, atacó a Scott en su propia casa. Lo que dijo no ha sido anotado, aunque no es descabellado suponer que se limitó a repetir parte de su sermón. Cuando hubo terminado, Scott le miró por encima de los vasos del mostrador, con expresión amable, y, con menos irreverencia de lo que las palabras pueden hacer suponer, replicó: «Joven, me gusta su estilo; pero, cuando conozca usted a York y a mí tan bien como conoce usted al Todopoderoso, podremos hablar».

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De modo que la querella siguió su curso; y, tal como había sucedido en casos de personajes más ilustres, la enemistad privada y personal de dos hombres representativos condujo gradualmente a la evolución de algún principio o creencia expresado a medias. No pasó mucho tiempo sin que se hiciera evidente que aquellas creencias eran idénticas a ciertos amplios principios enunciados por los hombres que elaboraron la Constitución Norteamericana, tal como fueron expuestos por el estadista A., o eran los fatales arrecifes en los cuales podía naufragar la nave del Estado, tal como había señalado elocuentemente el estadista B. El resultado práctico de todo esto fue que York y Scott fueron nombrados representantes de los partidos rivales en los consejos legislativos de Sandy Bar.

Durante algunas semanas, los votantes de Sandy Bar y de los campamentos contiguos habían sido llamados, en letras de gran tamaño, a asistir a las reuniones preelectorales. En vano los grandes pinos que bordeaban los caminos principales —cuyos troncos se vieron obligados a soportar multitud de carteles propagandísticos— protestaron airadamente desde sus altas copas agitadas por el viento. Un día, con acompañamiento de pífanos y tambores, una procesión desfiló hasta una plazoleta natural habilitada al efecto en plena quebrada. La reunión había sido convocada por el coronel Starbottle, el cual, habiendo ejercido en cierta ocasión funciones legislativas, y siendo vagamente conocido como un «verdadero luchador», estaba considerado como un valioso partidario de York. Pronunció un discurso en favor de su amigo, con una declaración de principios, salpicada con un par de anécdotas de color tan subido que hasta los pinos se hubieran ruborizado de poder hacerlo. Pero consiguió que sus oyentes estallaran en grandes carcajadas, y con ello creó un clima propicio a su candidato entre la masa popular; y cuando York se levantó a hablar, fue acogido con aplausos. Pero, ante el asombro general, el nuevo orador estalló en una amarga denuncia de su adversario. No sólo habló de las debilidades de Scott conocidas por todo Sandy Bar, sino que habló de hechos relacionados con su vida anterior y que los oyentes desconocían por completo. La gran precisión de los epítetos, unida a la fascinación que siempre ejerce sobre las masas el conocimiento de las intimidades más ocultas de un hombre, produjo una extraordinaria impresión en los oyentes, los cuales aplaudieron, aullaron y se entusiasmaron, en una palabra; pero cuando la asombrosa filípica hubo terminado, se oyó un grito unánime de «¡Scott!». El coronel Starbottle trató de evitar que el rival de su candidato subiese a la tribuna, pero sus esfuerzos resultaron inútiles. Scott fue cogido en volandas y subido a la plataforma.

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Cuando su desgreñada cabeza y su descuidada barba aparecieron por encima de la multitud, se hizo evidente que estaba borracho. Pero también se hizo evidente, antes de que despegara los labios, que el orador de Sandy Bar —el hombre que podía despertar sus vagabundas simpatías, quizá porque no desdeñaba solicitarla— estaba delante de ellos. Una repentina conciencia de este poder confirió cierta dignidad a su figura, lo cual no dejó de impresionar a la multitud. Y, cuando el inesperado Héctor abrió la boca, los partidarios de York se echaron a temblar.

«Es triste confesarlo —dijo Scott—, es triste confesarlo, pero todo lo que ha dicho este hombre es verdad. Fui expulsado de Cairo; pertenecí a los Guías; deserté del ejército; abandoné a una esposa en Kansas… Pero hay una cosa que no ha cargado sobre mis espaldas, tal vez porque se ha olvidado de hacerlo. ¡Durante tres años, caballeros, he sido el socio de este hombre!».

Ignoro si el orador se proponía decir algo más; lo que sé es que los aplausos atronaron el aire, y con ellos quedó elegido el representante de Sandy Bar. Aquel otoño, Scott se marchó a Sacramento, York se marchó al extranjero, y por primera vez en muchos años la distancia y una nueva atmósfera aislaron a los viejos antagonistas.

Con pocos cambios en el mundo de verdes árboles, rocas grises y río amarillento, aunque con muchas transformaciones en el mundo humano, pasaron tres años sobre Sandy Bar. Los dos hombres parecían haber sido completamente olvidados.

—Usted no regresará nunca a Sandy Bar —dijo miss Folinsbee, la «Lily de Poverty Flat», al encontrar a York, en París—, ya que Sandy Bar no existe. Ahora se llama Riverside; y la nueva ciudad ha sido edificada en un plano más elevado, a orillas del río. Y, a propósito. «Jo» me ha escrito que Scott ha ganado el pleito sobre el «Filón Amistad», que ahora vive en la antigua cabaña, y que estaba borracho la mayor parte del tiempo. —Y al ver que las mejillas de York se coloreaban intensamente, añadió—: ¡Oh! Le pido perdón, pero creía que la antigua enemistad había pasado a la historia…

Tres meses después de aquella conversación, una agradable noche de verano, la diligencia de Poverty Fiat se detuvo ante la baranda del Hotel Unión de Sandy Bar. Entre sus pasajeros había uno, al parecer extranjero, a juzgar por lo bien cortado de su traje y lo cuidadosamente rasurado de su rostro, que pidió una habitación y se retiró temprano a descansar. Pero, antes de que saliera el sol, a la mañana siguiente, se levantó, sacó algunas ropas de su maleta y se vistió: unos pantalones de dril, una chaqueta de dril y un sombrero de paja. El conjunto quedó completado por un pañuelo rojo atado al

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cuello. La transformación fue completa. Cuando descendió la escalera del hotel y salió a la calle, nadie hubiera reconocido en él al elegante forastero de la noche anterior, aunque muy pocos hubieran reconocido el rostro y la figura de Henry York, de Sandy Bar.

A la imprecisa claridad de aquella hora temprana, y con los cambios que se habían producido en la ciudad, tuvo que detenerse unos instantes para orientarse. El Sandy Bar que él recordaba estaba debajo de él, cerca del río; los edificios que se alzaban a su alrededor eran de fecha posterior y de un estilo más moderno. Mientras avanzaba hacia el río, vio que había una nueva escuela y una iglesia. Un poco más adelante vio el Sunny South, transformado en un restaurante, completamente reformado. Ahora sabía dónde estaba; descendió una pendiente poco pronunciada, cruzó una acequia, y se encontró en los límites meridionales del «Filón Amistad».

La niebla gris se alzaba lentamente del río, trepando hasta las copas de los árboles y arrastrándose por las laderas de las montañas hasta quedar prendida en los altares de roca, para ofrecer un sacrificio al sol naciente. Mientras sus pies pisaban la tierra cubierta de verdor, York miró a su alrededor y sonrió con aire complacido, como si las cosas no fueran tan malas, después de todo.

Sin embargo, no se atrevió a mirar aún en determinada dirección. De todos modos, el sol no estaba lo bastante alto como para iluminar la pequeña loma sobre la cual se alzaba la cabaña. A pesar del dominio que ejercía sobre sí mismo, el corazón de York latió más rápidamente que de costumbre al alzar sus ojos hacia la cabaña. La puerta y la ventana estaban cerradas, no salía humo de la chimenea, pero todo lo demás seguía igual. Cuando estuvo a unos pasos de distancia de la cabaña, se inclinó a recoger una pala rota, se la echó al hombro con una sonrisa, y luego avanzó con paso decidido hasta la puerta y llamó. En el interior no se oyó ningún ruido. La sonrisa murió en los labios de York, mientras empujaba nerviosamente la puerta abierta.

Una figura avanzó hacia él con una expresión furiosa en el rostro… una figura cuyos ojos inyectados en sangre quedaron repentinamente fijos en el vacío… una figura que súbitamente parpadeó con asombro, intentó murmurar algo y luego cayó hacia adelante.

Pero antes de que llegara al suelo, York la había recogido en sus brazos. La figura trató de luchar, pero sus débiles esfuerzos resultaron inútiles. Lentamente, los esfuerzos cesaron y Scott quedó inconsciente entre los brazos de su antiguo socio.

Durante unos instantes York le sostuvo sin moverse, mirando su rostro. En el exterior, el rítmico golpeteo del hacha de un leñador era el único sonido

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que rompía el silencio. Luego se oyeron voces, y dos hombres se asomaron a la puerta de la cabaña.

—¿Una lucha?

—No, un desmayo. ¿Querrían ayudarme a transportar el enfermo al hotel? Y allí permaneció durante una semana el socio enfermo, tendido en el lecho, inconsciente. Al amanecer del octavo día, abrió los ojos, miró a York,

que estaba a su lado, y cogió su mano. Y entonces habló:

—¿Eres tú? Pensé que habían sido los efectos del whisky…

York se limitó a coger sus dos manos y a estrecharlas cordialmente, con una alegre sonrisa.

—Has estado en el extranjero, ¿eh? ¿Qué te ha parecido París? —Así, así… Y a ti, ¿qué te ha parecido Sacramento? —¡Estupendo!

Y esto fue todo lo que se dijeron. De repente, Scott volvió a abrir los ojos.

—Me siento muy débil.

—Pronto te repondrás.

—No lo creo.

Siguió un largo silencio, durante el cual pudieron oír los rumores de Sandy Bar aprestándose a empezar un nuevo día. Luego, Scott, lenta y trabajosamente, volvió su rostro hacia York y dijo:

—En cierta ocasión pude haberte matado.

—¡Ojalá lo hubieras hecho!

Se estrecharon de nuevo las manos, pero era evidente que el apretón de Scott había perdido vigor. Parecía estar reuniendo sus últimas energías para un esfuerzo especial.

—¡Hola, compañero!

—¡Hola!

—¡Acércate un poco más!

York inclinó su cabeza hacia el rostro cada vez más pálido de su antiguo socio.

—¿Recuerdas aquella mañana?

—Sí.

Una expresión divertida apareció en los azules ojos de Scott, mientras susurraba:

—¡Desde luego, en aquel pan había demasiado bicarbonato sódico!…

Se dice que aquéllas fueron sus últimas palabras. Ya que cuando el sol, que con tanta frecuencia había contemplado las estúpidas riñas de aquellos dos hombres, se asomó a través de la ventana de la habitación para verlos

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reunidos de nuevo, vio la mano de Scott caer fría e inconsciente a un lado de la cama, sin sentir la cariñosa presión de la de su antiguo socio, y supo que en aquel momento había terminado de un modo definitivo la querella de Sandy Bar.

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TRES SOLDADOS MARAVILLOSOS

STEPHEN CRANE

I

LA muchacha estaba en la habitación delantera del segundo piso, atisbando a través de las persianas. Era la «mejor habitación». El suelo estaba cubierto por una alfombra nueva. Los bordes de la alfombra habían sido teñidos con franjas alternas rojas y verdes. Sobre la repisa de madera de la chimenea había dos figurillas de arcilla: un pastor y una pastora, probablemente. Un triángulo de lana rosa y blanco colgaba cuidadosamente del borde de la repisa. Sobre la cómoda no había absolutamente nada, a excepción de un periódico extendido, con los bordes doblados para que sirviera de tapete. Las mantas y las sábanas de la cama reposaban en una silla. Las almohadas y el enorme colchón de plumas habían sido mullidos hasta que adquirieron el aspecto de grandes budines. El retrato de un hombre terriblemente delgado colgaba, en un marco ovalado, de una pared blanca,

sobre la cómoda.

A través de las tablillas de la persiana, la muchacha podía divisar una gran extensión de la carretera que serpenteaba hasta el bosque, para reaparecer después junto a la falda de la colina, a media milla de distancia, amarilla y cálida bajo el sol estival. Hasta la ventana llegaban los monótonos chirridos de los insectos que pululaban entre la hierba. De cuando en cuando, una rana dejaba oír un sonido peculiar —chug-chug—, como si alguien la estuviera estrangulando. Las hojas de los árboles se agitaban a impulsos de una suave brisa. A través de las ramas verde oscuras de los pinos que crecían en el patio delantero podían divisarse las montañas, lejos, hacia el sudeste, indeciblemente azules.

Los ojos de Mary estaban clavados en el pequeño tramo de carretera que aparecía en la distante colina. Su rostro estaba enrojecido por la excitación, y

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la mano que apoyaba en la persiana temblaba a causa del nervioso estremecimiento de la muñeca. Los pinos arrastraban sus verdes agujas contra la casa, con un suave sonido sibilante.

Finalmente, la muchacha se apartó de la ventana y se dirigió al rellano superior de la escalera.

—Bueno, de todos modos, sé que están a punto de llegar —gritó dialécticamente a las profundidades.

Una voz procedente de las profundidades replicó en tono furioso:

—No vendrán. Aún no hemos visto ninguno. No vendrán a estos andurriales. Lo que tienes que hacer es bajar y atender a tu trabajo, en vez de espiar si vienen los soldados.

—Bueno, mamá, sé que están a punto de llegar.

La voz replicó de nuevo, con la maquinal violencia de las amas de casa ocasionales. La muchacha se sacudió la falda retadoramente y regresó a la ventana.

Sobre el amarillo tramo de carretera que discurría a lo largo de la falda de la colina había ahora unas cuantas manchas negras: jinetes. En el aire flotaba una nube de polvo. La muchacha voló hacia el rellano y bajó corriendo a la cocina.

—¡Están llegando! ¡Están llegando!

Fue como si hubiera gritado «¡Fuego!». Su madre había estado mondando patatas, sentada cómodamente ante la mesa. Se puso en pie de un salto.

—No… no es posible… ¿Cómo sabes que son ellos? ¿Dónde están?

El cuchillo cayó de su mano, y dos o tres rizos de piel de patata se deslizaron desde su delantal al suelo.

La muchacha dio media vuelta y subió corriendo la escalera. Su madre la siguió, respirando trabajosamente, pero insistiendo aún en llenar el aire de preguntas, reproches y protestas. La muchacha estaba ya en la ventana, señalando ávidamente.

—¡Allí! ¡Allí! ¡Míralos! ¡Míralos!

Corriendo hacia la ventana, la madre miró en aquella dirección.

Inmediatamente retrocedió, gimiendo.

—¡Son ellos, desde luego! ¡Son ellos!

Agitó sus manos, haciendo gestos de desesperación.

Las manchas negras desaparecieron en el bosque. La muchacha estaba temblando, y sus ojos brillaban como el agua herida por el sol.

—¡Oh! ¡Están cruzando el bosque! ¡Vienen directamente hacia aquí! — Apartó la persiana y se asomó, con la mirada fija en el verde arco a través del

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cual penetraba la carretera en el bosque—. Ya están llegando —le susurró a su madre en voz baja.

La madre se había sentado sobre el colchón y sollozaba silenciosamente. Efectivamente, la muchacha podía oír ahora el ruido de los cascos de los

caballos. Se apartó de la ventana con repentina aprensión, pero casi inmediatamente volvió a asomarse.

—¡Aquí están!

A los ojos de la muchacha, la súbita aparición de aquellos hombres tuvo algo de teatral. Fue como si se hubiera alzado un telón. Aparecieron bruscamente, vomitados por el bosque: una docena de jinetes morenos, con uniformes azules… galopando.

—¡Oh, mira! —susurró la muchacha.

Su boca se fruncía en un gesto de rara fascinación, como si esperara ver transformarse a los jinetes en demonios de un momento a otro. Al fin estaba viendo a aquellos extraños seres que procedían del Norte… aquellos hombres de leyenda.

La pequeña tropa cabalgaba en silencio. Al frente iba un hombre de aspecto juvenil, con algunos galones amarillos cosidos a la manga de la guerrera. En la mano derecha sostenía la carabina, apuntando hacia arriba, con la culata descansando sobre la rodilla. Estaba absorto escrutando el terreno delante de él.

Detrás del sargento, el escuadrón cabalgaba en columna de a uno, con crujidos de cuero y tintineos de acero y de latón. La muchacha escrutó los rostros de los jinetes y pareció vagamente asombrada al encontrarlos del tipo que ella conocía.

El hombre que iba al frente de la tropa reconoció la casa y sus alrededores con un par de ojeadas. No tiró de las riendas de su caballo. Los jinetes desviaron un momento la mirada, como turistas de paso, y luego volvieron a escrutar la región que tenían delante. El repiqueteo de los cascos se hizo menos intenso. Sé levantó una columna de polvo…

Los sollozos de la mujer sentada en la cama se convirtieron en palabras, las cuales, a pesar de su tono horrorizado, expresaban un cierto alivio:

—Será una suerte para nosotras que no nos hayan degollado mientras dormíamos… van a robar todos los caballos… se llevarán al viejo «Santo»… ¿Se lo están llevando ya?

—Pero, mamá —dijo la muchacha, perpleja y aterrorizada al mismo tiempo—, se han marchado…

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—¡Oh! ¡Volverán! —sollozó la madre—. Volverán, no lo dudes. Y se llevarán los caballos. ¡Oh, John, John! ¿Por qué lo hiciste, por qué lo hiciste? —Bruscamente, dejó de sollozar y se sentó muy rígida, mirando a su hija—. Mary —dijo, en un trágico susurro—. ¡La puerta de la cocina no está cerrada!

Se había inclinado ya hacia adelante para escuchar, la boca entreabierta, los ojos clavados en su hija.

—Mamá… —balbució la muchacha.

La madre susurró de nuevo:

—La puerta de la cocina no está cerrada.

Inmóviles y mudas, se miraron mutuamente a los ojos.

Finalmente, la muchacha tartamudeó:

—Será me… mejor… será mejor que va… vayamos a cerrarla.

La madre asintió. Cogidas del brazo se dirigieron al rellano. Una tabla del piso crujió. Se detuvieron, y cambiaron una mirada de indecible terror.

Finalmente alcanzaron el rellano. Desde la cocina llegaban los sonidos sibilantes de la marmita y los frecuentes chasquidos del fuego. Aquellos ruidos resultaban siniestros. La madre y la hija se detuvieron, incapaces de moverse.

—¡Hay alguien allí abajo! —susurró la madre.

Finalmente, la muchacha hizo un gesto de resolución. Se soltó del brazo de su madre y descendió un par de peldaños. Gritó, dirigiéndose a la cocina:

—¿Quién está ahí?

Su tono pretendía ser intrépido. Cayó de un modo tan dramático en el silencio, que un nuevo pánico se apoderó repentinamente de las dos mujeres, como si la presencia que sospechaban en la cocina les hubiera gritado a ellas.

Pero la muchacha se aventuró de nuevo:

—¿Hay alguien ahí?

No hubo más respuesta que la de la marmita y el fuego.

Con el corazón en un puño, la muchacha continuó su descenso. Cuando se acercaba al último peldaño, el fuego crujió de un modo explosivo, y la muchacha lanzó un grito. Pero la misteriosa presencia no surgió de un rincón para agarrarla; de manera que la muchacha se dejó caer sentada en el peldaño y se echó a reír.

—No era… no era más que… el fuego —tartamudeó histéricamente.

Luego se puso en pie con repentina decisión y gritó:

—¡No hay nadie! ¡Aquí no hay nadie!

Se dirigió a la cocina. En su rostro había una expresión de terror, como si esperara encontrarse con algo, pero la cocina estaba vacía. La muchacha gritó

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jubilosamente:

—¡En la cocina no hay nadie! ¡Baja, mamá!

A continuación corrió hacia la puerta y la cerró.

La madre entró en la cocina.

—¡Oh, querida, qué susto más horrible! Voy a enfermar, sé que voy a enfermar.

—¡Oh, mamá! —dijo la muchacha.

—Sé que voy a enfermar… lo sé. ¡Oh! Si por lo menos tu padre estuviera aquí… Él les ajustaría las cuentas a esos yanquis… les ajustaría las cuentas, desde luego. Dos pobres mujeres indefensas…

—¿Por qué eres así, mamá? Los yanquis no han…

—¡Oh! Regresarán… regresarán. ¡Dos pobres mujeres indefensas! ¡Tu padre, tu tío Asa y Bill, perdiendo el tiempo en hacer la guerra por ahí, en vez de defender su propia casa! ¡Vaya unos hombres! ¿No le dije a tu padre, antes de que se fuera…?

—Mamá —dijo la muchacha, que había estado mirando a través de la ventana—, la puerta del establo está abierta. Me pregunto si se habrán llevado al viejo «Santo».

—¡Oh! Desde luego que se lo han llevado… desde luego. Mary, no sé qué vamos a hacer… no sé qué vamos a hacer.

La muchacha dijo:

—Mamá, voy a ver si se han llevado al viejo «Santo». —¡Mary! —gritó la madre—. ¡No te atrevas a salir! —Pero, piensa en el pobre «Santo», mamá.

—No te preocupes por «Santo». Hemos sido muy afortunadas al habernos salvado nosotras. No te preocupes por el viejo «Santo». ¡No te atrevas a ir allí, Mary! ¡Mary!

La muchacha había abierto la puerta y se encaminaba hacia el porche. La madre gritó desesperadamente:

—¡Mary!

—Aquí no hay nadie, mamá —respondió la muchacha desde fuera.

Se detuvo un momento, con una extraña sonrisa en los labios, como si se sintiera muy satisfecha de su atrevimiento.

La brisa agitaba las ramas de los manzanos. Un gallo, con un aire petulantemente cortés, precedía a tres gallinas en una excursión de forrajeo. Muy altas en el cielo, unas nubes navegaban hacia el Norte. La muchacha descendió los escalones del porche y echó a correr hacia el establo.

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La puerta estaba abierta, y la estaca, que normalmente ejercía las funciones de cerrojo, aparecía en el suelo. La muchacha no podía ver el interior del establo, a causa de la intensa oscuridad. Tendió el oído, y oyó a un caballo que masticaba plácidamente. Profirió una exclamación de alegría y cruzó el umbral de un salto. Inmediatamente repitió el salto, esta vez a la inversa. Había visto a tres hombres que llevaban uniformes de color gris[6], sentados en el suelo con las piernas extendidas y la espalda apoyada contra el pesebre de «Santo». Sus rostros cubiertos de polvo se distendieron en una ancha sonrisa.

II

Mientras Mary retrocedía, gritando, uno de los hombres, sin dejar de sonreír, anunció:

—Sabía que se asustaría.

Cómodamente sentados, los tres soldados la contemplaban con aire divertido.

Mary se llevó una mano a la garganta, y se quedó inmóvil, temblando. —Lo lamentamos, señora, pero no hemos podido evitarlo —dijo

alegremente otro de los soldados—. Sabía que se asustaría al vernos, pero no hemos podido evitarlo. Entramos en este establo para echar una siestecita. Y nos despertaron esos yanquis que acaban de pasar.

—¿De dónde vienen ustedes? ¿Se… se han escapado de… de los yanquis? —tartamudeó la muchacha.

Los tres soldados se echaron a reír.

—No, señora. No, señora. No nos han cogido nunca. Estábamos en un jaleo, a unas dos millas de aquí, y a Bill le dieron en el brazo. A mí también me dieron en el brazo. Curioso, ¿verdad? A Sim no le dieron, pero nos estuvieron persiguiendo, y perdimos las huellas de nuestros muchachos.

—Los que les perseguían, ¿eran esos… esos que acaban de pasar? Los hombres vestidos de gris se echaron a reír de nuevo.

—¿Quiénes, ésos? ¡No! Allí había una nube de yanquis, y una nube de nuestros muchachos, también. ¿Ese pelotón? No, señora.

La muchacha se había tranquilizado lo suficiente como para examinar con más atención a los tres soldados. Iban cubiertos de polvo de pies a cabeza. Sus uniformes grises estaban desgarrados. Parecía, también, que llevaban muchos días sin afeitarse. Mostraban una gran diversidad en sus sombreros.

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Uno de ellos llevaba la pequeña gorra azul de la infantería norteña, con el emblema del cuerpo y el número del regimiento; otro llevaba un gran chambergo, con un amplio agujero en la copa; y el otro llevaba la cabeza descubierta. La manga derecha de un hombre y la manga izquierda de otro habían sido cortadas, y los brazos aparecían vendados con tela blanca, limpia.

—Dos simples arañazos —explicó uno de ellos—. Nos detuvimos en casa de miss Leavitt —así es como dijo que se llamaba—, y ella nos puso estas vendas. Bill tiene mucha sed. Y un poco de fiebre, también. Nosotros…

—¿Han visto a mi padre en el ejército? —preguntó Mary—. Se llama John Hinckson…

Los tres soldados sonrieron, pero contestaron amablemente:

—No, señora. No, señora. No le hemos visto. ¿Dónde está? ¿En la caballería?

—No —dijo la muchacha—. Él, mi tío Asa y mi primo —se llama Bill Parker— están con Longstreet[7]…, creo que se llama así.

—¡Oh! ¿Longstreet? Están muy lejos de aquí. Hacia el nordeste. Por aquí no hay más que caballería. Ellos están en la infantería, probablemente.

—Hace mucho tiempo que no sabemos nada de ellos —dijo Mary. —¡Oh! En la infantería están estupendamente —dijo uno de los soldados,

queriendo tranquilizaría—. La infantería va siempre a remolque de la caballería y tiene muy pocas bajas. Pero, si estuvieran en caballería… la caballería…

Mary le interrumpió.

—¿Tienen ustedes hambre? —preguntó.

Los soldados se miraron el uno al otro, asaltados por una súbita y extraña timidez. Inclinaron sus cabezas.

—No, señora —respondió finalmente uno de ellos.

«Santo» continuaba masticando tranquilamente. A veces les dirigía una benévola mirada. Era un caballo viejo, y en sus ojos había algo que producía la impresión de que llevaba gafas. Mary se acercó al animal y acarició su hocico.

—Bueno, si tienen hambre, puedo traerles algo… O si prefieren entrar en casa…

—No podemos entrar en la casa —dijo uno—. Aquel escuadrón de yanquis no era más que una patrulla de exploración, seguramente. No tardarán en llegar más.

—Bueno, puedo traerles algo —insistió la muchacha—. ¿Por qué no dejan que les traiga algo?

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—Bueno —dijo uno de los soldados, con evidente turbación—, la verdad es que no hemos comido mucho. Si pudiera traernos un bocadillo… sólo un bocadillo… nosotros…

Sin esperar a que terminara de hablar, la muchacha dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Pero, antes de llegar a ella, se detuvo bruscamente.

—¡Escuchen! —susurró.

Había inclinado el cuerpo hacia adelante, y extendió una mano para que guardaran silencio.

Pudieron oír débilmente el repiqueteo de los cascos de muchos caballos, el entrechocar de las armas y frecuentes voces de mando.

—¡Son los yanquis! —exclamó uno de los soldados. Los tres se pusieron en pie de un salto y se acercaron a la puerta—. Ya sabía yo que aquel pelotón no era más que una avanzadilla.

La muchacha y los tres hombres atisbaron desde las sombras del establo. La vista de la carretera quedaba dificultada por unos troncos y un pequeño gallinero. Sin embargo, pudieron ver a numerosos jinetes que avanzaban hacia el bosque. Los jinetes llevaban uniformes azules.

—¡Oh! —exclamó la muchacha—. ¡Por favor! ¡Escóndanse… escóndanse!

En su voz había un sollozo.

—Espere un momento —susurró uno de los soldados, en tono excitado—. Tal vez no se detengan, tal vez pasen de largo… No, no van a pasar de largo… Se están deteniendo. ¡Adentro, muchachos!

Se deslizaron silenciosamente hacia la parte posterior del establo. La muchacha, de pie junto a la puerta, les oyó andar de un lado para otro. Al cabo de unos instantes, les oyó susurrar entre sí:

—¿Dónde nos escondemos? ¿Dónde nos escondemos? Aquí no hay ningún lugar para ocultarse…

La muchacha se volvió y su mirada recorrió el establo. Era verdad. El montón de heno había disminuido de un modo alarmante. El viejo «Santo» no comía demasiado, es cierto, pero de cuando en cuando pasaba algún destacamento de jinetes confederados, y… Las tablas del henil apenas estaban cubiertas, excepto en un rincón, donde había una caja de gran tamaño: la caja donde se guardaba el grano.

La muchacha tuvo una súbita inspiración. Se acercó a la caja y levantó la tapadera.

—¡Aquí! ¡Aquí! —siseó—. ¡Métanse aquí!

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Habían estado moviéndose silenciosamente por el interior del establo. Inmediatamente se acercaron y se zambulleron en la caja. Lo hicieron al mismo tiempo, y los heridos lanzaron unas ahogadas exclamaciones de dolor, pero finalmente quedaron sumergidos en la capa de grano que cubría el fondo de la caja.

Rápida y silenciosamente, la muchacha volvió a dejar caer la tapadera, y luego corrió hacia la puerta.

Nadie había aparecido por allí, de modo que la muchacha decidió investigar la situación. Los jinetes habían desmontado, y estaban de pie, en silencio, junto a sus caballos. Un hombre barbudo, cuyas rojizas mejillas brillaban intensamente debajo de las patillas con que se adornaba, estaba hablando con otros dos militares. Al parecer, el barbudo les estaba dando órdenes, señalando aquí y allí.

Mary retrocedió y se acercó de puntillas a la caja del grano.

—Se han apeado todos de sus monturas —murmuró.

Del interior de la caja salió una voz ahogada:

—Acérquese un poco más. —Mary obedeció, y la voz continuó—: Márchese en seguida a su casa, señora, y si no volvemos a vernos, muchas gracias por lo que ha hecho por nosotros.

—Adiós —murmuró Mary.

Efectuó dos tentativas para salir del establo con aire despreocupado, pero las dos veces fracasó y retrocedió cuando estaba a punto de llegar al lugar donde podía ser vista por los soldados de las casacas azules. Pero terminó por decidirse, y tras una especie de carrerilla apareció a la brillante luz del sol.

El grupo de hombres que conversaba con el barbudo se volvió en redondo hacia ella. El propio barbudo olvidó bajar el brazo, el cual había extendido hacia adelante para dar una orden.

Mary notó que sus pies tocaban el suelo de un modo completamente anormal. Le pareció que llevaba escrita en el rostro una frase: «Hay tres hombres ocultos en la caja del grano».

El barbudo avanzó hacia ella. Mary se detuvo; parecía disponerse a echar a correr. Pero el oficial se inclinó ante ella con una amable expresión.

—¿Vive usted aquí, supongo? —preguntó.

—Sí —respondió la muchacha.

—Bueno, nos vemos obligados a acampar aquí para pasar la noche, y como dos de mis hombres están heridos, supongo que no le importará que los entremos en el establo.

—¿En… en el establo?

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El oficial se dio cuenta de que estaba asustada. Trató de tranquilizarla con una sonrisa.

—No tema, muchacha. No vamos a hacerle daño a nadie. Puede confiar en nosotros.

Mary se balanceó sobre un pie, y luego sobre el otro. Tenía la mirada clavada en el suelo.

—Pero… pero no creo que a mi madre le guste que… que se metan en el establo.

El oficial se echó a reír.

—¿De veras? —dijo—. Bueno, tal vez no le guste. —Meditó unos instantes y luego decidió, jovialmente—: De todos modos, tendremos que preguntárselo. ¿Dónde está? ¿En la casa?

—Sí —respondió la muchacha—, está en casa. Se… se asustará muchísimo cuando le vea a usted.

—Bueno, en tal caso, vaya usted a preguntárselo —dijo el oficial, sin dejar de sonreír—. Vaya a preguntárselo, y vuelva a comunicarme la respuesta.

Cuando la muchacha empujó la puerta abierta y entró en la cocina, la encontró vacía.

—¡Mamá! —llamó en voz baja.

No hubo ninguna respuesta. La marmita seguía hirviendo. El cuchillo y los rizos de piel de patata continuaban en el suelo.

Mary se dirigió a la habitación de su madre y entró sin hacer ruido. El nuevo y solitario aspecto de la casa le crispaba los nervios. Sobre la cama había un revoltijo de mantas.

—¡Mamá! —llamó la muchacha, temblando de miedo de que su madre no estuviera allí para contestar.

Pero se produjo una repentina agitación debajo de las mantas, y su madre asomó la cabeza.

—¡Mary! —exclamó, en tono asombrado—. Creí… creí…

—¡Oh, mamá! —la interrumpió la muchacha—. ¡Hay más de mil yanquis en el patio, y he ocultado a tres de nuestros hombres en la caja del grano!

Sin embargo, la madre, ante la aparición de su hija, había empezado a sollozar histéricamente, cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Mamá! —exclamó la muchacha—. ¡Y ahora quieren utilizar el establo… y nuestros hombres están en la caja del grano! ¿Qué haremos, mamá? ¿Qué haremos?

Su madre no pareció oírla, tan absorta estaba en sus propios lamentos.

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—¡Mamá! —repitió la muchacha—. ¡Mamá!

Durante unos instantes Mary permaneció inmóvil, reflexionando en silencio, con los labios entreabiertos y la mirada ausente. Luego se dirigió a la ventana de la cocina y miró al exterior.

El oficial barbudo y los otros estaban mirando hacia la carretera. Mary se dirigió a otra ventana y vio que lo que estaban mirando era un pequeño grupo de jinetes que se aproximaban al trote, levantando mucho polvo. Súbitamente, reconoció en ellos al pelotón que había pasado anteriormente por delante de la casa. Vigilaban estrechamente a un jinete desarmado que llevaba uniforme gris.

Cuando llegaron cerca de la casa, Mary corrió de nuevo a la primera ventana. El oficial barbudo estaba sonriendo con evidente satisfacción.

—De modo que le han cogido, ¿eh? —gritó.

El joven sargento se apeó de un salto de su montura y levantó una mano morena a la altura de su sien. La muchacha no pudo oír su respuesta. Vio que el jinete desarmado llevaba un bigote muy negro y que miraba a su alrededor fríamente y con aire interesado. Tenía un aspecto tan indiferente, que Mary no se dio cuenta de que era un prisionero hasta que oyó que el oficial barbudo decía:

—Bueno, métanle en el establo. Allí estará seguro, supongo.

Un grupo de soldados avanzó con el prisionero hacia el establo.

La muchacha hizo un repentino gesto de terror, recordando a los tres hombres encerrados en la caja del grano.

III

Los soldados uniformados de azul iban y venían por entre los trabados caballos. Algunos frotaban con trapos o con manojos de hierba las delgadas piernas de los animales, de cuyo perfecto funcionamiento tanto dependían. Los belfos de los caballos estaban aún húmedos y espumajeantes a causa de las varillas de acero que habían sostenido entre sus dientes todo el día. Por encima de sus lomos y alrededor de su cabezas discurría la charla de los soldados.

—¡Cuidado con tu penco, Finerty!

—¡Es un viejo elefante! Cocea más que un mulo… —Para mulo el de Bill. Eso sí que es un animal salvaje.

—Pero es también el más resistente de todo el ejército. Está fresco como una rosa, cuando los otros no se tienen sobre sus patas.

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—Sí, no es una vaca como el tuyo…

Enfrente del establo había tres soldados sentados, hablando tranquilamente. Sus fusiles estaban apoyados contra la pared. Junto a ellos, y recortándose contra la negrura de la abierta puerta, había un centinela, con el arma descansando en el hueco de su brazo. Cuatro caballos, ensillados y enjaezados, estaban conferenciando con las cabezas muy juntas. Las cuatro riendas colgaban de un poste.

Sobre la verde calma del paisaje, típica estampa de paz, la presencia de las tropas ponía una nota incongruente. Mary no experimentaba la sensación de contemplar un escenario familiar. Los antiguos colores verdes y pardos de los campos estaban ahora dominados por nuevos tonos azules y amarillos. Podía oír las voces de los hombres, y por su acento parecía que llevasen años acampados allí.

Mary había intentado salir y decirle al oficial barbudo que su madre no quería que sus hombres utilizasen el establo, pero se detuvo cuando le oyó hablar con el sargento. En aquel momento le pareció que al oficial le tenía sin cuidado lo que su madre quisiera o dejara de querer, y que cualquier objeción que formulara sería inútil. Vio que los soldados conducían al prisionero confederado hacia el establo, y durante un largo rato contempló a los tres guardianes sentados y al meditabundo centinela. Se estremeció al recordar a los tres hombres encerrados en la caja del grano.

A Mary le parecía que en un caso como éste tenía la obligación de convertirse en una heroína. En todas las historias que había leído cuando asistió a la escuela en Pennsylvania, los personajes femeninos, enfrentados con dificultades semejantes, invariablemente llevaban a cabo actos heroicos. Sí, por regla general rescataban y recuperaban a sus enamorados, y ni el prisionero de aspecto tranquilo ni ninguno de los tres hombres encerrados en la caja del grano estaban enamorados de ella; pero una verdadera heroína no se pararía en este pequeño detalle. Una verdadera heroína tomaría medidas para rescatar a los cuatro hombres. Si no lo intentaba, al menos, falsearía todos aquellos ideales cuidadosamente edificados que eran la acumulación de años enteros de sueños.

Pero la situación la tenía desconcertada. El establo tenía una sola puerta, con cuatro soldados armados delante de aquella puerta, uno de ellos dando la espalda al resto del mundo, absorto, sin duda, en una constante contemplación del hombre tranquilo y, al mismo tiempo, de la caja del grano. Mary sabía, también, que en el momento en que abriera la puerta de la cocina tres cabezas,

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y quizá cuatro, se volverían automáticamente en aquella dirección. Sus oídos eran verdaderos oídos.

Las heroínas, Mary lo sabía, resolvían aquellos asuntos con infinita precisión y rapidez. Cortaban las ataduras del héroe, pronunciaban una frase dramática, y se plantaban entre el héroe y sus enemigos hasta que su huida quedaba asegurada. Sin embargo, Mary se daba cuenta de que, aun en el caso de que consiguiera realizar la hazaña hasta el punto de erguirse gloriosamente entre el fugitivo y sus perseguidores, aquellos inflexibles soldados azules no se detendrían. Correrían alrededor de ella, formando un círculo. Un círculo infranqueable. Tristemente, amargamente, pensó en el hombre tranquilo y en el contenido de la caja del grano.

El resumen de sus reflexiones fue que podía presentarse al comandante de la caballería azul, confesarle que había tres amigos de ella y enemigos de él ocultos en la caja del grano, y rogarle que les dejara marchar sin causarles ningún daño. Pero estaba empezando a creer que el viejo barbudo era un oso. Era poco probable que se mostrara de acuerdo con su plan. Lo más probable era que él y algunos de sus hombres se dirigieran inmediatamente a la caja del grano y detuvieran a sus amigos. Lo malo de la idea era que Mary no podía averiguar si tendría éxito sin ponerla en práctica, y que en caso de fracasar sería demasiado tarde para intentar otra solución. Mary se dijo a sí misma que la guerra convertía a los hombres en unos seres muy poco razonables.

Lo único que podía hacer era permanecer junto a la ventana y contemplar tristemente el establo. Mary admitió esta verdad con una sensación de profunda humillación. Carecía de la agilidad mental, de la capacidad de inventiva que permite a otras personas ayudar a los desgraciados. Estaba derrotada por un establo con una sola puerta, por cuatro hombres con ocho ojos y ocho orejas: nimiedades que no serían obstáculo para una verdadera heroína.

La intensa luz del día empezó a palidecer lentamente. Sobre los campos se extendió una gama de tonos grises, y las sombras se hicieron plomizas. En aquella atmósfera sombría las fogatas encendidas por los soldados a la otra parte del pomar se hicieron más brillantes, convirtiéndose en manchas de color escarlata contra un fondo gris.

, La muchacha oyó una enojada voz procedente de la habitación de su madre.

—¡Mary!

Obedeció apresuradamente a la llamada. Se dio cuenta de que había olvidado por completo la existencia de su madre en medio de su excitación.

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La madre seguía tendida en la cama. Tenía el rostro enrojecido, y unas gotitas de sudor se deslizaban por los canales de las arrugas de su frente. Dirigiendo aturdidas miradas a uno y otro lado, empezó a gimotear:

—¡Oh! ¡Estoy enferma… estoy enferma! ¿Se han ido ya esos hombres?

¿Se han ido ya?

La muchacha mulló cuidadosamente una almohada para la cabeza de su madre.

—No mamá. Todavía están aquí. Pero no parece que tengan intención de causar daño alguno. ¿Quieres que te traiga algo para comer?

Su madre la rechazó con la impaciencia de los enfermos.

—No… no… no quiero nada. Lo único que quiero es que no me molesten. Tengo un terrible dolor de cabeza, y sabes perfectamente que cuando me da uno de estos arrechuchos nada puede aliviarme. ¿Cuándo van a marcharse esos hombres? No quiero que salgas para nada, ¿oyes? No te muevas de aquí.

—Está bien, mamá.

Se sentó en la semioscuridad y escuchó los incesantes lamentos de su madre. En cuanto hacía el menor movimiento, ésta la llamaba. Cuando le preguntó si podía hacer algo para aliviar sus dolores, la interrumpió bruscamente. El permanecer allí sentada, quieta, al alcance de su voz, era el mejor alivio que podía proporcionarle. Mary adoptó una actitud sumisa. De cuando en cuando, su madre le hacía alguna pregunta acerca de la situación local, y a pesar de que se esforzaba en ser gráfica y, al mismo tiempo, tranquilizadora, sus respuestas desagradaban siempre a la enferma y provocaban exclamaciones de furiosa impaciencia.

Finalmente, la madre pareció quedarse dormida, como alguien que descansa después de un agotador esfuerzo. La muchacha salió de puntillas de la habitación y se dirigió a la cocina. Miró a través de la ventana y vio que los cuatro soldados seguían aún ante la puerta del establo. Hacia el oeste, el cielo estaba amarillo. Los troncos de los árboles que se recortaban contra aquel fondo aparecían negros como manchas de tinta. Los soldados paseaban como sombras azules alrededor del brillante resplandor de las fogatas.

Mary se sentó en la nueva oscuridad de la cocina, mirando hacia el exterior. Los soldados encendieron un farol y lo colgaron en el interior del establo. A contraluz, la forma del centinela parecía gigantesca. En el pomar relinchaban los caballos. Se oía también un vago murmullo de voces humanas. De cuando en cuando, pequeños destacamentos a caballo pasaban por delante de la casa. La muchacha oía el santo y seña de los centinelas. Se preparó un ligero refrigerio y comió, sin dejar de mirar por la ventana. Temía

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que pudiera suceder algo mientras estaba ausente de su puesto de observación.

En su mente flotaba un vivido cuadro del interior del establo. Recordó los agujeros que los nudos de la madera, al desprenderse, habían dejado en las tablas de la parte posterior, pero admitió que los prisioneros no podían fugarse a través de ellos. Recordó algunas goteras del tejado, pero tampoco esto podía ayudarles. Cuanto más pensaba en el problema, más tambaleantes se hacían sus ambiciones y sus ideales.

En un momento determinado se dio cuenta de que había decidido efectuar un reconocimiento, pasara lo que pasara. Era de noche; el farol del establo y las fogatas convertían a todo lo que estaba dentro de su círculo de claridad en masas de misteriosa negrura. Mary dio dos pasos en dirección a la puerta. Pero se detuvo. Innumerables posibilidades de peligro habían asaltado su mente. Regresó a la ventana y se quedó en pie, vacilante. Luego, se dirigió rápidamente hacia la puerta, la abrió y se deslizó en silencio hacia la oscuridad exterior.

Durante unos instantes, contempló las sombras. Más allá del pomar, las fogatas de los soldados semejaban manchas de sangre sobre una tela negra. Las voces de los soldados continuaban murmurando. La muchacha echó a andar lentamente en dirección contraria a la de las fogatas. Mantenía los ojos muy abiertos; antes de dar un paso, estudiaba cuidadosamente la oscuridad que tenía delante. Inconscientemente, su garganta estaba preparada para lanzar un repentino grito de terror. En las ramas más altas de los árboles podía oír la voz del viento, una melodía nocturna, susurrante y triste, la queja por un pesar interminable, indecible.

Su propia angustia, el apuro de los hombres ocultos en el establo… todo era expresado por el suave gemir del viento en los árboles. Al principio, Mary lo interpretó como un sollozo. Y le habló de la impotencia y de la fragilidad humanas. Luego, los árboles y el viento enviaron a sus oídos un canto de sacrificio, de intrépido esfuerzo, de rostros duramente tallados que no palidecían cuando el Deber se presentaba a medianoche o a mediodía.

Mary se volvía a menudo a escrutar las figuras que se movían de cuando en cuando a la luz proyectada por el farol del establo. En un momento determinado tropezó con una rama, y la rama crujió con el insoportable ruido que producen todas las ramas con las que se tropieza por la noche. Sin embargo, los guardianes del establo no prestaron la menor atención a aquel ruido. Finalmente, Mary llegó a su objetivo: los agujeros de las tablas en la parte de atrás del establo. Los agujeros brillaban como círculos metálicos por

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el efecto de la luz interior. Conteniendo la respiración, la muchacha aplicó un ojo a un agujero. Inmediatamente dio un saltó hacia atrás, estremeciéndose.

Ya que el inconsciente y alegre centinela estaba utilizando lo más «florido» de su vocabulario para describirle al hombre tranquilo su caballo.

—Eso sí que es un caballo, y no los indecentes jamelgos que montáis vosotros. En todo vuestro maldito ejército no hay un solo caballo que pueda toserle…

Cuando Mary se acercaba de nuevo cautelosamente al agujero, los tres guardias que había delante del establo advirtieron en voz baja:

—¡S-s-s-h!

—¡Cuidado, Pete! Ahí llega el teniente.

El centinela interrumpió su apasionado elogio de su caballo y adoptó una actitud marcial.

Un oficial alto y delgado, barbilampiño, entró en el establo. El centinela le saludó, muy rígido. El oficial dirigió una escrutadora mirada a su alrededor.

—¿Alguna novedad?

—Sin novedad, mi teniente.

Los ojos del oficial semejaban las puntas de dos estiletes. Las líneas que descendían de su nariz hasta las comisuras de la boca eran profundas y le conferían un aspecto ligeramente desagradable, pero en su rostro había una expresión pensativa, como la del sabio que se abstrae meditando temas trascendentales, en agudo contraste con la rapacidad de sus ojos, que lo observaban y lo veían todo.

Súbitamente, levantó un dedo y señaló:

—¿Qué es eso?

—¿Eso? Una caja para guardar el grano, supongo.

—¿Qué hay en ella?

—No lo sé. Yo…

—Tendría usted que saberlo —dijo el oficial en tono brusco. Se acercó a la caja del grano y levantó la tapadera. Inclinándose sobre la caja, introdujo una mano en su interior. Cuando se incorporó, tenía un puñado de grano en la mano y los dejó caer de nuevo en forma de lluvia—. Cuando tiene prisioneros a su cargo, está obligado a saber lo que hay en todas las cosas…

Al producirse el incidente, la muchacha había estado a punto de desmayarse. Apoyó débilmente las manos en las tablas, buscando algo a que agarrarse. Con la palidez de la muerte había contemplado el movimiento del brazo del oficial al introducirse en la caja y le había visto soltar el puñado de grano… lo único que al parecer, había encontrado dentro. Mary quedó

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estupefacta. Se negaba a dar crédito a sus sentidos ante el espectáculo de tres hombres metamorfoseados en un puñado de grano.

IV

Resulta curioso que la ausencia de los tres hombres de la caja del grano en el momento de la aparición del teniente en el establo fuera para la muchacha más causa de terror que de alegría. Había estado rezando para que sucediera precisamente aquello. Al parecer, la fuga de aquellos hombres en contra de todas las probabilidades, le había sido concedida, pero su sensación predominante era de espanto. La caja del grano era una máquina misteriosa y terrible, como la trampa de un mago. A Mary no le hubiera extrañado lo más mínimo, en aquellos momentos, ver a los tres fantásticos soldados flotando espectralmente a través del aire. Miró con súbita aprensión detrás de ella, y cuando el deslumbramiento producido por la luz del farol hubo desaparecido de sus ojos, no vio más que el oscuro perfil de la colina extendiéndose en solemne silencio.

El interior del establo poseía para ella otra fascinación, porque ahora era peligroso. Contenía aquella extraordinaria caja del grano. Cuando volvió a mirar a través del agujero, el prisionero tranquilo estaba sentado encima de la caja, repiqueteando en ella con sus talones, como si la caja no tuviera nada de notable. El centinela estaba también de pie a poca distancia de la caja. Tenía el fusil apoyado en el hueco de su brazo, las piernas muy separadas, y murmuraba algo. Más allá, los otros tres soldados conversaban en voz baja. El teniente se había retirado.

La temblorosa luz amarilla del farol extendía detrás de los hombres unas monstruosas sombras oscilantes. Había espacios de oscuridad que envolvían la cosas ordinarias en un impresionante atavío. El techo mostraba una inescrutable negrura, y, de cuando en cuando, el viejo «Santo» golpeaba estruendosamente el suelo con uno de sus cascos. Los talones del prisionero marcaban en la caja del grano una especie de compás, que sonaba como el misterioso tam-tam de los negros en la selva. Cuando los hombres movían sus cabezas, sus ojos brillaban con una blancura fantasmal, y sus facciones eran siempre céreas e irreales. Y allí estaba aquella extraña caja del grano, con su carga de fantástico misterio.

Repentinamente, y procedente de algún lugar próximo a sus pies, la muchacha oyó un leve sonido, una especie de roedura, como si algún silencioso y discreto zorrero estuviera excavando debajo de la hierba. Mary

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dio un salto hacia atrás; aquél era, sin duda, otro detalle grotesco de este episodio sobrenatural. No echó a correr, porque físicamente se encontraba en poder de aquellos acontecimientos. Sus pies la encadenaban al suelo, sometiéndola a aquella sucesión de horrores. Mientras miraba hacia el lugar del cual parecía proceder el sonido, flotó a través de su mente una vaga y dulce visión: una visión de su habitación, pequeña y segura, en la cual a esta hora solía estar durmiendo.

El sonido continuaba produciéndose, débilmente y con frecuentes pausas, como si el zorrero se detuviera a escuchar. Cuando la muchacha había apartado los ojos del agujero, todo lo que la rodeaba aparecía envuelto en una aterciopelada negrura; luego, paulatinamente, los objetos empezaron a hacerse visibles. Mary podía ver ahora el lugar donde las copas de los árboles se unían con el cielo, y la forma del establo estaba delante de ella, teñida de oscura púrpura. Estuvo a punto de lanzar un grito, pero ningún sonido salió de su garganta. Se quedó mirando fijamente el suelo a sus pies, con la expresión del que contempla el siniestro ondular de la hierba, anunciando la proximidad de una serpiente.

Súbitamente, la hierba se movió, como si la empujaran desde abajo. En un momento determinado, Mary imaginó que veía unas manos humanas, algo borrosas, pero inequívocamente humanas. Y, de pronto, una idea que iluminó toda la situación llameó en su mente. Los tres hombres, poco antes encerrados en la caja del grano, estaban ahora debajo del piso del establo y se estaban abriendo camino hacia el exterior. No se detuvo a pensar cómo podían estar allí. Eran seres maravillosos. Unos seres de los que cabía esperar lo sobrenatural. Mary ya no temblaba, porque en aquel instante estaba poseída por la más inquebrantable de las convicciones.

Se inclinó apresuradamente y concentró la mirada en el lugar donde acababa de moverse la hierba. Poco después, un par de manos asomó por debajo de las tablas. Unas manos humanas, desde luego. Mary susurró:

—¡Eh!

Las manos desaparecieron rápidamente. La muchacha reflexionó unos instantes. Luego volvió a susurrar:

—¡Eh! ¡Soy yo!

Al cabo de un rato, las fantasmales manos reemprendieron su cauteloso trabajo de excavación. Mary esperó. En el interior del establo, el viejo «Santo» se removía perezosamente. El centinela conversaba con el prisionero.

Finalmente, la muchacha vio una cabeza que asomaba por debajo del establo. Reconoció el rostro de uno de los maravillosos soldados que se

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habían introducido, por consejo de ella, en la caja del grano. Un par de ojos brillaron y oscilaron de un lado para otro, hasta posarse sobre ella, una pálida estatua de muchacha. Los ojos se iluminaron con una especie de alegre saludo. Un brazo hizo un gesto hacia ella.

Inclinándose, la muchacha murmuró:

—Todo va bien; adelante.

El hombre volvió a esconder la cabeza debajo del granero. Un momento después, el par de manos reanudó su cautelosa tarea. Finalmente, empezaron a surgir de la tierra los brazos y la cabeza del hombre. Estaba tendido sobre su espalda. Mary pensó que sus cabellos quedarían llenos de tierra. Retorciéndose como una culebra, el hombre abrió paso lentamente al resto de su cuerpo. El torso… las caderas… ¡los pies! Lo primero que hizo al recobrar la vertical, junto a la muchacha, fue sacudirse maquinalmente la tierra de su uniforme.

En el interior del establo, el centinela y el prisionero estaban enzarzados en una disputa, evidentemente.

La muchacha y el primer soldado maravilloso se saludaron con un gesto. Parecían temer que sus brazos produjeran algún ruido al pasar a través del aire. Sus labios se movieron, transmitiéndose silenciosos mensajes.

Utilizando aquel lenguaje por señas, la muchacha describió la situación en el establo. Con prudentes movimientos, indicó al soldado la importancia de guardar silencio absoluto. El soldado asintió, y empleando los mismos medios le habló a Mary de sus dos compañeros, informándola de que, heridos como estaban, la empresa de salir de debajo del establo era una hazaña casi imposible para ellos. Contorsionó su rostro, para indicar lo doloridos que tenía los brazos; y sus compañeros tenían las heridas precisamente en los brazos…

La «conversación» quedó interrumpida por el ruido de un cuerpo que era arrastrado o se arrastraba lentamente debajo del establo. El ruido era demasiado fuerte para lo que convenía a su seguridad. Mary y el soldado se inclinaron sobre el agujero y empezaron a agitar los brazos hacia el oscuro interior del agujero, hasta que apareció una cabeza con los ojos muy abiertos y una sonrisa en el rostro.

Los frenéticos movimientos de los brazos de la pareja apagaron aquella sonrisa y, con ella, el comprometedor ruido. Con dramáticos gestos, informaron a la cabeza de las terribles consecuencias del atronador ruido. La cabeza asintió y, trabajosamente, pero con sumo cuidado, el segundo hombre fue retorciéndose hasta salir del agujero.

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En un leve susurro, el primer hombre dijo:

—¿Dónde está Sim?

El segundo hombre respondió:

—Ahí, muy cerca.

Y señaló hacia el agujero.

Cuando apareció la tercera cabeza, todos los rostros se iluminaron con una sonrisa, y el grupo de sordomudos intercambió expresivas miradas.

Cuando estuvieron todos en pie, juntos, libres de aquel trágico establo, dejaron escapar un largo suspiro, contemporáneo de otra sonrisa y de otro intercambio de miradas.

Uno de los hombres se acercó de puntillas a uno de los agujeros de las tablas y atisbó el interior del establo.

En aquel momento, el centinela tenía el uso de la palabra.

—Sí, les conocemos a todos —estaba diciendo—. No hay una sola casa en esta región que pueda ocultarles sin que nosotros lo sepamos. Les cogeremos muy pronto… como le hemos cogido a usted. Nosotros…

El hombre se apartó precipitadamente del agujero y volvió a reunirse con los otros. En su rostro había una expresión reveladora de que acababa de efectuar un sorprendente descubrimiento. Los otros le interrogaron con la mirada, pero él se limitó a agitar un brazo para indicar que no podía hablar en aquel lugar. Echaron a andar hacia la colina, avanzando cautelosamente. Cuando estuvieron a una distancia prudencial del establo, y mientras el grupo se reunía ávidamente a su alrededor, el hombre que haba estado mirando a través del agujero exclamó, en voz baja pero en tono reconcentrado:

—¡El… el prisionero es el capitán Sawyer!

—¡El capitán Sawyer! —susurraron los otros hombres con acento de incredulidad.

Pero la muchacha tenía algo que preguntar. —¿Cómo consiguieron salir de la caja del grano? El soldado que había salido en primer lugar sonrió.

—Bueno, cuando usted nos metió allí, no tardamos ni un minuto en decidir que no era un lugar seguro, y nos permitimos abandonarlo. Empezamos a dar vueltas de un lado para otro, hasta que se nos ocurrió meternos en el pesebre de las vacas. Como usted ya sabe, están pegados a la pared posterior, y su fondo queda al nivel del suelo. La tierra era blanda y empezamos a escarbar… Nos dimos cuenta de que entraban a un prisionero, pero no reconocimos la voz del capitán Sawyer. Le oímos discutir con el

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centinela, y nos dimos cuenta de que era un hombre cabal, pero no sabíamos que era él. No, señora.

Aquellos tres hombres, recién salidos de una situación peligrosa, parecían haberse olvidado repentinamente de ella. Contemplaban el establo con una expresión de tristeza. No parecían trazar planes para huir a un lugar más seguro. Daban la impresión de haber sido aplastados por una súbita desgracia. —¿Cómo crees que le cogieron, Sim? —susurró tristemente uno de ellos.

—No lo sé —respondió otro en el mismo tono.

El tercero expresó con dos palabras su opinión de los métodos utilizados por el Destino:

—¡Oh, demonios del infierno!

Los tres hombres se sobresaltaron, como si alguien acabara de pincharles al mismo tiempo, y miraron a la joven que permanecía silenciosa junto a ellos.

El hombre que había hablado en último lugar empezó a disculparse. —Perdone, señorita. Le juro por mi alma que me había olvidado de su

presencia. De no ser así, no hubiera soltado esa maldición. De veras que no.

La muchacha no pareció oírle. Estaba contemplando fijamente el establo.

Repentinamente, se volvió y susurró:

—¿Quién es él?

—Es el capitán Sawyer, señora —murmuró tristemente uno de los soldados—. Nuestro capitán. Llevamos mucho tiempo a sus órdenes. Tiene parientes cerca de aquí. Seguramente, le cogieron cuando estaba visitándolos.

La muchacha, permaneció silenciosa unos instantes, y luego, con voz asustada, preguntó:

—¿Van a… van a colgarle?

—No, señora. ¡Oh, no, señora! No creo que hagan una cosa así. No, señora.

El grupo quedó absorto en la contemplación del establo. Durante un largo rato, nadie se movió ni habló. Finalmente, la muchacha se vio arrancada de su abstracción por unos leves sonidos, y, al volverse, vio que los tres hombres que acababan de fugarse del establo se dirigían de nuevo hacia él.

V

Mary, sola en medio de la oscuridad nocturna, esperaba oír de un momento a otro el repentino estallido de una lucha: en cuanto los tres hombres llegaran al establo. Un sudor frío la invadió al pensar en el desastre

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que aguardaba a una empresa tan desesperada. Impulsivamente, decidió correr hacia ellos para obligarles a retroceder. La hierba ahogó el sonido de sus pasos mientras andaba velozmente hacia el establo.

Cuando llegó allí, miró a su alrededor, asombrada. Los hombres habían desaparecido. Investigó con la mirada, tratando de localizar algo que se moviera, pero no pudo ver nada.

La muchacha se sintió sola y empezó a asustarse de la noche. Las grandes extensiones de oscuridad podían ocultar serpenteantes peligros. En su ansiedad por ver a un ser humano, se acercó de nuevo al agujero de las tablas. El centinela, al parecer, se había cansado de hablar, y estaba meditando. El prisionero continuaba sentado en la caja del grano, contemplando el suelo con expresión pensativa. Mary tuvo la impresión de que estaba viendo un grupo fantasmal de figuras de cera. Se sobresaltó cuando el viejo caballo golpeó el suelo con los cascos. Si al menos hablaran… Su silencio aumentaba lo extraño de su aspecto. Podía confundírseles perfectamente con dos hombres muertos.

De pronto, experimentó el impulso de mirar hacia abajo, hacia el pesebre de las vacas. El farol proyectaba muy poca claridad sobre aquel apartado rincón, y de momento la muchacha no pudo ver absolutamente nada. Pero no cejó en sus intentos de horadar las sombras con los ojos, a pesar de lo forzado de su posición, al verse obligada a proyectar la vista hacia abajo a través del pequeño agujero. Finalmente, su paciencia —o su obstinación— se vio recompensada. Acababa de ver algo que se movía. Algo que podía ser tan pequeño como un ratón, o tan grande como un hombre. En cualquiera de los casos, demostraba que en aquel lugar había algo vivo. En un momento determinado lo veía claramente, y un momento después, debido a que la fijeza de su mirada ponía una cortina borrosa ante sus ojos, se desvanecía. Al final, sin embargo, divisó un cabeza humana. Una cabeza monstruosamente desgreñada. Se movió lentamente hacia adelante, hasta que su mirada pudo caer sobre el prisionero, y luego sobre el centinela. Los oscilantes reflejos del farol hacían que los ojos relucieran como plata. El corazón de Mary empezó a latir de un modo tan impetuoso, que la muchacha se vio obligada a apretar las dos manos contra su pecho, para tratar de contener aquel tumulto.

El centinela y el prisionero permanecían completamente inmóviles, mientras la cabeza que surgía del suelo les contemplaba con sus plateados ojos.

Finalmente, el prisionero se deslizó al suelo y, levantando los brazos, bostezó ruidosamente.

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—Bueno —observó—, si os quedáis aquí el tiempo suficiente, os darán un buen repaso. Siempre es un consuelo, aunque yo no pueda presenciarlo. Os darán una lección. —Reflexionó unos instantes, y añadió—: Doy por bien empleada mi captura, si a cambio recibís una buena lección.

El centinela levantó la mirada y sonrió con aire de superioridad.

—Una lección, ¿eh? ¡Qué más quisiera usted, amigo! ¿Por qué no nos la dieron en…? ¿Y en…? ¿Y en…?

Citó algunas de las grandes batallas.

El cautivo le miró con expresión asombrada.

—¡Cómo! ¿Acaso no lo hicimos?

La sonrisa del centinela se hizo más irónica.

—Sí, desde luego. Nos dieron una lección, ¿verdad? Nos enseñaron a correr… detrás de ustedes. Nosotros…

Se interrumpió bruscamente, alarmado por un sonido que rompió el silencio nocturno: el estallido de un disparo lejano, que despertó centenares de ecos entre las colinas, seguido inmediatamente por el grito de una voz humana, un grito de advertencia, mezcla de sorpresa y de miedo a la muerte. Un momento después se oyó un lejano crepitar de disparos. El centinela y el prisionero permanecieron en pie, uno enfrente de otro, con los labios entreabiertos, escuchando.

A continuación, los alrededores del establo se convirtieron en un infierno de juramentos, voces de mando, movimientos frenéticos, entrechocar de armas… Un caballo cruzó el pomar a un furioso galope. Una voz gritó: «¿Qué sucede, Ferguson?». Otra voz aulló algo ininteligible. El prisionero dio un paso hacia adelante. Inmediatamente, los ojos del centinela centellearon, y ordenó en un tono que sonó como un trallazo:

—¡No se mueva!

El prisionero temblaba de excitación. A sus labios asomaron expresiones de júbilo y de triunfo.

—¡Lo que yo decía, amigo! Ahora… ahora vais a saber lo que es bueno… El centinela levantó el fusil y apoyó la culata en su hombro. El cañón del

arma apuntaba directamente a la cabeza del prisionero.

—Bueno, de todos modos, le tenemos a usted. ¡Recuerde esto: no se mueva!

El prisionero no pudo evitar la nerviosa agitación de sus brazos. —No me moveré —dijo—. Pero… —¡Y cierre el pico!

Los tres compañeros del centinela entraron precipitadamente en el establo.

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—¡Pete! ¿Puedes…?

—Lo tengo a buen recaudo —dijo el centinela tranquilamente y sin moverse. Era como si el cañón del fusil descansara sobre un trípode de hierro. Los tres compañeros dieron media vuelta y se hundieron en la oscuridad. El prisionero y su guardián se contemplaron mutuamente en silencio.

En cuanto a la muchacha, el firmamento se había desplomado encima de ella al comienzo de aquel fragor. No le hubiera asombrado ver caer a las estrellas y desaparecer la vegetación, el establo, todo… Era el fin de todas las cosas, el gran asesinato universal. Cuando dos de los tres maravillosos soldados surgieron del agujero practicado debajo del establo y desaparecieron en la oscuridad, Mary apenas les miró.

Repentinamente, recordó la cabeza de ojos plateados. Se inclinó hacia adelante, y volvió a aplicar sus ojos al agujero de las tablas. A pesar del estrépito procedente del pomar, del tramo superior y del tramo inferior de la carretera, de los cielos y de las entrañas de la tierra, la fascinación principal era la misteriosa cabeza. Allí, para ella, estaba el dios oscuro de la tragedia.

En aquel momento, el prisionero estalló en una carcajada que no era más que un histérico gorgoteo.

—Bueno, no podrá usted sostener ese fusil indefinidamente. No tardará en bajarlo…

La voz del centinela sonó ligeramente ahogada, ya que su mejilla estaba apretada contra la culata del arma.

—Puedo resistir aún durante algún tiempo.

La muchacha vio que la cabeza se alzaba lentamente, con los ojos clavados en el rostro del centinela. Una figura alta y negra surgió del pesebre de las vacas y se desvaneció detrás del comedero del viejo “Santo”. Mary sabía lo que iba a suceder. Sabía que aquella figura estaba allí con una terrible misión, y que reaparecería pegada a la pared que quedaba detrás del centinela: y, sin embargo, cuando vio una especie de sombra agazapada allí, estuvo a punto de dejar escapar un grito.

Los brazos del centinela, al fin y al cabo, no eran de hierro. Se movió con impaciencia. Finalmente, murmuró:

—Bueno, creo que tendrá que meterse usted en esa caja del grano.

Retroceda y levante la tapadera.

—No estoy dispuesto a…

—¡Retroceda!

La muchacha notó que un grito de advertencia subía a sus labios mientras contemplaba al centinela. Observó cada uno de los detalles de su expresión

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facial. Vio, además, su masa de pelo castaño arracimada descuidadamente alrededor de sus orejas, sus ojos claros iluminados ahora por una luz fría y dura, el anillo que llevaba en el tercer dedo de la mano izquierda.

“¡Oh, no van a matarle! ¡No van a matarle!”.

El ruido de la lucha en el pomar era la música de fondo, el trueno y el relámpago, el rugir de la tormenta que le gusta oír a la gente durante la escena culminante de una tragedia.

Cuando el prisionero retrocedía, obedeciendo a regañadientes miró durante una fracción de segundo a la pared que se extendía detrás del centinela, y lo que vio allí debió de quedar impreso en sus ojos. En aquella fracción de segundo, cierta información pasó de la figura alta y negra al prisionero, y del prisionero al centinela. Pero en aquel mismo instante la figura alta y negra se irguió, amenazadora, y saltó hacia adelante.

En cuanto a la muchacha, cuando recobró el sentido se encontró a sí misma de pie, con las manos entrelazadas y gritando con todas sus fuerzas.

Como si hubiera perdido la razón, echó a correr, dio la vuelta al establo, cruzó la puerta y se arrodilló, sollozando, junto al cuerpo del soldado uniformado de azul.

En el exterior, el ruido de la lucha fue haciéndose menos intenso, hasta apagarse del todo.

De repente, se oyeron pasos precipitados que se acercaban al establo. Entró un grupo de soldados, los cuales se detuvieron inmediatamente, en actitudes de sorpresa y de rabia, para rugir luego a coro:

«¡Ha desaparecido!».

La muchacha, que estaba arrodillada junto al cuerpo caído en el suelo, volvió hacia ellos sus llorosos ojos y exclamó:

—No está muerto, ¿verdad? No puede estar muerto.

Los soldados se acercaron. El teniente de rostro pensativo se arrodilló al lado de la muchacha y apoyó su cabeza en el pecho del soldado caído.

—No —dijo, incorporándose—. Está perfectamente. ¡A ver, muchachos! Traigan un cubo de agua y refrésquenle un poco.

—¿Está usted seguro? —preguntó la muchacha, en tono anhelante.

—¡Desde luego! Dentro de un rato se sentirá como nuevo.

—¡Oh! —suspiró la muchacha, y luego miró de nuevo al centinela. Empezó a incorporarse, y el teniente la ayudó, cogiéndola del brazo con

evidente timidez.

—No tiene por qué preocuparse, señorita. Está perfectamente.

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Mary volvió de nuevo sus ojos hacia el inconsciente soldado caído en el suelo. A continuación echó a andar hacia la puerta. El teniente se inclinó, los soldados formaron un pasillo, la muchacha desapareció.

—¡Qué cosa más rara! —dijo un joven oficial—. Esa muchacha es una rebelde, sin duda alguna, y, sin embargo, llora desconsoladamente por uno de sus enemigos. Apostaría cualquier cosa a que vuelve a presentarse con toda clase de remedios caseros… ¡Qué cosa más rara!

El teniente se encogió de hombros. Después de meditar unos instantes, volvió a encogerse de hombros. Dijo:

—La guerra cambia muchas cosas; pero, afortunadamente, no las cambia todas.

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UN HOMBRE DIGNO DE CONFIANZA

JACK LONDON

TODOS los cabos habían sido soltados y el Seattle n.º 4 estaba alejándose lentamente de la orilla. En su cubierta se apilaban la carga y los equipajes, por entre los cuales hormigueaba una heterogénea muchedumbre de indios, perros, mineros, traficantes y buscadores de oro. La mayor parte de la población de Dawson[8] estaba reunida en la orilla, despidiéndose. Cuando la quilla del buque empezó a hendir el agua, el clamor de las despedidas se hizo ensordecedor. En aquel preciso instante, todo el mundo empezó a recordar los mensajes finales de despedida y a gritarlos en voz alta, desaforada, a través de la faja de agua, cada vez más ancha. Louis Bondell, acariciándose el amarillento bigote con una mano y agitando lánguidamente la otra en dirección a sus amigos de la orilla, recordó repentinamente algo y

salió disparado hacia la barandilla. —¡Oh, Fred! —aulló—. ¡Oh, Fred!

El «Fred» en cuestión erguía un poderoso par de hombros por encima de la muchedumbre reunida en la orilla, y trató de captar el mensaje de Louis Bondell. Éste tenía el rostro enrojecido a causa dé su inútil vociferación. Y la faja de agua entre el buque y la orilla se hacía cada vez más ancha.

—¡Eh, capitán Scott! —gritó, volviéndose hacia la cabina del piloto—. ¡Detenga el barco!

Las enormes ruedas chirriaron, y luego se detuvieron. Todas las manos, a bordo del buque y en la orilla, se aprovecharon de aquella tregua para un intercambio final de despedidas. Los esfuerzos de Louis Bondell por hacerse oír resultaron más inútiles que nunca. El Seattle n.º 4 se deslizó lentamente corriente abajo, y el capitán Scott tuvo que poner de nuevo las ruedas en marcha. Su cabeza desapareció en el interior de la cabina del piloto, y un momento después reapareció detrás de un gran megáfono.

Ahora, el capitán Scott tenía una voz de notable potencia, y el «¡Cállense!» que lanzó a la multitud de la cubierta y de la playa podía haber

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sido oído en la cumbre del monte Moosehide y en la propia Klondyke City. Aquella reprimenda oficial procedente de la cabina del piloto extendió una película de silencio sobre el tumulto.

—Ahora, diga usted lo que tenga que decir —ordenó el capitán Scott. —Dígale a Fred Churchill —está allí, en la orilla— que vaya a ver a

Macdonald. En su caja de seguridad hay un maletín que me pertenece. Dígale que lo recoja y lo traiga cuando venga.

En medio de un profundo silencio, el capitán Scott transmitió el mensaje a través del megáfono:

—¡Atención! Fred Churchill, vaya a ver a Macdonald… en su caja de seguridad hay un maletín… pertenece a Louis Bondell… es muy importante. Tráigalo cuando venga. ¿Comprendido?

Churchill agitó una mano para dar a entender que había comprendido. En realidad, si Macdonald, que se encontrada a media milla de distancia, hubiera abierto su ventana, lo habría oído, también. El tumulto de las despedidas creció de nuevo, y el Seattle n.º 4 reemprendió la marcha, remontando el Yukon. Bondell y Churchill agitaron sus manos, en afectuosa y definitiva despedida.

Esto sucedía a mediados de verano. En otoño, el W. H. Wallis remontó el Yukon con doscientos peregrinos que regresaban a casa. Entre ellos estaba Churchill. En su camarote, metido en el saco de la ropa, se hallaba el maletín de Louis Bondell. Era un maletín pequeño, de cuero, y lo desmesurado de su peso —unas cuarenta libras— tenía intrigado a Churchill. El hombre que ocupaba el camarote contiguo llevaba un tesoro en polvillo de oro oculto también entre sus ropas, y él y Churchill llegaron a un acuerdo para turnarse en la vigilancia. Mientras uno de ellos iba a comer, el otro montaba guardia delante de los dos camarotes. Cuando Churchill deseaba jugar una partidita de whist, el otro hombre montaba guardia, y cuando el otro hombre deseaba relajar su alma, Churchill leía periódicos atrasados de cuatro meses, sentado en una silla de tijera colocada entre dos puertas.

Todos los indicios denotaban que el invierno llegaría antes de lo previsto, y el problema que se discutía desde el alba hasta el atardecer, y a veces incluso hasta más tarde, era el de si conseguirían llegar a su destino antes de que las aguas se helaran, o si se verían obligados a abandonar el barco y continuar el camino a pie sobre el hielo. Se producían retrasos enojosos. Por dos veces las máquinas del barco se averiaron y tuvieron que ser arregladas chapuceramente, en tanto que las nevadas se hacían más frecuentes, como para advertirles de la inminencia del invierno. El W. H. Willis intentó hasta

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nueve veces ascender por los rápidos de Five Finger con sus estropeadas máquinas, y cuando finalmente lo consiguió, llevaba un retraso de cuatro días sobre el itinerario previsto. El problema que entonces se planteó fue el de saber si el buque Flora les esperaría o no encima del Box Canyon. La extensión de agua entre la cabeza del Box Canyon y el pie de los rápidos White Horse no era navegable para los buques del calado del W. H. Willis, y los pasajeros tenían que ser transbordados a una embarcación más pequeña para completar su viaje. En aquella región no había teléfonos, y en consecuencia no existía la posibilidad de informar al Flora que el Willis llegaría con cuatro días de retraso, pero llegaría.

Cuando el Willis llegó a White Horse, se enteraron de que el Flora le había esperado durante tres días, pero que, finalmente, se había marchado, sólo unas horas antes. También se enteraron de que permanecería anclada en Tagish Post hasta las nueve de la mañana del domingo. En aquel momento eran las cuatro de la tarde del sábado. Los peregrinos celebraron una reunión. A bordo había una gran canoa Peterborough, consignada al puesto de policía de Lake Bennett. Los peregrinos acordaron responsabilizarse de su entrega; A continuación, pidieron voluntarios. Se necesitaban dos hombres dispuestos a alcanzar al Flora. Inmediatamente surgieron numerosos voluntarios. Entre ellos se encontraba Churchill, el cual se ofreció voluntario antes de ocurrírsele pensar en el maletín de Bondell. Cuando pensó en él, empezó a acariciar la esperanza de que no resultaría uno de los elegidos; pero un hombre que se había hecho famoso como capitán de un equipo universitario de rugby, como presidente de un club atlético y como poseedor de unos hombros descomunales, no tenía derecho a eludir el honor. La elección recayó sobre él y sobre un gigantesco alemán, Nick Antonsen.

Mientras un grupo de peregrinos, con la canoa a hombros, cruzaba la cubierta, Churchill corrió a su camarote. Volcó en el suelo el contenido del saco de ropa y cogió el maletín con la intención de confiárselo al hombre del camarote contiguo. Luego pensó que el maletín no era suyo y que no tenía derecho a depositarlo en manos ajenas. De modo que decidió llevárselo y cargó con él. Cuando se encaminaba a la canoa, cambiándose con frecuencia el maletín de una mano a otra, pensó si en realidad no pesaba más de cuarenta libras.

Los dos hombres partieron a las cuatro y media de la tarde. La corriente del Thirty Mile River era tan impetuosa, que apenas podían utilizar los remos. Los esfuerzos que tenían que hacer para dominar la pequeña embarcación resultaban agotadores. Antonsen trabajaba como el gigante que era,

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incansablemente, dirigido por el poderoso cuerpo y el indomable cerebro de Churchill. Ni una sola vez se detuvieron a descansar. Adelante, adelante, y siempre adelante. Soplaba un fresco viento que helaba sus manos obligándoles a golpearlas una contra otra de cuando en cuando para hacer afluir de nuevo la sangre a sus entumecidos dedos.

Cuando se hizo de noche, se vieron forzados a confiar en la suerte. La canoa volcó repetidas veces, y los dos hombres tuvieron que hacer inauditos esfuerzos para enderezarla, nadando en las frías aguas. La primera vez que ocurrió esto, Churchill se vio obligado a bucear durante casi media hora para recuperar el maletín. Aleccionado por la experiencia, lo ató a la canoa: mientras la embarcación flotara, estaría a salvo. Antonsen miró el maletín de reojo, y al amanecer empezó a hacer preguntas acerca de él; pero Churchill no le dio ninguna explicación.

Los retrasos y los percances fueron innumerables. Perdieron más de dos horas tratando de cruzar uno de los rabiones. La canoa se negaba a avanzar, y cada vez era rechazada hacia atrás por la indomable fuerza de la corriente. Finalmente, consiguieron cruzar el rabión por pura casualidad. En el punto donde la corriente era más rápida, la embarcación escapó al control de Churchill y fue a estrellarse contra una escarpadura de la orilla. Churchill consiguió agarrarse a la roca con una mano y sujetar con la otra la canoa, hasta que Antonsen salió del agua. Entonces empujaron la embarcación hasta la orilla y se tendieron a descansar. Tras el breve reposo, arrastraron la canoa hasta más allá del peligroso rabión.

El amanecer les cogió bastante lejos de Tagish Post. Pero a partir de aquel momento su avance fue algo más rápido. A las nueve de la mañana del domingo, pudieron oír los pitidos del Flora, anunciando su partida. Y cuando, una hora más tarde, llegaron a Tagish Post, divisaron la columna de humo que surgía del Flora, en ruta ya hacia el sur. El capitán Jones, de la Policía Montada, acogió y alimentó a un par de hombres que el terrible viaje había convertido en dos guiñapos; y más tarde declaró que aquellos dos hombres poseían el apetito más voraz que había observado nunca. Luego se tendieron a descansar junto a la estufa y se quedaron profundamente dormidos. Dos horas después, Churchill se levantó, llevando el maletín de Bondell, el cual había utilizado como almohada, despertó a Antonsen y los dos hombres regresaron a la canoa para iniciar la persecución del Flora.

—Nunca se sabe lo que puede ocurrir —replicó Churchill cuando el capitán Jones trató de hacerle ver lo descabellado de la empresa—. Una avería

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en las máquinas, o algo por el estilo… Voy a atrapar al Flora y a hacerle regresar en busca de los muchachos.

En el lago Tagish soplaba un viento helado. La canoa se veía envuelta por unas olas enormes. Uno de los hombres tenía que achicar continuamente el agua, en tanto que el otro cuidaba de los remos. El avance resultaba sumamente dificultoso. Estaban empapados en agua helada y no podían permitirse el menor descanso. Aquella noche, en la desembocadura del lago Tagish y en medio de una intensa tormenta de nieve, alcanzaron al Flora.

El aspecto de los dos hombres era lastimoso. Churchill parecía un salvaje. Llevaba la ropa hecha jirones. En su rostro se acusaban los efectos del esfuerzo realizado durante veinticuatro horas. Sus manos estaban tan hinchadas que no podía cerrar los dedos, y, en cuanto a sus pies, era una verdadera agonía mantenerse sobre ellos.

El capitán del Flora se mostró reacio a regresar a White Horse. Churchill insistió una y otra vez, pero el capitán era un hombre testarudo. Finalmente, observó que no ganaría nada regresando, ya que el único buque que había en Dyea, el Athenian, iba a hacerse a la mar el martes por la mañana, y que el Flora no podía efectuar el viaje de regreso a White Horse y recoger a los peregrinos a tiempo para que pudieran embarcar en el Athenian.

—¿A qué hora sale el Athenian? —preguntó Churchill.

—El martes, a las siete de la mañana.

—Bien —dijo Churchill—. Usted regresará a White Horse. Nosotros nos adelantaremos para advertir al Athenian.

Antonsen se había quedado dormido en la canoa, y no se dio cuenta de lo que había ocurrido hasta que la embarcación fue sacudida por una enorme ola y oyó que Churchill le gritaba en medio de la oscuridad: —¡Atiende a los remos! ¿Quieres que zozobremos?

