© Libro N° 14802. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. V. AA. VV. Emancipación. Febrero 14 de 2026
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ANTOLOGÍA
DE NOVELAS DEL OESTE
Vol. V
AA. VV.
Antología De Novelas Del Oeste
Vol. V
AA. VV.
La aventura del hombre blanco en el lejano Oeste es un tema que ha tenido en el cine y en la literatura una difusión considerable y una aceptación constante. Aunque no ha sido tratado siempre con la atención y el cuidado que requieren toda producción literaria, en estos volúmenes se han seleccionado narraciones cortas que pueden considerarse piezas maestras del género. El colorido del ambiente y la gran fuerza de sugestión que tiene todo tema de acción relatado por un verdadero escritor, se encuentran plenamente logrados en estas Antologías.
Ernest Haycox
Antología de novelas del Oeste - Vol. V
Antología de novelas del Oeste - 5
ePub r1.2
Piolin 25.04.2020
Ernest Haycox, 1967
Traducción: José M.a Aroca
Editor digital: Piolin
ePub base r2.1
PONTAZGO
ERNEST HAYCOX
D ESDE el puente, a las cuatro de la tarde, Kelsey Taggart vio aparecer la diligencia sobre el borde meridional del cañón, detenerse allí un
momento y hundirse en las violentas revueltas de un camino que colgaba como una escalera de aquella maciza pared. Barney Rheinmiller manejaba las riendas, dejando su firma estampada con furiosos remolinos de polvo detrás del vehículo, y aunque veinte minutos era una buena marca para el descenso, Barney no dejaría de mejorarla, si podía, para llegar a la posada de Taggart con una sonrisa jactanciosa y un cargamento de pasajeros medio muertos, Taggart estaba de pie en el borde de un boquete de diez pies abierto en el entarimado del puente y contemplaba a Henry Schwann, que trabajaba debajo de él, a menos de un metro de la superficie de un río que, apretujado en un estrecho cauce, discurría con fuerza suficiente para arrastrar a Henry si éste tenía la desgracia de resbalar.
—¡Ten cuidado! —advirtió Taggart—. ¿Cuánto crees que vas a tardar? —Un par de horas.
—La diligencia está llegando. Y a Rheinmiller no le gusta esperar.
—A los conductores de diligencias no les gusta nada —dijo Henry—. Bájame el tirante, la tuerca y la arandela. No dejes caer la tuerca…, no hay otra en ochenta millas a la redonda.
El camino, hundiéndose en aquella espectacular grieta, cruzaba el puente y casi inmediatamente penetraba en una pequeña garganta lateral de la pared opuesta, para iniciar quince millas de torturado ascenso hacia el alto desierto que se extendía más allá. Debajo, el río giraba bruscamente creando la ilusión de que aquel lugar era un enorme hoyo rodeado
por los cuatro costados por las paredes de unos acantilados que se erguían, desafiadoras, contra el azul del cielo. En cincuenta millas no había otro medio para cruzar el río, de modo que todo el tránsito de la región se canalizaba en el puente. Taggart había colocado un par de tablones a través del boquete para
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permitir el paso a los caballos, pero hasta que Schwann colocara el soporte debajo ningún vehículo podría cruzar el puente.
Por medio de una cuerda bajó a Schwann lo que éste le había pedido y luego se encaminó a la casa que, con su granero, su corral y sus cobertizos, se erguía entre el acantilado y el río. En cuanto salió del puente, el leve frescor despedido por el río desapareció, y el calor del verano se dejó sentir en toda su intensidad. En el patio esperaba un carromato de carga, con el viejo Dutch Charley tendido sobre el pescante, durmiendo. Ada Tesreau y Mrs. Campbell —que en unión de Henry Schwann componían todo el personal contratado por Taggart— estaban en el patio contemplando el descenso de la diligencia y tomándose un descanso de sus tareas en la cocina. Hasta cierto punto, aquellas tres personas eran seres desplazados que habían encontrado refugio en aquel lugar, a pesar de lo solitario que era. Henry Schwann se había presentado hacía diez meses, a pie, al final de una borrachera que había durado treinta años. Mrs. Campbell se había apeado un día de la diligencia para pedir un empleo, sin que desde entonces hubiese explicado los motivos. En cuanto a Ada Tesreau, era hija de un ranchero establecido en Butter Creek; un breve comentario de la muchacha lo aclaró todo: «El viejo sólo sabe acumular mala suerte y traer hijos al mundo. En una familia no hay nada más inútil que una mujer sobrante. Si no me abro un camino, nadie lo hará por mí».
Después de diez minutos de recorrido, la diligencia estaba a medio camino y Mrs. Campbell, mirando de soslayo a Ada y a Taggart, regresó a la casa.
—Será mejor que vaya a pelar unas cuantas patatas más. Ada dijo:
—Estarán cansados y hambrientos después de un viaje así.
Su piel estaba tan bronceada por el sol, que el calor no parecía afectarla. Llevaba una falda lisa de color oscuro, un jubón blanco y unas botas negras. Su rostro encajaba en el rudo paisaje que la rodeaba y parecía haber perdido la facultad de sonreír; tenía una mirada profunda, una estoica inmovilidad, un aire de aislamiento personal. Pero la parte inferior de su boca mostraba una audacia insospechada, y sus ojos, vueltos hacia Taggart, reflejaban una especie de anhelo.
Taggart dijo:
—¿Está arreglada la habitación por si viene alguna mujer en la diligencia?
¿La palangana llena de agua? ¿Una toalla limpia?
—-Sí —respondió Ada.
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Esperó que Taggart dijera algo más, pero él tenía los ojos clavados en la diligencia, cada vez más cercana, y Ada comprendió que no le prestaba ninguna atención y retrocedió hasta el umbral de la puerta de la casa, sin dejar de mirarle. Taggart era un hombre alto, delgado, de ojos grises y pelo negro. El deseo de prosperar le había traído a este lugar solitario donde, en el espacio de un año, había reconstruido el puente y convertido una miserable cabaña en una agradable posada. En una región donde el qlima y lo duro de la existencia endurecían a los hombres, era taji duro como el primero; pero la tarea de recibir y complacer a la gente durante su breve estancia en la posada había suavizado sus modales, y cuando la diligencia se detuvo en el patio, envuelta en una nube de polvo amarillento, se acercó a la portezuela con una agradable expresión en el rostro.
Desde su elevado pescante, Barney Rheinmiller contempló el puente.
—Ha sido un viaje rápido —dijo Taggart.
—Hay que llegar a la hora —replicó Rheinmiller—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Un tronco que bajaba por el río rompió uno de los soportes. Estará arreglado dentro de un par de horas.
Barney Rheinmiller envió una andanada de palabrotas malsonantes en dirección al puente. Taggart se limitó a sonreír y levantó su mano para ayudar a apearse al primero de los pasajeros, una mujer que llevaba un vaporoso vestido color gris mostaza y un sombrerito redondo del cual colgaba un velo que se echó para atrás mientras se apeaba del vehículo.
Era lo bastante joven como para resultar impresionante con sus grandes ojos verdes, sus provocativos labios y sus aires de gran señora, y lo bastante vieja como para utilizar sabiamente sus recursos naturales,. Le sonrió a Taggart, dejó resbalar su mirada por la posada sin la menor curiosidad, dedicó un poco más de atención a Ada, la cual continuaba en el umbral de la puerta, y volvió a mirar a Taggart. Éste dijo:
—Ha sido un día agobiante y el viaje es muy pesado. Ada. acompaña a esta dama a la habitación.
La inesperada galantería provocó una rápida sonrisa, a pesar de lo caluroso del día, y los ojos de la recién llegada se iluminaron por un instante; luego siguió a Ada al interior de la casa.
Entretanto, otros tres pasajeros habían descendido de la diligencia; un hombre medio enfermo por el viaje, Giles Purroy, que tenía una tienda en Antelope Valley, y Mike Desley, un ganadero que regresaba a las colinas.
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—¿Un trago antes que nada, muchachos? —dijo Taggart—. Encontraréis una botella y vasos sobre la mesa. El lavabo está en la parte de atrás. Tendréis que esperar un par de horas. Cenaremos a las sejs.
Desley levantó la mirada hacia Rheinmiller, que continuaba en el pescante.
—Barney, la próxima vez voy a traer un revólver, y si no bajas esa maldita pendiente más despacio llenaré de plomo las tripas de tus caballos.
—Haces bien en advertírmelo —replicó tranquilamente Rheinmiller—. La próxima vez no habrá billete para ti.
Le tiró las riendas a Taggart y descendió del pescante con el aire jactancioso de un hombre que conoce su trabajo y sabe que todo el mundo está enterado de ello. Desuncieron los caballos, los llevaron al corral y les quitaron los arneses, los cuales colocaron a los cuatro caballos de refresco que esperaban siempre allí para el duro trayecto hasta Antelope Valley.
—Cuarenta grados en el llano —dijo Rheinmiller—. Aquí debemos estar a cincuenta, por lo menos. Demasiado pesado. —Fue de nuevo hasta la diligencia y regresó con un paquete—. Chamberlain te envía unos cuantos periódicos viejos.
—Los leeré el próximo invierno, cuando tenga tiempo para sentarme — dijo Taggart.
—Empapela las habitaciones con ellos y podrás leerlos de pie. — Rheinmiller señaló hacia la parte superior del acantilado—. Ahí llega Buff Cort. Le adelantamos en Willow Spring. Viaja despacio para no dejar demasiadas huellas detrás de él.
—¿Se ha metido en otro lío?
—Lo de siempre. Pero esta vez Hi Sproul ha muerto y Buff se enteró de que el gran jurado iba a tomar cartas en el asunto, de modo que puso pies en polvorosa. El sheriff salió detrás de él.
—¿Mr. Huckabine? —preguntó Taggart, sin poner el menor énfasis en el pomposo tratamiento—. ¿Le acompaña alguien?
—No. Se acercan las elecciones, y el sheriff opina, seguramente, que su mejor propaganda electoral será cazar a Buff sin ayuda de nadie.
—Una propaganda difícil —dijo Taggart, mirando hacia la parte superior del acantilado.. A aquella distancia, caballo y jinete formaban un solo cuerpo contra la parda tierra.
—Es asunto suyo —dijo Rheinmiller, y echó a andar hacia la casa—. Voy a echar un trago de ese viejo aguardiente que guardas para mí.
Taggart se acercó al puente y se asomó al boquete.
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—¿Cómo va eso, Henry?
—Este maldito tirante no encaja en el agujera.
—¿Quieres que te eche una mano?
—No es necesario. Puedo arreglármelas solo.
—Bien. A la hora de cenar suspende el trabajo. Pueden esperar otra hora.
—Ahora tengo al toro cogido por los cuernos y no puedo soltarlo.
En el entarimado del puente resonaron unos pasos ligeros y Taggart se volvió para ver a la mujer de la diligencia, que se acercaba, reparados los estragos que el viaje había producido en su persona. Se detuvo junto al boquete y extendió sus manos sobre el agujero como si quisiera retener en ellas el frescor que ascendía del río; en su rostro ovalado se reflejó un intenso placer.
—Esto es muy agradable —murmuró.
Era alta y bien formada, y sabía cómo convertir en excitante el más leve de sus movimientos.
—Esta noche, cuando se ponga el sol, necesitará usted un poco más de ropa —dijo Taggart—. ¿Va a Canyon City?
—Sí.
—¿Qué la espera allí?
La mujer se encogió de hombros.
—¿Qué me espera en todas partes? Este es un lugar muy solitario, ¿no cree?
—No he tenido tiempo para detenerme a pensar en ello.
—Siempre hay tiempo para detenerse a pensar.
—Es posible que sea solitario —admitió Taggart—. ¿Dónde vive usted?
—En el Dalles. ¿Irá usted por allí?
—Tal vez en otoño, cuando las primeras lluvias traigan un poco de calma al negocio.
—El otoño no está lejos —dijo ella. Y frunció significativamente los labios.
Taggart miró por encima del hombro de la mujer a Buff Cort, el cual había llegado a la última curva del camino y miraba a derecha y a izquierda, registrando el corral con los ojos, identificando los caballos, escrutando a los pasajeros de la diligencia que mataban el tiempo delante de la casa. Le gritó algo a Rheinmiller y se acercó al puente. Su rostro era alargado y estaba sucio de polvo, lo mismo que los rubios cabellos que asomaban por debajo del ala de su sombrero. Tenía veinticinco años, y en otros tiempos había sido simplemente un joven despreocupado, pero su despreocupación se había
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convertido en audacia, y la audacia en algo peor, hasta reducirle a lo que era ahora: un manojo de nervios más tensos que el alambre, que no confiaba en nadie y que no gozaba de una sola noche de descanso reparador. Se volvió en la silla para contemplar de nuevo la casa y para investigar la parte superior del acantilado; era un lobo solitario con una traición medio dormida en sus ojos y unas crueles arrugas en las comisuras de la boca. Señaló los dos tablones tendidos a lo largo del boquete del puente.
—¿Ha pasado alguien sobre esos tablones?
—Deja descansar a tu caballo —dijo Taggart—. El puente no tardará en quedar arreglado.
Cort se dio cuenta de la descarada curiosidad de la mujer, y le devolvió la mirada con brusca ingenuidad. Lió un cigarrillo, lo encendió y aspiró una larga bocanada de humo.
—Le daré un pienso al caballo y comeré aquí —dijo, y se encaminó hacia el granero.
Taggart consultó su reloj.
—Es casi la hora de cenar —dijo, y cogió el brazo de la mujer. Ella se pegó a Taggart, tocándole con el hombro.
Ada Tesreau colocó las bandejas sobre la mesa; trajo la Cafetera, la dejó delante del plato de Taggart y regresó a la cocina.
—Acaba de llegar Buff Cort. —Mal asunto —dijo Mrs. Campbell. —Kelsey lo arreglará. ¿Ha visto a la mujer? —La he visto —dijo Mrs. Campbell. —Es guapa.
—Dentro de cinco años será una ruina. Con la vida que lleva… —No parece una mujer de esa clase.
—Porque es de cierta categoría —dijo Mrs. Campbell—. Anillos,
vestidos, bombones… Pero, fíjate cómo maneja a los hombres. Puede
enseñarte algo. Llama para la cena.
Ada se asomó a la puerta y dijo:
—La cena está lista.
Se apartó a un lado.
La mujer rozó a todos los hombres que la rodeaban con su sonrisa, dedicó una atención especial a Taggart mientras se cogía de su brazo y entró en la casa con él. Había halagado a todos los hombres, pero distinguiendo a Taggart. Éste echó hacia atrás la silla contigua a la suya, la ayudó a sentarse y esperó a que los demás se instalaran en la mesa. Buff Cort fue el último en
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entrar. Dijo: «Hola, Ada», pero los crueles pliegues formados alrededor de su boca hicieron que su sonrisa no significara nada. Cogió la silla situada a la cabecera de la mesa.
Kelsey Taggart dijo:
—Ese es mi sitio. Siéntate en otra parte.
Aquella orden hirió en lo vivo a Buff Cort. Su mano permaneció sobre la silla y echó la cabeza hacia atrás para mirar a Taggart con expresión furiosa. Aquellos hombres y aquellas dos mujeres eran un público, y Cort había alcanzado aquella fase de la carrera turbulenta de un hombre en que la reputación se convierte para él en algo muy importante; por unos instantes pareció decidido a mantener sus derechos sobre aquella silla, pero finalmente se dirigió al lugar
vacante más próximo en la mesa y se sentó, con el rostro pálido de ira.
Taggart ofreció a la mujer la bandeja de la carne, ignorando a Cort pero, sabiendo que el joven no olvidaría el incidente. En aquella región los pequeños detalles conducían a las más enconadas peleas con mayor frecuencia que los grandes, y Cort era un indio mohawk para recordar y cobrarse tales afrentas a su amor propio. Taggart se dio cuenta —como se habían dado cuenta los hombres sentados silenciosamente alrededor de la mesa— de que había surgido algo que podía resultar difícil de arreglar.'
—¿No cena usted? —inquirió la mujer,
—Nunca lo hago hasta que termina el día y los huéspedes se han marchado.
La bandeja de la carne estaba vacía. Taggart la levantó hacia Ada, que se acercó a cogerla. La cabeza de Cort se alzó "hasta ella, y por un breve instante la mirada de la muchacha condenó abiertamente al joven por las dificultades que quería crearle a Taggart. Él rostro de Ada adquirió una expresión obstinada. Taggart se puso en pie.
+++Voy a ver lo que hace Henry. A lo mejor, la corriente se lo ha llevadó río abajo.
Rhéinmiller dijo:
—Tiené tanto whisky en el cuerpo» que flotaría como un corcho.
La déscoñfiáda mirada de Buff Cort se pegó a él mientras salía dé la casa. Taggart esperó haber recorrido una docena dé metros en dirección al puente, fuera del alcance de la Vista de Cort, para levantar los ojos hacia la parte
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superior del cañón. Tal como esperaba, vio a un jinete; Huckabine, probablemente.
Continuó andando y se asomó al boquete del puente.
—Falta muy poco —dijo Henry desde abajo.
Taggart regresó a la casa con los ojos clavados en el lejano sheriff. Recortándose de aquel modo contra la luz del día, ¿qué posibilidades creería tener Huckabine de sorprender a nadie? Cort saldría de la casa dentro de unos instantes para decidir si seguía huyendo o esperaba al sheriff. Si decidía esperarle, Huckabine iba a pasar un mal rato, ya que Cort era mucho enemigo para él. La mirada de Cort se posó
un breve instante en Taggart cuando éste volvió a entrar en el comedor para regresar inmediatamente a la mujer. Con los codos apoyados sobre la mesa y sosteniendo su barbilla, los ojos verdes halagaban al joven con su atención.
Cort dijo:
—Conozco esta región palmo a palmo. En cierta ocasión recorrí las doscientas millas en veinte horas. Esto requiere un buen caballo.
—Y un buen jinete —dijo la mujer.
—Sé sostenerme en una silla —dijo Cort, con falsa modestia—. Allá arriba, en el gran pinar, hay lugares que no ha pisado nadie más que yo. Podría enseñarle huellas de jaguar así de grandes…
Formó una copa con las dos manos y continuó hablandó. Esto era algo que les ocurría también a los de su clase. Cabalgaban solos y no confiaban en nadie, pero llegaba un momento en que tenían que hablar con alguien para no enloquecer:
Taggart se sentó en silencio, imaginando el acercamiento del sheriff, minuto a minuto. Huckabine localizaría al caballo de Cort en el patio. Si Cort permanecía aquí mucho tiempo, embebido en su charla con la mujer, el sheriff podría entrar rápidamente por una de las dos puertas de la casa, la principal o la trasera, y pillar desprevenido al joven. Los demás comensales habían terminado de cenar y estaban retrepados en sus sillas, escuchando a Cort. Uno de los hom¿ bres —el que se había apeado de la diligencia con cara de enfermo— y la mujer no sabían lo que se estaba preparando. El ranchero, el comerciante y el viejo Dutch Charley imaginaban desde hacía largo rato lo que podía ocurrir. Y lo mismo le sucedía a Barney Rheinmiller, el cual, aparentemente cansado de estar sentado, se puso en pie y echó a andar hacia el umbral de la puerta, sin llegar a cruzarlo. Miró de un modo casual hacia el puente y hacia el acantilado, Cort, sin dejar de hablar, observó a Rheinmiller.
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Ada entró en el comedor para volver a llenar las tazas de café y Rheinmiller se acercó de nuevo a la mesa.
—Tomaré otra taza, Ada —dijo.
Su rostro era una máscara inexpresiva y Cort se desinteresó por completo de él. Rheinmiller miró significativamente a Taggart, cogió su taza llena y se dirigió a uno de los rincones del comedor. Ada terminó de llenar las tazas y regresó a la cocina. Pero, antes de cruzar el umbral, se volvió a mirar a Taggart y éste vio un brillo de preocupación en los ojos de la muchacha: estaba preocupada por él. Trató de tranquilizarla moviendo la cabeza de un modo casi imperceptible.
—¿Cuánto falta para que el puente quede listo? —preguntó Rheinmiller.
—Media hora.
La mujer había hecho que Cort relajara su vigilancia, recordando a Taggart que ningún hombre puede mantener su guardia siempre levantada; el cansancio, o el hambre, o la desesperación de estar solo acaban por traicionarle. No oyó ningún ruido en el patio y supuso que el sheriff, viendo el caballo de Cort, había desmontado para acercarse cautelosamente a pie.
Cort dijo:
—Había subido la mitad del sendero, un paso de cabras, de un pie de anchura…
Repentinamente, apareció Huckabine en el umbral de la puerta. Desde su silla, Taggart veía al sheriff de frente y observó la expresión de su rostro al avistar a Cort. El joven se calló bruscamente. Se quedó rígido, con la cabeza ligeramente vuelta hacia atrás; estaba sorprendido, y por espacio de media docena de segundos su mente permaneció en punto muerto y el sheriff tuvo una clara oportunidad.
Pero Huckabine no había aparecido en el umbral de la puerta empuñando el revólver, como debió haber hecho; y luego, mientras los segundos de ventaja transcurrían, pareció atrapado por una especie de incertidumbre. Tal vez se debía a la presencia de la mujer, o tal vez la ocasión era superior a sus posibilidades de luchador. Lo cierto es que dejó escapar la oportunidad, ya que Cort dejó caer sus brazos bajo la mesa y a partir de aquel momento la ventaja estuvo de su parte. El sheriff, reconociéndolo, entró rápidamente en el comedor. Dijo:
—¿Tienes algo para comer, Kelsey?
Cogió una silla y se sentó cerca de uno de los extremos de la mesa.
Los ojos de Cort se pegaron a él con ardiente atención; su alargado rostro no reflejaba la menor emoción. Nadie dijo nada, y el silencio se hizo tan
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denso que la mujer captó algo anormal y miró a su alrededor con curiosidad. El sheriff empezó a comer; era un hombre de mediana edad que llevaba un traje oscuro, con más trazas de comerciante que de agente de la autoridad. Su misión parecía venirle ancha. Taggart le maldijo en silencio por la oportunidad que había desperdiciado y le compadeció por la situación en que ahora se encontraba.
Ada salió de la cocina y dio la vuelta a la mesa.
—La cena vale cincuenta centavos —dijo.
Recogió el dinero y fue metiéndolo en el bolsillo de su delantal. Taggart la miró y vio en aquel rostro serio algo que nunca había observado en él; miró a la otra mujer, con sus labios sensuales y sus ojos llenos de promesas, y volvió de nuevo los ojos hacia Ada. La muchacha había llegado junto a Cort, cuyo medio dólar reposaba sobre la mesa.
Taggart dijo:
—Si vas a utilizar el puente, Buff, será otro dólar.
Cort le fulminó con la mirada.
—¡Vaya negocio el tuyo! Sentarte a la puerta de tu casa, y robarle el dinero a todos los que pasan junto a ella…
—Si lo prefieres, puedes pasar el río a nado —replicó Taggart en tono indiferente.
Cort sacó otro dólar y se lo entregó a Ada. Su mirada siguió a la muchacha y observó cómo dejaba el dinero sobre el viejo escritorio que había en un rincón del comedor. Taggart se dio cuenta del interés del joven y supo lo que estaba pensando. Ada entregó a Rheinmiller, para que la firmara, una papeleta de pontazgo.
Cort empujó su silla hacia atrás con deliberada lentitud y se puso en pie. Mantenía los ojos clavados en la mujer con evidente descaro, pero Taggart sabía que no perdía de vista al sheriff.
—Si se queda en Canyon City mucho tiempo, tal vez nos veamos allí — dijo Cort.
—Será muy agradable —respondió la mujer.
Cort dio la vuelta a la mesa, andando ligeramente de costado de modo que estaba medio vuelto hacia la puerta; al llegar al umbral esperó unos instantes, observando al sheriff. Huckabine no apartó la vista de su plato y Cort desapareció en la oscuridad. Medio minuto después los cascos de su ca
bailo resonaron sobre los tablones que cubrían provisionalmente el boquete del puente. Luego, aquel sonido se apagó.
Rheinmiller dijo:
—¿Qué es lo que llevaba en su silla?
—Un Winchester —dijo Taggart,
El sheriff empujó su plato vacío, se tomó tiempo para encender un cigarro, se puso en pie y se encaminó hacia la puerta.
—¿Cuánto tiempo ha pasado aquí? —inquirió, de espaldas al comedor. —Una hora —dijo Taggart, dando una respuesta concreta a una pregunta
concreta. Si el sheriff deseaba un consejo, lo pediría, pero hacerle alguna sugerencia sin que él lo solicitara resultaría ofensivo. En aquella región, ningún hombre vertía agua en la cantimplora de otro a menos que le invitaran a hacerlo.
Huckabine se volvió y su mirada fue de un hombre a otro. Sus pensamientos no eran difíciles de leer, y la preocupación reflejada en su rostro indicaba claramente que no eran demasiado optimistas. Había iniciado una caza para la cual carecía de condiciones naturales; había desaprovechado su oportunidad, y ahora estaba obligado a continuar la caza —a la merced de un hombre que conocía el terreno palmo a palmo—, o a dar la apuesta por perdida y emprender el regreso. Pero su fracaso no tardaría en ser conocido en todo el condado y si volvía la espalda quedaría completamente desacreditado. La tarea era superior a sus fuerzas, y en sus ojos había un evidente deseo de ayuda; pero su insignia de sheriff le impedía solicitarla. Era su trabajo. Si necesitaba refuerzos, debió traerse a sus comisarios; no podía pedir la ayuda de unos hombres que, viviendo o trabajando a lo largo de aquel camino, podían atraer sobre sus cabezas la venganza de Cort. Su cigarro se apagó y volvió a encenderlo lentamente. Entretanto, tomó una decisión.
—Te veré más tarde, Kelsey —dijo, y salió de la casa. Poco después le oyeron cruzar el puente.
Rheinmiller dijo:
—Lleva el mismo Springfield anticuado de un solo disparo. Ladra mucho, pero sólo muerde una vez.
La mujer captó la tensión del ambiente y volvió un rostro lleno de curiosidad hacia Taggart.
—¿Qué pasa?
—El sheriff persigue a Buff Cort.
—¡Oh! —exclamó la mujer—. Tenía una extraña expresión en los ojos…, me refiero a su forajido. Pero, ¿por qué no le detuvo el sheriff?
—No es tan fácil como parece —dijo Taggart. r.j
—¿Qué es lo que hará ahora? El sheriff, quiero decir. Rheinmiller dijo:
—Eso es lo que él se estará preguntando.
Taggart salió de la casa. Sobre el cañón se tendían las primeras sombras del atardecer. Cort había desaparecido hacia el Sur por el angosto paso de la quebrada al pie de la pendiente de quince millas; el sheriff estaba a punto de cruzarlo, una oscura forma que avanzaba lentamente. Taggart * sacudió la cabeza y se acercó al puente.
—Un cuarto de hora más y quedará terminado «—dijo Henry Schwann. —Estupendo —dijo Taggart, pero estaba pensando en la ofensa que había
inferido a Cort en la mesa. Era uno de aquellos pequeños detalles que Cort no podía pasar por alto, so pena de ver rebajada su reputación de «duro». Además, Taggart había observado el interés que Cort demostraba por el dinero que Ada dejaba sobre el escritorio… y por el dinero acumulado que indudablemente creía que había en aquel mismo escritorio. La idea se desarrollaría… Taggart oyó que la mujer se acercaba a lo largo del puente y se volvió.
Ada limpió la mesa y se dispuso a lavar los platos.
—¿Qué cree que puede hacer ahora ese sheriff? —dijo Mrs. Campbell—. ¿Darse un paseo a caballo y regresar diciendo que Cort ha desaparecido? Una estupidez. —Miró a través de la ventana y descubrió a Taggart y a la mujer sobre el puente—. Ahí está esa pájara, excitándole con su sonrisa. Sabe mucho… —Se apartó de la ventana—. Yo fregaré los platos. Vete a cambiar de vestido. Ponte el nuevo. Y suéltate el pelo, Ada. ¿Por qué diablos lo llevas pegado a la cabeza, como una vieja solterona? Anda, date prisa.
El estampido de un disparo resonó en alguna parte del cañón, cuyas paredes multiplicaron sus ecos.
Mrs. Campbell dijo:
—Bueno, han empezado a disparar uno contra otro desde una distancia prudencial y no pasará nada, pero Huckabine dirá que lo ha intentado. Anda a cambiarte.
Ada se dirigió a su dormitorio, cerró la puerta y cogió su vestido nuevo. Se colocó delante de un pequeño espejo con el vestido apretado contra su cuerpo, tratando de captar alguna diferencia en su aspecto,
«No —pensó—. No servirá para nada.»
Dejó el vestido a un lado y volvió a enfrentarse con el espejo, arreglándose el pelo, sacando horquillas y colocándolas de nuevo; cuando estuvo peinada contempló fijamente su imagen. Durante un brevísimo espacio de tiempo, una leve esperanza puso un brillo en sus ojos. Era una esperanza absurda, pensó, y la idea mató a la esperanza.
Rheinmiller y los otros hombres se habían unido a Taggart y a la mujer en el puente. Permanecían inmóviles, con el oído tenso. De pronto, Taggart se volvió hacia Rheinmiller e hizo un breve movimiento con su mano.
La mujer inquirió:
—¿Qué significa eso?
—La muerte del sheriff.
Una ola superficial de reacción física pasó a través del rostro de la mujer, para desaparecer inmediatamente.
—Pobre hombre —dijo—. Parecía una buena persona.
Rheinmiller se encogió de hombros.
—El bocado era demasiado grande para él. Lo triste del caso es que él lo sabía. Un modo inútil de morir.
Henry Schwann trepó hasta la parte superior del puente, secándose el sudor que empapaba su rostro.
—Listo —anunció lacónicamente.
Ayudado por Rheinmiller, Taggart se dispuso a fijar los tablones sobre el soporte colocado por Schwann. Cuando empuñaba el mazo, Rheinmiller dijo:
—Buff está regresando.
Taggart levantó la cabeza y vio a Cort que surgía por la abertura de la pared meridional del cañón, cabalgando lentamente. Lo había supuesto; el error del sheriff no se había apartado de su mente, haciéndole adoptar su propia decisión. Soltando el mazo, se dirigió a la casa y sacó un 44 del cajón superior del escritorio. No lo había llevado más que un par de veces en cinco años, convencido de que ningún hombre debía cargar su cintura con cinco libras de metal a menos que se encontrara en dificultades o deseara creárselas. Tras hacer girar el cilindro un par de veces, se colocó el revólver en el cinto… y descubrió a Ada, que le contemplaba desde el umbral de la puerta.
—¿Qué sucede?
—Cort. Regresa hacia aquí. Cree que tengo algún dinero, y quiere hacer una demostración delante de esa mujer.
Ada palideció.
—Nunca le he visto utilizar un revólver.
—Sé manejarlo.
—¿Como lo maneja Cort?
—Es lo que no sé… todavía —dijo Taggart, y salió de la casa. Rheinmiller había sacado a la mujer del puente, seguido por los demás. Al
llegar ante la puerta de la casa, Rheinmiller se volvió hacia la mujer y le ordenó, en tono cortés pero firme:
—Entre y no se mueva.
El ranchero y el comerciante conocían la región lo suficientemente bien como para encaminarse a la diligencia y montar en ella, haciendo evidente su propósito de mantenerse al margen de los acontecimientos. Rheinmiller se unió a ellos, pero el otro pasajero, ignorante de las corrientes subterráneas que se movían a su alrededor, se sentó en una silla cerca de la pared de la casa colocándose inocentemente dentro de la posible línea de fuego. Nadie le advirtió del peligro que podía correr. Dutch Charley había trepado al pescante de su carromato, en .tanto que Henry Schwann se dirigió a la esquina más apartada de la casa; trabajaba para Taggart y en consecuencia era leal, pero era también un hombre viejo que no podía hacer nada.
Mientras esperaba que Cort cruzara el puente, Taggart se dio cuenta de que ahora se encontraba en los zapatos del sheriff. Si pedía ayuda, se la prestarían; si no la pedía, aquellos hombres que le rodeaban silenciosamente no intervendrían. Taggart conocía exactamente las sensaciones que había experimentado el sheriff, ya que él mismo las estaba experimentando en aquel momento. En tanto se mantuviera erguido sobre sus dos pies no podía pedirle a otro hombre que interviniera, ya que si lo hacía dejaría de ser el Kelsey Taggart que la gente conocía. Pero, a medida que la figura de Cort se iba agrandando delante de él, una extraña frialdad invadía su cuerpo, que dentro de unos instantes podía quedar desgarrado por una bala. A menudo había imaginado una escena como aquélla para descubrir sus reacciones; pero la cómoda especulación mental era algo muy distinto a esta realidad cada vez más próxima. Ahora comprendía el verdadero motivo de la fatal indecisión del sheriff. Los impulsos honrados que latían en Huckabine, estremecido por la proximidad de la muerte, habían entorpecido su agilidad física y mental y eventualmente le habían matado. Taggart notaba en él aquel mismo entorpecimiento. La honradez podía también matarle.
Cort se apeó de su caballo a veinte pies de distancia; rozó a cada uno de los hombres con su mirada, miró hacia la puerta, hacia el extremo más alejado del patio, hacia las esquinas de la casa, y terminó clavando sus ojos en Taggart. Era un hombre más peligroso de lo que lo había sido una hora antes, como si la muerte del sheriff hubiera agudizado sus instintos asesinos.
—He cruzado de nuevo tu puente, Taggart. ¿Quieres otro dólar de pontazgo?
La insolencia brillaba en sus ojos. Estaba a punto de hacer algo que provocaría comentarios…, de hacerlo delante de testigos que esparcirían la
noticia. En aquel momento, su rostro recordaba el de un animal de presa hambriento.
—Por esta vez no voy a cobrártelo —dijo Taggart, en tono suave.
—He decidido cobrar pontazgos, también —dijo Cort—. Tú me diste la idea. Tienes ese escritorio lleno del dinero que le robas a la gente.
—¿Un atraco? —dijo Taggart.
—Un pontazgo —dijo Cort.
La breve conversación se había desarrollado sin estridencias, y Cort estaba tan seguro de sí mismo que la inesperada reacción de Taggart le cogió por sorpresa. Taggart pensaba en el sheriff —en el momento de indecisión del sheriff— mientras sacaba su revólver, lo levantaba a la altura de su estómago y disparaba dos veces contra el cuadrado cuerpo de Cort. La mano derecha de Cort descendió rápidamente hasta su cadera, para empuñar su revólver, pero era demasiado tarde. Su cabeza osciló a uno y otro lado mientras los dos proyectiles se clavaban en su carne. Se estremeció, dirigió una última mirada de asombro a Taggart con ojos agonizantes y se desplomó sin vida sobre el polvo del patio.
Los seis hombres que le rodeaban le contemplaron como hubieran contemplado a un animal peligroso mientras queda un hálito de vida en su cuerpo. Rheinmiller fue el primero en avanzar, rodeando a Cort hasta que pudo arrancar el revólver de sus dedos inertes. Luego se inclinó y dio media vuelta al cadáver de Cort, poniéndolo boca arriba.
Taggart dijo:
—Cuando pase Brickley, le diré que avise al coroner.
La mujer salió de la casa y se acercó a Taggart; le cogió del brazo, apretando sus dedos contra él. Miró a Cort tendido en el suelo y murmuró:
—Asqueroso animal…
Rheinmiller le dirigió una mirada de enojo, y Taggart echó a andar repentinamente hacia la casa, molesto por aquella despiadada frase. Había llegado el momento de sacar a los caballos de refresco para la diligencia, pero cuando cruzó el umbral de la puerta vio a Ada junto a una ventana, con un rifle en las manos.
—¿Qué significa eso? —inquirió Taggart, sorprendido.
Ada levantó sus ojos hacia él, unos ojos que continuaban reflejando un indecible temor y una inquebrantable decisión; repentinamente, la muchacha dio media vuelta y entró precipitadamente en la cocina. Taggart se dirigió al establo, pensando: «¡Santo cielo! ¡Le hubiera matado!» Sacó los caballos, los llevó hasta la diligencia y empezó a uncirlos. Rheinmiller, Schwann y el ranchero habían transportado el cadáver de Cort a uno de los cobertizos; la mujer estaba de pie junto a la diligencia, contemplando a Taggart. Éste pasó por delante de ella, abrió' la portezuela y le ofreció la mano.
—Ahora ha descansado usted —dijo—, y viajar de noche no será tan pesado.
Cuando se hubo sentado, la mujer se inclinó hacia adelante para decir algo, pero Taggart se había adelantado a coger las riendas mientras Rheinmiller trepaba al pescante. Los otros pasajeros montaron en la diligencia.
Taggart le dijo a Rheinmiller:
—Si ves el cadáver de Huckabine tendido en el camino haz un disparo. Subiré por él. En caso contrario, saldré a buscarlo a primera hora de la mañana.
Arrojó las riendas al conductor, el cual animó a los caballos con un grito. La diligencia se puso en marcha. Cruzó el puente, y poco después pasaba por el angosto sendero lateral del cañón.
En la cocina, Mrs. Campbell le dijo a Ada:
—Esta noche cenaré en la cocina, con Henry. Tú puedes cenar en el comedor, con Kelsey. Vas muy bien peinada… estás muy guapa. Anda,
—No puedo ayudarle —dijo la muchacha—. No puedo decir nada que no haya dicho ya. Me ha visto un millar de veces.
—Siempre llega un momento en que un hombre mira y ve lo que no había visto antes.
Ada llenó dos platos con la comida que se había mantenido caliente en el horno y los llevó a la mesa. Volvió a entrar en la cocina en busca de la cafetera y salió con ella en el instante en que Taggart cruzaba la puerta, procedente del patio. Tenía la cabeza inclinada y cuando ocupó su sitio pareció que el peso de un gran cansancio le hundía en la silla. Apoyó los codos sobre la mesa, entrecruzó los dedos y permaneció inmóvil, sumido en profundos pensamientos.
Mrs. Campbell se asomó a mirar, con una expresión de ternura en un rostro en el que los desengaños habían dejado su imborrable huella. Ada se había detenido en el umbral de la puerta de la cocina. Parecía asustada. Respiraba agitada- mente y no se atrevía a moverse. Era una muchacha bonita, pensó Mrs. Campbell, cuando la emoción fundía la máscara que normalmente cubría su rostro y las ideas agradables surgían libremente a través de sus ojos.
Ada clavó la vista en el suelo. Todo su valor parecía haberla abandonado. Avanzó hacia la mesa, dejó la cafetera delante del plato de Taggart y ocupó su puesto, evitando mirar a Taggart.
rs. Campbell pensó:
«Eres tonta, muchacha. ¿No has aprendido nada de aquella mujer?» Cerró la puerta casi del todo y se pegó a la pequeña rendija para observar
lo que iba a suceder.
Taggart dijo:
—Hubieras disparado contra él…
—Desde luego, le hubiera matado —dijo Ada, y pareció encogerse todavía más.
Mrs. Campbell no pudo ver la expresión de Taggart, que estaba de espaldas a la cocina, pero la mirada que dirigió a la muchacha debió ser muy elocuente, ya que Ada se puso en pie con una rapidez desacostumbrada en ella y se acercó a Taggart. Colocándose detrás de él, cogió la cafetera y llenó su taza. Repentinamente, pareció invadirla una oleada de valor: alargó una mano y la posó ligeramente sobre el hombro de Taggart.
Era una verdadera lástima, pensó Mrs. Campbell, que Taggart no mirara a Ada en aquel momento para ver la ternura que la muchacha derramaba silenciosamente sobre él.
—Debe usted apartarlo de su pensamiento. Olvidarlo por completo. Cort era un mal individuo. No permita que continúe preocupándole.
—Tienes razón, Ada. La cosa ya no tiene remedio. Esta es una región muy dura. Tiene que haber sido más difícil para ti que para mí.
Ada dejó la cafetera sobre la mesa y regresó a su asiento.
—No le haga ascos a la cena —dijo—. Trabaja usted mucho y tiene que comer.
Taggart se inclinó hacia adelante, —Ada —dijo—, ¿llevas otro peinado? —No me lo hago con mucha frecuencia.
Mrs. Campbell se retorcía nerviosamente las manos. La situación había llegado a un punto tan delicado, que una mirada fría de la muchacha podía echarlo todo a rodar. Se produjo un silencio tan denso que podía ser cortado con un cuchillo. Pero lo que los ojos de Taggart proclamaban con tanta insistencia tuvo un maravilloso efecto; ante los deleitados ojos de Mrs. Campbell, Ada dejó de ser una silenciosa y oscura muchacha de un miserable rancho; se llenó a sí misma con la atención que el hombre le dedicaba y se convirtió en una mujer. Su rostro adquirió una nueva expresión, se iluminó.
Ada Tesreau habló con una voz segura, llena de maravillosas inflexiones.
—He calentado agua para que tomes un baño. Beberás una copa y te irás a la cama.
—Creo que la copa tendré que tomármela ahora.
Ada dejó oír una risa musical y se puso en pie.
—De acuerdo. Una ahora… y otra después.
Mrs. Campbell cerró la puerta silenciosamente. Estaba hecho, y nada podía deshacerlo, y el resto era tan seguro como que el sol seguiría iluminando la tierra. La mujer de la diligencia era un hermoso animal que había utilizado su carne contra Taggart sin suerte; pero le había despertado, y, al mirar a su alrededor, había visto a Ada. Mrs. Campbell oyó que Henry se acercaba a la casa y se asomó a la puerta trasera para advertirle, con tanta amabilidad que Henry la miró con aire sorprendido.
—Esta noche cenará usted conmigo, Henry. Baje la botella de la alacena.
La comida está caliente.
EL HOMBRE INESCRUTABLE
ERNEST HAYCOX
M i padre levantó su cigarro y dijo:
—La diligencia de Peach Creek ha sido asaltada hace cosa de una hora más allá del rancho de Harriman. La conducía Hank Lacey. Le han herido gravemente.
Estábamos en el porche, contemplando el juego de luces y sombras del atardecer de verano, mi madre, mi padre, yo y Gloria Harper, esta última sentada en los peldaños. Era la hora de la cena para New Hope, una hora tan apacible y tranquila que los golpes del macho de Rob Jenner llegaban claramente a nosotros desde la herrería, situada en el otro extremo del pueblo. Corría una leve brisa procedente del Oeste perfumada de aromas silvestres. Esto sucedía en 1881, cuando el mundo era joven y yo me encontraba en plena muchachez. A pesar del tiempo transcurrido, recuerdo claramente la rapidez con que giraron los hombros de Gloria Harper y la expresión preocupada de sus ojos.
—Esa es una de las diligencias de Jef —murmuró.
—Salió para allí en cuanto se enteró de la noticia —dijo mi padre y volvió a dedicar su atención a su cigarro.
La oscuridad descendió bruscamente sobre la llanura. A lo largo de nuestra pequeña calle, las lámparas de las casas empezaron a proyectar delgados chorros de luz a través de las ventanas. Pasó un carro de riego, y el olor a agua mezclada con polvo llenó nuestro olfato.
Gloria se puso en pie y permaneció inmóvil unos instantes. Incluso entonces su presencia y su personalidad resultaban excitantes para mí, alcanzándome como la resaca de una corriente. Ahora que soy mayor me doy cuenta de que era la riqueza interior de un cuerpo de muchacha plenamente desarrollado esperando expresarse, esperando ser gastada. Al cabo de un rato, Gloria nos dio las buenas noches y se dirigió
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a la casa contigua, donde vivían sus tíos. Sus padres, por lo que sabíamos, habían muerto en el Este hacía mucho tiempo, y los Harper la habían recogido cuando era una niña. Parecían tener dinero, ya que Harper llevaba una vida tranquila y aislada. Le recuerdo como a un hombre moreno y amable que siempre tomaba parte en el desfile del Cuatro de Julio, muy erguido y marcial en su uniforme de capitán del Gran Ejército Republicano.
La mecedora de mi madre crujió sobre las tablas del porche, Comprendí que estaba preocupada.
—¿Otra vez esos Cameron, Tod?
Mi padre dijo:
—Supongo que sí.
Y continuó fumando.
Una sombra empezó a deslizarse a lo largo de nuestra cerca. Sabía que era Johnny Dix que me estaba esperando, pero no me moví, ya que mi padre estaba hablando de nuevo y su tono era levemente triste y levemente amargo.
—La guerra acarreó una maldición sobre este país. Convirtió el matar en una ocupación noble. Convirtió en héroes a unos forajidos como Quantrell y la banda de los James. Los Cameron no hacen más que seguir la pauta.
Al cabo de un rato empecé a bajar la escalera. La voz de mi madre me hizo detenerme y dar media vuelta. Mi padre se había quitado el cigarro de la boca y me miraba con una expresión más incisiva que de costumbre. Dijo:
—Deja que se vaya. Dentro de unos cuantos años tendrá pocas ocasiones de divertirse.
Creo que quería decirme algo más. Pero no lo hizo, y una de las cosas que ahora lamento más profundamente es el hecho de que mi padre rompiera tan raramente sus prolongados silencios, que era casi un extraño para mí. Porque he llegado a comprender que su silencio era el silencio de la soledad. Era uno de los pocos hombres realmente instruidos en un pueblo que no tenía tiempo ni paciencia para destinarlos a la educación. No disponía de nadie con quien compartir sus gustos, y en consecuencia se alimentaba de sí mismo. Una de las mayores tragedias de este mundo consiste en que la gente levanta unos muros a su alrededor y se muere lentamente de hambre dentro de ellos.
Salí al encuentro de Johnny Dix y echamos a correr a través de las oscuras calles hacia la parte meridional del pueblo, donde se reunía nuestra pandilla.
Todas las piezas de la historia, tan desperdigadas entonces, encajan ahora perfectamente. Al día siguiente, me encontraba en la St. Vrain Street, enfrente del Beauty Belle, cuando el viejo Henry Nellis salió de una tienda cercana y
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detuvo a un hombre cuyo nombre he olvidado. Nellis estaba muy excitado. Le dijo al otro hombre:
—Jeff McKay ha metido a Hale Cameron en la cárcel, esta mañana.
Lacey ha muerto.
Recuerdo el escalofrío que recorrió mi espinazo. En New Hope ocurría siempre lo mismo: transcurrían apaciblemente los días, y de pronto la excitación y la violencia caían sobre nosotros tan rápida e inesperadamente como una tormenta de verano. Nellis estaba diciendo algo más, pero súbitamente se interrumpió, mascullando una palabra entre dientes. Los dos hombres miraban fijamente hacia el otro lado de la calle, hacia el Beuty Belle. Giré la cabeza y vi a Big Bill Dolliver, el dueño del saloon, que salía por las puertas oscilantes, sacudía sus grandes hombros y se detenía a encender un cigarro.
No se me ocurre un modo mejor de describir a Big Bill Dolliver que el decir que a pesar de que entre Dolliver y aquellos dos hombres había la anchura de la calle, le temían. Oí que Nellis susurraba:
—Me pregunto qué opinará Bill del asunto.
A continuación, Nellis se marchó y el otro hombre entró en la tienda. Dolliver había encendido su cigarro; cruzó la calle, pasó junto a mí sin apenas mirarme y se encaminó al restaurante de Linenweber.
He dicho que apenas me miró, pero todavía me parece sentir la intensidad de aquella breve mirada y el poder de penetración de los taciturnos ojos de Big Bill Dolliver. Era un personaje central en nuestro pueblo y todo el mundo tenía una conciencia física de su presencia. No era un hombre alto, pero a mí me parecía enorme; y demostraba siempre una absoluta indiferencia por las opiniones de los demás. Era como si alentara en él el espíritu de un corsario que desdeñaba las pequeñas reglas de un mundo que no estaba hecho a su medida. Tenía alrededor de cuarenta años y ocupaba una habitación de soltero en el Hotel Occidental. Pero sólo iba allí a dormir; todas las otras horas las pasaba en su saloon, un establecimiento'excepcionalmente lujoso en nuestro destartalado y polvoriento pueblo.
Eran más de las doce y eché a correr hacia casa, ansiando comunicar la gran noticia. Encontré a mis padres sentados a la mesa. Dije, sin respirar:
—Jeff McKay ha metido en la cárcel a Hale Cameron esta mañana y Lacey el conductor de la diligencia ha muerto.
Mi padre me miró de un modo muy raro y se limitó a decir:
—Sí.
Pero mi madre pareció muy preocupada.
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—Está creciendo como un salvaje, Tod.
Me senté a la mesa. Pero en aquel momento vi a Jeff McKay, que se detenía ante la verja de nuestra casa, se apeaba de su enorme bayo y empezaba a subir la escalera del porche. Me olvidé de la comida. La adoración al héroe de un muchacho es una Cosa extraña y maravillosa, y Jeff McKay era la clase de hombre que yo deseaba ser. Tenía veintitrés años, que en aquella época era la edad de un hombre maduro, unos ojos grises, una figura alta y esbelta y los modales más apacibles que imaginarse puedan. Había en él cierta condescendencia y cierta humildad, pero poseía —como demostraron los subsiguientes acontecimientos— una conciencia calvinista y una voluntad calvinista. Aquellas cualidades fueron las que atrajeron la tormenta sobre su cabeza. Como la mayoría de escoceses, era un hombre ambicioso. Era dueño de cua,tro líneas de diligencias, y Lacey había sido conductor de uno de sus vehículos.
Se inclinó ante mi madre, sonriendo, y me habló de un modo que acabó de conquistar mi corazón en su favor. Dirigiéndose a mi padre, le dijo:
—Quería pedirle un consejo.
Mi padre señaló una silla y Jeff McKay se sentó. Mi.madre captó el gesto de mi padre y me hizo una seña con la cabeza, para indicarme que debía abandonar la mesa. Pero mi padre dijo:
—Deja que el chico se quede.
Ahora lo comprendo todo claramente, Mi padre no quería sermonearme, pero deseaba que viera y oyera por mí mismo para que fuera aprendiendo la lección del mundo.
Jeff McKay dijo:
—Lacey ha muerto. Pero antes de que muriera hablé con él. El que asaltó la diligencia y disparó fue Hale Cameron. He encontrado a Hale y lo he metido en la cárcel. Mi testimonio colgará la cuerda alrededor de su cuello. ¿He obrado bien?
Mi padre respondió con un par de preguntas.
—¿Cómo supiste dónde encontrarle? Y cuando le encontraste, ¿cómo conseguiste separarle del resto de la banda?
—Le encontré —se limitó a decir Jeff McKay. Habló suavemente, pero detrás del tono había una terrible seguridad que todavía recuerdo. Luego repitió—: ¿He obrado bien?
—De acuerdo con tu conciencia —dijo mi padre secamente—. Pero, en esta región, la conciencia es un lujo. La pandilla de los Cameron no te dejarán nunca en paz. La mitad del pueblo te odiará por haber detenido a su héroe, y
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la la otra mitad te despreciará por no haber matado a Hale en la pradera, cuando le encontraste.
Jeff McKay se puso en pie.
—Tenemos unas leyes —fue lo único que dijo, y se marchó.
Me levanté inmediatamente y le seguí hasta el porche, pero no se detuvo. Cruzó la verja y llevó su caballo hasta la casa de los Harper, Gloria estaba allí esperándole, y vi que Jeff McKay hablaba con ella, muy sonrientes los dos. Ahora me río al pensar en los celos que me abrasaron. Jeff Mckay dijo algo más y ambos cesaron de sonreír. La luz del sol caía a plomo sobre ellos. Permanecieron unos instantes completamente inmóviles, uno junto a otro, muy semejantes en su silencio.
Mi padre me llamó y tuve que volver a entrar en la casa. En tono grave, me dijo:
—Lo que acabas de oír, hijo mío, es solamente para tus oídos.
Mi madre exclamó:
—¡Esta es una región cruel y despiadada, Tod!
El furor era algo tan desusado en aquella mujercita de modales dulces, que mi padre y yo quedamos asombrados. Miró a mi padre y pareció acusarle.
—Estoy pensando en Jeff y en Gloria —dijo, y abandonó bruscamente la mesa. Pero, una vez en la cocina, preguntó—: ¿Por qué no hacen algo los hombres de este pueblo?
Mi padre dijo:
—¿Qué tenemos que hacer?
—Podríais empezar con Bill Dolliver.
Creo que conviene decir algo acerca de aquella amplia y exuberante región para que pueda comprenderse la furia que estalló a través de New Hope. Nuestro pueblo era próspero y algunas familias se enriquecían con el negocio del transporte; teníamos nuestras escuelas, nuestras iglesias y nuestra nobleza. Éramos una comunidad asentada. Pero vivíamos en las mismas fronteras de la inseguridad y de la violencia. Al Sur, en Kansas y Missouri, las bandas de forajidos campaban a sus anchas. Al Oeste se extendía la gran pradera, con sus inmensas distancias; a ciento cincuenta millas en aquella dirección rugían aún las rutas del ganado y los pueblos que las jalonaban. No podíamos escapar al impacto de aquel mundo semisalvaje. New Hope trataba de ser un pueblo situado dentro del orden y de la legalidad, pero en él seguía existiendo un concepto primitivo de la justicia personal. Si un hombre ofendía a otro, el ofendido tenía derecho a vengarse.
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Lo que mi padre le había dicho a Jeff McKay era cierto. No estaban formadas aún las listas de jurados para juzgar a Hale Cameron por el asesinato de Lacey cuando New Hope empezó a arder con una extraña fiebre. Los chiquillos son muy perceptivos, y yo recorría las calles y notaba aquella excitación con tanta claridad como si fuera un viento cálido procedente de la pradera. Veía en el pueblo a hombres a los cuales no había visto nunca, y cuyo aspecto no era nada tranquilizador. Nuestros propios tronquistas y estibadores, que rara vez holgazaneaban en la St. Vrain Street, ahora callejeaban continuamente por allí. Para muchos de aquellos hombres, Hale Cameron era un héroe, un Robin Hood, como lo era aún Jesse James; y para muchos de ellos Jeff McKay era un cobarde, por no haberse batido a tiros con Cameron en la pradera.
Para Jeff MacKay no había paz, y se decía en voz alta que moriría de una bala disparada por Dan Cameron, el hermano mayor de Hale, antes de que terminara el mes. Parece inconcebible que aquella ola de sinrazón nos envolviera como lo hizo. Algunos de los amigos de Jeff ni siquiera se atrevieron a darle pruebas de su amistad durante las amargas semanas que siguieron.
Recuerdo que el día anterior al juicio pasé por la St. Vrain Street en compañía de Gloria Harper. Ella llevaba un vestido blanco con las mangas escaroladas y se protegía del cálido sol con una sombrilla que sostenía con una gracia difícil de describir. Creo que en el interior de aquella muchacha había un ritmo que brotaba de ella e influía todo lo que tocaba. La calle estaba atestada, como si fuera un día de fiesta, y la excitación era más intensa que nunca. Se rumoreaba que Dan Cameron iba a presentarse en New Hope con su banda para sacar a su hermano de la cárcel, y a causa de ello el sheriff había colocado vigilancia a lo largo de toda la St.Vrain Street; a cada cien metros nos cruzábamos con un par de hombres apoyados contra la pared de un edificio, con un revólver en la cadera y un aspecto muy solemne. Pero, por solemnes que estuvieran, al paso de Gloria levantaban sus sombreros y hablaban con ella.
Al final de la calle vi a Big Bill Dolliver. Se había quitado el sombrero y sus cabellos negros resplandecían a la luz del sol y oscurecían el resto de su cara. Tenía un cigarro entre los dientes, pero sus labios quedaban ocultos por el largo y tupido bigote que llevaba. No sé por qué, había llegado a creer que la suerte de Jeff McKay dependía en gran parte de aquel hombre. Y, por lo visto, no era el único que lo creía.
Dolliver dijo:
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—Buenos días, Miss Harper.
Gloria se detuvo e inclinó su sombrilla, y yo alcé la mirada y vi que le sonreía a Dolliver. No le tenía miedo. Dijo:
—No creo todas las historias que he oído acerca de usted. Jeff necesita ayuda.
Dolliver se quitó el cigarro de los labios, inclinó la mirada, sacudió una mota de ceniza de su chaqueta y levantó la cabeza.
—Espero que nunca creerá todas las historias que oiga acerca de mí. No se preocupe por Jeff.
Continuamos nuestro camino hasta llegar a la oficina de Jeff, más allá del restaurante de Linenweber. Había dos hombres en la puerta, pero se hicieron a un lado para que pasara Gloria. Encontramos a Jeff sentado ante un pupitre, escribiendo en un libro. Recuerdo que llevaba unos manguitos negros y que sobre el pupitre había un revólver. Al vernos, se puso en pie y me estrechó la mano.
Gloria dijo:
—He estado hablando con Mr. Dolliver.
Jeff frunció ligeramente el ceño. Me di cuenta de que la noticia no le había sentado bien. Pero se limitó a decir:
—¿De veras?
Gloria sonrió.
—Ha estado muy cortés. Veo que tienes centinelas en la puerta, Jeff. ¿Acaso Dan Cameron tratará de rescatar a su hermano?
—No tardaremos en saberlo.
Se miraban a los ojos, con una expresión absorta, y me sentí completamente excluido. De modo que me marché a la calle, dolido por la exclusión. Pero miré hacia atrás una vez… y lo que vi se me aparece ahora como un brillante cuadro cuando estoy desalentado. Formaban una bella pareja. Sus rostros estaban serios, y no hablaban. Eran dos seres que no necesitaban hablar demasiado, ya que entre ellos existía una perfecta comprensión, la comunión de la fe.
Eché a andar calle abajo, una vez más en el remolino de la excitación. Me detuve junto a la escalinata del palacio de justicia, pero uno de los hombres que estaban de vigilancia me dijo: «Este no es lugar para ti, muchacho», de modo que continué andando para regresar a casa. Dolliver estaba debajo de la marquesina del Beauty Belle hablando con un hombre que le escuchaba con mucha atención. La mano de Dolliver se cerró, convirtiéndose en un sólido puño, mientras decía algo que hizo que el hombre se marchara con cierto
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apresuramiento; luego, Dolliver entró en el saloon tras barrer la calle con una mirada. Cuando pasé por delante de la puerta del saloon vi que en el interior del local había mucha gente que hacía mucho ruido. Una mujer avanzaba hacia mí, pero cruzó la calle para no pasar por delante del Beauty Belle.
Aquella noche, mi padre me dijo:
—Mañana quiero que te mantengas alejado de la St. Vrain Street.
Me fui a la cama y soñé que los hombres de Dan Cameron entraban en New Hope a caballo, disparando sus revólveres. A la mañana siguiente, que era la fecha señalada para el juicio, me dirigí a la confluencia de las calles St.Vrain y Prairie y trepé al tejado del almacén de Beekman. Me tendí sobre mi estómago, vigilando la entrada del palacio de justicia. Vi mucha gente allí, pero ninguna violencia, aunque por la noche, mientras merodeaba con Johnny Dix por los alrededores del pueblo, mi compañero me contó que Dan Cameron se había presentado en New Hope solo, se había desvanecido en una calleja contigua al Beauty Belle y más tarde se había marchado.
Inquirí:
—¿Por qué no le detuvieron?
En tono de misterio, Johnny dijo:
—Mi padre dice que Bill Dolliver no quería que le detuvieran.
Al día siguiente, mi padre se presentó en casa a la hora de comer con un aspecto muy complacido. Se sentó, bendijo la comida y me miró a través de la mesa.
—Cuando seas mayor, quiero que recuerdes que la generación de tu padre también sabía obrar de acuerdo con la ley. El jurado ha declarado culpable a Hale Cameron. Será colgado. La mitad de los hombres que se encontraban en la sala trató de intimidar a Jeff cuando prestó declaración. Pero no consiguieron asustarle, y por Dios que contó toda la historia.
—¡Tod! —le reprendió mi madre—. Modera tu lenguaje.
—Ya es hora —dijo mi padre— de que nuestro hijo aprenda que las personas respetables sueltan a veces alguna palabrota.
Tuvimos una semana de calma en el pueblo, pero era una calma aterradora, ya que estaban levantando el patíbulo en las afueras del pueblo, y su silueta espectral parecía despertar en todos nosotros el primitivo salvajismo latente en el fondo de nuestro ser. Por la noche solía dirigirme al lugar donde se alzaba el patíbulo para contemplar su tétrica armazón irguiéndose hacia el cielo. Le colgaron el 10 de agosto de 1881. Ni Dan Cameron ni sus hombres hicieron acto de presencia. Antes de morir, antes de que le colocaran el negro
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capuchón, Hale Cameron miró hacia el lugar donde se encontraba Big Bill Dolliver y dijo, tan claramente que todo el mundo oyó sus palabras:
—Cuando bajes al infierno, Bill, estaré allí para contemplar cómo ardes. Mi padre nos contó todo esto cuando llegó a casa por la noche. Estaba
hablándole a mi madre, pero ahora comprendo que deseaba que yo viera el cuadro tal como él lo veía, que quería endurecerme contra la brutalidad de un mundo en el que no tardaría en entrar. Creo que él recibió un tremendo desengaño cuando pasó de los sueños de la juventud a las realidades de la vida de adulto, y estaba decidido a que yo no sufriera la misma desilusión. Desde luego, su adiestramiento acortó los años de mi adolescencia y me maduró precozmente. Tal vez perdí, algo; tal vez me vi desposeído de alguno de los dorados días juveniles. Pero a los dieciocho años era ya un hombre… y la educación recibida de mi padre me salvó de muchos errores.
Mi madre, como ya he dicho, era una mujercita dulce; la rudeza de los hombres siempre la había asustado. Sin embargo, recuerdo que en aquel momento irguió la barbilla, y recuerdo su voz encolerizada: —A quien tendríais que colgar ahora es a Bill Dolliver.
Mi padre sacudió la cabeza.
—No comprendes las reglas del juego en nuestro pueblo —dijo. Tampoco yo las comprendía entonces. Pasó mucho tiempo antes de que
comprendiera las reglas del juego y a aquel hombre inescrutable que andaba por nuestras calles en silencio, y nos conocía tan bien y nos despreciaba tanto. El Beauty Belle le había hecho rico, y la riqueza era una voz poderosa en New Hope, una voz que escuchaban incluso nuestros mejores ciudadanos. Pero el secreto de su poder no residía en su dinero, sino en las circunstancias que le situaban al margen del resto de nosotros y le cerraban en pleno rostro la puerta social. Ya que, siendo el dueño de un saloon, se encontraba en aquella línea fronteriza entre el bien y el mal que nuestra conciencia pueblerina insistía en establecer. Mi padre podía dejarse caer en el saloon para tomar una copa y charlar con algún amigo. Pero los tronquistas, y los colonos empobrecidos y todos aquellos que formaban el grupo de resentidos de nuestra comunidad acudían también allí. El Beauty Belle era su refugio, y su casino, y Bill Dolliver, que les comprendía, era su caudillo. Dolliver conocía el temperamento de aquel grupo de descontentos. Conocía sus seoretos. Era su portavoz, y a él acudían nuestros mejores ciudadanos cuando temían a la multitud o cuando deseaban los votos de la multitud.
Incluso los forajidos acudían a Bill. New Hope sospechaba desde hacía mucho tiempo que Bill Dolliver compartía los secretos de la banda de los
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Cameron, y cuando Hale Cameron, desde la plataforma del patíbulo, había enviado amargamente a Bill al infierno, la sospecha se convirtió en certidumbre. Ahora puedo comprenderlo. Los Cameron formaban parte de aquel mundo sobre el cual gobernaba Bill y, en consecuencia, para afirmar más su propia autoridad, Big Bill Dolliver traficaba con los Cameron. Era un hombre de una moral brutalmente práctica. Todavía me parece verle, con sus mejillas de pómulos salientes vueltas implacablemente hacia el mundo, sus penetrantes ojos mofándose de todo y de todos. Creo que sólo admiraba una cosa: la fuerza. Cualquier otro hombre de New Hope hubiera salido del pueblo a uña de caballo. Pero Dolliver continuó allí, tan indiferente como antes, mientras las encontradas corrientes de la especulación, del odio y del miedo circulaban a su alrededor.
Entonces ocurrió algo en nuestro pueblo difícil de describir. Al principio no fue más que una sensación, como si una catástrofe planeara sobre nuestras cabezas. Todos los chicos de mi pandilla sabían que estaba a punto de suceder algo. Una noche, Johnny Dix dio un nombre a aquella sensación.
Johnnny dijo:
—Dan Cameron va a matar a Jeff McKay, Mi padre lo ha oído decir. Resulta extraño cómo el olor de la sangre viaja con el viento, cómo fluye
de la tierra el impulso de la violencia. Era sólo un rumor, sin fundamento aparente. Sin embargo, a la noche siguiente, poco antes de la hora de la cena, Dan Cameron y cinco de sus hombres surgieron de la pradera, entraron en una St.Vrain Street medio desierta y dispararon una andanada de balas contra la pequeña oficina de Jeff McKay, contigua al restaurante de Linenweber. Desaparecieron inmediatamente, dejando a Jeff ileso detrás del escritorio; pero un hombre que acababa de salir del restaurante cayó con un balazo en las costillas. No hubo ninguna persecución.
Dos horas más tarde estábamos sentados en el porche cuando Jeff y Gloria salieron de la casa de los Harper y se acercaron a la nuestra. La noche era oscura, pero nuestras lámparas proyectaban un leve resplandor sobre la acera y pude ver claramente el rostro de Jeff McKay. Recuerdo ahora que su expresión había cambiado. Sus facciones estaban más rígidas y había una pequeña arruga en las comisuras de su boca. Las dificultades no le habían quebrantado; le habían endurecido
—¿Ha formado una posse el sheriff Carrigan? —preguntó mi padre. —Quería un mandamiento para formarla —dijo Jeff— Pero no he querido
extendérselo.
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—No necesita ningún mandamiento —dijo mi padre, Pero inmediatamente añadió—: Comprendo que busque un pretexto para dar caza a la banda de los Cameron. Eres un hombre marcado, Jeff.
—Es un asunto que debo resolver yo. No quiero que vayan otros a dar la cara por mí.
Mi padre permaneció silencioso un largo rato. Luego dijo:
—La solución podría ser más sencilla. Creo que la llave de esta situación está en el bolsillo de un hombre. Vete a ver a Bill Dolliver.
—No puedo hacer eso —dijo Jeff.
Mi padre se removió en su silla. Recuerdo el resplandor rojizo de la punta de su cigarro y el olor del humo.
—Me parece recordar que hace cosa de un mes te dije que tu conciencia era un lujo.
—Es el único lujo que puedo permitirme —dijo Jeff Mc- Kay, y se marchó con Gloria.
Les contemplé mientras se alejaban en la oscuridad, uno al lado del otro y sin hablar. Sus altas siluetas se recortaban contra las sombras; y algo de la fe inquebrantable que ambos poseían pareció quedar detrás de ellos, en el porche, haciendo más apacible la noche.
Mi padre se puso en pie. Dijo:
—Ven conmigo.
Nos dirigimos hacia el centro del pueblo. Las lámparas de las casas derramaban chorros dorados sobre las aceras. Delante del Beauty Belle había un gran charco de luz. Mi padre se volvió hacia mí.
—A veces resulta difícil conocer la diferencia entre lo bueno y lo malo.
Un hombre no debe precipitarse nunca en sus juicios.
Cuando llegamos a la altura del Beauty Belle vi a Dolliver apoyado en uno de los postes de la marquesina, fumando un cigarro. Levantó la mirada hacia nosotros y dijo:
—Hola, Tod.
Un saludo muy cortés, procediendo de quien procedía. Mi padre era hombre de pocas palabras, pero había en él cierta «clase». Creo que Dolliver la respetaba.
Mi padre dijo:
—Jeff McKay estará muerto antes de que termine la semana.
Dolliver se limitó a mirarle. Su cigarro basculó hacia arriba y su boca desapareció bajo la broza de su negro bigote. Noté el poder de aquellos ojos impacientes clavados en mi padre, y odié a Dolliver de nuevo, Pero el tono de
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la voz de mi padre no se alteró. Recuerdo que repentinamente me sentí muy orgulloso de él.
—No has hecho lo suficiente, Bill.
—Dolliver dijo:
—No he hecho absolutamente nada, Tod.
Pero la voz de mi padre era más incisiva que de costumbre.
—No estoy de acuerdo. Tenías poder suficiente para salvar a Hale Cameron de la cuerda. Sin embargo, dejaste que lo colgaran. Fue una elección deliberada por tu parte. New Hope no comprende los motivos. Yo, sí. Cuando dejaste que Hale recibiera su castigo, estabas apoyando a Jeff McKay. Pero no es suficiente.
Las palabras surgieron de la garganta de Dolliver como un gruñido.
—No soy ningún reformista.
—No —convino mi padre, secamente—, no lo eres. Sin embargo, cuando te negaste a proteger a Hale, te situaste al margen del grupo de los que hasta ahora habían sido los tuyos. No puedo ver otro motivo para ellos que el deseo de darle una oportunidad a Jeff. Pero el resultado ha sido que has arruinado tu propia influencia sobre la banda de los
Cameron y has hecho la muerte de McKay tan segura como la llegada de la noche. —Tras una breve pausa añadió, en voz baja—: Es el castigo por permitir que un noble impulso sacara a relucir lo bueno que hay en ti, Bill. La situación ha empeorado.
—Es posible —dijo Dolliver.
En aquel momento comprendí muy poco de aquella conversación, pero las palabras quedaron impresas de un modo indeleble en mi memoria. Dolliver tenía una expresión más huraña que nunca. Mi padre permanecía muy erguido ante él, iluminado por las luces del Beauty Belle.
—Siempre has jugado de acuerdo con tus conveniencias —dijo mi padre
—. En ti no se concibe que te hayas hecho a un lado para apoyar el juego de Jeff. Si ha sido un impulso bondadoso, no es suficiente. Mientras Dan Cameron esté vivo, no habrá esperanza para Jeff. Y no se trata solamente de Jeff, sino también de Gloria Harper.
Dolliver avanzó ligeramente la cabeza. —He oído decir que van a casarse, —Es cierto.
—Jeff es un muchacho valiente —dijo Dolliver—. Y yo admiro el valor. Algún día tendrá que aprender a suavizar sus elevados principios escoceses
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con unas cuantas consideraciones prácticas. Este es un mundo difícil para los principios, Tod. Yo no he podido permitírmelos nunca.
Aquello fue todo. Dolliver giró sobre sus talones y entró en el Beauty Belle, y mi padre y yo emprendimos lentamente el regreso a casa. Mi padre andaba con la cabeza inclinada y las manos a la espalda. Algo en su silencio me impresionó y no me atreví a hablar. En el cielo brillaba una luna llena y el polvo de nuestra calle resplandecía como plateadas escamas. Jeff y Gloria regresaban también de su paseo. Al llegar a nuestra verja, mi padre se volvió a mirarles y luego apoyó una mano en mi hombro.
—No temas nunca a nadie y no te precipites nunca al juzgar a las personas —murmuró.
Entramos en la casa y subí a mi habitación. Poco después, antes de quedarme dormido, oí un rumor de voces en la calle. Me levanté y me asomé a la ventana. Dolliver, montado en una calesa, hablaba con mi padre, que estaba de pie en el borde de la acera. La luz de la luna iluminaba nuestra calle como si fuera de día, de modo que pude ver claramente el rostro de Big Bill Dolliver. Su expresión, no sé por qué, me pareció «solemne». Es la mejor palabra que se me ocurre para describirlo. No entendí lo que decía, pero mi padre estrechó calurosamente su mano antes de que Dolliver se alejara en dirección Oeste, envuelto en una nube de polvo.
Resulta curioso lo sensibles que son los chiquillos a las inflexiones de la voz, la rapidez con que pueden leer a través de ellas. Cuando mi madre me llamó a la mañana siguiente, por el tono con que pronunció mi nombre supe que algo había sucedido. Me vestí rápidamente —ya que en New Hope vivíamos todos con la esperanza de lo inesperado— y bajé al comedor. Mi padre estaba ya sentado a la mesa, con el rostro evidentemente entristecido. Bendijo los alimentos en un tono más solemne que de costumbre, y luego me miró a través de la mesa. Dijo:
—Creo que es conveniente que sepas, hijo mío, que anoche Dolliver fue a Camp Creek y mató a Dan Cameron de un balazo en el corazón. Uno de los hombres de Cameron le mató a él antes de que pudiera escapar. Hace unas horas han traído la noticia desde el rancho de Harriman.
Mi madre había odiado a Dolliver, pero la bondad de su alma se sintió lastimada por la noticia. Se sentó con las manos plegadas y la oí murmurar:
—Dios tenga misericordia de él.
—Eso significa el final de la banda —dijo mi padre—. Hale era el cerebro de ella y Dan el látigo. Desaparecidos los dos, el resto huirá a otros lugares. Jeff está ahora a salvo.
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—Era un hombre malo —dijo mi madre, pensando en Dolliver.
Pero mi padre se levantó rápidamente de la mesa y sacudió la cabeza.
—Yo no estoy tan seguro de ello —dijo.
Bueno, fue una impresión que sacudió de un extremo a otro la St.Vrain Street. No creo que New Hope se diera cuenta de la importancia que en la vida del pueblo había tenido aquel hombre inescrutable hasta que vio el negro ataúd que transportaba sus restos al cementerio de Locust Hill. Fue una historia que nunca murió en nuestro pueblo mientras permanecí en él. Una historia con la clase de moraleja que agradaba a New Hope. Big Bill había sido un socio secreto de los Cameron. Pero había discutido con ellos por un botín y había muerto. En un par de ocasiones me encontraba con mi padre cuando alguien contaba la historia, y me di cuenta de que la escuchaba en silencio, con aire entristecido.
Un par de meses después, Jeff y Gloria se casaron. Jeff se había construido una casa en la parte occidental del pueblo, y la ceremonia se celebró allí. Todo el mundo sabía que los Harper eran gente acomodada, pero fue una sorpresa general el hecho de que ofrecieran a Gloria un cheque de diez mil dólares depositados en un Banco de Omaha. Harper explicó que la suma era el producto de la venta de unas fincas, propiedad de la muchacha, que habían reservado para el día de su boda. Y también fue una sorpresa para el pueblo el hecho de que Harper, que nunca había trabajado, se empleara como tenedor de libros en la fábrica de cerveza. Recuerdo que le oí explicar el motivo de aquella decisión.
—Durante quince años hemos estado ocupados criando a Gloria. Ahora hemos perdido esta ocupación, de modo que me he buscado otra.
Sólo me queda añadir una cosa, de la cual no me enteré hasta muchos años después, en el Lejano Oeste. Mi padre estaba envejeciendo, y los recuerdos de New Hope le resultar ban cada vez más queridos. Una noche, nuestra conversación recayó en el pueblo.
—En cuanto a Dolliver —dijo mi padre—, New Hope sólo estaba en lo cierto a medias. Era una potencia allí, y no tenía ilusiones. Se encontraba a medio camino entre los buenos y los malos… y controlaba al pueblo porque controlaba a los malos. Para conservar su poder, no vacilaba en hacer un trato con hombres como los Cameron. Pero dejó morir a Hale para proteger a Jeff. Y decidió matar a Dan, sabiendo que tenía muy pocas probabilidades de salir con vida, para seguir protegiendo a Jeff… y a Gloria.
—¿Por qué? —pregunté—. No parece una cosa propia de Dolliver.
Mi padre dijo:
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—Cuando le mataron, fui uno de los hombres nombrados por el tribunal para abrir la caja fuerte del Beauty Belle. En la caja había un documento: un certificado de nacimiento. Los cuatro hombres que abrimos la caja leimos el certificado de nacimiento, lo destruimos y juramos que nca hablaríamos de él. Bill había mantenido a los Harper durante muchos años. Los diez mil dólares que le entregaron a Gloria el día de su boda eran de Dolliver. Ella lo ignoraba. Lo ha ignorado siempre.
Mi padre era un hombre enemigo de convertir sus emociones en un espectáculo. Pero aquella noche me di cuenta de que se había resquebrajado su habitual reserva.
