© Libro N° 14803. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. VI. Haycox, Ernest. Emancipación. Febrero 14 de 2026
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ANTOLOGÍA
DE NOVELAS DEL OESTE
Vol. VI
Ernest
Haycox
Antología De Novelas Del Oeste
Vol. VI
Ernest Haycox
La revista norteamericana The Saturday Evening Post ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años.
Ernest Haycox
Antología de novelas del Oeste - Vol. VI
*
Antología de novelas del Oeste - 6
ePub r1.0
Titivillus 27.11.2019
Título original: Best Western Stories by Ernest Haycox
Ernest Haycox, 1966
Traducción: José María Aroca
Diseño de cubierta: Piolin
Editor digital: Titivillus
Coordinador de colección: Ignotus
ePub base r2.1
Índice de contenido
Wild Jack Rhett
Nocturno en la Don Jaime Street
En la Texas Street
Llama a esta tierra hogar
No hay tiempo para soñar
Llora en silencio
Los colonos del Dullknife Creek
Costumbre del país
Boda perfecta
Un día en el pueblo
Una dama en el Oeste
Horizontes profundos
Tierras libres
Gente orgullosa
Los usurpadores
La historia de Laura Gale
La tierra odiada por las mujeres
WILD JACK RHETT
U NA noche de últimos de junio, Tod Mallon, al frente de sus muchachos, cruzó el puente del río Bent, entró en White Cloud y se detuvo delante
del saloon de Lou BeauHelen, situado en la confluencia de las calles Antelope y Custer. Todo estaba muy tranquilo, pero todo el mundo sabía a qué había venido Tod Mallon, incluso aquel excelente anciano, Jim Speed, que salió calmosamente del saloon al encuentro de Mallon. Mallon se limitó a decir: «¡Maldito estúpido!», y disparó desde la silla, derribando a Speed. Inmediatamente, alguien empezó a disparar desde una de las ventanas altas del palacio de justicia; uno de los jinetes de Mallon se desplomó de la silla, y el resto del grupo penetró en el saloon, lo destrozó todo y salió por la parte trasera. Un cuarto de hora después el grupo había vuelto a cruzar el puente del río Bent, dejando detrás a cinco hombres muertos, otro que murió a medianoche, y una cortesana levemente herida por una bala perdida mientras dormía en su habitación en la fonda de Marble John.
Media hora más tarde, los seis ciudadanos más importantes del pueblo se habían reunido para tratar de la sucesión de Jim Speed en el cargo de sheriff; y el primer día de julio, Wild Jack Rhett llegó a White Cloud para entrevistarse con el comité. Fue una curiosa entrevista. Aquellos hombres eran demasiado astutos para dejarse engañar por una reputación labrada a base del miedo y de unas cuantas «sacadas» afortunadas; sin embargo, en el momento en que Rhett entró en la habitación, todos sintieron el reto de su personalidad, e incluso Lou BeauHelen, el más duro de ellos, se puso rígido y estudió a Rhett a través de sus entornados párpados.
Wild Jack Rhett tenía entonces treinta y ocho años y era conocido en toda la ruta del ganado como «pacificador» profesional de los pueblos en los cuales fallaban todos los otros métodos. Ahora estaba plantado ante ellos, en la cumbre de su fama, con sus seis pies de estatura y sus doscientas libras de hueso y músculo. Era estrecho de caderas y ancho de hombros. Llevaba los rubios cabellos muy largos, al estilo de la frontera, y sus facciones, claras y
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sonrosadas como las de una muchacha, tenían una expresión osada. Un sedoso bigote adornaba su labio superior. Era, sin exageración, un hombre pintoresco hasta que se le miraba a los ojos, unos ojos de color azul índigo que se clavaban con desconcertante fijeza en las personas y en los objetos, y que revelaban, detrás de su helada reserva, cierta crueldad. Pero tenía una voz fría y cortés.
—Me llamo Rhett —dijo—. He recibido su oferta.
La actitud de Lou BeauHelen continuaba siendo pensativa. El Mayor King tomó la palabra.
—Nos encontramos en un pequeño apuro —dijo King—. A Speed le gustaba que los chicos se divirtieran un poco, pero Tod Mallon lo interpretó como debilidad y acabó con él. Los sheriffs no duran aquí mucho tiempo. Los que no se rajan, se hacen demasiado amigos de los maleantes. Este es un pueblo difícil.
Rhett se limitó a asentir, como si la historia fuera muy antigua.
King continuó:
—White Cloud se encuentra en la ruta del ganado y obtiene su dinero de los muchachos que lo cruzan con los rebaños. Queremos que se diviertan por lo que gastan. Pero no nos gustan los jaleos. Se trata, en una palabra, de permitir la diversión hasta un punto que no altere el orden, ¿comprende?
Rhett asintió de nuevo, y sus ojos recorrieron el grupo especulativamente. Al llegar a BeauHelen se detuvieron en él, demostrando un mayor interés. Al cabo de unos instantes, dijo:
—Siempre he exigido una plena autoridad. Creo conocer mi trabajo y no quiero interferencias.
King tocó otro tema.
—Speed impuso la norma de que los jinetes dejaran sus revólveres en los establecimientos. Esto le planteaba ciertas dificultades.
Wild Jack Rhett replicó desdeñosamente:
—Una norma estúpida. Hay que dejar que los muchachos lleven encima su ferretería.
—Eso dará a los camorristas una oportunidad contra usted.
Rhett apretó la mandíbula. Sus rasgos se endurecieron y su voz sonó ligeramente jactanciosa.
—Nunca le doy a un hombre una oportunidad contra mí. ¿Es eso todo, caballeros?
El grupo le contempló mientras se alejaba, muy sólido contra la luz del sol. Peter Wain, comerciante en cueros, rompió finalmente el silencio.
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—Creo —dijo— que tenemos a nuestro hombre.
La reunión se disolvió y los miembros del comité se marcharon, a excepción de BeauHelen, que repiqueteó sobre la mesa con las puntas de sus dedos y siguió con la mirada al nuevo sheriff a lo largo de la Antelope Street.
A las diez de la mañana siguiente Jack Rhett entró en el saloon de BeauHelen y se instaló en una mesa situada en un rincón. Encargó al camarero que le sirviera un vaso de whisky y un cigarro. Dejó sus dos revólveres de culata negra delante de él, sobre la mesa. Se bebió el whisky, encendió el cigarro y a continuación se dedicó a limpiar y recargar sus armas. Cuando hubo terminado, se retrepó en la silla y pareció olvidarse de todo lo que le rodeaba. BeauHelen, mientras contaba el dinero de los cambios para el negocio del día, miró a través de la sala con una expresión pensativa. Se enorgullecía de conocer a los hombres, y vivía de ese conocimiento. No tenía ilusiones ni escrúpulos, y no creía en la bondad de ningún ser humano. La escena que estaba desarrollándose al otro extremo de la sala, pensó, era una representación destinada a impresionar a White Cloud, una parte del oficio de pistolero. Al principio, aquellos asesinos legales efectuaban sus demostraciones por simple vanidad; más tarde no podían prescindir de ellas. Un hombre se hacía famoso y su fama era como una luz que atraía las mariposas de toda clase de retos; entonces tenía que adoptar aquel aire formidable para protegerse a sí mismo. BeauHelen comprendía perfectamente la actitud de Wild Jack Rhett. Lo que ahora trataba de encontrar en él era alguna prueba de debilidad detrás del muro de su jactancia.
Rhett se puso en pie y se dirigió al mostrador, con la mirada fija en
BeauHelen. Dijo:
—Tiene usted algo que decirme.
—Es usted listo —dijo BeauHelen—. Tengo que admitirlo. Pero mi influencia puede encumbrarle o destruirle. Yo no deseaba que viniera usted. Sus antecedentes son demasiado… impresionantes, y mi negocio requiere que en el pueblo haya un poco de manga ancha. Los elementos reformistas le han traído a usted. De acuerdo. Pero no apriete las clavijas hasta el punto que los reformistas desean. Piense que yo continuaré estando aquí cuando esos puritanos hayan perdido su repentino chorro de energía.
—Esperaba que dijera eso.
—Creo que nos comprendemos el uno al otro —dijo BeauHelen, y se volvió con súbita amabilidad para saludar a un joven que acababa de entrar en el saloon.
—¿Ha habido suerte, Matt?
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—Un paseo inútil —dijo el recién llegado.
Tenía los ojos color gris ceniza y unas facciones morenas manchadas de polvo. Estaba cansado, pero había en él el fermento de una insistente inquietud. Era alto, más alto incluso que Wild Jack Rhett, y su aire de seguridad en sí mismo se contradecía con la juvenil rapidez de sus movimientos. La diferencia entre aquellos dos hombres era como la que existe entre un fuego que arde libremente y un fuego cuyo rescoldo está cubierto por una capa de ceniza.
BeauHelen dijo:
—Matt, éste es Jack Rhett, el nuevo sheriff de White Cloud. Rhett, le presento a Matt Tavener, comisario federal del distrito.
Tavener se volvió hacia Rhett con súbito interés. Extendió su mano.
—Me alegro de conocerle.
La mano de Rhett rozó la de Tavener.
—Es usted muy joven —dijo.
—No se deje engañar por su aspecto —sonrió BeauHelen.
Wild Jack Rhett asintió y sin más comentarios salió del saloon. Miró bruscamente a derecha e izquierda —un gesto que White Cloud recordaría— y se dirigió a la oficina del comisario federal. Allí le encontró, un cuarto de hora más tarde, el joven Matt Tavener.
—Aclaremos la situación —dijo Tavener—. Su trabajo está en el pueblo. El mío, fuera de él. He descubierto que a los sheriffs del pueblo no les gusta trabajar con los agentes del gobierno. Le apoyaré a usted, o le dejaré completamente solo.
—Yo manejaré a White Cloud —dijo Wild Jack Rhett.
—Bueno, ya conoce mi opinión. Y otra cosa. Quiero a Tod Mallon. Si viene a White Cloud, tiene que ser detenido. ¿Lo hará usted, o tendré que hacerlo yo?
Rhett inquirió en tono indiferente:
—¿Qué clase de individuo es?
—Un indeseable. Se dedica, con preferencia, al robo de reses y caballos. Atraca a los cazadores de pieles cuando salen del pueblo con el dinero de la venta. Y no le importa asaltar una diligencia si el botín vale la pena. Hasta ahora no había podido pillarle con las manos en la masa. Pero quiero detenerle por el asesinato de Jim Speed.
El cuerpo de Rhett llenaba la silla de la oficina. Tavener contempló el rostro inmóvil, los ojos entornados, y se sintió asaltado por una duda. Dijo:
—El silencio no arregla nada, Rhett.
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—A veces conviene callar —dijo Rhett—. Nunca hay que jugar la baza de otro hombre.
—Yo no tengo paciencia para esperar.
—Ya me he dado cuenta —dijo Rhett—. ¿Cómo se le ocurrió ingresar en el cuerpo de comisarios federales?
—Es un medio de vida como otro.
Los largos dedos de Rhett se apoyaron en la superficie del escritorio.
Súbitamente dijo:
—Sálgase de esto. Es un mal negocio, y el hombre que se mete en él no llega a viejo. Un día comete un error…
—Estábamos hablando de Tod Mallon.
Una nube veló la expresión de Jack Rhett, y cuando miró a Tavener había en sus ojos un peligroso brillo, como si se hubiera cansado de mostrarse cortés.
—Deje a Tod Mallon de mi cuenta.
—¿Espera usted morir en la brecha? —inquirió Tavener.
—Eso es asunto mío. No ha nacido aún el hombre lo bastante astuto como para acabar conmigo.
II
Hubo paz durante una semana entera, el mayor período de calma desde que los edificios de White Cloud habían empezado a levantarse al lado de la ruta de Chisholm. Por un momento pareció que la reputación de Rhett, el temor y el respeto que inspiraba su nombre, aseguraría aquella paz indefinidamente; y, desde luego, los vaqueros que llegaban por la ruta conduciendo ganado tejano alborotaban más discretamente por las noches antes de regresar a sus campamentos, instalados al otro lado del río. El Reverendo Sammis mencionó con aprobación a Jack Rhett en su sermón dominical. «Sodoma —dijo— ha encontrado la horma de su zapato.» Al oír aquello, Lou BeauHelen sonrió irónicamente y se lo repitió una mañana a Rhett en el saloon. Rhett se encogió de hombros.
—Los reformadores siempre esperan demasiado —dijo, en tono indiferente—. Antes de que llegue otro domingo habrá mucha gente que dudará de mi capacidad. ¿Ha oído usted decir alguna vez que la naturaleza humana haya cambiado?
—Opino lo mismo que usted —dijo BeauHelen.
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Eran iguales, adiestrados en un mundo gris, sin alimentar ninguna esperanza, creyendo en muy pocas cosas. En el aislamiento de la vida de Rhett no tenía cabida ninguna fe, ninguna amistad; en cuanto a BeauHelen, lo único que le importaba era que sus cartas cayeran provechosamente.
La predicción de Rhett se convirtió en realidad al cabo de tres días. Era un jueves por la noche y a lo largo del río Bent ardían las fogatas como lívidas señales de guerra. Jack Rhett salió del hotel en el preciso instante en que la diligencia de Wolf Creek aparecía por la Antelope Street; al mismo tiempo, tres jinetes cruzaban el puente. Avanzaron al galope, para detenerse bruscamente delante del saloon de BeauHelen. Las luces del establecimiento iluminaron al que iba en cabeza, un hombre alto cuya voz rasgó como un cuchillo el murmullo levantado por una mescolanza de ruidos.
—¿Dónde está ese Rhett que ha llegado de Abilene?
La gente de White Cloud estaba acostumbrada al jaleo y tenía un oído excelente para captar su proximidad. El conductor de la diligencia bajó del pescante, contemplando a Rhett, rígido contra la pared del hotel. Los ruidos se apagaron; la rápida melodía de un piano se deslizó vivamente a través del creciente silencio. El jinete dijo, en tono más alto y más perentorio:
—¿Dónde está ese gran hombre?
El conductor de la diligencia se volvió de nuevo hacia Rhett. Pero Rhett ya no estaba allí. Luego —todo aquello ocurrió en un abrir y cerrar de ojos—, su voz resonó desde otro ángulo de la calle y el conductor de la diligencia, profundamente asombrado, volvió la cabeza y descubrió al sheriff apostado a un centenar de pies del lugar donde había estado antes, inmóvil e invisible contra un fondo envuelto en sombras.
—Hola, Sam —dijo.
El recién llegado se sobresaltó. Cogido por sorpresa, no llegó a volverse del todo. El revólver de Rhett escupió fuego y plomo. El jinete profirió un leve gemido y cayó de la silla. Sus dos compañeros dispararon contra Rhett. Pero Rhett se había desvanecido una vez más y los proyectiles se estrellaron contra la pared. En alguna parte, una mujer gritó. Inmediatamente, los revólveres de Rhett ladraron desde otro ángulo. El segundo de los jinetes se tambaleó y se agarró a su silla con una desesperación de la que fue testigo toda la multitud que se había pegado a las paredes. Pero el jinete fue incapaz de sostenerse. Estaba mortalmente herido, y le gritó su terror a su compañero mientras se desplomaba. El último jinete emprendió un veloz galope hacia el puente, y Rhett, sólo una sombra durante la lucha, desapareció también.
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La cosa fue tan despiadada que emponzoñó la noche. Un joven jinete entró en el BeauHelen, pidió un whisky y expresó lo que pensaba con indignada amargura.
—¡Maldito carnicero! ¡Ojalá…!
—¡Cierra el pico!
Rhett había aparecido en el umbral de la puerta, con una expresión salvaje en los ojos. Un pesado silencio cayó sobre el saloon. El atezado rostro del jinete palideció.
—No trates nunca de darle lecciones a un hombre que se ha pasado la vida aprendiendo a matar, muchacho —dijo Rhett—. Ahora, márchate del pueblo.
El jinete miró a Rhett, y por unos instantes pareció que iba a engallarse. Pero BeauHelen, conociendo la locura que a veces destruye a los hombres, le tocó en el brazo.
—Márchate, muchacho.
—¡Al diablo con este pueblo! —aulló el jinete. Se dirigió a la puerta, pero antes de cruzarla se detuvo, dio media vuelta y aulló de nuevo—: ¡Este asunto será conocido en toda la ruta! ¡No lo olvide, sheriff! ¡Ni un solo vaquero volverá a pasar por aquí!
Y se marchó, dejando detrás de él un opresivo silencio. BeauHelen recogió un vaso vacío de encima del mostrador y miró a Jack Rhett.
—Mal asunto, Rhett —dijo, y se alejó.
Otro hombre entró en el saloon y se detuvo junto a la puerta mirando con curiosidad a Wild Jack Rhett. Sin dirigirse a nadie en particular, dijo, en tono excitado:
—Ha llegado Tod Mallon.
En la calle se oyó un resonar de los cascos de numerosos caballos.
BeauHelen dio lentamente la vuelta a lo largo del mostrador.
—Suspended el juego —dijo— y abrid las puertas traseras.
Wild Jack Rhett dirigió a BeauHelen una mirada inexpresiva y se desvaneció por la parte de atrás del saloon.
Tod Mallon había regresado. Pero había algo raro en su llegada. Sus veinte jinetes se habían detenido en la calle, sin desmontar. Tod Mallon, una forma ancha y corta sobre un caballo negro, se separó del grupo y se dirigió hacia la oficina del sheriff. Entró, cerrando la puerta detrás de él. Un ciudadano de White Cloud, lo bastante curioso como para correr el riesgo, pasó lentamente junto a aquella oficina y miró a través de la ventana. Más tarde informó en el BeauHelen de lo que había visto: Mallon y Wild Jack
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Rhett estaban de pie, con un escritorio entre ellos, hablando. Un cuarto de hora después Mallon salió de la oficina, llamó a sus hombres y se marchó de White Cloud tan deliberadamente como había llegado.
III
El viejo Hack Crow estaba en el saloon de BeauHelen con un Spencer de siete tiros a su lado, saciando una sed de tres meses y emborrachándose lentamente. El viejo Hack era un cazador de búfalos que había cumplido ya los setenta, enjuto y gris como un lobo de invierno. En sus buenas épocas había seguido a las manadas con Bridger y Bil Williams hasta tierras que ningún hombre blanco había pisado hasta entonces, pero aquellos tiempos habían pasado y ahora resultaba un tipo un poco raro que no podía olvidar la antigua astucia que tan a menudo le había salvado la cabellera. Viviendo en las llanuras, viajando como una sombra, cazaba pieles para Peter Wain. En sus bolsillos llevaba las ganancias de una temporada.
A las diez, Wild Jack Rhett entró en el saloon de BeauHelen y le encontró allí; a las once, Peter Wain detuvo a Rhett junto al hotel de Jeff Davis para advertirle:
—Beberá hasta que vea una banda de Arapahoes… y entonces empezará a disparar. Jim Speed le encerraba siempre en la cárcel hasta que le pasaba la borrachera.
Rhett se limitó a asentir con un gesto y Wain se marchó. Era domingo, y los habitantes de White Cloud desfilaban por la Antelope Street en dirección a la iglesia del Reverendo Sammis para oírle hablar de nuevo de «esta moderna Gomorra». Wild Jack Rhett se había puesto su mejor traje, una camisa blanca y una corbata Windsor, que le convertían en una figura impresionante. Apostado allí en el hotel, con su inexpresivo y sonrosado rostro, contemplaba a la multitud con aquellos extraños ojos azules medio ocultos por el humo del cigarro. Era un hombre aislado por la rígida estratificación social del pueblo, un servidor pagado y poco mejor considerado que los tahúres y maleantes a los que debía mantener a raya. Matt Tavener y su novia le encontraron allí.
—Jack Rhett —les presentó Tavener—. Mary Luray.
Wild Jack Rhett se quitó el sombrero y en su rostro apareció una extraña expresión de respeto. Se inclinó cortésmente y dijo, en tono amable:
—Me siento encantado, Miss Muray.
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—Abilene, Fort Worth —le dijo Tavener a Mary Luray, y los dos jóvenes intercambiaron una mirada, como si hubieran hablado anteriormente de la historia de aquel hombre. Mary Luray era una muchacha esbelta cuya cabeza llegaba apenas al hombro de Matt Tavener, a pesar del sombrero. Su porte era orgulloso y sus facciones revelaban una reposada inteligencia. Llevaba unos largos guantes blancos, y los encajes de su vestido rodeaban un cuello blanco y mórbido. De un prendedor en forma de flor de lis colgaba un relojito de oro en la parte alta de su corpiño.
—Tenía muchos deseos de conocerle —dijo Mary Muray.
—De verle —rectificó Tavener, sonriendo—, no de conocerle. Los sheriffs viven en un mundo cerrado. Tal como debe ser.
—¿Se da cuenta? —inquirió Wild Jack Rhett, en tono afable—. Los sheriffs no tienen amigos. No pueden confiar en nadie. —Miró a la joven a los ojos—. Matt es muy joven para llevar una estrella, y veo que aún sonríe. Cuando deje de sonreír, será demasiado tarde.
De un modo completamente inesperado, la muchacha dijo:
—Vamos a casarnos el próximo jueves. Me gustaría que asistiera usted a la boda.
Wild Jack Rhet permaneció inmóvil, con el cálido sol brillando en sus sonrosadas mejillas. Sus ojos cambiaron ligeramente.
—Me sentiré muy honrado. Gracias. Tavener, sálgase de este juego.
Los dos jóvenes se marcharon. Mary Luray se protegía del sol con una sombrilla blanca. Ewald Bay, uno de los jugadores profesionales del saloon de BeauHelen, salió del establecimiento, encendió negligentemente un cigarro y echó a andar por la Antelope Street en dirección al puente del río Bent, en sentido opuesto a la gente que se dirigía a la iglesia. Una muchacha salió de la fonda de Marble John y se unió a él. La mirada de Wild Jack Rhett les siguió brevemente y luego volvió a posarse en Mary Luray, permaneciendo sobre ella hasta que la muchacha entró en la iglesia.
Súbitamente, el viejo Hack Crow salió del saloon y se detuvo en la acera, empuñando su Spencer de siete tiros. Su cabeza giró en un ángulo de noventa grados, desde la iglesia a Ewald Bay y a la muchacha que andaba hacia el puente; a continuación tomó esta última dirección, avanzando como un indio, con la parte superior del cuerpo proyectado por delante de las piernas. El cigarro de Wild Jack Rhett se inmovilizó entre sus dientes y sus hombros parecieron hacerse más sólidos. Hack Crow llegó a la confluencia de las calles Antelope y Custer, y una vez allí se dejó caer rápidamente detrás de un barril de agua. Rhett no veía más que sus piernas.
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Un prolongado aullido, surgido de la garganta de Crow, sobresaltó al pueblo. Todas las personas que estaban en la calle se detuvieron. Ewald Bay dio media vuelta sobre sí mismo y lanzó a la muchacha contra la pared de un edificio. El Spencer rugió desde detrás del barril, y Ewald Bay se estremeció, dio un paso en falso y se desplomó sobre la acera. Hack Crow aulló de nuevo, mientras regaba de balas la calle Antelope, levantando nubecillas de polvo amarillo. Con los brazos caídos a sus costados, Wild Jack Rhett contemplaba la escena con una calma inhumana y cruel. No hizo ningún movimiento; su expresión no cambió. La muchacha que acompañaba a Ewald Bay estaba gritando; al otro extremo de la calle, un grupo de ciudadanos parecía haberse petrificado allí. Hack Crow se incorporó con la agilidad de un gato y echó a correr a lo largo de la calle Custer, huyendo de Rhett. Montó en su caballo y unos instantes después había desaparecido del pueblo.
Peter Wain salió corriendo de la iglesia para ir a encararse con Rhett.
Dijo:
—Ya se lo advertí. Bay está muerto, y usted se ha negado a intervenir.
Wild Jack Rhett miró a Wain sin que sus rasgos se alterasen.
—¿Quién es un ciudadano más útil amigo Wain, Crow o Bay? El mundo está lleno de jugadores profesionales.
Dando media vuelta sobre sus talones, Rhett se encaminó hacia la oficina del sheriff.
La muerte no era una novedad para White Cloud y Boot Hill estaba lleno de jugadores de ventaja. Nadie lamentó demasiado la muerte de Bay, aunque hubo quien expresó su simpatía por la muchacha que, a su modo, había amado al tahúr. Se habló de abrir una suscripción para ella, se habló del difunto Speed, el cual hubiera previsto la locura de Hack Crow… La actitud de Wild Jack Rhett, permitiendo un tiroteo que se había producido ante sus mismos ojos, dentro del alcance de sus formidables revólveres, provocó intrigados comentarios. Luego, a las cinco de la tarde, llegó un jinete procedente de la pradera y dijo que había encontrado al viejo Hack Crow muerto; tenía los bolsillos vueltos del revés y su caballo había desaparecido. White Cloud creyó que aquel hecho aclaraba algunas cosas; y el Reverendo Sammis, en el servicio religioso nocturno, habló amargamente del criado que se vuelve contra el amo que le paga. «Crow llevaba en el bolsillo las ganancias de una temporada. Era una cosa sabida. Pero no podían matarle y robarle en el pueblo, de modo que permitieron que se marchara para que pudieran asesinarle los hombres de Tod Mallon. ¿Por qué no detuvo el sheriff Rhett a Mallon la otra noche, cuando Mallon se presentó desvergonzadamente en la
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misma calle donde murió Speed? Porque hay un trato entre ladrones. Es evidente que Mallon y Jack Rhett están de acuerdo.»
Aquella misma noche, BeauHelen dijo algo parecido en un tono que estaba muy lejos de contener la indignación moral del Reverendo Sammis. Fue durante la hora de calma que sigue a la cena, y Wild Jack Rhett se encontraba sentado ante su mesa de costumbre, bebiendo un vaso de whisky. BeauHelen se acercó, tomó asiento y colocó sus flexibles manos sobre la mesa.
—Mal asunto —dijo.
Wild Jack Rhett miró fijamente al dueño del saloon.
—El juego no cambia nunca —murmuró—. Sé lo que va usted a decirme.
—Ya le advertí que podía hundirle.
—Mallon era su hombre —dijo Wild Jack Rhett—. Es una vieja historia para mí. En todos los pueblos hay un ciudadano aparentemente honorable que está de acuerdo con los maleantes. Cuando le vi por primera vez, supe que aquí el ciudadano en cuestión era usted. Mallon era su hombre, y usted cobraba un porcentaje de sus ganancias a cambio de la información que le proporcionaba. Pero, discutieron ustedes, cosa que también ocurre siempre, y cuando Mallon destrozó su saloon, el acuerdo quedó roto.
—Muy perspicaz —dijo BeauHelen.
—Es una historia muy vieja. Me la sé de memoria.
—Muy perspicaz —repitió BeauHelen, exquisitamente amable—. Pero usted no puede jugar la misma baza. No puede usted ser sheriff y embolsarse las ganancias que yo rechacé.
Rhett dijo:
—Todos los sheriffs son acusados de dejarse sobornar.
—¿Qué otra cosa podría hacer que Tod Mallon le respetara? —retó BeauHelen.
El inalterable rostro de Wild Jack Rhett se inclinó levemente.
—¿Se le ha ocurrido pensar que me interesa mantenerles separados, amigo BeauHelen? Siempre procuro romper el sólido frente de la oposición. Podría ser eso.
BeauHelen se puso en pie y llamó al camarero para que sirviera bebidas.
Pero Rhett, levantándose, sacudió la cabeza.
—Nunca bebo más de un vaso —dijo.
—He visto llegar y marcharse a muchos sheriffs —dijo BeauHelen—. Yo no quería que viniera usted, ya que sabía que me crearía complicaciones.
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Muchos de sus predecesores descansan en el cementerio de Boot Hill. Es un oficio peligroso.
—Los sheriffs mueren —convino Rhett, sin alterarse—. Todos mueren.
Sólo es cuestión de tiempo.
—Es usted duro de pelar —dijo BeauHelen, admirando momentáneamente al hombre.
—Podría usted hacer las paces con Tod Mallon —replicó Rhett—. No le queda otra solución. Si no lo hace, tendrá muy pocas posibilidades contra mí.
—Tal vez lo haga —dijo BeauHelen.
—No me sorprendería. Siempre espero lo peor de los hombres… y rara vez quedo decepcionado.
Cuando Wild Jack Rhett salió del saloon era de noche y una leve brisa del sur cargada de aromas silvestres embalsamaba el aire. Cruzando la calle, Rhett entró en su oficina, pero no se detuvo en ella y volvió a salir por la puerta trasera; pegado a las paredes, dio la vuelta al pueblo y se dirigió a la calle donde se encontraba el establo O. K. Allí esperó, oculto en la sombra. Al cabo de un cuarto de hora vio a BeauHelen que salía del establo, montado en un caballo, y galopaba en dirección a la pradera. Rhett regresó lentamente a su oficina. Encontró a Matt Tavener esperándole.
Tavener dijo:
—No voy a juzgarle tan aprisa como le está juzgando White Cloud. A veces, las apariencias engañan. Es difícil distinguir entre buenos y malos viendo a la gente que pasa por la calle.
—Eso es algo que no debió haber aprendido a su edad —dijo Wild Jack Rhett—. No pasará mucho tiempo sin que mire a la cara de un hombre buscando cosas que no verá. La confianza es una cosa excelente. ¿Ha pensado en lo poco que le quedará cuando la pierda?
—Esta noche voy a salir en busca de Mallon. Usted tuvo una oportunidad y le dejo escapar.
—Espere.
—La paciencia no va conmigo.
Rhett dijo, con expresión taciturna:
—Tiene usted una novia muy guapa. Permítame que le felicite y que la felicite a ella. Pero, sálgase de esto. Puede usted acabar con Tod Mallon. Pero las llanuras están llenas de Mallons, y algún día pondrá usted su confianza en un hombre el tiempo suficiente para volverle la espalda. Y eso será el fin.
—¿Es todo lo que quería decirme?
Rhett dijo:
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—Yo me ocuparé de Mallon.
Tavener dio unos pasos por la habitación.
—La otra noche le dejó escapar. Pero yo confío en usted, Rhett. —Ningún hombre que lleve una estrella debe confiar en nadie —replicó
Rhett—. Es una debilidad. ¿No se lo había dicho? —Se interrumpió y miró fijamente al joven, antes de continuar—: Usted no servirá nunca para matar. Le gusta la gente; la trata con indulgencia. No importa. Yo me ocuparé de Mallon.
—Rhett —dijo Tavener—, que me aspen si le entiendo.
—Cada hombre tiene su momento —dijo Rhett—. Cuando le llega, sabe que no puede volver la espalda. Lo único que puede hacer es mantenerse en pie hasta el final como un verdadero hombre.
—¿Necesita usted ayuda para lo de Mallon?
En los ojos de Rhett pareció encenderse una lucecita. En aquel momento, eran unos ojos crueles.
—No tengo ninguna fe en la ayuda ajena —dijo.
Repentinamente se volvió hacia la puerta y se puso lentamente en pie, viendo una esbelta figura que esperaba en la oscuridad exterior.
—Entra un momento, Mary —llamó Tavener.
—¡Espere! —dijo Rhett, y miró a Tavener hasta que el silencio se hizo opresivo—. Puede hacer una cosa. Coja a un hombre y cabalgue con él en dirección norte hasta el primer cruce de la ruta del ganado. Hágalo ahora mismo.
—No me gustaría llevarle la contraria —murmuró Tavener.
—Si lo hiciera —dijo Rhett en voz baja—, saldría perdiendo. Llevo quince años en esto, cinco años más de lo que suele durarse en este negocio.
IV
Eran las nueve de la noche y la oscuridad envolvía a White Cloud. El río desprendía una leve neblina. A lo largo de la Antelope Street, las luces del saloon y de las tiendas proyectaban unas amarillentas franjas luminosas sobre el polvo de la calzada, espesando las sombras alrededor de ellas. Detrás de la Antelope Street reposaba una población decente, pero en aquella calle un elemento salvaje —conductores de ganado, tronquistas y cazadores de búfalos
— formaba una ruda corriente. El vigilante nocturno, un hombre de aspecto tristón y silencioso, encontró a Wild Jack Rhett sentado en una silla en el
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porche del hotel de Jeff Davis, oscurecido por las sombras e impenetrablemente tranquilo detrás del humo de su cigarro.
—Aquí estoy —dijo el vigilante nocturno, dando a entender que estaba dispuesto a relevar a Rhett.
Rhett se puso en pie, pero sacudió la cabeza.
—Todavía no. Vaya a tomarse una taza de café.
Estaba mirando por encima del hombro del vigilante nocturno, a través de la calle, hacia las puertas del saloon, abiertas ahora de par en par. BeauHelen estaba allí, de pie en el umbral.
El vigilante nocturno dijo:
—Como quiera.
Y se marchó.
Rhett permaneció inmóvil, con la cabeza muy erguida sobre los anchos hombros. Un hombre entró en el saloon, apartando a BeauHelen ligeramente a un lado, y luego BeauHelen volvió a situarse a la plena luz del umbral.
De pronto se hizo audible un rumor de caballos cuyos cascos resonaban en la parte no iluminada de la calle Custer, procedentes del extremo oriental del pueblo. BeauHelen miró a derecha e izquierda a lo largo de toda la Antelope Street, tratando de descubrir alguna reacción a aquel sonido. Wild Jack lo vio y comprendió; su rostro se endureció, se quitó el cigarro de la boca y lo dejó sobre la barandilla del porche, mientras los caballos desembocaban por la calle Custer y se detenían en la esquina del saloon.
La mano de BeauHelen se levantó hacia el grupo de jinetes, los cuales se extendieron hasta cubrir toda la Antelope Street. Tod Mallon se apartó ligeramente del grupo y se detuvo, cuadrado y alerta sobre la silla. Desde su emplazamiento en el oscuro porche. Wild Jack Rhett contemplaba la escena con ojos impasibles. Tod Mallon, tranquilo y solemne, dijo:
—¿Bien?
BeauHelen, que no había localizado a Rhett, levantó ligeramente la voz:
—¡Rhett! Salga de su agujero y venga a saludar a sus amigos. ¿O es que
tiene miedo?
Lentamente, muy lentamente, Rhett cruzó el porche y bajó los peldaños de madera. Las luces captaron inmediatamente su alta figura. El cuerpo de BeauHelen pareció encogerse en el umbral del saloon. Dijo, sin entonación:
—Hola, Rhett.
Era una señal para que Tod Mallon entrara en acción. Pero los pálidos ojos de Rhett estaban clavados en Mallon, el cual tuvo unos instantes de vacilación.
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—Los buitres se separan —dijo Rhett—, pero el olor de la carnaza vuelve a reunirles. Es una vieja historia.
—Debió usted haberlo sabido —replicó BeauHelen.
—Nada me sorprende —dijo Rhett.
—Lo que es una sorpresa —añadió BeauHelen amablemente— es verle a usted exponiendo su gran reputación aquí, a plena luz.
—Cada hombre tiene su momento —dijo Rhett—. ¿Cómo está usted, Mallon?
—Hasta luego —dijo BeauHelen, y se apartó del umbral del saloon para hundirse en las sombras laterales.
Wild Jack Rhett hizo girar su enorme corpachón hasta que dejó de darle la cara a Mallon. Su brazo derecho se alzó y su revólver desgarró el tenso silencio de White Cloud: BeauHelen pareció tropezar con una pared invisible y cayó boca abajo, con el rostro enterrado en el polvo de la calle. A continuación, Wild Jack Rhett dio media vuelta sobre sí mismo para cubrir a Mallon, y mientras lo hacía recibió la bala de Mallon en pleno pecho. Suspiró ligeramente y encontró en alguna parte un último adarme de energía para disparar contra Mallon. Fue su segundo disparo… y el último de su vida. Mallon se deslizó lentamente de la silla y cayó a los pies de su caballo. BeauHelen estaba muerto, y Mallon estaba muerto. Wild Jack Rhett intentó dar un paso, se tambaleó y cayó. Los jinetes de Mallon parecieron enloquecer repentinamente y empezaron a azotar la tierra alrededor de Rhett con un fuego brutal e innecesario. Pero fue sólo un instante. Un hombre —el vigilante nocturno— empezó a disparar desde una ventana alta del palacio de justicia con tal efecto que los hombres de Mallon, faltos de su jefe, emprendieron rápidamente la huida.
Matt Tavener llegó a la Antelope Street cinco minutos después, atraído por el brutal tiroteo. Cuando se inició, se encontraba a poca distancia del pueblo, siguiendo la indicación de Rhett. La escena no había cambiado. BeauHelen estaba caído a la sombra de su propio saloon. Mallon era una encogida figura sobre el polvo. Y Wild Jack Rhett, más misterioso ahora que cuando estaba vivo, miraba fijamente, sin verlas, las brillantes estrellas de la pradera.
Matt Tavener se inclinó sobre él, profundamente conmovido. Más tarde le dijo a Peter Wain, que había acudido también:
—Nadie conoce el mundo de un sheriff. En el corazón de este hombre no había lugar para la piedad. Pero me alejó del pueblo, para evitarme lo que sabía que iba a producirse. Creo que lo hizo por bondad.
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—Dio la cara —reflexionó Wain—. ¿Por qué? Siempre había actuado manteniéndose en la sombra.
—Nadie conoce el mundo de un sheriff —repitió Tavener—. Mientras estuvo seguro de sí mismo, nunca le dio a nadie una oportunidad de defenderse. Pero sabía que todos los sheriffs tienen un final como éste. Los que se dedican a matar viven y mueren a base de sensaciones, como los animales. Intuyó que había llegado su hora, y quiso morir como mueren los hombres, dando la cara.
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NOCTURNO EN LA DON JAIME STREET
L A voz de su madre, que nunca se alzaba por encima de una nota de paciente dominio de sí misma, le alcanzó en la puerta de la calle.
—Ha sonado el primer aviso, Ben. Llevaos una camisa nueva…, trata de no meterte en ningún jaleo.
Mientras cruzaba la calle iba mirando atrás para ver la huella que dejaban sus zapatos en la espesa capa de polvo; dio un cuarto de vuelta al llegar a la verja de la casa de Mrs. Ketchum, y otro cuando llegó a la de los Stafford. Desde las colinas color ladrillo que se erguían detrás del pueblo llegaba el chirrido de las vagonetas que transportaban el mineral, como el gruñido de una enorme fiera encadenada. Ben imaginó el aspecto que tendría aquella fiera y trató de no oír la segunda llamada de la campana de la escuela.
Tenía once años, era muy alto para su edad y estaba bronceado por el sol de Arizona. Llevaba pantalones largos, unas botas con ojales de latón y una camisa de franela azul, igual que la que llevaba Ike Ball, conductor de la diligencia de Tucson, que era un dios sentado en el trono más alto de la adoración de la chiquillería. Cuando hubo pasado por delante de la casa de los Stafford, Ben cerró los ojos y empezó a contar; al llegar a cuarenta, abrió de nuevo los ojos y se encontró en la calle Lode, que era la arteria principal de Dragoon. A aquella hora temprana, las sombras se extendían debajo de los tableros de las marquesinas y todo el pueblo parecía desierto. Más allá del final de la Lode Street el desierto resplandecía bajo el pálido sol invernal.
Ben cruzó hacia la Don Jaime Street, una angosta avenida que enlazaba las calles Lode y Border. En la Don Jaime Street no había más que saloons, salones de baile y edificios a los cuales su madre se refería diciendo simplemente «aquellas otras casas». Ahora que la campana de la escuela había cesado de sonar, una especie de sensación soñolienta planeaba sobre todas las cosas, y cuando Ben golpeó con sus botas sobre las tablas sueltas de la acera despertó extraños ecos a su alrededor. Ben andaba con la cabeza
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inclinada, fascinado por el brillo de los ojales de latón de sus botas. Luego, un hombre dijo:
—Vas muy elegante, buen mozo.
Ben levantó la cabeza y vio a Curly Jack apoyado contra el umbral del saloon Louvre.
—Sí, señor —murmuró Ben, impresionado.
Aquel hombre era un peligro en sí mismo; era un Pistolero cuyo nombre pronunciaban cuidadosamente las personas adultas a fin de que el hombre no se enfureciera con ellas. Tenía las piernas muy largas; llevaba el sombrero echado muy atrás sobre la rubia cabeza, y el humo de su cigarro se extendía en cintas grises alrededor de su rostro. Al sonreír, sus párpados se entrecerraban hasta ocultar casi por completo sus ojos.
—Tú eres el hijo de Gerrish —dijo Curly Jack—. Te llamas Ben. ¿Me conoces, Ben?
—Sí, señor.
Curly Jack pareció reír interiormente, como si estuviese muy complacido. —¿A qué piensas dedicarte cuando seas mayor, Ben? —Tal vez —dijo el joven Ben— a conductor de diligencias.
Curly Jack se estaba divirtiendo enormemente.
—Cuando te decidas, Ben, dímelo, y nadie te molestará en tus viajes. — Sacó algo de su bolsillo y lo apretó en la mano del joven Ben.
El joven Ben dijo:
—Gracias —y se alejó.
Al abrir la mano, vio que tenía en ella una moneda de oro de dos dólares y medio y se detuvo en seco, sabiendo que el asunto traería complicaciones. Detras de él, Curly Jack gritó:
—No pasa nada, Ben, es para ti.
El joven Ben cambió de acera, pasando por delante de las puertas de los saloons, de los cuales surgía un penetrante olor a cigarros masticados y a whisky vertido. El holgazán del pueblo estaba durmiendo sobre la acera, con la desdentada boca abierta en un rostro grisáceo y arrugado. Un cachorro color carmelita estaba sentado junto al pintado escaparate del salón de baile Pavilion y miró al joven Ben, azotando las tablas de la acera con la cola. El joven Ben se detuvo a rascar las largas orejas del perro y luego echó a correr hacia la Border Street. Dio la vuelta a la esquina y se detuvo, esperando oír los precipitados pasos del perro sobre la acera. El cachorro llegó corriendo, y se sentó sobre las patas traseras, con la lengua colgando como un estandarte rojo. El joven Ben lo cogió, se lo puso bajo el brazo, cruzó el arco de la
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cochera de la diligencia y se dirigió lentamente hacia el edificio de la escuela, que se erguía solitario en su patio. La campana volvió a sonar como último aviso. Ben soltó al cachorro, diciéndole:
—Quédate aquí.
Y entró en la escuela.
Curly Jack contempló al chiquillo hasta que dobló la esquina. Después, su mirada recorrió la Don Jaime Street, deteniéndose en las ventanas que tenían las persianas echadas y en las angostas callejas laterales. El cigarro se balanceó entre sus dientes. Detrás de él, en el Louvre, el hombre de la limpieza gruñó mientras manejaba la escoba. Curly Jack echó a andar calle abajo, entrando y saliendo en los otros saloons y salones de baile para dejar su breve saludo. Al llegar a la calle Border se paró delante del establo de Curran y dirigió una escrutadora mirada a los caballos.
Así que Curly se alejó del Louvre, el hombre de la limpieza se asomó a la puerta y dijo, por encima de su hombro:
—¿Qué está haciendo en el pueblo a esta hora de la mañana?
El camarero murmuró:
—Va a venir Doc Halliday.
—¡Ah! —dijo el hombre de la limpieza, y se frotó el manchado bigote con el dorso de la mano.
Curly Jack se entretuvo junto al establo de Curran mirando a un hombre que arrastraba un carretón por la polvorienta calle. A lo lejos, el sol matinal plateaba los cactus del desierto. Curly Jack cruzó el pueblo en sentido septentrional hasta llegar a las afueras. Se detuvo un momento en la Boot Hill, contemplando los montones de tierra sin lápida y sin cruz que eran las tumbas de los que habían muerto de un modo violento o vergonzoso. Luego volvió a cruzar Dragoon en sentido inverso, merodeando por calles y avenidas como un gato vagabundo, y por último llegó al final de la Lode Street y apoyó un hombro en la esquina de la carnicería de Schermerhorn, de nuevo indiferente.
La vida despertaba lentamente en Dragoon. Una mujer —la opulenta y guapa Poker Belle— salió de la calle Don Jaime y entró en el almacén de Lanahan. Mrs. Gerrish y su hija Hope aparecieron por el extremo de la Loder Street con sus sombrillas levantadas contra el sol. Curly Jack dirigió a la muchacha, que tenía diecinueve años, una apreciativa mirada, y luego miró a Mrs. Gerrish y su indiferencia se convirtió en extrañeza, como si algo nuevo hubiera venido a preocuparle. Las dos mujeres se dirigían también al almacén de Lanahan, tranquilas e intocables en medio del polvo y de la rudeza del pueblo, dejando detrás de ellas un cuadro de inmaculada gracia.
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Mrs. Gerrish dijo:
—Entraremos primero en el almacén de Lanahan para ver si ha llegado esa tela de Jacson. Tienes que andar con los hombros más erguidos, Hope.
Más allá del almacén de Lanahan, un joven se detuvo en el umbral de la oficina de la Wells & Fargo. Llevaba unos cubremangas negros hasta el codo. El joven se quedó inmóvil, con los ojos clavados en Hope Gerrish y sin conseguir atraer su atención. Pero en el momento en que entraba en el almacén con su madre, la muchacha volvió la cabeza y le envió una sonrisa.
En la tienda de Lanahan, los olores a cuero, a café y a telas viciaban agradablemente el aire. En un extremo del largo mostrador, Poker Belle hacía sus encargos a Lanahan con voz brusca. La mirada de Poker Belle se detuvo sobre Mrs. Gerrish, detallándola, y su voz bajó un tono entero. Mrs. Gerrish se acercó al mostrador sin darse por enterada de la presencia de la otra mujer; al cabo de unos instantes, terminados sus encargos, Poker Belle se marchó del almacén, dejando detrás de ella el fru-fru de su recargado vestido de seda y las intensas emanaciones de un perfume de lilas, Hope Gerrish miró a su madre de soslayo, con una expresión de dramático desagrado.
La tela no había llegado. Mrs. Gerrish echó a andar hacia la calle. —Hope —dijo—, no debes expresar tus sentimientos en público de ese
modo.
El perfume era muy chillón.
—¿Dónde quieres que haya adquirido buen gusto?
Hope dijo:
—Creo que me acercaré a ver a papá.
Y se marchó calle abajo, haciendo oscilar elegantemente su sombrilla. Mrs. Gerrish se entretuvo ante el almacén de Lanahan, fingiendo arreglar un pliegue de su falda. Por el rabillo del ojo vio que su hija pasaba lentamente por delante del umbral del Wells & Fargo, para detenerse con una encantadora expresión de sorpresa cuando el joven Neal Curzon cruzó la puerta para hablar con ella. Mrs. Gerrish murmuró para sus adentros: «Eso ha estado bien», y se dirigió hacia la Don Jaime Street, andando por el bordillo de la acera. El borrachín del pueblo continuaba durmiendo junto al Pavilion, y el hombre de la limpieza del Louvre sacaba a la calle los restos de una noche agitada en el saloon. Mrs. Gerrish conocía perfectamente aquella calle, pero al andar por ella parecía no ver nada. Había sido una muchacha llamativa en su juventud, y ahora, cuando sus cabellos empezaban a grisear, era todavía una mujer hermosa; pero, debajo de su suave compostura, obedecía a las inflexibles exigencias de una dama.
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Entró en la oficina del periódico para dejar la información que deseaba publicar acerca de una cena que pensaba ofrecer, y fue acompañada galantemente hasta la puerta por el extravagante y borrachín editor del periódico, Sam Gault. Volviendo a cruzar la Don Jaime Street, encontró a su hija delante de la oficina de transportes, que era el negocio de su marido. Las dos mujeres emprendieron el camino de regreso a casa andando lentamente bajo un sol cada vez más cálido.
—Neal va a venir a casa esta noche.
—Lo has hecho muy bien —aprobó Mrs. Gerrish—. Nunca hay que dejar que un hombre se dé cuenta de que nos interesa. Tus modales son excelentes, aunque creo que debieras referirte a él como a Mr. Curzon y no utilizar su nombre de pila hasta que estés comprometida. Los hombres conceden mucho valor a esas pequeñeces, aunque no lo sepan. Hoy te enseñaré a preparar unos pastelillos de turrón. Mi madre me dio la receta hace muchos años, cuando vivíamos en Cleveland.
—Eres muy aficionada a las cosas antiguas, mamá —dijo Hope.
—Son como pequeñas lámparas brillando encima del desierto —murmuró Mrs. Gerrish.
Curly Jack siguió la Don Jaime Street hasta la última casa gris, situada delante de la oficina del periódico y entró en ella sin llamar. Subió la persiana de la ventana que se abría a la calle y unió dos sillas, extendiéndose sobre ellas y encendiendo un cigarro. Poker Belle bajó la escalera con su vestido de seda y se acercó obedientemente a Curly Jack, atractiva y opulenta, estudiando cuidadosamente con sus grandes ojos negros las reacciones del hombre.
Poker Belle dijo:
—He oído decir que Doc Halliday va a venir a Dragoon. —Y por la risa que brilló en los ojos del hombre conoció la respuesta—. Curly —añadió—, será mejor que traigas a tus muchachos. Si viene Doc, no vendrá solo.
—Belle —dijo Curly Jack—, hazte un vestido nuevo. Que sea un poco más sencillo, un poco más…
—Como el de Mrs. Gerrish, ¿verdad? —Poker Belle le miró comprensivamente—. No es el vestido, Curly.
—¿Es otra cosa? Bueno, consíguela.
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—Tendría que haber empezado quince años atrás a conseguirla, y si la tuviera no estaría aquí. Esto es la Don Jaime Street. Y ellos viven en otra calle.
Curly Jack se retrepó en la silla, rumiando aquella respuesta. En su rostro volvió a aparecer aquella extraña máscara especulativa. Frunció ligeramente el ceño.
—Gobierno este pueblo, pero ellos ignoran que estamos vivos. ¿Por qué? Poker Belle alargó una mano y acarició sus cabellos. —¡Ah! No pienses en eso. No te hará ningún bien.
Curly Jack la miró fijamente.
—¿Acaso tú no has pensado nunca en ello?
—Hablemos de otra cosa, Curly…, hablemos de otra cosa.
Los silbatos que anunciaban el mediodía resonaban en las minas cuando Ben Gerrish pasó por la Don Jaime Street con el cachorro detrás de él. El chiquillo se volvió y dijo:
—Quédate aquí.
Llegó a la calle Lode a tiempo para ver arribar a la diligencia de Tucson, con sus cuatro caballos sudorosos por la larga carrera. Apoyado contra la pared del almacén de Lanahan, el joven Ben contempló cómo Ike Ball detenía la diligencia delante del porche del hotel y echaba el freno. Un solitario pasajero embutido en un largo abrigo amarillo descendió del carruaje, con las huellas del largo viaje impresas en su persona. Ike Ball tiró las riendas a un ayudante que esperaba y descendió del pescante, un hombre delgado y nervudo, con unos autocráticos ojos color ágata en un rostro moreno cuyos rasgos tenían la inexpresividad de un indio. Vio al joven Ben y dijo:
—Hola, muchacho.
El joven Ben se esponjó visiblemente y respondió.
—Hola.
Y se dirigió hacia su casa con la cabeza inclinada, imaginando que espantaba las moscas de las orejas de los caballos de la diligencia con la tralla de un látigo de quince pies.
La moneda de oro le pesaba en el bolsillo mientras comía; el problema que representaba le había preocupado durante toda la mañana. En los momentos amargos, cuando necesitaba simpatía, acudía a su madre; pero éste era un asunto práctico, y por consiguiente se lo reservó hasta que volvió a salir de casa con su padre.
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—Curly Jack me ha dado esto —dijo, sacando la moneda de oro de su bolsillo.
Sabía lo que su padre iba a decir, y sin embargo temía oírlo. Su padre miró la moneda.
—¿Te la has ganado, Ben?
—No, señor. Curly Jack me la regaló.
—¡Ah! —dijo su padre, en aquel tono frío que Ben conocía tan bien. Cruzaron la calle Lode y penetraron en la Don Jaime Street, viendo a
Curly Jack que salía del Pavilion, y mientras avanzaban hacia él Ben notó que su corazón latía más aprisa que de costumbre. Curly Jack les miró con expresión sonriente.
—Mi hijo tiene algo para usted, Jack —dijo Gerrish.
El joven Ben sacó la moneda de oro, notando su redonda frialdad en el cálido sudor de la palma de su mano. Curly Jack miró a Gerrish, con el cuerpo rígido y el pecho bombeado. Era como un caballo salvaje, con la cabeza erguida y los párpados entornados. Había dejado de sonreír.
—Yo le di esa moneda al muchacho —dijo.
—Dile por qué no puedes quedarte con ella, Ben —dijo Gerrish, sin perder la calma.
—Porque no me la he ganado —murmuró Ben.
Curly Jack se encogió de hombros.
—Ha sido un regalo a cambio de nada.
—No hay que aceptar nada a cambio de nada —replicó Gerrish.
Una expresión intrigada asomó al rostro de Curly Jack. Permaneció inmóvil, como buscando una respuesta a un hecho desconcertante, y de repente cogió la moneda de la palma de la mano de Ben y se alejó, mientras el joven Ben se frotaba las húmedas manos contra la camisa, notando el tumultuoso latir de su corazón. Pero el temor le había abandonado. Su padre había mirado a Curly Jack rectamente a los ojos y, por un instante, la voz de su padre había sido más dura que la de Curly Jack. Ben miró a su padre y se sintió muy orgulloso. El cachorro color carmelita avanzó en aquel momento hacia él, todo huesos, piel y pies; se sentó ante las botas de Ben y su cola golpeó la acera. El joven Ben dijo, prudentemente:
—No pertenece a nadie, papá.
—No vayas a llegar tarde —dijo Gerrish, y echó a andar hacia la calle Lode.
El joven Ben le contempló mientras se alejaba, y observó que su padre era un hombre alto; sus hombros eran tan anchos como los hombros de Curly
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Jack. El joven Ben cogió el cachorro, se lo puso bajo el brazo y se dirigió lentamente a la escuela. Antes de llegar dejó al cachorro en el suelo y le dijo:
—Quédate aquí.
Gerrish se encaminó a su oficina. Se detuvo en la puerta, pensando en su hijo, y de repente dio media vuelta y volvió a dirigirse a su casa. Su esposa salió de la cocina, intrigada por aquel cambio en la rutina diaria.
—¿Qué sucede? —inquirió.
—Nada de particular. Ben quiere un perro. Ya ha hablado de ello alguna vez.
—Bueno, no creo que un perro pudiera hacerle ningún daño.
Gerrish dijo:
—Da la casualidad de que el perro que quiere pertenece a Poker Belle.
Tendré que hacer un trato con ella.
Mrs. Gerrish irguió los hombros.
—No, No quiero que Ben toque nada que pertenezca a la Don Jaime Street. Odio aquel lugar sucio y bestial. Ha destruido todas las cosas decentes de Dragoon. A veces no puedo dormir pensando en lo vil de la atmósfera que Ben tiene que cruzar para ir a la escuela… ¿Cómo podemos educar a nuestros hijos decentemente? Es como vivir en el borde de un pantano, viendo a unos seres repugnantes que se arrastran hacia nosotros, cada vez más cerca. No, no quiero…
—Ben le ha tomado cariño a ese perro —dijo Gerrish amablemente.
Su esposa le contempló unos instantes en silencio, y finalmente dejó caer sus hombros.
—Si tú crees que es lo mejor… —murmuró, y regresó a la cocina. Gerrish volvió a salir a la calle y se encaminó directamente a la casa de
Poker Belle.
El sol avanzaba hacia el oeste en el más azul y más claro de los cielos, y el calor empezaba a amainar. El pueblo adquiría vida lentamente. El solitario pasajero de la diligencia de Tucson entró en la oficina del periódico y se presentó a sí mismo a Sam Gault.
—Me llamo Aaron Shotwell, miembro del Congreso del Estado de Nueva York, miembro del comité de terrenos públicos, y estoy de gira por el Oeste.
—Muy honrado —dijo Sam Gault, renunciando a su habitual ironía—.
Tome la silla menos polvorienta, diputado.
—De modo que ésta es la Babilonia del desierto…, el pueblo más salvaje entre St. Louis y el Pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles, ¿verdad?
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—Babilonia —observó Sam Gault— era un campamento anterior a mi época. Sin embargo, imagino que Dragoon hubiera podido darle unos cuantos puntos de ventaja.
—Parece un lugar tranquilo.
—El pecado busca las sombras de la noche.
—Dicen que a la hora del desayuno ya ha caído un hombre. ¿Es cierto eso?
—Algunas mañanas quedamos decepcionados.
A las cuatro de la tarde, el pianista del Louvre tomó su acostumbrado desayuno a base de empanadas y whisky de centeno en el vacío mostrador, y luego se sentó al piano para desentumecer sus dedos. En el Pavilion, High-Pocket Bill enceraba la pista de baile, y en los pisos altos empezaron a levantarse las persianas para dejar paso a la luz del día antes de que se desvaneciera del todo, y aquellas mujeres a las que Sam Gault se refería en sus columnas como «damas de la hetaira» iniciaron sus paseos a lo largo de las aceras de la calle. La Don Jaime Street despertaba de su prolongado letargo preparándose para la noche.
Un hombre cubierto de polvo, con un gran mechón de pelo colgando debajo del ala de su sombrero, llegó a caballo del desierto y se dirigió directamente al abrevadero de McSwain. Mientras el animal bebía, el jinete lió un cigarrillo, barriendo el pueblo con la mirada. Aplicó un fósforo al cigarrillo, y su cabeza, que había empezado a girar, detuvo su movimiento al ver a Curly Jack apostado ociosamente junto al almacén de Lanahan. Inclinando la mirada, hizo dar media vuelta a su caballo y picó espuelas, marchándose de Dragoon.
Curly Jack tiró su cigarro a medio fumar y sacó otro. Un hombre salió del establo de McSwain y se acercó a Curly Jack. Éste señaló al jinete que se alejaba.
—Va a decirle a Doc Halliday que estoy aquí. Vendrán esta noche, Link.
—Iré a buscar a los muchachos —dijo Link.
—Sí —asintió Curly Jack, con una sonrisa en los ojos.
Desde el lugar donde se encontraba vio al joven Ben Gerrish, que avanzaba por la Don Jaime Street, procedente de la escuela, y se dirigía a la oficina de su padre, seguido de cerca por el cachorro color carmelita. Un carromato tirado por seis caballos se detuvo al final de la calle Border, y una pequeña multitud se reunió lentamente a su alrededor. Sam Gault subió por la Don Jaime Street y se unió a Curly Jack; luego, los dos hombres se acercaron al carromato.
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—¿Es ése el piano? —preguntó Sam Gault.
—Sí —respondió el conductor del carromato.
El cigarro de Curly Jack osciló entre sus dientes, mientras miraba con curiosidad las recias patas de caoba, curvadas y arqueadas, que asomaban por debajo de la lona protectora.
—¿Qué piano? —inquirió.
—El de los Gerrish —dijo Gault—. El primer piano del pueblo. La civilización llega a Dragoon, Jack.
—No es el primero —rectificó Curly Jack—. En el Louvre hay un piano. —El Louvre pertenece a la Don Jaime Street, Jack. Este es el primer piano
que entra en una casa decente. ¿Comprendes la diferencia?
—No —dijo Curly Jack—. ¿Cuál es la diferencia?
—Algún día, cuando esté borracho, te lo diré —respondió Sam Gault—. Entonces, el universo es muy claro para mí. La decencia es cosa del espíritu, y tengo que estar borracho para hablar del espíritu. ¿Va a venir Halliday esta noche?
—Es posible —dijo Curly Jack.
Gault dijo:
—Si sobrevives, ven a verme y beberemos a tu salud. Si mueres, pronunciaré tu oración fúnebre… porque el ministro no lo hará.
Gault se marchó. Curly Jack contempló el carromato y los seis caballos que se habían puesto en marcha hacia la calle Stafford. Con los ojos casi cerrados, trataba de dar forma a la sensación que le tenía intrigado desde la mañana.
El joven Ben llegó a la oficina, vio a su padre dentro y entró.
—El perro —dijo su padre— pertenece a Poker Belle, pero no tiene inconveniente en desprenderse de él. Tendrás que llevar veinte brazadas de leña desde su cobertizo hasta el porche trasero de su casa. Entonces podrás quedarte con el perro.
—Sí, señor —dijo el joven Ben, y se dispuso a marcharse. Pero la voz de su padre le hizo detenerse.
—Ben —dijo Gerrish—, haz siempre más de lo que prometas. Procura que las brazadas de leña sean completas.
El joven Ben bajó por la Don Jaime Street con el cachorro de color carmelita obedientemente detrás, se metió por uno de los callejones laterales y llegó al cobertizo de Poker Belle. Desde el cobertizo hasta el porche trasero de la casa había una distancia de cincuenta pies, y las veinte brazadas de leña, completas, le entretuvieron una hora. En el suelo había un trozo de cuerda de
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tender ropa y ató con ella al cachorro. Pero las instrucciones de su padre habían sido muy concretas, y en ellas no había aludido para nada a la cuerda; por lo tanto, desató al perro y volvió a dejarla en el suelo. Cogiendo al cachorro bajo su brazo, se dirigió a su casa. En las minas resonaban los silbatos que señalaban el cese del trabajo.
En su propio cobertizo, detrás de la casa, el joven Ben encontró otra cuerda con la cual atar al cachorro de color carmelita. «Sólo por unos cuantos días, para que no te marches a la Don Jaime Street», murmuró. Encontró un saco de arpillera y preparó un lecho para el cachorro. Se agachó a acariciar las largas orejas dél animal; cuando las extendió por debajo de las quijadas del perro, los extremos se tocaron. La madre del joven Ben le llamó, sacándole de su profunda abstracción; el chiquillo entró en la casa.
El negro piano resplandecía bajo la luz del salón. Mrs. Gerrish estaba sentada en el taburete, haciendo correr los dedos por el teclado. Tenía los ojos cerrados. Pulsó suavemente una tecla, y luego sus dedos formaron un acorde. Se volvió, y el joven Ben quedó asombrado al ver que su madre estaba a punto de llorar. En aquel momento entró en la habitación su padre, sonriendo.
—¿Te gusta, Rose?
Mrs. Gerrish dijo:
—Le enseñaré de tocar a Hope. Y también a Ben…
A las ocho, la noche cerró alrededor de Dragoon, negra como el hollín, lisa como el terciopelo. Las sombras se amontonaban sobre la tierra, discretas en su misterio y su belleza. Las tiendas de la calle Loder estaban cerradas, ofreciendo unas paredes desnudas al resplandor de los saloons y salones de baile de la Don Jaime Street. En aquel corto trecho, los hombres se movían en olas errantes de acera en acera; se agitaban a través de las puertas batientes, hundían los pies en el polvo de la calzada. Del Pavilion surgía la melodía de una guitarra y un violín, el arrastrar de pies de los danzarines, las voces de los hombres y las chillonas risas de las mujeres. Por la calle Border y en dirección a la Don Jaime avanzaba una procesión de jinetes para poblar aquel foco de claridad. Un hombre, casi borracho, se plantó en medio del polvo, moviendo los brazos a su alrededor en círculos destructivos; en alguna parte, una mujer profirió un estridente chillido, y la música continuó sonando, y un revólver disparó, y toda aquella barahúnda era como el latir de la sangre en la yugular, resonando a lo largo de la calle Lode y apagándose contra la retraída y lejana vida de la Stafford.
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El alguacil de noche entró en el cuartelillo de la Border Street, recién levantado, y encontró al alguacil de día dispuesto a ser relevado. El alguacil de noche era un hombre delgado, rubio, de ojos verdes. Dijo:
—¿Alguna novedad?
—Curly Jack está en el pueblo. Doc Halliday acaba de llegar. Los dos se han traído algunos muchachos.
—Bueno —dijo el alguacil de noche—, eso se veía venir desde hacía mucho tiempo.
—¿Quieres que me quede por aquí?
—No, —dijo el alguacil de noche.
El alguacil de día salió del cuartelillo. El alguacil de noche comprobó que el revólver salía con facilidad de su funda, se miró brevemente al espejo y salió a la calle, empezando su ronda nocturna.
En su habitación del hotel, el diputado llenó dos vasos de whisky, uno para él y otro para Sam Gault. Se asomó a la ventana, contemplando el resplandor de las luces de la Don Jaime Street y las nubes de polvo que se levantaban alrededor de las masas de hombres en movimiento.
—A fe mía que es un espectáculo dantesco —dijo el diputado, al que la borrachera aclaraba la mente—. En un pueblo como éste no puede prosperar nada decente, ni arraigar ningún impulso de bondad.
—Diputado —dijo Sam Gault—, viaja usted con un whisky excelente.
Vamos a echar otro trago.
Curly Jack cruzó la Don Jaime Street, apartando hombres a un lado con los hombros, y se detuvo a la sombra de una calleja contigua al Pavilion. Recorrió la calle con la mirada, deteniéndola de un modo especial en la doble sombra de dos hombres que estaban de pie en la esquina del Louvre. Alguien pasó por delante del Pavilion y se detuvo un instante en la entrada de la calleja, murmurando:
—Halliday está en el salón de Kilrain…, bebiendo en el mostrador.
Curly Jack se dirigió a una puerta lateral del Pavilion y la abrió; se apoyó contra la pared hasta que Poker Belle le vio y se acercó obedientemente a él, las lentejuelas brillando alrededor del escote de su vestido, la piel muy blanca en contraste con sus negrísimos cabellos.
Curly Jack dijo, en tono irritado:
—Vamos.
Y salió de nuevo a la calleja.
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—¿Qué sucede, Jack?
Curly Jack no respondió. Anduvieron uno al lado del otro a lo largo de la
calleja, cruzaron la calle Lode y avanzaron hacia la pequeña loma que se
erguía detrás del pueblo.
Poker Belle dijo:
—Halliday está en el pueblo, Jack. Me gustaría…
Estaban en la parte alta de la calle Stafford, en la sombra, mirando a través de una calle de treinta pies, cuya anchura era una bahía y en cuya lejana orilla las casas de las personas honorables mostraban extrañas y lejanas luces.
—Es curioso —dijo Curly Jack—. Desde aquí no puede oírse el rumor de la Don Jaime Street.
—Vámonos.
Curly Jack se enfrentó con la casa de los Gerrish y permaneció silencioso largo rato, luchando con su extrañeza, enojado por ella, pero dominado por ella. Una joven pareja avanzó, procedente de las afueras del pueblo —Neal Curzon y Hope Gerrish—, cogidos del brazo. Se detuvieron junto al porche, susurrando y riendo en voz baja, y luego entraron en la casa.
—Escucha —dijo Curly Jack—. Ese piano… —En el Louvre hay un piano, Jack. Vámonos.
—Hago lo que quiero en este pueblo, Belle. Puedo hacer que un hombre sonría, y puedo hacerle suplicar. Nadie tiene suficientes redaños para meterse conmigo. Si quisiera, podría poner patas arriba la Don Jaime Street. Pero las personas que viven en esa casa, ignoran que estoy vivo. ¿Por qué, Belle?
—Vámonos —insistió Poker Belle—. Nosotros no pertenecemos a este lugar.
—¿Por qué no? —inquirió Curly Jack, en tono de resentimiento—. Ando por donde quiero. Nadie me detiene. ¿Por qué no?
Pero Poker Belle le cogió del brazo y le arrastró hasta la calle Lode. Una vez allí, Curly Jack se detuvo, mirando hacia el establo de McSwain. Dijo:
—Vete, Belle. Te veré más tarde.
Por un instante pareció que Poker Belle se negaba a obedecer. Pero la fuerza de la costumbre pudo más que sus sentimientos y echó a andar lentamente hacia la Don Jaime Street.
Curly Jack había observado cierto movimiento en el establo de McSwain. Cruzó la calle Lode, se metió por una callejuela lateral y se detuvo ante la puerta trasera del saloon de Kilrain. Abrió la puerta y miró dentro. Halliday había estado allí, pero se había marchado. Dando un rodeo por la calle
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Border, Curly Jack volvió a entrar en la Don Jaime Street. La luz le rozó brevemente mientras avanzaba a través de la muchedumbre; brilló contra sus ojos, y reveló la leve humedad del sudor en su rostro. Se cruzó con el alguacil de noche y le saludó:
—Hola, George.
Cuando llegó al final de la Don Jaime Street, Curly Jack se dirigió al almacén de Lanahan. Apoyó su espalda en la pared de la tienda, vigilando la Don Jaime Street. Al cabo de un rato se cansó de esperar y avanzó de nuevo hacia la calle Stafford, hacia la casa de los Gerrish, impulsado por la sensación de perplejidad que se negaba a abandonarle.
Apoyó su flanco izquierdo contra la pared de un edificio. Vigilaba a su derecha, donde las sombras eran más espesas. La voz, cuando llegó, le impresionó indescriptiblemente.
—Hola Curly.
Dio media vuelta sobre sí mismo, sin ver nada. Se quedó rígido al oír una risa encima de su cabeza, y levantó la mirada para ver unos hombros que asomaban a través de la ventana del segundo piso de la carnicería. Oyó de nuevo la voz, la fría y provocadora voz de Halliday:
—Hasta la vista, Curly.
Cuando trataba de sacar su revólver en un inútil movimiento, el proyectil de Halliday atravesó su pecho y le derribó.
Los ruidos de la Don Jaime Street llegaban débilmente, como susurrantes olas. El eco del disparo se desvaneció en el silencio que reinaba más allá del pueblo. Boca abajo sobre la acera, Curly Jack oyó crujir las botas de Halliday a través de la carnicería y perderse en la distancia. Curly Jack quedó solo. Apoyándose en un codo, consiguió ponerse de rodillas; en aquella postura vio brillar las luces de la casa de los Gerrish y oyó el sonido del piano. Alguien corrió hacia él respirando agitadamente y un momento después los brazos de Poker Belle se ceñían alrededor de su cuello.
—¡Curly! ¿Por qué le dejaste…?
—Escucha, Belle. ¿Oyes ese piano?
—Es el del Louvre, Curly.
—El piano del Louvre nunca sonó de ese modo. ¿Belle?
—¿Qué quieres, Curly?
—¿Por qué no dejan de tocar ese maldito piano? Estoy aquí. Me estoy muriendo. ¿Es que no lo saben?
—Curly… —murmuró Poker Belle, y vio que la cabeza del hombre caía a un lado. Se sentó en el polvo, con sus hombros desnudos inclinados sobre un
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hombre muerto, llorando y diciéndole a Curly Jack cosas que nunca había oído cuando estaba vivo. Nadie se acercó. Estaba sola en las sombras de la Stafford Street.
Mrs. Gerrish estaba sentada ante el piano, recordando las melodías que había interpretado siendo una muchacha en el Este. En alguna parte de la calle Stafford resonó un disparo. Mrs. Gerrish se quedó rígida en su asiento, y de repente se volvió… ahuyentando el temor de sus ojos. Neal Curzon y Hope estaban sentados en el sofá, haciendo girar alternativamente la linterna mágica; Mrs. Gerrish vio que se tocaban las manos como por casualidad y se miraban el uno al otro con una completa abstracción de todo lo que les rodeaba. El joven Ben estaba sentado en el suelo con el cachorro en su regazo. Pasaba su mano por las sedosas orejas del animal, y su rostro tenía una expresión soñadora. Ninguno de los tres había oído el disparo. Al mirar a su marido captó el leve movimiento afirmativo de su cabeza, y se volvió de nuevo hacia el piano, aliviada. Dentro de las cuatro paredes de aquella casa, la Don Jaime Street era sólo un eco que no significaba nada.
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EN LA TEXAS STREET
O CHOCIENTAS reses del Star Cross, delgadas y salvajes tras la larga conducción desde Texas, mugían en los corrales de Abilene. La ruta había terminado para los diez hombres agrupados delante de los corrales;
ahora esperaban las órdenes del Mayor MacBeath.
—Emprenderemos el regreso dentro de un par de días —dijo el Mayor—. Entretanto, permitid que os recuerde que este pueblo es el más turbulento de todo el Oeste, y Tom Smith, el sheriff más duro de toda la ruta. Os aconsejo que no tratéis de comeros a Abilene. Otros lo intentaron y se les indigestó.
Lee Bowie asintió e inició el desfile. El resto del equipo echó a andar detrás de él, pero Bowie continuó su camino solo, a un paso rápido, como si tuviera prisa en llegar a un lugar determinado. Los últimos rayos del sol proyectaban su alta y recta sombra en la espesa capa de polvo. Unas cuantas casas y un trozo de vía férrea ocupaban aquella parte del pueblo, y el calor del día planeaba sobre una aparente vacuidad. Pero era una vacuidad engañosa, ya que dos manzanas más adelante, al doblar una esquina, Bowie se vio detenido por el impacto de una turbulenta corriente de vida fluyendo entre una doble hilera de tiendas, hirviendo a lo largo de las aceras que se levantaban delante de cada edificio.
Bowie no había estado nunca en Abilene, pero la leyenda de aquel pueblo estaba muy extendida en toda la ruta, y lo que ahora veía le resultaba familiar. Se encontraba en el mismo corazón del perverso Abilene: la Texas Street. A su izquierda tenía el saloon Alamo, cuartel general del Wild Bill Hickok; al otro lado veíanse el Bullshead y el Old Fruit; y más allá se hallaban los edificios más oscuros donde los vaqueros, como mal menor, dejaban sus ganancias de la ruta.
Los ojos azules de Lee Bowie reflejaron una leve excitación. El río humano que circulaba en ambas direcciones a través de la puerta del Alamo le empujó hacia el borde de la acera. El equipo del Star Cross dobló la esquina y la voz de Swamp Humbird se elevó a través de aquella confusión.
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—¡Primera estación, muchachos!
Sus compañeros desfilaron hacia el interior del Alamo, pero Lee Bowie continuó avanzando por la desigual acera hasta llegar a una tienda de comestibles. Entró en ella, acompañado por el tintineo de sus grandes espuelas. Las sombras del atardecer oscurecían el lugar. Un dependiente, de pie detrás del mostrador, le dirigió una mirada interrogadora.
—Quiero una docena de manzanas —dijo Lee Bowie.
El dependiente dijo «Manzanas» y se alejó. Lee Bowie apoyó las manos en el mostrador, muy erguido sobre sus dos largas piernas. El dependiente regresó, dejando una bolsa de papel sobre el mostrador. Miró a Bowie. Iba a decir algo, pero una voz de mujer, muy suave, pasó por encima de los hombros de Lee Bowie. Dijo:
—¿Quiere pesarme una libra de harina, Mr. Herrick?
De alguna parte surgió un muchacho que llevaba un delantal. El dependiente dijo:
—Una libra de harina para Ilena Tillman, Johnny.
Volvió sus ojos hacia Lee Bowie y habló de un modo que no pudiera resultar ofensivo.
—Mientras esté en Abilene tendrá que depositar sus revólveres en alguna tienda. Es una norma. Si lo desea, guardaré los suyos con mucho gusto.
Lee Bowie se quitó el sombrero. Luego se volvió. No se proponía dirigirle la palabra a una mujer a la que no conocía; era únicamente una cortesía tan arraigada en él como la pigmentación de su piel. Aquella voz femenina había resonado como pura melodía en los oídos de un hombre cuya vida discurría tan apartada de las mujeres. La miró con una derechura que no pudo evitar; se quedó muy quieto y un poco rígido, y la turbulencia de su joven sangre meridional enturbió ligeramente su mirada azul. La vio claramente y en detalle, como lo veía todo.
Era una muchacha esbelta, con unos ojos que no le temían ni estaban interesados en él. Tenía una boca de trazo firme a través de un rostro ovalado. Pero le contemplaba como podía haber contemplado una pared, y Bowie comprendió inmediatamente que el hecho de que ella fuera una vecina de un pueblo septentrional y él un vaquero de la ruta establecía cierta distancia entre ellos. Apartó su mirada, sabiendo que prolongarla sería una descortesía.
—Los revólveres… —sugirió el dependiente.
—¿Quién ha dictado esa norma?
—El sheriff Smith.
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—No dudo de su palabra —dijo Lee Bowie amablemente—, pero creo que esperaré a que me lo diga él.