El amanecer les encontró en Caribou Crossing.[9] El viento había amainado y Antonsen estaba demasiado rendido para manejar un remo. Churchill arrimó la canoa a la orilla y los dos hombres se tumbaron a dormir. Churchill tomó la precaución de doblar un brazo debajo del peso de su cabeza. Cada cinco o diez minutos, un intenso dolor en el brazo le despertaba; entonces consultaba su reloj y doblaba el otro brazo debajo de la cabeza. Al cabo de dos horas, despertó a Antonsen y reemprendieron la marcha. El lago Bennett, de treinta millas de longitud, estaba tranquilo como una balsa de aceite; pero no tardó en levantarse una fuerte brisa meridional que agitó endiabladamente las aguas. Se vieron obligados a repetir la lucha que habían sostenido en el Tagish. Antonsen, completamente agotado, no podía con su

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alma, y la mayor parte del trabajo corrió a cargo de Churchill. A primera hora de la tarde llegaron al puesto de policía situado en la desembocadura del Bennett. Churchill trató de ayudar a Antonsen a salir de la canoa, pero no lo consiguió. Escuchó la pesada respiración del agotado gigante, y al pensar en lo que todavía le esperaba envidió al durmiente. Antonsen podía quedarse allí y dormir tranquilamente; pero él tenía que llegar a Chilcoot a tiempo para advertir al Athenian. Le esperaba la parte más difícil de su viaje, y casi lamentó la fortaleza de su cuerpo, a causa de los tormentos que podía infligirle aquella misma fortaleza.

Churchill arrimó la canoa a la orilla, cogió el maletín de Bondell y se encaminó al puesto de policía.

—A orillas del lago hay una canoa consignada a ustedes desde Dawson — informó al oficial que le abrió la puerta—. Y dentro de ella hay un hombre casi muerto. No es nada grave; sólo está agotado. Cuiden de él. Yo tengo que marcharme en seguida. Adiós. Quiero alcanzar al Athenian.

Un puente de piedra unía el lago Bennett con el lago Lindermann, y Churchill lo recorrió al trote. Un trote muy penoso, pero apretó los dientes y se obligó a mantenerlo, a pesar del inconveniente que representaba el maletín de Bondell. Churchill se lo pasaba continuamente de una mano a otra. Luego se lo colocó debajo del brazo. Más tarde se lo cargó al hombro. Apenas podía sostenerlo con sus hinchados dedos, y se le cayó varias veces. Una de las veces, al cambiárselo de mano, escapó de sus entumecidos dedos y cayó delante de él, haciéndole tropezar y caer violentamente al suelo.

Cuando llegó al otro extremo del puente compró unas cuerdas y ató con ellas el maletín. También alquiló una lancha que le llevara hasta el extremo superior del lado Lindermann, donde llegó a las cuatro de la tarde. El Athenian saldría de Dyea el día siguiente, a las siete de la mañana. Dyea se encontraba a veintiocho millas de distancia, en lo alto del Chilcoot. Churchill se sentó a ajustarse las raquetas para la larga ascensión, y despertó. Se había quedado dormido en el mismo instante de sentarse, aunque su sueño apenas duró treinta segundos. Temió que la próxima vez su sueño fuera más prolongado, de modo que terminó de ponerse las raquetas de pie. Aun así, por un instante temió quedarse dormido. Estuvo a punto de caer, y tuvo que realizar un poderoso esfuerzo para rehacerse. Sacudió enérgicamente la cabeza varias Veces, a fin de disipar las brumas que invadían su cerebro.

El carromato de Jack Burns estaba a punto de salir hacia el lago Crater, y Churchill fue invitado a montar en una mula. Burns quiso cargar el maletín en otro animal, pero Churchill insistió en conservarlo en su propia cabalgadura.

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Pero se adormiló, y el maletín insistió en deslizarse a uno y otro lado, obligándole a despertar continuamente; Luego, al atardecer, la mula que montaba Churchill dio un traspiés y cayó, arrojando al jinete y al maletín sobre las rocas. Después de esto, Churchill marchó a pie, o, mejor dicho, se tambaleó por la caricatura de camino, conduciendo a la mula por el ronzal. Unos desagradables olores, procedentes de ambos lados del camino, hablaban de los caballos que habían muerto durante las avalanchas provocadas por el descubrimiento del oro. Pero a Churchill no le importaba. Estaba demasiado soñoliento. Sin embargo, cuando llegaron al lago Long se había recobrado de su modorra; y en lago Deep, se decidió a confiarle el maletín a Burns. A partir de aquel momento, y a la claridad de las estrellas, no perdió de vista a Burns. Tenía que velar por la seguridad de aquel maletín.

En lago Crater, Burns se detuvo para pasar la noche, y Churchil, colgándose el maletín a la espalda, inició la penosa ascensión. Por primera vez, se dio cuenta de lo cansado que estaba. Gateó y se arrastró como un cangrejo, agobiado por el peso de sus miembros. Cada vez que levantaba un pie tenía que realizar un verdadero esfuerzo. Le parecía estar lastrado con plomo, como un buzo. En cuanto al maletín de Bondell, resultaba increíble que cuarenta libras pudieran pesar tanto. Le aplastaba como una montaña, y Churchill recordaba con incredulidad el año anterior, cuando había trepado por aquella misma pendiente con ciento cincuenta libras a la espalda. Si aquella carga pesaba ciento cincuenta libras, el maletín de Bondell pesaba al menos quinientas.

Para ascender al Chilcoot no había ningún camino: no había más que un caos de rocas desnudas y de enormes peñas. Resultaba imposible orientarse en medio de la densa oscuridad reinante, y los esfuerzos que hasta entonces había realizado Churchill no eran nada en comparación con los que tuvo que llevar a cabo para alcanzar la cima. Cuando lo consiguió caía una intensa nevada y el viento soplaba de un modo implacable. Afortunadamente, encontró una cabaña semiderruida y se introdujo en ella. Allí encontró e hirvió unas cuantas patatas y media docena de huevos.

Cuando cesó de nevar y amainó el viento, Churchill inició el casi imposible descenso, tropezando a cada paso y encontrándose a menudo, en el último momento, en el borde de paredes rocosas que se erguían sobre unos abismos cuya profundidad era imposible calcular. A media bajada, el cielo volvió a nublarse, y en medio de una oscuridad total, Churchill resbaló y rodó durante un centenar de pies, hasta aterrizar magullado y ensangrentado en el fondo de una cavidad ancha y poco profunda. El hedor de los caballos

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muertos era allí insoportable. La cavidad estaba situada muy cerca del camino, y los trajinantes tenían la costumbre de dejar caer en ella sus caballos heridos y moribundos. El hedor era tan intenso, que Churchill se sintió acometido por unas violentas náuseas y, como en una pesadilla, empezó a arrastrarse para salir de allí. Al cabo de un rato recordó el maletín de Bondell. Había caído en la cavidad con él; las cuerdas se habían roto sin que se diera cuenta. Churchill tuvo que retroceder, y por espacio de media hora se arrastró sobre sus manos y rodillas en el pestilente agujero. Encontró y contó diecisiete caballos muertos (y un caballo todavía vivo al que remató con su revólver), antes de dar con el maletín. Echando una ojeada retrospectiva a una existencia que no había carecido para él de dificultades y de proezas, se dijo a sí mismo que el regresar en busca del maletín era el acto más heroico que había llevado a cabo en toda su vida. Tan heroico, que estuvo dos veces a punto de desmayarse antes de arrastrarse fuera del nauseabundo osario.

Cuando hubo descendido hasta las Scales, la mole del Chilcoot había quedado atrás y el camino se hizo más fácil. No porque fuese un buen camino, desde luego, pero al menos era transitable, y Churchill hubiera podido recorrerlo con cierta rapidez de no haber estado tan agotado y de no haber sido por el maletín de Bondell. En el estado de agotamiento en que se hallaba, representaba para Churchill la prueba final. Apenas podía sostenerse en pie, de modo que el peso adicional del maletín bastaba para hacerle caer en cuanto tropezaba con alguna piedra. Y cuando no tropezaba con una piedra, chocaba contra una rama invisible en la oscuridad y el peso del maletín que llevaba atado a la espalda le hacía caer hacia atrás.

Su mente estaba obsesionada con la idea de que si se le escapaba el Athenian sería por culpa del maletín. En realidad, en su conciencia no había más que dos cosas: el maletín de Bondell y el Athenian. Sólo sabía esas dos cosas, y llegó a identificarlas, en algún oculto rincón de su cerebro, con una terrible misión en cumplimiento de la cual llevaba varios siglos luchando y viajando. Andaba y se tambaleaba como en un sueño. Una parte del sueño fue su llegada a Sheep Camp[10]. Entró en un saloon, desató las cuerdas de sus hombros y empezó a dejar caer el maletín a sus pies. Pero el maletín se desprendió de sus hinchados dedos y cayó al suelo con un pesado golpe que no pasó inadvertido para dos hombres que estaban a punto de marcharse. Churchill se bebió un vaso de whisky, le dijo al camarero que le llamara al cabo de diez minutos y se sentó, con los pies sobre el maletín y la cabeza apoyada en las rodillas.

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Estaba tan agotado, que cuando el camarero le llamó necesitó otros diez minutos y un segundo vaso de whisky para aclarar un poco la bruma que invadía su cerebro y desentumecer los músculos.

—¡Eh! ¡Ése no es el camino! —le gritó el camarero, y luego salió corriendo detrás de él, para indicarle por dónde se iba a Canyon City. Un resto de lucidez agazapado en su conciencia le advirtió a Churchill que la dirección era correcta, y, todavía como en un sueño, tomó el camino del cañón. Repentinamente, experimentó la sensación de que se aproximaba un peligro, y de un modo casi inconsciente empuñó su revólver. Sumergido en su sueño, vio a dos hombres que se erguían delante de él y oyó que le daban el alto. Su revólver disparó cuatro veces, y Churchill vio los fogonazos y oyó las explosiones de los revólveres de aquellos hombres. Se dio cuenta, también, de que uno de los disparos había hecho blanco en su cadera. Vio caer a un hombre, y cuando el otro arremetió contra él, le aplastó la cara con la culata del revólver. Luego dio media vuelta y echó a correr. Poco después emergió del sueño, para encontrarse a sí mismo caído a un lado del camino. Su primer pensamiento fue para el maletín. Estaba todavía atado a su espalda. Estaba convencido de que lo que había ocurrido era un sueño, hasta que echó mano a su revólver y descubrió que había desaparecido. A continuación notó un agudo dolor en su cadera, y al llevarse allí la mano la retiró llena de sangre. Era una herida superficial, pero era una herida. Churchill se despertó del todo, y echó a andar pesadamente hacia Canyon City[11].

Encontró a un hombre, con una reata de caballos y un carromato que accedió a llevarle por veinte dólares. Churchill se metió en el carromato y se quedó dormido sin desatarse el maletín de la espalda. El camino era muy pedregoso, y el vehículo se bamboleaba continuamente; pero Churchill dormía tan profundamente, que ni siquiera el estampido de una bala de cañón hubiera sido capaz de despertarle.

El conductor se las vio y se las deseó para hacerle saber que habían llegado a su punto de destino. Le sacudió de un modo salvaje y aulló en su oído que el Athenian había partido ya. Churchill contempló el puerto vacío con expresión desconcertada.

—Sobre el Skanguay se divisa una columna de humo —dijo el hombre. Churchill tenía los ojos demasiado hinchados para ver algo a aquella

distancia, pero dijo:

—Es el Athenian. Necesito un bote.

El conductor era un hombre servicial y encontró un esquife y un hombre para manejarlo por diez dólares, pagados por adelantado. Churchill pagó y le

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ayudaron a subir al esquife. Hacerlo por sí mismo estaba más allá de sus fuerzas. Se encontraban a seis millas de Skanguay, y Churchill alimentó la esperanza de que podría aprovechar el trayecto para dormir. Pero el hombre del esquife no sabía bogar, y Churchill se vio obligado a empuñar los remos y luchar durante unos cuantos siglos más. Nunca había conocido unas seis millas tan largas y tan penosas. Le dolía terriblemente todo el cuerpo y sus miembros estaban cada vez más entumecidos. A una orden suya, el hombre del esquife cogió el achicador y le arrojó agua salada al rostro.

El Athenian estaba levando anclas cuando llegaron a su altura, y Churchill había llegado al final de sus fuerzas.

—¡Esperen! ¡Esperen! —gritó roncamente—. ¡Un mensaje importante!

¡Esperen!

Luego dejó caer la barbilla sobre su pecho y se quedó dormido. Cuando media docena de hombres empezaron a izarle hasta el barco, Churchill se despertó y agarró el maletín del mismo modo que un náufrago se agarra a una tabla.

Una vez en cubierta, se convirtió en motivo de horror y de curiosidad. De las ropas que llevaba al salir de White Horse no quedaban más que unos harapos, y su cuerpo no estaba en mejores condiciones que sus ropas. Había viajado durante cincuenta y cinco horas en condiciones espantosas. En aquel período de tiempo había dormido seis horas, y había perdido veinte libras de peso. Su rostro, sus manos y su cuerpo estaban cubiertos de magulladuras y de arañazos, y apenas podía ver. Trató de mantenerse en pie, pero fracasó en su intento, derrumbándose sobre la cubierta, aferrado al maletín y comunicando su mensaje.

—Y, ahora, llévenme a la cama —terminó—. Comeré cuando me despierte.

Le atendieron con todos los honores, transportándole en compañía del maletín de Bondell a la cámara nupcial, que era el camarote más amplio y más lujoso del barco. Permaneció dormido durante dos vueltas enteras de la saeta pequeña del reloj, y cuando los doscientos peregrinos de White Horse subieron a bordo acababa de bañarse y afeitarse, y se disponía a comer.

Cuando el Athenian llegó a Seattle, Churchill se había recuperado del todo y desembarcó con el maletín de Bondell en la mano. Se sentía orgulloso de aquel maletín. Era una prueba palpable de su integridad y de que se podía confiar en él.

Se encaminó directamente a la casa de Bondell. Louis Bondell se alegró mucho de verle, le estrechó afectuosamente las manos y le hizo pasar al

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interior de su casa.

—Muchas gracias, viejo; ha sido muy amable en traérmelo —dijo Bondell, cuando Churchill le entregó el maletín.

Lo depositó cuidadosamente sobre una especie de diván y empezó a atosigar a preguntas al recién llegado.

—¿Qué tal el viaje? ¿Cómo están los muchachos? ¿Qué ha sido de Bill Smithers? ¿Continúa Del Bishop con Pierce? ¿Vendió mis perros? Tiene usted muy buen aspecto. ¿En qué barco ha venido?

Churchill contestó pacientemente a todas las preguntas, hasta que transcurrió media hora y se produjo la primera pausa en la conversación.

—¿No cree usted que sería mejor que le echara una mirada? —sugirió, señalando el maletín con un gesto.

—¡Oh! Todo está perfectamente —respondió Bondell—. Tengo plena confianza en Mitchell.

—Preferiría que le echara un vistazo —insistió Churchill—. Cuando entrego una cosa me gusta saber que ha llegado en perfectas condiciones. Siempre hay la posibilidad de que alguien pueda haberlo tocado mientras yo estaba dormido, o algo por el estilo.

—No hay nada importante, viejo —respondió Bondell, con una amplia sonrisa.

—Nada importante… —repitió Churchill, con voz desmayada. Luego habló en tono decidido—: Bondell, ¿qué hay en ese maletín? Quiero saberlo.

Louis Bondell le miró con una expresión entre asombrada y divertida, salió de la habitación y regresó con un manojo de llaves. Abrió el maletín y sacó de su interior un revólver Colt del cuarenta y cuatro. A continuación sacó unas cuantas cajas de munición para el revólver y varias cajas de cartuchos de Winchester.

Churchill cogió el maletín y comprobó que estaba vacío.

—El revólver está oxidado —dijo Bondell—. Debe de haber estado expuesto a la lluvia.

—Sí —respondió Churchill—. Está completamente oxidado. Creo que be sido un poco descuidado.

Se puso en pie y salió de la casa. Diez minutos después Bondell salió y le encontró en los escalones del porche, sentado, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla entre las manos, contemplando fijamente un punto indeterminado del espacio.

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UN CASO DEPARTAMENTAL

O. HENRY

EN Texas pueden recorrerse mil millas en línea recta. Y, si se huye de algo, es probable que la distancia y la rapidez de la marcha se vean grandemente aumentadas. Allí las nubes navegan plácidamente contra el viento. Las chotacabras emiten sus desconsolados gritos con unas notas completamente distintas a las de sus hermanas septentrionales. Un simple aguacero hace brotar en una sola noche milagrosos lirios de un suelo rocoso y quebradizo. Tom Green County fue en otra época un país enorme. He olvidado cuantas Nueva Jerseys y Rhode Islands podían albergarse y perderse en su chaparral. Pero el hacha legislativa ha dividido a Tom Green en un montón de condados apenas mayores que los reinos europeos. La legislatura reside en Austin, casi en el centro del Estado; y en tanto que el representante de la región de Río Grande[12] toma su abanico de hoja de palmera y su guardapolvo de hilo para acudir a la capital, el diputado del Panhandle se abotona bien el abrigo y sacude la nieve de sus engrasadas botas cuando se dispone a efectuar el mismo viaje. Todo esto simplemente para dar la impresión de que la enorme exrepública del Sudoeste constituye una estrella de tamaño adecuado en la bandera, y de que allí ocurren cosas que se salen de

lo corriente.

El delegado de Estadística, Historia y Seguros del Estado de Texas era un funcionario cuya importancia no era ni grande ni pequeña. Utilizamos el pasado, ya que ahora sólo es delegado de Seguros. La estadística y la historia han dejado de ser elementos de interés para los archivos del gobierno.

El año 188…, el gobernador nombró a Luke Coonrod Standifer jefe de aquel Departamento. Standifer tenía cincuenta y cinco años y era tejano hasta la médula. Su padre había sido uno de los primeros colonos y pioneros del Estado. Y el propio Standifer había servido a la república luchando contra los indios y como soldado, ranger y legislador. No pretendía ser un sabio, pero había bebido hasta emborracharse en el manantial de la experiencia.

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Si careciera de otras virtudes, Texas pasaría a la posteridad como república agradecida. Ya que como república y como Estado, ha cargado de honores y de sólidas recompensas a los hijos que la rescataron del salvajismo.

Por cuyo motivo, Luke Coonrod Standifer, hijo de Ezra Standifer, ex ranger, demócrata de pura raza y afortunado morador de un sector sin representante del mapa político-geográfico, fue nombrado delegado de Estadística, Historia y Seguros.

Standifer aceptó el honor con ciertas dudas acerca de la naturaleza de la tarea que tenía que realizar, y de su capacidad para realizarla… pero aceptó, y por telégrafo. Inmediatamente se dispuso a ausentarse de la pequeña ciudad provinciana donde mantenía (sin apenas ser mantenido por ella) una soñolienta e improductiva oficina de agrimensura y trazado de mapas. Antes de marcharse, repasó cuidadosamente la «Encyclopaedia Britannica», en busca de toda la información que aquellos voluminosos tomos pudieran proporcionarle acerca de sus obligaciones oficiales.

Unas cuantas semanas de ejercicio del cargo disminuyeron el temor del nuevo delegado a la importancia de la tarea que debía realizar. Una vez acostumbrado a la rutina de su departamento, la vida volvió a transcurrir plácidamente para él. En su oficina no había más que un viejo escribiente: una máquina informada, capacitada, eficaz, que se mantenía en su puesto independientemente de los cambios que se producían en las altas esferas administrativas. El viejo Kauffman instruyó gradualmente a su nuevo jefe en el conocimiento del departamento sin que pareciera hacerlo, y mantuvo los engranajes en marcha con toda normalidad.

En realidad, el Departamento de Estadística, Historia y Seguros no teñía grandes obligaciones. Su tarea principal consistía en controlar los negocios realizados en el Estado por las compañías de seguros extranjeras, y su guía era la letra de la ley. En lo que respecta a la estadística… bueno, se escriben cartas a los funcionarios de los condados, y se recortan con unas tijeras los informes de otras personas, y cada año se emite un informe propio acerca de la cosecha de maíz, la cosecha de algodón, las pacanas, los cerdos y la población blanca y negra, llenando de cifras unas columnas encabezadas “quintales” y “acres” y “kilómetros cuadrados”, etc… y ya está. ¿Historia? La rama era puramente receptiva. Ancianas interesadas en la ciencia que enviaban largos informes relativos a las actividades de sus sociedades históricas. También escribían unas veinte o treinta personas al año, para decir que habían descubierto el cortaplumas de Sam Houston[13], o el frasco de whisky de Santa Ana, o el rifle de Davy Crockett —todo absolutamente

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auténtico— y solicitaban un crédito oficial para comprarlo. La mayor parte del trabajo en la rama de la historia consistía en archivar las cartas que se recibían.

Una calurosa tarde del mes de agosto, el delegado, reclinado en la butaca de su oficina, con los pies sobre el enorme escritorio forrado de paño verde, fumaba un cigarro y contemplaba con expresión soñadora el paisaje enmarcado por la ventana. Quizá pensaba en la ajetreada existencia que había llevado, en la antigua época de aventuras y de movimiento, en los camaradas que ahora pisaban otros caminos o habían cesado de pisar, en los cambios que la paz y la civilización habían aportado, y, tal vez, complacido, en el abrigado y cómodo campamento establecido para él debajo de la cúpula del capitolio del Estado que no había olvidado sus servicios.

Los asuntos del departamento requerían muy poco esfuerzo. Los seguros eran fáciles. Nadie pedía estadísticas. La Historia estaba muerta. El viejo Kauffman, escribiente perpetuo y eficaz, había pedido excepcionalmente medio día de vacaciones, impulsado a la desacostumbrada disipación por la alegría de haberle retorcido la cola a una compañía de seguros de Connecticut que trataba de actuar de un modo que no se ajustaba a las normas del gran Estado de la Estrella Solitaria.

La oficina estaba muy tranquila. A través de la puerta abierta penetraban leves sonidos procedentes de otros departamentos: un leve tintineo de la contigua oficina del tesorero… el lejano repiqueteo de una máquina de escribir… unos pasos que avanzaban por el pasillo… y que se detuvieron delante de la puerta de la oficina del delegado de Estadística, Historia y Seguros. A continuación, el sonido de una voz que pronunciaba unas palabras ininteligibles para el delegado, sumido en una especie de modorra.

La voz era femenina; y el delegado pertenecía a la raza de caballeros que se inclinan reverentemente ante una falda, sin tener en cuenta la calidad de la tela con que está confeccionada.

En el umbral de la puerta había una mujer, de aspecto marchito, una de las numerosas hermanas de la comunidad del infortunio. Iba completamente vestida de negro: la pobreza suele vestirse de luto por las alegrías perdidas. Su rostro tenía el perfil de los veinte años y las arrugas de los cuarenta. Podía haber vivido aquella diferencia de años en un período de doce meses. Estaba envuelta en un aura de indignada y rebelde juventud que brillaba débilmente a través del prematuro velo de inmerecida decadencia.

—Le ruego que me perdone, señora —dijo el delegado, poniéndose en

pie.

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—¿Es usted el gobernador, sir? —preguntó la melancólica visión.

El delegado vaciló al final de su mejor reverencia, con la mano napoleónicamente apoyada en su estómago. Pero se impuso la verdad.

—No, señora. No soy el gobernador. Tengo el honor de ser el delegado de Estadística, Historia y Seguros. ¿Puedo hacer algo por usted? ¿Quiere hacerme el honor de sentarse?

La dama se dejó caer en la silla que le fue ofrecida, probablemente por motivos puramente físicos. Empuñaba un abanico barato y sus vestidos parecían indicar un rápido hundimiento en la extrema pobreza. Miró al hombre que no era el gobernador y vio amabilidad y sencillez y un rostro endurecido por cuarenta años de vida al aire libre. Vio, también, que sus ojos eran intensamente azules y muy penetrantes. Como habían sido cuando su dueño escrutaba el horizonte en busca de Kiowas y Sioux. Su boca era tan firme como lo había sido el día en que se enfrentó con aquel viejo león que fue Sam Houston, y le desafió durante aquella sesión que tuvo por tema la secesión. Ahora, bien rasurado y bien vestido, Luke Coonrod Standifer se esforzaba en dar prestigio al cargo de delegado de Estadística, Historia y Seguros. Había abandonado el descuidado vestir de su hogar provinciano. Ahora, su ancho sombrero negro y su bien cortada levita le convertían en un miembro imponente de la familia oficial, aunque su departamento figurase en la cola de la lista.

—¿Desea usted ver al gobernador, señora? —preguntó el delegado, con los modales deferentes que siempre utilizaba con el sexo débil.

—En realidad, ni yo misma lo sé —dijo la dama, en tono vacilante—. Supongo que sí…

Y luego, súbitamente conquistada por la evidente simpatía de su interlocutor, contó la historia.

Era una historia tan corriente, que el público ha llegado a una especie de insensibilidad, sintiéndose aburrido, más bien que compadecido, al oírla. La antigua historia de una desgraciada vida matrimonial, provocada por un marido brutal, sin conciencia, un rufián, un cobarde moral, incapaz de proporcionar incluso los medios para una vida mediocre. Sí, había descendido hasta el punto de golpearla. La cosa había sucedido el día anterior —la dama llevaba aún una huella cárdena en la mejilla—, y el motivo había sido la petición de un poco de dinero para comer. Y, a pesar de todo, mujer al fin, trataba de justificar a su tirano: estaba borracho; cuando estaba sobrio, no solía llegar a aquellos extremos.

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—Pensé —concluyó la pálida dama— que tal vez el Estado podría ayudarme un poco. He oído decir que no desampara a las familias de los antiguos colonos. He oído decir que el Estado entrega tierras a los hombres que lucharon contra Méjico, y colonizaron el país, y ayudaron a expulsar a los indios. Mi padre hizo todo eso, y nunca recibió nada. Nunca lo hubiese aceptado. Pensé que el gobernador podría tenerlo en cuenta, y por eso he venido. Si mi padre mereció alguna recompensa, podrían dármela a mí.

—Es posible, señora —dijo Standifer—, que esté usted en lo cierto. Pero casi todos los veteranos y colonos recibieron sus tierras a su debido tiempo. De todos modos, consultaremos el registro para asegurarnos. ¿Cómo se llamaba su padre?

—Amos Colvin.

—¡Santo cielo! —exclamó Standifer, poniéndose en pie de un salto, muy excitado—. ¿Es usted hija de Amos Colvin? Su padre y yo recorrimos todo Texas durante más de diez años, luchando contra los Kiowas, conduciendo ganado y corriendo las más imprevistas aventuras. Ahora recuerdo haberla visto a usted en cierta ocasión. Era usted una mocosa… no tendría más de siete años, Amos y yo nos detuvimos en su casa para comer un bocado mientras perseguíamos a una banda de cuatreros mejicanos que operaba por Kernes y Bee. ¡Vaya, vaya! De modo que es usted la hija de Amos Colvin… ¿No oyó usted —por casualidad— hablar nunca a su padre de Luke Standifer?

Una pálida sonrisa afloró al rostro de la dama.

—Me parece —dijo— que no le oí hablar de otra cosa. Cada día nos contaba alguna historia de lo que usted y él habían hecho. Lo último que le oí contar fue lo de aquella vez que los indios le hirieron, y usted cargó con él y le salvó la vida, mientras los indios…

—Sí, sí —la interrumpió Standifer—. Bueno, aquello no fue nada. Ahora, dígame: ¿quién es el granuja —perdone, señora— quién es el caballero que se casó con usted?

—Benton Sharp.

El delegado se dejó caer de nuevo en su asiento con un gruñido. ¡Aquella dulce y delicada mujer, hija de su mejor amigo, casada con Benton Sharp! Benton Sharp, uno de los más famosos hombres «malos» de aquella parte del Estado, un hombre que había sido ladrón de ganado, forajido, y que ahora se había convertido en jugador de ventaja, matón profesional y otras cosas peores, abusando de su rapidez en el manejo del revólver para mantener su supremacía. Nadie se atrevía a enfrentarse con Benton Sharp. Incluso los

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representantes de la ley preferían mantenerse al margen en lo que a él respecta. Sharp era un pistolero de los más temibles. Standifer se preguntó cómo era posible que aquella ave de presa se hubiera casado con la pequeña paloma de Amos Colvin, y expresó su extrañeza.

Mrs. Sharp suspiró.

—Verá, Mr. Standifer, no sabíamos nada de él, y cuando quiere sabe ser una persona agradable. Vivíamos en una pequeña ciudad, en Goliad. Benton llegó allí un día y decidió quedarse una temporada. Desde luego, yo tenía un aspecto mucho mejor que el que ahora tengo. Benton se portó muy bien conmigo durante nuestro primer año de matrimonio. Se hizo un seguro de vida a mi nombre por valor de cinco mil dólares. Pero, durante estos últimos seis meses, me lo ha hecho todo menos matarme. A menudo he deseado que lo hicieran, también. Pasó una temporada sin dinero, y no cesó de maltratarme porque no tenía nada que él pudiese convertir en dólares. Luego murió mi padre y heredé la casa que se había construido en Goliad. Mi marido me obligó a venderla y se marchó con el dinero que obtuve por ella. He pasado muchas dificultades, ya que no soy una mujer fuerte y no puedo trabajar. Posteriormente, me enteré de que estaba en San Antonio y gastaba mucho dinero, de modo que fui allí, y le encontré, y le pedí un poco de ayuda. Lo que me dio fue esto —y señaló la huella cárdena de su mejilla—. Entonces me decidí a venir a Austin para ver al gobernador. En cierta ocasión le oí decir a mi padre que el Estado le había hecho donación de uñas tierras o de una pensión…

Luke Standifer volvió a ponerse en pie. Miró a su alrededor con una expresión de perplejidad.

—Obtener algo del gobierno es una tarea difícil y complicada —dijo, lentamente—. Los trámites legales son largos y costosos. No sé si el departamento que tengo a mi cargo tiene alguna jurisdicción sobre esa clase de asuntos. Pero voy a enterarme. No se mueva de aquí, señora, hasta que yo regrese. Voy a ver si se puede hacer algo.

El tesorero del Estado estaba sentado cómodamente detrás de su escritorio, leyendo un periódico. Los asuntos del día estaban resueltos. Los escribientes holgazaneaban en sus pupitres, esperando la hora de salida. El delegado de Estadística, Historia y Seguros entró y se acercó al escritorio del tesorero. Éste, que era un hombre bajito, con una barba y un bigote grisáceos, se puso en pie jovialmente para saludar a Standifer. Eran viejos amigos.

—Tío Frank —dijo el delegado, utilizando el apodo por el cual todos los tejanos conocían al histórico tesorero—, ¿cuánto dinero tiene usted en

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efectivo?

El tesorero citó la cifra del último balance: algo más de un millón de dólares.

El delegado dejó escapar un silbido de admiración y sus ojos brillaron esperanzados.

—¿Ha conocido o ha oído hablar de Amos Colvin, tío Frank?

—Le conocí perfectamente —se apresuró a decir el tesorero—. Un hombre excelente. Un gran ciudadano. Uno de los primeros colonos del Sudoeste.

—Su hija —dijo Standifer— está sentada en mi oficina. No tiene un céntimo. Está casada con Benton Sharp, un coyote y un asesino. La ha hundido en la miseria y ha destrozado su corazón. Su padre contribuyó a edificar el Estado, y el Estado tiene ahora la obligación de ayudar a su hija. Un par de miles de dólares le permitirán regresar a su hogar y vivir en paz. El Estado de Texas no puede negárselos. Dame el dinero, tío Frank, y yo se lo entregaré a ella. Luego arreglaremos el asunto desde el punto de vista legal.

El tesorero miró al delegado con una expresión de asombro.

—Mira, Standifer —dijo—, ya sabes que no puedo sacar un centavo de la tesorería sin una autorización del interventor. No puedo disponer del dinero a mi antojo, como es natural.

EL delegado se mostró algo impaciente.

—Te firmaré un recibo —dijo—. Puedes cargarlo a Estadística, Historia y Seguros. ¿No demuestra la Estadística que Amos Colvin llegó a este Estado cuando estaba en manos de los Comanches y de las serpientes de cascabel, y luchó día y noche para convertirlo en un país decente y habitable? ¿No demuestra que la hija de Amos Colvin ha sido arruinada por un villano que está tratando de destruir lo que tú y yo y los antiguos tejanos edificamos a costa de nuestra sangre? ¿No demuestra la Historia que el Estado de la Estrella Solitaria no ha dejado nunca de tender una mano a los hijos dolientes y oprimidos de los hombres que lo convirtieron en la mejor de las comunidades de la Unión? Si la Estadística y la Historia no sirven para apoyar la reclamación de la hija de Amos Colvin, en la próxima Administración[14] pediré que supriman mi departamento. Vamos, tío Frank, dame el dinero. Firmaré todos los recibos que quieras; y si el gobernador, o el interventor, o el barrendero arman jaleo, te juro que someteré el asunto a la opinión pública.

El tesorero parecía compartir los puntos de vista del delegado, pero tenía las manos atadas por su posición oficial. Además, Standifer había elevado

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insensiblemente el tono de su voz, y los escribientes estaban empezando a escuchar.

—Mira, Standifer —dijo el tesorero, contemporizador—, ya sabes que me gustaría ayudarte en ese asunto, pero piensa un poco, por favor. Cada uno de los centavos de la tesorería se gasta de acuerdo con las disposiciones de la Administración, y no puede sacarse un solo dólar de la caja sin una autorización del interventor. Yo no puedo disponer del dinero, ni puedo aceptar un recibo tuyo. Tú departamento no es administrativo: es una simple oficina. El único medio de que esa dama obtenga una ayuda consiste en recurrir a la Administración, y…

—¡Al diablo con la Administración! —exclamó Standifer, dando media vuelta.

El tesorero le llamó.

—Un momento, Standifer. Me alegrará mucho poder contribuir personalmente con un centenar de dólares a ayudar a la hija de Amos Colvin.

Sacó su cartera.

—No te molestes, tío Frank —dijo el delegado, en tono más blando—. No hay necesidad de eso. Esa dama no ha venido aquí a pedir limosna. Además, su caso está en mis manos. Al parecer, mi departamento tiene la misma importancia que un calendario o un registro de hotel. Pero, de todos modos, tratará de resolver la situación de la hija de Amos Colvin. No pierdas de vista al Departamento de Estadística, Historia y Seguros.

El delegado regresó a su oficina, con una expresión pensativa. Antes de hablar, abrió y cerró varias veces uno de los cajones de su escritorio.

—¿Por qué no pide usted el divorcio? —preguntó repentinamente.

—No tengo dinero para costear los gastos —respondió la dama.

—En este preciso instante —anunció el delegado—, los poderes de mi departamento parecen estar considerablemente restringidos. La Estadística y la Historia están de capa caída. Pero ha acudido usted al departamento apropiado, señora. ¿Dónde ha dicho que estaba su marido?

—En San Antonio. Ahora vive allí.

Súbitamente, el delegado abandonó su aire oficial. Tomó las manos de la pálida mujer entre las suyas, y habló en el tono que solía utilizar en los antiguos tiempos.

—Te llamas Amanda, ¿verdad?

—Sí, señor.

—Eso es. Se lo oí pronunciar con frecuencia a tu padre. Bueno, Amanda, aquí tienes al mejor amigo de tu padre, jefe de un departamento del gobierno

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del Estado, que va a ayudarte a resolver tus dificultades. Ahora, dime una cosa, ¿tienes dinero suficiente para pasar dos o tres días?

El rostro de Mrs. Sharp enrojeció hasta la raíz de los cabellos.

—Tengo el suficiente… para unos cuantos días.

—Bien. Ahora vas a regresar a tu alojamiento, y pasado mañana, a las cuatro de la tarde, vendrás a verme de nuevo. Es muy probable que para entonces el asunto haya quedado resuelto. —El delegado vaciló y pareció un poco turbado—. Dices que tu marido aseguró su vida en cinco mil dólares. ¿Sabes si ha seguido pagando las primas?

—Hace cinco meses, pagó por anticipado las primas de un año —dijo Mrs. Sharp—. Tengo la póliza y los recibos en mi maleta.

—Perfectamente —dijo Standifer—. Será mejor que los tengas a mano. Puedes necesitarlos en cualquier momento…

Mrs. Sharp se marchó, y poco después Luke Standifer se dirigió al pequeño hotel donde se hospedaba y consultó el horario de trenes. Media hora más tarde se encontraba en su habitación, atándose una pistolera a través de los hombros, de modo que la funda quedara exactamente debajo del sobaco izquierdo. Dentro de la funda introdujo un revólver de cañón corto y del calibre 44. A continuación volvió a ponerse la levita y se dirigió a la estación, donde tomó el tren de las 5,20 para San Antonio.

El Express de San Antonio de la mañana siguiente publicó una noticia sensacional:

BENTON SHARP ENCUENTRA LA HORMA DE SU ZAPATO

El más famoso pistolero del Sudoeste de Texas resultó muerto en el restaurante Gold Front. Un eminente funcionario del Estado se defendió con éxito contra el pistolero. Magnífica exhibición de rapidez en «sacar».

»Anoche, alrededor de las once, Benton Sharp, en compañía de otros dos hombres, entró en el restaurante Gold Front y se sentó a una mesa. Sharp había estada bebiendo, y se mostraba fanfarrón y pendenciero, como le ocurría siempre bajo la influencia del alcohol. Cinco minutos después, un caballero alto y bien vestido entró en el restaurante. Pocos de los presentes reconocieron en él al Honorable Luke Standifer, que recientemente fue nombrado delegado de Estadística, Historia y Seguros.

»El recién llegado se dispuso a ocupar una mesa contigua a la que compartían Sharp y sus amigos. Al colgar su sombrero en una de las perchas

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de la pared, la prenda fue a caer sobre la cabeza de Sharp. El pistolero se volvió y empezó a insultar soezmente a Mr. Standifer. Éste se disculpó por el accidente, pero Sharp continuó insultándole. Mr. Standifer murmuró unas frases al oído del pistolero, en voz tan baja que nadie consiguió captarlas. Sharp se puso en pie de un salto, enfurecido. Mr. Standifer retrocedió rápidamente unos pasos, y permaneció con los brazos cruzados sobre el pecho.

»Con la impetuosa y mortal rapidez que le hicieron tan temido, Sharp echó mano al revólver que siempre llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón: un movimiento que había precedido a la muerte de más de una docena de hombres. Por rápido que fuera el movimiento, los espectadores afirman que quedó pálido ante la maravillosa exhibición efectuada por Mr. Standifer. En el momento en que el arma de Sharp empezaba a alzarse, un reluciente 44 apareció como por arte de magia en la mano derecha de Mr. Standifer, el cual, sin mover apenas el brazo, atravesó limpiamente el corazón de Sharp. Parece ser que el nuevo delegado de Estadística, Historia y Seguros luchó durante muchos años contra los indios, cosa que explica su habilidad en el manejo del revólver.

»Los testigos presenciales afirman unánimemente que mister Standifer obró en defensa propia, por lo que no es de creer que se vea molestado por la justicia».

Cuando Mrs. Sharp se presentó en la oficina del delegado, de acuerdo con la cita, encontró a aquel caballero comiéndose tranquilamente una dorada manzana. La acogió cordialmente y no mostró la menor turbación al hablar de lo que era el tema del día.

—Tuve que hacerlo —dijo, sencillamente—, ya que en caso contrario él habría acabado conmigo. Mr. Kauffman —añadió, volviéndose hacia el viejo escribiente—, revise el informe de la Security Life Insurance Company y compruebe si todo está en orden.

—No necesito revisarlo —gruñó Kauffman—. Todo está en orden. La compañía pagará dentro de diez días.

Mrs. Sharp no permaneció mucho rato en la oficina. Había decidido quedarse en la ciudad hasta que le pagaran la póliza. El delegado no trató de retenerla. Al fin y al cabo era una mujer, y Standifer se encontraba ahora algo cohibido en su presencia. El descanso y el paso del tiempo le proporcionarían a la hija de Amos Colvin lo que necesitaba.

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Pero, antes de que cruzara la puerta de la oficina, Luke Standifer se permitió una observación oficial:

—El Departamento de Estadística, Historia y Seguros, señora, ha hecho todo lo que ha podido para resolver su caso. Era un caso difícil de solucionar de acuerdo con las normas oficiales. La Estadística y la Historia están de capa caída, pero, si me es permitido decirlo, en Seguros estamos especialmente capacitados.

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EL ÚLTIMO DE LOS TROVADORES

O. HENRY

INEXORABLEMENTE, Sam Galloway ensilló su caballo. Iba a marcharse del Rancho Altito, después de una visita de tres meses. No puede exigírsele a un huésped que soporte más de tres meses un café infernal y unos pésimos bizcochos[15]. Nick Napoleón, el cocinero negro, no había sabido nunca hacer buenos bizcochos. En cierta ocasión, cuando Nick era cocinero del Rancho Willow, Sam se había visto obligado a huir de su cuisine después de una

estancia de sólo seis semanas.

En el rostro de Sam había una expresión de pesar, ahondada por la compunción y ligeramente atemperada por la paciente indulgencia de un connoisseur que no puede ser comprendido. Pero, firme e inexorablemente, ensilló su caballo, colgó su lazo del arzón, ató su impermeable y su chaqueta al borrén y enrolló el látigo a su muñeca derecha. Los Merridews (inquilinos del Rancho Altito), hombres, mujeres, chiquillos, criados, vasallos, empleados, perros y visitantes casuales, estaban agrupados en la «galería» del rancho, todos con expresión de melancolía y de pesar, ya que, así como la llegada de Sam Galloway a cualquier rancho, campamento o cabaña situados entre los ríos Bravo del Norte y Frío despertaba la alegría, su partida provocaba tristeza y disgusto.

Luego, en medio de un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el ladrido de un perro cazador que perseguía a una mosca, Sam ató cariñosa y cuidadosamente su guitarra a través de la silla, encima del impermeable y de la chaqueta. La guitarra estaba metida dentro de una funda de dril verde; y, si captan ustedes el significado de esto, comprenderán inmediatamente la personalidad de Sam.

Sam Galloway era el último de los trovadores. Desde luego, ustedes ya saben todo lo que hay que saber acerca de los trovadores. La enciclopedia dice que florecieron entre los siglos XI y XIII. Lo que florecieron no aparece muy claro, aunque pueden estar seguros de que no fue una espada: tal vez fue

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un arco de violín, o un tenedor lleno de spaghetti, o el chal de una dama. De todos modos, Sam Galloway era uno de ellos.

Sam compuso una martirizada expresión mientras montaba en su caballo. Pero la expresión de su rostro era hilarante comparada con la de su caballo. Verán, un caballo acaba por conocer perfectamente a su jinete, y a ningún caballo que se precie de serlo le gusta ser montado por un tocador de guitarra en vez de sentir la espuela de un arrojado vaquero. Ningún hombre es un héroe para su caballo. Y un trovador siempre es un trovador.

¡Oh! Ya sé que yo soy también un trovador; lo mismo que ustedes. Recuerdan ustedes las historias que se aprendieron de memoria, y aquella pequeña pieza que interpretaban al piano —¿cómo hacía? Ti-tum-te-tum-ti-tum…— cuando iban a visitar a su tía rica. Y saben ustedes que omne personae in tres partes divise sunt. A saber: Barones, Trovadores y Obreros. Los Barones no se entretienen leyendo pamemas como ésta; y los Obreros no tienen tiempo para leer; de modo que sé que ustedes tienen que ser Trovadores, y que comprenderán a Sam Galloway. Si cantamos, representamos, danzamos, escribimos, leemos o pintamos, somos únicamente trovadores.

El caballo con cara de Dante Alighieri, guiado por la presión de las rodillas de Sam, condujo a aquel vagabundo juglar a dieciséis millas hacia el sur. La naturaleza se hallaba en su fase más benigna. Leguas y leguas cuadradas de delicadas florecillas perfumaban la suavemente ondulada pradera. El viento del Este atemperaba el calor primaveral; blancas nubes algodonadas volaban por el azul del cielo, procedentes del Golfo de Méjico, velando los rayos del sol abrileño. Mientras cabalgaba, Sam lanzaba al aire sus canciones. Había colocado varias ramas de chaparro sobre la cabeza de su caballo para espantar a las implacables moscas. Coronado de aquel modo, el cuadrúpedo de rostro alargado parecía más dantesco que antes, y, a juzgar por su continente, parecía estar pensando en Beatriz.

Tan directamente como lo permitía la topografía, Sam cabalgó hacia el rancho ovejero del viejo Allison. En aquellos momentos, una visita a un rancho ovejero le parecía altamente deseable. En Rancho Altito había encontrado demasiada gente, demasiado ruido, demasiada confusión. No le había concedido nunca al viejo Allison el favor de parar en su rancho; pero sabía que sería bien acogido. El trovador es bien acogido en todas partes. Los Obreros del castillo bajan el puente levadizo para él, y el Barón le sienta a su izquierda a la mesa. Las damas le sonríen y aplauden sus canciones y sus relatos, en tanto que los Obreros sirven cabeza de jabalí y jarras de vino. Si el

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Barón da alguna cabezada en su silla de madera de encina, no lo hace con malicia.

El viejo Allison acogió al trovador cordialmente. A menudo había oído elogiar a Sam Galloway por algunos rancheros que habían sido favorecidos con su visita, pero nunca había aspirado a un honor semejante para su humilde baronía. Y digo baronía, porque el viejo Allison era el Ultimo de los Barones. Desde luego, Mr. Bulwer-Lytton murió demasiado pronto para conocerle; de haberle conocido, no hubiera concedido aquel sobrenombre a Warwick. El cometido y la obligación de los Barones consiste en proporcionar trabajo a los Obreros y hospitalidad a los Trovadores.

El viejo Allison era un anciano arrugado, con una barba blanco-amarillenta y un rostro en el que innumerables sonrisas habían dejado unos surcos indelebles. Su rancho era una pequeña vivienda de dos habitaciones, rodeada de acacias, en la parte más solitaria de la región ovejera. Vivía en compañía de un cocinero kiowa[16], cuatro perros de caza, una oveja que le seguía a todas partes y un coyote medio domesticado atado a un poste de la cerca. Poseía 3000 ovejas, que se criaban en dos trozos de terreno arrendado y muchos millares de acres sin arrendar y sin dueño. Tres o cuatro veces al año, alguien que hablaba su idioma pasaba junto a su casa e intercambiaba unas Cuantas ideas insubstanciales con él. Aquellos días eran verdaderos acontecimientos en la vida del viejo Allison. Imagínense, pues, lo que significaría para él que un trovador —un trovador que, de acuerdo con la enciclopedia, debió de haber florecido entre los siglos XI y XIII— cruzara las verjas de su castillo…

Las sonrisas del viejo Allison arrugaron todavía más su rostro al ver a Sam. Salió de la casa apresuradamente, y se dirigió a su encuentro.

—¡Hola, Mr. Allison! —exclamó Sam, alegremente—. Se me ocurrió darme una vuelta por aquí. Veo que las últimas lluvias han beneficiado mucho los pastos de sus ovejas…

—¡Bien, bien, bien! —dijo el viejo Allison—. Me alegro muchísimo de verte, Sam. Nunca hubiera pensado que pudieras tomarte la molestia de cabalgar hasta este viejo rancho dejado de la mano de Dios. Pero, bienvenido seas. Voy a buscar un saco de avena y prepararé un pienso para tu caballo.

—¿Avena? —dijo Sam burlonamente—. No. Está gordo como un cerdo y no le conviene comer más que hierba. No galopa lo suficiente para mantenerse en forma. Si no le importa, le dejaré en los pastos trabado con una cuerda un poco larga.

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Estoy convencido de que durante los siglos XI y XIII no se produjo nunca una coincidencia tan perfecta entre Barón, Trovador y Obrero como la que se produjo aquella noche entre sus equivalentes en el rancho del viejo Allison. Los bizcochos del kiowa eran esponjosos y sabrosísimos, y su café era verdadero café. En el rostro curtido del viejo Allison se reflejaban la sinceridad y el agrado con que ofrecía su hospitalidad. Y en cuanto al trovador, se dijo a sí mismo que había caído en un lugar realmente agradable. Una cena abundante y bien guisada, un anfitrión que agradecía más de lo que merecían los más leves esfuerzos que se hacían para divertirle, y una apacible atmósfera que su alma sensible saboreaba sibaríticamente y que había encontrado pocas veces en su vagabundeo por los ranchos.

Después de la deliciosa cena, Sam desató la funda verde y sacó su guitarra. No como compensación por lo que había comido, desde luego: ni Sam Galloway ni ninguno de los verdaderos trovadores descienden en línea recta del difunto Tommy Tucker. Supongo que habrán leído algo acerca de Tommy Tucker en las obras de la distinguida aunque a menudo oscura Mother Goose[17]. Tommy Tucker cantaba como pago por su cena. Ningún verdadero trovador haría una cosa así. Cenaría, y luego cantaría por amor al Arte.

El repertorio de Sam Galloway incluía unas cincuenta historietas y entre treinta y cuarenta canciones. Pero sus habilidades no terminaban ahí. Podía hablar durante el tiempo que empleaba en fumarse veinte cigarrillos de cualquier tema que le fuera sugerido. Y nunca se sentaba cuando podía estar tendido; y nunca estaba de pie cuando podía estar sentado.

Me gustaría que hubieran podido verle ustedes: era bajito y correoso e inactivo, más allá de lo que la imaginación puede concebir. Llevaba una camisa de franela de color azul marino, con una especie de cordón gris perla anudado al cuello, las inevitables botas de tacones altos con espuelas mejicanas, y un sombrero mejicano de paja.

Aquella noche, Sam y el viejo Allison arrastraron sus sillas fuera del rancho y se instalaron debajo de las acacias. Encendieron unos cigarrillos; y el trovador tocó alegremente su guitarra. Muchas de las canciones que interpretaba eran las fantásticas y melancólicas melodías que había aprendido de los ovejeros y vaqueros mejicanos. Una de ellas cautivó de un modo especial al solitario barón. Era una canción favorita de los ovejeros, que empezaba así: «Vuela, vuela, palomita». Aquella noche, Sam la cantó varias veces en honor del viejo Allison.

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El trovador se instaló en el rancho del anciano. En él había una paz y una tranquilidad que Sam no había encontrado en los ruidosos campamentos de los reyes del ganado. Ningún auditorio del mundo podría haber recompensado los esfuerzos de un poeta, músico o artista con una aprobación más apasionada y más sincera que la del viejo Allison. Ninguna visita de un personaje real a la humilde choza de un leñador o de un campesino hubiera sido recibida con muestras más expresivas de gratitud y de alegría.

Sam Galloway pasó la mayor parte del tiempo en una meridiana instalada a la sombra de las acacias. Allí liaba sus cigarrillos con papel de color tabaco y meditaba temas que pudieran enriquecer su repertorio. El kiowa, como un esclavo sirviendo a un gran señor, le llevaba agua fresca de la jarra roja colocada a la sombra del porche, o comida, cuando Sam la pedía. Los céfiros de la pradera le acariciaban suavemente; los pájaros competían con los trinos de su propia lira; una perfumada inmovilidad parecía llenar todo su mundo. Mientras el viejo Allison inspeccionaba sus rebaños de ovejas montado en un caballo que recorría una milla cada hora, y mientras el kiowa dormía la siesta a pleno sol, en un rincón de la cocina, Sam permanecía tendido en su meridiana, pensando en lo maravilloso del mundo en que vivía, y en lo agradable que resultaba vivir en ese mundo para aquellos cuya misión consiste en entretener y divertir a los demás. Aquí tenía comida y alojamiento mucho mejores de lo que había esperado; ninguna preocupación ni obligación; y un anfitrión que al oír por decimosexta vez una canción o una historieta la paladeaba con la misma fruición con que la había paladeado al oírla por vez primera. ¿Dónde iba a encontrar un lugar mejor? El caballo de rostro dantesco, por su parte, se regodeaba en los pastos, y su expresión era casi sonriente.

El viejo Allison era su propio vaquero. Esto quiere decir que suministraba el agua, la comida y todo lo necesario a sus campamentos de ovejas por sí mismo, en vez de contratar a un vaquero. En los ranchos pequeños es una cosa muy corriente.

Una mañana salió en dirección al campamento de Encarnación Felipe de la Cruz y Monto Piedras (uno de sus pastores), con la ración semanal de habichuelas, café, harina y azúcar. Cuando se encontraba a dos millas de distancia del antiguo Fuerte Ewing, tropezó con un ser terrible llamado King James, montado en un soberbio caballo de raza Kentucky.

King James[18] se llamaba en realidad James King; pero la gente invirtió el nombre porque parecía encajar mejor con él, y también porque parecía complacer a su majestad. King James era el ganadero más importante entre la

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plaza del Álamo de San Antonio y el saloon de Bill Hooper de Bronswille. También era él hombre más pendenciero y fanfarrón de todo el Sudoeste de Texas. Y sus fanfarronadas no eran mera palabrería; cuanto más ruido hacía, más peligroso era. En las historietas que publican los periódicos siempre aparece el hombre tranquilo, de modales suaves y ojos azules, que habla poco y en voz baja y que resulta ser terriblemente peligroso; pero en la vida real y en esta historia, no sucede nada de eso. Dadme a escoger entre atacar a un hombre de aspecto impresionante y que habla mucho, y a un forastero de aspecto inofensivo y ojos azules tranquilamente sentado en un rincón, y me veréis dirigirme hacia el rincón sin vacilar.

King James, como iba diciendo, era un hombre rubio, curtido por el sol, que pesaba doscientas libras y tenía dos cortes horizontales debajo de unas espesas cejas rojizas. Aquel día llevaba una camisa de franela de color tostado, excepto en determinadas zonas que aparecían oscurecidas por el sudor provocado por el sol veraniego. También llevaba unos pantalones con las perneras metidas dentro de unas enormes botas de media caña, un pañuelo rojo y dos revólveres. Del arzón de su silla colgaban un rifle y una canana de cuero con un millón de cartuchos que brillaban al sol. Pero, al encontrarse delante de él, uno no se fijaba en tales accesorios, sino en los dos cortes horizontales que tenía por ojos.

Éste era el hombre que el viejo Allison encontró en el camino; y si se tiene en cuenta que el barón tenía sesenta y cinco años y pesaba noventa y ocho libras, que había oído hablar de King James y que él (el barón) cifraba todo su ideal en la vita simplex y que no llevaba ningún revólver encima —y que de llevarlo no lo hubiera utilizado—, no puede reprochársele que las sonrisas que el trovador había hecho acudir de nuevo a su rostro desaparecieran como por encanto. Pero el viejo Allison no era de los barones que huyen ante el peligro. Tiró de las riendas de su caballo (el cual tuvo que hacer un esfuerzo mínimo para detenerse) y saludó al formidable monarca.

King James se expresó con claridad regia.

—Usted es el viejo testarudo que está criando ovejas en esta •comarca, ¿no es cierto? ¿Con qué derecho se ha atrevido a hacerlo? ¿Es usted el dueño del terreno, o lo tiene arrendado?

—Tengo dos parcelas que me arrendó el Estado —respondió amablemente el viejo Allison.

—No tiene usted nada —dijo King James—. Su contrato de arriendo expiró ayer; y yo tenía a un hombre en la oficina del representante del Estado para que lo renovara inmediatamente a mi nombre. Usted no controla ya ni

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una brizna de hierba en Texas. Sus ovejeros tendrán que marcharse. Su época ha terminado. Ésta es una región ganadera, y no hay sitio en ella para los ovejeros. El terreno donde criaba usted sus ovejas es mío. Estoy tendiendo una cerca de espino de cuarenta millas de ancho por sesenta de longitud. Si encuentro una oveja dentro de mis terrenos cuando la cerca esté tendida, puede darla por muerta. Le doy una semana de plazo para que desaparezca de aquí. Transcurrido ese plazo, enviaré seis hombres armados con winchesters y con la orden de cargarse a todo el rebaño. Y si le encuentran a usted aquí, seguirá el mismo camino que sus pestilentes ovejas.

King James palmeó significativamente la culata de su rifle.

El viejo Allison siguió cabalgando hacia el campamento de Encarnación. Suspiró muchas veces, y las arrugas de su rostro se hicieron más profundas. Los rumores de que las cosas iban a cambiar ya habían llegado a sus oídos mucho antes. El final de los Pastos Libres estaba a la vista. Otras preocupaciones, además, se habían ido acumulando sobre sus débiles hombros. Sus rebaños disminuían en vez de aumentar; el precio de la lana era cada vez más bajo; incluso Bradshaw, el tendero de Frío City, en cuya tienda compraba los suministros del rancho, le apremiaba para que liquidara la cuenta de los últimos seis meses y amenazaba con cortarle el crédito. Y, encima, se encontraba de repente con la última y mayor de todas las calamidades, representada por la orden que acababa de darle el terrible King James.

Cuando el anciano regresó al rancho, al atardecer, encontró a Sam Galloway tendido en su meridiana, pulsando las cuerdas de su guitarra.

—¡Hola, tío Ben! —exclamó alegremente el trovador—. Esta noche le tengo preparada una sorpresa. He hecho un arreglo para un fandango español que creo que va a gustarle. Hace así… Escuche.

—Muy bien, está muy bien —dijo el viejo Allison, sentándose en un saco de lana y acariciándose las canosas patillas—. No hay ningún músico como tú, Sam, ni en el Este ni en el Oeste.

—No diría yo tanto —protestó Sam modestamente—. Aunque reconozco que no lo hago del todo mal. Creo que puedo tocar la guitarra como el primero… Pero, parece usted preocupado, tío Ben. ¿Acaso está enfermo?

—Sólo un poco cansado, Sam. Si no te importa, toca aquella pieza mejicana que empieza con el «Vuela, vuela, palomita». Me gusta oír esa canción cuando estoy fatigado o hay algo que me preocupa.

—Con mucho gusto —dijo Sam—. Se la cantaré tantas veces como lo desee. Y, antes de que se me olvide, tío Ben, tiene usted que quejarse a

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Bradshaw por el último jamón que nos envió. No está suficientemente curado. Un anciano de sesenta y cinco años, que vive en un rancho ovejero y que siente planear sobre su cabeza una nube de desastres, no puede disimular continuamente su estado de ánimo. Además, un trovador percibe inmediatamente la infelicidad de los que le rodean… porque esa infelicidad no le deja disfrutar en paz de su propio bienestar. De modo que, al día siguiente, Sam volvió a interrogar al anciano acerca de su aire de tristeza y de abstracción. Y el viejo Allison le contó la historia de las amenazas de King James y de las órdenes que le había dado. El trovador acogió las noticias con

expresión pensativa. Había oído hablar mucho acerca de King James.

El día tercero de los siete que el autócrata de la región le había dado de plazo, el viejo Allison montó en su carreta y se dirigió a Frío City para adquirir algunas provisiones necesarias para el rancho. Bradshaw era duro, pero no implacable. Dividió el pedido del anciano en dos partes, y le entregó los artículos relacionados en una de ellas. Uno de estos últimos artículos era un jamón bien curado, para satisfacción del trovador.

Cuando se encontraba a cinco millas de distancia de Frío City, en su camino de regreso al rancho, el anciano se topó con King James que cabalgaba en dirección a la ciudad. Su majestad tenía siempre un aspecto altanero y amenazador, pero aquel día los cortes horizontales que tenía por ojos aparecían un poco más abiertos que de costumbre.

—Hola, Allison —dijo—. Precisamente, estaba deseando verle. Ayer le oí decir a un vaquero de Sandy que es usted del condado de Jackson, en Mississippi. Quiero saber si es cierto.

—Nací allí —dijo el viejo Allison—, y viví allí hasta que cumplí los veintiún años.

—Aquel hombre dijo que estaba usted emparentado con los Reeves, del condado de Jackson —continuó King James—. ¿Es cierto?

—Carolina Reeves —dijo el anciano— era hermanastra mía.

—Carolina Reeves era mi tía —dijo King James—. Me escapé de casa cuando tenía decisiéis años. Ahora, vamos a hablar de nuevo de algunas cosas que discutimos hace tinos días. Dicen que soy un hombre duro. Es posible que tengan razón, pero no soy un hombre malo. En mis pastos hay terreno de sobra para sus rebaños de ovejas. Tía Carolina solía darme pierna de cordero guisada. Y entre corderos y ovejas… De modo que puede usted utilizar todo el terreno que le haga falta. ¿Cómo andan sus finanzas?

El anciano le hizo un completo estado de cuentas.

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—También solía poner alguna golosina en mi cartera de colegial… Me refiero a tía Carolina —dijo King James—. Ahora voy a Frío City, y mañana pasaré por su rancho. Voy a sacar dos mil dólares del banco y mañana se los llevaré a usted; y hablaré con Bradshaw para que le dé a crédito todo lo que necesite. En el condado de Jackson eran proverbiales las buenas relaciones existentes entre los Reeves y los King. Bueno, cuando me tropiezo con un Reeves, sigo siendo un King. De modo que a partir de este momento no tiene usted que preocuparse por nada.

El viejo Allison regresó a su rancho con el corazón inundado de alegría. Una vez más, las sonrisas hicieron desaparecer sus arrugas. Repentinamente, por la magia de la realeza y la bondad que existe en algún rincón de todos los corazones, sus preocupaciones se habían desvanecido.

Al llegar al rancho se enteró de que Sam Galloway no estaba allí. Su guitarra colgaba de la rama de un acacia, gimiendo cada vez que la brisa del golfo soplaba a través de sus cuerdas.

El kiowa trató de explicarse.

—Sam coger caballo —dijo—. Marcharse a Frío City. Yo no saber por qué marchar allí. Él decir que regresar esta noche. Yo no saber nada más.

Cuando las primeras estrellas brillaron en el cielo, el trovador regresó a su paraíso. Dejó su caballo en los pastos y entró en la casa, haciendo resonar marcialmente sus espuelas.

El viejo Allison estaba sentado ante la mesa de la cocina, con expresión alegre y complacida. En aquel momento saboreaba una taza de café.

—¡Hola, Sam! —dijo—. Me alegro mucho de verte…

Pero, al mirar el rostro de Sam, el viejo Allison vio que el juglar se había convertido en un hombre de acción.

Y mientras Sam se despoja del cinturón con el seis tiros que el anciano tenía siempre en la casa, podemos hacer un inciso para observar que siempre que un trovador suelta la guitarra y empuña la espada, puede asegurarse que habrá complicaciones. No es la experta confianza de Athos, ni la fría habilidad de Aramis, ni la muñeca de hierro de Porthos lo que hemos de temer: es la furia del gascón… el salvaje y desordenado ataque del trovador… la espada de D’Artagnan.

—Ya está arreglado —dijo Sam—. He ido a Frío City para arreglarlo. No podía permitir que abusara de usted, tío Ben. Le encontré en el saloon de Summer. Sabía lo que tenía que hacer. Le dije unas cuantas cosas que nadie se había atrevido a decirle. Fue el primero en sacar —media docena de testigos le vieron hacerlo—, pero yo disparé antes que él. Le hice tres

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agujeros en el centro del pecho, tan juntos que parecían uno solo. No le molestará más, tío Ben.

—¿Te… te refieres a King… a King James? —tartamudeó el viejo Allison.

—Al mismo. Y me llevaron ante el juez; pero los testigos que le vieron sacar primero estaban todos allí. Bueno, me señalaron una fianza de 300 dólares hasta que comparezca ante el tribunal, pero el juez accedió a cambiarla por una fianza personal. Cuatro o cinco muchachos se ofrecieron como fiadores. No le molestará más, tío Ben. Tenía usted que haber visto lo juntos que estaban los agujeros. Claro que el tocar la guitarra tanto como lo hago yo ayuda a mantener ágiles los dedos a la hora de apretar un gatillo, ¿no le parece, tío Ben?

El castillo quedó, en silencio durante unos instantes. Sólo se oyó el chisporroteo de la carne que el kiowa estaba asando.

—Sam —dijo finalmente el viejo Allison, acariciando sus canosas patillas

—. ¿Te importaría ir a buscar la guitarra y cantar un par de veces el «Vuela, vuela, palomita»? Me gusta oír esa canción cuando estoy fatigado o hay algo que me preocupa…

No hay nada más que decir, excepto que el título de esta historia no es el que le corresponde. Tendría que intitularse «El Ultimo de los Barones». Nunca habrá un final para los trovadores; y, de cuando en cuando, los sones de sus guitarras ahogarán el ruido de las piquetas y de los martinetes de fragua de todos los Obreros del mundo.

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LA VENGANZA DE CISCO KID[19]

O. HENRY

CISCO Kid había matado a seis hombres en pendencias más o menos honestas, había asesinado a dos mejicanos, y había dejado inútiles a otros muchos, a los cuales, modestamente, no se preocupó en contar. Por

consiguiente, una mujer le amaba.

Cinco Kid tenía veinticinco años y aparentaba veinte; y una compañía de seguros celosa de su dinero hubiera calculado la probable fecha de su muerte fijándola alrededor de los veintiséis años. Se movía en una zona situada entre el Frío y el Río Grande. Mataba por afición… porque estaba de mal humor… para evitar que le detuvieran… para divertirse… Había escapado de la captura porque podía disparar ocho décimas de segundo antes que cualquier sheriff o ranger de servicio, y porque montaba un caballo ruano que conocía al dedillo todas las vueltas y revueltas de los caminos, incluso de los de cabras, desde San Antonio a Matamoras.

Tonia Pérez, la muchacha que amaba a Cisco Kid, era medio Carmen, medio Madona, y el resto —¡Oh, sí! Una mujer que es medio Carmen y medio Madona puede ser siempre algo más—, el resto era colibrí. Vivía en un jacal[20] con techo de ramas cerca de un pequeño poblado mejicano en el Lone Wolf Crossing[21] del Frío. Con ella vivía un padre o abuelo, un descendiente de los aztecas, que tenía por lo menos mil años, pastoreaba un centenar de cabras y se pasaba la mayor parte del tiempo borracho, por culpa del mescal[22]. Detrás del jacal se extendía un inmenso bosque. A través de su espinosa espesura, el ruano llevaba a Kid a visitar a su novia. Y en cierta ocasión, trepando como una lagartija hasta el tejado de ramas, Kid había oído a Tonia, con su rostro de Madona y su belleza de Carmen y su alma de colibrí, hablar con la posse del sheriff, negando conocer a su hombre en su dulce mélange de inglés y castellano.

Un día, el ayudante general del Estado, que es, ex officio, comandante de las fuerzas de rangers, escribió unas sarcásticas líneas al capitán Duval de la

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Compañía X, estacionada en Laredo, acerca de la tranquila existencia que llevaban los asesinos y desperados[23] en el territorio del susodicho capitán.

La tez del capitán adquirió el color del ladrillo al leer aquellas líneas y se las remitió, con unos comentarios de cosecha propia, al teniente Sandridge, que estaba acampado en las inmediaciones del Nueces con un escuadrón de cinco hombres para mantener el orden y hacer cumplir la ley.

El teniente Sandridge enrojeció intensamente, se metió la carta en el bolsillo y masticó uno de los extremos de sus largos bigotes.

A la mañana siguiente ensilló su caballo y se dirigió, solo, al poblado mejicano del Lone Wolf Crossing, que se hallaba a veinte millas de distancia.

Con sus seis pies de estatura, rubio como un vikingo, calmoso como un diácono, peligroso como una ametralladora, Sandridge fue de jacal en jacal, en busca de noticias acerca de Cisco Kid.

Mucho más que a la ley, los mejicanos temían la fría y segura venganza del jinete solitario por el cual se interesaba el ranger. Uno de los pasatiempos de Kid había consistido en disparar contra los mejicanos «para verles patalear»: y si había hecho aquello para divertirse, ¿qué no sería capaz de hacer con alguien que despertara su furor? Uno a uno, los mejicanos fueron encogiéndose de hombros, llenado el aire de «¿Quién sabe?»[24] y negando conocer a Cisco Kid.

Pero había un hombre llamado Fink, que tenía una tienda en el Crossing…, un hombre de muchas nacionalidades, lenguas, intereses y modos de pensar.

—Es inútil que les pregunte a los mejicanos —le dijo a Sandridge—. Tienen miedo. Ese hombre, al que llaman el Kid —su verdadero nombre es Goodall, ¿no?—, ha estado en mi tienda un par de veces. Creo que sé cómo podría atraparle usted…, pero no sería prudente por mi parte decírselo: tardo un par de segundos más en sacar el revólver de lo que tardaba antes, y el hecho merece ser tenido en cuenta tratándose de Ciscó Kid. Lo que puedo decirle es que tiene una novia medio mejicana en el Crossing, y viene a verla con cierta frecuencia. Vive en el jacal que está a un centenar de yardas del arroyo, en el lindero del bosque. Tal vez ella… no, supongo que no lo haría; pero, de todos modos, el jacal sería un excelente lugar para vigilar.

Sandridge se dirigió al jacal de Pérez. El sol estaba bajo, y la sombra de los grandes árboles cubría ya el tejado de ramas de la choza. Las cabras estaban encerradas para pasar la noche en una especie de corral construido con estacas junto a la cabaña. Unos cuantos chiquillos jugaban por los alrededores. El viejo mejicano estaba tendido en una manta sobre la hierba,

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atiborrado de mescal, soñando, quizás, en las noches en que él y Pizarro habían brindado por el Nuevo Mundo. Y en la puerta del jacal estaba Tonia, en pie. El teniente Sandridge, sin apearse de su montura, se quedó mirándola fijamente.

Cisco Kid, al igual que todos los eminentes y afortunados asesinos, era una persona vanidosa. Su orgullo habría sufrido un rudo golpe de haber sabido que, con un simple intercambio de miradas, dos personas, en cuyas mentes estaba él desde hacía mucho tiempo, le olvidaban por completo (al menos momentáneamente).

Tonia no había visto nunca un hombre como aquél. Parecía estar hecho de rayos de sol, piel sonrosada y agua clara. Al sonreír pareció iluminar la sombra de los árboles, como si hubiera vuelto a salir el sol. Los hombres que ella había conocido eran bajitos y morenos. Incluso Kid, a pesar de sus hazañas, no era mucho más alto que ella, con un pelo negro y liso y un rostro tan frío copio el mármol.

En cuanto a Tonia, tenía el pelo de color negro azulado y unos ojos enormes y llenos de la melancolía latina que le conferían su aspecto de Madona. Sus movimientos revelaban el fuego oculto y el deseo de agradar que había heredado de las gitanas españolas. Lo que de colibrí había en ella moraba en su corazón; no podía percibirse a menos que su brillante falda roja y su blusa azul le recordaran a uno a aquel pájaro.

El recién llegado pidió un vaso de agua. Tonia se lo sirvió de la jarra roja colgada de una rama, a la sombra. Sandridge estimó necesario descabalgar para hacer menos embarazosa la situación.

No hago de espía; ni pretendo conocer los pensamientos de cualquier corazón humano; pero afirmo, con mi derecho de cronista, que antes de que hubiera transcurrido un cuarto de hora Sandridge le estaba enseñando a Tonia a tejer una cuerda con fibras vegetales, y Tonia le había explicado a Sandridge que, de no haber sido por el pequeño libro inglés que su peripatético padre le había regalado y por el pequeño chivo tullido, se hubiera sentido muy sola.

Lo cual conduce a la sospecha de que las defensas de Kid necesitaban una reparación, y de que el sarcasmo del ayudante general había caído sobre un terreno improductivo.

En su campamento, el teniente Sandridge anunció y reiteró su intención de acabar con las andanzas de Cisco Kid, abatiéndolo sobre las praderas del Frío o arrastrándole a la presencia de un juez y de un jurado. La cosa no parecía fácil. Y necesitaba una cuidadosa preparación. Dos veces a la semana,

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Sandridge se dirigía al jacal de Pérez y conducía los inexpertos dedos de Tonia por los intrincados caminos que había que recorrer para tejer una cuerda con fibras vegetales. Tejer una cuerda es difícil de aprender y fácil de enseñar.

El ranger sabía que podía encontrar al Kid allí en cualquiera de sus visitas. Por lo tanto, durante sus estancias en el jacal, se mantenía ojo avizor, con la artillería siempre a punto y sin perder de vista la parte trasera de la cabaña. Así podría abatir al milano y al colibrí con una sola piedra.

Mientras el rubio ornitólogo proseguía sus estudios, Cisco Kid atendía también a sus obligaciones profesionales. Armó una trifulca en un saloon de un pequeño pueblo ganadero en Quintana Creek[25], liquidó al sheriff (haciendo que la bala agujereara limpiamente su estrella de latón), y luego ahuecó el ala, malhumorado e insatisfecho. Ningún verdadero artista se enorgullece de haber matado a un viejo armado con un antiguo cacharro del 38.

En su camino, el Kid experimentó súbitamente el deseo que experimentan todos los hombres cuando su propia conducta les ha dejado insatisfechos. Deseó que la mujer a la que amaba le asegurase que era suya a pesar de todo. Deseó que Tonia le sirviera agua de la jarra roja, colgada a la sombra del árbol, y que le contara cómo se tomaba el biberón el chivo.

Kid volvió la cabeza del ruano hacia los chaparrales de diez millas de longitud que se extienden por Arroyo Hondo hasta terminar en el Lone Wolf Crossing del Frío. El ruano relinchó alegremente, ya que poseía el mismo sentido de la orientación que un caballo que trabaja uncido a un carro y sabía que al final de aquel trayecto le esperaba una sabrosa ración de hierba de mesquite.

Cabalgar a través de un chaparral tejano resulta más aburrido y solitario que una exploración amazónica. Las multiformes variedades de cactus jalonan el camino, extendiendo sus retorcidos miembros para hacerlo intransitable. Y la «planta del diablo», que parece vivir sin tierra ni lluvia, aumenta las dificultades del viajero, tendiendo ante él una inextricable red espinosa.

Perderse en un chaparral significa sufrir la muerte del ladrón en la cruz, traspasado por clavos y con grotescas formas demoníacas revoloteando a su alrededor.

Pero ése no era el caso de Kid y su montura. Dando vueltas y revueltas, abriéndose paso por los lugares más inverosímiles, el buen ruano fue

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acortando insensiblemente la distancia que les separaba del Lone Wolf Crossing.

Mientras avanzaban, Kid cantaba. No sabía más que una canción y la cantaba, del mismo modo que sólo conocía un código y lo vivía, y sólo conocía a una muchacha y la amaba. Era un hombre sencillo, de ideas convencionales. Tenía una voz parecida a la de un coyote acatarrado, pero cuando había decidido cantar, cantaba. Era una canción muy popular en los campamentos, que empezaba con estas palabras:

No mosconees con mi novia Lulu,

si no quieres tener un disgusto…

El ruano estaba acostumbrado a la canción… y a la voz, y no le importaba.

Pero, incluso el peor de los cantantes acaba por cansarse de contribuir a los ruidos del mundo. De modo que Kid, cuando se encontraba a un par de millas del jacal de Tonia, había dejado de cantar… no porque sus gorgoritos sonaran desagradablemente a sus propios oídos, sino porque sus músculos laríngeos estaban fatigados.

Como si estuviera en la pista de un circo, el ruano giró y danzó a través del laberinto de maleza hasta que el jinete supo, por ciertos detalles del terreno, que el Lone Wolf Crossing se encontraba cerca. Luego, a medida que la maleza se hacía menos tupida, Kid divisó el tejado de ramas del jacal. Unos metros más allá Kid detuvo al ruano, desmontó y siguió avanzando a pie, tan silenciosamente como un indio. El ruano, conociendo su papel, permaneció completamente inmóvil, sin producir el menor ruido.

Kid se deslizó silenciosamente hasta el mismo borde del chaparral y se escondió entre las hojas de un grupo de cactus.

A diez metros de su escondrijo, y a la sombra del jacal, vio a su Tonia tejiendo tranquilamente una cuerda vegetal. La ocupación en sí no era condenable; todo el mundo sabe que las mujeres, de cuando en cuando, tienen los más raros caprichos. Pero, para decirlo todo, hay que añadir que la cabeza de Tonia reposaba contra el ancho y cómodo pecho de un hombre alto y rubio, y que el brazo del hombre rodeaba los hombros de la muchacha, guiando sus pequeños dedos en una tarea que, al parecer, precisaba de continuas lecciones.

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Sandridge miró rápidamente hacia la oscura masa del chaparral al oír un leve ruido que no le resultaba desconocido. Un pistolero puede hacer aquel ruido al empuñar repentinamente su revólver. Pero el sonido no se repitió; y los dedos de Tonia necesitaban una cuidadosa atención.

Luego, Tonia y el hombre alto y rubio empezaron a hablar de su amor; y en la plácida tarde de Julio, todas las palabras que pronunciaban llegaron a oídos de Kid.

—Recuerda que no debes volver hasta que yo te avise —decía Tonia—. No tardará en presentarse. Un vaquero ha dicho hoy en la tienda que le vio en Guadalupe hace tres días. Cuando está tan cerca, siempre viene. Y si llega y te encuentra aquí, te matará. De modo que, por favor, no vengas hasta que yo te avise.

—De acuerdo —dijo el ranger—. Y entonces, ¿qué?

—Entonces —dijo la muchacha—, tienes que venir con tus hombres y matarle. Si no, él te matará a ti.

—No es un hombre que se deje detener, desde luego —dijo Sandridge—. El oficial que se enfrente a Cisco Kid tiene que estar dispuesto a matar o morir.

—Tienes que matarle —dijo la muchacha—. Si no lo haces, no habrá paz en el mundo para ti ni para mí. Ha matado a muchos hombres. De modo que merece la muerte. Tráete a tus hombres, y no le dejes ninguna posibilidad de escapar.

—Antes no pensabas eso de él —dijo Sandridge.

Tonia dejó caer la cuerda que estaba tejiendo, y rodeó el cuello del ranger con un brazo de color limón.

—Antes —murmuró en un fluido castellano— no te conocía a ti, amor mío. Y tú eres cariñoso y bueno, además de fuerte. ¿Cómo podría pensar en él, después de conocerte a ti? Tiene que morir, para que el miedo de que pueda hacernos algún daño no llene mis días y mis noches.

—¿Cómo sabré que ha venido? —preguntó Sandridge.

—Cuando viene —dijo Tonia—, suele quedarse dos días, y a veces tres. Gregorio, el hijo de la vieja Luisa, la lavandera, tiene una yegua muy rápida. Te escribiré una carta, diciéndote cómo puedes atraparle. Gregorio te la llevará. No vengas solo, querido, y ten mucho cuidado, ya que la serpiente de cascabel no es más rápida en su ataque que el Chivato, como llaman a Kid, en «sacar».

—Kid es muy rápido con su revólver, desde luego —admitió Sandridge —, pero cuando venga aquí a por él vendré solo. El capitán me escribió unas

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cuantas cosas que me hicieron desear capturar al Kid sin la ayuda de nadie.

Hazme saber cuando llegue Mr. Kid, y yo me encargaré del resto.

—Te enviaré el mensaje por medio de Gregorio —dijo la muchacha—. Sé que eres más valiente que aquel pequeño asesino, que nunca sonríe. ¿Cómo es posible que haya podido estar interesada por él?

El ranger se dispuso a regresar a su campamento. Antes de montar en su caballo levantó a Tonia del suelo con un solo brazo y se despidió cariñosamente de ella. La bochornosa tarde veraniega volvió a sumirse en una profunda quietud. El humo del fuego que ardía en el jacal, donde los frijoles hervían en la olla de hierro, surgía tan recto como una plomada por encima de la chimenea de arcilla. Ningún sonido ni movimiento turbaba la calma que envolvía al chaparral.

Cuando la forma de Sandridge hubo desaparecido, Kid se deslizó hasta el lugar donde se hallaba su propio caballo, montó en él y retrocedió por el tortuoso camino que había seguido al venir.

Pero no llegó muy lejos. Se detuvo a esperar en las silenciosas profundidades del chaparral hasta que transcurrió media hora. Poco después, Tonia oyó las notas desafinadas de su canción, cada vez más cerca; y corrió hacia el lindero del chaparral para recibirle.

Kid no sonreía casi nunca; pero sonrió y agitó su sombrero cuando vio a Tonia. Desmontó, y la muchacha se echó en sus brazos. Kid la contempló cariñosamente. Su rostro moreno, que habitualmente estaba tan rígido como una máscara de arcilla, parecía sacudido por una corriente subterránea de sentimientos.

—¿Cómo está mi muchacha? —preguntó, abrazándola.

—Enferma de tanto esperar, querido —respondió Tonia—. Me duelen los ojos de tanto mirar hacia el chaparral, esperando verte aparecer. Pero ahora estás aquí, amor mío, y soy completamente feliz. ¡Qué mal muchacho! No venir a ver a su alma más a menudo… Entra y descansa; yo cuidaré de abrevar a tu caballo y lo trabaré. En la jarra hay agua fresca para ti.

Kid la besó afectuosamente.

—No puedo permitir que una dama cuide de mi caballo —dijo—. Pero si me preparas un poco de café mientras yo le atiendo, chica, te quedaré eternamente agradecido.

Además de su habilidad con el revólver, Kid poseía otra cualidad por la que se admiraba mucho a sí mismo. Era muy caballero, como dicen los mejicanos, en lo que respecta a las damas. Siempre las había tratado con el mayor respeto. No podía hablarle rudamente a una mujer. Podía asesinar

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despiadadamente a sus maridos y hermanos, pero era incapaz de alzar un dedo contra una mujer. Muchas personas que le habían tratado superficialmente, se mostraban reacias a creer las historias que circulaban acerca de Mr. Kid. Y cuando les presentaban pruebas de algún hecho infamante cometido por él, decían que tal vez le habían obligado a hacerlo, y que, de todos modos, sabía tratar a una dama.

Teniendo en cuenta ese aspecto de la idiosincrasia de Kid y lo orgulloso que se sentía de él, no resulta difícil intuir que el problema que se le planteaba después de lo que había visto y oído desde su escondrijo aquella tarde (al menos en lo que respecta a uno de los actores) era de los más peliagudos. Y, sin embargo, no cabía imaginar a Cisco Kid atosigado por un asunto de tan poca monta.