—Verás —añadió—, Bill Dolliver era el padre de Gloria. Pero se conocía demasiado a sí mismo y conocía demasiado al mundo para permitir que Gloria creciera como hija suya. Por eso escogió a los Harper para que la criaran, muchos años antes de su llegada a New Hope. La muchacha no se enteró nunca. Bueno, era un tahúr y no tenía escrúpulos. Pero tampoco tenía miedo, y cuando llegó el momento supo dar la cara como un hombre, sin vacilar un solo instante.
Para mi padre y para la generación de mi padre, aquello lo justificaba todo.
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LA POZA
ERNEST HAYCOX
A las tres y media de la mañana, Dan Poe se levantó y encendió una fogata. Las llamas se alzaron azules y brillantes contra la negra oscuridad. Unas frías corrientes de aire descendían por las laderas de las colinas situadas a su izquierda: a su derecha se extendía el desierto, profundamente silencioso. Llenó una cacerola con agua de la poza y la puso en el fuego, sobre dos piedras; luego ensilló su caballo y ató a la silla el rollo de mantas. Volviendo a agacharse junto a la fogata se empapó de su calor, mientras vertía un puñado de café en la cacerola. A continuación sacó de su bolsillo un trozo de cecina de venado y empezó a comérselo cortando
delgadas lonchas con una navaja.
Una leve y pálida claridad empezó a enturbiar el cielo, y en alguna parte de la pradera cabalgaba un hombre: el sonido de los cascos de su caballo llegó débilmente a través de las sombras. Dan Poe sacó el café hirviente del fuego y quitó la espuma con una ramita. Sus manos estaban arrugadas por la edad; dedos y nudillos no tenían más que piel. La silueta de sus hombros sugería un cuerpo que, hacía mucho tiempo, había sido alto y robusto. Cuando alzó la cacerola de café, se cogió el blanco bigote con dos dedos y lo echó hacia atrás mientras bebía.
El jinete se había detenido en la oscuridad, más allá del círculo de luz… y por aquella señal Dan Poe conoció el destino del hombre y su calibre. No cambió de posición, pero sus manos se movieron rápidamente para arreglar el fuego. El jinete se apeó de su caballo y condujo al animal hasta la poza para que bebiera. Permaneció allí silenciosamente, una forma difusa a la grisácea claridad del alba. Luego se acercó
a la fogata, se agachó junto a ella y extendió sus manos al calor.
—Allí está el café —dijo Dan Poe.
El hombre cogió la cacerola ávidamente y, a pesar de lo caliente que estaba, bebió sin respirar un largo trago. Los ojos de Dan Poe observaban por
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debajo del ala de su sombrero, viendo exactamente lo que había que ver. El hombre era moreno y en su rostro podían apreciarse las huellas del duro viaje, y otras, más antiguas, de una vida de disipación. Volvió a dejar la cacerola sobre las brasas con un suave «¡ah!» y sacó sus trebejos de fumar. Mientras liaba un cigarrillo, su mirada estaba fija en Dan Poe con una ardiente intensidad. Todos sus movimientos eran bruscos, provocados por unos nervios tensos como alambres.
El alba gris iba disolviendo la oscuridad nocturna. El perfil de las colinas empezó a hacerse visible y los bordes inmediatos del arenoso desierto reflejaron un brillo opaco y plateado. Dan Poe bebió otro trago de café. Se pasó el dorso de la mano por el bigote y dijo, en tono enigmático:
—Pronto se hará de día.
El hombre se incorporó, sopesando a Poe atentamente; abrió la boca como si fuera a decir algo, pero volvió a cerrarla. Una repentina decisión le envió bruscamente hacia su caballo. Murmuró: «Gracias», y cabalgó en dirección Este a medio galope hasta llegar a la ladera de una colina. Empezó a trepar, al paso, hacia el oscuro lindero de una pinada. En aquella ladera, el camino se partía en tres direcciones; Dan Poe volvió ligeramente la cabeza y observó que el hombre escogía y seguía la ruta más corta hacia el bosque. Unos instantes después se perdió de vista.
Un amanecer frío, sin sol, iba abriéndose paso a través del desierto, ampliando los horizontes visuales. Había llegado el momento de continuar la búsqueda del ternero extraviado que había traído a Dan Poe tan al norte de sus pastos. Pero demoró la marcha, ya que por el Oeste acababa de aparecer un jinete, envuelto en una nube de polvo. Dan Poe puso un poco más de agua en la cacerola y volvió a colocarla sobre el fuego. El desierto no cambiaba nunca. Tarde o temprano, todos los viajeros llegaban a este cruce de caminos, el cazador y el cazado, el bueno y el malo. Dan Poe llevaba setenta años comprobándolo.
El café hervía de nuevo cuando llegó el segundo jinete. Era un muchacho, y la vehemencia y la vitalidad de la juventud le daban una sonriente vivacidad. Miró a Dan Poe mientras llevaba su caballo a abrevar. Dijo:
—¿Qué le ha traído a usted hasta aquí?
Cuando se volvió, su chaqueta abierta dejó ver una estrella prendida debajo. Llevaba un revólver.
Dan Poe dijo:
—Reses extraviadas. Aquí está el café.
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El joven se acercó y bebió. Pero, incluso mientras bebía, sus ojos escrutaban el suelo a su alrededor. Soltó la cacerola y dio una vuelta a la poza, andando lentamente. El suelo era una página impresa y el joven leía en ella. Levantó la cabeza y permaneció unos instantes con la mirada clavada en las colinas. Luego se volvió hacia Dan Poe. En sus ojos se adivinaba una pregunta.
Una pregunta que no llegó a formular. Había leído las señales impresas en el suelo; tenía que utilizar su propio criterio, sin ayuda de nadie. Al igual que el jinete anterior, había estudiado al anciano con profundo interés y estaba pensando lo que el fugitivo había pensado: Dan Poe era inquebrantablemente honrado y nunca se le ocurriría compadecer a un forajido. Pero Dan Poe no traicionaría nunca a otro ser humano. Tenía a gala no inmiscuirse en los asuntos personales de ningún hombre. Era una convicción, una filosofía profundamente arraigada en él, simple y elemental.
El joven comisario comprendió y se acercó a su caballo. Había dejado de sonreír. Desde la silla, dijo:
—Le veré a usted más tarde.
Cabalgó en línea recta hacia las colinas, oscilando un poco sobre la silla. El rostro de Dan Poe reflejó una leve aprobación. El muchacho había recibido una buena enseñanza; no había hecho preguntas. Luego, frunció ligeramente el ceño con expresión insatisfecha, ya que al llegar a la cumbre de la ladera el joven comisario había escogido el camino equivocado.
Dan Poe permaneció junto al fuego, sentado sobre sus talones. Apagó las últimas brasas con una rama y dejó que sus largos dedos descansaran sobre sus rodillas. Encima de las colinas, una franja dorada se ensanchaba cada vez más, y todos los oscuros colores del desierto empezaban a diluirse
ante la proximidad de la salida del sol. El olor a savia embalsamaba el aire. Había llegado el momento de marcharse, pero Dan Poe esperó.
Lo que esperaba no tardó en llegar, en forma de tres disparos cuyos ecos descendieron por la ladera. Dan Poe irguió la cabeza. Un hombre había disparado y otro hombre había contestado al disparo. ¿Quién había disparado por tercera vez? La mirada de Dan Poe se dirigió casi inconscientemente al rifle que colgaba de su silla. Luego vio a un jinete que descendía lentamente la ladera. Dan Poe apartó rápidamente los ojos y empezó a remover las cenizas del fuego con la rama. No volvió a levantar la mirada hasta que oyó una voz que decía:
—Esperaré a que llegue la posse. Entonces enterraremos al forajido.
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El ala de su sombrero ocultó el súbito relajamiento de la expresión de Dan Poe. Se incorporó bruscamente y miró al joven comisario.
—Has fallado un disparo.
—Los dos primeros los ha hecho él. El mío fue el tercero.
Dan Poe se acercó a su caballo y trepó a la silla con la lentitud propia de la vejez. Su mirada azul, apagada por muchos años de soles de verano y vientos invernales, se posó, aprobadora, en el joven.
Dan Poe había criado cinco hijos, y les había enviado a abrirse camino por sí mismos. Ahora estaban todos casados y eran hombres rectos y capaces; y este comisario de ojos sonrientes era el menor de sus hijos. Una agradable sensación de orgullo invadió el pecho del anciano.
Dijo:
—Sírvete tú mismo el café.
Empezó a alejarse, al paso. La luz del sol estalló repentinamente sobre las colinas y el desierto se convirtió en una llama de color amarillento. Él cálido día había llegado.
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Creek poco antes de la hora de la cena y dejó su caballo en el establo de Lasher.
Al Despain regresó de su viaje a caballo a las minas de Elk
—Mañana —le dijo a Lasher— coge la yegua y llévala a que le pongan herraduras nuevas.
—De acuerdo, AL ¿Algo bueno por allí?
—Como siempre —dijo Despain.
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MRS. BENSONS
ERNEST HAYCOX
S E detuvo en la calle a encender un cigarro y a contemplar el pueblo de Auburn, extendiéndose a lo largo de la quebrada, con sus moradores
dirigiéndose hacia sus casas de troncos y chimeneas de hojalata, que enviaban nubes de humo al aire otoñal. Tres mujeres estaban de pie delante de la tienda de Powder River, y Mrs. Benson salió de la tienda con su cesta de provisiones y pasó junto a ellas. Las mujeres interrumpieron su conversación y saludaron a Mrs. Benson cuando ésta les dirigió una sonrisa; luego reanudaron su charla mientras Mrs. Benson, sin haberse detenido, se alejaba por la acera.
Mrs. Benson —Despain lo había observado antes— tenía la costumbre de sonreír a la gente, especialmente a las mujeres, y continuar su camino; no parecía gustarle los grupos, ni pertenecer a ninguno. Despain sabía que Mrs. Benson tenía treinta y cuatro años, y a aquella edad se encontraba en la plenitud del verano que acaba. Su rostro tenía la tersura que precede inmediatamente a las arrugas de la experiencia; su boca conservaba aún la firmeza de la juventud, y sus ojos azules reflejaban algunas sombras, pero no demasiadas.
Despain alzó su sombrero cuando ella estuvo más cerca, y el gesto fue correspondido con una mirada que era algo más
que cortés; por un instante, el interés de Mrs. Benson fue algo tan palpable como una caricia. Luego, la mujer se alejó, dejando detrás de ella las ondas concéntricas de aquel breve encuentro.
Despain se encaminó al Blue Bucket y esperó en la puerta a que Clyde Dill cruzara la calle y se uniera a él.
Dill dijo:
—Quería hablarte acerca de Fisher.
—Vamos dentro —dijo Despain.
Se volvió para dirigir una última mirada a Mrs. Benson, que ya había llegado a su casa, situada más allá de la hilera de comercios. Pensó que Mrs.
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Benson iba a cenar tarde; pero tal vez ésta era una de las muchas noches en que su marido no regresaría del Ditch. Benson era el ingeniero de aquella obra y vivía en ella tanto como en el pueblo con su esposa. Benson tenía diez años más que ella. Al llegar a la puerta de su casa, Mrs. Benson volvió la cabeza y Despain captó de nuevo su atención a través de la distancia. Entró en el saloon, irritado por el conocimiento de que los ojos de Dill no le perdían de vista. Cruzó la sala del Blue Bucket y entró en su propio despacho, situado en la parte de atrás, seguido por Dill.
—Cierra la puerta —dijo.
—Escucha —dijo Dill—. Fisher se ha insolentado conmigo cuando le he detenido.
—Estaba borracho cuando trató de destrozar el espejo del bar. Se había dejado su paga en la mesa de póquer…, tenía derecho a un poco de diversión. Suéltale. Dile que venga a verme.
—No quiero que el pueblo crea que puede tomarme el pelo —objetó Dill.
—Haz lo que te digo —insistió Despain—. Suéltale.
No le tenía demasiado aprecio a aquel sheriff que, convencido de que era un hombre guapo, se consideraba a sí mismo como un conquistador y un personaje duro en su trabajo. En realidad, Dill estaba asustado de su trabajo; era un hombre de dos filos, que pasaba demasiado tiempo conquistando a las mujeres.
—De acuerdo —dijo Dill con aire enfurruñado, y se marchó.
Entró el encargado del saloon y Despain estuvo ocupado durante un cuarto de hora revisando las cuentas del día. Abrió la caja fuerte para meter en ella el dinero, y contempló al encargado mientras contaba el cambio para la noche. Mrs. Benson volvió a su recuerdo y él empezó a pasear lentamente por el despacho, con las manos hundidas en los bolsillos de los pantalones y los hombros caídos hacia adelante. Era un hombre alto que pasados cinco años probablemente empezaría a engordar; tenía los ojos color gris ceniza en un cutis oliváceo, y llevaba el pelo, negro y rizado, muy corto.
La puerta se abrió par dar paso a un hombre bajito que mostraba los efectos de una imponente borrachera. Su rostro estaba magullado a causa de los golpes que Clyde Dill le había propinado al detenerle. Olía intensamente a whisky y a tabaco.
Despain dijo:
—Tienes la peor resaca del mundo, Ben. ¿Cuánto perdiste anoche al póquer?
—Mil cien dólares.
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—Ahora estás en el pueblo —dijo Despain—. Arruinado para todo el invierno y sin el fruto de un año de trabajo. Eres un tonto con las cartas, Ben.
—Todos somos tontos, Al, en una u otra cosa.
—Dile a Burns que te descuente el importe del espejo de los mil cien dólares y que te devuelva el resto,
—No he venido a mendigar, Al.
—Estabas borracho, y yo no robo a los borrachos. —Al se acercó al hombrecillo y colocó un brazo alrededor de sus hombros—. Si yo pudiera encontrar en una botella la diversión que encuentras tú, tal vez me dedicaría a beber.
—No es divertido —dijo Ben—. ¿Sabes lo que ocurre, Al? Un hombre no vale gran cosa. Pero un poco de whisky le hace sentirse tan fuerte, que se cree capaz de acabar con este maldito mundo que se ha estado burlando de él desde que nació. Luego se le pasan los efectos del whisky, y vuelve a ser el de antes.
—Eres una buena persona, Ben.
Ben Fisher se encogió de hombros, aunque era evidente que se sentía halagado.
—Este invierno no probaré ni una gota de licor —dijo, y salió de la habitación.
Despain se marchó del despacho por la puerta trasera, echó a andar por la calle que se abría en la parte posterior del edificio y llegó a la casa de Clara Calhoun, situada entre la farmacia de Bull y la tienda de Teal y Simpson. Llamó una vez, suavemente, y entró. Clara estaba en la cocina, con un delantal encima de un vestido de color carmesí, bordado en oro, que le daba un aire de excesivo lujo. Llevaba los negros cabellos recogidos sobre la cabeza, y en su rostro sonriente se reflejó cierta indulgencia al mirar a Despain. Era una mujer robusta que conservaba la línea a costa de algunos sacrificios. Pero era bonita, indudablemente.
—Quítate el abrigo, Al. Aquí hace calor.
Un maniquí, medio cubierto con trozos de tela unidos por alfileres, indicaba la profesión de Clara Calhoun. La habitación de la parte delantera era su tienda; se había traído el maniquí a la cocina para un trabajo de última hora.
—Clara —dijo Despain—, no tienes más que un par de ojos, y los estás destruyendo trabajando a la luz de la lámpara.
—Ese vestido es para Maude Hemsley, y he de terminarlo la semana próxima.
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—Parece un buen vestido…
—Maude es una chica un poco extravagante, Al.
—Procura que te lo pague pronto —dijo Despain—. El próximo año, Hemsley no podrá permitirse esos lujos.
Clara puso la mesa y se quitó el delantal. Luego se sentaron.
—¿Por qué no podrá permitirse Hemsley pagar un vestido el año próximo,
Al?
—Su placer se está agotando. Cuando llegue la primavera se producirá una desbandada: todo el mundo se marchará a los yacimientos de Boise. Dentro de tres años, las calles de Auburn estarán llenas de vacas. Ocurre en todos los campamentos mineros. Voy a vender el saloon este invierno, antes de que sea demasiado tarde.
—¿Adonde vas a ir?
—No tengo ni idea. Pensé que éste podía ser el lugar donde me detuviera definitivamente. Estoy cansado de ir de un lado para otro. Ya no soy joven para andar vagando por esos mundos. —Hizo una breve pausa—. Últimamente se me ha ocurrido que tal vez enfoqué mal mi vida y nunca podré reparar el error.
Clara sonrió de un modo muy raro.
—Bueno —dijo—, has tenido más de lo que tienen la mayoría de los hombres. Nunca te has visto obligado a trabajar rudamente como esos mineros, para acabar cuidando caballos a cambio de que te dejen dormir en el establo.
Terminaron de cenar y se levantaron de la mesa para lavar los platos. Despain estaba en pie al lado de Clara con el paño de cocina en las manos y un cigarro entre los dientes.
—Tal vez debiera sentirme satisfecho.
—¡Oh! Tú siempre has deseado algo más.
—Tal vez me esté haciendo viejo y haya cambiado de modo de pensar. Despain terminó de secar los cubiertos y volvió a sentarse para fumarse su
cigarro mientras Clara se acercaba de nuevo al maniquí; lo contempló con los ojos entrecerrados, para imaginar cómo iba a ser el vestido.
—¿Cuántos años llevas haciendo esto, Clara?
—Unos diez, aproximadamente.
—De día y de noche —dijo Despain—. Llega a cansar, ¿no crees? —Todo llega a cansar —dijo Clara—. Pero yo no me hago a mí misma
preguntas raras, como tú. —Se volvió a mirarle, con los ojos llenos de
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comprensión y de afecto—. Yo acepto lo que la vida me da. Y este maniquí continuará conmigo mucho tiempo después de que tú te hayas marchado.
Despain se puso en pie.
—Voy a dejarme caer en la reunión de los Masterson. ¿Por qué no vienes
tú?
—No me han invitado. —Cambió de tema—. Fíjate en lo que llevan las mujeres.
—Tampoco a mí me habrían invitado, si Masterson no me debiera dinero.
Lo dijo con una seriedad que provocó la risa de Clara.
—¡Oh! Eres un hombre la mar de divertido,
Despain quedó un momento intrigado por aquellas palabras, pero la alegría de Clara acabó por hacerle sonreír y, acercándose a ella, la abrazó. Clara alzó la cabeza, poniéndose repentinamente seria, y permanecieron unos instantes abrazados, mirándose en silencio. Despain la besó. Luego, se marchó de la casa, observando que Clara se había arrodillado delante del maniquí y había empezado a trabajar. La imagen le preocupó durante todo el camino hacia la casa de los Masterson.
La reunión se celebraba en un patio trasero iluminado con farolillos chinos colgados de las ramas de los pinos. Había allí unas treinta parejas, aproximadamente, todas ellas pertenecientes al grupo que dominaba en la vida del pueblo: comerciantes, abogados, un par de médicos, un ranchero y su esposa, el director de la línea de diligencias y los Bartell, que habían encontrado una veta de cuarzo.
Al Despain presentó sus respetos a los dueños de la casa y pasó a través de la multitud, ni tranquilo ni intranquilo. Sería tratado con respeto, como un hombre de negocios; lo que en privado opinaran de él como dueño de un saloon era otra cosa. Probó el ponche, y se unió a un grupo de hombres que hablaban de política, encontrando una buena acogida.
Jimmy Swain dijo:
—¿Qué ha descubierto usted en su viaje?
—Nada de nuevo —dijo Despain, y no se molestó en añadir lo que opinaba acerca del futuro de Auburn. Aquel conocimiento era para beneficio suyo, no para el de aquellos hombres. Habló un poco y escuchó otro poco, y así transcurrió media hora. Recordando las instrucciones de Clara, trató de describirse los vestidos de las mujeres a sí mismo, pero no lo consiguió. Recordaba también que Clara no había sido invitada a la reunión, y esto hizo que aumentara su enojo y que decidiera marcharse; cuando se disponía a hacerlo, vio a Mrs. Benson y a su marido en un rincón del patio.
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Era indudable que otras personas habían estado con ellos, pero en aquel momento se encontraban solos, y en el rostro de Mrs. Benson había aquella máscara sonriente que Despain había observado antes. La mirada de Mrs. Benson se posó en él, y la luz de un farolillo chino se proyectó en sus ojos, haciéndolos brillar intensamente. Despain vaciló unos instantes, pero un impulso agresivo le movió a acercarse a la pareja. Evitó mirar a la mujer, y se dirigió a Benson.
—No le veo a usted con mucha frecuencia por aquí, Geor- ge —dijo. —Ahora, con la llegada del invierno, tendré más tiempo libre —respondió
Benson.
Tenía un cráneo pequeño y unas facciones correctas. Sus sienes empezaban a grisear, y su rostro tenía el color del nogal. Sabía cuidar de sí mismo; en su interior había una deliberada indiferencia que le hacía inmune a las tormentas que agitaban a otros; acogía a la gente con bastante cortesía, pero sus modales expresaban siempre cierta frialdad, como si no tuviera mucho tiempo que perder.
Mrs. Benson miró más allá de su marido, hacia la casa. Su rostro estaba de perfil cuando Despain se volvió hacia ella, y repentinamente Despain adivinó que fingía ignorar su presencia.
—Buenas noches —dijo Despain, atrayendo su atención, y vio algo levemente vivo en el insondable azul de sus ojos.
Despain se inclinó ante la pareja y se alejó. Al cruzar el patio vio a Clyde Dill cerca de la ponchera, y abandonó la casa con una sensación de disgusto por el inquisitivo interés del sheriff.
Regresó a la oficina del saloon, comprendiendo de pronto que los Masterson le habían hecho un desaire a Clara Calhoun. Nunca volvería a aceptar otra invitación suya. El recuerdo de la mirada de Mrs. Benson se pegó a él y se negó a abandonarle. Alrededor de las diez se dirigió al bar para tomar su copa de todas las noches y vio que George Benson estaba jugando al póquer.
Despain pensó: «Ese hombre es un estúpido al dejar a su esposa sola». Se fue a acostar. +++
La fragancia matinal era la mezcla de un millar de olores destilados de los pinos de las colinas y de la artemisa de las llanuras. Despain fumaba su cigarro mientras contemplaba a Mrs. Benson que salía del establo de Ponderoy para su habitual paseo a caballo. En cuanto hubo desaparecido por la quebrada, detrás del pueblo, Despain se encaminó al establo de Lasher en busca de su propio caballo, siguió la calle hasta el final y tomó otro sendero
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en dirección a las colinas. Media hora de rodeo a un trote vivo le condujo al camino que seguía Mrs. Benson. Deteniendo su caballo a la sombra de unos pinos, esperó.
Mrs. Benson apareció a través del bosque, vio a Despain y sonrió sin demostrar la menor sorpresa; esperaba encontrarle allí.
—Cabalga usted muy de prisa —dijo—. Le he visto salir del pueblo detrás de mí.
Los dos cáballos avanzaron juntos a lo largo del camino. —Habitualmente, tomo el camino que sube por la otra quebrada. Tengo
una cabaña en aquella dirección.,., un lugar adonde ir cuando me canso de Auburn.
—A mí, Auburn no me cansa nunca —dijo ella.
—Lo suponía.
—¿Acaso lo llevo escrito en la cara?
—Usted no lleva nada escrito en la cara, Mrs. Benson.
Despain captó la excitación que hervía en ella, aunque no permitía que surgiera al exterior. Parecía estar segura de sí misma y segura de él. Murmuró:
—La gente tiene que manifestarse tal como es a unas cuantas personas, por lo menos. Es terrible no tener a nadie que sepa cómo somos en realidad.
Llegaron a una bifurcación del camino. Mrs. Benson miró a Despain con una pregunta en los ojos; él señaló con un ademán el sendero de la derecha y ella hizo que su caballo lo tomara.
—Me halaga que tenga usted tanta confianza en mí —dijo Despain. —Tiene usted unos ojos muy perspicaces. Lo hubiera visto de todos
modos. No le conozco a usted demasiado bien…, me guío por mi intuición.
Creo que sabe usted guardar un secreto.
—El dueño de un saloon tiene que aprender a guardarlos —dijo Despain. Después de aquel primer diálogo permanecieron en silencio. Mrs. Benson
estaba adoptando una decisión acerca de él basándose en sus modales y en lo que había dicho; Despain estaba también sopesándola. Su primera impresión acerca de la ligereza y el espíritu solitario de aquella mujer persistía. Tenía poco más de treinta años y la habían desatendido hasta qpe se desesperó. Pero Despain no captó en ella el menor deseo de coquetear; era una dama, tal como había imaginado desde el primer momento.
Tomaron otro sendero que se hundía más profundamente en el bosque, hasta llegar a una cabaña de troncos rodeada de pinos. Despain detuvo su montura.
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—Este es mi refugio. Si Auburn se arruina, puedo vivir en las colinas. —No lo haría usted. A usted le gusta la animación, Mr. Despain, y no
temería correr un riesgo.
Despain no la miró al formular la pregunta.
—¿Le gustaría ver la cabaña?
La respuesta de Mrs. Benson llegó después de una pequeña pausa:
—Sí.
Despain se apeó del caballo y le ofreció una mano a Mrs. Benson. La cogió del brazo, echó a andar hacia la cabaña y abrió la puerta. Mrs. Benson entró delante de él y se detuvo en el centro de la única habitación de la cabaña. Su mirada recorrió rápidamente el lugar: el fogón y la alacena, la mesa, el catre. Dijo:
—Las ratas han andado por aquí. —Luego se acercó al catre y miró las mantas cuidadosamente dobladas debajo del colchón—. Es usted una buena ama de casa, Mr. Despain.
Despain supo lo que estaba pensando. Dijo:
—Yo arreglé esa cama. Nadie había visitado esta cabaña hasta ahora.
Mrs. Benson le miró fijamente.
—Me alegra oírle decir eso.
Despain experimentó una sensación anormal en él: se sentía torpe y muy turbado. Avanzó hacia Mrs. Benson, pero se detuvo, vacilando. En el rostro de la mujer había una intensa dulzura, una ávida expectación. Cuando Despain la rodeó con sus brazos se apretó contra él con una rapidez que parecía demostrar cierta impaciencia. Echándole los brazos al cuello, Mrs. Benson levantó el rostro. Aquélla no era la amable mujer solitaria.
—Hacía mucho tiempo —murmuró Mrs. Benson, apoyando su mejilla contra el pecho de Despain— que no me sucedía nada semejante a esto.
Despain no dijo nada. Se sentía ligero y temerario, y maravillosamente agresivo.
Mrs. Benson dijo:
—A ti no te preocupa lo que está bien o lo que está mal, ¿verdad? —No.
—Me alegro. Yo estaba preocupada al principio… cuando empecé a pensar en ti. Pero la gente no puede sentirse sola durante tanto tiempo. Entonces, lo bueno y lo malo son…
Se apartó de Despain, encogiéndose de hombros. Sonreía. Luego, se alisó el pelo y miró a Despain con complacido interés. Él no vio ninguna sombra en su rostro, ningún remordimiento.
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—Será mejor que nos vayamos —dijo Mrs. Benson—. Nunca estoy fuera del pueblo más de dos horas.
Le cogió de la mano y echó a andar hacia los caballos. Despain la ayudó a montar y se quedó unos instantes en pie a su lado, viendo cómo la sonrisa de Mrs. Benson se convertía en una suave risa.
—Tienes el aspecto de un hombre que acaba de matar a un oso.
Despain dijo, muy serio:
—No quisiera lastimarte.
—¿Lastimarme? —inquirió Mrs. Benson, sorprendida—. Éste es el primer día, desde hace siglos, que no me siento lastimada.
Despain montó en su caballo con aire pensativo. Mrs. Benson manejaba aquel asunto mejor que él. No estaba insegura. No tenía dudas. Para ella todo era bueno. Se dio cuenta de que la mujer le miraba con expectante interés; esperaba que dijera algo. Y Despain sabía lo que deseaba que dijera.
Inquirió:
—¿Cuándo volveré a verte?
—Mañana por la mañana, a la misma hora. Será mejor que salgas del pueblo antes que yo y vengas por otro camino.
Despain asintió. Una milla más adelante pensó que había llegado el momento de que se separaran y obligó a su caballo a avanzar a través de los árboles. Mrs. Benson se detuvo a mirarle mientras se alejaba, siguiéndole con su sonrisa. Estaba sentada muy erguida en la silla, y a Despain le recordó un verde tallo de hierba agostado durante mucho tiempo por el calor y reavivado súbitamente por el frescor de la lluvia. Cuando llegó al pueblo pasó por delante de Clyde Dill y notó la socarrona mirada que le dirigía el sheriff.
A las nueve de la noche, poco más o menos, Despain se dirigió a casa de Clara. Llamó a la puerta trasera, como de costumbre, y entró. Clara estaba sentada en una silla, con el maniquí vestido inclinado hacia ella; hilvanaba las mangas. Despain encendió un cigarro y se sentó junto a la mesa, esperando que Clara terminara. La muchacha trabajaba rápidamente, moviendo los dedos con una habilidad que daba gusto contemplar. Parecía cansada.
—Lo tomas demasiado en serio —dijo Despain, y señaló el vestido—. Ese escote… ¿no es demasiado grande?
—No —respondió Clara—. Maude Hemsley lo quiere así. —Yo creía que un vestido servía para cubrir a una mujer. Clara le miró, riendo. En aquel momento estaba guapa. —Eres un hombre muy raro —dijo—. ¿Qué llevaban las mujeres en la reunión de anoche?
—Traté de fijarme, pero a decir verdad no recuerdo absolutamente nada.
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—Porque no estabas interesado. Siempre puede verse lo que se quiere ver. ¿Quiénes estaban allí?
Despain citó a las personas que recordaba. Clara volvió a dedicar su atención al maniquí, frunciendo los pliegues de la falda.
—¿Qué llevaba Mrs, Benson?
—Algo azul, creo. A propósito, no la veo nunca con otras mujeres. ¿Por qué?
—Tal vez no esté interesada en su compañía.
—Lo dudo. Las mujeres se relacionan entre sí lo mismo que los hombres. ¿Existe algún motivo para que las mujeres casadas no simpaticen con ella?
Clara respondió, prudentemente.
—Es muy atractiva. Tal vez las otras mujeres temen el efecto que pueda producir en sus maridos.
Despain rumió la idea a través de un largo silencio. El humo del cigarro veló su rostro; estaba sentado muy bajo en la mecedora, encogido y cómodo.
—Tal vez —dijo finalmente, y cambió de tema—. No voy a volver a casa de los Masterson. Fue una grosería que no te invitaran.
Clara se apartó del maniquí. Acercándose a Despain, le acarició la cabeza y se quedó de pie junto a él, una mujer robusta y agradable invadida por sentimientos que hacían resplandecer su rostro,.
—Eres tan sólido como una roca, Al. Simpatizas con una persona o no simpatizas. Y todo el mundo tiene que simpatizar con aquellas personas que te son simpáticas… No, Al, no había ningún motivo para que los Masterson me invitaran.
—Si yo soy lo bastante bueno para ir, también lo eres tú —dijo Despain. —¿Quieres café?
Despain sacudió la cabeza.
—Lo he tomado con Jules Pierpont. He estado cenando con él. Tiene interés en el saloon. Es posible que se lo venda.
—Lo has decidido, ¿verdad? —dijo Clara, volviendo a su silla. Se sentó enfrente de él, olvidándose del maniquí. Su rostro parecía haberse ensombrecido ligeramente—. ¿Adonde vas a ir, Al?
—No lo sé. La idea de un cambio ya no me parece divertida. Lo que es seguro es que no voy a tener otro saloon. Tengo la sensación de que he desaprovechado algo, o he malogrado algo, o estoy ciego.
—¡Oh! Eso nos ocurre a todos.
—No quisiera ser entrometido, Clara —dijo Despain—, pero, ¿cómo era tu vida cuando tenías veinte años… y un marido?
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La voz de Clara experimentó un cambio desagradable.
—De él aprendí que uno puede romper su corazón tantas veces como quiera, pero que si lo rompe más de una vez es culpa suya.
—Con mucho gusto mataría a ese hombre —dijo Despain.
—No es necesario: se mató a sí mismo.
Despain se puso en pie.
—Trabajas demasiado en ese vestido —dijo.
—¿Qué otra cosa podría hacer?
Despain se dirigió a la puerta, la abrió y echó una ojeada a la oscura calleja. Cuando cruzaba el umbral, Clara inquirió:
—¿Has tenido un buen paseo esta mañana?
—Sí —respondió Despain.
Hasta que hubo cerrado la puerta no cayó en la cuenta de que Clara sabía lo de Mrs. Benson, a juzgar por el tono de su pregunta. Pensó: «Este pueblo es un secante que lo empapa todo». Regresó a su oficina y se acostó. Permaneció tendido en la cama largo rato, despierto, pensando en la cita del día siguiente con Mrs. Benson, y la espera de aquel encuentro borró todos los pensamientos desagradables.
Mrs. Benson se detuvo delante de la cabaña, obsequiando a Despain con su sonrisa, y dijo:
—Llego un poco tarde. He venido por otro camino, dando un pequeño rodeo. —Apoyó una mano en el hombno de Despain y saltó al suelo. Miró a su alrededor—. Si alguien pasa por aquí, reconocerá nuestros caballos — murmuró.
—Yo me ocuparé de eso —dijo Despain.
Condujo a los caballos a la parte trasera de la cabaña y los ató a un árbol. Mrs. Benson estaba junto a la puerta, contemplándole con una expresión de calma en el rostro que a Despain le resultaba familiar, ya que la había utilizado muchas veces para ocultar sentimientos inseguros. Mrs. Benson entró en la cabaña delante de él y, como el día anterior, miró a su alrededor con viva curiosidad. Tocó la mesa, paseó de un lado para otro.
—Hace un hermoso día para montar a caballo —dijo. —Sí —asintió Despain—. Llevas un vestido muy bonito,
—Esperaba que te dieras cuenta. Los colores oscuros siempre me han sentado bien.
—Todos los colores te sientan bien.
—El amarillo no. —Se detuvo junto a la ventana, mirando a través de ella —. ¿Vienes aquí a menudo?
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—Una vez a la semana… una vez al mes…
—En invierno tiene que hacer un frío terrible. ¿Dónde tienes la leñera? —En invierno cierro la cabaña. En el mes de enero hay más de un metro
de nieve.
Mrs. Benson se apartó de la ventana con un leve encogimiento de hombros. Despain había estado esperando a que terminara la conversación; avanzó hacia ella, notando el fulgor de sus ojos, la repentina rigidez de su rostro, y la besó.
Mrs. Benson echó la cabeza hacia atrás y le miró con fijeza. La delicadeza que Despain había visto en ella se había evaporado. Despain la miró, y luego apretó la cabeza de la mujer contra su pecho y miró más allá de ella, notando que su amor se evaporaba. Había cometido una canallada, aprovechando el momento débil de una mujer y despojándola de su encanto. Aquélla no era la Mrs. Benson que él había visto en la calle y que le había impresionado como la melodía de una campana en el atardecer; aquélla era una mujer a la que él había empujado más allá de sus límites. Una mujer que luego le odiaría por lo que había destruido en ella.
Mrs. Benson se apartó de él. Había notado el cambio y le miró con una rara expresión.
—¿Sucede algo?
—No estamos obrando bien —dijo Despain.
Mrs. Benson volvió a acercarse a la ventana, de espaldas al hombre. Se retorció nerviosamente las manos.
—¿Estás pensando en mi marido? —inquirió.
—Tu marido es un estúpido.
—No tienes por qué pensar en él, Soy yo la, que tendría que hacerlo, y si yo no lo hago…
—Un hombre debe tener en cuenta el daño que puede hacerle a una mujer…, me refiero a una mujer de tu clase, que convierte en un sueño este género de asuntos. Prefiero que conserves el sueño, a que descubras que la cosa no tiene nada de romántica.
—Debiste pensarlo antes.
—No lo he comprendido hasta ahora —murmuró Despain.
Mrs. Benson salió repentinamente de la cabaña sin mirarle. Despain cerró la puerta y fue en busca de los caballos, ofreciendo la mano a la mujer para ayudarle a montar. Mrs. Benson emprendió inmediatamente un rápido galope; Despain tuvo que fustigar a su caballo para ponerse a su altura. Ella no dijo
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nada, pero Despain captó la tormenta que se agitaba en su interior y se despreció a sí mismo por ello. Cuando llegaron al cruce, Mrs. Benson dijo:
—Será mejor que nos separemos aquí, Mr. Despain.
Trató de disculparse.
—Lo siento mucho, Mrs. Benson. Puede creer que la opinión que tengo de mí mismo en este momento es mucho peor de la que pueda tener usted.
—Creí que era usted un hombre de mundo —dijo desdeñosamente Mrs.
Benson, y se alejó.
Despain dejó el caballo en el establo, diciéndole a Lasher:
—Puedes llevarlo a herrar.
Vio a Clyde Dill sentado en el porche del hotel, y notó la descarada curiosidad de la mirada del sheriff. Dill estaba enterado del asunto, y se mostraba un poco insolente. Al se dirigió a su oficina y trabajó en sus libros de cuentas con la tenacidad de un hombre que trata no pensar en otras cosas. Después de comer montó en otro caballo y siguió el camino de la diligencia a través de las llanuras cubiertas de salvia del Powder Valley. Se sentía rodeado por los indicios de un año que termina: la calina sin vida, la inmovilidad de la atmósfera, el brillo de la nieve reciente en los picachos de las montañas… Galopó hasta agotar al caballo, y a última hora de la tarde regresó a Auburn.
Al entrar en el pueblo, vio a Dill junto a la tienda de Fry y Noble. Mrs. Benson había salido de la tienda con su cesta y se había detenido a hablar con Dill. Era evidente que Dill se las había arreglado para estar allí cuando ella saliera. Mrs. Benson miró a Dill con amable interés, con aquella misma expresión que había impresionado a Despain… y en su rostro se reflejaba la misma soledad. Luego Mrs. Benson dio media vuelta y se marchó calle abajo.
Despain supo que, a la mañana siguiente, Dill seguiría a Mrs. Benson a las colinas. Dejó su caballo en el establo y se encaminó al saloon. Dill había cruzado la calle en dirección a la caseta de tiro al blanco y estaba allí de pie, prestándole al pueblo su atención profesional. Su mirada fríamente agresiva se clavó en Despain cuando éste se acercó a él.
Despain dijo:
—Quiero hablar contigo un momento, Clyde —y entró en el saloon.
Estaba en su oficina, sentado detrás de su escritorio, cuando apareció Dill.
—Cierra la puerta, Clyde…, siéntate.
Apoyó los codos sobre la mesa y pasó sus manos ociosamente a través de un mazo de cartas.
Dill sacudió la cabeza. Se había puesto repentinamente en guardia; sabía lo que Despain tenía en la mente.
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—¿Qué sucede?
Despain apartó las cartas a un lado. Levantó la cabeza.
—Clyde —dijo—, me has visto ir a las colinas. Pero has sacado una conclusión equivocada de ese hecho… y estás equivocándote también con Mrs. Benson.
—Cuando ella me lo diga, la dejaré en paz —replicó Dill—. Nunca obligo a una mujer a hacer algo que ella no esté dispuesta a aceptar.
—No —dijo Despain, encontrando cada vez más desagradable la conversación—. La atacarás por su lado débil, la engañarás… Voy a decirte algo: si la sigues, si hablas con ella si la tocas, tendré que matarte.
Pensó que esto sería suficiente. Creía conocer el fondo podrido de aquel hombre, que se derrumbaría ante la amenaza, pero inesperadamente se encontró con que Dill se disponía a atacarle.
Despain apartó lentamente sus manos de la mesa, sin perder de vista a Dill. Vio que Dill unía suavemente los pies, vio que su cuerpo se ponía rígido. Esperó hasta que el brazo de Dill cayó a lo largo del costado donde colgaba su revólver, y entonces sacó rápidamente un Derringer de su bolsillo y disparó contra el brazo de Dill.
La detonación provocó un repentino alboroto en el saloon contiguo. La puerta de la oficina se abrió de par en par y apareció el encargado del saloon con un revólver en la mano, mientras una multitud de curiosos se agolpaban detrás de él. Despain continuaba sentado detrás de la mesa, con el Derringer delante de él. Dill estaba en pie, apretándose el brazo con la mano izquierda.
—No pasa nada, muchachos —dijo Despain—. Este maldito Derringer se ha disparado mientras se lo enseñaba a Clyde. —Cogió el arma y la tiró a través de la habitación a los pies del encargado del saloon—. Tíralo a la basura —ordenó.
El encargado del saloon recogió el arma, miró a Despain y a Dill y cerró la puerta a la inquisitiva multitud.
Despain se volvió hacia Dill.
—Será mejor que te quites la estrella y te marches del pueblo. No quiero verte por aquí, acechándome.
—Hagamos las paces, Al —murmuró Dill—. No te guardo ningún rencor por esto. Perdí la cabeza, lo reconozco…
—Bueno, márchate —dijo Despain.
El sheriff salió de la oficina. Despain continuó sentado, con los hombros caídos y los brazos sobre la mesa. La noticia de lo sucedido no tardaría en
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extenderse, y la perjudicada, en último término, sería Mrs. Benson. Esto es lo que había conseguido siguiendo a Mrs. Benson a las colinas…
Llamó al encargado del saloon.
—Busca a Benson, Harry -—le dijo—. Dile, de un modo discreto, que quiero hablar con él.
Empezó a pasear arriba y abajo de su oficina, recordando que Mrs. Benson se había detenido delante de Clyde Dill para sonreírle cortésmente. Siempre le sonreía al hombre que la miraba, ya que se sentía sola y merecía el consuelo de alguna atención; y entonces estaba perdida, ya que el hombre podía interpretar mal aquella sonrisa y abusar de la amabilidad que a ella le era imposible evitar.
Oyó los pasos que cruzaban el saloon. Cuando George Benson entró, Despain estaba de cara a la puerta. Esperó hasta que Benson la hubo cerrado.
—No tengo la costumbre de citar a nadie en mi oficina —dijo—, pero necesitaba hablar con usted en privado. —Hundió sus manos en sus bolsillos, buscando las palabras que pudieran hacerle comprender a Benson las cosas que su esposa sentía y necesitaba—. Su esposa le sonrió a Dill, por pura cortesía. Yo vi la sonrisa. Conozco a Dill, y sé cómo interpretó aquella sonrisa y lo que se proponía hacer. Disparé contra él para enseñarle mejores modales. Quiero que usted sepa cómo ocurrieron las cosas. George, su esposa no pertenece a este miserable lugar olvidado de Dios. Sáquela de aquí. Llévela a un lugar donde pueda estar rodeada de personas.
No había tratado mucho a Benson, y no le conocía demasiado bien. Por eso le extrañó su actitud. Benson le miró con cierta indiferencia, como si lo que acababa de decirle no le hubiera hecho la menor impresión o fuera algo más que sabido para él.
—Bueno, Al —dijo Benson—, supongo que ha sido un acto amistoso por su parte disparar contra alguien con quien en realidad debía enfrentarme yo. Pero, si hubiera estado dispuesto a utilizar un revólver, hubiera sido contra usted, no contra Dill…, y ayer, no hoy.
—George, ayer no pasó absolutamente nada.
—Entonces —dijo Benson—, como entre caballeros, Al, demos por terminada esta conversación. —En aquel momento parecía un hombre terriblemente fatigado; su indiferencia se había quebrado, y debajo de ella Despain vio una melancólica comprensión. Antes de cruzar la puerta, Benson se volvió—. La próxima semana nos marcharemos de Auburn —dijo—. Siempre llega este momento.
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Al llamó a la puerta trasera de la casa de Clara, y esperó hasta que ella le dijo que entrara. Clara tenía el vestido de Maude Hemsley extendido sobre la mesa y se afanaba en él con la aguja y el hilo. Cuando entró Despain no levantó la cabeza; continuó trabajando. Alguien le había contado la historia, presentándole los hechos tal como los veía el pueblo. Su rostro, que al sonreírle o coquetear con él se convertía en hermoso, aparecía ahora ajado y triste. La tristeza la afeaba.
Despain dijo:
—¿Quieres oírlo?
—No discutamos, Al.
Pacientemente, Despain insistió:
—Me gustaría que lo supieras.
—Has disparado contra un hombre por una mujer. ¿No es ésa la historia? —Clyde pensó que yo tenía algo con ella, y eso hizo que decidiera probar suerte. Pero se equivocaba. Entre ella y yo no pasó nada. Pudo haber pasado, Clara…, pudo haber pasado. Ella me miraba siempre de una manera especial. Benson no se ocupa de ella. Las mujeres del pueblo le hacen una especie de vacío. Andaba por la calle con su soledad a cuestas, buscando algo que echaba de menos. Todos hemos echado algo de menos en un momento de nuestra vida, Clara. Esta mañana me he encontrado con ella en la cabaña… Pero me he dado cuenta a tiempo de que estaba a punto de aprovecharme del momento de debilidad de una mujer, y que más tarde ella lo lamentaría. Después vi a Clyde que tendía sus redes, y disparé contra él para pararle los pies. —Hizo una pausa—. En alguna parte hay un hombre para ella. Me gustaría que lo encontrara antes de que otros hombres manchen lo que vi en
sus ojos.
Clara había olvidado su trabajo. Contemplaba a Despain
con una expresión cariñosa y comprensiva, como una madre contempla a un hijo que la vida no ha maleado aún.
—Tú crees todo eso acerca de ella, ¿verdad?
—Ahora no estoy tan seguro —dijo Despain—. Por lo que dijo Benson, supongo que esto había ocurrido antes. Pero me gusta creerlo. Me gusta creerlo de ella… y de cualquier mujer.
—Entonces, créelo, Al —dijo Clara.
Se acercó a Despain y apoyó una mano en su hombro, con el rostro iluminado nuevamente por una sonrisa.
—Tú no crees que ella sea buena, ¿verdad? —inquirió Despain.
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—Lo que yo crea no importa, Al. Conserva tus hermosos pensamientos.
No eres tú el tonto. Los tontos son los demás.
—¿No sería agradable que ella encontrara lo que necesita?
—Para cualquiera de nosotros sería agradable encontrar lo que necesitamos —murmuró Clara.
Despain apoyó las manos sobre los hombros de Clara y la apartó ligeramente, mirándola a los ojos. Clara Clahoun estaba triste; estaba a punto de llorar.
—No —dijo Despain—, no llores. Ya has derramado bastantes lágrimas durante tu vida.
—Estoy triste por ti, Al. El antiguo sueño llega de nuevo y le hace sentirse a uno joven. Ahora se ha desvanecido. Sé lo que significa, Al. Y me duele verte pasar por esa prueba; sé lo que se sufre.
Despain vio en el rostro de Clara el resplandor de la bondad.
—Clara —dijo—. Será mejor que no vuelva a llamar a la puerta trasera de tu casa.
—Bueno, supongo que todas las cosas acaban por morir, tarde o temprano.
—No, Clara, no he querido decir eso. Mañana quiero entrar en tu casa por la puerta principal. ¿Estás de acuerdo en que lo haga, o crees que es demasiado…?
Clara Calhoun profirió una leve exclamación y apoyó su cabeza en el hombro de Despain.
—Nunca hagas preguntas…, nunca.
Permaneció unos instantes silenciosa. Estaba pensando. Sus manos mantuvieron su cálido e inmóvil peso sobre él.
—Será algo maravilloso, Al —murmuró, finalmente.
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UN EPISODIO DE 1880
ERNEST HAYCOX
I
D IO la casualidad de que aquella tarde, cuando Leora salió del Bon Marche y alzó su sombrilla contra la estallante luz del sol, me encontraba en la River Street, debajo del arco de la cochera de Billy Hope. Con la sombrilla en una mano y un paquete en la otra, Leora echó a andar en dirección Norte hacia la Belle Plaine Street, donde moraba la «crema» de New Hope. Poco más allá del Bon Marche se abrían a la acera las puertas batientes del saloon de Herm von Gayl; al llegar a aquella zona, vi que Leora se recogía la falda. No sé por qué, pero todas las mujeres de New Hope hacían lo mismo cuando pasaban por delante del saloon; supongo que se trataba de algo que empezó siendo un gesto de protesta para acabar convirtiéndose en una cuestión de etiqueta. Al recogerse la falda, el paquete resbaló de su brazo; Ben Tarrade, que estaba allí, lo recuperó rápidamente para ella y se quitó el sombrero. Vi que los labios de Leora se movían ligeramente —dándole las gracias, supongo—, y por un instante los dos jóvenes se miraron el uno al otro. Luego, Leora continuó su camino; pero, mientras estuvo a la vista, los ojos de Ben Tarrade la siguieron, su alto cuerpo inmóvil, su rubia cabeza
inmóvil.
De todos los incidentes de mi infancia, éste es uno de los que recuerdo más claramente, después de cincuenta años. Cuando miro atrás, puedo ver que aquello fue el principio; y ahora puedo reconocer que fue un acto de valor. Yo tenía sólo doce años, pero recuerdo que experimenté una sensación casi dolorosa, ya que a pesar de mi juventud sabía que Ben Tarrade, un jugador profesional del saloon de von Gayl, no
tenía derecho a hablar con Leora Kadderly. Detrás de mí, Billy Hope murmuró algo entre dientes. Me volví a mirarle, y vi que miraba hacia el saloon con cara de muy pocos amigos.
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No quedan ya pueblos como New Hope, Nebraska, en nuestra geografía. Han pasado los años, y la conjunción de aquel áspero y más bien sombrío hombre de 1880 con una tierra obstinada ha dejado de existir; o, tal vez, lo que ha desaparecido es aquella percepción infantil del color, el olor y el sonido. Reviviendo aquella época, me doy cuenta de que New Hope se encontraba entonces en un climax. Al Norte y al Sur, los ferrocarriles empezaban a desposeerlo de su tráfico de mercancías, y lo mismo ocurría en otros muchos pueblos a lo largo del río, envejecidos después de dos décadas de breve existencia. Pero entonces yo no sabía nada de esto. Para mí, New Hope era el excitante centro del universo, siempre cambiante, nunca aburrido. Las barcazas llegaban por el río con sus cargamentos, y los marineros negros cantaban mientras los descargaban en el muelle; las carretas salían del pueblo en caravanas,, levantando nubes de polvo, con destino a los más lejanos puntos de la pradera. Habían transcurrido solamente cuatro años desde la muerte de Custer, y un viaje en diligencia era todavía una emocionante y a veces peligrosa aventura. Durante el día, la tierra era cobre y bronce; por la noche, la pradera ondulaba a la luz de la luna como un mar maravilloso y pálido.
New Hope era un pueblo comercial. Entonces no me daba cuenta, ya que un chiquillo carece de sentido estético, pero ahora puedo imaginar fácilmente que no existía un lugar más desagradable. No había césped, escaseaban los árboles, y el viento arrastraba la arena del Sur, oscureciendo el día y ensuciando los cristales de las ventanas. La River Street era la calle principal del pueblo y se extendía de extremo a extremo flanqueada por sólidos edificios de ladrillo amazacotados y feos. En la parte septentrional del pueblo se alzaba la fábrica de curtidos de Palmer, y cuando soplaba el viento del Norte traía hasta nosotros un insoportable hedor. En el lado opuesto, se erguía al cielo la grisácea torre de la fábrica de cerveza; yo solía ir allí para ver girar la enorme rueda. Estoy convencido de que en aquella gente había cierta alegría vital, ya que la existencia en mi propio hogar discurría amable y tranquila; pero los hombres consideraban inútiles los adornos exteriores. Supongo que la tierra les había hecho de aquel modo.
El día a que me refiero, me quedé en la calle demasiado tiempo y cuando llegué a casa para cenar esperaba una reprimenda; pero mi padre estaba representando el papel de anfitrión, lo cual significaba que su acostumbrada reserva había dejado paso a una actitud medio cortesana, medio cordial. En aquella época, la gente se tomaba sus modales mucho más en serio, llevando ceremoniosamente los que cada ocasión requería, del mismo modo que ahora
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llevamos nuestros vestidos. Leora Kadderly y Jim Shugrue estaban allí; e inmediatamente supe por qué. Las percepciones de un chiquillo son mucho más perspicaces de lo que los adultos creen, y los de mi edad estábamos enterados de la mitad de las habladurías del pueblo. De modo que yo sabía que todo New Hope estaba tratando de casar a Leora Kadderly con Jim Shugrue y que mi madre era la encargada de llevar adelante el proyecto.
Siempre teníamos vino en la mesa. Mi padre alzó su vaso y propuso el brindis. Lo recuerdo perfectamente. Recuerdo incluso el tono alegre, casi humorístico, que utilizó. Dijo:
—Por cierto acontecimiento feliz, que espero no se demorará mucho tiempo.
Mi madre mostró cierta confusión. Se volvió hacia mi padre y le dijo:
—Vamos, Tod, no seas tan atrevido…
Pero me di cuenta de que en realidad estaba complacida por el brindis, que ponía la cuestión sobre el tapete.
Todos sorbieron el vino, pálido y centelleante en las copas de cristal tallado que mi madre había heredado de los Bowie de Tennessee.
Jim Shugrue dijo:
—Si se demora, no será por culpa mía… Y miró a Leora Kadderly.
Siempre me había sido simpático, tal vez porque era el dueño de muchas de las carretas que viajaban por la pradera, y tal vez, también, porque se parecía mucho a mi padre, que tenía un rostro ancho y osado, adornado por un fino bigote como el que llevaban los soldados de caballería. Ahora que pienso en ello, muchos hombres se parecían a mi padre. En los años 80, el modelo era bastante uniforme: bigote o perilla en un semblante atezado por el sol, una pincelada de severidad en los ojos y un hablar lento. En aquella época, en todo New Hope sólo había un hombre que llevara el rostro completamente rasurado: el jugador profesional Ben Tarrade.
Recuerdo que, después de las palabras de Jim Shugrue, el ambiente se enrareció un poco; el discutir públicamente los asuntos personales se consideraba como una falta de delicadeza. La persona más tranquila parecía ser Leora Kadderly. Me estaba mirando y sonreía.
Resulta lamentable que los años produzcan este efecto: que tiendan cortinas detrás de nosotros a medida que transcurre el tiempo, hasta que al final todo lo que conocimos y amamos no es más que una sombra, un fragmento de voz, una sonrisa… No creo que Leora Kedderly fuera hermosa, aplicándole las normas de la belleza clásica. Pero había en ella una energía,
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una avidez que afloraba a sus ojos negros y convertía sus facciones en algo vivamente expresivo. Había en ella risa y alegría, aunque eran como una corriente subterránea, oprimida por el ambiente de New Hope. En aquel pueblo había muy poca alegría, y la única persona que sonreía con aquella misma imprudencia era también Ben Tarrade, el jugador profesional. Leora tenía veinticinco años, era viuda y vivía sola; y debido a que en aquella región, y en aquella época, una mujer elegible era considerada como algo útil y productivo, New Hope trataba de imponer sobre ella su voluntad. Esto es lo que sé ahora.
Mi padre dijo, más seriamente:
—Me han dicho, Leora, que Ben Tarrade te ha recogido hoy un paquete del suelo.
—No estaba enterado de eso —dijo Jim Shugrue, y su rostro se endureció.
Mi madre se mostró furiosa.
—Ese individuo debería saber cuál es su sitio.
—Yo creo que ha sido un acto de amabilidad, completamente natural — dijo Leora Kadderly.
—Todo el mundo hablará de ello —insistió mi madre.
Pero Leora Kadderly se limitó a sonreír como si la cosa no tuviera importancia,. Todos la estaban mirando; y ahora sé que en aquel momento se encontraba completamente sola.
—¿Qué mal puede haber en ello? —inquirió, con una suavidad que recuerdo claramente.
Continuaron hablando. Pedí permiso para abandonar la mesa y salí al porche. Poco después, mi padre y Jim Shugrue salieron a fumar. Al Oeste, más allá del final de la River Street, las fogatas de los campamentos de los caravaneros coloreaban el cielo, y la luna navegaba como una carabela sobre el bajo horizonte. La calma era absoluta, y el olor de la salvia perfumaba la noche. Las sombras lo suavizaban todo; incluso la conversación de los dos hombres.
—Leora necesita un hombre para que esas cosas no se repitan —dijo mi padre.
Jim Shugrue era un hombre justo.
—Siempre he simpatizado con Ben Tarrade, a pesar de su profesión, Tod.
Siempre me ha parecido un hombre recto.
—Entre hombres, puede aceptarse. Pero conoce perfectamente la línea que le separa de nuestras mujeres. Si la cruza, será azotado.
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Continuaron hablando muy tranquilos, muy seguros de sí mismos; y al cabo de un rato me escurrí del porche, di la vuelta a la casa y me adentré en el campo, en dirección a unos terrenos donde acampaba un grupo de caravaneros, Al llegar allí vi un amplio círculo de hombres alrededor de una fogata; y dentro del mismo círculo, dos muleros luchaban salvajemente.
Pude verles con toda claridad: dos hombres muy altos, delgados, desnudos hasta la cintura, todo músculos retorciéndose e hinchándose a la rojiza claridad de las llamas, sudorosos y ensangrentados. Y pude oír el opaco sonido de sus puños, el aplastarse de los huesos en la carne. No era la primera lucha que había presenciado, pero todo aquel rojo salvajismo me asustó, y cuando miré al círculo de espectadores y descubrí la avidez que brillaba en aquellos ojos y en aquellos labios entreabiertos alrededor de unos dientes amarillos, me pareció encontrarme delante de una manada de lobos y eché a correr hacia mi casa.
II
Pensando ahora en aquellos acontecimientos, todas las piezas aisladas del episodio que estoy contando vuelven a mi mente en correcta sucesión; los años les han dado significado, y una clara luz lo ilumina todo. El domingo siguiente, al pasar por delante de la tienda del guarnicionero de la St.Vrain Street, camino de la escuela dominical, encontré a Ben Tarrade apoyado ociosamente en el umbral de la tienda. No sé por qué me detuve, pero lo hice… sintiéndome medio culpable y medio emocionado. Creo que todo el secreto de Ben Tarrade residía en sus ojos. Era un hombre alto y llevaba su traje negro de paño fino y su almidonada camisa blanca con la indiferencia de un caballero. Recuerdo que sus manos eran blancas y sus dedos muy ágiles; y debajo del negro sombrero, enmarcado en sus cabellos rubios, había un rostro que producía inmediatamente la impresión de que su dueño era una persona que respondía de un modo automático a la simpatía de los seres y de las cosas. Pero yo creo que lo que le estimulaba a uno eran sus ojos sonrientes, que hacían desear saber lo que había detrás de ellos. Era, ahora lo sé, un hombre muy solitario al que le estaba vedado el círculo de la buena sociedad y que no se encontraba a gusto con la clase que jugaba en su mesa en el saloon de von Gayl. Había en él una necesidad que New Hope no podía satisfacer.
Me dirigió la palabra, y recuerdo que me sentí halagado por la llaneza de sus modales.
—Tod —me dijo—, no pareces muy contento, con lo hermosa que está la
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mañana.
—Voy a la iglesia —le dije.
—Sí —asintió—, lo sé. —Y su sonrisa se hizo más intensa—. Recuerdo que también yo estaba triste los domingos por la mañana cuando iba a la iglesia. La gente mayor suele olvidar lo que sienten los chiquillos. Pero el ir a la iglesia forma parte del crecimiento, Tod. Y el sol continuará brillando cuando salgas.
No recuerdo haberle contestado nada. En presencia de aquel hombre me sentí un poco atemorizado. Era un jugador profesional, alguien de quien me habían enseñado a desconfiar, y él debía saberlo mientras estaba allí hablando conmigo. Sin embargo, su tono se hizo más amable aún al preguntarme :
—¿Te gusta pescar, Tod?
—Sí.
—Entonces, tendré que pedirle a tu padre que te deje ir al río conmigo. En el canal superior hay unas gatas muy grandes. Bueno, date prisa, no vayas a llegar tarde.
Me marché, sintiéndome un poco culpable y un poco orgulloso. La pandilla de mis amigos se reunió lentamente y entramos todos en la escuela dominical, para unirnos después a los adultos en el principal servicio religioso.
Incluso ahora puedo sentir el aburrimiento de aquellos domingos en New Hope. Todo estaba cerrado, y todo el mundo mostraba un rostro grave y circunspecto. Aquel día, los adultos se vestían de negro y adoptaban un aire rígido; y si un hombre se reía en voz alta todo el mundo le miraba, sorprendido. Éramos un pueblo rígido, con una religión rígida. Y los domingos eran para nosotros el día de descanso, la jornada que nos ofrecía una visión de los vengativos fuegos del infierno, y en nuestro banco, entre mis padres, aquella larga hora de servicio religioso transcurría con. una terrible monotonía. El nuestro era un pueblo muy estricto en materia religiosa, y la gente de nuestra propia clase que no acudía a la iglesia pagaba muy cara la maldad de su proceder. En tales casos, la mano social sabía apretar fuerte.
No quiero echar ninguna sombra sobre la sincera devoción de aquella gente; pero ahora me parece que en los domingos de New Hope había una leve pincelada de sadismo. Durante seis días vivíamos en un mundo rudo, un mundo de áspera franqueza y de frecuente brutalidad por parte de la capa inferior que manejaba las mercancías que constituían la principal riqueza del pueblo. Encima de aquella capa estaban los hombres, tales como mi padre, que constituían la clase alta y que gobernaban con cierta inflexibilidad
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dignificada. Pero incluso entre la clase alta la amabilidad era una cosa muy precaria, rodeada como estaba por el calor, por el polvo y por la maldad, de modo que el séptimo día acudíamos a la iglesia como si realizáramos un acto de expiación y nos asomábamos sombríamente al abismo. Supongo que la que nos hacía de aquel modo era también la tierra.
Al salir de la iglesia, mi madre y Leora Kadderly se marcharon a casa mientras mi padre, como de costumbre, me llevó a dar un paseo hasta el río; y puedo recordar la tranquila confianza con que me hablaba del futuro. Enfrente del hotel encontramos a Ben Tarrade. Mi padre se detuvo, y confieso que me sorprendió el tono amable de su voz.
—Ben —dijo—, he oído decir que anoche pegó usted fuerte en su mesa.
—Un perdedor siempre exagera sus pérdidas —dijo Ben Tarrade.
Mi padre se rió al oír aquello; detrás de su reserva siempre hubo una leve veta de humor.
—Tratándose de Mark Peachey, no me extrañaría nada.
—Su hijo —dijo Ben Tarrade— tiene que venir a pescar conmigo al canal algún día. Es un chico muy simpático.
—Bueno —dijo mi padre—, tal vez podamos arreglarlo.
Continuamos nuestro camino, y yo traté de acomodar aquel encuentro con todas las cosas que mi padre me había dicho anteriormente. Lo que dijo a continuación no me ayudó… entonces.
—Estás creciendo —me dijo—. Y hay algunas cosas que debes saber, Tod. Un caballero tiene que comprender a toda clase de personas. Es el don más valioso que puedas tener. Ahí tienes a Ben Tarrade, un hombre que recibió una excelente educación clásica, hijo de una buena familia de Kentucky. Ahí lo tienes, ganándose la vida con las cartas, cuando podía haber sido un caballero. Es una cosa muy triste, Tod. Sé generoso al juzgar a los Tarrades de este mundo, pero nunca te dejes ganar por el sentimentalismo al tratar con ellos.
Ahora creo que mi padre estaba intentando decirme que hay muchos matices entre los colores primarios blanco y negro. Pero la impresión más fuerte que tengo ahora de mi padre es la de una simplificación en materia ética que ha desaparecido por completo de la vida. Las relaciones entre hombre y hombre ocupaban un compartimiento; las relaciones entre hombre y mujer ocupaban otro; y no se unían en ninguna parte.
Fuimos hasta el río, y al regresar pasamos por la fábrica de cerveza. Mi padre llenó dos vasos en la espita de un barril… y me entregó uno.
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—Creo que ya es hora de que sepas a qué sabe esto —dijo. Apenas probé la cerveza, ya que estaba muy amarga y, además, no podía evitar el sentirme cohibido en presencia de mi padre.
—Un caballero hace todas las cosas con moderación —añadió—. Espero que lo recuerdes.
Nos dirigimos a casa, y por el camino mi padre me habló de los antiguos tramperos y cazadores de búfalos cuyos nombres llevaban la mayoría de nuestras calles. A veces creo que mi padre notaba vagamente que las generaciones estaban cambiando y que a medida que me hacía mayor nos íbamos distanciando; y que deseaba que yo le conociera antes de que fuera demasiado tarde. A lo largo de la calle, muchos hombres le saludaron, llamándole por su nombre de pila, y él respondió amablemente a aquellos saludos. Mirando atrás, me doy cuenta de lo intenso que era nuestra aparente devoción al ideal democrático; y cuán falsa, también. Mi padre era «Tod» incluso para el más humilde de los muleros, pero la familiaridad terminaba aquí, y rara vez era penetrada su tranquila dignidad. Mi padre sabía cuál era su sitio; los muleros conocían el suyo.
La comida estaba hecha y nos sentamos a la mesa. Pero mi madre me miró severamente, se acercó a mí y se inclinó a olfatear mi aliento. Nunca olvidaré la furiosa expresión de su rostro en aquel momento. Se volvió hacia mi padre y le habló como si fuera un extraño, con una voz que temblaba ligeramente.
—¿No hay bastantes tentaciones en este pueblo, para que tengas que invitarle a compartirlas?
—Se está haciendo un hombre, madre.
—Que sea la última vez —replicó mi madre, y se sentó bruscamente. Leora Kadderly miró a mi padre, que había enrojecido ligeramente, y le
dijo a mi madre:
—¿Qué mal hay en un sorbo de cerveza? —No nombres al diablo —dijo mi madre.
No puedo olvidar la tranquila respuesta de Leora Kedderly, ya que ahora creo que expresó todo lo que ella era.
—El diablo —dijo— es un monstruo en el que sólo pueden pensar los humanos.
Mi padre dijo:
—Será mejor que aplacemos la discusión.
Supe que todos me estaban mirando, pero no creo que en aquel .momento les prestara demasiada atención, ya que mi pequeño mundo se había visto de
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nuevo sacudido. Aquella noche descubrí que la voluntad de mi padre no era absoluta en nuestra casa; que detrás de la suavidad y de la deferencia que mi madre le demostraba, había una férrea determinación. En la infancia, los reajustes resultan complicados.
Cambiaron de conversación, pero en aquel momento llamaron a la puerta. Mi padre se levantó y fue a abrir. Al mirar hacia allí vi a Ben Tarrade en el umbral, con la rubia cabeza destocada. Tenía una alargada caja de cartón en las manos.
—Quisiera ver a Miss Kadderly un mom’ento —le dijo a mi padre.
La voz de mi padre fue muy distinta de la que había utilizado con el mismo Ben Tarrade una hora antes. Ahora sonó extraordinariamente fría.
—No creo… —empezó a decir.
Pero Leora Kedderly se había puesto en pie rápidamente y se había acercado a la puerta. Mi padre giró sobre sus talones, con el rostro ensombrecido. Me gustaría ahora haberme vuelto para observar la expresión del rostro de mi madre, pero no lo hice: estaba más interesado en lo que sucedía en la puerta.
Ben Tarrade le entregó la caja a Leora. Dijo:
—Esperaba encontrarla aquí, acompañada, de modo que no pareciera que trataba de molestarla estando sola. El otro día, en la calle, fue usted muy amable conmigo.
Aquello fue todo. Ben Tarrade se marchó, y Leora Kadderly regresó a la mesa, destapó la caja y todos pudimos ver un hermoso ramo de rosas. Mi padre permaneció silencioso, pero mi madre no pudo contenerse. —¡Es…, es increíble! ¡Debiste tirárselas a la cara, Leora!
Leora había sacado el ramo de la caja y vi en su rostro aquel brillo extraño y entristecido que entonces no comprendía.
—Me limité a ser cortés, y él pensó que era un acto de amabilidad — murmuró—. Rosas de Omaha…, las ha hecho traer expresamente de allí.
Mi padre habló, y sus palabras resonaron como un portazo.
—Ha cruzado la línea —dijo.
—¿Qué línea? —inquirió Leora Kedderly, y al recordar aquella escena me parece estar viendo de nuevo a una muchacha morena, de seno generoso y ojos llameantes—. Todos ustedes son muy buenos, y muy honrados… y muy crueles. ¿Por qué miran a la vida como si fuera algo indecente, y odian a la gente que ríe? ¿Tenemos que estar tristes para ser buenos? ¿Tenemos que renunciar a los pequeños placeres de la vida para ser honrados? ¿Tenemos que renunciar a los vestidos de colores claros, y tirarle piedras a un hombre
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como Ben Tarrade, porque es el único en todo New Hope que sabe que a una mujer le gustan las flores?
Mi madre me dijo:
—Tod, sal de la habitación.
Salí y me senté en el porche, mientras las tres voces continuaban ascendiendo y cayendo detrás de mí. Luego llegó Jim Shugrue, y las voces volvieron a ser moderadas, y más tarde Shugrue y mi padre salieron al porche y se sentaron allí a fumar, sin apenas hablar. Los dos parecían estar muy preocupados. Alrededor de las cinco, Jim Shugrue acompañó a Leora a su casa. Recuerdo que Leora llevaba las flores de Ben Tarrade en un brazo.
III
A partir de aquel momento, todo ocurrió rápidamente, al estilo de nuestro pueblo. Éramos una gente, ahora me doy cuenta, severamente moldeada por la naturaleza del terreno. Las estaciones suaves eran tan breves que sólo dejaban en nosotros un leve recuerdo de suavidad; el resto era calor y viento y tormentas de arena y grandes nevadas; el río bajaba seco o desbordado. Aquél era el humor del terreno, y aquél era el humor de sus habitantes. A través de la cortesía simulada por los adultos, brotaban a veces enconadas discusiones. Mi padre, por ejemplo, hablaba siempre en un tono suave y tranquilo; pero esto no era más que una obligación que él mismo se imponía, como se la imponía el resto de los ciudadanos «notables», para evitar el estallido de los temperamentos violentos. En aquel pueblo no fue nunca prudente enfrentarse con la voluntad de un hombre, a menos que se estuviera dispuesto a aceptar todas las consecuencias.
Una semana después del incidente de las flores vi a Ben Tarrade en la Belle Plaine Street. Le vi adelantarse al encuentro de Leora Kadderly y detenerse a su altura para levantar su sombrero; y luego, fascinado por una escena que sabía que significaría un disgusto para alguien, vi que los dos jóvenes echaban a andar, juntos. El viejo coronel Lindsay, que pasaba por la otra acera, se detuvo, volvió la cabeza y miró a la pareja largo rato. Luego reanudó su camino, con evidente prisa, en dirección al almacén de Messenger. Mi padre no tardó en llegar y nos fuimos a casa.
Aquella misma noche, durante el largo y tranquilo período entre la puesta del sol y la completa oscuridad, salí a reunirme con mi pandilla de amigos y Nick Fallón nos contó el resto de la historia. Nick era algo mayor que los otros, muchachos y estaba convencido de que aquel hecho le daba una evidente superioridad sobre nosotros. Creo, además, que sus padres hablaban
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delante de él con demasiada libertad. Recuerdo que encendimos una fogata y nos sentamos a su alrededor. La imagen quedó indeleblemente grabada en mi memoria: una cortina de llamas color sangre contra el negro misterio de la pradera.
—Ben Tarrade —dijo Nick Fallón— ha estado en la tienda de Billy Hope a recoger una silla de montar y Billy Hope le ha dicho que si no se aparta de Leora Kadderly le darán una tanda de latigazos. Tarrade se ha reído en sus narices. La cosa acabará mal.
Supongo que Nick Fallon se limitaba a repetir las palabras que había escuchado de labios de su padre. Pero Nick las pronunció con cierta dramática originalidad, y todos quedamos impresionados por ellas. Los chiquillos son una rara mezcla de las emociones puramente primitivas; y recuerdo la sensación de temor y de expectación, al mismo tiempo, que experimenté en aquel momento.. Un poco más tarde abandonamos la fogata y nos dirigimos a un solar situado detrás del palacio de justicia, donde los carpinteros habían acabado de montar el patíbulo para un mulero llamado Jeff Dann, que iba a ser colgado al día siguiente por un asesinato. Aquélla es otra de las escenas de mi infancia que permanecen vivas en mi recuerdo: la elevada plataforma, el poste que surgía de ella, el brazo destinado a sujetar la cuerda extendiéndose hacia adelante… Y, por encima de todo, un suave olor a pino recién cortado.
Cuando pienso en New Hope, Nebraska, en 1880, estoy convencido de que únicamente los chiquillos de aquel pueblo veían las delicias del mundo. Éramos una raza aparte, éramos hedonistas puros. La aspereza del terreno no nos afectaba, ni la ética conformista que —ahora lo comprendo— imponía sus obligaciones de hierro a los adultos. Para nosotros, las manifestaciones externas de New Hope eran eternamente sorprendentes. La vida era ruda y desigual, pero nunca aburrida. Todos los colores eran vividos, y todos los contrastes de aquella tierra eran impresiones nuevas, que nos emocionaban profundamente. Aquel patíbulo en el crepúsculo era sólo un acontecimiento dramático en una larga cadena de acontecimientos dramáticos, destinado a dejar una cicatriz permanente en nuestra memoria. Pero, siendo salvajes, vivíamos para aquello y en consecuencia permanecimos allí en silencio durante largo rato, y luego nos dirigimos a casa,
Al día siguiente, a la hora de comer, mi padre me dijo que no me moviera de casa hasta después de la cena, y la mirada que acompañó a aquella orden acalló la protesta que estaba a punto de asomar a mis labios. La ejecución estaba señalada para las cuatro de la tarde, y ahora comprendo que había sido preparada como un acontecimiento público y que la hora era la más
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conveniente para los rancheros de los alrededores que tenían que acudir al pueblo. El mulero Dann iba a ser colgado en público, iba a ser la cruz llameante de una justicia ofendida.
La ley sigue siendo dura, pero no tiene ya el aspecto vindicativo de los años de mi juventud. Había algo brutal en aquella gente buena y piadosa, y al recordar todos los rostros morenos y graves, los rostros serios, los rostros tristes, veo en cada uno de ellos una enorme oscuridad espiritual. A veces creo que procedía de pensar demasiado en el pecado original de la raza, de ver de un modo demasiado realista el fuego del infierno que aguardaba a los condenados. La pesada mano de la opinión pública gravitaba implacablemente sobre los adultos, y aunque teníamos una clase de individualismo que hoy apenas se ve —como el del coronel Lindsay, que siempre llevaba un espadín, o como el de George Faul, que se emborrachaba todos los sábados por la noche y se ataba a uno de los empleados del saloon de von Gayl para regresar a casa—, carecíamos de aquel verdadero individualismo que reside en la mente. En New Hope no se podía ser disidente; no podían violarse las normas morales de New Hope y sobrevivir. Si alguien no se conformaba, la cólera caía sobre él implacablemente por medios muy diversos, que iban desde el ostracismo social hasta el alquitrán y las plumas.
Recuerdo que a las cuatro de la tarde me encontraba en el cuarto de estar y que contuve la respiración para descubrir lo que sentía un hombre al ser colgado; y me di cuenta de que mi madre miraba a través de una ventana con aire pensativo. Ignoraba lo que estaba pensando; y continúo ignorándolo ahora. Su cariño me rodeó siempre, intenso e inmutable, pero a menudo me sentía muy triste al darme cuenta de que no la conocía.
Mi padre vino a cenar un poco tarde, y aunque estábamos habituados a su mutismo, aquel día su rostro estaba muy serio, y comió muy poco, y bendijo los alimentos de un modo más solemne que de costumbre. Después de cenar se metió en la cocina y le oí hablar con mi madre en voz baja. Poco después volvió a salir.
No tardé en imitarle, para dirigirme al solar situado detrás del palacio de justicia. Diez caballos salvajes no me hubieran arrancado de allí, a pesar de que experimentaba un extraño temor. La trampilla de la plataforma estaba abierta y del barrote horizontal colgaba un trozo de cuerda, recto e inmóvil. No sé cuánto tiempo permanecí allí mientras el día agonizaba, devolviéndole la vida al hombre muerto, colocándole sobre la plataforma, abriendo la trampilla debajo de sus pies y matándole de nuevo. Creo que reproduje la
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escena una docena de veces, y la hubiera reproducido muchas más si no se hubiera presentado Nick Fallon, corriendo. Tenía los ojos muy abiertos y muy brillantes.