Salió de la tienda, andando con el peculiar balanceo de los hombres que pasan la mayor parte de su vida a caballo, y se sumergió en el animado bullicio de la Texas Street. Apoyándose en una barandilla destinada a trabar a los caballos, sacó una manzana de la bolsa y la mordió voluptuosamente, con todo el apetito de cosas sabrosas almacenado a lo largo de la polvorienta ruta; experimentó un placer tan intenso que los músculos de sus mandíbulas parecieron quedar adormecidos por una punzante sensación. Esto era lo que le había llevado tan apresuradamente a la Texas Street.
El equipo del Star Cross salió del Alamo y se rompió en fragmentos que quedaron sucesivamente engullidos por el tránsito de la calle. Swamp Humbird andaba con el cuerpo sospechosamente erguido por la desigual acera; la bebida le había relajado y sus blancos dientes resplandecían contra la morenez casi negroide de su piel. Detrás de él, como una sombra fiel, marchaba el benjamín del Star Cross, Bill Teeters. Al llegar a la altura de Lee Bowie se detuvieron. Swamp Humbird dijo, alegremente:
—¿Quién ha dicho que éste es un pueblo difícil? ¡Vamos! Tenemos aún un montón de lugares que visitar.
La mirada de Lee Bowie se repartió pensativamente entre los dos. Swamp Humbird era un tipo duro que no tardaría en buscarse dificultades. Poco menos cerril que las bestias que arreaba, resultaba una mala compañía para Bill Teeters, el cual era todavía arcilla blanda en plena formación.
—Es hora de cenar —dijo Lee Bowie, y miró a Bill Teeters—. Será mejor que vengas conmigo y llenes tu estómago con algo sólido.
Los blancos dientes de Swamp Humbird relampaguearon con su sonrisa.
—Hay tiempo de sobra para eso. Ahora vamos a ver a ese Bullshead.
Lee Bowie dejó cuidadosamente su bolsa de manzanas sobre la acera, agradablemente excitado. En aquel momento apareció un caballo gris por el extremo de la Texas Street, transportando a un hombre cuadrado y rechoncho que llevaba una estrella prendida a la chaqueta. El sheriff Tom Smith, desde luego. Los ojos de Lee Bowie adquirieron una expresión vigilante; sus labios se fruncieron. Al llegar a la altura de los tres vaqueros, Tom Smith tiró de las riendas de su caballo. Era un hombre de tez clara con un negro bigote sobre una boca de trazo firme, y se mantenía sobre la silla con una facilidad impresionante. Su presencia alcanzó y advirtió repentinamente a Swamp Humbird y al muchacho, los cuales se volvieron inmediatamente.
Tom Smith dijo:
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—Disculpen, caballeros, pero tendrán que dejar los revólveres en la tienda que ustedes mismos escojan. Es una norma del pueblo.
Era suave y agradable; era tan blando como un soplo de brisa estival. Pero Lee Bowie se apartó de la barandilla y un interés más vivo asomó a su rostro. Contempló con mucha atención los ojos grises de Tom Smith. Swamp Humbird se echó a reír y bajó de la acera. Las comisuras de sus labios descendieron cuando levantó la mirada hacia Smith.
—¿Es usted el terror del pueblo? Míster, nadie me obligará a soltar mis revólveres.
El error de Humbird, pensó Lee Bowie, consistió en confundir aquella suavidad de lenguaje con el miedo. Tom Smith tiró de las riendas de su caballo y lo hizo girar hacia Humbird; su enguantada mano descendió velozmente contra la sien del vaquero; se apeó del caballo con tanta rapidez que la mirada de Lee Bowie apenas pudo captar la secuencia de sus movimientos. Su puño golpeó de nuevo a Humbird, y éste se desplomó sobre el polvo. Tom Smith se inclinó sobre él y le despojó de sus revólveres.
Bill Teeters se movió y su brazo empezó a descender hacia su cinturón.
Lee Bowie alargó una mano y detuvo aquel gesto. Dijo, fríamente:
—No seas estúpido.
Pero no apartó su mirada del sheriff, y cuando Tom Smith se volvió, Lee Bowie vio lo que quería ver. La suavidad había desaparecido; lo que ahora ardía peligrosamente en los ojos de Tom Smith era la irascibilidad del propio diablo: una irascibilidad que permanecía dormida hasta que algo la despertaba y entonces estallaba con implacable violencia. La mano de Lee Bowie continuaba aferrando el nervioso brazo de Bill Teeters, y Tom Smith se dio cuenta de ello con una fría y penetrante mirada. Sus ojos examinaron a Lee Bowie; sus miradas quedaron trabadas y permanecieron inmóviles, explorándose visualmente el uno al otro, mientras una pequeña multitud se reunía a su alrededor. Swamp Humbird se incorporó, sin pronunciar palabra. Su rostro estaba brutalmente magullado.
Lee Bowie desabrochó el cinturón del muchacho; luego desabrochó el suyo.
—De acuerdo —le dijo a Tom Smith, suavemente—. Guardaremos los revólveres.
Tom Smith asintió con un ademán y se acercó a su caballo, llevando los revólveres de Humbird. Trepó a la silla y se alejó por el centro exacto de la calle, dándoles la espalda. Dijo:
—¡Volveremos a vernos! Vamos, muchacho.
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—No te fíes nunca de un hombre de hablar suave —murmuró Lee Bowie, dando media vuelta y encaminándose a la tienda.
La multitud se apartó para dejarle paso; y entonces vio a Ilena Tillman con los hombros apoyados en la pared de la tienda, dirigiéndole una especulativa mirada que le impresionó profundamente a través de la distancia. Entró en la tienda, dejó los revólveres y salió de nuevo. La muchacha había desaparecido.
El sol se había puesto y las primeras sombras de la noche se espesaban sobre el pueblo cuando Lee Bowie entró en un restaurante contiguo para cenar. Cuando salió, con un cigarro entre los dientes, la oscuridad era absoluta. Había comido bien, y el aroma del tabaco era delicioso; se detuvo en la esquina del Alamo, contemplando cómo llegaba la noche a la Texas Street. Las luces iluminaban las paredes. Una musiquilla empezó a brotar del Old Fruit y del Bullshead.
Interesado y divertido, vio cómo engrosaba la marea humana, oyó aumentar la intensidad de los sonidos. Los de su propia clase se apiñaban en aquella corta calle. Hombres enjutos y temerarios, sedientos de diversión; y la otra clase les esperaba: el jugador profesional, el expendedor de bebidas, la prostituta, el tahúr. Los vecinos del pueblo se habían retirado a sus tranquilos alojamientos, los comercios respetables habían cerrado sus puertas. En el espacio de una hora, la Texas Street se había convertido en una selva donde los hombres merodeaban por su cuenta, donde Tom Smith, montado en un caballo gris, se preocupaba únicamente de que no se le fueran de las manos los hilos más delgados del orden.
Lee Bowie se apartó de la esquina y se dirigió indolentemente hacia los corrales. Las sombras le cubrieron inmediatamente, y los sonidos fueron apagándose a medida que dejaba atrás la esquina del Alamo. La calma y la fragancia de la pradera empezaron a envolverle; delante de él parpadearon las luces del elegante Drover’s Rest. A su derecha, oscuro y apacible, se extendía el distrito residencial. Obedeciendo a un extraño impulso, Lee Bowie echó a andar hacia allí. Sus pasos levantaron débiles ecos, turbando el silencio de aquella zona, y luego se desvanecieron; detrás de las cercas veíanse ventanas iluminadas y familias sentadas alrededor de la mesa. En alguna parte, un órgano susurró suavemente una melodía. El agitado rumor de la Texas Street, a la que él pertenecía, era sólo un murmullo en este mundo a través del cual pasaba como espectador.
Le intrigó descubrir que se había detenido y apoyado sus manos en el puntiagudo poste de una verja… que miraba a través de una de aquellas
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alegres ventanas y experimentaba una extraña desazón que no podía explicar. Pensó. «Tengo veinticinco años. No he estado en un hogar como ése desde que murió mi madre». Un leve soplo de viento llegó del sur, transportando una llamada que Lee Bowie oyó y comprendió. Pero una sensación fluía poderosamente a través de la suave oscuridad, provocando en él un intenso sentimiento de soledad. El embrujo de la noche se había desvanecido y Lee Bowie se sintió invadido de nuevo por un ansia extraña y acuciante.
En alguna parte detrás de él resonó el llanto de un niño, tan imperioso que Lee Bowie se volvió bruscamente y vio la iluminada abertura de un umbral al otro lado de la calle. Por aquel umbral salió un hombre, bajo, ancho y barbudo, diciendo en tono impaciente: «¡No… no… no!» Detrás de él salió una mujer, retorciéndose nerviosamente las manos. Le llamó: «¡Henry!» Pero el hombre continuó andando con paso inseguro en dirección a la Texas Street. Lee Bowie le vio llegar a aquella iluminada zona y abrirse paso entre la multitud para entrar en el Bullshead. El niño había dejado de llorar, pero la mujer seguía en pie en el porche y sus ahogados suspiros cruzaron la calle para oprimir amargamente a Lee Bowie.
Su cigarro había dejado de gustarle. Lo dejó caer al suelo y lo aplastó con el tacón. Murmuró: «Eres un estúpido». En Abilene había una línea divisoria tan definida como una franja pintada en el suelo, y cuando dejó las sombras detrás de él y penetró en la corriente de la Texas Street notó que la había cruzado. Había en él un apetito que no podía identificar…, había en él una preocupación que no podía localizar, y que le impulsó a través de la calle hacia la hirviente confusión del Bullshead. Un enorme espejo brillaba como un ascua al reflejar las luces de la sala. Bill Teeters y Swamp Humbird estaban de pie ante el mostrador. Avanzando hacia ellos a través de las repletas mesas de juego, Lee Bowie vio en los ojos de Swamp Humbird un inextinguible rencor por los golpes que Tom Smith le había propinado. Los labios de Humbird murmuraron: «¡Volveremos a vernos! ¡Volveremos a vernos!»
Pero Lee Bowie no le escuchaba. El hombre bajito y barbudo estaba sentado ante una mesa en el centro de la sala, completamente borracho, contando un montón de fichas que acababa de entregarle su delgado y melancólico oponente. Lee Bowie estudió a todos los hombres que se encontraban alrededor de aquella mesa y supo por qué estaban allí. Luego volvió a dedicar su atención al individuo delgado: un jugador profesional, sin duda alguna. Un impulso incontrolable le hizo avanzar hacia aquella mesa. Colocó una mano sobre el hombro del barbudo.
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—Coronel —le dijo—, ahí fuera hay un hombre que quiere verle.
El barbudo levantó la mirada, irritado.
—Me llamo Wesser —dijo— y no le conozco a usted.
Lee Bowie apenas le oyó. Su mirada estaba clavada en el individuo delgado, que, a su vez, le contemplaba con la expresión de un perro al que tratan de quitarle su hueso. Bowie le dijo al tahúr:
—Búsquese otro primo, amigo.
Levantó a Wesser con repentina fuerza y le empujó hacia la puerta. Una palabra soez llegó a sus oídos desde atrás, y al volver la cabeza vio que el tahúr se había puesto en pie y le estaba señalando. Lee Bowie estalló en una carcajada, mientras Swamp Humbird avanzaba lentamente a través de la multitud hacia la mesa del tahúr, ávido de pelea, seguido obedientemente por Bill Teeters. Lee Bowie siguió empujando a Wesser fuera del Bullshead y a través de la calle sin la menor consideración. En el interior del Bullshead estalló una indescriptible algarabía. Lee Bowie detuvo a su hombre en las sombras, más allá de la Texas Street, diciéndole.
—Está usted borracho y es usted un imbécil.
—No le conozco a usted de nada —gimió Wesser—. Acabo de perder cincuenta dólares en aquella mesa.
—Apártese de esas mesas, coronel —dijo Lee Bowie—. Déjelas para los incautos como yo. Sus cincuenta dólares se han volatilizado.
Wesser sacudió los hombros, pero Lee Bowie le empujó hacia adelante sin esfuerzo. Cruzaron el portillo de la cerca y se acercaron al porche de la casa de Wesser.
—Le dejo a usted, coronel…
Se interrumpió, ya que la puerta acababa de abrirse para dejar paso a una mujer: la esposa de Wesser, supuso Bowie. Los labios de la mujer se movieron y Lee Bowie, quitándose el sombrero, se sintió avergonzado al ver la clara expresión de alivio en los ojos femeninos. Dijo:
—El coronel y yo hemos estado hablando de los viejos tiempos. Lamento haberla molestado.
Wesser entró en la casa. Se dejó caer en la silla más próxima, repitiendo obstinadamente:
—He perdido cincuenta dólares. He perdido cincuenta dólares…
La mujer dijo, recobrando rápidamente el aliento:
—¿Es eso todo, Henry?
Lee Bowie no oyó aquellas palabras. Su mirada se había deslizado hacia el interior de la habitación y había descubierto a Ilena Tillman allí,
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contemplándole con una fijeza que era como una orden. Lee Bowie murmuró:
—No les molesto más —y se alejó lentamente.
Oyó que Ilena Tillman hablaba con la mujer. Dijo: «Ahora está todo arreglado», y salió rápidamente de la casa, cerrando la puerta. Su esbelta silueta se irguió al lado de Lee Bowie, y la fragancia de su presencia trabó la lengua al vaquero. Ilena explicó:
—Llevaba mil dólares en el bolsillo y pudo haberlos perdido todos. Ha estado borracho todo el día. Mañana, cuando despierte, se sentirá avergonzado.
—Los hombres —dijo Lee Bowie quedamente— deben permanecer en el lugar a que pertenecen. Wesser no tiene nada que hacer en el Bullshead. Es un lugar para individuos como yo.
Hasta ellos llegaba el murmullo de la Texas Street; pero las sombras eran todavía muy densas, con aquella desconocida sensación que le conturbaba extrañamente. La voz de Ilena Tillman sonó con una deliberada lentitud.
—Vivo al otro lado de la calle —dijo, y dio media vuelta, rodeada por la oscuridad.
Lee Bowie se detuvo. Pero Ilena se volvió a mirarle, con el pálido óvalo de su rostro alzado. El vaquero echó a andar a su lado, hasta que la muchacha se detuvo ante el portillo de una verja. Algo estaba sucediendo aquí…, algo que Lee Bowie ignoraba.
—Hoy ha llegado usted del sur. Y mañana volverá a marcharse hacia allí.
—Sí —dijo el vaquero.
El murmullo de la voz de Ilena era suave; era misterioso.
—Siempre la ruta…, siempre la Texas Street y un saloon.
—Nunca he cometido el error de Wesser, saliéndome de los límites que me corresponden.
—Hay otras maneras de vivir.
—No son para mí.
Ilena dijo:
—Ha sido usted amable con los Wesser. Venga a cenar a casa mañana noche. Cenamos a las siete.
—Sería un error.
La brisa llegaba desde la selvática llanura como una advertencia; en la Texas Street resonó un disparo, acompañado de un rápido estallido de voces. Pero Lee Bowie continuó junto al portillo, profundamente trastornado. La melodía de la voz de la muchacha y su presencia le conmovían de un modo
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indescriptible, despertando de nuevo los reprimidos apetitos que había pensado saciar en la Texas Street.
—¿Tiene usted miedo?
—Vendré —dijo Lee Bowie.
La muchacha cruzó el portillo y desapareció. Pero sus palabras flotaron alegremente en el tranquilo aire nocturno:
—Buenas noches.
Lee Bowie dio media vuelta y regresó a la iluminada Texas Street, uniéndose a su corriente. Muchos hombres salían lentamente del Bullshead, y Tom Smith recorría el centro de la calzada montado en su caballo gris. Al ver a Lee Bowie se arrimó a la acera y miró hacia abajo con una serena e inflexible cortesía.
—Sus dos amigos se han excitado un poco en aquel jaleo que usted inició.
Me veo obligado a dirigirle la misma advertencia que les he hecho a ellos.
Mañana, a la puesta del sol, quiero verles fuera de Abilene.
Lee Bowie rió bruscamente.
—Es posible que me marche —dijo, y notó la taladrante mirada que le dirigió el sheriff antes de continuar su camino por el centro exacto de la calle.
Lee Bowie estaba sentado en la barandilla de uno de los corrales, mientras el sol iniciaba un descenso que no tardaría en hacerse rápido. Dentro de una hora se cumpliría el tiempo límite fijado por Tom Smith; y dentro de otra hora serían las siete, e Ilena Tillman le esperaría en el umbral de la puerta de su casa. Tenía que tomar una decisión, escoger entre los dos caminos que se abrían delante de él. Hacia el sur, las distancias amarillas estaban adquiriendo un tono levemente azul. Más allá, un rebaño en movimiento levantaba espesas nubes de polvo. Y más allá todavía se extendían las interminables llanuras. Pronto soplaría el viento sobre ellas, transportando mensajes hasta sus atentos oídos.
El mayor McBeath salió del Drover’s Cottage y se acercó a los corrales.
Se detuvo delante de Lee Bowie y le miró con el entrecejo fruncido.
—Te has pasado la tarde colgado ahí como un pajarraco. Cuando yo era joven y disponía de tiempo, nunca lo pasaba solo. ¿Para qué están los saloons y las mujeres, Lee? No tardarás en ser viejo. Si no te diviertes ahora, ¿cuándo esperas hacerlo? Nuestro negocio aquí ha terminado. Nos marcharemos después de cenar.
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—Nací para la silla y con mucho espacio por delante. Sería un error cambiar. ¿Qué haría yo en un pueblo, mayor?
—¿Tienes alguna duda, Lee?
—La tenía —murmuró Lee Bowie.
—Posees un cerebro despejado, Lee. Saldrías adelante en cualquier parte.
Sin embargo, no me gustaría perderte.
—Un hombre tiene que atenerse a las melodías que puede silbar — reflexionó Lee Bowie—. Estaré con usted a la hora de emprender la marcha.
Bajó de la barandilla. Después de haber tomado su decisión se sentía mucho más tranquilo, y se encaminó a la Texas Street. Entró en el restaurante, se comió una docena de ostras, y luego se dirigió al establo, ensilló su caballo y cabalgó hacia las sombras del sur… hacia la amplia tierra que no tenía enigmas para un hombre. En la esquina del Alamo se encontró con Henry Lewes, el capataz del Star Cross.
Lewes dijo:
—No me gusta lo que he estado viendo. Humbird se porta de un modo muy misterioso, y Teeters va pegado a él como una sombra. No quiero volver a Arkansas con dos sillas vacías. Dile algo al muchacho.
—Un lobezno esperando su turno para aullarle a la luna —murmuró Lee Bowie, y continuó su camino.
Más allá del Alamo volvió a detenerse para captar los detalles de un escenario preparándose calladamente para una agria representación. Tom Smith avanzaba lentamente por el centro de la calzada, montado en su caballo gris, sin mirar nada y viéndolo todo. Más allá del Bullshead se desvaneció. Swamp Humbird y Bill Teeters estaban indolentemente apoyados contra la pared del Bullshead, cerca de la puerta, sin demostrar el menor interés por el sheriff cuando pasó por delante de ellos. Pero aquello era sólo la mitad de la historia para Lee Bowie, el cual volvió inmediatamente su mirada hacia el restaurante. Allí había tres hombres que no le perdían de vista. Lee Bowie rió silenciosamente y su sangre hirvió al olfatear los acontecimientos que se avecinaban. Allí estaban los perros del tahúr, dispuestos a ajustarle las cuentas por haberse llevado a Wesser de la mesa de póquer.
«Wesser fue un estúpido —pensó— al cruzar a este lado de Abilene. ¿No sería una estupidez por mi parte cruzar al otro lado? Los hombres deben apegarse a lo que conocen.»
El sol se ocultó rápidamente detrás del horizonte; y luego oscureció, y el aire se llenó de sombras azules, y las luces empezaron a parpadear en las ventanas de las casas. La Texas Street comenzó a llenarse de hombres cuyas
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voces subieron de tono y se hicieron distintas, cuyos músculos parecían arquearse mientras merodeaban. Las personas respetables se retiraron al distrito residencial, y la corta calle se convirtió una vez más en una selva.
Lee Bowie experimentó el cambio en sí mismo. Alerta y tenso, sus sentidos adquirieron una extraña perceptividad para las maniobras secretas que se desarrollaban a su alrededor. Los tres hombres del restaurante habían desaparecido; y Humbird y Teeters habían echado a andar hacia la oscuridad. El muchacho dobló la esquina de una calleja y Swamp continuó en línea recta. Lee Bowie intuyó lo que se proponían y maldijo en voz baja la locura de los hombres ignorantes. Retrocedió inmediatamente a lo largo de la Texas Street y siguió la pared del Bullshead hasta que se encontró a unos metros de la calleja. Desde allí trató de taladrar las profundas sombras que envolvían el final de la calle, a su derecha, distinguiendo vagamente la silueta de Swamp Humbird.
Lo que ocurrió a continuación fue exactamente lo que había sospechado. El revólver de Swamp trazó una raya roja a través de la oscuridad y el estampido despertó mil ecos en el pueblo. Swamp aulló y volvió a disparar, y Lee Bowie oyó el rápido galope de un caballo que se acercaba a lo largo de la otra fachada del Bullshead. Swamp era el cebo para atraer a Tom Smith a aquella calle, pero el revólver del muchacho oculto en la calleja era el que debía dar cuenta del sheriff.
«Un lobezno esperando aullar», pensó de nuevo Lee Bowie, y vio a Tom Smith doblar la esquina del Bullshead y continuar avanzando. El vaquero penetró rápidamente en la calleja y saltó sobre el muchacho, que estaba agachado entre las sombras; de un manotazo hizo caer el levantado revólver de Bill Teeters. Oyó que Smith pasaba por delante de la calleja al galope. El revólver de Swamp Humbird volvió a rugir, y a continuación se oyeron otras dos rápidas detonaciones, mucho más cerca: la respuesta de Tom Smith.
—Tengo que ir a reunirme con Swamp —dijo Bill Teeters respirando agitadamente.
—Swamp está muerto, muchacho. ¿Te parece honrado disparar contra un hombre por la espalda? Has estado bebiendo leche envenenada, cachorro. Márchate, si no quieres que te maten a ti también.
Hizo dar media vuelta a Bill Teeters y le dio un violento empujón; y entonces vio que aquel lugar estaba más oscuro de lo que tenía que haber estado. Tres sombras llenaban la calleja… y un hombre estaba diciendo, en tono frío y cortante:
—No volverás a meterte en lo que no te importa, vaquero…
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—Déjalos de mi cuenta, muchacho —suspiró Lee Bowie, y se lanzó hacia adelante.
Chocó de lleno contra uno de aquellos hombres, arrastrándole hasta la pared lateral del Bullshead. Unos dientes se clavaron en su oreja y un revólver estalló a lo largo de sus piernas. Lee Bowie se convirtió entonces en un hombre salvaje y despiadado; golpeó el vientre de su adversario con la rodilla, cogió el revólver de su mano y lo dejó caer sobre una cabeza que distinguió vagamente. El infierno pareció desencadenarse en aquella negra hendedura; el humo de la pólvora envolvió a Lee Bowie y el sonido chocó contra las paredes contiguas. Bill Teeters estaba gritando:
—¿Dónde estás, Lee?
Y otro individuo se inclinó sobre él empuñando un revólver. Lee Bowie alargó rápidamente el brazo y estrelló el cañón de su propio revólver contra la sombra de aquel rostro; oyó el chasquido de dientes y de huesos. El hombre cayó sobre él pesadamente, sin protestar.
Bill Teeters se arrastraba lentamente hacia adelante.
—¡Lee! ¿Dónde estás?
Detrás, en la boca de la calleja, la voz perentoria de Tom Smith:
—¡Salgan de ahí!
Lee Bowie dijo:
—Vamos, muchacho.
Echaron a correr hacia las profundidades de la calleja, para desembocar en un antiguo corral convertido en cementerio de carros. Allí se detuvieron. Mientras luchaba por recobrar el aliento, Bill Teeters murmuró:
—Había otro hombre en la calleja, pero le dejé sin sentido.
Lee Bowie rió silenciosamente. El muchacho se volvió hacia él sorprendido.
—¿De qué te ríes? —inquirió.
—De nada, Bill. Una idea que se me ha ocurrido. Bueno, ahora vas a ir a los corrales, procurando que no te vean. McBeath estará esperando allí. Humbird está muerto. Y recuérdalo, muchacho, no te fíes nunca de un hombre de hablar suave. Vete, antes de que llegue Smith.
Se quedó allí, apoyado contra la caja de un viejo carromato, viendo alejarse al muchacho. A cosa de un cuarto de milla de distancia, en la pradera que se extendía más allá del pueblo, ardía una fogata, abriendo un agujero color naranja en la oscuridad. Unas figuras estaban agachadas a su alrededor. A lo lejos mugió un ternero. Un soplo de viento, con el aroma de los espacios selváticos que había cruzado, llegó hasta el corral. Aquello era la ruta: una
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fogata ardiendo bajo la negra bóveda del cielo, y un viento cruzando la tierra, y el aullido de un coyote, melancólico y salvaje, en el misterio de la noche.
Lee Bowie sacudió la cabeza, pensando en cosas más próximas. Swamp estaba muerto en la calle, y tres hombres se arrastraban por una oscura calleja; y él se encontraba en medio de aquella perfumada oscuridad, expuesto a que le persiguieran.
«La ruta es larga y es ancha. Pero siempre llega a un final como éste.»
Se apartó del carromato y cruzó el corral; dando un rodeo por un antiguo establo se encontró de nuevo en la Texas Street y avanzó por ella hasta la esquina del Bullshead. Las luces ardían brillantemente y la multitud se movía incansable junto a él. Unos cuantos hombres regresaban del lugar donde Swamp había caído; Abilene se había olvidado ya de Swamp. Tom Smith apareció por el extremo de la calle y vio a Lee Bowie parado en el borde de la acera. Se acercó a él.
—Sus veinticuatro horas han transcurrido ya, amigo —dijo.
—Por eso estoy aquí —replicó Lee Bowie, tranquila y obstinadamente cortés—. Mis compañeros se habrán marchado ya de Abilene. Yo me propongo quedarme.
Tom Smith le miró fijamente, y Lee Bowie vio asomar a los ojos del sheriff la irascibilidad del diablo. No te fíes nunca de un hombre de hablar suave. Pero era una regla que actuaba en ambos sentidos, y Lee Bowie esperaba que el sheriff de Abilene lo comprendería. Se quedó quieto, muy erguido, sosteniendo sin parpadear la inflexible mirada de Tom Smith.
Finalmente, el sheriff inclinó la cabeza. En el tono de un hombre que se dirige a otro que está a su mismo nivel, dijo:
—Me alegro mucho, amigo.
Y se alejó muy erguido en su caballo gris.
Lee Bowie dio media vuelta, dirigiéndose hacia las sombras a un paso rápido. Llegó a una cerca de madera y a una tranquila casa que se alzaba detrás de ella, y durante unos instantes se volvió a mirar la Texas Street. Luego cruzó el portillo, avanzando hacia una puerta que acababa de abrirse, Ilena Tillman salió a su encuentro, y al ver su esbelto cuerpo recortándose contra la luz, Lee Bowie se sintió extrañamente conmovido.
Ilena dijo:
—Tenía que marcharse usted del pueblo esta noche. Pero la ruta no ha podido arrastrarle.
Lee Bowie dijo:
—No sé por qué.
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Pero Ilena sacudió la cabeza.
—Es algo que no tardará en descubrir. Entre.
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LLAMA A ESTA TIERRA HOGAR
U NA a una, las familias de emigrantes fueron deteniéndose en las tierras que eran de su agrado, y al final únicamente dos de los carromatos de la
caravana siguieron avanzando hacia el sur, a lo largo del gran valle verde de Oregón; luego, los Potter descubrieron el lugar que les convenía, y John Mercy siguió conduciendo su solitario carromato, con su esposa obstinadamente callada a su lado y Caroline y el joven Tom detrás, bajo el toldo de lona. A través de una pequeña abertura de la parte trasera del carromato, el joven Tom vio que los Potter iban perdiéndose de vista en medio del neblinoso vaho de aquel húmedo día. La lluvia repiqueteaba en el toldo; el joven Tom escuchó la conversación de sus padres.
—¿Tenemos que vivir tan lejos de todo el mundo? —preguntó su madre. En la voz de su padre había aquella perentoria amabilidad que el joven
Tom conocía tan bien.
—El centro de un valle es siempre mejor que la entrada o la salida. Quiero dos cosas: un salto de agua para mi molino y mucho terreno despejado alrededor.
Su madre dijo:
—No podré resistir este traqueteo mucho más tiempo.
—Lo sé —dijo su padre, y reemprendió la marcha.
Dos días después, a media tarde, el carromato se detuvo y su padre dijo:
—Creo que hemos llegado.
Arrastrándose hasta la cola del carromato, el joven Tom —Thomas Jackson Mercy, de ocho años de edad— vio el lugar en el cual iba a pasar el resto de su larga vida. En tres direcciones, el terreno se extendía hasta perderse de vista formando verdes prados, interrumpidos aquí y allá por pequeños montículos y por islotes de árboles, y cruzado por innumerables arroyos. En el cuarto lado, una colina cubierta de abetos y cedros descendía hasta el carromato. Un curso de agua más pequeño que un río pero mayor que un arroyo llegaba a través de los prados, caía por un borde rocoso como una
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cortina de reluciente cristal y giraba bruscamente para evitar el pie de la colina, dirigiéndose hacia otro curso de agua más anchuroso, invisible desde allí.
John Mercy se volvió hacia el carromato para darle una mano a su esposa, y el joven Tom notó que su madre bajaba con una cuidadosa torpeza. Luego, su padre golpeó la esponjosa tierra con los pies, y se inclinó sobre ella, y hundió sus dedos en el suelo para coger un puñado de tierra que apretó y desmenuzó y examinó atentamente. Era un hombre muy alto, muy robusto, y todos sus movimientos estaban regidos por una premeditada regularidad. Una corta y rizada barba cubría su rostro hasta los pómulos; una nariz grande, con una blanca cicatriz en el puente, se erguía sobre una boca de trazo firme. Parecía estar sonriendo, pero su expresión, más que una sonrisa, era un momento de intenso interés que ponía unas pequeñas arrugas alrededor de su boca y de sus ojos. Para el joven Tom, su padre, a los veintiocho años, era un hombre viejo.
John Mercy dijo:
—Necesitaremos una semana de buen tiempo para que se seque el terreno, a fin de poder labrarlo.
Se volvió, mirando al cercano bosque y a la suave ladera de la colina; se puso las manos en las caderas, y el joven Tom supo que su padre estaba buscando un lugar para la cabaña. Un momento después, Mercy volvió el rostro hacia su esposa con una expresión ligeramente cambiada. Ella no se había movido desde que bajó del carromato; estaba de pie con los hombros encogidos bajo la fina llovizna, reflejando en su rostro los efectos del día gris, de la humedad y de la soledad que les rodeaban. El joven Tom no había visto nunca a su madre permanecer ociosa tanto tiempo, ya que era una mujer muy activa, siempre moviéndose de tarea en tarea.
Mercy dijo:
—Dentro de un par de años verás vecinos dondequiera que mires.
—Quisiera verlos ahora —dijo su madre.
—El Willamette está en alguna parte detrás de esa colina. Allí hay colonos establecidos.
Su madre dijo:
—Ojalá pudiera regresar a casa.
Y apartó la mirada de su marido y volvió a quedarse inmóvil, con los ojos perdidos en la lejanía.
John Mercy se acercó al carromato y sacó el hacha de su soporte. Se la entregó al joven Tom, diciéndole:
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—Corta un abeto pequeño para una estaca y algunos montantes.
Luego subió al carromato y lo hizo avanzar hasta situarlo debajo de los árboles. Cuando el joven Tom salió del bosque con sus ramas cortadas, los bueyes estaban desuncidos y una fogata ardía bajo la espesa protección de un cedro. La puerta trasera del carromato estaba bajada, y su padre había colocado un barril vacío boca abajo formando un peldaño desde el carromato al suelo. Con las ramas que había traído el joven Tom, hicieron una armazón para apoyar la lona del toldo, formando así un cobertizo. Su madre continuaba de pie, con su desacostumbrada inmovilidad, y, por el silencio de su padre, el joven Tom supo que algo andaba mal entre ellos.
Su padre dijo:
—Agua, Tom.
Y continuó trabajando.
Cuando Tom regresó con la caldereta llena, su padre había clavado tres estacas alrededor de la fogata, unidas por su parte superior con una cruceta, de la cual colgaba un garfio. Levantó la caldereta hasta el garfio y escuchó un momento el siseo de las llamas contra la húmeda superficie del recipiente. La caja que contenía las vituallas había sido bajada del carromato, pero su madre permanecía ociosa junto al fuego, con un brazo alrededor de Caroline. Su padre estaba en el lindero del bosque, contemplando el prado; se acercó.
—Ahora —dijo su padre— hace un tiempo endiablado y tenemos que levantar una cabaña. La construiremos aquí. Cortaremos los árboles pequeños a su alrededor, ya que algún día se levantará aquí la verdadera casa. De modo que haremos dos cosas al mismo tiempo: construir la cabaña y limpiar el terreno. —Sus ojos, intensamente grises, se clavaron en el joven Tom, y el efecto de aquella mirada fue como un pesado fardo para el chiquillo. Rara vez su padre le dedicaba aquella exclusiva atención—. Tenemos que instalarnos aquí, y no disponemos más que de nuestras manos para hacerlo todo. Ningún hombre vive el tiempo suficiente para hacer todas las cosas que desea, pero si se deja acobardar por esa idea, desperdicia su vida. Voy a empezar por aquel árbol. Tú cortarás las ramas.
Los golpes del hacha empezaron a resonar sin prisa —ya que su padre no se apresuraba nunca—, pero con la incansable regularidad del tictac de un reloj. Su madre se movía alrededor de la caja de las vituallas con su desangelada lentitud. Las primeras sombras se espesaban en el bosque y una tenue neblina se extendía sobre los prados. El joven Tom escuchó los sonidos de la tierra vacía con una especie de fascinación; contempló los pasillos del bosque con mirada absorta y esperó que cayera el árbol.
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La lluvia amainó. Calentados por un suave sol invernal, los prados exhalaron leves nubes de vapor que en la imaginación del joven Tom se convirtieron en el humo de fuegos subterráneos asomando a la superficie. Derribaron árboles de gran tamaño, cortaron las ramas y alisaron los troncos. Cuando las paredes se elevaron a la altura del pecho, Mercy instaló una polea, pero incluso con aquella ayuda su cuerpo cargaba con el peso de cada tronco, sus botas se hundían profundamente en el esponjoso suelo y sus dientes brillaban con blancos reflejos cuando el duro esfuerzo le hacía entreabrir los labios.
Después de cenar, con una fogata ardiendo junto a la cabaña, Mercy cortaba las tablas para la ventana, el marco de la puerta y los muebles, y a altas horas de la noche el joven Tom se despertaba y oía trabajar a su padre, y a veces oía que su madre le llamaba: «Mercy, deja ya de trabajar. Es muy tarde». Tendido en la oscuridad, oía a su padre subir al carromato, dejarse caer sobre el colchón con un suspiro y quedarse inmediatamente dormido. El moribundo brillo de la fogata parpadeaba contra la lona del carromato; extraños sonidos poblaban el bosque, y a lo lejos se oía el aullido de los coyotes. Caroline, asustada, se apretaba contra él.
Las lluvias cesaron y el suelo se secó antes de que el techo de la cabaña estuviera listo.
John Mercy dijo:
—Tal vez sea el último ramalazo de buen tiempo de todo el invierno. Tendré que suspender el trabajo en la cabaña y labrar un trozo de terreno para sembrar el trigo. —Miró a su esposa—. Esperó que no te importará dormir en el carromato una semana más.
—No me importa nada —replicó ella—, excepto estar aquí.
John Mercy se volvió hacia su hijo.
—Prepara los animales.
Los dos bueyes estaban pastando en el prado. Cuando regresaba con ellos a la cabaña, Tom vio a sus padres junto a la fogata; estaban diciendo cosas que no tenían significado para él, su madre con los brazos cruzados delante del pecho y la cabeza erguida. De repente, su padre dio media vuelta y se acercó al joven Tom para ayudarle a uncir los bueyes al arado.
La capa de hierba se convirtió en una serie interminable de franjas terrosas. John Mercy contemplaba el cielo mientras labraba, y trabajó hasta que las sombras del atardecer invadieron la tierra; encendió la fogata, comió y desbastó las vigas de la cabaña, y al amanecer estaba inclinado de nuevo
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sobre el arado. Por el sudoeste avanzó una masa de nubes grises, hasta que se levantó un fuerte viento y las dispersó. Con el saquito de trigo atado a la cintura como un delantal, John Mercy sembró su grano, mientras el joven Tom aserraba las puntas de los troncos, acortándolos al tamaño del techo de la cabaña; y por la noche, al resplandor de la fogata, apoyó todo el peso de su cuerpo contra la cuerda de la polea, mientras su padre alzaba los troncos para colocarlos en su lugar.
El domingo, su padre dijo:
—Coge la escopeta, Tom, y sube por esa colina hasta que encuentres el Willamette. Mira todo lo que haya que ver. Regresa por el otro lado de la colina, y dime cuál es el camino más corto.
A un centenar de metros de distancia, la cabaña se desvaneció detrás de los grandes abetos, cuyos troncos eran más anchos, con aquella perspectiva, que la nueva cabaña. Se erguían al cielo y gemían dulcemente cuando el viento soplaba entre sus ramas. Unos delgados rayos de luz penetraban a través del follaje en aquel lugar selvático, como los rayos de luz del juicio brillando desde el cielo a la tierra en la antigua geografía de Redway. Los helechos y los avellanos se erguían muy altos delante del joven Tom, y gigantescos troncos caídos se pudrían al aire.
Trepó ágilmente, y de pronto vio a un venado bebiendo tranquilamente en una charca. Levantó la escopeta, pero inmediatamente recordó la fría voz de su padre, diciendo: «No mates nunca a un animal lejos de casa», y la escopeta volvió a descender, mientras el venado se perdía en la espesura del bosque.
Dos millas largas de ascensión le llevaron a la cresta de la colina, desde la cual vio la superficie de un gran río brillando entre los árboles más bajos. Otra media milla, de terreno muy escabroso, le llevó a la orilla del río; giró a la derecha, y de pronto el bosque y la colina volvieron a convertirse en prado. Directamente encima del río vio una cabaña en un claro, y a una muchacha que le estaba contemplando. El joven Tom miró a la muchacha y experimentó una especie de decepción al encontrar allí una casa habitada, ya que hasta aquel momento había sido un solitario explorador abriéndose paso a través de un mundo selvático y vacío.
A aquella distancia no podía distinguir claramente las facciones de la muchacha; era aproximadamente de su misma estatura, y le estaba mirando con evidente interés. El joven Tom levantó una mano y la agitó, pero la muchacha continuó mirándole, sin responder a su saludo, y al cabo de un rato el joven Tom dio media vuelta y rodeó la colina, tal como le había indicado su padre, para llegar a la cabaña antes del mediodía.
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Su padre dijo:
—¿Qué es lo que has visto?
—El río está al otro lado de la colina, pero el camino es más fácil dando un rodeo. He visto un venado.
—¿Eso es todo?
—Y una cabaña al otro lado del río —dijo Tom—. Delante de la cabaña había una muchacha.
John Mercy miró a su esposa.
—¡Vaya! —dijo—. Parece que tenemos un vecino.
Y esperó su respuesta.
Su esposa le miró, resistiéndose a mostrarse complacida.
—¿A qué distancia está?
El joven Tom dijo:
—A una hora de camino, más o menos.
Su madre dijo:
—Si te han visto, vendrán a visitarnos… y encontrarán un campamento horrible… Caroline, ve a lavarte la cara y a cambiarte de vestido. Yo te peinaré.
Súbitamente, pareció poseída de una frenética agitación, y empezó a moverse de un lado para otro recogiendo los cacharros dispersos y ocultándolos debajo de la lona del carromato.
John Mercy dirigió una mirada complacida al joven Tom. Algo le había puesto de buen humor. Dijo:
—Vamos a poner un poco en orden esas ramas.
Estaban en plena tarea cuando oyeron a un hombre que gritaba su saludo desde lejos. Al mirar hacia el lugar de donde procedía el grito, vieron a una familia que avanzaba a través de los árboles, marido y mujer, dos muchachos muy altos cargados con unos sacos y la niña que el joven Tom había visto a través del río.
El hombre dijo, con voz cordial:
—¡Santo cielo! Vecino, podíamos haberle ahorrado mucho sudor en esa cabaña de haber sabido que estaban ustedes aquí. Me llamo Teal, y soy de Iowa.
La conversación brotó a través de aquella calma como una repentina tormenta. Las dos mujeres se marcharon más allá del carromato y el joven Tom oyó sus voces que iban y venían con desordenada avidez. Los hombres se acercaron a la cabaña.
Teal dijo:
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—Muchachos, manos a la obra. Este hombre necesita traviesas para su tejado. Id a partirlas. Se acercan las lluvias, Mercy, y cuando llueve no hay quien aguante aquí. Las gotas son tan grandes como huevos de gallina. Caen del cielo como sandías maduras y al chocar contra el suelo estallan en mil pedazos. Muchachos, no estéis parados. Mercy y yo colocaremos las traviesas.
La niña de los Teal se quedó mirando al joven Tom con evidente curiosidad. No era tan alta como él; tenía la piel muy morena, la nariz manchada de pecas y sus cabellos le colgaban a la espalda en una sola trenza. Caroline se adelantó prudentemente y levantó la mirada hacia la niña de los Teal, y repentinamente extendió una mano y tocó su vestido. La niña de los Teal cogió la mano de Caroline, pero sin apartar los ojos del joven Tom.
—Esta mañana te he visto —dijo.
—¿Cómo te llamas? —inquirió el joven Tom.
—Mary —dijo la niña de los Teal, dando una rápida media vuelta y dirigiéndose donde estaban las dos mujeres.
Los hijos de Teal trabajaban en las traviesas, uno partiéndolas y otro puliéndolas con el cuchillo. Se levantó un fuerte viento y su rugido era como el desplomarse de unas gigantes cataratas a través de las profundidades del bosque. Los hombres hablaban animadamente mientras trabajaban. El aroma de la carne frita —traída por los Teal— estaba en el aire para ponerle los dientes largos al joven Tom. Se apoyó contra un árbol y contempló a Mary Teal por el rabillo del ojo, y luego se encaminó hacia la pequeña cascada del arroyo y se agachó junto al remanso que formaba el agua después de su caída. Su sombra hizo emprender una rápida y zigzagueante huida a las truchas que haraganeaban junto a la orilla. Unas nubes grises corrían muy bajas sobre la tierra y una bruma cada vez más opaca se arrastraba hacia adelante. El joven Tom se acurrucó, como un salvaje sobre un fuego; tendió el oído al viento y esperó ver aparecer las escurridizas formas del enemigo surgiendo de los matorrales humeantes de niebla. Permaneció sentado allí largo rato, mientras el día se oscurecía a su alrededor. El viento se hizo más intenso, y la plateada superficie del remanso se enturbió con el repiqueteo de la lluvia. La voz de su madre le llamó para la cena.
Comió junto al fuego, escuchando el ir y venir de las voces de los adultos. El rostro de su madre estaba enrojecido por el calor de las llamas, y sus ojos brillaban, y sus labios sonreían. Su padre estaba cómodamente sentado debajo del cedro, reconfortado por la compañía. Repentinamente la lluvia arreció y
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los Teal se pusieron en pie, se despidieron y emprendieron el regreso a través de los árboles.
Todo volvió a quedar en silencio; la soledad se hizo más profunda.
Su madre dijo:
—Es agradable ver a otras personas.
—Son unos excelentes vecinos —dijo su padre.
El rostro de su madre se endureció. Miró las llamas y repentinamente pareció recordar sus temores.
—Cuatro millas de distancia —murmuró, y se volvió hacia los platos de la mesa del campamento. Habló en tono enérgico—: Tom, necesito agua. Recoge estos platos, Caroline, y ponte a cubierto de la lluvia.
John Mercy se hundió en la oscuridad, más allá de la cabaña, y encendió otra fogata para trabajar; tendido en su lecho, despierto, el joven Tom oyó el martillo de su padre clavando incansablemente las traviesas, y continuó oyendo el sonido en su sueño.
A la mañana siguiente soplaba un fuerte viento. John Mercy encendió el fuego y preparó el desayuno para las mujeres, que se habían quedado en el interior del carromato. Colocó unos grandes troncos en el fuego para que no hubiera necesidad de añadir leña en unas horas y cogió un trozo de cuerda, el hacha, el martillo y clavos.
—Tenemos algo que hacer en el río —le dijo al joven Tom—. Tú llevarás la escopeta.
Rodearon la falda de la colina, siguiendo la orilla de un arroyo cuyas aguas bajaban fangosas a causa de la tormenta. La tierra se hundía bajo sus pies, y el viento del sudoeste les empujaba rudamente hacia adelante a través de cortinas de grandes gotas de lluvia que relucían a la harinosa luz de la mañana. Cuando llegaron al río, vieron una lámpara encendida en la ventana de la casa de los Teal, pero John Mercy se dirigió a un lugar donde los árboles de la colina bajaban hasta la orilla del río.
—Llegará un momento —dijo— en que tendré que enviarte a casa de los Teal en busca de ayuda. Necesitarás una balsa para cruzar el río.
Cortaron y pulieron media docena de arbolitos para el fondo de la balsa y los unieron con dos travesaños clavados a ellos. Una larga pértiga, aplanada por uno de sus extremos, se convirtió en un remo. A continuación, John Mercy ató la cuerda a la balsa y la arrastró río arriba hasta un centenar de
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metros más allá de la casa de los Teal. Allí la sacó a medias del agua, aseguró la cuerda a un árbol y dejó el remo entre la maleza.
—La corriente te llevará hacia abajo cuando cruces el río —dijo.
Durante el camino de regreso, el viento les daba de cara. El joven Tom se inclinó contra él, oyendo las palabras medio gritadas de su padre.
—Falta más de un mes para que llegue el niño. Pero aquí estamos solos y puede producirse cualquier accidente. Tenemos que prever esas cosas. Ningún hombre sensato mira cómo sus pies pisan el suelo. Mira hacia adelante, para ver la clase de suelo que pisarán a continuación.
Llegaron a un recodo del arroyo y oyeron un gran estruendo en las colinas, encima de ellos, y la caída de un árbol hendido por un rayo; su trepidante colisión con la tierra se extendió hasta ellos. John Mercy apresuró el paso, como si una nueva idea le preocupara. En el aire flotó un sonido semejante al chillido de un pájaro; duró sólo un instante y quedó ahogado por el fragor de la tormenta, pero volvió a alzarse más tenue y más salvaje y se convirtió en la voz de una mujer que gritaba.
John Mercy echó a correr, seguido del joven Tom, que había levantado la escopeta a la altura de su pecho. A través de los árboles vio una figura junto a la fogata, no la figura de su madre, sino una cabeza morena y un moreno rostro sobresaliendo de una especie de capa. Su padre se detuvo en la fogata delante del desconocido; y al fijarse en la escena, el joven Tom descubrió que el desconocido era un indio. Su madre retrocedió hacia el carromato con un cuchillo de cocina en la mano; su rostro, pálido y contraído, impresionó al joven Tom.
Alzó la escopeta, esperando. El indio era viejo y sus mejillas estaban muy hundidas. Tenía unos ojos lacrimosos. Su mano, extendida a través de la manta que le cubría, parecía la garra de un ave, puro hueso. Dijo algo señalando la caja de las vituallas. Por un instante —un instante en que el tiempo se detuvo y la acre claridad de aquella escena se grabó tan profundamente en la memoria del joven Tom que noventa años de vida no cambiaron ni empañaron un solo detalle de ella—, vio el peligro latente levantarse alrededor de la boca de su padre y llamear en sus ojos; luego, de un modo completamente inesperado, su padre se volvió hacia la caja de las vituallas y encontró media rebanada de pan. La colocó en la mano del indio, y los huesudos dedos la apretaron hasta casi desaparecer dentro del pan. Su padre señaló la escopeta que el joven Tom empuñaba, moviendo el dedo índice, como si apretara el gatillo; después cogió al indio por las caderas, levantándolo como si fuera un saco vacío, recorrió unos pasos con él, le soltó
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y le empujó hacia adelante. El indio se marchó sin mirar atrás, con los hombros inclinados.
La voz de su madre, jadeante y chillona, atrajo la atención del joven Tom.
Estaba temblando, y en sus ojos había una expresión asustada.
—¡No quiero estar aquí! ¡No quería venir a este lugar! ¡Mercy, tienes que llevarme a casa! ¡Quiero volver con mis padres! ¡Voy a morirme aquí!
John Mercy dijo:
—Tom, llévate a tu hermana a dar un paseo.
Caroline estaba de pie en el umbral de la cabaña, asustada por la escena. El joven Tom se acercó a ella y le cogió la mano. El techo medio cubierto mantenía a Caroline seca, y el joven Tom se detuvo, indeciso, ya que la idea de abandonar aquel refugio le desagradaba, pero no podía desobedecer a su padre.
John Mercy abrazó a su esposa, murmurando:
—Era un hombre inofensivo. Por estos alrededores no hay indios malos. Sé que hace mal tiempo y que no tienes ninguna comodidad, pero esta noche acabaré el techo de la cabaña.
Llevó a su esposa hasta el carromato, sin dejar de hablar.
El joven Tom oyó que la voz de su madre se alzaba de nuevo, y la paciente respuesta de su padre. Agarrado a la mano de Caroline, contempló el paisaje barrido por la lluvia más allá de la cabaña y no vio ningún otro lugar donde poder guarecerse. Cuando su padre salió del carromato, trató de disculparse:
—Caroline se hubiera mojado terriblemente si la hubiese llevado a dar un paseo.
John Mercy dijo:
—Has hecho bien. Caroline, vete a hacerle compañía a tu madre.
Miró el techo sin terminar, se pasó una mano por la mojada barba y permaneció un instante inmóvil como una piedra, con el cuerpo hundido por el peso del acumulado cansancio. Luego aspiró una profunda bocanada de aire e irguió los hombros.
—En cuanto haya terminado el techo, Tom —dijo—, haremos un hogar de arcilla. Necesitaré un poco de paja para mezclarla con la arcilla. Tráeme unos cuantos puñados de hierba seca.
La lluvia caía sobre la tierra ininterrumpidamente, como una implacable cortina; el arroyo había aumentado su caudal y el pequeño salto de agua se había convertido en una catarata en miniatura, que vertía furiosamente sus aguas en el remanso. Cargado con la hierba seca que su padre le había pedido,
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el joven Tom vio a John Mercy, que colocaba las últimas traviesas en el techo, calado hasta los huesos. Trabajaba rápidamente. Cuando hubo terminado, hizo varios viajes al arroyo con un cubo para recoger tierra arcillosa de la orilla. Después de una rápida cena regresó a la cabaña, mezcló la arcilla con la hierba seca y cubrió el hogar y su chimenea con aquel mortero. Luego encendió un pequeño fuego, el cual, al secar el barro, le daría la dureza del ladrillo.
Por la noche, tendido en su cama, el joven Tom oyó los golpes de un martillo y la voz de su madre llamando por dos veces.
—¡Mercy, ven a acostarte!
Al romper el día, el joven Tom encontró una puerta de lona en la cabaña; dentro ardía un hermoso fuego, sobre el cual humeaba una olla. Las grietas entre los troncos estaban tapadas con barro, y la mesa, los bancos y la caja de las vituallas habían sido trasladadas al interior. De pie delante del fuego, el joven Tom oyó el viento que se estrellaba contra la pared exterior y se alejaba, y repentinamente el calor del lugar fundió la frialdad acumulada debajo de su piel. Oyó entrar a su madre, y se volvió para ver a sus padres uno frente a otro, casi como dos extraños.
Su madre dijo:
—Mercy, ¿has dormido esta noche?
La respuesta de su padre tardó unos instantes en llegar.
—Tenía que mantener el fuego encendido, para que pudiera secarse el barro. Hoy pondré las tablas del suelo y podremos entrar las camas. —Con voz más amable, como si se disculpara, su padre añadió—: Tal vez si cierras los ojos y piensas en el aspecto que tendrá esto dentro de cinco años…
Su esposa le interrumpió con un ademán y se acercó al fuego. Moviéndose con aquella lentitud desacostumbrada en ella, colocó el horno holandés contra la llama y se dirigió a la caja de las provisiones. Sacó el recipiente de amasar, harina, levadura y sal. Inclinada sobre el recipiente, sin mirar a John Mercy, dijo:
—Mientras pueda trabajar, lo haré. Tom, tráeme un cubo de agua.
El joven Tom estaba con su padre al pie de la colina, contemplando la hierba amarillenta del prado, y el suelo labrado más allá, y el suelo del valle extendiéndose hasta la gran muralla de niebla. Supo, por el tono de su voz, que su padre estaba muy cansado; no era propio de él perder tiempo hablando del futuro.
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—El huerto estará enfrente de este lugar —dijo su padre—. Será agradable verlo desde la casa. La casa se levantará donde estamos ahora. Tendremos que derribar esos abetos. —Permaneció silencioso unos instantes, pensando en el futuro y encontrando consuelo en ello—. Todo esto es gratis…, toda esta tierra. Pero es necesario el esfuerzo de un hombre para extraer algo de ella. De modo que no hay nada gratis. Nunca lo ha habido. Tendremos que ganarnos cada acre que obtengamos. No confíes en la palabra «gratis». No creas en ella. Nunca poseerás nada por lo que no hayas pagado. Pero aquello por lo que pagues será tuyo. Gozarás de ello mientras otros hombres andarán buscando algo gratis, y morirán sin tener nada. Ahora vamos a cortar unos cuantos abetos pequeños, de unas ocho pulgadas de diámetro. Los partiremos por la mitad para el entarimado del suelo.
Se volvió, andando más lentamente que de costumbre; examinó los árboles y acabó deteniéndose ante un abeto cuyo tronco, más delgado que los que se erguían a su alrededor, no tenía una sola rama en una altura de veinte pies.
—Este —dijo.
Y se marchó a la cabaña en busca de su hacha.
Cuando regresó se encaró con el joven Tom.
—Acércate a la colina y trata de localizar una losa de piedra —le dijo—.
La pondremos en el suelo del hogar.
Estudió la dirección del viento, hizo una muesca en el lado del árbol hacia el cual deseaba que cayera, y empezó a descargar hachazos contra el tronco, rítmicamente.
El joven Tom trepó hacia la semioscuridad de la colina; los grandes árboles gruñían al ser agitados por el viento, y sus ramas desprendían pegajosas espirales de lluvia. Era como andar por un túnel lleno de sonido. El agua, deslizándose por el impermeable del joven Tom, empapaba las perneras de sus pantalones, convirtiéndolas en dos vendas frías como el hielo; sus zapatos estaban pulposos. Detrás de él oyó el primer crujido del árbol al caer, se volvió y vio a su padre que corría. El árbol, cogido por el viento, estaba cayendo en sentido contrario al que su padre había previsto. El joven Tom gritó contra el viento; su padre miró hacia atrás, se dio cuenta del peligro y saltó a un lado. El árbol, chocando con otro abeto de mayor tamaño, rebotó, y el joven Tom vio que la copa golpeaba a su padre y lo derribaba. Su padre gritó, enterrado en alguna parte debajo de aquella verde cubierta.
Su madre salió de la cabaña, gritando:
—¡Mercy! ¡Mercy!
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Echó a correr, luchando por apartar las ramas cuando llegó al árbol.
El joven Tom había corrido también hacia allí y vio que su padre estaba caído en el suelo con las dos piernas debajo del tronco. Las ramas habían evitado que el tronco cayera sobre su padre de lleno, pero, de todos modos, allí estaba, apoyado en un codo, con los labios tan grises como la ceniza. El joven Tom no se había dado cuenta hasta aquel momento de lo grises que eran los ojos de su padre.
Su madre gritó:
—¡Tus piernas! ¡Oh, Dios mío! ¡Mercy!
Se inclinó sobre él, agarró el tronco del árbol y tiró hacia arriba con todas sus fuerzas. La voz de John Mercy fue un angustiado grito de advertencia:
—¡Nancy! ¡No hagas eso!
Extendió el brazo y golpeó a su esposa en la cadera.
—¡Suelta el tronco!
Su esposa se echó hacia atrás, llevándose las dos manos al vientre, con el rostro contraído por el dolor.
—¡Oh, Mercy! —sollozó—. ¡Es demasiado tarde!
Y se quedó mirando a su marido con una expresión aterrorizada.
El joven Tom corrió hacia la cabaña, cogió la pala y regresó al lugar donde se encontraba su padre; una rama le molestaba para cavar. Encontró el hacha, lanzada a diez metros de distancia por John Mercy en su huida, y empezó a partir la rama. Mercy permanecía inmóvil, como si estuviera escuchando. Miró a su esposa y se llevó una mano a los ojos. El impacto del hacha sobre el tronco repercutía dolorosamente en él, pero no dijo nada hasta que el joven Tom hubo terminado.
—Dame la pala —dijo—. Ahora, ve a buscar a Mrs. Teal.
El joven Tom vaciló.
—Tienes que salir de ahí —murmuró.
—Esas piernas —dijo John Mercy, hablando de ellas como si no le pertenecieran— están magulladas, simplemente. Si estuvieran rotas, lo sabría…, y no lo están. —Se interrumpió, y una mueca de dolor contrajo su rostro; apretó los dientes, esperando que el dolor remitiera—. Haz lo que te he dicho.
El joven Tom echó a correr, pero moderó inmediatamente el paso al oír que su padre le decía:
—Tienes un largo camino que recorrer, hijo mío. Cuanto más aprisa lo empieces, más tardarás en llegar. Piensa en lo que te dije: hay que mirar adelante.
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El joven Tom reemprendió la marcha. Antes de llegar al arroyo miró hacia atrás y vio que su padre trabajaba dificultosamente con la pala, abrigado por el extendido delantal de su madre. Pero antes de que el joven Tom dejara de mirar, su madre dejó caer el delantal, se llevó las dos manos al rostro y echó a andar hacia el carromato.
La escena le asustó y emprendió un rápido galope a lo largo de la orilla del arroyo, abriendo y cerrando la boca para llenar sus pulmones de aire; corría con los puños cerrados y agitando mucho los brazos. De pronto sintió una dolorosa punzada en el costado, y, recordando la advertencia de su padre, volvió a moderar el paso. Notó que estaba sudando y se detuvo para arrastrarse hasta el arroyo y beber un poco de agua; inmediatamente quedó helado al contacto de su estómago con el húmedo suelo y con la lluvia cayendo sobre su espalda.
Después de descansar un momento reemprendió la marcha, con los músculos rígidos a causa de aquella breve pausa. Finalmente, a través de la débil cortina de lluvia aparecieron los sauces del río y la silueta de la cabaña de los Teal. El joven Tom cruzó el último prado y llegó a la orilla; no había olvidado la balsa, pero quería ahorrar tiempo. El viento soplaba a su favor, transportando sus gritos por encima del agua. Tuvo que repetir su llamada dos veces antes de que se abriese la puerta de la cabaña y saliera Mrs. Teal. El joven Tom levantó los brazos, señalando detrás de él hacia su cabaña. Mrs. Teal agitó inmediatamente un brazo y volvió a entrar en la casa.
Agachado en la orilla, el joven Tom vio a los tres hombres que salían de la cabaña, levantaban un bote y lo transportaban hasta el agua; al cabo de unos instantes Mrs. Teal se unió a ellos y los cuatro cruzaron el río. Mrs. Teal llevaba una cesta tapada en la mano.
Dijo:
—¿Tu madre, Tom?
—Mi padre está debajo de un tronco que le ha caído encima. Y al verlo mi madre se ha puesto enferma.
Teal se volvió hacia sus hijos.
—Adelantaos a ayudarle.
—¡Dios mío! —dijo Mrs. Teal—. Coge la cesta, Nate. Tendremos que darnos prisa. Va a llegar fuera de tiempo.
El joven Tom echó a correr detrás de los hijos de Teal, pero éste le llamó. —No —dijo Teal—, quédate con nosotros. Ya has corrido bastante. Los
muchachos son un par de lebreles; deja que se adelanten.
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Echaron a andar. De cuando en cuando, Mrs. Teal profería una exclamación de impaciencia. Aparte de esto, andaban en silencio. El viento les daba de cara y la lluvia les azotaba el rostro. El joven Tom abrió la boca para dejar que las enormes gotas refrescaran su seca garganta, y se adaptó de mala gana al paso lento de los adultos. Ni por un instante pensó en el niño que iba a nacer; sólo pensaba en su padre, caído debajo del árbol, y cuando el arroyo empezó a girar alrededor del pie de la colina no pudo contenerse más y echó a correr.
Su padre había conseguido salir de la trampa; en el lugar donde había estado veíase ahora un pequeño túnel de tierra. Los dos muchachos estaban de pie junto al fuego, y uno de ellos señaló a la cabaña. El joven Tom apartó la puerta de lona para mirar; su padre había trasladado la cama desde el carromato y la había colocado cerca del hogar de la cabaña. Su madre estaba acostada, gimiendo, y su padre, arrodillado junto a ella, le oprimía cariñosamente las manos. El joven Tom regresó a la fogata, viendo llegar a los Teal a través de los árboles. Mrs. Teal cogió la cesta que llevaba su marido y entró inmediatamente en la cabaña; un momento después salió John Mercy.
—Es muy agradable tener vecinos —le dijo a Teal—. Lamento no poder ofrecerles café en este momento.
Dejó caer la barbilla sobre el pecho y extendió las manos delante del fuego, contemplando las llamas con una expresión preocupada en el rostro.
—Amigo mío —dijo Teal—, el primer invierno siempre es malo. No trabaje tanto, si no quiere envejecer veinte años antes de que llegue la primavera. —Se volvió hacia el más alto de sus dos hijos—. Jack, coge la escopeta de Mercy y ve en busca de un venado.
El joven Tom oyó el agudo grito de su madre. Se alejó un poco, deteniéndose junto al árbol que había aplastado a su padre, y notó las huellas que en el blando suelo habían dejado los codos de su padre al arrastrarse para salir de la trampa. En aquel momento oyó unas voces cerca de la cabaña, se volvió y vio a Mrs. Teal junto a la fogata. Se dirigió hacia allí.
Mrs. Teal le miró cariñosamente.
—Tu madre está bien, Tom. Has tenido un hermanito, pero no ha querido quedarse con nosotros. ¿Comprendes, Tom?
Quería decir que el niño que había nacido estaba muerto. El joven Tom pensó en ello y deseó sentirse triste, pero no había visto a aquel niño ni sabía nada acerca de él, y no le entraban ganas de llorar. Le desconcertaba un poco no experimentar ninguna tristeza. Se quedó mirando fijamente el fuego.
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Teal le dijo a su otro hijo:
—El Pastor Metodista está probablemente en la Misión, Pete. Vete a casa, ensilla el caballo y ve a buscarle. —Acompañó un corto trecho a su hijo, hablando en voz baja con él. Luego, el muchacho se marchó y Teal regresó a la cabaña, cogió la sierra que colgaba de la pared y se dirigió hacia el lugar donde estaba el tronco caído. Llamó al joven Tom—. Bueno, no hay que perder el tiempo. La cabaña necesita un entarimado, ¿verdad? Pues, manos a la obra, mientras esperamos.
Resonó un disparo en las profundidades del bosque…, solamente uno. —Ahí está vuestra carne —dijo Teal—. ¿Has visto lo gordas que están las
truchas del arroyo? El próximo verano, estos prados estarán llenos de codornices. Lo que te hace falta es un caballo para montar. Un caballejo de diez dólares. Yo sé donde hay uno.
El Pastor llegó al día siguiente alrededor de mediodía, y desde todos los puntos de aquella húmeda y vacía región empezaron a llegar los vecinos, a caballo o a pie, destruyendo para siempre la ilusión de selvatiquez del joven Tom. Llegaron desde las dispersas pertenencias a lo largo del río, desde la French Prairie, desde la parte alta de La Creole, desde arroyos y valles de nombres muy raros situados hasta veinte millas de distancia; el patio estaba lleno de hombres, y las mujeres trabajaban en la cabaña y en la fogata encendida fuera de la cabaña. El joven Tom vio a unos muchachos desconocidos corriendo a través de los árboles y lamentó aquella intrusión; oyó a unas muchachas que reían bajo el toldo del carromato. Era una gran reunión. Un hombre robusto, que llevaba un traje de piel de ante y tenía un recio vozarrón, andaba de un lado para otro hablando con todo el mundo. La conversación giraba alrededor de la época del caravaneo, de las tierras de aquí y de las tierras de allá, de la política y de la Compañía de la Bahía de Hudson. Un grupo de hombres se dirigió hacia una pequeña loma situada a un centenar de metros de la cabaña. El joven Tom les observó mientras cavaban.
Cuando regresaron, la gente se sumió en un extraño silencio. El Pastor salió de la cabaña, destocado bajo la lluvia. Le seguía Mr. Teal, cargado con un pequeño bulto envuelto en una sábana y cubierto con un chal; se dirigieron hacia la tumba recién abierta, y el joven Tom, con todos los sentidos agudizados, oyó el golpeteo de un martillo. La multitud avanzó y su padre salió de la cabaña, llevando en brazos a su madre. El joven Tom vio a
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Caroline sola en el umbral de la cabaña, llorando; se acercó a ella, la cogió de la mano y siguió a su padre.
Junto a la tumba había una pequeña caja; el Pastor tenía un libro en la mano y lo estaba mirando, mientras la lluvia se deslizaba por su alargado rostro. La madre del joven Tom estaba ahora en pie, pero no lloraba, a pesar de que las mujeres que la rodeaban tenían los ojos inundados de lágrimas. El Pastor habló durante mucho rato…, o al menos eso le pareció a Tom. Llevaba a Caroline cogida de la mano y le había entrado frío mientras esperaba que el Pastor terminara de hablar.
Alguien dijo «Amén», y el Pastor empezó a cantar, acompañado por toda la gente.
Mirando a sus pies, el joven Tom sintió que el frío ascendía a lo largo de sus piernas, y notó una opresión en el pecho, y se echó también a llorar. En cuanto hubo terminado el cántico, su padre volvió a transportar a su madre a la cabaña y la multitud se reunió de nuevo alrededor de la fogata. Una mujer colocó una gran cacerola llena de filetes de venado fritos sobre la mesa. Aparecieron platos y vasos, y la conversación se hizo más animada que antes.
El joven Tom dijo:
—Caroline, vete al carromato.
Por el rabillo del ojo vio a unos hombres que echaban paletadas de tierra en la tumba; imaginó que las lluvias llenaban la tumba de agua y que la sábana y el chal iban poniéndose negros a causa del barro. Luego se dirigió hacia el tronco caído y se sentó en él.
Permaneció allí, completamente perdido en el bosque de su imaginación, mientras los vecinos, terminada la comida y terminada la visita, se disponían a regresar a sus hogares. Se marcharon en grupos dispersos, tal como habían llegado; y al final sólo quedaron los Teal. El joven Tom vio que Caroline y Mary Teal le miraban a través de la abertura de la parte delantera del carromato. Se puso en pie y se acercó a la cabaña, oyendo que los Teal adultos hablaban.
—Tendremos que quedarnos esta noche —decía Mrs. Teal—. Me necesitan.
Teal miró a sus dos hijos.
—Será mejor que empecéis con este entarimado. Las piernas de Mercy le molestarán una temporada. Mañana cortaremos unos cuantos árboles para un establo.
El joven Tom apartó silenciosamente la lona que cubría el umbral de la cabaña. Estaba preocupado por su madre y quería verla. Pero el cuadro que se
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ofreció a su vista le llenó de turbación.
Su padre estaba de pie al lado de la cama, con la mirada inclinada, y el joven Tom le oyó decir:
—No puedo continuar aquí, sabiendo que tú no deseas quedarte. No encuentro placer en este trabajo, ni en imaginar lo que puede ser el futuro para nosotros, si tú no compartes mis esperanzas. En fin, nos marcharemos. Pero tendremos que esperar a la primavera, cuando los caminos estén practicables.
Su madre estaba muy pálida y tenía los ojos muy abiertos. Murmuró:
—Ahora no podría marcharme. Tengo un hijo enterrado aquí. Es un modo muy duro de llegar a querer un lugar…, perder a alguien en él. Mercy, pon una verja alrededor de aquella tumba. Hasta ahora no he sido muy útil, lo sé, y me dolía verte trabajar tanto. Pero, en cuanto pueda levantarme, la cosa cambiará.
John Mercy se inclinó y besó a su esposa, y repentinamente la turbación del joven Tom se hizo insoportable, ya que aquélla era una cosa que nunca había visto hacer a sus padres, y una cosa que sólo iba a ver otras dos veces en el curso de su vida. Retrocedió, dejando caer la lona; le pareció oír llorar a su padre. Se acercó a la cacerola en la cual quedaban unos cuantos filetes de venado. Cogió uno y empezó a comérselo como si fuera una rebanada de pan. Caroline y Mary Teal estaban ahora en la parte trasera del carromato, mirándole.
El joven Tom dijo:
—Sé donde hay una cueva muy grande, en la colina…
Mary Teal bajó del carromato, seguida de Caroline; y los tres echaron a andar a través de los árboles, en medio de los grandes océanos de sonido que se encrespaban en las copas de los abetos y los cedros. Mary miró al joven Tom, se soslayó y sonrió, destruyendo la reserva entre ellos. Empezaban unos largos años para Tom Mercy, y en el curso de su vida iba a ver muchas veces aquella sonrisa, para ser confortado por ella, para ver brillar las lágrimas a través de ella… Hasta el último día de su vida, en otro siglo, aquella sonrisa —real o recordada después de mucho tiempo— fue su estrella.
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NO HAY TIEMPO PARA SOÑAR
K ATHERINE sacó el trigo del agua, lo lavó cuidadosamente media docena de veces y lo echó en la cacerola de hierro puesta al fuego; aquello era la cena: toda la cena. Una persistente lluvia de noviembre se filtraba a través de los gigantescos abetos y salpicó con sus relucientes gotas el chaquetón de Katherine mientras corría hacia su carromato. Se detuvo un momento ante el carromato de los Rowley, en el interior del cual yacía Mrs.
Rowley, aquejada de un leve resfriado.
—¡Elia! ¡El trigo está hirviendo! ¡Yo lo vigilaré! ¡No se levante!
Trepó al alto pescante de su propio carromato y se guareció debajo de la lona. Este era su hogar, lo había sido desde que salió de Independence, Missouri, hacía cinco meses y veintitrés días. Su jergón y sus mantas estaban en un rincón, enfrente del catre de su madre; todo lo demás —los baúles y las cajas, los platos en sus barricas, las herramientas, las semillas— estaba empaquetado a su alrededor. Katherine se sentó ante la caja que su padre utilizaba como escritorio, encendió una vela y continuó con la carta que llevaba escribiendo hacía tanto tiempo para su hermana casada en el Este:
… Todo marchó bien hasta que cruzamos el Platte. Entonces se presentó el cólera. Mamá fue la primera en cogerlo, luego papá. George y Saul fueron los últimos en morir. Están enterrados cerca del río, pero ni tú ni yo encontraremos nunca sus tumbas. Los Rowley fueron muy amables…, me aceptaron en su compañía. Hemos conservado el carromato, y un joven del grupo me ayudó con los bueyes. Se llama Ben McLane y me recuerda a Saul. Es muy alto y tiene el pelo casi tan rojo como Saul.
Estamos acampados en el bosque, detrás del poblado de Portland. La mitad de la caravana, al llegar a Fort Hall, se desvió hacia California. La mayoría del resto se dirigió hacia el sur desde Oregón City, siguiendo el curso del Willamette. Hemos quedado solamente diez carromatos. Los hombres están todos en un valle que se encuentra a alguna distancia de aquí
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para ver la tierra que puede ser aprovechada. Yo no sé aún lo que voy a hacer. Los Rowley son pobres y yo represento para ellos una boca más que alimentar. Entre las diez familias no tenemos ni seis dólares. Tal vez pienses que estoy más triste de lo que mis palabras dan a entender. Bueno, he llorado, pero aquí no se puede llorar durante mucho tiempo. Tal vez algún día, cuando se hayan solucionado otras cosas, volveré a llorar.
Los hombres regresaban, a caballo o andando, por el fangoso camino a través del bosque. Ben McLane se acercó a la fogata y se agachó junto a ella. Katherine le contempló a través de la redonda abertura de la lona del carromato con una atención tan absoluta que no dejaba lugar para nada más en su mente; de pronto, se apeó del carromato y corrió hacia el fuego para remover el trigo que hervía en la cacerola. Ben levantó la mirada hacia ella. La larga cabalgata bajo la lluvia le había dejado empapado y, al parecer, había deprimido su ánimo. Era un muchacho alto, con unas manos enormes, unos brazos muy largos y un rostro habitualmente alegre.
—En el Taulatin, toda la tierra está ocupada —dijo—. Hemos decidido continuar valle abajo hasta un centenar de kilómetros de aquí. Dicen que allí hay terrenos libres.
Tenía los cabellos pegados a las sienes a causa de la humedad, y de su camisa se desprendía una nubecilla de vapor.
A través de las sombras brillaban otras fogatas donde el resto de las familias preparaban su cena. Katherine permaneció inmóvil, con las manos entrelazadas, recordando las cosas que ella y Ben habían hablado durante el largo trayecto a través del desierto, y escarbaba en su mente en busca de algún indicio que le permitiera saber si Ben pensaba de ella lo que ella pensaba de él. No pudo encontrar ninguno. Ben era un hombre silencioso, y ella era también una muchacha silenciosa y no se le ocurría ningún medio para que Ben abriera los ojos.
Un repentino impulso le dio valor por un instante, y decidió que le sonreiría de un modo más cálido. Llegó a aquella decisión porque el asunto era muy importante para ella, porque el tiempo transcurría rápidamente y ella no podía vivir para siempre de esperanzas. Al cabo de un rato, el silencio hizo que Ben levantara la mirada hacia ella, y Katherine le sonrió tal como había decidido, rogando en su interior que Ben se interesara; Ben la contempló unos instantes, sin ver lo que había en la mente de ella, y Katherine comprendió que no podía esperar nada. Regresó al vagón y volvió a sentarse ante el
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improvisado escritorio. Sabía que la cosa terminaría así; sus esperanzas habían sido una locura.
Los hombres han regresado y los carromatos se dirigirán hacia el sur en cuanto amanezca. Yo no iré con ellos. Los Rowley son demasiado pobres y no puedo continuar abusando de su bondad. Hoy he hablado con una mujer de Portland. Su marido cuida de la tienda, y ella tiene una pensión para hombres solteros. Creo que puedo trabajar allí. Resulta muy duro separarse de la gente. Nunca volveré a ver a ninguno de ellos.
Esta noche, el mundo es un lugar muy solitario.
Metió la carta en un sobre, escribió las señas y se apeó del carromato envuelta en su capa. Unos cuantos hombres se habían acercado a la fogata de los Rowley para unirse a Rowley y a Ben McLane.
Cuando se acercaba a ellos, Rowley dijo:
—¿Adónde va usted, Katherine?
—A la tienda —respondió la muchacha.
Ben McLane la miró, y por un instante Katherine pensó que iba a levantarse y a acompañarla. Pero Ben volvió a clavar los ojos en el fuego y Katherine se dirigió hacia el sendero abierto a través del bosque que conducía al poblado, con sus dos docenas de casas diseminadas junto al gran río.
La tienda de Spicer era un largo edificio de troncos cuadrados en cuyas ventanas brillaba una luz amarilla. El repentino aroma de la cena hirió el olfato de Katherine cuando entró en la tienda. Una gran lámpara de aceite de ballena colgaba sobre un hombre muy serio que estaba repasando las cuentas del día; el hombre levantó la mirada hacia Katherine y le dijo:
—Mi esposa está en la cocina y quiere verla.
Y volvió a sumergirse en sus cálculos.
Katherine se dirigió a la cocina y encontró a Mrs. Spicer colocando unos bizcochos en una bandeja. Mrs. Spicer era una mujer alta, agotada, que en su juventud debió ser muy muy linda. Mantenía los labios fuertemente apretados.
—Ya está usted aquí —dijo—. ¿Se ha decidido?
—Vendré mañana por la mañana, en cuanto se marchen los carromatos.