Después del breve crepúsculo, se reunieron alrededor de una cena compuesta de frijoles, filetes de cabra, melocotón en conserva y café, a la luz de un farol en el interior del jacal. Más tarde, el antepasado se fumó un cigarrillo y se convirtió en una momia envuelta en una manta gris. Tonia lavó los escasos platos mientras Kid los secaba con un trozo de sacó de harina. Los ojos de Tonia brillaban; charló volublemente de los triviales acontecimientos que se habían producido en su pequeño mundo desde la última visita de Kid; los mismos que en las anteriores visitas.

Luego salieron al exterior y Tonia se tendió en una hamaca de hierba con su guitarra y Cantó melancólicas canciones de amor.

—¿Sigues queriéndome igual, nena? —preguntó Kid, liando un cigarrillo. —Exactamente igual, amor mío —dijo Tonia, acariciándole con sus

oscuros ojos.

Se produjo un corto silencio. Al cabo de un rato, Kid se puso en pie y dijo:

—Voy a llegarme a casa de Fink para comprar tabaco. Creí que llevaba otro paquete, pero se me ha terminado. Regresaré dentro de un cuarto de hora.

—Date prisa —dijo Tonia—. Y, dime… ¿Cuánto tiempo vas a quedarte esta vez? ¿Te marcharás mañana, dejándome con mi pesar, o te quedarás más tiempo con tu Tonia?

—¡Oh! Esta vez puedo quedarme dos o tres días —dijo Kid, bostezando

—. He estado huyendo durante un mes, y quiero descansar un poco.

Cuando regresó, al cabo de media hora, Tonia seguía tendida en la

hamaca.

—Me sucede una cosa muy rara —dijo el Kid—. Tengo la sensación de que hay alguien emboscado detrás de los arbustos, dispuesto a matarme.

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Nunca me había pasado una cosa así. Tendré que marcharme antes de que amanezca. La región de Guadalupe está en ascuas desde que me cargué a aquel viejo sheriff.

—No tendrás miedo… Nadie puede asustar a mi valiente.

—Bueno, hasta ahora nadie puede decir que soy un conejo, cuando llega el momento de dar la cara; pero no me gustaría tener complicaciones mientras me encuentro en tu jacal. Podría perjudicarte a ti…

—Quédate con tu Tonia; aquí no te encontrará nadie.

Kid contempló pensativamente, a través de la oscuridad, las lejanas luces del poblado mejicano.

—Ya hablaremos de eso más tarde —decidió.

A medianoche, un jinete se presentó en el campamento de los rangers, gritando desaforadamente para señalar su presencia e indicar que sus intenciones eran pacíficas. Sandridge y uno de sus hombres acudieron a su encuentro. El jinete se presentó a sí mismo diciendo que se llamaba Domingo Sales y vivía en el Lone Wolf Crossing. Traía una carta para el señor Sandridge. La vieja Luisa, la lavandera, le había convencido para que la trajera, porque su hijo Gregorio estaba enfermo y no podía cabalgar.

Sandridge encendió un farol del campamento y leyó la carta. Decía lo siguiente:

«Querido mío: Ya ha llegado. Apenas te habías marchado cuando se presentó. Al principio, dijo que se quedaría dos o tres días. Luego, pareció cambiar de idea y dijo que se marcharía antes de que amaneciera, y me habló de un modo muy raro, como si sospechara que no le he sido fiel. Estoy muy asustada. Le he jurado que le amo, que sigo siendo su Tonia. Y él me ha dicho que tengo que demostrarle que soy sincera. Cree que hay hombres emboscados entre los arbustos, dispuestos a matarle en cuanto se marche del jacal. Para huir, dice que se pondrá mis ropas, la falda roja, la blusa azul y la mantilla en la cabeza. Pero antes tengo que ponerme yo sus pantalones, su camisa y su sombrero, y salir del jacal montada en su caballo, dar unas vueltas por el chaparral y regresar. Así podrá ver si soy sincera y si hay hombres emboscados en el chaparral para matarle. Es horrible. Eso será una hora antes de que amanezca. Ven,

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querido, y mata a ese hombre. No trates de cogerle vivo. Mátale en cuanto le eches la vista encima. No quiero que corras riesgos inútiles. Puedes venir antes de la hora que te he indicado y esconderte en el pequeño cobertizo que hay cerca del jacal, donde guardamos el carro y los arreos. Nadie te verá. Él llevará mi falda roja, mi blusa azul y mi mantilla negra. Te envío un millar de besos. Dispara contra él en cuanto le eches la vista encima. Es lo más seguro.

Siempre tuya,

Tonia».

Sandridge explicó rápidamente a sus hombres la parte oficial de la misiva.

Los rangers se mostraron reacios a dejarle marchar solo.

—Será coser y cantar —dijo el teniente—. La muchacha le tiene bien atrapado. No podrá escapar.

Sandridge ensilló su caballo y cabalgó hacia el Lone Wolf Crossing. Ató al animal detrás de un macizo de arbustos junto al arroyo, cogió su Winchester y se acercó cautelosamente al jacal de Pérez. La luna, que se encontraba en su cuarto menguante, quedaba oculta a intervalos detrás de unas grandes nubes de color lechoso.

El cobertizo era un lugar excelente para apostarse; y el teniente se acomodó en él. Tuvo que esperar casi una hora antes de que dos figuras salieran del jacal. Una, vestida de hombre, montó rápidamente en el caballo que estaba delante dé la cabaña y emprendió un rápido galope en dirección al poblado. La otra figura, vestida con una falda roja, una blusa azul y una mantilla negra, permaneció en pie a la débil claridad de la luna, contemplando al jinete que se alejaba. Sandridge pensó que sería mejor aprovechar la ocasión antes de que Tonia regresara. Imaginaba que el espectáculo no sería del agrado de la muchacha.

—¡Arriba las manos! —ordenó, en voz alta, saliendo del cobertizo con la culata del Winchester apoyada en el hombro.

La figura se volvió rápidamente, pero no hizo ningún movimiento que demostrara que estaba dispuesta a obedecer, de modo que el ranger apretó el gatillo una, dos, tres veces… y luego dos veces más. Tratándose de Cisco Kid, había que asegurarse bien. A aquella distancia no podía fallar el tiro, ni siquiera en la semioscuridad que le rodeaba.

El viejo antepasado, dormido en su manta, se despertó con el ruido de los disparos. Tendió el oído y escuchó el grito que profería un hombre aquejado

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de un intenso dolor o de una enorme angustia, y se levantó gruñendo contra las «tonterías de los modernos».

El alto y enrojecido fantasma de un hombre irrumpió en el jacal, blandiendo una carta en una mano. Se acercó a la luz del farol y gritó:

—¡Mire esta carta, Pérez! ¿Quién la ha escrito?

—¡Ah! Es el señor Sandridge —murmuró el viejo, acercándose—. Pues, señor esa carta la escribió el Chivato… el novio de Tonia. Dicen que es un hombre malo; yo no lo sé. Mientras Tonia dormía, escribió la carta y le encargó a Domingo Sales que se la llevara a usted. ¿Ocurre algo? Yo soy muy viejo y no sé nada. ¡Válgame Dios! Este mundo está cada día más loco; y no hay nada en la casa para beber… nada para beber.

Lo único que Sandridge pudo hacer fue salir del jacal y dejarse caer boca abajo en el suelo, junto a su pequeño colibrí, que ahora no agitaba ni una sola de sus plumas. Sandridge no era caballero por instinto, y no podía comprender los refinamientos de la venganza.

A una milla de distancia, el jinete que poco antes había emprendido un rápido galope en dirección al poblado, rompió a cantar, con voz de coyote acatarrado, una canción que empezaba con las siguientes palabras:

No mosconees con mi novia Lulu,

si no quieres tener un disgusto…

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EL NUMISMÁTICO

EUGENE MANLOVE RHODES

EL día de las elecciones, en 1896, fue un día de gran jolgorio en Terrapin. Todos los mineros bajaron de sus campamentos de la montaña, vitoreando a Free Silver[26] y poniendo verde a John Sherman. También acudieron todos los vaqueros de la vecindad inmediata. En el Noroeste, la vecindad inmediata de cualquier punto es una extensión de terreno más que regular… digamos la extensión que un par de hombres pueden recorrer

rápidamente a caballo en los días que tardan en llegar allí.

Por la noche, Brown’s Bank[27] era un verdadero pandemónium. Los que regresaban del bar apenas podían sostenerse en pie. Una damita armada con un Dulcemente interpretaba suaves melodías, y unos cuantos de los reunidos la acompañaban con sus discordantes voces. El conjunto era como para hacer enfermar de añoranza a un fugado del manicomio.

Cuando llegué, la fiesta estaba en todo su apogeo. Traté de llamar la atención del hombre del estrado, gritando y haciendo gestos desaforados, ya que deseaba cumplir con mi obligación. Supe que había aullado, porque noté que mi mandíbula se desencajaba y que mi aliento salía con fuerza… pero no pude oír nada. Nadie aceptaría mi dinero. Sin embargo, me tendieron un par de copas de whisky, un puñado de cigarros y seis dólares en moneda fraccionaria. Los compañeros de Free Silver predicaban y daban trigo.

De modo que miré a mi alrededor en busca de alguna distracción. Las mesas de faro y de la ruleta estaban rodeadas por una gran multitud. Los croupiers sudaban como si estuvieran en un baño turco, agotados de tanto arrastrar dinero y empujar fichas. En la mesa de faro, un individuo tenía un bidón lleno de billetes y estaba apostando con una pala.

Me acerqué a las habitaciones donde se jugaba al póquer. Las dos estaban cerradas. Llamé.

—Tire su dinero por debajo de la puerta —aulló alguien desde dentro— y márchese.

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La perspectiva no podía ser menos alentadora. Seis meses de salarios en el bolsillo y ninguna acción a la vista. Salí del local para oírme a mí mismo pensar. En el porche estaba sentado un hombre, con las manos cruzadas alrededor de sus rodillas, contemplando la luna.

Le ofrecí un cigarro. Asintió, lo olió, y me tendió una caja de cerillas por encima de su hombro. Me gustó su aspecto.

Y su silencio resultaba muy agradable, también, después de la infernal barahúnda que mis oídos acababan de soportar. Más tarde descubrí que no siempre era tan silencioso. Era de aquella clase de hombres que alternan las largas parrafadas con los breves silencios.

No parecía un vaquero. Los vaqueros tienen el rostro curtido por el sol y el viento. Ni tampoco un minero. Sus manos eran blancas, y no tenían ningún callo. No estaba borracho, de modo que resultaba un personaje incomprensible para mí.

—¿Forastero? —le pregunté.

Asintió.

—¿Minero?

—Lo fui.

—¿Vaquero?

—Lo fui. En otros tiempos, hice de todo. Ahora soy simplemente un numismático.

Me senté a su lado para demostrarle que aquello no establecía ninguna diferencia para mí.

—¿Es… muy malo? —dije, con expresión compasiva.

—Un coleccionista de monedas raras —me explicó, riendo. Su risa resultaba agradable, también.

—¡Oh! Comprendo. ¿Lleva alguna encima?

—Sólo una. Tenga cuidado con ella —me dijo, entregándomela. La sostuve en alto, para verla a la luz. Era un antiguo dólar de hierro, completamente vulgar.

—¿Falso?

Se irguió, con expresión indignada.

—¡Oiga! —exclamó—. ¿Por quién me ha tomado?

Me gustaba, decididamente. Hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que entre un amigo que puede ayudarle a uno pero no quiere, y el enemigo que quiere perjudicarle pero no puede, no hay ninguna diferencia. De modo que sonreí, y al devolverle su dólar uní a él cinco monedas de oro de veinte dólares.

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Las examinó cuidadosamente, palpando sus bordes con las puntas de los dedos.

—Muy interesante —dijo—. ¡Qué hermosas son! ¡Y qué inscripciones más claras!

Y me devolvió las monedas.

—Son suyas, forastero —le dije—. Para su colección.

—Muchas gracias —replicó, dignamente—. Pero todavía no he llegado al extremo de tener que aceptar limosnas.

—No me ha comprendido —dije, yendo derecho al grano—. Quiero intentar una aventura. Soy muy supersticioso. El dinero regalado siempre trae suerte. ¿Por qué no lo acepta y tratamos de hacer saltar la banca?

—Esto es otra cosa —dijo el forastero—. Acepto con mucho placer… tanto más por cuanto conozco un sistema infalible para ganar a la ruleta, basado en una prolongada observación.

—¿Sí? —inquirí, empezando a sentirme preocupado por mis cien dólares. —Sí. He observado que, si uno juega el tiempo suficiente, siempre acaba perdiendo. Es una verdad casi matemática. Mi sistema consiste en jugar

fuerte, ganar y retirarme antes de empezar a perder.

—¿Cómo llegó usted a descubrirlo? —pregunté, empezando a alegrarme de nuevo por la inversión que había hecho—. Nunca he probado ese sistema, pero parece prometedor.

—En tal caso, vamos a probar fortuna —dijo el forastero—. La ocasión la pintan calva.

Nos encaminamos a la mesa de la ruleta. El croupier era un hombre de aspecto floreciente, acentuado por una sólida cadena de oro y varios anillos del mismo metal. Yo le conocía perfectamente. Cuando la suerte le era adversa lucía una estereotipada sonrisa, que se convertía en una risita socarrona cuando ganaba. Se llamaba Frenchy, y tenía la desagradable costumbre de asesinar a sus contrincantes en defensa propia, durante la ausencia de los amigos de su víctima. De este modo nadie podía contradecir su propio testimonio, ya que el muerto no estaba nunca en condiciones de desmentirlo. Un hombre peligroso, en una palabra.

El forastero inició las hostilidades apostando veinte dólares al negro. Ganó el rojo. Otros veinte dólares al negro. Ganó el negro. Frenchy empujó una moneda de diez dólares hacia el forastero, el cual la contempló con expresión apenada.

—He apostado veinte dólares —dijo, enarcando las cejas.

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—El límite de las apuestas son diez dólares —replicó tranquilamente Frenchy, poniendo de nuevo en movimiento la bolita—. No entorpezca el juego. Apueste, o deje su lugar a otro.

—Pero usted cogió mis veinte dólares de la apuesta anterior —dijo el forastero, parando la rueda—. No habrá apuestas esta vez.

Los curiosos dejaron de hablar y se apartaron a un lado, por si se producía un caso de «defensa propia».

Frenchy sonrió, enseñando los dientes.

—Usted perdió. Y yo recogí lo que había apostado. ¿Cree que voy a perder el tiempo comprobando una por una todas las monedas que se depositan sobre la mesa? Antes de empezar a jugar, debe usted informarse de las reglas del juego. Y ésta es mi ruleta, y yo soy quien impone las reglas. ¿Enterado?

—Enterado —dijo el forastero, contemporizador—. Cámbieme estas monedas de veinte dólares por otras de diez, por favor.

Se oyeron algunas risitas entre los curiosos. La cosa había perdido interés para ellos, viendo que el forastero se dejaba esquilmar de aquel modo. Y, sin embargo, el forastero no tenía aspecto de hombre paciente, inclinado a presentar la otra mejilla. Más de una risita se apagó al observar la fría sonrisa del forastero.

Cuando Frenchy empezó de nuevo a hacer girar la ruleta, teníamos la mesa casi para nosotros solos.

—Me declaro en favor de W. J. Bryan[28] —dijo el forastero, dejando caer diez dólares sobre cada uno de los cuadros marcados 16, 2 y 1.

—Veintisiete, rojo y McKinley —zumbó Frenchy, y recogió nuestros treinta dólares.

El forastero apostó treinta más a los mismos números, 16, 2 y 1. —¡Nueve, negro! ¡El Gran Republicano gana!

La cantinela de Frenchy era realmente exasperante.

El forastero volvió a adornar sus tres números con sus últimos treinta dólares. En el último momento, como asaltado por una repentina corazonada, colocó su dólar de hierro en el 0.

—Cero, verde —cantó Frenchy.

—¡Ganan los populistas! —exclamé, mientras Frenchy empujaba con su raqueta los treinta dólares hacia el forastero, añadiendo cinco más.

Treinta dólares repartidos entre el 16, el 2 y el 1. Luego dejó los otros seis dólares sobre el 00 verde.

—¡No soporto a los jugadores tímidos! —afirmó el forastero.

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Y salió el 00.

—¡Alfalfa! —aullé—. ¡Viva Grangers!

Las cosas se estaban poniendo bien, pero el forastero seguía tan despreocupado como antes.

—Seis por treinta y cinco son doscientos diez —dijo—. De modo que puedo ir al pleno.

Apostó diez dólares al 16, diez en cada una de las esquinas, diez en cada uno de los lados. La misma apuesta al 2, y otros diez dólares al 1.

—¡Gire la rueda! —exclamó—. ¡Una vida corta y feliz! La bolita estuvo dando vueltas casi un par de semanas. —Dieciséis, negro —anunció Frenchy.

Dirigí una rápida mirada a la rueda, para comprobar que mis oídos no me habían engañado.

—Y Bryan —sugirió el forastero.

—¡Bryan! ¡Bryan! —aulló la multitud.

Los mineros y vaqueros son demócratas ex officio, y la mala costumbre de Frenchy de defenderse a sí mismo les inclinaba hacia el forastero. Además, el forastero estaba ganando. Y esto siempre ayuda con las multitudes.

El pago de las apuestas fue algo complicado. Pero al final nos encontramos con un líquido de mil cien dólares. Los otros negocios del local quedaron suspendidos, y la multitud formó un cuadro, dejando a los gladiadores en el centro de la arena, con el espacio suficiente para que pudieran respirar.

—Ahora voy a vengar el crimen del 73 —dijo el forastero—. Parece que estoy aprendiendo.

Repitió la jugada. La bolita saltó hacia adelante y hacia atrás, entre el 2 y el 35, mientras la rueda giraba hasta catorce veces. Hubiera podido oírse el tictac de un reloj de bolsillo situado a diez millas de distancia cuando la bolita, con una última cabriola, se detuvo definitivamente en el dos.

—Dos, rojo —dijo Frenchy en tono asombrado, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

Nadie pudo gritar: la impresión había sido demasiado fuerte. Y nosotros nos encontramos con mil doscientos cincuenta dólares más.

—Antes de seguir jugando —dijo el forastero—, quiero preguntarle en cuánto valora la ruleta y la licencia de juego. Porque hasta el más tonto puede ver que esta vez la bolita se detendrá en el uno. La ciencia, la poesía, la lógica, el sentimiento y la justicia lo indican así. Y si va a responder usted con esa miseria —señaló con un gesto los escasos billetes que quedaban en la

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banca—, tendremos que rebajar el límite. ¡Oh! Estoy aprendiendo con mucha rapidez.

Frenchy se enfureció, pero no tenía argumentos para replicar. Si la predicción del forastero era acertada, no disponía de suficientes fondos para responder de la apuesta.

—Trae mi saco, Brown —gritó.

Brown abrió su caja fuerte y sacó una bolsa de cuero. Frenchy vació su contenido sobre la mesa: diez mil dólares, billetes de todos los tamaños, de cinco a mil dólares, y una cafetera llena de oro. —Hagan juego —dijo—. La casa responde.

El forastero empezó a distribuir sus billetes de diez dólares: las cuatro esquinas, los cuatro lados y el centro.

—No puede fallar —dijo—. Lo único que hace falta es disponer del dinero suficiente para esperar la racha —y siguió colocando billetes de diez dólares en el negro, en la primera columna, en la primera decena y del 1 al 18

—. Mr. Brown —añadió—, el caballero que conduce el juego le entregará a usted setenta dólares cuando la bolita se pare. Entretanto, sirva bebidas a todo el mundo.

Y dejó caer otros diez dólares sobre el 16 y sobre el 2.

Buz-z-z-z-z. La bolita empezó a saltar alegremente, mientras la rueda giraba. Buz-z-z-z. Click.

Frenchy parecía sumido en trance. Se pasó la lengua por los resecos labios y consiguió murmurar:

—Uno, negro.

Su voz sonó asombrada y horrorizada.

«¡Qué sueño más agradable! —pensé—. Es una lástima tener que despertar, pero ya se está haciendo de día».

Traté de abrir los ojos, pero no pude. No era un sueño provocado por la avaricia. El forastero era apenas visible detrás de una pirámide de ganancias.

—El Gran Demócrata gana —anunció—. Caballeros, ¿qué van ustedes a tomar?

—Supongo que la invitación me incluye también a mí —dijo un minero muy alto—. Estrictamente hablando, ahora no deseo beber, pero si me dice usted el número que saldrá a continuación, le quedaré muy agradecido.

Nadie deseaba beber… nadie se movió. Lo que deseaban eran más milagros.

—¿No quieren beber? —inquirió el forastero—. ¿Acaso rige la ley seca en Terrapin? Bueno, en tal caso, seguiré adelante con mis infernales

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propósitos. Apelo al buen criterio de los presentes; para que me digan si han oído hablar nunca de unas elecciones sin electores que voten dos veces…

Pero sus ojos, al hablar, no miraban a la multitud, sino que estaban clavados en Frenchy, observando cuidadosamente sus menores movimientos.

Adornó la mesa exactamente igual que la última vez, y contempló con expresión complacida el girar de la bolita. ¡Y juro por la salvación de mi alma que el número uno se repitió!

El forastero bostezó mientras recogía mil trescientos veinte dólares. —Gracias por su amable atención —dijo—, pero la diversión ha

terminado. ¿Alguien de ustedes puede prestarme una bolsa?

—¿Se le han enfriado los pies? —inquirió Frenchy en tono burlón. —¡Oh, no! Me encuentro perfectamente. Pero, si continúo jugando, puedo

perder —explicó el forastero—. Los números no se repiten nunca más de dos veces. De todos modos, ha sido una partida muy interesante.

—Por sus palabras, he deducido que es usted demócrata —dijo Frenchy

—. ¿Por qué no apuesta en favor de sus opiniones? Aquí hay siete mil dólares para apostar que McKinley resulta elegido.

—Eso es lo mío —dijo el forastero, resplandeciente—. Estoy completamente seguro de que Bryan va a gobernar el país, desde Dan hasta Milwaukee.

Le di un codazo, temiendo por nuestro montón de ganancias. No me importa apostar por una carta o por un caballo, pero la política es un mal asunto. Sin embargo, el forastero siguió adelante, impulsado por el fuego de sus convicciones.

La nariz de Frenchy se estremeció de placer. Me enteré del motivo más tarde, pero voy a contárselo a ustedes ahora mismo. Terrapin se encontraba a sesenta millas de distancia de la oficina de telégrafos más próxima. Pero aquel jugador de ventaja, sabiendo que todo el mundo estaba a favor de Bryan, había procurado recibir noticias directas de las elecciones, esperando obtener alguna ventaja de ello. Frenchy sabía que McKinley había resultado elegido desde medianoche. Y ahora, el ingenuo y confiado forastero iba a caer en la trampa.

—¿Apostaría usted algo? —preguntó Frenchy.

—No quiero abusar de mi ventaja —dijo el forastero—, de modo que voy a darle una oportunidad de recuperar su dinero. Dividiré mi capital en cinco partes. La primera parte será de mil quinientos dólares, los cuales le apuesto contra quinientos a que Bryan es nuestro próximo Presidente. Luego le apuesto mil quinientos dólares contra otros mil quinientos a que Bryan

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consigue la mayoría en treinta y seis Estados, los cuales anotaré en una lista que guardaremos en un sobre cerrado. La tercera parte, dos mil dólares, le dará una oportunidad de rehacerse, si tiene suerte. Concédame una ventaja de cinco a uno, y le apuesto esos dos mil dólares a que Bryan consigue la mayoría en otros cuatro Estados, cuyos nombres serán también depositados en un sobre cerrado, junto con el importe de la apuesta. La cuarta parte, de quinientos dólares, apostados contra otros quinientos a que he hecho una buena apuesta. Y la quinta parte, ciento sesenta y seis dólares, se quedará en mi bolsillo para comprar tabaco, sellos y otras menudencias.

—Por lo visto, quiere regalarme usted su dinero —dijo Frenchy—. De acuerdo. No tengo dinero suficiente para cubrir la ventaja de cinco a uno que me pide, pero incluso el Northern Pacific me prestaría lo necesario para una apuesta como ésa.

Se llevó a Brown a un lado, habló con él unos instantes en voz baja, y regresó con el dinero cuando el forastero había redactado y firmado los términos de la apuesta.

Frenchy los leyó en voz alta.

—Todos ustedes son testigos —dijo. Y estampó su pulgar en el documento—. ¿Quién va a hacerse cargo del dinero apostado?

—Vamos a depositarlo en la caja fuerte de Mr. Brown: el dinero, el documento y mis dos listas de Estados. Mañana por la tarde, cuando llegue la diligencia, sabremos quién ha ganado.

Cuando la caja fuerte de Mr. Brown se hubo cerrado, el forastero me dijo:

—Y ahora, mi querido amigo, voy a acostarme.

—¿Por qué no se retiró cuando le di con el codo? —le dije—. Lo ha estropeado todo.

—De veras que me sorprende usted. ¿No le he elevado a una posición de opulencia con mi talento y mi perspicacia? Su ingratitud me apena muchísimo… sobre todo en el momento en que vamos a doblar nuestro dinero.

—¡Talento! ¡Perspicacia! —exclamé burlonamente—. Fue una increíble racha de suerte. El único talento puesto en juego fue el mío, al tratar de impedir que cometiera esa locura. Yo había aportado el dinero, y tenía derecho a que usted me hiciera caso.

—Es usted mi socio —dijo el forastero tranquilamente—. La mitad del dinero es suyo, y todo, si lo necesita. Pero yo perdí su dinero. El que ahora tenemos procede de mi dólar de hierro. Mañana por la noche tendremos once mil dólares, y está usted quejándose. No soporto a los jugadores tímidos.

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—Y yo no soporto a los locos. Tiene usted oportunidad de ganar una sola apuesta, y esto es todo.

—Mañana por la noche se arrepentirá de haber llegado a unas conclusiones tan apresuradas. ¡Sígame, y llevará usted diamantes!

—Sí… en el asiento de mis pantalones —murmuré amargamente. Cuando nos despertamos, después de mediodía, se conocía ya el resultado

de las elecciones y todo el mundo se burlaba de nosotros.

Pero el forastero no había perdido su buen humor.

—Rumores… simples rumores —dijo—. Nuestro dinero está seguro, no lo dude. Me he encontrado en situaciones peores, y siempre he salido con bien de ellas.

Frenchy nos estaba esperando, con la más alegre de sus sonrisas.

—¿Se ha traído usted la bolsa? —le preguntó burlonamente al forastero. —Lamento tener que estropearle su alegría, amigo —respondió el

forastero.

Brown sacó de la caja fuerte el dinero y los pronósticos y abrió los sobres. —Apuesta número uno. —Leyó las cláusulas—. Bryan pierde. ¿Alguna

objeción?

El forastero sacudió la cabeza tristemente y empujó hacia su rival el paquete que contenía dos mil dólares.

—Apuesta número dos. —Brown abrió el sobre que contenía la lista de los treinta y seis Estados y leyó—: Connecticut, New York, Indiana, lllinois, Michigan, Minnesota…

No pudo contener su hilaridad, y rió y rió hasta que las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Frenchy le hizo coro con sus carcajadas.

—Bueno, no creo que la cosa sea tan graciosa —refunfuñó el forastero, en tono ofendido—. Me equivoqué en mis cálculos, de acuerdo. Pasemos a la apuesta siguiente.

—Tercera apuesta —anunció Brown. Se secó las lágrimas y abrió el sobre que contenía la lista de cuatro Estados—. Bryan obtendrá mayoría… — empezó. Palideció, se le pegó la lengua al paladar, y sus ojos se le salieron de las órbitas hasta el punto de que hubiera podido colgarse un sombrero en ellos.

—¡TEXAS! —aulló—. ¡Arkansas, Georgia, CAROLINA DEL SUR!

—Por lo tanto, he hecho una buena apuesta —observó el forastero, recogiendo el resto del dinero.

—¿Qué? —exclamó Frenchy—. Dijo usted que citaría otros cuatro Estados adicionales… cuarenta en total.

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—¡Oh, no! Otros cuatro, simplemente. Y esos cuatro no están en mi lista de treinta y seis. Ha perdido usted. ¿Por qué no se enteraba bien? Antes de jugar, hay que aprenderse las reglas del juego. Éste es mi juego, y yo impongo las reglas. ¿Enterado?

El revólver del forastero colgaba de su cadera derecha, pero, cuando Frenchy sacó, la mano derecha del forastero cogió la suya, en tanto que en su izquierda aparecía otro revólver como por arte de magia. Frenchy no pudo soltar su mano derecha, de modo que alargó rápidamente la izquierda y empuñó el revólver que pendía de la cadera del forastero. Pero perdió el tiempo apretando el gatillo, ya que el arma estaba descargada.

Creí que Brown y el camarero se lanzarían contra mi socio, pero no lo hicieron. Se limitaron a abrir la boca y a apoyar sus estómagos contra los cañones de mis dos revólveres.

—¡Maldita sea! —rugió Frenchy, dejando caer su revólver.

El forastero y yo salimos del local, pegados por la espalda como dos hermanos siameses, cubriendo con nuestras armas a los tres hombres.

—¿Qué le decía yo? —dijo el forastero, entrando en una carnicería. Allí pidió que nos dejaran utilizar las balanzas, y colocó nuestras ganancias en los platillos, hasta que se equilibraron—. Escoja la parte que más le guste, socio —continuó—. Su fe deja mucho que desear, pero maneja usted muy bien los revólveres, amigo.

A continuación nos dirigimos a un restaurante. Antes de que nos sirvieran lo que habíamos pedido, entró Billy Edwards. Era un comisario.

—¿Le importa que le pregunte su nombre? Frenchy lo desconoce. Y ha presentado una denuncia contra usted, por asalto a mano armada e intento de asesinato —dijo Billy cortésmente—. No me han dado aún la orden de detención, ya que ignoraban a nombre de quién había de dictarse.

¡A mí no se me había ocurrido preguntarle cómo se llamaba!

—Artemus G. Jones —dijo el forastero—. Siéntese y cenará con nosotros. —Ar… ejem. ¿Qué significa la G.?

La expresión de Artie se hizo algo preocupada.

—Galatians —suspiró.

—¿Cómo? ¿Le bautizaron a usted después de…?

—Me bautizaron después de una trifulca familiar —explicó Artie—. ¿No puede usted suprimirlo? Artemus G. basta para identificarme.

—Creo… creo que será más fácil de pronunciar —dijo Billy.

Después de cenar salimos del restaurante y fuimos en busca de la orden de detención. Billy detuvo a Artie y le desarmó.

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—Usted sabrá lo que se hace —dijo Billy—. Pero, en su lugar, yo estaría ya a muchas millas de aquí.

Teníamos que comparecer ante el juez Eliot. Frenchy contrató los servicios de un abogado patizambo llamado Satterlee, para que apoyara su demanda.

—¿Tiene usted asesoramiento legal, acusado? —dijo Su señoría.

—Un poco —dijo Artie afablemente.

—Adelante. Que comparezca el demandante.

Frenchy ocupó la silla de los testigos y contó una horrible historia de robo y violencia. Había ganado una apuesta sobre las elecciones al acusado, y el acusado se había llevado el dinero amenazándole con un revólver. Mostró la herida que tenía en la cabeza.

Brown y el camarero eran buenos testigos, pero cuando el juez les interrogó dijeron que Artie había recogido el dinero antes de que empezara la pelea, y que Frenchy iba armado. Y ni una palabra acerca de mi presencia de ánimo.

Artie dijo que no quería interrogarles. Su señoría estaba irritado.

—¿Quiere usted ocupar la silla de los testigos? —dijo.

Artie se desperezó.

—¡Oh, no! Creo que no vale la pena hacerle perder el tiempo. ¡Aaaaah! —bostezó.

El juez estaba furioso.

—Acusado, si tiene usted algún testigo favorable, llámelo.

Artie se puso en pie.

—Su señoría —dijo—, llame a Billy Edwards.

Billy dio su nombre, sexo, color y demás datos generales de la ley. Artie le preguntó:

—¿Me detuvo usted anoche?

—Sí.

—¿Estaba cargado mi revólver?

—Uno de ellos estaba descargado. El otro tenía cinco proyectiles — respondió Edwards.

—¿Estaba ensangrentado el revólver cargado?

—Terriblemente.

—Esto es todo —dijo Artie, despidiendo al testigo con un gesto—. Su señoría, nuestro amigo el Galo, llamado Frenchy, se encuentra delante de usted. Soy refinado por naturaleza. Una simple presión sobre el gatillo hubiera terminado con todas las dudas. Frenchy estaría completamente

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muerto. No lo está. Solicito que mi cliente, Artemus G. Jones, yo mismo, sea absuelto, y que se amoneste seriamente al demandante por hacerle perder el tiempo al tribunal. De haber querido matar a esa sabandija, hubiera disparado contra él. El revólver que estaba ensangrentado era el revólver de Artemus.

Y Artie se inclinó cortésmente ante el juez.

El abogado de Frenchy empezó a protestar, pero el juez le interrumpió bruscamente.

—Siéntese, Mr. Satterlee —dijo—. A menos que pueda usted demostrar que su cliente está muerto, el tribunal aceptará los alegatos presentados por la defensa.

—Ya me he callado, Su señoría —dijo Satterlee—. Y creo que mi cliente va a retirar su demanda…

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HOMBRES BUENOS Y SINCEROS

EUGENE MANLOVE RHODES

CAPÍTULO PRIMERO

Siempre creí que eran monstruos de leyenda. ¿Está vivo?

EL UNICORNIO

El sol y el viento de treinta y seis años al aire libre habían curtido las mejillas de Mr. Jeff Bransford, confiriéndoles un tono moreno-rojizo que contrastaba fuertemente con la blancura de la parte superior de su frente, cuando quedaba a la vista —como ahora— por haberse quitado el sombrero. Los mismos soles y vientos habían dibujado una red de finísimas arrugas en los ángulos de sus ojos; pero los ojos castaños no estaban apagados, y su rostro tenía una expresión de inquebrantable puerilidad; señal inequívoca del hombre desarraigado, y en consecuencia descuidado e irresponsable, que, como dice el refrán, «lleva la casa a cuestas».

El paso de Mr. Bransford era ágil y elástico: quizá tenía incluso cierta tendencia al contoneo, como el de alguien que está satisfecho de sí mismo. Dobló una esquina de la calle Temple, subió de dos en dos unos escalones y abrió la puerta de una oficina, en cuyo cristal figuraba la siguiente inscripción:

SIMON HIBLER

Procurador

—¿Puedo ver a Mr. Hibler?

El único ocupante de la habitación —un joven barbilampiño y campechano—, se levantó de su escritorio y avanzó unos pasos.

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—Mr. Hibler no está en la ciudad.

—¡Estupendo! ¿Y cuándo regresará?

Por lo visto, Mr. Bransford tenía un temperamento a prueba de pequeños contratiempos.

—Si he de decirle la verdad, lo ignoro. Ha ido a Arizona, cerca de San Simón… para tomarse un descanso.

—¡Hum! —La punta de la nariz del visitante se frunció ligeramente, en tanto que sus ojos castaños adquirían una expresión reflexiva; la ancha boca, bajo el bigote castaño, se contrajo como para emitir un suave silbido—. Desde luego que descansará. Apostaría cualquier cosa. ¡San Simón! ¡Hum! — Se encogió de hombros, un ángulo de su boca descendió caprichosamente, en tanto que la ceja del lado opuesto se arqueaba, dando a su rostro un aspecto indescriptiblemente raro: el lado en descenso expresaba una profunda melancolía, mientras que el resto de la cara conservaba su habitual aspecto de invencible alegría—. ¡San Simón! Bueno, tendré que contemplar mis dos pulgares hasta que regrese Mr. Hibler.

Alzó los pulgares y los contempló alternativamente, mientras canturreaba:

«¡Oh! Abandonó su hogar de Tombstone para marcharse a San Simón,

y se fugó con un navegante de la pradera».

El escribiente llevaba muy poco tiempo en El Paso, y no se había acostumbrado aún a las extravagancias y al buen humor que campaban a sus anchas en la región. Pero trató de ponerse a tono con su interlocutor.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted? —inquirió—. Soy el principal — y único— escribiente de Mr. Hibler.

—No-o —dijo el visitante en tono irresoluto, apartando los ojos de sus pulgares para posarlos en las encaladas paredes de Juárez, más allá del río[29]. No-o… Es decir, no, a menos que puedas venderme su rancho de Rainbow por un precio inferior al que realmente tiene. Ésa es la misión que me trae aquí, en nombre de Pringle, Beebe, Ballinger y Bransford. Yo soy Bransford.

—¿Jeff Bransford? ¿El capataz de Mr. Hibler? —preguntó el joven ávidamente.

—Mr. Jeff Bransford… capataz para Hibler… no de —rectificó amablemente Bransford. Sus pulgares estaban aún vueltos hacia arriba.

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Dándose repentinamente cuenta de ello, los contempló con una expresión intrigada.

—¡Vaya! ¡Cenará usted conmigo! —exclamó apresuradamente el joven

—. Mr. Hibler siempre está hablando de usted, y tenía muchas ganas de conocerle. Me llamo Aughinbaugh.

Sin bajar los pulgares, con los codos pegados al cuerpo, Bransford trasladó su mirada, con visible respeto, al aniñado rostro del escribiente, que se había cubierto de rubor.

Los ojos de Jeff se ensancharon; sus labios se entreabrieron ligeramente; los pulgares cayeron. Sin apartar la mirada del rostro de Aughinbaugh, se llevó una mano al corazón. Lentamente, cautelosamente, la otra mano rebuscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó un cuaderno de notas y un lápiz, apoyó el cuaderno en su rodilla y empezó a escribir.

—Vale más poseer un buen nombre que grandes riquezas —murmuró. Pero el propietario del buen nombre no estaba dispuesto a dejarse tomar el

pelo a costa de su patronímico.

—Bueno, a fin de cuentas, ¿qué sabe un vaquero acerca de la Biblia? — preguntó, en tono indignado—. ¡Creo que es usted una oveja vestida con una piel de lobo! No habla usted como un vaquero… ni tiene aspecto de vaquero.

Jeff contempló lo que estaba escribiendo, y luego miró a su interrogador. A continuación hizo una enmienda, cerró el cuaderno y volvió a levantar la mirada. Tenía una expresión divertida.

—¿Qué aspecto tiene un vaquero, exactamente? ¿Y cómo habla? — preguntó afablemente. Contempló con mucho interés la parte de su propia persona que podía ver, dando varias vueltas sobre sí mismo—. No veo nada anormal… ¿Acaso voy despeinado?

—¡Nada anormal! —replicó Arghinbaugh en tono severo, sacudiendo acusadoramente el dedo índice—. Todo usted es una anormalidad. Lo que el público espera…

La interrupción de Mr. Bransford puede ser omitida. No resulta apta para todos los oídos. Además, estaba plagiada del Comodoro Vanderbilt.

—¿Usted un vaquero? ¡Ja! —dijo sarcásticamente Arghinbaugh—. ¡Con una corbata de seda! Todo el mundo sabe que los vaqueros llevan un pañuelo de algodón, de color rojo.

—¿Cuánto tiempo hace que saliste de Nueva York? —¿Yo? Soy de Kansas City.

—Da lo mismo —dijo Bransford fríamente—. Quiero decir, ¿cuánto tiempo hace que llegaste a El Paso? ¿Y has salido alguna vez de la ciudad

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desde entonces?

—Llegué hace unos ocho meses. Y confieso que mis obligaciones… primero en el banco y después aquí, me han impedido moverme, a excepción de un par de viajes a Juárez. ¿Por qué?

—¡Vaya, vaya! —exclamó Jeff—. Veo en esto la mano del destino. No ha sido por casualidad que he llegado aquí mientras Hibler estaba ausente. Desde el principio del mundo estaba escrito que llegaría aquí en este preciso instante para explicarte lo que son los vaqueros. Durante casi veintiún años he estado almacenando veneno para descargarlo sobre alguien, y siento en mis huesos que tú eres el hombre. Te has dejado engañar, jovencito. No debes creer todo lo que leas, y sólo la mitad de lo que veas.

»En primer lugar, hablemos del vaquero “típico”. ¡Es evidente que tal personaje no existe! Tal vez la mitad de los vaqueros son de Texas, y la otra mitad de diversos lugares. Pero todos son iguales en una cosa: y es que cada uno de ellos es completamente distinto de todos los demás. Cada uno de ellos habla como le place, actúa como le place y —cuando no trabaja— viste como le place. En términos generales, todos visten de un modo muy parecido. Pero eso se debe a que las prendas que llevan han sido escogidas cuidadosamente y son las mejores… las mejores para la clase de trabajo que realizan.

—Se prueban todas las prendas y se quedan con las mejores —sugirió Aughinbaugh.

—Exactamente. Por ejemplo, el asunto del pañuelo. No lo utilizan en sustitución de la corbata. ¿Has visto nunca una sequía? Si la has visto, probablemente recordarás que resulta bastante polvorienta. Y cuando se conducen dos o tres mil cabezas de ganado, con un total de ocho a doce mil patas, por un terreno en el que no ha caído una gota de agua desde hace doscientos millones de años, la polvareda es tan espesa que un caballo no puede caer al suelo cuando tropieza. Entonces, el vaquero dobla su pañuelo en forma de triángulo, ata dos de las puntas, se coloca el nudo en el cogote y la parte amplia sobre la boca y sobre el puente de su nariz, y respira a través de la tela. ¿Comprendes? ¡El pañuelo es un filtro para impedir que el polvo llegue a los pulmones, y no un adorno! Suele ser de seda… no porque la seda sea más fina ni más bonita, sino porque a través de ella se puede respirar más fácilmente.

—Realmente, nunca se me había ocurrido… —empezó a decir Aughinbaugh. Pero Jeff le hizo callar con un gesto.

—No le hables al hombre que está al timón, hijo mío. Y todo lo que utiliza un vaquero para su trabajo, desde el sombrero a las botas, desde la silla

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de montar a la cama, tiene sus buenos motivos para ser tal como es, lo mismo que el pañuelo. Tomemos las botas de tacones altos, por ejemplo…

—Un momento —dijo Aughinbaugh en tono firme—. Estoy muerto de hambre. Deje que le lleve a usted a un restaurante y allí recuperaré las fuerzas. Luego iremos a mi cuarto y podrá usted descargar su corazón. Tal vez se sentirá mejor después de hacerlo. Pero, antes de que me describa su guardarropía, me gustaría saber por qué no dice usted «seguro», y «un cuerno», y otras expresiones por el estilo.

—Lo hago, querido, cuando se presenta la ocasión —dijo Bransford afectuosamente—. Son expresiones útiles, fáciles y cómodas, como la ropa y los zapatos viejos. Pero han de ir unidas a la ropa vieja. Y ahora, como puedes ver, llevo el traje «de los domingos», y mi lenguaje tiene que estar en consonancia con la ropa que llevo. Además, el estar asociado con Beebe me ha pulido un poco. Y voy a decirte otra cosa, hijo mío. Una gran mayoría de los vaqueros son analfabetos, y algunos de ellos son unos grandes tunantes, pero no hay ninguno que sea imbécil. No podrían conservar su trabajo. Si sus cerebros no funcionasen como es debido, lo pasarían muy mal. Y todos ellos tienen la oportunidad de recibir la educación de un caballero: «cabalgar, disparar y decir la verdad». Tienen que cabalgar y disparar… y decir la verdad resulta más fácil para ellos que para la mayoría de las personas, ya que no les importa un bledo que la verdad que dicen pueda molestar a alguien.

—¡Alto! ¡Por favor! —exclamó Aughinbaugh—. Es imprescindible que recobre las fuerzas.

Se dirigió a su escritorio y de uno de los cajones sacó una botella, la cual, en unión de un vaso, ofreció a Bransford.

—Gracias. Y tú, ¿no bebes? —dijo Jeff.

—Yo… bueno… tomo un traguito de cuando en cuando —respondió Aughinbaugh. Y sacó otro vaso.

Bransford llenó su vaso y pasó la botella al escribiente.

—¡A tu salud! —brindó Bransford.

—¡A la suya! —replicó Aughinbaugh.

CAPÍTULO II

La vida es un sucesión de cosas malas.

UN FILÓSOFO ANÓNIMO

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Aughinbaugh cerró la puerta detrás de él y se detuvo, muy divertido. Su entrada había pasado inadvertida, ahogada por el espasmódico click-click de la máquina de escribir que Jeff Bransford pulsaba con penosa abstracción. Por la frente de Jeff se deslizaban unas gotas de sudor que brillaban a la luz de la lámpara. Repasó la última línea, frunció ferozmente el ceño y empujó el carro hacia adelante. Sus inseguros dedos repiquetearon de nuevo sobre las teclas. Aughinbaugh canturreó burlonamente:

«Casio tiene una expresión triste y hambrienta; piensa demasiado: tales hombres son peligrosos»[30].

Jeff se volvió en redondo.

—¡Hola, jovencito! ¿Traes alguna noticia de nuestro patrono? —Se puso en pie con un suspiro de alivio y se secó la frente—. ¡Diablo! Tengo los dedos hechos polvo.

Ignorando la pregunta, Aughinbaugh dio un paso adelante, irguió su delgado esqueleto, abombó el pecho, colocó una mano sobre su estómago y declamó solemnemente:

—¡Ha llegado el momento de que todos los hombres buenos y sinceros acudan en ayuda del partido!

Jeff hizo una mueca indefinible.

—Esta noche voy a soñar esa maldita máquina. ¿Cuánto tiempo costó aprender a interpretar una melodía en ese maldito bicho?

—Tardé tres meses en aprender a tocar, pero llevo ya dos años tocando y todavía estoy mejorando. Calculo que usted necesitaría unos ocho años. Será mejor que lo deje correr. Pruebe a darle a un mazo o a un martinete. Estará más de acuerdo con sus posibilidades. Mire, Jeff, un buen mecanógrafo puede escribir perfectamente a oscuras.

—¿Ocho años? George, eres un optimista. He trabajado dos horas enteras en esa “sencilla frasecita”, como tú la llamaste, y no he conseguido escribirla ni una sola vez. Siempre me dejaba alguna letra. Una vez hice un poderoso esfuerzo y conseguí colocar todas las letras en el debido orden, pero me olvidé de darle al espaciador y me salieron todas las palabras juntas. Y eso que la frasecita no tiene todas las letras del alfabeto… Faltan la f, la j, la k, la ñ, la v, la x y la z.

—Bueno, le diré una frase que contiene todas las letras: “Tengo la vista muy buena; desde Texas, alcanzo a ver la faja de peñascos que hay en

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Kentucky”.

Jeff empujó hacia él papel y lápiz.

—Escríbela, y lo comprobaré.

Repitiendo lentamente las letras del alfabeto, fue tachándolas a medida que aparecían.

—¡Es verdad! Desde luego, el tipo que inventó esa frase sabía lo que se hacía, ¿no crees? ¿Por qué no me la dijiste antes? Me pregunto si será posible reunir todas las letras del alfabeto en otra frase tan corta…

—Lo veo difícil —dijo Aughinbaugh—. Es una frase muy rebuscaba. Pero no comparto su admiración por ella. Es muy elaborada, artificial y falsa. Compárela con la espontaneidad, la belleza, la cadencia, el fuego sonoro de la llamada sencilla, natural: “Ha llegado el momento de que todos los hombres buenos y sinceros acudan en ayuda del partido”.

»Si han tenido ustedes la fortuna de observar a una osa vieja contemplando a sus cachorros mientras juegan, y se han fijado en la expresión de su rostro —paciencia, tolerancia, resignación, mezcladas con orgullo y aprobación—, sabrán exactamente qué aspecto ofrecía Jeff. En cuanto a Aughinbaugh, tenía una expresión arrogante, su voz era campanuda y sus ojos brillaban de entusiasmo.

¡La frase contiene mucha filosofía! —continuó—. El único factor invariable de la mente humana es la firme convicción de que yo estoy en lo cierto, y de que toda oposición es necesaria, consciente y voluntariamente falsa. Esta creencia es la base de todas las instituciones humanas, de las castas, credos, partidos, estados y del propio patriotismo. Es la premisa en la cual se basan todas las guerras. Fíjese, ahora, cómo la humana naturaleza habla desde sus elementales profundidades, en la tranquila, complacida pero sincera suposición de que todos los hombres buenos y sinceros estarán incondicionalmente con el partido».

Se emocionó con sus propias palabras; golpeó la palma de una de sus manos con el puño cerrado de la otra. Jeff soltó una risita. George le fulminó con la mirada.

—Estoy de acuerdo con usted en que le faltan la f, la j, la k, la ñ, la v, la x y la z. Pero ¿qué son la f, la j, la k, la ñ, la v, la x y la z comparadas con la maravillosa perfección de esta frase inmortal? Esas letras que faltan simbolizan a los hombres malos y falsos que no acuden en ayuda del partido. ¡Lo único que merecen es la injusticia!

Hundiendo en los más profundos abismos a la f, la j, la k, la ñ, la v, la x y la z con un gesto sarcástico, Aughinbaugh llenó un vaso de agua, la sorbió

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lentamente, fulminó de nuevo a Jeff con otra severa mirada, hizo una pausa impresionante, se puso de puntillas con las manos extendidas, y continuó:

—¡Es la frase más excelsa de la literatura universal! Tendrían que colgarla en todas las paredes, incluirla en todos los libros de texto. Cuando, en una gran crisis, el poderoso hombre de Estado, el gigante intelectual o el honorable militar tienen que decirnos que la bandera está en peligro, tienen que mostrarnos que la nación debe escoger irrevocablemente entre el bien y el mal, ésa es la frase que pronuncian: «Ha llegado el momento de que todos los hombres buenos y sinceros acudan en ayuda del partido».

Inclinándose graciosamente, apartó unos imaginarios faldones de levita y se sentó, resplandeciente.

Jeff le contemplaba con expresión divertida, expeliendo grandes nubes de humo.

—Hablas muy bien, jovencito —dijo, finalmente—. Tomaste una juiciosa decisión al abandonar el banco y escoger la carrera de abogado. Tienes todas las cualidades para triunfar en el foro… o como vendedor ambulante. —Dio unos golpecitos a su pipa y bostezó perezosamente—. Por tus palabras he llegado a la conclusión de que no estás definitivamente clasificado, etiquetado y catalogado en el terreno político…

—Soy un consecuente y humilde seguidor —replicó George— del sabio Demócrito, el cual es conocido como el Filósofo de la Risa. Yo me río. Y por lo tanto puedo decir, parodiando las palabras de un famoso político: ¡Soy un Demócrita!

Jeff sonrió, enseñando los dientes.

—Creo que yo también lo soy… aunque no lo he sabido hasta que tú me lo has dicho. Ahora tengo un partido, al menos —y ahora es el momento para todos los hombres buenos y sinceros—, y esto me recuerda, mi joven y exuberante amigo, que no me has dicho aún cuándo piensa regresar nuestro estimado y respetado patrono.

—No me gusta el tono que adopta usted al hablar de Mr. Simon Hibler — dijo George severamente—. Es de una absoluta falta de respeto. Y todavía me gusta menos su insistencia en referirse a él como a «nuestro» patrono. Conduce a la suposición de cierta igualdad en nuestras respectivas posiciones, y no estoy dispuesto a tolerarlo. —Se acercó a la chimenea, jugueteando con la cadena de su reloj; su tono y sus modales eran de lo más pomposo—. En un sentido, desde luego, puede decirse que Mr. Hibler nos emplea a los dos. Pero he de hacerle observar que un ancho golfo separa la condición social de un cuidador de vacas, estólido y atontado, de la de un Blackstone en potencia…

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como yo. Yo acepto una posición y recibo un salario. Usted desempeña un trabajo y cobra un sueldo. Además, el pasante de un abogado se casa siempre con la hija más joven de su jefe y de este modo ingresa en la firma. Por cierto, Hibler no tiene ninguna hija. Debo recordárselo. «Hibler & Aughinbaugh, Procuradores». Quedará bien en letras plateadas sobre un fondo azul oscuro, ¿eh, Jefferson? Pero, me estoy dando cuenta de que mi lógica indignación me ha desviado de su pregunta. No, amigo mío, no sé cuándo regresará a El Paso Mr. Hibler. ¿Está cansado ya de las delicias ciudadanas, Mr. Bransford?

—Estaba cansado de las delicias ciudadanas mucho antes de que te vistieran de largo, jovencito —observó Mr. Bransford—. Sin embargo, me quedaré en El Paso hasta que llegue Mr. Hibler. Tal vez me aburra un poco durante el día, pero pasaremos unas noches estupendas. Eres un espectáculo muy divertido. ¡Continúa con tu papel de Julio César!

—Su actitud es de una gran ingratitud —dijo George—. Y perdone la involuntaria rima. Me afano en instruirle y elevarle. Podría estar usted absorbiendo delicadeza y buen criterio por cada uno de sus poros, adquiriendo amor a la verdad, a la bondad y a la belleza… ¡y está simplemente divertido! Resulta descorazonador. En cuanto a este precioso volumen, esta obra maestra del genio de William Shakespeare… el cual, dicho sea de paso, no pienso leer…

—¡Oh! Desde Juego que vas a continuar leyéndolo. Casi habíamos llegado al final. Estábamos en aquello de «la-voluntad-nos-da-la-voluntad, tenemos-la-voluntad-de tener-la-voluntad».

—Es usted un haragán. ¿Por qué no lo lee usted mismo? No tiene nada que hacer. En cambio, yo tengo que trabajar.

—Lo he leído de cabo a rabo, y más de una vez. Pero —dijo Jeff en tono de admiración— me gusta oír cómo lo lees tú. Tienes una voz tan encantadora, Mr. Crow…

Aughinbaugh se inclinó profundamente.

—¡Gracias, Mr. Bransford, muchas gracias! Pero soy un hombre a prueba de adulaciones, aunque sean tan sutiles e insidiosas como las suyas. A partir de ahora, no leeré ningún libro completo para usted. Escogeré obras adecuadas a sus condiciones personales, y me limitaré a leer lo suficiente para estimular su perezosa mente. Esta noche, por ejemplo, leeré algunos párrafos destacados de La Revolución Francesa, de Carlyle. No comprenderá usted absolutamente nada, pero sentirá despertar su interés y su curiosidad. Luego podrá satisfacerla con lecturas complementarias que le indicaré.

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—¿Seguro que no vamos a hacernos un lío con tanto libro? —inquirió Jeff.

—Ése es el único modo adecuado de estudiar historia —respondió George

—. Leer historia ligeramente, acerca de algún período, luego leer las mejores obras poéticas o novelescas que traten de los mismos acontecimientos. Luego volver de nuevo a la historia. Los personajes serán para usted seres reales y no simples nombres. Y se encontrará en condiciones de comprenderlos. —Cogió un libro de la estantería—. Ahora leeré para usted unos cuantos párrafos que tratan de la toma de la Bastilla.

Fuera, un borrascoso viento de marzo gritaba y gemía en las temblorosas puertaventanas; dentro, las llamas ardían alegremente en el hogar, llenando de sombras los polvorientos rincones. La voz de Aughinbaugh temblaba de piedad o ardía de indignación. Y Bransford, mientras escuchaba aquel pasmoso y caótico drama de un incoherente Mundo de Orates, veía, entre las llamas del fuego, sombras confusas que iban y venían, apasionadas, terribles y espantosas. Y entre las espirales de humo que ascendían por la chimenea surgían formas aún más terribles, abominables, demoníacas, malignas… Formas proteicas que cambiaban, disminuían, saltaban y rugían en una charca sulfurosa, batida por todos los vientos. De cuando en cuando, al disolverse el humo, la claridad de las llamas permitía ver los rostros, resueltos, indomables… desapareciendo inmediatamente para dar paso a nuevas formas. Visiones tristes, algunas monstruosas, algunas heroicas, todas despiadadas.

«Las viejas piedras de la Bastilla se desmoronan; sus archivos de documentos quedan a la vista. Los antiguos secretos dejan de serlo, y las desesperaciones largo tiempo enterradas encuentran voz. Leamos este fragmento de una amarillenta carta: “Si para mi consuelo Monseñor quisiera concederme, por el amor de Dios y de Su Santísima Trinidad, la gracia de tener noticias de mi querida esposa. Aunque sólo fuera su nombre escrito en una tarjeta para demostrar que sigue estando viva. Sería el mayor consuelo que podría recibir; y bendeciría siempre la bondad y la grandeza de Monseñor”. ¡Pobre prisionero, que firmaba Queret-Demery! ¡Tu querida esposa está muerta! Pero tu petición resonará durante mucho tiempo en los corazones de los hombres».

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Un largo silencio. El fuego estaba casi apagado. En su leve reflejo había ahora una forma borrosa: un anciano, escribiendo, en una celda de piedra.

Aughinbaugh cerró el libro. Sus ojos estaban húmedos.

—Una de las novelas más famosas que se han escrito, Una Historia de dos Ciudades, está basada en aquella carta. Léala mañana, y luego vuelva a leer La Revolución Francesa. ¿Vendrá usted mañana por la noche?

Jeff se puso en pie, riendo.

—Me recuerda usted a mi compañero de habitación en la escuela.

—¿Cómo dice? ¿Dónde? —preguntó George, asombrado.

—¡Oh! Sí, he estado en la escuela, aunque no mucho tiempo. Cuando los muchachos prolongaban demasiado la velada, mi compañero bostezaba y me decía: «Jeff, creo que será mejor que nos vayamos a la cama. ¡Esos chicos tendrán ganas de marcharse!».

—¡Oh! Bueno, son casi las doce —dijo George, sin darse por aludido—. Y, si usted no tiene que hacerlo, yo tengo que trabajar. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!

Pasó un tranvía, dejando una estela de azuladas chispas. Jeff prefirió ir a pie, acompañado de sus históricos fantasmas: sus pasos resonaban a través de las crujientes hojas. El viento había amainado; la noche era oscura y fría. Aughinbaugh vivía en los arrabales de la zona residencial; a aquella hora, las calles estaban desiertas. Jeff llevaba unos diez minutos andando cuando, al doblar una esquina, vio a un hombre alto, vestido de gris, que avanzaba por la otra acera en dirección contraria a la suya. El hombre vestido de gris se detuvo debajo de un farol, dejó que pasara un soñoliento cochero que conducía un coche de caballos, y luego cruzó diagonalmente la calle hacia Jeff, silbando mientras andaba. Estaba a medio camino cuando otro hombre, bajito y rechoncho, surgió repentinamente por detrás de Jeff, pasando tan cerca de él que hubiese podido tocarle. Su aparición fue tan inesperada —ya que el sonido de sus pasos quedó apagado por el ruido del coche—, que Jeff quedó momentáneamente desconcertado. Se detuvo durante una fracción de segundo. El reloj de un campanario empezó a dar la medianoche.

A continuación, los acontecimientos se sucedieron con la centelleante irrealidad de un sueño. El segundo hombre cruzó la calle para encontrarse con el primero. El negro cañón de un revólver centelleó a la luz del farol; inmediatamente disparó. El hombre vestido de gris se tambaleó y retrocedió unos pasos. Pero, a pesar de que había sido atacado de un modo tan

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imprevisto, reaccionó con tanta rapidez que a continuación los dos hombres dispararon al mismo tiempo.

Jeff se recobró de su asombro para darse cuenta de que estaba en peligro; se encontraba en la línea de tiro, directamente detrás del hombre bajito. A la izquierda, al otro lado de la calle, se erguía la sombra de un árbol. Jeff echó a correr hacia aquella providencial protección, dio un salto… y se zambulló de cabeza en un costillar humano.

Un proyectil de ciento sesenta libras no es moco de pavo, y la velocidad inicial de Jeff fue la más elevada que pudo extraer de sus piernas. El propietario del costillar dio con sus huesos en tierra, más allá de las sombras. Un hombre inmenso, que respiraba agitadamente y empuñaba un revólver, con el índice apoyado en el gatillo. Como un relámpago, Jeff captó la gravedad de la nueva situación y su mano izquierda aferró el revólver del gigante caído a su lado. Los dos hombres lucharon por la posesión del arma; y si el gigante hubiese girado sobre sí mismo, su peso le hubiera bastado para aplastar a Jeff. Pero se trataba de un hombre de ideas fijas… y tenía un segundo revólver. Un violento tirón le libró de Jeff, pero éste mantuvo su desesperada presa en el revólver. El segundo revólver centelleó en la mano izquierda del gigante, y escupió una roja llamarada; pero Jeff había sacado su propio revólver y golpeó de abajo arriba el arma de su rival: la bala silbó por encima de su cabeza. Jeff estaba ahora en pie, luchando por su vida, en una lucha absurda, irreal. Volvió a golpear el revólver del gigante, y se asombró al comprobar que una parte de su mente permanecía atenta a los dos hombres iluminados por la claridad del farol; seguían disparando, el coche de caballos se había detenido y unos hombres corrían hacia él, gritando. El gigante parecía haber comprendido al fin el partido que podía sacar de su enorme fuerza, y se lanzó contra Jeff como una catapulta. Jeff hizo fuego. El gigante se detuvo en seco, como agarrado por una mano invisible, se tambaleó y se desplomó pesadamente. En aquel mismo instante, una miríada de estrellas brilló a través de una infinita negrura, y Jeff perdió el conocimiento.

El reloj dejó oír la doceava campanada.

Capítulo III

Por favor, marchaos y dejadme dormir: prefiero dormir que comer.

EL HARAGÁN

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—Ya vuelve en sí. Este hombre tiene un cráneo de hierro. Un culatazo de un cuarenta y cinco como el que ha recibido es capaz de acabar con cualquiera. ¿Qué va usted a hacer con él, juez?

—No lo sé. Me da en la nariz que sería un hombre valioso para nosotros. Lo que ha hecho ha sido algo extraordinario. Si me hubiesen jurado que alguien se enfrentaría con Oily Broderick y sus dos revólveres, y saldría del lance acabando con él y con un simple chichón en la cabeza, no lo hubiera creído… —La voz era pastosa, clara, lenta, bien modulada—. Tal vez podríamos convencerlo para que se uniera a nosotros. Si no…

Las palabras llegaban hasta Jeff desde una incalculable distancia. Estaba flotando sobre una nube algodonosa: una nube que se balanceaba con un movimiento adormecedor. Jeff se dejó llevar por el balanceo. Debajo y un poco más adelante, una alta montaña surgía bruscamente del mar. Una montaña de peñascos redondeados. El contorno le pareció familiar. ¡Madagascar, desde luego! Jeff dio la vuelta a la nube, la cual se hundió en lentas y graciosas espirales hacia el pico de la montaña. Indudablemente, las voces procedían de allí. Las palabras parecían tener una inexplicable relación con alguna circunstancia que no podía recordar. Su memoria estaba como aletargada. Sin embargo, no le importaba. Se dejaba llevar, en medio de una deliciosa inconsciencia.

Introdujeron algo duro entre sus dientes; un ardiente líquido se deslizó por su garganta. Jeff abrió la boca, como si se estuviera ahogando; luego abrió los ojos. Comprobó, decepcionado, que la nube había desaparecido. Un brazo le estaba sosteniendo. Unas misteriosas mantas aparecieron delante de él. Sobre ellas reposaba un brazo y una mano vendada. La mano le dolía mucho a alguien. Jeff se preguntó a quién pertenecería. Miró fijamente aquella mano durante un largo espacio de tiempo y, finalmente, descubrió que era suya. ¡Un descubrimiento muy poco alentador!

Inmediatamente, sintió un terrible dolor en la cabeza. Levantó la otra mano… y comprobó que también su cabeza estaba vendada. Añoró Madagascar más que nunca. Cerró los ojos para reflexionar. Al cabo de un rato volvió a abrirlos, y vio una silla con el respaldo vuelto hacia él; sentado a horcajadas en la silla, un hombre de edad mediana, alto, bien vestido, bien afeitado y, según le pareció a Jeff, innecesariamente alegre. Sus ojos chispeaban; sus manos, blancas y bien cuidadas, estaban indolentemente apoyadas en el respaldo de la silla. En uno de sus dedos lucía un rubí. Detrás de él, en otra silla, había un hombre gordo, con una espesa barba, una nariz

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aplastada y unos ojillos porcinos. Tenía las piernas cruzadas y fumaba una repugnante pipa. Detrás de aquellos dos, había otros hombres. Jeff se disponía a dedicarles su atención, cuando el hombre sentado a horcajadas le dirigió la palabra.

—¿Cómo se siente, mi joven amigo? Un poco aturdido, ¿verdad? ¿Le duele la cabeza? —Mostró sus blancos dientes en una sonrisa amistosa; su voz era suave y jovial—. ¿Se encuentra lo suficientemente bien para comer algo? Con la reciente y desagradable impresión, y el prolongado ayuno, debe sentirse muy débil.

Jeff contempló al hombre mientras digería sus palabras.

—Un poco de café —murmuró finalmente—. Ahora no podría comer nada. Tengo unas náuseas atroces. ¡Apague esa apestosa pipa!

El hombre de la voz suave emitió una regocijada risita, como si aquella perentoria orden le pareciera sumamente humorística.

—¿Se ha enterado, Borrowman? Evidentemente, Mr. Bransford es uno de aquellos hombres que desean lo que desean cuando lo desean. Traiga un poco de sopa, también. Cuando se haya bebido el café se sentirá mejor.

El hombre que atendía por Borrowman desapareció arrastrando los pies. Jeff echó la cabeza hacia atrás y meditó. Sus ojos medio cerrados contemplaron lo que le rodeaba. Paredes encaladas, una puerta con una enorme cerradura, ninguna ventana —un detalle muy raro—, suelo y techo de troncos sin desbastar, un pequeño hogar, dos sillas, una mesa de madera de pino, una lámpara encendida. La mirada de Jeff volvió a posarse en el hombre que ocupaba la silla y descubrió que los ojos azules del caballero le estaban contemplando con una expresión humorística y divertida… una expresión que recordaba la de los ojos de un gato cuando se divierte a costa de un ratón. En medio de su debilidad, Jeff encontró desconcertante aquella mirada felina.

Llegó el café, y la sopa. Cuando Jeff hubo dado cuenta de ambos, el hombre de la silla se puso en pie.

—Bueno, ahora vamos a dejarle al cuidado de nuestro buen Borrowman —dijo, dejando al descubierto sus dientes, blancos y simétricos—. Volveré esta noche y, si se siente usted más fuerte, hablaremos con más calma. Ahora, procure dormir.

El consejo parecía bueno. Jeff se disponía a seguirlo, cuando una insidiosa idea se introdujo en su mente.

¿Esta noche? Entonces, en aquellos momentos era de día. Y, si era de día, ¿por qué tenían encendida la lámpara? El problema era demasiado complicado para Jeff. Seguía pensando en él cuando se quedó dormido.

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Al despertar, la lámpara seguía encendida; el hombre gordo estaba sentado junto al fuego. Cuando volvió la cabeza, súbitamente, Jeff quedó asombrado al observar que este hombre gordo tenía unas facciones completamente distintas. ¡Era algo extraordinario! Unas facciones de rasgos duros, igualmente antipáticas, pero limpias, al menos. ¡Qué cosa más rara!

Al cabo de un rato, Jeff encontró la solución, una solución muy sencilla: ¡no se trataba del mismo hombre! Se preguntó por qué no se le había ocurrido antes. Ahora le parecía haberse convertido en un cuerpo completamente rodeado de hombres gordos… no… eso no era cierto. «Permitidme… permitidme nombrar al Tribunal Supremo de una nación, y no me importará quién haga las leyes». No, ésta era la banda de John Wesley Pringle. ¡El bueno de Wes! ¿Dónde estará? Wes no estaba gordo. De repente, se produjo un chasquido… y Jeff recordó.

No lo recordó todo a la vez. Permaneció tendido, con los ojos cerrados, uniendo retazos de recuerdos, poco a poco. Era como un rompecabezas: había que ir ajustando los trozos, identificándolos por sus contornos, haciendo que encajaran unos con otros; y, cuando Jeff tuvo un cuadrado perfecto, volvió a quedarse dormido, esta vez apaciblemente.

Capítulo IV

Compañero, tu puntería es excelente, y si tu corazón es tan bueno como tu mano, eres superior a Robín Hood.

GUY DE GISBORNE[31]

Cuando Jeff despertó, el hombre de voz suave y manos blancas estaba sentado de nuevo junto a la cama, en la misma actitud ecuestre, sonriendo agradablemente.

—¿Cómo se siente ahora nuestro joven amigo? Confío en que mucho mejor. Hemos gozado de un prolongado y reparador sueño. ¿Está nuestro cerebro completamente claro?

En aquel momento, el hombre gordo se puso en pie silenciosamente y salió del cuarto.

—Nuestro joven amigo está muy hambriento —dijo Jeff—. El cerebro de nuestro joven amigo está claro, pero la cabeza de nuestro joven amigo está dolorida. ¿Dónde estoy? ¿En la cárcel?

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Se sentó en la cama y empujó hacia atrás el vendaje para poder ver mejor.

El jovial caballero se echó a reír.

—¡Qué tipo más divertido es usted! —exclamó—. ¡Y vaya cráneo duro el suyo! ¿En la cárcel? Bueno, en realidad no puede llamársele cárcel. Digamos que se encuentra usted en una especie de refugio, utilizado a veces por caballeros que desean apartarse temporalmente de la sociedad. Está usted también, aunque me apene el decirlo, en una situación apurada. —Sacudió tristemente la cabeza—. ¡Muy apurada, en realidad! Involuntariamente, y obedeciendo a un impulso caballeresco —el cual habla mucho en su favor, se lo aseguro—, ha tenido usted la desgracia de estropearme un plan cuidadosamente elaborado. Si yo no fuera un hombre que piensa con rapidez y que es maravillosamente fértil en recursos, su oficiosidad podría haberme colocado en una desagradable situación. Sin embargo, en el escaso tiempo de que dispuse, conseguí modificar mi plan de un modo satisfactorio… me atrevería a decir que más satisfactorio aún que en su trazado primitivo.

—¡No diga más! —exclamó Jeff—. Planeó usted un asesinato a medianoche, y el resultado no fue el apetecido. Usted es uno de los hombres que iban en el coche de caballos. Se produjo una lucha…

—¡Desde luego! —le interrumpió el caballero—. ¡Y vaya lucha! ¡Fue algo magnífico! Puede creer, mi querido Bransford, que me hizo sentir una gran admiración hacia usted. Su adversario era una persona temible, muy aficionada a apretar el gatillo de su revólver…

—Perdone que le interrumpa —dijo Jeff—, pero parece tener usted una gran ventaja sobre mí en materia de nombres.

—¡La tengo, mi querido amigo, la tengo! Como puede suponer, lo primero que hice fue registrar sus bolsillos. Me llamo Thorpe: S. S. Thorpe. Espere… aquí está mi tarjeta. Como verá, tengo el título de «Honorable», ya que durante algún tiempo fui Senador. Llámeme Juez. Nunca he ocupado esa elevada posición, pero todos los muchachos me llaman Juez. Bueno, estábamos hablando de su adversario. ¿Le conocía usted, quizás? ¿No? Era Mr. Broderick. Mr. Oily Broderick, de San Antonio, un hombre bastante famoso. ¡Le echaremos de menos, Mr. Bransford, le echaremos de menos! ¡Era un hombre muy útil! Pero veo que sus ojos están formulando una pregunta: ¿Muerto? Sí, amigo mío. Muerto y enterrado hace muchas horas. La bala que le disparó usted le atravesó limpiamente el corazón. ¡Una triste pérdida! Pero, voy a hacer un inciso. Estoy muy interesado en saber hasta qué punto es exacto su análisis de la situación.

—El hombre bajito… ¿resultó también muerto? —preguntó Jeff.

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—Sí, Krouse murió también —dijo el Juez Thorpe, suspirando resignadamente—. Pero Krouse era un elemento sin importancia. Muy chapucero, ¿sabe? ¡Continúe!

—Su presunta víctima parece haber escapado.

—Sobrevivido —rectificó amablemente el Juez Thorpe, examinando con aire complacido sus bien cuidadas manos—. Sobrevivido encaja mejor, créame. Capitán Charles Tillotson, de los Rangers[32]. Un estimable caballero, con el cual, lamento decirlo, no mantenía relaciones demasiado amistosas. A nuestra enemistad política —y no necesito recordarle que en el Suroeste las enemistades políticas son sumamente encarnizadas—, vino a añadirse más tarde cierta rivalidad social. Pero, me estoy apartando de la cuestión. Decía usted…

—Yo no digo nada —replicó Jeff—. Se lo dice usted todo. Al no conseguir liquidar a su enemigo, decidió usted asesinar su buen nombre, haciendo que las apariencias le hicieran figurar como el atacante… y por eso me ha quitado de en medio como posible testigo.

—¡Exactamente! Es usted un hombre de los que a mí me gustan: inteligente y perspicaz —dijo el Juez Thorpe—. Y eso que desconoce las premisas del caso. Estoy convencido de que, cuando le cuente todos los detalles, compartirá usted mi entusiasmo.

Jeff estaba pensando rápidamente. Recordó lo que había oído acerca de Thorpe. Era muy conocido como un poderoso y rico político de El Paso, que en su juventud había sido un peligroso pistolero. Posteriormente, sin embargo, se había convertido en un personaje respetable y respetado, olvidadas sus juveniles flaquezas.

La apabullante franqueza de su confesión no resultaba tranquilizadora para Jeff. Evidentemente, se hallaba indefenso en poder de este hombre, y su vida había sido conservada por algún siniestro y vergonzoso propósito.

—Antes de favorecerme con el relato de otros detalles, Juez —dijo Jeff—, ¿no podría darme una bota vieja para masticar?

—¡Qué maravillosa presencia de ánimo, qué nervios más espléndidos! — exclamó el Juez—. ¡Le felicito! Nuestro buen Mac se marchó, en cuanto se despertó usted, a prepararle un filete, huevos y café. Le ruego que me perdone por no poder ofrecerle algo mejor. Pero estamos aquí en plan de… digamos retiro, y no deseamos llamar la atención. Por el mismo motivo nos hemos visto obligados a abstenernos de llamar a un médico para que le atendiera. Yo mismo le he cuidado, lo mejor que me ha sido posible. Ahora nos ocuparemos de usted por dentro. Mac es un excelente cocinero.

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—Más limpio que Borrowman —dijo Jeff.

—Sí —asintió el Juez—, mucho más limpio que Borrowman. Le preparará lo que la despensa permita. No tiene más que pedir. Y ahora, mientras esperamos, volveré a mi historia.

—Me encontraba, tal como usted ha dicho, en el coche de caballos, en compañía de mi buen amigo, colega y teniente, Mr. Sam Patterson. Habíamos telefoneado a Krouse y a Broderick, diciéndoles que Tillotson iba en busca suya. Teníamos que ser testigos de que Krouse actuó en defensa propia… lo mismo que el cochero y que Broderick. Broderick debía mantenerse a la expectativa, sin intervenir más que en caso de que Krouse fracasara en su intento. Suponíamos que Krouse mataría a Tillotson sin dificultades. Pero, como ya le he dicho, Krouse era un chapucero. Infligió a Tillotson tres heridas, dolorosas pero no graves; incluida una que rozó el cráneo y produjo inconsciencia.

El hombre hablaba con tan desvergonzado deleite de sus malvados propósitos que Jeff empezó a preguntarse si, después de todo, no se hubiera ahorrado muchas dificultades si Broderick le hubiera matado. Pero se sobrepuso a tan tétricos pensamientos para que el sonriente monstruo no pudiera adivinar su verdadero estado de ánimo.

El Juez continuó:

—Tal era la situación cuando yo llegué. Una situación comprometida, desde luego. Cualquier otro hombre hubiera acabado con Tillotson allí mismo. Pero yo conservé la serenidad; me dominé perfectamente. Los disparos tenían que haber llamado la atención y no tardarían en presentarse los vecinos. Le subimos a usted al coche y le trasladamos aquí. En cuanto al cochero, puedo decirle que se presentó a declarar a la mañana siguiente, y que lo hizo de un modo muy eficaz, confirmando en todos sus puntos nuestro testimonio; justificando su rápida fuga en el temor de recibir un balazo.

»El revólver que Broderick tenía en su mano derecha no había disparado, como usted recordará. Sus rígidos dedos seguían empuñándolo. Cogí su otro revólver, le quité el cinturón, se lo coloqué a Tillotson y dejé caer el revólver descargado de Broderick a su lado. La multitud me encontró atendiendo a Tillotson como a un hermano, haciéndole tragar whisky… para terminar de aturdirle.

»Ahora, vayamos a nuestra declaración. Como puede suponer fácilmente, nosotros íbamos en el coche cuando empezó el jaleo. Vimos al capitán Tillotson disparar el primer tiro, el que mató a Broderick; cuando Broderick cayó, Tillotson continuó disparando; Krouse resultó muerto también al tratar

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de defender a su amigo, aunque consiguió herir a Tillotson, el cual continuó disparando ciegamente después de caer. Las pruebas circunstanciales eran abrumadoras en todos los aspectos. Broderick, un hombre de endiablada rapidez con el revólver, había resultado muerto antes de poder disparar un solo tiro. Tillotson había vaciado un revólver y disparado cuatro veces con el otro; el que llevara dos revólveres sugería premeditación. Los impactos en las paredes, producidos por varios de sus disparos, se encontraban detrás del cadáver de Broderick. Como usted sabe, Broderick se hallaba situado entre usted y los otros. Pero, al ser desconocida su presencia, las huellas de los proyectiles de Broderick aparecen como disparados por Tillotson… prueba incontrovertible de que inició el tiroteo.

No podía haber nada más odioso, más repugnante, que aquella blanda y sonriente complacencia: los dedos de Jeff temblaron de deseo de aferrarse a su garganta. Era evidente que aquel hombre acabaría con él, si no sucedía lo contrario. Su resolución se endureció; empezó a tener visiones de aquel sonriente rostro encima de un nudo corredizo.

—Cuando Tillotson recobró el sentido, contó una sorprendente historia, que no estaba de acuerdo con los hechos. Dijo que sólo llevaba un revólver; que Krouse le había atacado a traición, y él se había limitado a responder al ataque. Simultáneamente, Broderick había sido muerto por un cuarto hombre, un desconocido, que había desaparecido misteriosamente cuando se presentó la gente de la vecindad. Las cosas están muy negras para el capitán Tillotson —ronroneó el Juez, sacudiendo compasivamente la cabeza—. Nadie, ni siquiera los más inclinados a apoyarle, puede dar crédito a su descabellada historia. Ni su riqueza ni su posición le salvarán de la cuerda. El Paso se está reformando; El Paso está harto de pistoleros.

»Y ahora, mi querido Bransford, llegamos al punto crucial, un asunto tan delicado, que casi no me atrevo a tocarlo. Toda mi ingeniosa improvisación estaba basada en la lógica hipótesis de su fallecimiento, el cual, en mi apresuramiento, no me detuve a comprobar. No se me ocurrió la posibilidad de que cualquier hombre —incluyéndome a mí mismo— pudiera sobrevivir a seis disparos de Oily Broderick. Imagine, pues, cuál no sería mi sorpresa al enterarme de que ni siquiera estaba usted gravemente herido. ¡Fue un rudo golpe, se lo aseguro! Pero, aquí está Mac con la comida. Le lavaré las manos, Mr. Bransford. Y discutiremos la situación mientras come.

—¡Oh! Puedo levantarme —dijo Jeff—. No estoy inválido. Ponga la comida en la mesa.

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Capítulo V

Dijo Robín: «Moraré en la cañada y así podré vigilarte de cerca».

GUY DE GISBORNE

—Me doy cuenta —dijo el Juez, revisando las tentadoras viandas— de que Mac ha cortado cuidadosamente la carne. Le ha puesto muchas cucharas, pero ningún cuchillo ni tenedor. Una precaución muy juiciosa, desde luego. Después de su reciente hazaña, nos inspira usted cierto temor. Siéntese, por favor. Tomaré una taza de café con usted… si no tiene inconveniente.

»A un hombre de su perspicacia no le habrá pasado inadvertido el hecho de que sólo se me presentaba una solución al problema. Pero su valentía me había ganado el corazón, y rechacé aquella solución, a pesar de los consejos que recibí en sentido contrario. Mac, dile a Mr. Bransford qué fue lo que me aconsejaste tú.

—Dije que los muertos no hablan —replicó Mac en tono sombrío—. Y sigo diciéndolo. Es un hombre peligroso.

—También tú eres un hombre peligroso, Mac. Y, sin embargo, confío en ti. ¿Por qué? Porque yo soy más peligroso aún… Soy el jefe porque soy el más fuerte. Le admiro a usted, Mr. Bransford; y necesito a un hombre como usted parece ser. Además, por raro que pueda parecerle, me repugna liquidarle a sangre fría. Tengo tan buen corazón como el primero. Usted no me perjudicó intencionadamente; no le guardo ningún rencor. Y decidí darle una oportunidad. Y si supiera en qué condiciones tuve que hacerlo, me estaría eternamente agradecido. Pero no se trata de adornarme con galas. Vayamos a lo que importa.

»¿Comprende usted la situación, mi querido compañero? Tengo que asegurarme de su silencio. O bien se une usted a nosotros de un modo irrevocable, o sufrirá las consecuencias de su… llamémosla indiscreción.