Dijo, sin detenerse.
—Si quieres ver algo, acércate al final de la Avenida de Colter.
La avenida de Colter desembocaba en las afueras del pueblo. Desde lejos
vi un barril de alquitrán ardiendo. A su alrededor había una pequeña multitud, y algo más allá un pequeño buggy con un caballo gris en las varas, que reconocí inmediatamente: pertenecía a Ben Tarrade. Entonces comprendí, y me acerqué cautelosamente, ya que me di cuenta de que mi presencia no sería admitida allí. Pero me aproximé al amparo de las sombras, hasta quedar muy cerca del círculo de hombres. En el centro del círculo vi a Ben Tarrade, atado a la parte trasera del buggy. Estaba desnudo hasta la cintura y se mantenía muy erguido. A su lado, Billy Hope empuñaba un vergajo. Pude ver el rostro congestionado de Billy Hope.
—A los hombres de tu clase —dijo Billy Hope— les dan el dedo y se toman el brazo. Te advirtieron, y lo tomaste a risa. Ahora, apechuga con las consecuencias de tu atrevimiento.
Dio un paso atrás, y el vergajo cayó sobre la blanca espalda de Ben Tarrade con un sonido que sigue repercutiendo dolorosamente en mi cerebro al recordar aquella escena. El horror me dejó clavado allí. Tarrade continuó erguido, a pesar de que su cuerpo se estremecía a cada uno de los golpes. Su espalda empezó a sangrar. Billy Hope le golpeó una docena de veces, y maldijo, y se detuvo; respiraba fatigosamente y el color había desaparecido de su rostro. Otro hombre se acercó a él y dijo:
—Basta ya, Billy.
Y empezó a desatar las manos de Tarrade.
Entonces, rota la tensión, miré a los hombres que formaban el círculo. Les conocía a todos, pero en aquel momento todos ellos eran desconocidos para mí: desconocidos de ojos ardientes y labios apretados a los que nunca había visto.
Tarrade se apoyó un momento en el buggy. Billy Hope señaló a la lejana oscuridad de la pradera.
—Tu baúl está en ese buggy —dijo—. Nos hemos tomado la molestia de recoger todas tus cosas. Ahora, márchate de aquí y no vuelvas nunca a New Hope.
Tarrade no dijo nada.. Sus mejillas estaban cenicientas y se movía como si estuviera mortalmente cansado. Cuando llegó a la altura de la rueda delantera
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del buggy se volvió a mirarnos. Y ahora puedo decir que Ben Tarrade era el mejor de aquellos hombres, y creo que algunos de ellos lo sabían y se sentían avergonzados. A continuación, Ben Tarrade trepó al pescante, empuñó las riendas y se alejó hasta perderse de vista en la oscuridad. Aquélla fue la última vez que le vi, con el torso desnudo y ensangrentado, pero erguido en el pescante.
El hombre que estaba más cerca de mí se volvió bruscamente, me vio y me cogió del brazo con rudeza, pero al reconocerme me habló con cierta amabilidad.
—Será mejor que tu padre no se entere de que has estado aquí, Tod.
Eché a correr hacia mi casa y traté de ocultarle a mi madre mi excitación.
Pero ella se dio cuenta y me preguntó:
—¿Dónde has estado?
Lo único que pude decir fue que había estado jugando y subí inmediatamente a mi habitación. Siempre dejábamos la puerta abierta, para que el aire nocturno se llevara el calor del día; de modo que oí regresar a mi padre. No había presenciado lo de Ben Tarrade, pero estaba enterado de ello.
Dijo:
—Bueno, le han dado lo que merecía.
Mi madre se limitó a murmurar:
—¡Oh, Tod!
Por mucho que le disgustara Ben Tarrade, la idea de aquel castigo le dolía. Pero, tendido en mi cama, en la oscuridad, las desconcertantes contradicciones de la naturaleza de mi padre me intrigaban y no pude comprenderlas. Ni siquiera ahora puedo comprenderlas del todo.. Era un hombre amable y justo, y nunca se hubiera ensuciado las manos en una escena como la que yo había presenciado aquella noche; sin embargo, aprobaba lo que los otros habían hecho.
Aquella noche dormí muy poco. Creo que reviví los breves instantes del barril de alquitrán un centenar de veces. Por la mañana estaba físicamente enfermo y no pude tocar mi desayuno. Mi padre estaba en el comedor; mi madre, no. Pero al cabo de un rato llegó de la calle, con el delantal enrollado entre sus manos, como era su costumbre. Mi padre levantó la mirada y luego se puso en pie.
—¿Qué sucede? —preguntó, con voz preocupada.
Mi madre estaba llorando. Era la primera vez que la veía llorar.
—Leora se marchó anoche del pueblo —dijo mi madre—. Empaquetó sus cosas, regaló su perro a los Sperrin y tomó la diligencia de Omaha. ¡Tod! ¡Oh,
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Tod!
El rostro de mi padre experimentó una brusca transformación. Sacudió la cabeza, y continuó sacudiéndola. Lo que dijo no tuvo para mí ningún sentido, en aquel momento.
—¡Con él no, madre! ¡No puede haberse marchado con él!
—No volveremos a verla nunca más —dijo mi madre.
Y su sincero pesar me impresionó, y me sentí muy solo y muy desgraciado.
Poco más hay que decir. Unas semanas después, llegó a New Hope la noticia de que Ben Tarrade se había casado con Leora Kadderly, y para el pueblo fue como si hubiera llegado la noticia de su muerte. No recuerdo que volviera a pronunciarse su nombre en nuestro hogar, y un año más tarde mi familia se trasladó al lejano Oeste y el tiempo borró' el recuerdo de aquel incidente, como borra todas las cosas. Nunca volví a ver a aquella pareja, aunque hay un hecho más que pertenece a esta crónica. En 1905, siendo ya un hombre, pasé por Omaha y tuve que esperar veinte minutos en aquella población. Por simple curiosidad, hojeé una guía de la ciudad y me detuve en la columna de la letra T, sin esperar encontrar nada, en realidad, ya que en aquella época la población del Oeste era sumamente migratoria. Pero el nombre estaba allí:
«TARRADE, Ben (Leora), comerciante en granos»
Fue una tragedia de mi época infantil; para mí, entonces, fue como una muerte. Pero el otro día, reviviendo aquel asunto, me sentí invadido por una indescriptible sensación de alivio, como si hubiera llegado al final de una historia trágica y hubiera descubierto que del montón de ruinas surgía el triunfo de la buena causa. Porque al mirar hacia atrás, hacia aquella época tan lejana, veo a New’ Hope tal como era en realidad: un pueblo de gente fundamentalmente buena que vivía envuelta en sombras espirituales, temerosa de la luz de la vida y cruel con aquellos a los cuales no podía comprender. Y para Ben Tarrade y Leora Kadderly, los únicos de todo New Hope que sonreían porque creían que el sonreír era bueno, el final fue un final feliz.
El sabor, y la magnificencia, y la melodía del mundo estaban con ellos; y la alegría y la comprensión estaban con ellos… demasiado poderosos para que New Hope pudiera captarlos o sojuzgarlos.
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FRONTERA MORTAL
ERNEST HAYCOX
E L sonido —leve y sibilante— surgió de nuevo de la habita- ción posterior, Saúl Trevick apretó los calzos del molde de la página cuatro y alzó sus ojos hacia el joven Johnny, que estaba componiendo en las cajas.
El joven Johnny no había oído nada; era un muchacho voluntarioso, pero no comprendía el misterio que corría por debajo de la plácida superficie de New Hope.
—Puedes irte a casa, Johnny.
—No he terminado aún el anuncio de la Casa Blanca.
Saúl Trevick estaba pensando que cuando la gente se deslizaba hasta la puerta trasera del local de su periódico por la avenida de Wister, buscaban sigilo.
—No importa —dijo, y esperó.
Un tabique separaba la oficina de la parte delantera de este taller angulado, de techo alto, en el cual los mecheros de gas creaban pálidas florescencias; otro tabique en el extremo posterior lo separaba del dormitorio de Saúl Trevick. La luz se deslizaba vagamente a través de las mesas y de las cajas de composición, a través de la forma fantasmal de la prensa Washington de mano.
La lluvia repiqueteaba contra la claraboya a intermitentes remalazos.
Johnny dijo:
—Buenas noches —y salió por la puerta abierta en el tabique delantero. La campanilla de la puerta de la calle repiqueteó cuando Johnny la abrió
para salir a la St.Vrain Street. Saúl Trevick removió el cigarro entre sus dientes; frunció ligeramente el ceño y se preparó para oír algo desagradable. Dijo:
—Adelante.
No levantó la mirada de la mesa inmediatamente, ya que
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estaba pensando en los secretos de New Hope encerrados en su cerebro con la indiferencia de un hombre que no tiene ilusiones acerca de la gente: ni fe en su bondad, ni cólera contra sus pecados. Tenía cuarenta y cinco años y era un hombre delgado, bajito y silencioso en el cual la ambición había muerto hacía mucho tiempo; un espectador al margen de toda sorpresa y de toda creencia. Al ver que continuaba el silencio levantó la cabeza. En la puerta del tabique posterior había una muchacha, con una expresión asustada y los húmedos cabellos ligeramente desordenados. Temblaba visiblemente y su respiración era agitada.
Saúl Trevick se volvió hacia ella.
—¿Qué estás haciendo aquí, Lily?
La muchacha habló atropelladamente.
—Estábamos paseando por la avenida, pero nos pilló la lluvia y nos metimos en el establo vacío de Marshall, y estábamos allí sentados cuando entraron varios hombres persiguiéndonos. Yo eché a correr. No quería que supieran quién era.
—¿Estabais?
La muchacha le miró, sus ojos cada vez más oscuros. Irguió la barbilla.
—Jeff Huntoon y yo. Creyeron que íbamos a hacer algo malo, supongo.
Cuando me marché estaban golpeando a Jeff.
—¿Te reconocieron? —inquirió Saúl Trevick, sin perder la calma.
—No.
Repentinamente, la muchacha se volvió a escuchar; y se volvió de nuevo, rígida y dispuesta a emprender la huida.
Trevick dijo:
—Sal por la puerta principal. ¿Sabe tu padre que paseas con Jeff Huntoon?
Lily llegó al centro del taller y se detuvo, con las manos levantadas. Tenía los labios pálidos y la excitación había convertido su juvenil belleza en algo más intenso: había hecho de ella un ser orgulloso y enfurecido. Tenía dieciocho años, recordó Saúl Trevick, y era una muchacha huérfana de madre que vivía con un padre cuya disciplina era alternativamente severa y descuidada. La muchacha era un poco salvaje… y Trevick podía leerlo en aquel momento en su rostro.
—-Desde luego que no. ¡Por favor! ¡Ayude a Jeff, si puede!
Echó a correr a través del taller y desapareció más allá del tabique delantero. En la parte posterior del edificio, en la avenida de Wister, resonaron unas voces masculinas y apenas se habían apagado los ecos de la
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campanilla de la puerta principal, tras la salida de Lily, cuando cuatro hombres entraron en el taller por la puerta trasera. Saúl Trevick no se movió de la mesa. Tom Blaine, el jefe de policía de New Hope, dijo:
—¿Ha entrado aquí una muchacha?
—¿Qué es lo que pasa, Tom?
—Vimos a Jeff Huntoon que convencía a una muchacha para que entrara con él en el establo de Marshall. Atrapamos a Jeff, pero la muchacha huyó. Siguió este camino.
—Es natural que la gente trate de guarecerse de la lluvia, ¿no le parece? Tom Blaine le miró con el ceño fruncido.
—No trate de hacerse el gracioso. Sabe perfectamente que Jeff Huntoon anda persiguiendo continuamente a las muchachas. Y no estamos dispuestos a tolerarlo. ¿Ha entrado ella aquí?
—No.
—Creo que está mintiendo.
Saúl Trevick removió el cigarro entre sus dientes. Con voz mortalmente fría, dijo:
—No quiero continuar privándoles del agradable pasatiempo de perseguir a los jóvenes por las avenidas oscuras.
Los cuatro hombres mostraron cierta turbación. Pero Tom Blaine se engalló.
—No hablaría de ese modo si tuviera una hija. Su cabeza está llena de ideas raras.
Sam Trevick murmuró:
—Un extraño comité para ocuparse de la moral del pueblo… ¿Cómo está el camino hacia el rancho de Peterson estos días, Tom?
Tom Blaine abrió la boca,., y volvió a cerrarla inmediatamente. Miró a Saúl Trevick con aire amenazador, y por un instante pareció que iba a lanzarse contra él. Pero cambió de idea y se limitó a decir:
—Esta vez, Jeff se ha librado con una advertencia. La próxima, será azotado y expulsado de New Hope.
Los cuatro hombres se marcharon, dejando a Saúl Trevick con las manos sobre el molde de la página cuatro y la barbilla reclinada contra el pecho. Al cabo de un rato se puso en pie y dio la vuelta al taller, apagando los mecheros de gas; permaneció unos instantes en pie en medio de la oscuridad, escuchando el repiqueteo de la lluvia contra el tejado. Luego se dirigió a su habitación y encendió la lámpara de petróleo. Se lavó las manos, dejó el cigarro a un lado para frotarse la cara con la toalla húmeda y volvió a ponerse
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el cigarro entre los dientes. Encendió la pequeña estufa que había en el centro de la habitación y acercó una butaca a ella. Cogió la botella de whisky de encima de la mesa y llenó medio vaso, bebiéndoselo de una vez. Luego se instaló cómodamente en la butaca. La luz daba un tono ambarino al contenido de la botella; Trevick la contempló a través de sus entornados párpados, y el ardiente color del líquido pareció estimular sus ideas. Estaba pensando en Lily, en la desesperación de su voz, en la rebelde rigidez de su cuerpo. Bueno, había salvajismo en ella, pero era el salvajismo de la juventud. Lily tenía dieciocho años.
«Destrozará su corazón —se dijo a sí mismo—. New Hope se encargará de ello.»
Volvió a llenar su vaso y pensó solamente en sí mismo. A los cuarenta y cinco años, lo único que importaba era la comodidad física. Una botella de whisky y un cigarro: a eso había reducido su existencia. No había en él ninguna protesta ante las crueldades de este mundo; sólo una silenciosa aquiescencia. Sentado allí, inclinada la cabeza que empezaba a gri- sear, rebuscó dentro de él algún principio capaz de despertar su ira, y no encontró ninguno.
Al día siguiente, Shiras Huntoon entró en el establecimiento de Drover para tomar su acostumbrado vaso de whisky. Era guarnicionero, un hombre alto, robusto, que llevaba claramente impreso el sello del orgullo meridional. Acababa de beberse su whisky cuando Billy Rees, el dueño de la tienda New York, entró en el saloon, le vio y se acercó a él inmediatamente.
En el tono más brusco posible, dijo:
—Será mejor que ate corto a su hijo. Si vuelve a merodear por las avenidas de New Hope al oscurecer, se ganará una tanda de latigazos.
—¿Mi hijo? —inquirió Huntoon, con voz lenta y peligrosa. Irguió los hombros; el llamear de sus ojos debió significar una advertencia para Billy Rees.
—Ustedes, los sureños —gruñó Billy Rees—, lo llaman galantería. Aquí le damos otro nombre más grosero. Si New Hope vuelve a atrapar a Jeff mosconeando alrededor de las mujeres será expulsado del pueblo.
—Entendido —dijo Shiras Huntoon, levantando súbita mente la mano y golpeando a Billy Rees en plena boca. Rees salió despedido contra el mostrador. Todos los ruidos del saloon se acallaron y un círculo de rostros inmóviles y atentos rodeó a los dos hombres. Billy Rees se apoyó de codos en el mostrador; estaba furioso, pero no hizo el menor movimiento hacia Huntoon—. Mi hijo es un caballero. Le partiría en dos si no lo fuera. Los
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jóvenes necesitan sus aventuras, y la inmundicia que usted sugiere sólo existe en su mente. Ya había observado antes de ahora, Rees, que ustedes, los norteños, desconocen el significado de la palabra caballerosidad. En sus almas no hay más que suspicacia y temor a las risas honestas.
Hizo una pausa y contempló fijamente a sus silenciosos oyentes. No tenía allí ningún amigo. Estaba completamente solo. Pero añadió, en tono despreciativo:
—Cuatro hombres, encabezados por Tom Blaine, siguieron anoche a mi hijo y a una muchacha en la avenida de Wister. No encuentro palabras para calificar las mentes prostituidas de esos cuatro hombres.
—¡Maldito rebelde! —exclamó Billy Rees—. Vuélvase al Sur, ¡Nadie le pidió que viniese aquí!
—Si fui un rebelde —dijo Shiras Huntoon—, al menos luché con los míos. ¿Lo hizo usted? Pero yo, creía que la guerra había terminado y que éste volvía a ser un país para todos nosotros.
Tras decir aquellas palabras, dio media vuelta y salió del establecimiento.
Detrás de él, el murmullo de las conversaciones subió de tono.
Los comentarios se hincharon y se hicieron cada vez más furiosos. Shiras Huntoon, sacado de un discreto silencio, había arrojado una piedra sobre la superficie aparentemente lisa de la vida de New Hope, y ahora las ondas concéntricas se extendían por el pueblo, alcanzando un radio cada vez mayor. Aquella misma tarde, andando por la calle bajo una lluvia pertinaz, Saúl Trevick vio a Tom Blaine delante del restaurante Casa Blanca. Había un grupo de hombres a su alrededor y Tom Blaine les estaba arengando. Agitaba exageradamente los brazos, y su enorme pecho se hinchaba y deshinchaba. En el cerebro de Blaine había muy poca inteligencia y ningún sentido del humor; pero sabía las cosas que podían impresionar la rígida imaginación de sus vecinos. Blaine vio a.Saúl Trevick y le llamó a través de la anchura de la calle en tono arrogante.
—Acérquese, Trevick.
Saúl Trevick se limitó a sacudir la cabeza. Cuando llegó a su taller el joven Johnny estaba de pie ante las cajas, componiendo. Pero en el taller había alguien más. Jeff Huntoon, medio oculto por la prensa de mano, no se movió.. Dijo:
—He venido a darle las gracias, Mr. Trevick.
Saúl Trevick sacudió ligeramente la cabeza. Cruzó el taller y se dirigió a su habitación. Eran las tres de la tarde, y a través de la claraboya central
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entraba muy poca luz. Saúl Trevick encendió la lámpara y se volvió hacia Jeff Huntoon, que le había seguido.
—No es prudente que vengas aquí, Jeff.
—Usted es un caballero, Mr. Trevick. No dirá nada a nadie.
—Tal vez soy un caballero, Jeff… y tal vez estoy siguiendo el camino más fácil para evitarme quebraderos de cabeza.
—¡Maldito sea este pueblo! —exclamó Jeff Huntoon.
Saúl Trevick miró al joven y vio en él la misma llama que había observado en Lily. Eran dos seres impulsivos, y no comprendían el brutal razonamiento de New Hope.
—¿'Te gusta esa muchacha, Jeff?
—¿Qué puedo hacer, si me gusta?
Saúl Trevick hizo caer la ceniza de su cigarro y la contempló con un paciente disgusto. Abrió el tiraje de la estufa y se cambió de chaqueta. No miró a Jeff Huntoon; la luz de la lámpara brilló implacablemente sobre las arrugas de su rostro y acentuó el tono gris de sus cabellos.
—Puedes luchar… y arrostrar las consecuencias. O puedes fingir y esperar que se calmen los ánimos.
—¿Quedarme con los brazos cruzados? —exclamó Jeff Huntoon—. Nunca, Mr. Trevick. ¡Nunca!
El brazo de Saúl Trevick se movió lentamente.
—Quizás estés en lo cierto —dijo, en tono inexpresivo—. Si luchas, tendrás que arrostrar las consecuencias. Pero a tu edad vale la pena luchar, A la mía es distinto. Es difícil tratar con la gente cuando ha perdido la razón.
Jeff Huntoon dio media vuelta y salió por la puerta trasera, sin decir nada más. Una ráfaga de viento hizo oscilar la llama de la lámpara. Saúl Trevick regresó al taller y encontró a Johnny colocando cuidadosamente una columna de tipos en un molde. Parecía completamente ciego a todo lo que no fuera su lento y concienzudo trabajo. Saúl Trevick habló con cierta brusquedad.
—La gente viene aquí para publicar algo en el periódico, o para que el periódico deje de publicar algo. Pero, veas lo que veas, u oigas lo que oigas… no has visto ni has oído nada. ¿Comprendes, Johnny?
—Sí, señor.
Pero Saúl Trevick no estaba completamente satisfecho.
—Nunca traiciones una confidencia. Es lo único que puedo enseñarte. ¿Comprendes, Johnny?
Johny dijo:
—Sí, señor —y miró a Saúl Trevick con un leve aire de sorpresa.
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Saúl Trevick removió el cigarro entre sus dientes, se echó el sombrero hacia atrás, cogió un componedor y empezó a colocar tipos con gran rapidez. Pero sólo tenía la mitad de la mente en el trabajo. La otra mitad escarbaba en el misterio de New Hope.
Se daba cuenta de la tormenta que se avecinaba. Era algo muy concreto para él. La Guerra Civil había terminado hacía doce años, pero el resentimiento y la desconfianza creados por la guerra seguían humeando, como rescoldos enterrados en las cenizas de un antiguo fuego. Los escasos sureños que vivían en New Hope lo comprendían perfectamente y habían sido lo bastante juiciosos como para callarse sus opiniones. Shiras Huntoon, impulsado por las circunstancias, había vuelto a avivar la llama.
Había algo más, pensó Saúl Trevick, que New Hope no comprendía. Viviendo en el borde de la pradera, barrida por el polvo del verano y el viento del invierno, aislada del Este y enfrentada a la selvatiquez del Oeste, la gente estaba afectada por la rudeza y la soledad de la frontera que la rodeaba. Atada a la monotonía del rudo trabajo diario, había en ella un profundo apetito de distracción, y la distracción sólo le llegaba en forma de vividas y violentas explosiones emotivas: la campaña electoral, el juicio por asesinato, que les proporcionaban la única relajación de la disciplina de la frontera. Aquella intensa capacidad para las emociones fuertes era la que Shiras Huntoon había soltado.
Saúl Trevick oyó la campanilla de la puerta principal pero continuó colocando tipos, hasta que oyó a Tom Blaine hablando con arbitraria autoridad. Volviéndose, vio que un grupo de hombres le estaba esperando. Dijo, amablemente:
—¿Cómo están ustedes, caballeros?
Tom Blaine tomó la voz cantante:
—Va usted a decirnos quién era la muchacha, Saúl. Estamos seguros de que anoche entró aquí,
Saúl Trevick inclinó la cabeza un momento y deslizó cuidadosamente los dedos de su mano derecha por los tipos colocados en su componedor. El rumor de la lluvia y del viento se hizo audible a través del profundo silencio que reinó en el taller. Cuando Trevick habló, lo hizo con cierta indiferente extrañeza.
—¿Por qué quieren arrastrar el nombre de una muchacha por el lodo de la St.Vrain Street?
Tom Blaine dijo bruscamente:
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—A fin de poder formular una acusación contra Jeff Huntoon. Ella entró voluntariamente en el establo de Marshall con Jeff. ¿Quién era la muchacha?
—No lo sé.
Tom Blaine irguió la barbilla y le disparó la pregunta a Johnny. —¿Quién era la muchacha, Johnny? Pero Johnny se encogió de hombros.
—Yo no vi a nadie.
Saúl Trevick contempló a los hombres agrupados delante de él y vio algo en sus ojos. Supo lo que estaban pensando. Y las palabras de Tom Blaine se lo confirmaron.
—¿Se propone usted proteger a los sureños de este pueblo? Si es así, dígalo de una vez. New Hope no tiene sitio para los rebeldes cuyos hijos persiguen a las muchachas decentes. Ni tiene sitio para un hombre como usted, si piensa apoyar a esa gente. —Hizo una breve pausa, para que la amenaza tuviera más fuerza—: ¿Le gustaría que se presentara alguien aquí y destrozara su periódico?
Trevick movió afirmativamente la cabeza como en respuesta a uno de sus propios pensamientos. Dijo, con mucha suavidad:
—Permítanme recordarles algo que parecen haber olvidado. Antes de que ella lo hiciera, otras personas entraron aquí por la puerta trasera, para contarme historias. Si tuviera que hablar, no me detendría en el nombre de la muchacha. Retrocedería siete años, y puedo recordar un montón de cosas acerca de muchos de ustedes. ¿Quieren ahora que les diga su nombre?
El rostro de Tom Blaine se ensombreció. Miró pensativamente a los otros hombres, y Trevick vio que algunos de ellos apartaban los ojos.
—Dinero, política, licor y mujeres —murmuró Trevick—. ¿De dónde han sacado ustedes ese repentino furor puritano? Recuerdo…
—¡Cállese! —gritó Blaine. Se volvió a los otros y dijo—: Vámonos de aquí.
Pero cuando llegaron a la oficina de la parte delantera se produjo una discusión entre ellos, y Blaine se asomó a la puerta del tabique de separación.
—No hable de este asunto en su periódico, Trevick. Ocurra lo que ocurra esta noche… no hable de ello.
Se marcharon, cerrando violentamente la puerta principal.
Saúl Trevick le dijo a Johnny.
—Vete a cenar y vuelve en seguida.
Cuando Johnny se hubo marchado, miró a su alrededor con los ojos pensativos de un extraño, y sacudió la cabeza. Murmuró: «Resulta difícil de
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comprender», y se dirigió a su habitación. Encendió la lámpara y se sirvió una generosa ración de whisky. La lluvia parecía reblandecer sus huesos, pero el whisky anulaba aquella sensación. Y el whisky aclaraba su mente y hacía lógicas todas sus ideas. En alguna parte de su espíritu, una antigua capacidad para enfurecerse se desperezó de su largo sueño. «Estoy arruinado», se dijo a sí mismo, y cruzó lentamente el taller y salió a la St.Vrain Street.
El humor de aquel pueblo era como el humor de una mujer. Trevick lo comprendía… y lo captaba, Y antes de haber cruzado del todo la St.Vrain Street en dirección al restaurante Casa Blanca supo que la noche sería mala. La sensación flotaba en el aire. Comió su filete y se acercó al mostrador. Herb Marshall, que regentaba el Casa Blanca, alargó la mano hacia un estante y bajó una caja de cigarros; era un acto que se venía repitiendo diariamente desde hacía ocho años. Saúl Trevick cogió un puñado de cigarros, se los metió en el bolsillo y pagó su cuenta.
Súbitamente, Herb dijo:
—Saúl, he decidido no seguir publicando mi anuncio en su periódico. Saúl Trevick le miró fijamente, pero los sentimientos de Herb Marshall
quedaron ocultos detrás de la velada pantalla de sus ojos. Los labios de Trevick se endurecieron alrededor de su cigarro.
—De acuerdo —dijo.
Y salió de nuevo a la calle. La lluvia, impulsada por un fuerte viento, tendía una red de plata a través de la oscuridad. Un grupo de jóvenes de New Hope estaba delante de la oficina de Saúl Trevick, con algún determinado propósito. Le vieron llegar, pero no se movieron, y Trevick tuvo que bajarse de la acera y dar la vuelta alrededor de ellos. En la puerta de su oficina, alguien había garabateado con tiza azul una palabra, un epíteto de la guerra que no había perdido aún su insultante significado: «Copperhead» (1). Los labios de Saúl Trevick formaron la palabra débilmente, dando la espalda al grupo, sabiendo que le observaban dispuestos a lanzarse contra él al menor indicio de hostilidad. Pero Trevick abrió la puerta y entró en la oficina, sin mirar a su alrededor.
(1) Copperhead. Culebra muy venenosa. Apodo que se daba a los ciudadanos de los Estados del Norte partidarios de la Confederación, durante la Guerra de Secesión. (N. del T.)
Johnny estaba de pie junto a la prensa de mano, remojando el papel; aquella noche se imprimía el periódico, y los moldes estaban preparados. El hijo de Henry Gray, Ted, había acudido como de costumbre para su tarea
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semanal de alimentar el rodillo de tinta. Johnny miró a Saúl Trevick con aire preocupado.
—Esta noche van a destrozar la guarnicionería de Shiras Huntoon —dijo.
—La lógica del populacho —gruñó Saúl Trevick.
Se dirigió a su habitación, se sirvió otro whisky y permaneció con la mano apoyada en la mesa y el rostro inclinado sobre una botella casi vacía. La mayor parte de su valor y la mayor parte de su comodidad, pensó, habían salido de botellas como aquélla. Habían sido sus compañeros durante muchos años, proporcionándole paz y librándole de molestos recuerdos.
Se dejó caer en la butaca.
«Algún día —se dijo a sí mismo—, los hombres no le temerán a la generosidad. Pero mis ojos no lo verán. La ley de este mundo es ahora la crueldad. La gente está ciega. ¿De qué le sirve a un hombre ser íntegro, si New Hope le apedrea por serlo?»
Estaba más furioso de lo que recordaba haber estado en muchos años; tras la prolongada y grisácea vacuidad de su existencia, surgía en él un inesperado impulso de rebeldía. La prensa de mano funcionaba rítmicamente más allá del tabique… y alguien estaba hablando allí. Pero Trevick no prestó la menor atención hasta que oyó una voz que decía:
—Saúl…
Ed McAleer estaba de pie ante él, un hombre alto y robusto que comprendía a la gente y que era capaz de reír. McAleer sonrió débilmente y durante unos instantes contempló en silencio al hombre de cabellos despeinados y grises retrepado en la butaca. Luego dijo:
—Es usted un bicho raro, Saúl. Nunca le ha dado a nadie una oportunidad para conocerle. Algún día, cuando el pueblo se tranquilice, preferirán que no haya revelado el nombre de la muchacha. Entretanto, ándese con pies de plomo. Esta noche se desencadenará el infierno, o no conozco a New Hope. Shiras Huntoon habló más de la cuenta. Tal vez dijo la verdad…, pero hay verdades que no pueden decirse. Y Tom Blaine es lo bastante astuto como para aprovechar el asunto en beneficio suyo. Ha medrado en política a base de locuras como ésta.
Saúl Trevick dijo:
—Jeff Huntoon y la muchacha paseaban, les sorprendió la lluvia y se refugiaron en el establo de Marshall. No eran más que un par de jóvenes que soñaban cosas que ninguno de nosotros siente más que una vez. Tom Blaine y los hombres que le escuchan están ciegos.
Ed McAleer dijo:
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—Hay una vena de orgullo en usted, Saúl. No publique nada de esto. Ocurra lo que ocurra, no lo publique en su periódico. Se lo aconsejo por su propio bien.
A través del monótono repiquetear de la lluvia, se oyeron unos ruidos más intensos. La prensa interrumpió su rítmico funcionamiento. Ed McAleer salió de la habitación de Trevick y sus pasos resonaron pesadamente a través del taller. En alguna parte se rompieron unos cristales y unos hombres gritaron.
Johnny entró rápidamente en la habitación de Trevick.
—Están destrozando la tienda de Shiras Huntoon —jadeó—. Están tirándolo todo a la calle.
—La lógica del populacho —dijo Saúl Trevick.
Johnny no captó la ironía de sus palabras. Se encogió de hombros y regresó a su trabajo en la prensa. Saúl Trevick se puso en pie; echó a andar hacia el taller… y se detuvo. La puerta que daba a la avenida acababa de abrirse y una ráfaga de viento apagó la lámpara. Luego, la puerta se cerró y a través de la oscuridad llegó el sonido de una agitada respiración,
Trevick dijo:
—¿Quién está ahí?
—¡Lily!
Trevick se acercó a la mesa y volvió a encender la lámpara. La muchacha estaba apoyada contra la puerta. Su rostro tenía una palidez mortal, y sus cabellos chorreaban agua. Saúl Trevick apartó su mirada, temeroso de la negrura de aquellos ojos.
—Están destrozando la guarnicionería. Pero no es eso sólo: están buscando a Jeff.
Trevick dijo, en tono irritado:
—¿Por qué has venido aquí?
La muchacha le miró con aire desolado. Murmuró:
—¿A qué otra parte podía ir?
Trévick dijo:
—Espera.
Cruzó el taller y se dirigió a la oficina de la parte delantera. El calor había empañado los cristales; frotó la película de humedad y miró a la calle; la multitud se alejaba de la destrozada tienda de Shiras Huntoon; en medio de la calzada había un montón de muebles, cueros y herramientas.
Trevick regresó al lado de Lily. La muchacha no pudo evitar el mirarle con una leve esperanza en los ojos. ¿Cuánto tiempo había pasado, se preguntó Saúl Trevick, desde que un ser humano había acudido a él en busca de ayuda?
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—¿Dónde está tu padre?
—No le he visto desde la hora de cenar.
—Espera —repitió Trevick—. No te muevas de aquí.
Salió a la avenida de Wister y se' dirigió a una cochera situada a dos manzanas de distancia de su periódico. El vigilante nocturno le miró con aire interrogante.
Trevick dijo:
—Prepara en seguida el buggy del doctor Barnes. Tiene que atender una llamada urgente.
Y se marchó sin esperar una respuesta. Retrocedió en dirección a la Cottonwood Street, cruzó esta última calle y se desvaneció entre las opacas sombras del barrio residencial. Sabía lo que quería encontrar… y lo encontró. Delante de la casa de Shiras Huntoon se había reunido una multitud; alguien estaba sacudiendo la verja. Alguien estaba gritando: «¡Que salga Jeff!» Trevick se dio cuenta de que no habían avanzado hasta el porche, temiendo lo que pudiera haber detrás de la puerta de la casa de Shiras Huntoon. Pero la puerta se abrió y los hombres empezaron a aullar. Luego se hizo un profundo silencio, turbado únicamente por el rumor de la lluvia.,, y por las palabras de Shiras Huntoon.
—Mi hijo no está aquí.
Daba muestras de un valor que Saúl Trevick admiró; era como un rayo de luz en un mundo de sombras. Trevick dio media vuelta, dirigiéndose de nuevo hacia la avenida de Wister. El buggy del doctor Barbes esperaba en la cochera, preparado; el vigilante nocturno no se veía por parte alguna. Trevick agarró al caballo por la brida y llevó el carruaje hasta la parte trasera de su taller. Abrió la puerta rápidamente… y se encontró con el redondo agujero de un revólver que le apuntaba, empuñado por Jeff Huntoon.
Trevick se enfureció.
—Si pierdes la cabeza, no podré hacer nada por ti —dijo—. Deja ese revólver sobre la mesa, o New Hope te colgará por un asesinato.
El revólver desapareció. Los ojos de Jeff Huntoon eran duros, habían envejecido, Jeff había dejado de ser un muchacho. Dijo, con los labios apretados:
—¿Qué haría usted, Mr. Trevick?
—En New Hope no hay futuro para ti, Jeff. Para los jóvenes es duro correr cuando llega el momento de correr. —Estaba temblando y le dolían los huesos—. Pero busca algún lugar en el mundo donde puedas tener tu conciencia en paz.
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—Sí —murmuró Lily.
Saúl Trevick vació el resto de la botella en un vaso y se lo bebió. Se colocó de espaldas a los dos jóvenes, pero el silencio continuó. Cuando se volvió de nuevo, se estaban mirando de un modo que le impresionó.
Jeff Huntoon murmuró:
—Estás mojada, Lily…, estás empapada.
Pero Lily sonrió, y Jeff Huntoon la tomó entre sus brazos y la besó. En otros tiempos, pensó Saúl Trevick, había sabido lo que era aquello. Ahora era un recuerdo; tal vez no era más que una ilusión.
Dijo:
—En la calle espera un buggy. Hay veinte millas hasta Amity, y viajar bajo la lluvia no resulta agradable. Pero ¿qué significa esto para vosotros?
La muchacha se acercó a Saúl y cogió su brazo. Estaba al borde de las lágrimas, pero un momento después cruzaba la puerta trasera con Jeff Huntoon. Trevick les oyó alejarse.
«El valor —murmuró— es más fácil en los jóvenes,»
Pero había algo que los jóvenes habían dejado detrás de ellos en la habitación y que le avergonzaba. Dándose cuenta, se dirigió al taller donde el joven Johnny continuaba trabajando en la prensa de mano. Se detuvo en medio del taller, contemplando a Johnny, y luego pasó a la oficina de la parte delantera y miró a través de los cristales hacia los efectos de Shiras Huntoon amontonados sobre el barro de la calle. Había unos hombres de pie a su alrededor; otros hombres se movían a lo largo de la acera. Trevick abrió la puerta y miró el «Copperhead» garrapateado en la pared; volvió a entrar en la oficina y cerró la puerta bruscamente. Se dirigió al taller, las mandíbulas prietas alrededor de su cigarro.
Rebuscó en un rincón hasta encontrar un clisé de una bandera norteamericana, Su rostro experimentó entonces un cambio: una débil luz brilló en él. Colocó el clisé en el interior de un molde vacío.
—Johnny —dijo—, conserva tu conciencia. Es lo único que tienes.
Cogió un componedor y durante unos instantes permaneció inmóvil ante las cajas, con los ojos entrecerrados, ordenando sus ideas. La lluvia seguía repiqueteando contra la claraboya y las llamas de los mecheros de gas oscilaban ligeramente debido a las corrientes de aire que se filtraban por el viejo edificio. Trevick se echó el sombrero hacia atrás y empezó a componer.
Media hora después colocaba la composición en el molde, debajo del clisé de la bandera norteamericana. Ató el molde, lo entintó, cogió una tira de papel y sacó una prueba. Leyó el artículo, moviendo los labios:
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Anoche, impulsados por el espíritu de locura que a veces sopla sobre este pueblo, una multitud de hombres irresponsables destrozó la guarnicionería de Shiras Huntoon, arrojando a la calle los enseres que no pudieron destrozar y que continúan en la St.Vrain Street como un monumento a la estupidez humana. El pretexto para ese acto de vandalismo fueron unas cuantas verdades de las que a New Hope no le gusta escuchar, pronunciadas por Shiras Huntoon en defensa de su hijo Jeff, que había cometido el imperdonable delito de cortejar a una muchacha.
La bandera que encabeza este artículo tiene que cubrir a todos los que viven bajo sus pliegues. La guerra terminó hace doce años, y en este gran país hay sitio para todos nosotros. Pero New Hope parece haberlo olvidado. Y parece haber olvidado, también, aquella admonición del Maestro, cuando dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado puede lanzar la primera piedra».
SAUL TREVICK
A continuación, Trevick se volvió hacia Johnny, que trabajaba en la prensa, y hacia Ted, que entintaba el rodillo. Les dijo:
—Marchaos a casa.
Johnny interrumpió su trabajo. Inquirió:
—¿Cómo dice?
—Marchaos a casa.
—Pero…
—¡Marchaos a casa! —gritó Trevick—. ¡Dios mío! ¡Fuera de aquí! Johnny no comprendió lo que sucedía. Pero fue en busca de su chaqueta y
salió del taller en compañía de Ted. Saúl Trevick permaneció inmóvil hasta que oyó sonar la campanilla de la puerta de la calle. Entonces cogió la hoja que acababa de imprimir, buscó un bote de pasta de pegar y abrió la puerta principal. Un hombre que andaba apresuradamente bajo la lluvia le miró y continuó su camino; en el otro extremo de la calle, junto al Casa Blanca, un pequeño grupo de hombres parecía estar esperando. Trevick pegó la hoja impresa encima del insultante «Copperhead». Volviendo a entrar en su taller, contempló las paredes alrededor de las cuales se había movido durante ocho años y repentinamente le parecieron desconocidas. Su cigarro sabía mal; lo tiró, sacó otro y encendió una cerilla. Se dio cuenta de que sus manos temblaban ligeramente. Luego se sentó detrás de la mesa, con las manos apoyadas sobre el tablero y la cabeza gris vuelta hacia la puerta del tabique delantero… Allí estaba cuando la multitud penetró ruidosamente en el taller.
Le vieron allí, pequeño e insignificante. Por un instante, el hombre que iba en cabeza se detuvo, vacilante, pero los que iban detrás le empujaron e
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inmediatamente empezaron a romperlo todo. Trevick no se movió. Volcaron las cajas y las pisotearon. Cuatro hombres pusieron la prensa de mano patas arriba. Entraron en el dormitorio de Trevick y éste oyó que continuaban allí su obra vandálica. Luego regresaron al taller; un hombre derribó la mesa ante la cual estaba sentado Trevick.
Saúl Trevick vio el llamear de los ojos de aquellos hombres y oyó su agitada respiración. Miró a su alrededor y vio que nada había escapado al destrozo. Los intrusos no habían dicho nada; y se marcharon del taller sin decir nada.
Pero había un hombre que paseaba por la avenida de la parte posterior.
Saúl Trevick se asomó y reconoció a Tom Blaine.
Blaine dijo:
—Esa era una lección que necesitaba usted desde hacía mucho tiempo. No volverá usted a publicar otro periódico en New Hope.
—No —dijo Saúl Trevick, muy lentamente—. No volveré a publicarlo. Pero ya he dicho lo que tenía que decir. Y eso es lo que importa, Tom. — Miró pensativamente a Blaine—. ¿Ha estado en su casa esta noche?
Blaine le miró fijamente unos instantes. Dijo:
—¿Por qué?
No hubo respuesta, y el rostro de Blaine experimentó un rápido cambio.
—¿Por qué? —repitió, con cierta ansiedad.
—Jeff Huntoon se ha marchado de New Hope, llevándose a la muchacha.
La muchacha era su hija Lily, Blaine.
No era un luchador. Estaba indefenso ante la súbita cólera de Tom Blaine. Se quedó quieto y encajó el puñetazo que Blaine le propinó en el rostro; otro puñetazo lo derribó al suelo. Tom Blaine se inclinó sobre él, maldiciéndole salvajemente, antes de marcharse corriendo.
Saúl Trevick se puso en pie y se dirigió a su habitación, cojeando. El dormitorio estaba revuelto de arriba abajo. Trevick buscó la botella de whisky. Estaba vacía. Siguió buscando hasta que encontró su abrigo. Se lo puso y recogió una cajita de madera de cedro tirada en un rincón, envolviéndola cuidadosamente en un trozo de papel impreso. Las escasas reliquias importantes de su vida estaban en aquella caja, la única cosa que se molestó en rescatar de la mezquina venganza de New Hope.
Al llegar al final de la avenida de Wister dobló por la Custer Street hasta las afueras del pueblo. Un camino conducía hacia el Sur, hacia Amity, a través de la líquida oscuridad de la noche. Saúl Trevick se detuvo allí, volviéndose a mirar las escasas luces que parpadeaban en New Hope.
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No había en él ningún pesar, ninguna amargura. Dijo, de un modo que era como una explosión de júbilo: «Al parecer, he llegado a una frontera que ni siquiera New Hope ha podido obligarme a cruzar». Era un triunfo personal. «Mi conciencia está limpia», murmuró.
Se alzó el cuello del abrigo y echó a andar por el fangoso camino en dirección a Amity y al mundo que había más allá de Amity, sin ninguna preocupación.
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LA DILIGENCIA
ERNEST HAYCOX
E RA uno de aquellos años en que las señales de humo delos apaches ascendían al cielo desde las cumbres de las rocosas montañas del territorio, y muchos ranchos habían quedado convertidos en un montón de ennegrecidas cenizas, y la salida de una diligencia de Tonto era el comienzo
de una aventura cuyo final no podía predecirse…
La diligencia y sus seis caballos aguardaban delante de la tienda de Weilner, en el lado norte de la plaza de Tonto. Happy Stuart estaba sentado en el pescante, con las riendas entre sus dedos y un pie en el freno. John Strang era el acompañante armado del vehículo, y una escolta de diez soldados de caballería aguardaba también detrás de la diligencia, los hombres medio dormidos en sus sillas.
A las cuatro y media de la mañana el aire de aquellas alturas era muy frío, a pesar de que el sol empezaba a enrojecer el cielo por Oriente. Una pequeña multitud se había reunido en la plaza para despedir a los pasajeros que subían a la diligencia. Una muchacha que iba a casarse con un oficial de infantería, un viajante de licores de St. Louis, un inglés alto y huesudo que llevaba un enorme rifle deportivo, un jugador profesional, un ganadero de anchos hombros que se dirigía a Nuevo Méjico, y un joven rubio al cual Happy Stuart y John Strang dedicaron un especial interés.
El joven rubio iba a subir a la diligencia pero se apartó a un lado, sosteniendo la puerta, al ver que una muchacha, conocida a través del territorio por el nombre de Henriette, se acercaba apresuradamente. Era una muchacha menuda, con un toque de palidez en sus mejillas, y sus ojos negros se alzaron ante la inesperada cortesía del joven rubio, reflejando una evidente sorpresa. Luego recogió su falda y subió a la diligencia.
Los hombres reunidos en la plaza estaban sonriendo, pero el rubio se volvió, con un movimiento semejante al rápido corte de un cuchillo, y su atención cubrió a aquel grupo hasta que la sonrisa se desvaneció de todos los
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rostros. Era un joven alto, de caderas estrechas, y definitivamente marcado por los revólveres que colgaban muy bajos de sus costados. Pero, no eran únicamente los revólveres; algo en su rostro, tenso y tranquilo a un tiempo, revelaba también su profesión. El joven subió a la diligencia y cerró la portezuela de golpe.
Happy Stuart soltó el freno y aulló.
—¡Hiiii!
Los reunidos en la plaza gritaron sus últimos adioses y los seis caballos emprendieron el trote y la diligencia se alejó del pueblo envuelta en una nube de polvo, seguida por los soldados de caballería, iniciando un viaje que ninguna otra diligencia se había atrevido a afrontar durante los últimos cuarenta y cinco días. Mucho más abajo, en la extensión del desierto, se encontraban los puestos de relevo que esperaban alcanzar y sobrepasar. Para ello tenían que cruzar una región que las rápidas incursiones de los hombres de Gerónimo habían dejado vacía.
El inglés, el jugador profesional y el joven rubio estaban sentados juntos en el asiento delantero, dando la espalda al conductor. El viajante y el ganadero ocupaban el incómodo asiento central; las dos mujeres compartían el asiento posterior. El ganadero, sentado enfrente de Henriette, casi la tocaba con sus rodillas. Tenía un brazo apoyado en la ventanilla de la portezuela para sostenerse mejor. Una enorme pepita de oro oscilaba suavemente, colgando de la cadena del reloj que cruzaba su ancho pecho, y un mechón de pelo negro asomaba por debajo del ala de su sombrero. Sus ojos estudiaron a Henriette, leyendo en la muchacha algo que provocó su deliberada sonrisa. Henriette inclinó su mirada hacia las enguantadas puntas de sus dedos, con el rostro inexpresivo.
Eran unos extraños obligados a una íntima convivencia, que sólo tenían en común el punto de destino. Sin embargo, la sonrisa del ganadero y la osadía de su mirada fueron algo tan audible como una frase pronunciada en voz alta, observadas por todo el mundo excepto por el inglés, que permanecía muy erguido en su asiento, con su pétrea indiferencia. La prometida del oficial de infantería miró de soslayo a Henriette y apartó inmediatamente los ojos de ella, visiblemente ruborizada. El jugador profesional notó aquel intercambio de miradas y dedicó una enojada atención al ganadero. Los ojos del viajante de licores se entrecerraron ligeramente y alguna idea cínica provocó un leve cambio en sus labios. Se quitó el sombrero para mostrar una cabeza calva que empezaba ya a sudar; el humo de su cigarro se espesaba en el interior del vehículo y la ceniza caía sobre su chaqueta.
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Él joven rubio había observado cómo inclinaba Henriette la mirada ante la insolente sonrisa del ganadero; se echó el sombrero sobre el rostro y contempló a la muchacha… no con atrevimiento, sino como si estuviera intrigado. En un momento determinado, la mirada de la muchacha se posó en él. Pero el joven había estado en guardia contra aquella posibilidad y disimuló perfectamente su interés.
La prometida del oficial tosió suavemente detrás de su mano, y el jugador profesional tocó el viajante de licores en el hombro.
—Tire eso —le dijo.
El viajante pareció desconcertado. Murmuró:
—Disculpe.
tiró el cigarro a través de la ventanilla.
Todo esto, mientras la diligencia descendía por las interminables curvas del camino montañoso, brincando sobre sus muelles. De cuando en cuando resonaba el aullido de Happy Stuart:
—¡Hi, Nellie!
El viajante de licores se acodó en la ventanilla y cerró los ojos.
A tres horas de Tonto, el camino, tras una última y pronunciada curva, les dejó en el llano desierto. La diligencia se detuvo y los hombres se apearon para estirar un poco las piernas. El jugador profesional se dirigió amablemente a la prometida del oficial.
—Tal vez encuentre usted más cómodo mi asiento —le dijo.
La muchacha respondió:
—Gracias.
cambió de asiento con él.
El sargento de caballería se acercó a la diligencia y se despidió de Happy Stuart.
—Vamos a emprender el regreso. Les deseo mucha suerte.
Los hombres subieron de nuevo al vehículo y el jugador profesional ocupó su puesto al lado de Henriette. El joven rubio encogió sus largas piernas para dejar más espacio a la prometida del oficial, y contempló el rostro de Henriette con una suave y tranquila atención. El sol daba ahora de lleno sobre la diligencia y el polvo empezaba a escocer como si fuera humo. Sin escolta, avanzaron a través de un terreno llano, en el cual crecían
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únicamente algunos cactus. A lo lejos, detrás de una azulada colina, se adivinaba una línea de montañas.
El ganadero se atusó las guías de su bigote y sonrió a Henriette. La prometida del oficial se volvió hacia el joven rubio.
—¿Cuánto falta para la parada del mediodía? —inquirió.
El joven rubio respondió cortésmente:
—Veinte millas.
El jugador profesional contempló a la prometida del oficial y la expresión de su rostro se suavizó, como si el sonido de la voz de la muchacha le recordara cosas olvidadas hacía mucho tiempo.
Las millas fueron quedando atrás y la nube de polvo fue haciéndose más espesa. Henriette se recostó contra el ángulo de la diligencia, con los ojos clavados en las puntas de sus guantes. Su actitud parecía desinteresada, enigmática; parecía encontrarse situada por encima de toda emoción, más allá de la risa. Era joven, pero poseía un conocimiento que colocaba al ganadero, al jugador profesional, al viajante de licores y a la prometida del oficial en sus lugares exactos; y sabía por qué el jugador profesional le había ofrecido su asiento a la otra muchacha. La prometida del oficial pertenecía a un mundo, y ella pertenecía a otro, como sabían perfectamente todos los que viajaban en la diligencia. Pero a Henriette no la afectaba aquella distinción, ya que se había acostumbrado a ella hacía mucho tiempo. Únicamente el joven rubio penetraba a través de su indiferencia. Se llamaba Malpais Bill y Henriette pudo ver la rudeza en las comisuras de sus ojos y en el largo pliegue de sus labios; era una marca que nunca desaparecería. Sin embargo, algo fluía de él hacia ella, distinto a la voraz curiosidad de los otros hombres; algo discretamente galante, inesperadamente amable.
En el pescante, Happy Stuart señaló los vagos contornos de una casa, a dos millas de distancia.
—Los indios no han quemado eso… todavía —murmuró.
El sol estaba directamente encima de sus cabezas, ardiendo implacablemente. Johnny Strang removió el rifle en su regazo.
—¿Por qué viaja Malpais Bill con nosotros? —inquirió.
—Yo no se lo preguntaría —replicó Happy Stuart, y aulló—: ¡Arre! ¡Hi, Nellie! ¡Vamos, gandules! ¡Hi!
En aquel momento, las ruedas delanteras se hundieron en un bache y algo estalló como un pistoletazo; la diligencia se ladeó peligrosamente y terminó dando un aparatoso vuelco.
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Johnny Strang se apeó de un salto. Happy Stuart se agarró fuertemente al pasamano, sin soltar las riendas, mientras los pasajeros se arrastraban a través de la portezuela superior. Todos los hombres, a excepción del viajante de licores, arrimaron el hombro a la diligencia hasta que consiguieron levantarla. El viajante de licores permaneció en pie bajo los ardientes rayos del sol, con una extraña expresión en el rostro y sacudiendo la cabeza, mientras los demás volvían a subir. Happy Stuart dijo:
—De acuerdo, amigo, suba a bordo.
El viajante trepó lentamente al vehículo y éste reemprendió la marcha. Poco después llegaron a un viejo edificio de adobes, rodeado de corrales y con una bandera ondeando en un palo. Del interior del edificio salieron unos hombres y se quedaron de pie en la sombra del porche. Happy Stuart detuvo la diligencia delante de la casa. Dirigiéndose a un hombre muy flaco, dijo:
—Hola, Mack. ¿Por dónde andan esos malditos indios?
Los pasajeros estaban desfilando hacia el comedor. El hombre flaco murmuró:
—Los verás antes de mañana noche.
Los mozos de cuadra empezaron a cambiar los caballos.
El pequeño comedor estaba muy fresco después del agobiante calor de la diligencia. Muy fresco y silencioso. Una gorda mejicana apareció con los platos de comida. Happy Stuart dijo:
—Diez minutos.
Se pasó el dorso de la mano por la boca y empezó a comer. El flaco Mack dijo:
—Anoche incendiaron el rancho de Catlin. Ayer pasó por aquí un escuadrón de caballería. Pero volvió a marcharse. Esta noche llegaréis al Gap sin novedad, pero más allá ya no puedo responder. ¿Alguna dificultad?
—Alguna —respondió brevemente Happy, y se puso en pie.
Había terminado el descanso. Los pasajeros siguieron al conductor; el viajante de licores cerraba la marcha y parecía respirar con cierta dificultad. La diligencia se puso de nuevo en camino. Detrás de ella resonó la cavernosa voz de Mack:
—Si ves una nube de polvo procedente del Este, Happy, utiliza el látigo. El calor se había condensado en el interior de la diligencia y el escaso aire
levantado por la marcha de los caballos era sofocante para los pulmones; el suelo del desierto proyectaba su blanco brillo interminablemente hasta perderse en la brumosa calina. Las rodillas del ganadero rozaron suavemente a Henriette mientras la contemplaba fijamente, con un mondadientes de
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celuloide entre los labios. La voz de Happy Stuart azuzaba incesantemente a los caballos, obligándoles a mantener la velocidad de su marcha. Los ojos del viajante de licores estaban muy abiertos, lo mismo que su boca, y su rostro había perdido el color. El jugador profesional lo observó sin que pareciera preocuparle lo más mínimo; el ganadero, por su parte, notó el peso del hombro del viajante y le empujó sin contemplaciones para que se apartara. El inglés continuaba muy erguido en su asiento, mirando inexpresivamente el inhóspito paisaje que desfilaba ante la ventanilla. La prometida del oficial se volvió hacia Malpais Bill.
—¿Cuál es la próxima parada? —inquirió.
—Gap Creek.
—¿Encontraremos soldados allí?
Malpais Bill dijo:
—Espero que tendremos una escolta desde las colinas hasta Landsburg. A las cuatro de aquella tarde cálida como un horno el viajante de licores
hizo un leve gesto con una mano y cayó hacia adelante, sobre el regazo del jugador profesional.
El ganadero se encogió de hombros y sacó una mano a través de la ventanilla, llamando a Happy Stuart:
—Pare un momento.
Cuando la diligencia se detuvo, todo el mundo se apeó y el joven rubio ayudó al jugador profesional a tender al viajante de licores en el espacio de sombra creado por la diligencia. Ni Happy Stuart ni John Strang se molestaron en apearse. El viajante de licores movió los labios ligeramente pero nadie dijo nada y nadie sabía lo que hacer… hasta que Henriette se adelantó.
Henriette se arrodilló en el suelo, levantando la cabeza y los hombros del viajante de licores y apoyándolos contra su seno. El viajante abrió los ojos y en ellos había algo que todos pudieron ver, una expresión de alivio y de gratitud.
Henriette murmuró:
—Se encuentra usted mejor, ¿verdad?
Su sonrisa era suave y agradable, y daba a sus labios un aire maternal. Henriette poseía el conocimiento de los temores que los hombres ocultan
detrás de sus modales, de los profundos apetitos que les consumen, de la soledad que les empuja hacia las mujeres de su clase.
Repitió:
—Se encuentra usted mucho mejor, ¿no es cierto?
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contempló cómo se relajaba el rostro del viajante de licores, como si ahuyentara la sombra de lo que sabía.
El rostro de la prometida del oficial revelaba su desconcierto ante aquella situación. El jugador profesional y el ganadero contemplaban al viajante de comercio con absoluta indiferencia. El joven rubio, por su parte, contemplaba a Henriette a través de sus párpados medio cerrados, con evidente interés. Sostenía un cigarrillo entre los dedos: se había olvidado de él.
Happy Stuart dijo:
—No podemos continuar parados aquí.
El jugador profesional se inclinó para coger al viajante de comercio por debajo de los brazos. Henriette se incorporó y dijo:
—Yo cuidaré de él.
subió a la diligencia.
El joven rubio y el jugador profesional pasaron al viajante de comercio a través de la portezuela y le tendieron en el asiento posterior, con la cabeza apoyada en el regazo de Henriette. Luego subieron los demás y el vehículo reemprendió la marcha. El viajante susurró:
—Gracias…, gracias.
El joven rubio suspiró audiblemente.
La diligencia continuó avanzando, sus grandes ruedas traqueteando en las desigualdades del camino, mientras un sol cada vez más bajo enviaba sus rayos a través de las ventanillas. Los perfiles de las montañas se dibujaban más próximos, más definidos en la azulada calina. Los ojos del ganadero eran pequeños y brillantes y contemplaban a Henriette con un interés personal, pero el jugador profesional se inclinó hacia la muchacha y le dijo:
—Si está usted cansada…
—No —dijo Henriette—. No. Está muerto.
La prometida del oficial ahogó un pequeño grito. El jugador profesional se inclinó un poco más hacia el viajante de comercio, y luego todos miraron a Henriette; incluso el inglés la miró un instante, con una leve curiosidad en los ojos. La muchacha sonreía abstraídamente, con los labios entreabiertos. Sostenía la cabeza del viajante de licores con las dos manos, y continuó sosteniéndola hasta que, al anochecer, la diligencia se detuvo delante de la Gap Station.
El ganadero abrió la portezuela y se apeó, gruñendo cuando sus envaradas piernas tocaron el suelo. El jugador profesional sostuvo al viajante a fin de
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que Henriette pudiera apearse. A continuación bajaron los demás, con los huesos doloridos a causa del traqueteo. Happy Stuart bajó del pescante con el rostro cubierto por una máscara de polvo y los ojos enrojecidos. Dijo:
—¿Quién se ha muerto? —y se acercó a mirar al interior de la diligencia
—. Bueno, para él se han terminado las preocupaciones —murmuró. Un hombre bajito con un vientre enorme salió a su encuentro y dijo: —No estaba seguro de que te atrevieras a intentarlo tan pronto, Happy, —¿Dónde están los soldados para mañana?
—Al otro lado de las montañas. Todo el mundo ha sido expulsado de estos alrededores. Los han enviado a Landsburg. Los hombres dormirán en el establo. Para las señoras ya encontraremos algo mejor. —Miró a la prometida del oficial y catalogó a Henriette inmediatamente. Luego, sus ojos se posaron en Malpais Bill y al reconocerle el tono de su voz cambió, haciéndose más prudente—: Hola, Bill. ¿Qué te trae por aquí?
El cigarrillo de Malpais Bill brilló en la creciente oscuridad y Henriette captó la breve imagen de su rostro, sereno y vigilante. Malpais Bill dijo, en tono suave:
—El simple placer del viaje.
Echaron a andar hacia la casa, cuyas esquinas parecían extenderse indefinidamente en una serie de cobertizos contiguos. Las ventanas aparecían iluminadas y unos hombres paseaban de un lado para otro, charlando ociosamente. Cuando la prometida del oficial entró en la casa, un soldado con el uniforme roto y manchado se acercó a ella.
El soldado dijo:
—¿Miss Robertson? El teniente Hauser tenía que encontrarse con usted aquí. Está en Lordsburg. Le hirieron anoche, en el curso de un encuentro con los apaches,
La prometida del oficial se quedó muy quieta. Inquirió:
—¿Es grave la herida?
—Bueno —dijo el soldado—, sí.
El hombre gordo se acercó, respirando ruidosamente.
—Una lástima…, una verdadera lástima. Señoras, las acompañaré a sus habitaciones.
Henriette contemplaba a la prometida del oficial, que había palidecido intensamente. Pero en aquella muchacha, pese a lo frágil de su aspecto, había una fortaleza insospechada ya que dijo quedamente:
—Habrá tenido usted un mal viaje.
—No…, en absoluto —murmuró el soldado, y salió de la habitación.
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El jugador profesional estaba allí, con su delgado rostro vuelto hacia la prometida del oficial, el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera recordando cosas muy penosas. Malpais Bill se había detenido en el umbral, estudiando la suavidad y la humildad de las mejillas de Henriette, Luego, las dos mujeres siguieron al hombre gordo a lo largo de un angosto pasillo hacia sus alojamientos.
Malpais Bill dio media vuelta y se apoyó indolentemente en la pared del edificio, con el oído tendido a los rumores de la noche. El calor del día había dado paso a una fría brisa procedente de las montañas que se alzaban detrás de la casa. El soldado, montado a caballo, le decía a Happy Stuart:
—Bueno, Lordsburg queda muy lejos y las malditas montañas están llenas de apaches. Mañana no tendrán ustedes escolta de caballería. Los escuadrones están todos en campaña.
Malpais Bill oyó alejarse el caballo, recordando la soledad de un hombre en aquellos oscuros pasos montañosos, y se dirigió a la taberna situada en el extremo del edificio. Era un cobertizo de techo muy bajo, con el suelo de tierra y las paredes enjalbegadas, que en otra época había formado parte de un establo. Tres hombres estaban de pie debajo de un farol en el centro de aquella especie de cuchitril, y la luz del farol brilló débilmente en sus ojos cuando se volvieron a mirarle. En un extremo del pequeño mostrador, el ganadero y el jugador profesional bebían en taciturno silencio. Malpais Bill se tomó su whisky y notó que el hombre que atendía al mostrador le miraba de un modo muy raro. El hombre gordo asomó la cabeza y anunció:
—Segundo turno.
Los tres hombres se dirigieron hacia la puerta.
El hombre que atendía al mostrador susurró:
—Será mejor que no vaya a Landsburg. Plummer y Shan- ley están allí. Los labios de Malpais Bill se distendieron en una sonrisa y a sus ojos
asomó un brillo malicioso. Dijo:
—Gracias amigo.
Más tarde, después de cenar, salió al patio iluminado por una luna que rozaba, sin disolverlas del todo, las sombras nocturnas. Vio a Henriette que paseaba por el camino de Tonto y echó a andar en aquella dirección. Al oír el sonido de sus pasos, la muchacha se volvió.
Su rostro tenía un extraño aire de expectación, como si esperara algo que iba a producirse y supiera lo que sería. Pero Malpais Bill dijo:
—Se está alejando demasiado de la casa. A los apaches les gusta arrastrarse hasta las afueras de un lugar habitado y acechar a los
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desprevenidos paseantes.
Henriette se mostró indiferente, sin revelar ningún temor. Su voz era fría, y Malpais Bill captó en ella la soledad, el fatalismo que daba a sus palabras un acento monótono.
—Sopla una brisa muy agradable.
Malpais Bill se quitó el sombrero, y sus ojos se mostraron a la vez atentos e intrigados. Sus cabellos rubios brillaron a la fugaz claridad de la luna.
Henriette murmuró, conteniendo el aliento:
—¿Por qué hace usted eso?
Malpais Bill la miró, sin contestar a su pregunta. Al cabo de unos instantes inquirió:
—¿Tiene usted parientes en Landsburg?
Henriette habló en tono paciente, como si explicara algo que él debía saber sin necesidad de preguntarlo.
—Trabajo en una casa de Landsburg.
—No —dijo Malpais Bill—, no es eso lo que le he preguntado.
—Mis parientes están muertos… supongo. Hubo una matanza en las Superstition Mountains, cuando yo era una niña.
Malpais Bill inclinó la cabeza, tratando de llenar mentalmente aquel lejano vacío en la vida de la muchacha. Ésta era una tierra dura e implacable, sin la menor compasión para el débil. Henriette había sobrevivido y había pagado por su supervivencia, y ahora le miraba en silencio sin ofrecerle explicaciones ni justificaciones por lo que había sido; era todavía una muchacha bonita, con la inagotable paciencia de todos los años pretéritos en sus ojos, en la expresividad de sus labios.
Malpais Bill dijo:
—Más allá de la cuenca del Tonto hay una región muy hermosa. Tengo un poco de terreno allí… con una casa a medio construir.
—Si aquélla es su región, ¿por qué está aquí?
Malpais Bill se echó a reír y pareció mucho más alto a la luz de la luna.
—Tengo que saldar una deuda.
—¿Por eso va usted a Landsburg? Nunca dejará de saldar deudas de esa clase. En el territorio le conoce todo el mundo. En otros tiempos era usted un simple ranchero. Luego tuvo que defender su vida contra un famoso pistolero, y al matarle adquirió una triste celebridad…, una celebridad que hizo que muchos hombres desearan matarle. Y uno de ellos lo conseguirá algún día. Lo mejor que puede hacer es huir de esa clase de deudas.
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Malpais Bill no dejó de sonreír, hasta que Henriette se encogió resignadamente de hombros.
—No —murmuró—-, usted no huirá.
Malpais Bill se dio cuenta de que. los ojos de Henriette estaban tristes por él; pudo ver en ellos la paciencia que él nunca había aprendido a tener.
Dijo:
—Será mejor que regresemos.
Cruzaron el patio en silencio, oyendo las conversaciones en voz baja de los hombres, viendo el resplandor de sus pipas en los rincones oscuros. Malpais Bill se detuvo y contempló a Henriette hasta que desapareció en el interior de la casa.
Más allá de la ventana del cuarto de la muchacha, en el patio, un hombre le susurraba a otro:
—Plummer y Shanley están en Lordsburg. Malpais Bill lo sabe.
A través del delgado tabique oyó que en la habitación contigua la prometida del oficial estaba llorando. Henriett miró fijamente la oscura pared, con la cabeza y los hombros inclinados; al cabo de unos instantes salió de su cuarto y llamó a la puerta del de la otra muchacha.
Seis caballos de refresco piafaban delante de la diligencia. El hombre gordo cruzó el patio haciendo oscilar un farol contra la intensa oscuridad. Todos los pasajeros salieron de la casa con rostros soñolientos y Happy Stuart gruñó:
—Arriba todo el mundo.
Los pasajeros subieron a la diligencia. El hombre gordo gruñó:
—Si conseguís llegar al rancho de Al Schrieber sin que os ataquen, estaréis a salvo.
Happy Stuart azuzó a los caballos y la diligencia se puso en marcha con un rechinamiento de todos sus muelles.
Viajaron durante una hora en medio de una profunda oscuridad, helados de frío y medio dormidos, notando que la diligencia trepaba por una empinada pendiente. Cuando amaneció había llegado a la primera meseta y corrían velozmente por terreno llano. El ganadero iba sentado en la parte delantera y tenía el. lado izquierdo de la boca hinchado y magullado, y cuando Henriette vio aquello, su mirada descendió a los nudillos de Malpais Bill. La prometida del oficial tenía los ojos cerrados y apoyaba sus hombros contra el inglés, el cual continuaba muy erguido con el rifle deportivo entre sus rodillas. Al lado de Henriette, el jugador profesional parecía dormir, y en el banco central
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Malpais Bill contemplaba el paisaje que se deslizaba por delante de la ventanilla con ojos vigilantes.
A las diez empezaron a ascender de nuevo, y a mediodía llegaron a la cima de la cordillera, bajo los implacables rayos de un sol de fuego. El jugador profesional, largo tiempo inmóvil, estiró las piernas y miró a la prometida del oficial.
—El rancho de Schrieber no queda ya muy lejos. Estamos pasando el peor trecho.
El joven rubio miró al jugador profesional, sin hacer ningún comentario; y en aquel momento Henriette captó el olor a humo en el aire inmóvil. Happy Stuart estaba maldiciendo una vez más y los frenos empezaron a chirriar. Asomándose a la ventanilla, Henriette vio una chimenea de piedra y arcilla irguiéndose como un delgado esqueleto contra la luz del día. La casa que se había alzado allí era una negra mancha en el suelo, todavía humeante.
La diligencia se detuvo y todos los hombres se apearon inmediatamente. El fuego ardía perezosamente a lo largo de los destrozados restos de lo que había sido un carromato. Más allá de la casa, al pie de un corral, yacían dos figuras desnudas grotescamente calvas, con los cuerpos literalmente acribillados a cuchilladas. Happy Stuart se acercó a echar una mirada y regresó.
—Son los Schrieber. Bueno…
Malpais Bill dijo:
—Ha sido esta mañana, al romper el día.
Miró al jugador profesional, al ganadero y al inglés, el cual no mostró la menor emoción.
—Volvamos a la diligencia.
Malpais Bill trepó al techo de la diligencia, tendiéndose en él cuan largo era. Happy Stuart y John Strang volvieron a ocupar sus puestos. Los caballos partieron al galope.
El jugador profesional le dijo a la prometida del oficial: —Entre esos dos hombres está usted segura.
Sacó un 44 de un bolsillo trasero y lo dejó reposar sobre sus rodillas. Miró a Henriette con más atención que antes, como si hubiera renunciado a su taciturnidad. Dijo:
—¿Qué edad tiene usted?
Por toda respuesta, Henriette se limitó a encogerse de hombros. Pero el jugador profesional dijo, amablemente.
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—Lo bastante joven como para ser hija mía. Este es un mundo podrido.
Cuando la avise, tiéndase en el suelo.
El inglés había apoyado el cañón de su rifle en el antepecho de la ventanilla. El ganadero se echó hacia atrás el faldón de su chaqueta para dejar al descubierto la funda de su revólver.
Henriette, con los ojos clavados en las enguantadas puntas de sus dedos, recordaba la alta figura de Malpais Bill recortándose contra la luz de la luna en la Gap Station, Le había sonreído como un hombre puede sonreír a cualquier mujer deseable, con la dulzura y el tintineo de la risa en su voz; y sus ojos habían sido amables. El jugador profesional habló muy quedamente y Henriette no le oyó hasta que la tocó en el brazo. Sin levantar la voz, el jugador profesional repitió:
—¡Tiéndase!
Henriette se dejó caer de rodillas, oyendo resonar varios disparos a través del infernal ruido de la diligencia en su precipitada carrera, Happy Stuart cesó de aullar y los ojos de la prometida del oficial estaban muy abiertos. En aquel momento, la diligencia cruzaba un cañón. Mirando hacia arriba a través de la ventanilla, Henriette vio la oscilante figura de un apache semidesnudo, a caballo y empuñando un rifle. El jugador profesional apuntó fríamente; el ganadero disparó y apuntó de nuevo. El rifle deportivo del inglés escupió también plomo, y el olor a pólvora inundó la estrecha caja del vehículo. Las botas del joven rubio rozaron el techo de la diligencia, y unos agujeros pequeños y redondos en la carrocería demostraron que los apaches afinaban la puntería. Un indio se acercó audazmente a la diligencia, convirtiéndose en un blanco que no podía ser fallado. El ganadero le derribó de un disparo. Las ruedas del vehículo chirriaron peligrosamente y toda la pesada superestructura de la diligencia brincó como si fuera a salir despedida por los aires. Luego empezaron a descender.
El jugador profesional dijo quedamente:
—Será mejor que coja esto —y tendió su revólver a Henriette.
Se reclinó contra la portezuela, aferrándose al antepecho de la ventanilla con sus manos pequeñas y cuidadas. Una intensa palidez cubrió sus mejillas. Volviéndose con un gran esfuerzo hacia la prometida del oficial, murmuró:
—No tenga miedo y manténgase entre esos dos caballeros.
La miró con cierta desesperación en los ojos y luego dejó caer su cabeza sobre el antepecho de la ventanilla.
Estaban descendiendo la montaña sin freno. Los disparos fueron espaciándose y los aullidos de los indios quedaron atrás. Incorporándose
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lentamente, Henriette vio la llana superficie del desierto debajo de ellos, y los vagos contornos de Lordsburg, allá a lo lejos. No hubo más disparos, y la voz de Happy Stuart se alzó de nuevo, y los frenos volvieron a chirriar contra las ruedas. El inglés miraba fijamente a través de la ventanilla con una lúgubre expresión; la prometida del oficial parecía sumida en un sueño profundo y desesperado; el rostro del ganadero brillaba con un extraño sudor. Henriette trató de atraer al jugador profesional hacia el asiento, pero se dio cuenta de que pesaba demasiado: estaba muerto.
A las cinco de aquella larga tarde la diligencia enfiló las angostas calles de Lordsburg, penetró en la plaza central y se detuvo delante de una multitud reunida allí. Los pasajeros se apearon lentamente. Un chiquillo mejicano vio el cadáver del jugador profesional y corrió a extender la noticia. Malpais Bill descendió del techo, pero Happy Stuart permaneció sentado en el pescante, contemplando a la multitud con expresión taciturna. Henriette se dio cuenta de que Johnn Strang había desaparecido.
Un hombre que llevaba un traje blanco le gritó a Happy:
—Bueno, has conseguido llegar.
Happy Stuart murmuró:
—Sí. Hemos conseguido llegar.
Un oficial se abrió paso a través de la multitud, sonriendo a Miss Robertson. Inclinándose ante ella, dijo:
—Es usted Miss Robertson, ¿verdad? El teniente Hauser está fuera de peligro. Yo me encargaré de su equipaje…
La prometida del oficial se echó a llorar. Malpais Bill permanecía junto a la rueda de la diligencia, con los ojos clavados en un par de hombres que estaban de pie bajo la marquesina de una tienda contigua. Henriette miró a aquellos dos hombres y, por su actitud, adivinó por qué estaban allí. Se dio cuenta de que los ojos del joven rubio eran muy azules y no se apartaban de ellos. La prometida del oficial se volvió hacia Henriette, con los ojos llenos de lágrimas. Murmuró:
—Si en alguna ocasión hay algo que pueda hacer por ti…
Pero Henriette retrocedió, sacudiendo la cabeza. Esto era Lordsburg, y todo el mundo sabía quién era, excepto la prometida del oficial.
Henriette dijo seriamente:
—Adiós.
Y notó lo inmóviles y expectantes que estaban los dos hombres bajo la marquesina. Acercándose al joven rubio, le dijo:
—¿Quiere usted llevar mi maleta?
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Malpais Bill la miró, con algo parecido a la risa en sus ojos, y cogió la maleta de Henriette del montón de equipajes. Continuaba sonriendo cuando echó a andar al lado de Henriette, a través de la multitud y por delante de los dos hombres que esperaban. Pero cuando penetraron en una angosta y polvorienta calleja de las afueras del pueblo, donde las casas se alzaban una junto a otra sin gracia ni dignidad, Malpais Bill estaba muy serio. Dijo:
—Le estoy muy agradecido. Pero tengo que volver allí.
Se encontraban delante de una casa que no era distinta de las contiguas; se habían detenido en la puerta. Henriette vio que los ojos del joven rubio recorrían la calle y captaban su significado y la clase de comercio que en ella se ejercía. Pero estaba diciendo, con su voz más amable.
—La he observado a usted durante dos días. —Se interrumpió, rebuscando en su mente las palabras que quería pronunciar—. Dios la ha hecho a usted toda una mujer. Y el Tonto es una región muy hermosa.
La respuesta de Henriette estuvo desprovista de todo sentimentalismo. —No —dijo—. Me conocen en todo el territorio. Pero siempre recordaré
sus palabras.
Malpais Bill dijo:
—¿No hay ningún otro motivo?
Henriette no respondió, pero algo en sus ojos contestó por ella. Malpais Bill se quitó el sombrero y murmuró:
—Un hombre no puede rehuir ciertas cosas. Tengo que saldar esta deuda.