Mrs. Spicer dijo:
—Si la tomo a mi servicio, ¿me promete quedarse un año?
Katherine meditó seriamente el asunto. Si hacía una promesa, tendría que cumplirla. Los bizcochos, entretanto, se estaban enfriando; Katherine cogió la
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bandeja y la llevó al comedor —a la mesa de los jóvenes solteros que se hospedaban en la casa—, dejándola junto a un muchacho rubio. El muchacho la miró con silencioso interés, compartido por sus nueve compañeros, Katherine regresó a la cocina.
—Sí, me quedaré —le dijo a Mrs. Spicer—. Vendré por la mañana. Emprendió el camino de regreso a través del húmedo bosque y encontró a
los hombres reunidos alrededor de la fogata de los Rowley, charlando. Se dirigió directamente al carromato de los Rowley y entró en él para darle la noticia a Mrs. Rowley.
Mrs. Rowley dijo:
—¡Oh, Katherine! ¿Qué haremos sin ti?
Pero en su rostro se reflejó una expresión de alivio; para Mrs. Rowley, la noticia significaba una boca menos que alimentar. Subiendo a su propio carromato, Katherine se acostó y permaneció largo rato despierta; la humedad había puesto pegajosas las mantas. La esperanza era difícil de matar, y aun sabiendo que era una locura, Katherine trató de fraguar un último mensaje que llegara a Ben McLane. Finalmente se quedó dormida.
Se levantó al oír a los hombres que gritaban a los bueyes en la oscuridad. Las diez familias desayunaron, engancharon los carromatos y montaron a los niños en ellos. Mrs. Rowley abrazó a Katherine con los ojos llenos de lágrimas, Katherine agitó la mano despidiendo a los Rowley, pero sus ojos estaban clavados en Ben McLane, el cual cabalgaba al lado de la columna. Ben se había despedido de ella con unas cuantas palabras pronunciadas en voz baja. Katherine le contempló hasta que su alta figura desapareció, tragada por el bosque, y se sintió invadida por una amarga soledad. Ben McLane le gustaba, se hubiera casado con él, y ahora no volvería a verle.
En cuanto la caravana desapareció, Katherine montó en su carromato y se dirigió hacia el poblado.
Katherine vendió los bueyes y el carromato, almacenó las pertenencias familiares en una cabaña de troncos en las afueras del poblado y plantó las semillas de algunos árboles en un terreno arenoso junto al río. Mrs. Spicer se preguntó por qué se tomaba la molestia de hacer aquello; en la atareada vida de Mrs. Spicer, el tiempo era precioso y no podía desperdiciarse en cosas innecesarias.
—Algún día —dijo Katherine— plantaré esos árboles en un lugar que sea mío, y cuando crezcan recordaré a mis padres y a mis hermanos.
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—Es muy duro perder a la familia —dijo Mrs. Spicer.
—Son cosas que pasan —dijo Katherine.
Dos días después de la llegada de Katherine, Mrs. Spicer se quedó en cama: por fin podía permitirse el lujo de estar enferma. Katherine se levantó a las cinco, se peinó ante el espejo colocado en un rincón de la fría habitación que le habían destinado, encendió el fuego y preparó el desayuno para los huéspedes. Limpió la casa, hizo las camas, planeó la comida, la cocinó y la sirvió. Alrededor de las dos dispuso de una hora para sí misma y, con su costura, le hizo compañía a Mrs. Spicer. A las cuatro estaba de nuevo en la cocina, preparando la cena. Limpió, barrió, fregó los suelos que estaban imposibles a causa de los enfangados zapatos de los hombres. Remendó las camisas de Spicer, zurció los calcetines de Abbott Corning, que era el dependiente de Spicer: el joven rubio que ocupaba la cabecera de la mesa el primer día, cuando llevó los bizcochos. Todos los días eran largos y habían dado ya las once de la noche cuando Katherine cerraba la puerta de su habitación, se soltaba el cabello y se tendía en la cama, completamente despierta, para pensar en todo lo que había sucedido, para recordar a su familia y para acercar un poco más a ella la imagen de Ben McLane. Oía su voz, le veía en el gran carromato al lado del suyo, y veía su ancha espalda desapareciendo a través de los árboles, y al llegar a aquel punto la habitación se convertía en un lugar solitario y silencioso, y la tristeza invadía su corazón.
Mrs. Spicer, gozando de su descanso, disponía ahora de tiempo para pensar en los demás, y habló con Katherine.
—No es necesario que trabajes tanto. No tienes que convertirte en una bestia de carga, como yo. De todos modos, no tardaré en levantarme.
Katherine sonrió.
—No tenga prisa. Deje que los muchachos la echen de menos un poco más.
—Esos no echan de menos a nadie —dijo Mrs. Spicer—. Katherine, ¿qué esperas de la vida? ¿En qué piensas?
—¡Oh! Quiero casarme, naturalmente.
—Eso no será muy difícil —dijo Mrs. Spicer secamente—. Por aquí abundan los hombres. Ahora mismo podría nombrarte a media docena que te pedirán que te cases con ellos, tarde o temprano. Podrás elegir.
Katherine apartó la mirada de Mrs. Spicer y contempló pensativamente el paisaje lluvioso que se divisaba a través de la ventana.
—No se trata de tener muchos hombres a nuestra disposición —dijo—. Se trata de tener al único que nosotras queremos.
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—¿Había un hombre en aquella caravana?
—Sí —respondió Katherine.
—¿Cómo era?
—Alto y pelirrojo, como mi hermano Saul. Se llama Ben. Va a establecerse como agricultor en alguna parte.
—¿Hubo algo entre vosotros?
—¡Oh, no!
Mrs. Spicer miró directamente al techo. Su mirada pasó a través de él, para posarse en un lugar muy alejado de este poblado y en una época del pasado.
—Katherine —murmuró—, han existido muchas mujeres con Bens para recordar… —Inmediatamente, su rostro volvió a adquirir su habitual expresión de desvío—. Pero ahora tendrás ocasión para escoger.
Desde luego la tenía, ya que todos los jóvenes que se sentaban a la mesa eran solteros y tenían ojos atrevidos. Sus espíritus inquietos les habían impulsado a cruzar las llanuras en busca de nuevas perspectivas. Cuatro de ellos eran leñadores, tres cazadores, uno agrimensor, uno mensajero y el otro era Abbott Corning. Este último era el más silencioso del grupo y el único que había encontrado ya un camino a seguir. Había empezado a construirse una casa de troncos enfrente de la tienda de Spicer y trabajaba en ella en sus horas libres; iba a ser su propia tienda.
—La próxima primavera voy a recibir el primer envío de mercancías —le dijo a Katherine.
—¿Va usted a hacerle la competencia a Mr. Spicer?
—No. El vende mercancías diversas, y yo venderé exclusivamente artículos de ferretería.
De todo el grupo de jóvenes, era el único que no deseaba llamar su atención, al parecer; sin embargo, él fue quien acompañó a Katherine a la cabaña de troncos un soleado domingo y la ayudó a desempaquetar las pertenencias familiares para que se airearan un poco. Era de Massachusetts, y tenía un acento ligeramente gangoso y una agradable frialdad de modales. Era metódico, cortés… y de cuando en cuando Katherine sorprendía un brillo de reprimido humor en sus ojos.
Cuando terminaron el trabajo en la cabaña, la acompañó al lugar donde había enterrado las semillas de los árboles frutales. Las semillas habían germinado, y Abbott Corning se llevó las dos manos a la espalda mientras examinaba las plantas; luego levantó la mirada hacia Katherine, y ésta se dio cuenta de que estaba impresionado.
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—Comprendo que ha tenido usted muchas dificultades —dijo Abbott—. Estamos muy lejos de nuestro hogar y no es bueno vivir solo. Esos árboles formarían un hermoso huerto en la parte trasera de una casa. ¿Cuál es su apellido, Katherine?
—Millison.
Abbott se había quitado el sombrero, de un modo deliberado o en un gesto inconsciente. Pero Katherine se sintió emocionada: era una comprensión que él parecía compartir con ella.
Volvió a experimentar aquella sensación unos días más tarde, cuando Abbott abrió un saco de veinte libras de azúcar y encontró en su interior una colonia de ratones. Abbott estaba a punto de tirar el azúcar, pero Katherine lo cogió, lo hizo hervir en una cacerola y lo convirtió en jarabe.
—¡Vaya! —dijo Abbott—. Una idea muy práctica.
Por la mañana, cuando Katherine sirvió un poco del jarabe con torta caliente, Abbott le guiñó un ojo y señaló a sus compañeros de mesa.
—No saben lo bueno que es esto, ¿verdad?
De nuevo se había establecido entre ellos una corriente de comprensión. Mrs. Spicer se dio cuenta y vigiló a los dos jóvenes a medida que pasaban
los días, y estaba pensativa y más brusca que de costumbre con su marido. No le dijo nada a Katherine hasta que la encontró de pie en el umbral de la tienda, mirando hacia las colinas.
—Katherine —le dijo—, ¿tienes alguna esperanza de que Ben regrese? —Creo que sí —respondió la muchacha—. Aunque sé que es una locura. —¿Sabía que estabas enamorada de él?
—¡Oh, no! —dijo Katherine—. Nunca se lo demostré. —Se encogió de hombros—. No es más que una cosa que no puedo tener. Hay que conformarse con lo que el destino nos reserva.
—Eres una chica valiente —dijo Mrs. Spicer. Se quedó en pie al lado de Katherine, contemplando el feo poblado, sus fangosas calles y el sombrío bosque que se extendía más allá. Una repentina expresión de odio desfiguró sus facciones—. A veces resulta muy difícil conformarse —murmuró.
El invierno se instaló en las dos docenas de casas del poblado. Las continuas lluvias convirtieron las calles en auténticos cenagales. Abbott Corning dedicó aquellas oscuras veladas a alisar las paredes de su tienda, a construir las estanterías y los mostradores, y a cerrar por medio de un tabique la parte trasera, destinada a vivienda. Rara vez terminaba antes de
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medianoche y, recordando el frío que hacía en aquel edificio vacío, Katherine adquirió la costumbre de llevarle un poco de café.
A veces, cuando Abbott dejaba a un lado el martillo, su cansancio le hacía parecer viejo, pero en otra ocasión, el día que el edificio quedó terminado, Katherine le vio bajo un aspecto distinto. Los jóvenes solteros decidieron bautizar el lugar con el aguardiente que vendían a lo largo del río a dos dólares el galón. Katherine estaba en la cocina, mucho después de medianoche, cuando Abbott se presentó en la tienda. Recorrió el pasillo adoptando unas precauciones exageradas y se detuvo en la puerta de la cocina. Llevaba el sombrero ladeado sobre su brillante pelo rubio y sus ojos eran jóvenes y osados. Se quitó el sombrero, se inclinó ante Katherine y la miró con un interés completamente nuevo para ella.
—Katherine —dijo—, tengo una tienda. Está vacía, pero voy a llenarla. No suelo cometer locuras, pero a veces he pensado que la gente que comete locuras obtiene lo mejor de la vida. Cada uno de los troncos que he cortado y desbastado representa un tiempo que podía haber pasado durmiendo o pescando en el río. Ahora, por una vez, me he permitido una locura. ¿Cree que he hecho mal?
Sonreía al decirlo, pero al mismo tiempo estaba ansioso. Contempló cómo Katherine vertía el café y cogió la taza obedientemente.
—Una cana al aire de cuando en cuando no hace ningún daño —dijo Katherine—. Me alegro de que lo haya hecho. Bébase eso, y mañana no le dolerá la cabeza.
Abbott se bebió el café y sonrió.
—No debería ser usted tan seria, Katherine, y yo no debería ser tan soso. —Algún día reiré, como usted ríe ahora —dijo Katherine—. Y no creo
que sea usted soso.
Le cogió del brazo y le acompañó a su habitación.
Abbott se quedó en pie junto a la cama con una expresión de franca admiración en sus ojos, pero incluso entonces Katherine supo que no tenía nada que temer de él. Le empujó ligeramente y Abbott cayó de espaldas sobre la cama y se quedó allí, con los cabellos revueltos y los ojos cerrados.
—Ha sido muy agradable —murmuró—. Nunca seré un viejo con un gorrito de dormir y unas patillas de chuleta de carnero.
El tercer día de abril, el Sea Witch navegó río arriba con un cargamento consignado a nombre de Abbott Corning. Éste contrató a los jóvenes solteros para que transportaran el cargamento a su tienda, y otra noche, una semana más tarde, clavó encima de la puerta del edificio un gran letrero que decía:
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CORNING & CO. FERRETERÍA, HOJALATERÍA, ARTÍCULOS DE LOZA, CUEROS. Luego regresó a la tienda de Spicer y se detuvo ante Katherine con las manos en los bolsillos de los pantalones. En aquel instante era el hombre más feliz del mundo.
—Abriré mi tienda mañana por la mañana. Espero abrirla, la misma llave en la misma cerradura, mientras viva. —Hizo tintinear unas monedas en su bolsillo, sonrió, cuadró los hombros—. Tengo veintitrés años y poseo veinte mil dólares de mercancía. Gozo de buena salud. Soy ambicioso. Puede confiarse en mí. No soy un hombre que viva de fantasías. —La sonrisa se disolvió en una gran seriedad—. Sería completamente feliz si usted quisiera confiar en mí, como otros lo han hecho…, si accediera usted a casarse conmigo.
Katherine tuvo un terrible momento de indecisión, de algo parecido al pánico. Pero dominó aquel sentimiento y miró a Abbott, sonriendo.
—Sí —dijo.
La respuesta llenó de turbación a Abbott, ya que deseaba besar a Katherine pero no se atrevía a hacerlo. Katherine levantó la cabeza al tiempo que hacía un leve movimiento con sus manos, y aquel gesto terminó con la incertidumbre de Abbott. La rodeó con sus brazos, la besó suavemente y se apartó de ella. Estaba sonriente y confuso.
—Nunca había hecho una cosa así. Creo que hay un montón de cosas que no he hecho nunca. —El conocimiento de su buena suerte empezó a actuar lentamente en él, haciendo salir a flote su animación—. Tendremos que decírselo a los Spicer.
—No sé lo que va a decir Mrs. Spicer. Prometí trabajar un año para ella. —Es una buena persona —dijo Abbott. Y añadió—: Si no te exime de tu
promesa tendremos que esperar, desde luego.
Encontraron a los Spicer en la cocina; él estaba leyendo, y ella hacía calceta. Mrs. Spicer les dirigió una significativa mirada. Dejo caer las manos sobre su regazo.
—Spicer… —dijo.
Y cuando su marido levantó los ojos del periódico, Mrs. Spicer le señaló con un gesto a los dos jóvenes. Spicer les miró.
—Mr. Spicer —dijo Abbott Corning—, mañana por la mañana abriré mi tienda. No se lo había dicho antes, pero recuerdo su bondad. La de usted y la de Mrs. Spicer. Además… —Miró a Katherine—. ¿Tiene que decirlo el hombre o la mujer?
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—Lo lleváis escrito en la cara —dijo Mrs. Spicer—. No necesitáis decir nada.
—Vaya, me alegro mucho —dijo Spicer, y se puso en pie para estrecharles la mano.
—Spicer —dijo Mrs. Spicer—, llévate a Abbott unos momentos.
Cuando los dos hombres hubieron salido, Mrs. Spicer cerró la puerta de la cocina. No estaba satisfecha, pensó Katherine. Lo revelaba la expresión de su rostro.
—Katherine, ¿estás segura de que Ben no regresará? Podría regresar, ¿no es cierto?
—No hay por qué pensar en eso.
—Pero tú continúas esperando, ¿verdad? —la apremió Mrs. Spicer.
Katherine sacudió la cabeza.
—Tal vez. Pero sé que no debo hacerlo. No es práctico. La gente tiene que sacar el mejor partido posible de lo que está a su alcance, y no torturarse con sueños absurdos. Si todo el mundo esperara que se realizaran sus sueños, nadie haría nada y desperdiciaríamos nuestras vidas. Es posible que esté un poco triste, pero puedo superarlo. —Se interrumpió turbada por algo que había en su mente. Luego dijo—: Tendré que contarle a Abbott lo de Ben… antes de que nos casemos.
—¿Por qué? —preguntó Mrs. Spicer, y contempló a Katherine con insistente atención.
—Es importante. Tiene que saberlo. No sería honrado que se lo ocultara.
—Katherine —dijo Mrs. Spicer—, voy a hacerte cumplir tu promesa.
Tendrás que estar un año conmigo.
—Bien —dijo Katherine—. Abbott y yo podemos esperar.
Salió de la cocina. Poco después volvió a entrar Spicer y se sentó en su silla para terminar el periódico. Mrs. Spicer se quedó de pie junto a la ventana, mirando a través del cristal hacia una noche que no podía ver; y a pesar de que Spicer era un hombre poco curioso, terminó por darse cuenta de su silencio y levantó la mirada del periódico.
—¿Hay algo que no funcione como es debido?
—Funcione bien o mal —replicó secamente Mrs. Spicer—, ¿cuál es la diferencia?
—Te encuentro un poco rara, Nelly. ¿En qué estás pensando?
—En nada —respondió Mrs. Spicer, y continuó mirando a través de la ventana.
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Llegó la primavera con sus cálidas lluvias y sus brillantes soles resplandeciendo a través de un aire recién lavado. Los pálidos verdes de la nueva vegetación contrastaban agradablemente con los verdes oscuros del paisaje. El río creció y sus aguas se tornaron amarillentas; los senderos del poblado despedían delgadas nubes de vapor al secarse. Abbott Corning construyó un cobertizo en la parte posterior de su tienda y compró una vaca; a primera hora de la mañana la ordeñaba y la llevaba a unos pastos cerca de la pertenencia de los Terwilliger; al atardecer iba a buscarla. Había dejado la mesa de Mrs. Spicer.
—Puedo pagar el hospedaje —le dijo a Katherine—, pero prefiero ahorrarlo para saldar mi deuda con los comerciantes del Este que confiaron en mí. Claro que voy a echar mucho de menos tus guisos…
En consecuencia, Katherine adquirió la costumbre de ir a la tienda de Abbott todos los domingos para cocer su pan y —sabiendo lo goloso que era
— una gran torta con una capa de mantequilla batida con azúcar. Uno de aquellos domingos, Abbott alquiló un carro y trasladó las cosas de Katherine desde la cabaña de troncos al almacén de su tienda.
—Tal vez así tendrás a tu familia más cerca —dijo Abbott—. Eres la clase de persona que recuerda siempre a los suyos. Lo veo en tus ojos la mayor parte del tiempo.
Katherine estuvo a punto de hablarle de Ben, pero al final decidió dejarlo para mejor ocasión.
—Te agradezco mucho que hayas traído mis cosas aquí —dijo. —Bueno, no pides muchas cosas. Me gustaría que me pidieras más… —No necesito apenas nada —dijo Katherine.
Abbott la miró, sonriendo.
—Cualquier cosa que necesites, no tienes más que pedírmela; para mí será un placer proporcionártela. —Quedó turbado por la vehemencia de su propia afirmación. Inclinó la mirada, añadiendo en voz baja—: Tal vez no debiera importunarte con mis sentimientos.
Katherine tocó su brazo.
—Abbott, haré todo lo que esté en mi mano para que las cosas marchen bien entre nosotros.
Abbott dijo:
—Tenemos que esperar seis meses. No debería estar impaciente, pero lo estoy.
Katherine experimentó un extraño desasosiego, hasta el punto de que cuando se dirigieron a la tienda de Spicer se alegró de verse protegida por las
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sombras de la cálida noche primaveral. Los cencerros de las vacas que regresaban de los pastos resonaban suave e insistentemente en las afueras del poblado, y el brillo de las luces de las casas parecía más amarillento que de costumbre. Katherine se detuvo un instante en la puerta de la tienda de Spicer, esperando que Abbott dijera algo; pero, en vez de hablar, Abbott la miró intensamente y la muchacha leyó en sus ojos el deseo que sentía de besarla. Le dio las buenas noches y entró rápidamente en la tienda.
Sabía que obraba mal, y se quedó en pie junto a la ventana de su cuarto tratando de rechazar el recuerdo de Ben McLane que la asaltaba a traición. Algún día se desvanecería, y entonces ella se reiría de su locura, pero aquel día parecía aún muy lejano. El recuerdo seguía siendo importante para ella, y porque era importante para ella, debía decírselo a Abbott. Lo haría el próximo domingo.
Aquel domingo se proponía ir a la tienda de Abbott después de preparar el desayuno; pero fue Abbott quien se presentó en la tienda de Spicer.
—Hace un hermoso día —dijo—. Sopla el viento del noroeste. Pensé que te gustaría dar un paseo. Los caminos que conducen a la colina están secos.
—Buena idea —dijo Katherine—. Nos llevaremos el almuerzo. Nunca he estado en aquella colina.
Envolvió un poco de comida y la metió en una bolsa, junto con un pote para hacer café.
Aunque llevaba ya seis meses en el poblado, Katherine no había vuelto ni una sola vez al pequeño claro donde los carromatos de los emigrantes habían acampado; y cuando llegó a él, se detuvo y por un instante se sintió invadida por el recuerdo de aquella mañana lluviosa, con los carromatos alejándose, y Mrs. Rowley llorando, y Ben McLane desapareciendo entre los árboles. En aquel redondel ennegrecido había ardido la fogata de los Rowley… El sabor del trigo hervido volvió a ella.
—Ya estás pensando otra vez —dijo Abbott—. Hay una nube de tristeza en tus ojos.
—Es triste pensar en las personas a las cuales se ha conocido y que ahora están dispersas…
—Bueno —dijo Abbott—, éste es el país de la dispersión. Pero también es un país para empezar de nuevo y para volver a reunirse. Aquí estamos tan ocupados, que no disponemos de mucho tiempo para pensar en el pasado.
—Todavía no he dispuesto de tiempo para llorar por los míos —dijo Katherine.
—Fue una gran desgracia —dijo Abbott, en tono de sincera comprensión.
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Encontraron un camino que ascendía por la ladera de la colina a través de masas de gigantescos abetos. Las húmedas rocas brillaban en la sombra y las agujas acumuladas en el suelo durante mil años formaban una blanda alfombra que cedía con su peso. Cerca del mediodía llegaron a una planicie cubierta de césped. Inmediatamente debajo de ellos, el río giraba bruscamente para dirigirse hacia el norte; al lado del río veíanse las dispersas casas del poblado de Portland.
Extendieron la manta que habían traído a prevención, encendieron una fogata para hacer café y almorzaron. Abbott se tumbó en el suelo, boca arriba, con un suspiro de satisfacción.
—Me siento como un caballo al que hubieran concedido un día de asueto; es una sensación muy agradable.
—Trabajas demasiado, Abbott —dijo Katherine.
—Soy un hombre lento, y el trabajar muchas horas no me perjudica. Nunca seré un hombre importante, Katherine, pero seré útil, y con el tiempo conseguiré una posición estable para nosotros.
—No deberías hablar de ti mismo con tanta humildad.
—No puedo engañarme a mí mismo —dijo Abbott—. Admito que tengo cabeza para los negocios. Y admito otra cosa: estuve muy solo hasta que te conocí.
Katherine comprendió que aquél era el momento para hablar, pero, al verle tan alegre, no pudo decidirse a enturbiar aquella alegría. Se limitó a decir:
—Abbott, necesitarás más artículos de loza en tu tienda.
—Hoy no es día para hablar de negocios —replicó Abbott. Se puso en pie, sonriendo, como si pensara en algo muy divertido—. Ahora, ven conmigo. — Katherine le siguió hasta el borde de la planicie y Abbott extendió el brazo, señalando al poblado—. ¿Ves aquel terreno acotado más allá de la casa de los Terwilliger, pero a corta distancia del poblado? Tiene un acre de extensión, aproximadamente, y está a cinco minutos de la tienda. Lo he comprado. No debí comprarlo sin que lo vieras, pero me ha costado muy poco dinero.
—Tú eres quien debe ocuparse de esas cosas —dijo Katherine. Pero en su fuero interno se sintió emocionada por el hecho de que Abbott deseara compartir sus decisiones con ella—. Ya lo veo. ¿A qué quieres destinarlo?
—Cuando el poblado crezca —dijo Abbott— no viviremos en la trastienda. Viviremos en una casa que no esté situada en la calle principal.
Katherine dijo:
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—Una idea excelente. ¿Habrá un lugar soleado para un jardín?
—Vas a verlo —dijo Abbott, y recogió la manta y la bolsa de la comida. En su rostro seguía burbujeando la secreta diversión—. Creo que quedarás complacida —añadió.
—No necesito estar más complacida de lo que ahora me siento.
—¡Ojalá sea así! —murmuró Abbott con voz anhelante.
Emprendieron el camino de regreso, pero antes de llegar al poblado, Abbott tomó otro sendero que discurría entre una arboleda, la cual no tardó en aclararse delante de un arroyuelo.
—Ahora —dijo Abbott, cogiendo a Katherine de la mano—, ¿quieres cerrar los ojos y permitir que te conduzca hasta el lugar?
Anduvo delante de ella hasta llegar al claro. Allí se detuvo y dijo:
—Si te gusta esto, me daré por satisfecho.
Katherine abrió los ojos y vio una extensión de terreno rodeado de abetos. En el centro se erguían tres pequeños cedros. Más allá, la mirada de Katherine descubrió los árboles frutales de su padre, unos débiles tallos atados a sus correspondientes estacas, en lo que algún día sería un huerto.
—Los he trasplantado durante la noche —explicó Abbott—, para que no te dieras cuenta. Espero que no te sabrá mal. La casa se levantará junto a los cedros. Desde la ventana podrás ver el huerto, y el recuerdo de los tuyos estará siempre cerca de ti, Katherine.
Al volverse a mirarle, la muchacha vio que la sonrisa se había borrado del todo del rostro de Abbott. Era una vez más un hombre sobrio, que sostenía el sombrero entre sus manos y la contemplaba con la esperanza de que se sintiera dichosa.
—¡Abbott! —murmuró Katherine.
Y empezó a llorar. Trató de contener sus lágrimas apretando fuertemente las manos contra sus ojos. Pero Abbott se acercó a ella, apartó las manos de su rostro y la abrazó. No dijo nada; se limitó a rodearla con sus brazos mientras ella lloraba con la cabeza apoyada en el pecho varonil. La amargura por tanto tiempo contenida estalló con fuerza arrolladora. Katherine lloró todas las penas de su corazón hasta que la fuente de su llanto se secó. Entonces, apartándose ligeramente, levantó un rostro enrojecido hacia Abbott.
—Bueno —murmuró—, ahora he llorado ya por mi familia y creo que se han terminado mis lágrimas. He tenido el corazón lleno de amargura, pero eso pertenece ya al pasado.
Abbott dijo:
—Entonces, ¿no te sabe mal?
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—No, Abbott. Has hecho muy bien.
Abbott la cogió del brazo y echaron a andar hacia el poblado. Cuando llegaron a la tienda, Abbott se hizo a un lado para que Katherine entrara delante de él. La muchacha se detuvo en la habitación de la parte delantera, pero Abbott entró en la trastienda para dejar la manta y volvió a salir. Estaba muy nervioso y pasó junto a Katherine para detenerse ante una ventana, haciendo sonar unas monedas de plata en su bolsillo. Repentinamente se volvió y se encaró con Katherine con la misma expresión que ella había observado en su rostro la noche que bautizaron la tienda.
—Katherine —dijo Abbott—, no tengo paciencia para esperar otros seis meses. Es demasiado tiempo…
Un instante después Katherine se encontraba entre sus brazos. Abbott la besó con la ardiente impaciencia de un hombre enamorado.
Aquel beso no fue como el primero que le había dado; no era tierno, ni
turbado, ni inseguro. Era el beso de un hombre que sabe lo que quiere y que
está dispuesto a tomarlo.
Katherine murmuró:
—Tendremos que ir a ver a Mrs. Spicer, Abbott.
—Ahora mismo —dijo Abbott.
Mrs. Spicer estaba en la cocina preparando la cena. Les oyó llegar, pero no volvió inmediatamente la cabeza. Cuando lo hizo, con una expresión de resentimiento en el rostro, vio la alegría que reflejaban los ojos de Katherine. Se dio cuenta del cambio, y sus ajadas mejillas se distendieron; su mirada se hizo cálida, casi cordial.
—Mrs. Spicer…
—No necesitas decirme nada —dijo Mrs. Spicer—. Has encontrado a un hombre.
—Lo he encontrado hace mucho tiempo.
—No —dijo Mrs. Spicer—, lo has encontrado hoy. —Miró a Katherine con una expresión que sólo la muchacha podía comprender—. ¿Le has dicho lo que creías que debías decirle?
—No —respondió Katherine—. No tiene importancia. Si la tuviera, se lo diría. Pero no la tiene.
Mrs. Spicer se volvió hacia el fogón.
—En tal caso, puedo eximirte de tu promesa. ¿Estás segura de que todo irá bien?
—¡Oh sí! Completamente segura —afirmó Katherine—. Dentro de un rato vendré a ayudarla a servir la cena. Seguiré ayudándola mientras pueda.
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Incluso cuando nos hayamos casado.
—Buena chica —dijo Mrs. Spicer, y volvió a su trabajo.
Escuchó los pasos de la pareja mientras cruzaban la tienda, y de repente se irguió, interrumpiendo su tarea. Había lágrimas en sus ojos, y pensó: A veces ocurre. A veces termina bien. Miró a través de la cocina y a través de la ventana, y durante unos instantes permaneció completamente inmóvil, con el pensamiento muy lejos en la distancia y en el tiempo. Luego sacudió la cabeza para aclarar sus ojos y volvió a inclinarse sobre el fogón.
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LLORA EN SILENCIO
A las cuatro de la mañana, cuando John Mercy se levantó para ir en busca de los bueyes y uncirlos, la oscuridad era absoluta. Las deslizantes
nubes de una tormenta meridional estaban chocando violentamente contra las colinas y soltando una copiosa lluvia que se filtraba a través de las paredes de la cabaña, humedeciéndolo todo. El día no sería más que un lúgubre crepúsculo, como ayer, como tantos otros días que Mrs. Mercy se cuidaba de recordar.
Mercy entró a desayunar, y el calor de la habitación devolvió el color a sus mejillas. Bendijo brevemente la mesa y miró a su alrededor, a su esposa Martha, a Caroline con su camisón de franela, al joven Tom, medio adormilado aún.
—El diablo está gritando en el alero, pero no puede entrar. —El duro trabajo de un primer otoño en Oregón, el levantar la cabaña y labrar el suelo, le habían quitado veinte libras de peso, pero estaba alegre, con los ojos tan azules como terciopelo antiguo—. Dejaré que Tom ordeñe la vaca y traiga agua. Eso me ahorrará una hora. Me esperan sesenta millas de ida y otras tantas de vuelta, con el Yamhill y el Tualatin para cruzar. Estarán crecidos.
—No puedes cruzar el Willamette ni el Columbia —dijo Mrs. Mercy—. ¿Qué harás?
—En la desembocadura del Willamette encontraré algún indio que me lleve en canoa hasta el fuerte.
—Y dejarás el carromato y los animales, para que te los roben.
—No puedo entretenerme a pensar en ello —dijo John Mercy—. Dentro de ocho días tengo que estar de regreso.
—¿Cómo se te ha podido ocurrir que una de esas pequeñas canoas te transportará a ti, a dos piedras de molino y un barril de harina? Te hundirás. ¿Y qué haremos nosotros, solos aquí, a dos mil millas de casa?
—Tampoco me he entretenido en pensar en eso. —Se puso en pie y se abotonó lentamente el impermeable, mientras contemplaba a su esposa—.
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¿Lo tienes todo en orden?
—Preocúpate de ti mismo.
—Pueden ser nueve días en vez de ocho —dijo John Mercy.
—Si ves a alguno de los que hicieron el viaje con nosotros —aunque eso sería como encontrar una aguja en un pajar—, salúdales y diles que estamos bien.
—¿De veras lo estamos? —inquirió Mercy con una sonrisa.
—Tú diles eso —replicó su esposa.
Mercy se acercó a sus hijos y besó la cabecita de Caroline. Luego palmeó el hombro del joven Tom.
—Cumple con tus obligaciones sin que tengan que recordártelas, y no causes preocupaciones a tu madre. Ahora eres el hombre de la casa.
Cogió el saquito de provisiones y se dirigió hacia la puerta, pero antes de cruzarla se volvió a mirar a su esposa.
Ella se dio cuenta y repentinamente pareció estar muy ocupada junto al hogar, ignorando a su marido. Dijo:
—Bueno, será mejor que te des prisa. —Y entonces se dio cuenta del barro que Mercy había dejado en el suelo con sus botas—. ¡Tanta suciedad va a acabar conmigo! —exclamó.
Mercy la miró sin decir nada y desapareció en la oscuridad.
El viento lanzó contra su rostro la pegajosa lluvia. Tiró el saquito de provisiones al interior del carromato y se acercó a los bueyes para ponerlos en movimiento.
—¡Hop! ¡Dandy, Babe! ¡Hop!
Los animales tiraron del carromato a través del prado, en dirección a un valle negro como boca de lobo.
Fort Vancouver, hacia el cual se dirigía en busca de piedras de molino y harina, se encontraba sesenta millas al norte a través de una región habitada por un centenar escaso de personas blancas; corría el mes de diciembre, y el año 1842 se despedía con lluvia y viento. Mercy inclinó la cabeza y avanzó sobre el reblandecido suelo…
Cuando su marido se hubo marchado, Martha Mercy abrió la puerta y se asomó al exterior, pero no vio nada. Oyó el rugido del viento entre las altas copas de los abetos, y aquel sonido le hizo fruncir la boca con desagrado; cerró la puerta y se acercó de nuevo al hogar, una mujer todavía joven con un rostro raramente iluminado por una sonrisa, de manos inquietas y modales preocupados.
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—Tom —dijo—, la vaca puede arrancar aquel barrote suelto de la cerca.
Coge un trozo de cuerda y átalo.
El viento soplaba interminablemente contra las paredes de la cabaña, y Martha Mercy notó el brillo del agua que se deslizaba a través de las junturas de los troncos. Miró a su alrededor con el ceño fruncido las camas, la mesa y las sillas ocupándolo casi todo, las cajas apiladas sobre cajas, los atestados estantes, las ropas colgando por todas partes… Vio el barro cerca de la puerta y aquello fue la cerilla que encendió la mecha de su enojo. Cogió la escoba y barrió vigorosamente la habitación, debajo de las camas y debajo de los pies de los niños, que continuaban en la mesa.
Caroline dijo:
—Quiero vestirme.
—Enciende el farol, Tom. Ponte el chaquetón.
Descolgó el caldero de agua hirviente y escaldó el cubo de la leche. Arrebujado contra el temporal, el joven Tom salió de la cabaña, y en cuanto se hubo marchado Caroline se quitó el camisón y se vistió.
Martha Mercy pasó media hora peinando a su hija, dividiendo sus cabellos en dos partes exactamente iguales, trenzándolas y atando las trenzas. En aquellos momentos estaba contenta. Caroline era muy bonita. —Ahora ayudarás a mamá a fregar los platos —dijo Martha.
Se dirigió al cobertizo contiguo a la cabaña en busca de las cacerolas que contenían la leche del día anterior, separó la nata y echó el resto en un cubo, para los cerdos; escaldó las cacerolas y las llenó con la leche recién ordeñada por el joven Tom, el cual se marchó lentamente a dar la comida a los cerdos. Martha pensó: Está cansado por algún motivo, y empezó a preocuparse por él; Tom no había tenido nunca la burbujeante vitalidad de Caroline.
Se puso el impermeable y ató una bufanda alrededor de su cabeza. Fue al cobertizo en busca de una brazada de leña y la llevó al hogar construido al aire libre. Luego sacó un cubo de brasas de la cabaña y encendió el fuego; las variables corrientes de aire proyectaban el humo contra su rostro. Cuando el fuego estuvo encendido colgó una gran olla de hierro sobre la llama, cogió un cubo y se dirigió a la parte trasera de la cabaña.
Allí había un barril colocado sobre un trípode. El barril estaba lleno de ceniza, la lluvia pasaba a través de la ceniza, y el agua, convertida en lejía, caía en un barreño; Martha Mercy hizo tres viajes desde el barreño a la olla con la lejía, y luego entró en la cabaña a buscar un huevo para probar la
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densidad del líquido. El huevo flotó. A continuación echó en la olla la grasa de un oso que Mercy había matado.
Añadió más leña al fuego y entró en la cabaña, con la parte inferior del vestido y los zapatos empapados. Caroline había fregado los platos y estaba en pie delante del fuego, con expresión soñadora.
—Coge tu libro y aprende las letras —dijo Mrs. Mercy.
—Prefiero hacer jabón.
—Ya lo harás algún día —dijo Mrs. Mercy—, y entonces desearás no tener que hacerlo.
Se puso un par de botas de su marido, en las cuales se perdían completamente sus pies, y volvió junto a la olla para descubrir que la lluvia casi había apagado el fuego. Fue al cobertizo en busca de más leña seca. Tom la contemplaba. Mrs. Mercy dijo:
—Lleva el cuajo de la leche a las gallinas. Cuéntalas y mira si están todas… y recoge los huevos.
Alimentó el fuego con leña seca, y el acre humo la hizo llorar. La mañana fue avanzando. El campo labrado, más allá de la colina —donde habían sembrado el trigo de invierno—, estaba negro como el carbón, empapado por las lluvias de todo un mes. El joven Tom regresó del cobertizo de las gallinas y anunció:
—Había seis huevos y las gallinas están todas.
Estaba muy serio y tenía los hombros hundidos.
Tratando de imitar a su padre, pensó Martha Mercy, pero le miró con más atención, sin sentirse completamente tranquila; aquél era el aspecto del muchacho cuando iba a caer bajo los efectos de un resfriado. Dijo:
—Coge el hacha y tráeme un poco de corteza de cedro, así de larga. — Extendió luego los brazos para indicar la longitud—. Date prisa.
—Matarás los árboles.
—Tenemos muchos árboles para matar —dijo Mrs. Mercy.
A mediodía el jabón estaba medio espeso en la olla, el joven Tom había llevado un montón de corteza de cedro al cobertizo de la parte trasera de la cabaña y madre e hijos estaban empapados. Mrs. Mercy preparó la comida a base de unas sobras frías y unos huevos fritos, para regresar inmediatamente a su aburrida tarea junto al fuego. A las cuatro de la tarde el jabón era una gelatina clara y limpia del color de la cola de pescado; lo oyó guachapear mientras hervía y apartó la olla del fuego, vertiendo el jabón en la tina de
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madera. Llevó la tina al cobertizo y limpió la olla, mientras una noche prematura descendía sobre la cabaña.
—Es hora de ordeñar, Tom.
Después de cenar, aumentó la fuerza del viento y la lluvia se hizo más intensa. Mrs. Mercy dejó a Tom entregado a su aritmética, cogió el farol y fue a echar una mirada a las gallinas; luego se dirigió al corral para asegurarse de que Tom había atado bien el barrote de la cerca. Aquí, conseguir algo resultaba muy difícil; perder algo era una tragedia.
A continuación se dirigió al cobertizo que les servía de almacén, proyectando la luz del farol a lo largo de los estantes, sobre las cazuelas de sal, las patatas, las coles, las manzanas y las calabazas que les habían regalado sus vecinos más próximos, los Teal, que vivían a cuatro millas de distancia. Contempló pensativamente el escaso tocino que quedaba y el barreño de carne de cerdo en salazón, medio vacío; pasarían seis meses antes de que la huerta empezara a producir o pudieran matar un cerdo, una fea perspectiva con cuatro bocas que alimentar. Cuando entró en la cabaña vio que el joven Tom estaba temblando y supo que iba a caer enfermo.
—Vete a la cama.
Permaneció delante del fuego después de que los dos niños se hubieron acostado, pensando en Mercy, acampado en algún goteante bosquecillo a quince millas de distancia; pero estaría dentro del carromato y no tendría frío. Se apartó del fuego, posó la mano sobre la mejilla del joven Tom, notando que aún no tenía fiebre, y apagó la lámpara.
—Vuélvete de espaldas —le dijo al niño, y se acostó.
La claridad de las llamas bailó su dorada zarabanda en las paredes. Tendida en la cama, con los ojos abiertos, Martha Mercy pensaba que ella y su esposo eran todavía jóvenes, aunque el duro trabajo no tardaría en envejecerles, y todo porque Indiana había quedado pequeña para las ambiciones de Mercy y deseaba poseer una milla de terreno en Oregón y su propio molino. La incesante lluvia resultaba muy difícil de soportar, ya que le recordaba continuamente su pueblo natal, donde ahora la nieve formaría una crujiente capa en el suelo y el aire maravillosamente frío sacudiría las pardas hojas de las encinas. Martha Mercy vio el pequeño pueblo con sus casas espaciadas en sus manzanas, y en sus oídos resonó el dulce tañido de la campana de la iglesia. Anduvo de nuevo por sus calles, pasó por delante de las casas de los Pennover, de los Gregg y de los Jackson, y entró en la tienda de Burglon, cuyas estanterías le habían parecido tan vulgares y ahora, en el recuerdo, significaban la abundancia. Bob Burglon, que había heredado el
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negocio de su padre, la esperaba allí… Martha Mercy se removió en la cama y apartó a Burglon de su mente con cierto esfuerzo.
Por encima del fragor de la tormenta oyó un leve sonido semejante al desgarrarse de una tela. El sonido aumentó en intensidad y Martha Mercy se incorporó en la cama, aterrorizada, y noto que la cabaña retemblaba mientras el árbol caía muy cerca, a juzgar por el ruido.
Caroline se sobresaltó y el joven Tom se despertó y empezó a toser. Martha Mercy escuchó los apresurados latidos de su corazón; el viento aullaba a través de la oscuridad, y la oscuridad era más pesada que el plomo. En aquel momento, sin poderlo evitar, Martha pensó en Ellen Mercy, que nació muerta y reposaba en una pequeña loma de la colina, más allá del prado.
El cuarto día, Martha Mercy se levantó temprano para hacer caldo con un trozo de carne curada con sal, patatas y cebollas. Cuando el joven Tom se despertó trató de hacerle comer algo, pero lo dejó al ver que el niño no tenía apetito. La fiebre había agrietado sus labios, sus brazos estaban más delgados que nunca y se pasaba las horas sumido en una especie de modorra. Martha Mercy preparó el desayuno de Caroline, ordeñó la vaca y dio de comer a las gallinas. Hizo cuatro viajes al arroyo, a un centenar de metros de distancia, con dos cubos, para llenar el barril del cobertizo; cuando regresaba del último viaje, encontró a Caroline en el umbral de la cabaña, con los ojos redondos como platos.
—Allí hay un perro. Se ha metido detrás del establo.
Martha Mercy vertió el agua en el barril.
—Aquí no hay perros. La única persona que vive por estos alrededores es el trampero, y no tiene ningún perro. Los Teal viven al otro lado del río. No puede ser su perro.
El joven Tom estaba dormido y Mrs. Mercy no quería molestarle, pero su rostro estaba tan encarnado que lo tocó con sus manos.
—No hay ningún perro —repitió.
—Yo lo he visto, en el patio. Se ha metido detrás del establo —insistió Caroline.
Mrs. Mercy miró a su hija, estremecida por un escalofrío. La hizo entrar en la cabaña, cerró la puerta y cogió el rifle.
—Quédate aquí hasta que yo vuelva y no abras la puerta.
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Salió al patio y se detuvo a mirar a través de la grisácea claridad, hacia el prado, hacia las colinas. Dio la vuelta a la casa, temiendo doblar las esquinas, y se acercó al corral.
Entre la casa y el corral no se veía absolutamente nada, y más allá del corral los árboles proyectaban una densa sombra. La vaca se había metido debajo del cobertizo, para guarecerse de la lluvia. Martha Mercy exhaló un suspiro de alivio y se disponía a regresar a la cabaña cuando captó un leve movimiento en la oscuridad de los árboles, y un enorme lobo, de flancos hundidos, apareció silenciosamente en el claro, vio a Mrs. Mercy y se detuvo.
Estaba espantosamente delgado, y sus ojos verdes la miraban con una fijeza inhumana; el animal tenía un cerebro y estaba pensando si debía asustarse o atacarla. Martha Mercy se dio cuenta de ello en el paralizante momento de su inmovilidad. No se le ocurrió pensar que tenía un rifle en las manos. Dijo:
—¡Bicho asqueroso! ¡Fuera!
El sonido de su voz sobresaltó al lobo, que dio media vuelta y se deslizó como una sombra hacia el bosquecillo. Martha Mercy recordó entonces que empuñaba un rifle, pero el animal había desaparecido.
Echó a correr hacia el cobertizo, cogió una cuerda y la ató al ronzal de la vaca para conducirla hasta la puerta de la cabaña y atarla allí. Cuando abrió la puerta, Caroline estaba de pie detrás de ella, esperando.
—¿Dónde está el perro? ¿Por qué has traído la vaca aquí?
—Si era un perro, podía haber mordido a la vaca. Pero no lo he visto.
Dejó el rifle al lado de la puerta.
—No toques eso.
Se acercó al hogar y permaneció unos instantes completamente inmóvil, tratando de dominar el temblor de sus piernas. Tal vez el lobo no se aproximara tanto a la casa, pero tal vez estaba lo bastante hambriento como para atreverse; tenía que dejar la puerta abierta para vigilar la vaca.
Se volvió, oyendo que Tom se removía en la cama. Estaba despierto, pero la miró de un modo raro y Martha supo que la fiebre, todavía muy alta, le hacía desvariar. Tenía algo más que un simple resfriado y estaba en peligro. Martha apoyó la mano en el pecho del niño, y Tom volvió la cabeza y alzó hasta ella unos ojos llenos de temor.
—¿Voy a morirme?
—No digas tonterías. Sólo tienes un resfriado. Ya has pasado más de uno.
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Sostuvo su cabeza para que bebiera un sorbo de agua, le tapó bien y volvió a su trabajo. Le preparó un bocadillo a Caroline, escaldó la mantequera y trajo la leche del cobertizo; sentada en el umbral de la cabaña, con la mantequera entre las piernas y los ojos en el patio, agitó enérgicamente el batidor.
El repentino sonido de una voz en el prado la sobresaltó, y un momento después Mrs. Teal, con la falda chorreante por el paseo de cuatro millas a través de la húmeda hierba, apareció ante ella, acompañada por el mayor de sus hijos, que llevaba una cesta en cada brazo.
Mrs. Teal dijo:
—Eché de menos su visita del domingo, y estaba preocupada.
—Mercy ha ido a Fort Vancouver —explicó Mrs. Mercy, sintiéndose profundamente aliviada de su soledad; tan profundamente, que por un instante fue feliz. Pero no podía revelar su debilidad ante aquella mujer; acogió a Mrs. Teal con un rostro sereno, y se puso en pie para aceptar las cestas y manifestar su agradecimiento.
—Unas cuantas cosas de la huerta, simplemente —dijo Mrs. Teal—. En nuestro almacén llegan a pudrirse. A ustedes les ocurrirá lo mismo cuando su huerta empiece a producir. El primer año siempre es difícil… —Mrs. Teal vio al joven Tom en la cama y se acercó a mirarle. Habló en voz baja—: ¿Qué es lo que tiene?
—Un resfriado —dijo Mrs. Mercy.
—Si tuviéramos un poco de mostaza para ponerle una cataplasma… — dijo Mrs. Teal—. Aquí nunca hay nada. Me sentiré feliz cuando pueda ir a comprar a una tienda.
Miró otra vez al joven Tom, largamente y en silencio; Martha Mercy se dio cuenta de que estaba preocupada. Su hijo esperaba más allá del umbral.
Mrs. Mercy miró al joven Tom y a Caroline y le dijo a Mrs. Teal:
—Tal vez su hijo podría coger el rifle y echar una mirada detrás del corral. Hay un perro que ronda por estos alrededores. —Y añadió quedamente —: Caroline lo ha visto y dice que es un perro gris.
—¡Oh, querida! —murmuró Mrs. Teal—. En invierno, cuando están hambrientos, se vuelven muy atrevidos. Joe…
Pero Joe había cogido ya el rifle y se había marchado.
—¿Tiene usted un poco de aguarrás? Con un trapo empapado de agua le iría bien.
—No.
Mrs. Teal la miró fijamente y bajó la voz:
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—¿Espera usted otro niño? —Martha Mercy sacudió negativamente la cabeza y la otra mujer murmuró—: Bueno, entonces es debilidad. Supongo que se habrá pasado en vela la mayor parte de la noche. Le diré a Joe que se quede a dormir en el cobertizo, para que esté más tranquila. Y para que venga a buscarme si me necesitan.
—Será una molestia para él.
—¡Santo cielo! —exclamó Mrs. Teal—. ¿Para qué estamos los vecinos? Tenemos que ayudarnos unos a otros, especialmente aquí. Bueno, pronto se hará de noche y tengo que marcharme.
Dio una última mirada al joven Tom y salió al patio, llamando a su hijo. Joe Teal apareció por el bosquecillo, escuchó las palabras de su madre y volvió a perderse entre los árboles, tan flaco y tan insolente como el propio lobo.
Caroline Mercy estaba sentada delante de la mantequera, levantando y dejando caer el batidor rítmicamente. De cuando en cuando, Mrs. Mercy le echaba una ojeada al joven Tom. La fiebre estaba aumentando, sin haber alcanzado aún el punto crítico. Enrolló la mantequilla y la llevó al almacén de las provisiones, vertió el suero en una jarra y llenó un vaso para el joven Tom; cuando le incorporó para que bebiera notó que el cuerpo del niño estaba ardiendo. El joven Tom se bebió todo el vaso de suero y se dejó caer de espaldas en la cama, agotado. Mrs. Mercy le arropó cuidadosamente.
Al oscurecer se levantó un fuerte viento y empezó a llover. Martha Mercy preparó la cena para Caroline y para Joe Teal, el cual comió como si tuviera mucha prisa por regresar a su caza.
—Dormiré en el corral —dijo, y cogió una manta que le entregó Mrs.
Mercy y se llevó a la vaca.
Mrs. Mercy no comió nada: no tenía apetito. Lavó los platos, deshizo las trenzas de Caroline y la envió a la cama.
—La luz me da en los ojos —dijo Tom.
Mrs. Mercy apagó las velas y acercó una silla a la cama del joven Tom, sosteniendo su ardiente mano.
—Mañana te encontrarás mucho mejor —murmuró—. La fiebre se habrá comido a la infección, y luego desaparecerá, y comerás como un cerdito.
El joven Tom respiraba con grandes dificultades, y el esfuerzo le dejaba agotado; Martha Mercy se asustó ante la violencia de los latidos del corazón de su hijo contra su piel.
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Se sintió invadida por una terrible desesperanza que provocó en ella amargas ideas y un momentáneo sentimiento de odio hacia John Mercy. Era un hombre ambicioso que no había podido resignarse a la idea de vivir modestamente en Indiana…, creyendo que una milla de terreno, un molino y algún día una tienda aquí, en Oregón, les harían felices y significarían un futuro mejor para sus hijos. Pero, ¿qué beneficio había ahora en todo aquello para el joven Tom, consumido por la fiebre? Este no era un país saludable, sin heladas que mataran las cosas pútridas de la tierra y del aire cada año: sólo esta humedad que enfermaba a la gente y ablandaba sus huesos.
En sueños, el joven Tom gritó. Martha Mercy permaneció sentada en la habitación cada vez más fría, escuchando cómo la fiebre seguía su curso, sosteniendo la mano de su hijo y rogando silenciosamente por él. Temía soltar su mano, y temía moverse. En aquellos momentos, Mercy estaría de regreso a través de una región sin caminos ni puentes; pero Martha Mercy pensaba en él sin la menor ternura, agobiada por la sensación de que si el joven Tom se moría, su mente moriría con él.
Notó un intenso dolor en la nuca y se agarró a los bordes de la silla para no caer. Se había quedado adormilada unos instantes, y su mano había soltado la mano del joven Tom. Notó, presa de pánico, que su hijo estaba muy quieto. Se inclinó, acercando su cabeza al rostro del niño; le oyó respirar sosegadamente; y cuando tocó su cara, el ardor había desaparecido.
Estaba inmóvil; dormía con el sueño del agotamiento, y la fiebre había remitido. Martha Mercy le arropó y, quitándose únicamente los zapatos, se tendió en la cama al lado de Caroline y permaneció despierta, demasiado cansada para dormir…
El séptimo día cesó de llover; y los árboles alrededor de la casa rutilaban con las gotas de agua prendidas de sus hojas. En el corral colgaba una piel de lobo, cazado por Joe Teal, el cual se había marchado a su casa. El joven Tom estaba sentado en la cama, rodeado de almohadas, con los ojos hundidos en sus cuencas y el rostro muy pálido, demasiado agotado para quejarse por el prolongado reposo; pero tenía hambre y se encontraba mucho mejor.
Martha Mercy acarreó diez cubos de agua del Cobway y llenó la tina de lavar.
—No estás tan enfermo como para no poder estudiar un poco —le dijo a Tom—. Desperdiciar el tiempo es pecado, y no quiero que seas tan ignorante como aquel trampero. Caroline, dale la aritmética a tu hermano.
Joe Teal se presentó en la cabaña con una botella de vino de bayas enviada por su madre; había recorrido las cuatro millas como un gamo sin que
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se alterara el ritmo de su respiración; no quiso comer nada y desapareció silenciosamente.
Por la tarde, la ropa lavada colgaba de una cuerda tendida de un extremo a otro del patio. Martha Mercy tenía que preparar aún la cena y atender al joven Tom. Su estado de ánimo no era de los mejores cuando un hombre alto, delgado y patilludo, vestido con un traje negro tan viejo y tan usado que despedía un brillo verdoso, cruzó el patio a lomos de un caballo, desmontó ante la puerta de la cabaña y se presentó alegremente a sí mismo.
—Soy el reverendo White, y estoy recorriendo mi distrito —dijo—. La hermana Teal me ha dicho que estaban ustedes aquí. ¿Se encuentra mejor el muchacho? Supongo que ésta es Caroline… Bueno, veo que he venido en mal día. Los días de colada son de mucho ajetreo para las amas de casa.
A Martha Mercy le disgustaba la idea de hacerle pasar al interior de su desordenada cabaña. Pero era un clérigo y se mostró cortés con él, respetando por naturaleza su profesión. Le preparó apresuradamente algo de comer, sintiéndose deprimida por lo poco que podía ofrecerle. El reverendo White comió con excelente apetito, sin dejar de hablar en tono optimista.
—¿Regresará pronto su marido? Vancouver queda un poco lejos. La hermana Teal dijo que había ido en busca de piedras de molino. ¿Es molinero de oficio?
—Entiende un poco de molinos —dijo Mrs. Mercy.
—Ha escogido un buen lugar. Buena tierra y agua abundante. —Miró brevemente a Mrs. Mercy y volvió a inclinar la mirada sobre su plato—. Un poco de lluvia, desde luego. Pero el agua es una bendición del cielo: hace crecer las cosas. Recuerdo la dureza de los inviernos septentrionales.
—Yo echo mucho de menos el frío —dijo Mrs. Mercy.
—Es natural. Pero dentro de un año no encontrará a faltar el hogar ni los amigos. Los tendrá aquí.
—¿Cree que vendrán?
—A millares —dijo el reverendo White—. Si tiende usted el oído, hermana, podrá oír el rumor de sus pasos cada vez más cerca. ¿Han sembrado trigo de invierno en aquel campo?
—Sí.
—La lluvia que tanto la molesta hará que ese trigo produzca el ciento por uno. La lluvia es su pan y su mantequilla.
Miró la botella de vino que estaba sobre la mesa; Mistress Mercy se sintió avergonzada de que la viera, y se preguntó qué estaría pensando.
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—Ese es el vino de bayas de la hermana Teal —dijo el reverendo White
—. No hay mejor medicina para su hijo. —¿Puedo ofrecerle un poco, reverendo?
—No —dijo el reverendo White, como a regañadientes; e inmediatamente
añadió, en tono más firme—: No. Le aprovechará más al niño. —Se puso en pie—. Bueno, tengo que darme prisa. La próxima familia se encuentra a veinte millas, y llegaría demasiado tarde.
Posó una mano sobre la cabeza del joven Tom, sobre la cabeza de Caroline, una mano ennegrecida por las riendas del caballo.
Era un clérigo, pero carecía de aquella distinción que, en Indiana, convierte a los clérigos en una clase superior; era un hombre antes que un clérigo, y tenía más aspecto de agricultor que de otra cosa. Le dio las gracias a Mrs. Mercy por la comida, se alejó a lomos de su caballo y no tardó en perderse de vista. Mrs. Mercy quedó decepcionada porque no le había dirigido ninguna pregunta acerca de su condición espiritual ni se había arrodillado a rezar con ellos.
Hubiera quedado sorprendida de haber visto al reverendo White en aquel momento. A cierta distancia de la cabaña, desmontó y se arrodilló junto a un árbol. Mrs. Teal le había contado la historia de Martha Mercy y, por su expresión, había comprendido cuán profunda era su infelicidad. Rezó por ella en voz alta, citando todas las preocupaciones que la embargaban y todas las excelencias que había visto dentro de ella. Abogó ante Dios por ella como podría haberlo hecho un abogado; y pidió para ella un poco de indulgencia y mucha ayuda. Luego se puso en pie, se frotó las húmedas rodillas y continuó cabalgando hacia una cabaña situada a veinte millas de distancia…
Martha Mercy ordeñó la vaca, dio de comer a los cerdos, recogió los huevos y encerró a las gallinas después de haberlas contado. Cuando Caroline se hubo acostado, cogió el cesto de la costura, acercó la mecedora al hogar — todo el largo día esperando este momento de relajación— y se sentó. Por un instante, lo rojizo de sus manos llamó su atención y las dejó reposar sobre su regazo, observando los arañazos que las cubrían. Recordó que las manos de su abuela habían sido así, pero no las de su madre, ya que su abuela había trabajado rudamente, como ella, en tanto que su madre, casada con un tendero del pueblo, había gozado de una vida más tranquila.
Ella podía haberse casado también con un tendero, y sus días hubieran transcurrido tan agradablemente como los de su madre. Durante todo el día la
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habrían rodeado las voces del pueblo, sin dejar lugar a ninguna sensación de soledad, y hubiera paseado, hubiera bailado, hubiera ido a la iglesia… Nunca se había permitido pensar demasiado en Bob Burglon: aquello era una especie de infidelidad; pero ahora dejó que acudiera a su mente el dulce recuerdo de su cortejo.
Resultaba difícil, a veces, saber lo que colocaba a un hombre por encima de otro y por qué John Mercy, llegado de un modo tan brusco a su vida, había conseguido que Bob Burglon perdiera todo su atractivo. Aunque entonces la cosa había estado muy clara para ella. Había mirado de cerca a Bob Burglon, había mirado de cerca a su marido…
Martha Mercy sacudió bruscamente la cabeza y apartó aquellos pensamientos de su cerebro.
A la mañana siguiente se levantó muy temprano, y al romper el día había terminado ya con las tareas más apremiantes. A continuación fue en busca de los trozos de corteza de cedro que el joven Tom había cortado, y empezó a golpearlos para soltar la fibra, quedando al fin con un montón de ella y una gran cantidad de pelusa a su alrededor. Fue en busca del telar y utilizó la fibra de cedro como urdimbre para tejer una esterilla; al mediodía no la había terminado aún, y cuando el joven Tom dijo que tenía hambre, Martha Mercy le dijo a Caroline:
—Métele algo a tu hermano en el estómago.
A las dos había terminado la esterilla y la colocó en el suelo, delante del umbral de la puerta. La contempló unos instantes, pensando: «Bueno, no está del todo mal», y vio cómo podía hacerlo mejor la próxima vez.
Ahora tenía prisa; le esperaba mucho trabajo. En primer lugar fue al cobertizo de las provisiones en busca de un cuarto de venado y lo colocó en la cacerola grande. Luego hizo un pastel, y a su debido tiempo añadió patatas, cebollas y chirivías al venado que se estaba cociendo. El crepúsculo la sorprendió moviéndose rápidamente de una tarea a otra.
Cambió las sábanas de la cama de Tom y le lavó la cara al niño; peinó a Caroline y se sintió momentáneamente feliz con la donosura de su hija; y finalmente se peinó ella y se puso un delantal limpio. Por entonces había oscurecido del todo; asomada al umbral, Martha Mercy tendió el oído a la noche esperando oír el sonido del carromato de Mercy. Empezó a preocuparse, a ver los ríos que su marido tenía que cruzar, las bandas de indios que merodeaban por la región…
El joven Tom dijo:
—Ya es muy tarde y todavía no hemos cenado.
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—Puedes esperar un poco más —dijo Martha Mercy; y en aquel preciso instante oyó la llamada de Mercy, más allá del prado—. No tendrás que esperar mucho —añadió. Miró a sus dos hijos—: No le hablaremos a vuestro padre de las dificultades que hemos tenido, ¿entendido? Siempre hay dificultades, y cada uno tiene que soportar las suyas. Vuestro padre las ha tenido, y las ha soportado, y nosotros hemos soportado las nuestras.
John Mercy detuvo el carromato al lado de la cabaña, viendo a su esposa y a su hija enmarcadas en el iluminado umbral. Dijo:
—Este es un agradable espectáculo. ¿Todo ha ido bien?
Mrs. Mercy dijo:
—Hemos salido adelante.
—Dije que tardaría ocho días… y han sido ocho días.
Desunció los bueyes, los llevó al corral y regresó lentamente, andando con el desmadejamiento producido por la fatiga. Cogió algo del carromato y le dijo a Caroline, que continuaba en el umbral:
—Hola, gorrión.
Entonces vio al joven Tom en la cama.
—¿Qué le pasa al niño?
—Ha estado muy resfriado —dijo Mrs. Mercy—, pero ahora ya se encuentra bien. Cenaremos cuando te hayas lavado.
Miró a su marido, sabiendo que no había escatimado ningún esfuerzo para regresar a tiempo; Mercy sorprendió aquella mirada, y sus ojos brillaron alegremente, y dijo:
—Bueno, entonces, ¿no me habéis echado de menos?
—No seas tonto, Mercy. ¿Quieres que te regalen los oídos?
Le contempló mientras deshacía el paquete que llevaba y sacaba de él un trozo de transparente azúcar cande, y una sarta de abalorios de la Bahía de Hudson.
—Azúcar cande, de Londres, para los niños. Abalorios para ti.
Martha Mercy los miró, sin tocarlos, y evitó encontrarse con los ojos de su marido. Habló en tono brusco, casi impaciente.
—Espero que no habrás malgastado el dinero por mí. Ya sabes que no me gusta llevar chucherías. Serán para Caroline.
Y empezó a poner la mesa.
Mercy se sentó pesadamente en la mecedora y se quitó las botas para ponerse las zapatillas. Se lavó, se peinó y ocupó su lugar en la mesa. Cuando su familia se hubo sentado, les miró, uno a uno, e inclinó la cabeza.
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—Por el alimento, por el feliz regreso y por la salud de esta familia, te damos gracias, Señor. Amén.
Alzó la cabeza y miró a su esposa. —Entonces, ¿no ha habido ninguna dificultad? —Nada que merezca la pena —dijo Martha Mercy.
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LOS COLONOS DEL DULLKNIFE CREEK
T OM Baker y su hijo Elzie descendieron de las altas colinas hasta la cima de un otero más bajo, dejaron los caballos y se detuvieron junto a un
enorme pino. Elzie se apoyó en el pino, sosteniendo el Krag. Para un muchacho de doce años era un rifle muy voluminoso, pero el peso no parecía importarle; nada le importaba en aquel momento, puesto que en su corazón anidaba la esperanza de cazar su primer venado. El sol estaba muy bajo y la luz había cambiado, llenando el barranco que se abría a los pies del muchacho de polvorientas sombras gris perla; por aquel mismo barranco discurría un sendero que los venados utilizaban para ir y venir de las colinas.
—En realidad —dijo Tom Baker, con una voz muy suave para un hombre tan robusto—, hay un macho que está saliendo de la maleza ahora mismo. ¿Lo ves, Elzie?
Elzie alzó el rifle a lo largo de la corteza del pino y lo inmovilizó. Retorció lentamente sus talones en el polvo; estaba asegurándose contra el retroceso del Krag, ya que había practicado con aquella arma lo suficiente como para conocer los efectos del culatazo contra su hombro.
—Pero yo creo que esperaría —dijo Tom Baker, con el mismo amable murmullo— hasta que haya descendido un poco más por el cañón. No nos ha visto y no puede olfatearnos, y seguirá bajando y se detendrá para echar una mirada a su alrededor. Así es como avanzan. Se detienen, miran, echan a andar… y vuelven a detenerse. Lo mismo que cuando están bebiendo: un sorbo y una mirada, un sorbo y una mirada. Apunta inmediatamente detrás de las paletillas…
Miraba a Elzie, no al venado. La mejilla de Elzie estaba aplastada contra la culata del rifle, y todo su rostro tenía una expresión solemne, como si estuviera a punto de producirse algo trascendental. Un hombre tiene que recordar lo que siente un muchacho a los doce años, al disparar contra su primer venado o al hacer cualquier cosa por primera vez. Un hombre necesita recordar que ha sido joven, porque es algo que se olvida con facilidad.
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Elzie apretó el gatillo. El estampido del disparo fue una seca explosión que voló a través de las colinas para morir a lo lejos. El venado dio un saltó y cayó, y no volvió a moverse. Elzie hizo funcionar el cerrojo del Krag, pero mantuvo el rifle medio inclinado, contemplando fijamente la parda mancha del venado, allá abajo; su delgado rostro tenía una expresión pensativa, y sus negros ojos ardían como brasas.
—Espera —dijo Tom Baker, y se dirigió al lugar donde estaban los caballos en busca de una cuerda.
Aquella primera pieza cobrada era una sensación muy intensa para un muchacho; algo que penetraba hasta las mismas raíces de su ser. Nadie lo hubiera dicho al contemplar el menudo y afilado rostro de Elzie en aquel preciso instante, pero ésa es una de las características de los jóvenes: mantener ocultas las sensaciones más intensas. Manifiestan siempre las pequeñas sensaciones, pero ocultan las grandes.
Tom Baker regresó con la cuerda, y padre e hijo descendieron la ladera, juntos. Elzie dio la vuelta al venado.
—Por la cabeza no, hijo. No te pongas delante de esos cuernos hasta que sepamos que está muerto.
Tocó al caído animal con el pie hasta convencerse de que no se movería más; y cercenó su garganta inmediatamente. Esperó para comprobar si Elzie recordaba lo que le habían enseñado, y cuando vio que el muchacho le echaba el seguro al Krag antes de soltarlo, se sintió complacido. El adiestramiento requiere un montón de tiempo, pero cuando se observan los resultados conseguidos, se experimenta una especie de sensación de agradecimiento.
Tom Baker dijo:
—Un tiro excelente. Te has portado muy bien. Y aquí tenemos venado para todo el invierno, tan bueno como el que ahora está en la jarra.
Los elogios afectaban siempre a Elzie. Inclinó la mirada al suelo y murmuró:
—He hecho lo que tú me dijiste. No he desperdiciado un tiro, ¿verdad? —No, señor, no lo has desperdiciado —dijo Tom Baker.
Abrió el venado, limpiándolo. Cortó una rama del pino más próximo y la partió en dos cortas estacas, aguzando sus extremos y colocándolas en los tendones del venado, de modo que quedara abierto. Pasó un extremo de la cuerda por la rama más alta del pino, ató el otro extremo a una de las estacas y levantó el venado del suelo, atando el extremo libre de la cuerda a otro pino.
—Hay que levantarlo a una altura que los coyotes no puedan alcanzar. Esta noche se enfriará. Algunos hombres —añadió— cuelgan su carne por el
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otro extremo. Yo prefiero colgarla por éste; parece que se seca mejor. Explicaba aquellas cosas de un modo paciente y deliberado, a fin de que
se grabaran profundamente. Tom Baker sentía el profundo respeto del hombre humilde hacia la utilidad y el poder del conocimiento. No poseía ningún libro de enseñanza que pudiera darle a su hijo; lo único que sabía eran cosas prácticas, las lecciones que había aprendido con el uso de sus manos, y quería que Elzie las aprendiera también; porque era lo único que él podía dar, porque el saberlas podría ahorrarle a Elzie alguna de sus propias dificultades.
El sol estaba cada vez más bajo y no tardaría en oscurecer. Tom Baker se entretuvo unos instantes liando un cigarrillo, a fin de que Elzie pudiera saborear un poco más el placer de mirar a su venado. Luego treparon hasta la cima del otero, montaron en sus caballos y emprendieron el camino de regreso.
Ahora que todo había terminado, Elzie se desheló y se mostró locuaz.
Dijo:
—Era un buen ejemplar, ¿verdad? ¿Cuánto debe pesar?
—En limpio, unas doscientas cincuenta libras.
—Tienes muy buena vista, papá. Yo no lo vi hasta que tú me lo dijiste. Entonces recordé lo que tenía que hacer. Recordé lo que me habías dicho. Lo del gatillo, y lo de que mantuviera los ojos abiertos y me tomara el tiempo necesario antes de apretar el gatillo, y todo eso. Siempre me preguntaba cómo iba a ver el punto al cual tenía que apuntar. Ahora ya lo sé. El año próximo sabré limpiarlo también.
—Desde luego —dijo Baker—. Lo que cuenta es el saber, Elzie. Lees una cosa y la estás viendo. Pero hasta que no la haces no la conoces realmente.
El desierto de salvia se abría debajo y más allá de ellos, envuelto en la opalina bruma del crepúsculo. Aquí y allá brillaban las luces de las dispersas casas de los colonos, y treinta millas al oeste se erguía la negra mole del Rim como una sólida sombra. Descendiendo de las colinas, padre e hijo vadearon el Dullknife, cruzaron el camino y llegaron al patio y a la casa. Lissie y el pequeño Bill estaban armando un gran alboroto dentro, pero Mrs. Baker les esperaba en la puerta.
—¿Ha habido suerte? —inquirió.
Baker vio la lucha en el rostro de Elzie: gritarlo inmediatamente o contener su entusiasmo. Se decidió por lo último, diciendo en un tono que quería ser indiferente:
—Hemos cazado uno.
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—Lo ha cazado Elzie —añadió suavemente Tom Baker—. Su primer venado. Un buen ejemplar.
—¡Estupendo, Elzie! —aplaudió la voz de Mrs. Baker, pero Elzie se había marchado, llevando su caballo al corral. Tom Baker le guiñó el ojo a su esposa.
Elzie mezcló la masa para los cerdos, mientras Baker ordeñaba, sus enormes manos proyectando rítmicamente los chorros de leche contra los lados del cubo. Luego vertió la leche en los cuencos de desnatar, en los cuales flotaría al día siguiente la espesa capa de crema amarilla; y se lavó en el pilón del porche trasero, soplando el agua a través de sus manos mientras se restregaba el rostro.
Elzie estaba dentro de la casa, hablando con Lissie, que tenía siete años, y con el pequeño Bill, el cual no entendía nada, porque sólo tenía dos años.
—Bueno, bajaba por el cañón, y, papá lo vio, y yo disparé. Un solo tiro. —Levantó la mano, con los dedos índice y pulgar extendidos, y dijo—: ¡Bang!
El pequeño Bill dijo:
—Bang.
—¡Ah! —dijo Elzie—. No eres más que un niño.
Tom Baker sonrió detrás de su toalla. Entró a la amarillenta luz de la cocina, a su cálido olor a comida, y se sentó a la mesa. Dijo:
—Tu turno, Elzie.
Inclinó ligeramente la cabeza, guiñándole el ojo a Lissie mientras Elzie bendecía la mesa.
Mrs. Baker dijo:
—Mañana será un buen día para preparar la carne. Procura traerla temprano, Tom.
Cuando terminaron de cenar, Tom Baker llenó un caldero de agua y lo puso al fuego; luego arrastró el barreño de hierro galvanizado hasta el centro de la habitación. Se instaló en una silla, con las piernas extendidas, y encendió una pipa, con una sensación de profundo contento. Le quedaban unos terrenos por labrar, tenía que traer unas cargas de leña de las colinas y vender unas cuantas comenas; pero cuando hubiera terminado con ello, el trabajo del año estaría casi hecho y podría mirar hacia adelante o hacia atrás sin sentir ninguna preocupación. Tenía provisiones y techo, y ninguna deuda, y todo el mundo gozaba de buena salud. Esas eran las cosas que contaban para un hombre. Por encima de todas las demás. El humo de su pipa flotó por la habitación en espesas anillas, y el caldero puesto al fuego empezó a
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humear. El pequeño Bill se arrastró hasta los pies de su padre. Lissie se encaramó a una silla para secar los platos, y Elzie estaba fuera, soñando a la luz de la luna, reviviendo todos los minutos de aquel día, creciendo con ello. Conviene recordar lo que se siente de muchacho.
Tom Baker instaló al pequeño Bill en la silla, vertió parte del agua caliente en el barreño y volvió a llenar el caldero; se subió las mangas, desvistió al pequeño Bill y se arrodilló, con la pipa en la comisura de la boca. El pequeño Bill tenía un vientre redondeado, era muy juguetón y tan resbaladizo como el trozo de jabón; cuando terminó de bañarle, abrochando su camisón, Tom Baker estaba mojado hasta los sobacos. Más tarde, vaciando el barreño y añadiendo agua limpia, le dio su baño a Lissie. Luego llamó a Elzie.
Elzie tomó su propio baño, concienzudamente. Tenía casi doce años, y estaba tan delgado como la mayoría de los muchachos a esa edad, la piel de su cuerpo muy blanca en contraste con lo atezado de sus brazos, piernas y cuello. Lissie estaba sentada, medio dormida, en el regazo de Baker, y el pequeño Bill, levantando los bordes de su camisón del mojado suelo, daba vueltas alrededor del barreño; apuntó a Elzie con su dedo índice y dijo:
—Bang…, bang.
Elzie dijo:
—Tendrías que enviar a estos niños a la cama. Ya empiezo a ser mayor para que me estén mirando.
La mirada de Baker se deslizó por encima de la cabeza de Elzie hasta su esposa, que contemplaba la escena al otro lado de la habitación.
—Creo que tienes razón, hijo.
Mientras subía la escalera con Lissie en brazos y el pequeño Bill a su espalda, Tom Baker pensaba en lo que acababa de decir su hijo. Realmente, los niños crecían y se hacían hombres con mucha rapidez. De modo que la época más propicia para que aprendieran las cosas necesarias y vieran los convenientes ejemplos era ésta: el corto espacio de tiempo de su infancia. Escuchó sus plegarias, abrió la ventana del desván y dejó la lámpara encendida a cuenta del pequeño Bill; su leve claridad convertía en misteriosas a todas las sombras del desván. Besó al pequeño Bill y a Lissie, oliendo en ellos el jabón y los lozanos y dulces olores debajo de la fragancia del jabón, que eran el perfume de la infancia; y pasó su mano por los negros cabellos de Elzie. Hacía un par de años que no había besado a Elzie, sabiendo que el muchacho era ya demasiado mayor para ello.
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—Bueno, si necesitamos un poco de carne fresca, tal vez salgamos en busca de otro venado a finales de mes.
Bajó la escalera, vació el barreño, volvió a llenar el caldero y fue a sentarse en el porche, encendiendo su pipa. Al cabo de un rato, su esposa se reunió con él.
La época calurosa del año había pasado; estaban en pleno veranillo de San Miguel, con la suave calma que precede a la llegada del invierno. Tom Baker notó cierta humedad en el aire: la humedad de las inminentes lluvias. Los grillos cantaban incansablemente, y las ranas habían empezado a entonar sus serenatas en los tranquilos remansos del Dullknife Creek. La luna estaba en cuarto creciente, y su luz plateaba el espeso polvo del camino de Prairie City. La noche olía a salvia, y a rastrojera, y a heno, y a hórreo, y a polvo, y a los dondiegos que crecían junto a la cerca. Tom Baker había vivido tanto tiempo con ellos, que podía localizar cada uno de los olores y separarlo de los demás. Una noche como ésta eliminaba todas las preocupaciones que un hombre pudiera tener; en la profunda calma, resultaba muy agradable oír el último murmullo de los niños.