El Juez sorbió su café delicadamente.

—Resulta desagradable mencionar la alternativa; es innecesario subrayarla más de lo debido; las circunstancias mandan. Creo que se da usted cuenta de que las cosas deben ser así, y no de otro modo.

Jeff tomó un bocado, empujó su silla hacia atrás y cruzó las piernas cómodamente.

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—Creo que he tenido tiempo de meditar el asunto y de verlo en todos sus aspectos —dijo, con aire pensativo—. Pero ahora puedo decirle ya cuánto me sorprendió en el primer momento. ¿Cree usted en los presentimientos, Juez?

El Juez sacudió la cabeza.

—Estoy especialmente libre de toda clase de supersticiones, Mr.

Bransford.

—Yo no puedo decir lo mismo —declaró Jeff, muy serio—. Y tengo el presentimiento de que le veré a usted colgando, o quizá debería decir, colgado.

El Juez estalló en una carcajada. Incluso el saturnino Mac se permitió una leve sonrisa. El Juez dio un puñetazo sobre la mesa.

—¡Qué tipo más divertido! —exclamó—. Desde luego, cada vez me es usted más simpático. ¡Qué valor tiene! ¡Y un humor a prueba de bomba! Realmente, le necesitamos a usted, tiene que unirse a nosotros. No puedo imaginar a nadie que llene mejor el lugar que dejó vacante el compañero a quien usted —como instrumento de una inescrutable y sabia Providencia— se llevó por delante.

Aquella deslealtad para con el muerto indignó a Jeff. Sin embargo, mantuvo un rostro tranquilo, imperturbable. El Juez continuó:

—Estoy seguro de que cambiará usted de parecer. Se aburriría sin hacer nada. Y puedo garantizarle que, si se une a nosotros, la recompensa será muy sustanciosa. Soy rico y poderoso, y nuestra pequeña organización —irregular, pero muy escogida— comparte mi dinero. Ellos me empujan desde abajo, y yo tiro de ellos desde arriba. Y añadiré qué muy raramente nos vemos obligados a recurrir a medidas tan extremas como en el caso de Tillotson. Era un hombre muy molesto; ha sido una espina que he llevado clavada durante muchos años.

»En cambio, manejamos muchas empresas perfectamente legales, políticas y financieras. Estamos interesados en asuntos mineros; tenemos ranchos ganaderos en Texas y Viejo México; formamos una verdadera sociedad comercial. Pero, aparte de eso, nos dedicamos a otros negocios: traficamos con opio y chinos, ofrecemos refugio a los fugitivos, compramos minas buenas y vendemos minas malas, proporcionamos o eliminamos testigos… ¡Oh, muchas cosas! Pero, quizá nuestra actividad más importante sea la de ejercer cierta presión moral en beneficio de nuestras empresas legales.

»¡Tut, tut! Me resultaba tan agradable hablar con usted que no me he dado cuenta de cómo pasaba el tiempo. Piénselo bien, mi querido amigo. Hay

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mucho que ganar… y que perder. Tendrá tiempo de sobra para meditar. Mac y Borrowman le proporcionarán todo lo que necesite, dentro de unos límites razonables, claro está: ropa, libros, tabaco… Y, a propósito, aquí están los periódicos de ayer. Puede usted leer el caso Tillotson. Los editoriales, lo mismo los que le condenan que los que le defienden, son especialmente divertidos.

—¿Mac y Borrowman serán mis carceleros? —dijo Jeff.

El Juez levantó las manos, horrorizado.

—¿Carceleros? —repitió—. ¡Qué vocablo más desagradable! Digamos, compañeros. Puede usted librarse de la cárcel —dijo el Juez, golpeando el pecho de Jeff con sus fuertes dedos—, pero no podrá librarse de mí. Ellos tienen ya instrucciones acerca de usted. Ahora voy a curar sus heridas, y luego me marcharé.

—Desearía que me proporcionaran ropa limpia —dijo Jeff, mientras el Juez vendaba hábilmente sus heridas—. Una navaja de afeitar —cuando no la use pueden guardarla ellos—, los periódicos del día, tabaco… ¿Qué más? ¡Oh, sí! Había empezado a aprender a escribir a máquina. Cuando mis dedos hayan mejorada lo suficiente, me gustaría continuar. En cuanto a libros, pueden traerme alguna obra de Shakespeare y La Revolución Francesa, de Carlyle, de momento.

—¿Está seguro de que eso es todo? —preguntó el Juez, que al parecer se estaba divirtiendo horrores—. ¿No cree que debería usted dejar algún tiempo para meditar a fin de tomar una decisión?

—Mi decisión ya está tomada —replicó tranquilamente Jeff—. ¡Apuesto a que no morirá usted en el mar!

—Veremos, veremos —dijo el Juez en tono escéptico—. El tiempo hace verdaderos milagros. Se aburrirá usted, puedo garantizárselo. Además, amigo mío, cuento con su agradecimiento. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!

«El Juez dijo que “me pasaron a la otra parte” sin ser vistos. Creo que fue una metedura de pata. El Juez habla bien, pero habla demasiado. ¿A la otra parte? A la otra parte del Río Grande. Estoy en Juárez. Lo había sospechado, ya que oigo el pitido de muchas locomotoras a lo lejos, y muy pocas cerca. Mi prisión es subterránea, dado que aquellos pitidos son los únicos sonidos exteriores que llegan hasta mí, y me llegan muy apagados, a través de la chimenea.

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»La chimenea, por cierto, tiene que pasar a través de una casa situada encima de mi calabozo, ya que mantienen un fuego encendido. ¿Qué hacer?».

Jeff permaneció largas horas tendido en su cama, insomne. Cuando abría los ojos, a intervalos, se encontraba siempre con el rostro del centinela vuelto hacia él, observándole. No querían correr ningún riesgo.

Su cerebro analizaba una tras otra todas las posibilidades; ideando, por desesperada que pareciera la situación, más de un plan, generalmente descabellado y con perspectivas ciertas de fracaso. A medida que los elaboraba iba apartándolos a un lado para utilizarlos sólo como último recurso, y volvía de nuevo a su tarea con tan intensa concentración, que su mente iluminaba como un faro hombres, lugares y acontecimientos. Cuando esta luz interior empezaba a debilitarse, retrocedió hasta horadar las gruesas paredes de otra prisión, morada de otro prisionero: un hombre alto, en cuyo rostro se reflejaban el odio, la ignominia, la vergüenza, la desesperación y la muerte. Y la luz creció de nuevo, cegadora, para caer finalmente sobre un plan, que ya no sería alterado. Un plan rudimentario, cuyos detalles serían elaborados más tarde. Agotado, Jeff dejó de pensar y se quedó dormido.

Capítulo VI

El segundo de a bordo era muy tranquilo, pero amigo también de divertirse,

De modo que jugaba a la morra con el vigía de babor mientras el capitán divertía a la tripulación.

BALADA DE LA PERSIANA BAMBOLEANTE

—¿Y cuáles son esas famosas instrucciones, Mac?

—Son muy concretas, Mr. Bransford. Uno de nosotros estará siempre en la habitación, vigilándole constantemente, incluso cuando duerma. Sus heridas serán vendadas únicamente cuando estemos los dos aquí. El carbón y el agua, sus comidas, las cosas que usted pida, le serán traídas sólo cuando estemos los dos aquí. ¡Y a la más leve señal de un intento de fuga o de rescate, le mataremos sin vacilar!

Era evidente que Mac estaba obedeciendo el espíritu y la letra de las instrucciones. Dio la información lentamente, con hosca satisfacción, doblando con la mano derecha los dedos de la izquierda para enumerar los

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diversos apartados. Cuando hubo doblado todos los dedos, los desdobló y empezó de nuevo.

—Si trata usted de dar la alarma, si intenta algún ataque, si con cualquier pretexto trata de acercarse lo suficiente para un posible ataque, le mataremos sin vacilar.

Pronunció la última frase saboreando las palabras.

—Sus precauciones son muy halagadoras, desde luego —dijo Jeff en tono indiferente—. Debo andarme con mucho cuidado. La habitación es amplia, pero en cualquier momento puedo quebrantar inadvertidamente la última regla. Si no he comprendido mal, en caso de que dejara caer mi lápiz al suelo y, al recogerlo, me acercara demasiado a usted…

—Le mataría sin vacilar —repitió monótonamente Mac—. Tengo una elevada opinión de su fuerza, Mr. Bransford, y no estoy dispuesto a permitir que pueda agarrarme. Manténgase a distancia, y todo irá bien.

—Todo esto va a ser muy fastidioso para usted —dijo Jeff. Su tono era ligero y divertido; se reclinó hacia atrás en su silla, bostezando; tenía las manos unidas en su nuca—. Esa constante vigilancia acabará por destrozarle los nervios. Mi situación es mucho mejor. Puedo dormir, leer, pensar. Pero si vuelve usted la cabeza, si cierra los ojos, si descuida un momento su vigilancia —añadió Jeff desapasionadamente—, mis dedos se le clavarán en la garganta para arrancarle su vida de perro.

—Bueno, veo que nos comprendemos perfectamente el uno al otro — replicó Mac, sin perder la calma—. Pero me veo obligado a observar que sus últimas palabras han sido sumamente insultantes. No he terminado aún de enumerar mis instrucciones. ¡Mire! —Levantó la mano, con tres dedos todavía fuertemente cerrados para indicar otros tres apartados—. Nuestras últimas instrucciones fueron que le tratáramos cortésmente, que le facilitáramos cualquier cosa que no pudiera poner en peligro su seguridad, y que no le molestásemos ni insultáramos. —Dobló el cuarto dedo y extendió su mano cerrada, con el pulgar asomando reprobatoriamente—. ¡Ni insultáramos! —repitió.

—Lo siento mucho —dijo Jeff—. Retiro lo de «perro». Permítame rectificar la frase, que debe leerse así: «para arrancarle la vida sin vacilar». Pero incluso la notable capacidad de previsión del Juez Thorpe parece haber descuidado una cosa importante. Me refiero al posible soborno de mis carceleros. ¿Pondría también en peligro mi vida si pusiera a prueba su integridad?

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Su ceñudo guardián decidió considerar la pregunta como sumamente divertida. Su rostro se contrajo en una mueca que debía de ser una sonrisa; y emitió un leve rugido que, traducido de un modo liberal, podía ser interpretado como una carcajada.

—Puede intentarlo con Borrowman —dijo—. Es usted muy convincente, amigo. Está usted aquí contra mi parecer, no lo olvide. Y espero que habrá quedado bien advertido. Sentiría mucho tener que dar pasto a los peces con un hombre tan alegre y tan listo como usted.

Los dos hombres tuvieron muchas escaramuzas por el estilo durante los días que siguieron: días lentos, agobiantes, iluminados perpetuamente por la luz de la lámpara, medidos sólo por el irregular cambio de centinelas y la llegada regular de los periódicos.

Jeff controló sus horas de sueño a fin de que coincidieran con el tumo de Borrowman; le encontraba hosco, feroz e insoportable. Su plan estaba completado desde hacía mucho tiempo, y ahora no esperaba más que la ocasión de ponerlo en práctica.

El Juez le había visitado —en plan médico, dijo— varias veces, recordándole sin mucha insistencia que estaba obligado a tomar una decisión. Jeff le había pedido permiso para escribir a su esposa, enviarle algún mensaje, que el propio Juez podía redactar; cualquier clase de historia, suplicó, para evitar que estuviera preocupada por él; petición que el Juez se negó a considerar siquiera, sonriendo ante tan absurdo deseo.

Durante las horas que permanecía despierto, Jeff leía los periódicos. Tillotson estaba sanando de sus heridas y no tardaría en celebrarse el juicio contra él. Leía sus libros, a veces en voz alta; embromaba a su carcelero; hacía prácticas en la máquina de escribir, aunque ni en una sola ocasión se le ocurrió reproducir la frase en la que se solicitaba la ayuda de todos los hombres buenos y sinceros, ni aludir a lo buena que tenía la vista. Pero se dedicó a elaborar otra frase que contuviera todas las letras del alfabeto. Para ello solicitó la ayuda de Mac, explicándole lo que deseaba; y entre los dos, con gran regocijo, dieron a luz la siguiente gema:

Los hijos de la paz se ven obligados a empuñar un fusil contra los kepis que quieren y exigen la guerra.

Le mostraron la frase al Juez con mucho orgullo, retándole a que la mejorase. Las visitas del Juez, por cierto, se habían hecho más frecuentes y más prolongadas. A pesar suyo, Jeff disfrutaba grandemente con ellas y las esperaba con una especie de ansiedad. ¡Así es el hombre! El Juez era ocurrente, cínico, refinado, agudo, satírico. En ocasiones, Jeff casi olvidaba lo

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que era además de todo eso. Su conversación discurría sobre muchos temas, para finalizar siempre en la misma sonriente pregunta, en la misma inalterable respuesta. Cierto día, el Juez se presentó acompañado de Patterson —un hombre más joven, con un rostro brutal—, el cual le apremió para que terminara de una vez con aquella situación.

A medida que transcurrieron los días, Jeff dejó traslucir —de acuerdo con su plan— en su lenguaje, sus modales y sus miradas, que el peligro y el prolongado encierro estaban produciendo sus efectos sobre él, que estaba preocupado y asustado, que empezaba a perder su temple. Dejó traslucir todas esas cosas lentamente, ya que no deseaba hacerles creer que se había derrumbado de un modo demasiado súbito.

Capítulo VII

Y cuando inclina la cabeza y arquea el lomo no hay quien resista a su grupa.

BERESFORD SOBRE EL BRONCO

El Juez dijo:

—Mi testarudo amigo —y utilizó la expresión en más de un sentido— ha tenido usted tiempo de sobra para meditar. Le he dado la oportunidad de escoger: la vida…

Ninguna amenaza, ninguna violencia, podrían haber producido una impresión tan fuerte, tan terrible en su finalidad, como esta breve elipsis, el tono indiferente y ligero.

… Sin el menor riesgo para mí. La admiración y la simpatía que he experimentado hacia usted son absolutamente sinceras, aunque tal vez debiera añadir que no han sido de las más profundas. Quiero ser franco con usted, Mr. Bransford; la debilidad que me impulsó a conservar su vida no me impedirá pronunciar la palabra que sirva para eliminarle, si continúa negándose a aceptar mis buenos consejos. Ésta puede ser la última de nuestras agradables reuniones. Por última vez, utilizando unas palabras de su escritor preferido: «¿A qué rey sirves, Bezonian? ¡Habla, o muere!».

Las manos de Jeff se aferraron a los brazos de su silla, de modo que el Juez pudiera observarlo. El Juez lo observó… y sonrió. Pero Jeff dio su respuesta con voz tranquila:

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—No puedo hacerlo. Si hubiera usted matado a Tillotson allí mismo, podría, para salvar mi vida, guardar silencio y permitir que quedara usted impune. Pero no puedo hacer esto.

—Diga usted que no quiere —replicó el Juez hoscamente.

—Le repito que no puedo —dijo Jeff—. Si pudiera lo haría, pero no puedo.

—¡Es usted más testarudo que una mula! —exclamó el Juez, dando visibles muestras de enojo—. Se ha empeñado en perjudicarse a sí mismo, y a fe que va a conseguirlo. ¿Qué le importa Tillotson, vamos a ver?

—Me importa mucho —respondió Jeff—. Es un hombre inocente. —Bueno, admitamos que lo sea. ¿Cómo le ayudará usted muriendo? ¡Y

de un modo tan oscuro, además! Creo —añadió el Juez amablemente— que mencionó usted a una esposa. ¿Sí? Y también hijos. Dos, creo. ¿Dos chicos?

Sus blancas manos estaban extendidas sobre la mesa y mantenía la cabeza ligeramente ladeada para contemplar sus dedos que repiqueteaban suavemente la madera, como si tocara el piano.

El rostro de Jeff entró en acción; se puso en pie y empezó a andar a pequeños pasos, arriba y abajo. Mac, junto a la puerta, le contemplaba sin que en sus endurecidos ojos se reflejara la más leve compasión. El Juez, por su parte, le observó del mismo modo que un gato observa a un ratón a punto de caer en sus garras.

De repente, Jeff interrumpió sus paseos y se detuvo al lado de la mesa, apoyando ligeramente sus dedos sobre la máquina de escribir.

—Aprecio mucho la vida —suspiró—. Estoy dispuesto a pactar con usted. Pero le advierto de antemano que no haré nada más. El juicio contra Tillotson está a punto de celebrarse; no cabe duda acerca del veredicto; y entrarán en juego poderosas influencias para denegar cualquier apelación y apresurar el cumplimiento de la sentencia. Si usted puede retenerme aquí hasta después de su ejecución, estoy dispuesto —para salvar mi vida, por mi esposa y por mis hijos— a guardar silencio. ¡Y que Dios me perdone por portarme como un cobarde! Pero si, antes de eso, puedo fugarme o puedo comunicarme de algún modo con el mundo exterior, le denunciaré a usted, aunque sea lo último que haga en este mundo.

El Juez abrió la boca para hablar, pero Jeff le interrumpió, levantando una mano.

—¡Espere! Yo le he escuchado a usted: ahora tiene que escucharme usted a mí. No olvide que en todo trato intervienen dos partes. Está usted sentado directamente entre Mac y yo, tiene las manos sobre la mesa, los pies debajo

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de la mesa, y yo tengo la máquina de escribir en la mano. ¡No se mueva! Si Mac se ladea una sola pulgada, si se atreve usted a levantar un dedo, hasta que haya aceptado mi proposición, juro por Dios que le aplastaré la cabeza como si fuera un huevo.

—Si le hubiera usted retorcido el cuello, tal como le aconseje desde el primer momento… —Las palabras surgieron amargamente de los labios de Mac, que permanecía completamente rígido en su rincón— ahora no se le hubiera presentado esta oportunidad. —En su tono había una extraña mezcla de melancolía y de triunfo—. Hágame caso ahora, Juez, y acepte sus condiciones. En mi opinión, el proyecto de aplastar su cabeza con la máquina de escribir es perfectamente practicable, y creo que Mr. Bransford no dudaría en hacerlo. Un hombre que sabe que va a morir no le teme a nada. Mi consejo es que pacte con él y salve su…

—Pellejo. Por ahora —sugirió delicadamente Jeff.

El Juez no se encogió, ni palideció; pero no hizo el menor movimiento. —¿Y su presentimiento de que me vería colgado? Al parecer, le ha

abandonado a usted…

—En absoluto, en absoluto —replicó alegremente Jeff—. Porque va usted a aceptar mis condiciones. Siempre es preferible la posibilidad de que le cuelguen legalmente, a la certeza de que voy a aplastarle la cabeza.

—¿Con ese trasto? ¡Hum! No llegaría usted a golpearme. Creo que podría apartarme antes de que usted levantara la máquina. Y Mac dispararía contra usted antes de que pudiera dejarla caer por segunda vez.

—Con una me bastaría —rió Bransford—. No olvide que tiene las piernas debajo de la mesa y que no podría apartarse con la facilidad que usted parece suponer. Y yo he estado practicando con esta máquina de escribir durante muchos días. Lo que Mac me hiciera después no le serviría a usted de nada. Estaría usted ya camino del infierno. Si Mac pudiera disparar ahora contra mí sin atravesarle a usted, la cosa sería distinta. Su error consistió en dejar que le interpusiera en la línea de tiro. Bueno, ¿qué decide usted?

—¡Oh! Me ordenó usted que mantuviera a distancia a ese gato montés, y luego va y se pone al alcance de sus uñas…

Como sucede a menudo en tales casos, el hombre que no estaba en inmediato peligro se mostraba más inquieto que el que se hallaba realmente amenazado. El Juez, tras una breve reflexión, miró a Bransford con una sonrisa en los ojos.

—¿Y cómo puedo saber que no va a denunciarme si le suelto después de que cuelguen al desdichado Tillotson? —preguntó—. O, analizando la cosa

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desde su punto de vista, ¿cómo puede usted saber que no voy a matarle en cuanto esté fuera del alcance de su curiosa arma —la cual, estoy de acuerdo con usted, puede ser muy eficaz a tan corta distancia y en unas manos tan capaces—, o antes de soltarle? Esto —dijo el Juez, escogiendo cuidadosamente las palabras y contemplando sus finos dedos con una admiración sin reservas— es el reverso de una situación muy interesante. Los moralistas rígidos, al analizar los diversos actos de mi vida, pueden encontrar pasajes poco ortodoxos, desde su punto de vista. Pero siempre he sostenido y mantenido que un hombre debe hacer honor a su palabra, por encima de todo. Ésta es la base de todas las relaciones entre hombres, y ninguna clase social está más necesitada de ella que la clase que está en conflicto con la sociedad. Si un hombre no mantiene la palabra empeñada, no sirve ni para el bien, ni para el mal. Aquí, por ejemplo, estamos nosotros, dos hombres inteligentes, hablando de aniquilarnos mutuamente; cosa que podría ser evitada, si cada uno de nosotros estuviéramos absolutamente seguros de que el otro mantendría su palabra. ¡Una situación muy divertida!

—Aceptaré su palabra, si usted acepta la mía —dijo Jeff—. Ya sabe usted quién corre el mayor riesgo. Pero he de imponer una condición.

El Juez arqueó las cejas.

—¿Una condición? ¿Otra? Mi volátil y astuto amigo, no pida demasiado. No es absolutamente seguro que su extraordinario proyectil vaya a producir el efecto deseado… Además, ya ha pactado usted a cambio de su vida, y creo — añadió el Juez secamente—, que si tiene otra petición que hacer será modesta…

—No puedo permitir que mi esposa sufra una innecesaria ansiedad —dijo Jeff—. Innecesaria, si acaba usted soltándome. Y si usted juega sucio, o si sus hombrea me matan al tratar de escapar, no quiero que dude de mí, pensando que puedo haberla abandonado. Le escribiré diciéndole que me encuentro en alguna parte del Viejo México, en algún lugar que sea conocido como peligroso, atraído por un elevado salario. Usted cuidará de enviarle la carta desde aquí. Y, si no regreso, mi esposa creerá que he muerto honrosamente, y se resignará.

Al perspicaz cerebro del Juez no le pasó por alto el hecho de que una carta así —enviada desde alguna lejana ciudad mejicana— podría, según como fueran las cosas, resultarle útil; sus ojos azules, que se habían enfrentado con una muerte inminente sin parpadear, se cerraron ahora para ocultar la desleal idea… Pero Jeff había contado desde el primer momento con aquella idea, y su relación con el envío de la carta.

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—Existen otros motivos —dijo Jeff—. Usted se ha molestado en hablar bien de mí. Permítame que ahora me alabe un poco a mí mismo. ¿No se le ha ocurrido pensar que un hombre como yo tendría amigos… y amigos formidables? ¿Y que se estarán preguntando qué me ha sucedido? Si se aviene usted a lo que le he propuesto, tendré la posibilidad de salvar mi vida y, al mismo tiempo, de quedar bien. No quiero que mis amigos vengan ahora en busca mía y provoquen mi muerte al tratar de rescatarme… ya que usted, desde luego, aumentará sus precauciones después de esto. La carta tranquilizará a mis amigos. Tendré que confiar en usted para que le dé curso. Esto es lo débil de mi situación. Pero creo que existe una posibilidad de que usted la envíe… y esa posibilidad me ayudará a tener serenidad de ánimo. Haga lo que le pido y yo haré una concesión. Si lo prefiere, no iré a ver cómo le ahorcan.

El Juez Thorpe parecía haber recobrado su buen humor.

—De acuerdo, muchacho —dijo—. Acepto incondicionalmente su modus vivendi. Tal como yo lo entiendo, si puedo colgar a Tillotson le soltaré a usted y usted guardará silencio. Pero si está en sus manos hará todo lo posible para que me cuelguen. ¿No es eso? Bien, escriba la carta y yo le daré curso. Desde luego, tengo que leerla y corregirla, si lo considero necesario. Entretanto, supongo que puedo moverme sin encontrarme con la máquina de escribir entre las orejas…

—Desde luego —dijo Jeff—. Y ahora, me gustaría que se quedara aquí mientras escribo la carta. Mi esposa estará ansiosa. Y voy a tardar un poco en escribirla. Siempre le envío unas cartas muy largas. ¿Quiere usted prestarme su pluma estilográfica?

—¿Por qué no utiliza la máquina de escribir? —inquirió el Juez—. Y, a propósito, temo que en el futuro tendremos que privarle de su máquina de escribir.

—Una carta escrita a máquina resultaría sospechosa —dijo Jeff—. Recuerde que voy a decir que me encuentro en una región semisalvaje del Viejo México. Allí no hay máquinas de escribir. Además, no la domino como para escribir una carta. Le ruego que no me prive de ella, Juez. Quiero dominarla. Me molesta darme por vencido.

—La elasticidad con la cual se adapta usted al cambio de circunstancias resulta sorprendente —dijo el Juez, sonriendo—. Y lo curioso es que no puedo negarle nada… Bueno, puede conservar su máquina de escribir, en el bien entendido de que no podrá volver a utilizarla como arma. Aquí está la pluma.

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Capítulo VIII

Alicia está a mano derecha,

junto al fogón,

cerca del guardafuegos.

(Con el cariño de Alicia).

¡Oh! Hay muchos sistemas,

pero sólo uno que dé resultado:

cuando se tiene un juego bueno

tocar la pierna del compañero.

HOYLE

Jeff alisó el papel y empezó a escribir rápidamente, deteniéndose de cuando en cuando en busca de inspiración, mirando a su alrededor: al Juez, a Mac, a los periódicos, los libros y la máquina de escribir.

—Voy a incluir una nota para los chicos —dijo Jeff.

Sus labios se movieron, sus ojos reflejaron una gran ternura. El Juez, al mirarle, se sintió invadido por un sentimiento de paternal indulgencia.

En conjunto, Jeff escribía con sorprendente rapidez tratándose de un hombre que no estaba acostumbrado a mentir. Ya que aquella carta, aparentemente tan espontánea, redactada por un hombre que veía planear sobre su cabeza la sombra de la muerte, había sido redactada mentalmente y silaba por sílaba mucho antes.

Esto es lo que finalmente entregó al Juez:

SAN MIGUEL, Chihuahua, 24 de marzo.

«Mi querida esposa:

»Desde la última vez que te escribí he estado realizando un largo viaje por la región Yaqui[33], en calidad de guía, intérprete y amigo de un forastero novato y tímido; uno de esos sabios del

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Smithsonian[34]. Se interesa principalmente por los “Habitantes de los Riscos”; pero también le atraen otros; vacas, escarabajos, lenguajes indios, y antiguas reliquias españolas.

»Tengo un sueldo excelente. Te mando 100 dólares…».

—¡Un centenar de dólares! ¡Esto es un chantaje! —exclamó el Juez, sonriendo.

—Tengo que enviárselos —dijo Jeff—. Ella sabe que no estaría tanto tiempo fuera de casa de no mediar un sueldo elevado, y sabe que le enviaría el dinero. No creo que usted vaya a quedarse con él. Si no lo envía, ella sabrá que la carta es una patraña. Además, necesita el dinero.

—¡Me rindo! Se lo enviaré —dijo el Juez.

Y reanudó la lectura:

»… Y te enviaré más cuando regrese del próximo viaje. Esta vez llegaremos hasta Sierra Madre. No sé cuándo volveré a ponerme en contacto con la civilización, de modo que no es necesario que me escribas hasta que recibas noticias mías.

»Mi jefe se ha hecho enviar los periódicos de El Paso, y yo los leo mientras él escribe cartas, informes y cosas. También estoy leyendo algunos de sus libros.

»Ya sabes, Mary, que siempre me dolió no haber recibido una buena educación. Al principio de nuestro matrimonio, solía preguntarte si no estabas avergonzada de mí por mi falta de cultura. Pero aprendí mucho de ti, y durante estos últimos años he leído mucho… y empiezo a darme cuenta de que existen compensaciones en todas las cosas. Ahora encuentro en la lectura placeres que hubiese sido incapaz de saborear cuando era más joven. Por ejemplo, acabo de trabar conocimiento con Julio César… presentado por mi jefe.

»¡Ése sí que es un gran libro! Lo he leído tres o cuatro veces, y cada vez encuentro cosas en las cuales no me había fijado antes.

»Aunque creo que debería titularse Cayo Casio.

Shakespeare describe a Julio como a un viejo supersticioso.

Pero Julio tuvo sus buenas corazonadas.

»Desde luego, el maravilloso discurso de Marco Antonio en el entierro no es moco de pavo. ¡Cómo despellejó a los hombres

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honorables! Algunas de las cosas que dijo merecen ser leídas con mucha atención.

»Pero Casio era mi personaje. Siempre alcanzaba lo que se proponía. Si Bruto le hubiera hecho caso a él, las cosas hubieran terminado de otra manera. Bruto no me gusta tanto. Era un fanfarrón. Dijo que no se suicidaría, y desde luego lo hizo. Era testarudo, violento y quisquilloso. Tal vez moralmente era mejor que Casio. Y quizás por eso Casio cedió a su influencia. Pero intelectualmente, y como hombre de acción, no le llegaba a Casio a la suela del zapato.

»No hay que negar que también Bruto sabía hablar, cuando quería. No hay más que recordar su despedida a Casio y su Separación de sus otros amigos.

»También he estado leyendo La Revolución Francesa, de Carlyle. Resulta un poco más profundo para mí, de modo que lo tomo en pequeñas dosis. Tengo la impresión de que un gran escritor podría tomar una de sus páginas y escribir todo un libro basándose en ella.

»Bueno, eso es todo. ¡Oh, sí! Cuando estuve en El Paso traté de aprender a escribir a máquina… no debo olvidar esto. Elaboré una frase que contenía todas las letras del alfabeto. — Los hijos de la paz se ven obligados a empuñar un fusil contra los kepis que quieren y desean la guerra—, y llegué a escribirla de corrido, pero cuando trataba de escribir otra cosa no había modo de que me saliera.

»Volveré a escribirte en cuanto pueda. George se ocupará de organizar el trabajo. Haz que los chicos le ayuden.

Tu marido que no te olvida,

JEFF.

»Mis queridos hijos:

»Me gustaría que pudierais ver algunos de los lugares que he visto en las montañas. Tomamos un tren en Casas Grandes y continuamos con unas mulas de carga hasta Durasno y Tarachi, en la misma línea fronteriza de Sonora. Lo pasé muy bien yendo y viniendo, pero cuando llegamos allí y mi jefe empezó a escarbar en aquellas antiguas cuevas subterráneas, me aburrí mucho. Recuerdo que un día estaba en el campamento y no

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tenía nada que hacer, de modo que me leí de cabo a rabo un periódico atrasado de El Paso, incluidos los anuncios.

»Leo, empiezas a convertirte en un hombre. Y quiero que te dediques a algo mejor que a cuidar vacas. Cuando dispongas de tiempo, deberías ir a casa del tío Sim y decirle que te deje aprender a utilizar una máquina de escribir. Yo lo intenté también, pero es difícil que un perro viejo aprenda nuevos sistemas de cazar.

»Wesley y tú debéis ayudar a vuestra madre, y ayudar a George. Haced lo que George os diga: sabe muchas más cosas que vosotros. Portaos bien. Regresaré a casa tan pronto como pueda.

DAD».

—Bueno —dijo Jeff—, si desea cambiar algo no tiene más que decírmelo. —No, está bien así —dijo el Juez—. En mi cartera hay un sobre. Ponga la dirección, pero no lo cierre. Podría intentar incluir alguna nota de contrabando. Si trata de hacerme una jugarreta, me consideraré desligado de mi compromiso. Si se porta como es debido, enviaré la carta. Siempre he preferido no mentir, cuando no tengo nada que ganar mintiendo. ¡Caramba!

¡Cuantos borrones ha hecho usted!

—Sí. Confieso que estoy algo nervioso —dijo Jeff.

El sobre llevaba la siguiente dirección:

MRS. JEFF BRANSFORD

Rainbow South

Escondido, N. M.

C/o. William Beebe[35]

—Desde luego, es usted muy dueño de hacer lo que le plazca —objetó Patterson, más tarde—. Pero yo no enviaría esa carta, y borraría inmediatamente el nombre de Mr. Bransford de la lista de los vivos.

—¡Bah! —dijo el Juez—. La carta es inofensiva. Y Bransford es un excelente luchador, y posee ciertas nociones de psicología, pero el pobre carece de imaginación. Escribió la carta bajo la inspiración del momento. Su apresuramiento y su avidez por escribirla me permitieron ir leyendo en su mente como en un libro abierto.

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»Y no estoy dispuesto a matarle. Hice un trato con él cuando me encontraba al borde de la muerte, y voy a mantenerlo. No puede huir; es imposible. Además, me resulta simpático. Le diré más: es lo que me hubiera gustado que fuera mi hijo, si tuviera uno. No voy a matarle, y enviaré su carta.

La envió. Unos días después llegó a manos de Billy Beebe… con gran asombro por su parte, ya que Jeff Bransford era soltero. Sin embargo, la dirección era indudablemente de puño y letra de Jeff. Tras consultar a Leo Ballinger, llevó la carta sin abrir a John Wesley Pringle, juntamente con otra carta dirigida al propio Wesley que llevaba el matasellos de El Paso y había sido enviada muchos días antes que la dirigida a la misteriosa Mrs. Bransford. Las dos cartas habían permanecido largo tiempo en la oficina de correos de Escondido, en espera de que pasara alguien en dirección a Rainbow, de modo que llegaron juntas.

La carta dirigida a Pringle era breve:

EL PASO, Texas, 20 de marzo.

Mr. John Wesley Pringle,

Rainbow, N. M.

«Estimado señor:

»Su amigo, Mr. Jeff Bransford, estuvo aquí hace unos días para tratar de negocios con Mr. Simon Hibler… del cual soy escribiente. Mr. Hibler se encontraba en San Simon, Arizona, y yo ignoraba cuándo regresaría. Mr. Bransford decidió esperarle. Nos hicimos grandes amigos y pasábamos juntos la mayor parte del tiempo. Me habló mucho de usted.

»La noche del 16 de marzo, Mr. Bransford estuvo conmigo hasta muy tarde y luego se marchó a dormir. Que yo sepa, desde entonces no ha vuelto a dar señales de vida; y sus pertenencias siguen aún en su alojamiento. Al salir de mi casa no tomó el tranvía. Me he asegurado de ello.

»Han pasado cuatro días desde su desaparición, y estoy muy preocupado. He informado a la policía… pero, dicho sea entre nosotros, la policía no me inspira gran confianza.

»Si tuviera usted alguna noticia de su paradero, le agradecería que me lo comunicara. Si no sabe usted nada, espero que usted y los otros amigos de Mr. Bransford vendrán aquí, y muy gustosamente me pondré a sus órdenes. Estoy

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intranquilo. Como usted sabe, ésta es una ciudad poco recomendable.

»Confiando en recibir pronto buenas noticias, quedo sinceramente suyo,

GEO. T. AUGHINBAUGH

112, Temple Street.

Después de leer esta carta, John Wesley decidió abrir la dirigida a la inexistente Mrs. Bransford. Una atenta lectura les permitió enterarse de tres cosas. Primera, Jeff se encontraba en un apuro, ya que la carta había sido escrita en términos cabalísticos, lo cual indicaba que antes de ser cursada tenía que haber sido censurada por unos ojos hostiles. Segunda, Leo Ballinger tenía que visitar a su tío Sim y aprender a escribir a máquina. Tercera, George les diría lo que tenían que hacer. En Rainbow no había ningún George; el único tío de Leo, Simon Hibler, vivía en El Paso, y su escribiente se llamaba George. La deducción era evidente.

Al día siguiente, los tres amigos se presentaron en el número 112 de la Temple Street.

Capítulo IX

Y aquellos hombres del Indostán

discutieron largo y tendido,

cada uno de ellos sosteniendo con pasión su propio punto de vista.

La carta dirigida a Mrs. Bransford produjo unos efectos tan raros en Mr. George Aughinbaugh, que palideció y enrojeció alternativamente y empezó a murmurar varias cosas al mismo tiempo, en tono muy excitado, hasta el punto de que Mr. John Wesley Pringle se creyó obligado a interrumpir su lectura, a empujar a Mr. Aughinbaugh hacia una silla y a administrarle los primeros auxilios con la ayuda de una botella forrada de cuero.

—Tome un trago de esto y se sentirá mucho mejor —dijo Mr. Wesley—. Es un remedio infalible contra las mordeduras de serpiente, quemaduras, granos, golpes y desolladuras; es excelente para los sabañones, la insolación, las congestiones, las inflamaciones, el insomnio, las pesadillas, la fractura del

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Decálogo, el olvido, la mala memoria, el moquillo pertinaz, las penas de amor, la sarna, las impresiones fuertes, la vejez y el tétanos.

»Sé que Jeff se encuentra en un gran apuro, y me doy cuenta de que ha comprendido usted el significado de su carta, cosa que yo no he conseguido. ¡Hable! Diga, afirme y declare lo que tiene en la mente. Suéltelo todo. Si no puede hablar, dígalo por señas.

Ni el discurso ni la medicina sirvieron para disipar del todo el aturdimiento de Aughinbaugh. Miró a Mr. Pringle con expresión nebulosa, repitiendo el tiento a la panacea, como si éste fuera el único punto acerca del cual no tenía dudas. Mr. Pringle, algo exasperado, trató de animarle.

—¡Eso es, eso es! ¡Otro traguito! Es también un remedio muy eficaz en casos de depravación total, propincuidades, desolladuras en la garganta de los clérigos, estrangulación equilateral, veracidad, pesimismo, Scila y Caribdis, tartamudeó, procesiones de bueyes equinos y fenómenos similares, insubordinación, altitud, consanguinidad, calcedonia, irritación de la efemérides, simetría, vocalización, mamíferos, clarividencia, inercia, acrimonia, persecución, paresis, parafernalia, perspectiva, tiranía, arquitectura y amnesia total. ¡Vamos! No he conseguido entender lo que Jeff trata de decir en su carta —declaró Mr. Pringle con cierta aspereza—, pero, si pudiera, que me aspen si no lo decía inmediatamente. ¡Hable! Utilice la máquina de escribir…

Aughinbaugh reaccionó inmediatamente a la última sugerencia de Mr. Pringle: se acercó a la máquina de escribir y empezó a golpear furiosamente las teclas. Luego sacó la cuartilla y la extendió sobre la mesa. Beebe leyó en voz alta:

Ha llegado el momento de que todos los hombres buenos y sinceros acudan en ayuda del partido.

George Aughinbaugh dijo:

—Mr. Bransford habla dos veces —una en cada carta—, de aprender a escribir a máquina. Reproduce una frase que ha elaborado y que contiene todas las letras del alfabeto. Existen frases similares, utilizadas por casi todos los que aprenden a escribir a máquina. Jeff estaba familiarizado con ellas, y me recuerda de un modo indirecto la frase que yo le dicté para que empezara a practicar y que he reproducido en esa cuartilla. Por lo tanto, nos pide que acudamos en su ayuda. Relacionándola con otras alusiones de su carta, es

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evidente que se encuentra prisionero, ilegalmente, y que corre un gran peligro. Por ejemplo, cuando habla de…

—¡Un momento, un momento! —le interrumpió Pringle—. En primer lugar, cuéntenos, lo más claramente que pueda, el significado que le encuentra a la carta de Jeff, como si se la hubiera escrito directamente, sin parábolas. Luego podrá explicarnos cómo llegó usted a esas conclusiones.

George dio unos pasos por la habitación, ordenando sus ideas y, mientras lo hacía, dominó su excitación.

Finalmente, se enfrentó con los tres amigos y dijo:

—Mr. Bransford se encuentra encarcelado en Juárez, víctima de una conspiración. Corre un gran peligro; está estrechamente vigilado; las personas comprometidas tienen unos motivos tan poderosos para retenerle, que no vacilarían en matarle antes de permitir que le rescataran. Lo que hagamos, tenemos que hacerlo con las mayores precauciones; sus centinelas no deben albergar la más leve sospecha de que vamos a intentar rescatarle. Además de esto, nos dice que nos pongamos en comunicación con él a través de la sección de anuncios de los periódicos de El Paso…

—Eso ya lo había captado —dijo Pringle—, pero es lo único que conseguí entender. Desde luego, habíamos llegado a la conclusión de que teníamos que ponernos en contacto con usted para que nos diera instrucciones, y que existía algo relacionado con una máquina de escribir. Eso era bastante claro. Y ahora, continúe.

—Y, en medio de los peligros que corre, les envía a ustedes —a Mr. Pringle en primer lugar, y luego a todos ustedes— una última y tierna despedida, y su firme convencimiento de que harán por él todo lo que los hombres puedan hacer.

—¡Dios mío! —exclamó Leo—. ¿Y no hay ninguna alusión a quiénes son sus captores?

—La hay —dijo Aughinbaugh, con ojos centelleantes—. Se trata de dos hombres muy conocidos, ricos e influyentes de El Paso: el Honorable S. S. Thorpe, y Sam Patterson.

—Creo que empiezo a comprender —murmuró Pringle.

—La mitad de la carta está dedicada a comentar la obra teatral «Julio César», que Mr. Bransford y yo habíamos estado leyendo juntos —dijo George—. Nos dice claramente, una y otra vez, con distintas palabras, que debemos buscar por debajo de la superficie. ¿Recuerdan eso?

—Sí —dijo Billy.

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—Bien, la obra trata de la conspiración de Bruto y Casio… una conspiración que tomó cuerpo durante los Idus de Marzo. Uno de los versos más famosos de la obra es el siguiente:

¡Recuerda marzo, los Idus de Marzo recuerda!

»Los Idus de Marzo eran el día quince. Y Jeff desapareció el dieciséis de marzo. De modo que lo que dice es: «George, recuerda —piensa cuidadosamente—, recuerda exactamente lo que sucedió el último día que me viste».

»Se marchó de mi casa alrededor de medianoche. Y exactamente a medianoche, tal como han jurado varias personas, en un lugar situado a una milla de aquí —el lugar en que Jeff debía de encontrarse en aquel momento —, sucedió algo: una lucha callejera en la cual resultaron muertos dos hombres, y el superviviente, el capitán Charles Tillotson, recibió varias heridas. ¿Han leído, por casualidad, algo relacionado con el caso Tillotson?

—Hasta la última palabra —dijo Billy—. Ayer leímos toda la reseña del juicio en Escondido, mientras esperábamos el tren.

—¡Bien! ¡Bien! Esto simplifica las cosas. Piensen en las pruebas presentadas contra Tillotson… mientras yo sigo a Jeff después que salió de mi casa. Tuvo que ir a alguna parte… y él dijo que se marchaba a dormir. Habitualmente tomaba el tranvía, pero ya les he dicho antes que aquella noche no lo tomó.

»Bueno, mi alojamiento se encuentra dos manzanas al norte de la línea del tranvía; el de Jeff se encontraba tres manzanas al sur, lo cual significa que tenía que recorrer un largo trayecto desde la ciudad. La esquina de las calles Colorado y Franklin, donde tuvo lugar la lucha, se halla en una de las varias rutas que Jeff pudo haber tomado. Y, si escogió aquélla, llegó a la escena del tiroteo en el preciso instante en que se producía. Debió de ocurrírseme antes la idea, pero me pasó por alto… hasta que la carta de Jeff me obligó a pensar a toda presión.

»Recuerden que Tillotson afirma que Krouse disparó contra él sin motivo y sin previo aviso; que disparó únicamente en defensa propia; que un cuarto hombre mató a Broderick… un cuarto hombre que desapareció misteriosamente, como Jeff.

»Thorpe y Patterson, en cambio, juran que Tillotson inició el ataque, no contra Krouse, sino contra Broderick. Pocas personas han dudado de ese testimonio, ya que no era fácil que un hombre tan terriblemente rápido en

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sacar como Broderick pudiera recibir dos disparos sin hacer fuego ni una sola vez, a no ser que le atacaran por sorpresa.

»Pero, si Tillotson dice la verdad, Thorpe y Patterson mienten; y existe una conspiración. Y si Tillotson dice la verdad, un cuarto hombre mató a Broderick. ¿Por qué no Jeff Bransford, que desapareció en aquel momento y lugar?

—Querrá usted decir que posiblemente desapareció en aquel momento y lugar —le interrumpió Billy—. ¿Y cómo justifica usted que Jeff atacara a Broderick a traición? Me parece que tiene usted una idea muy equivocada del carácter de Jeff.

—Que posiblemente desapareció en aquel momento y lugar —rectificó Aughinbaugh—, pero que es evidente que desapareció… como el cuarto hombre de Tillotson. En cuanto a que atacó a Broderick a traición, tenemos que esperar a oír la historia de labios de Jeff. Sin embargo, puedo sugerir una solución. Supongamos que existía una conspiración para asesinar a Tillotson y que, al fracasar, ofreció la posibilidad de hacer que le colgaran. Los asesinos a sueldo no merecen la menor consideración. Y si Jeff llegó a tiempo de darse cuenta de lo que sucedía, pudo ahorrarse ceremonias al atacar a Broderick.

—Pero, Thorpe y Patterson son dos personajes respetables, ¿no es cierto? —preguntó Pringle.

—Tienen buena reputación —admitió George a regañadientes—, aunque se rumorea que Thorpe, en su juventud, no era demasiado cuidadoso con las armas de fuego. Pero Tillotson tiene también una excelente reputación, sin los rumores. Hay por lo menos tantas probabilidades de que dos hombres de buena reputación se conviertan en perjuros de la noche a la mañana, como de que lo haga uno solo. Broderick tenía muy mala reputación, y Krouse ni siquiera tenía reputación. En realidad, ése es el único motivo de que unas cuantas personas se empeñen en creer en la inocencia de Tillotson. No se ha podido encontrar ningún motivo que justifique el imprevisto ataque de Tillotson contra Broderick o Krouse. Pero la enemistad de Thorpe y Tillotson era del dominio público. Se rumorea también que ambos habían puesto sus ojos en la misma dama. Existen dos posibles motivos para una conspiración: el odio y los celos. De los dos hombres muertos, Broderick era un matón profesional, dispuesto a ponerse al servicio de cualquiera que le pagara bien; el otro era desconocido aquí.

—El cochero contó la misma historia —dijo Pringle—. ¿Era también enemigo de Tillotson?

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—Por lo visto —asintió George—. Después de ocurrir los hechos, desapareció. Y cuando se presentó, al día siguiente, se justificó a sí mismo diciendo que se había asustado. Esto me pareció muy raro. Las personas pusilánimes pueden hacer de cochero, pero una persona pusilánime no hace de cochero en El Paso. La vida es demasiado agitada. Pero, si no estaba asustado, ¿por qué desapareció? En cuanto a Jeff Bransford, no creo que se asustara…

—No sea usted demasiado optimista, joven —dijo Pringle—. Yo me he asustado mortalmente montones de veces. Y, de todos modos, ¿cómo podía desaparecer ese presunto cuarto hombre? Los vecinos acudieron inmediatamente… y ninguno de ellos le vio.

—Ni Bransford ni usted se hubieran asustado lo bastante como para echar a correr —insistió George—. Ahora bien, ¿cómo desapareció el cuarto hombre, si era Jeff Bransford y no hubiese echado a correr, a pesar de todo lo que pudiera haber hecho? Suponga que sabe usted que era Jeff, pero ignora cómo desapareció, ¿comprende? ¡En el coche de caballos! Si el cochero era realmente tan pusilánime, ¿por qué se decidió a regresar para mezclarse en un juicio por asesinato? Para ayudar a colgar a Tillotson. Y su testimonio era necesario, porque Thorpe y Patterson eran notorios enemigos de Tillotson… y el cochero no.

»Si Thorpe y Patterson mintieron, si todo era una trampa, si se llevaron a Jeff en el coche de caballos, probablemente herido…

—Me sorprende la enorme cantidad de «síes» y de «peros» de su teoría — dijo Leo—. Si tenemos cuatro suertes para ganar, pero cada una de ellas depende de las otras tres, las posibilidades no son de una entre cuatro, sino de una entre veinticuatro.

—Esto no es un juego de azar, Mr Ballinger —replicó Aughinbaugh—. Esta carta no es producto de la casualidad, sino que ha sido ideada por un hombre extraordinario… que además ha tenido diez días para estudiarla. Sólo he mencionado unas cuantas de sus significativas alusiones, y me he detenido antes de elaborar una teoría completa basada en todas ellas. Si tienen ustedes un poco de paciencia, voy a demostrarles cómo denuncia indiscutiblemente a esos hombres.

—Lo siento —dijo Billy—, pero tengo que reconocer que estoy de acuerdo con Leo. Una teoría basada en demasiadas probabilidades se convierte en improbable por este mismo motivo. ¡Demasiados «síes»!

—No existe ningún «si» en lo que respecta a la desaparición de Jeff — replicó George belicosamente—. Es algo que sabemos. No existe ningún «si»

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en lo que respecta a esta carta, escrita de su puño y letra mucho después, dirigida a una esposa inexistente y suplicada a Billy Beebe; escrita en condiciones inconcebibles y sin más objetivo plausible que el de hacer pasar una información por delante de las mismas narices de un celoso carcelero; una locura sin sentido, que sólo serviría para alarmarnos inútilmente, si no nos aportara aquella información. Cuando veinticuatro cosas improbables apuntan a un centro común, cada una de las improbabilidades independientes hacen que el punto señalado resulte mucho más convincente. Permítanme continuar. ¡Estamos discutiendo las leyes de la evidencia y las matemáticas inferiores, en vez de descifrar esta carta!

—Mr. Aughinbaugh tiene razón —dijo Pringle—. Jeff repite, una y otra vez, que George nos dirá lo que tenemos que hacer. Sabemos dos cosas muy significativas, y solamente dos: Jeff abandonó el alojamiento de Mr. Aughinbaugh poco antes de medianoche. Tenía que haber llegado a su alojamiento poco después de medianoche; y no llegó. Existen los acontecimientos contradictorios, cada uno de los cuales hace aparecer a los otros como falsos. Si Thorpe y sus cómplices mintieron —como mienten los hombres, incluso los políticos—, lo de Jeff se explica perfectamente. Creo que George sigue el buen camino. George sabe lo que hay que hacer. ¡Adelante, George! No habrá más objeciones.

Capítulo X

Y entonces se dirá a sí mismo: «El hijo de Duncan está en un apuro y necesita mi ayuda».

ALAN BRECK

De modo que George continuó:

—Tal como Mr. Pringle dice, el hecho de la desaparición de Jeff en aquel preciso momento y posible lugar, refuerza las probabilidades que de otro modo resultarían descabelladas. Por este motivo interrumpí mi traducción de la carta de Jeff, aunque no había hecho más que empezar, para analizar en conjunto mi teoría, o, mejor dicho, mi hipótesis, basada en la notable coincidencia de una supuesta conspiración, la ocasión y el motivo para una conspiración, y la verosimilitud de la consumación de esa conspiración, con Jeff y Tillotson como víctimas.

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»Ahora, vamos a estudiar la carta. Veremos si no refuerza mi hipótesis en todos sus puntos, hasta convertirse en una demostración.

»Para empezar, la referencia a La Revolución Francesa es del párrafo que acababa de leerle unos minutos antes de que se separara de mí, y habla de un hombre encarcelado secreta e injustamente en la Bastilla por una lettre de cachet[36], una carta de ocultamiento, proporcionada por algún poderoso personaje; un hombre cuya única y vana esperanza era la de recibir alguna noticia de su esposa… de su querida esposa. Esto, no me cabe duda, inspiró a Jeff la idea de inventarse una esposa. ¿Quieren que les lea el párrafo en cuestión?

Lo querían; y George lo leyó.

—De este párrafo —tal como le conté a Jeff antes de que se marchara— obtuvo Dickens la inspiración para su famosa novela, Una Historia de Dos Ciudades. ¿Qué es lo que dice Jeff? Que, en efecto, un gran escritor puede encontrar material para una novela en cualquiera de sus páginas. ¡Una Historia de Dos Ciudades! Y aquí están las dos ciudades, El Paso y Juárez, una junto a otra, tan estrechamente unidas como Sodoma y Gomorra, las cuales, en realidad, me recuerdan a veces. Dadas las circunstancias, Jeff no podía escribir más claramente: «Estoy en Juárez, en una prisión secreta».

—Parece bastante verosímil —admitió Leo a regañadientes.

—Está muy claro —dijo Billy—. Está allí; sus palabras tienen que significar algo; y significan eso.

—Entonces, no lo olviden y analicen todas las otras alusiones a la luz de ese admitido mensaje. Mediten en su significado más probable en relación con esa clara advertencia.

»Jeff habla del gran discurso de Marco Antonio. Incluso cita dos palabras de él: “¡Hombres honorables!”. Por lo tanto, se trata de algo importante; Jeff sintió la necesidad de subrayarlo. Otras tres cosas importantes nos llaman la atención por ser mencionadas dos veces: un punto vital, del cual me ocuparé más tarde —en realidad será el último—, es citado claramente hasta cuatro veces. Pero ésa es la única cita directa que contiene la carta.

»Sin embargo, de todas las palabras de la obra, aquellas dos son precisamente las que menos necesitan citarse para traerlas al recuerdo. Nadie que haya leído el discurso de Marco Antonio puede haberlas olvidado. Jeff no tenía ninguna necesidad de repetirlas; Marco Antonio lo hubiese hecho por él. Por lo tanto, en esas dos palabras está el meollo del asunto. “¡Hombres honorables!”. ¡Y Thorpe es un “hombre honorable”! ¡El Honorable S. S. Thorpe! ¿Es esto casualidad?

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»¡Más todavía! Jeff añade la superflua afirmación de que después de aquellas palabras Marco Antonio dijo algunas cosas que valía la pena leer. Como si estuviera haciendo crítica literaria. Las palabras de Marco Antonio, tal como nos las presenta William Shakespeare, no necesitan el sello de su aprobación. Pero, vamos a ver… Jeff dice “después” de la oración fúnebre por Julio César. Mire las palabras, Mr. Ballinger. ¿Observa usted algo anormal?

—Veo un borrón —dijo Leo.

—Ve usted un borrón… y lo dice en un tono de evidente sorpresa. ¿Por qué? Porque Jeff era un hombre de escrupulosa limpieza, incapaz de mandar una carta manchada de tinta. Si el borrón hubiera caído de un modo accidental, Jeff habría escrito de nuevo la página entera. Fue dejado caer a propósito. Y estaba tan ansioso por que no lo pasáramos por alto, que hizo otros borrones debajo de la firma, confiando en que entonces nos fijaríamos y estudiaríamos el otro. Vamos a hacerlo. «Después» de la oración fúnebre, dice. Pero, un momento… Mire usted, mister Beebe; mírelo de cerca. ¿Ve usted algo más? Pase su dedo por encima.

—Veo y noto dónde pinchó dos veces el papel con la pluma, atravesándolo —dijo Billy, cambiando de color—. Y empiezo a ver, y a sentir, y a creer.

—Quiere usted decir, indudablemente, que empieza a creer y a temblar — dijo George maliciosamente—. Ahora buscaremos lo que dijo Marco Antonio «después» de la oración fúnebres. Caballeros, las primeras palabras que Shakespeare pone en boca de Marco Antonio después del entierro de César son estas… y recuerden que es cuando los Triunviros deciden la muerte de los senadores, y que Thorpe había sido senador, aunque sólo fuera del estado. Dice Marco Antonio:

Todos ellos, por lo tanto, morirán; sus nombres están pinchados.

¡Pinchados! —exclamó triunfalmente George—. ¡Jeff pinchó el papel dos veces! ¡Denuncia a dos hombres… a los dos que conocemos! Thorpe y Patterson. Pero quizás eso sea una gran improbabilidad… una simple coincidencia. Si algo faltaba para hacer la denuncia completa, terrible y apremiante, lo encontraremos ahora. Las siguientes palabras que pronuncia Marco Antonio…

—Espere un momento —dijo Pringle, mirando a Beebe—. Vamos a comprobar si Billy es capaz de seguir su argumentación. ¿Puedes, Billy?

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Billy colocó un dedo tembloroso sobre el borrón. Su voz estaba ronca de pasión.

No vivirá. ¡Mirad! Con una mancha le condeno.

—No vivirá —repitió Pringle— este honorable senador… aunque tenga que estrangularle con mis propias manos.

—Su… supongo que tenéis razón —tartamudeó Leo, horrorizado—. Pero Jeff debe creer que somos unos hombres muy listos para sacar algo en limpio de todo ese jeroglífico.

—Bueno… no somos precisamente tontos —dijo George modestamente

—. ¿Jeroglífico? ¡Desde luego, mi querido amigo! Si no fuera un jeroglífico no hubiera llegado a nuestras manos. Aunque, bien mirado, no es tan oscuro como parece. Mister Bransford sabía que yo comprendería fácilmente sus alusiones. ¿Se han dado cuenta de que no he tenido que recurrir a las obras para comprobar las citas? Las recuerdo perfectamente, como las recordaba Jeff, ya que las habíamos leído varias veces juntos, en voz alta, e incluso las utilizábamos en el curso de una conversación ordinaria. El propio Mr. Beebe, en cuanto estuvo sobre la buena pista, pudo citar las palabras correspondientes a la más difícil de todas las alusiones, aunque probablemente no había leído el libro durante años.

—Nunca fui muy aficionado a leer a ese Shakespeare —dijo Pringle en tono pensativo—. Pero, en cierta ocasión —fue la primera vez que estuve enamorado—, leí aquella majadería de Tennyson acerca del Rey Arturo, «Diez Caballeros en una Taberna»[37], y confieso que durante un mes no pensé en otra cosa. Por lo tanto, me parece muy natural que Jeff, con la cabeza llena de las obras de ese Shakespeare, las haya utilizado para hacernos saber lo que deseaba.

—Exactamente —asintió George—. Y la carta contiene un mensaje especial para usted, Mr. Pringle.

—¿Un mensaje para mí?

—Sí. Un mensaje que revela la seguridad de Jeff de que la amistad que le profesa, su intrepidez, le harán despreciar todos los peligros para correr en su ayuda. En su desesperada situación le envía, como si hablara con usted cara a cara por última vez, las palabras de Bruto a su amigo:

Por lo tanto, acepta nuestra perenne despedida:

¡siempre, siempre y siempre, Casio!

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Si nos encontramos de nuevo, sonreiremos; si no, esta separación estaba justificada.

El silencio cayó sobre ellos. Pringle se acercó a la ventana y se quedó contemplando la oscuridad nocturna; el reloj de una torre dio las horas. Al cabo de unos instantes, Aughinbaugh continuó:

—Y el otro mensaje, de esperanza y de confianza, es éste:

Mi corazón se regocija al pensar que, durante mi vida, he encontrado hombres buenos y sinceros conmigo.

¿Quieren una alusión más clara de que necesita la ayuda de todos los hombres buenos y sinceros?

—Dado que la mayoría está contra mí, y dado también que estoy convencido, me rindo —dijo Ballinger—. Ahora, lo importante es saber qué vamos a hacer…

Capítulo XI

Te advertiré de lo que esa gente hará.

BALAAM

—Jeff nos dice también eso —dijo George—. En sus dos cartas habla de los periódicos de El Paso. En la carta dirigida a sus «hijos», dice que ha leído de cabo a rabo uno de ellos. Sabiendo lo que sabemos, resulta fácil deducir que Jeff lee el periódico todos los días, y que espera que nos pongamos en comunicación con él por medio de la sección de avisos. Si le permiten leer los periódicos —en su carta dice que a su jefe le envían todos los de El Paso—, lo más probable es que no le hagan víctima de malos tratos. Supongo que tratan de arrancarle una promesa de silencio a cambio de perdonarle la vida. Lo que no comprendo es cómo no le han matado ya.

—Yo lo comprendo perfectamente —dijo Pringle—. ¡Jeff les ha convencido para que no lo hicieran! ¿Dice algo acerca de lo que hay que hacer?

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—Eso es lo que había dejado para el final —respondió George—. Es la más ambigua de todas las alusiones. Al hablar dos veces de Casio, al mencionar las supersticiones de César y, más adelante, al decir que algunos de sus presentimientos eran bastante exactos, puede haberse referido a mí, en lo de «Casio tiene un aspecto flaco y hambriento», o en la línea inmediatamente superior: «Permitidme tener hombres gordos a mi alrededor». Estoy casi seguro que quiso decir esto último. Porque sabía que llegaríamos, indefectiblemente, a plantearnos la cuestión de lo que vamos a hacer. Sabemos que Thorpe es culpable; pero esto no va a ayudar a Jeff… ni a Tillotson.

«Dadas las circunstancias, hubiera sido una imprudencia citar la calle y el número; no le hubieran permitido…».

—¡Por Jove! —exclamó Leo—. ¿Es que no se dan cuenta? Jeff nos dice: «Esto es todo lo que sé». No sabía dónde estaba. No era fácil que pudiera saberlo.

—¡Claro! No había caído en ello —dijo George—. Gracias. Esto nos lleva a la conclusión de que Jeff quiso decir que «los hombres que hay a su alrededor», sus carceleros, son gordos. Tenemos que localizar su cárcel, y, para ello, el mejor camino a seguir es localizar a sus carceleros. Decirnos que buscáramos a unos hombres de «aspecto flaco y hambriento» en esta región de hombres delgados, flacos, magros, chupados, no serviría para nada. Pero los hombres gordos son lo bastante escasos como para no pasar inadvertidos. Además, Patterson es una montaña de carne; Thorpe no está gordo, en realidad, pero se encuentra peligrosamente cerca de la obesidad. Jeff insiste tanto en lo de la gordura, repitiéndolo hasta cuatro veces, para que el detalle no nos pase inadvertido, que debe de tener un significado importante. Jeff tiene a su alrededor a unos hombres que están gordos. Y nosotros tenemos que buscarlos. Mr. Pringle, ¿quiere usted tomar el mando de las operaciones?

—La cabecera de la mesa está en el lugar donde se sienta Wes —declaró lealmente Beebe.

—Propongo que Mr. John Wesley Pringle sea elegido… ejem… Presidente de la Antigua Sociedad de Hombres Buenos y Sinceros —dijo Leo

—. Los que estén de acuerdo con la propuesta se pondrán en pie o continuarán sentados. Los que están en contra no son miembros de la Sociedad y pueden abandonar la sala. Se aprueba la propuesta por unanimidad. ¡Caballeros, Mr Pringle!

—La Sociedad queda constituida —dijo Mr. Pringle en tono severo—. Ruego que algún hombre bueno y sincero exponga el motivo de esta sesión

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permanente y, asimismo, diga cómo, por qué y qué propone que se haga en primer lugar.

—Tal vez fuera conveniente contratar a algunos detectives y unir nuestras fuerzas con los abogados de Tillotson… —sugirió Billy.

—Nada de detectives —replicó Pringle con firmeza.

—Y nada de abogados —dijo George con la misma decisión, añadiendo —: Les ruego que nos dispensen, a Mr. Pringle y a mí, de explicar los motivos de nuestros respectivos vetos. Pero son muy poderosos.

—Entonces, ¿dependeremos solamente de nuestros propios recursos? — preguntó Leo.

—Exactamente. Nosotros nos lo guisaremos y nosotros nos lo comeremos —dijo Pringle—. Lo que no hagamos los cuatro por amistad, no lo hará ningún hombre por dinero. Y estaremos seguros de no fracasar por miedo, ni por soborno, ni por nada por el estilo. Somos amigos incondicionales de Jeff, sin tener en cuenta la ley ni el provecho, los hombres ni el diablo, la desgracia ni la muerte. ¡Hasta el último extremo… y algo más!

Pringle meditó unos instantes.

—Caballeros —continuó— esta misma noche insertaremos nuestro pequeño anuncio en los periódicos, en seguida, muy pronto e inmediatamente[38]. Después de lo cual, creo que lo más sensato que podemos hacer es proporcionarnos un buen sueño. Luego empezaremos las pesquisas en El Paso y en Juárez, a fin de entablar conocimiento con los señores Thorpe y Patterson, y con todos los hombres gordos que se relacionen con ellos. Para evitar toda posible sospecha, yo me disfrazaré de ganadero calvo, procedente de Rainbow. Mr. Aughinbaugh…

—¿Mister? Querrá usted decir George —dijo el escribiente.

—Bueno, George. Usted, George, se disfrazará de pasante de abogado. Billy se comprará unas tijeras grandes y se hará pasar por esquilador. En cuanto a Leo… —Se interrumpió y miró a Ballinger con expresión dubitativa —. En cuanto a Leo… —repitió, y volvió a interrumpirse.

La desdichada víctima hizo una serie de contorsiones, como para acabar de demostrar que no era ni carne ni pescado.

—¡Ya lo tengo! —exclamó finalmente, con una forzada sonrisa—.

Compraré unas cuantas telas y me haré pasar por buhonero.

—De acuerdo —dijo Pringle.

A la mañana siguiente, Jeff encontró lo que había estado buscando durante muchos días. En el Times y en el Herald, en la sección de anuncios, leyó el siguiente aviso:

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Ha llegado el momento de que todos los hombres buenos y sinceros se pongan cautelosamente en movimiento.

Era el día vigésimocuarto de su encarcelamiento.

Capítulo XII

¡No, no! Primero las aventuras: las explicaciones requieren demasiado tiempo.

EL GRIFO

Billy instaló sus cuarteles en el hotel principal y se dedicó a recorrer El Paso y Juárez sin prisas. George frecuentaba los medios sociales más distinguidos, buscando pretextos relacionados con el bufete de Hibler. Pringle se mostraba locuaz con los vaqueros residentes y visitantes. Entre los vaqueros existe una curiosa francmasonería, oficiosa pero sumamente efectiva.

Además, Pringle hizo caso omiso de sus propias instrucciones. Vaqueros conocidos suyos —y en los cuales confiaba— empezaron a invadir Juárez. Lo único que sabían —ya que Pringle no les dio ninguna explicación— era que tenían que vigilar a Thorpe o a Patterson si visitaban la ciudad mejicana; y asimismo a cualquier hombre gordo con el cual se entrevistaran aquellos dos; e informar de lo que descubrieran.

Los cuatro amigos, por su parte, vigilaban todas las idas y venidas de Thorpe, siguiéndole los pasos de día y de noche pasándoselo de uno a otro como una pelota. Al final de la semana no habían descubierto absolutamente nada que pudiera ayudarles.

Thorpe vivía de un modo sibarítico; se levantaba tarde, comía regiamente; dedicaba cierto tiempo a sus negocios legales, y un poco más a las conferencias políticas. Por las tardes, cabalgaba o daba un paseo en automóvil; a veces se dejaba caer en la bolera de la Fire Company, para combatir cierta tendencia a la obesidad.

Por la noche cenaba en su club, jugaba al bridge con una escogida tertulia, o asistía al teatro; ocasionalmente, una reunión social. Y el día solía terminar

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con una visita a los baños turcos de la calle Franklin, otra precaución contra la obesidad. En una palabra, llevaba una vida de perfecto caballero.

La vida de Patterson era muy parecida, pero sus relaciones sociales eran menos amplias que las del Juez. Durante aquella semana hizo un breve viaje a Silver City, y Pringle volvió a violar sus propias órdenes enviando al pelirrojo Joe Cowan, vaquero de Organ, en calidad de observador de los H. B. Y. S… sin ningún beneficio para la Sociedad.

Patterson había ido a examinar una mina que estaba en venta.

Aquella tenaz vigilancia tuvo un extraño e inesperado resultado. Al ver a muchas personas de cerca, observaron que un sorprendente número de aquellas personas hacían cosas que no deberían hacer, y que continuaban haciéndolas, convencidos de que nadie les veía. Ballinger, que tenía a su cargo el barrio menos respetable de la ciudad, confesó su intención de dedicarse al chantaje, en vez de regresar a lo que él se complacía en llamar «insoportable cariño» de su familia.

Sólo había sucedido una cosa que, con cierta dosis de optimismo, podía interpretarse como una posible confirmación de sus sospechas.

Una noche, la cuarta de su vigilancia, el Juez Thorpe tomó uno de los últimos autobuses para Juárez, renunciando al baño turco. Cuando descendió del vehículo, en la calle de San Rafael, John Wesley Pringle se apeó también por el lado opuesto y se dedicó a seguirle cautelosamente. No se atrevía a seguirle muy de cerca, ya que si Thorpe se daba cuenta de lo que ocurría, podría empeorar la situación de Jeff. Prefería arriesgarse a perder a su hombre que arriesgarse a las consecuencias de la alarma.

Y lo perdió. El Juez, al llegar a la calle Terrazas, dobló la esquina. Pringle apresuró el paso, pero cuando llegó a la esquina el Juez se había perdido de vista; y le fue imposible recoger de nuevo su pista. El Juez regresó a El Paso sin volver a ser visto.

De los otros trabajos de los cuatro amigos durante aquellos fatigosos días; de los millares de preguntas casuales que formularon; de los innumerables hombres gordos seguidos hasta sus respetables hogares; de las esperanzas defraudadas, decepciones, apresuramientos, inútiles vigilias, y todos sus actos… ¿Acaso no están escritos en el libro de los Esfuerzos Perdidos?

Entretanto, Jeff leía muchos libros, practicaba en su máquina de escribir, hostigaba a Mac implacablemente; y día tras día encontraba en los periódicos pequeños avisos: «Comprendemos perfectamente la situación, pero la ayuda

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al partido llegará lentamente». «Los hombres buenos y sinceros son pacientes; también el partido debe serlo». Siempre una alusión a la famosa frase, para facilitar su identificación. Uno de ellos decía simplemente: «Pon en mi caja cinco docenas de botellas de licor. Haz prácticas con ellas para adquirir rapidez. Mucho tiempo».

Pero, como observó prudentemente John Wesley:

—El final no llegará hasta el último momento.

Capítulo XIII

Has estado escuchando detrás de las puertas… y detrás de los árboles… y debajo de las chimeneas… ya que de no ser así no te habrías enterado.

HUMPTY-DUMPTY

Al final, un día feliz, se presentó en la oficina del Juez, solicitando y obteniendo breve audiencia, un hombre gordo con un rostro más que sospechoso; un hombre despreciable, tosco, con la parte inferior de la cara cubierta por una enmarañada barba. Arghinbaugh le echó la vista encima y corrió a avisar a Leo. Éste montó guardia delante de la oficina del Juez hasta que salió el hombre gordo. Leo le acompañó hasta Juárez.

Recordando lo que le había sucedido a Pringle con el Juez, Leo tomó sus medidas. Si su teoría era exacta, ese hombre haría el mismo camino que hizo el Juez. En consecuencia, Leo se apeó del autobús en la parada anterior a la de la calle de San Rafael y continuó a pie hasta la calle Terrazas. Después de una impaciente espera, tuvo la satisfacción de ver a su hombre doblar la esquina y avanzar en la dirección en que él se encontraba, tambaleándose ligeramente. Al parecer, el retraso tenía alguna relación con las tabernas que había en el camino.

Leo se refugió en una tienda de antigüedades, comprando cosas que no necesitaba para nada. Saliendo con sus paquetes, siguió a su presa hasta el Hotel Internacional. Leo entró poco después, pidió que le sirvieran de cenar y se eclipsó detrás de un periódico. El hombre gordo hizo una visita al bar, pidió su llave y subió tambaleándose la escalera que conducía a los pisos superiores.

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Terminada la cena, Leo se paseó ociosamente de un lado para otro, hasta que se vio enredado en una partida de cartas con un desconocido… que le ganó de un modo vergonzoso. La euforia desató la lengua del desconocido, el cual respondió a las hábiles preguntas de Leo informándole de que «el hombre gordo» se llamaba Borrowman, de que se trataba muy poco con él porque normalmente trabajaba de noche, que era un hombre muy arisco y varias cosas más.

Ballinger perdió otros cuantos juegos y se marchó a telefonear a Aughinbaugh. No pudo localizarle, por lo que decidió enviar un recado urgente al hotel donde se alojaba Billy Beebe, ya que el paradero de John Wesley en aquellos momentos era más que problemático. Mr. Beebe no estaba en el hotel; pero el conserje le daría cualquier mensaje cuando llegara. De modo que Leo le citó en una hostería situada en la manzana contigua a la del Internacional y luego se dirigió allí, alquiló una habitación y permaneció despierto hasta que llegó Billy.

Después de discutir la situación, Billy se instaló en el Internacional. Borrowman no le había visto antes, en tanto que podía recordar el rostro de Ballinger y recelar algo. Éste no era un caso corriente: una alarma significaría, no una contrariedad pasajera, sino un irremediable desastre. Leo se dirigió a El Paso, dejó un aviso en los periódicos diciendo que «la caza de los enemigos de los hombres buenos y sinceros había empezado a dar frutos», y luego fue en busca de Pringle y de Aughinbaugh. Los tres regresaron a Juárez y una vez allí se separaron, para montar guardia en las calles situadas al este, al sur y al norte del Hotel Internacional.

Billy pasó una velada muy aburrida en el bar del Internacional. A medianoche, Borrowman no había dado aún señales de vida. Bajó poco después de la una, hizo una última visita al bar y salió a la calle.

Tomó la dirección este. Cuando dobló la primera esquina, unos pasos delante de él había un joven delgado —que respondía al nombre de Aughinbaugh—, el cual echó a andar rápidamente, aumentando cada vez más la distancia que le separaba del hombre gordo, en tanto que Beebe se acercaba por la retaguardia. Al mismo tiempo, Pringle y Ballinger efectuaban un movimiento de tenaza desde el norte y desde el sur, respectivamente.

La caza se prolongó por espacio de varias manzanas. Al llegar a las afueras de la ciudad, Borrowman giró de nuevo a la izquierda, en dirección al río. Pringle, una manzana al norte, cruzó la calle rápidamente y apresuró el paso; Billy se encaminó hacia el río por el lado oeste; Aughinbaugh copó el lado este, y Ballinger pasó a ocupar la retaguardia.

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Pringle se dio cuenta de que el río estaba muy cerca, y comprendió que se aproximaba el final; se introdujo en una calle lateral en dirección este y desapareció. Borrowman siguió andando en línea recta; Ballinger, oculto en un portal, le vio entrar en una casa de adobes situada en la orilla del río. Era una casa oscura y cerrada; en su interior no había ninguna luz encendida, pero de la chimenea brotaba una columna de humo.

Ballinger retrocedió, dio la vuelta a la manzana y se reunió con Aughinbaugh y Pringle. Después de una larga espera se presentó Beebe, guiado por unos apagados silbidos de sus compañeros. Lentamente, de puntillas, se deslizaron a través de las sombras para reconocer el terreno.

La vieja casa de adobes era de techo plano y de un solo piso, como de costumbre. Las ventanas estaban cerradas, pero a través de sus rendijas podía verse el oscuro interior. No había el menor rastro de fuego; el humo procedía de una habitación subterránea: la caza había terminado.

Billy tiró a Pringle de la manga y se inclinó, agarrando a Leo en un cariñoso abrazo. Después de una silenciosa revisión de aquella escalera humana utilizando el sentido del tacto, Pringle pasó de la espalda de Billy a los anchos hombros de Ballinger, y de allí se encaramó al tejado sin hacer el menor ruido.

Al cabo de una infinidad de tiempo, su figura volvió a recortarse en el borde del tejado, contra la luz de las estrellas; descendió, condujo a su reducida tropa a la seguridad de la playa abierta junto a la orilla del río, y una vez allí rompió a hablar excitadamente:

—¡Jeff está allí! ¡Divirtiéndose como nunca! La chimenea desciende directamente hasta la habitación; he podido oír todas sus palabras. Son una pandilla de estafadores, contrabandistas y otras hierbas. Thorpe es el cerebro. Tienen sobornados a varios policías y funcionarios. La celda era utilizada para almacenar chinos, con los cuales hacían un gran negocio de contrabando. El otro centinela es gordo, como suponíamos, y tiene mucho mejor aspecto que Borrowman. Estaba enfurecido con Borrowman porque se había presentado bebido, y tan tarde; le amenazaba con medidas disciplinarias, maltratándole ferozmente de palabra. Jeff intervenía de cuando en cuando, para azuzar a Borrowman, diciéndole que no debía de soportar aquellos insultos. Al parecer, Jeff disfrutaba de lo lindo. El otro centinela dijo que no dejaría a Jeff bajo la vigilancia de Borrowman hasta que este último estuviera un poco más sereno; volvió a insultarle y le dijo que se acostara. De modo que los dos pasarán allí toda la noche.

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—¿Cómo puede usted saber que el otro hombre tiene mejor aspecto que Borrowman? —preguntó George, intrigado—. No ha podido verle…

—Desde luego, no le he visto… pero he visto a Borrowman —replicó triunfalmente Pringle.

—¿Qué más pudiste oír? —preguntó Billy.

—Poca cosa. Pero me ha bastado para comprobar que nuestras suposiciones eran ciertas. Al principio, retenían a Jeff para que se uniera a ellos. Jeff se negó, y no acierto a comprender por qué le retienen ahora, en vez de liquidarlo. Estoy convencido de que les disgusta tenerle allí. Y ahora, muchachos, vámonos a El Paso. Esta noche no tenemos nada más que hacer aquí.

—¿Cómo vamos a llegar hasta él sin provocar su muerte? —preguntó George—. Puedo sentarme en una oficina y descifrar jeroglíficos; la observación de los métodos que utiliza Hibler para esquilmar a sus clientes me ha servido de mucho. Pero, cuando se trata de emplear la violencia, no sé qué pie tengo que avanzar primero.

—Será la cosa más sencilla del mundo —dijo Pringle—. Advertiremos a Jeff por medio del periódico. Dejaremos que pasen un par de días a fin de darle tiempo para ver nuestro aviso. Luego vendremos con un gancho, una cuerda y un revólver, esperaremos hasta que sólo haya un hombre con Jeff, hasta que Jeff esté de pie junto a la chimenea, y hasta que nos dé la señal que mencionaremos en nuestro aviso. Entonces bajaremos el revólver por la chimenea, para que Jeff lo recoja y haga el resto. Es la única solución. No existe otra. Dentro de un par de días el asunto quedará resuelto. Pasaremos esos dos días durmiendo.

Capítulo XIV

Es un largo gusano que no tienen ninguna revuelta.

J. W. PRINGLE

La persecución de Borrowman había terminado en la madrugada del jueves. El viernes, Jeff encontró esta comunicación en su periódico de la mañana:

Oído todo a través del aire caliente, ha llegado el momento de que el partido se ayude un poco a si mismo; esta noche, a las nueve, junto al juego,

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dará la señal de que está preparado con el lamento del vaquero y yo le proporcionaré seis excelentes amigos.

Jeff quedó muy complacido. Pero aquél fue el peor día de su cautividad. Hizo cosas muy desagradables para Borrowman, que estaba de guardia, ya que su borrachera había trastocado los turnos. La jornada transcurrió lentamente. A las siete llegó Mac, y Borrowman se marchó en cuanto estuvo preparada la cena.

Jeff había mantenido un fuego muy bajo. Estaba de espaldas a la chimenea, de pie, conversando con Mac, que estaba sentado en la cama.

—¿Qué hora es, Mac?

—Las nueve menos diez.

—Ya va siendo hora de acostarse —dijo Jeff, bostezando—. ¿No puede usted quedarse de guardia hasta mañana por la noche? —preguntó quejumbrosamente—. Así quedarían las cosas tal como estaban, y Borrowman haría su turno mientras duermo. Ese bruto no es una buena compañía para un caballero. Además, va a dejarme escapar.

—Desde luego, desde luego —asintió Mac, sonriendo complacido—. Tiene unas ganas locas de liquidarle. Y es que le trata usted con mucha desconsideración. Claro que, a fin de cuentas, da lo mismo que esté él o que esté yo. De todos modos, no podrá usted escapar. Le tendremos aquí hasta el día del juicio final, si es necesario.

—¡Oh, sí! Tarde o temprano me fugaré, desde luego —dijo Jeff amablemente—. Y esto me recuerda que voy a necesitar un sombrero dentro de poco. Quiero que me proporcione usted uno que sea bueno. No trajeron aquí el mío, como usted sabe. Supongo que la culata del revólver de Broderick lo destrozó. Tráigame un J. B. del 7, con un ala de cuatro pulgadas, de color gris perla.

—No necesita usted ningún sombrero. No podrá escapar. Es imposible. Si consigue escapar, puede llevarse el mío, porque entonces el que no va a necesitar sombrero seré yo.

—Bueno, no quiero discutir con usted. Veo que no podría convencerle de su error —dijo Jeff—. Pero está usted equivocado.

Se volvió de cara al fuego y canturreó la primera frase del «Lamento del

Vaquero»[39]:

«Cuando cabalgo hacia Latern, en Barin…».

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Inmediatamente, el largo y azulado cañón de un 45 asomó interrogadoramente por la chimenea. Jeff sacó rápidamente el revólver del gancho y lo deslizó debajo de su chaqueta. Luego tiró ligeramente de la cuerda, para advertir a los de arriba. A continuación se apartó del fuego y se sentó, contemplando a Mac a través de la mesa.

—¿Mac qué más? —preguntó—. Hemos pasado unos días muy agradables juntos, y todavía ignoro su apellido. ¿Mac qué más?

—No es cosa nueva que los hombres de mi sangre no tengan apellido — dijo Mac tranquilamente. Su voz adquirió un tono de orgullo; su actitud tenía cierta dignidad—. Durante generaciones, fuimos una raza proscrita, sin hogar y sin nombre. La maldición de Ismael estaba con nosotros: vivir con la espada desenvainada, con la bóveda del cielo por techo. ¿Quién no ha oído hablar de los Gregara[40]?