Pero volveré.
Echó a andar a lo largo de la angosta calleja, dobló la esquina y desapareció. Henriette levantó su maleta, pero volvió a dejarla en el suelo, y se quedó muy quieta y muy seria delante de la puerta de aquella casa. Estaba recordando la alta figura de Malpais Bill recortándose contra la luz de la luna en la Gap Station.
Cuatro rápidos disparos quebraron el silencio amodorrado del pueblo, y luego se oyó un grito, y a continuación se hizo un silencio todavía más profundo. Henriette se apoyó contra la puerta, y supo que aquellos disparos señalaban el final de un hombre, y el final de una esperanza. Malpais Bill no regresaría nunca; nunca volvería a estar junto a ella, con la sonrisa en los labios y en los ojos. Henriette pensaba en todo esto con la humildad y la paciencia que la vida le ha- bía enseñado a tener…
Estaba pensando en todo esto cuando oyó resonar unos pasos decididos sobre la endurecida tierra de la calleja; y se volvió para verle, alto y erguido a la luz del sol, avanzando hacia ella con su sonrisa.
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MANIOBRA TÁCTICA
ERNEST HAYCOX
A la puesta del sol, el coronel Crosby hizo acampar a sus fuerzas a la orilla del riachuelo, directamente enfrente de las paredes de troncos
del fuerte Tompkins. Una patrulla montó su tienda y un ordenanza instaló su cama y su escritorio plegables, encendiendo una vela ante la proximidad del crepúsculo. El día había sido sofocante y ahora, dentro de la tienda, el calor se dejaba sentir con fuerza y la lona empezó a exudar su peculiar, aunque no desagradable, olor. Miles Washburn, el ayudante del coronel, se presentó en demanda de instrucciones.
—Que ninguno de los hombres visite el fuerte —dijo el coronel—. No quiero tener a la mitad de la tropa enferma por culpa del comerciante del fuerte. Esta noche doble la guardia y haga que una patrulla a caballo se mueva en círculo a una milla de distancia del campamento. Esos sioux pueden creer que estamos descuidados, al encontrarnos tan cerca del fuerte, y lanzar un ataque por sorpresa. Dígales a Kil
deen y a Alien que vengan.
El ayudante salió de la tienda mientras el coronel rebuscaba en su equipaje y sacaba una botella de licor y tres pequeñas tazas de plata. Las llenó, dejándolas sobre el escritorio, sentándose a continuación en la silla de campaña dejando que sus cansados músculos se relajaran. El coronel Crosby tenía sesenta y dos años, y durante los últimos dieciséis días había permanecido en la silla diez horas diarias.
El coronel Crosby no había pertenecido nunca al círculo de los privilegiados que cumplían unas apacibles obligaciones en el Este. Treinta de sus cuarenta años de vida militar los había pasado en campaña, desde la guerra mejicana hasta las luchas con los indios en la frontera, pasando por la Guerra
Civil. De modo que ahora era un hombre de piel curtida como el cuero, con una boca fuertemente apretada por la costumbre de obedecer. Su esposa
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había fallecido recientemente, envejecida prematuramente después de haberle seguido de un mísero y aislado puesto a otro; sus tres hijos eran ya mayores y estaban esparcidos por el Este, extraños para él a causa de los años de separación que el servicio les había impuesto durante su infancia. Todo esto había dejado su huella en el coronel Crosby, convirtiéndole en un hombre silencioso que sabía, hacía muchísimo tiempo, que su carrera sería más leal que brillante.
Se puso en pie cuando entraron Kildeen y Alien, reflejando en sus rostros un mal disimulado disgusto. Crosby dijo:
—Permítanme, caballeros.
Y les ofreció sus whiskies, mientras apuraba el suyo con evidente placer. Los años de servicio le colocaban por encima de aquellos dos oficiales, pero éstos no podían olvidar que durante la guerra civil fueron comandantes efectivos al mando de divisiones, categoría que Crosby no había alcanzado; ahora, normalizada la situación, estaban a las órdenes de Crosby y alimentaban en silencio su resentimiento.
Crosby dijo:
—Al hacerse de día continuaremos hacia el Norte. No habrá ninguna visita al fuerte.
Kildeen y Alien le agradecieron al coronel su hospitalidad y se marcharon, dejando detrás de ellos el rastro de su malestar. Poco después entró el ordenanza con una frugal cena y un poco de café. El coronel comió solo, como de costumbre, encendió un cigarro y salió de la recalentada tienda. Las fogatas del campamento ardían, pequeñas y amarillentas, a lo largo del riachuelo; un grupo de soldados abrevaba a los caballos, en tanto que otros refrescaban sus cuerpos en las aguas del arroyo. El oficial de guardia se materializó repentinamente en medio de la semioscuridad, y casi al mismo tiempo el comandante del fuerte Tompkins cruzó el riachuelo a caballo para presentar sus respetos al coronel. El coronel Crosby le estrechó la mano, recibió su invitación para visitar el fuerte y se excusó por no poder aceptarla. Luego se volvió hacia el oficial de guardia, que era un joven primer teniente llamado Ormsby.
—Los sioux siempre merodean alrededor de un lugar como éste —dijo el coronel—. Si pueden, atacarán nuestros flancos. Mantenga a sus patrullas montadas moviéndose continuamente, pero procure que no tracen un círculo demasiado rígido. De cuando en cuando, haga que cambien la dirección de su marcha y retrocedan, para que los indios no puedan calcular el tiempo muerto y deslizarse a través de la patrulla.
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El joven teniente dijo:
—Sí, mi coronel.
El coronel simpatizaba con Ormsby, fiel cumplidor de su deber y en quien se podía confiar de un modo absoluto. También él pasaría su vida en la frontera; otros oficiales, más elegantes, aprovecharían sus oportunidades, desarrollarían su política y le adelantarían en el camino hacia las estrellas de general, en tanto que Ormsby, al cabo de cuarenta años, se jubilaría como comandante o como coronel y sería olvidado.
—No descuide la vigilancia —dijo el coronel, y contempló al joven oficial mientras se alejaba.
—Está usted en lo cierto al decir que los sioux merodean por estos alrededores —dijo el comandante del fuerte—. Las colinas están llenas de ellos. Se fugaron de la reserva en cuanto verdeó la hierba, esta primavera, y desde entonces han estado cometiendo barbaridades. —El comandante del fuerte se permitió hablar en tono abiertamente sarcástico—. Quemarán, robarán y matarán hasta que refresque el tiempo. Entonces decidirán ser pacíficos, regresarán a la reserva y dejarán que el gobierno les alimente hasta la próxima primavera, en que volverán a las andadas.
—Así es —asintió el coronel.
El comandante del fuerte dijo:
—¿Cuál es la idea general de esta campaña?
—Salí del campamento Tevis hace dieciséis días —dijo el coronel—, con cuatro compañías de infantería, cuatro de caballería y un convoy de carromatos, con instrucciones de empujar hacia el Norte. El general MacGregor había salido de Tevis un mes antes que yo, y ahora está esperando que utilice mi columna para presionar a los sioux y hacerles caer en sus brazos. Tengo que empujar, establecer contacto y luchar.
—¿Contra quién? —inquirió el comandante del fuerte. Levantó una mano y deslizó los dedos de la otra mano a través de los espacios entre dedo y dedo de la primera—. Los sioux son así. Se moverán como sombras, como agua, alrededor de usted y detrás de usted. Nunca establecerá contacto con ellos si ellos no quieren, excepto para alguna clase de diversión táctica.
—Mi obligación consiste en empujar —dijo el coronel—. La diversión táctica corre a cuenta del general MacGregor.
El comandante del fuerte sonrió, ya que conocía tan bien como Crosby la extravagante naturaleza del general MacGregor, el cual llevaba gorgueras de color escarlata con su uniforme, amaba las sorpresas y nunca podía olvidar que había sido llamado el «Mariscal Ney norteamericano».
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Los dos hombres intercambiaron una mirada de comprensión y luego el comandante del fuerte dijo:
—Le deseo mucha suerte, Crosby.
Y volvió a cruzar el riachuelo en dirección al fuerte.
El campamento había quedado en silencio, Jas fogatas ardían ahora con un brillo opaco. Crosby sacó su silla de campaña al exterior de la tienda, encendió un segundo cigarro y revisó pensativamente sus órdenes. Eran unas órdenes muy amplias, que le habían sido dadas por el general MacGregor obedeciendo instrucciones del comandante del Departamento de St, Louis, pero ninguno de aquellos dos hombres esperaban que trabara batalla con los sioux; Crosby no era más que un perro pastor en el que se podía confiar, y empujaría a los indios hacia el Norte contra MacGregor, el cual llevaría a cabo la operación y recibiría el debido aplauso por su habilidad. Al final de la campaña, MacGregor mencionaría en sus informes que «el coronel Crosby había cumplido su misión con gran celo». Así le habían mencionado en muchos informes oficiales, y así se había labrado su reputación de lo que realmente era, un fiel cumplidor de las órdenes que le daban: nada más.
Lige Croxton, el guía civil, surgió de la oscuridad y se sentó sobre sus talones: un hombre bajito, al cual sus aventuras habían adelgazado increíblemente, ennegrecido por la vida al aire libre, taciturno por naturaleza.
—General —dijo—, tiene usted que empujar a esos indios hacia MacGregor. ¿Dónde estará MacGregor?
—En el Powder.
—Entonces —dijo Lige Croxton—, la trampa estará vacía cuando MacGregor trate de cerrarla. Los indios van hacia el Este, alejándose del Powder. Está usted empujando para nada.
Habiendo dicho esto, se puso en pie y se marchó silenciosamente.
El coronel apretó entre sus dedos el cigarro, que tiraba muy mal. Sabía exactamente lo que se esperaba de él, pero sin embargo sus instrucciones eran lo bastante amplias como para permitirle poner en práctica cualquier idea que se le ocurriera. Croxton había dicho que los sioux no caerían nunca en la trampa de MacGregor, y el coronel confiaba de un modo absoluto en Croxton. En consecuencia, la campaña era un fracaso en su fase actual, dejando aparte lo que pudiera tener de diversión táctica.
A lo largo de los agotadores dieciséis días de marcha, el coronel había especulado con frecuencia sobre una tal diversión, pero, siendo un oficial honrado que nunca buscó su gloria personal, había dejado de especular. Ahora, con el mal aspecto que adquiría la campaña, revisó mentalmente el
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plan y pensó en el oficial que necesitaba para ponerlo en práctica. Pensó en los dos comandantes y los encontró inadecuados; eran hombres acostumbrados a asumir misiones importantes, y le desobedecerían en pequeños detalles. Pensó en sus capitanes y los rechazó a todos, por uno u otro motivo… y llegó a Ormsby, el cual le recordaba tanto a sí mismo. Ormsby carecía de experiencia, pero era un oficial paciente, un oficial silencioso que no alimentaba sueños de grandeza. Esto era lo único que el coronel sabía de Ormsby, y no podría saber nada más hasta que el joven se hubiera visto sometido a las terribles presiones del mando. Era un riesgo que había que correr, desde luego. El coronel suspiró y llamó a su ayudante.
—Tráigame a Ormsby —le dijo, y entró en la tienda.
Cuando Ormsby y el ayudante llegaron, el coronel estaba inclinado sobre su mapa, en el cual había trazado unas gruesas líneas. Dirigiéndose al ayudante, le dijo:
—Releve a Ormsby como oficial de guardia. Saldrá al amanecer con el convoy de carromatos. Proporciónele diez hombres de cada una de las compañías F, K y L.
Movió su lápiz a lo largo del mapa, atrayendo la atención del joven Ormsby.
—Estamos aquí, en fuerte Tompkins. Mañana por la ma
ñana, las fuerzas saldrán hacia Chalk Buttes, en dirección Norte. Luego girarán hacia el noroeste, más allá de las Buttes, en busca del vado del Spotted Horse Creek, aquí. Usted se hará cargo del convoy de carromatos y se encaminará directamente hacia el Spotted Horse Creek, mientras yo doy un rodeo con el grueso de las fuerzas. Se reunirá usted conmigo al atardecer del tercer día.
Ormsby se inclinó a su vez sobre el mapa con aire pensativo. El ayudante permanecía silencioso a unos pasos de distancia.
—Al atardecer del segundo día acampará usted aquí —dijo el coronel, señalando el lugar con su lápiz—, en el punto de confluencia del Alkali Creek con la ladera meridional de las Buttes. Calcule la velocidad de su marcha de modo que esté usted allí pasado mañana por la noche. No quiero que acampe en otro sitio.
Ormsby recorrió el mapa con la vista, sumido en profundos cálculos; el rostro del ayudante reflejó cierta sorpresa.
—Los carromatos atraerán inmediatamente la atención de los sioux —dijo el coronel—. El pensar en las provisiones y en la munición que transportan les inducirá a atacar. Si le atacan, se defenderá desde los techos de los
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carromatos. No trate de huir, ni trate —a menos que su situación se haga sumamente grave— de retroceder. Esto es todo.
Ormsby y el ayudante se marcharon. El coronel permaneció sentado delante de su mapa durante largo rato, viendo toda la región en términos de horas de marcha, en términos de colinas y barrancos y obstáculos. No le había contado al teniente Ormsby toda la historia, no deseando complicar la mente del joven oficial. Era preferible darle a la cosa el aspecto de una simple misión, de modo que Ormsby se limitaría a seguir su curso, sin permitirse ningún sueño romántico que pudiera inducirle a modificar las órdenes recibidas para atraer la fama sobre sí mismo… arruinando los planes del coronel.
Al menos, eso pensaba el coronel mientras permanecía sentado, a la luz de la vela, inclinado sobre el mapa y con el rostro cada vez más enrojecido por el calor de la tienda. De repente, salió al exterior y encendió otro cigarro. El campamento estaba entregado al sueño, y el olor a arena, a savia y a caballos era muy intenso. Alien y Kildeen, habiéndose enterado por el ayudante de las órdenes del coronel, se presentaron apresuradamente.
—Me han dicho que Ormsby va a llevarse los carromatos para viajar con ellos en línea recta —dijo Kildeen. Estaba acostumbrado a los jefes que convocaban frecuentes conferencias de oficiales, y le irritaba que Crosby le hubiera dejado al margen de aquella decisión—. ¿Puedo sugerir que es demasiado joven e inexperto para cargar con la responsabilidad?
—Hasta ahora ha cumplido perfectamente sus obligaciones —dijo el coronel.
Estuvo a punto de añadir que prefería la solidez a la jactancia, pero se contuvo; un jefe no puede utilizar su lengua como un instrumento de malicia.
—El convoy —dijo Kildeen— sería una valiosa presa para los sioux. Lo atacarán, desde luego. Treinta hombres son una fuerza insuficiente para Ormsby, y representarán un debilitamiento de nuestros propios medios. Encontramos improcedente el movimiento de diversión.
Estaban manifestando su opinión con un propósito determinado. Si la aventura fracasaba y se producía un desastre, se nombraría un comité de encuesta… ante el cual podrían declarar que ellos ya habían expresado su protesta.
Crosby dijo, amablemente:
—Recibí la orden de avanzar, establecer contacto y entablar combate. El convoy de carromatos hace más lento nuestro avance.
Kildeen replicó secamente:
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—Creo que nuestra verdadera misión es la de empujar a los indios hacia el lugar donde se encuentra MacGregor, el cual se encargará de entablar combate. No creo que esta expedición…
El coronel le interrumpió:
—Buenas noches, caballeros.
Y contempló a los dos comandantes mientras se alejaban de la tienda. Los dos comandantes le aborrecían, y el coronel no tenía la menor confianza en ellos. Dejó que un leve soplo de viento refrescara su rostro, entró de nuevo en la tienda y se acostó, A las cuatro de la mañana se levantó y contempló cómo eran desmontadas las tiendas para ser cargadas en los carromatos; observó cómo formaban el convoy y la escolta en las sombras. El joven Ormsby se acercó a caballo a la tienda del coronel, excitado por la más importante de las misiones que le habían sido confiadas hasta entonces. Seguramente, había permanecido despierto la mayor parte de la noche.
—¿Ordena usted algo más, mi coronel? —inquirió.
—No —dijo el coronel—. Buena suerte.
Correspondió al saludo de Ormsby y contempló al joven mientras se acercaba al convoy que se había puesto ya en movimiento.
El Oriente se encendió en arreboles y repentinamente el corneta de guardia barrió el campamento con su llamada. El coronel se lavó y se afeitó en el riachuelo, comió su tocino y bebió su café; y a las seis de la mañana estaba de nuevo en la silla, conduciendo a la columna hacia el Norte.
A mediodía, Ormsby hizo un alto a la sombra de un otero al lado de un arroyo cuya agua era sólo una humedad contra un fondo arenoso; y a la una reemprendió la marcha. Sus flanqueadores avanzaban a ambos lados de la columna, a media milla de distancia, hundiéndose en las depresiones del terreno y surgiendo de nuevo a la vista; tenía a dos hombres media milla a la retaguardia, y a otros tres patrullando en cabeza. El día era seco y el calor agobiante, sin una sola nube en todo el arco del cielo; el polvo levantado por la columna resecaba sus labios e irritaba sus fosas nasales. A media mañana divisó la nube de polvo que levantaba la columna principal, en su marcha hacia el Norte; a media tarde, la calina había empezado a empañar su visión, y a las seis, cuando dio orden de acampar, todo rastro de grupo principal había desaparecido. Los soldados fueron a abrevar a los caballos al arroyo y, tras la puesta del sol, el mundo fue durante media hora una neblina gris-azulada, que se desvaneció para dar paso a la oscuridad. Las fogatas ardieron brevemente, los centinelas ocuparon sus puestos, y desde su manta tendida en el suelo Ormsby escuchó el soñoliento murmullo de los hombres, que no tardó en
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apagarse; en medio del silencio nocturno, su propia responsabilidad le acosó con más fuerza..
Treinta hombres era una escolta muy reducida en una región llena de sioux, y Ormsby habría dudado de lo juicioso de aquella maniobra de no haber sido por los cuarenta años de experiencia del coronel.. El coronel era un hombre tranquilo, que se había pasado casi toda la vida en campaña, y tenía fama de conducirse siempre con seguridad y con prudencia. El coronel, pensó Ormsby, era la figura militar ideal; sus modales, su silencio y su integridad en todas las cosas eran los fundamentales de una carrera. Ormsby oyó el lejano aullido de un coyote y se incorporó en su manta, escuchando. Sabía que su columna había sido observada por los sioux durante todo el día, y que en aquellos momentos los indios no estarían lejos del campamento. Se levantó y se acercó a la borrosa figura del sargento agachado en el polvo. El sargento, veterano en el servicio, estaba también escuchando.
—Nunca se sabe cuándo atacarán —murmuró el sargento—, pero no creo que intenten nada esta noche. Esperarán a que la columna principal se haya perdido de vista.
El sargento se alejó en medio de la oscuridad para inspeccionar los puestos de guardia. Ormsby regresó a sus mantas. Oyó los pasos de los centinelas cuando efectuaban el relevo, el murmullo de sus voces y, de cuando en cuando a través de la noche, el aullido del coyote. Alrededor de las dos de la mañana se quedó dormido, pero antes de que amaneciera ya estaba en pie. A los sioux les gustaba atacar al romper el día.
Pero no se presentaron, y poco después la columna volvía a ponerse en marcha, avanzando bajo un sol cada vez más ardiente. Ormsby envió a una patrulla de descubierta, al mando del sargento; dos horas después, el sargento regresó, muy serio.
—El terreno está lleno de huellas. Anoche rodearon nuestro campamento.
Han olido la miel.
La nube de polvo de la columna principal no estaba ya a la vista, y Fuerte Tompkins se había perdido del todo en la distancia; los carromatos y los treinta hombres eran un solitario núcleo de vida en la amarilla llanura. El lugar señalado por el coronel para acampar la segunda noche no estaba lejos y, en consecuencia, el teniente dio a sus hombres un largo descanso al mediodía, mientras se preguntaba por qué le habrían dado unas órdenes tan específicas acerca del lugar donde debía acampar. Los hombres comieron y descansaron a la sombra de los carromatos, y algunos se quedaron dormidos.
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Pero había una evidente tensión en ellos, y la pesada guardia nocturna había acabado de irritarles.
La negra sombra de las colinas se proyectaba hacia el Norte cuando reemprendieron la marcha. El teniente dirigió una inquieta mirada hacia aquellas colinas, sabiendo que si se producía un ataque llegaría de aquella dirección. Sobre el terreno aparecían numerosas huellas recientes de indios, y los flanqueadores avanzaban ahora más cautelosamente a ambos lados de la columna.
Ormsby cabalgaba pensativamente. Todos los indicios apuntaban a un ataque indio con grandes fuerzas, en cuyo caso se vería obligado a colocar sus carromatos en círculo y resistir. Le habían ordenado avanzar hasta el lugar de la cita, y no retroceder hacia Fuerte Tompkins excepto en el caso de un grave apuro. Pensó en enviar un mensajero al fuerte pidiendo ayuda, pero se dio cuenta de que el mensajero tendría muy pocas posibilidades de llegar a su destino. El peso de la responsabilidad fue súbitamente una aplastante carga, y Ormsby se preguntó qué haría el coronel en una situación semejante.
El coronel era un hombre prudente y no corría riesgos innecesarios; pero el coronel era también un bulldog que agarraba las órdenes entre sus apretadas mandíbulas y no las soltaba por nada. Esta última imagen de Crosby fue lo que penetró más profundamente en el cerebro de Ormsby y la que más le influyó, de modo que supo que seguiría adelante mientras existiera alguna posibilidad de hacerlo. Entretanto, el calor y el polvo se hacían más intensos, hasta que la sed se convirtió en un tormento en vez de ser una simple molestia. Cruzaron más y más huellas recientes de los sioux, todas procedentes del Sur y encaminándose a las colinas septentrionales. Y cuando, alrededor de las cuatro de la tarde, Ormsby llegó al lugar señalado por el coronel para acampar la segunda noche, se dio cuenta de que iban a presentarse dificultades.
Ordenó que la columna se detuviera, e inmediatamente experimentó una sensación de desagrado al contemplar el lugar y pensar en él como posible campamento. A su derecha, delante y detrás, el terreno era llano; a su izquierda había una serie de quebradas y, más allá, la imponente masa de las Chalk Buttes. Los sioux podían deslizarse hasta aquellas quebradas, al amparo de la oscuridad, y caer sobre ellos cuando se hiciera de día. Observó que a tres horas de distancia se alzaba un otero que formaría una buena muralla por un lado, reduciendo la completa exposición de sus hombres; lo contempló pensativamente, dando vueltas en su cerebro a las órdenes recibidas y analizándolas cuidadosamente. Lo único que sacó en limpio de sus
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reflexiones fue la concreta afirmación del coronel de que debía acampar precisamente aquí, junto al arroyo.
El sargento también se había dado cuenta de la favorable situación del otero y la comentó en tono esperanzado.
—Allí tendremos algo de protección, teniente. El lugar es mucho mejor que éste.
Uno de los conductores de los carromatos se adelantó y dijo:
—Este lugar me recuerda exactamente el campamento que establecimos con Forsyth hace seis años, en el Green Willow, Fui uno de los pocos que consiguieron salvar el pellejo.
La opinión del sargento y la opinión del conductor, ambos cargados de experiencia, fueron otra carga para Ormsby; y sabía que el resto de los soldados, la mitad de ellos muy veteranos, considerarían una locura que les obligara a acampar aquí, Esto también era una presión. Ormsby había recibido órdenes concretas, pero no dejaba de comprender que un jefe independiente podía modificar a su criterio una orden que le pareciera irrazonable. Era posible, incluso probable, que el coronel desconociera hasta qué punto era inconveniente aquel lugar… y que fuera el primero en felicitarle por haber acampado en otro sitio más favorable; si Alien o Kildeen se encontraran en su puesto, ya estarían avanzando hacia el otero. Todas estas ideas cruzaron y volvieron a cruzar por la mente de Ormsby, llenándole de confusión; y luego pensó en el coronel, dispuesto a guiarse por las reacciones de su jefe. ¿Qué haría Crosby en esta situación? Todo dependía de esto.
A las cuatro de la tarde del primer día, después de dejar atrás el Fuerte Tompkins, el coronel volvió la cabeza para dirigir una última mirada a la columna de Ormsby, antes de que desapareciera definitivamente, envuelta en la calina; y con aquella desaparición, la mente del coronel experimentó una preocupación más intensa. Ordenó acampar a su propia columna al atardecer, veinte millas al norte de su punto de partida, en la base oriental de las Chalk Buttes, aquellas mismas colinas que ahora Ormsby orillaría por el Sur; después de cenar frugalmente, como de costumbre, encendió un cigarro y contempló las fogatas arder contra la oscuridad y luego perder su brillo a medida que los hombres se entregaban al descanso. El guía civil se presentó en compañía del ayudante, y los comandantes Alien y Kildeen se unieron al grupo.
—General —dijo el guía, fiel a su costumbre de llamar «general» a todos los oficiales—, hay señales de muchos indios por estos alrededores. No me
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gustaría encontrarme en el pellejo del joven que salió con el convoy de carromatos. Creo que va a verse en un apuro.
—Yo diría —afirmó el comandante Kildeen, con voz campanuda, seguramente por el recuerdo de sus estrellas de jefe de división—, que Ormsby se dirige hacia una clase de gloria muy trágica,
—Buenas noches, caballeros —dijo el coronel.
Se envolvió en sus mantas, ajustó la silla a su cabeza y se tendió de espaldas, contemplando las brillantes estrellas encajadas en su estuche de terciopelo negro. Los sioux eran unos combatientes falaces… y siempre sospechaban su misma falacia en los demás. Durante todo el día, habrían contemplado a aquellas dos columnas avanzando independientemente una de otra; pero no atacarían a Ormsby aquella noche ni el próximo amanecer, temiendo que la gran columna retrocediera al amparo de la oscuridad para cogerlos en una trampa. Esperarían todo el segundo día; y a la tercera mañana atacarían a Ormsby. Esta era la opinión del coronel.
La amenaza del ataque resultaría muy dura para Ormsby, y era posible que se retirase hacia Tompkins; o que decidiera no acampar en el lugar que le había señalado, o que continuara avanzando durante la noche a marchas forzadas para dejar detrás de él el peligro de las cercanas colinas. No había modo de predecir lo que haría un joven oficial enfrentado con su primera responsabilidad seria. Pero Crosby miraba atrás, hacia los años de su propia juventud, y recordaba que en aquella época él se había aferrado a la letra de las instrucciones, iniciando así lo que se había prolongado a través de cuarenta años: tomar la fidelidad para sí y dejar la audacia para los demás. Por eso había escogido a Ormsby.
«Espero que no me habré equivocado», murmuró el coronel, antes de quedarse dormido. Al cabo de unos instantes roncaba de un modo tan sonoro, que su ayudante se levantó y trasladó sus mantas a cierta distancia.
Por la mañana, la columna volvió a ponerse en marcha, desviándose gradualmente hacia la derecha, de manera que al mediodía se encontraba en el lado septentrional de la colina. Kildeen y Alien estaban perplejos; el ayudante rumiaba su curiosidad en silencio. Alrededor de las tres, el coronel hubiera enviadlo de buena gana a unos exploradores a la parte más alta de la colina para que echaran una mirada a la llanura que se extendía más allá, y en la cual debía encontrarse Ormsby, pero no lo hizo, sabiendo que los sioux estarían vigilando con el temor de que les estuvieran tendiendo alguna encerrona. A eso de las cinco ordenó un alto y contempló a los hombres mientras se instalaban para pasar la noche. El propio coronel se envolvió en sus mantas,
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como un hombre agotado que se dispone a tomarse un largo descanso. Pero permaneció completamente despierto, pensando en los sioux y en su inveterada astucia. Transcurridos dos días, sus sospechas seguirían latentes, pero la codicia despertada en sus corazones por los carromatos y su valioso contenido habría hecho su obra; al amanecer del día siguiente atacarían a Ormsby, incapaces de seguir resistiendo a su avidez. Es decir, suponiendo que no hubieran atacado al joven oficial la mañana anterior. El coronel buscó un cigarro y lo mantuvo apagado en su boca. A las diez, al oír el relevo de los centinelas, se levantó y llamó en voz baja al ayudante.
—Marcha nocturna —dijo.
Y esperó que la tropa saliera de su sueño. De pronto, se sintió invadido por una creciente ansiedad que agrió su humor. Kildeen estaba de pie junto a él, y repentinamente el coronel le increpó:
—¿Qué hace usted ahí como un pasmarote? ¡Vaya a darles un poco de prisa a sus hombres!
Kildeen se alejó, tragándose la afrenta en silencio, y el coronel montó a caballo y cabalgó a lo largo de la línea en formación.
—¡Silencio! No armen tanto ruido. ¡Lige! ¿Dónde diablos se ha metido? El guía apareció a la cabeza de la columna. El coronel gruñó: —¡.Adelante! —Y echó a andar, diciéndole al guía—: Encuentre un
camino decente sobre ese acantilado, Lige, ¿Conoce usted la región? —Podría recorrerla dormido.
—Me será más útil si la recorre despierto —dijo el coronel.
Ahora avanzaban hacia el Sur sobre la oscura sombra de las colinas,z ascendiendo lentamente. Las estrellas enviaban una leve claridad sobre la tierra, y no había luna. El coronel miraba de cuando en cuando detrás de él y veía la columna extendida como una alargada y borrosa mancha. La pendiente se hizo más pronunciada y el avance más lento; cuando llegaron al primer bosquecillo, el coronel ordenó un alto, deciéndole al ayudante:
—Tráigame al capitán Daré.
Gruñó impacientemente al ver lo que tardaba en llegar. Cuando se presentó Daré, el coronel le dijo:
—Hágase cargo de las cuatro compañías de infantería y acampe en el bosquecillo hasta que yo regrese o le envíe a buscar. No descuide la vigilancia.
Continuó su avance con las cuatro compañías de caballería, a un paso más rápido, a pesar de que lo empinado del camino hacía resoplar a los caballos, y a pesar de que dieciocho días de silla habían puesto plomo en los huesos del
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coronel. No podía ver nada detrás de él, pero sabía que la columna estaría muy dispersa, ya que el avance en fila india dispersaba siempre las fuerzas. Envió una orden hacia atrás.
—Únanse más…, únanse más.
Y cuando se detuvo para un breve descanso repitió la orden, y cuando volvió a ponerse en marcha la repitió una vez más. Llegaron a la cumbre de la colina, que formaba un angosto prado, alrededor de medianoche.
—Desmonten y descansen —ordenó, y se volvió hacia el guía—: ¿Cuánto falta para llegar a campo abierto?
—De ocho a diez millas.
—Dígales a Kildeen y a Alien que quiero verles —le indicó Crosby al ayudante.
Los dos comandantes tardaron un buen rato en llegar.
—Caballeros —les dijo el coronel—, la cola de esta columna es un verdadero desastre. En mi vida había visto peor confusión.
—¿Visto? —inquirió Kildeen, con reprimida indignación—. ¿Cómo puede haberlo visto?
—Han tardado ustedes diez minutos en llegar aquí —señaló el coronel—. No estamos operando en orden de dispersión. Procuren que sus hombres avancen más agrupados.
—¿Puedo sugerir que los hombres están agotados? —dijo Kildeen—. Esta es una marcha condenadamente dura,.
—Muy lamentable —replicó secamente el coronel—. Ocupen sus puestos, y procuren que los hombres estén en el lugar que les corresponde. Imitaremos la retirada de Moscú en otra ocasión. Adelante.
El camino empezó a descender. Si había calculado bien, los sioux habían dejado de vigilar a la columna principal aquella misma noche y ahora estarían reuniéndose en la parte meridional de la colina, en uno de los flancos de Ormsby, esperando a que se hiciera de día. La columna llegó a un pequeño riachuelo, que proyectaba su violento brillo contra la oscuridad. A la una de la mañana habían completado la mitad del descenso, y a las dos habían cruzado un bosquecillo para enfrentarse con una negrura meridional en la cual nada era visible. El coronel tocó el brazo del guía.
—¿Dónde está el Alkali Creek, Lige? —Delante mismo de nosotros. —Vamos a girar un poco a la izquierda.
Envió a su corneta en busca de los comandantes y esperó impacientemente; por el Oeste había una leve sugerencia de luz, y el coronel
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creyó ver un otero que se erguía contra la llanura, muy hacia el Sur. Llegaron Kildeen y Alien.
—Vamos a meternos por el barranco que se extiende delante de nosotros —dijo el coronel—. Usted avanzará por la izquierda, Kildeen, con los escuadrones B y F. La derecha es suya, Alien, con los otros dos escuadrones. Despacio, despacio…
Pasó una pierna por encima de su caballo con dificultad, desmontó y sintió un vago contacto con el suelo. Gruñó en voz baja y se colocó un cigarro apagado en la boca, oyendo cómo la columna se iba deslizando en el barranco. El otero era una mancha negra contra una negrura menos intensa, y al aguzar la vista en dirección Oeste el coronel creyó percibir la sombra del convoy de carromatos; pero no podía estar seguro, y la incertidumbre era un peso que gravitaba en su estómago.
—Lige —dijo—, ¿qué edad tiene usted?
—A esta hora de la noche, general, ningún hombre es joven.
—Me gustaría —dijo el coronel— poder retroceder cincuenta años y empezar de nuevo.
—A mí no me gustaría volver a pasar todas las calamidades que. he tenido que soportar —dijo Lige.
El coronel miró de nuevo hacia el Oeste, pero aún no estuvo seguro; inclinó los ojos y los mantuvo bajos, notando que la luz crecía contra él y a su alrededor, y levantó la mirada… y entonces tuvo la seguridad de que veía el convoy de carromatos. Experimentó una indescriptible sensación de alivio; y un momento más tarde se sintió asaltado por una profunda decepción. Los indios habían olido la trampa y no habían atacado. Un hombre que ha estado representando un papel durante cuarenta años, pensó el coronel Crosby, no puede esperar tener éxito en otro papel. El arrojo y la sorpresa no estaban hechos para él.
El guía dijo, en voz más alta pero tranquila.
—General…, ha conseguido usted su objetivo.
Al mismo tiempo que aquellas palabras, el coronel oyó el galope de numerosos caballos, el primer grito de los sioux en el tranquilo amanecer y el primer disparo.
La oscuridad había dado paso a unas oleadas de luz que se precipitaban en rápida y creciente sucesión, de modo que el coronel pudo ver ahora a los sioux que avanzaban hacia los carromatos como diablos surgidos de las entrañas de la tierra. El corneta estaba a su lado y el coronel oyó el rápido galope de sus escuadrones por el barranco; oyó que un soldado maldecía
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descriptiva y alegremente. Pero el coronel pensó: «¿Dónde está la defensa de ese muchacho? ¿Acaso se ha dormido?» Un momento después tuvo la respuesta, en forma de una descarga cerrada surgida a lo largo de la hilera de carromatos. Los sioux estaban aullando, y repentinamente empezaron a girar alrededor del convoy, buscando un ángulo favorable de ataque.
—¡Dios mío! —exclamó el guía—, Parece que hayan salido del mismo infierno, general.
El corneta alzó su instrumento. Avanzó un par de pasos, de modo que el coronel pudiera verle; miró al coronel con sus jóvenes ojos, inyectados en sangre, muy abiertos. El coronel contempló la segunda ola de atacantes que se acercaba a los carromatos. Aparecieron más sioux, como una reserva puesta en juego. La escena se desarrollaba a casi una milla de distancia, demasiado lejos para una carga al descubierto. El coronel miró al trompeta y sacudió la cabeza negativamente; luego cabalgó a lo largo del borde del barranco hasta que llegó al ala derecha, al mando de Alien. Se dejó caer en el barranco y avanzó al trote, con la copa de su sombrero casi al nivel del desierto. Los jinetes avanzaron en fila india detrás de él, levantando una nube de polvo y produciendo un considerable ruido; pero el polvo resultaba invisible en el grisáceo amanecer, y el ruido quedaba ahogado por el que armaban los sioux, y entretanto el barranco le conducía más cerca del convoy de carromatos. Había cubierto la mitad de la distancia cuando un indio, surgiendo solitario de las colinas, cabalgó por el borde del barranco y vio a los jinetes. EJ coronel empuñó rápidamente su revólver de reglamento y abatió al indio de un solo disparo. Luego se volvió, rugiendo:
—¡Más juntos! ¡Más juntos!
Dieciocho días de calor habían evaporado el agua de la misma medula de sus huesos, y sin embargo un fresco y agradable sudor empapaba su frente, por debajo de la badana del sombrero; el coronel Crosby se sintió sorprendentemente joven. Volviéndose hacia el comandante Alien, le dijo:
—Creo que dará resultado. Ahora colocaremos una cuña entre esa banda y las colinas. Corneta, toque de carga.
Salió del barranco mientras resonaba el rápido y metálico tat-a-tat-a-tat de la corneta, y miró hacia atrás para ver a toda la columna volcándose en la llanura. El coronel era la punta de la delgada y larga columna, y puso a su caballo al galope. Los jinetes formaban una flecha disparada entre los carromatos y las colinas, con los indios del lado de los carromatos.
Los sioux acusaron la sorpresa y la furia de su ataque remitió. El coronel vio a varios guerreros que se apartaban deliberadamente de la lucha y
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emprendían un rápido galope en dirección a las colinas. La columna, lanzada a la carga, les cerró el paso. El escuadrón B, conducido por Kildeen, efectuó un movimiento envolvente hacia la derecha, atrapando a un grupo de sioux en el barranco más próximo. Alien, que había tomado parte en un centenar de cargas de caballería, giró hacia la izquierda, seguido por los escuadrones L y D; al mismo tiempo, el joven Ormsby lanzó a sus treinta hombres sobre los sioux que continuaban cerca de los carromatos.
El coronel había perdido su sombrero, y su caballo temblaba al responder a la presión de sus rodillas, ora a la derecha, ora a la izquierda. El coronel se encontró con el corneta y con el sargento abanderado del escuadrón F junto a él; el corneta derribó a un sioux de un disparo efectuado debajo mismo de la nariz del coronel. La confusión era indescriptible. El estampido de los rifles se mezclaba con los aullidos de los indios y los gritos, la mayoría con acento irlandés, de los soldados; el olor a pólvora llenaba la grisácea claridad del día y el polvo formaba una niebla plateada. El coronel aprovechó un instante de calma a su alrededor para erguirse sobre los estribos de su caballo y echar una mirada de conjunto a la escena. Kildeen había cruzado el barranco persiguiendo encarnizadamente a los indios fugitivos, y Alien estaba haciendo girar a sus hombres hacia la izquierda, para liquidar una última bolsa enemiga más allá de los carromatos. La batalla terminó casi tan repentinamente como había empezado, y Kildeen reunió a sus hombres mientras el resto de los sioux se perdía en las colinas.
—Toque llamada —le dijo el coronel al corneta, y se apeó del caballo.
A su alrededor, el suelo estaba sembrado de cadáveres; en alguna parte, más allá de las colinas, no tardarían en alzarse al cielo los lamentos de innumerables mujeres indias, y el coronel pensó que, a juzgar por lo que él sabía de los sioux, no tardaría mucho en presentarse una comisión de paz en el campamento de MacGregor, lamentando lo sucedido y expresando el deseo de regresar a la reserva. Un golpe como el que acababan de recibir los sioux constituía un poderoso medio de persuasión. Al volverse para coger el sombrero que le tendía su ayudante, vio al joven Ormsby cerca de él. El rostro del teniente no mostraba ningún cambio apreciable, pero en su voz hubo una leve nota de reproche.
—No sabía que iba a servir de reclamó, mi coronel.
—Desde luego que no —dijo el coronel—. Si lo hubiese sabido, habría actuado como un reclamo.
—Ayer no comprendía por qué me habían dado una escolta tan pequeña y por qué me habían ordenado acampar en un lugar tan desfavorable. Estuve a
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punto de ir a acampar junto a aquel otero, que ofrecía cierta protección, pero finalmente decidí atenerme estrictamente a las órdenes recibidas.
El coronel dijo:
—Por eso le escogí a usted para esta misión.
Vio que las mejillas del teniente se coloreaban ante el elogio.
El coronel dio media vuelta, mortalmente cansado pero muy satisfecho. Ormsby había cumplido brillantemente su misión, sobreviviendo a la presión del mando y justificando la opinión que de él tenía el coronel. Y MacGregor estaría esperando en el Norte que arrojaran a los sioux en sus brazos, esperando dar el golpe espectacular que nunca se produciría. MacGregor le ensalzaría en sus informes oficiales, pero en el fondo de su alma le odiaría con todas sus fuerzas. El coronel sonrió al pensar en todo esto, y se sintió feliz; lo más probable sería que no tomara parte en ninguna otra campaña, ya que sus días de servicio activo estaban terminándose; y esta acción bélica era un digno remate a su carrera.
Había una cosa que él podía hacer, pensó también el coronel. En sus propios informes, citaría de un modo espe- cialísimo al joven Ormsby, por su valor y por su estricto cumplimiento del deber… y la citación pasaría a la hoja de servicios de Ormsby, y algún día le ayudaría a elevarse por encima de las medianías, y quién sabe si algún día contribuiría a que Ormsby conquistara las estrellas de general. Éste, fundamentalmente, había sido el motivo de que escogiera a Ormsby: el joven era como el propio coronel había sido hacía muchísimo tiempo y, en cierto sentido, las estrellas que conquistara Ormsby, dentro de treinta años, serían un poco las estrellas que a Crosby le habían estado vedadas.
Volviéndose hacia el ayudante, le dijo:
—Acamparemos aquí hasta mediodía. Organice unas patrullas para que recorran la base de esas colinas. No es probable que los supervivientes se decidan a regresar, pero quiero estar a salvo de cualquier sorpresa.
A continuación se acercó a la hilera de carromatos y se deslizó debajo de uno de ellos, excavando un agujero para sus caderas y un agujero para sus hombros. Se había casi instalado cuando se presentaron Kildeen y Alien, cubiertos de polvo y con los rostros enrojecidos, pero evidentemente satisfechos por el curso y el resultado de la acción. Kildeen, el más positivo de los dos, mostró cierta turbación al hablar.
—Alien y yo —dijo— opinamos que ha sido una estupenda maniobra táctica. Nuestros respetos, mi coronel.
El coronel les miró con ojos sonrientes.
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—Espero que sabrán perdonar mi brusquedad durante la marcha. En cuanto se hace de noche, empiezo a echar de menos mi catre. Esta noche les espero para echar un trago.
—Con mucho gusto —dijo Alien.
Los dos comandantes vieron cómo el coronel se cubría el rostro con el sombrero, entrelazaba las manos sobre su estómago y se quedaba inmediatamente dormido. Antes de que se hubieran alejado una docena de pasos, el coronel Crosby estaba roncando.
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LA ESTAMPIDA HUMANA
ERNEST HAYCOX
T ODO aquel día —y durante otros muchos días— habían avanzado hacia el Oeste a través de llanuras donde la hierba se erguía amarilla y exuberante sobre una tierra que no había conocido el arado. En un momento determinado vieron unos antílopes que se deslizaban rápidamente por la bruma azul del horizonte, y en otro momento se cruzaron con un grupo de indios montados en unos relucientes caballitos. Aquel año de 1907 Theodore Roosevelt había abierto un centenar de millas cuadradas de terreno de la reserva para el establecimiento de colonos, y los dos carros de los Brewerton, cargados con utensilios de labranza, herramientas de herrero y todas las posesiones de la familia, se dirigían a Virgil, donde los aspirantes a colonos debían efectuar su inscripción. Brewerton conducía el primer carro y su esposa iba a su lado, en el pescante; su hija guiaba el segundo tronco tan bien
como pudiera hacerlo cualquier hombre.
No iban solos. Delante de ellos avanzaban otros carros, y más al Sur una línea discontinua de carromatos levantaba nubes de polvo. Durante el día, un autocar pasó junto a ellos con un ruidoso jadeo de su motor y el brillo de sus guarniciones de metal, dejando un persistente olor a gasolina caliente. Desde la salida del sol, dos trenes de pasajeros habían mostrado sus penachos de vapor y de humo mientras avanzaban hacia el Oeste.
—Virgil —dijo Brewerton, señalando hacia delante.
La población había sido una raya trazada sobre la amarilla llanura desde la mañana, sin que nunca pareciera más próxima. Ahora, mientras el sol caía en una última explosión de llamas por el borde occidental, Virgil se erguía de la tierra y desplegaba sus dispersas y parpadeantes luces.
—Tenemos hasta medianoche para inscribirnos —dijo Bre- werton.
Era un hombre de unos sesenta años, con grandes cejas negras y recios hombros desarrollados en su profesión de herrero-agricultor. En su propia comunidad había disfrutado de cierto bienestar, pero la llamada de tierras
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nuevas y baratas en el lejano Oeste había despertado aquel instinto aventurero que todos los hombres de su generación poseían, induciéndole a repetir un episodio que había vivido treinta años antes. Ante sus dudas, su esposa le había dicho: «Es como si volviéramos a ser jóvenes». Detrás de él, en el segundo carromato, su hija se sentaba muy erguida y despreocupada en el pescante sin respaldo; llevaba una falda de cordoncillo, una blusa blanca y un ancho sombrero de paja. Tenía el pelo castaño, las formas desarrolladas de una juventud en plena madurez y sus ojos eran grises. Se llamaba Letitia, pero siempre había respondido por el diminutivo de Letty.
Virgil era un grupo de viejos edificios agazapados sobre la llanura, una población que sólo estaba destinada a ser un puesto comercial para los indios y lugar de paso para los conductores de ganado, pero ahora estaba inundada por una violenta ola de inmigración. Letty observó la ciudad de tiendas de campaña que había surgido alrededor de Virgil, las recuas de caballos y carromatos en las calles, la oscura masa de gente moviéndose a lo largo de las aceras. Una hilera de vagones de pasajeros esperaba en un apartadero ferroviario. Las luces de las tiendas formaban una niebla amarilla; a través de la pradera llegaba un persistente zumbido.
Letty siguió a su padre por la atestada calle, dominando al tronco de percherones con mano dura. Alguien le gritó a su padre: «¿De dónde vienen?» Y su padre gritó: «De Ne- brasca». Los vendedores callejeros pregonaban sus mercancías con voces rápidas e insolentes, y la gente repetía sin cesar: «¡Circulen! ¡Circulen!» Los saloons estaban atestados y el tránsito hervía alrededor de las entradas de las tiendas. Una mujer se abría camino a través de la multitud cargada con un colchón. En un cruce de Virgil, un hombre había instalado un fogón y una mesa con un cubo de café hirviendo sobie el fogón y pedazos de carne asada sobre la mesa; sudaba y se hablaba a sí mismo mientras trabajaba. Al final de la calle, Letty vio un mostrador construido de pared a pared, con hileras de gente moviéndose lentamente delante de él. Supuso que era la oficina improvisada para el registro de los futuros colonos.
Brewerton giró en una avenida entre edificios, pasó a través de la ciudad de tiendas de campaña y paró el carromato en el primer claro disponible; se apeó para echar la cadena a las ruedas. La excitación de la multitud le había alcanzado, a pesar de que habitualmente era el más tranquilo de los hombres.
—Será mejor que nos pongamos en la cola del registro antes de acampar —dijo—. Hay unas cuatrocientas pertenencias para adquirir… y calculo que aquí habrá más de cinco mil personas.
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—Adam —dijo Mrs. Brewerton, con la voz neutra de una esposa—, esto puede ser una caza de patos salvajes.
—Todo el mundo se inscribe. Dentro de una semana, la oficina del registro efectuará un .sorteo. Los cuatrocientos nombres que salgan en primer lugar obtendrán las pertenencias. Tenemos tantas posibilidades como cualquiera. Letty, tú eres soltera y has cumplido los veintiún años. Puedes inscribirte también; Ven conmigo.
Padre e hija regresaron a las calles de Virgil y se abrieron paso a través de la multitud hacia el improvisado mostrador. Junto a él, iluminados por la claridad de las lámparas de petróleo, los hombres levantaban sus brazos y gritaban frenéticamente.
«¡Circulen! ¡Circulen!»
La excitación latía en la noche. Era una corriente eléctrica que sacudía los nervios de Letty. De la pared de un edificio, cerca de ella, colgaba un cartel anunciando un espectáculo alegre, y desde el interior del edificio llegaban las notas de un piano:
Desarruga el entrecejo, diviértete mientras puedas, ta-ra-ra-ra-ra, bum, de-ay…
Otras personas se unieron a la cola. Letty oyó que un hombre decía: «El gobierno cobrará dos dólares por acre, suponiendo que se conserve la tierra por espacio de catorce meses… y que se tenga la suerte de salir favorecido en el sorteo. Hay cuatrocientas treinta pertenencias. Y unas diez mil personas inscritas. Es una posibilidad muy remota.,.» Una tos seca interrumpió su perorata. Mirando a su alrededor, Letty le vio: un hombre joven, muy delgado, con una sola mancha de color ardiendo en cada pálida mejilla. Dejó caer la cabeza, cerró los ojos y no dijo nada' más.
Dos lugares más adelante un chiquillo empezó a llorar. Letty se apartó ligeramente de la cola para ver a una mujer que levantaba a una niña de unos tres años por encima de su hombro. Era una mujer bajita, de aspecto aniñado, con unos grandes ojos redondos y un rostro del cual parecía haber huido toda luz. Le estaba diciendo a la niña con voz agotada: «No llores… por favor, no llores».
En la cola contigua, una joven pareja —que evidentemente procedía de una ciudad del Este— aguardaba su turno con las manos cogidas. Un muchacho con un jersey del cual había sido arrancado el emblema de un instituto sonreía al mundo. Un hombre de anchos hombros se volvió a mirar a la niña que lloraba. Su mirada descubrió a Letty y se detuvo en ella.
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El polvo formaba una acre nube en el repentino frío nocturno, y las voces de la gente llenaban el aire con un constante murmullo. El piano había cambiado su melodía:
Arrah-wanna, por mi honor, seré sincero contigo…
La niña seguía llorando. Un repentino impulso movió a Letty. Cogió a la chiquilla de brazos de la mujer y la arrulló contra su seno.
—¿Cómo se llama?
—Tara —dijo la mujer, agradecida—. Tara Rand. —Luego murmuró, con voz débil—: Voy a buscar un poco de agua.
Y salió de la cola.
—Tara —dijo Letty.
Despertado su interés, la pequeña se olvidó de llorar. Echó la cabeza hacia atrás y contempló a Letty con los ojos muy abiertos. Letty acercó sus labios a la cálida mejilla de Tara, murmurando una melodía que no tenía letra. Por encima del hombro de Tara vio al hombre alto de la cola contigua que la estaba observando. No era mucho más viejo que el muchacho con el jersey del instituto, pero pertenecía a otra clase de hombres, madurados precozmente y que no desentonaban con aquella polvorienta tierra.
Mrs. Rand regresó. Dijo:
—Ha sido usted muy amable…
Detrás de Letty, una voz protestó:
—Ha perdido usted su puesto al abandonar la cola. Tendrá que ponerse detrás.
El temor destruyó toda esperanza en el rostro de Mrs. Rand. Volviéndose hacia Letty, vio a un hombre que avanzaba a través de la oscuridad apenas taladrada por la claridad de las lámparas de petróleo. Llevaba un sombrero negro caído sobre los ojos; su boca era una boca agresiva en un rostro endurecido.
—¡Oh, no! —murmuró Mrs. Rand—. Sólo,..
Detrás de Letty, otra voz dijo: «Perdone», y una sólida mano se posó en su hombro y la apartó ligeramente a un lado. Pasó por delante de ella: el hombre que la había estado contemplando desde la otra cola. Tenía el rostro curtido por el sol; se movía con cierta lentitud, y Letty creyó percibir un leve brillo de furor en sus ojos. Pero estaba sonriendo, y miró al hombre del sombrero negro como si todo aquello no le importara.
—La señora tiene razón —dijo—. Circule.
El hombre del sombrero negro ladeó la cabeza y la luz de una lámpara se reflejó en su rostro.
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—No se busque complicaciones, amigo —dijo.
El otro rechazó el reto con su fría voz:
—Me llamo Kertcher. Estaré por aquí, si tiene ganas de encontrarme.
Ahora, circule.
El hombre del sombrero negro estudió a Kertcher con mal disimulada rabia, y en su expresión Letty captó la promesa de complicaciones. Giró sobre sus talones y se marchó.
Kertcher se tocó el ala del sombrero saludando a Mrs. Rand. Luego, sus ojos se posaron brevemente en Letty y la muchacha vio en ellos una danzarina lucecita gris. El hombre regresó a su puesto en la cola contigua. Letty, murmurando al oído de Tara, observó cómo sacaba tabaco de su bolsillo y liaba un cigarrillo con sus fuertes dedos. El resplandor de un fósforo ardió contra los pómulos de su rostro.
Las colas se arrastraban hacia adelante. Mrs. Rand se enfrentó con uno de los oficiales del registro, murmuró su nombre, declaró sus propósitos con voz apenas audible y se inclinó sobre el mostrador para firmar. Luego cogió a Tara y permaneció junto a Letty mientras ésta se inscribía. Después dijo:
—Ha sido usted muy amable…
El hombre de la otra cola se estaba inscribiendo.
—Tom Kertcher —decía—. Ciudadano de los Estados Unidos, sí. Dirección, Virgil,
Letty dijo:
—Yo llevaré a Tara.
El polvo hervía incesantemente en el aire nocturno. Letty vio a Tom Kertcher hendiendo la multitud, abriéndose paso con los hombros. La muchacha siguió el camino abierto por él. El sol había desollado su nuca, y su pelo parecía casi blanco en contraste con lo atezado de su piel. Alguien aulló: «¡Circulen!» Una vaharada a whisky y a tabaco surgió de la puerta de un saloon cuando Letty pasó por delante de ella. El piano desgranaba otra melodía:
Esta noche brilla la luna sobre la linda Ala Roja…
Se cruzó con cinco jóvenes cogidas del brazo que entonaban la canción. Vio a Tom Kertcher desaparecer por una calleja lateral. Letty siguió hacia el final de la calle, hasta que la jadeante voz de Mrs. Rand la detuvo:
—Aquí.
No era más que una choza de madera, con la puerta medio arrancada de sus goznes, Letty dejó a Tara en el suelo. Adam Brewerton, que había seguido a las dos mujeres, murmuró:
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—Un lugar muy mísero…
Mrs. Rand dijo:
—El pueblo está atestado. No importa, estoy acostumbrada a toda clase de alojamientos. Mi marido era oficial del ejército. Murió en Filipinas. Pasará una semana antes del sorteo, ¿verdad? ¿Cree que hay alguna posibilidad?
—Desde luego —dijo Adam Brewerton—. Siempre hay una posibilidad. —Estoy preocupada por Mr. Kertcher. Ha sido muy amable, pero aquel
otro hombre es un cuatrero. He oído que su nombre es Brazil Mullan.
Letty y su padre se encaminaron a la ciudad de tiendas de campaña. Mrs. Brewerton tenía la cena en el fuego y Brewerton montó inmediatamente la tienda. Las luces manchaban las numerosas paredes de aquella ciudad de lona. Un niño lloraba, un hombre y una mujer discutían acaloradamente y alguien tocaba una guitarra.
Brewerton dijo:
—Diez mil personas detrás de cuatrocientas pertenencias.
El joven cuya tos le obligó a callar tan bruscamente se inscribió y se abrió paso entre la multitud para dirigirse al saloon; el esfuerzo le dejó agotado. Se metió por una calle lateral y apoyó la espalda en una pared. Inclinó la cabeza sobre el pecho para descansar, y así estaba cuando alguien dijo:
—¿Se encuentra usted bien?
El joven alzó la mirada hacia el alargado y rudo rostro de un hombre, y se encontró con un par de ojos que parecían penetrar hasta lo más recóndito de su ser y arrancarle sus secretos.
—Sí —respondió.
—Me llamo Kilrain —dijo el otro, y cogió la muñeca del joven, contando sus pulsaciones en silencio—. ¿Ha trabajada en lugares cerrados la mayor parte de su vida?
—En otros tiempos fui periodista. No me diga que soy un loco por estar aquí.
—No —respondió Kilrain, sin dar la menor muestra de simpatía—. No voy a decirle que está loco. Un demente no puede juzgar la demencia ajena. Pero será mejor que dé media vuelta.
Kilrain contempló al periodista mientras se hundía cansadamente entre la multitud. Permaneció en las sombras y se pasó una mano por las mejillas sin afeitar. Sus nervios estaban tensos, la necesidad de un trago le acuciaba. Avanzó en dirección al saloon y comprobó que le sería imposible abrirse paso entre la muchedumbre agolpada delante del mostrador. Utilizó sus hombros para alcanzar de nuevo la calle y se detuvo a encender un cigarro. Sus dedos
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temblaban cuando encendió una cerilla, y la tiró rápidamente para no ver el efecto físico de su propia locura. Una mujer —una mujer alta— avanzaba lentamente a través de la multitud. Sus ojos estaban furiosos, y su rostro, ovalado y lleno de orgullo, despreciaba a la muchedumbre. Kilrain avanzó delante de ella como un amortiguador; vio que en los carnosos labios de la mujer se formaba una impersonal palabra de gratitud.
—No le hará ningún bien maldecir a la humanidad en conjunto —dijo Kilrain—. Además, dondequiera que usted pueda ir… no es realmente tan importante, ¿verdad?
—Entonces, ¿qué es importante, según usted?
—La falta de un trago dijo +++Kilrain—. No podría contestar a su pregunta,
—Habla usted como un hombre al que conocí en otros tiempos.
—Si era de mi clase —dijo Kilrain—, debió causarle algún disgusto.
Ella había permanecido indiferente. Ahora le observó con cierto interés. Era muy alta, y su aspecto sugería que había conocido la elegancia. En su rostro había la huella de algo recordado y algo destruido. Quizás, pensó Kilrain con su habitual escepticismo, había sido demasiado audaz. Quizás la expresión de sus ojos —la derrota y la amargura que se reflejaban en ellos— había sido la raíz de todo.
—Sáqueme de aquí —dijo la mujer, en un tono que revelaba que estaba acostumbrada a que los hombres la obedecieran.
Kilrain la escoltó a través de la multitud, utilizando brazos y codos. Llegaron al final de la calle y continuaron hasta una choza de una sola habitación situada en las afueras del pueblo. La mujer se detuvo y apoyó la mano en la puerta; miró a su alrededor, sopesando pensativamente a su acompañante.
—Entre —dijo, finalmente—. Le prepararé un poco de café.
—Me llamo Curtís Kilrain —dijo él—. Si cree usted que es decoroso… La mujer había leído en él con una sola mirada.
—Imagino que el decoro no le ha importado a usted demasiado, hasta ahora. Soy Elizabeth Marsh. Está usted solo, ¿verdad? Pase.
Letty Brewerton estaba tendida en su camastro, oyendo las voces que gradualmente bajaban de tono a través de la ciudad de lona. Desde la calle principal llegaba un griterío moribundo: «¡Circulen! ¡Circulen!» Letty pensó en Tom Kertcher, que parecía tan tranquilo y tan confiado en lo que estaba haciendo: un hombre acostumbrado a los espacios abiertos que se encontraba en su elemento. Pensó en la joven pareja que aguardaba en la cola del registro
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con las manos unidas. Pensó en Mrs. Rand y en el joven que estaba enfermo y que no tenía derecho a estar aquí, en las cinco muchachas que cantaban, en el muchacho con el jersey de colegial, en los millares de personas que habían acudido a Virgil con sus esperanzas y sus pasados. Procedían de todas partes del país y habían venido para iniciar una nueva vida sobre unas tierras vírgenes. La lejana melodía del piano llegó hasta ella:
Cheyenne, Cheyenne,
sobre mi caballo…
Al amanecer, el pueblo yacía exhausto, y los trenes de pasajeros se habían marchado y con ellos más de la mitad de la multitud que regresaba al Este, después de haberse inscrito, para esperar la fecha del sorteo. Brewerton condujo su carromato a través de la calle principal para recoger a Mrs. Rand y a Tara, y luego, con su esposa y Letty, encaminó el carromato hacia el Sur.
—Le echaremos una ojeada a la tierra.
La. amplia llanura se extendía amarilla e ilimitada bajo los implacables rayos del sol. Delante de ellos, puntos diseminados sobre la tierra, otros carromatos avanzaban lentamente. Más tarde, vehículos ligeros y jinetes solitarios empezaron a adelantarles. Las cinco muchachas iban en un faetón conducido por el joven del jersey de colegial. Las muchachas cantaban.
—La tarea de colono no es una juerga —comentó Brewerton—.. No resistirán.
—Tal vez tienen sus motivos para cantar —trató de disculparlas Mrs.
Rand.
Cinco millas más adelante encontraron al periodista. Estaba sentado en el suelo, pálido y exhausto, con los ojos como dos negros carbones apagados.
Letty dijo:
—Suba.
—Si no es una imposición… —murmuró el periodista, y se dirigió lentamente hacia la parte trasera del carromato. Cuando Mrs. Rand le tendió una mano para ayudarle a subir, la miró con aire turbado—. Tal vez debiera tomármelo con más calma —dijo, y dejó caer la cabeza contra sus brazos.
Aquél era un mundo llano cuyos bordes azules se hundían en una bóveda. Un mundo que olía a hierba, y a tierra cocida por el sol, y a sudor de los caballos. Flores azules, blancas y amarillas ponían una nota de color en la tierra gris. Pasaron más vehículos ligeros. Alrededor de las once apareció Tom Kertcher montado en un gran caballo bayo.
Miró deliberadamente a Letty Brewerton, sin disimular su interés. Se quitó el sombrero y volvió a ponérselo. Miró al periodista y vio lo fatigado
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que estaba.
—El aire —comentó— es muy tenue aquí.
Su sonrisa era una larga línea blanca a través de un intenso bronceado cuando se dirigió a la parte delantera del carromato y levantó a Tara hasta su silla.
Brewerton dijo:
—Buena tierra.
—Buena tierra… si hay suficiente agua. —Kertcher miró a Mrs. Rand y al periodista, dirigiéndose indirectamente a ellos—. Habrá épocas de sequía en que todo arderá. Esta hierba está muy arraigada. Se necesita un hombre fuerte con seis caballos delante de un arado para labrar. En invierno hará falta una buena provisión de leña. Los vientos que soplan en estas llanuras le dejan a uno incomunicado. De cuando en cuando, arde la hierba y el incendio se lleva todo lo que encuentra por delante. —Hizo una pausa antes de convertirse de nuevo en un hombre amable, y la amabilidad le hizo añadir, al cabo de unos instantes—: Pero es una buena tierra.
Al mediodía llegaron ante una cerca de alambre de espino que se extendía hasta donde alcanzaba la vista; y una verja. Más allá de la verja, unas estacas blancas salpicaban la tierra a intervalos regulares para señalar los límites de cada una de las pertenencias.
—Ya hemos llegado —dijo Tom Kertcher, y volvió a sentar a Tara en el carromato. Por su parte, permaneció muy erguido sobre la silla de su montura, y la esperanza iluminó su rostro mientras contemplaba la resplandeciente tierra; luego se llevó la .mano al ala del sombrero y se alejó.
Brewerton condujo el carromato a un lugar donde pudieran pacer los caballos, y Letty preparó el almuerzo a la sombra del vehículo. La tierra les comunicaba su calor. La gente se apartaba del camino de Virgil y se extendía hasta convertirse en formas lejanas. Tom Kertcher fue disminuyendo de tamaño contra la luz meridional, seguido por la mirada de Letty. Mrs. Rand habló en voz baja y algo desalentada:
—Dicen que se han inscrito diez mil personas. Y hay menos de quinientas pertenencias. Las perspectivas no parecen demasiado favorables.
El periodista estaba tendido en el suelo y estudió a Mrs. Rand con fatigado interés.
—Una posibilidad entre veinte —dijo—. La mayoría de las otras cosas de la vida tienen un promedio mucho peor,
—No sea pesimista —dijo Mrs. Rand—. Este es un mundo encantador.
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El calor se dejaba sentir, provocando una dulce modorra. Brewerton se puso en pie de mala gana.
—Ya es hora de regresar —anunció.
Letty subió a Tara al carromato, y mientras emprendían el camino de regreso se volvió para barrer el horizonte con la mirada, pensando que podía ver a Tom Kertcher; pero éste se había perdido entre los maravillosos pliegues de la dorada tierra. Llegaron a Virgil al atardecer, cuando el cielo de poniente ardía en llamas. El periodista se apeó del carromato y reprimió un estallido de tos.
—Gracias —dijo. Miró a Mrs. Rand y añadió—: Usted tendrá suerte.
Y se marchó.
Mrs. Rand suspiró.
—Siempre hay una posibilidad de tener suerte —dijo—. ¿No lo cree usted así?
Curtís Kilrain compró una botella de whisky en el saloon y se marchó a la habitación que ocupaba en el hotel. Dejó la botella de whisky sobre una mesa y se quedó mirándola, resistiendo la sed que le producía el verla. A continuación se tendió en la cama, se cubrió los ojos con una mano y pensó en muchas cosas que le habían acarreado dificultades…, todas pertenecientes al pasado. Se levantó de la cama, abrió la botella y bebió un largo trago. El whisky no podía destruir nunca del todo su sensación de culpabilidad, pero hacía que sus recuerdos fueran un poco más fáciles de soportar. Se puso la botella en el bolsillo y volvió a salir a la calle, andando sin rumbo fijo a través de las persistentes nubes de polvo. Más allá del saloon se encontró con Mrs. Rand y con Tara, y anduvo con ellas hasta la choza que les servía de hogar.
—¿Espera usted sacar un número afortunado? —le preguntó Mrs. Rand. —Espero muy pocas cosas. Es el mejor sistema,
—¡Oh, no! —protestó amablemente Mrs. Rand—. No hay que abandonar nunca la esperanza.
Kilrain la miró, escuchó el sonido de sus palabras.
—Ha estado usted sometida a una fuerte tensión —dijo—. Su color no es demasiado bueno.
Se dirigió a la farmacia situada enfrente del saloon.
—Quiero cincuenta píldoras Blaud —dijo, y hundió las manos en los bolsillos, paseando arriba y abajo de la tienda hasta que el dependiente le hubo preparado las píldoras.
—Aquí están, doctor —dijo el dependiente.
Kilrain le fulminó con una furiosa mirada.
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—Guárdese sus suposiciones para usted —replicó.
Encontró al periodista de pie junto a la choza de Mrs. Rand; encontró allí a Letty Brewerton, y a las cinco muchachas del Este, y al joven colegial. Estaban conversando animadamente. Kilrain entregó las píldoras a Mrs. Rand.
—Quiero que tome dos de esas píldoras después de cada comida.
Mrs. Rand le miró con una expresión de curiosidad; el resto del grupo le miró… y Kilrain supo que se estaban interrogando acerca de él.
—Eso es todo —añadió, con menos brusquedad; y se marchó, oyendo cómo Mrs. Rand decía:
—Somos todos forasteros…, pero es como si estuviéramos íntimamente unidos.
El periodista le seguía. Kilrain se detuvo y contempló el ajado rostro del joven.
—¿Cree usted que podré resistirlo? —preguntó el periodista.
Kilrain necesitaba otro trago. Respondió bruscamente:
—¿Para qué diablos quiere resistirlo? —El rostro del joven se ensombreció. Kilrain apoyó una mano en su hombro—. ¿ Tanto desea vivir?
El periodista suspiró su respuesta:
—Un mundo maravilloso. El hombre no se da cuenta hasta que es demasiado tarde. —Luego añadió una frase que era un grito de su corazón—: ¡Si pudiera tener unos cuantos años más! ¡Sólo unos cuantos años más!
—Dígase a sí mismo que va a vivir —dijo Kilrain—, y tal vez vivirá. Siguió andando y llegó al final de la calle. Vio brillar una luz a través de
la ventana de la vivienda de Elizabeth Marsh, pero dio media vuelta y se quedó mirando al Sur. Sacó la botella de whisky de su bolsillo, la vació de un rápido trago y tiró la botella sobre la hierba. Permaneció en pie con los pies separados, sintiéndose acariciado por la brisa nocturna. La luz de la luna caía de lleno sobre la pradera, y la hierba se agitaba como un ondulante mar de plata.
Una voz de mujer dijo:
—¿Ideas negras?
Elizabeth Marsh estaba a su lado. El whisky da a un hombre las más claras y más crueles percepciones, y Kilrain vio que detrás de la amarga fachada de la mujer había una soledad como la suya; le recordó a una niña temerosa de la oscuridad. Señaló la brillante hierba.
—Ondulante y blanda. Una mujer esperando. Pródiga y fecunda, pero no fácil. Un montón de gente romperá sus corazones sobre esa pradera.
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Ella dijo:
—¿Fue una mujer, o fue el whisky?
—Las dos cosas, pero principalmente yo mismo. Somos los responsables de nuestras propias locuras.
—Quizás —murmuró Elizabeth Marsh, y le cogió del brazo.
Kilrain aceptó su ayuda porque estaba borracho, y de repente perdió el mundo de vista.
Cuando despertó se encontró tendido en una cama en la vivienda de Elizabeth. El olor a café llenaba la habitación. Elizabeth estaba de pie junto a la cama, contemplándole con una expresión muy seria. Ella le conocía perfectamente, pensó Kilrain; había conocido ya la clase de hombres a la que él pertenecía. Eso, sospechó, era lo que había sido su vida.
—¿Qué hora es, Elizabeth?
—Las dos de la mañana.
—¿No la he molestado…?
—No —respondió Elizabeth—. Cuando está dormido, parece usted muy joven y despreocupado.
Deslizó un brazo por debajo del brazo de Kilrain y le ayudó a incorporarse. Kilrain vio la lucecita que ardía en sus ojos.
—Debió usted echarme a la calle —dijo.
—No soy una niña. Y usted y yo nos parecemos mucho.
—Sí, pero ústed es mucho mejor que yo.
Elizabeth apartó su brazo, molesta por aquellas palabras. —No trate de ser amable. Bébase el café.
Letty estaba de pie con la espalda apoyada en la pared de un edificio. Habían levantado un estrado al comienzo de la calle. Todas las inscripciones habían sido introducidas en una enorme gamella, y un hombre revolvía los sobres con una azada; una niña subió los peldaños del estrado y sacó un sobre de la gamella.
Todo el mundo se había reunido en aquella calle, pero en aquel momento hubiera podido oírse el aleteo de una mosca. Letty vio el mar de rostros vueltos hacia el estrado, anhelantes y excitados; le pareció una gran multitud de orantes. Algunos de los hombres se habían quitado el sombrero.
En aquel silencio absoluto el crujir del primer sobre entre los dedos del encargado del registro adquirió una extraña resonancia. El hombre rasgó el sobre, sacó la tarjeta que contenía y leyó en voz alta:
—Número uno. Ivan McGregor.
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No hubo ninguna respuesta entre la multitud. La tarjeta, pensó Letty, debía corresponder a uno de los que se habían marchado al Este a esperar la notificación por correo. La niña, después de haber iniciado el sorteo, descendió del estrado y el encargado del registro se inclinó sobre la gamella, actuando rápidamente. El primer número afortunado que despertó una respuesta en la multitud fue el nueve y pertenecía a un tal Carl Lagerstrom, cuyos aullidos de alegría rompieron el pesado silencio. La multitud aulló con él.
Letty vio a Mrs. Rand cerca de ella, con el periodista a su lado. El periodista tenía a Tara cogida de la mano. Mrs. Rand era bajita, casi frágil entre el grupo que la rodeaba; su rostro tenía una expresión concentrada: sostenía delante de ella la brillante llama de la fe. Toda aquella gente, pensó Letty, esperaba humildemente la oportunidad de una clase de vida que parecía muy importante para ellos. Para algunos era el principio o el fin de la fortuna; para otros era la realización o la destrucción de un sueño.
El sorteo continuó. El número cuarenta y ocho pertenecía al periodista. El periodista inclinó la cabeza y Letty vio que Mrs. Rand se volvía y le tocaba el hombro, sonriendo. El número noventa y cinco pertenecía a la joven pareja que Letty había visto en la cola del registro con las manos unidas.
—Ciento cuarenta y ocho… Grace Kaiser. Ciento cuarenta y nueve… John T. Madden. Ciento cincuenta… Letitia Brewerton.
A pesar de la atención con que escuchaba, Letty no reconoció su propio nombre hasta que vio el rostro de su padre. Entonces gritó: «¡Aquí!», y oyó el cerrado aplauso que siguió. Mrs. Rand levantó una mano hacia ella y sonrió, y se pasó la mano por los ojos para enjugar una furtiva lágrima. Letty se abrió camino hacia Mrs. Rand. Dijo: «Yo cuidaré de Tara». Y se llevó a la niña. En la esquina del hotel se encontró con Tom Kertcher.
Kertcher se quitó el sombrero e incluyó a Tara en su sonrisa. La sonrisa iluminó su rostro y le hizo parecer más joven.
Letty dijo:
—Le deseo mucha suerte.
—Gracias —respondió Kertcher, y su mirada pareció abrir su interior para que ella lo examinara.
Letty, por su parte, se irguió delante de él, complacida de la mirada que él le dirigió, y esperó haberle causado una buena impresión. Mientras continuaba andando hacia el final de la calle recordó a Kertcher tal como le había visto cabalgando a través de la pradera, una parte natural del polvo, y el sol, y las suaves brisas. Al pasar por el cruce principal de Virgil, Letty vio que
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el famoso cuatrero Brazil Mullan estaba apoyado contra la pared del saloon en compañía de otros cuatro hombres. Escuchaba al encargado del registro, pero su atención estaba concentrada en Kertcher. Letty notó que la mano helada del miedo oprimía su corazón y miró hacia atrás: Kertcher fumaba su cigarrillo y no parecía haberse dado cuenta de la presencia de Mullan. Pero Letty pensó: «Lo sabe…, les ha visto».
Se detuvo en la choza que servía de hogar a Mrs. Rand. La multitud era una silenciosa masa en la calle, el sol calentaba cada vez más. Curtís Kilrain se detuvo delante del saloon, como si se sintiera tentado a entrar, y de repente se acercó a Letty. El encargado del registro gritó: «Doscientos nueve… Elizabeth Marsh». Curtís Kilrain, pensó Letty, se había castigado mucho a sí mismo. Tenía un rostro irascible y sus ojos mordían al mirar a la gente y parecían mofarse de ella. Murmuró, dirigiéndose a Letty:
—Una de las favorecidas…
Y se marchó.
A mediodía, el sorteo había llegado a su mitad. Letty llevó a Tara a la tienda de sus padres, preparó un poco de comida y acostó a la niña para que durmiera una siesta. Luego se sentó en el umbral de la tienda, escuchando la monótona voz del encargado del registro. Hacia el Sur, la llanura se extendía amarilla y vacía, cubierta por una neblina caliginosa. Su madre dijo:
—Fue una buena idea que te inscribieras.
El sol se deslizaba hacia el Oeste y la gente iba regresando a la ciudad de lona. Una pareja de suecos se detuvo junto a la tienda de los Brewerton. «El trescientos ochenta y cinco es el nuestro —dijo el hombre—. Tal vez seamos vecinos». Repentinamente, cerca de las cuatro de la tarde, la voz del encargado del registro dejó de sonar y Letty supo que el sorteo había terminado. Cogió a Tara de la mano, pero se detuvo junto a la tienda, indecisa, temerosa de lo que podía no haber sucedido. Sería una tragedia que Mrs. Rand no hubiera tenido suerte, sería un desastre mayor que todos los que Letty había conocido. Pero Letty pensaba también en Tom Kertcher, y la idea del peligro que podía correr la llenaba de temor. Cogió los deditos de Tara y echó a andar hacia la calle. Mrs. Rand esperaba junto a la puerta de la choza y en cuanto Letty vio su rostro supo que el número de Mrs. Rand no había salido.
El periodista estaba con ella, y no tardó en presentarse Curtís Kilrain. Era curioso comprobar la gran cantidad de personas que venían a reunirse alrededor de aquella mujer de aspecto insignificante y modales dulces.
Llegaron las cinco muchachas del Este.