Tom Baker posó la palma de su enorme mano sobre la rodilla de su esposa y se volvió lentamente a mirarla. La vida de una mujer en una comarca como ésta no tenía nada de fácil; pero Mrs. Baker se conservaba joven, conservaba su optimismo y su buen humor. Su pelo era muy negro, y después de doce años de matrimonio se mantenía casi tan esbelta como antes de casarse.
Baker golpeó la cazoleta de su pipa contra la suela de su bota, y entró en la casa para verter en el barreño el agua de su baño, y para volver a llenar el caldero para su esposa. El barreño era siempre un problema, dado el tamaño de Tom Baker. Se acurrucó en su interior, riéndose de sí mismo ante el espectáculo que ofrecía, coreando la fresca risa de Mrs. Baker; ésta se arrodilló a su lado, frotó su espalda, le echó perversamente agua en la cara y le dejó. Cuando hubo terminado, Tom Baker vació el barreño y volvió a llenarlo para su esposa; luego dio una vuelta a la casa, comprobando que todas las ventanas y puertas estuvieran cerradas, cogió el despertador, le dio cuerda y se acostó.
Tendido en la cama, pensando en lo que había sido aquel año, no vio nada que pudiera preocuparle. Cuando su esposa se metió en la cama, Tom Baker dijo:
—La próxima semana cargaremos la carreta y nos iremos a las colinas, de vacaciones.
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En cuanto amaneció, Tom Baker subió a las colinas y regresó con el venado; lo colgó de un garfio y lo despellejó, en presencia de Elzie.
Baker dijo:
—Extiende la piel y quítale la grasa.
Luego partió el venado por la mitad y empezó a trocearlo. Su esposa había limpiado ya las jarras con agua hirviendo y tenía la sartén al fuego. La carne, después de frita, iría a parar a las jarras, cubierta con su propia grasa. Lo último que hizo Baker fue cortar largas tiras de solomillo para ahumarlas. Encendió el fuego en la chimenea, dejó a Elzie a su cuidado y, envolviendo uno de los cuartos traseros del animal en un trozo de tela limpia, se marchó al pueblo.
Llegó a Prairie poco después del mediodía. Visitó a Pete Luz para hablarle acerca de la venta de sus cuatro vacas, compró unas cuantas cosas que su esposa le había encargado y una bolsa de caramelos para cada uno de los niños. Faltaba una semana para el rodeo anual, y alguien había colocado un par de banderas a través de la calle, dando cierto aire de fiesta a aquel pueblo tan poco atractivo. En el saloon había una multitud endomingada, colonos y jinetes de los equipos ganaderos. Baker conocía a la mayor parte de aquellos hombres, les saludó alegremente y bebió un par de vasos de whisky, comentando las últimas novedades. A media tarde sintió hambre y se encaminó al Shothorn. Alguien dijo:
—Hola, Tom.
Baker se detuvo a hablar con Ned Puryear, y entonces vio al hijo del banquero, Jimmy Ryan, cabalgando calle abajo sobre un buen caballo y una silla de montar nueva.
Jimmy Ryan tenía alrededor de doce años, como Elzie, y era un muchacho guapo, que se complacía en lucir el caballo y la silla.
Puryear dijo:
—¿De dónde has sacado esa silla, Jimmy?
—Es un regalo de cumpleaños —dijo Jimmy orgullosamente.
Baker se dio cuenta de que la silla acababa de salir de la tienda y era muy lujosa, con pequeñas incrustaciones de plata en el cuero labrado. Jimmy Ryan continuó su camino, y en aquel instante una sensación, rápida y fría y descorazonadora, se abrió paso a través de Tom Baker. Se olvidó del Shothorn, olvidó que tenía hambre. Se quedó en pie, contemplando al muchacho hasta que hubo desaparecido por otra calle; y girando sobre sus talones regresó al saloon en busca de sus paquetes y montó en su caballo.
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Imaginó su propio aspecto sobre la silla: un hombre alto y desgarbado, con la piel requemada por el sol y un ajado sombrero sobre el pelo, negro como la pez. Miró fijamente las bolsas de caramelos que había comprado y un visible cambio se operó en él. El licor le había relajado, pero al pensar en Jimmy Ryan, y en la silla, y en las tres bolsas de caramelos, el relajamiento desapareció. Cabalgó lentamente hacia su hogar.
Los niños se sintieron felices con los caramelos, pero ello no sirvió de consuelo a Baker. Su esposa tenía un lado de la mesa lleno de venado en conserva, y Baker dijo con la suavidad que nunca le abandonaba:
—Resulta muy agradable a la vista.
Pero en su voz había una especie de vacío, y su esposa se dio cuenta y miró a Tom Baker con una expresión intrigada en sus hermosos ojos negros. Baker relevó a Elzie, añadiendo leña al fuego. Luego salió de la casa y se detuvo en el patio, junto a la cerca, mirando a través de sus tierras; lió un cigarrillo y permaneció allí, con los hombros caídos, como un hombre invadido por la desesperanza.
El sol se hundió en el horizonte y llegó la hora de cenar. Tom Baker se sentó a la mesa, un hombre cambiado que no dijo nada mientras miraba a Elzie y a los otros dos niños; después de cenar encendió su pipa y salió al porche. No se instaló cómodamente, como de costumbre. Se sentó en uno de los peldaños, con los largos brazos apoyados en sus piernas, las manos caídas, mirando fijamente a través del humo del tabaco. Resultaba curioso lo que un día podía hacer con un hombre. Todo lo que la noche anterior, a la luz de la luna, le parecía tan agradable, había perdido ahora su atractivo. No era exactamente la silla; Elzie tenía una silla de montar bastante buena, a pesar de ser usada y sin adornos. Bueno, era lo que la silla significaba. Ryan tenía algo que darle a su hijo, Ryan enviaría al muchacho a la escuela y Jimmy aprendería cosas que le permitirían desenvolverse en la villa con éxito, como su padre. Todo dependía del conocimiento; un hombre sin conocimientos no era nada en el mundo, tal como el mundo estaba montado ahora.
Oyó a los niños que subían a acostarse, pero no se movió. Su esposa terminó con los platos y salió a sentarse a su lado, esperando a través de su silencio; era una mujer comprensiva, pensó Baker, con una sensación de agradecimiento. Sabía que estaba preocupado, pero esperaba a que él hablara de sus preocupaciones.
Cuando un hombre se siente satisfecho tiene los ojos cerrados a muchas cosas; pero los apuros o las tribulaciones se los abren de par en par. Tom Baker recordaba ahora su infancia, y la cabaña de troncos de dos
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habitaciones, en Montana, que había albergado a sus padres y a cinco hijos, y a un abuelo que dormía en el establo. Tenían un pequeño rebaño y no pasaban hambre; pero cuando los hijos crecieron, su hermano mayor, Pete, se hizo cargo del rancho, y los demás se desperdigaron, puesto que el rancho era demasiado pequeño para mantenerlos a todos. Desde entonces, Tom Baker no había vuelto a saber nada de sus hermanos. La vida era así.
Lo mismo ocurriría aquí. Esta pequeña hacienda daba para ir viviendo… y nada más. Pasarían los años, sus hijos crecerían, y tendrían que desperdigarse, sin saber lo suficiente para ser algo mejor de lo que Tom Baker y su padre habían sido. Y nunca volvería a saber de ellos.
Finalmente, Tom Baker habló.
—Bueno, se trata de una silla de montar que Ryan le ha regalado a su hijo, Jimmy. No importa la silla. Es Ryan, que está detrás de Jimmy, que puede darle algo y enviarle a la escuela. Si hubieras visto a Jimmy sobre aquella silla… Parecía que el mundo era suyo. Sabe que está en el buen camino, que va a alguna parte. ¿Qué es lo que yo puedo darle a Elzie, o al pequeño Bill? ¿Qué le espera a Lissie? No, tengo que encontrar algún medio para ganar dinero. No voy a quedarme sentado aquí todo el invierno. —Y repentinamente añadió, en el tono de un hombre que ha llegado a una decisión —: Mañana por la mañana me marcharé a esas obras del ferrocarril. Allí siempre hacen falta hombres.
Salió al amanecer, y aquella misma tarde se presentaba en las oficinas de la compañía constructora, después de haber recorrido treinta millas. Le admitieron como peón con el sueldo de tres dólares diarios. Estaban allanando el terreno delante del Rim, para tender la vía que llevaría el ferrocarril hasta Prairie City. Pagaba sesenta centavos diarios por la comida y el alojamiento en un barracón en el que había una pequeña estufa, tres literas dobles, una mesa y un par de sillas; el barracón olía a tabaco, a whisky y a sudor. Estaba ocupado por dos irlandeses, un lituano, un mejicano y un muchacho peligroso que se llamaba a sí mismo Calumet Red.
Los obreros, en número de trescientos, iban y venían continuamente. El segundo día, uno de los capataces se acercó a Tom Baker.
—Creo que es usted ranchero. ¿Ha manejado caballos?
—Desde luego.
—De acuerdo, conducirá usted una de las carretas. Ganará cinco dólares y medio al día.
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Los conductores de las carretas acarreaban los materiales y el agua. El trabajo era más descansado y proporcionaba unos ingresos superiores. Esto era el fruto del conocimiento. Si un hombre sabía hacer algo, destacaba de la multitud; prosperaba. Tom Baker sabía manejar caballos. No era gran cosa…, pero servía para demostrar el valor del conocimiento. Tenía que contárselo a Elzie, para que Elzie se diera cuenta de lo que significaba saber algo. De cuando en cuando, mientras conducía su carreta a través de la explanada, contemplaba a Mr. Cochran, el superintendente, un hombre robusto y bajito, que lo observaba todo y lo veía todo. Esto era lo que tenía que contarle a Elzie. Incluso un hombre humilde, con un modesto conocimiento, obtenía su recompensa; pero si uno aprendía más, como Mr. Cochran, se elevaba por encima de trescientos hombres, o de un millar, o de más. Todo dependía de la amplitud de sus conocimientos.
Pero aquella primera semana se le hizo muy dura. Echaba de menos a su esposa, y echaba de menos a los niños; y le preocupaba un poco no tener a Elzie cerca de él…, sólo para decirle unas palabras de cuando en cuando, a fin de que Elzie pudiera captar algo que de otro modo se le escaparía. Acerca del crecimiento, acerca de lo que estaba bien y de lo que estaba mal, acerca de lo que era justo y de lo que era injusto… La breve época de la infancia era el único tiempo de que se disponía para encauzar a los hijos por el buen camino. Resultaba muy duro estar aquí y darse cuenta de que aquel tiempo iba deslizándose. Por la noche, Tom Baker se sentaba en una de las sillas del barracón, o se tendía en su litera, fumando su pipa, con todos los músculos doloridos, escuchando a los hombres que le rodeaban; y observando a Calumet Red. El muchacho era un fanfarrón y un insolente. Sus cabellos rubios crecían como una lanuda mata en su nuca, tenía unos hombros anchos y musculosos y una mancha rojiza en el blanco de los ojos. Había conseguido acobardar a los otros hombres, incluso al lituano, que era un gigante. Calumet Red tenía poco más de veinte años, y en un par de ocasiones Tom Baker vio que clavaba sus pálidos ojos en él; como si le estuviera sopesando mentalmente, preguntándose si podría atemorizarle, como a los otros.
El sábado al mediodía, al terminar el trabajo, se encaminó rápidamente hacia su hogar. Cuando llegó a la última curva del camino era de noche, y el resplandor de las luces de la casa le produjo una extraña impresión; nunca había estado separado de su familia durante tanto tiempo, y ahora aquella luz parecía brillar contra él, como si fuera un forastero. La puerta estaba abierta, enmarcando a la figura de su esposa, sonriente, con la cabeza ligeramente
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ladeada. Al acercarse a ella, Tom Baker se sintió nervioso, como un desconocido, y finalmente murmuró:
—Bueno, no me mires así…, como si fuera un fantasma.
Pero ella se echó a reír, y apoyó una mano en su hombro, y le besó.
—Te he guardado un poco de cena. Sabía que llegarías a tiempo.
Los niños estaban acostados. Baker cogió una toalla y un trozo de jabón, bajó al arroyo y se bañó en uno de los remansos. El día había sido caluroso y el agua estaba templada. Luego regresó a la casa y cenó, con su esposa sentada enfrente de él, la barbilla apoyada en sus manos, observándole.
—Elzie ha ordeñado todos los días.
—Estupendo —dijo Baker.
Resultaba agradable estar aquí; era una sensación en sus huesos, como de descanso. Secó los platos mientras su esposa los lavaba, encendió su pipa y dio unas vueltas por el patio a la luz de la luna, mirando a los caballos en el corral, rascándole el lomo a la cerda en la pocilga. El aire olía a salvia y la luna lo bañaba todo con su plateada luz. Baker entró en la casa y subió a ver a los niños; abrió la ventana del desván y los contempló amorosamente, al pequeño Bill, tendido boca arriba con los brazos extendidos y todos los músculos relajados; a Lissie, con sus cabellos rubios esparcidos alrededor de su cabeza; a Elzie, cuyo rostro mostraba una mancha de suciedad en su pecosa mejilla. Estaban dormidos, estaban soñando. Más tarde, en la cama, Baker permaneció despierto sintiendo a su lado el agradable calorcillo del cuerpo de su esposa, mientras el silencio descendía maravillosamente: el silencio de una casa llena con todos los miembros de una familia.
Por la mañana se dedicó a partir leña. El aire olía a lluvia.
—Un buen chaparrón, y pediré un día de fiesta para labrar —dijo Tom Baker.
A mediodía comieron pollo, y puré de patatas con salsa, y bizcochos, y pastel de calabaza; y luego llegó el momento de marchar. Pero Baker se entretuvo alrededor de la casa, paseando, hasta que fueron las tres.
—Bueno —dijo—, volveré la semana próxima.
Se despidió de su esposa en la puerta. Los niños le acompañaron cosa de una milla, y luego continuó su camino, solo. Al llegar a la curva se volvió: los tres niños estaban en una pequeña elevación del terreno, agitando las manos; Baker levantó su mano y reemprendió la marcha, más aprisa. Treinta millas eran una distancia muy larga.
Aquella semana cayeron las primeras lluvias, y el trabajo se hizo mucho más penoso. El sábado amaneció demasiado tormentoso para pensar en ir a
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casa; Tom Baker se pasó el domingo entero en el barracón, ocioso e irritable, oliendo el húmedo vapor que brotaba de las ropas y el hedor de los cuerpos sin lavar, y escuchando las estúpidas conversaciones de los hombres que le rodeaban. Permaneció sentado, apartado de todos ellos, pensando en su familia. Calumet Red, acercándose a la estufa, le empujó accidentalmente, quizá, y le miró fijamente con sus pálidos ojos inyectados en sangre.
—¿Por qué diablos tiene que ocupar usted tanto espacio? —gruñó. Y el muchacho pareció esperar, con los labios fuertemente apretados. Baker dejó pasar aquello, aunque sabía que debió pararle los pies al
muchacho inmediatamente. Luego, el jueves siguiente, llovió a cántaros y el barracón era como baño de vapor, cerrado y maloliente, y todo el mundo estaba de mal humor. En el barracón contiguo había un grupo de rusos, todos buenas personas, pero habían bebido un poco de whisky y ahora estaban cantando de un modo salvaje que crispaba los nervios. Tom Baker se disponía a entrar en su barracón, y estaba en la puerta cuando Calumet Red se disponía a salir. Al ver a Baker, su rostro se tensó, y sus fosas nasales se hincharon y, sin pronunciar una sola palabra, golpeó dos veces a Baker en el estómago, haciéndole caer en el viscoso barro.
Baker se incorporó lentamente, contemplando el fango que manchaba sus ropas, y se precipitó contra el muchacho, que continuaba en la puerta. El muchacho disparó su puño contra él pero falló el golpe, y Baker se limitó a empujarle con el cuerpo a través del estrecho pasillo entre las literas, hacia el espacio más amplio de la parte de atrás, junto a la estufa. El barracón estaba lleno de hombres, los cuales se precipitaron a las literas para quitarse de en medio. Calumet Red se agachó y saltó sobre Baker, fuerte como un novillo, golpeándole con sus puños. Pero Baker le agarró por los dos brazos y le empujó hasta la pared del barracón. Una vez allí golpeó la cabeza del muchacho contra la pared y le martilleó el rostro con los dos puños; luego rodeó con sus enormes brazos la garganta del aturdido Red, le sacudió como si fuera un saco de paja, le golpeó una vez más y le dejó caer. Por un instante había deseado matar al muchacho, y se sentía avergonzado de aquel deseo.
El único sonido que se oía en el barracón era la trabajosa respiración del muchacho y la suya propia. Calumed Red estaba caído en un rincón; levantó hacia Baker un rostro ensangrentado y unos ojos pálidos y llenos de odio.
Baker dijo:
—Levántate y siéntate en esa silla, hijo.
El muchacho no se movió hasta que Baker añadió, con su habitual suavidad:
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—Haz lo que te digo, muchacho, o te romperé el cuello.
Calumet Red se incorporó lentamente y se sentó en la silla, con los recios hombros hundidos, tocando con los pies un atizador de la estufa caído en el suelo. Su mirada se posó en el atizador y volvió a alzarse rápidamente, reavivada por una idea.
—¿De dónde viniste? —inquirió Baker.
—De Duluth —dijo el muchacho—. ¿Qué pasa?
—¿Dónde está tu padre?
—En la cárcel… si es que está vivo —dijo el muchacho—. Lo ignoro.
Hace mucho tiempo que no sé nada de él.
—¿Tienes madre?
—¿Cómo diablos puedo saberlo?
La mirada del muchacho volvió a posarse en el atizador y Tom Baker supo inmediatamente lo que estaba pensando. Antes de que el muchacho pudiera moverse, disparó su mano, con la palma abierta, contra el rostro de Calumet Red. Fue como si hubiera estallado una botella; el muchacho salió despedido de la silla y volvió a dar con sus huesos en el suelo.
No era extraño que se comportara como un felón, dada la clase de vida que había llevado. Pero tal vez debajo de aquella felonía hubiera algo que valía la pena mirar; y luego Baker supo que no había nada, ya que el muchacho levantó la mano como si quisiera protegerse el rostro, y en su rostro no había más que la rastrera expresión de un perro apaleado. No había odio, ni vida, ni furor.
—Siento mucho lo que ha ocurrido, hijo —dijo Baker—. No debí hacerlo. A la mañana siguiente el muchacho había desaparecido. Había enrollado sus mantas y se había marchado. Pero, mientras conducía su carreta a través del fangoso suelo, empapado por la lluvia, Baker recordaba lo que el muchacho había dicho acerca de su familia. Sus padres no eran buenos, y el muchacho creció sin ayuda. Esto era lo que ocurría cuando se dejaba a un muchacho solo en aquel corto espacio de su infancia; cuando no se estaba a su lado para encauzarle por el buen camino. Esto era lo que ocurría. Y al pensar en ello —y pensó en ello todo el día—, Baker lamentaba en el fondo de su
corazón el tiempo que había pasado lejos de su hogar.
Esto sucedía en viernes. El sábado por la mañana, cuando pasaba con su carreta por delante de la hilera de barracones, Tom Baker vio a Mr. Cochran que salía del barracón que servía de improvisada taberna, daba unos pasos tambaleantes y caía en el barro.
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Baker ató las riendas alrededor del mango del freno, se apeó y levantó a Mr. Cochran del fango. Mr. Cochran estaba borracho; sus piernas se negaban a sostenerle y Baker tuvo que llevarle casi a rastras al interior del barracón del que acababa de salir. Instaló a Mr. Cochran en un banco. Míster Cochran apoyó los codos en la larga mesa y miró fijamente a Baker.
—Es usted muy amable…, es usted muy amable —dijo—. Es usted muy amable.
Baker dijo, con su habitual suavidad:
—¿Qué necesidad hay de emborracharse, Mr. Cochran? Un pobre ignorante, tal vez. Pero, usted…
—¿Pero, yo…? —remedó Mr. Cochran. Estaba riendo. Con una risa que no pasaba de ser un sonido estrangulado en su garganta. Una risa que era casi un sollozo—. Bueno, es usted muy amable. Yo no, ¿eh?
Y entonces dejó de reír, y Tom Baker se sintió invadido por una sensación de desconcierto ante lo que estaba viendo. En el rostro de Mr. Cochran no había felicidad ni nada sólido, como cabía esperar en un hombre que poseía tantos conocimientos como él; no había más que desdicha, o locura, o tal vez algo detrás de aquello que en realidad era como el principio de un negro agujero. Todos los conocimientos de Mr. Cochran eran insuficientes para satisfacerle o para darle entereza. De modo que salía por una puerta, borracho como una cuba, y se caía en el barro.
Tom Baker pensó que no estaba bien que permaneciera allí espiando a otro hombre de aquel modo. Dijo:
—Lo siento mucho, Mr. Cochran.
Y regresó a su carreta. Fue a entregar su carga y llevó la carreta al establo. Sin esperar a la comida del mediodía, enrolló sus mantas e inmediatamente emprendió el camino hacia su hogar.
Al pasar cerca de Prairie, pensó que se ahorraría un viaje si se llegaba al pueblo y cobraba su salario, pero le empujaba la prisa, como si hubiera pasado ya demasiado tiempo fuera de su hogar. No llovía, pero la húmeda niebla le había dejado completamente empapado. En la oscuridad, oyó el perro de Delzell ladrando a un cuarto de milla de distancia del camino. Al llegar a la curva vio las luces de su propia casa…, unas luces acogedoras que prestaron renovado vigor a sus cansadas piernas. Eran las diez de la noche. Cuando llegó al porche, sus botas chapoteando en el barro, se abrió la puerta y enmarcó la figura de su esposa, al tiempo que el agradable calor de la habitación salía al encuentro de Tom Baker.
Su esposa dijo, en tono tranquilo:
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—Será mejor que dejes el rollo de mantas fuera, Tom. Probablemente están llenas de piojos.
Tom Baker dejó caer el rollo de mantas y entró en la casa. El agua empezó a reunirse a sus pies, para convertirse en barrillo. Baker se inclinó para desatarse las botas, pero la leve presión del brazo de su esposa interrumpió su movimiento. Su esposa le miró rectamente a los ojos, y luego sonrió.
—Has estado fuera mucho tiempo, ¿verdad, Tom?
—Muchísimo tiempo.
—Eres un hombre muy raro. No te preocupas a menudo. Pero, cuando lo haces, te preocupas de veras. Y nunca ha habido nada que pudiera ser motivo de preocupación para ti. Los niños no pueden ser mejores. Siempre han sido buenos… porque son de buena pasta. Y porque siempre nos hemos portado bien con ellos.
—Bueno —dijo Tom Baker, en tono de profundo convencimiento—, ahora lo sé.
Fue en busca del caldero, lo llenó de agua y lo colocó en la estufa; y arrastró el barreño hasta el centro de la habitación. Se quedó junto a la estufa, en paños menores, contemplando a su esposa, que se movía de un lado para otro, preparándole la cena. Su camiseta de lana empezó a humear, y entonces Tom Baker subió a cerrar la ventana del desván. El pequeño Bill dormía boca arriba, con los brazos extendidos y los músculos relajados. Lissie dio media vuelta en su cama, y sonrió en sueños, y levantó una mano, para apoyarla contra su cara. Su cuerpo era una bola redonda debajo de las mantas. Cuando Baker se acercó a la cama del Elzie y vio el atezado y sobrio rostro del muchacho, lamentó profundamente las tres semanas que había pasado fuera. El oscuro pelo de Elzie aparecía más desordenado y rebelde que nunca; el muchacho estaba adquiriendo la delgadez propia de la época del crecimiento y empezaba a oler a adulto. Baker permaneció unos instantes junto a la cama, todas las cosas completamente claras en su mente; costaba mucho formar a un hombre, y el aprender era sólo uno de los aspectos de su formación. Lo esencial era que un padre debía permanecer al lado de sus hijos, para mostrarles cómo iba todo, en la medida de su saber. Tal vez una palabra de cuando en cuando, sólo una palabra; y una gran cantidad de ejemplo, a través del modo de hacer una cosa o de no hacerla; pero principalmente viviendo junto a ellos, para que los recuerdos arraigaran profundamente. Para que, cuando crecieran —si tenían buena sangre y veían las cosas rectamente—, fueran unas personas cabales. Para que, cuando se marcharan —si es que se
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marchaban—, pudieran mirar atrás y recordar, y no salirse del buen camino, a causa de lo que recordaban.
Tom Baker bajó la escalera, vertió el agua caliente en el barreño y tomó su baño, amenizado como de costumbre por las risas de su esposa ante la extraña figura que componía en aquel recipiente, demasiado pequeño para él. Luego se sentó a la mesa y cenó con un apetito voraz. Más tarde encendió su pipa y se sentó junto a la estufa, escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado, y el gemido del viento sobre las copas de los árboles.
Lluvia y viento… El cielo quedaría completamente lavado, y cuando volviera a salir el sol la tierra estaría como nueva. No tardó en llegar la hora de acostarse. Tom Baker dio una vuelta alrededor de la casa, comprobando que las puertas y ventanas estaban bien cerradas; luego cogió el despertador y le dio cuerda.
Tendido en la cama, junto a su esposa, Tom Baker experimentó una intensa sensación de felicidad; todas las cosas acudieron de nuevo a su mente y se rió en silencio.
Dijo:
—Cuando vuelva a salir el sol, cargaremos la carreta y nos marcharemos a las colinas. Tal vez la próxima semana. En el lago tiene que haber una pesca excelente. Y quiero enseñarle los castores al pequeño Bill. No ha visto nunca un castor. Nos tomaremos unas vacaciones. La semana próxima.
La voz de su esposa era viva, divertida; había en ella algo que impresionaba profundamente a un hombre.
—Ya estamos en la semana próxima, Tom. ¿Sabes qué hora es? —Desde luego —dijo Tom Baker—. Lo sé. Y mantengo lo dicho.
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COSTUMBRE DEL PAÍS
U NAS personas que han vivido en la promiscuidad que impone el largo viaje a través de las llanuras no es probable que teman a sus vecinos; por eso, ninguna de la docena de casas de Portland tenía cerradura. Tampoco
era costumbre llamar a una puerta antes de entrar; los hábitos adquiridos en la caravana eran todavía muy fuertes en aquellos colonos. Al llegar a la cabaña de los Lord, Rose Ann Talbot se limitó a gritar: «Aquí está su leche, Mrs. Lord», levantó la aldaba y entró en la única habitación de la cabaña.
Las llamas del hogar iluminaban la penumbra vespertina de la habitación y rozaban a Hobart Walling, aquel osado y fanfarrón agricultor que había venido a cerrar un trato, desde el Tualatin, cuyo barro llevaba aún pegado a las botas y a los pantalones; su rostro estaba curtido y enrojecido por la vida al aire libre, y sus ojos, demasiado juntos, tenían una agresiva malicia.
Una impresión de desagrado invadió a Rose Ann mientras la mirada de Hobart Walling rozaba su cuerpo con insolente familiaridad y volvía a posarse en Lord.
—Su esposa y usted saben el trabajo que le espera a la mujer de un ranchero. No quiero que Sarah crea que va a ser una vida fácil.
Lord dijo:
—Sarah tiene catorce años y lo único que ha hecho es trabajar. En esta familia sabemos lo que es el trabajo. Diablo, mi mujer tenía doce años cuando se casó conmigo.
Mrs. Lord estaba de pie junto al fuego, silenciosa, al parecer de acuerdo con su marido. Sarah, la parte más interesada de aquel regateo, permanecía en la sombra en un rincón de la habitación. Tenía el rostro pecoso y el cuerpo sin formas; su silencio reflejaba la incertidumbre de cualquier chiquilla sin madurar. No había nada en ella, pensó Rose Ann, que revelara si comprendía realmente aquel trato o si estaba impresionada por él. Estaba inmóvil; contemplaba fijamente a Hobart Walling.
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—Sarah aportará al matrimonio un buen trozo de terreno —dijo Lord—.
Esto es importante, Hobart.
Walling asintió y miró a Sarah. Dijo:
—¿Qué opinas tú, Sarah?
—Sí.
—Bueno —dijo Walling—, en tal caso, trato hecho. Tengo que regresar a la granja el domingo por la noche.
Lord dijo:
—Lo arreglaremos para el domingo por la mañana. Habla del asunto con aquel Pastor congregacional, Hobart.
Hobart utilizó el reverso de la mano para frotarse la perilla. Miró a Sarah, pero sus palabras iban dirigidas a Mrs. Lord.
—¿Tiene ropa y cosas? Este invierno no bajaremos mucho al pueblo. No me importa que le compre unas cuantas cosas a Sarah a cuenta mía.
Miró de nuevo a Rose Ann, y ésta volvió a sentirse invadida por una desagradable sensación; luego dio media vuelta y salió de la cabaña.
Lord miró a su esposa con una expresión de triunfo.
—¡Lo hemos conseguido!
Mrs. Lord miró a su hija.
—Sarah, vas a tener un buen marido. Un hombre mucho mejor del que yo he tenido.
Rose Ann trató de reprimir la protesta de su voz:
—Sarah, ¿de veras quieres casarte?
Captó la mirada de extrañeza de Mrs. Lord y la expresión enojada de su marido. Sarah, por su parte, parecía muy satisfecha de sí misma. Sus ojos eran grandes y redondos. Estaba contenta; había tenido su propio momento de triunfo.
—Me casaré —dijo—. No seré una vieja solterona. Tendré una casa.
Tendré hijos.
Rose Ann dio media vuelta para marcharse de la cabaña antes que de sus labios escaparan unas palabras imprudentes.
Mrs. Lord dijo:
—Te estoy muy agradecida por la leche, Rose Ann.
Pero la muchacha no le prestó la menor atención. Echó a andar a lo largo de un resbaladizo sendero destinado a convertirse en una calle, a través del temprano crepúsculo que se extendía sobre aquel poblado agazapado entre el río y el inmenso bosque de abetos inmediatamente detrás; echó a andar con la cabeza inclinada, sumida en amargos pensamientos. La familia Lord obtenía
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un próspero yerno, en tanto que Walling adquiría una criada a la que no tendría que pagar sueldo; para Sarah, el asunto no era más que el sueño de una casa de muñecas, ampliado.
Entrando en su propia cabaña, Rose Ann encendió las velas, sirvió la comida y esperó que su padre regresara de la tienda; había angustia en su rostro, y su padre se dio cuenta.
—¿Sucede algo malo? —inquirió.
—Los Lord acaban de entregar su hija Sarah a Walling.
La noticia no pareció sorprenderle.
—Se veía venir —dijo.
—Una niña de catorce años, casándose con un hombre de treinta…, una chiquilla casándose con un viejo.
—Tiene la edad suficiente —dijo su padre—. No es un caso anormal. En cuanto a Walling, si él es un viejo a los treinta años, ¿qué seré yo?
Se sentó a la mesa, dispuesto a saborear su cena. Rose Ann ocupó su puesto, enfrente de él, asombrada de que una cosa como aquélla no le impresionara.
Rose Ann dijo:
—¿Te hubiera gustado casarme a los catorce años?
—Es un caso distinto. Tú has recibido cierta educación. El hombre que se case contigo tendrá cierta educación. Tú necesitas a alguien que signifique alguna cosa en la comunidad, que se lave la cara antes de sentarse a cenar, que te aparte la silla cuando vayas a sentarte. Sarah es otra cosa. Procede de los bosques de Missouri. Ninguno de sus antepasados aprendió nunca a leer ni a escribir; ninguno de ellos vivió siquiera en una casa construida como Dios manda. Esa boda será la mejor que se haya hecho en su familia. Estará mil veces mejor que los suyos, y sus hijos tendrán una oportunidad que ella no tuvo nunca.
—Será una esclava —dijo Rose Ann—, y a los veinte años estará consumida.
Su padre, habitualmente tan rápido en sus simpatías, la miró con sonriente tolerancia.
—Todos tenemos que trabajar y consumirnos… Sarah en una casa, tú en otra. —Luego, sin dejar de sonreír, añadió—: Sarah, casándose a los catorce años, es lo corriente. Tú, soltera a los veinte, eres la excepción.
Rose Ann se preguntó hasta qué punto se preocupaba su padre por su soltería, y aquello le condujo a pensar en sí misma, olvidándose por unos instantes de Sarah. Se puso en pie para lavar los platos, y un leve temor se
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apoderó de ella porque estaba haciéndose mayor y ningún hombre la había atraído aún, a pesar de que los hombres la habían mirado y se hubieran acercado a ella si les hubiera estimulado. Su padre se sentó en su mecedora, balanceándose lentamente sobre el crujiente entablado del suelo. El recuerdo de Sarah volvió a la mente de Rose Ann, y cuando hubo terminado con los platos salió de la casa y se encaminó hacia la orilla del río.
Una gran fogata ardía junto al aserradero de Hawley MacBride. Cuando estuvo más cerca, Rose Ann le vio de pie sobre un tronco, puliéndolo con su hacha para convertirlo en un tablón cuadrado que sería utilizado en algún edificio. Durante el día, con un jornalero, Hawley MacBride aserraba los troncos que proporcionaban toda la madera del pueblo; por la noche, cuando el jornalero se había marchado, MacBride encendía una fogata y seguía trabajando hasta muy tarde. El balanceo del hacha era como él, pausado, regular y paciente. Hawley MacBride era un hombre joven y calladamente obstinado en su incesante trabajo.
Obsesionada con el pensamiento de Sarah, Rose Ann se acercó a él sin hablar. Los chiquillos gritaban a través de las sombras, para recordarle a Rose Ann que Sarah, al pasar de la esclavitud de la casa de los Lord a la esclavitud de la casa de Walling, se perdería aquella diversión a la que por sus años tenía derecho. Para ella no habría juventud, ni carreras a través de las sombras; ni sabría nunca lo que era recibir un mudo mensaje de los ojos de un joven. Para ella no habría sueños, ni locuras: sólo una prematura vejez.
La niebla se extendía sobre el río, húmeda y pegajosa, y el agua chocaba contra el fangoso pretil, a sus pies. El hacha de Hawley MacBride interrumpió su metálico repique, y un momento después Rose Ann le oyó afilar la hoja con una piedra. Rose Ann se volvió hacia el fuego y contempló a MacBride mientras comprobaba el filo del hacha, arrancando con ella delgadas virutas del tronco. Luego dejó el hacha a un lado, encendió su pipa y se sentó en el mismo tronco para una pequeña charla, enviando su sonrisa a la muchacha a través del fuego. Sus negros cabellos, ensortijados, caían sobre su frente.
—¿Sabe usted que Sarah va a casarse con Walling? —preguntó Rose Ann
—. Es una cosa vergonzosa.
MacBride chupó pensativamente su pipa, tratando de comprender lo que
la muchacha quería decir. Sacudió la cabeza.
—Supongo que ni ella ni su familia opinan así.
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Era como su padre; no podía ver lo que ella veía. Rose Ann permaneció inmóvil, y por un instante se preguntó si estaría equivocada; pero la sensación de desagrado no se desvaneció en ella.
—Sarah es una niña ansiosa de convertirse en mujer; esto la halaga, pero en realidad no sabe lo que significa. Desde luego, a sus padres les gustaría verla casada. Son pobres, y Walling tiene tierras y dinero.
—Es asunto suyo. Ni a usted ni a mí nos interesa.
Rose Ann dijo:
—Es como si un indio vendiera a su hija por un collar de cuentas. MacBride la miró con una nueva atención, chupando lentamente su pipa,
con sus grandes manos extendidas ociosamente sobre sus rodillas.
—Es posible —dijo—. Pero no veo motivo para intervenir en el asunto. —Intervendría usted si viera a un hombre que trataba de matar a otro
hombre, ¿verdad?
MacBride descartó aquella idea con un ademán.
—No es lo mismo. Ningún hombre consiente en ser asesinado. Pero Sarah consiente en casarse.
—La clase de consentimiento que puede comprarse con una bolsa de caramelos. ¿Qué sabe ella?
MacBride se puso en pie y se quedó mirando al fuego, con las manos a la espalda, intrigado por lo que Rose Ann había dicho. Cuando levantó la mirada, miró a la muchacha con una expresión interesada.
—Le preocupa a usted ese asunto, ¿verdad?
Rose Ann dijo:
—Si Lord tuviera un empleo, tal vez desistiría de casar a su hija.
—Eso no es más que una suposición —dijo MacBride.
—Habría que impedirlo.
—La gente vive a su manera. Y el hecho de que nos parezca que están equivocados, no nos da derecho a mezclarnos en sus asuntos.
Rose Ann se sentía furiosa al ver que no quería comprender, y el instinto de proteger a Sarah se hizo más fuerte.
—Sarah tiene derecho a crecer y a ser libre antes de convertirse en esclava de Walling. Tiene derecho a que un hombre la mire con algo agradable en los ojos. No puedo soportar la idea de ese matrimonio. Es indecoroso.
—La preocupa a usted —repitió MacBride.
—Desde luego —dijo Rose Ann, y dio media vuelta para marcharse.
A medio camino de su cabaña se detuvo, intrigada al no oír el hacha de MacBride, y se volvió a mirar; MacBride estaba de pie junto al fuego, con las
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manos a la espalda. La claridad de las llamas parecía ensanchar sus hombros. Era una alta e impresionante forma contra la oscuridad, y Rose Ann le miró un largo momento antes de continuar su camino.
La fogata de MacBride perdió su brillo amarillento y se convirtió en una opaca rojez contra la tierra; MacBride pensó en continuar trabajando, pero la idea no le convenció y se dirigió hacia la choza de Bill Ashford, situada en un extremo del poblado.
Media docena de hombres estaban allí cuando llegó, otros célibes que se habían reunido para charlar un rato antes de acostarse, además del padre de Rose Ann y de Hobart Walling. Una jarra de líquido azul estaba sobre la mesa con unas cuantas tazas de estaño. MacBride llenó una de aquellas tazas y fue a sentarse en un rincón, entre otros dos hombres.
Dejó que la conversación fluyera a su alrededor, mientras pensaba en Hobart Walling. El cuerpo del hombre revelaba una gran potencia física; tenía un rostro rojizo ligeramente picado de viruelas, y en la parte alta de su frente lucía varias cicatrices, reliquias sin duda de un borrascoso pasado. Era un ser lleno de energía; incluso ahora, su vitalidad le hacía moverse de un lado para otro, inquieto.
—¿Cuánto paga usted por este licor? —le preguntó a Billy Ashford.
—Dos dólares por galón.
—Bueno, no está mal.
—Diablos —dijo Ashford—, es terrible. Me sorprende tu opinión.
—Una bebida es una bebida —dijo Walling.
La conversación recayó en los jaguares de las colinas que se erguían detrás del pueblo. De los jaguares pasó a la comida, y de la comida a la proximidad de las Navidades. MacBride se frotó ociosamente los nudillos. La bebida le había sentado bien. Dejó caer la cabeza y cerró los ojos, escuchando la voz de Walling.
Billy Ashford dijo:
—He oído decir que vas a casarte, Hobart.
—El próximo domingo.
—Me alegraré cuando vengan unas cuantas mujeres más a esta región — dijo Ashford.
—En cualquier momento puede encontrarse una buena squaw —dijo Walling.
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Se produjo un breve silencio, que Ashford se apresuró a llenar con una pregunta, formulada en tono casual.
—Tú tuviste una hace un par de años. ¿Qué pasó con ella?
—¡Oh! —dijo Walling, como si el asunto careciera de importancia—. La envié de nuevo con su gente.
MacBride abrió los ojos y miró fijamente a Walling. El silencio se prolongó, y Walling, dándose cuenta, miró a su alrededor. Dijo, secamente:
—No hay nada anormal en ello. Muchos hombres han hecho lo mismo. — Su mirada se detuvo en MacBride y añadió, alzando ligeramente el tono—: ¿Qué hay de malo en ello?
—No he dicho nada —replicó MacBride.
—Bueno, entonces no discutamos más.
—No estoy discutiendo —dijo MacBride. Se puso en pie—. Billy, es un buen licor. Voy a comprar un galón.
Se tomó tiempo para llenar y encender su pipa con la llama de la vela, la luz danzando contra sus ojos, haciéndolos centellear; luego salió de la choza de Ashford. Echó a andar lentamente, con la pipa entre los dientes, la cabeza inclinada y las manos a la espalda. Cuando llegó a la bifurcación del camino se detuvo un momento, y luego, como asaltado por un súbito pensamiento, se encaminó a la cabaña de Lord.
Después del desayuno, con la casa barrida, Rose Ann cogió un cubo, se dirigió a un pequeño prado situado más allá del poblado y ordeñó la vaca. Vertió la tercera parte de la leche en recipientes de desnatar y los puso a enfriar bajo el cobertizo; dividió el resto en tres partes, una para los Ballard, otra para los Snow y otra para los Lord, las tres familias que habían llegado más tarde al poblado y, en consecuencia, las más pobres. Mientras se dirigía a entregar la leche, miró hacia el río y vio que MacBride estaba trabajando ya en el aserradero. Aserraba un gran tronco, ayudado por otro hombre. Pero Rose Ann se dio cuenta de que algo más abajo había otra pareja aserrando: MacBride tenía más obreros que de costumbre.
Entregó la última jarra de leche a Mrs. Lord, que estaba amasando el pan rodeada por cinco de sus hijos más jóvenes.
—No sé lo que haría sin leche, Rose Ann. Es bueno tener vecinos. Lord está trabajando. Hawley MacBride le ha empleado en el aserradero. Si su salud no se resiente…
—¿Qué pasa con su salud? —preguntó Rose Ann.
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—Siempre ha sido un hombre débil a pesar de su aspecto.
Rose Ann se acercó al umbral y miró a través del claro. Sus párpados casi se tocaron mientras contemplaba a Hawley MacBride oscilando al compás de la sierra. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Dijo, por encima de su hombro:
—Ahora que tiene trabajo, tal vez no querrá que Sarah se case tan joven. —¿Qué tiene que ver una cosa con otra? —inquirió Mrs. Lord,
sorprendida—. Sarah tiene una excelente oportunidad.
Rose Ann se volvió.
—¿Está enamorada Sarah de Walling?
Mrs. Lord interrumpió su tarea y miró fijamente a Rose Ann. No era tan obtusa ni tan indiferente como parecía, pensó la muchacha.
—Tenemos que ser prácticos —dijo Mrs. Lord—. Tal vez tu padre pueda mantenerte mientras sueñas, pero nosotros somos demasiado pobres para eso. Sarah tiene que aprovechar la ocasión ahora que se le ha presentado.
Rose Ann inclinó la mirada, turbada, por la expresión del rostro de Mrs. Lord. Sarah estaba inclinada sobre un barreño en el patio, con sus cabellos color paja caídos sobre su rostro pecoso, angulado y feo, Rose Ann se acercó a ella. Las manos de Sarah eran rojizas, y sus huesos estaban muy poco cubiertos de carne; necesitaba mucho tiempo para que su cuerpo adquiriera madurez. Resultaba difícil conocer las reacciones de una muchacha de catorce años, una edad crítica en la vida de una mujer. Rose Ann trató de recordarse a sí misma cuando tenía catorce años, pero no consiguió revivir aquella época. Dijo:
—Sarah, ¿cómo vas a llamarle? ¿Hobart?
—Sarah dijo:
—¡Oh, no! Sería como llamar a mi padre por su nombre de pila. Le llamaré Mr. Walling.
Rose Ann regresó a su casa. Cortó un trozo de carne y lo puso a hervir en la olla del cocido. Peló unas cuantas patatas y cebollas para añadirlas más tarde. Limpió la mantequera y vertió en ella la nata acumulada, sentándose después en una silla con la mantequera entre sus rodillas, manejando el batidor de un modo vigoroso y rítmico. No podía apartar a Sarah de su pensamiento. Le extrañaba que nadie más viera el asunto como ella lo veía. ¿Tendría acaso una mentalidad de vieja solterona?
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Luego recordó que Hawley MacBride había empleado a Lord y pensó, con cierta sorpresa: «Vaya, parece que le hice comprender un poco las cosas».
Pasó media hora batiendo la mantequilla. Añadió las verduras al cocido, y cuando llegó su padre, a mediodía, tenía la comida preparada. Más tarde lavó los platos y volvió a arreglar la casa. Llegó la tarde, y Rose Ann se sentó junto a la ventana, contemplando el ir y venir de las gentes del poblado, entregadas a sus diferentes tareas. Vio las nubes grises discurrir por el cielo, y el opaco resplandor de la tarde sobre las húmedas copas de los árboles; vio a Hubart Walling que llegaba por la parte del río y se dirigía a la casa de los Lord… y repentinamente odió al hombre con una gran intensidad. Poniéndose su chal, se dirigió a casa de Mrs. Ellenwood.
Mrs. Ellenwood era una dama que había seguido a un inquieto marido a esta tierra de barro y polvo, abandonando un cómodo hogar de Nueva York. Mrs. Ellenwood había sacado el mejor partido posible de la situación. Las dos habitaciones de su pequeño hogar resultaban muy agradables con sus alfombras baratas, con sus visillos blancos como la nieve y sus enceradas sillas de madera de arce. Era una mujer alta, todavía hermosa a los cuarenta años, y su encanto hacía que Rose Ann se sintiera mucho más joven. Mrs. Ellenwood estaba sentada en una mecedora, haciendo calceta. Podía haber sido una gran dama en una mansión, ya que aquélla era la atmósfera de la habitación cuando entró Rose Ann.
—Siéntate, Rose Ann.
—Estoy demasiado inquieta para sentarme. Me preocupa Sarah.
Mrs. Ellenwood miró a Rose Ann.
—Tienes una expresión muy decidida… He estado tratando de encontrar un regalo de boda útil para Sarah. Necesitará muchas cosas para empezar.
—Es un error —dijo Rose Ann—. ¿No opina usted igual?
—La muchacha parece que quiere casarse.
—¡Con un hombre que le dobla la edad! ¿Cómo puede pensar en casarse, a los catorce años?
—Bueno, muchas mujeres se han casado a esa edad…, algunas con hombres viejos, y algunas con hombres de los cuales no estaban enamoradas. Y la mayoría de esos matrimonios han dado buen resultado.
—No —dijo Rose Ann, decepcionada con aquella mujer a la que tanto admiraba—. No puedo creerlo. Es un error.
Mrs. Ellenwood permaneció silenciosa unos instantes y miró a través de la ventana, con una expresión melancólica en el rostro. Se volvió hacia Rose Ann, sonriendo débilmente.
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—Opinas así porque tú puedes soñar. Pero hay muchas mujeres que no pueden permitirse ese lujo. Aceptan a un hombre y sacan el mejor partido posible de su boda. Ahí tienes a Sarah. Supongamos que la haces desistir de esa boda. El año próximo habrá otro hombre…, tal vez con menos posibilidades económicas. ¿Qué habrás conseguido? Yo no me arriesgaría a cambiar su vida. Es fea, es pobre, no ha conocido más que el trabajo y la miseria. Ni siquiera comprendería de qué le estás hablando.
—Necesita una oportunidad para aprender —dijo Rose Ann—. Tiene que ir a la escuela y crecer. Luego podrá escoger a un hombre.
—¿Quién le proporcionará esa oportunidad? Sus padres no lo harán.
—Lo haré yo —dijo Rose Ann.
Mrs. Ellenwood sacudió la cabeza.
—Me sorprendes, Rose Ann. Pero no puedes decirle a Lord ni a su esposa que renuncien a un yerno con dinero. —Hizo una pausa. Tenía algo más que decir, y vacilaba en decirlo—. Sabes perfectamente, Rose Ann, que los hombres gobiernan el mundo. Eres una muchacha, y no podrás cambiar el modo de pensar de los hombres.
—Pero —dijo Rose Ann—, un hombre puede ayudarme.
En el rostro de Mrs. Ellenwood se reflejó una viva curiosidad.
—No sabía que había un hombre que se interesaba por ti.
—No he dicho eso —replicó apresuradamente Rose Ann. Una fugitiva sonrisa se dibujó en los labios de Mrs. Ellenwood para desvanecerse inmediatamente. Lo que dijo a continuación se contradecía con lo que había estado diciendo hasta entonces.
—Bueno, Rose Ann, tal vez estamos tan cerca de la tierra que no podemos ver el cielo. La vida es muy dura en una región nueva, y en ocasiones la gente se endurece. Si el corazón te pide que ayudes a Sarah, adelante. —Esto me ayudará —dijo Rose Ann, y salió de la casa.
Permaneció un momento inmóvil al otro lado de la puerta. Del aserradero llegaba el rítmico golpeteo de las hachas y el «zas-zas» de la sierra de Hawley MacBride. No había muchos hombres capaces de soportar aquella clase de trabajo. Los ojos de Rose Ann se entrecerraron al mirarle… En aquel momento, un grupo de hombres se detuvo delante de la tienda de Kerr, y otro hombre vino a unirse a ellos: Hobart Walling. De repente, entraron todos en la tienda.
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Rose Ann miró de nuevo hacia MacBride y aspiró una profunda bocanada de aire, notando que su corazón latía tumultuosamente.
«Tengo que hacerlo», murmuró, y se dirigió hacia la tienda, llena de temor.
Al llegar a la puerta se detuvo, sin atreverse a entrar. Walling y los otros hombres estaban acodados en el mostrador, enfrente de Kerr… y todos ellos reían alguna broma subida de tono. Venciendo su debilidad, Rose Ann entró en la tienda. Kerr advirtió a los hombres con un ademán y se callaron repentinamente. Por lo visto, lo que decían no era apto para sus oídos, pensó Rose Ann, mientras se acercaba al mostrador.
—Quiero un carrete de hilo… de hilo negro.
El silencio de los hombres era uno de aquellos silencios divertidos, indiferentes; estaban esperando que la muchacha terminara su compra y se marchara. Rose Ann notó que los ojos de Walling estaban clavados en ella y volvió rápidamente la cabeza, sorprendiendo su grasienta mirada. Walling continuó mirándola fijamente.
Rose Ann dijo:
—¿Qué mira usted, Mr. Walling? ¿Acaso tengo monos en la cara? Walling cuadró los hombros.
—Ese no es modo de hablarle a un hombre.
—Es usted muy valiente —dijo Rose Ann—. Con las mujeres, claro.
Walling palideció. Miró a los otros hombres, y luego a Rose Ann.
—Yo no la he molestado a usted —dijo secamente—. Márchese a su casa y no se meta en la conversación de los hombres.
—Es usted un cerdo —dijo Rose Ann—. ¿Se ha afeitado alguna vez? ¿Se ha lavado siquiera? Huele usted como una pocilga. ¡Y aún trata de decirme lo que he de hacer! Yo me quedaré aquí. El que tiene que marcharse es usted.
—Si yo fuera su padre, le enseñaría cuatro cosas.
—No tiene usted suficiente inteligencia, Mr. Walling.
Aquella observación le humillaba delante de testigos. Reaccionó brutalmente.
—¡Cállese! Márchese a su casa antes de que la tome por otra clase de mujer…
Rose Ann le cruzó el rostro con la mano. Walling extendió el brazo, tratando de cogerla, pero dio un salto de costado y volvió a abofetearle. Recordando un montón de mangos de hacha que había junto a la puerta, Rose Ann se dirigió rápidamente hacia allí, cogió un mango y se enfrentó con Walling.
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—¡Atrévase ahora a poner su asquerosa zarpa sobre mí, Mr. Walling! Lo hubiera hecho de no haber intervenido el tendero. —Vamos, Walling, ya está bien.
Walling se contuvo, y dirigió a Rose Ann una mirada asesina. Dijo:
—Arreglaré esto con su padre. No quedará así, se lo aseguro.
—Si se atreve a poner el pie en nuestra cabaña —dijo Rose Ann—, le mataré.
Walling se dominó con asombrosa rapidez; su tono se hizo quejoso.
—Bueno, ¿quién ha empezado todo esto? —inquirió.
Miró a los hombres que había a su alrededor encogiéndose de hombros, dio un cuidadoso rodeo para evitar a Rose Ann y salió de la tienda.
Rose Ann se dio cuenta de que no había ofendido únicamente a Hobart Walling: había ofendido también a Mr. Kerr y a los otros hombres. Ninguno de ellos dijo nada, pero crearon una atmósfera de tácita desaprobación. Rose Ann recogió su hilo, murmurando:
—Esto es todo, Mr. Kerr.
Y se marchó de la tienda. Le temblaban las rodillas y estaba completamente aturdida.
Cuando llegó a su casa, preparó la cena, encendió las velas y se asomó al umbral de la puerta a esperar a su padre. Cuando apareció en el camino que subía de la parte baja del pueblo, Rose Ann observó que andaba más deprisa que de costumbre. Al verla en la puerta, su paso se hizo aún más rápido; entró en la casa, dirigiendo a su hija una severa mirada. Se encaminó directamente a la cocina para lavarse las manos. Rose Ann sirvió la cena y ocupó su asiento, sabiendo que su padre estaba enterado del asunto. Su padre se sentó a la mesa, empezó a comer, pero súbitamente soltó el tenedor.
—Bueno, ¿qué le has dicho a Walling? —inquirió—. ¿Por qué te mezclas en sus asuntos?
—Se portó groseramente. Y le abofeteé. Prueba la verdura. La he aliñado con la salsa de la abuela.
—Rose Ann —dijo su padre—, ¿le has amenazado con matarle si se acerca por aquí?
—¡Oh, sí! —dijo Rose Ann.
—¡Dios mío! Eso es asunto mío, no tuyo. Ahora tendré que pedirle que se disculpe. ¿Estás segura…?
La puerta estaba abierta y había alguien ante ella. Talbot levantó la mirada, procurando disimular la severidad que había mostrado. Dijo, en tono alegre:
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—Adelante, Hawley.
Rose Ann permaneció completamente inmóvil, desconcertada; no levantó los ojos hasta que Hawley MacBride se dirigió a ella.
—Rose Ann, ¿le ha dicho usted algo a Walling acerca de Sarah?
Rose Ann dijo:
—No sé a qué viene tanta excitación. No le dije nada. Se portó groseramente, y le abofeteé, eso es todo. Y ahora que lo pienso, me gustaría volver a abofetearle.
—Entonces —dijo Hawley MacBride—, ¿él la miró con descaro, y replicó groseramente cuando usted le llamó la atención?
—Exactamente —dijo Rose Ann—. ¿Existe alguna ley que prohíba a una mujer protegerse por sí misma contra un hombre?
Hawley MacBride dijo:
—Tal vez tendría que haber una ley para proteger a un hombre de una mujer.
Y se marchó de la cabaña.
—Rose Ann —se quejó su padre—, inmediatamente después de cenar tengo que ir a realizar una desagradable tarea, Tendrías que pensar en mí antes de discutir con un hombre. Al fin y al cabo, el asunto tiene que solucionarlo otro hombre…
—Cena tranquilo primero —dijo Rose Ann.
Hobart Walling había sido visto por última vez dirigiéndose a la cabaña de Billy Ashford; y allí fue donde le encontró MacBride, sentado en una caja, en el rincón donde Ashford acostumbraba cenar. Estaba inclinado sobre su pipa, ante un buen vaso de licor que le daba alegría y apetito; cuando MacBride entró en la cabaña, alzó los ojos y observó la seriedad del rostro de Walling. Dejó su pipa cuidadosamente a un lado y se puso en pie, abombando el pecho. MacBride cruzó la habitación, levantando los dos brazos, advirtiendo al otro hombre con un ademán.
Walling gruñó:
—¡Al diablo contigo!
Y se lanzó contra MacBride con los puños en alto.
—¡En mi cabaña no! —gritó Billy Ashford.
Pero, en vista del cariz que tomaban los acontecimientos, salió prudentemente de la cabaña.
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Hawley MacBride esquivó un puñetazo de Walling y le golpeó en el pecho. Luego alargó una mano y cogió a Walling por debajo de la barbilla, empujándole hacia atrás con fuerza. Walling cogió la mesa y trató de levantarla, pero MacBride se la arrancó de las manos y la tiró a un lado, en medio de una lluvia de licor y de vasos de estaño. Walling se apoyó de espaldas en la pared de la cabaña y proyectó hacia adelante su pierna derecha; pero MacBride dio un salto de costado, esquivando la bota de su rival, y girando rápidamente sobre sí mismo golpeó a Walling en la barbilla. Walling, con la espalda pegada a la pared, se deslizó hasta el suelo.
—Espero que te sirva de lección —jadeó MacBride.
Ashford volvió a entrar en la cabaña, maldiciéndoles a los dos. —¡Vaya un modo de tratar a un hombre!
—Desde luego —dijo MacBride—. Pero esto es un asunto privado, y nadie tiene por qué enterarse.
—¡Que me aspen si no lo digo! MacBride miró pensativamente a Ashford. —No, Billy…, yo no lo haría.
—De acuerdo, de acuerdo —se apresuró a decir Ashford.
Walling se incorporó sacudiendo la cabeza, para disipar la niebla que velaba sus ojos.
—Hobart —dijo MacBride—, si le has hablado groseramente a una mujer, puedes hablarle groseramente a otra. Echa a andar… y no te detengas en casa de los Lord. Si das otro paso para casarte con Sarah, o si le dices a alguien por qué has cambiado de idea, te daré otra lección que no la olvidarás en toda tu vida.
Walling murmuró, en tono de extrañeza:
—¿Quién ha empezado todo esto? Yo no he hecho nada… MacBride dio media vuelta y salió de la cabaña.
Rose Ann lavó los platos mientras su padre salía a dar cumplimiento a su desagradable tarea. No tardó en regresar con la noticia de lo sucedido, asombrado por la intervención de MacBride. Rose Ann se dio cuenta de que estaba satisfecho de no haber tenido que enfrentarse con Hobart Walling, pero al mismo tiempo le molestaba que otro hombre hubiera asumido la obligación que le correspondía a él, en su calidad de padre.
—¿Qué tiene que ver MacBride con todo esto?
Rose Ann sonrió.
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—Lo ignoro.
A continuación se quitó el delantal y se miró al espejo. Alisó su pelo, estudió su cara, irguió los hombros. Al salir de la casa, dejó caer una nueva idea detrás de ella:
—Los Lord son muy pobres. Necesitan ayuda. Quiero que Sarah se quede con nosotros y vaya a la escuela.
Cruzó la puerta antes de que su padre tuviera tiempo de contestar.
Siempre era preferible dejar que los hombres pensaran un poco las cosas.
La fogata de MacBride ardía contra las fuliginosas sombras, y el propio MacBride estaba inclinado sobre un tronco, puliéndolo con su hacha. Tenía la pipa en la boca y a la amarillenta luz su rostro parecía más severo que de costumbre. No mostraba ninguna huella de la lucha. Rose Ann se detuvo cerca de la fogata, sabiendo perfectamente que él se había dado cuenta de su presencia, aunque fingiera ignorarla y continuara manejando el hacha. Rose Ann extendió las manos ante el fuego, sintiéndose satisfecha: MacBride estaría pensando lo que quería decirle.
MacBride llegó al final del tronco y se incorporó. Miró a Rose Ann. Hizo voltear el hacha, la clavó en el tronco y se acercó a la fogata. Llenó su pipa y cogió una brasa para encenderla. Miró a través del fuego, con el ceño fruncido.
—Ha jugado usted sus cartas endiabladamente bien para salirse con la suya —dijo—. Provocó astutamente a Walling para que la insultara, y me utilizó a mí para vengar el insulto, y ahora ha deshecho la boda de Sarah, tal como quería.
Rose Ann dijo:
—¿Le dijo usted a Walling que dejara a Sarah en paz?
La respuesta de MacBride surgió lentamente:
—Se lo dije.
—¿Cree usted que le hará caso, Hawley?
—Me hará caso.
—¡Estupendo! —dijo Rose Ann, muy complacida.
MacBride sacudió la cabeza, preocupado por las consecuencias de su acto. —Fue un plan diabólicamente elaborado —dijo—, y es indudable que ahora sabe que puede tener a un hombre a merced suya en el momento que quiera. ¡Santo cielo! Si fuera usted una mujer entrometida, conseguiría que
toda la gente de este poblado anduviera a tiros. No estuvo bien, admítalo. —No estuvo bien —admitió Rose Ann—. Y no volveré a hacerlo… a
menos que otra injusticia me saque de mis casillas.
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MacBride inquirió:
—¿Por qué me escogió a mí, precisamente, como su caballero andante? —Porque era usted el único que podía zurrar a Walling —respondió
tranquilamente Rose Ann.
MacBride frunció el ceño.
—No vuelva a hacerlo —dijo.
Rose Ann respondió a su ceñuda mirada con una agradable sonrisa; plegó sus manos delante de ella. MacBride la miró y su ceño se desarrugó.
—Bueno —dijo—, mentiría si dijera que no he aprovechado a gusto la oportunidad de zurrarle. Ese hombre es un cerdo. Pero no podemos utilizar continuamente ese procedimiento, Rose Ann. No es modo de solucionar las cosas.
—No —convino Rose Ann—, no lo es. Sólo lo utilizaremos cuando la gente no entre en razón con ningún otro procedimiento. —Hizo un pequeño gesto; habló con cierto apasionamiento—: ¿Para qué sirve la fuerza, sino para ponerla al servicio de la justicia? Y esa boda no era una cosa justa. Fue un acto de bondad de su parte darle trabajo a Lord.
—Lord no anda como es debido —dijo MacBride—. No quiere trabajar. Un hombre tiene derecho a una oportunidad, pero ningún hombre tiene derecho a gandulear mientras los otros le alimentan. No es un acto de caridad mantener a un hombre que es capaz de mantenerse a sí mismo.
—Bueno —dijo Sarah—, usted le ha dado la oportunidad. Yo voy a llevarme a Sarah a mi casa. No creo que los Lord pongan ninguna traba. Quiero que también ella tenga una oportunidad de hacerse mujer y de encontrar a un hombre que la mire como Dios manda.
MacBride la miró con tanta fijeza, que Rose Ann terminó por inclinar sus ojos.
MacBride dijo:
—Tal vez esta tierra nos endurece demasiado; tal vez olvidamos cómo deben ser las cosas. Este poblado está lleno de hombres, y los hombres se entregan fácilmente a una vida descuidada. He pensado mucho en eso.
Súbitamente, Rose Ann se llevó una mano a la boca.
—¡Dios mío! Me he olvidado de ordeñar la vaca.
Se apartó de la fogata, como si se dispusiera a marcharse, pero se detuvo un momento, con aire pensativo. Fue una pausa sugeridora, que funcionó perfectamente. Hawley MacBride cogió una brasa para volver a encender su pipa y echó a andar hacia la muchacha.
—La acompañaré —dijo.
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—No quisiera interrumpir su trabajo —murmuró Rose Ann. —Últimamente he pensado también en eso. Trabajo demasiado. Y el
trabajo solitario es como beber a solas: no sienta bien.
Rose Ann dijo, con fingida seriedad:
—Bueno, habrá que pensar algo para poner remedio a la situación.
Y echó a andar al lado de Hawley MacBride.
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BODA PERFECTA
A L atardecer de aquel sábado, con la cena preparada y las suaves sombras del verano extendiéndose sobre la pradera como un cendal de gasa gris, los vecinos empezaron a llegar. Los Hurd eran los primeros colonos
que se habían establecido en el extremo meridional del Silver Bow, en una época en que los ganaderos representaban todavía un peligro para los agricultores, de modo que era lógico que la casa de los Hurd fuera una especie de punto de reunión. En tales ocasiones, Sam Hurd, un hombre sociable como el que más, solía poner un barrilito de cerveza a refrescar en el pozo, y esto era un poderoso aliciente para los enjutos y serios colonos missourianos: los Gant, los Lockyear, los Cobbett y los Prillifew.
Los chiquillos estaban todos fuera de la casa, corriendo a través de las sombras, llenando la noche con su griterío. Los hombres se sentaban alrededor de la habitación, con las sillas apoyadas contra la pared, y las mujeres estaban juntas en un extremo, hablando de cuando en cuando entre ellas, pero escuchando siempre con medio oído la conversación de los hombres. El humo del tabaco formaba una nube tan densa que la lámpara colocada sobre la mesa quedaba empañada y despedía un resplandor azulado, como de niebla; el olor a tocino frito llenaba la casa, en la cual persistía aún el calor del día. El bebé que Mrs. Prillifew sostenía en su regazo empezó a llorar; Mrs. Prillifew desabotonó la parte delantera de su vestido dejando al descubierto su seno para que el bebé se alimentara; la diminuta boca empezó a chupar ávidamente.
Lisbeth Hurd se movió por la habitación, erguida y robusta; a sus veinte años, era la mayor de los hijos de Hurd, y lo bastante guapa como para atraer las miradas de los hombres que la rodeaban. Cogió el vaso vacío de Cobbett, volvió a llenarlo en el barrilito de cerveza y se lo entregó de nuevo, mirando a los hombres y escuchando con indiferencia. La cazoleta de la pipa de Henry Zimmer empezó a chirriar. Zimmer golpeó la cazoleta contra la palma de su mano para vaciarla y la volvió a llenar. Henry Zimmer era uno de los dos
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pupilos de los Hurd. Bob Law, sentado en los peldaños del porche, era el otro. Los dos jóvenes se estaban construyendo sus cabañas en las nuevas pertenencias, al otro lado del profundo cañón del Silver Bow.
Lisbeth Hurd contempló el cuadrado rostro de Henry Zimmer iluminado por la llama del fósforo con que encendió su pipa; era un hombre que nunca se apresuraba y al que nada parecía impresionar. Luego, lentamente, la muchacha se volvió a mirar a Bob Law, el cual fumaba un cigarrillo, con la cabeza ligeramente ladeada, como si tendiera el oído a la noche o viera algún cuadro en la lejana pradera; el perfil de su rostro era alargado, taciturno e incisivo. Lisbeth le contempló pensativamente.
Sam Hurd, que siempre hablaba medio gritando, dijo:
—No veo la utilidad de plantar árboles frutales. Un hombre no dispone de mucho tiempo, y es una tontería perderlo regando árboles. En esta región hay que cultivar cosas que puedan crecer por sí mismas, si no quiere uno romperse la espalda.
Henry Zimmer habló, dogmático y tranquilo:
—Cuando empiece, voy a sembrar heno. Sembraré heno y criaré ganado. Quiero tener un rancho como los que hay en Iowa. Tal vez me decida a sembrar maíz.
Sam Hurd escuchaba con aire de aprobación. Aquel joven coincidía con sus propios gustos, y estaba predestinado a triunfar. Fuera, en el camino, se oyó el clip-clop de los cascos de un caballo, y Sam Hurd dijo:
—¿Quién era el que andaba por ahí el otro día, a las dos de la mañana, en un buggy?
Cobbett respondió:
—Bill Shasto, que llevaba a Nellie Grace a casa. Nellie le dijo a su padre que habían tenido dificultades al cruzar el vado.
Sam Hurd estalló en una carcajada, coreada por todos los presentes, que conocían a Nellie Grace. Hurd dijo:
—Será mejor que se case con Shasto antes de que llegue el niño. —Como la mujer de Pete Root —dijo Prillifew—. Pete continúa diciendo
que el niño no es suyo.
—¿Por qué tiene que preocuparle eso? —replicó Sam Hurd—. Serán dos brazos más para trabajar. —Agitó la cerveza en su vaso, satisfecho con el humo, y el cálido ambiente y la compañía de sus vecinos; súbitamente, se inclinó hacia adelante y dejó caer su ancha mano sobre la cadera de Lisbeth
—. Hija mía, ahí tienes una buena idea. Dile a tu hombre que te lleve a dar un paseo en buggy.
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Lisbeth se volvió a mirar a su padre, sin mostrar la menor turbación. —¿Qué hombre?
—¡Dios mío! —exclamó Hurd—. Puedes elegir al que más te guste de toda la pradera.
La voz de Mrs. Hurd dominó por unos instantes el rumor de la conversación de los hombres.
—Tiene que hervir quince minutos. Luego se le añade un poco de agua fría con la harina desleída…
Mientras hablaba, sus ojos vigilaban cuidadosamente a Lisbeth, viendo que la mirada de su hija volvía a posarse en Bob Law, que continuaba sentado en el porche.
El clip-clop de los cascos se apagó en el patio y un joven de aspecto decidido, sonriente y endomingado, pasó por encima de las extendidas piernas de Bob Law.
—He visto las luces, he oído el ruido y se me ha ocurrido entrar a saludarles.
El joven era Cam Skelton, dueño de una mercería de Prairie City, y dado que hasta cierto punto era un forastero para aquel grupo de agricultores, Sam Hurd le otorgó la cortesía de levantarse, Mrs. Hurd se puso también en pie, complacida y algo turbada por la presencia del joven.
—Lisbeth, sírvele un vaso de cerveza a Mr. Skelton. Tendrá que perdonarnos el desarreglo de la casa, Mr. Skelton.
—Es un hogar muy atractivo, Mrs. Hurd —dijo Cam Skelton galantemente; y añadió, para incluir al resto de las mujeres en su galantería—: Son ustedes las mejores amas de casa del mundo.
—Comemos bien —admitió Sam Hurd—. ¿Ha cenado ya? Lisbeth se acercó a Cam Skelton y le ofreció un vaso de cerveza. Skelton dijo:
—Ya he cenado, gracias, pero la cerveza será un placer después de la galopada.
Saludó a Lisbeth con el vaso; por encima de su borde, sus ojos se clavaron en la muchacha: unos ojos vivaces, redondos y pardos. Desde el lugar donde se encontraba, Mrs. Hurd vio cómo miraba aquel hombre a su hija. La conversación se había interrumpido, pero Skelton terminó de beberse la cerveza y rompió el momentáneo silencio de un modo agradable y fácil.
—Ha sido un buen año. Ni sequía, ni plaga de langosta. Junto al Sweet Fork se está levantando un nuevo poblado. Llegará el día, Sam, en que los ganaderos tendrán que retirarse ante la preponderancia de los agricultores.
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—Desde luego —asintió Sam Hurd en tono de convencimiento—. Entonces seremos nosotros los que dictemos las leyes en esta región, y les fastidiaremos como ellos nos han estado fastidiando.
—Gracias por la cerveza —dijo Cam Skelton.
Se detuvo un momento para mirar a Lisbeth con gran interés; la muchacha se dio cuenta mientras permanecía delante de él, con el rostro inexpresivo. Súbitamente, Skelton saludó con una inclinación de cabeza a los reunidos y se marchó. Se produjo un silencio hasta que el ruido de los cascos de su caballo se perdió en la distancia. Entonces, Sam Hurd dijo:
—En cuanto al maíz, Henry, la semilla de Iowa no da aquí buenos resultados. Tenemos que conseguir otra semilla que resista a la sequía. Bueno, todo llegará.
La conversación volvió a generalizarse y el humo del tabaco empañó de nuevo el resplandor de la lámpara.
Lisbeth llenó un vaso de cerveza y salió al porche. Permaneció en pie, inmóvil, hasta que Bob Law levantó la cabeza.
Lisbeth dijo:
—¿Cerveza?
Bob Law cogió el vaso y apartó la mirada. En la semioscuridad del porche, sus cabellos despedían reflejos azulados; tenía una cicatriz en la mejilla que era parte de su pasado: de un caballo, o un hombre, o de una mujer. Lisbeth lo ignoraba. Bob Law era un vaquero que había surgido de las colinas para adquirir una parcela de terreno, y los avatares de su vida habían hecho de él un hombre taciturno. No se parecía en absoluto a los prácticos, robustos y locuaces colonos. Era algo desmadejado y estrecho de caderas, como todos los hombres que han pasado la mayor parte de su vida a caballo; su cuerpo oscilaba ligeramente al andar, pero a veces se movía con una rapidez sorprendente. Algo había en su interior, duro, intenso y extraño. Pero estaba bien cubierto.
El bebé de los Prillifew había empezado de nuevo a llorar y los visitantes decidieron que había llegado el momento de marcharse. Fueron desfilando, una familia tras otra, hasta que sus voces se perdieron del todo en la distancia. Bob Law se había marchado hacia el corral. Siguiéndole ociosamente, Lisbeth apoyó sus hombros en los barrotes de la cerca, con la mirada levantada hacia él. Bob Law no parecía verla; miraba fijamente la negra dulzura de la pradera, escuchaba sus vagas voces y su silencio. Pero Lisbeth sabía que tenía conciencia de que ella estaba allí; lo revelaba la tensión de su cuerpo, su inmovilidad.
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—¿De dónde vino usted, Bob?
—De allí —dijo él señalando las colinas.
Hablaba en el tono cortante de un hombre poco acostumbrado a utilizar su voz. En la oscuridad, Lisbeth vio que su rostro se inclinaba hacia ella y notó la repentina dureza de sus ojos.
Bob Law dijo:
—Buenas noches —y se encaminó a la pequeña tienda de campaña montada en un extremo del corral.
Lisbeth vio cómo se encendía el farol; vio la sombra de Bob Law proyectada a contraluz en una de las paredes de lona. Luego, la luz se apagó y un poco más tarde Lisbeth olfateó el leve aroma de un cigarrillo; Bob Law se había tendido en su camastro, fumando en la oscuridad.
Lisbeth regresó a la casa para recoger los vasos y poner en orden las sillas. Los niños se habían acostado y Henry Zimmer había subido a su cuarto. Lisbeth oyó el ruido de sus botas, una y luego otra, y el gemido de los muelles del somier cuando se tendió en la cama. Aquéllos serían todos los sonidos que surgirían de la habitación; Henry Zimmer dormiría toda la noche como un tronco, sin moverse, roncando sonoramente.
Sam Hurd dijo, en un tono que para él resultaba sumamente suave:
—Henry es un joven holandés muy listo. Ahí tienes a tu hombre, Lisbeth.
Será un granjero excelente.
Mrs. Hurd dijo:
—¡Ah!
Era evidente que no estaba de acuerdo con su marido. Se quedó en pie junto a la mesa, y no volvió a hablar hasta que Sam Hurd se hubo retirado a su dormitorio. Entonces añadió.
—No hagas caso a tu padre, Lisbeth. Tienes mucho donde escoger. Puedes hacer una buena boda. Mírame a mí. Yo no pude elegir. No lo siento, ni me quejo, pero las cosas serán distintas para ti. No tendrás que ser la esposa de un agricultor. Puedes escoger. Cam Skelton, por ejemplo, no sería un mal partido. Podrías vivir en el pueblo, y conducir tu propio carruaje. Vestir como visten aquellas mujeres. Sería una boda excelente para ti. Ahora tienes la oportunidad: no la dejes escapar.
En su habitación, situada al lado de la cocina, Lisbeth se desvistió, se puso su camisón blanco y se quedó de pie en medio del pequeño dormitorio, destrenzando sus cabellos. Las voces de su padre y de su madre llegaron hasta ella como un leve murmullo, y luego se apagaron. La muchacha sopló la lámpara, abrió la ventana y se asomó a la aterciopelada negrura de la noche.
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Una suave brisa procedente de la pradera acarició su rostro. Lisbeth se acostó pensando en Bob Law.
Después de servirles el desayuno, Lisbeth salió al patio y contempló a Bob Law y a Henry Zimmer mientras ensillaban sus caballos. Henry montaba un robuso percherón, apto para el arado; un animal al que Bob Law miraba siempre con una leve sombra de ironía, ya que su propio caballo era un alazán de fina estampa. Cuando los dos jinetes se alejaban por el camino que conducía al cañón de Silver Bow, la muchacha se dio cuenta de que Law se había olvidado de llevarse el almuerzo; pero no le llamó. Los dos jóvenes tenían sus parcelas de terreno, contiguas, a cuatro millas de distancia; más tarde, ella misma le llevaría el almuerzo a Law. Entrando de nuevo en la casa, apartó el almuerzo a un lado y tomó el desayuno con su madre y con sus hermanos menores.
Su madre dijo:
—Quiero que vayas al pueblo. Necesito unos cuantos alfileres y cinco metros de tela roja y un carrete de hilo blanco. —Miró a su hija cuidadosamente—. Ponte el vestido gris; te sienta muy bien y es el que menos se arruga montando a caballo.
Cuando Lisbeth estaba en la silla y dispuesta a marcharse, su madre salió para entregarle dos dólares de plata y revisar su aspecto.
—Estás muy bien, hija mía. Sé amable con él. Es lo único que tienes que hacer.
Lisbeth inquirió suavemente:
—Amable, ¿hasta qué punto?