—¡Oh! De modo que es usted un MacGregor… Bueno, mister MacGregor, en el mismo libro se afirma sabiamente que el que desenvaina la espada morirá por la espada —dijo Jeff, empuñando el revólver por debajo de la mesa—. Es una verdadera lástima que en su caso pueda haber una excepción. Tiene usted sus cosas buenas, no lo niego. Desde luego, merece ser colgado en la misma cuerda que Thorpe. Pero es usted tan honrado y tan recto en su villanía, que me veo obligado a admitir que experimentaré cierto pesar al contemplar cómo le cuelgan. Además, no merece usted que la causa de tan desdichado final sea yo. Si Thorpe le hubiese escuchado, no podría escapar para hacer que les cuelguen a los dos.

—En tal caso, permítame decirle que no podría ser colgado en mejor compañía —dijo MacGregor jocosamente—. No se preocupe. Mis piernas no temblarán al subir los peldaños del patíbulo. Y si pudiera morir por él, lo haría de buena gana. Se ha portado maravillosamente conmigo. Arriesgó su nombre y su riqueza para sacarme de la cárcel de San Saba con sus propias manos. De no haber sido por él, todavía me estaría pudriendo allí. Pero, todo esto son tonterías.

Llenó su pipa de tabaco, encendió una cerilla y la aplicó a la cazoleta.

—Puedo asegurarle que lo que yo digo no son tonterías —afirmó Jeff—.

Pero, cambiaré de tema. Voy a enseñarle algo. ¡Esto!

Se puso en pie; el largo cañón del revólver brilló de un modo siniestro. —¡Levante las manos, Mr. MacGregor!

McGregor levantó los dos brazos, mirando fijamente el azulado cañón del revólver que empuñaba Jeff con mano firme. Siguió chupando su pipa.

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Bransford no pudo disimular su admiración ante aquel indomable valor.

Acercándose por detrás al derrotado guerrero, le desarmó.

—¡Vamos, muchachos! —gritó a continuación, acercándose a la chimenea—. ¡El camino está despejado!

Se oyó un rumor de pasos precipitados encima del techo; la puerta exterior se abrió de golpe. Mac le tendió a Jeff su sombrero y se dejó caer sentado en la cama, con silenciosa rabia. Los pasos descendieron por la escalera y avanzaron por el pasillo. Un hacha se hundió en la puerta. Pringle, revólver en mano, irrumpió en la habitación a través de la astillada madera; los otros le siguieron. John Wesley rebuscó en el bolsillo de su chaqueta, y extendió la famosa botella forrada de cuero:

—¡Bueno, Bruto, viejo amigo, nos hemos encontrado de nuevo! ¿Vamos a sonreír?

Capítulo XV

Que me cuelguen si el bribón no me ha dado pócimas que me hicieron amarle.

FALSTAFF

Y al finalizar, os mato.

CYRANO

—Ahora, manos a la obra —dijo Jeff, después de unas apresuradas explicaciones mutuas—. Tenemos ante nosotros la parte más difícil: coger a Thorpe desprevenido…

Wesley se acercó a Jeff y murmuró algo a su oído. El rostro de Jeff resplandeció.

—Cuando nos hayamos hecho con él iremos por los demás. Vamos a acercarnos a la orilla y robaremos un bote. Muchachos, os presento a Mr. MacGregor. Nos lo llevaremos. Mac, será mejor que se cubra la cabeza con un pañuelo. Podría resfriarse.

—No pueden sacar a un hombre de Méjico sin una orden de extradición.

Sería un rapto —dijo Mac sonriendo descaradamente.

—De modo que no podemos, ¿eh? —dijo Jeff afablemente—. De todos modos, vamos a intentarlo. Y si usted se pone pesado…

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—¡No me diga! —exclamó Mac en tono sarcástico—. ¿Ése es el agradecimiento que le demuestra a Thorpe por haberle salvado la vida?

—Yo no le pedí que me salvara la vida y, por lo tanto, no le debo ninguna gratitud —replicó Jeff—. Hicimos un trato. Yo trataría de colgarle si podía escapar de aquí… y prácticamente me había escapado ya cuando él accedió, exceptuando el pequeño detalle del tiempo. Estoy jugando limpio. ¡Vamos!

—Tiene usted razón, hicieron un trato —admitió MacGregor a regañadientes, y se dirigió a la escalera.

Una vez en la calle, sin embargo, se detuvo.

—Mr. Bransford, hemos pasado juntos unos ratos muy agradables.

Permítame decirle una palabra más.

—Bueno —asintió Jeff.

El forajido se sentó sobre los restos de una pared.

—Aprecio su buena opinión, Mr. Bransford, y sé que usted sabe que lo que me ha impedido luchar no ha sido el miedo, ni mucho menos. Pero el luchar no hubiera servido de ayuda al Juez Thorpe, y al final me hubieran matado. Y no creerá que soy tan tonto como para dejarme matar inútilmente… Pero, aquí, el caso es distinto. Aquí no hay paredes recias que ahoguen los ruidos. Y estoy dispuesto a armar todo el ruido posible, para atraer a la policía. Thorpe tiene muchos amigos aquí, amigos que le pondrán sobre aviso… —Repentinamente, levantó la cabeza y empezó a gritar—: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Asesino!

—¡Maldición! —exclamó Jeff, tratando de taparle la boca a Mac.

Los otros le cogieron por los brazos y empezó una lucha salvaje. Al final consiguieron dominarle, pero era demasiado tarde. Dos policías bajaban corriendo por la calle. Los vecinos, en cambio, sé mantenían prudentemente detrás de sus puertas y ventanas.

—Jeff, tú y Pringle os marcharéis a los Estados Unidos —dijo apresuradamente Leo—. Tenéis que echarle mano a Thorpe, de todos modos. Yo me encargaré de este rufián y dará la cara con la policía, para que podáis ganar un poco de tiempo.

—Yo hablaré con la policía —dijo Beebe. —Pero… si desconoces el español… —dijo Pringle. —Veo que no me conoces —dijo Billy—. ¡Mira!

Sin esperar a más, salió al encuentro de los dos agentes. Éstos se detuvieron. Se produjo un breve coloquio, al final del cual, y ante el asombro de los tres amigos, los policías dieron media vuelta y empezaron a alejarse.

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—Permítanme una sugerencia —dijo Aughinbaugh—. Vamos a llevar a este caballero al calabozo subterráneo. Allí podemos atarle, y creo que podré encargarme de su vigilancia mientras ustedes van en busca de Thorpe. En cuanto le hayan echado mano, pónganse en contacto con los abogados de Tillotson a fin de que obtengan una orden de detención contra Patterson y el cochero, y luego tomen las medidas necesarias para que Borrowman y MacGregor sean arrestados legalmente. Pueden acusarles de rapto o de detención ilegal, y retenerles aquí hasta que obtengan la orden de extradición. Pueden enviar aquí a un hombre —o a dos, o a tres—, por si se presentara Borrowman. No me gustaría que me encontrara solo. Además, prefiero permanecer en un discreto segundo plano. Este asunto va a costarle el cuello a alguien. Y no deseo crearme enemigos. Dios sabe la de gente que puede estar complicada en los trapicheos de Thorpe… Y éstos hombres van a hablar como cotorras…

Al llegar aquí fue interrumpido por un puntapié del amordazado prisionero. No era un puntapié agresivo, y evidentemente sólo tenía por objeto llamar la atención. Se inclinaron sobre él. Estaba sacudiendo la cabeza; a la luz de las estrellas, vieron que en sus ojos se reflejaba una indignada negativa.

—No me refería a usted —dijo George, en tono de disculpa—. Estoy convencido de que usted no haría una cosa así. Pero Borrowman puede hacerlo, y Patterson es capaz de vender a su propio padre para salvar el pellejo.

Los ojos dé MacGregor asintieron. Luego, Mac consintió en regresar a la habitación subterránea. El astuto veterano reservaba sus fuerzas hasta que se le presentara una ocasión de utilizarlas con éxito. Estaban atándole a la cama cuando se les unió Billy.

—¡Vaya! ¿Dónde aprendiste a hablar español, Billy? —preguntó Pringle, extrañado.

—Bueno… no era exactamente español —dijo modestamente Beebe—. Era una especie de esperanto. Les abordé con un revólver en una mano y un fajo de billetes en la otra. Cogieron los billetes.

Jeff, cosa rara en él, se mostraba algo deprimido.

—¿Quién hubiera imaginado que este viejo coyote podía ser capaz de tan obstinada lealtad? —inquirió, suspirando—. En medio de todo, Thorpe cuenta con algo que no todo el mundo tiene: un amigo. Mac, voy a tomar todas las precauciones posibles para que no pueda usted escaparse, pero en el fondo de mi corazón aliento la esperanza de que consiga huir, a pesar mío.

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Se inclinó sobre el prisionero y pasó los dedos por su hirsuta pelambrera, casi afectuosamente.

—Se lo diré a Thorpe, viejo —susurró.

Echó a andar hacia la puerta, pero después de haber dado un par de pasos se detuvo y volvió la cabeza hacia atrás, con una irresolución impropia de su carácter. Finalmente, retrocedió y se sentó en el borde de la cama, dando la espalda a MacGregor. Colocó las manos entre sus rodillas, golpeando ociosamente el suelo con los talones. Sus ojos estaban clavados en una grieta del pavimento; con voz monótona, empezó a recitar:

«Y a menudo, después de ponerse el sol, cuando el aire es transparente y limpio, cojo mi pequeño derringer[41] y me siento a cenar aquí».

Los otros esperaban junto a la puerta. John Wesley tranquilizó a George con un guiño. George contemplaba los movimientos de Jeff con aire de desaprobación.

—¿No cree usted que estamos perdiendo lastimosamente el tiempo, Mr. Bransford? —preguntó finalmente—. Opino que no es éste el momento más oportuno para que nos obsequie con un soliloquio…

Jeff alzó los ojos.

—Sólo trataba de recordar una vieja historia —explicó ingenuamente—. Mi abuelo perteneció a la compañía Hudson Bay, y la historia era una especie de tradición entre sus muchos empleados. Se refiere a dos astutos escoceses. La he recordado porque Mac es escocés… y está en un apuro.

»Sus nombres eran Kerr y McKensie. Un día, Kerr naufragó en unos rápidos y perdió todas sus pertenencias, a excepción de la ropa que llevaba puesta y su cuchillo. Pero al anochecer llegó al campamento de McKensie, y pasó la noche con él. McKensie tenía un buen equipo: canoa, rifle, trampas y un gran montón de pieles. También tenía una merecida reputación de avaro. Y durante la noche hicieron un trato.

»Cuando se hizo de día, McKensie tenía el cuchillo y Kerr todo lo demás. McKensie no explicó nunca lo que había sucedido. Cuando le preguntaban acerca de ello, parecía un poco asombrado. Y respondía, con cierto énfasis: “¡Kerr es una persona muy inteligente!”.

La moraleja es: ándate con cuidado con un escocés.

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—¡No pierda más el tiempo! —dijo George, en tono indignado—. Vaya en busca del Juez. Yo cuidaré de Mac.

—De acuerdo —dijo Jeff—. Me iré. Pero luego no digas que no te he advertido.

El Juez Thorpe estaba particularmente satisfecho de sí mismo. Después de un afortunado y provechoso día y de una agradable velada en su club, se acordó de su implacable enemiga, la obesidad, y se encaminó hacia los Baños Turcos.

Después de cocerse a fuego lento el tiempo necesario, se tendió sobre la mesa de mármol en espera del masajista. Cuando éste llegó, el Juez estaba medio dormido.

Sin embargo, cuando empezó el masaje, el Juez se dio cuenta de que la persona que se lo daba no parecía muy experta. ¿Por qué no le habían enviado a Gibbons, como de costumbre? Abrió los ojos, dispuesto a quejarse, pero volvió a cerrarlos inmediatamente: estaba viendo visiones. ¡Algo muy raro! El masajista, embutido en su bata blanca y visto a través de las espirales de vapor, tenía un sorprendente parecido con su prisionero de Juárez. El corazón del Juez interrumpió repentinamente sus latidos, y luego los reanudó con inusitada violencia.

El masajista se estaba quitando los guantes; el Juez volvió a abrir los ojos. Desde luego, el prisionero estaba seguro en su encierro; la ilusión se debía a un simple efecto óptico. La nube de vapor se desvaneció, el masajista se inclinó sobre el Juez con una mirada tranquila y benévola… ¡Santo Cielo!

El corazón del Juez se encogió horriblemente, su lengua se secó, sus huesos se convirtieron en agua y su carne en temblorosa gelatina. Dirigió una ansiosa mirada a la puerta. Detrás de ella había otros tres hombres vestidos de calle. Entraron y se alinearon silenciosamente contra la pared. Parecían divertirse. Los labios de Thorpe se movieron, pero no dejaron escapar ningún sonido.

Jeff Bransford volvió a inclinarse sobre el Juez, con una sonrisa en sus agradables ojos castaños.

—Mi esposa, Juez —dijo alegremente, señalando con un gesto a Beebe—, y mis dos hijos, Wes y Leo. Están muy creciditos, ¿verdad? —Hundió jocosamente un dedo en las costillas de Thorpe—. Y ahora, Juez, ¿qué me dice usted de mi presentimiento?

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Después de llevar personalmente a la cárcel al Juez y a Patterson, los H. B. Y. S. consideraron que la captura de los delincuentes de menor cuantía podía ser confiada al gobierno. De modo que fueron a entrevistarse con los abogados de Tillotson a una hora desusada —las cuatro de la mañana—, y les arrancaron de la cama para que les acompañaran a la cárcel a fin de conferenciar con Tillotson.

Estaban en lo mejor de sus explicaciones, cuando uno de los carceleros introdujo a Aughinbaugh en presencia de los amigos reunidos en consejo.

George entró contoneándose, con el aire más insolente que imaginarse pueda. El mejor cigarro de El Paso colgaba de su boca; era evidente que estaba muy satisfecho de sí mismo.

—¿Dónde está el prisionero? —preguntaron a coro los tres amigos.

Aughinbaugh se quitó el cigarro de la boca y sacudió la ceniza.

—¿Mac? Se escapó —dijo George, tranquilamente.

—¿Se escapó? —tronó el abogado más viejo—. ¿Amordazado, atado de pies y manos, sujeto a la cama… y se escapó?

Aughinbaugh le contempló risueño y agitó su cigarro con indolencia.

—¡Era una persona muy inteligente! —dijo.

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EL LOBO FANTASMA

H. L. DAVIES

I

PARA cualquier aficionado a los desérticos paisajes mejicanos, a grandes dosis, el panorama de la hacienda de Río Perdido que se divisaba desde la línea de trampas de Russ Waldron hubiera sido un espléndido regalo para la

vista. A diez millas de distancia, la hacienda era tan visible que podía distinguirse a las mujeres lavando ropa en la balsa de los caballos, a los vaqueros marcando novillos en el patio central, y a los pastores de ovejas azuzando a sus rebaños a través del enorme portal de piedra para conducirlos a los pastos. Cuando uno de los pastores disparaba una piedra con su honda de cuero para mantener al rebaño en movimiento, el asustado revuelo de las ovejas se apreciaba con tal claridad, que casi podía decirse sobre cuál de ellas había aterrizado la piedra.

Más allá había trescientas millas de desierto hasta el dentado horizonte de la Cordillera de Sierra Madre, azul como el humo de las fogatas que las tribus indias de las montañas encienden para ahuyentar a las fieras. Waldron, recorriendo su línea de trampas con un viejo perro rastreador de cabeza alargada tendido a través del arzón de su silla y un rollo de mantas atado detrás, contemplaba el paisaje sin interés. Tenía un contrato con la hacienda de Río Perdido para mantener los pastos libres de animales de presa; estaba llegando al tramo final, el más peligroso de todos, cuando vio que una de sus trampas había sido arrastrada unos treinta pies, colina abajo, del matorral de laurel silvestre en el cual la había instalado.

Waldron examinó atentamente el matorral de tabaco silvestre hasta el cual había sido arrastrada la trampa, y luego obligó a su perro a saltar al suelo y él mismo se apeó del caballo, preparado para disparar al menor movimiento que se produjera en el matorral. Él perro se sentó sobre sus patas traseras y esperó,

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sabiendo perfectamente que no sucedería nada. La trampa se había cerrado, pero estaba vacía.

La trampa había atrapado a un lobo, ya que había sangre y unos cortos pelos grises pegados a sus mandíbulas de acero, y ningún otro animal de tal pelaje hubiera sido lo bastante fuerte para librarse de ellas. Además, el lobo que lo había conseguido no tenía que ser necesariamente un prodigio. Pero, prodigio o no, no podría llegar muy lejos con los destrozos que una de sus patas había sufrido. Waldron silbó al perro, le cogió por el collar y le obligó a olfatear la trampa.

—¡Búscale! —ordenó, soltándole—. ¡Hop!

El viejo «Blue» sabía más de rastreo que cualquier otro perro de la jauría de Waldron, y más de caza que la mayoría de cazadores. Su único defecto era un exceso de fantasía. Le gustaba imaginar adonde conducía su rastro, y buscar atajos en vez de seguirlo en línea recta, sin concesiones a la inteligencia. Con las largas orejas arrastrando por el suelo, trazó un amplio círculo, hundió el hocico en unos cuantos matorrales, y se detuvo, escarbando el suelo para indicar que había encontrado algo. Waldron lo rescató de entre sus patas delanteras y lo examinó con curiosidad. Era una bolsita de cuero, y en su interior había un pañuelo de mujer y una alianza de oro.

¿Cómo habían podido llegar allí aquellas cosas? Era un misterio. A Waldron le habían advertido que no debía ascender demasiado por la montaña, ya que era propiedad exclusiva de los indios de las colinas, los cuales eran una gente insociable y obstinada que no permitía que se violaran los límites de su territorio. Pero los indios de las colinas no tenían anillos de boda, ni siquiera bodas, de ser cierto lo que de ellos se decía. Waldron dio vueltas a la bolsita entre sus manos, mientras el viejo «Blue» esperaba alguna muestra de reconocimiento por su agudeza. Había sido listo al encontrar la bolsa. Pero daba la casualidad de que no le habían traído hasta aquí para que encontrara joyas, sino para que persiguiera a un lobo. Waldron le cogió por el collar y le arrastró de nuevo, de un modo humillante, hasta la trampa.

—Vamos a intentarlo otra vez, «Blue» —explicó Waldron pacientemente. No se sentía demasiado paciente, ya que hacia diez días que trataba de localizar a aquel lobo, y deseaba terminar con él—. Ahora, olfatea bien la trampa y busca al lobo que ha estado en ella. Si sigues haciendo el tonto, tendré que darte una buena azotaina. ¿Entendido?

Regresó al lugar donde se encontraba su caballo, metiéndose el pañuelito y el anillo en un bolsillo, mientras el animal descendía la ladera a través de la resbaladiza grava.

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II

A medida que avanzaba, el terreno se hacía más abrupto. Los tupidos matorrales no permitían ver lo que había a diez pies de distancia. De repente, el caballo de Waldron tropezó con una especie de abertura natural a lo largo de un pequeño arroyo. De no haber sido por aquella corriente de agua, la maleza no hubiera terminado nunca. Más allá del arroyo, el terreno era completamente despejado.

La abertura parecía extenderse en una considerable longitud. Waldron la siguió, y al llegar a una curva encontró al viejo «Blue» amigablemente sentado al lado de un joven alto que le tenía agarrado por una oreja y le acariciaba. Detrás del joven había un caballo con una silla mejicana y el hierro[42] de Río Perdido. Waldron no había visto nunca al joven por los alrededores de la hacienda, pero su aspecto era despierto y agradable, y además llevaba un sombrero de fieltro gris y calzaba unas pesadas botas. Según la experiencia que Waldron tenía de la región, un hombre que llevaba botas en vez de huaraches[43] y un sombrero de fieltro en vez de un sombrero de petate[44], podía al menos ser abordado sin temor. Waldron saludó, dirigió una mirada de reconvención al viejo «Blue», y el joven se puso en pie.

—Conocía ya a su perro —explicó—. Le conocí en la hacienda, mientras usted estaba ausente, cazando lobos. Soy uno de los capataces de Río Perdido. No debe usted dejar que su perro ande suelto por estos alrededores, y usted mismo no debería estar aquí. Los indios de las colinas tienen prohibido el acceso a nuestra propiedad, y se muestran un poco puntillosos en lo tocante a no permitir que nuestra gente penetre en su territorio.

Era lo que decían siempre en la hacienda. Waldron lo había oído tantas veces, que se lo sabía de memoria. Sólo había una cosa que le parecía sospechosa.

—Si esto no es terreno de la hacienda, ¿qué está usted haciendo aquí? — inquirió—. Supongo que no le importará decirme quién estaba al cuidado de la hacienda cuando usted se marchó, por ejemplo…

El joven sonrió.

—Si no pudiera decirle eso, no estaría aquí. La hacienda está al cuidado de la hija del hacendado. Su padre ha ido a llevar unos toros de lidia para la corrida de Zacatecas; su marido está transportando mineral de plata al ferrocarril, para cargarlo con destino a la fundición. Su marido es amigo mí®. Vine aquí para trabajar en su mina de plata, pero había trabajado como

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capataz en varios ranchos norteamericanos, de modo que me pidió que continuara haciéndolo aquí. Y aquí estoy.

La explicación dejaba un punto por aclarar.

—¿Qué tiene que ver que la muchacha esté al cuidado de la hacienda con su presencia aquí? ¿Acaso tiene miedo a quedarse sola con usted?

—No, que yo sepa —respondió el joven—. Todo lo contrario. Pero tiene un carácter muy dominante, y tal vez haya usted notado que las muchachas que llevan poco tiempo casadas creen que todos los demás tienen también la obligación de casarse. Apenas llevaba aquí un par de días, cuando empezó a hacerme sugerencias en ese sentido e incluso empezó a arreglar una casa para que pudiera instalarme en ella una vez casado. Me había escogido a una de sus sirvientas. Confieso que la idea no me seduce, y por eso me he escapado y pienso quedarme aquí hasta que regrese su marido. Cuando él está en la hacienda, su esposa se muestra menos despótica.

La idea de tener que huir de una muchacha que no podía limpiarse las uñas sin la ayuda de una criada resultaba un poco absurda.

—Nunca observé que fuera despótica —dijo Waldron—. Y, a propósito, ¿qué importancia tiene que esto sea territorio indio? No creo que pudiera molestarles el que mi perro llegara hasta aquí siguiendo el rastro de un lobo…

III

El joven le miró fijamente.

—¿El rastro de un lobo? Encontré a su perro a un centenar de metros del poblado indio, encaminándose directamente hacia él. Se encontraba en peligro de que le pegasen un tiro, de modo que lo cogí y me lo traje aquí, para esperarle a usted. Afortunadamente, le vi antes de que lo hiciera algún indio.

—¡Santo cielo! Eso significa que este imbécil de perro me ha tomado el pelo por segunda vez… Porque no creerá usted que los indios utilicen a los lobos como perros guardianes, ¿verdad?

El joven dijo que no lo creía, naturalmente, y Waldron desmontó, ató una cuerda al collar del viejo «Blue», la hizo pasar por encima de la rama de un árbol y tiró hasta que las patas delanteras del perro se alzaron del suelo. Luego empuñó su fusta, y el joven dio un par de pasos hacia adelante, con el ceño fruncido.

—No irá usted a azotarle —protestó—. Sería un error. El animal no lo merece.

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—Merece eso, y mucho más, y él lo sabe —dijo Waldron en tono irritado

—. Así aprenderá a cumplir mis órdenes. Si no quiere verlo, mire a otro lado. —Un momento —replicó el joven con firmeza—. Creo que puedo

ahorrarle algún tiempo en la localización de ese lobo que anda buscando, y cuando haya oído lo que voy a decirle no querrá azotar a su perro. Suéltelo hasta que le haya contado lo que sé. Vamos, deje la fusta y suelte al perro.

IV

—No necesito la ayuda de nadie para resolver mis asuntos —dijo Waldron despectivamente—. Lo único que quiero es enseñarle a este inútil a hacer lo que le mandan. Apártese, si no quiere que le dé con la fusta.

Levantó el brazo. El joven retrocedió hasta el lugar en que se encontraba su caballo, sacó el rifle de la funda de la silla y apuntó a Waldron.

—Se lo he pedido a usted por las buenas —dijo—. Ahora, si le pega al perro, dispararé contra usted. Desabróchese el cinturón y déjelo caer al suelo. Suelte al perro y entrégueme la cuerda. No haga ningún movimiento sospechoso, o haré que los indios carguen con la culpa de un asesinato que no habrán cometido.

Dio un puntapié al cinturón de cartuchos, al revólver y al rifle de Waldron, arrojándolos lejos, y enganchó la cuerda que ataba a «Blue» al arzón de su silla. Quitarle el perro le pareció a Waldron que era llevar la idea del desarme demasiado lejos, y, a pesar de que el rifle continuaba apuntándole amenazadoramente, protestó con vigor.

—¿Qué va usted a hacer con el perro? —arguyó—. Si le obliga usted a andar se le desollarán las patas, y no querrá usted montarlo en su caballo… Ya ha hecho usted bastante por él. Si le suelta, no le azotaré. Lo único que quiero es que siga el rastro de ese lobo.

Después de pensarlo, el joven soltó la cuerda.*

—Para asegurarme de que no le castigará cuando yo me haya marchado, envíele por delante de usted —sugirió—. Vamos, hágalo, o tendré que llevármelo. —Esperó hasta que el viejo «Blue» hubo desaparecido entre los matorrales, y montó a caballo—. Ahora tendrá usted tiempo de enfriarse. En esta montaña no va a coger ningún lobo, puedo asegurárselo. Pero, si se empeña usted en intentarlo, ándese con mucho cuidado. Ésta no es una región saludable para los forasteros, y no crea que hablo para asustarle.

Se marchó, y Waldron se encaminó hacia los matorrales para recuperar sus armas. En aquel momento, se oyó el zumbido de una honda de cuero y

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una piedra del tamaño de un huevo de guajalote[45] le rozó la cabeza y fue a estrellarse contra el flanco de su caballo. El animal relinchó y emprendió una rápida huida, en tanto que Waldron saltaba instintivamente para echar a correr detrás de él. Una segunda piedra chocó contra su nuca, en la misma base del cráneo. Se desplomó como un saco, sin enterarse de que le habían herido, y también sin la humillación de comprobar que había sido vencido por un ejército ridículamente armado. Un ejército compuesto por dos hombres de piel rojiza, que no llevaban más armas que sus hondas de cuero. Atraparon al caballo fugitivo y, después de cargar a Waldron a través de la silla, emprendieron la marcha hacia su poblado.

V

Cuando Waldron recobró el conocimiento era de noche. Se dio cuenta de que estaba en el interior de una casa y de que tenía las manos y las piernas atadas con cuerdas de cuero trenzado que le impedían moverlas. Arrastrándose sobre el vientre, se aseguró de que el cuarto era de adobes, de unos ocho pies cuadrados de superficie y de paredes muy sólidas. Los únicos muebles eran una enorme jarra de arcilla llena de agua en un rincón, y la única abertura un pequeño agujero en la parte baja de la pared, para que las gallinas pudieran refugiarse bajo techado ante la presencia de un coyote.

Había una puerta, pero estaba cerrada. Cerrada y vigilada, ya que Waldron pudo oír a un hombre que canturreaba en voz baja detrás de ella. Era el único sonido audible. Por las señales de vida que lo rodeaban, el lugar podía haber estado situado en medio de un desierto en vez de encontrarse en el poblado habitado por los indios, según le había informado el joven capataz. Waldron se arrastró hasta el agujero practicado en la pared para respirar un poco de aire fresco, y una voz femenina habló a través de la abertura, casi en su oído.

—Señor —dijo la voz cautelosamente—, esos hombres creen que es usted norteamericano. ¿Es cierto?

Tuvo que esperar un poco para obtener una respuesta. Waldron no se atrevió a hablar hasta que se sintió capaz de dominar su voz.

—Soy norteamericano —dijo—. ¿Es por eso que esa gente me tiene atado?

La voz le aconsejó que no gritara tanto y que no derrochara energías tratando de soltarse.

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—He venido a decirle que no van a hacerle ningún daño —explicó—. Los hombres saben por la marca de su caballo que pertenece usted a la hacienda, y por su silla de montar han deducido que era norteamericano. De modo que han pensado que podrían obtener algún dinero reteniéndole aquí unos días, y luego le soltarán. ¿Conoce usted a Vicente, uno de los capataces de la hacienda?

Waldron dijo que sí, sin añadir detalles.

—Si creen que voy a darles dinero para que me suelten, están muy equivocados. No obtendrán un solo centavo de mí, de modo que ya pueden ir acostumbrándose a la idea.

A la muchacha pareció no importarle aquello.

—Desde luego —asintió—. Pero saben que es usted un extranjero, y que si desaparece, nuestro gobierno tomaría cartas en el asunto. Los soldados se presentarían en la hacienda en busca de usted, y posiblemente meterían al hacendado en la cárcel por no haber cuidado de su persona. Al hacendado no le gustaría eso, de modo que esos hombres creen que les daría dinero para recuperarle a usted. Me alegro de que conozca usted a Vicente. Me ha hablado mucho de su país.

La facilidad de palabra del capataz no era un tema particularmente grato para Waldron. Se encontraba en un trance apurado, y sólo podía atribuirlo a su propio descuido.

—Tengo que soltarme y salir de aquí —dijo—. ¿Está usted dispuesta a ayudarme?

—¿Quiere usted decir con dinero? —preguntó la muchacha—. No puedo gastarlo aquí. Me lo quitarían, y posiblemente me azotarían por tenerlo.

El centinela de la puerta se sentó en el suelo, seguramente dispuesto a descabezar un sueño.

—Lo único que necesito es un cuchillo para cortar estas ligaduras —dijo Waldron desesperadamente—. Tráigame un cuchillo, y le regalaré algo que va a gustarle. Un anillo de oro de dieciocho quilates, envuelto en un pañuelo de mujer bordado, de importación. Lo encontré en la montaña, y apuesto a que le viene a la medida.

La muchacha cambió el ritmo de su respiración.

—¿Lo encontró usted? —susurró—. ¡Démelo! ¡Es mío, y si los hombres se lo encuentran querrán quedárselo! ¡Tome! —Empujó un afilado cuchillo, de hoja ancha, hacia su rostro—. Humedezca sus muñecas en la jarra de agua, y así podrá cortar más fácilmente sus ligaduras. Yo esperaré aquí.

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Tardó un cuarto de hora en librarse de sus ataduras. Luego se acercó al agujero y le entregó el anillo y el pañuelo a la muchacha, advirtiéndole que fuera a admirarlos a otra parte.

—Voy a salir por esa puerta, y es posible que el centinela me plantee alguna dificultad. Será mejor que no la vean aquí.

—Éste es el anillo que perdí —dijo la muchacha—. Pero ¿por qué quiere salir por la puerta? El centinela está durmiendo, y el techo de ésta cabaña es de hojarasca. Puede apartarla a un lado y salir silenciosamente, sin que se entere nadie. No tiene necesidad de apresurarse. Los hombres tardarán en regresar: han ido en busca de su perro.

VI

Hubo necesidad de apresurarse. Waldron estaba abriéndose un camino en el techo, cuando oyó sonar un cuerno tres veces, y luego otras tres veces. El centinela se puso precipitadamente en pie y disparó su fusil, y la gente empezó a salir de las casas y a reunirse en la calle. La muchacha cogió a Waldron por el brazo en el momento en que cayó al suelo, y le arrastró a través de las sombras hasta la parte trasera de un corral de ovejas, explicándole que había surgido alguna dificultad. Posiblemente, sólo se trataba de algún ladronzuelo local que había tropezado con los rurales[46] del distrito, pero para más seguridad la gente iba a sacar las ovejas de los corrales, a recoger todas las cosas de valor y a esconderse entre los matorrales hasta que regresaran los hombres.

—Su caballo está en los sauces, junto al arroyo —dijo la muchacha—.

Tiene usted que marcharse antes de que los hombres bajen de la montaña.

Devuélvame mi cuchillo.

Waldron rebuscó en sus bolsillos, sin resultado. Luego recordó que había clavado el cuchillo en la pared para apoyar el pie en él y alcanzar el techo, y no lo había sacado de allí. No había ni que pensar en regresar por él. El cuchillo quedaría donde estaba, y docenas de personas sabrían a quién pertenecía.

—Será mejor que venga a la hacienda conmigo —dijo Waldron—. Puedo llevarla en mi caballo.

Un rayo de luna la iluminó por unos instantes, y Waldron pudo apreciar por primera vez su aspecto. Era alta, delgada, muy erguida como todas las mujeres indias, con una abundante mata de pelo negro peinado hacia atrás y

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dejando al descubierto un rostro cuya serenidad y dulzura no eran las de una mujer india. Una muchacha como aquélla no tenía por qué vivir en un poblado indio, y Waldron pensó que haría una buena obra sacándola de allí. Era evidente que a la muchacha no le gustaba la idea de quedarse, pero se negó a acompañarle.

—Si me marchara a la hacienda con usted, mi gente no me permitiría regresar nunca —dijo—. Tendría que vivir allí, y, ¿cómo iban a permitírmelo, si ni siquiera me permiten entrar en sus tierras? No, tengo que quedarme aquí.

Waldron insistió.

—Tiene usted una idea equivocada de la gente de la hacienda —dijo—. La hija del viejo es de su misma edad, aproximadamente, y simpatizará usted con ella.

—Lo único que usted sabe es que le han tratado bien —dijo la muchacha, sin dejarse convencer—. Usted es un hombre, huésped de la hacienda, y un extranjero. Yo no soy ninguna de esas cosas. ¿Adónde podría ir si no me aceptaban allí? Tengo que quedarme aquí, y usted tiene que marcharse. Cuando vea a Vicente, cuéntele lo que ha sucedido. Me llamo Soledad. Vicente sabrá quién soy si le dice mi nombre.

Waldron sabía que la muchacha estaba equivocada, pero que sería inútil tratar de convencerla. Cuando miró hacia atrás por última vez, vio que Soledad había avanzado hacia la luz y estaba levantando la mano para ver cómo le sentaba el anillo de oro.

VII

Para una huida silenciosa de un lugar peligroso, las circunstancias no podían ser más favorables. La gente del poblado armaba tal ruido, que nadie podía oír el resonar de los cascos de su caballo. El camino —un simple sendero de cabras— estaba despejado, e incluso los perros se habían marchado con los hombres que habían ido en busca del viejo «Blue». Waldron no estaba preocupado ya por el viejo «Blue». El sonido del cuerno, estaba dispuesto a apostar cualquier cosa, significaba que no habían dado con él, y estaba absolutamente convencido de que el perro no había ido para nada a las trampas. El viejo «Blue» tenía su día para desobedecer órdenes. Había despistado a los indios y se encaminaba a la hacienda a pesar de ellos, y Waldron no pudo evitar el sentirse orgulloso del viejo animal.

Y no es que su llegada a la hacienda, solo, fuera a sorprender a alguien. Los vaqueros no despertarían de su profundo sueño, después de un día de

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rudo trabajo, a menos que alguien les golpeara con una maza, y aunque la hija del hacendado simpatizaba con Waldron, no era probable que se decidiera a salir en busca suya, recorriendo el desierto en plena noche. Waldron confiaba en que no lo haría. El asunto había quedado liquidado, y prefería no tener más jaleos. Azuzó impacientemente a su cansado caballo… y el joven Vicente surgió de la espesura y agarró la brida del animal.

—De modo que le atraparon, ¿eh? —dijo—. Lo esperaba, desde luego. ¿Consiguió usted escapar? ¿Qué significado tenía aquella llamada con el cuerno?

Waldron le contó en pocas palabras lo que había sucedido. Cuando habló de la muchacha, Vicente profirió una maldición en castellano y tiró rabiosamente su sombrero al suelo.

—Si están abandonando el poblado —añadió, en todo esperanzado—, es posible que se hallen demasiado ocupados para acordarse de ella. Los hombres no han regresado todavía. ¿Cree usted que habrá una lucha con la hacienda?

—¿Cómo puedo saber lo que piensan? —dijo Waldron—. ¿Quién hay en la hacienda para luchar contra ellos? El viejo no regresará hasta la semana próxima.

—Hay muchas oportunidades para luchar, si se quiere —dijo el joven capataz hoscamente—. Bueno, tengo que darme prisa. Uno de estos días voy a decirle algo importante acerca de ese lobo que anda usted buscando. Si volvemos a vemos, recuérdemelo.

VIII

Emprendió un rápido galope en dirección al poblado. A Waldron le hubiera gustado correr de la misma forma en dirección opuesta, pero su caballo estaba demasiado cansado para pasar de un modesto trote. A Waldron le estaba entrando sueño, y le faltaba muy poco para dormirse cuando el caballo dio un salto de costado y se detuvo, relinchando nerviosamente. Algo se movía cautelosamente entre los desiertos sauces, y Waldron empuñó su rifle y gritó:

—¡Salga de ahí con las manos en alto o disparo! ¡Vamos, salga! ¿Quién

es?

El viejo «Blue» surgió de entre los matorrales con las orejas gachas. Era evidente que luchaba entre el deseo de acercarse a su dueño, y el temor de ser apaleado por no haber cumplido las órdenes que había recibido.

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—¡Alto! —gritó una voz, a pesar de que Waldron ya se había detenido—. Desmonte, y manténgase apartado de su caballo. ¿Quién es?

El tono era familiar. Se trataba del caporal de la hacienda, un viejo barbudo y gruñón que nunca había simpatizado con Waldron, porque consideraba que la tarea de terminar con los animales de presa debía ser dejada a la Providencia.

—Soy yo, don Rutilio —dijo Waldron—. Es un poco tarde para estar fuera a su edad, ¿no le parece?

Don Rutilio ignoró la pulla y gritó: «¡Ya está!» con una voz que sonó claramente disgustada. Otras voces recogieron la llamada y la transportaron más lejos, y un caballo gris con un jinete delgado y moreno se acercó a Waldron. Era la hija del hacendado, Isabel.

—De modo que ha regresado usted, Mr. Waldron —le saludó, haciendo un gesto a un vaquero que llevaba una linterna—. Y su perro también, aunque ya sabíamos que estaba aquí. Nuestros vigilantes nocturnos vieron a unos indios que le seguían a través del desierto, tratando de matarle. Supimos que tenía usted dificultades con esa gente, y salimos a ver qué pasaba. ¡Han lastimado sus muñecas, los muy brutos! Ahora les seguiremos, y será mejor que venga con nosotros. ¡Traiga un caballo de refresco, Rutilio!

—Prefiero quedarme —dijo Waldron—. El perro también está muy cansado, y voy a llevarle dentro y a atenderle.

—No vamos a correr el riesgo de perderle a usted otra vez —dijo Isabel

—. Si su perro está cansado, uno de los vaqueros lo llevará por usted. Aquí está su caballo. Diga a los hombres que se pongan en marcha, don Rutilio.

El caporal puso su caballo al trote y los hombres se desplegaron en una especie de guerrilla. Don Rutilio esperó que Waldron llegara a su altura.

—¿Adónde vamos y qué haremos cuando lleguemos allí? —preguntó el trampero.

El viejo caporal describió el plan de campaña con claridad y concisión. —A su poblado —dijo—. Lo incendiaremos. Luego regresaremos a casa.

IX

Waldron no encontraba motivo para tan drásticas medidas, y se acercó a Isabel para recomendarle alguna otra forma de represalia menos clásica.

—Si incendia usted su poblado, perjudicará a mucha gente que no ha hecho nada para merecerlo —observó—. Una muchacha india me ayudó a

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escapar de allí, y se arriesgó mucho al hacerlo. Probablemente se encontrará con dificultades por ello. No quisiera plantearle más problemas.

Lo único que consiguió con sus palabras fue comprobar lo que había querido decir el joven capataz al referirse a la obstinación de la hija del hacendado.

—No cabe duda de que entre esa gente hay muchachas muy atractivas — dijo—. Pero si toleramos que ataquen a nuestros hombres, no tardaremos en ver invadidas nuestras tierras, nuestro ganado muerto o robado y nuestra gente maltratada y humillada. Para darles una lección a esos indios hay que hacer algo que les duela, y hacerlo ahora mismo.

El desierto gríseo delante de ellos, y se interrumpió bruscamente en una pequeña elevación del terreno cubierta de matas de enebro. De pronto, los vaqueros se encontraron con algo a lo cual no estaban acostumbrados. Un rifle ladró entre los enebros, el caballo de uno de los vaqueros dio un salto convulsivo, y cayó muerto mientras su jinete salía despedido. Media docena de vaqueros avanzaron rápidamente hacia el lugar de donde había partido el disparo, y el rifle acabó con el caballo que iba en cabeza antes de que hubiera recorrido una docena de metros. Los hombres retrocedieron, desconcertados. Los indios de la montaña no poseían rifles de largo alcance, sino únicamente escopetas: unas armas antiquísimas, de un solo cañón, que quemaban pólvora negra y lanzaban un puñado de metralla a veinte metros de distancia. Todo el mundo esperó, y Don Rutilio ofreció su consejo, según el cual la mitad de los hombres debía tenderse y disparar contra los enebros, en tanto que la otra mitad daba un rodeo para situarse detrás de los emboscados agresores. A juzgar por la configuración del terreno, aquello significaría cabalgar diez millas, para desembocar en un espacio donde el emboscado o los emboscados podrían atacarles a pedradas. En opinión de Waldron, en los enebros había un solo tirador, y había que sacarle de allí antes de que aumentara la visibilidad.

—Puedo llevarme un hombre y despejar el terreno ahora mismo —dijo el trampero.

—Me complacería acompañar al señor, si se atreviera a darnos una demostración —dijo Don Rutilio venenosamente—. Pero creo que encontrará más seguro quedarse aquí, de modo que trataré de arreglármelas sin su ayuda ni su consejo.

Isabel no dijo nada, pero Waldron sabía que estaba mirándole, con una opinión a punto por si se le ocurría echarse atrás.

—Estoy en contra de esta expedición y usted lo sabe —dijo Waldron—. Pero usted va a venir conmigo, de todos modos, y antes le explicaré cómo

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debe hacerlo para que no acabe en un desastre. Cabalgue hacia la derecha cosa de media milla, y luego empiece a subir, procurando llegar arriba al mismo tiempo que yo. Los hombres que se queden que anden de un lado para otro como si buscaran algo, para mantener distraída la atención del tirador, y que cuiden de sujetar bien a mi perro. Si no le vigilan, se soltará y saldrá corriendo detrás de mí.

X

Una cosa era evidente: Don Rutilio sabía maniobrar. Adaptó su carrera exactamente a la de Waldron, evitó dos disparos de un rifle de largo alcance haciendo zigzaguear a su caballo, conservando la velocidad suficiente para llegar a la cumbre al mismo tiempo que el trampero y a unos trescientos metros de distancia. El tirador titubeó, antes de decidir contra cuál de los dos hombres debía disparar primero, y falló dos disparos. Estaba escondido en una profunda barranca al borde de los enebros. Los dos jinetes dispararon hacia allí, y galoparon rápidamente en aquella dirección. Durante unos instantes no ocurrió nada, y luego el rifle volvió a ladrar. El caballo de Don Rutilio cayó de rodillas, despidiendo al jinete por encima de sus orejas.

Waldron sé dirigió hacia él para comprobar si estaba herido, pero el caporal se había sentado en el suelo y disparaba su rifle con la regularidad del segundero de un reloj.

—¡No deje de disparar! —le gritó Waldron—. No se mueva hasta que yo…

Se interrumpió bruscamente. El viejo «Blue» pasó por delante de su caballo con la velocidad del rayo, dirigiéndose hacia la barranca a través del campo de tiro de Don Rutilio. El emboscado dejó de disparar, y Waldron le aulló a Don Rutilio que hiciera lo mismo. En vez de obedecer, el caporal apuntó cuidadosamente y disparó en el preciso instante en que el viejo «Blue» se lanzaba de cabeza a la barranca. Una nubecilla de polvo se levantó delante del animal, el cual aulló y desapareció, mientras Waldron se apeaba de su montura y corría hacia Don Rutilio, saltando sobre el cañón del rifle del anciano con ambos pies.

—¡Le dije que no disparara, estúpido! —gritó, sin aliento ni compostura

—. ¡Si ha matado usted a ese perro antes de que yo tuviera una oportunidad para darle su merecido, voy a arrastrarle por la barba hasta arrancársela!

Entretanto, el tirador, suponiendo que dos hombres armados y dotados de sentido común debían tener cubierta su posición, se puso en pie con los

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brazos en alto. Los vaqueros treparon rápidamente hasta allí, y quedaron asombrados al reconocerle: era Vicente, el joven capataz.

—Tráiganle aquí —les ordenó Isabel—. Rutilio, deje de apuntar con su rifle y póngase en pie. Suéltele, Mr. Waldron. ¿Es usted un bárbaro, Rutilio, para empeñarse en disparar donde hay una mujer?

XI

La muchacha india, Soledad, salió de la barranca detrás del joven capataz.

Isabel la miró una sola vez y no le prestó más atención.

—¿No tiene usted nada mejor que hacer que matar a nuestros hombres, Vicente? —inquirió. Aquello resultaba un poco ilógico. Y, además, Vicente sólo había disparado contra tres caballos—. A mi marido no le gustará enterarse de esto, ni de que anda usted en tratos con una muchacha de las colinas. Sabe perfectamente que le costará un disgusto a la muchacha si su gente se entera, y que si le cogen a usted nos echarán la culpa a nosotros.

Vicente dijo que lo sabía todo.

—Ya se han enterado —añadió—. No espero que reaccionen favorablemente, pero puedo pasarme sin su opinión. Y, después de lo que ha sucedido, no creo que les echen a ustedes la culpa de nada. Ni creo que su marido hubiese actuado de modo distinto a como lo he hecho yo. He impedido a sus hombres que incendiaran el poblado, porque esta muchacha vive allí y no tiene otro lugar adonde ir. Es mi esposa.

Isabel observó que su opinión del matrimonio parecía haber cambiado, y se volvió a mirar con más atención a la muchacha. Soledad resistió el escrutinio sin dar muestras de arrogancia ni de timidez.

—He de decirle que nuestra boda no es reciente —puntualizó—. Hace tres meses que me casé con Vicente. Mi gente se opone a los matrimonios con extranjeros, de modo que no les dije nada hasta esta mañana, cuando Vicente se presentó para llevarme con él. No les temo.

No parecía temer a nada. Don Rutilio murmuró que eran un par de renegados, e Isabel le ordenó que se callara.

—Se casaron antes de que Vicente llegara a la hacienda, tonto —dijo—. ¿Qué vas a hacer ahora, Soledad? ¿Quieres venir con nosotros a la hacienda?

—No —respondió Soledad—. Puedo soportar lo que me haga mi gente, porque los conozco. Será mejor que vivir entre extranjeros.

La hija del hacendado hizo algo que, por variar, era ajeno a la tradición de un hacendado. Se apeó del caballo y rodeó con su brazo los hombros de la

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muchacha india.

—Nos conocemos demasiado bien la una a la otra para llamarnos extranjeras, niña —dijo—. Llevo casada menos de tres meses, y mi marido es un forastero, un norteamericano, al cual no aprobaba mi gente. Donde yo esté, no te encontrarás entre extranjeros, de modo que vas a venir a vivir con nosotros. Busca un caballo para ella, Rutilio.

Waldron cogió la fusta que pendía de su silla de montar y se dirigió apresuradamente hacia la barranca, en busca del viejo «Blue». Y Vicente salió corriendo detrás de él para explicarle las cosas.

XII

El viejo «Blue» sangraba ligeramente del pecho y de las patas delanteras. El motivo, explicó Vicente, era que el último disparo de Don Rutilio había destrozado una piedra y algunas de las esquirlas habían alcanzado al perro. El viejo «Blue» estaba ocupado lamiendo una piel de lobo en el fondo de la barranca, y al ver a Waldron no pareció asustado. Por el contrario, su actitud demostraba que esperaba una muestra de reconocimiento a sus méritos.

—¿Cómo diablos supo que la piel estaba aquí? —preguntó Waldron, intrigado—. Tiene muy buen olfato, desde luego, pero no el suficiente para oler una piel de lobo a una milla de distancia.

—La piel me la traje yo del poblado para enseñársela a usted, y cuando tuve que empezar a disparar la tiré al fondo de la barranca —explicó Vicente

—. Supongo que el perro olería el rastro que la piel dejó en el suelo mientras la arrastraba hacia aquí, y por eso salió disparado detrás de ella. Ésta es la segunda vez que encuentra a su lobo, y las dos veces ha querido usted azotarle.

—¿Dos veces? —inquirió Waldron—. ¿Se refiere usted a su escapatoria hacia el poblado indio? Allí no había ningún lobo.

—Se equivoca usted —dijo Vicente—. Fueron los indios los que sacaron al lobo de la trampa, ¿lo sabía? Habían estado robando ganado de la hacienda, y abandonando sus restos de modo que pareciese que era obra de un lobo, y no podían seguir haciéndolo a menos que en la región hubiera realmente un lobo. Así que cuando encontraron a aquel lobo en la trampa de usted, le mataron y arreglaron la cosa de modo que usted creyera que se había escapado, y luego borraron sus huellas y se lo llevaron al poblado. Su perro olfateó el rastro y se dirigía al poblado, naturalmente, y por eso me opuse a

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que usted azotara al pobre animal. Sabía que no lo merecía. Soledad me había contado lo de la trampa. Iba con ellos cuando lo hicieron.

—Me lo imaginaba —dijo Waldron—. ¿Y ése era el único lobo que había?

—Es el único de cuya existencia tienen noticia los indios —dijo Vicente

—. Y conocen esta región como la palma de la mano. Era el último lobo que quedaba, y usted se ha librado de él.

Waldron bajó al fondo de la barranca y arrastró al viejo «Blue» por el collar.

—Ahora ya no puedo azotarle, pero le pondré tintura de yodo en las heridas, que vendrá a ser lo mismo —dijo, filosóficamente—. Casi lamento que haya desaparecido ese lobo —añadió—. Había estado ideando un montón de trucos para cazarle, y esto va a ponerse muy aburrido sin él…

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COMO ERA EN EL PRINCIPIO

CONRAD RICHTER

CON la fiebre abatiéndose sobre él como cálidas ráfagas de la ardiente Jornada[47], Foard Hudspeth yacía sobre el suelo de tierra de la pequeña habitación adosada a su factoría, apuntando con la cabeza a Bent’s Fort y con

las botas a Santa Fe.

Aunque no había cumplido los veinticuatro años, la forma que se dibujaba bajo la deshilachada manta a cuadros negros y azules era alta y robusta. El pelo sin cortar le llegaba hasta el cuello de la roja camisa de percal. Y el rostro que miraba fijamente el techo de ramas y hojarasca era rudo, incluso violento, acuchillado por las espesas cejas; un rostro que los hombres podían encontrar desagradable hasta que se fijaban en los ojos azules, y oían la calmosa voz, y veían al joven descargar sin ayuda de nadie un barril de negra melaza de St. Louis de un carromato de Missouri.

Foard podía oír a los hombres que jugaban a los dados en la factoría, podía oler el coñac que bebían los jugadores. Se dijo a sí mismo que debería estar allí, ocupándose de su negocio; repitiendo en castellano a los impasibles indios las excelencias de las mantas y de las cacerolas de hierro de los blancos; midiendo café verde y pólvora negra a tres dólares la taza de hojalata; pesando pieles en la romana y dejando caer la plata mejicana en su tintineante barrilete, el cual depositaba todas las noches a la cabecera de su colchón, así como el rifle Hawkins en el suelo, a su lado.

El barrilete volvía a estar casi lleno. Durante el invierno y la primavera traficaba con oro en polvo, pieles de lobo, de oso y de búfalo, y con algunas de castor y de visón. Y en verano y en otoño comerciaba con lana, bueyes, caballos y mulas, la mayoría de los cuales habían sido robados en Méjico, aunque él no podía demostrarlo.

Era una tierra dura, violenta, y rica en oportunidades; una tierra donde, si mantenía la cabeza fría, el oro afluiría a sus manos, y algún día podría construir una nueva factoría, una tienda como la que su padre había tenido en

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Ohio, con estanterías y mostradores traídos de Cincinnati, y artículos de lujo tales como clavos, cristales, bisagras, velas de grasa de ballena, quinina, linimento, jabón, azúcar y otras muchas cosas que la gente de este lado de las llanuras no habían visto nunca.

Por su pulso agitado y su penosa respiración, Foard sabía que estaba más enfermo de lo que sospechaban en la factoría. Las voces de los jugadores fueron haciéndose más lejanas, y una especie de niebla empezó a arrastrarse por las desnudas paredes de barro, convirtiéndolas en otras paredes familiares, las del alfombrado salón de la casa de Ohio, con su abuelo contemplándole desde la pared, al lado del retrato de su hermana Cassie, que también había muerto. Y las pálidas manos de su madre reposaban suavemente en su regazo, mientras los afeitados labios de su padre se movían austeramente, dirigiendo la conversación familiar.

Pero lo que no podía olvidar era a sus cinco hermanas menores, sentadas en unas sillas de respaldo recto, todas vestidas con la misma clase de tela, sin que los pies de ninguna de ellas llegaran al suelo de madera de pino, con el pelo recogido hacia atrás, dejando al descubierto sus restregados rostros. Esto, se murmuró a sí mismo, era lo único que echaba de menos; no las sillas de respaldo recto ni el retrato del abuelo, sino las pálidas manos de una mujer blanca reposando en su regazo, y a su alrededor las cabecitas de sus hijos anglosajones.

Luego, misteriosamente, regresó a través de mil millas de llanuras hasta aquellas paredes de adobe del viejo Taos[48] que le contemplaban como inmóviles rostros indios esperando su muerte. Se preguntó a cuántos habían contemplado: mejicanos, indios, franceses y hombres de los Estados[49], algunos fallecidos lenta y apaciblemente en sus mantas, pero la mayoría de ellos rápidamente, violentamente, con sus cráneos derramando rojas gotas de sangre sobre una tierra sedienta.

Y ahora el delirio se iba extendiendo como una oscura y solitaria niebla a su alrededor, y a través de ella le pareció oír desde una gran distancia que su padre le llamaba.

—Voy en seguida —murmuró.

Con un esfuerzo, se puso en pie y echó a andar por el suelo de tierra. Fue sorprendente descubrir que ya era de noche en la factoría, y no menos sorprendente el repentino apagarse de la conversación y de las risas ante su aparición, una aparición fantasmal, de ojos ardientes.

Sólo podía verles vagamente: Amasa Smith, cuyo rostro se atrincheraba detrás de una barba negra que le llegaba al pecho, y que siempre andaba

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dignamente diez pasos delante de su silenciosa esposa india; el bajito y erguido coronel Pitcher, con pantalones bombachos; el rechoncho y grave Ceran St. Vrain[50], casado con la hija de una poderosa familia indígena; Tom Bibb, un gigante que pretendía tener una esposa en cada nación india, y George Sovern, el anciano que cuidaba de la factoría. Alrededor de ellos, el fuego brillaba sobre lingotes de plomo y cuchillos de escalpar y flejes de hierro para puntas de flecha, sobre cacharros de cobre y de bronce, y sobre un par de piezas de percal rojo que ardían como sangre entre las sombras.

Tom Bibb sacó sus largas piernas de un barril vacío.

—¿Te encuentras mejor, muchacho? —preguntó alegremente.

Se inclinó sobre los dados y, repentinamente, apoyó su enorme mano en la rodilla de Foard.

—¡Santo cielo! —exclamó—. ¡Quema como una brasa encendida! —Salta a la vista —dijo Amasa Smith a través de su barba—. Está muy

enfermo, y necesita una mujer que le cuide.

La partida de dados continuó, pero a través del humo del tabaco, y a través del borroso sombrero gris del coronel Pitcher y de la pipa de arcilla de Ceran St. Vrain, Foard Hudspeth se dio cuenta de que con medias palabras y significativas miradas y gestos de sus manos, estaban hablando de él, compadeciéndole y al mismo tiempo reprochándole el hecho de que en todo el tiempo que llevaba en el oeste de Arkansas no hubiera atendido a la primordial obligación de todo hombre de tomar una esposa de la región.

—Una mujer es una mujer —afirmó Tom Bibb sentenciosamente—. Y cuando uno atrapa la peste, o se rompe una pierna, o se parte un brazo, incluso a una pendenciera Pies Negros o a una ladrona judía se le enternece el corazón.

—Sí —asintió Amasa Smith—. Y no olvidéis que una mujer india es mucho más trabajadora y mucho más fiel que cualquier otra mujer.

En el embarazoso silencio que se produjo a continuación, el coronel Pitcher alzó diplomáticamente una brasa encendida hasta su pipa.

—Hay excelentes muchachas indias —admitió generosamente—. Y excelentes muchachas mejicanas. Tal vez Hudspeth prefiera las mejicanas.

Con la fiebre consumiéndole como el fuego consume una rama de pino, Foard Hudspeth se sentó sobre el barril de coñac, rígido y silencioso, recordando cómo los ojos negros y dulces de la hermana menos de la esposa cheyenne de William Bent[51] habían seguido sus anchos hombros en Bent’s Fort. Y en su mente pudo ver a todas las muchachas de rostro atezado de Taos que habían contemplado su elevada figura en los bailes[52], especialmente

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Chipita Perea, que tenía unos ojos como cuchillos de terciopelo negro y que en cierta ocasión había vertido sobre su cabeza un frasco de perfume, retorciéndose de risa delante de la gente. Pero nunca había bailado con ninguna de ellas; se había limitado a saludar a sus amigos y clientes, regresando después a la factoría para fumar junto al fuego y ver a unas muchachas, de una clase que no había sido vista nunca en estas remotas tierras, llegando en tropel a través de las danzantes sombras: Rachel Cross, cuyas trenzas pendían delante de su pupitre en la escuela; Charity Ann Hewitt, que pertenecía al coro y solía cantar sobre la cuna de sus hermanas; y la pelirroja Huldah Baker, a la cual había besado en una fiesta, y que había sido su pareja en un picnic[53].

Ahora debían estar todas casadas, se dijo a sí mismo, viviendo en lujosas casas de ladrillo y rodeadas de una atmósfera apacible y dichosa.

Paulatinamente, se dio cuenta de que en la factoría se estaba fraguando un respetuoso silencio, e intuyó que los presentes estaban esperando la opinión de Ceran St. Vrain, el cual, en unión de sus socios, los Bent, gozaban de la estima y de la consideración de más hombres, rojos, morenos y blancos, que cualquier otro al oeste del Missouri.

Foard concentró trabajosamente sus ojos en él. Estaba sentado en la única silla de la factoría, con su enorme cabeza envuelta en nubes de humo, el rostro profundamente arrugado, llenando de tabaco finamente picado su famosa pipa de arcilla que había viajado hasta Missouri y regresado intacta a través de una lluvia de balas y de flechas.

La fiebre rugía en los oídos de Foard Hudspeth, pero podía oír todo lo que Ceran St. Vrain estaba diciéndole en tono grave: que el propio Dios había dicho que no era bueno que el hombre viviera solo; que si su alocado y joven amigo lo hubiera tenido en cuenta, tendría ahora esa mujer que necesitaba desesperadamente, una enfermera que le prepararía tisanas calientes y aplicaría paños húmedos a su frente. Y durante todo aquel tiempo hubiera cocinado para él, le hubiera lavado y remendado la ropa, y le hubiera hecho sentirse cómodo y feliz en su propia casa.

Y ahora, el viejo comerciante estaba apartando resueltamente su pipa a un lado y recordándole que en otros tiempos había sido su patrono y era todavía su socio y consejero. Y según su solemne opinión, aquella misma noche era el momento de decir ante Dios y ante los hombres cuál era la mujer que deseaba; Chipita Perea, una muchacha india puebla, una kiowa, una cheyenne o una ute. Y si Dios le devolvía la salud, el padre Martínez podía casarles. Y

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en las próximas Navidades habría una mujer en su casa, como debiera haber desde hacía mucho tiempo.

A través de la espesa nube de humo, los otros hombres asintieron convencidos, pero Foard Hudspeth estaba recordando la última muchacha blanca que habían contemplado sus ojos, una muchacha que presenciaba cómo los conductores cargaban la montaña de bultos en los carromatos, en Independence, y hasta que hubo cruzado las llanuras y encontrado entre todas aquellas mujeres de cabellera negra no se había dado cuenta de lo hermosos que habían sido los cabellos rubios de aquella muchacha, iluminados por el sol.

Oyó su propia voz como la de un extraño en la factoría:

—Lo que usted dice es cierto, Ceran. Necesito una esposa, y he estado pensando en una a la que nunca he visto. Usted conoce su nombre. Me refiero a la que lleva tantos años en la tribu de Cabeza Afeitada.

—¿Cabeza Afeitada? —repitió el viejo comerciante, desconcertado.

—Se refiere a la muchacha blanca, supongo —dijo Tom Bibb, con sus ojos grises clavados en el rostro de Foard—. La que raptaron de la caravana.

Foard pudo ver ahora que todos le contemplaban pensativamente a través de la creciente oscuridad. El humo surgía de las pipas y de las bocas, y Foard supo que estaban recordando: el Pawnee Creek; la caravana de emigrantes en la ruta de California; dos carromatos de Pennsylvania que viajaban a retaguardia, aislados del resto de la caravana; lo único que quedó de los carromatos, un montón de ceniza sobre la hierba, por el que asomaban hierros retorcidos; y los dos niños y la chiquilla de doce años, a lomos de caballos montados por indios, con las cabelleras de su padre, de su madre y de sus hermanos mayores goteando sangre sobre sus infantiles rostros.

—Ahora será una buena comanche, supongo —murmuró Amasa Smith. —Se llamaba Ross, si es que recuerda su nombre blanco. —El

redondeado rostro de Ceran St. Vrain estaba pálido—. Charles me contó que su pelo era blanco al sol. Pero el fuerte no puede hacer ningún trato con Cabeza Afeitada.

—¡Lo haré yo! —afirmó Foard.

Sus impresiones posteriores fueron una mano palmoteándole suavemente el hombro, mientras Tom Bibb declaraba que una comanche rubia podía ser una buena esposa. Amasa Smith gruñía que el joven barbudo era humano y un hombre después de todo, y el coronel Pitcher decía que debían brindar por la pareja. Y, de repente, alguien puso un cuerno de coñac en la invisible mano de Foard, y el coronel Pitcher les invitó a ponerse en pie. Luego, lo único que

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recordaba Foard era que el suelo se levantó hacia él, sumiéndole en un dulce olvido.

Tenía el vago recuerdo de haber trepado solo a través de un oscuro paso en las Raton Mountains, desde cuya cima divisaría las tiendas del poblado de Cabeza Afeitada, con el sol brillando sobré los cabellos rubios de una muchacha comanche. Pero el paso no terminaba nunca, y cada vez que se detenía se encontraba con guerreros utes que llevaban pieles para cambiarlas por pólvora y cartuchos, hasta que su cuerpo quedó enterrado debajo de un montón de cueros y no le fue posible continuar arrastrando los pies.

Se despertó empapado en sudor, tendido sobre su colchón en su cuartucho, con casi una docena de capas y mantas encima del cuerpo. Procedente de la factoría, llegó a sus oídos la cascada voz de George Sovern que decía en dialecto ute:

—Te daré un cuchillo, y una cacerola de hierro, y todos los abalorios que puedas coger con una mano.

Y sentadas en el suelo, entre él y el fuego, estaban la vieja comadrona mejicana, Juanita, y Hoska, la desdentada esclava india de Ceran St. Vrain, contemplándole fijamente desde los negros agujeros abiertos en sus arrugadas máscaras.

Un poco más tarde oyó a Juanita hablar en castellano desde la galería:

—Está mucho mejor —informaba Juanita a algún compadre—. Tiene ya

el aspecto de un hombre que está pensando en casarse.

Tendido allí en el suelo, Foard había estado pensando que sólo una semana antes, la idea de tener a una mujer blanca en su casa era algo tan remoto como el retrato de su abuelo en el salón de su hogar. Y ahora, antes de que hubiese transcurrido la semana, las hijas de Trinidad García estaban limpiando los suelos y el patio, y enjalbegando las paredes, y poniendo visillos en las ventanas. Y los navajos acudían a ofrecerle sus alfombras para cubrir el desigual piso de tierra, recordándole astutamente que una mujer comanche preferiría el color rojo. El Carpintero había prometido hacer dos sillas de altos respaldos, como las de un obispo, y una cama grande, para dos personas, como la del alcalde. Y todos los días se presentaba algún cliente para preguntar si era verdad que el pelo de la mujer que iba a instalarse en su casa era del color de la paja de cebada madura, y, puesto que había vivido tanto tiempo con los comanches, si llevaría un vestido de piel de venado, o de percal, y si comería con cuchara y tenedor, o hundiría en el plato sus blancos dedos…

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Se marcharon dejando la casa en orden y a Foard sobre su silla de montar, su carromato de seis mulas lleno hasta los topes de fajos de pieles que William Bent vendería por él en Saint Louis, y un pequeño baúl con su traje de ceremonia: una chaqueta negra de paño fino y un pantalón gris de lana. En la plaza esperaban los carromatos de Bent y de St. Vrain para unirse a ellos, mientras Tom Bibb arrastraba sus largas piernas y su rifle sobre el lomo de un reluciente ruano.

—¡Presenta mis respetos a la novia! —gritó el coronel Pitcher desde el umbral de la puerta de su casa.

Cuando Foard miró atrás, las hojas de los chopos a orillas del Río Grande superior brillaban delicadamente, las pardas paredes de Taos parecían doradas por el sol, y las morenas mujeres envueltas en rebozos azules y negros, señalaban a los semidesnudos chiquillos pegados a sus faldas, la yegua sin ensillar atada a la parte trasera del carromato de Foard Hudspeth, una yegua de cuello fino y patas muy largas y delgadas.

Pero lo que Foard recordaba con más claridad era la corpulenta figura de Ceran St. Vrain de pie en el umbral de su tienda, fumando su pipa de arcilla, sus ojos nublados, y sus facciones habitualmente joviales muy herías, como si estuviera sumido en profundas meditaciones.

Durante todo el día, Foard pudo verle mientras las ruedas de los carromatos avanzaban a través de las montañas que aislaban a Taos del resto del mundo. Cruzaron los bosques de los utes y de los apaches, donde los troncos de los árboles eran negros, rojizos o gris plata. Rodaron a través de un altísimo cañón donde el mundo era todavía blanco y seguía enterrado en el invierno. Descendieron de nuevo a la primavera, con las ruedas trabadas, y treparon otra vez a una altura que era la pared exterior de Taos.

—¡Allí está tu muchacha comanche! —dijo Tom Bibb, haciendo oscilar el cañón de su rifle a través de una extensión de terreno más amplia que La Belle France de Ceran St. Vrain.

Durante diez días, caballos y carromatos habían recorrido los agrestes caminos que ascendían desde Taos. Ahora, mientras rodeaban una curva del Arkansas, las agotadas mulas recobraban las fuerzas. El ruano de Tom Bibb, que abría la marcha, irguió las orejas y relinchó, y Foard, que cabalgaba a su lado, vio las familiares paredes de adobe alzándose como una fortaleza medieval al otro lado del río.

Como siempre que llegaba a este lugar, experimentó una leve sorpresa al encontrar aquí, en la despoblada llanura, rodeada de invisibles hordas salvajes, no un puesto del Ejército, sino la empresa privada de unos cuantos

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hombres de negocios de los Estados, el único poblado que se alzaba entre el Missouri y las montañas.

Dos horas más tarde, Foard se encontraba en la oficina principal, una habitación de cuyas paredes colgaban los polvorientos presentes de los jefes de los cheyennes, de los arapahoes, de los kiowas y de los comanches. William Bent, una delgada figura con una barbilla indomable, vestido como de costumbre de piel de ante, habló del comercio invernal, del precio de las pieles, de los amigos que habían perdido su cabellera desde el otoño, y pidió noticias desde Taos a Chihuahua. Luego llenó una pipa de boquilla muy larga.

—Recibí su mensaje y lo transmití a Cabeza Afeitada. Mi shawnee[54] lo encontró acampado en el Little Clarita[55]. He estado alimentando a tres de sus hombres desde el lunes. Pero —concluyó lacónicamente—, la muchacha está muerta.

A través de una de las ventanas de la oficina, Foard pudo oír a la esposa india de uno de los conductores hablando furiosamente en cheyenne. Luego se calló, y en el repentino silencio el apagado ruido de pasos encima de su cabeza resonó como el rumor de los pies descalzos de sus hijos de pelo rubio por nacer, alejándose de su vida. Pero su rostro no se inmutó.

—¿Cree usted a un comanche? —preguntó.

—Los comanches dicen que aún está viva. —Con un gesto enérgico, William Bent golpeó la cazoleta de su pipa contra el borde de la mesa—. Mi shawnee no la ha visto nunca. Hace cuatro años, oí decir que Cabeza Afeitada había matado a los niños porque lloraban demasiado, y yo traté de rescatar a la muchacha. Al invierno siguiente, Cabeza Afeitada me envió un mensaje diciendo que la muchacha estaba enferma y que quería venderla antes de que muriese. Le mandé una pequeña parte de lo que me pidió, y le prometí entregarle el resto cuando me trajera a la muchacha. No se presentó. Su tribu no ha acampado cerca de aquí desde entonces.

Foard permaneció silencioso hasta que se dio cuenta de que esperaban una respuesta.

—Usted conoce a los indios mejor que yo —dijo—. Pero si la muchacha estaba enferma, o incluso muerta, y deseaban venderla, no creo que hubieran dicho que estaba enferma. Y si dijeron que estaba enferma, supongo que recobró la salud o fue vendida en algún otro puesto.

William Bent miró fijamente a Foard.

—Es usted muy perspicaz, amigo mío. Esto es asunto suyo, y voy a dejar que lo conduzca usted a su manera. Pero no olvide que cuando trate con Cabeza Afeitada, estará tratando con el zorro más astuto de las praderas.

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Se puso en pie, y los dos hombres se dirigieron al enarenado patio. Tres indios, arrastrando sus mocasines, entraban en aquel momento en el patio; eran de corta estatura, que parecía más corta aún sin el pedestal de sus caballos, llevaban collares de dientes de alce, plumas de halcón en el pelo y un fusil en las manos. Y en su continente había toda la arrogancia de los hombres que tienen los triunfos en la partida que va a empeñarse.

—Hablaré con ellos aquí mismo —dijo Foard, endureciendo sus facciones. Rígido, alto, insobornable, esperó que el trío se acercara a él—. ¡Salud! —dijo, sin la menor emoción en su voz, estrechando las manos de los indios.

—¡Salud! —respondieron, y sus sagaces ojos negros le sospesaron de la cabeza a los pies.

Medio en francés, medio en shawnee, Marcellin Le Crouse, que llevaba una cinta de percal trenzada en el pelo, actuaba de intérprete.

—Diles —empezó Foard en tono impasible— que he oído la noticia de que la india de pelo rubio está muerta.

Los rostros de los tres comanches permanecieron inmutables al oír la traducción. Uno de ellos desató el cordón de una bolsa que llevaba colgada al cuello. Con semblante inexpresivo, extrajo de la bolsa un mechón de los cabellos más rubios que Foard Hudspeth había visto en su vida. Suaves y sedosos, brillaron al sol como oro líquido, hasta que el rostro del joven comerciante palideció de reprimida emoción.

—¿Cómo puedo saber que no fue cortada en alguna incursión comanche? —preguntó en tono áspero.

Lentamente, mientras las insistentes respuestas surgían y las manos de los salvajes hacían expresivos gestos, con lo rubios cabellos anglosajones entre sus dedos, Foard casi pudo ver a la muchacha, una vigorosa figura de ojos azules, echándose atrás las rubias trenzas mientras adobaba una piel de búfalo, plantaba una tienda comanche, o ensillaba un caballo para su autócrata padre comanche.

—Si la india de cabellos rubios está viva —preguntó Foard calmosamente —, ¿por qué no la ha traído aquí Cabeza Afeitada para venderla, como prometió?

Los negros ojos de los comanches centellearon, pero lo único que dijeron fue que Cabeza Afeitada se estaba haciendo viejo y que esto le había impedido realizar el largo viaje para ver a sus amigos en la morada de los rostros pálidos, y que si el joven jefe blanco viajaba hasta el Little Clarita, Cabeza Afeitada discutiría con él el precio de su hija.

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El rostro de Foard permaneció impasible.

—Si la hija rubia de Cabeza Afeitada está aún con el pueblo comanche, decidle que envíe un mensaje de lo que hacía cuando era una niña en el país del hombre blanco. Luego, el joven jefe de Taos irá al Little Clarita a cerrar el trato.

Mucho después de que los caballos de los comanches se hubieran perdido de vista, Foard continuaba en pie, fumando y contemplando los tres puntitos negros que se desvanecían en la distancia. Y en pie estaba, fumando silenciosamente su pipa, el atardecer en que los mangos de las lanzas aporrearon las grandes puertas reforzadas con clavos y chapa de hierro. Cuando los hombres de Bent respondieron a la llamada, se enteraron de que procedía de uno de los indios que había hablado con Foard, acompañado de doce guerreros dispuestos a escoltar al joven jefe blanco hasta la tienda de Cabeza Afeitada en el Little Clarita. Una lanza empuñada por un jinete fue arrojada por encima del muro, y Foard encontró atado a su punta un rollo de tela azul.

Silenciosamente, Foard lo desenrolló y lo expuso al débil resplandor de su pipa. Contemplándolo desde su fondo oscuro, y cosidas con tiras de piel blanca, vio las palabras «Ursula Ross».

Salieron a primera hora de la mañana, Foard y Tom Bibb en sus caballos y Le Crouse con un par de mulas de carga y la yegua de cuello fino atada detrás. Y cuando miraron atrás, los pardos muros de Bent’s Fort eran como una fortaleza de juguete en la pradera.

Durante días enteros sólo vieron la negra mancha de los búfalos al este, y por dos veces un rebaño de antílopes avanzando como la sombra de una nube a través de la pradera. Luego, súbitamente, al atardecer, llegaron al borde de una meseta y vieron debajo de ellos, en la amplia cañada, las cónicas tiendas de un poblado comanche de grandes proporciones, con una apariencia de calles perpendiculares y transversales, y toda la vida y el movimiento de una aldea blanca.

Foard tiró de las riendas de su caballo ante aquel espectáculo. Allí, erguido sobre la silla, pudo oír levantarse hasta sus oídos la risa de las mujeres indias, los gritos de los chiquillos desnudos persiguiendo a un gimiente cachorro, y la charla de las doncellas que acudían al arroyo con cubos de cuero.

—Me parece, muchacho… —empezó a decir Tom Bibb.

Se interrumpió repentinamente. Durante unos instantes, sólo se oyó el murmullo del poblado de tiendas y las notas de una melodiosa flauta en el

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atardecer. Luego, Foard volvió a oírlo, arrastrándose a través de la calma del crepúsculo: el increíble sonido de la voz de una muchacha blanca, cantando. Débil, lejano, más como un sueño que como una realidad, pero con una indecible emoción en este desacostumbrado lugar salvaje, flotaba a través del húmedo aire que colgaba encima del río.

«Ven, desconsolado,

siempre que estés triste».

Lentamente, mientras avanzaba, el canto adquiría fuerza y serenidad. Algo muy cálido inundó la sangre de Foard Hudspeth, y siempre que en años posteriores volvió a oír las notas de aquella canción, pudo contemplar la escena que se levantaba ante sus ojos: una solitaria cañada en medio de anchas soledades, salpicada por las cónicas tiendas de los comanches, con las aguas del riachuelo reflejando las nubes del atardecer y las rojas fogatas del poblado, y la ladera de la meseta moteada por rebaños de caballos y de mulos que pastaban bajo la vigilancia de semidesnudos centinelas, sentados en sus monturas como bruñidas estatuas de bronce, sobre el amplio círculo del sol poniente.

Luego, el pequeño grupo de jinetes descendió hacia la cañada, chapoteando después al cruzar el riachuelo, y el ruido de su llegada despertó ecos en el poblado. De pie ante la mayor de las tiendas había una robusta figura que llevaba únicamente unos pantalones de cuero adornados con borlas, el pecho desnudo y lleno de cicatrices, la cabeza afeitada de un lado hasta el centro, y el otro lado sosteniendo una larga coleta que, trenzada con pelo de búfalo, le caía hasta las rodillas.

—¿Cómo estamos? —saludó brevemente al uso mejicano, con el rostro impasible como un ídolo de bronce; pero en aquella arrugada epidermis, los ojos eran los más negros, los más osados y los más astutos que Foard había visto en toda su vida, ojos que habían contemplado impasibles nacimientos y muertes, batallas y danzas, y otras cosas que pocos hombres blancos desearían ver o recordar.

Luego señaló las mulas de carga y pronunció unas palabras en comanche. —Dice —tradujo Le Crouse—, ¿es eso todo lo que traes? Esperaba ver

los carromatos del hombre blanco cargados de cosas.

—Dile —replicó Foard fríamente—, que el jefe blanco no ha venido a comprar caballos ni pieles de búfalo, sino a una mujer india de cabellos

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rubios.

El jefe gruñó y penetró en la amplia tienda, invitándoles con un ademán a seguirle. En la tienda no les esperaba ninguna muchacha blanca. Y aquella noche no se presentaron de momento más que una india para servirles la comida en un cuenco de madera y la que se había hecho cargo de los caballos, y más adelante una procesión de dignatarios del poblado, que discutieron agriamente por el lugar que, según su rango, les correspondía en el círculo en torno al fuego y luego se sentaron allí fumando el tabaco del hombre blanco y mirando de reojo al joven jefe blanco y a sus paquetes envueltos en trozos de lona y amontonados al fondo de la tienda.

En toda la velada no se mencionó a la muchacha. Mucho después de que la tienda quedara silenciosa, Foard permanecía despierto contemplando cómo el fuego crecía y disminuía, y el humo blanco se enroscaba sobre dos de los hijos más jóvenes de Cabeza Afeitada, que dormían con el negro pelo en desorden sobre sus rostros, mientras los perros del poblado ladraban a una amarilla luna comanche a la sombra de un millar de tiendas.

Luego se preparó mentalmente para el trato que acerca de la muchacha le esperaba por la mañana, y dio media vuelta para dormir. Los reflejos del fuego en las paredes de la tienda eran idénticos a los rojos reflejos de la leña de cedro sobre las recién enjalbegadas paredes de la factoría. La respiración de una de las esposas de Cabeza Afeitada en la tienda era la respiración de su propia esposa de cabellos rubios durmiendo por vez primera después de muchos años en una cama, una cama grande como la del alcalde, capaz para dos personas, en su propio hogar le Taos.

Cuando despertó, Cabeza Afeitada se había marchado a resolver algún misterioso asunto tribal. No regresó aquel día, ni el día siguiente, mientras Tom Bibb escupía con creciente desconfianza, el inexpresivo Le Crouse canturreaba una monótona danza shawnee, y el mismo Foard se mostraba cada vez más taciturno mientras jugaba a naipes sobre una manta o paseaba en tomo al poblado. Lo único que vio fueron unas ancianas inclinadas sobre marmitas y pucheros, unos jóvenes trenzando cuerdas de pelo de caballo, y varias muchachas solteras cabalgando alrededor de la cañada en sus adiestrados caballitos, mientras los galanes comanches, más vanidosos que cualquier galán blanco, hacían caracolear sus potros delante de ellas con los rostros pintarrajeados con vermellón.

La cuarta mañana, Foard le habló severamente al comanche que había actuado de mensajero.

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—Pregúntale a Cabeza Afeitada si el joven jefe blanco es un chiquillo para que le tenga esperando tres días y tres noches. Dile que, en Taos, el joven jefe blanco es un importante hombres de negocios, y que todos los días acuden indios mejicanos y rostros pálidos a comerciar con él. Durante muchos soles ha viajado para encontrarse con Cabeza Afeitada. Ahora desea regresar a su pueblo.

Aquella tarde, a última hora, el pregonero comanche anunció que a la mañana siguiente Cabeza Afeitada hablaría en el campo del Consejo y Foard pudo advertir la ola de sorprendida excitación que recorrió el poblado. Cuando se despertó, Le Crouse y Tom Bibb estaban ya dispuestos para transportar los paquetes, y Foard se puso su traje de ceremonia.

Al salir al exterior, las blancas tiendas del poblado comanche aparecían rojas bajo los primeros rayos del sol. No había una sola mujer a la vista, pero todos los hombres estaban en cuclillas, formando un amplio círculo, bajo una especie de dosel de pieles de búfalo. Nadie habló cuando apareció Cabeza Afeitada, andando lentamente y con gran dignidad, con monedas de plata y oro tintineando en sus orejas, y una vieja espada de caballería colgada al cinto. No estrechó la mano de Foard, sino que permaneció en pie, austero y ausente, en medio de su pueblo.

—El jefe blanco —dijo Foard en tono grave— espera oír el precio que Cabeza Afeitada ha fijado a la mujer que está dispuesto a devolver a su pueblo.

—¿Puede un shawnee —advirtió el jefe— comprender a un comanche cuando habla mucho y aprisa en consejo?