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Apareció Tom Kertcher.
Su expresión no revelaba nada. Letty le miró a los ojos, y él captó la pregunta y sacudió la cabeza. Letty dijo: «Lo siento», y repentinamente el día perdió calor. Tan intensa fue su decepción. Kertcher se encogió de hombros, sin decir nada.
Curtís Kilrain estaba hablando con Mrs. Rand.
—Tal vez consiga usted alguna pertenencia. Entre los favorecidos por la suerte hay más de uno que no parece muy dispuesto a trabajar la tierra.
Mrs. Rand dijo:
—No debemos permitirnos esperanzas absurdas, ¿verdad?
Pero las esperanzas que Mrs. Rand había alimentado en secreto eran tan grandes, que ahora estaba vacía. Todos sus planes habían sido edificados en la confianza de ganar; no tenía ningún otro plan. Apretó fuertemente los labios, estrechó a Tara contra su pecho y trató de no demostrar ante toda aquella gente lo defraudada que se sentía. Pero todos lo sabían.
El periodista se pasó una mano por el rostro. Murmuró:
—Mrs. Rand, ¿le importaría que le cediera mi pertenencia?
—¡Oh, no! —exclamó Mrs. Rand—. ¡No debe usted preocuparse por mí! —Nunca he sido demasiado generoso. Si no se la cedo a usted, alguna otra persona se apoderará de ella. Yo no estoy en condiciones de trabajarla… El crepúsculo cayó sobre la calle en cuanto el sol se puso, y los rostros de aquellas personas se oscurecieron y variaron con el cambio de luz. Letty miró a su alrededor, con los ojos llenos de lágrimas; y entonces se fijó en Curtís Kilrain. Letty no había visto hasta entonces el menor rastro de- emoción en aquel rostro cínico, pero Kilrain sonreía ahora del modo más amable y comprensivo mientras contemplaba al periodista, hasta que se acercó a él y le
rodeó los hombros con el brazo.
—Buen muchacho —dijo—. Lo que tú necesitas son seis meses de descanso. Ven a pasarlos en mi pertenencia. He ganado una.
Situado en último término, Tom Kertcher liaba un cigarrillo en silencio. La llama del fósforo se reflejó en sus ojos y murió. Su mirada se posó en Letty y permaneció allí. Ella se irguió delante de él y luego dio media vuelta, regresando rápidamente a la ciudad de lona con el corazón dolorido por la decepción que acababa de experimentar. Resultaba muy duro pensar que él no estaría en la pradera, una presencia siempre cercana en alguna parte, un hombre en el cual pensar con esperanza durante el largo día. La soledad cayó sobre ella y nada fue ya como antes.
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Kertcher salió del hotel después de cenar y se detuvo en el iluminado portal. Pero fue solamente una breve detención, ya que su mirada recorrió la calle y descubrió a Brazil Mullan haraganeando junto a la pared del Gem, que era el cine ambulante. Había otros tres hombres con Mullan. Kertcher se apartó del portal y lió lentamente un cigarrillo, sabiendo que había dificultades en puertas. La presión de la mala voluntad de Mullan le había acompañado durante toda la semana.
Curtís Kilrain apareció en aquel momento y se detuvo junto a Kertcher.
Kilrain dijo:
—No es asunto de mi incumbencia, Kertcher, pero he estado vigilando a ese cuatrero. He oído algunas conversaciones en el saloon. Hay cuatro hombres en esa pandilla. —Luego añadió—: Lamento que no le tocara a usted una pertenencia. Hubiera sido muy agradable tenerle por vecino.
Y se marchó.
Kertcher echó a andar a lo largo de la acera, se detuvo en la choza de Mrs. Rand para saludar a la madre de Tara y continuó andando hacia las afueras del pueblo. Al llegar al último edificio miró hacia atrás y se dio cuenta de que Mullan había abandonado la calle. Dio una última chupada al cigarrillo y lo dejó caer en el polvo. Siguió la pared del edificio y avanzó hasta llegar a la parte trasera del almacén general. Se detuvo en las sombras, oyendo que unos hombres se acercaban cautelosamente.
Las luces empezaban a manchar las paredes de la ciudad de lona. Kertcher contempló las siluetas de los hombres que se acercaban y oyó que Brazil Mullan decía:
—Se dirige a la tienda de esa muchacha. Vamos a cortarle el paso. —¡Aquí estoy! —gritó Kertcher, y arremetió contra Mullan. Le golpeó en
el vientre con su puño y el cuatrero se dobló sobre sí mismo; Kertcher volvió a descargar su puño, esta vez sobre la nuca de Mullan, y le vio desplomarse. Las otras tres siluetas vacilaron, cogidas por sorpresa, ante lo imprevisto del ataque, Kertcher les embistió, riendo en la oscuridad, y agarró a uno de los hombres por la cintura; levantándole por encima de su cabeza, lo lanzó contra sus dos compañeros. En aquel momento oyó a Mullan moverse detrás de él. Volviéndose rápidamente, dio un puntapié en la mano del cuatrero. El aullido de dolor de Mullan se mezcló con el estampido de un disparo procedente del revólver que Mullan empuñaba; sin darle tiempo a reaccionar, Kertcher le retorció la mano hasta obligarle a soltar el arma; de un puntapié la envió lejos de él.
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Cuando se alejaba del lugar de la refriega, Kertcher oyó las amenazas que mascullaba Mullan:
—Si algún día te encuentro en la pradera…
Algunos hombres corrían hacia las afueras del pueblo, alarmados por el disparo. Kertcher se deslizó por una calle lateral que desembocaba enfrente del saloon. Al llegar allí se detuvo a liar un cigarrillo. Respiraba agitadamente, pero se sentía muy complacido.
Al día siguiente, a media mañana, los Brewerton salieron de Virgil. Mrs. Rand y Tara viajaban en el segundo carromato con Letty. Otros carromatos avanzaban por la llanura en dirección al Sur, manchas oscuras contra la hierba amarilla y la luz del sol. Pasaron las cinco muchachas, gritando alegremente; esta vez sin la compañía del joven del jersey de colegial. Brazil Mullan pasó junto a ellos con otros tres jinetes. Mrs. Rand dijo:
—¿Se han enterado de la paliza que Mr. Kertcher les dio anoche?
A las seis de la tarde cruzaron la verja de los terrenos acotados. Brewerton se apeó para examinar la primera de las estacas y luego continuó la marcha. Se detuvieron a cinco millas de la verja, a la puesta del sol.
—Ésta es nuestra pertenencia —dijo Brewerton—. Mañana, Mrs. Rand, buscaremos la suya. Esta noche se quedará con nosotros.
La llanura se extendía, interminable, dorada por los últimos rayos del sol. Hacia el Oeste, el cielo enrojeció prodigio-, sámente. El aire se hizo más fresco y la tierra adquirió un color gris-plata. Aquí y allá brotaron fogatas, y el olor del humo se mezcló con el suave aroma de la brisa.
La cena estaba preparada. Brewerton estaba en pie junto a los carromatos, chupando su pipa.
«Hice esto hace treinta años, en Nebraska —murmuró—. Es como si volviera a ser joven.»
Una voz gritó: «¡Eh! ¡Esos Brewerton!» Letty vio a Curtís Kilrain en el pescante de un carromato, inclinado hacia delante para taladrar la oscuridad con sus penetrantes ojos; a su lado había una mujer: Elizabeth Marsh. Y en la atestada caja del vehículo yacía el periodista. «¡Suerte!», dijo Kilrain, y continuó hacia adelante.
Mrs. Rand murmuró:
—Una vida nueva para muchos de nosotros.
Las voces de las cinco muchachas llegaron dulcemente por encima de la pradera desde su cercano campamento. Los caballos de Brewerton pacían tranquilamente, y una lejana fogata ardió muy alta al prender en la hierba. La sombra de un caballo y un jinete se hizo visible. Tom Kertcher dijo:
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—Buenas noches.
Letty inquirió, con voz apenas audible:
—¿Por qué está usted aquí?
—He comprado los derechos a un hombre —respondió Kertcher. Dejó caer las riendas sobre el caballo y lió su cigarrillo. La llama del fósforo iluminó sus cuadradas mejillas—. Estoy cinco millas al Sur. Hace una hermosa noche, ¿verdad?
—Maravillosa —susurró Letty.
Kertcher estaba a punto de continuar su camino, pera el rostro de Letty levantado hacia él le hizo cambiar de idea. Se apeó de la montura, tomó el brazo de la muchacha y pasearon hasta más allá de los carromatos. La hierba crujía bajo sus pies y se sentían envueltos por la fragancia de la tierra.
Kertcher dijo:
—No estaré muy lejos. ¿Le veré a usted?
—Sí, suponiendo que lo desee.
—Lo deseo —dijo Kertcher.
—He oído lo de la pelea que sostuvo con Mullan —murmuró Letty—.
Tenga cuidado. Quizás estén emboscados en la oscuridad, esperándole..,.
Vio que el rostro de Kertcher se iluminaba, y le sorprendió que aquel hombre, tan tranquilo, encontrara placer en la idea de una posible lucha. Sin embargo, le agradó que así fuera. Kertcher se había quitado el sombrero. Cogió a Letty por el hombro, y ella se dio cuenta del intenso deseo de besarla que experimentaba. No hizo nada para impedir qué satisficiera aquel deseo. Pero Kertcher tenía una voluntad y Letty comprendió que su voluntad era más fuerte, en aqueJ instante, que su deseo.
—Buenas noches —dijo Kertcher, y montó en su caballo.
—Buenas noches —respondió Letty.
La brisa nocturna acarició su rostro. La hierba resplandecía a la pálida luz de la luna. Su padre se había preparado un lecho debajo del carromato. Mrs. Rand, Tara y su madre estaban en la tienda. Letty permaneció sola, cara al Sur, siguiendo la sombra de Kertcher con los ojos. Unas voces viajaban a través de la distancia, pero las fogatas y las lámparas estaban agonizando, y al cabo de unos instantes la llanura quedó silenciosa. En aquella extensión de pradera dormían quinientas o seiscientas personas, las cuales iban a despertar en un mundo nuevo. En alguna parte aulló un coyote, pero su aullido no producía ya una impresión de soledad.
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INTERLUDIO VIOLENTO
ERNEST HAYCOX
N UNCA había conocido más inviernos que los de Iowa, donde ahora un viento cortante agitaría los tallos secos de los maizales blancos de
escarcha. Este primer invierno en Oregón, con su cálido viento del Sudoeste, era algo muy distinto para el joven Tom. De los empapados prados se alzaba el vapor de la tierra, en relucientes capas, en columnas acaracoladas, en bolas de pelusilla amontonadas unas sobre otras; todo el valle humeaba con aquel vapor que hoy se levantaba hasta las montañas de nubes del cielo y mañana volvería a caer en forma de lluvia. El aire era tan espeso que burbujeaba en su pecho cuando respiraba y cosquilleaba su rostro como fina lana. La amarilla corriente del Cobway Creek sobresalía de su lecho para discurrir entre los sauces, el olor de la tierra era muy intenso en todas partes y la niebla se pegaba a las colinas como capa de algodón grisáceo y deshilachado.
Mientras contemplaba el paisaje aparecieron tres jinetes en el valle procedentes del Norte, y dado que los viajeros eran muy raros en aquella región, el joven Tom les miró con inusitada atención. Cuando por fin identificó a un hombre blanco, barbudo, seguido por dos mujeres indias, se dirigió precipitadamente hacia el claro donde se levantaba la nueva cabaña.
Dio la vuelta alrededor del carromato con toldo de lona que, colocado al lado de la nueva cabaña, era una habitación más; su padre y su madre estaban de pie junto al umbral de la puerta, su madre con los brazos cruzados y una expresión de infelicidad en el rostro. La voz de su padre tenía el tono de ponderación de los momentos difíciles.
—Las cosas cambiarán —dijo John Mercy—. Dentro de un par de años estarás rodeada de vecinos.
—Dos años sin ninguna escuela y sin ninguna iglesia —replicó su esposa
—. ¿Qué será de Caroline y de Tom? No puedo hacerme a la idea de que crezcan ignorantes y salvajes, Tom un zoquete y Caroline una estúpida a la que ningún joven formal querrá por esposa. En un centenar de millas no hay
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ningún pueblo, sólo cuatro o cinco casas. ¿Qué haremos si caemos enfermos, Mercy?
—Morirnos, o curarnos —dijo John Mercy, cuya paciencia se estaba agotando—. Cuando cruzábamos las llanuras no estabas tan preocupada por eso.
—Entonces tenía gente a mi alrededor.
—No lleves las cosas tan lejos, Martha. ¿Conoces algún otro lugar donde pudiéramos encontrar una milla cuadrada de terreno? La mitad de la gente de Iowa y de Missouri se presentará aquí el año próximo buscando lo mismo, pero la mayoría de ellos llegarán demasiado tarde. ¿O prefieres regresar y que trabaje a sueldo durante el resto de mi vida, sin poder dejarles nada a mis hijos? Esto es mejor. Espera cinco años y verás lo que tenemos.
—Entonces seremos un par de viejos agotados por el trabajo y amargados por la soledad. ¿Qué significa una milla de terreno si no hay nada más?
—Alguien viene —dijo el joven Tom.
Los tres jinetes acababan de cruzar el prado y se acercaban al claro. Las dos mujeres indias se detuvieron a veinte pies de distancia de la cabaña y se quedaron mirando fijamente a la familia Mercy, con los ojos brillantes e inmóviles dentro de los pliegues de sus mantas. El hombre blanco continuó avanzando seguido por un caballo de carga. Era bajo y robusto, y sus pantalones de piel de gamo estaban grasicntos de suciedad. Llevaba mocasines al estilo indio, y se tocaba con un gorro de pieles redondo. Su barba era tan espesa que los ojos y la boca parecían enterrados dentro de ella. Su voz era estridente, casi chillona; y al joven Tom le sorprendió oír un sonido tan raro en un hombre tan robusto.
—Bueno, ¿qué están haciendo aquí?
La pregunta fue brusca, a propósito o por costumbre; la mirada de aquel hombre era taladrante, y John Mercy, un individuo de seis pies de estatura, lleno de sentido común,
mostró su inmediato disgusto por aquellos modales. El joven Tom notó que su padre hacía un esfuerzo por mostrarse cortés.
—Nos hemos establecido aquí. —Luego, Su innata amabilidad le hizo añadir—: Apéese y comerá con nosotros.
—Lo he hecho en mi propia casa —dijo el hombre.
—¿Vive muy lejos?
El hombre señaló detrás de él, hacia el Sur.
—¿Cuánto hace que están aquí?
—Un mes.
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—Ha construido su vivienda muy aprisa. —El hombre sacudió la cabeza
—. ¡Malditos colonos! Son como un enjambre de abejas que se meten por todas partes y lo infectan todo. Se dedicarán a labrar la tierra, a cantar himnos, a dictar leyes y a colocar una estrella en el pecho de un hombre para que pueda ir por ahí dando órdenes a la gente. Si trata de meterse conmigo le mataré. Es una lástima que se haya tomado usted tanto trabajo. El que llega primero tiene prioridad de derechos; y yo tengo derecho a todo el terreno de estos alrededores. De modo que tendrá que marcharse.
John Mercy inquirió, calmosamente:
—¿Ha señalado usted los límites de su pertenencia?
—¿Qué límites? Las leyes no se han hecho para mí, amigo. Cuando yo llegué aquí este valle era un agujero en el suelo. Los árboles eran simples retoños. Fui el primero en escoger. Váyase a otra parte.
No hubo una respuesta inmediata. El joven Tom se volvió a mirar el rostro de su padre. Tenía una expresión obstinada y sus ojos eran dos brasas verdes. Luego, el joven Tom notó lo inmóvil e impresionada que estaba su madre.
John Mercy dijo:
—Nosotros llegamos aquí y acotamos nuestra pertenencia con estacas. —Y yo las arrancaré cuando me dé la gana —dijo el hombre—. Ahora,
escúcheme bien: no estoy acostumbrado a que me lleven la contraria y no pienso acostumbrarme a ello. De modo que aténgase a lo dicho. Váyase a otra parte.
—Amigo mío —dijo John Mercy—, no quiero apropiarme de los terrenos de otro hombre. Si usted llegó aquí primero, pudo usted elegir. —Había empezado calmosamente, pero a medida que hablaba su voz fue haciéndose más ruda—. Pero al escoger el terreno que deseaba debió usted acotarlo. No he recorrido dos mil millas para someterme a los caprichos de otro hombre.
El hombre le miró con aire burlón, estalló en una repentina carcajada y, picando espuelas, dio media vuelta y se marchó. Las dos mujeres indias le siguieron obedientemente.
La madre del joven Tom dijo:
—Son jóvenes y bonitas. Parecen hermanas. Debe de haber un poblado indio por estos alrededores.
Mercy dijo:
—Es posible. Ya es hora de marchar a casa de los Teal.
Era domingo y los Teal, que vivían a cuatro millas de distancia, les habían invitado a comer. Mrs. Mercy fue en busca de su abrigo y de su chal y se
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detuvo un momento en la puerta de la cabaña, con una expresión irritada y desolada al mismo tiempo.
—No está bien aceptar una invitación sin llevar nada, pero no tengo nada que llevar. Esto lastima mi orgullo.
Mercy le dirigió una rápida mirada, como si su propio orgullo hubiese sido lastimado.
—Saldremos adelante sin pedirle favores a nadie.
El joven Tom siguió a sus padres y a Caroline por la orilla del arroyo; luego dieron la vuelta a la base de la colina y continuaron avanzando hacia el Este a través de los grisáceos prados. El hombre barbudo y las mujeres indias habían desaparecido por una pequeña arboleda hacia el Sur.
La madre de Tom dijo:
—¿Tendremos que abandonar el lugar, Mercy? ¿Dónde encontrarás otro salto de agua para un molino? ¿Qué será del trigo de invierno que has sembrado, y cómo construiremos otra cabaña? ¿Habrá sido inútil tanto trabajo? —Su voz temblaba—. Todo son dificultades para nosotros.
Volvió repentinamente la cabeza y se pasó la mano por el rostro.
El padre del joven Tom andaba sumido en profundos pensamientos, con las manos entrelazadas detrás de él y los ojos inclinados. Era evidente que estaba preocupado. Habló después de un largo silencio, y las palabras surgieron de sus labios como a regañadientes.
—Sería difícil encontrar otro lugar como ése. Hemos trabajado duramente en él durante un mes, y la vida es demasiado corta para desaprovechar un mes entero. Pero si el hombre reclama la pertenencia, está en su derecho. No quiero nada que no sea mío, por mucho que me duela perderlo,
Una hora más tarde llegaron al Willamette, que en aquel lugar discurría plácidamente hacia el caudaloso Columbia, mucho más al Norte. La cabaña de los Teal se encontraba en la orilla opuesta, con sus amplios cobertizos a su alrededor y sus árboles frutales, plantados dos años antes, que empezaban a dar al lugar un aire de permanencia. Uno de los hijos de Teal, un muchacho de dieciséis años, moreno y tímido, les esperaba en una canoa y desapareció en cuanto les hubo transportado a la otra orilla. John Mercy y su esposa se dirigieron directamente a la cabaña, en tanto que el joven Tom se entretenía en la arenosa orilla del río. Oyó pasos detrás de él; los oyó acercarse cautelosamente a través de la arena,
Mary Teal dijo:
—¿Quieres dar un paseo en la canoa?
—Bueno —dijo el joven Tom, y subió a la embarcación.
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La niña tenía su misma edad, menos un mes, le había dicho su madre; no tenía su estatura, sus ojos eran castaños y su rostro estaba manchado de pecas. Mary Teal cruzó los brazos sobre su vestido, esperando que el joven Tom se moviera y mirándole con evidente curiosidad. El joven Tom empuñó los remos y dio un pequeño impulso a la canoa. La corriente les llevó lentamente río abajo.
—¿Hay algún poblado indio cerca de aquí? —preguntó el joven Tom.
—Está junto a la misión.
—¿Qué es una misión?
—Es de los metodistas. Hay una católica, también, en la French Prairie. ¿Qué eres tú?
—Yo soy baptista.
—¡Oh!
—¿Y tú?
—No lo sé —dijo Mary Teal—. Nosotros no vamos a la misión. En francés, mi nombre es Marie. En la French Prairie casi todo el mundo es francés. Yo sé contar en francés.
Estaban río abajo, a la sombra de una boscosa colina, cuando la voz de Mrs. Teal les llamó. El sonido de su voz despertó numerosos ecos a través del tupido arbolado de la colina. El joven Tom empuñó los remos y dio una demostración de su fuerza. Arrimó la canoa a la orilla y se apeó para sujetarla mientras Mary Teal, repentinamente tímida, saltaba a la playa procurando no tocarle. El joven Tom la siguió hasta la cabaña de los Teal.
Sus padres estaban sentados a la mesa en compañía de Teal, de sus dos hijos y de Caroline. Mrs. Teal servía, moviéndose incesantemente del hogar a la mesa y de la mesa al hogar, sin dejar de hablar. El joven Tom y Mary Teal ocuparon sus sitios en la mesa. Finalmente, también Mrs. Teal se sentó, y continuó hablando,
—Nunca ha tenido una pertenencia. Va de un sitio a otro, como todos esos hombres que viven en las montañas. Se llama Si Rees, y cuando no está borracho —cosa que ocurre con poca frecuencia—, tiende trampas a lo largo de las orillas de los arroyos. Vive en una tienda como la de los indios. Ahora está acampado en los sauces que hay más allá del Red Creek, a una milla de distancia de la cabaña de ustedes. Odia a los colonos porque dice que le espantan la caza. Todos esos hombres de las colinas alborotan mucho a propósito de la libertad. Lo que ocurre es que son demasiado perezosos para trabajar.
La madre del joven Tom inquirió, con voz que traicionaba su interés:
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—¿Quiénes son las dos mujeres indias?
Mrs. Teal dijo:
—Si Rees está casado.
—¿Con cuál de las dos?
Teal dirigió una significativa mirada al padre del joven Tom, y súbitamente los dos hombres estallaron en una carcajada. La madre del joven Tom miró a su marido con los labios fuertemente apretados.
—Mercy, ¿por qué no me lo dijiste?
—No lo sabía.
—Lo supiste desde el primer momento. Vamos a cambiar de tema.
—Sin embargo —dijo John Mercy pensativamente—, si llegó aquí primero, tiene derecho a ocupar aquel terreno.
Teal dijo:
—El único derecho que tiene un hombre aquí es el de instalarse en el terreno que escoge. Si no se instala en él, no tiene ningún derecho. No existe ninguna otra ley, y no existirá hasta que se decida quién va a gobernar Oregón: si Inglaterra o el Tío Sam. No está decidido aún. Al Norte, en Vancouver, tenemos al viejo John McLoughlin, que es una especie de monarca coronado por la Compañía de la Bahía de Hudson. Tenemos a un par de centenares de canadienses franceses esparcidos alrededor de la French Prairie, establecidos allí porque trabajan para McLaughlin. La mayoría de ellos están de parte de los ingleses. Tenemos a unos cuantos misioneros dispersos, a algunos viejos tramperos americanos, y a los emigrantes que este año han llegado del Este. Dudo que haya quinientos habitantes en todo el país. Si ahora hubiese una votación, nadie sabe cómo iría la cosa, pero los emigrantes que lleguen el año próximo decidirán la cuestión en favor del Tío Sam. Entretanto, no hay ninguna norma, de modo que puede usted continuar en su cabaña y dejar que Si Rees se vaya al diablo. Él tuvo ya su oportunidad.
El joven Tom devoró la suculenta comida y luego salió al patio para descansar.
Empezaba a oscurecer cuando sus padres salieron de la casa, cargados con varios paquetes; el joven Tom escuchó los últimos retazos de conversación y contempló a Mary Teal por el rabillo del ojo. Súbitamente, la niña se acercó a él.
—En, dé, truá, cat…, estoy contando en francés.
El joven Tom asintió, y luego subió a la canoa con sus padres y su hermana. El más alto de los hijos de Teal les llevó a la otra orilla. Cuando se adentraban en los prados, el joven Tom miró hacia atrás y vio a Mary Teal en
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la orilla del río. Levantó una mano, agitándola, y la niña le devolvió inmediatamente el saludo. Luego, el joven Tom siguió a sus padres.
Su madre dijo:
—Casi podría odiar a esa mujer por habernos invitado a una comida tan suculenta. No podremos invitarles a una comida igual mientras no tengamos una huerta, y unos cuantos pollos, y una vaca. Ten cuidado con los huevos, Mercy. Me sabría mal que se rompiera alguno.
Su padre llevaba dos pequeñas bolsas sobre su hombro y una cesta de mimbre en los brazos; su madre llevaba un cubo en cada mano. Su padre, por algún motivo, no estaba satisfecho.
—Ya tengo cuidado —replicó bruscamente.
—No estarás molesto porque nos han dado estas cosas…
—Bueno —dijo su padre—, prefiero dar a que me den. No somos unos mendigos.
—Sólo han querido ser amables con nosotros.
—Desde luego —convino Mercy, de mejor talante—. No debería importarme. Pero la primera harina de mi molino será para ellos. No quiero deberle nada a nadie. —Se volvió a mirar hacia la casa de los Teal—. Aquél es un lugar excelente para un embarcadero. Hablaré del asunto con Teal. Significaría dinero para él, cuando lleguen los nuevos colonos. Y al mismo tiempo facilitaría que la carretera que se abrirá aquí pase por delante de nuestros terrenos. Este invierno voy a tender un puente a través del arroyo. No hay nada como un puente para conseguir que una carretera empiece donde uno quiere.
—Entonces, ¿no piensas ceder a las pretensiones de aquel trampero?
El joven Tom reconoció en la voz de su padre una decisión que no cambiaría.
—He pensado en ello. Y no le debo nada.
Mrs. Mercy dijo:
—Tendrían que expulsarles del país. Viven de un modo indecoroso. —Supongo que habrán venido para poder hacer lo que les venga en gana. —Bueno, no durará mucho. Entretanto, ten cuidado. El aspecto de aquel
hombre no me gustó nada.
Cuando llegaron a casa, el joven Tom se dedicó a su tarea de encender el fuego, oyendo las exclamaciones de alegría de su madre a medida que sacaba los regalos de los Teal, el tarugo de mantequilla de cuatro libras, la nata, los huevos, las cebollas tiernas y las patatas. Se quedó en pie junto a la mesa, como pasmada.
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—¡Qué maravilloso es tener algo en que ocuparse! Lo echo de menos. Me gustaría que tuviéramos una vaca.
En la habitación se produjo un largo silencio. Luego, el joven Tom oyó la deprimida voz de su padre.
—Hacemos lo que podemos, Martha. Sería mucho mejor que pudieras pensar menos en el presente y más en el futuro.
—Si tuviéramos una vaca… —repitió su madre obstinadamente—. Tal vez entonces no me importaran tanto las cosas que no tenemos y que quizás no tengamos nunca.
Despertó de su sueño como un nadador luchando a través de unas aguas profundas, se vistió ante el fuego y el intenso aroma de la carne y del café le hizo sentirse repentinamente hambriento. Salió al patio para lavarse y las húmedas sombras de la mañana se cerraron a su alrededor con inquisitiva frialdad. Los dos bueyes estaban uncidos al carromato. Entró a desayunar y vio que su padre dejaba las dos pistolas —la grande y la pequeña— sobre la mesa.
—Nosotros nos llevaremos el rifle —dijo su padre—. Tú puedes quedarte con las pistolas. Están cargadas, y en caso necesario lo único que tienes que hacer es dejar caer un pellizco de pólvora en la cazoleta. Supongo que estaremos fuera un par de días. Si crees que has de sentirte más segura, puedes coger a Caroline y marcharte a casa de los Teal.
—No quiero ir a casa de otra mujer.
El joven Tom se puso su chaquetón y se estuvo quieto, aunque a regañadientes, mientras su madre se lo abrochaba hasta la barbilla. Siguió a su padre hasta el pescante del carromato, y vio que su madre salía de la cabaña con una gran cesta en las manos. La levantó hasta John Mercy diciéndole, en su habitual tono de impaciencia:
—Habías olvidado esto.
Mercy cogió la cesta y arreó a los bueyes; desde el prado, el joven Tom miró atrás para ver a su madre y a Caroline de pie en el umbral de la cabaña.
Su padre dijo:
—Vamos en busca de una vaca. A unas veinte millas de aquí hay un valle donde vivía un hombre llamado Ewing Young. Fue de los primeros en llegar a esta región y se trajo un rebaño de ganado español de California. Luego murió sin dejar ningún pariente, y tal vez las vacas estén en venta, si queda alguna.
Siguieron el Cobway hasta que sus orillas se allanaron y les permitieron vadearlo. Ante ellos se extendía un camino, y Mercy lo señaló con el látigo.
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—Los indios lo han estado utilizando desde tiempos inmemoriales. Quiero que recuerdes que lo has visto. Ya no durará mucho tiempo. El año próximo habrá millares de vagones en las llanuras. Verás caballos en todo este valle. Este camino será una carretera de primer orden. Los pueblos se extenderán a lo largo de los arroyos que estamos cruzando.
El joven Tom dormitaba dentro de su chaquetón. Su padre tenía un humor locuaz.
—El mundo está lleno de personas insignificantes que viven atadas a un lugar, comen, trabajan y mueren. No ocurre con frecuencia que la suerte cambie y que un trozo del mundo quede abierto a las posibilidades de los que no poseen nada, si tienen el valor suficiente para conquistarlo. Por eso estamos aquí: para ser dueños de la tierra que nunca tuve en Iowa. Allí hubieras sido siempre el hijo de un hombre pobre y sin nada con que empezar. Ahora, cuando yo muera, tendrás un millar de acres, y si eres listo les dejarás algo más a tus hijos. Por eso vendrá la gente, aunque algunos continuarán siendo lo que eran allí, pensando que la tierra gratis significa que podrán quedarse sentados y sin trabajar, y desaprovecharán la ocasión, y morirán tan pobres como empezaron.
El mediodía les encontró en una pequeña hondonada entre dos lomas. En aquella especie de valle se alzaba una cabaña solitaria. Un hombre gordo y jovial les invitó a comer, y una mujer india se movió silenciosamente en sus mocasines por la habitación para servirles y desapareció con el mismo silencio. El hombre gordo les acompañó hasta el carromato y lamentó mucho verles marchar. Después, el joven Tom se quedó dormido y despertó a última hora de la tarde, cuando el carromato descendía por la escabrosa ladera de una colina. Delante de ellos se extendía un valle salpicado de abetos, arces, encinas y cedros, regado por un arroyo que a su vez era alimentado por otros arroyos que discurrían a través del ondulante terreno. Junto a uno de aquellos arroyos se alzaba una cabaña rodeada de varios cobertizos y corrales.
—Ese es el lugar —dijo John Mercy, y condujo el carromato hacia la cabaña.
Un hombre salió de la cabaña mucho antes de que llegaran a ella y se quedó contemplándoles; era un joven muy alto, con un mechón de cabellos rubios caído sobre un rostro simpático. Cuando estuvieron al alcance de su voz, el joven les gritó:
—Suelten esos animales y déjenlos pacer. Llegan ustedes en una época muy tardía del año para ser emigrantes…
John Mercy desunció los bueyes y les dejó libres.
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—Llegamos el mes pasado y estamos instalados en el Cobway. ¿Son éstos los terrenos de Ewing Young?
—Lo eran.
—He venido a ver si tiene usted alguna vaca para vender —dijo John Mercy—. Perdí la mía en las arenas movedizas del Snake.
El joven se echó a reír.
—¿Que si tengo vacas? Esta noche, cuando esté usted durmiendo, entrarán en la casa y se le pasearán por encima. Entre y hablaremos de la cena. Luego hablaremos de las vacas. Un poco de conversación no me vendrá mal. Este otoño he leído cinco veces el Pilgrim’s Progress, pero es un mal sucedáneo de la compañía humana. Jovencito, date una vuelta por ahí y mira en los rincones oscuros, a ver si encuentras algún huevo. Las gallinas los ponen en los lugares más insospechados, Ewing Young se trajo aquí los animales por parejas, como en el Arca de Noé, y ahora se han multiplicado de un modo desconcertante. —Miró a John Mercy con cierta avidez—: ¿No tendría por casualidad un poco de tabaco?
John Mercy se sacó la petaca del bolsillo y se la tendió. El rostro del joven se iluminó.
John Mercy preguntó, en tono indiferente:
—¿Cuántas gallinas tiene usted?
—No me he entretenido en contarlas —respondió alegremente el joven—, pero calculo que habrá alrededor de un millar.
—Entonces, no echará de menos una docena de ellas —dijo John Mercy, con su voz más amable.
El joven Tom miró a su padre; sabía que, cuando hablaba en aquel tono, se disponía a regatear.
Al amanecer, John Mercy volvió a uncir sus bueyes y emprendió el camino de regreso. Llevaba una vaca atada a la parte trasera del carromato, y un serón de gallinas dentro del vehículo, que compartían aquel espacio con un verraco, una cerda y un lechón. Llevaba un gigantesco gallo y tres pavos;
llevaba una colmena envuelta en un saco en el asiento delantero, un enorme cesto de mimbre lleno de huevos y un saco de coles, calabazas y cebollas. En el destartalado establo había encontrado una piedra de afilar y la había comprado por medio dólar; un arado lleno de herrumbre le había costado veinticinco centavos. Además, había llegado a un acuerdo con el joven para volver en primavera a buscar a seis de las reses que ahora pacían a su antojo por los terrenos del valle. Finalmente, llevaba un gran cuenco de
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cristal azul que el joven había dejado en el patio para que comieran en él los incontables gatos del lugar; el cuenco era un regalo de Mercy para su esposa.
El joven se mostró muy apenado al verles marchar y les encareció que repitieran la visita.
—Es un excelente individuo —dijo John Mercy—, pero no tiene el menor sentido comercial. —Sacudió la cabeza y su tono se hizo casi compasivo—. Lo único que le interesa es vender. Pero, como lo que vende no le ha costado nada, ignora el valor que tiene. El viejo Ewing Young, en cambio, lo hubiera sabido. Esa piedra de afilar, por ejemplo… Ewing Young tuvo que ganar dinero para pagarla, y tal vez se vio obligado a cargársela a la espalda para traerla hasta aquí de Dios sabe dónde. Cuando se gana dinero se cambia un trozo de vida por un trozo de oro, y si se deja que las cosas se oxiden y se echen a perder se tira con ellas una parte de la vida propia. Ese joven lo ignora, y si no lo aprende acabará por arruinarse, porque otros hombres, menos listos que él, quizás, se aprovecharán de su ignorancia.
Era ya de noche cuando avistaron su cabaña. John Mercy gritó desde lejos anunciando su llegada, y su esposa y Caroline salieron inmediatamente de la cabaña. Martha Mercy vio la vaca y echó a correr hacia el carromato; cuando el vehículo se detuvo oyó cloquear a las gallinas y dio la vuelta al carromato para echarles una mirada. El joven Tom bajó del pescante con las piernas entumecidas. El rostro de su madre se volvió hacia él con una expresión de placer.
—¡Será maravilloso! —murmuró. Acercándose a la vaca, rodeó el cuello del animal con sus brazos; luego, impulsivamente, apoyó su mejilla contra la peluda cabeza—. ¿Dónde la meteremos, John? —le preguntó a su marido.
—Está acostumbrada a pacer a su antojo, de modo que tendremos que dejarla suelta —respondió John Mercy. Se acercó a su esposa con el cuenco de cristal en la mano—. Mira lo que te he traído. He pensado que te gustaría.
Martha Mercy cogió el cuenco, sin apenas mirarlo, y levantó los ojos hacia su marido; la expresión de su rostro se había endurecido. Inclinó la mirada, pero no hacia el cuenco; el cuenco no parecía importarle. Dijo:
—Mientras desunces los bueyes prepararé algo de comer.
El joven Tom despertó de su profundo sueño para oír a su padre que decía:
—En cuanto se haga de día daré una batida por el bosque, aunque estoy seguro de que no se ha marchado en aquella dirección.
Su madre había estado llorando. El joven Tom saltó de la cama, cogió su ropa y se acercó al fuego para vestirse. Su madre dijo:
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—La vaca ha desaparecido. Come algo de prisa y vete con tu padre a ver si la encontráis.
El joven Tom salió al oscuro patio, se lavó someramente y volvió a entrar para desayunar.
—Si por lo menos llevara una campanilla… —dijo su madre. —Probablemente la encontraremos oculta entre los sauces —dijo John
Mercy—. No te preocupes.
—¡Significa tanto para nosotros! —se lamentó su madre—. Pueden haberla atacado los lobos.
Después de desayunarse, el joven Tom se puso su chaquetón y siguió a su padre. Empezaba a amanecer.
Su padre dijo:
—Seguiré sus huellas por el terreno labrado. A esta hora, es lo único que puede verse.
Se adentraron en el campo labrado donde su padre había sembrado el trigo de invierno. Allí encontraron las huellas de las pezuñas de la vaca, que se dirigían al arroyo y luego, a lo largo de la orilla, a un vado. Las huellas eran muy profundas en el barro, indicando el lugar por donde había cruzado el animal. El joven Tom se estremeció al contacto del agua; era un cuchillo que le cortaba en rodajas, cada vez más arriba. Alcanzó la otra orilla y dio unas carreritas entre los sauces para reaccionar. Más allá de los sauces se extendía otro prado, hacia el cual apuntaban las huellas de la vaca.
John Mercy se inclinó hacia el suelo, se incorporó y miró fijamente la maleza que se alzaba en el otro extremo del prado. Su rostro había adquirido una repentina seriedad. Continuó avanzando, prestando menos atención a las huellas del animal.
Llegaron a la maleza y descubrieron un camino que les condujo a través de un bosquecillo de encinas para desembocar en un claro, junto a un pequeño arroyo. En el claro se alzaba un tepee. Una mujer india, agachada en el arroyo, cogía agua con un cuenco. La vaca estaba atada a una estaca junto a la entrada del tepee.
La mujer india les oyó llegar. Se incorporó, gritó algo y del tepee salió una segunda mujer india, la cual, al ver a los Mercy, volvió a entrar apresuradamente en la tienda. Casi inmediatamente asomó el barbudo trampero, increíblemente sucio y con los ojos enrojecidos.
John Mercy dijo:
—Le agradezco mucho, vecino, que haya cogido mi vaca impidiendo que fuera más lejos.
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El trampero se limitó a mirarle burlonamente.
—Voy a llevármela —dijo John Mercy, avanzando hacia el animal.
El trampero levantó una mano.
—¡Un momento! La vaca está en mi pertenencia, lo mismo que usted.
Voy a quedármela. Ya le dije que se marchara.
John Mercy continuó avanzando. El trampero dio media vuelta y desapareció en el interior de la tienda. El joven Tom vio que su padre se acercaba a la vaca y empezaba a deshacer el fuerte nudo de la cuerda con que estaba sujeta, sin prisas, con una lentitud que le desesperó. El trampero volvió a aparecer en el umbral de la tienda, apuntando el cañón de un rifle contra el pecho de John Mercy.
—He matado animales y hombres antes de ahora, y puedo volver a matarlos. La vaca se queda y usted se marchará. Mañana pasaré por su cabaña. No quiero verle allí, ni a usted ni los suyos.
El joven Tom vio la rigidez que adquiría el cuerpo de su padre y la burlona sonrisa del trampero. Fue un momento de indescriptible tensión, que quedó rota cuando su padre dio media vuelta y echó a andar rápidamente, como si estuviera ciego. Mientras cruzaban el prado, el joven Tom experimentó un miedo terrible y miró hacia atrás, pero no vio a nadie; luego se avergonzó de la debilidad que le había hecho volver la cabeza. Su padre seguía andando con la misma rapidez, la barbilla inclinada y el ceño contraído.
El joven Tom se sintió aliviado cuando hubieron dejado el arroyo detrás de ellos, pero una extraña sensación le impedía mirar a su padre; estaba desconcertado por lo que había visto: su padre dando media vuelta y marchándose, obligado por otro hombre. Siguió a su padre hasta la cabaña.
—Se ha perdido —dijo Mrs. Mercy, anticipándose inmediatamente a lo peor.
—No —dijo Mercy—. El trampero la cogió y la tiene atada.
—¡Ese bruto! —exclamó Mrs. Mercy—. ¡Y aquellas mujeres! Tendrían que expulsarles de aquí. ¡Tendrían que expulsarles!
Miró fijamente a su marido, se calló de repente y dio unos pasos por la habitación, mientras Mercy permanecía inmóvil delante del fuego. Contemplaba las llamas, y su expresión era ceñuda y algo triste. Volvió la cabeza y el joven Tom, inclinando rápidamente los ojos, notó la inquisitiva mirada de su padre.
—¿Qué pasa, muchacho?
—Nada —dijo el joven Tom, y levantó la cabeza.
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Los ojos de su padre parecían querer taladrarle.
Mrs. Mercy dijo:
—Bueno, si estamos en su pertenencia, supongo que tendremos que marcharnos.
Mercy, sin dejar de mirar a su hijo, suspiró profundamente. Luego se acercó a la pared y descolgó el rifle. Puso un poco de pólvora en la cazoleta y la cerró.
La voz de su esposa se alzó con repentina severidad:
—¡No hagas eso! Ese hombre es un salvaje. No quiero la vaca, si…
Su padre mantenía la boca cruelmente apretada; en sus ojos ardía un fuego verde-gris.
—Ahora, Tom —dijo—, vas a venir conmigo y esperarás a que yo resuelva el asunto. —Miró a su esposa—. No se trata de la vaca. No permitiré que ese hombre continúe molestándonos.
—¡Mercy!
El joven Tom siguió a su padre a través del campo labrado, a través del prado, a través del arroyo. Su padre era un cazador, el cuerpo inclinado y oscilante mientras andaba, barriendo con los ojos los sauces que se erguían al otro extremo del prado.
John Mercy dijo:
—Preferiría no tener que hacerlo, pero no queda otra alternativa. Tú vendrás conmigo hasta el borde del claro. Me esperarás allí. Yo regresaré con la vaca. Si no regreso, ve a decírselo a tu madre y marchaos a casa de los Teal.
Cuando llegaron al borde del claro no había nadie a la vista, excepto la vaca que continuaba atada a la estaca, delante de la tienda. John Mercy avanzó hasta situarse a diez pies de distancia de la abertura del tepee; entonces se detuvo y levantó su rifle.
Dijo:
—Salga de ahí.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del joven Tom; permaneció completamente inmóvil, con las manos entrelazadas, escuchando con tanta avidez que la nuca empezó a dolerle.
El cuerpo del trampero oscureció la abertura de la tienda y la voz de John Mercy sonó mortalmente fría.
—Salga. Dígales a esas mujeres que salgan, también. No quiero que una de ellas me dispare desde dentro.
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El trampero avanzó unos pasos, sacudiendo la cabeza, sacudiendo los hombros, sacudiendo todo el cuerpo.
—¿Qué clase de locura es ésta? —gruñó.
—Hable con esas mujeres —dijo John Mercy— y apártese de la vaca.
El trampero gritó unas palabras por encima de su hombro y dio un pequeño rodeo para situarse más allá de la vaca. Las mujeres indias salieron de la tienda como sombras y, obedeciendo un gesto de Mercy, se alejaron unos pasos. Mercy se acercó a la abertura del tepee y miró detrás de él, al trampero. Luego entró en la tienda y reapareció llevando el rifle y el cuerno de pólvora del trampero; dirigiéndose al arroyo, tiró al agua el arma y el cuerno. Las exclamaciones de protesta del trampero despertaron profundos ecos en la espesura.
—¡Pagará esto muy caro, se lo juro! ¿Quiere usted guerra? ¡Pues la tendrá, no lo dude! Merodearé por los alrededores de su cabaña. Oirá crujir la hierba durante toda la noche, y no pegará el ojo de miedo. ¿Ha visto las cabelleras colgadas en el interior del tepee? ¡Las he arrancado yo! ¡Y arrancaré la suya!
—Amigo mío —dijo John Mercy—, quería conocer sus intenciones. Deseo buenos vecinos a mi alrededor. No quiero molestar, ni que me molesten.
—Entonces, ya acaba de oír cuáles son mis intenciones —replicó furiosamente el trampero.
John Mercy dejó caer su rifle al suelo y avanzó hacia el trampero. —Usted lo ha querido, amigo —dijo, y descargó su puño derecho contra
el pecho del trampero, el cual cayó de espaldas. Apoyándose en un codo, se incorporó lentamente, profirió un grito salvaje y se lanzó contra John Mercy con la cabeza baja. Mercy se ladeó ligeramente, golpeó al trampero en la barbilla y luego en la cara, hasta que el hombre levantó los brazos para protegerse de aquel aluvión. John Mercy descargó entonces su puño contra el estómago de su adversario y, sin darle tiempo a reaccionar, volvió a golpearle en la barbilla. El trampero se desplomó como un saco. Al cabo de unos instantes se sentó en el suelo y se pasó una mano por el rostro.
—Es usted un gato montés, amigo —gruñó.
—Usted me amenazó con un revólver —dijo John Mercy—. No podía tolerarlo.
—Siga usted su camino y yo seguiré el mío.
El joven Tom vio que la mirada de su padre se suavizaba inesperadamente.
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—No me gustaría tener que repetir esto —dijo—. No es propio de un cristiano. Tendría que expulsarle de aquí y el asunto quedaría resuelto, pero eso tampoco sería propio de un cristiano. Pero si vuelve a meterse conmigo, temo que me veré obligado a matarle.
—Me estoy haciendo demasiado viejo para tenderle una emboscada — murmuró el trampero.
—Tom —dijo John Mercy—, ven a buscar la vaca.
El joven Tom se deslizó a través del claro, notando sobre él los brillantes e inquisitivos ojos de las mujeres indias. Desató da vaca y tiró de ella, seguido por su padre. Cuando llegaron al arroyo, John Mercy sumergió sus nudillos en el agua y suspiró, y el joven Tom, mirándole, vio el cansancio reflejado en el rostro de su padre; pero era un cansancio satisfecho.
Su padre dijo:
—No ha sido un acto propio de un hombre civilizado, pero tenía que hacerlo.
Inclinó la mirada, y el joven Tom vio una abstraída sonrisa en los ojos de su padre. Cruzaron el campo labrado y ataron la vaca en el umbral de la cabaña, delante de la madre de Tom.
—No habrá más dificultades —dijo John Mercy.
—Tenías que haberlos echado de aquí —dijo Martha Mercy, apasionadamente—. Es indecoroso. ¿Qué te ha pasado en los nudillos?
—Es un hombre que tiene los huesos muy duros —dijo John Mercy, riendo silenciosamente.
—No deberían permitir que esas mujeres continuaran aquí. Es un escándalo. Voy a hacer un poco de café.
John Mercy sacudió la cabeza.
—Ya hemos perdido bastante tiempo por hoy —dijo, y añadió, dirigiéndose a su esposa—: Son personas. No podemos echarlas de aquí como si fueran perros. Vamos, Tom, derribaremos unos cuantos cedros y levantaremos una cerca para la vaca en el prado.
—Alguien viene —dijo el joven Tom.
Era una de las mujeres indias, que llevaba una cosa plana y oscura en la mano. Miró al joven Tom y a John Mercy, se acercó a la esposa de este último y puso la cosa oscura en sus manos.
Martha Mercy miró a su marido.
—¿Qué es esto? Dile a esta mujer que lo coja y que se marche. No quiero tener ningún trato con ella. Debería sentirse avergonzada.
John Mercy contempló atentamente lo que su esposa tenía en las manos.
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—Bueno —dijo—, creo que es un pastel de bayas secas. —Su voz se hizo grave—. Es un regalo, Martha.
Martha Mercy miró el pastel con una expresión de disgusto.
—¡Santo cielo! No me lo comería aunque estuviera muriéndome de hambre. —Miró a la mujer ipdia y pareció algo confundida—. ¡Oh! Supongo que tendré que aceptarlo—murmuró, dirigiendo una sonrisa a la mujer india. La mujer india permaneció inmóvil. Martha Mercy añadió—: Bueno, tendré que darle algo a cambio de esto. Pero, ¿qué puedo darle?
John Mercy miró hacia las- oscuras copas de los abetos y sugirió: —Creo que el cuenco de cristal que traje no tiene ningún valor. Dáselo. Martha Mercy miró a su marido con una expresión entre enojada y
divertida. Sin pronunciar una sola palabra entró en la cabaña para volver a salir al cabo de unos instantes con un trozo de pan blanco envuelto en una servilleta. La mujer india lo aceptó con rostro inexpresivo, dio media vuelta y se marchó. Martha Mercy envolvió sus manos en su delantal y contempló a la mujer mientras se alejaba; se encogió de hombros y murmuró:
—Bueno, no sé qué pensar. —Evitó los ojos de Mercy—. En cuanto al cuenco —dijo apresuradamente—, fue una tontería que dijeras aquello.
Mercy hizo un ademán a su hijo y se dirigió al carromato en busca de su hacha y sus herramientas; luego, los dos echaron a andar hacia un cedro que se erguía cerca del salto de agua del arroyo. Mercy estaba divertido por algo. Se enfrentó con el árbol, riendo silenciosamente; hizo un pequeño corte en el rojo tronco, y luego se incorporó y miró a su hijo.
—Esa pelea… La gente no tendría que hacer cosas como ésa. Lo mejor sería que no te sucediera nunca a ti. Pero lo más probable es que te suceda, porque hay veces en que un hombre tiene que dejar de lado todas las consideraciones, y hacer frente a la situación, y arriesgarse a morir. Si vuelve la espalda, vivirá siempre como un cobarde y será como si estuviera muerto.
Se frotó las manos en el húmedo suelo y empuñó el mango del hacha. El joven Tom recordaría siempre la mirada que en aquel momento le dirigió su padre.
—Cuando seas un hombre y contemples tu ganado —dijo
John Mercy—, recuerda siempre cómo obtuvimos esta primera vaca. No hay nada que nos sea dado gratis, y el hombre que espera conseguir algo sin pagar por ello es un estúpido.
El primer hachazo que descargó en el tronco del cedro despertó mil ecos a través del bosque.
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¡OH, TIERRA ENCANTADORA!
ERNEST HAYCOX
E L bergantín Cornwall llevó a Tom Jackson Trevitt desde San Francisco, a través de las turbulentas aguas del río Umpqua, hasta una
tienda que se daba a sí misma el nombre de Scottsburg.
Era un joven alto con los ojos más azules del mundo y un rostro que, sonriente o serio, reflejaba honradez y sinceridad. Tenía los cabellos rojizos, unas cuantas pecas en su cutis y un cuerpo más bien huesudo. Su equipaje consistía en un rollo de mantas y un estuche negro que contenía un violín, y aquella noche, cuando se preparó la cama en el suelo, el dueño de la tienda vio un estuche de caoba entré las mantas. Tom Trevitt abrió el estuche para mostrar un par de pistolas de duelo.
—En Oregón no tenemos duelos —dijo el dueño de la tienda—. Están prohibidos por la ley.
—Estas pistolas han pertenecido a los Trevitt desde hace cien años —dijo el joven—, y yo soy el último Trevitt. Cuando tenga una casa, las colgaré encima de la chimenea. Un hombre tiene que recordar a los suyos.
Después de cenar, sacó el violín del estuche y empezó a tocar. Hizo llorar a la esposa del dueño de la tienda, y aunque este último no era hombre inclinado a dar consejos a nadie, estudió el rostro de aquel joven y llegó a una conclusión.
—Sin duda se dirige usted a los yacimientos de oro de los siskiyous. He visto a miles como usted que iban hacia allá. Es posible que en aquellos arroyos haya riqueza… pero no existe mejor riqueza que los años de juventud que se pierden allí. No es para usted, Trevitt. Es preferible que vaya hacia el Norte, hacia el Willamette.
—¿Qué aspecto tiene el Willamette?
—Es una tierra llana. Toca usted muy bien ese violín.
—Ha habido un Trevitt violinista en cada generación —dijo el joven—. Yo soy el violinista de la mía… Soy el único Trevitt de mi generación. Las
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pistolas y el violín: es lo único que queda de doscientos años de Trevitts; las pistolas para los Trevitt que vivían en sus tierras, el violín para los Trevitt aficionados al vagabundeo.
Al amanecer, Trevitt enrolló sus mantas y salió de la tienda, con la pregunta del dueño resonando en sus oídos:
—¿Qué ha decidido usted: oro o tierra?
—Nunca ha habido dudas en mi mente a ese respecto —dijo Trevitt—. Los Trevitt siempre poseyeron tierras, y yo quiero sentir bajo mis pies una tierra a la que pueda llamar mía.
Se encaminó hacia el Norte, y aquella noche acampó en el bosque más profundo que había visto en toda su vida: tan silencioso, que el más leve de los sonidos retumbaba como un cañonazo a través de la anchura y de la hondura de una soledad en la que el tiempo había dejado de existir. Al día siguiente, desde la cumbre de aquellas colinas, vio la tierra llana mencionada por el dueño de la tienda: un gran valle que se extendía hacia el Norte hasta perderse de vista. Los riachuelos resplandecían a la luz del sol, y la hierba de los prados tenía el color amarillento propio del mes de agosto. Aquella noche acampó con un colono a la orilla de un riachuelo llamado Long Tom. Y a la tarde siguiente llegó a Marysville. Era un poblado de siete u ocho casas, una tienda y una herrería. Delante de la herrería había un hombre de mediana edad que llevaba unos pantalones de piel de gamo excesivamente ajustados. Tenía un rostro de expresión vivaz y una energía que no le permitía estar quieto. La mirada que dirigió a Trevitt fue francamente curiosa.
—¡Hola, amigo! ¿De dónde se viene? ¿Adonde se va?
—Estoy buscando trabajo… Estoy buscando tierra —dijo Trevitt.
El hombre, al igual que el dueño de la tienda, vio el violín y los despreocupados ojos azules de Trevitt y llegó a una rápida conclusión.
—¿Buscas trabajo, únicamente, o quieres encontrarlo de veras?
—Si no quisiera encontrarlo, no lo buscaría —dijo Trevitt, mirando al hombre a los ojos con expresión sonriente.
—Hablas con acento de Missouri —dijo el hombre—. Lo reconozco a una legua de distancia.
—He vivido en Missouri y en Virginia, y me llamo Tom Jackson Trevitt. —Estás hablando con Nick Gentry. Procedo de Missouri, como toda la
gente que vivé por estos alrededores. Puedes quedarte conmigo.
—Es usted muy amable —dijo Trevitt, y vio a una muchacha que salía de una casa contigua. Desde el interior de la casa se oyeron las palabras de despedida de otra mujer. La muchacha tenía unos diecinueve años, el pelo
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castaño y una boca serena. La mirada con que rozó a Trevitt tenía la frialdad de un arroyo de aguas umbrías. Nick Gentry cogió un paquete que estaba apoyado contra la pared de la herrería y lo cargó sobre sus robustos hombros.
—Cuando una mujer empieza a hablar con otra mujer dejan de existir el día y la noche —dijo—. Seguro que te has enterado de todo lo que ha ocurrido durante los últimos cincuenta años.
La muchacha dijo:
—Lo que no me cuentan los hombres, tienen que contármelo las mujeres, Gentry la fulminó con la mirada y echó a andar por el polvoriento camino, con la muchacha a su lado y Trevitt detrás. Pasaron por delante de la última vivienda del poblado, continuaron andando a lo largo de una cerca hasta que la cerca terminó, y luego a través de más de tres millas de terreno llano. Trevitt, unos pasos detrás, se sintió fascinado por los pantalones de piel de gamo de Nick Gentry; el agua y el calor los habían encogido hasta el punto que oprimían las musculosas piernas del hombre y moldeaban
sorprendentemente sus pantorrillas.
Trevitt dijo:
—¿Quiere usted que lleve el paquete un trecho?
Gentry miró al joven con una expresión de orgullo lastimado.
—Tendrás que aprender a no ser insolente, muchacho —dijo. Y luego añadió—: Me olvidé de decir que ésta es mi hija Lorna.
—Lo suponía —dijo Trevitt, y saludó a la muchacha con una inclinación. La presentación de su padre permitió a Lorna Gentry volverse a mirar al joven con evidente interés, acompañado de una sonrisa. Pero la muchacha
miró el violín, miró aquellos ojos azules… y apartó rápidamente la mirada.
Gentry dijo:
—¿Ha hecho alguna vez de maestro de escuela?
Trevitt recordó, con cierto esfuerzo, los libros de su época escolar: la geografía de Olney, el libro de lectura de McGuffey, la aritmética de Mather… Recordó, también, la necesidad que tenía de un empleo,
—Puedo hacer de maestro de escuela —dijo.
—El último que tuvimos se marchó a las minas. Mañana por la mañana nos daremos una vuelta y recogeremos las inscripciones. Catorce semanas, a seis dólares por cabeza. Hay una cabaña destinada a escuela. —Muy bien —dijo Trevitt, procurando ahorrar el aliento.
Alrededor de la hora de cenar llegaron a un sombreado prado en el cual se alzaban un viejo granero, una pequeña casa de troncos y otra casa de mayor tamaño construida recientemente con tablas de pino. Una jauría de perros les
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salió al encuentro ladrando escandalosamente, y una nube de chiquillos surgió de todas partes como una bandada de pájaros reuniéndose para emprender el vuelo. Gentry soltó su carga, se sentó en el porche de la casa y se frotó el rostro con un pañuelo.
—¡Hogar! —murmuró.
Antes de entrar en la casa, Lorna volvió la cabeza y dejó el recuerdo de una mirada para Trevitt.
La mesa estaba atestada de hombres que eran tíos, o hermanos, o primos, o simplemente vecinos que estaban de visita. Las mujeres servían y hablaban, y los chiquillos gritaban a través de las sombras del crepúsculo que empezaban a espesarse en el patio. Había un joven allí, un tal John Lattimore, que había regresado de un largo viaje del cual habló durante la cena con una prodigiosa insistencia. Su cascada de cabellos negros hacía que su frente pareciera muy estrecha, pero tenía unos hombros muy robustos. Su mirada recorría frecuentemente la habitación y se detenía en Lorna Comía vorazmente mientras hablaba.
—Llevé el trigo al molino de Dallas. Le di al hombre su parte de harina y me dirigí a Portland. En el camino cambié la harina por unas vacas, y en Portland le vendí las vacas al carnicero, compré artículos de ferretería y comercié con ellos en el camino de regreso. Conseguí un toro de Jersey, dos vaquillas… y cincuenta dólares en efectivo. —Se retrepó en su silla, muy satisfecho de sí mismo. Miró a Trevitt y se dirigió a él en un tono de indiferencia casi desdeñosa—: Me han dicho que va usted a hacer de maestro.
Nick Gentry estaba sentado a la cabecera de la mesa evidentemente complacido por la numerosa compañía.
—Va a hacer de maestro —dijo—. Es de Missouri y eso es suficiente. Está buscando tierra. Yo le ayudaré a buscarla. —Se volvió hacia Trevitt—: Eres soltero, de modo que sólo podrás tener media parcela. Si estuvieras casado, tendrías una parcela entera.
Lattimore miró de nuevo a Trevitt con un brillo especulativo en los ojos, miró a Lorna y luego volvió a mirar a Trevitt, con el ceño fruncido. Los hombres terminaron de cenar y salieron inmediatamente al patio para dejar sitio a las mujeres y los niños. Por cortesía, Trevitt esperó a que Gentry terminara y se levantara, pero Lorna, que quitaba los platos de la mesa, le dijo, con cierta impaciencia:
—¿Por qué no sale usted con los hombres?
Trevitt salió al patio. Los hombres de más edad estaban sentados y esparcidos por el porche, en tanto que los más jóvenes paseaban de un lado
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para otro con su retozona vitalidad. Trevitt llenó su pipa sintiéndose sopesado por aquellos hombres, y súbitamente recordó que era un forastero entre ellos. Gentry salió de la casa y John Lattimore volvió a la carga.
—Creo que el oficio de maestro de escuela es para aquellos hombres que no tienen el don de la agricultura ni del comercio.
—Los hombres —dijo Trevitt seriamente— tienen lo que tienen… y no tienen lo que no tienen.
Lattimore escuchó aquellas palabras sin sacar nada en limpio de ellas. Los jóvenes, intuyendo que iban a divertirse, se reunieron a su alrededor. Las luces de la casa brillaron contra los ojos de Lattimore y sus hombros se cuadraron. Miró el largo y delgado cuerpo de Trevitt con expresión desdeñosa.
—Creo que un hombre tiene que hacer otras cosas —dijo. Trevitt sonrió agradablemente.
—Por lo visto, se tiene usted por un pensador.
La malicia brilló en los ojos de los jóvenes que escuchaban. Los músculos de Lattimore se tensaron y su cuadrado mentón se endureció peligrosamente.
—Pensar, trabajar o luchar… sé hacer las tres cosas y las hago. Las hago cuando me place… y tal vez no tardaré en querer hacer una de ellas.
—La voluntad de un hombre es una cosa excelente —dijo Trevitt, sin dejar de sonreír.
A continuación dio media vuelta y se encaminó hacia e? prado para pasear la cena.
La luna colgaba muy baja en el Sudeste, su claridad teñida de color amarillo-manzana por la caliginosa atmósfera; bajo aquel extraño resplandor, las colinas proyectaban sus oscuras siluetas contra el cielo y los pastizales brillaban. Las vacas rumiaban en el establo y los grillos cantaban la proximidad del otoño. Era una tierra hermosa, pensó Trevitt, y regresó al porche para descubrir que la gente había vuelto a entrar en la casa. Guardándose su pipa, pasó también al interior de la vivienda y sacó el violín de su estuche. Mientras pulsaba las cuerdas, afinando el instrumento, notó la expresión amable y expectante de los rostros que le rodeaban. Aquélla era una tierra hambrienta… y la música podía saciar parte de su hambre.
Marcando el compás con el pie, empezó a deslizar el arco por las cuerdas. Tocó animadamente hasta que todos los pies marcaron el compás; el diablo brilló en los ojos de los jóvenes, y los rostros de las muchachas parecieron iluminarse. En su rincón, Loma Gentry contemplaba a Trevitt con una rara
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expresión. Cuando dejó de tocar, un grito brotó de las gargantas de los jóvenes. Gentry profirió un terrible aullido.
—Eso ha estado muy bien, Tom —dijo—. Voy a presentarte contra el viejo Avery para la legislatura. Serás el hombre más popular del condado,
—Todavía no me ha oído usted hablar —dijo Trevitt—. Puedo hacerlo muy mal.
—¡Habla, demonios! —dijo Gentry—. Tienes el violín, tocarás en los bailes…, todo el mundo te conocerá.
Treyitt sonrió y volvió a apoyar el violín en su hombro. El pensativo rostro de Lorna le recordó una melancólica melodía que su abuelo había interpretado en cierta ocasión y que siempre impresionaba a las mujeres; vio la expresión que asomaba a sus ojos, y que era el recuerdo de otros días, de cosas perdidas, de cosas deseadas y nunca obtenidas, de deseos ignorados por ellas hasta que la música se los había revelado y que ni siquiera entonces podían explicar. Miró a Lorna. La muchacha creía que su expresión era indiferente, pero Trevitt vio que sus labios cambiaban, vio que su rostro perdía aquella rigidez con que hasta entonces se había enfrentado con él. Luego recordó una balada de Kentucky acerca de una muchacha que esperaba a un enamorado que nunca regresaba. Los ojos de Lorna se posaron en él largo rato con inusitada seriedad. Finalmente, Trevitt soltó su violín y la reunión empezó a disolverse. John Lattimore, al llegar al umbral de la puerta, se volvió a mirarle con aire suspicaz.
Trevitt cogió su manta y salió al patio. Las voces de los jóvenes fueron apagándose en la distancia. Lorna salió de la casa y se detuvo junto a él, contemplando las estrellas.
—Es una tierra encantadora —dijo Trevitt.
—No creo que me gustara que ningún hombre me sacara de ella — murmuró Lorna—. Aunque no aceptaría a ningún hombre que no fuera su propio dueño.
—Todos los hombres tienen un dueño.
—¿Es el violín su dueño?
—Habla por mí —dijo Trevitt—. Ha hablado por los Trevitt durante mucho tiempo. —Se expresaba en tono solemne, y un poco triste—. Eran unos hombres admirables. Tenían tierras, tenían caballos y perros de caza. Amaban a las mujeres hermosas. Se batían en duelo, bebían su whisky y gozaban de la vida. El mundo se ha puesto difícil para aquella clase de hombres… y ahora no queda ningún Trevitt, aparte de mí. Lo que amaban acabó por destruirlos.
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—Tal vez sería mejor que tirara usted el violín.
—Si lo hiciera, me moriría —dijo Trevitt.
—Confieso que es usted difícil de entender —dijo Lorna—. Pero la música era muy agradable.
—Estaba hablando por mí —dijo Trevitt—. Estaba diciendo que habrán otros Trevitts, y que poseerán tierras, montarán hermosos caballos y amarán a mujeres bellas.
—Todo eso son fantasías —dijo Lorna—. Los hombres no le comprenden. Desconfían del violín.
—Déjeles que desconfíen.
Lorna le miró incisivamente.
—Tiene usted que vivir entre hombres —dijo, y se marchó.
Trevitt se encaminó al establo y se quedó dormido con el dulzón aroma del heno flotando a su alrededor.
Amaneció el nuevo día. El sol se levantó con su silente explosión iluminando el maravilloso paisaje. El aire era todo fragancia. El desayuno proporcionó nuevas energías a Trevitt, tensó sus músculos y le llenó de impaciencia. Antes de salir en compañía de Gentry, oyó que éste decía:
—Jubal, ata un trapo alrededor de la rueda de recambio del buggy y llévala a la escuela.
El camino cruzaba un prado, trepaba por una loma y volvía a descender a otro prado.
—Ahora vamos a buscar las inscripciones para una temporada de escuela. Se detuvieron en veinte casas de los alrededores, mencionaron la escuela y obtuvieron sus inscripciones. Gentry halagaba, rogaba o amenazaba, según
los casos, pero no permitía una negativa. En una de las casas se inclinó al oído de un hombre y le susurró algo, y la mirada del hombre se posó en Trevitt con la derechura de un cañón de rifle. Movió afirmativamente la cabeza y murmuró:
—Sí…, el parecido es asombroso.
Finalmente, llegaron a una casita de troncos y encontraron una rueda con un trapo atado a ella.
—Aquí está tu pertenencia, muchacho —dijo Gentry—. Puedes ir trabajando en ella mientras enseñas. Puedes levantar las cercas. Ahora vamos a delimitarla con esa rueda.
Buscó una rama recta y la introdujo en el eje de la rueda, de modo que sobresaliera por los dos lados. Agarró uno de los extremos y le indicó a Trevitt que agarrara el otro. Utilizando la escuela como una de las esquinas,
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avistaron un bos- quecillo de encinas que se encontraba a quinientos pies de distancia y empujaron la rueda hacia adelante; el trapo empezó a girar, y Trevitt contaba las vueltas.
—Quinientas tres para la milla -—dijo Gentry.
Zigzaguearon a través de las encinas, encontraron un nuevo blanco delante de ellos y avanzaron hacia él. Descendieron a una barranca, cruzaron un arroyo y empujaron penosamente la rueda a través de una espesura de vegetación selvática. Trevitt, inclinado sobre la rama que hacía girar la rueda, tenía la espalda dolorida y se alegró de detenerse al final de las quinientas tres vueltas.
—Ésta es nuestra milla —dijo, y recorrió los alrededores hasta que hubo reunido suficientes piedras para marcar aquella esquina de su pertenencia.
—Esquina Sudeste —dijo Gentry—. Ahora iremos hacia el Norte. Volvieron a agarrar la rueda, haciéndola girar sobre una serie de hermosos
prados regados por un sinuoso arroyo. Cruzaron el arroyo cinco veces, llegaron a una loma y treparon penosamente por ella. Las quinientas tres vueltas les llevaron exactamente al centro de un arroyo que se deslizaba a través de un bosquecillo de abetos. Al otro lado del arroyo, con la comida extendida sobre un mantel, estaba Lorna Gentry.
—¿Cómo sabías que estaríamos aquí? —preguntó Gentry.
—Supuse que al llegar aquí estaríais cansados.
—Yo nunca me canso —replicó bruscamente Gentry, Mientras comía, Trevitt recordó algo.
—¿Qué le dijo al último de los vecinos que visitamos para que me mirara de aquel modo?
—¿Tapsétt? Es un hombre muy amante de los viejos tiempos. Le dije que se rumoreaba que eras nieto de Andy Jack- son (1).
—Pero, eso es una falsedad —dijo Trevitt.
La indignación de Nick Gentry estalló repentinamente.
—¿Qué es lo que tiene que hacer un hombre para complacerte? Te consigo la plaza de maestro de escuela, te consigo la tierra… y cuando trato de extender una mano para empujarte un poco más, me das un palmetazo en los nudillos.
Trevitt miró más allá de la sombra del bosquecillo hacia
(1) General norteamericano (1767-1845). Venció a los ingleses en Nueva Orleans y obtuvo la cesión de la Florida. Elegido Presidente en 1829 y 1837. (N. del T.) los hermosos prados que se extendían en suaves ondulaciones. Los zumbidos del mediodía estival eran una música a su
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alrededor; muy lejos, al Este, se erguían los macizos baluartes de las picudas montañas.
—Sólo tengo motivos de agradecimiento para con usted —dijo Trevitt—.
Pensaré en lo de Tapsett.
El enojo de Gentry se disolvió como un terrón de azúcar.
—¡Diablos! —exclamó—. Tal vez pueda hacerte gobernador.
Se puso en pie y se dirigió hacia la rueda.
Trevitt se echó hacia atrás para llenar y encender su pipa… y para ver la cerrada desaprobación en los ojos de Lorna.
—¿Permite usted que la gente haga planes acerca de su futuro? —inquirió la muchacha.
—Si eso les agrada, y no me perjudica, lo permito.
—Se puede ser bueno, y se puede ser malo —dijo Lorna—. Se puede ser valiente, y se puede ser agradable con los demás por falta de decisión.
—Estamos de acuerdo —dijo Trevitt.
—¿Y quién es quién, y cuándo se dará usted a conocer? Los azules ojos de Trevitt tenían una expresión sonriente. —Cada cosa a su tiempo —dijo.
La muchacha le miró con aire decepcionado, mientras Trevitt iba a reunirse con Gentry.
A última hora de la tarde, trazada la última línea de regreso a la cabaña, dieron por terminada su tarea. El sol se hundía detrás de las colinas y las quebradas estaban llenas de sombras que se movían como agua. Aquellos prados, vírgenes durante un millar de años, parecían esperar el arado que desgarrara sus entrañas para la fecundación; la hierba oscilaba suavemente a impulsos de la brisa. Gentry, con los huesos molidos —y disimulándolo por amor propio—, se mantuvo silencioso. Pero a la hora de cenar, calentado por una áspera bebida y con la mitad de los habitantes del distrito sentados a su mesa, se sintió locuaz.
—¡Atención, muchachos! Tom Jackson Trevitt ha encontrado una pertenencia. Hoy la hemos delimitado, y mañana por la noche vamos a celebrarlo con un baile. Haced correr la voz.
John Lattimore, que comía vorazmente, levantó la cabeza y miró a Trevitt con la expresión beligerante de un toro en celo al enfrentarse con otro macho. Fue una cosa muy rápida. Molesto por aquella mirada, Trevitt posó a su vez los ojos en Lattimore con deliberada insolencia, y por un instante mantuvieron los cuernos entrelazados y embistieron duramente. Finalmente, Lattimore volvió a inclinar los ojos sobre su plato.
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Sin embargo, el tiempo había cambiado. Mientras fumaba su pipa en el patio, Trevitt notó que Lattimore paseaba con los hombres más jóvenes y que de cuando en cuando le miraban con aire desdeñoso. Entró en la casa para obsequiar a los vecinos con un poco de música, pero estaba nervioso y tocó muy mal —no a juicio de los demás pero sí en el suyo propio—, y las baladas emocionaron a las mujeres pero no parecieron impresionar a Lorna. La muchacha permanecía silenciosa en el fondo de la habitación. Trevitt soltó el violín, salió al patio y oyó a los vecinos que se despedían; esperó un buen rato, y pensó que Lorna no saldría.
Pero, se equivocaba.
—Me parece una pérdida de tiempo —dijo la muchacha— medir toda una parcela de terreno cuando, por su condición de soltero, sólo tiene usted derecho a la mitad.
Trevitt se volvió hacia ella.
—Fue idea de su padre.
—¿Acaso no tiene usted ideas propias?
—Creo que algún día puedo casarme.
—Supongo —dijo Lorna— que un hombre puede casarse sólo para tener media parcela más de terreno.
—Yo no he dicho eso —replicó Trevitt.
Pero Lorna volvió a entrar en la casa, al parecer sin haberle oído.
La mañana se levantó con su maravilloso frescor y el aire pareció poner alas en los pies de Trevitt, haciéndole andar como si flotara sobre una nube; una furiosa energía hervía en su interior, y su mente iba de ambición en ambición, hasta que nada fue imposible para él. Pidió prestadas un hacha, una maza y un par de cuñas y recorrió las dos millas existentes entre la casa de Gentry y la escuela. Marcó un rectángulo en el suelo al lado de la cabaña, se dirigió al cercano bosquecillo de abetos y cortó seis árboles jóvenes. Después de trocearlos, los transportó a la cabaña. A continuación empezó a levantar una pared de troncos. La pared había alcanzado la altura de su cadera cuando llegó Lorna a través del prado con una cesta de comida.
—Es usted muy amable —dijo Trevitt.
Lorna se encaminó al bosquecillo y extendió el mantel sobre la hierba, cerca de un arroyuelo. Luego miró a Trevitt con una expresión perpleja y severa a la vez,
—Es usted un hombre realmente asombroso —dijo—. ¿Para qué está levantando otra cabaña?
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—Pienso unirla a la de la escuela, y convertirla en una cabaña de dos habitaciones. Pero la verdadera casa se alzará allí. —Y señaló una pequeña elevación del terreno no lejos del bosquecillo.
Lorna dijo:
—Tiene usted que construir un establo, y levantar una cerca, y labrar el terreno… Hasta dentro de cinco años no necesitará una casa: le bastará con una cabaña.
—Llegará antes una mujer que el ganado o las cercas.
—¿De veras? —inquirió Lorna—. ¿Con qué clase de mujeres se casan los Trevitt? ¿Las hacen trabajar… o sólo las quieren para que hagan bonito?
—Todas las esposas de los Trevitt han sido bellas.
—Ahora está hablando el violín —dijo Lorna.
—El violín hace que sean bellas —replicó Trevitt.
—¿Acaso el violín acarrea el agua, lava la ropa, da de comer a las gallinas, cava el huerto? —Lorna le miró más seriamente—. La música es la música, pero no puede hacer surgir cosechas de la tierra.
—Todo llegará —dijo Trevitt—. No conoce usted a los Trevitt.
—No, pero conozco a Lattimore, y sé que esta noche va a provocarle para obligarle a luchar con él. —Le contempló mientras le decía aquello; le contempló con intensa curiosidad… y con una leve preocupación—. No trabaje demasiado hoy. Lattimore es fuerte.
Trevitt la miró, sin contestar, y de repente la muchacha se encogió de hombros y se puso en pie.
—Bueno, sus alumnos no pueden vivir en medio de la suciedad —dijo. Se lió una servilleta a la cabeza y entró en la cabaña con una escoba. Trevitt volvió a su trabajo pero de cuando en cuando miraba hacia la
puerta de la cabaña y veía las nubes de polvo que salían por ella. Transcurrió una hora antes de que Lorna saliera.
—Si va usted a vivir en la cabaña —dijo la muchacha—, tendrá que ponerle piso.
Trevitt dijo:
—¿Un piso de tablas? —y esperó la respuesta de Lorna.