—Una mujer tiene que pensar en esas cosas. Tú necesitas hacer una buena boda. Con algunos hombres, con Zimmer, por ejemplo, podrías tomar la iniciativa. Pero con otros no puedes hacerlo. Es algo que debes descubrir por ti misma, cuando veas la expresión de su rostro.
Para eso la enviaba al pueblo, pensó Lisbeth, para que fuera amable con Cam Skelton. El hilo y la tela y los alfileres eran simples pretextos. Avanzó por el camino al trote, levantando una nube de polvo que no tardó en ocultar el rancho a su vista, A través del cañón de Silver Bow vio las diminutas manchas de dos jinetes que imaginó serían Bob Law y Henry Zimmer dirigiéndose a sus parcelas.
Había varios sistemas a utilizar con los hombres, como su madre había dicho. Un sistema era el de Nellie Grace. Tratándose de individuos como
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Shasto, Zimmer y muchos otros, era el sistema más rápido y más fácil para pescar a un hombre; pero con Cam Skelton sólo serviría para avergonzarla delante de él, ya que Skelton vivía en un pueblo y tenía ideas distintas. Una mujer podía únicamente insinuarse, y no mostrarse vulgar. Lisbeth Hurd sabía esas cosas; era un conocimiento surgido de algún oscuro lugar para hacerla prudente, para que mirara al mundo con ojos fríos. Pero luego pensó en Bob Law y ya no se sintió tan segura. Law era otra clase de hombre; había algo en él, como un sueño, como un cuadro. Existían palabras para esto, pero Lisbeth las ignoraba, no podía encontrarlas. Law veía cosas en el cielo, sentía cosas a través de las sombras.
La única calle de Prairie City era una gris extensión de polvo entre dos hileras de rústicos edificios sin pintar; carromatos y jinetes se cruzaron con la muchacha mientras avanzaba hacia la mercería. Después de atar el caballo a uno de los postes de la acera, entró en la tienda de Cam Skelton, sumida en una semipenumbra. Oyó la voz de Skelton antes de verle. Era la voz de un hombre seguro de sí mismo y complacido por algo. Salió de las sombras de la trastienda, comiéndose a la muchacha con los ojos.
Lisbeth dijo:
—Quiero unos cuantos alfileres largos, un carrete de hilo blanco… y cinco metros de tela roja, que no destiña.
Cam Skelton dijo:
—¿Qué hay en usted, Lisbeth? Me gustaría saberlo. —Tocó su mano—.
Las cosas serían más fáciles para mí.
—Que no destiña —repitió la muchacha, y dejó caer su mano.
Una vez efectuadas las compras, Lisbeth esperó el cambio. La tienda estaba silenciosa y vacía. Los pasos de Cam Skelton despertaban unos extraños ecos en ella. Lisbeth pensó en el consejo de su madre con un distraído interés, y vio a Cam Skelton que regresaba. Al tiempo que le entregaba el cambio, cogió su mano.
—Si vengo a buscarla con un buggy esta noche, Lisbeth, ¿saldrá usted conmigo?
—No-o —respondió la muchacha—. Esta noche, no.
—¿Otra noche, pues?
—Es posible —dijo Lisbeth, con una sonrisa.
Era una muchacha bien formada, graciosa incluso en su actitud de inmovilidad, con la boca suavizada por la sonrisa y los ojos sosteniendo fríamente la mirada de Cam Skelton.
Súbitamente, Skelton dijo:
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—No necesita usted huir de un hombre, Lisbeth —y alargó las manos, tocándola en los hombros.
Lisbeth se dio cuenta de las intenciones del hombre mientras trataba de atraerla hacia él: en sus ojos había algo muy claro para ella. Enfurecida, apoyó las manos en su pecho y le empujó violentamente. Skelton la llamó con voz irritada:
—¡Espere!
La muchacha se detuvo en el umbral de la puerta y se volvió hacia el mercero. Skelton se acercó a ella, escocido en su amor propio. Repentinamente se había convertido en un hombre insignificante, de muñecas delgadas y hombros estrechos, que olía igual que su tienda; y al verle bajo ese nuevo aspecto, la muchacha dio rienda suelta a su indignación. Al otro lado de la calle se hallaba el saloon, con las celosías verdes de las ventanas del piso alto echadas…, ocultando a las mujeres que vivían allí.
Lisbeth dijo:
—Si eso es lo que siente, vaya allí…, encima del saloon.
—¡Vaya libertad de lenguaje en una muchacha! —se escandalizó Cam Skelton—. Creo que la he juzgado a usted equivocadamente… De todos modos, ¿a qué ha venido aquí? ¿Sólo a comprar cinco miserables metros de tela?
Lisbeth salió a la calle, con el paquete debajo del brazo, montó en su caballo y se marchó del pueblo al galope, todavía furiosa. Pero a medio camino de su casa se echó a reír súbitamente. Era agradable saber que poseía el atractivo de una mujer; le hacía sentir algo que no había sentido antes. Tal vez Skelton estaba equivocado acerca de ella…, pero tal vez no lo estaba. ¿Qué era una mujer? ¿Qué era ella cuando miraba a Bob Law y pensaba lo que pensaba? ¿Qué era ella cuando soplaba el aromado viento por encima de la pradera, agitando su corazón; cuando paseaba a través de las oscuras sombras de la tierra y sentía el agobiante peso de su propio cuerpo? No había ninguna huella de todo esto en su rostro; era una muchacha que oscilaba con el vaivén del caballo, un suave color en sus mejillas y una extraña seriedad en sus ojos.
Desmontó en el patio, delante de su madre, la cual inquirió ávidamente:
—¿Le has invitado a cenar?
—No —respondió Lisbeth—. Ni siquiera se me ocurrió la idea.
Pasó junto a su madre, fue en busca del almuerzo de Bob Law y volvió a montar.
—¿Te ha dicho acaso que vendría a verte? —insistió Mrs. Hurd.
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—No —dijo Lisbeth—, no me lo ha dicho.
Y emprendió un rápido trote por el camino que conducía al cañón.
Desde lo alto del acantilado el río era una cinta plateada que discurría entre las paredes grises y amarillas del cañón; Lisbeth lo cruzó por un vado poco profundo, pasó a través de un bosquecillo de sauces y ascendió lentamente por el acantilado meridional. Delante de ella se extendían los llanos cubiertos de salvia, más allá de los cuales se alzaba la nueva cabaña de Henry Zimmer, con sus tablas sin desbastar amarillas a la luz del sol; media milla a la izquierda se levantaba la casa de Bob Law. Mientras se dirigía hacia allí vio un montón de tierra cerca de la cabaña, procedente del pozo que Bob Law estaba excavando. A intervalos, Law salía del pozo con un cubo de tierra, lo vaciaba y desaparecía de nuevo.
Lisbeth encaminó su caballo hacia el pozo y se quedó sentada en la silla, mirando. Bob Law estaba a veinte pies de profundidad, cavando con un pico de mango corto y metiendo la tierra en un cubo; de la pared del pozo colgaba una escala de cuerda, y cuando el cubo estaba lleno Law trepaba por ella para vaciarlo. Era un sistema muy penoso de cavar un pozo… y bastante arriesgado a aquella profundidad.
Lisbeth dijo:
—Ha olvidado usted su almuerzo.
Bob Law dijo:
—Ni siquiera había pensado en él. Gracias.
Se acercó a la muchacha y cogió el almuerzo. Iba desnudo hasta la cintura y el sudor brillaba como aceite sobre la morena piel de su espalda; tenía un torso muy ancho comparado con la estrechez de su cintura. Lisbeth observó todo esto, procurando que él no se diera cuenta de su escrutinio.
Bob Law repitió:
—Gracias —y se sentó en el montón de tierra para almorzar.
Tenía los nudillos grandes y los dedos muy largos; se movía lentamente, casi tan lentamente como Henry Zimmer… pero la suya era una lentitud distinta.
Lisbeth dijo:
—No ha trabajado usted mucho la tierra, ¿verdad? —No —respondió Bob Law—. Lo mío es el ganado. —¿Por qué se ha convertido en agricultor?
—En realidad no lo sé —dijo Bob Law. Permaneció unos instantes en silencio, entregado a sus pensamientos, con el ceño ligeramente fruncido—.
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Tal vez porque un hombre tiene que acabar echando raíces en alguna parte. En la ruta no hay nada para un individuo. Un día aquí, otro día allá…
—Supongo que habrá visto usted un montón de lugares. Debe ser muy agradable. ¿Cómo son?
—Paisajes, simplemente —dijo Bob Law—. Al otro lado de la colina todo es igual.
Lisbeth dijo:
—Tal vez aquí será distinto.
Bob Law se encogió de hombros.
—No lo sé. Es posible.
Resultaba difícil saber lo que pensaba o lo que sentía cuando utilizaba aquel tono. Lisbeth conocía a su padre y a Henry Zimmer… y ahora incluso a Cam Skelton. Eran transparentes a sus ojos. Pero este hombre era un extraño: no resultaba fácil leer en él.
Lisbeth arrimó su caballo a la nueva cabaña, suspirando para sí misma, y desmontó. La casa no tenía porche; un solo peldaño conducía a dos habitaciones pequeñas y una cocina. El olor de la madera era limpio, fuerte y resinoso; no había nada más que las paredes desnudas, y dos ventanas, y dos puertas; pero la muchacha se quedó en pie en el centro del lugar, pensando: esto sería el dormitorio. Ella traería la alfombra para el suelo, y las cortinillas de lunares verdes. Permaneció inmóvil, tratando de rebuscar en su mente y descubrir por qué Bob Law había construido una cabaña de tres habitaciones, cuando la mayoría de los hombres se conformaban con dos al edificar su primera cabaña.
Se dirigió a la puerta trasera. Encuadrada en ella, con sus blancos y fuertes brazos extendidos contra los largueros y la parte superior de su cuerpo erguida, redondeada y firme, vio que Law vaciaba el cubo y bajaba de nuevo al pozo. Law no la miró, pero Lisbeth supo que sentía su presencia, que sabía lo cerca que estaba de él; apenas había terminado de comer y ya estaba trabajando de nuevo, como si los minutos fueran preciosos.
El pozo estaba cerca de la casa y Lisbeth se dio cuenta de que Law lo había situado de modo que quedara junto a otra habitación y a un porche. En un radio de tres millas no había ningún árbol ni ninguna sombra: sólo la extensión de olorosa salvia; pero Lisbeth vio los álamos que rodearían el patio, y la huerta más allá del pozo, y los árboles frutales. No tardarían mucho en estar allí; y sería muy agradable verlos crecer. Claro que habría que levantar una cerca a lo largo del borde del cañón del Silver Bow, para evitar que los niños se despeñaran. Law volvió a subir del pozo con el cubo lleno.
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Los músculos de su espalda eran largos y tensos contra la bronceada piel; cuando se inclinó, desaparecieron y la punteada línea de su espinazo se mostró blanca y ancha.
Lisbeth dijo:
—Hasta luego.
No le oyó contestar. Lisbeth regresó a su casa y se dedicó a amasar el pan en la cálida modorra de la larga tarde, sumida en profundos pensamientos.
A las cuatro, mucho antes que de costumbre, vio a Law que cabalgaba por el borde meridional del cañón; le vio descender y detenerse en los sauces del fondo. Poco después, su cuerpo era una sombra lejana y borrosa contra el agua mientras tomaba su baño. Más tarde, cruzó el patio a caballo. Su cabeza estaba todavía húmeda, negra y brillante, y su expresión era dura. Dijo:
—Esta noche no cenaré aquí.
Y enfiló su caballo hacia el pueblo, montando con aquella soltura que ningún agricultor podría adquirir nunca.
Lisbeth le contempló hasta que fue una vaga figura envuelta en una nube de polvo, y hubiera seguido contemplándole; pero tenía que preparar la cena. A las seis llegó Henry Zimmer, montando torpemente su percherón, y Sam Hurd salió del establo, y los niños surgieron repentinamente de los cuatro puntos cardinales. Durante la cena, Lisbeth permaneció silenciosa, sumida en sus pensamientos; recordaba pequeños detalles acerca de Bob Law, su modo de contemplar el cielo, su modo de tender el oído a la oscuridad, y a medio lavar los platos dijo:
—Voy a ir al pueblo.
Salió de la casa y ensilló su caballo.
Empezaba a oscurecer; hacia el oeste, la franja de luz tendida sobre las montañas iba estrechándose y perdiendo claridad. A aquella hora, el silencio era largo y profundo sobre la tierra, y toda la fragancia de la pradera se alzaba a su alrededor; delante de ella, las luces de Prairie City empezaron a parpadear. Cuando llegó, entró en la tienda de Wickert.
—Quiero un frasquito de perfume —dijo.
Pagó un dólar por él y se sintió desconcertada por su propia extravagancia. La noche había caído súbitamente y desde el umbral de la tienda de Wickert, Lisbeth vio hervir el polvo en los amarillos haces de claridad proyectados por las luces del establecimiento; las sombras creaban grandes espacios de oscuridad en las paredes de la calleja. Allí estaba cuando Bob Law salió del saloon de Mike Danahue. Las luces del saloon le iluminaron de lleno. Había estado bebiendo. Lisbeth se dio cuenta
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inmediatamente por lo inseguro de su paso cuando echó a andar calle abajo, apoyándose en la pared. Al llegar a la esquina del saloon, donde se abría la escalera que conducía al piso alto, se detuvo. No subió aquella escalera; se limitó a contemplarla.
Lisbeth montó en su caballo y salió del pueblo. Deseaba mirar atrás y comprobar si Bob Law había subido aquella escalera, pero no lo hizo. Ahora le conocía un poco más. La inquietud le había empujado hacia el pueblo, para beber; la soledad le empujaba hacia aquella escalera. Lisbeth pensó en ello durante todo el camino de regreso. Henry Zimmer estaba sentado en su rincón, silencioso, emitiendo unos leves sonidos con los labios mientras chupaba su pipa; su padre tenía el periódico semanal extendido bajo el cono amarillo de la lámpara, leyendo con un leve movimiento de su boca. Lisbeth se dirigió a su habitación y cerró la puerta para que nadie viera el perfume.
Lisbeth se quedó en pie en el centro de la habitación, con el frasquito en la mano. Nunca había usado perfume, y tenerlo ahora le parecía un poco pecaminoso. Pero pensaba en las diferencias que existen entre los hombres. Una mujer podía entregarse a Henry Zimmer y conquistarle; a Cam Skelton bastaría con sugerirle lo mismo. Pero Bob Law era distinto. Las cosas que deseaba le llegaban de un modo que las convertía en misteriosas: como el sonido del viento en la salvia, como el espectáculo de una nube colgada de las dentadas cumbres de las colinas; como, quizá, la fragancia del perfume en un vestido de mujer.
Abrió el frasco y se pasó el corcho húmedo por el escote y por los lóbulos de las orejas. Permaneció inmóvil unos instantes, con una sonrisa en los labios. Esto era para recordarle a Bob Law que las cosas que deseaba no estaban tan lejos como él pensaba. Luego dejó el frasco en el cajón de su tocador y salió al patio.
Media hora más tarde le vio llegar y desensillar su caballo. Ahora no estaba borracho; se apoyó en la cerca del corral y lió un cigarrillo con manos firmes. La luz del fósforo estalló contra su rostro todavía ávido e inquieto. No se movió, ni miró a Lisbeth, aunque la muchacha supo que tenía conciencia de su proximidad. Cuando se disponía a acercarse a él, oyó el rápido galope de dos o tres caballos en la oscuridad.
Los tres jinetes entraron en el patio y se detuvieron a poca distancia de Bob Law, el cual se encaró con ellos. Uno de aquellos hombres dijo, en tono frío y cortante:
—Escuche, míster. No ha llegado aún la época en que un agricultor pueda entrar en mi establecimiento, armar una trifulca y destrozar mis mesas de
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póquer. Tal vez me ha tomado usted por un imbécil. Bueno, no es usted el primer camorrista al que ajusto las cuentas.
Era un hombre robusto. Desmontó y avanzó hacia Bob Law. Sus botas crujieron sobre la alfombra de polvo del patio. Sam Hurd salió a la puerta, y también Henry Zimmer salió. Sam Hurd aulló: —¿Quién está hablando de este modo?
Pero nadie le contestó. El desconocido se precipitó contra Bob Law, agitando los brazos como dos aspas de molino. Lisbeth vio que el cigarrillo de Bob Law caía al suelo con una lluvia de chispas, y vio que Law tomaba impulso apoyándose con más fuerza contra los barrotes de la cerca y salía despedido hacia adelante. Los dos hombres chocaron, y el sonido de sus puños y el sonido de sus agitadas respiraciones se hicieron muy audibles en la noche. El desconocido lanzó de nuevo a Bob Law contra la cerca y avanzó, dispuesto a acabar con él. Lisbeth vio que Law se movía rápidamente alrededor del desconocido, y la cabeza del desconocido empezó a bambolearse sobre sus hombros cuando Bob Law le golpeó; el desconocido trató de conectar una de sus rodillas contra el bajo vientre de Bob Law, pero éste dio un salto de costado, con la ligereza de un gamo, y sus puños se estrellaron en el estómago, en el hígado y finalmente en la barbilla del desconocido, el cual se desplomó como un saco.
Pero otro de los jinetes, todavía a caballo, gritó repentinamente:
—¡Levante las manos, míster!
Lisbeth volvió la cabeza y vio que el jinete apuntaba a Law con un revólver. En el patio había un tocón con un hacha hundida en él. Lisbeth corrió hacia allí, agarró el hacha, la levantó por encima de su cabeza y voló hacia el hombre del revólver, el cual exclamó:
—¡Eh! ¡Oigan! ¡Detengan a esa loca!
Pero su caballo, a la vista del hacha, se encabritó y faltó poco para que el jinete saliera despedido de la silla. Con el rabillo del ojo, Lisbeth vio que Bob Law entraba en su tienda y volvía a salir.
—De acuerdo —dijo—, de acuerdo.
Estaba riendo, o al menos así se lo imaginó Lisbeth. Había ido en busca de su revólver y estaba apuntando a los dos jinetes; en realidad no reía. Sólo estaba sonriendo, complacido con la lucha: quería luchar. Dijo:
—En mis buenos tiempos puse patas arriba unos cuantos saloons, amigo. La ruta está llena de garitos como el suyo. Voy a contar hasta cinco, y…
El hombre caído en el suelo se incorporó rápidamente, diciendo:
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—¡Un momento! ¿Cómo diablos podía suponer que era usted un vaquero? Creí que era un agricultor.
Sam Hurd aulló:
—¿Qué diferencia hay?
El hombre dijo:
—Si hubiera usted crecido en un país ganadero lo sabría. Los muchachos tienen sus costumbres. Un poco de diversión al término de una fatigosa jornada. Perdone amigo.
Hacha en mano, Lisbeth vio alejarse a los jinetes. Henry Zimmer no se había movido del umbral de la puerta. Sam Hurd estaba gritando:
—¡Santo cielo! ¿Qué es lo que has hecho, Bob? Pero Bob Law dio media vuelta y entró en la tienda.
Lisbeth dejó caer el hacha y siguió a Law. En la tienda no había luz, pero las lámparas de la casa daban en la pared de lona y Lisbeth vio a Bob Law a aquel débil resplandor. Estaba sentado en una silla, y cuando levantó la mirada hacia ella Lisbeth vio únicamente la lasitud de su rostro. La muchacha se dejó caer de rodillas y murmuró apresuradamente:
—Le hubiera cortado el brazo. Lo hubiera hecho.
Estaba cerca de él, lo bastante cerca como para que pudiera captar la fragancia del perfume, y Lisbeth supo que la había captado. Lisbeth sabía siempre cuándo Bob Law tenía conciencia de ella; y él había tenido siempre conciencia de ella, aunque nunca lo hubiera demostrado abiertamente. Era algo contra lo cual parecía luchar.
Bob Law continuó sentado, con sus largos brazos caídos, sin hablar, mirándola con aquella rara expresión que asumía su rostro cuando pensaba en cosas lejanas o inaccesibles. La muchacha volvió a ponerse en pie.
Desde el patio, Sam Hurd aulló:
—¡Lisbeth! ¿Qué estás haciendo ahí?
Lisbeth dijo:
—Es duro y es aburrido trabajar todo el día solo. Por eso fuiste a emborracharte. Luego fuiste a la escalera que conduce al piso alto del saloon…
Bob Law dijo rápidamente:
—No la subí.
—¿Hubiera sido una ayuda… si la hubieras subido?
—No la subí —repitió Bob Law.
El perfume era un leve incienso en el calor de la tienda. Cuando Bob Law se puso en pie era una cabeza más alto que Lisbeth; cuando inclinó la mirada
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hacia ella, su expresión había cambiado.
Murmuró:
—He estado demasiado cerca de ti. No es bueno para un hombre…
—La soledad es peligrosa —dijo Lisbeth—. Sé lo que te gusta comer. Lo que te gusta oír. He prestado mucha atención a tus gustos, ¿sabes? Y me han educado para vivir en una casa de labor. Sé lo que hay que hacer. Has construido tres habitaciones. ¿Para qué es la otra habitación? ¿Para qué mujer, Bob?
Bob Law dijo, lentamente:
—¿Es eso todo para ti, Lisbeth? ¿No hay nada más?
Lisbeth murmuró:
—Una casa… con un hombre y una mujer en el mismo lecho. Eso es algo. Hay un fuego en la estufa; una atmósfera caldeada cuando en el exterior sopla el viento, y uno no está solo. Eso también es algo. Pero no todo. El resto…
Lisbeth sonreía cuando levantó sus brazos. Era el perfume, pensó —su leve llamada, el misterio de su promesa—, lo que atraía a Bob hacia ella. Alzó la cabeza, a fin de que Bob pudiera leer en sus ojos; y súbitamente se encontró entre sus fuertes brazos, sintiendo su beso. Esta era la cosa, aunque no tenía nombre. Esta sensación de plenitud, de que todo era como tenía que ser. Una parte de su mente pensó: «Nos trasladaremos cuando el pozo esté excavado. Yo llevaré la vajilla necesaria. Bob no tendrá que preocuparse por la casa nunca, porque yo cuidaré de ella.»
Pero la sensación se hacía más intensa y más absorbente, inundando por completo su cuerpo. Nunca lamentaría haber comprado el perfume.
Echó la cabeza ligeramente atrás para murmurar:
—El resto es amor…
Esto era lo que significaba una boda perfecta.
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UN DÍA EN EL PUEBLO
L LEGARON a Two Dance alrededor de las diez de la mañana y se detuvieron en el gran solar que se extendía entre el palacio de justicia y el hotel Cattle King. La mayoría de los agricultores acampaban allí cuando
venían al pueblo, ya que después de un largo viaje a través de las llanuras casi desprovistas de vegetación, bajo los rayos de un sol amarillo, la sombra de los gigantescos algarrobos era un consuelo. Joe Blount desunció los caballos, los abrevó y los ató a un poste. Era un hombre alto y desgarbado que había trabajado con sus manos demasiados años para desperdiciar movimientos, y si ahora se entretenía un poco más que de costumbre en su tarea se debía a su temor de lo que le aguardaba.
Su esposa estaba sentada en el pescante del carromato, con el menor de sus hijos en brazos. Tenía un imperdible en la boca y le decía al joven Tom:
—Procura apartarte de los caballos y no te acerques a la vía del tren. No sueltes de la mano a May. Recuerda que es demasiado pequeña para andar sola. A mediodía quiero veros aquí a los dos.
El joven Tom tenía siete años y estaba muy delgado. El viaje al pueblo le había excitado. Asintió con su morena cabeza, cogió de la mano a la pequeña May y los dos echaron a correr a lo largo de la calle y doblaron la esquina del Cattle King, gritando alegremente mientras desaparecían de la vista.
Blount levantó la mirada hacia su esposa. Era una mujer tranquila que no molestaba a la gente con su charla, y a veces resultaba difícil saber lo que pensaba. Pero Blount sabía lo que pensaba en aquel momento, ya que el problema les había estado atormentando durante los dos últimos meses. Blount se llevó la mano al bolsillo de su camisa pero la apartó inmediatamente, volviéndose a mirar el brumoso horizonte. No esperaba ver nada allí, pero en aquel instante no quería encontrarse con los ojos de su esposa. Dijo, en voz baja y paciente:
—¿No crees que podríamos arreglarnos con menos de trescientos?
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El bebé agitó sus brazos y sus cálidos deditos rozaron las mejillas de Hester Blount.
—No veo cómo —dijo Hester—. Lo hemos estado contando y recontando… y no podemos pasar con menos, Joe. Lo sabes perfectamente.
—Sí —murmuró Blount—, no podemos pasar con menos. Bueno, trescientos. Eso es lo que pediré.
Se metió las manos en los bolsillos y suspiró. Hester Blount habló de nuevo, en tono amable.
—Tienes que decidirte, Joe. En el peor de los casos, lo habrás intentado. Él sabe que eres un hombre trabajador y cumplidor de su palabra. Anda…
—Los dos hemos trabajado mucho —asintió Blount—. Y supongo que él sabe cómo están las cosas. No somos nosotros solos los que estamos así.
Echó a andar a lo largo de la calle, recordándose aquello a sí mismo: no eran ellos solos. Todos los colonos del Christmas Creek pasaban apuros, de modo que si él había fracasado no era porque no supiera desenvolverse. La idea le consoló; le hizo recobrar parte de su orgullo. Cruzando la calle en dirección al establo de Dunmire encontró a Chess Roberts, con el cual había arreado ganado en otros tiempos formando parte del equipo del Hat, y se detuvo a charlar con el vaquero hasta que, al mirar atrás, vio a su esposa que continuaba sentada en el pescante. Sintiéndose vagamente turbado, le dijo a Chess:
—Bueno, te veré más tarde.
Y se encaminó lentamente hacia el banco.
En la anticuada pieza del banco no había nada que llamara la atención de un hombre. Sin embargo, cuando penetró en su cálido y sombreado silencio, Joe Blount se quitó el sombrero y experimentó una sensación de malestar mientras avanzaba hacia Lane McKercher. Había un escritorio de madera de pino en un rincón, y un mapa de ferrocarriles en la pared con los condados del Territorio en colores distintos. Al otro lado de la estancia se encontraba la jaula donde el hijo de McKercher aguardaba a los clientes.
McKercher era alto y huesudo, y sus ojos podían cortar. Hasta tal punto eran penetrantes, como todo el mundo estaba de acuerdo en reconocer.
—Hacía mucho tiempo que le veíamos por el pueblo. Siéntese un rato. — Y su mirada vio más acerca de Joe Blount de lo que el propio agricultor hubiera podido decir de sí mismo—. ¿Cómo andan las cosas por Christmas Creek?
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Blount se sentó. Dijo:
—Vamos tirando.
Y posó las manos sobre el sombrero que tenía en sus rodillas. La vida al aire libre le había ennegrecido, el trabajo le había adelgazado y la seriedad permanecía como una mancha en sus mejillas. Tenía, recordó McKercher, alrededor de treinta años, había trabajado como vaquero en el Hat y luego se había casado con una muchacha de un pequeño rancho de las Yellows. A los treinta años un hombre no podía considerarse viejo, ni muchísimo menos, pero la región estaba imprimiendo su huella en Joe Blount. Cuando inclinó la cabeza, la piel alrededor de su nuca formó un pliegue, y su boca tenía aquella expresión medio severa provocada por el exceso de preocupaciones. Esto fue lo que vio McKercher. Esto, y la camisa de tela azul, lavada y remendada hasta lo indecible, y las duras y alargadas manos del hombre desmadejadas sobre sus rodillas.
McKercher dijo:
—Un poco de sequía por allí, ¿verdad?
—¡Oh! —dijo Blount—. Un poco. Sí, un poco de sequía.
El banquero se retrepó en su asiento y esperó, y el silencio se prolongó largo rato. Blount se removió en su silla, y levantó una mano, y le dio la vuelta al sombrero en su regazo. Sus ojos rozaron a McKercher y se posaron rápidamente en el techo. Volvió a removerse, intranquilo. Se llevó una mano al bolsillo de la camisa pero la dejó caer rápidamente.
—¿Le preocupa algo, Joe?
—Bueno —dijo Blount—, Hester y yo lo hemos estado pensando. Necesitaríamos trescientos dólares hasta la próxima cosecha. Tenemos que comprar simiente, y pasto para el ganado, y un poco de ropa para los niños. Es mucho dinero, pero lo hemos calculado detenidamente y no podemos pasar con menos.
—¿Un préstamo? —inquirió McKercher.
—Bueno, sí —dijo Blount, visiblemente aliviado.
—Vamos a ver. Tiene que transcurrir otro año para que le entreguen el título de propiedad de su terreno. Eso significa que no hay seguridad. ¿Qué tal ha ido la cosecha de trigo?
—Desastrosa. No cayó una sola gota de agua durante todo el mes de abril. —¿Cuánto ganado tiene?
—Bueno, no mucho. Sólo dos vacas. Tuve que venderlo el pasado otoño.
La hierba empezaba a escasear.
Miró a McKercher y añadió rápidamente:
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—No tengo nada para responder del préstamo. Pero soy un hombre honrado y trabajador.
McKercher clavó los ojos en su escritorio. No había mucho que ver detrás de las grises patillas de su rostro. La gente decía que las llevaba precisamente por eso: para que no pudiera saberse lo que estaba pensando. Pero sus hombros se levantaron y cayeron y habló en tono compungido:
—No veo porvenir para usted en aquel rancho, Joe. Las tierras de secano son difíciles de cultivar. Todos sus compañeros se encuentran en la misma situación. Esta región no es propia para la agricultura. Es tierra de ganado, y nada más.
Esperó que el agricultor insistiera con un argumento mejor. Pero Joe Blount no tenía ningún argumento que ofrecer, Sus labios se fruncieron ligeramente, y sus manos agarraron con un poco más de fuerza las alas de su sombrero. Dijo, en tono lento y amable:
—Me hago cargo de su punto de vista, Mr. McKercher.
Y se puso en pie. Su mano se dirigió de nuevo al bolsillo de su camisa y volvió a caer… y McKercher, mirando rectamente a los ojos del hombre, vio en ellos una expresión difícil de definir. El banquero sacudió la cabeza. Tenía una negativa rotunda en la punta de la lengua, pero, en contra de su costumbre, decidió aplazar el asunto.
—Lo pensaré —dijo—. Vuelva alrededor de las dos.
—Desde luego —dijo Blount, y cruzó la estancia con su andar pausado. Cuando se hubo marchado, McKercher recordó la mano del agricultor
dirigiéndose al bolsillo de su camisa. Aquel gesto quedó grabado en la mente del banquero.
Al salir del banco, Blount se detuvo. En aquel momento, Hester se dirigía a la mercería con el niño en brazos. Esperó hasta que su esposa entró en la tienda y entonces se encaminó a las afueras del pueblo. No quería que Hester le viera en aquel preciso instante. Sabía que McKercher le respondería con una negativa cuando fuera a verle a las dos. Lo había comprendido perfectamente por el tono del banquero, y estaba pensando en todas las cosas que debió explicarle a McKercher. Debió decirle que un par de años malos no pueden ser tenidos en cuenta al juzgar a un hombre. Que la tierra del Christmas Creek daría el mejor trigo de invierno del mundo. Que… Pero hablar no era lo suyo, nunca lo había sido.
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El joven Tom y la pequeña May estaban al otro lado de la calle delante del restaurante de Swing, mirando algo que había llamado su atención. Joe Blount les contempló por debajo de la inclinada ala de su sombrero; estaban muy delgados con el crecimiento, y necesitaban algunos vestidos. Siguió andando, y cerca del saloon encontró a Chess Roberts.
Chess dijo:
—Bueno, vamos a celebrarlo con un trago.
El olor a whisky y a humo de tabaco del saloon llegó hasta el olfato de Joe Blount y la boca se le hizo agua. Pero en aquel momento pensó en Hester y en los niños y se dijo a sí mismo que no podía permitirse ciertos lujos, tal como estaban las cosas. Murmuró:
—Ahora, no, Chess. Tengo que atender a unos encargos. Y tú, ¿qué estás haciendo?
—¿No te lo había dicho? Vuelvo a estar en el equipo del Hat.
Blount dijo:
—¿No hay trabajo para un hombre en el Hat?
—Ahora, no —respondió Chess—. Este año ha sido un poco duro. ¿No van bien las cosas en Christmas Creek?
—Sí, vamos tirando. Pero en verano… ya sabes. No me gusta estar sin hacer nada.
Cuando Chess se hubo marchado, Joe Blount se apoyó contra la pared del saloon y contempló a sus dos hijos que pasaban cogidos de la mano por delante del almacén. El joven Tom señaló algo y los dos niños pegaron sus naricitas al cristal de uno de los escaparates. Blount apartó la mirada. Los niños hacían cosas que lastimaban duramente el amor propio de un hombre, que le hacían sentir su fracaso. La pared del saloon le resguardaba del sol, pero el sudor perlaba su frente y pensó con desesperación en lo que podía hacer. Tal vez Dunmire necesitaría a un hombre para cuidar los caballos. Tal vez en la tienda le admitirían para partir leña. Era sábado, y los propietarios de los grandes ranchos no tardarían en acudir a Two Dance; quizás habría un agujero en uno de aquellos equipos. Faltaba una hora para el mediodía, y a mediodía tenía que regresar junto a Hester. Se encaminó hacia el almacén.
Hester Blount estaba de pie ante el mostrador de la mercería de Vetten. Había dejado al niño sobre el mostrador y contempló cómo levantaba los pies y trataba inútilmente de cogerlos con sus manitas. Hester Blount pensaba que la familia necesitaba muchas cosas. Ropa interior, medias y zahones. La
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pequeña May necesitaba un poco de tela para un vestido, y unos metros de cinta. No era justo que una niña creciera sin unas cuantas cosas bonitas, ni siquiera en Christmas Creek. Unas botas para el joven Tom, y otras para su padre; y otras más ligeras, abotonadas, para May. A dos dólares y medio el par, como mínimo. Y mucha franela para el bebé.
No pensó en sí misma hasta que vio la pieza de seda gris en el extremo del mostrador, y cuando la vio el corazón le dio un vuelco. No era justo ser tan pobre que el ver una pieza de seda le impresionara a uno de aquel modo. Apartó la mirada, avergonzada de sus pensamientos… como si se hubiera hecho culpable de extravagancia. Tal vez, si fuera joven y bonita, y deseara llamar la atención de un hombre, no sería tan absurdo pensar en vestidos. Pero ella ya no era joven ni bonita y tenía su hombre. Ahora sólo tenía que pensar en la pequeña May, que iba a ser una muchacha muy atractiva. En cuanto Joe tuviera seguros los trescientos dólares, volvería a la tienda y adquiriría todo lo que necesitaban… destinando unos cuantos peniques a la tela y a la cinta para el vestido de May.
Estaba allí, pensando en aquellas cosas y en otras muchas: era una mujer alta y bien parecida, próxima a los treinta años, morena y seria. Estaba acariciando inconscientemente las mofletudas pantorrillas del bebé, cuando entró otra mujer en la tienda y exclamó:
—¡Hester Blount! ¡No esperaba verte por aquí!
Hester dijo:
—¡Qué agradable sorpresa!
Y las dos mujeres se abrazaron. Hacía diez años, Hester y Lila Evenson habían sido amigas íntimas. Luego se habían casado, Hester con Joe Blount y Lila con un joven de Two Dance. Lila había engordado mucho y, como la mayoría de las mujeres gordas, le gustaba el color blanco. Ahora llevaba un vestido de aquel color, que la hacía parecer tan enorme como una casa. Encima del rígido cuello de su vestido, su piel aparecía enrojecida y una segunda barbilla temblaba ligeramente mientras hablaba. Hester Blount permaneció inmóvil, escuchando el chorro de palabras, notando el rápido escrutinio de los ojos de Lila. Sabía que Lila estaba tomando buena nota de todo: de su usado vestido, de sus pesadas botas y de las arrugas de su rostro.
—¡Y otro hijo! —exclamó Lila, inclinándose sobre el bebé y emitiendo una especie de gorgorito—. ¡Eres una mujer afortunada! Este es el tercero, ¿no? Aunque, supongo que allí, en el Christmas Creek, será un problema.
—No —dijo Hester—, no es ningún problema para nosotros. ¿Cómo está tu marido?
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—Muy bien —dijo Lila—. Compró la tienda del viejo Kerring, ¿sabes? No nos podemos quejar. Hemos tenido mucha suerte. Y, a propósito, tienes que venir a comer a casa.
Habían crecido en ranchos contiguos y habían asistido a la misma escuela y a los mismos bailes. Pero aquello había sucedido hacía muchísimo tiempo, y desde entonces las cosas habían cambiado para ellas. Y a Lila le había gustado siempre presumir ante los demás de su buena suerte. Hester dijo, amablemente:
—Lo siento, Lila. Pero me he traído el almuerzo, para ir más aprisa, y se echaría a perder. Joe tiene que solucionar varios asuntos y no puede entretenerse demasiado.
—A menudo me he preguntado lo que sería de ti —dijo Lila—. ¿Estás bien? Ha sido un año muy difícil para todo el mundo. Muchos agricultores se han arruinado.
—Estamos perfectamente —dijo Hester, en tono ligeramente orgulloso. —Me alegro mucho —murmuró Lila, sonriendo; pero Hester se dio
cuenta de que sus ojos continuaban observándola… y leyendo demasiado en ella—. La próxima vez que bajes al pueblo no dejes de venir a vernos — añadió Lila, antes de salir de la tienda.
Hester apretó fuertemente los labios y un intenso rubor cubrió sus mejillas. Cogió el niño, salió a la calle y vio que Tom no había regresado aún al carromato. Los niños no estaban a la vista y lo único que podía hacer era esperar. Al oír el lejano pitido de un tren, se encaminó a la estación.
El calor hervía a su alrededor y los pulimentados raíles brillaban al sol. En torno suyo se extendía la monotonía del desierto, tan familiar, tan amplio… y a veces tan difícil de soportar. Apoyada contra la amarilla pared de la estación, vio llegar el tren con su alto penacho de humo blanco. Vio a hombres de pie en las plataformas. Vio rostros de mujeres asomados a las ventanillas, ociosamente curiosos. Nada de todo aquello formaba parte del mundo de Hester. Y luego el tren se marchó, dejando detrás de él el recalentado olor del acero y del humo. Cuando se restableció el silencio, la estación quedó más solitaria que antes. Hester se dirigió hacia el carromato.
Eran casi las doce. Los niños llegaron, acalorados, fatigados y llenos de excitación. El joven Tom dijo:
—La escuela está en el mismo pueblo. Los niños no tienen que andar nada. ¿Por qué no tienen que andar tres millas, como nosotros?
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Y May dijo:
—He visto una muñeca de porcelana con vestidos de verdad y pestañas pintadas. ¿Me comprarás una muñeca de porcelana, mamá?
Hester cambió el pañal del bebé sobre el pescante del carromato. Dijo:
—Andar es bueno para la salud, Tom. ¿Por qué quieres una muñeca
ahora, May? Tendrás que esperar a Navidad.
—Bueno, tengo hambre.
—Espera a que llegue tu padre —dijo Hester.
Cuando Joe Blount apareció, poco después, Hester supo que algo andaba mal. Joe era normalmente un hombre tranquilo, poco inclinado a sonreír. Pero andaba con los hombros caídos y cuando llegó se limitó a decir:
—Supongo que tendremos que comer.
No miró directamente a su esposa. Tenía su propio orgullo, y Hester sabía que su actitud —de pie junto a la rueda del carromato, contemplando a sus hijos de un modo tan raro— no era normal en él. Hester sacó la cesta de bocadillos, las tazas y la jarra de café frío. Inquirió:
—¿Qué es lo que te ha dicho, Joe?
—Nada todavía. Tengo que volver a las dos. Quiere pensárselo.
Hester murmuró:
—Esperar un poco más no nos perjudicará.
Se sentaron en el suelo y empezaron a comer, los niños con un voraz apetito y sin dejar de hablar. Joe Blount les miró unos instantes en silencio y luego preguntó:
—¿Qué habéis visto en el restaurante, hijos míos?
—Olía muy bien —dijo la pequeña May—. El olor salía por la puerta.
Joe Blount se aclaró la garganta.
—No volváis a deteneros delante del restaurante. —¿Podemos marcharnos ahora? ¿Podemos ir a la estación?
—No dejes a May de la mano —dijo Blount, y les contempló mientras se alejaban.
Estaba sentado con las piernas cruzadas enfrente de su esposa, con sus grandes manos inmóviles y una expresión preocupada en el rostro. No había tocado su bocadillo.
—Esta mañana me he movido muy poco para tener hambre —se justificó.
—Lo sé.
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Nunca hablaban demasiado. Y ahora no había mucho que decir. Hester sabía que a su marido le habían negado el préstamo. Sabía que a las dos se marcharía para regresar con las manos vacías. Hasta entonces no hablaría del asunto, ni él tampoco. Pensaba, con el realismo de una mujer, en el panorama que se extendía delante de ellos. No tenían nada, a excepción del carromato con sus dos caballos y las dos vacas que habían quedado en el establo, sin haber comido nada aún. Regresarían a Christmas Creek, pero sólo para empaquetar sus cosas y marcharse, ya que habían demorado la petición del préstamo hasta que el último de sus sacos de harina quedó vacío.
Joe Blount dijo:
—He estado pensando. Este otoño no habrá mucho trabajo en el rancho.
Tendré que buscarme algún empleo.
—Tal vez debas hacerlo.
—En realidad, ya he llamado a unas cuantas puertas. La cosa está mal.
Pero puedo mirar en otros sitios.
Hester dijo:
—Te esperaré aquí.
Joe Blount se puso en pie. Miró a su esposa y dijo, con voz inexpresiva:
—Si estuviera en tu lugar, creo que no haría ningún encargo en las tiendas
hasta que yo regrese.
Hester contempló su rostro fatigado, sus hombros hundidos. Cuando Joe volvió la cabeza, para no encontrarse con sus ojos, se sintió invadida por un profundo sentimiento maternal.
Dijo:
—Joe. —Y esperó a que él se volviera—. Siempre hemos salido adelante, juntos, y también saldremos adelante ahora.
Joe Blount echó a andar calle abajo y dobló la esquina del Cattle King. Hester trepó al pescante del carromato y acarició suavemente al bebé, que estaba un poco nervioso a causa del calor. Una a una, repasó la lista de cosas que necesitaba, y una a una las fue descartando. Resultaba duro pensar en la pequeña May sin un bonito vestido. Los chicos pueden llevar ropas usadas, con tal de que sean de abrigo; pero una niña, una niña bonita, necesita algo que resulte agradable a la vista. Era muy triste ser pobre.
Al salir del banco, a mediodía, Lane McKercher miró hacia el solar y vio a los Blount que almorzaban a la sombra de los algarrobos. Se encaminó a la Arapahoe Street, andando a través de la agradable sombra de los álamos hasta la gran casa cuadrada que se alzaba al final de la calle. A la hora de comer su hijo quedaba al cuidado del banco, de modo que McKercher almorzó con su
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ama de llaves en un comedor cuyas persianas habían sido cuidadosamente echadas para que el sol no caldeara la habitación. Después de almorzar, se dirigió al salón y se tendió en un diván con un periódico sobre el rostro para su acostumbrada siesta.
El zumbido de una sola mosca turbaba el profundo silencio, pero no fue aquel leve rumor lo que le impidió dormir. Tenía ante sus ojos la figura de Joe Blount: la larga, paciente y trabajada figura de un hombre cuyos ojos habían sido tan azules y tan tranquilos ante una negativa. Bueno, por un instante había habido algo detrás de aquellos ojos, y luego se había desvanecido, eludiendo la penetrante mirada de McKercher.
Casi todos aquellos hombres que vivían en el desierto eran pacientes y poco habladores. Una dura existencia les había hecho de aquel modo, como el propio McKercher sabía perfectamente, ya que había compartido aquella existencia. Blount no era distinto de los demás, y muchas veces McKercher había tenido que contestar con una negativa a otros como él, sin que el asunto le dejara preocupado. Lo que le hacía pensar en Blount era alguna otra cosa. Y trataba de descubrirla.
La región, se dijo a sí mismo, era una región ganadera, y los que pretendían cultivar su árido suelo estaban condenados al fracaso. McKercher les había visto fracasar, año tras año. Llegaban con sus carromatos y sus familiares, rebosantes de esperanzas y se instalaban en el Christmas Creek; y un buen día volvían a pasar con sus carromatos vacíos, sus esposas envejecidas por el trabajo y sus hijos delgados y raquíticos por la falta de alimentos. Siempre habían fracasado y siempre fracasarían. Blount era un buen hombre, pero también lo eran la mayor parte de los otros. ¿Por qué tenía que estar pensando en Blount?
A la una se levantó notando el calor y notando el peso de los años, y se lavó manos y cara con agua fría. Encendiendo un cigarro, salió de la casa y echó a andar hacia el Cattle King. Mrs. Blount estaba sentada en el pescante del carromato, con un niño en brazos. El mayor de los niños se encontraba en el sombreado umbral del establo de Dunmire. McKercher entró en el saloon, aunque no para beber.
—Nick —dijo—, ¿ha estado aquí Joe Blount a echar un trago?
El dueño del saloon levantó la mirada hacia él desde una mesa de póquer vacía.
—No —dijo.
McKercher salió a la calle. Al pasar por delante de la tienda de comestibles de Billy Saxton se detuvo. Billy Saxton estaba pesando balas de
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heno en su enorme báscula. Al ver a McKercher interrumpió su trabajo, se secó el sudor y sonrió.
—El oficio de banquero —afirmó— es más cómodo.
—Tal vez —dijo Lane McKercher—. ¿Conoces bien a Joe Blount? —Desde luego. Un hombre formal. Trabajó en el Hat. El viejo Dale le
apreciaba mucho. Hace poco que ha estado aquí.
—¿Comprando comida?
—No. Ha venido a preguntarme si podía proporcionarle algún trabajo. McKercher continuó su camino hacia el banco. Jim Benbow llegaba en
aquel momento a Two Dance por el camino que descendía de las colinas, dejando una nube de polvo detrás de él. El sol se estrellaba contra las ventanas de la parte norte del pueblo, provocando en ellas una brillante explosión de luz, Joe Blount salió del establo y echó a andar hacia el Cattle King, esperando a Benbow.
Una vez en el banco, McKercher le dijo a su hijo:
—Puedes marcharte a comer.
Se sentó ante el escritorio de madera de pino. Benbow asomó la cabeza por la puerta principal, diciendo:
—Mac, esta semana necesitaré cinco mil… hasta que llegue la remesa de la última venta de ganado.
—De acuerdo.
McKercher permaneció completamente inmóvil, enojado consigo mismo porque, sin poder evitarlo, continuaba pensando en Joe Blount. Los hombres lo eran todo para Lane McKercher, que les veía pasar a lo largo de aquella calle día tras día y año tras año, estudiándolos con sus penetrantes ojos y elaborando sus juicios acerca de ellos. Si había algo en un hombre, tenía que salir a la superficie. ¿Qué había dentro de Joe Blount, para que él no pudiera darle nombre? Los ecos del reloj de pared del banco resonaban en el amodorrado silencio como el eco de unos pies arrastrándose por el suelo. Era la una y cuarto, y McKercher sabía que tendría que contestar a Blount con una negativa, por segunda vez. No acertaba a comprender por qué no le había dado ya una respuesta definitiva.
Blount encontró a Jim Benbow en la esquina del Cattle King, inmediatamente después de que el propietario del Hat hubo salido del banco. Estrechó la mano de Benbow, confortado y complacido por la sonrisa del ganadero al reconocerle. Benbow dijo:
—Llevaba mucho tiempo sin verte, Joe. ¿Qué tal por Christmas Creek?
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—Vamos tirando. Tiene usted muy buen aspecto. Para usted no pasan los años.
—Bueno, vamos a celebrarlo.
—No, gracias. Me estaba preguntando… En casa no habrá mucho trabajo hasta la primavera. ¿Necesita usted un hombre?
Benbow sacudió la cabeza.
—No, Joe. Lo siento.
—Desde luego…, desde luego —murmuró Blount—. Me lo imaginaba.
Se quedó apoyado en uno de los postes de la marquesina del Cattle King, con la mirada perdida en la brumosa luminosidad del desierto, más allá del pueblo. Estaba en la sombra, pero el sudor empezaba a deslizarse por debajo de la badana de su sombrero. Pensaba en los lugares que podían estar abiertos para un hombre, y sabía que no había ninguno, ni en el pueblo ni en sus alrededores. Aquélla era la estación más floja del año. Los niños se habían detenido junto a la puerta de la tienda de comestibles, cogidos de la mano, con una ávida expresión en sus rostros. Blount volvió la cabeza para no verles.
Sullen Ben Drury salió del palacio de justicia y pasó junto a Blount, quitándose el cigarro de la boca para saludarle y volviendo a colocarlo entre sus labios. El aroma del tabaco penetró en las fosas nasales de Blount con una terrible intensidad, y repentinamente el agricultor miró hacia el banco con la angustia de un hombre que ha perdido toda esperanza. Le asaltó una extraña idea: la de que las puertas de aquel banco estaban abiertas de par en par… y dentro de él había mucho dinero.
Se quedó muy quieto, con la cabeza inclinada, y al cabo de unos instantes pensó:
«Una idea descabellada para un hombre como yo.»
Eran ya las dos, y se encaminó al banco con su andar desmadejado. En el silencio de la estancia, sus pasos resonaron extrañamente. Se quedó en pie delante del escritorio de McKercher, esperando, con el rostro inexpresivo; sabía lo que McKercher iba a decirle.
McKercher dijo, lentamente y con un leve dejo de irritación:
—Joe, está usted perdiendo el tiempo en Christmas Creek. Y malgastaría el préstamo.
Blount dijo, suave y cortésmente:
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—Comprendo su punto de vista. No le reprocho que no se decida a hacer un préstamo sin garantías. —Miró por encima de la cabeza de McKercher, a través de la ventana, a la lejana línea del horizonte—. Las cosas son muy difíciles de alcanzar —murmuró—. Quise dejar de trabajar para los demás y establecerme por mi cuenta. Por eso vine a Christmas Creek. Pensé que podría dejarles algo a mis hijos. Un hombre siempre desea que sus hijos tengan algo mejor de lo que él ha tenido.
—Christmas Creek no es un lugar a propósito —dijo McKercher. Contempló a Joe Blount con gran atención, turbado por una sensación a la
que no conseguía dar nombre. Turbado por ella, e impaciente por ella.
—Es posible que no lo sea, y es posible que lo sea —dijo Blount—. La mala suerte no durará siempre. —Luego añadió—: Bueno, no quiero molestarle más. Le agradezco su atención.
Se puso el sombrero, y su mano se alzó hasta el bolsillo de su camisa… y volvió a caer inmediatamente. Se volvió hacia la puerta.
—¡Un momento! —dijo Lane—. No tenga tanta prisa.
Esperó hasta que Joe Blount estuvo de nuevo junto al escritorio. Entonces abrió un cajón y sacó una caja de puros, levantándola hacia Blount.
—¿Un cigarro? —inquirió.
Se produjo un largo silencio, mientras Joe Blount contemplaba los cigarros con los labios fuertemente apretados. Finalmente, murmuró:
—Ahora, no; muchas gracias.
Lane McKercher suspiró, visiblemente complacido por alguna idea íntima. Las cosas que un hombre llevaba dentro acababan por salir a la superficie, y ahora sabía por qué había pensado tanto en Joe Blount. Alzó la mirada.
—He estado pensando en su petición. En Christmas Creek, el éxito no depende de la suerte. Depende del agua. Hoy, al pasar por delante de la tienda de Billy Saxton, he visto un molino de viento de segunda mano. Servirá para el caso. Vaya a ver a Plummer Bodry y entérese de lo que le cobrará por excavarle un pozo. Nunca dejo en la estacada a un hombre, si puedo evitarlo. Le concederé el préstamo por los trescientos dólares y lo que importe el molino de viento y el pozo. Ahora, cuando vaya a hacer sus compras, diga que el banco responde por ellas.
—Yo… —empezó a decir Joe Blount.
Pero McKercher se había vuelto hacia su hijo, que acababa de regresar de almorzar, diciéndole:
—Acércame el libro mayor…
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Continuó hablando, y Joe Blount, sintiéndose despedido, dio media vuelta y salió del banco.
El hijo de McKercher se acercó a su padre.
—Al final le has concedido el préstamo. ¿Por qué?
McKercher se limitó a decir:
—Es una buena persona, Bob.
Pero él sabía el verdadero motivo. Un hombre que fuma, siempre lleva el tabaco en el bolsillo de su camisa. Blount había seguido alzando la mano, por la fuerza de la costumbre, hacia algo que no estaba allí. Bueno, un hombre como Blount tenía únicamente aquel pequeño vicio, y no estaría sin tabaco a menos de haber llegado realmente a las últimas. Sin embargo, su orgullo le había impedido aceptar el cigarro que le ofrecían. Con un hombre de aquellas cualidades, el préstamo era una buena inversión.
Hester le vio acercarse, andando lentamente, pero con los hombros erguidos. Palmeó cariñosamente la espalda del bebé, preguntándose los motivos de aquel cambio. Cuando llegó junto a ella, Joe dijo, casualmente:
—Voy a enganchar los caballos y a llevar el carromato hasta la tienda, para cargar lo que compres.
Hester le miró fijamente, ansiosa por saber lo que había ocurrido. Pero Joe se limitó a decir:
—Saldremos adelante.
Y Joe Blount, que rara vez sonreía, estaba sonriendo.
—Creo que necesitas unas cuantas cosas para ti. Ahora podemos permitirnos ese lujo.
—Quiero comprarle un vestido a May. Una muchacha necesita llevar algo agradable a la vista. —Hizo una pausa, y luego añadió, sabiendo lo mucho que su marido lo deseaba—. Y tú podrás comprarte un poco de tabaco.
Joe Blount suspiró.
—Sí, creo que lo haré —dijo.
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UNA DAMA EN EL OESTE
H UBO una última explosión de rayos, tan cálidamente vívidos como el tronar de la artillería, y luego el sol se hundió definitivamente detrás de la cordillera occidental. Inmediatamente, la violenta tierra pasó al otro
extremo; la inmovilidad y la transparencia se extendieron sobre la pradera, y la oscura hierba empezó a absorber el leve púrpura del crepúsculo. Sentado en los peldaños de la cabaña más próxima, Lee Post dejó caer su cigarrillo entre sus huesudos dedos, hablando amablemente:
—Otro día que ha desaparecido entre arreboles y sonidos de trompetas. Es un hermoso espectáculo, Cary.
A veces, Lee Post la sorprendía. A veces las tranquilas observaciones que hacía eran como un tímido asomar de un intenso sentimiento, profundamente oculto; ya que Lee Post, aparte esas raras ocasiones, era un hombre de movimientos lentos y escasas palabras. Unas diminutas arrugas se formaron en las comisuras de sus ojos mientras contemplaba el agonizar del día. Unas manchas de sudor seguían pegadas a su camisa, de la reciente galopada, y el ancho torso estaba completamente inmóvil.
Cary dijo:
—¿Te quedarás a cenar, Lee?
Lee Post se puso en pie con la aparente falta de esfuerzo de un indio.
—No —dijo—. Al oscurecer paso por delante del rancho de los Sudden.
Si pasara más tarde, Mrs. Sudden se asomaría a la ventana y diría: «¡Ah!» —El caballero —dijo Cary Kittredge burlonamente— insiste en
protegerme de la maledicencia.
—El hablar es una cosa ligera y lleva muy lejos.
—Como si no hubiera ya maledicencia en la región.
Lee Post dejó oír una risita, y su boca de trazo recto se curvó maliciosamente.
—Desde luego. Las habladurías son aquí un látigo que hace que los peores de nosotros nos mantengamos medio decentes. Pero no olvides que a
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la gente de la región le son perdonados sus pecados. Tú eres una forastera y las lenguas se cebarían en ti con más dureza.
—¿Después de tres años soy todavía una forastera? —inquirió la muchacha pensativamente.
Lee Post dejó caer su cigarrillo al suelo, lo aplastó con el tacón y dijo:
—Sí.
Cary Kittredge estaba de espaldas a la pared de la cabaña y era todo un espectáculo a la mortecina claridad del crepúsculo. Una camisa de hombre se ajustaba perfectamente a sus redondeados hombros. A pesar del rudo trabajo que se veía obligada a realizar, había en ella cierta distinción. No se mezclaba con la vida del distrito. Lee suponía que procedía de una familia de personas honestas y reservadas. Se evidenciaba a través de ella; el rostro de Cary era delicado, pero también implacablemente firme, decidido. Y, pensó Lee, no demasiado transigente. Apenas sonreía, aunque sus labios estaban hechos para la sonrisa y sus cabellos eran deliciosamente dorados.
—¿Por qué? —apremió Cary.
—Es algo difícil de explicar —dijo Lee Post lentamente, como si deseara dar a sus palabras su recto sentido—. No es que tú quieras ser mejor que los demás. Pero conservas los modales con los cuales naciste, y los demás proceden de una vida distinta a la nuestra. La gente censura lo que no comprende. Y se sentiría feliz si les dieras motivo para su maledicencia… sólo para demostrar que eres como todo el mundo.
—De modo que no me he mostrado lo bastante agradecida —observó Cary con cierta malicia— por el privilegio de vivir entre ellos.
—No aceptas la ayuda de nadie, por ejemplo.
—Nunca he pedido ningún favor —dijo la muchacha—. Quiero arreglármelas sola.
—A la gente le gusta hacer favores —observó amablemente Lee—, aunque sólo sea para crear una obligación. Levantar establos, rodeos, reuniones sociales… ¿Puedo hacer algo por ti antes de marcharme?
—No. Ésta es mi batalla, Lee.
—¿Una batalla continua? —inquirió Lee Post—. Hay tiempo para trabajar, y tiempo para permanecer ocioso.
Cary Kittredge se echó a reír, y el eco de su risa formó una leve melodía en las sombras cada vez más densas.
—Resulta difícil adquirir la costumbre de algo que nunca se ha tenido, Lee.
—Hasta mañana, poco después de mediodía —dijo Lee.
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—No estoy segura de que deba ir. Hay un montón de trabajo.
Lee Post no dijo nada, pero Cary vio que sus facciones se contraían, revelando inmediatamente lo que pensaba por su misma falta de expresión. Añadió, con cierto apresuramiento:
—De acuerdo, iré. ¿Sería más popular, Lee, si cambiara mis costumbres? —No puedes cambiar —dijo el hombre. Cary respondió suavemente:
—Creo que estás equivocado.
Lee inclinó la cabeza hacia ella, con una pregunta en los ojos, y por un instante Cary pensó que iba a hablar y se sintió invadida por una fría sensación, como de pánico; pero Lee se limitó a decir:
—Adiós.
Y se dirigió al lugar donde estaba su caballo. Un instante después el rítmico golpeteo de los cascos del animal se perdió a lo largo de las planicies. Siempre ocurría lo mismo cuando se marchaba: dejaba detrás de él una sensación de aplazamiento, de haber callado algo que estuvo a punto de decir. Cary sacudió la cabeza y murmuró en tono de disgusto:
«Ahora podemos reemprender el trabajo donde lo dejamos.»
Lee Post cabalgó hacia el Este en medio de la creciente oscuridad, con los ojos muy abiertos al paisaje y a su belleza. La tierra se desprendía de su calor en incesantes oleadas saturadas de olor a polvo y a salvia; una leve brisa cruzaba las llanuras. Al Sur, un cuarto de luna colgaba del cielo, muy pálida contra fondo oscuro del horizonte. Lee cruzó el puente del Dry River y penetró en otro camino. Las luces del rancho de Henry Sudden cortaban redondos agujeros amarillos en las espesas sombras. De pronto, los perros del rancho empezaron a ladrar. Lee Post se dijo a sí mismo:
«Me han visto ir hacia la cabaña de Cary; será mejor que me vean regresar.»
Y cabalgó hacia el patio del rancho.
El rechoncho cuerpo del viejo Henry Sudden retrocedió desde el barreño donde se estaba lavando y su calva cabeza destacó en la semipenumbra como un pálido semicírculo. Dijo, con su vozarrón de ranchero acostumbrado a los amplios espacios:
—Apéate, Lee. Te quedarás a cenar.
—Tengo que ir a casa —dijo Lee—. No he hecho casi nada en todo el día.
—Como quieras —gritó Henry Sudden.
Se frotó las manos con una toalla. En el interior de la casa, un cuerpo cruzó por delante de la iluminada puerta, y Henry Sudden bajó la voz, hasta
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convertirla en lo que él consideraba un susurro confidencial.
—No importa lo que las mujeres digan acerca de Cary Kittredge. Tiene coraje y energía. Pero no simpatiza con nosotros, ni simpatizará nunca. No, señor. El hombre que se case con ella tendrá que levantarse temprano y trabajar hasta muy tarde. Necesita a alguien en quien pueda volcar su propia energía. Alguien que amase una fortuna o se convierta en político. Si el tipo no es ambicioso, ella le insuflará ambición… y pensará por él. Encenderá un fuego debajo de él y le conducirá a la gloria… o a la bebida. —Henry Sudden dejó oír una risita—. Si quieres trotar con la brida corta, ésa es la muchacha que te conviene, Lee. Pero dudo que ésa sea tu intención. A veces, un hombre necesita detenerse a escupir y a pensar libremente.
—He visto algunas de sus reses cerca del cruce de las arenas movedizas —dijo Lee Post sin soltar prenda, y azuzó a su caballo.
Más allá del rancho de los Sudden se internó en una quebrada por cuyo fondo discurría un pequeño riachuelo, subió una pendiente de tres millas hasta un otero y cruzó su propia cerca. Hizo sus tareas a la luz de un farol, se preparó una cena ligera y más tarde se sentó en el porche y contempló con aire taciturno el oscuro paisaje a través de una nube de humo. Cincuenta Herefords pacían en una parcela de su propiedad; día a día había ido levantando este pequeño rancho. Había partido de cero, y ahora poseía una hacienda. Sin embargo, una sensación de disgusto empañaba su satisfacción; la rojiza punta del cigarrillo formaba un óvalo en la oscuridad.
«No pueden apresurarse el año y sus frutos —murmuró—. Ella no estaría nunca satisfecha conmigo. Dudo que se dé cuenta de que, en una región donde priva la fuerza del músculo, hay que tomarlo todo a grandes trancos. Es lamentable, pero lo mejor será olvidar los estúpidos sueños que alimento.»
Cary cruzó el patio trasero con un cubo y un farol. El tiempo tenía muchos modos de recordarle la rapidez con que pasaba, y Soo-Boss estaba erguida petulantemente junto a la cerca del corral interior.
«Estoy atada a la máquina que me alimenta», murmuró Cary, sintiendo aumentar su enojo. Ató la vaca a su pesebre, la ordeñó y le echó media espuerta de maíz. Transportó el pesado cubo hasta la casa, vertió la leche en cacerolas poco profundas y fregó el cubo antes de que la espuma de la leche se cuajara. Encendió el fuego y llenó la tetera de agua.
«Que no me digan que ésta es una vida libre», murmuró Cary, y fue a cerrar el gallinero contra su más encarnizado enemigo, la hermana mofeta. A
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lo lejos, en los pastos exteriores, vio al moteado ternero retozando. Cada día sucedía lo mismo, y a Cary le divertía el juego que representaba conducir al travieso ternero al corral interior. Pero aquella noche no encontró divertidos los veinte minutos que tardó en encerrar al ternero. Deteniéndose un momento, le dijo al animal:
«Uno de estos días vas a pagarme todos los pasos que me obligas a dar. Mi interés en tu seguridad, estúpido, es puramente mercenario.»
Cuando terminó de fregar los platos de la cena eran las nueve de la noche y Cary se sentía muy cansada. Pero el resentimiento de la tarde había puesto una especie de nudo en su estómago que no le permitía reposar. Sobre la mesa había una carta a medio escribir desde hacía dos días.
«Si no la termino hoy —se dijo a sí misma—, se quedará ahí años enteros.»
Releyendo el principio de la carta, dirigida a una amiga de la infancia, tomó la pluma y escribió:
Este Paraíso tiene sus puntos flacos, Ellen. Lo único que me retiene aquí es el recuerdo de aquel bisabuelo Kittredge que fue a la guerra de Méjico con una pierna de madera. ¡Yo tengo las dos de madera al término de la jornada! Apenas tengo tiempo para peinarme. No, no lo lamento… Lo que ocurre es que estoy furiosa. Esta tarde me han dicho algo que ya sabía. Los vecinos sospechan de mí, porque no voy a que me presten un huevo o una taza de azúcar. Cuando llegué aquí, supe que iban a considerarme como a una indefensa ciudadana del Este, y me prometí a mí misma demostrarles que podía salir adelante sin la ayuda de nadie. Pero, al parecer, eso les gusta todavía menos que la indefensión. No he hecho honor a sus pesimistas augurios, y esto les ha molestado, indudablemente. Pero ahora ya es demasiado tarde para cambiar de conducta… y no quiero cambiarla. Pero no sigas mi ejemplo y abandones la profesión de maestra de escuela para cultivar 160 acres en el Dorado Oeste…
La carta estaba redactada en términos muy distintos a los previstos. Sin embargo, Cary no cerró el sobre. Sabía que haría pedazos aquella carta y que escribiría otra. Era una cuestión de amor propio; ni en mil años admitiría que su aventura era un fracaso.
Una ceremonia cerraba el día. Echándose un abrigo por encima de los hombros, Cary salió al porche para dirigir una última mirada a la oscura y tranquila pradera. A aquella hora le gustaba sentirse relajada, pensar en que
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sus tareas habían terminado y su pequeño dominio estaba entregado al reposo nocturno. Habitualmente, la apacible calma de la noche la liberaba de sus preocupaciones hasta el punto de que en su alma se encendía de nuevo el fuego de su primitivo entusiasmo. Pero esta noche su excitado espíritu se negaba a apaciguarse. Las palabras de Lee Post seguían resonando en medio de las sombras. Cary sabía ya todo lo que él le había dicho. Pero procediendo de Lee Post resultaba deprimente, porque indicaba que él creía lo que Cary deseaba que nadie creyera, y él menos que nadie.
«¿Es que no se dan cuenta de que sólo trato de representar mi propio papel? —dijo Cary, en voz alta y rebelde—. ¿Es que no se dan cuenta de que no soy insociable ni egoísta? Tengo que seguir adelante… o fracasar.»
Al Sur, las luces del rancho de Henry Sudden parpadeaban alegremente. Cary las contempló y se negó a admitir que sería agradable cabalgar hasta allí en plan de visita. Ahora ya no. Era demasiado tarde. Los Sudden dirían: «Ajá, la dama del Este se está rindiendo». Se mostrarían amables con ella, y hablarían a espaldas suyas. Cary entró en la cabaña, cerró la puerta, colocó el rifle sobre una silla, al alcance de su mano, y se acostó. En realidad, estaba demasiado cansada para dormir y los diablillos de la duda danzaban en su mente.
«Esta es una región de hombres; les desagrada ver a una mujer que se desenvuelve por sí misma. Lo encuentran anormal.»
Mirando sombríamente al oscuro techo, Cary pensó en el problema tratando de verlo desde un ángulo impersonal, como si no le afectara a ella. Bueno, ¿era normal? En vez de emprender aquella aventura, ¿no debería estar bailando, llevando hermosos vestidos? ¿Acaso no iba a conocer nunca más el lujo de no tener preocupaciones? Llegaría un momento en que se convertiría en una solterona… Cary se removió debajo de las mantas, y el enjuto rostro de Lee Post apareció delante de ella como aparecía tan a menudo durante aquellas noches solitarias, mirándola con una expresión pensativa. Cary no supo cuándo se quedó dormida, pero repentinamente se encontró bailando en un enorme hotel, y un individuo delgado y elegante penetró a caballo a través de los amplios ventanales, llevando un inmaculado traje de noche y un sombrero de cowboy, y se acercó a ella. Ella dijo: «Lee, estoy tan cansada de bastarme a mí misma…» Luego, las gallinas que dormían en un rincón del salón de baile empezaron a cacarear, y ella le gritó a la multitud: «¡Dios mío! ¡Ya está aquí otra vez la maldita mofeta!»
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Era poco más del mediodía de un domingo sofocante, sin nubes, cuando Lee Post pasó a recoger a Cary con el buggy. La pradera cegaba los ojos con su resplandor, y el sol enviaba llamaradas de luz y de calor sobre la tierra.
—Así es el domingo en el Lejano Oeste —observó Lee Post—. Desollante. ¿Cómo te las arreglas para tener ese aspecto, Cary? Sonrosada, fresca y tranquila.
—Me he lavado la cara —dijo Cary, con aire ausente—. Me siento culpable. Tendría que estar trabajando. Hay tantas cosas que hacer… Anoche, las mofetas se llevaron dos de mis gallinas.
—Y se llevarán muchas más antes de que te mueras. ¿Qué importa eso? Hoy es domingo.
Cary recitó:
—Hay agua para las gallinas en las cacerolas y para el ternero en el barreño. La cerca del corral está cerrada. Los huevos recogidos. El pan amasado con la levadura…
—Hoy es domingo —repitió Lee Post.
Las preocupaciones de Cary se disolvieron en una sonrisa.
—Para una mujer que hace novillos eres un consuelo, Lee.
—Lo que no puede hacerse hoy siempre puede esperar hasta mañana — dijo Lee—. Lo que cuenta es el trabajo a la larga… de estación a estación. ¿Has visto nunca apresurarse a Henry Sudden? Ha ganado un centenar de miles de dólares, y los ha ganado esperando su momento.
Lee sonrió al ver la expresión de incredulidad de la muchacha.
—¿Qué edad tienes, Cary?
—Veintitrés años.
—¿Por qué viniste aquí?
Cary dijo:
—No vas a creerme. Lo que estaba haciendo no parecía conducir a ninguna parte. Por afán de aventuras, Lee.
—Aventuras… ¿aquí?
—Pueden estar aquí… cuando tenga tiempo para echar una mirada — murmuró Cary.
—Las cosas no llegan a menos que uno las tome —afirmó Lee—. Ésta es una tierra lenta. Hay que conquistarla a golpes.
El buggy cruzó el rechinante puente de tablas del Dry Creek y continuó a lo largo del camino que bordeaba el acantilado. Otro buggy, sobrecargado con tres jóvenes parejas, surgió del patio del rancho de Henry Sudden. En los vados del Squaw Creek, la procesión se había hecho larga y vociferante. Lee
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Post azuzó a su caballo para adelantarse y no llenar de polvo a los que iban detrás, pero los otros carruajes lo tomaron como un reto y apresuraron también la marcha. La sonrisa de Lee se hizo más profunda.
—Bueno, comerán arena, si ése es su gusto.
—No creo que se les haya ocurrido siquiera la idea de evitar el polvo — dijo Cary.
—Están acostumbrados a él —dijo Lee—. La única dama que hay aquí eres tú.
Cary enrojeció ligeramente.
—Eres descortés, o conmigo o con las otras.
—No lo creas. —Lee penetró en un camino sombreado por unos hermosos pinos—. Detrás de ti hay tal vez un centenar de años de vida apacible. En un medio estable. Aquí es distinto. Esta región es un poco salvaje… y la gente tiene que adaptarse a ella.
El camino terminaba en un claro que tenía el aire abovedado e introspectivo de una iglesia. El agua descendía desde lejanas alturas y se reunía en un pequeño lago de un verde cristalino. Cary se apeó del buggy y esperó con cierta inseguridad mientras Lee se alejaba con el carruaje. A medida que llegaban los demás, las conversaciones y las risas subían de tono. Cary calculó que había unas treinta personas, casi todas de su misma edad. La mayoría de los hombres le habían parecido más bien silenciosos, y las mujeres más recatadas que en otras partes. Pero ahora habían dejado a un lado su seriedad, y Cary se sentía más vieja que ellos. Lee Post regresó con una manta y Cary se sentó con la espalda apoyada en la rugosa corteza de un pino amarillo, al tiempo que veía a una muchacha delgada separarse de un grupo y dirigirle una mirada de hostilidad. Alguien aulló el nombre de «Lonzo», y un joven pelirrojo se apeó de su buggy con un palo de béisbol, una pelota y media docena de guantes. Se produjo una inmediata estampida hacia el centro del claro, y el joven pelirrojo tuvo que gritar por encima del barullo:
—Esta vez, mi pitcher es Lee.
—Esta vez —gritó Lee—, soy un espectador. Cary y yo haremos de carabinas.
La muchacha delgada miró de nuevo hacia ellos y sus labios se entreabrieron.
—¡Lee, aquí estoy!
—Ataca, Tommy, ataca —gritó Lonzo, el joven pelirrojo. Tommy miró rectamente a los ojos de Lee Post… riendo y sugiriendo más de lo
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conveniente, pensó Cary, mientras jugueteaba ociosamente con las agujas de pino.
«Esa Tommy quiere a Lee y todo el mundo lo sabe. ¿Es que no hay ninguna reserva entre ellos?»
El juego empezó y continuó ruidosamente, descuidadamente, con un pródigo derroche de esfuerzos. Tommy corrió hacia una improvisada segunda base, tropezó y cayó, haciéndose un desgarrón en la falda. Lonzo se acercó a levantarla, irónicamente galante, y trató de besarla. Tommy le abofeteó sonoramente entre una explosión de risas y de aplausos, acogidos por el joven pelirrojo con una amplia y despreocupada sonrisa. Todo se producía de un modo caleidoscópico, sin orden. Cary se dio cuenta de que el juego era sólo un medio muy eficaz para que aquellos jóvenes de exuberante vitalidad quemaran su exceso de energías. Un joven que se había erigido él mismo en árbitro —alguien le había llamado «Mac»— anunció un strike, y el muchacho que en aquellos momentos hacía de base se acercó al árbitro en actitud amenazadora.
—Si tratas de tomarme el pelo, Mac —dijo fríamente—, vamos a dar una vuelta por ahí, tú y yo solos.
La cosa no parecía grave, pero las alegres risas cesaron al instante. Evidentemente, pensó Cary, aquellas risas eran sólo epidérmicas; debajo de ellas, los tam-tam resonaban con fuerza. Recordando lo que Lee había dicho acerca de la tierra salvaje, Cary se volvió hacia él y descubrió que contemplaba la escena con una calma inexpresiva. Sus secas palabras hendieron el silencio como un cuchillo:
—Un poco de agua podría enfriar todo ese calor.
—Ya había pensado en ello —gritó el pelirrojo Lonzo, poniéndose al frente de la multitud, que avanzó en actitud amenazante.
Los dos querellantes trataron de defenderse, pero fueron dominados por la fuerza del número, y arrastrados hacia el lago, y lanzados a sus aguas. Todo el mundo aulló ante aquella barbaridad, y el juego continuó con más sinrazón que antes. Una muchacha regordeta de mejillas muy coloradas se salió del juego y se dejó caer a los pies de Cary, murmurando:
—Estoy rendida.
Pero estaba fingiendo, y Cary vio que sus ojos miraban venenosamente a Lonzo, el cual se encontraba en la tercera base con el brazo familiarmente apoyado en el hombro de Tommy.
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La cosa continuó largo tiempo, los jugadores entrando y saliendo, hasta que la luz del día empezó a menguar en el claro rodeado de árboles. El agotamiento y el hambre suspendieron el juego. Lee empezó a levantarse, pero Cary estaba ya delante de él, sonriendo.
—Deja que sirva la dama —dijo, y se dirigió hacia el buggy.
Se produjo una nueva confusión. Con la cesta de la comida en la mano, Cary vio a la vital e insaciable Tommy de pie en el borde del agua.
—Por dos centavos —gritó Tommy— me quito el vestido y me echo al agua. Estoy asada de calor.
—Toma —dijo Lonzo, rebuscando inmediatamente en sus bolsillos.
No era posible, pensó Cary, y sintió humillación por la muchacha. Tommy se irguió encima del agua y miró retadoramente a su alrededor. Un joven bajito y mofletudo —la pareja de Tommy, que se había pasado la tarde mirando— se acercó a ella y le dijo algo en voz baja y preocupada. Pero Tommy le apartó de un empujón, con los ojos clavados en Lee Post, resplandeciendo con aquel extraño brillo que parecían reservar para él. Cary comprendió que Tommy estaba esperando la opinión de Lee. Y Lee la expresó tranquilamente.
—Prefiero mi agua potable sin sabor a lápiz de labios, Tommy.