—El jefe sólo tiene una boca, que yo pueda ver —respondió Foard—, y el shawnee tiene dos orejas.

Los ojos de Cabeza Afeitada centellearon. Pero no replicó. Durante un largo espacio de tiempo, su mirada examinó a sus oyentes. Luego empezó a hablar con lentitud. Relató cómo en su primera juventud había sido el consuelo de su anciano padre, convirtiéndose en el mejor ladrón de caballos de toda la nación comanche, que en sus distintas campañas había arrancado más cabelleras de las que el joven jefe blanco podía levantar con las dos manos, y que ahora, en su vejez, la sola mención de su nombre erizaba los cabellos de los osages, los lipans y los pawnees. Se jactó de no haber atacado nunca a sus hermanos blancos a traición, como los cobardes apaches, sino que había luchado siempre contra ellos noblemente y a campo abierto, y dijo que su corazón estaba lleno de sentimientos amistosos hacia la nación blanca, motivo por el que consentía en renunciar a su rubia hija comanche, de quien

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estaban prendados todos los jóvenes de su tribu, y la cual, si se quedaba, conduciría algún día a los guerreros comanches con la sagacidad de los blancos y la bravura de los indios.

El rico joven jefe de Taos había preguntado el precio de la squaw de cabellos rubios, y ahora Cabeza Afeitada iba a decírselo: un rebaño de rápidos caballos, muchas espadas y rifles para que los comanches pudieran protegerse de los mejicanos, un carromato lleno de mantas para que la tribu pudiera vender sus pieles de búfalo y a pesar de ello no pasar frío en invierno, y muchas marmitas para que todo el poblado pudiera cantar el amor a la paz y el fraternal afecto de los comanches hacia los hombres blancos.

Aquello fue solamente el principio de las peticiones de Cabeza Afeitada. Continuó enumerándolas durante más de una hora, mostrándose cada vez más imperioso y arrogante, e inventando continuamente nuevas peticiones. Y durante todo aquel tiempo Foard permaneció sentado con el rostro inescrutable y la figura inmóvil, mientras los ojos azules de Tom Bibb despedían chispas y Le Crouse había interrumpido su monótono canturreo.

Cuando el orador terminó, docenas de ojos brillaron burlonamente mirando al joven jefe blanco que había imaginado que podía comerciar con Cabeza Afeitada. A continuación, Foard se puso en pie, y era evidente que había tomado una decisión.

—Asegúrate, Marcellin —advirtió en tono grave—, de repetir exactamente lo que yo diga, ni más ni menos. Dile a Cabeza Afeitada que he oído su elocuente discurso y el precio que ha fijado por la muchacha blanca, por la que siente tanto afecto y la cual desea devolver a su pueblo. Dile que ha pedido todas las cosas habidas y por haber, excepto la luna para colgarla de un largo poste e iluminar su tienda por la noche, y el sol para colgarlo en otro y calentarla durante el día. Dile que cuando pueda darle el sol y la luna, le daré también todas las otras cosas que ha pedido.

La traducción al comanche fue seguida por un profundo silencio, interrumpido únicamente por los gritos de los chiquillos y los ladridos de los perros del poblado. Foard continuó:

—Dile a Cabeza Afeitada que no soy un hombre mezquino. Por esa india de cabellos rubios, a la cual todavía no he visto, estoy dispuesto a pagar un buen precio: tres mantas confeccionadas por los navajos para las hijas preferidas de Cabeza Afeitada, tres marmitas de cobre que brillan al sol, diez tacos de tabaco, diez rollos de alambre, una pieza de tela roja, otra de tela azul, seis conchas marinas con las cuales pueden hacerse muchos botones de nácar, un rifle, no como los que usan los indios, sino como los del hombre

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blanco, con un largo brazo que habla aquí, en el campo del Consejo, y encuentra el corazón de un venado al otro lado del río, un saquito de pólvora y diez lingotes de plomo, y un saco del café del hombre blanco que tanto gusta a todos los comanches. Y hay más pieles de búfalo que soles desde el verano al invierno.

Cabeza Afeitada habló con gran dignidad y desdén.

—Dice —tradujo Le Crouse— que un comanche del sur empobrecido ya por la compra de dos esposas, ofrece más que el rico joven jefe blanco por la india de cabellos rubios. Ahora le dice al comanche que traiga lo que ató anoche a la tienda de Cabeza Afeitada, según la costumbre india.

Un comanche de las tribus del sur de rostro tatuado se puso en pie y cruzó el círculo de indios. Regresó conduciendo su ensillado caballo. Colgadas del arzón veíanse las garras de oso que identifican al intrépido cazador, una cabellera, símbolo del valiente guerrero, y una cola de mula para indicar que era un ilustre ladrón de caballos. Y detrás de él, irguiendo sus cabezas y relinchando a la roja multitud, había ocho o diez hermosos caballos sin ensillar, brillando al sol y mostrando en sus ancas las marcas de ranchos de Chihuahua y Durango[56].

Cabeza Afeitada gruñó de satisfacción, y los ojos del círculo brillaron como siempre a la vista del oro comanche.

—Cabeza Afeitada dice —tradujo Le Crouse—, ¿puede el joven jefe blanco ofrecer un precio mejor que éste?

Foard paseó lentamente alrededor de los caballos, examinándolos. Luego habló en voz baja con el shawnee:

—Grita alrededor del poblado y del campo del Consejo. Diles que el comerciante blanco tiene excelentes artículos para cambiar por excelentes caballos.

Cuando se volvió, Tom Bibb había empezado ya a desatar los nudos de las cuerdas de los paquetes.

Durante varios minutos, ninguno de los comanches del círculo se movió. Un anciano guerrero tuerto fue el primero en levantarse. Al verle inclinado sobre los paquetes y manoseando el largo rifle, se acercaron otros. Y al cabo de un rato la mayoría de ellos estaban allí, hablando rápidamente entre sí y llamando a sus esposas. Súbitamente la cañada alrededor del poblado se convirtió en escenario de una gran actividad con el laceamiento de caballos, y el campo del Consejo hormigueó de mujeres, de niños y de potros. Foard examinaba la boca de los animales y permanecía erguido e impasible mientras los propietarios exhibían sus caballos al galope. Y todos los guerreros,

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mujeres y niños del poblado parecían haberse reunido allí, para contemplar con ojos brillantes la improvisada feria. El rostro de Tom Bibb tenía de nuevo una alegre expresión y Le Crouse volvía a canturrear una danza shawnee. Cuando al fin los paquetes quedaron casi vacíos, Foard tenía un bayo con una franja oscura a lo largó del lomo y de las patas, un alípede grullo de color de arena, un moteado palomino con la cola y la crin blancas, dos o tres pintos, un alazán tostado, y un garañón sabino de aspecto impresionante.

Luego, un comanche con el rostro lleno de cicatrices se presentó montando a pelo un ruano de magnífica estampa, uno de los mejores caballos que Foard había visto en su vida. La multitud retrocedió formando un ancho pasillo, y el jinete pasó como el viento. Foard se dijo que aquel caballo era digno de un buen precio. Reunió en un montón todos los artículos que le quedaban y señaló el caballo, pero el comanche sacudió la cabeza.

—Dice —tradujo Le Crouse— que el joven jefe blanco no tiene nada que el comanche desee.

—Déjame ver lo que queda en el último paquete —dijo Foard, y cuando Le Crouse se lo entregó, sacó algo envuelto en una gastada piel de búfalo.

Al desenvolverlo, el sol brilló sobre un cántaro de color pardo, tapado con un taco de madera de pino.

Los ojos azules de Tom Bibb volvieron a brillar, Le Crouse canturreó de nuevo una danza shawnee, y el comanche de rostro lleno de cicatrices se acercó ávidamente con su caballo. Pero el arrugado rostro de Cabeza Afeitada se había nublado repentinamente. Mientras duró el trato por el caballo, había permanecido sentado en el suelo, inmóvil e impasible. Ahora se había puesto en pie, su impasibilidad se había desvanecido, y agitaba furiosamente la espada. Foard pudo ver cuál había sido su rostro cuando en una batalla cabalgaba hacia el enemigo.

Cabeza Afeitada empezó a verter un torrente de palabras en comanche, palabras que cortaban como cuchillos. Los chiquillos se dispersaron, y las mujeres y los bravos, incluido el propietario del ruano, retrocedían como ovejas asustadas.

—Cabeza Afeitada dice —tradujo Le Crouse rápidamente— que él no necesita los caballos. Tiene muchos caballos. Es un hombre viejo y no necesita más caballos. Dice que los indios devolverán los que el hombre blanco les ha dado, y el hombre blanco les devolverá sus caballos.

Un momento después, el airado jefe avanzaba furiosamente hacia Foard, el cual permaneció erguido y digno, mientras un torrente de palabras caían sobre él.

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—Cabeza Afeitada dice —le informó Le Crouse— que la lengua del joven jefe blanco es falsa. El joven jefe blanco se calló que tenía un cántaro de aguardiente de Taos que ofrecer por la india de cabellos rubios.

—Dile a Cabeza Afeitada —respondió Foard— que no he traído el cántaro para comerciar con él. Lo he traído como un regalo que ayudara a Cabeza Afeitada a olvidar la pérdida de su hija comanche.

Cabeza Afeitada permaneció unos instantes mirando a Foard con impenetrables ojos.

—Mañana por la mañana —dijo ásperamente—, el jefe blanco puede marcharse.

Declinaba la tarde cuando los paquetes quedaron atados de nuevo y transportados a la tienda del jefe, y era mucho más tarde cuando los tres hombres de Taos se unieron a las durmientes figuras tendidas alrededor de la pequeña fogata encendida en el centro de la tienda, como los radios de una rueda.

Cuando Foard se despertó era de día, y Tom Bibb estaba sentado sobre su piel de búfalo con una expresión que reveló a Foard que había sucedido algo. Volvió rápidamente la cabeza.

Era una joven india. Debía de haberse levantado temprano y entrado silenciosamente, y ahora estaba sentada, con las piernas cruzadas, en el suelo, junto a la piel de búfalo que servía para tapar la abertura que daba entrada a la tienda. En la semioscuridad que reinaba allí, podía haber sido una comanche, con su falda y sus polainas de piel de venado, un collar de cuentas de plomo en la garganta, una ajorca de latón en el brazo, una mano encima de la otra en su regazo, silenciosa, como si pudiera permanecer sentada allí todo el día sin moverse, los entrecerrados ojos fijos en el suelo, sin más síntomas de emoción que el leve aleteo de sus párpados cuando Tom Bibb carraspeó tímidamente.

Luego, Le Crouse echó hacia atrás la piel de búfalo que servía de puerta, y Foard se dijo a sí mismo que mientras viviera no podría olvidar la imagen de Ursula Ross bañada por el sol matinal que penetró repentinamente en la tienda, con su estoico semblante y sus rubios cabellos desplomándose en cascada sobre sus hombros. Cuando Foard le dirigió la palabra, la muchacha levantó la mirada, y al sonido de los vocablos ingleses algo muy profundo e inenarrable, casi terrible, inundó sus ojos. Sólo un instante. Luego volvieron a ser grises y espartanos, y Foard experimentó la sensación de que si ningún hombre blanco hubiese llegado al Little Clarita, la muchacha habría recorrido silenciosamente el sendero comanche que se extendía ante ella.

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—No he hablado el lenguaje de mi madre desde hace mucho tiempo — dijo la muchacha—. Pero todos los días canto para recordarlo.

Las mujeres trajeron los caballos de los hombres blancos, las mulas y la yegua de cuello fino. Los indios de todo el poblado se habían reunido silenciosamente. Las jóvenes frotaron sus rojas mejillas contra la mejilla blanca de Ursula Ross. El comanche que llevaba el collar de dientes de alce estaba allí con una docena de jinetes, todos con los rostros distendidos en una amplia sonrisa. Y Cabeza Afeitada salió lenta y solemnemente de su tienda.

—Los paquetes esperan que su dueño los abra —le dijo Foard.

El viejo rostro arrugado permaneció impasible.

—El jefe blanco de Taos lleva una camisa de cazador ute. Pero debajo de la camisa hay un comanche. Cuando la hierba vuelva a ser verde, iré a Taos a comerciar y a ver el rostro de mi hija comanche. Ahora, mis hermanos acompañarán al hombre blanco hasta la gran casa junto al gran río.

Desde el borde de la meseta vieron las tiendas de los comanches alzándose solitarias en medio de la cañada. Delante de la mayor de todas, una figura de pecho desnudo levantó una mano. Foard alzó la suya. Luego, el poblado y la cañada se desvanecieron.

El río Arkansas estaba rojo con la puesta de sol de otro día cuando sujetaron sus caballos esperando a Tom Bibb antes de abrevar. Desde alguna parte oculta en la semioscuridad de la otra orilla pudieron oír un ruido familiar. El rostro de la muchacha se endureció y su mano tembló sobre las riendas de la yegua.

—¡Es un carromato! —exclamó, con reprimida emoción.

Detrás de ellos, Tom Bibb se irguió sobre los estribos de su caballo, hizo bocina con sus enormes manos, y un prolongado aullido de salutación voló por encima de las aguas del río. Y cuando llegaron a la puerta revestida de clavos y de chapa de hierro de Bent’s Fort, el propio William Bent y su esposa cheyenne estaban en el umbral para darles la bienvenida, con el resto de la población reunida en el patio detrás del matrimonio.

Resultaba muy agradable haber regresado a la civilización, a un lugar donde había paredes de verdad, y un comedor con mesas y bancos, cuchillos, tenedores y platos de estaño; con velas encendidas por la noche, y resonar de martillos durante el día, y día y noche el sonido de las palabras inglesas brincando en el aire. Y cada dos o tres horas, resultaba agradable alzar la mirada hacia la vivienda de los Bent y saber que Ursula Ross estaba allí y era atendida cariñosamente después de su largo cautiverio.

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El tercer día llamaron a Foard a la oficina principal, donde le esperaba William Bent, con la barbilla obstinadamente hundida en su cuello de piel de ante.

—Se trata de tu chica, Foard —dijo—. El misionero ha estado hablando con ella. Y hablando conmigo, también. —Se agitó nerviosamente en su silla

—. ¿Te ha dicho ella que va a casarse contigo y a vivir en Taos, o lo has dado por sentado?

Foard permaneció silencioso, y las patas de la silla en la que estaba sentado William Bent gimieron ahogadamente al ser arrastradas por el suelo de tierra.

—Mira, Foard, puedes comprar a una india, pero no puedes comprar a una muchacha blanca. Ni siquiera en esta región. Ursula Ross tiene que tener una oportunidad para regresar al Este, con los parientes que puedan quedarle, si así lo desea.

Foard Hudspeth estaba sumido en una especie de estupor, como si de repente el Arkansas se hubiera secado y en un centenar de millas a la redonda los antílopes y los búfalos hubieran bloqueado las llanuras. Pero su rostro permaneció impasible.

William Bent se puso en pie y aplastó un ciempiés contra el suelo.

—La muchacha desea hablar contigo. Ahora está arriba, con el misionero y Mrs. Bent.

Luego, como si supiera lo que iba a suceder a continuación y estuviera ansioso por alejarse de allí, salió de la oficina y cruzó el patio en dirección al taller del herrero.

Foard se quedó inmóvil en el centro de la oficina, contemplando cómo el aire agitaba las negras plumas de una lanza kiowa que colgaba de una de las paredes. Luego se dirigió lentamente hacia la galería, y supo que William Bent no era el único hombre con el cual había hablado el misionero, ya que Tom Bibb salió a su encuentro con una expresión de disgusto en sus ojos azules.

—Vamos a regresar a Taos, muchacho —dijo.

Por un extraño fenómeno, las palabras del gigante le recordaron la factoría, tal como la habían dejado sus amigos antes de emprender el viaje en busca de la muchacha de cabellos rubios, es decir, convertida en un verdadero hogar.

—Antes tengo que resolver un pequeño asunto —replicó Foard.

Cuando Tom Bibb se hubo alejado, el joven levantó la mirada hacia la vivienda de los Bent. Se dijo a sí mismo que hubiera hecho cualquier cosa,

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cualquiera, para evitar lo que le aguardaba allí. Pero, paulatinamente, notó a su alrededor los ojos de Tom Bibb y de otros hombres que le contemplaban disimuladamente. Irguió la cabeza, subió silenciosamente la escalera y llamó con los nudillos a la puerta que había viajado mil millas sobre un carromato antes de quedar prendida a sus actuales goznes.

La esposa cheyenne de William Bent abrió la puerta. Su rostro cobrizo no se inmutó, pero sus ojos brillaron.

—Num-whit —dijo, y se apartó a un lado para dejarle pasar.

Alto y casi tan fantasmal como aquella noche en que había aparecido en la factoría consumido por la fiebre, Foard entró en la habitación. A lo largo de la pared había varios colchones enrollados que servían de asiento. En un rincón había un alto pupitre de madera de nogal, sobre el cual reposaba un águila disecada. También había una estufa que Foard dudó que fuera utilizada por la mujer cheyenne, una mesa y dos sillas, una de las cuales ocupaba el misionero que en aquel momento fumaba una pipa.

En la otra silla estaba sentada la muchacha, con su falda y sus polainas de piel de venado, con una gran naturalidad, como si toda su vida se hubiese sentado en sillas; y detrás de ella un gran baúl de cuero, probablemente el que William Bent había comprado a los mormones a cambio de un par de bueyes el último verano, con la tapa levantada, dejando ver un vestido de casimir de color oscuro, un par de medias blancas y unas botas de mujer, negras.

Cuando la muchacha reconoció al recién llegado, se sentó más rígidamente y una extraña tensión flotó en la estancia. Luego, la joven se puso en pie y empujó su silla hacia Foard, como probablemente había visto hacer a William Bent, y Foard se dijo a sí mismo que Ursula Ross aprendía rápidamente las cosas.

—Siéntese —dijo la muchacha en voz baja.

—Gracias, señorita, prefiero estar de pie —respondió Foard en tono grave

—. Imagino que no voy a quedarme aquí mucho rato.

Un leve rubor tiñó las mejillas de la muchacha. Se quedó en pie delante de

Foard, y el joven se dio cuenta por primera vez de lo alta que era. Se obligó a sí mismo a apartar la mirada y volvió la cabeza hacia el misionero, el cual se negó a captar el significado de aquella mirada y se quedó sentado tranquilamente, expeliendo con regularidad azuladas nubes de humo a través de su negra barba, con los ojos obstinadamente fijos en el rostro de la muchacha.

Súbitamente, Foard se dio cuenta de que Ursula Ross se estaba dirigiendo a él en un inglés trabajosamente elaborado, que conservaba el cantarín acento

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de las mujeres comanches.

—Le he rogado a usted que viniera Mr. Hudspeth, porque tengo algo que decirle. Le agradezco muchísimo todo lo que ha hecho por mí. Es usted un hombre bueno.

El rostro de Foard permaneció inexpresivo.

—Pero no lo bastante bueno para que venga a vivir conmigo en Taos — replicó, en tono ligeramente sarcástico.

—Yo no dije que iría a Taos —se apresuró a declarar la muchacha. Sus ojos grises llamearon. Avanzó belicosamente la barbilla, y Foard se dijo a sí mismo que allí había una mujer que no resultaría fácil de manejar.

—No —convino Foard con voz inexpresiva—. Pero usted sabía que yo acudí al poblado a comprar una esposa, y no dijo que no quería venir conmigo.

—Yo no había hablado con usted. Ni siquiera le conocí hasta que el trato quedó concluido. Además, deseaba marcharme. Me hubiera marchado con cualquier hombre blanco. Ellos asesinaron a mis padres y a mis hermanos. Hubiera hecho cualquier cosa para regresar con los míos.

El misionero se quitó la pipa de la boca con aire conciliador.

—Estoy seguro de que no perderás nada en la operación, hijo mío — prometió—. Miss Ursula tiene una lista de lo que pagaste por ella a Cabeza Afeitada. Dice que cuando regrese al Este te lo enviará todo antes de casarse con otro hombre.

La muchacha sacó un papel doblado del interior de su jubón de piel de venado y se lo entregó a Foard. Luego volvió a sentarse. Foard desdobló el papel y lo recorrió rápidamente con los ojos. Una lista muy completa, desde luego. Sin embargo, el joven se había sonrojado hasta la raíz del pelo.

—No tiene usted que devolverme nada —dijo en un tono amargo.

La muchacha se inclinó hacia adelante con un extraño brillo en los ojos. —¿Quiere usted decir que soy libre? ¿Que puedo casarme con quien me

plazca, como cualquier mujer blanca?

Foard apartó la mirada. Se dijo a sí mismo que la muchacha hurgaba en la herida que más le dolía. Recordó tristemente las enjalbegadas paredes de su hogar en Taos, las alfombras nuevas que cubrían los suelos —rojas, como le habían sugerido los navajos—, las dos sillas de respaldo alto, como las de los obispos, y la cama, una cama tan ancha como la del alcalde, para dos personas. Y vio a toda la gente de Taos susurrándose al oído que Foard Hudspeth había regresado solo.

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Durante un largo minuto permaneció completamente inmóvil, conteniendo la respiración. Luego, el silencio quedó interrumpido por el crujido del papel al desgarrarse entre sus dedos.

—Ahora es usted libre como cualquier otra mujer blanca —dijo—. Puede casarse con quien le plazca.

Se volvió hacia la puerta. Pero, antes de llegar a ella, oyó una voz de hombre que hablaba en lenguaje ute y en tono apenas audible:

—Si es una mujer blanca, ¿por qué no le pides que se case contigo como una mujer blanca?

Foard se detuvo en seco y miró a su alrededor. El piadoso y barbudo rosto del misionero no había cambiado, y de sus labios seguían surgiendo azuladas nubes de humo. Y la esposa cheyenne de William Bent les estaba contemplando, a él y a la muchacha, con sus brillantes ojos negros. Pero Foard, alto y rígido, sabía que aquéllas serían las palabras más difíciles que habría tenido que pronunciar en toda su vida.

—Si lo prefiere, puede usted regresar al Este, miss Ursula… —empezó, trabajosamente.

En el rostro de la muchacha había la clara luz de las altas praderas. Se había puesto en pie, y el sol que penetraba a través de la ventana iluminaba sus dorados cabellos, convirtiéndolos en un ascua de oro. Estaba esperando que Foard continuara. Pero Foard oyó que la puerta se cerraba silenciosamente detrás de ellos; y cuando se volvió, el misionero se había marchado y sólo la esposa cheyenne de William Bent seguía allí, contemplándoles con sus ojos negros, en los que ahora brillaba una extraña ternura.

Aquella noche, mucho después de que la puerta revestida de clavos y de chapa de hierro se hubiera cerrado, Foard apareció en la oscura galería, vestido con su chaqueta de paño fino y su pantalón de lana. En todo Bent’s Fort reinaba una inusitada agitación. Los hombres reían y las mujeres mejicanas charlaban muy excitadas y a través del aire nocturno flotaba la fragancia del aguardiente de Taos.

Luego, súbitamente, el amarillo cuadro de luz en la ventana de la vivienda de los Bent se apagó. Una palmatoria sosteniendo una vela apareció en la puerta. Y tres figuras descendieron la escalera: William Bent, con sus largas piernas enredándose en los faldones de la levita que llevaba en sus visitas a St. Louis; su esposa cheyenne, con un vestido estampado de vivos colores; y una desconocida mujer blanca de cabellos rubios, con un vestido mormón de

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color oscuro adornado con un ancho lazo blanco, cuya falda, de vuelo muy amplio, sostenía con las dos manos para no tropezar en su descenso.

Resulta curioso que Foard apenas pudiera recordar la ceremonia, excepto la simpatía y la amabilidad de las mujeres blancas que estuvieron a su lado. Pero, a partir de aquel día, no pudo oír la melodía de Money Musk sin ver de nuevo el comedor de Bent’s Fort, iluminado por altos candelabros con bujías de grasa de búfalo, y la doble hilera de danzarines celebrando la boda; barbudos caravaneros haciendo girar a sus esposas mejicanas hasta que sus faldas cortas se ensanchaban por encima de las morenas rodillas; y delgados cazadores y tramperos agitando frenéticamente sus pies calzados con mocasines y aleccionando a sus esposas indias en los secretos del fandango y de la contradanza…

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UNA MUJER DE LA FRONTERA

CONRAD RICHTER

ERA su último desayuno en la casa provisional que el negro Tío Chub había edificado para ellas en los últimos días de la guerra. Lalla Porterfield estaba pensando en que sus jóvenes raíces iban a ser arrancadas

definitivamente del suelo de la plantación.

Bajita, nerviosa hasta las puntas de los dedos, Lalla sentía las laceraciones, mientras se aferraba inútilmente a los recuerdos de su niñez en la enorme casa —ahora convertida en una parcela de tierra requemada—; cuando los esbeltos candelabros sobre las altas repisas de las chimeneas parecían tocar el techo; cuando siempre tenían invitados, en verano en el pórtico y en invierno alrededor de los guardafuegos de bronce de la chimenea, los cuales eran demasiado altos para que una niña pudiera calentarse los pies sobre ellos; y cuando en la inevitable hora del crepúsculo, su abuelo la sentaba en sus rodillas, en el sillón rojo donde más tarde Jefferson Davis[57] se había sentado, y cantaba con su suave voz de tenor:

«El sol se pone lentamente, Lorena.

La hierba está empapada de rocío…».

Los almohadones de color ciruela del carruaje que las esperaba brillaban al sol matinal, pero Lalla sólo vio que los negros que trabajaban los campos, aunque ya eran libres como los blancos, habían empezado a salir de sus cabañas para despedir a sus antiguas amas.

Cornelia Porterfield y Lalla se detuvieron a contemplarles desde lejos. Madre e hija intercambiaron una rápida mirada. Y echaron a andar hacia la hilera de cabañas.

Avanzaban, lentas, arrogantes, bajo los robles que habían sobrevivido al incendio. Cornelia, delicadamente moldeada, de manos frágiles y rostro de

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porcelana, apoyada en el brazo de su hija, que poseía la boca y los ojos arrogantes de los Porterfield. Sus vestidos habían sido tejidos en casa. Sus miriñaques rozaban los arbustos. Sus botas eran de paño y se abrochaban con botones arrancados de unas botas viejas y forrados con la misma tela del vestido.

Los negros, al verlas llegar, se retiraron al interior de las cabañas. Ellas entraron, les estrecharon la mano y les desearon buena suerte con su nuevo patrono, con el que trabajarían a sueldo. La anciana Mammy Bett, ataviada con un delantal blanco y un turbante, se arrodilló y apretó la blanca mano de Cornelia Porterfield contra su negra mejilla. Las lágrimas bañaron los oscuros rostros, y algunos de los negros más viejos sollozaron:

—¿Qué va a ser de nosotros sin la señora, la joven señorita y Marse Majo[58]?

Los claros ojos azules de Cornelia Porterfield se humedecieron, pero su hija no manifestó la menor emoción. La guerra había endurecido a Lalla Porterfield. La había arrancado de las lecciones de francés, de sus labores de aguja, de recibir a invitados al lado de su madre en el pórtico, vestida con un largo chambery de gasa blanca, y a veces con una pelliza de terciopelo… La había hecho cabalgar por la plantación como un hombre, ver las rojas llamas devorando los majestuosos hogares que había amado, y contemplar la silenciosa carretera en espera de la aparición de un joven cuyos brazos estaban destinados a estrechar solamente la fría arcilla de Gettysburg[59].

La madre y la hija regresaron lentamente hacia el carruaje. El río brincaba como si en lugar de agua corriera por él azogue.

Lalla sabía el gran sacrificio que hacía Cornelia al dejar el lugar donde su propia madre, con el broche de sauce llorón sobre el pecho, y su padre, con la pechera blanca almidonada y el abrigo con cuello de terciopelo, yacían juntos en la negra tierra de la plantación.

Mrs. Porterfield se sacó un pañuelo de la manga, pero en su rostro no había ninguna lágrima.

—Hace un hermoso día para viajar, Lalla —dijo.

—Maravilloso, mamá —asintió Lalla.

Y para sus adentros, añadió: «No regresaremos nunca».

La madre debió leer sus pensamientos.

—Tu padre dice que encontraremos un lugar en el Oeste que nos gustará tanto como éste —le recordó, mirando hacia el río.

Aquel día, mientras cruzaba los bosques de pinos, las verdes ramas se inclinaban sobre ella y, rodeada de los familiares almohadones de color

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ciruela, con su madre al lado y B’r John en el pescante, Lalla tenía la sensación de que se dirigía a casa de los Chadwick o de los Bufford. Pero cuando volvió la cabeza y vio el carromato detrás de ellos; cuando recordó que todo lo que habían podido salvar del incendio estaba dentro de aquel carromato; y, de un modo especial, cuando vio a Bose y a Viney en el alto pescante, con sus rostros retorcidos, entonces, como despertando de un sueño, el largo viaje que habían iniciado se convirtió en realidad. Y también el nebuloso destino que les aguardaba en Nueva Méjico, donde, al acabar la guerra, su padre había ido a reunirse con tío Philip para montar algún negocio y crear un nuevo hogar.

Y Lalla podía ver mentalmente el Gran Desierto Americano[60] que tenían que cruzar, donde no crecían los árboles, donde sólo podían encontrarse indios salvajes, donde los huesos de los viajeros blanqueaban al sol junto a los cráneos de los búfalos.

—Papá conoce el camino a través de las llanuras —había dicho su madre confiadamente—. Dentro de un mes y medio se reunirá con nosotras en el Mississippi.

Antes de que transcurriera una semana, el carruaje de los Porterfield y el carromato habían sido tragados por los rojos caminos de Georgia. Delante y detrás de ellos, innumerables familias sureñas, arruinadas por la guerra, iban en busca de un nuevo hogar en la frontera del Suroeste. Vivir en una casa se había convertido en un sueño lejano, aunque no tan lejano como el Mississippi.

Transcurrieron semanas, y el lugar en que habían de reunirse con su padre se convertía en algo tan remoto y tan inalcanzable como el retorno a los días anteriores a la guerra.

Una noche, la susurrante conversación de los negros sentados alrededor de la fogata penetró en la alfombrada tienda.

—¿Nos queda mucho camino que recorrer, B’r John? —preguntó la chillona voz de Viney.

—No —gruñó el viejo negro—. Muy pronto encontraremos a Marse Majo en el gran río. Marse Majo tiene muy buen oído. Si te oye quejarte por las noches, te dará una tanda de latigazos. Y ahora, mejor será que te acuestes, gordinflón.

—¡Tal vez no lleguemos nunca al gran río! —replicó Viney—. Cada vez que cierro los ojos, veo una tumba recién abierta dentro de un cementerio. Nunca había visto una tumba hasta ahora…

—¡Oh! ¡Déjate de fantasías! —gruñó Bose.

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Lalla trató de sonreír ante la idea de que su padre pudiera azotar a un negro. Pero sus pensamientos se dirigieron hacia la luz de la luna brillando sobre las cabañas de los negros, y el sinsonte que cantaba por las noches en el cañaveral.

Eran las primeras horas de la tarde cuando el carruaje, desvencijado a causa de las millas recorridas, alcanzó la cima de una elevación del terreno. Ante sí, Lalla vio un ancho y verde valle inundado de agua. Sabía que era un río, el más ancho que había visto, y que la orilla opuesta, con sus azules colinas, pertenecía a Arkansas.

—¡Mamá! —exclamó, tocando la frágil y fría mano apoyada en el asiento a su lado—. ¡El Mississippi!

Cornelia Porterfield levantó la cabeza. Durante cierto tiempo, contempló fijamente el ondeante mar que bajaba del norte, y el grupo de casas en la orilla más próxima.

—¡Lee’s Ferry[61]! —murmuró para sí misma, y Lalla vio que forzaba la vista, como si desde allí pudiera divisar la expectante figura de su marido.

—¡Sí, Mrs. Nelia[62]! —asintió con entusiasmo B’r John—. Hemos llegado al gran río. Ya no necesita preocuparse más por los libertos. Marse Majo lo arreglará todo.

Un resplandeciente polvo dorado colgaba de los últimos rayos del sol cuando el carruaje se acercó a la hilera de edificaciones que era Lee’s Ferry.

Los ojos de Mrs. Porterfield buscaban ansiosamente una figura familiar.

—Pregunta en la tienda, tío[63] —sugirió Lalla.

—En seguida, miss Lalla.

B’r John se apeó del carruaje. Era un negro alto, robusto, consciente de su levita, sombrero de copa y chaleco rojo. Lalla vio que el pequeño grupo de ociosos se apartaba con respeto para dejarle paso.

Una figura apareció en el umbral de la tienda. Lalla levantó un brazo en un gesto de saludo, pero inmediatamente volvió a dejarlo caer. Llevaba un abrigo como el de su padre, pero en el instante en que surgió de las sombras Lalla vio que era un caballero cuyo rostro se adornaba con unas grandes patillas. A la vista de aquel desconocido que se acercaba al carruaje con grave continente, seguido de B’r John, Lalla experimentó la sensación de que una mano negra se había extendido repentinamente delante del sol.

—¿Es usted Mrs. Porterfield? —inquirió el desconocido, inclinándose ante Cornelia—. Yo soy August Wolf, de Nueva Orleans. Los hermanos Wolf, de Santa Fe, son primos míos. Acabo de llegar del territorio, y el mayor Porterfield me pidió que le entregara un mensaje personalmente. Lamenta

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mucho no haber podido acudir a recibirlas, y les ruega que regresen a Columbus y se queden allí hasta que reciban noticias suyas. —Bajó la voz—. Le envía esto.

Su enorme mano extrajo un voluminoso sobre de uno de sus bolsillos y se lo entregó a Mrs. Porterfield, la cual, después de palparlo, lo ocultó debajo de un pliegue de su vestido. Lalla se había dado cuenta de que el sobre no tenía nada escrito.

—¿Hay alguna carta dentro? —preguntó Mrs. Porterfield, que se mantenía desesperadamente erguida en el carruaje, con las pálidas mejillas enrojecidas.

August Wolf respondió en tono de pesar que no había ninguna.

—¡Usted nos oculta algo! —dijo la madre de Lalla—. Si el mayor Porterfield estuviera bien, nada le hubiera impedido escribirme una carta.

August Wolf enrojeció. Sacó un pañuelo de gran tamaño y se secó la frente.

—Puesto que insiste, señora… —Volvió a inclinarse, evitando sus ojos—. El mensaje es de su hermano, Mr. Claiborne. La caravana de don Miguel Perea[64] fue atacada por un numeroso grupo de comanches. La mayor parte de los carromatos fueron incendiados. Sólo escaparon varios hombres. Su marido, lamento tener que decírselo, resultó herido…

Los labios de Mrs. Porterfield estaban pálidos.

—¿Es grave la herida? —susurró.

Mientras esperaba la respuesta, a Lalla le pareció haber vuelto a Georgia, a los difíciles días de la guerra. Las curiosas caras de los ociosos se convirtieron en las de los yanquis de guerrera azul, y las muestras de latón de la tienda en bayonetas y sables. Sin embargo, a pesar de aquella impresión tenía conciencia de los asombrados ojos de Viney y de Bose, de la neblina que ascendía del río, y de las distantes colinas azules de Arkansas, convertidas ahora por obra de su imaginación en rojas y siniestras.

El mensajero inclinó la cabeza.

—Muy grave, señora —confesó a su pesar—. Pero cuando nuestros carromatos abandonaron el territorio estaba vivo.

Contemplando la extraña luz polvorienta que cubría el río, Lalla vio a su padre del modo que lo recordaba de la época de su niñez, cuando la paz se extendía sobre todas las cosas. También la vio marchándose hacia el frente embutido en su uniforme nuevo, con el sombrero negro ligeramente ladeado. Y al regresar, increíblemente harapiento, sin su criado negro, montado en un huesudo caballo.

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Pero la visión que se impuso sobre las demás fue la de su figura familiar tendida sobre una manta en algún solitario puesto fronterizo, con el cuerpo acribillado de heridas y la nostalgia del viejo Sur en sus ojos.

Cuando Mr. Wolf se hubo marchado, Bose inquirió:

—¿Vamos a volver atrás, Miss Lalla?

Sus ojos y los de su madre midieron la anchura del gran río antes de que

Lalla respondiera, en tono firme:

—No, Bose; seguiremos adelante.

Aquella noche acamparon, y los ruidos del río penetraron en la tienda. Al día siguiente, Viney lavó la ropa. Mrs. Porterfield se quedó con su marido, que la contemplaba desde el interior de un marco ovalado colgado del palo central de la tienda. Lalla continuó durmiendo hasta que oyó un repiqueteo semejante al de la lluvia al caer sobre la lona. Se trataba de alguien que llamaba suavemente con los dedos.

—¡Miss Lalla! —susurró una voz enronquecida.

Lalla se echó el chal de su madre encima de los hombros y asomó la cabeza fuera de la tienda. Había cesado de llover. La niebla se extendía por todas partes, una espesa niebla banca, en medio de la cual brillaba el arrugado rostro de B’r John.

—¡Se han marchado, miss Lalla! —dijo solemnemente—. Bose y Viney. ¿Cómo vamos a arreglárnoslas para conducir el carromato?

Los ojos de Lalla se posaron en el pesado vehículo, mudo e indefenso, rodeado de niebla. En el interior del pequeño cuerpo de la muchacha, algo se estremeció como se había estremecido el día que César, un negro de enorme estatura, bajó corriendo por la orilla del río y gritando: «¡Escóndanlo todo! ¡Vienen los yanquis de Sherman[65]!».

Habló un momento con B’r John. Poco después, salió de la tienda, vestida. «Cherry», la yegua del carruaje, había sido ensillada y atada al carromato.

—Creo, miss Lalla —balbució el viejo negro—, que les encontraría usted si tomara el camino de regreso a casa.

La palabra «casa» vibró en los oídos de Lalla como el tintineo de la campanilla colgada sobre la puerta de su antiguo hogar. Por unos instantes, pareció que la niebla se desvanecía y que ante los ojos de Lalla se extendía el camino que cruzaba a través de campos y pinares, hasta alcanzar las verjas de la plantación.

Se encaramó a la silla de un salto. En el rostro del viejo negro había una expresión de indecible anhelo.

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—¡Puedes regresar, tío! —dijo Lalla en tono inseguro.

B’r John sacudió la cabeza.

—Imposible, miss Lalla —dijo—. ¿Qué harían Mrs. Nelia y usted sin el viejo B’r John?

Lalla, montando la yegua roja, llegó a la colina desde donde habían tenido su primer contacto con el Mississippi. La niebla había quedado detrás de ella y, hasta donde alcanzaba su vista, no distinguió a ningún hombre que viajara a pie. Pasó un grupo de jinetes escoltando a un carromato, y Lalla se aventuró a preguntar si habían visto a los fugitivos. Por un momento, nadie respondió. Vio a un jinete que la miraba de pies a cabeza.

—Creí que la guerra había terminado, señora, y que los negros eran libres para ir donde quisieran.

Lalla enrojeció hasta la raíz de los cabellos. Vio que una atezada barba cubría el juvenil rostro del hombre que acababa de pronunciar aquellas palabras. Su sombrero de ala ancha y el lazo que colgaba del arzón de su silla le señalaban como vaquero.

—No quiero discutir sobre la guerra —replicó Lalla en tono escueto, y sus talones presionaron los ijares de su yegua.

Al sonido de los cascos del animal, los dos negros fugitivos surgieron de detrás de un árbol, donde, Lalla estaba convencida de ello, el barbudo jinete sabía que habían estado durante aquellos momentos.

—¡Bose! —gritó la muchacha, ordenándole que se detuviera, cosa que el negro hizo, temblando. Lalla cabalgó hacia él—. Si queríais regresar a casa — dijo en tono severo—, podíais habérnoslo dicho. —Inclinándose, mostró unos billetes—. ¿No queréis los salarios que mi madre os prometió?

—¿Cómo van a arreglárselas ustedes, miss Lalla? —preguntó Bose con solicitud—. Todo el mundo sabe que ni usted ni la señora saben cocinar.

—¡Oh!, B’r John me enseñará, Bose —dijo la muchacha. Luego deseó a los negros un buen viaje. Y sin mirar a los jinetes que habían escuchado aquella breve conversación, emprendió el camino de regreso al río.

B’r John había encendido una fogata y preparado el desayuno. Cornelia contempló con expresión consternada cómo Lalla trasladaba sus cosas al carromato. El viejo negro dirigió una última mirada a los blandos almohadones del carruaje, y trepó a la carreta.

—¡Lalla! —balbució Mrs. Porterfield—. ¿Cómo puedes conducir un carruaje a la vista de todo el mundo?

El primer ferry[66] se había marchado, y los jinetes que había encontrado Lalla poco antes, estaban esperando junto a la orilla del río. La lona que

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cubría su carromato había sido marcada con una especie de raya a través de la letra C, lo cual Lalla sabía que en su lenguaje significaba C Bar.

Llegó el segundo ferry, donde ambos grupos ocuparon sus puestos. El viento soplaba con fuerza. Al iniciar su marcha la embarcación, una rociada de agua cayó sobre los sorprendidos caballos del carruaje. Los animales se encabritaron, y durante unos angustiosos segundos Lalla creyó que ella y su madre iban a caer al río.

Cuando se sintió libre para soltar la mirada y las riendas, Lalla descubrió que Craig Wetherill —así le llamaban sus compañeros— estaba junto a los caballos del carruaje, apaciguándolos. No se dirigieron la palabra, pero ella se dedicó a observarle disimuladamente. Descubrió que sus ojos eran grises, directos, resueltos y agudos como los de un halcón. Lalla creyó que le era factible leer lo que se ocultaba detrás del rostro barbudo.

El ferry atracó en la orilla de Arkansas. El crujido de los guijarros bajo su quilla sonó en los oídos de Lalla Porterfield como el corte de los últimos lazos que la ataban a la tierra que había dejado atrás. Y los gritos de las pollas de agua que volaban sobre su cabeza eran las voces de bienvenida de aquella nueva tierra: dura, peligrosa, sombría, con matices de belleza y de espanto.

Con mano firme, condujo el carruaje hacia el camino amarillo de la nueva tierra. Miró hacia atrás y vio que la mayoría de los viajeros confederados se apartaban de ellos para girar hacia el Sur. Durante una semana, el carromato del C Bar se mantuvo a la vista. Luego se desvaneció.

Para Lalla Porterfield, las ruedas no habían girado nunca con tanta lentitud. Cada semana pasaba algunas nuevas cuentas en su interminable rosario: White River, Little Red River, Osage River, frontera de Missouri, los roderones del camino de Santa Fe, la valla blanca alrededor de los patios cuadrados de la antigua Independence[67], el nuevo ferrocarril dirigiéndose con valentía hacia Santa Fe, y finalmente la interminable pradera.

Después, como para el marinero en alta mar, el paisaje se hizo invariable. Lalla deseaba con avidez ver una valla o la torre de un campanario. El carromato llevaba un eje nuevo; el carruaje, dos ruedas recompuestas.

A pesar de que eran las primeras horas de la tarde, Lalla descubrió que las fangosas aceras del pueblo hormigueaban de hombres: vaqueros norteamericanos con camisas de vivos colores, conductores mejicanos con chaquetas de pana y sombreros enormes adornados con diminutas campanillas, y jugadores con levita y camisa blanca. Ni una sola vez se vio

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obligada a dirigir su mano al revólver de culata plateada que su padre había llevado durante la guerra. Los rudos hombres formaban un pasillo en la acera, cediéndole el paso. En la tienda, donde entró acompañada de B’r John, cuya misión era la de cargar con los paquetes, el comerciante se mostró tan respetuoso como los de su tierra natal.

Salió de nuevo a la calle, y vio pasar el ya familiar carromato del C Bar. Los jinetes la reconocieron y la saludaron tocándose el ala del sombrero. Craig Wetherill añadió una inclinación. En todas aquellas incontables millas, era la primera cosa o rostro conocido con que topaba, y a Lalla le pareció que la desapacible calle adquiría un tono dorado al caer sobre ella los últimos rayos del sol.

Habló muy poco con su madre. Ambas sabían que habían alcanzado el borde de la frontera.

Reemprendieron la marcha de madrugada. El pueblo estaba silencioso y dormido, tan gris y fantasmal como la caravana de carromatos a la cual se habían unido. Lalla percibió que los jinetes del C Bar llevaban revólveres al cinto; y que los conductores de los grandes carromatos de transporte, con el nombre de los propietarios impreso en la lona y arrastrados por doce o catorce mulas, tenían un fusil cargado sobre las rodillas. Y los emigrantes de los Estados del Este llevaban todos los temores del mundo pintados en sus rostros.

Lalla conducía el carruaje con una especie de inercia. Ninguna de las personas a quienes había interrogado pudo darle noticias de su padre. Su embotado cerebro le decía que él no estaba allí, que nunca había estado allí, que su búsqueda era una quimera, un sueño. B’r John, en cambio, se había convertido en el miembro más alegre de la caravana.

Cuando acampaban, hacía la mayor parte del trabajo; recogía leña, plantaba la tienda, acarreaba agua. Después de una dura jornada, solía decir:

—Mañana estaremos como nuevos… ¡Ya estamos llegando, miss Lalla! Cada vez estamos más cerca de Marse Majo. De un momento a otro, Mrs. Nelia y usted estarán entre sus brazos…

Se mostró alegre y animoso hasta que la caravana llegó al Gyp Spring, un riachuelo que surgía de la arenosa llanura. Un carromato de emigrantes sufrió una avería, y el jefe de la caravana dijo que acamparían allí mismo. El agua del riachuelo era clara y fría, pero su alcalinidad la hacía nauseabunda. Los animales la bebieron sin formular objeciones, los hombres porque no tenían otra, pero Lalla y su madre no pudieron tragarla.

B’r John sacudió su lanuda cabeza con un gesto apesadumbrado.

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—Lo sabía —dijo—. El jefe de la caravana dice que más adelante hay agua buena, pero teme la presencia de los indios. Dice que hay que cerrar los ojos y tragarla, porque hasta mañana no podremos humedecernos la boca. Y yo le he dicho que mis amas no podían tragar esa porquería de agua, por más que cerraran los ojos y se taparan la nariz.

—No te preocupes, tío —dijo Lalla—. Haré café con ella y entonces podremos bebería.

B’r John sacudió la cabeza y se alejó hablando consigo mismo. Lalla no volvió a verle. Estaba escribiendo en su diario, después de cenar, cuando se dio cuenta de que la conversación de los hombres y los juegos de los niños de la caravana se habían interrumpido.

—¿Qué sucede, Lalla? —preguntó su madre, desde las mantas sobre las cuales descansaba.

Se asomó al exterior, y vio que las mujeres miraban hacia su tienda con expresión de pesar. Detrás de ellas, el jefe de la caravana hablaba con un grupo de hombres armados. Lalla, asustada, se dirigió hacia él, abriéndose paso entre las silenciosas mujeres.

El jefe de la caravana tenía un rostro cuadrado que, en aquel momento, aparecía empapado en sudor.

—¿Qué sucede? —preguntó Lalla.

—Lo siento, señorita, pero tengo que comunicarle una mala noticia. ¡Han perdido ustedes a su negro!

Lalla se estremeció, y por un instante creyó que iba a desmayarse. Miró a su alrededor. Parecía increíble que hubiera sucedido una tragedia en aquel lugar.

—Los indios, señorita —continuó el jefe de la caravana—. No hemos visto ni uno desde que salimos, pero nos han estado espiando día y noche. Di la orden de que nadie abandonara la caravana. Su negro la desobedeció.

Uno de los jinetes del C Bar dijo:

—Le vi cuando se marchaba. Iba montado en su yegua roja, señorita.

Llevaba un revólver y un cubo.

Lalla se llevó las dos manos al pecho, como si quisiera contener los latidos de su corazón. De repente echó a correr hacia el carruaje y pasó la mano por debajo del almohadón del pescante. El revólver había desaparecido. Sus ojos se encontraron con los azules ojos de su madre. Ninguna de las dos habló. Pero ambas sabían por qué B’r John se había alejado.

El jefe de la caravana se acercó al carruaje, seguido de un grupo de hombres. Le habló a Mrs. Porterfield.

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—Siento que hayan perdido a su negro, señora, pero la cosa ya no tiene remedio. Si hubiera obedecido mis órdenes… Aquel bosque está lleno de diablos rojos. —Se volvió hacia los hombres—. ¡Todo el mundo a sus carros! Nos pondremos en marcha inmediatamente. Esta noche acamparemos en Kiack Tanks.

Los emigrantes estaban aterrorizados. Sólo unos cuantos echaron a correr. La mayoría se quedaron contemplando a Lalla. La muchacha estaba en pie, pequeña, rígida, con expresión ausente, sumida en una especie de letargo. En aquel momento pensaba en B’r John tal como había sido cuando ella era una niña. Alto, con unos dientes blanquísimos en el más negro de los rostros, ocupaba su asiento de cochero como un emperador su trono, conduciéndolas a ella y a su madre a través de toda Georgia cuando el Sur estaba aún lleno de jardines y las damas las saludaban agitando la mano desde todos los porches. A menudo le traía un regalo; un canario para su jaula, o un hermoso gatito. Ella le obsequiaba con pasteles y bombones, y a veces le llevaba personalmente el ponche que su padre no descuidaba nunca de enviar al «Negro Jack» en las mañanas frías.

Y ahora querían abandonar al viejo B’r John, que tal vez se hallaba herido e indefenso en alguna parte del bosque… Se sintió invadida por una ola de emoción.

—¡Puede usted marcharse! —le gritó al jefe de la caravana—. Pueden marcharse todos.

Se encaramó al carromato y, poco después, tiró al suelo su silla de montar.

El jefe de la caravana la miró con ojos severos.

—¿Qué se propone usted hacer, señorita? —preguntó—. No puede ir al bosque. Esos salvajes la capturarán, le arrancarán la cabellera…

Lalla se irguió, con las mejillas coloreadas por la emoción.

—¿De veras cree usted que esos salvajes son tan temibles? Otros salvajes, de piel blanca, quemaron cuanto teníamos. Sus salvajes chaquetas azules incendiaron nuestra casa, nuestros graneros, nuestros campos… Utilizaron el piano de mi madre como pesebre para sus caballos. Y podían haberle arrancado la cabellera a mi abuela, pero murió aquella misma noche.

Al apearse de un salto del carromato, se encontró sostenida por un par de fuertes manos. Levantó la mirada hacia el atezado y barbudo rostro del capataz del C Bar. Los ojos grises que la contemplaban tenían una expresión tranquila, pero en sus profundidades Lalla creyó notar un brillo de admiración.

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—¿No se da cuenta de que su negro ha muerto, señorita? —preguntó amablemente.

—¡Nadie lo sabe! —La muchacha luchó por soltarse—. Puede estar herido, esperando que acudamos en su auxilio. Pero, si está muerto, quiero enterrarle.

El rostro de Craig Wetherill se endureció.

—De acuerdo —dijo—. Intentaremos rescatar su cadáver para usted.

La soltó, y Lalla recogió su silla de montar y la colocó al otro caballo del carruaje.

El capataz del C Bar se acercó a ella.

—¿Se da usted cuenta de que no puede acompañarnos, señorita? —dijo.

Lalla no pareció haberle oído y continuó ensillando su caballo.

—Aunque no hubiera ningún peligro, no podría acompañarnos —insistió el capataz, en tono firme—. Su negro puede estar mutilado o descuartizado.

La muchacha le miró fijamente.

—¿Cree usted que puede cruzarse un campo de batalla sin ver hombres mutilados?

Besó a su madre y tuvo una borrosa visión de los pálidos rostros de las mujeres de la caravana y de los asombrados ojos de los chiquillos. Un robusto emigrante de Ohio, con un ascético rostro de abolicionista, la contempló como si aquella incomprensible preocupación de una muchacha sureña por un viejo negro le desconcertara. Lalla oyó que el jefe de la caravana daba unas órdenes apresuradas. Los jinetes del C Bar se presentaron armados con rifles y revólveres. Uno de ellos era muy joven, casi un niño. El barbudo capataz le ordenó que desmontara. El joven agarró con más fuerza su rifle, se echó el cinturón de cartuchos sobre un hombro e hizo como si no le hubiera oído.

Craig Wetherill dirigió una rápida mirada a Lalla.

—Será mejor que lleve las mantas de su negro.

Lalla las sacó, descoloridas y gastadas, del carromato, y Craig las ató al arzón de su silla, mientras la muchacha montaba sin ayuda de nadie.

Los ojos grises se alzaron hacia ella.

—Por última vez, ¿quiere usted quedarse con su madre?

Lalla no respondió, ya que era inútil hacerlo. Pero en sus ojos ardía el fuego de la más ardiente resolución. Alguien le puso un revólver en la mano.

Encabezados por el ruano de Craig Wetherill, los jinetes emprendieron la marcha. Cabalgaban en silencio. Los únicos ruidos que se percibían eran el clop-clop de los cascos de los caballos y el tintineo del metal. Estaban

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bañados por la implacable luz del sol, y Lalla sabía que constituían un excelente blanco para los ojos que podían estar acechándoles.

A medida que se acercaban al bosque, los caballos se mostraban más y más reticentes en su avance, como si intuyeran un oculto peligro. Los jinetes tuvieron que realizar un gran esfuerzo para obligarles a cruzar el último espacio de terreno bañado por el sol y penetrar en la siniestra sombra. Lalla cabalgaba muy rígida, esperando oír el primer disparo. Vio a Craig Wetherill ladearse e inclinarse hacia el suelo, para examinar el terreno mientras cabalgaba. Luego vio las huellas… centenares de huellas redondas de los caballos sin herrar.

—Parece que se han marchado —dijo Craig—. ¡Pero no descuidéis la vigilancia!

De pronto, su caballo profirió un agudo relincho, y Lalla vio un montón de hojarasca del cual surgían varias flechas emplumadas. Craig desmontó y ordenó a uno de sus jinetes que sostuviera a su tembloroso ruano. Lalla obligó a su propio caballo, muy asustado también, a cabalgar hasta más allá del montón de hojarasca, y permaneció allí, con los nudillos blancos sobre sus riendas, mientras Craig Wetherill arrancaba las flechas y las rompía, envolvía un cuerpo negro en las mantas grises, cruzaba el siniestro bulto sobre su ruano y montaba de un salto.

—¡No descuidéis la vigilancia durante el regreso, muchachos! —advirtió. Cerca del camino, a un tiro de piedra del campamento, los hombres del C Bar cavaron en la arena. Trabajaban silenciosamente, estólidamente, bajo la

mirada de otros hombres armados con rifles y de las mujeres de la caravana. Pero lo que los chiquillos miraban más eran las mantas que estaban en el suelo. El sol se hundía con las palas. Por último, sus rayos calentaron y doraron por unos instantes los inmóviles pliegues de las deshilachadas mantas grises de la Confederación.

—Puedo leer algo —ofreció Lalla con voz insegura.

Se dirigió al carruaje y regresó con un voluminoso libro cerrado por un broche de latón, con cubiertas de cuero oscuro e impreso a doble columna. En las guardas, una mano delicada había escrito: «Busca en las Escrituras lo que debes hacer, y sigue fielmente las admoniciones del Señor».

Las familiares palabras del capítulo XV de San Juan sonaron de forma extraña en aquel desolado lugar. Cuando Lalla alzó la mirada, vio el círculo de hombres, las mujeres emigrantes con sus hijos agarrados a sus faldas, y, más allá, el grupo de carromatos destacándose sobre la moribunda luz del sol.

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No salieron hacia Kiack Tanks aquella noche, ni plantaron ninguna tienda fuera de la protección de los carros. Antes de amanecer, Lalla estaba despierta. Tendida con su madre en el interior de su carromato, podía oír a las mulas y caballos pataleando en el centro del círculo que formaban los vehículos. La noche era muy clara. Lalla se asomó al exterior y vio entre ella y lo desconocido una forma oscura, sentada, con el cañón del rifle recortándose contra la luz de la luna. Permaneció mucho rato despierta, contemplando la familiar cabeza y los familiares hombros, pensando muchas cosas.

A la mañana siguiente, Craig Wetherill le ofreció un caballo y un conductor, pero Lalla no lo aceptó. Uncieron el ligero carruaje, como un remolque, al eje posterior del carromato. La muchacha se supo objeto de la curiosidad general, pero trepó al alto pescante y empuñó las riendas.

Una sola vez miró hacia atrás y pensó que nunca había visto nada tan triste y desamparado como la solitaria tumba de B’r John, perdida en la inmensidad de aquella tierra hostil. Se repitió a sí misma que B’r John había sido el último de sus criados. Ahora había desaparecido —lo mismo, quizá, que su padre—, y el único eslabón que seguía uniéndola a la plantación era su frágil madre.

Aquella tarde alcanzaron la cima de una nueva colina salpicada de oscuros cedros. Cornelia estaba sentada junto a Lalla.

Craig Wetherill se acercó, montado en su ruano.

—¡Aquéllas son las Montañas Rocosas! —gritó, señalando con la fusta. Lalla miró en aquella dirección y vio unos altos torreones azules que se

erguían hacia el cielo. Su madre se inclinó hacia adelante para contemplar aquella lejana promesa.

—Creo que sólo son nubes, Lalla —murmuró, cuando el jinete se hubo marchado.

La muchacha no dijo nada. Durante largo rato, mientras conducía, contempló los distantes e inaccesibles torreones. No se disolvieron, y su perfil permaneció inmutable. A la mañana siguiente continuaban allí.

Craig Wetherill se presentaba todas las mañanas y cabalgaba pegado a la rueda del carromato de las Porterfield. Y todas las noches, después de cenar, se sentaba junto a la tienda de las mujeres y fumaba un par de pipas.

—Resulta agradable ver montañas después de tanta pradera —le dijo Lalla.

—Lo sé —asintió Craig.

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No hablaba con locuacidad ni galantería, como los hombres que había conocido en el Sur, pero la muchacha se daba cuenta de que entre ellos se había establecido una extraña intimidad. Y esta sensación se hizo más intensa a medida que los nevados picos de las montañas se hacían más visibles, a medida que la caravana cruzaba helados riachuelos y colinas boscosas, y aldeas mejicanas de jacales de adobes.

La caravana alcanzó los arrabales de Santa Fe, en las primeras horas de una tarde, Lalla vio que su madre se inclinaba hacia adelante, y clavaba los ojos en las banderas de la Unión que flameaban sobre unos tejados muy bajos, a la sombra de las montañas. Craig Wetherill, montado en su ruano «Buckshot», extendió una mano señalando hacia el lejano Río Grande del Norte, pero Lalla apenas se dio cuenta, sumida como estaba en el pensamiento de lo que les esperaba en la ciudad.

Grupos de desarrapados chiquillos mejicanos de ojos negros corrían al lado de los carromatos. Los largos látigos de los conductores restallaban como disparos. Más allá, varios oficiales de la Unión, embutidos en sus odiosas chaquetas azules. La angosta y tortuosa calleja apenas dejó paso a una reata de burros cargados de leña, conducida por un mejicano envuelto en un sarape de brillantes colores.

La caravana desembocó en una plaza muy amplia, cuyos cuatro lados estaban formados por edificios de poca altura. En la fachada de uno de aquellos edificios había un gran letrero: «PHILLIP CLAIBORN & CO.»; cerca de la puerta, estaban dos indios envueltos en mantas, sentados, inmóviles, sobre un rollo de cuerda.

Lalla vio que las pálidas manos de su madre se agarraban fuertemente a sus rodillas, pero lo único que dijo fue:

—Han escrito mal el nombre de tu tío Philip.

—¡Ahí está! —murmuró Lalla, al tiempo que un hombre alto y muy delgado, vistiendo una chaqueta negra y unos pantalones de color claro, salía de la tienda para ver a los recién llegados.

Ni Lalla ni su madre le llamaron. La muchacha arrimó el carromato a la acera. Craig Wetherill se apeó de un salto de su caballo y ayudó a Lalla, y luego a su madre, a descender.

—¡Dios mío, Cornelia! —exclamó una voz, en la que se mezclaban el acento sureño y el del Oeste, y Philip Claiborne tiró el puro que estaba fumando y sus largas piernas se abrieron y cerraron como tijeras.

Las pálidas manos de la frágil Mrs. Porterfield se agarraron con fuerza a las solapas de la chaqueta negra de su hermano. Le besó. También le besó

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Lalla. Luego presentaron a Craig Wetherill, pero los dos hombres ya se conocían. Tío Philip parecía estupefacto por su llegada. Por lo que le había oído decir a August Wolf, las suponía en Columbus. Todas las semanas se había preguntado por qué no llegaba ninguna carta. Contempló el carromato, preguntó por los criados, y se reprochó a sí mismo que su propia hermana y su sobrina no hubiesen sido atendidas durante el viaje por sus relaciones comerciales. Lalla se dio cuenta de que no había mencionado a su padre ni una sola vez. Sentados sobre el rollo de cuerda, cerca de la puerta de la tienda, los indios lo observaban todo con sus ojos entornados.

—Pero, no os quedéis ahí plantadas —dijo finalmente Philip Claiborne—.

Vamos a entrar en la casa para que Fayette pueda veros.

La voz de Cornelia Porterfield sonó muy lejana.

—¿Fayette? ¿Está vivo, Philip?

—¡Vivo! —exclamó Claiborne calurosamente—. Tan vivo como…

A sus ojos asomó una repentina expresión de alarma. El pálido rostro de su hermana había adquirido un tono ceniciento, y hubiera caído al suelo de no mediar la intervención de Craig Wetherill, que la cogió entre sus brazos y la introdujo en la tienda. Lalla supo entonces por qué se había quedado de pie entre ella y su madre, observándolas con ojos de halcón.

Poco después, Mrs. Porterfield pudo sentarse en la oficina de su hermano, una desordenada habitación de paredes de adobes, llena de papeles polvorientos sobre mesas de madera de pino, barriles en el suelo y olor a petróleo, a tabaco y a coñac. Craig Wetherill había desaparecido.

Lalla apenas tuvo tiempo para pensar en él durante las agitadas horas que siguieron: el encuentro con su padre, que se había dejado crecer la barba para ocultar la cicatriz de la herida que una lanza comanche había dejado en su mejilla; los largos relatos; las vividas impresiones de la casa de tío Philip, con sus encaladas paredes, sus sillas forradas con pieles, sus alfombras navajas en blanco y negro…

Pero aquella noche, después de haber escrito en su diario por primera vez: «Santa Fe, Territorio de Nueva Méjico», pensó en Craig Wetherill. Y por la mañana, mientras permanecía ociosamente tendida en su primera cama desde que emprendió el viaje, se preguntó si él habría despertado también aquella mañana en una habitación parecida a la suya, con una blanca chimenea de estilo español en un rincón, las ventanas inundadas por la intensa luz del sol de Nueva Méjico, y el musical español, que hablaba alguien en el exterior, sonando en sus oídos como el murmullo de una fuente, mezclándose con el dorado tintineo de las campanas de la catedral.

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Durante aquel día se encontró a sí misma escuchando, sin saber exactamente qué. Más de una vez se asomó a una ventana al oír el ruido de los cascos de un caballo. Lo que ella esperaba vagamente, no pasó. Durante toda la semana se presentaron visitantes: las esposas de los hermanos Wolf, con sus faldas de seda negra y su pelo azabache; dos señoritas de los ricos[68] que se dirigían a un baile, con anchas faldas adornadas con lentejuelas; comerciantes; un juez, y otros caballeros patilludos; el barbudo gobernador, portando personalmente una invitación a la recepción y baile en el Palacio de los Gobernadores; y siempre oficiales de los cuarteles, resplandecientes de medallas, con las odiosas guerreras azules.

Lalla respondió a esta nueva situación como una joven magnolia a la primavera, desplegando sus pétalos, floreciendo, devolviendo cumplidos, incluso a un fastidioso capitán que había bebido demasiado coñac y puso todo el Ejército de la Unión a su disposición. Todo aquello empezaba a recordarle el antiguo Sur: la jovialidad y la agudeza de los visitantes, las cenas, las reuniones, los bailes en perspectiva, las frases ingeniosas y las conversaciones insustanciales.

Por fin, el viernes por la noche se presentó Craig Wetherill. Estaba desconocido, con una elegante chaqueta negra y una camisa de cuello alto.

—¿Cómo está «Buckshot»? —le preguntó Lalla, sonriendo, cuando le hubo presentado a todas las personas que se encontraban en el salón en aquel momento.

—¿Quiere verlo? Lo tengo ahí afuera… —¡Vamos! —exclamó ella alegremente.

Rogó a los presentes que la disculparan unos instantes, y mordisqueó una manzana que cogió al paso del frutero de plata. Al llegar al vestíbulo se echó sobre los hombros una capa de lana de color oscuro con un cuello de piel.

En el exterior les aguardaba una luna en cuarto creciente suspendida sobre la antigua ciudad española, que inundaba de reflejos plateados y de sombras las angostas callejas. Al llegar a la plaza, les asaltó una intensa fragancia a cedro y a pino, que una suave brisa arrastraba desde las cercanas colinas.

Hacía muchísimo tiempo —desde el primer año de la guerra— que Lalla no había experimentado aquella sensación de vivir. Pasaron por delante del Palacio de los Gobernadores. A través de las altas ventanas, Lalla captó una visión fugaz de brocados rojos y candelabros de plata.

—Mañana por la mañana me marcharé de Santa Fe —dijo lentamente Craig Wetherill—. Y no puedo marcharme sin hacerle una pregunta. Nunca había conocido a una muchacha como usted. No soy un mendigo. Poseo un

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rancho y mucho ganado. En nuestro último viaje a Alabama, llevamos once mil reses. Pero hay un montón de cosas que no puedo ofrecerle.

Cuando se separaron de «Buckshot», Lalla se había cogido del brazo de Craig. En aquel momento, su mano hizo presión sobre él.

—El C Bar está muy bien situado, y sus pastos tienen la extensión de un condado. Algún día se convertirá en un importante rancho de un gran país. Pero en la actualidad es un lugar agreste y solitario. Su vecina más próxima sería Mrs. Bugbee, que vive a ochenta millas de distancia. Las únicas personas que vería serían vaqueros, indios y tal vez algún cazador de búfalos.

Lalla estaba absolutamente convencida de que habían dejado muy atrás el Palacio de los Gobernadores. Más atrás, mucho más atrás, habían quedado los arrasados campos del Sur, el éxodo de los confederados a través de los bosques de pinos, y el negro sendero que cruzaba la ilimitada pradera.

Y ahora, en una especie de espejo, se vio a sí misma en el desolado rancho, lejos de su madre, de su padre y de sus nuevos amigos, la única mujer blanca en ochenta millas a la redonda, dando vida a los hijos de Craig Wetherill, cuidándoles sin la ayuda de un médico, entregándose a solitarias vigilias, ayudando en momentos de ataque a cargar los rifles de los hombres, tratando de enseñar a unas manos indiferentes algunas de las delicadas recetas del Sur, inevitablemente nostálgica, sin perdonar nunca del todo a la inhóspita tierra de su marido: una mujer de la frontera.

Como en respuesta a aquel cuadro, se sintió inundada de un intenso bienestar. Se alegró de experimentarlo, de saber que una semana de agradable holganza en Santa Fe no había destruido el fruto dulce de una planta amarga. Volvió el rostro hacia su barbudo compañero, que la contemplaba con sus intrépidos ojos de halcón, en los que aparecía una expresión cariñosa y levemente tímida.

—Todavía no me has hecho la pregunta, Craig —murmuró Lalla.

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LA MANTA TACHONADA DE ESTRELLAS

SHIRLEY W. SCHOONOVER

AQUEL día habían andado muchas millas. Siempre que cambiaban de pastos andaban muchas millas. El hombre y la mujer seguían al rebaño en silencio, la única conversación era la de las ovejas mientras descendían las

colinas. Los perros eran simples extensiones de la voluntad del hombre, moviéndose al compás de sus cortos silbidos, guiando a la lanuda masa desde los pastos de verano a los pastos de invierno. El hombre levantó su mano derecha y los perros se dejaron caer al suelo, permitiendo a las ovejas hacer un alto y pacer.

El hombre tiró su carga al suelo y se sentó junto a ella.

—Más abajo tiene que haber buenos pastos —dijo.

Sacó un trozo de tabaco del bolsillo de la camisa y lo mordió.

La mujer permaneció en pie, contemplando la ladera de la montaña que acababan de descender.

—Hay que ver la de pasos que hemos dado para llegar hasta aquí. Y la de pasos que hemos de dar para llegar a los pastos de invierno…

La mujer sacudió la cabeza, y frotó una de sus botas contra la otra. —Estás perdiendo el tiempo pensando en los pasos que has dado o en los

que vas a dar. Para trasladarse de un lugar a otro siempre hay que dar pasos. El hombre enrolló el tabaco alrededor de la lengua, saboreándolo

voluptuosamente.

—Y cuando regresemos a la montaña otra vez, ni siquiera dejaremos unas señales para recordarlas de una primavera a otra. Ni siquiera de la primavera al otoño.

—No te preocupes, no necesitamos señales para encontrar los mejores pastos.

El hombre se levantó y sus silbidos pusieron a los perros en movimiento. El resto del día lo pasaron siguiendo al rebaño hacia las tierras bajas,

hacia un valle donde pasarían todo el invierno californiano.

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Mientras andaban, los ojos del hombre se mantenían pegados al suelo, observando la hierba y la sequedad.

—El invierno va a ser duro en las montañas.

De cuando en cuando, escupía un chorro de jugo negruzco sobre la hierba gris.

La mujer andaba detrás de él, cargada con su fardo, mirando al cielo, contemplando el avance del sol y de las nubes. Miró al hombre que iba delante de ella, y pensó: «Nunca mira al cielo, a menos que vaya a nevar o a llover. No se fija en las nubes aborregadas, ni en las nubes algodonosas; sólo en las nubes cargadas de lluvia».

Tropezó en una mata, y el hombre se volvió y se rió de ella. —Aparta la nariz de las nubes, que no te ahorrarán ningún paso. —Sólo estaba contemplando el cielo, y las nubes que corren por él. —Contemplar el cielo es perder el tiempo; estará ahí esta noche y

mañana. No es bueno para nada, excepto para saber si va a llover o a nevar. —A veces pienso que una cosa no siempre tiene que ser utilizada para ser

buena. El cielo es bueno para mirarlo.

Hablaba para sí misma y en voz baja, sin fijarse en el terreno que la rodeaba; observando, más bien, tanto la tierra como el cielo en unas dimensiones que no podía explicar, sino simplemente sentir.

El hombre siguió adelante, con la cabeza inclinada.

Aquella noche acamparon en una llanura arenosa, rodeada de peñascos grises. Los perros reunieron a las ovejas como agujas reuniendo cuentas, hasta que formaron un vocinglero y lanudo amasijo de cuerpos.

El hombre y la mujer se sentaron al lado de su fogata, bebiendo café negro en vasos de hojalata. El hombre alimentó el fuego con pequeñas astillas de madera, y pensó en el rebaño y en los perros, y en su necesidad de otro can.

La mujer se había tendido de espaldas, medio dormitando, con expresión soñadora.

—¿Crees que las montañas crecen? —le preguntó a su marido.

—No creo nada tan estúpido. Esas montañas han estado ahí toda mi vida, y nunca las he visto crecer una pulgada.

La observó de soslayo a través del fuego. En sus pálidos ojos se reflejó el brillo de la hoguera; y, mientras la miraba, su rostro cambió de expresión. Se puso en pie para acercarse a su esposa, tendiéndose luego a su lado. Ella se limitó a mirarle dócilmente.

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Su padre la había entregado al que ahora era su marido a cambio de tres ovejas embarazadas. Ella tenía trece años y era una muchacha seria y tranquila. Su padre, un ovejero venido a menos y con varias hijas a su cargo, no había vacilado en entregarle una de ellas al pastor vagabundo, que había prometido ser un buen marido para la muchacha. Había sido una excelente esposa, mostrándose cariñosa con las ovejas qué iban a dar a luz y paciente cuando tenía que cuidar del rebaño. Había vivido aquellos dos años con él en las montañas y en las tierras bajas, usando pantalones y camisas de franela y trasquilándose el pelo una vez al año como los animales. Él solía llevarla al pueblo, que era su mundo exterior, cada primavera, durante la época del esquileo, hasta que un vaquero vagabundo se había fijado en su silueta femenina bajo la burda camisa.

—Creo que esta noche voy a invitar a su hija al baile.

Sus ojos habían hablado más que las palabras, y la comprensión brotó entre los dos hombres.

—Mi esposa no es libre para ir a bailar. Vamos a llevarnos nuestro rebaño esta misma noche.

—¡Pastor de ovejas! —El vaquero les miró entrecerrando los ojos. Montó en su caballo y, alto y arrogante, añadió—: Tal vez fuera posible quitarle ese repugnante olor a tu esposa, pero ahora sería como acercarse a una sucia oveja.

El hombre no volvió a llevarla al pueblo, dejándola al cuidado del rebaño cuando las necesidades comerciales le obligaban a marcharse. Ella no se sentía más sola durante aquellos viajes que cuando su marido se encontraba a su lado.

Al día siguiente, llegaron a la pequeña cabaña que era su refugio invernal. Era un simple refugio. El hombre la había construido diez años antes, y era dueño de unos cuantos acres de terreno a su alrededor. Encerraron las ovejas en una gran corraliza y la mujer preparó la cena en la estufa de hierro. El hombre dormitó mientras la mujer doblaba unas mantas sobre el catre y colocaba la mesa y las sillas arrimadas contra la pared. Luego calentó agua y se bañó, lavándose el pelo y el cuerpo una y otra vez con jabón amarillo, hasta que se sintió limpia del polvo y de la suciedad del camino.

—¿Vas a ir al pueblo mañana? —preguntó.

—Sí. Voy a vender algunos corderos. Necesitamos provisiones para el invierno, de modo que limpia los estantes para colocar lo que traiga.

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—Cómprame algo en el pueblo —dijo ella, mientras se pasaba las manos por los cabellos, secándolos, antes de anudarlos en un moño en su nuca.

—¿Qué es lo que quieres? No puedo gastar dinero en tonterías.

—Algo que pueda mirar. Cuando estuvimos en el campamento de los vaqueros vi una lámina muy bonita. Podría mirarla y pensar en los otros lugares que existen.

—¿Quieres aquella lámina? Te traeré una camisa y unos pantalones nuevos. Cuando son nuevos son muy bonitos.

—No; algo que pueda mirar y conservar. ¿Recuerdas aquella feria que vimos en nuestro primer viaje? Había láminas y cajas muy bonitas adornadas con conchas. Tráeme una caja adornada con conchas. Podré mirarla y tocar las conchas…

—Veré lo que encuentro que no sea demasiado caro. Ahora, acuéstate. Cuando el hombre se hubo marchado al pueblo con los corderos, la mujer

sacudió las mantas y barrió el suelo.

Todo el largo día y la noche que él estuvo fuera, la mujer pensó en el pueblo, en los iluminados cafés, en las cosas bonitas que había en las tiendas y en las mujeres que llevaban vestidos de vivos colores.

«Si me trae la caja, la tendré sobre la mesa todo el invierno. Podré mirar las conchas y pensar en las millas que han tenido que recorrer para llegar hasta aquí».

Canturreó en voz baja y atendió al rebaño.

Cuando el hombre regresó, la mujer esperó, conteniendo el aliento, mientras él descargaba la mula. En uno de los paquetes había camisas y pantalones de algodón, calcetines de lana y unas botas para ella. La mujer miró a su marido y sacó la harina, el café, el azúcar, el tabaco y las latas de conserva. Rebuscó en las alforjas, tratando de encontrar lo que había pedido.

—¿Me has traído algo bonito? —preguntó, levantando sus brazos a la altura del pecho.

—He gastado todo lo que podía en las cosas que nos hacen falta. No comprendo qué necesidad tienes de esa caja. —Desenvolvió otro paquete—. Aquí hay algo que te gustará. Terrones de azúcar para tu café.

Le entregó una caja de azúcar.

Ella la cogió y la colocó en el estante.

—No me das las gracias, ¿eh? Bueno, ya se te pasará.

La tomó del brazo con mano ruda.

—Mira lo que hay en la corraliza de las ovejas. Algo que me he traído del pueblo.

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Ella salió lentamente de la cabaña. Entre la masa gris de ovejas se erguía una forma oscura. Era un caballo, que la miraba con sus misteriosos ojos negros. La mujer entró en la corraliza y apartó a las ovejas para acercarse al potro. El animal no se movió cuando ella le tocó el hocico. La mujer deslizó la mano entre las orejas del caballo, el cual inclinó la cabeza. Ni la admitía a su confianza ni la rechazaba: se limitaba a aceptar sus caricias sin resistencia.

El hombre se abrió paso a través de las ovejas y se detuvo junto a ella. —Me lo ha regalado aquel vaquero que vimos la pasada primavera. Iba a

matarlo, porque está corto de resuello y no puede andar con el ganado.

La mujer les miró a los dos. Rodeó con su brazo el cuello del caballo, con aire de posesión.

—Puedo utilizarlo para que lleve nuestra carga por la montaña, la primavera próxima. Una cosa es segura, no huirá de nosotros; tiene demasiado corto el resuello.

—Es muy bonito —dijo la mujer.

—Bueno, como ves, te he traído algo para mirar. Ahora no sirve para otra cosa que para mirarlo, pero al llegar la primavera nos será útil.

Palmeó la grupa del caballo y se marchó. El caballo miró a la mujer y cerró los ojos.

Durante el invierno, los perros apacentaron el rebaño en los valles más próximos. El caballo pacía con las ovejas, siguiéndolas indiferentemente de pasto en pasto. Los perros mordían sus calcañares, obligándole a trotar y haciendo que su respiración se convirtiese en penosa y sibilante. La mujer, al verlo, llamaba a los perros al orden, pero ellos continuaban importunando al caballo, hasta que el hombre intervenía, con unos breves silbidos.

Por la noche, cuando las ovejas estaban encerradas en la corraliza, el caballo solía permanecer junto a la cerca, mirando hacia las montañas. El hombre solía estar sentado junto a la estufa, engrasando su rifle o empalmando trozos de piel curtida para hacer una cuerda. La mujer solía sentarse en el suelo, contemplando la enrejillada abertura de la estufa, escuchando los sonidos nocturnos. Durante una de aquellas noches, la mujer dijo:

—Creo que voy a tener un niño.

—Bueno, eso está bien. —El hombre interrumpió su trabajo para acariciar los cabellos de su esposa—. ¿Cuándo ha ocurrido?

—Creo que hace tres meses. Durante ese tiempo no me he visto ninguna señal, y la cintura se me está ensanchando.

Se puso en pie, dando la conversación por terminada.

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—Un niño, ¿eh? —El hombre se mostraba satisfecho—. Estás poniéndote llenita. La próxima vez que vaya al pueblo, te traeré más azúcar y un poco de fruta en conserva. ¿Te encuentras bien?

—¡Oh, sí! Creo que nacerá en verano. ¿Podrías traerme un poco de tela para hacer algunos vestidos?

—Sí, creo que podré. Tela, hilo y agujas de coser. Tendrás que llevártelo cuando vayamos a las montañas. —La atrajo hacia sí y besó su cabeza—. Quiero que sea un chico. Será una gran ayuda y podremos tener más ovejas.

Aquella noche, cuando estaban en la cama, rendidos por el mucho trabajo, el hombre repitió una y otra vez:

—Quiero que sea un chico. Quiero que sea un chico.

Cuando se quedó dormido, la mujer se incorporó sobre un codo y le contempló. Al dormir, su rostro era una versión suavizada de su rostro diurno. Los pálidos ojos estaban ocultos debajo de unas cortas pestañas, la astuta y sensual boca quedaba relajada en líneas más blandas, teñidas de jugo de tabaco. Al dormir, su rostro resultaba tan inexpresivo como cuando estaba despierto. Cualquier fantasía o sensación que pudiera haber experimentado quedaba cubierta por la continua necesidad de satisfacciones materiales. Había quedado huérfano a los seis años, y había apacentado ovejas para otros hombres hasta que empezó a reunir su propio rebaño. Dado que había perdido a sus padres, había perdido toda identidad, excepto la de pastor en las montañas. Sus sueños eran de lana y de ovejas, que le permitieran engrosar el fajo de billetes encerrado en una lata y enterrado en el suelo de la cabaña. Algunas noches jadeaba como un perro mientras dormía, soñando en la lenta desaparición de los terrenos de pastos.

Había visto por primera vez a su esposa mientras ella cuidaba el rebaño de su padre en unos pastos de invierno; sentada en la hierba, inclinada sobre una labor de calceta. Tenía trece años, y no era más que un capullo de mujer. Su pequeña y redondeada cabeza, inclinada tan seriamente sobre una labor femenina, le recordó a su madre muerta; sus morenas manos infantiles y su rostro sin formar todavía, provocaron en él una especie de melancólico deseo de quererla y de protegerla al mismo tiempo. Próximo a cumplir los cuarenta, había tenido muy poca relación con mujeres, de modo que, en vez de cortejarla, habló con su padre.

—Es una muchacha un poco rara —dijo éste—. Lee libros y pasea sola por las colinas, y nunca sabemos cuándo va a regresar. Pero si la quieres y crees que podrás manejarla, llévatela.