Pero Lorna no le contestó y se alejó. Trevitt se sumergió de nuevo en su trabajo y la perdió de vista, y creyó que había regresado a su casa. Pero alrededor de media tarde volvió a verla en la elevación del terreno donde él había dicho que se alzaría la verdadera casa. La muchacha miraba hacia el Este, hacia el amplio valle y los lejanos baluartes de las montañas. A eso de
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las cinco, cuando Trevitt recogió sus herramientas, Lorna apareció procedente de otro bosquecillo situado al sur de la pertenencia y se reunió con él.
—En la colina no hay ningún manantial.
—He pensado abrir un pozo. Una mujer no debe fatigarse yendo a buscar el agua al arroyo.
Lorna echó a andar a su lado, con la cabeza inclinada. Estaba pensando, estaba sopesando algo. Al cabo de unos instantes murmuró:
—Hay cosas demasiado arriesgadas para creer en ellas.
Trevitt se lavó, cenó y se sentó a fumar su pipa mientras llegaban los vecinos. Nick Gentry gozaba, como siempre, al poder ofrecer su generosa hospitalidad. Los jóvenes paseaban alrededor de los muebles de la enorme habitación, y una jarra de whisky iba de mano en mano, y unos hombres desconocidos se acercaban a Tom Trevitt, le contemplaban solemnemente y formulaban sus preguntas. La llamada de Gentry les reunió a todos en la habitación. Trevitt cogió su violín, lo afinó y se sentó en un rincón, mientras Gentry apremiaba a las parejas para que se prepararan. En aquella enorme cocina había espacio para tres grupos de danzantes y para una hilera de espectadores a lo largo de cada pared.
Gentry gritó:
—¡A divertirse, muchachos! ¡Tom Jackson: que empiece el baile! Lattimore tenía a Lorna como pareja, y su mirada se posó en Trevitt con
expresión desafiante. Trevitt empuñó el arco y empezó a tocar.
El ruido de aquellos pies arrastrándose y golpeando el- suelo hizo retemblar la casa, y la temperatura de la habitación aumentó diez grados. Trevitt siguió tocando, melodía tras melodía, deteniéndose solamente para permitir que las parejas volvieran a formarse. Vio brillar el sudor, vio encenderse los rostros de los jóvenes y arrebolarse las mejillas de las muchachas. Siguió tocando pieza tras pieza, hasta agotar a los danzantes. La mirada de Lattimore se clavaba en él de cuando en cuando, provocativa, con un evidente deseo de pelea del que todo el mundo acabó por darse cuenta. A las tres de la mañana Trevitt soltó el arco y el baile terminó.
Trevitt salió de la casa y fue en busca del botijo que siempre estaba en el rincón del porche. Estaba vacío, desde luego, pero un anciano sentado en la oscuridad susurró:
—Aquí, muchacho. —Y le tendió otro botijo. Trevitt sació su prolongada sed, oyendo la misteriosa voz del hombre—. Está hinchado y lleno de veneno. Pégale duro y de prisa Tiene el estómago lleno de grasa… Pégale allí. No será difícil, muchacho.
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Luego añadió, sentenciosamente:
—Hay que nacer, hay que ser bautizado y hay que morir. Son cosas penosas, pero necesarias. Es el mundo, muchacho. Pégale fuerte.
—El mundo —dijo Trevitt, sonriendo amablemente al anciano— es un montón de cosas.
Se volvió hacia la puerta de la casa y contempló salir a la gente, con los huesos molidos por el baile. Lattimore bajó los peldaños del porche y se detuvo delante de Trevitt, y los jóvenes se apresuraron a formar un círculo, con las luces de la casa brillando sobre sus acalorados rostros. Nick Gentry se quedó de pie en el porche.
—Bueno —dijo Lattimore—, has demostrado que puedes tocar el violín; pero, ¿eres capaz de luchar? Esto es lo que queremos saber. Yo opino que tus manos sólo sirven para empuñar el arco de ese violín, y que eres un gallina. En resumen, muchacho, voy a darte mamporros hasta que te crujan los huesos y te arrodilles en el suelo pidiéndome clemencia.
Trevitt se irguió en sus seis pies de estatura. Miró a Lattimore con una expresión solemne y melancólica. Dijo, sin levantar la voz:
—¿Es eso un desafío, señor?
—Exactamente.
Trevitt buscó entre la multitud y señaló a un joven que estaba cerca de él. —Hágame el honor de ser mi padrino, señor. —Se volvió de nuevo hacia Lattimore y le dijo, con la misma tranquila indiferencia—: Nombre a su
padrino, señor, mientras entro un momento en la casa.
Pasó junto a Lattimore, subió los peldaños del porche, se cruzó con Nick Gentry y entró en la casa. Recogió su estuche de caoba y volvió a salir al patio. Abrió el estuche amorosamente… procurando que la luz de la casa se reflejara en las dos relucientes pistolas. Tendió el estuche cortésmente a su padrino.
—Cargue las pistolas, y ofrézcalas al padrino del caballero para que escoja una.
—¿Qué significa esta comedia? —preguntó Lattimore.
Trevitt se volvió hacia su padrino.
—Comunique al padrino del caballero que el caballero no debe hablar directamente con su adversario hasta que haya terminado el desafío.
El joven que sostenía el estuche miró a su alrededor.
—¿Qué tengo que hacer ahora?
Lattimore dijo, en tono excitado:
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—Estamos en Oregón y la constitución prohíbe el duelo a pistola. Va contra la ley.
Trevitt dijo:
—Dígale al padrino del caballero que le transmita que el honor de un caballero está por encima de las leyes escritas del hombre, por encima de las constituciones. Cargue las pistolas y escoja el campo del honor.
Lattimore cuadró los hombros y proyectó hacia adelante su cuadrada cabeza. Miró fijamente el melancólico rostro de Trevitt.
—Creo que todo esto es una fanfarronada y voy a aplastarte las narices a mi modo.
Trevitt vio que el hombre se disponía a atacar, confiando en 1a fuerza de sus puños. Miró a Lattimore a los ojos y habló en tono frío y cortante.
—Padrino —dijo—, si ese hombre me toca con sus manos después de haberle desafiado correctamente, me veré obligado a matarle sin más explicaciones.
Cruzó los brazos delante de su pecho, ofreciéndose como fácil blanco a los puños de Lattimore. Miró al hombre con su melancólica seriedad, y el silencio descendió sobre la multitud como una losa de plomo, y Trevitt supo que Lattimore no movería un dedo contra él. Lo vio en sus ojos huidizos y en el rictus nervioso de su boca. En efecto, Lattimore inclinó la mirada al suelo, trazó una línea en el polvo con la punta del pie, levantó la cabeza y miró a su alrededor como si buscara apoyo. Lo que vio fue una masa imparcial de rostros intrigados por un hecho sorprendente e incapaces de decidirse en ningún sentido. Sacudió la cabeza.
—No —gruñó—. No quiero quebrantar la ley.
Apartó a un lado al hombre que tenía más cerca y echó a andar a través del patio.
Trevitt recuperó su estuche. Lo cerró, sacó su pipa, la llenó y se quedó fumando en el patio mientras la multitud empezaba a desfilar. Vio las miradas de soslayo, cargadas de respeto, que le dirigían los jóvenes, y oyó el saludo de los de más edad al pasar junto a él:
—Buenas noches, Tom.
Lorna estaba de pie en el umbral de la puerta y Gentry bajó del porche gruñendo:
—¡Un duelo! ¡Un duelo en Oregón! ¡Dios mío! El she- riff te hubiera colgado en el patio de la cárcel del condado.
—Me propongo vivir aquí largo tiempo —dijo Trevitt—. Ahora, toda esa gente cree que soy peligroso y me dejará en paz. —Estalló en una carcajada y
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añadió—: No había el menor peligro de que aceptara el desafío. Los hombres llevan escrito en la cara lo que realmente son. Y las pistolas están estropeadas y no disparan.
Gentry se dio un manotazo en la cadera.
—¡Esa sí que es buena! De todos modos, la noticia se extenderá por todas partes. Todavía podemos hacerte gobernador.
Trevitt dijo:
—No hablemos más de política. Voy a cortar árboles, y a levantar una cerca, y a construir una casa.
—¡Ah! —exclamó Gentry, visiblemente decepcionado—. Tengo los huesos molidos… y estoy cansado de tontos.
Y entró en la casa.
Lorna cruzó el porche, descendió los peldaños y bajó al patio. Los leves sonidos de la gente que se alejaba llegaban hasta allí como el bullicio y el revoloteo de los pollitos en un gallinero. Hacia Oriente, la claridad difusa del nuevo amanecer empezaba a diluir las. sombras de las colinas; la hierba amarillenta del prado parecía haber revivido con el frescor nocturno para convertirse en una verde y suave alfombra.
Trevitt contempló el paisaje que se extendía ante sus ojos con expresión pensativa.
—Un hombre que toca el violín siempre es juzgado erróneamente — murmuró volviéndose hacia Lorna—. Pero ésta es una tierra encantadora.
—La música era muy bonita —declaró Lorna Gentry—. ¿No ha deseado a veces que otros hombres tocaran el violín para que usted pudiera bailar a sus acordes?
Trevitt miró a la muchacha; sus ojos tenían ahora una expresión audaz. —A veces lo he deseado. No estoy construyendo una cabaña sólo para
que sirva de escuela.
Lorna murmuró:
—¡Oh! Ya lo sabía. ¿Crees acaso que he estado limpiando la cabaña sólo para que sirviera de escuela?
Trevitt dijo:
—No me hagas esperar demasiado.
—Bueno —murmuró Lorna—, aquí estoy, muerta de impaciencia.
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RELEVO DE GUARNICIÓN
ERNEST HAYCOX
D OS semanas después de dejar la vía férrea, en Yankton, el regimiento había recorrido la mitad de las quinientas millas que habían de
conducirle a su nuevo destino en el Fuerte Abraham Lincoln, situado en las inhóspitas llanuras de Dakota. Soplaba un fuerte viento del Norte, y la grisácea claridad de un día de abril se adecuaba perfectamente a las interminables ondulaciones del desierto verde-gris que se extendía ante sus ojos. J. B. S. Kilpatrick, coronel al mando de la columna, levantó el cuello de su abrigo contra la inclemencia del tiempo y pensó en las madreselvas y en los ponches de ron de Texas, que había sido su último destino, mientras mantenía la mirada fija una milla delante de él, donde la avanzadilla de la columna se filtraba ahora a través de un bosquecillo de chopos, Al cabo de unos instantes, un jinete dio media vuelta y se acercó a galope tendido. Deteniéndose delante del coronel, le saludó marcialmente y le entregó el objeto que había motivado su regreso: una rama de sauce, a la cual había sido atado un trozo de tela roja.
—Estaba clavada en medio del camino, mi coronel.
—¡Ah! —dijo el coronel, haciendo girar la rama entre sus enguantados dedos—, La segunda advertencia. Esos sioux tienen imaginación. La rama significa una flecha, y la tela roja nuestros corazones.
El ayudante y un guía civil cabalgaban a su lado. El guía observó: —Esto es el centro del territorio sioux. No les gusta ver- nos llegar. —Bueno —dijo el coronel—, vigilaremos atentamente. Parece que entre
aquellos chopos discurre un riachuelo. Acam
paremos allí. —Se volvió hacia su ayudante—: Smith, ordene que esta noche doblen las guardias.
Detrás del coronel y su plana mayor, y detrás de los portaestandartes, cabalgaban setecientos jinetes, seguidos por la columna de suministros y, cerrando la marcha, por tres carromatos ocupados por las lavanderas.
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Gracie Hibben iba sentada en el alto pescante del último carromato, al lado del conductor. Desde aquel ventajoso puesto de observación veía las blancas lonas de los carromatos que subían y bajaban con los desniveles del terreno; veía a los cabos de pelotón ligeramente separados de la columna. A media milla de distancia y a cada uno de los flancos de la columna, dos espaciadas hileras de jinetes le recordaban que se encontraban en el corazón de un territorio hostil. Hacia el Norte, una opaca nube señalaba el lugar donde estaba cayendo la lluvia, y a su alrededor la tierra aparecía húmeda, indicando que había llovido recientemente. En una ocasión —una sola vez— se volvió a mirar hacia la sección que protegía la retaguardia, a cierta distancia de la columna. El sargento Ben Wyatt estaría hoy allí.
Debajo del toldo de aquel último carromato, el bebé de Mrs. Schmitt empezó a llorar. Mrs. Schmitt era la esposa de un sargento y el niño había llegado a su vida un poco tarde.
Gracie, que había manejado caballos desde su infancia, cogió las riendas de manos del conductor, el cual aprovechó la ocasión para obsequiarse con un trozo de tabaco de mascar, cosa que pareció despertar su locuacidad.
—¿Dónde está tu hogar, muchacha?
—En Texas.
—¿Por qué no estás allí?
—Tengo doce hermanos. La cabaña ha quedado pequeña para todos.
—Lavar para los soldados es un trabajo duro.
—No me importa.
El conductor, que era padre, ofreció su consejo:
—Ten cuidado con los soldados. Hay algunos que no son buenos.
La columna empezó a desplegarse para acampar. Los jinetes desmontaron y se dedicaron a montar las tiendas de campaña. Una patrulla instaló las tiendas de las lavanderas.
La sección de retaguardia se adelantó, dando por terminada su misión. Por el rabillo del ojo, Gracie Hibben vio pasar al sargento Ben Wyatt, un mocetón de seis pies de estatura, sin un gramo de grasa; llevaba su gorro de campaña tan echado hacia adelante sobre su cobriza cabeza que tocaba el puente de su nariz. Era el sargento más joven del regimiento, tenía mucha ambición y se creía lo suficientemente fuerte como para zurrar a cualquier hombre de su unidad. Miraba enfrente de él, pero Gracie pensó: «Me está viendo, pero finge que no se ha enterado de mi presencia.» Era una de aquellas cosas que una muchacha sabía.
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Las tres tiendas de las lavanderas formaban una corta hilera en el borde del campamento y la estufa de hierro estaba ya al rojo. El corneta de guardia envió una vibrante llamada al viento, y las fogatas de las cocinas de la tropa eran brillantes manchas de color, deshilachadas por el viento, contra la creciente oscuridad. Gracie entró en la tienda que compartía con las señoras Schmitt, Knorr y Crapsey. El reglamento se limitaba a decir que habría dos lavanderas por escuadrón, nada más, pero existía una regla no escrita según la cual sólo las esposas de los sargentos tenían acceso al empleo, y, en consecuencia, todas aquellas mujeres eran esposas de sargentos, a excepción de Gracie, la cual, por un arreglo especial, se había saltado la regla a la torera, ya que Gracie era soltera.
Cogió el niño de brazos de Mrs. Schmitt, lo envolvió en una manta y salió de la tienda, para contemplar cómo Mrs. Knorr preparaba la cena. Mrs. Knorr daba vueltas alrededor de la estufa, tratando inútilmente de mantenerse apartada del remolineante humo y maldiciendo en su pintoresco lenguaje de antigua cantinera. El toque de fajina vibró en el aire, y el cielo se cerró sobre aquel solitario núcleo de luz y bienestar, rodeado por mil millas de pradera vacía. Las mujeres comieron dentro de la tienda, debajo de un farol atado a una correa. Gracie sostenía al niño en un brazo, mientras Mrs. Schmitt reposaba en una silla de tijera.
Mrs. Schmitt dijo:
—Schmitt vuelve a tener asma de dormir con los pies húmedos. Se cree que es todavía un joven imberbe, como Ben Wyatt.
Las tres mujeres miraron a Gracie, todas interesadas por la misma idea. Eran mujeres casadas contemplando a una muchacha soltera y eligiendo por ella.
Mrs. Schmitt murmuró:
—Un jovenzuelo. Sería difícil de manejar.
Mrs. Knorr dijo:
—Con todo el regimiento para escoger, Gracie, puedes encontrar un hombre más formal. Te mira de un modo… que dista mucho de ser decente.
Gracie dijo:
—¿De qué otro modo podría mirar un hombre a una mujer si la desea? —¡Ah! —exclamó Mrs. Knorr—. ¿Y cómo te desea, Gracie? Ésa es la
cuestión.
Gracie inclinó la cabeza y sopló suavemente en la nuca del bebé, sin mostrar la menor turbación. Sería verdad que Ben Wyatt la miraba y demostraba su deseo, ya que al ser un hombre sus apetitos tenían mucha
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fuerza. Ella era una muchacha robusta y saludable, de brazos redondeados y mórbidos. Tenía unos pómulos algo salientes y rara vez sonreía; sus cabellos, negros y abundantes, caían a ambos lados de su cabeza partidos por una raya central. Cuando las mujeres terminaron de cenar, Gracie colocó al niño sobre la mesa de campaña y le cambió los pañales; emitía unos leves ruidos con la boca para distraer al pequeño, y luego lo puso en la cama de Mrs. Schmitt.
Mrs. Knorr dijo:
—¿Qué estás haciendo aquí con unas viejas? Él pasará dentro de un momento, como si paseara sin rumbo fijo. Procura que no se dé cuenta que te interesas por él.
Gracie Hibben se echó el abrigo por encima de los hombros y salió de la tienda. Mrs. Crapsey salió a su vez al cabo de unos instantes para lavar los platos, pero Gracie estaba entregada ya a aquella tarea. Lavó los utensilios de estaño y se los fue entregando a Mrs. Crapsey para que los secara, mirando de soslayo hacia el campamento.
Mrs. Crapsey volvió a entrar en la tienda. Gracie Hibben se quedó de pie junto a la estufa, calentándose las manos y oyendo a Mrs. Schmitt y a Mrs. Knorr gruñir mientras se acostaban en sus catres. Luego tomó la palabra Mrs. Crapsey y el murmullo de su voz sonó interminable. La oscuridad era casi absoluta y el viento soplaba con fuerza. Gracie oyó los pasos de un hombre que se acercaba, pero continuó junto a la estufa y no levantó los ojos hasta que el hombre estuvo a su lado. Era Dugald Brimmer, un soldado raso.
Brimmer dijo:
—Estamos muy lejos del hogar. ¿Se siente sola, Gracie?
Ella no podía verle el rostro claramente, pero sabía que sus ojos estaban escrutándola y que se preguntaba cómo era ella y qué táctica debía seguir un hombre. Algunos hombres eran elementales, como Ben Wyatt, y algunos se ocultaban detrás de sus palabras, como Brimmer. Hablaba con el lenguaje de un oficial y su pasado era mejor que el pasado de la mayoría de los soldados del regimiento, pero era un pasado que le turbaba y que le llenaba de ironía.
—No —dijo Gracie—, no me siento sola.
—Es usted —murmuró Brimmer— la imagen de la mujer morena que procrea la raza, receptiva y fecunda, inclinando a los hombres a su voluntad porque es usted una mujer…, porque sabe usted cómo son los hombres.
En la oscuridad resonaron unos pasos y la voz de Ben Wyatt sonó arrogante en el uso de su autoridad.
—Van a tocar silencio dentro de cinco minutos. ¿Qué diablos está haciendo aquí, Brimmer? Márchese inmediatamente a su tienda.
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—Cuando toquen silencio estaré allí.
—¡Márchese inmediatamente!
—Esos galones se le han subido a la cabeza —dijo Brimmer.
—¡Andando!
La risa de Brimmer resonó burlonamente mientras se alejaba. Gracie Hibben hundió las manos en los bolsillos de su abrigo y echó a andar lentamente más allá de las tiendas de las lavanderas. Wyatt iba a su lado, tal como ella había supuesto. Ben Wyatt dijo:
—Brimmer sabe lo que dicen las ordenanzas acerca de venir aquí. Voy a hacerle tragar el reglamento.
La cogió del brazo; era arbitrario y petulante en todo lo que hacía. El toque de silencio resonó a través del campamento, y el viento esparció cada una de sus notas. Más allá de las tiendas de las lavanderas un bosquecillo de chopos se erguía, pálido, contra la negrura de la noche; en el campamento, las luces fueron apagándose, una a una. Gracie se detuvo, esperando que su acompañante hablara. Mistress Schmitt había dicho: «Es demasiado joven para llevar los ga.- lones y siempre quiere hacer las cosas a su modo.» Todos los jóvenes eran impetuosos, pero Ben Wyatt era más impetuoso que la mayoría y resultaría más difícil de domeñar. Gracie se preguntó si Schmitt o Knorr, ahora tan formales y tan sensatos, habían sido como Ben Wyatt veinte años antes. Esperó, y se dio cuenta de lo que Ben Wyatt pensaba en aquel momento, y no se sorprendió cuando el joven la estrechó entre sus brazos y la besó.
La fuerza de su deseo estaba en sus brazos, y sus brazos la lastimaron. Así era como un hombre obraba con una mujer cuando la necesitaba. Ben Wyatt trató de atraerla hacia sí, pero Gracie apoyó las dos manos en el pecho del joven y le empujó con todas sus fuerzas, obligándole a retroceder.
Ben Wyatt la miró con el ceño fruncido.
—No te importa el beso —dijo.
—No me importa ese beso —replicó Gracie Hibben—. Buenas noches. Ben Wyatt giró bruscamente sobre sus talones y se alejó. Gracie Hibben
no estaba avergonzada ni disgustada, pero para ella existía una diferencia entre un beso y algo más que un beso. Ben Wyatt era un hombre muy joven que creía que todas las cosas conducían a un solo final; resultaría difícil de manejar.
Ben Wyatt se adentró por una de las calles del campamento y oyó un murmullo de voces en el interior de una tienda; oyó la risa de Brimmer. Asomó la cabeza por la abertura y dijo:
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—Ya hace rato que han tocado silencio.
Las voces enmudecieron repentinamente. Ben Wyatt continuó su camino hasta la tienda de los sargentos, instalada en uno de los extremos de la calle. Una vela ardía sobre un bote puesto boca abajo y Knorr, que compartía el catre de campaña, con Ben Wyatt, estaba sentado dentro de sus mantas y se desvestía lentamente.
—Huele a nieve —dijo Knorr.
Wyatt dejó su capote al lado de la cama, se quitó las botas y las colocó de modo que le sirvieran de almohada. Se deslizó debajo de las mantas, se quitó los pantalones, los dobló y los puso encima de las botas; luego se quitó la guerrera y, finalmente, el gorro de campaña. Knorr apagó la luz y dijo:
—¡Uno-dos-tres
Los dos hombres se volvieron al mismo tiempo. Una leve ráfaga de aire se coló a través de las mantas. Knorr dijo:
—Coge bien esas mantas, muchacho.
En el otro extremo de la tienda, los sargentos Schmitt y Crapsey estaban roncando. Wyatt murmuró, en tono irritado:
—Voy a darle una lección a Brimmer. Se ha reído de mis galones.
—Es posible que tengas razón, muchacho, pero has de aprender a no tratar a los hombres con demasiada dureza.
—Voy a zurrarle —insistió Wyatt.
—Siempre hay alguien a quien un hombre no puede zurrar. Tienes que aprender eso.
—Si no puedo zurrar a Brimmer —dijo Ben Wyatt—, renunciaré a mis galones.
El toque de diana quebró el silencio de una fría mañana, negra como la pez. Schmitt encendió la vela y gruñó:
—¡Arriba, gandules!
Ben Wyatt se incorporó en las mantas, se puso el gorro de campaña, la guerrera y el capote, terminando con los pantalones y las botas.
Knorr refunfuñó:
—Deja de moverte tanto, que pasa mucho aire.
Knorr era un hombre bajito, con los hombros y el torso de un buey, cabellos negros que empezaban a grisear y un rostro curtido e impasible.
El vaho de la respiración de Wyatt flotó en la encalmada atmósfera cuando formó con el escuadrón. Schmitt pasó lista con una voz cargada de sueño y fue a dar la novedad al capitán Eads. La oscuridad había dado paso a un amanecer grisáceo y diluido. El aire olía a humo y a café. Wyatt dijo:
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—Deje de moverse, Brimmer.
Oyó que Brimmer murmuraba algo, mientras contemplaba sus galones con una burlona sonrisa, y le hubiera propinado un puñetazo de no haber aparecido en aquel momento el teniente Strong.
En el otro extremo del campamento, Gracie tenía en brazos al niño de Mrs. Schmitt y contemplaba cómo eran desmontadas las tiendas. Los carromatos iban cargando los rollos de lona y los cacharros de cocina. Iban a tener un día sin sol. Un manto de nubes grises cubría el cielo, y a pesar de la actividad del campamento un extraño silencio planeaba sobre la tierra.
Las vibrantes notas del Boots and Saddles (1) resonaron a través del campamento y los escuadrones y la columna de carromatos formaron en orden de marcha. Gracie entregó el niño a Mrs. Schmitt y trepó al pescante del carromato. La columna se puso en movimiento. La banda del regimiento, en cabeza, seguía tocando.
A las diez, el guía dijo:
—En aquellas lomas, allí, a la derecha, solía haber un poblado.
—Smith —le dijo el coronel al ayudante—, envíe al capitán Wilkes y a su compañía hacia allí en misión de reconocimiento. —Y contempló la lomas' con una atención profesional. El escuadrón de Wilkes pasó junto a él a un trote sostenido y fue empequeñeciéndose en la distancia.
A mediodía, el regimiento echó pie a tierra para consumir un rancho en frío y reemprender la marcha inmediatamente.
El coronel relajó su voluminoso cuerpo sobre la silla.
—Smith —dijo—, ordene a la banda que toque Pop Goes the Weasel.
A las tres, el sargento del grupo de vanguardia se presentó al coronel con otra advertencia de los sioux.
—Esta vez es un poco distinta, mi coronel —dijo, señalando el largo mechón de cabellos rubios atado a un extremo de la rama.
—Desde luego —dijo el coronel, y mostró su desagrado por el trofeo entregándoselo a su ayudante.
El capitán Wilkes descendió de las colinas orientales con su patrulla. —El terreno está despejado. Yo diría que se marcharon ayer. —Muy bien —dijo el coronel, atusándose pensativamente
(1) «Botasillas»: Himno de la caballería norteamericana. las guías de su bigote. Se volvió hacia el guía—: ¿Cuántos indios habrá por estos alrededores?
—Cincuenta… o quinientos. ¿Quién puede saberlo?
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El coronel olfateó el aire, apoyó sus manos sobre la silla y estudió el cielo septentrional durante cinco largos minutos. Sobre la línea del horizonte se iba extendiendo una creciente negrura. Encima de aquella negrura parecían remolinear unas grisáceas tolvas de viento. Aquello era muy lejos, pero el coronel efectuó ciertos cálculos en su mente y miró detrás de él.
—Smith, haga que la columna se agrupe un poco más. Ahora parece el funeral de un irlandés.
Delante de él, al pie de las colinas, una faja de chopos revelaba la presencia de un riachuelo; y aquellos chopos formaban un buen refugio contra la ventisca que se estaba fraguando en el Norte. El coronel, que había pasado los mejores años de su vida en la frontera, recordaba la intensidad y la rapidez de aquellas tormentas septentrionales y tomó inmediatamente una decisión. Se volvió hacia el corneta:
—Avisa a los jefes de escuadrón para que lleven la fuerza hacia aquellos árboles. Acamparemos allí.
Ben Wyatt clavó la última de las estacas de la tienda de los sargentos en el arenoso suelo. Knorr levantó el palo central. Una ráfaga de viento cogió de lleno a la tienda y a Knorr, derribándolo todo. Wyatt se arrastró por debajo de la lona, conmovido por el cálido lenguaje de Knorr; entre los dos consiguieron colocar el palo.
Knorr dijo:
—Tú que estás tan orgulloso de tus galones…, a ver si le ordenas al viento que deje de soplar.
Cuando salió de la tienda, Wyatt se dio cuenta de que un caballo se había destrabado y trotaba hacia los chopos y el riachuelo contiguo. Wyatt echó a correr, notando la fuerza del viento contra sus costillas, atrapó al caballo y regresaba con él cuando vio a Brimmer que salía de entre los árboles con una brazada de leña. Wyatt le dijo:
—¡Lleve este caballo con los demás!
Tuvo que aullar para hacerse oír.
Brimmer sacudió la cabeza y gritó:
—¡Servicio de leña!
Sonrió, manifestando una vez más aquella ironía que estaba más allá del alcance de los galones de Wyatt.
Wyatt rugió:
—¡Llévese este caballo!
La sonrisa de Brimmer se convirtió en una mueca de insolente provocación. Dejó caer la leña y abrió sus piernas, plantando sólidamente los
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pies en el suelo. El viento silbaba furiosamente en las copas de los árboles y una rama rota cayó entre los dos hombres. Pero Ben Wyatt no se dio cuenta de nada; había algo que podía hacer con sus manos y avanzó, dispuesto a hacerlo. Brimmer le golpeó en la boca, riendo en voz alta. Brimmer volvió a golpearle. Wyatt notó que sus dientes se clavaban en la carne de sus labios. Recibió el siguiente golpe en la cabeza y descargó su puño izquierdo contra el estómago de Brimmer. Estaba tan caliente como el fuego, tan frío como el tiempo. No recibió ningún otro golpe; se movió hacia adelante, sin retroceder. Apuntó al rostro de Brimmer, que era un redondo y sonriente blanco.
Sus puños se estrellaron una y otra vez en aquel rostro, hasta que Brimmer se desplomó; incluso en el suelo, sus labios continuaron sonriendo burlonamente. Wyatt aulló:
—¡Levántate! ¡Voy a partirte la cara!
Brimmer giró sobre sí mismo y se apoyó en un codo, sin incorporarse.
Dijo:
—¡Ya lo has hecho! ¡Pero, vete al diablo! ¿Quién te has creído que eres, mequetrefe irlandés?
Wyatt experimentó el ciego impulso de pisotear a Brimmer. Pero nunca había utilizado sus pies contra un hombre, y a pesar de la ira que ardía en su cerebro, supo que nunca lo haría. Deseaba matar a Brimmer y borrar para siempre aquella estúpida sonrisa. Pero Ben Wyatt, que no era tonto, comprendió que, hiciera lo que hiciera, la sonrisa permanecería. Era algo que no podía alcanzarse con los puños, que no podía romperse con la fuerza; era como la suavidad en Gracie Hibben, que se dejaba abrazar por él pero no le daba absolutamente nada.
Había hecho saltar uno de los dientes de Brimmer, y estaba avergonzado de sí mismo, y no sabía por qué; aquella sensación resultaba más humillante que la regañina de un oficial delante de la compañía. Cogió el brazo de Brimmer y le ayudó a incorporarse. El caballo había desaparecido; la boca empezaba a dolerle.
Los hombres se dirigían hacia la cola del rancho, andando con las piernas muy abiertas para resistir la presión del viento, y todas las cosas movibles saltaban y repiqueteaban en un falso crepúsculo.
Knorr avanzaba con la cabeza inclinada contra el viento y se detuvo al ver a aquellos dos hombres con la historia de la lucha escrita en sus rostros. Knorr tenía cuarenta años, era un veterano en el servicio y en aquel momento tenía un humor de perros. Dijo:
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—¿No podéis mantener las manos donde deben estar? ¿No puedes tú, muchacho?
Era un hombre bajo, pero muy robusto, y su puño parecía una maza. Salió disparado contra la barbilla de Ben Wyatt, el cual se desplomó viendo mil lucecitas. Oyó que Knorr decía:
—Esto te ahorrará algún disgusto. Tenías que aprenderlo un día u otro. Wyatt se puso en pie, tambaleándose como un borracho. Abrió los ojos y
vio algo que le sobresaltó. La negrura avanzaba procedente del Norte como una sólida pared. Delante de ella era aún de día, pero detrás sólo parecía haber una sofocante oscuridad.
Aulló:
—¡Mirad!
Y volvió su cabeza hacia el convoy de carromatos. Señaló la línea de las tiendas de las lavanderas en su mente y echó a correr hacia ellas, inclinado contra el viento.
La negra pared le pisaba los talones, un objeto sólido a punto de caer sobre él. A su alrededor, los hombres corrían a sujetar a los inquietos caballos.
Una ráfaga de viento le hizo perder el equilibrio. Caído sobre su estómago, oyó que la tormenta golpeaba violentamente las tiendas, algunas de las cuales empezaron a derrumbarse. La oscuridad se presentó en un abrir y cerrar de ojos, y cuando Ben Wyatt consiguió incorporarse las tiendas de las lavanderas no estaban ya a la vista.
Echó a correr, pensando en Gracie Hibben, pero en aquel momento llegó a sus oídos el estallido de la voz de Schmitt, con tal tono de autoridad que Wyatt dio media vuelta, obedientemente, y se acercó a Schmitt.
Schmitt aulló:
—¡Coja algunos hombres y vaya a la tienda del coronel!
Ben Wyatt corrió por el pasillo que formaban las tiendas, acercándose a las figuras que trabajaban en medio de la oscuridad.
—No importa…, no importa. ¡Seguidme!
La nieve formaba ahora una densa pantalla. Grandes copos chocaban contra sus ropas y quedaban prendidos allí unos instantes, dejando una mancha oscura al caer. Ben Wyatt reunió su patrulla y avanzó entre las vagas formas de las tiendas derribadas hasta el final del pasillo, oyendo que el coronel maldecía sin que su tono revelara la menor excitación; la calma de su superior estimuló a Ben Wyatt mientras extendía a sus hombres alrededor de la tienda. Oyó que el coronel decía:
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—Smith, ordene que la línea de centinelas se aproxime más al campamento. No quiero perder a ningún hombre.
Knorr apareció repentinamente junto a Ben Wyatt. Dijo: —¿Qué opinas del ejército, muchacho?
Ben Wyatt consiguió levantar la tienda del coronel, con la ayuda de sus hombres, y la apuntaló con unos sacos de avena traídos de uno de los carromatos del convoy de suministros. A continuación despidió a su patrulla. La oscuridad no era ya tan intensa, aunque la tormenta seguía rugiendo furiosamente. Ben Wyatt se detuvo en la hilera de tiendas de los oficiales para orientarse. El pasillo corría de Norte a Sur. La tienda de Gracie Hibben estaba al Sur, y el viento soplaba del Norte. Echó a andar pegado a las tiendas, viendo a los hombres que luchaban con las lonas, oyéndoles maldecir. Avanzó trabajosamente, con la intención de llegar a la tienda de Gracie Hibben, sintiendo aumentar su preocupación a cada paso.
Un caballo apareció entre la brumosa atmósfera. Wyatt agarró la estaca que arrastraba el animal, pero el caballo dio un violento tirón y siguió corriendo. Por un instante, Wyatt había tenido en su mano la estaca a la cual estuvo trabado el caballo, y mientras se deslizaba entre sus dedos vio que había sido cortada. Se ladeó ligeramente, a fin de que el viento no le diera de lleno en la espalda. ¿Quién había cortado aquella estaca?.
Un segundo caballo pasó trotando junto a él. En alguna parte, un hombre gritó con todas sus fuerzas —un grito más fuerte y más imperioso del que cualquier hombre daría a menos que estuviera poseído de un pánico cerval—, e inmediatamente después del grito se oyeron varios disparos. Ben Wyatt echó a correr hacia la tienda de los sargentos y cogió su carabina. Schmitt estaba aullando desaforadamente, y a lo largo de todo el pasillo los hombres corrían de un lado para otro, cogidos por una estampida de enloquecidos caballos.
Ben Wyatt vio una forma que avanzaba muy agachada en medio de la oscuridad; de pronto, aquella forma levantó la cabeza y Wyatt distinguió claramente un penacho de plumas. Luego, los ojos de un indio surgieron de la pantalla de nieve, negros y brillantes como abalorios. La boca del indio se abrió, gritando algo, y el salvaje saltó sobre Ben Wyatt, haciendo girar una maza por encima de su cabeza.
Wyatt dio un rápido salto de costado, al tiempo que apoyaba el cañón de su carabina en el estómago del indio. Disparó, y vio que el rostro del salvaje se contraía en una mueca horrible. El indio se desplomó, aullando, y Ben Wyatt quedó cogido por la corriente de caballos que ahora llegaban por aquel
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pasillo. Al amparo de la tormenta, los sioux se habían arrastrado hasta el campamento y habían cortado las estacas a las cuales estaban atados los caballos; y en alguna parte, un grupo de salvajes empujaba a los caballos a través del campamento.
Wyatt cogió la brida de un caballo y trató de apartarlo de la corriente de sus compañeros. En aquel momento resonó un disparo y el caballo cayó sobre sus cuartos traseros, relinchando dolorosamente, Wyatt saltó a un lado. Muy cerca de él oyó la voz de su capitán.
—¡Escuadrón! ¡Aquí!
Aquella voz de mando, pensó Wyatt con la preocupación de un joven sargento por el correcto estilo militar, no figuraba en las ordenanzas, pero se alegró de oír la voz del capitán y trató de abrirse paso a través de los enloquecidos caballos. Cuando oyó el segundo aullido del capitán la manada había quedado detrás de él y los disparos restallaban como ramas de chopo en todo el campamento. En alguna parte, el sargento Schmitt daba órdenes a voz en grito. El caballo de Crapsey —identificado por una mancha negrísima en su blanca cabeza— pasó junto a Wyatt. Detrás del caballo del sargento los ojos color ágata de un potro indio se precipitaron contra él.
Ben Wyatt levantó su carabina a tiempo para desviar el cañón de un rifle que le apuntaba. Una enorme explosión estalló contra su oído derecho, y un indio se dejó caer rápidamente sobre el otro lado del potro para eludir el disparo de Wyatt. La bala de Wyatt se perdió entre la tormenta; empuñando la carabina como una maza, la descargó sobre la figura tendida en el potro. En aquel momento, todos los indios de Dakota surgieron a través de la cortina de nieve y se precipitaron contra Wyatt.
Wyatt aulló:
—¡Escuadrón! ¡Aquí!
Ben Wyatt empezó a disparar salvajemente hasta que su carabina quedó vacía, y entonces la hizo girar como una maza por encima de su cabeza; el violento golpe del rifle de un indio se la arrancó de las manos. Ben Wyatt agarró la pierna de aquel indio y le derribó del caballo.
—¡Escuadrón! ¡Aquí!
Notó el cálido aliento del indio en su rostro; levantando rápidamente la pierna derecha, le propinó un rodillazo en el bajo vientre, se apoderó de su rifle y le golpeó dos veces con él, descargando la culata contra la barbilla del indio y oyendo el chasquido de huesos rotos. Los cascos de un caballo le golpearon en las costillas, cayó a un lado, trató de ponerse en pie y volvió a caer derribado por el pecho de otro caballo. Rodó sobre sí mismo y levantó la
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cabeza a tiempo para ver una leve sombra que le caía encima. Algo aterrizó sobre su cabeza con un terrible rugido y su cuerpo pareció extenderse hasta alcanzar una longitud de cuarenta pies; y a continuación quedó muerto para el mundo…
Alguien dijo: .
—¡Eh, sargento!
Ben Wyatt luchó a través de una presión enorme, aplastante; sus pulmones ardían y notaba en la boca un desagradable sabor a azufre. Su corazón latía tumultuosamente. Una mano le agarró por el hombro y tiró de él hacia arriba. Ben Wyatt se encontró en pie, con los ojos abiertos; luego, su visión se aclaró y vio delante del suyo el rostro de Brimmer.
Brimmer dijo:
—¿Está usted herido?
—No —gruñó Ben Wyatt.
Sus piernas temblaban y tenía la boca llena de sangre. El brazo de Brimmer evitó, que cayera; y el pensar en la fuerza del otro hombre le llenó de rencor.
Los caballos y los sioux habían desaparecido, pero seguían resonando disparos, en la parte norte del campamento, más allá de las tiendas de las lavanderas. Ben Wyatt rechazó el brazo de Brimmer y echó a andar en aquella dirección, pero las piernas le temblaban y hubiera caído de nuevo si Brimmer no llega a cogerle. Brimmer se echó a reír.
—¡Ahora sabrá lo que se siente, testarudo irlandés! ¡Ahora tendría que aprovecharme y devolverle la paliza!
Brimmer le sostuvo mientras Ben Wyatt, completamente desconcertado, pensaba que aquel hombre sentía simpatía por él, a pesar de lo que había sucedido. Pero inmediatamente pensó en Gracie Hibben. Se apartó de Brimmer, azotado por el viento que le daba en la espalda. Brimmer dijo:
—¿Adonde va usted?
Y le siguió.
Los disparos fueron espaciándose a medida que avanzaba. Un cabo pasó junto a él conduciendo cuatro caballos. A través de la tormenta vio otras vagas formas que regresaban al campamento.
Las tiendas de las lavanderas estaban al final de uno de los pasillos. Ben Wyatt se pasó la lengua por los resecos labios. Notaba unos extraños latidos a lo largo de una raya diagonal que iba desde su ojo izquierdo a su oreja derecha, y se sentía sin fuerzas para luchar contra la corriente del viento. Contó treinta pasos y giró a la izquierda. Brimmer se había desvanecido, en
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respuesta al aullido de Schmitt desde el otro extremo del campamento. Wyatt tropezó con el borde de una tienda caída, se arrodilló y, apoyando las manos en el suelo, se arrastró a través de la lona sin sentir nada vivo debajo de ella. Avanzó hasta que hubo contado tres tiendas —las tiendas de las lavanderas—, se puso en pie y tendió el oído al viento. El tiroteo había cesado y el día era un poco más claro, aunque seguía cayendo la nieve.
Wyatt giró hacia el Norte. Respiraba penosamente y las piernas se negaban a sostenerle; nunca había estado enfermo, nunca le había temido a nada, nunca le habían fallado las fuerzas, pero cuando se alejó de las tiendas para avanzar a través de un mundo completamente vacío, experimentó un temor que fundió toda su arrogancia; y comprendió algo que no había comprendido hasta entonces: la expresión de infinito cansancio que asomaba a los ojos de los soldados más viejos al final de una larga marcha. Uno no podía depender eternamente de su fuerza; y aquélla fue la idea más dura y más desconcertante de toda su vida. Contó quince pasos y se detuvo. Los carromatos tenían que estar más cerca. Giró a la derecha, vio una sombra y avanzó hacia ella, hasta agarrarse al extremo posterior de un carromato. Gritó:
—¡ Gracie1
—¿Quién es?
Wyatt trepó penosamente a la caja del carromato. Desde la parte delantera llegó la voz de Gracie Hibben.
—¡Estás herido, Ben!
—No —gruñó Ben Wyatt, y se arrastró hacia adelante hasta que vio a Gracie Hibben y al niño tendido a su lado y cubierto con sacos de yute.
Gracie dijo:
—¿A qué has venido aquí?
—¿Estás bien?
—¿Por eso has venido?
Wyatt dijo:
—Hace frío aquí. —Se incorporó sobre sus rodillas y se quitó el capote. Se lo tendió a Gracie y vio la pálida redondez de su rostro—. Bueno —dijo—, tengo que marcharme. El campamento está patas arriba.
Gracie abrió sus brazos y un instante después Ben Wyatt se apoyaba contra el cálido seno de la muchacha. Permaneció completamente inmóvil, preguntándose los motivos de lo que estaba sucediendo. No había pedido nada, ni había tratado de tomarse nada…, y ahora Gracie le estrechaba contra su corazón. Se acordó de Brimmer. Algunas cosas no pueden conseguirse tomándolas a la fuerza: llegan sin necesidad de eso.
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La dulce presión de los brazos de Gracie era un consuelo; era algo que le hacía sentirse mejor. Levantó ligeramente la cabeza, y vio los ojos de Gracie, y se inclinó a besarla. La suavidad de aquel beso hizo exclamar a Gracie:
—Asi es como quería que lo dijeras, Ben.
Ben Wyatt inquirió:
—¿Cómo?
—Vuelve cuando puedas, Ben —dijo Gracie, y le contempló mientras se deslizaba fuera del carromato.
Gracie Hibben arropó cuidadosamente al niño. Luego se sentó, con la espalda apoyada en la caja del carromato y los brazos alrededor de las rodillas, sonriendo a lo que ahora sabía.
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MACQUESTION CABALGA
ERNEST HAYCOX
C UANDO Matt MacQuestion cruzó la garganta del paso y se detuvo a mirar el rancho que se alzabá debajo, había recorrido ya
cuidadosamente las colinas de los alrededores, y estaba casi convencido de que el hombre que buscaba —un tal John Doe, cuyo rostro no había visto nunca— había buscado refugio allí.
Mientras descendía la ladera, Matt MacQuestion lo observaba todo con la perspicacia de un viejo cazador. Un cielo congestionado de nubes oscurecía el día, y el viento soplaba furiosamente contra los árboles, presagiando tormenta. A los oídos de MacQuestion llegó el leve sonido del triángulo del rancho, anunciando el mediodía; un par de jinetes descendió apresuradamente la ladera opuesta, en dirección a la casa. Cuando MacQuestion detuvo su caballo junto al porche, salió un hombre robusto y de rostro rojizo del interior de la vivienda.
—¡Apéese y entre! —gritó, para hacerse oír entre el rugido del viento—. ¡Vaya un día para cabalgar! ¡Lonny! ¡Lleva el caballo de este hombre al establo!
Pero el jinete permaneció sobre su montura hasta que hubo observado las necesarias formalidades.
—Me llamo Matt MacQuestion —dijo—, y soy el sheriff del condado. —He oído hablar de usted, y me satisface muchísimo poder ofrecerle mi
casa —dijo el ranchero—. Soy French Broa- drick. Llega usted a tiempo para comer. Pero, apéese, sheriff, apéese. Si continúa ahí parado va a pillar una pulmonía. ¡Lonny, llévate el caballo!
MacQuestion desmontó, entregó el caballo a un vaquero y siguió a Broadrick al interior de la casa. Mientras se despojaba del impermeable y del sombrero, Broadrick cerró la puerta. El fragor de la tormenta se apagó. Una lámpara colocada sobre una mesa proyectaba franjas de luz color topacio contra las falsas sombras, y en alguna otra parte de la casa se oyó un
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entrechocar de platos. Broadrick se frotó las manos delante de él con evidente satisfacción, y aunque ahora no tenía necesidad de levantar la voz contra la tormenta, sus palabras resonaron como el chasquido de un látigo en el silencio.
—Me complace muchísimo tenerle como huésped, sheriff. Nuestros caminos se han cruzado con frecuencia, pero ésta es la primera vez que le veo a usted en carne y hueso. Enfrente mismo de usted está la puerta del comedor.
El sheriff cruzó la puerta y se detuvo, convirtiéndose inmediatamente en blanco del escrutinio de ocho hombres y una muchacha sentados alrededor de una mesa; y mientras permanecía allí en pie su aspecto distaba mucho de sugerir a un representante de la ley que había pasado la mayor parte de su vida en una región sumamente turbulenta. Vestido de negro, parecía un amable oficinista. Aunque era alto, producía una impresión de fragilidad, tal vez a causa del leve encorvamiento de su espalda. Sus muñecas eran delgadas, tenía las concavidades del cuello y de las mejillas muy acentuadas, y un bigote de guías caídas daba un aire melancólico a sus facciones. Sus ojos eran azules,
—Éstos son mis peones —dijo Broadrick—. Y mi hija, Marybelle.
Muchachos, el sheriff. A ver si os portáis bien. Sheriff, aquí, a mi derecha.
MacQuestion se inclinó ligeramente y se sentó, observando el repentino brillo de interés que asomó a los ojos de los hombres sentados a la mesa cuando fue mencionada su profesión. La muchacha sentada enfrente de él sonrió, y aquella sonrisa, al iluminar su rostro ingenuo e infantil, le ganó la inmediata adhesión de MacQuestion. La muchacha no tenía más de veinte años, y la tristeza del mundo del sheriff no la había alcanzado aún. Sus cabellos eran rubios, y las rotundas líneas de sus hombros y de sus senos sugerían la existencia de un fuego vital que algún día estallaría con fuerza incontenible.
—¿Quién ha podido ser lo bastante malo como para hacerle salir a usted con un tiempo tan desagradable, sheriff? —inquirió la muchacha.
—Los forajidos —dijo el sheriff— se aprovechan siempre del mal tiempo.
—¿Está usted persiguiendo a alguien? —preguntó French Broadrick.
MacQuestion notó el repentino silencio que se hizo alrededor de la mesa. Y como era por temperamento un jugador de póquer en un oficio que exigía la astucia y la estrategia del póquer, dejó que sus palabras cayeran claramente en aquel silencio.
—Estoy buscando a un hombre que pasó por aquí hace cosa de una semana, montando un caballo pernituerto de color canela.
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El silencio se prolongó. No hubo ninguna reacción entre aquellos hombres, a pesar de que la mirada de Matt MacQuestion recorrió inesperadamente la mesa, inquisitiva. French Broadrick le pasó la bandeja de la carne al sheriff, al tiempo que inquiría:
—¿Qué delito ha cometido ese hombre? —Asesinato —dijo el sheriff bruscamente.
—¿Asesinato? —gruñó Broadrick, poniéndose serio—. ¿Ha dicho usted asesinato? —Sus anchos hombros avanzaron hacia el sheriff—. ¿Un homicidio justificado? Hay una diferencia entre las dos cosas.
El sheriff estuvo a punto de explicar el caso, pero dominó el impulso. Ya que en aquel momento supo que la lógica y el instinto se habían encontrado, en una de sus raras coincidencias. Su hombre estaba en el rancho; más aún, su hombre estaba en el comedor. El conocimiento no le llegó a través de los rostros de los vaqueros estólidamente sentados a su alrededor. Le llegó a través de Marybelle Broadrick. Al oír la palabra «asesinato», la muchacha se había estremecido visiblemente. Levantó la cabeza para mirar a alguien, pero inmediatamente volvió a dejarla caer como advertida por una voz interior de que aquello podía comprometer.
French Broadrick frunció el ceño.
—¿Asesinato, u homicidio justificado, sheriff? —preguntó,
—El caso podría prestarse a discusión —mintió seriamente MacQuestion. Los ojos de la muchacha se alzaron hasta él, iluminados por una leve
esperanza.
—¿Cómo se llama ese hombre? —insistió Broadrick.
—En la orden de detención aparece como John Doe.
—¿Es que no le conoce usted? —dijo Broadrick, sorprendido.
—No le he visto nunca. Es una caza a ciegas detrás de un desconocido. Pero las pruebas circunstanciales contra él son de mucho peso, y hay un par de hombres que le vieron desde lejos cuando huía.
—¿Cómo diablos espera usted encontrarle? —quiso saber Broadrick.
—El caballo es un elemento.
—Puede haberlo cambiado por otro —objetó Broadrick. —Llevaba unos pantalones color nogal —murmuró MacQuestion. —Probablemente los tiró —dijo Broadrick—. ¿Qué es lo que queda?
Nada, en mi opinión. No me gustaría tener que perseguir a un hombre con una información tan vaga como ésa.
—Queda un detalle por mencionar —dijo el sheriff lentamente y en un tono que provocó un aumento de la tensión en el comedor—. Cuando
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llegamos al escenario del crimen encontramos a la víctima muerta, sin posibilidades de que hablara. No había testigos ni mensajes. Pero a unos pies de distancia del cadáver había un rastro de sangre que discurría a lo largo de las rocas: aquel día no había llovido. El rastro se perdía en el lugar donde empezaban las huellas de los cascos de un caballo. ¿Comprende? La víctima alcanzó a su asesino con un disparo, antes de morir, y dondequiera que se encuentre el tal John Doe, tendrá una herida de bala que nada podrá borrar de su cuerpo.
Se produjo un breve silencio. La muchacha miró de nuevo a Matt MacQuestion y el sheriff captó una evidente hostilidad en los ojos femeninos, lo cual mejoró inmediatamente el concepto que se había formado de la hija del ranchero. Marybelle Broadrick era leal por naturaleza y su lealtad, una vez concedida, era inquebrantable. Cerraría los ojos a todo, para bien o para mal.
Eso, por lo menos, era lo que suponía el sheriff…, y experimentó una admiración más profunda hacia ella. French
Broadrick se aclaró la garganta, mirando por encima de las cabezas de sus hombres.
—Bueno, eso será suficiente para atribuirle la muerte de
ese hombre.,. Pero, si nadie presenció los hechos, nadie sabe por qué se produjeron, ni si fue un acto de justicia. Y usted no ha cogido todavía a su hombre, sheriff.
—El rastro —dijo MacQuestion quedamente— conduce hacia aquí.
Su café se había enfriado. Todo el tiempo había estado explorando la mesa, y a cada sucesiva mirada descartó a uno y otro vaquero de su mente. Para vivir al margen de la ley eran necesarias cierta dureza de fibras y cierta personalidad. La mayoría de aquellos vaqueros eran de mediana edad, y no resultaba difícil conjeturar, que llevaban mucho tiempo trabajando como peones y qué carecían de los impulsos de un pistolero. Pero una pareja de jóvenes sentados al otro extremo de la mesa le llamó poderosamente la atención. Uno de ellos era alto, delgado, con los cabellos rojos como una llama y una notable coordinación de músculos y nervios que se hacía evidente en cada uno de sus nerviosos movimientos. El otro permanecía estólidamente inmóvil, moreno y vigoroso, con estampa de luchador. Mientras estudiaba a aquellos jóvenes, oyó que Broadrick daba por terminada la comida.
—Esta tarde trabajaremos en los cobertizos —dijo el ranchero. Poniéndose en pie con los demás, MacQuestion dejó que sus ojos
siguieran a los vaqueros más allá de una puerta del comedor, mientras desfilaban hacia un patio empapado por la lluvia. El pelirrojo andaba
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lentamente y descendió los peldaños con cierta rigidez. El joven más robusto cerraba la marcha; mirando atrás, captó la mirada del sheriff y cerró la puerta rápidamente después de haberla cruzado. Algo en su gesto pareció indicar que trataba de proteger al pelirrojo de la curiosidad del sheriff.
MacQuestion siguió a su anfitrión a otra habitación en la cual ardía un alegre fuego; acercándose al hogar, se colocó de espalda a las llamas. La muchacha había desaparecido. Broadrick se movía de un lado para otro, y por la expresión de su rostro podía adivinarse que estaba luchando con una idea difícil. De repente, se detuvo delante del sheriff, hablando bruscamente:
—No ha contado usted toda la historia. ¿Cuál es el resto de ella?
El sheriff se volvió hacia el fuego y contempló fijamente las llamas.
Luego dijo:
—Durante mi vida, he tenido con mucha frecuencia el futuro de un hombre en mis manos. No resulta fácil representar el papel de juez, y no digo que siempre haya decidido rectamente. Los errores que he podido cometer pesan a veces sobre mi conciencia. Por eso me he acostumbrado a actuar con menos precipitación. Cualquier novato puede llevar a cabo una detención. Lo difícil es saber cuándo no hay que hacerlo.
El rostro de Broadrick tenía una expresión sombría.
—Si ese John Doe es lo que usted dice, ¿dónde está el problema?
—A menos que esté equivocado, ahora no es la única persona a tener en cuenta —dijo el sheriff.
French Broadrick se mordió el labio inferior.
—Comprendo cómo se ha ganado su reputación —murmuró—. Es usted un perro viejo, MacQuestion.
El sheriff asintió, sabiendo que Broadrick se había hecho cargo de la situación. Sabía, también, que el ranchero, pasara lo que pasara, no denunciaría nunca al hombre perseguido. Era una de las leyes más antiguas del Oeste: no traicionar la hospitalidad que se había concedido. Si se presentaban dificultades, Broadrick estaba dispuesto a resolverlas a su modo, dentro de los límites del rancho. Comprendiéndolo así, MacQuestion fue en busca de su impermeable y su sombrero.
—Voy a ocuparme de mi caballo —explicó, y cruzó el comedor para salir al patio.
Cuando bajaba los peldaños, oyó la voz de la muchacha, levantándose desde otra parte de la casa, preocupada y chillona. El establo se encontraba enfrente de él; a la izquierda se alzaba el dormitorio de los vaqueros, donde los peones reposaban la comida. A la derecha del establo veíanse los corrales
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con algunos caballos sueltos; pero, a pesar de lo mucho que esforzó la vista, la cerrazón del día inutilizó los esfuerzos del sheriff para tratar de localizar a un caballo zanquilargo, color canela. Entró en el establo, encontró un trozo de arpillera limpia y empezó a frotar a su caballo.
Dejando a medias aquella tarea, salió del establo y se encaminó al dormitorio de los vaqueros, a través de cuyas ventanas brillaba la empañada luz de una lámpara. Después de llamar a la puerta con los nudillos —no deseaba sorpresas todavía—, la abrió y entró en un alojamiento similar a otros millares a través del país.
Un joven vigoroso salió de una de las literas inferiores diciendo gravemente;
—Siéntese, sheriff.
—Gracias, pero prefiero estar de pie —fue la cortés respuesta de MacQuestion—. Me he pasado todo el día sentado sobre la silla de mi caballo.
—Y hace un tiempo muy malo para cabalgar —dijo el joven, con un evidente deseo de hacerse agradable.
—No puedo escoger —replicó el sheriff, dejando vagar su mirada por el dormitorio.
Todas las literas bajas estaban ocupadas, pero las superiores aparecían vacías, excepto una, en la cual se encontraba el pelirrojo, tumbado de espaldas. El pelirrojo miraba fijamente al techo, con un cigarrillo en la comisura de la boca, y sin volverse hacia el sheriff murmuró irónicamente:
—Los forajidos tendrían que ser más considerados con los representantes de la ley.
—Bueno, Red —dijo el sheriff—, mientras sean lo bastante considerados como para dejar huellas detrás de ellos, no me preocupa el tiempo.
—¿Las dejó el hombre que usted busca? —inquirió el pelirrojo, sin hacer ningún comentario al hecho de que el sheriff le hubiera aplicado un apodo.
—Sí.
—Un imperdonable descuido por su parte —dijo Red—. Debe ser un novato.-
—No tardaré en saberlo —dijo MacQuestion, y el silencio volvió a caer sobre el dormitorio: silencio de hombres conteniendo sus lenguas.
—Ya es hora de volver nuevamente al trabajo —dijo el joven robusto. Abrió la puerta y salió del dormitorio. Los otros vaqueros fueron
levantándose y le siguieron lentamente. Red giró sobre sí mismo, se cogió a la baranda de la litera y se deslizó cuidadosamente hasta el suelo; por un instante
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miró al sheriff, sonriendo descaradamente. No era un hombre guapo. Tenía un rostro demasiado anguloso y los ojos demasiado juntos. Pero debajo de aquella superficie había una personalidad inquieta, dominante y muy segura de sí misma. MacQuestion captó el reto implícito en aquella sonrisa.
—¿Era un hombre malo, sheriff? ¿Realmente malo?
—Eso es lo que me estoy preguntando, Red —dijo el sheriff—. Y espero descubrirlo.
Red dio media vuelta y salió del dormitorio, con una leve rigidez en su andar. MacQuestion paseó lentamente alrededor del dormitorio, viendo todo lo que había que ver. Una inspección innecesaria, porque conocía ya la identidad de John Doe.
«Es Red, desde luego —murmuró—. El otro muchacho con cara de bueno está descartado.»
Pero, extrañamente, el final más o menos concretó de su investigación le dejó sin la habitual excitación, sin los impulsos preliminares a la captura. Y cuando se detuvo en el abierto umbral de la puerta otro incidente presenciado a través de la cortina de lluvia vino a sacudir el equilibrio de su mente. En uno de los porches laterales de la casa, Marybelle Broadrick estaba en pie al lado de Red, con la mirada levantada hacia él y hablando con rápidos gestos de sus manos. Red estaba sonriendo. La sonrisa se hizo más amplia y el joven sacudió la cabeza; apoyó una mano en el hombro de la muchacha, de un modo que al sheriff le pareció posesivo y confiado. La muchacha retrocedió ligeramente y Red, dando media vuelta, cruzó el patio y entró en un cobertizo. MacQuestion, deseoso de encontrar una respuesta al problema que torturaba su mente, se dirigió también hacia el cobertizo. No le importaba perder una hora o un día. Había cosas tales como el amor al prójimo, incluso por encima de la justicia, que tenían más importancia. De modo que, entrando en en el cobertizo, contempló con paciente interés cómo trabajaban los vaqueros.
Estaban reparando uno de los carromatos del rancho en una especie de ordenada confusión. En la fragua, uno de los vaqueros martilleaba un hierro al rojo. Otro cepillaba una tabla. El capataz, por su parte, había asumido una tarea más pesada. Situado debajo de la caja del carromato, empezó a levantarlo empujando hacia arriba con la espalda, todos sus músculos hinchados por el esfuerzo. Junto a él, un vaquero trataba de deslizar un gato bajo el eje; pero la caja era demasiado pesada y, saliendo de debajo de ella, el capataz miró a su alrededor buscando a alguien que no estuviera ocupado en aquel momento. Sus ojos se posaron en el pelirrojo, apoyado indolentemente
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en uno de los postes que sostenían el cobertizo, y el sheriff le vio fruncir el ceño. Pero sólo fue un instante; el capataz llamó a otro vaquero:
—Bill, ven a echarme una mano.
El pelirrojo se dio cuenta de que había sido pasado por alto. Dirigiéndose a los otros miembros del equipo, dijo:
—Parece que los poderosos músculos de nuestro jefe se están debilitando.
—Pero no mi lengua —observó el capataz, suavemente.
—Quieres decir que la mía se mueve demasiado, ¿eh? —murmuró Red, sonriendo irónicamente—. Muchacho, tendrías que haber aprendido ya que el músculo es barato y el cerebro escasea. Cualquiera puede sudar, pero muy pocos son capaces de discurrir bien.
El llamado Bill se había acercado al carromato para ayudar al capataz, pero éste permaneció inmóvil, mirando a Red con el entrecejo fruncido.
—Es posible —dijo lentamente—. Lo importante sería saber adonde nos conduce el discurrir.
MacQuestion salió del cobertizo y regresó a la casa, con la cabeza inclinada contra la lluvia.
«Pudo haberle pedido a Red que arrimara el hombro a aquel carromato. Pudo haber hecho sufrir a Red con su pierna herida, de modo que yo me diera cuenta de ello. Pero no lo hizo, a fin de no comprometerle. Y, ¿cómo se lo ha pagado Red? Mofándose de él. Sabe que son demasiado nobles para traicionarle, y abusa de la situación. Temerario… y estúpido. Ha cometido una mala acción, pero aún tendría la oportunidad de regenerarse, si quisiera. Resulta difícil decir cómo le afectaría la muchacha, si la obtuviera. Podría hacerle andar por el camino recto, pero lo más probable es que él la obligara a descender a su propio nivel. Ahora está rodeado de una especie de aureola… y eso es lo que atrae a la muchacha.»
Cuando entró en la sala de estar la encontró vacía. Cansado de cabalgar, se hundió en un butacón de cuero y se quedó dormido. Al despertar, la habitación estaba más oscura y el rumor de la tormenta se había hecho .más intenso. En el porche delantero hablaban dos personas y sus voces llegaban claramente hasta él. La muchacha estaba diciendo excitadamente:
—Sé que no le despedirías. Tú no eres de esa clase de hombres, Lee. Sólo te he preguntado lo que opinabas de él, ahora que el sheriff nos ha contado la historia.
—¿Por qué me lo preguntas a mí? —replicó la voz del capataz, brusca y furiosa—. ¿Qué importa lo que yo pueda opinar? No soy su guardián.,, ni el tuyo.
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—Entonces, ¿la cosa no significa nada para ti? ¡Mírame a la cara y dime eso!
—Uno de los dos está equivocado, Marybelle. Es lo único que puedo decirte. He sido leal con Rover, a pesar de que desde que él llegó las cosas han cambiado para mí. Y no para mejorar, precisamente. Si te gusta, es asunto tuyo. Con tu pan te lo comas. Pero no me pidas mi opinión.
La muchacha dijo:
—¡No soy una chica voluble, Lee! Rover me gusta…, pero quiero saber lo que los hombres opinan de él. ¿Es que no puedes comprender que el corazón de una mujer tiene sus dudas?
—Será mejor que te decidas. No pienso continuar en el rancho si él se queda. No congeniamos.
—¿Serías capaz de marcharte, Lee?
—Desde luego. Si le prefieres a él no voy a quejarme. Pero me iré… en cuanto el sheriff se haya marchado.
Hubo un prolongado silencio, interrumpido al fin por la muchacha.
—No sabía que te importaba tanto, Lee. Ni siquiera que te importaba.
Nunca me has dicho nada.
—¡Santo cielo! ¿Dónde tienes los ojos, Marybelle?
—Buscaban algo que no han podido encontrar hasta este momento, Lee. Los dos jóvenes se alejaron. MacQuestion consultó su reloj y vio que eran
más de las tres. Poniéndose en pie, recogió su sombrero y salió al porche, añadiendo nuevo combustible a sus pensamientos.
«El capataz tenía muchas posibilidades hasta que llegó Red. La muchacha quedó impresionada por su fuerte personalidad. Pero no está enamorado de él… todavía.»
En aquel momento, un par de hombres cruzaban el patio transportando una cepa de carromato. El pelirrojo iba delante, cojeando visiblemente. En un momento determinado se volvió y le gritó algo al otro vaquero, el cual dobló la cepa en un ángulo distinto. El pelirrojo tropezó, soltó la cepa y se acercó al otro hombre. Su rostro tenía una expresión de rabia, visible incluso a través de la lobreguez del día, y sus labios profirieron una palabra soez. Deliberadamente, abofeteó al vaquero con las dos manos y se marchó. MacQuestion volvió a entrar en la casa, gruñendo:
«Nunca se ablandará. Eso es lo que la muchacha no ve. Acabará por destruirla. ¿De qué sirve un cerebro brillante, si el corazón está podrido?»
French Broadrick entró en la casa, con el impermeable chorreando agua. Marybelle salió de la cocina, esbelta y graciosa contra la luz de la lámpara. Al
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verla, la mente de MacQuestion se cerró como una bóveda sobre todo lo que había llegado a su conocimiento aquella tarde.
—Voy a marcharme —anunció, yendo en busca de su impermeable. —¿Con este tiempo? —inquirió Broadrick—. Espere a que aclare. Hasta
mañana, al menos.
—He perdido ya demasiado tiempo —dijo MacQuestion—. Tengo que regresar a Sun Ford, donde me esperan tareas más importantes. Gracias por su hospitalidad.
Broadrick le miró con expresión interrogadora, como si no se resignara a dar el asunto por terminado. Marybelle permanecía silenciosa junto a la puerta de la cocina.
—Me preguntó usted si era homicidio justificado o asesinato —continuó el sheriff—. Voy a decírselo. El tal John Doe estaba en las colinas, tratando de llevarse unas reses que no le pertenecían. Apareció el dueño de las reses, y John Doe hizo una cosa lógica: disparar contra él. Recibió un balazo en una pierna, pero su primer disparo derribó a su adversario, el cual quedó tendido en el suelo, vivo. Y entonces John Doe hizo lo que sólo haría un asesino por temperamento. Acercándose más, remató al caído de un tiro en la nuca. Personalmente, creo que eso es un asesinato.
La muchacha apretó fuertemente los puños y suspiró. MacQuestion se inclinó y se dirigió hacia la puerta, seguido de Broadrick. Fueron juntos hasta el establo, donde Mac
Question ensilló a su caballo. Cuando se disponía a salir del establo,
Broadrick rompió el prolongado silencio:
—Es usted un perro viejo, MacQuestion. Ahora no me extraña que hablen de usted como hablan. Hasta la vista, y que Dios le bendiga.
—Hasta la vista, Broadrick —dijo MacQuestion.
Cuando cruzaba el patio, el capataz salía del cobertizo y el sheriff cabalgó hacia él y se inclinó sobre la silla.
—Muchacho —le dijo—, hace cuarenta años perdí a la mujer que quería por tener demasiado amor propio y por no hablar a tiempo. Entretanto llegó otro hombre que tenía la palabra fácil y la convenció. Desde entonces me he sentido un poco solo. A las mujeres hay que decirles lo que desean oír. Adiós.
Al perder de vista el rancho cambió su rumbo y, en vez de dirigirse hacia el Norte tomó la dirección opuesta. Media hora más tarde llegó a un camino que discurría hacia el Sur: la salida de los terrenos de Broadrick.., y la salida del condado. Junto al camino había un gran montón de rocas. El sheriff
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condujo a su caballo hacia ellas, desmontó, ocultó al caballo y se tendió detrás de una roca.
«Un hombre nunca sabe si su intervención en el curso de los acontecimientos es juiciosa o no —gruñó—. Y…»
Levantó su rifle, apuntando a una figura surgida repentinamente de un recodo y procedente del rancho de Broadrick. La figura no tardó en convertirse en Red, el cual avanzaba descuidadamente montado en un caballo zanquilargo de color canela. MacQuestion soltó el seguro de su rifle y ordenó, en tono metálico:
—¡Arriba las manos!
Red detuvo su caballo, hizo un confuso movimiento hacia su revólver, no vio ningún blanco contra el cual disparar y alzó las manos por encima de su cabeza.
—¡Apéate del caballo…, vuélvete de espaldas…, coge el revólver con suavidad y tíralo detrás de ti!
Red obedeció. MacQuestion se puso en pie y avanzó hacia él. El pelirrojo volvió ligeramente la cabeza, reconoció al sheriff y su rostro se contrajo.
—¡Sheriff! ¿Cómo ha planeado esto? MacQuestion se detuvo, chorreando agua.
—Llevo treinta años persiguiendo hombres, Red. Y sabe más el diablo por viejo que por diablo. Broadrick no te hubiera traicionado. Pero, después de lo que le dije, estaba seguro de que no te permitiría continuar en el rancho ni un minuto más. Sabía que te daría tu caballo y te obligaría a marcharte. ¿Hacia dónde te dirigirías? Hacia el Sur, porque era la salida del condado y porque me viste marchar en dirección opuesta.
La rabia del pelirrojo estalló, incontenible; sus ojos llamearon. —¡Maldito sea! ¡Mintió usted acerca de mí! ¡Yo no le disparé a aquel
hombre un segundo tiro en la nuca! ¡Pero Broadrick lo creyó y no pudo soportarlo! ¡Y la muchacha me miró como si yo fuera un monstruo! ¡Le mataré a usted por esa mentira! ¡Juro que lo haré!
—Sí —dijo el sheriff—, mentí. Pero puse en ti un margen de confianza… hasta que te vi abofetear a aquel vaquero cuando transportabais la cepa del carromato. Entonces supe lo que sería la vida de la muchacha si se enamoraba de ti. En el rancho hay un hombre mejor que tú para cuidar de Marybelle. De modo que mentí. Sin embargo, creo que los amplios pliegues de la justicia cubrirán mi mentira. Dile adiós al rancho, Red. Dile adiós. Nunca más volverás a verlo.
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EL JUICIO
ERNEST HAYCOX
E N cuanto se apeó del tren, el sheriff Sudden Ben Drury echó a andar calle arriba, a través del humo de su propio cigarro, en dirección a la
oficina del marshal en el palacio de justicia. Aquel año, el marshal de Prairie City era Emerett Bulow.
Sudden Ben dijo:
—Howard Durbin se presentó ayer ante el gran jurado, en Two Dance, acusando a un tal Conrad Weiser de asesinato. El gran jurado ha dictado un veredicto secreto. ¿Dónde puedo encontrar a Weiser?
Bulow murmuró:
—Es un colono establecido en Silver Bow, a quince millas de aquí.
Al lado de Bulow, un hombrón de seis pies de estatura, ojos azules y rostro achatado, Sudden Ben Drury resultaba más bien bajo. Era un hombre cuidadosamente vestido y muy astuto, que llevaba veinte años mezclado con la política de un turbulento condado. Sus mejillas eran lisas y sus modales suaves. Parecía blando, pero algo habría en él cuando se había mantenido en el cargo de sheriff del condado de Sage durante tantos años. La noticia había turbado visiblemente a Emerett Bulow, y el sheriff, dándose cuenta, se apresuró a preguntar:
—¿Existen pruebas concluyentes contra Weiser?
Bulow permaneció silencioso largo rato, como si rebuscara en su mente las palabras exactas que debía pronunciar. Parecieron surgir con dificultad, como la mayoría de las que pronunciaba aquel hombre de escasa imaginación.
—Las suficientes, supongo. Encontraron a Arizona Matt a una milla de la casa de Weiser. Le habían disparado un tiro en la cabeza. Era uno de los jinetes de Howard Durbin.
Los ojos de Sudden Ben eran grises y penetrantes. En aquel momento estaban medio ocultos por el humo del cigarro. En tono seco, inquirió:
—¿Qué más?
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—La situación es aquí muy mala —añadió Emerett Bulow con la misma lentitud—. Los agricultores acuden continuamente a establecerse en las llanuras del Silver Bow, instalándose en las tierras de pastos y empujando a los ganaderos hacia las colinas. —Aquello no era una explicación, y Sudden Ben se mantuvo en silencio hasta que Emerett Bulow añadió, de mala gana—: Con Weiser es una especie de cabecilla de los agricultores.
El sheriff sacudió la ceniza de su cigarro y volvió a ponérselo entre los labios. No había necesidad de preguntar más, ya que Sage era un condado gobernado por y para el ganado. El sheriff, lo mismo que el marshal, conservaba su cargo gracias a las reses vacunas. Se miraron el uno al otro en prolongado silencio, sabiendo lo que había en el fondo del asunto.
—¿Qué clase de hombre es ese Weiser?
—No es malo del todo —dijo Bulow—. Iré con usted.
Poco después salían de Prairie City en un buggy, bajo lós implacables rayos del sol de junio. A medida que se alejaban del pueblo, las viviendas de los agricultores se hacían más numerosas.
—Hace dos años no había aquí un solo colono —comentó el sheriff—. No había más que el ganado de Durbin, y el ganado de Hugh Dan Lake, y el ganado de la Compañía Custer. Los tiempos cambian.
—Habrá dificultades.
—Es posible —dijo el sheriff quedamente—. Creo que tendré que venir por aquí más a menudo.
Sus ojos, medio ocultos por la nube de humo de su cigarro, tenían una expresión pensativa.
A quince millas del pueblo, Emerett Bulow detuvo el buggy en el patio de Con Weiser. La familia había visto la nube de polvo levantada por el carruaje y estaba alineada contra la pared de la casa.
—Con —dijo Emerett Bulow con voz apesadumbrada—, éste es el sheriff Drury. Lo siento.
Dejó caer las manos sobre sus rodillas, como si su misión hubiera terminado con aquellas palabras.
El sheriff examinó atentamente al hombre que estaba de pie junto a la puerta de la casa. Weiser era un alemán del tipo delgado y moreno. Sus cabellos empezaban a grisear y el trabajo había encorvado sus hombros. Sudden Ben le sopesó cuidadosamente, tratando de adivinar cuál sería su reacción. Después de veinte años dedicados a la caza del hombre, sabía que este primer contacto era siempre el más peligroso. Algunos hombres eran
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fríos, y algunos enloquecían. Quitándose el cigarro de la boca, habló cortésmente.
—No me gusta tener qué hacer esto, pero me veo obligado a pedirle que nos acompañe a Emerett y a mí a Prairie.
Weiser dijo:
—Lo estaba esperando.
Dio media vuelta y entró en la casa.
Relajado en su asiento, contemplando a la familia pero sin perder de vista la abertura de la puerta, Sudden Ben vio que la esposa de Weiser dejaba que sus hombros se hundieran todavía más. Era también germana, como su marido, y sus ojos reflejaban un intenso sufrimiento, pero no se quejaría. Cuatro niños de una edad intermedia estaban agrupados, tan envarados como si les hubieran dicho que posaran para una fotografía. En el ángulo de su visión, cerca de la esquina de la casa, había una muchacha. Aventurando una mirada directa hacia allí, Sudden Ben se olvidó de la puerta.
Era hija de Weiser, indudablemente, ya que sus facciones tenían el mismo corte. Tenía alrededor de dieciocho años, un cuerpo esbelto y el rostro más altanero que el sheriff había visto nunca en todo el condado; y aunque el hálito del miedo soplaba a través de aquel patio, no había en ella ningún temor. Sudden Ben sostuvo un momento la mirada de la muchacha y luego volvió a dirigir su atención a Con Weiser, que estaba saliendo de la casa. Se habían producido unos instantes de negligencia por parte de Sudden Ben, hecho que no dejó de impresionarle.
Weiser subió al buggy, sin decir nada a su familia. Emerett Bulow azuzó a los caballos y se alejó rápidamente, con una expresión cada vez más sombría en el rostro. El galope de un caballo hizo volver la cabeza a los tres hombres, y vieron a la muchacha que cruzaba el patio a toda velocidad. La noticia no tardaría en extenderse, pensó Sudden Ben. Con Weiser se hundió en el estrecho asiento, indiferente y sin hablar.