La muchacha hizo un mohín de contrariedad. Pero Lee tenía una evidente influencia sobre ella, ya que Tommy dio media vuelta y se dirigió hacia la hilera de buggys, contoneándose y sin avergonzarse del desgarrón de su falda.
Cary echó a andar con la cesta de la comida, pensando fríamente:
«Tommy está dispuesta a conquistar a Lee a cualquier precio.»
La multitud se había reunido en pequeños grupos. La muchacha regordeta y el joven pelirrojo se acercaron al lugar donde estaba Lee; Tommy se acercó seguida por su serio acompañante; y los seis se sentaron en círculo y comieron silenciosamente, con los dedos, mientras el día declinaba rápidamente. Cary ofreció un bocadillo a Lee y sonrió ante la subrepticia comprensión que vio en su mirada; inmediatamente notó el peso de la enfurruñada vigilancia de Tommy.
Alguien menos letárgico que los demás acarreó una brazada de ramas secas y encendió una fogata; paulatinamente, los pequeños grupos formaron un amplio anillo alrededor de las llamas. Una muchacha empezó a cantar suavemente; y se produjo un lento relajamiento.
La muchacha regordeta dijo:
—Me he puesto redonda.
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Y se sentó junto al pelirrojo Lonzo, el cual la contempló con aire pensativo.
Alzando la mirada, Cary vio a otras parejas tan absortas como aquélla; tan absortas como si el mundo circundante no existiera. Debajo de la tranquila superficie había un fermento antiguo, muy antiguo. Cary se sintió afectada por él y pensó:
«Esos jóvenes tienen mucha vitalidad.»
Y descubrió los ojos de Lee Post llenos de un extraño e inquisitivo interés. El pelo húmedo de Tommy estaba pegado a una cabeza realmente bonita, y la muchacha dedicaba ahora su atención a su serio compañero.
«Se está cubriendo —pensó Cary—, por si no puede conseguir a Lee.»
En el claro resonaron unos pasos amortiguados. La impertinente voz de un hombre dijo:
—Parece que llego tarde.
El cuerpo de Lee Post salió proyectado hacia adelante y sus facciones se endurecieron. Un caballo se acercó a la fogata, conduciendo a un tipo desastrado de hombros muy anchos y un cuerpo tan recio que parecía soldado a la silla. El recién llegado inquirió ásperamente:
—¿Quién tiene un trago para mí?
—Hola, Pope —dijo Lee.
Habló en tono inexpresivo, pero Cary notó que el obtuso rostro del recién llegado se volvía rápidamente hacia Lee, con una expresión vigilante.
—¿Eres tú, Lee?
—Sí. ¿Te has perdido, acaso?
—Voy y vengo —dijo el hombre, con una especie de sonsonete.
—Eso veo —convino Lee Post.
El rostro del individuo estaba teñido de rojo por la luz de las llamas. Cary creyó que iba a hablar furiosamente por la clara indirecta que acababa de dirigirle Lee. Pero se limitó a barrer el silencioso círculo con una mirada final, dio media vuelta y se marchó.
—Me parece haberle visto rondando alrededor de mis tierras —dijo Cary. —Es muy probable —observó Post. Luego añadió, en voz baja—: La
visita no ha sido casual.
La excursión había terminado. Lonzo se puso en pie, murmurando:
—Un día de éstos, Lee, tendrás que poner el reloj de Pope Hunker en hora.
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Lee no respondió. Dio la mano a Cary para ayudarla a levantarse y fue en busca del buggy. Cary vio a Tommy a horcajadas en su caballo, vigilando.
Tommy murmuró, intencionadamente:
—Hasta la vista, Lee.
Extendió una mano y Lee la tomó, diciendo algo en voz baja, algo que ensombreció todavía más el rostro de la muchacha. La escena duró unos segundos, y Lee montó en el buggy y recogió a Cary. Ésta se sentó muy erguida, diciéndose a sí misma:
«Creo que eso ha sido el final de las esperanzas de Tommy. ¡Pobrecilla!» Pero un oscuro peso pareció desprenderse de sus hombros, dejándola con una extraña ligereza durante todo el camino de regreso. Uno a uno, los buggys fueron separándose, y el eco de las ruidosas despedidas se confundió con el murmullo de la brisa nocturna. Las estrellas brillaban pálidas en el cielo; delante de ellos se recortó la oscura silueta de la cabaña de Cary. Lee la ayudó a bajar y la acompañó hasta el porche, esperando allí mientras Cary encendía la lámpara. Cuando la muchacha regresó, Lee tenía la cabeza inclinada y una
inescrutable expresión en el rostro.
—He disfrutado mucho, Lee, y mi educación progresa. Creo que podría ser como…
Se interrumpió, pero Lee Post completó la frase.
—¿Como Tommy?
—Sí —dijo Cary.
—Tommy se toma la vida tal como viene, sin preocupaciones de ninguna clase. Cuando juega, lo pone todo a una sola carta. ¿Qué te hace creer que podrías ser así, Cary?
—No hay dos clases de mujeres, Lee. Todas somos iguales.
Lee sacudió la cabeza.
—Si el pan untado de mantequilla de Tommy cae al suelo, Tommy se lo comerá, con polvo y todo. Si quiere a un hombre, parcialmente bueno y principalmente malo, lo tomará y cerrará los ojos a su aspecto malo. Tú te morirías de hambre antes que comerte el pan sucio. Y nunca tolerarías el aspecto débil de un hombre. Tu innato deseo de tener las cosas rectas y ordenadas no te lo permitiría. Tú eres una dama.
Cary permanecía muy quieta, escuchando más el timbre de la voz de Lee que sus palabras, y se oyó decir:
—Incluso la más fría de las mujeres tiene sentimientos, Lee.
En algunas cosas, pensó Cary con una parte de su cerebro, una mujer no necesita ninguna enseñanza. Lo único que tenía que hacer era ofrecerse, y Lee
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la tomaría. Lee la deseaba. Era algo que estaba por encima de aquellos débiles argumentos. Lee quería estar equivocado acerca de ella; quería barrer todas sus dudas. Aquel hombre alto, cuyos ojos se mostraban ávidos a la luz de la lámpara, estaba tratando de ser lógico contra sus propios anhelos. Cary notó de nuevo una repentina frialdad. Su propia voz sonó decepcionada al decir:
—Buenas noches, Lee.
—Y mañana será otro día —dijo Lee Post.
Cary deseó ver la expresión del rostro de Lee, pero éste se volvió rápidamente y se encaminó hacia el buggy, desapareciendo inmediatamente. La muchacha se sintió invadida nuevamente por el desaliento; entró en la cabaña y volvió a salir con el cubo y el farol. Ordeñó a Soo-Boss impacientemente. Cerró el gallinero y fue en busca del ternero, en los pastos exteriores, pero a medio camino cambió de idea.
«Esta noche —murmuró—, vas a pasarla al raso.»
Se acostó, desanimada, diciéndose a sí misma:
«Los Kittredges siempre han tenido demasiado orgullo.»
Por la mañana, la cerca de los pastos exteriores estaba abierta de par en par y el ternero había desaparecido.
«La primera vez que descuido mis obligaciones ocurre esto», gruñó Cary, enfurecida consigo misma.
Dejando a un lado sus otras tareas, recorrió todos los pastos. Su primera idea fue la de que el ternero había roto el alambre espinoso de la cerca por algún lugar y escapado por allí. Pero una minuciosa inspección le permitió comprobar que el alambre estaba intacto en toda la extensión de la cerca. Y el hecho de que el portillo estuviera abierto daba a entender la intervención de un hombre. Entonces se le ocurrió pensar que podía tratarse de un robo. No tardó en descubrir las huellas de los cascos de un caballo que llegaban hasta la cerca y retrocedían. En su retroceso, las huellas se mezclaban con las del ternero desaparecido, dirigiéndose hacia el Oeste.
Cary se apoyó contra la cerca, desalentada. Era la primera vez que se enfrentaba con un robo, y el hecho la dejó ligeramente desconcertada, como una impresión recibida de una fuente completamente inesperada. Luego empezó a pensar lo que el ladrón había hecho desde el punto de vista de sus propios planes. El terreno significaba para ella una cantidad de dinero con la cual pensaba pagar los impuestos y contratar a un jornalero para que labrara sus tierras. La suma perdida no era exactamente desastrosa, pero daba al traste
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con unos proyectos cuidadosamente establecidos. Aquel ternero, pensó Cary, era la primera prueba tangible de que debía luchar para ganar su batalla. Y ahora estaba dispuesta a hacerlo.
De repente, Cary echó a andar furiosamente, ciegamente, con los puños cerrados, a través del suelo desigual.
«¿Por qué han tenido que hacerme esto? Es mi ternero, propiedad mía. No voy a perder dos años de trabajo así como así. Probablemente se lo llevaron porque creyeron que una mujer no podría luchar. ¡Bien!»
Había tomado una decisión. Entró en la casa, cogió su revólver del 38, ensilló el caballo y se dirigió al lugar donde empezaban las huellas del ladrón. Eran lo bastante claras como para que cualquiera pudiera verlas, hundidas en la blanda tierra de la pradera. A media milla de distancia penetraban en el rocoso cauce de un arroyo, pero Cary supuso que se encaminaban hacia el Oeste y continuó en aquella dirección. Dos millas más adelante las huellas reaparecieron en el borde del arroyo.
«Ha sido muy listo —murmuró Cary—. Pero yo recuperaré mi ternero.» Las huellas ascendieron por la ladera de una pequeña loma, y al llegar a la
cumbre Cary vio a lo lejos los edificios de Red City; inmediatamente recordó algo que Lee Post había dicho en cierta ocasión acerca de las matanzas clandestinas. El ternero no llevaba ninguna marca en una región donde las marcas constituían casi la única prueba legal de propiedad… y allí estaba el pueblo. Cary reemprendió la marcha.
«No importa —se dijo a sí misma obstinadamente—. Es mi ternero.» Estaba segura de lo que iba a encontrar, y un poco asustada. Una cosa era
saber lo que había sucedido, y otra dar el siguiente paso. Penetró en una polvorienta calle, cruzó unos solares vacíos y llegó a un corral —el encerradero del carnicero Ruderman—, y vio al ternero moteado frotando nerviosamente con el hocico los barrotes de la cerca. Cary apretó los dientes y permaneció inmóvil unos instantes, mirando. No había nadie a la vista. Apeándose del caballo, echó a andar hacia la cerca. Una voz de hombre inquirió bruscamente:
—¿Qué diablos está usted haciendo ahí?
Cary giró sobre sí misma rápidamente, hablando casi antes de ver a Ruderman, que se acercaba con las manos cruzadas sobre su sucio delantal.
—Ha robado usted mi ternero —exclamó Cary, y entonces vio a Pope Hunker que se acercaba lentamente.
—¿Suyo? —rió Ruderman. Cary se dio cuenta, enfurecida, de que el hombre gozaba con aquella situación—. Está usted loca. Le he comprado ese
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ternero a Pope Hunker.
Cary se volvió hacia Pope Hunker, hecha una furia.
—¿De modo que es usted el ladrón?
Hunker frunció el ceño.
—Si fuera usted un hombre, Kittredge, le haría tragar esas palabras. Ese ternero es una cría que he estado engordando desde hace mucho tiempo.
—El ternero es mío —repitió tercamente Cary.
—¿Dónde está su marca? —preguntó Ruderman, guiñándole el ojo a Hunker.
—Abra esa cerca —dijo Cary, convencida de que no le harían caso.
Hunker se echó a reír y se apoyó contra la cerca del corral.
—Márchese a casa y olvídese del asunto, Kittredge.
Cary tenía la fusta en la mano. Se estaban riendo de ella y lo sabía. De repente, se acercó a Hunker, levantó la fusta y le cruzó el rostro con ella, gritando:
—¡Maldito ladrón!
Hunker agarró la fusta y la arrancó de manos de Cary.
—Voy a…
—Tal vez —interrumpió una voz lenta y casual— pueda participar también yo en el juego.
Cary vio a Lee Post de pie a su lado. No acertaba a comprender cómo estaba allí, pero el hecho era que estaba allí, mirando fijamente a los dos hombres. Sus palabras resonaron como un trallazo:
—Otra lección, Cary. Hay momentos en que conviene hablar y momentos en que conviene utilizar otra clase de persuasión. Ruderman, es usted un cerdo. Hace un par de horas me encontraba en el vestíbulo del hotel, mientras usted hacía trato con Hunker por ese ternero.
—Hunker dijo que era suyo —replicó Ruderman—. Yo me limité a comprárselo.
—Como ha hecho otras veces.
—No me gusta eso —gruñó Ruderman.
—Y va a gustarle todavía menos —dijo Lee Post suavemente, y echó a andar, hacia Pope Hunker.
Hunker, bajo la tensa mirada de Cary, apartó ligeramente los brazos de su rechoncho cuerpo y clavó unos ojos llenos de odio en Lee Post.
—Se le ocurrió la idea anoche, cuando vio a Cary en la excursión —dijo Lee—. Sospeché que se le ocurriría, y por eso estoy aquí. Ha caído usted en lo más bajo, Pope.
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Cary vio la amenaza mortal en los ojos de Hunker, y empezó a hablarle a Lee. Pero los acontecimientos se precipitaron con inusitada rapidez. Lee Post avanzó un paso. Hunker levantó los hombros y hundió una mano debajo de su chaqueta, al nivel de la cintura. Las mejillas de Lee palidecieron y todo su cuerpo estalló. Cary oyó el impacto de un puño en la carne; vio que Hunker se doblaba grotescamente por la mitad. Lee Post le golpeó salvajemente, implacablemente, hasta que Hunker se desplomó sobre el polvo. Lee se inclinó sobre él, y Cary vio que tenía el revólver de Hunker en la mano.
—Su camino conduce hacia el Sur —dijo Lee Post, respirando agitadamente—. ¿Me ha entendido, Pope? Si vuelvo a verle, será a través del humo de mi revólver.
Hunker no dijo nada. Tenía el rostro hundido en el polvo, y un hilillo de sangre se deslizaba lentamente a través de una de sus sienes. Lee Post le contempló fijamente largo rato, y la expresión de ira se borró de sus ojos. Volviéndose hacia Ruderman, le dijo:
—Compra usted la carne demasiado barata, Ruderman. Esto es una advertencia. Más tarde vendré por el ternero. ¿Vamos, Cary?
Mientras avanzaban calle arriba, Cary volvió a notar el ardor del sol.
Murmuró, muy lentamente:
—Supongo que debería estar avergonzada.
Lee Post no pareció haberla oído. Cruzaron el sombreado porche de un hotel y penetraron en el desierto vestíbulo. De pronto Lee Post se detuvo y miró a Cary, hablando amablemente.
—Tenías la nariz llena de polvo y estabas lo bastante enfurecida como para maldecir. Pero ahora eres una dama… y te disculpas por ser humana.
—Ésta es una región de hombres, Lee. Sé reconocer cuando me han vencido.
Aquella sensación de distanciamiento flotaba de nuevo entre ellos.
Cary pensó:
«Si alzara mis brazos…»
Levantó los dos brazos hacia él, y su ávido rostro, también. En los tranquilos ojos de Lee Post se encendió una lucecita, y apretó a Cary contra su pecho.
Aquella débil voz interior le dijo a Cary:
«Hay cosas que una mujer no necesita aprender.» Lee se echó hacia atrás, alarmado. —¿Estás llorando, Cary?
—Estoy riendo, querido.
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Era una cosa muy rara, pero Cary se sentía muy joven y muy alegre.
Murmuró:
—Todas las mujeres enamoradas son iguales. Te quiero, Lee. Así es como lo diría Tommy.
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HORIZONTES PROFUNDOS
E L viento aullaba por encima de la oscura pradera y se estrellaba contra las paredes de la casa. Cuando Matt Hobart entró se apresuró a cerrar la puerta, pero una ráfaga de aquel cruel viento de diciembre penetró en la habitación, agitando la llama de la lámpara de petróleo que había sobre la
mesa.
Matt se quedó un momento junto a la puerta, con los labios fuertemente apretados y el rostro contraído. Avanzando hacia él, Eileen supo que estaba terriblemente agotado. Dijo:
—Theo, pon una silla junto a la estufa.
Le quitó la bufanda a Matt, silenciosamente enfurecida porque su marido no tenía abrigo y no podía permitirse comprar uno.
—Siéntate, Matt.
Theo acercó una silla al fuego y se quedó de pie junto a ella, mirando a su padre pero sin hablar. A los siete años era una niña delgada, con una mata de cabellos rojizos y una seriedad impropia de su edad. Cuando Matt se dejó caer en la silla, Theo se inclinó, le besó en la nuca y se quedó detrás de él, erguida e inmóvil. Jackie surgió entonces de un rincón oscuro de la habitación y se acercó también a la estufa. Se llevó las manos a la espalda, haciéndose el distraído; fingía no ver a su padre, pero le miraba astutamente por el rabillo del ojo, dispuesto a estallar en una carcajada. A pesar de que sólo tenía seis años, era más alto que Theo.
Eileen contempló aquella escena con una expresión de ternura. Matt sonrió, apuntó a Jackie con su dedo índice y el niño se echó a reír. En la habitación había un afecto que suavizaba la amenaza del viento que soplaba en el exterior y aliviaba las preocupaciones de Eileen. Acercándose a la estufa, puso la comida en los platos.
—Lo que necesitas es algo caliente, Matt. Ven a la mesa.
Le dolió ver la lentitud con que Matt se levantaba de la silla, aquel hombre normalmente tan lleno de vitalidad. Matt se lavó las manos y cara sin
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jabón y vertió el agua que había utilizado en un cubo, ya que el agua era demasiado escasa para desperdiciarla, en aquel seco invierno. Luego se sentaron todos a la mesa y Matt bendijo los alimentos con voz profunda y esperanzada. Estaba más alegre, con el calor de la habitación fundiendo la infelicidad de sus ojos. Poseía la facultad de arrojar lejos el desaliento, y la elasticidad de su espíritu le permitía superar con buen ánimo aquella pobreza de la pradera. Eileen se maravillaba a menudo de ello, del mismo modo que se había maravillado en muchas ocasiones de lo extraña que resultaba la vocación sacerdotal de su marido. No era un hombre estudioso, ni un hombre apacible. Había en él una turbulencia y una irascibilidad que incluso ahora, después de cinco años de su ordenación como Pastor, coloreaba todos sus actos; una energía de luchador contra la cual tenía que rechinar con frecuencia los dientes. Sus hombros eran anchos y sus nudillos sólidos.
Matt Hobart estaba mirando el plato de su esposa, el cual no contenía casi nada. Eileen dijo:
—He perdido el apetito de estar tanto tiempo encerrada en casa.
Sabía que él no la creía. Su mirada barrió la mesa y vio lo que había en ella, y el color de sus ojos volvió a cambiar. Eileen comprendió que no lo mencionaría delante de los niños, pero estaba asustada… y cambió de tema.
—¿Has visto alguna huella del ternero?
—He perdido su rastro en el lecho del río. El suelo está helado.
—¿Lo robó alguien? —preguntó Jackie.
—Lo tomaron —dijo Matt Hobart.
—Fue el viento que sopló anoche —dijo Eileen—. No podíamos haber oído a nadie que anduviera por el establo. —Inclinó la mirada. Su voz tembló, no de desesperación, sino de contenido furor—. Precisamente a nosotros. ¿Por qué tenían que hacernos eso a nosotros?
Matt susurró.
—Eileen…
Y lo amable de su tono hizo que Eileen levantara la cabeza. Matt estaba sonriendo. No le quedaba mucho consuelo que dar, pero el poco que tenía se lo estaba ofreciendo a ella.
Jackie dijo, en tono misterioso:
—¿Sabéis qué día es pasado mañana?
Theo hizo un desdeñoso mohín y dijo:
—Eso lo sabe cualquiera. Es Navidad.
—¡Navidad! —exclamó Jackie, riendo sonoramente.
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Matt echó su silla hacia atrás; se puso en pie y dijo rápidamente, quedamente:
—Es la hora de la lección.
Eileen empezó a quitar la mesa, ayudada por Theo. Matt Hobart cogió un libro del antepecho de la ventana, pero estaba pensando en otra cosa, ya que cruzó la habitación y se quedó mirando la reproducción litografiada de un famoso cuadro que colgaba de una de las paredes. Luego dio bruscamente media vuelta y se acercó a la mesa, donde le esperaban los niños. Abrió el libro y se lo entregó a Theo.
—Esta noche vas a leer acerca de una Navidad de hace mucho tiempo, cuando los soldados de George Washington estaban acampados en Valley Forge. Escucha atentamente esa historia, Jackie. Pronuncia bien las palabras, Theo, espaciándolas como es debido.
Eileen, atareada en el fregadero, se sintió consolada por aquella escena. El cuerpo de Matt estaba relajado en la silla, y su cabeza caía un poco hacia adelante mientras escuchaba el lento murmullo de las palabras de Theo. Jackie permanecía inmóvil, clavado al suelo por el peso del brazo de su padre sobre su pequeño hombro. Todos estaban serios y atentos. La luz de la lámpara suavizaba las facciones de Matt, y Eileen se dio cuenta de que también él se sentía consolado.
Matt dijo:
—Tu voz, Theo, debe detenerse, pero no caer, cuando llegues a una coma.
Afuera, un hombre dijo:
—¡Hola, hola!
Empujó la puerta, entró en la habitación y volvió a cerrar. Llevaba un capote militar que le cubría de la cabeza a los pies y el sombrero hundido sobre la frente, de modo que apenas se distinguían sus facciones.
Matt se puso en pie. Dijo:
—¿Cómo está usted, Tom? Quítese sus cosas.
Los chiquillos se volvieron obedientemente hacia el recién llegado.
—No puedo entretenerme —dijo éste. Dirigió una mirada de curiosidad a su alrededor—. He pasado por la casa de Jim Grisim. Se está muriendo y quiere verle a usted. Hace una noche infernal para salir.
Eileen miró a Matt con una expresión de silenciosa protesta. Los hombros de Matt se hundieron… y volvieron a erguirse. Eileen vio que su rostro cambiaba; vio reaparecer en él la terrible fatiga, Pero Matt dejó el libro sobre la mesa.
—Desde luego. Ahora mismo voy hacia allá.
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El hombre dijo:
—Me gustaría llevarle, pero voy con un poco de retraso y mi esposa estará preocupada. Con este tiempo…
Se dirigió hacia la puerta. Las palabras de Matt Hobart le sorprendieron con la mano en el tirador.
—Anoche perdí un ternero. ¿No lo habrá visto usted por casualidad extraviado en el camino?
—No.
—Era un ternero de raza, que valía setenta y cinco dólares.
—Blanco y moteado, lo recuerdo. —El hombre enarcó las cejas—. Últimamente, esto se ha llenado de individuos poco recomendables. Bueno, me quedan cinco millas por recorrer.
Se marchó apresuradamente, ansioso por desaparecer antes de que Matt pudiera pedirle algún favor. Le oyeron azuzar a sus caballos; y luego el ruido del carruaje se perdió en la distancia.
Eileen encontró los ojos de Matt contemplándola con una paciente y resignada comprensión.
—Tom tiene un largo trayecto que recorrer —dijo Matt—. Cada uno se debe a los suyos.
Eileen dijo, con una crueldad que no pudo evitar:
—Entonces, deja que Jim Grisim se las arregle solo.
Matt Hobart no se sorprendió. Se limitó a sacudir la cabeza:
—Ese es un viaje que los hombres temen emprender solos. Tal vez pueda decirle algo que se lo haga más fácil.
Estaba poniéndose la bufanda y los guantes de lana, pero miró hacia la puerta y el rugido del viento provocó en él un imperceptible estremecimiento. Cogió un farol y lo encendió.
Eileen dijo:
—Espera.
Entró en el dormitorio y volvió a salir con una manta, cubriendo a Matt con ella y sujetándola alrededor de su cuello con un imperdible. Cuando Matt abrió la puerta, ella salió detrás de su marido.
—¡No salgas, Eileen!
—¡Date prisa…, date prisa!
Eileen se cogió del brazo de su marido y luchó a su lado contra el viento mientras se encaminaban al establo. Una vez dentro, tomó el farol y lo mantuvo levantado sobre su cabeza, temblando, en tanto que Matt enjaezaba
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el caballo. La pálida luz centelleaba contra el aire helado. La vaca Guernsey gruñó quejumbrosamente en su pesebre. Matt dijo:
—De modo que sólo nos queda un saco de patatas y media pella de tocino. ¿Por qué no me lo has dicho?
Eileen dijo:
—No me casé contigo para que te metieras en la cocina, Matt. Eso es asunto mío… y ya nos arreglaremos. ¿Le has hablado al diácono acerca de tu paga?
—Mañana pienso ir a verle.
Matt se adelantó, conduciendo al caballo, y se detuvo delante de su esposa un momento: una forma alta, borrosa, contra las frías sombras. Quería decirle algo, pero frunció los labios y guardó silencio. Mientras ataba el caballo al buggy, gritó:
—Vete a casa antes de que te quedes helada.
Eileen inclinó la cabeza y echó a correr hacia la casa. El cielo estaba muy oscuro, y las estrellas eran un remoto resplandor contra aquella negrura. Las ventanas de la casa esparcían una difusa luz amarillenta. Tres millas al Sur, la vivienda más próxima aparecía débilmente iluminada; era la única señal de vida en la oscura y vacía pradera. Eileen cerró la puerta y apagó el farol. Sus manos estaban frías y entumecidas, y el calor de la estufa no conseguía hacerla reaccionar. Los dos niños continuaban sentados a la mesa, sus cabezas inclinadas, muy juntas, sobre el libro.
—Es hora de acostarse —dijo Eileen.
La idea de la Navidad les disciplinaba enormemente; sus secretos y anticipaciones coloreaban todo lo que veían y ponía risa en ellos. Se desvistieron inmediatamente, calentándose junto al fuego. Jackie miró astutamente a su hermana y trotó hacia el dormitorio; Theo anduvo lentamente, con los labios entreabiertos, sumida en sus sueños. De pie junto a la estufa, Eileen les vio arrodillarse, uno a cada lado de la cama. Jackie nunca rezaba en voz alta. Entrelazó sus dedos y miró a Theo, la cual pidió devotamente a Dios que cuidara de los suyos. Su voz bajó de tono hasta convertirse en un susurro y volvió a levantarse.
—… patines para Jackie y una muñeca para mí… una muñeca de cera con vestidos y un gorro de encaje. Amén.
—Amén —dijo Jackie, y saltó rápidamente al lado caliente de la cama.
Theo exclamó:
—¡Tú ya tuviste ese lado anoche! ¡Hoy me corresponde a mí!
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Pero Jackie se cubrió la cabeza con las mantas, riendo debajo de ellas. Theo le golpeó con sus puños, dio la vuelta a la cama y se deslizó bajo las mantas por el otro lado, diciendo:
—Eres un granuja.
Pero cuando estuvo en la cama se sentó, muy erguida, con el rostro iluminado por la esperanza.
—Me gustaría que mañana fuera Navidad.
Eileen dijo:
—Buenas noches.
Y se volvió de espaldas a sus hijos.
Estaban dormidos cuando Matt regresó, dos horas más tarde. Tenía las manos demasiado entumecidas para desabrochar el imperdible que sujetaba la manta. Eileen tuvo que quitársela. El viento le había despellejado el rostro y sus ojos reflejaban la crudeza de la noche. Eileen pensó, enfurecida: «Ni siquiera un perro merece ese trato», y tocó a su marido en el hombro. Matt se acercó a la estufa y se quedó allí, frotándose lentamente los brazos. Al cabo de unos instantes dijo:
—¿Sigue deseando Theo aquella muñeca de la que tanto hablaba? —Creo que se ha olvidado de ella, Matt.
—No. No puede haberla olvidado. Había echado mis cuentas confiando en el ternero. Eran setenta y cinco dólares…
Eileen dijo:
—No te preocupes, Matt.
Matt Hobart se sentó, con sus anchos hombros hundidos, su negra cabeza inclinada hacia la estufa. No volvió a hablar.
A las siete de la mañana, una luz grisácea manchó las ventanas. El viento continuaba soplando, hurgando con sus delgados y crueles dedos en los resquicios de las paredes de la casa. Eileen preparó dos bocadillos de pan untado con mermelada de ciruelas silvestres y los metió en los bolsillos de su marido; y le aseguró la bufanda alrededor del cuello. Matt no quiso llevarse la manta. Antes de salir, se detuvo un momento en la puerta, con una extraña expresión en los ojos, y Eileen supo que se sentía avergonzado por no poder proporcionarles las cosas que necesitaban. Pero Matt se limitó a decir:
—Voy hacia el Sur. Probablemente regresaré un poco tarde.
Se inclinó a besar a su esposa, levemente, sin calor, sin orgullo. Y cerró rápidamente la puerta detrás de él.
Se dirigió hacia el este a lo largo de un camino que no era más que un par de roderas a través de la pradera. El viento soplaba del sur, terriblemente frío.
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De cuando en cuando, Matt tenía que frotarse el rostro con la mano enguantada; el aliento de su caballo formaba un vaho evanescente contra el aire. Muy lejos, al sureste, el molino de viento de Dike Tyler se recortaba contra el gris horizonte, pero aparte de aquella silueta la pradera se extendía desoladoramente vacía. En esta región de Nebraska, la vida se ocultaba en chozas de barro debajo de la línea del firmamento, en barrancas resguardadas y en los fondos secos de los arroyos. La gente de su distrito era espantosamente pobre; pobre, y desalentada por la perspectiva de otro año de sequía. Al cruzar el puente sobre el Irene Creek, Matt tomó la dirección del molino de Dike Tyler. Elyria, el único poblado de la región, se encontraba a veinticinco millas al este.
Pasó junto a una balsa cuya agua, de un pie de profundidad, estaba helada, lo cual le hizo pensar en los patines que Jackie deseaba y en la muñeca que Theo no tendría. Theo se parecía mucho a su madre: paciente y llena de sueños; y resultaba brutal ir sentado en este frío buggy y anticipar la vista del pequeño y claro rostro de Theo luchando contra la decepción la mañana de Navidad. Theo rara vez pedía nada. Matt Hobart podía aceptar todo lo que le ocurriera a él, pero no podía soportar la idea de la pobreza a que estaban condenados Eileen y sus hijos.
Tenía el rostro contraído por esas reflexiones cuando penetró en el patio de Dike Tyler. El molinero clavó en un tronco el hacha que empuñaba y levantó hacia Matt unas mejillas húmedas y barbudas. Dijo:
—No tendría que salir sin abrigo, Hobart. Pillará usted un gripazo —pero vio la bufanda alrededor del cuello de Matt y comprendió por qué no llevaba abrigo—. Pensaba llegarme a su casa para hablarle de su paga. Admito que quince dólares al mes no es gran cosa, especialmente cuando se llevan tres meses sin cobrar. Pero el hecho es que el distrito no ha dado el dinero. Nadie tiene dinero. Ya sabe… la sequía y la langosta.
A través de la profunda decepción que experimentó Matt, se deslizó una sensación de alivio. No se había visto obligado a interesarse por el dinero. Tenía orgullo, demasiado para un Pastor metodista de un distrito de Nebraska en 1878. Había en él algunas emociones, obstinadas e irreductibles, que sólo podrían extirpar años enteros de penitencia. ¿Cuánto tardaría en verse libre de la intratable semilla de sus años mozos? Inclinó ligeramente la cabeza y murmuró:
—De acuerdo, Dike. ¿Ha visto usted por casualidad un ternero moteado y blanco?
—¿El suyo? No.
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—Jim Grisim está muy enfermo. Vaya a verle, si puede.
Dio media vuelta y se alejó lentamente. El día parecía ahora más oscuro que antes, y el frío más intenso. El viento soplaba brutalmente contra los oídos de Matt, y tenía los pies entumecidos. Se apeó del buggy y anduvo a su lado por espacio de un cuarto de milla, repitiendo la maniobra de cuando en cuando. Se detuvo en la cabaña de Len Hoogeman y tomó una taza de té, rodeado por las siete hijas pelirrojas de Hoogeman. La única habitación de la cabaña estaba partida en dos por una manta, y al otro lado se oían los gemidos de una mujer. La esposa de Hoogeman estaba dando a luz por octava vez. Cuando se disponía a marcharse, Hoogeman se acercó al buggy con medio saco de cebollas. Sonrió y dijo:
—Felices Navidades, Hobart. Esta es una región terrible. No comprendo cómo estamos vivos aún…, pero lo estamos.
Matt Hobart continuó su camino, andando al lado del buggy hasta que la sensación de peso empezó a alcanzar las plantas de sus pies. A unas cuatro millas del molino de Hoogeman un poste recién plantado sostenía un letrero en forma de flecha que apuntaba al fondo de una quebrada: «S. A. Slade. 1 milla». Sería una familia nueva en el distrito, pensó Matt, y dirigió su buggy hacia allí.
Mientras descendía, el rugido del viento dejó de resonar en sus oídos. Delante de él, un antílope saltó elegantemente, vio el carruaje y desapareció con toda rapidez. Poco después Matt divisó una cabaña pegada a la pared de la quebrada; enfrente de ella, en una pequeña explanada, había un carromato con el techo de lona. Dos delgados caballos, trabados a una estaca, levantaron la cabeza ante la proximidad del buggy. Un perro surgió de debajo del carromato, gruñendo. Súbitamente, detrás del carromato, Matt Hobart vio su ternero blanco y moteado.
Matt se apeó del buggy. La puerta de la cabaña se entreabrió y el rostro de un hombre asomó por la abertura, con una expresión suspicaz. Luego salió de la cabaña, y avanzó hacia el buggy, andando lentamente. Era un hombre calvo y rechoncho, con un mentón agresivo y unos ojillos astutos. Ladeó un poco la cabeza y esperó.
Matt Hobart dijo, amablemente:
—Me llamo Hobart. Soy el Pastor de este distrito.
—Si usted lo dice… —replicó el hombre, y esperó.
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Matt comprendió que su profesión no iba a servirle de ninguna ayuda. Tendría que retroceder a sus primeros tiempos, cuando había conocido y manejado a hombres como aquél. Dijo:
—Me ha hecho usted un favor. Veo que ha recogido a mi ternero, que se extravió hace un par de noches.
Los ojos del hombre estaban casi perdidos detrás del espesor de sus párpados. Replicó:
—Se equivoca. Traje ese ternero de Iowa.
—¡Qué raro! —murmuró Matt—. Permítame echarle una mirada más de cerca.
Pero el hombre gruñó, en tono perentorio:
—Le he dado a usted mi palabra, y eso debe bastarle. Harry, sal.
La puerta de la cabaña volvió a abrirse y surgió por ella un hombre más joven, recto como un listón. Avanzó hasta colocarse detrás del calvo, con sus largos brazos colgando de sus costados y una atenta mirada en sus ojos crueles.
Matt Hobart dijo, en tono firme:
—De todos modos, voy a echarle una mirada.
Y dio un paso adelante. El calvo levantó un brazo y empujó a Hobart hacia atrás. Sus dientes brillaban a través de sus labios entreabiertos.
—Siga su camino, cura. Nosotros no somos especialmente religiosos. ¿No es cierto, Harry?
Matt Hobart inclinó la mirada, respirando agitadamente. Luego se plantó sobre sus piernas, y por primera vez en aquel borrascoso día sintió calor. Un leve recuerdo de las suaves palabras del obispo Dover acudió a él: «La milicia es para la Iglesia, hijo mío. Pero en tu conducta personal, muéstrate siempre humilde». El tono de la voz del obispo resonó como una campana en su memoria; y luego, como los ecos de una campana, se apagó del todo y le dejó solo. Alzó el rostro. El hombre calvo avanzó la pierna derecha y levantó los dos brazos delante de él, en tanto que el más joven daba media vuelta y echaba a correr en dirección a la cabaña. Los ojos del calvo estaban muy abiertos. Un hondo gruñido surgió de su garganta mientras saltaba hacia Matt.
Eileen se daba cuenta de que la vaca disminuía cada vez más su producción de leche. No podía hacerse nada para remediarlo —ya que no disponían de suficiente forraje—, pero era como el desvanecerse de una última esperanza. Significaba tanto la leche para los niños… Eileen salió del
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establo con el cubo, la cabeza inclinada contra el viento, y regresó a la casa. Se detuvo en el centro de la habitación, contemplando a sus hijos. Estaban en el dormitorio, entregados a sus juegos. Pero el rostro de Theo, en aquel momento, era serio y soñador. La niña estaba pensando en la mañana siguiente, la mañana de Navidad. Los niños vivían de esperanzas. Eileen cogió el cubo del agua y se dirigió al pozo. Ató el cubo a la cuerda, pero al llegar al fondo chocó contra una superficie dura. El cálido verano y los helados vientos del invierno habían secado la mayor parte de la humedad de la tierra. Este era el principio de la verdadera pobreza.
Eileen regresó a la casa y se entregó a una furiosa actividad. Barrió la habitación, cambió los escasos muebles de lugar y encontró cosas para mantener sus manos ocupadas. «No debo concederme tiempo para pensar», se dijo a sí misma.
A mediodía comieron pan, gachas y leche. Jackie dijo: —Esta mañana ya hemos comido gachas para desayunar. —Jackie —advirtió Theo—. ¿Sabes qué día es mañana? Jackie sonrió sobre su escudilla de gachas: —¡Navidad!
Theo dijo:
—Entonces, ten cuidado.
Y miró misteriosamente a su madre.
Después de fregar los platos, Eileen se quedó contemplando la estrecha alacena. Se preguntó a sí misma, con una especie de furiosa insistencia: «¿Cómo podría guisar las patatas de otro modo?» Patatas y cebollas y un poco de grasa de cerdo. Pero Jackie no podía comer cebollas… Mantuvo su mente aferrada a aquellos pequeños cálculos, temerosa de dejarla en libertad. A través de la pradera, otras mujeres contemplaban sus alacenas con la misma oscura ansiedad. La plaga de la langosta había asolado la región. Un cuadro llenó entonces la mente de Eileen, completa y trágicamente: el de unos hombres agachados sobre los asientos de sus carromatos, soportando estoicamente los embates del viento…, el de unas mujeres contemplando en silencio sus alacenas vacías, esperando.
La espera resultaba muy dura. Eileen quedó sorprendida al descubrir que se había sentado ante la mesa. Su cuerpo estaba inclinado y rígido, y los dedos de una mano repiqueteaban sobre el tablero de la mesa con la monótona insistencia del agua goteante. Retiró la mano y apretó los labios,
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preguntándose obstinadamente: «¿Cómo podría guisar las patatas de otro modo?».
La voz de un hombre resonó al otro lado de la pared de la cabaña. Antes de que Eileen hubiera terminado de levantarse, un puño golpeó la puerta de un modo perentorio. Luego, sin aguardar a que le invitaran a pasar, el hombre entró, cerrando la puerta detrás de él. Un abrigo le cubría desde las orejas hasta las pantorrillas, y a la mortecina claridad de la habitación su rostro era una mancha borrosa bajo la sombra de su sombrero. Súbitamente levantó la cabeza y Eileen vio que sus ojos recorrían la habitación, rozaban a los silenciosos chiquillos y se detenían en ella con apreciativo interés. Tenía un rostro alargado y moreno, y hacía más de una semana que no se había afeitado.
Se acercó a la estufa, quitándose los guantes y desabotonándose el abrigo. Eileen vio el revólver que pendía de su cadera derecha. No protestó; conocía a esa clase de hombres.
El desconocido dijo, con voz cortante:
—Prepáreme algo para comer.
Y se acercó a la ventana, inclinando su largo cuerpo para mirar a través de ella. Eileen se dirigió obedientemente a la alacena; sacó una rebanada de pan, una jarra de gelatina y un vaso de leche. Lo dejó todo sobre la mesa y se apartó a un lado. Los niños estaban mirando a través de la puerta del dormitorio, sin hablar. El rostro de Theo no reflejaba ningún temor, pero el de Jackie revelaba un evidente desagrado. El hombre giró rápidamente sobre sí mismo, como impresionado por aquel silencio, y su mano descendió hacia su cadera, para apartarse luego. Se encogió de hombros.
—Creo que estoy un poco nervioso —murmuró. Al ver lo que había sobre la mesa, gruñó—: Eso es pienso para las gallinas, señora. Yo necesito algo más sólido.
Eileen dijo, quedamente:
—No tengo nada más.
El hombre se acercó a la alacena y miró a su interior. Se volvió, inquiriendo, en tono irritado:
—¿Quién es el dueño de esta casa?
—Matt Hobart.
El hombre se relamió los labios desagradablemente.
—¡Vaya! —exclamó—. ¿Cómo es posible que la familia de un Pastor viva de un modo tan miserable? Si Dios no les proporciona a ustedes
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alimentos, será mejor que su marido se dedique a un trabajo de hombres para dar de comer a su familia.
Se sentó a la mesa, untó el pan con gelatina y empezó a comer vorazmente.
La habitación estaba muy silenciosa; los ojos del hombre se posaron en Eileen aprobadoramente.
—Es usted joven y guapa. ¿Por qué no se marcha de esta miserable región?
Eileen no respondió. El hombre la miró fijamente.
—No le gusta a usted, ¿verdad? —Levantó su brazo hacia la ventana, hacia el opaco cuadrado de tierra y cielo que se divisaba a través de ella—. ¿No le gusta eso?
Eileen irguió la cabeza. Tuvo que realizar un enorme esfuerzo para enfrentarse con los ojos del hombre. El desconocido insistió, casi brutalmente:
—¡Conteste!
—Sí —dijo Eileen—. Me gusta.
—¿Eso? —se mofó el hombre—. ¡Diablos! Échele una mirada. ¡Es un lugar para animales salvajes, no para hombres! Una región miserable que quema a la gente en verano y la crucifica en invierno. No hay agua, no hay ningún árbol. La langosta se come las cosechas, cuando el calor no las abrasa o las matan las heladas. Un hombre se rompe el cuello trabajando… para vivir como una bestia en su guarida, con su esposa y sus hijos muriéndose de hambre, demasiado pobre incluso para regresar al Este. ¡Y dice que le gusta!
Su boca era delgada; era cruel. Se abrochó el abrigo y volvió a ponerse los guantes. Miró de nuevo a los chiquillos. Miró al enfurruñado Jackie, y otra vez a Eileen.
—Su marido es un tonto, señora. Dígale que la saque de aquí, y pronto. — Abrió la puerta, pero antes de salir se volvió, asaltado por una idea bestial—. Si hay un Dios, ¿por qué permite que ocurran estas cosas, y por qué hace que un hombre como yo tenga que estar huyendo siempre? ¡No creo en su religión!
Cerró, dando un portazo, y poco después el sonido de los cascos de su caballo se desvaneció hacia el oeste.
Eileen se acercó a la ventana y le vio desaparecer por la pradera. La habitación se había llenado de aire frío, y las rodillas de Eileen temblaban. Se apartó de la ventana y se dejó caer en una silla. Se sentía muy débil.
Jackie dijo:
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—Ese hombre no me gusta.
Eileen miró a sus hijos.
—No le digáis nada de esto a vuestro padre. Sólo serviría para preocuparle.
Pensó: «¿Cómo guisaré esas patatas?» Pero se encontró incapaz de continuar disciplinando sus sentimientos. El hombre le había dicho que era joven y guapa; la había mirado con aprobación. Eileen se puso en pie y se acercó a un pequeño espejo colgado de la pared; el espejo le devolvió la imagen de su rostro, terso y ovalado, con una mancha de oscuridad en los ojos que no desaparecería. Tenía veintiocho años, y éste era su activo. Allá, en Ohio, su familia estaría preparando ahora los pasteles de Navidad, y la amplia y alegre casa olería a especias y a abeto, y todos los corazones estarían llenos de alegría, y todos los labios llenos de risas.
La rebeldía ardió en el pecho de Eileen, salvaje e incontrolada. Murmuró: «Tengo que dominarme», pero se sintió incapaz de ahogar sus amargas emociones. Éste era su activo, sin gracia, sin esperanza. Tenía veintiocho años, y con el tiempo sería como las otras mujeres de la pradera, viejas y tranquilas. Con el tiempo, Matt sería como los otros hombres, abocado a una resignación que no tendría nada que ver con su antiguo espíritu luchador. Sus hijos crecerían mal alimentados, sin más educación que la que ella pudiera darles. En esta región salvaje no poseían nada. Ni siquiera esperanza para el día de Navidad.
Theo se acercó silenciosamente a su madre. Su mano, cálida y firme, se apoyó sobre la rodilla de Eileen. Inquirió, en voz baja:
—Mamá, ¿qué pasa?
Eileen se puso en pie. Dijo:
—A tu padre le gustaría que estuvieras leyendo, Theo.
Era un largo día… ¿Acaso no iba a terminar nunca? Eileen murmuró:
«Tengo que hacer algo…, tengo que hacer algo.»
Salió de la cabaña y partió un poco de leña del montón apilado junto a la casa. Fue en busca de otro cubo de agua y luego alimentó y ordeñó a la vaca. Casi inmediatamente oscureció, con una solitaria noche extendiéndose ante ellos y un viento más intenso azotando las paredes de la cabaña. Eileen encendió la lámpara. No se le había ocurrido otro modo de guisar las patatas. Las hirvió, frió unas lonjas de tocino y llamó a los niños.
—Vuestro padre llegará muy tarde. Yo cenaré con él.
Eran unos niños que siempre estaban hambrientos, pero ahora recordaban que mañana era Navidad y no tenían apetito. Los pensamientos de Jackie
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provocaban en él apagadas risitas; y las facciones de Theo tenían una expresión soñadora. Eileen se acercó a la oscura ventana y permaneció junto a ella hasta que los niños terminaron de cenar. Theo quitó la mesa y quería fregar los platos. Pero su madre no se lo permitió. A la hora de acostarse llevó la lámpara al dormitorio y la sostuvo en alto mientras los niños rezaban. Luego, Jackie dijo:
—Puedes meterte en el lado caliente, Theo.
Y se deslizó debajo de las mantas.
Eileen murmuró:
—Buenas noches.
Y salió del dormitorio. Oyó susurrar a sus hijos con reprimida avidez: sus esperanzas eran demasiado intensas para que pudieran contenerlas. De pronto, Theo dijo, en voz alta:
—Mamá, he decidido utilizar la caja de los zapatos para hacerle una cama a mi muñeca.
Eileen dejó la lámpara sobre la mesa y volvió a entrar en el dormitorio. Los niños la contemplaron con repentina seriedad. A Eileen le resultaba difícil hablar. Las palabras se detenían en su boca; tuvo que empujarlas para que salieran.
—No debéis esperar demasiado de esta Navidad. No tenéis que llorar si no nos llega nada. Estamos muy lejos, Theo, y en el mundo hay mucha gente que necesita cosas. Si este año no se acuerdan de nosotros, pensad que otras personas que necesitaban algo lo tendrán, gracias a nuestro sacrificio.
No la creían. La escuchaban, simplemente. Eileen no podía romper aquella esperanza…, aquella fe en una eventual justicia. Les dio las buenas noches, se inclinó a besarlos y salió del dormitorio. Se sentó en una silla, con las manos sobre la mesa, completamente inmóvil. Pensó: «¿Por qué tiene que ser tan duro el mundo?», y escuchó el incesante azote del viento contra las paredes de la cabaña. La habitación se había enfriado. Eileen se puso en pie, llenó la estufa y volvió a sentarse. Esperar era siempre lo peor. ¿Qué se había hecho de su valor?
Eran más de las ocho cuando oyó llegar a Matt, e inmediatamente supo que algo no marchaba como era debido, Matt solía dirigirse directamente al establo, a fin de evitar al caballo la inclemencia del tiempo. Pero ahora se había detenido delante de la puerta. Eileen sabía que tenía una obligación, la de levantarse y acercarse a la puerta y estar allí, sonriente, cuando su marido entrara. Pero permaneció inmóvil, llena de temor, y no se movió hasta que después de un largo intervalo Matt entró y cerró la puerta detrás de él,
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empujándola con el hombro. Entonces, Eileen se puso en pie de un salto, exclamando:
—¡Matt!
Su marido tenía el rostro lleno de magulladuras, y los labios hinchados, y la nariz llena de helados cristales sanguinolentos. Eileen avanzó hacia él, angustiada.
—¡Matt! —repitió.
—Encontré el ternero —dijo Matt—. Me han dado setenta y cinco dólares por él, en Elyria. Se lo vendí a Jim Kelly, del rancho «Star Cross». Por eso he llegado tan tarde. ¿Duermen ya los niños?
Se acercó a la mesa y Eileen notó entonces que llevaba un voluminoso paquete debajo del brazo. Lo dejó sobre la mesa y se quitó los guantes. Empezó a hurgar en la cuerda que ataba el paquete con dedos entumecidos, hasta que se puso nervioso y rompió el cordel. Cansado como estaba, sonreía dichosamente mientras la luz de la lámpara revelaba el contenido del paquete: una muñeca de cera, un par de patines y una caja de cartón, plana. Apartó los juguetes a un lado y abrió la caja. En su interior había un vestido, un hermoso vestido de seda de color morado, igual que los que Eileen había visto en un semanario ilustrado.
Matt Hobart murmuró, en tono inseguro:
—Este es tu regalo de Navidad, Eileen.
Eileen se apretó contra su marido, llorando repentinamente sin reserva, entrecortada y silenciosamente. Matt apartó el vestido, sosteniéndolo con una mano, y abrazando con la otra a su esposa.
Eileen murmuró:
—¿Por qué has hecho eso? Necesitamos tanto la comida…
La rígida y helada frialdad de las ropas de su marido se pegó dolorosamente a su rostro.
—Henry Elser vendrá mañana con su carromato y traerá comida suficiente… —dijo Mat. Permaneció unos instantes silencioso—. Pero necesitábamos estas cosas tanto como la comida, Eileen.
Eileen no fue capaz de mirar a su marido. Su respuesta fue como un sollozo:
—Pero yo no tengo nada que ofrecerte…
Matt Hobart colocó cuidadosamente el vestido sobre la mesa; luego cogió la barbilla de su esposa y la obligó a levantar la cabeza. Así, estrechamente abrazados, recordaron lo inmisericordes que habían sido los años… y podían serlo todavía. Pero estaban juntos, estrechamente abrazados, y la amargura se
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borró lentamente de los ojos de Matt Hobart. Se inclinó y besó a Eileen, como un hombre besa a una mujer deseable.
Matt Hobart murmuró:
—Los tiempos difíciles llegarán de nuevo para nosotros, Eileen. Me temo que con demasiada frecuencia. Las cosas no son tan fáciles como creíamos que serían. Pero dentro de estas cuatro paredes hay algo que nada puede destruir. El viento está afuera, lo mismo que el frío, y la oscuridad, y el temor. Tú siempre tendrás algo que ofrecerme.
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TIERRAS LIBRES
S U vida no había sido nunca blanda, ni le había proporcionado ningún conocimiento de aquellas pequeñas amabilidades que con tanta facilidad le hubieran permitido granjearse la estimación de la gente. Enfrente de la
Prairie House la acera estaba bloqueada por la multitud, a través de la cual le envió su impaciencia con una rudeza de la que no se daba cuenta. La muchacha no se apartó a un lado como habían hecho los demás, de modo que su hombro la empujó bruscamente, y la muchacha salió despedida hacia atrás.
La cogió antes de que cayera, diciendo, en un tono demasiado áspero:
—Lo siento mucho.
Y hubiera continuado su camino, sin fijarse en ella. Pero la muchacha dio un tirón para desasirse de él, y la brusquedad de aquel gesto hizo que se detuviera a mirarla. Todo lo que pudiera haber en su mente desapareció, dejándole en una actitud de tensa vigilancia, como si acabara de enfrentarse con la negra boca del cañón de un revólver. Sabía por experiencia lo que era aquella sensación; y ahora la estaba experimentando.
Se había acostumbrado a ver los detalles de la vida de un modo rápido y completo, como se había acostumbrado a otras muchas cosas, y una sola mirada le bastó para apreciar a la muchacha. Era alta, de porte erguido, y a pesar de que estaba completamente inmóvil, su actitud recordaba la de un pájaro a punto de emprender el vuelo. Su frente era más bien ancha bajo una espesa mata de cabellos negros, y sus labios eran carnosos. Se dio cuenta de todo esto mientras su mente quedaba absorta por el intenso furor de la mirada de la muchacha. No se trataba del pasajero resentimiento de una mujer que acaba de ser molestada; era algo más profundo, como si algún permanente antagonismo hubiera adquirido repentina vida. La ira había puesto brillo en sus ojos y endurecido el resto de sus facciones; y él supo que si la muchacha hubiera sido un hombre le habría golpeado. Aquel orgullo y aquella voluntad se reflejaban claramente en ella.
Habló de nuevo, más deliberadamente, pero con la misma aspereza:
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—Lo siento mucho.
Bill Couch salió de la Prairie House y se detuvo delante de la muchacha, diciendo:
—Voy en busca de un buggy, Miss Tenbrook, y podremos ir a ver una parcela que creo que le gustará.
La mirada de Bill Couch se deslizó hasta Hill Matter subrepticiamente y poco amigable; y se apartó de él. Hill Matter continuó su camino.
Cualquiera que hubiese sido su propósito al avanzar tan impacientemente entre la multitud, ahora no podía recordarlo. Su pensamiento había saltado el recto canal de su mente, dejándole inquieto y más irritable y más alerta, como si en el viento hubiera un rastro que tuviera que conocer antes de dedicarse a otras cosas. Cruzó la calle y se detuvo delante del saloon de Mike Danahue, colocando la punta de su hombro contra un poste del porche. Incluso en aquella actitud de reposo sus músculos no podían permanecer enteramente ociosos, ni podía relajar la escrutadora expresión de sus ojos. En una tierra de hombres altos, era tan alto como cualquiera, con un torso ancho y plano y unos ojos color gris pizarra. A lo largo del Silver Bow, los hombres empezaban a dejar a un lado sus revolverás, pero Hill Matter llevaba todavía una muy baja contra su cadera derecha. Emerett Bulow, que era alguacil del pueblo, pasó junto a él, le miró y dijo:
—Hola.
Matter se limitó a inclinar ligeramente la cabeza.
El polvo de la calle resplandecía a la implacable luz del sol, y Prairie City, que en otros tiempos había sido un pequeño pueblo envuelto en la modorra de las regiones ganaderas, estaba lleno de gente. La fiebre de la colonización, rodando hacia el oeste, había llegado aquí, y los hombres que discurrían a lo largo de las aceras eran forasteros procedentes del Este en busca de tierras libres. Desde hacía seis meses, todos los trenes dejaban en Prairie una carga de tenderos retirados, ex oficiales del Ejército, maestros de escuela, viudas solitarias… Los carromatos rodaban hacia el Silver Bow atestados de madera, postes para cercas, alambre espinoso, lona, provisiones…
La muchacha se había quedado junto a la puerta de la Prairie House, mientras Billy Couch iba en busca de un carruaje; era otra mujer solitaria con un oscuro pasado, que había venido aquí a empezar una nueva vida. En el Silver Bow había muchas mujeres como ella. La gente hormigueaba a su alrededor y hablaba con voces chillonas y alegres, pero ella no parecía darse cuenta de nada, sumida en su soledad y en su indiferencia. Hill Matter pudo
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darse cuenta de lo orgullosa que era; una especie de acero la mantenía rígida.
Detrás de él, un hombre susurró:
—Ahí están Bo y Shane.
La observación no iba dirigida a Hill Matter, pero éste la oyó y se volvió. Los jóvenes Drinkard estaban delante del establo de Orlo Torvester, a un centenar de pies de distancia. La expresión de Hill Matter no experimentó ningún cambio, pero le invadió una intensa sensación, salvaje y fría; y se encaminó hacia el saloon para beber un trago.
De pie ante el mostrador, solo, a pesar de que a su alrededor había muchos hombres, Hill Matter pensó en Billy Couch, cuya reputación como asentador de colonos en las tierras del Gobierno no era demasiado buena. Billy cobraba cierta cantidad a los colonos por buscarles una parcela de terreno; pero la mayoría de las veces el terreno era malo, sin agua ni feracidad. Hill Matter inclinó la cabeza sobre el mostrador, viendo su imagen reflejada en la brillante superficie, pensando que le debía a la muchacha una disculpa mejor que la que le había ofrecido. El único inconveniente era que no sabía cómo formularla. En su vida había tenido muy poco tiempo para la blandura.
Oyó la voz del viejo Hugh Dan Lake a sus espaldas, y se volvió para ver a aquel arrogante ganadero de pie en el umbral de la puerta, acompañado de Howard Durbin. Hugh Dan era bajo y rubicundo, y cincuenta años de cabalgar al aire libre habían impreso en él una sensación de poder que se reflejaba en sus pálidos ojos, Era dueño de cuarenta mil cabezas de ganado. Howard Durbin sólo poseía la mitad de aquellas reses, pero Durbin era un hombre más joven y menos rudo, aunque no más blando.
Durbin le dijo algo al viejo Hugh Dan, y ambos miraron a Hill Matter, Dan con el rostro contraído, y Durbin sonriendo de un modo irónico y frío. Los tres eran ganaderos. Pero había algo que separaba a Hill Matter de aquellos dos hombres…, y todos lo sabían.
Howard Durbin tocó el brazo de Hugh Dan y se marchó con él, hablándole al oído mientras se alejaban. Hill Matter pagó su consumición, y estaba a punto de marcharse cuando Emerett Bulow asomó la cabeza por la puerta del saloon, descubrió a Matter y se acercó a él. Dijo:
—Los Drinkard están en el pueblo, como ya debes saber. No quiero jaleos en la calle.
—Adviértaselo a Howard Durbin —dijo Hill Matter—. Él es quien da órdenes a esos muchachos.
Salió del saloon, recordando que le debía una disculpa a la muchacha, Billy Couch había detenido su buggy delante de la puerta del hotel y la
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muchacha estaba sentada en el pescante, dispuesta a marcharse. Matter cruzó la calzada en dirección al carruaje; y mientras la cruzaba, Bo y Shane Drinkard salieron de un solar vacío situado entre el hotel y el palacio de justicia, y avanzaron directamente hacia él.
En alguna parte, Emerett Bulow gritó, y el eco de su voz resonó fuertemente a través del cálido aire. El polvo espurreaba alrededor de las puntas de las botas de Matter, mientras andaba, y el implacable sol mordía en su nuca. Los Drinkard, sin haber llegado al centro de la calle, se habían detenido; y Hill Matter se detuvo, comprendiendo por la expresión de los rostros de los dos jóvenes que su detención no había sido casual…, y aceptando su significado. El pueblo tenía una especie de sexto sentido para aquella clase de situaciones, ya que empezó a producirse un gran silencio, e incluso los forasteros, captando el tono de aquella quietud, se apartaron rápidamente del campo visual de Hill Matter. Pudo ver a Billy Couch rígidamente sentado en el pescante del buggy, y el rostro de la muchacha, sombrío e inexpresivo, vuelto hacia él. A partir de aquel momento, nada en el pueblo pareció moverse ni producir ruido.
La vida siempre había ido, para él, discurriendo enrarecida y tensa a través de determinados instantes que comprimían sus nervios y sus músculos como otros tantos resortes esperando ser soltados. Aquéllos eran los momentos en que sus ojos tenían que ver lo que otros hombres podían pasar por alto. Bo Drinkard era alto y huesudo. La requemada piel, muy tirante a través de sus facciones, le daba un aire enigmático, Su hermano Shane, más joven, esperaba que Bo hiciera el primer movimiento. Una cicatriz en la comisura de la boca de Bo mostraba su pálido rostro; y su respiración era profunda y rápida. Hill Matter vio el brillo de ávida especulación que llameaba en los ojos de Bo. Lo vio empujando a Bo Drinkard a la acción.
Pero Matter, esperando aquella acción, vio agitarse el cálculo en la mirada de Bo, como si una duda lo hubiera alterado. Hubo un momento…, y aquel momento había pasado. Bo Drinkard se volvió, andando sin prisa y seguido por su hermano. Fue como si una ráfaga de viento hubiera barrido la calle; la gente recobró súbitamente el uso de la palabra y la facultad de moverse. Hill Matter se acercó tranquilamente al buggy y se encaró con Billy Couch.
—Billy —dijo—, ha estado usted instalando a la gente en parcelas muy malas. Yo, en su lugar, no haría eso.
Aquello era lo que deseaba que oyera la muchacha: su advertencia para que no se fiara de Billy Couch, que era un estafador. Era su disculpa, tal como él podía ofrecerla. Pero la inmovilidad de la expresión de la muchacha le dijo
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que no había comprendido. Había en ella algo duramente lastimado, alguna herida sin cicatrizar, un orgullo que, roto una vez, no volvería a romperse. Esto fue lo que pensó Hill Matter al ver la pálida rigidez del rostro femenino. Luego, Billy Couch empuñó las riendas, y el buggy se alejó de Prairie City.
A Billy Couch le había gustado siempre hablar con sus clientes, pero no encontró ningún medio fácil para romper la reserva de Caroline Tenbrook; y, en realidad, no dijo nada hasta que, cuando se encontraban a una milla del pueblo, ella misma rompió el silencio.
—¿Quiénes eran aquellos dos hombres?
—Se llaman Drinkard. —Luego añadió, arteramente—: Eran tres hermanos. Uno de ellos murió. Le mató aquel otro individuo, Hill Matter.
La muchacha murmuró:
—Vi el odio entre ellos.
Era la imagen más vívida que se había llevado, la de un odio mortal agazapado en las rodillas y en los brazos de aquellos tres hombres, a pesar de que sus rostros no revelaban nada. La profunda calma de aquella escena la había impresionado como un fuego ardiendo subterráneamente. El más alto —Hill Matter— había mirado a los dos hermanos sin sentimiento aparente. Pero ella había visto en sus ojos una atención concentrada y desprovista de misericordia.
El valle del Silver Bow se extendía en la distancia, bajo un cálido sol, bajo unas cuantas nubes blancas e inmóviles. La neblina de finales de verano se alzaba de una tierra seca y amarilla, y las viviendas de los colonos quebraban la línea del horizonte. La garganta del cañón del Silver Bow mostraba una leve grieta en la distancia; y a la derecha se erguía un acantilado que parecía proteger al valle en toda su extensión. Encima de aquel acantilado rocoso el terreno ascendía hasta las lejanas colinas cubiertas de pinos.
Avanzaron a lo largo del acantilado, y, una hora más tarde, Billy Couch detuvo el buggy. Debajo de ellos se extendía el valle, ambarino y pardo a la última luz del día. El terreno discurría hacia el pie de las colinas en largas ondulaciones cubiertas de hierba; y al lado mismo del buggy había un grupo de juníperos, sombreando una redonda balsa de agua.
—Un manantial —dijo Billy Couch—. Habría que limpiarlo y encajonarlo. Si le gusta el terreno, me encargaré de inscribirlo a su nombre en la oficina territorial. Es la mejor parcela que conozco. Mis honorarios son cincuenta dólares.
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La muchacha se había apeado del buggy; estaba mirando las lejanas cabañas del valle. No lejos de allí pastaban unas reses.
—Si el terreno es tan bueno, ¿por qué no lo ha ocupado ya alguien?
—A la gente —dijo Billy Couch— le gusta más instalarse en el valle, junta.
—Si son tierras del Gobierno, ¿qué hacen ahí esas reses? —insistió la muchacha.
—Hill Matter las utiliza como pastos. —Jugueteó nerviosamente con las riendas—. Son tierras del Gobierno, desde luego. Esos ganaderos no tienen derecho a ellas. Se limitan a utilizarlas, confiando en que podrán asustar a los colonos y obligarles a marcharse. Si se instala usted aquí, tráigase un rifle…, y cuando uno de los vaqueros de Matter se acerque demasiado, dispare contra él. Es el único lenguaje que Matter entiende. Si usted lo habla, la dejará en paz.
La muchacha dijo:
—Comprendo.
Y miró fijamente a Billy Couch hasta que éste apartó la mirada. Al cabo de un largo rato, Couch se aventuró a levantar de nuevo los ojos. La muchacha se había acercado al borde del acantilado, y su esbelta silueta recortándose a la moribunda luz del sol le impresionó profundamente, aunque en aquella joven había algo que le desconcertaba, sin saber por qué. De repente, la muchacha dio media vuelta y se acercó al buggy, trepando al asiento, Billy Couch azuzó a los caballos.
Caroline Tenbrook dijo:
—Registre la parcela a mi nombre. Quiero que me ayude a comprar una tienda y unos cuantos enseres… para instalarme mañana mismo.
Billy Couch advirtió:
—No es necesario que le diga que el lugar es un poco solitario. El Gobierno exige una permanencia de cuatro años para otorgarle la propiedad definitiva del terreno.
Caroline Tenbrook dijo:
—No se preocupe, estaré aquí cuatro años. —Y añadió en voz baja, como si se lo prometiera a sí misma—: Y cuarenta años más.
Dos noches más tarde, mientras recorría las colinas a caballo, Matter vio brillar una luz en el acantilado y se dirigió inmediatamente hacia allí, para descubrir el motivo de que hubiera forasteros en sus pastos. Cuando vio la
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tienda plantada al lado del manantial y la forma de una mujer de pie en la creciente oscuridad, comprendió. La muchacha le había oído acercarse y había salido de la tienda.
A pesar de que las primeras sombras nocturnas empezaban a extenderse, Matter pudo ver la diamantina expresión del rostro de la muchacha. Se mantenía en guardia, y Matter supo que alguien la había advertido contra él.
—He visto su luz —dijo Matter.
No se había apeado del caballo, lo cual era una cuestión de cortesía; ella no le había invitado a desmontar.
La voz de la muchacha resonó inexpresiva:
—Lo supongo.
Había algo aquí que Matter no podía comprender, a pesar de que su mente insistía en que debía comprenderlo, porque no podía dejar nada vago o dudoso detrás de él. Esta era la cualidad que le había permitido sobrevivir durante los años tormentosos. Observó la iluminada tienda de campaña y las cajas de provisiones amontonadas detrás de la muchacha. Luego se llevó la mano al ala del sombrero.
Dijo:
—Mi casa se encuentra a tres millas al sudoeste de usted, en los pinares.
La muchacha dijo:
—¡Espere!
Hill Matter, que había empezado a dar la vuelta para marcharse, detuvo a su caballo.
—¿Sí? —inquirió.
La muchacha dijo:
—Mañana haré traer madera para que un carpintero me construya una casa aquí. He registrado esta parcela. ¿Piensa usted molestarme?
—No —dijo Matter—. No. Pienso dejarla en paz.
Y se alejó.
Había contestado a la pregunta de la muchacha con la misma claridad con que ella la había formulado. Pero no le había dado aquel tono brusco de un modo deliberado. Parte de su soledad procedía de su incapacidad para vestir palabras desnudas con el calor y la riqueza de sus pensamientos. Cabalgaba por aquel valle con una reputación de duro e insensible. Sabía que él era otro hombre, pero no podía expresar a aquel otro hombre.
De regreso a su rancho, en medio de la creciente oscuridad, se detuvo un instante y, barriendo el valle cuidadosamente con la mirada, vio a tres jinetes que avanzaban en fila india hacia el Silver Blow, en dirección al acantilado.
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Volviéndose inmediatamente, encaminó a su caballo más al sur para interceptarles cuando llegaran al borde rocoso. Seguramente, los Drinkard iban a hacerle otra visita.
Ahora comprendía la irónica sonrisa de Howard Durbin. Suponía que la idea de instalar a la muchacha en el acantilado le había sido sugerida a Billy Couch por Durbin. Era una idea digna de la tortuosa mente de Howard Durbin. Sin embargo, aquéllas eran tierras libres: ¿cómo podía luchar contra la muchacha? Las estrellas brillaban en la insondable bóveda del cielo y el olor de la hierba seca perfumaba la noche. Muy lejos, Matter pudo ver a los tres jinetes trepar hasta la cumbre del acantilado y emprender un rápido galope. Toda su vida había encontrado dificultades delante de él. No había descubierto piedad en ninguna parte; y tal vez esto le había hecho también algo despiadado. Los antiguos ganaderos le odiaban por intruso, los colonos le odiaban, y la muchacha le odiaba por su reputación; y siempre, como una sombra cada vez más ancha y más oscura, veía una lucha definitiva con los dos hermanos Drinkard.
Se había detenido. Las tres sombras cabalgaban hacia un grupo de reses de Matter que pacían a lo largo de la noche. Ahora avanzaban lentamente…, y luego se detuvieron; y cuando hicieron eso, Hill Matter se inclinó sobre la silla y desenfundó su rifle. Los hombres honrados no se acercan de noche al ganado de otros hombres. Apuntó cuidadosamente a una de aquellas vagas sombras y apretó el gatillo. El disparo quebró en mil pedazos el silencio nocturno y se evaporó en un aire que no devolvía ningún eco. Las tres sombras emprendieron una veloz huida, pero en la oscuridad surgió un fogonazo, diminuto y brillante, y el aire de un proyectil rozó levemente a Matter, en tanto que una voz demasiado enfurecida para disfrazar su identidad gritaba salvajemente a lo lejos:
—¡Nos veremos, Matter!
No volvió a disparar. Silencioso sobre la silla, vio desvanecerse a las tres sombras; y luego se dirigió rápidamente a su casa, entre los pinos. No había llegado a ella cuando su capataz le salió al encuentro.
Bose Benson dijo:
—¿Qué ha sido eso?
—Los Drinkard —respondió lacónicamente Hill Matter. Y, sin añadir nada más, entró en la casa con Bose.
Por la mañana, en la mesa, observó los soñolientos ojos de su capataz, y supo que Bose había pasado la noche en vela, vigilando. Bose era así de leal, lo mismo que los otros tres hombres que trabajaban en el rancho. Más tarde,
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fumando un cigarrillo en el porche de la casa, Hill Matter meditó en el silencio de su equipo, en la conciencia que tenían sus hombres de la nube que se cernía sobre él desde que había encontrado al tercero de los hermanos Drinkard merodeando por sus tierras y le había obligado a salir, matándole de un balazo. La tierra yacía hermosa y fresca debajo de él; una nube blanca navegaba solitaria por el cielo, y el sol se elevaba por encima del borde oriental volviendo a calentar el aire enfriado por la brisa nocturna. Este era el espectáculo que había presenciado desde que llegó aquí, cuatro años antes, y por esto había luchado contra los grandes ganaderos por su derecho a establecerse aquí. Pero el odio que había despertado su intrusión tendió siempre una especie de velo sobre su placer, obligándole a una vigilancia, un silencio y una reserva de los que no podía desprenderse. La política de los hombres era una cosa dura. Los grandes ganaderos habían alzado a los Drinkard contra él, y ahora habían aprovechado la ocasión para instalar a Caroline Tenbrook junto a su manantial.
De pronto, Hill Matter vio a lo lejos una nube de polvo levantada por un caballo lanzado al galope; Bose y otros dos peones, que estaban de pie junto al corral, levantaron la mirada. Un cuarto de hora más tarde Matter reconoció a la muchacha y quedó sorprendido al ver la facilidad con que montaba, haciendo oscilar su cuerpo para adaptarlo al paso del caballo. Hill Matter se puso en pie y salió a recibirla.
El paseo matinal había coloreado el rostro de la muchacha, hendiendo la inmovilidad de su expresión, y en sus ojos ardía una llama de furor. Le odiaba, pensó Matter, por la reputación que tenía y por algún profundo recuerdo que la había enviado a esta región.
La muchacha dijo:
—Encontrará usted una de sus reses cerca de mi manantial. Disparé contra ella.
Bose avanzó desde el corral, con el rostro contraído por la ira. Pero Hill Matter dijo, calmosamente:
—¿Lo consideró usted necesario?
—No me dejaré atropellar. Me han dicho que es su modo de tratar a la gente. Si no quiere que le mate más reses, enciérrelas. —Y tras una breve pausa, añadió—: No voy a asustarme, ¿se entera?
—Señora… —dijo Bose peligrosamente.
Hill Matter murmuró:
—No, Bose.
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La muchacha se mantenía con la guardia alzada, claramente predispuesta en contra de él. Pero le estaba observando con un creciente interés, tratando de leer en él del mismo modo que siempre trataba de leer en las otras personas. Matter dijo, inclinando ligeramente la cabeza:
—Lamento mucho que se haya visto obligada a matar a esa res.
Y la contempló mientras se alejaba.
Bose gruñó:
—Voy a lanzar todo el rebaño contra su tienda para que la aplaste.
Hill Matter dijo:
—En vez de eso vas a cargar unos cuantos postes y un par de rollos de alambre en la carreta. Llévate a Jack. Levanta una cerca alrededor de su casa y del manantial, tal como ella desea.
Bose, sin dar crédito a sus oídos, dijo:
—No tiene usted que hacer eso, Hill. La Ley dice que es ella la que tiene que levantar la cerca, si quiere proteger su propiedad.
Pero la respuesta de Hill Matter fue muy amable:
—Tengo que hacerlo yo, Bose.
—Deje a esa res junto al manantial hasta que se corrompa y empiece a heder. Así se le quitarán las ganas de disparar contra ellas.
—Carga la res en la carreta y tráela aquí.
Cuando sus hombres se hubieron marchado con la carreta, Hill Matter ensilló su caballo y galopó hacia las colinas. De cuando en cuando, a lo lejos, veía a su rebaño paciendo; y de cuando en cuando, junto a alguna cabaña desierta, se detenía a comprobar si había huellas recientes del paso de algún jinete; y ni un solo momento dejó de observar el terreno por el que avanzaba, en busca de huellas. La tierra era su libro, en el cual leía fácilmente los rastros impresos. A media mañana, dos peones de Durbin se cruzaron con él, sin dirigirle la palabra. Más tarde, desde un altozano, vio el valle que se extendía debajo de él envuelto en una azulada neblina. Se encontraba encima de los terrenos de Durbin, y estaba pensando que los trucos de los hombres son un arma de doble filo, que lo mismo corta hacia adelante que hacia atrás. Seguía pensando en esto cuando entró en Prairie aquella tarde. Ante el abrevadero del establo había dos caballos, y Matter se fijó en ellos mientras se dirigía al saloon.
Encarándose con el hombre que atendía al mostrador, inquirió: —¿Han estado los Drinkard en el pueblo esta mañana, Mike? El hombre contestó, de mala gana: —Que yo sepa, no.
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Matter salió del saloon, cruzó la calle y esperó allí, como una sombra alta e indolente, contra uno de los postes del porche del Prairie Hotel. Su mirada rozó los dos caballos que estaban junto al establo, y en sus ojos brilló una expresión divertida. Billy Couch salió del hotel, pero al ver a Matter se detuvo y se apresuró a dar media vuelta. La voz de Matter le atrapó como si el propio Matter le hubiera agarrado por los codos, inmovilizándole. Luego, de mala gana, se volvió.
—¿Le dijo Howard Durbin que instalara a la muchacha junto a aquel manantial? —preguntó Matter.
La mirada de Billy Couch reflejó una profunda ansiedad. Murmuró:
—No quiero tener problemas con usted, Matter.
Hill Matter sacudió la cabeza y Couch se marchó rápidamente, como si la proximidad de Matter le pusiera en peligro. Matter comprendió el motivo. Billy Couch no era el único que tenía miedo. Lo tenía el hombre del saloon, y todos los habitantes del pueblo. La política de los hombres era una cosa dura. Los ganaderos, acaudillados por Howard Durbin, le habían declarado persona no grata.
De pronto, Matter echó a andar hacia la pequeña oficina que Durbin utilizaba cuando estaba en el pueblo. Allí encontró a Durbin, acompañado del viejo Hugh Dan. Los dos le miraron fijamente, muy quietos en sus sillas.
Hill Matter dijo:
—Ha sido usted muy listo, Durbin, al instalar a esa muchacha allí.
La sonrisa de Durbin fue, como siempre, irónica y algo presuntuosa.
—Si quiere usted su abrevadero, puede luchar por él. De otro modo, sus pastos no valdrán para nada.
—No lucharé contra una mujer —dijo Hill Matter, lentamente. —Entonces, perderá usted sus pastos —dijo Durbin, cada vez más
divertido.
—Ocuparé una parcela de sus pastos en las colinas como compensación —dijo Hill Matter, amablemente—. Eso es lo que he venido a decirle.
Durbin se sonrojó violentamente, dejó de sonreír y miró a Matter con una expresión cargada de veneno.