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La muchacha había permanecido en silencio, contemplándoles desde el umbral de la puerta de la casa de su padre. A cambio de tres ovejas fue entregada al pastor. Su madre le había dicho, antes de que se marchara:

—Nunca he tenido tiempo de explicarte lo que puede esperarse de un hombre. Lo único que ahora puedo decirte es que seas buena con él. —La muchacha había mirado a su madre con ojos inexpresivos—. No hay modo de descubrir cómo es un hombre hasta que se convive con él. Y aun así, a veces resulta difícil. Si ese hombre te procura alegrías con su modo de ser, acéptalas agradecida. Si no te las procura, trata de proporcionárselas tú: también en esto hay un placer. —Besó la redondeada frente de su hija—. Ahora, márchate con él. Parece bueno, y un día u otro tienes que casarte.

El hombre se la había llevado a la cabaña que había construido. La contempló mientras ordenaba su reducido ajuar en el estante más alto. Ella paseó por la cabaña, tocando la mesa y las sillas. Revisó las provisiones que había en la alacena, acarició a los perros y se asomó a la ventana. Su presencia en la cabaña la convertía en un lugar menos solitario para el hombre, el cual sonrió al ver que acariciaba a los perros.

La cabaña era un lugar nuevo y solitario para la muchacha. El olor del hombre y de los perros, de las pieles húmedas y de la lana, el crujiente fuego de la estufa, la ausencia de su madre, le hicieron darse cuenta de que se encontraba en un mundo extraño, La presencia del hombre la hacía sentirse encerrada y acosada.

—Bueno, ahora ya has visto todas las cosas que tengo.

El hombre le cogió del brazo mientras le acariciaba suavemente los cabellos.

—Dame la mano y charlaremos un poco —dijo luego.

Ella le dio la mano en silencio.

—Estás asustada, ¿eh? —La miró bondadosamente—. Eres tan pequeña, que pareces más mi hija que mi esposa.

La muchacha le miró a su vez con ojos pacientes y nada respondió. El hombre apretó la mano que le tenía cogida.

Durante los años posteriores la figura de ella adquirió contornos femeninos, al madurar.

Hablaban muy poco. Compartían todas sus actividades, pero la mente del hombre estaba concentrada en las ovejas, en tanto que la de ella soñaba en las montañas eternamente silenciosas y en la dimensión del sonido y del color.

Cuando llegó la primavera, y después del esquileo, abandonaron las tierras bajas y se dirigieron a los pastos montañosos.

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La mujer se había encariñado con el caballo, con la sensación de que ella y el animal compartían el mismo estado de inutilidad. El caballo se había recobrado un poco de su enfermedad, y se movía con más desahogo. Diariamente era cargado con las provisiones y las transportaba silenciosamente detrás del rebaño. El hombre iba delante, silbando a los perros, espiando la aparición de la hierba nueva. La mujer andaba detrás de él, contemplando el cielo y las altas montañas, viendo avanzar el caballo delante de ella, agitando su cola para espantar a las moscas, inclinándose a mordisquear la hierba recién brotada. A la mujer le complacía mucho comprobar cómo el caballo ganaba vigor a ojos vistas. Por la noche, cuando le libraban de su carga, se revolcaba por el suelo, frotando su piel contra la áspera corteza de la montaña, levantándose y coceando al aire. A veces, aplaudía y reía mientras el caballo se acercaba a ella y la empujaba con el hocico, pidiéndole los terrones de azúcar que ella le guardaba en secreto. Llegó el momento en que la mujer pudo montar el caballo por los alrededores del campamento. Siempre regresaba de aquellos paseos con los ojos iluminados por la alegría. El hombre esperaba su regreso y ella preparaba la cena.

—¿Qué es lo que encuentras en la noche que te hace tan feliz?

—¡Oh! Contemplo las estrellas. Veo fogatas de otros campamentos, hacia el este. Huelo los pinos de la montaña. Todo es distinto de como aparece a la luz del día. Las estrellas son muy diferentes aquí que en las tierras bajas.

—Las estrellas son siempre iguales, estés donde estés. Te estás volviendo tan rara como cuando te llevé a casa por primera vez.

—¿Rara? No, no lo soy.

Le miró ansiosamente.

—Es ese caballo. Lo montas demasiado, y te apartas demasiado de mí.

Tendrías que pensar en cosas más prácticas, como las ovejas, por ejemplo.

Pronto vas a tener un hijo, de modo que deberías pensar también en él.

—Ya lo hago. Cada vez que se mueve, pienso en él. Incluso le he compuesto una canción.

La tarareó en voz baja.

—¡Canciones! —gruñó el hombre—. Me refiero a coser algún vestido. El hilo y la tela costaron demasiado dinero para desaprovecharlos.

Ella le miró y sonrió.

—He estado cosiendo. Pero también pienso en las otras cosas que necesitará.

—¿Qué otras cosas necesitará? Hay ropa de sobras…

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—¡Oh! Me refiero al sol para que brille sobre él; a las estrellas para que le hagan guiños por la noche. Oigo voces en el viento que cantan para él. Y quiero que tenga flores para mirarlas y para cortarlas.

El hombre la miró y sacudió la cabeza. Se envolvió en sus mantas para dormir.

La mujer continuó cosiendo. Enhebró y volvió a enhebrar la aguja, soñando en su hijo.

Aquella noche, mientras estaba cosiendo, vio unas estrellas que caían, descendiendo de la colina de los cielos y desapareciendo detrás de la montaña. Se preguntó a sí misma: «Si las estrellas no cambian nunca, ¿por qué caen algunas del cielo?». Durante unos minutos contempló fijamente el cielo, para comprobar si determinadas estrellas caían. Pero no cayeron. En cambio, de algún lugar situado más allá de las estrellas familiares, aparecieron las estrellas que caían y luego iniciaron su descenso. La idea de estrellas familiares y estrellas nuevas la dejó sin aliento, y habló al hijo que llevaba en sus entrañas:

«¿Sabes que hay estrellas viejas y estrellas nuevas? O tal vez las viejas sean las que caen del cielo, y sólo las vemos cuando se mueren».

Se quedó dormida y soñó en las estrellas que caían.

A la mañana siguiente se le ocurrió la idea de hacer una manta para su hijo con estrellas bordadas.

—Recuerdo que cuando era niña mamá tenía una manta llena de dibujos.

Quiero hacer la misma clase de manta, pero con estrellas.

El hombre la miró con una curiosa expresión.

—Estrellas en una manta ¿eh? Bueno, si te sobró tela de la que te traje, supongo que podrás hacerla. Pero ¿qué utilidad tendrá?

Ella sonrió.

—Me gusta mirar las estrellas. Y cuando nazca mi hijo, podrá mirarlas aunque esté nublado.

Aquel día anduvieron muchas agotadoras millas y llegaron a un campamento de vaqueros y ganado. Se instalaron cerca y luego se dirigieron hacia la fogata. Los vaqueros les acogieron con chanzas y miradas de soslayo a la figura de la mujer. Se sentaron junto al fuego y compartieron cena y café.

—Sí; éste es el punto más alto al que podemos subir el ganado —dijo el capataz—. El resto de la montaña es suyo.

El hombre ofreció su tabaco a los vaqueros, y aceptó un cigarrillo liado a mano.

—¿Va a dar a luz pronto su esposa? —preguntó el capataz.

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—Dentro de dos meses, según sus cálculos.

—Entonces, será mejor que cuando llegue el momento la envíe a las tierras bajas; necesitará ayuda.

El capataz era padre de siete hijos y conocía las dificultades que presentaba un parto.

—¡Oh! ¿Podría ir a un rancho? —preguntó la mujer.

—¿Cree que necesitará ayuda? Yo estaré a su lado cuando llegue el niño. El hombre expelió una bocanada de humo y miró de soslayo a su esposa. —Traer hijos al mundo es cosa de mujeres. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. Tráigala a nuestro rancho; tenemos una anciana que ha ayudado a

nacer a un montón de niños.

Tomó la mano de su esposa y la apoyó en su rodilla.

—¿Por qué no la deja que se quede en el rancho hasta que usted regrese de las montañas? Puede pagar su estancia ayudando en la cocina. Y necesitará descansar. No querrá usted que ande por la montaña cargada con el crío…

—¡Oh! Me gustaría mucho. —La mujer pensaba en la compañía de otras mujeres, y en la ayuda que podría tener cuando naciera su hijo—. Podría hacer la manta con estrellas, si alguien me ayudara.

—¿La manta con estrellas?

El capataz miró a la mujer, y luego al hombre.

—Sí. La otra noche se le ocurrió la idea de hacerle al niño una manta con estrellas bordadas. Una cosa inútil, desde luego.

—¿Qué clase de manta es ésa, señora? —preguntó el capataz amablemente.

—Pensé en hacer una manta blanca, con estrellas azules bordadas. El niño podría mirarlas cuando estuviera nublado, y así podría saber lo que son las estrellas.

—Yo tengo una manta vieja con estrellas bordadas. —El capataz se puso en pie, se acercó a su montura y sacó una pequeña manta de debajo de la silla. Se la ofreció a la mujer—. Es suya, si quiere aceptarla.

La mujer cogió la manta y sonrió al capataz. Era blanca, con ribetes negros y azules. Llevaba unas estrellas bordadas, también en azul. Una manta india, de lana muy recia.

—Es muy bonita. La acepto, muy agradecida.

La mujer acarició las estrellas, sonriendo de nuevo al capataz.

El hombre había fruncido el ceño.

—No tiene usted que regalarle nada a mi esposa.

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—¡Oh! No vale la pena. Guárdenla para el niño. En invierno le abrigará mucho. Y repito mi ofrecimiento para cuando llegue el momento. Envíe a su esposa a nuestro rancho. Tiene usted un caballo que puede bajarle en un par de días.

Tendré que pensarlo.

—No tome a mal lo que voy a decirle. Les he visto a ustedes subir y bajar de la montaña estos últimos años, y sé que le cuesta mucho trabajo desprenderse de un dólar. Pero, tratándose de su esposa y de su hijo, no piense en el dinero. Cuando estuvieran muertos, no podría usted hacerles regresar con todo el oro del mundo. De modo que arriesgue el ganado durante el último mes y envíela al rancho. —Se volvió hacia la mujer—. Cuando note que se acerca el momento, señora, póngase en marcha. Una vez llegue aquí, si necesita ayuda puedo acompañarla hasta el rancho.

—Gracias. Trataré de llegar sin ayuda. —Se acarició el estómago y suspiró—: Pero ¿cómo sabré que se acerca el momento?

—Mi esposa dice que cuando el niño baja hasta el punto de dejarla respirar nuevamente sin dificultades, la cosa está madura.

Aquella noche, los vaqueros hablaron y contaron historias acerca de sus vidas con el ganado. El hombre y la mujer miraban y escuchaban. Como ocurre con todos los hombres solitarios, los vaqueros entonaron melancólicas canciones y rasguearon guitarras de construcción casera. La mujer les veía como maravillosos y amables desconocidos que compartían su soledad en la montaña. Hablaban de ciudades que ella no había visto nunca, y uno de ellos habló del mar y de sus rarezas. Le mostró algunas conchas que se había traído de una playa. El vaquero las había unido en forma de collar con un cordel tejido a mano. Las conchas tintineaban al entrechocarse y brillaban, azules y blancas, bajo las estrellas.

—Mire, señora, el interior es brillante y liso. El exterior es opaco y rasposo. —Volvió las conchas, haciéndolas girar, una y otra vez—. La gente dice que han encontrado conchas como éstas aquí, en las montañas.

—¿Qué? ¿Conchas en las montañas?

La mujer miró al vaquero, creyendo que le estaba tomando el pelo. —Desde luego. El año pasado, cuando estuve en la costa conocí a un

hombre que me lo dijo. Me aseguró que en las montañas se encuentran a veces huellas de conchas y plantas que viven bajo el agua. Desde entonces he estado buscándolas, pero no he visto ninguna. Tal vez usted pueda encontrarlas, si mantiene los ojos abiertos, puesto que va a subir más arriba.

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Aquel hombre me dijo que estas montañas son todavía jóvenes. Y que no han terminado de crecer.

—Nunca había oído decir una cosa semejante.

La mujer miró fijamente al vaquero, para ver si se estaba burlando de ella.

El hombre se envolvió en sus mantas y miró al vaquero.

—No llene su cabeza con ideas más raras de las que ya tiene.

—¿De modo que esas montañas son jóvenes?

La mujer se inclinó hacia adelante para no perderse ni una palabra. —Bueno, para nosotros, son muy viejas. Ya estaban aquí antes de que

llegaran los colonizadores, e incluso los indios, pero aquel hombre me dijo que eran niñas comparadas con otras montañas del mundo.

La mujer apartó la mirada del vaquero para fijarla en la montaña que se erguía sobre ellos.

—¿Cómo podemos saber si crecen todavía?

—Creo que si esta montaña empezara a crecer de nuevo, no podríamos olvidarlo nunca. No creo que los dolores del crecimiento de una montaña sean fáciles de soportar. Aquel hombre dijo que cuando las montañas crecen lo hacen de dentro a fuera, y algunas de sus partes se abren. —Sonrió, añadiendo —: Dijo que no creía que fueran a crecer más durante años, de modo que no se preocupe, señora.

—Gracias por haberme contado todo eso. Mi marido dice que soy rara porque pienso en esas cosas.

Miró aprensivamente a su dormido esposo.

—No, señora, no es usted rara. Hay un montón de cosas por conocer acerca de este mundo, y el único modo de enterarse de algo es interrogarse a uno mismo y preguntar a alguien. En el rancho tengo algunos libros. Cuando vaya usted allí, podrá leerlos y mirar las láminas.

—Gracias, los leeré con mucho gusto. ¿Cómo los consiguió usted? —Todos los inviernos, cuando el trabajo escasea, voy a las ciudades y

miro a mi alrededor. Hay muchas maneras de encontrar libros y muchas maneras de aprender cosas.

—¿Por qué busca usted libros?

—Bueno, creo que es simple curiosidad. Cuando veo algo, me gusta saber todo lo que puedo acerca de ello. Como esa manta de estrellas que usted deseaba. Creo que es usted lista al dársela a su hijo. Crecerá mirando a las estrellas, y tal vez será un hombre más bueno o más inteligente que su padre. Esto no significa que menosprecie a su marido, pero cada pequeño impulso

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que podemos dar a otra persona significa que podrá llegar un poco más lejos que nosotros.

El vaquero se puso en pie.

—Ahora, será mejor que duerma un poco. Hágale caso a Jake y vaya al rancho cuando le llegue el momento. Allí podrá leer todos los libros que quiera. Cuando llegue el invierno, si lo desea, podré traerle algunos más.

La mujer se envolvió en sus mantas y se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido el vaquero. Su mente zumbaba y murmuraba con las cosas que éste le había dicho. Y aquel jinete no la consideraba rara por sus ideas y sus preguntas. Apretó la manta de estrellas contra el pecho y se quedó dormida.

La despertó el ladrido de los perros y el ruido de los hombres en movimiento. Permaneció unos instantes contemplando a los vaqueros a la claridad del amanecer, atareados con sus platos de hojalata y sus tazas de café. Cuando su marido se inclinó sobre ella, sonrió y se puso en pie. Compartieron el desayuno con los jinetes y abandonaron el campamento. Habían andado una milla cuando oyeron un caballo que se acercaba. Se detuvieron y divisaron al vaquero galopando hacia ellos. Cuando les alcanzó, detuvo su montura y tendió a la mujer el collar de conchas.

—He pensado que podría gustarle para dárselo al niño, señora. Dentro de dos años volveré al mar y traeré más.

La saludó con el sombrero e hizo dar media vuelta a su caballo.

—¡Gracias! ¡Muchas gracias! —gritó la mujer detrás de él.

—Es un hombre muy raro. Olvida todas esas tonterías de las conchas y los libros —dijo su marido.

Después empezó a ascender la ladera y silbó a los perros. Ella le siguió, sosteniendo el collar de conchas en su mano y maravillándose de la bondad del vaquero.

Aquel verano, mientras seguían al rebaño cada vez más arriba de la montaña, la mujer buscó señales de conchas. Pero no encontró ninguna.

A medida que se sentía más pesada, se veía obligada a montar a caballo la mayor parte del día, o a permanecer en el campamento mientras su marido llevaba el rebaño a unos nuevos pastos. Cuando estaba sola, cosía más ropitas para su hijo o daba lentos paseos a caballo, hablándole al animal del vaquero y de lo que le había contado. El potro le demostraba ahora una devoción perruna, siguiéndola a todas partes y husmeando sus bolsillos en busca de algún terrón de azúcar. Ella permanecía sentada largas horas en la ladera de la

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montaña, haciendo ramilletes de flores silvestres, adornando las crines del caballo con ellos, y riéndose cuando el animal se comía las flores.

El hombre cambió a medida que avanzaba el verano, haciéndose más irritable. Se quedaba contemplándola cuando ella daba vueltas a las conchas entre sus manos, o cogía la manta blanca y contaba las estrellas bordadas en ella. La contemplaba cuando encontraba cosas en la montaña y gozaba con ellas, cosas que él había visto, sin verlas, durante años. Las nuevas dimensiones que ella descubría y vivía no eran de su agrado, y odiaba a la montaña y a la preocupación que su esposa demostraba por ella.

—La primavera próxima —dijo— iremos a otra montaña. En ésta, los pastos se están agotando.

La mujer le miró con ojos cándidos.

—Encontraremos nuevos lugares en la próxima montaña. Tal vez habrá conchas, como dijo el vaquero.

—Estás perdiendo el tiempo buscando conchas en una montaña. Esa clase de conversaciones es propia de chiquillos y de viejos. Lo que a nosotros nos interesa es encontrar buenos pastos. —La cogió del brazo y se lo apretó con fuerza—. Olvida esa clase de conversaciones. Y olvida a ese vaquero.

—No quiero. Siempre dices que soy rara. Pero no lo soy. Puedo preguntar acerca de cualquier cosa que desee saber.

Se desprendió bruscamente de él.

—Estás pensando en aquel vaquero. Te oí hablar con él, y te vi mirarle. Avanzó hacia ella, enfurecido, repentinamente celoso, repentinamente

consciente de que ella era algo más que una utilidad.

La cogió por los hombros y la zarandeó. Ella le miró y apretó los dientes. El hombre la soltó y se acercó al fuego. Cenaron y se tendieron para dormir. Al cabo de unos instantes, el hombre se acercó a ella, para acostarse a su lado. Ella permaneció pasiva, mirándole con una nueva consciencia. De repente recordó lo amable que se había mostrado aquella primera noche. ¿Qué le había hecho cambiar en el transcurso de los años? Notó que él le estrechaba un brazo y quiso apartarse, diciendo:

—Me estás haciendo daño.

El hombre la sujetó con más fuerza, dispuesto a disputársela a la montaña, a convertirla de nuevo en la esposa dócil que había sido hasta entonces. A través de la niebla de inquietud y de su propia soledad, el hombre oyó finalmente sus palabras y comprendió su significado. Se quedó quieto, tendido en el suelo, mirándola en silencio. Había algo en su mujer que se le rebelaba. Quedaron uno junto a otro en la ladera de la montaña. Él,

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contemplándola con solitaria desesperación; ella, muda y lejana, formando parte de aquel paisaje, ausente por completo de su presencia, con los ojos vueltos hacia adentro, hacia los remotos movimientos de su propia mente.

Al día siguiente alcanzaron los pastos de verano. La montaña aparecía aquí abierta por espacio de millas a extensiones de hierba y a pequeñas balsas de agua helada procedente de los manantiales subterráneos. El rebaño pacería semanas enteras antes de agotar la hierba. El hombre y la mujer montaron una tienda a la sombra de unos árboles, reunieron leña seca para su pequeña fogata de verano, y se prepararon para las semanas de andar detrás del rebaño durante el día, para regresar al mismo punto de partida por la noche.

La mujer continuó su búsqueda de conchas, aunque tenía la seguridad de que no iba a encontrar ninguna en las llanuras cubiertas de hierba. Andaba con las ovejas y el caballo, desapareciendo en los senderos que cruzaban la montaña. De cuando en cuando veía venados y conejos que surgían de las secretas avenidas de la montaña, oía cantar a los pájaros encima de ella y escuchaba el silencio que la rodeaba. Seguía la misteriosa voz silente de la montaña, que la alejaba de su marido y de su rebaño, conduciéndola a algún invisible y perdido lugar que cautivaba sus sentidos con un deseo incontenible.

Sus noches estaban llenas con el fuego, su marido y su conversación acerca de las ovejas. Cocinaba y comía en silencio, contemplando las cacerolas y los platos, tratando de reconocer en ellos alguna cualidad familiar. El rostro de su marido le resultaba ahora extraño y duro.

El hombre la miraba, interrogándose acerca de los motivos de su silencio.

Le hablaba, y no recibía ninguna respuesta.

—Hoy he matado un venado —decía—. Comeremos carne fresca durante unos días y secaremos el resto.

Hacía una pausa, esperando una respuesta que no llegaba.

—¿Cómo anda tu costura? ¿Has terminado toda aquella tela? Llenaba su boca de tabaco y cerraba la lata.

—¡Eh! ¡Contesta!

Le arrojaba una astilla de leña.

La mujer volvía la cabeza hacia él, con aire interrogador.

—¡Habla!

Le arrojaba otra astilla.

—Sí.

Ella sonreía, mirándole, pero sus ojos no se detenían en él sino que se posaban más allá, en la lejana oscuridad.

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—Estás más rara que nunca. —Enrollaba el tabaco en su lengua—. ¿Es a causa del niño?

—El niño se encuentra perfectamente. Hoy hemos andado por la montaña. Hay algo allí…

—No hay más que osos y venados. Andate con cuidado cuando vayas sola.

La observaba, contemplando cómo acariciaba las estrellas de la manta. —No, allí hay algo que no puedo encontrar. Casi he conseguido oírlo. A

veces me parece haberlo encontrado. Pero nunca doy con ello.

—Mañana llévate un perro. Y el rifle.

—No. Los perros podrían asustarlo. Y no quiero disparar contra ello.

Quiero encontrarlo y ver lo que es.

Su marido se puso en pie, tirando el resto del café al fuego.

—Bueno, será mejor que no te alejes del campamento. Se está acercando el momento, y no creerás que esa cosa de la montaña va a ayudarte, ¿verdad?

—No, sólo quiero encontrarla. —Abrió sus mantas para acostarse—. Noto que el niño está bajando. ¿Cuándo puedo marcharme al rancho?

—No imagines que te dejaré marchar. Hablas de un modo tan raro, que a lo mejor no te dejarían regresar. —Se acercó a ella, cogiéndole la cabeza entre sus manos—. ¿Quieres que me vuelva loco?

Ella sacudió la cabeza.

—No. ¿No puedo decir allí que hay algo esperando en la montaña?

—En la montaña no hay más que venados y osos. Ahora olvídate de aquella estúpida conversación y prepárate a tener el niño aquí, en el campamento.

—Me prometiste que me dejarías ir al campamento para que pudiera ayudarme una mujer.

—Lo he pensado mejor. Irías al rancho, leerías aquellos libros acerca de conchas y de montañas que crecen, y te pondrías tan loca que no regresarías.

—Regresaré. ¡Oh, deja que vaya! Tengo miedo de estar sola cuando llegue el niño.

—Yo te ayudaré. Si puedo ayudar a nacer a un cordero, puedo ayudar a nacer a mi hijo. —La miró con una astuta expresión—. Si te quedas aquí, podrás seguir buscando esa cosa.

—Estás rompiendo tu promesa.

—Las promesas son para la gente que puede utilizarlas. Esta promesa servirá más estando rota. Yo cuidaré de ti y del niño, cuando llegue.

La mujer apartó la mirada de él y la posó en el caballo.

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—A partir de ahora, me llevaré el caballo todos los días, de modo que no pienses que podrás fugarte en él.

El hombre había hablado con los ojos cerrados.

—Si el niño sufre algún daño por quedarme aquí, será culpa tuya —dijo la mujer.

—No pasará nada. Yo cuidaré de que no pase nada.

Durante el resto del tiempo, la mujer anduvo incansablemente por la montaña. Le hablaba a la montaña y a la cosa que no podía descubrir, a pesar de todos sus esfuerzos. «Dejadme tener el niño pronto y bien. No permitáis que sufra ningún daño».

Y las paredes de la montaña repetían: «Daño».

Notó los primeros dolores por la mañana, temprano. Entró en la tienda y se tendió sobre las mantas. Su marido observó su rostro y dijo:

—Voy a llevar el rebaño a los pastos y regreso en seguida.

Ella asintió, y el hombre se marchó.

Al ver que no regresaba tan pronto como esperaba, la mujer se arrastró hasta el exterior de la tienda para ver si llegaba. Sostenía la manta de estrellas en las manos, apretándola fuertemente cuando se presentaban los dolores, relajándose cuando remitían.

Contempló el sol trepando hasta la cumbre de la colina e iniciando su descenso. Los dolores aumentaron en intensidad y frecuencia hasta que se hicieron continuos. Luego, repentinamente, su cuerpo expulsó al niño, y la montaña dejó de oscilar debajo de ella. Permaneció unos instantes tendida boca arriba, completamente inmóvil, con el cuerpo inundado en sudor. Luego se sentó y cogió al niño. Tenía la carita vuelta hacia ella, con la inmovilidad de la muerte. El cordón umbilical se le había enroscado al cuello, ahogando su primer grito. La mujer cogió al niño en sus brazos, meciéndolo. Cortó el cordón que le rodeaba el cuello y lo envolvió en la manta tachonada de estrellas.

Cuando el hombre regresó la encontró sentada en el mismo lugar, sosteniendo entre sus brazos al niño muerto, envuelto en la ensangrentada manta tachonada de estrellas.

—Me he perdido en esas quebradas. ¿Cómo está el niño?

—Muerto. Estrangulado.

La mujer acarició la manta.

—Déjame ver. ¡Uf! No ha llegado ni a respirar.

El hombre tocó el amoratado rostro, el húmedo mechoncito de pelo.

—Bueno, descansa un poco. Yo le enterraré debajo de un árbol.

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Se alejó con el niño.

—No, no le entierres aquí. Quiero llevarle a un lugar donde pueda tener una señal sobre su tumba.

Siguió al hombre, tratando de coger al niño.

—No necesita ninguna señal. Ha muerto aquí, y puede quedarse aquí. Dejó al niño debajo de un árbol y cavó una fosa poco profunda. Ella

permaneció en pie, apoyada contra el árbol, con los ojos muy abiertos. El hombre colocó al niño en la fosa, la rellenó de tierra y la cubrió con ramas y piedras.

—Este árbol será la señal. No necesita más.

La mujer se sentó al lado de la tumba y dejó caer suavemente hojas sobre ella. Apoyó su cabeza contra las ramas y cerró los ojos. Le pareció oír el latido del corazón del niño muerto.

—Me quedaré aquí con él hasta mañana. Puede sentirse solo y tener miedo a la soledad.

El hombre asintió y regresó al campamento.

Aquella noche, tendida junto a la tumba de su hijo, la mujer escuchó los sonidos de la montaña y soñó con el niño.

Por la mañana, el hombre se dispuso a llevar el rebaño a los pastos. La mujer se acercó al fuego y se lavó. Luego dijo:

—Hoy irás tú con el rebaño. Yo me llevaré el caballo.

El hombre la miró. Ella encontró su collar de conchas y se lo metió en el bolsillo.

—Voy a marcharme a las tierras bajas.

—¿Por qué? Ya no necesitas ninguna ayuda.

—Voy a marcharme a las tierras bajas —repitió ella obstinadamente—. He permitido que estrangularas a mi hijo con tus ideas acerca de lo práctico y de lo útil.

—Yo no he estrangulado al niño.

Avanzó hacia ella, con los brazos extendidos.

—No lo has estrangulado con tus manos, pero es como si lo hubieras hecho.

La mujer llamó al caballo y empezó a descender la montaña.

—¿Crees que vas a encontrar alguna concha? —gritó el hombre, corriendo detrás del caballo—. No encontrarás ninguna. ¡Perderás el tiempo buscando!

—Quiero buscar. Quiero buscar lo que me gusta ver.

—Vas a volver. Ya lo verás. ¡Todo eso es inútil!

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—Completamente inútil.

La mujer le miró por última vez y emprendió un rápido galope.

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UNA NOCHE EN EL «SALOON» DE RED DOG

HAL G. EVARTS

NADA de rascarse el bolsillo, amigos. Paga la casa. Todas las rondas, sí, señor. Todo gratis. Todo el licor que sean capaces de beber.

Liquidamos nuestras existencias, por así decirlo. ¿Sobrio? ¿Yo? No, no soy el dueño de este saloon. Soy un simple empleado. Dense prisa, amigos, el whisky no durará siempre. Forasteros en Red Dog, ¿no es cierto? Me lo imaginaba. De no ser así, hubieran oído hablar de Lew Zane, el Afortunado.

»Lewis Leslie Zane. El Afortunado, porque todavía está vivo después de aquella última incursión apache. En todo Arizona no hay un hombre más tranquilo ni más amable que Lew Zane. Cuando está sobrio, es un cordero. Pero, cuando ha bebido, se convierte en una fiera. Cada cinco o seis meses coge una merluza de campeonato. Cosa que no puede reprochársele, teniendo en cuenta que se gana las judías buscando oro en territorio apache. Un hombre puede acumular una sed descomunal eludiendo las flechas de los pieles rojas y poniendo a salvo su cabellera en aquella desértica región. La gente está de acuerdo en que Lew tiene derecho a divertirse un poco cuando llega a un lugar civilizado. Se alegran al ver que se distrae de un modo inofensivo, y esperan con cierta impaciencia sus visitas.

»No, muchas gracias. No bebo. Pero, llenen sus vasos, amigos. Aquí está la botella. En el Dólar de Plata, al otro lado de la calle, cobran diez centavos por un vaso».

Como iba diciendo, la cosa empezó una tarde del pasado otoño, cuando Lew se presentó en Red Dog[69]. Pronto corrió la voz. Los muchachos sonrieron y se prepararon. Los comerciantes echaron las persianas de sus escaparates, y los taberneros descolgaron sus espejos y guardaron sus vasos de fantasía. Por si las moscas. Lew no había hecho más que instalarse en La Pepita de Oro, cuando Long[70] Jim Lannigan se acercó a su mesa.

Tal vez Long Jim no sea el mejor sheriff que hayamos tenido, pero es un hombre dispuesto a hacer cumplir la ley. Muy alto, es tan robusto y tan duro

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como Lew y casi tan callado como él. La diferencia estriba en que Long Jim no bebe ni una gota de alcohol. Cuestión de principios. De modo que de cuando en cuando se impacienta un poco con las barrabasadas de Lew.

—Hola, Lew —dijo Long Jim.

—Hola, sheriff —dijo Lew.

—¿Qué tal se han portado los indios en este viaje? —Pésimamente. He tenido que pacificar a unos cuantos.

Long Jim suspiró y miró los dos seis tiros que colgaban del cinto de Lew. Sabía que Lew estaba poniéndose en condiciones para una de sus habituales juergas.

—Ahora estás entre amigos —dijo Long Jim—. ¿Qué te parece si dejas que te guarde tus revólveres esta noche?

—Me parece una mala idea, sheriff —dijo Lew—. Es posible que más tarde me entren deseos de disparar contra algún escaparate.

Esto parecía razonable, pero, como iba diciendo, Lew es un ciudadano dignísimo, amante de la paz. Sacó una bolsita de piel de gamo de su bolsillo, y dejó caer unas pepitas de oro sobre la mesa.

—Me gusta pagar por adelantado —dijo—. Me refiero a los escaparates. Long Jim sacudió la cabeza, miró a Lew con expresión de disgusto y se

marchó. La actitud del sheriff lastimó a Lew. Siempre había hecho cuestión de honor el pago de sus deudas. Y no podía comprender aquella mirada de reproche que le había dirigido Long Jim. Todo aquello espoleó sus ansias de beber. No estaba del todo sereno cuando un par de tahúres se acercaron a su mesa y sugirieron una partidita de póquer. También ellos habían visto la bolsa de piel de gamo.

Bueno, una cosa condujo a otra, y un par de horas después Lew había desplumado a todos los jugadores de la casa. Cuanto más bebía, más sobrio estaba, cuanto más descabelladamente hacía sus puestas, más dinero ganaba, hasta que las fichas amontonadas delante de él le llegaron a la altura de la barbilla. Entonces, el propio Acey-Ducey Dugan se puso a jugar.

Acey-Ducey Dugan era un verdadero artista con un mazo de cartas. Era dueño de dos saloons, de un alfiler de corbata que llevaba engastada una perla del tamaño de un garbanzo, y no podía soportar a los aficionados con suerte como Lew. Cuando ocupó un puesto en la mesa, todos supimos que iba a pasar algo. Primero perdió su dinero en efectivo, luego su alfiler de corbata, a continuación su anillo —un solitario con el diamante más centelleante del pueblo—, y a la mano siguiente dijo que respondía de la puesta con La Pepita de Oro. Lew asintió.

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Acey-Ducey extendió cuatro ases sobre la mesa y alargó la mano hacia el plato, pero Lew sonrió y extendió a su vez una escalera de color. Entonces fue cuando Acey-Ducey hizo la peor jugada de su vida. Echó mano a su revólver. Cuando el humo se disipó, Mr. Acey-Ducey estaba caído en el suelo, boca abajo, y yo tenía un nuevo patrón.

Lew se disgustó terriblemente. Apenas había empezado la noche, y ya le había creado un conflicto a su buen amigo Long Jim Lannigan. Y tal vez Long Jim decidiera ponerlo fuera de la circulación durante el resto de sus vacaciones, para que no le diera más disgustos. De modo que, para ahorrarse molestias, Lew dio las buenas noches a los clientes, se metió una botella de whisky en el bolsillo y fue en busca de su caballo. Mientras cabalgaba calle abajo, disparó contra los escasos escaparates que no estaban cerrados, pero ni siquiera aquello levantó su ánimo. Lo hizo porque era lo que se esperaba de él, y Lew Zane no era de los que decepcionan a sus amigos.

Mientras emprendía el camino de regreso a las colinas, experimentaba una intensa melancolía al pensar en los agradables ratos que había pasado en el pueblo en sus anteriores visitas. De cuando en cuando le daba un tiento a la botella para eliminar el polvo de su garganta, pero sin el menor entusiasmo. Long Jim estaría francamente irritado.

Al amanecer se detuvo junto a un manantial, con la intención de buscar un escondite para pasar el día, a fin de evitar tropezarse con algún indio. Lew no era muy popular entre los apaches, después de haber servido como explorador del Ejército, hacía un par de años, cuando la caballería rodeó a la tribu de Águila Negra y la empujó hacia la reserva. Los indios sentían grandes deseos de cortarle la cabellera. De modo que trepó por una loma, pero su caballo empezó a comportarse de un modo muy raro. Lew tiró fuertemente de las riendas, y de repente una enorme forma negra surgió del suelo y profirió un rugido. El caballo dio un salto prodigioso, y Lew, suelto en la silla, salió volando y cayó de cabeza contra una roca.

Cuando se despertó, el sol le daba en pleno rostro y la cabeza le latía como un tam-tam. Notó el chichón detrás de la oreja y luego se llevó la mano al bolsillo, en busca de la botella, que afortunadamente no había sufrido daño alguno. Agradecido por esto, Lew bebió un trago y se sentó, mirando a su alrededor, tratando de localizar a su caballo. En vez del caballo vio a un enorme animal de color parduzco y aspecto deplorable que le contemplaba con ojos melancólicos a unas diez yardas de distancia. Demasiado grande

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para ser un oso, y demasiado maloliente para ser una vaca. Además, tenía una barba verde y una gran joroba en el lomo.

Lew cerró los ojos con fuerza, escupió el whisky que tenía en la boca y se dejó caer nuevamente de espaldas. Cuando un hombre ve camellos en medio del desierto es que ha llegado su hora. Permaneció allí tendido, estremeciéndose y sudando, pero de cuando en cuando se daba cuenta de una cosa muy rara: el hedor de aquel animal era tan intenso como antes. Cautelosamente, abrió un ojo para asegurarse de que el camello estaba todavía allí, mirándole.

Un hombre débil se hubiera desmayado de nuevo, pero Lew Zane estaba hecho de otra pasta. Se puso en pie trabajosamente y dio una vuelta alrededor del animal. Era real, un verdadero camello de una joroba, y estaba arrodillado. Un macho viejo, supuso Lew, muy flaco y tan feo como un pecado. Había perdido todos los dientes y la saliva se le había pegado a la barbilla como musgo, pero sus enormes ojos tenían la expresión más lastimosa que Lew había visto en su vida, una expresión casi humana. Algo en aquella mirada le hizo recordar a Long Jim Lannigan. Finalmente, Lew se acercó al camello y le acarició el cuello. El animal rodó sobre sí mismo y gimió como un perro enfermo. Entonces, Lew vio lo que sucedía. El animal se había clavado una espina de cactus en la pezuña izquierda, y la pata empezaba a hincharse. El pobre camello no podía andar.

Lew se sintió aliviado al comprobar que no sufría alucinaciones, después de todo, pero quedó muy intrigado. ¿Cómo había podido llegar un camello hasta aquí? Por lo que podía recordar, los camellos pertenecían a África, un lugar muy alejado del territorio de Arizona. Se habría escapado de un circo, pensó, pero inmediatamente descartó la idea. No podía imaginarse ninguna respuesta. Sólo estaba seguro de una cosa: de que el viejo Barba Verde había espantado a su caballo, lo cual significaba una larga y calurosa caza a pie, suponiendo que consiguiera capturarlo.

Pero no podía dejar al camello tullido para que se muriera de sed. Lew tenía un corazón demasiado tierno para hacer una cosa así. Tendría que bajarle hasta el manantial… Bueno, lo intentó todo, pero el camello no se movió. Lew maldijo, juró y perjuró, pero el animal continuó inmóvil, contemplándole con sus enormes ojos tristes. Al cabo de una hora de infructuosas tentativas, Lew perdió la paciencia y empuñó un revólver.

—¡Tú lo has querido así, viejo testarudo! —gritó—. Estaba tratando de ayudarte.

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El camello gruñó y se tumbó del otro lado. Lew se sintió mezquino y miserable, pero sólo había un medio para terminar con los padecimientos del animal. Apoyó el cañón de su revólver contra la cabeza del viejo camello, levantó el gatillo y cerró los ojos, diciéndose a sí mismo que tenía que disparar. Pero, no le fue posible hacerlo, afortunadamente para él. Por lo visto, aquél era su día de suerte.

El camello se incorporó sobre sus patas delanteras y dejó oír un alarido que enervó a Lew hasta el punto de hacerle saltar. En aquel preciso instante zumbó un arco y una flecha rebotó contra la roca junto a la cual se encontraba Lew un segundo antes. Zambulléndose detrás de un peñasco, divisó a un grupo de pieles rojas que se recortaban contra la línea del horizonte. Habían tratado de tenderle una trampa, pero ahora sus caballos estaban relinchando y coceando ferozmente. Los indios no podían dominarlos. Pero antes de que Lew tuviera tiempo de disparar apenas un par de tiros, el grupo se desbandó, con la Caballería de los Estados Unidos pegada a sus talones. Lew tragó saliva, se secó el rostro y miró a su alrededor, pero allí estaban solamente él y el viejo Joroba.

En cuanto recobró el aliento, Lew descendió la loma. Los apaches huían a través del desierto envueltos en una nube de polvo, llevándose a sus dos hermanos muertos según la costumbre de los indios, y no parecía que fueran a regresar demasiado pronto. Algunos de los bravos de Águila Negra que habían huido de la reserva, pensó Lew, pero tenía otros muchos problemas a que hacer frente. Se encontraba a pie, lejos de cualquier parte, y le dolía la cabeza. Deseó no haberse marchado del pueblo.

El camello se había sentado sobre sus patas traseras, con aspecto de abatimiento. Lew no podía disparar ahora contra él.

—¡Vieja carroña! —murmuró—. No me extraña que los caballos salgan pitando en cuanto te echan la vista encima.

Luego se dio cuenta de que el camello tenía una especie de cicatriz en la cadera. Estaba tapada por el pelo, pero Lew vio la marca USA grabada al fuego. Aquello le recordó a su abuelo, que había sido soldado en la frontera allá por los años cincuenta, antes de la guerra. Su abuelo había visto camellos, algunos de los que Jeff Davies[71] había importado para el Departamento de Guerra, para transportar el correo por el Oeste. Lew se rascó la cabeza, tratando de recordar la historia.

Al parecer, el experimento no había tenido éxito. Los camellos asustaban a los caballos, los soldados odiaban a los camellos, y el Ejército rechazó la idea de Jeff Davies. De modo que los vendieron, o los soltaron, y los camellos

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desaparecieron. Éste, pensó Lew, debía de haber estado vagabundeando durante casi treinta años. Parecía imposible, pero allí estaba la marca del Ejército de los Estados Unidos para demostrarlo.

—Me has hecho un favor, Cara de Musgo —dijo Lew—, y voy a ver si te curo.

De modo que sacó su cuchillo y empezó a trabajar en la pezuña del animal. Una tarea desagradable, pero el camello no dejó oír un solo quejido, a pesar de que la espina se había clavado profundamente. Al final consiguió sacarla. Pero había curado los suficientes caballos para saber que existía aún el peligro de una infección. Lo que necesitaba era un desinfectante. Y entonces demostró Lew Zane que tenía un corazón tan grande como una catedral. En lucha con su conciencia, pero lo hizo. Cogió su botella de whisky, sacó el tapón con los dientes y vertió todo el licor que quedaba en la pezuña lastimada del viejo Joroba. El viejo Joroba gruñó un poco, pero resistió el escozor como un soldado, como un verdadero veterano. Hizo que Lew se sintiera orgulloso.

Esta vez, el camello se puso en pie y trotó hacia el manantial. Lew también bebió, pero el agua tenía un gusto insípido. Dio una amistosa palmada a la grupa del camello y se dispuso a ir en busca de su caballo. Cuando había andado un centenar de metros, se dio cuenta de que el camello le estaba siguiendo.

—Mira —dijo Lew—, tú no estás en forma para viajar y yo tengo que atrapar a un caballo.

Reanudó su marcha, y el viejo Cara de Musgo continuó siguiéndole.

Exasperado, Lew volvió a detenerse.

—Estamos en paz, ¿no es cierto? ¡Anda, regresa al agua!

Se inclinó a recoger una piedra, pero el camello no se movió; se limitó a contemplarle con sus melancólicos ojos. A Lew le produjo la sensación de que quería decirle algo. Pero pensó que un animal que había burlado a los apaches durante treinta años no necesitaba ninguna otra ayuda suya. En tono de reproche, dijo:

—Hasta luego, compañero. Si sigues pegado a mis talones, no cogeré a ese caballo en todo el año.

A continuación echó a correr a toda la velocidad que le permitían sus piernas colina arriba y a través de algunos roquedales por los cuales no podría seguirle un camello lisiado. Al cabo de un rato consiguió despistar al animal. Sintiéndose un poco culpable, empezó a buscar las huellas de su caballo. Alrededor del mediodía, pasaba por delante de una enorme roca cuando

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apareció Long Jim Lannigan empuñando un rifle. Detrás de él había dos caballos, uno de los cuales era el de Lew.

—Hola, sheriff —dijo Lew.

—Hola, Lew —dijo Long Jim.

Lew confió en que las cosas iban a marchar bien ahora que Long Jim había capturado a su caballo, y dijo:

—Siento lo de Acey-Ducey Dugan.

—¿Por qué?

—Bueno —dijo Lew—, tenía un saloon muy tranquilo.

—En efecto —dijo Long Jim—. Pero no es Acey-Ducey lo que me preocupa, Lew, sino tu escapatoria sin pagar los escaparates que rompiste.

De no haberle visto empuñando aquel Winchester, Lew hubiera dicho que el sheriff estaba bromeando.

—Bueno, si es eso lo que te preocupa, ahora mismo voy a pagarte —dijo, y hundió una mano en su bolsillo.

No llevaba ni un centavo. Había dejado su dinero y sus pepitas de oro sobre la mesa de juego del saloon, la noche anterior. Murmuró:

—Creo que tendrás que confiar en mí, sheriff, hasta que encuentre unas cuantas pepitas más.

Long Jim sacudió la cabeza.

—Me duele tener que decir esto, Lew, pero ahora eres el dueño del saloon La Pepita de Oro. Y nunca he confiado en el dueño de un saloon.

Lew palideció. Sabía que Long Jim no era aficionado a la bebida, pero había olvidado por completo aquella última escalera de color. No podía creer que había ganado La Pepita de Oro. ¡Por Júpiter! ¡Júpiter! ¡Su propio saloon!

—¿Puedes confiar en mí hasta que lleguemos al pueblo? —inquirió. —Tendré que hacerlo. —Long Jim frunció la nariz—. ¿A qué diablos

apestas?

Lew olió su camisa.

—A camello —dijo—. Me ha sucedido una cosa muy extraña…

A medida que avanzaba en su explicación, el rostro de Long Jim asumía una expresión divertida. Se rascó la oreja, tosió en voz alta.

Hmmmm… —dijo—. ¿Has escapado de una docena de indios? —Sí —dijo Lew.

—¿Tú y ese lisiado con barba?

—Sí.

—¿Y luego has vertido media botella de excelente whisky en su pezuña? —Sí.

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El rostro de Long Jim se alargó más que el de un perro perdiguero. —Lew —dijo—, en junio cumpliré cincuenta y cinco años y nunca he

visto un camello. Vamos a echar una mirada.

Cabalgaron en silencio, pero cuando llegaron al manantial no había ni rastro del viejo Cara de Musgo. Lew recorrió aquellos alrededores, pero no pudo encontrar una sola huella entre las rocas. Ni siquiera pudo encontrar aquella flecha apache.

—No puede estar muy lejos —le dijo a Long Jim—. Tenía la pata lastimada.

Long Jim le dirigió otra mirada cargada de sospechas, recogió la botella vacía de whisky y la estrelló contra una roca.

—¿De qué color dices que tenía la barba?

—Verde —dijo Lew—. Algo increíble.

Long Jim suspiró y dijo en tono tranquilizador:

—Desde luego, muchacho. Algo increíble.

A continuación golpeó a Lew detrás de la oreja con su seis tiros y lo ató a su caballo.

Cuando Lew volvió en sí estaba tendido en un camastro en la cárcel de Red Dog. El sol entraba a través de una ventana enrejada y el doctor Spires estaba inclinado sobre él, con un estetoscopio.

—Etilismo agudo —dijo el doctor—. Insolación y shock nervioso.

Necesita un reposo absoluto.

—Eso es lo que yo imaginaba, doctor —dijo Long Jim. Estaba recostado contra la puerta, con un mondadientes en la boca—. Un caso muy triste.

El doctor se llevó un dedo a la sien.

—Si le entra de nuevo el delirio, llámeme. Puede darle por la violencia.

Lew se sentó en el camastro de un salto.

—No estará hablando de mí, doctor…

El doctor Spires retrocedió rápidamente y salió de la celda. —Procura descansar, Lew —dijo Long Jim—. ¿Necesitas algo? A Lew le daba vueltas la cabeza y dijo: —Me vendría muy bien un trago, sheriff.

Long Jim se sacó el mondadientes de la boca y lo contempló con demasiada atención.

—Ni hablar —dijo.

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—¿Acaso no tengo crédito? —protestó Lew—. Cuando un hombre es dueño de todo un saloon…

—Ya has oído lo que ha dicho el doctor —replicó Long Jim—. Estás enfermo, Lew.

—¿Ni siquiera un traguito?

Long Jim sacudió la cabeza.

Aquello sacó de quicio a Lew, que gritó:

—¡Que me cuelguen si pago ningún escaparate hasta que salga de aquí! Long Jim le habló con verdadera afabilidad, como un padre a su hijo. —Lew —dijo—, creo que adoptas una actitud equivocada. Estoy tratando

de ayudarte.

—¡No necesito ninguna ayuda! —aulló Lew—. Sácame de aquí y te demostraré quién está loco. Aquel camello…

—Ya vuelves a las andadas…

Long Jim cerró la puerta de la celda y se marchó a su oficina, dejando a Lew aullando y golpeando los barrotes.

Las noticias se extendieron rápidamente. Al día siguiente, todo el mundo en Red Dog sabía que Lew Zane había perdido el juicio. Una verdadera lástima, decía la gente. Echarían de menos la diversión que les proporcionaba, pero no podían dejar suelto a un hombre en aquel estado. Sería capaz de cualquier cosa. Long Jim clausuró La Pepita de Oro. Como buen amigo de Lew que era le compadecía, pero por nada del mundo hubiera dejado de cumplir con lo que consideraba su deber.

Aquella noche, acudió a la celda para realizar otra tentativa.

—Lew —dijo—, ¿por qué no confiesas que bebiste demasiado y nosotros olvidaremos todo este asunto?

Lew estaba más que harto de aquella celda y hubiera claudicado, a pesar de lo tozudo que era, pero en aquel preciso instante alguien cantó debajo mismo de la ventaría de su celda:

Cuando el viejo Lew se toma una copa

ve camellos hasta en la sopa…

Lew apretó los labios. No podía comprender por qué su amigo le trataba de aquel modo. A lo mejor, Long Jim intentaba reformarle…

—Todavía estoy esperando aquel trago —dijo.

Long Jim era también un hombre tozudo.

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—Entonces, pasarás aquí una buena temporada.

—Y tú esperarás sentado el dinero por esos escaparates —replicó Lew—.

Yo vi lo que vi, y nadie puede decirme lo contrario.

Así estaban las cosas. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder una sola pulgada. Lew no deseaba realmente aquel trago, pero creía que su reputación estaba en juego. Tal vez no podría demostrar que no estaba loco, pero tampoco estaba dispuesto a admitirlo, ni ante Long Jim ni ante nadie.

No se sabe cómo hubiera terminado aquello, porque al cabo de una semana los apaches volvieron a escaparse de la reserva. Quemaron un par de ranchos, robaron unos cuantos caballos y se encaminaron hacia el sur, en dirección a Méjico. El jefe Águila Negra en persona, astuto y cruel como un coyote. Cortaron los alambres del telégrafo, para que no pudiéramos avisar al Ejército. Long Jim reunió una posse[72] para salir en su persecución.

El problema era que se necesitaba un explorador, y el único hombre del pueblo que conocía el territorio apache era Lew Zane. Conocía el terreno palmo a palmo, y hablaba el idioma de los indios. Incluso tenía aspecto de apache. Sin la colaboración de Lew, Long Jim no tenía la menor posibilidad de localizar a Águila Negra.

—Eso es lo que pasa, Lew —dijo—. De modo que vamos a hacer un trato. Lew le dirigió una mirada de disgusto, ya que no estaba de humor para regatear. Tenía al sheriff en un puño. Lo que él deseaba era una oportunidad para encontrar aquel camello y demostrar que estaba tan cuerdo y tan sobrio

como cualquier ciudadano.

—Apelo a ti como norteamericano que eres —dijo Long Jim—. Ayúdame a devolver a esos rebeldes a la reserva.

Lew se llevó un dedo a la sien.

—Estoy loco, sheriff. Ya oíste lo que dijo el doctor. ¿Para qué necesitas a un hombre que está loco?

—Al parecer me precipité un poco en mi juicio —admitió Long Jim—.

De todos modos, la tuya no es esa clase de locura.

—No cruzaré esta puerta —dijo Lew— hasta que me traigas un trago. Long Jim se dirigió al Dólar de Plata, donde estaba esperando su posse, y

compró una botella de whisky. La primera bebida que compraba en Red Dog.

Regresó a la cárcel con ella.

—Ahora —dijo Lew— escribirás una notita que yo te dictaré.

Tragando quina, Long Jim escribió: «Estoy tan loco como Lew Zane». Y firmó: «James Lannigan, Esq., Sheriff». Luego clavó la nota en su tablero de anuncios, alrededor del cual se reunieron todos los ociosos del pueblo.

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Pero Lew no estaba satisfecho todavía.

—No, señor sheriff —dijo—. No saldré del pueblo hasta que hayan sido pagados esos escaparates. La gente diría que me marcho para eludir el pago de mis deudas.

Long Jim tiró un montón de monedas sobre el camastro.

—Esta vez me tienes cogido, muchacho —dijo, encajando el golpe—. Pero si armas otro jaleo en Red Dog, no te sacará de la cárcel ni el propio presidente.

Lew sabía que Long Jim hablaba en serio, y que sus días de bebedor en Red Dog habían terminado. Bueno, había otros muchos pueblos donde los sheriffs no eran tan quisquillosos. Hacía un trato, y lo cumpliría. Pero le disgustaba tener enojado a su amigo Long Jim.

De modo que Lew salió de la cárcel, recuperó sus revólveres y condujo a la posse fuera del pueblo. Nadie se atrevió a sonreír siquiera; borracho, loco o sobrio, Lew Zane no era un hombre al que pudieran buscársele las cosquillas. Localizó las huellas de la banda de Águila Negra, unos veinte indios, y las siguió en dirección sur durante todo aquel día. Después de la puesta del sol cortó por un atajo que conocía, pensando que los indios continuarían por el camino más largo para que no les faltara el agua. Cuando llegaron a una hendidura abierta a través de las colinas, Lew dividió la posse en dos grupos y los situó uno a cada lado del camino para esperar.

Era un buen plan, y podía tener éxito, pero a medida que pasaba el tiempo Lew iba poniéndose más nervioso. No comprendía el motivo de que los pieles rojas se retrasaran tanto. Estaba decidido a demostrarle a Long Jim que no había perdido facultades. Cuestión de orgullo. Al romper el día, se deslizó silenciosamente hacia otro atajo que conducía al manantial más próximo, para comprobar si Águila Negra le había burlado.

Cabalgaba lentamente, atento a la menor señal de la presencia de los indios, cuando su nariz empezó a fruncirse. Su caballo relinchó de un modo salvaje, se encabritó y salió disparado. Cogido por sorpresa, Lew dio con sus huesos en el suelo. Y, repentinamente, vio al viejo Joroba que trotaba hacia él surgido de detrás de un arbusto, retozón cómo un cachorro.

—¡Oh, no! —gimió Lew, frotándose los ojos.

No era un error. No podían existir dos camellos tan feos. Cara de Musgo pareció alegrarse de verle, pero Lew no compartió aquellos sentimientos. En cualquier momento podían presentarse los apaches, lo cual sería un verdadero compromiso para un hombre que no disponía de su caballo.

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—¡Vete al cuerno! —exclamó—. ¿No me has buscado ya bastantes complicaciones?

Pero el camello no tomó en cuenta su ingratitud. Se acercó más a Lew, el cual pensó que aquella reunión no era una coincidencia. El viejo Joroba habitaba en aquella parte del desierto, y estaba demostrándole su aprecio. Podía ser feo, pero era un camello listo, desde luego. Listo y tímido, pensó Lew. Probablemente, no se fiaba de los hombres blancos… ni de los indios.

—Escucha, compañero —dijo Lew—, ahora tienes la ocasión de demostrar que no soy un embustero.

Echó a andar en dirección al lugar donde se encontraban los hombres de la posse, pero el camello no le siguió. No movió un solo músculo. Se quedó contemplando a Lew. Debía de ser terriblemente tímido con los desconocidos, pensó Lew, y el más tozudo de los cuadrúpedos. Entonces fue cuando se le ocurrió la gran idea.

El cielo estaba empezando a palidecer. No era el momento más propicio para que un hombre resultara atrapado por los bravos de Águila Negra, y mucho menos Lew Zane, que se tenía aprendida la lección desde hacía muchos años. De modo que trepó a lomos del viejo Joroba, se cogió fuertemente a su cuello, haciendo girar su cabeza en dirección al lugar donde había dejado la posse de Long Jim, y hundió los tacones de sus botas en las costillas de Cara de Musgo. Pero Cara de Musgo tenía sus propias ideas. Dio media vuelta y partió hacia el norte, en vez de hacerlo hacia el sur, directamente al manantial. Ahora que su pezuña había sanado, viajaba con bastante rapidez. Lew trató de hacerle dar media vuelta, aullando en sus oídos, pero Joroba continuó imperturbablemente su marcha, y a partir de aquel momento Lew estuvo demasiado ocupado sosteniéndose a lomos del animal para pensar en otra cosa.

Acostumbrado a montar potros sin desbravar, Lew resistió la prueba. Hasta entonces no había montado nunca carne de camello, ni volvería a hacerlo. Lew botó y rebotó sobre el viejo Joroba hasta que se encontró en pleno campamento indio, en el preciso instante en que Águila Negra salía de debajo de su manta. El camello hizo una entrada triunfal, ahuyentando a derecha e izquierda a los caballos de los indios.

Luego, el viejo Joroba se detuvo en seco. Exactamente en el centro de un círculo de asombrados apaches. Veinte, exactamente. Lew se deslizó al suelo. Nunca se había encontrado en un apuro como aquél. Durante un largo instante los indios le contemplaron, demasiado soñolientos y asombrados para atacarle, y demasiado asustados, también. Nunca habían visto de cerca a un

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camello, y Cara de Musgo olía como la medicina mala. Lo suficientemente mala como para haber dispersado a sus caballos.

Embutido en unos pantalones del Ejército y una camisa harapienta, el viejo Águila Negra no tenía aspecto de ser el más terrible de los apaches de Arizona. Pero no había alcanzado la jefatura de su pueblo por su naturaleza bondadosa, precisamente. En cuanto reconoció a Lew, sus ojos despidieron chispas de maldad. Había perdido sus caballos, pero a cambio se le ofrecía la oportunidad de saldar viejas cuentas. Agarró su arco e hizo seña a sus bravos para que se acercaran.

Maquinalmente, la mano de Lew había caído sobre la culata de su revólver. Podía cargarse a un par de apaches antes de que llenaran su cuerpo de flechas. Miró al viejo Joroba y su boca se secó. Lew no era lo que se dice un hombre piadoso, pero en aquel momento decidió volver la hoja en el libro de su vida. No tenía derecho a maldecir a un camello. El whisky y su propia naturaleza obstinada le habían conducido a este callejón sin salida. Murmuró una plegaria e hizo su promesa. Prometió convertirse en abstemio… si vivía el tiempo suficiente.

Águila Negra alzó una mano reclamando silencio. Lew miró a su alrededor y se humedeció los labios. Los apaches preparaban sus arcos, sus rifles y sus mazas de guerra con cierta lentitud, como regodeándose en su agonía, al estilo indio. Y Lew decidió jugar su única carta: el Tío Sam.

—El Gran Jefe Blanco de Washington está furioso con sus hermanos rojos —dijo—. Me envía a ordenaros que regreséis a la reserva.

Los ojos de Águila Negra taladraron los suyos y Lew continuó, en voz más alta:

—Cincuenta chaquetas azules que montan caballos frescos están esperando mi señal detrás de aquella colina. Un disparo de mi revólver les atraerá aquí. ¿Queréis que vuestras squaws os lloren esta noche en vuestras tiendas?

Águila Negra volvió la mirada hacia las vacías colinas y gruñó. Tal vez lo creía, o tal vez no. Lew no podía hacer otra cosa más que continuar con su baladronada. Un disparo atraería a la posse de Long Jim, pero lo único que encontraría sería a un rostro pálido muerto.

—El Gran Jefe Blanco no os castigará por los caballos que habéis robado —dijo Lew—, pero si desobedecéis sus órdenes su venganza será implacable.

Los jóvenes se estaban impacientando con toda aquella palabrería, deseando que empezara la diversión, pero Águila Negra era perro viejo y no deseaba verse atrapado en una emboscada tendida por los chaquetas azules.

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—Mientes —dijo—. Yo he cortado los hilos que hablan con Washington. El viejo Joroba aulló, y los indios retrocedieron, asustados. Desde el primer momento, el camello había estado tratando de decirle algo, y finalmente Lew había captado su mensaje. Águila Negra estaba vacilando entre el sí y el no, pero la charla del hombre blanco no podría inclinar la

balanza. Lo que él necesitaba era una señal, al estilo indio.

—Has cortado los hilos que hablan, sí, pero la voz del Gran Jefe Blanco es como la voz del trueno sobre las llanuras cuando sus hermanos le ponen furioso. —Lew tomó aliento y mostró su último triunfo—. Mi jefe ha hablado. Aquí está el gran sello de Washington.

Señaló la marca que Joroba llevaba grabada en la cadera y cruzó los brazos.

Águila Negra se acercó al camello. Sus ojos parpadearon repetidamente y se tapó la boca con la mano. Los otros se acercaron también a mirar, murmurando excitadamente. Sabían lo que significaba aquel USA. Los habían visto en las monturas del Ejército, en las empalizadas, y en las raciones de carne de buey que su agente les entregaba. Aquélla era la Voz, aunque la cadera de un camello no parecía el lugar más indicado para colocarla.

Águila Negra aquietó a sus muchachos con un gesto. Luego murmuró algo relativo a que continuaba siendo el jefe.

—Tú eres el enemigo de mi pueblo —le dijo a Lew, dirigiéndole una mirada asesina—. Si te acercas a nuestra reserva, te mataremos.

Lew tenía el sentido común suficiente para no apurar su suerte. La realidad era que estaba empapado en sudor. Permaneció inmóvil como una momia, contemplando cómo Águila Negra y sus bravos se alejaban, camino de la reserva. Unos cuantos se volvieron a mirar hacia atrás, como dispuestos a liquidarle, jefe o no jefe, pero no tardaron en perderse de vista entre las colinas. Si un hombre necesitó alguna vez un trago, ese hombre era Lew, pero había hecho una promesa. Y, además, había perdido la botella de whisky durante el accidentado viaje a lomos del camello.

Se secó el rostro y dijo:

—Amigo mío, el Ejército de los Estados Unidos puede sentirse orgulloso de ti. Lástima que Jeff Davies no haya podido presenciarlo.

Se volvió en redondo, pero Cara de Musgo ya no estaba allí. Trotaba a través de las colinas, en dirección opuesta.

—¡Eh! ¡Ven aquí! —aulló Lew, pero el camello no se detuvo siquiera. Al cabo de unos instantes había desaparecido. Y Lew sabía que sería inútil intentar darle caza. Podía ser más veloz que un mustang. Había cumplido con

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su obligación, y lo único que deseaba era estar solo. Como dice la canción: «Los viejos soldados no mueren nunca, se limitan a desvanecerse». Y eso era lo que había hecho el viejo Joroba.

Pensativamente, Lew emprendió el camino de regreso. Cuando llegó al paso donde estaban apostados Long Jim y sus hombres, le recibieron con cara de pocos amigos. La repentina desaparición de Lew no les había gustado un pelo.

—Hola, sheriff —dijo Lew.

—Hola, Lew —dijo Long Jim, mirándole fríamente—. De modo que has vuelto a perder el caballo, ¿eh?

—Sí —dijo Lew.

—¿Has visto por casualidad algún piel roja por el camino, muchacho? —Ahora que lo mencionas, sí, los he visto. Águila Negra y sus guerreros.

Regresaban a la reserva.

—Bueno —dijo Long Jim, y su voz sonó como una navaja de afeitar recién afilada—, supongo que les has asustado con una botella de whisky.

Lew abrió la boca para explicar lo ocurrido, dirigió otra mirada a Long Jim, y volvió a cerrarla. A veces, pensó, la amistad es más importante que la verdad.

—No —dijo—. Águila Negra y yo hemos acordado una tregua. Hemos sostenido una charla amistosa y los dos hemos visto la luz.

Naturalmente, Long Jim se mostró escéptico. Pero un hombre no puede discutir los hechos; Águila Negra regresó a la reserva y permaneció allí. De modo que Lew y Long Jim son otra vez amigos. No ha vuelto a hablarse del asunto de los escaparates. Y si Lew se ha tropezado alguna vez con el viejo Joroba en sus correrías, no lo ha dicho. Se aprendió la lección en más de un sentido. Y desde aquel día, lo más fuerte que ha bebido ha sido limonada.

«¿Ese jaleo que oyen? Supongo que debe de ser Lew, disparando en el Dólar de Plata, al otro lado de la calle. Es lo que la gente de Red Dog espera de él cuando llega al pueblo. Regala su whisky, si se le antoja hacerlo, pero no puede disparar contra su propio saloon. Cuestión de ética. Como ya he dicho, Lew Zane siempre cumple su palabra.

»De modo que sírvanse otro trago, amigos, antes de que se agoten las existencias».

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MI HERMANA Y EL PISTOLERO

RAY GAULDEN

NO había un hombre que me gustara más como futuro cuñado que Dave Larkin, aunque hubiera sido pistolero antes de llegar a nuestro pueblo.

Para mí, Dave era mucho mejor que aquel despreciable tahúr de Kirby Rell, que a Ellie le hacía tilín.

Recuerdo la primera vez que vi a Dave Larkin. Fue en pleno verano, y yo estaba pescando en una de las orillas del Turkey Creek. Dave llegó montado en un hermoso ruano.

—Hola —dijo, acercándose a la orilla—. ¿Pican?

—No mucho —contesté, mostrándole el par de barbos que había capturado.

Era largo y fuerte, y aunque no podía decirse de él que fuera un hombre guapo, en sus ojos grises había algo que inspiraba confianza.

—Me llamo Larkin —dijo—. Acabo de comprar la casa de Brendell. Aquello fue suficiente para que me olvidara de la pesca, porque

significaba que iba a ser nuestro vecino, e inmediatamente empecé a trazar planes acerca de Dave y de Ellie.

—Yo soy Johnny Evans —dije, soltando la caña—. Puesto que usted es nuevo aquí, tal vez pueda enseñarle la región y echarle una mano de cuando en cuando.

—Desde luego, Johnny. —Tenía una voz simpática y una Sonrisa muy atractiva—. Puedes venir a verme siempre que se te ocurra alguna buena idea.

Fui bastante; demasiado, según papá. Pero, como no descuidaba mis deberes, no me regañaba por aquellas visitas.

En aquella época, la mayoría de los hombres llevaban revólver, y yo me preguntaba por qué Dave no lo llevaba nunca. Dejaba el suyo en casa, colgado de la repisa del hogar, y cuando le pregunté por qué lo hacía, me dijo que las armas de fuego pueden acarrear algún disgusto. Al principio no me

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mostré demasiado curioso, porque me gustaba la compañía de Dave y se me había metido en la cabeza que era el hombre apropiado para Ellie.

Resultó un poco difícil reunirles, puesto que Dave se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando, y Ellie no se movía de casa, esperando que Kirby Rell regresara en su busca. Pero, finalmente, mamá invitó a cenar a Dave un domingo y aquello puso las cosas en marcha.

Ellie era bonita, no cabe duda. Cabellos rubios, ojos azules, y un cutis que el sol de Colorado no había podido desposeer de su suavidad y tersura.

Pude darme cuenta de que a Dave le gustaba mi hermana, porque no apartó los ojos de ella durante toda la cena, y mi felicidad aumentó al ver que Ellie se había animado un poco y sonreía de cuando en cuando, de modo que imaginé que no pasaría mucho tiempo sin que olvidara al vago de Kirby Rell y todas las tonterías con las cuales le había llenado la cabeza.

Desde luego, Ellie había ido a la escuela con Kirby, y, se simpatizara con él o no, había que reconocer que era un tipo atractivo. Nunca me gustó su afectado modo de vestir, pero supongo que a las chicas les gustaba, porque siempre las tenía como moscas a su alrededor.

El hecho de que no hiciera otra cosa más que jugar a cartas para ganarse la vida, no parecía importar. Ellie le amaba, o creía amarle, y siempre estaba diciendo que iba a casarse con él y a marcharse, y no quería escuchar a papá cuando trataba de hacerle ver que Kirby no era de los que se casan.

Incluso cuando Kirby se marchó, diciendo que un pueblo de mala muerte como el nuestro no era un lugar digno de un hombre de su inteligencia, Ellie siguió negándose a admitir que se había equivocado. Yo sabía que la actitud de mi hermana era debida a lo que él le había dicho la noche que se marchó: «Tú eres mi chica, Ellie, y uno de estos días volveré a buscarte».

Recuerdo que Ellie se pasó toda la noche llorando, y que me dio mucha rabia ver que estaba tan ciega por un inútil como Kirby. Y el disgusto le duraba aún, a pesar de que hacía seis meses que Kirby se había marchado y ni siquiera le había escrito. Seguía esperando y diciendo que Kirby regresaría, pero no era feliz, y por eso yo estaba ansioso por que conociera a Dave.

Después de haberla visto aquella noche, Dave nos hizo frecuentes visitas, y no pasó mucho tiempo sin que él y Ellie salieran a pasear a caballo, y sin que Dave viniera a buscarla para llevarla al baile. Dave no tenía tanto palique como Kirby, pero a mí me consta que a Ellie le gustaba, porque volvía a reír como había reído siempre, y las sombras que rodeaban sus ojos desde que Kirby se había largado habían desaparecido.

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Las cosas marchaban viento en popa, y yo iba a casa de Dave casi todos los días. Sabía un montón de cosas acerca de caballos y de vaqueros, pero nunca hablaba mucho de sí mismo ni del lugar de donde procedía. Yo solía mirar el revólver que tenía colgado en la repisa del hogar y le hacía preguntas acerca de aquella arma. La culata negra y el reluciente cañón ejercían sobre mí una especie de fascinación, pero Dave reaccionaba siempre de un modo muy raro cuando yo lo mencionaba, y se apresuraba a cambiar de tema.

Un día, mientras estábamos en el pueblo, oí que el sheriff le decía a papá: —Un tipo tranquilo, ese Larkin. Nunca tiene nada que decir de sí mismo. Habíamos ido al pueblo a comprar provisiones, y papá estaba cargando un saco de harina en nuestro carromato. Terminó de cargarlo, se recostó en el

carro y se quedó mirando al sheriff.

—Toda la gente que vive a lo largo del arroyo simpatiza con Dave —dijo papá—. Es un buen vecino, y en lo que a mí respecta eso es lo que cuenta.

El sheriff asintió.

—Desde luego. Su conducta es irreprochable. Pero me recuerda mucho a un pistolero que vi en cierta ocasión en El Paso.

—Si Dave era un pistolero —dijo papá—, estoy convencido de que nunca mató a nadie que no le obligara a hacerlo.

—Es posible que tenga usted razón, y puedo asegurarle que no voy a meterme con él mientras no me dé motivos.

Dave no era la clase de hombres que provocan la intervención de los representantes de la ley, y yo lo sabía. Papá y yo hablamos del asunto en nuestro camino de regreso, y papá opinó que sería mejor que olvidáramos lo que el sheriff nos había dicho. De todos modos, la cosa no tenía demasiada importancia, porque Dave había sentado la cabeza y estaba trabajando duramente.

Aquella noche, Dave y Ellie salieron para el baile en su carreta, y el resto de la familia les seguimos en el carromato; Dave sugirió que podíamos ir todos juntos, pero Ellie dijo algo que le hizo cambiar de idea, y por su expresión comprendí que estaba enojada con él.

Papá aludió aquel incidente mientras nos dirigíamos al granero de Haines. —¿Qué es lo que le pasa a Dave? —preguntó, sacudiendo la cabeza—. En

cuanto está cerca de una muchacha no sabe qué hacer.

—Es un poco tímido —dijo mamá—. Hay un montón de hombres que son

así.

—Creí que a estas alturas ya le había pedido a Ellie que se casara con él —dijo papá—. ¿A qué está esperando?

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—No tardará en pedírselo —replicó mamá secamente—. ¿Tanta prisa tienes por librarte de la chica?

—Sabes perfectamente que no se trata de eso —dijo papá—. Lo único que deseo es que no tarde mucho en pedírselo, porque Ellie está empezando a ponerse nerviosa.

Yo estaba sentado en la parte trasera del vagón, oyéndoles hablar, y estuve a punto de decirles que dejaran que Dave y Ellie se las compusieran, puesto que el problema sólo les afectaba a ellos. Pero no dije nada, porque sabía lo que me ganaba cuando hablaba más de la cuenta.

Cuando llegamos al granero, Dave y Ellie estaban ya allí, mezclados con las otras parejas y esperando que papá empuñara su violín y empezara la música. Todo el mundo se divertía mucho, y yo estaba sentado en el desván con Herb Preston, enseñándole el tirachinas que Dave me había hecho y mirando al mismo tiempo cómo bailaban las parejas. Papá sudaba mucho cuando tocaba el violín, y esta noche trabajaba de lo lindo, porque estaba literalmente empapado.

Mientras escuchaba la música y el arrastrar de los pies, vi que alguien llegaba. No le presté atención, hasta que le miré por segunda vez. Parpadeé, ya que el recién llegado era Kirby Rell, ni más ni menos.

Kirby andaba de un modo que ponía de manifiesto la excelente opinión que tenía de sí mismo, y al mirarle cuando se detuvo y se quedó de pie junto a la puerta, vi que su aspecto era el mismo de siempre. El mismo rostro moreno, la misma extravagancia en el vestir, la misma expresión burlona que nunca llegaba a convertirse en una verdadera sonrisa.

Kirby no necesitaba decir lo que estaba haciendo aquí, porque desde el primer momento estuvo claro. Sus ojos recorrieron la improvisada pista de baile hasta que encontraron a Ellie, y a partir de entonces no miró a nadie más. Ellie no le había visto aún. Estaba bailando con Dave, y se encontraban ahora en el centro del granero, rodeados de un montón de parejas.

Herb Preston estaba tratando de explicarme algo, pero yo no le prestaba la menor atención. No tardó en marcharse, dejándome solo, y entonces me senté con las piernas colgando sobre el borde del altillo, observando a Kirby Rell. Las miradas que dirigía a Ellie, recorriéndola de arriba abajo, me sacaban de quicio.

En aquel momento cesó la música, y la mayoría de las parejas empezaron a pasear, pero Dave y Ellie no se movieron, y supe que mi hermana había visto a Kirby. Éste echó a andar hacia ella, con su peculiar contoneo, abombando el pecho y con el Stetson ligeramente ladeado.

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Creo que todos los presentes recordaban a Kirby, y la mayoría de ellos sabían lo que había habido entre él y Ellie. Las conversaciones se interrumpieron, y el silencio se hizo tan intenso que pude oír mi respiración surgiendo a través de mi nariz.

Kirby habló en voz suficientemente alta para que todo el mundo pudiera oírle.

—Hola, Ellie. ¿Cómo está mi chica?

Como si nunca se hubiera marchado, o como si le hubiera escrito y Ellie estuviera esperándole, cuando yo sabía perfectamente que no era así. No pude oír lo que dijo Ellie, pero estaba mirando a Kirby de un modo que no me gustó. Su rostro se había iluminado y estaba sonriendo.

Dave estaba en pie, junto a ellos, con aspecto aturdido. Parecía no saber lo que tenía que decir o que hacer, y, para empeorar las cosas, Ellie esperó un largo rato antes de presentar a los dos hombres. Yo me mordía las uñas, deseando que Dave le dijera a Kirby lo que tenía que decirle, o sea, que Ellie era ahora su chica y que no quería verle mosconeando alrededor de ella.

Pero Dave no dijo nada, y lo único que hizo fue separarse de ellos y dejar que Kirby bailara con Ellie. Les contemplé moviéndose al compás de la música; Kirby apretaba mucho a mi hermana y le hablaba al oído, recordándole, pensé, todas las cosas que Dave le había hecho olvidar. De cuando en cuando, Ellie miraba de reojo a Dave y luego se volvía de nuevo hacia Kirby con la más brillante de sus sonrisas.

Yo estaba deseando que Dave se acercara a ellos, le aplastara las narices a Kirby y le diera una buena zurra a Ellie. Pero era evidente que Dave no iba a hacer nada de eso. Estaba apoyado contra la pared, hablando con mamá, como si no supiera que Kirby y Ellie se encontraban en el granero.

Cuando terminó la pieza, Kirby acompañó a Ellie al lugar donde estaba Dave y el granero quedó de nuevo en silencio.

—Ellie y yo tenemos muchas cosas de que hablar —dijo Kirby—. ¿Le importa que la acompañe a casa?

No era una pregunta. Kirby le estaba diciendo a Dave lo que iba a hacer, y por el tono de su voz era evidente que esperaba que Dave tratara de oponerse a ello.

—Desde luego que no —dijo Dave, sonriendo—. Por mí no hay inconveniente.

Ellie pareció ligeramente decepcionada al oír las palabras que Dave acababa de pronunciar. Irguió la cabeza, se cogió del brazo de Kirby y los dos salieron del granero, entre la curiosidad general.

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Me había formado una opinión tan elevada de Dave, a pesar de su lentitud en pedirle a Ellie que se casara con él, que al verle allí de pie sin hacer nada para evitar que mi hermana se marchara con Kirby, me pareció que el mundo se hundía bajo mis pies.

Kirby era un tipo fanfarrón, que se jactaba de la fuerza de sus puños, pero yo no le había visto nunca utilizarlos. También llevaba un revólver de cachas de nácar, y alardeaba de su rapidez en manejarlo, pero tampoco con el revólver le había visto hacer una demostración.

De una cosa estaba convencido. Dave Larkin no le tenía miedo a Kirby Rell, ni a nadie, llegado el caso. No llevaba revólver, pero tenía uno, y yo recordaba lo que el sheriff había dicho acerca de aquel pistolero que había visto en El Paso.

Cuando regresábamos del baile, papá dio evidentes muestras de mal humor.

—Creí que habíamos perdido de vista para siempre a ese condenado tahúr, y aparece en el preciso instante en que Dave y Ellie parecían a punto de entenderse.

—No debemos alarmarnos antes de tiempo —dijo mamá—. Es posible que Kirby esté aquí de paso, simplemente.

—Tengo la impresión de que te equivocas —dijo papá, sinceramente preocupado—. Cuando se marchó, le dijo a Ellie que volvería algún día a buscarla. —Sacudió la cabeza—. No sé qué es lo que ve en él.

—Es muy fácil de comprender —dijo mamá—. Kirby fue el primer joven que le hizo la corte, y la deslumbró con sus palabras y con la promesa de llevarla a las grandes ciudades y comprarle un montón de cosas con las cuales sueña una muchacha.

—Sus promesas son simple palabrería —dijo papá, en tono irritado—.

Kirby no es más que un jugador de ventaja, y nunca será otra cosa.

—Lo sé —dijo mamá—. Pero Ellie lo ignora.

—Es posible que no lo viera al principio, pero a estas alturas debería tener un poco más de sentido común. Dave puede ser un poco lento en decir las cosas que ella desea que diga, pero es la clase de hombre que le conviene como marido.

—Tendré que hablar en serio con Ellie —dijo mamá.

Papá les gritó a los caballos, tratando de que corrieran un poco más. —No creo que sirva de nada —dijo—. Cuando a Ellie se le mete una idea

en la cabeza, tiene que salirse con la suya.

—Supongo que tienes razón —dijo mamá, en tono poco convencido.

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Cuando llegamos a casa, subí a mi habitación, me desvestí y me metí en la cama. Pero tardé un buen rato en dormirme. Permanecí allí tendido en la oscuridad, pensando en lo que había sucedido. Finalmente, decidí que tal vez las cosas no estaban tan mal como parecían estar. Quizás Ellie, enojada con Dave por su tardanza en pedirle que se casara con él, había acogido la llegada de Kirby como una excelente oportunidad para darle celos.

Se había marchado del baile con Kirby, pero le había dicho cómo estaban las cosas entre ella y Dave, y Kirby se dedicaría a sus propios asuntos. Mañana, Ellie y Dave hablarían y todo quedaría aclarado. Animado por estos pensamientos me disponía a dormir, cuando oí unas pisadas en el patio.

Me levanté y me dirigí a la ventana, asomándome para ver quién había llegado. Kirby y Ellie estaban en el patio y permanecieron allí unos minutos, hablando en voz tan baja que me fue imposible oír lo que decían. Ellie permitió que Kirby la besara y luego entró en la casa, mientras Kirby se marchaba, silbando entre dientes.

Al día siguiente era domingo y Dave solía acompañar a Ellie a la iglesia, pero a la hora del desayuno, cuando mamá lo mencionó, Ellie dijo:

—Voy a dar un paseo a caballo en compañía de Kirby.

—El domingo hay que ir a la iglesia —dijo papá.

Mamá debió intuir que se avecinaba una tormenta, porque dijo:

—Ellie ha cumplido siempre sus deberes religiosos, de modo que no va a condenarse por faltar un día a los oficios.

Papá parecía dispuesto a imponer su autoridad, y yo estaba deseando que lo hiciera. Estaba deseando que pegara un puñetazo sobre la mesa, y le pusiera las peras a cuarto a Ellie, diciéndole que no debía jugar con los sentimientos de Dave, pero mamá le fulminó con la mirada, y papá inclinó la cabeza sobre el plato y empezó a comer.

Dave estaba en la iglesia aquella mañana, y después de los oficios me puse a mosconear a su alrededor hasta que me pidió que le acompañara a su casa. Montamos en su carreta, y yo no traté de ocultar el hecho de que estaba profundamente disgustado, pero si se dio cuenta no lo dio a entender.

—¿Te parece que vayamos a pescar cuando lleguemos a casa? —me preguntó.

—No —respondí lúgubremente—. No tengo ganas de ir a pescar. —Tengo el presentimiento de que hoy van a picar mucho —insistió, como

si no tuviera otra cosa en el pensamiento.

Esto me decidió a poner las cartas boca arriba.

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—Dave —le dije—, tienes que hacer algo antes de que sea demasiado tarde.

—¿A qué te refieres, Johnny?

—Sabes perfectamente a qué me refiero —dije, hablándole como nunca lo había hecho—. Anoche permitiste que Kirby Rell entrara en el baile y se llevara a tu novia.