En cuanto llegaron al pueblo, Bulow encerró a Con Weiser en una celda, y Sudden Ben, disponiendo de un par de horas libres antes de que llegara el tren, empezó a visitar a los tenderos de Prairie, estrechando manos amablemente a lo largo de su recorrido y asegurándose así unos votos para la próxima elección. Luego entró en el saloon de Mike Da- nahue, donde estuvo media hora. En el condado de Sage, los dueños de los saloons eran los que mejor conocían las tendencias de la opinión pública y los que en realidad gobernaban.
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Emerett Bulow le acompañó más tarde al tren. Las palabras del marshal distaron mucho de ser optimistas.
—Va a desencadenarse un infierno.
Sudden Ben asintió, habiéndose ya informado de la situación en el saloon de Mike Danahue.
—¿Cree que podrá garantizar la seguridad de Weiser hasta el día del juicio?
El marshal se sintió lastimado en su amor propio.
—Nunca han sacado a un hombre de mi cárcel sin mi consentimiento, y soy demasiado viejo para adquirir la costumbre. Los agricultores no le liberarán, y los ganaderos no le lincharán.
—Volveré para asistir al juicio —dijo Sudden Ben, y subió al vagón de fumadores.
Hundido en su asiento, contempló el paisaje que se deslizaba por delante de la ventanilla. La ceniza cayó sobre su chaqueta y pareció que dormía. Pero su astuta mente, conocedora como pocas de aquella región y de los hombres que la habitaban, estaba analizando cuidadosamente los imponderables de la detención de Con Weiser. Sabía que los ganaderos pretendían hacer una demostración de su fuerza contra las crecientes mareas de agricultores. No importaba que Con Weiser fuese culpable o no. Con Weiser no era más que un símbolo. Y surgirían dificultades, como había anticipado Bulow.
El tren se lo llevó de Prairie City a las tres de la tarde. A las cuatro, Tip Mulvane, tras recorrer a caballo un millar de millas, llegó a Prairie y llevó su caballo al establo de Orlo Torvester.
Como forastero en una tierra lejana, Tip Mulvane se dejó llevar por su instinto y por su prolongado adiestramiento en circunstancias difíciles. Se mantuvo quieto. Durmiendo, y comiendo, y pasando la mayor parte del día en el sombreado porche del hotel, sus ojos vieron y sus oídos oyeron. Era un hombre alto, y no resultaba difícil adivinar que había pasado la mayor parte de su vida a caballo, ya que incluso al andar se bamboleaba ligeramente, como suelen hacer los jinetes. Sus ojos tenían un color gris oscuro, casi negro cuando no daba el sol en ellos, y la vida al aire libre había dado a su rostro una disciplinada inexpresividad. Acababa de cumplir los veinticinco años, pero Emerett Bulow, que le había vigilado con creciente interés desde su primera aparición, sabía que en alguna parte se había endurecido y madurado más allá de sus años. Bastaba ver, para comprenderlo, el modo lento y cuidadoso con que Tip Mulvane observaba a Prairie City.
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De modo que cuando se inició el juicio de Con Weiser, Tip Mulvane sabía todo lo que necesitaba saber. La historia era clara y el desenlace estaba previsto. De pie en la atestada sala del palacio de justicia, el segundo día de deliberaciones, comprendió cuál sería el veredicto. Le bastó con mirar la doble hilera de rostros en los escaños del jurado para adivinarlo, ya que aquéllos eran los rostros de ganaderos y no de agricultores, y Tip Mulvane conocía a los de su propia clase hasta la misma medula. Uno de los jinetes de Durbin prestaba declaración en calidad de testigo y contestaba aburridamente las preguntas del joven y malhumorado defensor de Con Weiser. El acusado permanecía sentado, con los brazos cruzados, sin demostrar el menor interés por lo que sucedía a su alrededor. Weiser, pensó Tip Mulvane, conocía también la respuesta. El calor era insoportable. Emerett Bulow y el sheriff del condado, Sudden Ben, estaban de pie detrás de la tarima del juez.
El juicio se había ido desarrollando a lo largo de la mañana sin ninguna estridencia, pero Tip Mulvane notó que la atmósfera se iba enrareciendo. Era como la presión de un brazo contra su costado; y cuando Howard Durbin, uno de los tres grandes rancheros del valle y patrono del jinete muerto, se puso en pie para salir de la sala, aquella presión se hizo más intensa y un silencioso furor recorrió las filas de los agricultores apiñados en el fondo de la estancia. Bloquearon la puerta, y cuando Durbin llegó allí no se movieron. Los grises ojos de Tip Mulvane observaron atentamente aquella escena. Durbin, un hombre delgado y arrogante con el sentido del poder escrito en cada gesto, se detuvo y miró a los agricultores que bloqueaban su camino hasta que al fin uno de ellos se apartó, dejándole paso. «Tiene agallas», se dijo Tip Mulvane a sí mismo con cierta admiración. Luego oyó la maza del juez que anunciaba el receso del mediodía. Salió del palacio de justicia con la multitud.
El sol dejaba caer sus implacables y amarillos rayos sobre la calle principal de Prairie, atestada de carruajes y de caballos ensillados, y la gente desfilaba por las aceras, sin hablar mucho. La atmósfera había sido mala durante toda la mañana; y ahora estaba empeorando, con todos aquellos agricultores reunidos en pequeños grupos a lo largo de la polvorienta calzada. Los vaqueros de Durbin y los jinetes de Hugh Dan Lake y de la Compañía Ganadera Custer tenían su cuartel general en el saloon de Mike Danahue,.., rigurosamente vedado a los agricultores.
Tip Mulvane se detuvo delante del palacio de justicia, contemplando todo aquello con mirada fría y atenta. La inquietud de un hombre activo le desasosegaba, pero esperó allí, sin saber del todo por qué, hasta que Katherine Weiser salió del palacio de justicia y se dirigió hacia el porche del hotel
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donde se habían reunido otras mujeres. De repente, la ociosa permanencia de Tip Mulvane bajo el cálido sol adquirió un significado. Un joven colono, alto y muy rubio, acompañaba a la muchacha, pero a Tip Mulvane le pareció que estaba sola en aquella polvorienta calle. Andaba con los hombros muy erguidos, y su rostro tenía una expresión arrogante.
Detrás de Tip Mulvane había algunos agricultores, y el joven oyó que uno de ellos decía:
—Si Kitty Weiser fuera un hombre, no quisiera estar en los zapatos de Howard Durbin.
Alguien dijo quedamente:
—Hay otros hombres que pueden hacerlo.
Tip Mulvane echó a andar indolentemente, sin saber que en aquel momento era objeto de la intrigada curiosidad de Sudden Ben Drury, que se encontraba bajo la marquesina del saloon de Mike Danahue en compañía de Emerett Bulow. Los ojos de Sudden Ben siguieron a Tip Mulvane a lo largo de la calle. Volviéndose hacia Emerett Bulow, le preguntó:
—¿Quién es ése?
—Un forastero que llegó hace unos días.
—Se parece a un hombre al que he visto en alguna parte —murmuró Sudden Ben, y contempló a Tip Mulvane hasta que el joven entró en el pequeño restaurante contiguo a la estación.
Tip Mulvane comió y se quedó un momento sentado en el taburete, liando un cigarrillo y escuchando el apagado rumor de las conversaciones que fluían a su alrededor; luego salió a la calle, apoyó su hombro contra el poste de un porche y se quedó allí. Una hilera de agricultores ennegrecidos por el sol de la pradera estaban sentados en el borde de la acera, hablando en voz baja y amarga. Un tono que no dejó de resonar en los oídos de Tip Mulvane mientras contemplaba a la gente que volvía a entrar en el palacio de justicia. Howard Durbin salió del hotel y se detuvo a encender un cigarro. El viejo Hugh Dan Lake, el ganadero más importante del valle, se acercó a Durbin y le dijo algo; Durbin hizo un gesto con la mano y dos de los jinetes de Durbin salieron del saloon, escucharon lo que su patrón les decía y se alejaron. En las comisuras de los ojos de Tip Mulvane aparecieron unas diminutas arrugas, demostrativas de su interés; su mirada midió a Durbin de la cabeza a los pies y descubrió algo que le hizo fruncir el entrecejo.
Sudden Ben Drury salió del palacio de justicia y se encaminó directamente al lugar donde se encontraban Howard Durbin y Hugh Dan Lake. Ben les dijo algo, y Howard Durbin sacudió la cabeza inmediatamente,
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como si el sheriff acabara de decir algo inconveniente. Howard Durbin, pensó Tip Mulvane, no estaba dispuesto a contemporizar; el hombre estaba librando una batalla, muy seguro de su desenlace.
Un colono salió del palacio de justicia y avanzó hacia los agricultores reunidos enfrente de Tip Mulvane; sus ojos tenían una expresión salvaje.
—El jurado no dictará hoy su veredicto —anunció.
Un vaquero entró en el pueblo y pasó por delante de los agricultores con una mirada de soslayo abiertamente insultante; desmontó enfrente del saloon, y repentinamente los vaqueros formaron un silencioso grupo, y los agricultores formaron otro… con un golfo tan profundo y tan ancho como el océano entre los dos.
En el extremo de la calle, más allá del palacio de justicia, unos cuantos hombres empezaron a disparar contra un blanco invisible para matar el tiempo; los ecos de los disparos llenaron la cálida atmósfera. Katherine Weiser salió del hotel y se encaminó al palacio de justicia, sus cabellos negros brillando a la luz del sol. Pasó por delante de Howard Durbin sin mirarle, pero la cabeza de Durbin giró al paso de la muchacha y su mirada la siguió osadamente. Tip Mulvane apretó fuertemente los labios al contemplar el rostro de Howard Durbin. Súbitamente inquieto, echó a andar por la acera, acompañado del tintineo de sus espuelas. Todos los vaqueros estaban delante del saloon de Mike Danahue y le contemplaron mientras entraba en el saloon, con una expresión inescrutable en sus rostros. Una vez dentro del saloon, pidió una botella y un vaso y fue a sentarse a una mesa.
Bebió, con los hombros recostados contra el respaldo de la silla, esperando que el whisky aguzara aquella especie de sexto sentido que había conservado su vida durante tanto tiempo. Prairie City era un polvorín, aunque no había muchas posibilidades de que alguien encendiera la mecha: Howard Durbin y los otros ganaderos importantes estaban conduciendo el asunto con mano dura. Tenían a Con Weiser, el cabecilla de los agricultores, en la cárcel, y parecían creer que los agricultores no lucharían. Y no se equivocaban, admitió Tip Mulvane. Había observado a aquellos hombres durante toda la semana, y no veía en ninguna parte el fuego que hiciera estallar su furor. Necesitaban un luchador que les acaudillara, y no tenían ninguno.
Un leve impulso sacudió sus nervios y empezó a ejercer presión a lo largo de sus músculos. Se irguió en la silla y se dijo a sí mismo: «Ten cuidado.» Sabía lo que significaba aquel impulso y lo lamentó. En Montana le había puesto en dificultades; por eso había recorrido mil millas: para escapar de las consecuencias de un temperamento irlandés que no le dejaba en paz, un
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temperamento que tomaba las injusticias cometidas con otros como ofensas personales. Ésta era su debilidad.
«Tengo que marcharme de aquí —pensó—. He permanecido demasiado tiempo en este pueblo…»
La tarde fue transcurriendo mientras estaba allí sentado. Los hombres de Durbin entraban y salían del establecimiento, y de repente la multitud empezó a salir del palacio de justicia, haciendo retemblar el entarimado de las aceras con sus pasos. El sol empezaba a hundirse detrás de las colinas. El gong del hotel —wing-a-ding-awing-ading— anunció la hora de la cena.
Tip Mulvane salió del saloon y se encaminó directamente al establo. Le dijo al mozo de cuadra:
—Me marcharé inmediatamente después de cenar.
Y se dirigió al restaurante contiguo a la estación.
Las sombras del atardecer se espesaban sobre la tierra, y un anticipo de la brisa nocturna arrastraba hasta Prairie City los silvestres aromas de la pradera. Todo respiraba paz. Pero al salir del restaurante y encaminarse al establo, Tip Mulvane se sintió invadido por una extraña desazón. Las luces empezaban a proyectar sus alargadas franjas a través del ocaso, convirtiendo aquel ocaso en plata fundida. Tip Mulvane pasó de largo ante el establo, a pesar de que había decidido ir en busca de su caballo y marcharse de Prairie City para siempre. Más allá del pueblo vio la polvorienta cinta del camino que conducía al Sur, hacia Silver Bow, iluminado por una pálida luna. A su derecha estaba el cementerio. Y entonces vio a una mujer de pie al lado del camino, y la oyó llorar.
Silenciosamente, como si se avergonzara de sus lágrimas. Pero aquel sonido fue para Tip Mulvane como el estampido del trueno. Se paró en seco y giró sobre sus talones. El llanto cesó inmediatamente y la mujer se volvió hacia él con un gesto como de defensa. Tip Mulvane reconoció a Katherine Weiser.
Se quitó el sombrero, poseído por una extraña sensación. Durante toda la semana había contemplado a la muchacha a distancia, sintiéndose impresionado por la serenidad de su porte, por su tranquila dignidad. El contraste le emocionó : la calma de la muchacha había desaparecido.
Tip Mulvane dijo:
—¿Qué podría hacer un hombre por usted?
La oyó contener la respiración. Luego irguió la barbilla y le miró, con una expresión que no reveló absolutamente nada a Tip Mulvane. Una profunda calma dominó su voz cuando habló:
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—Está más allá de sus posibilidades.
Tip Mulvane dijo candorosamente:
—¿Por qué cree que he permanecido en este pueblo durante una semana?
La muchacha meditó unos instantes. Luego dijo:
—Me lo he estado preguntando.
echó a andar hacia el pueblo.
Tip Mulvane la contempló mientras se alejaba. El sonido de su voz permanecía en su cerebro, como el recuerdo de una campana que hubiera tañido una melodiosa nota.
Esperó a que ella hubiera entrado en el pueblo para moverse. Más tarde, sus largas piernas le condujeron con cierta prisa al establo. Le dijo al mozo de cuadra:
—He cambiado de idea.
se encaminó directamente al palacio de justicia.
La oficina del marshal se encontraba en la parte trasera del edificio, con una luz brillando a través de la puerta abierta. Tip Mulvane inclinó la cabeza, por la fuerza de la costumbre, mientras entraba en la habitación. Emerett Bulow había estado paseando alrededor de su escritorio; se detuvo y dirigió una mirada semibeligerante al intruso. Sudden Ben estaba sentado con los pies sobre el escritorio, y el humo de su cigarro ocultaba su expresión. Sin embargo, Tip Mulvane se dirigió a él, diciendo:
—Quisiera ver un momento a Con Weiser.
Emerett Bulow gruñó:
—Está incomunicado. No puede recibir visitas.
Pero Sudden Ben intervino:
—Deje que le vea, Emerett.
Emerett Bulow vaciló, pero acabó por hacer una seña a Tip Mulvane para que le siguiera. Una corta escalera conducía al segundo piso. La luz de una lámpara empotrada en la pared proyectaba una mortecina claridad a lo largo de un angosto pasillo. Precedido por Bulow, Tip Mulvane se detuvo ante el enrejado de una celda y vio a Con Weiser sentado en el borde de un catre. Bulow dijo:
—Tiene usted cinco minutos para hablar con él.
Se apartó unos diez pies y esperó allí.
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La luz le daba a Con Weiser en los ojos. No podía ver a Tip Mulvane.
Dijo, sin levantarse:
—¿Quién está ahí?
En su voz había una tranquila indiferencia. Era bajito y moreno, y en sus ojos grises había una expresión amarga. No tenía muchas esperanzas.
Mulvane dijo:
—Me gustaría hacerle una pregunta.
—No más preguntas —replicó Weiser—. Conteste como conteste, el resultado será el mismo. ¿Quién es usted?
—Para mí es importante —murmuró Tip Mulvane—. ¿Mató usted a ese individuo?
—Es usted un imbécil —dijo Con Weiser. Pero al cabo de unos instantes añadió, en tono indiferente—: Existían numerosos motivos para que muriera y muchos hombres que no hubieran vacilado en matarle. Pero yo no lo hice. En una región gobernada por los ganaderos, hubiera sido como echarme la cuerda al cuello. Pero no importa que lo haya hecho o no. Si mira al jurado, comprenderá lo que quiero decir.
—Cinco minutos —dijo Emerett Bulow.
Tip Mulvane bajó la escalera y quedó súbitamente bajo la pensativa e interesada mirada de Sudden Ben. El sheriff se había quitado el cigarro de la boca; había bajado también los pies de la mesa y ahora estaba sentado en su silla, muy erguido. Dijo:
—¿Está de paso?
Emerett Bulow se situó de modo que pudiera verle la cara a Tip Mulvane.
—De paso —asintió Mulvane.
—Estoy tratando de recordar si le he visto en alguna parte —murmuró el sheriff.
—No es probable —dijo Mulvane—. Vivo en Montana.
—Un lugar excelente para vivir —comentó el sheriff.
—Sí —dijo Tip Mulvane, y salió de la oficina.
Entre los dos hombres que quedaron en ella se produjo un largo silencio. Finalmente, Emerett Bulow se aclaró la garganta y expresó una idea trabajosamente elaborada por su cerebro.
—¿Cree usted que los agricultores han contratado a ese individuo como pistolero profesional?
Los ojos de Sudden Ben tenían una expresión especulativa.
—No —opinó—. Pero sospecho que puede disparar tan bien como un pistolero.
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—No costaría demasiado poner en pie de guerra a esos agricultores.
Era una cosa que Sudden Ben había estado meditando durante toda la semana. Dijo:
—Son unos hombres de reacciones lentas, capaces de luchar, pero que no se inflaman fácilmente, como los vaqueros. Necesitan a alguien que encienda la mecha,… y no tienen a nadie desde que ese Con Weiser está encarcelado.
—Habrá jaleo —vaticinó Emerett Bulow—. Espere a que el jurado emita su veredicto.
—Es posible —asintió Sudden Ben—. Howard Durbin está llevando este asunto demasiado lejos.
Obedeciendo a un repentino impulso, se puso el sombrero y salió de la oficina. Durante unos instantes permaneció en la acera, contemplando la calle con los ojos expertos de alguien que se ha pasado la vida analizando y prediciendo los caprichos de la conducta humana. Sudden Ben era producto de un país ganadero, sin cercas, y todas sus simpatías estaban con el antiguo orden. Pero la inminencia de un cambio se le aparecía claramente en forma de aquellos agricultores que pisaban las aceras de aquella calle con tanta solemnidad. Tenían un poder del que no se daban cuenta; pero llegaría el día en que dominarían el país. Sudden Ben era lo bastante listo para comprenderlo, lo bastante humano para lamentarlo, y lo bastante político para adaptarse a ello. De camino hacia el hotel vio a los agricultores agrupados alrededor del establo de Orlo Torvester, sin hablar mucho. El saloon de Mike Danahue estaba lleno de jinetes de Durbin y de Hugh Dan Lake, y todos los elementos de una explosión se encontraban en Prairie, esperando la chispa fatal. Cruzando el vestíbulo del hotel, el sheriff se dirigió directamente a una habitación de la parte trasera donde sabía que encontraría a Durbin y al viejo Hugh Dan Lake.
Estaban ante una mesa, con una botella de buen whisky entre ellos. Un tercer hombre, Gray Lovewell, de la Compañía Ganadera Custer, se encontraba también allí. Aquel trío era el que tenía la llave de la situación. Sudden Ben sacudió la ceniza de su cigarro con un gesto indolente. Los tres hombres le miraron, y el sheriff comprendió que no le escucharían. Pero dijo:
—Están ustedes demasiado seguros.
—Deje que el jurado decida —replicó Howard Durbin, casi burlonamente. La luz de la lámpara arrancó brillantes destellos al solitario que lucía en su
mano izquierda.
—Es el jurado de ustedes —puntualizó Sudden Ben—. Creo que sería mejor que les aconsejaran modificar su veredicto.
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El rostro del viejo Hugh Dan Lake pareció congestionarse. Howard Durbin miró al sheriff con una sonriente insolencia.
—Ben —dijo—, hasta ahora no tengo queja de usted como sheriff. Pero no intente ponerse de parte de esos malditos destripaterrones.
Los ojos de Sudden Ben eran grises y astutos. Dijo:
—Ustedes no se dan cuenta, pero los tiempos cambian. La región del Silver Bow está perdida para ustedes. Es algo que deberían reconocer, en beneficio suyo. Sería un buen negocio que hicieran un trato con esos agricultores: las tierras llanas para ellos, y las alturas para ustedes. Si no lo hacen, lo perderán todo.
—No —dijo Howard Durbin—. Acabaré con esa plaga.
—Para ser un hombre que utiliza las tierras del gobierno sin tener derecho legal a ellas —dijo Sudden Ben—, es usted demasiado altanero. No le perjudicaría entrar en razón.
—Les echaré de aquí —dijo Durbin obstinadamente.
Sudden Ben se dirigió hacia la puerta y la abrió. Pero antes de salir de la habitación se volvió, murmurando:
—Eso es lo que un individuo dijo en cierta ocasión refiriéndose a la langosta que asolaba sus campos.
Y se marchó.
En una habitación de la Prairie House, Tip Mulvane estaba sentado ante una pequeña mesa, jugueteando distraídamente con un montón de fósforos, con los ojos medio cerrados y un cigarrillo en la comisura de la boca.
Al día siguiente, se encontraba enfrente del palacio de justicia, al otro lado de la calle —y había estado allí una hora—, cuando salió un hombre y se acercó al pequeño grupo de agricultures. Tip Mulvane oyó que el hombre decía:
—El jurado no se reunirá a deliberar hasta esta tarde.
Un agricultor dijo:
—No engañan a nadie. Ese jurado sabía ya lo que tenía que votar cuando fue constituido;
Tip Mulvane vio la amargura y la ira que reflejaban aquellos rostros morenos y curtidos por el sol. Eran hombres de reacciones lentas; estaban enfurecidos por la injusticia que se cometía con Weiser, pero allí no había nadie que prendiera fuego a aquella ira. Los tiradores estaban probando de nuevo su puntería más allá del palacio de justicia, y de repente los agricultores se fueron en aquella dirección, dejando a Tip Mulvane solo junto
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al establo de Orlo Torvester. Los peones de Durbin estaban sentados a la sombra de la marquesina del saloon de Danahue.
Eran las once y media. Un momento después, Katherine Weiser salió del palacio de justicia y se encaminó al hotel, fielmente acompañada por el rubio colono. Por un instante, la muchacha vio a Tip Mulvane a través de la calzada y tuvo conciencia de él, y durante aquel instante todo lo demás en aquella brillante y polvorienta calle se hizo borroso, como si una niebla tapara los ángulos de su campo visual. Katherine Weiser era una forma erguida y resuelta moviéndose a lo largo de la acera de tablas con un ritmo que provocó una profunda resonancia en el cerebro de Tip Mulvane. El orgullo la mantenía firme a los ojos del pueblo. Eso fue lo que impresionó a Mulvane: el valor que demostraba al aparecer ante el mundo con un rostro firme. La muchacha entró en el hotel y una sensación de pesar invadió a Tip Mulvane, el pesar que un hombre experimentaría al ver que se desvanecía la luz mientras andaba por un camino desconocido. Pero, antes de entrar, Katherine Weiser había vuelto la cabeza y le había dirigido una rápida mirada. La mirada de una mujer que deseaba ver y deseaba ser vista.
Mulvane abandonó su puesto de observación, pensando: «Debería ensillar mi caballo y marcharme.» Pero sabía que no lo haría. Estaba predestinado a meterse en dificultades que no habían de reportarle ningún beneficio personal. Más allá del palacio de justicia, el tiroteo se hizo más intenso y, obedeciendo a un repentino impulso, Tip Mulvane se dirigió hacia allí. Quince o veinte agricultores contemplaban a dos de sus compañeros que disparaban contra una lata vacía situada a noventa pies de distancia.
Observó la torpeza con que aquellos dos agricultores alzaban y apuntaban sus revólveres, y avanzó a través del grupo hasta situarse al lado de uno de ellos, que había levantado su revólver para efectuar otro disparo.
Tip Mulvane dijo:
—Están desperdiciando su plomo.
Desenfundó rápidamente su propio revólver y el sonido de sus seis disparos surgió en veloz sucesión, mientras la brillante lata se estremecía, sacudida por los seis impactos. Tip Mulvane volvió a enfundar su revólver, dándose cuenta del interés que reflejaban aquellos rostros morenos, pacientes
e inexpresivos.
Dijo:
—Dejad el revólver para los jinetes. Es su arma, y no podréis vencerles con ella. Lo vuestro es el rifle. Un rifle es un arma mortal a cualquier distancia de esta calle. ¿A qué diablos esperáis para ir a buscarlos?
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Mientras se encaminaba de nuevo hacia el establo, notó que la antigua impetuosidad llenaba lentamente los espacios vacíos de su cuerpo. Súbitamente, después de cabalgar por espacio de mil millas, después de la soledad de un largo verano, el mundo volvía a tener fragancia y colorido para él. No podía evitarlo. El retroceso del revólver contra su brazo había hecho revivir a un Tip Mulvane que él había creído enterrado en Montana.
No hubo más disparos. Los vaqueros de Durbin, atraídos por el repentino estallido de su revólver, habían salido a la calle. Los agricultores, por su parte, se estaban agrupando. Y luego empezó a salir gente del palacio de justicia, liberados por el receso del mediodía. Howard Durbin y Hugh Dan Lake estaban de pie a la sombra de la marquesina del hotel. El jurado apareció en la calle, conducido por Emerett Bulow, y echó a andar en doble fila hacia el hotel para almorzar.
En aquel momento, con la calle atestada y todos los ojos clavados en el jurado en marcha hacia el hotel, Tip Mulvane dejó caer su cigarrillo en el polvo, lo aplastó con el pie y se dirigió al lugar donde estaba Howard Durbin. El repentino brillo de sus ojos quedaba oculto bajo sus párpados entrecerrados. Avanzó hacia Howard Durbin, sin prisa. El jurado estaba a quince pies de distancia, y la atención general iba centrándose en la puerta del hotel. Howard Durbin ocupaba el centro de la acera, en actitud arrogante, como si todo el mundo estuviera obligado a descender a la calzada mientras él permanecía allí.
Tip Mulvane dijo:
—¿Le gusta a usted este lugar?
Howard Durbin dio media vuelta sobre sí mismo con una expresión de asombro en los ojos, que inmediatamente se convirtió en furor.
Dijo:
—¿Qué…?
Y no dijo nada más, ya que la atención del pueblo estaba ahora centrada en aquella escena, y Tip Mulvane, calculando fríamente lo que ello significaría, agarró a Durbin por un hombro, le hizo girar levemente y de un violento empujón le envió rodando al polvo de la calzada.
La impresión sacudió al pueblo como el fragoroso estampido del trueno. Los miembros del jurado se habían quedado inmóviles, como petrificados, en doble fila sobre la acera. Todos los agricultores eran estatuas de bronce en el borde del campo visual de Tip Mulvane, y los vaqueros de Durbin, agrupados ante el saloon, parecían haber echado raíces en el suelo. Tip Mulvane oyó la agitada respiración de Hugh Dan Lake a su derecha; y luego apartó todo
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aquello de su mente y, con una leve sonrisa, contempló a Howard Durbin mientras se levantaba del polvo.
Alto, pálido y con los ojos llameantes, Durbin rugió:
—¡Baja a la calle! ¡Apártate de esas mujeres!
Del grupo de vaqueros surgió una repentina advertencia: —¡Cuidado, Howard! Le he visto utilizar un revólver. —¡Baja a la calle! —gritó Durbin.
El movimiento agitó a los agricultores del mismo modo que el viento agita el trigo. Alguien aulló, y de repente los agricultores se pusieron en marcha calle arriba, en compacto grupo. Sonó un disparo de rifle, una mujer gritó, y los vaqueros de Durbin volvieron a la vida y empezaron a extenderse por la calzada. Los agricultores continuaron avanzando hacia los vaqueros. El rifle disparó de nuevo y la voz de Sudden Ben, cortante como un cuchillo, exclamó:
—¡Hay mujeres aquí!
No resonaron más disparos; pero los agricultores se lanzaron contra los vaqueros, y Howard Durbin volvió a caer atropellado por aquella ola, y los vaqueros quedaron sumergidos en ella y los puños de los agricultores se ensañaron en los hombres de Durbin. El jurado se había desvanecido, y Emerett Bulow se había desvanecido, y Sudden Ben y Hug Dan Lake no se veían por parte alguna.
Tip Mulvane no se movió, contemplando cómo Howard Durbin se incorporaba y volvía a caer alcanzado por la pesada bota de un agricultor. Sudden Ben apareció repentinamente y agarró a Durbin por el hombro y le empujó hacia el palacio de justicia. La campana del palacio de justicia había empezado a repicar. Los agricultores estaban destrozando las ventanas del saloon de Danahue y en el interior del establecimiento la confusión era indescriptible.
Tip Mulvane se dirigió al establo de Orlo Torvester y ensilló su caballo.
El mozo de cuadra le contemplaba con aire hostil.
—Ha desencadenado usted el infierno —le dijo amargamente—. ¡Los agricultores son ahora los amos del pueblo!
Tip Mulvane le miró, sonriendo melancólicamente.
—Desde luego —dijo—. Resulta muy duro ver cómo cambian los tiempos.
—Entonces, ¿por qué diablos se metió usted en esto?
Tip Mulvane se echó a reír. Dijo:
—Amigo, eso es lo que me gustaría saber.
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Al otro lado de la calle vio a Sudden Ben acompañado por Con Weiser y Howard Durbin. Poco después aparecieron Emerett Bulow y Hugh Dan Lake. Los cinco formaron un pequeño grupo, bajo la implacable luz del sol, y Sudden Ben señaló con su dedo a uno y a otro de aquellos hombres, en.su papel de pacificador. Tip Mulvane salió del establo y cabalgó en dirección Sur, hacia el Silver Bow. El sheriff le vio y gritó:
—¡Espere, amigo!
Pero los ojos de Tip Mulvane estaban clavados en la puerta del hotel, donde se erguía la figura esbelta de Katherine Weiser. El joven rubio estaba avanzando hacia ella, y Tip vio que la muchacha le acogía con una sonrisa. Luego, la sonrisa se desvaneció y la oscura mirada de Katherine cruzó la calle, se posó en Tip y permaneció allí.
—Amigo —dijo el sheriff—, ¿no le conozco a usted?
—No —dijo Tip Mulvane. Pero casi inmediatamente añadió—: Bueno, tal vez sí. El mundo está lleno de descarriados como yo.
El sheriff levantó su mano. Dijo:
—En alguna parte de este mundo dejará usted grandes huellas. Hasta la vista, amigo —y estrechó la mano de Tip Mulvane.
Tip Mulvane empuñó las riendas y empezó a marcharse, y miró detrás de él una vez más. La mirada de Katherine Weiser se encontró con la suya, oscura y firme. El joven rubio estaba a su lado. La muchacha le dijo algo y apoyó la mano en su pecho, empujándole para que se marchara, y luego avanzó un par de pasos y miró a Tip Mulvane como mira una mujer que desea ver… y ser vista. Tip Mulvane alzó ligeramente su sombrero y azuzó a su caballo.
A poca distancia del pueblo se detuvo. Hacia el Sur, la tierra se extendía amarilla y humeante. Más allá se extendían otras mil millas de viaje. Tip Mulvane estaba pensando en las fogatas que tendría que encender a lo largo de aquella ruta, y en el aullido de los coyotes en medio de la soledad nocturna. Para un hombre como él, pensó, el camino no tenía final. Dejó reposar sus manos sobre el arzón de la silla y murmuró:
«Estoy huyendo de una sombra. Pero la sombra está ahora delante de mí, y siempre lo estará.»
Miró hacia atrás una vez más y vio una nube de polvo levantada por un carromato que salía del pueblo, siguiendo el camino del Silver Bow. Supuso que sería la familia Weiser que regresaba a su hogar. En sus ojos apareció un extraño brillo, y luego recordó el gesto de Katherine Weiser al empujar al joven rubio. Era un presagio.
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Pensó:
«Si me quedo aquí, nunca estaré desocupado… ni solo.» Sujetó las riendas con mano firme, esperando que el carromato le diera alcance.
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LA ELECCIÓN
ERNEST HAYCOX
L A noche había descendido sobre la pradera. A través de la oscuridad, un jinete avanzó lentamente hacia el suave parpadeo de las luces de un
pueblo, entró en él, se detuvo ante un edificio.
El edificio era un establo. Y de su interior salió un hombre. Un mozo de cuadra. El jinete desmontó y se dirigió al hombre; su tono era el de una persona acostumbrada a mandar.
—Dele agua a mi caballo, por favor. Y una buena ración de heno, pero nada de avena.
—Sí, señor —respondió el hombre.
Y, dado que los forasteros eran siempre una fuente de interés y de potencial excitación en Lost Eagle, observó cuidadosamente al recién llegado.
El jinete sacó un cigarro de su bolsillo y aplicó un fósforo a la punta. Bajo un ancho sombrero de fieltro, la llama iluminó un rostro curtido por el viento y el sol, unas sienes plateadas y unos ojos de mirada penetrante. Luego, el fósforo se apagó.
—¿Algo más? —inquirió el mozo de cuadra con cierta deferencia.
—No, gracias —dijo el jinete, concisamente cortés.
Su mirada se deslizó a lo largo de la calle. Enfrente mismo del establo había un saloon, iluminado y ruidoso; junto a él se alzaba un edificio de dos pisos, cuyas ventanas estaban protegidas por unos barrotes de hierro. Su atención se detuvo allí.
—Es la oficina del sheriff, señor —se apresuró a decir el mozo de cuadra, con la esperanza de recoger algunas migajas de información.
Pero el jinete se limitó a decir:
—Gracias.
A continuación cruzó la calle, inclinó su cabeza bajo el dintel de la puerta de la oficina y entró. Un hombre estaba en pie en el centro de una habitación mal alumbrada y con muy pocos muebles; un hombre robusto, con una
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expresión paciente en el rostro. A lo largo de las paredes veíanse carteles de recompensa por la captura de algún delincuente, avisos, retratos de maleantes; y, en un rincón, una niña estaba sentada sobre una caja, muy seria y muy quieta.
—Disculpe —dijo el jinete—. Estoy buscando al sheriff Cliff McLean. —Ése es mi nombre —respondió el sheriff, sobriamente cordial. Señaló
una silla—. Siéntese.
La niña frunció pensativamente el entrecejo y señaló una estrella prendida en su vestido.
—Voy a detenerte —dijo.
El sheriff sonrió, se acercó a la niña y desprendió la estrella de su vestido con dedos a la vez torpes y amables.
—Ya tendría que estar usted en la cama, señorita. Y deje de asustar a mis clientes.
El jinete se sentó.
—Me llamo Yount, William Yount.
Volvió la solapa derecha de su chaqueta para permitir que la plateada superficie de una placa brillara un instante a la luz.
—Encantado de conocerle —dijo el sheriff—, ¿Qué puedo hacer por usted?
—Estoy buscando a un hombre.
—Ha venido usted a un buen sitio… Las colinas, más allá del pueblo, están llenas de hombres a los que alguien busca. Ésta es una región difícil.
—Eso me han dicho —asintió Yount—. Y es uno de los motivos de que haya venido aquí. ¿Quién es el jefe de los forajidos de estos alrededores?
—Tonto Bill —respondió inmediatamente el sheriff—. Pero, si el hombre al que busca es él, la cosa no será fácil. Tonto no se dejará atrapar por las buenas.
—No estoy seguro de que sea mi hombre —explicó Yount—. Le he hecho la pregunta por simple curiosidad. La verdad es que ando un poco a ciegas. — Y luego—: Me han dicho que es usted un hombre honrado. De no ser así, no le comunicaría esta información.
El sheriff cogió un lápiz y empezó a darle vueltas entre sus dedos. —Hago lo que puedo. Este distrito quiere que su sheriff tenga una mano
rápida, pero ligera. Trato de mantener un equilibrio, sencillamente. La opinión pública no es partidaria de que la violencia llegue demasiado cerca de sus hogares. Nuestro lema es vivir y dejar vivir. Sin embargo, si trae usted
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una orden de detención contra Tonto e insiste en detenerle, procuraré ayudarle.
—Puede que sea él, puede que no lo sea—murmuró Yount, observando un detalle interesante en el sheriff. El revólver de McLean colgaba de su costado izquierdo, indicando que disparaba con la zurda. Sin embargo, al empuñar el lápiz para trazar unas líneas sobre la mesa, lo había hecho con la mano derecha. Yount, que se había pasado la vida reuniendo pequeños detalles como aquél, almacenó el hecho en su mente y añadió—: La orden de detención que traigo fue dictada hace cuatro años.
McLean irguió la cabeza con una nueva atención. El lápiz quedó inmóvil entre sus dedos.
—Son muchos años —murmuró—. ¿Contra quién fue dictada… y por qué motivo?
—En aquella época había una banda que operaba en la región del río Crooked. Un grupo de hombres muy peligrosos. A través de los años hemos podido eliminarlos a todos… menos a uno. Parece ser que huyó hacia el Norte hace alrededor de cuatro años, después del asalto a un tren, que fue el último trabajo de la banda. Su captura quedó en el aire. Nuestra oficina tiene otras muchas cosas que hacer. Pero, recientemente, la compañía del ferrocarril volvió a importunarnos. Para ellos, la impunidad de ese hombre significa un desagradable precedente. Exigen su detención, sin importarles el tiempo ni el dinero que pueda costar. El hombre en cuestión se llama Orlo Brant…, o por lo menos ése era su nombre cuando tomó parte en el asalto.
—¿Le ha visto alguna vez?
—No. Lo único que tengo es su descripción. Cinco pies y once pulgadas de estatura; ojos grises; alrededor de ciento sesenta libras de peso; pelo negro.
—Una descripción que puede encajar en cualquiera —dijo el sheriff—. En este distrito, nueve de cada diez hombres tienen el pelo negro. Más de la mitad tienen esa estatura y ese peso. En cuanto a los ojos grises, abundan como los matojos. Podría ser Tonto, podría ser el banquero de Lost Ea- gle… o podría ser yo.
Yount añadió, quedamente:
—Y tiene la cicatriz de una herida de bala en el codo derecho.
El sheriff se volvió hacia la niña, la cual se deslizó de la caja en que estaba sentada y fue a sentarse en su regazo,. McLean cubrió los delgados hombros de la pequeña con un pliegue de su chaqueta.
—No vayas a enfriarte, querida —susurró—. Bueno, Yount, la gente no anda por ahí remangada.
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—Desde luego. Es un indicio muy flojo.
El sheriff deslizó su mano a través de los oscuros cabellos de la niña. Parecía sumido en profundos pensamientos de los que se arrancó con cierta dificultad.
—No podré serle de mucha ayuda. Pero los archivos de esta oficina están a su disposición. Lo mismo que mi influencia, en lo que pueda valer.
—Gracias —dijo Yount—. Estaré por aquí por si surge algo. Aunque no sea nada concreto. En el curso de una larga vida he observado que la gente suele traicionarse a sí misma. No puede ocultarse una cosa eternamente. Cuanto más se intenta esconderla, más pronto sale a la luz. El tiempo es un poderoso reactivo.
—Desde luego —murmuró el sheriff, frunciendo el entrecejo—. Siempre llega el momento de pagar la cuenta. ¿Fue importante el botín conseguido en el asalto de aquel tren?
—No se llevaron ni un centavo. Eran seis. Dos murieron en el asalto. El resto se dispersó, y entonces fue cuando a Orlo Brant le dieron el balazo en el codo. Todos, excepto él, están muertos o en la cárcel.
Unas profundas arrugas aparecieron en la ancha frente del sheriff. Sus brazos se apretaron alrededor del cuerpo de la niña, la cual levantó solemnemente la mirada.
—Cuatro años es mucho tiempo —dijo—. Pero el ferrocarril no olvida. —Exacto. —Yount se inclinó hacia adelante. Su rostro, normalmente frío
y vigilante, pareció suavizarse—. Querida, ¿cómo te llamas?
—Linnie Marie.
—Un nombre muy bonito, ¿Cuántos años tienes, Linnie Marie? La niña permaneció callada. El sheriff proporcionó la respuesta : —Tres años, siete meses y dos días.
Yount dejó oír una risita, cosa muy rara en él.
—Lleva usted bien la cuenta, ¿eh?
—No es cosa que se olvide fácilmente. ¿Está usted casado?
—Me olvidé de hacerlo en alguna parte del camino —dijo Yount lentamente.
El sheriff inclinó la mirada hacia la soñolienta Linnie Marie y murmuró:
—Las cosas se ven de un modo muy distinto.
Yount se puso en pie y se encaminó a la puerta.
—Le veré a usted mañana.
El sheriff asintió.
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Yount se dirigió al hotel del pueblo y se detuvo en el porche para terminar de fumarse su cigarro. No hizo nada para ocultarse, pero las sombras que le rodeaban le protegían eficazmente, y así no tardó en ver que el sheriff salía de la oficina y pasaba cerca de él llevando a Linnie Marie entre sus poderosos brazos; el hombre parecía sumido en sombrías reflexiones. Algo en la escena impresionó a Yount, y la punta de su cigarro brilló intensamente. Luego, tirando la colilla, entró en el hotel, pidió una habitación y subió la crujiente escalera.
La habitación era como miles de otras en las cuales había pasado los activos años de su vida: enmohecida, destartalada y mostrando las huellas de otros seres que la habían ocupado fugazmente. Sentado en el borde de la cama, Yount se quitó una bota y la sostuvo en su mano unos instantes. Sus ojos se habían contraído al impulso de un pensamiento.
«Linnie Marie. Tres años, siete meses y dos días. Lleva muy bien la cuenta. Algo muy raro. Un hombre no suele recordar esas cosas con tanta precisión. A menos que estén profundamente grabadas en su memoria. A menos que signifiquen más que cualquier otra cosa en su vida.»
A la mañana siguiente, Yount se levantó tarde, se dirigió al restaurante y se sentó para tomar su acostumbrado café con leche y buñuelos. El establecimiento estaba vacío a excepción de una joven camarera y un jinete pelirrojo que inmediatamente dejó de hablar con la muchacha y se marchó al fondo de la sala.
La muchacha sirvió a Yount y se retiró. Yount oyó que decía:
—Bueno, puedes marcharte una temporada, ¿no?
—No. Escucha, tengo que quedarme en alguna parte.
—¿Para que te maten? ¡Oh, Jim!
—¡Cállate!
La mirada de Yount estaba fija en el mostrador. Terminó su desayuno, encendió un cigarro y contempló las espirales de humo.
La muchacha susurró:
—¡Eso es\orgullo!
—Es dignidad. No puedo estar huyendo siempre, —Pero, ¿y yo?
Yount posó una prolongada y escrutadora mirada sobre la pareja: un joven alto, de rostro despejado, resistiendo la charla persuasiva de una muchacha acobardada por el miedo. Luego pagó la cuenta y regresó al hotel, para sentarse en el porche.
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La brillante luz del sol inundaba a Lost Eagle, y bajo el impulso del vigoroso aire la vida discurría activamente. Pasaron varios jinetes, un carromato cargado de mercancías… En las afueras del pueblo, una nube de polvo se espesaba sobre un rebaño en movimiento. De pronto apareció el sheriff y se sentó en los escalones del porche.
—¿Puedo hacer algo por usted, Yount?
—Ayudarme a matar el tiempo.
—Buena idea —dijo el sheriff—. Hay un momento para cada cosa.
A la clara luz de la mañana, las impresiones de Yount acerca del sheriff quedaron fortalecidas. McLean tenía unos hombros musculosos y un cuerpo robusto. En sus ojos grises había un brillo bondadoso. Cuando lió un cigarrillo, con muy poca destreza, el arco de sus cejas se frunció a causa de la intensa concentración, y cuando habló arrastró ligeramente las palabras.
—He estado tratando de imaginar por qué creyó usted que Tonto era su hombre.
—Tal vez no lo sea —dijo Yount—. Pero oí hablar de él, y pensé que me gustaría verle la cara. En la oficina central tenemos los antecedentes de todos aquellos hombres. Orlo Brant no era tonto. Tenía cerebro. Se apartó de las malas compañías y consiguió desaparecer. Pero, con su inteligencia, es el tipo de hombre destinado a sobresalir. Como Tonto.
—Eso… suponiendo que continuara en el mal camino —murmuró el sheriff. Tras una larga pausa, añadió—: Pero, ¿y si hubiese cambiado de vida y fuese un hombre honrado?
—En tal caso, probablemente sería alguien en su comunidad. Los hombres de su clase destacan en cualquier parte.
El sheriff contempló pensativamente sus grandes manos.
—Sí. Pero el ser honrado no le serviría ahora de nada. Un hombre tiene que pagar sus cuentas, y esa clase de cuentas sólo se saldan de un modo.
—Exacto —asintió Yount.
McLean se puso en pie.
—A veces se hace cuesta arriba… Me refiero a detener a hombres que han cometido un error y que están tratando de empezar de nuevo. Yo he tenido que hacerlo. Y duele.
La voz de Yount fue dura.
—Un hombre que lleva una estrella no puede permitirse esa clase de sentimentalismos. Si el detener a un hombre se le hace cuesta arriba, debe renunciar a la estrella. El oficio de representante de la ley es desagradable, y a veces amargo.
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El joven pelirrojo salió del restaurante y echó a andar en dirección al saloon. Yount le señaló con un ademán.
—¿Quién es?
—Jim Lañe. Un joven con posibilidades… si le dejaran en paz.
Yount vio cómo el sheriff iba al encuentro del joven y le echaba un brazo al hombro. Hablando animadamente, pasaron por delante del saloon. Los ojos de Yount expresaron su aprobación.
«Un modo inteligente de apartar al muchacho de la bebida. McLean tiene buen corazón. La situación aquí no me parece clara. Alguien está sentado sobre un barril de pólvora.»
Durante unos instantes, su atención había sido atraída por un letrero medio borroso sobre la puerta de una tienda, en la otra acera. Poniéndose en pie, cruzó la calle y entró en la destartalada oficina del semanario local. En la trastienda dejó de funcionar una prensa y un hombre con los dedos manchados de tinta se adelantó hacia Yount. Éste se inclinó cortésmente.
—Me gustaría echar una ojeada a sus archivos, si no hay inconveniente. El hombre señaló una estantería llena de volúmenes y se retiró. Yount se
acercó a la estantería, buscó el volumen correspondiente a cuatro años atrás y lo llevó al mostrador. Sacando un par de gafas con montura de acero de su bolsillo, se las colocó y empezó a leer. Después de volver muchas páginas amarillentas, su dedo se detuvo en una breve gacetilla:
Cliff McLean y su esposa, procedentes del Territorio de Dakota, han venido a establecerse en East Eagle. Han alquilado la casa de Nate Splawn. Bien venido, Cliff. Le gustará a usted el clima.
«Llegaron aquí en marzo», se dijo Yount a sí mismo, fijándose en la fecha. Unas cuantas páginas más adelante los McLean eran citados de nuevo:
El hogar de Mr. y Mrs. Cliff McLean se ha visto alegrado con el nacimiento de una robusta niña, que ha pesado siete libras en las balanzas de la tienda, afinadas expresamente para registrar tan importante acontecimiento. La linda damita se llama Linnie Marie, y aunque sospechamos que Cliff McLean deseaba un heredero masculino para que manejara el fuelle de su herrería —comprada a Cal Kelvy—, disimula perfectamente su decepción. El cigarro era excelente, Cliff.
Yount se quitó las gafas y las frotó vigorosamente, «Procedentes del Territorio de Dakota. No hace cuatro años. Un buen lugar para darlo como punto de procedencia… si un hombre quiere ser vago acerca de su pasado. Está muy lejos…»
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Continuó la lectura, cambiando de volúmenes. De cuando en cuando la familia McLean era citada en pequeñas gacetillas que sólo tenían interés para una población ávida de noticias personales. Linnie Marie había estado enferma. Linnie Marie estaba mejor. La familia McLean había comprado la casa de Nate Splawn. Cliff se había hecho traer una trompa francesa y había ingresado en la banda de música. Más tarde se citaba a Cliff como comisario; luego, el periódico anunciaba la elección de «aquel popularísimo vecino como sheriff». Yount cerró súbitamente el volumen y lo devolvió a la estantería. Ya había leído bastante.
«No se menciona un solo viaje suyo. Ha vivido enterrado aquí. Cuatro largos años. Y nunca ha establecido contacto con el resto del mundo.»
Yount dejó vagar la mirada por las paredes de la oficina. Las fotografías colgaban desde el techo hasta el suelo. De hombres serios, que miraban truculentamente al vacío; de grupos rígidos, helados en sus posturas. Yount se acercó más, interesado por uno de aquellos grupos. Era una banda musical de vaqueros, montados y de punta en blanco: zahones, cinturones canana con revólver e instrumentos. En la primera fila veíase a Cliff McLean… con el revólver colgando de su costado derecho.
Los labios de Yount se contrajeron hasta formar una línea casi invisible.
El hombre de la trastienda volvió a salir y se colocó a su lado.
—Es la única banda de música compuesta por vaqueros de todo el Estado. Y buena. Este que lleva la trompa alrededor del cuello es nuestro sheriff. La fotografía fue tomada poco antes de que fuera elegido.
—¿Es zurdo?.—preguntó Yount.
—No. Bueno, para disparar, sí. Cuando era niño sufrió un accidente que afectó a un nervio de su brazo derecho. De modo que tuvo que aprender a disparar con la izquierda. Y es un buen tirador, por cierto.
Yount salió de la oficina sin contestar y se dirigió hacia la parte baja del pueblo, con un frío resplandor en los ojos.
«Orlo Brant… Cliff McLean. El mismo hombre. Y Dios me perdone, el hombre al que voy a llevarme para que cumpla una condena de treinta años por asalto a un tren.»
Una vocecilla interrumpió sus pensamientos:
—¿Puedes acompañarme? Voy a ver a papá.
Yount levantó la cabeza, deteniéndose al lado de una verja pintada de blanco. Un sendero enarenado conducía a una casa sombreada por unos cuantos álamos, y a cuyo alrededor crecían bancales de malvarrosa. En el
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abierto portillo estaba Linnie Marie, con un vestido almidonado y unos zapatos blancos. Un diminuto puño sostenía un ramillete.
—Huele —dijo la niña, levantando las flores—. Pero no demasiado. Deja algo para papá.
—¿Te dejan ir sola? —preguntó Yount.
—Ya tengo casi cuatro años —dijo Linnie Marie—, y casi siempre me acompaña alguien. Nig, el perro blanco de Mrs. Sanderson, me acompaña hasta el establo. Y el hombre de las patillas me pasa al otro lado de la calle. Entonces cuento cinco puertas desde el escaparate donde están los caramelos, y ya estoy en la oficina de papá.
—Permíteme —dijo Yount, ofreciéndole su mano.
Linnie Marie se cogió a un dedo con una manita cálida y confiada. Sus pies taconeaban débilmente sobre la acera de tablas, y sus cabellos negros brillaban al cálido sol. Cuando llegaron a la casa contigua un perro salió trotando de la sombra y olisqueó las botas de Yount. Linnie Marie ladeó su ovalado rostro y dijo:
—No tengas miedo. Es un perro muy de confianza.
—No dudo de que me haría pedazos si no supiera que soy amigo tuyo — dijo Yount, y se sintió inundado por una extraña tristeza.
En los profundos y sinceros ojos de Linnie Marie no había la menor sombra de temor ni de interrogación. El mundo era para ella lo que parecía: amable, sonriente, sin dolor. Y el hombre, cuya vida había transcurrido por entero en un mundo que distaba mucho de ser amable, se preguntó repentinamente por qué las cosas no podían ser para todos los hombres tal como eran para Linnie Marie a sus cuatro años mal cumplidos.
Habían llegado al establo y estaban cruzando la calle. Cliff McLean salió de una tienda y sonrió.
—Los dos van muy bien acompañados —dijo.
Linnie Marie soltó el dedo de Yount y levantó la mirada.
—Muchas gracias.
—Me gustaría… —empezó a decir Yount, y se interrumpió. McLean y él se habían vuelto al mismo tiempo para enfrentarse con un hombre gigantesco que había entrado en el pueblo al galope procedente del Este. Detuvo su caballo delante del saloon, desmontó y entró en el establecimiento tras dirigir una rápida y hostil mirada de soslayo al sheriff.
El rostro de McLean se tensó.
—Buck Rose —murmuró—. Un mal sujeto, pero lento. Tonto le utiliza como chico de recados. Algo se traen entre manos.
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—¿Muchas dificultades con esa banda?
El sheriff meditó la pregunta, como si deseara contestarla de un modo imparcial.
—Bueno, no es que tema a esa pandilla. Pero tengo que dejarles en paz mientras no se muestren demasiado insolentes. El condado espera de mí que no apriete las riendas con exceso. Vivimos en la misma frontera de la ley, ¿comprende? Más allá del paso, por unánime acuerdo, los forajidos campan a sus anchas. De modo que mi tarea consiste en procurar que no crucen la frontera.
—Muy práctico —aprobó Yount—. Es preferible aislar una epidemia a esparcirla.
—Sí —murmuró el sheriff—. Pero cuando veo…
En el saloon se había levantado un súbito clamor. Obedeciendo a un mismo impulso, los dos hombres se hicieron a un lado, arrastrando a Linnie Marie con ellos. Las puertas del establecimiento se abrieron de par en par con la presión del tambaleante cuerpo de Buck Rose. Retrocedió, golpeando el aire con sus enormes brazos y con una expresión perpleja en su moreno rostro. Antes de que las puertas volvieran a cerrarse apareció Jim Lañe, golpeó al gigante en el estómago y dio un salto de costado.
—¡Voy a romperte el cuello! —rugió Rose.
Un transeúnte se acercó al sheriff y se llevó a Linnie Marie de allí.
—No servirá de nada —gruñó el sheriff—. Desgraciadamente, tendrá que conocer los aspectos desagradables de la vida demasiado pronto.
—¡No vengas a decirme lo que tengo que hacer, Rose! —gritó el pelirrojo
—. Estoy asqueado de vosotros. No voy a aceptar órdenes de Tonto, ni voy a seguirle, ¿comprendes?
¡Voy a romperte el cuello! —repitió Rose, y proyectó su brazo hacia adelante como si fuera una poderosa rama.
El pelirrojo se ladeó ligeramente y, al fallar el golpe, Rose perdió el equilibrio. Mientras el gigante luchaba por recuperarlo, el pelirrojo le golpeó en pleno rostro. La cabeza del gigante salió proyectada hacia atrás hasta que contempló el sol con una mirada hinchada. Luego, como un buey que acaba de recibir un mazazo, Rose se desplomó y rodó por el polvo.
El pelirrojo habló con voz entrecortada por el esfuerzo:
¡Dile a Tonto que estoy harto de sus mensajes! ¡Quiero que me dejen en paz!
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Buck Rose se puso trabajosamente en pie, con el rostro manchado de polvo. Su mano descendió hacia su revólver, pero la metálica advertencia del pelirrojo detuvo el movimiento.
—No lo intentes! ¡Puedo enviarte al infierno cualquier día de la semana! —¡Haz lo que te he dicho, o tendrás que atenerte a las consecuencias! —
rugió Rose.
—¡Me quedaré aquí! ¡Ni siquiera Tonto puede empujarme más allá de mis límites!
—Volveremos dentro de una hora para hablar de eso —gruñó Rose, acercándose a su caballo. Cuando se disponía a marcharse, el sheriff habló:
—Rose, dile a Tonto que no lleve el asunto más lejos.
—¿Quién diablos es usted para dar órdenes? —se mofó Rose.
—Eso no importa —replicó el sheriff, sin perder la calma—, No permitiré que molesten a Jim Lañe.
—Volveremos dentro de una hora —repitió jactanciosamente Rose, y azuzó a su caballo.
El sheriff dijo:
—Jim, ven a mi oficina —y giró sobre sus talones.
Yount les siguió a distancia. Cuando llegó a la puerta de la oficina del sheriff, oyó que el pelirrojo murmuraba cansadamente :
—Están destrozando mis nervios. Tal vez haya cometido algunos errores. No soy un santo. Pero me di cuenta a tiempo del peligro que corría si seguía unido a esa maldita banda y me separé de ellos. Esa vida no es para mí. Ahora quieren que vuelva. No es la primera vez que lo intentan. Y no dude de que Tonto no tardará en presentarse.
—Hay muchos caminos para salir del pueblo —dijo el sheriff.
Pero Jim Lañe respondió obstinadamente:
—Les gustaría verme correr. Pero no voy a hacerlo.
El sheriff no contestó. Su brazo derecho reposaba sobre el escritorio, doblado en un ángulo. Transcurrieron los minutos. Súbitamente, McLean habló:
—¿Quieres ir por el camino recto? ¿Es eso lo que pretendes, Jim? —Desde luego, sheriff. Tengo motivos…
—Lo sé —le interrumpió el sheriff, y se cuadró de hombros. Yount, observando el rostro del hombre, vio en él las señales de una obstinada resistencia—. De acuerdo. Tendrás tu oportunidad. Vete al saloon y no te muevas de allí.
—Oiga, sheriff, este asunto me incumbe sólo a mí resolverlo.
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McLean hizo un gesto de impaciencia.
—Ya te he dicho lo que tienes que hacer. No toques para nada tu revólver, ¿oyes? Quédate en el saloon. Nadie podrá acusarte de que tienes miedo. Allí es donde Tonto esperará encontrarte, y allí es donde estarás. Pero él no cruzará el umbral de la puerta.
—No me gusta eso…
El sheriff, perdida la paciencia, gritó:
—¡No me repliques y obedece mis órdenes!
Jim Lañe, enojado, al borde de la rebeldía, miró al sheriff como si fuera a decir algo. Pero lo que leyó en los ojos grises de McLean le redujo al silencio e, inclinando la cabeza, salió de la oficina. Yount, que había entrado silenciosamente, sentándose en una silla, fumaba su cigarro con aparente indiferencia.
—Tonto ha ido demasiado lejos —murmuró el sheriff, como si hablara consigo mismo—. He aguantado muchas cosas, pero no aguantaré ésta. Lo peor que puede hacerse en este mundo es tratar de llevar por el mal camino a un hombre que quiere regenerarse. Jim cometió un error y llevará el peso en su conciencia durante el resto de su vida. Pero tendrá una oportunidad, aunque deba proporcionársela con mi propia sangre.
—Lo comprendo —dijo Yount, lacónicamente—. ¿Necesita ayuda? —Gracias, pero, ¿qué clase de sheriff sería yo si no fuera capaz de
manejar mis propios asuntos?
Yount se puso en pie y se dirigió hacia la puerta. Antes de cruzarla, como asaltado por un súbito pensamiento, dijo:
—No pretendo intervenir, pero estaré cerca durante la representación.
Se encaminó al hotel y se sentó en el porche. Desde allí oyó los comentarios de un grupo de hombres.
—Cliff es un tonto al meterse en esto. ¿Quién diablos es Jim Lañe para que Cliff se exponga de ese modo?
—Tenía que suceder, tarde o temprano.
—No estoy de acuerdo. Tonto le ha dejado en paz hasta ahora, ¿no es cierto? Y Cliff es un buen tirador, pero no tiene la menor posibilidad ante Tonto. Hace menos de cuatro años que ha aprendido a sacar con la zurda… Va a hacerse matar.
Yount se levantó y se dirigió a su habitación. El calor era sofocante. Se quitó la chaqueta y empezó a pasear de un lado para otro, deteniéndose una vez para beber la tibia agua del botijo; luego se acercó a una ventana y contempló pensativamente las lejanas colinas.
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«Ha cometido un error. Nunca debió ocurrírsele aceptar el cargo de sheriff. Lo ha expuesto a la observación pública. Debió permanecer en la sombra. Pero es un hombre destinado a sobresalir de los demás. Existe alguna clase de ley que rige esas cosas. Sólo Dios sabe la clase de ley que hay detrás de lo que yo tengo que hacer.»
Transcurrió el tiempo. A través de la abierta ventana llegó el chirrido de las ruedas de un carromato que transportaba una pesada carga; luego pareció producirse un expectante silencio.
«Lo mejor que podría ocurrirle sería que muriera luchando con ese Tonto. No sería ninguna vergüenza para su esposa ni para la niña. Sólo un lugar vacío en la casa.»
La idea le sobresaltó repentinamente. Un lugar vacío. Había algo inexpresablemente triste en aquel pensamiento. Yount conocía el significado del vacío de una vida, del caminar a lo largo de un camino solitario…
En la calle resonaron los cascos de un caballo, arrancando a Yount de sus melancólicas divagaciones. Se puso la chaqueta, cogió su revólver, hizo girar el cilindro pensativamente y volvió a dejarlo caer en su funda. Al dar media vuelta, vio reflejada su imagen en el espejo del lavabo y quedó impresionado ante su propio aspecto. La disciplina del servicio había dejado una profunda huella en sus facciones, recordándole que nunca había rehuido una tarea desagradable, nunca había contemporizado, nunca había dejado de vivir de acuerdo con la insignia que llevaba. Un rostro frío le contemplaba desde el espejo, un rostro envejecido y sin alegría. El rostro de un cazador de hombres. Era como si su conciencia se irguiera para recordarle un hecho ineludible: por cruel que fuera su intervención en las vidas de otros hombres, tenía una obligación que cumplir, en nombre de aquella justicia a la que había jurado servir.
Tiró la colilla de su último cigarro y bajó a la calle. Entró en una tienda para comprar más cigarros, y encontró al sheriff y a Linnie Marie tomándose un helado en una mesa. Las delgadas piernas de Linnie Marie colgaban de la silla. La niña agitó una cucharilla en dirección a Yount y sonrió…, una repentina y resplandeciente sonrisa.
El sheriff hizo un ademán.
—Acompáñenos, Yount.
—El helado te hará engordar —dijo Linnie Marie.
—Querida —la reprendió el sheriff—, sólo los monos comen de esa manera. Tendré que ponerte bordes en la cuchara.
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—Cuando tenga seis años —dijo Linnie Marie—, papá va a comprarme un piano.
El sheriff miró a Yount con una expresión casi de disculpa.
—No es tan absurdo como parece. En el teatro del pueblo hay un piano viejo y podría comprarlo muy barato, Linnie tiene muy buen oído para la música.
—¿Tú tocas con los oídos? —preguntó Linnie Marie. Pero no esperó la respuesta. Su atención había sido atraída por la maciza cadena del reloj de Yount.
Un hombre entró rápidamente en la tienda y advirtió al sheriff con un significativo ademán. McLean se puso en pie lentamente, deliberadamente.
—Sírvele otro helado a la niña —le dijo al dependiente—. Linnie, volveré en seguida. Espérame aquí, y luego le llevaremos un helado a mamá.
Se detuvo un instante, contemplando a su hija, como si quisiera grabar su imagen en su mente. Luego dio media vuelta y salió de la tienda.
Yount se puso en pie y le siguió, apostándose en una delgada franja de sombra proyectada por el poste de un porche. A su derecha vio a McLean erguido en el centro de la calle, a pleno sol, con la cabeza ligeramente avanzada y los largos brazos colgando a sus costados. Por el otro extremo del pueblo avanzaba Tonto Bill, seguido por media docena de jinetes. Un hombre empezó a cruzar la calle, le advirtieron bruscamente y estuvo a punto de caer de bruces en su precipitado retroceso. Tonto, cabalgando lentamente, llegó a la altura del saloon y se detuvo. Se apeó de su montura con la agilidad de un felino. En su rostro de halcón se dibujaba una leve sonrisa. Luego, como si viera al sheriff por primera vez, se volvió hacia él y se cuadró. Yount, haciendo girar un cigarro apagado entre sus labios, calculó que la distancia que separaba a los hombres era de unos veinte pies. Tonto Bill habló en tono insolente:
—He oído decir que me advertía usted que no apareciera por Lost Eagle. ¿Qué hay de cierto en ello?
La respuesta del sheriff fue apenas audible:
—Dije que no llevaras este asunto más adelante, Tonto.
—Hable en voz alta —se mofó el forajido—. No susurre como las viejas. ¿Qué le hace pensar qué voy a obedecer?
—Sigue tu camino. No molestes a Jim Lañe.
—Se siente autoritario, ¿eh? ¿No sabe que yo doy órdenes, y no las acepto?
—En este caso tendrás que aceptarlas.
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El forajido aulló.
—Supongamos que no quiera hacerlo…
—Siendo así —dijo el sheriff, lentamente—, esperaré a que saques. Tonto osciló ligeramente sobre sus pies. Los hombres que le seguían,
todavía a caballo, rompieron filas y se alinearon a lo largo de las dos aceras. Yount, rígidamente absorto, apretó el cigarro entre sus dientes. Tonto rió — una risa dura, sarcástica—, y su mano descendió velozmente hacia la culata de su revólver.
Un doble estampido desgarró el silencio. Tonto se dobló por la mitad, como si acabaran de golpearle en el vientre; su brazo cayó, inerte, y el revólver se deslizó de entre sus dedos; luego dobló las rodillas y cayó, boca abajo.
Alguien aulló. Yount saltó al centro de la calzada, levantó su revólver y cubrió a los asombrados jinetes.
—Me llamo William Yount. Hablo como ranger de este Estado. Llevad este asunto más adelante y os veré a todos colgados.
El grupo de forajidos, aturdidos por la muerte del hombre al que consideraban invencible, no tuvo ocasión de reaccionar. El pelirrojo había salido apresuradamente del saloon, empuñando un revólver. Otros dos hombres salieron de una tienda, con sendos rifles en la mano. El sheriff, que no se había movido, dijo:
—En este pueblo, mientras yo sea sheriff, si un hombre quiere ir por el camino recto tendrá la oportunidad de hacerlo. ¡Regresad a las colinas!
Los jinetes dieron media vuelta y se alejaron al galope. Una marea de vida que reanuda su curso fluyó a través de la calle. El cadáver de Tonto quedó rodeado de gente y desapareció de la vista.
El sheriff corrió hacia la tienda y volvió a aparecer con la pequeña Linnie Marie en brazos, haciendo pantalla entre el ovalado rostro y la multitud que rodeaba al muerto. Yount volvió a enfundar su revólver, contempló su masticado cigarro y lo tiró al polvo. El dueño del hotel pasó junto a él, respirando agitadamente. Yount le tendió un dólar.
—Mi cuenta —dijo.
Luego se encaminó al establo.
—Ensille mi caballo —le dijo al mozo de cuadra.
Cruzando la calle, entró en la oficina del sheriff.
MacLean estaba sentado en una silla, con la pequeña Linnie Marie acurrucada en su regazo. Sus ojos estaban clavados en la puerta, y al ver entrar a Yount una nube de tristeza veló sus ojos.
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—He venido a despedirme —dijo Yount.
El sheriff se sobresaltó.
—Pero…
—Voy a regresar al cuartel general, para informar que Orlo Brant ha muerto en una calle de Lost Eagle, con una bala en el corazón. El caso ha quedado cerrado.
El sheriff dejó a la niña en el suelo y se puso en pie.
—Tonto… —empezó a decir.
—¿Quién puede estar seguro? —le interrumpió Yount, como si no deseara oír nada más—. El caso está cerrado.
Pareció dispuesto a añadir algo, pero contuvo el impulso y miró a una seria Linnie Marie que le devolvió la mirada, como si intuyera las corrientes subterráneas de una situación incomprensible para ella.
Yount se inclinó y la cogió en brazos.
—Linnie Marie —dijo—, dentro de poco vas a cumplir cuatro años. Cuando llegue ese día y enciendas las velas, recuerda que una de ellas arderá por un viejo amigo que estará muy lejos de aquí, recorriendo un camino solitario. Aquella noche, antes de acostarte, piensa un poquito en mí, ¿quieres?
—¿No vas a darme un beso? —preguntó Linnie Marie.
Sus diminutos brazos rodearon el cuello de Yount y su beso fue rápido y generoso. Yount volvió a dejarla en el suelo. Luego se volvió hacia el sheriff.
—Me alegro mucho de haberle conocido, McLean. Tres años, siete meses y dos días. Las cosas son muy distintas, desde luego. Bueno, adiós.
Salió a la calle y se encaminó al establo. Montó en su caballo y salió lentamente de Lost Eagle bajo el cálido sol: un hombre rígido y seguro de sí mismo mirando rectamente el camino que se extendía delante de sus ojos. Cuando llegó al final de la calle se volvió para ver a Linnie de pie en la acera, agitando una manita como una última despedida.
Yount se quitó el sombrero y se inclinó como se hubiera inclinado ante la dama más distinguida del mundo.
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LA HIJA DEL CORONEL
ERNEST HAYCOX
H abían cenado en el pegajoso calor de la casa y ahora estaban en el porche para gozar de la brisa nocturna, con la coloreada luz de los farolillos brillando agradablemente, y los caballeros fumando los cigarros del coronel. Los huéspedes eran el comandante Grant y su esposa, el capitán Keil y Mrs. Keil, el teniente Reading y su esposa de Baltimore con la que había contraído matrimonio hacía seis meses, el doctor Jury y los tenientes Cavour
Watkins y Jeff Lee. Y Taisie Belknap…, ya que el coronel tenía una hija. Esto ocurría en el antiguo Fort Tonto en el verano de un año en que los
apaches se mostraban particularmente hostiles. De cuando en cuando se oía el santo y seña de los centinelas. La oscuridad de aquella noche era muy profunda, y su negrura parecía más intensa a causa de la sombra que la Mesquite Mountain proyectaba sobre el puesto.
La esposa del coronel dijo:
—Bueno, supongo que podremos celebrar el baile de disfraces el sábado por la noche. Esto nos dará tiempo a invitar a nuestros amigos de Prescott.
—Yo me disfrazaré de espantapájaros —afirmó la joven esposa del teniente Reading en tono amargado—. No tendré que modificar mucho mi actual aspecto.
La vida militar era una novedad para ella y no había olvidado aún Baltimore. La esposa del coronel le dirigió una mirada amablemente divertida.
—Recuerdo que hace treinta y siete años experimentaba la misma desesperación.
La esposa del capitán Keil añadió:
—Cuando hayas llevado tu mejor vestido durante cinco años ya no te importará.
La esposa del comandante dijo:
—Yo no he salido de la frontera desde 1869.
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Se produjo un silencio, ya que todo el mundo comprendía lo amargada que estaba la esposa del comandante al saber que su marido no alcanzaría nunca una graduación más alta.
Taisie Belknap se balanceaba en una mecedora cuyo movimiento hacía crujir rítmicamente las tablas del suelo pandeadas por el fuerte calor. Su rubia cabeza estaba cómodamente ladeada y tenía las piernas extendidas de un modo que en Baltimore hubiera resultado incorrecto. Taisie había nacido en una ambulancia del ejército a cinco millas de distancia de la batalla de Bull Run, y durante su infancia la había acunado con frecuencia el traqueteo de las carretas militares. Ahora era una muchacha acostumbrada a la vida de la milicia, poseedora de una atezada y tranquila belleza.
El coronel estaba hablando con voz ligeramente ronca de la campaña de Custer del 76; y Taisie, silenciosa y en la sombra, pudo ver cómo las palabras de su padre afectaban a Cavour Watkins y parecían dejar indiferente a Jeff Lee. Entre los dos jóvenes había una diferencia tan profunda que despertó el interés de la muchacha. Cavour Watkins escuchaba con los oídos, los ojos y el corazón. Taisie podía verle respondiendo a aquellas antiguas batallas; podía verle disparar con la imaginación. Era una robusta forma entre las sombras, ennegrecido por el sol y con la silueta clásica del oficial de caballería. Un hombre, pensó Taisie, nacido para cabalgar y para luchar…, y para amar la acción a causa de su enorme vitalidad. Jeff Lee permanecía sentado en su silla, su alta figura ligeramente encorvada y su cabeza ladeada. Estaba perdido en sus pensamientos y su ancha boca formaba una línea recta y reflexiva a través de un rostro inescrutable ; y Tasie dudó de que oyera siquiera las palabras de su padre.
El centinela de puesto en la puerta principal dio el quién vive a un jinete que poco después cruzaba el patio al galope para detenerse delante del porche de la casa del coronel. Su presencia puso a todos los oficiales en pie. El jinete se apeó de su montura y Taisie vio la máscara de polvo que cubría su rostro. Cuando hubo recobrado el aliento, dijo:
—Han asaltado el rancho de Wilton hace una hora. Wilton y su esposa están muertos. Lo han quemado todo, menos el cobertizo donde estábamos los muchachos y yo. Fue la banda de Tobeel, unos diez en total.
—¿Hacia dónde se fueron?
—Hacia las Mesquites.
El coronel era un hombre rollizo y mantecoso que ocultaba sus cualidades detrás de una desarmante blandura. Dijo:
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—Ha sido un duro viaje, Jack. Vete a la cocina y que te den un poco de café.
Permaneció en pie, con aspecto pensativo, mientras la tranquilidad desaparecía del porche. No tardó en presentarse un sargento.
El coronel dijo:
—Teniente Watkins, tome veinte hombres y siga el rastro. Pero no vaya más allá del Paso de Lordsburg. Llévese a Reading.
El sargento que estaba al pie del porche desapareció inmediatamente en la oscuridad. Cavour Watkins saludó con una inclinación a los reunidos y miró de soslayo a Taisie Belknap. Estaba sonriendo y parecía muy complacido mientras se alejaba con el joven Reading. En los dormitorios de la tropa resonaba la voz del sargento. Unas luces empezaron a oscilar alrededor del puesto,
Taisie se dio cuenta de que la preocupación tensaba las mejillas de Jeff Lee. El teniente se cuadró ante el coronel y dijo:
—Con su permiso, mi coronel —y desapareció rápidamente en la oscuridad.
El capitán Keil murmuró:
—Jeff está preocupado por sus indios domesticados.
—Comparto la preocupación —dijo el coronel.
—No hay apaches domesticados —afirmó el comandante Grant.
Se despidió de los presentes y cogió a su esposa del brazo. Los Keil se marcharon y el doctor escoltó a la esposa de Reading hasta su vivienda,
—Taisie —dijo la esposa del coronel—, me gustaría que te sentaras en esa silla en vez de tenderte en ella como hace Jeff Lee. Algún día vas a romperte el cuello.
Taisie sonrió y dijo:
—Tendré que recordar las lecciones de Mrs. Chaffee —y se desvaneció en la oscuridad.
La esposa del coronel dijo:
—Me gustaría que no fuera tan bonita y que sentara la cabeza de una vez.
A su edad, yo ya llevaba dos años de casada.
El coronel se retorció las guías de su bigote; la luz de los faroles avivó el rojizo color de sus mejillas.
—Taisie ya ha hecho su elección.
—¿A quién ha escogido?
—No lo sé. Y tampoco ella lo sabe. Pero será uno de los dos.
La esposa del coronel dijo:
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—¿Tienes alguna preferencia?
Pero el coronel era un hombre imparcial, incluso ante su esposa.
—Los dos son excelentes oficiales. Watkins es un luchador nato. Y tiene mucha ambición.
Su esposa dijo:
—Creo que Jeff Lee se siente molesto al ver que no le envías con ninguna expedición. Este año aún no ha salido de patrulla.
—Es útil a su modo —dijo brevemente el coronel, y se quedó de pie en el porche, contemplando las sombras de la patrulla que Cavour Watkins estaba formando.
Taisie se detuvo junto a la garita del centinela. Cavour Watkins salió del alojamiento de los soldados y se detuvo un momento allí. Dijo:
—La veré a usted… —y esperó hasta que los soldados terminaron de numerarse—. La veré a usted mañana.
Taisie dijo:
—Tenga cuidado, Cavour.
Watkins estaba riendo.
—Taisie…, me gustaría llevar su guante atado a mi cinturón. Un talismán, —Una idea muy galante, Cavour. Tenga cuidado. —¿Está preocupada por mí?