—Ya ha causado usted bastantes molestias aquí durante los últimos cuatro años.
—El Gobierno dice que esas tierras son libres —dijo Matter, lentamente
—. De modo que no puedo evitar que esa muchacha las ocupe. El Gobierno dice que los pastos que usted utiliza en las colinas son tierras libres. De modo que voy a utilizarlas. Usted ha iniciado el asunto, Durbin.
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Durbin dijo:
—Es posible.
Matter supo lo que estaba pensando.
—Desde luego —dijo—. Los Drinkard. Ha depositado usted sus esperanzas en esos muchachos desde hace mucho tiempo. Tal vez realicen aún el trabajo. —Estaba pensando en el largo discurrir de aquellos cuatro años. Ello le hizo añadir—: Voy a proponerle un trato. Si los Drinkard tienen suerte, usted habrá ganado. —Dejó que la idea calara hondo, observando el súbito envaramiento del aristocrático rostro de Howard Durbin…, y el posterior efecto de una leve duda. Luego concluyó—: Pero si el afortunado soy yo, vendré a verle. Recuerde eso. Creo que iré a decirle a esa muchacha que no tiene que temer nada de mí.
Salió de la oficina, cruzó la calle y montó en su caballo, marchándose del pueblo. Al llegar a las afueras se volvió y pudo ver a Durbin que cruzaba apresuradamente la calle, dirigiéndose al establo. Sus sospechas se habían confirmado; los dos caballos que estaban junto al establo pertenecían a los Drinkard, y Durbin esperaba sorprenderle en el camino que conducía a la parcela de Caroline Tenbrook.
Apenas había recorrido un par de millas cuando la oscuridad descendió sobre la pradera de un modo súbito, como ocurría siempre. Deteniéndose un momento, Hill Matter volvió la vista a la derecha, donde el terreno ascendía al encuentro del acantilado, y vio un par de vagas formas galopando a la débil claridad de la luna: los Drinkard, probablemente, que trataban de adelantarle para tenderle una emboscada en el camino. Cuando llegó al borde del acantilado, no vio más que la colgante negrura de la noche. Pero sabía que los Drinkard estaban allí; y entonces apartó a su caballo del camino y galopó hacia otra tangente del acantilado.
Sus sentidos estaban muy abiertos, esperando el estallido del primer disparo. Cuando llegó, Matter se encontraba a media pendiente, y su caballo gruñía ante lo penoso de la ascensión. Brilló un fogonazo en un recodo del camino, el proyectil se estrelló contra las rocas con un leve ladrido, y luego el sonido se hundió en el profundo silencio de la tierra. Cuando los dos Drinkard dispararon de nuevo, esta vez al unísono, Matter había llegado a la cumbre del acantilado.
Desde aquella altura pudo ver los fogonazos danzando a lo largo de la oscuridad. Uno de los hombres estaba corriendo hacia los caballos, y mientras
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galopaba duramente hacia adelante, Matter alzó su revólver contra las vagas sombras de los animales y disparó. Le pareció que uno de los caballos caía, ya que el Drinkard que corría hacia ellos se detuvo en seco y giró sobre sus talones. Se encontraba a menos de cincuenta metros de Matter, pero éste disminuyó la distancia, hasta que estuvo directamente encima del hombre. Era el más bajo de los Drinkard —Shane—, y Matter apuntó cuidadosamente a su pecho y disparó. Le oyó exhalar un leve gemido y caer.
A continuación, Hill Matter se dejó caer de su caballo y avanzó al encuentro de la furiosa voz de Bo Drinkard.
—¡Shane! ¡Eh, Shane! ¿Dónde estás?
Bo había dejado caer su rifle y empuñado su revólver. Y luego, Bo dejó de gritar, ya que el silencio le advirtió lo que le había ocurrido a Shane. Hill Matter se agachó, para no ofrecer un blanco fácil, y contempló la alta y huesuda forma de Bo Drinkard oscilar contra la tenue claridad de la luna. Matter lanzó un grito, y oyó la respiración de Bo cortando la noche como golpes de sierra, y, a lo largo del levantado cañón de su revólver, vio la forma de Bo Drinkard girar, y caer, y levantarse. Pero Matter aguardó hasta que tuvo a aquella sombra clara delante de él. Y entonces disparó.
Al cabo de unos instantes, el silencio le envolvió de nuevo, turbado únicamente por el aullido de los coyotes, y una leve brisa acarició sus mejillas. Bo estaba muerto, y Shane había muerto un momento antes. Hill Matter enfundó su revólver y fue en busca de su caballo. Y entonces, levantando la mirada, vio la luz de la tienda de Caroline Tenbrook brillando un cuarto de milla más allá. Montó en su caballo y cabalgó en aquella dirección.
La muchacha estaba delante de la tienda, iluminada de lleno por la luz del farol. Empuñaba un rifle, pero no lo apuntaba a ninguna parte: se limitaba a sostenerlo entre sus manos.
Hill Matter dijo:
—Lamento mucho el tiroteo. Pero ya ha terminado todo.
La muchacha le estaba mirando de aquel modo que tanto le había impresionado. Murmuró:
—Vi a esos hombres subir y detenerse allí. ¿Eran los Drinkard? No comprendí lo que pretendían.
Hill Matter dijo:
—Ya no habrá más tiroteos.
La voz de Caroline Tenbrook susurró:
—Ahora comprendo.
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Hill Matter dijo:
—Buenas noches.
Pero algo que vio en el rostro de la muchacha le detuvo definitivamente. Acababa de darse cuenta de que el orgullo que la mantenía tan en guardia contra él había desaparecido. Era una mujer alta, ensombrecida por algún acontecimiento de su pasado, lenta en olvidar y lenta en perdonar. Pero no había en ella ningún temor.
Dijo:
—Hoy he estado hablando con Billy Couch y me ha dicho que la Ley me obligaba a levantar la cerca; si tenía que haber una cerca, ¿por qué la levantó usted?
Hill Matter no conocía el modo de explicarlo. Era algo que no había aprendido nunca. Se limitó a decir:
—No tiene importancia.
Aquella lacónica respuesta pareció agitar levemente a la muchacha. Dijo:
—¿Quiere apearse? Puedo ofrecerle un poco de café.
Hill Matter desmontó, y la muchacha notó inmediatamente que había en él algo distinto, que de momento no consiguió identificar. Las comisuras de sus labios, siempre tan rígidas, se habían relajado en una leve sonrisa; y Caroline Tenbrook pudo ver las intensas y turbulentas emociones que bullían en la seriedad de sus ojos.
La muchacha se ruborizó. Inclinó la mirada hacia el rifle.
—¿Le gusta tomar algo en el café?
Hill Matter dijo:
—No soy un hombre especial.
La muchacha irguió rápidamente la cabeza. Dijo:
—Sí…, sí que lo es. ¿Por qué sonríe ahora?
Hill Matter dijo:
—Es un capricho. Un capricho de la suerte. Mañana iré a ver a un hombre y se mostrará humilde. Ha perdido algo, y ya no luchará más.
Caroline Tenbrook murmuró, con un leve acento de decepción:
—¿Por eso sonreía?
Hill Matter dijo:
—Cada cosa a su tiempo.
La muchacha dijo:
—Creo que ha sido usted un hombre solitario. Y me hago cargo de lo que eso significa.
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—Es posible —dijo Matter—. Pienso que tal vez mañana debería detenerme aquí, de camino hacia el pueblo.
—Deténgase, Hill —murmuró la muchacha.
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GENTE ORGULLOSA
S IEMPRE sucedía igual en New Hope, en aquellos lejanos días en que yo era un muchacho y el mundo era tan joven. Transcurrían las semanas sin
que se produjera ningún acontecimiento, hasta el punto de que parecía que el tiempo se hubiera detenido, y de repente, la excitación estallaba a través de nuestro pueblo como una súbita tormenta de verano…
Aquella mañana me encontraba en la St. Vrain Street, delante de la Western House, en el momento en que el viejo Henry Bland, un hombre alto, gallardo, con el porte de un ex soldado, salió de su banco y se encaminó al Palacio de Justicia con una prisa que no era normal en él. Los carromatos de carga regresaban del embarcadero del río con sus grandes ruedas hundidas en el polvo como si fuera agua, y la diligencia de Omaha dobló la esquina de la Prairie Street. Mr. Wackrow salió de la Western House, me saludó y se dirigió al banco. Y en aquel preciso instante, Mark Morrison, el cajero de Henry Bland, salió del banco con las mejillas pálidas como la cera y penetró apresuradamente en la calleja contigua. Henry Bland regresaba del Palacio de Justicia con nuestro sheriff, Jim Fane, y Mr. Wackrow se había detenido en la calle a mirarles. Y en aquel momento oí el estampido de un disparo en la calleja.
Mr. Wackrow corrió hacia la calleja, y el sheriff se separó precipitadamente de Henry Bland, trotando detrás de Míster Wackrow, y la gente empezó a salir de los edificios de la St. Vrain Street. No sé por qué, pero me quedé mirando al viejo Henry Bland, el cual parecía andar cada vez más lentamente, como si un gran peso gravitara sobre sus hombros. Súbitamente, se reunió una gran multitud delante del banco, y Jim Fane salió de la calleja. Le oí decir:
—Mark Morrison acaba de suicidarse.
Luego siguió a Henry Bland al interior del banco. A través del cristal pude ver cómo Mr. Bland cerraba la puerta y colocaba el cartelito de «Cerrado». A pesar de mis pocos años, supe lo que aquello significaba.
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Los acontecimientos permanecen muy claros en mi recuerdo. Camilla Bland salió del Bon Marché, con una intrigada expresión en los ojos. Me llamó:
—¿Qué pasa, Tod?
Y al oír su voz, el joven Phil Hendry se apartó del grupo de personas reunidas delante del banco y se acercó a ella.
—Tienes que marcharte a casa, Cam —le dijo, y se la llevó de allí. Apareció mi padre, procedente de su oficina, y se abrió paso a través de la
multitud, llamando con los nudillos a la puerta del banco. Henry Bland le dejó pasar. El doctor Gillespie salió del restaurante White Palace, y se encaminó directamente a la calleja. Por entonces, la St. Vrain Street estaba ya llena de gente, y Johnny Dix se acercó a mí, con los ojos redondos como platos. Me dijo:
—Mark Morrison se ha saltado la tapa de los sesos.
Impresionado y algo mareado, me marché de allí. Alguien entró en la calleja con una camilla de lona.
Aquella noche, mi padre llegó tarde a casa. Mamá y yo estábamos en el porche y me di cuenta de que mi padre tenía los hombros hundidos y andaba pesadamente. Mi madre le miró sin decir nada.
Mi padre se detuvo en los peldaños del porche, un pie más alto que el otro, y ahora recuerdo que adquirí una repentina conciencia de su edad. Sus cabellos negros empezaban a grisear. Estaba mirando a mamá, sacudiendo la cabeza. Dijo:
—El inspector de cuentas se presentó de improviso en el banco. Mark Morrison no le esperaba.
—Siempre había confiado en Mark —dijo mi madre.
—También Henry Bland confiaba en él —dijo mi padre—. Demasiado. Mark estaba especulando. —Rara vez maldecía, pero en aquel momento lo hizo—: ¡Maldito sea! ¡Ha dejado en la miseria a la mitad de las familias del pueblo!
—Tod.
Se estuvieron mirando el uno al otro, y luego la mirada de mi padre
pareció levantarse y discurrir a lo largo de la fachada de nuestra casa, y mi
madre dijo inmediatamente:
—¡Oh! Eso no, Tod.
—Soy uno de los accionistas —dijo mi padre—. Tendré que responder de los depósitos.
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Hubo un prolongado silencio, y luego mi madre, alma sensible, murmuró en voz baja:
—Lo siento por Henry Bland.
Mi padre dijo:
—Sería preferible que lo lamentaras por otras muchas buenas personas. Después de cenar, mi padre se marchó y yo me dediqué a rondar por la
St. Vrain Street, y vi las luces del banco brillando a través de las rendijas de las persianas, y supe que mi padre estaba allí con otros directivos. Jim Fane montaba guardia en el umbral. La noticia se había esparcido como el fuego en la pradera, y la mitad de los agricultores del condado se habían presentado en el pueblo; sus carromatos llenaban la calle, y los hombres hablaban con voces excitadas. Mi padre llegó a casa mucho después de que yo me hubiera acostado. Su voz y la voz de mi madre susurraron debajo de mi cuarto hasta que al final me quedé dormido.
Para comprender el trastorno producido por aquella quiebra, hay que saber lo que era New Hope en aquella época. Situado junto al Missouri, y de espaldas a la amplia pradera, la existencia de nuestro pueblo dependía del negocio de los transportes. Su riqueza procedía del tráfico de todos aquellos enormes carromatos que viajaban hacia el Oeste cargados de toda clase de mercancías. El viejo Henry Bland había sido el pionero de aquel comercio; y había ayudado y estimulado a la mayoría de los que luego se habían hecho moderadamente ricos con aquel negocio. El río, los carromatos, los lejanos poblados… y Henry Bland. Así estaban las cosas; y cuando el banco cerró, la vida de nuestro pueblo sufrió un colapso.
Pude ver cómo la preocupación y la ansiedad hacían más profundas las arrugas del rostro de mi padre durante la semana siguiente, cuando los grandes accionistas y los principales comerciantes de nuestro pueblo se reunieron para prorratear sus pérdidas. Y recuerdo con cuánta amargura dijo:
—¡Alex Hendry tiene un corazón de piedra!
Mi madre dijo:
—La Ley le obliga a responder de su capital en acciones, ¿no es cierto? Mi padre la miró.
—Tendremos que aportar algo más que eso.
Mi madre dijo:
—No lo entiendo.
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Tampoco yo lo entendí. Pero no tardé en aprenderlo. Al día siguiente, Belle Mellish, la viuda de un conductor fallecido trágicamente, se presentó en casa, Yo estaba en el porche, pero oí que la mujer le decía a mi padre:
—Lo que tengo en el banco es muy poco, y si pierdo la mitad, ¿cómo voy a vivir? Tengo muchos años por delante, y ahora me veré obligada a sacar a mi hijo de la escuela y ponerlo a trabajar. ¿Cómo voy a arreglármelas para vivir?
No oí la respuesta de mi padre, pero cuando Belle Mellish se hubo marchado le oí hablar con mamá.
—Hay un centenar de personas como ella en New Hope. Tendremos que aportar algo más que nuestro capital en acciones. Pero Alex Hendry no pagará un centavo más de lo que la Ley le obliga a abonar.
Mi madre murmuró:
—¿Qué hará Phil Hendry… y qué opinará Camilla Bland?
A los once años, el mundo de mi infancia se estaba ensanchando de un modo muy raro, llenándose de extraños acontecimientos que lo hacían menos seguro. Recuerdo a Camilla Bland y a Phil Hendry, que era hijo del viejo Alex Hendry, el día que subastaron las propiedades de los Bland. Todo el mundo sabía que Bland había entregado todo su dinero para responder de la quiebra del banco; y esto era lo último que iba a entregar. Legalmente, no estaba obligado a hacerlo; pero, si hubierais conocido a Henry Bland, comprenderíais que no podía hacer otra cosa.
Recuerdo la voz del subastador gritando a través de las habitaciones de aquella enorme y agradable casa, y recuerdo lo llena que estaba de personas a las cuales no había visto nunca: agricultores llegados de muy lejos y cazadores de gangas de los pueblos vecinos; y recuerdo, también, que de todos los amigos de la familia Bland, únicamente mi padre, que representaba al banco, y Phil Hendry estaban allí. Creo que los demás no se habían presentado por un sentimiento de pudor. Y recuerdo a Camilla, de pie en un rincón, sola, alta y un poco pálida, sin que sus ojos reflejaran más que un amargo orgullo mientras todas las cosas que habían formado parte de su vida durante tantos años iban desapareciendo. Más tarde, en el patio, oí que mi padre maldecía en voz baja cuando un colono holandés, de aspecto cerril, compró las dos yeguas grises que Henry Bland había montado durante tanto tiempo.
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Mi madre lloró cuando mi padre le contó cómo se había desarrollado la subasta. Mi padre dijo:
—Hubiera preferido que me azotaran, pero los acreedores querían que estuviera allí. Lo que no comprendo es la presencia de Phil Hendry.
Entonces recordé que Phil Hendry se había mantenido apartado de Camilla. Era un joven alto y rubio, inclinado a la risa y a la indiferencia, pero que no había sonreído ni una sola vez durante aquella larga tarde, limitándose a mirar a la muchacha, pero sin acercarse a ella. Su actitud me había intrigado, ya que todo New Hope sabía que los dos jóvenes iban a casarse.
Finalmente, el banco fue reorganizado y los accionistas nombraron presidente a mi padre. Una vez abonado el capital de garantía, creo que quedaron unos cincuenta centavos por dólar; y entonces, los principales comerciantes del pueblo añadieron graciosamente otra cantidad para asegurar a los pequeños imponentes otros veinticinco centavos. Recuerdo que la parte que correspondió satisfacer a mi padre de aquella cantidad fue de cinco mil dólares.
Años más tarde me pregunté a menudo por qué habían ido más allá de sus estrictas responsabilidades, por qué se habían hecho cargo de aquella deuda adicional, sin hacer aspavientos. Y tuve que convertirme en un hombre hecho y derecho para ver a aquellos hombres barbudos, de hablar lento y más bien estólidos, a la adecuada luz. Bueno, había en ellos algo que no podían evitar, un taciturno sentido del deber al cual no podían escapar. Un centenar o más de pequeños imponentes como Mrs. Belle Mellish habían sufrido las consecuencias de la quiebra; y el dinero adicional era para aliviar su situación.
Alex Hendry había sido uno de los grandes hombres de empresa de nuestro pueblo; un hombre de Nueva Inglaterra con una habilidad excepcional para los negocios, incluso en un país de negociantes. Pero no había pagado más que lo que estaba obligado a pagar legalmente. Había defendido con uñas y dientes su libra de carne, amenazando con liquidar el banco si sus intereses se veían más perjudicados, y finalmente, los otros accionistas, con indescriptible amargura, se habían visto obligados a ceder. El «Bland Block» de la St. Vrain Street pasó a manos de Alex Hendry para compensar su parte de los depósitos perdidos. Un mes después de la quiebra vi a un pintor que arrimaba una escalera al arco del edificio del Block; cuando volví a pasar por allí, más tarde, se había convertido en el «Hendry Block». Mi padre había sido amigo de aquel hombre; y Henry Bland había sido su banquero y su asesor. Pero a partir de aquel día, mi padre no volvió a dirigirle la palabra. Y en cierta ocasión en que Henry Bland pasaba por la St. Vrain Street, vi que
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Alex Hendry se acercaba a él y le hablaba como si tal cosa. No hubo ninguna respuesta, Henry Bland, terriblemente envejecido, miró a Alex Hendry de un modo que borró al hombre del mapa.
Creo que desde entonces Alex Hendry, uno de los hombres más ricos de nuestro condado, no tuvo ningún verdadero amigo. Ahora puedo mirar hacia atrás y ver a nuestro pueblo con ojos más sensatos que los que tenía entonces; y creo que New Hope adquirió algo que no había poseído antes. No puedo ver como figuras románticas a aquellos lentos y estólidos hombres que regentaban nuestras tiendas y eran dueños de las líneas de diligencias y vivían en las enormes casas de la Prairie Street. Todos ellos eran hombres duros y realistas en un mundo a veces cruel. Pero tenían un sentido del deber al que no podían sustraerse: una especie de orgullo en sus obligaciones hacia aquel pueblo y hacia la gente que vivía en él. Aquel sentido del deber les unió en la dificultad, y excluyó a Alex Hendry de su sociedad.
Poco después de que el banco volviera a abrir sus puertas, New Hope se dio cuenta de que Camilla Bland le había devuelto a Phil Hendry el anillo de compromiso.
Recuerdo la noche en que mi madre se lo dijo a mi padre. Mi padre estaba leyendo el periódico, pero lo soltó y miró a mamá largamente, como si pensara lo que debía decir. Me parece estar viéndola: una mujer apacible, de labios dulces y un porte suave y gracioso, llenando toda mi infancia con una ternura que ahora llega a mí como una fragancia. Mi padre dijo:
—Es mejor así.
Mamá protestó:
—Phil ha sido siempre un buen muchacho. Formaban una pareja encantadora.
Mi padre dijo:
—Phil heredará el dinero de su padre… que está manchado. Camilla no puede aceptarlo.
A menudo, durante los meses que siguieron, me interrogué a mí mismo. Ya que aquélla era la época en que el mundo estaba abriéndose para mí, y yo pensaba en cosas que sentía y que temía… y que no podía comprender. Una noche vi a Phil Hendry descender por la Prairie Street y detenerse en la pequeña vivienda donde moraban entonces los Bland; y vi a Camilla Bland salir a la puerta, con su vestido blanco brillando a la pálida luz de la luna. No pude evitarlo. Me escondí entre las sombras, espiándoles. Camilla salió hasta el porche, cerrando la puerta, y por un instante, los dos jóvenes permanecieron muy cerca el uno del otro, murmurando unas palabras, y luego
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ella volvió a entrar en la casa y él se marchó. Un hombre alegre y despreocupado, aquel Phil Hendry. Pero en aquel momento no había la menor alegría en su rostro.
En nuestro pueblo el asunto fue inevitablemente objeto de especulación. Todos nosotros vivíamos muy juntos, y nuestras vidas se tocaban y se convertían en propiedad común. Teníamos unos principios y una rigidez de creencias que ahora me parecen más bien estrechos; pero debajo de ellos había una curiosidad sincera, real y muy humana. Algunos opinaban que Camilla no quería saber nada de ningún Hendry, pero había otros que creían que Phil Hendry, al ver las obligaciones que pesaban sobre Camilla Bland, había temido asumirlas. Esta última creencia no carecía de fundamento, ya que todo el pueblo sabía que el viejo Henry Bland había cargado a su hija con la obligación de pagar sus deudas. Las deudas que legalmente no eran suyas, pero que no podía eludir.
Ninguno de nosotros conocía la verdad, aunque los agudos ojos del pueblo no perdían de vista a la pareja. Poco después de la quiebra del banco, Camilla se marchó a Omaha, dejando a su padre al cuidado de una vecina. Fue entonces, también, cuando Phil Hendry compró varios carromatos y empezó un negocio de transportes. Recuerdo que el pueblo manifestó su escepticismo acerca de las actividades comerciales de Phil Hendry, el cual no había sido nunca un hombre serio; además, no tenía sentido que debiendo heredar algún día la fortuna de su padre se dedicara a trabajar como cualquier otro muchacho sin dinero. Seis meses más tarde, Camilla regresó de Omaha con el diploma de maestra, y aquel otoño se hizo cargo de la clase de tercer grado en la escuela del pueblo: la primera mujer que ejercía de maestra en New Hope.
Yo solía ver a aquellas personas recorriendo su solitario camino a lo largo de nuestras calles, y me invadía una extrañeza cada vez mayor. El viejo Alex, metiéndose en el portal de su edificio, pobremente vestido, dirigiendo una mirada de desconfianza a cualquiera que pasara junto a él; y Camilla, cruzando la Custer Street cada mañana, con una gracia interior que era como una luz resplandeciente; y el viejo Henry Bland, pasando por delante del banco sin mirar nunca hacia él, cada vez más encorvado, cada vez más viejo; y Phil Hendry, sentado sobre la caja de uno de sus carromatos, con los anchos hombros inclinados contra el repentino estallido de nuestras lluvias de marzo.
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Yo solía contemplarles, intrigado, y ahora sé que todo New Hope les contemplaba también…, tratando de resolver aquel rompecabezas.
A mediados del año siguiente, el viejo Henry Bland murió, y cuando bajaron su cadáver a la tumba en el cementerio de Locust Hill, pude ver a todas las personas a las que había conocido siempre, con la cabeza descubierta, llorando o casi llorando. En sus años jóvenes, Henry Bland había sido una fuerza para nuestro pueblo; en sus años trágicos, había sido también una fuerza. Todavía puedo sentir el inmenso vacío de aquel día. Henry Bland había dejado detrás de él veinte mil dólares en un seguro de vida, una suma importante en aquella época. Y sus últimas palabras, dirigidas a Camilla, habían sido: «La gente confiaba en mí, Cam. No lo olvides».
Cuando llegó el cheque de la compañía de seguros, Camilla Bland se lo entregó a mi padre para aplicarlo a la antigua deuda. Recuerdo que mi padre se lo contó a mamá aquella noche. Su voz tenía un acento que todavía puedo oír: profundamente conmovido y orgulloso al mismo tiempo.
Mi madre frunció el ceño. No podía aceptar, equitativa como era, que la vida de Camilla Bland quedara destrozada a causa del rígido sentido de la honradez de su padre. Dijo:
—Camilla ha ido demasiado lejos.
—Es posible —dijo mi padre.
Mamá inquirió:
—¿Está entregando también parte de su sueldo de maestra?
Pero mi padre no contestó a aquella pregunta. Recuerdo que estábamos aún reunidos allí, en la suave noche primaveral, cuando pasó Phil Hendry conduciendo uno de sus carromatos de enormes ruedas, en dirección al Oeste. Llevaba la cabeza descubierta, y sus rubios cabellos se agitaban a impulsos de la brisa. Cuando hubo pasado, mi padre dijo algo que me sorprendió:
—Es posible que Phil vaya demasiado lejos, también.
No dijo nada más, y, después de tantos años, aquel silencio es lo que vuelve a mí, cargado con un millar de recuerdos. Todas aquellas personas se me aparecen ahora a través del tiempo, rígidas en sus ropas, con los labios apretados y casi odiosas en su modo de enfrentarse con el mundo. Ahora sé hasta qué punto les juzgué equivocadamente. Porque había en ellas una imaginación casi salvaje, una carga de oculto sentimiento, una honradez que temían poner de manifiesto.
Recuerdo a Phil Hendry conduciendo estólidamente su carromato a través de aquel verano y aquel otoño. En New Hope se celebraban alegres reuniones: patinaje en la balsa de Beechey, y bailes, y largas excursiones en la época de
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más calor. Pero Phil Hendry, que en otros tiempos había sido el alma de aquellas reuniones, no acudió a ninguna. Creo que los jóvenes evitaban el invitarle. En cierta ocasión, debajo del arco del Bon Marché, le vi encontrarse cara a cara con Camilla; y por un instante los dos se detuvieron y se miraron de un modo que incluso para mí resultó indeciblemente amargo y desesperanzado. Al cabo de un instante, Phil Hendry inclinó la cabeza y dio media vuelta.
Así estaban las cosas, con todos los ojos pendientes de aquella pareja, sin que nadie supiera nada a ciencia cierta, con una sensación de algo incompleto en el aire. Y entonces, Alex Hendry, que se había movido tan oscuramente a través de New Hope durante aquel año, llegó al final de su vida. Antes de morir había hecho salir al doctor Gillespie de la habitación a fin de poder hablar a solas con su hijo. Pero Gillespie oyó la voz del anciano, chillona y estridente, que decía:
—Ahora el dinero es tuyo, y puedes hacer con él lo que te dé la gana. Gillespie oyó que Phil Hendry hablaba de un modo lento y entristecido. Y
luego, el viejo Alex gritó, amargamente:
—No, descubrirás lo que yo descubrí hace mucho tiempo. No puedo decírtelo…, es algo que tienes que aprender. Pero por ese camino no comprarás nunca un centavo de felicidad. Me ha complacido verte trabajar durante este último año, aunque has sido un estúpido al utilizar el fruto de tu trabajo. Leo en ti como en un libro abierto, Phil…, y veo lo que vas a hacer. No dará resultado. Lo comprobarás por ti mismo.
Cuando el coche fúnebre ascendía la ladera de la Locust Hill, le seguía un solo carruaje, y únicamente Phil Hendry vio cómo enterraban a su padre. Hasta tal punto era implacable el resentimiento de nuestro pueblo. Mi madre lloró un poco; no podía soportar la idea de aquel odio siguiendo a Alex Hendry hasta su muerte. Pero mi padre no mostró la menor piedad.
—Vivió su vida tal como quiso vivirla. Nunca concedió su simpatía, y nunca la pidió. Reconozco que era un hombre consecuente. Fue su única virtud.
Una semana más tarde, cuando las primeras sombras del crepúsculo invadían la tierra, Phil Hendry bajó por la Prairie Street y se detuvo en el portillo de nuestra verja. Mi padre salió hasta allí y los dos hablaron largo rato. Cuando mi padre volvió a entrar, se sentó en su butaca, encendió un cigarro y se lo fumó sin pronunciar una sola palabra. Mi madre, molesta por
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aquel silencio, dejó su costura y se fue a acostar… ¡Cuán indeleblemente grabada en mi memoria está aquella escena!
Flotaba algo en el aire. Yo lo intuía, y nuestro pueblo lo intuía, Y luego, cosa de un mes más tarde, pasaba por la St. Vrain Street y vi a Camilla Bland que salía del Bon Marché y se detenía deliberadamente esperando a Phil Hendry, que había permanecido de plantón al otro lado de la calle. Se acercó a Camilla, se quitó el sombrero, y los dos jóvenes se quedaron unos instantes completamente inmóviles, muy serios los dos. Luego, Camilla dijo algo en voz baja y alzó sus mejillas y me di cuenta de lo pálida y orgullosa que estaba en aquel momento. A los ojos de Phil Hendry asomó una expresión de amargura, y su boca se contrajo hasta que sus labios formaron una delgada línea recta. Después echaron a andar, juntos.
Un día, poco después de la reanudación de las clases, Phil Hendry y Camilla Bland se casaron, sin previo aviso, en la oficina del juez Rawl, y se marcharon a Omaha en la primera diligencia. Estuvieron fuera alrededor de un mes, y durante su ausencia, mi padre anunció que Phil Hendry había liquidado la antigua deuda del banco, haciendo efectivo el descubierto en las cuentas de todos los imponentes, y reembolsando una parte de lo que habían pagado de su bolsillo los accionistas. No creo que hasta entonces supiera New Hope lo cuantioso de la fortuna de Alex Hendry; ya que Phil tuvo que invertir en aquella transacción más de cien mil dólares.
Recuerdo que cuando los recién casados regresaron y se instalaron en la casa de Syl Connoyer, al final de la Prairie Street, todos los amigos de la familia Bland fueron a visitarles; y recuerdo que mis padres hablaron de ello en el porche de nuestra casa, por la noche.
Mamá dijo:
—Me alegro mucho por Camilla. Tenía un aspecto encantador. Pero no he visto a Phil allí.
Mi padre dijo, amablemente:
—Estaba jugando a las cartas en la habitación trasera del saloon de Dolph Oliver.
—¡Tod!
Pero mi padre hizo un gesto de impaciencia con su brazo. Su rostro tenía una expresión de disgusto.
—Los visitantes eran amigos de Camilla, no suyos. Por eso no estaba en casa.
Mamá dijo:
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—Es una exageración, Tod. Nadie carga los pecados de Alex Hendry sobre Phil.
—Tal vez no —dijo mi padre—. Pero quizá Phil carga sobre el pueblo los pecados de New Hope.
No comprendí el sentido de aquellas palabras, y sé que mamá tampoco lo comprendió. Y a medida que transcurrieron los meses, New Hope no tuvo tampoco respuesta para aquel enigma. Phil Hendry y Camilla Bland habían regresado de Omaha: dos jóvenes que en otro tiempo habían estado enamorados y sabían reír y saborear la vida; y que ahora mantenían una reserva que New Hope no podía penetrar.
Era un rompecabezas imposible de resolver. Nuestro pueblo estaba cada vez más perplejo con las pequeñas pistas que no proporcionaban ninguna respuesta. Todos nosotros sabíamos que Alex Hendry había comprado secretamente la antigua mansión de los Bland, y que ahora era de Phil. Pero la mansión de los Bland continuaba vacía, mientras Camilla y Phil vivían en la pequeña casa al final de la Prairie Street. A New Hope le hubiera gustado ver a los dos jóvenes trasladarse a la antigua casa de Henry Bland; hubiera sido un final feliz a una historia trágica. Pero entre Phil y Camilla había algo recordado con demasiada amargura; algo que perduraba más allá del perdón; algo que levantaba una barrera entre ellos, a pesar de su matrimonio. Podíamos verlo. Podíamos sentirlo. Podíamos verlo crecer.
A veces, Camilla y Phil paseaban juntos al atardecer, cosa que era una costumbre muy arraigada en nuestro pueblo. Desde el porche de mi casa podía verles andando a lo largo de las desiguales aceras de tablas de la Prairie Street, muy serios y hablando muy poco, como si cada uno de ellos estuviera sumido en una profunda soledad que no podía ser compartida.
Aparte de aquellos paseos se les veía juntos muy raramente. Camilla apenas salía de la pequeña casa al final de la Prairie Street. Y Phil tenía su oficina en el Hendry Block. De cuando en cuando le gustaba empuñar las riendas de uno de sus carromatos y hacer un largo viaje al Oeste. A veces, en la época de los patos, le veíamos cabalgar a lo largo del Missouri y desaparecer detrás de los matorrales de sus orillas; y a veces le veíamos regresar lentamente, cuando la noche ya había cerrado. Había conservado dos o tres de sus antiguos amigos, y si por la noche había necesidad de encontrarle, lo mejor que podía hacerse era mirar primeramente en la habitación trasera del saloon de Dolph Oliver. Normalmente se encontraba allí, jugando a cartas en mangas de camisa, una vieja pipa colgada de la comisura de su boca, los ojos completamente inexpresivos.
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En cierta ocasión vi a Camilla y a Phil que se encontraban en la puerta del Hendry Block. Él estaba saliendo del edificio, y ella iba acompañada por Fay Stanton, una muchacha que acababa de contraer matrimonio. Recuerdo que Phil se quitó el sombrero, saludando a su esposa con la misma helada cortesía con que ella le saludaba.
Oí que Camilla decía:
—Quiero ofrecer una cena a Fay y a Billy. ¿Qué noche te irá mejor?
Phil dijo:
—La que tú escojas.
Camilla dijo:
—No quisiera estropear tus planes.
Phil dijo:
—No tienen importancia.
Aquello fue todo. Las mujeres se alejaron, y Phil se quedó mirándolas. Creo que mi madre reflejaba el sentimiento de nuestro pueblo. Siempre
amable y tolerante, observó aquel asunto hasta que no pudo resistir más la inmovilidad. Deseaba hacer algo, intervenir de algún modo. Y se lo dijo a mi padre.
—Los dos son muy orgullosos. Y continuarán así…, sin llegar a una solución. —Y luego, debido a que sabía, como todo New Hope, que mi padre conocía las raíces de aquel asunto, le retó directamente. Era una cosa que rara vez hacía. Sin embargo, como digo, le retó—: ¿Qué pasa, Tod?
Mi padre tardó largo rato en contestar. Me parece estar viéndole, sentado en su mecedora, con el rostro muy serio. Las sombras nocturnas empezaban a extenderse sobre nuestro pueblo, y una leve brisa traía hasta nosotros los perfumes de la pradera.
Finalmente, mi padre dijo:
—Tal vez Camilla se pregunta si lo que apartó a Phil de ella cuando quebró el banco fue el temor a asumir la deuda que Henry Bland cargó sobre sus hombros.
—Entonces —dijo mi madre—, ¿por qué se casó con él?
Mi padre dijo, como a regañadientes:
—Camilla le prometió a su padre que pagaría las deudas que dejaba detrás de él. Tal vez Phil se dirigió a ella cuando hubo heredado el dinero de su padre y le ofreció pagar lo que ella debía. Tal vez fue un trato.
—¡Tod! —exclamó mi madre, sinceramente ofendida—. ¡No vuelvas a repetir esa indecencia! Ningún hombre querría comprar a una mujer.
Pero mi padre dijo:
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—Hubo una época en que estaban enamorados, y luego quedaron atrapados en la quiebra. Un hombre puede tener cosas en su cerebro que debe callar…, especialmente si su padre era odiado como lo fue Alex. ¿Quién sabe lo que piensa Phil? ¿Lo que pensó entonces, o lo que piensa ahora? No podemos decirlo. Existe la posibilidad de que él creyera que debía obrar de ese modo para enmendar los errores que cometió el viejo Alex. Y ahora, tal vez, está recordando lo que el viejo Alex le dijo. Que el dinero no le permitiría comprar la felicidad.
Mamá dijo:
—¿Es eso lo que opina Phil?
Pero no pudo sacarle una palabra más a mi padre, el cual volvió a colocarse el cigarro entre los labios y se sumió en un profundo silencio, dejando a mamá intranquila y preocupada.
Esos eran los sentimientos que embargaban al pueblo, al ver cómo la tragedia iba minando la vida de dos personas que tenían derecho a algo mejor. Y, sin embargo, no había nada que pudiera hacerse, ya que Phil y Camilla Hendry mantenían a New Hope a distancia con aquella seriedad, aquel frío orgullo.
Tal vez las cosas hubiesen seguido igual durante el resto de sus vidas, la lacónica costumbre de nuestros tiempos manteniendo quietas sus lenguas y ocultos sus verdaderos pensamientos. Nuestros días discurrían lentos y monótonos, hasta el punto de que el tiempo parecía haberse detenido. Y entonces, Belle Mellish cayó enferma y mandó a llamar al doctor Gillespie; y a altas horas de la noche, Gillespie envió al hijo de Belle, que tenía quince años, al final de la Prairie Street, a avisar a Phil Hendry.
New Hope se enteró de todo esto por el doctor Gillespie, un hombre que había atendido al pueblo desde su fundación. Había en él una brusquedad que lastimaba nuestro orgullo cuando le daba por mostrarse desagradable, y un conocimiento de nuestros secretos que le hacía un poco temido. Era, como mi padre, un hombre que estaba de vuelta de muchas cosas y que no esperaba ya demasiado de la vida. Sin embargo, a pesar de que sabía callar, sabía también cuándo el silencio dejaba de ser conveniente. De modo que habló de aquella escena, a fin de que New Hope pudiera comprender.
Cuando Phil Hendry entró en la habitación, Belle Mellish dijo:
—Quisiera que cuidara de mi hijo. No le molestará mucho tiempo, pero
durante los próximos tres años necesitará a alguien que vele por él.
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Hendry dijo:
—Yo velaré por él, Belle.
Belle dijo:
—Es usted una excelente persona, Phil, y el pueblo le ha tratado injustamente.
Gillespie dijo:
—¿Qué insinúas, Belle?
—El día que el banco cerró —dijo Belle—, Phil Hendry vino a verme y me prometió que no perdería un céntimo de mi cuenta. Por eso ha estado conduciendo carromatos, Gillespie. Ahora tiene el dinero del viejo Alex, pero el que me entregó a mí lo había ganado él con su trabajo. Y hay otras personas en la Clister Street que podrían decirle lo mismo.
Gillespie dijo:
—¿Has oído eso, Camilla?
Camilla estaba en el porche y lo había oído. Gillespie lo contó más tarde de un modo que arrancó lágrimas a los ojos de mi madre. Lágrimas de felicidad, al saber que las dificultades habían terminado para aquellas dos excelentes y orgullosas personas. Camilla entró entonces en la habitación. Pálida, dijo Gillespie; pálida y con los ojos terriblemente oscuros. Phil Hendry la miró del modo que puede mirar un hombre cuando está desesperadamente hambriento y dolido.
Camilla dijo:
—El día de la subasta te vi de pie al otro lado de la habitación…, y pensé que estabas asustado de lo que podía costarte si me convertía en tu esposa. Pensé que no me querías a aquel precio. ¿Cómo podía creer otra cosa? Nunca dijiste una sola palabra.
—No había nada que decir —murmuró Phil Hendry—. No podía avergonzar a mi padre dejando que New Hope supiera que me había hecho cargo de una deuda que él se negaba a reconocer.
—Luego —dijo Camilla— heredaste su dinero, y me pareció que creías que podías permitirte el lujo de comprarme como esposa.
Phil replicó amargamente:
—Y tú aceptaste el trato.
—Sí —dijo Camilla—. Sí, lo acepté.
Se quedaron todos inmóviles. Belle Mellish, y el hijo de Belle, y el doctor Gillespie, el cual se había vuelto de espaldas a los dos jóvenes porque, según dijo, le quedaba aún un poco de decencia, a pesar de sus cuarenta años de ejercer la profesión de médico. Pero oyó que Phil Hendry decía:
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—Estoy muy orgulloso de ti, Cam.
Cuando Gillespie se volvió Phil tenía a su esposa entre sus grandes brazos. Gillespie le contó la historia a mamá muchas veces, porque a ella le gustaba mucho oírla, y al llegar a ese punto, mamá inquiría siempre, con una avidez que no conseguía reprimir:
—¿Y luego, doctor? ¿Qué ocurrió luego?
Y Gillespie sonreía siempre irónicamente y sacudía la cabeza.
—¿Qué crees que puede decirle un hombre a su esposa después de un año desperdiciado? Me parece que se olvidaron de que en la habitación habían otras personas.
Un par de días después, al pasar por la parte alta de la Prairie Street, vi a unos hombres que arrancaban los hierbajos de la antigua mansión de los Bland. La puerta estaba abierta y Camilla se encontraba dentro de la casa, con una toalla alrededor de la cabeza, barriendo furiosamente.
Al mirar atrás, hacia aquel pueblo y aquella época, comprendo por qué Phil Hendry pudo decir que se sentía orgulloso de Camilla por haber hecho aquel deliberado trato. Había amor entre ellos, pero en Phil Hendry había algo más: un sentido de insobornable honradez que podía aplaudir silenciosamente lo que Camilla había hecho. En mi infancia, la gente era así, haciendo lo que tenía que hacer sin llantos y sin explicaciones; ocultando a menudo detrás del silencio el calor y la fuerza de sus vidas.
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LOS USURPADORES
P RÓXIMO el final del caluroso día, el sol encendió el mundo occidental con su último estallido de llamas. Una bruma azulada cubrió la tierra, y
el silencio adquirió una profundidad de centenares de millas.
Elizabeth Marsh estaba sentada en la cabaña de Curtis Kilrain, junto al lecho donde yacía el periodista Barney McNair. La humedad ponía una oleosa película sobre su rostro, y el aire era tan tenue que Elizabeth Marsh no podía aspirar todo el que necesitaban sus pulmones. Sin embargo, procuraba ocultar su malestar al joven Barney, el cual la contemplaba con sus exhaustos ojos. Era un hombre alto e increíblemente delgado, que, habiendo venido a la pradera por motivos de salud, estaba empeorando y ya no parecía importarle.
Barney dijo:
—Salga a respirar un poco de aire. No se esfuerce en ser amable.
—No soy amable, Barney.
Barney permaneció quieto, observándola con la inexpresiva mirada de un hombre enfermo. Elizabeth Marsh era una de las numerosas personas que, por diversos motivos, se habían unido a la estampida humana en busca de nuevas tierras, y habían ganado una parcela en el sorteo; pero era una extraña en aquella región, en todos los sentidos: una mujer realmente hermosa, que no había cumplido los treinta años y que a Barney le recordaba el fru-fru de la seda y las cenas con champaña en Sherry’s.
Curtis Kilrain entró en la cabaña con una jarra de piedra.
—Anoche enterré esta jarra de agua en el suelo. Está muy fría.
Elizabeth Marsh se puso en pie para llenar una taza de estaño. Luego se acercó a la cama y deslizó su mano por debajo de la espalda de Barney McNair, ayudándole a incorporarse para beber. Curtis Kilrain, cínicamente observador, se dio cuenta de que, a pesar de que Elizabeth Marsh no sonreía —no la había visto sonreír una sola vez desde que se unió a la estampida—, sus labios se suavizaban. Barney McNair se dejó caer en la cama con un profundo suspiro.
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—La hoja caída se limita a rodar con el viento. ¿Por qué se molesta por mí, Curtis?
—¿A qué otra parte podrías ir?
—Déjeme caer en el polvo. De todos modos, no tardaré en estar allí. —Entretanto —dijo Kilrain, en tono indiferente—, tendrás que soportar
mi compañía, lo cual me ahorra la molestia de vivir conmigo mismo. —Se mostraba brusco e impaciente con Barney McNair—. Si la vida era tan importante para ti cuando viniste aquí, ¿por qué no lo es ahora?
—Estoy cansado de soportarla, sencillamente —murmuró Barney McNair.
Elizabeth Marsh dijo:
—¿Hubo una muchacha, Barney?
—Desde luego —dijo el joven, y movió la cabeza sobre el lecho—. ¿Qué puedo significar ahora para una mujer?
Kilrain se volvió al oír que se acercaba un caballo, procedente de la pradera. La calmosa voz de Ingrid Berg dijo:
—Hola.
La muchacha apareció en el umbral, con sus rubios cabellos encendidos por el sol. Tenía dieciséis años y era alta y robusta, con un rostro redondo, solemne y agradable. Llevaba una jarra en la mano y se acercó al lecho de Barney McNair con ella.
—Le he traído un poco de caldo.
—Gracias —dijo Barney.
La muchacha estaba seria, pero parecía sonreír. Sus brazos eran redondeados, y el sol les había dado un tono ámbar; su cuerpo era el de una mujer. Apoyó una mano en la mejilla de Barney.
—Son los efectos del calor. Cuando llegue el otoño se repondrá en seguida.
Acercándose a la mesa, dejó su jarra de caldo y se marchó. Elizabeth Marsh notó el leve brillo de confianza que apareció en los ojos de Barney McNair. Siguió a Kilrain al exterior y echó a andar a su lado hasta que se hubieron alejado de la cabaña.
—Haga que desee vivir, Curtis.
—El sueño es preferible a la miseria. En la vida no hay nada que valga la pena.
—Es muy joven, y está terriblemente asustado. Ayúdele.
—¿Cómo puedo hacerlo?
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Elizabeth Marsh dijo algo que resonó extrañamente en el cerebro del hombre.
—Ha enterrado usted deliberadamente sus dones, Curtis. Y uno de esos dones podría hacer vivir a Barney.
Dio media vuelta y se alejó a través de la pradera, una forma erguida y rebelde contra el agonizante sol.
En una cabaña situada a media milla de distancia, Mistress Ellis, que había estado vigilando a través de su ventana durante una hora entera, vio cómo Elizabeth se separaba de Kilrain. Mrs. Ellis movió los labios, murmurando:
—¡Ah!
La luna era una diminuta corteza roja en la negra noche cuando Kilrain ayudó a Barney McNair a instalarse en el lecho del carromato, y condujo el vehículo a través de la parcela para recoger a Elizabeth Marsh. Dos millas al oeste parpadeaban las luces del hotel de Harriet Rand, y la gente se dirigía hacia aquellas luces, impulsada por la necesidad de compañía. Soplaba una leve brisa del sur que hacía más soportable el pegajoso calor. Kilrain se detuvo en la casa de Brewerton para hacer unas compras, pero no había nadie y continuó hacia el hotel.
Adam y Mrs. Brewerton, los Berg, los Webster, estaban allí, y Andy Pierce, capataz del rancho Wagonwheel, y Clyde Jacks. Los Jackson estaban sentados plácidamente en la sombra, cerca de la familia Ellis. Llegaron los Zimmerman y aparecieron los Madden. Tom Kertcher surgió de la pradera andando al lado de Letty Brewerton. Las mujeres, reunidas en grupos, comentaban en voz baja los acontecimientos del día; los hombres estaban sentados en el suelo, con las piernas cruzadas al estilo indio, hablando de sus cosas.
Mrs. Rand dijo:
—He hecho un poco de té frío, tan frío como me ha sido, posible.
Y se acercó al carromato; era una mujer menuda, con unos grandes ojos en un rostro suave y serio, y una voz melodiosa.
—Apéese, Elizabeth.
Kilrain se dio cuenta del repentino silencio con que las otras mujeres reunidas en el patio establecían una barrera contra Elizabeth Marsh. Ésta también se dio cuenta y permaneció sentada en el pescante del carromato, rígida y hostil, iluminada por la luz de la lámpara.
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—No —murmuró—. Vamos a marcharnos en seguida.
La voz de Tom Kertcher rompió el extraño silencio.
—Ya tenemos un pueblo en marcha. Lo que necesitamos ahora es una oficina de Correos.
Brewerton dijo:
—¿Cómo va a llamarse el pueblo?
La voz de un hombre desconocido surgió de las sombras:
—Nueva York.
Andy Pierce gruñó:
—Ese nombre podría dar lugar a confusiones. ¿Qué os parece Rand? —Fauntleroy —sugirió una mujer. Clyde Jacks dijo:
—Rattlesnake Flats.
Ben Lowe, un hombre algo presuntuoso, opinó:
—Tendríamos que darle el nombre de uno de nosotros. Mi parcela está tan cerca de este pueblo como cualquiera, y no me importaría que lo bautizarais con el nombre de Lowe.
Barney McNair estaba sentado en el lecho del carromato, con los brazos cruzados. Su mirada se detuvo en uno de los grupos de mujeres.
—Ingrid —dijo.
Ingrid Berg echó a andar lentamente, pero alguien dijo:
—Espera.
Y la cogió del brazo.
La muchacha se quedó en pie contra la luz, sus cabellos rubios brillando, y su rostro enrojeciendo lentamente.
Brewerton dijo:
—Ingrid, ése es un buen nombre.
—Entonces, Ingrid —dijo George Webster.
Un hombre salió del hotel de Harriet Rand seguido por otro más bajo, y ambos escucharon la conversación hasta que terminó, y entonces se dirigieron al camino y desaparecieron en la oscuridad.
Kilrain dijo:
—¿Quiénes son?
—Forasteros —murmuró Brewerton.
Kertcher aplicó un fósforo a su cigarrillo, añadiendo en voz baja:
—Hay cuatro o cinco familias que no se han trasladado aún a sus parcelas. Si no las han ocupado antes de la medianoche de pasado mañana, las parcelas pasarán a manos del primero que se instale en ellas.
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—De modo que esos dos individuos buscan parcelas desocupadas… — dijo Kilrain.
—Han estado mirando por ahí.
Llegó un caballo al galope, y el jinete se deslizó lentamente de la silla, con una de sus manos apoyada en el pecho. Al ver a Kilrain, dijo:
—Quiero que le eche una mirada a este dedo. Llevo tres noches sin dormir.
Kilrain replicó secamente:
—¿Por qué tengo que mirarlo?
El recién llegado miró a Kilrain con una expresión de cólera. Pero el dolor pudo más que su orgullo y extendió su mano, sin decir nada. Kilrain cogió la mano y la volvió lentamente a la luz. Sus dedos se movieron sobre ella —toda aquella gente mirando— de un modo suave y experto.
—Un uñero. Todavía no está maduro. Báñelo en agua caliente esta noche…
—¿Y luego?
—Hay un médico en Virgil —dijo Kilrain, y subió al pescante de su carromato, poniéndose en marcha.
El recién llegado exclamó, en tono enfurecido:
—Nadie tiene derecho a reservarse un don, cuando éste es necesario.
—¿Cómo sabe usted que es médico? —preguntó Andy Pierce.
Mrs. Ellis dijo:
—Salta a la vista… ¿No vio cómo miraba ese dedo? —Luego añadió, en tono reticente—: Hay un montón de cosas que saltan a la vista en la gente, como en esa orgullosa dama que iba sentada al pescante del carromato y era demasiado fina para nosotros.
Letty Brewerton dijo inmediatamente:
—A mí me es simpática.
—¡Ah! —dijo Mrs. Ellis—. ¿Quién es, y de dónde viene?
Mrs. Jackson dirigió una severa mirada a Mrs. Ellis, y dijo:
—Parece mentira el tiempo de que disponen algunas personas para ocuparse de los asuntos de los demás. Vamos, Bill.
Desde la puerta del hotel, Mrs. Rand contempló a aquella gente alejándose en medio de la oscuridad, y oyó sus voces resonando a través del silencio nocturno. Los dos forasteros surgieron del camino y entraron en el hotel. Cuando Mistress Rand se volvió, los encontró sentados a la mesa con un
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mapa extendido entre ellos. Uno de los hombres era algo rechoncho, con la blanda grasa de un habitante de la ciudad almohadillando sus huesos; el otro era viejo y delgado. El gordo dijo:
—Esa parcela vacía, al sur de la de Kilrain…, creo que fue atribuida a Sarah y Lou Colpitt. ¿Están aquí?
—No lo sé —dijo Harriet Rand.
El gordo se volvió hacia su compañero.
—Mañana irás al pueblo y traerás una tienda de campaña y provisiones.
A mediodía, Elizabeth Marsh le llevó un almuerzo frío a Barney McNair, y le encontró demasiado débil para comer. Apoyó su suave mano sobre el pecho del enfermo, diciendo:
—No se mueva.
Barney hizo un leve ademán de asentimiento.
Curtis Kilrain estaba de pie junto a la puerta y sacudió la cabeza. Cuando Elizabeth salió de la cabaña, echó a andar a su lado por la pradera.
—Es inútil —dijo Kilrain—. Está decidido a morir.
Elizabeth dijo:
—¿Podría vivir, si realmente lo deseara?
—Tal vez —murmuró Kilrain. Era un hombre en cuyo rostro se reflejaba el pesimismo más gráfico que Elizabeth Marsh había visto en toda su vida. Tenía poco más de treinta años, y sus ojos poseían un enorme poder de atracción—. Elizabeth, ¿por qué se preocupa por él?
—Es un chiquillo que nos suplica que le ayudemos. Voy a la cabaña de los Madden en busca de un poco de leche.
Kilrain permaneció bajo el intenso resplandor del sol, liando maquinalmente un cigarrillo mientras contemplaba a Elizabeth dirigirse a su cabaña y entrar en ella. Al cabo de unos instantes volvió a salir con un cubo y se encaminó a la cabaña de los Madden. Kilrain la conocía desde que la estampida humana les había reunido, hacía un mes: una mujer sola huyendo de algún pasado que había sido miserable, o trágico, o humillante; y ése era el primer interés que ella había mostrado.
Un jinete solitario dio la vuelta lentamente alrededor de la parcela de los Colpitt, y, al mismo tiempo, un buggy llegó a lo largo del camino y se detuvo delante de la cabaña de Kilrain. El conductor era un hombre bajito, de ademanes nerviosos. Dijo:
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—Soy el doctor Springer, de Virgil. Pasaba por aquí y me han dicho que hay un hombre enfermo. Usted es Kilrain, ¿no?
—Entre.
El doctor Springer se apeó del buggy y siguió a Kilrain al interior de la cabaña. Se acercó al lecho donde reposaba Barney McNair, y dijo:
—Hola, muchacho.
Miró fríamente a McNair mientras abría su maletín. Sacó un estetoscopio y lo adaptó a sus oídos.
Cuando hubo terminado su reconocimiento, miró rectamente a los ojos de Barney McNair. Curtis Kilrain se adelantó y cogió el brazo del joven; y el doctor Springer observó que los dedos de Kilrain se detenían en la muñeca de Barney McNair.
Lo que el doctor vio en aquel gesto le interesó grandemente, confirmando los rumores que había oído. Se incorporó, cerrando su maletín. Dijo:
—Has estado enfermo, hijo. —La mirada de Barney McNair se pegó al doctor Springer con una leve esperanza. El médico añadió—: Lo principal es descansar y… estar alegre, muchacho.
Salió de la cabaña y dejó el maletín en el buggy. Sin mirar a Kilrain, que le había seguido, preguntó en tono casual:
—¿Qué opina usted?
—La enfermedad está bastante avanzada —dijo Kilrain. Se interrumpió, frunciendo el ceño, y añadió en tono irritado—: ¿Cómo diablos puedo saberlo?
—No debería dormir usted cerca de él.
—He sobrevivido a situaciones peores.
Springer subió al buggy. Azotó al caballo con las riendas y se alejó. Alrededor de las cuatro de la tarde apareció Elizabeth Marsh con un cubo
de leche. Sostuvo a Barney McNair con sus brazos mientras el joven trataba de beberse una taza de leche.
—Es inútil —suspiró Barney, y se dejó caer de nuevo sobre la almohada. Elizabeth se apartó de la cama y permaneció inmóvil unos instantes, de
espaldas a Kilrain, el cual estaba en el umbral de la puerta. Repentinamente, Elizabeth se volvió y la indiferencia desapareció de su rostro. Se acercó a Kilrain y le tocó el brazo, suplicándole silenciosamente.
—Barney —dijo Kilrain—, ¿quieres vivir, o morir?
El muchacho permaneció inmóvil, con los ojos cerrados.
—¿Para qué quiero vivir?
La voz de Kilrain se hizo dura y hostil.
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—Escucha, Barney. ¿Qué era lo que tenías? Fuerza, y una gran cantidad de orgullo y de ambición. Pero la bestia maldita del mundo te golpeó y te ha dejado convertido en una piltrafa. Acurrúcate en un rincón y muérete, si quieres. Pero piensa que eres joven y que, si te lo propones, puedes vencer a este desalentador universo. No por amor, ni por la gloria, ni por deseo de pasar a la posteridad. Sólo por ti mismo: para demostrarte a ti mismo que eres un hombre.
Barney McNair apretó fuertemente los labios y cerró los puños. Luego suspiró y volvió la cabeza al otro lado. Kilrain salió bruscamente de la cabaña y, liando un cigarrillo, contempló al solitario jinete que avanzaba procedente de la parcela vacía. Poco después salió Elizabeth Marsh. Dijo:
—Eso puede ayudarle.
—Una mentira. No hay nada por lo que valga la pena luchar.
—Ahora le conozco a usted mejor. —Contempló al jinete que avanzaba, y añadió—: Ése es uno de los usurpadores.
Y entró en la cabaña de nuevo, fuera de la vista.
Visiblemente afectado por el calor, el usurpador se acercó a la cabaña. Sus redondas mejillas aparecían congestionadas, y tenía los ojos enrojecidos. Inquirió:
—Esa parcela que está más al sur…, la que debían ocupar Lou y Sarah Culpitt… ¿No han llegado todavía?
—Salga de mis tierras —dijo Kilrain.
Los ojos del gordo relampaguearon de ira.
—Ustedes, los colonos, son la gente más descortés que he conocido — gruñó, al tiempo que se alejaba.
Cuando el desconocido llegó al camino, Elizabeth Marsh salió de la cabaña y se encaminó hacia su propia parcela, situada a un cuarto de milla de distancia. El sol empezaba a hundirse en el horizonte, y unas sombras azules corrían como agua a través de la recalentada tierra. Kilrain preparó la cena en la estufa del patio y apartó la ración de Barney McNair, pero cuando entró en la cabaña encontró al muchacho profundamente dormido, con los dos brazos extendidos, en una postura de completo relajamiento. La oscuridad se tendió sobre la pradera. Kilrain cogió una botella de whisky de un estante, apagó la lámpara y se dirigió a la cabaña de Elizabeth. Esperó fuera, como había hecho siempre, hasta que ella le dijo que pasara. Entró en la cabaña y sacó la botella de whisky de su bolsillo.
—No puedo beber solo.
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Elizabeth se acercó a una alacena y puso una taza de porcelana sobre la mesa. Kilrain la llenó hasta la mitad. Contempló el licor, sumido en amargos recuerdos.
—Por todas las amabilidades y convencionalismos —exclamó—, por todos los sueños, y aspiraciones, y maravillosas ficciones…, y al diablo con todo ello.
Y vació la taza de un solo trago.
—No recuerdo a los Colpitt —dijo Elizabeth—. Debieron regresar al Este para recoger sus enseres. Si no llegan antes de la medianoche de mañana, perderán la parcela. Ese usurpador se instalará allí en cuanto llegue la medianoche. Lástima que uno de nosotros no pueda instalarse allí hasta que lleguen los Colpitt.
Kilrain dijo:
—Cuando mira usted a Barney, la compasión la ablanda y la traiciona. Nunca le he hecho a usted preguntas, ¿verdad?
—Sus ojos han sacado todo lo que quería saber acerca de mí.
—¿He sido rudo?
—La curiosidad impersonal de un médico. Porque usted fue médico en otros tiempos, Curtis.
—No me proponía ser rudo —dijo Kilrain, volviendo a llenar la taza—. La superficie de un caballero permanece, mucho después de que el interior ha muerto.
—Si hubiera usted dejado de ser un caballero, no estaría ahora tan amargado. En usted no ha cambiado nada. Su peor enemigo es usted mismo.
—Todos somos nuestro peor enemigo. —Kilrain hizo un pequeño gesto, suspiró y añadió, como dando expresión a un profundo anhelo—: Es usted la forma de belleza que nunca se apaga a los ojos de un hombre. Es usted el vigor y el estímulo que un hombre necesita, la bondad y la maldad, la tentación y la resistencia, la rendición y la entrega.
La luz de la lámpara se reflejaba en los ojos de Elizabeth; su ancha boca se contrajo, y la inmovilidad de su rostro se quebró; y, sintiéndose insegura, apartó la mirada de Kilrain. Repentinamente, cogió la taza que él tenía en las manos, tocó el whisky con sus labios y se la devolvió; y volvió a levantar sus ojos, esperando.
Kilrain dejó la taza sobre la mesa.
—Se siente usted sola, y tiene miedo.
—Sí —susurró Elizabeth—. Todas esas cosas.
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Kilrain dio la vuelta a la mesa. Elizabeth levantó el rostro hacia él. Mientras la besaba, Kilrain se embriagó con el perfume de sus cabellos. Pero la presión de las manos de Elizabeth le obligó a retroceder. Los ojos de Elizabeth habían cambiado, y ahora parecían odiarle, y la desconfianza había vuelto a asomar a su rostro, y su voz resonó vieja y furiosa:
—En cierta ocasión, un hombre me dijo todas esas cosas.
Kilrain se obligó a borrar de su corazón todo lo que aquel instante había sido. Permaneció inmóvil, luchando consigo mismo, y dijo en tono humillado:
—Usted ha visto lo que soy.
—Si en el pasado cometí algún error…, lo pagué muy caro. De veras, Curtis.
—¿Un hombre? —preguntó Kilrain.
—Sí.
—Y dejó que usted se marchara… Aquel hombre era un estúpido, Elizabeth. Buenas noches.
A la mañana siguiente, Tom Kertcher apareció por el camino montado en su enorme percherón. Kilrain interrumpió el trabajo en su cerca y Elizabeth Marsh salió de la cabaña. Kertcher, que era un hombre de finos modales, se quitó el sombrero y dedicó a Elizabeth una sonrisa amplia y amistosa.
—¿Cómo está Barney? —inquirió.
—Mejor, creo.
Kertcher señaló la parcela vacía, al sur.
—Si los Colpitt no llegan antes de las doce de la noche, la perderán. Aquellos dos usurpadores que paran en el hotel de Harriet han comprado un carromato y todo lo necesario para establecerse. En cuanto transcurra el tiempo legal se trasladarán ahí.
Kilrain dijo:
—No recuerdo a los Colpitt.
—Marido y mujer, de unos cuarenta años. Tres niños, todos pelirrojos. Regresaron a Iowa para recoger los enseres que dejaron allí. Tienen que llegar a Virgil en el tren del mediodía, si quieren ocupar la parcela, aunque existe la posibilidad de que hagan el viaje en carromato. Andy Pierce ha ido a Virgil para ver si vienen en el tren.
—¿Por qué se preocupan tanto? —preguntó Kilrain con su voz escéptica.
Kertcher dirigió una prolongada y tranquila mirada a Kilrain.
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—Esa parcela vale tres o cuatro mil dólares. Y los vecinos tienen que ayudarse. Viajamos todos en el mismo barco.
Elizabeth Marsh dijo:
—¿No hay algún medio para librarse de esos dos hombres?
Kertcher se echó a reír.
—Andy y yo lo hemos estado discutiendo. No podemos hacer nada. Éste es un país libre.
Dando media vuelta, se encaminó hacia el pueblo.
Kilrain entró en la cabaña con Elizabeth y se detuvo junto al lecho de Barney McNair. Examinó cuidadosamente los ojos del joven y apoyó sus dedos contra su muñeca.
Barney murmuró:
—Me siento muy cansado, Curtis. Pero me encuentro bien. No estoy desanimado.
Kilrain dijo:
—Creo que será mejor que te afeite.
Elizabeth dijo:
—Voy a casa de los Madden a buscar un poco de leche.
Era ya cerca de mediodía. Poco después de comer, Mistress Ellis vio a Elizabeth que cruzaba la pradera en dirección a la cabaña de los Madden. En aquel momento, Mistress Ellis estaba fregando los platos, pero abandonó el trabajo, acercó una silla a la ventana y se sentó en ella, con el rostro tenso y los ojos tan luminosos como los de un gato. Vio a Elizabeth que entraba en la cabaña de los Madden para salir poco después. Siguió a Elizabeth Marsh con la mirada, respirando agitadamente, y cuando Elizabeth llegó a la cabaña de Kilrain, Mrs. Ellis exclamó: «¡Ah!», con una especie de doloroso éxtasis; fue en busca de su sombrero y se dirigió a la cabaña de los Madden.
—¿Ha estado aquí, comprando leche otra vez?
Mrs. Madden dijo:
—Para el enfermo…, para Barney.
Mrs. Ellis miró irónicamente a Mrs. Madden.
—Eso le proporciona un pretexto para pasarse un montón de horas en la cabaña de Kilrain. Ayer estuvo allí cinco veces. Y anoche, Kilrain se pasó una hora en la cabaña de Elizabeth. Luego se apagó la luz.
Mrs. Ellis se despidió de Mrs. Madden y dio un rodeo para pasar por la casa de los Jackson, y mientras andaba mantenía la cabeza inclinada, y movía los labios, y sus pensamientos ponían un brillo húmedo en sus ojos. Le repitió
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a Mistress Jackson lo que había observado, y regresó a su propia cabaña, ocupando de nuevo su lugar en la ventana para vigilar la vivienda de Kilrain.
Mrs. Jackson terminó sus tareas caseras y, a media tarde, observando que Elizabeth Marsh regresaba a su propia cabaña, alisó su vestido, se puso el sombrero y salió de su casa con una jarra de adobo picante.
Cuando Mrs. Jackson apareció, Elizabeth estaba en el interior de la cabaña remendando un vestido.
Mrs. Jackson dijo:
—He traído este adobo picante para que lo pruebe. Si le gusta, le daré la receta.
Elizabeth la invitó a entrar, y Mrs. Jackson se sentó en una silla. Se quitó el sombrero, suspirando, y cruzó las manos sobre su regazo.
—Cuando se llega a los sesenta, este calor calienta los viejos huesos. Para usted, siendo joven y ardiente, debe resultar insoportable.
—La gente se acostumbra a todo.
—Sí —convino Mrs. Jackson—, es cierto. —Y miró fijamente a Elizabeth. Pero no entró inmediatamente en materia. Habló de su marido, que era un hombre inquieto, y de sus propios comienzos en Missouri—. Conocía mucho a los James y a los Younger. —Insensiblemente, condujo la conversación hacia Mrs. Ellis—. Una chismosa —observó Mistress Jackson —, es como una manzana podrida en un barril. Es una pena que a la gente le guste escuchar las habladurías. Pero también es humano. Imagino que se siente usted sola.
—A veces —dijo Elizabeth.
—Desde luego. Es usted joven, y una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida. No le gusta demasiado la gente, ¿verdad? Es inútil fingir amor o caridad si una no lo siente… —Mrs. Jackson se puso en pie, se acercó a la puerta, miró hacia la cabaña de Kilrain y dijo, con voz amable—: Resulta agradable tener un vecino tan cerca. —Luego miró fijamente a Elizabeth—. Pero tal vez sería preferible que no lo tuviera, para no darle a Mrs. Ellis ocasión de hablar.
Y se marchó, dejando detrás de ella una atmósfera purificada por la acre vivacidad de su presencia.
A través del umbral de la puerta, Elizabeth vio a los dos usurpadores moviéndose a lo largo de la parcela de los Colpitt.
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Más tarde se preparó la cena y salió de la cabaña, Andy Pierce y Tom Kertcher estaban delante de la cabaña de Kilrain, y cuando Elizabeth llegó, oyó que Pierce decía:
—Los Colpitt no estaban en el tren. Tal vez hagan el viaje en carromato, a lo largo del río. Les quedan seis horas de tiempo. Creo que iré a echar una mirada por el camino del río.
Los dos hombres se marcharon. Y en aquel preciso instante se presentó el buggy del doctor Springer. El médico se apeó, con su maletín, diciendo:
—He tenido que venir a atender a esa mujer que va a dar a luz. Y se me ha ocurrido pasar por aquí.
Entró en la cabaña, seguido por Kilrain y Elizabeth, y se sentó en la cama, mirando a Barney McNair y tomándole el pulso. Dijo:
—¿Cansado, muchacho?
—Disgustado —murmuró Barney McNair—. Tal vez he llegado a hablar de morirme.
—Es una cosa que suele ocurrir —dijo Springer, y salió de la cabaña. Kilrain salió con él y Elizabeth oyó que los dos hombres hablaban. El doctor Springer dijo:
—Cuando llegué aquí sólo había unas cuantas personas. Ahora, mi territorio abarca doscientas millas cuadradas. Me estoy haciendo viejo para tanto trabajo.
Elizabeth se acercó a la puerta. Al pasar junto a la mesa vio allí el maletín del doctor Springer y dijo:
—Doctor, se ha dejado usted…
El médico estaba cerca del buggy. Se volvió, interrumpiendo rápidamente a Elizabeth.
—No —dijo—, comeré en casa de Mrs. Rand. —Y al montar en el buggy sacó ostensiblemente un maletín de debajo del pescante y lo colocó sobre el asiento—. Otro día —añadió, azotando al caballo con las riendas.
Elizabeth volvió a entrar en la cabaña y se recostó contra la pared, de modo que pudiera ver el rostro de Kilrain; cuando éste entró, se fijó en el maletín y frunció el ceño.
Barney McNair dijo:
—El doctor Springer ha olvidado su instrumental.
—No —dijo Kilrain—, no ha olvidado nada.
Se acercó a la mesa y abrió el maletín. Lo contempló con una expresión enfurruñada, pero Elizabeth observó el movimiento de sus ojos mientras examinaba el instrumental. Elizabeth salió silenciosamente de la cabaña.
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Kilrain se reunió con ella poco después. Lió un cigarrillo, sin decir nada.
Elizabeth dijo:
—Quiero que cargue algunos enseres en el carromato. Vamos a ir a la parcela de los Colpitt. Si a medianoche no han llegado, yo seré Mrs. Colpitt. Esos hombres no me han visto nunca.
—El truco le servirá hasta que se haga de día. Entonces, si los Colpitt no han llegado, esos hombres sabrán que les ha engañado… y regresarán.
—De todos modos, les daremos unas horas más de tiempo a los Colpitt.
Kilrain dijo:
—Búsquese otro compañero.
—Por favor, Curtis.
Elizabeth trepó al pescante del carromato mientras Kilrain iba en busca de los caballos. Luego cargó unas cuantas herramientas y la estufa. Recogió la ropa de su camastro, un farol y su revólver. Elizabeth le oyó decir:
—Ahora son las nueve.
Avanzaron hacia el sur durante tres cuartos de milla a lo largo de los postes de la cerca de Kilrain, y luego giraron al este. Cuando llegaron a la parcela de los Colpitt, Kilrain detuvo el carromato, lo descargó y tendió las mantas en el suelo. La dorada hierba brillaba levemente contra la oscuridad, y una suave brisa empezó a suspirar a través de ella.
—Tenemos que hacer que esto parezca lógico —dijo Kilrain, y se alejó con el carromato hacia el este, para dejar impresas las huellas de las ruedas en aquella dirección. Regresó al cabo de media hora, sin molestarse en desuncir los caballos.
El calor había empezado a remitir. Elizabeth se dejó caer sobre las mantas y, tendida boca arriba, contempló el firmamento. Kilrain se quedó en pie junto al carromato, silencioso y apartado de ella.
—Venga aquí, Curtis.
Kilrain avanzó hacia ella, arrodillándose junto a las mantas, mirando la redonda y vaga sombra del rostro de Elizabeth. Ésta extendió una mano para tocarle. A lo lejos, el aullido de un coyote quebró el silencio nocturno.
—Ahí está su mundo, Elizabeth —dijo Kilrain—. Un sonido vacío en medio del vacío.
Mucho más tarde, Kilrain sacó su reloj y acercó a él la punta encendida de su cigarrillo.
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—No pueden tardar. Esos tipos saben que yo no soy Colpitt. Cuando lleguen, me retiraré.
—El doctor Springer se parece a usted, Curtis. Tiene los mismos ojos. Vieron a través de usted, como usted vio a través de mí. Por eso dejó el maletín.
—Aparte la mano, Elizabeth.
Ella acercó más su rostro.
—¿Por qué?
—La acerca demasiado a mí.
Elizabeth murmuró, en tono entristecido:
—No está usted desilusionado, Curtis. Creyó en alguna mujer, y ella destrozó su corazón. Pero usted continúa buscando a aquella clase de mujer. Si yo fuera…
Kilrain dijo:
—Te quiero.
En aquel momento se oyó el ruido de un carromato, procedente del este, y la vacilante luz de un farol taladró la oscuridad. Kilrain se puso en pie.
—Estaré cerca —dijo, y desapareció.
Elizabeth se levantó y se acercó al carromato, oyendo el sonido de unas voces cada vez más próximas. Aparecieron las sombras de los caballos y del carromato, y una voz gritó:
—¿Quién está ahí?
El carromato se detuvo, y un hombre se adelantó con el farol. Cuando estuvo más cerca, Elizabeth vio que era el hombre gordo que había estado en el hotel de Harriet Rand. El hombre levantó el farol por encima de su cabeza, de modo que su claridad iluminara el rostro de Elizabeth.
—¿Quién es usted?
—Soy Sarah Colpitt.
El hombre sacó su reloj e inclinó su cabeza sobre él.
—Ha llegado usted demasiado tarde. Ya es más de medianoche.
—Ya hace rato que estamos aquí. Allí está nuestro carromato.
—¿Dónde está su marido?
—Ha ido al río a buscar agua.
El hombre dijo:
—No puede usted demostrar que llegó aquí a tiempo. Tink, acerca el carromato.
Elizabeth fue al lugar donde estaban extendidas las mantas y cogió el revólver de Kilrain. Apuntó con él al gordo, el cual exclamó, medio furioso,
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medio asustado:
—¡Cuidado! No intente…
—¡Salga de esta parcela, o mi marido le matará!
Procedente del sur se oyó el lento rechinar de otro carromato. El hombre gordo dijo:
—¿Qué es eso?
—Mi marido. Márchese antes de que le vea aquí.
A través de la oscuridad llegó la voz del segundo hombre.
—Vamos, Bill. No quiero jaleos.
El gordo dio media vuelta y empezó a alejarse.
Elizabeth esperó, llena de temor; ya que si los Colpitt llegaban demasiado pronto, aquellos usurpadores se darían cuenta del engaño. El hombre gordo había montado en el carromato, sin dejar de maldecir. Kilrain surgió de la oscuridad, moviéndose rápidamente. Enrolló las mantas y cargó la estufa en el carromato. Un jinete solitario apareció a través de la hierba, y una voz —la voz de Andy Pierce— inquirió rudamente:
—¿Qué diablos están haciendo aquí?
—Todo marcha bien, Andy. Pero llega usted un poco tarde.
Andy Pierce se apeó de su caballo y se acercó.
—Pensé que eran ustedes los usurpadores. He cabalgado a lo largo del río y he encontrado a los Colpitt. Están llegando. —Luego se detuvo a pensar en la situación y se volvió hacia Elizabeth—. ¿Les ha metido usted el resuello en el cuerpo?
—Ella era Mrs. Colpitt —dijo Kilrain—. Esos tipos no la conocían. Les ha engañado bien.
—Esperen a que cuente eso —dijo Andy Pierce.
—No —dijo Elizabeth—, no puede usted hacerlo. Ha sido algo ilegal, ¿no es cierto? Si los usurpadores descubren que los Colpitt llegaron aquí demasiado tarde, reclamarán la parcela. No se lo diga a nadie. —Trepó al pescante del carromato, y añadió—: Cuénteselo únicamente a los Colpitt, de modo que lo comprendan. Vamos, Curtis.
Kilrain azuzó a los caballos. Los usurpadores estaban en el camino del pueblo, y los Colpitt se habían detenido al sur de su propia parcela: su farol trazaba arcos amarillos en la oscuridad. Kilrain detuvo el carromato delante de la cabaña de Elizabeth.