—Un momento, Johnny, un momento —dijo Dave, y vi que estaba sonriendo—. No podía armar un escándalo delante de toda aquella gente, por algo que no tiene importancia.

—¿Que no tiene importancia? Tú llevaste a Ellie al baile, y tenías el derecho y la obligación de acompañarla a casa. Tenías que haberle hecho tragarse unos cuantos dientes al fanfarrón de Kirby Rell.

Dave se puso serio.

—Llevo muy poco tiempo viviendo aquí, Johnny, y trato de estar bien con todo el mundo. No quiero que digan que soy un camorrista.

—A la gente de por aquí no le gusta Kirby Rell —le dije—. Nadie te hubiera reprochado el que le hubieses dado su merecido.

Dave volvió a sonreír.

—Creo que estás haciendo una montaña de un grano de arena, Johnny. Ellie me habló de Kirby y de lo que hubo entre ellos. Desde luego, ahora todo ha terminado, pero Ellie quiere mostrarse amable con él.

—No tiene por qué ser tan amable como lo está siendo —repliqué—. Tal vez anoche no estuvo tan mal que se dejara acompañar por Kirby, pero ¿sabes por qué no ha ido hoy a la iglesia contigo?

—Me ha dicho que Kirby deseaba que fuera a dar un paseo a caballo con

él.

—¿Y te has quedado tan fresco?

—Kirby no me preocupa, Johnny. Ellie sabe lo que siento por ella, y… —¿Se lo has dicho alguna vez?

Vi que Dave se removía en su asiento, visiblemente desconcertado. —Bueno, no se lo he dicho de un modo explícito, pero hay ciertas cosas

que una mujer sabe sin necesidad de que se las digan.

Me entraron ganas de decirle que, a pesar de todo, a una muchacha le gustaba oír todas aquellas cosas de labios del interesado, pero ya había hablado más de la cuenta, de modo que me callé. Pero esto no me impidió preguntarme cómo era posible que un hombre tan listo en otros aspectos pudiera ser tan tonto tratándose de mujeres.

Dave sonrió y dijo:

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—Todo irá bien, Johnny, ya lo verás.

Cuando me separé de Dave y regresé a casa, empecé a ensillar mi pinto, porque mis padres habían ido a cenar a casa de los Preston y me habían dicho que fuera allí. Pero me di cuenta de que nuestra casa estaba iluminada y entré en el vestíbulo. Alguien se movía en el piso, en la habitación de Ellie, concretamente.

Subí la escalera y me asomé a la habitación de mi hermana: la puerta estaba abierta y Ellie estaba metiendo ropa en una maleta.

—¿Qué estás haciendo, Ellie? —pregunté, un poco intranquilo.

—¿No lo ves? Preparando un pequeño equipaje —respondió, sin mirarme.

—¿Es que vas a marcharte? —insistí.

Ellie asintió y continuó con lo que estaba haciendo.

La contemplé en silencio unos instantes, y luego dije:

—No irás a marcharte con ese inútil de Kirby Rell, ¿verdad? Ellie puso algo en la maleta, sin decidirse aún a mirarme.

—Kirby y yo vamos a casarnos.

La noticia me dejó sin habla, y durante más de un minuto contemplé a mi hermana, con la boca abierta. Finalmente, conseguí balbucir:

—Estás bromeando, ¿no es cierto?

—No, Johnny, no bromeo. Kirby vendrá a buscarme dentro de un rato y nos marcharemos juntos.

—¿Adónde?

Ellie siguió metiendo cosas en la maleta, con cierto apresuramiento, como si quisiera terminar aquel trabajo antes de cambiar de idea.

—Vamos a casarnos en el pueblo, y luego me llevará a Denver. Nos alojaremos en el Brown Palace. Kirby dice que es el mejor hotel de la ciudad. Él ha estado allí muchas veces, y dice que hay cosas muy bonitas.

Me sentí más pequeño de lo que me había sentido en toda mi vida.

—Creí que tú y Dave…

Ella replicó vivamente:

—Dave no necesita una esposa. Está muy satisfecho de vivir solo y pasear con una muchacha, pero sin comprometerse.

—Estás equivocada —dije, desesperadamente—. Lo que ocurre es que Dave no ha conseguido reunir el valor suficiente para pedirte que te cases con él.

—Dave no me interesa —dijo Ellie obstinadamente—. No sé cómo pudo ocurrírseme empezar a salir con él. Siempre he querido a Kirby, pero no lo he sabido hasta que ha regresado.

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—Nunca serás feliz con ese sinvergüenza —dije—. Te llevará a Denver, y una vez allí te abandonará por alguna otra mujer, y entonces será demasiado tarde para recuperar a Dave.

—Vete, Johnny, y déjame sola —dijo Ellie, ahora en tono furioso—.

Tengo que hacer un montón de cosas antes de que llegue Kirby.

Permanecí allí unos instantes más, mirando a mi hermana y deseando prolongar la discusión, pero comprendí que sería inútil. A Ellie se le había metido una idea en la cabeza, y nada le lo que yo dijera podría convencerla de su error. Bajé la escalera, arrastrando un poco los pies, y cuando llegué al salón me senté y empecé a recordar lo unidos que habíamos estado Ellie y yo, y lo mucho que nos habíamos divertido juntos, cazando, pescando y nadando.

Ahora iba a marcharse y no volvería a verla nunca más. Pensé en acudir a Dave y contarle lo que sucedía, pero sabía lo que iba a decirme: entre Ellie y Kirby no había nada.

Sobre la repisa de la chimenea había el viejo revólver de papá. Al verlo, pensé que podía cogerlo y esperar que llegara Kirby. Esperar hasta que estuviera tan cerca de mí que no hubiera posibilidad de fallar el disparo. Kirby era una mala persona, y así dejaría de importunar a Ellie de una vez.

Había un montón de gente que se alegraría de la muerte de Kirby Rell… Me acerqué a la chimenea, cogí el revólver y lo sopesé en mi mano, y entonces me di cuenta de que no había crecido lo suficiente como para matar a un hombre, aunque se tratara de un gusano como Kirby.

En aquel momento oí sonar el reloj, recordándome que Kirby se presentaría de un momento a otro. Volví a dejar el revólver sobre la repisa, sintiendo aumentar mi desesperación a cada minuto que pasaba. Luego miré el revólver y recordé el que Dave tenía en su casa. Un revólver que él sabría utilizar si yo conseguía traerle aquí… Súbitamente, se me ocurrió una idea. Salí corriendo de casa, monté en el caballo de papá y me dirigí al galope a la casa de Dave.

Cuando llegué allí Dave se había asomado a la puerta y le miré a través de una nube de polvo.

—Dave —jadeé—. Tienes que hacerme un favor.

—¿Qué pasa, Johnny?

—Mi caballo —dije, tratando de aparecer muy disgustado—. Se ha caído y se ha roto una pata. No he podido traerlo para matarle, Dave, y papá no está en casa.

—No te preocupes, Johnny —dijo Dave amablemente—. Voy a buscar mi revólver.

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Entró en la casa y volvió a salir casi inmediatamente, ciñéndose el cinturón con el revólver mientras se dirigía apresuradamente al establo.

Cuando llegamos a mi casa, vi el carruaje en el patio, un carruaje que supuse que Kirby había alquilado en el pueblo. Por lo tanto, Kirby había llegado ya.

Sin prestar atención al carruaje, Dave dijo:

—¿Dónde está el pinto, Johnny?

Incliné la cabeza.

—Te he mentido, Dave. Lo he hecho para que cogieras tu revólver y vinieras aquí.

Pareció desconcertado.

—Dave —añadí—, Ellie está a punto de marcharse con Kirby. Ha venido a buscarla, y Ellie va a marcharse con él porque cree que tú no la quieres. Está equivocada, pero tienes que impedir que cometa esa locura.

Dave miró hacia la casa.

—No creí que la cosa fuera tan seria —murmuró—. Tenías razón, Johnny.

En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron Ellie y Kirby. Empezaron a cruzar el porche, y entonces nos vieron. Kirby dejó en el suelo las maletas que llevaba y, sin mirar a mi hermana, dijo:

—Ellie, adelántate y sube al carruaje.

Ellie vaciló, como si no supiera qué hacer. Miró a Dave, y vi que sus labios temblaban.

—Ellie —dijo Dave—, quédate donde estás.

Kirby avanzó unos pasos mientras su mano se mantenía peligrosamente cerca de la culata de su revólver.

—Mister —dijo—, se está buscando usted un disgusto.

Dave desmontó y echó a andar hacia Kirby, diciendo tranquilamente: —No es la primera vez que me enfrento con esta clase de disgustos. Kirby le miró entonces como si viera a alguien que la noche anterior le

había pasado inadvertido.

—Creo que no sabe usted quién soy —dijo Kirby, fanfarroneando, como tenía por costumbre.

—No me importa quién pueda ser —dijo Dave, mientras continuaba avanzando hacia Kirby, lentamente—. Eso no puede cambiar las cosas. Suba a ese carruaje y márchese de aquí, o dispóngase a utilizar ese bonito revólver que lleva al cinto.

Kirby tragó saliva. Tenía el rostro empapado en sudor. No podía reprocharle el que estuviera asustado, porque sabía que hasta entonces no se

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había enfrentado nunca a un hombre como Dave, un hombre frío, sereno y que no le temía a nada.

Durante un interminable minuto, Kirby vaciló, pero luego se encaminó hacia el carruaje y azuzó a los caballos con voz temblorosa.

Le vi alejarse, y supe que esta vez su partida era definitiva. —¡Estupendo, Dave! —exclamé, reventando de orgullo—. Le has quitado

el resuello del cuerpo, y no se atreverá a poner los pies aquí en lo que le resta de vida. Desde luego, estaba convencido de que reconocería a un verdadero pistolero en cuanto lo viera.

—No soy ningún pistolero, Johnny —dijo Dave, mirando a Ellie, que en aquel momento avanzaba hacia él—. Lamento decepcionarte, pero me he limitado a fingir que lo era, con la esperanza de engañar a Kirby.

—Pero, ese revólver…

—Perteneció a mi hermano, que resultó muerto hace algún tiempo en un tiroteo, en El Paso. Mi hermano sabía manejar perfectamente un revólver, pero yo no he disparado un solo tiro en toda mi vida.

Le miré con admiración.

—Bueno, confieso que también a mí has conseguido engañarme… —dije. Ellie había llegado ya junto a Dave, y se estuvieron mirando el uno al otro. Luego empezaron a hablarse apresuradamente y al mismo tiempo. Esto me hizo comprender que todo estaba arreglado. Sonreí, y me alejé

silenciosamente a fin de que pudieran estar solos.

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LA HERMANA PERDIDA

DOROTHY M. JOHNSON

NUESTRA casa estaba llena de mujeres que dominaban a mi tío Charlie y a veces me confundían con la bulla que armaban. Mi tío Charlie y yo éramos los únicos hombres de la familia. Yo tenía nueve años cuando llegó

otra mujer: tía Bessie, que hasta entonces vivió con los indios.

Cuando mi madre me habló de ella, no pude creerlo. Los pieles rojas habían matado a mi padre, un teniente de caballería, dos años antes. Yo les odiaba y sólo esperaba crecer un poco para luchar contra ellos. (Aunque, cuando fui mayor, los indios habían dejado de ser una amenaza).

—¿Por qué ha vivido con los salvajes? —pregunté.

—La capturaron cuando era una niña —dijo mamá—. Sólo tenía seis años. Y ahora va a regresar a casa.

Había tardado mucho tiempo en decidirse a regresar, pensé. Y así lo manifesté, prometiendo:

—Si algún día me raptan, no estaré con ellos tanto tiempo. Mamá me rodeó con sus brazos.

—No digas eso. Los indios no te raptarán. No te raptarán nunca.

Yo era el único vínculo de mamá con la familia de su marido. Mamá no era feliz con aquellas mujeres dominantes, mis tías Margaret, Hannah y Sabina, pero no quería regresar al Este, de donde procedía. Tío Charlie regentaba la tienda propiedad de mis tías, pero en realidad no era un miembro de la familia: sólo era el marido de tía Margaret. El único hombre que había pertenecido a la familia era mi padre, el hermano menor de las tías. Y yo pertenecía a la familia, y algún día la tienda sería mía. Mi madre se había quedado para proteger mis intereses.

Ninguna de las tres hermanas, mis tías, había visto nunca a tía Bessie. Los indios la capturaron antes de que ellas nacieran. Tía Mary la había conocido —tía Mary era dos años mayor que tía Bessie—, pero vivía a mil millas de distancia y su estado de salud no era muy bueno.

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No existía ningún retrato de la niña que se había convertido en una leyenda. Cuando la familia se estableció en el Oeste, tuvo que luchar duramente para alimentar y vestir a sus hijos, y no pudo permitirse el lujo de retratarlos.

Incluso después de que recibiéramos varias visitas de oficiales del ejército y de que llegaran varias cartas acerca de la liberación de tía Bessie, pasó bastante tiempo antes de que se presentara en casa. El mayor Harris, que había efectuado las negociaciones finales, advirtió a mis tías que tendrían problemas y que tía Bessie no se adaptaría fácilmente a la vida familiar.

Esto significó un reto para tía Margaret, que acogía los retos con los brazos abiertos.

—Por sus venas Corre nuestra sangre —declamó tía Margaret—. ¡Desde luego que se adaptará a la vida familiar! ¡Mi pobre y querida hermana Bessie, arrancada de su hogar hace cuarenta años!

El mayor no era un diplomático, precisamente.

—Ha pasado todos estos años con los salvajes —insistió—. Y no era más que una niña cuando se la llevaron. Yo no la he visto, pero es razonable suponer que tendrá todo el aspecto de una squaw.

Mi tía Margaret se puso en pie para indicar que la entrevista había terminado.

—Mayor Harris —dijo, en tono solemne—, no puedo permitir que en mi presencia se critique a mi querida hermana. Vivirá en mi casa, y si antes de un mes no recibo un comunicado oficial de que va a venir, tomaré medidas.

Tía Bessie llegó antes de que transcurriera el mes.

En casa, las tías estaban inmersas en un mar de preparativos. Andaban de un lado para otro, barrían, fregaban y pulían. Me trasladaron de mi habitación a la de mi madre: tal como ella les había pedido, porque mi sueño se veía turbado por continuas pesadillas. Prepararon mi antigua habitación para tía Bessie, con muchas pequeñas comodidades: tapetitos nuevos en todas partes, horquillas, una jarra y una palangana relucientes, las mejores toallas, y dos camisones de dormir por si los suyos estaban usados. (La verdad es que tía Bessie no tenía ninguno).

—Tal vez debiéramos comprarle algún vestido —sugirió tía Hannah—.

No sabemos lo que traerá.

—Ni sabemos tampoco sus medidas —objetó Margaret—. Ya tendrá tiempo para ir de compras después de descansar un par de días. Así podrá comprarse lo que más le guste.

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Las damas del pueblo acudían casi cada tarde a revisar los preparativos. Margaret les prometió que, en cuanto Bessie se hubiera recobrado suficientemente de la impresión, las invitaría a todas a tomar el té. Margaret advertía continuamente a sus ansiosas hermanas:

—Al principio, niñas, no debemos hacerle demasiadas preguntas. Tendrá que descansar una temporada. Ha pasado por una terrible experiencia.

Realmente, Bessie había pasado por una terrible experiencia, pero no era la que sus hermanas pensaban. La experiencia que estaba sufriendo, cuando llegó, era la de haber sido arrancada a su gente, los indios, y entregada a unos extranjeros. No la habían liberado: la habían hecho cautiva.

Tía Bessie llegó con el mayor Harris y un intérprete, un mestizo de pelo negro y grasiento que le colgaba hasta los hombros. Llevaba algunas prendas del ejército, pero su aspecto era el de un salvaje. Tía Margaret abrió la puerta de par en par cuando les vio llegar. Salió corriendo de la casa, seguida de sus hermanas, mientras mamá y yo mirábamos desde una ventana. Los brazos de Margaret estaban extendidos, pero cuando vio a la mujer más de cerca, los dejó caer, y el alegre grito de bienvenida murió en sus labios.

Mi tía Bessie, que había sido una india durante cuarenta años, se detuvo con aire vacilante, indefensa entre sus captores.

Sus hermanas la habían descrito a menudo. Y no es que la hubieran visto nunca pero la niña cautiva se había convertido en una leyenda. Decían que tenía unos hermosos rizos rubios, y unos maravillosos ojos azules: una niña de ensueño, un ángel al que sólo le faltaban las alas.

La Bessie que regresó era una mujer envejecida, calzada con mocasines y embutida en un vestido de color oscuro que comprimía su obeso cuerpo. Llevaba el pelo muy corto, ya que al ser separada de los indios le habían cortado las largas trenzas para librarla de los piojos.

Tía Margaret se recobró de la sorpresa y en vez de abrazar a aquella silenciosa y estólida mujer, se limitó a darle unos golpecitos en el brazo y a exclamar:

—Mi querida Bessie, soy tu hermana Margaret. Y éstas son nuestras hermanas Hannah y Sabina. Espero que no estés demasiado cansada de tu viaje.

Tía Margaret era todo afabilidad, porque le habían asegurado más allá de toda posible duda de que aquella mujer era realmente un miembro de la familia. Por lo visto, creía —tía Margaret era capaz de creer cualquier cosa— que lo único que Bessie necesitaba era echarse un buen sueño y lavarse la cara. Luego se mostraría tan locuaz como cualquiera de ellas.

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Las otras tías eran rápidas de movimientos y agudas de lengua. Pero Bessie se movía como si sus penas fueran una pesada carga sobre sus encorvados hombros, y cuando hablaba brevemente, contestando al intérprete, no se le entendía una sola palabra.

Tía Margaret ignoró aquellos detalles. Acompañó al grupo al saloncito de la parte delantera de la casa… incluso al intérprete, cuando se enteró de que no podía prescindir de él. Desde luego, le hubiera planteado un conflicto al mayor acerca de aquel mestizo, pero tenía mucha prisa por hablar con su hermana perdida.

—No podrá usted conversar con ella a menos que el intérprete esté presente —dijo el mayor. Y se apresuró a añadir—: Tenga en cuenta que su hermana ha olvidado por completo el inglés.

Tía Margaret miró al intérprete mestizo con el ceño fruncido y le permitió entrar. Se volvió hacia Bessie:

—Siéntate, querida.

El intérprete murmuró unas palabras, y mi tía india se sentó cautamente en una silla de enea. Durante la mayor parte de su existencia había vivido con la gente que se sienta cómodamente en el suelo.

La entrevista fue breve. A Bessie ya le habían dado instrucciones antes de llegar, pero el mayor Harris tenía unas cuantas advertencias para la familia.

—Técnicamente, su hermana es todavía una prisionera —explicó, ignorando la exclamación de horror de Margaret—. Quedará bajo su custodia. Puede pasear por el interior de su patio, pero no debe salir de aquí sin autorización oficial.

»Mrs. Raleigh —prosiguió—, ésta será una pesada carga para ustedes. Pero a su hermana le han sido comunicadas estas restricciones, y se ha declarado dispuesta a aceptarlas. No creo que les acarree ningún problema el tenerla aquí. —El mayor Harris vaciló, recordó que era un soldado y un hombre valiente, y añadió—: Si lo creyera, no la hubiera traído.

Bessie sabía, desde luego, que ésta era su perdida familia blanca, pero no parecía importarle. Estaba infinitamente triste, infinitamente trastornada. Hizo una sola pregunta: «¿Ma-ry?», y tía Margaret casi lloró de alegría.

—Mary vive muy lejos de aquí —explicó—, y su estado de salud no es muy bueno, pero vendrá en cuanto le sea posible. ¡Querida hermana Mary!

El intérprete tradujo aquellas palabras, y Bessie no dijo nada más. La única palabra comprensible que pronunció en nuestra casa fue el nombre de su hermana mayor.

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Cuando las tías acompañaron a Bessie a su habitación, una de ellas preguntó:

—Pero ¿dónde están sus cosas?

Bessie no tenía nada, ningún equipaje. Lo único que poseía eran las ropas que llevaba puestas. Mientras las hermanas se afanaban en arreglar el cuarto para que estuviera más cómoda, Bessie permaneció en pie, silenciosa y vigilante. Ésta era su prisión. Muy bien, la soportaría.

—Tal vez mañana podamos llevarla a la tienda y ver qué es lo que le gusta —sugirió tía Hannah.

—No hay prisa —declaró tía Margaret, pensativamente.

Estaba haciéndose a la idea de que esta hermana iba a representar un problema. Pero no creo que tía Margaret renunciara a la esperanza de que algún día Bessie cambiara de actitud, dando fin a su obstinado silencio, y empezara a relatarles, en el saloncito, ante una taza de té, los acontecimientos de su vida entre los salvajes.

Mi tía india se acostumbró, finalmente, a sentarse en una silla, en su habitación. Rara vez salía, lo cual era un alivio para sus hermanas. Prefería permanecer, hora tras hora, mirando a través de la ventana, la cual no estaba nunca abierta del todo, a pesar de los esfuerzos de tío Charlie. Y siempre llevaba mocasines. Nunca quiso ponerse zapatos, aunque parecía considerar como un tesoro los que le traían de la tienda.

Desde luego, las tías no dejaron de ir de compras por ella. Le trajeron un par de vestidos, y al decirle, con expresivos gestos, que se pusiera uno de ellos, obedeció.

Cuando descubrí que solía permanecer en la ventana, mirando hacia las montañas azules a través de la llanura, me dediqué a jugar en el patio, a fin de poderla ver. Nunca me sonrió, como cabía esperar de una tía, pero a veces me contemplaba pensativamente, como si me estuviera sospesando. Para atraer su atención, me bastaba con realizar alguna hazaña atlética, como andar cabeza abajo sobre mis manos, por ejemplo. Por algún motivo ignorado, esa clase de proezas merecían su estima.

No cambiaba a menudo de expresión, pero un par de veces la vi fruncir el ceño con aire de desaprobación. Una vez fue cuando una de las tías me dio un bofetón. Me lo merecía, pero los indios no castigan a los niños dándoles bofetones. Supongo que a tía Bessie le desconcertaban muchas de las cosas que hacían los blancos. La otra vez fue cuando contesté a alguien con infantil insolencia… y en aquella ocasión el ceño fruncido estuvo dedicado a mí.

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Las hermanas y mi madre se turnaban, como era su obligación de cristianas, para visitarla media hora cada día. Después de hacerlo una vez, Bessie no volvió a comer en la mesa con nosotros.

La primera vez que le tocó el turno a mi madre, trató de eludirlo.

—Temo que voy a echarme a llorar delante de ella —arguyó.

Pero tía Margaret insistió.

Yo estaba acechando en el vestíbulo cuando mamá entró en la habitación. Bessie dijo algo, y luego lo repitió, imperiosamente, hasta que mi madre intuyó lo que deseaba. Me llamó y me rodeó los hombros con su brazo mientras yo permanecía en pie al lado de su silla. Tía Bessie asintió, y eso fue todo.

Mas tarde, mi madre dijo:

—Tía Bessie te quiere. Y yo también.

Y me besó.

—Pues a mi no me gusta tía Bessie —repliqué—. Es muy rara.

—Está envejecida y se siente muy triste —me explicó mi madre—. Tuvo un chiquillo como tú, ¿sabes?

—¿Qué le sucedió?

—Creció y se convirtió en un guerrero. Supongo que tía Bessie estaba orgullosa de él. Ahora, el ejército lo tiene preso en alguna parte. Era un hombre peligroso.

Era realmente un hombre peligroso, y un hombre orgulloso, un jefe, un ave de presa cuyas alas había cortado el ejército después de varios años de intentarlo.

Sin embargo, mi madre y mi tía india tenían aquello en común: las dos eran madres. Las otras tías no tenían hijos.

El tratar de obtener una fotografía de tía Bessie creó otro grave problema. Las tías, que trataban obstinada y valientemente de convertirla en un verdadero miembro de la familia, deseaban un retrato suyo para el álbum familiar. El Gobierno deseaba también uno, por algún motivo ignorado. Tal vez alguien se había dado cuenta de que al rescatar a la niña cautiva se había producido un acontecimiento de importancia histórica.

El mayor Harris envió a un joven teniente con el intérprete de pelo grasiento para discutir el asunto. Margaret, previsoramente, había puesto una toalla limpia sobre la silla que debía ocupar este último. Bessie habló muy poco durante aquella reunión, y desde luego nosotros sólo nos enteramos de lo que el mestizo dijo que ella decía.

No, no quería dejarse retratar. No.

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—Pero, su hijo se había dejado retratar. ¿Quería ver la fotografía de su hijo? La tentaron con aquel ofrecimiento, y ella asintió.

—Si le dejamos ver la fotografía de su hijo, ¿podremos obtener la suya? Ella asintió, no muy convencida. Luego exigió más de lo que le habían

ofrecido: si le permitían quedarse con la fotografía de su hijo, podían sacarle una a ella.

No, sólo podía mirarla. Tenían que conservar el retrato de su hijo. Les pertenecía a ellos.

Mi tía india siguió regateando. Se encogió de hombros y habló, y el intérprete dijo:

—No quiere mirarla. Quiere quedársela, o nada.

Mi madre se estremeció, comprendiendo lo que las tías no podían entender de aquel regateo: tía Bessie lo quería todo, o nada.

Bessie ganó. Tal vez ya habían previsto que ganara. Le permitieron quedarse con la fotografía de su hijo. Una fotografía que ha aparecido muchas veces en los libros de historia: el jefe de sangre blanca, el valiente caudillo que no fue lo bastante grande para mantener libre a su pueblo indio.

La fotografía había sido tomada después de su captura, aunque nadie lo hubiera sospechado. La cabeza erguida, los ojos que miran con audacia pero no con desdén, su largo pelo cuidadosamente trenzados, y unas manos que empuñan la pipa como un cetro real.

Aquella fotografía del guerrero cautivo pero inconquistado me impresionó profundamente. Recordándole, empecé a dominar mi temperamento y mi lengua, a cultivar la reserva a medida que me hacía mayor, y a mirar con altivez pero sin desdén a la gente que me molestaba o me ofendía. Nunca llegué a conocerle, pero en lo más íntimo de mi corazón me sentía orgulloso de él: Cabeza de Águila, mi primo indio.

Bessie guardaba el retrato en el cajón de su tocador cuando no lo tenía en sus manos. Y una mañana temprano, cuando las calles estaban despobladas de posibles curiosos, se dejó conducir por tía Margaret, como una niña dócil y silenciosa, al estudio del fotógrafo.

El retrato de Bessie no inspira orgullo, sino lástima. Un rostro inexpresivo, sin la menor emoción, sin el menor desafío: el rostro de una mujer envejecida, con el pelo muy corto, toda resignación y paciencia. Las tías pusieron una copia en el álbum familiar.

Pero estaban llegando al final de sus fuerzas. La tía india era una especie de fantasma en la casa. No hacía nada, porque no había nada que pudiera hacer. Sus manos habían sido adiestradas para trabajos de squaw: descuartizar

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animales y secar y curtir pieles, confeccionar tiendas y adornar con cuentas las ropas de ceremonia. Unas labores inútiles en un hogar civilizado. Ni siquiera cosía cuando mi madre le proporcionaba tela, hilo y agujas. Guardaba los avíos de coser al lado del retrato de su hijo.

Comía (en su habitación), dormía (en el suelo) y miraba a través de la ventana. Eso era todo, y no podía continuar. Pero tenía que continuar, al menos hasta que tía Mary mejorara lo suficiente como para poder viajar. Tía Mary, que era su hermana mayor, la única a la que habían conocido cuando eran niñas.

Las obligadas visitas de las hermanas a tía Bessie fueron perdiendo categoría de visita y ganando categoría de obligación. Se convirtieron en una rutina. Margaret había cargado con la responsabilidad de hacer hablar a Bessie. De hacerla hablar, no de enseñarle a hablar. Estaba firmemente convencida de que su obstinada y desdichada hermana sólo necesitaba el estímulo de una persona enérgica. De modo que se dirigía a tía Bessie en tono imperioso, como si se dirigiera a una niña:

—¡Otra vez mirando a través de la ventana! ¿Qué es lo que puedes ver allí, querida? ¿Los pájaros? ¿Estás mirando los pájaros? ¿Por qué no intentas coser? También podrías pasear un poco por el patio… ¿No te gustaría salir a dar un paseo?

Bessie escuchaba y parpadeaba.

Margaret podía comprender que una mujer india no fuera capaz de conversar en un idioma civilizado, pero su propia hermana no era una india. Bessie era blanca, y por lo tanto tenía que hablar el idioma que hablaban sus hermanas: el idioma que no había oído desde que era una niña.

Hannah hablaba también con Bessie, pero se alegraba de no obtener respuesta y de no ser interrumpida. Cuando le tocaba el turno de sentarse al lado de Bessie, se inclinaba sobre su bordado y soltaba el interminable chorro de sus cuitas. Bessie permanecía todo el tiempo mirando a través de la ventana.

Sabina, que tenía también muchas cuitas, la mayoría de ellas provocadas por Margaret y Hannah, entraba como una mártir, empuñando su Biblia, y leía en voz alta hasta que había transcurrido el tiempo de la visita.

Al cabo de varias semanas llegó tía Mary, pálida y temblorosa y agotada a causa de su enfermedad y del duro y largo viaje. Las hermanas trataron de conseguir que viniera el intérprete sin resultado (el fracaso le sentó muy mal a tía Margaret). Advirtieron a tía Mary, cuando hubo descansado, para que la

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impresión de ver a Bessie no fuera demasiado terrible. Fui testigo del encuentro de aquellas dos mujeres.

Margaret se acercó a la puerta de la habitación de tía Bessie y explicó volublemente quién había llegado, un infructuoso pero valeroso intento. Luego se hizo a un lado y tía Mary entró en la habitación, con los brazos abiertos.

—¡Bessie! ¡Querida hermana! —exclamó.

Tras una breve vacilación, Bessie cayó en sus brazos y Mary besó las mejillas curtidas por el sol.

Bessie habló.

—Ma-ry —dijo—. Ma-ry.

Se quedó en pie, con los ojos llenos de lágrimas y los labios balbuciendo palabras de sufrimiento y de temor —y también de alegría y de triunfo—, a la hermana que podía legítimamente oírlas y comprenderlas.

Pero la única palabra inglesa que Bessie recordaba era «Mary», y no se había preocupado de aprender otras. Se dirigió al tocador, tomó el retrato de su hijo en sus manos endurecidas por el trabajo, reverentemente, y lo alzó de modo que su hermana pudiera verlo. Sus ojos tenían una expresión suplicante.

Mary contempló el rostro sereno y noble de su sobrino mestizo, y dijo lo más conveniente:

—¡Vaya! ¡Es guapo de veras! —Inclinó la cabeza a un lado, y luego al otro—. Un chico estupendo, hermana —aprobó—. Debes de estar… —se interrumpió, pero terminó la frase— terriblemente orgullosa de él, querida.

Bessie comprendió el tono, si no las palabras. El tono era de admiración. Su hijo era aceptado por la hermana que a ella le importaba. Bessie miró el retrato y asintió, murmurando. Luego volvió a meterlo en el cajón.

Tía Mary no trató de hacer hablar a Bessie. Se sentaba a su lado todos los días durante horas enteras, y Bessie habló… pero no en inglés. Permanecían sentadas, cogidas de las manos para consolarse mutuamente, mientras la niña cautiva crecía y se convertía en madre, y luego en abuela, a través de la narración de lo que había sucedido en cuarenta años. Tía Mary decía que eso era lo que Bessie le estaba contando. Pero no comprendía una sola palabra del relato… ni necesitaba comprenderlo.

—Tiene tiempo de sobra para volver a aprender el inglés —dijo tía Mary

—. Creo que entiende más de lo que deja suponer. Le he preguntado si le gustaría venir a vivir conmigo, y ha asentido. Tenemos el resto de nuestras vidas para que aprenda inglés. Pero lo que me ha estado contando no podía esperar. Cosas acerca de su vida, y de su hijo.

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—¿Estás segura, querida Mary, de que podrás cargar con la responsabilidad de tenerla en tu casa? —preguntó Margaret por pura fórmula, sin duda temblando de miedo ante la posibilidad de una respuesta negativa—. Creo que será más feliz contigo, aunque nosotras hemos hecho todo lo que hemos podido.

Margaret y sus hermanas serían más felices si Bessie estuviera en alguna otra parte. Y dio la casualidad de que al Gobierno de los Estados Unidos le sucedía lo mismo.

El mayor Harris se presentó con el intérprete para discutir los detalles, y le dijeron a Bessie que podía marcharse, si lo deseaba, a vivir con Mary a mil millas de distancia. Bessie se mostró paciente y casi amable. Habló con el intérprete mucho más de lo que había hablado en las anteriores ocasiones. El intérprete le respondió con la misma amplitud, y luego explicó a los otros que Bessie quería saber cómo iban a viajar Mary y ella hasta aquella lejana región. Resultaba difícil, dijo, que comprendiera lo que significaba una distancia de mil millas.

Posteriormente, supimos que el intérprete y Bessie habían hablado de otras cosas.

A la mañana siguiente, cuando Sabina llevó el desayuno a la habitación de Bessie, oímos un grito. Subimos corriendo, y encontramos a Sabina con la bandeja del desayuno en la mano, repitiendo una y otra vez:

—¡Se ha escapado por la ventana! ¡Se ha escapado por la ventana!

En efecto, la ventana estaba abierta de par en par. Y la fotografía del hijo de Bessie había desaparecido del cajón del tocador. No faltaba nada más, a excepción del vestido que Bessie llevaba puesto el día que llegó.

Mi tío Charlie no desayunó aquella mañana. Obedeciendo las imperiosas órdenes de Margaret, saltó sobre un caballo y galopó hacia la oficina de telégrafos.

Antes de que el mayor Harris se presentara con media docena de soldados de caballería, unos exploradores civiles salieron en busca de Bessie. Eran unos expertos rastreadores. Sus vidas habían dependido, en diversas ocasiones, de su capacidad para leer el significado de una piedra cambiada de posición, de un tallo roto, de una hoja aplastada. Descubrieron que Bessie se había encaminado hacia el sur. Siguieron su rastro por espacio de diez millas y entonces perdieron el rastro, porque Bessie era tan hábil como ellos. Su vida había dependido en más de una ocasión de no dejar ninguna piedra, ningún tallo ni ninguna hoja que señalara su paso. Al principio viajó rápidamente.

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Luego, disponiendo de tiempo para mostrarse cuidadosa, eludió a los perseguidores que sabía habían de llegar.

Las tías estaban abrumadas de pena —al menos tía Mary— y abrumadas de humillación por lo que tía Bessie había hecho. En la casa, las persianas estaban echadas y todo el mundo hablaba en voz baja. Nos habían compadecido a causa de la trágica locura de Bessie. Pero ahora éramos unos traidores, porque habíamos permitido que se escapara.

Tía Mary murmuraba sin cesar:

—¡Oh! ¿Por qué habrá hecho eso, Dios mío? ¡Creí que se alegraba de venir a vivir conmigo!

Las otras decían que tal vez era lo mejor que podía haber sucedido. Tía Margaret declaró:

—Bessie ha vuelto a los suyos.

Eso era lo que creían, lo mismo que el mayor Harris.

Mi madre me dijo por qué se había marchado.

—¿Te acuerdas de aquel retrato que tenía del jefe indio, su hijo? Se fugó de la prisión. Y ahora creen que Bessie se dirige al lugar donde está oculto. Por eso la buscan con tanto ahínco. Creen —explicó mi madre— que se enteró de la fuga de su hijo antes que ellos. Creen que se lo dijo el intérprete cuando estuvo aquí. No pudo saberlo por otro conducto.

Batieron los montes en dirección al sur en busca de Cabeza de Águila y de Bessie. A ella no la encontraron nunca, y a él lo encontraron al cabo de un año, muy al norte. Pero esta vez no pudieron capturarle. Murió luchando.

Cuando me hice hombre pasé a regentar la tienda familiar, con una aversión cada vez mayor a la profesión de tendero. Cuando fui libre para venderla, lo hice, y compré un pequeño rancho para criar ganado. Y un día, cabalgando por un cañón detrás de unos novillos extraviados, encontré —creo

— a tía Bessie. Me acompañaba un vaquero que trabajaba para mí, y de no ser por esta circunstancia no hubiera permitido que nadie se enterara nunca.

Encontramos unos huesos medio calcinados cerca de un pequeño manantial. Unos huesos humanos.

—Algún buscador de oro —sugirió mi acompañante.

Lo mismo pensé hasta que encontré, debajo de un tronco caído, unos harapos de tela que habían pertenecido a un vestido de mujer, de color negro. Y envuelto en ellos había algo que en otros tiempos pudo haber sido una fotografía.

El hombre que me acompañaba era joven, pero había oído la historia de la niña cautiva. En realidad, me había estado hablando de ella. En los últimos

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años, la historia se había enriquecido con algunos detalles que me sorprendieron. Tía Bessie había vuelto a convertirse en una belleza angelical, aunque triste y silenciosa. Bueno, triste y silenciosa lo era, desde luego.

Traté de volver a ocultar los harapos debajo del tronco, pero mi compañero los había visto ya.

—¡Eso no es una camisa! —exclamó—. ¡Es un vestido! ¡Los huesos no son de un buscador de oro… son de una mujer! —Hizo una pausa y luego añadió—: ¡Apostaría a que era su tía india!

Fruncí el ceño y murmuré:

—¡Tonterías!

Pero él insistió:

—Si fuera mi tía —declaró—, la enterraría en el panteón familiar. Dejamos los huesos allí, en el cañón, donde habían permanecido por

espacio de cuarenta años, si es que eran los de tía Bessie. Y yo creo que lo eran. Pero no quise convertirla de nuevo en cautiva. Tía Bessie está en el álbum familiar. No necesita estar en el panteón familiar.

Nadie puede demostrar que mis suposiciones acerca de los motivos que la impulsaron a abandonarnos son erróneas. En ningún momento trató de reunirse con su hijo en su escondite. Huyó en dirección contraria, para despistar a los perseguidores.

Lo que le sucedió en aquel cañón no es de mi incumbencia, ni de la de nadie. Mi tía Bessie consiguió lo que se proponía. Lo que importaba no era su vida, sino la de su hijo. Y ella ganó para Cabeza de Águila un año más de existencia.

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CONCIENCIA DE ASESINO

STEPHEN PAYNE

PARA un chico de catorce años, resulta muy duro tener a su padre encerrado en la penitenciaría. Y resulta todavía más duro para la madre del chico. Mamá y mi hermano mayor, Tom, estaban convencidos de que

papá no asesinó de un tiro a Claude, el hijo de Floyd Emmett. Pero las pruebas circunstanciales le bastaron a Emmett, propietario del rancho Slash 4, para conseguir que a papá le condenaran a cadena perpetua.

Antes y después del juicio, celebrado en Winblow, Emmett dijo que iba a expulsar al resto de la familia Haines de nuestro rancho TH. Pero pasó el invierno sin que sus amenazas tomaran cuerpo.

Tom llevaba a pacer a nuestras trescientas cabezas de ganado —sólo recogíamos heno para alimentar a los terneros más débiles—, en tanto que mamá y yo cuidábamos del rancho. A menudo me despertaba por la noche, y oía a mamá andar por la casa, y sabía que ella se sentía tan extraña, tan perdida y tan sola sin papá como yo mismo. Incluso más sola. Pero conservaba el fuego de la esperanza, diciendo:

—Algún día, el hombre que mató a Claude Emmett regresará. Su conciencia no le dejará reposar hasta que reivindique a vuestro padre.

Cuando Tom estaba con mamá, fingía participar de aquella esperanza, pero cuando yo le preguntaba lo que realmente pensaba, decía:

—De ilusión también se vive; y mamá vive de ilusión. Pero nadie pone el cuello voluntariamente en un nudo corredizo.

Las tareas de primavera nos mantuvieron tan ocupados a todos, que casi había transcurrido el mes de mayo antes de que se me ofreciera la ocasión de ir a pescar. Una mañana, después de desayunar, cogí la caña de papá y me fui al establo, donde Tom se encontraba ya ensillando su caballo.

—¿Vas a verla hoy? —le pregunté, colocando mi vieja silla sobre «Dozey».

Tom me miró de soslayo.

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—Preocúpate sólo de tus asuntos, Dan. Y recuerda que en boca cerrada no entran moscas.

—Susceptible como una serpiente a la que pisan la cola —dije, contemplándole mientras se dirigía hacia el oeste a través de las verdes colinas.

Vagamente, me pregunté si llegaría a convertirme en un joven tan apuesto como Tom… No era de extrañar que a Nina Frazier le gustara.

Pero Nina era huérfana, y sobrina de Floyd Emmett, que ejercía con ella las funciones de tutor. Y si les sorprendía juntos… Por unos instantes casi odié a Tom, pensando que mamá se desvivía por evitar nuevos conflictos, en tanto que él parecía buscarlos.

Con la caña de pescar y un bote de lombrices, cabalgué hacia el norte, en dirección al río Winblow, que se encontraba a una milla de distancia de nuestro rancho. Pero, cuando llegué allí, vi que el río bajaba muy crecido, como consecuencia del deshielo. Debí suponer que dos semanas de buen tiempo convertirían en agua la nieve de las montañas. Era inútil tratar de pescar.

Pero, al mirar hacia Winblow, que se encontraba a diez millas de distancia, olvidé mi decepción, ya que un jinete estaba obligando a su montura a meterse en el río, para cruzarlo hasta la orilla en que yo me hallaba. El miedo me dejó frío, pero obligué a «Dozey» a acercarse a la orilla, aullando:

—¡No intente cruzar por aquí! ¡Dos millas al norte hay un vado!

Si el hombre me oyó, mi advertencia no le detuvo. Su caballo nadó vigorosamente hasta llegar al centro de la corriente, y entonces… ¡Oh, Dios mío! Un tronco flotante le golpeó en la cabeza, y el animal se hundió en el agua para reaparecer unos momentos después varios metros más al sur. Comprendí que el caballo estaba perdido, pero el jinete nadaba hacia mí. Preparé mi lazo y galopé a lo largo de la orilla, pensando: «Papá se echaría al agua y le agarraría. Yo no puedo hacerlo, pero puedo obligar a “Dozey” a meterse en el agua».

El hombre se hundió, y perdí toda esperanza. Pero reapareció de nuevo, y con «Dozey» hundido en el agua hasta el pecho, pude acercarme lo suficiente para arrojarle al hombre mi lazo. Se agarró al extremo de la cuerda con su mano izquierda, mientras «Dozey» le arrastraba hasta la orilla.

Estaba tratando de hacer algo para que vomitara el agua que había tragado, cuando el hombre tosió y dio media vuelta sobre sí mismo. Entonces vi que tenía el brazo derecho inutilizado. Llevaba un pañuelo de hierbas

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anudado fuertemente, cerca del hombro, pero la manga de la camisa estaba empapada en sangre fresca, y del costado le manaba también la sangre de otra herida.

Era un tipo larguirucho, que tendría de cuarenta a cincuenta años, de nariz aguileña, ojos inyectados en sangre y pelo color de arena… a excepción de un mechón blanco como la nieve alrededor de una cicatriz muy profunda encima de la oreja izquierda.

Entre vómitos y espasmos de tos murmuró:

—Gracias, muchacho. Sácame… de la vista… de… la otra orilla… del

río.

Entonces comprendí por qué había cruzado el río por aquel lugar, a pesar del peligro que representaba. ¡Le estaban persiguiendo!

—No se ve a nadie por allí —le dije—. Si puede usted montar en mi caballo, le llevará a casa. Mamá le curará las heridas. Son de bala, ¿verdad?

—Sí. —El hombre hizo una mueca—. ¿Dices que tu madre me curará? No lo hará, si sabe que soy Rufe Morgan.

El nombre no significaba nada para mí.

—¡Desde luego que lo hará! —exclamé calurosamente—. Es una mujer muy valiente. No le asustará la sangre, ni el hecho de que sea usted un fugitivo. Somos la familia Haines.

Los fríos ojos azules de Morgan se abrieron, asombrados.

—¿La familia Haines del rancho TH?

Asentí, y el hombre añadió:

—De modo que seguía la dirección correcta… Vamos…

Llevar a Rufe Morgan a nuestra casa fue la tarea más difícil con que me había enfrentado hasta entonces. No podía trepar hasta la silla de «Dozey», y yo no era lo bastante fuerte para subirle hasta ella. Pero Rufe se las arregló para agarrarse al pomo de la silla con su mano izquierda, mientras yo le sostenía por el lado derecho.

Cuando llegamos a una distancia de trescientos o cuatrocientos metros del rancho, empecé a gritar, llamando a mamá, y ella salió corriendo en mi ayuda. Morgan la miró con interés: una mujer robusta, vigorosa, que calzaba botas altas y llevaba una falda corta de pana y una chaqueta de cuero, con el pelo todavía negro y sedoso y un rostro agradable de recordar. De recordar por su paciencia, su bondad y su optimismo.

—Su hijo me sacó del río —explicó Morgan—. Pero debo advertirle que me persiguen, y no quisiera plantearles ningún problema con…

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Mamá le interrumpió cogiéndole en brazos y transportándole a su propio dormitorio.

—Aviva el fuego de la cocina, Danny —me dijo—. Necesitaré agua caliente para lavarle las heridas. Entretanto, voy a desvestirle.

La ayudé a tirar de las botas de Rufe, contraídas por la humedad, y de una de ellas cayó un paquetito envuelto en un trozo de tela arrancado de un impermeable amarillo.

La herida del costado era una simple rozadura, pero tenía el brazo roto entre el codo y el hombro. Mamá limpió las dos heridas y le entablilló el brazo. Finalmente, sostuvo la cabeza de Morgan para hacerle tragar varias cucharadas de caldo.

Mamá estaba poniendo a secar las ropas de Rufe cuando la curiosidad me hizo abrir el paquetito que había encontrado en su bota. Era un recorte de periódico, de modo que llamé a mamá y leí:

«La tragedia se ha abatido sobre la familia Haines, cuya fotografía ofrecemos a nuestros lectores. Mrs. Ruby Haines, Tom Haines, de veintiún años, y Daniel, de trece. El marido y padre, William Haines, ha sido declarado culpable de asesinato y condenado a cadena perpetua».

Mi madre me miró.

—¿Por qué llevará ese recorte? —preguntó, en tono excitado—. Danny, tal vez su conciencia…

—Me dijo que se llamaba Rufe Morgan —expliqué—, y al parecer trataba de encontrar nuestro rancho, mamá.

—¿De veras? Danny, si se presentan sus perseguidores, no vamos a hablarles de Rufe Morgan… Lee el resto del recorte.

Continué:

«Durante varios años, no hubo la menor simpatía entre Bill Haines, propietario del rancho TH, en los alrededores de Winblow, y Floyd Emmett, del Slash 4, un viudo con un solo hijo, Claude. Entre los dos agresivos hombres se produjo una pelea a puñetazos cuando Haines acusó a Emmett de maltratar a su sobrina, una muchacha huérfana llamada Nina Frazier.

»Haines dijo:

»—Has robado el ganado de Nina y todo lo que sus padres le dejaron al morir. Y ahora la tienes encerrada en el Slash 4,

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para que nadie pueda ayudarla.

»En la pelea que siguió a estas palabras, Haines vapuleó a Emmett.

»La enemistad alcanzó su punto culminante un año más tarde, cuando la tragedia se abatió sobre Claude Emmett. Era un hecho sabido que Claude pasaba largas temporadas fuera de casa, a veces meses enteros, y se rumoreaba que sus actividades podían haber interesado al sheriff Lennister, aunque esto no pasa de ser un rumor.

»El pasado mes de octubre, Claude regresaba de una de sus correrías, con dinero en el bolsillo; dinero que derrocharía en Winblow, bebiendo y jugando.

»Pero Claude juró que no estaba en la ciudad la noche en que Bill Haines, que no desaprovechaba la ocasión de correrse una juerguecita de cuando en cuando, ganó trescientos dólares en una partida de póquer en el Place Bar.

»Haines pretende que, cuando se encaminaba al establo donde tenía encerrado su caballo, un hombre enmascarado le robó el dinero, amenazándole con un revólver.

»Dos días más tarde, Haines volvió a la ciudad. Allí estaba también Claude Emmett. Después de examinar algunos de los billetes que Claude estaba gastando, Haines acusó al hijo de Emmett de ser el ladrón que le había atracado.

»El sheriff Lennister, alegando que Haines no tenía ninguna prueba de lo que afirmaba, se negó a intervenir, y en la lucha que siguió Claude estuvo a punto de matar a Bill Haines.

»Dos semanas después, encontrándose en el campo, tres vaqueros del Slash 4, dos rancheros y Floyd Emmett, oyeron un disparo. Unos instantes más tarde encontraron a Haines, con un rifle que había sido disparado recientemente, inclinado sobre el cadáver de Claude Emmett. A Claude le habían disparado por la espalda, arrojándole del caballo que montaba. La bala le había traspasado de parte a parte, perdiéndose para siempre.

»Haines declaró que iba a caballo, solo, y que oyó un disparo. Subió a una pequeña loma y desde allí vio a un caballo que galopaba sin jinete y a un hombre caído en el suelo.

»Haines afirma que desenfundó su rifle porque el asunto le dio mala espina y quería ponerse al abrigo de cualquier

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sorpresa. Naturalmente, se dirigió hacia el lugar donde se encontraba el caído, para ver si podía hacer algo por él.

»¿Si había disparado su rifle? Sí, unos momentos antes disparó contra un coyote, fallando el tiro… No, no había asesinado a Claude Emmett. Tenía que haber sido un desconocido forajido.

»Pero el sheriff Lennister no pudo encontrar el menor rastro de un asesino desconocido, y Haines fue declarado culpable del asesinato de Claude Emmett.

»Mrs. Haines sostiene de un modo inquebrantable que su marido es inocente, y dice que está convencida de que algún día la conciencia del asesino le impulsará a reivindicar a su esposo».

Doblé el recorte y miré a mi madre. Estaba sentada junto a una ventana, mirando a un punto situado más allá de las colinas, como había hecho con frecuencia durante el último invierno. Como si esperara que de un momento a otro apareciera por allí mi padre, de regreso a casa. Su rostro parecía tranquilo, pero dos grandes lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Quizás estaba reviviendo aquellos terribles días desde el momento en que papá se peleó con Claude y recibió una terrible paliza, hasta que el juicio hubo terminado y le separaron de nuestro lado.

Sin apartar la mirada de la ventana, dijo:

—Danny, alguien llega. No es Tom. Estos últimos días, Tom pasa mucho tiempo fuera de casa, y me pregunto por qué… Voy a ver quién es ese jinete.

Mis ojos la siguieron cuando salió de la casa, y pensé: «No quiero darle otra impresión, pero yo sé lo que retiene a Tom fuera de casa, y no es el ganado, precisamente…».

Volví a ver mentalmente, como lo había hecho de un modo real a principios de abril, a mi hermano Tom encontrándose con una muchacha, en una corraliza abandonada en las afueras del rancho Slash 4. Muy excitado, me había arrastrado como una serpiente para ver a la muchacha más de cerca. Era joven, delgada y muy rubia. Al verla, me quedé sin aliento. Era más bonita que un cervatillo moteado recortándose contra un lago azul a la puesta del sol, y sonreía de un modo capaz de destrozar el corazón de cualquier joven.

Escuchando su conversación, me enteré de que era Nina Frazier, y de cómo se las arreglaba para reunirse con Tom. Los vaqueros jóvenes que se fijaban demasiado en Nina eran despedidos sin contemplaciones. Pero Baldy

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Hicks era tan viejo y tan feo, que Floyd Emmett creía que podía confiarle su sobrina sin ningún temor, cuando la muchacha salía a dar un paseo a caballo.

Nina se había ganado la voluntad de Baldy, y el viejo era cómplice de aquellas entrevistas furtivas. Poco antes, a mediados de marzo, y en el curso de uno de sus paseos, Nina había visto a un jinete que no pertenecía al rancho Slash 4, y había salido a su encuentro de un modo aparentemente casual. El jinete era Tom Haines.

Unos días después de haberles visto juntos por primera vez, le hice saber a Tom que estaba de su parte y de la de Nina.

Tom tiene un genio tan violento como el de papá, y pasé un mal rato mientras me hacía jurar que no le contaría a nadie —ni siquiera a mamá— lo que había visto. Pero sé que si Emmett les descubre —sólo el pensarlo me produce escalofríos—, va a… ¡Dios mío! ¿Qué es lo que hará?

Pero, vuelvo al presente inmediato, viendo cómo mamá se había encontrado en el patio con Mr. J. B. Painter, el dependiente de la ferretería de Winblow. Estaba diciendo:

—Mrs. Haines, formo parte de una posse organizada por el sheriff Lennister para capturar a un forajido. Un hombre alto y delgado, rubio, conocido por Rufe Morgan.

Mamá trató de ganar tiempo —supongo—, formulando una pregunta:

—Ese bandido, ¿ha sido visto en Winblow?

—Desde luego —respondió Painter—. Se pasó la noche jugando al póquer. La partida acabó a tiros, y aunque Morgan resultó herido, hirió a su vez a dos hombres y luego desapareció.

«Llevamos varias horas tratando de localizar sus huellas. Pero éstas nos han conducido hasta el río, ligeramente al norte de este rancho. Encontramos su caballo y su silla río abajo. El caballo estaba muerto. Al parecer, Morgan se ahogó. Pero Lennister me ha enviado a preguntar a los rancheros de estos alrededores si habían visto a algún fugitivo, herido. ¿Le ha visto usted, Mrs. Haines?».

Contuve el aliento, esperando la respuesta de mamá. Dijo, lentamente:

—Dice usted que ese hombre estaba herido. No creo que haya podido salir

del río sin ayuda.

Mr. Painter se marchó a visitar a otros rancheros, y mamá se dirigió a su dormitorio, para ver cómo se encontraba su paciente. Rufe había conseguido levantarse y estaba junto a la ventana, desde la cual había oído toda la

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conversación. Mamá se puso a gritarle y le obligó a meterse de nuevo en la cama.

Hasta la hora de cenar, me dediqué a partir leña. Con mi ayuda, Morgan comió bastante. Sus ojos —fríos e inyectados en sangre, unos ojos que denotaban los efectos de la bebida—, siguieron a mi madre cuando salió de la habitación, después de asegurarse de que el herido comía lo suficiente.

Cuando mamá hubo salido, Morgan dijo:

—Está haciendo todo lo que puede por mí. Por un rufián que no merece su simpatía. ¡Es una gran persona!

—Me alegro de que lo reconozca usted —dije—. Papá siempre dice que no hubiera podido levantar este rancho sin su ayuda, y se preguntaba cómo podía resistirlo, con la mala vida que le daba.

—¿Mala vida? —preguntó Rufe, enarcando una ceja.

—Mala para una mujer —dije—. Trabajando mucho, sin ninguna distracción. Papá iba a distraerse a la ciudad. Bebía un poco, jugaba y no desdeñaba una buena pelea.

»Pero era un hombre cabal. Nunca tuvo problemas con los buenos vecinos. Solamente con Floyd Emmett, porque papá tuvo las suficientes agallas para enfrentarse con él, cosa que nadie más se había atrevido a hacer. Y Emmett había decidido expulsarnos de este rancho…

Rufe Morgan escuchaba con la mayor atención. Dijo:

—Desde luego, se necesita un gran valor, por parte de tu madre y de tu hermano mayor, para permanecer aquí después de que tu padre fue enviado a la penitenciaría.

—Es cierto. Lo sé, después de seis meses de vivir temiendo a Emmett y viendo cómo nos trata la gente, como si fuésemos apestosos ovejeros. Mamá finge no darse cuenta de las miradas que nos dirige la gente, ni de susurros como «Ese es Danny Haines, el hijo del presidiario. Su padre mató a Claude Emmett por la espalda. ¡Por la espalda!».

Me interrumpí, asombrado por lo que veía en el rostro de Morgan. Había apretado tanto los labios, que estaban blancos. Su boca estaba torcida, y el centelleo de sus ojos inyectados en sangre me asustó.

—Muchacho —me dijo—, mis padres me enseñaron a distinguir el bien del mal. Y me dieron una educación. Me avergüenzo de lo que soy ahora, un granuja y un vago.

—No diga eso —protesté—. Mamá siempre dice que todo el mundo tiene algo bueno. Creo que incluso justificaría al viejo Emmett, si…

Como si no me hubiera oído, Morgan continuó:

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—Durante todo el invierno, me he empapado en whisky, tratando de matar algo que me atormentaba. Pero la semana pasada reaccioné, y me dije a mí mismo: «Rufe, tienes que hacer dos cosas. Y vas a hacerlas…». Estaba muy al norte de aquí, pero enfilé mi caballo en dirección a Winblow.

Cansado, Morgan se reclinó hacia atrás y cerró los ojos, pero yo insistí: —¿Por qué se dirigió usted a Winblow, y por qué se detuvo aquí? —¿Eh? —Se rehizo, con un esfuerzo—. Estaba sediento de whisky. Pero

también necesitaba quinientos dólares para enviárselos a un viejo buscador de oro, Ike Jensen, que vive en Spurlock, a un centenar de millas al sur de aquí. Ike me había hecho un gran favor.

—¿Y los consiguió, Rufe?

—Sí —respondió, con un brillo triunfal en los ojos—. Encontré una buena partida, y con mis últimos diez dólares gané quinientos. Luego, todavía sereno, metí el dinero en un sobre con una nota que decía: «Ike, este dinero es suyo, y gracias, otra vez. Rufe». Y se lo envié por correo a Ike Jensen.

—Pero ¿por qué hizo eso?

—No me arrepiento, al contrario —dijo Rufe, ignorando mi pregunta—. Luego regresé al saloon para seguir jugando y bebiendo. La partida terminó al amanecer, cuando acusé de tramposos a los que jugaban conmigo… Así fue como me hirieron y cómo puse de nuevo a la justicia sobre mis pasos.

—Ésa era una de las cosas que quería usted hacer. ¿Y la otra?

Pero, al parecer, Morgan no estaba dispuesto a contestar a ninguna de mis ávidas preguntas.

—Puse a la justicia sobre mis pasos —repitió, pensativamente—, y yo necesitaba estar libre… Dan, no puedo limpiar mi revólver con una sola mano. Limpia el cilindro y el cañón, y saca los cartuchos por mí, ¿quieres? Sé buen muchacho.

La conversación quedó interrumpida mientras yo limpiaba su Colt del 45. Cuando hube terminado, recordé que por la mañana había dejado caer la caña de pescar de papá y que no la había recogido. Salí a buscarla a pie, y mucho antes de llegar vi a mister Painter.

Instintivamente, me oculté detrás de unos arbustos para que no me descubriese, ya que estaba examinando el terreno en este lado del río, y parecía haber encontrado alguna huella que despertó su interés.

Se dirigió hacia el lugar donde mamá me había ayudado a llevar a Rufe hasta la casa, examinó atentamente las huellas que había en el suelo, y a continuación se alejó dando un rodeo a fin de que mamá no le viera, encaminándose de nuevo hacia el río, en busca del vado.

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Recogí la caña, regresé corriendo a casa, encontré a mamá sembrando patatas en la huerta y le conté lo que Painter había estado haciendo.

—Ahora se presentará el sheriff, y nos veremos en un apuro por haber ayudado a ese pobre hombre.

Mamá pareció preocupada.

—No me arrepiento de haberle ayudado, Dan —dijo—. Volvería a hacerlo siempre que la ocasión se presentara. Yo soy así. Pero no quiero que Tom sepa lo de Rufe. Diría que estoy empeorando nuestra situación al ayudar a un bandido.

Asentí. Aquello era lo que diría Tom, desde luego.

—¿Piensas tener a Rufe aquí hasta que pueda valerse por sí mismo? — pregunté.

—Sí —respondió sencillamente—. Y espero que… Danny, cuando hablaste con Rufe, ¿dijo algo… algo que pueda fortalecer mi esperanza?

—Sí, mamá.

Y repetí lo que Rufe me había dicho.

Sus ojos se iluminaron.

—Voy a hablar con él, Danny. Vigila por si viene Tom. ¿Dónde se habrá metido?

No dije nada. Pero pensé que hacía un hermoso día para que una joven pareja se encontrara y perdiera la noción del tiempo. ¿Cuánto tardaría en presentarse el sheriff? Difícilmente podría hacerlo antes de oscurecer.

Me dirigí a los pastos y llevé las vacas al establo. Estaba terminando de ordeñarlas cuando vi que Rufe salía de la casa y se acercaba al establo. Llevaba puestas sus propias botas, pero el sombrero, la camisa limpia y los pantalones habían pertenecido a papá.

Mamá me llamó desde la casa:

—¡Dan! Deja que se lleve a «High Jinks» y dale mi silla de montar. —Pero —protesté—, a Tom no le va a gustar eso…

«High Jinks» era el caballo preferido de Tom, y resultaría difícil explicarle por qué habíamos permitido que un fugitivo de la justicia se llevara nuestro mejor caballo.

—¡No discutas! —replicó mamá.

Refunfuñando en voz baja, saqué a «High Jinks» de su pesebre, señalando la silla que Rufe tenía que ponerle.

—No está usted en condiciones de montar a caballo —dije, dándome cuenta de que se había colocado el cinturón al revés… es decir, de modo que pudiera sacar el revólver con la mano izquierda.

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—Desde luego —admitió, mientras le colocaba la silla a «High Jinks»—. Estoy tan débil como un perro muerto de hambre. Pero quiero estar lejos de aquí cuando llegue el sheriff.

Estaba tratando de embridar a «High Jinks» con una sola mano, cuando en el patio resonó un frenético galope.

—¡El sheriff! —exclamó Rufe.

Corrió hacia la puerta y la cerró, dejando una pequeña rendija. Me agaché para mirar hacia fuera, y él se quedó en pie detrás de mí, haciendo lo mismo.

Pero el jinete solitario no era el sheriff Lennister. Estaba viendo por segunda vez a una muchacha delgada, de cabellos rubios y ojos que parecían arder en su pálido rostro.

—¿Hay alguien ahí? —inquirió en voz alta, deteniendo su caballo enfrente de la casa.

—¡Vaya un bombón! —exclamó Morgan en voz baja—. ¿Quién es, Dan? Pero yo estaba tan asustado, que me había quedado sin habla, porque me imaginaba lo que podía significar el hecho de que Nina Frazier llegara a nuestro rancho como si la persiguieran los indios. Mamá abrió la puerta, pero

antes de que pudiera hablar, Nina estaba diciendo:

—Soy Nina Frazier, Mrs. Haines. Prepárase para recibir una sorpresa. — Sus palabras surgieron como potros salvajes abandonaron un corral—. Tío Floyd, con dos de sus hombres, nos sorprendió juntos a Tom y a mí y parece haber enloquecido.

Mamá tragó saliva varias veces antes de balbucir:

—¿Cómo? ¿Tú y Tom…?

—Sí. Para nosotros, todas las cosas terribles que han sucedido no tenían importancia… Tío Floyd y Beefy Brown cogieron a Tom antes de que pudiera hacer nada, y le golpearon antes de atarle.

»Tío Floyd me ordenó que regresara al rancho. Pero en cuanto estuve fuera de su vista, vine directamente aquí para avisarla de que tío Floyd vendrá a prenderle fuego a todas las dependencias de este rancho.

Vi que mamá se ponía rígida, como si se hubiera convertido en una estatua de piedra. También yo me sentía tan frío como una piedra.

—¿Qué van a hacer con Tom? —preguntó mamá, y a través del patio capté claramente la ansiedad de su voz.

—Van a traerle aquí. Pero no sé si le dejarán marchar con usted y con Dan. ¡No lo sé! —sollozó Nina—. Mrs. Haines, seguramente me odia usted tanto como…

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—Nina, no digas tonterías. ¿Por qué habría de odiarte? Hubiera preferido que hubieseis confiado en mí, pero no estoy enfadada con Tom, ni contigo, por supuesto.

—¿No me odia usted? —Nina hizo la pregunta en voz tan baja, que apenas fue un susurro—. Tom tenía miedo de que usted no me aceptara. Mrs. Haines, es usted… —Su voz se quebró—. Me gustaría tener una madre como usted.

—Nina, están llegando —dijo mamá—. Veo una nube de polvo que se acerca. Tienes que esconderte. Da la vuelta a la casa y ocúltate en la barranca.

En el interior del establo, yo estaba temblando.

—Rufe —dije—, el sheriff Lennister no puede estar muy lejos, de modo que será mejor que se marche. Puede salir por la puerta trasera… Ese condenado Lennister llegará demasiado tarde para ayudarnos. Aunque, de todos modos, no se metería con Emmett. —La rabia me corroía por dentro—. Si tuviera un revólver de verdad, yo…

Rufe Morgan me miró, las venas de sus sienes se hincharon y levantó su mano izquierda para rascarse la curiosa cicatriz que tenía encima de la oreja izquierda.

—Muchacho, no empuñes nunca un revólver para matar a otro hombre.

Deja ese sucio trabajo a los locos como yo.

El ominoso golpear de los cascos de los caballos se acercaba cada vez más, y el estómago y la garganta se me contrajeron dolorosamente.

—Ve a reunirte con tu madre —me ordenó Rufe.

Cogiendo la brida de «High Jinks», avanzó hacia la puerta trasera del establo, mientras yo cruzaba corriendo el patio, con la cabeza vuelta hacia la izquierda, para contemplar a los cuatro jinetes que se acercaban al rancho. Tom, atado a su silla, era uno de ellos, y por su aspecto hubiérase dicho que había sido pisoteado por una manada de búfalos. Los otros eran Floyd Emmett, erguido en su montura como un bloque de granito, Ed Roper, un asesino, y Beefy Brown, un pistolero de la peor especie.

Llegué a la casa en el momento en que mamá salía. No empuñaba ninguna arma: lo único que llevaba en las manos era una hoja grande de papel de escribir.

Los jinetes llegaron a nuestra altura, salpicándonos de grava.

Emmett se encaró con mamá.

—Recoja las cosas más necesarias que desee llevarse —ladró.

—¿Por qué tengo que hacerlo? —preguntó mamá.

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—Pregúnteselo al coyote de su hijo… Beefy, suelta a Tom… Tom, tú y tu hermano podéis atar un par de caballos a un carro, pronto. Empiece a recoger sus cosas, Mrs. Haines.

Mamá esperó hasta que Beefy hubo soltado a Tom, y entonces le mostró a Emmett la hoja de papel.

—Apéese de su caballo y lea esto, Emmett.

Emmett desmontó, cogió el papel y leyó en voz alta:

«El pasado mes de septiembre, Perry Orr, Claude Emmett y yo, Rufe Morgan, atracamos una diligencia cerca de Spurlock. Mientras huíamos a través de una región desértica y deshabitada, mi caballo se rompió una pata. El caballo de Emmett estaba agotado, sólo disponíamos de una montura sana para los tres, y creíamos que nos perseguían.

»Perry Orr era compañero mío desde hacía muchos años. Claude Emmett se había unido a nosotros en el mes de julio, y nos había ayudado en un par de golpes antes del asalto a la diligencia.

»Tuvimos que acampar, y Perry y yo estábamos durmiendo mientras Claude montaba guardia, cuando me desperté y vi que Claude Emmett le abría la cabeza a Perry con un hacha. Traté de echar mano a mi revólver, pero Claude se me adelantó y me golpeó con el hacha, por el lado contrario al filo. Dándome también por muerto, cogió el dinero que habíamos robado y huyó en el único caballo sano.

»Pero Ike Jensen, una vieja rata del desierto, nos encontró a mí y a Perry. Enterró a Perry y me salvó la vida. Pasaron tres o cuatro semanas antes de que pudiera viajar; pero yo recordaba que Claude había dicho que su padre poseía un rancho cerca de Winblow, y que pensaba ir a pasar el invierno allí. De modo que me dirigí al Slash 4 en busca de Claude. Cuando le vi, había demasiados jinetes cerca para que pudiera arriesgarme a provocar un encuentro cara a cara. De modo que le disparé por la espalda…».

Floyd Emmett interrumpió la lectura y se encaró con mamá.

—Mrs. Haines, esto es una absurda y estúpida mentira. Claude no fue nunca un bandido.

Vi que Ed Roper y Beefy Brown intercambiaban unas miradas, diciéndose el uno al otro, y a mí, que sabían perfectamente que Claude había sido un mal sujeto. Desde luego, nunca habían hablado de ello abiertamente… ni lo harían ahora. Trabajaban para Floyd Emmett.

Mamá dijo, sin perder la calma:

—Esa confesión reivindicará a mi marido. Lea lo que falta.

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Emmett estaba tan enfurecido, que apenas entendí sus primeras palabras cuando continuó leyendo:

«Más tarde, me encontraba ya a salvo en una ciudad próxima, cuando leí en un periódico el relato de los acontecimientos del rancho Slash 4; Bill Haines había sido declarado culpable del asesinato de Claude. Y también leí un artículo acerca de Haines y su familia.

»Me sentí tan afectado, que el whisky no pudo hacerme olvidar la tragedia de la cual era responsable, de modo que decidí venir al rancho de Haines, para aclarar las cosas. Y esto es lo que he hecho. Rufe Morgan».

Los dos pistoleros estaban erguidos en sus sillas, rígidos como estatuas, lo mismo que mi hermano.

Mamá dijo:

—Ahora, todos ustedes saben la verdad.

Emmett exclamó:

—El truco no va a servirle de nada, Mrs. Haines. Esto lo ha escrito usted. —Sí —admitió mamá—. Morgan tiene el brazo derecho roto. Pero me

dictó lo que tenía que escribir, y lo firmó con la mano izquierda.

Emmett entornó los ojos y sacudió la cabeza.

—Está usted mintiendo. No existe ningún Rufe Morgan.

Mamá palideció. Había creído que la confesión de Morgan reivindicaría a papá y haría cesar la guerra que Emmett nos tenía declarada. Pero, a pesar de que las cosas no estaban saliendo tal como había imaginado, dijo, en tono firme:

—Rufe Morgan estuvo aquí. Se marchó porque le perseguían y sabía que el sheriff está a punto de llegar. Veremos lo que opina cuando llegue.

—No serviría de nada enseñarle este papel a un imbécil como Lennister —replicó Emmett, sacando una caja de cerillas de uno de sus bolsillos—. Ed, Beefy —continuó—, atar a Tom a un poste. Voy a azotarle, para que se aprenda bien la lección. Luego podrá llevárselo, Mrs. Haines, y yo le pegaré fuego a todo esto.

En el repentino silencio que siguió, pude ver que Tom, más parecido a papá que nunca, calculaba sus posibilidades de darle un giro a la situación. Ed Roper y Beefy Brown, estaban junto a él, uno a cada lado, agarrándole por los brazos. Tom no tenía posibilidad alguna. Pero ni Beefy ni Roper se habían movido para obedecer a su patrón.

—Deme ese papel —dijo mamá tranquilamente.

—¡No! —Emmett encendió una cerilla—. Si Morgan hubiera matado a mi hijo, como dice este papel, hubiera venido a enfrentarse directamente

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conmigo.

—Aún estoy a tiempo de rectificar el error, Floyd Emmett —dijo una nueva voz.

Di un respingo, como si acabara de morderme una serpiente de cascabel, y volví la cabeza hacia una de las esquinas del establo. La voz continuó:

—Soy Rufe Morgan, y maté a su hijo Claude porque se lo merecía.

El papel cayó de la mano izquierda de Emmett. La cerilla le quemó los dedos y Emmett los sacudió con un gesto de dolor. Todos los presentes se quedaron mirando al hombre que acababa de aparecer. Llevaba el sombrero echado hacia atrás, dejando al descubierto la cicatriz que tenía encima de la oreja izquierda. Su rostro estaba rígido, y sus ojos eran tan salvajes y fríos como los de Emmett.

La mano de Ed Roper descendió hasta su Colt. Pero inmediatamente volvió a alzarla, murmurando:

—¡Es Rufe Morgan, en carne y hueso!

Mamá y yo no estábamos directamente entre Emmett y Rufe, pero Roper y Beefy obligaron a retroceder a sus caballos, arrastrando también a los de Tom y de Emmett. Luego —en realidad sólo habían transcurrido un par de segundos, pero parecieron prolongarse indefinidamente—, Emmett contestó a Rufe.

—¿Eres Rufe Morgan? ¿Has dictado y firmado esta confesión?

—La respuesta a las dos preguntas es la misma: sí. Sus hombres me conocen. Nos están dejando el campo libre. ¡Empuñe su revólver!

Vi que la mano de Emmett descendía rápidamente hacia la culata de su revólver, vi que la agarraba, y vi el fogonazo que escupía su cañón. Pero, en aquel mismo instante, algo chocó contra Emmett empujándole hacia atrás. Se tambaleó, y su mano soltó el revólver. Cayó de rodillas, y luego hundió el rostro en el polvo.

Zumbándome los oídos a causa de las explosiones, vi que Rufe Morgan avanzaba hacia Emmett, empuñando en su mano izquierda un revólver, cuyo cañón humeaba aún. Contempló al caído, murmuró «Esto es el final», y se desplomó al lado de su adversario.

Inmediatamente después, vi a Tom, a Roper y a Beefy inclinados sobre los dos hombres. Ed Roper dijo:

—Están muertos, los dos, Mrs. Haines… Y, ahora, Beefy y yo vamos a largarnos. ¡Pronto!

Los dos pistoleros desaparecieron envueltos en una nube de polvo y una muchacha de ojos enormes y asustados llegó corriendo desde la parte trasera

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de la casa. Tom la vio… vio a Nina Frazier. Abrió los brazos, y Nina se precipitó en ellos.

Los dos hombres muertos, mamá y yo, Tom y Nina, fue lo que encontró el sheriff Lennister cuando él y otros cinco hombres detuvieron sus caballos.

El sheriff tragó saliva varias veces antes de balbucir:

—¿Qué significa esto, Mrs. Haines?

Mientras viva, no podré olvidar el aspecto de mi madre en aquel momento, tan serena, tan tranquila, con una mano apoyada en mi hombro. Nunca olvidaré la expresión de su rostro, ni el tono de su voz:

—Significa que Tom y la sobrina de Emmett han demostrado una vez más que el amor es más fuerte que los resentimientos y el odio; significa que en adelante reinará la paz en este lugar, y que mi marido no tardará en regresar, completamente reivindicado.

—Pe…, pero eso es imposible —tartamudeó el asombrado sheriff.

—¡Oh, no! —dijo mamá, recogiendo del suelo la confesión de Morgan—. ¿Recuerda, sheriff, lo que le dije acerca de la conciencia del asesino? ¿Que no le dejaría descansar hasta que confesara su crimen? Lea esto. Comprobará que yo tenía razón.

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Notas

[1] John era el nombre que vulgarmente se daba a todos los chinos durante la fiebre minera. <<

[2] Bizcocho es el nombre del pan sin levadura que se hacía en los campamentos mineros. <<

[3] Derringer, pistola de un solo disparo y muy pequeña. <<

[4] Coche parecido a las volantas y de dos ruedas. <<

[5] Saloon del Soleado Sur. <<

[6] Durante la guerra de secesión americana, los nordistas, o yanquis, lucían uniformes azules y los sudistas grises. <<

[7] Jefe de un ejército y considerado como uno de los generales más capacitados del ejército sudista. <<

[8] Dawson City, en Klondyke. <<

[9] Vado del Caribú. <<

[10] Campamento de Oveja. <<

[11]Ciudad del Cañón. <<

[12] Debe recordarse que el estado de Texas es mayor que muchos países europeos, y que Río, Grande se encuentra en el extremo sur, mientras el Panhandle en el extremo norte. <<

[13] Político, soldado y aventurero que dirigió la revuelta tejana, cuando aún pertenecía a Méjico, contra el dictador Santa Anna. Uno de los héroes de esta revuelta fue el trampero y político Davy Crockett, que acudió en su ayuda desde Estados Unidos. <<

[14] Recibe el nombre dé Administración en los países anglosajones el gobierno de un distinto primer ministro, presidente o gobernador. <<

[15] Recibía este nombre en el Oeste el pan sin levadura que ellos mismos amasaban. <<

[16] Tribu india del Sudoeste. Los españoles les llamaban cayguas. <<

[17] Madre Oca, personaje que en Inglaterra, como en los cuentos de Perrault, comienza las narraciones infantiles. <<

[18]Rey Jaime. <<

[19] El personaje de Cisco Kid está inspirado en el famoso William Booney,

(a) Billy el Niño. Vivió por la misma época y tenía mucha relación con los mejicanos. <<

[20] Choza mejicana de adobe. <<

[21]Vado del Lobo Solitario. <<

[22] Bebida sacada de los cactus. <<

[23] Corrupción de «desesperado», nombre que se daba a los forajidos. <<

[24] Las palabras en cursiva van en castellano en el original. <<

[25]Arroyo Quintana. <<

[26]Plata Gratis. <<

[27]Banco de Brown. <<

[28] Candidato conservador a las elecciones presidenciales, en las que fue derrotado. En nuestro siglo adquirió popularidad gracias al llamado «Proceso del Mono» en el que como fiscal buscó la condena de un maestro por haber explicado la teoría evolucionista. <<

[29] Se refiere a la mejicana Ciudad Juárez. En un principio, en la época del virreinato español, era una sola ciudad, situada en ambas orillas del Río Grande, y conocida por El Paso del Norte. Cuando los Estados Unidos conquistaron el Sudoeste, se estableció la frontera tejana en el río y se convirtió en dos ciudades; El Paso, en zona yanqui El Paso del Norte en Méjico. Más tarde, a esta última le cambiaron el nombre en honor a Benito Juárez. <<

[30]Julio César, acto l.º, escena 11. W. Shakespeare. Casi todas las frases en cursiva proceden de esta obra. <<

[31] En las baladas populares de Robín Hood, el héroe medieval inglés, Guy de Gisborne es siempre el traidor. <<

[32] Rurales de Texas. <<

[33]Zona montañosa de Méjico por el Estado de Sonora, donde habitan los indios yaquis. <<

[34] Smithsonian Institute, la famosa entidad americana de investigaciones. <<

[35]C/o. Anagrama de al cuidado de… <<

[36] Ordenes secretas de detención, sin procesamiento, que se extendían en tiempos de Luis XV y Luis XVI. <<

[37]El título del poema, o colección de poemas, es «Los Caballeros de la Tabla Redonda». <<

[38]En castellano en el original. <<

[39] Canción popular en el Oeste. Lamento es un estilo de canción irlandesa que se extendió pronto por las comunidades rurales. <<

[40] En el siglo XVIII, a causa de las rebeliones populares, varios clanes escoceses, como los MacDonald de Innvernanion, fueron aniquilados y los supervivientes debieron ocultar sus nombres, bajo pena de muerte. <<

[41] Pistola pequeña y de sólo dos disparos. <<

[42] Se refiere a la marca a fuego. <<

[43] Sandalias mejicanas. <<

[44] Sombrero de paja, que usan los indios. <<

[45]Nombre que en Méjico dan a los pavos. <<

[46]Guardia Rural, organizada por el gobierno de Porfirio Díaz para mantener el orden. <<

[47] Jornada del Muerto, nombre que dan los mejicanos a un desierto que se extiende en el Sudoeste. <<

[48] Antigua ciudad india, ocupada por los españoles en el siglo XVI y convertida en población primero del Virreinato, de la República luego y por ultimo del Estado de Nuevo Méjico. <<

[49] Se refiere a los Estados Unidos. <<

[50] Personaje histórico. Era de origen francés, de la Luisiana, y fue de los primeros en internarse en las tierras indias para comerciar. <<

[51] Personaje histórico. Era socio de St. Vrain y estaba casado con una india. Ambos habían establecido una cadena de puestos comerciales por casi todo el Sudoeste americano. <<

[52] En castellano en el original, como todas las palabras en cursiva. <<

[53] Merienda campestre. <<

[54]Tribu india del Este. <<

[55] Pequeño Clarita. <<

[56] Estados de la República mejicana. <<

[57] Primer y único presidente de los Estados Confederados de América. <<

[58]Corrupción, en dialecto negro, de mister Major, señor comandante. <<

[59]Batalla celebrada en el estado de Pennsylvania, donde se decidió la guerra a favor del Norte. <<

[60] En los primeros años del siglo XIX fue una creencia aceptada la de que las llanuras del Oeste era un inmenso desierto similar al Sahara. Luego, con la colonización se aclaró la geografía pero la gente siguió dándole este nombre.

<<

[61]Vado de Lee. <<

[62]Diminutivo de Cornelia. <<

[63]Se daba familiarmente el nombre de «tío» a los negros viejos y al servicio de la casa. <<

[64] Los mejicanos eran los únicos que sabían comerciar con los indios y todos los que lo deseaban debían asociarse con ellos. Se les daba el nombre de comancheros. <<

[65]El general Sherman invadió Georgia, Estado sudista, poniendo en práctica la táctica de la tierra quemada. Sus hombres lo arrasaban todo. <<

[66] En este caso, transbordador. <<

[67] Desde este lugar partían las caravanas que se dirigían a California o a Oregón. <<

[68]En castellano en el original. <<

[69]Perro Rojo. <<

[70]El Largo. <<

[71] Jefferson Davis, único presidente de la Confederación del Sur, había sido secretario de la guerra. <<

[72] Partida formada particularmente, aunque en nombre de la ley, para defenderse o perseguir a un malhechor. <<


FIN

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