La voz de Taisie fue suave y fría. —Quiero a todos esos huesudos irlandeses. —Pero, ¿y a mí?
Taisie respondió en tono alegre y amablemente burlón: —Se necesitan quince años para hacer un buen sargento, Cavour, y solamente cuatro para hacer un teniente.
—Los buenos tenientes —dijo Watkins— nacen, no se hacen.
Y fue a reunirse con su patrulla. Taisie permaneció junto a la garita, bajo la claridad del farol que colgaba de la pared, oyendo las voces de mando de Cavour. La patrulla se puso en marcha y el sonido de los cascos de los caballos fue haciéndose cada vez más débil hasta que se apagó del todo.
A un cuarto de milla del fuerte, las fogatas de la pacífica banda de apaches de Kaminzin taladraban la noche con su resplandor amarillento. Jeff Lee estaría allí, calmando los temores de Kaminzin. Tobeel y la mitad de los apaches de aquel distrito se ocultaban en las Mesquites y asaltaban los poblados blancos. La otra mitad, bajo la jefatura de Kaminzin, había firmado la paz y estaba acampada a lo largo del arroyo Santa Rita. Pero, incluso en la paz, los hombres de Kaminzin eran indómitos como antílopes y sujetos al
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miedo. El menor susurro les haría emprender la huida hacia las colinas, destruyendo la obra de su padre. Las órdenes del general Crook eran terminantes: paz para aquellos que la aceptaran, destrucción para aquellos que no la quisieran. Cavour Watkins se había puesto en camino para destruir, mientras Jeff Lee estaba agachado delante de una fogata en el campamento de Kaminzin y hablaba su idioma, paciente, cuidadosa y amablemente, procurando adaptar sus palabras a las primitivas emociones de aquellos indios.
Taisie echó a andar a lo largo de los alojamientos de los oficiales.
El centinela dio el quién vive y Taisie oyó la respuesta de Jeff Lee a su regreso del campamento indio. Sus hombros se destacaban anchos y cuadrados contra la oscuridad, pero Taisie se dio cuenta de que estaba cansado.
Taisie dijo:
—¿Qué pasaba con Kaminzin?
Jeff Lee se detuvo junto a ella, llenando su pipa.
—Uno de los hombres de Tobeel se deslizó en su campamento y empezó a decirle a su gente que íbamos a mandar a los soldados contra ellos cualquier noche para matarles a todos. Kaminzin confía en mí, pero le resulta difícil evitar que cunda el temor en su campamento. Tobeel trató de empujarles hacia las colinas para empezar de nuevo a luchar.
—¿Qué les has dicho?
Jeff Lee respondió, lacónicamente:
—Me limité a sentarme y a hablar. Resulta algo complicado. Una sola palabra equívoca, y emprenderían la huida hacia las Mesquites, lo cual significaría el fin de nuestra obra.
La luz de la tienda del teniente iluminó brevemente a la muchacha, y ésta supo que Jeff tenía una fuerte impresión de su presencia allí.
El teniente dijo:
—Ha sido un día muy caluroso.
La risa de Taisie fue un pequeño eco de plata a través de la oscuridad. —¿Qué debo responder a eso, Jeff?
—Algún día —dijo secamente Lee— estaré de servicio en un puesto donde los oficiales puedan llevar el peso de una conversación superficial.
De la ancha y paciente superficie de aquel hombre había saltado inesperadamente una leve chispa de furor que sorprendió a Taisie. Murmuró:
—Jeff, no trataba de burlarme de usted —y apoyó una mano en su brazo.
—No —dijo Lee llanamente—. Lo siento. Buenas noches, Taisie.
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En su habitación, la muchacha se desvistió, se envolvió en una bata y permaneció pensativamente inmóvil. Las prolongadas y soñadoras notas del toque de silencio la hicieron dirigirse hacia su lecho; y tendida allí, con el arqueado universo encima, pensó en lo raros que eran los hombres. Jeff Lee no había visto nada en la noche ni en ella que le estimulara. Cavour Watkins hubiera paseado con ella a través del patio, orgulloso y satisfecho.
A las ocho de la mañana, Taisie montó su yegua para el paseo matinal. Regresó, se cambió de ropa y se sentó en el porche a releer las cartas que había recibido del Este, todas ellas con un mes de antigüedad.
Después de comer volvió a instalarse en el porche con su costura, desasosegada sin saber exactamente el motivo.
Alrededor de las cuatro de la tarde, tres indios viejos, procedentes del campamento de Kaminzin, se presentaron en el fuerte y se detuvieron delante de la oficina del mando. Jeff salió de la oficina, escuchó lo que los indios le decían
277 sin mover un solo músculo y luego se marchó con ellos hacia el campamento del Santa Rita. El coronel Belknap salió a su vez de la oficina y se encaminó al porche, sentándose al lado de Taisie. Sus mejillas estaban más rojizas que de costumbre.
LA HIJA DEL CORONEL
Taisie inclinó cuidadosamente la cabeza sobre su costura. Habló en tono casual:
—Jeff parece tener influencia sobre la gente de Kaminzin.
Belknap se limitó a decir:
—Sí.
—¿Más que Cavour?
—Son dos tipos distintos de hombre —respondió el coronel. Y añadió inmediatamente—: Ambos excelentes oficiales.
Una imparcialidad a través de la cual Taisie no podía penetrar, a pesar de saber que su padre tenía su secreta preferencia. La frontera ponía de relieve la debilidad y ponía de relieve la fuerza…, y los hombres eran aquí a la vez justos y crueles al juzgar a otros hombres. Su padre no decía nada, pero invariablemente enviaba a Cavour Watkins de patrulla, en tanto que Jeff Lee sudaba su ambición en las tareas rutinarias del puesto,
—A menudo me he preguntado por qué no envías nunca a Jeff Lee a las Mesquites.
—Me es más útil aquí —respondió el coronel, y se puso en pie.
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En la distancia se oyó el sonido de los cascos de numerosos caballos que se acercaban al galope. Poco después aparecía la patrulla de Cavour Watkins. Belknap murmuró, con una evidente expresión de alivio:
—Ya era hora de que regresaran.
Los jinetes de la patrulla tenían un aspecto de agotamiento. Cavour Watkins se apeó de su montura y se cuadró ante el coronel. Sus ojos, inyectados en sangre, tenían un raro fulgor. Dijo:
—Se presenta el teniente Watkins, de regreso con la patrulla, mi coronel. Al amanecer hemos tenido un encuentro con Tobeel cerca del Paso de Lordsburgs, pero ha conseguido huir. En el camino de regreso hemos sorprendido a una partida de indios y la hemos dispersado. Lamento tener que comunicarle la baja del soldado Hannevy.
La mirada de Taisie Belknap recorrió la columna hasta
encontrar un caballo sin jinete y con un bulto envuelto en una manta y atravesado sobre la silla.
La voz de su padre sonó inexpresiva a sus oídos:
—Muy bien, teniente.
El coronel permaneció en pie en el porche hasta que Cavour Watkins volvió a montar y se llevó la patrulla hacia los barracones. Se atusaba las guías de su bigote, y Taisie supo que estaba intensamente preocupado. En aquel momento apareció Jeff Lee, de regreso del campamento de Kamin- zin; Taisie vio que pasaba cerca de Cavour Watkins sin dirigirle la palabra y entraba en su tienda.
A las seis y media, Taisie cenó en el recalentado comedor, sin que en la mesa hubiera apetito ni demasiada conversación. Cuando el coronel perdía un hombre, su locuacidad se desvanecía. A las siete, la muchacha se dirigió a la cocina para sonsacar a Charley Simpson, cocinero del coronel desde hacía diez años. Charley era un hombre discreto inclinado a la taciturnidad, pero todas las habladurías del puesto llegaban a él como limaduras de hierro atraídas por un imán, y Taisie no lo ignoraba. Inquirió:
—¿Qué ha pasado, Charley?
Charley apoyó sus manos en el borde del fregadero.
—El sargento Riley dice que no han descansado más que veinte minutos en toda la noche. Avistaron a Tobeel cerca del paso, pero los apaches disparaban ocultos entre las rocas y el teniente trató de cargar contra ellos, y entonces mataron a Hannevy. Tobeel huyó, y los caballos estaban demasiado cansados para una persecución. En el camino de regreso han sorprendido a una partida de indios: seis hombres, varias mujeres y un par de chiquillos.
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Trataron de oponer resistencia, pero el teniente los dispersó. Una de las mujeres le atravesó el brazo de un tiro al sargento Riley.
Taisie murmuró:
—¿Qué les ha sucedido a las mujeres y a los niños, Simpson?
Simpson se encogió de hombros,
—No sé nada. Supongo que habrán huido.
Taisie supo que estaba mintiendo. Algunas de aquellas mujeres habían resultado muertas en la lucha. Salió de la cocina, pensando en aquello, y cruzó el patio con su rubia cabeza inclinada. El sol se hundía en el horizonte, y cuando la muchacha hubo trepado por el camino hasta la garita número ocho, situada en el cantil de la colina, vio las oleadas color púrpura de polvo que se alzaban a través del lejano desierto. Las luces empezaron a brillar a través de las ventanas del fuerte, y cuando Taisie regresó era completamente de noche; y todos los oficiales del fuerte se encontraban en el porche de la vivienda del coronel.
Cavour Watkins se había cambiado de uniforme, y cuando se puso en pie Taisie se dio cuenta de lo sólido y agresivo de su aspecto. La miraba sonriendo, y la muchacha comprendió que su ambición se había sentido estimulada por su última expedición. Jeff Lee se levantó con una breve cortesía y volvió a sentarse desmadejadamente en su silla.
Cavour Watkins dijo:
—Estoy convencido de que los pacíficos indios de Jeff nos están traicionando. Creo que Kaminzin le envía mensajeros a Tobeel en cuanto nuestras patrullas salen del fuerte.
Desde las profundidades de su silla, Jeff Lee dijo:
—Kaminzin es un hombre honrado.
Cavour Watkins sonrió desdeñosamente.
—Yo no puedo ser tan ingenuo. Los indios nos odian, y nada les pacificará nunca, excepto el plomo de nuestras balas.
—Tobeel lucha porque cree que si se rinde le matarán —dijo Jeff Lee—. No puedo reprocharle su razonamiento. Kaminzin se ha rendido porque confía en nuestra palabra. Si seguimos manteniéndola, convencerá paulatinamente a la mayor parte de los guerreros de Tobeel para que dejen la lucha.
Cavour Watkins dijo; en tono impaciente:
—Aceptan nuestras raciones y se ríen de nosotros.
Detrás de aquellas dos voces, Taisie captó una diferencia que nada podía reconciliar: el antagonismo de dos hombres que nunca estarían de acuerdo. Alguien habló en apache en la esquina del porche, sorprendiéndoles a todos.
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Tres de los indios de Kaminzin se habían presentado silenciosamente en el porche. Jeff Lee se puso en pie inmediatamente y se acercó a ellos, desaparecida toda su indiferencia; hablaron unos instantes en el rudo idioma apache y luego los indios se marcharon tan silenciosamente como habían llegado.
Jeff Lee parecía haberse transformado en una persona distinta; tenía los labios fuertemente apretados y sus ojos llameaban.
—La gente de Kaminzin está intranquila. Temen que les suceda algo como consecuencia de la muerte del soldado Han- nevy.
El coronel dijo:
—¿Quién ha empezado esto?
El silencio llenó significativamente el porche. Jeff Lee permaneció erguido y ancho de hombros contra la luz de la lámpara. Cavour Watkins contempló a Jeff Lee con un intenso interés, como si esperara que dijera algo especial, Taisie se dio cuenta. Pero Jeff Lee murmuró:
—Lo ignoro, mi coronel —y abandonó el porche.
Cavour Watkins se puso en pie inmediatamente y los otros oficiales pidieron permiso para retirarse.
Cuando oyó el toque de silencio Taisie se dirigió a su habitación y se acostó; durante largo rato permaneció tendida en la cama, despierta, recordando que dentro de un mes cumpliría veintitrés años. Empezaba a sentirse vieja, muy vieja…
El sonido de voces junto al porche la despertó súbitamente. A la luz de un farol vio a los oficiales del puesto reunidos alrededor de su padre, que llevaba su blanco camisón y el gorro de dormir ladeado sobre su cabeza como una cornucopia.
Jeff Lee estaba diciendo:
—Kaminzin y toda su gente han abandonado el campamento sin hacer el menor ruido. Debieron marcharse alrededor del toque de silencio, pero ninguno de los centinelas les vio ni les oyó.
—Doscientos indios marchándose sin despertar un solo eco —gruñó el comandante Grant—. Antes del amanecer estarán en las Mesquites.
—Y antes de que vuelva a anochecer habrán saqueado el valle de Santa Rita —añadió Cavour Watkins—. Kaminzin fue muy listo al engordar a sus guerreros con nuestras raciones antes de iniciar las correrías de otoño. No hay apaches honrados, teniente Lee. Le han engañado a usted.
Jeff Lee replicó, sin alterarse:
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—Estoy convencido de lo contrario. Conozco a Kaminzin. Si el coronel me autoriza a llevarme al sargento Oldroyd, antes de mediodía volveré a traer a Kaminzin.
El coronel Belknap dijo, lentamente:
—¿Está usted seguro, teniente Lee?
—Conozco a la gente de Kaminzin. Están asustados por la muerte de Hannevy. Alguien les ha amenazado, diciéndoles que traerá graves consecuencias para ellos.
Taisie miró a su padre con expresión intrigada. El coronel, que siempre había reservado a Jeff Lee las rutinarias tareas del fuerte, dijo:
—Tiene usted mi permiso, teniente Lee.
Después del desayuno, Taisie entró en la cocina para charlar con Charley Simpson.
Dijo:
—¿Qué es lo que ha asustado a Kaminzin, Charley?
Simpson troceó concienzudamente una patata.
—He oído decir que alguien fue anoche a su campamento, antes de cenar, y le dijo que lo mejor que podía hacer era ir a reunirse con Tobeel, si quería ahorrarse un serio disgusto.
—¿Quién fue allí, Charley?
Charley Simpson respondió amablemente:
—No creo haberlo oído.
A las once de la mañana Taisie se encontraba en un rincón del patio mientras el doctor pronunciaba unas palabras sobre el ataúd de Hannevy. A continuación, seis soldados izaron el ataúd a una carreta del ejército, la cual se puso en marcha hacia el cementerio, escoltada por los compañeros de armas del muerto. Apenas habían llegado allí cuando Taisie vio que la gente de Kaminzin descendía por la ladera de la colina en fila de a dos, con las azules figuras de Jeff Lee y del sargento Oldroyd en cabeza,
Taisie notó que en los rostros de todos los reunidos para la fúnebre ceremonia aparecía una expresión de alivio. Su padre se atusó vigorosamente las guías del bigote, y la esposa, del teniente Reading se frotó los ojos con un rápido gesto. Taisie miró al teniente Watkins, impulsada por una extraña curiosidad, y vio que contemplaba a los indios con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido.
Era antes del mediodía, tal como Jeff Lee había prometido. Más tarde, desde el porche, le vio dirigirse a la oficina central, alto y erguido a la luz del sol; y luego salió con su padre, y todos los oficiales del puesto se reunieron y
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se dirigieron al campamento de los indios, para hacerle una visita a Kaminzin. Charley Simpson cruzó el patio en dirección a los barracones de la tropa, como un podenco que acaba de olfatear un rastro. Taisie entró en la casa en busca de su costura, volvió a salir y se sentó en el porche, consumida por la impaciencia. Los oficiales estaban regresando y la muchacha vio a Cavour Watkins que se dirigía hacia la cuadra. El resto de los oficiales estaba agrupado delante de la oficina central, hablando, y el coronel estrechó la mano de Jeff Lee, el cual dio media vuelta y se encaminó también a la cuadra. Taisie clavó la aguja en la pieza que estaba cosiendo y en sus ojos apareció una expresión tormentosa. Vio que Charley regresaba de los barracones. La muchacha estaba ya en la cocina cuando llegó Charley.
—Desde el principio, Charley —le dijo—. Desde el principio.
—Bueno, el teniente y Oldroyd se encaminaron directamente al corazón de las Mesauites. Oldroyd dice que la oscuridad era absoluta y que no sabía dónde se encontraban. Pero el teniente avanzaba como si estuviera en el centro de una avenida. Llegaron al campamento de Kaminzin alrededor de las tres de la mañana, y el teniente gritó algo en apache. Alguien disparó contra ellos, y luego Kaminzin ordenó que cesara el fuego y el teniente se apeó de su caballo y avanzó hacia una pequeña fogata. Oldroyd dice que le pareció que todos los apaches de Arizona se habían reunido allí. Tobeel estaba también allí. Y todo el mundo se mostraba furioso, y Tobeel apuntó al teniente con su rifle, pero Kaminzin impidió que disparara contra él. Luego, lo único que Oldroyd pudo ver fue la cabeza del teniente rodeada de indios que gesticulaban furiosamente.
«Oldroyd dice que el teniente no se movió y no dijo una sola palabra durante diez minutos, y entonces los indios dejaron de aullar y Kaminzin y Tobeel y un grupo de pequeños jefes se reunieron alrededor de la fogata y empezaron a discutir. Hablaron durante dos horas, y de cuando en cuando una squaw profería un aullido y se precipitaba contra el teniente, y luego Tobeel hizo un discurso, hablando excita- damente. Al amanecer, cuando todo estaba en calma, Tobeel se puso en pie, empuñó un cuchillo y echó a correr hacia el teniente. Y entonces Kaminzin mató a Tobeel de un disparo de rifle. Cuando salió el sol, Oldroyd dice que Kaminzin habló brevemente con los pequeños jefes y todo el mundo montó a caballo y emprendieron el camino de regreso a su antiguo campamento. Desde luego, Miss Taisie, ese teniente es un hombre con una extraordinaria sangre fría.
Taisie murmuró:
—Gracias, Charley —y regresó al porche.
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Dejó la costura sobre su regazo y esperó, con la barbilla obstinadamente alzada.
Jeff Lee entró en la semipenumbra de la cuadra y encontró a Cavour Watkins sentado sobre una bala de alfalfa. El sargento a cargo de las caballerizas estaba también allí, pero miró con aire de curiosidad a Cavour Watkins y a Jeff Lee y se marchó prudentemente. Cavour Watkins se había puesto en pie, con un peligroso brillo en los ojos.
—Le felicito, teniente Lee —dijo, en tono sarcástico—. Fue algo muy dramático. Muy pintoresco. En toda la frontera se hablará de su espléndido gesto.
—Cavour —dijo Lee—, no vuelva a acercarse a Kaminzin para amenazarle.
—¡Dígale a Belknap que fui yo! —gritó Cavour Watkins—. ¡Malditos sean sus indios!
El rostro de Jeff Lee tenía una expresión sombría.
—¿Hasta dónde sería capaz de llegar para satisfacer su ambición personal, Cavour?
Cavour Watkins tenía los ojos inyectados en sangre. De repente, sin previo aviso, disparó su puño contra el rostro de Jeff Lee.
Pero Jeff Lee no se dejó sorprender. Su brazo izquierdo paró el golpe, al tiempo que su puño derecho salía proyectado hacia la mandíbula de Cavour Watkins, el cual se desplomó sin sentido. Jeff Lee salió de la cuadra y encontró al sargento, que miraba con aire indiferente a través del patio.
Jeff Lee dijo:
—El teniente Watkins está un poco enfermo. Creo que es el sol. ¿Comprende?
—Es un sol muy fuerte, mi teniente —dijo seriamente el sargento.
Taisie volvió a coger su costura, viendo que Jeff Lee cruzaba el patio a grandes zancadas. Su padre se había retirado a su habitación para dormir su siesta de todas las tardes, y Taisie podía oírle hablar con su madre.
Desde el pie del porche, Jeff Lee dijo:
—Hoy también hemos tenido un día muy caluroso.
Taisie levantó la mirada y dijo:
—Sí, teniente, está haciendo mucho calor.
Pero la muchacha vio algo en el solemne rostro del teniente y contuvo la respiración. Jeff Lee estaba sonriendo, con aire complacido, y la miraba como un oficial correcto debe mirar a la encantadora hija de un coronel. Taisie comprendió que Jeff Lee había pasado seis meses de amargo y personal
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tormento, mordiéndose las uñas en las decepcionantes tareas del fuerte, mientras otro oficial se levantaba por encima de él. Pero ahora había recobrado la fe en sus propias posibilidades. Taisie pudo ver todo eso en su rostro.
—He oído decir —murmuró Taisie, inclinando de nuevo los ojos hacia su costura—, que su expedición ha sido muy interesante.
Los ojos de Jeff Lee eran intensamente grises y ahora sonreían a Taisie.
—Creo que el atardecer será el mejor momento para que hablemos de eso.
Podríamos llegarnos hasta la colina, donde tal vez sople un poco de aire. —Me parece una idea excelente —dijo Taisie, mirándole seria y
rectamente a los ojos, sin la menor reserva. Por fin había llegado el momento. El coronel estaba tendido en su cama, y la esposa del coronel se
encontraba en pie junto a la cerrada puerta del dormitorio.
Mrs. Belknap dijo:
—De modo que era Jeff Lee. ¿Estás contento, Belknap?
El coronel dejó oír una risita.
—Estoy completamente satisfecho.
La esposa del coronel frunció el entrecejo.
—Entonces, ¿por qué has estado favoreciendo a Cavour con todas esas excitantes patrullas y has mantenido al pobre Jeff Lee fatigándose al sol?
—Al hombre que realmente vale hay que dejarle que madure —respondió enigmáticamente el coronel Belknap.
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LA CAZA
ERNEST HAYCOX
E RA otra de aquellas cazas que agotaban por igual al hombre y a la bestia. Al llegar al borde del desierto —profundas sombras color cobalto corriendo como agua a través de la tierra—, Matt MacQuestion ordenó un alto a los hombres que le seguían y dirigió una mirada severamente azul a las masas del Bullhide Range, veinte millas al Norte. Todos aquellos picachos en forma de torreón y las negras superficies estaban desvaneciéndose detrás de la misteriosa oscuridad nocturna; la noche tendió sus alas sobre el grupo de hombres mientras MacQuestion buscaba alguna señal de Luke Daunnt y de sus tres compinches; unas alas negras, suavizadas apenas por el cristalino brillo de las estrellas. Dándose cuenta de ello, Matt MacQuestion se volvió en su silla y habló a las diez vagas formas que tenía
detrás.
—Seguid avanzando en dirección al Este. Acampad a doce o quince millas de aquí. Cuando salga el sol continuad de nuevo hacia el Norte, orillando la base de la cordillera. —Y tras una breve pausa, su voz amable y enérgica añadió—: La idea es que Luke y sus amigos os vean desde las alturas del Bullhide y crean que estáis siguiendo una falsa pista.
Una voz inquirió:
—¿Dónde estará usted, sheriff?
—Yo seguiré este camino.
—¿Cuándo nos reuniremos con usted?
—Eso es cuenta mía —replicó MacQuestion, y esperó que los muchachos se marcharan.
Hubo ciertas muestras de desagrado, que MacQuestion acalló con un perentorio:
—¡En marcha, muchachos!
Se oyeron unas apagadas protestas a través de la oscu
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ridad mientras el grupo se alejaba. MacQuestion puso su caballo a medio galope a lo largo del camino que había venido siguiendo, alegrándose en su fuero íntimo de la mayor libertad de movimientos de que iba a gozar. Había estado tratando de librarse de aquel grupo durante dos días. Las posses habían molestado siempre a aquel viejo lobo solitario, que había conducido quizás un centenar de ellas a la caza de un forajido u otro. Estaban compuestas inevitablemente por jóvenes rebosantes de energía dispuestos a convertir en una especie de fiesta algo acerca de lo cual lo ignoraban todo.
«Se extienden por el terreno como cachorros —reflexionó—. Ahora que la distancia va acortándose, uno de esos jóvenes se hubiera alejado demasiado y le hubieran pegado un tiro, empeorando la situación. Lo he visto ocurrir más de una vez. La caza del hombre es para un viejo pecador como yo, que sabe lo que el otro pecador se dispone a hacer y puede sorprenderle mientras lo está haciendo.»
El curso de sus propios pensamientos le sorprendió, y llegó a la conclusión de que se estaba haciendo viejo. En otras épocas, la muerte repentina le había parecido menos importante. Ahora le llenaba de un profundo pesar; y aquellos muchachos a los que había enviado lejos eran demasiado jóvenes para morir a manos de Luke Daunnt. Era necesario envejecer para comprender que la juventud era algo precioso e irreemplazable. Entretanto, un profundo arroyo surgió de la noche y MacQuestion desmontó junto a él para encender una pequeña fogata con tallos de salvia, sobre la cual hirvió su café en una lata de tomate vacía. El café y un bocadillo de tocino crudo constituyeron su cena. Después de cenar sacó un arrugado trozo de papel de su bolsillo y lo alisó contra su bota. Ya había leído aquella nota del sheriff Till Tayloe, del condado contiguo, pero volvió a leerla con aquella paciente curiosidad que busca un significado más y más profundo :
Matt: Llevo dieciséis horas sin dormir y escribo esta nota a la luz de una cerilla que alguien sostiene sobre mí. Un grupo de cinco hombres se presentó anoche en Rainwater y asaltó el Banco cuando el coronel Gooch y su cajero estaban a punto de cerrar. El cajero no hizo el menor movimiento, pero Gooch trató de reaccionar y le mataron a sangre fría. Hemos liquidado a un individuo de la banda al cual le faltaba un pulgar. Los otros consiguieron huir, aunque sabemos que uno de ellos está herido. Hemos perdido el rastro dos, tres veces. Continuaremos persiguiéndoles, pero ignoramos la dirección que han tomado. Existen muchas posibilidades de que hayan pasado a su condado. Si es así, me
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reuniré con usted dentro de diez horas. Entretanto, ponga a sus chicos en movimiento. Estos individuos son desconocidos para mí. Dese prisa.
Till Tayloe.
«Para mí no son desconocidos —murmuró MacQuestion, volviendo a meterse el papel en el bolsillo—. El individuo con un pulgar menos era Bud Malloy, y esto marca a los otros. Bud cayó bajo la mala influencia de Luke Daunnt hace un par de años. De modo que el jefe de la banda es Luke, y los otros miembros son Earl Shaneways, Slash Bill Evans y Yuma, el mestizo. No hay un átomo de misericordia en ninguno de ellos. Lo raro es que no mataran al cajero de buenas a primeras.»
Con las piernas cruzadas delante del moribundo fuego, el delgado cuerpo de Matt MacQuestion no revelaba la menor fatiga. Ni tampoco su rostro, un rostro que no permitía adivinar que su dueño llevaba treinta años dedicado a la caza del hombre; era un rostro suave y pensativo, y al verlo se hubiera dicho que pertenecía a un oficinista más que a un hombre de acción. Debajo de unas cejas plateadas un par de ojos azules parecían contemplar ingenuamente el mundo; la firmeza de su boca quedaba medio oculta por el bigote de largas guías.
«No hay un átomo de misericordia en ellos —repitió lentamente—. Y yo no puedo permitir otro asesinato. Este asunto tiene que quedar liquidado del todo.»
Poniéndose en pie, aplastó los restos del fuego y fue en busca de su caballo. Más allá del arroyo se encaminó directamente hacia el Norte, sin prisa. No había nunca necesidad de apresurarse. Había aprendido esto a través de los años y en más de un centenar de caminos. Hacía siglos, un hombre sabio había escrito acerca del destino del transgresor en el Libro de los libros…, y Matt MacQuestion había visto cumplirse la inexorable sentencia demasiado a menudo para dudar de ella. De modo que, cabalgando a la luz de las estrellas, apaciguado por aquella soledad que él comprendía y apreciaba tanto, llegó al pie de los baluartes del Bullhide alrededor de medianoche. En el aire flotaba un olor a polvo.
«Se han demorado por algo», se dijo MacQuestion.
Pero poco después perdió el olor de aquel polvo y retrocedió para localizarlo de nuevo. El rastro le llevó a una especie de pasillo bordeado por altas paredes de piedra; luego, el olor a polvo se desvaneció y una leve corriente de aire acarició su rostro. Súbitamente se encontró delante de un vasto umbral en aquellas paredes que se erguían hacia el cielo. El Bullhide tenía su cañón, y esta formidable abertura era su boca.
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«Se han metido por aquí —murmuró MacQuestion, sorprendido—, en vez de buscar las alturas. Es muy raro. Yo no lo hubiera hecho. Hay ocho millas hasta el primer camino lateral para salir de esta trampa. Y treinta millas hasta el final.»
Se detuvo, tratando de pensar igual que estarían pensando aquellos cuatro forajidos. Se colocó en sus zapatos, asumió sus temores y sus instintos animales. Y una desacostumbrada dureza asomó a su rostro mientras pensaba en aquellos rufianes que habían venido a turbar la paz de su condado, despertando la sed de sangre de los más jóvenes.
«Luke y yo hemos sobrevivido a nuestra época —murmuró—. El Oeste no es tan salvaje como era, y la ley del revólver más rápido ha desaparecido, afortunadamente. Pero Luke no lo sabe. Es una reliquia del antiguo Oeste y anda entre fantasmas, como yo. Pero no puede ser…, no puede ser. No voy a permitir que la llamada del lobo resuene de nuevo a través del Bullhide. Bueno, soy un viejo perro de caza que ha estado dormitando delante de un agradable fuego. Me pregunto si todavía tengo olfato para encontrar un rastro.»
Sólo se había detenido unos instantes, pero en aquel espacio de tiempo su estado de ánimo se había trocado en frío e implacable. Ahora era un cazador, y nada más. Dando media vuelta, se apartó de la entrada del cañón y ascendió por una suave ladera que conducía a su parte superior, hasta que se encontró a quinientos pies de altura y en una de las orillas
del cañón. Escuchó allí unos instantes, pero no oyó nada anormal. No esperaba oír nada, en realidad: el cañón enterraba sus propios sonidos, y aparte el rumor del viento nada turbaba el silencio de la noche. MacQuestion siguió un camino que discurría por el mismo borde del acantilado, confiando en su caballo y en su propio conocimiento del terreno. Ocho millas más adelante se detuvo, sabiendo que en aquel lugar había un camino que descendía hasta el fondo del cañón. Aquélla era la primera salida. Si Luke Daunnt tenía prisa por dejar la garganta del Bullhide detrás de él, aquí estaba el probable punto de partida.
Se aplastó contra el camino, encendió un fósforo y no descubrió ninguna huella reciente. Incorporándose, se dijo a sí mismo:
«Para mis propósitos, es preferible que permanezcan más tiempo en el cañón. Ahí están, con el dinero del Banco, llenos de recelos y de suspicacias. El asunto tendrá el desarrollo de costumbre.»
De modo que encendió una fogata, una gran fogata, en el mismo borde del acantilado; y permaneció junto a ella el tiempo suficiente para ver cómo sus
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llamas se alzaban al cielo como una señal visible desde muy lejos. Luego volvió a montar en su caballo y continuó avanzando, sin prisa, porque sabía que no había necesidad de apresurarse.
Tres millas adentro del Bullhide, Daunnt y sus hombres habían cruzado un arroyo poco profundo que discurría por la garganta, y se habían guarecido en una especie de cueva excavada por lo que en otro tiempo fue impetuosa corriente. La luz del fuego manchaba las paredes de color de sangre. Yuma, el mestizo, estaba sentado lejos del fuego, con sus redondas mejillas inescrutables; Slash Bill Evans, alto, delgado y taciturno, agachado sobre sus talones, las palmas de las manos vueltas hacia las llamas; y Luke Daunnt, con el rostro inclinado hacia Earl Shaneway, tendido en el suelo.
Shaneway se estaba muriendo y lo sabía. Sabía, también, que a ninguno de aquellos otros tres hombres le importaba. Le contemplaban con indiferencia, casi como si le despreciaran por el retraso que les causaba…, tan silenciosamente que el tictac de su reloj era un sonido perfectamente audible. Sus mejillas habían perdido el color y sus labios aparecían contraídos a causa del terrible dolor de la herida que había recibido en Rainwater.
Miró a Luke Daunnt con los ojos muy abiertos: con aquella mirada de humano terror que precede a la muerte. Y dijo, lentamente, entre sus dientes:
—Haz algo por mí, Luke.
—¿Te sientes morir? —gruñó Luke, y mostró un interés semejante a la curiosidad de un espectador.
—¡Haz algo por mí, Luke! —suplicó Shaneway.
—No hay nada que hacer —dijo Daunnt, y pateó el fuego con la punta del
pie.
—No, supongo que no —murmuró Shaneway. Una ola de palidez se extendió por su rostro y su frente se perló de sudor—. ¡Dios mío! ¡Ojalá pudiera retroceder una semana en mi vida!
Slash Bill Evans se inclinó hacia adelante, apoyó dos dedos en el cuello del moribundo y miró significativamente a Daunnt. Shaneway captó aquella mirada y dijo amargamente:
—Moriré a mi manera. No tratéis de darme prisa.
—¿Qué es lo que lamentas más? —preguntó Daunnt, con aquel mismo extraño interés.
—Algo…, hace muchísimo tiempo —dijo Shaneway débilmente, y se sumió en un aparente coma. Los otros tres hombres intercambiaron unas miradas. Daunnt empezó a hablar con una absoluta indiferencia hacia el hombre tendido en el suelo:
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—Puede morirse dentro de un momento… o puede durar un día entero. Es una tontería esperar a que se muera.
—Opino lo mismo —dijo Slash Bill Evans, y se volvió hacia Yuma. El mestizo se limitó a inclinar afirmativamente la cabeza.
—De acuerdo —dijo bruscamente Daunnt—. Vamos a marcharnos.
Slash Bill Evans se incorporó y tuvo que inclinar la cabeza para no tocar el techo de la cueva. Pero antes de salir se volvió hacia Daunnt.
—Un momento —dijo—. Ahora habrá que dividir el dinero en tres partes, en vez de cuatro.
Daunnt le miró fijamente.
—Sí —murmuró.
Yuma irguió su rechoncho cuerpo, saliendo del fondo de la cueva.
—Repartirlo aquí —dijo.
—No —replicó Daunnt—. Yo lo llevaré hasta que dispongamos de más tiempo.
Pero alguna nueva idea brilló en los oscuros ojos del hombre y dirigió una rápida mirada a Slash Bill Evans, el cual se limitó a cerrar lentamente los párpados, en mudo asentimiento.
Daunnt dijo:
—Vamos, estamos perdiendo el tiempo —y echó a andar.
Ni él ni Slash Bill Evans se volvieron a mirar al moribundo Shaneway. Únicamente Yuma, al llegar a la boca de la cueva, inclinó la mirada con una luminosa piedad, sacudiendo la cabeza. Los ojos de Shaneway estaban abiertos. Yuma levantó una mano, con la palma vuelta hacia arriba.
—Adiós, Earl —murmuró.
La única respuesta que obtuvo fue una negra y desesperada mirada de rabia. Yuma salió de la cueva.
—Vamos a dejar su caballo —dijo Daunnt—. No nos será de ninguna utilidad. Ahora, tenemos que darnos prisa.
Cruzaron el arroyo y se dirigieron hacia la parte más profunda de la garganta. Las paredes eran espejismos más que realidades visibles, pero experimentaban la sensación de una creciente altura encima de ellos y de un suelo cada vez más hondo bajo sus pies. Media milla más adelante volvieron a cruzar el arroyo, cuyas aguas eran más profundas.
—¿Conoces esto bien? —inquirió Slash Bill.
—So-so —dijo Daunnt.
—Encuentra un camino y sácanos de aquí —dijo Slash Bill—. Esto es una trampa.
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—Es el modo más rápido de llegar a la parte de las colinas que queremos alcanzar —replicó Daunnt.
El cañón giró bruscamente a la izquierda y luego dio otro brusco giro a la derecha. Cruzaron dos veces más el arroyo, de aguas más y más profundas. Slash Bill maldijo en la oscuridad.
—Aquí hay cada vez más agua —gruñó—. En la parte inferior sólo había una pulgada de profundidad. ¿Adonde va a parar?
—Se hunde en el suelo arenoso —dijo Daunnt.
—¡Mirad! —gritó Yuma, que cerraba la marcha.
Encima de sus cabezas, muy arriba, brillaba el fuego encendido por MacQuestion,
—¡Una possel —aulló Slash Bill—. ¿No te dije que esto era una trampa? ¿Dónde está el primer camino por el otro lado? ¡Tenemos que salir de aquí!
Luke Daunnt permaneció silencioso, contemplando el fuego, hasta que el inquieto Slash Bill empezó a gruñir de nuevo. Entonces, Daunnt le interrumpió tranquilamente:
—No te preocupes. ¿Por qué crees que han encendido ese fuego? —Como una señal para alguien que está cerca.
—Lo han encendido para que lo viéramos nosotros —dijo Daunnt—. Para que nos asustemos y tratemos de subir por el otro lado. Allí nos esperarán. Seguiremos como hasta ahora. Y al final les daremos esquinazo.
Luego, horas más tarde, poco, antes del amanecer, llegaron ante otro curso de agua blanca como la leche que se extendía de un extremo a otro del cañón.
—¡Vaya! —gruñó Daunnt, sorprendido—. El verano pasado esto era un insignificante arroyuelo. ¿Dónde está el camino más próximo para salir?
Yuma, que llevaba largo rato silencioso, levantó una mano y dijo:
—¡Un momento! ¡Escuchad!
Matt MacQuestion dejó su fogata, cabalgó otras dos millas y llegó a un segundo camino en el acantilado. Descendió por él y cruzó el fondo de la garganta de Oeste a Este, vadeando el arroyo; luego avanzó un centenar de metros hasta que localizó un camino que salía del cañón. Una vez más encima del canal de oscuridad, tan profundo y tan largo, se detuvo para orientarse y para meditar. Aquélla era una caza a ciegas, pero MacQuestion estaba jugando sus cartas tal cómo las estaría jugando Luke Daunnt, y creía haber comprendido lo que Daunnt se proponía; el pasillo natural a través del Bullhide era una vía de escape más rápida que cualquier otra.
«Avanza rápidamente y tratará de salir antes de que se haga de día — murmuró el sheriff—. Ya no falta mucho para que amanezca. Pero hay algo
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que no ha tenido en cuenta, y es el humor de la naturaleza. En el Bullhide Peak llovió hace un par de días.»
Volvió a poner el caballo en movimiento. El perfil del terreno le obligó a apartarse del borde del acantilado. Aquel rodeo le condujo a una altura desde la cual podía ver el desierto extendiéndose vagamente hacia el Este, y desde aquel elevado lugar descubrió un fuego que ardía brillantemente en la llanura: una alta espiral de luz copiosamente alimentada. No tuvo que esforzarse mucho en pensar para saber que se trataba de la possé, que señalaba su posición. Los muchachos, desobedeciendo sus instrucciones, se habían acercado a las laderas del Bullhide con la esperanza de reunirse con él.
«Están decepcionados porque no pueden tomar parte en la representación —pensó MacQuestion—. Y desean presenciar una muerte. Luke ha calentado la sangre de un condado, pero este asunto es para viejos pecadores como yo…, y espero que esos muchachos no sabrán nunca lo que es el olor de la pólvora de un cartucho que ha arrancado la luz y el aliento de un ser humano.»
Continuó avanzando, y poco antes del amanecer se encontraba de nuevo en el borde del acantilado. Cuando el sol se levantó para fundir la niebla que cubría el cañón, MacQuestion estaba apostado en un pequeño terraplén. Desde allí, media milla más arriba en el fondo de la garganta, vio a los fugitivos; en aquel momento estaban rodeando una curva y no tardaron en perderse de vista.
«Ahora ya saben —se dijo MacQuestion— que hace un par de días llovió en los picos más altos del Bullhide.»
Se sentó allí mientras transcurrían los minutos y se levantaba el día, pensando que había visto solamente tres caballos; su rostro adquirió una expresión más austera a medida que captaba el significado de aquel hecho.
«Tal como lo imaginaba —murmuró—. En fin, uno menos de que preocuparse.»
Desenfundando su revólver, disparó tres veces al aire, espaciando los disparos.
—¡Escuchad! —repitió Yuma, el mestizo.
—Señales —murmuró Slash Bill Evans, y se volvió hacia Daunnt con el rostro congestionado por la rabia—: ¡Te dije que nos sacaras de aquí! ¡Estamos atrapados! ¡No podemos volver atrás!
—No —dijo Daunnt—, tenemos que arriesgarnos a cruzar el arroyo. Pero les llevamos mucha delantera. Una vez hayamos cruzado, estaremos a salvo. No hay más que cuatro millas hasta el terreno seguro.
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Se pusieron en marcha hasta la orilla del rugiente arroyo.
—No conseguiremos cruzarlo —murmuró Slash Bill Evans en tono lúgubre.
—Hay que meterse en el agua y dejar que los caballos nos pasen al otro lado —dijo Daunnt—. El que se caiga está perdido. Nadie podrá ayudarle.
—No me gusta —dijo Yuma, en tono inexpresivo.
Pero los otros se estaban adentrando ya en el agua, y Yuma les imitó. Daunnt, más próximo a la fuente de la corriente, hundió las espuelas en el vientre de su caballo y le azuzó. El caballo avanzó, se hundió en el agua hasta las rodillas y recibió inmediatamente el impacto de aquella terrible fuerza. Slash Bill Evans aulló algo que no tenía ningún significado, pero el rostro de Daunnt era una máscara de piedra mientras su caballo se hundía más profundamente, hasta que perdió pie. Inmediatamente, caballo y jinete salieron despedidos, flotando como un trozo de corcho. Daunnt extendió los brazos y se agachó, manteniéndose en equilibrio. Le gritó algo a Slash Bill, en el preciso instante en que el caballo de Slash Bill alcanzaba la seguridad de la orilla opuesta. Daunnt se inclinó todavía más, hablándole a su caballo, y poco después miró a Slash Bill y sonrió, ya que también él estaba a salvo en la otra orilla.
Pero Yuma no lo estaba. Yuma lanzó un grito de terror que provocó la inmediata atención de sus compañeros. El caballo de Yuma había tropezado al tratar de asentar los pies en el fondo, y Yuma, en precario equilibrio con los pies fuera de los estribos, cayó de la silla y se hundió en el agua. Veinte metros más abajo su cabeza asomó brevemente a la superficie. Luego desapareció de un modo definitivo.
Slash Bill se volvió hacia Daunnt y murmuró:
—Una muerte muy desagradable, Luke.
—No es peor que cualquier otra —dijo Daunnt—. Teníamos que pasar.
Ahora podemos considerarnos a salvo.
Slash Bill miró fijamente a Daunnt, con el ceño fruncido.
—Ahora sólo hay que hacer dos partes, en vez de tres.
—Sí —dijo Luke Daunnt. Los dos hombres se contemplaron el uno al otro cuidadosamente, con una expresión vigilante—. Vamos —apremió Daunnt, pero no se movió hasta que su compañero cabalgó a su lado.
Así, uno junto a otro, avanzaron a través de la creciente claridad de un nuevo día. Lo más angosto del cañón quedaba atrás. Delante, las grandes paredes empezaban a ensancharse y su altura disminuía paulatinamente; y el suelo, debajo de ellos, ascendía visiblemente. Avanzaban a un galope
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moderado, lo máximo que podían exigir a sus fatigadas monturas, y dieron la vuelta a otro amplio recodo. Delante de ellos, a menos de tres millas, se abría la promesa de unos pasillos más angostos que conducían a los escondrijos más secretos de la cordillera. Súbitamente, Daunnt dijo:
—Aquí hay agua, Bill.
Y se detuvo delante de un pequeño manantial. Apeándose del caballo, cogió su cantimplora y se arrodilló para llenarla agachándose de modo que no perdiera de vista a Slash Bill Evans, el cual empezó a murmurar, en tono impaciente:
—No es momento de entretenerse, Luke. Esos hombres pueden presentarse de improviso….
—Ya te he dicho —le interrumpió Daunnt— que les llevamos mucha delantera. Estaremos fuera de aquí mucho antes de que puedan echarnos la vista encima. Será mejor que llenes tu cantimplora. En aquellas colinas no hay agua.
Slash Bill se apeó de su montura de mala gana y se acercó al arroyo con su cantimplora. Luke Daunnt se incorporó y echó a andar hacia su caballo, colgó la cantimplora en la silla y se entretuvo arreglando la cincha. Slash Bill dio momentáneamente la espalda a Daunnt, pero sólo momentáneamente, ya que giró sobre sí mismo con suma rapidez y una expresión de alarma en los ojos. Daunnt, escudado en su caballo y ocupado aún con la cincha, continuó hablando:
—Cuando salgamos de aquí, Bill, iremos hacia el Dolomite Peak. Está a cosa de diez millas, y tiene un millar de escondrijos. Un par de semanas allí, y nos largaremos del país. Haremos las cosas bien.
—Sí —murmuró Slash Bill, inclinándose de nuevo sobre el manantial. Por encima del hombro, dijo—: Lo de Malloy
+++tó la cabeza y su mirada barrió el borde del acantilado. Acometido de una súbita prisa, corrió hacia su caballo, montó de un salto y picó espuelas.
El suelo del cañón continuó ascendiendo hasta que se convirtió en un valle alfombrado de hierba. Más adelante, la garganta se partía en dos ramales menores. Uno giraba hacia el Este, conduciendo al desierto. El otro se adentraba en las fragosidades del Bullhide. Luke Daunnt, sin pensárselo siquiera, tomó la última dirección, hundiendo las espuelas en los ijares del caballo para que diera de sí todo lo que pudiera. Ahora, con bosque a uno y otro lado y una pequeña loma delante, los agudos ojos del forajido vigilaban continuamente en todas direcciones. Las laderas de la loma se hicieron increíblemente empinadas, y el caballo las subió al paso, tropezando a cada
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instante. Por fin, Luke Daunnt llegó a la cima de la loma… y tiró fuertemente de las riendas, casi derribando al caballo.
Matt MacQuestion estaba en pie a veinte metros de distancia, empuñando el rifle, su largo cuerpo inmóvil bajo la luz. El sheriff dijo:
—Levanta las manos, Luke.
Luke Daunnt gritó:
—¡MacQuestion! ¿Cómo diablos…?
Súbitamente, se dejó caer de la silla, tratando de escudarse con el cuerpo de su caballo, y echó mano al revólver.
Las palabras de MacQuestion surgieron, claras e incisivas:
—Mal asunto, Luke, mal asunto.
Un solo estampido quebró el silencio de la mañana. El caballo de Daunnt se estremeció y emprendió una veloz carrera, para desplomarse, muerto, veinte metros más allá. Al descubierto, lanzando un grito de rabia, Luke Daunnt empezó a disparar contra el blanco inmóvil delante de él. Aulló:
—¡MacQuestion, es usted un condenado tramposo!
El estampido del rifle del sheriff estranguló el resto de la frase en la garganta de Luke Daunnt. Los huesos del forajido parecieron quebrarse por las articulaciones. Su arma cayó antes que él. MacQuestion vio los ennegrecidos dedos del hombre extenderse hacia el revólver, detenerse y relajarse.
El sheriff contempló la caída figura mientras los ecos de los disparos rebotaban de garganta en garganta por todo el Bullhide; y de sus ojos se desvaneció lentamente la implacable frialdad que habían conservado durante toda la fatigosa caza. Pensativamente, inclinó la cabeza como si estuviera rezando.
«La historia de siempre, con el mismo final —murmuró—. Los pecadores como Luke y como yo hemos vivido más allá de nuestra época…, pero Luke no lo supo nunca.»
Lentamente, ya que ahora notaba que le invadía el cansancio, se arrodilló, encendió una pequeña fogata e hirvió su café en la lata vacía de tomate, esperando que llegara la posse, atraída por los disparos.
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CUANDO SE LLEVA LA ESTRELLA
ERNEST HAYCOX
E L sheriff Henry Linza estaba tomando el fresco en el porche de su rancho, situado a diez millas de Bonita, cuando vio al jinete que llegaba a galope tendido a través de la pradera; e incluso a aquella distancia le conoció. Frunció ligeramente el ceño y golpeó la cazoleta de su pipa contra el brazo del sillón en el cual estaba sentado, como dando a entender que la paz
de aquel hermoso atardecer había terminado.
—Es Bob Boatwright —le dijo a su esposa—. Hay que ver lo que le gusta traerme malas noticias.
—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Miz Linza.
—Galopa sin apoyarse apenas en la silla —dijo Linza—. Cuando está excitado le entra una especie de baile de San Vito.
Pero cuando Boatwright, marshal de Bonita, se detuvo ante el porche, Linza estaba completamente serio.
—Malas noticias, sheriff —dijo Boatwright—. Se trata de Will Dentón.
Se ha vuelto loco.
—¡Will Dentón! — exclamó Miz Linza —. No puedo creerlo.
Pero Henry Linza sacudió la cabeza lentamente e, inclinándose hacia adelante, apremió a Boatwright.
—¿Qué ha sucedido, Bob?
—Dentón entró en la tienda de Neal Sampson hace una hora, sacó el revólver y pidió que le entregara el dinero de la caja. Hubiera sido un vulgar atraco, pero Neal se aturdió, hizo un movimiento en dirección al mostrador y Dentón le mató de un balazo.
—¿Y luego? —gruñó Linza.
—Todo ocurrió en menos de tres minutos —dijo Boat- wright—. La última vez que vimos a Denton iba hacia el Oeste. No pude organizar una posse para perseguirle, de modo que decidí venir aquí. Los muchachos temen demasiado al rifle de Dentón, sheriff.
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—No puedo creerlo —repitió Miz Linza—. Si estuvo comiendo con nosotros hace quince días…
—Me desagradaba la idea de venir aquí —dijo Boat- wright—, sabiendo que Denton era amigo de ustedes. —Y, tras una larga pausa, inquirió—: ¿Qué va a hacer, sheriff?
La cabeza de Linza cayó pensativamente hacia adelante. Unas profundas arrugas descendían desde la comisura de sus labios hasta el cuadrado mentón, dándole un aire de tenacidad, de inquebrantable resolución ante las peores dificultades. Sin el rasgo de humor que las suavizaba, aquella mandíbula y aquella boca hubieran resultado implacables y casi brutales. Pero lo que definía a Linza eran sus ojos. Cándidamente azules, reflejaban la sagacidad de una vida llena de avatares y una gran comprensión para las miserias humanas.
—Salir detrás de él —dijo Linza, rompiendo el prolongado silencio.
—¿Ahora? —apremió el marshal.
—Mañana por la mañana —replicó Henry Linza—, Denton tiene mil doscientas millas cuadradas de terreno por delante, y unas más o menos no cambiarán la situación. Apéate y descansa, Bob.
—No, gracias, tengo que regresar a Bonita —dijo Boatwright, y se alejó envuelto en una nube de polvo.
—Estuvo sentado aquí, en este porche, hace dos semanas —murmuró Miz Linza—. Parece increíble.
—Entonces estaba a punto de cruzar la línea —reflexionó Linza—. Lo noté en él. No era el mismo. Mientras comía mi pan, estaba discutiendo consigo mismo la conveniencia de dar el salto.
—Pero, ¿qué pudo impulsarle a hacerlo? —inquirió Miz Linza.
Linza sacudió la cabeza.
—Si alguien conociera la respuesta a esa pregunta, tendría la respuesta a todas las cosas. La sangre ardiente, una negra idea, un mal día, un desequilibrio en la mente de un hombre, un movimiento repentino…, y la cosa ya no tiene arreglo., Un jinete más fuera de la ley.
—Tu propio amigo… —murmuró Miz Linza.
—Lo era —convino Linza, poniéndose en pie—. Pero cruzó la línea por su propia voluntad, sabiendo que yo tendría que perseguirle. Así son las cosas de este mundo. Será mejor que entremos, Henrietta. Mañana he de levantarme pronto.
Acababa de amanecer cuando Henry Linza salió del rancho, jinete en un caballo y llevando a otro atado a la silla. Había un solo revólver en su cadera,
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un rifle en su funda y unas cuantas provisiones en las alforjas. Además, llevaba un par de prismáticos.
—No sé cuándo regresaré —le dijo a su esposa—. Mi intención es la de detener a Will por las buenas. Pero, conociendo su estado de ánimo, no creo que me dé facilidades. No te preocupes.
Su esposa llevaba demasiado tiempo casada con un sheriff para dejar traslucir su preocupación. Lo único que hizo fue tocarle cariñosamente y regresar al porche. Cuando hubo recorrido un centenar de metros, Linza se volvió en su silla y levantó una mano como despedida. Era un consuelo saber que su esposa estaría allí esperando su regreso.
Avanzó a un trote moderado hasta llegar a un puente tendido sobre el lecho seco de un río. Cuando lo hubo cruzado, empezó realmente su aventura. Hacia el Sur, el paisaje era una llanura que se extendía hasta la línea del horizonte; hacia el Norte, se erguía una cordillera de montañas. Y en alguna parte, entre el Norte y el Sur, cabalgaba Will Denton. Deteniéndose un momento, Linza resumió la situación: adondequiera que Denton fuera, la necesidad de comida, de agua y de descanso le conduciría inevitablemente a determinados cruces de caminos.
Se trataba de deducir cuál de los muchos amigos que Denton tenía en la región le daría cobijo. El primer nombre que acudió a la mente de Linza fue el de Joe Waring. Hambriento y cansado, Will Denton buscaría en primer lugar aquel techo amigo mientras decidía si se dirigía hacia el abierto Sur o hacia las colinas septentrionales. El rancho de Waring será algo así como el fiel de la balanza.
Trazada la ruta del día, se puso en marcha a un paso que no resultara agotador para él ni para los caballos. Un paso que no hubiera servido para alcanzar a ningún fugitivo que se diera prisa, aunque Linza, después de veinte años de ejercer el oficio de sheriff, sabía que los forajidos rara vez marchaban en línea recta después del arranque inicial. Corrían, se detenían, zigzagueaban de un lado a otro, Y sólo en casos muy extremos se decidían a abandonar el terreno que conocían.
Mientras cabalgaba, Linza se distraía con sus pensamientos.
«He arreado ganado con él, he comido y he dormido bajo las estrellas con él. Le conocía perfectamente, pero al parecer no llegué a conocerlo del todo. Era un hombre alegre. Ahora tiene la cabeza puesta a precio. Tarde o temprano, la cabra acaba por tirar al monte.»
Alrededor de mediodía, Linza acampó en un bosquecillo de encinas. Luego, montando el segundo caballo, continuó su avance a través de una
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calina tan densa como la niebla; y a las seis de la tarde cruzaba el patio del rancho de Waring, donde le esperaba su propietario: un hombre alto y robusto, con unas mejillas rollizas y un par de ojos que no parecían fijarse en nada pero que lo veían todo.
—Te vi llegar, Henry —le dijo—. Me alegro de tener de nuevo tus pies bajo mi mesa. Apéate y entra.
—Por lo visto, tienes la conciencia limpia —dijo el sheriff alegremente, mientras un vaquero se llevaba sus caballos.
—¿Por qué no habría de tenerla limpia? —replicó Waring, y los dos amigos se echaron a reír.
Con Waring ocurría algo muy curioso. Recto como el que más, era amigo del sheriff y de Denton, Pero había en él cierta simpatía por los perseguidos, y más de uno había recibido su ayuda. Sabiendo esto, Linza no aludió para nada al objeto de su viaje. Después de cenar, se sentó en el porche con un cigarro entre los dientes mientras moría la tarde envuelta en arreboles y una leve brisa transportaba la fragancia de la salvia a través del patio.
—¿No tienes prisa? —inquirió Waring.
—Me sobra el tiempo. El mundo es un lugar muy ancho. —Desde luego —asintió Waring, y añadió afablemente—: Uno de los muchachos estuvo anoche en el pueblo. Oyó hablar de Will Denton.
Linza permaneció silencioso, preguntándose si aquello sería la verdad o una evasiva. Waring se inclinó hacia adelante y continuó, en tono preocupado:
—Will y tú sois amigos míos desde hace mucho tiempo. Me resulta difícil creer que seas el hombre encargado de dar caza a Will. Sabes que la cosa terminará mal para uno de los dos.
—Yo llevo la estrella —dijo Linza.
—Y ni por un millón de dólares renunciarías a perseguirle —murmuró Waring—. ¡Ese estúpido de Denton! Podía haber imaginado que ocurriría esto. Tú no renunciarás, Henry. Y él no se dejará coger vivo, puedo asegurártelo.
—Le daré todas las oportunidades posibles para que sueltete sus revólveres —dijo Linza.
—¿Por qué no enviaste a un comisario detrás de él?
Linza sacudió la cabeza lentamente.
—Hubiera sido un engaño, Joe. Ningún comisario podría detener a Will. Para este asunto se necesita un perro viejo que se las sepa todas. No hubiese sido honrado por mi parte enviar a otro hombre a una misión tan peligrosa.
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—¡Maldito sea el sistema que hace posible estos casos! —exclamó Waring.
Linza suspiró, recordando el simpático rostro de Will Denton. —Quizá…, quizá. Pero no olvides que el asesinato lo cometió Will, no el
sistema. Voy a acostarme.
Waring se puso en pie. contemplando fijamente al sheriff a través de las sombras.
—Escucha, estás viajando muy aprisa. Será mejor que te prepare un par de cantimploras más de agua para mañana.
—Gracias —dijo Linza en tono casual—. No es mala idea,
Y subió a su dormitorio. Pero no se acostó inmediatamente. Sin hacer el menor ruido, acercó una silla a una ventana y se sentó en ella. Media hora después su paciencia quedó recompensada al ver a un jinete que salía del establo y se alejaba rápidamente. El sheriff abandonó su puesto de observación y se acostó.
«Creo que las mil doscientas millas cuadradas han quedado reducidas a la mitad», murmuró.
A la mañana siguiente, salió del rancho antes de que se hubiera levantado la niebla. Cuando hubo recorrido cinco millas se detuvo, sabiendo que había llegado el momento de tomar una decisión. Llegó a ella rápidamente/ Teniendo en cuenta el ofrecimiento de dos cantimploras de agua que le había hecho Waring y la posterior salida del jinete del rancho, Linza se dijo: «Al haber aceptado las cantimploras de agua, Waring supuso que pensaba continuar la caza en dirección Sur; su mensajero se lo habrá comunicado a Den
ton, y Denton hará precisamente lo contrario: huir hacia las colinas.» Basándose en aquel razonamiento, Linza se encaminó hacia la cordillera
de montañas que se erguían al Norte.
El terreno empezó a hacerse escabroso, y numerosos arroyos descendían en dirección a un cañón de altos acantilados con un río deslizándose silenciosamente en el fondo. Linza, cabalgando ahora con más rapidez, penetró en el cañón, siguió un sendero que discurría a lo largo de la orilla del río y no tardó en encontrarse en un pequeño pueblo invisible en la distancia. Un pueblo que no parecía tener ningún objetivo y ninguna vitalidad; y en realidad no era más que un portillo abierto a las colinas, y un lugar de suministro para aquellos que deseaban mantenerse al amparo de miradas indiscretas. Linza, observándolo todo cuidadosamente, supo que había dejado atrás el terreno seguro; los rostros de los escasos moradores del pueblo que se
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cruzaron con él reflejaban una evidente hostilidad. Mientras conducía a sus caballos a un abrevadero, estudió la situación.
«Tengo que saber si Will ha pasado por aquí. Si no lo ha hecho, quiere decir que va a entrar en las colinas por un punto más elevado y que he perdido su rastro en alguna parte a lo largo del camino. Esta gente es amiga suya, pero hay un punto débil…»
Avanzó a lo largo de la única calle y desmontó ante la tienda-almacén. En el interior de la tienda había un hombre detrás del mostrador. En aquel momento estaba inclinado, y la luz hacía brillar su calva cabeza; cuando se irguió, mostró un rostro semejante al de un perro perdiguero, melancólico, arrugado y franco.
—Prepáreme unos emparedados de queso, Lisha —dijo el sheriff. —Me alegro de verle, sheriff —dijo el tendero—. ¿Qué le trae por aquí? —Negocios, Lisha.
—Mal negocio, entonces —murmuró el tendero—. Son los únicos que conocemos por aquí.
Linza se comió unos cuantos emparedados de queso, se bebió una botella de cerveza y preguntó bruscamente:
—Lisha, ¿ha pasado Will Denton por aquí?
El tendero sostuvo la mirada del sheriff sin parpadear.
—No. ¿Qué es lo que ha hecho?
—Usted es el único hombre que me diría la verdad —gruñó Linza—. El único del pueblo al que puedo preguntar o creer.
—Un defecto mío —dijo el tendero, y pareció desacostumbradamente melancólico—. Decir la verdad no da aquí buenos resultados.
Linza pagó la cuenta, salió de la tienda y reemprendió su marcha hacia el Norte, estudiando la situación.
Si su razonamiento era correcto, el hecho de que Denton hubiera evitado el pueblo significaba que las seiscientas millas cuadradas habían quedado reducidas a trescientas; además, el sheriff contaba con una ventaja cada vez mayor, ya que a medida que la zona de persecución se estrechaba, las pozas de agua, los senderos y los escondites conocidos disminuían en número. Aquella noche, mucho después de que hubiera oscurecido, Linza llegó a un abrevadero y examinó cuidadosamente sus orillas iluminándose con fósforos. No viendo nada revelador, cambió súbitamente de táctica, y bajo el manto de la noche dejó la pradera detrás de él para ascender hasta un pequeño bosque. Mientras estuvo en campo abierto, no habían dejado de vigilarle. Ocultándose entre los árboles, desconcertaría a quienquiera que siguiese sus movimientos.
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«El animal perseguido —reflexionó— nunca corre cuando cree que la persecución ha terminado. Incluso vuelve atrás, dando un rodeo, para descubrir dónde ha desaparecido el cazador.»
Cuando amaneció estaba en el mismo bosquecillo, y allí continuó mientras la fresca mañana daba paso al calor del mediodía. A su lado, un sendero ascendía hacia la cresta de la colina, y por aquel sendero pasó un jinete con los ojos clavados en el suelo y desapareció. Una hora más tarde, el mismo hombre regresó, cabalgando rápidamente y con aspecto preocupado.
«Alguien se está poniendo nervioso —pensó Linza—. Will tiene buenos amigos por aquí. Tal vez me meta en un atolladero, pero creo que seguiré adelante en esta dirección.»
A medida que avanzaba, su actitud iba haciéndose más vigilante. Al igual que un podenco en terreno de caza, olfateaba en busca de un rastro que sabía que tenía que estar allí. A media tarde, Linza dejó el sendero y empezó a trepar trazando un semicírculo. Poco antes de la puesta del sol llegó al lindero de un prado en el cual se levantaba una cabaña, remota y serena. Un perro empezó a ladrar ante su proximidad; detrás de la cabaña había un cobertizo semioculto, y en el otro extremo del prado pacía un caballo de cuello fino y cóncavo. En el interior de la cabaña, una mujer pasó y volvió a pasar por la abertura de la puerta.
«Al parecer no hay ningún visitante», se dijo Linza, y continuó avanzando.
El perro ladró ahora furiosamente y un instante después salió de la cabaña un hombre alto que empuñaba un rifle.
Linza se acercó a él.
—He tenido una jornada muy dura —dijo, amablemente—. ¿Puedo descansar aquí?
—¿Es usted Linza? —inquirió el hombre.
—El mismo.
—Entonces, no hay sitio para usted en mi cabaña.
En los ojos de Linza apareció un brillo humorístico, pero se limitó a decir: —Una respuesta sincera, amigo. Extenderé mis mantas más allá. —Procure cruzar mi cerca antes de hacerlo —le advirtió el hombre. Linza asintió y reemprendió la marcha. Doscientos metros más adelante se
encontró ante el portillo de una cerca y lo cruzó. Los árboles tapaban ahora la vista de la cabaña, pero el sheriff estaba muy interesado en lo que pudiera hacer a continuación el hombre de la cabaña, de modo que trepó hasta la cima de una pequeña loma que dominaba el prado. El hombre no estaba a la vista y
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Linza, a punto de retirarse, descubrió súbitamente algo que no había visto mientras estuvo junto a la cabaña: varias piezas de ropa blanca colgadas de una cuerda de tender.
«No estamos a lunes —meditó Linza—. Y resulta raro que la mujer lave la ropa a la hora de cenar.»
Tras contemplarla unos instantes, bajó de la loma y continuó a través de los árboles.
«Will debe de tener unos prismáticos y ha visto esa ropa tendida — reflexionó—. Es una señal para él.»
En aquel momento, en alguna parte más allá de la cabaña resonó un disparo, cuyo eco voló por encima de las copas de los árboles y se deshizo en pequeños fragmentos. El sonido de aquel disparo pareció desafiar abiertamente a Linza.
«Estoy aprovechándome de la debilidad de Will —murmuró—. Dios sabe que perseguir a un amigo ya resulta bastante duro sin necesidad de eso. Pero me aprovecharía de la debilidad de cualquier otro, y no haré excepciones. No seas estúpido, Will, y no caigas en esta trampa.»
Linza avanzó rápidamente hacia una depresión del terreno, desmontó y ató sus caballos a cincuenta pies de distancia uno del otro, para evitar que se trabaran. Dejó la silla sobre el caballo que había montado hasta entonces, pero tendió su manta al lado de un tronco caído que podía servirle de protección y dejó su rifle junto a él. A cierta distancia del tronco encendió una pequeña fogata; luego retrocedió hasta su manta y se comió un par de bizcochos fríos.
No lejos de allí, alguien gritó con voz ronca a través de las sombras:
—¿Henry? ¿Eres tú?
Linza maldijo en voz baja. Una leve esperanza acababa de apagarse. —Will, ¿por qué diablos has venido?
—Eres un tipo demasiado listo para encender una fogata porque sí en una región como ésta. La he visto arder y he sabido que querías verme. Bueno, aquí estoy.
—Me lo imaginaba —replicó Linza, manteniéndose detrás del tronco—, Quería verte, desde luego, pero tenía una leve esperanza de que permanecerías a distancia. Esto es muy duro para mí, Will.
La voz de Denton sonó cada vez más fría.
—Escucha,.., apártate de mi camino. Cuando me enteré de que el que me perseguía eras tú, supe que tarde o temprano tendríamos que enfrentarnos. Pero te advierto que no voy a dejarme coger. ¡Apártate de mi camino y salvarás tu vida!
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Linza sacudió la cabeza. Sucedía lo inevitable. Algo extraño le sucedía a un hombre cuando se convertía en asesino. Algún fuego reprimido empezaba a arder y no se apagaba. Will Denton no hacía más que representar un antiguo papel; se había convertido en un lobo. Sin embargo, el sheriff tenía algo más que decir.
—Entrégate, Will. Es posible que un buen abogado obtenga para ti una sentencia que no sea la de muerte, con la posibilidad de un indulto dentro de unos años. Entrégate.
La respuesta de Denton fue casi un aullido.
—¡Nunca!
—Piénsalo bien —apremió Linza—. ¿Qué clase de vida se abre delante de ti? No podrás volver a dormir tranquilo. Durante el resto de tu existencia tendrás que huir, huir continuamente. Vamos, entrégate.
—Eres una excelente persona —se mofó Denton, y el sheriff oyó el rechinar de los dientes del hombre, oyó el súbito arrastrarse de su cuerpo—. Pero no voy a entregarme, y tú lo sabes. Apártate de mi camino. Te conozco y me conozco a mí mismo. Si nos enfrentamos, uno de los dos va a morir.
—Sabes que no puedo renunciar —dijo Henry Linza.
Denton permaneció unos instantes silencioso. Súbitamente, dijo:
—De acuerdo, Míster Linza. Ya te he advertido,. No esperes que te guarde ninguna consideración cuando nos enfrentemos. No creas que la amistad va a influir en mí. Si vuelvo a verte, dispararé contra ti sin previo aviso.
Linza gritó:
—¡Condenado estúpido!
Un disparo resonó en medio del silencio nocturno y el más cercano de los caballos de Linza se irguió sobre sus patas traseras, relinchó dolorosamente y se desplomó al suelo.
—¡Procura mantener la cabeza baja, Linza! —rugió Denton.
Poco después, el sheriff oyó el sonido de los cascos del caballo de Denton trepando por el sendero de la colina; luego, el sonido se desvaneció.
Linza se arrastró hasta el caballo muerto, le quitó los arreos y fue a ensillar al segundo animal. Enrolló su manta, la ató a la silla, montó y esperó otro largo intervalo con el oído tendido a la brisa nocturna. A cierta distancia, en lo alto de la colina, resonó un disparo como una burla y un reto al mismo tiempo. Al oírlo, Linza llevó su caballo hasta el sendero y empezó a trepar.
«Se han terminado las consideraciones —murmuró—. A partir de este momento, Will no es más que un forajido al que tengo que dar caza. Y si cree
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que ha matado a mi único caballo y que voy a pie, estará algo descuidado.» El sendero se alargaba interminablemente a través de la oscuridad de la
noche.
De cuando en cuando Linza se detenía, aunque nunca por mucho tiempo; los fríos e implacables pensamientos del cazador le mantenían en guardia sobre la silla. Poco después de medianoche llegó a un bosquecillo y tendió su manta para descabezar un sueño. El viento llevó hasta su olfato el leve olor del humo de una fogata.
Cuando se levantó, los barrancos de la colina parecían lagos de niebla. Cavó un hoyo en el suelo, encendió en él una pequeña fogata y se calentó un poco de café.
La importancia estratégica de su posición se hizo más evidente cuando, tras dos largas y frías horas de espera, la niebla empezó a disiparse ante la luz del sol. Desde el lugar en que se encontraba, Linza dominaba todos los senderos que cruzaban la colina. Y en uno de ellos, su paciente mirada descubrió a un jinete solitario que surgía de entre los árboles, permanecía unos instantes a plena vista y desaparecía de nuevo; antes de que Linza pudiera enfocar sus prismáticos, al jinete; el otro continuaba en línea recta.
El sheriff montó inmediatamente y bajó al galope la ladera del montículo donde había estado apostado, sabiendo que se exponía a un peligro cierto al hacerlo. Llegó a un camino que conservaba las huellas recientes del paso de un oso y lo siguió hasta encontrarse en un cruce. Una de las bifurcaciones descendía hasta el sendero donde había visto al jinete; el otro continuaba en línea recta.
Deseando conservar su ventaja táctica, Linza se decidió por el último. Avanzando con rapidez y con todos los sentidos alerta, llegó, veinte minutos más tarde, al punto de intersección del sendero que seguía con otro que ascendía de las profundidades de un cañón; y apenas se había ocultado en la maleza que le rodeaba cuando el jinete al que estaba acechando se hizo visible en el sendero inferior. Linza maldijo en voz baja. No era Denton.
«Un error que ha podido costarme muy caro —murmuró—. No me extrañaría que ese hombre me estuviera atrayendo a una trampa.»
La idea le envaró. Se ocultó más profundamente en la maleza, mirando cuidadosamente a uno y otro lado. Entretanto, el jinete salió del cañón, cruzó por delante del campo visual de Linza y desapareció, para reaparecer momentáneamente entre dos grandes pinos en otra zona del bosque.
El instinto del cazador despertó en Linza con renovada intensidad. Avanzó cautelosamente hasta que descubrió un camino que le permitía
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moverse paralelamente al hombre. Cinco minutos más tarde, a menos de cuatrocientos pies de distancia, el bosquecillo se abrió a otro prado. Allí había una cabaña edificada contra un acantilado rocoso; el jinete desmontó delante de aquella cabaña. Una columna de humo surgía de la chimenea, pero aparte de esto todo estaba sumamente tranquilo. Linza desmontó silenciosamente y se arrastró hasta un punto más ventajoso.
El hombre había dejado su caballo al lado de la cabaña, con la silla puesta. Lió un cigarrillo, lo encendió y aspiró lentamente tres o cuatro bocanadas de humo. Pero, súbitamente, su actitud indolente experimentó una radical transformación. Giró la cabeza a uno y otro lado, con el ceño fruncido, y se acercó a la cabaña para coger un hacha apoyada contra una de sus paredes. Levantándola, la dejó caer sobre un tronco, un golpe tras otro, rítmicamente, enviando prolongadas olas de sonido a través del aire inmóvil. Linza maldijo en voz baja, arrastró su cuerpo un poco más adelante y volvió su mirada al rincón del prado donde terminaba el sendero.
«Debí suponerlo», murmuró.
Sendero arriba, oyóse el «clop-clop» de un caballo que se acercaba. Los golpes del hacha cesaron y un momento después apareció Will Denton, cabalgando rápidamente y dirigiendo continuas miradas a todos los lados.
Linza se puso en pie detrás de un árbol, con todos sus músculos en tensión. Su bondadoso rostro estaba casi seco de emoción. Sus labios se habían convertido en una estrecha línea apenas visible, y las arrugas que descendían por sus comisuras hasta la barbilla se hicieron tan profundas como si estuvieran talladas con un cuchillo. Alzando su revólver y apoyando un instante el cañón en«la otra mano, miró fijamente al fugitivo, cada vez más próximo.
«Le daré la oportunidad que él no me hubiera dado», susurró, dando un salto de costado y quedando enfrente de Denton.
—¡Levanta las manos, Will!
El cuerpo de Denton botó en la silla como impulsado por un muelle. El sol llameó en sus ojos y el brusco movimiento de su cabeza hizo que su sombrero saliera despedido, dejando al aire su negra mata de pelo. Todavía en movimiento, su brazo descendió hasta su cadera y su mano aferró la culata de su revólver. Henry Linza esperó a que lo hubiera desenfundado: apuntando fríamente, disparó una sola vez. Denton se echó hacia atrás, se tambaleó y cayó de la silla. Cuando llegó al suelo estaba muerto.
El hombre de la cabaña empezó a gritar. Linza giró rápidamente sobre sí mismo y le vio que avanzaba hacia él a grandes pasos. La voz metálica del
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sheriff le dejó clavado.
—¡Alto! ¡Deje caer su revólver!
El hombre se detuvo, sacó el revólver de su funda con dos dedos y lo dejó caer al suelo, sin dejar de maldecir. Linza se acercó al cadáver de Will Denton y lo contempló fijamente. El rostro del forajido, sucio y cubierto con una barba de varios días, conservaba la expresión de salvajismo con que le había sorprendido la muerte. Linza inclinó la cabeza, y el rostro del que en otro tiempo fuera su amigo se hizo borroso ante sus ojos.
—De modo que ésta es la diferencia entre su clase y la mía —dijo Linza, tratando de que su voz no sonara demasiado ronca—. Él está muerto… y yo estoy vivo.
El otro hombre exclamó:
—¡Entendió mal la señal! ¡Yo trataba de advertirle para que se mantuviera lejos! ¡No estaba satisfecho! ¡Tenía la sensación de que acechaba algún peligro! Pero él creyó que le indicaba que no había novedad, y se presentó… ¡Maldito sea usted, Linza!
—No importa —murmuró el sheriff—. De no ser ahora, hubiera sido más tarde. Estaba escrito que tenía que acabar así, Pero resulta duro verle aquí tendido, muerto.
—¿De veras? —se mofó el hombre—. Usted le persiguió implacablemente y le mató. ¿No le resultó duro hacerlo?
Henry Linza le miró a los ojos.
—Desde luego que no. Estaba cumpliendo con mi deber, y no me hubiera zafado de él ni por mi propio hermano. Y continuaré haciéndolo mientras lleve esta estrella. Traiga su caballo. Voy a llevarle a Bonita para que le entierren cristianamente…, como él hubiera hecho conmigo si hubiese llevado la estrella.
ÍNDICE
Pontazgo 5
EL HOMBRE INESCRUTABLE 27
La poza 45
Mrs. Benson 49
Un episodio de 1880 69
Frontera mortal 87
La diligencia 105
Maniobra táctica 123
La estampida humana 143
¡Oh, tierra encantadora! 185
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Relevo de guarnición 203
McQuestion cabalga 221
El juicio 235
La elección 253
La hija del coronel 271
La caza 285
Cuando se lleva la estrella 299
Este libro se terminó de imprimir en elmes de Octubre de 1965, en los talleres de Gráficas Diamantb, Berlín, 20 Barcelona
FIN

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