Elizabeth iba sentada a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro. Kilrain inclinó la mirada y vio el rostro de Elizabeth levantado hacia él, y oyó su voz, tan lenta y tan clara:
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—No volveré a entrar en tu cabaña, Curtis. No quiero que la gente hable. —¿Te importa?
—Antes no me importaba; pero ahora, sí. Quiero el respeto de esa gente.
Y quiero el tuyo.
—El mío ya lo tienes.
Elizabeth se apeó del carromato. Era una sombra en la oscuridad.
—Tal vez te refieres a lo que me has dicho hace unos instantes. Pero somos tan iguales en las cosas que nos han sucedido, que no es como si fuera nuestro primer amor, sin ninguna duda y sin ningún mal recuerdo. Para nosotros, el amor no podrá ser nunca un regalo. Tendremos que trabajar por él.
Kilrain permaneció inmóvil en el pescante, sumido en sus pensamientos. —Curtis —susurró Elizabeth—. Quiero tu respeto. Si quieres el mío, toma
el maletín que el doctor Springer dejó para ti.
Kilrain dijo:
—Si eso significa tanto para ti, lo haré. Buenas noches.
—Buenas noches —murmuró Elizabeth, y contempló cómo se alejaba el carromato.
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LA HISTORIA DE LAURA GALE
C UANDO el tren reemprendió la marcha, dejando tras él su cinta de humo en el aire cálido e inmóvil, Laura Gale se quedó al lado de su bolsa de viaje en el andén de la estación, y su presencia allí fue como el
estruendoso tañido de un gong para todos los hombres que la contemplaban. Era una muchacha alta, esbelta, y llevaba un vestido azul que mantenía
sus hombros erguidos dentro de la elegante severidad de su corpiño. Su sombrero, de copa plana, cubría apenas la negra mata de sus cabellos, peinado hacia atrás. Los ojos de Laura Gale recorrieron cuidadosamente el grupo de hombres, como si tratara de identificar a uno de ellos. Cuando su mirada llegó a Gordon Robbards, éste pudo ver la decepción que se reflejaba en aquellas superficies azules.
Era natural que la atención de Laura Gale quedara prendida un momento en él, ya que Gordon Robbards contrastaba poderosamente con los otros hombres. Su rostro curtido por el viento parecía más atezado debido a lo rubio de sus cabellos, y su torso se adivinaba plano y ancho debajo de la camisa de algodón, a cuadros. A pesar de que no sonreía, sus inquietos ojos producían aquella impresión. La culata de un revólver asomaba su negra curva por encima de una funda colgada a su cadera. Hubo aquel intervalo de una atención dada y recibida entre ellos, como si la pausa significara que algo iba a seguir al silencio. Pero antes de que Gordon Robbards pudiera hacer nada, Laura Gale había recogido su bolsa de viaje y había echado a andar hacia la única calle de Prairie.
Mark Wales, que era el juez municipal del pueblo, lamentó siempre aquella oportunidad perdida…, aquella primera dorada ocasión de impresionar a la muchacha. A menudo decía:
—Yo estaba en la estación cuando ella llegó. Todos estábamos dispuestos a saltar hacia adelante. Pero nos contuvo algo que había en sus ojos, y yo no soy un hombre tímido, precisamente. No podéis imaginaros lo que ella nos pareció. Como agua para un rebaño medio muerto de sed.
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La calle de Prairie City era una plateada franja de polvo, con marquesinas de tablas sombreando las aceras a uno y otro lado, y todos los edificios de la ciudad apretujados allí. El polvo se alzaba bajo las rechinantes ruedas de los carromatos de carga que pasaban por ella, creando una iridiscente niebla contra el cálido sol. Había actividad en aquel pueblo, y los hombres de rostros ennegrecidos por el sol se volvían a contemplar a Laura Gale. En el extremo más alejado de la calle un cartelón indicaba: «Prairie City House».
Laura entró en el edificio, cruzó un desierto vestíbulo y firmó «Laura Gale
- Omaha», y esperó mientras Clark Maloney, que regentaba el hotel, examinaba la firma. Cuando levantó la mirada, Laura vio en ella un profundo interés, como el que había notado en los ojos de todos aquellos otros hombres. Clark dio la vuelta al mostrador y cogió la bolsa de viaje de la muchacha, diciendo en tono de sincero pesar:
—Es una lástima que no pueda darle una habitación fresca.
Empezó a subir la escalera, seguido por Laura. En el rellano del segundo piso la muchacha se volvió un instante, observando a un grupo que acababa de entrar en el vestíbulo. Uno de ellos era el hombre rubio.
En su habitación se quedó en pie, esperando, mientras Clark Maloney se dirigía a la ventana y echaba la persiana para defenderla de los ardientes rayos del sol. Cuando se disponía a abandonar la habitación, Laura le preguntó:
—¿Conoce usted a un tal Jack Spain?
Era evidente que le desagradaba tener que formular aquella pregunta. Clark Maloney se dio cuenta, pero lo que le hizo dar media vuelta con cierta precipitación fue el nombre que la muchacha acababa de pronunciar. Clark Maloney era un individuo alto, canoso y desaseado, pero tenía unos ojos expresivos, que inmediatamente dejaron de ser expresivos.
—¿Conoce usted a Jack Spain?
—Tenía que haber ido a recogerme a la estación.
Las facciones de Clark Maloney experimentaron un leve cambio, casi imperceptible. Miró al suelo y murmuró:
—Procuraré encontrarle. Laura Gale dijo: —Gracias.
Cuando el hombre hubo cerrado la puerta, Laura anduvo hasta el centro de la mísera habitación y permaneció allí, oyendo los pasos de Clark Maloney al bajar la escalera, con el calor ejerciendo una presión física contra ella. El aire
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olía a polvo y a tablas requemadas por el sol. Laura Gale se quedó inmóvil largo rato.
Cuando Clark Maloney llegó al vestíbulo, había allí cuatro hombres, todos ellos revelando un profundo interés. Estaba Mark Wales, con Emerett Bulow, que era el alguacil del pueblo, y con Giles Everton, que se había hecho rico desde que los colonos habían empezado a afluir a la región del Silver Bow. Los tres hombres formaban un grupo. Gordon Robbards, apoyado contra una pared, escuchaba su conversación.
Maloney dijo, en tono inexpresivo:
—La muchacha esperaba que Jack Spain fuera a recogerla a la estación. Mark Wales se atusó las bien recortadas guías de su bigote. Iba casi tan
bien vestido como un tahúr y llevaba una camisa blanca. Un diamante cuadrado engastado en un enorme anillo de oro resplandecía a la cálida luz del vestíbulo. Dijo:
—¿Qué le has dicho, Clark?
—Que procuraría encontrarle.
—No —dijo Emerett Bulow—, eso no dará resultado.
—Bueno…
Aquello fue todo. Laura Gale apareció en el rellano del segundo piso y vaciló, contemplando los rostros levantados hacia ella. Bajó la escalera en medio de un profundo silencio, con una mano graciosamente curvada para levantar el extremo de su falda. El calor había hecho más intenso el rojo de sus mejillas, pero el azul de sus ojos permanecía inalterable. Andaba muy erguida. Dirigiéndose a Clark Maloney, le preguntó:
—¿Le ha encontrado usted?
Clark Maloney dijo:
—No.
Se produjo un extraño silencio, hasta que la amable voz de Laura Gale inquirió:
—¿Acaso está fuera del pueblo?
—Eso es, exactamente —dijo Giles Overton—. Está fuera del pueblo. Entonces, todos se dieron cuenta de la situación. Las mujeres que se
apeaban del tren de Omaha, sin escolta, siempre venían a casarse. Era una historia corriente en aquella comarca hambrienta de mujeres. Sin embargo — y eso era lo que les mantenía inmóviles—, Laura Gale no se parecía a las mujeres que solían presentarse enviadas por la oficina matrimonial.
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Laura dijo, en tono más tranquilo:
—Me pregunto cuándo regresará.
Durante aquel largo intervalo, Gordon Robbards no se había movido. Pero ahora avanzó desde la pared su largo cuerpo lleno de indolencia, su rubia cabeza descubierta. Se detuvo delante del grupo y, por un instante, su mirada barrió a aquellos hombres con una expresión de censura.
—No —dijo—, eso no conduce a nada. Es preferible decirle la verdad. — Se volvió hacia Laura, con la expresión de un hombre infligiendo una herida que no puede evitar. Murmuró, suavemente—: Jack Spain murió hace dos días. Sufrió un envenenamiento de sangre y falleció repentinamente. Está enterrado en el cementerio que se encuentra en las afueras del pueblo.
Fue un golpe brutal, cruelmente administrado. El rostro de Emerett Bulow enrojeció, y sus ojos fulminaron a Robbards.
—Podías haber suavizado un poco la cosa, Gordon.
—La verdad es dolorosa —murmuró Gordon Robbards—. Pero es más piadosa que una mentira que ha de acabar por descubrirse.
Los hombres permanecieron silenciosos, llenos de una inexpresada admiración, Laura Gale estaba en pie delante de ellos de un modo que les resultaba difícil aceptar, con una luz moribunda en sus ojos y los labios fuertemente apretados. Sin embargo, había en ella una dignidad y una entereza que les afectó poderosamente. El rubor abandonó las ovaladas mejillas de la muchacha. Sin dejar de mirar a Gordon Robbards, murmuró:
—Sí, es preferible la verdad. Me gustaría ver su tumba.
Mark Wales, después de haber desaprovechado una ocasión, no estaba dispuesto a desperdiciar otra, de modo que se apresuró a decir:
—La acompañaré con mucho gusto. No queda lejos, un poco más allá de la calle.
Giles Overton mostró una leve irritación y abrió y cerró su boca. Gordon Robbards asintió y salió del vestíbulo; desde la marquesina que sombreaba la acera vio a la muchacha salir del hotel en compañía de Mark Wales y cruzar la calle. Llevaba la barbilla erguida y miraba rectamente hacia adelante. Aquello fue lo que más impresionó a Gordon Robbards: aquella firme y tranquila atención.
Por un instante, su mirada siguió a la muchacha, y luego se apartó de ella. El sol iniciaba su descenso, y sus dorados rayos iluminaban las paredes occidentales del pueblo. Tres caballos que llevaban la marca de Durbin dormitaban trabados delante del establo de Orlo Torvester; y Paty Richeson, el correoso capataz de Durbin, estaba indolentemente apoyado contra uno de
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los postes del zaguán del mismo establo. En aquel momento, todo el mundo estaba contemplando a Laura Gale andando hacia el cementerio, y Gordon Robbards se sintió agradecido por aquel respiro. Durante las últimas veinticuatro horas había recorrido aquella calle como un blanco humano, sintiendo la soledad de un hombre condenado al exilio, con todas las miradas posadas en él.
Fritz Dykemyer, uno de los robustos colonos germanos, se detuvo delante de él. Fritz dijo:
—Cuando venía hacia el pueblo he pasado por delante de su cabaña. La incendiaron anoche. Me han dicho que no puede usted volver al Silver Bow, y que le han ordenado tomar el tren. ¿Es cierto?
—Es cierto.
Los redondos ojos castaños de Dykemyer se abrieron de par en par. Era un hombre que pensaba lentamente y se movía lentamente, pero sus convicciones, una vez formadas, eran tan sólidas como el granito.
—Usted se ha portado bien conmigo. No ha hecho como los otros vaqueros. Nunca ha sido duro con los colonos. Y nosotros no somos estúpidos. Conocemos a nuestros amigos.
Gordon Robbards tenía aún el sombrero en la mano, su rubia cabeza ociosamente inclinada y sus músculos relajados. Pero aquella indolencia no era más que aparente. Pasaron unos hombres con un carromato cargado de alambre espinoso para los colonos recién establecidos en el Silver Bow. Dykemyer dijo, con voz amable e indecisa:
—El empleado de Durbin, Paty Richeson, le está vigilando.
Y echó a andar calle abajo.
Robbards se encaminó al saloon, medio oculto por la nube de polvo que levantaban las ruedas del carromato. Richeson se movió ligeramente, y otros dos jinetes de Durbin salieron de la semioscuridad del establo y se reunieron con él. Contemplaban a Robbards y contemplaban la carga de alambre espinoso, odiando a Robbards y odiando aquel alambre por lo que significaba: el final del imperio de los ganaderos.
Robbards entró en el saloon, cogió una botella y un vaso del mostrador y fue a sentarse a una mesa, con la espalda contra la pared y de cara a la puerta. No podía predecirse la ocasión que escogería Paty Richeson para iniciar los fuegos artificiales.
Pero Robbards sabía que Richeson los iniciaría, ya que el hombrecillo se jactaba de su habilidad con el revólver, y era muy susceptible en lo que respecta a su valor personal. Una mala combinación. El viejo Al Durbin, que
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había creado el gran rancho en unas tierras que pertenecieron a los indios, había enviado a Richeson y a los otros dos jinetes a Prairie con órdenes concretas dos días antes, y Richeson se había dirigido directamente a Robbards:
—Durbin dice que no quiere volver a verte por el Silver Bow. Esto te deja un solo camino, el tren. Será mejor que lo tomes. Estaré por aquí hasta que lo hagas.
Todo el pueblo estaba enterado de aquel ultimátum, y todo el pueblo esperaba. Gordon Robbards llenó su vaso y permaneció inmóvil, con los largos brazos sobre la mesa y los ennegrecidos dedos extendidos. Su mirada rozó las puntas de aquellos dedos, pero su visión retrocedió en el tiempo: hasta la época en que había sido capataz del viejo Al Durbin. Pero aquello sucedía dos años antes, cuando aún no había colonos en la región. Las cosas habían cambiado con la aparición de los agricultores. Los grandes rancheros, enfurecidos por la intrusión, habían luchado con todos sus medios para conservar las tierras del Gobierno que utilizaban sin ser dueños de ellas.
Gordon Robbards había experimentado una indecible repugnancia ante la idea de agredir a aquellos pacientes seres humanos que construían sus hogares a lo largo del Silver Bow. Y una noche, desde la cumbre de una de las colinas que dominaban el agradable valle del Silver Bow, había visto parpadear las luces de las casas de los colonos, y en aquel instante nació en él una insatisfacción y una inquietud a las que no podía dar nombre. Como un hambre que no pudiera satisfacerse con comida ni agua. Como una sensación de que el tiempo discurría junto a él, dejándole atrás. Aquella misma noche se había despedido del rancho, sabiendo lo que se proponía hacer. Acotó una parcela de terreno y construyó una cabaña. Eran tierras del Gobierno, abiertas a todo el mundo.
Pero eran tierras que Durbin había utilizado como pastos, y aquél fue su crimen, acotar un terreno utilizado por su antiguo patrón. Todos los peones que Gordon Robbards tuvo a su servicio se habían marchado del rancho de Durbin, siendo reemplazados por hombres como Paty Richeson. Los ganaderos estaban guerreando contra los agricultores, y Paty era un luchador, como todos los vaqueros de Durbin.
En su cerebro había un jeroglífico que no podía resolver. Había sido vaquero; y ahora era agricultor por una súbita elección… sin saber por qué. Esta semana, finalmente, le habían bloqueado sus tierras e incendiado su casa.
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Podía luchar, o podía marcharse. ¿Por qué tenía que luchar por la tierra, sin que existiera ningún lazo que le atara a ella, sin que pudiera darse a sí mismo ningún motivo para haberse establecido en ella? Pero alguna ciega razón le apremiaba a quedarse.
Su mirada había permanecido clavada en la punta de sus dedos. De pronto, resonaron en el saloon los deliberados pasos de un hombre. Gordon Robbards levantó la cabeza. Paty Richeson se acercaba a él oscilando ligeramente sus hombros al andar. El rostro de Richeson era enjuto, anguloso. Tenía los ojos fríos y agudos de un luchador que ve todo lo que hay que ver sin perderse detalle; y que ignora lo que es la misericordia.
Richeson dijo:
—Veo que aún no has tomado el tren. Me he cansado de esperar. Tomarás el tren de mañana.
Gordon Robbards no sonreía, aunque parecía hacerlo. En sus ojos ardió una lucecita. Dijo:
—Escucha, Paty. Una muchacha llegó en el tren buscando a Jack Spain. Tuvimos que decirle que Spain había muerto. Tuvimos que decirle la verdad a medias. Le dijimos que había muerto de un envenenamiento de la sangre. Procura reservarte que Jack Spain era un hombre débil que murió de un tiro por ladrón.
Richeson dijo:
—Recuerda tus propios problemas.
Y salió del saloon.
De pie junto a la ventana, Laura Gale contemplaba los tejados del pueblo, envueltos lentamente por las sombras del crepúsculo. Estaba recordando la tosca cruz de madera plantada encima de la tumba de Jack Spain; habían escrito su nombre a lápiz, pero a pesar de lo reciente de la inscripción ésta aparecía ya borrosa. En el cementerio crecían los hierbajos a su antojo y no había una sola nota de verdor. Laura encendió la lámpara de la habitación y buscó en su bolsa de viaje la última carta que Jack le había escrito:
«Mi querida Laura:
»Mis negocios me obligan a ausentarme con frecuencia de Prairie City; éste es el motivo de que no te haya escrito antes. No considero prudente que vengas aquí. Comparado con las comodidades de Omaha, esto te parecería un desierto. Hace dos años que me marché, con la
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seguridad de que me esperarías hasta mi regreso. Ten la paciencia de alargar la espera hasta el próximo invierno, que es el plazo que me he fijado para regresar. Aquí no hay vida para una mujer. Tal vez hayamos perdido dos años, pero empezaremos en mejores condiciones que antes.
»Tuyo,
»Jack Spain.»
Ahora estaba muerto, y ella no tenía lágrimas.
Laura había querido venir al Oeste, aunque fueran pobres, y casarse con Jack. Él no había estado de acuerdo. Y aquellos dos años habían producido sus efectos en Laura, y parte de la gloria de la larga aventura se había desvanecido; a los veinte años era una mujer hecha y derecha, con una duda acerca de lo que había prometido a los dieciocho. Y finalmente, necesitada de una respuesta, le había escrito una carta a Jack y tomado el siguiente tren.
Laura Gale permaneció inmóvil, de pie al lado de la lámpara, su rostro suavizado y entristecido por la amarillenta claridad, y recogió todas sus esperanzas y las echó a un lado.
Aquélla era la hora de tranquilidad en el pueblo, el respiro que se tomaba antes de que llegaran los vaqueros y las luces del saloon se hicieran más brillantes. Paseando por las aceras o sentados bajo las marquesinas, los hombres fumaban sus pipas y dejaban que el viento les acariciara. Gordon Robbards salió de la tienda de Hammerstein y cruzó la polvorienta calzada en dirección al saloon; Mark Wales surgió del Palacio de Justicia con un enorme cigarro en la boca, y Paty Richeson salió deliberadamente del establo de modo que Gordon Robbards pudiera verle…, y volvió a meterse dentro.
Mark Wales entró en el hotel. Robbards se encaminó también hacia allí, Fritz Dykemyer, apostado junto a la tienda de Hammerstein, lo contemplaba todo con un profundo y paciente interés; había observado de un modo especial la fugaz aparición de Paty Richeson. El estólido agricultor se volvió hacia Hammerstein, sentado a la puerta de su tienda.
—¿A qué hora sale mañana el tren? —inquirió.
—A las tres de la tarde. —Y Hammerstein añadió melancólicamente—:
Robbards me fue siempre simpático. Pero si se queda es hombre muerto.
Al entrar en el vestíbulo del hotel, Gordon Robbards encontró a Mark Wales, Giles Overton y Clark Maloney con las cabezas muy juntas. Clark lanzó al aire una moneda que cayó al suelo, mientras Wales decía «cara», y Maloney inclinó la mirada y sacudió la cabeza. Wales maldijo en voz baja.
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Maloney volvió a lanzar la moneda al aire y Giles Overton murmuró: «cara».
Clark Maloney recogió la moneda y se la metió en el bolsillo.
—Tú eres el primero, Giles —gruñó. Gordon Robbards dijo, a través del vestíbulo: —Sois una pandilla de imbéciles.
Los tres hombres se volvieron hacia él, sin decir nada.
Finalmente, Clark Maloney rompió el silencio.
—Gordon —dijo—, creo que harías mejor ocupándote de tu propia situación. No es muy favorable que digamos…
Gordon Robbards sonrió, irónicamente. —No te preocupes. No voy a pedirte nada…
Laura Gale estaba de pie junto a la ventana de su cuarto, poco después de haber desayunado, cuando Clark Maloney llamó a la puerta. Se había tomado la molestia de afeitarse y llevaba un traje de paño negro; no tenía mal aspecto y, además, parecía un hombre seguro de sí mismo. Dijo:
—¿Va usted a tomar hoy el tren de regreso a Omaha?
Laura respondió ingenuamente:
—No lo sé.
Clark Maloney sopesó aquella respuesta a través de un prolongado silencio. Eventualmente, le proporcionó un pretexto para lo que quería decir. Laura se dio cuenta de que escogía cuidadosamente las palabras.
—He visto a muchas mujeres bajar de ese tren, mujeres que llegaban aquí para casarse. Tal vez sea ése también su caso. Lamento el final. Algunas de esas mujeres llegaban a través de los servicios de una oficina matrimonial, sin conocer a sus futuros maridos hasta que el tren las dejaba en la estación. Esto puede parecer un poco raro, pero hay que tener en cuenta que nos encontramos en un territorio nuevo, y que las mujeres escasean. Eche una mirada a la calle, Miss Gale. Puede usted escoger a cualquiera de los hombres que pasen por ella.
Laura se acercó a la ventana y contempló la calle de Prairie Street, iluminada por la brillante luz del sol. Un mozo de cuadra barría la acera del establo, y unos jinetes se alejaban del pueblo. El sonido del martillo y de la sierra empezaba a despertar un eco sostenido.
Laura dijo:
—Acérquese, por favor. —Y señaló hacia la calle con la mano, inquirió
—: ¿Cualquier hombre? ¿Aquél, por ejemplo?
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Clark Maloney siguió con la mirada la dirección de la mano de Laura. Gordon Robbards estaba apoyado contra la pared del establo de Torvester, indolente a la cálida luz…, con los ojos entrecerrados, como si dormitara.
Clark Maloney dijo:
—Está usted mirando a una sombra. A las tres de la tarde, esa sombra habrá desaparecido.
Laura se volvió rápidamente.
—¿Por qué?
Maloney explicó, de mala gana:
—Ganaderos y agricultores no hacen buenas migas. A los ganaderos les disgusta que los colonos se establezcan en lo que consideran sus tierras. A lo largo de todo el Silver Bow la situación es muy tensa. Pero a los ganaderos les disgusta todavía más Gordon Robbards, ya que era un vaquero…, y de repente se estableció en una parcela de terreno que el rancho Durbin había utilizado siempre. Estaba en su derecho, desde luego, porque son tierras del Gobierno, de libre acceso…, aunque sólo Dios sabe por qué un vaquero soltero, sin parientes ni amigos, escoge empuñar el arado. Pero los Durbin no olvidan que le pagaban un sueldo como vaquero, y opinan que al convertirse en agricultor ha traicionado a los de su clase. ¿Ve usted a aquel hombrecillo? Se llama Richeson, y Durbin le ha encargado que ponga a Gordon en el tren de las tres de la tarde…, o que le mate. A Gordon le toca elegir.
Laura se había vuelto de espaldas para contemplar a Gordon Robbards.
Murmuró:
—No se marchará.
Clark Maloney inquirió, en tono intrigado:
—¿Cómo puede saberlo?
En la calle, la luz del día se hacía cada vez más cruda y más humeante. Gordon Robbards levantó una mano hasta su sombrero y se lo echó un poco más hacia los ojos. Giles Overton, conduciendo un buggy tirado por dos caballos, se detuvo ante el porche del hotel…, y levantó la mirada hacia la ventana de Laura Gale.
Maloney dijo:
—Dispone usted de mucho tiempo libre, y tal vez le gustaría ver el Silver Bow. Giles está abajo, esperándola.
Laura Gale salió de la habitación y bajó la escalera delante del hotelero.
En el porche, Clark Maloney se encargó de las presentaciones.
—Ésta es Miss Laura Gale. Y éste es Giles, una especie de agente de la propiedad.
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Giles se había apeado del buggy y tendió una mano para ayudar a subir a Laura Gale con una insegura galantería. Luego trepó de nuevo a su asiento, mientras Clark Maloney levantaba sus ojos hasta la muchacha… para descubrir que la atención de Laura estaba prendida en Gordon Robbards, que continuaba apoyado en la pared del establo. Por unos instantes las miradas de los dos jóvenes se cruzaron, de un modo absorbente que excluyó todas las otras escenas y sonidos de la calle. De pronto, Giles Overton hizo chasquear su látigo y los caballos emprendieron un rápido trote.
Eran las nueve de la mañana. A las diez y media, Giles detuvo el buggy en un promontorio que dominaba el valle del Silver Bow. Durante todo el trayecto apenas había pronunciado media docena de palabras, visiblemente turbado. Cuando el carruaje quedó detenido, Giles murmuró:
—Un hermoso paisaje.
A una profundidad de doscientos pies, el río desenvolvía su plateada cinta, bordeada de sauces y alisos. Enfrente de ella, Laura Gale pudo ver las viviendas de los colonos; a la derecha, unas colinas bajas se erguían para crear una especie de barrera natural que protegía al valle.
Giles Overton balbució:
—Tengo unos ingresos apreciables… y una buena casa en el pueblo. ¿Le interesaría casarse conmigo?
Laura le miró, sabiendo el tiempo que había pasado Giles elaborando aquella proposición. Los ojos de Giles tenían un brillo de excitación, pero no era un hombre suficientemente osado como para mantenerlos levantados hacia la muchacha.
Laura dijo:
—Le agradezco mucho el cumplido. ¿Le importaría que regresáramos al pueblo?
Laura estaba pensando en lo que el hotelero había dicho acerca de Gordon Robbards: «Tomará el tren, o le matarán». Y contemplaba el lejano perfil de Prairie City con una creciente ansiedad, con una tensión que crispaba sus nervios. Cuando Giles la dejó delante del hotel era mediodía, y Laura Gale se dirigió directamente a su habitación.
Giles Overton permaneció sentado en el buggy, viendo cómo se acercaban Mark Wales y Clark Maloney. Les miró con una expresión desalentada.
—No —dijo.
Mark Wales sonrió.
—Ahora me toca a mí.
Giles sacudió la cabeza.
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—Hay algo en ella que no he podido alcanzar…, ni creo que lo alcances
tú.
Laura Gale bajó a cenar y regresó a su habitación. Estaba sentada en el borde del lecho, con las manos plegadas sobre su regazo, cuando Mark Wales llamó a la puerta. Mark Wales abrió la puerta a indicación de la muchacha, deteniéndose en el umbral y quitándose el sombrero. Era un hombre más apuesto que Giles Overton, y lo sabía; tenía unos modales más cultivados y sus percepciones eran más profundas. Sin embargo, cuando se encontró con los ojos de Laura Gale y vio reflejarse en las azules profundidades cosas a las que no pudo dar nombre, una repentina confusión destruyó la exactitud de lo que tenía que decir.
—Si estuviéramos en el Este resultaría impropio que dijera esto. Pero aquí, las cosas son distintas. Quiero subrayar esto, porque no desearía que creyera que la estoy faltando al respeto. Aquí hay muy pocas mujeres. Todas las mujeres son deseables. —Se interrumpió, dándose cuenta de que lo que acababa de decir no era ningún cumplido para la muchacha, y trató de rectificar—: Nunca había visto una mujer como usted. Y yo no soy un mal partido. No sé si volverá a marcharse en el tren, o si se quedará. Pero si su intención es la de formar un hogar aquí (y supongo que vino para eso), me complacería muchísimo ofrecerle ese hogar.
Laura Gale inquirió amablemente:
—¿A qué hora sale el tren?
—Dentro de dos horas.
Laura Gale se puso en pie, muy seria, con el rostro súbitamente ensombrecido. La proposición de Mark Wales había puesto un poco de color en sus mejillas, y el hombre pudo ver en los ojos de la muchacha cierta simpatía hacia él. Mark Wales inclinó la cabeza, diciendo:
—Lo hubiera considerado como una suerte superior a la que merezco.
Y salió de la habitación.
Laura Gale se acercó de nuevo a la ventana, empujada hasta allí por una excitación cada vez más intensa. Un carromato se detuvo delante de la tienda de Hammerstein; el conductor ató las riendas alrededor del freno y se apeó, dejando a una mujer esperándole. La mujer llevaba un vestido muy usado y sostenía a un niño entre sus brazos, meciéndolo de cuando en cuando.
Laura Gale contempló a la mujer y al niño, pensando:
«La vida aquí es dura. Pero ella tiene a su hijo. ¿Dónde está el mío?»
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Gordon Robbards salió de una guarnicionería contigua al saloon y se detuvo junto al carromato, sonriendo a la mujer mientras hablaba con ella. En un extremo de la calle, Laura Gale vio a Paty Richeson que contemplaba aquella escena.
Laura Gale se apartó de la ventana, respirando agitadamente. El color había vuelto a su rostro. El calor del día hacía irrespirable el viciado aire de la habitación. Pensó en Jack Spain, como en algo perteneciente a un pasado muy remoto. Ya que Laura sabía que su juventud había muerto hacía mucho tiempo…, dejándole únicamente una lealtad que había mantenido a través de los dos últimos años. Lo que ahora le dolía era aquella sensación de haber desperdiciado inútilmente tantos meses de su vida. Y experimentaba una especie de anhelo de estar despierta, de estar viva…, de aplicar sus fuertes manos al trabajo, de ser necesaria a un hombre, de mirar al mundo a través de la ventana de su propia casa.
Se pasó las manos por las mejillas, sintiéndolas arder; y, súbitamente, salió de la habitación y descendió la escalera. En aquel momento entraba un hombre en el hotel, pero la luz del umbral daba en los ojos de Laura y no pudo verle bien. Pero era alto y de hombros muy anchos. En el vestíbulo no había nadie más. Y, luego, Laura se encontró delante de Gordon Robbards. Él se había quitado el sombrero, y los rubios cabellos le caían sobre la frente tostada por el sol; y a Laura le pareció que detrás de sus ojos había una sombra de risa…, o de salvajismo.
—Supongo —dijo Gordon— que va usted a tomar el tren, esta tarde.
Laura le miró fijamente.
—¿Lo tomará usted?
Gordon sacó un reloj de su bolsillo y lo sostuvo en su bronceada mano.
—Cuarenta y cinco minutos —murmuró—. No lo sé.
Laura dijo:
—Es usted soltero. Es usted libre. ¿Para qué quiere una parcela de terreno?
Gordon la miró, intrigado por la pregunta; molesto por ella.
—No lo sé —admitió—. A veces, un hombre hace esas cosas. Recuerdo que una noche contemplaba las luces de las casas de los colonos. Tenían un aspecto reconfortante. Me hicieron sentirme como un vagabundo. Aquella noche se me ocurrió la idea de acotar una parcela. No sé por qué.
Laura Gale murmuró:
—Hace dos años me comprometí con Jack Spain, en Omaha. Jack se proponía regresar. Dos años es mucho tiempo. De modo que tuve que venir
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aquí, para comprobar si él era el mismo…, y si yo continuaba sintiendo lo mismo.
—Lamento el triste final.
Laura dijo:
—Si le hubiera amado, ahora me sentiría apesadumbrada. Resulta cruel pensarlo, pero no estoy apesadumbrada.
Gordon dijo:
—¿Va a regresar usted a Omaha?
Laura le miró, muy seria:
—¿Hay algo a ganar huyendo? ¿O regresando?
Una voz dijo en tono excitado:
—¡Robbards! ¡Robbards!
Mark Wales asomó la cabeza por la puerta y dijo:
—Sal en seguida, Gordon.
La mirada de Gordon Robbards se había posado cálidamente en Laura Gale. Un profundo silencio llenó el vestíbulo mientras los dos jóvenes permanecían inmóviles, sumergidos en una sensación que vibraba a su alrededor. Luego, Laura Gale dio media vuelta y empezó a subir la escalera, con los hombros muy erguidos, los pliegues de su vestido crujiendo contra los peldaños.
Gordon Robbards salió a la calle y vio que Clark Maloney se acercaba rápidamente acompañado de Mark Wales y del alguacil, Emerett Bulow. Todos ellos tenían un aspecto preocupado. Emerett Bulow dijo:
—Dentro de media hora llegará el tren. Paty Richeson está apostado al final de la calle. Los otros dos jinetes de Durbin se encuentran junto al establo. Toma ese tren, Gordon. No puedes enfrentarte con tres hombres. Y, suponiendo que acabaras con ellos, los Durbin volverían a la carga. He visto a un montón de hombres muertos a lo largo del Silver Bow. No quiero verte muerto también a ti.
Gordon Robbards permaneció silencioso unos instantes. Emerett Bulow tenía un poco de asma y respiraba con cierta dificultad. Los tres hombres miraban a Robbards con aire preocupado; y Robbards se daba cuenta de que eran unos amigos más sinceros de lo que había creído, y se sentía un poco avergonzado al recordar que les había juzgado pusilánimes.
—He cabalgado por el Silver Bow cuando no había un alma en cincuenta millas a la redonda —dijo finalmente—. Pero aquella época ha pasado, y los ganaderos no tardarán en desaparecer. Los agricultores cambiarán la faz de esta región.
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—Es posible —dijo Mark Wales—. Pero todavía no. Toma ese tren.
Gordon Robbards dijo, en tono intrigado:
—Todavía no sé por qué acoté ese terreno.
Avanzó a lo largo de la acera, a la sombra de las marquesinas. Fritz Dykemyer estaba sentado sobre un barril vacío delante de la tienda de Hammerstein. Un hombre salió del saloon, vio a Gordon Robbards y se acercó apresuradamente al carromato parado en la calle, murmurando unas palabras al oído de Mrs. Gebhart, que estaba sentada pacientemente en el pescante con su hijo en brazos. Mrs. Gebhart se volvió y dirigió una rápida mirada a Robbards, y luego empuñó las riendas y azuzó a los caballos, dirigiéndolos hacia el establo. Robbards, al cruzar la calzada delante de la barbería de La Touche, oyó al niño de Mrs. Gebhart que lloraba dentro del establo. Paty Richeson estaba al final de la calle, a medio camino de la estación…, y tres jinetes de Richeson le guardaban las espaldas, a la sombra de las marquesinas.
A lo lejos, en la pradera, se oyó el pitido del tren de Omaha que llegaba antes de la hora. Luego, un pesado silencio descendió sobre Prairie City, y la vida pareció detenerse. Gordon Robbards dirigió otra mirada a Richeson, y luego levantó los ojos hacia la ventana de la habitación de Laura Gale, y vio que la muchacha le contemplaba a través del cristal. Apartó la mirada, pero estaba pensando en lo que ella había dicho: «¿Hay algo a ganar huyendo?».
La voz de Mark Wales llegó hasta él:
—Hasta la vista, Gordy.
Wales estaba en el porche del hotel, y su rostro se había hecho borroso y extraño. Había otros rostros allí, pero Gordon Robbards sólo los vio vagamente. La campana de la estación envió su aviso a través del cálido aire, y Fritz Dykemyer se levantó deliberadamente y retrocedió hasta el umbral de la tienda de Hammerstein. Gordon Robbards se apoyó contra un poste de una marquesina y contempló la calzada con su habitual indolencia. El tren se detuvo en la estación con un ruidoso rechinar de ruedas, y repentinamente, Paty Richeson se plantó en medio de la calle.
Todavía le quedaba tiempo para alcanzar el tren. Con la cabeza inclinada, Gordon Robbards oyó el último aviso de la campana de la estación como si llegara desde muy lejos. Sus nervios estaban tensos como cuerdas de violín, y el pueblo fue borrándose gradualmente de su vista, y entonces supo que nunca tomaría el tren. Ignoraba por qué se había convertido en agricultor; ignoraba por qué estaba ahora aquí. Luego alzó la mirada y vio a la muchacha apostada
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en la ventana de su cuarto, con el rostro ensombrecido por una emoción que caló profundamente en Robbards.
Repentinamente, se dio cuenta de que el tren había salido de Prairie; y
Paty Richeson estaba diciendo:
—Robbards.
El pueblo no tenía otra vida ni otro movimiento. El sol ardía implacable sobre la piel de Robbards, y el olor a polvo era cada vez más intenso. Miró cuidadosamente hacia Paty, calculando la distancia y recordando la habilidad del hombrecillo con el revólver. Los otros dos vaqueros de Durbin se habían puesto en pie. Estaban aplastados contra la pared de la ferretería, Gordon vio que el brazo de Paty Richeson colgaba torpemente de su costado; bajó a la calzada y se encaró con Richeson a una distancia de un centenar de pies. En aquel instante, el brazo de Richeson pareció descoyuntarse por el codo.
El estampido del revólver de Richeson resonó como la explosión de un barreno de dinamita a través del aire inmóvil. Los oídos de Robbards quedaron ensordecidos por aquel rugido, y luego, un chorro de polvo surgió junto a él, y la menuda figura de Richeson fue un blanco oscilante, y el disparo de Robbards aulló brutalmente entre los edificios y alcanzó a Richeson, arrancándole la vida. El hombrecillo se irguió por última vez, con una expresión de profundo estupor en el rostro y una rosa roja en el pecho, a la altura del corazón.
Los otros dos hombres de Durbin salieron de su inmovilidad y uno de ellos disparó salvajemente contra Robbards, pero el segundo disparo de éste le alcanzó, derribándole. El tercer hombre extendió los brazos, apartándolos de sus costados, y empezó a gritar:
—¡Ya es suficiente! ¡Ya es suficiente, Gordy!
Richeson había caído y estaba muerto. El segundo hombre de Durbin rodó por el polvo con la rodilla destrozada, y el tercero estaba suplicando misericordia. Los ecos de los disparos se apagaron del todo, y durante unos instantes el silencio del pueblo fue el silencio de un centenar de ciudadanos ocultos contemplando lo que había sucedido. Dykemyer salió bruscamente de la tienda, y luego apareció Emerett Bulow y se dirigió sin prisas hacia el caído Richeson. Más tarde, los habitantes de Prairie llenaron las aceras. Mark Wales cruzó apresuradamente la calzada y se encaró con Robbards.
—¡Eres un estúpido! —gritó—. ¡Has corrido un riesgo espantoso! Y ahora, Al Durbin no descansará hasta que consiga acabar contigo…
Laura Gale había desaparecido de la ventana de su habitación. Robbards miró el excitado rostro de Mark Wales. Los hombres empezaban a formar un
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anillo alrededor de Gordon Robbards, para contemplar la frialdad de sus ojos y escuchar el tono tranquilo de su voz.
Robbards, dijo:
—Le he dado a Paty la oportunidad de disparar primero. Decidle a Durbin que no le concederé ese favor a ningún otro hombre. Decidle que, si insiste en llevar adelante este asunto, mi primer disparo será para él.
Pero estaba sonriendo cuando se abrió paso entre la multitud, y seguía sonriendo cuando entró en el vestíbulo del hotel. Laura Gale le estaba esperando allí. La luz del vestíbulo era mortecina, pero Robbards vio que el temor desaparecía repentinamente del rostro de la muchacha, dejando sus labios suaves… y ligeramente entreabiertos, como esperando contestar cuando Gordon Robbards hablara.
Gordon Robbards dijo, con voz medio alegre y medio humilde:
—No tengo mucho que ofrecerte.
Laura Gale le miró, prolongada y cuidadosamente, mientras una mancha de rubor teñía sus mejillas, y la reserva de su rostro se fundía. Transcurrieron unos instantes durante los cuales les envolvió el silencio; y luego, Laura Gale levantó los brazos y murmuró:
—Nunca seremos pobres.
Y permaneció inmóvil cuando Gordon Robbards avanzó hacia ella.
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LA TIERRA ODIADA POR LAS MUJERES
C ADA una de las ráfagas de viento sacudía la casa hasta sus cimientos y producía un estrépito que ahogaba las palabras del anciano. El extraño
resplandor de la puesta del sol, teñido de amarillo oscuro por el polvo que llenaba el aire, iluminaba la puerta como la última claridad del juicio final. En el interior de la casa, el olor a polvo era muy intenso; era como un rutilante sedimento sobre la mesa, una suciedad en la comida, una película sobre el rostro de la abuela. La abuela descubrió a una hormiga en el plato de la gelatina, la aplastó entre sus dedos y la dejó caer al suelo. El viento y el polvo habían empezado hacía tanto tiempo, que nadie recordaba cuándo, y los ojos de las cuatro personas sentadas a su alrededor estaban inflamados, como si hubiera una tragedia en la familia. El «Amén» del anciano fue apenas un murmullo.
La abuela le dijo a su marido:
—Sería mejor que rezaras con más convicción.
El anciano dijo:
—El Señor no espera demasiado de la gente a la que ha puesto en esta región… Pásame la fuente, John.
El tiempo era duro para todo el mundo. La abuela cortó su trozo de carne por la mitad y colocó uno de los trozos en el plato de su yerno. John Search dijo amablemente:
—No quiero tanta carne, abuela.
Pero siguió comiendo silenciosamente, un hombre calvo que a los cuarenta y cinco años tenía menos cuerpo que el anciano a los setenta. La mirada de la abuela, que no permanecía mucho tiempo en ninguna parte, vio la proximidad de la tormenta en el súbito enrojecimiento de las mejillas de su hija Lu. La abuela empujó la mantequilla y el azúcar hacia su nieta Harriet, y notó la desgana con que comía la muchacha, las leves sacudidas que cruzaban su rostro mientras vigilaba la puerta. Aquella noche, todos eran como tablas tan resecas por el cálido viento que estaban a punto de estallar.
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—¿Qué haremos mañana? —preguntó el anciano.
—No podemos labrar hasta que pare el viento —dijo John—. Los que lo han intentado se han quedado sin la mitad de la tierra.
La cabeza de Harriet se irguió, vuelta hacia la puerta, y sus ojos se animaron.
—Colocaremos el eje en la carreta —dijo John Search.
Lu movió su rechoncho cuerpo. Sus mejillas eran todavía tersas como las de una muchacha, pero su barbilla tenía ya más de un pliegue.
—Ejes para la carreta, cercas, pintura para el establo, abrevaderos para el ganado… ¿Por qué no ahorramos algún dinero? ¿Por qué no invertimos un poco en la casa?
John Search dijo, amablemente:
—¿Qué es lo necesitamos? ¿Qué es lo que quieres, Lu?
—Hemos hablado de ello un montón de veces, y nunca me has hecho caso.
La abuela vio que Harriet cambiaba de expresión del mismo modo que se cambiaba el vestido. La muchacha se irguió, asumiendo un aire interesante, un aire descuidado; ignoró la puerta y empezó a comer.
La voz de un joven —la voz de Lyle Morphy, naturalmente— llegó a través de la puerta.
—Buenas noches.
—¡Vaya! —dijo Harriet, y pareció sorprendida—. Pasa.
—No, me sentaré aquí.
—O entras, o te quedas ahí —dijo el anciano—, no hay elección. En los dos sitios hace calor.
Lu Search dirigió al joven una mirada de hostilidad, pero la abuela se puso en pie. Lyle era un joven simpático, parecido a otro centenar de hijos de rancheros: los dientes brillantes, la piel morena, lento en sus movimientos, tímido con la gente.
La abuela dijo:
—Siéntate aquí. Comerás un poco de pastel.
—Ya he cenado —dijo Lyle Morphy.
—El pastel es el pastel —dijo la abuela—. Siéntate aquí.
El joven entró y se sentó. Miró a los hombres, saludó a Lu Search con un gesto, y finalmente posó sus ojos en Harriet. La abuela le sirvió un pedazo de pastel y una taza de café, y se retiró al rincón de la cocina. Allí estaban sentados los tres hombres, escalonados por años, de joven a viejo. En aquella región sucedía una cosa muy curiosa: todos los hombres se parecían y todos
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hablaban de un modo semejante; y cuanto mejores eran, más suaves eran sus voces y más parecían escuchar a la tierra. Aquel joven, decidió la abuela, sería más parecido al anciano que a John, ya que tenía bastante pecado original en él: bastaba ver cómo miraba a Harriet.
—¿Ha arado ya tu padre? —preguntó John Search.
—Empezó a hacerlo, pero tuvo que dejarlo —dijo Lyle—. El viento se llevaba la tierra.
Todo el mundo había terminado. El anciano encendió su pipa y llenó la habitación de humo. Lyle Morphy puso las manos sobre la mesa y no dijo nada; miró a la muchacha, se miró las manos. Estaba muy serio, incómodo delante de Lu, pero demasiado cortés para moverse antes de que los otros se movieran.
La abuela dijo:
—Todo el mundo fuera. No me gusta fregar los platos con gente a mi alrededor.
Los tres hombres salieron al porche. Harriet se quedó atrás, mirando a su madre. El rostro de ésta tenía una expresión cada vez más obstinada.
—Ya sabes que no me gusta que pasees por ahí de noche —dijo Lu.
—Vamos, mamá.
—No me gusta, y no me importa decírselo a él.
La abuela dijo:
—A ti te gustaba mucho pasear de noche, Lu.
—Deje ya de hablar contra mí —dijo Lu.
—A todo el mundo le ha gustado pasear de noche alguna vez. No seas tan anticuada.
Lu Search cogió una cacerola de sobras y salió por la puerta trasera para ir a echárselas a las gallinas.
Harriet dijo:
—Lo echará de aquí, abuela, si puede.
—Tu madre está tratando de que consigas algo que ella no consiguió — dijo la abuela—. Cuando era una muchacha le di lecciones de piano, y solía soñar que era una gran dama o una famosa actriz. Ojalá no le hubiera dado las malditas lecciones. No importa. Haz lo que te dicte el corazón.
—No lo sé, abuela. Creo que él quiere pedirme algo, pero nunca se decide a hablar. Está asustado.
—Siempre hacen lo mismo, hasta el primer beso. Entonces pierden la vergüenza.
—Bueno, ¿qué puede hacer una chica…?
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Harriet hizo un gesto de impotencia.
La abuela se encogió de hombros.
—Eso es cuenta tuya.
—¿Qué tengo que hacer?
—Ya se te ocurrirá.
Vio que el joven se levantaba cuando Harriet llegó al porche, y luego, las dos figuras se desvanecieron en la oscuridad del camino. El cálido viento frunció su piel, e incluso ella se sintió cansada del empalagoso olor a polvo.
Lu regresó del gallinero y tiró la cacerola vacía al fregadero, con un gesto de enojo.
—No puedo soportarlo —dijo.
—Es un buen muchacho —dijo la abuela.
—Su abuelo era ranchero, su padre es ranchero y él será ranchero.
—También tu padre y tu marido son rancheros.
—Demasiado lo sé, atada siempre a este pedazo de tierra. No quiero que a mi hija le suceda lo mismo. Hijos, y polvo, y lavar ropas amarillas con agua amarilla, y permanecer despierta la mitad de la noche, ahogada de calor o helada de frío, y nada más, ni un momento de diversión.
—Vamos, Lu —dijo la abuela—. No dramatices.
Terminaron con los platos y se unieron a los hombres en el porche. El crepúsculo había dado paso a la oscuridad nocturna, con su acre y pegajoso polvo. El camino, ascendiendo de la hondonada, pasaba junto a la casa y desaparecía hacia el borde superior del acantilado, encima de ellos. Estaban debajo del acantilado, protegidos hasta cierto punto de los embates del viento, pero sólo hasta cierto punto. Al otro lado del camino, el establo y un álamo solitario eran unas esbeltas siluetas contra la negrura de la noche.
—No me gusta verle merodeando por aquí —dijo Lu.
El anciano dijo:
—Parece que le ha echado el ojo a Harriet. Una buena familia, y un chico muy trabajador. Si se casan, su padre le dará setecientos acres de tierra para unirlos con los de Harriet. No estaría mal.
—No —dijo Lu, bruscamente, poniéndose en pie y volviendo a entrar en la casa.
John Search se removió en su silla, inquieto, y al cabo de unos instantes se levantó y siguió a Lu. La abuela se instaló en su mecedora y empezó a balancearse suavemente, haciendo crujir las tablas sueltas del porche.
—Ese álamo —dijo el anciano— se dobla hasta tocar el suelo, pero vuelve a erguirse; el viento rompe una rama, pero sigue creciendo. La valla de
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piedra no se dobla, pero está llena de agujeros. Igual que Lu: ella no se dobla.
—Está asustada. Y los chicos no.
—Eso es bueno. Si los chicos fueran lo bastante juiciosos como para estar asustados, no podría hacerse nada. Al menos en esta región.
Echaron a andar a lo largo del oscuro camino, cogidos del brazo, el calor de la palma de la mano de Lyle filtrándose a través de la manga del vestido de Harriet; y la muchacha avanzaba cuidadosamente, de modo que no pudiera parecer que estaba apartándose de él. El viento se hizo más intenso y el polvo más sofocante, pero Harriet no dijo nada hasta que Lyle se detuvo.
—Hace mucho viento. ¿Quieres subir hasta allí?
—Lo que tú quieras.
—A mí no me importa —dijo Lyle.
Continuaron avanzando hacia la pared del acantilado. Pegados a ella quedaban más resguardados del viento, y se detuvieron y quedaron uno enfrente de otro. Lyle no había soltado el brazo de Harriet.
—A tu madre no le soy simpático —dijo Lyle.
—Se preocupa por las cosas. Es natural.
—La abuela me gusta.
—La abuela es joven. Pero no debes preocuparte por mamá. Hay personas de todas clases, Lyle.
Harriet estaba sobre un suelo desigual y deseaba cambiar de posición, pero temía romper el contacto de su brazo. Permanecía atenta a cualquier impulso que pudiera detectar en él; él se mantenía rígido; estaba indeciso. Harriet levantó la cabeza y rozó ligeramente el hombro de Lyle con sus dedos; rió quedamente.
—¿En qué estás pensando?
Lyle puso su otro brazo sobre ella y la besó de un modo leve y decepcionante, ya que tenía muy poca experiencia en esta clase de asuntos, pero Harriet apoyó su brazo en el hombro de Lyle y éste volvió a inclinar la cabeza y apretó fuertemente su boca contra los labios de Harriet. Ella deslizó su brazo alrededor del cuello de Lyle y le devolvió el beso con la misma repentina violencia. El brazo de Lyle adquirió una extraña rigidez, y Harriet apartó el rostro a un lado, riendo. Lyle buscó su boca y trató de hacerle volver la cabeza.
—No —susurró Harriet—, no.
Y empujó ligeramente el hombro de Lyle.
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Cuando el joven retrocedió, una dura y cálida sombra en la noche, Harriet temió haber lastimado sus sentimientos. Le cogió del brazo y echó a andar hacia el camino. No sabía qué decir. Esperó.
La casa era una negra sombra a la izquierda, el establo una sombra más negra a la derecha. Lyle se dirigió hacia el lado del establo, y Harriet dejó que volviera a besarla, y fue menos apasionada en su respuesta, y durante unos momentos pelearon amistosamente, Lyle acosándola y Harriet rehuyéndole.
—No, Lyle, no.
Pero su voz era ligera y complacida. Cogió las manos de Lyle y las retuvo entre las suyas. Por un instante, apoyó sus manos contra el corazón de Lyle; luego se apartó de él.
—Basta. No quiero que me asustes.
—No —dijo Lyle—. No te asustaré. Ya verás.
—Entonces, pon las manos a la espalda y estate quieto. —Harriet tocó la boca de Lyle y se revolvió cuando él trató de cogerla—. ¡Oh, no! —Le cogió del brazo y echaron a andar hacia la casa—. ¿No te estarás burlando de mí?
—No. No te he asustado, ¿verdad?
—No estaba asustada. Ha sido muy agradable. Pero…, oh, ya sabes… Vamos al porche. Sólo queda la abuela allí, y creo que va a marcharse.
Lyle dijo:
—A tu madre no le gustaría. Mañana voy a ir al pueblo. ¿Quieres venir?
—Bueno… Lyle, las otras muchachas, ¿besan de un modo distinto?
Quiero decir si lo hacen mejor.
—No lo sé.
—No me engañes. Sé que has besado a otras chicas. He oído cosas. Apuesto a que has besado a Annie Madden. —Le acosaba; le observaba atentamente—. Todo el mundo ha besado a Annie Madden —añadió Harriet, y vio que Lyle se turbaba ligeramente. Harriet cambió inmediatamente de tema—. Me gustaría que parara el viento; me encuentro horrorosa.
Lyle le cogió la mano. Se la apretó fuertemente, y el viento parecía empujarla hacia él, y su voluntad fue debilitándose. Pero hizo un violento esfuerzo para dominarse y se apartó, murmurando:
—Buenas noches.
Y, dando media vuelta, echó a correr hacia el porche.
Se detuvo delante de la abuela, iluminada por la luz de la cocina. Sus ojos estaban muy abiertos y brillantes. Tenía dieciocho años, y aquella noche representaba para ella el final de su tranquila existencia de muchacha. Había
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en su interior algo que nunca hubo en Lu, la cual no había tenido nunca aquel aspecto, llegando a casa con un muchacho.
Harriet dijo:
—Soy tan ignorante… Si salgo con más muchachos, tal vez llegue a enterarme. No sé qué hacer ni qué decir.
—No se necesita hablar mucho —dijo la abuela—. Las palabras suenan todas igual.
Los ojos de Harriet se hicieron más negros, más brillantes.
—Estoy un poco asustada.
—Continúa estándolo.
—No sé cómo me desea Lyle.
—Eso tendrás que decidirlo tú por él.
—No quiero asustarle y que no vuelva. Ya hay bastante con lo que está haciendo mamá en ese sentido. No quiero ser demasiado fría, pero tampoco quiero ser otra Annie Madden. Es tan fácil cometer errores…
—Terriblemente fácil —dijo la abuela, y contempló a Harriet mientras la muchacha entraba en la casa. Luego se levantó a aplastar una hormiga que se deslizaba a lo largo del reguero de luz hacia la cocina.
Si le contaba a Harriet algo acerca de ella misma y del anciano, pensó la abuela, podría significar una ayuda para ella; pero aquello había sucedido hacía tanto tiempo, que para la muchacha resultaría irreal. Los viejos parece que no hayan sido nunca jóvenes.
La abuela se puso en pie, cogió la luz de la cocina y subió a su dormitorio.
El anciano dormía boca arriba, roncando estruendosamente.
El sol matinal era una burbuja derretida detrás de violentas rompientes de polvo; el viento volvía a hacer bajar el humo por la chimenea de la cocina, llenando la habitación. La abuela barrió una pulgada de polvo del porche delantero y lo vio formarse de nuevo bajo sus pies; el álamo solitario que se erguía junto al establo había perdido otras dos ramas. Una lata vacía de petróleo rodaba a lo largo del camino, espantando a los caballos de Lyle Morphy en el momento en que el joven llegaba a la hondonada con el buggy de su padre. Lyle se apeó para tranquilizar a los animales y los llevó de la brida hasta la casa. En aquel preciso instante, John y el anciano desaparecían con su carreta por una curva del camino.
Harriet salió de la cocina con Lu pegada a sus talones.
—¿Adónde vas?
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—Al pueblo. Sólo al pueblo.
—¿Por qué haces las cosas sin consultarlas conmigo? Ya sabes que no quiero que salgas.
—Estamos en pleno día —replicó Harriet—. Abuela, dile que ya no soy una niña.
—Eres lo bastante niña como para echar a perder tu vida —dijo Lu, en voz suficientemente alta para que pudiera oírlo Lyle Murphy.
—Bueno, mamá —dijo Harriet, y echó a correr a través del patio, levantando una nube de polvo.
En cuanto la muchacha se hubo instalado en el asiento, Lyle azuzó a los caballos, los cuales emprendieron un rápido trote. Lu se quedó mirando hasta que el buggy y los jóvenes desaparecieron por la primera curva.
—Lyle Morphy sabe que no me es simpático —dijo Lu—. Y cuando vuelva a verle se lo daré a entender con más claridad. Se lo daré a entender con tanta claridad, que no se atreverá a volver.
—Vamos a fregar los platos —dijo la abuela.
—Siempre estás contra mí. Todo el mundo está contra mí. Lo único que quiero es que Harriet sea feliz. No tiene la edad suficiente para saber lo que significa una boda equivocada.
—¿Hiciste tú una boda equivocada, Lu?
—Tú no sientes lo que yo siento. ¿No gritarías a veces, escuchando ese viento? No estamos mejor que los caballos en el establo. Hay una vida mejor que ésta, lugares donde la gente puede ir limpia, y gozar de las cosas, y tener vecinos, ir al teatro y oír música. ¿No te has cansado nunca de vivir así?
—Me he cansado todos los días. Un par de veces al año me he cansado terriblemente. Y tres veces en mi vida me he cansado hasta el punto de desear la muerte. ¡Qué me vas a decir a mí!
—Entonces, tienes que saber lo que siento —dijo Lu—. A ti no te importaba ser la esposa de un ranchero, pero hubo una época en que yo parecía destinada a otra cosa.
—Tu novio de la infancia es ahora un triste dependiente, calvo y barrigudo.
—Pero hubiera vivido en el pueblo…, y, de todos modos, podía haberse presentado otra ocasión.
—Lu —dijo la abuela, pacientemente—, no has crecido. No aceptas lo que llega.
—No tengo que aceptar lo que llega, si no es lo que yo quiero.
—¡Oh, sí! Tendrás que aceptarlo. No hay escapatoria posible.
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—Harriet no tendrá que aceptarlo —dijo Lu—. No se lo permitiré.
—Vamos a fregar los platos —dijo la abuela.
Lyle miraba fijamente al camino que se extendía delante de ellos mientras conducía, muy serio y muy quieto. El pueblo era una borrosa agrupación de casas en la distancia, con el elevador del grano sobresaliendo por encima de todos los otros edificios.
Harriet dijo:
—A la gente le preocupa el tiempo, pero a mí no me importa. ¿Y a ti? —No —dijo Lyle—, no mucho. El tiempo cambia.
—Si la gente es feliz, no le importa el tiempo. Hoy hace un poco más de frío. ¿A qué vamos al pueblo?
—El viejo quiere que recoja algunas piezas para la batidora de la mantequilla.
Harriet plegó las manos sobre su regazo y contempló las orejas de los dos caballos, que subían y bajaban mientras los animales trotaban. Al oeste, donde debía estar la cascada Range, había únicamente una pared gris, y en todas las otras direcciones predominaba aquel monótono color. Harriet apretó los labios, mirando fijamente el elevador de grano, allá delante.
—Este año, la siembra se retrasará un poco —dijo Harriet.
—Granville se cansó de esperar y sembró doscientos acres la semana pasada. Lo ha perdido todo.
Pasaron por delante de la casa de Van Blaricom. Harriet vio a Mrs. Van Blaricom en la ventana, su extraño rostro atisbando a través de ella. Agitó una mano, saludando a la mujer.
—Deberías saludarla también, Lyle.
Lyle agitó una mano, pero dijo:
—¿Por qué? Está loca.
—No digas eso. Está sola, lo cual es muy distinto.
—No está bien de la cabeza —insistió Lyle—. Oye voces en las tazas y ve cuerpos en las paredes.
—Algunas personas no pueden soportar este país, pero tienen que vivir aquí. Hay que ser comprensivo. Mi madre es muy buena, pero el viento y el calor la molestan terriblemente y no puede evitar el decir cosas que en realidad no siente. Ella ha deseado siempre vivir en el pueblo.
—No he querido decir nada contra tu madre —dijo Lyle quedamente.
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No era el muchacho de la noche anterior; estaba al otro lado de una pared. Harriet inclinó la mirada hacia sus propias manos, y no dijo nada más mientras cruzaban el pueblo. Lyle detuvo el buggy delante de la tienda de Scharnweis, se apeó y esperó que Harriet descendiera del carruaje; pero la muchacha sacudió la cabeza.
—Me quedaré aquí.
Se dispuso a una larga espera, ya que vio a tres o cuatro jóvenes en la tienda, todos amigos de Lyle, y sabía que a los hombres les gustaba hablar de sus asuntos. Era una de las cosas que su madre no soportaba en su marido. En cierta ocasión, exasperada, se había marchado a casa sola, y su padre había tenido que hacer a pie las cinco millas. Su padre no había dicho una sola palabra acerca de ello.
Harriet pensó:
«Yo no haré nunca eso. Los hombres necesitan charlar, y no es pedir demasiado después de una larga semana de trabajo en el rancho.»
Harriet prefería el sistema de la abuela. La abuela no reprochaba nunca a los hombres que la hicieran esperar; se apeaba del buggy y efectuaba sus propias visitas. Harriet contempló al grupo en el interior de la tienda. Lyle tenía su paquete debajo de un brazo y estaba con los otros hombres, riendo la chanza de alguien. Uno de los hombres pasó un brazo alrededor de los hombros de Lyle, y aquello complació a la muchacha. Repentinamente, Lyle levantó la mirada y la vio en el asiento del buggy, inmediatamente dio media vuelta y salió de la tienda.
—No necesitabas darte prisa —dijo Harriet.
—No teníamos nada más que decir.
Mrs. Van Blaricom estaba todavía en la ventana cuando volvieron a pasar por delante de su casa, y agitó la mano, y Lyle le devolvió el saludo. Pero había cambiado; se encontraba distanciado de Harriet, y nunca volvería a ser el mismo. La muchacha permanecía muy rígida, con las manos fuertemente apretadas. Había sido demasiado fría con él, y su madre había hecho el resto. George Pennifeather se cruzó con ellos, de pie en el fondo de su carreta. Les gritó algo, pero el viento se llevó sus palabras en dirección contraria, de modo que sólo vieron cómo abría la boca.
Lyle sacudió la cabeza.
—Tu madre tiene razón. Aquí no hay más que viento y polvo. Se está expuesto a los caprichos del tiempo: o el otoño se retrasa demasiado, o hace un invierno seco, o hay inundaciones… Es inútil pintar nada; la pintura no
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aguanta. O hay una plaga de moscas, o un palmo de barro. Trabajamos como mulas, para ver cómo todo se seca… y continuamos trabajando.
—Me extraña oírte hablar así —murmuró Harriet. —Creo que estoy tan loco como todos los demás. —Lyle, ¿qué es lo que pasa?
Lyle sacudió la cabeza. Habían llegado a la hondonada, y, poco después, el joven detuvo el buggy delante de la casa.
—Es mediodía —dijo Harriet—. Entra y comerás con nosotros. —Prefiero continuar —dijo Lyle. Miró a Harriet, y fue como contemplar
una cortina cayendo a través de una ventana iluminada. Añadió—: Daré la vuelta al buggy para ayudarte a bajar.
—No —dijo Harriet, apeándose rápidamente—. Gracias por el paseo.
En aquel instante, parecía una muchacha desconocida dándole las gracias con rígida cortesía a un hombre desconocido. Lyle se alejó sin volverse ni una sola vez, y cuando Harriet se dirigió hacia la casa, apenas vio el umbral. Su padre y el anciano habían regresado ya y todo el mundo estaba sentado a la mesa.
—¿Le has invitado a comer? —preguntó al abuela.
—Tenía que marcharse a casa.
—Podías haberle dicho que viniera a cenar —dijo la abuela—. A los hombres les gusta eso.
—Esta noche no vendrá —dijo Harriet.
La abuela enarcó las cejas. Miró a Lu, y el anciano dejó de comer para mirar a su hija, y John alzó los ojos hacia su esposa. En el rostro de Lu había una expresión de triunfo. Miró a su alrededor, sin fijarse concretamente en nadie.
—¡Oh, bueno! No iba en serio. No ha pasado nada. Haremos un viaje a la ciudad.
—No quiero marcharme —dijo Harriet—. Yo no odio las cosas: me gustan.
Su agradable rostro se ensombreció, y sus labios parecieron tragarse unas palabras que estaban a punto de surgir a través de ellos; miró a su madre con una resignada amabilidad y se marchó a su dormitorio, cerrando la puerta.
—Dentro de veinte años me dará las gracias —dijo Lu. El silencio de los otros tres se prolongó; Lu les miró directamente, la inocencia demasiado brillante y demasiado azul en sus ojos. Aquellas tres personas serias y morenas constituían un inmóvil auditorio que la contemplaban desde una gran distancia—. Ya lo veréis —insistió—. Me lo agradecerá. —Nadie dijo nada, y
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Lu se levantó y se dirigió hacia el fregadero—. Esta región se le mete a uno dentro hasta que ya no puede salir. Uno se limita a quedarse quieto, dejando que el viento le haga pedazos, y el sol le convierta en cuero, y el trabajo le envejezca prematuramente. Y no hay modo de cambiar.
El anciano se puso en pie.
—Ya es hora de volver a la cerca.
Lu estalló:
—Cerca, cerca, cerca, y trabajo, trabajo, trabajo. ¿A quién le importará la cerca cuando hayáis desaparecido? Os matáis trabajando, y cuando estéis muertos, otro se aprovechará de vuestro esfuerzo.
—Desde luego —dijo el anciano—, y por eso lo hacemos. Si no hubiera otros que pudieran aprovecharse de nuestro esfuerzo, estaríamos aún disparando contra los indios y acarreando agua sobre nuestras espaldas desde el fondo de la hondonada.
Los dos hombres fueron a uncir la carreta y regresaron a su trabajo. La costumbre hizo que la abuela empezara a quitar la mesa, pero súbitamente se interrumpió y salió de la casa para sentarse en la mecedora, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, contemplando la carreta y los hombres que desaparecían por la hondonada.
Lu llamó desde la cocina:
—Bueno, supongo que podemos fregar los platos.
La abuela continuó balanceándose, con el rostro inexpresivo, pero repentinamente, sus manos revolotearon alrededor de su regazo, anormales en su ociosidad, se puso en pie y se dirigió a la cocina.
El viento rugió en los oídos de los dos hombres en cuanto alcanzaron la cresta de las planicies. El tabaco del anciano salió despedido de su pipa, y se pasó una mano por la cara para librarla de las ardientes chispas.
—John —dijo—, Lu es tu esposa, y tendrías que hablar con ella.
—Ella es distinta —dijo John Search apresuradamente—. Tiene un montón de sentimientos. No ha sido fácil. Ella deseaba otra cosa.
—Todos tenemos sentimientos, pero no aplastamos las espaldas de los demás con ellos.
—Lo sé —dijo John—. Pero Lu no puede evitar ser como es.
Llegaron tarde a cenar, con el pelo cubierto de polvo y las ropas empapadas en la misma harina gris. Después de lavarse se sentaron a la mesa.
La bendición de los alimentos fue muy corta, interrumpida por la tos del anciano.
—Estoy demasiado reseco para tener hambre —dijo.
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—¿Quieres un poco de vino? —preguntó la abuela.
—No he dicho que estuviera enfermo —replicó el anciano.
A los ojos de la abuela, su rostro era enjuto, y triste, y viejo. La cocina estaba caliente, y el aire que pasaba a través del umbral no proporcionaba ningún alivio; el viento chocaba contra las paredes de la casa.
—No es posible que sople viento en ninguna otra parte del mundo —dijo el anciano—. Se ha concentrado todo aquí.
—Si no para —dijo Lu—, voy a volverme loca.
John Search empezó a comer, sin su habitual seguridad. El tiempo afectaba duramente a la gente, incluso a John Search, que era el hombre más paciente del mundo. Nadie tenía mucho apetito, y Harriet se limitaba a dar vueltas a la comida que tenía en el plato con su tenedor. Estaba sentada como si el peso de su cuerpo no gravitara sobre la silla: dispuesta a levantarse y a echar a correr. No podía apartar sus ojos de la puerta. Se sobresaltó al oír unos extraños ruidos en el patio; volvió la cabeza, escuchando ávidamente. La abuela se levantó de la mesa para encender una lámpara; la polvareda era más densa, y la amarillenta luz del día no tardaría en desvanecerse. Lu dijo:
—No sé cómo la gente viene a vivir a un lugar como éste, por qué pasa aquí año tras año, y destroza su corazón y muere. Incluso el cementerio del pueblo es cruel. Nada crece allí, ni siquiera un árbol. No hay nada. Este año no hemos hecho ningún dinero, y no podremos sembrar a tiempo para hacerlo el año próximo. ¡Santo cielo! ¿No estáis hartos ya de tanta miseria?
Harriet se irguió, sacudida por una especie de descarga eléctrica, y miró hacia la puerta. Detrás de la abuela, la voz de Lyle Morphy dijo:
—Buenas noches.
La abuela se volvió hacia el joven, que se había detenido en el umbral de la puerta, muy solemne e inseguro. Los ojos de Lyle eran intensamente azules.
—Pasa y comerás un trozo de pastel —dijo la abuela, esperando cortar las furiosas palabras que vio formarse en los labios de Lu.
El rostro de Lu se contrajo violentamente ante aquella amenaza que ella creía desaparecida, y un denso rubor se extendió a través de su piel que nunca había perdido del todo la tersura de la juventud; pero Harriet se puso en pie súbitamente y la miró, imponiéndose a la voluntad de su madre con su propia voluntad; sin decir nada, sólo imponiéndose.
La abuela pensó: «Es una chica valiente».
Luego, Harriet cruzó la habitación y salió de la casa con Lyle.
—Creí que ese asunto había terminado —dijo Lu, amargamente.
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—Esos asuntos no terminan nunca —dijo el anciano.
—Es una estúpida —dijo Lu, levantando la voz, excitando los destemplados nervios de los que la rodeaban—. Anda con los ojos cerrados hacia una vida de miseria. Se sentará a una mesa como ésta, y escuchará soplar el viento, y se irá haciendo vieja y neurasténica. Todos estáis contra mí, pero yo lo sé. ¡Lo sé!
Inclinó los hombros y la cabeza, y en sus ojos brillaron unas lágrimas. —No te excites, Lu —dijo John Search, amablemente—. En cuanto llueva
te sentirás mejor.
Lu se puso en pie y miró a aquellas incomunicativas personas con una expresión de odio.
—Siempre estáis esperando algo mejor. Y así van pasando los años, hasta que uno se hace viejo y se da cuenta de que ha sido engañado. Me desespera oírte decir eso, John. Lo has dicho tan a menudo… —Remedó a su marido—: No tardará en llover. No tardará en nevar. El mes próximo será mucho mejor…
Levantó la silla, la golpeó contra el suelo y se marchó a su habitación, dando un portazo. La oyeron llorar.
John Search miró fijamente su plato, con una expresión de infinito cansancio en el rostro. Luego se puso en pie y se dirigió a la habitación. La abuela se levantó para servirle el café al anciano. Vio que los duros dedos de su marido empuñaban el jarro de la leche sin ningún temblor. El anciano estaba viejo y cansado como un árbol de madera brava: iba encogiéndose y retorciéndose, pero se mantenía erguido hasta que llegaba un viento demasiado fuerte. Entonces caía, sorprendiendo a todo el mundo. Repentinamente, al mirarle, la abuela intuyó que moriría antes que él, y que su alma quedaría vacía. Oyó el murmullo de las tranquilizadoras palabras de John y las réplicas de Lu, cada vez menos violentas. Al cabo de un rato, la puerta del dormitorio se abrió y Lu salió con su marido.
—Bueno —dijo John—, creo que ahora nos sentaría bien un poco de vino. La abuela bajó la botella de la alacena y sirvió el vino. El anciano
chasqueó los labios.
—Es para lo único que sirve un amargón… Lu, tienes cuarenta y cinco años, y ya es hora que sepas que lo que hay al otro lado de la colina no es mejor que lo que hay aquí. Nunca lo ha sido.
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Resultaba más dificultoso que nunca andar por el camino, ya que el viento bajaba de la colina como una catarata de agua, empapándoles de polvo; soplaba con fuerza bastante para arrastrar piedrecitas del tamaño de un guisante, que dolían al chocar contra el cuerpo. Lyle cogió a Harriet del brazo y la llevó hacia la parte trasera del establo, pero incluso allí, los remolinos de viento enviaban una nube de polvo contra ellos. Entonces entraron en el establo.
—Hace una noche terrible —dijo Lyle.
—El tiempo cambiará —dijo Harriet.
—Desde luego.
La reserva perduraba en Lyle, poniendo una miserable distancia entre ellos. Pero, si había cambiado tanto, ¿por qué había vuelto? Harriet deseó desesperadamente saber algo más acerca de los hombres. Permaneció inmóvil, medio esperanzada y medio deprimida, sintiéndose sin fuerzas para hacer nada.
—Tu madre no me ha dicho nada esta noche. ¿Qué le pasa conmigo? ¿De qué tiene miedo?
—De nada, Lyle. Es el tiempo.
Lyle era una forma inmóvil y erguida delante de ella. Harriet no vio nada en su rostro; sólo la oscuridad tendida sobre él. Se volvió y su pie tropezó con el mango de un arado, y se agarró al brazo de Lyle para no caer. Las manos de Lyle rodearon su cintura, y la atrajo hacia él, y la besó apasionadamente. Harriet sintió un agudo dolor en la espalda; sus piernas temblaban. Inclinó la cabeza y la apoyó en el pecho de Lyle.
—Harriet…
Harriet levantó la cabeza. Lyle volvió a besarla, esta vez muy suavemente. Harriet no podía ver nada, pero pensó que Lyle estaba sonriendo, aunque su voz sonó casi entristecida.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Sí…, sí, lo quiero.
—Sé que será duro para ti. Ayer lo estuve pensando todo el día. Me gustaría poder llevarte a vivir al pueblo, sacarte de aquí. Me gustaría librarte de este viento y de este polvo. Puedo arreglar la casa, y hacer las cosas más fáciles. Pero no dejarás de ser la esposa de un ranchero, y no tengo nada mejor que ofrecerte.
Harriet exclamó, en tono sorprendido:
—¡Lyle Morphy! ¿Acaso estás preocupado por mí? ¡Qué tontería! Nunca lamentaré nada. Nunca. Bueno, lamentaré una cosa: que me hayas hecho
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esperar tanto tiempo para decirme que me quieres.
—Estaba… —Lyle se echó a reír—. Creo que estaba asustado. A tu madre no va a gustarle. ¿Por qué no nos vamos mañana al pueblo y nos casamos allí?
—¡Oh, Lyle! No podemos empezar de ese modo.
Lyle no dijo nada, y Harriet pensó que todo se estaba desvaneciendo una vez más.
—No quiero obrar como si hiciera algo malo —dijo Harriet—. Tenemos que decírselo a ella. Y sería muy desagradable no llevar el anillo de boda. ¿No opinas igual?
—No —dijo Lyle, y su modo de pronunciar aquella palabra le recordó a Harriet a su padre—. No, creo que no. Haré lo que tú quieras, pero no me gusta la idea de enfrentarme con ella.
Harriet le cogió de la mano y salió del establo con él, riendo.
—Yo me ocuparé de eso. Lyle, ¿estás desanimado?
—No —dijo Lyle—. Estoy muy satisfecho donde me encuentro y con lo que soy.
La familia continuaba sentada a la mesa. La abuela fue la primera en verles llegar a través del umbral. Harriet llevaba al joven cogido de la mano, y en su rostro brillaban la felicidad y la confianza. —Lyle y yo… —dijo Harriet—. Lyle y yo…
La abuela miró a Lu y vio la expresión de derrota que se reflejaba en el rostro de su hija. Se levantó apresuradamente y fue en busca de otros dos vasos.
—Esto es muy agradable —dijo, escanciando el vino—. El viento sopla sobre algo bueno, para cambiar.
Harriet tocó el hombro de su madre.
—No me importa no hacer ese viaje a la ciudad; no me importa nada. De veras que no, mamá. Creo que yo no soy tan sensible como tú.
—Bueno —dijo el anciano, levantando su vaso—, aquí siempre ocurre algo.
La abuela mojó sus labios en el vino. El joven era bueno. Era como el anciano, con la suficiente cantidad de pimienta para hacer más sabrosas las cosas, y la lealtad suficiente para hacerlas durar.
La familia se hacía mucho más fuerte con su llegada; la familia era como el álamo solitario que se inclinaba al viento y de cuando en cuando perdía algunas ramas, pero continuaba creciendo siempre. Eso era lo que había dicho el anciano, y el anciano era listo.
La casa retembló hasta sus cimientos con el viento, y la luz de la lámpara iluminó el polvo que entraba en la habitación. En realidad, a la abuela no le importaba, ya que ésta era la estación del viento, y las lluvias no tardarían en llegar.
FIN

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